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Libro N° 10070. Ben Tovi. Andréiev, Leónidas.



© Libro N° 10070. Ben Tovi. Andréiev, Leónidas. Emancipación. Junio 25 de 2022.

 

Título original: ©  Ben Tovi. Leónidas Andréiev

 

Versión Original: © Ben Tovi. Leónidas Andréiev

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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BEN TOVI

Leónidas Andréiev

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ben Tovi

Leónidas Andréiev

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CONTENIDO

 

 

La obra literaria de Leonid Andréiev y sus traducciones al español. Joaquín Torquemada Sánchez. Universidad de Granada

 

Ben Tovi. Leónidas Andréiev

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA OBRA LITERARIA DE LEONID ANDRÉIEV
Y SUS TRADUCCIONES AL ESPAÑOL

Joaquín Torquemada Sánchez
Universidad de Granada

 

Leonid Andréiev.

La obra literaria de Leonid Nikoláievich Andréiev puede considerarse como una de las manifestaciones culturales más originales y controvertidas de la Rusia de comienzos del siglo XX. El periplo vital del autor, 1871-1919, aparece condicionado por el contexto histórico en uno de los períodos más violentos y convulsos experimentados por Europa, culminado por la Primera Guerra Mundial y por lo que se conoce en Rusia como “Gran Revolución de Octubre”, a la que siguió una cruel y sangrienta guerra civil. En las obras de Andréiev, al igual que en las de muchos de los escritores contemporáneos, como Joyce, Proust, o Kafka, se reflejan la agonía y la muerte del viejo orden mundial y los problemas derivados de la transición a un mundo nuevo e incierto.

Nacido el 9 de agosto (según el antiguo calendario) de 1871 en la ciudad de Oriol en el seno de la familia de un funcionario local, Leonid Andréiev tiene una infancia despreocupada, con un notable gusto por la lectura y una escasa inclinación hacia los estudios, lo que motiva que sus logros académicos no resulten satisfactorios. Se aficiona a la lectura de los libros prohibidos en la Rusia de la época, sobre todo de ciertos autores nihilistas como Písarev, y, tras algunos episodios de su vida que desembocan en períodos de depresión, sufre problemas de alcoholismo. Después de finalizar la enseñanza secundaria, cursa estudios de Derecho en San Petersburgo y en Moscú, donde conoce a la que sería su esposa, Aleksandra Veligórskaia. Mientras ejerce la carrera jurídica de un modo intermitente, comienza a escribir una serie de relatos, de los cuales el primero que ve la luz es “Bargamot y Garaska”, publicado en el número de Pascua de la revista El correo. En aquella época también colabora con una de las revistas literarias más importantes: El heraldo ruso. Entre 1904 y 1905 las obras de Andréiev muestran cierta simpatía hacia los acontecimientos revolucionarios de ese período, lo que le convierte en persona non grata para las autoridades zaristas. En febrero de 1905 es arrestado y brevemente encarcelado por permitir que en su apartamento se celebrase una reunión del Comité Central del entonces proscrito Partido Socialdemócrata. Al sentirse amenazado y presionado por las autoridades, a finales de noviembre de 1905 viaja con su familia a Berlín, y posteriormente a Múnich y a Suiza. Tras la muerte de su esposa en 1906, el escritor acepta la invitación de su amigo Maksim Gorki y se traslada a Capri junto con su madre y su hijo de tres años. En la primavera de 1907 abandona Capri y alquila una villa a orillas del Golfo de Finlandia, cerca de San Petersburgo. Allí escribe, entre otros, uno de sus relatos más conocidos: “Los siete ahorcados”, un alegato contra las ejecuciones en masa de revolucionarios por parte del régimen zarista tras los acontecimientos de 1905. Establecido apaciblemente en su finca finlandesa de Vammelsuu, desarrolla aficiones artísticas, destacando sobre todo como pintor y consumado fotógrafo. Allí acoge también a numerosos invitados, entre ellos algunos de los escritores rusos más destacados del momento.

