© Libro N° 10069. Las 'Mentiras' Científicas Sobre Las
Mujeres. García, Sivia Y Pérez, Eulalia. Emancipación.
Junio 25 de 2022.
Título original: © Las 'Mentiras' Científicas Sobre Las Mujeres. Sivia
García Y Eulalia Pérez
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Original: © Las 'Mentiras' Científicas Sobre Las Mujeres. Sivia García Y
Eulalia Pérez
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y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LAS 'MENTIRAS' CIENTÍFICAS
SOBRE LAS MUJERES
Sivia García Y Eulalia
Pérez
Las 'Mentiras' Científicas Sobre Las Mujeres
Sivia García Y Eulalia Pérez
CONTENIDO
Introducción
1. Falsedades científicas
2. Los silencios y las invisibilizaciones de las
mujeres en la ciencia
3. Los secretos o lo que la ciencia oculta sobre
las mujeres
4. Invenciones científicas sobre las mujeres
5. Sesgos de género en la práctica científica e
investigadora
Consideraciones finales
Bibliografía
Introducción
A mi madre y a mi padre, por todo lo que me han
enseñado, porque en el apoyo y el cariño hay mucho conocimiento.
S. G. D.
A mi madre, feminista sin saberlo; y a mis nietos, Irene y Eduardo, que lo
serán.
E. P. S.
La primera acepción de ‘mentira’ en el Diccionario de
la Real Academia de la Lengua Española es “expresión o manifestación contraria
a lo que se sabe, se piensa o se siente”, y la segunda, “cosa que no es
verdad”. Ambas “inducen a error” (segunda acepción de ‘mentir’ en el mismo
diccionario), considerando ‘error’ un “concepto equivocado o juicio falso”.
Pues bien, en este libro vamos a examinar y analizar algunas afirmaciones,
hipótesis o teorías —‘conocimiento autorizado’ en su momento— con respecto a
las mujeres que, a lo largo de nuestra historia y hasta el presente, han
inducido a errores muy graves, justificando su sometimiento y su estatus
subordinado (al igual que sucede con otros grupos desfavorecidos). Nuestros
análisis pretenden sacar a la luz falsedades manifiestas, invisibilizaciones y
ocultaciones más o menos intencionadas, o directamente invenciones sobre la
naturaleza, comportamiento, etc., de las mujeres.
Gran parte de la historia de la ciencia se ha
construido con imágenes de mentes masculinas que conocen “naturalezas”
femeninas o “lo humano” construido a partir de lo masculino. Se podría añadir,
de forma paralela, de mentes blancas que conocen “naturalezas” negras o lo
“humano” a partir de lo blanco. La consecuencia es que apenas tenemos un
imaginario que represente a mujeres blancas o negras como sujetos de
conocimiento que investigan a hombres blancos (negros o de otra raza o etnia).
Podríamos añadir a este ejercicio imaginativo más variables, como la clase
social, la sexualidad o la edad haciendo uso de la interseccionalidad. La
pregunta es si el “sexo” o la “raza” del sujeto de investigación son
epistemológicamente relevantes o, dicho de otro modo, si la diversidad y la
democracia en una comunidad científica influyen en mejores formas de hacer
ciencia, más objetivas y más justas socialmente. Sabemos que la presencia de
mujeres en la ciencia (al igual que otros colectivos) no es condición
suficiente para una mejor ciencia, pero sí necesaria. Porque lo que
sí tenemos claro —y pretendemos ejemplificar con este libro— es que cuando la
ciencia se hace desde el punto de vista de grupos tradicionalmente excluidos de
la comunidad científica, se identifican muchos campos de ignorancia, se
desvelan secretos, se visibilizan otras prioridades, se formulan nuevas
preguntas y se critican los valores hegemónicos (a veces, incluso, se provocan
auténticos cambios de paradigma).
Este libro es deudor y pretende reconocer a muchas
investigadoras, desde las pioneras hasta las actuales, que pusieron sus
conocimientos científicos al servicio de la lucha frente a la ignorancia sobre
las mujeres y contribuyeron con ello a una mejor ciencia. Es deudor también del
conocimiento generado cuando se escucha a las mujeres, sus experiencias, sus
cuerpos o sus reflexiones colectivas. Con ello pretendemos aportar una visión
crítica a la historia de la ciencia, pero también ofrecer material divulgativo
y pedagógico, así como herramientas analíticas para fomentar una investigación
sensible al género, que sea consciente de los efectos de la ignorancia y los
sesgos que se producen, con el objeto de hacer una ciencia mejor y más
responsable.
El libro está dividido en cinco capítulos
principales donde describimos ejemplos de falsedades científicas sobre las
mujeres y las diferencias sexuales (capítulo 1); la producción de ignorancia
mediante silencios e invisibilizaciones de las mujeres en la ciencia, como
sujetos y como objetos de conocimiento (capítulo 2); o mediante olvidos,
secretos y ocultamientos (capítulo 3); o bien los procesos de invención
científica y farmacológica de determinadas enfermedades que afectan a las
mujeres (capítulo 4); para terminar con un apartado transversal a los capítulos
anteriores que desarrolla un recorrido por los diferentes sesgos de género que
pueden ocurrir a lo largo del proceso de investigación (capítulo 5).
Es necesario advertir que en este viaje por las
“mentiras científicas sobre las mujeres” hemos seleccionado algunas paradas que
nos parecían relevantes o significativas, pero obviamente “no están todas las
que son”. Con la misma estructura, se podrían escribir tristemente segundas y
terceras partes del libro con ejemplos de diferentes disciplinas que aquí no
han sido desarrolladas, como por ejemplo, la economía, la arquitectura, la
informática, etc. Nuestro objetivo no era hacer un libro exhaustivo sobre “mala
ciencia” sobre las mujeres, sino más bien exponer y visibilizar algunos
“estudios de caso” que problematizan lo que se presentan como verdades
científicas y, con ello, ofrecer herramientas analíticas y pedagógicas para
detectar diferentes sesgos de género en ciencia, tanto respecto a la producción
de conocimiento (y sus aplicaciones) como en relación con sus omisiones e
ignorancias.
En el primer capítulo, “Falsedades científicas”,
pretendemos enlazar pasado y presente en la historia de la producción de
conocimiento que busca justificar desigualdades sociales de género basándose en
argumentos “científicos” sobre las diferencias innatas entre hombres y mujeres.
Mucha bibliografía ya ha sido escrita sobre el sexismo y el androcentrismo en
las teorías científicas del siglo XIX que pretendían demostrar la inferioridad
“natural” de las mujeres (fundamentalmente en inteligencia) o su complementariedad
esencial con los varones (con medidas de personalidad). “La falsa medida de la
mujer” constituyó un arsenal teórico empleado para justificar un statu
quo que las condenaba a la desigualdad en diferentes esferas (entre
ellas, la educación superior, el no poder votar, el ser recluidas a la esfera
doméstica con los roles exclusivos de esposas y madres, etc.). En este trabajo
nos hemos querido centrar en la teoría darwinista, por sus derivas actuales en
algunos autores de la sociobiología o de la psicología evolucionista que
presentan el dualismo sexual como rasgo evolutivo y adaptativo de la especie, y
su reverso, la igualdad de género como regresión evolutiva y a contracorriente
de la naturaleza. Curiosamente, esta idea es la que cala en el imaginario
colectivo, muchas veces a través de los medios de comunicación, pero también de
obras literarias o ensayos, seguramente porque se conforma con la idea
profundamente arraigada de diferencias irreconciliables que equivalen, en el
fondo, a desigualdades: sin embargo, lo opuesto a desigualdad es igualdad —no
diferencia— y a esta última se opone lo idéntico, la mismidad.
El legado de Darwin nos lo encontramos en las
palabras de un premio Nobel de Medicina o de un presidente de la Universidad de
Harvard en el siglo XXI que desalientan la inversión en políticas coeducativas
porque las mujeres nunca llegarán a lo más alto en matemáticas (por naturaleza,
son menos variables, más mediocres). O mediante formas sutiles que pretenden
maquillar con el discurso de la complementariedad (las mujeres no son
inferiores, son esencialmente diferentes: inferiores en matemáticas pero superiores
en empatía) nuevos neurosexismos. Paradójicamente, el mostrar a las mujeres
como inferiores respecto a los varones, o esencialmente diferentes, oculta la
gran riqueza y diversidad de la naturaleza, que tanto alabó Darwin, más allá de
patrones dualistas.
Hemos utilizado las investigaciones sobre la
competencia matemática como ejemplo de los estudios sobre diferencias sexuales
cognitivas y diferencias psicológicas entre varones y mujeres en general (se
podría haber hecho un desarrollo similar con otra competencia como la empatía).
Nuestro objetivo ha sido identificar los problemas del determinismo biológico,
y de aquellas investigaciones que tratan de demostrar (in)capacidades innatas o
esenciales, y por lo tanto inevitables, para legitimar el statu quo y
justificar desigualdades de género. La obsesión académica y popular por las
diferencias, y el desinterés por las semejanzas, produce en muchos casos sesgos
de género y mecanismos de atención selectiva (encontramos lo que buscamos) que
se manifiestan en qué se mide, cómo se mide, qué variables se tienen en cuenta
y cuáles no en los diseños experimentales y, sobre todo, en los saltos
inferenciales de las interpretaciones. En definitiva, el gran problema de este
tipo de estudios sobre las diferencias sexuales es reducir a dos la gran
diversidad y variabilidad humana.
Pero los problemas de “mala ciencia” también se
producen por omisión, en la producción de ignorancia o no conocimiento. Y aquí
distinguimos entre no saber, no saber que no se sabe (no hay conciencia), no
querer saber (porque no importa, no interesa, por negligencia), o no querer que
se sepa. Esto es lo que abordamos en los siguientes dos capítulos. El capítulo
segundo, “Los silencios y las invisibilizaciones de las mujeres en la ciencia”,
comienza con el olvido —que no ausencia— de las mujeres en la historia de la
ciencia y los diferentes mecanismos de desreconocimiento y deslegitimidad
epistémica que operan sobre las mujeres en la comunidad científica (explicados
mediante lo que se ha denominado el “efecto Matilda”). Hemos elegido el ejemplo
de la primatología para explicar cómo la incorporación y reconocimiento de
mujeres en una disciplina puede tener el efecto de identificar campos de
ignorancia, ciencia sin hacer, cuando estas investigadoras se formulan otras preguntas.
En definitiva, puede reelaborar una disciplina, en este caso, seleccionando
otras especies a estudiar, observando otras conductas y, como consecuencia,
encontrando otros resultados que cuestionan el papel secundario de la hembra
primate en la evolución (utilizado para justificar la desigualdad humana).
Otro ejemplo donde el sesgo androcéntrico (tomar lo
masculino como norma y obviar o minusvalorar lo femenino) genera puntos ciegos
y, lo que es más importante, tiene efectos sobre los cuerpos de las mujeres es
el llamado “síndrome de Yentle” en medicina. Si en el capítulo primero
exponíamos los sesgos de género que exageran las diferencias sexuales, en este
capítulo exponemos el sesgo contrario, la invisibilización de las mujeres al
tomar lo masculino como norma médica, con la consecuencia de no atender a la
morbilidad diferencial o a síntomas específicos de enfermedades en las mujeres.
En concreto, analizamos sus efectos negligentes en la investigación y atención
médica de las enfermedades cardiovasculares y del VIH, haciendo especial
hincapié en la ausencia o escasa presencia de mujeres en los ensayos clínicos.
En el tercer capítulo, “Los secretos o lo que la
ciencia oculta sobre las mujeres”, abordamos aquello que se sabe, pero no se
cuenta, a veces en forma de medias verdades, por ideología de género (ocultando
contenidos subversivos) o por intereses económicos y comerciales. Gran parte de
los secretos de la historia de la ciencia sobre las mujeres tienen que ver con
su sexualidad. El énfasis sobre la investigación en salud y sexualidad
reproductiva, que incide en la diferencia “esencial” de las mujeres, ha tenido
como efecto desatender otras diferencias médicas no reproductivas (como
señalábamos antes), pero también la ignorancia y el ocultamiento de la anatomía
sexual femenina sin fines reproductivos, tanto más si se trata de órganos o
funciones comunes a ambos sexos, “sin género” (como la próstata o la
eyaculación femeninas), o si puede implicar una sexualidad autónoma no
coitocéntrica de las mujeres (como el placer clitoridiano). Hablamos de
secretos porque, en el caso de la próstata y la eyaculación femeninas, sí hubo
investigaciones previas, pero fueron camufladas o ignoradas por la medicina
posterior o por su historia. Junto a ello, muchos ocultamientos científicos se
producen por intereses comerciales (que también determinan obviamente
prioridades científicas). En este capítulo exponemos ejemplos de medicalización
iatrogénica de procesos naturales de las mujeres (como la menstruación o la
menopausia, construida como una patología o como un riesgo en su salud) o en
nombre de la prevención ginecológica, y nos centramos especialmente en los
ocultamientos, promovidos por la industria farmacéutica pero con la complicidad
de la investigación científica, sobre los efectos secundarios de determinados
fármacos, algunos como la píldora o el “viagra rosa” presentados como
revolucionarios para las mujeres. La píldora femenina, la terapia hormonal
sustitutiva y la vacuna del virus del papiloma humano son los tres ejemplos que
hemos elegido de ocultamiento de información (fundamentalmente respecto a
seguridad y riesgos) por intereses económicos.
En el cuarto capítulo, “Invenciones científicas
sobre las mujeres”, abordamos la capacidad “creativa” de la producción de
ignorancia. La construcción de enfermedades mentales ha sido un dispositivo muy
eficaz de control y regulación de conductas de género, tanto de la feminidad
como de la sexualidad de las mujeres. Las normas de género y las normas
relativas a la (hetero)sexualidad han sido traducidas a normas médicas. Tanto
la adherencia rígida y excesiva a los cánones de feminidad como su “desviación”
(las “mujeres difíciles”) han venido acompañadas históricamente de etiquetas
psiquiátricas: desde la histeria hasta la moderna depresión u otros trastornos
de personalidad de alta prevalencia femenina. No solo se han medicalizado
procesos naturales de las mujeres (como la menstruación, la maternidad o la
menopausia), sino que, vía hormonas, se ha seguido manteniendo el legado de la
histeria que relacionaba salud mental y sistema reproductivo (como explicamos
con el síndrome premenstrual o con la depresión posparto). Por otro lado, el
establecimiento de “lo normal” en conductas sexuales (en cómo deben ser, en
intensidad y frecuencia, o hacia quién deben dirigirse) también ha fabricado en
diferentes momentos históricos sus propias categorías nosológicas: los trastornos
o disfunciones sexuales. Junto a ello, malestares producto de desigualdades de
género se han individualizado o psicologizado convertidos en síndromes o
enfermedades mentales. En la actualidad, el criterio clave para la
patologización es el malestar disfuncional, sin abordar en muchos casos la
complejidad multicausal que produce dicho malestar. Junto a ello, la producción
farmacológica estimula la imaginación patológica que “inventa o fabrica”
enfermedades para dar salida comercial a medicamentos (a veces en nombre de la
prevención, la calidad de vida o incluso la belleza). La disfunción sexual
femenina y el viagra rosa son ejemplos de ello.
Finalmente, el capítulo quinto, “Sesgos de género
en el proceso de investigación”, resume los tres tipos de sesgos que han estado
presentes de forma transversal en los diferentes capítulos: la exageración de
las diferencias, la ignorancia o minimización de las mismas utilizando lo
masculino como norma o referente universal, y la desatención a la diversidad y
la interseccionalidad. El capítulo realiza un recorrido por los sesgos de
género que pueden ocurrir a lo largo de un proceso de investigación con sus diferentes
etapas: desde sesgos en las prioridades científicas, en la formulación de
problemas o hipótesis o en supuestos teóricos de partida; hasta sesgos en la
selección de variables, muestras y diseños elegidos; en la recogida y análisis
de datos; o, finalmente, en la interpretación de resultados y en su
publicación. Nos parece un capítulo necesario que puede ofrecer herramientas y
ejemplos pedagógicos para una formación en investigación científica sensible a
posibles sesgos de género.
Este libro es el resultado de años de
investigaciones que hemos ido plasmando en diversos artículos, capítulos de
libros, congresos, conferencias y proyectos de investigación, por lo general,
generosamente financiados por el Plan Nacional de I+D+i y de los distintos
ministerios responsables a lo largo de estos años. También es producto de
discusiones y conversaciones con nuestras colegas del Grupo de Investigación en
Ciencia, Tecnología y Género: Esther Ortega, Carmen Romero, Rebeca Ibáñez,
María Jesús Santesmases, Ana Sánchez, Nuria Gregori, María José Miranda,
Verónica Sanz, María González, Ana Toledo, Sven Bergmann o Pablo Santoro, por
citar solo el núcleo que se ha mantenido constante más de diez años. Junto a
ellas, los intercambios con Marta González García, de la Universidad de Oviedo,
o con la Red Iberoamericana de Ciencia Tecnología y Género (RICTYG) han sido y
siguen siendo un estímulo constante. A todas ellas nuestro agradecimiento por
la riqueza de pensamiento y crítica que nos han inspirado.
Capítulo 1
Falsedades científicas
Hemos heredado una forma de espíritu que nos lleva
a analizar, disecar, razonar en términos de unidades distintas y aisladas. Este
esquema es el que hay que hacer volar en pedazos.
Danah Zohar
Contenido:
§. Darwin y las mujeres
§. Determinismo biológico, sociobiología y psicología evolucionista
§. Diferencias cognitivas entre los sexos
Recientemente, el premio Nobel de Medicina y
Fisiología en 2001, Tim Hunt, fue objeto de múltiples críticas y comentarios
debido a sus afirmaciones, supuestamente irónicas, sobre la conveniencia de
tener laboratorios segregados por sexo, porque “las mujeres se enamoran de ti,
tú de ellas y, cuando las criticas, lloran”[1]. Periódicamente, aparecen en los medios de comunicación afirmaciones y
comentarios de este tipo que tienen como trasfondo las supuestas diferencias
biológicas, cognitivas, etc., que rápidamente se transforman en inferioridades.
Un caso de más repercusión aún fueron las
declaraciones del entonces presidente de la Universidad de Harvard, Lawrence
Summers, quien manifestó en una conferencia pronunciada el 14 de enero de 2005
que si las mujeres no lograban llegar a lo más alto en matemáticas, ciencias e
ingenierías se debía a una incapacidad innata en ellas[2]. Según Summers, tres hipótesis explicarían las “sustantivas
disparidades en relación con la presencia de mujeres en profesiones
científicas, en el más alto nivel”. La primera de ellas sería la hipótesis del
dinamismo en el trabajo, es decir, las mujeres no quieren trabajar 80 horas a
la semana, algo necesario para llegar a lo más alto en la ciencia. La segunda
sería la diferente aptitud o capacidad en matemáticas entre hombres y mujeres;
dicho de otro modo, pequeñas diferencias de aptitud media en matemáticas o
ciencias se traducen en una gran disparidad en el nivel intelectual que se
necesita para hacer ciencia. Por último, la tercera hipótesis se refiere a la
diferente socialización y los patrones de discriminación: a las niñas y a las
mujeres jóvenes se las expulsa de la ciencia y de la ingeniería y las que
entran en esos campos padecen discriminaciones mientras tratan de progresar en
sus carreras. Summers “aclaró” que las dos primeras hipótesis eran las que
realmente servían para explicar la subrepresentación de las mujeres en los
niveles más altos de las carreras científicas y que la última apenas tenía
importancia[3].
¿Qué hay detrás de este tipo de afirmaciones? El
recurso a la “naturaleza” de la mujer para defender las limitaciones
intelectuales y sociopolíticas que se le han impuesto ha tenido múltiples
defensores, aunque también detractores, a lo largo de la historia. Aristóteles
fue el primero en dar una “explicación” biológica y sistemática de la mujer[4], en la que esta aparece como un hombre imperfecto, justificando así el
papel subordinado que social y moralmente debían desempeñar las mujeres en
la polis. Esa concepción siguió prácticamente intacta a lo
largo de los siglos y sirvió de apoyo a los defensores de su supuesta
inferioridad. La biología aristotélica, remozada por Galeno, sirvió de base a
quienes abogaban por que las mujeres desempeñaran solamente el papel de
reproductoras de la especie y sumisas esposas recluidas en la esfera privada
sin papel alguno en la esfera pública y negándoles hasta un elemental derecho a
la educación (Pérez Sedeño, 1997).
En los siglos XVIII y XIX,la biología comenzó la
búsqueda de las diferencias sexuales con los métodos de la ciencia moderna. El
debate sobre la capacidad y los derechos de la mujer se planteó, al parecer, de
una manera distinta, dado que la ciencia supuestamente había probado su
objetividad y neutralidad, empíricamente basada, así como su efectividad para
el progreso social y tecnológico. A partir de entonces, las afirmaciones sobre
la inferioridad de la mujer se basan en las diferencias biológicas o naturales entre
mujeres y hombres de tres maneras distintas. La teoría de la conservación de la
energía sirvió para que algunos se opusieran a la educación (sobre todo
superior) de las mujeres, pues el esfuerzo que habrían de dedicar a su
instrucción les quitaría una energía necesaria para el funcionamiento correcto
de sus funciones menstruales y reproductivas; eso impediría su finalidad
primordial, ser madres, pues se pensaba que con el estudio aumenta el cerebro
y, al aumentar este, disminuían los ovarios[5]. Por otro lado, las descripciones anatómicas de las diferentes
dimensiones del cráneo y del cerebro se utilizaban para fundamentar diferencias
entre hombres y mujeres, manteniendo que un menor tamaño indicaba una menor
capacidad, por lo que de nada servirían las campañas en favor de la educación
superior de las mujeres, pues nunca llegarían a alcanzar al hombre en ese
aspecto[6]. Por último, a finales del siglo XIX,los darwinistas sociales
proclamaron que la mujer era un hombre que, ni física ni mentalmente, había
evolucionado completamente (Gómez Rodríguez, 2004).
§. Darwin y las mujeres
Una de las teorías “de la naturaleza” utilizadas para convencer de la
inferioridad intelectual y social de la mujer fue la teoría de la evolución.
Darwin estaba convencido de la diferencia mental entre los dos sexos, del
sometimiento del sexo “débil” al fuerte[7] y de la existencia de un continuo moral entre los seres humanos y
los animales. Asimismo postulaba que los seres humanos y otros organismos
complejos habían evolucionado a lo largo de enormes periodos de tiempo, a
partir de formas de vida menos complejas, es decir, surgían y se complejizaban
constantemente. Así, la escala de la naturaleza no era algo fijo, sino que
estaba en proceso de ser, como resultado de la evolución de las formas de vida.
Se entendía que la noción darwiniana de complejidad significaba grado
de perfección, de modo que, cuanto más complejo era un organismo, más
perfecto era. Darwin y los posdarwinistas comenzaron a hablar de especies
“superiores” e “inferiores”, de modo que conllevaban claros juicios de valor
sobre su perfección. Así pues, además de la extensión temporal y la idea del
continuo, también la mutabilidad de las formas constituía un principio básico
de su teoría de la evolución.
Desde el darwinismo también se postulaba la
creencia en la unicidad y en la continuidad, en que no habría saltos en la
escala de perfección. Como no podía haber vacío entre los monos y el hombre (sic),
la hipótesis de la continuidad requería que hubiera muchos grados de perfección
dentro de la especie humana. Según se descubrían culturas supuestamente
“primitivas”, los evolucionistas aceptaban que el abismo percibido entre estas
sociedades y las europeas mostraba que los pueblos “primitivos” se hallaban en la
escala por encima de los monos pero debajo de los humanos “civilizados”.
Georges Pouchet, antropólogo francés del siglo XIX, escribió que “no faltan
ejemplos de razas situadas tan abajo que parecen de forma natural asemejarse a
la tribu de los monos. Estos pueblos, mucho más cercanos que nosotros al estado
de naturaleza, merecen por eso toda la atención por parte del antropólogo”
(Pouchet, 1864: 14). En esa escala, la mujer —naturaleza por encima de todo— no
estaba en el mismo escalón que el hombre.
Darwin se ocupa de la naturaleza de la mujer en su
obra The Descent of Man and Selection in Relation to Sex. Publicado
en 1871, el tema principal de este texto es el fenómeno de la selección sexual,
que ya había definido en On the Origin of Species[8]. Esta forma de selección depende no de la lucha por la existencia en
relación con otros seres orgánicos ni de condiciones externas, sino de la lucha
entre los individuos de un mismo sexo, generalmente los machos, por poseer al
otro sexo: “Depende de la ventaja que ciertos individuos tienen sobre otros del
mismo sexo y especie solamente con respecto a la reproducción” (Darwin,
[1859]1909: 108). El resultado no es la muerte del competidor que no tiene
éxito, sino poca o ninguna descendencia. Por consiguiente, la selección sexual
es menos estricta que la selección natural. Por lo general, los machos más
vigorosos, los más adecuados a su lugar en la naturaleza, dejarán más progenie.
Pero en muchos casos, la victoria no depende tanto del vigor general, como de
que se tengan armas especiales. Afirmaba que algunas estructuras e instintos se
desarrollan como resultado de la capacidad para atraer al sexo opuesto. Entre
estos se hallaban incluidos el coraje y la belicosidad del macho, las armas de
ofensa y defensa que les permiten luchar y ahuyentar a los rivales, y los
ornamentos, tales como plumaje, voz y olores que sirven para atraer y excitar a
las hembras. Así pues, hay dos tipos de selección sexual, la competencia entre
macho y macho y la elección de la hembra: “El macho por lo general es más
impaciente y entusiasta por emparejarse con cualquier hembra, mientras que las
hembras tienden a elegir la pareja más atractiva” ([1859] 1909: 70). Eso hace
que la competencia entre machos mejore la especie, mientras que la elección por
parte de la hembra genera atractivo inútil (como las colas multicolores de los
pavos reales).
Pero Darwin no se limita solo a las características
de los animales. Cuando examinamos las diferencias físicas y psicológicas entre
la mujer y el hombre que según Darwin eran resultado de la selección sexual,
encontramos que en cada caso los rasgos masculinos son los que generalmente se
asocian con grados superiores de perfección. “Algunos autores dudan acerca de
si hay […] diferencias inherentes en las capacidades mentales de los sexos”.
Esa diferencia es, cuando menos, “probable debido a la analogía de los animales
inferiores que presentan otros caracteres sexuales secundarios”[9]: quienes crían animales domésticos o poseen animales salvajes estarán
de acuerdo en que “el toro difiere en disposición de la vaca,
el jabalí de la jabalina, el semental de la yegua y también saben de sobra los
que tienen casa de fieras, los machos de los monos grandes de las hembras”[10]. Darwin utiliza estos ejemplos para ilustrar sus ideas sobre las
mujeres y los hombres, pero no se queda en la simple analogía, pues pasa a
afirmar un auténtico compendio de características que constituyen los
estereotipos socioculturales de los hombres y mujeres victorianos: aquellos
superan a las mujeres en coraje, energía y agresividad, y en las facultades
intelectuales de abstracción, razón e imaginación. Las mujeres son más
intuitivas, de percepción más rápida y más imitativas. Pero su evidencia empírica
se queda en meros “es probable”, “parecen diferir”, “posiblemente”, “difieren
en disposición”, etcétera. “Por término medio, el hombre es más alto,
más pesado y más fuerte que la mujer, tiene hombros más cuadrados y músculos
más completamente pronunciados […] El hombre tiene más coraje, es más belicoso
y enérgico que la mujer y tiene un genio más inventivo” (todas las citas en
Darwin, 1871: 716-717).
Las características femeninas están asociadas,
claramente, con estados menos evolucionados, más imperfectos e inferiores. En
“la hembra […] se dice que la formación de su esqueleto está entre el niño y el
hombre” (Darwin, 1871: 717). “Se admite por lo general que en
las mujeres están más fuertemente marcados que en los hombres los poderes de
intuición, percepción rápida y quizás de imitación; pero al menos alguna de
estas facultades son características de las razas inferiores y, por tanto, de
un estado pasado e inferior de civilización” (ibídem: 725-726). Aquí el sexismo
de la teoría de Darwin se mezcla con su racismo. Darwin concebía las razas del
“hombre” dispuestas jerárquicamente desde las más primitivas e inferiores a las
más perfectas —esto es, las razas europeas civilizadas—. Dentro de cada raza,
se consideraba que la mujer estaba en un estadio inferior de perfección que el
varón de la misma raza. Esto permitía que algunas mujeres, a saber, las
europeas, blancas y de clases elevadas, se consideraran más evolucionadas que
algunos varones, tales como los africanos negros, dentro del principio general
de que la mujer está menos evolucionada que el hombre.
Además de la selección sexual, Darwin mantenía que
también era posible una mayor variabilidad y complejidad de los machos gracias
a su papel en la procreación. Darwin se hizo eco de la tradición aristotélica
al insistir en que la mujer debe gastar gran parte de su energía en alimentar
al feto, afirmando que este gasto de energía impide la variación femenina (algo
que, de un modo no muy distinto, recogerá después la sociobiología y la
psicología evolucionista). El macho, al necesitar solo una pequeña cantidad de
energía para formar su semilla y al no desempeñar papel alguno en el desarrollo
del feto, dispone de una reserva de energía para su propio desarrollo. Y más
adelante dice: “La mujer tiene que gastar mucha materia orgánica en la
formación de sus óvulos, mientras que el macho gasta más fuerza en contiendas
fieras con sus rivales, en vagar en busca de la hembra, en ejercitar su voz,
emitir secreciones olorosas, etcétera” (Darwin, 1871: 295-296). Efectivamente,
la teoría del instinto que Charles Darwin presentaba en The Descent of
Man apoyaba la diferencia intelectual entre hombres y mujeres y
justificaba su confinamiento en la esfera privada: el instinto maternal hace
que las mujeres sean más tiernas y cariñosas y menos egoístas; por ese motivo,
quienes se oponían al movimiento en favor de los derechos de las mujeres decían
que ese instinto maternal era estupendo para la esfera privada, pero no así
para la pública, pues iría en contra del desarrollo evolutivo de la sociedad.
El instinto maternal haría que se fuera indulgente con quienes, según la teoría
de la evolución social, debían desaparecer, ya que solo sobreviven los más
adecuados[11]. Una vez más, afirmaciones dudosas y no sustentadas empíricamente.
§. Determinismo biológico, sociobiología y
psicología evolucionista
El determinismo biológico que pretende explicar el comportamiento de los
individuos y las características de las sociedades en términos biológicos (ya
sean genéticos, neurológicos u hormonales) no es algo periclitado y de siglos
pasados. El mismo Freud dijo: “La biología es el destino”. Pero desde
diferentes disciplinas biológicas[12], como la biología molecular y la genética, se ha criticado este dogma
determinista y reduccionista debido a la distancia empírica y lógica que hay
entre un organismo que tiene un genotipo determinado y la expresión de ese
genotipo, incluyendo las conductas. En concreto, el flujo del ADN al ARN y a la
proteína (y no a la inversa) supone una cadena causal muy compleja, de modo que
un genotipo concreto puede producir fenotipos muy diversos según diferentes
contextos.
La máxima expresión de las tesis biodeterministas
se encuentra en algunas tesis sociobiológicas y de la psicología evolucionista[13]. Estas disciplinas pretenden hallar las bases biológicas de toda conducta
humana, debido a que sostienen que hay rasgos universales que identifican a
todos los seres humanos, sin que importen las diferencias culturales o
históricas[14]. La supuesta universalidad constituiría la evidencia de que son
adaptativos, es decir, que sucesivas generaciones los heredan y, quienes los
tienen, dejarían más descendencia. Los dos rasgos supuestamente universales que
nos interesan en este caso son la promiscuidad masculina, que resultaría en
poligamia, y la supuesta fidelidad femenina a un solo macho con la
correspondiente dedicación al cuidado de la prole. Asimismo, las ideas sobre el
papel evolutivo de la violación muestran claramente la falta de evidencia
empírica y los sesgos sexistas que impregnan estas tesis.
Las ideas contemporáneas sobre la selección sexual
están muy influidas por los modelos propuestos por Angus Bateman y Robert
Trivers. Según Bateman (1948), la varianza en el éxito reproductivo sería mayor
entre los machos que entre las hembras, dado que la reproducción de estas viene
limitada por el número de huevos u óvulos que produce una hembra. Una vez que
esta ha recogido el esperma necesario para ser fertilizada, no se beneficia de
apareamientos posteriores, de ahí la supuesta fidelidad femenina a un solo
macho. En cambio, el macho obtiene beneficios por inseminar tantas hembras como
sea posible, pues así maximizará su éxito reproductivo. El resultado es, según
este autor, la competición entre machos para acceder a las hembras y el hecho
de que unos machos se aparearán con muchas hembras y otros con pocas o ninguna.
Bateman fundamenta su tesis en un experimento con moscas de la fruta en las que
encontró una varianza superior en el éxito reproductivo de los machos que en el
de las hembras.
Trivers (1972) añadió algunas tesis sobre el
cuidado parental. Argumenta que las hembras por lo general gastan más que los
machos en la reproducción, pues producen huevos (óvulos) grandes, a la vez que
invierten esfuerzo y tiempo en el desarrollo y cuidado de la descendencia. Así,
las hembras serían más exigentes con respecto a los machos y además constituyen
un recurso limitado. En consecuencia, concluye, los machos están motivados para
aparearse con tantas hembras como sea posible, a la vez que estas están
motivadas para resistir los avances de los machos con la esperanza de elegir al
mejor posible. Como vemos, se siguen manejando estereotipos de lo masculino y
lo femenino semejantes a los victorianos: los machos son activos, competitivos
y promiscuos y las hembras pasivas, tímidas, criadoras y cuidadoras.
Por eso, afirmaciones como la siguiente hicieron
saltar las señales de alarma: “Incluso con educación idéntica para hombres y
mujeres e igual acceso a todas las profesiones, es probable que los hombres
mantengan representación desproporcionada en la vida política, los negocios y
la ciencia” (Wilson, 1978: 103). A muchas y muchos biólogos evolucionistas les
preocupa el apoyo que estos modelos proporcionan a desigualdades de género
actuales, pues “a partir de asimetrías aparentemente inocentes entre los huevos
y el esperma fluyen consecuencias sociales importantes tales como la fidelidad,
la promiscuidad masculina, la desproporcional contribución de las mujeres al
cuidado de los hijos y la desigual distribución del trabajo según el sexo”
(Hubbard, 1990: 110).
Pero las críticas no son solo de tipo político,
sino también biológico y epistémico. Se sustentan fundamentalmente en los tres
supuestos en los que basan sus tesis, a saber: que la inversión del macho en la
producción de la descendencia es pequeña con respecto a la inversión de la
hembra; la mayor varianza en los éxitos reproductivos de los machos que los de
las mujeres; y que el único beneficio evolutivo del sexo para las hembras es la
fertilización.
Con respecto al primero, cabe preguntarse cómo
medir la inversión: por ejemplo, por el tamaño de los gametos fabricados o por
la cantidad de ellos. Si optamos por esa segunda,es decir, por la cantidad de
gametos producidos, tendríamos que una mujer invierte mucho menos que un
hombre: entre 170 y 250 óvulos por descendiente, mientras que un varón
emplearía entre 973.000 millones y 1,46 billones de espermatozoides en el mismo
número de descendientes[15].
Con respecto al supuesto de que hay una mayor
varianza en el éxito reproductivo de los machos que en las hembras, aunque el
experimento de Bateman parece demostrarlo con respecto a las moscas de la
fruta, es una cuestión empírica averiguar si eso se aplica o no a la especie
humana, porque no sucede así en muchas especies estudiadas. Por ejemplo, hay
hembras de aves que abandonan los nidos y algunas especies de mamíferos en las
que se producen abortos espontáneos, actuaciones que pueden terminar los intentos
reproductivos. Por otro lado, y como señala Hubbard (1990), aunque la hipótesis
de la mayor varianza en el éxito reproductivo pudiera ser teóricamente cierta,
el caso es que en la mayoría de las sociedades hay el mismo número de hombres
que de mujeres produciendo niños y no funcionan con unos pocos sementales.
Con respecto a la tercera, como señala Hrdy (1986,
1999), una vez que las primatólogas centraron su atención en las hembras de los
primates, y se pudo observar que en muchas especies había promiscuidad
femenina, empezaron a surgir nuevas hipótesis sobre los beneficios de esta
promiscuidad. Así por ejemplo, a una hembra le puede interesar aparearse con
varios machos para tener a varios proveyéndola y cuidando de la progenie. Pero
también han surgido otras hipótesis que no tienen que ver con la reproducción, como
la de que los múltiples apareamientos con orgasmos benefician fisiológicamente
a las hembras, o la de que las hembras tienen sexo con machos periféricos para
evitar que estos abandonen el grupo. Por otro lado, algunos biólogos
evolucionistas (Edgar, 2014) han señalado las ventajas evolutivas de la
monogamia tanto para los hombres como para las mujeres.
Un ejemplo extremo de las tesis biosociológicas lo
constituye el libro de Randy Thornhill y Craig Palmer A Natural History
of Rape (2000). Según estos autores, la violación es una estrategia
reproductiva evolutiva entre los machos humanos y no humanos mediante la cual
machos que de otro modo no podrían tener éxito reproductivo propagan sus genes
emparejándose con mujeres fértiles. Definen de diversas maneras la ‘violación’[16], pero fundamentalmente como “penetración vaginal forzada”, y para
justificar su afirmación utilizan ejemplos de sexo forzado entre animales. Sin
embargo hay que descartar el uso de este término para referirse al sexo que
ejecutan, por ejemplo, las garzas reales o las moscas, pues no es un concepto
útil ni aplicable en el contexto no humano, ya que combina diferencias
conspicuas entre las prácticas de sexo forzado de los humanos y de otros
animales. Pero además, en el caso de los animales no humanos, el sexo forzado
siempre tiene lugar con hembras fértiles, pero no sucede así con las
violaciones humanas, pues en muchos casos las víctimas son demasiado jóvenes o
demasiado mayores para ser fértiles. Y no se puede hablar de estrategia
reproductiva cuando se utilizan condones, cuando a la violación sigue el
asesinato o cuando se produce entre varones.
Estas tesis y versiones de la sociobiología y la
psicología evolucionista reciben, además, una serie de críticas generales. Se
les acusa de androcentrismo, etnocentrismo y antropocentrismo. También se
critica la carencia de una clara definición de conducta y de su falta de
atención a las limitaciones inherentes al estudio de los seres humanos y a los
cambios medioambientales, incluido el social, en el que han evolucionado los
humanos y de los que tenemos bastante información. Por último, también se pone
en cuestión la elección problemática de las especies a comparar y el no tener
en cuenta de manera adecuada otros mecanismos, además de la selección natural,
como motor evolutivo (Bleier, 1984; Hubbard, 1990).
§. Diferencias cognitivas entre los sexos
Popularmente, cuando se habla de diferencias cognitivas entre los sexos, por lo
general se recurre a la supuesta evidencia que hay a favor de la existencia de
diferencias entre hombres y mujeres en la capacidad innata para
las matemáticas. En nuestra cultura, sobre todo en la cultura científica, hay
mucho respeto por la capacidad matemática, por lo que esa afirmación tiene
mucho peso. Así que debemos plantearnos tres cuestiones. La primera es de qué
hablamos, es decir, cuáles son exactamente las diferencias entre hombres y
mujeres cuando hacen pruebas matemáticas (y de qué pruebas hablamos). En
segundo lugar, qué tipo de evidencia sugiere que se nace con ellas y son
inmutables o si, por el contrario, tal evidencia no apoya la idea de que esas
diferencias son innatas. Y en tercer lugar, por qué deben importarnos los
resultados de esas pruebas matemáticas, es decir, si predicen realmente el
éxito en ciencia e ingeniería, que es lo que parece estar implícito en ese tipo
de afirmación (como en el caso mencionado de Summers). Estas cuestiones son
importantes porque el argumento subyacente es el siguiente: dado que las
mujeres son innatamente inferiores en capacidad matemática, no
importa la educación que se les dé, ni las políticas educativas o de acción
compensatoria (las mal llamadas “discriminaciones positivas”) que se sigan, las
mujeres nunca llegarán a lo más alto en las carreras científicotecnológicas.
Como ya se ha mencionado, las declaraciones del
presidente de Harvard provocaron una gran polémica entre defensores y
detractores de su postura. La Fundación Edge[17], junto con la Mind/Brain/Behavior Initiative, de la Universidad de
Harvard, organizó en mayo de 2005 un coloquio-discusión entre dos intelectuales
de reconocido prestigio, con opiniones diferentes con respecto a la cuestión
que nos ocupa: Steven Pinker y Elisabeth Spelke[18].
La discusión que mantienen (2005) resume bastante
bien los argumentos a favor y en contra de la eufemísticamente denominada
“diferencia” en aptitud matemática entre mujeres y hombres. Y decimos
“eufemísticamente” porque, como ya hemos señalado, en realidad se habla de
inferior capacidad de las mujeres para las matemáticas, pues si las diferencias
no supusieran o conllevaran afirmaciones de inferioridad, no se producirían
tales controversias. A continuación expondremos los argumentos expuestos en la
discusión. Como Spelke y Pinker no han sido los únicos en terciar en la
polémica, nos haremos eco también de estudios en los que se han basado los
diferentes argumentos.
Tanto Pinker como Spelke están de acuerdo en que el
debate es interesante y coinciden en ciertas hipótesis de partida: en primer
lugar, que existe una “naturaleza humana”; en segundo, que la mente no es una
tabla rasa; y en tercer lugar, que las afirmaciones sobre diferencias sexuales
son empíricas y deben ser evaluadas a través de la evidencia. Partiendo del
hecho de que hay menos mujeres trabajando e investigando en los puestos más
elevados en matemáticas y ciencias, Pinker señala que hay dos posturas extremas:
la que mantiene que los hombres tienen talento para las matemáticas y las
ciencias, pero no así las mujeres, y aquella que dice que hombres y mujeres son
biológicamente indistinguibles. Puesto que ambas afirmaciones son sumamente
simplificadoras, Pinker señala varias posturas intermedias: una afirmaría que
las disimilitudes se pueden explicar mediante alguna combinación de las
diferencias biológicas en talento y temperamento. Hemos de señalar ya aquí un
problema, pues “talento” y “temperamento” no son términos bien definidos en
biología ni en psicología, ni hay unanimidad en la comunidad científica acerca
de su significado. Para apoyar sus afirmaciones, Pinker se basa en diversos
trabajos, como por ejemplo el de Diane Halpern (2000), quien afirma que cuando
empezó su investigación creía que las diferencias en habilidades cognitivas se
debían a las prácticas socializadoras y a errores en la investigación: “La
literatura sobre diferencias sexuales en habilidades cognitivas está llena de
descubrimientos inconsistentes, teorías contradictorias y afirmaciones
emocionales que la investigación no apoya”. Después de sus investigaciones,
llegó a la conclusión de que las prácticas de socialización son muy
importantes, pero que “también hay buena evidencia de que las diferencias
sexuales biológicas desempeñan un rol al establecer y mantener las diferencias
sexuales cognitivas” (Pinker y Spelke, 2005).
§. Aptitudes matemáticas: ¿diferencias de género o
de sexo?
Puede que los hombres tengan ventaja en el razonamiento matemático, pero la
matemática formal es algo muy reciente. Ni los animales ni los humanos del
Pleistoceno hacían matemáticas formales. Si hay una base biológica para
nuestras habilidades de razonamiento matemático, estas deben depender de
sistemas que evolucionaron con otros propósitos.
Distintas disciplinas (la neurociencia cognitiva,
la neuropsicología, la psicología cognitiva y la psicología del desarrollo
cognitivo) proporcionan evidencia de que hay cinco “sistemas nucleares” en los
fundamentos del razonamiento matemático. Por un lado, el sistema que representa
los pequeños números exactos de objetos, es decir, que diferencia entre uno,
dos y tres objetos, y que aparece a los cinco meses. Luego está el sistema que
permite discriminar magnitudes numéricas grandes aproximadas (distingue entre
un conjunto de 10 y otro de 20 objetos), que aparece a los 4-5 meses. Luego
aparece el sistema de conceptos numéricos naturales que construimos de niños
cuando aprendemos a contar verbalmente y que, seguramente, es el primer
fundamento exclusivamente humano de las habilidades numéricas. Y está el
sistema de la geometría de lo que nos rodea, el sistema que representa los
objetos conocidos (Feigenson, Dehaene y Spelke, 2004; Wang y Spelke, 2002).
Todos estos sistemas se han estudiado en niños y niñas y no se han encontrado
diferencias por sexo en su desarrollo (ibídem). Por ejemplo, el desarrollo de
conceptos numéricos naturales se construye entre los 2 y los 4 años. En
cualquier momento de ese periodo, encontraremos una gran variabilidad: habrá
quien a los 3 años maneje solo el concepto de “1”, quien maneje hasta 10 o más,
y otras diversas posibilidades. Pero si se compara la actuación por sexos, no
hay diferencias entre los sexos y menos superioridad de los varones.
También se han efectuado estudios sobre la prueba
de rotación mental. En estos estudios se mete a los niños y niñas en una
habitación que tiene cierta forma, se esconde un objeto en una esquina, se les
hace cerrar los ojos y se les gira. Tienen que recordar la forma de la
habitación y, al abrir los ojos, girar hacia el objeto escondido. A los cuatro
años se desenvuelven bastante bien, aunque no de manera perfecta, y hay un
rango de actuación, pero ninguna diferencia entre niños y niñas (Pinker y
Spelke, 2005).
Estos estudios indican, al menos, dos cosas: por un
lado, que hay un fundamento biológico en el razonamiento científico y
matemático, en el sentido de que estamos provistos de sistemas de conocimiento
que surgen antes de la instrucción formal; por otro, que los sistemas se
desarrollan igualmente en niñas y niños. Según David Geary (1996), no hay
diferencias en las “capacidades primarias” subyacentes a las matemáticas.
Ahora bien, cuando se habla de “capacidad innata”
para las matemáticas, estamos hablando de la aptitud que muestran chicas y
chicos, mujeres y hombres, en determinadas pruebas matemáticas, en concreto en
las habilidades mostradas en pruebas matemáticas como el SAT (Scholastic
Aptitude Test). Esta prueba proporciona un conjunto de datos muy grande, pues
aproximadamente 1,3 millones de estudiantes la realizan cada año en Estados
Unidos y es una de las principales para acceder luego a la universidad. Un problema
que plantea este tipo de pruebas es que hay muchos ítems y puntuaciones que
pueden tener diferentes lecturas. Pero cuando se analizan los resultados
globales de los últimos 30 años, resulta que los hombres han puntuado
aproximadamente 35 puntos más que las mujeres, por término medio, a la vez que
hay más varones entre las personas que puntúan más alto (casi el doble de
chicos que de chicas) y más varones entre los que puntúan más bajo (aunque por
lo general de estos últimos no se habla nunca). Si se ponen las curvas de
distribución de mujeres y hombres una encima de la otra, casi coinciden. Pero
lo más importante es que si vemos a alguien que puntúa, por ejemplo, 560, no
podemos decir que sea un varón ni tampoco que sea una mujer si puntúa 300[19]. Dicho de otro modo, no se puede predecir la puntuación que alguien
obtendrá en el SAT a partir de su sexo, ni el sexo de alguien por los
resultados de esa prueba.
Las diferencias vienen dadas por otros motivos. En
primer lugar, toman esa prueba menos chicos que chicas: el 45% de las personas
que hacen esa prueba son chicos, mientras que el 55% son chicas. Además, los
varones que hacen la prueba son un grupo más selecto: tienen, como media,
mayores ingresos en su familia que las chicas, un estatus socioeconómico más
alto y una proporción mayor de ellos procede de escuelas privadas y no de
públicas. Esto es relevante porque los estudiantes de escuelas privadas estadounidenses,
tanto varones como mujeres, tienen puntuaciones significativamente más altas en
esa prueba y en otras que miden la actuación académica. Por otro lado, la
diferencia de género entre hombres y mujeres en las escuelas privadas es
significativamente menor en el SAT en toda la muestra: solo hay 17 puntos de
diferencia (Pinker y Spelke, 2005).
Otra segunda cuestión es la del tiempo. En otro
estudio (citado en Pinker y Spelke, 2005) se hizo esa prueba sin tiempo límite
y no aparecían, entonces, diferencias entre chicos y chicas. Pero cuando sí se
limita el tiempo, cuando hay que resolver un problema de forma rápida, y para
ciertas personas unas estrategias son más rápidas que otras, se eligen las
primeras. Por eso, a veces, hombres y mujeres muestran perfiles cognitivos
diferentes en pruebas que se realizan en un tiempo concreto y limitado. Las mujeres
son mejores en algunas áreas verbales, espaciales y matemáticas y los hombres
en otras. Eso se traduce en los medios de comunicación y libros de divulgación
“supuestamente científicos” (como el superventas Por qué los hombres no
escuchan y las mujeres no entienden los mapas. Por qué somos tan diferentes y
qué hacer para llevarlo bien) en una generalización que no da cuenta de
manera adecuada de que hay un patrón de perfiles diferentes y se dice que las
mujeres son “verbales” y los hombres “espaciales”. Hay la misma evidencia que
en el caso de la afirmación de que las mujeres están orientadas a las personas
y los hombres a los objetos. Las diferencias, como dice Spelke, son más sutiles[20].
Además, está la cuestión del contenido. Resulta que
las matemáticas no son solo matemáticas. El que se plantee una cuestión
matemática de una manera familiar o en un contexto extraño o alarmante puede
afectar la actuación de los estudiantes. Y en el contenido de esta prueba hay
mucha evidencia de sesgo de género, así como racial. La mayoría de las
cuestiones matemáticas se plantean en términos de cuestiones de negocios,
problemas militares, deportes, y son muy pocos los que se plantean en términos
de relaciones, de salud, humanidades, etc., que serían más familiares para las
chicas.
Finalmente, hay cuestiones culturales que parecen
tener relevancia en esta clase de pruebas. Por ejemplo, hay países en los que
no hay esa diferencia de género y, si se comparan los resultados entre países,
tanto chicos como chicas de Japón y Singapur puntúan mucho más alto que los
chicos estadounidenses y de otros muchos países. En Islandia, por ejemplo, las
chicas puntúan muchísimo más alto que los chicos en las pruebas matemáticas,
como puede verse en los distintos informes PISA. Dicho de otro modo, esas
pruebas no miden algo innato e inmutable, sino algo sobre la enseñanza que han
tenido los estudiantes.
Ahora bien, lo que importa es si estas pruebas son
útiles, en concreto, para decirnos quién va a tener éxito en ciencias o en
ingeniería. Eso es lo que se está suponiendo cuando se aducen los resultados de
pruebas como el SAT para explicar por qué las mujeres no logran llegar a los
puestos más altos en ciencias e ingeniería. Se supone que la finalidad del SAT
es predecir las calificaciones que obtendrán los estudiantes en su primer año
de universidad. Pero resulta que, según un análisis realizado por Weiner y
Steinberg (citado en Allen, 2005), la prueba no predecía de manera adecuada el
éxito en los cursos de matemáticas, en especial para las mujeres.
Tomaron una muestra de 47.000 estudiantes y
analizaron a hombres y mujeres que estaban asistiendo al mismo tipo de curso
—por ejemplo introducción al álgebra, trigonometría, cálculo, cualesquiera de
esas materias en las que las mujeres puntúan unos 30 puntos menos en el SAT
antes de ir a la universidad— y descubrieron que hombres y mujeres obtenían las
mismas calificaciones. Es decir, a los chicos que obtenían sobresaliente en la
universidad en estos cursos se les había predicho éxito, cosa que no había sucedido
con las mujeres, que sí obtenían sobresalientes también en la universidad. Y lo
mismo sucedía para las personas que tenían notables, aprobados, etc.
Un estudio interesante es el realizado por una
economista de la Universidad de California, en Santa Bárbara, Catherine
Weinberger (citado en Allen, 2005). Entrevistó a personas que trabajaban en
ciencia e ingeniería y les preguntó qué tipo de puntuación habían obtenido en
el SAT. Lo primero de todo es que menos de un tercio de las personas que
trabajan en ciencias o ingeniería había obtenido más de 650. Esa es una
puntuación modesta, no la de un genio. De hecho, una cuarta parte de las
personas estudiadas había obtenido puntuaciones por debajo de 550, que es la
media que se pide para las licenciaturas en humanidades. Así pues, no se
necesita una puntuación elevada en el SAT para licenciarse en ingeniería y
conseguir un trabajo. La misma investigadora analizó el dinero que ganaban y
descubrió que haber tenido una puntuación elevada en el SAT no afectaba al
salario.
