© Libro N° 10073. La Señora Mayor. Borges, Jorge Luis. Emancipación. Junio
25 de 2022.
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Jorge Luis Borges
La Señora Mayor
Jorge Luis Borges
El 14 de enero de 1941, María Justina Rubio de
Jáuregui cumpliría cien años. Era la única hija de guerreros de la
Independencia que no había muerto aún.
El coronel Mariano Rubio, su padre, fue lo que sin
irreverencia puede llamarse un prócer menor. Nacido en la parroquia de la
Merced, hijo de hacendados de la provincia, fue promovido a alférez en el
ejército de los Andes, militó en Chacabuco, en la derrota de Cancha Rayada, en
Maipú y, dos años después, en Arequipa. Se cuenta que la víspera de esta
acción, José de Olavarría y él cambiaron sus espadas. A principios de abril del
23 ocurriría el célebre combate de Cerro Alto que, por haberse librado en el valle,
suele denominarse también de Cerro Bermejo. Siempre envidiosos de nuestras
glorias, los venezolanos atribuyeron esta victoria al general Simón Bolívar,
pero el observador imparcial, el historiador argentino, no se deja embaucar y
sabe muy bien que sus laureles corresponden al coronel Mariano Rubio. Éste, a
la cabeza de un regimiento de húsares colombianos, decidió la incierta
contienda de sables y de lanzas, que preparó la no menos famosa acción de
Ayacucho, en la que también se batió. En ésta recibió una herida. El 27 le fue
dado actuar con denuedo en Ituzaingó, a las órdenes inmediatas de Alvear. Pese
a su parentesco con Rosas, fue hombre de Lavalle y dispersó a los montoneros en
una acción que él llamó siempre una sableada. Derrotados los unitarios, emigró
al Estado Oriental, donde se casó. En el decurso de la Guerra Grande, murió en
Montevideo, plaza sitiada por los blancos de Oribe. Estaba por cumplir cuarenta
y cuatro años, que ya eran casi la vejez. Fue amigo de Florencio Varela. Es
harto verosímil que los profesores del Colegio Militar lo hubieran aplazado;
sólo había cursado batallas pero ni un solo examen. Dejó dos hijas, de las
cuales María Justina, la menor, es la que nos importa.
A fines del 53 la viuda del coronel y sus hijas se
fijaron en Buenos Aires. No recobraron el establecimiento de campo confiscado
por el tirano, pero el recuerdo de esas leguas perdidas, que no habían visto
nunca, perduró largamente en la familia. A la edad de diecisiete años, María
Justina casó con el doctor Bernardo Jáuregui, que, aunque civil, se batió en
Pavón y en Cepeda y murió en el ejercicio de su profesión durante la Fiebre
Amarilla. Dejó un hijo y dos hijas; Mariano, el primogénito, era inspector de
rentas y solía frecuentar la Biblioteca Nacional y el Archivo, urgido por el
propósito de escribir una exhaustiva biografía del héroe, que nunca terminó y
que acaso no empezó nunca. La mayor, María Elvira, se casó con un primo suyo,
un Saavedra, empleado en el Ministerio de Hacienda; y Julia, con un señor
Molinari, que, aunque de apellido italiano, era profesor de latín y una persona
de lo más ilustrada. Omito a nietos y a bisnietos; basta que mi lector se
figure una familia honrosa y venida a menos, presidida por una sombra épica y
por la hija que nació en el destierro.
Vivían modestamente en Palermo, no lejos de la
Iglesia de Guadalupe, donde Mariano recordaba aún haber visto, desde un tranvía
de La Gran Nacional, una laguna que bordeaba uno que otro rancho de ladrillo
sin revocar, no de chapas de cinc; la pobreza de ayer era menos pobre que la
que ahora nos depara la industria. También las fortunas eran menores.
La casa de los Rubio ocupaba los altos de una
mercería del barrio. La escalera lateral era angosta; la baranda, que estaba a
la derecha, se prolongaba en uno de los costados del oscuro vestíbulo, donde
había una percha y unas sillas. El vestíbulo daba a la salita con muebles
tapizados, y la salita al comedor, con muebles de caoba y una vitrina. Las
persianas de hierro, siempre cerradas por temor a la resolana, dejaban pasar
una media luz. Me acuerdo de un olor a cosas guardadas. En el fondo estaban los
dormitorios, el baño, un patiecito con pileta de lavar y la pieza de la
sirvienta. En toda la casa no había otros libros que un volumen de Andrade, una
monografía del héroe, con adiciones manuscritas, y el Diccionario
Hispano-Americano de Montaner y Simón, adquirido porque lo pagaban a plazos y
por el mueblecito correspondiente. Contaban con una pensión, que siempre les
llegaba con atraso, y con el alquiler de un terreno —único resto de la
estancia, antes vasta— en Lomas de Zamora.
