© Libro N° 10066. El Disparo. Pushkin, Alexander. Emancipación. Junio 25 de 2022.
Título
original: ©
Vystrel, Alexander Pushkin (1799-1837)
Versión Original: © El Disparo. Alexander Pushkin
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Alexander Pushkin
El Disparo
Alexander Pushkin
Estábamos acantonados en el pequeño pueblo de X. Todo el mundo sabe cómo
es la vida de un oficial de tropa de guarnición. A la mañana, estudio y
picadero; la comida en casa del comandante del regimiento o en una fonda judía;
a la noche, ponche y naipes. En X no había ningún lugar donde reunirse, ni una
muchacha; íbamos unos a casa de otros, donde, aparte de nuestros uniformes, no
veíamos nada más. Un solo civil formaba parte de nuestro grupo. Tenía unos 35
años, lo que nos hacía considerarlo viejo. Su experiencia le daba superioridad
sobre nosotros en varios puntos, y, además, su aspecto sombrío que mostraba
habitualmente, sus rudas costumbres y su lengua mordaz ejercían una clara
influencia en nuestras mentes juveniles.
Un cierto misterio parecía envolver su destino: se le hubiera tomado por
ruso aunque llevaba apellido extranjero. En otros tiempos había servido en los
húsares, y hasta con suerte; sin embargo, nadie sabía qué motivos le habían
hecho retirarse del servicio para ir a radicarse en un mísero pueblucho, donde
vivía en la estrechez, unida, no obstante, a cierto despilfarro. Iba siempre a
pie, vestía una chaqueta negra, raída por el uso, y su mesa estaba siempre a
disposición de todos los oficiales de nuestro regimiento. Sus cenas estaban
compuestas por no más de dos o tres platos, preparados por un militar retirado,
pero el champán solía correr a torrentes durante las comidas.
Nadie sabía si poseía o no fortuna ni cuales eran sus rentas, ni nadie
se atrevía a preguntárselo. Tenía muchos libros, la mayoría obras de milicia y
novelas. Los prestaba de buen grado, sin exigir nunca su devolución, como
tampoco, por su parte, devolvía nunca los que a él le prestaban. Su ocupación
predilecta era ejercitarse en el tiro a pistola. Las paredes de su cuarto
estaban tan acribilladas de balazos, que parecían paneles de una colmena. Una
rica colección de pistolas constituía el único lujo de la miserable casucha que
habitaba. La destreza que había adquirido simplemente en el tiro, era
increíble, tanto como para que, de haberse propuesto acertar de un balazo un
objeto puesto sobre la gorra, ninguno de los de nuestro regimiento hubiera
vacilado en ofrecerle su cabeza como blanco.
El tema de nuestras conversaciones era con frecuencia los duelos. Silvio
(así le llamaremos) nunca participaba de ellas. Cuando se le preguntaba si
alguna vez le había tocado batirse, solía responder secamente que sí, pero
nunca daba detalles, y saltaba a la vista que tales preguntas lo contrariaban.
Acabamos por suponer que pesaba en su conciencia alguna desgraciada víctima de
su siniestra habilidad. Por lo demás, nunca se nos cruzó por la mente imputarle
de algo parecido al temor. Hay personas cuya sola apariencia disipa tales
suposiciones.
Un inesperado acontecimiento nos dejó a todos consternados. Un día
comíamos en casa de Silvio unos diez oficiales del regimiento. Bebimos como de
costumbre, es decir, muchísimo. Al terminar la comida pedimos a nuestro
anfitrión que jugara una partida con nosotros. Durante largo rato se negó,
porque no acostumbraba jugar, pero por fin mandó traer las cartas, echó sobre
la mesa medio centenar de ducados y tomó la banca. Todos lo rodeamos y la
partida comenzó. Silvio solía guardar absoluto silencio mientras jugaba, y
jamás había discutido ni hecho observaciones. Si el que apuntaba se descontaba
por azar, Silvio pagaba inmediatamente la diferencia o apuntaba el resto.
Todos lo sabíamos y en nada nos oponíamos a su libre arbitrio; pero
sucedió que entre nosotros se hallaba un oficial recientemente llegado a
nuestro regimiento. Participaba del juego y cometió una equivocación de un
punto. Silvio tomó la tiza y rectificó la anotación. El oficial, exaltado por
los efluvios del vino, por el juego y las burlas de sus camaradas, lo tomó como
una grave ofensa y enardecido tomó de la mesa un candelabro de bronce y se lo
arrojó a Silvio, quien apenas logró eludir el golpe. Todos quedamos confusos.
