© Libro N° 10070. Ben Tovi. Andréiev, Leónidas. Emancipación. Junio
25 de 2022.
Título original: © Ben Tovi. Leónidas Andréiev
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Leónidas Andréiev
Leónidas Andréiev
CONTENIDO
La obra literaria de Leonid Andréiev y sus
traducciones al español. Joaquín Torquemada Sánchez. Universidad de Granada
Ben Tovi. Leónidas Andréiev
LA OBRA
LITERARIA DE LEONID ANDRÉIEV
Y SUS TRADUCCIONES AL ESPAÑOL
Joaquín Torquemada Sánchez
Universidad
de Granada
Leonid Andréiev.
Nacido el 9 de agosto (según el antiguo calendario)
de 1871 en la ciudad de Oriol en el seno de la familia de un funcionario local,
Leonid Andréiev tiene una infancia despreocupada, con un notable gusto por la
lectura y una escasa inclinación hacia los estudios, lo que motiva que sus
logros académicos no resulten satisfactorios. Se aficiona a la lectura de los
libros prohibidos en la Rusia de la época, sobre todo de ciertos autores
nihilistas como Písarev, y, tras algunos episodios de su vida que desembocan en
períodos de depresión, sufre problemas de alcoholismo. Después de finalizar la
enseñanza secundaria, cursa estudios de Derecho en San Petersburgo y en Moscú,
donde conoce a la que sería su esposa, Aleksandra Veligórskaia. Mientras ejerce
la carrera jurídica de un modo intermitente, comienza a escribir una serie de
relatos, de los cuales el primero que ve la luz es “Bargamot y Garaska”,
publicado en el número de Pascua de la revista El correo. En
aquella época también colabora con una de las revistas literarias más
importantes: El heraldo ruso. Entre 1904 y 1905 las obras de
Andréiev muestran cierta simpatía hacia los acontecimientos revolucionarios de
ese período, lo que le convierte en persona non grata para las autoridades
zaristas. En febrero de 1905 es arrestado y brevemente encarcelado por permitir
que en su apartamento se celebrase una reunión del Comité Central del entonces
proscrito Partido Socialdemócrata. Al sentirse amenazado y presionado por las
autoridades, a finales de noviembre de 1905 viaja con su familia a Berlín, y
posteriormente a Múnich y a Suiza. Tras la muerte de su esposa en 1906, el
escritor acepta la invitación de su amigo Maksim Gorki y se traslada a Capri
junto con su madre y su hijo de tres años. En la primavera de 1907 abandona
Capri y alquila una villa a orillas del Golfo de Finlandia, cerca de San
Petersburgo. Allí escribe, entre otros, uno de sus relatos más conocidos: “Los
siete ahorcados”, un alegato contra las ejecuciones en masa de revolucionarios
por parte del régimen zarista tras los acontecimientos de 1905. Establecido
apaciblemente en su finca finlandesa de Vammelsuu, desarrolla aficiones
artísticas, destacando sobre todo como pintor y consumado fotógrafo. Allí acoge
también a numerosos invitados, entre ellos algunos de los escritores rusos más
destacados del momento.
Entre 1912 y 1913 Andréiev publica dos “Cartas
sobre teatro”, en las que plantea la cuestión sobre la división entre el
teatro, destinado, según su criterio, a mostrar el drama interior, y el cine,
que debería presentar la acción externa. Andréiev establece los preceptos del
teatro del pampsiquismo (término acuñado por él mismo), del que tal vez el
mejor ejemplo sea El pensamiento, adaptación de su relato de 1902 y
que fue representada en el Teatro del Arte de Moscú en 1914.
El pensamiento – Teatro Marquina, 1963. Dir. Fernando
Fernán-Gómez.
La actividad literaria de Leonid Andréiev entre los
años 1908 y 1914 se centra sobre todo en las obras teatrales, que alcanzan un
notable éxito y que son representadas tanto en los teatros de Moscú y San
Petersburgo como en los de provincias. Varias de ellas son severamente
censuradas por las autoridades acusadas de blasfemas e indecentes, lo cual
provoca un mayor interés por parte del público.