Entre 1912 y 1913 Andréiev publica dos “Cartas sobre teatro”, en las que plantea la cuestión sobre la división entre el teatro, destinado, según su criterio, a mostrar el drama interior, y el cine, que debería presentar la acción externa. Andréiev establece los preceptos del teatro del pampsiquismo (término acuñado por él mismo), del que tal vez el mejor ejemplo sea El pensamiento, adaptación de su relato de 1902 y que fue representada en el Teatro del Arte de Moscú en 1914.

El pensamiento – Teatro Marquina, 1963. Dir. Fernando Fernán-Gómez.

La actividad literaria de Leonid Andréiev entre los años 1908 y 1914 se centra sobre todo en las obras teatrales, que alcanzan un notable éxito y que son representadas tanto en los teatros de Moscú y San Petersburgo como en los de provincias. Varias de ellas son severamente censuradas por las autoridades acusadas de blasfemas e indecentes, lo cual provoca un mayor interés por parte del público.

Durante la Primera Guerra Mundial Andréiev se dedica ocasionalmente al periodismo, si bien permanece a la vanguardia de la actividad literaria y, sobre todo, de la teatral. De este período cabe destacar la obra El que recibe las bofetadas, representada en 1915 en el Teatro Dramático de Moscú y en el Teatro Aleksandriiski de Petrogrado. Andréiev se suma al bando de los intelectuales rusos que desean la derrota en la guerra y que propugnan el fin del régimen zarista, por lo cual acoge con esperanza la Revolución de Febrero de 1917, si bien pronto se decepciona y se alarma por el giro de los acontecimientos en la primavera y el verano de ese mismo año, cuando los bolcheviques impiden que prospere el gobierno provisional de Kérenski, llevando al país a una situación de caos y anarquía. Por eso cuando los bolcheviques toman el poder en octubre de 1917 Andréiev abandona Petrogrado y se retira a Vammelsuu poco después de que Finlandia declare la independencia con respecto a Rusia. Así, el escritor, en situación fáctica de exilio, aislamiento y escasez de recursos, publica su artículo “S.O.S”, en el que solicita que las potencias aliadas acudan en ayuda de Rusia, y llega a ofrecer sus servicios como propagandista antibolchevique en las provincias bálticas, pero su propuesta es finalmente rechazada por sus antecedentes prorrevolucionarios. Solo, enfermo y prácticamente olvidado, muere como consecuencia de una hemorragia cerebral el 12 de septiembre de 1919.

Existen numerosas ediciones en español de la obra del escritor ruso. Hemos podido relacionar más de 140. Las primeras traducciones al español de la prolífica obra narrativa de Leonid Andréiev aparecen aún en vida del autor, se deben sobre todo a los traductores rusos Gueorgui Portnov, Alekséi Márkov y Nikolái Tasin, y son traducciones directas del original ruso. Tradujeron, entre otras, las obras siguientes: Los siete ahorcados (1914), Los espectros (1919), La vida de Vasili Fiveiski (1912), Eleazar (1914), Judas Iscariote (1914), En la oscura lejanía (1919), y la novela Sashka Yeguliov (1919). Fueron publicadas por la revista España Moderna, editada en Madrid, en su sección “Biblioteca de la Jurisprudencia, de la Filosofía y de la Historia”, y también por la editorial madrileña Espasa Calpe.

A partir del momento de la primera aparición en España de la obra de Andréiev, la crítica especializada se ocupa de analizar en profundidad las características fundamentales de su producción literaria. Así, Enrique Díez Canedo, en sus “Conversaciones literarias” de los años 1915-1920, se refiere al tema de la génesis de la obra de Andréiev, y en contraposición a quienes perciben la influencia de Edgar Allan Poe en el autor ruso, trata de poner de manifiesto la existencia de diferencias sustanciales en el modo narrativo de los dos escritores:

Si Poe, al entrar en el terreno de lo fantástico, lo refleja de una manera épicamente tranquila, Andréiev comprime la atmósfera de terror y de locura; Poe mira a sus personajes a distancia, mientras que Andréiev casi se funde con sus protagonistas, conviviendo con la tragedia de su existencia humana, con su desesperación, con su desesperanza y ofuscación.

