© Libro N° 10072. No Son Tu Marido. Carver, Raymond. Emancipación. Junio
25 de 2022.
Título original: © No Son Tu Marido. Raymond Carver
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Original: © No Son Tu Marido. Raymond Carver
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y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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Raymond Carver
No Son Tu Marido
Raymond Carver
Earl Ober era vendedor y estaba buscando empleo.
Pero Doreen, su mujer, se había puesto a trabajar como camarera de turno de
noche en un pequeño restaurante que abría las veinticuatro horas, situado en un
extremo de la ciudad. Una noche, mientras tomaba unas copas, Earl decidió pasar
por el restaurante a comer algo. Quería ver dónde trabajaba Doreen, y de paso
ver si podía tomar algo a cuenta de la casa.
Se sentó en la barra y estudió la carta.
—¿Qué haces aquí? —dijo Doreen cuando lo vio allí
sentado.
Le tendió la nota de un pedido al cocinero.
—¿Qué vas a pedir, Earl? —dijo luego—. ¿Los niños
están bien?
—Perfectamente —dijo Earl—. Tomaré café y un
sándwich de ésos. Número dos.
Doreen tomó nota.
—¿Alguna posibilidad de… ya sabes? —dijo, y le
guiño un ojo.
—No —dijo ella—. No me hables ahora. Tengo trabajo.
Earl se tomó el café y esperó el sandwich. Dos
hombres trajeados, con la corbata suelta y el cuello de la camisa abierta, se
sentaron a su lado y pidieron café. Cuando Doreen se retiraba con la cafetera,
uno de ellos le dijo al otro:
—Mira qué culo. No puedo creerlo.
El otro hombre rió.
—Los he visto mejores —dijo.
—A eso me refiero —dijo su compañero—. Pero a
algunos tipos las palomitas les gustan gordas.
—A mi no —dijo el otro.
—Ni a mí —dijo el primero—. Es lo que te estaba
diciendo.
Doreen le trajo el sándwich. A su alrededor, había
patatas fritas, ensalada de col y una salsa de eneldo.
—¿Algo más? —dijo—. ¿Un vaso de leche?
Earl no dijo nada. Negó con la cabeza mientras ella
seguía allí de pie, esperando.
Al rato volvió con la cafetera y sirvió a Earl y a
los dos hombres. Luego cogió una copa y se dio la vuelta para servir un helado.
Se agachó y, doblada por completo sobre el congelador, se puso a sacar helado
con el cacillo. La falda blanca se le subió hacia arriba por las piernas, se le
pegó a las caderas. Y dejó al descubierto una faja de color rosa y unos muslos
rugosos y grisáceos y un tanto velludos, con una alambicada trama de venillas.
Los dos hombres de la barra, al lado de Earl,
intercambiaron miradas. Uno de ellos alzó las cejas. El otro sonrió regocijado
y siguió mirando por encima de su taza a Doreen, que ahora coronaba el helado
con jarabe de chocolate. Cuando Doreen se puso a agitar el bote de crema
batida, Earl se levantó, dejó el plato a medio comer en la barra y se dirigió
hacia la puerta. Oyó que Doreen lo llamaba, pero siguió su camino.
Después de echar una ojeada a los niños fue al otro
dormitorio y se quitó la ropa. Se subió las mantas, cerró los ojos y se puso a
pensar. La sensación le comenzó en la cara, y luego le descendió hasta el
estómago y las piernas. Abrió los ojos y movió la cabeza de acá para allá sobre
la almohada. Luego se volvió sobre su lado y se durmió. Por la mañana, después
de mandar a los niños al colegio, Doreen entró en el dormitorio y subió la
persiana. Earl ya se había despertado.
—Mírate al espejo —dijo Earl.
—¿Qué? —dijo ella—. ¿A qué te refieres?
—Tú mírate al espejo —dijo él.
—¿Y qué es lo que debo ver? —dijo ella. Pero se
miró en el espejo del tocador y se apartó el pelo de los hombros.
—¿Y bien? —dijo él.
—¿Y bien, qué? —dijo ella.
—Odio tener que decírtelo —dijo él—, pero creo que
deberías ir pensando en seguir una dieta. Lo digo en serio. Sí, en serio. Creo
que podrías perder unos kilos. No te enfades.
—¿Qué estás diciendo? —dijo ella.
—Lo que he dicho. Creo que no estaría mal que
perdieras unos kilos. Unos cuantos, al menos.
—Nunca me has dicho nada —dijo Doreen. Se levantó
el camisón por encima de las caderas y se volvió para mirarse el vientre en el
espejo.
—Antes no pensaba que te hiciera falta —dijo Earl.
Trataba de elegir cuidadosamente las palabras.
Con el camisón aún recogido sobre las caderas,
Doreen dio la espalda al espejo y se miró por encima del hombro. Se alzó una
nalga con la palma de la mano y la dejó caer.
Earl cerró los ojos.