Silvio se incorporó, pálido de ira, y con mirada centellante exclamó:
—Caballero, hágame el favor de retirarse inmediatamente y dé gracias a
Dios que esto haya sucedido en mi casa.
No dudamos en lo más mínimo de cuales serían las consecuencias de esa
escena, y ya dábamos por muerto a nuestro compañero. El oficial se fue no sin
decir que estaba dispuesto a dar satisfacción de su ofensa de la manera que
dispusiera el banquero. La partida duró unos pocos minutos más; conscientes, no
obstante, de que nuestro anfitrión no estaba para juegos, nos retiramos uno
tras otro, hablando de la inminente vacante. Al otro día, en el picadero, nos
preguntábamos entre nosotros si el pobre teniente respiraría aún cuando se
presentó éste mismo en persona. Lo interrogamos y nos respondió que hasta la
fecha no tenía noticias de Silvio. Asombrados, fuimos a casa de nuestro amigo,
a quien hallamos en el patio, metiendo bala tras bala en un as de baraja, clavado
en una hoja del portal. Nos recibió como siempre, sin mencionar una sola
palabra con relación al suceso de la víspera.
Pasaron tres días, y el teniente seguía aún con vida. Preguntábamos
extrañados:
—¿No se batirá?
Y así fue, Silvio no se batió. Se dio por satisfecho con una explicación
muy superficial y se reconcilió con el adversario. Esta circunstancia perjudicó
mucho su reputación entre los jóvenes, los que suelen tener a la valentía por
la calidad más sublime de un hombre, excusándole toda clase de defectos. Con el
tiempo, no obstante, se olvidó lo ocurrido, y Silvio recuperó su prestigio de
siempre. Yo fui el único que no pudo tratarlo con la misma confianza. Teniendo,
como tenía, una imaginación romántica, me sentía atraído, más que mis
compañeros, por un hombre cuya vida era un enigma, y que me parecía el
personaje de alguna historia misteriosa. Él me quería, y conmigo dejaba de lado
sus palabras punzantes, y hablaba de toda clase de asuntos con gran sinceridad
y agrado. Sin embargo, después de aquella velada, la idea de que su honor había
sido mancillado, y no rehabilitado por propia voluntad, me inquietaba y me
impedía tratarlo como antes. Silvio era demasiado inteligente y perspicaz como
para no notar el vuelco de mi conducta, pero no descubría el motivo. Parecía
estar amargadamente impresionado. Por lo menos en dos ocasiones pude notar en
él el deseo de darme una explicación; yo, sin embargo, eludí sus tentativas, y
él acabó por evitar mi trato. Desde entonces solía verlo sólo en presencia de
mis compañeros, y nuestras sinceras relaciones de otros tiempos se cortaron.
Los displicentes habitantes de una capital no pueden imaginar siquiera
muchas impresiones que les son familiares a quienes viven en aldeas o
pueblecitos, como por ejemplo la espera de la llegada del correo... Los martes
y los viernes el despacho del regimiento estaba colmado de oficiales. Unos
esperaban dinero, otros cartas, otros periódicos, etc. Los paquetes solían
abrirse allí mismo, y unos a otros se daban las noticias, de modo que la
oficina deparaba un espectáculo de extrema animación. Silvio se hacía enviar
sus cartas a nuestro regimiento, y solía acudir a la oficina. Un día le
entregaron un sobre que abrió dando muestras de gran impaciencia. Al leer la
carta sus ojos centelleaban. Los oficiales, ocupados en la lectura de sus
cartas, no advirtieron nada.
—Señores —les dijo Silvio—, las circunstancias requieren que me ausente
inmediatamente... Me voy esta misma noche, y espero que no se negarán a cenar
conmigo esta última vez. También a usted lo espero —continuó, dirigiéndose a
mí—. Lo espero sin falta.
Y dicho esto salió precipitadamente. Nosotros, decididos a reunirnos en
casa de Silvio, nos fuimos cada cual por un lado. Fui a casa de Silvio a la
hora indicada, y allí encontré a casi todo nuestro regimiento. Los muebles
estaban ya embalados, y no había más que las paredes, acribilladas a balazos.
