© Libro N° 8592. Ciencia Ficción. Selección 39. VV. AA. Emancipación. Mayo 8 de 2021.
Título
original: © Ciencia ficción.
Selección 39. VV. AA.
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Selección 39
VV. AA.
Ciencia ficción
Selección 39
VV. AA.
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Título original: Ciencia ficción. Selección 39
VV. AA.,
1980 Traducción: César Terrón Portada: Mario Eskenazi
Editor digital: viejo_oso
Edición inicial: Dr.Doa
ePub base r1.0
CONTENIDO
Presentación: Ocho relatos insuperables. Carlo
Frabetti.
Afectuosamente Fahrenheit (Fondly Fahrenheit),
Alfred Bester, 1954.
No con una explosión (Not With a Bang), Damon
Knight, 1950.
Cántico a Leibowitz (A Canticle for Leibowitz),
Walter M. Miller, Jr., 1955.
Las mujeres que los hombres no ven (The Women Men
Don’t See), James Tiptree. Jr., 1973.
Nacido de hombre y mujer (Born of Man and Woman),
Richard Matheson, 1950.
«Todos vosotros, zombies…» («All You Zombies…»),
Robert A. Heinlein, 1959.
Soñar es un asunto privado (Dreaming is a Private
Thing), Isaac Asimov, 1955.
Pobre pequeño guerrero (Poor Little Warrior), Brian
W. Aldiss, 1958.
PRESENTACIÓN
Ocho relatos insuperables
Recientemente, The Magazine of Fantasy and Science
Fiction celebró su treinta aniversario con un número especial de más de
trescientas páginas, en el que se recogen algunos de los más importantes
relatos publicados a lo largo de la historia de la revista, relatos que han
supuesto auténticos hitos en el desarrollo de la ciencia ficción.
Aunque varios de estos relatos habían sido
publicados ya en castellano, era demasiado fuerte la tentación de dedicar por
entero una de nuestras selecciones a reproducir parte de este número
extraordinario (en ambos sentidos de la expresión). Por otra parte, algunos de
los relatos ya publicados sólo se conocían a través de traducciones pésimas
(como el excelente cuento corto de Brian W. Aldiss Pobre pequeño guerrero), y
otros son prácticamente inencontrables desde hace muchos años.
Y puesto que se trata de ocho relatos fuera de lo
común, parece indicado presentarlos uno por uno:
Afectuosamente Fahrenheit, publicado en el número
de agosto de 1954 de «F & SF», es un «SFWA Hall of Fame», es decir un
relato considerado por la Asociación Estadounidense de Escritores de Ciencia
Ficción como merecedor de un puesto propio en el olimpo del género. Recordemos
que Alfred Bester es el autor de la inolvidable novela El hombre demolido.
Damon Knight es, junto con Frederic Brown, el
maestro del relato corto, ocurrente y mordaz, y esta pequeña joya que es No con
una explosión apareció en el segundo número de «F & SF» (invierno-primavera
de 1950).
Cántico a Leibowitz es la narración que,
posteriormente ampliada, se convertiría en la novela del mismo título, ganadora
del Hugo de 1951, uno de los grandes clásicos de la ciencia ficción de todos
los tiempos. El relato apareció en el número de abril de 1955 de «F & SF».
Las mujeres que los hombres no ven, publicado en
diciembre de 1973, es el relato que consolidó la fama del misterioso James
Tiptree, Jr., que resultó ser la psicóloga Alice Sheldon, una de las grandes
firmas femeninas que en los últimos años han dado nuevo impulso a la ciencia
ficción.
Nacido de hombre y mujer, publicado en el número de
verano de 1950, es el más famoso cuento corto de Richard Matheson, autor de Soy
leyenda y El hombre menguante, y bastaría para ganarle un puesto seguro entre
los escritores de relatos insólitos e inquietantes.
«Todos vosotros, zombies…» es uno de los más
famosos relatos sobre paradojas temporales. Tal vez resulte poco novedoso al
releerlo hoy, pero desde luego no fue así cuando se publicó por primera vez, en
marzo de 1959.
Soñar es un asunto privado, publicado en diciembre
de 1955, es una de las 285 colaboraciones con las que Isaac Asimov, entre
artículos y relatos, ha contribuido a la andadura de «F & SF».
Pobre pequeño guerrero, aparecido en abril de 1958,
se publicó en España hace unos quince años en una versión infame, y hubo que
esperar a leer el original o una excelente traducción argentina para darse
cuenta de que era uno de los mejores relatos de Aldiss.
Y nada más, salvo advertir al lector que tiene
entre sus manos un conjunto de narraciones difícilmente superable, una dosis de
estímulo mental que tal vez resulte excesivo ingerir de una sola vez.
CARLO FRABETTI
AFECTUOSAMENTE FAHRENHEIT
Alfred Bester
Él no sabe cuál de nosotros soy yo en estos días,
pero ellos saben una cosa. Debes poseerte a ti mismo y nada más. Debes vivir tu
propia vida y morir tu propia muerte… o de lo contrario morirás la de otro.
Los arrozales de Paragon III se extienden por
cientos de kilómetros como un tablero de tundras, un mosaico azul y marrón bajo
un cielo anaranjado y abrasante. Por la tarde, las nubes se agitan como el humo
y los arrozales crujen y murmuran.
Una larga hilera de hombres marchaba entre los
arrozales la tarde que nos escapamos de Paragon III. Hombres silenciosos,
armados y vigilantes. Una larga línea de estatuas que se perfilaban contra el
humeante cielo. Todos los hombres llevaban un arma. Todos tenían un
transmisor-receptor en su cinto, con el auricular en el oído, el micrófono en
el cuello y la brillante pantalla de visión atada a la muñeca como si fuera un
reloj verdoso. La multitud de pantallas sólo mostraba una multitud de senderos
individuales a través de los arrozales. Los indicadores no emitían más sonido
que el crujido y chapoteo de las pisadas. Los hombres hablaban muy poco,
gruñidos dirigidos a todos los demás.
—Nada aquí.
—¿Dónde es aquí?
—Los campos de Jenson.
—Te estás alejando demasiado hacia el oeste.
—Acércate a esa línea.
—¿Alguien se ocupó del arrozal de Grimson?
—Sí. Nada.
—Ella no ha podido ir tan lejos.
—Pueden haberla llevado.
—¿Crees que estará viva?
—¿Por qué iba a estar muerta?
El lento estribillo recorrió la larga hilera de
batidores avanzando hacia el humeante crepúsculo. La fila de batidores oscilaba
como una serpiente retorciéndose, pero sin cesar nunca en su despiadado avance.
Cien hombres separados quince metros uno del otro. Mil quinientos metros de
siniestra búsqueda. Un kilómetro y medio de colérica resolución, extendida de
este a oeste en un recinto de animosidad. Cayó la noche y los hombres
encendieron sus linternas. La ondulante culebra se convirtió en un collar de
oscilantes diamantes.
—Aquí no hay nada.
—Nada aquí.
—Nada.
—¿Y los campos de Alien?
—Ahora los estoy revisando.
—¿La habremos perdido?
—Quizá.
—Volveremos atrás y nos aseguraremos.
—Tenemos trabajo para toda la noche.
—Nada en los arrozales de Alien.
—¡Maldición! ¡Tenemos que encontrarla!
—La encontraremos.
—Aquí está. Sector siete. Conexión.
La línea se detuvo. Diamantes inmóviles a la
expectativa. Silencio. Todos los hombres observaron la brillante pantalla verde
de sus muñecas, conectando el sector siete. Todas las pantallas mostraron una
pequeña figura desnuda sobre el lodo de un arrozal. Junto a la figura se veía
la estaca con el nombre del propietario: VANDALEUR. Los extremos de la línea
convergieron hacia el arrozal de Vandaleur. El collar se convirtió en un racimo
de estrellas. Un centenar de hombres reunidos en torno a un pequeño cuerpo
desnudo, una niña muerta en un arrozal. No había agua en su boca. Su cuello
presentaba marcas de dedos. Su rostro inocente estaba golpeado. Su cuerpo,
destrozado. La sangre coagulada de su piel había formado duras costras.
—Murió hace tres o cuatro horas como mínimo.
—Su boca está seca.
—No ha muerto ahogada, sino golpeada salvajemente.
Los hombres maldijeron en voz baja en medio del
calor y la oscuridad. Al recoger el cuerpo, uno de ellos detuvo a los otros y
señaló las uñas de la niña. Había luchado con su asesino. Bajo las uñas había
partículas de carne y brillantes residuos de sangre escarlata, aún líquida,
todavía no coagulada.
—Esa sangre también debería estar coagulada.
—Curioso.
—No tanto. ¿Qué tipo de sangre es el que no se
coagula?
—La de los androides.
—Parece que fue asesinada por uno de ellos.
—Vandaleur tiene un androide.
—Es imposible que la haya matado un androide.
—Tiene sangre androide bajo las uñas.
—La policía lo comprobará.
—La policía demostrará que estoy en lo cierto.
—Pero los androides no pueden matar.
—Es sangre de androide, ¿no?
—Los androides no pueden matar. Están hechos así.
—Pues parece que hicieron mal a uno de ellos. —¡Dios mío!
Y aquel día el termómetro registró 92,9 gloriosos
grados Fahrenheit.
Así que nos encontramos a bordo de la Paragon Queen
camino de Megaster V, James Vandaleur y su androide. James Vandaleur contó su
dinero y lloró. En el camarote de segunda clase le acompañaba su androide, una
magnífica criatura sintética de facciones clásicas y grandes ojos azules. Sobre
su frente, en un camafeo de carne, estaban las letras AM, indicativas de que se
trataba de uno de esos raros androides de aptitudes múltiples, valorado en
cincuenta y siete mil dólares al cambio corriente. Allí estábamos, llorando,
contando y observando tranquilamente.
—Mil doscientos, mil cuatrocientos, mil
seiscientos. Mil seiscientos dólares — sollozó Vandaleur—. Eso es todo. Mil
seiscientos dólares. Mi casa fue valorada en diez mil. La tierra en cinco mil.
Había muebles, coches, mis cuadros, grabados, mi avión, mi… Y sólo me quedan
mil seiscientos dólares. ¡Dios mío!
Salté de la mesa y me dirigí hacia el androide.
Cogí una tira de las maletas de cuero y golpeé al androide. No se movió.
—Debo recordarte —dijo el androide— que valgo
cincuenta y siete mil dólares al cambio corriente. Debo advertirte que estás
poniendo en peligro una propiedad valiosa.
—¡Maldita máquina loca! —gritó Vandaleur.
—No soy una máquina —replicó el androide—. El robot
es una máquina. El androide es una creación química de tejido sintético.
—¿Qué te pasó? —chilló Vandaleur—. ¿Por qué lo
hiciste? ¡Maldito seas! — Golpeó salvajemente al androide.
—Debo recordarte que no se me puede castigar —dije
yo—. El síndrome placer-dolor no está incorporado a la síntesis del androide.
—Entonces, ¿por qué la mataste? —vociferó
Vandaleur—. Si no fue por gusto, ¿por qué…?
—Debo recordarte que los camarotes de segunda clase
de estas naves no están insonorizados —dijo el androide.
Vandaleur soltó la tira y se quedó en pie, jadeando
y contemplando la criatura de su propiedad.
—¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué la mataste?
—pregunté.
—No lo sé —respondí.
—Primero fueron actos de malicia. Pequeñas cosas.
Destrucción insignificante. Debí darme cuenta de que algo iba mal contigo. Los
androides no pueden destruir. No pueden hacer daño. Ellos…
—El síndrome placer-dolor no está incorporado a la
síntesis del androide. —Luego llegó el incendio premeditado. Luego destrucción
grave. Luego asalto
físico… Aquel ingeniero de Rigel. Cada vez peor.
Cada vez teníamos que irnos más deprisa. Ahora, un asesinato. ¡Dios mío! ¿Qué
te ocurre? ¿Qué ha sucedido?
—El cerebro del androide no posee dispositivos de
autocomprobación.
—Cada vez que teníamos que irnos era un paso atrás.
Mírame ahora. En un camarote de segunda clase. Yo. James Paleologue Vandaleur.
En tiempos, mi padre fue el más rico… Ahora, mil seiscientos dólares. Eso es
todo lo que tengo. Y tú. ¡Maldito seas!
Vandaleur alzó la tira para golpear de nuevo al
androide, pero se arrepintió y se derrumbó sobre una litera en medio de
sollozos. Por fin recobró la calma.
—Instrucciones —dijo.
El androide de aptitudes múltiples respondió al
instante. Se puso en pie y esperó órdenes.
—Ahora me llamo Valentine. James Valentine. Sólo
estuve un día en Paragon III, para embarcarme en esta nave rumbo a Megaster V.
Mi ocupación: agente de un androide AM, propiedad privada, que se alquila.
Propósito de la visita: establecerme en Megaster V. Arregla los papeles.
El androide sacó de una bolsa el pasaporte y demás
documentos de Vandaleur, buscó papel y lápiz y se sentó a la mesa. Falsificó
las nuevas credenciales de Vandaleur con aquella mano precisa y perfecta que
podía dibujar, escribir, pintar, tallar, grabar, fotografiar, diseñar, crear y
construir. Su propietario me observaba lastimosamente.
—Crear y construir —murmuré—. Y ahora destruir.
¡Oh, Dios mío! ¿Qué voy a hacer? ¡Cristo! Si tan sólo pudiera librarme de ti,
si no tuviera que vivir de ti… ¡Dios mío! Si hubiese heredado un poco de valor
en lugar de heredarte a ti…
Dallas Brady era la principal diseñadora de joyas
de Megaster. Era bajita, regordeta, amoral y una ninfómana. Alquiló el androide
de aptitudes múltiples de Vandaleur y me puso a trabajar en su tienda. Sedujo a
Vandaleur. Una noche, en la casa de ella, Dallas preguntó bruscamente:
—Te apellidas Vandaleur, ¿verdad?
—Sí —murmuré. Y luego añadí—: ¡No! ¡No! Valentine,
me llamo James Valentine.
—¿Qué sucedió en Paragon? Creía que los androides
no podían matar ni destruir la propiedad. Son directrices e inhibiciones
primarias incluidas en el momento de su sintetización. Todas las empresas
garantizan que los androides no pueden matar.
—¡Valentine! —insistió Vandaleur.
—Por favor, no sigas —dijo Dallas Brady—. Lo sé
desde hace una semana. Y no he llamado a la policía, ¿verdad?
—El apellido es Valentine.
—¿Quieres demostrarlo? ¿Quieres que llame a los
polizontes? —Dallas se incorporó y cogió el teléfono.
—¡Por el amor de Dios, Dallas! —Vandaleur se
levantó de un salto y pugnó por arrebatarle el aparato. Dallas, muy risueña, se
defendió hasta que su acompañante desistió, llorando de vergüenza y
desesperación.
—¿Cómo lo averiguaste? —preguntó finalmente…
—Los periódicos dedican páginas enteras al asunto.
Y Valentine se parece mucho a Vandaleur. No es difícil adivinar la verdad, ¿no
te parece?
