© Libro N° 10822.
El Viento En El Pórtico. Buchan,
John. Emancipación. Enero 21 de 2023
Título original: ©
The Wind In The Portico, John Buchan
(1875-1940)
Versión Original: © El Viento En El Pórtico. John Buchan
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y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
John Buchan
El Viento
En El Pórtico
John Buchan
Un viento ardiente viene desde los yermos. No ventila, ni purifica.
Un viento lleno de amenazas viene sobre mí.
(Jeremías IV, 11-12)
I.
Nightingale era un hombre difícil de describir. Sus aventuras con los
beduinos podían haberlo convertido en una leyenda; pero inmediatamente después
de hablar con ellos, proclamó haber ganado la guerra y dio por zanjado el
asunto. Era un tipo delgado y enigmático, de unos treinta años, que andaba
siempre encorvado. Llevaba unas gafas tan gruesas que era imposible adivinar el
color de sus ojos. Viéndolo por primera vez con aquel aspecto apocado y
husmeador, vestido con un albornoz de lo más prosaico, nadie hubiese podido
imaginarlo mandando un ejército de tribus árabes.
Me imagino que su poder podía explicarse, sobre todo, por su
extravagancia. Las gentes del desierto pensaron que Alá había puesto la mano
sobre él. Nightingale, por su parte, demostró valor, voluntad e imaginación.
Después de aquello regresó a su casa en Cambridge y declaró que, gracias a
Dios, ese capítulo de su vida había terminado definitivamente. Como digo, él
nunca mencionó las hazañas que lo habían hecho famoso. Conocía bien su oficio,
y es probable que se diera cuenta de que para mantener el equilibrio mental
tenia que echar un velo sobre todo aquello. Respetábamos su decisión y en
nuestras conversaciones nunca aludíamos a Arabia.
Fue un comentario casual lo que le hizo contarnos la siguiente historia.
Mr. Hannay había estado hablando sobre su casa de Cotswold, en el camino de
Fosse, y decía lo mucho que le extrañaba el hecho de que una civilización tan
elaborada como la de la Britania Romana hubiese desaparecido sin dejar otro
rastro en la historia del país que unas pocas ruinas, trazados de vías y
algunos nombres de lugares. El historiador Peckwether tenia bastante que decir
acerca de lo mucho que la tradición romana estaba unida a la cultura sajona.
—Roma no ha muerto todavía —dijo—; sólamente duerme.
Nightingale asintió con la cabeza.
—Y algunas veces habla en sueños... Una vez me asustó tanto que me
trastornó.
Después de presionarle mucho nos contó esta historia. No era un buen
conversador, así que prefirió escribirla y terminó leyéndola durante la
siguiente velada. Éste es su manuscrito.
II.
Existe un lugar en Shropshire que no quiero volver a visitar. Está
situado entre Ludlow y las colinas, en un profundo valle repleto de bosques. Su
nombre es St.Sant, un pueblo con una gran casa junto a un parque, de un río
llamado Vaun, a unas cinco millas de la pequeña ciudad de Faxeter. En esas
comarcas galesas los topónimos son verdaderamente extraños. Y no es lo único
raro que hay por allí. Volvía a Cambridge, después de unas largas vacaciones en
Gales. Todo ocurrió antes de la guerra, cuando acababa de conseguir una beca y
me disponía a realizar un trabajo académico. Era una preciosa noche de luna
llena, a principios de octubre, y pretendía llegar hasta Ludlow para cenar y
dormir. Eran cerca de las ocho y media, la carretera estaba vacía, se circulaba
bien y avanzaba alegremente cuando algo ocurrió con los faros de mi coche. Era
una cosa sin importancia, así que me detuve en las afueras del pueblo para
arreglarlos yo mismo. Paré justo delante de los muros de una mansión rural. Al
otro lado de la carretera se había detenido un carruaje, y dos hombres, que
debían ser criados de la casa, descargaban unos bultos de un carretón.
La luna brillaba con claridad, así que podía ver lo que hacían. Cuando
terminé el arreglo de los faros, quise estirar un poco las piernas y me acerqué
hasta ellos. No me oyeron llegar, el carretero parecía estar dormido, sentado
en su percha. Los bultos eran los típicos envíos de alguna gran tienda de la
ciudad. Pero advertí que aquellos dos hombres los manejaban con cautela y, a
medida que los depositaban en el carretón, les arrancaban la etiqueta de origen
y les pegaban otra diferente. Las nuevas etiquetas eran bastante raras, grandes
y cuadradas, con alguna dirección escrita en ellas con letras mayúsculas muy
enigmáticas. No había nada de extraño en ello, pero las caras de aquellos
hombres me confundían, ya que, aunque eran extremadamente cuidadosos, parecían
hacer su trabajo con mucha excitación, anhelando terminar pronto. Aquella tarea
parecía ser para ellos un asunto de tremenda importancia. Me situé de manera
que pudiese ver sus rostros y noté que estaban pálidos y tensos. Se trataba de
criados o mayordomos, ya mayores, y habría jurado que estaban asustados.
Arrastré los pies para que se dieran cuenta de mi presencia y saludé de
forma intrascendente, comentando la buena noche que hacía. Se sobresaltaron
como si estuviesen robando un cadáver. Uno de ellos contestó algo, pero el otro
cogió un bulto que se escurría y, en un tono de violenta alarma, adviritó a su
compañero para que tuviese cuidado. Me dio la impresión de que manipulaban
explosivos. Aquella noche, en mi habitación de Ludlow, consulté mi mapa e
identifiqué el lugar donde había visto a los hombres. El pueblo era St. Sant, y
parecía que la tapia ante la que me había detenido pertenecía a una respetable
propiedad llamada Vauncastle Hall.
Ésa fue mi primera visita. En aquellos días yo me hallaba ocupado en una
escrupulosa edición de Theocrilus, para la que necesitaba una exhaustiva
comparación de diferentes manuscritos. Había oído hablar de una variante
inglesa del código de los Médicis que nadie había consultado desde Guisford.
Después de muchos problemas, averigüé que se encontraba en la biblioteca de un
hombre llamado Dubellay. Le escribí a su club de Londres y recibí, con gran
sorpresa, una respuesta de Vauncastle Hall, en Faxeter, Gales.
Era una extraña carta, en la que se me daba a entender que me fuera al
diablo, aunque de una forma muy cortés. Yo insistí, ya que el tono no era
taxativo. Intercambiamos varias misivas y el resultado final fue un permiso
para examinar su manuscrito. No me invitó a quedarme en su casa, pero mencionó
una pequeña y confortable posada en St. Sant. Mi segunda visita, pues, empezó
el 27 de diciembre, después de haber pasado las Navidades en Cambridge.
Habíamos tenido una semana de fuertes heladas que luego remitieron un poco,
aunque el frio era todavía riguroso, con cielos cargados que amenazaban nieve.
Salí hacia Faxeter en coche, y recuerdo que cuando ascendía por el valle
pensaba que aquél era un curioso y triste país. Las colinas, rebosantes de
bosques, eran demasiado bajas para resultar impresionantes. Sus cimas mostraban
pequeñas, despejadas y divertidas prominencias de color gris que sugerían un
origen volcánico. Podía haber sido uno de esos panoramas que se encuentran en
las primeras pinturas italianas del siglo XV, sin luz ni color.
