© Libro N° 10067. El Doctor Misántropo. Neruda, Jan. Emancipación. Junio 25 de 2022.
Título
original: ©
Doktor Kazisvět, Jan Neruda (1834-1891)
Versión Original: © El Doctor Misántropo. Jan Neruda
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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Jan Neruda
El Doctor Misántropo
Jan Neruda
Este apodo no se lo endosaron hasta luego de que
ocurriera un hecho; pero fue un hecho tan extraño que incluso apareció en los
diarios. Su apellido era Heribert y su primer nombre era muy común, pero no me
lo acuerdo. El señor Heribert era médico; por cierto que era de veras doctor en
medicina diplomado, pero no atendía a nadie. Incluso él hubiera tenido que
reconocer que desde la época en que andaba por los sanatorios no le había caído
un solo paciente. Quizá lo hubiera reconocido abiertamente si hubiera conversado
con alguien. Pero el doctor era un sujeto muy extraño.
El doctor Heribert era el hijo del doctor Heribert,
que en sus tiempos había sido un prestigioso médico de la Malá Strana. Su madre
falleció aún joven, y el padre poco después de llegar el muchacho a la adultez,
legándole una pequeña casa de dos plantas en Oujezd y tal vez ciertos
dinerillos, aunque no gran cosa. Allí vivió el doctor Heribert. En la planta
baja había dos negocios pequeños y arriba un cuarto que daba a la calle, el
importe de cuyo alquiler le facilitó una pequeña entrada mensual.
También él vivía arriba, en un cuarto interno al
cual se tenía acceso desde el patio por una escalera de madera descubierta. No
sé con que comparar ese cuarto, pero inmediatamente revelaba la parquedad con
que vivía el doctor. En uno de los locales de planta baja se había instalado un
verdulero, y su mujer hacía la limpieza al doctor. El hijo de ésta, Josecito,
era muy compinche mío, pero nuestra camara¬dería acabó hace mucho, porque
Josecito consiguió trabajo como cochero del arzobispo y entonces se volvió muy
vanidoso. Pero es gracias a él que me enteré de que el doctor Heribert se
preparaba el desayuno él mismo, que almorzaba generalmente en alguna fonda
barata en el barrio Staré Mesto y que cenaba cualquier cosa.
El doctor Heribert habría podido disponer de muchos
pacientes en la Malá Strana de haberlo deseado así. Al fallecer su padre, los
pacientes se pusieron en sus manos, pero él no quiso revisar ni ir a ver a
ninguno, rico o pobre. La fe en él desapareció en seguida, la gente del barrio
empezó a verlo como un estudiante crónico y después llegaron a esbozar sonrisas
si se mencionaba al doctor Heribert.
—¡Qué doctor! ¡Yo no le encomendaría ni al gato!
El hecho no hizo mayormente mella en el doctor
Heribert; por como actuaba, parecía que no le importaba la gente. No saludaba a
ninguno, y si lo saludaban a él, entonces no contestaba: Cuando caminaba por la
calle parecía que el viento arrastrara una hoja seca. Era considerablemente
bajo —de acuerdo con el nuevo sistema de medidas, no tenía más de un metro
cincuenta— y conducía su cuerpito magro por la calle de forma de quedar
separado por lo menos medio metro de los demás.
Sus ojos celestes ostentaban siempre una expresión
hosca de perro castigado. El rostro se ocultaba tras una barba marrón clara; un
rostro demasiado peludo, inconveniente en opinión de todo el mundo. Durante el
invierno, cuando se cubría con su ancho gabán gris, la minúscula cabeza tapada
con un gorro de tela quedaba escondida en la solapa de astracán ordinario; en
verano, ocasión en que usaba un liviano traje a cuadros u otro de hilo, aun más
liviano, esa cabeza daba la impresión de bambolearse sobre una débil ramita.
En la época de estío salía a la mañana muy
temprano, a eso de las cuatro, para dirigirse a los parques próximos a las
murallas del castillo, y se instalaba en el mejor banco con un libro. En varias
ocasiones algún habitante de la Malá Strana se ubicó junto a él e inició una
charla. En esos casos el doctor Heribert se incorporaba, cerraba su libro
bruscamente y se mandaba a mudar sin decir nada. En adelante no se metieron más
con él. El asunto fue tan serio que, pese a no tener más de cuarenta años, las niñas
casaderas de la Malá Strana no le prestaron atención.