—Supongo que no. No soy muy inteligente.
—Tu androide ha establecido todo un récord,
¿verdad? Asalto físico. Incendio premeditado. Destrucción. ¿Qué pasó en
Paragon?
—Secuestró a una niña. Se la llevó a los arrozales
y la mató.
—¿La violó?
—No lo sé.
—Te cogerán.
—¿Crees que no lo sé? ¡Cristo! Llevamos dos años
huyendo. Varios planetas en dos años. Debo de haber abandonado cincuenta mil
dólares en propiedades durante esos dos años.
—Será mejor que averigües lo que falla en tu
androide.
—¿Cómo? ¿Acaso puedo ir a una clínica y pedir una
reparación general? ¿Qué voy a decir? «Mi androide se ha convertido en un
asesino. Arréglenlo.» Llamarán a la policía al momento. —Empecé a temblar—.
Desmantelarán al androide en veinticuatro horas y quizá me acusen de cómplice
de asesinato.
—¿Por qué no lo reparaste antes de que se volviera
un asesino?
—No podía arriesgarme —explicó de mala gana
Vandaleur—. Si empezaban a experimentar con lobotomías, química corporal y
cirugía endocrina, me exponía a que destruyeran sus aptitudes. ¿Qué me habría
quedado para alquilar? ¿De qué viviría?
—Podrías trabajar. La gente lo hace.
—¿Trabajar en qué? No soy bueno en nada. ¿Cómo iba
a competir con androides y robots especialistas? ¿Quién puede hacer eso, a no
ser que tenga un talento excepcional para un trabajo concreto?
—Sí. Eso es cierto.
—Siempre viví a costa de mi padre. ¡Maldito sea!
Tuvo que arruinarse precisamente antes de morir. Me dejó el androide y nada
más. Lo único que puedo hacer es vivir de lo que gano con él.
—Será mejor que lo vendas antes de que los
polizontes te encuentren con él.
Puedes vivir con cincuenta de los grandes. Invierte
el dinero.
—¿Al tres por ciento? ¿Mil quinientos dólares
anuales? ¿Cuando el androide me da el quince por ciento de su valor? Ocho mil
al año, eso es lo que me da. No, Dallas. Tengo que seguir con él.
—¿Y qué vas a hacer con respecto a su gusto por la
violencia?
—No puedo hacer nada… como no sea vigilar y rezar.
Y tú… ¿qué piensas hacer al respecto?
—Nada. No es de mi incumbencia. Pero hay una cosa…
Debería recibir algo por mantener la boca cerrada.
—¿Qué?
—El androide trabajará gratis para mí. Los demás
que te paguen, pero yo no.
El androide de aptitudes múltiples funcionó.
Vandaleur obtuvo sus honorarios y pagó sus gastos. Sus ahorros empezaron a
crecer. Cuando la cálida primavera de Megaster V se convirtió en un ardiente
verano, yo empecé a investigar granjas y propiedades. Era posible que nos
estableciéramos allí permanentemente en cuestión de un año o dos, dado que las
exigencias de Dallas Brady no se habían vuelto exageradas.
El primer día caluroso del verano, el androide
empezó a cantar en el taller de Dallas Brady. Inclinado sobre el horno
eléctrico que, además del tiempo, hacía insoportable la estancia en la tienda,
cantó una vieja canción que había sido popular hacía medio siglo.
Oh, it’s no feat to beat the heat.
All reet! All reet!
So jeet your seat
Be fleet be fleet
Cool and discreet
Honey…
Cantó con una voz extraña, vacilante, y sus dedos
perfectos quedaron apretados a su espalda, retorciéndose en una especie de
danza. Dallas Brady se quedó sorprendida.
—¿Te sientes feliz, o algo por el estilo?
—preguntó.
—Debo recordarte que el síndrome placer-dolor no
está incorporado a la síntesis del androide —contesté—. All reet! All reet! Be
fleet be fleet, cool and discreet, honey…
Sus dedos abandonaron el ritmo y cogieron unas
pesadas tenazas. El androide las metió en el brillante interior del horno,
acercándose más para gozar de aquel calor tan agradable.
—¡Ten cuidado, maldito loco! —exclamó Dallas
Brady—. ¿Es que quieres caerte dentro?
—Debo recordarte que estoy valorado en cincuenta y
siete mil dólares al cambio corriente —dije—. Está prohibido poner en peligro
una propiedad valiosa. All reet! All reet! Honey…
Retiró del horno eléctrico un crisol de oro
resplandeciente. Se volvió, dio unos brincos espantosos, cantó alocadamente y
arrojó una pastosa masa de oro fundido sobre la cabeza de Dallas Brady. La
mujer chilló y cayó al suelo, con el cabello y las ropas ardiendo y la piel
chisporroteando. El androide volvió a verter más oro mientras seguía brincando
y cantando.
—Be fleet be fleet, cool and discreet, honey…
Sin dejar de cantar, prosiguió derramando más y más
oro fundido. Fue entonces cuando salí del taller y me reuní con James Vandaleur
en la habitación de su hotel. Las chamuscadas ropas y los retorcidos dedos del
androide advirtieron a su dueño que algo marchaba muy mal.
Vandaleur se presentó inmediatamente en el taller
de Dallas Brady, miró una sola vez, vomitó y huyó. Tuve el tiempo suficiente
para hacer una maleta y reunir novecientos dólares en valores útiles. Vandaleur
compró un pasaje de tercera clase en la Megaster Queen, que partía aquella
misma mañana hacia Lyra Alpha. Me llevó con él. Lloró, contó su dinero y volvió
a golpear al androide.
Y el termómetro del taller de Dallas Brady registró
98,1 hermosos grados Fahrenheit.
En Lyra Alpha nos escondimos en un pequeño hotel
cerca de la universidad. Allí, Vandaleur magulló cuidadosamente mi frente hasta
que las letras AM quedaron ocultas por la hinchazón y la decoloración de la
piel. Las letras reaparecerían… aunque al cabo de varios meses, y mientras
tanto Vandaleur confiaba en que se olvidara la persecución de un androide AM.
El androide fue alquilado como trabajador normal en la central energética de la
universidad. Vandaleur, ahora James Venice, vivía de las escasas ganancias del
androide.
Yo no me sentía demasiado infeliz. La mayoría de
los otros residentes del hotel eran estudiantes universitarios, con la misma
escasez de recursos pero deliciosamente jóvenes y entusiastas. Había una chica
encantadora de ojos vivaces y mente ágil. Se llamaba Wanda, y ella y su novio,
Jed Stark, mostraban un enorme interés por el androide asesino del que hablaban
todos los periódicos de la galaxia.
—Hemos estado estudiando el caso —dijeron Wanda y
Jed en una de las ocasionales fiestas estudiantiles que tuvo lugar una noche en
la habitación de Vandaleur—. Creemos saber cuáles son las causas y vamos a
hacer un informe. — Estaban muy excitados.
—¿Las causas de qué? —quiso saber alguien.
—Del comportamiento violento del androide.
—Es un problema de desajuste, ¿no? Química corporal
fuera de control. Quizá
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una especie de cáncer sintético, ¿no os parece?
—No. —Wanda dedicó a Jed una mirada de mal
disimulado triunfo.
—Bien, ¿de qué se trata?
—De algo concreto.
—¿El qué?
—Ya lo explicaremos.
—Oh, vamos.
—No insistas.
—¿No piensas decírnoslo? —pregunté—. Yo… Nosotros
estamos muy interesados en saber qué puede fallar en un androide.
—No, señor Venice —replicó Wanda—. Es una idea
única y no queremos compartirla. Con una tesis así podemos establecernos como
profesionales para toda la vida. No podemos correr el riesgo de que alguien nos
la robe.
—¿No puedes darnos una pista?
—No, ni siquiera una pista. No digas una palabra,
Jed. Pero le diré una cosa, señor Venice. No me gustaría ser el propietario de
ese androide.
—¿Lo dices por la policía? —pregunté.
—Me refiero a la proyección psicológica, señor
Venice. ¡Proyección! Ese es el peligro… Y no diré nada más. Ya he dicho
demasiado.
Escuché pasos afuera y una voz ronca que cantaba en
tono apagado: «Be fleet be fleet, cool and discreet, honey…» Mi androide entró
en la habitación, ya cumplidos sus deberes en la central energética de la
universidad. No fue presentado. Le hice un gesto. Inmediatamente respondí a la
orden y fui hacia el barril de cerveza para sustituir a Vandaleur en la tarea
de servir a los invitados. Sus expertos dedos se retorcieron en una especie de
ritmo personal. Poco a poco fue cesando aquel movimiento y finalizó el extraño
canturreo.
Los androides no eran algo anormal en la
universidad. Los estudiantes de mejor posición tenían androides aparte de
coches y aviones. El androide de Vandaleur no suscitó comentarios, pero la
joven Wanda era muy observadora e inteligente. Advirtió las magulladuras de mi
frente y meditó de nuevo en la tesis histórica que ella y Jed Stark iban a
redactar. Al acabar la fiesta se dirigió hacia su habitación, en el piso de
arriba, conversando con Jed mientras subían las escaleras.
—Jed, ¿por qué ese androide tiene la frente
magullada?
—Es posible que se hiriera, Wanda. Trabaja en la
central de energía y allí hay aparatos muy pesados.
—¿Sólo eso?
—¿Qué otra cosa se te ocurre?
—Podría ser una magulladura apropiada.
—¿Apropiada para qué?
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—Para ocultar lo que hay grabado en su frente.
—Eso es absurdo, Wanda. No hacen falta marcas en la
frente para reconocer a un androide. Como tampoco te hace falta ver la marca de
un coche para saber que es un coche.
—No me refiero a que quiera hacerse pasar por
humano, sino a que simule ser un androide de menos categoría.
—¿Por qué?
—Suponte que tuviera las letras AM en su frente.
—¿Aptitudes múltiples? ¿Y cómo es que Venice lo
malgasta alimentando el fuego de los hornos cuando podría ganar más…? ¡Ah, ah!
¿Te refieres a que podría tratarse de…?
Wanda asintió con un gesto.
—¡Vaya! —Stark frunció los labios—. ¿Qué hacemos?
¿Llamamos a la policía? —No. En realidad no sabemos si es un AM. Si esto es
cierto y resulta ser el
androide asesino, nuestra tesis sigue siendo lo más
importante. Es nuestra gran oportunidad, Jed. Si es ese androide podemos
efectuar una serie de pruebas controladas y…
—¿Cómo nos aseguraremos?
—Muy fácil. Película infrarroja. Revelará lo que
hay bajo la magulladura. Pide prestada una cámara y compra película. Entraremos
a escondidas en la central de energía mañana por la tarde y haremos algunas
fotos. Luego nos enteraremos de la verdad.
A la tarde siguiente entraron sin ser vistos en la
central de la universidad. Era un sótano inmenso situado a gran profundidad. Un
lugar oscuro y sombrío, iluminado por los resplandores que surgían de las
puertas de los hornos. Entre el rugido del fuego, Wanda y Jed escucharon una
voz extraña gritando y cantando, levantando ecos en la bóveda: «All reet! All
reet! So jeet your seat. Be fleet be fleet, cool and discreet, honey…» Y vieron
una figura haciendo cabriolas y siguiendo el ritmo de una loca banda acorde con
la música que cantaba. Las piernas y los dedos de las manos se retorcían, los
brazos se agitaban.
Jed Stark alzó la cámara y empezó a tomar fotos con
el carrete de película infrarroja, concentrándose en aquella cabeza oscilante.
Luego, Wanda chilló. Yo les había visto y me precipité sobre ellos blandiendo
una pala de acero que aplastó la cámara y los derrumbó a ambos, primero a la
chica, luego al chico. Jed trató de enfrentarse a mí, jadeando hasta quedar en
una situación desesperada. Luego el androide los arrastró hasta el horno y les
arrojó a las llamas con gran parsimonia en una escena horrible. Brincaba y
cantaba. Luego volvió a mi hotel.
El termómetro de la central energética registró
100,9 criminales grados Fahrenheit. All reet! All reet!
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Adquirimos pasajes de tercera clase en el Lyra
Queen, y Vandaleur y el androide hicieron los más insólitos trabajos para
ganarse la comida. Durante las guardias nocturnas, Vandaleur se sentaba solo en
la parte delantera del entrepuente con una carpeta en su regazo, descifrando el
contenido. Aquella carpeta era todo lo que había podido llevarse de Lyra Alpha.
La había robado de la habitación de Wanda. Llevaba el título ANDROIDE y
contenía el secreto de mi enfermedad.
Y en su interior sólo había periódicos. Montones de
periódicos de toda la galaxia, impresos, microfilmados, grabados, fotocopiados…
El Star-Banner de Rigel… el Picayune de Paragon… el Times-Leader de Megaster…
el Herald de Lalande… el Journal de Lacaille… el Intelligencer de Indi… el
Telegram-News de Eridani… All reet! All reet!
Sólo periódicos. Todos y cada uno de ellos
contenían un relato sobre la espantosa carrera criminal del androide. Y también
noticias, nacionales e internacionales, deportes, notas de sociedad, el tiempo,
informes portuarios, la bolsa, historias de interés humano, películas,
concursos, crucigramas… En alguna parte de aquella masa de hechos inconexos se
hallaba el secreto que Wanda y Jed habían descubierto. Vandaleur examinó los
periódicos sin esperanza alguna. No podía hacer nada. So jeet your seat!
—Te venderé —dije al androide—. Ojalá te pudras.
Cuando aterricemos en Terra te venderé. Me conformaré hasta con el tres por
ciento de tu valor.
—Valgo cincuenta y siete mil dólares al cambio
corriente —repliqué.
—Si no puedo venderte, te entregaré a la policía
—dije.
—Soy una propiedad valiosa —respondí—. Está
prohibido poner en peligro una propiedad valiosa. No me destruirás.
—¡Dios te maldiga! —chilló Vandaleur—. Conque se
trata de eso, ¿eh? Tienes confianza en que yo te proteja. ¿Ese es tu secreto?
El androide de aptitudes múltiples le observó con
sus ojos serenos y expertos.
—A veces es una buena cosa ser propiedad de alguien
—opinó.
La temperatura era de tres grados bajo cero cuando
la Lyra Queen llegó al espaciopuerto de Croydon. El hielo y la nieve del viento
se convertían en vapor bajo los retropropulsores de la nave. Los pasajeros,
entumecidos por el frío, cruzaron la oscura pista hacia la aduana y de ahí se
embarcaron en el autobús que iba a llevarlos a Londres. Vandaleur y el androide
no tenían ni un centavo y se vieron obligados a ir andando.
A medianoche llegaron a Picadilly Circus. La
ventisca de diciembre no había amainado, y la estatua de Eros estaba cubierta
de hielo. Giraron a la derecha, caminaron hacia Trafalgar Square, y luego por
el Strand hacia el Soho,
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estremeciéndose de frío y sintiendo la humedad en
sus huesos. Antes de llegar a Fleet Street, Vandaleur vio una figura solitaria
que venía de St. Paul Street. Empujó al androide a una callejuela.