En ese sentido, según Díez Canedo, Andréiev sólo puede compararse con Dostoievski, que fue el primero que penetró en las regiones más arcanas de la conciencia humana y que planteó los problemas que sobrepasaban ampliamente los límites de la prosa psicológico-social.

Por otra parte, el escritor Julián Juderías subraya la capacidad de Andréiev de ejercer una fuerte influencia emocional por medio de la representación del contraste entre la vida pacífica de la familia burguesa y las pesadillas de los desastres de la guerra. Desde su punto de vista, la guerra en Andréiev está representada no a la manera tradicional de acontecimiento históricamente regular y épicamente importante, sino como algo íntimamente ligado a la maldad y la locura.

En 1924 fue publicada en Madrid la novela Diario de Satanás, en traducción de Eduardo Ugarte Blasco. La novela Sashka Yeguliov fue conocida en España gracias a la traducción de Nikolái Tasin en Espasa Calpe, que apareció en las series Universal y Austral y que se ha venido reeditando ininterrumpidamente desde 1919 hasta 2001.

Por lo que se refiere a los relatos, su publicación en español se incrementa de una manera sustancial en los años veinte y treinta del siglo XX, período en el que las editoriales se ocupan del autor ruso con especial empeño, sobre todo Biblioteca Nueva, Prensa Moderna, Calpe, Ramón Velasco, Babel (todas ellas de Madrid), y las barcelonesas Maucci y Pegaso. Además, en España proliferan las colecciones literarias especiales en las que se publican los clásicos de la literatura universal en ediciones de bolsillo, como “Maestros de la novela”, “Pequeña novela”, “Biblioteca de grandes escritores”, “Austral”, etc., y en ellas aparecen muchas de las obras de Andréiev.

En una primera ojeada al estado de las traducciones de la prosa del escritor ruso llama la atención el hecho no sólo del extraordinario interés de los traductores por seguir ocupándose de su obra, sino también el hecho de las múltiples reediciones de la misma, lo cual demuestra una gran demanda por parte del público lector. En ese momento, el relato más popular entre los lectores hispanos es Los siete ahorcados, seguido muy de cerca por Sashka Yeguliov. Otros relatos que fueron objeto de varias reediciones son ÉlLa risa roja, y Espectros.

También en la década de los treinta se incorporan a la nómina de los traductores y críticos de Andréiev algunos escritores y periodistas españoles entre los que cabe destacar a Rafael Cansinos Assens, Ventura Gasol, José María Mercadal, Heliodoro Puche y Antonio Fernández Escobés. Algunos de ellos traducen directamente a partir del original ruso, mientras que otros lo hacen a través del francés o del alemán.

En 1935, en su prólogo a la edición de las obras escogidas de Leonid Andréiev el crítico literario, traductor y periodista José García Mercadal introduce al lector hispano en el círculo de los problemas de la obra del escritor ruso, fundamentándose en sus propias y personales interpretaciones, y lo relaciona una vez más con Poe y Dostoievski, a quienes considera sus maestros. Mercadal profundiza en el estudio del asombroso éxito de su obra, y considera que uno de los factores principales es el factor de la marginalidad: la mayoría de los personajes de Andréiev se mueven en los límites de la pura supervivencia, elemento éste, según el crítico español, de carácter marcadamente autobiográfico. Señala, además, el predominio del criterio psicológico en la conformación de los personajes de Andréiev y su función simbólicamente generalizadora en el contexto de su obra. Mercadal observa también el reflejo de lo grotesco de la existencia humana, que en sus momentos más tensos y extremos puede llevar a la locura y la autodestrucción. Así, según su opinión, Andréiev se diferencia de otros escritores no sólo por la puesta en escena de unos temas relacionados con existencias patéticas y angustiadas, sino también por la originalidad de los métodos empleados para su resolución artística. El escritor se acerca a la idea de la existencia de una verdad sobrenatural de la que el ser humano puede ser partícipe si posee aunque sea una pequeña parte de intuición mística. Para Mercadal, esto representa el sentido positivo de la obra de Andréiev y en ello radica su utilidad para el lector.