Pero de repente pasó una cosa de la que, como ya
mencioné más adelante, hasta los diarios se ocuparon. Es de eso que quiero
decir unas palabras.
Era un hermoso día del mes de junio, uno de esos
días en que se siente como si todo riera: la cúpula del cielo, la tierra, las
caras de las personas. Ese día, ya entrada la tarde, pasó por Oujezd hacia la
puerta del barrio un cortejo fúnebre de notable boato. Era el sepelio del señor
Schepeler, Consejero del Tribunal de Cuentas, y —que el Señor tenga piedad de
mí—, incluso parecía que esa comitiva mortuoria irradiaba una sonrisa de
contento. Por supuesto que no se podía apreciar el rostro del finado, ya que no
tenemos la usanza de algunos países meridionales que entierran a los difuntos
en ataúdes abiertos para que el sol los entibie por vez postrera antes de
descender a la sepultura.
El hecho es que sin dejar de lado cierta
circunspección exigida por las circunstancias, no se podía desmentir la alegría
general. Ese magnífico día se les había metido a todos adentro, por así decir.
Y eso les hacía saborear la vida.
Quizá los más felices fueran los empleados de
varias oficinas públicas que cargaban el catafalco. No se hubieran resignado a
no hacerlo. Habían estado dos días correteando por las oficinas, pero ahora
desfilaban felices con medido paso bajo aquel bulto, íntimamente convencidos de
que todos los estaban contemplando mientras decían:
—Allí van los aspirantes al Tribunal de Cuentas.
Quien asimismo se veía feliz era el doctor Link,
hombre de elevada estatura, que había recibido de manos de la viuda veinte
ducados en concepto de honorarios profesionales por los servicios prestados
durante la dolencia de Schepeler, que apenas había durado una semana. No
obstante, el doctor Link caminaba con la cabeza un tanto gacha, como
reflexionando. También estaba contento el señor Ostrohradsky, fabricante de
arneses de profesión y pariente más cercano del finado. En vida de su tío, lo
había descuidado un tanto, pero se había enterado de que le había dejado en su
testamento cinco mil florines y en el trayecto ya le había comentado unas
cuantas veces al cervecero Kejrik:
—¡No se puede negar, era una buena persona!
Iba atrás del catafalco y junto a él el regordete
Kejrik, un tipo saludable que había sido el amigo más cercano del finado. Atrás
de ellos iban los señores Kdojek, Musik y Homann, también consejeros del
Tribunal de Cuentas pero de menor jerarquía que el difunto Schepeler. Estos
iban también felices, a todas luces.
Tengo que reconocer, apenado, que ni la señora
Schepeler, que viajaba sola en el primer vehículo, podía rechazar el bienestar
general; lo que ocurre es que su contento no tenía que ver con lo agradable del
día. Esta buena dama era mujer, y para las mujeres el tercer día consecutivo de
ser el centro de la atención de todos tiene un hechizo particular. Por otra
parte las ropas de luto se avenían particularmente bien con su figura espigada
y su rostro, usualmente un poco blanco, se veía especialmente bello en el
cuadro del negro riguroso.
La única persona que lamentaba sinceramente el
fallecimiento del señor Consejero y no podía evitar el pesar que le había
producido esta desdicha era el cervecero Kejrik, hasta ese momento célibe y,
como mencionamos, el amigo más grande y más fiel del finado. En la víspera, la
joven viuda le había dicho claramente que aguardaba que él le retribuiría
generosamente por guardar tanta fidelidad en vida del esposo. Cuando
Ostrohradsky le había dicho por vez primera que:
—Sin duda el finado había sido una buena persona.
Kejrik le había replicado amargamente:
—No, hombre. Si hubiera sido buena persona, habría
vivido más.
Después de lo cual no respondió más a Ostrohradsky.