Cuando avisté el río Vaun entre los prados descoloridos, parecía como
"el agua pálida" de las canciones ribereñas. Tampoco los bosques
tenían la amigable desnudez de los montes ingleses en invierno. Permanecían
oscuros y nublados, como si escondieran algún secreto. Antes de llegar a St.
Sant concluí que el paisaje no sólo era triste sino también amenazante.
Encontré la posada de St. Sant muy de mi gusto. Se levantaba en la única calle
existente, entre casas de un solo piso, como un alegre faro con cortinas rojas
en las ventanas de lo que parecía ser el salón-bar. El interior causaba una
impresión todavía mejor. Ocupé un dormitorio con un acogedor fuego y cené en
una habitación de madera llena de divertidos retratos de sabuesos delgaduchos y
caballos con el lomo hundido.
Durante mi viaje había estado muy deprimido, pero esta comodidad me
levantó la moral; y cuando la casa me invitó a una botella de vino de Oporto,
el patrón se sentó conmigo para beber un trago. Era un antiguo guardabosques,
casado con una mujer mucho más joven que él que era la que, en realidad, se
ocupaba de la administración del negocio. Sentía curiosidad por saber algo
acerca del poseedor del manuscrito, pero el dueño me contó muy poco. Conoció
bien al antiguo hacendado pero no había tratado nunca al actual. Oi hablar
mucho de los Dubellay en general; del lord junto al que había cazado durante
cuarenta años; de su hermano, caído en Abu Kea, resistiendo heroicamente hasta
la muerte; y de toda clase de parientes colaterales.
Los «Deblay» parecían ser una raza altiva y generosa; apreciada por
aquellos lugares. Pero en lo referente al dueño actual de Vauncastle Hall, no
quería ni podía decir nada. El hacendado era un «gran erudito», aunque no
practicaba ningún deporte ni era una persona jovial como sus predecesores. Se
había gastado un dineral en la casa, y eso que nadie lo visitaba nunca. Mi
informante no había vuelto a esos terrenos desde que llegó el nuevo dueño.
Aunque, eso sí, en los viejos tiempos se habían celebrado copiosos banquetes de
arrendatarios y cazadores en los jardines. Me fui a la cama con una imagen
bastante clara del hombre con el que me tenía que entrevistar la mañana
siguiente. Un recluso instruido y algo excéntrico, que coleccionaba tesoros,
adornaba su morada y, probablemente, pasaba la vida en su biblioteca. Iba con
bastante ilusión a su encuentro, ya que el tipo de propietario sencillo y
deportista, tan usual en nuestros distritos rurales, no era objeto de especial
simpatía por mi parte.
A la mañana siguiente, después de desayunar, me encaminé hacia
Vauncastle Hall. El tiempo seguía igual de frío y pesado, y cuando atravesé el
muro de entrada, pareció como si el aire se hiciera más virulento y el cielo
más tenebroso. El lugar estaba lleno de grandes árboles que, en su desnudez
invernal, causaban una triste impresión. Había una gran avenida de viejos
sicomoros a través de los cuales podía vislumbrarse con dificultad el parque
helado. Me orienté y me di cuenta de que estaba caminando más o menos en
dirección al sur y descendiendo gradualmente. La casa debía estar en algo
parecido a un antiguo barranco. Pronto los árboles se aclararon. Atravesé una
segunda verja de hierro, salí a un gran césped descuidado, adornado con un
desorden de laureles y rododendros, y me encontré ante la casa.
Esperaba algo espléndido: una vieja fachada de estilo Tudor o de tiempos
de la reina Ana, o bien un majestuoso pórtico georgiano. Quedé desilusionado,
ya que su aspecto era del todo ordinario. Era baja e irregular, como la parte
trasera de una casa; e imaginé que, en otro tiempo, el edificio había sido
modificado y la vieja puerta de la cocina se convirtió en la entrada principal.
Mi impresión quedó confirmada al observar que los tejados se levantaban en
fila, como uno de esos esconzados rascacielos de Nueva York, de tal modo que
las actuales partes traseras del edificio tenían una altura impresionante.
La rareza de aquel lugar me interesaba, y más aún su estado ruinoso. ¿En
qué diablos podía el propietario haberse gastado el dinero? Todo —césped,
arriate, senderos— estaba descuidado. Existía un portal de piedra nuevo, pero
las paredes necesitaban con urgencia un rejuntado, el maderaje de las ventanas
no había sido pintado desde hacía muchísimos años, y varios cristales estaban
rotos. El timbre no sonaba, así que no me quedó más remedio que golpear la
puerta con el aldabón, y creo que pasaron diez minutos antes de que me abrieran
la puerta. Un pálido mayordomo, uno de los hombres que había visto descargando
cosas en la carretera dos meses antes, estaba de pie en la entrada,
parpadeando. Cuando pronuncié mi nombre, me hizo pasar sin preguntar nada, pues
era evidente que me esperaba. El hall fue mi segunda sorpresa.
¿Qué había sido del coleccionista misántropo y refinado? El lugar era
pequeño, encogido y estaba amueblado con la misma sobriedad que el vestíbulo de
una granja. Lo único que aprobé fue su moderada calidez. A diferencia de la
mayoría de las casas de campo inglesas, aquí funcionaba un sistema de
calefacción excelente. Se me condujo a una pequeña habitación oscura, con una
ventana que daba a la maleza, donde permanecí mientras el hombre iba a buscar a
su patrón. Mi principal sentimiento era de gratitud por no haber sido invitado
a quedarme, ya que la posada era un paraíso comparada con este sepulcro. Estaba
examinando los grabados de la pared, cuando oí pronunciar mi nombre, y me volví
para saludar al señor Dubellay.
Fue mi tercera sorpresa. Me lo había imaginado como un viejo y
fastidioso letrado, con gafas suspendidas de un cordel y un carácter «fino» y
remilgado. En lugar de esto me encontré con un hombre relativamente joven, un
tipo fuerte, ataviado con las más ásperas ropas campesinas. Parecía ser algo
descuidado, iba sin afeitar, su cuello de franela estaba gastado de mala manera
y sus uñas pedían a gritos un buen arreglo. Su cara era difícil de describir:
tenía un color subido pero enfermizo, era amable pero, al mismo tiempo, astuta.
Y, sobre todo, expresaba inquietud. Me dio la impresión de ser un hombre con
los nervios a flor de piel y de estar permanentemente en guardia. Pronunció
unas cuantas palabras de cumplido y me arrojó un paquete de color marrón, pésimamente
atado.
—Aquí está su manuscrito —dijo con soltura.
Yo estaba desconcertado. Esperaba que se me permitiera comparar el
códice en la biblioteca, y en los últimos minutos me había percatado de que las
perspectivas no eran alentadoras. Ante mí tenía al casual poseedor de un códice
inapreciable, que me lo ofrecía sin apenas conocerme, y que dejaba que me lo
llevase. Le di las gracias balbuceando, y añadí que era muy amable por su parte
el confiar tal tesoro a un extraño.
—Sólo hasta la posada —agregó—. No quería enviarlo por correo, pero no
hay nada de malo en que trabaje con él en el pueblo. Tiene que haber confianza
entre los eruditos. —Y se echó a reír a carcajadas, de una manera extraña.
—Me gusta su plan —contesté—. Aunque pensé que usted insistiría en que
me quedara a trabajar aquí.