Existen numerosas ediciones en español de la obra
del escritor ruso. Hemos podido relacionar más de 140. Las primeras
traducciones al español de la prolífica obra narrativa de Leonid Andréiev
aparecen aún en vida del autor, se deben sobre todo a los traductores rusos
Gueorgui Portnov, Alekséi Márkov y Nikolái Tasin, y son traducciones directas
del original ruso. Tradujeron, entre otras, las obras siguientes: Los
siete ahorcados (1914), Los espectros (1919), La
vida de Vasili Fiveiski (1912), Eleazar (1914), Judas
Iscariote (1914), En la oscura lejanía (1919), y la
novela Sashka Yeguliov (1919). Fueron publicadas por la
revista España Moderna, editada en Madrid, en su sección
“Biblioteca de la Jurisprudencia, de la Filosofía y de la Historia”, y también
por la editorial madrileña Espasa Calpe.
A partir del momento de la primera aparición en
España de la obra de Andréiev, la crítica especializada se ocupa de analizar en
profundidad las características fundamentales de su producción literaria. Así,
Enrique Díez Canedo, en sus “Conversaciones literarias” de los años 1915-1920,
se refiere al tema de la génesis de la obra de Andréiev, y en contraposición a
quienes perciben la influencia de Edgar Allan Poe en el autor ruso, trata de
poner de manifiesto la existencia de diferencias sustanciales en el modo
narrativo de los dos escritores:
Si Poe, al entrar en el terreno de lo fantástico,
lo refleja de una manera épicamente tranquila, Andréiev comprime la atmósfera
de terror y de locura; Poe mira a sus personajes a distancia, mientras que
Andréiev casi se funde con sus protagonistas, conviviendo con la tragedia de su
existencia humana, con su desesperación, con su desesperanza y ofuscación.
En ese sentido, según Díez Canedo, Andréiev sólo
puede compararse con Dostoievski, que fue el primero que penetró en las
regiones más arcanas de la conciencia humana y que planteó los problemas que
sobrepasaban ampliamente los límites de la prosa psicológico-social.
Por otra parte, el escritor Julián Juderías subraya
la capacidad de Andréiev de ejercer una fuerte influencia emocional por medio
de la representación del contraste entre la vida pacífica de la familia
burguesa y las pesadillas de los desastres de la guerra. Desde su punto de
vista, la guerra en Andréiev está representada no a la manera tradicional de
acontecimiento históricamente regular y épicamente importante, sino como algo
íntimamente ligado a la maldad y la locura.
En 1924 fue publicada en Madrid la novela Diario
de Satanás, en traducción de Eduardo Ugarte Blasco. La novela Sashka
Yeguliov fue conocida en España gracias a la traducción de Nikolái
Tasin en Espasa Calpe, que apareció en las series Universal y Austral y que se
ha venido reeditando ininterrumpidamente desde 1919 hasta 2001.
Por lo que se refiere a los relatos, su publicación
en español se incrementa de una manera sustancial en los años veinte y treinta
del siglo XX, período en el que las editoriales se ocupan del autor ruso con
especial empeño, sobre todo Biblioteca Nueva, Prensa Moderna, Calpe, Ramón
Velasco, Babel (todas ellas de Madrid), y las barcelonesas Maucci y Pegaso.
Además, en España proliferan las colecciones literarias especiales en las que
se publican los clásicos de la literatura universal en ediciones de bolsillo,
como “Maestros de la novela”, “Pequeña novela”, “Biblioteca de grandes
escritores”, “Austral”, etc., y en ellas aparecen muchas de las obras de
Andréiev.
En una primera ojeada al estado de las traducciones
de la prosa del escritor ruso llama la atención el hecho no sólo del
extraordinario interés de los traductores por seguir ocupándose de su obra,
sino también el hecho de las múltiples reediciones de la misma, lo cual
demuestra una gran demanda por parte del público lector. En ese momento, el
relato más popular entre los lectores hispanos es Los siete ahorcados,
seguido muy de cerca por Sashka Yeguliov. Otros relatos que fueron
objeto de varias reediciones son Él, La risa roja,
y Espectros.