Otra cosa que descubrió es que la posibilidad que
tenían las chicas que sacaban más de 700 puntos en el SAT de seguir carreras de
ciencias, matemáticas o ingeniería era de un 60%. Así pues, había mujeres que
por su puntuación podían proseguir carreras de ese tipo y que por alguna razón
no lo hicieron. La conclusión final es que las mujeres están subrepresentadas
con respecto a los hombres en cualquier terreno laboral de ciencia e
ingeniería, a pesar de tener buenas cualificaciones.
Ahora bien, ¿podemos decir en este caso que hay
evidencia de que las diferencias que se dan en las respuestas a esa prueba son
innatas? Desde luego que no, porque otras pruebas no dan los mismos resultados,
ni siquiera en Estados Unidos. Por ejemplo, en la prueba ACT que hacen algunos
estudiantes de la Universidad de Madison, las diferencias son mucho más
pequeñas. Otra prueba que se hace a los estudiantes del grado 12[21] en todo Estados Unidos, la National Assesment Educational
Progress, no arroja diferencias entre chicos y chicas en la sección de
matemáticas. Así pues, debe de haber algo especial en el SAT y hay un gran
metaanálisis efectuado por Janet Hyde et al. (1990) que apoya
la idea de que el SAT es diferente de otras pruebas.
¿Qué sucede con otras pruebas, como las que se
desarrollan en Europa? Examinemos por un momento el Informe PISA (Programa para
la Evaluación Internacional del Alumnado). Para realizar dichos informes se
pasan cuestionarios a alumnos de 15-16 años, en los que se miden la competencia
lectora, la matemática, la científica y la capacidad de resolución de
problemas, haciendo en cada informe hincapié en una de estas competencias. El
PISA 2003 se dedicó a la competencia matemática, entendiendo por ello “la aptitud
de un individuo para identificar y comprender el papel que desempeñan las
matemáticas en el mundo, alcanzar razonamientos bien fundados y utilizar y
participar en las matemáticas en función de las necesidades de su vida como
ciudadano constructivo, comprometido y reflexivo” (p. 10). En esa ocasión se
pasaron cuestionarios a más de 250.000 alumnos de 41 países: además de los 30
países miembros de la OCDE, participaron también 11 países asociados. El otro
Informe PISA que analiza la competencia matemática ha sido el de 2012[22], con encuestas a 510.000 jóvenes de edades comprendidas entre los 15
años y 3 meses y 16 años y 2 meses, pertenecientes a 34 países miembros de la
OCDE y 31 economías y países asociados, lo que representa más del 80% de la
economía mundial.
La competencia lectora mide “la comprensión y el
empleo de textos escritos y la reflexión personal a partir de ellos con el fin
de alcanzar las metas propias, desarrollar el conocimiento y el potencial
personal y participar en la sociedad” (PISA, 2003: 17). En lectura, y de un
modo similar a lo ocurrido en PISA 2000, las alumnas obtuvieron en 2003 una
puntuación (500 puntos) mayor que la obtenida por los alumnos (461). Esta
diferencia a favor de las alumnas es general en todos los países, sin
excepción. Las alumnas resultan tener mejor competencia lectora que los alumnos
con una diferencia más abultada que la mostrada en el año 2000, y, dentro de
España, es especialmente acentuada en el País Vasco (45 puntos más que los
chicos). En PISA 2012, las chicas siguen obteniendo mejores resultados que los
chicos, en todos los países, siendo esa diferencia muy significativa. En el
conjunto de países de la OCDE llegan a alcanzar los 35 puntos a favor de las
chicas y en la Unión Europea, 43. En España es inferior al promedio de la OCDE:
las chicas obtienen una media de 503 puntos y los chicos 474, es decir, la
diferencia es de 29 puntos a favor de las chicas.
Asimismo, el Informe mide la competencia
científica, es decir, la capacidad de emplear el conocimiento científico para
identificar preguntas y extraer conclusiones basadas en hechos con el fin de
comprender y de poder tomar decisiones sobre el mundo natural y sobre los
cambios que ha producido en él la actividad humana[23]. En PISA 2003, en este apartado la diferencia no era significativa (4
puntos más los chicos). En PISA 2012, y en el conjunto de países de la OCDE
tampoco hay diferencias significativas, pero ha disminuido algo: en el conjunto
de los países de la OCDE es de 1 punto a favor de los chicos y en la Unión
Europea de 2. En España, los chicos tienen en ciencias una puntuación media de
7 puntos más.
Finalmente, el Informe también se ocupa de la
capacidad de solucionar problemas, es decir, “la capacidad que tiene una
persona de emplear los procesos cognitivos para enfrentarse a, y resolver,
situaciones interdisciplinares reales en las que la vía de solución no resulta
obvia de modo inmediato y en las que las áreas de conocimiento o curriculares
aplicables no se enmarcan dentro de una única área de matemáticas, ciencias o
lectura” (p. 17). En esta área, tampoco hay diferencias notables entre chicos y
chicas: 6 puntos más las chicas (en el País Vasco, 12).
Como decíamos, el Informe PISA 2003[24] se centró en las matemáticas, en concreto, en cuatro subáreas:
espacio y forma,que engloba los fenómenos espaciales y geométricos y las
propiedades de los objetos; cambio y relaciones,que abarca las relaciones entre
variables y la comprensión de los modos en que se representan, lo que incluye
las ecuaciones; cantidad,que reúne los fenómenos numéricos, así como los
patrones y las relaciones cuantitativas; e incertidumbre,que engloba los
fenómenos estadísticos y de probabilidad.
A nivel general, la competencia matemática de los
estudiantes españoles de 15 años es mediocre, con bajos niveles de excelencia.
Las alumnas españolas obtienen en matemáticas una puntuación media (481 puntos)
menor que la de los alumnos (490). Las diferencias prácticamente no existen
entre alumnas y alumnos en el País Vasco (1 punto) y se incrementan en Castilla
y León (11 puntos) y en Cataluña (18 puntos), siempre a favor de los alumnos.
El sentido de las diferencias entre las alumnas y los alumnos españoles es el
mismo que en el promedio de países de la OCDE y que en el de la mayoría de los
países, con la excepción de Islandia y Tailandia.
Por lo que se refiere a PISA 2012, también centrado
en matemáticas como PISA 2003, el área de matemáticas es donde los alumnos
obtienen mejores resultados que las alumnas, con excepción de Islandia,
Finlandia y Suecia, donde las chicas logran mejores resultados, pero la
diferencia no es significativa. El promedio de diferencia en la OCDE es de 11
puntos y de 8 en la Unión Europea, siendo Austria, Chile y Luxemburgo los que
arrojan mayor diferencia (20 puntos). En España la diferencia es de 16 puntos a
favor de los chicos, mayor que la del promedio de los países de la OCDE, pero
inferior a la de Corea del Sur y Japón.
Ya a nivel general, las desventajas a las que se
enfrentan las mujeres en la educación se han reducido en los últimos años en
muchas áreas de conocimiento. Los resultados de PISA demuestran que, en la
mayoría de los países, el rendimiento de los chicos es mayor que el de las
chicas, pero la diferencia global no suele ser importante. A pesar de la
ausencia de una gran diferencia global por género —excepto en la competencia
lectora a favor de las chicas, como hemos visto—, esas diferencias en
matemáticas justifican una atención continuada, por varios motivos. En primer
lugar, la comparación entre los países en que persisten dichas diferencias y
aquellos en que han desaparecido indica que el rendimiento desigual por sexo en
matemáticas no constituye el resultado inevitable de “diferencias naturales
sexuales”, sino que algunos países ofrecen un entorno de aprendizaje que
beneficia a ambos sexos por igual. En segundo, las diferencias en el panorama
de las distintas subáreas de matemáticas analizadas muestran que algunas
precisan de atención especial. Los chicos van por delante en los ejercicios de
espacio y forma en todos los países analizados menos cinco: Finlandia,
Islandia, Japón, Holanda y Noruega. La diferencia por género está mucho menos
extendida en los ejercicios de cantidad: solo son significativas en 12 de los
29 países de la OCDE.
En PISA 2012 “chicos y chicas muestran distintos
niveles de rendimiento en matemáticas, lectura y ciencias, pero las diferencias
de rendimiento dentro de los géneros son significativamente mayores que las
existentes entre géneros” (p. 8). Se aprecian marcadas diferencias de género en
el rendimiento en matemáticas —a favor de los chicos— en muchos países y
economías, pero con un número considerable de excepciones y en diversos grados.
Entre las chicas, la barrera principal radica en alcanzar lo más alto en la
escala: las chicas están infrarrepresentadas entre el grupo de estudiantes de
mayor rendimiento en la mayoría de países y economías, lo que representa un
reto importante para conseguir la paridad de género en ocupaciones futuras
relacionadas con ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas” (p. 9). Pero
lo más importante es que “algunos países obtuvieron resultados satisfactorios
en la reducción de las diferencias de género en matemáticas” (ibídem).
Estos informes miden también las actitudes hacia
los distintos campos analizados. En la mayoría de las preguntas para medir la
actitud ante el estudio aparecen grandes diferencias de género. Por ejemplo,
mientras que en el conjunto de países de la OCDE el 36% de los chicos están de
acuerdo o muy de acuerdo con la afirmación de que no se les dan bien las
matemáticas, entre las chicas esta media es del 47%. Los alumnos que creen en
sus capacidades y eficiencia y que no sienten ansiedad en relación con las matemáticas
suelen ser los que tienen un rendimiento mejor. Aunque es probable que el éxito
en matemáticas alimente la confianza y a la inversa, los indicios sugieren que
se trata de un proceso de refuerzo y reafirmación mutuo. Además, el dato de que
las diferencias en el rendimiento sean relativamente pequeñas, pero que las
chicas tengan mucha menos confianza que los chicos, subraya el hecho de que, en
ocasiones, los sentimientos negativos sobre uno mismo y la ansiedad no
equivalen a un rendimiento escaso.
Los informes PISA muestran que, aunque por lo
general las chicas no obtienen rendimientos mucho más bajos que los chicos en
matemáticas, presentan sistemáticamente un menor interés y disfrute en relación
con la asignatura, se consideran inferiores y tienen mayores niveles de
impotencia y estrés en las clases de matemáticas. Este hallazgo tiene una gran
importancia para los encargados de elaborar y desarrollar las políticas
educativas, puesto que revela desigualdades entre ambos sexos en relación con
la eficacia con que los centros de aprendizaje y las sociedades fomentan la
motivación y el interés y, en un mayor grado, ayudan a los alumnos a superar la
ansiedad frente a las diferentes áreas de conocimiento.
Estas pautas podrían predecir las diferencias entre
chicos y chicas susceptibles de aparecer posteriormente en contextos educativos
y laborales, lo que plantea más preguntas sobre cómo se puede reducir esa
distancia entre ambos sexos. Los datos presentados muestran, por ejemplo, que a
pesar de la mejora del rendimiento en matemáticas de las chicas, es más
probable que sean los chicos los que prevean cursar estudios superiores de
matemáticas o disciplinas afines.
En este sentido, son muy interesantes las
investigaciones sobre la “amenaza de los estereotipos”, que muestran que las
puntuaciones que se alcanzan en las pruebas se ven influidas por lo que se
predice antes de ellas. La amenaza del estereotipo, es decir, oír estereotipos
negativos, afecta (Dar-Nimrod y Heine, 2006). Para descubrir cómo sucede esto,
Michael Johns, Toni Schmader y Andy Martens (2005), de la Universidad de
Arizona, se centraron en cómo funciona la memoria y la potencia cerebral que se
usa por ejemplo para recordar un número de teléfono largo, a la vez que se está
pensando en la persona a la que se está telefoneando y en lo que se le va
decir. Este tipo de memoria ayuda a la concentración y es esencial para las
matemáticas. Cuando pidieron a sus estudiantes que memorizaran palabras
mientras hacían matemáticas, descubrieron que la memoria de las mujeres era
peor después de oír los estereotipos de género. Estos autores analizaron la
actuación de las mujeres de la siguiente manera. Se les pedía a los estudiantes
que resolvieran algunos problemas, pero cuando se presentaba la tarea que
tenían que hacer, se hacía de tres diferentes maneras. En la primera, se
describía la tarea como ejercicio de resolución de problemas y, en ese caso,
hombres y mujeres la ejecutaban de igual modo. En la segunda, se describía la
tarea como una prueba matemática de diagnóstico que compararía a hombres y
mujeres. Era una típica amenaza de género y las mujeres la ejecutaban peor que
los hombres. En el tercer caso se describía la tarea como en el segundo caso,
pero se explicaba que la exposición al estereotipo de género podría originar
una gran ansiedad en las mujeres de modo que lo hicieran peor. En ese caso
hombres y mujeres obtenían las mismas puntuaciones. Está claro que la actuación
de las mujeres solo era peor cuando creían que estaban siendo comparadas con
los hombres, lo que activaba el estereotipo de que los hombres son mejores en
matemáticas. Pero la discrepancia desaparecía cuando esa situación cambiaba
mediante la información de la amenaza de estereotipo.
También se apela a otras diferencias para
“explicar” el menor número de mujeres en las ciencias y las ingenierías.
Diversos estudios indican que, desde el nacimiento, a los chicos les interesa
más la mecánica y los objetos, y a las chicas las personas y las emociones, lo
que haría que las mujeres se decantaran por unos campos distintos a los de los
hombres. Según un trabajo de Baron-Cohen (2004), los hombres son
“sistematizadores” mientras que las mujeres tienen más empatía hacia las
personas. Eso haría que los hombres fueran más adecuados para la ciencia y la
tecnología y que se dediquen más probablemente a esas profesiones, dado además
que el núcleo de la ciencia es la sistematización. Pero tal afirmación ignora
lo que sucede en otros países, como por ejemplo en España, donde las mujeres
que estudian biología o química superan con mucho a los hombres, y eso tras
solo un periodo de cuarenta años de educación mixta[25]. Por otro lado, ¿es esa diferencia biológica innata o es producto de la
socialización y la educación?
Pero según el trabajo de Maccoby y Jacklin (1974),
obra de referencia en la que examinaron muchos estudios sobre diferencias
sexuales, muchas de las conclusiones que se extraen de esos estudios son puros
mitos. Uno de los primeros es el de que a los hombres les interesan los objetos
y a las mujeres las personas. En las últimas décadas sabemos que los bebés
perciben objetos desde el nacimiento, que, según crecen, su percepción de los
objetos es más rica y más diferenciada, que se representan objetos que están
ocultos como persistentes, que hacen inferencias básicas sobre el movimiento e
interacciones mecánicas y que hay cambios de desarrollo gracias a la maduración
y el aprendizaje (Spelke, 1990; Baillargeon, 2004). También sabemos que hay
variabilidad que permite comparar las habilidades de niños y niñas, de lo que
se sigue que no hay diferencias entre los sexos: a ambos les interesan los
objetos, hacen las mismas inferencias sobre los movimientos de objetos en el
mismo momento de su desarrollo y aprenden lo mismo sobre mecánica a la vez. En
los estudios y discusiones sobre diferencias sexuales habría que preguntarse
qué es común a ambos sexos: hay caminos comunes y aprendizajes que siguen
también en los años de preescolar y que no dividen la tarea de conocer el mundo
(objetos por un lado, personas por otro). Y también habría que preguntarse por
qué tanto interés en estudiar esas diferencias. En 1998, un estudio realizado
por varios investigadores de la Universidad de Valencia analizaba las
publicaciones sobre diferencias de género aparecidas entre 1974 y 1995. En los
trabajos publicados durante ese periodo se analizaban las diferencias de género
en cognición, afecto, emoción, memoria, motivación, pensamiento y aprendizaje,
y en ellos se apreciaba un “interés creciente por estudiar las diferencias de
género en la edad adulta, etapa en la que ya está configurada la identidad de
género” (Mestre, Samper y Martí, 1998).
En la discusión con Spelke, Pinker señala que hay
otra diferencia, y es que los hombres asumen más riesgos. Según un metaestudio
realizado a partir de 150 estudios con 100.000 participantes, los hombres
estaban sobrerrepresentados en 14 de las 16 categorías de asunción de riesgo.
En las otras dos, hombres y mujeres estaban igualados. Aquellas en que había
más diferencias entre ambos sexos eran “asumir un riesgo intelectual” y
“participar en un experimento de riesgo”.
Pinker menciona los estudios realizados sobre las
transformaciones mentales en tres dimensiones, sobre todo el trabajo de Voyer,
Voyer y Bryden en 1995: según este estudio los hombres tienen mejor percepción
y visualización espacial. Ahora bien, ¿tiene eso relevancia para desarrollar
una buena carrera científica? Aunque no se sabe con seguridad, Pinker supone
que sí, porque en los estudios psicométricos la visualización espacial en tres
dimensiones se correlaciona con la resolución de problemas matemáticos. Y como
apoyo de esa correlación echa mano de los recuerdos e introspecciones de
físicos y químicos famosos que así lo han manifestado (los cuales, por
supuesto, ¡no estaban socializados ni educados!). Pero los problemas
matemáticos son de otros muchos tipos: lógicos (deductivos, inductivos o
abductivos), algebraicos, probabilistas, etc.
También indica Pinker (Pinker y Spelke, 2005) que
hay diferencias entre hombres y mujeres por lo que al razonamiento matemático
se refiere. Aunque ellas son mejores en cálculo, ellos lo son en la resolución
de problemas (no según el Informe PISA 2003, como vimos) y las pruebas de
razonamiento matemático. Para ello se basa de nuevo en un metaanálisis[26] en el que hay 3 millones de sujetos analizados mediante 250
conjuntos de datos; según este estudio, no hay diferencias en la niñez, pero
aparecen en la pubertad, igual que sucede, dice Pinker, con muchas
características sexuales secundarias, queriendo indicar de ese modo el carácter
biológicamente innato de esas diferencias, con un razonamiento claramente
falaz. Sin embargo, cabe pensar que los procesos educativos y de socialización
tienen algo que ver en el cambio, sobre todo porque, como el propio Pinker
señala, se ha pasado de una proporción de 13 a 1 (por cada 13 hombres una mujer
puntuaba más de 700) a la de 2,8 a 1 en los últimos 25 años.
Hay gran cantidad de evidencia que sugiere que las
desigualdades surgen más adelante, en la pubertad, por lo que es difícil
diferenciar los orígenes biológicos o sociales. Pero ¿cuáles son esas
disparidades? Como hemos visto, hombres y mujeres difieren a veces en las
estrategias que utilizan para resolver un problema que puede ser abordado de
diversas maneras. Por ejemplo, cuando un problema puede tener una solución
geométrica o representando hitos individuales; o al comparar dos formas, se
puede hacer globalmente o punto por punto; o cuando se puede resolver un
problema mediante una fórmula o un diagrama de Venn. Todo eso hace que a veces
se muestren perfiles cognitivos diversos.
Ahora bien, lo que hay que plantearse es si uno de
estos perfiles es más adecuado para hacer ciencia. ¿Por qué se eligen los
resultados de SAT y no otros? ¿Por qué no considerar la competencia lectora,
que mide la comprensión, reflexión y utilización de textos? Además, el SAT
plantea un problema, porque en esa prueba hay ítems en los que puntúan mejor
las mujeres e ítems en que lo hacen mejor los varones. ¿Cuántos de esos
tendríamos que incluir? Según la elección que hagamos, unas u otros puntuarán
más.
Por otro lado, el reconocimiento de estas
diferencias no significa que sean innatas. Y es muy posible que naturaleza y
educación o socialización no sean alternativas contradictorias y excluyentes,
sino que puede que sea necesario acudir a ambas para explicar una determinada
diferencia. No obstante, según ciertos autores, entre ellos Pinker, la biología
contribuye de manera fundamental a esas diferencias y diversos
tipos de evidencia avalan esa idea. Por ejemplo, Pinker menciona al antropólogo
Donald Brown, quien sostiene que muchas diferencias sexuales importantes son
universales: en todas las culturas, hombres y mujeres se
consideran de distinta naturaleza, las mujeres se ocupan más de las crías, los
hombres son más competitivos que las mujeres y abarcan un dominio espacial
mayor que ellas. Al margen de que parece muy atrevido hablar de “todas” las
culturas, pasadas y presentes, hay que entender que la propia idea de
“naturaleza” que tiene Brown es peculiar y sesgada; por ejemplo, considera
universales humanos “la clasificación de los colores básicos, las expresiones
faciales de la emoción, los roles sexuales, el tiempo, el estrés adolescente y
el complejo de Edipo” (Brown, 1991).
Otros casos que le sirven a Pinker para decir que
las diferencias son genéticas y que los genes pueden más que la educación y la
socialización son los estudios de personas con genes XY, pero que han crecido
como chicas, o a la inversa. Respecto a esto, y teniendo en cuenta que las
personas con alguna condición intersexual han sido utilizadas tradicionalmente
como “recursos donantes de interés científico” para dirimir controversias
naturaleza-cultura, expuestas a fotografías y exploraciones médicas estigmatizantes
“por el bien de la ciencia”, resulta fundamental preguntarnos por el equilibrio
necesario entre los fines de la investigación y el bienestar psicológico y
emocional de los sujetos estudiados. Dicho esto, los defensores de las tesis
genetistas se basan en la crítica al estudio clásico de John Money donde
intentaba demostrar la hipótesis del “género de crianza” basándose en la
socialización femenina “adecuada” de un menor XY, criado como chica después de
que se le mutilara el pene durante una circuncisión, y la comparación de su
desarrollo de género con su hermano gemelo. En el llamado caso John/Joan, el
hecho de que David Reimer (la persona en cuestión), ya de adulto, decidiera
“cambiar” su sexo y vivir como hombre, se ha interpretado como prueba de la
determinación genética del sexo. Igualmente, Pinker alude al estudio de Reiner
y Gearhart (2004) sobre la identidad de género en 16 personas XY con estrofia
cloacal, 14 de las cuales fueron criadas como niñas. El hecho de que 6 de ellas
decidieran más adelante cambiar la identidad de género que les asignaron a
masculina, parece para Pinker y otros investigadores prueba suficiente de la
determinación genética del sexo. Aparte del sesgo relacionado con una muestra
reducida, no se da explicación de las 5 personas que mantuvieron su identidad
femenina o de las tres que se declararon con una identidad de género
indefinida. Tampoco se alude a la identidad femenina clara de muchas mujeres XY
con insensibilidad a los andrógenos.
Más allá del argumento cromosómico, Pinker también
se basa en los estudios sobre hormonas sexuales, esto es, el mecanismo que,
según el autor, “construye” en primer lugar a hombres y mujeres. En este
sentido, especialmente las chicas con hiperplasia suprarrenal congénita (HSC)
han sido objeto de investigaciones recurrentes para demostrar cómo las hormonas
controlan la identidad o las expresiones de género (Liao, 2005). Las
explicaciones causales entre la exposición prenatal a andrógenos y el
desarrollo masculinizado en niñas se han basado en mediciones de lo más
diversas, que a veces dicen más de los estereotipos de partida de quien
investiga que de las propias menores: elección de juegos y juguetes,
preferencias de ocupaciones, competición versus cooperación, habilidades
espaciales, matemáticas, etc. Asumiendo relaciones causales
hormonas-cerebro-conducta, estas investigaciones son ajenas al amplio corpus de
investigación en ciencias sociales que ha venido cuestionando la
masculinidad/feminidad como constructos psicológicos unidimensionales y
excluyentes. Además, en una sociedad que pretende la coeducación, en estas
publicaciones se vuelve a hablar de juguetes “de niños” y juguetes “de niñas”,
confundiendo lo que el mundo del marketing etiqueta como tal (algo por otro
lado variable según épocas) con el género de los juguetes. Tampoco se atiende a
muchas variables extrañas en la comparación con grupos de control: el tener una
condición médica crónica, los efectos subjetivos y sociales de una fisionomía
afectada también por las hormonas o el trauma que el propio proceso médico les
puede crear. Las diferencias intragrupales en niñas con HSC o la masculinidad
en niñas no-HSC no interesan (Liao, 2005). Como ha señalado esta autora, no se
trata de perfeccionar métodos o validar escalas, sino repensar los propios
constructos rígidos de masculinidad/feminidad en las sociedades actuales.
Asumir y dar por sentado un patrón “típico
masculino” en comportamientos y preferencias es, cuanto menos, cuestionable si
atendemos a los cambios que en los últimos tiempos se han producido en los
roles de género. Más allá de todas estas críticas, y en lo que respecta al tema
que aquí tratamos, no hay investigaciones concluyentes sobre diferencias en
habilidades espaciales en chicas con HSC respecto a las que no, ni mucho menos
está probado que esas diferencias resulten en diferencias conductuales y de aptitud
matemática.
Siguiendo con la hipótesis hormonal, aunque muchos
manuales clínicos defienden el influjo de las hormonas, indicando que se
producen cambios cognitivos y conductuales antes y durante el ciclo menstrual
de las mujeres, más parecen producto de estereotipos que de estudios rigurosos
(Martin, 1987; Fausto-Sterling, 1992, 2006). Habría que plantearse por qué
interesa estudiar esas cuestiones y no las posibles variaciones cognitivas de
los varones en sus ciclos diarios de testosterona. Además, la literatura sobre
el influjo de las hormonas sexuales en la cognición y las aptitudes científicas
de las mujeres es bastante contradictoria y son de sobra conocidas la gran
cantidad de investigadoras que la critican[27].
Pinker hace referencia también a la denominada
impronta genética, en concreto a la impronta genética del cromosoma X. Según la
teoría de la impronta genética, una secuencia del ADN puede tener
una conducta condicionada, dependiendo de si se hereda de la madre —es decir,
del óvulo— o del padre, esto es, del espermatozoide. Se denomina “impronta”
porque la idea básica es que hay alguna huella que se pone en el ovario de la
madre o en los testículos del padre y que hace que el ADN sea materno o paterno
e influya en su patrón de expresión, es decir, ciertos genes se expresan de un
modo específico que depende del sexo del progenitor. Eso afectaría al síndrome
de Turner (individuos con un cromosoma X pero sin cromosoma Y, y que
anatómicamente son mujeres con ovarios no desarrollados): si el cromosoma X de
esas personas es heredado de la madre, tendrán mejores habilidades sociales,
vocabulario, etc. Sin embargo, Pinker no aduce en favor de esta consideración
ningún tipo de estudio empírico.
Finalmente, Pinker no acepta que muchas de esas
diferencias sean producto de la educación y de la socialización, porque
mantiene que no hay ningún tratamiento diferencial por parte de padres y
profesores. Para ello se basa en un metaestudio[28] según el cual padres y madres trataban de la misma manera a sus
hijos e hijas, según sus propios informes y gracias a las observaciones
realizadas. En especial, se les animaba de la misma manera y con la misma
intensidad a estudiar matemáticas. Además de que hay montones de evidencias en
contra, en ese estudio se afirma que tanto los padres como los profesores o los
compañeros se preocupan más cuando los chicos se desvían de sus prescripciones
de género tradicionales que si lo hacen las chicas; en concreto, tienden a
castigarlos más, lo cual es una muestra clara de trato desigual. Además hay
otros muchos estudios que muestran gran diferencia de trato, por ejemplo en la
escuela, por lo que se refiere a atención prestada, tiempo dedicado, etc.
(Subirats y Brullet, 1988).
Según la afirmación de Pinker, los padres tratan de
igual manera a hijos e hijas, les animan del mismo modo, etc., porque quieren
que tengan éxito por igual. Seguramente esto último es cierto. Pero ¿cómo
perciben los padres a sus hijos? En primer lugar, debemos tener en cuenta como
indicio de que no los perciben de igual manera el hecho de que el 80% de los
progenitores, cuando tiene un hijo, se pregunta si es niño o niña. En segundo
lugar, hay estudios[29] que muestran que los padres de niños describen a sus hijos varones
de manera diferente a como lo hacen los padres de niñas: más fuertes, más
enérgicos, más grandes. Sin embargo, los investigadores miraron los registros
médicos y no había diferencias de peso, fuerza o coordinación.
A los 12 meses niños y niñas tienen igual capacidad
para andar, gatear o subir una rampa. En un estudio realizado por Karen Adolph[30], esta preguntó a los padres si sus niños podrían trepar por una rampa:
los padres de niños tenían más confianza en la capacidad de sus hijos que los
padres de niñas; sin embargo, cuando contrastó la capacidad de unos y otras, no
encontró diferencias.
Algo semejante se dio en otro estudio con respecto
a la capacidad matemática de los alumnos y alumnas de sexto grado. Jackie
Eccles (1990) les preguntó a los padres por la capacidad matemática de sus
hijos. Los padres de hijos consideraban más capaces a sus retoños que los
padres que tenían hijas. Pero una serie de pruebas (calificaciones, resultados
de pruebas estándar, evaluaciones de los profesores, el interés manifestado por
los propios chicos y chicas) no revelaron diferencias. Y otros estudios han señalado
lo mismo con respecto a las ciencias (Tennenbaun y Leaper, 2000)[31].
Así pues, una cosa es lo que perciben los padres y
otra lo que revelan las mediciones. Ahora bien, ¿puede ser que los padres vean
algo que las mediciones objetivas pasan por alto? Para eliminar esa
posibilidad, hay que presentar al niño o niña a los observadores ocultándoles
su sexo, de modo que podamos ver si sus creencias y estereotipos influyen en la
percepción que tienen. Aunque esos estudios son muy difíciles de realizar,
tenemos algunos. Por ejemplo, se pone un vídeo con niños desconocidos y a la mitad
se les da nombre de varón y a la otra mitad de mujer. Luego se les pregunta a
los observadores qué hace, qué siente, cómo puntúa de fuerte a débil, de más a
menos inteligente, etc. De las respuestas se extraen dos descubrimientos
importantes. En primer lugar, cuando los niños hacen algo que no es ambiguo, el
género no afecta. Pero cuando los bebés hacen cosas ambiguas, y cuya lectura no
es fácil para los padres (lo que sucede muy a menudo), el sexo sí afecta a la
interpretación que dan de esas conductas. Dicho de otro modo y según diversos
estudios, los bebés con nombre de chico eran calificados con mayor probabilidad
como fuertes, inteligentes y activos, mientras que a aquellos que tenían nombre
de chica se les calificaba de pequeñas, suaves, etc.[32]
Finalmente haremos una breve mención a los estudios
con imágenes cerebrales (tomadas con Positron Emission Tomography (PET) o
tomografías por emisión de positrones; Magnetic Resonance Images (MRI) o
imágenes por resonancia magnética; o con Single Photon Emission Computed
Tomography (SPECT) esto es, tomografía de emisión por fotón único) que
pretenden mostrar diferencias entre mujeres y hombres (Gurian y Stevens, 2005).
Efectivamente, se ha informado de algunas disparidades: por ejemplo, los
hombres tienden a tener una amígdala mayor. También, por ejemplo, se ha
descrito que los cerebros de los varones son un 11% mayores que los de las
mujeres y que estas tienen más materia gris que ellos, o que las regiones
callosas anteriores son de mayor tamaño en varones y las regiones callosas
posteriores tienen mayor tamaño en mujeres. Sin embargo, las diferencias
cerebrales entre los miembros del mismo sexo suelen ser superiores a las que
hay entre los dos sexos (Barral, 2010).
Recientemente, sin embargo, un estudio publicado
en Proceedings of the National Academy of Science (Joel et
al., 2015) pone en cuestión esas diferencias. Utilizando imágenes
cerebrales por MRI de más de 1.400 personas, el equipo liderado por Daphna
Joel, de la Universidad de Tel Aviv, midió el volumen de materia gris (el
tejido oscuro que contiene el núcleo de las células nerviosas) y el de materia
blanca (los haces de fibras nerviosas que transmiten las señales por el sistema
nervioso), así como datos de imágenes con tensor de difusión que muestran cómo
la materia blanca se extiende por todo el cerebro conectando las diferentes
partes de este. Aunque encontraron ligeras diferencias entre mujeres y hombres,
había un solapamiento importante entre ambos sexos. Por ejemplo, aunque por lo
general el hipocampo izquierdo (asociado a la memoria) era usualmente mayor en
los hombres que en las mujeres, algunas de ellas tenían un hipocampo izquierdo
mayor que el de los hombres y a la inversa: el hipocampo de algunos varones era
menor que la media de las mujeres. Así, los investigadores crearon un continuo
de cerebros plenamente “masculinos” a cerebros plenamente “femeninos” y
examinaron zona a zona para ver dónde caía cada una de ellas dentro de ese
continuo. Lo que han descubierto es que “aunque hay diferencias de sexo/género
cerebrales y conductuales, los seres humanos y sus cerebros están formados por
‘mosaicos’ únicos de rasgos, algunos más comunes en las mujeres comparados con
los hombres, otros más comunes en los varones en comparación con las mujeres y
otros comunes a todos” (ibídem: 15.468). Dependiendo de si se examinaban la
materia gris, la blanca o las imágenes con tensor de difusión, entre el 23% y
el 53% de los cerebros contenían una mezcla de zonas que estaban entre el final
masculino y el final femenino del espectro y solo entre el 0% y el 8% tenían
estructuras cerebrales completamente femeninas o completamente masculinas.
Asimismo, el equipo analizó dos amplios conjuntos de datos que evaluaban
conductas de género estereotípicas, como jugar a la videoconsola o ver
telenovelas, y solo un 0,1% de personas con cerebro “plenamente masculino” o
“plenamente femenino” mostraron una conducta estereotípicamente masculina o
estereotípicamente femenina. Como señalan estos autores, sus resultados
“muestran que, sin que importe cuál es la causa de las diferencias de
sexo/género cerebrales y conductuales (naturaleza o cultura), los cerebros
humanos no se pueden categorizar en dos clases distintas: cerebro masculino y
cerebro femenino” (p. 15.468). Como concluye el estudio, hay que producir un
cambio de paradigma que científicamente conlleva “reemplazar la práctica
actualmente dominante de buscar y listar las diferencias de sexo/género por
métodos de análisis que tengan en cuenta la gran variabilidad del cerebro
humano… así como las diferencias individuales de la composición específica del
mosaico cerebral. A nivel social, adoptar una concepción que reconoce la
diversidad y variabilidad humanas tiene implicaciones importantes para los
debates sociales sobre cuestiones antiguas tales como la deseabilidad de la
educación segregada por sexo y el significado del sexo/género como categoría
social” (p. 15.473).
Capítulo 2
Los silencios y las invisibilizaciones de las mujeres en la ciencia
Los hechos no dejan de existir solo porque sean
ignorados.
Thomas H. Huxley
Contenido:
§. La producción de ignorancia científica sobre las
mujeres
§. La invisibilidad y falta de reconocimiento en las historias de la ciencia
§. La desaparición (temporal) de las mujeres en la evolución humana
§. El paradigma de la invisibilidad en medicina
§. Mujeres invisibles con vih/sida
§. La producción de ignorancia científica sobre las
mujeres
Los sesgos de género no solo afectan a cómo se produce el conocimiento sexista
y androcéntrico sobre las mujeres, sino también a cómo se construye el no
conocimiento. En su artículo “El espéculo de la ignorancia: el Movimiento de
Salud de las Mujeres y las epistemologías de la ignorancia”, Nancy Tuana (2006)
expone una clasificación de diferentes prácticas de producción de ignorancia,
prácticas del no saber, sobre el cuerpo y la salud de las mujeres que aquí
aprovecharemos para hablar de los silencios y secretos sobre ellas en la
ciencia. Frente a estas epistemologías de la ignorancia, Tuana visibiliza otros
movimientos de resistencia y producción de conocimiento, como los que se
generaron en Estados Unidos desde el Movimiento de Salud de las Mujeres, en los
años setenta, uno de cuyos frutos fue el libro Nuestros cuerpos,
nuestras vidas, del Colectivo de Mujeres de Boston y que en España no se
publicaría hasta 1982[33].
La primera forma de ignorancia que identifica esta
autora consiste en “saber que no se sabe, sin que importe”: se refiere al
desinterés por conocer e investigar sobre determinados temas por parte de
quienes están en posiciones de iniciar y financiar investigaciones, donde la
decisión de “no saber” está unida al privilegio. Tuana ejemplifica esta
modalidad de ignorancia científica en el contraste entre la ingente
investigación sobre diferentes formas de anticonceptivos femeninos y la escasa
sobre anticonceptivos masculinos —no interesa ni preocupa—. Esta dejadez
investigadora se justifica, según las compañías farmacéuticas, porque cualquier
tecnología fracasaría en el caso de los varones, por ser las mujeres las que se
hacen responsables del control del embarazo (algo que históricamente no siempre
ha sido así)[34] y por la falta de motivación hacia su uso debido a la pérdida de
libido asociada (algo que no se plantea en el caso de las mujeres, pues no es a
ellas a quienes se les presupone iniciativa sexual) (Tuana, 2006). Por ejemplo,
los efectos secundarios asociados a la píldora femenina no se perciben como
desmotivadores de su uso en las mujeres: depresión, náusea, fatiga, migrañas,
falta de energía sexual, coágulos, etc. Así, para las farmacéuticas y sus
intereses de investigación, efectos no tolerables en varones, sí lo son en
mujeres[35]: “Algunos no dejan de ser cambios de humor compatibles con los
estereotipos de género” (Tuana, 2006).
Todo lo que no se investiga sobre la contracepción
masculina, se deja de investigar, igualmente, sobre los efectos secundarios de
la femenina. Otros ejemplos de esta falta de interés por la investigación de
algunos temas relacionados con los cuerpos y salud de las mujeres, que nos
hacen plantearnos qué valores están en juego en lo que no sabemos y por qué, se
pueden ver en el desconocimiento sobre la eyaculación femenina, en todo lo
relacionado con la sexualidad lésbica o la sexualidad de las mujeres mayores, o
en la insuficiente investigación sobre las necesidades de las mujeres con
menopausia (donde se generaliza a todas las mujeres la depresión y otros
síntomas, que proceden de muestras clínicas, y se prescribe la terapia hormonal
sustitutiva [THS]).
La segunda modalidad de ignorancia identificada por
Nancy Tuana (2006) es quizá más grave a efectos de conciencia de
desconocimiento, ya que “ni siquiera se sabe que no se sabe”. En este sentido,
es interesante subrayar que, con respecto a las mujeres, la medicina siempre se
ha movido entre el paradigma de la diferencia y el de la semejanza. Es decir,
se ha considerado que las enfermedades que padecen mujeres y hombres son
diferentes, cuando de hecho son similares, o se ha partido de la base de que
las enfermedades de hombres y mujeres son iguales cuando de facto no lo son
(sobre lo que volveremos más adelante). Esto último ha llevado a centrarse
únicamente en la especificidad reproductiva de las mujeres, obviando otros
aspectos importantes de la anatomía femenina.
El ejemplo que pone Tuana es el desconocimiento
histórico de la anatomía del clítoris, órgano olvidado por la medicina, debido
a la insistencia sesgada en el aspecto reproductivo en la investigación sobre
la anatomía de los genitales de las mujeres (como desarrollaremos en el
capítulo 3). El énfasis en el conocimiento de la reproducción (el “aparato
reproductor femenino” y sus órganos sexuales internos) se convirtió en una
barrera para el conocimiento del clítoris y los labios (etiquetados como
genitales externos). No es hasta la década de 1970 que el Movimiento de Salud
de las Mujeres recuperó la importancia del clítoris para el placer sexual y el
conocimiento de su estructura anatómica. En un ejercicio de epistemología desde
el cuerpo, estos grupos de concienciación y autoconocimiento no solo
consultaron manuales médicos, sino que experimentaron con sus cuerpos, con sus
manos y dedos, autoexploraron sus genitales y generaron conocimiento político y
de resistencia frente a concepciones opresivas del cuerpo de las mujeres.
Resignificando el espéculo, no solo informaban a las mujeres sobre su anatomía
y placer, sino que las animaban a convertirse en expertas conocedoras
encarnadas (Tuana, 2006). Una función similar, desde esta epistemología
encarnada de resistencia, tienen los recientes talleres de “eyaculación
femenina” (Torres, 2015) o lo tuvieron en su momento los talleres pedagógicos
sobre juguetes sexuales (antes de que el conocimiento fuera reapropiado por el
marketing del sexo). Como ya hemos señalado, en este tipo de ignorancia
entrarían muchas diferencias todavía no investigadas sobre la salud de las
mujeres (principalmente las que no se refieren a la salud reproductiva), así
como otras diferencias desatendidas por afectar a grupos socialmente excluidos.
Relacionado con las prácticas anteriores, en
ocasiones, las instancias de poder de conocimiento promocionan la ignorancia de
ciertos grupos; es lo que Tuana ha denominado “cuando no quieren que sepamos”.
Se trata de un sedimento en la historia de la ciencia que, como ya hemos
mencionado, ha construido a las mujeres como objetos de conocimiento científico
al tiempo que se las desposeía de autoridad, como conocedoras autorizadas. En
este caso, existe conocimiento, pero interesa la ignorancia pública de las mujeres
para proteger los beneficios de las empresas. Como desarrollaremos más
extensamente en el siguiente capítulo, son varios los ejemplos donde las
compañías farmacéuticas retienen conocimiento sobre las implicaciones de sus
productos sobre la salud de las mujeres, experimentando con sus cuerpos sin su
consentimiento. Este ha sido el caso de la THS y la relación entre la terapia
de estrógenos y progestina con enfermedades cardiovasculares y cáncer de mama;
o la evidencia de efectos adversos de la píldora o de la vacuna del virus del
papiloma humano en la salud de las mujeres (Valls, 2008; Ruiz, 2013). De nuevo,
no precisamente desde el conocimiento “experto”, sino desde las experiencias de
las mujeres con dichos productos, se ha generado conocimiento alternativo sobre
sus efectos.
A lo largo de la historia de la ciencia, en
general, y de la medicina, en particular, podemos ver cómo ciertos grupos han
sido desacreditados como autoridades cognitivas, construidos como no
conocedores, al tiempo que se ha invisibilizado su resistencia transformándola
estratégicamente en ignorancia o incompetencia. Ese ha sido el caso de la
desvalorización epistémica de mujeres sanadoras en diferentes momentos
históricos —brujas, comadronas o enfermeras— frente al proceso de
profesionalización de la disciplina médica, fundamentalmente ginecológica
(Ehrenreich y English, 1988). Otro ejemplo sería la desvalorización del
conocimiento de las madres, “necesitadas” de consejos de expertos ajenos a la
experiencia de la maternidad (Ehrenreich y English, 1990). También, prácticas
de deslegitimación del conocimiento indígena, al tiempo que dicho conocimiento
es asimilado (y expropiado) por parte de las multinacionales farmacéuticas para
usos neocolonialistas (Shiva, 2001). O la práctica de deslegitimación de las propuestas
evolucionistas de la hipótesis de la mujer recolectora, asociándola al
feminismo, al que no se considera una teoría científica. “La ignorancia aquí es
producto del establecimiento de estándares de credibilidad” imbuidos en
sistemas de opresión que favorecen a los grupos privilegiados, mientras
“construyen identidades en desventaja epistémica”. De ahí el valor que Tuana
(2006) confiere al espéculo: de herramienta ginecológica de opresión a
instrumento de liberación cuando es utilizado en grupos de mujeres que aprenden
desde y sobre sus cuerpos, confiando en su autoridad cognitiva y resistiendo la
autoridad de la profesión médica. Lo mismo podríamos añadir de los vibradores o
dildos: de tecnologías ginecológico psiquiátricas de tratamiento de la histeria
para provocar “paroxismo histérico” (que sustituían al “tedioso” masaje vulvar
por parte de las manos médicas), dada la insatisfacción sexual de las mujeres y
la represión moral y médica de prácticas de masturbación, a tecnologías
domésticas para el placer sexual autónomo de las mujeres (Maines, 2010).
Nancy Tuana señala una quinta modalidad de
ignorancia “por voluntad, por no querer saber”. Aquí la ignorancia no es
pasiva, sino que se trata de actos de negligencia por parte de los grupos
privilegiados que no quieren saber sobre las condiciones opresivas que ellos
mismos han creado (experiencias de racismo, colonialismo, pobreza, etc.) o
sobre su propia posición de privilegio, que ni se hace consciente, ni se
reconoce como tal. Esto ocurre cuando la comunidad científica dominante niega
sesgos de género y no es consciente, ni quiere investigar (en el sentido de “no
querer saber”), cómo muchas teorías científicas lejos de ser objetivas y
neutras responden a los intereses particulares de los varones (y de los grupos
dominantes). Otros ejemplos de este tipo de ignorancia “por voluntad”, por
miedo a abrir “cajas de pandora” son la escasez de estudios sobre
esterilizaciones en mujeres con discapacidad o de investigaciones sobre incesto
(Tuana, 2006); o bien, frente a la proliferación de estudios sobre prácticas africanas
de ablación de clítoris (generalmente realizados por científicos o científicas
occidentales), el escaso interés por investigar prácticas de cliterectomías en
hospitales occidentales sobre bebés cuyos genitales se salen de los estándares
de género (Chase, 1998).
Por último, Tuana (2006) señala un sentido positivo
de “ignorancia desde el cuidado”, que consiste básicamente en la “habilidad de
no saber”. Desde la humildad y la pregunta, Tuana se refiere a la aceptación de
que no siempre podemos saber, al reconocimiento de que hay modalidades de ser
que no podremos comprender completamente. El conocimiento científico, en su
afán por controlar y dominar la naturaleza y los cuerpos de las mujeres, ha
generado históricamente amplios campos de ignorancia por su inmodestia y
soberbia de creer que es posible aislar y manipular variables para conocer
“verdaderas naturalezas” (Keller, 1991). Ciencias como la psicología o las
neurociencias deberían comenzar a aceptar algo que las ciencias físicas
aprendieron ya hace tiempo: la necesidad de convivir con la incertidumbre
(Unger, 1994). Frente a esta actitud omnipotente, desde las epistemologías
feministas se ha definido la objetividad científica en el reconocimiento de la
parcialidad de los conocimientos situados y responsables, y en la asunción de
que es imposible el conocimiento desde ninguna parte, desde el ojo de Dios que
todo lo ve (Haraway, 1995).
Retomando a Nancy Tuana (2006), eliminar campos de
ignorancia respecto a las mujeres implica transformar el conocimiento
científico y su evidencia, recuperar y reclamar los saberes propios de las
experiencias y voces de las mujeres y de otros grupos tradicionalmente
excluidos: saberes que han sido denegados o suprimidos, alejados de
instituciones sexistas, androcéntricas y colonialistas de conocimiento.
§. La invisibilidad y falta de reconocimiento en
las historias de la ciencia
Hasta hace relativamente pocos años, si se buscaban mujeres científicas en las
historias de la ciencia al uso, eran pocas las que aparecían: Marie Curie,
Hipatia de Alejandría y alguna que otra más. Gracias a los estudios de género
se han sacado a la luz a muchas mujeres que aportaron sus conocimientos y
prácticas. Agnódice, Roswitha, Trótula de Salerno, Hildegarda de Bingen, Émilie
du Châtelet, Maria Gaetana Agnesi, Laura Bassi, Sophie Germain, Mary Anning,
Maria Mitchell, Virginia Apgar; o las españolas Margarita Comas, María Moliner,
Mercedes Rodrigo Bellido o María de los Ángeles Alvariño; las cubanas Laura M.
de Carvajal o Ángela T. Leiva Sánchez; las uruguayas Lisette Gorfinkiel o
Mercedes Freire de Garbarino; las mexicanas Helia Bravo Hollis o María Elena
Caso; las argentinas Noemí Violeta Cattoi o Eva Verbitsky Hunt; o las
brasileñas Graziela Maciel Barroso o Marilia Chaves de Peixoto. Ellas son una
pequeña muestra de las muchas mujeres recuperadas y que pueden servirnos de
modelos de referencia[36].
También se ha puesto de manifiesto su participación
en tradiciones menospreciadas por ser “femeninas”, historias de lucha
olvidadas, como, por ejemplo, la del acceso a la educación, pues esta ha sido
siempre un instrumento para la libertad e igualdad en todo el mundo y ha sido
demandada durante siglos. A finales del siglo XIX, fruto de esas demandas de
las mujeres, se logra el acceso a la educación superior en la mayoría de los
países occidentales. Como señala Consuelo Flecha (2007: 115): “El diseño de un
nuevo modelo de instrucción pública por parte de los gobiernos de muchos países
en el siglo XIX fue una consecuencia de la necesidad de justificarse con unas
relaciones sociales de mayor justicia; y, por lo tanto, de oportunidades para
utilizar los recursos disponibles en igualdad referido a todas las personas y
grupos de la sociedad, si bien en el caso de las mujeres la voluntad de
incorporarlas necesitó una segunda reflexión”.
Esta segunda reflexión no pareció conducir, sin
embargo, a la visibilización y al reconocimiento del trabajo de las mujeres en
la ciencia y la tecnología. Robert Merton publicó en 1968 un célebre artículo
titulado “The Matthew Effect” (“El efecto Mateo”), en el que describía un
patrón de reconocimiento sesgado a favor del científico de más prestigio en los
casos de colaboración así como en los casos de descubrimientos independientes.
Este sesgo se debía, según el autor, a un proceso circular de “acumulación de
ventajas”, pues los reconocidos solían tener una buena reputación previa,
puestos en grandes universidades o centros de investigación y discípulos bien
situados, todo lo cual les ayudaba más. En cambio, los “perdedores” suelen ser
figuras marginales, sin posición sólida ni discípulos que los puedan defender.
Merton no criticaba en absoluto este sistema, sino que lo describía como algo
“funcional” e incluso sugería que los científicos poco conocidos aprenden
rápidamente cómo conseguir ventajas de esta asimetría. Lo llamó el “efecto
Mateo” por la primera parte del versículo 13:12 del Evangelio según Mateo que
dice: “Porque a cualquiera que tiene, se le dará más, y tendrá en
abundancia”. Podríamos decir que el propio Merton es un ejemplo del “efecto
Mateo”, pues aunque su artículo se basaba en la documentación procedente de la
tesis doctoral de la historiadora Harriet Zuckerman, esta solo aparece en una
nota a pie de página y apenas se reconoce su trabajo de recopilación de casos y
el “efecto Mateo” solo se atribuye a Merton.
En 1993, la historiadora Margaret Rossiter escribió
un artículo titulado “The Matthew/Matilda Effect” que comenzaba contando cómo
el matemático Mark Kac describe en su biografía un viaje a Polonia para dar una
conferencia en honor al físico Marian Smoluchowski, casi olvidado por completo.
Lo interesante, señala Rossiter, es que no atribuye el olvido a que muriera a
la temprana edad de 45 años, a su largo y difícil nombre, ni a haber
desarrollado su trabajo en un país de la Europa del Este. En cambio, Kac atribuye
el olvido al “efecto Mateo”, ya que Smoluchowski fue eclipsado por Albert
Einstein, quien también trabajaba sobre el movimiento browniano en la misma
época; pero Kac se centra en la segunda parte del proverbio, que no se suele
mencionar cuando se habla de dicho efecto: “Y a quien no tiene, se le quitará
incluso lo poco que tiene”.
Margaret Rossiter propuso llamar a esta segunda
parte el “efecto Matilda” por la sufragista, estudiosa de la Biblia y pionera
en la sociología del conocimiento Matilda Joslyn Gage, quien a finales del
siglo XIX ya percibió el patrón, sobre todo aplicado a las mujeres. Los casos
que presenta Rossiter son múltiples. Uno especialmente interesante es el de
Agnes Pockels, pionera de la química, inventora del método cuantitativo para
medir la tensión superficial.
Agnes Pockels apenas tuvo educación formal, pues, a
pesar de su interés por la ciencia, no pudo ir a la universidad porque, en
aquella época, las universidades alemanas no admitían mujeres. Más adelante,
cuando comenzaron a admitirlas, sus padres no la dejaron ir. Pero su hermano
pequeño, seguramente influido por ella, estudió física, y así Agnes pudo
estudiar con los libros de su hermano. Según su cuñada, Agnes experimentaba con
“eso que miles de mujeres ven todos los días y no les gusta, el agua grasienta
de fregar los platos”. Gracias a sus observaciones, desarrolló un dispositivo
que le permitía medir la tensión superficial de monocapas de sustancias
hidrofóbicas, como aceites y grasas, y anfipáticas, es decir, que poseen una
parte soluble en agua y otra que rechaza el agua (como jabones y detergentes).
Consistía en una especie de sartén con dos inserciones, una fija y la otra
móvil, que se utilizaba para comprimir una capa de jabón depositada sobre agua.
La inserción móvil se utilizaba para comprimir la capa. La presión iba
cambiando suavemente y se iba registrando y llegaba un momento en que cambiaba
bruscamente, denominado el “punto de Pockels”. Este dispositivo también tenía
una balanza para medir la tensión superficial y gracias a él Agnes pudo describir
el comportamiento general de la tensión superficial con distintas
concentraciones de aceite y las cantidades necesarias para constituir una
monocapa de superficie conocida.