El cortejo iba llegando ya a la enorme puerta. En
esos tiempos la puerta aún no era tan grácil como en nuestros días: todavía
consistía en dos largos pasadizos tenebrosos hechos bajo las pesadas murallas.
Era un auténtico prefacio para las sepulturas que estaban del otro lado. El
coche fúnebre se adelantó al cortejo, parándose ante la puerta. Se dieron
vuelta los curas, los muchachos depositaron el ataúd cuidadosamente en el suelo
y comenzaron las oraciones fúnebres. Luego los funebreros quitaron el fondo corredizo
del coche y los muchachos alzaron el féretro para ponerlo sobre éste.
¡Fue entonces que ocurrió! Haya sido por una
demasía en el esfuerzo hecho a uno de los lados o por falta de habilidad a
ambos, la cuestión es que súbitamente se les soltó el féretro, golpeando en el
piso con la punta más estrecha, a consecuencia de lo cual la cubierta cayó
estrepitosamente. El cuerpo se mantuvo adentro del cajón, pero se flexionó un
tanto a la altura de las rodillas y la mano derecha quedó suspendida afuera.
El horror se diseminó en la concurrencia. Se
produjo inmediatamente un silencio tan hondo que se podía escuchar el tic-tac
de los relojes en los bolsillos. Los ojos se fijaron en la faz inerte del
finado Consejero. Y justamente junto al féretro irrumpió el doctor Heribert.
Andaba circunstancialmente por el lugar, regresando de una caminata; había
zigzagueado entre los asistentes unos momentos, se había tenido luego que
detener al lado de los curas y ahora podía vérselo emergiendo de su gabancito
gris justo al lado de la mortaja negra del difunto.
Fue cosa de un momento. Casi mecánicamente,
Heribert tomó la mano del muerto, quizá para ponerla otra vez adentro del
cajón; pero en vez de tornarla a su lugar, la sostuvo en su propia mano, agitó
nerviosamente los dedos y clavó una mirada escudriñante en el rostro del
finado. Luego estiró el brazo y alzó el párpado derecho.
—¡Qué es esto! —irrumpió Ostrohradsky, indignado—.
¿Qué hacemos? ¿Nos vamos a quedar aquí sin movernos?
Algunos muchachos estiraron los brazos para
levantar otra vez el catafalco.
—¡Alto! —voceó Heribert, con una voz
insospechadamente fuerte y vibrante—. ¡Ese hombre no ha muerto!
—¡Qué ridiculez! ¡Está chiflado! —dijo el doctor
Link.
—¿Dónde hay un vigilante? —aulló Ostrohradsky.
En los rostros se apreciaba una fuerte zozobra.
Únicamente el cervecero Kejrik se había llegado muy de prisa hasta el doctor
Heribert.
—¿Qué tenemos que hacer? —le preguntó anhelante—.
¿Es cierto que no ha muerto?
—No. Pero tiene un ataque de catalepsia. Hay que
trasportarlo rápidamente a una casa para intentar revivirlo.
—¡Es lo más absurdo que he oído! —contestó el
doctor Link—. Si este hombre no murió...
—Pero, ¿éste quién es? —preguntó Ostrohradsky.
—Parece que es médico.
—¡Es el doctor misántropo! ¡Policía! —voceó el
fabricante de arneses, recordando de golpe los cinco mil florines.
—¡El doctor misántropo! —repetían a coro los
consejeros Kdojek y Muzik.
Pero ya Kejrik, el buen amigo del finado, estaba
trasladando el féretro, auxiliado por algunos mozos, hasta un mesón de las
proximidades. En la calle se armó una batahola tremenda. Se fue el coche
mortuorio y se retiraron los demás vehículos. El consejero Kdojek dijo:
—Es mejor que nos retiremos; ya sabremos qué pasó.
Pero el caso es que ninguno sabía qué actitud
tomar.
—¡Bueno! Por fin vino, señor comisario —dijo
Ostrahradsky al comisario de la guardia del municipio que en ese instante
arribaba—. Están pasando cosas muy raras: una farsa indebida, la profanación de
un cadáver a la luz del sol y en presencia de media Praga.