Nos sentamos a la mesa. Nuestro huésped estaba del mejor humor, y no pasó mucho
tiempo sin que comunicara su alegría a todos los demás... A cada momento
saltaban los tapones de las botellas de champagne. Los vasos relucían y
espumaban sin pausa, y todos nosotros, con profunda franqueza, deseábamos al
amigo que se ausentaba, buen viaje y toda suerte de felicidades. Nos levantamos
de la mesa ya muy avanzada la noche. Cuando fuimos a recoger la gorra, Silvio
se despidió de todos, me tomó del brazo y me retuvo.
—Quiero hablar con usted —me dijo, bajando la voz.
Ya todos los demás se habían ido... Quedamos solos, nos sentamos uno
frente a otro, fumando despaciosamente nuestras pipas. Silvio estaba
visiblemente preocupado; en su rostro no quedaban huellas de su febril alegría
de poco antes. Su palidez sombría, el destello de sus ojos, y el espeso humo
que despedía su boca, le daban el aspecto de un verdadero demonio. Pasaron
algunos minutos antes que Silvio rompiera el silencio.
—Es probable que no nos veamos más —me dijo—, y antes de despedirnos, he
querido darle una explicación... Tiene que haber notado usted lo poco que me
importa la opinión de los demás; pero me sería penoso dejar en su mente una
impresión contraria a la verdad.
Dijo esto y calló. Volvió a llenar su pipa apagada... Yo me quedé
silencioso, bajando los ojos.
—A usted le habrá extrañado —prosiguió— que yo no exigiese satisfacción
a aquel insensato borracho de R... Creo que convendrá usted conmigo en que,
teniendo yo libre elección de armas, su vida estaba en mis manos, en tanto que
la mía casi no peligraba... Podría atribuir mi prudencia a la magnanimidad...
Sin embargo, no quiero mentir. Si hubiese podido castigar a R... sin arriesgar
mi vida, no lo hubiera perdonado...
Miré a Silvio con aire de asombro. Esta contestación acabó por
consternarme. Silvio continuó:
—Es cierto. No tengo derecho a exponerme al peligro de la muerte. Hace
seis años recibí una bofetada, y mi adversario vive todavía.
Mi curiosidad estaba vivamente excitada.
—¿Fue porque usted no quiso batirse con él? —pregunté—. Sin duda, se lo
impidieron las circunstancias.
—Me batí con él y éste es el recuerdo de aquel duelo.
Silvio se levantó, sacó de una caja de cartón una gorra encarnada con
borla de oro y galoneada, lo que los franceses llaman bonnet de police. Se la
encasquetó: la gorra estaba agujereada a la altura de la frente.
—Usted sabe —prosiguió Silvio— que yo he servido en el regimiento de
húsares de X... Sabe también cuál es mi carácter; suelo hacer notar mi
personalidad en todo, y esta cualidad era una verdadera manía en mi juventud.
En nuestros tiempos solían usarse modales violentos y entre mis compañeros no
había quién me aventajara. Alardeábamos de nuestras orgías, y dejé atrás al
famoso Burtsov encomiado por Dionisio Davidov. Los duelos, en nuestro
regimiento, se entablaban a cada momento, y de todos participaba yo como
testigo o interesado. Mis compañeros me adoraban y los comandantes del
regimiento, que cambiaban con frecuencia, me consideraban un mal inevitable.
»Tranquilo (o intranquilo), disfrutaba mi gloria, hasta que llegó a
nuestro regimiento un joven rico de muy buena familia (su nombre no importa).
¡En mi vida había tropezado con un hombre tan espléndidamente halagado por la
suerte! Figúrese que además de la juventud, tenía ingenio, apostura, un
espíritu alegre, la más desenfadada valentía, un prestigio social envidiable y
una fortuna cuantiosa, inagotable, y podrá imaginar el efecto que había de
causar inevitablemente entre nosotros. El predominio de mi personalidad estaba
en peligro. Atraído por la fama que gozaba, trató de granjearse mi amistad;
pero yo me mostré frío y él se apartó de mí con total indiferencia; le tomé
odio.
