© Libro N° 10074. Me Alquilo Para Soñar. García Márquez, Gabriel. Emancipación.
Junio 25 de 2022.
Título original: © Me Alquilo Para Soñar. Gabriel García Márquez
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Original: © Me Alquilo Para Soñar. Gabriel García Márquez
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y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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Gabriel García Márquez
Me Alquilo Para Soñar
Gabriel García Márquez
A las nueve de la mañana, mientras desayunábamos en
la terraza del Habana Riviera, un tremendo golpe de mar a pleno sol levantó en
vilo varios automóviles que pasaban por la avenida del malecón, o que estaban
estacionados en la acera, y uno quedó incrustado en un flanco del hotel. Fue
como una explosión de dinamita que sembró el pánico en los veinte pisos del
edificio y convirtió en polvo el vitral del vestíbulo. Los numerosos turistas
que se encontraban en la sala de espera fueron lanzados por los aires junto con
los muebles, y algunos quedaron heridos por la granizada de vidrio. Tuvo que
ser un maretazo colosal, pues entre la muralla del malecón y el hotel hay una
amplia avenida de ida y vuelta, así que la ola saltó por encima de ella y
todavía le quedó bastante fuerza para desmigajar el vitral.
Los alegres voluntarios cubanos, con la ayuda de
los bomberos, recogieron los destrozos en menos de seis horas, clausuraron la
puerta del mar y habilitaron otra, y todo volvió a estar en orden. Por la
mañana no se había ocupado nadie del automóvil incrustado en el muro, pues se
pensaba que era uno de los estacionados en la acera. Pero cuando la grúa lo
sacó de la tronera descubrieron el cadáver de una mujer amarrada en el asiento
del conductor con el cinturón de seguridad. El golpe fue tan brutal que no le quedó
un hueso entero. Tenía el rostro desbaratado, los botines descosidos y la ropa
en piltrafas, y un anillo de oro en forma de serpiente con ojos de esmeraldas.
La policía estableció que era el ama de llaves de los nuevos embajadores de
Portugal. En efecto, había llegado con ellos a La Habana quince días antes, y
había salido esa mañana para el mercado manejando un automóvil nuevo. Su nombre
no me dijo nada cuando leí la noticia en los periódicos, pero en cambio quedé
intrigado por el anillo en forma de serpiente y ojos de esmeraldas. No pude
averiguar, sin embargo, en qué dedo lo usaba.
Era un dato decisivo, porque temí que fuera una
mujer inolvidable cuyo nombre verdadero no supe jamás, que usaba un anillo
igual en el índice derecho, lo cual era más insólito aún en aquel tiempo. La
había conocido treinta y cuatro años antes en Viena, comiendo salchichas con
papas hervidas y bebiendo cerveza de barril en una taberna de estudiantes
latinos. Yo había llegado de Roma esa manana, y aún recuerdo mi impresión
inmediata por su espléndida pechuga de soprano, sus lánguidas colas de zorros
en el cuello del abrigo y aquel anillo egipcio en forma de serpiente. Me
pareció que era la única austríaca en el largo mesón de madera, por el
castellano primario que hablaba sin respirar con un acento de quincallería.
Pero no, había nacido en Colombia y se había ido a Austria entre las dos
guerras, casi niña, a estudiar música y canto. En aquel momento andaba por los
treinta años mal llevados, pues nunca debió ser bella y había empezado a
envejecer antes de tiempo. Pero en cambio era un ser humano encantador. Y también
uno de los más temibles.
Gabriel García Márquez
Viena era todavía una antigua ciudad imperial, cuya
posición geográfica entre los dos mundos irreconciliables que dejó la Segunda
Guerra había acabado de convertirla en un paraíso, del mercado negro y el
espionaje mundial. No hubiera podido imaginarme un ámbito más adecuado para
aquella compatriota fugitiva que seguía comiendo en la taberna estudiantil de
la esquina sólo por fidelidad a su origen, pues tenía recursos de sobra para
comprarla de contado con todos sus comensales dentro. Nunca dijo su verdadero
nombre, pues siempre la conocimos con el trabalenguas germánico que le
inventaron los estudiantes latinos de Viena: Frau Frida. Apenas me la habían
pesentado cuando incurrí en la impertinencia feliz de preguntarle cómo había
hecho para implantarse de tal modo en aquel mundo tan distante y distinto de
sus riscos de vientos del Quindío, y ella me contestó con un golpe:
—Me alquilo para soñar.