Durante los años treinta se siguen publicando las obras de Andréiev en editoriales como Lux, de Barcelona, Libra y Club Internacional del Libro, de Madrid, pero es en los años cincuenta, concretamente en 1955, cuando aparecen en Madrid las Obras escogidas de Andréiev en traducción de Rafael Cansinos Assens, publicadas por la Editorial Aguilar en su colección “Cien clásicos de la literatura universal” y reeditadas ocho años después. Esto supone sin duda el punto culminante de la recepción de la obra de Andréiev en el mundo hispanohablante. La edición está compuesta por cien relatos cortos, novelas cortas y obras de teatro, precedidas por una voluminosa introducción y notas del propio traductor, Rafael Cansinos Assens. En 1969 aparece una nueva edición titulada Obras completas de L.N. Andréiev en dos tomos: Prosa y teatro, y en su introducción Cansinos Assens se marca el objetivo de mostrar no sólo el aspecto trágico de la obra del escritor ruso, sino también la presencia en ella de unos principios religiosos y morales positivos. Asimismo, pretende poner de manifiesto la cualidad innata de un psicólogo sutilmente intuitivo, cuya obra está impregnada de amor y compasión para con los seres humanos y de un “humor trágico”. Cansinos Assens concluye aseverando que, lejos de las pretensiones de aleccionamiento espiritual de Tolstói, y sin compartir las ideas de la reforma política de la sociedad, Andréiev permanece en el campo gravitatorio de Dostoievski cuando persigue el objetivo de asumir el fenómeno de la psicología humana.

En las décadas siguientes, los años sesenta y setenta, sale a la luz la recopilación titulada Las diez mejores novelas rusas en dos tomos, en la que se incluye la obra de Andréiev Sashka Yeguliov, en traducción de María Teresa Díaz Valcárcel. Tampoco se olvida en España el centenario del nacimiento de Andréiev. En el número de diciembre de 1971 de la revista madrileña Arbor se publica un esbozo sobre la vida y la obra del escritor ruso. Su autor, Pedro Rocamora, informa brevemente sobre los aspectos fundamentales de la obra de Andréiev e introduce al lector en el mundo de sus personajes, elementos marginales e individuos desfavorecidos de la sociedad. Según su opinión, Andréiev es un testigo despiadado de la “mezquindad de la vida rusa”, pero en sus obras resuena también un torrente de lirismo: incluso en los subsuelos más inquietantes y sombríos habitados por seres que pierden su personalidad humana, late la luz de un amor fraternal que une a los hombres en los momentos más difíciles de su existencia.

Entre los años sesenta y los noventa del siglo XX se produce la plena asimilación del legado de Andréiev traducido al español. En los trabajos de los críticos hispanos se plasma la opinión unánime de que Andréiev figura entre los más importantes escritores y dramaturgos modernos. En sus reflexiones ocupa un primer plano el psicologismo literario del escritor ruso, las tendencias humanistas de su obra, su misticismo y su carácter autobiográfico. En su ensayo “Andréiev, terrible y olvidado”, publicado en el libro sobre literatura rusa titulado El anillo de Pushkin, el escritor y traductor Juan Eduardo Zúñiga incluye sus impresiones acerca de sus lecturas juveniles de los relatos de Andréiev, remarcando la sensación de pesadilla que no se interrumpe ni siquiera una vez que se ha cerrado la última página… Todo en el mundo de Andréiev es trágico, terrible, misterioso; está habitado por seres enfermizos que salen como de debajo de la tierra en los sombríos escondrijos de la vida rusa, agotados por los espectros de las pesadillas… Andréiev no pudo o no quiso escoger las llaves para estos oscuros heraldos de lo desconocido, pero los sacó a la superficie desde las profundidades del subconsciente y los introdujo en sus relatos y dramas, sin sospechar el profundo sentido simbólico que encerraban. Según Zúñiga, Andréiev no siempre es preciso en sus escritos: su simbolismo se compone de elementos textuales aparentemente intrascendentes, lo cual produce una impresión de cierta imperfección. Por eso su lectura inquieta y angustia, obligándote a pensar que te encuentras ante todo un misterio.

