© Libro N° 10068. El Duelo. Von Kleist, Heinrich. Emancipación. Junio 25 de
2022.
Título
original: ©
Der Zweikampf, Heinrich Von Kleist
(1777-1811)
Versión Original: © El Duelo. Heinrich Von Kleist
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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Heinrich Von Kleist
El Duelo
Heinrich Von Kleist
El duque Wilhelm von Breysach, quien a partir de su
secreta unión con una condesa llamada Kátharina von Heersbruck, de la casa
Alt-Hüningen, la cual parecía serle inferior en rango, vivía enemistado con su
hermanastro, el conde Jacob Barbarroja, regresaba a fines del siglo xiv, cuando
comenzaba a caer la noche de San Remigio, de un encuentro mantenido en Worms
con el Emperador de Alemania, en el transcurso del cual obtuviera del soberano
el reconocimiento, a falta de hijos legítimos que había perdido, de un hijo
natural, el conde Philipp von Hüningen, engendrado con su esposa antes de
contraer matrimonio. Mirando hacia el futuro con mayor júbilo que durante todo
su mandato, había alcanzado ya el parque ante el cual se alzaba su palacio
cuando, de improviso, surgió una flecha disparada desde la oscuridad de los
arbustos que traspasó su cuerpo justo bajo el esternón.
Micer Friedrich von Trota, su chambelán,
profundamente consternado por tal suceso, con ayuda de algunos caballeros más
lo condujo al palacio, donde sólo tuvo energías para leer, en brazos de su
desolada esposa, el acta imperial de legitimación ante una asamblea de vasallos
del reino convocada apresuradamente a instancias de esta última; y luego que
los vasallos hubieron cumplido su última voluntad expresa, no sin viva
resistencia por recaer la corona, según la ley, sobre su hermanastro, el conde
Jacob Barbarroja, y reconocido con la salvedad de obtener el beneplácito del
emperador al conde Philipp como heredero del trono y, por ser éste menor de
edad, a la madre como tutora y regente, se reclinó y murió.
La duquesa ascendió sin más al trono, enterando
simplemente a su cuñado, el conde Jacob Barbarroja, por medio de algunos
emisarios; y las predicciones de varios caballeros de la corte, que creían
entrever el talante reservado de éste, se cumplieron a juzgar cuando menos por
las apariencias externas: Jacob Barbarroja se consoló, sopesando con prudencia
las circunstancias vigentes, de la injusticia que su hermano había cometido con
él; por de pronto se abstuvo de paso alguno que contrariase la última voluntad
del duque, y deseó de corazón a su joven sobrino fortuna para el trono que
había obtenido. Describió a los emisarios, a quienes sentó a su mesa con gran
jovialidad y simpatía, cómo desde la muerte de su esposa, que le había legado
una fortuna digna de un rey, vivía libre e independiente en su castillo; cuán
adoraba a las mujeres de la nobleza vecina, su propio vino y la caza en
compañía de alegres amigos, y que una cruzada hacia Palestina, en la que
pensaba expiar los pecados de una turbulenta juventud, los cuales había de
reconocer que iban lamentablemente en aumento con la edad, era toda la empresa
que planeaba al término de su vida.
En vano le hicieron sus dos hijos varones, educados
con la esperanza cierta de la sucesión al trono, los más amargos reproches a
causa de la indolencia e indiferencia con la que, contra toda esperanza,
toleraba que se infligiera tan irreparable agravio a sus aspiraciones: imberbes
como eran, les mandó callar con breves y burlonas órdenes, los forzó a seguirlo
a la ciudad el día del solemne sepelio y una vez allí a dar junto a él
sepultura en la cripta al viejo duque, su tío, en debida forma; y tras rendir pleitesía
en la sala del trono del palacio ducal al joven príncipe, su sobrino, en
presencia de la madre regente, al igual que todos los restantes Grandes de la
corte, rehusando cuantos cargos y dignidades le brindó ésta, acompañado de las
bendiciones del pueblo, que lo veneraba doblemente por su generosidad y su
mesura, regresó de nuevo a su castillo.
La duquesa procedió entonces, tras esta resolución
inopinadamente feliz de los primeros intereses, a cumplir su segunda tarea como
regente, a saber, la realización de pesquisas acerca de los asesinos de su
esposo, de los cuales se decía haber visto toda una hueste en el parque, y a
tal fin comprobó ella misma junto con micer Godwin von Herrthal, su chanciller,
la saeta que había puesto fin a la vida de aquél. Entretanto no se encontró
nada en ella que hubiera podido revelar al propietario, a no ser quizá lo
exquisita y magníficamente que, de modo inquietante, estaba trabajada. Habían
empendolado plumas recias, crespas y brillantes en un astil que, fino y
resistente, fuera torneado en oscuro nogal; el revestimiento del extremo
anterior era de reluciente latón, y sólo la punta más exterior misma, afilada
como las espinas de un pez, era de acero.
La flecha parecía haber sido elaborada para la
armería de un hombre ilustre y rico, bien envuelto en pendencias o gran amante
de la caza; y como de una fecha grabada en la contera se desprendiera que ello
podía haber tenido lugar muy poco antes, la duquesa, por consejo del
chanciller, envió con el sello de la corona la saeta a cuantos talleres de
Alemania había en torno, a fin de encontrar al maestro que la había torneado y,
en caso de lograrlo, obtener de éste el nombre de aquel por cuyo encargo había sido
realizada.
Cinco lunas más tarde llegó a manos de micer
Godwin, el chanciller, a quien había confiado la duquesa todas las pesquisas,
la declaración de un artesano de Estrasburgo según la cual había elaborado tres
años antes una sesentena completa de tales flechas, junto con la aljaba
correspondiente, para el conde Jacob Barbarroja. El chanciller, profundamente
consternado por tal testimonio, lo retuvo durante varias semanas en su camarín
secreto; en parte creía conocer, pese a la vida libertina y disipada del conde,
su noble ánimo demasiado bien como para poder considerarlo capaz de un acto tan
abominable como un fratricidio; y en parte también, a despecho de muchas otras
virtudes, demasiado poco la ecuanimidad de la regente como para que, en un
asunto que concernía a la vida de su peor enemigo, no debiera proceder con la
mayor cautela.
En el ínterin realizó bajo mano averiguaciones en
el sentido de tan extraña información y, como por azar averiguase a través de
los magistrados del consistorio que el conde, quien de ordinario no solía
abandonar su castillo nunca o sólo muy raramente, se había ausentado de él en
la noche del asesinato del duque, consideró pues su deber levantar el secreto y
enterar a la duquesa en una de las siguientes sesiones del consejo del reino
sobre la inquietante y extraña sospecha que, debido a ambos cargos, recaía sobre
su cuñado, el conde Jacob Barbarroja.
La duquesa, que se consideraba dichosa por mantener
relaciones tan cordiales con su cuñado el conde, y nada temía más que ofender
su susceptibilidad con algún paso irreflexivo, ante tan equívoca revelación no
dio sin embargo, para sorpresa del chanciller, ni el menor signo de júbilo;
antes bien, tras leer dos veces los documentos con gran atención, expresó su
vivo disgusto porque se aludiera públicamente en el consejo del reino a un
asunto tan incierto y de tal gravedad. Opinó que había de tratarse de un error
o una calumnia, y ordenó no hacer uso alguno de la declaración ante los
tribunales.
Más aún, ante la extraordinaria, casi fanática
veneración popular de que gozaba el conde desde su exclusión del trono, tras un
giro natural de los acontecimientos, se le antojaba en extremo peligroso el
mero hecho de haberlo leído en el consejo del reino; y previendo que las
habladurías populares al respecto habían de llegar a oídos de aquél, envió,
acompañados de un escrito verdaderamente magnánimo, ambos cargos, a los que
designaba como el concurso de un extraño malentendido, junto con aquel en el
cual se basaban, a manos del conde, con el ruego explícito de que, estando como
estaba persuadida de antemano de su inocencia, la dispensara de la refutación
de todos ellos.
El conde, quien se encontraba justamente sentado a
la mesa con una reunión de amigos, se levantó cortés al entrar el caballero que
portaba el mensaje de la duquesa; mas, en tanto que los amigos contemplaban al
ceremonioso varón, que no quiso tomar asiento, apenas hubo leído en el arco de
la ventana la carta, cuando cambió de color y tendió a los amigos los
documentos diciendo:
—¡Hermanos, mirad! ¡Cuan ignominiosa acusación se
ha urdido contra mí por el asesinato de mi hermano!
Con una mirada relampagueante arrebató al caballero
de la mano la flecha y, ocultando la aniquilación de su alma, mientras los
amigos se arremolinaban inquietos en derredor suyo, prosiguió: ¡que de hecho la
saeta era suya y asimismo fundada la circunstancia de que en la noche de San
Remigio se había ausentado de su castillo!.
Los amigos lanzaron maldiciones sobre tan taimada y
vil perfidia; hicieron recaer la sospecha del asesinato sobre los propios e
impíos acusadores y a punto estaban ya de ir contra el emisario, que defendía a
su señora la duquesa, cuando el conde, habiendo releído una vez más los
escritos, exclamó interponiéndose entre ellos:
—¡Tranquilos, amigos míos! —y con ello tomó su
espada, que estaba en pie en el rincón, y se la entregó al caballero con estas
palabras—: ¡que era su prisionero!