Su hermano, al darse cuenta de la importancia de
los trabajos de Agnes, y sabiendo la dificultad que tendría en publicarlos en
las revistas científicas alemanas, la animó a enviarle sus resultados al mejor
químico físico experimental de la época, John William Strutt, lord Rayleigh.
Este escribió al editor de Nature, pidiéndole que publicara la
carta de esa dama alemana, traducida por su esposa lady Rayleigh. Dicha carta
apareció publicada en la revista Nature ese mismo año de 1891
con el título “Tensión superficial” y en ella Agnes Pockels establecía las
bases de la investigación cuantitativa de las películas superficiales, un nuevo
campo cuyo reconocimiento vendría de la mano de la concesión del Premio Nobel a
Irving Langmuir, en 1932, por el perfeccionamiento del dispositivo, obviando la
invención original. No obstante, la Universidad Politécnica de Brunswick
concedió a Agnes un doctorado honoris causa, el primero otorgado a
una mujer en ingeniería, pero muchas historias siguen atribuyendo sus
descubrimientos e invenciones a lord Rayleigh.
Un caso algo diferente es el de la genetista Nettie
Stevens (1861-1912), investigadora de vanguardia en un campo en la frontera del
conocimiento científico de su tiempo. Ella descubrió que el sexo de un ser vivo
depende de un determinado cromosoma. Como señala Isabel Delgado Echevarría
(2007), además de localizar y describir los cromosomas sexuales y su
comportamiento, supo interpretar su función en relación con las leyes
mendelianas de la herencia, lo que fundamentó la teoría cromosómica de la
determinación del sexo. Publicó su trabajo en 1905, el mismo año en que el
prestigioso científico Edmund B. Wilson hizo lo propio, un artículo de dos
páginas en la revista Science, y en el que este dice que sus
hallazgos “concuerdan con las observaciones de Stevens” (Martínez Pulido,
2005), lo que sugiere la prioridad de Stevens en el descubrimiento. A pesar de
que en su época obtuvo reconocimiento por parte de sus contemporáneos, incluido
el propio Wilson, lo cierto es que con el tiempo Wilson fue apareciendo como el
auténtico descubridor.
También entre colaboradores el reconocimiento
desigual se decanta por aplicar el “efecto Matilda”. Tal es el caso de Frieda
Robscheit-Robbins (1893-1973), quien, sin ninguna educación formal (empezó sus
estudios de grado a los 30 años), a los 24 años comenzó a trabajar con el
patólogo George Hoyt Whipple, con quien estuvo durante más de treinta años,
firmando conjuntamente todos los trabajos. Juntos descubrieron la cura para la
entonces enfermedad mortal de la anemia perniciosa, pero el Premio Nobel de Medicina
de 1934 por ese logro se lo dieron solo a él, algo que le avergonzó tanto que
repartió el dinero del premio con ella y otras dos colaboradoras.
Otro caso de reconocimiento desigual de
colaboradores es el del “efecto Rosenthal” o “efecto Pigmalión”. En realidad,
el estudio más famoso lo realizaron conjuntamente Robert Rosenthal y Lenore
Jacobson en una escuela elemental al sur de San Francisco (California), en
1966. El experimento consistía en hacer una prueba de inteligencia a niños de
los cursos de primero a sexto con el falso nombre de Test de Harvard de
Adquisición Conjugada, que según los experimentadores indicaría la capacidad
intelectual naciente cuando, en realidad, la prueba solo medía algunas
aptitudes no verbales. A los profesores se les dijo que los alumnos que
obtuvieran buenos resultados en el test progresarían enormemente en el
transcurso del siguiente año. Lo cierto es que las pruebas no podían predecir
tal cosa. Se eligió un grupo al azar del que se dijo que había puntuado de
forma sobresaliente. Pues bien, se pudo comprobar al año siguiente que este
grupo —que de facto no había puntuado mejor que los otros— había hecho
progresos sorprendentes. El estudio demostró el “efecto Rosenthal” o “efecto
Pigmalión”, que es el fenómeno que explica que el rendimiento de las personas
sobre las que hay mayores expectativas termina siendo mejor: los profesores
pueden haber apoyado o ayudado más a estos e, imperceptiblemente, tener más
interacciones personales o gestos amables, etc., mientras que prestan menos
atención a quienes se espera que rindan menos (Rosenthal y Jacobson, 1968). Lo
interesante es que en las historias de la psicología el nombre de Lenore
Jacobson ha desaparecido.
Y si hablamos de compañeras de trabajo, no digamos
ya cuando hablamos de parejas. El caso de Isabella Helen Lugski, más conocida
como Isabella Karle a raíz de su matrimonio con el también químico Jerome
Karle, pone muy de manifiesto el “efecto Matilda”. Ella desarrolló una serie de
técnicas para determinar la estructura tridimensional de moléculas por
cristalografía de rayos X. Pero el Premio Nobel de Química de 1985 se lo dieron
a su esposo y a su colaborador Herbert A. Hauptman “por sus sobresalientes logros
en el desarrollo de métodos directos para determinar las estructuras de los
cristales”[37].
Algo diferente fue lo sucedido con otra pareja,
Gerti y Carl Gori, quienes obtuvieron el Premio Nobel de Medicina en 1947 junto
con Bernardo Housseay. Pero el dinero del premio, en vez de repartirse entre
los tres premiados, como suele hacerse, se dividió en dos partes: una para
Housseay y otra ¡para el matrimonio Cori!
Otro ejemplo paradigmático del “efecto Matilda” se
da en Rosalind Franklin y su papel en el descubrimiento de la estructura del
ADN, oscurecido especialmente por James D. Watson en su libro
semiautobiográfico La doble hélice, el cual causó tanto escándalo
que tuvo que pedirle perdón y retractarse públicamente. En él, Watson presenta
a Franklin casi como una “becaria”, a pesar de que tenía el mismo nivel
profesional que los otros “codescubridores”, Francis Crick y Maurice Wilkins, y
de que fue ella la autora de la famosa foto 51 que Wilkins “tomó prestada” de
Rosalind Franklin —sin que ella lo supiera— y que les dio la pista de cómo
podría ser la estructura del ADN (Sayre, 2000). Durante años, la figura de
Franklin estuvo oscurecida, pues concedieron el Nobel a Crick, Watson y Wilkins
cuando ella ya había muerto. Pero en el número de Nature donde
Watson y Crick propusieron el famoso modelo de doble hélice, hay también un
artículo firmado por Franklin y su colaborador Raymond Gosling, donde por
primera vez se presentaban datos de difracción de rayos X en los que se basaba
el modelo de Watson y Crick y lo corroboraba[38].
También es muy conocido el caso de Lise Meitner. En
1938, Otto Hahn y su colaborador Fritz Strassmann hicieron un experimento que
consistía en lanzar neutrones lentos sobre uranio. El resultado fue que
conseguían bario, elemento casi la mitad de ligero que el uranio. En un
artículo publicado por ambos poco después, dudaban de los resultados
conseguidos: “Como ‘químicos nucleares’ que trabajan muy próximos al campo de
la física, no podemos decidirnos a dar un paso tan drástico que va en contra de
todos los experimentos realizados anteriormente en la física nuclear. Acaso se
hayan dado una serie de coincidencias poco habituales que nos han proporcionado
indicaciones falsas” (citado en Sánchez Ron, 2000: 146-147). Lise Meitner,
anterior colaboradora de Hahn y forzada al exilio por ser judía, pronto se dio
cuenta de lo que significaba ese experimento. Como cuenta su sobrino y
colaborador Otto Frisch, que había ido a ver a su tía, se la encontró leyendo
una carta que le había enviado Hahn en la que le contaba su experimento:
¿Un simple error? Lise Meitner opinaba que no; Hahn
era un químico demasiado bueno para cometerlo. Pero ¿cómo podía formarse
entonces bario a partir de uranio?… Sabíamos que había fuerzas intensas que se
oponían a ese proceso, igual que la tensión superficial de una gota líquida se
opone a que se divida en dos más pequeñas. Pero los núcleos diferían de las
cuotas de líquido en un aspecto importante: tenían carga eléctrica y se sabía
que la carga contrarrestaba la tensión superficial (citado en Sánchez Ron, 2007:
710).
Rápidamente se dieron cuenta de que no eran meras
coincidencias, sino que se había logrado la fisión nuclear (término que empleó
Lise Meitner); tras una serie de cálculos que comenzaron a garabatear en la
nieve explicaron otra serie de detalles del fenómeno descubierto por Hahn y
Strassmann, antes de que se hubiera publicado el artículo de estos (Sánchez
Ron, 2007). Sin embargo, el Premio Nobel de Química se lo dieron a Hahn, en el
año 1944, en plena Segunda Guerra Mundial, y a pesar de ser en ese momento prisionero
del ejército británico.
Hay otros muchos casos, pero solo mencionaremos
alguno más: Sau Lan Wu y sus experimentos sobre la violación del principio de
paridad (el Premio Nobel de Física se lo dieron a T. D. Lee y C. N. Yang). Las
importantísimas investigaciones de Babel Inhelder sobre el aprendizaje y la
estructura del conocimiento, especialmente en niños y adolescentes; muchas de
ellas, aunque no todas, realizadas y publicadas con Jean Piaget (de quien fue
alumna), han quedado oscurecidas por la fama de su profesor. Algo parecido —Premio
Nobel de por medio— le sucedió a Jocelyn Bell, quien mientras hacía su tesis
doctoral descubrió los púlsares (esas estrellas de neutrones que emiten
pulsaciones periódicas), pero el Premio Nobel de Física por ese descubrimiento
se lo dieron a su director de tesis en 1974. O a Tatiana Ehrenfest-Afanasyeva,
cuyos trabajos sobre los fundamentos de la física estadística se vieron
oscurecidos por haberlos hecho conjuntamente con su esposo Paul Ehrenfest.
Son solo unos cuantos ejemplos del “efecto
Matilda”, una muestra de la invisibilidad de las mujeres o de cómo desaparecen
de la(s) historia(s).
§. La desaparición (temporal) de las mujeres en la
evolución humana
Durante mucho tiempo, la hipótesis del “hombre cazador” que en grupos partía a
la captura de grandes animales, dejando a las mujeres al cuidado de los niños,
fue unánimemente admitida dentro de la teoría evolucionista. De este modo, la
caza se convertía en el principal factor de la evolución, siendo fundamental en
todas las innovaciones morfológicas, tecnológicas y sociales características de
la humanidad moderna. Según el paradigma dominante, el género Homo
sapiens se habría originado en África y se extendió por todo este
continente y Eurasia, diversificándose en varias especies[39]. Estas tesis se apoyaban en los restos fósiles o herramientas que se
encuentran en fragmentos y en yacimientos por lo general mal conservados o
semidestruidos. Estos restos fósiles que han sobrevivido son, principalmente,
instrumentos de caza: proyectiles, cuchillos, hachas que aparecen hace más de
500.000 años. Todos ellos fundamentales para la obtención de lo que se pensaba
que era la principal fuente de alimento, la carne.
Otra de las “evidencias” en las que se basaba la
hipótesis del hombre cazador era el comportamiento de los primates no humanos.
La idea subyacente era que el estudio del comportamiento de los primates, de
los que procedemos, ayudaría a conocer la conducta de los primeros homínidos y
también a entender nuestras conductas actuales. Hasta los años sesenta, los
primates se estudiaban fundamentalmente en cautividad, en los zoos o en casas
de fieras. En libertad, los más estudiados en su hábitat eran los mandriles,
dado que es una especie terrestre y por ello es más fácil de observar (casi el
90% de las especies de primates son arbóreas y habitan las selvas húmedas de
África, Asia, Sudamérica y América Central). Además habitan la sabana africana,
de donde se supone que procede nuestra especie, y es una sociedad agresiva,
competitiva y dominada por el macho, lo que justificaría cómo es la nuestra.
En 1971, Sally Linton Slocum publicó un artículo
titulado “Woman the Gatherer: Male bias in Anthropology” en el que se planteaba
la naturaleza de las cuestiones antropológicas y afirmaba que la elección de
unas y no otras surgía del contexto cultural en el que está el antropólogo y,
por tanto, nuestras preguntas son moldeadas por las particularidades de nuestra
situación histórica, además de por supuestos culturales inconscientes. Lo más
importante del trabajo era que por primera vez se establecían las bases para
examinar y analizar de forma detallada cuál había sido el papel de las mujeres
en las sociedades del pasado. En esa década de los setenta se publicaron
influyentes trabajos de científicas tan importantes como la propia Linton
Slocum, Nancy Tanner y Adrienne Zihlman, que ponían en cuestión que la caza de
los hombres hubiera sido la principal forma de subsistencia de los homínidos y
subrayaban la importancia de la recolección de frutos y otros vegetales por
parte de las mujeres.
Para ello, Slocum, Tanner y Zihlman se basaron en
los estudios de primatología, algunos de los cuales explicaremos a
continuación. Los arqueólogos y antropólogos Louis y Mary Leaky, convencidos de
que las mujeres estaban mejor dotadas para el trabajo de campo con primates,
comenzaron a contratar a estudiosas en los años sesenta del siglo pasado. Una
de estas primeras estudiosas fue Jane Goodall. Durante los primeros días,
observó cómo los chimpancés se alimentaban en la zona, por lo que, poco a poco,
estos comenzaron a acostumbrarse a su presencia. Goodall les puso nombres y los
identificó por sexo, lo que le acarreó serias críticas entre los académicos.
Prestó atención a sus juegos, cómo se acicalaban o hacían los nidos para
dormir. Pero, lo más importante, descubrió que usaban utensilios primitivos, de
tallos, ramas y hojas, que incluso fabricaban ellos mismos. No cabe duda de la
importancia de sus observaciones: durante años se había considerado que lo que
distinguía a los humanos de los simios era el uso de herramientas, es decir, su
manufactura[40]. Los descubrimientos de Jane Goodall obligaron a modificar estas y
otras muchas ideas (Martínez Pulido, 2003).
Otra de las primatólogas que más influjo han tenido
en esta área es Jeanne Altmann, que estudió los papiones en Kenia, en concreto
en el parque nacional de Amboseli. Pronto se dio cuenta de que no todos los
biólogos o primatólogas de campo utilizaban las mismas técnicas para recoger
los datos, sino que la mayoría registraba solamente lo que más les llamaba la
atención. Por otro lado, algo que no llamara inmediatamente la atención a un
determinado investigador o investigadora podría sin embargo ser muy significativo,
como hemos visto con algunos de los comportamientos de las hembras de papión.
Así, como los datos recogidos suponían una muestra subjetiva de cada
investigador, no podían compararse los datos entre sí, pues había numerosas
discrepancias. Puesto que los estudios primatológicos aumentaban a gran ritmo,
Altmann consideró necesario establecer una norma que fijase los mismos métodos
y el mismo tipo de observaciones para todos, de modo que pudiera compararse el
trabajo de científicos de diferentes lugares y sobre distintas especies. Hoy en
día, los protocolos establecidos por Altmann (1974) son un procedimiento
estándar y en ellos se establecen como ítems a observar el tamaño del grupo, la
composición, la proporción entre sexos, tipo de hábitat, estatus, interacción
entre individuos o conducta individual (descanso, alimentación y bebida, sueño,
acicalamiento, saltos, gritos, aullidos, gruñidos, etc.). Incluso hizo que se
prestara atención a “conductas” que antes no eran consideradas como tales: por
ejemplo, si el animal estudiado no presentaba actividad durante un periodo de
observación, también había que registrar esa falta de actividad como algo no
exento de interés. Sus protocolos fueron aceptados por sus colegas.
Jeanne Altmann también estudió la vida de las
hembras de papiones y concluyó que las hembras con crías lactantes eran los
animales más interesantes en una sociedad de primates, pues en el lazo entre
madre y cría es donde se dan las mayores presiones ecológicas. Examinando la
cantidad de tiempo que una madre puede dedicar a sus crías, a sí misma y a su
posición social, que afecta directamente a su bienestar y al desarrollo de la
generación siguiente, Altmann estableció el concepto de “distribución del tiempo
materno”, que hace referencia a la valoración de manera instintiva que las
hembras papión hacen de los costes y beneficios de cada tarea, estableciendo
cuánto tiempo le podrían dedicar a cada una de ellas: espulgar y dar de mamar a
la cría, buscar comida, espulgar a amigos poderosos, ser espulgada, defender un
buen sitio para dormir, etc.[41] Podemos decir que la triple jornada o la contraposición de
intereses de la mujer/hembra estaba ya inventada. Altmann también
se dio cuenta de que la especie papión era matrilineal, es decir, el rango
social pasa directamente de madre a hija a lo largo de incontables
generaciones. Es el macho quien abandona el grupo y sigue su propio camino
viviendo por su cuenta y sin que nadie le ayude. Por eso, en estas sociedades
matrilineales lo más beneficioso para las hembras de alto rango es tener hijas,
al contrario de lo que sucede en las sociedades patrilineales, en las que a las
hembras les interesa tener hijos.
Amy Randall Parish (1996), por su parte, estudió
los bonobos o chimpancés pigmeos, que, junto con los chimpancés, son los
parientes más cercanos de los humanos. Pues bien, según sus observaciones y en
contra de la creencia usual, las hembras mantienen fuertes vínculos afectivos
con hembras no parientes, controlan el acceso a la comida más deseable,
comparten entre ellas más que con los machos y forman alianzas para atacar
cooperativamente a los machos y los hieren; también tienen relaciones sexuales
entre ellas para reducir la tensión.
Estas investigadoras son una pequeña muestra de las
primatólogas que introdujeron cambios importantes en su disciplina, pero hay
muchas más: Dian Fossey (gorilas de montaña en Virunga), Biruté Galdikas
(orangutanes de Borneo), Thelma Rowell (papiones de bosque en Uganda) o Rosalie
Osborn (gorilas de Uganda) son algunas otras de las más famosas[42]. Pero lo más importante es que la incorporación de mujeres a la
primatología supuso una reelaboración de la disciplina que muestra algo
bastante aceptado hoy en día en historia y filosofía de la ciencia: lo que se
elige como objeto de estudio puede influir enormemente en los resultados y
contenidos de la investigación. En este caso, el hecho de elegir otras especies
como objeto de estudio permitió reconsiderar muchos aspectos y supuestos que se
daban por sentado. Por ejemplo, una de las primeras cosas que se llevó a cabo
fue la reevaluación de la actuación y el papel de las hembras y darle la vuelta
al estereotipo de la hembra pasiva y dependiente. Otra fue el reexamen de la
diferencia sexual, poniendo en cuestión muchos supuestos de la primatología: la
alianza, dominación y agresión del macho con la connivencia de la hembra. O el
énfasis en los vínculos establecidos a través de las redes matrilineales, la
asertividad sexual, las estrategias sociales, las habilidades cognitivas y la
competitividad por el éxito reproductivo de las hembras. Todo ello contribuyó a
poner en cuestión el supuesto papel secundario de las hembras, que se había
utilizado para apoyar el carácter subordinado de las mujeres en la sociedad
actual e invisibilizarlas.
No obstante, estas ideas no proceden solo de
autoras feministas, sino que posteriores investigaciones variaron las teorías
sesgadas. El prestigioso paleoantropólogo Richard G. Klein (2009) afirma que la
caza de animales de gran tamaño solo habría sido posible con armas que
permitieran atacar desde lejos y que estas habrían aparecido, como mucho, hace
50.000 años[43]. A pesar de haberse descubierto herramientas de piedra entre huesos de
grandes mamíferos en los últimos 500.000 años, Klein afirma que en esos huesos
aparecen muchas marcas de dientes de carnívoros, mientras que apenas las hay de
herramientas de piedra. Esto sugiere que otros animales se comían la mayor
parte de la carne y los humanos muy poca, lo que indica, por tanto, una dieta
carroñera[44]. Dicho de otro modo, y como ya señaló Lewis Binford en los años
ochenta, los homínidos se habrían alimentado de los restos desechados por otros
carnívoros o de animales muertos por accidente o en condiciones naturales (por
ejemplo, al final de la estación seca, cuando muchos grandes herbívoros mueren
de inanición).
Basándose en la evidencia que proporcionan los
dientes, piezas muy interesantes y valiosas porque resisten la degradación que
sufren otros elementos, los paleoantropólogos sostienen que la alimentación de
nuestros antepasados de hace unos 4 millones de años de antigüedad se componía
fundamentalmente de alimentos blandos como frutos maduros, dado que el esmalte
de sus dientes era relativamente delgado[45]. Por lo que se refiere a los primeros representantes del género homo,
también los alimentos vegetales eran parte fundamental de su dieta, aunque
probablemente también consumían carne de animales matados por otros animales
(Bermúdez de Castro, 2010). El ya mencionado Klein (2009) mantiene que los
bulbos, tubérculos y otros alimentos subterráneos habrían sido parte sustancial
de la dieta, proporcionando tantos o mayores nutrientes que la carne, aparte de
que el gasto energético y el esfuerzo para conseguirlos es mucho menor que en
el caso de la caza, y su adquisición es más segura.
Resumiendo, las últimas investigaciones quitan
protagonismo a la alimentación de origen animal en la dieta de los homínidos y,
por tanto, a la caza. Por un lado, y atendiendo a la reducción del tamaño de
molares y premolares en el género homo, la carne se fue añadiendo a la dieta
poco a poco y en cantidades tan pequeñas que por sí sola no explica el
crecimiento cerebral. Por otro, la carne no es la única fuente rica en
nutrientes, pues, por ejemplo, un kilo de nueces tiene tantas o más proteínas,
grasas y calorías que la carne (Adovasio y Soffer, 2007). Dicho de otro modo,
la opinión actual es que la especie fue diversificando poco a poco su dieta.
Los frutos fueron una fuente de alimentación importante y la carne no es
imprescindible para el aumento del cerebro, como se creía hace unos años. La
diversificación de la dieta, además, le permitió al ser humano expandirse y
afrontar los cambios de estación.
Laantropologíayla etnoarqueología (que estudia
pueblos vivos y sus culturas materiales para tener una visión más completa de
los registros arqueológicos) también han influido a la hora de visibilizar y
reevaluar el papel de las mujeres en la evolución humana. Por ejemplo, Richard
E. Lee (1979) estudió durante tres años la tribu de cazadores-recolectores
!kung, en el norte de Botsuana, donde pudo apreciar la forma de vida de una
tribu preagrícola que seguramente vivía como nuestros antepasados. Allí pudo
observar cómo se compaginaba el forrajeo con la caza y cómo las mujeres, para
poder transportar a los niños, los frutos y tubérculos recogidos, etc.,
elaboraban cestos o cabestrillos con material vegetal que no habría quedado en
el registro fósil[46]. De este modo, habría sido la recolección la que habría motivado el uso
de técnicas en las sociedades primitivas, elaborando las primeras herramientas.
Hoy en día todo el mundo recuerda las imágenes de un chimpancé pelando un
palito que introducía en un agujero de un hormiguero y sacaba lleno de hormigas
que a continuación se comía. Pues bien, en el año 2007, Jill Pruetz y Paco
Bertolani publicaron un estudio sobre un chimpancé que habita la sabana del
sureste de África. Durante esa época, observaron el uso casi cotidiano de
herramientas para capturar pequeños vertebrados. Pero lo que más les llamó la
atención fue que eran las hembras y los chimpancés jóvenes (supuestamente
carentes de comportamiento cazador) quienes fabricaban los utensilios con mayor
frecuencia que los machos adultos (citado en Martínez Pulido, 2003).
Así pues, según autoras como Slocum, Tanner y
Zihlman, pero no solo ellas, no está claro el papel dominante de la caza, pues
claramente la carne no pudo ser el principal alimento y mucho menos el único.
Aparte de las cuestiones ya mencionadas, el aporte vegetal debió de ser muy
importante. También la recolección habría desarrollado determinadas habilidades
cognitivas, como la orientación espacial y la memoria para recordar los lugares
donde encontrar los frutos y las épocas correctas en las que llevar a cabo por
ejemplo la recolección, o un buen conocimiento de las plantas, de los frutos,
de las raíces o de los insectos. Y, por supuesto, no hay datos fidedignos que
muestren que en las sociedades neolíticas los hombres mantuviesen a las mujeres
y a las crías. Al contrario, tanto los datos antropológicos como los
primatológicos apuntan cada vez más a que las mujeres tenían capacidad para
alimentarse a sí mismas y a su prole, como sucede con los !kung y otras tribus
semejantes o con diversas especies de primates. Hoy en día, la hipótesis más
extendida y aceptada es la de que nuestras sociedades primitivas eran
recolectoras y cazadoras.
§. El paradigma de la invisibilidad en medicina
Como señala Carme Valls (2008), y ya mencionamos antes, en medicina, el
paradigma de la invisibilidad ha prevalecido durante siglos, al tiempo que ha
oscilado entre la semejanza y la diferencia entre los sexos.
El paradigma de la diferencia ha sido prominente en
el diagnóstico, a partir de las descripciones que realizan las mujeres de sus
síntomas, donde a menudo se han dejado de lado sus quejas porque se
consideraban psicosomáticas o inespecíficas: la proporción de mujeres a las que
se les asignan diagnósticos de “signos y síntomas no específicos”, tanto en los
servicios sanitarios como en los certificados de defunción, es mucho mayor que
la de hombres (Ruiz y Verbrugge, 1997).
Un ejemplo claro de las consecuencias del paradigma
de la diferencia se encuentra en los diagnósticos y tratamientos de
determinadas enfermedades de corazón. McKinlay, en 1996, señaló el error que se
estaba cometiendo con respecto a la mortalidad entre mujeres por cardiopatía
isquémica. Se creía que las hormonas, en especial los estrógenos, ejercían un
papel protector sobre el corazón y que, por tanto, las mujeres rara vez morían
de enfermedades de ese tipo antes de la menopausia[47]: la disminución de los estrógenos, al llegar la menopausia, aumentaba
los riesgos y las muertes. En cambio, se mantenía que la incidencia de la
enfermedad cardiaca mortal en los hombres iba en aumento desde los 20 años. Sin
embargo, McKinlay demostró que esas afirmaciones eran falsas y, a través de
determinados estudios epidemiológicos, estimaciones y cálculos, mostró que
había un incremento de la mortalidad entre las mujeres en relación con la edad
y no en relación con la menopausia (Schiebinger, 1999; Valls Llobet, 2008).
Como no existía una investigación científica de
calidad, se empezó a utilizar la terapia hormonal sustitutiva partiendo de la
falsa idea anteriormente citada, a saber, que las hormonas protegían el
corazón. Sin embargo, ya en unos estudios realizados en 1988 por el Framingham
Heart Study se señalaba que las mujeres tenían un 33% más de infartos de
miocardio no detectados o “silentes” que los hombres, y que después de los 65
años esa diferencia era de un 100%. Los estudios epidemiológicos empezaron a
demostrar que el infarto de miocardio o los problemas coronarios eran o
ignorados o poco diagnosticados entre las mujeres, debido a que en muchos casos
cursaban de manera diferente (Valls Llobet, 2008). Entre los 45 y los 64 años,
las mujeres presentan dos veces más infartos de miocardio silentes que los
hombres, pero después de los 75 años ya no había diferencia entre hombres y
mujeres en este tipo de infartos (ibídem).
En 1991, Ayanian y Epstein realizaron un estudio
retrospectivo de 50.000 pacientes en Massachusetts y unos 34.000 en Maryland
para comprobar los procedimientos de control que se aplicaban cuando estos
llegaban al hospital con dolor torácico y se demostró que las mujeres
hospitalizadas recibían muchos menos procedimientos diagnósticos y terapéuticos
que los hombres. En un estudio semejante realizado en Cataluña en el año 1998
por Marrugat y colaboradores, se observó que, al llegar con la misma sintomatología,
los procedimientos terapéuticos iniciales (trombolisis o intento de deshacer
los trombos), o los procedimientos investigadores efectuados después para ver
el alcance del problema, eran diferentes en hombres y mujeres, dando como
resultado que las mujeres tenían un 68% de mortalidad durante los seis meses
posteriores a un infarto, mientras que en los hombres solo era de un 33% (Valls
Llobet, 2008).
La clara diferencia en el uso de procedimientos
diagnósticos y terapéuticos en los servicios de urgencia en la hospitalización
de mujeres con problemas coronarios hizo que, en 1991, Bernadine Healy
describiera el denominado “síndrome de Yentl”, por la película protagonizada
por Barbra Streisand en la que una joven judía se disfrazaba de varón para
poder estudiar para ser rabino: una vez que la mujer demostraba que le podía
ocurrir lo mismo que a un hombre, es decir, podía tener un infarto, era tratada
de igual modo que un hombre. Y esto no parece haber cambiado.
En la página web de la American Heart Association
se dice: “Todos hemos visto las escenas de películas donde un hombre jadea, se
echa la mano al pecho y cae al suelo. En realidad, la víctima de un infarto
podría fácilmente ser una mujer, y la escena puede no ser tan dramática”.
Aunque hombres y mujeres “pueden experimentar presión en el pecho como si un
elefante se sentara encima, las mujeres pueden experimentar un ataque al
corazón sin presión en el pecho”, señala Nieca Goldberg, directora médica del Centro
Joan H. Tisch para la Salud de la Mujer del Centro Médico Langone
de la Universidad de Nueva York (NYU). “En su lugar, pueden experimentar
dificultad para respirar, presión o dolor en la parte baja del pecho o el
abdomen superior, vértigo, mareo o desmayo, presión superior de la espalda o
fatiga extrema… Incluso cuando los signos son sutiles, las consecuencias pueden
ser mortales, sobre todo si la víctima no recibe ayuda de inmediato”[48]. Lo cierto es que en los países desarrollados mueren más mujeres que
hombres anualmente debido a enfermedad coronaria isquémica, lo que las sitúa
como una nueva mayoría. Sorprendentemente, estas diferencias de sexo son más
amplias en mujeres relativamente jóvenes, en las que la mortalidad por infarto
de miocardio en el rango de menos de 50 años es dos veces superior a la de los
hombres de su misma edad. Aunque está claro que hay muchas diferencias de
sexo/género en las consecuencias de las enfermedades coronarias —incluyendo
diagnósticos más frecuentes de anginas, más hospitalizaciones evitables,
mortalidad por infarto de miocardio superior y proporciones de fracaso
coronario superiores en las mujeres que en los hombres—, no está clara la
etiología de estas diferencias (Bairey Merz, 2011: 1.313). Todo ello y dos
nuevos estudios analizados por esta misma autora apuntan, como afirma en el
título de su artículo, que “dos nuevos análisis sugieren que el síndrome de
Yentl está vivo y goza de buena salud” veinte años después (ibídem).
El paradigma de la semejanza ha provocado que se
estudien poco ciertos aspectos de la salud de las mujeres. Ya se hayan
construido paradigmáticamente similares o diferentes los cuerpos masculinos y
femeninos, siempre ha sido objeto primario de investigación el cuerpo
masculino. Los cuerpos de las mujeres han sido considerados una desviación de
la norma masculina y los estudios se han centrado en su especificidad
reproductiva. Así, los resultados de la investigación médica que se llevan a
cabo entre hombres se aplican más tarde a las mujeres, incluso aunque los
resultados para las mujeres en el diagnóstico, la prevención y el tratamiento
en la esfera no reproductiva no se hayan estudiado de manera adecuada.
Durante años, las mujeres estuvieron
sistemáticamente excluidas de los ensayos clínicos. Esto era así porque se
suponía que los resultados podrían aplicarse automáticamente a las mujeres o
por el falso supuesto de que las mujeres estaban protegidas de forma natural de
la enfermedad. Por ejemplo, el estudio de Murphy, publicado en 1977, realizado
sobre los beneficios de la cirugía coronaria para pacientes con angina de
pecho, solo se realizó sobre varones.
Se han sacado a la luz diversos estudios
realizados, enormemente influyentes, en los que no se ha tenido en cuenta a las
mujeres. Uno de los más importantes fue el realizado en 1982 sobre el efecto de
la aspirina en las enfermedades cardiovasculares que se efectuó sobre 22.071
sujetos masculinos, pero ninguna mujer (Valls Llobet, 2008). Otro ensayo que
buscaba la correlación existente entre presión sanguínea, tabaco, colesterol y
enfermedad coronaria se hizo sobre 12.866 hombres (de nuevo, ninguna mujer); y
el Health Professionals Follow-Up Study sobre enfermedad de corazón y consumo
de café también se realizó sobre 45.589 hombres y ninguna mujer (Schiebinger,
1999; Valls Llobet, 2008).
Las mujeres han sido excluidas de los ensayos con
drogas o medicamentos, incluso a pesar de que, por ejemplo en Estados Unidos,
las mujeres consumen aproximadamente el 80% de los productos farmacéuticos.
Hasta la primavera de 1988, los ensayos clínicos con nuevas drogas para la Food
and Drug Administration (Agencia de Alimentos y Medicamentos estadounidense,
por sus siglas en inglés, FDA)[49] se realizaban exclusivamente sobre varones. Los resultados de
estas pruebas se generalizaban después a las mujeres a las que se les
prescribía, y todavía se les prescribe, de forma típica dosis ideadas para los
pesos medios y los metabolismos de los hombres. Aunque se sabe poco sobre los
efectos de la aspirina en la enfermedad de corazón de las mujeres, a ellas se
les ha animado a tomar una aspirina cada día. Otras drogas ampliamente usadas,
como el valium, nunca se contrastaron en mujeres, aunque, en Estados Unidos, 2
millones de mujeres al año lo toman. En 1992, un estudio realizado por la
General Accounting Office de Estados Unidos descubrió que solo la mitad de los
medicamentos supervisados o examinados habían sido analizados para dilucidar
diferencias relacionadas con el sexo (Schiebinger, 1999: 223). Esto es
especialmente relevante puesto que las reacciones adversas a los medicamentos
se dan dos veces más en las mujeres que en los hombres. Algunos
anticoagulantes, utilizados contra los ataques de corazón, por ejemplo, aunque
benefician a muchos hombres, causan hemorragias en muchas mujeres. Los
medicamentos estándar para la presión sanguínea alta tienden a bajar la
mortalidad de los hombres en los ataques de corazón, pero se ha comprobado que
aumentan las muertes entre las mujeres. Además, se corre otro riesgo que es que
se desechen medicamentos potencialmente beneficiosos para las mujeres en las
primeras etapas de los ensayos, al no estar estas incluidas en el grupo de
pruebas (Schienbinger, 1999: 212-215).
La elección de varones como sujetos de
investigación se ‘justifica’ porque se dice que los hombres son más baratos y
más fáciles de estudiar. Se considera que los ciclos hormonales normales de las
mujeres son problemas metodológicos que complican el análisis y lo hacen más
costoso. Los investigadores también temen que incluir mujeres en edad de
procrear en los ensayos clínicos pueda tener efectos posteriores en la
procreación. Eso supone una concepción de las mujeres como “seres procreadores”
antes que personas, como “úteros andantes” incapaces o no dispuestas a
controlar su fertilidad, a la vez que ignora a las mujeres posmenopáusicas o
que no quieren tener hijos. Pero también pasan por alto las necesidades de
muchas mujeres embarazadas entre las que tres cuartas partes requieren terapia
farmacéutica y por lo general utilizan medicamentos sin receta para condiciones
crónicas tales como la diabetes o la depresión. Al mismo tiempo que las mujeres
tienden a ser subtratadas en muchas áreas de la medicina, corren el riesgo de
ser sobretratadas en el área de la reproducción, como sucede con las cesáreas e
histerectomías innecesarias[50].
Y esto no es algo del pasado. Por ejemplo, en el
informe de la American Heart Association de 2014 aparecen varios ejemplos de
estudios en los que o no hay mujeres o el grupo es muy pequeño (en torno al
30%). El informe “Mental disorders across the adult life course and future
coronary heart disease evidence for general susceptibility”, realizado por
Catharine Gale y colaboradores (2014), incluye un estudio prospectivo efectuado
sobre más de 1 millón de personas y a lo largo de 22 años de seguimiento y en
el que se analiza la presencia de una futura enfermedad coronaria en pacientes
que desarrollan trastornos mentales a lo largo de su vida. Pues bien, este
estudio está realizando solo con varones suecos.
Durante mucho tiempo se supuso que la “salud de las
mujeres” hacía referencia a la salud reproductiva, lo que incluía la atención
al parto, la anticoncepción, el aborto, el cáncer de útero, el síndrome
premenstrual y otras enfermedades específicamente femeninas. Hoy en día,
incluye además el estudio de enfermedades que se encuentran solo en las mujeres
o mayoritariamente en ellas (como el cáncer de mama)[51], enfermedades con una prevalencia mayor en las mujeres o en algún
subgrupo de mujeres (como la osteoporosis) o enfermedades que se presentan de
forma diferente en las mujeres (como las enfermedades de corazón).
Pero algunas investigadoras sugieren que no basta
añadir mujeres a los estudios y tener en cuenta la fisiología distintiva de
estas, pues eso no mejora necesariamente su salud. Estas críticas contrastan el
“modelo biomédico” dominante con el modelo “de comunidad”, “social” o
“ecosocial” de la salud de las mujeres (Krieger, 2001). Este tipo de modelos
más amplios, que basan la salud en la comunidad, no ignoran los aspectos
biológicos o genéticos de la salud, ni minimizan la importancia del estilo de
vida personal, como por ejemplo la atención a la nutrición, el ejercicio, la
relajación y no abusar de sustancias tóxicas. Pero tienen en cuenta también
otros aspectos de la vida cotidiana de una persona, como el acceso al cuidado
médico, el estándar económico y la relación con su comunidad. Consideran que la
salud se da dentro de comunidades, no simplemente en cuerpos individuales. Por
ejemplo, muchos aspectos de la salud a largo plazo de las mujeres pobres tienen
que ver con el acceso al cuidado médico, a una vida saludable, a la información
sobre el control de la natalidad, a los beneficios del ejercicio, etc. El
enigma por ejemplo de la longevidad de las mujeres se resuelve parcialmente
investigando factores sociales. De hecho, podría deberse simplemente a “no ser
hombre”. En algunos países, los hombres mueren en las guerras; en los países
industrializados, los jóvenes mueren por trabajos peligrosos, accidentes
automovilísticos, el uso de drogas ilícitas o por la ingesta de alcohol, es
decir, peligros relacionados no con fragilidades o debilidades biológicas, sino
con la ocupación y los códigos de masculinidad. Estos nuevos enfoques han
exigido y exigen cambios en la enseñanza que se da en las facultades de
medicina, así como nuevas relaciones entre las disciplinas que pueden y están
enriqueciendo de manera sustancial la práctica de la medicina.
§. Mujeres invisibles con VIH/SIDA
Un ejemplo paradigmático de invisibilización y silencio en la investigación
científica por sesgos androcéntricos ha sido la situación diferencial de las
mujeres con VIH/SIDA. La infrarrepresentación de las mujeres en la
investigación biomédica, junto con el énfasis en los comienzos de la enfermedad
en que los principales afectados eran varones, y principalmente varones que
tenían sexo con otros varones, ha influido en el descuido de la investigación
sobre mujeres y, en especial, aquellas infectadas mediante relaciones
heterosexuales con su propia pareja.
Según el informe de ONUSIDA (2014), existen 16
millones de mujeres en todo el mundo que viven con el VIH (con diferencias
geográficas significativas), lo que constituye el 50% del total de personas
adultas con el virus. Además, según la OMS, es la principal causa de muerte
entre las mujeres en edad reproductiva (de 15 a 44 años) en países en
desarrollo. A pesar de estos datos, de la creciente feminización de la epidemia
y la mayor vulnerabilidad de las mujeres ante ella, la comunidad científica
sigue excluyendo y omitiendo a las mujeres en la investigación sobre la
enfermedad. Los fracasos científicos por cercenar la propagación del VIH en
mujeres y en fomentar investigaciones sensibles al género merecen una especial
atención como ejemplos de “ciencia mejorable”.
Durante una “primera ola de investigaciones” sobre
VIH (que abarca la década de los ochenta), las mujeres eran o bien ignoradas, o
aparecían como prostitutas, promiscuas sexuales o usuarias de drogas
transmisoras del virus a sus hijos, de tal forma que la literatura científica
sobre VIH y mujeres se identificaba y reducía a la pediátrica sobre los riesgos
de infección en niños (Bova, 2000). En esta década los ensayos clínicos de los
nuevos medicamentos reclutaban casi exclusivamente a varones (por la desidentificación
de la enfermedad con las mujeres y por los motivos que luego explicaremos) y
las políticas de prevención se basaban en los métodos de sexo seguro
extrapolados desde los dirigidos a varones gay (uso del condón
fundamentalmente). Así, nos encontramos con un primer periodo donde la
comunidad científica silenció los problemas biomédicos y sociales específicos
de las mujeres infectadas de VIH.
En la primera mitad de la década de los noventa,
surgen las primeras voces críticas con esta ignorancia de la investigación
científica y la atención médica sobre las manifestaciones específicas de la
enfermedad en las mujeres (por ejemplo, enfermedades ginecológicas asociadas,
como infecciones vaginales, verrugas genitales o condilomas acuminados,
neoplasia intraepitelial escamosa anal o úlceras genitales, entre otras) y
sobre sus necesidades especiales, así como las primeras presiones para que las
mujeres fueran reclutadas en los ensayos clínicos. En esta “segunda ola” (Bova,
2000), las investigaciones comienzan a centrarse en las mujeres como personas
que viven con el VIH y no solo como transmisoras del mismo, y comienzan a
desarrollarse programas de prevención comunitarios y contextualizados,
dirigidos a ayudar a las mujeres a negociar prácticas de sexo seguro con sus
parejas.
A partir de la segunda mitad de los noventa hasta
comienzos del siglo XXI, se incrementa la proporción de mujeres infectadas con
VIH, se producen avances en los tratamientos médicos (aunque a costa de una
mayor sintomatología asociada) y comienza una tercera ola de investigaciones
“interseccionales” (Bova, 2000) que atienden otras variables determinantes en
la vivencia de la enfermedad y la atención médica, principalmente la pobreza,
el racismo, la cultura, el apoyo social o las responsabilidades de los cuidados.
Respecto a la prevención, ello implica una mayor comprensión sobre las
desigualdades de poder y las fuerzas sociales y culturales que conforman las
conductas de riesgo en las mujeres. De nuevo, dichas investigaciones ponen en
evidencia los silencios previos sobre las complejidades de la vivencia de la
enfermedad cuando se atiende a la simultaneidad de opresiones (Collins, 2000).
Un ejemplo de ello es el silencio casi absoluto de investigaciones científicas,
gubernamentales o por parte de ONG, sobre mujeres lesbianas con VIH, tanto
desde un punto de vista epidemiológico o preventivo como de vivencia de la
enfermedad (Arend, 2003).
Más allá de esta revisión histórica, la
invisibilización de las mujeres en las investigaciones ha implicado la
desatención de las diferencias de género: en términos globales, la
falta de derechos humanos, los menores recursos económicos y las mayores
responsabilidades familiares convierten a las mujeres en más vulnerables; a
ello se le suma que tienen mayores dificultades de acceso a información rigurosa,
a servicios de salud y menores recursos preventivos (García-Sánchez, 2004).
Tanto para mujeres como para niñas y adolescentes, VIH y violencia de género
están muy relacionados como causa y consecuencia. Las jóvenes están expuestas a
tener relaciones sexuales poco seguras, a veces no deseadas o forzadas, que
pueden hacer que contraigan el VIH y otras enfermedades de transmisión sexual y
dar lugar a embarazos no deseados y abortos peligrosos (OMS, 2010). Por otro
lado, estereotipos y prejuicios de género han distorsionado la percepción de
riesgo, entorpeciendo la prevención a la par que estigmatizando a algunas
mujeres: situando a las mujeres “moralmente sospechosas” (prostitutas,
drogadictas o pobres) como agentes de “contagio” y a las mujeres casadas
blancas y burguesas como receptoras del mismo. Por último, son escasas las
investigaciones cuantitativas y cualitativas sobre necesidades especiales de
mujeres con VIH, tanto médicas como sociales y psicoemocionales (sobre estigma,
discriminación, cuidados y roles de género, calidad de vida, etc.)[52].
Pero quizá la invisibilización más negligente de
las mujeres en investigación haya venido por no atender a las diferencias
sexuales: a la morbilidad diferencial en estudios epidemiológicos (la
prevalencia e incidencia desagregada por sexos en intersección con otras
variables relevantes); a síntomas, comorbilidad o evolución particulares de la
enfermedad en las mujeres o a respuestas diferentes a los tratamientos con
medicamentos. Se trata de un ejemplo más del androcentrismo en ciencia, de
tomar lo masculino como norma y extrapolarlo a toda la especie humana y de la
falsa premisa de que los cuerpos de las mujeres responden igual que los de los
varones.
Como decíamos, las políticas científicas han
excluido tradicionalmente a las mujeres de la investigación científica sobre el
VIH. Por ejemplo, diversas publicaciones han mostrado la escasa representación
de temáticas de mujeres en los congresos nacionales e internacionales sobre el
tema desde el año 2000, que no llegan al 10% del total de comunicaciones
aceptadas (Blueprint for Action on Women and HIV/AIDS, 2006; Collins y
Walmsley, 2008; en Lunny et al., 2011). Como consecuencia, hasta
estudios epidemiológicos relativamente recientes no se ha visibilizado que la
enfermedad avanza más deprisa y es más mortal en mujeres que en varones. El
sida se desarrolla con más virulencia en el cuerpo de las mujeres una vez ha
sido infectado con el virus del VIH y la evolución de la enfermedad es más
rápida debido a las diferencias en el sistema autoinmune —el hecho de que las
mujeres padezcan con mayor frecuencia enfermedades autoinmunes las hace más
vulnerables a la evolución de la infección y la seropositividad— (Valls, 2008).
No solo se ha invisibilizado el curso y la sintomatología diferencial de la
enfermedad: el sesgo más flagrante en este sentido ha sido la escasa presencia
de mujeres en las muestras de los ensayos clínicos de antirretrovirales y por
tanto el descuido de posibles respuestas diferenciales o efectos adversos ante
los tratamientos. Por ejemplo, se han encontrado diferencias de sexo en algunas
enzimas (más activas en mujeres) que metabolizan medicamentos para el sida, lo
que puede dar lugar a efectos secundarios inesperados si no se tienen en cuenta
las diferencias sexuales en los ensayos clínicos y se extrapolan sin más los
resultados con muestras masculinas (Valls, 2008).
Resulta necesario acudir a algunos datos históricos
para comprender este contexto de sesgos de género en la investigación biomédica
y en concreto sobre esta enfermedad. Precisamente, como consecuencia de una
negligencia derivada de sesgos de género por no atender a los riesgos
reproductivos de un medicamento, en concreto, el escándalo de los efectos
teratógenos de la talidomida[53], la FDA publicó en 1977 “Consideraciones generales para la evaluación
clínica de fármacos de la FDA”, donde se recomendaba no incluir a las mujeres
en edad fértil en las primeras fases de los ensayos clínicos por posibles
efectos tóxicos de los fármacos. A este hecho se sumaron las variadas
justificaciones aludidas para explicar la escasa participación de las mujeres
en los ensayos clínicos: la necesidad de muestras uniformes que den más solidez
a los resultados; que incluir mujeres implica muestras más grandes y por tanto
más caras; el riesgo fetal en caso de embarazo y por tanto una mayor protección
de las mujeres en edad reproductiva respecto a fármacos potencialmente
teratógenos (que puedan ocasionar malformaciones en el feto) u otros riesgos
reproductivos; interacciones hormonales debidas al ciclo menstrual o a otras
hormonas exógenas; o problemas en el reclutamiento o factores socioeconómicos
que limitan las posibilidades de participación de las mujeres en los ensayos
(por escasez de tiempo o recursos), así como problemas de seguimiento y mayor
tasa de abandonos (Valls, 2008; Ruiz Cantero, 2013). En la práctica, esto
supuso la exclusión de las mujeres de los ensayos clínicos (fundamentalmente en
las primeras fases) y sucesivos casos de efectos secundarios adversos de
medicamentos por desatender la respuesta diferencial de los cuerpos de las
mujeres.
No fue hasta finales de los ochenta y durante la
década de los noventa que el Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos
(NIH) y la Agencia de Alimentos y Medicamentos estadounidense (FDA) decretaron
mediante guías oficiales[54] que sujetos mujeres y minorías fueran incluidos en la
investigación biomédica y en los ensayos clínicos, y en concreto mujeres
potencialmente fértiles en todas las fases de los ensayos de nuevos fármacos.
No solo eso, se exigía que los estudios analizaran los datos de las diferencias
de sexo/género, así como de raza/etnicidad, particularmente en la tercera fase[55] (NIH, 1993). Pese a ello, estudios posteriores han evidenciado el
escaso impacto de estas normativas en diez años y la todavía limitada
participación de las mujeres (en torno al 25-30%) en ensayos clínicos
publicados en diferentes revistas científicas, respecto a diferentes
enfermedades y financiados por diversas instituciones (Vidaver et al.,
2000; Greenberger y Marts, 2000; Ramasubbu et al., 2001;
Goldenberg, 2003). No solo eso, dichos estudios han mostrado la ausencia de
análisis de resultados de ensayos clínicos por sexo y de la consideración de la
interacción de variaciones hormonales de las mujeres con los fármacos (Ruiz
Cantero, 2013). En el caso europeo, la conciencia de esta negligencia
investigadora es menor todavía. La Agencia Europea de Medicamentos (EMA, por
sus siglas en inglés), a través de su documento “Consideraciones de género en
la realización de ensayos clínicos” (2005)[56], sostiene que no son necesarias guías específicas para la inclusión de
mujeres en los ensayos clínicos, lo que ha supuesto sesgos de género en la
comercialización de los mismos (Ruiz Cantero y Pardo, 2006).
Como han señalado Ruiz Cantero y Pardo (2006), los
tratamientos para la infección por VIH son un ejemplo ilustrativo de la
variabilidad por sexo en la eficacia, perfiles de toxicidad y farmacocinética;
también de la infrarrepresentación de mujeres en los ensayos clínicos con la
consiguiente omisión de análisis de diferencias sexuales y su posible
influencia negativa en la calidad de la asistencia médica. Estas autoras
analizaron un total de 117 ensayos clínicos sobre la eficacia de tratamientos
antirretrovirales indexados en el Registro Cochrane de Ensayos Controlados
(desde 1990 hasta 2002), con un total de 41.905 adultos. La proporción media de
las mujeres en los ensayos fue del 14,43%, solo el 6% de los ensayos (7 en
concreto) proporcionó un análisis desagregado por sexo para determinar la
existencia de diferencias y solo un ensayo mencionaba información relacionada
con el género en las conclusiones. Otros estudios que han examinado la
incorporación de mujeres en los ensayos clínicos de VIH muestran una ratio de
entre 11% y 38%, con una clara infrarrepresentación de mujeres que no ha
mejorado de forma progresiva en los últimos años (Walmsley et al.,
2008; Struble et al., 2009, en Lunny et al., 2011). Por
otro lado, de la muestra posible de mujeres para participar en uno de los
mayores estudios de cohorte de mujeres infectadas con VIH en Estados Unidos
(The Women’s Interagency HIV Study), aproximadamente la mitad no participaron
por criterios de exclusión en los principales subestudios de ensayos clínicos[57] (Gandhi et al., 2005). En 2015, a partir de una
revisión sistemática de la literatura científica sobre el tema, se analizó la
participación de las mujeres en ensayos clínicos de medicamentos
antirretrovirales, vacunas profilácticas y estrategias curativas en la investigación
sobre el VIH, encontrando porcentajes del 19,2%, 38,1% y 11,1% respectivamente.
Y lo que es más preocupante, la proporción media era menor en investigaciones
públicas financiadas por el NIH (Curno et al., 2016).
En definitiva, considerando que el porcentaje de
mujeres que viven con el VIH en el mundo supone la mitad de la población adulta
que sufre dicha enfermedad, el porcentaje de mujeres reclutadas para los
ensayos clínicos es muy pequeño. Hasta que no haya una mayor presencia de las
mujeres en muestras clínicas y se estudien las diferencias de sexo/género (y en
interacción con otras variables), quedan muchos silencios y campos de
ignorancia en la investigación médica, psicológica y sociológica sobre VIH y mujeres.
Capítulo 3
Los secretos o lo que la ciencia oculta sobre las mujeres
Nada en la vida debe ser temido, solamente
comprendido. Ahora es el momento de comprender más para temer menos.