Por lo que respecta al teatro, en los años veinte se publican las obras de Andréiev en la madrileña editorial Aguilar junto con las de Gógol, Gorki y Tolstói en las antologías Teatro revolucionario ruso (1929), Teatro dramático (1930) y Teatro ruso de lo grotesco (1929). En esos mismos años en Madrid se realizan por separado varias ediciones de obras teatrales traducidas: Gaudeamus (1920, en traducción de Portnov y en la colección “Palma”), La vida del hombre (1920, en traducción de Tasin), El océano, en la colección “Babel” (1921 en traducción de Ruste) y Hacia las estrellas, en la colección “Teatro escogido” (1921 en traducción de Tasin). En las décadas siguientes la colección de libros editada en Madrid “La Farsa” publica la obra Anfisa (1930), sin indicar el nombre del traductor, y también El que recibe las bofetadas (1932) en traducción de Rafael Cansinos Assens y Valentina de Pedro. En Barcelona la editorial Maucci emprende la publicación a gran escala de las obras dramáticas del escritor ruso en la serie especial “El teatro de Leónidas Andreev”, traducidas por una larga serie de autores. Así, en ese momento las traducciones de Andréiev al español abarcan casi toda su obra dramática.

Posiblemente la crítica literaria haya desempeñado un papel fundamental en la difusión y la popularización de las obras teatrales de Leonid Andréiev, pues apreció su carácter innovador de una manera casi inmediata y casi unánime. En los prefacios e introducciones a las ediciones de las obras de Andréiev es posible encontrar toda una serie de consideraciones críticas sobre su teatro. Así, en la introducción a la antología Teatro revolucionario ruso, el editor Cristóbal Castro reflexiona sobre el carácter rebelde e insumiso de la dramaturgia de Andréiev, su oposición a los gobiernos y a los órganos del poder, así como a cualesquiera sistemas políticos a los que pertenezcan, zarista o soviético. El crítico Arturo Perucho, en su artículo dedicado a una visión general de la literatura rusa, presenta a Andréiev como el heredero directo de la tradición de Dostoievski, con su penetrante visión de las profundidades del alma humana, sobre todo en sus regiones más viles y recónditas. Algunos dramas de Andréiev, según su opinión, alcanzan una gran fuerza trágica y emocional.

Las obras teatrales de Andréiev se representaban en España menos a menudo de lo que aparecían sus ediciones impresas, si bien ya en los años veinte existe constancia de varias representaciones en Barcelona. Después de casi una década de interrupción, el interés hacia la obra teatral de Andréiev se renueva inesperadamente en 1936 gracias a la actividad del denominado “Teatro experimental”, cuya intención era dar a conocer a los catalanes el teatro europeo occidental y el teatro ruso en el marco del ambicioso proyecto de Jesús Pérez Calleja de crear en Cataluña el “Teatro de acción social”.

Décadas después, en los años sesenta, junto con las Obras Completas de Andréiev, entre las que figuran las anteriormente indicadas además de Las máscaras rojas y El honor, se publica la recopilación de obras de teatro titulada El pensamiento, en traducción de José Méndez Herrera.

En los estudios hispánicos sobre la obra de Andréiev se ha abordado la cuestión sobre la posible influencia directa de Leonid Nikoláievich en el pensamiento teatral de los autores españoles. En los años 90, Alfredo Rodríguez López-Vázquez, en su artículo “La influencia del teatro de Leonid Andréiev en la García Lorca”, demuestra de un modo bastante convincente que la con la creación de la obra La casa de Bernarda Alba Lorca está en deuda con el dramaturgo ruso, cuyas traducciones se publicaron en la misma edición en la que se imprimían también composiciones del propio Lorca. El crítico encuentra indudables puntos comunes en la configuración, la temática y la poética del drama Anfisa La casa de Bernarda Alba, relacionados con el motivo de la ruptura de los lazos de consanguinidad en el terreno amoroso.