—No, de veras que no —contestó fervorosamente—. Nunca pensaría en tal
cosa... No lo haría por nada del mundo... Sería un insulto a nuestro gremio y
una falta de tacto por mi parte... Así es como lo consideraría.
Continuamos hablando unos minutos más. Me enteré de que había heredado
los bienes de un primo suyo y que hacía más de diez años que vivía en
Vauncastle. Anteriormente había sido abogado en Londres. Me hizo una o dos
preguntas sobre Cambridge. Le hubiese gustado asistir a esa universidad; tenía
muchos inconvenientes en su trabajo debido a una deficiente educación. ¿Era yo
un erudito en griego? ¿También en latín?. Maravillosa gente los romanos...
Hablaba con toda libertad, pero sus extraños e incansables ojos se movían todo
el tiempo de un lado para otro, y yo tenía la rara impresión de que le habría
gustado contarme algo sobre aquellos lugares, citar algún asunto, pero que el
miedo y la timidez le detenían. Su mirada era extraña. Me marché sin que me
invitara a comer, cosa que no sentí en absoluto ya que no me gustaba la
atmósfera de aquel lugar. Tomé un atajo a través del ajado césped y, al llegar
a la cima de la cuesta, me volví para mirar hacia atrás.
La casa era enorme y advertí que mis suposiciones iniciales parecían ser
correctas y que algo que debía de ser el edificio principal quedaba al otro
lado. Me preguntaba si era como la Alhambra que, detrás de una fachada
semejante a la de una fábrica, esconde una maravilla. También percibí que el
selvático barranco era más espacioso de lo que había imaginado. La casa, tal
como estaba ahora, encaraba hacia el norte, y detrás de la cara sur existía un
espacio abierto, en donde imaginé que podía haber un lago. A lo lejos pude
distinguir en la oscuridad de diciembre unas altas y tenebrosas colinas.
Aquella noche la nieve cayó en abundancia y continuó haciéndolo durante la
mayor parte de los dos días siguientes. Azucé el fuego en mi habitación y me
enfrasqué con el códice. Había traído tan sólo mis libros de trabajo y la
posada no tenía biblioteca, así que cuando deseaba descansar bajaba a la
cantina o charlaba en el salón-bar.
Los aldeanos que se congregaban en el primer lugar eran tipos agradables
pero, como ocurre casi siempre con la gente de nuestras provincias, no les
gustaba hablar con extraños y poca cosa dijeron del Hall. El antiguo hacendado
cazaba cada año tres mil faisanes; no obstante, el propietario actual no
permitía ningún disparo de fusil en su terreno, ya que —según él— tan sólo
quedaban algunos pájaros salvajes. Por esta razón, los bosques estaban repletos
de animales.
Esto me contaron cuando mostré cierto interés por la propiedad. Y nada
más. Del señor Dubellay no querían hablar, declarando que nunca le habían
visto. Me atrevo a decir que, en realidad, había bastantes murmuraciones a su
costa, y me dio la impresión de que en aquella reserva de mis interlocutores
había algo de miedo. La patrona, que procedía de otro condado, era más
comunicativa. No habia conocido a los antiguos Dubellay, y, por lo tanto, no
podía hacer ninguna comparación, aunque se inclinaba a considerar que el
hacendado actual no estaba bien de la cabeza.
—Se comenta... —empezó diciendo.
Pero como también ella padecía alguna inhibición, lo que prometía ser
algo sensacional se convirtió en una historia vulgar. Al parecer, había una
cosa que confundía a la vecindad por encima de todo. Y eso era la
reorganización de la casa.
—Se comenta —decía con cierto temor– que ha construido una gran iglesia.
Ella nunca había estado allí, nadie lo había hecho, puesto que el
hacendado Dubellay no permitía la entrada a ningún intruso; pero se podía ver
desde Lyne Hill, a través de una abertura en el bosque.
—No es un buen cristiano —me dijo—. Se ha peleado varias veces con el
vicario. Pero todos aseguran que adora algo allí.
Me enteré de que no había sirvientas en la casa, tan sólo hombres
contratados en Londres.
—Pobres ignorantes. Deben vivir de una forma bastante triste; así, sin
mujeres... —y la rolliza dama se encogió de hombros y se echó a reír de una
manera burlona.
El último día de diciembre decidí que necesitaba hacer ejercicio y me
dispuse a realizar una larga caminata. La nieve había dejado de caer aquella
misma mañana y el oscuro cielo se había vuelto claro y azul. Todavía hacia
frío, es cierto; pero el sol brillaba, la nieve del camino era dura y
quebradiza, y yo podía explorar someramente el país. Después del almuerzo me
calcé unas gruesas botas y unas polainas y me dirigí hacia Lyne Hill. Era un
recorrido considerable, ya que el lugar estaba situado al sur del parque de
Vauncastle Hall. Desde allí esperaba poder ver el otro lado de la casa. No
quedé desilusionado. Había un claro entre los espesos bosques, y más abajo, a
unas dos millas, vi de repente un extraño edificio, algo así como un templo
clásico.
Tan sólo asomaban las cornisas y las puntas de los pilares por encima de
los árboles, pero estaban allí, anacrónicamente vivas y tenebrosas, contra un
fondo cubierto de nieve. El espectáculo que veía desde aquel solitario lugar
era tan sorprendente que me conmocionó. Recuerdo que eché una ojeada a mis
espaldas, hacia las nevadas hileras de montanas galesas, y parecía como si
hubiese estado contemplando un paisaje invernal de los Apeninos, dos mil años
atrás.
Mi curiosidad estaba ahora alerta y decidí contemplar esta maravilla más
de cerca. Dejé el camino y surqué los nevados campos en dirección a los
bosques. A partir de ese momento empezaron las contrariedades. Me adentré en
algo parecido a una selva primitiva, un lugar en el que durante cientos de años
nadie hubiese atravesado los senderos, permitiendo que la maleza creciese
desenfrenada. Atravesé profundos hoyos y vaguadas. Zarzas y espinas salvajes
desgarraron mis ropas y arañaron mi piel; pero seguí avanzando, manteniendo el
rumbo lo mejor que pude. Por fin se acabaron los árboles. Ante mí se extendía
un espacio abierto que sabia que era un lago. Y más allá se levantaba el
templo. Ocupaba la misma extensión que la fachada que yo ya conocía, y desde
donde me encontraba era difícil creer que detrás hubiese una casa, la vivienda
de un típico hacendado galés. Era una preciosa obra de arte —me di cuenta al
primer vistazo—, majestuosa y de admirables proporciones; sin embargo no seguía
con exactitud ninguno de los modelos clásicos. Podía imaginar un interior
grande y retumbante, oscuro a causa del humo del sacrificio; y al reflexionar,
me di cuenta de que el peristilo no podía continuar bajando por los dos lados,
que no existía ningún interior, y que lo que yo estaba mirando era tan sólo un
pórtico.
Aquello era, a simple vista, impresionante y absurdo. ¿Qué locura
albergaba Dubellay cuando adornó su casa con un parterre tan grandioso? El sol
se ocultaba y las sombras de las colinas repletas de bosques nevados oscurecían
el edificio de tal manera que apenas podía distinguir la pared trasera del
pórtico. Quería contemplarlo de cerca, así que decidí atravesar a pie la helada
superficie del lago. Entonces tuve una rara experiencia. No podía estar tan
cansado; la nieve, hasta aquel momento, había sido dura y practicable, y el
hielo que tenía bajo mis pies ofrecía una superficie uniforme y cómoda. Sin
embargo, sentía un agotamiento extremo. El aire, antes gélido y cortante,
soplaba ahora caliente y opresivo.