En la fecha de mi relato, la señora mayor vivía con
Julia, que había enviudado, y con un hijo de ésta. Seguía abominando de
Artigas, de Rosas y de Urquiza; la primera guerra europea, que le hizo detestar
a los alemanes, de los que sabía muy poco, fue menos real para ella que la
revolución del noventa y que la carga de Cerro Alto. Desde 1932 había ido
apagándose poco a poco; las metáforas comunes son las mejores, porque son las
únicas verdaderas. Profesaba, por supuesto, la fe católica, lo cual no significa
que creyera en un Dios que es Uno y es Tres, ni siquiera en la inmortalidad de
las almas.
Murmuraba oraciones que no entendía y las manos
movían el rosario. En lugar de la Pascua y del Día de Reyes había aceptado la
Navidad, así como el té en vez del mate.
Las palabras protestante, judío, masón, hereje y
ateo eran, para ella, sinónimas y no querían decir nada. Mientras pudo, no
hablaba de españoles sino de godos, como lo habían hecho sus padres. En 1910,
no quería creer que la Infanta, que al fin y al cabo era una princesa, hablara,
contra toda previsión, como una gallega cualquiera y no como una señora
argentina. Fue en el velorio de su yerno donde una parienta rica, que nunca
había pisado la casa, pero cuyo nombre buscaban con avidez en la crónica social
de los diarios, le dio la desconcertante noticia. La nomenclatura de la señora
de Jáuregui siguió siendo anticuada; hablaba de la calle de las Artes, de la
calle del Temple, de la calle Buen Orden, de la calle de la Piedad, de las dos
Calles Largas, de la plaza del Parque y de los Portones. La familia afectaba
esos arcaísmos, que eran espontáneos en ella.
Decían orientales y no uruguayos. No salía de su
casa; quizá no sospechaba que Buenos Aires había ido cambiando y creciendo. Los
primeros recuerdos son los más vívidos; la ciudad que la señora se figuraba del
otro lado de la puerta de calle sería muy anterior a la del tiempo en que
tuvieron que mudarse del centro. Los bueyes de las carretas descansarían en la
plaza del Once y las violetas muertas aromarían las quintas de Barracas. Ya no
sueño más que con muertos fue una de las últimas cosas que le oyeron decir.
Nunca fue tonta, pero no había gozado, que yo sepa, de placeres intelectuales;
le quedarían los que da la memoria y después el olvido. Siempre fue generosa.
Recuerdo los tranquilos ojos claros y la sonrisa. Quién sabe qué tumulto de
pasiones, ahora perdidas y que ardieron, hubo en esa vieja mujer, que había
sido agraciada. Muy sensible a las plantas, cuya modesta vida silenciosa era
afín a la de ella, cuidaba unas begonias en su cuarto y tocaba las hojas que no
veía. Hasta 1929, en que se hundió en el entresueño, contaba sucedidos
históricos, pero siempre con las mismas palabras y en el mismo orden, como si
fueran el Padrenuestro, y sospeché que ya no respondían a imágenes. Lo mismo le
daba comer una cosa que otra. Era, en suma, feliz.
Dormir, según se sabe, es el más secreto de
nuestros actos. Le dedicamos una tercera parte de la vida y no lo comprendemos.
Para algunos no es otra cosa que un eclipse de la vigilia; para otros, un
estado más complejo, que abarca a un tiempo el ayer, el ahora y el mañana; para
otros, una no interrumpida serie de sueños. Decir que la señora de Jáuregui
pasó diez años en un caos tranquilo es acaso un error; cada instante de esos
diez años puede haber sido un puro presente, sin antes ni después. No nos maravillemos
demasiado de ese presente que contamos por días y por noches y por los
centenares de las hojas de muchos calendarios y por ansiedades y hechos; es el
que atravesamos cada mañana antes de recordarnos y cada noche antes del sueño.
Todos los días somos dos veces la señora mayor.