Una de las últimas ediciones de las obras teatrales de Andréiev es la que apareció en el año 2001 con el título de El rey hambre, en traducción de Carlos de Arce.

Por todo lo expuesto anteriormente, puede concluirse que la obra de Andréiev en España, a pesar de su complejidad y de la variedad y multiplicidad de sus traducciones y adaptaciones, ha gozado y goza de una extraordinaria salud, y tiene aún por delante una larga y fructífera vida.

 

BIBLIOGRAFÍA
ФЕЙСИ, Р. Неожиданная звезда в литературном созвездии. Творчество Л. Н. Андреева в Испании и Латинской Америке. // Эстетика диссонансов. Межвуз. сб. науч. трудов, Орел, 1996.
ANDREIEV, Leónidas (1935). El hombre que encontró la verdad. Traducción y prólogo de José García Mercadal. Madrid, Calpe.
___ (1969). Obras completas. Recopilación, traducción, estudio preliminar y notas de Rafael Cansinos Asséns. Madrid, Aguilar.
CASTRO, Cristóbal de (1929). “Prólogo” a: Teatro revolucionario ruso. Madrid, Aguilar.
MUÑOZ NIETO, A., Khomitchouk, V. (1999). Leónidas Andréiev (1871-1919). Madrid: Ediciones del Orto.
PERUCHO, Artur (1933). Resum de literatura rusa. Barcelona, Barino.
ROCAMORA, P. (1971). “En el centenario de Leónidas Andréyev”. Arbor. Revista general de investigación y cultura. Tomo LXXX, núm. 312 (dic.), págs. 333- 338.
RODRÍGUEZ LÓPEZ-VELÁZQUEZ, A. (1993-1994). “La influencia del teatro de L.N. Andréiev en García Lorca”. Draco. Revista de Literatura de la Universidad de Cádiz (5-6), págs. 149-158.
ZÚÑIGA, J. E. (1983). El anillo de Pushkin. Barcelona, Bruguera.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ben Tovi

Leónidas Andréiev

 

El día terrible en que se realizó la mayor injusticia del mundo, en que se crucificó en el Gólgota, entre dos bandidos, a Cristo, ese mismo día, el comerciante de Jerusalén Ben–Tovit tenía, desde por la mañana, un dolor horrible de muelas.

 

Le había comenzado la víspera, al anochecer. Ben–Tovit experimentó en el lado derecho de la mandíbula, en la muela contigua a la del juicio, una sensación singular, como si se le hubiera elevado un poco sobre las otras; cuando la rozaba con la lengua, sentía un ligero dolor. Pero después de comer, la molestia pasó, Ben–Tovit la olvidó y acabó de tranquilizarse con el cambio de su viejo asno por otro joven y vigoroso, negocio que le puso de buen humor.

 

Durmió con un sueño profundo; pero, al amanecer, algo vino a turbar su sueño. Se diría que alguien llamaba a Ben–Tovit para algún grave asunto. No pudiendo ya resistir aquella inquietud, se despertó y se dio cuenta al punto de que tenía dolor de muelas. Entonces era un dolor franco y claro, muy violento, un dolor agudo e insoportable. Y no se podía ya comprender si lo que le dolía era la muela de la tarde anterior o las demás contiguas a ella. Toda la boca y toda la cabeza le dolían, como si estuviese mascando millares de clavos ardiendo. Se enjuagó la boca con un poco de agua del cántaro; durante unos momentos el dolor se aplacó, y Ben–Tovit experimentó una ligera tirantez en las muelas. Dicha sensación, comparada con el dolor de hacía un instante, era incluso agradable. Ben–Tovit se acostó otra vez, se acordó de su nuevo asno y pensó que sería del todo feliz a no ser por el dolor de muelas. Trató de volver a dormirse, pero cinco minutos después el dolor comenzó de nuevo, más cruel que antes. Ben–Tovit se sentó en la cama y empezó a balancear el cuerpo acompasadamente. Su rostro adquirió una expresión de sufrimiento, y en su gran nariz, que había palidecido, apareció una gota de sudor frío.