Arrastraba las botas como si pesaran toneladas. Notaba un silencio casi
ominoso en medio de la helada. Y en el edificio de enfrente no había el menor
indicio de vida. Por fin alcancé la otra orilla y me encontré en un helado
sendero de juncos y esqueléticas mimbreras. Eran más altos que yo y para ver el
pórtico tenía que levantar la cabeza y mirar a través de sus nevadas tracerías.
Se hallaba quizás a unos ochenta pies sobre mí y a unas cien yardas de
distancia. Cuando me encontré junto a él, los delicados pilares parecían
elevarse hasta una considerable altura. Pero todavía estaba oscuro, y el único
detalle que se podía observar era el techo, que parecía esculpido o pintado con
figuras monocromáticas profundamente oscuras.
De repente el agonizante sol penetró en declive por una abertura en las
colinas y, por un instante, todo el pórtico, hasta sus más recónditas entrañas,
quedó inundado por un luminoso color dorado y escarlata. Aquello fue
maravilloso, pero había algo más. El aire era sumamente tranquilo, sin el menor
indicio de viento; tan calmado que cuando media hora antes había encendido un
cigarrillo, la llama de la cerilla ardió de forma uniforme hacia arriba, como
la vela de una habitación. Mientras estaba entre las juncias no se agitó ni un
solo cristal de escarcha... Pero en el pórtico soplaba un extraño viento. Podía
ver cómo levantaba plumas de nieve de la base de los pilares hasta recubrir las
cornisas. El suelo parecía barrido; y, sin embargo, diminutos copos que caían
de los sobresalientes bordes iban amontonándose en él.
Un furioso movimiento se apoderó del interior aunque a una yarda de allí
reinaba una tranquilidad helada. No podía decir de dónde venía ese viento pero
sí que era cálido, cálido como el aliento de un horno. De pronto, tuve miedo de
que la noche me atrapara en aquel lugar. Me volví y eché a correr. Atravesé el
lago a marchas forzadas, jadeante y sofocado, con una calurosa y mortal
opresión; avanzaba a ciegas, impulsado por una especie de instinto en dirección
al pueblo. No me detuve hasta que hube atravesado con gran esfuerzo el gran
bosque y salido a una abrupta pradera por encima de la carretera principal.
Luego me dejé caer al suelo y sentí de nuevo el reconfortante escalofrío del
aire de diciembre.
La aventura me dejó de un humor incómodo. Estaba avergonzado de mí mismo
por haber hecho el tonto y, al mismo tiempo, desconcertado y confuso, ya que
cuanto más pensaba en los incidentes de aquella tarde, menos explicaciones
encontraba. Una cosa tenía clara: este lugar no me gustaba y quería marcharme.
Había llegado ya a la última parte de mis estudios, de modo que me recluí
durante dos días seguidos y los completé; es decir, transcribí las
comparaciones y glosas conforme adelantaba con el comentario del texto. No
tenía ninguna gana de regresar a Vauncastle Hall, así que escribí una amable
nota a Dubellay expresando mi gratitud y explicando que le mandaría el
manuscrito por medio del hijo del patrón, ya que no tenía la intención de
molestarle con otra visita.
En seguida recibí una respuesta que decía que al señor Dubellay le
gustarla tener el placer de cenar conmigo en la posada antes de mi partida, y
que así recogería personalmente el códice. Era la última noche de mi estancia
en St. Sant. Encargué la mejor cena que se pudiese encontrar por aquellos
lugares y aparté una botella de clarete, del que descubrí una partida en la
bodega. Dubellay apareció temprano, a las ocho, y llegó —con gran sorpresa mía—
en coche. Se había arreglado; llevaba una chaqueta para la cena y parecía,
cabalmente, uno de esos abogados a los que se ve cenando en el Júnior Carlton
las noches de los viernes londinenses.
Tenia un ánimo excelente y sus ojos habían perdido el aire de estar
permanentemente en guardia. Parecía haber llegado a una conclusión sobre mí y
estimar que, después de todo, yo era inofensivo. Después de mi aventura, estaba
preparado para encontrar en él una expresión de miedo, el miedo que yo había
visto en las caras de los criados. Pero no existía ninguno; en su lugar creí
ver excitación, una poderosa excitación. Descuidó los modales en su
conversación. Su visita asustaba, de alguna manera, a la gente de la posada y,
en vez de la criada, nos sirvió la misma patrona.
Parecía desear que terminara la cena, y se afanaba en poner los
bizcochos y el vino de Oporto encima de la mesa, de la manera más rápida y
decente que podía. Justo entonces Dubellay se puso confidencial. Tuve la
impresión de que era, de alguna forma, un monomaníaco. Se había pasado la vida
entre antigüedades y, cuando sucedió al anterior Vauncastle, tuvo tiempo y
dinero suficiente como para permitirse cultivar su afición en profundidad. Por
otra parte, la propiedad tenía interés en sí misma. Parecía que aquel lugar
habla sido famoso en la Bretaña romana como Vauni Castra; Faxeter era una
corrupción del mismo topónimo.
—¿Quién era Vaunus? —pregunté. Él sonrió de una manera burlona y me dijo
que esperara.
Allí, en los profundos bosques, se había levantado un templo. Siempre
había existido una leyenda local acerca de eso, y se suponía que el lugar
estaba embrujado. Bien, él mismo hizo excavar aquella zona y encontró... Aquí
se convirtió en cauteloso abogado y me explicó su derecho sobre el hallazgo del
tesoro. Aunque los objetos descubiertos no eran realmente valiosos –no se
encontró oro, ni joyas–, al descubridor se le concedió el derecho a guardarlos.
Así lo hizo, y no publicó los resultados de sus excavaciones en los boletines
de ninguna sociedad especializada, ya que no quería ser importunado por los
turistas. Yo era diferente; yo era un erudito. ¿Qué habia encontrado? Realmente
era bastante difícil seguir su atropellada conversación, pero deduje que sacó a
la luz ciertas esculturas y utensilios para sacrificios.
—Y —hundió la voz— lo más importante de todo: un altar, un altar a
Vaunus, la divinidad tutelar del valle.
Cuando mencionó esta palabra su cara cambió de expresión reflejando una
especie de excitación secreta. He visto esta misma expresión en la cara de un
predicador callejero del Ejército de Salvación. Vaunus había sido un viejo dios
britano de las colinas al que los romanos, con su característico pragmatismo,
habían identificado con Apolo. Me contó una larga y confusa teoría sobre su
figura, de la que deduje que el señor Dubellay no era precisamente un
especialista. Algunas derivaciones de los nombres del lugar eran absurdas —como
St. Sant de Sáncta Sanctórum— y, citando algunas cosas de Ausonius, hizo dos
falsas valoraciones. Parecía esperar que le contara algo más de Vaunus, pero
argumenté que mi materia era la antigüedad griega y que ignoraba casi todo acerca
de la Bretaña romana. Mencionó varios libros y averigüé que nunca habla oído
hablar de Haverfield.