También en la década de los treinta se incorporan a
la nómina de los traductores y críticos de Andréiev algunos escritores y
periodistas españoles entre los que cabe destacar a Rafael Cansinos Assens,
Ventura Gasol, José María Mercadal, Heliodoro Puche y Antonio Fernández
Escobés. Algunos de ellos traducen directamente a partir del original ruso,
mientras que otros lo hacen a través del francés o del alemán.
En 1935, en su prólogo a la edición de las obras
escogidas de Leonid Andréiev el crítico literario, traductor y periodista José
García Mercadal introduce al lector hispano en el círculo de los problemas de
la obra del escritor ruso, fundamentándose en sus propias y personales
interpretaciones, y lo relaciona una vez más con Poe y Dostoievski, a quienes
considera sus maestros. Mercadal profundiza en el estudio del asombroso éxito
de su obra, y considera que uno de los factores principales es el factor de la marginalidad:
la mayoría de los personajes de Andréiev se mueven en los límites de la pura
supervivencia, elemento éste, según el crítico español, de carácter
marcadamente autobiográfico. Señala, además, el predominio del criterio
psicológico en la conformación de los personajes de Andréiev y su función
simbólicamente generalizadora en el contexto de su obra. Mercadal observa
también el reflejo de lo grotesco de la existencia humana, que en sus momentos
más tensos y extremos puede llevar a la locura y la autodestrucción. Así, según
su opinión, Andréiev se diferencia de otros escritores no sólo por la puesta en
escena de unos temas relacionados con existencias patéticas y angustiadas, sino
también por la originalidad de los métodos empleados para su resolución
artística. El escritor se acerca a la idea de la existencia de una verdad
sobrenatural de la que el ser humano puede ser partícipe si posee aunque sea
una pequeña parte de intuición mística. Para Mercadal, esto representa el
sentido positivo de la obra de Andréiev y en ello radica su utilidad para el
lector.
Durante los años treinta se siguen publicando las
obras de Andréiev en editoriales como Lux, de Barcelona, Libra y Club
Internacional del Libro, de Madrid, pero es en los años cincuenta,
concretamente en 1955, cuando aparecen en Madrid las Obras escogidas de
Andréiev en traducción de Rafael Cansinos Assens, publicadas por la Editorial
Aguilar en su colección “Cien clásicos de la literatura universal” y reeditadas
ocho años después. Esto supone sin duda el punto culminante de la recepción de
la obra de Andréiev en el mundo hispanohablante. La edición está compuesta por
cien relatos cortos, novelas cortas y obras de teatro, precedidas por una
voluminosa introducción y notas del propio traductor, Rafael Cansinos Assens.
En 1969 aparece una nueva edición titulada Obras completas de L.N.
Andréiev en dos tomos: Prosa y teatro, y en su
introducción Cansinos Assens se marca el objetivo de mostrar no sólo el aspecto
trágico de la obra del escritor ruso, sino también la presencia en ella de unos
principios religiosos y morales positivos. Asimismo, pretende poner de
manifiesto la cualidad innata de un psicólogo sutilmente intuitivo, cuya obra
está impregnada de amor y compasión para con los seres humanos y de un “humor
trágico”. Cansinos Assens concluye aseverando que, lejos de las pretensiones de
aleccionamiento espiritual de Tolstói, y sin compartir las ideas de la reforma
política de la sociedad, Andréiev permanece en el campo gravitatorio de
Dostoievski cuando persigue el objetivo de asumir el fenómeno de la psicología
humana.