»Sus éxitos en el regimiento y en el ambiente femenino me sumieron en
completa desesperación. Comencé a buscar motivos para provocarlo... Pero mis
frases hirientes las contestaba él con otras que siempre me parecían más
punzantes y más agudas que las mías, y que a decir verdad eran muchísimo más
alegres: él bromeaba y yo expresaba mi odio. Por fin, una vez, en un baile que
daba un hacendado polaco, al ver concentrada en él la atención de todas las
damas, y sobre todo de la misma ama de casa, que había estado antes en
relaciones conmigo, le dije al oído cierta banal grosería. Presa de repentina
ira me pegó una bofetada. En seguida buscamos los sables... Las señoras se
desvanecían... Nos apartaron no sin esfuerzo y aquella misma noche nos batimos
en duelo.
»Amanecía... Yo estaba en el lugar acordado, acompañado por mis tres
padrinos... Con una impaciencia inexplicable aguardaba a mi adversario.
Despuntó el sol primaveral, y el calor empezó a hacerse sentir... Lo vi cuando
aún estaba lejos... a pie, llevando el uniforme sostenido con el sable, y
acompañado por un padrino. Se acercó. En la mano llevaba su gorra llena de
cerezas. Los padrinos midieron los doce pasos. A mí me tocó disparar primero.
Sin embargo, la agitación que me causaba la ira me hizo desconfiar de la
firmeza de mi pulso, y le cedí el derecho del primer disparo, ansioso por ganar
tiempo para serenarme. Mi contrincante rehusó el ofrecimiento. Se propuso echar
suertes, y ganó él, eterno favorito de la Fortuna. Apuntó y con su bala
atravesó mi gorra. Era mi turno... Su vida, por fin, estaba en mis manos. Lo
miré con ansia devoradora, tratando de discernir en su rostro una señal de
inquietud.
»Él permanecía inmóvil frente al cañón de mi pistola, tomando de la
gorra las cerezas maduras, que comía escupiendo los carozos que casi me
alcanzaban. Su indiferencia me enardeció. ¿Qué voy a lograr —pensé— quitándole
la vida, si no siente el más leve temor por ella? Fue entonces cuando una idea
diabólica cruzó por mi mente. Bajé la pistola.
—Según parece —le dije— usted no está ahora para pensar en la muerte.
Como se propone almorzar, no quiero molestarlo.
—No me molesta usted en lo más mínimo —replicó—. Hágame el favor de
disparar, o haga lo que le parezca. Le queda reservado el derecho a este
disparo, y en cuanto a mí, estaré siempre a su disposición.
Me volví hacia mis padrinos, les manifesté que por el momento no estaba
dispuesto a tirar, y así acabó el duelo... Pedí mi retiro y me radiqué en esta
aldea. Desde entonces no hubo un solo día en que yo no pensara en la venganza.
Ahora, por fin, llegó el momento...
Silvio sacó del bolsillo la carta que había recibido por la mañana y me
la dio para que la leyera. Una persona, probablemente administrador de sus
asuntos, le escribía desde Moscú, que el consabido individuo pronto contraería
matrimonio con una joven muy bella.
—Ya habrá adivinado —dijo Silvio— quién es ese consabido individuo.
Salgo para Moscú... Me gustaría ver si en vísperas de su casamiento, se
enfrentará a la muerte con la misma indiferencia que en otro tiempo, saboreando
cerezas.
Y con estas palabras, se levantó, arrojó la gorra al suelo y echó a
andar agitado por la habitación como un tigre por su jaula. Yo lo había
escuchado absorto: sentimientos terribles y opuestos me agitaban. El criado
entró para anunciar que los caballos estaban listos para el viaje. Silvio me
dio un fuerte apretón de manos... Nos abrazamos... Subió a un coche, en el que
estaban acomodadas dos maletas, una con su equipaje, otra con pistolas. Nos
saludamos por última vez y los caballos arrancaron... Algunos años más tarde,
circunstancias de familia me llevaron a establecerme en una pequeña aldehuela
del distrito de N. Me había consagrado a la agricultura y no dejaba de suspirar
secretamente, cuando recordaba mi vida pasada, bulliciosa y despreocupada.