Utilizó una palabra, «hipocausto», que de repente me dio la clave. Había
caldeado el templo, como el resto de su casa, por medio de algún eficiente
sistema de aire caliente. Sé muy poco sobre ciencia, pero me imaginé que el
calor artificial del pórtico, en contraste con el frío que hacía fuera, podía
crear una corriente de aire como la que yo había sentido. En todo caso esa
explicación me contentó, y la aventura de aquella tarde perdió su misterio.
Como reacción, me sentí extraordinariamente amigable, y escuchaba su
conversación con auténtica simpatía. No obstante, decidí no comentar que había
visitado aquella especie de templo que se alzaba junto al lago, a pesar de que
lo mencionó él mismo de la forma más abierta.
—No podía abandonar aquel altar en la ladera de la colina —dijo—. Tuve
que buscarle un sitio; así que convertí la parte vieja de mi casa en una
especie de templo. Los arquitectos que dirigieron las obras eran gente
competente, pero demasiado ignorante en según qué cosas. A veces pienso que
tendría que haber estudiado historia o arquitectura en lugar de Derecho. Me
hubiese sido más útil. En cualquier caso, todavía me gusta el sitio, tal como
está.
—Espero que, al menos, satisfaga a Vaunus —bromeé.
—Creo que sí
Contestó con toda seriedad. Fue entonces cuando pensé que no estaba
totalmente en sus cabales, que sus pensamientos iban, por decirlo de algún
modo, a la deriva. Durante un minuto, por lo menos, estuvo mirándome fija,
abstraídamente, sin decir nada.
—¿Qué va a hacer con él a partir de ahora? —pregunté, rompiendo el
silencio.
No contestó; noté cómo se reía en sus adentros.
—No sé si recordará usted un pasaje de Sidonius Apollinaris —proseguí—,
una fórmula para desconsagrar los altares paganos y reconvertirlos al culto
cristiano. Es un proceso largo y gradual. Se empieza por sacrificar un gallo
blanco o algo apropiado; y se le dice a Apolo, con toda suavidad, que la vieja
ofrenda es sustituida por la nueva. A partir de ahí, puede comenzar la
invocación cristiana.
Casi saltó de su silla.
—¡Eso no lo haría nunca! ¡No señor! Por nada del mundo... No podría
pensarlo ni siquiera un momento.
Fue como si lo hubiese ofendido con alguna horrible blasfemia. Pero, lo
más curioso, es que ya no recuperó su compostura. Lo intentó, es cierto, pues
era un hombre que conocía los buenos modales; pero su desenvoltura y
autodominio desparecieron por completo. Seguimos conversando sobre otras
bagatelas con cierta rigidez. Luego, media hora después, se levantó para
marcharse. Le devolví el manuscrito cuidadosamente envuelto y le di mis más
efusivas gracias. Pero apenas parecía escucharme. Guardó el paquete en su
bolsillo y se fue con el mismo aspecto de abstracción que tanto me había
extrañado. Una vez que se hubo marchado me senté junto al fuego para terminar
la botella de Oporto y examinar la situación. Estaba satisfecho con lo del
hipocausto. Al fin y al cabo, la extraña aventura que tanto me había inquietado
la tarde aquella quedaba perfectamente explicada con una cosa así. Sin embargo,
todavía sentía un cierto regusto a pesadumbre y concluí que Dubellay no me
gustaba en absoluto. Lo consideraba un maniático carente de ingenio, como esas
criadas que adoran a sus gatos y no conciben nada más. No sentía lo más mínimo
tener que abandonar Faxeter.
III.
Mi tercera y última visita a St. Sant fue durante el junio siguiente, en
el solsticio de verano de 1914. Todavía no había terminado mi Theocrilus;
necesitaba un par de días más el manuscrito de Vauncastle y, como quería irme a
Italia en julio, escribí a Dubellay y le pregunté si le podía echar otra
ojeada. Aquello era un aburrimiento, pero tenía que afrontarlo, y pensé que el
valle sería, después de todo, un agradable lugar para pasar el cálido verano.
En seguida recibí una respuesta; Vauncastle me invitaba a visitarlo. Casi lo
suplicaba, e insistía en que me alojase en su mansión. No podía rehusar, aunque
hubiera preferido la posada. Me envió un telegrama preguntando por mi tren y
volvió a telegrafiar, diciendo que vendría a buscarme.
Parece ser que esta vez era un invitado particularmente grato. Llegué a
Faxeter al anochecer y me estaba esperando un coche contratado en el mismo
pueblo. El conductor era un joven muy comunicativo. Me senté detrás de él, con
las ventanillas abiertas para que me diera el aire fresco. El calor me
agobiaba. De hecho, me alegré al salir de la sofocante Cambridge, aunque no
puedo decir que hiciera mas fresco cuando ascendimos por el valle del río Vaun.
Los bosques tenían su esplendor veraniego, tal vez un poco deslucido y apagado
por el calor. El río quedaba reducido a un reguero y las curiosas cimas de las
colinas estaban tan abrasadas por el sol que parecían casi amarillas. Una vez
más tenia la sensación de estar en un paisaje fantástico, que no era inglés.
—El señor Dubellay se ha preocupado mucho de su llegada, señor —me
informó el conductor—. Ha visitado tres veces al dueño del garaje para asegurar
que todo fuera bien. Tiene, también, un coche de su propiedad, un pequeño y
precioso Daimler; pero no parece que lo utilice mucho. No le han visto con él
desde hace tiempo.
Al atravesar los muros exteriores de Vauncastle Hall, miró con
curiosidad a su alrededor.
—Nunca estuve aquí antes, aunque he frecuentado la mayoría de las
mansiones en un radio de cincuenta millas. Un lugar extraño y anticuado,
¿verdad, señor?
Si a mediados de invierno parecía un santuario tapiado, en aquel
crepúsculo de junio era, más que nunca, un lugar cerrado y sombrío. Se percibía
un olor a podredumbre otoñal, una seca putrefacción, como yesca. Parecía como
si descendiéramos a través de selvas espesas. Cuando por fin giramos y
atravesamos la verja de hierro, vi que el césped había alcanzado un estado de
dejadez extremo, semejante al de un henar descuidado. El pálido mayordomo me
hizo entrar. Tras él esperaba Dubellay. Ya no era el hombre que yo había
conocido en diciembre. Llevaba un viejo traje de franela abombado y su cara
enfermiza y enrojecida estaba tensa y contraída por el dolor. Tenía bolsas
debajo de los ojos, y éstos ya no mostraban la antigua excitación. Al
contrario, estaban tristes y apagados. Sí, había dolor en ellos, y algo más:
había miedo. Me preguntaba si su manía se estaba volviendo demasiado pesada
para él. Me saludó como a un hermano perdido desde hacía tiempo. Considerando
que yo apenas le conocía, me extrañó la forma en que se dirigió a mí.
—Te bendigo por haber venido, querido compañero —dijo–. Necesitas un
baño. Luego cenaremos. No te preocupes por cambiarte.
—Nunca lo hago.