En las décadas siguientes, los años sesenta y
setenta, sale a la luz la recopilación titulada Las diez mejores
novelas rusas en dos tomos, en la que se incluye la obra de
Andréiev Sashka Yeguliov, en traducción de María Teresa Díaz
Valcárcel. Tampoco se olvida en España el centenario del nacimiento de
Andréiev. En el número de diciembre de 1971 de la revista madrileña Arbor se
publica un esbozo sobre la vida y la obra del escritor ruso. Su autor, Pedro
Rocamora, informa brevemente sobre los aspectos fundamentales de la obra de
Andréiev e introduce al lector en el mundo de sus personajes, elementos
marginales e individuos desfavorecidos de la sociedad. Según su opinión,
Andréiev es un testigo despiadado de la “mezquindad de la vida rusa”, pero en
sus obras resuena también un torrente de lirismo: incluso en los subsuelos más
inquietantes y sombríos habitados por seres que pierden su personalidad humana,
late la luz de un amor fraternal que une a los hombres en los momentos más
difíciles de su existencia.
Entre los años sesenta y los noventa del siglo XX
se produce la plena asimilación del legado de Andréiev traducido al español. En
los trabajos de los críticos hispanos se plasma la opinión unánime de que
Andréiev figura entre los más importantes escritores y dramaturgos modernos. En
sus reflexiones ocupa un primer plano el psicologismo literario del escritor
ruso, las tendencias humanistas de su obra, su misticismo y su carácter
autobiográfico. En su ensayo “Andréiev, terrible y olvidado”, publicado en el libro
sobre literatura rusa titulado El anillo de Pushkin, el escritor y
traductor Juan Eduardo Zúñiga incluye sus impresiones acerca de sus lecturas
juveniles de los relatos de Andréiev, remarcando la sensación de pesadilla que
no se interrumpe ni siquiera una vez que se ha cerrado la última página… Todo
en el mundo de Andréiev es trágico, terrible, misterioso; está habitado por
seres enfermizos que salen como de debajo de la tierra en los sombríos
escondrijos de la vida rusa, agotados por los espectros de las pesadillas…
Andréiev no pudo o no quiso escoger las llaves para estos oscuros heraldos de
lo desconocido, pero los sacó a la superficie desde las profundidades del
subconsciente y los introdujo en sus relatos y dramas, sin sospechar el
profundo sentido simbólico que encerraban. Según Zúñiga, Andréiev no siempre es
preciso en sus escritos: su simbolismo se compone de elementos textuales
aparentemente intrascendentes, lo cual produce una impresión de cierta
imperfección. Por eso su lectura inquieta y angustia, obligándote a pensar que
te encuentras ante todo un misterio.
Posiblemente la crítica literaria haya desempeñado
un papel fundamental en la difusión y la popularización de las obras teatrales
de Leonid Andréiev, pues apreció su carácter innovador de una manera casi
inmediata y casi unánime. En los prefacios e introducciones a las ediciones de
las obras de Andréiev es posible encontrar toda una serie de consideraciones
críticas sobre su teatro. Así, en la introducción a la antología Teatro
revolucionario ruso, el editor Cristóbal Castro reflexiona sobre el
carácter rebelde e insumiso de la dramaturgia de Andréiev, su oposición a los
gobiernos y a los órganos del poder, así como a cualesquiera sistemas políticos
a los que pertenezcan, zarista o soviético. El crítico Arturo Perucho, en su
artículo dedicado a una visión general de la literatura rusa, presenta a
Andréiev como el heredero directo de la tradición de Dostoievski, con su
penetrante visión de las profundidades del alma humana, sobre todo en sus
regiones más viles y recónditas. Algunos dramas de Andréiev, según su opinión,
alcanzan una gran fuerza trágica y emocional.
Las obras teatrales de Andréiev se representaban en
España menos a menudo de lo que aparecían sus ediciones impresas, si bien ya en
los años veinte existe constancia de varias representaciones en Barcelona.
Después de casi una década de interrupción, el interés hacia la obra teatral de
Andréiev se renueva inesperadamente en 1936 gracias a la actividad del
denominado “Teatro experimental”, cuya intención era dar a conocer a los
catalanes el teatro europeo occidental y el teatro ruso en el marco del ambicioso
proyecto de Jesús Pérez Calleja de crear en Cataluña el “Teatro de acción
social”.