Lo que se me hacía más difícil era pasar las noches, tanto en primavera,
invierno, como verano, en completa soledad. Hasta la hora de la comida
encontraba la manera de matar el tiempo, unas veces charlando con el alcalde,
otras inspeccionando las tareas de labranza y echando un vistazo a los nuevos
establecimientos; pero tan pronto como caía la noche no se me ocurría adónde
meterme. Unos cuantos libros que encontré bajo los armarios y en el depósito de
trastos, me los sabía ya de memoria, a fuerza de reiteradas lecturas. Todos los
cuentos que atesoraba en su memoria el ama de llaves Kirilovna, ya los conocía,
y las canciones de las campesinas me sumían en lánguida tristeza. Por fin me di
a la bebida de un fuerte licor vegetal, pero me causaba dolor de cabeza y,
además, confieso que temí convertirme en un "borracho melancólico",
como tantos que había visto en nuestro distrito.
A mi alrededor no había vecinos cercanos, salvo dos o tres
"melancólicos", cuya conversación consistía las más de las veces en
hipos y suspiros. La soledad era preferible. Por fin resolví acostarme cuanto
antes, y comer lo más tarde posible; de esta manera logré acortar la velada, y
alargar al mismo tiempo los días... Y "vi todo lo que había hecho y he
aquí que era bueno..." A cuatro verstas de mi finca estaba la rica
propiedad de la condesa de B.; pero allí vivía sólo el administrador. La
propietaria había visitado su finca una vez, hacía ya mucho tiempo, el primer
año de su matrimonio, y no había pasado en ello más de un mes. Pero cuando
transcurría la segunda primavera de mi vida de ermitaño, corrió el rumor de que
la condesa llegaría a la aldea acompañada por su marido, para pasar el verano.
Y así fue; llegaron a principios de junio.
La llegada de un vecino acaudalado es un acontecimiento memorable para
los moradores de una aldehuela. Los propietarios y los miembros de su
servidumbre suelen hablar de ello desde dos meses antes y hasta tres años
después. En cuanto a mí, confieso con franqueza que la noticia del arribo de
una vecina joven y hermosa, me emocionó fuertemente. Me abrasaba un ferviente
deseo de verla, y, por lo tanto, el primer domingo siguiente a su llegada, fui,
después de comer, a la aldea X para presentar mi respeto a sus Altezas, como
correspondía al vecino más cercano que les ofrecía sus humildes servicios.
Un lacayo me llevó hasta el gabinete del conde, y se adelantó para
anunciarme. El amplio despacho estaba puesto con fastuoso lujo; a lo largo de
las paredes había algunas bibliotecas, sobre las cuales se veían bustos de
bronce. Arriba de la chimenea había un espejo muy ancho; el piso estaba
cubierto de paño verde y tapizado de alfombras. Mi vida en mi humilde rincón me
había hecho perder la costumbre del lujo, y hacía tiempo que no admiraba la
esplendidez ajena. En aquel momento me sentí cohibido. Esperé al conde
embargado por una inquietud parecida a la del candidato provinciano que espera
la salida de un ministro. Cuando se abrió la puerta entró un hombre de unos
treinta años, de hermosa presencia. El conde se acercó con aire de absoluta
sinceridad amistosa, mientras que yo me esforzaba por recuperar mi aplomo.
Empecé por presentarle mis respetos y, sin darme tiempo para hablar, sugirió
que nos sentáramos.
Su conversación, espontánea y amable, pronto logró disipar mi timidez de
solitario. Empezaba ya a recobrar mi estado normal, cuando de pronto se
presentó la condesa, causándome una nueva confusión, mayor que la anterior. En
realidad, era de una acabada belleza. El conde me presentó. Yo, por mi parte,
cuanto más me esforzaba por parecer locuaz, cuanto más trataba de asumir un
aire de serenidad, más turbado me sentía. Para darme tiempo a que me repusiera
y acostumbrase a ellos, mis nuevos amigos comenzaron a discurrir entre sí,
dándome el trato que se le da a un antiguo vecino, sin ninguna clase de
ceremonias. Yo, entretanto, eché a andar de un lado a otro, examinando los
libros y las pinturas. Aun cuando no soy ducho en artes plásticas, hubo un
cuadro que llamó mi atención. Representaba cierto paisaje de Suiza, y lo que me
sorprendió no fue la parte artística, sino el hecho de que estuviese atravesado
por dos balazos que casi se juntaban.