Marie Curie
Contenido:
§. La desaparición científica de la próstata y la
eyaculación femenina
§. Hormonas femeninas y sus riesgos amordazados: la píldora y la terapia
hormonal sustitutiva
§. Prevenciones, ocultamientos e intereses: vacuna del virus del papiloma
humano
§. La desaparición científica de la próstata y la
eyaculación femenina
Uno de los principales “secretos científicos” sobre las mujeres es precisamente
la variabilidad y diversidad sexual, más allá de la idea de que solo existen
dos sexos por naturaleza (varón/mujer). Eso a lo que llamamos “sexo” es una
construcción científica que reduce, mediante una palabra, una realidad
poliédrica constituida por varios componentes (cromosomas, hormonas, gónadas,
anatomía genital, características sexuales secundarias, etc.) que a su vez no
siempre responden a patrones dualistas discretos ni están siempre alineados uno
a uno en varón/mujer. Esta construcción se realiza no solo por lo que nombra la
ciencia (etiquetando partes del cuerpo como cromosomas u hormonas con adjetivos
dicotómicos de género, “masculinos” y “femeninos”), sino también por lo que
silencia u omite. Por ejemplo, ocultando la diversidad de combinaciones
sexuales en todas las especies animales incluida la humana[58]; o mediante mecanismos de patologización y “corrección medicoestética”[59] de aquellos cuerpos que no se pliegan a la norma social dualista
(la riqueza de mujeres con testículos y cromosomas XY, o con niveles de
testosterona no esperados, o con clítoris que sobrepasan los estándares, o con
pelos visibles, etc.).
A partir del siglo XVIII, el modelo anatómico
aristotélico-galénico de un único sexo, con la idea de la mujer como un “varón
mal engendrado”, dio paso a un modelo dualista que partirá teóricamente de dos
sexos opuestos, cualitativamente diferentes (Laqueur, 1994). A partir de aquí,
la cultura occidental y la ciencia trabajarán con el supuesto de dos únicos
sexos (varón/mujer) cuya diferencia se situará fundamentalmente en la anatomía
genital. Pero este dualismo sexual científico irá acompañado a su vez de silencios,
secretos y mucho oscurantismo en torno a los cuerpos de las mujeres, y en
especial de su sexualidad. Como ha señalado Nancy Tuana (2006), un ejemplo de
epistemologías de la ignorancia ha consistido en la fijación por la
reproducción (desde un punto de vista evolutivo) cuando la ciencia tenía que
investigar la sexualidad y la genitalidad femenina. De tal forma que cualquier
órgano genital o función fisiológica femeninos que no tuvieran una función
reproductiva clara quedaban olvidados y desprestigiados (sin merecer nombre ni
estudio, o como vestigios sin interés evolutivo). Dos ejemplos claros de
órganos genitales femeninos ignorados y descuidados por la ciencia, sin fines
reproductivos, pero con una función muy importante en el placer de las mujeres,
han sido el clítoris y la próstata femenina (lo mismo se podría decir del
orgasmo y de la eyaculación).
En definitiva, en el caso de la ignorancia sobre la
próstata y la eyaculación femenina, que hemos seleccionado aquí como ejemplos
de secretos científicos, nos encontramos con el sesgo de género que reduce la
investigación de la sexualidad femenina a la sexualidad reproductiva (obviando
la anatomía relacionada con experiencias placenteras de las mujeres), junto con
aquel que insiste en reforzar el dualismo omitiendo paralelismos en la
morfología genital de ambos sexos. Ambos sesgos han contribuido a que a día de
hoy todavía muchos profesionales, así como mujeres, desconozcan tanto la
existencia de la próstata femenina como la eyaculación de las mujeres.
Históricamente, “ha habido un considerable debate sobre si el fenómeno existe,
sobre los órganos y estructuras fisiológicas implicados en la creación y
expulsión del fluido, y sobre la composición del fluido”, y en dicho debate las
voces de las mujeres hablando de sus propias experiencias no han estado
precisamente presentes (Gilliland, 2009: 121).
Nos vamos a detener en el artículo de Korda,
Goldstein y Sommer (2010) sobre “la historia de la eyaculación femenina” para
visibilizar este secreto tan bien guardado por la historia de la medicina. Ya
desde el comienzo advierten las autoras cómo la eyaculación femenina, “definida
como expulsión de una cantidad significativa de fluido durante el orgasmo, ha
sido conocida y descrita en importantes documentos por líderes intelectuales
tanto de las culturas orientales como occidentales durante más de 2.000 años”
(2010: 1965). Por eso hablamos de secreto, pues si bien fue conocida y
descrita, posteriormente se ha ocultado e ignorado durante siglos. Lo
interesante de este artículo además es que hace plantearnos las ignorancias
derivadas de la cultura científica occidental en relación con la sexualidad.
Dentro de la cultura oriental, en concreto en el
mundo antiguo chino, a partir del siglo IV ya se encuentran descripciones de la
emisión de fluido durante el orgasmo en las mujeres (más allá de la emisión de
la esencia del ying y el yang como concepto filosófico) en textos taoístas,
compendios de prácticas sexuales o poemas (en concreto, con indicaciones hacia
los varones para que el fluido femenino, “el fruto de la leche”, fuera el
primero en expulsarse). Por otro lado, según estas autoras, en un pasaje del
Kamasutra se encuentra la referencia más temprana en la literatura hindú a la
existencia de semen femenino igualado al masculino. Citan otra serie de textos
antiguos, sobre todo poemas, donde se refieren a emisiones externas de fluidos
durante el orgasmo en las mujeres (con nombres como “agua del amor” o “jugo del
amor”). Lo importante aquí es que tanto la tradición china como las
ilustraciones y escritos hindúes sobre la sexualidad describen la eyaculación
femenina, no solo equiparada a la masculina, sino independiente de la
fertilización y la reproducción. Otro punto a destacar según las autoras es que
ambas culturas, y a diferencia de los textos occidentales contemporáneos, se
centran en la sexualidad y el erotismo “como una parte esencial de la vida humana”
desde el punto de vista de la salud de varones y mujeres. La contextualización
de estos textos no es una ciencia de la reproducción sino un arte para el
placer y el equilibrio espiritual.
Por su parte, en la cultura occidental, el semen
femenino ya era mencionado por filósofos griegos como Pitágoras o Empédocles,
pero solo en un contexto reproductivo. Ejemplo de ello fueron las menciones de
Hipócrates en Sobre la generación, donde explicaba el papel
determinante de la cantidad y fuerza del fluido masculino y femenino en el sexo
del bebé. Será Aristóteles, según estas autoras, el primero en hacer
“referencia a la descarga de líquido durante el sexo placentero, sin referirse
al semen femenino en el contexto de la reproducción” (2010: 1970). Igualmente
tiene sentido que Galeno, defensor de la teoría de un único sexo y de genitales
homólogos en ambos (en el caso de las mujeres menos perfectos, hacia dentro,
por falta de calor), hablara de la producción de semen en la hembra humana,
pero lo curioso es que también señalaba su necesaria liberación para evitar
acumulaciones que devinieran en enfermedades histéricas. Además será el primero
en la literatura occidental en describir una eyaculación femenina no inducida
sexualmente, a través de un espasmo (2010: 1970).
La doctrina galénica, la necesidad del placer
sexual femenino para la concepción y la visión de una fisiología única de los
genitales femeninos y masculinos se mantendrán durante siglos. Después, la
eyaculación femenina desaparecerá sin dejar rastro médico ni cultural. En la
Edad Media, con el catolicismo disciplinando la sexualidad, solo se hará
referencia a los fluidos sexuales o lubricaciones en las mujeres como pruebas
para su demonización y castigo. Si siglos más tarde se hace alguna referencia a
la eyaculación femenina (como en el caso de Vesalius en el siglo XVI) será de
nuevo en el contexto de la reproducción.
Korda, Golstein y Sommer (2010) resaltan la figura
del ginecólogo holandés Reijnier de Graaf y su Nuevo tratado en
relación con los órganos generativos de las mujeres, de 1672. Y ello porque
fue el primer científico y médico en utilizar el término “próstata femenina”
para referirse a las glándulas periuretrales en las mujeres, considerándolas
equivalentes a la próstata masculina e identificando como su función hacerlas
más libidinosas. Además, De Graaf describió con precisión no solo los órganos
genitales femeninos, sino la estructura anatómica y el mecanismo de la
eyaculación femenina, ilustrando con detalle la lubricación vaginal para
distinguirla de la eyaculación durante el coito, identificando claramente el
origen de esta última en la próstata que rodea la uretra. No obstante, quien se
llevó el reconocimiento (a costa de “perder” la próstata y el paralelismo con
la morfología masculina en estructura y función) fue el ginecólogo escocés
Alexander Skene, quien a finales del XIX describió las mismas glándulas mucosas
descritas por De Graaf, que pasaron a llevar su nombre (glándulas de Skene).
Poco más tarde, el sexólogo Havelock Ellis situará en las glándulas de
Bartolino la excitación sexual que produce la eyaculación femenina,
equiparándola a la masculina.
Otro personaje clave en esta particular historia es
el ginecólogo alemán Ernst Gräfenberg, que en 1952 escribió el artículo “El rol
de la uretra en el orgasmo femenino”, donde identificaba un área especialmente
generadora de placer, situada en la pared anterior de la vagina siguiendo el
curso de la uretra y que podía conducir al orgasmo vaginal. Este autor
describió además la expulsión de fluidos con orgasmo, en concreto hablaba de
“chorros” de un líquido claro y transparente que requieren una toalla en la cama
para no manchar las sábanas, y que son diferentes a la lubricación, pues no
tienen lugar en los preparatorios sino en el momento del orgasmo. El área
placentera a la que Gräfenberg se refería era la misma ya descrita por Skene y
siglos antes por De Graaf.
Por otro lado, ni Masters y Johnson ni Kinsey,
considerados pioneros de la medicina sexual moderna, recogieron las
descripciones de Gräfenberg. Lo cierto es que tuvieron un papel clave en
desplazar la vagina y la penetración vaginal del protagonismo del placer
femenino, “descubriendo” otro secreto cuando se escuchaba a las mujeres: que
para la gran mayoría de ellas el orgasmo estaba asociado a la estimulación del
clítoris; pero los primeros consideraron que la eyaculación femenina era un
mito (que en realidad se trataba de incontinencia urinaria por estrés).
Afirmación que sería desmentida en 1978 por Sevely y Bennett en el artículo
“Sobre la eyaculación femenina y la próstata femenina”, publicado en Journal
of Sex Research, donde recuperan a De Graaf:
La cultura y el lenguaje tienden a oscurecer el
conocimiento de que la hembra humana tiene una glándula prostática y es capaz
de eyacular. A pesar de existir este conocimiento científico, la investigación
contemporánea sobre la sexualidad femenina presupone que las mujeres no
eyaculan. Sin embargo, hallazgos recientes establecen que existen más
semejanzas que diferencias en las respuestas coitales entre varones y mujeres.
A las homologías ya conocidas en la anatomía urogenital adulta se le añaden la
próstata masculina y femenina. Estudios sobre la próstata femenina (glándula
uretral) informan variaciones marcadas entre mujeres en la cantidad y tamaño de
estas estructuras glandulares. La literatura clínica más reciente se ha
orientado a la anatomía y a la patología, mientras que el tratado del siglo
XVII De Graaf documentaba no solo la anatomía de la próstata femenina, sino
también la descarga de fluido prostático de la uretra de la mujer descrito como
causa de placer (1978: 1).
Sevely y Bennett (1978) señalan que una de las
causas de la desaparición científica de la próstata y la eyaculación femenina
fue la confusión semántica con la palabra “semen”. Al principio se empleaba
indistintamente para designar al masculino y femenino, pero, cuando se vio por
microscopio que solo el de los varones contenía espermatozoides, se dejó de
utilizar para el producto emitido en la eyaculación femenina. Una vez más, un
fluido sin funciones reproductivas, al igual que el órgano que lo produce, estaba
destinado al olvido científico.
Por otro lado, en la década de los ochenta, la
investigación sobre la eyaculación femenina se vio entrelazada con la del
“punto G” (en referencia a la zona erógena descrita por Gräfenberg). En
1982, El punto G y otros descubrimientos recientes sobre sexualidad
humana de Ladas, Perry y Whipple se convirtió en uno de los libros más
vendidos de ese año. El libro “descubría” el punto G y lo llevaba a la fama de
la sexualidad femenina; además, visibilizaba la eyaculación femenina, pero en
este caso vinculada no a la próstata sino a la vagina. Como ha señalado Diana
Torres (2015), reinstauraba así la vagina como el órgano orgásmico por
excelencia en las mujeres frente al clítoris, tras ser reclamado este por las
feministas como órgano del placer más allá de la reproducción. De nuevo,
reproducción y placer encajaban para darle un sentido evolutivo a la
genitalidad femenina. A través del lenguaje, con el punto G no solo se volvía a
colocar a la vagina como punto central del placer de las mujeres (perdiendo
poder simbólico-placentero el clítoris), sino que se reforzaba el binarismo al
ocultar la próstata, reducida eufemísticamente a un punto (un órgano que mide
de 2 a 5 centímetros), a la par que se sometía a la colonización nominal
masculina (una vez más) una parte del cuerpo de las mujeres —si bien esta vez
con su inicial— (Torres, 2015). De nuevo medias verdades tienen el poder de
ocultar contenidos subversivos que ponen en riesgo un régimen heterosexual y
centrado en el coito: ya no solo se trataba de que el clítoris había desbancado
a la vagina como punto de máximo placer, sino que una mujer podía eyacular
gracias a su próstata (Torres, 2015). El punto G servía para enmascarar
demasiada subversión del placer emanado del cuerpo de las mujeres y las tenía
entretenidas en la búsqueda de un placer heterosexual coitocéntrico “correcto”.
En los últimos treinta años, la investigadora Milan
Zaviacic ha publicado de forma prolífica sobre la próstata femenina, con el
objetivo de precisar información y visibilizar esta parte de la anatomía de las
mujeres en los tratados de medicina actuales. Gracias a sus artículos, donde
insiste en que los conductos parauretrales descritos por Skene son en realidad
la próstata femenina que nombró De Graaf, en 2004 el Comité Federativo de
Terminología Anatómica reconoció de nuevo la “próstata de las mujeres” como
sinónimo de glándula parauretral o de Skene —si bien ubicándola en el sistema
urinario de la mujer y no en el genital como en los varones— (Torres, 2015:
30).
Los últimos 15 años de investigación sobre la
estructura, función y patología de la próstata femenina y la riqueza de la
información producida por estos estudios ha proporcionado evidencia convincente
sobre este pequeño órgano como una próstata funcional de las mujeres que merece
ser eventualmente incluida con el término “próstata femenina” en la Nomina
Anatomica. […] La próstata femenina debería recibir una posición igual que
otros órganos genitourinarios femeninos y particularmente que la próstata masculina.
Esta aproximación debería ser aceptada no solo por urólogos, ginecólogos y
patólogos, sino por todos los miembros de la comunidad biomédica. Para nadie,
ni siquiera para las personas legas, debería ser nunca más un “órgano femenino
misterioso” (Zaviacic y Ablin, 2000: 139).
Ya en los noventa, una de las autoras de El
punto G, Beverly Whipple, en un artículo en colaboración con Zaviacic,
“Actualización sobre la próstata femenina y el fenómeno de la eyaculación
femenina”, reconoce que no se ha identificado de forma precisa la morfología
del punto G, ni que necesariamente está conectado funcionalmente con la
próstata y la eyaculación femenina. El artículo además reivindica el
nombramiento anatómico de la “próstata femenina” y su papel en la eyaculación
de las mujeres —como expulsión de fluidos durante la respuesta sexual y que es
diferente al fenómeno de la incontinencia urinaria— (Zaviacic y Whipple, 1993).
Desde los años ochenta, se han sucedido las investigaciones que analizan el
contenido químico de la eyaculación femenina y encuentran diferencias claras
respecto a la orina y semejanzas respecto a la eyaculación masculina —con el
antígeno específico prostático— (Addiego et al., 1981; Pastor,
2013). Por otro lado, la investigación sobre el punto G ha perdido fuelle por
su falta de precisión morfológica, identificado por varias autoras como “mito
científico” (Hines, 2001).
En definitiva, la teoría actual sostiene que la
glándula prostática femenina es la principal fuente de fluido eyaculador de las
mujeres y que este fluido es expulsado a través de la uretra mediante
contracciones pélvicas rítmicas. Es decir, la glándula parauretral es idéntica
a la masculina, ambas tienen capacidad de eyacular y el contenido del líquido
eyaculado es prácticamente el mismo (de color blanquecino, olor sutil y menos
denso que la lubricación). Por otro lado, el hecho de que en los últimos años se
haya investigado más, ha sacado a la luz la diversidad de experiencias
eyaculatorias en las mujeres que hasta ahora habían estado silenciadas. En
grandes cantidades, “algunas mujeres expulsan un fluido que es diferente de la
orina y algunas expulsan un fluido que también contiene orina” (Gilliland,
2009).
Como cualquier otra experiencia sexual rodeada de
tabúes e ignorancia, y teniendo en cuenta que aquellas mujeres que eyaculan se
han sentido “diferentes”, cualquier dato cuantitativo al respecto es necesario,
porque visibiliza, pero probablemente sea insuficiente porque esconda la
prevalencia “real” del squirting[60]. Frente a la idea de que solo un pequeño grupo de mujeres eyaculan,
Francisco Cabello (2005) sostiene que la mayoría eyaculan con diferencias en
cantidad, y el hecho de que no se perciba se debe o bien a que el líquido es
escaso, o bien a que es dirigido hacia dentro, hacia la vejiga, expulsándose
después junto con la orina. Lo que sí parece claro es el error de tomar la
eyaculación y el orgasmo como inseparables (como ocurre en la mayoría de
varones occidentales). En las mujeres, la eyaculación no tiene por qué ser el
clímax de su respuesta sexual: ocurre en diferentes momentos con diferencias
entre mujeres y en la misma mujer. Además, el tipo de estimulación que induce
la expulsión de fluido puede variar, si bien es más probable que la eyaculación
ocurra con estimulación clitoridiana.
Hasta que no se rompa el silencio y las mujeres se
atrevan a eyacular desprendiéndose de mandatos de género sobre la pureza, la
limpieza, el pudor y la discreción de la sexualidad femenina, esta estará
rodeada no solo de ignorancia, sino de limitaciones para el placer. Además, la
ignorancia y los sesgos de género en la atención médica, junto con la confusión
de la eyaculación femenina con la orina, han provocado mala praxis y efectos
graves de violencia científica: mujeres sanas que eyaculaban han sido tratadas
como si tuvieran problemas de incontinencia urinaria o coital, extirpándoles la
próstata como remedio (Zaviacic y Whipple, 1993; Pastor, 2013). Por otro lado,
esta epistemología de la ignorancia ha ido en detrimento de la propia
experiencia y experimentación de las mujeres. Visibilizar la eyaculación
femenina en su diversidad y educar al público con información rigurosa implica
que muchas mujeres puedan experimentar y tener relaciones más placenteras
(Gilliland, 2009). También poder pensar en el potencial de otros órganos no
reproductivos que son fuente de placer, cuya estructura y funcionamiento sexual
apenas se han investigado (como el ano y los orgasmos anales por ejemplo, tanto
en hombres como en mujeres).
“Estoy seguro de que, con el tiempo, un profesor
universitario de medicina bromeará con el hecho de que no fue hasta 1980 que la
comunidad médica al fin aceptó que las mujeres realmente eyaculan” (Weisberg,
1981: 91). Podríamos añadir a las palabras de Weisberg que también bromeará con
que no fue hasta el siglo XXI que comenzó a aceptarse que las mujeres eyaculan
y no gracias a su vagina sino a su próstata. El dualismo sexual y su énfasis en
las diferencias genitales entre varones y mujeres ha invisibilizado un “órgano
sin género” como es la próstata. Han sido las epistemologías desde los cuerpos,
en espacios donde se animaba a las propias mujeres a ser expertas conocedoras
encarnadas, desde la autoexploración, el autoplacer y el conocimiento
colectivo, y más allá de la literatura cientificoacadémica, las que en este
caso han aportado lucidez, resistencia a la ignorancia y cambios en el propio
conocimiento (Tuana, 2006; Torres, 2015).
§. Hormonas femeninas y sus riesgos amordazados: la
píldora y la terapia hormonal sustitutiva
Hasta 1993, la mayor parte de los programas de investigación en relación con enfermedades
cardiovasculares, cancerosas o laborales se había realizado teniendo en cuenta
solo a varones, sin incluir a las mujeres como sujetos investigados (Valls,
2009: 278). Así, mientras no se ha investigado la morbilidad diferencial o
enfermedades específicas de las mujeres y sus factores de riesgo, mantenidas en
silencio por insensibilidad de género o por no ser rentables, la industria
farmacéutica ha presionado para que determinados efectos secundarios de sus
tratamientos se mantengan en secreto científico, al tiempo que ha inventado
enfermedades para dar salida comercial a otros medicamentos. En nombre de la
prevención, de la calidad de vida o de la belleza se han medicalizado los
cuerpos de las mujeres como objetos siempre mejorables a través del consumo de
fármacos (en los países donde se pueden pagar), al tiempo que se omitían
interesadamente posibles efectos adversos.
Al igual que ha ocurrido con otros procesos
fisiológicos de las mujeres (en especial, los relacionados con su sexualidad),
la ciencia médica ha ignorado y ha sido poco objetiva con la menstruación, la
cual ha estado rodeada durante siglos de todo tipo de mitos e imaginarios
populares sobre la incapacidad e impureza de las mujeres (utilizados por otro
lado para restringir sus conductas)[61]. El estudio riguroso del ciclo menstrual, de sus bases neuroendocrinas
y de sus efectos periféricos en todo el cuerpo no se inició con fuerza hasta la
década de 1980 (Valls, 2009). Ello contrasta con la proliferación de estudios
sobre el síndrome premenstrual (desde que se acuñara por primera vez en 1931) y
sus efectos sobre diferentes tipos de conductas (físicas, laborales y hasta
criminales), así como su psicopatologización en sucesivas versiones del Diagnostic
and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM)[62]. Por otro lado, el interés médico por investigar el ciclo y sus
trastornos no ha provenido tanto de la necesidad de una mayor comprensión del
cuerpo de las mujeres como de sus costes laborales y el objetivo de conseguir
medicamentos anticonceptivos.
Así, mientras son necesarios estudios científicos
determinantes sobre las causas de los trastornos de la menstruación
(especialmente sobre la dismenorrea), las prioridades de investigación se han
centrado más en encontrar medicación anticonceptiva que en ayudar a la
regulación del ciclo y sus dolores[63]. Prueba de ello es que antes de desarrollar investigaciones que
permitan una comprensión integral del mismo, se han creado medicamentos para
abolirlo. Como ha denunciado Carme Valls, esta ignorancia científica ha
conducido a pensar que la mejor forma de tratar las molestias menstruales es
abolir la regla mediante la administración hormonal prolongada durante años y
ello sin haberse estudiado antes las consecuencias a largo plazo (2009: 153).
Como decíamos, gran parte del conocimiento generado
sobre el ciclo menstrual en las últimas décadas ha provenido del ímpetu por la
investigación médica sobre anticonceptivos orales femeninos; una investigación,
por otro lado, cargada de episodios de irresponsabilidad hacia los cuerpos de
las mujeres y sesgos de género en ciencia (Ignaciuk y Ortiz, 2016). Por un
lado, el hecho de que se hayan desarrollado muchos más anticonceptivos para
mujeres que para varones da cuenta de ese tipo de epistemología de la ignorancia
que consiste en “saber que no se sabe, sin que importe”, donde el desinterés
por investigar determinados temas (en este caso, la contracepción masculina)
está unido a situaciones de opresión y privilegio (Tuana, 2006). Con ello, no
solo se ha depositado socialmente la responsabilidad del embarazo en las
mujeres, a la par que se ha extendido y promovido la creencia de que las
mujeres “inteligentes y modernas” toman hormonas, sino que se han activado
dobles estándares respecto a posibles efectos secundarios de los
anticonceptivos que desmotivarían su uso (parece que la pérdida de libido o la
depresión sí serían toleradas en ellas pero no en ellos)[64] y, lo que es más importante, los riesgos para la salud asociados a
su consumo han afectado desproporcionadamente más a ellas. Ello ha derivado en
la promoción de un segundo tipo de ignorancia, “cuando no quieren que sepamos”,
en interés de los beneficios de las empresas farmacéuticas que han ocultado
conocimientos sobre las implicaciones de los anticonceptivos femeninos en los
cuerpos de las mujeres.
Una de las negligencias más conocidas y dramáticas
respecto a la comercialización de anticonceptivos femeninos fue el caso del
Dalkon Shield, un diu (dispositivo intrauterino) que, tras una amplia campaña
de marketing en la década de los setenta, vendió unos 2,5 millones de unidades
en Estados Unidos en cuatro años. Unas 200.000 mujeres declararon haber sufrido
daños por ese diu, que fue retirado del mercado tras cientos de abortos
espontáneos sépticos y la muerte de 17 mujeres por una enfermedad inflamatoria
pélvica (Tatum et al., 1975; Colata, 1987). El diu se presentaba,
por otro lado, como alternativa más segura que la píldora anticonceptiva
femenina.
En la década de los sesenta, la FDA había aprobado
el primer anticonceptivo oral del mundo, desarrollado por Gregory Pincus y sus
colaboradores, publicitado como una auténtica revolución sexual para las
mujeres al permitirles planificar sus embarazos[65]. No solo eso: tras su comercialización, la píldora comenzó a
administrarse masivamente para tratar trastornos del ciclo menstrual, tanto de
irregularidad del periodo como de intensidad del dolor, sin explicar posibles
efectos secundarios (a medio y largo plazo) y descuidándose la investigación
sobre las causas de dichas alteraciones. Además, se ha quitado importancia a
los efectos secundarios a corto plazo en las mujeres[66]: parece un tanto contradictorio que la mayor libertad sexual de las
mujeres tenga que ser a costa de la disminución de su libido y deseo sexual
(algo que, como decíamos, ha servido de excusa para no investigar sobre la
píldora anticonceptiva masculina). Tampoco se han tenido en cuenta otros
efectos adversos: los anticonceptivos impiden la absorción por el intestino de
las vitaminas procedentes de alimentos, por lo que algunas mujeres que los
toman diariamente tienen avitaminosis; sin olvidar que a veces alteran la
función tiroidea y favorecen las enfermedades autoinmunes (Valls, 2009).
Desde sus comienzos, la falta de ensayos clínicos
aleatorios para evaluar posibles efectos secundarios de los diferentes
anticonceptivos orales ha provocado la detección de sus riesgos
invisibles ex post, a costa de la salud de sus usuarias. Así, las
pruebas iniciales de la primera píldora, cuyos riesgos eran desconocidos, se
realizaron con mujeres pobres de Puerto Rico[67]. Tanto ellas como las primeras mujeres que tomaron anticonceptivos
hormonales de primera generación (en las décadas de 1960 y 1970), introducidos
sin apenas investigación previa como panacea de la planificación familiar,
sufrieron grandes cambios en su metabolismo dadas las altas dosis administradas
de estrógenos y progestágenos. De los efectos sobre su administración se dedujo
la necesidad de disminuir progresivamente las dosis; no obstante, seguía
existiendo poca información sobre sus efectos o bien se ocultaba. En la década
de los sesenta ya se había señalado la asociación entre los anticonceptivos
hormonales y la trombosis coronaria, algo que fue expuesto y denunciado por
Barbara Seaman (fundadora de la National Women’s Health Network [NWHN]) en su
libro The doctor’s case against the pill. La autora recopiló
pruebas de los efectos nocivos de la píldora a partir de las experiencias de
las propias mujeres y presionó a la FDA para que las farmacéuticas informaran
de los riesgos que ya conocían pero que habían mantenido en secreto a sus
usuarias para proteger sus intereses comerciales.
El panorama no ha cambiado mucho con los
anticonceptivos de segunda y tercera generación (Valls, 2009); estos últimos no
son más seguros que los de segunda, al contrario de lo que se piensa. Mientras
en 10.000 mujeres sanas se producen unos dos casos de trombosis venosa al año,
de manera espontánea, los casos aumentan a cinco si se toma la píldora de
segunda generación y a nueve si se toma la píldora de tercera o cuarta
generación (Gervás y Pérez-Fernández, 2016: 163). Un estudio de metaanálisis
desde 1980 hasta 2002 sobre los efectos vasculares de los anticonceptivos
hormonales de primera, segunda y tercera generación (con baja dosis de
etinilestradiol y alta de progestágenos de síntesis) concluyó que aumentan de
forma significativa el riesgo de infarto de miocardio —mayor en los de segunda
generación— y de problemas cerebrovasculares isquémicos —mayor en los de
tercera— (Baillargeon et al., 2005)[68]. Otro estudio de metaanálisis realizado por la Clínica Mayo también
encontró que los anticonceptivos hormonales de segunda y tercera generación
aumentan el riesgo de cáncer de mama en la premenopausia, sobre todo si la
administración es de cuatro o más años antes del primer embarazo, y en mujeres
con historia familiar o fumadoras (Kahlenborn et al., 2006)[69]. En 2005, la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer
(IARC) de la OMS clasificó la anticoncepción hormonal y la terapia hormonal
sustitutiva en la menopausia (por progestágenos sintéticos asociados) como
carcinógenos potenciales en seres humanos (en interacción con otros factores de
riesgo nutricionales, del medioambiente, etc.). Una relación que ha sido negada
por parte de la industria y por parte de algunas sociedades médicas de
especialistas, quizá porque se sigue primando el interés de la prevención del
embarazo sobre los efectos secundarios (Valls, 2009) o porque saben que las
usuarias darán mayor prioridad a dicho interés inmediato que a efectos
invisibles y a largo plazo.
De nuevo, con la creación de la píldora del día
después o la del uso continuado para suprimir la regla, ambas publicitadas como
auténticas revoluciones sociales para las mujeres, llama la atención el
contraste entre inversión farmacológica e inversión en educación sexual, así
como la escasa información y estudios sobre posibles efectos a largo plazo de
la sobrecarga hormonal en los cuerpos de las mujeres. En el año 2003 la FDA
aprobó un método de control de la natalidad, el Seasonale, un combinado de etinilestradiol
y levonorgestrel; y, posteriormente, en 2006, el Seasonique, que reducía los
periodos a cuatro por año, uno por estación (de ahí el nombre[70]). En 2007, la FDA aprobó la píldora de uso continuado para suprimir la
regla y prevenir el embarazo (la píldora Lybrel fabricada por Wyeth). En España
fue aprobada por la Agencia Española del Medicamento en julio de 2009. La
seguridad y eficacia de la nueva píldora se basaba solo en dos estudios, de
apenas un año de duración cada uno y con una muestra de 2.457 mujeres, con lo
que comenzaba a comercializarse sin estudios sobre los efectos secundarios a
medio y largo plazo (y reconociendo sangrados imprevistos como efectos a corto
plazo). La FDA además advierte que dicha píldora tiene los mismos riesgos que
otros anticonceptivos orales: aumenta el riesgo de trombosis, de accidentes
vasculares cerebrales y ataques cardiacos. Como decía en una entrevista en El
País Christine Hitchcock, una endocrinóloga de la Universidad de
British Columbia, esta píldora “puede tener consecuencias importantes para la
salud que desconocemos”. Y añadía: “No creo que sepamos muy bien todo lo que
hace el ciclo menstrual como para decir con confianza que puedes abolirlo sin
consecuencias”[71]. Como ha denunciado Carme Valls (2009), no se han estudiado las
consecuencias neuroendocrinológicas y metabólicas de romper el curso del ciclo
menstrual, teniendo en cuenta que no solo cicla el útero, sino todo el cuerpo
de forma integral. Por otro lado, se minimizan los efectos secundarios a corto
plazo en las vidas de las mujeres: no poder prever sangrados inesperados no
parece dar mucha libertad. De nuevo, falta investigación o bien se oculta por
intereses comerciales y la ignorancia tiene efectos en los cuerpos de las
mujeres. Este tipo de píldoras, además, puede difundir ideas erróneas sobre la
menstruación. Como señala Ingrid Johnston-Robledo, profesora de la Universidad
Estatal de Nueva York: “Creo que da una idea equivocada sobre la menstruación en
la vida de las mujeres, especialmente para las jóvenes… Perpetúa un montón de
actitudes negativas y tabúes sobre la menstruación, como que es algo molesto,
sucio, debilitador y vergonzoso”[72].
De la misma forma que la menstruación ha sido
invisible para la medicina y ha estado rodeada de mitos, la investigación de lo
que le ocurre al cuerpo de las mujeres años antes y después de su desaparición
permanece desconocido para la mayor parte de profesionales. En concreto, la
menopausia, que es simplemente el cese natural de las funciones reproductivas,
se entiende de tres maneras distintas: como una patología, como un estado
fisiológico natural que es causa de patologías o como un síndrome patológico (Pérez
Sedeño, 2003). Estas maneras de concebir la menstruación son, cuando menos,
confusas. Por un lado, si se piensa que es una patología, eso
significa que cuando una mujer llega aproximadamente a la quinta década de su
vida, cuando desaparece la menstruación, estará enferma permanentemente. Si se
considera que la menopausia produce patologías, se está
metiendo en el mismo saco a mujeres que dejan de ovular y tienen buena salud y
a aquellas que en esa etapa están enfermas. Dicho de otro modo, no podemos decir
que el cese de la ovulación produce determinadas enfermedades. Finalmente, si
se la considera un síndrome (un conjunto de signos y síntomas
que caracterizan a un proceso morboso), la confusión es aún mayor. La
menopausia ¿es un conjunto de síntomas que caracterizan una enfermedad o
varias? ¿Produce los síntomas o estos son de causa desconocida? ¿O es un
conjunto de fenómenos característicos de cierta situación y que no
necesariamente tienen que ser medicalizados? (Pérez Sedeño, 2003).
Por otro lado, los manuales médicos discrepan con
respecto al porcentaje de mujeres que sufren síntomas que necesitan tratamiento
médico (entre el 40%[73] y el 80%[74]) y el número de tales síntomas que se padecen. Pérez Sedeño (2003)
señala que algunos autores indican “los provocados por la inestabilidad
vasomotora, como por ejemplo sofocos, atrofia del epitelio urogenital y de la
piel, disminución del tamaño de las mamas y osteoporosis”. Otros citan “crisis
vasomotoras, insomnio, parestesias, palpitaciones, manos y pies fríos, cefalea,
vértigo”. Según otros:
Se registran alteraciones neurovegetativas, como
son las típicas llamaradas u oleadas de calor seguidas de diaforesis profusas
sobre todo por la noche, cefalalgia, inestabilidad subjetiva, poliuria
espástica, micciones imperiosas y a veces aumento de la tensión arterial.
Atrofia del epitelio vaginal, atrofia de la piel, osteoporosis y disminución de
las mamas. Los síntomas que otros autores añaden son interminables. Entre
ellos: la discartosis cervial o periartritis escapulohumeral, que hasta el
momento de la menopausia estaba latente y al cesar la menstruación se
descompensa, motivando frecuentes parestesias braquiales dolorosas nocturnas.
Las rodillas crujen, el peso aumenta, la silueta se deforma, espesándose el
panículo adiposo de las caderas a la vez que las mamas se descuelgan y pierden
altura. Junto con ello aumenta la pilosidad, disminuye el volumen
útero-ovárico, la vagina se cornifica y puede conducir a la kraurosis vulvar.
La libido y el orgasmo pueden aún conservarse durante años” (Pérez Sedeño, 2003:
160-161).
Como se puede ver, además de no haber unanimidad en
los síntomas, hay una confusión entre fisiología y patología, pues se mezclan
cambios normales (como el aumento de vello y de peso) con otros patológicos.
Junto a ello, apenas existen estudios sobre
epidemiología de la menopausia que traten de comprender en profundidad los
cambios que ocurren en las mujeres, más bien se actúa para paliar ciertos
síntomas (Valls, 2008). Durante mucho tiempo, las consecuencias del cese de
producción de hormonas por el ovario, fundamentalmente sofocos, sudores
nocturnos y sequedad de piel y vagina, se vivían por parte de las mujeres en
silencio y resignación y eran infravaloradas por parte de la comunidad médica
(que se limitaba a recomendar abanicos y lubricantes). No obstante, esto cambió
a partir de los noventa, cuando laboratorios y publicistas se pusieron de
acuerdo para convencer a las mujeres de que todos los males del envejecimiento
en ellas (dolores, osteoporosis, hipertensión, problemas cardiacos, etc.) eran
causados por la menopausia, y que la terapia hormonal sustitutiva (THS), la
aplicación de una hormona a través de un parche, era su remedio más eficaz
(Valls, 2008). A partir de este momento, muchas mujeres comenzaron a temer la
menopausia, algo que forma parte de su ciclo de vida, como si fuera una
patología en sí misma o al menos como momento de riesgo para su salud. A ello
contribuyó el marketing farmacéutico y cosmético que se encargó de asociar en
el imaginario colectivo menopausia con vejez, fealdad, pérdida de feminidad y
decrepitud (Freixas, 2007). Por otro lado, salvo excepciones, escasas
investigaciones psicosociales han tratado las experiencias y narrativas en
primera persona de la menopausia (positivas y negativas, en todo caso,
complejas y diversas) como transición natural y esperable en las mujeres de
mediana edad (Freixas, 2007). Como en otros casos, nos encontramos con el
contraste entre la escasa base científica y la ingente inversión en marketing y
publicidad.
La THS comenzó a venderse y promocionarse a pesar
de que ya hacía décadas que se discutía en revistas médicas de prestigio
internacional (como, Journal of American Medicine Association [JAMA]
o New England Journal of Medicine) la relación entre estrógenos y
cáncer de mama (Auchincloss y Haagensen, 1940) y entre estrógenos y cáncer
endometrial (Smith et al., 1975; Ziel y Finkle, 1975). No obstante,
la industria farmacéutica comenzó a experimentar nuevas combinaciones y dosis
menos peligrosas, tratando de contrarrestar los riesgos del estrógeno con la
progesterona. Pero los siguientes estudios en la década de los ochenta
siguieron alertando de que la combinación de estrógenos y progestágenos
incrementaba el riesgo de infarto de miocardio, embolia y cáncer de mama. Aun
así, millones de mujeres recibieron la THS (y siguen recibiéndola) y no fue
hasta 2002 (curiosamente cuando comienzan a caducar las patentes sobre los
dispositivos de aplicación transdérmica —los parches—) que comenzaron a
visibilizarse sus riesgos y se hizo pública la controversia sobre su uso desde
diferentes perspectivas —desde la epidemiología, la historia o la biología, las
agencias reguladoras, farmacéuticas, movimientos activistas por la salud de las
mujeres, etc.— (Breslau et al., 2003; Krieger et al.,
2005).
Hasta 1990 todas las investigaciones sobre los
tratamientos de la menopausia habían sido subvencionadas por la industria
farmacéutica con estudios de corta duración (tres o seis meses) y con mujeres
no representativas de toda la población. Además de este problema, hay varias
cuestiones que afectan a los ensayos clínicos en general.
Los ensayos clínicos siguen varias etapas. En la
primera, conocida como fase de laboratorio, la sustancia se estudia en
animales. A continuación se pasa a la etapa de experimentación clínica en
humanos, en la que se distinguen cuatro fases. En la Fase I, la sustancia se
prueba en un número reducido de personas voluntarias sanas (entre 20 y 80
personas) para evaluar su tolerancia y seguridad y detectar también sus
posibles efectos secundarios; la Fase II se realiza ya sobre pacientes enfermos
para cuya cura se pretende utilizar el fármaco en cuestión (entre 100 y 200
pacientes). “En la Fase III la sustancia se prueba en pacientes representativos
de la población objetivo, en grandes números de mil a tres mil sujetos, y se
compara con medicamentos ya comercializados para confirmar su eficacia y
evaluar el valor terapéutico relativo; es decir, que los ensayos clínicos de
esta etapa pretenden evaluar a gran escala la relación costes-beneficios del
nuevo medicamento. Después de superada esta fase es cuando se solicitan los
permisos a las autoridades sanitarias para introducir el nuevo medicamento al
mercado. En la Fase IV se realizan estudios sobre el medicamento ya
comercializado para establecer sus ventajas con respecto a otros medicamentos y
su uso más adecuado, es decir, para proporcionar información adicional útil
para la utilización del medicamento” (Bielli, 2009: 202). A lo largo de estas
fases se establecen ciertos mecanismos metodológicos de control que pretenden
asegurar la obtención de información objetiva y fiable del fármaco estudiado,
como son la aleatorización y la técnica de doble ciego. Por ejemplo, se
establecen dos grupos de experimentación, uno que es realmente experimental,
en el que se probará el fármaco, y otro denominado de control, al
que se le aplicará un placebo[75] o un medicamento ya aprobado. La aleatoriedad significa que
quienes participan en el ensayo son asignados de forma aleatoria al grupo
experimental y al grupo de control. El mecanismo o técnica de doble ciego
significa que ni las personas participantes en el ensayo, ni los investigadores
saben a qué grupo se le está administrando el fármaco a evaluar y a cuál el
placebo o el fármaco ya aprobado.
Una forma de evaluar la calidad metodológica de los
ensayos clínicos es valorar el riesgo que tienen de estar sesgados. El Cochrane
Handbook for Systematic Reviews of Interventions (2011)[76] señala diferentes sesgos que se pueden dar en estos ensayos: en la
selección (por ejemplo, que haya diferencias sistemáticas entre las
características iniciales de los grupos que se comparan); en la realización
(por ejemplo, que haya diferencias sistemáticas en la atención que se da a los
grupos o que estén expuestos a factores ajenos a los previstos en el ensayo);
de detección (que los resultados se determinen de manera diferente para cada
uno de los grupos); de desgaste (que haya diferencias claras en el número y
motivo de personas que abandonan cada uno de los grupos, por lo que los datos
de los resultados estarían incompletos); o de notificación, es decir, cuando
hay una “selección” de los resultados presentados (qué datos se presentan y
cuáles no). Como se ha visto, muchos de los ensayos realizados con la píldora o
con la THS adolecían de alguno de estos sesgos.
Fishman (2004) ha analizado cómo el principal
método para generar conocimiento sobre los medicamentos, los ensayos clínicos,
ha contribuido a la “mercantilización de las enfermedades”. Precisamente en
dichos ensayos clínicos se aprecia la “interconexión existente entre la
creación de mercados, que corre a cargo de los laboratorios, y la delimitación,
descripción y reconocimiento de las enfermedades y sus tratamientos, que corre
a cargo de las investigaciones médicas” (Bielli, 2009: 38). Así, mediante técnicas
de marketing farmacéutico, la THS se introdujo como la panacea no solo para
tratar los sofocos y la sequedad vaginal, sino también para la prevención del
envejecimiento, la osteoporosis, para prevenir infartos de miocardio,
demencias, etc.
No obstante, en la década de los noventa, el NIH de
Estados Unidos promovió la Women’s Health Initiative (gracias a la
investigadora y cardióloga Bernardine Healy), que subvencionó el primer estudio
público de seguimiento a gran escala (más de 100.000 participantes) sobre las
tres principales causas de morbilidad y mortalidad de las mujeres
posmenopáusicas: el cáncer, las enfermedades cardiovasculares y las fracturas
por osteoporosis (Women’s Health Initiative Study Group, 1998). El estudio
estaba diseñado para comparar diferentes tratamientos posmenopáusicos
administrados a tres subgrupos. Tales tratamientos eran: uno dietético, otro a
base de calcio y vitamina D y el tercero con THS (estrógenos y progestágenos de
síntesis). El estudio se inició en 1992-1993 y tenía previsto terminarse en
2005, no obstante se tuvo que suspender por el incremento en uno de los grupos
(el que recibía THS) de enfermedades cardiovasculares y cáncer de mama[77]. En el 2002, este grupo de estudio publica en la revista JAMA “Riesgos
y beneficios del estrógeno más progestina en mujeres posmenopáusicas sanas”,
donde a partir de una muestra de más de 16.000 mujeres mostraba sus resultados
sobre los efectos negativos de la terapia hormonal sustitutiva (en dosis altas
y continuadas) al incrementar los riesgos de ataque cardiaco, infarto cerebral
y cáncer de mama en sus usuarias[78] (y que superaban posibles beneficios, como la reducción de
fracturas de cadera o el riesgo de padecer cáncer colorectal). Años más tarde,
a través de otro estudio promovido por la Women’s Health Initiative, se
demostraba también la relación que existía entre la THS y el riesgo de padecer
accidente vascular cerebral (Shapiro, 2007). Estas investigaciones confirmaban
los resultados de otros dos estudios de seguimiento (de más de dos años) con
mujeres posmenopáusicas financiados con dinero público y que fueron claves para
desmontar mitos sobre la THS y la prevención de enfermedades del corazón (ambos
publicados también en la revista JAMA): HERS I y HERS II —Heart and
Estrogen/progestin Replacement Study— (Hulley et al., 1998, 2002).
El primero de ellos consistía en ensayos clínicos controlados con mujeres que
habían padecido problemas cardiovasculares, a quienes se les administraba o
bien placebo o bien THS con estrógenos y progestágenos. El estudio, que estaba
pensado para más años, tuvo que ser interrumpido porque la supuesta función
preventiva de problemas cardiovasculares de la THS se convirtió en un
incremento de fenómenos trombóticos e infartos de miocardio entre las que
tomaban THS respecto al grupo placebo. De esta forma, se demostraba que la
administración de la THS en mujeres que padecían enfermedades coronarias, lejos
de protegerlas, incrementaba la incidencia y la mortalidad de episodios de
infarto. Además, un estudio danés, más reciente, asegura que el tipo y forma de
administración de la THS determinan el aumento del riesgo de problemas
cardiacos en comparación con las mujeres que no se han sometido al tratamiento[79].
En 2003, The Lancet publicaba un
estudio con cohorte de más de un millón de mujeres de 50 a 64 años (con
seguimiento de 1996 a 2001) cuyos resultados mostraban un incremento de riesgo
relativo de cáncer de mama en mujeres que estaban tomando THS, mayor entre las
tratadas con la combinación estrógenos-progestágenos, y con riesgo mayor de
cáncer de endometrio en las que tomaban tibolona (Million Women Study
Collaborators, 2003). Desde entonces, varios estudios epidemiológicos han
señalado la THS como factor de riesgo del cáncer de mama, que se incrementa con
la duración de su uso y se reduce después del cese del mismo[80].
A partir de 2002, la publicación de todos estos
resultados (especialmente los de la WHI) que concluían que los beneficios de la
THS no compensaban sus potenciales riesgos produjo una fuerte caída de ventas
en los países anglosajones (en concreto, en Estados Unidos en un año se
prescribieron 30 millones de recetas menos). Mientras, en España, el
periódico El País difundió en 2002 el estudio de la WHI con el
titular “Jarro de agua fría a la eterna juventud. Interrumpido el mayor estudio
de terapia hormonal sustitutiva por riesgo de cáncer e infarto”[81]. Aun así, tanto la Asociación Española para el Estudio de la Menopausia
(AEEM) como la Agencia Española del Medicamento (AEM) aclaraban al periódico
“las diferencias entre Estados Unidos y Europa”: “Lo habitual es que en España
la terapia se suministre en forma de parches, en vez de por vía oral, y las
sustancias utilizadas, aunque son de la misma familia, son diferentes”, y
recomendaban la no interrupción de su uso por el beneficio probado a corto
plazo a pesar de los riesgos. La AEM esperó hasta 2004 para restringir sus
indicaciones sobre la THS, reactualizadas en 2008.
La epistemología de la ignorancia no solo fue
promovida por las compañías farmacéuticas: también por agencias de comunicación
a su servicio y revistas científicas cómplices. Ejemplo de ello fue el
escándalo de los “escritores fantasma” sobre THS denunciado por PLOS Medicine y
publicado en The New York Times en 2009 con el titular
“Medical papers by ghostwriters pushed therapy”. Se descubrió que hasta un
total de 26 artículos científicos firmados por médicos de renombre y publicados
en 18 revistas médicas importantes (como The American Journal of
Obstetrics and Gynecology o la Revista Internacional de
Cardiología) entre 1998 y 2005, y que respaldaban el uso de la THS en
mujeres gracias a sus beneficios frente a enfermedades del corazón o la
demencia (y que por supuesto omitían sus posibles riesgos), estuvieron escritos
en realidad por “escritores fantasma” de agencias de comunicación médica
contratadas por la compañía farmacéutica Wyeth (fabricante de los medicamentos
hormonales Premarin y Prempro). Esto resulta especialmente grave, ya que muchos
médicos se basan en la literatura científica, pudiendo cambiar sus hábitos de
prescripción después de leer algunos de estos artículos y sin saber que fueron
encargados por una compañía farmacéutica.
¿Por qué motivo durante cuatro décadas se ha estado
administrando a las mujeres un fármaco que se sabía carcinógeno desde tres
décadas antes? (Ruiz Cantero, 2013). La combinación de intereses de empresas
farmacéuticas y de comunicación médica, sesgos de las agencias reguladoras,
junto con el interés de determinadas especialidades médicas por prescribir
fármacos hormonales a mujeres se han conjugado en la medicalización de la
menopausia en el que probablemente sea “el caso de iatrogenia más importante en
la historia de la medicina” (Rueda, 2004). Pero no solo eso. La idea de que la
mujer es ante todo un ser reproductor conduce a suponer que “el cese de la
función reproductiva, considerada la esencia de la feminidad, tiene que
producir alteraciones patológicas en cualquier parte de la biología femenina”
(Pérez Sedeño, 2003: 133). Este supuesto de trasfondo se integra con los demás
supuestos diríamos que “más científicos”, de modo que los investigadores no
puedan formular otras hipótesis alternativas ni examinar de forma crítica
resultados tan poco concluyentes.
§. Prevenciones, ocultamientos e intereses: vacuna
del virus del papiloma humano
En el apartado anterior hemos visto varios ejemplos de epistemologías de la
ignorancia y sesgos de género en problemas de salud específicos de las mujeres,
la medicalización de procesos naturales como la menstruación o la menopausia y
la gran manipulación a la que son sometidas a través de campañas de marketing
farmacéutico: a veces porque se promocionan tratamientos sin evidencia
científica clara (como la utilización de isoflavonas de soja en la menopausia);
otras, por la falta de estudios controlados y ensayos clínicos bien diseñados
para estudiar los efectos a medio y largo plazo de los tratamientos hormonales
(su influencia sobre la calidad de vida, sobre el sistema autoinmune, etc.);
por el ocultamiento de investigaciones que demuestran efectos secundarios
nocivos (como hemos visto con la píldora o la THS); o, por último, por el
escaso interés en investigaciones que estudien otros riesgos invisibles
derivados de las condiciones ambientales o de compuestos tóxicos. Respecto a
esto último, la prevención de riesgos laborales desde una perspectiva de género
que atienda a la morbilidad diferencial de las mujeres sigue siendo un campo
desatendido por las instituciones públicas (Valls, 2009). Es necesaria una
mayor investigación en salud pública sobre condiciones ambientales invisibles y
dañinas para los cuerpos de las mujeres (compuestos tóxicos persistentes,
radiaciones, pesticidas, productos químicos, etc.) que alteran la función hormonal,
el ciclo menstrual, la inmunidad o el sistema nervioso, o que sean
potencialmente cancerígenos (las recientes investigaciones sobre posibles
efectos cancerígenos de productos cosméticos con parabenos sonun ejemplo)[82].
Se trata de ejemplos de sesgos de género en la
investigación y atención sanitaria, en concreto, en relación con enfermedades
específicas de las mujeres. En este sentido, en nombre de la prevención, los
cuerpos de las mujeres están siendo excesivamente medicalizados sin
investigaciones suficientes sobre el balance riesgos/beneficios de los
tratamientos y, por tanto, sin las condiciones necesarias para un
consentimiento o decisión realmente informados. El área de la prevención
ginecológica es significativa a este respecto. Por ejemplo, se realizan un gran
número de cirugías como histerectomías (extracción de útero) u ooforectomías
(extirpación de ovarios)[83] sin estudios basados en evidencias sobre la relación
riesgos/beneficios de extraer órganos sanos. En la actualidad, la mayoría de
las histerectomías en nuestro país (el 60%) se realizan por enfermedades
benignas, siendo más frecuentes en centros privados (Ruiz Cantero y Verdú,
2004). Como ha señalado Ruiz Cantero (2013), si bien antes se extirpaban
órganos reproductivos para tratar enfermedades de los nervios (con argumentos
“científicos” sobre la relación inversa útero/cerebro), hoy en día se realizan
para tratar problemas ginecológicos generalmente benignos, sin atender a las
secuelas psicológicas que a veces se producen en las mujeres. Otros dos
ejemplos de medicalización de la prevención ginecológica promovida por
políticas públicas sanitarias que están generando controversia son[84]: la recomendación del cribaje con mamografía cada año a partir de los
40 como medida sistemática de prevención[85] del cáncer de mama, sin informar en cada caso de potenciales
riesgos individualizados, como el aumento del riesgo de cáncer radioinducido,
debido a la radiación de las mamografías en el caso de cribado iniciado a
edades tempranas (Martín Martín, 2014), y la vacunación obligatoria a niñas y
adolescentes contra el virus del papiloma humano (VPH) (Valls, 2009).