Ante la consternada pregunta del caballero de si
había oído bien y si realmente reconocía ambos cargos formulados por el
chanciller, respondió el conde:
—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!.
Que entretanto esperaba verse dispensado de la
necesidad de ofrecer pruebas de su inocencia de otro modo que no fuera ante el
palenque de un tribunal convocado formalmente por la duquesa.
En vano opusieron los caballeros, sumamente
descontentos con tal declaración, que al menos en caso tal no había de rendir
cuentas de las circunstancias de los hechos a nadie más que al emperador; el
conde, quien en una extraña y repentina mudanza de actitud invocó la
ecuanimidad de la duquesa, porfió en comparecer ante el tribunal del reino y,
desasiéndose de los brazos de aquéllos, pedía ya a gritos desde la ventana sus
caballos, resuelto, según dijo, a seguir de inmediato al emisario a la prisión
de nobles, cuando los compañeros de armas se interpusieron a viva fuerza en su
camino con una propuesta que finalmente hubo de aceptar. Redactaron entre todos
un escrito dirigido a la duquesa, exigieron como un derecho que asistía a todo
caballero en caso semejante un salvoconducto y, como garantía de que
comparecería ante un tribunal por ella convocado y se sometería a todo cuanto
éste le impusiera, ofrecieron una fianza de 20.000 marcos de plata.
La duquesa, ante tan inesperada y para ella
incomprensible declaración, a causa de los infames rumores que ya corrían entre
el pueblo sobre los móviles de dicha acusación, consideró lo más aconsejable
poner el litigio entero en manos del emperador, retirándose ella personalmente
por completo. Le remitió, por consejo del chanciller, la totalidad de las actas
referentes al asunto y y le rogó se hiciera cargo en su calidad de cabeza del
imperio de la instrucción de una causa en la que ella misma estaba implicada
como parte. El emperador, que se hallaba en aquel preciso momento en Basilea
por negociaciones con la Confederación, accedió a tal deseo; constituyó en
dicha ciudad un tribunal formado por tres condes, doce caballeros y dos
asesores jurídicos; y tras conceder al conde Jacob Barbarroja, de acuerdo con
la petición de sus amigos, un salvoconducto a cambio de la fianza ofrecida de
20.000 marcos de plata, le exigió que compareciera ante el citado tribunal y
diera cuenta ante él de los dos cargos siguientes: ¿cómo había llegado la
flecha, que según propia confesión le pertenecía, a manos del asesino?, y
asimismo: ¿en qué tercer lugar se encontraba en la noche de San Remigio?
Era el lunes después de Trinidad cuando el conde
Jacob Barbarroja, con un rutilante séquito de caballeros, compare ció en
Basilea según la citación que le había sido transmitida ante el palenque del
tribunal, y allí, omitiendo la primera cuestión, para él, según afirmó,
absolutamente inexplicable, se expresó sobre la segunda, decisiva para la
causa, del siguiente modo: «¡Nobles señores!», y diciendo esto apoyó sus manos
en la estacada y miró a los reunidos con sus ojillos centelleantes, enmarcados
por pestañas rojizas.
—Me acusáis, a mí que he dado pruebas suficientes
de indiferencia por corona y cetro, de la acción más abominable que puede
cometerse, del asesinato de mi hermano, quien aun sintiendo poca inclinación
por mí no me era por ello menos querido; y como uno de los motivos en que se
basa vuestra acusación aducís que en la noche de San Remigio, cuando se
perpetró aquel crimen, en contra de un hábito observado a lo largo de muchos
años me encontraba ausente de mi palacio. Bien sé cuán deudor es un caballero
del honor de aquellas damas que le conceden secretamente su favor; ¡y vive
Dios!, de no haber arrojado el cielo inesperadamente tan extraña fatalidad
sobre mi testa, el secreto que duerme en mi pecho hubiera muerto conmigo, se
hubiera reducido a polvo y hasta sonar la trompeta del ángel que haga abrirse
las tumbas no hubiera resucitado conmigo para presentarse ante Dios. Mas la
pregunta que su imperial majestad dirige a mi conciencia por vuestra boca
anula, como vos mismos comprendéis, toda consideración y todo escrúpulo; y pues
queréis saber por qué es improbable, incluso imposible, que participara en el
asesinato de mi hermano bien en persona o indirectamente, sabed que la noche de
San Remigio, y por tanto en el momento en que se perpetró, me encontraba
secretamente en compañía de la bella hija del senescal Winfried von Breda, doña
Wittib Littegarde von Auerstein, entregada a mi amor.
Ahora bien, se ha de saber que doña Wittib
Littegarde von Auerstein, así como la mujer más hermosa del país era
igualmente, hasta el instante de aquella ignominiosa acusación, la dama más
intachable y sin mancilla del reino. Desde la muerte del burgrave de Auerstein,
su esposo, al que había perdido pocas lunas después de sus esponsales a causa
de unas fiebres contagiosas, vivía en el silencio y retiro del castillo de su
padre; y sólo por deseo del anciano hidalgo, que deseaba verla desposada de
nuevo, consentía en participar alguna que otra vez en las cacerías y banquetes
celebrados por la nobleza de la región en torno, y principalmente por micer
Jacob Barbarroja.
Muchos condes y gentilhombres de las más nobles y
acaudaladas estirpes del país se arremolinaban en tales ocasiones en derredor
suyo con sus peticiones de mano, siéndole de entre todos ellos micer Friedrich
von Trota, el chambelán, quien en cierta ocasión salvara valerosamente su vida
durante una partida de caza contra la embestida de un verraco herido, el más
caro y el predilecto; entretanto, por la preocupación de disgustar a sus dos
hermanos, que contaban con el legado de su fortuna, a despecho de todas las
exhortaciones de su padre no había podido resolverse a concederle su mano. Es
más, al desposarse Rudolph, el mayor de ambos, con una rica damisela de la
vecindad y, luego de tres años de matrimonio sin hijos, nacerle para gran
júbilo de la familia un heredero del apellido, ella, movida por alguna que otra
declaración explícita e implícita, se despidió formalmente de micer Friedrich,
su amigo, en un escrito redactado entre lágrimas sin cuento, y accedió, a fin
de mantener la unidad de la casa, a la propuesta de su hermano de asumir el
cargo de abadesa en un convento de monjas que se hallaba a orillas del Rin, no
lejos del castillo paterno.
Justamente por la época en que se realizaban las
diligencias encaminadas a tal fin ante el arzobispo de Estrasburgo y el asunto
estaba en trance de realización, fue cuando el senescal micer Winíried von
Breda recibió del tribunal constituido por el emperador el informe sobre el
deshonor de su hija Littegarde y la orden de enviarla a Basilea para responder
de la acusación realizada en su contra por el conde Jacob. Se le detallaba en
el curso del escrito la hora y el lugar exacto en que el conde, según su afirmación,
decía haber realizado su visita clandestina a doña Littegarde, y se le
adjuntaba incluso un anillo proveniente de su esposo fallecido que aquél
aseguraba haber recibido de su mano al despedirse como recuerdo de la noche
pasada.
Coincidió que micer Winíried, el mismo día en que
llegó dicho escrito, padecía de una grave y dolo-rosa indisposición debida a la
edad; en un estado de extremo padecimiento caminaba vacilante de la mano de su
hija por la alcoba, viendo ya acercarse el fin que se oculta en cuanto encierra
un hálito de vida; de tal suerte que, al leer tan terrible noticia, le
sobrevino de inmediato un ataque y, dejando caer la hoja, paralizados todos sus
miembros se desplomó sobre el pavimento. Los hermanos, que se hallaban presentes,
lo alzaron conmocionados del suelo y mandaron llamar un médico que vivía en el
edificio contiguo para su cuidado; mas todos los esfuerzos para devolverlo a la
vida fueron vanos: mientras doña Littegarde yacía desvanecida en el regazo de
sus damas, entregó él su alma, y aquélla, al volver en sí, no tuvo siquiera el
agridulce consuelo de poder entregarle una sola palabra en defensa de su honor
para que la llevara consigo a la eternidad. La indignación de ambos hermanos
sobre tan infausto suceso y su ira por la ignominia imputada a la hermana que
lo había provocado y por desdicha resultaba muy probable fue indescriptible.
Pues demasiado bien sabían que, en efecto, el conde
Jacob Barbarroja la había cortejado infatigablemente durante todo el verano
anterior; varios torneos y banquetes habían sido celebrados sólo en su honor y,
de un modo ya entonces sumamente escandaloso, en especial para todas las
restantes damas invitadas a la reunión, la había distinguido a ella. Más aún,
recordaban que Littegarde, por la misma época del citado día de San Remigio,
pretendió haber perdido durante un paseo justo el mismo anillo procedente de su
esposo que entonces había vuelto a aparecer sorprendentemente en manos del
conde Jacob; de tal suerte que ni por un momento dudaron de la veracidad de la
declaración que el conde había prestado contra ella ante tribunal.