—¡Notable disparo! —exclamé a la vez que miraba al conde.
—Sí —me respondió—: fue un disparo memorable. Pero, dígame. ¿Es usted
buen tirador?
—Excelente —contesté satisfecho al notar que la conversación recaía por
fin en un tema que me era tan familiar—; a treinta pasos no yerro jamás,
teniendo por blanco une carta, si tiro con una pistola a la cual esté
acostumbrado.
—¿Es cierto? —dijo la condesa con tono de gran interés—. Y tú, amigo
mío, ¿serías capaz de atravesar una carta a treinta pasos?
—Probaremos —contestó el conde—. He sido un tirador regular; pero hace
cuatro años que no tomo una pistola.
—¡Oh! —comenté—. En ese caso apuesto cualquier cosa a que vuestra Alteza
no le da a una carta ni siquiera a veinte pasos; la pistola requiere un
ejercicio diario. Lo sé por experiencia. En nuestro regimiento se me tenía por
uno de los mejores tiradores. En una ocasión dejé de manejar la pistola por un
mes entero, porque mis armas estaban en reparación. ¿Y qué diría que sucedió,
Alteza? La primera vez que volví a tirar, erré cuatro veces seguidas a una
botella a veinte pasos. En nuestro regimiento había un sargento, hombre
ingenioso y muy dado a las bromas, que estando presente por casualidad dijo:
"Está visto, amiguito, que has perdido la costumbre de habértelas con una
botella". Créame, vuestra Alteza, hay que cultivar esta habilidad, porque
el día menos pensado se olvida lo que se ha aprendido. El tirador más diestro
que encontré en mi vida practicaba todos los días, tres veces por lo menos,
antes de la comida. Esto estaba en él tan arraigado, como la copita de vodka
que tomaba como aperitivo.
A los condes les satisfizo mi locuacidad.
—¿Y cómo tiraba? —me preguntó el conde.
—A veces veía una mosca que acababa de posarse en la pared... ¿Lo toma
usted a risa, condesa? Pues es cierto... Veía una mosca y gritaba:
"¡Kuzka, mi pistola!". El criado le llevaba con celeridad una pistola
cargada. Él disparaba entonces y enterraba la mosca en la pared...
—¡Asombroso! —dijo el conde—. ¿Y cuál era su nombre?
—Silvio, Alteza.
—¡Silvio! —exclamó el conde, incorporándose de un salto—. ¿Usted conoció
a Silvio?
—¿Que si lo conocí, Alteza? Éramos amigos. En nuestro regimiento fue
recibido como un verdadero compañero... pero desde hace cinco años no sé nada
de él. Así que también vuestra Alteza lo conoció, ¿no es verdad?
-Lo conocí muy bien. ¿No le contó acaso un suceso muy extraño?
—¿El de una bofetada, Alteza, que recibió en un baile?
—¿Y no le dijo a usted el nombre...?
—No, Alteza, no me lo dijo. ¡Ah! —proseguí, al intuir la verdad—. ¿Fue
quizás vuestra Alteza?
—Yo fui —respondió el conde, con aire extremadamente distraído—; esa
pintura agujereada a balazos es un recuerdo de nuestro último encuentro.
—¡Ay! —dijo la condesa—. ¡No lo cuentes, por Dios!... Me horroriza
escucharlo.
—No puedo complacerte —replicó el conde—. Lo contaré todo. El señor sabe
cómo ofendí a su amigo y conviene que sepa también cómo Silvio se vengó de mí.
Me ofreció el sillón y yo, con viva curiosidad, escuché el siguiente
relato:
—Hace cinco años me casé. El primer mes, la luna de miel, la pasé aquí,
en esta aldea. En esta casa viví los instantes más hermosos de mi vida, pero a
ella le debo también uno de mis recuerdos más dolorosos.
»Un día, al atardecer, salimos a cabalgar. El caballo que montaba mi
mujer comenzó a desmandarse y ella, asustada, me pasó las riendas y volvió a
casa a pie. Yo cabalgué delante. En el patio vi un coche, y me dijeron que en
mi despacho me esperaba un caballero que había rehusado dar su nombre. Sólo
había dicho que tenía que hablar conmigo de cierto asunto. Entré en la
habitación y vi en la penumbra a un hombre con barba cubierto de polvo. Estaba
al lado de la chimenea... Me acerqué a él, tratando de reconocer sus
facciones...