 

Así, balanceándose y gimiendo lastimeramente, permaneció hasta la salida del sol; de aquel sol que estaba predestinado a ver el Gólgota con sus tres cruces y a eclipsarse de horror y de tristeza.

 

Ben–Tovit era un buen hombre, a quien repugnaba la injusticia; pero cuando su mujer se levantó, le dijo mil cosas desatentas, lamentándose de que le hubiera dejado solo y no hubiera hecho ningún caso de sus terribles sufrimientos.

 

La mujer no se incomodó por estos reproches injustos; no ignoraba que era el dolor, y en modo alguno la maldad, lo que hacía hablar así a su marido. Le auxilió, solícita, con no pocos remedios: una cataplasma, en la mejilla, de estiércol seco y pulverizado; una infusión muy fuerte de aguardiente y huesos de escorpión; un pedazo de la piedra en que estaban escritos los diez mandamientos, y que Moisés rompió en su cólera.

 

El estiércol aplacó un poco el dolor de Ben–Tovit, pero por breve tiempo. Los otros remedios produjeron el mismo efecto y, siempre tras un corto alivio, el dolor volvía a empezar con redoblada fuerza. Durante los escasos momentos de tregua, Ben–Tovit procuraba olvidarlo completamente, poniendo el pensamiento en su nuevo asno; pero cuando se hacía sentir otra vez, empezaba a gemir, a insultar a su mujer y a decir que se iba a romper la cabeza contra la pared.

 

Sin cesar iba y venía por el terrado de su casa, sin acercarse demasiado a la barandilla, para que los transeúntes no le vieran con la cabeza envuelta en un pañuelo, como una mujer. Con frecuencia, sus hijos acudían junto a él y referían, interrumpiéndose, algo relativo a Jesús Nazareno. Ben–Tovit se detenía entonces un instante para escucharlos; pero ponía luego cara de pocos amigos, hería iracundo el suelo con el pie y echaba a los niños; aunque era un hombre de buen corazón y aunque amaba a sus hijos, se enojaba con ellos, lleno de fastidio, al oír aquellas naderías. Le enfadaba también que la calle y los terrados de las casas vecinas estuvieran llenos de gente que no hacía nada y le miraba con curiosidad pasearse con la cabeza envuelta en un pañuelo, como una mujer. Quería ya bajar, cuando su mujer le dijo:

 

–Mira, conducen a los bandidos; quizá eso te distraiga.

 

–¡Déjame en paz! –respondió colérico Ben–Tovit–. ¿No ves lo que sufro?

 

Pero había en la proposición de su mujer algo como una promesa vaga de que el dolor de muelas se le aplacaría si miraba a los bandidos, y se acercó a la barandilla. La cabeza inclinada a un lado, un ojo cerrado, la mano en la mejilla, miró hacia abajo.

 

A lo largo de la estrecha calle empinada marchaba, en completo desorden, una multitud enorme, levantando gran polvareda. Se oían gritos, centenares de voces mezcladas. En medio de la multitud, encorvados bajo el peso de las cruces, avanzaban los condenados. Por encima de sus cabezas, semejantes a serpientes negras, chasqueaban los látigos de los soldados romanos. Uno de los condenados –el que tenía largos cabellos rubios y llevaba las vestiduras rotas y ensangrentadas– tropezó en una piedra que le habían tirado y cayó.

 

Redobló sus gritos la multitud, que parecía un mar agitado cubriendo con sus olas la superficie de un islote.

 

Ben–Tovit, de repente, sintió tal dolor, que se estremeció, como si alguien le hubiera horadado la muela con una aguja. Lanzó un gemido lastimero y se apartó de la barandilla, encolerizadísimo, importándole un bledo cuanto sucedía en la calle.

 

–¡Dios mío, cómo gritan! –gruñó, imaginándose las bocas muy abiertas, con las muelas no atormentadas por el dolor.