En vano —mientras el cadáver paterno era sacado
entre los lamentos de la servidumbre— se aferró ella a las rodillas de sus
hermanos, suplicando que la escucharan sólo un instante; Rudolph, ardiendo en
cólera, le preguntó dirigiéndose a ella si acaso podía citar testigo alguno de
la nulidad de la imputación, y como ella, trémula y estremecida, replicara que
por desdicha no podía invocar otra cosa que la intachabilidad de su conducta,
por haberse encontrado ausente de su dormitorio precisamente la consabida noche
su doncella a causa de una visita que había realizado a sus padres, la apartó
Rudolph de sí a puntapiés, arrancó de su vaina una espada que pendía del muro y
le ordenó, en el delirio de su desmedida furia, mientras mandaba acudir perros
y siervos, que abandonara en el acto casa y castillo. Littegarde se alzó del
suelo, pálida como la cera; rogó, mientras esquivaba callada sus maltratos, le
concediera al menos el tiempo preciso para realizar los preparativos de la
partida exigida; mas Rudolph, lanzando espumarajos de rabia, no respondió otra
cosa que:
—¡Fuera, fuera del palacio!
De tal guisa que, como no escuchara a su propia
esposa, que se interpuso en su camino rogándole indulgencia y humanidad, y la
arrojara furibundo a un lado asestándole tamaño golpe con el puño de la espada
que le hizo brotar sangre, la desventurada Littegarde, más muerta que viva,
abandonó la estancia: rodeada por las miradas del pueblo llano, atravesó con
paso vacilante el patio hacia la puerta del castillo, donde Rudolph le mandó
entregar un hato de ropa al que añadió algún dinero y él mismo, entre juramentos
e imprecaciones, cerró los batientes del portalón.
Tan repentina caída desde las alturas de una dicha
serena y casi sin sombra a los abismos de una infinita aflicción y el más
completo desamparo era más de lo que la pobre mujer podía resistir. Sin saber a
dónde dirigirse, descendió tambaleante, apoyada en la baranda, a lo largo del
sendero rocoso, por al menos buscar albergue para la noche incipiente; mas
antes de haber alcanzado siquiera la entrada de la aldehuela dispersa que se
extendía por el valle, se desplomó en tierra privada de sus fuerzas. Llevaría
acaso una hora allí tendida, libre de todos los padecimientos terrenos, y ya
cubría la región una oscuridad total cuando volvió en sí rodeada de varios
compasivos lugareños.
Pues un muchacho que jugaba en la pendiente rocosa
se había percatado de su presencia allí y relatado en casa de sus padres tan
extraña y sorprendente escena; a lo cual éstos, que habían recibido algún que
otro favor de Littegarde, sumamente conmocionados al saberla en tan desolada
situación, se pusieron de inmediato en camino para asistirla en la medida de
sus posibilidades. Gracias a los esfuerzos de estas gentes no tardó en
reanimarse, y a la vista del castillo que estaba cerrado a cal y canto a sus espaldas
recuperó también su juicio; se negó sin embargo a aceptar el ofrecimiento de
dos mujeres de conducirla de vuelta al palacio, y sólo rogó que tuvieran la
bondad de conseguirle sin más demora un guía para continuar su camino.
En vano le hicieron ver que en su estado no podía
emprender viaje alguno; Littegarde, so pretexto de que su vida corría peligro,
porfió en abandonar en el acto los límites del territorio del castillo; es más,
como la turba en derredor suyo fuera cada vez más en aumento sin ayudarla, hizo
intentos de desasirse por la fuerza y, a despecho de la oscuridad de la noche
en ciernes, ponerse sola en camino; de tal suerte que las gentes, impelidas por
el temor a que, de ocurrirle algún percance, los señores les hicieran responder
de ello, accedieron a sus deseos y le consiguieron un carruaje que, tras
dirigirle repetidamente la pregunta de a dónde debía dirigirse, partió con ella
hacia Basilea.
Mas ya antes de llegar a la aldea mudó, tras
sopesar con mayor atención las circunstancias, su decisión, y ordenó a su guía
que diera la vuelta y pusiera rumbo al castillo de Trota, que sólo distaba
pocas millas. Pues bien entendía que, frente a un contrincante como el conde
Jacob Barbarroja, nada lograría sin apoyo ante el tribunal de Basilea; y nadie
le parecía más digno de la confianza de ser llamado a defender su honor que su
gallardo amigo, quien como ella bien sabía continuaba profesándole un profundo
amor, el excelente chambelán micer Friedrich von Trota. Sería acaso cerca de
medianoche y aún se distinguían las luces en el palacio cuando, exhausta del
viaje, llegó allí en su carromato.
Ordenó subir a un servidor de la casa que salió a
su encuentro a que mandara anunciar a la familia su llegada; mas aún antes de
que éste hubiera llevado a cabo su tarea ya salieron a la puerta doña Bertha y
doña Kunigunde, las hermanas de micer Friedrich, que se hallaban casualmente en
la antesala inferior, ocupadas en tareas domésticas. Entre joviales
salutaciones ayudaron las amigas a descender del carruaje a Littegarde, a la
que conocían bien, y la guiaron, aunque no sin cierta angustia, escaleras arriba,
a la cámara de su hermano, el cual estaba sentado ante una mesa, absorto en las
actas en que lo tenía sumido un proceso. Mas cómo describir el asombro de micer
Friedrich cuando, ante el rumor que se elevaba detrás suyo, volvió su rostro y
vio caer de rodillas ante él a doña Littegarde, descompuesta y demudada, el
vivo retrato de la desesperación.
—¡Mi amadísima Littegarde! —exclamó poniéndose en
pie y alzándola del suelo— ¿Qué desgracia os ha ocurrido?
Littegarde, tras tomar asiento en un sillón, le
relató lo sucedido: qué infame acusación había lanzado contra ella el conde
Jacob Barbarroja ante el tribunal de Basilea para quedar libre de sospecha por
el asesinato del duque; cómo tal noticia había provocado en el acto a su
anciano padre, que padecía justamente de una indisposición, semejante ataque de
nervios que, pocos minutos después, había fallecido en brazos de sus hijos; y
cómo éstos, enfurecidos por la indignación, desoyendo lo que pudiera ella alegar
en su defensa, la habían acosado con las más horribles vejaciones y finalmente,
como a una criminal, la habían expulsado de la casa. Rogó a micer Friedrich que
la condujera con el acompañamiento adecuado a Basilea y allí le designara un
asesor judicial que, en su comparecencia ante el jurado constituido por el
emperador, la asistiera con consejo sabio y prudente contra aquella impúdica
acusación.
Aseguró que oír semejante cosa de boca de un parto
o un persa al que jamás hubiera visto con sus propios ojos no hubiera podido
anonadarla más que del conde Jacob Barbarroja, por haberle resultado éste
odioso desde siempre tanto por su mala reputación como por su figura, y los
requiebros que a veces se había tomado la libertad de decirle en los festejos
del verano anterior los había rechazado invariablemente con la mayor frialdad y
desprecio.
—¡Basta, mi amadísima Littegarde! —exclamó micer
Friedrich, mientras tomaba con noble ardor su mano y la llevaba a sus labios—.
¡No malgastéis ni una sola palabra para defender y justificar vuestra
inocencia! En mi pecho habla en vuestro favor una voz inmensamente más vivida y
convincente que todas las aseveraciones, y aún incluso más que cuantas razones
legales y pruebas podáis reunir ante el tribunal de Basilea sobre las
circunstancias y hechos. Aceptadme, puesto que vuestros injustos y nada
generosos hermanos os abandonan, como vuestro amigo y hermano, y concededme la
gloria de ser vuestro defensor en esta causa; ¡yo restituiré el brillo de
vuestro honor ante el tribunal de Basilea y ante el juicio del mundo entero!
Diciendo esto condujo a Littegarde, que derramaba
vehementes lágrimas de agradecimiento y emoción ante tan nobles palabras,
arriba, a las habitaciones de doña Helena, su madre, la cual se había retirado
ya a su dormitorio; la presentó a esta digna y anciana dama, la cual le
profesaba un especial afecto, como huésped invitada que había decidido, a causa
de una riña que había estallado en el seno de su familia, morar durante algún
tiempo en su castillo; aquella misma noche se le habilitó un ala entera del
amplio alcázar, se llenaron profusamente los armarios que allí se encontraban
con vestidos y ropajes para ella elegidos del ajuar de las hermanas; se le
asignó asimismo, tal y como correspondía a su rango, servidumbre adecuada o a
decir verdad magnífica: y ya al tercer día micer Friedrich von Trota, sin decir
palabra sobre el modo y manera en que pensaba presentar sus pruebas ante el
tribunal, con un numeroso séquito de guerreros de a caballo y escuderos, se
encontraba de camino a Basilea.