La controversia que ha generado la obligatoriedad
de la vacuna del VPH es otro estudio de caso a partir del cual identificar
epistemologías de la ignorancia, de nuevo, más que por mentiras científicas,
por sesgos o medias verdades que seleccionan qué información dar y cuál no y a
qué ámbitos y a cuáles no dar prioridad científica (y desde qué intereses y
valores). Desde que en 2006 la FDA aprobara la comercialización de Gardasil
(vacuna contra el VPH[86] de los laboratorios Merck) y en 2007 el Ministerio de Sanidad
español lo incluyera en el calendario vacunal de las niñas de 11 a 14 años,
mucha ignorancia se ha promovido respecto a su necesidad, la información
necesaria para un consentimiento informado basado en riesgos/eficacia (en este
caso, se viola el derecho al consentimiento informado al ser obligatoria), las
investigaciones sobre posibles efectos secundarios nocivos y la visibilización
y reconocimiento de reacciones adversas en niñas ya vacunadas.
Pero veamos brevemente cuáles son las
características de “ese” virus. Una de las cosas de las que no se suele
informar es que no hay un solo virus del papiloma humano, sino unos 200 tipos,
de los cuales aproximadamente 40 pueden infectar la mucosa genital. Cuatro de
ellos tienen una gran capacidad para producir cáncer, los tipos 16, 18, 31 y
45. Y lo que tampoco se suele decir es que las vacunas solo “protegen” contra
dos de estos virus, el 16 y el 18, y también protegen contra otros dos menos
fuertes, el 6 y el 11. En las dos primeras cepas es capaz de producir una
inmunidad muy alta, aunque ya veremos que temporal, pues no asegura que no vaya
a haber ningún tipo de cáncer de cérvix. Además, hay otra cuestión que no se
suele mencionar: este tipo de cáncer no produce anticuerpos en sangre, como
sucede en las enfermedades contagiosas, porque el virus del papiloma humano es
de piel. Para que el cuerpo produzca anticuerpos, la vacuna incorpora sales de
aluminio, pero este elemento produce efectos secundarios dependiendo de a quién
se le aplique y de su sistema inmunológico. Así pues, sería necesario hacer un
análisis previo de cada una de las niñas a vacunar. Como es bien sabido, no
todas las personas poseen las mismas condiciones, por lo que se han producido diversos
efectos adversos, como convulsiones, epilepsia e incluso entrar en coma después
de la aplicación de la vacuna. Por otro lado, no se sabe cuánto dura la
protección, pues, como ya veremos, los estudios realizados no se han hecho a
largo plazo, por lo que si hubiera que revacunar con dosis de refuerzo, los
costes se incrementarían enormemente, ya que cada vacuna cuesta alrededor de
400 euros.
Pero ¿por qué la insistencia en la administración
masiva de esta vacuna? Veamos cuáles son los criterios para que un programa de
vacunación masiva se active por parte de las instituciones sanitarias: que la
enfermedad prevenible sea un problema importante de salud pública, que la
vacuna sea eficaz y segura, que sea compatible con el resto y que su
implantación sea eficiente —en términos de costes/beneficios económicos para la
salud colectiva— (Segura, 2007). Respecto a lo primero, las estrategias agresivas
de marketing de Merck para promover Gardasil, así como las campañas de
vacunación obligatoria, se han basado en el miedo y en presentar el cáncer de
útero como uno de los cánceres más comunes en las mujeres en todo el mundo,
cuando en muchos países, como es el caso español, esto no es cierto; al
contrario, es más bien una enfermedad poco frecuente[87]. Por ello, la crítica principal se centra en la necesidad de una
vacunación masiva, y surge la duda de si estamos ante un caso de “creación de
una epidemia para vender un producto de la industria farmacéutica” (Mosquera,
2007). Quienes rechazan que sea una prioridad para la salud pública, frente a
otras estrategias preventivas, se basan en la baja prevalencia y mortalidad de
la enfermedad como para justificar una vacunación masiva. Según la Asociación
Española Contra el Cáncer, “en España se diagnostican unos 2.100 casos anuales
de cáncer de útero o cérvix, lo que representa el 3,3% de los tumores
femeninos, por detrás de los tumores de mama, colorrectales, estómago, cuerpo
de útero, ovario y hematológicos”[88]. En España, la prevalencia es del 3% de las mujeres de más de 30 años y
constituye el 0,3% de todas las muertes femeninas. Además, su progreso es lento
y aparece en la mediana edad, por lo que puede ser controlada mediante
revisiones ginecológicas, ya que existen mecanismos eficaces para su detección
(las citologías vaginales). Por otro lado, no existen datos que avalen la
urgencia para su aprobación. La infección del VPH es muy frecuente en las
mujeres y suele remitir espontáneamente, solo el 5% progresa hacia lesiones
precancerígenas, con un desarrollo muy lento y controlable. No solo la
incidencia de cáncer de útero es muy baja en el Estado español: además, en la
mayoría de los casos diagnosticados, a las mujeres nunca se les había realizado
una citología (siendo la edad media de diagnóstico de 48 años). Por otro lado,
como decíamos, existe un método eficaz y de bajo coste para detectar de forma
temprana este tipo de infecciones, las citologías vaginales o test de
Papanicolau, de tal manera que la infección se puede eliminar con una
intervención de láser antes de que dé problemas (Gervás, 2007). Por todo ello,
muchos profesionales médicos han argüido razones para una moratoria de la
vacunación masiva (Álvarez-Dardet, 2007), para la prudencia (Martínez, Carlos y
De Irala, 2008) y, en este momento, para su retirada (Plataforma NoGracias,
2012)[89].
Los sesgos en las prioridades científicas, por
intereses comerciales y valores, son evidentes si se atiende a este aparente
consenso (entre las comunidades autónomas, no entre los profesionales de la
salud)[90] sobre la administración obligatoria de una de las vacunas más
caras de la historia (que generará problemas en los presupuestos de salud
pública). Por otro lado, contrasta con la inversión pública para una prevención
secundaria eficaz y equitativa que permita el acceso a las citologías a todas
las mujeres (especialmente a las de mayor riesgo) para una detección precoz
(Hernández y Porta, 2007). La vacuna es administrada a unas niñas que muy
probablemente todavía no hayan tenido relaciones sexuales, ni hayan hablado de
sexo en su vida. En ese sentido, preocupa el efecto de esta vacuna en la
percepción de riesgo de las adolescentes de infecciones de transmisión sexual y
también contrasta con la escasa prioridad otorgada a la educación sexual en
estas edades (Gervás, 2007; Martínez, Carlos y De Irala, 2008).
Por otro lado, la vacuna ha sido presentada como
medida eficaz preventiva del cáncer del cuello uterino (“La vacuna contra el
cáncer de cérvix”, “La primera vacuna para la prevención del cáncer de cuello
de útero”)[91], algo que no puede demostrase por la propia historia de la enfermedad,
que tarda de 20 a 30 años en desarrollarse. Varios autores y autoras, tanto a
nivel internacional como desde el contexto español, han aclarado la falta de
evidencias científicas en la prevención directa o de protección total del
cáncer de cérvix (Tomljenovic, Spinosa y Shaw, 2013). Como ya hemos visto, la
vacuna no cubre la totalidad del riesgo de contraer cáncer y, además, no
“protege” a las mujeres que ya han iniciado relaciones sexuales. Como decíamos,
la duración demostrada de su eficacia es de cinco años y no se sabe si serán
necesarias dosis de recuerdo (Harper y William, 2010). Como ha denunciado
Lucija Tomljenovic, en el momento en que se aprobó en 2007, los pocos ensayos
controlados publicados en la New England Journal of Medicine sobre
su eficacia estaban financiados por los fabricantes de la vacuna. Pocas niñas
fueron estudiadas en los ensayos clínicos, 1.200 entre 9 y 15 años, y seguidas
solo durante 18 meses. Cuando salió la vacuna, los estudios sobre su seguridad
fueron insuficientes, atravesados por conflictos de intereses y con graves
irregularidades: por ejemplo, el placebo que se administró al grupo de control
contenía también sales de aluminio, al igual que la vacuna, por lo que era
bastante probable que ambos grupos, el de control y el experimental, tuvieran
el mismo tipo de efectos adversos, “llegándose a la conclusión preconcebida de
que la vacuna no ofrecía desventajas si se comparaba con el placebo. Y esas
fueron finalmente las conclusiones de los ensayos clínicos” (Gavilán, 2014).
Además, en dichas publicaciones se omitieron resultados desfavorables de los
ensayos (Tomljenovic y Shaw, 2011), lo que, como vimos, constituye un claro
sesgo de notificación. Como reconoció Diane Harper, una reconocida
investigadora de vacunas contra el papiloma, sin la existencia de
investigaciones sobre posibles efectos iatrogénicos a medio y largo plazo, la
vacunación masiva convierte a las preadolescentes en “experimentos de salud
pública”. Esta crítica a la vacunación intensiva por su carácter experimental
fue apoyada en otro artículo publicado en JAMA con el título
“La vacuna obligatoria contra el VPH: salud pública vs riqueza privada” (Gostin
y DeAngelis, 2007).
Por otro lado, la vacuna ha sido retirada en
algunos países como Japón por problemas en su seguridad; en otros se está
debatiendo la vacunación obligatoria tras la detección de efectos secundarios
serios pasados varios años desde su administración y por la proliferación de
demandas judiciales (en Estados Unidos se han descrito hasta 10.000 efectos
secundarios nocivos)[92], en algunos casos con muertes relacionadas (Tomljenovic y Shaw, 2012).
En España, las campañas de vacunación omiten información sobre posibles riesgos
y se sigue administrando de forma obligatoria en preadolescentes, y ello a
pesar de que se han detectado efectos secundarios graves (en 2012, más de 700
en nuestro país). El principal problema de su seguridad son las sales de
aluminio del fármaco que actúan como adyuvantes o potenciadores del efecto
inmune pudiendo desencadenar problemas graves neurológicos o de autoinmunidad
en algunas personas (Tomljenovic y Shaw, 2011, 2012), que pueden ir desde la
muerte a la invalidez permanente por enfermedad del sistema nervioso,
desórdenes autoinmunes, fenómenos inflamatorios, convulsiones, desmayos,
temblores, etc. En el contexto español, se ha creado la Asociación de Afectadas
por la Vacuna del Papiloma, que exige su retirada del calendario y que se
incorpore el consentimiento informado en su administración. Mientras, la
Agencia Europea de Medicamentos ya ha hecho varias revisiones de los datos de
seguridad de la vacuna, no encontrando relación directa con condiciones
autoinmunes (Chao et al., 2012). No obstante, las presiones
sociales desde diferentes países y el incremento de casos de reacciones
adversas espontáneas siguen demandando más investigación sobre la complejidad
de los síntomas relacionados. Por otro lado, en un ejercicio de interpretación
sesgada de síntomas y de violencia científica, en un congreso pagado por los
laboratorios que fabrican la vacuna se etiquetó de “histéricas” a unas niñas de
Valencia que habían padecido convulsiones tras la segunda dosis de la vacuna.
Los “expertos” diagnosticaron a estas niñas con “histeria de conversión” o
“convulsiones de tipo psicógeno”, recordando periodos oscurantistas en la
historia de la medicina (Valls, 2009; Forcades, 2012).
Finalmente, en un momento de recortes
indiscriminados en investigación y sanidad, en el que prestaciones sanitarias
básicas se ven amenazadas y donde las prioridades científicas deben ser
ajustadas a las necesidades, el ingente coste de la vacuna resulta
injustificado. Todo ello provocó que en 2007 se creara una plataforma de
profesionales sanitarios (de entre ellos, la mitad de los catedráticos de Salud
Pública de las universidades españolas) que en dicha fecha pidieron una
moratoria en la inclusión de la vacuna y que a día de hoy piden su retirada.
Dicha plataforma ha intentado compensar, a través de su participación en
diferentes medios de comunicación e Internet, la información sesgada y la falta
de transparencia informativa en las campañas públicas de comunicación que
promovían la vacuna (tras las cuales se sospechaba la influencia de los
laboratorios).
En 2015, de nuevo las prioridades científicas
marcan los intereses de investigación. Por un lado, compañías farmacéuticas e
instituciones que impulsan su uso se han centrado en la búsqueda de una vacuna
que cubra más cepas (ya se han anunciado nuevas vacunas de mayor alcance); no
solo eso, incluso se han realizado estudios psicosociales sobre las
resistencias de las familias a vacunar a las niñas (con el objeto de responder
a ellas). Por otro lado, desde posiciones críticas y antagónicas, se han
continuado los estudios sobre la seguridad de la vacuna y se sigue apostando
por la promoción de citologías y educación sexual para la prevención de
infecciones de transmisión sexual.
Una vez más, nos encontramos con un “estudio de
caso” donde los sesgos de género en investigación y atención sanitaria recaen
sobre los cuerpos de las mujeres, en concreto, sobre los cuerpos de niñas y
preadolescentes a quienes se prefiere medicar antes que educar.
Capítulo 4
Invenciones científicas sobre las mujeres
Los médicos habían querido que las mujeres
estuvieran enfermas, pero ahora se encontraban atrapados en una lucha de
poderes con una paciente no tan débil como creían: ¿la enfermedad era una
imaginación en la mente del doctor, una elaboración de la mente de la paciente
o algo “real” que, no obstante, escapaba a todos los asaltos de la ciencia
médica?
Barbara Ehrenreich y Deirdre English
§. De la construcción social de la enfermedad a su
promoción farmacéutica
Lynn Payer (1992) acuñó el término “invención o promoción de enfermedades” en
su libro Desease mongers. En él explica los procesos y las
estrategias a partir de los cuales la industria farmacéutica (con la
complicidad de profesionales sanitarios y medios de comunicación) fomenta el
consumo de fármacos ampliando la definición de enfermedades, de enfermos y de
riesgos, más allá de la evidencia científica. Las estrategias de marketing para
la creación de enfermedades y enfermos vienen acompañadas, de forma más o menos
explícita, de la promoción del consumo de los llamados “fármacos de estilos de
vida” destinados al tratamiento de riesgos como si fueran enfermedades (Flower,
2004). Estos medicamentos atraen principalmente a las farmacéuticas porque
llegan al público en general y no solo a personas enfermas (siendo conscientes
de sus usos no médicos). No solo tener riesgo de enfermar se convierte en
enfermedad, también los malestares sociales se medicalizan y se intentan
“curar” mediante medicamentos, al tiempo que se (re)definen los límites de la
normalidad (Ruiz y Cambronero, 2011). Se fabrican enfermedades para lanzar
productos farmacéuticos nuevos o, como en el caso de la disfunción sexual
femenina, se lanzan fármacos por intuiciones comerciales y se fabrican
enfermedades ad hoc (Moynihan y Cassels, 2005). La producción
farmacológica estimula la imaginación patológica para cubrir un mercado de
potenciales consumidores y consumidoras (Prozac y Viagra son ejemplos de
promoción de esta medicalización “creativa”). Todo ello con importantes
problemas para la salud pública: convierten a personas sanas en pacientes,
desperdician recursos y, en ocasiones, causan efectos adversos (Ruiz y
Cambronero, 2011).
Varios trabajos han identificado las diferentes
estrategias utilizadas para la promoción de enfermedades con ejemplos
concretos: redefinir la enfermedad y aumentar su prevalencia mediante un uso
selectivo de los instrumentos de detección y de las estadísticas (el estudio
publicado en JAMA en 1999 que señalaba una prevalencia del 43%
de disfunción sexual femenina es un claro ejemplo de ello); promocionar el
tratamiento de procesos ordinarios como problemas médicos (como con la calvicie
o la menopausia) o síntomas comunes y leves como indicios de enfermedades más
graves (como ha ocurrido con el síndrome de colon irritable, la ansiedad o
síntomas depresivos); conceptualizar los riesgos como enfermedades (la osteoporosis o el síndrome por déficit de testosterona son ejemplos de ello);
aumentar la preocupación sobre futuras enfermedades en poblaciones sanas (como
la osteopenia o el riesgo de padecer fractura ósea); o convertir problemas
sociales en trastornos médicos diagnosticables y con necesidad de tratamiento
(como convertir la timidez en fobia social o los malestares que provoca la transfobia en disforia de género);
junto a ello, valerse de profesionales líderes y de medios de comunicación
popular y científica para generar opinión y exagerar los beneficios de los
tratamientos u ocultar selectivamente posibles efectos adversos (Payer, 1992;
Moynihan, Heath y Henry, 2002; Ruiz y Cambronero, 2011).
Respecto a la promoción de enfermedades de las
mujeres, Moynihan, Heath y Henry señalan que “la construcción social de la
enfermedad (illness) está siendo sustituida por la construcción
corporativa de la enfermedad (disease)” (2002: 886). Es decir, la
construcción sociocientífica de enfermedades particulares femeninas que
respondía a la ideología de género (variando en contextos y épocas, como fue el
caso de la histeria en el siglo XIX) está siendo sustituida por la fabricación
y promoción farmacológica de las mismas, ampliando los márgenes de lo tratable
por intereses comerciales. Cada vez más, la industria farmacéutica aparece como
agente mediador entre el profesional médico y el etiquetaje del enfermo
(Moynihan, Heath y Henry, 2002; Bielli, 2009). Mediante estrategias de
marketing, las compañías farmacéuticas, en alianza y colaboración con
profesionales médicos y grupos de consumidores, utilizan los medios de
comunicación para campañas de sensibilización y promoción de enfermedades
como extendidas, serias y tratables, creando miedos y llamando la
atención sobre el último tratamiento (ibídem).
Ray Moynihan (2003) ha utilizado la disfunción
sexual femenina (DSF) como ejemplo paradigmático de la construcción y venta de
una enfermedad, donde no está claro si se trata de satisfacer las necesidades
de las mujeres o de construir un nicho de mercado para un nuevo medicamento. El
primer paso necesario para su fabricación, según este autor, ha sido la
“definición como nuevo desorden”. Ello ha implicado, como desarrollaremos más
adelante, que investigadores vinculados a compañías farmacéuticas se reunieran
en sucesivas conferencias patrocinadas por las mismas para definir y clasificar
esta nueva disfunción. Tras la definición, “las dificultades (sexuales) se
traducen en disfunciones y estas se convierten en enfermedades”. Un hito clave
en este proceso, como se ha mencionado anteriormente, fue la publicación en
1999 en la revista JAMA del artículo “Prevalencia y
predictores de la disfunción sexual en Estados Unidos” (Laumann, Paik y Rosen,
1999), donde se señalaba una prevalencia total de disfunción sexual femenina
del 43%. A pesar de que se afirmaba que la cifra no equivalía a diagnósticos
clínicos sino a la respuesta afirmativa ante preguntas de un cuestionario sobre
problemas típicos sexuales, el dato fue utilizado reiteradamente como
justificación del proceso de medicalización de la sexualidad de las mujeres
donde, como señala este autor, los cambios en el deseo sexual son la norma o
“una respuesta saludable y funcional para mujeres que afrontan estrés,
cansancio o patrones amenazantes de conducta de sus parejas” (Bancroft, 2002,
en Moynihan, 2003).
El problema de conceptualizar dificultades sexuales
en las mujeres como una disfunción es que anima a los médicos a prescribir
medicamentos simplificando la sexualidad a un mal funcionamiento genital, en
lugar de centrarse en otros aspectos de la vida que pudieran estar afectando.
Ya veremos cómo este proceso vino acompañado del éxito de Viagra para tratar la
disfunción eréctil masculina y la intuición de una posible extensión de mercado
hacia las mujeres, generalizando el patrón de sexualidad masculino. Ello tiene
relación con el tercer paso en la construcción de la enfermedad: “determinar
qué es saludable y qué enfermo”[93]. El problema aquí es que “mientras la medida de los problemas sexuales
en varones se ha centrado casi exclusivamente en las erecciones, la respuesta
sexual femenina ha probado ser mucho más difícil de cuantificar, creando
problemas a los investigadores que ensayan terapias farmacológicas” (Moynihan,
2003: 46). Dicha complejidad ha estimulado todo tipo de investigaciones para
determinar la respuesta fisiológica sexual normal de las mujeres y la etiología
orgánica de sus disfunciones para un tratamiento farmacológico adecuado (entre
otras, investigaciones con genitales de hembras conejo). De esta forma, como
concluye Moynihan, el complejo de causas y soluciones sociales, personales y
físicas de las dificultades sexuales queda reducido al diagnóstico de una etiqueta
y su prescripción médica.
§. La invención científica de enfermedades mentales
en las mujeres
Algunas modalidades de fabricación de enfermedades de las mujeres han sido,
como ya hemos señalado: conceptualizar los riesgos como enfermedades (surge una
enfermedad ósea silenciosa llamada osteoporosis que afecta a las mujeres sanas
de mediana edad); medicalizar los problemas de la vida cotidiana de las mujeres
o sus procesos naturales o fisiológicos (como ha ocurrido con la menopausia o
la menstruación); convertir malestares producto de desigualdades de género en
patologías individuales (como ocurrió con la histeria o la depresión, “el
problema que no tiene nombre”); o medicalizar una faceta de la vida de las
mujeres (su sexualidad, por ejemplo) (Uría, 2007). En este apartado nos vamos a
detener en la invención científica a lo largo de la historia de enfermedades
mentales en las mujeres, para retomar después este proceso de fabricación y
promoción de enfermedades femeninas en el siglo XXI con el ejemplo de las
disfunciones sexuales.
Como denunció Phyllis Chesler (1972) en su
libro Women and Madness, las mujeres han sido categorizadas como
mentalmente inestables, tanto si se conformaban a los dictados de la feminidad
como si se rebelaban a ellos. Médicos y psicólogos varones de diferentes épocas
han construido la locura y la feminidad de forma “especular”. Así, en el siglo
XIX, se puede hablar de una “epidemia de histeria” que asoló a la población
femenina-blanca-de clase media (Ehrenreich y English, 1990). Se trataba de un
impreciso síndrome que paralizaba a la paciente sin ningún fundamento orgánico
discernible y desesperadamente resistente a los tratamientos médicos. Como han
señalado Ehrenreich y English (1990), la histeria fue el epítome del culto a la
invalidez en la mujer, la prolongación de un modo de vida morboso prescrito
como estética romántica. Los fracasos médicos en su tratamiento no eran más que
una respuesta a la circularidad derivada de la política sexual de la enfermedad
y su regulación: un modo de vida que predisponía a la enfermedad, y una
enfermedad que se pretendía curar prescribiendo el exceso de dicho régimen
vital. La mujer histérica estaba a un paso de la mujer ideal romántica: un ser
que debía ser frágil, dependiente, pasivo, sin deseo sexual, públicamente inválido,
doméstico y ocioso (ibídem).
Serán los ginecólogos cirujanos, en un primer
momento, y los psiquiatras-neurólogos más tarde, los principales
disciplinadores de cuerpos y mentes de mujeres histéricas hasta la llegada y
consagración del psicoanálisis en Europa y Estados Unidos (como intervenciones
alternativas no faltaron la hidroterapia, la electroterapia, el mesmerismo o la
hipnosis). Para los ginecólogos (principales expertos sobre las mujeres,
eliminadas las comadronas de la competencia profesional), cualquier afección
del útero podía dañar las condiciones mentales de una mujer. Concebían al
“bello sexo” como un ser precario y desequilibrado sometido a la tiranía
constante de los caprichos uterinos. La histeria (cuyo nombre deriva del
griego hustera, esto es, útero) era descrita en sus tratados como
irritación del útero. Bajo esta concepción, durante la segunda mitad de siglo
XIX se utilizaron técnicas ginecológicas de cirugía (la extirpación del
clítoris o de los ovarios o las cauterizaciones) para tratar y curar
“trastornos mentales” femeninos como la histeria, la masturbación o la
ninfomanía.
Veamos un caso relatado por William S. Stewart de
Filadelfia (tomado de Pérez Sedeño, 1998). La señora A., de 26 años de edad, le
fue derivada por el médico de la familia. Se casaron y a los seis meses de
matrimonio ella abortó cuando estaba embarazada de dos meses y medio, sin causa
aparente. Inmediatamente después comenzó su comportamiento inusual: ataques
violentos, estallidos nerviosos, etc. “Ningún esfuerzo, moral ni médico, pudo
ayudarla”. Después de interrogar acerca de las costumbres y educación de la
familia y de ella misma, el médico descubrió que, durante el periodo que había
pasado en un internado, se había acostumbrado a prácticas masturbadoras que
practicaba desde la niñez. Hubo diversos intentos por evitar esas prácticas,
como, por ejemplo, el ser azotada en las manos por la madre al primer indicio
de “gratificación sexual” (sic), ser tratada con bromuros y otros
productos farmacéuticos, o aplicársele un paño con pinchos en la vulva.
Después, se la puso en manos de un médico especialista en enfermedades
nerviosas, que le aplicó masajes y electricidad y, finalmente —señala el
doctor—, “decidí privarle de los ovarios, esperando así extirparle sus
pervertidos instintos”, tras lo cual se curó rápidamente, aunque tuvo que estar
recluida durante seis meses, “antes de que hubiera evidencia positiva de cura
permanente” y desde entonces “no ha vuelto a sus hábitos degradantes, deseosa y
ansiosa de atender su hogar”.
Estas ideas no eran en absoluto nuevas en la
cultura occidental. Hipócrates y Platón consideraban que la enfermedad mental
femenina por excelencia, la histeria, era provocada por el útero errante. El
órgano reproductivo podía pasearse por todo el cuerpo provocando todo tipo de
males y disfunciones, desde ataques de corazón a problemas gastrointestinales.
Aunque no se sabía cómo prevenir esos problemas, la solución era mantener el
útero húmedo —según la teoría de los cuatro humores, las mujeres son húmedas y
frías, por tanto, esas cualidades debe tener su órgano por excelencia— por
medio de relaciones sexuales. Areteo sostenía que el útero se movía porque era
“un animal dentro de un animal”, pero Galeno atribuía sus movimientos a un
funcionamiento sexual anormal, lo que producía la sofocación histérica: si el
útero no funcionaba —como en las viudas o mujeres sometidas a largos periodos
de abstinencia sexual— retenía sangre menstrual o semen viejo y envenenaba el
cuerpo. Este tipo de teoría que vincula la estabilidad emocional o psíquica con
el funcionamiento del aparato reproductor femenino y la heterosexualidad, de
una manera más o menos simplista, es la que estuvo en vigor hasta este periodo
y la que subyacía a la noción de enfermedad mental de la época (Pérez Sedeño,
1998).
A partir de la segunda mitad del siglo XIX, los
neurólogos se consolidaron como los científicos del sistema nervioso (en
oposición a doctores de asilos o alienistas), cuantificando y diagnosticando
las enfermedades de los nervios a partir de sofisticadas nosologías (Gamwell y
Tomes, 1995). Los tratamientos neurológicos, aplicados en la mayoría de los
casos en la propia casa del paciente, se centraron fundamentalmente en
desórdenes nerviosos leves (las neurosis) y en un tipo de población (familias
blancas, ricas y especialmente en mujeres) que nunca hubiera ingresado en un
hospital mental. Los médicos de los nervios no podían usar en el cerebro las
mismas técnicas quirúrgicas que los ginecólogos en los ovarios o en el útero,
por lo que se aplicaron métodos más sutiles. Entre ellos, el más famoso fue “la
cura de reposo” o “la técnica de curación por autoridad” del doctor Weir
Mitchell (Ehrenreich y English, 1990). Se trataba de regresar a la enferma a un
estado infantil, totalmente receptivo y dependiente de la figura de autoridad
médica, para a partir de ahí reeducarla en una “conducta autodisciplinada y
madura”, esto es, reconducirla al rol doméstico materno o filial. En el proceso
de curación, la enferma era despojada de toda agencia, responsabilidad o elección.
El “vaciado mental” requerido para ello implicaba un estado de reposo total en
la cama mediante el aislamiento y la privación sensorial, donde se prohibía
tajantemente cualquier conato de trabajo intelectual. Rara vez los médicos de
los nervios malgastaban su tiempo en mujeres pobres: solo las mujeres ricas
podían permitirse largos tratamientos y curas de reposo; a los varones
burgueses, en cambio, se les recomendaba viajar a balnearios para estar en
contacto con la tranquilidad de la naturaleza.
Las autoridades científicas y religiosas apoyaban
la nueva familia de clase media afirmando que su estructura estaba bíblica y
biológicamente predeterminada. Se consideraba que la sociedad democrática
necesitaba, para estabilizar una mayor fluidez social y política, una vida
familiar cuidadosamente ordenada. A pesar de que se insistía una y otra vez en
la igualdad entre los hombres —eso sí, blancos—, a ambos sexos se les enseñaba
que Dios había hecho superior al hombre y que la mujer debía desempeñar los roles
adecuados: transgredir esos roles conducía irremediablemente a la enfermedad
física —pero solo de los órganos reproductivos— y mental. Así pues, no resulta
raro que muchas de las pacientes tratadas fueran mujeres que se resistían a
desempeñar sus roles de género: mujeres como la escritora Edith Wharton; la
filósofa, socióloga y reformadora Jane Addams; o la escritora y firme defensora
de los derechos de las mujeres y otras reformas Charlotte Perkins Gilman. Nos
detendremos brevemente en esta última por dos motivos: primero, porque se
sometió a una de las famosas curas de reposo de S. Weir Mitchell y, segundo,
porque disponemos de un informe de la propia autora de esa cura, su libro The
Yellow Wallpaper (traducido al español como El papel de pared
amarillo)[94], lo que nos permite introducir otro de los factores intervinientes en
la definición de “enfermedad mental”, la voz de las pacientes (Pérez Sedeño,
1998).
Charlotte Perkins Gilman (1860-1935) tuvo una niñez
desgraciada; tras el abandono de su padre cuando Charlotte era niña, su madre
educó a sus hijos de un modo frío y distante para que no dependieran de
afectos. Inmediatamente después de su matrimonio con el artista Charles Walter
Stetson, Gilman comenzó a sufrir depresiones. En 1887, Stetson le pidió a
Mitchell que se ocupara de su esposa. Tras un mes de cura de reposo, Mitchell
envió a Gilman a su casa, prohibiéndole escribir o dibujar. “Volví a casa y obedecí
estas instrucciones durante tres meses y estuve al borde de la ruina mental
completa. Entonces, utilizando los restos de inteligencia que me quedaban, y
ayudada por un sabio y buen amigo, eché por la borda los consejos del célebre
especialista y comencé a trabajar de nuevo —trabajar, lo normal en la vida de
un ser humano… al fin recobrando cierta capacidad de poder” (Showalter, 1987:
141). Para terminar de curar su depresión, se marchó de viaje a California,
otro tipo de cura usualmente recomendada, sobre todo a varones. Pronto se dio
cuenta de que no estaba dispuesta a asumir las responsabilidades del matrimonio
y la maternidad y se divorció, dándole la custodia de su única hija a su
esposo, y comenzó su carrera como escritora y artista. A los 40 años ya era
bien conocida. Había escrito Woman and Economics (1898), una
de las críticas sociales americanas más influyentes del periodo, a la que
siguieron In This Our World (1898) y The Man-Made
World (1910). No resulta raro que sus libros critiquen de forma aguda
las fuerzas sociales que distorsionan e impiden el desarrollo de las vidas de
las mujeres, en especial, por hacer demasiado hincapié en las diferencias
sexuales: “la naturaleza humana, que hombres y mujeres comparten, es lo más
importante”, decía, “no el sexo, que es accidental” (Pérez Sedeño, 1998).
En 1892, Gilman escribió El papel de pared
amarillo, que hace referencia al color de la pared del cuarto de su casa,
donde se lleva a cabo la cura de reposo. En forma de relato de ficción, daba
cuenta de la cura a la que le había sometido Mitchell, “el médico que estuvo a
punto de volverme loca”. Ahí relata su descenso a la locura de la mano de su
marido paternalista y a la vez doctor (fundiendo en una las figuras de su
esposo y de Mitchell), quien la despoja de toda forma de autoexpresión y la
conduce a la locura. Por cierto, tras su publicación, Charlotte Gilman envió su
libro a Mitchell, quien nunca más volvió a utilizar ese método.
Otro caso en el que los médicos se esforzaron por
definir comportamientos de género no convencionales como enfermedad mental fue
el de Lucy Ann Lobdell Slater. Nacida en 1829, se casó muy joven y fue
abandonada por su marido al año de matrimonio y con un bebé de semanas. Como
era una experta tiradora de rifle y dado que, aunque se le permitía estar en
casa de su padre, se veía obligada a “trabajar hasta el agotamiento de la
mañana a la noche… por un dólar a la semana”, decidió ganarse la vida como
cazadora. A los 39 años comenzó a vivir con una joven bostoniana que había
abandonado su vida de joven esposa, y en su relación de pareja, Lobdell adoptó
el papel de esposo. Tras un par de años viviendo en los bosques, se las
encarceló por “pordioseros” y, entonces, se descubrió que Lobdell era una mujer
y se la tachó de “enferma, loca y asexuada”. Cuando a los 51 años de edad se la
internó en el asilo Willard, las razones que se dieron para ello fue que
insistía en vestirse de hombre, decía que era cazador y amenazaba violentamente
a los demás y a sí misma, pero no hay datos de violencia de ningún tipo en los
registros del asilo. El médico que la atendió le diagnosticó demencia y
erotomanía, ya que consideraba la “inversión” una enfermedad mental: “Sería más
caritativo y justo que la sociedad las protegiera del ridículo y la calumnia
que siempre padecen… reconociéndolas como víctimas de una penosa forma de
locura. Resulta razonable considerar que la auténtica perversión sexual siempre
es una condición patológica y una manifestación peculiar de locura” (citado en
Pérez Sedeño, 1998).
Ambos casos descritos son muy ilustrativos del
lugar del género en la concepción de la enfermedad y a la inversa, algo que
seguirá presente en la sexología y el psicoanálisis. A finales del XIX, los
médicos-sexólogos —tomando el relevo de cirujanos y neurólogos— acusaron en sus
escritos al movimiento de emancipación de las mujeres de alentar la
criminalidad y la locura femeninas, y con ello, la inversión sexual y la
homosexualidad (Fiocchetto, 1993). La norma médica y legal fue
introducida en el campo de las perversiones sexuales como mecanismo científico
y estatal de disciplinamiento de cuerpos individuales y regulación biopolítica
de poblaciones (Foucault, 1976). Los comportamientos “pecaminosos” o “viciosos”
se convertían en “patologías” reguladas por normas y nosologías médicas, y, en
ocasiones, en conductas delictivas sancionadas por el Estado-nación. Medicina y
ley (enfermedad y delito) se aliaron para sustituir a la religión (y el pecado)
como dispositivos de control y vigilancia de la sexualidad (Foucault, 1976): de
dicha colaboración surgió la figura de la invertida sexual.
Al igual que otras desviaciones de la moral
victoriana, cualquier acto sexual no reproductivo, no coital o fuera de los
márgenes del matrimonio era contra natura y por ende
patologizado. Medicina y moral se aliaron en los dispositivos de patologización
de la homosexualidad masculina, la masturbación infantil y de cualquier signo
de agencia sexual —solitaria o no— por parte de mujeres. En general, cualquier voluntad
de deseo propio por parte de la Nueva Mujer —desear una educación superior o
una vida independiente y profesional— era susceptible de ser patologizada en
tanto “inversión sexual”. Bajo esta etiqueta patológica, sexólogos de la época
(entre ellos, Richard von Krafft-Ebing, Havelock Ellis o Edward Carpenter)
mezclaban y confundían a mujeres que rechazaban sus roles convencionales
femeninos y reivindicaban sus derechos (la Nueva Mujer o las feministas); a las
mujeres “racionales o cerebrales” que pensaban como varones; a las mujeres que
tenían una apariencia física y vestimenta masculina; a las mujeres con órganos
fisiológicos masculinos o “hermafroditas”; y a las mujeres que sentían
atracción sexual por su mismo sexo (Smith-Rosenberg, 1989).
Coetáneamente, con la introducción del
psicoanálisis, las mujeres profesionales o intelectuales que rechazaban las
ataduras de la feminidad eran interpretadas por Freud como fascinantes casos
clínicos de “envidia de pene” o “complejos de masculinidad”. En el diván
psicoanalista, la Nueva Mujer se transformaba en una mujer inmadura cuyo
complejo de masculinidad estancaba su natural desarrollo hacia una feminidad
madura, esto es, pasiva, masoquista y narcisista. Cuando la niña pequeña
descubría su “inferioridad orgánica”, “el efecto del complejo de castración
sobre la criatura sin pene” podía derivar en tres posibles orientaciones de
desarrollo: “la suspensión de toda vida sexual, la porfiada hiperinsistencia en
la virilidad y los esbozos de la feminidad definitiva” (Freud, 1931: 233).
Tanto la represión sexual del primer caso como “la protesta masculina” o “la
fantasía de ser a pesar de todo un varón” del segundo eran interpretadas como
anomalías de mujeres incompletas, inmaduras o regresivas. De esta forma, cualquier
reivindicación feminista (de educación, trabajo o justicia social) se
descargaba políticamente y se psicologizaba como ansiedades reprimidas e
inconscientes, como modificaciones sublimadas del deseo de pene.
Jane Ussher (2013) ha descrito estos diferentes
procesos de patologización de la feminidad, y a la vez de las mujeres
“difíciles”, analizando los sesgos de género presentes en este caso en la
moderna nosología psiquiátrica, en concreto, en el Manual diagnóstico y
estadístico de trastornos mentales (Diagnostic and Statistical Manual
of Mental Disorders, abreviado DSM).Por ejemplo,en el DSM-II (1968), el
“trastorno de personalidad histérica” aparecía, según la autora, como
caricatura exagerada de la feminidad con síntomas como la excitabilidad, la
inestabilidad emocional, la sobrereacción o la autodramatización. En dicho
manual se describía a las histéricas como mujeres que “buscan atención,
seductoras, inmaduras, autocentradas, vanidosas y dependientes de otros”
(DSM-II, 1968, en Ussher, 2013). Lo interesante es cómo, en el DSM-III (1980),
el trastorno de personalidad histérica es renombrado como trastorno histriónico
de personalidad, para evitar las connotaciones negativas que generaba en la
época el término histeria, pero seguía describiendo una feminidad exagerada,
refiriéndose a mujeres seductoras preocupadas por su atractivo físico,
interesadas en controlar al sexo opuesto y en entrar en relaciones de
dependencia demandando constantemente seguridad, aprobación o halagos (Ussher,
2013). Pero, como se pregunta la autora, “¿no es eso mismo lo que se enseñaba a
‘hacer a las chicas’ en las revistas juveniles, en las novelas o en las
películas románticas?” (2013: 65), y, como continúa concluyendo irónicamente,
“llevar a cabo esa particular versión de la feminidad podía atraer no solo al
hombre deseado, también un diagnóstico” (ibídem). De forma similar, el
trastorno límite de personalidad ha sido construido como trastorno psiquiátrico
femenino por excelencia; no obstante, en este caso se incluyen características
“masculinas” para su diagnóstico, en concreto, una “ira intensa e inapropiada”
(DSM-5). Si la histérica era una mujer dañada; la borderline es
peligrosa (Ussher, 2013). Es una mujer exigente, que muestra su ira y es
agresiva, es decir, que se comporta con formas perfectamente aceptables en
hombres; un ejemplo más de situar a la “mujer difícil”, la que da dolores de
cabeza a los terapeutas, como loca (ibídem)[95]. Lo mismo podría decirse de la invención del trastorno disfórico
premenstrual como patologización de una parte normal de la experiencia de las
mujeres, sin tener en cuenta ni el contexto relacional de género (por ejemplo,
contextos familiares con sobrerresponsabilidad o ausencia de apoyo) ni la
construcción cultural occidental de la fase premenstrual del ciclo como
debilidad y perturbación psicológica (Ussher, 2013).
§. El síndrome premenstrual: las hormonas rabiosas
que convierten a Jekyll en Hyde
Como ya hemos señalado, determinados diagnósticos psiquiátricos pueden ser
utilizados como ejemplos de sesgos de género al patologizar características
relacionadas con la feminidad (tanto su ajuste como su transgresión), con
circunstancias de vida de las mujeres o con su cuerpo reproductivo (Chessler,
1972; Ussher, 1991). En este último caso, nos referimos a síndromes o
trastornos mentales herederos de mitos y estereotipos sobre las mujeres que las
ligaban a su naturaleza por su capacidad reproductiva (por menstruar o por
parir). No es casual que la ‘histeria’ se definiera como útero errante; que lo
‘lunático’ hiciera referencia al ciclo menstrual; o que el nombre de la llamada
hormona femenina, el ‘estrógeno’, aluda al creador del estro, que según su raíz
latina o griega significa pasión sexual irracional asociada al celo animal o
impulso loco (Showalter, 1987; Fausto-Sterling, 2006).
El imaginario popular y científico que se ha
transmitido (mediante el conocimiento experto, la cultura popular, las revistas
femeninas o el marketing farmacéutico) es que las mujeres, al estar sujetas a
las tiranías de sus ovarios y hormonas, son demasiado emocionales,
impredecibles, frágiles, pero también peligrosas. Así, los síntomas del
síndrome premenstrual (SPM) no varían mucho de los síntomas que se teorizaron
para la neurastenia o la histeria, u otros síntomas históricos que se derivaban
de alteraciones relacionadas con el sistema reproductivo de las mujeres. Estos
mitos todavía están presentes en estereotipos y sesgos de género en atención,
en los criterios diagnósticos o en instrumentos de medida que categorizan
aspectos normativos de la conducta femenina como síntomas (como llorar,
irritarse o la pérdida de interés en el sexo).
Dentro de estos sesgos, nos gustaría detenernos en
la medicalización del sufrimiento y malestar de las mujeres como “depresión”
(Burin, 1990). Los estudios sobre morbilidad diferencial en salud mental
indican mayores ratios (de 2:1 a 4:1) del trastorno psiquiátrico de depresión
en mujeres que en varones y se ha estimado que es el doble de probable que a
las mujeres se les prescriba medicación psicotrópica para depresión que a los
varones, en particular, los inhibidores de recaptación de serotonina (ISRS) (Ussher,
2010).
Coincidimos con Jane Ussher en que “necesitamos
cuestionar la creciente medicalización del sufrimiento en Occidente, en
particular, el modo en que mujeres que experimentan niveles moderados de
angustia o problemas comprensibles de la vida cotidiana son etiquetadas con un
trastornos mental, la ‘depresión’, y se les ofrece como tratamiento óptimo la
medicación, en particular los ISRS” (2010: 24). En concreto, al detenernos en
los trastornos depresivos en este epígrafe de “Invenciones”, no queremos negar
el malestar de las mujeres, nuestra intención es más bien reflexionar sobre
cómo la psiquiatría occidental ha legitimado el concepto ‘depresión’ como
“reificación profesional del sufrimiento humano” desde una perspectiva
predominantemente biodeterminista, medicalizando el continuo de ligero a severo
sufrimiento como un trastorno psiquiátrico unitario que se aplica a individuos
con síntomas diversos (Kirk y Kutchins, 1992; Pilgrim y Bentall, 1999;
Stoppard, 2000). El término ‘depresión’ puede funcionar para comunicar el grado
de angustia de una mujer y validar así su experiencia subjetiva; sin embargo,
necesita ser conceptualizado fuera de un modelo exclusivamente médico que lo
posiciona como patología dentro de las mujeres, dentro de su
cuerpo reproductivo, o como un trastorno unitario, global y transhistórico
(Ussher, 2010).
Desde una perspectiva biomédica, la explicación
principal de los mayores índices de depresión en mujeres son las hormonas
reproductivas, en particular el estrógeno, las “hormonas rabiosas”, unido a
estados premenstruales, posnatales y menopáusicos del ciclo de vida
reproductivo (Chrisler y Johnston, 2002). No obstante, no existe evidencia de
esta supuesta relación causal entre fluctuaciones hormonales y grados de
angustia en las mujeres, es más, el malestar del SPM está fuertemente asociado
al contexto social y relacional, en particular, a la sobrerresponsabilidad, la
insatisfacción con la relación y los problemas de comunicación en la pareja
(ibídem). Igualmente, la depresión posnatal ha sido conceptualizada como una
reacción comprensible a los mandatos sociales de la maternidad, expectativas
altas y poco realistas y escaso apoyo social (ibídem).
En este sentido, Chrisler y Johnston (2002: 174)
han señalado los puntos en común del SPM y la depresión posparto (DPP): ambos
son resultado de la medicalización de la experiencia de las mujeres; están
definidos de forma vaga, lo cual fomenta el uso excesivo de su diagnóstico;
representan la conducta de las mujeres como inestable y potencialmente
peligrosa para ellas y para los demás; la cultura occidental los ha construido
como caricaturas estereotipadas de las mujeres; funcionan como formas de
control social enviando el mensaje a las mujeres de que algunas de sus
emociones son inapropiadas y silenciando así que puedan expresar de forma
abierta las condiciones que oprimen sus vidas. Junto a ello, en ambos, la queja
de las mujeres es desacreditada con bromas por parte de su entorno, recurriendo
a estereotipos culturales, así como por profesionales médicos que la atribuyen
a cambios y desequilibrios hormonales controlables fácilmente mediante
antidepresivos.
Sugerir que el SPM o la DPP no son necesariamente
condiciones médicas no implica afirmar que las mujeres no experimenten cambios
físicos o emocionales, premenstruales o posparto, que puedan generar malestar o
requerir atención y apoyo; lo que pretendemos recalcar aquí es que las teorías
biomédicas e intrapsíquicas sobre ambos son insuficientes y poco rigurosas al
ignorar el contexto social e histórico de las vidas de las mujeres, es decir,
dichos cambios no están causados simplemente por el cuerpo reproductivo o por
un síndrome. Es necesario validar la experiencia de las mujeres, pero exponer
también en qué medida eventos fisiológicos normales de las mujeres son
patologizados tanto en el discurso popular como en el científico. Como han
propuesto varias autoras, más que patologías que ocurren dentro de la mujer, o
diagnósticos psiquiátricos de gestión biomédica, hablamos de experiencias
generizadas sobre los cambios premenstruales o el parto y la maternidad,
atravesadas por el discurso médico y cultural y el contexto de vida de las
mujeres (Ussher, 1991 y 2010; Chrisler y Caplan, 2002; Offman y Kleinplatz,
2004).
Como ejemplo de estos procesos de medicalización de
malestares, nos vamos a centrar en concreto en el síndrome premenstrual (SPM) y
en el trastorno disfórico premenstrual (TDPM). Para ello, comenzaremos por la
pregunta histórica de cuándo una fase del ciclo premenstrual de las mujeres, de
una parte normal de su experiencia, comenzó a asociarse a la vulnerabilidad y
disfuncionalidad, después se tradujo en síndrome y síntomas, para convertirse
finalmente en enfermedad psiquiátrica. En primer lugar, es necesario recordar
que el cuerpo reproductivo de las mujeres por lo general ha sido
tradicionalmente considerado como abyecto, en necesidad de ser controlado, y la
menstruación como la cara de la locura, la impureza, la maldad y la debilidad
(Ussher, 1991). Durante el siglo XIX, la menstruación se utilizó como argumento
científico en contra del acceso de las mujeres a la educación superior, a los
trabajos, e incluso, al voto. Cómo se iba a dejar el espacio público o
productivo en manos de unos seres que una vez al mes resultaban débiles e
inestables (Martin, 2001).
Dos pioneras científicas sociales, Leta
Hollingworth (1914), con su tesis doctoral Functional Periodicity: An
experimental study of the mental and motor habilites of women during
menstruation, y Mary Putnam Jacobi (1877), con The question of rest
for women during menstruation, desmontaron experimentalmente el mito de una
menor capacidad mental y motora de las mujeres durante la menstruación, en el
primer caso, y avalaron la eficacia de pequeños descansos en el rendimiento
(tanto para trabajadoras como para trabajadores), en el segundo. Como ha
señalado Emily Martin (2001), ambos trabajos intentaban contrarrestar dos tipos
de sesgos: uno, respecto a la capacidad inferior de las mujeres por su
menstruación; el otro, respecto a la propia naturaleza de los procesos y ritmos
industriales y la producción de cuerpos dóciles adaptados. A finales del XIX,
la metáfora del cuerpo de la mujer como reserva limitada de energía y la teoría
de la inversión útero-cerebro apoyaban las tesis del influyente médico Edward
Clarke en Sex in Education (1873) sobre los efectos nocivos de
la educación y el trabajo intelectual en la salud reproductiva de las mujeres.
Ante el hecho de que muchas mujeres pobres estuvieran trabajando largas horas
en las fábricas, lo cual chocaba con la supuesta invalidez femenina, se
mencionaba tanto la degeneración de estas por masculinizarse como el peaje
mayor del trabajo intelectual en el cuerpo femenino respecto al trabajo manual
(Martin, 2001). Pero ¿cuándo pasó la literatura científica de hablar de la
influencia de la menstruación en las capacidades mentales y motoras de las
mujeres a centrarse en los cambios en la fase premenstrual?
La construcción social del SPM tiene su origen en
la Gran Depresión, cuando el ginecólogo estadounidense Robert Frank (1931)
alude a ella en un artículo con el nombre de “tensión premenstrual”
refiriéndose a la tensión e irritación de las mujeres previa a la menstruación.
De esta forma, se creaba una etiqueta moderna que continuaba la construcción
victoriana de la debilidad e invalidez femenina, así como las teorías sobre los
nocivos efectos del trabajo intelectual, y del trabajo en general, en el ciclo
menstrual de las mujeres (Chrisler y Johnston, 2002). Emily Martin (2001) ha
señalado que no es casual que los momentos álgidos de visibilización de este
síndrome coincidieran con periodos históricos en los que económicamente
interesaba la vuelta de las mujeres a sus casas y, a la inversa, que su
problematización se diera cuando se las necesitaba como mano de obra (por
guerra u otras circunstancias). Así, en la década de 1950, tras la Segunda
Guerra Mundial, la endocrinóloga inglesa Katharina Dalton popularizaba el
término “síndrome premenstrual” como parte del aparato ideológico que pretendía
el regreso de las mujeres al ámbito doméstico en Europa y Estados Unidos
(Dalton y Greene, 1953). El nuevo nombre suponía un paso hacia la
medicalización del ciclo menstrual, la creencia de que en sí mismo constituía
un problema y que las mujeres debían buscar tratamiento para su ánimo inestable
en esa fase del periodo. En definitiva, al etiquetarse como síndrome, aunque no
enfermedad, los cambios comenzaban a considerarse como algo serio, con
necesidad de atención médica y, además, de prácticas de autovigilancia y
control por parte de las mujeres (Ussher, 1991; Chrisler y Caplan, 2002).
De nuevo surge la pregunta de cómo evolucionó el
SPM de una experiencia de tensión previa a la menstruación, apenas conocida, a
un “síndrome” caracterizado por más de cien posibles “síntomas” (y tan
extendido que mujeres y varones se quejan y bromean sobre él); a, finalmente,
un trastorno psiquiátrico que requiere tratamiento farmacológico (Chrisler y
Caplan, 2002). En los años setenta, con el movimiento de liberación de las
mujeres, vuelve a resurgir el interés científico médico sobre el síndrome y a mediados
de los ochenta, coincidiendo con la reacción conservadora antifeminista en
Estados Unidos y Reino Unido, el SPM se consagra como estereotipo cultural tras
dos sentencias de gran cobertura mediática en este último país, donde es
utilizado como condición psicológica eximente para desrresponsabilizar a dos
mujeres de asesinato (ibídem). Todo ello extendió la creencia de que las
fluctuaciones hormonales premenstruales podían convertir a mujeres normales y
cándidas en criminales peligrosas. Los medios no tuvieron reparos en recoger
las declaraciones del abogado de una de las mujeres acusadas, que la describió
como “Jekyll y Hyde” y añadió que, sin inyecciones de progesterona para
controlar su SPM, el “animal oculto” en su cliente saldría (Chrisler y Caplan,
2002). Junto a ello, Carol Travis (1992) menciona que el SPM se convirtió en un
trastorno “serio” cuando los medios de comunicación comenzaron a informar sobre
su coste, billones de dólares al año, en pérdidas de productividad. Por otro
lado, la etiqueta no tardó en activar a la industria farmacéutica en busca de
su cura.
Curiosamente, poco después de las sentencias
señaladas, la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) incorporó en el
DSM-III-R el trastorno disfórico del final de la fase lútea, convertido en
posteriores ediciones en trastorno disfórico premenstrual (DSM-IV-TR). La
incorporación estuvo precedida de múltiples protestas de organizaciones de
mujeres y terapeutas, también por parte de algunos miembros de la APA.