 

A no ser por el que le hacía ver las estrellas, hubiera podido gritar como los demás, quizá más fuerte aún. Al pensar en esto, se hizo más cruel su sufrimiento, y Ben–Tovit empezó a balancear furiosamente la cabeza y a lanzar gritos.

 

–Cuentan que curaba a los ciegos –dijo su mujer, que no se apartaba de la barandilla ni dejaba de mirar abajo.

 

Y tiró una piedrecita al sitio por donde pasaba Jesús, que avanzaba lentamente, medio muerto ya a latigazos.

 

–¡Tonterías! –respondió Ben–Tovit con acento burlón–. ¡Si posee, en efecto, el don de curar, que me cure a mí el dolor de muelas!

 

Y tras un corto silencio añadió:

 

–¡Dios mío, qué polvareda han levantado! ¡Ni que fueran un rebaño! Debían de echarlos a palos. ¡Llévame abajo, Sara!

 

Su mujer tenía razón. El espectáculo le había distraído un poco, o quizá el estiércol pulverizado le había aliviado. El caso es que no tardó en dormirse. Cuando se despertó, el dolor había desaparecido casi por completo; sólo el lado derecho de la mandíbula parecía ligeramente hinchado; tan ligeramente, que apenas se notaba. Al menos, así lo aseguraba su mujer. Ben–Tovit, escuchándola, sonreía maliciosamente; bien sabía que a su mujer, por su bondad de corazón, le gustaba decir cosas agradables.

 

Un rato después llegó su vecino, el peletero Samuel. Ben–Tovit le enseñó su nuevo asno, y, lleno de orgullo, escuchó los plácemes de Samuel a propósito del cuadrúpedo.

 

Después, a ruegos de Sara, que era muy curiosa, se dirigieron los tres al Gólgota, a ver a los crucificados. Por el camino, Ben–Tovit refirió a Samuel, sin omitir detalles, cómo había tenido dolor de muelas, cómo sintió al principio la molestia en el lado derecho de la mandíbula, cómo se había despertado al amanecer, atacado, súbitamente, de un dolor insoportable. Para dar una idea más exacta de sus sufrimientos, hacía muecas, cerraba los ojos, balanceaba la cabeza y gemía. Su vecino asentía compasivamente, acariciando su larga barba blanca, y decía:

 

–¡Dios mío! ¡Es terrible!

 

A Ben–Tovit le complacía observar que Samuel apreciaba toda la intensidad de sus sufrimientos recientes. Refirió por segunda vez cuanto le había sucedido. Después recordó que hacía ya mucho tiempo había tenido un dolor de muelas, pero en el lado izquierdo de la mandíbula inferior.

 

Así, en conversación animada, subieron al Gólgota. El sol, condenado a alumbrar el mundo durante aquel día terrible, se había ya ocultado tras las colinas lejanas. En el firmamento, hacia el Oeste, llameaba, semejante a un rastro de sangre, una ancha banda roja. Sobre el fondo del cielo se destacaban vagamente las cruces. Al pie de la de en medio podían distinguirse siluetas humanas prosternadas.

 

La multitud se había ido hacía tiempo. Comenzaba a sentirse frío.

 

Después de dirigir una mirada distraída a los crucificados, Ben–Tovit cogió a Samuel del brazo, y los tres se encaminaron a la casa. Ben–Tovit experimentaba un deseo violento de seguir hablando, y comenzó de nuevo a hablar del dolor que había tenido. Así, charlando, caminaban Gólgota abajo. Ben–Tovit, animado por las exclamaciones de compasión que profería de vez en cuando su vecino, daba a su rostro una expresión de sufrimiento, cerraba los ojos, balanceaba la cabeza, gemía, mientras de las profundas simas de la montaña y de las llanuras lejanas ascendía la obscura noche, que parecía deseosa de ocultar al cielo el gran crimen que se acababa de cometer sobre la tierra.

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Los espectros, Madrid, 1919

Traducción de Nicolás Tasín 

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