—Necesitamos dinero —musitó. Señaló a la figura que
se aproximaba—. Ese tiene dinero. Quítaselo.
—Esa orden no puede ser obedecida —dijo el
androide.
—Quítaselo —repitió Vandaleur—. Por la fuerza. ¿Lo
entiendes? Estamos desesperados.
—Es contrario a mi directriz fundamental
—repliqué—. No puedo atentar contra la vida o la propiedad. La orden no puede
ser obedecida.
—¡Por amor de Dios! —estalló Vandaleur—. Has
atacado, destruido, asesinado… No me vengas ahora con directrices
fundamentales. Quítale el dinero. Mátalo si es preciso. ¡Escúchame, estamos en
una situación desesperada!
—Es contrario a mi directriz fundamental —insistió
el androide—. Esa orden no puede ser obedecida.
Empujé al androide y me encaré con el extraño. Era
alto, de buena planta y aspecto sombrío, con una mezcla de seguridad y cinismo.
Llevaba un bastón y vi que era ciego.
—¿Qué ocurre? —dijo—. Puedo oírle aquí, a mi lado.
¿Qué se le ofrece? —Señor… —Vandaleur vaciló—. Estoy desesperado.
—Todos estamos desesperados —contestó el extraño—.
Francamente desesperados.
—Señor… Necesito algún dinero.
—¿Está pidiendo o robando? —Los ojos ciegos miraron
por encima de Vandaleur y el androide.
—Estoy preparado para las dos cosas.
—Ah. Igual que todos. Es la historia de nuestra
raza. —El extraño hizo un gesto con los hombros—. He estado mendigando en St.
Paul, amigo mío. Lo que yo deseo no puede robarse. ¿Qué es lo que usted desea?
¿Cómo es que tiene tanta suerte como para poder robarlo?
—Dinero —dijo Vandaleur.
—¿Dinero para qué? Anímese, amigo mío. Charlemos.
Le diré por qué mendigo si usted me dice por qué roba. Me llamo Blenheim.
—Mi nombre es… Vole.
—No estaba pidiendo recuperar la vista en St. Paul,
señor Vole. Pedía un número. —¿Un número?
—Exacto. Números racionales, números irracionales.
Números imaginarios. Enteros positivos. Enteros negativos. Fracciones,
positivas y negativas. ¿Eh? ¿Nunca ha oído hablar del inmortal tratado de
Blenheim sobre los Veinte Ceros o sobre las
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Diferencias en Ausencia de Cantidad? —Blenheim
sonrió con amargura—. Soy el mago de la Teoría del Número, señor Vole, y el
encanto de los números se ha agotado para mí. Tras cincuenta años de magia, se
acerca la vejez y el apetito se desvanece. He estado rezando en St. Paul,
pidiendo inspiración. Dios mío, oré, si es que existes, envíame un número.
Vandaleur alzó lentamente la carpeta y tocó con
ella la mano de Blenheim. —Aquí hay un número —dijo—. Un número secreto,
oculto. El número de un
crimen. Le propongo un trato, señor Blenheim: Un
número a cambio de alojamiento. —Nada de mendigar, nada de robar. Sólo un
trato. Toda la vida se reduce a lo trivial. —Los ojos del ciego volvieron a
mirar por encima de Vandaleur y el androide
—. Tal vez el Todopoderoso no sea Dios, sino un
mercader. Venga a mi casa.
Compartimos una habitación en el piso superior de
la casa de Blenheim: dos camas, dos lavabos, dos armarios, una bañera…
Vandaleur volvió a magullarme la frente y me ordenó que buscara trabajo.
Mientras el androide actuaba, consulté con Blenheim y le leí los periódicos,
uno por uno. All reet! All reet!
Vandaleur no le contó demasiadas cosas. Era un
estudiante, expliqué, que pretendía hacer una tesis sobre el androide asesino.
En aquellos periódicos que había recogido estaban los hechos que explicarían
los crímenes, hasta aquel momento desconocidos para Blenheim. Debía existir una
relación, un número, una estadística… algo que explicara mi locura, expuse, y
Blenheim se sintió atraído por el misterio, la historia detectivesca, el
interés humano del número.
Examinamos los periódicos. Mientras yo los leía en
voz alta, Blenheim tornaba notas con su caligrafía meticulosa, propia de un
ciego. A continuación le leí sus notas. Había clasificado los periódicos por su
tipo, carácter de letra, hechos, tendencias, artículos, estilos, palabras,
ternas, anuncios, fotos, líneas editoriales, prejuicios… Analizó, estudió y
meditó. Y vivimos juntos en aquel piso, siempre con un poco de frío, siempre un
poco atemorizados, siempre un poco más cerca… unidos por nuestro miedo, por
nuestro odio mutuo. Igual que una cuña en un árbol vivo, partiendo el tronco
para quedar incorporada eternamente al tejido vegetal. Siempre juntos.
Vandaleur y el androide. Be fleet be fleet!
Una tarde, Blenheim pidió a Vandaleur que fuera a
su despacho y le mostró sus notas.
—Creo que ya lo tengo —dijo—, pero no puedo
entenderlo.
El corazón de Vandaleur latió apresuradamente.
—Aquí están las correlaciones —prosiguió Blenheim—.
Existen artículos sobre el androide criminal en cincuenta periódicos. ¿Qué otra
cosa hay, aparte de los crímenes, que también esté en los cincuenta periódicos?
—No lo sé, señor Blenheim.
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—Era una pregunta retórica. Aquí está la respuesta.
El tiempo.
—¿Cómo?
—El tiempo. Todos los crímenes fueron perpetrados
en días cuya temperatura había superado los 90 grados Fahrenheit.
—Pero eso es imposible —exclamó Vandaleur—. En Lyra
Alpha hacía frío. —No tenemos informes sobre un crimen cometido en Lyra Alpha.
Ningún
periódico habla de eso.
—No, es cierto. Yo… —Vandaleur estaba confundido.
De repente añadió—: Tiene razón. La habitación del horno. Allí hacía calor.
¡Calor! Claro. ¡Dios mío, sí! Esa es la respuesta. El horno eléctrico de Dallas
Brady… Los arrozales de Paragon. So jeet your seat. Sí. ¿Pero por qué? ¿Por
qué, Dios mío?
Entré en la casa en aquel instante y al pasar
frente al despacho vi a Vandaleur y Blenheim. Me introduje en la habitación y
aguardé órdenes, mis aptitudes múltiples siempre listas para servir.
—Ese es el androide, ¿eh? —dijo Blenheim al cabo de
unos segundos interminables.
—Sí —respondió Vandaleur, todavía confuso por el
descubrimiento—. Y eso explica por qué se negó a atacarle a usted aquella noche
en el Strand. No hacía suficiente calor para anular la directriz fundamental.
Sólo con calor… El calor, all reet!
Miró al androide. Una orden lunática pasó del
hombre al androide. Me negué. Está prohibido atentar contra la vida. Vandaleur
gesticuló frenéticamente. Luego agarró a Blenheim por los hombros, lo sacó de
la silla y lo arrojó al suelo. Blenheim gritó una vez. Vandaleur saltó sobre él
como un tigre, manteniéndole inmóvil y tapando su boca con una mano.
—Busca un arma —ordenó al androide.
—Está prohibido atentar contra la vida.
—Es un problema de supervivencia. ¡Dame un arma!
El matemático se revolvió y Vandaleur le sujetó con
todas sus fuerzas. Inmediatamente me dirigí hacia un aparador donde sabía que
había un revólver. Lo examiné. Estaba cargado con cinco balas. Lo di a
Vandaleur, que lo cogió, apretó el cañón contra la cabeza de Blenheim y apretó
el gatillo. El ciego se estremeció un instante.
Disponíamos de tres horas antes de que la cocinera
regresara de su día libre. Saqueamos la casa. Nos llevamos el dinero y las
joyas de Blenheim. Llenamos de ropa una maleta. Cogimos las notas de Blenheim y
destruimos los periódicos. Y nos fuimos de allí sin dejar de mirar atrás. En el
despacho de Blenheim dejamos un montón de periódicos estrujados bajo una vela
encendida que apenas tenía un centímetro de cera. Y empapamos la alfombra con
petróleo. Mejor dicho, yo fui el
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que lo hizo todo. El androide se negó. Me está
prohibido atentar contra la vida o la propiedad.
All reet!
Cogieron el metro hasta Leicester Square, cambiaron
de tren y llegaron al Museo Británico. De aquí se dirigieron a una pequeña casa
georgiana cerca de Russell Square. Un letrero decía: NAN WEBB, CONSULTORA
PSICOMÉTRICA. Vandaleur había tomado nota de la dirección hacía algunas
semanas. Entraron en la casa. El androide aguardó en el vestíbulo con la
maleta. Vandaleur penetró en el despacho de Nan Webb.
Era una mujer alta de cabello gris casi cortado al
rape, delicado cutis inglés y horribles piernas inglesas. Sus facciones eran
toscas y su mirada penetrante. Saludó a Vandaleur con un gesto de cabeza,
terminó una carta, puso un sello y alzó la vista.
—Me llamo Vanderbilt —dije—. James Vanderbilt.
—Muy bien.
—Soy un estudiante de intercambio de la universidad
de Londres.
—Muy bien.
—He estado investigando el caso del androide
asesino y creo haber descubierto algo muy interesante. Querría que me
aconsejara. ¿Cuáles son sus honorarios?
—¿A qué colegio universitario pertenece?
—¿Por qué lo pregunta?
—Hay un descuento para estudiantes.
—El Merton College.
—Serán dos libras, por favor.
Vandaleur dejó dos libras en la mesa y mostró las
notas de Blenheim.
—Hay una relación —expliqué— entre los crímenes del
androide y el tiempo. Advertirá que todos los crímenes fueron cometidos cuando
la temperatura superaba los 90 grados Fahrenheit. ¿Existe una explicación
psicométrica para esto?
Nan Webb asintió y estudió las notas por un
momento. —Es obvio —dijo—. Se trata de sinestesia. —¿Cómo?
—Sinestesia. Señor Vanderbilt, denominamos
sinestesia a una sensación interpretada al momento como si proviniera de un
órgano distinto al que ha sido estimulado. Por ejemplo: un estímulo sónico que
da lugar a una sensación simultánea de color definido. O un color que provoca
una sensación de sabor. O un estímulo lumínico que produce una sensación de
sonido. Puede haber una confusión o interrupción de todas las sensaciones de
gusto, olor, dolor, presión, temperatura, etc. ¿Comprende?
—Creo que sí.
—Su investigación ha descubierto el hecho de que el
androide puede reaccionar
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sinestésicamente ante estímulos térmicos que
superen el nivel de los noventa grados. Es muy probable que exista una
respuesta endocrina. Quizá una relación entre la temperatura y la parte que en
el androide sustituye a la glándula suprarrenal. La temperatura elevada provoca
una respuesta de miedo, cólera, excitación y actividad física violenta… todo
ello dentro de los dominios de la glándula suprarrenal.
—Sí, comprendo. Entonces, si el androide fuera
mantenido en climas fríos… —No habría estímulos, ni tampoco respuestas. No
habría más crímenes. Correcto. —Comprendo. ¿Qué significa «proyección»? —¿Por
qué lo dice?
—¿Existe algún peligro de proyección para el dueño
del androide?
—Una pregunta interesante. La proyección es un
impulso que se exterioriza e influye sobre otra persona. Es el proceso de
imponer sobre otro las ideas o impulsos propios. El paranoico, por ejemplo,
proyecta en otros sus conflictos y alteraciones, con el fin de hacerlos
externos. Acusa a otros hombres, directa o indirectamente, de tener el mismo
mal contra el que está luchando.
—¿Y qué peligro supone la proyección?
—El peligro de creer las implicaciones. Si usted
vive con un psicótico que proyecta su enfermedad sobre usted, existe el peligro
de caer en sus características psicóticas y de que usted mismo se convierta
prácticamente en un psicótico. Como sin duda alguna le está sucediendo, señor
Vandaleur.
Vandaleur se puso en pie bruscamente.
—Es usted un imbécil —prosiguió Nan Webb en tono
tajante. Agitó las notas—. Esta caligrafía no es la de un estudiante de
intercambio. Es la peculiar letra del famoso Blenheim. Todos los expertos
ingleses conocen esta letra de ciego. No existe ningún Merton College en la
universidad de Londres. Fue una conjetura fatal, porque Merton es uno de los
colegios de Oxford. Y usted, señor Vandaleur, está tan claramente influido por
su relación con el androide trastornado… por la proyección, si lo prefiere así,
que dudo entre llamar a la policía o al manicomio de criminales locos.
Saqué el arma y disparé.
—Antares II, Alpha Aurigae, Acrux IV, Pollux IX,
Rigel Centaurus —dijo Vandaleur—. Todos son fríos. Fríos como el beso de una
bruja. Temperaturas de 40 grados Fahrenheit. Nunca pasan de los 70. Volveremos
a trabajar. Ojo con esa curva.
El androide de aptitudes múltiples giró el volante
con sus manos perfectas. El coche tomó la curva suavemente y aceleró entre las
marismas del norte y la infinidad de cañaverales, pardos y secos, y bajo el
frío cielo inglés. El sol iba desapareciendo con rapidez. Una solitaria bandada
de avutardas volaba torpemente hacia el este. Más arriba de la bandada, un
helicóptero volvía al calor de su base.
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—Se acabó el calor para nosotros —dije—. Basta de
calor. Estamos a salvo cuando hace frío. Nos ocultaremos en Escocia,
conseguiremos algún dinero, iremos a Noruega, obtendremos más dinero y después
nos iremos de aquí. A Pollux. Estamos a salvo. Hemos vencido y podemos seguir
viviendo.
Sonó una sirena en el cielo, seguida de una voz
discordante:
«¡ATENCIÓN! ¡JAMES VANDALEUR Y ANDROIDE! ¡ATENCIÓN!
¡JAMES VANDALEUR Y ANDROIDE!»
Vandaleur se sobresaltó y miró hacia arriba. El
helicóptero solitario volaba sobre ellos. De su panza brotaron nuevas órdenes:
«¡ESTÁN RODEADOS! ¡LA CARRETERA ESTA BLOQUEADA!
¡DETÉNGANSE AL MOMENTO PARA SER DETENIDOS! ¡DETÉNGANSE INMEDIATAMENTE!»
Miré a Vandaleur esperando órdenes.
—Sigue adelante —dijo Vandaleur.
El helicóptero se aproximó más al coche.
«¡ATENCIÓN, ANDROIDE! ¡ESTÁS CONDUCIENDO EL
VEHÍCULO! ¡FRENA INMEDIATAMENTE! ¡ESTA ORDEN OFICIAL ANULA TODAS LAS ÓRDENES
PRIVADAS!»
—¿Qué demonios estás haciendo? —grité.
—Una orden oficial anula todas las privadas
—respondió el androide—. Debo indicarte que…
—¡Apártate del volante, condenado! —ordenó
Vandaleur.