—Puede que esté equivocado —dijo.
—Imagino que sí, que podría perder algo de peso.
Pero me costará —dijo Doreen.
—Tienes razón, no será fácil —dijo Earl—. Pero te
ayudaré.
—Quizás tengas razón —dijo Doreen. Dejó caer el
camisón y miró a Earl. Y se quitó el camisón.
Hablaron de dietas. Hablaron de dietas de
proteínas, de dietas de “sólo verduras”, de la dieta del zumo de pomelo. Pero
decidieron que no tenían el dinero suficiente para los bistecs de la dieta de
proteínas. Luego Doreen dijo que tampoco le apetecía atiborrarse de verduras, y
que, habida cuenta de que el zumo de pomelo no le entusiasmaba, tampoco veía
mucho sentido en una dieta así.
—De acuerdo, olvídalo —dijo él.
—No, no. Tienes razón —dijo ella—. Haré algo.
—¿Qué tal si haces ejercicio? —dijo él.
—Para ejercicio ya tengo bastante con el que hago
en el trabajo —dijo ella.
—Pues deja de comer —dijo él—. Unos días, al menos.
—De acuerdo —dijo Doreen—. Lo intentaré. Lo
intentaré unos cuantos días. Me has convencido.
—Soy vendedor —dijo Earl.
Calculó el saldo de su cuenta corriente, cogió el
coche, fue a un almacén de artículos con descuento y compró una báscula de
baño. Observó detenidamente a la dependienta que registraba la venta en la
caja.
En casa, hizo que Doreen se desvistiera por
completo y se subiera a la báscula. Al ver sus varices, frunció el ceño. Pasó
el dedo a lo largo de una que le ascendía por el muslo.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Doreen.
—Nada —dijo Earl.
Miró la báscula y escribió una cifra en un papel.
—Muy bien —dijo—. Muy bien.
Al día siguiente pasó casi toda la tarde fuera;
tenía una entrevista. El empresario, un hombre corpulento que cojeaba mientras
le mostraba los accesorios de fontanería del almacén, le preguntó si podía
viajar.
—Por supuesto que puedo —dijo Earl.
El hombre asintió con la cabeza.
Earl sonrió.
Antes de abrir, oyó la televisión dentro de la
casa. Cruzó la sala, pero los niños no levantaron la mirada. Doreen, vestida
para el trabajo, comía huevos revueltos con bacon en la cocina.
—¿Qué estás haciendo? —dijo Earl.
Ella siguió masticando, con los carrillos llenos.
Pero luego echó lo que tenía en la boca encima de una servilleta.
—No he podido aguantarme —dijo.
—Cafre —dijo Earl—. ¡Sigue, sigue comiendo! ¡Come!
Se metió en el dormitorio, cerró la puerta y se
echó sobre la colcha. Seguía oyendo la televisión. Se puso las manos debajo de
la cabeza y miró el techo.
Doreen abrió la puerta.
—Voy a intentarlo de nuevo —dijo.
—Muy bien —dijo él.
Dos mañanas después, Doreen lo llamó al cuarto de
baño.
—Mira —dijo.
Earl miró la báscula. Abrió el cajón y sacó el
papel y volvió a leer el peso mientras sonreía complacido.
—Casi medio kilo —dijo Doreen.
—Algo es algo —dijo Earl, y le dio unas palmaditas
en la cadera.
Leía los anuncios por palabras. Visitaba la oficina
de empleo del estado. Cada tres o cuatro días cogía el coche e iba a alguna
entrevista. Y por las noches contaba las propinas de Doreen. Alisaba sobre la
mesa los billetes de a dólar, formaba montoncitos de dólar con los cuartos y
las monedas de cinco y diez centavos. Mañana tras mañana, hacía que Doreen se
subiera a la báscula.
Al cabo de dos semanas había perdido casi dos
kilos.
—Pico —dijo Doreen—. Me muero de hambre durante el
día, luego en el trabajo pico cosas. Por eso no pierdo más.
Pero a la semana siguiente había perdido dos kilos
y medio. Y una semana después, casi cinco. La ropa le quedaba grande. Tuvo que
recurrir al dinero del alquiler para comprarse otro uniforme.
—En el trabajo me dicen cosas —le dijo a Earl.
—¿Qué clase de cosas? — preguntó él.
—Qué estoy pálida, por ejemplo —dijo ella—. Que no
parezco yo. Temen que esté perdiendo demasiado peso.
—¿Qué tiene de malo perder peso? —dijo él—. No les
hagas ni caso. Diles que se metan en sus cosas. Ellos no son tu marido. Tú no
vives con ellos.
—Pero trabajo con ellos —dijo Doreen.
—Cierto —dijo Earl—. Pero no son tu marido.
Cada mañana entraba en el cuarto de baño detrás de
ella y esperaba a que se subiera a la báscula. Se arrodillaba junto a ella con
papel y lápiz. El papel estaba lleno de fechas, días de la semana, cifras. Leía
lo que marcaba la báscula, consultaba el papel y asentía con la cabeza o
fruncía los labios.