Me condujo a mi habitación, que era bastante limpia pero pequeña como la
de un criado. Comprendí que había remozado la casa de arriba abajo para
edificar su absurdo templo. Cenamos en una habitación bastante grande, que era
una especie de biblioteca. Había viejos libros alineados, aunque no parecían
llevar allí mucho tiempo. En realidad, aquello parecía un trastero en el que se
había apilado una preciosa colección. Sin duda hablan permanecido antes en un
noble aposento georgiano. No había nada más; ni antigüedades ni objetos que
demostrasen gusto y criterio.
—Ha llegado justo a tiempo —dijo—. Salté de alegría cuando recibí su
carta, ya que había pensado incluso en acudir a Cambridge para invitarlo.
Espero que no tenga prisa en marcharse.
—En realidad —contesté— tengo poco tiempo. Espero salir al extranjero la
semana próxima. He de terminar mi trabajo en un par de días. No puedo decirle
cuánto le agradezco su amabilidad.
—Dos días... —comentó—. Eso llega hasta el solsticio de verano. Debería
ser suficiente...
No entendí lo que quería decir. Le expliqué que estaba ansioso por
examinar su colección. Abrió los ojos.
—Sus descubrimientos, quiero decir —aclaré—. Ya sabe... El altar de
Vaunus...
Al escuchar aquellas palabras su cara se retorció en un espasmo de
terror, como si se asfixiase. Fue un segundo, luego se recuperó.
—Sí, sí —dijo con rapidez—. Lo verá, lo verá todo; pero no ahora, no
esta noche. Mañana, a plena luz del día, será mejor momento.
El resto de la velada se hizo tedioso. Dubellay era un hombre de escasa
conversación y se limitaba a replicar con cierto esfuerzo a mis triviales
observaciones. A menudo le sorprendí mientras me miraba furtivamente. Parecía
examinarme y preguntarse hasta dónde podía confiar en mí. Aquello empezó a
ponerme nervioso y, para colmo, hacía un calor abominable. Las ventanas de la
habitación daban a un pequeño patio adoquinado, rodeado de laureles, y parecía
que estuviera en Seven Dials, a juzgar por el aire que se respiraba. Cuando
sirvieron el café no pude aguantar más.
—¿Qué le parece si salimos a la parte de atrás. Al pórtico de esa
especie de templo? —inquirí—. Allí, con el aire del lago, estaremos más
frescos.
Aquello fue como si le hubiese propuesto el asesinato de su madre. Su
voz se convirtió en un farfulleo incoherente.
—No, no. —balbuceó—. ¡Dios mío, allí no!
Perdió el control sobre sí mismo y casi se desvaneció. Tardó un rato
hasta volver a recuperarse. Un criado encendió las lámparas de aceite y me
resigné a seguir en la sofocante habitación.
—Usted mencionó algo cuando nos encontramos la última vez —se aventuró,
finalmente, a decir; después de mirarme de soslayo un largo rato—. Algo acerca
de un ritual para volver a consagrar un altar.
Recordaba mi observación sobre Sidonius Apollinaris.
—¿Podría mostrarme el pasaje? Aquí hay una biblioteca clásica muy buena,
coleccionada por mi bisabuelo. Por desgracia no tengo los estudios necesarios
para utilizarla como es debido.
Me levanté y registré las estanterías con atención y, al poco rato,
hallé una copia de Sidonio, la edición de Phantin de 1609. Busqué el pasaje y
se lo traduje con rigor. Escuchaba ansioso y me lo hizo repetir dos veces.
—Ahí dice un gallo —dudó—. ¿Es esencial?
—No lo creo. Me imagino que serviría cualquier cosa reconocida para
rituales semejantes.
—Me alegro —se limitó a decir—. No puedo soportar el derramamiento de
sangre.
—Por Dios, hombre —exclamé—, ¿Se toma estas tonterías en serio? Sólo
estaba bromeando. Dejemos que Vaunus siga en su altar...
Me miró como si fuese una esfinge. Y estaba bastante ofendido.
—Sidonio sabía...
—Bueno, pero nosotros no... Gracias a Dios —dije con rudeza—. Estamos en
el siglo veinte y no en el tercero. ¿No va siendo hora ya de irnos a dormir?
No hizo ninguna objeción y me trajo una vela. Subí a mi cuarto y,
mientras me desnudaba, me pregunté a qué especie de manicomio había ido a
parar. Sentía el más profundo desagrado por aquel lugar y anhelaba irme directo
a la posada; sin embargo no podía insultar de esa forma a mi anfitrión. Al fin
y al cabo, estaba usando su biblioteca y su inapreciable manuscrito. En mi
opinión, era evidente que Dubellay estaba loco. Su manía le había hecho perder
la razón. ¡Santo cielo! Hablaba de su precioso Vaunus como si fuese un devoto.
Sin duda su imaginación, apenas educada, había terminado desarrollando algún
tipo de adoración por ese olvidado dios. Recuerdo haber dormido sólo un par de
horas.
Me desperté empapado de sudor, pues aquel lugar era un auténtico horno.
La ventana estaba abierta de par en par y cuando asomé la cabeza noté que el
aire de la noche era fresco, a pesar de encontrarnos en pleno verano. Así pues,
el calor procedía del interior. La habitación se encontraba en el primer piso,
justo encima de la entrada, y me quedé mirando el exuberante césped. La noche
era oscura y tranquila, aunque me pareció oir algo de viento. Miré los árboles;
estaban tan inmóviles como el mármol. Pero en algún lugar cerca de allí sonaba
algo parecido al ruido que produce una fuerte ráfaga de viento. La luna se
había escondido y observé, en algún lugar que no puedo precisar, un fuerte
destello de luz. Pude ver su reflejo sobre el suelo, justo enfrente de la
ventana a la que me asomaba. Esto significaba que la iluminación procedía de la
parte de atrás, del lugar en el que se alzaba el templo. ¿Qué clase de
saturnales estaba llevando a cabo Dubellay a esas horas?
Recapacité y vi que si quería dormir debía hacer algo al respecto. No
cabía la menor duda; algún loco había puesto la calefacción en marcha, ya que
la habitación era un horno. Mi mal genio iba en aumento; no encontraba ningún
timbre de servicio, así que encendí la vela y salí a buscar un criado. Bajé las
escaleras y descubrí la habitación en la que habíamos cenado. Allí mismo
arrancaba un pasillo que recorrí sin dudar. Terminaba frente a una recia puerta
de roble. La luz me hizo ver que no había forma aparente de abrirla. Comprendí
que conducía al templo. Estaba perfectamente cerrada y no tenía ningún
pestillo; pude oír a través de ella un ruido, algo así como un furioso
viento... A continuación abrí otra puerta que estaba a mi derecha y me encontré
en un gran recinto destinado a almacén. Desprendía un curioso, exótico y
aromático olor. Dispuestos de una manera muy pulcra en el suelo y en las
estanterías, vi una enorme cantidad de pequeños sacos y cofres. Cada uno
llevaba una etiqueta, un pedazo de papel grueso y cuadrado con una inscripción
muy misteriosa:
PRO SERVITIO VAUNI
Las había visto antes. Si la memoria no me fallaba, eran las mismas
etiquetas que los criados de Dubellay pegaban a los paquetes que sacaban del
carruaje, aquella noche de otoño, cuando mis arreglé los faros de mi coche
frente a Vauncastle Hall. Aquel descubrimiento hizo que mi sospecha se
convirtiera en una desagradable certidumbre. Era evidente que Dubellay
pretendía que en las etiquetas se leyera: «Para el culto de Vaunus.» No era
ningún erudito, ya que la palabra “Servitio” no podía usarse en este caso; pero
sí era, sin lugar a dudas, un demente. No obstante, la tarea inmediata era
encontrar la manera de poder dormir, así que seguí buscando a un criado.