Entretanto había llegado a manos del tribunal de
Basilea un escrito de los señores de Breda, los hermanos de Littegarde, alusivo
a los sucesos habidos en el castillo, mediante el cual entregaban enteramente a
la pobre mujer, como a la convicta de un crimen, al brazo de la ley, bien fuera
por considerarla en efecto culpable o por tener otras razones para desear su
ruina. Cuando menos presentaban su expulsión del castillo, de modo innoble y
falaz, como una fuga voluntaria; describían cómo ella, sin poder alegar nada en
defensa de su inocencia, ante algunas indignadas expresiones que no habían
podido reprimir, había abandonado en el acto el castillo; y al resultar vanas
cuantas pesquisas afirmaban haber realizado por su causa, eran de la opinión de
que probablemente erraría entonces por esos mundos de Dios con un tercer
aventurero para completar la medida de su oprobio.
Por ello solicitaban que, para salvaguardar el
honor de la familia que ella había mancillado, se eliminara su nombre de las
genealogías de la casa de Breda y, basándose en vagas interpretaciones legales,
deseaban que como pena por tan descomunales delitos se la privara de todos los
derechos al legado del noble padre al que su infamia había llevado a la tumba.
Ahora bien, aun cuando los jueces de Basilea estaban bien lejos de considerar
tal petición, que por lo demás no era de su incumbencia, como entretanto el
conde Jacob, al recibir aquella noticia, diera las muestras más inequívocas y
decisivas de su pesar por el destino de Littegarde y secretamente, como se
supo, envió gentes a caballo para averiguar su paradero y ofrecerle alojamiento
en su castillo: el tribunal no dudó más de la veracidad de su testimonio y
determinó retirar de inmediato la acusación que pesaba sobre él por el
asesinato del duque.
Es más, este interés que mostraba por la desdichada
en tal momento de necesidad tuvo incluso un efecto asaz ventajoso sobre la
opinión del pueblo, que se decantó enormemente por él en su benevolencia; se
disculpó entonces lo que poco antes se había reprobado con severidad, el
abandono de una mujer rendida a su amor ante el escarnio del mundo entero, y se
consideró que en tan extraordinarias y atroces circunstancias, puesto que no se
trataba de menos que de vida y honor, no le había restado otra posibilidad que
revelar sin consideraciones la aventura acontecida en la noche de San Remigio.
En consecuencia, se citó de nuevo por mandato expreso del emperador al conde
Jacob Barbarroja ante el tribunal para declararlo solemnemente, a puertas
abiertas, libre de la sospecha de haber tenido parte en el asesinato del duque.
Acababa el heraldo de leer el escrito de los
señores de Breda bajo el atrio de la amplia sala del tribunal, que de acuerdo
con la resolución del emperador respecto al acusado que se encontraba en píe
junto a él se disponía a proceder a una restitución formal de su honor, cuando
micer Friedrich von Trota avanzó hasta el palenque y, basándose en el derecho
común de todo observador imparcial, solicitó que le permitieran ver un instante
la carta. Se accedió a su deseo, con los ojos del pueblo entero puestos en él;
mas no bien hubo recibido micer Friedrich el escrito de manos del heraldo
cuando, tras lanzar una fugaz mirada sobre él, lo rasgó de arriba abajo y
arrojó los pedazos junto con su guante, que envolvió juntos, al rostro del
conde Jacob Barbarroja con estas palabras: «ique era un bellaco y un indigno
calumniador y que él estaba dispuesto a probar a vida o muerte la inocencia de
doña Littegarde del crimen que le imputaba, ante el mundo entero, en juicio de
Dios! —El conde Jacob Barbarroja, tras recoger el guante con el rostro muy
pálido, dijo:
—¡Tan cierto como que Dios decide justamente en el
juicio de las armas, así de cierto es que probaré la veracidad de lo que, por
necesidad imperiosa, revelé con respecto a doña Littegarde, en honorable y
caballeresco combate singular! ¡Informad, nobles señores —dijo dirigiéndose a
los jueces—, a su imperial majestad sobre el recurso interpuesto por micer
Friedrich y rogadle que nos señale hora y lugar en que podamos enfrentarnos
espada en mano para dirimir este pleito!
Según esto enviaron los jueces, levantando la
sesión, una delegación con el informe sobre dicho suceso al emperador; y como
éste, al haber salido micer Friedrich en defensa de doña Littegarde, se hallara
no poco desconcertado respecto a su confianza en la inocencia del conde: así
pues convocó a Basilea, tal como exigían las leyes del honor, a doña Littegarde
para que presenciara la contienda, y a fin de esclarecer el extraño misterio
que envolvía aquel asunto, fijó el día de Santa Margarita como el día y la
explanada del castillo de Basilea como el lugar en que ambos, micer Friedrich
von Trota y el conde Jacob Barbarroja, habían de contender en presencia de doña
Littegarde.
De acuerdo con dicha decisión, al llegar el sol a
su cénit el día de Santa Margarita sobre las torres de la ciudad de Basilea y
habiéndose reunido en la explanada del castillo tan inconmensurable muchedumbre
que fue menester construir bancos y grádenos para acomodarla, al triple llamado
del heraldo desde la tribuna de los jueces de campo entraron en liza micer
Friedrich y el conde Jacob, pertrechados ambos de pies a cabeza con
centelleante metal, para dirimir su causa. La caballería entera de Suabia y de
Suiza se encontraba presente casi al completo sobre la palestra del alcázar que
se elevaba al fondo; sobre el balcón de éste, rodeado de sus cortesanos, estaba
sentado el propio emperador junto a su esposa y los príncipes y princesas, sus
hijos e hijas.
Poco antes de dar comienzo de el duelo, mientras
los jueces distribuían sol y sombra entre los contendientes, se llegaron una
vez más a las puertas de la explanada doña Helena y sus dos hijas, Bertha y
Kunigunde, las cuales habían acompañado a Littegarde hasta Basilea, y rogaron a
la guardia que allí se encontraba permiso para poder entrar y hablar unas
palabras con doña Littegarde, la cual, según uso ancestral, estaba sentada
sobre un estrado dentro del propio palenque. Pues aun cuando la conducta de aquella
dama pareciera exigir el más absoluto respeto y una confianza enteramente
ilimitada en la veracidad de sus aseveraciones, sin embargo el anillo que tenía
para aducir el conde Jacob, y más aún la circunstancia de que Littegarde
hubiera dado licencia la noche de San Remigio a su doncella, la única que
habría podido servirle de testigo, sumía su ánimo en la más viva angustia;
determinaron poner una vez más a prueba, en el apremio de tan decisivo
instante, la seguridad de conciencia inherente a la acusada y ponderarle cuán
ociosa o antes bien blasfema era la empresa, en caso que realmente pesara sobre
su alma una culpa, de pretender quedar limpia de ella mediante la sagrada
ordalía de las armas, que sacaría indefectiblemente la verdad a la luz.
Y en efecto tenía Littegarde todos los motivos para
meditar bien el paso que micer Friedrich daba entonces por su causa; la pira la
esperaba tanto a ella como a su amigo, el caballero Von Trota, en caso de que
Dios, en el juicio de los aceros, no se decidiera por él sino por el conde
Jacob Barbarroja y por la veracidad del testimonio que éste había prestado ante
el tribunal en contra de ella. Doña Littegarde, viendo entrar a la madre y las
hermanas de micer Friedrich, se levantó del sitial con su característica
expresión de dignidad, que por el dolor que inundaba su ser resultaba aún más
conmovedora, y les preguntó saliendo a su encuentro:
—¿Qué era lo que las conducía a ella en un instante
tan fatídico?
—Hijita mía —habló doña Helena llevándola aparte—,
¿queréis ahorrarle a una madre que en su yerma vejez no tiene otro consuelo que
la posesión de su hijo el pesar de tener que llorarlo ante su tumba? ¿Queréis
sentaros antes de que dé comienzo el combate en un carruaje, cargada de ajuar y
ricos presentes, y aceptar como obsequio una de nuestras posesiones que se
encuentra al otro lado del Rin y os recibirá de modo conveniente y con los
brazos abiertos?
Littegarde, tras clavar su mirada por un momento en
su rostro mientras le cruzaba por la faz una honda palidez, tan pronto hubo
comprendido el significado de tales palabras en todo su alcance, hincó una
rodilla ante ella.
—Honorabilísima y excelsa señora —dijo—, ¿procede
la angustia de que Dios, en esta hora decisiva, pudiera declararse contra la
inocencia de mi pecho, del corazón de vuestro noble hijo?
—¿Por qué preguntáis? —inquirió doña Helena.
—Porque en tal caso le conjuro a mejor no
desenvainar la espada que no guía mano confiada y ceder ante su adversario en
la palestra con cualesquiera hábiles pretextos: y abandonarme con todo a mi
destino, que pongo en manos de Dios, sin prestar oídos intempestivos a una
compasión de la cual no puedo aceptar ni un ápice!
—¡No! —repuso doña Helena confusa. ¡Mi hijo nada
sabe! No sería digno de él, habiendo dado ante el tribunal su palabra de
defender vuestra causa, haceros tal proposición ahora que ha llegado la hora
decisiva. Firmemente convencido de vuestra inocencia arrostra, ya armado para
el combate como veis, al conde, vuestro rival; fue una propuesta que nosotras,
mis hijas y yo, en la angustia del momento, hemos ideado para considerar todas
las ventajas y evitar toda desgracia.