Los Jáuregui vivían, ya lo hemos visto, en una
situación algo falsa. Creían pertenecer a la aristocracia, pero la gente que
figura los ignoraba; eran descendientes de un prócer, pero los manuales de
historia solían prescindir de su nombre. Es verdad que lo conmemoraba una
calle, pero esa calle, que muy pocos conocen, estaba perdida en los fondos del
cementerio del Oeste.
La fecha se acercaba. El 10, un militar de uniforme
se presentó con una carta firmada por el propio ministro anunciando su visita
para el 14; los Jáuregui mostraron esa carta a todo el vecindario y recalcaron
el membrete y la firma autógrafa. Luego fueron llegando los periodistas para la
redacción de la nota. Les facilitaron todos los datos; era evidente que en su
vida habían oído hablar del coronel Rubio. Gente casi desconocida habló por
teléfono para que los invitaran.
Con diligencia trabajaron para el gran día.
Enceraron los pisos, limpiaron los cristales de las ventanas, desenfundaron las
arañas, lustraron la caoba, pulieron la platería de la vitrina, modificaron la
disposición de los muebles y dejaron abierto el piano de la sala para lucir el
cubre teclas de terciopelo. La gente iba y venía. La única persona ajena a esa
bulla era la señora de Jáuregui, que parecía no entender nada. Sonreía; Julia,
asistida por la sirvienta, la acicaló, como si ya estuviera muerta. Lo primero
que las visitas verían al entrar sería el óleo del prócer y, un poco más abajo
y a la derecha, la espada de sus muchas batallas. Aun en las épocas de penuria
se habían negado siempre a venderla y pensaban donarla al Museo Histórico. Una
vecina de lo más atenta les prestó para la ocasión una maceta de malvones.
La fiesta empezaría a las siete. Fijaron como hora
las seis y media, porque sabían que a nadie le gusta llegar a encender las
luces. A las siete y diez no había un alma; discutieron con alguna acritud las
desventajas y ventajas de la impuntualidad. Elvira, que se preciaba de llegar a
la hora precisa, dictaminó que era una imperdonable desconsideración tener
esperando a la gente; Julia, repitiendo palabras de su marido, opinó que llegar
tarde es una cortesía, porque si todos lo hacen es más cómodo y nadie apura a
nadie. A las siete y cuarto la gente no cabía en la casa. El barrio entero pudo
ver y envidiar el coche y el chauffeur de la señora de Figueroa, que no las
invitaba casi nunca, pero que recibieron con efusión, para que nadie sospechara
que sólo se veían por muerte de un obispo. El presidente envió a su edecán, un
señor muy amable, que dijo que para él era todo un honor estrechar la mano de
la hija del héroe de Cerro Alto. El ministro, que tuvo que retirarse temprano,
leyó un discurso muy conceptuoso, en el cual, sin embargo, se hablaba más de
San Martín que del coronel Rubio. La anciana estaba en su sillón, contra unos
almohadones y a ratos inclinaba la cabeza o dejaba caer el abanico. Un grupo de
señoras distinguidas, las Damas de la Patria, le cantaron el Himno, que pareció
no oír. Los fotógrafos dispusieron a la concurrencia en grupos artísticos y
prodigaron sus fogonazos. Las copitas de oporto y de jerez no daban abasto.
Descorcharon varias botellas de champagne. La
señora de Jáuregui no articuló una sola palabra: acaso ya no sabía quién era.
Desde esa noche guardó cama.
Cuando los extraños se fueron la familia improvisó
una pequeña cena fría. El olor del tabaco y del café ya había disipado el del
tenue benjuí.
Los diarios de la mañana y de la tarde mintieron
con lealtad; ponderaron la casi milagrosa retentiva de la hija del prócer, que
«es archivo elocuente de cien años de la historia argentina». Julia quiso
mostrarle esas crónicas. En la penumbra, la señora mayor seguía inmóvil, con
los ojos cerrados. No tenía fiebre; el médico la examinó y declaró que todo
andaba bien. A los pocos días murió. La irrupción de la turba, el tumulto
insólito, los fogonazos, el discurso, los uniformes, los repetidos apretones de
manos y el ruidoso champagne habían apresurado su fin. Tal vez creyó que era la
Mazorca que entraba.
Pienso en los muertos de Cerro Alto, pienso en los
hombres olvidados de América y de España que perecieron bajo los cascos de los
caballos; pienso que la última víctima de ese tropel de lanzas en el Perú
sería, más de un siglo después, una señora anciana.
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Jorge Luis Borges, El informe de Brodie, 1970

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