Di un golpe al androide, lo aparté y pasé por
encima de él para coger el volante. El coche se salió de la carretera y se
precipitó dando bandazos por entre el barro y las cañas heladas. Vandaleur
recuperó el control y siguió conduciendo por la marisma hacia una carretera
paralela que se hallaba a ocho kilómetros de distancia.
—Eludiremos su bloqueo —dijo en un gruñido.
El coche seguía dando tumbos. El helicóptero
descendió todavía un poco más. Un reflector proyectó su luz desde la panza del
aparato.
«¡ATENCIÓN! ¡JAMES VANDALEUR Y ANDROIDE!
¡ENTRÉGUENSE! ¡ESTA ORDEN OFICIAL ANULA TODAS LAS ÓRDENES PRIVADAS!»
—Él no puede entregarse —exclamó el furioso
Vandaleur—. Nadie va a entregarse. Él no puede y yo no quiero.
—¡Dios mío! —murmuré—. Los venceremos a pesar de
todo. Burlaremos el bloqueo. Venceremos el calor…
—Debo indicarte que mi directriz fundamental me
obliga a obedecer las órdenes oficiales que anulen las órdenes privadas
—observé—. Debo entregarme.
—¿Y quién ha dicho que sea una orden oficial?
—preguntó Vandaleur—. ¿Ellos? ¿Los del helicóptero? Han de mostrar sus
credenciales. Han de probar su autoridad
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oficial antes de que te entregues. ¿Cómo estás tan
seguro de que no son estafadores que quieren engañarnos?
Sujetando el volante con una sola mano, buscó en su
bolsillo para asegurarse de que el arma seguía allí. El coche patinó. Los
neumáticos rechinaron contra el hielo y las cañas. El volante se escapó de la
mano de Vandaleur, el coche derrapó en una pequeña elevación y dio una vuelta
de campana. Entre el rugido del motor y los chirridos de los neumáticos,
Vandaleur salió del vehículo arrastrando al androide. Estábamos fuera del
círculo luminoso que proyectaba el helicóptero. Nos introdujimos en la marisma,
en la oscuridad, en la ocultación… Vandaleur tiraba del androide mientras su
corazón latía apresuradamente.
El helicóptero llegó al lugar del accidente y se
cernió sobre el vehículo. La luz del reflector revoloteó y el altavoz siguió
bramando. Aparecieron luces en la carretera que habíamos abandonado: las
patrullas de persecución y bloqueo se reunían para recibir instrucciones del
helicóptero a través de la radio. Vandaleur y el androide se introdujeron más y
más en la marisma, camino de la carretera paralela y la salvación. Ya era de
noche. El cielo estaba completamente oscuro, sin una sola estrella. La temperatura
descendía. El viento nocturno nos penetraba hasta los huesos.
A nuestra espalda se produjo una explosión apagada.
Vandaleur, jadeante, volvió la mirada. El combustible del coche había
explotado. Brotó un géiser de llamas, una fuente ígnea increíble que descendió
sobre un cráter de cañas ardientes. Con la ayuda del viento, el distante borde
del fuego creció hasta convertirse en un muro de tres metros de alto. La
cortina incandescente empezó a moverse hacia nosotros, crujiendo violentamente.
Por encima de ella se elevaba una nube de humo grasiento. Vandaleur distinguió siluetas
de hombres detrás del fuego… un grupo de batidores que examinaba la marisma.
—¡Dios mío! —chillé, y traté desesperadamente de
ponerme a salvo.
Corrió, arrastrándome tras él, hasta que sus pies
rompieron la superficie helada de una laguna. Pisoteó el hielo con toda furia y
luego se arrojó al agua helada, arrastrando al androide con nosotros.
La cortina de fuego se aproximó. Podía escuchar los
crujidos y sentir el calor. Él podía ver claramente a los buscadores. Vandaleur
buscó el revólver. El bolsillo se había roto y no había ningún arma. Gruñó y se
estremeció de frío y terror. El resplandor del incendio era cegador. Encima de
nosotros, el helicóptero se mantenía apartado, incapaz de penetrar entre el
humo y las llamas para ayudar a los batidores que se movían lejos, a nuestra
derecha.
—Perderán nuestro rastro —susurró Vandaleur—.
Estate quieto. Es una orden. No nos encontrarán. Los venceremos. Nos salvaremos
del fuego. Nos…
Se oyeron tres claros disparos a menos de treinta
metros de los fugitivos. ¡Blam! ¡Blam! ¡Blam! Eran las tres últimas balas de mi
revólver que, alcanzado por el fuego
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en el lugar donde cayó, había hecho explosión. Los
batidores se volvieron hacia el sonido y empezaron a desplazarse hacia
nosotros. Vandaleur maldijo histéricamente y trató de sumergirse más para no
sentir el insoportable calor del incendio. El androide empezó a retorcerse.
La cortina ígnea llegó hasta ellos. Vandaleur llenó
sus pulmones de aire y se preparó para sumergirse hasta que el fuego acabara de
pasar. El androide se estremeció y chilló con todas sus fuerzas.
—All reet! All reet! —gritó—. Be fleet be fleet!
—¡Maldito seas! —exclamé. Traté de meterlo en el agua. —¡Maldito seas! —le
maldije. Le di un puñetazo en la cara.
El androide golpeó a Vandaleur, que se debatió
hasta salir del barro y ponerse en pie. Antes de que pudiera proseguir mi
ataque, las llamas le cautivaron de un modo hipnótico. Bailó una danza lunática
ante la cortina de fuego. Sus piernas se doblaron. Sus brazos hicieron gestos
frenéticos. Los dedos acompañaron el ritmo de aquella danza alocada. El
androide chilló, cantó y corrió… Un vals grotesco que precedió al abrazo del
fuego. Un monstruo de fango perfilado contra los brillantes resplandores.
Los perseguidores gritaron. Se escucharon disparos.
El androide dio dos vueltas sobre sí mismo y luego prosiguió su horrenda danza
ante las llamas. Se produjo una ráfaga de aire. El fuego se aproximó a la
danzante silueta y la envolvió de repente. Cuando el fuego se alejó dejó tras
de sí una sollozante masa de carne sintética rezumando sangre escarlata que
nunca se coagularía.
El termómetro habría registrado 1.200 maravillosos
grados Fahrenheit.
Vandaleur no murió. Yo me escapé. Perdieron su
rastro mientras observaban cómo brincaba y moría el androide. Pero en estos
días no sé cuál de nosotros es él. Proyección, Wanda me lo advirtió.
Proyección, le dijo Nan Webb. Si vives mucho tiempo con un nombre o una máquina
locos, yo también me vuelvo loco. Reet!
Pero hay algo que sabemos. Sabemos que no tenían
razón. El nuevo robot y Vandaleur lo saben porque el nuevo robot también empezó
a retorcerse. Reet! Aquí, en el frío Pollux, el robot se retuerce y canta. No
hace calor, pero mis dedos se contraen. No hace calor, pero se ha llevado a la
pequeña Talley para un paseo solitario. Un robot barato. Un servomecanismo… no
tenía dinero para otra cosa mejor… pero se retuerce, canturrea y pasea solo con
la niña, por sitios donde no puedo encontrarlos. ¡Dios mío! Vandaleur no podrá
encontrarme hasta que sea demasiado tarde. Cool and discreet, honey, bailando
sobre el hielo mientras el termómetro registra 10 grados Fahrenheit.
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NO CON UNA EXPLOSIÓN
Damon Knight
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Pasaron diez meses después de que Rolf Smith viera
el último avión. Fue entonces cuando supo sin lugar a dudas que sólo otro ser
humano había sobrevivido. Se llamaba Louise Oliver y estaba sentada frente a él
en la cafetería de unos grandes almacenes de Salt Lake City. Habían abierto una
lata de salchichas de Viena y bebían café.
Un rayo de sol se colaba por el vidrio roto de una
ventana. Era como una sentencia que caía sobre el sombrío ambiente de la sala.
No se oía ningún sonido, ni en el interior ni en el exterior. Tan sólo el
desesperante rumor de la ausencia… Nunca volvería a oírse el ruido de los
platos mientras los lavaban en la cocina o el traquetear de los tranvías.
Nunca. No había otra cosa más que un rayo de sol, el silencio… y los ojos
lacrimosos y asombrados de Louise Oliver.
Rolf se acercó más a la mujer, tratando de llamar
la atención, aunque sólo fuera por un instante, de aquellos ojos como de pez.
—Cariño —dijo—. Respeto tu punto de vista, claro.
Pero debo hacerte comprender que es muy poco práctico.
Louise le miró con cierta sorpresa. Luego desvió la
mirada. Sacudió ligeramente la cabeza: No. No, Rolf. No viviré en pecado
contigo.
Smith pensó en las mujeres de Francia, de Rusia, de
México, de los mares del sur. Había pasado tres meses en los ruinosos estudios
de una emisora radiofónica de Rochester, escuchando las voces hasta que se
desvanecieron. Había existido una gran colonia en Suecia, que contaba entre sus
miembros a un ministro inglés. Dijeron que Europa había desaparecido. Así de
sencillo. No quedaba una sola hectárea que no hubiera sido barrida por el polvo
radiactivo. Disponían de dos aviones y combustible suficiente para llegar a
cualquier parte del continente. Pero no había ningún lugar adonde ir. Al
principio fueron tres los que contrajeron la epidemia; luego once y finalmente
todos.
El piloto de un bombardero cayó cerca de una
emisora gubernamental de Palestina. No duró mucho, ya que se había roto algunos
huesos en el accidente, pero había visto vacío el océano en los lugares donde
deberían haber estado las islas del Pacífico. Supuso que los icebergs del
Ártico habían sido bombardeados, aunque sin saber si se había tratado o no de
un error.
No hubo informes de Washington, de Nueva York, de
Londres, de París, de Moscú, de Chungking, de Sydney… Era imposible saber qué
ciudades habían sido arrasadas por las enfermedades, cuáles por el polvo,
cuáles por las bombas.
El mismo Smith había sido asistente de laboratorio
en un equipo que intentó encontrar un antibiótico contra la epidemia. Sus
superiores habían descubierto uno que dio resultados algunas veces, pero fue
demasiado tarde. Cuando se fue, Smith se llevó todo lo que quedaba de aquel
medicamento: cuarenta ampollas, suficientes para varios años.
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Louise había sido enfermera en un elegante hospital
próximo a Denver. Según ella, ocurrió algo bastante raro en el hospital cuando
se dirigía hacia allí la mañana del ataque. Cuando se lo contó a Rolf estaba
muy tranquila, pero sus ojos adoptaron una mirada vaga y su aspecto abatido
pareció decaer un poco más. Smith no la forzó a que se explicara.
Igual que él, Louise había encontrado una emisora
de radio que aún funcionaba. Smith decidió reunirse con ella tras asegurarse de
que no había contraído la epidemia. Al parecer, Louise era naturalmente inmune.
Debían de haber habido otras personas, unas cuantas como mínimo, pero las
bombas y el polvo no habían tenido piedad con ellas.
A Louise le parecía muy desagradable el hecho de
que ningún sacerdote protestante hubiera conservado la vida.
El problema era que ella lo decía en serio. A Smith
le había costado mucho tiempo creerlo, pero era cierto. No pensaba dormir con
él en el mismo hotel. Esperaba, y recibía, cortesía y buenos modales en grado
sumo. Smith había aprendido la lección: paseaba con ella ocupando el lado
exterior de las aceras atestadas de escombros; abría las puertas para ella, si
es que aún quedaban puertas; la ayudaba a tomar asiento y procuraba no decir
palabrotas. La cortejaba.
Louise aparentaba unos cuarenta años, como mínimo
cinco más que él. Smith se preguntaba muchas veces cuántos años debía de pensar
ella que tenía. La conmoción de ver lo que había sucedido con el hospital,
fuera lo que fuese, y el destino de los pacientes que habían estado a su cargo,
había hecho que su mente retrocediera hasta la infancia. Louise admitía
tácitamente que todos los humanos, a excepción de ellos dos, habían muerto.
Pero parecía considerar el tema como algo que ni siquiera debe mencionarse.
Por cien veces en las últimas tres semanas, Smith
había sentido un impulso casi irresistible de romper aquel delicado cuello y
proseguir solo su camino. Pero no había más remedio: necesitaba a Louise porque
era la única mujer del mundo. Si moría o le abandonaba, él moriría también.
¡Maldita puta!, pensó con una furia incontenible, y se preocupó de que el
pensamiento no aflorara a su rostro.
—Louise, cariño —dijo amablemente—. Quiero hacer
todo lo que pueda para que no sufras. Ya lo sabes.
—Sí, Rolf —contestó ella, mirándole fijamente como
si fuera una gallina hipnotizada.
Smith hizo un esfuerzo para proseguir.
—Debemos enfrentarnos a los hechos, por más
desagradables que sean. Cariño, somos el único hombre y la única mujer que
existen. Somos como Adán y Eva en el Paraíso.
El rostro de Louise mostró una expresión de ligero
disgusto. Era obvio que estaba
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pensando en hojas de parra.
—Piensa en las generaciones futuras —continuó Smith
con voz temblorosa. Piensa un poco en mí. Quizá sirvas otros diez años, quizá
no. Estremeciéndose, meditó en la segunda etapa de la enfermedad: la
desesperante rigidez que atacaba sin previo aviso. Ya había padecido uno de
esos ataques, y Louise le había ayudado a superarlo. Sin ella se habría quedado
en aquel estado hasta morir, con la inyección salvadora a pocos centímetros de
su mano rígida. Pensó furiosamente: Si tengo suerte, tendré dos hijos contigo,
dos como mínimo antes de que estires la pata. Y entonces estaré a salvo.
—Dios no quería que la raza humana acabara así
—prosiguió—. Se compadeció de nosotros, de ti y de mí, para… —Se detuvo. ¿Cómo
podía decirlo sin ofenderla? «Padres» no serviría, era demasiado sugerente—.
Para que siguiéramos llevando la antorcha de la vida —finalizó. Sí, era una
forma de decirlo bastante adecuada.
Louise miraba vagamente por encima de su hombro.
Sus ojos parpadeaban con regularidad y los movimientos de su boca, similares a
los de un conejo, seguían el mismo ritmo.
Smith bajó la mirada para observar sus
enflaquecidos muslos. No soy lo bastante fuerte para forzarla, pensó. ¡Dios
mío, si fuera lo bastante fuerte…!
Volvió a sentir la rabia causada por su impotencia
y la reprimió. Debía mantenerse sereno, pues aquélla podría ser su última
oportunidad. Louise había estado hablando hacía poco, con aquel lenguaje
impreciso que siempre usaba, de ir hasta la cima de una montaña y suplicar el
consejo divino. No había dicho que iría sola, pero era fácil suponer que tal
era su intención. Rolf había tenido que discutir con ella hasta debilitar su
resolución. Se concentró al máximo y lo intentó una vez más.