Y fue tras el funcionario municipal hasta adentro
del mesón. El doctor Link se hizo humo. Al cabo de unos instantes reaparecieron
Ostrohradsky y el comisario.
—Por favor, váyanse —dijo éste al público que se
apretujaba—. No se puede pasar. El doctor Heribert está muy seguro de revivir
al Consejero.
La esposa del consejero quiso apearse de su coche,
pero se desvaneció. En ocasiones, la alegría puede llegar a matar a la gente.
Kejrik, muy apurado, fue hasta el carruaje, donde varias mujeres se afanaban
junto a la dama desvanecida.
—Llévenla con cuidado a la casa y se recobrará —les
dijo.
Y para sus adentros masculló: ¡Buena está esta
mujercita!
Se dio vuelta, trepó a otro coche y se encaminó a
un lugar donde lo había enviado el doctor Heribert.
Los carruajes se fueron yendo de uno en uno y el
público se apartó lentamente. No obstante, el lugar del hecho continuó siendo
muy concurrido durante toda la jornada y hubo que colocar una guardia para
controlar el orden ante el local al que habían trasladado al finado. Circulaban
entre la multitud las más raras versiones. Había quien ponía al doctor Link de
vuelta y media y contaba acerca de él una serie de patrañas; otros se mofaban
del doctor Heribert. Cada tanto hacía irrupción el señor Kejrik, arrebatado,
haciendo algunos anuncios:
—Estamos muy esperanzados. Hasta yo pude tomarle el
pulso. ¡Este doctor es un portento!
Por fin gritó, como en trance:
—¡Está respirando! —y se fue otra vez en el
carruaje, que le estaba aguardando, a dar la buena noticia a la señora del
Consejero.
Por último, a eso de las diez de la noche, sacaron
del mesón una camilla tapada, flanqueada a un lado por el doctor Heribert y el
señor Kejrik y al otro por el comisario.
No existió en toda la Malá Strana una sola bodega o
mesón que no permaneciera repleta de público hasta pasada medianoche. El tema
no era otro que la resurrección del consejero Schepeler y el doctor Heribert.
Todos estaban aguadísimos.
—Ese hombre tiene más conocimientos que los libros
de los latinos.
—Con sólo verlo, se nota de inmediato que es buen
médico. Su padre era ya buen médico. ¡Muy buen médico! Y esas cosas se heredan.
—¿Y no quiere ejercer la profesión? Pero si podría
tener tanta plata como un Consejero de Estado.
—Puede ser que tenga fortuna; ha de ser por eso.
—¿Por qué le dicen doctor misántropo?
—¿Doctor misántropo? Jamás escuché tal cosa.
—Lo que es yo, ya lo oí un centenar de veces hoy.
Dos meses más tarde, el Consejero Schepeler estaba
en sus funciones como antaño.
—¡En el cielo, Dios; en la tierra el doctor
Heribert! —decía siempre. Y otras:—: Este Kejrik es una joya.
En la ciudad entera se mentaba al doctor Heribert.
Los diarios lo nombraron en todo el mundo. La Malá Strana estaba envanecida.
Pasaron cosas raras. Barones, condes y príncipes quisieron al doctor Heribert
como médico de cabecera. Incluso un rey de Italia le hizo una oferta nunca
oída. Las personas cuya desaparición hubiera llenado de gozo a unos cuantos
requerían insistentemente su atención. Pero el doctor Heribert no cedió. Se
dijo incluso que la esposa del Consejero fue a llevarle una bolsita con ducados
y que no la recibió. El doctor llegó a tirarle agua desde el balcón.
Volvió a evidenciar que no le importaba la gente.
Nunca devolvía los saludos que le hacían. Surcaba las calles como antes, y su
pequeña testa traslúcida y seca oscilaba trémula como los pimpollos de amapola
en su débil tallo. Jamás recibió ni fue a ver enfermos. Pero ya todos le decían
doctor misántropo, como si el apodo le hubiera llovido del cielo.
Hace ya más de diez años que no lo veo; no sé si
todavía está vivo. Su pequeña casa en Oujezd no ha mostrado cambios hasta el
momento. Un día de éstos voy a averiguar qué es de su vida.
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Jan Neruda (1834-1891)

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