Recorrí otro corredor y descubrí una segunda escalera. Al final encontré una
puerta abierta y miré adentro. Debía ser la habitación de Dubellay, ya que sus
ropas de franela estaban sucias y arrugadas sobre una silla, pero mi anfitrión
no se encontraba allí.
Ni siquiera había dormido en la cama esa noche. Supongo que mi
irritación era mayor que mi sobresalto —aunque debo decir que estaba un poco
asustado— pues seguí buscando al evasivo criado. Existía otra escalera que, en
apariencia, parecía conducir a los áticos y, al subir, resbalé y armé un fuerte
alboroto. Cuando levanté la mirada me encontré con la del mayordomo. Allí
estaba, en camisa de dormir, y si alguna vez una cara ha expresado miedo, ésa
era la suya. Cuando me reconoció pareció tranquilizarse un poco.
–¡Por el amor de Dios! —dije—. ¡Apague la calefacción! No puedo pegar
ojo con este maldito aire infernal. ¿Quién fue el idiota que la puso en marcha?
Me miraba como una lechuza, pero se las arregló para encontrar palabras.
—Lo siento, señor, pero no hay ningún aparato de calefacción en
Vauncastle Hall.
No hubo nada más que añadir. Quedé corrido y confuso, así que regresé a
mi habitación y noté que había refrescado un poco. Me asomé a la ventana y me
dio la impresión de que el misterioso viento había cesado y ya no se observaba
ningún resplandor en el otro extremo de la casa. Me metí en la cama, algo más
aliviado, y dormí profundamente hasta que me despertó la aparición de un criado
que traía el agua para afeitar, a las nueve y media de la mañana. No tenía
cuarto de baño, así que me lavé en la pequeña cacerola de hojalata y, tras
arreglarme, salí de mi habitación. Era una plomiza mañana que prometía un día
de feroz calor. Cuando bajé a desayunar encontré a Dubellay en el comedor. A la
luz del dia parecía un hombre muy enfermo; y aun así, daba la impresión de
haberse recuperado, ya que su carácter era mucho menos nervioso que la noche
anterior. Su aspecto era casi normal y podía haber reconsiderado mi opinión a
no ser por su mirada. Le comenté que me proponía trabajar todo el día con el
manuscrito y terminar de una vez. Asintió con la cabeza.
—De acuerdo. Yo también tengo cosas que hacer y no le molestaré.
—Pero antes de nada –repliqué– quiero ver sus descubrimientos
arqueológicos. Usted prometió mostrármelos
Miró por la ventana; el sol brillaba sobre los laureles y el pavimento
de la entrada.
—La luz es buena —dijo—, parece una extraña advertencia. Vayamos ahora.
Hay momentos y estaciones para el templo.
Me condujo por el mismo pasillo que yo había explorado la noche
anterior. La puerta de roble no se abría con llave sino con una palanca que
estaba en la pared. En un instante, la luz solar me golpeó con fuerza. El
paisaje era maravilloso. Frente a mí se alzaba una columnata espléndida cuyos
pies bañaba un lago tan azul como una turquesa. No es fácil describir la
impresión que causaba aquel lugar. Era muy claro y aireado, tan brillante como
un templo italiano bajo el solsticio estival. Las proporciones eran considerables.
Las elevadas y sumergidas columnas, y el techo (que parecía de cedro), flotaban
de un modo tan delicado como una flor en su tallo. La piedra era la típica
caliza de la región y en el suelo estaba pulida como el mármol.
Alrededor había un espléndido panorama de centelleante agua, bosques
veraniegos y lejanas colinas azules. Debía de ser tan sano como la cumbre de
una montaña. Y, sin embargo, apenas crucé el umbral de la puerta, supe que
aquello era una prisión. No soy un hombre con mucha imaginación y creo que mis
nervios son fuertes, pero apenas podía andar por lo impresionado que estaba. Me
sentía desplazado del mundo, como si estuviera en un calabozo o en un banco de
hielo. Notaba también que, aunque estuviéramos bastante lejos de la humanidad,
no estábamos solos. En la pared interior había tres esculturas. Dos eran frisos
imperfectos, tallados en bajorrelieve, que trataban aparentemente sobre el
mismo tema: Una procesión ritual, sacerdotes que llevaban ramas y el típico
dendrophori. Las caras eran sólo medio humanas y no les faltaba ningún rasgo de
ingenio, ya que el artista había sido un maestro. Lo sorprendente era que las
ramas y el cabello de los hierofantes estaban agitados por un viento
huracanado, y la expresión de cada uno de ellos era la de un ser doliente, con
el corazón resquebrajado por el terror.
Entre los frisos destacaba un gran rodel con la cabeza de una Gorgona;
no era un rostro de mujer sino, cosa extraña, el de un hombre con el pelo
viperino en la barbilla y el labio. Antaño había sido coloreada y quedaban
fragmentos de pigmento verde en los rizos. Era una cosa horrenda de ver: El
último grado del miedo, la última locura de la crueldad manifestados en la
piedra. Me apresuré a desviar los ojos y miré hacia el altar. Se levantaba
hacia poniente, justo al otro lado, sobre un frontón con tres peldaños. Era una
magnífica obra de arte apenas dañada por el paso de los siglos, con dos
palabras grabadas en su cara:
APOLL. VAUN.
Su exótico mármol estaba agujereado y desgastado en la parte superior a
causa de los antiguos sacrificios. Aunque yo hubiera jurado que allí se veía
también la marca de una llama reciente. Supongo que no estuve en aquel lugar
más de cinco minutos. Yo deseaba salir, y Dubellay quería sacarme de allí. No
pronunciamos palabra alguna hasta regresar a la biblioteca.
—¡Por el amor de Dios, desista de esto! —dije—. Está jugando con fuego,
señor Dubellay. Se está dejando arrastrar hacia el manicomio. Envíe todo esto a
un museo y abandone el lugar. Ahora mismo. No hay tiempo que perder. Baje a la
posada conmigo y cierre para siempre esta casa.
Me miró con el labio temblando, como un niño a punto de llorar.
—Lo haré. Le prometo que lo haré... Pero todavía no... Después de esta
noche... Mañana haré lo que usted me diga... No me abandonará, ¿Verdad?
—No, no le dejaré, pero ¿qué diablos tengo que hacer con usted si no
quiere seguir mi consejo?
—Sidonio... —comenzó a decir.
—¡Maldito Sidonio! Ojalá no lo hubiera mencionado nunca. Todo esto es
una redomada estupidez que lo está matando. Se le ha metido en el cerebro.
¿Sabe usted que está enfermo?
—No me siento del todo bien. Hoy hace tanto calor... Creo que voy a
tumbarme.
Discutir con él no servía de nada. Regresé a mi trabajo con un mal genio
horroroso. El día transcurrió como se había anunciado, con un gran calor. Antes
del mediodía, el sol se escondió tras una niebla rojiza y no había el menor
indicio de viento. Dubellay no apareció a almorzar; era una comida que no
siempre le apetecía, me dijo el mayordomo. Estuve trabajando duro toda la tarde
y terminé mi tarea a eso de las seis. Esto me permitiría marchar a la mañana
siguiente, y tenía la esperanza de poder persuadir a mi anfitrión para que
viniera conmigo.