—Entonces —dijo doña Littegarde, regando con sus
lágrimas la mano de la anciana dama mientras imprimía un ardiente beso en
ella—, ¡dejadle desempeñar su palabra! No mancha mi conciencia culpa alguna; y
si fuera a la lucha sin yelmo ni coraza, ¡Dios y todos sus ángeles lo
ampararían!
Y diciendo esto se alzó del suelo y condujo a doña
Helena y sus hijas a unos asientos situados dentro del estrado, tras el sitial
envuelto en paño rojo sobre el que ella misma se instaló.
A continuación, a un gesto del emperador, el
heraldo dio con la trompeta la señal para el combate singular, y ambos
caballeros, escudo y espada en mano, se acometieron mutuamente. Micer
Friedrich, ya con el primer mandoble, hirió de inmediato al conde; lo alcanzó
con la punta de su espada, no precisamente larga en demasía, allí donde entre
brazo y mano las uniones de la armadura encajaban unas en otras; mas el conde,
quien sobresaltado por el dolor retrocedió de un brinco, descubrió que, aun
cuando la sangre corría copiosamente, no era sin embargo más que un rasguño
superficial a ras de piel: de tal suerte que ante los murmullos de
desaprobación de los caballeros que se encontraban en la palestra por lo
desafortunado de tal actuación, avanzó de nuevo y prosiguió la lucha con
renovadas fuerzas cual si estuviera completamente indemne.
Se desencadenó entonces la lucha entre ambos
contendientes como se acometen dos vientos en la tempestad, como entrechocan
dos nubes en la tormenta, lanzándose sus rayos, encrespándose y envolviéndose
mutuamente sin mezclarse entre el fragor de constantes truenos. Micer
Friedrich, extendiendo escudo y espada hacia adelante, estaba plantado sobre el
suelo como si fuera a echar raíces; hasta las espuelas se hundía, hasta los
tobillos y las pantorrillas, en la tierra liberada de sus adoquines y removida
adrede, apartando de pecho y testa los arteros golpes del conde, el cual,
pequeño y ágil, parecía atacar a un tiempo desde todos lados. El combate,
contando los instantes de descanso a los que obligaba el agotamiento de ambas
partes, duraba ya casi una hora cuando se alzó de nuevo un murmullo
desaprobatorio entre los espectadores que se encontraban sobre el graderío.
Parecía que en tal ocasión no se refería al conde Jacob, cuyo celo en poner fin
a la contienda no cejaba, sino al hecho de que micer Friedrich continuara
empalado como un estafermo en un único punto y se abstuviera de todo ataque
propio de un modo extraño; casi parecía intimidado, o cuando menos obcecado.
Aun pudiendo su proceder basarse en buenas razones,
el sentimiento de micer Friedrich era empero demasiado débil como para no
sacrificarlo sin más demora ante la exigencia de quienes en aquel instante
juzgaban su honor; con una animosa zancada abandonó el punto que había elegido
desde el comienzo y la especie de parapeto natural que se había formado en
torno a sus pies y acometió a su contrario, cuyas fuerzas ya empezaban a
declinar, lanzando sobre su testa varios rudos y recios golpes que éste supo no
obstante parar mediante hábiles movimientos laterales de su escudo. Mas apenas
invertido de tal guisa el combate sufrió micer Friedrich un percance que no
parecía precisamente indicar la presencia de poderes superiores que rigieran el
combate; al trabarse su pie en las espuelas, cayó trastabillando y mientras,
bajo el peso del yelmo y la coraza que cargaban la parte superior de su cuerpo,
caía de rodillas apoyando la mano en el polvo, el conde Jacob Barbarroja, no
precisamente del modo más noble ni caballeresco, le hundió la espada en el
costado que de tal suerte había quedado al descubierto.
Micer Friedrich se alzó del suelo de un salto con
un instantáneo grito de dolor. Si bien se apretó el yelmo sobre los ojos y,
arrostrando velozmente a su rival, se aprestó a proseguir la lucha, mientras él
se sostenía apoyado en su espada con el cuerpo encorvado por el dolor y la
oscuridad rondaba su vista: el conde le hundió dos veces más su tizona en el
pecho, justo bajo el corazón; a lo cual, con la armadura traqueteando con
estrépito en torno, se desplomó en el suelo y dejó caer junto a sí espada y escudo.
El conde, después de arrojar las armas a un lado,
le puso el pie sobre el pecho con un triple toque de trompeta; y mientras todos
los espectadores, el propio emperador a la cabeza, se alzaban de sus asientos
con ahogados gritos de espanto y compasión: doña Helena, con sus dos hijas en
pos, se abalanzó sobre su amado hijo que se revolcaba en polvo y sangre.
—¡Oh, mi Friedrich! —exclamó arrodillándose
desolada junto a su testa; mientras doña Littegarde, desvanecida y exánime, era
levantada del estrado sobre el que se había derrumbado y conducida a prisión
por dos esbirros—. ¡Y ay de esa infame —prosiguió—, esa perdida, que, con la
conciencia de la culpa en el seno, osa venir y armar el brazo del amigo más
fiel y más noble para que libre por ella un juicio de Dios en lance desigual!
Y al decir esto levantó gimiendo del suelo al hijo
amado, mientras las hijas lo despojaban de su coraza, e intentó contenerle la
sangre que brotaba de su noble pecho. Mas por orden del emperador acudieron
esbirros que también lo prendieron a él como reo caído bajo el peso de la ley;
con la asistencia de algunos médicos lo colocaron sobre unas angarillas y lo
llevaron a su vez, acompañado por una gran turba popular, a prisión, adonde sin
embargo obtuvieron doña Helena y sus hijas licencia para poder seguirlo hasta
su muerte, de la que nadie dudaba.
Bien pronto se vio empero que las heridas de micer
Friedrich, aun afectando a zonas vitales y delicadas, por una singular
providencia del cielo no eran mortales; antes bien, los médicos que se le
habían asignado pudieron ya pocos días más tarde asegurar a la familia con
certeza que saldría con vida, y es más, que gracias al vigor de su naturaleza
se habría recuperado en breves semanas sin quedar tullido en parte alguna de su
cuerpo. Tan pronto recobró el juicio que el dolor le robara durante largo tiempo
dirigía invariablemente a su madre esta única pregunta: ¿qué era de doña
Littegarde? No podía reprimir las lágrimas al imaginarla en la yerma soledad de
la mazmorra, abandonada a la más espantosa desesperación, y exhortó a las
hermanas, acariciándoles tiernamente la barbilla, a que la visitaran y la
consolaran.
Doña Helena, soliviantada por tales palabras, le
rogó que olvidara a aquella vil indecente; opinó que el crimen al que hiciera
alusión el conde Jacob ante tribunal y que más tarde saliera a la luz por el
desenlace del combate singular podría ser perdonado, mas no la impudicia y el
descaro de invocar, siendo consciente de tamaña culpa, el sagrado juicio de
Dios cual una inocente, sin escrúpulos para con el más noble amigo, al que
arrojaba con ello a la perdición.
—Ay, madre mía —dijo el chambelán—, ¿qué mortal, y
aun si fuera el mayor sabio de todos los tiempos, osaría interpretar la
enigmática sentencia que Dios ha pronunciado en estas ordalías?
—¿Cómo? —exclamó doña Helena—. ¿Por ventura se te
escapa el significado de esta divina sentencia? ¿Acaso no te infligió en la lid
la espada de tu rival una derrota por desdicha bien clara e inequívoca?
—¡Sea! —concedió micer Friedrich—. Por un instante
sucumbí ante él. Mas, ¿fui vencido por el conde? ¿Acaso no estoy vivo? ¿Y por
ventura no florezco y me alzo de nuevo milagrosamente como bajo un hálito
celestial para, quizá ya dentro de pocos días, armado con doble y triple
energía retomar de nuevo el combate en el que fui estorbado por un azar
insignificante?
—¡Necio de ti! —exclamó la madre—. ¿Ignoras por
ventura que existe una ley según la cual un combate, una vez los jueces de
campo lo declaran concluido, no puede ser reiniciado para dirimir la misma
causa en la palestra del sagrado juicio de Dios?
—¡Tanto da! —repuso el chambelán enojado—. ¿Qué se
me da a mí de tan arbitrarias leyes humanas? El duelo que no ha proseguido
hasta la muerte de uno de los dos contendientes, ¿puede acaso darse por
concluido si se consideran las circunstancias de manera mínimamente razonable?
Y caso que se me permitiera retomarlo, ¿no podría abrigar la esperanza de
remediar el percance sufrido y alcanzar con la espada otra sentencia divina muy
diferente de la que, de guisa tan poco perspicaz y corta de miras, se toma ahora
por tal?
—Sea como fuere —repuso la madre pensativa—, esas
leyes que pretendes ignorar son las que rigen y tienen vigencia; de modo
comprensible o no, ejecutan el poder de los preceptos divinos y os entregan a
ti y a ella, como una pareja de criminales execrandos, a la severidad del brazo
secular.