Ahora Doreen pasaba más tiempo en la cama. Volvía a
acostarse en cuanto los niños se iban al colegio, y por la tarde descabezaba un
sueño antes de salir para el trabajo. Earl ayudaba en las tareas de la casa,
veía la televisión y dejaba que su mujer durmiera. Hacía todas las compras, y
de cuando en cuando salía a alguna entrevista.
Una noche, después de acostar a los niños, apagó el
televisor y salió a tomar unas copas. Cuando el bar hubo cerrado, fue en coche
al restaurante de Doreen.
Se sentó en la barra y esperó. Al poco Doreen le
vio, y dijo:
—¿Los niños están bien?
Earl asintió con la cabeza.
Raymond Carver
Se tomó su tiempo para decidir lo que quería. No
dejaba de mirar a su mujer, que iba de un lado para otro detrás de la barra.
Por fin pidió una hamburguesa con queso. Doreen le entregó la nota al cocinero
y fue a atender a otra persona.
Se acercó otra camarera con una cafetera y le llenó
la taza.
—¿Cómo se llama tu amiga? —dijo, y movió la cabeza
en dirección a su mujer.
—Se llama Doreen —dijo la camarera.
—Pues ha cambiado mucho desde la última vez que
estuve aquí —dijo.
—No sabría decirle —dijo la camarera.
Comió la hamburguesa y se tomó el café. La gente
seguía sentándose y levantándose de la barra. Era Doreen quien atendía a la
mayoría, aunque de cuando en cuando la otra camarera venía a anotar algún
pedido. Earl observaba a su mujer y escuchaba atentamente. Hubo de dejar su
asiento un par de veces para ir al lavabo. Y en ambas se preguntó si se había
perdido algún comentario. Al volver la segunda vez, vió que le habían retirado
la taza y que alguien ocupaba su sitio. Fue hasta un extremo de la barra y se
sentó en un taburete, al lado de un hombre mayor que llevaba una camisa de
rayas.
—¿Qué es lo que quieres? —le preguntó Doreen cuando
volvió a verle—, ¿no deberías estar ya en casa?
—Ponme un café —dijo.
El hombre de al lado leía un periódico. Alzó la
vista y miró como Doreen servía café a su marido. Y se quedó mirando cómo se
alejaba. Luego volvió a su periódico.
Earl sorbió el café y esperó a que el hombre dijera
algo. Lo observó por el rabillo del ojo. El hombre había terminado de comer y
había apartado hacia un lado el plato. Encendió un cigarrillo, dobló el
periódico, se lo puso delante y siguió leyendo.
Doreen volvió y retiró el plato sucio y le sirvió
al hombre más café.
—¿Qué le parece la chica? —le preguntó Earl al
hombre, haciendo un gesto hacia Doreen, que caminaba hacia el otro extremo de
la barra—. ¿No le parece una preciosidad?
El hombre alzó la mirada. Miró a Doreen y luego a
Earl, y volvió a su periódico.
—Bien, ¿qué dice? —dijo Earl—. Es una pregunta.
¿Tiene o no buen aspecto? Dígame.
El hombre movió con ruido el periódico.
Cuando vio que Doreen se acercaba desde el otro
extremo de la barra, Earl le dio un codazo al hombre en el hombro y dijo:
—Le estoy hablando. Escuche. Mire qué culo. Y ahora
fíjese. ¿Me pone por favor un helado de chocolate? —pidió en voz alta a Doreen.
Doreen se paró frente a él y suspiró. Luego se
volvió y cogió una copa y el cacillo del helado. Se inclinó sobre el
congelador, asomó el cuerpo hacia el interior y se puso a arañar helado con el
cacillo. Earl miró al hombre y le dirigió un guiño cuando vio que la falda de
Doreen empezaba a ascender por los muslos. Pero el hombre captó la mirada de la
otra camarera. Se puso el periódico bajo el brazo y se metió el brazo en el
bolsillo.
La otra camarera vino directamente hasta Doreen.
—¿Quién es ese personaje? —dijo.
—¿Quién? —dijo Doreen, con la copa del helado en la
mano.
—Ése —dijo la camarera, y señaló a Earl—. ¿Quién es
ese tipo?
Earl esbozó su mejor sonrisa. Y la mantuvo. La
mantuvo hasta que sintió que la cara se le desencajaba.
Pero la camarera se limitó a observarle, y Doreen
empezó a sacudir la cabeza despacio. El hombre dejó unas monedas junto a la
taza y se levantó, pero aguardó también a oír la respuesta. Todos ellos tenían
los ojos fijos en Earl.
—Es un vendedor. Es mi marido —dijo Doreen al fin,
encogiéndose de hombros.
Luego le puso delante el helado de chocolate sin
terminar de preparar y se fue a hacerle la cuenta.
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Raymond Carver

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