La conclusión de mi tarea me puso de mejor humor, y salí a dar un paseo
antes de cenar. Hacía una noche muy sofocante, pues la cálida bruma no se había
levantado; los bosques estaban tan silenciosos como una tumba, no se oía un
solo pájaro y, cuando salí del cobertizo a los abrasados prados vi que las
ovejas estaban demasiado aturdidas por el calor como para pastar. Durante mi
paseo exploré los alrededores de la casa y descubrí que seria muy difícil
abrirse paso hasta el templo sin dar un largo rodeo. A un lado se alzaban las
dependencias de la casa y un alto muro; en el otro, el seto vivo más alto y
tupido que jamás haya visto y que terminaba en un bosque con su tapia de
contención llena de espliego silvestre. Regresé a mi habitación, tomé un baño
frío en la exigua bañera y me cambié. Dubellay no se presentó a cenar. El
mayordomo argumentó que su amo se encontraba mal y se había ido a la cama. Las
noticias me complacieron, ya que el lecho era el mejor lugar para él.
Después me dispuse a pasar una solitaria noche en la biblioteca.
Escudriñé por entre las estanterías y encontré bastantes ediciones raras, que
me sirvieron para pasar el tiempo. Noté que la copia de Sidonio no estaba en su
sitio habitual. Creo que eran alrededor de las diez cuando me fui a la cama, ya
que estaba inexplicablemente cansado. Recuerdo que me pregunté si debería ir a
visitar a Dubellay, pero decidí que era mejor dejarlo solo. Todavía me reprocho
aquella decisión. Ahora me doy cuenta que debería habérmelo llevado hasta la
posada aquella misma noche, arrastrándolo por la fuerza si era preciso.
Desperté de mi pesado sueño con un sobresalto. Un grito retumbaba todavía en mi
cerebro. Aguanté la respiración y me quedé escuchando. Sonó otra vez- Era un
horrible grito de pánico y tortura espiritual. Salté de la cama en un segundo y
me calcé las zapatillas. El grito procedía de la parte de atrás de la casa. Del
templo. Bajé precipitadamente las escaleras con la esperanza de oír el barullo
de una familia asustada. Sin embargo, no se escuchaba nada y el espantoso grito
tampoco se repitió.
La puerta de roble que había al final del corredor estaba cerrada, tal
como esperaba. Detrás parecía como si se agitara un infierno. Se oían los
sonidos de una tempestad y algo más, como el crujir de un fuego. Me dirigí a la
puerta principal, solté la cadena y salí a la silenciosa noche sin luna. Me
dirigí hacia atrás, buscando un paso, a pesar de la desgarradora tormenta que
parecía estar azotando la casa. Por lo que había visto en mi paseo vespertino
deduje que la única posibilidad de poder llegar al templo era a través del seto
vivo. Pensé que debía arreglármelas para abrirme paso entre el extremo de éste
y el muro. Lo conseguí a costa de mi ropa y mi piel. Más allá había otra
extensión de césped salvaje con enmarañados matorrales y, a continuación, una
pronunciada pendiente que descendía hasta el nivel del lago. Avancé a gatas por
la orilla, abundante en juncias, sin atreverme a levantar la vista hasta
encontrarme en los mismos peldaños del templo. El lugar brillaba con mayor
intensidad que lo había hecho durante el día. Vi una rugiente ráfaga de fuego.
El mismo aire parecía arder, convirtiéndose en un llameante éter. Todavía no
había llamas; tan sólo un fulgíneo resplandor. No podía entrar, pues aquella
ráfaga me golpeó la cara como si fuese una mano abrasadora. Noté que se
chamuscaba mi pelo... Como ustedes ya saben soy miope, y puedo haberme
equivocado; pero esto es lo que creo que vi:
Parecía como si en el altar se alzase una gran llama, tan alta que
rozaba el techo, y por su frontis fluían llameantes riachuelos. Enfrente yacía
un cuerpo —el de Dubellay— completamente desnudo, quemado y negro. No había
nada mas, excepto la cabeza masculina de la Gorgona que, en la pared de
enfrente, brillaba como un sol en el infierno. Supongo que debería haber
intentado entrar. Lo único que sé es que retrocedí tambaleándome con graves
quemaduras. Me protegí los ojos y, cuando miraba por entre los dedos, me
parecía ver fluir las llamas por debajo mismo de las paredes; y pensé que
podían existir recintos que yo no conocía o, tal vez, otra entrada. Luego, de
repente, la gran puerta de roble que comunicaba con la casa se encogió como una
trozo de tela y, con un bramido, el ardiente río irrumpió en la mansión de
Vauncastle Hall. Me zambullí en el lago para aliviar mi dolor y luego escapé
corriendo, lo más rápido que pude, desandando el camino por el que había
venido. El pobre diablo de Dubellay no necesitaba ya mi ayuda. Además no estoy
seguro de lo que ocurrió. Sé que la casa ardió como un pajar. Eso es todo.
Encontré a uno de los criados tendido sobre el césped y creo que ayudé a otro a
bajar de su habitación por uno de los canalones. Cuando llegaron los vecinos,
la casa había quedado reducida a cenizas y yo me sentía extrañamente
desamparado. Me llevaron a la posada del pueblo y me acostaron. Permanecí allí
hasta que la investigación judicial concluyó.
Los forenses y especialistas comisionados estaban confusos; al fin y al
cabo, aquel verano se incendiaron gran cantidad de casas de campo. No se
averiguó gran cosa sobre Dubellay. De Vauncastle Hall no quedó nada salvo unos
pocos pilares ennegrecidos. El altar y las esculturas estaban tan agrietados y
llenos de cicatrices que ningún museo los quiso. El lugar no ha sido
reconstruido, y todo lo que sé es que, al día de hoy, las ruinas y los restos
permanecen todavía allí.
Os aseguro que yo no voy a volver a buscarlos.
Epílogo:
Nightingale concluyó su historia y nos miró con curiosidad.
—No me pidan una explicación —dijo—, pues no tengo ninguna. Pueden
creer, si les place, que el dios Vaunus habitó realmente en el templo que
Dubellay le construyó. Y que, cuando su devoto empezó a asustarse e intentó la
fórmula de Sidonio para cambiar la ofrenda, se enfureció y lo mató con su
viento llameante. Ese viento podría ser una especie de atributo del propio
dios. Ahora sabemos muchas más cosas de él, ya que el pasado año se desenterró
un templo suyo en Gales.
—Un relámpago —sugirió alguien.
—Hacía una noche tranquila, sin truenos —contestó Nightingale.
—¿No es una zona volcánica? —preguntó Peckwether—. ¿Qué me dice de
bolsas de gas natural o algo parecido?
—Es posible. Ustedes mismos pueden buscarle una explicación. Me temo que
no puedo ayudarles más. ¡Todo lo que sé es que no tengo la intención de volver
a visitar ese valle!
—¿Qué sucedió con su Theocrilus?
—Se quemó con el resto de la casa. Sin embargo, no me preocupó mucho.
Seis semanas más tarde estalló la guerra, y tuve otras cosas en las que pensar.
____________________________
John Buchan (1875-1940)

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