Décadas después, en los años sesenta, junto con
las Obras Completas de Andréiev, entre las que figuran las
anteriormente indicadas además de Las máscaras rojas y El
honor, se publica la recopilación de obras de teatro titulada El
pensamiento, en traducción de José Méndez Herrera.
En los estudios hispánicos sobre la obra de
Andréiev se ha abordado la cuestión sobre la posible influencia directa de
Leonid Nikoláievich en el pensamiento teatral de los autores españoles. En los
años 90, Alfredo Rodríguez López-Vázquez, en su artículo “La influencia del
teatro de Leonid Andréiev en la García Lorca”, demuestra de un modo bastante
convincente que la con la creación de la obra La casa de Bernarda Alba Lorca
está en deuda con el dramaturgo ruso, cuyas traducciones se publicaron en la
misma edición en la que se imprimían también composiciones del propio Lorca. El
crítico encuentra indudables puntos comunes en la configuración, la temática y
la poética del drama Anfisa y La casa de Bernarda Alba,
relacionados con el motivo de la ruptura de los lazos de consanguinidad en el
terreno amoroso.
Una de las últimas ediciones de las obras teatrales
de Andréiev es la que apareció en el año 2001 con el título de El rey
hambre, en traducción de Carlos de Arce.
Por todo lo expuesto anteriormente, puede
concluirse que la obra de Andréiev en España, a pesar de su complejidad y de la
variedad y multiplicidad de sus traducciones y adaptaciones, ha gozado y goza
de una extraordinaria salud, y tiene aún por delante una larga y fructífera
vida.
BIBLIOGRAFÍA
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Андреева в Испании и Латинской Америке. // Эстетика диссонансов. Межвуз.
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ANDREIEV, Leónidas (1935). El hombre que encontró la verdad.
Traducción y prólogo de José García Mercadal. Madrid, Calpe.
___ (1969). Obras completas. Recopilación, traducción, estudio
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CASTRO, Cristóbal de (1929). “Prólogo” a: Teatro revolucionario ruso.
Madrid, Aguilar.
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ZÚÑIGA, J. E. (1983). El anillo de Pushkin. Barcelona, Bruguera.
Ben Tovi
Leónidas Andréiev
El día terrible en que se realizó la mayor
injusticia del mundo, en que se crucificó en el Gólgota, entre dos bandidos, a
Cristo, ese mismo día, el comerciante de Jerusalén Ben–Tovit tenía, desde por
la mañana, un dolor horrible de muelas.
Le había comenzado la víspera, al anochecer.
Ben–Tovit experimentó en el lado derecho de la mandíbula, en la muela contigua
a la del juicio, una sensación singular, como si se le hubiera elevado un poco
sobre las otras; cuando la rozaba con la lengua, sentía un ligero dolor. Pero
después de comer, la molestia pasó, Ben–Tovit la olvidó y acabó de
tranquilizarse con el cambio de su viejo asno por otro joven y vigoroso,
negocio que le puso de buen humor.
Durmió con un sueño profundo; pero, al amanecer,
algo vino a turbar su sueño. Se diría que alguien llamaba a Ben–Tovit para
algún grave asunto. No pudiendo ya resistir aquella inquietud, se despertó y se
dio cuenta al punto de que tenía dolor de muelas. Entonces era un dolor franco
y claro, muy violento, un dolor agudo e insoportable. Y no se podía ya
comprender si lo que le dolía era la muela de la tarde anterior o las demás
contiguas a ella. Toda la boca y toda la cabeza le dolían, como si estuviese mascando
millares de clavos ardiendo. Se enjuagó la boca con un poco de agua del
cántaro; durante unos momentos el dolor se aplacó, y Ben–Tovit experimentó una
ligera tirantez en las muelas. Dicha sensación, comparada con el dolor de hacía
un instante, era incluso agradable. Ben–Tovit se acostó otra vez, se acordó de
su nuevo asno y pensó que sería del todo feliz a no ser por el dolor de muelas.
Trató de volver a dormirse, pero cinco minutos después el dolor comenzó de
nuevo, más cruel que antes. Ben–Tovit se sentó en la cama y empezó a balancear
el cuerpo acompasadamente. Su rostro adquirió una expresión de sufrimiento, y
en su gran nariz, que había palidecido, apareció una gota de sudor frío.