En realidad, era su único oficio. Había sido la
tercera de los once hijos de un próspero tendero del antiguo Caldas, y desde
que aprendió a hablar instauró en la casa la buena costumbre de contar los
sueños en ayunas, que es la hora en que se conservan más puras sus virtudes
premonitorias. A los siete años soñó que uno de sus hermanos era arrastrado por
un torrente. La madre, por pura superstición religiosa, le prohibió al niño lo
que más te gustaba, que era bañarse en la quebrada. Pero Frau Frida tenía ya un
sistema propio de vaticinos.
—Lo que ese sueño significa —dijo— no es que se
vaya a ahogar, sino que no debe comer dulces.
La sola interpretación parecía una infamia, cuando
era para un niño de cinco años que no podía vivir sin sus golosinas
dominicales. La madre, ya convencida de las virtudes adivinatorias de la hija,
hizo respetar la advertencia con mano dura. Pero al primer descuido suyo el
niño se atraganto con una canica de caramelo que se estaba comiendo a
escondidas, y no fue posible salvarlo.
Frau Frida no había pensado que aquella facultad
pudiera ser un oficio, hasta que la vida la agarró por el cuello en los crueles
inviernos de Viena. Entonces tocó para pedir empleo en la primera casa que le
gustó para vivir, y cuando le preguntaron qué sabía hacer, ella sólo dijo la
verdad: “Sueño”. Le bastó con una breve explicación a la dueña de casa para ser
aceptada, con un sueldo apenas suficiente para los gastos menudos, pero con un
buen cuarto y las tres comidas. Sobre todo el desayuno, que era el momento en
que la familia se sentaba a conocer el destino inmediato de cada uno de sus
miembros: el padre, que era un rentista refinado; la madre, una mujer alegre y
apasionada de la música de cámara romántica, y dos niños de once y nueve años.
Todos eran religiosos, y por lo mismo propensos a las supersticiones arcaicas,
y recibieron encantados a Frau Frida con el único compromiso de descifrar el
destino diario de la familia a través de los sueños.
Lo hizo bien y por mucho tiempo, sobre todo en los
años de la guerra, cuando la realidad fue más siniestra que las pesadillas.
Sólo ella podía decidir a la hora del desayuno lo que cada quien debía hacer
aquel día, y cómo debía hacerlo, hasta que sus pronósticos terminaron por ser
la única autoridad en la casa. Su dominio sobre la familia fue absoluto: aun el
suspiro más tenue era por orden suya. Por los días en que estuve en Viena
acababa de morir el dueño de casa, y había tenido la elegancia de legarle a ella
una parte de sus rentas, con la única condición de que siguiera soñando para la
familia hasta el fin de sus sueños.
Estuve en Viena más de un mes, compartiendo las
estrecheces de los estudiantes, mientras esperaba un dinero que nunca llegó.
Las visitas imprevistas y generosas de Frau Frida en la taberna eran entonces
como fiestas en nuestro régimen de penurias. Una de esas noches, en la euforia
de la cerveza, me habló al oído con una convicción que no permitía ninguna
pérdida de tiempo.
—He venido sólo para decirte que anoche tuve un
sueño contigo —me dijo—. Debes irte enseguida y no volver a Viena en los
próximos cinco años.
Su convicción era tan real, que esa misma noche me
embarcó en el último tren para Roma. Yo, por mi parte, quedé tan sugestionado,
que desde entonces me he considerado sobreviviente de un desastre que nunca
conocí. Todavía no he vuelto a Viena.
Antes del desastre de La Habana había visto a Frau
Frida en Barcelona, de una manera tan inesperada y casual que me pareció
misteriosa. Fue el día en que Pablo Neruda pisó tierra española por primera vez
desde la Guerra Civil, en la escala de un lento viaje por mar hacia Valparaíso.
Pasó con nosotros una mañana de caza mayor en las librerías de viejo, y en
Porter compró un libro antiguo, descuadernado y marchito, por el cual pagó lo
quehubiera sido su sueldo de dos meses en el consulado de Rangún. Se movía por
entre la gente como un elefante inválido, con un interés infantil en el
mecanismo interno de cada cosa, pues el mundo te parecía un inmenso juguete de
cuerda con el cual se inventaba la vida.
No he conocido a nadie más parecido a la idea que
uno tiene de un Papa renacentista: glotón y refinado. Aun, contra su voluntad,
siempre era él quien presidía la mesa. Matilde, su esposa, le ponía un babero
que parecía más de peluquería que de comedor, pero era la única manera de
impedir —que se bañara en salsas. Aquel día en Carvalleiras fue
ejemplar. Se comió tres langostas enteras descuartizándolas con una maestría de
cirujano, y al mismo tiempo devoraba con la vista los platos de todos, e iba
picando un poco de cada uno, con un deleite que contagiaba las ganas de comer:
las almejas de Galicia, los percebes del Cantábrico, las cigalas de Alicante,
las espardenyas de la Costa Brava. Mientras tanto, como los
franceses, sólo hablaba de otras exquisiteces de cocina, y en especial de los
mariscos prehistóricos de Chile que llevaba en el corazón. De pronto dejó de
comer, afinó sus antenas de bogavante, Y me dijo en voz muy baja:
—Hay alguien detrás de mí que no deja de mirarme.