Las palabras llegaban como si fueran ruidos sordos
y lejanos. Louise escuchaba una frase de vez en cuando, y cada una de ellas
provocaba una cadena de pensamientos que aumentaba su éxtasis. «Nuestro deber
para con la humanidad…», había dicho mamá muchas veces… Aquello había sido en
la vieja casa de Waterbury Street, claro, antes de que mamá enfermara. Mamá
decía: «Hija, tu deber es ser limpia, educada y devota. La belleza no importa.
Hay muchas mugieres feas que han conseguido esposos buenos y cristianos.»
Esposos… Parir y soportar… Flores de azahar, damas
de honor, música de órgano… A través de su ensueño vio el rostro enjuto y
malicioso de Rolf. Era el único hombre en su vida, por supuesto. Louise lo
sabía perfectamente. Cuando una mujer pasaba de los veinticinco años debía
conformarse con cualquier hombre. Muy gracioso.
Pero a veces me pregunto si él es realmente un
hombre agradable, pensó.
«… a los ojos de Dios…» Louise recordó las
vidrieras de la vieja Primera Iglesia
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Episcopal y cómo había pensado que Dios la miraba
siempre a través de aquella brillante transparencia. Quizá Él la estaba mirando
todavía, aunque algunas veces parecía que Dios la hubiera olvidado. Louise
comprendía que las costumbres matrimoniales habían cambiado, por supuesto, y
que cuando no se disponía de un sacerdote normal… Pero resultaba vergonzoso,
casi un ultraje, que si iba a casarse con aquel hombre no pudiera tener
aquellas cosas tan bonitas… Ni siquiera regalos de boda. Ni tan sólo eso. Claro
que Rolf le daría todo lo que quisiera. Volvió a mirar su cara y advirtió los
ojillos negros que la observaban con feroces propósitos, la boca delgada y el
tic lento y regular de los labios, los peludos lóbulos de las orejas
sobresaliendo de la maraña de cabello negro…
No debería dejarse el pelo tan largo, pensó Louise,
es un detalle indecente. Bueno, ya se ocuparía ella de esas cosas. Si se casaba
con él, cambiaría sus costumbres. Era su deber, simplemente eso.
Rolf hablaba ahora de una granja que había visto en
las afueras de la ciudad. Una casa amplia y excelente y un granero. No había
ganado ni equipo, decía Rolf, pero ya lo buscarían después. Y plantarían
simientes y dispondrían de su propia comida, sin tener que ir siempre a los
restaurantes.
Louise sintió un roce en la pálida mano que apoyaba
sobre la mesa. Los dedos cortos y morenos de Rolf, cubiertos de vello a ambos
lados de los nudillos, estaban tocando los suyos. Él había dejado de hablar por
un instante, pero luego prosiguió haciéndolo, todavía con más urgencia. Louise
apartó la mano.
Rolf estaba diciendo:
—… y tendrás el traje de novia más elegante que
hayas visto en tu vida. Y un ramo de flores. Todo lo que quieras, Louise, todo…
¡Un traje de novia! ¡Y flores, aunque no hubiera
sacerdote! ¿Por qué aquel tonto no se lo había dicho antes?
Rolf se interrumpió a media frase, dándose cuenta
de que Louise acaba de decir con toda claridad: «Sí, Rolf, me casaré contigo si
es lo que deseas.»
Sorprendido, deseó que ella lo repitiera, pero no
se atrevió a preguntar, «¿Qué has
dicho?»,
temiendo una respuesta
fantástica, o que
simplemente no hubiera
contestación. Inspiró profundamente.
—¿Hoy, Louise? —preguntó.
—Bueno, hoy… No estoy segura… Claro que, si puedes
hacer a tiempo todos los preparativos… Pero no creo que…
Una sensación de triunfo recorrió todo el cuerpo de
Smith. Todas las ventajas estaban ahora de su parte. Y no pensaba perder la
ocasión.
—Di que sí, querida —la apremió—. Di que sí y me
harás el hombre más feliz… Incluso entonces, su lengua se resistió a terminar
la frase. Pero no tenía
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importancia.
—Lo que creas que es mejor, Rolf —contestó Louise.
Smith se puso en pie y ella le permitió que besara
su mejilla, pálida y seca. —Nos iremos ahora mismo —anunció Rolf—. ¿Me perdonas
un momento,
querida?
Esperó a que ella dijera «Desde luego» y se dirigió
al extremo de la sala, dejando sus huellas en la alfombra repleta de polvo.
Sólo le quedaban unas cuantas horas más de seguir hablando así a Louise. Y
luego aquella mujer se consideraría sometida a él para toda la vida. Después de
eso podría hacer con ella lo que quisiera: golpearla cuando le viniera en gana,
someterla a cualquier prueba de su desprecio y repulsión, usarla. Para ser el
último hombre de la Tierra, no iba a ser tan malo, en absoluto. Ella incluso
podría tener una hija…
Encontró la puerta del lavabo y entró. Dio un paso
y se quedó paralizado, tieso y en equilibrio por alguna extraña jugarreta del
movimiento, impotente. El pánico se aferró a su cuello cuando trató de volver
la cabeza y no pudo. Intentó gritar, sin lograrlo. Oyó un ruido tenue mientras
el muelle hidráulico de la puerta se cerraba para siempre. No estaba cerrada
con llave, pero al otro lado había una advertencia: CABALLEROS.
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CÁNTICO A LEIBOWITZ
Walter M. Miller, Jr.
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El hermano Francis Gerard de Utah no habría
descubierto nunca el documento sagrado si no hubiera sido por aquel peregrino
que se le apareció en el desierto durante su ayuno cuaresmal. El hermano
Francis jamás había visto antes un peregrino vestido con taparrabos, pero una
simple ojeada le convenció de que aquélla era la prenda genuina. El peregrino
era un tipo viejo y larguirucho que llevaba un bastón y un gran sombrero. Su
poblada barba tenía manchas amarillentas alrededor del mentón. Cojeaba, y de
uno de sus hombros pendía un pequeño odre. Un trozo de arpillera, sucio y
harapiento, ceñía la parte inferior de su tronco, y aparte de su sombrero y sus
sandalias no vestía otra prenda. Mientras caminaba iba silbando de forma
discordante.
El peregrino se presentó arrastrando los pies por
el abrupto camino del norte. Parecía dirigirse hacia la abadía de los hermanos
de Leibowitz, situada diez kilómetros al sur. Ambos hombres se encontraron en
una zona de viejos escombros. El peregrino dejó de silbar y miró fijamente al
hermano Francis. Y el monje desvió la mirada para no infringir las normas de
soledad propias de los días de ayuno. Francis Gerard prosiguió su trabajo de
reunir grandes piedras con las que completar la protección contra los lobos de
su refugio temporal. El hermano Francis, debilitado por los diez días que
llevaba sometido a una dieta de cactus, descubrió que sus tareas le habían
causado un cierto aturdimiento. Había estado observando un paisaje
resplandeciente y repleto de motas negras, y al principio pensó que aquella
barbuda aparición era un espejismo causado por el hambre.
—¡Hola! ¡Hola! —saludó la aparición, con un tono de
voz placenteramente musical.
La regla del silencio prohibía que el joven monje
respondiera. Lo único que podía hacer era sonreír tímidamente sin levantar la
mirada del suelo.
—¿Es éste el camino de la abadía? —preguntó el
peregrino.
El novicio asintió con la cabeza, sin alzar la
vista, y se agachó para coger una piedra parecida a la tiza. El peregrino
avanzó hacia él por entre los escombros.
—¿Qué estás haciendo con todas esas piedras?
—inquirió.
El monje se arrodilló y escribió a toda prisa las
palabras «Retiro y silencio» sobre una gran roca. Si el peregrino sabía leer,
cosa poco probable, comprendería que estaba tentando al pecado al penitente y
quizás le concediera la gracia de marcharse sin causar más problemas.
—¡Ah, bien! —fue la respuesta del peregrino.
Permaneció inmóvil por un momento, mirando a su alrededor. Después golpeó una
piedra muy grande con su bastón—. Me parece que ésta te será muy útil —ofreció
servicialmente. Y luego añadió—: Bien, buena suerte. Y ojalá encuentres la Voz
que buscas.
Como es lógico, el hermano Francis no intuyó que el
desconocido se había referido a «Voz» con V mayúscula. Supuso simplemente que
aquel viejo le había
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confundido con un mudo. Miró al peregrino mientras
éste se alejaba silbando y le bendijo en silencio, deseándole un feliz viaje.
Después siguió recogiendo rocas y construyendo un refugio del tamaño de un
ataúd, que le permitiría dormir durante la noche sin ofrecerse como cena para
los lobos.
Un rebaño de nubes cumuliformes cubrió el cielo en
aquel momento. Tras haber tentado cruelmente al desierto, las nubes flotaban
hacia las montañas para verter sobre ellas la bendición de la lluvia. Aliviado
por su sombra, el hermano Francis se apresuró a concluir su trabajo antes de
que las nubes volvieran a permitir el paso de los ardientes rayos solares. El
monje no cesaba de musitar oraciones, invocando una auténtica Vocación. Tal era
el propósito de su ayuno en el desierto.
Al cabo de un rato levantó la roca que el peregrino
le había indicado.
El color de su rostro, avivado por el esfuerzo,
desapareció al instante. Dio un paso atrás y dejó caer la piedra como si
hubiera encontrado una serpiente.
En el suelo, medio aplastada, yacía una oxidada
caja metálica…
La curiosidad le movió a acercarse, pero se
contuvo. Había cosas y Cosas. Se santiguó a toda prisa y murmuró a los cielos
una breve oración latina. Ya fortificado, volvió a dirigirse hacia la caja.
—¡Apártate de mi, Satanás!
Amenazó el objeto con el pesado crucifijo de su
rosario.
—¡Vete, oh inmundo seductor!
Extrajo de sus vestiduras un pequeño hisopo y
rápidamente roció la caja con agua bendita, como temiendo una sorpresa
desagradable de aquella diabólica aparición.
—Si eres una criatura del diablo, ¡vete de aquí!
La caja no dio señales de haber quedado fulminada,
ni tampoco explotó ni se hundió. No rezumaba ninguna sustancia blasfema.
Simplemente, se quedó inmóvil, permitiendo que el viento del desierto evaporara
las gotas santificantes.
—Amén —dijo el hermano, y se arrodilló para recoger
la caja.
Se sentó entre los escombros y pasó casi una hora
golpeando el metal con una piedra. En su mente surgió el pensamiento de que
aquella reliquia arqueológica — pues era evidente que de ello se trataba—
pudiera ser un signo celestial de su vocación. Pero apartó el pensamiento con
la misma rapidez con que se había presentado. Su abad le había advertido
severamente que no esperara ninguna Revelación personal de naturaleza
espectacular. En realidad había salido de la abadía para ayunar y hacer
penitencia durante cuarenta días y podía esperar una inspiración divina que le
llamara a las Sagradas Ordenes, pero nunca una visión o una voz que le dijera
«Francis, ¿dónde estás?»; tal cosa sería una vana presunción. Muchos novicios
habían vuelto de sus vigilias en el desierto contando fábulas de augurios,
signos y visiones celestiales, y el buen abad había adoptado una actitud muy
severa respecto a las narraciones. Sólo el Vaticano tenía autoridad para
decidir la autenticidad de
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hechos semejantes. «Una insolación no es indicativa
de que debas profesar los sagrados votos de la orden», había gruñido el abad. Y
a decir verdad, era muy raro que un aviso del Cielo llegara por otro medio que
no fuera el oído interno, como una solidificación gradual de la certeza
interior.
Sin embargo, el hermano Francis trató la vieja caja
metálica con tanta reverencia como era posible mientras estaba golpeándola.
La tapa saltó de repente, despidiendo parte de su
contenido. Se quedó atónito durante largo tiempo, sin atreverse a tocar nada y
sintiendo un escalofrío que recorría su espalda. ¡Sí, era una antigüedad! El
hermano Francis estudiaba arqueología y apenas pudo creer lo que estaba viendo.
El hermano Jeris se desesperaría de envidia si viera esto, pensó, pero
inmediatamente se arrepintió de su mezquindad y musitó al cielo su
agradecimiento por un tesoro así.
Con dedos temblorosos, tocó el contenido para
convencerse de su materialidad y empezó a examinarlo. Sus estudios le
permitieron reconocer un destornillador — instrumento usado en tiempos para
introducir en madera trozos de metal roscado— y un objeto para cortar con hojas
no mucho más grandes que la uña de su pulgar, pero lo bastante potente como
para partir trozos delgados de metal o hueso. También había una extraña
herramienta con un podrido mango de madera y un pesado trozo de cobre que tenía
adheridos algunos fragmentos de plomo fundido, pero no pudo reconocerlos. Otro
objeto, un rollo de material negro y pegajoso, estaba tan deteriorado por el
paso de los siglos que era imposible identificarlo. Había otros objetos
metálicos muy raros, vidrios rotos y una diversidad de pequeños tubos con
bigotes de alambre, del mismo tipo que los paganos de las montañas tenían por
amuletos y que ciertos arqueólogos creían que se trataba de los restos de la
legendaria machina analytica, cuya existencia se remontaba supuestamente a la
época del Diluvio ígneo.
Examinó con gran cuidado todos los objetos y los
extendió sobre una enorme piedra plana. El hermano Francis reservó para el
final los documentos, que, como siempre, constituían el descubrimiento de más
valor. Muy escasos documentos habían sobrevivido a la Época de la
Simplificación, en la que masas ignorantes ávidas de venganza habían estrujado,
destrozado y reducido a cenizas hasta los escritos sagrados.
El hallazgo del monje estaba formado por dos
grandes hojas de papel y otras tres más pequeñas repletas de garabatos. El
tiempo las había vuelto quebradizas, por lo que las manejó con suavidad y las
protegió del viento con su ropa. Apenas eran legibles y estaban escritas en
inglés antediluviano, una lengua ahora sólo usada por los religiosos, junto con
el latín, y en el Ritual Sagrado. Fue deletreando lentamente las notas,
reconociendo algunas palabras pero dudando de su significado. Una decía: Una
libra brazuelo res, lata chucrut, seis roscas, para Emma. Y una segunda: No te
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olvides recoger formato 1040 para renta. La última
de las notas era una simple columna de cifras con un total subrayado del que se
restaba otra cantidad y, por último, se sacaba un tanto por ciento seguido de
la palabra ¡maldición! El monje no pudo deducir nada de esto, como no fuera
repasar las operaciones y comprobar que eran correctas.
Una de las hojas más grandes estaba tan enrollada
que empezó a desmenuzarse en cuanto el hermano Francis trató de abrirla.
Identificó las palabras PROGRAMA DE CARRERAS, pero nada más. Volvió a ponerla
en la caja, pensando ya en el necesario trabajo de restauración.
La segunda hoja estaba doblada y los pliegues eran
muy quebradizos, por lo que se limitó a separarlos un poco y atisbar entre
ellos tanto como pudo.
Un plano… ¡Una red de líneas blancas sobre un fondo
oscuro!
Volvió a sentir escalofríos en la espalda. Se
trataba de un plano azul, un tipo extremadamente raro de documento antiguo muy
apreciado por los estudiosos de la antigüedad, y generalmente un auténtico reto
para investigadores e intérpretes.