Así, balanceándose y gimiendo lastimeramente,
permaneció hasta la salida del sol; de aquel sol que estaba predestinado a ver
el Gólgota con sus tres cruces y a eclipsarse de horror y de tristeza.
Ben–Tovit era un buen hombre, a quien repugnaba la
injusticia; pero cuando su mujer se levantó, le dijo mil cosas desatentas,
lamentándose de que le hubiera dejado solo y no hubiera hecho ningún caso de
sus terribles sufrimientos.
La mujer no se incomodó por estos reproches
injustos; no ignoraba que era el dolor, y en modo alguno la maldad, lo que
hacía hablar así a su marido. Le auxilió, solícita, con no pocos remedios: una
cataplasma, en la mejilla, de estiércol seco y pulverizado; una infusión muy
fuerte de aguardiente y huesos de escorpión; un pedazo de la piedra en que
estaban escritos los diez mandamientos, y que Moisés rompió en su cólera.
El estiércol aplacó un poco el dolor de Ben–Tovit,
pero por breve tiempo. Los otros remedios produjeron el mismo efecto y, siempre
tras un corto alivio, el dolor volvía a empezar con redoblada fuerza. Durante
los escasos momentos de tregua, Ben–Tovit procuraba olvidarlo completamente,
poniendo el pensamiento en su nuevo asno; pero cuando se hacía sentir otra vez,
empezaba a gemir, a insultar a su mujer y a decir que se iba a romper la cabeza
contra la pared.
Sin cesar iba y venía por el terrado de su casa,
sin acercarse demasiado a la barandilla, para que los transeúntes no le vieran
con la cabeza envuelta en un pañuelo, como una mujer. Con frecuencia, sus hijos
acudían junto a él y referían, interrumpiéndose, algo relativo a Jesús
Nazareno. Ben–Tovit se detenía entonces un instante para escucharlos; pero
ponía luego cara de pocos amigos, hería iracundo el suelo con el pie y echaba a
los niños; aunque era un hombre de buen corazón y aunque amaba a sus hijos, se
enojaba con ellos, lleno de fastidio, al oír aquellas naderías. Le enfadaba
también que la calle y los terrados de las casas vecinas estuvieran llenos de
gente que no hacía nada y le miraba con curiosidad pasearse con la cabeza
envuelta en un pañuelo, como una mujer. Quería ya bajar, cuando su mujer le
dijo:
–Mira, conducen a los bandidos; quizá eso te
distraiga.
–¡Déjame en paz! –respondió colérico Ben–Tovit–.
¿No ves lo que sufro?
Pero había en la proposición de su mujer algo como
una promesa vaga de que el dolor de muelas se le aplacaría si miraba a los
bandidos, y se acercó a la barandilla. La cabeza inclinada a un lado, un ojo
cerrado, la mano en la mejilla, miró hacia abajo.
A lo largo de la estrecha calle empinada marchaba,
en completo desorden, una multitud enorme, levantando gran polvareda. Se oían
gritos, centenares de voces mezcladas. En medio de la multitud, encorvados bajo
el peso de las cruces, avanzaban los condenados. Por encima de sus cabezas,
semejantes a serpientes negras, chasqueaban los látigos de los soldados
romanos. Uno de los condenados –el que tenía largos cabellos rubios y llevaba
las vestiduras rotas y ensangrentadas– tropezó en una piedra que le habían tirado
y cayó.
Redobló sus gritos la multitud, que parecía un mar
agitado cubriendo con sus olas la superficie de un islote.
Ben–Tovit, de repente, sintió tal dolor, que se
estremeció, como si alguien le hubiera horadado la muela con una aguja. Lanzó
un gemido lastimero y se apartó de la barandilla, encolerizadísimo,
importándole un bledo cuanto sucedía en la calle.
–¡Dios mío, cómo gritan! –gruñó, imaginándose las
bocas muy abiertas, con las muelas no atormentadas por el dolor.