Finalmente, apareció en un apéndice como trastorno mental no específico, con
estatus provisional y en necesidad de posteriores estudios. Más tarde, el
subcomité del DSM-IV reconoció que no existía evidencia científica suficiente
como para sostener el TDPM como categoría diagnóstica específica y diferente
del SPM (fundamentalmente por problemas metodológicos en la mayoría de los
estudios). No obstante, se mantuvo en dicha edición, con cambio de nombre,
añadiendo un nuevo síntoma (“el sentido subjetivo de sentirse agobiada o fuera
de control”), e incorporado esta vez dentro de los trastornos depresivos, indicando
de nuevo su condición provisional. Clasificación esta que resultó
controvertida, ya que las mujeres podían no estar deprimidas y encajar en el
criterio diagnóstico al tener fundamentalmente síntomas físicos, por otro lado
muy parecidos a los del SPM. Así, el DSM-IV supuso la inclusión del TDPM como
depresión y, como veremos, la fluoxetina como su principal tratamiento
(Chrisler y Caplan, 2002).
En la actualidad, según la APA en el DSM-5, los
síntomas esenciales que componen el TDPM son: estado de ánimo acusadamente
deprimido, ansiedad, labilidad emocional y anhedonia o falta de placer. En
concreto, se definen por al menos cinco de los siguientes síntomas (y debe
darse al menos uno de los cuatro primeros), cuando están presentes en la última
semana de la fase lútea (semana previa a la menstruación), en la mayoría de los
ciclos menstruales y si desaparecen al segundo día de iniciarse el periodo:
1. Tristeza, desesperanza o autodesaprobación;
2. tensión, ansiedad o impaciencia;
3. estado de ánimo marcadamente lábil, al que se añade
llanto frecuente;
4. irritabilidad o enfado persistentes y aumento de
los conflictos interpersonales;
5. pérdida de interés por las actividades habituales,
a lo que puede asociarse un cierto distanciamiento en las relaciones sociales;
6. dificultad para concentrarse;
7. sensación de fatiga, letargia o falta de energía;
8. cambios acusados del apetito, que a veces pueden
acompañarse de atracones o antojos por una determinada comida;
9. hipersomnia o insomnio;
10. sensación subjetiva de estar rebasada o fuera de
control; y
11. síntomas físicos como hipersensibilidad o
crecimiento mamario, dolores de cabeza o sensación de hinchazón o ganancia de
peso, con dificultad para ajustarse la ropa, el calzado o los anillos. También
pueden aparecer dolores articulares o musculares, y paralelamente a este cuadro
sintomático, pueden aparecer ideas de suicidio.
Según el manual, el 75% de las mujeres en edad
fértil padece el síndrome premenstrual (SPM) y aproximadamente entre el 3% y el
5% de las mujeres padecen síntomas severos, el llamado trastorno disfórico
premenstrual (TDPM), que interfieren en sus relaciones personales y laborales.
Aunque existe un esfuerzo en el texto por discriminar la categoría diagnóstica
del término popular SPM y nombrar un trastorno psiquiátrico concreto que afecta
a un reducido porcentaje de mujeres, los síntomas del TDPM se solapan claramente
con los del SPM; más aún, en los prospectos de los medicamentos para tratar el
TDPM, ambos se confunden (Chrisler y Caplan, 2002). Todo ello ha provocado un
crecimiento del número de diagnósticos (lo cual no parecía ser su objetivo) y
con ello sesgos de género y discriminaciones contra las mujeres en su
aplicación (Chrisler y Johnston, 2002). En definitiva, ha contribuido a la
percepción en hombres y mujeres de que los cambios premenstruales son un
problema para las mujeres en general (ibídem).
Por otro lado, en la medida en que no existe una
etiología precisa, tampoco está claro qué expertos son los más indicados para
tratar a las mujeres con síntomas premenstruales. La presencia del TDPM como
diagnóstico psiquiátrico en el DSM abre las puertas para el tratamiento
farmacológico. De hecho, al comienzo del diagnóstico, el único tratamiento
psiquiátrico recomendado fueron los antidepresivos, especialmente la fluoxetina
(Chrisler y Caplan, 2002). En 1999, cuando la patente de Prozac iba a expirar,
Endicott et al. (1999) publican un artículo donde se consagra
el TDPM como entidad psiquiátrica y el Prozac como su tratamiento más efectivo.
La farmacéutica Eli Lilly fabrica ahora Prozac pensando en las mujeres, en
color rosa y morado, y le da el nombre de Sarafem. Como señalan Chrisler y
Caplan, un nombre con resonancias angelicales —Serafín—, que recuerda a buenas
mujeres bíblicas —Sarah— y remarca fem-inidad. Sarafem se
publicitaba con el eslogan “Sé más como la mujer que eres” (“Be more like
the woman you are”). Con la metáfora de la transformación, o la posesión,
el fármaco se presenta como el antídoto poderoso que cambiará la Hyde rabiosa a
la Jekyll cándida y “más mujer”. Como señalan estas autoras, el marketing de
Sarafem (en revistas, Internet u otros medios) no parece dirigirse al escaso
porcentaje de mujeres que según la APA tienen TDPM, más bien sugiere a todas
las mujeres que lo que pensaban que era SPM es en realidad un TDPM. Por otro
lado, la mayoría desconoce que Sarafem es en realidad Prozac; o que, aunque
pueda ser útil en depresiones severas a pesar de sus efectos secundarios,
probablemente sea innecesario para mujeres con síntomas moderados
premenstruales (Chrisler y Caplan, 2002). Se trata de un ejemplo más de la
tendencia a sobremedicar a las mujeres y con ello promocionar el
autodiagnóstico.
La cuestión no es que las mujeres no experimenten
cambios, sino que ello equivalga a un diagnóstico psiquiátrico. Tanto el SPM
como el TDPM presentan problemas conceptuales, sesgos metodológicos en los
estudios que apoyan su evidencia empírica y sesgos teóricos sobre su etiología.
El SPM (al igual que ha ocurrido con la depresión posparto) ha sido definido de
forma vaga y heterogénea, tanto por parte de la literatura popular como
científica. No existe una definición estándar, ni hay acuerdo sobre cuántos cambios
deben ser experimentados o en qué grado de intensidad para ser considerados
“síndrome”, incluso el propio momento de la fase premenstrual varía de una
aportación a otra (de 5-7 días antes de la menstruación a dos semanas antes,
entre la ovulación y la menstruación, suponiendo una regularidad universal
inexistente en los ciclos menstruales). También existen dificultades en la
identificación precisa de sus síntomas. Como ya se ha mencionado, llama la
atención la variedad de cambios fisiológicos y psicológicos asociados al
síndrome —¡se han identificado hasta cien!—, algunos tan generizados que
nunca se considerarían síntomas de un trastorno en varones (como la ira, el
aumento del impulso sexual o el antojo de dulce). Resulta difícil saber hasta
qué punto la experiencia de cambios cíclicos en las mujeres es común y cuál es
la norma de su intensidad (Ussher, 1991; Chrisler y Caplan, 2002; Offman y
Kleinplatz, 2004).
En función de cómo se realicen las medidas, la
prevalencia de “síntomas” premenstruales puede ir del 2% al 100%. La
experiencia premenstrual además es muy personal y muy variable incluso en los
diferentes ciclos de cada persona. Todo ello promueve el autodiagnóstico, la
validación del constructo y refuerza el estereotipo de mujeres “enloquecidas”
por sus hormonas (Chrisler y Johnston, 2002; Chrisler y Caplan, 2002). Junto a
ello, con frecuencia se confunde el SPM con el TDPM, con la dismenorrea, con
otras condiciones preexistentes, con cambios menstruales no problemáticos o con
experiencias que no tienen nada que ver con la menstruación, que simplemente
coinciden (ibídem).
Existen también sesgos respecto al método empleado
para averiguar en qué fase del ciclo están las participantes de los estudios.
El método del calendario puede ser erróneo por fallos en la memoria del último
periodo, o por asumir que todos los ciclos tienen la misma duración o incluyen
ovulación, etc. Debido a su carestía, existen escasas investigaciones con
pruebas hormonales, el método más preciso para determinar la fase. Otros sesgos
metodológicos graves son la ausencia de grupos control o el supuesto de que
solo las mujeres experimentan fluctuaciones cíclicas. La exclusión de varones
como muestra impide el análisis de semejanzas o diferencias sexuales o de
género. Además, la mayoría de participantes en estudios sobre SPM o TDPM son
europeas o estadounidenses, de clase media, estudiantes universitarias, mujeres
casadas o pacientes. Existe una larga tradición de sesgos de clase y “raza” en
las investigaciones sobre los efectos del SPM (Ussher, 1991; Chrisler y Caplan,
2002; Offman y Kleinplatz, 2004).
Otro problema es el uso de medidas retrospectivas
sobre los síntomas, donde las expectativas culturales pueden generar sesgos en
la memoria. Además, la creencia popular de que el SPM afecta a la mayoría de
las mujeres puede provocar percepciones selectivas y sesgos atribucionales. Las
mujeres y su entorno tienden a achacar a sus hormonas (“es el síndrome, no yo”)
su infelicidad, tristeza, dificultades o fallos, obviando las causas o factores
externos (el estrés, por ejemplo). Por otro lado, el SPM permite a las mujeres
responder a los mandatos de género basados en la calma, la paciencia y la
receptividad hacia los otros, atribuyendo la parte “no femenina” de su conducta
al SPM, manteniendo así una imagen de mujer “buena/apropiada” (Chrisler y
Caplan, 2002). O dicho de otro modo, la semana premenstrual es el único momento
en el que algunas mujeres se “permiten” estar furiosas porque pueden atribuir
su ira a sus hormonas en lugar de a otros factores que legítimamente la pueden
provocar (ibídem). De esta forma, el discurso popular y biomédico funciona como
“aliado” de las mujeres (y de su entorno) generando correlaciones ilusorias.
Por otra parte, existe escasa evidencia empírica
que apoye el TDPM como categoría diagnóstica en particular. Muchos de los
síntomas del TDPM se solapan con el SPM; su diagnóstico diferencial se basa en
que el primero interfiere en la conducta regular de las mujeres; no obstante,
pocos estudios analizan cómo debe interferir, más bien lo asumen cuando los
síntomas son etiquetados como severos. La ausencia de pruebas diagnósticas
objetivas, de cuestionarios que midan niveles de funcionamiento psicosocial específicos
para el TDPM y de consenso entre investigadores y clínicos agrava la
arbitrariedad en este criterio (Offman y Kleinplazt, 2004). Los estudios
realizados, por otro lado, son en su mayoría correlacionales, por lo que
resulta imposible determinar si los síntomas psicológicos son causa o
consecuencia de los cambios relacionados con el ciclo (ibídem). Otro problema
básico es la comorbilidad con otros trastornos mentales del estado de ánimo.
Respecto a la etiología, en la investigación y
tratamiento del SPM ha prevalecido la perspectiva biomédica centrada en los
cambios hormonales. Por ejemplo, la terapia con progesterona estaba basada en
un supuesto desequilibrio entre el estradiol (que incrementa la actividad
nerviosa) y la progesterona (con efecto calmante) que causa tensión e
irritabilidad. Se ha teorizado de forma extensa sobre otras causas orgánicas
del SPM (hormonales, en los neurotransmisores, déficits nutricionales, etc.),
pero sin datos sólidos que apoyen ninguna de forma aislada. No existe acuerdo
ni se ha encontrado un marcador bioquímico o fisiológico que discrimine entre
mujeres que informan SPM de las que no. Como ya se ha explicado, se ha
comparado el efecto de las hormonas con el elixir del doctor Jekyll, con el
potente efecto de convertir a una mujer cariñosa y plácida en un monstruo
menstrual enfurecido (Chrisler y Caplan, 2002). En lugar de poner la
experiencia de las mujeres en su contexto, se asume un impacto directo causal entre
las hormonas y el estado de ánimo, la cognición y la conducta de las mujeres.
Las metáforas son importantes, porque las “hormonas circulan, no enrabietan”
(Chrisler y Johnston, 2002: 190). Las atribuciones hormonales a emociones
pueden socavar la autoridad de las mujeres, trivializar sus malestares e
invalidar su rabia (ibídem).
Respecto a las teorías psicológicas, las mujeres
que afirman experimentar el SPM indican que también tienen altos niveles de
estrés, relacionado fundamentalmente con la insatisfacción de pareja, la carga
o monotonía del trabajo o, también, conflictos familiares. De hecho, muchos
síntomas relacionados con el SPM (dolores de cabeza, irritabilidad, tensión,
fatiga, llanto, etc.) se solapan con las sensaciones asociadas al estrés.
Muchos estudios apoyan la hipótesis de que el estrés contribuye a la experiencia
del síndrome tanto como los cambios relacionados con el ciclo (Chrisler y
Caplan, 2002). Tanto el estrés (y sus estrategias para afrontarlo) como el
apoyo social han sido variables psicológicas mediadoras encontradas en la
experiencia del SPM o la DPP. Es menos probable que mujeres que vivan solas
sufran de SPM que las mujeres que viven en parejas heterosexuales (Chrisler y
Caplan, 2002).
Tanto el SPM como la DPP han sido teorizados como
“síndromes culturales” (es decir, experimentados en unas sociedades pero no en
otras), poco conocidos en países no occidentales (como China, India o Hong
Kong), donde se acepta el cambio y la menstruación como eventos naturales y
positivos. Lo cual no quiere decir que sean imaginarios, sino que en dichos
países las mujeres pueden experimentar cambios antes de la menstruación o
después del parto, pero sus emociones no son interpretadas como patológicas o necesitadas
de intervención profesional (Chrisler y Johnston, 2002). Según la OMS, mujeres
de Europa, Estados Unidos o Australia son las que tienen mayor probabilidad de
experimentar malestares o quejas relacionadas con el ciclo menstrual (salvo los
calambres); por ejemplo, rara vez las mujeres chinas informan afectos
negativos, aunque sí mayor sensibilidad al frío (Chrisler y Caplan, 2002). Es
decir, la cultura conforma qué variaciones en el estado de ánimo y sensaciones
físicas son identificadas y cuáles preocupan a las mujeres.
Como ya explicamos, históricamente la demanda de
control y orden en las sociedades industriales convertía la emocionalidad e
inestabilidad en negativas y poco saludables (Martin, 2001). Nos podríamos
preguntar además por qué se medicalizan cambios anímicos relacionados con el
ciclo menstrual y no con los días de la semana (sobre los cuales existe
evidencia) (Ussher, 1991). Por otro lado, la cultura biomédica occidental
influye en que muchas mujeres a su vez etiqueten su infelicidad como
“depresión” para explicar sus “síntomas”. Cuando el lenguaje de los cambios
menstruales es patologizado, resulta difícil para las mujeres explicar su
experiencia fuera del discurso médico (Offman y Kleinplazt, 2004); de esta
forma, cuando estados de ánimo negativos coinciden con la fase premenstrual,
aunque no coincida siempre, se mantendrá la creencia en el SPM por sesgos de
atención selectiva. Por el contrario, en las culturas en las que el síndrome o
el trastorno no circulan como categorías discursivas, las mujeres no atribuirán
su angustia al cuerpo premenstrual ni posicionarán los cambios como patología.
Ya hemos visto además cómo una comprensión
medicalizada de las experiencias de las mujeres puede servir para desplazar la
culpa y proteger sus identidades femeninas: las exonera de la responsabilidad
de la ira, de la pérdida de control, “no son ellas, es el monstruo del SPM”
(Ussher, 2008: 192). Como pone de relieve Ussher, las “buenas” mujeres no
experimentan, mucho menos expresan, la ira y, por tanto, un encuadre biomédico
puede desempeñar un importante (aunque problemático) papel protector en la construcción
de una misma como mujer. No obstante, aunque el SPM valida el malestar y
legitima sus identidades, la construcción biomédica no protege de la
deslegitimación; medicaliza la angustia de la mujer, regula sus comportamientos
y construye su sufrimiento como patología individual y no como respuesta a la
injusticia social (ibídem).
Nos podemos plantear si las mujeres lo afrontarían
mejor si pensaran en sus experiencias premenstruales como “cambios” y no como
“síntomas”. Cuando la angustia de las mujeres se entiende en términos de
disfunciones corporales, o sus parejas las etiquetan como enfermas, esto se
convierte en el marco de sus preocupaciones, dejándolas sin motivos para
promover cambios significativos en sus vidas. Como ocurre con otras categorías
diagnósticas en el DSM, al centrarse en el individuo de forma aislada, se genera
una construcción occidental de la patología y se olvida cómo las condiciones de
vida, sobre todo si son opresivas, pueden dar lugar a malestares
significativos. Todo ello son argumentos para una aproximación biopsicosocial a
los malestares asociados a los cambios.
Por último, resulta significativo comparar la
atención científica y popular al SPM y al TDPM con la escasez de estudios sobre
cómo funciona el ciclo menstrual de forma integral en el cuerpo de las mujeres
y la disminución de estudios sobre la dismenorrea o sobre los cambios positivos
del ciclo (Valls, 2009). Por otro lado, cómo se enseñe a las chicas jóvenes
sobre su menstruación también va a influir en las creencias sobre su cuerpo y
sexualidad.
§. La medicalización de la sexualidad
La fabricación de enfermedades mentales ha sido un dispositivo muy eficaz de
control y regulación tanto de la feminidad como de la sexualidad de las
mujeres. Ya desde el psicoanálisis, Freud teorizó la transferencia en la vida
de la adolescente de la zona erótica del clítoris hacia la vagina como
imperativo biológico de la reproducción y de la heterosexualidad y, por lo
tanto, del desarrollo “normal” femenino. El fallo en el orgasmo vaginal se
convertía en el eje conceptual de la frigidez y la mujer que prefería y deseaba
la estimulación clitoridiana, frente al coito vaginal, se convertía no solo en
inmadura o regresiva, también en representativa de las mujeres que se
comportaban como hombres y renegaban de sus obligaciones maternales (Angel,
2010).
Como ya hemos desarrollado, la norma médica sobre
la sexualidad femenina, que establecía sus patologías e incluso delitos a
través de la medicina legal, ha servido tradicionalmente como reguladora de las
normas de feminidad y heterosexualidad. Así, durante el siglo XIX y principios
del XX, “enfermedades sociales y psicológicas” como el feminismo y el
lesbianismo se asociaban también a la sexualidad clitoridiana (Fiocchetto,
1993; Angel, 2010). Con la influencia del psicoanálisis y de la nueva ciencia
de la sexología, la literatura de consejos maritales de la época enfatizaba la
importancia del placer sexual en el matrimonio y las consecuencias de la
represión y la falta de educación sexual en las mujeres burguesas. En el
periodo posbélico, las connotaciones de los problemas sexuales femeninos como
trastornos mentales continuaron gracias a la APA y su manual asociado, el DSM
(Angel, 2010).
Hacer un seguimiento de las sucesivas ediciones del
DSM nos permite analizar el proceso de extensión y expansión de las categorías
diagnósticas psiquiátricas relacionadas con la sexualidad, fabricando y
modelando enfermedades no existentes en el pasado, mediante procesos de
medicalización y psicologización de malestares sociales para el mantenimiento
del statu quo (entre otros, los producidos por desigualdades
de género o por normatividades de sexo/género/deseo). El análisis de la
medicalización/psiquiatrización de la sexualidad, con sus sesgos de género, así
como de la regulación de masculinidades y feminidades y el control de
“disidencias sexuales” vía trastornos mentales, en conjunción con intereses
comerciales y profesionales, da buena cuenta de ello. La invención de
disfunciones sexuales como trastornos mentales ha sido un importante
dispositivo biopolítico y regulador de género. Solo echar un vistazo al baile
nosológico de categorías que entran y salen y se metamorfosean en el DSM nos
permite entender la relatividad de lo que llega a clasificarse en un momento y
contexto dado como trastorno mental y, en concreto, como trastorno mental
sexual.
La primera edición del DSM (1952), construida bajo
la influencia del psicoanálisis, la psicobiología y la medicina psicosomática
del momento, ya incluía dentro de los trastornos de la personalidad sociopática
la categoría “desviaciones sexuales”, entre las que se encontraban la
homosexualidad, el travestismo, la pedofilia, el fetichismo y el sadismo
sexual. La frigidez, impotencia y problemas menstruales aparecían dentro de los
trastornos psicofisiológicos autonómicos y viscerales, como “reacciones psicofisiológicas
genitourinarias” donde “los factores emocionales desempeñan un rol causal”. El
DSM-II (1968) seguía incluyendo dentro de los trastornos de personalidad las
desviaciones sexuales añadiendo a la lista (encabezada por la homosexualidad)
el exhibicionismo y el voyeurismo; además, añadía a los anteriores trastornos
psicofisiológicos genitourinarios aquellos relacionados con el dolor en el
coito por causas emocionales (la dispareunia).
El DSM-III (1980) representa el cambio de una
psiquiatría con influencias psicoanalíticas a una claramente biologicista que
asume que existen límites claros entre lo normal y lo enfermo. Dicho manual
surge precedido de las teorías sobre homosexualidad, transexualidad e
intersexualidad de John Money y Robert Stoller; los avances en endocrinología y
cirugía; así como las investigaciones sexológicas de Masters y Johnson que
establecían un ciclo de respuesta sexual humana en cuatro etapas (excitación,
meseta, orgasmo y resolución) con sus tres tipos de trastornos sexuales
femeninos (dispareunia, vaginismo y disfunción orgásmica). Si bien estos
autores no participaron directamente en el DSM-III, sí lo haría Helen Kaplan,
terapeuta sexual y psicoanalista que combinaba modelos psicoanalíticos y
conductistas, y que modificó su sistema a un modelo de tres fases (deseo,
excitación y orgasmo) incorporado a la nueva edición del manual (Angel, 2010).
En lugar de separar las categorías de desviaciones sexuales y trastornos
genitourinarios psicofisiológicos, la tercera edición tiene un capítulo sobre
trastornos psicosexuales que se divide en trastornos de la identidad sexual
(transexualismo y trastorno de la identidad sexual), parafilias (fetichismo,
travestismo, pedofilia, voyeurismo, etc.) y disfunciones psicosexuales (deseo
inhibido, excitación sexual inhibida, orgasmo inhibido, dispareunia y
vaginismo).
Tiefer (2002) ha criticado esta visión de la
sexualidad del DSM basada en el modelo del ciclo de respuesta sexual humana de
Masters y Johnson. Tanto el DSM-III de 1980 (y su revisión de 1987) como el
DSM-IV introducen las disfunciones sexuales haciendo alusión a “la inhibición
en los cambios psicofisiológicos” o a “alteraciones” en el proceso que
caracterizan el ciclo completo de respuesta sexual (con su fase apetitiva, de
excitación, orgasmo y resolución). Este modelo en fases se ha convertido en
normativo para clasificar la salud y las disfunciones en la población general,
asumido como universal, con base biológica y neutro respecto al género. Por
otro lado, si bien el DSM-III rompía con el mito freudiano del orgasmo vaginal
y evitaba patologizar a las mujeres cuyo orgasmo era principalmente
clitoridiano y no coital, e incluso el DSM-IV se mostraba más inclusivo
señalando que “cualquier patrón orgásmico razonable es considerado normal” y la
ausencia o dificultad de orgasmo tiene que causar “marcado malestar o
dificultad interpersonal” para ser considerado un trastorno, no obstante, su
modelo medicalizado de referencia termina convirtiendo al orgasmo en parte
obligatoria de la experiencia sexual normal. Tiefer (2002) plantea si es
emancipador para las mujeres pasar del reconocimiento del derecho al placer
sexual y al orgasmo en sus diferentes modalidades a la obligación orgásmica
como criterio normativo de salud.
Por otro lado, no será hasta 1973, y debido a la
presión de los movimientos sociales LGTB, que la APA descarta la homosexualidad
como enfermedad mental, si bien permanece el remanente nosológico de la
“homosexualidad egodistónica”, que se aplica a quienes su orientación
homosexual cause angustia persistente y deseo de cambiarla (retirada
definitivamente en la versión del DSM-III-R). No obstante, no es casual que
cuando se elimina la homosexualidad del DSM, se incorpore la transexualidad
bajo la categoría de trastornos de identidad sexual (de hecho, muchas
“perturbaciones en la orientación sexual” que provocaban “intenso malestar
social” seguían etiquetándose bajo esta categoría).
A mediados de los ochenta, surge la Coalition
Against Misdiagnosis, una campaña frente a los nuevos trastornos mentales
propuestos por la APA en el DSM-III-R, particularmente el trastorno disfórico
premenstrual, pero también nuevas disfunciones sexuales como el trastorno de
aversión al sexo. En la revisión del DSM-III-R (1987), los trastornos sexuales
(ya no “psicosexuales”) incluyen las parafilias y las disfunciones sexuales (el
“psico-” es eliminado igualmente), quedando estas divididas en trastornos del deseo
sexual (deseo sexual inhibido o hipoactivo, trastorno de la excitación sexual
femenina, trastorno de la erección en el hombre y el nuevo trastorno por
aversión sexual), trastornos del orgasmo femenino y masculino, eyaculación
precoz y trastornos sexuales por dolor (vaginismo y dispareunia). La nueva
categoría de trastorno de aversión sexual surge como resultado de la
observación clínica y se define como fobia sexual que no encaja como trastorno
psicosomático/psicofisiológico. Los trastornos de la identidad sexual están
extrañamente incluidos en los trastornos de inicio en la infancia, niñez o
adolescencia, clasificados en función del periodo vital (en infancia o en
adolescencia/madurez) y de si existe o no “preocupación persistente por
deshacerse de las características sexuales del otro sexo”. En caso de que
exista, se le denomina “transexualismo”; en caso de que no se desee adquirir
las características sexuales del otro sexo, pero sí se dé “transvestismo”, es
decir, la adopción del papel del otro sexo, se etiqueta como trastorno de la
identidad sexual (si además se da el componente fetichista, se cataloga como
parafilia, en el nuevo “transvestismo fetichista”).
El DSM-IV vuelve a agrupar conjuntamente los
trastornos sexuales y de la identidad sexual (de modo similar al DSM-III)
incluyendo tres grandes categorías: los trastornos sexuales (las mismas
disfunciones sexuales de la anterior edición más una nueva categoría de
disfunciones sexuales por enfermedad médica o por consumo de sustancias), las
parafilias y los trastornos de la identidad sexual (eliminado la distinción
entre transexualismo y TIS).
Finalmente, en el DSM-5 (2014) vuelven a aparecer
como capítulos separados las disfunciones sexuales, la disforia de género y los
desórdenes parafílicos. Las primeras se dividen ahora en eyaculación precoz o
retardada, disfunción eréctil, trastorno del deseo sexual hipoactivo en
varones, trastorno orgásmico femenino, trastorno del interés/excitación (arousal)
sexual femenino, trastorno de dolor genitopélvico/por penetración, y
disfunciones sexuales inducidas por medicación o consumo de sustancias (el
trastorno por aversión al sexo es retirado por presiones sociales). Mientras en
2012 se moviliza una fuerte campaña mundial por la despatologización de la
transexualidad, el grupo de trabajo del nuevo DSM solo modifica la
nomenclatura, ahora “disforia de género”, si bien parece presagiar (como en su
momento lo hizo la homosexualidad egodistónica) su salida del manual, pasando
por el paso previo del etiquetaje disfórico, es decir, como malestar reconocido
como social pero “clínicamente significativo”. La intersexualidad, que servía
como criterio discriminatorio para excluir la presencia de transexualidad en
anteriores ediciones, ahora en la quinta aparece como submodalidad no
especificada de transexualidad.
Por otro lado, mientras la novela Cincuenta
sombras de Grey, publicada en 2011, se convertía en superventas en
muchos países y era llevada al cine con éxito, el DSM-5 seguía su larga
tradición de patologización del sadismo y masoquismo sexual como parafilias.
Ambos sucesos ejemplifican perfectamente la contradicción en los mandatos
culturales de género y sexualidad: en un momento de persistencia de
desigualdades de género y de represión sexual, vía escasez de información y
educación sexual, se fomenta a su vez la hipersexualidad empoderada de las
mujeres, revestida de libertad de elección y bajo las presiones de los ideales
de belleza imposibles. La erotización de la posición paradójica de
dominadora/sumisa, escenificada en prácticas sexuales, es etiquetada como
trastorno parafílico. Por otro lado, si el malestar por el cruce de exigencias
de género es expresado en bloqueos sexuales, o se pierde interés sexual como
respuesta a la saturación de tanta cultura sexual, entonces se posee una
disfunción sexual para la que ya existe remedio “revolucionario”: el viagra
rosa. Leonore Tiefer (2006) ha señalado dos motivos por los cuales la vida
sexual se ha convertido en objetivo vulnerable para la promoción de
enfermedades en general, y relativas a las mujeres en particular: la
ambivalencia entre la regulación y control de la sexualidad, en especial de las
mujeres (con sus depósitos de vergüenza e ignorancia, que hacen difícil
comprender la satisfacción sexual o enfrentarse a problemas sexuales de forma
racional); y, por otro lado, una cultura popular que infla las expectativas
públicas sobre la importancia del sexo en la satisfacción personal-relacional
y, en el caso de las mujeres, presenta la hipersexualización como marcador de
su liberación. Procesos que generan ansiedades socialmente creadas con sus
correspondientes diagnósticos médicos aptos para tratamiento farmacológico.
Ante estas tensiones e hipocresías, la medicalización ofrece un vocabulario de
inocencia biológica que evita la discusión de temas conflictivos sobre poder,
género y sexualidad (Tiefer, 2002).
En el nuevo DSM-5, las disfunciones sexuales son
definidas como experiencias y conductas sexuales insuficientemente intensas en
duración, magnitud y frecuencia; mientras que los trastornos parafílicos hacen
referencia a conductas sexuales con objetos ilegítimos de
atracción sexual o placer (ilegítimos o bien porque no hay consentimiento de la
otra parte, o bien porque están asociados a “malestar clínicamente
significativo o deterioro en lo social, laboral u otras áreas importantes del
funcionamiento”). En esta nueva edición es interesante el hecho de que,
mientras el trastorno del deseo sexual hipoactivo en el varón viene definido
por “fantasías o pensamientos sexuales o eróticos y deseo
de actividad sexual reducidos o ausentes de forma constante o
recurrente”; en cambio, en el caso del trastorno del interés/excitación sexual
femenino se señalan al menos seis posibles criterios indicativos de ausencia o
reducción clínicamente significativa (que provoca malestar): ausencia o
reducido interés en la actividad sexual; fantasías o
pensamientos sexuales o eróticos ausentes o reducidos; inicio reducido
de la actividad sexual o habitualmente no receptiva a los
intentos de la pareja por iniciarla; excitación o placer sexual ausente
o reducido durante la actividad sexual o en respuesta a cualquier invitación
sexual o erótica; y sensaciones genitales durante la actividad
sexual ausentes o reducidas. Se advierte además que la disfunción sexual no se
explica ni por un trastorno mental no sexual ni “como consecuencia de una
alteración grave de la relación (por ejemplo, violencia de género) u otros
factores estresantes significativos”. No se detalla qué pueden ser “factores
estresantes significativos” y cuáles asociados a los mandatos de género pueden
interferir en la sexualidad femenina. Por otro lado, se asume que en la
(hetero)sexualidad masculina, la ausencia o reducido placer, de sensaciones, de
iniciación o receptividad sexual, no son indicadores de patología o malestar en
la cadena erección-penetración-eyaculación. En las mujeres, el
interés/excitación implica conjuntamente experiencias y conductas; en los
varones, la excitación es física.
El deseo y la expresión sexual masculina, así como
sus disfunciones, aparecen más bien como una operación fisiológica unitaria; en
el caso de las mujeres, es más compleja y sujeta a variaciones culturales y sus
disfunciones presentan diferentes componentes y medidaspsicológicas (Duschinsky
y Chachamu, 2013). No obstante, como señalan estos autores, la heterogeneidad
de la sexualidad masculina se muestra en las parafilias respecto a la
diversidad de objetos de atracción o placer sexual. Si bien en estas no se
separa entre varones y mujeres, claramente se asume que son masculinas por
defecto. Como veremos, esta progresiva diferenciación en la conceptualización
de la sexualidad de varones y mujeres, y sus disfunciones, vino precedida del
auge de investigaciones y debates científicos sobre el deseo femenino tras el
éxito de Viagra para tratar la disfunción eréctil en varones y sucesivos
fracasos en su generalización a la población femenina. Según estas
investigaciones, el supuesto de Masters y Johnson de que el ciclo de respuesta
sexual humana funciona igual para varones y mujeres resultó ser un sesgo
androcéntrico que asumía definiciones de deseo muy simplistas para describir la
sexualidad femenina, la cual mostraba mayor diversidad de modelos de respuesta
sexual (donde la anticipación y la urgencia biológica no parecían ser tan
relevantes). Por otro lado, la agencia sexual en las mujeres, celebrada como
signo de su mayor libertad, se ha convertido en demanda obligatoria en una
cultura que, como decíamos, infla la importancia de la sexualidad. Así, se
patologiza el interés sexual, el placer, la sensación o la iniciativa sexual de
las mujeres y se ofrece intervención psicomédica, incluidos fármacos
revolucionarios, para aquellas que experimentan sus experiencias y conductas
sexuales tan deficitarias en duración, magnitud o frecuencia que les causa
malestar. En definitiva, se fabrican diagnósticos que individualizan malestares
derivados de dobles vínculos, que no atienden a las demandas normativas de
género o a la tensión entre el rol antiguo sexual represivo y el nuevo de
iniciativa (Tiefer, 2006; Duschinsky y Chachamu, 2013).
A través de este recorrido por los trastornos
sexuales en el DSM, hemos visto cómo el manual ha contribuido a la
medicalización de conductas y experiencias problemáticas, dificultades
emocionales y malestares sociales “clínicamente significativos”. Con ello ha
contribuido a la cultura de la “difusión del déficit” (Gergen 1990) y promoción
de enfermedades (Payer, 1992), mediante la extensión o aumento
de la cantidad de categorías diagnósticas e intervenciones terapéuticas de
“trastornos subclínicos”: o bien rebajando los umbrales o cortes de lo que se
considera “anormal”, medicalizando eventos cotidianos o respuestas de
afrontamiento no patologizadas en el pasado; o con el creciente énfasis en la
vulnerabilidad, el riesgo y la susceptibilidad (Kirschner, 2013). En la
promoción de enfermedades del DSM, la extensión diagnóstica se acompaña también
de la expansión o incremento del número de personas y
poblaciones sobre las cuales se aplican los diagnósticos (ibídem). Todo ello
justificado por el giro neurobiológico de las disciplinas “psi” (influido por
los desarrollos tecnológicos en genética, psicofarmacología y técnicas de
neuroimagen) y por la imaginación farmacéutica (Marshall, 2009), que da un paso
más en la psicologización de malestares sociales, les busca base orgánica y los
medicaliza para prescribir psicofármacos como tratamiento. Proceso este no
ajeno a los sesgos de género, por ejemplo, la introducción de inhibidores
selectivos de la recaptación de serotonina (usados en tratamientos depresivos,
de ansiedad y algunos de personalidad) ha provocado la medicalización de un
número desproporcionado de estados psicológicos asociados a la vida cotidiana
que se impone normativamente a las mujeres y para los que se ofrece tratamiento
farmacológico (Metzl y Angel, 2004). La promoción corporativa de la disfunción
sexual femenina es otro ejemplo de ello.
§. La promoción farmacéutica de la disfunción
sexual femenina
El hecho de que Viagra funcionara tan bien para la disfunción eréctil, como un
problema no psicológico sino meramente mecánico, contribuyó a un progresivo
énfasis (por medio de discusiones en revistas científicas, en medios de
comunicación o promociones farmacéuticas) en la naturaleza médica, no
psiquiátrica, de las disfunciones sexuales. Tanto a las corporaciones como a
los profesionales que responden a sus intereses preocupaba que las disfunciones
sexuales (especialmente las femeninas) se enmarcaran en el contexto de los
trastornos mentales y no hubiera desarrollado un sistema diagnóstico aplicable
en entornos médicos. El reconocimiento de la disfunción sexual femenina (DSF)
como un problema médico implicaba poder decir a las mujeres con reducido o
escaso interés sobre el sexo: “Los problemas no están en tu cabeza, no estás
loca”, al tiempo que se abría un nuevo nicho de potenciales consumidoras: “Con
esta pastilla vas a recobrar tu libertad y agencia sexual” (Angel, 2010). A
diferencia de otras investigaciones sobre sexualidad (como los secretos en
torno a la próstata y la eyaculación femenina), se trataba de presentar la DSF
como patología genital en las mujeres similar a la disfunción eréctil,
aplicando el patrón masculino a la sexualidad femenina. Pero el objetivo no era
precisamente romper con los dualismos de la diferencia sexual, sino más bien
dar respuesta a los intereses comerciales de Pfizer en busca del viagra rosa o
femenino. Como veremos al seguir el trabajo de Leonor Tiefer, la DSF se ha
convertido en un claro ejemplo de invención y promoción de enfermedad, pero
también de resistencia activista (Tiefer, 2000, 2001, 2002, 2006).
Esta autora ha analizado el contexto de emergencia
de esta “era farmacológica en el tratamiento de los desórdenes sexuales”
(Segraves, 1998, en Tiefer, 2000), como anunciaba el editorial de la
revista Journal of Sex and Marital Therapy, y la amenaza de
cooptación de la sexología por la industria farmacéutica en un proceso de
medicalización de la sexualidad. En concreto, Tiefer (2000) se pregunta por qué
la industria farmacéutica se interesó en el sexo y, a su vez, por qué la
investigación sexológica se interesó en la industria farmacéutica. Por un lado,
la disminución del apoyo estatal a la investigación ha fomentado las alianzas
entre academia e industria; a ello se le suma la desregulación de la industria
farmacéutica (la expansión o retracción de las regulaciones de la FDA y de la
AEM parecen guiarse más bien por desastres sanitarios —como la talidomida o
ciertos implantes mamarios— que por normativas estables) y el boom como
hemos señalado de medicamentos para estilos de vida. Por otro lado, según
Tiefer (2000), la sexología experimentaba problemas de credibilidad académica
(estancada en la terapia sexual) y de financiación (por la reducción de
financiación pública antes señalada). Y eso a pesar (o precisamente por eso) de
que históricamente pretendía tener un carácter científico, descriptivo y
explicativo, ajena al juicio moral sobre conductas sexuales y defensora de la
diversidad sexual. No obstante, existen conflictos de intereses entre la
sexología y la industria farmacéutica que han obstaculizado el proceso de
invención y promoción de la DSF como enfermedad médica. Como señala esta
autora, las farmacéuticas exigen a los investigadores que omitan o “maquillen”
la información sobre los fracasos en los ensayos clínicos o efectos secundarios
de los fármacos; la aproximación de la industria farmacéutica a la sexualidad
como función física y universal omite su complejidad psicológica y relacional,
a la par que ignora su carácter socialmente construido y sus condicionantes
culturales; finalmente, enmascara su carácter político y de ideología de género
al reducir la sexualidad a su función genital (a la penetración heterosexual
con orgasmo), combinando “ignorancia sexual con sensacionalismo sexual”
(ibídem).
Dados estos condicionantes, el primer paso que se
dio fue la medicalización de la sexualidad masculina. Tiefer (2002) señala cómo
en las décadas de los ochenta y noventa creció la subespecialidad quirúrgica de
la urología centrada en las disfunciones sexuales masculinas, acompañada de la
fascinación mediática por las nuevas tecnologías de la erección. Es la época de
la promoción de tratamientos para la impotencia, inyecciones e implantes de
pene. Cuando el citrato de sildenafil (la pastilla azul Viagra) se lanza al
mercado en 1998, con una campaña global de marketing sin precedentes, ya se
habían establecido las normas médicas para la sexualidad masculina con sus
mandatos de género (con erecciones, orgasmo, eyaculación a tiempo y deseo
correcto en frecuencia y objeto); la medicina sexual genitourinaria ya había
construido la disfunción eréctil como un desorden médico serio, prevalente y
tratable; y los urólogos ya se habían consolidado como autoridades en la
función sexual de los hombres (Tiefer, 2001, 2002, 2006).
Tras ello, la industria farmacéutica en
colaboración con urólogos y algunos sexólogos comenzaron a centrarse en los
problemas sexuales de las mujeres con un paradigma médico similar, centrándose
en las causas físicas, en evaluaciones fisiológicas y en posibles tratamientos
farmacológicos de los problemas sexuales de las mujeres (Tiefer, 2001).
Comienza así una carrera comercial competitiva por el “viagra femenino” y un
nuevo diagnóstico, “la disfunción sexual femenina”, emerge como nuevo centro de
atención de los intereses comerciales (Tiefer, Hall y Tavris, 2002). Urólogos
como Irwin Goldstein[96] ya estaban interesados en expandir su investigación sobre la
disfunción sexual y su práctica clínica a las mujeres (animados por estudios
pequeños y preliminares con tejido genital animal). Mientras, la cobertura
mediática también contribuía a la cultura medicalizada sobre la sexualidad de
las mujeres. Cuando en 1998 la FDA aprueba el sildenafil, medios como el New
York Times o el Wall Street Journal ya especulaban
sobre su uso en mujeres, en concreto, el primero se preguntaba: “¿Cuál es el
problema femenino que Viagra o algún fármaco de su estilo vendrá a cubrir?”
(Kolata, 1998, en Tiefer, 2002). Como si trataran de responder, investigadores
sexuales, encabezados por Goldstein, celebran sucesivas conferencias anuales en
Boston financiadas por las compañías farmacéuticas para llegar a un acuerdo
sobre la definición de la disfunción sexual femenina y buscar formas de
conceptualizar los problemas sexuales de las mujeres más sensibles a la
investigación e intervención farmacológica (ibídem). Así se organizó la Conferencia
del Consenso sobre DSF en octubre de 1998, financiada por organizaciones
urológicas y compañías farmacéuticas con el objeto de resolver dichos problemas
de definición y metodológicos. Del encuentro se generó un documento de consenso
(consensus statement) (Basson et al., 2000) que definía las
DSF en un lenguaje casi idéntico a la nomenclatura del DSM-IV de la APA. Sin
embargo, en dicho texto se insistía en el carácter médico, no psiquiátrico, de
las disfunciones sexuales (lo que afectaba a la investigación posterior y a los
ensayos clínicos con fármacos). Curiosamente seguía enfatizando, como elemento
esencial en el diagnóstico, el criterio del “malestar personal”, al tiempo que
ignoraba los problemas sexuales no médicos, áreas primarias de malestar sexual
según las mujeres (Tiefer, 2001).
En 1999 y 2000, Goldstein vuelve a organizar en
Boston dos conferencias, esta vez multidisciplinares, sobre la DSF que, de
nuevo, serán claves en este proceso de medicalización de la sexualidad de las
mujeres promocionado igualmente por los medios de comunicación: The New
York Times Magazine celebraba la búsqueda del viagra femenino como
“segunda revolución sexual” (Hitt, 2000, en Tiefer, 2002).
Con el nuevo siglo prolifera la literatura sobre la
definición de la DSF y la necesidad de instrumentos de evaluación válidos y
fiables. En el año 2000, la FDA publica un borrador con recomendaciones para
las compañías farmacéuticas interesadas en el diseño de ensayos clínicos para
la DSF, aconsejando cómo diseñar sus investigaciones. En dicho documento se
utiliza la nomenclatura del DSM-IV (y del documento de consenso de los
urólogos) y se señalan los siguientes cuatro componentes de la DSF: disminución
del deseo, disminución de la excitación sexual, dificultad persistente en
conseguir el orgasmo y dispareunia. El documento es una guía para las compañías
sobre cómo medir posibles mejoras de los fármacos en la satisfacción sexual de
las mujeres que prueben su eficacia como tratamiento de la DSF. En ella, el
éxito de un encuentro (hetero)sexual se mide mediante la presencia o no de
orgasmo durante el coito. Como critica Tiefer (2002), también la FDA asume un
sexo natural que presupone un guión sexual universal dictado biológicamente y
centrado en la penetración heterosexual con orgasmo. Temas de poder, de
intimidad en la relación, de significado, de contexto social o de género (con
criterios ajustados a las vidas de las mujeres) resultan completamente invisibles.
Todo ello explica las dificultades que se encontraron los investigadores para
medir la excitación sexual —objetiva y subjetiva— de las mujeres. “El
sildenafil producía una ambivalencia chocante: mejoraba las medidas
fisiológicas, pero no tenía un efecto significativo sobre la percepción
psicológica de la excitación” (González García, 2015: 23-24). La sexualidad
femenina no parecía entenderse únicamente en términos fisiológicos; factores
emocionales y la intimidad parecían ser componentes importantes en su
satisfacción (ibídem).
De 1997 a 2004 Pfizer (compañía que comercializa
Viagra) fue la principal promotora de la DSF. No obstante, debido a los
resultados inconsistentes de sus ensayos clínicos sobre la eficacia de Viagra
para tratar problemas de excitación en mujeres, abandonará su empeño. Se
trataba de un ejemplo más de fracaso por sesgo de género: una categorización
diagnóstica sin evidencia que demostraba que los problemas sexuales de las
mujeres no podían conceptualizarse siguiendo el modelo masculino (Tiefer,
2006). Procter & Gamble toma el relevo invirtiendo en un parche de
testosterona (Intrinsa) para tratar, esta vez, el trastorno del deseo sexual
hipoactivo cuya causa orgánica está en el síndrome de insuficiencia a los
andrógenos en las mujeres (González García, 2015). La DSF cambia su identidad:
de un trastorno de la excitación sexual/arousal (problemas con el
flujo sanguíneo) a un trastorno del deseo con etiología hormonal (ibídem).
De nuevo un medicamento ya existente creaba un
trastorno a su medida: “El nuevo síndrome solo parecía tener sentido como
justificación de la terapia con andrógenos para la falta de deseo en las
mujeres” (en muchos casos, en mujeres con menopausia) (González García, 2015:
35). Los resultados de la eficacia y seguridad de los ensayos clínicos con
Intrinsa no permitieron su aprobación. No obstante, a pesar de los problemas en
su definición y en encontrar un fármaco aprobado, la DSF se había convertido
—al menos en el contexto estadounidense— en una realidad médica y mediática
(Tiefer, 2006). Prueba de ello es que en 2015 la FDA aprueba el antidepresivo
Flibanserin (Addyi es su nombre comercial) como medicamento para tratar el
deseo hipoactivo en las mujeres, subsumido ahora en el nuevo trastorno del
interés/excitación sexual (del DSM-5), pero situando esta vez la base orgánica
de la DSF en fallos en los neurotransmisores del cerebro (González García,
2015). Bajo el lema “Igualemos el marcador”, la farmacéutica Sprout presionó
mediáticamente para la aprobación de Addyi disfrazándolo como logro “rosa” que
venía a reparar décadas de desigualdad de género en el tratamiento de las
disfunciones sexuales (ibídem)[97].
Pero este proceso de medicalización de la
sexualidad femenina vino acompañado también del desarrollo paralelo de
respuestas activistas y resistencias a la cooptación farmacéutica. En 1999 se
creó la “Campaña para una nueva visión de los problemas sexuales de las
mujeres”, un grupo de trabajo multidisciplinar (formado por psicoterapeutas,
psiquiatras, profesoras de psicología social y sociología) encargado de
escribir artículos y manifiestos críticos con el modelo médico de los problemas
sexuales y elaborar estrategias de contramarketing mediático. En ella se
denunciaba la simplificación de la sexualidad y la propia idea de definir una
función sexual “normal”; se criticaba la “burbuja epidemiológica” creada por
estudios sesgados, así como las nuevas nomenclaturas psiquiátricas; los
conflictos de intereses de los investigadores y sus encuentros financiados por
farmacéuticas; los sesgos en los ensayos clínicos; se visibilizaban los efectos
secundarios de los medicamentos promocionados (como hipotensión arterial,
náuseas, somnolencia diurna e insomnio) y las posibles negligencias cuando se
asume una teoría exclusivamente médica de la sexualidad (Tiefer, 2000, 2006).
Más allá del modelo médico y sus disfunciones, esta
perspectiva crítica sitúa los problemas sexuales primariamente en contextos
relacionales y culturales, está basada en los derechos sexuales, en la
diversidad, la autodeterminación y, sobre todo, en las experiencias de la vida
sexual de las mujeres. Ello implica que las mujeres identifiquen sus propios
problemas sexuales con su propia definición, sin especificar ningún patrón de
experiencia sexual como normal, evitando la universalización y el reduccionismo
biológico. En esta nueva visión sobre los problemas sexuales se ofrece un
sistema alternativo de clasificación integral con cuatro tipos de causas
biopsicosociales: problemas sexuales debido a factores socioculturales,
políticos y económicos (resultado de la ignorancia y ansiedad por falta de
educación sexual, por fatiga o sobrecarga de obligaciones familiares, normas
culturales, etc.); problemas relacionales o de pareja (de traición, miedo a la
pareja, discrepancias en deseo, actividad sexual o prácticas, problemas de
comunicación, etc.); factores psicológicos (experiencias de abuso previas,
problemas de apego, rechazo, depresión, ansiedad, miedo al acto sexual y sus
consecuencias, por ejemplo, dolor, embarazo, etc.); o, finalmente, debido a
factores médicos (dolor físico, falta de respuesta física por medicación, etc.)
(Tiefer, 2001, 2002; Tiefer, Hall y Tavris, 2002).
Leonor Tiefer (2001, 2002), una de las académicas
más visibles y críticas con el modelo medicofarmacéutico de la sexualidad
femenina, ha dedicado varias de sus publicaciones a mostrar los problemas
conceptuales, clínicos y políticos que presenta esta perspectiva. Según esta
autora, el modelo médico reduce los problemas sexuales a “trastornos
individuales, universalizados y de función fisiológica” (comparables a
trastornos respiratorios digestivos). Además, “promueve una norma específica de
sexualidad”, una ejecución genital correcta, con unos ingredientes necesarios y
suficientes para la experiencia sexual exitosa: el deseo, la excitación
genital, el orgasmo y la habilidad de disfrutar con la penetración vaginal.
Asume una “sexualidad abiertamente genital, falocéntrica y que ignora la
subjetividad y el significado”. Como señala esta autora, la
obsesión por que los genitales funcionen correctamente (“el pene duro y la
vagina humedecida”) va en detrimento de atender a lo que convierte los
problemas sexuales en complejos: los aspectos relacionales de la experiencia
sexual (el placer, la sensualidad, la comunicación con la pareja, las
relaciones de poder, etc.). Pero no solo eso, con ello puede impedir a las
mujeres expresar sus preocupaciones o poder intervenir en problemas de
violencia o coerción sexual. Como señala Tiefer (2001, 2002), reducir “la
función sexual normal” a la fisiología individual implica que uno puede medir y
tratar las dificultades genitales y físicas sin atender a la relación en la que
el sexo tiene lugar. A veces resulta difícil discriminar entre un problema de
deseo o un problema de pareja. Igualmente, es un modelo que “obvia las
variaciones culturales en sexualidad” y la manera en que el interés en la
actividad sexual puede estar condicionado por guiones sexuales culturales. Por
último, “invisibiliza las relaciones de poder”: tratar los problemas sexuales
de una pareja como problemas fisiológicos de deseo, de vagina o de pene, oculta
que mujeres y varones no tienen el mismo poder sexual político.
Por último, podríamos identificar los dos sesgos de
género en investigación señalados en este libro para explicar los problemas de
la medicalización de la sexualidad femenina en busca del fármaco adecuado: el
sesgo androcéntrico y el de esencialización de las diferencias sexuales. El
primero tiene lugar cuando, tras el éxito de Viagra para la disfunción eréctil,
se asume una falsa noción de equivalencia entre varones y mujeres tanto en su
respuesta fisiológica durante la actividad sexual como en sus disfunciones
(Tiefer, 2001, 2002). Como señala Marta González (2015), los cuerpos de las
mujeres se resisten a los ímpetus de las compañías farmacéuticas por dar salida
“rosa” a Viagra, la diversidad de sus experiencias narradas no encaja con el
modelo de “ciclo de respuesta sexual humana” de Masters y Johnson, ni con un
patrón androcéntrico medido en términos de erección. Las mujeres generalmente
no separan el deseo de la excitación, les importa menos la excitación física
que la subjetiva y sus malestares sexuales frecuentemente se centran en
dificultades relacionales o emocionales (no presentes precisamente en el DSM)
(Tiefer, 2001, 2002). Ningún modelo universal parece válido, al ignorar la
experiencia sexual personal y la intersección con desigualdades no solo de
género, sino también de clase social, etnicidad (pobreza, violencia, etc.) o
claramente la orientación sexual (ibídem).
