© Libro N° 10823.
El Viento Sopla. Mansfield,
Katherine. Emancipación. Enero 21 de 2023
Título original: ©
The Wind Blows, Katherine Mansfield
(1888-1923)
Versión Original: © El Viento Sopla. Katherine Mansfield
Circulación
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Katherine
Mansfield
El Viento
Sopla
Katherine
Mansfield
Matilde se despierta sobresaltada. ¿Qué ocurre? Debe de haber sucedido
algo horroroso. No, no ha pasado nada. Es el viento que sacude la casa y hace
que rechinen los postigos, que golpee un trozo de hierro en el tejado, que se
agiten los árboles y que tiemble la cama. Las hojas desprendidas pasan volando
por delante de la ventana; y abajo, en la avenida, un periódico baila en el
aire, como una cometa perdida, y al caer queda prendido en un pino.
Hace frío. El verano ha terminado. Ha empezado el otoño. Todo parece
triste y feo. Los carros pasan ruidosamente yendo de una parte a otra de la
calle; dos chinos caminan ligeros bajo su balancín de madera del que llevan
colgados unos cestos llenos de verdura; sus trenzas y sus blusas azules vuelan
a los embates del viento; un perro blanco y negro pasa aullando por delante de
la verja. ¡Todo ha terminado! ¿Qué es lo que ha terminado? ¡Todo!
Y empieza a trenzarse el cabello con dedos temblorosos, sin atreverse a
mirar al espejo. Su madre está hablando con la abuela en el vestíbulo.
—Eres una estúpida. ¿A quién se le ocurre dejar la ropa tendida con un
tiempo así? Mi mejor mantel de bordado de Tenerife está hecho jirones. ¿Qué
olor es ese? ¡El potaje que se está quemando! ¡Oh, santo cielo, cuándo cesará
este viento!
A las diez Matilde tiene clase de piano. Al acordarse de la lección, el
tiempo en tono menor de la sonata de Beethoven empieza a sonar en su cerebro
con sus trinos largos y sonoros que son como un redoble de pequeños tambores.
Marie Swainson ha salido corriendo al jardín para recoger los últimos
crisantemos antes de que el viento los destroce. Su falda vuela y se le sube
por encima de la cintura; ella trata de bajársela y se la recoge entre las
piernas mientras se agacha, pero de nada le sirve, porque vuelve a
levantársele.
Los árboles y las matas se agitan vivamente a su alrededor. Ella corta
las flores lo más aprisa que puede, pero está tan aturdida que no sabe lo que
se hace; al tirar de los tallos los arranca de cuajo, los dobla y retuerce,
mientras patalea y se desespera.
—¡Por Dios, cierra la puerta del jardín! Pasa por la otra —dice alguien.
Luego oye a Bogey gritar:
—¡Mamá, te llaman al teléfono! ¡Al teléfono, mamá! Es el carnicero.
¡Qué horrible es la vida! ¡Un asco!, piensa Matilde.
Y ahora, para colmo de desdichas, se le ha roto la goma del sombrero.
Claro, hoy no podía ser de otra manera. Se pondrá la boina vieja y saldrá por
la puerta de atrás, pero su madre la ha visto.
—¡Matilde! ¡Matilde! ¡Vuelve inmediatamente! ¿Qué demonios te has puesto
en la cabeza? ¿Y qué significa ese mechón que te cae en la frente?
—No puedo entretenerme ahora, mamá. Llegaría tarde a la lección.
—¡Vuelve inmediatamente!
No quiere volver. No volverá. Detesta a su madre.
—¡Vete al cuerno! —le grita corriendo por la carretera.
En ondas, en nubes, en grandes remolinos, el polvo se levanta mezclado
con briznas de paja, broza y basura. Desde los jardines llega el profundo
rugido de los árboles y al terminar el camino, delante de la verja del señor
Bullen, se oye sollozar al mar. Pero el salón del señor Bullen está silencioso
como una cueva. Tiene las ventanas cerradas y las persianas levantadas solo a
medias. No ha llegado tarde. La alumna que la precede ha empezado ahora a tocar
A un iceberg de Mac Dowell. El señor Bullen, al ver entrar a Matilde, se ha
vuelto sonriendo y le ha dicho:
—Siéntate, nena. Ahí, en el sofá del rincón.
¡Qué hombre tan extraño! No es que se burle, pero lo parece.
¡Qué tranquila se está aquí! A Matilde le gusta esta habitación. Huele a
sarga, a humo rancio y a crisantemos. Hay un jarrón lleno en la repisa de la
chimenea, detrás del retrato de Rubinstein con la dedicatoria: A mon ami Robert
Bullen.
Junto al piano negro y reluciente pende un cuadro titulado Soledad;
representa a una mujer de cabello negro y aspecto trágico envuelta en un velo
blanco, que está sentada en una roca con las piernas cruzadas y el rostro
apoyado en las manos.
—¡No, no! —dice el señor Bullen que, detrás de la otra discípula, toca
el pasaje aquel pasando sus brazos por los hombros de ella.
¡Qué tonta! ¡Pues no se ha puesto colorada! ¡Qué ridícula!
Por fin la muchacha se ha ido. La puerta se cierra de golpe. El señor
Bullen vuelve y se pasea de un lado a otro de la habitación mientras ella se
prepara.
¡Qué extraño! Le tiemblan los dedos al desatar el cordón de su carpeta
de música. ¿Será por el viento? Y el corazón le late con tal fuerza que hasta
siente sus palpitaciones en la blusa. En el ajado taburete del piano caben dos
personas.
El señor Bullen se sienta a su lado.
—¿Empiezo por las escalas? —le pregunta Matilde estrujándose las manos—.