—Ay —exclamó micer Friedrich—; ¡ello es justamente
lo que me arroja, cuitado de mí, a la desesperación! La vara de la justicia ya
se ha roto sobre ella cual sobre una convicta; y yo, que pretendía probar su
virtud e inocencia ante el mundo, soy quien ha arrojado tamaña miseria sobre
ella: un funesto traspié en las correas de mis espuelas, mediante el cual quizá
Dios, independientemente por completo de su causa, quiso castigarme por los
pecados que moran en mi propio pecho, entrega sus florecientes miembros a las
llamas y su memoria a eterno oprobio!
Con estas palabras asomó una lágrima de ardiente
dolor viril a sus ojos; tomando su pañuelo se volvió hacia el muro, y doña
Helena y sus hijas se arrodillaron embargadas de muda emoción junto a su lecho
y, besando su mano, mezclaron sus lágrimas con las de él. Entretanto había
entrado en su celda el torrero con alimento para él y su familia, y al
preguntarle micer Friedrich cómo se encontraba doña Littegarde, escuchó de éste
en frases deshilvanadas y cargadas de desprecio: que yacía sobre un puñado de paja
y desde el día en que había sido recluida allí no había vuelto a pronunciar
palabra alguna. Tal noticia sumió a micer Friedrich en la angustia más extrema;
le encargó que tranquilizara a la dama diciéndole que, por una insondable
voluntad del cielo, se iba restableciendo por completo y que le rogaba licencia
para, cuando hubiera recuperado totalmente la salud y el alcaide del castillo
lo permitiera, visitarla alguna vez en su prisión.
Mas la respuesta que el torrero dijo haber obtenido
de ella, tras sacudir repetidamente su brazo, pues yacía sobre la paja como una
demente, sin oír ni ver, fue que no, que mientras continuara en este mundo no
quería ver a persona alguna; es más, se supo que aquel mismo día, en un escrito
de su puño y letra, había ordenado al alcaide que no permitiera a nadie,
quienquiera que fuese, pero al chambelán Von Trota muchísimo menos, que
acudiera a verla; de tal suerte que micer Friedrich, arrastrado por la vehemente
zozobra a causa de su estado, un día en que sentía regresar sus fuerzas con
especial viveza se puso en camino con licencia del alcaide y, en la certeza de
obtener su perdón, se llegó a su celda sin anunciarse, en compañía de su madre
y sus dos hermanas.
Mas cómo describir el espanto de la infeliz
Littegarde cuando, con el brial entreabierto en el pecho y la cabellera suelta,
ante el sonido procedente del portón se incorporó sobre la paja que le habían
echado y, en lugar del torrero al que esperaba, vio entrar en su celda al
chambelán, su noble y excelso amigo, del brazo de Bertha y Kunigunde, con
algunas señales de los sufrimientos pasados, una estampa melancólica y
conmovedora.
—¡Fuera! —gritó con expresión desesperada mientras
se arrojaba de espaldas sobre las mantas de su jergón y ocultaba el rostro con
las manos—: Si es que en tu pecho arde una sola brasa de compasión, ¡fuera!
—¿Qué oigo, mi adorada Littegarde? —repuso micer
Friedrich.
Apoyándose en la madre se llegó a su vera y con
indecible emoción se inclinó para tomar su mano.
—¡Fuera! —gritó ella trémula, retrocediendo varios
pasos de hinojos sobre la paja—. ¡Si no quieres que pierda el juicio, no me
toques! Me horrorizas; imenos me espanta un fuego llameante que tú!
—¿Yo te horrorizo? —repuso micer Friedrich herido—.
¿De qué modo, mi noble Littegarde, ha merecido tu Friedrich semejante
recibimiento?
Según decía esto le acercó Kunigunde una silla, a
una señal de la madre, y lo invitó, débil como estaba, a sentarse en ella.
—¡Oh, Jesús! —exclamó aquélla, arrojándose ante él
cuán larga era poseída del más espantoso pavor, el rostro enteramente en
tierra—. ¡Sal de esta mazmorra, amado mío, y abandóname! Abrazo tus rodillas
con ardiente fervor, lavo tus pies con mis lágrimas, te suplico, humillada ante
ti en el polvo como un gusano, tan sólo un gesto de compasión: ¡vete, mi señor
y dueño, vete de mi celda, vete de aquí en este preciso instante y abandóname!
Micer Friedrich continuaba en pie ante ella,
conmocionado de parte a parte.
—¿Tan desagradable te es mi presencia, Littegarde?
—preguntó, mirándola gravemente desde lo alto.
—¡Terrorífica, insoportable, aniquiladora!
—respondió Littegarde presa de desesperación, apoyada sobre las manos y
ocultando por completo su rostro entre las plantas de los pies de aquél—. ¡El
infierno, con todos sus horrores y espantos, me es más dulce y más gustoso de
contemplar que la primavera de esa faz que tornas hacia mí con clemencia y
amor!
—¡Dios del cielo! —exclamó el chambelán—. ¿Qué he
de pensar de tamaña contrición de tu alma? ¿Acaso, desdichada, hablaron verdad
las ordalías y el crimen del que te acusara el conde ante el tribunal. Eres
culpable de él?
—¡Culpable, convicta, réproba! ¡Maldita y condenada
así en esta vida como en la eterna! —gritó Littegarde dándose golpes de pecho
como una posesa—. Vete, que mis sentidos se desgarran y se quebrantan mis
fuerzas. ¡Déjame sola con mi miseria y mi desesperación!
Ante tales palabras se desvaneció micer Friedrich;
y mientras Littegarde cubría su rostro con un velo y, cual en completa renuncia
al mundo, se tendía de nuevo sobre su jergón, Bertha y Kunigunde se abalanzaron
gimiendo sobre su hermano exánime para devolverlo a la vida. «¡Oh, maldita
seas!», exclamó doña Helena al abrir de nuevo los ojos el chambelán:
—¡Sentenciada a eternos remordimientos a este lado
de la tumba y más allá de ella a la condenación eterna: no por la culpa que
ahora confiesas, sino por ser tan inmisericorde e inhumana de no haberla
reconocido antes de arrastrar contigo a mi hijo a la perdición! ¡Necia de mí!
—prosiguió apartándose de ella cargada de desprecio—. ¡Si hubiera concedido
crédito a las palabras que, poco antes de dar comienzo el juicio de Dios, me
confiara el prior del monasterio de los agustinos de esta ciudad, con el cual
se confesó el conde como piadosa preparación para la hora decisiva que lo
aguardaba! ¡A él le juró por la Sagrada Hostia la veracidad de la declaración
que había prestado con respecto a esta miserable; le especificó la puerta del
jardín ante la cual, según lo acordado, ella lo había esperado y recibido al
caer la noche, le describió la alcoba, una estancia aneja de la torre
deshabitada del castillo en la que lo introdujo sin que se apercibiera la
guardia, y el magnífico lecho, cómodamente acolchado bajo un dosel, sobre el
cual yació con él en impúdica bacanal! Un juramento prestado en hora tal no
encierra engaño: y si yo, cegada de mí, hubiera enterado a mi hijo de ello, aun
cuando hubiera sido en el instante en que se desencadenaba el combate singular:
le habría abierto los ojos y él se hubiera apartado, trémulo, del abismo a cuyo
borde se hallaba.
—¡Mas ven! —exclamó doña Helena abrazando
suavemente a micer Friedrich y estampando un beso en su frente—. La indignación
que la honra con palabras es un honor para ella; ¡que vea nuestras espaldas y
desespere aniquilada por los reproches de que la dispensamos!
—¡El miserable! —repuso Littegarde, incorporándose
soliviantada por tales palabras. Apoyó su testa dolorosamente sobre sus
rodillas, y derramando ardientes lágrimas sobre su pañuelo, dijo—: Recuerdo que
mis hermanos y yo, tres días antes de aquella noche de San Remigio, estábamos
en su castillo; había celebrado, según solía, una fiesta en mi honor, y mi
padre, que gustaba de ver festejada mi floreciente juventud, me había movido a
aceptar la invitación en compañía de mis hermanos. Ya a deshora, acabada la danza,
al subir a mi dormitorio encuentro una nota sobre mi mesa que, escrita por mano
desconocida y sin firma, contenía una declaración amorosa en toda regla.
Coincidió que mis dos hermanos, por concertar nuestra partida que estaba fijada
para el día siguiente, se encontraban presentes en mi cámara en ese momento; y
no acostumbrando a tener ningún género de secretos para con ellos, poseída de
mudo asombro les mostré el extraño hallazgo que acababa de realizar. Ellos,
como reconocieran en el acto la mano del conde, se encolerizaron sobremanera y
el mayor pretendía llegarse en aquel preciso instante a los aposentos de aquél
con la nota; mas el menor le hizo considerar cuán delicado sería semejante
paso, ya que el conde había tenido la prudencia de no firmar la esquela; a lo
cual ambos, profundamente humillados por tan insultante conducta, subieron
conmigo a la carroza esa misma noche y, resueltos a no volver nunca a honrar el
palacio con su presencia, regresaron al castillo de su padre. ¡Esto es lo único
—añadió— que tuve jamás en común con ese indigno canalla!
—¿Qué oigo? —dijo el chambelán volviendo hacia ella
su rostro anegado en llanto—. ¡Esas palabras me suenan a música celestial!