La nueva clasificación diferenciada por sexo en el
DSM-5, más que revelar una mayor atención a las experiencias de las mujeres,
responde a estrategias de marketing rosa como consecuencia de las dificultades
en los tratamientos médicos y la necesidad de extender el mercado de los
fármacos sexuales a las mujeres (González García, 2015). Pero igualmente, y
aquí se presenta el segundo sesgo de género, si no hay un modelo universal de
respuesta sexual humana, tampoco existen dos, masculino y femenino (ibídem). Las
diferencias esenciales en la sexualidad de varones y mujeres que parece asumir
el nuevo DSM-5 omite las diferencias interseccionales entre mujeres (y entre
varones) y en una misma mujer (o varón) en diferentes momentos de su vida y por
diferentes circunstancias.
Capítulo 5
Sesgos de género en la práctica científica e investigadora
El lenguaje de la ciencia, como el lenguaje en
general, no es ni asexual ni neutral.
Luce Irigaray
Contenido:
§. Dos tipos de sesgos: exagerar o ignorar las
diferencias
§. Sesgos de género en las prioridades científicas
§. Sesgos de género en modelos teóricos y preguntas de investigación
§. Sesgos de género en el planteamiento de hipótesis y en la definición de
variables
§. Sesgos de género en los diseños y muestras empleadas
§. Sesgos de género en la situación experimental
§. Sesgos de género en la recogida y análisis de datos
§. Sesgos de género en la interpretación de resultados y en su publicación
A lo largo de los capítulos anteriores hemos
identificado y analizado diversos sesgos de género que se pueden introducir en
el proceso de investigación (ya sea esta médica, biológica, psicológica,
histórica, etc.), presentando ejemplos de lo que podríamos denominar “mala
ciencia” sobre “la otra mitad de la experiencia humana” (Hyde, 1995), con el
objetivo de seguir estimulando el pensamiento crítico sobre las “verdades
científicas”. De forma sintética, un proceso de investigación según el método
científico parte de un modelo teórico o de determinados supuestos o hipótesis,
a partir de los cuales se formula una pregunta de investigación (cuya respuesta
será el objetivo de todo el proceso investigador) y se anticipan una serie de
hipótesis o respuestas tentativas que serán puestas a prueba para su
verificación. A continuación se diseña la investigación, lo cual implica
seleccionar las variables a estudiar (conceptualizarlas, definirlas, etc.),
seleccionar cómo se van a medir (operativizarlas), elegir un grupo de
participantes adecuados para su análisis (muestra) y elaborar el diseño en
función de la metodología que se quiera utilizar (cualitativa-cuantitativa,
experimental, observacional, comparativa, correlacional, etc.). Posteriormente,
se realiza la recogida de datos, el análisis de los mismos (si se confirman o
no las hipótesis en función de la evidencia) y su interpretación teórica. Este
proceso suele terminar con la publicación en una revista científica de los
resultados y sus conclusiones que, a su vez, serán leídos y discutidos dentro
de la comunidad científica. Los resultados serán integrados (o no) en modelos
teóricos previos o revisados, pasando a formar parte del conocimiento
científico, de los manuales disciplinares y, en ocasiones, vía divulgación científica,
de las creencias autorizadas del saber popular. En caso de ser investigaciones
aplicadas, los resultados impulsarán programas de intervención o tratamientos.
A continuación, repasaremos algunos de los sesgos
de género que, como hemos visto, se dan en las diferentes fases del proceso de
investigación, apuntando otros no mencionados. Como señalamos al inicio de este
trabajo, entendemos por ‘sesgos’ desvíos o errores sistemáticos que resaltan
determinados aspectos de la experiencia e ignoran otros, como resultado de la
insensibilidad al género y con consecuencias en la calidad de la ciencia y sus
aplicaciones (Hare-Mustin y Marecek, 1994; Ruiz Cantero, 2013). En primer
lugar, nos centraremos en dos sesgos que permean todo el proceso investigador:
la tendencia a exagerar las diferencias entre los sexos y la tendencia a
minimizarlas o ignorarlas (Hare-Mustin y Marecek, 1994). En ambos casos está
presente otro sesgo: la desatención a la diversidad y a la interseccionalidad
(Collins, 2000)[98]. Sesgos que, por otro lado, podrían aplicarse de forma paralela a las
investigaciones sobre clase social, raza/etnicidad, edad, etc.
§. Dos tipos de sesgos: exagerar o ignorar las
diferencias
El primer sesgo señalado consiste en exagerar las diferencias: la
visión de varones y mujeres —lo masculino y lo femenino— como diferentes y
opuestos. Para explicar este sesgo, Rachel Hare-Mustin y Jeanne Marecek (1994)
se remiten a la larga tradición filosófica occidental que ha construido a “la
Mujer” como “lo Otro del Uno”, como su alteridad (Beauvoir, 1949)[99]. Esta distinción ha estado presente en los principales filósofos
varones occidentales (desde Platón hasta Aristóteles, desde Descartes hasta
Kant, etc.). Frente a la forma-alma masculina, la materia-cuerpo femenina;
frente a humores cálidos y secos masculinos, los húmedos y fríos femeninos;
frente a la razón masculina, las pasiones, emociones y sentidos femeninos;
frente al sexo sublime, el sexo bello; frente al “genérico humano”, el “sexo”,
etc.
Tras la Ilustración, el varón-hombre, sujeto capaz
de transcender su cuerpo y sus pasiones, quedaba del lado de la civilización,
del contrato social y de lo público; la mujer, inmanente a su cuerpo
reproductivo, objeto de transacción de un contrato sexual previo entre varones,
del lado de la naturaleza y de lo doméstico (Beauvoir, 1949; Pateman, 1995). En
esta línea dualista, y vía Fracis Bacon (en Novum Organum), también
la revolución científica presuponía un sujeto de ciencia masculino que debía
“controlar, someter” y hasta “violar” a la mujer-naturaleza para desvelar sus
secretos (Bacon, 1620, en Keller, 1991).
Este sesgo filosófico, que parte de una diferencia
sexual esencial o de la Mujer como lo Otro, ha tenido su
correlato en teorías psicológicas, sociológicas o neurológicas hasta nuestros
días, asumiendo la diferencia como inferioridad, ausencia o complementariedad.
Ejemplos de ello han sido: las teorías psicodinámicas de Freud (1925, 1933) o
Lacan (1972) sustentadas en la diferencia sexual; la “cultura femenina”
teorizada por George Simmel (1911) o la sociología funcionalista de Talcott
Parsons y Robert Bales (1955), que asignaba roles “instrumentales” a los
varones y “expresivos” a las mujeres; teorías psicológicas del desarrollo moral
como la de Carol Gilligan (1982) en Una voz diferente, que
adjudican a las mujeres una “ética del cuidado” frente a la “ética de la
justicia” en los varones; o teorías neurológicas que diferencian entre cerebros
masculinos con capacidad para el pensamiento sistemático y cerebros femeninos
programados para la escucha y la empatía, como las desarrolladas ya en el siglo
XXI por Simon Baron-Cohen (2003) o Louann Brizendine (2010).
Como hemos visto, en medicina este sesgo
diferencial ha provocado la reducción de la “salud de las mujeres” a su salud
sexual y reproductiva, desatendiendo la perspectiva de género en enfermedades
comunes a ambos sexos. Por otro lado, a través de este sesgo, y de los
estereotipos que produce, las ciencias sanitarias han “inventado” trastornos o
síndromes específicos de las mujeres, atribuyéndoles causas
internas-individuales: ya hemos analizado cómo se patologizan y medicalizan
procesos normales en la vida de las mujeres (la menstruación, el parto o la
menopausia, etc.); o bien malestares emocionales en las mujeres producto de
desigualdades sociales y mandatos de género, “malestares que no tienen nombre”
(Friedan, 1963), se convierten en síndromes psiquiátricos tratados con
psicofármacos, como ocurrió con la depresión en los años setenta-ochenta y está
ocurriendo en la actualidad con “la falta de deseo sexual” femenino; o se
fomenta el consumo de fármacos para estilos de vida (por ejemplo, productos de
adelgazamiento) confundiendo estética y salud[100]. Este sesgo diferencial, junto con la infravalorización de la
experiencia femenina, ha provocado los llamados “dobles estándares” en salud:
una misma situación es tratada y evaluada de forma diferente en función del
sexo de la persona. Por ejemplo, quejas masculinas y femeninas no son atendidas
por igual, buscándose más componentes psicosomáticos en las mujeres y
prescribiéndose un mayor número de psicofármacos en mujeres ante iguales
síntomas que varones[101].
Por otro lado, atender a las diferencias permite
compensar negligencias derivadas del sesgo androcéntrico, que olvida
situaciones corporales, psicológicas y sociológicas diferenciales de las
mujeres. Por ejemplo, estudios sobre morbilidad diferencial permiten
identificar necesidades de salud particulares de las mujeres que han sido
tradicionalmente desatendidas (diferencias según sexo en VIH, en enfermedades
autoinmunes o coronarias, o patrones diferenciales de sexo/género en prevención
de riesgos laborales). Atender a las diferencias de las mujeres permite también
visibilizar y revalorizar sus experiencias como colectivo (por ejemplo,
revalorizar los trabajos de cuidado de las mujeres en la economía) (Durán,
Serra y Torada, 2001).
No obstante, exacerbar las diferencias en
determinados campos y contextos, y más si se hace de forma esencialista,
contribuye al mantenimiento del statu quo. Al interpretarlas
como biológicas e innatas, naturaliza las desigualdades de
género, las esferas separadas, convirtiéndolas en inamovibles y en “deber ser”
(Hare-Mustin y Marecek, 1994). Fetichizar las diferencias sexuales refuerza
estereotipos de género, simplificando de forma reduccionista lo que son mujeres
y varones, y ello a costa de omitir la variabilidad intrasexos, las
intersecciones con otras variables (edad, sexualidad, clase, raza/etnicidad,
etc.), así como los solapamientos y las semejanzas entre ambos; por ejemplo,
cuando se asume un ciclo vital homogéneo y determinados episodios como esenciales
en las mujeres: la posibilidad y la opción de la maternidad, la menstruación o
el amor heterosexual, etc. Así, programas de intervención en salud o
psicosociales que, aunque tengan en cuenta el sexo/género, no atiendan a la
diversidad dentro de cada sexo/género (a las diferencias por otras variables),
cayendo en generalizaciones, pueden fracasar por efectos inesperados. Por
ejemplo, programas de prevención de consumo de tabaco en mujeres deberían
atender al efecto combinado del género y la clase social, pues es
particularmente en las mujeres de clase privilegiada donde se está
incrementando el consumo[102] (Velasco, 2009; Sánchez, 2013).
Por otro lado, tomar lo masculino y lo femenino
como rasgos diferenciales, esencializa el
género al entenderlo como sustancia fija y estática, como una propiedad a
priori de las personas, no como una relación o un hacer social; y al
entenderlos como rasgos opuestos o complementarios (como si
fueran simétricos), se enmascaran los contextos sociales, las relaciones de
poder o las desigualdades entre mujeres y varones como posiciones de sujeto
(Unger, 1994). Además, tratar el género de forma alineada al sexo (mujer-femenina
y varón-masculino) y como variable homogénea impide trabajar con las
feminidades en varones o las masculinidades en mujeres (en diferentes facetas
del comportamiento); o trabajar con diferentes expresiones de
masculinidad/feminidad (tradicionales, en transición, igualitarias, etc.)
(Velasco, 2009). Por último, la exageración de las diferencias sexuales, junto
con la asunción de alineamientos dualistas de sexo/género/deseo, obvia el
amplio abanico de diversidades, cruces inesperados y procesos corporales e
identitarios que no responden al dualismo.
El segundo sesgo que señalan Hare-Mustin y Marecek
(1994), ignorar o minimizar las diferencias, consiste en adoptar la
visión parcial y particular de los varones y las experiencias masculinas como
referente universal, (sobre)generalizándolo a toda la experiencia humana y
suponiendo que no hay diferencias respecto a las mujeres. Este sesgo no es más
que un reflejo del androcentrismo lingüístico con el uso del genérico masculino
(Garí Pérez, 2006): por ejemplo, hablar de hombre para referirse a varón y para
referirse a toda la especie humana (como varón/mujer); exponer en primer lugar
los datos referentes a los varones, tomando a estos como primer sexo y norma, y
luego los de las mujeres; utilizar el genérico masculino y asumir por defecto
un sujeto varón (esto ocurre también cuando se nombra a los científicos por sus
apellidos y se presupone autoría masculina); o utilizar el “neutro” cuando
conviene marcar las diferencias por mayoría femenina (por ejemplo, cuando se
habla de “los sujetos o pacientes con fibromialgia” o de los “empleados
domésticos” cuando en su mayoría son mujeres).
En medicina, la neutralidad de género y la asunción
de “las mujeres como no hombres” provoca desigualdades en salud (Valls, 2008,
2009). Tomar como modelo el cuerpo de los varones y asumir que riesgos,
síntomas, estándares, tratamientos y pronósticos de determinadas enfermedades
son los mismos para el caso de las mujeres hace que las intervenciones sean
poco eficaces y con efectos no deseados (Valls, 2008; Sánchez, 2013). Como ya
hemos desarrollado, un ejemplo representativo de este sesgo es la desigual atención
a las enfermedades cardiovasculares de las mujeres por no atender a su
sintomatología diferencial (Healy, 1991; Schiebinger, 1999; Valls, 2008). Otra
modalidad de este sesgo es tomar estándares o medidas de referencia masculinas
como las universales, desatendiendo que en las mujeres pueden “ni ser normales
ni óptimas” (como, por ejemplo, con la ferritina) (Valls, 2008); o la
negligencia de no incluir mujeres en los ensayos clínicos, desatendiendo una
posible respuesta diferencial ante determinados fármacos (como ha ocurrido con
los supuestos beneficios de la aspirina para prevenir accidentes
cardiovasculares y otros ya relatados) (Valls, 2008; Ruiz, 2013).
Para evitar este sesgo en salud, conviene
identificar analíticamente las diferencias de sexo, por ejemplo en
sintomatología por especificidades sexuales biologicocorporales; y las diferencias
de género, por ejemplo por diferentes estilos de vida asociados a los roles
de género (sobrecarga de responsabilidades, de cuidados, etc.) o por una
atención médica desigual y de peor calidad basada en estereotipos de género
(Sánchez, 2013). Otro efecto de este sesgo androcéntrico en salud es
invisibilizar la morbilidad diferencial en las mujeres, no tomarla como una
prioridad en investigación o desatender la experiencia subjetiva o el
significado de los síntomas de las mujeres en su contexto social. Como
consecuencia, muchos problemas de salud que las afectan particularmente quedan
sin diagnóstico (como durante mucho tiempo estuvo la fibromialgia o la fatiga
crónica), bajo la etiqueta de “síntomas y signos no específicos” (Ruiz y
Verbrugge, 1997).
En la disciplina sociológica, este sesgo implica,
por ejemplo, infravalorar las diferencias de recursos socioeconómicos entre
mujeres y varones, así como obviar expectativas sociales, significados,
atribuciones, reconocimientos y consecuencias diferenciales que tienen las
conductas de varones y mujeres en contextos particulares (un ejemplo claro es
la diferente atribución e interpretación de conductas de iniciativa sexual o
ambición dependiendo de si son realizadas por ellos o por ellas). Tratar por
igual a mujeres y varones en el plano legislativo permite regular y garantizar
un acceso igualitario, no discriminativo, de oportunidades educativas,
laborales, etc. No obstante, este sesgo aparece en políticas públicas cuando se
conceden beneficios equivalentes a ambos, sin valorar sus necesidades
especiales o las diferencias de poder o recursos (Hare-Mustin y Marecek, 1994).
En esa línea, y bajo este sesgo también, se interpretan acciones afirmativas
que favorecen a grupos desfavorecidos como discriminaciones hacia los grupos
privilegiados, partiendo de una supuesta igualdad o del mito de la
meritocracia.
En el caso de la psicología, este sesgo
androcéntrico se manifiesta claramente en terapia, donde las normas de salud
mental humanas han sido las de los varones, y las de las mujeres su desviación:
históricamente “una mujer normal, sana y del promedio ha sido un ser humano
loco” (Broverman et al., 1970)[103]. Las características de personalidad deseables han tendido a asignarse
a los varones (independencia, actividad, racionalidad, etc.) y las indeseables
a las mujeres (dependencia, pasividad, emotividad), de forma que, si la mujer
seguía su rol de género, adquiría características de personalidad indeseables
(demasiado sensible o dependiente), pero si desarrollaba rasgos humanos
deseables (independiente, asertiva, sexualmente activa, etc.), entonces perdía
su feminidad (y volvía a ser “anormal”) (Hyde, 1995). Como denunció Phyllis
Chesler (1972) en su libro Women and Madness, las mujeres han sido
categorizadas como mentalmente inestables, tanto si se conformaban a los
dictados de la feminidad como si se rebelaban contra ellos. Por otro lado, este
sesgo de ignorar las diferencias/desigualdades de género se aprecia en la inoperancia
de adoptar programas terapéuticos o de recursos humanos basándose únicamente en
la transformación individual (empoderando a las mujeres, formándolas en
habilidades sociales, en asertividad, en liderazgo, etc.), sin modificar el
contexto o sin atender a las diferencias de poder.
En definitiva, se trata de dos sesgos aparentemente
paradójicos: si se rompe el androcentrismo, se marcan las diferencias y se
corre el riesgo de fijarlas, y si no se marcan las diferencias para romper el
dualismo, se corre el riesgo androcéntrico de que lo masculino quede como
representante de lo genérico; su manejo dependerá de las necesidades de cada
contexto, de entender las diferencias en su historicidad y de atender a otras
posibles variables relevantes que atraviesan la experiencia y subjetividad de género.
§. Sesgos de género en las prioridades científicas
Los primeros sesgos productores de ignorancia durante el proceso de
investigación provienen de la selección de prioridades científicas, de lo que
se investiga y de lo que no (y de lo que se financia y lo que no): qué
problemas se identifican y cuáles no y, en consecuencia, qué tipo de preguntas
se plantean (cuáles no) y por qué. Es en este momento donde comienzan a
fraguarse los primeros y probablemente más importantes sesgos de género. Lejos
de la neutralidad y asepsia pretendida por el canon científico, los valores se
cuelan irremediablemente en la ciencia, fundamentalmente los hegemónicos, vía
la invisibilización. A partir de los valores se marcan prioridades, quién se
beneficia y quién no de las investigaciones, qué normas o relaciones de género
pueden verse transformadas o reforzadas, o qué oportunidades pueden perderse
por insensibilidad al género (Longino, 1990; Schiebinger, 2008).
Las epistemologías del punto de vista feminista han
señalado la posición privilegiada de los grupos marginalizados (entre ellos,
las mujeres) para evidenciar determinados campos de ignorancia, así como
visibilizar y cuestionar valores sexistas, racistas, etc., en la ciencia
(Harding, 1996). Particularmente privilegiadas son aquellas posiciones
“intrusas”, “fronterizas” o de “conciencia bifurcada” (Smith, 1987; Harding,
1996; Collins, 2000), posiciones complejas, heterogéneas y a veces
contradictorias en cuya tensión y conflicto se produce un conocimiento más
reflexivo y por tanto más crítico y más objetivo. Junto a ello, se ha teorizado
que la inclusión de la máxima pluralidad de perspectivas socialmente relevantes
en la comunidad científica (“democracia cognitiva”) redundará en una ciencia
más objetiva, debido a que se anularán los efectos de los valores hegemónicos
de los grupos mayoritarios, visibilizando su parcialidad y cuestionando su
carácter no marcado (Longino, 1993). Por el contrario, cuanto más homogénea sea
una comunidad científica, en términos de sexo/género, clase social,
nacionalidad, orientación sexual, etc., menor será la probabilidad de que se
generen preguntas de investigación no sesgadas en función de los intereses y
valores de los grupos dominantes, que serán invisibilizados como universales,
neutros y objetivos[104].
De esta forma, son los colectivos que están en el
poder los que definen prioridades de investigación científica y, cuanto más
homogéneos sean, mayor insensibilidad de género, clase, “raza”/etnicidad, etc.
tendrán. En este sentido, nos encontramos con los dos sesgos anteriormente
analizados. No se priorizan aquellas investigaciones que afectan a los cuerpos
y vidas de las mujeres, o bien se invisibilizan y subsumen vía androcentrismo a
lo genérico masculino, o bien se consideran inferiores y se infravaloran como
femeninas (de “mujeres”) y particulares (no de interés “general”). Considerar
por defecto que los problemas de salud de las mujeres son los mismos que los de
los varones, al tiempo que se infravalora y no se prioriza la investigación en
salud femenina (especialmente la que no tiene que ver con la sexual y
reproductiva), puede provocar el síndrome de Yentle (Healy, 1991; Bairey Merz,
2011). Como vimos en el capítulo 2, este sesgo alude a la “invisibilidad
médica” de las mujeres en el estudio de las enfermedades cardiacas, asociadas
mayoritariamente al sexo masculino, pero cuya mortalidad no es mayor en
varones. La mayoría de investigaciones sobre enfermedades coronarias en las
décadas de 1980 y 1990 se hicieron solo sobre población masculina. Así, los criterios
para el diagnóstico de ataque al corazón se establecieron según la
sintomatología observada en varones, asumiendo que las mujeres presentarían los
mismos síntomas, lo cual no siempre es el caso, como ya vimos en el capítulo 2.
La falta de investigación ha conducido a una mala praxis: no se atienden
factores de riesgo diferenciales, se subestiman los síntomas en mujeres, por lo
que se diagnostican mal o más tardíamente, y no se aplican los tratamientos
adecuados (Healy, 1991; Valls, 2008, 2009).
Otro ejemplo de cómo la comunidad científica ha
definido prioridades a partir de valores androcéntricos es el hecho de que un
fenómeno social como la violencia contra las mujeres, presente en todos los
países y contextos socioeconómicos, hasta fechas recientes no haya sido
reconocido como un tema de salud prioritario que demanda recursos de
investigación (sobre prevalencia, prevención, atención, etc.) (Valls, 2008).
Igualmente, otro caso es que solo desde la economía feminista se hayan
desarrollado estudios sobre la contribución del trabajo no remunerado y los
cuidados a la economía (Durán, 2012); o desde la epidemiología feminista,
estudios sobre el impacto del trabajo de cuidados en la salud de las mujeres
(García Calvente et al., 2004)[105]. Por último, un ejemplo de cómo se suelen priorizar los temas que
afectan a los varones dentro de las diferentes disciplinas es que estos son
considerados de carácter “básico”, mientras que los relacionados con las
mujeres u otros colectivos marginalizados son “aplicados” o de
“especialización” (o temas de “mujeres” o de “género”, como si los varones no
fueran “género”). Mientras la agresión o el altruismo son temas básicos en
disciplinas como la psicología social o la sociología, los cuidados es un tema
especializado de los estudios de género/mujeres. Tanto la psicología como la
sociología tienen historias paralelas de división sexual (vertical y
horizontal) dentro de la disciplina: con áreas básicas, teóricas,
masculinizadas y prestigiadas; y áreas aplicadas, prácticas, feminizadas e
infravaloradas; en el caso de la sociología, ello dio pie a los estudios de
trabajo social (García Dauder, 2005).
Por otro lado, respecto al sesgo de exagerar las
diferencias sexuales, el hecho de que los científicos hayan sido en su mayoría
varones blancos con un origen social privilegiado ha contribuido probablemente
a su disposición favorable para buscar, y encontrar, diferencias (sexuales y
raciales) y atribuir deficiencias a los que no eran como ellos (Hare-Mustin y
Marecek, 1994). En los siguientes apartados identificaremos diferentes sesgos
en el proceso de investigación que contribuyen a resaltar las diferencias
sexuales sobre la escasa prioridad científica que se otorga a las semejanzas.
En algunas disciplinas, como en la psicología, se habla incluso de abuso y
fetichización de este tipo de estudios que buscan rasgos psicológicos
diferenciales en varones y mujeres para justificar el mantenimiento del statu
quo (Unger, 1994)[106].
§. Sesgos de género en modelos teóricos y preguntas
de investigación
En capítulos anteriores ya hemos visto ejemplos de modelos teóricos sesgados
por supuestos sexistas o androcéntricos. Dentro de los supuestos incuestionados
de muchas teorías sobre diferencias sexuales está la asunción de homogeneidad,
dualidad y coherencia del sexo: es decir, que todos los elementos de esa
realidad poliédrica que es el “sexo” (cromosomas, hormonas, gónadas, anatomía,
etc.) funcionan igual en todas las personas, de forma alineada, siguiendo un
patrón dualista excluyente y único; todos se alinean del lado del varón/macho o
todos del lado de la mujer/hembra, pero solo de un lado o del otro, nunca con
variaciones, continuidades, cruces o solapamientos[107]. Paralelamente, en relación con las investigaciones sobre diferencias
de género, muchas de ellas asumen de forma incuestionada la homogeneidad,
dualidad y coherencia de género: la masculinidad y la feminidad se presentan
como sustancias dualistas sólidas, unívocas y alineadas con el sexo, haciendo
referencia indistintamente a rasgos de personalidad, identidades, conductas,
actitudes, roles, etc. Derivado de ello, muchas teorías no solo presuponen el
dualismo, sino también la correspondencia alineada de sexo/género/deseo: se
asume como patrón “natural” que si una persona nace con cromosomas XX
(“femeninos”), desarrollará gónadas, genitales y aspecto corporal “de mujer”,
se identificará subjetivamente como mujer, se comportará de forma “femenina” y
deseará a los hombres (y viceversa). Otro supuesto incuestionado en muchos
modelos teóricos es la sexualidad en tanto heterosexualidad y principalmente
unida a fines reproductivos. Por último, el sesgo de algunos modelos teóricos
viene dado por sus ausencias, por ignorar la variabilidad y la complejidad del
sistema sexo/género/deseo. Resulta complicado hacer referencias a cerebros
masculinos y femeninos y su influencia en conductas propias de cada sexo si se
observa cómo la clase social, la orientación sexual, la raza/etnia, la cultura
o la religión atraviesan la experiencia subjetiva de vivirse como varón o mujer
en un contexto dado (por no hablar de aquellas personas que no se acomodan ni
se identifican subjetivamente con el dualismo).
Por lo que se refiere a las preguntas y objetivos
de investigación, su planteamiento depende de los modelos teóricos y de las
prioridades, pero en ocasiones vienen sesgados por estereotipos de género
relacionados con el tema de estudio (también de edad, sexualidad, clase social,
etc.). Esto hace que se planteen determinadas cuestiones y no otras según el
sexo/género, causando determinados campos de ignorancia; pero también (como se
verá más tarde) que se omitan en las preguntas otros grupos relevantes como sujetos
de investigación. Por ejemplo, hay muchos estudios sobre los cambios de humor
en las mujeres durante sus ciclos menstruales, pero hasta hace poco nadie se
había planteado si los varones experimentaban también cambios mensuales de
humor (Hyde, 1995); lo mismo se podría decir respecto de la depresión posparto
en varones (Sánchez, 2013). Por otro lado, el supuesto de trastornos
“típicamente femeninos” (como la anorexia, la fibromialgia, los derivados del
abuso sexual infantil[108], etc.) puede conducir a sesgos epidemiológicos, con el consecuente
desconocimiento e infradiagnóstico en varones (Ruiz Cantero, en Caprile, 2012).
Por último, este sesgo también explica la escasez de estudios hasta el momento
sobre violencia entre parejas del mismo sexo.
§. Sesgos de género en el planteamiento de
hipótesis y en la definición de variables
Los sesgos de género también pueden afectar al planteamiento de hipótesis y la
definición de variables. Como ya hemos repetido en varias ocasiones, las
hipótesis pueden revelar supuestos sesgados de género en la investigación (de
nuevo siguiendo los dos sesgos antes mencionados). Por ejemplo, si se quiere
implantar un programa de salud o de intervención psicosocial, o evaluar su
eficacia, el/la investigador/a puede no plantear la hipótesis de necesidades y
demandas diferenciales (por acceso a recursos), y descartar la hipótesis de un
posible impacto diferencial en mujeres y varones (partir de que se beneficiarán
por igual). Muchos sesgos en investigaciones provienen de la hipótesis de que
mujeres y varones parten de posiciones de partida idénticas, del supuesto de
igualdad “real”, desatendiendo las relaciones de poder (García Calvente, 2010).
Como ya hemos explicado, en este caso el tratamiento igual no es equitativo[109], pues desatiende las desigualdades en las situaciones de partida.
Por otro lado, a veces los estereotipos de género
limitan las opciones de lo pensable, y dirigen el planteamiento de hipótesis
solo en referencia a varones o solo a mujeres (como veremos más adelante con
los sesgos en las muestras). Por ejemplo, hasta hace bien poco no se ha
planteado que la menor prevalencia de psicopatía en mujeres puede tener un
sesgo de género derivado: no solo de las muestras utilizadas en las
investigaciones (fundamentalmente masculinas), sino de unas escalas que dan
prioridad al componente conductual agresivo (sobre el componente emocional y de
personalidad) y que no tienen en cuenta posibles expresiones conductuales o
síntomas diferenciales en mujeres (por influencia de los roles de género)[110]. En otro sentido, a veces las hipótesis están sesgadas por no atender a
la diversidad de sexos/géneros/deseos o de otras variables interseccionales.
Las hipótesis ponen en relación diferentes
variables, pero para su verificación es preciso definirlas y operativizarlas. A
veces, los sesgos provienen de la propia selección de variables o fenómenos a
investigar, pero también de la denominación de las mismas. La bióloga
Fausto-Sterling (2006) ha especificado el momento histórico en el que las
hormonas comenzaron a adjetivarse como “sexuales”. El efecto de etiquetar
hormonas como los estrógenos, la progesterona, los andrógenos o la testosterona
como “femeninas” o “masculinas”, cuando ni son específicas de cada sexo, ni
solo desempeñan funciones sexuales e, incluso, pueden tener la capacidad de
“conversión sexual”, es reducir y simplificar, vía categorización, la amplia
variabilidad y complejidad biológica a un patrón dualista (al tiempo que se
presenta como natural). Janet Hyde (1995) ha criticado otras categorizaciones
sesgadas de variables psicológicas, como la variable cognitiva “dependencia e
independencia de campo” o la motivacional “miedo al éxito” (con sus “subtextos
de género”[111]).
Por otro lado, en ocasiones se definen las
variables en función de supuestos sesgados del investigador, lo cual puede
explicar resultados contradictorios sobre diferencias de sexo/género midiendo
la misma variable, por diferentes formas de definirla, conceptualizarla y
operativizarla. Definir el liderazgo como dominancia, agresividad u otras
características congruentes con el estereotipo masculino sesga su medición, al
no reconocer la variedad de estilos de liderazgo: por ejemplo, otros centrados
en relaciones interpersonales, negociación, consideración del punto de vista
del otro, etc. (Eagly y Johnson, 1990; Díaz, 2013). Por otro lado, adjudicar
género a los estilos de liderazgo, y hablar de “liderazgo femenino”, puede
reproducir estereotipos y esencializar diferencias (Billing y Alvesson, 2000).
Diversos estudios han mostrado cómo los resultados
sobre diferencias de sexo/género en determinadas conductas o variables de
personalidad pueden cambiar en función de cómo se operativicen (se traduzcan a
mediciones). Si atendemos a las conductas prosociales o de ayuda, las
diferencias de género pueden variar en función del tipo de ayuda que se estudie
y en cómo se mida. Así, situaciones de ayuda que suponen riesgo y se producen
ante diversos observadores son más probables de suscitar conductas de ayuda en
varones (Eagly y Crowley, 1986). Por otro lado, la medición de estas conductas
de ayuda se ha sesgado hacia situaciones de corta duración, no reconociendo el
tipo de conducta de atención y ayuda característico del rol femenino que se
desarrolla en contextos de relaciones de larga duración (Hyde, 1995). Algo
parecido ocurre con la empatía. Parece claro que tanto mujeres como
varones creen que las primeras son más empáticas, pero las
diferencias en la práctica no están tan claras. En primer lugar, estas dependen
de qué se esté midiendo: si empatía, compasión, adopción de la perspectiva del
otro, contagio emocional, etc. (Maibom, 2012). En segundo lugar, cuando la
empatía se mide mediante cuestionarios de autoinforme y cuando las/os
participantes saben qué se está midiendo, la diferencia de género (a favor de
las mujeres) es mayor. Pero cuando se utilizan medidas psicológicas de respuesta
emocional o cuando los observadores observan conductas concretas (expresión
facial, tono de voz, etc.), las diferencias se reducen considerablemente
(Eisenberg y Lenon, 1983)[112]. Esto puede ser debido a que los ítems en realidad lo que miden son
estereotipos y autoconcepción, o bien a la influencia de las expectativas y la
deseabilidad social en las respuestas (Hyde, 1995). En otras palabras, más que
empatía se mide “cómo de empáticos varones y mujeres quieren parecer ante los
demás y ante sí mismos” (Fine, 2011: 45).
Por último, variables como “género” u “orientación
sexual” pueden ser conceptualizadas como atributos fijos y estáticos de las
personas, o como procesos en construcción permanente. Dicha conceptualización
inevitablemente dirige el tipo de metodología empleada y, en consecuencia, los
resultados de una investigación.
§. Sesgos de género en los diseños y muestras
empleadas
Desde algunas disciplinas se ha argumentado que determinados métodos y diseños,
como los experimentales o en contextos de laboratorio, implican en sí mismos
sesgos de género; fundamentalmente por su sesgo descontextualizador y su
tendencia a explicar fenómenos como efectos que obedecen a procesos internos
del individuo, al margen del contexto histórico, cultural y social en el que
ocurren (Unger, 1994). Resulta imposible, a través de experimentos, hallar
diferencias sexuales “naturales” en mujeres y varones, aislando sus efectos de
factores familiares, educativos, económicos, de poder social, etc. Como las
propias pioneras psicólogas ya advirtieron, es imposible el “experimento
perfecto”[113]: el sexo no puede ser una causa (Morawski, 1988). No hay que olvidar
que los estudios sobre diferencias de sexo/género no son verdaderos
experimentos, sino cuasiexperimentos: hay dos grupos, varones y mujeres, pero
obviamente el investigador no asigna al azar a las personas a uno u otro grupo
(Barberá, 1998). Incluso en métodos comparativos/correlacionales[114] es complicado investigar la variable sexo, en tanto variable
sujeto, pues encierra en sí otras (edad, educación, clase social…). Al
interactuar con otros muchos factores psicosociales, resulta difícil separar
las influencias y el peso de cada uno de ellos sobre la conducta. En
definitiva, no siempre se eligen los métodos adecuados para verificar hipótesis
que parten de la complejidad de la variable sexo/género en la vida real, y de
la imposibilidad de aislarla de factores contextuales y relaciones de poder.
Ello puede explicar la inconsistencia entre la variedad de experiencias y
procesos de género en la vida cotidiana y los resultados obtenidos en métodos
experimentales, de laboratorio, correlacionales, o cualquiera que mida la
variable sexo/género como individual, descontextualizada, estática, fija o
dicotómica (Unger, 1994; Barberá, 1998). En la misma línea, la medicina basada
en la evidencia, que aporta métodos cuantitativos aplicados a variables o
fenómenos que pueden ser medidos, cuantificados y controlados tiene limitado su
alcance de conocimiento y genera campos de ignorancia respecto a los
significados y experiencias subjetivas de los síntomas y enfermedades de las
personas en su contexto social (Ruiz Cantero, 2008). Pero hay otras formas
metodológicas que, lejos de la retórica positivista (que entiende la
objetividad como neutralidad y distanciamiento entre sujeto-objeto), parten de
los conocimientos situados y de narrativas desde la experiencia, valoran las
metodologías horizontales cualitativas y aquellas de participación y compromiso
corporal de la investigadora con lo-que/quienes investiga (Esteban, 2011).
Muchos de los sesgos científicos sobre las mujeres
o sobre diferencias sexuales vienen dados por una inadecuada selección,
composición y representatividad de las muestras utilizadas. En primer lugar,
nos encontramos con experimentos realizados con muestras de animales, cuyos
resultados son generalizados a humanos. Por un lado, es cuestionable dicha
generalización (por ejemplo, que el comportamiento sexual de ratas macho y
hembra sea generalizable al de varones y mujeres), no solo porque sus cerebros
no son asimilables (en el cerebro humano la corteza de asociación es mucho más
compleja), sino fundamentalmente por el papel diferencial del pensamiento
simbólico y el lenguaje en la conducta (Hines, 2004). Las relaciones
hormonas-cerebro-conducta son mucho más complejas e intervienen más factores
psicosociales. Por otro lado, los propios resultados sobre diferencias sexuales
pueden diferir en función del animal que se utilice como referencia (no es lo
mismo utilizar monos que ratas, o ratas que palomas o moscas) e, incluso,
dentro del mismo animal los resultados pueden ser diferentes en función de la
especie que se elija (Wallen, 1996, 2005; Fine, 2011). Junto a este sesgo, está
otro fundamental: la universalización, vía generalización, a partir de muestras
pequeñas que no son representativas de la población que quieren representar
(por ejemplo, de varones y mujeres), de forma descontextualizada, sin situarlas
evolutiva, geográfica e históricamente. Esto es frecuente en estudios de
neuroimagen funcional donde se exagera la extensión de las diferencias sexuales
cerebrales a partir de muestras mínimas (Fine, 2013)[115].
Junto a ello, encontramos que, tomada en su
conjunto, la investigación científica en diferentes campos ha acudido en mayor
número a muestras de varones que a muestras de mujeres (también en la
investigación con animales) (Dan y Beekman, 1972; Hyde, 1995). Como vimos en el
capítulo 2, en muchos ensayos clínicos no se incluye a mujeres en las muestras
(sobre todo en las primeras fases), o su participación es menor (tampoco
hembras en el caso de la experimentación animal), bajo el argumento de que las
investigaciones son más caras, interfieren más variables extrañas propias de la
biología de las mujeres como la menstruación, hay riesgos reproductivos o por
interferencias de sus responsabilidades familiares, etc. (Valls, 2008)[116]. Así, los ensayos clínicos han utilizado tradicionalmente a varones
como prototipos poblacionales, extrapolando automáticamente los resultados a
las mujeres. El resultado es que el riesgo de reacción adversa a un medicamento
es el doble de alto entre las mujeres y existe un gran desconocimiento sobre
los efectos de los medicamentos en ellas (Schiebinger, 2008). Si se quiere
evitar el sesgo androcéntrico ya explicado (no identificar necesidades
particulares de las mujeres, por obviar las diferencias y tomar lo masculino
como norma) es necesario que exista una representación equilibrada de los dos
sexos y, en función de si es relevante para el tema estudiado, que se analicen
los datos desagregados por sexo. Lo mismo debe hacerse en relación con la
selección y composición de la muestra según otras variables (edad, orientación
sexual, clase social, nacionalidad, religión, etc.), lo que puede evitar que se
omitan diferencias relevantes dentro de cada uno de los sexos como grupo. Otro
ejemplo de sesgos consiste en teorizar de forma “universal” sobre procesos
psicológicos o biológicos con base en investigaciones solo con sujetos
masculinos: probablemente uno de los ejemplos más conocidos de este sesgo
fueron las teorías sobre el desarrollo moral de Lawrence Kohlberg (Gilligan,
1982)[117]. Este sesgo de la muestra no solo tiene que ver con el sexo, sino
también con otras variables: como señaló Guthrie (1976), en “psicología hasta
las ratas son blancas”.
A veces nos encontramos con teorías sexistas y
sesgadas por haber utilizado únicamente en las investigaciones muestras de un
único sexo (sin grupos de control), o bien muestras desequilibradas por sexo,
en función de estereotipos de género incuestionados de partida. La diferencia
con el ejemplo anterior es que en aquel caso solo se utilizaban varones,
presuponiendo que no habrá diferencias con las mujeres; en este caso, solo se
utilizan varones o mujeres porque se piensa que las conductas a medir son propias,
“naturales”, de uno de los sexos. Es decir, la conducta o proceso a estudiar
influyen en la elección o composición de la muestra, y el sesgo muestral tiene
como efecto circular su naturalización como propio de un único sexo. Por
ejemplo: incluir solo muestras femeninas para investigar sobre tipos y calidad
de apego; muestras mayoritariamente de mujeres para estudiar la atracción
interpersonal, o solo (o mayoritariamente) muestras masculinas para investigar
sobre agresividad (o cambiar las formas de medir la agresividad en función del
sexo de las muestras: pruebas conductuales con varones o cuestionarios con
mujeres) (McKenna y Kessler, 1977; Hyde, 1995); o validar escalas que miden
psicopatía solo a partir de muestras de varones, etc. Este sesgo es todavía más
notorio cuando no se incluyen muestras de mujeres porque su participación
desacreditaría la hipótesis de partida. Esto ocurrió con la investigación sobre
la “motivación de logro” de McClelland y colaboradores (1953), donde no se
incluyó a mujeres porque, cuando se hacía, los resultados no encajaban con el
modelo teórico de partida (que a los varones les motivaba el éxito y a las
mujeres la aprobación) (Hyde, 1995). Cuando ocurre esto, incorporar muestras de
grupos excluidos y que sus respuestas no se ajusten a las hipótesis previas,
lejos de replantearse los supuestos de partida, los investigadores pueden
sesgar la investigación generando hipótesis complementarias para explicar los
nuevos resultados como excepciones a la regla o como aspectos marginales que se
salen de la norma (Barberá, 1998).
Lo mismo se puede decir de teorías sesgadas sobre
el comportamiento de varones y de mujeres como grupo, donde se omite la gran
diversidad intragrupal al tomar como variables extrañas aquellas que desmienten
las hipótesis de partida (por ejemplo, descartar mujeres lesbianas o mujeres
negras en las muestras por no responder a los patrones de comportamiento
esperados para “las mujeres”). De esta forma, la diversidad es excluida como
variable extraña, por criterios sesgados de inclusión y exclusión en la selección
de participantes y por ideas preconcebidas de cuál “debe” ser la conducta
adecuada. En definitiva, si queremos teorías no sesgadas, necesitamos utilizar
muestras que permitan el estudio de la diversidad relacionada con la clase
social, la sexualidad, la etnicidad, etc.
§. Sesgos de género en la situación experimental
Muchos hallazgos de diferencias sexuales muestran resultados contradictorios
derivados de sesgos relacionados con la situación experimental. El
“poder de la situación” afecta también al contexto experimental. Por ejemplo,
cuando se mide cualquier tipo de rendimiento (ya sea matemático, de empatía
cognitiva, etc.) no se puede separar la “capacidad” de la “motivación” creada
por el propio contexto experimental y las demandas sociales que perciban sus
participantes (Ickes, Gesn y Graham, 2000). No se trata solo de los contenidos
de las pruebas, más o menos familiares en función del género (por ejemplo, en
ejercicios matemáticos o en dilemas morales), sino también del nivel de amenaza
de ser juzgado, lo que se ha denominado en la literatura psicosocial “la
amenaza del estereotipo”. Como vimos en el capítulo 1, las mujeres tienen menor
motivación de logro si se mide en contextos competitivos, o rinden menos en
pruebas matemáticas cuando saben que están siendo evaluadas en función de su
identidad de género (Dar-Nimrod y Heine, 2006; Fine, 2011).
Un ejemplo de sesgo en la situación experimental
son las investigaciones que han hallado diferencias sexuales en bebés en la
elección de juguetes. En dichas investigaciones clasifican a priori el tipo de
juguetes como “masculinos” o “femeninos” (o “neutros”), confundiendo dicha
etiqueta con los que tradicionalmente han sido fabricados para niños y niñas.
Obviamente, en la medida en que cambian los tiempos y las reglas de género del
marketing, cambia también el tipo de juguete empleado, lo que da cuenta del carácter
histórico y cultural, no natural, de la elección de los mismos (por ejemplo,
los juguetes de construcción cada vez se utilizan menos en este tipo de
investigaciones como “masculinos”, al ser utilizados cada vez más por niñas)
(Fine, 2011).
Por otro lado, cada vez un mayor número de
científicos reconoce que las emociones, expectativas, ideología, etc., de los
investigadores e investigadoras pueden influir en los resultados de sus
investigaciones, incluso cuando se trata de experimentos, en el sentido de que
“encuentran lo que buscan”. Estos son los llamados “sesgos del experimentador”
que ya Rosenthal (1966) teorizó a modo de profecías autocumplidas (obtenemos lo
que esperamos conseguir). Este sesgo se complementa con los derivados de las expectativas
y la deseabilidad social de los participantes, que a veces dan lo que buscan
los experimentadores, lo que creen que se espera de ellos o lo que deberían
contestar. A veces, las hipótesis en mente de los investigadores pueden afectar
de forma sutil e inconsciente a las conductas y reacciones de los participantes
(Fine, 2011). Los sesgos también pueden provenir de la influencia del sexo del
experimentador, en intersección con otras variables, como la edad o el sexo de
los participantes. Por poner algunos ejemplos: cuando los investigadores son
varones, estos hallan más diferencias de género en influenciabilidad (en el
sentido de que las mujeres son más conformistas y susceptibles a la persuasión)
que cuando dichos temas son investigados por mujeres (Eagly y Carli, 1981); los
niños cooperan mejor con las experimentadoras, mientras que los adultos lo
hacen con los experimentadores (Rumenik et al., 1977); se han
encontrado sesgos de mayor tolerancia al dolor cuando es una mujer la
investigadora (Kallai, Barke y Voss, 2004); o se dan mayores conductas de ayuda
en varones cuando quien necesita ayuda es una mujer joven (Eagly y Crowley,
1986). El hecho de que los resultados de un estudio puedan diferir en función
de si el experimentador es hombre o mujer nos hace plantearnos si los
resultados sobre algunas investigaciones habrían sido diferentes si los
hubieran dirigido mujeres (Hyde, 1995). No obstante, para no caer de nuevo en
sesgos, deberíamos cruzar dicha variable con otras de igual o mayor importancia
como la ideología (Unger, 2010). Por otro lado, se trata este de un sesgo
resoluble si varios investigadores (varones y mujeres, en proporción
equilibrada) recogen los datos o si no se informa a los y las participantes de
los objetivos de la investigación (respetando por otro lado la ética
investigadora e informando a posteriori de la misma).
Los sesgos también pueden provenir del filtro de la
mirada del observador en la recogida de datos (y en la interpretación de
resultados). Los estudios de percepción social en psicología han proporcionado
sobradas evidencias de que las expectativas influyen en la atención selectiva,
en la organización de la información y en la interpretación de la misma. Los
investigadores e investigadoras, como personas que son, no son ajenos a estas
influencias, sus estereotipos pueden dirigir su mirada en sus observaciones y
sesgar sus interpretaciones (“no se ve lo que no se mira”). El ejemplo más
representativo de este sesgo fue el estudio ya clásico de John Condry y Sandra
Condry (1976). A 204 sujetos se les pidió que, a través de una grabación de
vídeo, clasificasen la reacción de un bebé de 9 meses al abrir una caja
sorpresa. A la mitad se les dijo que el bebé era niño y a la otra mitad que era
niña. Los resultados mostraron que, cuando el bebé mostraba una respuesta
emocionalmente negativa, los que creían que era niño la interpretaban como ira,
mientras los que pensaban que era niña la clasificaban como miedo. Una manera
de evitar este sesgo del observador es el procedimiento denominado “doble
ciego”, que ya explicamos en el capítulo 3. En el caso de las investigaciones
sobre diferencias de sexo/género, esto implicaría que los observadores
desconozcan el sexo de los sujetos o del material que examinan (por ejemplo, en
el caso de escáneres cerebrales u otro tipo de material biológico). No
obstante, esta técnica de control no siempre es posible (más allá de
investigaciones con bebés); con adultos a veces se realiza aportando
información o descripciones de conductas sin que los investigadores-evaluadores
sepan el sexo de los sujetos de las mismas.
Este sesgo del observador puede conducir también a
“dobles estándares” en los criterios utilizados para una evaluación diagnóstica
(Broverman et al., 1970). Un ejemplo claro en salud mental ocurre
cuando, dada una misma historia de caso, es más frecuente que se diagnostique a
las mujeres con un trastorno histriónico de personalidad, mientras que a los
varones se les diagnostica un trastorno antisocial (Widiger y Spitzer, 1991).
Una misma conducta interpretada como agresiva en hombres puede ser interpretaba
como inestabilidad emocional en mujeres (Kreis y Cooke, 2011).
Como hemos visto en varios casos a lo largo de este
libro, el sesgo del observador es muy frecuente también cuando se observa el
comportamiento animal, donde se antropomorfiza la mirada, con descripciones e
interpretaciones que adjudican comportamientos típicamente de género
(característicos de los mandatos de género en humanos) a ratas o primates no
humanos. En ocasiones, las fantasías metafóricas sobre las mujeres y la
sexualidad se proyectan de forma manufacturada tanto en las situaciones
experimentales como en las descripciones sobre el comportamiento sexual animal.
Este fue el caso de los experimentos de Harry Harlow con monos rhesus: no
solo los crió en jaulas y manipuló sus hábitos con madres sucedáneas de trapo o
alambre, sino que, en el caso de las monas adultas “huérfanas”, las fecundó
artificialmente con un aparato que denominó “potro de violación” estudiándolas
posteriormente como ejemplos de “malas madres” que “repelían a sus bebés
pegajosos”. Todo ello para demostrar los efectos psicopatológicos derivados de
la privación materna humana (Haraway, 1989; Burman, 1998). Incluso en biología
molecular pueden aparecer sesgos de este tipo, como se puede apreciar en uno de
los libros de texto más influyentes en las universidades de todo el
mundo, Molecular Biology of the Gene, de J. Watson et
al. (1970). En dicho libro, a las bacterias, como la escherichia
colli, se les atribuye sexo masculino (si poseen plásmido) o femenino (si
no lo tienen) y en él los autores se refieren a la relación como “uniones conyugales”
entre células macho y hembra. Incluso, en los experimentos realizados para
elaborar el mapa del genoma de la bacteria, se denomina “coitus interruptus” a
la agitación de las bacterias para separar las que se habían conectado durante
la transferencia genética.
§. Sesgos de género en la recogida y análisis de
datos
En ocasiones, los sesgos de género se cuelan en los instrumentos de medida, en
concreto, en ítems de pruebas, test o cuestionarios que miden capacidades,
rasgos, actitudes o conductas. Ya hemos visto cómo algunos autoinformes miden
más la autopercepción que las conductas, las consecuencias de incluir en estas
pruebas contenidos no neutros de género o cómo la situación experimental puede
afectar a las respuestas dadas. En ocasiones, los propios test construyen el
objeto de estudio que quieren medir, como ha ocurrido con los de inteligencia
(“la inteligencia es lo que miden los test de inteligencia”) o los que miden
masculinidad y feminidad (M/F). En el caso de estos últimos, no es solo que sus
ítems estén cargados de estereotipos o caricaturas de género, sino que su
aplicación fabrica el género como rasgo o sustancia
individual, homogénea y estática, reduciéndolo a un dualismo, excluyendo la
posibilidad de captar la variabilidad (más allá de formas dicotómicas), como
proceso social, relacional y cambiante, y con sus contradicciones (Morawski,
1985; Unger, 1994)[118]. Esto sucede con otros fenómenos, donde el propio instrumento de medida
limita o posibilita lo que se estudia: por ejemplo, en general, técnicas
cualitativas permiten investigar mejor los significados y procesos de
experiencias determinadas, así como su variabilidad y contradicción.
Otras veces, las hipótesis de partida sesgan qué
datos cuentan como una evidencia. A través de las etnografías de laboratorio
hemos podido observar qué tipo de material es traducible a datos y cuál es
excluido en un proceso de investigación. Por ejemplo, Anne Fausto-Sterling
(2006) ha analizado qué parte del cuerpo calloso es utilizada en las
investigaciones sobre diferencias sexuales cerebrales, cuál es excluida como
irrelevante, y qué conclusiones se sacan en función de ello.
La elaboración y análisis de los datos también
puede introducir sesgos, especialmente cuando no se reconoce su carácter
manufacturado.Cualquiera que haya introducido datos en una base de SPSS y
aplicado pruebas estadísticas a los mismos conoce el margen de maleabilidad que
dicho programa estadístico ofrece. El fetichismo positivista de tablas de
números, gráficos e imágenes de cerebros puede hacer que parezcan más reales,
más objetivos o más científicos. Pero, al igual que los discursos, son
susceptibles de sesgos e incluso de manipulación. La retórica cientificista
colabora otorgando agencia a los datos, que “nos dicen” cómo es la realidad, o
utilizando formas impersonales para evitar el reconocimiento de que los “hechos
están hechos”. Si nos centramos por ejemplo en los estudios de neuroimagen, es
preciso recordar que las imágenes de cerebros con manchas coloreadas no
son cerebros, sino el producto de un complicado análisis estadístico
donde ni siquiera se mide directamente la actividad neuronal, sino los cambios
en los niveles de oxígeno en sangre (y donde información importante se pierde)
(Meynell, 2012). Sesgos y saltos lógicos también se cuelan en qué “hechos” son
tratados como evidencia y qué estándares de evidencia se utilizan para aceptar
o rechazar las hipótesis de partida (Longino y Doell, 1983; Fine, 2013).