También he estudiado los arpegios.
El maestro no contesta: tal vez ni siquiera la ha oído. Pero de pronto
su mano fresca luciendo un anillo se adelanta y abre el tomo de Beethoven.
—Vamos a tocar algo del viejo maestro —dice.
Pero ¿por qué le habla en ese tono tan afectuoso, como si se conocieran
de toda la vida y lo supieran todo el uno del otro? Él vuelve la página
despacio. Ella le mira la mano, esa agradable mano que parece siempre recién
lavada.
—Ya llegamos a ese pasaje —dice el señor Bullen.
¡Qué dulce es esto! ¡Oh, este tono menor! Ahora viene el redoble de
pequeños tambores.
—¿Repito?
—Sí, pequeña.
Su voz es demasiado cariñosa. Las corcheas y los trinos bailan en el
pentagrama como los chiquillos en una cerca. ¿Por qué es tan...? ¡No quiere
llorar! ¿Y por qué ha de hacerlo?
—¿Qué te pasa, pequeña?
El señor Bullen le ha tomado las manos. Su hombro está allí junto a su
cabeza. Y ella apoya un instante la mejilla en aquella tela esponjos.
—La vida es horrible —dice ella muy bajo; pero en ese momento le parece
que todo lo es.
Él le habla de esperar y marcar el tiempo y de ese ser delicado que es
una mujer, pero la niña no lo oye. Se siente tan a gusto, que estaría así toda
la vida.
De pronto se ha abierto la puerta y ha entrado Marie Swainson. Viene
mucho antes de la hora.
—Ataca el allegretto un poco más deprisa —dice el señor Bullen.
Luego se levanta y empieza otra vez a pasear.
—Siéntese en el sofá del rincón, señorita —le dice a Marie.
¡Oh, el viento! Da pánico cuando una está sola en su cuarto. La cama, el
espejo, el jarro blanco y la jofaina brillan como el cielo. Da miedo ver allí
la cama tan quietecita, como dormida.
¿Acaso se figura su madre que va a zurcir todas las medias que hay
encima de la colcha anudadas por pares como serpientes enroscadas? No, no las
zurcirá. ¡No, mamá! ¿Por qué ha de zurcirlas? ¡Oh, el viento, el viento! Un
extraño olor a hollín baja de la chimenea. ¿Quién ha escrito poemas sobre el
viento? Traigo flores frescas a las hojas y traigo lluvia. ¡Qué tontería!
—¿Estás ahí, Bogey?
—Sí, ven conmigo a dar un paseo por la explanada, Matilde. No aguanto
esto por más tiempo.
—Voy enseguida. Me pondré la gabardina. ¡Qué día más espantoso!
La gabardina de Bogey es como la suya. Mientras se abrocha el cuello se
mira al espejo. Ve en él su cara pálida. Los dos tienen los mismos ojos
excitados y los labios ardientes. ¡Oh, qué bien les conoce el espejo a ambos!
¡Hasta pronto! ¡Volveremos enseguida!
—Qué bueno es esto, ¿verdad?
—Agárrate a mi brazo —le dice Bogey.
No pueden andar tan deprisa como quisieran. Con las cabezas inclinadas y
las piernas tan juntas que casi se tocan, dan largos pasos como si fueran una
sola persona que anduviera anhelante por la ciudad y, saliendo a las afueras
donde crece el hinojo, llegara por fin a la explanada.
Está oscureciendo. El viento es tan fuerte que tienen que luchar para
volver, tambaleándose como dos borrachos. Todas las plantitas de pahutuakawas
están agachadas.
—¡Vamos, vamos! Acerquémonos al mar.
Junto al rompeolas, el oleaje es muy fuerte. Los dos se quitan el
sombrero. El cabello de ella impregnado de sal le golpea la boca. El mar está
tan alborotado que las olas ni siquiera se rompen al chocar contra la tosca
pared de piedra, lamiendo con fuerza sus peldaños goteantes y llenos de algas.
Una nube de espuma ligera viene rasando el agua y atraviesa la explanada. Bogey
y ella están cubiertos de gotas y sienten la boca húmeda y fría por dentro.
La voz de Bogey está cambiando. Al hablar sube y baja de una nota a otra
de la escala. Es divertido y, sin embargo, está a tono con el día. El viento se
lleva sus voces. Las frases se escapan, volando como cintas estrechas.
—¡Más aprisa! ¡Más aprisa!
Ya es casi de noche. En la bahía las barcas de carbón tienen dos luces
encendidas: una en lo alto del mástil y otra en la popa.
—¡Mira, Bogey! ¡Mira allí!
Un transatlántico negro despidiendo una larga tira de humo, con las
ventanillas iluminadas y todas las luces encendidas, está saliendo de la
bahía. El viento no lo detiene; parte las olas y se abre paso entre los dos
escollos que marcan el rumbo hacia...
La luz da al barco un aspecto sublime y misterioso. Ellos se ven a
bordo, apoyados en la barandilla y tomados del brazo.
—¿Quiénes son?
—Hermano y hermana.
—Mira, Bogey, la ciudad. ¡Qué pequeña parece! ¿Oyes el reloj de correos
dando la hora por última vez para nosotros? Ahí está la explanada adonde fuimos
aquel día de viento. ¿Te acuerdas? Esa mañana lloré durante la lección de
piano. ¡Han pasado ya tantos años! ¡Adiós, isla nuestra, adiós!
Ahora la oscuridad ha desplegado sus alas sobre el agua agitada. Ya no
pueden verse las siluetas de los dos hermanos. Adiós, adiós. ¡No nos olvidéis!
Pero el barco ya se ha ido.
¡Oh, el viento, el viento!
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Katherine Mansfield (1888-1923)

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