¡Repítemelas! —dijo tras una pausa, arrodillándose ante ella y uniendo sus
manos—. ¿No me has traicionado por aquel miserable, y estás limpia de la culpa
que te ha imputado ante tribunal?
—¡Amado mío! —susurró Littegarde oprimiéndole la
mano contra sus labios.
—¿Lo estás? —exclamó el chambelán— ¿Lo estás?
—Como el pecho de un niño recién nacido, como la
conciencia de quien regresa de la confesión, como el cadáver de una monja
fallecida en la sacristía al tomar el velo!
—¡Oh Dios Todopoderoso! —exclamó micer Friedrich
abrazando sus rodillas—. ¡Gracias! ¡Tus palabras me devuelven la vida; la
muerte ya no me espanta, y la eternidad, que hasta hace un instante se extendía
ante mí como un mar de inconmensurable aflicción, se alza de nuevo como un
imperio cuajado de mil soles resplandecientes!
—Cuidado —dijo Littegarde apartándose de él—, ¿cómo
puedes prestar oídos a lo que te dice mi boca?
—¿Por qué no? —preguntó encendido micer Friedrich.
—¡Loco! ¡Insensato! —gritó Littegarde—. ¿Acaso no
me ha declarado culpable el juicio de Dios? ¿No perdiste por ventura ante el
conde aquel funesto combate, y no ha impuesto él la veracidad de cuanto había
declarado en mi contra ante tribunal?
—¡Oh, mi amadísima Littegarde! —exclamó el
chambelán—. ¡Guarda tus sentidos de la desesperación! ¡Encúmbrate sobre el
sentimiento que mora en tu pecho como sobre una roca: aférrate a ella y no
pierdas pie, aun cuando por encima y por debajo de ti se hundieran cielo y
tierra! ¡Creamos, de entre dos ideas que confunden los sentidos, la más
comprensible y concebible, y antes de que tú te tengas por culpable, creamos
mejor que, en el combate singular que libré por ti, fui yo quien venció! ¡Dios,
Señor de mi vida!», prosiguió cubriéndose el rostro con las manos, «¡libra mi
propia alma de la confusión! Tan cierto como que quiero salvarme, creo no haber
sido vencido por la espada de mi rival, pues arrojado ya bajo el polvo de su
planta he resucitado de nuevo a la vida. ¿Do está escrito que la suprema
sabiduría divina haya de indicar y sentenciar la verdad en el instante de fe en
que se la conjura? Oh Littegarde —concluyó oprimiendo la mano de ella entre las
suyas—, en esta vida esperemos la muerte, y en la muerte la eternidad, y
confiemos firme e incomoviblemente: ¡tu inocencia saldrá a la serena y
resplandeciente luz del sol, y lo hará gracias al singular combate que yo libré
por ti!
Así decía cuando entró el alcaide; y como viera a
doña Helena sentada llorando ante una mesa, recordó que tantas emociones
podrían resultar perjudiciales para su hijo: de modo que a instancias de los
suyos volvió micer Friedrich de nuevo a su prisión, no sin la certeza de haber
prestado y obtenido algún consuelo.
Entretanto se había instruido ante el tribunal
constituido por el emperador en Basilea la acusación contra micer Friedrich von
Trota así como contra su amiga, doña Littegarde von Auerstein, por invocar
pecaminosamente el juicio de Dios, y de acuerdo con la ley vigente habían sido
condenados ambos a sufrir, en la misma plaza donde se librara el combate
singular, muerte ignominiosa en la hoguera. Se envió una delegación de
consejeros para anunciarlo a los cautivos, y se hubiera ejecutado la sentencia
sin demora tan pronto se restableció el chambelán de no haber sido la secreta
intención del emperador ver presente al conde Jacob Barba-rroja, contra el que
no podía reprimir una suerte de desconfianza. Mas éste, de un modo en verdad
extraño y sorprendente, yacía aún enfermo a causa de la pequeña herida, al
parecer sin importancia alguna, que le había infligido micer Friedrich al
iniciarse el combate; una putridez extrema de sus humores impedía, día tras día
y semana tras semana, su curación, y todo el arte de los médicos que se fue
llamando desde Suabia y Suiza no logró cerrarla.
Es más, un pus corrosivo, desconocido por completo
para la medicina de la época, roía como un cáncer la mano alrededor en su
totalidad hasta el hueso, de tal suerte que, para espanto de todos sus amigos,
había sido menester amputarle toda la mano dañada y más tarde, como con ello no
se hubiera puesto coto a la corrosión del pus, incluso el brazo. Mas tal
remedio, ensalzado y tenido por cura radical, como se hubiera entendido hoy día
fácilmente en lugar de ayudarle sólo enconó el mal; y los médicos, al irse descomponiendo
a ojos vistas su cuerpo entero en purulencia y podredumbre, declararon que no
tenía salvación posible y que moriría antes de finalizar aquella semana. En
vano lo exhortó el prior del monasterio de los agustinos, quien creía ver
traslucir la temible mano de Dios en tan inesperado cariz que habían tomado los
acontecimientos, a confesar la verdad con respecto a la querella abierta entre
él y la duquesa regente; el conde, estremecido de parte a parte, tomó una vez
más el sagrado sacramento por testigo de la veracidad de su declaración, y
dando toda muestra del más espantoso miedo por haber podido acusar
calumniosamente a doña Littegarde, entregó su alma a la condenación eterna.
Y en verdad, pese a lo licencioso de su vida, se
tenía doble motivo para creer en el fondo de probidad de tal aseveración: por
una parte, porque el enfermo era de hecho en cierto modo piadoso, lo cual no
parecía permitir un juramento falso en situación semejante, y por otro, porque
de un interrogatorio al que se había sometido al torrero del castillo de los de
Breda, al cual afirmaba haber sobornado a fin de acceder secretamente a la
fortaleza, resultó en verdad que tal circunstancia era fundada y que el conde
había estado realmente en el interior del castillo de Breda la noche de San
Remigio. Como consecuencia no le restó prácticamente al prior más que creer en
un engaño sufrido por el propio conde con una tercera persona desconocida para
él; y no había alcanzado aún el fin de sus días el infeliz, quien ante la
noticia de la milagrosa recuperación del chambelán llegara él mismo a tan
espantosa ocurrencia cuando, para su desesperación, esta idea se vio confirmada
de todo punto.
Pues se ha de saber que el conde, antes de que su
deseo se dirigiera hacia doña Littegarde, ya llevaba largo tiempo amancebado
con Rosalie, la doncella de ésta; casi a cada visita que sus señores le rendían
en su castillo acostumbraba él a llamar a esta muchacha, que era una criatura
frivola e inmoral, a sus aposentos durante la noche. Mas como Littegarde,
durante la última visita que realizó a su castillo con sus hermanos, recibiera
de él aquella tierna carta en la que le declaraba su pasión, ello despertó la
susceptibilidad y los celos de esta muchacha, a la que había descuidado ya
desde hacía varias lunas; durante la partida de Littegarde, ocurrida
inmediatamente después, a quien hubo de acompañar, hizo llegar de vuelta al
conde una nota en nombre de ésta, en la cual le comunicaba que si bien la
indignación de sus hermanos por el paso que había dado él no le permitía
encuentro alguno de inmediato, le invitaba sin embargo a visitarla con tal
objeto la noche de San Remigio en las estancias de su castillo paterno.
Aquél, lleno de alegría por la fortuna de su
empresa, envió en el acto una segunda carta a Littegarde en la que le anunciaba
con certeza su llegada en la susodicha noche, y sólo le rogaba, para evitar
todo error, que enviara a su encuentro un fiel guía que lo condujera hasta sus
aposentos; y como la criada, diestra en toda suerte de intrigas, contara con un
mensaje semejante, logró hacerse con dicho escrito y decirle en una segunda
respuesta falsa que ella misma lo esperaría junto a la puerta del jardín. A continuación,
la víspera de la noche convenida, con el pretexto de que su hermana se
encontraba enferma y quería visitarla, solicitó de Littegarde un día de asueto
para marchar al campo; habiéndolo obtenido, abandonó en efecto el castillo bien
entrada la tarde con un hatillo de ropa bajo el brazo y a la vista de todos
emprendió el camino en la dirección en que vivía aquella mujer.
Mas en lugar de llevar a cabo tal viaje, al caer la
noche se llegó de nuevo al castillo pretextando que se aproximaba una tormenta
y, a fin según dijo de no importunar a su señora siendo como era su intención
emprender la marcha al siguiente día muy de mañana, se procuró un lecho en una
de las estancias vacías del torreón del castillo, deshabitado y apenas
frecuentado. El conde, que supo obtener del torrero el acceso al castillo
mediante dinero, y a la hora de la medianoche, según lo acordado, fue recibido junto
a la puerta del jardín por una persona cubierta por un velo, no sospechó, como
fácilmente se comprende, nada en absoluto del engaño con el cual se le
embaucaba; la muchacha imprimió fugazmente un beso en su boca y lo condujo, a
través de varias escaleras y corredores de la desierta ala lateral, a una de
las más espléndidas estancias del propio castillo, cuyas ventanas había cerrado
cuidadosamente antes.