Y por si el hallazgo no fuera ya toda una
bendición, entre las palabras escritas en un recuadro en la parte inferior del
documento se hallaba el nombre del fundador de su orden: ¡el Beato Leibowitz en
persona!
La felicidad hizo que sus manos temblaran, estando
a punto de romper el documento. Las palabras de despedida del peregrino sonaron
como un eco en su mente: «Ojalá encuentres la Voz que buscas.» Voz, sí, con una
V mayúscula formada por las alas de una paloma que desciende e iluminada en
tres colores contra un fondo de hoja de oro. V como en Vere dignum y Vidi aquam
al principio de una página del misal. V de Vocación, comprendió claramente el
hermano Francis.
Después de echar otra ojeada al plano azul para
asegurarse de que no estaba soñando, oró mentalmente: Beate Leibowitz, ora pro
me… Sanete Leibowitz, exaudí me. La segunda invocación fue un tanto atrevida,
ya que el fundador de la orden no había sido canonizado todavía.
Olvidando la advertencia de su abad, el hermano
Francis se puso bruscamente en pie y observó el brillante terreno que se
extendía hacia el sur en la dirección tomada por el viejo ermitaño del
taparrabos. Pero su benefactor había desaparecido hacía largo tiempo. Debía
haber sido un ángel de Dios, o incluso el Beato Leibowitz en persona. ¿Acaso no
había sido él quien revelara la existencia de aquel tesoro milagroso,
indicándole que cogiera aquella roca y pronunciando su profética despedida?
El hermano Francis permaneció inmóvil, sumido en un
temor reverente, hasta que el sol adquirió una tonalidad rojiza sobre las
montañas y la noche amenazó con engullirle en sus sombras. Por fin salió de su
ensueño y recordó los lobos. Su don no tenía propiedades carismáticas para
someter a las fieras salvajes y se apresuró a
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terminar su protección antes de que la oscuridad se
adueñara del desierto. Al salir las estrellas volvió a encender su hoguera y se
preparó para su única comida diaria: las bayas de cactus, pequeñas y de color
púrpura, que constituían todo su alimento aparte del manojo de maíz tostado que
un sacerdote le traía todos los sábados. A veces se sorprendía a sí mismo
mirando ansiosamente las lagartijas que se deslizaban sobre las rocas y sufría
pesadillas en las que se veía comiendo glotonamente.
Pero aquella noche el hambre fue una
insignificancia en comparación con su deseo de volver a la abadía y anunciar a
sus hermanos su maravilloso hallazgo. Cosa en la que, desde luego, no podía ni
pensar. Con vocación o sin ella, debía quedarse en el desierto hasta completar
el ayuno cuaresmal y continuarlo como si nada extraordinario hubiera ocurrido.
Construirán una catedral en este lugar, pensó
ensoñadoramente sentado frente al fuego. La imaginó alzándose entre los
escombros de la antigua ciudad, con sus majestuosos ápices visibles a varios
kilómetros de distancia…
Pero las catedrales se erigían para ingentes masas
de fieles, y en el desierto sólo vivían algunas diseminadas tribus de cazadores
y los monjes de la abadía. Se resignó a soñar en un santuario que atrajera ríos
de peregrinos vestidos con taparrabos… El hermano Francis acabó durmiéndose. Al
despertar, la hoguera se había reducido a brasas resplandecientes. Algo
sucedía. ¿Estaba realmente solo? Aguzó su mirada en la oscuridad.
La tenebrosa figura de un lobo retrocedió
apartándose del lecho de tizones incandescentes. El monje dio un grito y se
apresuró a resguardarse.
Ya al amparo de su guarida de piedras, tendido en
el suelo y temblando, llegó a la conclusión de que aquel grito no había sido un
quebrantamiento grave de la regla del silencio. Estrechó entre sus brazos la
caja metálica y oró para que los días de la cuaresma pasaran rápidamente,
mientras unas garras arañaban las piedras de su refugio.
Los lobos merodeaban todas las noches cerca de su
escondrijo y la oscuridad se llenaba de sus aullidos. Los días eran crueles
pesadillas de hambre, calor y abrasante sol. El novicio los dedicaba al rezo y
a la recolección de leña, tratando de controlar su impaciencia por la llegada
del mediodía del Sábado Santo, el final de la Cuaresma y de su vigilia.
Pero cuando llegó el día final, el hermano Francis
estaba tan famélico que apenas sintió alegría. Entorpecido por la debilidad,
preparó su zurrón, se bajó la capucha para protegerse del sol y se puso bajo el
brazo su preciosa caja. Con quince kilos menos de peso y mucho más débil de lo
que había estado el miércoles de Ceniza, recorrió dando tumbos los diez
kilómetros que le separaban de la abadía y cayó exhausto, al llegar a la puerta
del edificio. Los hermanos que le recogieron, lavaron,
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afeitaron y ungieron su desecada piel, explicaron
posteriormente que el novicio no había cesado de hablar y delirar sobre una
aparición vestida con taparrabos. Se había referido a ella como ángel o como
santo, invocando una y otra vez el nombre de Leibowitz y agradeciéndole la
revelación de unas reliquias sagradas y un programa de carreras.
Los comentarios se esparcieron por la congregación
monástica y pronto llegaron a oídos del abad que, al enterarse, cerró casi por
completo los párpados y apretó las mandíbulas.
—¡Quiero verle inmediatamente! —bramó el buen
sacerdote.
Al escuchar aquel grito, un hermano que se
encargaba de los archivos salió a toda prisa.
El abad empezó a ir de un lado a otro, mientras
crecía su ira. No tenía nada que objetar a los milagros, siempre que fueran
debidamente investigados, certificados y ratificados. En realidad, su fe se
basaba en los milagros (aun cuando ello fuera incompatible con la eficiencia
administrativa y el abad fuera administrador además de sacerdote). Pero el año
pasado había tenido el caso del hermano Noyen y su milagroso lazo de verdugo, y
hace dos años el del hermano Smirnov y la misteriosa curación de su gota al tocar
una supuesta reliquia del Beato Leibowitz, y hace tres años… ¡Puf! No se podía
tolerar incidentes tan frecuentes e injuriosos. Desde la beatificación de
Leibowitz, aquellos jóvenes necios habían estado buscando milagros. Igual que
pillos bonachones arañando la puerta del Cielo y pidiendo ansiosamente unas
migajas.
Era muy comprensible, pero también muy
insoportable. Todas las órdenes monásticas ansían la canonización de su
fundador y gozan presentando cualquier cosa, por pequeña que sea, que pueda
servir de apoyo a la causa. Pero el rebaño del abad se estaba descarriando, y
su celo por los milagros hacía que en el Nuevo Vaticano no pudieran contener la
risa al oír hablar de la Orden Albertina de Leibowitz. Había decidido que todos
los nuevos portadores de milagros pagaran las consecuencias, bien en forma de
castigo por una credulidad impetuosa e impertinente, o bien en forma de
penitencia por el don de gracia recibido… si luego se verificaba el hecho
milagroso.
Cuando el joven novicio llamó a la puerta, el abad
había logrado llegar al deseado estado de ferocidad, pero sin que su aspecto
apacible la evidenciara.
—Entra, hijo mío —musitó.
—¿Desea usted… —El novicio se interrumpió y sonrió
de felicidad al ver que la caja metálica estaba sobre la mesa del abad— …verme,
padre Juan?
—Sí… —El abad dudó por un instante. Cuando siguió
hablando su voz aduladora tomó la cualidad de un ácido corrosivo—. O quizá seas
tú el que quiera verme, ahora que te has hecho tan famoso.
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—¡Oh, no, padre! —El hermano Francis se ruborizó y
tragó saliva.
—Tienes diecisiete años y eres todo un idiota.
—Es muy cierto, padre.
—¿De qué increíble forma vas a explicar tu
afrentosa vanidad, el creerte preparado para recibir las Sagradas Ordenes?
—No tengo ninguna explicación que ofrecer, mi guía
y maestro. Mi orgullo pecaminoso es imperdonable.
—¡Pensar que es tan grande como para ser
imperdonable es un rasgo de vanidad aún mayor! —rugió el abad.
—Sí, padre. Soy un despreciable gusano.
El sacerdote sonrió fríamente y recuperó su aspecto
de calma expectante.
—¿Y estás dispuesto ahora a negar tus desvaríos
febriles sobre un ángel que apareció para revelarte esta… esta chatarra?
—Yo… —El hermano Francis volvió a tragar saliva y
cerró los ojos—. Temo que no puedo hacer tal cosa, maestro mío.
—¿Cómo?
—No puedo negar lo que he visto, padre.
—¿Sabes lo que te espera?
—Sí, padre.
—¡Pues prepárate a recibirlo!
Tras un suspiro de resignación, el novicio recogió
sus ropas a la altura de su cintura y se inclinó sobre la mesa. El buen abad
sacó de un cajón su gruesa regla de nogal y la descargó diez veces sobre el
desnudo trasero del monje. El novicio respondió con un «Deo Gratias!» a cada
regletazo, agradeciendo así la lección que estaba recibiendo sobre la virtud de
la humildad.
—¿Vas a retractarte ahora? —preguntó el abad, al
tiempo que se bajaba la manga.
—Padre, no puedo.
El sacerdote se volvió de espaldas y guardó
silencio por unos instantes.
—Muy bien —prosiguió sucintamente—. Vete. Pero este
año no profesarás tus solemnes votos con los demás hermanos. No esperes tal
cosa.
El hermano Francis regresó llorando a su celda. Sus
compañeros iban a ser monjes profesos de la orden, mientras que él debería
aguardar otro año… y pasar un segundo período cuaresmal entre los lobos del
desierto, en busca de una vocación que creía ya le había sido concedida
enfáticamente. No obstante, fueron pasando las semanas y obtuvo cierta
satisfacción al advertir que el padre Juan no había hablado demasiado en serio
al referirse a su hallazgo como «chatarra». Las reliquias arqueológicas
despertaron un considerable interés entre los hermanos. Emplearon mucho tiempo
limpiando las herramientas, clasificándolas, volviendo manejables los
documentos y tratando de descifrar su significado. Los demás novicios empezaron
a
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comentar en voz baja que el hermano Francis había
descubierto reliquias auténticas del Beato Leibowitz, en especial el plano azul
que contenía la frase OP COBBLESTONE, REQ LEIBOWITZ AND HARDIN. La hoja de
papel tenía varias manchas de color marrón que podían ser de su sangre o, tal
como el abad indicó, máculas producidas por una manzana podrida. Pero el
documento estaba fechado en el Año de Gracia de 1956, es decir, en la época que
se suponía había vivido aquel hombre venerable. Una vida oscurecida ahora por
la leyenda y el mito, de modo que podían determinarse muy pocos hechos ciertos
sobre el Beato Leibowitz.
Se decía que Dios, para poner a prueba a la
humanidad, se había dirigido a sabios de aquella época, entre ellos el Beato
Leibowitz, ordenándoles que construyeran armas diabólicas y las pusieran a
disposición de modernos faraones. No pasaron muchas semanas antes de que el
hombre destruyera la mayor parte de su civilización y acabara con buena parte
de la población. Tras el Diluvio ígneo llegaron las plagas, la locura y el
inicio sangriento de la Era de la Simplificación. Los enfurecidos
supervivientes despedazaron miembro a miembro a los políticos, técnicos y
hombres de ciencia, y quemaron toda posible información que pudiera llevar a
una segunda hecatombe. La palabra escrita y el hombre instruido fueron objeto
del odio más feroz imaginable. Durante aquella época, la palabra «bobalicón»
significaba «ciudadano honesto, recto y virtuoso», un concepto que en otros
tiempos correspondía al término «hombre medio».
Muchos científicos y hombres de saber, para escapar
a la justa ira de los bobalicones, huyeron al único santuario que iba a
ofrecerles protección. Sólo la Madre Iglesia los acogió, vistiéndolos con
hábitos de monje y tratando de ocultarlos a la furia del populacho. El
santuario fue efectivo en algunas ocasiones, pero no en la mayoría de ellas.
Los monasterios fueron invadidos, los archivos y libros sagrados arrojados a la
hoguera y los refugiados apresados y colgados. Leibowitz huyó a la orden de los
cistercienses, profesó sus votos, se convirtió en sacerdote y al cabo de doce
años obtuvo permiso de la Santa Sede para fundar una nueva congregación
monástica que recibió el nombre de «los albertinos», en honor a San Alberto el
Grande, maestro de Tomás de Aquino y santo patrón de los científicos. La nueva
orden se dedicó a la preservación del conocimiento, tanto el secular como el
sagrado, y la obligación de sus miembros consistió en memorizar libros y
documentos que pudieran ser obtenidos en secreto en todas partes del mundo.
Finalmente, unos bobalicones identificaron a Leibowitz como antiguo científico,
y el Beato fue martirizado en la horca. Pero la orden siguió existiendo, y
numerosos libros fueron reproducidos de memoria cuando la posesión de
documentos escritos dejó de ser un crimen. Con todo, las memorias de los monjes
eran limitadas, y pocos de ellos estaban preparados para comprender la
historia, las humanidades, las ciencias sociales y las ciencias físicas. Del
inmenso acopio de conocimiento humano sólo
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sobrevivió una insignificante colección de libros
manuscritos.
Y después de seis siglos de ignorancia, los monjes
seguían conservando, estudiando y recopiando aquella colección. No les
importaba en absoluto que el conocimiento que habían salvado fuera inútil o
incluso incomprensible. La sabiduría estaba allí y seguiría estando con ellos
aunque las tinieblas del mundo persistieran otros diez mil años. Su deber
consistía en proteger aquel conocimiento.
El hermano Francis Gerard de Utah regresó al
desierto un año más tarde y ayunó de nuevo en soledad. Y luego regresó a la
abadía, débil y demacrado, para rendir cuentas ante su superior. El abad
preguntó al novicio si afirmaba haber tenido nuevos encuentros con miembros de
las Huestes Celestiales, o si había decidido desmentir su relato del año
anterior.
—Maestro, no puedo negar lo que he visto —repitió
el joven.
Una vez más, el abad le castigó en nombre de Cristo
y pospuso de nuevo su ordenación sacerdotal. Pero el documento había sido
enviado a un seminario para su estudio, tras redactar una copia. El hermano
Francis no pasó de novicio, y continuó soñando melancólicamente en el santuario
que quizá algún día se erigiría en el escenario de su hallazgo.
—¡Qué terquedad la de este muchacho! —dijo el abad
sin poder contener su irritación—. ¿Cómo es que ningún otro hermano vio a ese
ridículo peregrino, siendo así que aquel tipo desaliñado se dirigía hacia la
abadía? Es un nuevo truco del abogado del diablo para confundirnos… ¡Y nada
menos que un peregrino con taparrabos de arpillera!
El detalle de la arpillera preocupaba al abad, ya
que la tradición afirmaba que Leibowitz había sido ahorcado con una bolsa de
arpillera como capucha.