En el análisis de los datos, ya hemos visto el
sesgo de no atender a las semejanzas entre los sexos. No solo eso: cuando se
habla de la existencia de diferencias, no siempre se precisa el alcance y
significado de la diferencia (el tamaño del efecto). En el caso de las
diferencias de sexo/género, las distribuciones suelen estar muy solapadas
aunque existan diferencias entre medias, y a veces se obvia la notable
variabilidad dentro de un mismo grupo (las diferencias individuales).
Especialmente si la muestra es grande, se puede obtener una diferencia de
sexo/género estadísticamente significativa aunque las puntuaciones medias sean
muy parecidas (Hyde, 1995). A veces las diferencias individuales (por ejemplo,
entre una mujer u otra) son más importantes que las halladas entre las medias
de cada grupo (entre mujeres y varones). Como citábamos en el capítulo 1, para
el caso de los estudios sobre el cerebro hay que “reemplazar la práctica
actualmente dominante de buscar y listar las diferencias de sexo/género por métodos
de análisis que tengan en cuenta la gran variabilidad del cerebro humano… así
como las diferencias individuales de la composición específica del mosaico
cerebral” (Joel et al., 2015).
Por otro lado, el hallazgo de una diferencia de
sexo/género se puede desvanecer cuando se analizan covariables, lo que permite
identificar el efecto interactivo de otras variables o las diferencias
intragrupales. Un ejemplo de esto fue el fracaso de la comercialización de
prótesis de rodilla específicas para cada sexo. A partir del análisis de
covariables, de otros factores que inciden en la anatomía de la rodilla, se
encontró que la altura predice mejor su anatomía que el sexo. Gracias a ello se
desarrollaron prótesis más variadas y acordes a la diversidad de los y las
pacientes[119]. Otro ejemplo es la introducción de la variable público/privado en el
estudio sobre las diferencias de sexo/género en dolor: la expresión de dolor
por parte de varones aumenta en contextos domesticoprivados (Bernardes y Lima,
2010). Por último, las covariables pueden matizar la generalización de
determinados malestares de género, como el “nido vacío”. Variables como la
ocupación o el significado atribuido a ser madre (en términos de sacrificio,
por ejemplo) pueden mediar en las diferentes reacciones ante el abandono de los
hijos del hogar: de la depresión paralizante al alivio y reorganización del
tiempo y el ocio (Hyde, 1995).
Por otro lado, a veces los sesgos de género se
producen en los valores de referencia utilizados para analizar los resultados:
o bien porque no se tenga en cuenta la variable sexo (u otras relevantes), o
bien porque puntuaciones menores en mujeres se interpreten como normales. En
medicina, esto ha ocurrido con la ferritina en mujeres, infradiagnosticándose
anemias y otras enfermedades relacionadas con niveles bajos de esta en mujeres
(Ruiz et al., 2007; Valls, 2008). Por último, cuando se analiza un
resultado se suele seleccionar bibliografía para reforzar dicho hallazgo. Una
forma de evitar sesgos en la selección de bibliografía sobre diferencias de
sexo/género es acudir al “metaanálisis”: una técnica que permite combinar
estadísticamente los resultados procedentes de todos los estudios anteriores
sobre el tema, para determinar lo que dicen dichos estudios en su conjunto
(Hyde, 1995: 94).
§. Sesgos de género en la interpretación de
resultados y en su publicación
A lo largo del proceso de investigación, uno de los momentos en los que
probablemente se cuelen más sesgos de género es en la interpretación de
resultados. Es aquí donde se producen lagunas y saltos interpretativos de los
datos: vía generalizaciones (por ejemplo, de animales a
humanos, como en el caso de la sociobiología) o inferencias injustificadas
(como en los casos de diferencias en habilidades matemáticas). Uno de los
principales errores en investigaciones sobre diferencias sexuales es hablar de
“diferencias de género” cuando únicamente se aportan datos desagregados por
sexo; solo si se dan explicaciones sociales sobre el porqué de dichas
diferencias, se puede hablar propiamente de género. Por otro lado, dada una
diferencia de sexo/género estadísticamente significativa, el resultado puede
interpretarse de diferente manera. Si tras un examen se pide a chicos y chicas
que estimen qué calificación creen haber obtenido y, como promedio, los chicos
estiman una puntuación superior a la de las mujeres, se puede interpretar sobre
dichos resultados que a las chicas les falta confianza en sí mismas (la
interpretación estándar), o bien, que los chicos sobreestiman sus resultados
(Hyde, 1995).
A veces los sesgos están infiltrados en el propio
lenguaje y las metáforas empleadas para interpretar los resultados.
Probablemente el ejemplo más significativo de esto sea la ciencia ficción, “el
cuento de hadas”, creada para explicar el papel de óvulos y espermatozoides en
la reproducción: en su versión óvulo-damisela pasiva que espera el rescate del
ágil, resistente y aguerrido espermatozoide; o en su versión óvulo femme
fatale atrapaespermatozoides (Martin, 2013). A través de muchos textos
sobre diferencias sexuales cerebrales, se personifica y se atribuye agencia
humana a células, hormonas y circuitos cerebrales, eliminando cualquier
mediación psicológica o social entre los elementos biológicos y la conducta
(también a la propia naturaleza que “selecciona” y “elige”). El determinismo
biológico viene construido a través del error de las “inferencias reversibles”
o de confundir correlación con causalidad (Fine, 2011, 2013). La biología
define posibilidades, pero no las determina; no es que sea irrelevante, pero no
es determinante (Fine, 2011). No es solo que se interpreta un escáner de un
cerebro como un cerebro, sino que se da el salto peligroso de la estructura del
cerebro a conductas, o se deduce un estado psicológico a partir de una
actividad cerebral. Este sesgo viene acompañado de otros dos sesgos
inferenciales, el innatismo y el esencialismo: interpretar
diferencias cerebrales como diferencias innatas (sin atender a los efectos de
la socialización y la experiencia en el cerebro) e interpretar diferencias
innatas como fijas e inevitables (sin atender a la plasticidad cerebral)
(Dussauge y Kaiser, 2012). Junto a ello, otro sesgo inferencial claramente
conservador y de refuerzo del statu quo es el que salta de la
descripción de diferencias a la justificación de desigualdades y su
prescripción como deber ser (“no se debe intervenir o compensar las diferencias
que son ‘por naturaleza’”), como vimos en algunos sociobiólogos y psicólogos evolucionistas.
Por último, y no por ello menos importante, es
necesario resaltar los sesgos en la publicación de resultados. Ya vimos en el
capítulo 4 cómo las farmacéuticas hacen que los investigadores no comuniquen en
sus publicaciones resultados adversos o que los disimulen. Pero además, las
revistas científicas no suelen aceptar —o las investigadoras e investigadores
no envían— trabajos con resultados negativos[120]. Los criterios de publicación científica filtran la aceptación de
artículos que hallan diferencias sexuales y desestiman aquellos que encuentran
semejanzas: el “prejuicio editorial en contra de la hipótesis nula”[121] (Unger, 1994). Además, está la tendencia a publicar resultados
“estadísticamente significativos”, cuando no siempre “significativo” es
importante. Ello provoca que se informe más sobre las diferencias de
sexo/género significativas y se omitan las no significativas. Por otro lado, a
pesar de que cada vez se da un mayor peso a las investigaciones cualitativas
sobre discursos y narrativas, la “evidencia” sigue circunscribiéndose a datos
cuantitativos. El positivismo impera como criterio de prestigio para revistas y
artículos científicos, y las investigaciones cualitativas encuentran difícil
acceso a determinadas revistas y campos disciplinares (por ejemplo, en ciencias
de la salud) (García Calvente, 2010).
También se cuelan sesgos de género en la lectura y
recepción de los artículos, así como en la evaluación de la actividad
científica. La literatura feminista ha detectado sesgos en la evaluación de la
calidad científica y cómo se valoran menos los currículum de las científicas
que los de los científicos en igualdad de mérito (Weneras y Wold, 1997). Del
mismo modo, cómo se producen sesgos de género en la difusión de los resultados
de investigación: por desiguales oportunidades de publicación y por sesgos en la
aceptación y revisión de manuscritos[122]. De entre los sesgos, se producen aquellos derivados de catalogar e
infravalorar las investigaciones sobre mujeres como “particulares o aplicadas”,
de “género”, remitiendo su ubicación específica a revistas sobre mujeres;
también la desvalorización de investigaciones cualitativas o inspiradas por las
epistemologías feministas; o la invisibilización o el desigual reconocimiento
de investigaciones o aportaciones realizadas por mujeres científicas. Como
vimos en el capítulo 2, el “efecto Matilda”, bautizado por Margaret Rossiter,
da cuenta de los sesgados mecanismos de selección en los directorios de
científicos célebres y el olvido generizado/generalizado de mujeres científicas
de éxito; también el desigual reconocimiento de mujeres que firman artículos e
investigaciones en coautoría con sus maridos, o colaboradoras de investigadores
cuyas contribuciones fueron desprestigiadas. A ello habría que añadir la
atribución de autoría masculina por defecto cuando se usan solo iniciales o
apellidos[123], o la tendencia a citar principalmente a autores varones. Por último,
dentro de la comunidad académica y científica, vemos cómo las teorías se
revalorizan cuando son reapropiadas por científicos blancos occidentales
escribiendo en inglés.
También los sesgos se cuelan en la difusión del
conocimiento, como ya hemos descrito en capítulos anteriores. Un ejemplo claro
de ello ocurre cuando las compañías farmacéuticas retienen investigaciones y
resultados opuestos a sus intereses, o cuando fomentan otras, como las
relacionadas con la medicalización de procesos vitales de las mujeres (Ruiz,
2013). El marketing editorial de la divulgación científica prioriza claramente
determinados temas sobre otros (que no venden), como ha sido el caso del boom del
neurosexismo pop (Bluhm, 2012) en contraste con la escasez de noticias que
cubren temas de salud que afectan principalmente a las mujeres.
Consideraciones finales
La vida no debe ser vivida sin compromiso.
Rita Levi-Montalcini
En la filosofía tradicional de la ciencia hay dos
supuestos fundamentales: la distinción entre hechos y valores y
entre contexto de descubrimiento y contexto de
justificación. Ambas distinciones servían para delimitar las tareas de
la filosofía de la ciencia frente a otras disciplinas como la historia, la
sociología o la psicología de la ciencia. Según la primera diferencia, la
ciencia trataría de hechos (“lo que hay”, fenómenos del mundo) y las teorías
serían conjuntos de enunciados acerca de los hechos que, por tanto, pueden ser
verdaderas o falsas[124]. Por otro lado, los valores (políticos, éticos, estéticos o de
cualquier otro tipo) serían ajenos a la ciencia y los juicios de valor sobre
“lo que debe ser” quedarían excluidos de ella. Pero como ya señalara Hanson
(1958), la evidencia empírica no basta para determinar la verdad o falsedad de
una hipótesis (excepto en casos triviales), pues no hay un observador neutral,
alguien que no observe “con los ojos de una teoría”.
La otra distinción refiere a la producción del
conocimiento y su justificación. El contexto de descubrimiento tiene que ver
con los diversos factores que influyen en los científicos cuando formulan las
hipótesis científicas que hay que contrastar; al contexto de justificación, en
cambio, solo le importa o le interesa la confirmación o refutación de las
hipótesis científicas. Dicho de otro modo, este contexto remite al tipo de
criterios que dichas hipótesis deben satisfacer para ser consideradas científicas,
es decir, la manera en que se justifican y aceptan.
La concepción tradicional de la ciencia, y por
tanto la filosofía y epistemología de la ciencia dominante durante gran parte
del siglo XX, se centró en el contexto de justificación, considerando que ese
proceso es lo que distingue a la ciencia de cualquier otra actividad y genera
la objetividad característica del conocimiento científico. Según esta postura,
solo el contexto de justificación es relevante para la epistemología de la
ciencia, mientras que el contexto de descubrimiento es el objeto de otras disciplinas.
Así, mientras que no habría métodos para la formulación de hipótesis, pues es
una actividad creativa, sí que existirían en su confirmación y eso es lo que le
daría al conocimiento la marca o el marchamo de científico. El
método de contrastación mediante la lógica y la evidencia empírica eliminaría
de la ciencia cualquier influjo subjetivo que pudiera haber entrado en ella a
través del contexto de descubrimiento. Así se excluirían los valores de la
ciencia y la convertirían en “valorativamente neutra”. Tanto la distinción
entre hechos y valores como entre contextos se plantea como excluyente y
jerárquica, pues se le da más importancia al contexto de justificación que al
de descubrimiento y a los hechos que a los valores.
Además de esta neutralidad que sostiene que las
teorías no implican ni presuponen juicios sobre valores, desde esta visión se
considera que la ciencia es autónoma —progresa mejor cuando no está influida
por valores o movimientos sociales o políticos— e imparcial, es decir, que la
única base para aceptar una teoría son sus relaciones con la evidencia, sin que
intervengan para nada valores no cognitivos. Así, se distingue entre valores
constitutivos (internos o epistémicos, como la verdad o la adecuación empírica)
y valores no constitutivos (externos o contextuales). Los primeros estarían en
la base de las normas o reglas metodológicas que determinan qué constituye una
práctica científica (contexto de justificación), mientras que los segundos
pertenecerían al ámbito cultural y social en que se desarrolla la actividad
científica (contexto de descubrimiento). Cuando se habla de una ciencia “libre
de valores” se refiere a los valores contextuales o no constitutivos.
Según esta neutralidad con respecto a los valores,
solo cuando estos se eliminan se logra la objetividad propia del conocimiento
científico. Muchos de los casos mencionados en este libro son compatibles con
esta interpretación, pues se puede considerar que el hecho de que los valores
influyan produce malos resultados y las teorías en cuestión no estarían
justificadas. Incluso la concepción tradicional del método científico puede
acomodar la afirmación de que eliminar los sesgos gracias a valores de género tiene
un influjo positivo en la investigación científica, pero este influjo quedaría
restringido al contexto de descubrimiento. Los valores serían instrumentales en
la formulación de hipótesis buenas, pero no formarían parte de la evidencia a
favor de ellas, como en el caso de la hipótesis de la mujer recolectora, en el
que los principios feministas obraron para idearla como hipótesis alternativa a
la del hombre cazador. También podrían ayudar a diseñar experimentos para
contrastar hipótesis científicas (por ejemplo, los valores de una científica
podrían alertar acerca de algunos aspectos no contemplados en un experimento),
pero nunca intervendrían en la justificación posterior a la experimentación.
Pero no es solo que la ciencia tenga valores
propios, sino que quienes llevan a cabo la investigación son personas, seres
humanos que colaboran o compiten entre sí, de una manera socialmente organizada
y en contextos sociales, políticos e históricos. Así, la concepción tradicional
de la ciencia ha sido muy cuestionada desde diversas perspectivas, sobre todo a
partir de la publicación, en 1962, de la obra de Thomas S. Kuhn, La
estructura de las revoluciones científicas.
A lo largo del libro hemos identificado y descrito
la ciencia mal practicada, la ciencia distorsionada por sesgos sociales
(sexistas y androcéntricos) en la formulación de preguntas de investigación, en
las teorías, en la definición de variables, en la selección de muestras, en los
diseños, en la interpretación de resultados, etc. Pero ¿son estos sesgos de
género sexistas y androcéntricos en la investigación científica el resultado de
“mala ciencia” o simplemente de la “ciencia al uso”? ¿Es posible una investigación
científica pura y libre de valores? ¿Producen valores, ciertas formas de
percibir e interpretar la realidad en las prácticas científicas? O, por el
contrario, ¿los valores sociales, éticos o políticos conforman la práctica
científica? ¿La adhesión rígida a los procedimientos de justificación permite
la eliminación de estos sesgos de género?
La pregunta es si estos sesgos son corregibles, si
identificando y eliminando estos sesgos a través de una adhesión más rigurosa a
las normas metodológicas vigentes podremos conseguir una representación
objetiva, “de-generizada” (y en tal sentido, libre de valores) de la naturaleza
y la vida social, y por tanto descubrir las “verdades” sobre las mujeres. Ello
implicaría asumir que es posible trascender la identidad social del
investigador (por ejemplo, que el sexo/género del sujeto de la ciencia no es epistemológicamente
relevante) y con ello aumentar la objetividad. No obstante, esto entra en
contradicción con el hecho de que han sido precisamente los movimientos
sociales de liberación (entre ellos, el feminismo, el ecologismo, el pacifismo
o el anticolonialismo) los que han proporcionado a la ciencia visiones menos
distorsionadas y parciales, identificando sesgos androcéntricos, coloniales,
racistas, etc. y eliminando campos de ignorancia (Harding, 1996). Aunque se
siguieran de forma rigurosa las normas científicas, ¿cómo evitar que la
selección y definición de problemas no venga determinada por los grupos
dominantes en una cultura determinada?
Por otro lado, la pregunta es si los propios
conceptos de conocimiento transcendental, neutro y libre de valores, de
distanciamiento sujeto-objeto, de razón frente a emoción y mente frente a
cuerpo, de cultura frente a naturaleza son androcéntricos, blancos, burgueses y
occidentales y ninguna “buena ciencia” eliminará tales sesgos, ya que los
propios métodos reproducen las perspectivas generadas por estas jerarquías y
distorsionan nuestro entendimiento (Harding, 1996). Para ello, convendría
examinar lo que la ciencia no es, las razones para estas exclusiones, y cómo
esta se ha conformado a través de sus ausencias: cómo la ciencia (no) se
relaciona con las emociones, lo político, el inconsciente, las particularidades
sociales e históricas, la poesía, el arte, etc.
Por tanto, una opción es confiar en la eliminación
de los sesgos de género y asumir que ello es posible haciendo buena ciencia
(independientemente de quiénes sean sus sujetos y la composición de las
comunidades científicas); la otra es asumir el carácter social e históricamente
situado de todas las creencias y evaluar de forma crítica y reflexiva qué
situaciones sociales parten de un punto de vista privilegiado para generar los
conocimientos más objetivos. Para Sandra Harding (1996), el método científico
resulta insuficiente para dar cuenta de los valores hegemónicos dominantes en
la producción científica, como lo serían por ejemplo los valores sexistas y
androcéntricos en sociedades estructuradas jerárquicamente en torno al género.
Harding presenta la posición de los grupos marginalizados como punto de partida
privilegiado para la producción de conocimiento por su capacidad de
visibilizar, y por tanto, cuestionar y eliminar los valores sexistas, racistas,
etc., invisibilizados desde la perspectiva de los grupos dominantes. La
posición privilegiada no sería la posición subyugada “llena”, saturada de
múltiples marcas opositoras de identidad de género, raza, clase, sexualidad,
etc., sino aquella que trata de buscar conexiones parciales y responsables
entre diferentes posiciones de sujeto, precarias, contradictorias y en
transformación. Frente a la figura tradicional del “observador modesto” neutral
y aséptico, se trataría de una posición de sujeto conocedor que se asume
situada, autocrítica y abierta a conexiones (Haraway, 1997).
Por ello, la objetividad científica y la búsqueda
de una mejor ciencia requieren no solo corregir los sesgos de género que se
producen en las investigaciones, sino políticas democráticas y participativas
en las prácticas científicas comunitarias. Frente a la visión de la ciencia
como neutral, autónoma y aséptica, los valores permean todos los aspectos del
conocimiento científico: no solo no son parte exclusiva de un contexto
productor de “mala ciencia”, sino que son elementos constitutivos que desempeñan
un papel importante en lo que cuenta como evidencia para una teoría científica
(Tanesini, 1999). Como esperamos haber mostrado en este libro, los valores
sociales, éticos o políticos interactúan en la investigación científica, se
coproducen y, por consiguiente, son inevitables, por lo que no se puede
distinguir entre buena y mala ciencia por su presencia (Longino, 1990). Así,
segúnHelen Longino, una mayor democratización de la comunidad científica que
incorpore la máxima pluralidad de perspectivas socialmente relevantes —con sus
valores correspondientes—, lo que ella denomina “democracia cognitiva”,
incidirá en una ciencia más objetiva, ya que facilitará el cuestionamiento del
trasfondo de valores hegemónicos, marcando su carácter político y parcial y
anulando sus idiosincrasias particulares (Longino, 1993). O como concluye
Sandra Harding:
Resulta evidente que la búsqueda del conocimiento
requiere de políticas democráticas y participativas. Si este no fuera el caso,
solo las elites de género, raza, sexualidad y clase que predominan en las
instituciones de búsqueda de conocimiento tendrán la oportunidad de decidir
cómo plantear sus preguntas de investigación, y tenemos suficientes razones
para sospechar de la localización histórica desde donde tales preguntas serán
de hecho planteadas (1991: 124).
En definitiva, la pregunta que nos queda tras este
viaje es si nos encontramos ante ejemplos de mala ciencia o de ciencia al uso.
Si mejorar la ciencia consistirá en eliminar los sesgos de género, si eso es
posible, o si nos tendremos que replantear otras formas de hacer ciencia.
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· Ziel, Harry K. y Finkle, William D. (1975):
“Increased risk of endometrial carcinoma among users of conjugated
estrogens”, New England Journal of Medicine, 293 (23), 1167-1170.
Notas:
[1] Las referencias son muchas, pero véase, por ejemplo,
http://elpais.com/elpais/2015/06/11/ciencia/1434018142_097443.html (último
acceso, 20 de octubre de 2015).
[2] Dicha afirmación tuvo gran eco en la prensa, como puede verse en:
http://www.boston.com/news/local/articles/2005/01/17/summers_remarks_on_women_draw_fire/?page=1
y
http://topics.nytimes.com/top/reference/timestopics/people/s/lawrence_h_summers/index.html?inline=nyt-per
(último acceso, 18 de octubre de 2015).
[3] Hay que señalar que el 17 de febrero, Summers declaró: “Las
observaciones que hice en enero subestimaron de manera importante el impacto de
la socialización y la discriminación, incluyendo las actitudes implícitas, esto
es, patrones de pensamiento a los que estamos sujetos todos de manera
inconsciente. La cuestión de las diferencias de género es mucho más compleja de
lo que se entrevé en mis comentarios y mis observaciones sobre la variabilidad
fueron mucho más lejos de lo que la investigación ha establecido”. “Letter to
the Faculty Regarding NBER Remarks”, en
http://www.president.harvard.edu/speeches/2005/facletter.html. No obstante, eso
no le evitó una moción de censura y un voto de no confianza de la prestigiosa
Facultad de Ciencias y Artes, algo que sucedía por primera vez desde la
fundación de Harvard en 1636, y que concluyó con su dimisión el 21 de febrero
de 2006.
[4] Empleamos el término “mujer” (en singular o en mayúsculas) para
referirnos a cómo la ciencia ha construido su discurso sobre la naturaleza de
la mujer, obviando las diferencias entre mujeres, y asumiendo al tiempo un tipo
particular de mujer (generalmente la mujer blanca burguesa
occidental-anglosajona heterosexual). Muchas de las teorías que aquí recogemos
como “teorías sobre las mujeres” no son aplicables a mujeres negras, obreras o
lesbianas, que aparecían como “no mujeres”. “La Mujer” por tanto tiene un
trasfondo no marcado de clasismo, racismo y heterosexismo.
[5] Por ejemplo, H. Maudesley (1835-1918) en varias de sus obras. No
obstante, en esa misma década, Mary P. Jacobi (1842-1906), en su obra The
Question of Rest for Women during Menstruation (1876), argumentaba con
datos en la mano que esa tesis no se sostenía, puesto que muchas mujeres
instruidas tenían hijos.
[6] Pero otros, como J. M. Allan, contraargumentaban que el tamaño
menor del cerebro de las mujeres era efecto de su inferioridad social y que si
las mujeres pudieran desarrollar plenamente sus cerebros, se remediaría ese
efecto pernicioso. El hecho de que las mujeres lograran efectivamente el acceso
a la educación superior y alcanzaran intelectualmente al varón convirtió en
inaceptables las tesis y medidas de los craneólogos, que implicaban que eso era
imposible (véase W. L. Distant, 1874). Sobre la craneología, véase Stephen Jay
Gould (1981).
[7] Véase en Frances Power Cobbe (1894), Life of Frances Power
Cobbe, vol. 2, la reacción de Darwin ante la publicación de On the
Subjection of Women de John Stuart Mill.
[8] Publicada en 1859, en esta obra establece los dos principios
fundamentales de la evolución, a saber, la selección natural y la selección
sexual. El primero se da entre miembros de distintas especies y conlleva
variabilidad y la supervivencia de los más aptos.
[9] La analogía y los ejemplos son dos de los recursos favoritos de
Darwin en The Descent of Man (Pérez Sedeño, 1997).
[10] Las cursivas en esta y las siguientes citas de Darwin son
nuestras.
[11] Pero quienes apoyaban los derechos de las mujeres, como la
filósofa pragmatista y activista Jane Addams (1922), también usaron la teoría
darwinista para decir que, si los instintos de las mujeres hacían que estas
fueran más cuidadosas y cariñosas, su intervención en la esfera pública
provocaría un mayor bienestar social y menores conflictos bélicos.
[12] Por ejemplo, Marshall Sahlins (1976), Ruth Hubbard (1990), Anne
Fausto-Sterling (1992), Steven Rose, Richard Lewontin y Leon J. Kamin (1990),
Richard Lewontin (1992) o Evelyn Fox Keller (2000).
[13] La mayoría de los biólogos y antropólogos evolucionistas discrepan
y no aceptan estas tesis sociobiológicas y las critican duramente. Sin embargo,
poseen un importante impacto mediático, de modo que quedan impresas en el
imaginario colectivo, como puede verse muy fácilmente en la prensa.
[14] Por ejemplo, E. O. Wilson (1975, 1978), Richard Dawkins (1976,
1986), Robert Trivers (1972) o David Buss (1995).
[15] Suponiendo que una mujer desarrolla a lo largo de toda su vida
reproductiva aproximadamente 500 óvulos. Ese número de óvulos sería el que
emplea en la producción de dos-tres hijos o hijas. Suponiendo que un varón
fabrica 200 millones de espermatozoides al día, tendrá una producción de 2,92
billones de espermatozoides en unos 40 años (o más) de vida fértil.
[16] En el Diccionario de la Lengua Española de la
Real Academia Española, la primera acepción de ‘violar’ es “tener acceso carnal
con alguien en contra de su voluntad o cuando se halla privado de sentido o
discernimiento” y es difícil atribuir voluntad o discernimiento a una garza o
una mosca.
[17] Creada en 1988 para promocionar la investigación y la discusión de
todo tipo de cuestiones intelectuales (científicas, filosóficas, literarias,
etc.), así como para trabajar en la mejora social e intelectual de la sociedad.
[18] Pinker es catedrático de Psicología en la Universidad de Harvard y
ha investigado y publicado sobre lenguaje y cognición, además de ser un
conocido divulgador científico. Por su parte, Spelke también es catedrática de
Psicología en la Universidad de Harvard, donde además dirige la
Mind/Brain/Behavior Initiative. Miembro de la Academia Nacional de Ciencias,
estudia los orígenes y la naturaleza del conocimiento de los objetos, las
personas, el espacio y los números, evaluando la conducta y la función cerebral
de los niños y adultos humanos y de otros animales.
[19] En esta prueba las puntuaciones van de 200 a 800.
[20] Véase, a este respecto, Cordelia Fine (2011).
[21] Es decir, el último año de la enseñanza no universitaria, que los
estudiantes suelen cursar con 17-18 años (correspondería a 2º de Bachillerato
del sistema educativo español).
[22] En este se incluyó por primera vez la familiaridad de los jóvenes
con cuestiones financieras.
[23] Para lo que la competencia lectora es fundamental, algo que tiende
a olvidarse.
[24] Los resultados del último Informe PISA aparecieron a finales de
2016.
[25] La educación mixta se instauró en España en 1970, con la Ley
Villar Palasí, y a finales de los años ochenta las mujeres ya eran mayoría en
todas las áreas excepto en las ingenierías y física.
[26] El de Hyde, Fennema y Lamon (1990).
[27] Para un repaso de esas críticas véase, por ejemplo, Gómez
Rodríguez (2004), Fausto-Sterling (1992, 2006), Blackless et al. (2000).
[28] Se metaanalizaron 172 estudios con 28.000 niños y niñas. En Pinker
y Spelke (2005).
[29] Citado en Pinker y Spelke (2005).
[30] Ibídem.
[31] Ambos estudios citados en Pinker y Spelke (2005).
[32] Citado en Pinker y Spelke (2005).
[33] Hubo una primera edición en español, en 1977, después de que fuera
publicado en Italia en 1974, en Dinamarca en el año 1975 y en Francia en 1977
(Ortiz, 2016).
[34] Según Tuana (2006), hasta el desarrollo del diafragma en 1882 eran
los hombres los que llevaban el peso de la responsabilidad del control del
embarazo, sobre todo en el contexto matrimonial y cuando no interesaba otro
nacimiento en la familia.
[35] En 2016, la revista The Journal of Clinical Endocrinology
& Metabolism publicaba un estudio sobre la eficacia y seguridad de
un anticonceptivo masculino. El estudio fue suspendido anticipadamente, pues si
bien se probaba su eficacia, también mostraba efectos secundarios como cambios
de humor o trastornos del estado de ánimo. Los mismos efectos y en mayores
proporciones no parecen ser suficientes para la suspensión de la píldora
anticonceptiva oral en las mujeres.
[36] La bibliografía al respecto es extensísima, por lo que solo
remitiremos al enorme The Biographical Dictionary of Women in Science,
editado por Marilyn Ogilvie y Joy Harvey.
[37] Véase
http://www.nobelprize.org/nobel_prizes/chemistry/laureates/1985/index.html
(último acceso, 10 de mayo de 2016).
[38] En ese mismo número también aparecía otro artículo de Wilkins y
colaboradores sobre el ADN.
[39] Dejando al margen la controversia acerca de en cuántas especies se
dividió y la localización temporal de cada una de ellas, la única especie que
sobrevive es la nuestra, la de Homo sapiens.
[40] También observó la importancia de la comunicación no verbal
(tocarse, abrazarse, acicalarse, besarse, etc.), los prolongados periodos de
dependencia de las crías con respecto a sus mayores, la capacidad de engañar a
los de su propia especie y cómo se organizan en “comunidades guerreras”,
compiten por el liderato, la comida o las hembras y cómo defienden a un miembro
de la familia o amigo.
[41] Sobre estas y otras primatólogas, véase Carole Jahme (2001).
[42] Véase, por ejemplo, Jahme (2001). En la Asociación Primatológica
Española (APE), el 66,4% de sus miembros eran mujeres en 2002 (Teixidor, 2002).
[43] Klein sigue la evolución de los humanos modernos desde los
primeros primates durante los últimos 200.000 años. En su trabajo publicado por
primera vez en 1989 y ampliado considerablemente en la tercera edición de 2009
hace hincapié en los últimos avances en el conocimiento, incluyendo, por
ejemplo, la cada vez más abundante evidencia de que los humanos modernos se
originaron en África y desde allí se extendieron por Europa, donde sustituyeron
a los neandertales, y también por Asia, reemplazando los pueblos arcaicos que
encontraron allí. Utilizando el registro fósil y el arqueológico de 2,5
millones de años, su trabajo demuestra que la morfología y el comportamiento
humanos evolucionaron juntos.
[44] Que los humanos tuvieran una dieta carroñera en parte cuesta ser
aceptado por algunos paleoantropólogos.
[45] El grosor del esmalte es un indicador de la dieta: cuando mayor
es, mayor dureza de los alimentos de la dieta.
[46] Esta tribu, que también habita en Namibia, Angola, la República
Sudafricana, Zambia y Zimbabwe, vive dispersa en el desierto del Kalahari, en
un área de más de 500.000 km al sur del África y ya fue objeto de estudio por
el gran antropólogo norteamericano Marvin Harris, que habla de ella en su Introducción
a la antropología general, publicada originalmente en 1971. Harris explica
que en los !kung cada banda tiene sus “líderes” reconocidos, la mayoría
masculinos, pero no todos; lo característico de este liderazgo es que pueden
hablar con más claridad que los demás y son escuchados con una mayor diferencia
de lo que es normal, pero no tienen autoridad formal y solo pueden persuadir.
[47] Curiosamente, el primer estudio del papel de los estrógenos en la
prevención de la enfermedad de corazón solo se realizó sobre hombres, porque la
hormona se consideraba un posible tratamiento (Schiebinger, 1999: 223).
[48] En www.heart.org (último acceso, 20 de abril de 2016).
[49] Este es el organismo encargado en Estados Unidos de aprobar o
denegar la comercialización de los nuevos fármacos. En la Unión Europea es la
Agencia Europea del Medicamento.
[50] Según el Ministerio de Sanidad español, la tasa nacional de
cesáreas en 2012 fue del 21,9% en hospitales públicos y de hasta un 35,1% en el
caso de los privados, muy por encima de las cifras que la OMS considera
normales, entre un 10% y un 15%. Véase
http://www.who.int/reproductivehealth/publications/maternal_perinatal_health/cs-statement/es/
(último acceso, 15 de diciembre de 2016).
[51] El cáncer de mama también se presenta en varones, pero su
incidencia es muy baja: el 1% de todos los cánceres en varones frente al 30%
que supone en las mujeres.
[52] En el contexto español, por ejemplo, ello ha provocado que ONG
como Creación positiva o Ser Positivas hayan emprendido investigaciones de
“epidemiología popular” inexistentes hasta el momento, como Mujer y
VIH: identificación de necesidades y estrategias o A pelo
gritao. Estudio cualitativo sobre vulnerabilidades, violencias y calidad de
vida en mujeres seropositivas (2005). Véase
http://creacionpositiva.org/esp/banco-de-recursos/index.html (último acceso, 8
de noviembre de 2016).
[53] Fármaco que se comercializó en la década de los sesenta para
calmar los vómitos durante el embarazo y que produjo miles de nacimientos de
bebés con malformaciones congénitas.
[54] En concreto: “Inclusion of women in study populations” (NIH,
1986); “Guideline for the study and evaluation of gender differences in the
clinical evaluation of drugs” (FAD, 1993) y “Revitalization Act” (NIH, 1993).
[55] Para las distintas fases que se siguen en los ensayos de
medicamentos, véase el capítulo 3.
[56] International Conference on Harmonisation (ICH). “Gender
considerations in the conduct of clinical trials” (EMEA-ICH-2005). Disponible
en http://www.ich.org/products/consideration-documents.html
[57] Los principales criterios de exclusión suelen ser estar
embarazadas, lactando o en edad fértil.
[58] Véase, a este respecto, Barral y Delgado (1999).
[59] Nos referimos a las cirugías de genitales realizadas (en muchos
casos a menores) con el objeto de normalizar cuerpos intersexuados. Véanse
Chase (1998) o Kessler (1998).
[60] Término en inglés utilizado para referirse coloquialmente a la
eyaculación femenina, que significa “lanzar a chorro”.
[61] Entre otros mitos (sociales, médicos y publicitarios), el hecho de
basar la “esencia del ser mujer” en la menstruación, omitiendo y excluyendo de
dicha categoría a aquellas mujeres que por diferentes motivos no tienen la
regla en sus vidas (no solo mujeres con menopausia, sino mujeres con
insensibilidad a los andrógenos u otras condiciones que puedan tener como
consecuencia la amenorrea o mujeres transexuales).
[62] En español, Manual diagnóstico y estadístico de los
trastornos mentales.
[63] . Una excepción fueron las investigaciones llevadas a cabo por
Penny Budoff (1981) que relacionaban niveles altos de prostaglandinas con
dolores fuertes menstruales y a partir de las cuales se desarrollaron
medicamentos antiprostaglandinas.
[64] Esto queda claro en la suspensión de un ensayo clínico de
anticoncepción hormonal para hombres porque produjo depresión y reducción de la
libido a un 3% de los participantes, en
http://cnnespanol.cnn.com/2016/10/31/inyeccion-anticonceptiva-masculina-es-altamente-efectiva-pero-tiene-efectos-secundarios/#0
(último acceso, 6 de noviembre de 2016).
[65] Para un análisis comparativo de la introducción de la píldora en
España y Polonia, véase Ignaciuk y Ortiz (2016).
[66] Aparte de la disminución de libido, otros posibles efectos a corto
plazo del anticonceptivo oral femenino son: coágulos de sangre, subida de peso,
cambios de humor, náuseas, fatiga, migrañas, tensión mamaria, etc.
[67] Para saber más sobre la historia de los primeros ensayos clínicos
de la píldora, véase Marks (2013).
[68] En un comunicado de octubre de 2013 (ref. MUH —FV—, 27/2013), la
Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios reconoce el riesgo bajo
de tromboembolismo venoso y arterial de los anticonceptivos orales combinados
de tercera y cuarta generación, mayor durante el primer año y en mujeres con
otros factores de riesgo. No obstante, sigue recomendando su uso, ya que los
beneficios siguen superando los riesgos, y que se informe a las usuarias sobre
sus posibles efectos.
[69] Véase en Valls (2009) otros estudios que apoyan esta relación.
[70]Season significa
‘estación’.
[71] http://sociedad.elpais.com/sociedad/2007/05/23/actualidad/11798712
01_850215.html (último acceso, 7 de julio de 2016).
[72] Ibídem.
[73] En Fauci et al. (1998), citado en Pérez Sedeño
(2003).
[74] En Farreras y Rozman (1982), citado en Pérez Sedeño (2003).
[75] Sustancia que tiene el mismo aspecto, gusto y forma que un
medicamento verdadero pero está hecho de productos inertes y sin ningún
principio activo.
[76] http://handbook.cochrane.org/ (último acceso, 22 de junio de
2016).
[77] http://www.nih.gov/health-information/menopausal-hormone-therapy-information
(último acceso, 14 de abril de 2016).
[78] En concreto, los datos indicaban que por cada 10.000 mujeres que
tomaban los fármacos durante un año aparecían 8 casos más de cáncer de mama
respecto a las que no tomaban el tratamiento. En el grupo de las tratadas,
sufrían ataque cardiaco 7 mujeres más que en el grupo de las no tratadas; había
8 casos más de infarto cerebral y 18 casos más de aparición de coágulos
sanguíneos. En cambio, en el grupo de las tratadas se observaban 6 casos de
cáncer colorrectales y 5 fracturas de cadera menos.
[79] http://www.diariomedico.com/2008/10/01/area-cientifica/especialidades/el-tipo-de-terapia-hormonal-sustitutoria-condiciona-el-riesgo-de-patologia-cardiaca
(último acceso, 6 de noviembre de 2016).
[80] Véase en Valls (2009) diferentes estudios al respecto. Por otro
lado, en 2006 El País difundía un estudio bajo el titular
“Estados Unidos logra reducir el cáncer de mama tras limitar la terapia
hormonal”, con una reducción del tumor de un 15% tras 16 meses de reducción de
prescripciones de la THS.
[81] http://elpais.com/diario/2002/07/16/salud/1026770401_850215.html
(último acceso, 20 de junio de 2016).
[82] Los parabenos son compuestos químicos utilizados como conservantes
en productos cosméticos con propiedades estrogénicas (que se sumarían a otros
estrógenos ambientales) que estimulan la proliferación de células mamarias con
cáncer. Las investigaciones de Philipa Darbre al respecto ya han provocado
algunas modificaciones en la composición de algunos cosméticos y la alerta de
las instituciones públicas sanitarias.
[83] Las ooforectomías (o extirpación de los ovarios) se suelen
realizar junto con la extirpación del útero en mujeres posmenopáusicas bajo el
argumento de su poca función hormonal o por posibles tumores con el tiempo,
pero este acto quirúrgico se realiza sin conocerse sus implicaciones hormonales
a largo plazo (Ruiz Cantero y Verdú, 2004). Un ejemplo similar sería la
extirpación de testículos sanos en mujeres con insensibilidad a los andrógenos
bajo el argumento de un riesgo mínimo de cáncer y haciendo necesaria la THS de
por vida para compensar su función hormonal.
[84] Véanse a este respecto los números de la revista Mujeres y
Salud, en concreto, el número 22 con un dosier sobre la controversia de la
vacuna y el número 34-35 sobre las mamografías periódicas.
[85] En realidad no se “previene”, sino que se detecta, por lo que es
más adecuado decir que se usan las mamografías para la detección (precoz o no)
del cáncer de mama.
[86] Gardasil y Cevarix son las dos vacunas del VPH que actualmente
están en el mercado. La primera, de la farmacéutica Merck, es la que se
comercializa en España. La compañía Merck ya se vio envuelta en el escándalo
del analgésico Vioxx, retirado por sus riesgos vasculares después de que se
produjeran muertes tras su consumo y que la compañía ocultara información sobre
efectos adversos del medicamento.
[87] Por otro lado, está por ver que la vacuna llegue y sea accesible
de forma masiva a los países que realmente la necesitan, mayoritariamente
países empobrecidos, en los que se registran entre el 80% y el 85% de los
casos.
[88] https://www.aecc.es/SOBREELCANCER/CANCERPORLOCALIZACION/CANCERDECERVIX/Paginas/incidencia.aspx
(último acceso, 1 de septiembre de 2016).
[89] Véanse las firmas de las peticiones en
http://www.nogracias.eu/2015/06/02/campana-contra-la-vacuna-del-papiloma/
[90] La inclusión de la vacuna en el calendario se realizó sin la
consulta de organizaciones médicas profesionales importantes. En 2007, la
Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública publicó un
manifiesto en su web en el que se posicionaba a favor de demorar la decisión de
aprobar la inclusión de la vacuna hasta que hubiera resultados concluyentes
sobre su eficacia y seguridad, teniendo en cuenta la inexistencia de una
epidemia de cáncer de útero y que un programa de cribado poblacional aprovecharía
mejor los recursos en prevención. Por otro lado, el catedrático de Salud
Pública Carlos Álvarez Dardet encabezó una iniciativa para solicitar la
exclusión de la vacuna del calendario de vacunaciones: “¡NO a la vacunación
masiva de niñas contra el virus del papiloma humano!”. Más de 10.000
profesionales de la salud y varias asociaciones científicas firmaron dichas
iniciativas mostrando un rechazo profesional masivo sin precedentes.
[91] Nos referimos a las campañas formapartedelahistoria.org y
cuentaselo.org. Aunque las denuncias de publicidad engañosa
realizadas por la plataforma para la moratoria de la vacuna del VPH fueron
desestimadas, las campañas han sido retiradas (Martín Llaguno y Álvarez Dardet,
2010).
[92] Según el registro VAERS de Estados Unidos, en 2012 las vacunas del
VPH fueron responsables del 60% de los efectos secundarios serios causados por
todas las vacunas.
[93] En realidad se está utilizando, una vez más, una falsa dicotomía,
jerárquica y excluyente, entre salud y enfermedad, cuando son vivencias
complejas y difíciles de definir.
[94] El libro ha sido traducido de diferentes formas: El
empapelado amarillo, El papel de pared amarillo y,
recientemente, El papel pintado amarillo.
[95] Para un análisis de los sesgos de género en los trastornos de
personalidad presentes en el DSM, véase Caro (2001).
[96] Irwin Goldstein, de la Universidad de Boston, ha sido un actor
fundamental en esta industria para la salud sexual de las mujeres. Investigador
de disfunciones eréctiles, abrió la primera clínica de salud sexual de las
mujeres en 1998 y ha sido clave en su promoción mediante conferencias,
monográficos en revistas científicas sobre el tema (en concreto, en Journal
of Sexual Medicine) y redes de profesionales y farmacéuticas.
[97] Tras la aprobación por la FDA en 2015, la canadiense Valeant
compró el laboratorio por mil millones de dólares.
[98] Con ello nos referimos a que al centrarse en las diferencias de
sexo/género, entre varones y mujeres, se puede correr el riesgo de desatender
cómo el sexo/género se experimenta diversamente en función de la edad,
sexualidad, clase social o raza/etnia. Igualmente, si se parte de la
neutralidad de género es muy probable que también se asuma un sujeto no marcado
blanco, heterosexual, occidental, etc.
[99] Recordemos que empleamos el término Mujer, en singular y en
mayúscula, para referirnos a cómo la ciencia ha construido su discurso sobre la
naturaleza de la mujer, obviando las diferencias entre mujeres, y asumiendo al
tiempo un tipo particular de mujer (generalmente la mujer blanca burguesa
occidental-anglosajona heterosexual).
[100] Véanse, por ejemplo, los trabajos históricos sobre mujeres y salud
mental de Elaine Showalter (1987, 1997), El malestar de las mujeres de
Mabel Burin (1990), o trabajos más actuales de “invención de enfermedades” de
mujeres (diseases mongering) en Ruiz Cantero y Cambronero (2011) y Ruiz
Cantero (2013), o en González García (2014) para el caso de síndromes
relacionados con la falta de deseo en las mujeres.
[101] Véanse a este respecto Ruiz y Verbrugge (1997), Ruiz y Verdú
(2004) y Valls (2008, 2009).
[102] Véase Encuesta Nacional de Salud en España (2011). Disponible en
http://pestadistico.inteligenciadegestion.msssi.es/publicoSNS/comun/ArbolNodos.aspx
[103] En un estudio llevado a cabo por Inge Broverman y colaboradores
(1970) con profesionales de la salud mental, el concepto que estos tenían
respecto a varones adultos sanos no difería significativamente del que
expresaban para adultos sanos en general (varones y mujeres), pero sí de la
imagen que tenían de mujeres adultas sanas que difería de los dos anteriores
(eran menos independientes, más influenciables, menos agresivas, menos
competitivas, etc.).
[104] Por poner un ejemplo disciplinar: una de las prioridades de las
pioneras psicólogas fue desmontar mitos sobre su inferioridad mental como sexo
(García Dauder, 2005), o de psicólogos y psicólogas negros desmontar el racismo
a través de la investigación psicosocial (Guthrie, 1976).
[105] Véase en Caprile (2012) otros ejemplos de sesgos de género en
prioridades de investigación: en arquitectura y urbanismo, cómo no se ha
pensado la ciudad desde las necesidades de las mujeres; y en comunicación, la
falta de diseños de tecnologías de la comunicación más inclusivos.
[106] La revista Feminism & Psychology dedicó en
1994 un monográfico titulado “Should Psychology Study Sex Differences?”
(“¿Debería la psicología estudiar las diferencias sexuales?”).
[107] Para un análisis de la realidad múltiple y poliédrica del “sexo”,
véase el “duelo a los dualismos” de Fausto-Sterling (2006).
[108] Partiendo de la invisibilización del abuso sexual infantil tanto
en niñas como en niños como problema social, los estereotipos sexuales
existentes sobre los hombres, la masculinidad y la (hetero)sexualidad pueden
influir en mayores resistencias a comunicar, detectar o actuar en casos de
abusos sexuales en niños (González, 2010).
[109] La equidad conlleva un principio ético o de justicia en la
igualdad. Si aplicamos el principio de igualdad “absoluta”, sin tener en cuenta
las diferencias entre grupos o personas, tendremos una sociedad injusta.
[110] La revista Behavioral Sciences & the Law, en su
volumen y número 23 (6), dedicó un monográfico a los sesgos de género en la
investigación de la psicopatía.
[111] La “dependencia e independencia de campo” se refiere a estilos
cognitivos relacionados con la susceptibilidad a errores perceptivos provocados
por marcos de referencia que provocan ilusiones ópticas. Hyde ha criticado que
en lugar de llamar a estas variables “sensibilidad o no al contexto” en el acto
perceptivo, se acudiera a dichos términos, reforzando con ello estereotipos de
género (las mujeres son también cognitivamente más
dependientes). Por otro lado, ha criticado que lo que se ha denominado “miedo al
éxito en las mujeres” no es más que la ansiedad ante situaciones donde el éxito
implica competitividad y conflicto con el rol femenino.
[112] Un patrón similar se da con la medición de otras variables
emocionales como la ansiedad o el miedo.
[113] La idea del “experimento perfecto” se refería a aquel que
eliminara todas las influencias ambientales para poder establecer las
diferencias “reales” entre varones y mujeres. Como ya afirmaron las pioneras
psicólogas, se trataba de un experimento perfecto e imposible, por lo que no se
podría llegar a ninguna conclusión psicológica respecto a las diferencias
sexuales naturales o esenciales (García Dauder, 2005).
[114] Nos referimos a aquellos métodos donde no se manipulan variables,
simplemente se mide (generalmente mediante cuestionarios, test, etc.) el grado
en que dos variables cambian juntas (correlación) o si existen diferencias
significativas entre los valores que toma una variable discreta no manipulada
(por ejemplo, el sexo) y otra medición. En ninguno de los casos se pueden
establecer relaciones causales entre variables: que haya relación entre
variables no quiere decir que una sea causa de la otra, puede ser su
consecuencia o el resultado complejo e interactivo de un conjunto de factores.
[115] Ya vimos en el capítulo 1 recientes trabajos que ponen en cuestión
tales diferencias (Joel et al., 2015).
[116] A pesar de las guías de trabajo publicadas en 1993 por el
Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos (NIH Revitalization Act)
que promovían la inclusión de mujeres y minorías en las investigaciones, varios
estudios han demostrado la persistencia de sesgos de género en las muestras de
ensayos clínicos (Vidaver et al., 2000; Ramasubbu, Gurm y Litaker,
2001).
[117] Mediante dilemas morales, Kohlberg estableció su teoría sobre las
etapas o niveles de desarrollo moral. Carol Gilligan, colaboradora suya,
criticó que sus investigaciones se centraban en varones y en un desarrollo
moral masculino, basado en la justicia, de forma que las justificaciones de
muchas mujeres, orientadas a la moral del cuidado y la responsabilidad hacia
los otros, caían fuera de su teoría.
[118] A través de dichas escalas, como la del test de personalidad MMPI,
se extrae una puntuación en masculinidad y otra en feminidad (a diferencia de
las primeras que se crearon, a partir de los años 70 ya miden M/F de forma
independiente y no como dos polos opuestos y excluyentes),
fabricadas/operativizadas como instrumentalidad (M)/expresividad (F), como si
midieran una realidad ya dada de antemano como rasgos individuales de la
persona fijos, descontextualizados y dualistas.
[119] Véase “De-generizando la rodilla: Sobre-enfatizando las
diferencias sexuales como problema”, del proyecto Gendered Innovations:
http://genderedinnovations.stanford.edu/case-studies/knee.html#tabs-2 (último
acceso, 6 de diciembre de 2016).
[120] Ioannidis (2005) analizó los estudios clínicos de investigación
originales publicados en las tres revistas médicas clínicas generales o
revistas de la especialidad de cardiología con elevado factor de impacto de
1990 a 2003. Descubrió que un tercio de los trabajos más citados fueron
cuestionados posteriormente, por falsos positivos. Por otro lado, el Comité
Internacional de Editores de Revistas Médicas (CIERM) “recuerda que la falta de
envío para publicación —por parte de los autores— o la falta de aceptación —por
parte de los editores— de estudios, simplemente por presentar resultados
negativos, constituyen sesgos de publicación” (Alfonso, Segovia, Heras y
Bermejo, 2006).
[121] En estadística, una hipótesis nula es aquella elaborada para
anular o refutar, con el objetivo de apoyar otra hipótesis alternativa. Cuando
se rechaza la hipótesis nula es porque se han encontrado diferencias
significativas. Hablamos de prejuicio en contra de la hipótesis nula porque
aquellas investigaciones que no encuentran diferencias (es decir, que apoyan la
hipótesis nula) suelen ser rechazadas para su publicación, de tal forma que
parecería que las semejanzas no aportan resultados relevantes para la ciencia.
[122] Ver en este sentido García Calvente (2010) y el estudio de
Miqueo et al. (2011) sobre los “colegios invisibles” y los
sesgos de género en las publicaciones científicas del sector sanitario.
[123] Por ejemplo, leer en los libros de computación “R. Peter” y pensar
que es un varón o el “padre” de la teoría de las funciones recursivas, cuando
se refiere a Rózsa Péter.
[124] Como hemos señalado (Pérez Sedeño, 2008), esto es una
simplificación, pero en lo fundamental es ajustado. De hecho, muchas de las
críticas iniciales versan sobre esta idea de que la ciencia está constituida
por leyes y teorías que tratan sobre hechos. También hay otras concepciones,
aunque menos aceptadas, como la estructuralista, que consideran que las teorías
son entidades modelo-teóricas, esto es, conjuntos de modelos.

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