»—¿No me recuerdas, conde? —preguntó con voz trémula.
»—¡Silvio! —exclamé, y confieso que en aquel momento sentí que mis
cabellos se erizaban.
»—Exactamente —continuó él—. Conservo el derecho a un disparo y he
venido a disparar. ¿Estás preparado?
»Una pistola asomaba del bolsillo lateral de su chaqueta. Yo di doce
pasos y me paré allí, en el rincón, suplicándole que acabara lo más pronto
posible, antes que llegara mi mujer. Vaciló por un momento... Me pidió
lumbre... Hice que trajeran una vela. Cerré la puerta, ordené que no entrara
nadie, y volví a suplicarle que disparase. Sacó la pistola y apuntó... Yo conté
los segundos.. Pensé en ella... ¡Fue un minuto terrible! Silvio bajó el brazo.
»—Lamento de veras que la pistola no esté cargada con carozos de cereza.
Una bala pesa demasiado... y después de todo, creo que esto no es un duelo,
sino un homicidio. Yo no acostumbro disparar a un indefenso... Empecemos de
nuevo. Volvamos a tirar suertes para ver quién dispara primero.
»La cabeza me daba vueltas... Creo recordar que me negué... Por fin
cargamos una pistola, arrollamos dos papelitos... Él los puso en la gorra, que
atravesó un día mi balazo... Yo saqué de nuevo el primer número.
»—Tienes mala suerte, conde —dijo él, con una sonrisa que nunca
olvidaré.
»No recuerdo lo que sucedió entonces, ni cómo pudo él impulsarme a
ello... Pero cierto es que disparé, dando con la bala en ese cuadro... Y el
conde dirigió su dedo hacia la tela agujereada. Su rostro parecía arder. La
condesa estaba tan blanca como el pañuelo que llevaba. Yo no pude contener un
grito de espanto.
»—Disparé —continuó el conde— y, gracias a Dios, no acerté. Entonces
Silvio —en ese momento tenía verdaderamente un aspecto siniestro— apuntó hacia
mí... De pronto la puerta se abrió... Masha entró precipitadamente y,
profiriendo un grito desgarrador se echó en mis brazos. Su presencia me
devolvió por completo la sangre fría.
»—Querida mía —le dije—, ¿no ves acaso que estamos bromeando? ¿Te
asustaste? Ven, bebe un poco de agua y acércate... Voy a presentarte a uno de
mis amigos y compañeros.
»Masha dudaba aún de la veracidad de mis palabras.
»—Dígame usted, ¿es cierto lo que dice mi marido? —preguntó, volviéndose
hacia aquel hombre terrible—. ¿Es verdad que bromean ustedes?
»—Suele bromear, condesa —le respondió Silvio—. Una vez me dio,
bromeando, una bofetada... Bromeando también, me perforó esta gorra, y,
bromeando, acaba de errar el tiro. Ahora soy yo quien quiere bromear.
»Y al decir esto me apuntó ¡delante de ella! Masha se echó a sus pies.
»—¡Levántate, Masha, es humillante! —grité furioso—. Y usted, caballero,
¿cuándo dejará de burlarse de una pobre mujer? ¿Va a disparar o no?
»—No dispararé —respondió Silvio—; me doy por satisfecho. He visto tu
confusión, tu desasosiego. Te he obligado a dispararme. No pido más. Te
acordarás de mí. Te dejo a solas con tu conciencia.
»Entonces se encaminó a la puerta. Allí se detuvo y, volviéndose hacia
el cuadro agujereado por mí, disparó casi sin haber tomado puntería, y
desapareció. Mi mujer estaba desmayada. Mi gente no se atrevió a detenerlo y lo
contempló horrorizada. Él salió por el portal, llamó al cochero y se alejó
antes de que yo lograra reponerme.
El conde calló. Fue así cómo me enteré del final de la historia, cuyo
principio tanto me había asombrado No volví a encontrar jamás a su
protagonista. e dijo alguna vez que Silvio, en tiempos de la rebelión de
Alejandro Ipsilanti, capitaneó una compañía de heteristas griegos y murió en un
combate cerca de Skulani.
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Alexander Pushkin (1799-1837)

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