Miré por encima de su hombro, y así era. A sus
espaldas, tres mesas más allá, una mujer impávida con un anticuado sombrero de
fieltro y una bufanda morada masticaba despacio con los ojos fijos en él. La
reconocí en el acto. Estaba envejecida y gorda, pero era ella, con el anillo de
serpiente en el índice.
Viajaba desde Nápoles en el mismo barco que los
Neruda, pero no se habían visto a bordo. La invitamos a tomar el café en
nuestra mesa, y la induje a hablar de sus sueños para sorprender al poeta. Él
no le hizo caso, pues planteó desde el principio que no creía en adivinaciones
de sueños.
—Sólo la poesía es clarividente —dijo.
Después del almuerzo, en el inevitable paseo por
las Ramblas, me retrasé a propósito con Frau Frida para refrescar nuestros
recuerdos sin oídos ajenos. —Me contó que había vendido sus propiedades de
Austria y vivía retirada en Porto, Portugal, en una casa que describió como un
castillo falso sobre una colina desde donde se veía todo el océano hasta las
Américas. Aunque no lo dijera, en su conversación quedaba claro que de sueño en
sueño había terminado por apoderarse de la fortuna de sus inefables patrones de
Viena. No me impresionó, sin embargo, porque siempre había pensado que sus
sueños no eran más que una artimaña para vivir. Y se lo dije.
Ella soltó su carcajada irresistible. “Sigues tan
atrevido como siempre”, me dijo. Y no dijo más, porque el resto del grupo se
había detenido a esperar que Neruda acabara de hablar en jerga chilena con los
loros de la Rambla de los Pájaros. Cuando reanudamos la charla, Frau Frida
había cambiado de tema.
—A propósito —me dijo—: Ya puedes volver a Viena.
Sólo entonces caí en la cuenta de que habían
transcurrido trece años desde que nos conocimos.
—Aun si tus sueños son falsos, jamás volveré —le
dije. Por si acaso.
A las tres nos separamos de ella para acompañar a
Neruda a su siesta sagrada. La hizo en nuestra casa, después de unos
preparativos solemnes que de algún modo recordaban la ceremonia del té en el
Japón. Había que abrir unas ventanas y cerrar otras para que hubiera el grado
de calor exacto y una cierta clase de luz en cierta dirección, y un silencio
absoluto. Neruda se durmió al instante, y despertó diez minutos después, como
los niños, cuando menos pensábamos. Apareció en la sala restaurado y con el monograma
de la almohada impreso en la mejilla.
—Soñé con esa mujer que sueña —dijo. Matilde quiso
que le contara el sueño.
—Soñé que ella estaba soñando conmigo —dijo él.
—Eso es de Borges —le dije. Él me miró
desencantado— . ¿Ya está escrito?
—Si no está escrito se va a escribir alguna vez —le
dije— . Será uno de sus laberintos.
Tan pronto como subió a bordo, a las seis de la
tarde, Neruda se despidió de nosotros, se sentó en una mesa apartada, y empezó
a escribir versos fluidos con la pluma de tinta verde con que dibujaba flores y
peces y pájaros en las dedicatorias de sus libros. A la primera advertencia del
buque buscamos a Frau Frida, y al fin la encontramos en la cubierta de turistas
cuando ya nos íbamos sin despedirnos. También ella acababa de despertar de la
siesta.
—Soñé con el poeta —nos dijo.
Asombrado, le pedí que me contara el sueño.
—Soñé que él estaba soñando conmigo —dijo, y mi
cara de asombro la confundió— ¿Qué quieres? A veces, entre tantos sueños, se
nos cuela uno que no tiene nada que ver con la vida real.
No volví a verla ni a preguntarme por ella hasta
que supe del anillo en forma de culebra de la mujer que murió en el naufragio
del Hotel Riviera. Así que no resistí la tentación de hacerle preguntas al
embajador portugués cuando coincidimos, meses después, en una recepción
diplomática. El embajador me habló de ella con un gran entusiasmo y una enorme
admiración. “No se imagina lo extraordinaria que era”, me dijo. “Usted no
habría resistido la tentación de escribir un cuento sobre ella”. Y prosiguió en
el mismo tono, con detalles sorprendentes, pero sin una pista. que me
permitiera una conclusión final.
—En concreto —le precisé por fin—: ¿qué hacía?
—Nada —me dijo él, con un cierto desencanto—.
Soñaba.
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Gabriel García Márquez

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