El hermano Francis pasó siete años en el noviciado,
siete ayunos cuaresmales en el desierto, y adquirió una gran destreza en la
imitación del aullido del lobo. Entre el jolgorio de sus hermanos, aullaba
desde los muros de la abadía cuando se hacía de noche y lograba atraer la
manada hasta las proximidades del edificio. De día, servía en la cocina,
fregaba los suelos de piedra y proseguía sus estudios sobre los antiguos.
Un día llegó a la abadía un mensajero del
seminario, montado sobre un asno y siendo portador de gozosas nuevas.
—Se sabe que los documentos encontrados cerca de
aquí son auténticos por lo que respecta a su fecha de origen —dijo el
mensajero—, y que aquel plano azul guarda cierta relación con el trabajo de
vuestro fundador. Se enviará al Nuevo Vaticano para que prosigan allí su
estudio.
—Entonces, ¿podría ser una verdadera reliquia de
Leibowitz? —preguntó tranquilamente el abad.
Pero el mensajero no podía comprometerse tanto y se
limitó a fruncir las cejas.
—Se dice que Leibowitz era viudo cuando se ordenó
—prosiguió el mensajero—.
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Si pudiera descubrirse el nombre de su difunta
esposa…
El abad recordó una de las notas que había en la
caja. En ella se relacionaban ciertos artículos alimenticios para una mujer,
detalle que llevó al superior de la abadía a enarcar a su vez las cejas.
Poco después llamó a su presencia al hermano
Francis.
—Hijo mío —dijo el abad rebosante de alegría—, creo
que ha llegado el momento de que profeses tus votos solemnes. Y deseo alabar tu
paciencia y persistencia. No hablaremos más de tu… eh… encuentro con el… eh…
peregrino del desierto. Eres un tonto de los buenos. Si lo deseas, puedes
arrodillarte para que te dé mi bendición.
El hermano Francis suspiró y cayó desmayado. El
abad le bendijo y le reanimó, y el novicio pudo por fin profesar los votos
solemnes de los Hermanos Albertinos de Leibowitz, jurando que observaría toda
su vida las virtudes de la pobreza, castidad, obediencia y respeto a las
normas.
Al poco tiempo fue destinado a la sala de los
copistas para iniciarse en la tarea bajo la guía de un anciano monje llamado
Horner.
En aquella habitación pasaría sin duda alguna el
resto de sus días, iluminando las páginas de los textos de álgebra con hojas de
olivo y joviales querubines.
—Si lo deseas —le advirtió su maestro con la voz
cascada típica de un anciano—, puedes dedicar cinco horas semanales a un
proyecto aprobado que sea de tu gusto. En caso contrario, pasarás ese tiempo
copiando la Summa Theologica y los fragmentos existentes de la Encyclopedia
Britannica.
Tras meditarlo, el joven monje preguntó:
—¿Podría disponer de esas horas para elaborar una
bellísima copia del plano azul de Leibowitz?
—No lo sé, hijo mío —contestó dubitativamente el
hermano Horner—. Nuestro buen abad se muestra muy susceptible con respecto a
este tema. Temo que…
El hermano Francis suplicó ansiosamente que le
permitiera hacer aquel trabajo. —Está bien —admitió de mala gana el anciano—.
Parece un proyecto más bien
breve, así que… te daré mi autorización.
El joven monje eligió la mejor piel de cordero que
encontró y pasó varias semanas curándola, atiesándola y convirtiéndola en una
superficie perfecta y tan blanca como la nieve. Durante varias semanas más
estudió al detalle las copias de su precioso documento, familiarizándose con
todas y cada una de las líneas y marcas existentes en la complicada trama de
trazos geométricos y símbolos desconcertantes. No cejó en su examen hasta que
pudo ver con los ojos cerrados la asombrosa complejidad del documento. Su trabajo
continuó en la biblioteca del monasterio, buscando laboriosamente toda
información que le diera una brizna de conocimiento sobre el significado del
dibujo.
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El hermano Jeris, otro monje muy joven que
trabajaba con él en la sala de copistas y que a menudo le importunaba a
propósito de sus milagrosos encuentros en el desierto, se presentó un día y
curioseó lo que tan atareado tenía a su compañero.
—¿Puedo preguntarte el significado de Sistema de
control transistorizado para la unidad 6-B?
—Resulta evidente que es el nombre de lo que este
plano representa —respondió Francis, un poco enfadado por el hecho que Jeris se
hubiera limitado a leer en voz alta el título del documento.
—Claro. Pero, ¿qué es lo que representa este plano?
—El sistema de control transistorizado para la
unidad 6-B, es obvio.
Jeris rió burlonamente y el hermano Francis
enrojeció.
—Supongo que representa un concepto abstracto —se
explicó el segundo—, no una cosa concreta. Se ve claramente que no es una
imagen reconocible de un objeto, a menos que la estilización de la forma
requiera conocimientos especiales para distinguirla. En mi opinión, Sistema de
control transistorizado es una elevada abstracción de valor trascendental.
—¿Y con qué campo del conocimiento está
relacionada? —preguntó Jeris, sin dejar de mostrar su sonrisa burlona.
—Pues… Teniendo en cuenta que nuestro Beato
Leibowitz era electrónico antes de su ordenación, supongo que el concepto
pertenece al perdido arte que se denominaba electrónica.
—Así está escrito. ¿Pero cuál era el objetivo de
aquel arte, hermano?
—También eso está escrito. El objetivo de la
electrónica era el Electrón, que una fuente incompleta define como una Torsión
Negativa de la Nada.
—Me impresiona tu agudeza. ¿Podrías explicarme el
significado de tal definición?
El hermano Francis se sonrojó ligeramente y trató
de encontrar una respuesta. —La nada negativa debería producir algo —prosiguió
Jeris—. ¿Estás de acuerdo?
Así que el Electrón debe de haber sido una torsión
de algo. A menos que lo negativo sea la «torsión», y en ese caso estaríamos
«destorciendo la nada». —El hermano Jeris rió entre dientes—. Cuan inteligentes
deben de haber sido estos antiguos. Francis, supongo que si perseveras
aprenderás a destorcer la nada y llegaremos a tener el Electrón entre nosotros.
¿Dónde lo pondremos? ¿Quizá en el altar mayor?
—No lo sé —respondió Francis con cierto fastidio—.
Pero tengo bastante fe en que el Electrón debe de haber existido en otros
tiempos, por más que no pueda explicar cómo fue construido o qué uso tenía.
El iconoclasta Jeris volvió a su trabajo entre
risas de mofa. El incidente atormentó al hermano Francis, pero no menguó su
devoción al proyecto.
En cuanto hubo agotado la escasa información
existente en la biblioteca sobre el
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perdido arte del fundador de los albertinos, se
dedicó a preparar los bocetos preliminares de los dibujos que pensaba
reproducir en la piel de cordero. El mismo plano azul, de significado tan
oscuro, sería copiado con toda precisión empleando una tinta negra como el
carbón. En cuanto a las letras y números, usaría unos caracteres más elegantes
y vistosos que los del original. Además, el texto contenido en un cuadrado bajo
el título DATOS ESPECÍFICOS sería distribuido con buen gusto en los bordes del
documento, ocupando pergaminos y escudos que penderían de palomas y querubines.
El hermano Francis decidió considerar el entramado geométrico como una
espaldera para plantas. Las líneas negras del plano no serían tan austeras, y
decoraría el conjunto con parras verdes y frutos dorados, pájaros y,
posiblemente, una astuta serpiente. En lo alto habría una representación de la
Trinidad y al pie el emblema de la Orden Albertina. Así, el Sistema de Control
Transistorizado del Beato Leibowitz no sólo sería glorificado, sino también
transformado en un conjunto llamativo, tanto para la vista como para el
intelecto.
Una vez concluido el boceto preliminar, el hermano
Francis lo mostró tímidamente al anciano Horner, esperando su aprobación o sus
críticas.
—Por lo que veo —dijo su superior con aire de
remordimiento—, tu proyecto no va a ser tan breve como esperaba. Pero… prosigue
con él de todas formas. El diseño es muy bello, francamente bello.
—Gracias, hermano.
El anciano se aproximó para hacerle una
confidencia.
—Hay rumores de que se ha acelerado la canonización
del Beato Leibowitz — murmuró—. Por lo tanto, es posible que nuestro querido
abad esté menos preocupado por… por lo que tú ya sabes.
Como es de suponer, la noticia fue felizmente
acogida por todos los monjes de la orden. Desde la beatificación de Leibowitz
había transcurrido mucho tiempo, pero el paso final para declararle santo podía
requerir años y años, por más que el caso ya estuviera en estudio. Además,
existía la posibilidad de que el Abogado del Diablo encontrara pruebas que
imposibilitaran por completo la canonización.
El hermano Francis empezó a trabajar sobre la piel
de cordero cuando ya habían pasado muchos meses desde que concibiera la idea
original. Y pasarían años antes de que concluyera el proyecto, ya que la
ornamentación, el trabajo extremadamente delicado de los grabados en oro y los
diminutos detalles presentaban enormes complicaciones. A veces le dolía la
vista y se pasaba semanas enteras sin atreverse a continuar, temiendo que un
pequeño error echara a perder su obra. Lenta, penosamente, el viejo plano fue
transformándose en un esplendor de belleza. Los hermanos de la abadía se
detenían ante el trabajo de Francis para observarlo y comentarlo, e incluso
algunos llegaron a decir que aquella inspiración tan portentosa probaba de
sobras el encuentro del monje con el peregrino, que tal vez había sido el
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Beato Leibowitz en persona.
Los comentarios del hermano Jeris eran, no
obstante, muy diferentes.
—No comprendo por qué no dedicas tu tiempo a un
proyecto útil —solía decir. Por aquel entonces, el escéptico monje usaba su
tiempo libre en hacer y decorar
pantallas para las lámparas de aceite de la
capilla.
El hermano Horner, el viejo maestro copista, cayó
enfermo. En cuestión de semanas resultó evidente que el apreciado monje estaba
en el umbral de la muerte. El monasterio quedó sumido en el dolor, y el abad
designó al hermano Jeris como encargado de la sala de copistas.
En los primeros días de Adviento tuvo lugar una
Misa de Difuntos y los restos del anciano fueron devueltos a la tierra de su
origen. Al día siguiente, el hermano Jeris informó a Francis que consideraba
llegado el momento de que abandonara sus juegos infantiles y se comportara como
un adulto. El monje obedeció sin rechistar. Envolvió en pergamino su precioso
proyecto, lo protegió con una gruesa tela, lo guardó y pasó a ocuparse de las
pantallas. No pronunció un solo murmullo de protesta y se confortó pensando que
algún día también el alma del hermano Jeris seguiría el mismo camino que la del
hermano Horner, para emprender la vida que allí, en la sala de copistas, estaba
simplemente en su principio. Y después, con el favor divino, le sería permitido
terminar su apreciado documento.
Pero la Providencia se encargó de que los
acontecimientos siguieran un curso más rápido. Durante el verano siguiente se
presentó en la abadía un dignatario eclesiástico, acompañado de varios clérigos
y asnos. Explicó que llegaba del Nuevo Vaticano y que, en su calidad de abogado
de Leibowitz en el proceso de canonización, deseaba investigar todas las
pruebas disponibles en la abadía que fueran de utilidad para el caso. Se
refirió también a una supuesta aparición del Beato ante un tal Francis Gerard
de Utah. El recién llegado fue cordialmente acogido, siendo alojado en la
habitación reservada a los prelados que visitaban la abadía y pródigamente
servido por seis jóvenes monjes dispuestos a satisfacer cualquier de sus
caprichos, aunque éstos eran escasos. En su honor se descorcharon los vinos más
selectos y se asaron exquisitas codornices y correcaminos. Todas las tardes se
entretenía al abogado con música de violín y actuaciones de payasos, por más
que el visitante insistiera en que la vida de la abadía prosiguiera
normalmente.
El abad hizo llamar al hermano Francis tres días
después de aquella inesperada visita.
—Monseñor di Simone desea verte —dijo—. Hijo mío,
si te dejas llevar por tu imaginación, nos veremos forzados a usar tus tripas
como cuerdas de violín, entregar tu cadáver a los lobos y enterrar tus huesos
en tierra no sagrada. Ahora puedes ir a presentarte ante monseñor.
El hermano Francis no necesitaba aquella
advertencia. Después de su primer
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ayuno en el desierto y los delirios que siguieron,
jamás había mencionado el encuentro con el peregrino, limitándose a responder
las preguntas que le formularan al respecto. Y tampoco se había permitido
especular sobre la identidad del peregrino. Pero que este tema despertara el
interés de los altos dignatarios eclesiásticos… Preocupado por este último
pensamiento, Francis llamó tímidamente a la puerta del visitante.
No obstante, su preocupación resultó exagerada. El
prelado era un anciano afable y discreto que parecía muy interesado en la
carrera del monje.
—Háblame ahora de tu encuentro con nuestro bendito
fundador —dijo por fin, tras algunos comentarios preliminares.
—Pero, monseñor, nunca dije que se tratara del
Beato Leibo…
—Claro que no dijiste tal cosa, hijo mío. Mira,
tengo aquí un informe sobre el tema, recopilado a partir de otras fuentes. Me
gustaría que lo leyeras para corregirlo o confirmarlo según convenga. —Se
interrumpió para sacar un pergamino de su equipaje, y entregó el documento a
Francis—. Como es lógico, el informe ha sido redactado siguiendo las versiones
de personas que conocían de oídas el caso. Tú eres el único que puede dar la
versión auténtica y por eso te pido que seas extremadamente meticuloso al leer este
documento.
—Desde luego, padre. En realidad, todo lo ocurrido
fue muy simple.
Pero el pergamino era muy extenso, y era obvio que
aquel relato de oídas no era tan «simple». El hermano Francis empezó a leerlo,
y lo que en principio fue recelo se transformó pronto en puro terror.
—Estás pálido, hijo mío —dijo el distinguido
sacerdote—. ¿Hay algún error en el informe?
—Es que… esto no… ¡Todo fue muy distinto! El
peregrino sólo pronunció unas cuantas palabras. Y sólo lo vi una vez. Lo único
que pasó es que me preguntó por el camino de la abadía y señaló la roca en la
que descubrí las reliquias.
—¿No hubo un coro celestial?
—¡Oh, no!
—¿Y tampoco es cierto lo de la aureola? ¿Y qué me
dices de la alfombra de rosas que se iba formando mientras el peregrino
caminaba?
—Lo juro ante Dios. ¡No sucedió nada de eso!
—Bien —suspiró el abogado—. Las historias de los
viajeros siempre son exageradas.
El aspecto del abogado reflejaba tristeza, y
Francis se apresuró a pedir disculpas, pero el prelado le respondió que aquello
no tenía gran importancia para el caso.
—Existen otros milagros muy bien documentados
—explicó—. Y de todos modos… hay buenas noticias respecto a los documentos que
tú descubriste. Hemos descubierto el nombre de la esposa de nuestro fundador,
fallecida antes de que
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Leibowitz se ordenara.
—¿De veras?
—Sí. Se llamaba Emily.