A no ser por el que le hacía ver las estrellas,
hubiera podido gritar como los demás, quizá más fuerte aún. Al pensar en esto,
se hizo más cruel su sufrimiento, y Ben–Tovit empezó a balancear furiosamente
la cabeza y a lanzar gritos.
–Cuentan que curaba a los ciegos –dijo su mujer,
que no se apartaba de la barandilla ni dejaba de mirar abajo.
Y tiró una piedrecita al sitio por donde pasaba
Jesús, que avanzaba lentamente, medio muerto ya a latigazos.
–¡Tonterías! –respondió Ben–Tovit con acento
burlón–. ¡Si posee, en efecto, el don de curar, que me cure a mí el dolor de
muelas!
Y tras un corto silencio añadió:
–¡Dios mío, qué polvareda han levantado! ¡Ni que
fueran un rebaño! Debían de echarlos a palos. ¡Llévame abajo, Sara!
Su mujer tenía razón. El espectáculo le había
distraído un poco, o quizá el estiércol pulverizado le había aliviado. El caso
es que no tardó en dormirse. Cuando se despertó, el dolor había desaparecido
casi por completo; sólo el lado derecho de la mandíbula parecía ligeramente
hinchado; tan ligeramente, que apenas se notaba. Al menos, así lo aseguraba su
mujer. Ben–Tovit, escuchándola, sonreía maliciosamente; bien sabía que a su
mujer, por su bondad de corazón, le gustaba decir cosas agradables.
Un rato después llegó su vecino, el peletero
Samuel. Ben–Tovit le enseñó su nuevo asno, y, lleno de orgullo, escuchó los
plácemes de Samuel a propósito del cuadrúpedo.
Después, a ruegos de Sara, que era muy curiosa, se
dirigieron los tres al Gólgota, a ver a los crucificados. Por el camino,
Ben–Tovit refirió a Samuel, sin omitir detalles, cómo había tenido dolor de
muelas, cómo sintió al principio la molestia en el lado derecho de la
mandíbula, cómo se había despertado al amanecer, atacado, súbitamente, de un
dolor insoportable. Para dar una idea más exacta de sus sufrimientos, hacía
muecas, cerraba los ojos, balanceaba la cabeza y gemía. Su vecino asentía
compasivamente, acariciando su larga barba blanca, y decía:
–¡Dios mío! ¡Es terrible!
A Ben–Tovit le complacía observar que Samuel
apreciaba toda la intensidad de sus sufrimientos recientes. Refirió por segunda
vez cuanto le había sucedido. Después recordó que hacía ya mucho tiempo había
tenido un dolor de muelas, pero en el lado izquierdo de la mandíbula inferior.
Así, en conversación animada, subieron al Gólgota.
El sol, condenado a alumbrar el mundo durante aquel día terrible, se había ya
ocultado tras las colinas lejanas. En el firmamento, hacia el Oeste, llameaba,
semejante a un rastro de sangre, una ancha banda roja. Sobre el fondo del cielo
se destacaban vagamente las cruces. Al pie de la de en medio podían
distinguirse siluetas humanas prosternadas.
La multitud se había ido hacía tiempo. Comenzaba a
sentirse frío.
Después de dirigir una mirada distraída a los
crucificados, Ben–Tovit cogió a Samuel del brazo, y los tres se encaminaron a
la casa. Ben–Tovit experimentaba un deseo violento de seguir hablando, y
comenzó de nuevo a hablar del dolor que había tenido. Así, charlando, caminaban
Gólgota abajo. Ben–Tovit, animado por las exclamaciones de compasión que
profería de vez en cuando su vecino, daba a su rostro una expresión de
sufrimiento, cerraba los ojos, balanceaba la cabeza, gemía, mientras de las
profundas simas de la montaña y de las llanuras lejanas ascendía la obscura
noche, que parecía deseosa de ocultar al cielo el gran crimen que se acababa de
cometer sobre la tierra.
_________________________
Los espectros, Madrid, 1919
Traducción de Nicolás Tasín

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