Una vez aquí, tras aguzar el oído enigmáticamente
hacia las puertas en todas direcciones sujetando su mano y haberle rogado
silencio con voz susurrante so pretexto de que el dormitorio del hermano se
hallaba muy cerca, se acostó junto a él sobre el lecho que se encontraba a un
lado; el conde, engañado por su figura y silueta, nadaba en la confusión del
placer de haber logrado semejante conquista a su edad; y cuando ella, con el
primer resplandor del alba, lo dejó ir y como recuerdo de la noche pasada puso
en su dedo un anillo que Littegarde recibiera de su esposo y el cual ella le
había hurtado la víspera con tal fin, prometióle él que, tan pronto hubiera
llegado a su hogar, correspondería a su vez al obsequio con otro que había
recibido de su esposa fallecida el día de sus bodas.
Tres días más tarde cumplió en efecto su palabra y
le envió secretamente al castillo dicha sortija, de la cual Rosalie fue de
nuevo lo bastante hábil como para apoderarse; mas sin embargo, probablemente
por temor a que tal aventura pudiera conducirlo demasiado lejos, no dio noticia
alguna de sí y, con algún que otro pretexto, esquivó un segundo encuentro. Más
adelante la muchacha, a causa de un robo cuya sospecha recaía sobre ella con
bastante certeza, fue despedida y enviada de vuelta a casa de sus padres, que
vivían a orillas del Rin, y como pasados nueve meses se hicieran visibles las
consecuencias de su vida disipada, y la madre la interrogara con gran
severidad, indicó al conde Jacob Barbarroja como el padre de su hijo,
descubriendo toda la historia secreta con que lo había burlado. Felizmente, por
miedo a ser tenida por ladrona, sólo había podido ofrecer muy tímidamente en
venta el anillo que le fuera remitido por el conde, y asimismo, a causa de su
gran valor, no había encontrado de hecho quien mostrara interés en adquirirlo:
de tal suerte que no se podía dudar de la veracidad de su declaración y los
padres, apoyándose en prueba tan obvia, acudieron ante los tribunales contra el
conde Jacob a causa de la manutención del niño.
Los jueces, que ya habían tenido noticia de la
extraña causa que se instruía en Basilea, se apresuraron a poner en
conocimiento del tribunal tal descubrimiento que era de vital importancia para
su desenlace; y como precisamente un concejal se dirigiera a dicha ciudad por
asuntos oficiales, le entregaron una carta con el testimonio judicial de la
muchacha, a la cual adjuntaron el anillo, para el conde Jacob y para
elucidación del terrible enigma que tenía en jaque a toda Suabia y Suiza.
Era precisamente la fecha fijada para la ejecución
de micer Friedrich y Littegarde, la cual el emperador, ignorante de las dudas
que habían surgido en el pecho del propio conde, no creía poder retrasar más,
cuando en la habitación del enfermo, que se retorcía en su lecho atormentado
por la desesperación, penetró el concejal con este escrito.
—¡Ya basta! —gritó al leer la carta y recibir el
anillo—. ¡Hastiado estoy de ver la luz del sol! Conseguidme —se dirigió al
prior— unas angarillas y conducidme, mísero de mí, cuya energía se deshace en
polvo, al lugar de ejecución: ¡no quiero morir sin haber realizado un acto de
justicia!
El prior, hondamente impresionado por este suceso,
mandó que, sin más demora, cuatro siervos lo levantaran y lo tendieran, según
su deseo, sobre unas andas; y al tiempo que una inconmensurable muchedumbre,
reunida por el tañido de las campanas en torno a la pira sobre la que ya
estaban atados micer Friedrich y Littegarde, apareció allí junto con el
desdichado, que sostenía un crucifijo en la mano.
—¡Alto! —gritó el prior, mandando depositar las
angarillas frente a la tribuna del emperador—. Antes de que prendáis fuego a
esa pira, escuchad unas palabras que ha de revelaros la boca de este pecador!
—¿Cómo? —exclamó el emperador, alzándose de su
sitial lívido como un cadáver—. ¡Acaso no se han pronunciado las sagradas
ordalías sobre la justicia de su causa y, tras todo lo ocurrido, es por ventura
lícito siquiera pensar que Littegarde sea inocente de la culpa que le ha
imputado?
Con tales palabras descendió conmocionado de la
tribuna; y más de mil caballeros, a los cuales siguió el pueblo entero salvando
bancos y palenques, se arremolinaron en torno al lecho del enfermo.
—¡Inocente! —repuso éste, incorporándose cuanto
pudo apoyado en el prior:
—¡Tal como determinó la sentencia del Altísimo
aquel funesto día ante los ojos de todos los ciudadanos de Basilea aquí
reunidos! Pues él, alcanzado por tres heridas a cada cual más mortal, florece
como veis pletórico de energía y vitalidad; mientras que un golpe de su mano,
que apenas pareció rozar la envoltura más externa de mi vida, ha tocado su
mismo núcleo devorándolo horriblemente y sin coto, y ha derribado mi fuerza
como el viento de la tempestad un roble. Mas, caso que algún incrédulo aún
alimentara dudas, aquí están las pruebas: ¡Rosalie, su camarera, fue quien me
recibió aquella noche de San Remigio, mientras que yo, triste de mí, ofuscados
mis sentidos, creí tenerla en mis brazos a ella, que siempre había rechazado
mis proposiciones con desprecio!
El emperador, ante tales palabras, quedó como
petrificado.
Volviéndose hacia la pira envió a un caballero con
la orden de ascender en persona a la escala y desatar tanto al chambelán como a
la dama, que yacía desvanecida en los brazos de su madre, y conducirlos a su
presencia.
—Pues bien, ¡un ángel vela por cada uno de vuestros
cabellos! —exclamó cuando Littegarde, con el brial entreabierto en el pecho y
la cabellera suelta, se presentó ante él de la mano de micer Friedrich, su
amigo, cuyas propias rodillas temblaban, impresionado por tan prodigiosa
salvación, atravesando el círculo del pueblo que les abría paso lleno de
reverencia y asombro.
Besó la frente de ambos, arrodillados ante él; y
después de pedir el armiño que lucía su esposa y colocarlo sobre los hombros de
Littegarde, tomó su brazo a la vista de cuantos caballeros estaban allí
congregados con la intención de conducirla personalmente a los aposentos de su
palacio imperial. Mientras el chambelán, en lugar del sambenito que lo cubría,
era tocado a su vez con sombrero de pluma y capa caballeresca, volvióse hacia
el conde que se retorcía dolorosamente sobre las angarillas y, movido por un
sentimiento de compasión, pues éste no se había prestado al combate singular en
modo alguno criminal ni blasfemo, le preguntó al médico que permanecía a su
lado: ¿si no había salvación para el desdichado?
—¡En vano! —respondió Jacob Barbarroja, apoyándose
en el regazo de su médico entre horribles estertores—. Y he merecido la muerte
que sufro. Pues sabed, ahora que el brazo de la justicia terrena ya no me
alcanzará, que yo soy el asesino de mi hermano, el noble conde Wilhelm von
Breysach: el canalla que lo abatió con la flecha de mi armería fue comprado por
mí seis semanas antes para perpetrar tal crimen que había de conseguirme la
corona!
Con este testimonio se desplomó sobre las andas y
exhaló su negra alma.
—¡Ah, el presagio de mi propio esposo, el duque!
—exclamó la regente, que estaba en pie junto al emperador y había descendido
asimismo de la tribuna, llegándose en pos de la emperatriz a la explanada del
castillo—: ¡Lo que me anunció aún en el postrer instante, con palabras
entrecortadas, que yo sin embargo entonces sólo comprendí de modo incompleto!
El emperador repuso indignado:
—¡Mas el brazo de la justicia ha de alcanzar aún tu
cadáver! Tomadlo —gritó volviéndose hacia los esbirros—, y de inmediato,
condenado como está, entregadlo a los verdugos: ¡que para deshonra de su
memoria arda sobre la pira en la que poco faltó para que sacrificásemos por su
causa a dos inocentes!
Y con ello, mientras el cadáver del miserable,
crepitando en llamas rojizas, era dispersado en todas direcciones por el
aliento del cierzo, condujo a doña Littegarde, con sus caballeros en pos, al
palacio. Le concedió de nuevo por decreto imperial toda la herencia paterna de
la cual ya habían tomado posesión los hermanos en su innoble codicia; y apenas
tres semanas más tarde se celebraron en el castillo de Breysach las bodas de
los dos excelsos novios, con motivo de las cuales la duquesa regente, muy satisfecha
con el cariz que habían tomado los acontecimientos, obsequió a Littegarde como
regalo de bodas con una gran parte de las propiedades del conde que
correspondían a la ley. El emperador por su parte otorgó a micer Friedrich,
tras los desposorios, un toisón honorífico que colocó en torno a su cuello; y,
tras concluir sus asuntos en Suiza, apenas estuvo de regreso en Worms mandó
añadir en los estatutos del sagrado y divino combate singular, allí do se prevé
que a través suyo la culpa ha de quedar descubierta en el acto, estas palabras:
—Si es la voluntad de Dios.
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Heinrich Von Kleist (1777-1811)

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