Monseñor di Simone pasó cinco días en el escenario
del hallazgo, pese a la desilusión que el relato del hermano Francis le
produjo. En su visita al lugar de los hechos le acompañó una tropa de ansiosos
novicios de la abadía, todos armados de picos y palas. Una trabajosa excavación
permitió al abogado regresar a la abadía con una pequeña colección de objetos
diversos. Entre ellos se hallaba un grueso recipiente metálico lleno de una
masa desecada que en otros tiempos pudo haber sido chucrut.
Antes de volver al Nuevo Vaticano, el prelado
visitó la sala de copistas y se interesó por la copia del famoso plano azul que
el hermano Francis había hecho. El autor arguyó que aquel trabajo carecía de
valor, pero lo mostró con tanta ansiedad que sus manos temblaron alocadamente.
—¡Cespita! —exclamó el alto dignatario
eclesiástico, que quizá no habría deseado ser tan expresivo—. Hijo mío, acaba
este trabajo. ¡Acábalo!
El aludido dedicó una sonrisa al hermano Jeris, y
éste desvió la mirada rápidamente, sin poder evitar que la sangre afluyera a la
parte posterior de su cuello. Francis volvió a dedicarse al proyecto a la
mañana siguiente, entre una profusión de panes de oro, plumas de ave, pinceles
y tinturas.
Algún tiempo después llegó a la abadía otra
caravana de asnos. También procedía del Nuevo Vaticano e incluía una multitud
de clérigos que habían sido protegidos de los salteadores por un cuerpo de
guardias armados. Al frente de la expedición iba otro alto dignatario
eclesiástico provisto de pequeños cuernos y puntiagudos colmillos (o al menos,
ésa fue la descripción que posteriormente dieron varios novicios). El recién
llegado se presentó como el Advocatus Diaboli y explicó que se oponía a la
canonización de Leibowitz. Venía a la abadía para investigar ciertos rumores
increíbles e histéricos que habían llegado a oídos del Nuevo Vaticano. Desde el
primer momento dejó bien claro que no toleraría ningún tipo de explicación que
se basara en el sentimentalismo.
El abad le recibió cortésmente y le ofreció un
catre metálico en una celda que daba al sur, tras excusarse por el hecho de que
la habitación de los huéspedes era inhabitable debido a un caso de viruela que
se había registrado no hacía mucho. El prelado fue atendido por sus propios
clérigos y tuvo que conformarse con las hierbas y raíces que los monjes comían
en el refectorio. Y finalmente tuvo lugar la temida entrevista entre él y el
hermano Francis.
—Tengo entendido que eres propenso a los desmayos
—dijo el Abogado del Diablo—. ¿Cuántos miembros de tu familia sufrieron de
epilepsia o locura?
—Ninguno, excelencia.
—¡No me llames «excelencia»! —dijo bruscamente el
prelado—. Y ahora voy a
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obligarte a que me digas la verdad sobre este
asunto.
El tono con que había pronunciado sus últimas
palabras daba a entender que aquello era como una simple operación quirúrgica
que debería haber sido realizada hacía años.
—¿Sabes que existen medios para hacer que los
documentos parezcan muy antiguos? —preguntó.
Los conocimientos de Francis no llegaban a tanto.
—¿Sabías que la esposa de Leibowitz se llamaba
Emily y que Emma no es un diminutivo de Emily?
El hermano Francis no lo sabía. Pero recordó que,
cuando era niño, sus padres no habían mostrado demasiado cuidado en la forma en
que se llamaban el uno al otro.
—Si el Beato Leibowitz decidió llamarla Emma,
entonces estoy seguro… — empezó a decir el hermano Francis.
El dignatario eclesiástico montó en cólera y
arremetió con uñas y dientes contra el monje. Este quedó tan confuso que
incluso dudó de que su encuentro con el peregrino hubiera sido real.
También este prelado quiso ver la copia del plano
azul antes de volver al Nuevo Vaticano. Y también en esta ocasión el hermano
Francis presentó su obra con manos temblorosas, aunque por motivos bien
distintos: temía que le obligaran a posponer el proyecto. El visitante echó una
rápida ojeada a la piel de cordero e hizo un gesto de aprobación, bien que
contra su voluntad.
—Posees una vivida imaginación —admitió—. Pero esta
cualidad tuya la conocemos desde hace tiempo, ¿no es cierto?
Los cuernos del prelado menguaron al menos tres
centímetros y partió hacia el Nuevo Vaticano aquella misma tarde.
Fueron transcurriendo los años, arrugando los
rostros y blanqueando el cabello de quienes en otro tiempo fueron jóvenes. Las
eternas labores del monasterio siguieron su curso, proporcionando al mundo
exterior una lenta sucesión de manuscritos copiados por primera o por enésima
vez. El hermano Jeris, siempre ambicioso, pensó en construir una prensa de
imprimir.
—¿Para qué? —preguntó el abad.
—Para aumentar nuestra producción —respondió Jeris.
—¿Ah, sí? ¿Y qué pretendes hacer con nuestra
producción, una vez aumentada, en un mundo que se complace en su incultura?
¿Venderla a los campesinos para que enciendan con ella sus hogueras?
El hermano Jeris se encogió de hombros sin saber
qué responder, y en la sala de copistas se siguió utilizando la clásica pluma
de ave.
Siguió pasando el tiempo hasta que una primavera,
poco antes de la Cuaresma, llegó un mensajero con felices noticias para la
orden. El caso de Leibowitz había
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llegado a su fin. El cónclave de cardenales había
sido convocado y se esperaba de un momento a otro que el fundador de la Orden
Albertina pasara a formar parte del santoral. La noticia fue acogida con
incontenible regocijo. En medio de aquella alegría, el abad, cuya avanzada edad
apenas le permitía sostenerse en pie, llamó al hermano Francis.
—Su Santidad ordena que estés presente en la
ceremonia de canonización de Isaac Edward Leibowitz —dijo el anciano con voz
temblorosa—. Prepárate a partir. ¡Y no te desmayes en mi presencia!
El viaje al Nuevo Vaticano iba a durar al menos
tres meses, quizá más. Todo dependía de la prisa que se diera el hermano
Francis antes de que los inevitables ladrones le privaran de su asno. Yendo
solo y desarmado, no podía esperar otra cosa. Lo único que llevaba encima era
un cuenco para recoger limosnas y la copia iluminada del plano azul de
Leibowitz, y confiaba en que los ignorantes salteadores no vieran utilidad al
documento. No obstante, tomó una precaución y se puso un parche negro sobre el
ojo derecho. Los palurdos eran gente muy supersticiosa, y hasta la simple
visión del mal de ojo podía hacerlos huir. Y así, el hermano Francis se dispuso
a obedecer las órdenes recibidas de su superior.
Al cabo de dos meses y algunos días de viaje,
tropezó con su ladrón en el sendero de una montaña, rodeado de árboles y lejos
de todo lugar habitado. El asaltador era un hombre de corta estatura pero
fuerte como un toro, de aspecto tosco y mandíbulas graníticas. El individuo se
puso en medio del camino, abrió las piernas y cruzó sus gruesos brazos,
esperando la llegada de aquella menuda figura que iba a lomos de un asno.
Parecía estar solo, y su única arma era un cuchillo que no se preocupó en sacar
del cinto. El hermano Francis sufrió una gran desilusión. No lo había dicho a
nadie, pero esperaba volver a encontrarse con el peregrino del desierto.
—Desmonta —dijo el ladrón.
El asno se detuvo y el hermano Francis se alzó la
capucha para dejar al descubierto el parche negro de su ojo derecho. Después
levantó un tembloroso dedo para tocar el trozo de tela, y empezó a quitárselo
lentamente, como si allí debajo hubiera algo horrible. El ladrón echó atrás la
cabeza y la carcajada que soltó pareció brotar del cuello del mismo Satanás.
Francis murmuró un exorcismo, pero el asaltante siguió intacto.
—Vosotros, los sotanas, usáis ese truco desde hace
muchos años —dijo el malhechor—. Desmonta.
El hermano Francis sonrió, se encogió de hombros y
obedeció sin protestar.
—Le deseo un buen día, señor —dijo sonriente—.
Puede quedarse con el asno.
Creo que una caminata mejorará mi salud. —Volvió a
sonreír y prosiguió su camino.
—¡Alto! —ordenó el ladrón—. Desnúdate. Y quiero ver
lo que llevas en ese
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bulto.
El hermano Francis tocó su cuenco de pordiosero y
adoptó un aire lastimoso, pero el salteador lanzó una carcajada despectiva.
—También conozco ese truco del pote de limosnas
—dijo—. El último hombre que lo llevaba tenía un buen puñado de oro escondido
en las botas. Desnúdate.
El hermano Francis mostró sus sandalias y después
empezó a desnudarse. El ladrón registró las vestiduras y no encontró nada, por
lo que las devolvió al monje.
—Ahora enséñame lo que llevas en ese bulto.
—Sólo es un documento, señor —protestó el
religioso—. Únicamente tiene valor para su poseedor.
—Ábrelo.
El hermano Francis obedeció en silencio. La hoja de
oro y el llamativo diseño resplandecieron brillantemente a la luz del sol que
se filtraba entre el follaje. El asaltante se quedó con la boca abierta y luego
lanzó un silbido de admiración.
—¡Qué maravilla! —exclamó—. A mi mujer le gustará
tenerlo colgado en la pared.
El ladrón se quedó mirando fijamente el documento
mientras el monje iba consumiéndose de desesperación. Si le has enviado para
probarme, Señor, oró para sus adentros, ayúdame a morir como un hombre, porque
si debe quitarme el documento, lo hará cuando Tu siervo ya sea cadáver.
—Envuélvemelo —ordenó el salteador, acariciando su
barbilla con repentina decisión.
—Por favor, señor —gimió el monje—, no os llevéis
la obra de toda una vida. Pasé quince años iluminando este manuscrito y…
—¡Vaya! ¿Así que lo hiciste tú mismo? —El ladrón
echó hacia atrás la cabeza y volvió a reírse.
—No comprendo el motivo de su alegría, señor —dijo
el sonrojado hermano Francis.
—¡Tú! —El ladrón señaló al monje entre enormes
risotadas—. Quince años para hacer esta tontería… ¿A eso te dedicas? ¿Por qué?
Dame una buena razón. ¡Quince años! ¡Ja, ja!
Francis le miró, enmudecido por el asombro, y no
pudo pensar en una réplica que apaciguara aquel desprecio.
El religioso entregó con gran cuidado el documento.
El ladrón lo cogió e hizo ademán de partirlo en dos.
—¡Jesús, María y José! —gritó el monje, y se
arrodilló en el camino—. ¡Por el amor de Dios, señor!
El salteador soltó una risita y arrojó el documento
al suelo.
—Pelea por él —le desafió.
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—¡Haré cualquier cosa, señor, cualquier cosa!
Se pusieron frente a frente. El monje se santiguó y
recordó que la lucha había sido en tiempos un deporte autorizado por la
divinidad. Se preparó para la batalla con una fe ciega.
Tres segundos después se encontró gimiendo y
tendido de espaldas bajo una masa musculosa. El borde de una roca parecía estar
partiéndole la columna vertebral.
El ladrón se rió por enésima vez y se levantó para
recoger su trofeo.
El hermano Francis juntó las manos como si fuera a
rezar, siguió al bandido arrastrándose sobre las rodillas y suplicó con toda la
fuerza de sus pulmones. El ladrón se volvió hacia él.
—Supongo que estarías dispuesto a besarme las botas
para que te lo devolviera — dijo.
Francis se aproximó y le besó fervientemente las
botas. El gesto resultó excesivo incluso para un hombre tan curtido como el
ladrón. Volvió a tirar al suelo el manuscrito, lanzó un juramento y montó en el
borrico del monje. Este recogió el precioso documento y corrió tras el ladrón
sin dejar de darle las gracias y dedicarle bendiciones. Francis miró por última
vez la figura del salteador que se alejaba a lomos de su asno y alabó a Dios
por la existencia de ladrones tan desprendidos.
Pero cuando el hombre desapareció entre los
árboles, el monje sintió una repentina congoja. Quince años para hacer esta
tontería… Todavía resonaba en sus oídos aquella voz burlona. ¿Por qué? Dame una
buena razón. ¡Quince años!
No estaba acostumbrado a los rudos hábitos del
mundo exterior, a tanta dureza y brusquedad. Aquellas palabras de mofa
acongojaron su corazón y siguió su andadura con la mirada fija en el polvo del
camino. Incluso pensó en abandonar el documento entre los matorrales y permitir
que la lluvia lo destruyera… Pero el padre Juan había considerado aquella
misión como una gracia divina y él, Francis, no podía presentarse en el
Vaticano con las manos vacías. Este último pensamiento fortificó su espíritu.
Había llegado el momento. La ceremonia fue para el
hermano Francis un espectáculo magnificente de sonido y actos solemnes, una
explosión de colorido dentro de la majestuosa basílica. Una vez invocado el
Espíritu infalible, se puso en pie un prelado. Era di Simone, advirtió Francis,
el abogado del santo. Monseñor pidió a Pedro que se pronunciara a través de la
persona de León XXII y pidió atención a todos los allí reunidos.
El Papa proclamó solemnemente que Isaac Edward
Leibowitz era un santo, y la ceremonia concluyó. El antiguo y misterioso
técnico pasó a pertenecer a la jerarquía celestial, y el hermano Francis
susurró una respetuosa oración a su nuevo patrón mientras el coro entonaba el
Te Deum.
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El Pontífice entró de improviso en la sala de
audiencias, donde aguardaba el menudo monje, cogiendo por sorpresa al hermano
Francis y dejándole mudo durante unos instantes. Se apresuró a arrodillarse
para besar el anillo del pescador y recibir la bendición. Al incorporarse
advirtió que estaba ocultando el precioso documento, que lo aferraba contra su
espalda como si se avergonzara de él. Los ojos del Papa captaron el detalle y
sus labios esbozaron una sonrisa.
—¿Nos has traído un presente, hijo mío? —preguntó.
El monje tragó saliva, asintió estúpidamente y
mostró su piel de cordero. El Vicario de Cristo lo contempló largo rato con
rostro inexpresivo, haciendo que la inquietud del hermano Francis fuera
aumentando a cada segundo que pasaba.
—No es nada —tartamudeó—. Es… es un m-miserable
p-presente. Me avergüenza haber desperdiciado tanto tiempo en…
El Papa parecía no prestarle atención.
—¿Comprendes el significado de la simbología de San
Isaac? —inquirió, observando con curiosidad el abstracto diseño del circuito.
El monje negó con un gesto de su cabeza.
—Sea cual fuere… —empezó a decir el Papa, aunque no
terminó la frase.
El Pontífice sonrió y cambió de tema. Explicó que
el hermano Francis había recibido aquel honor por razones que nada tenían que
ver con su encuentro con el peregrino, sino por haber sacado a la luz
importantes documentos y reliquias del santo. Los detalles del hallazgo no
habían sido tenidos en cuenta por la Iglesia.
Francis tartamudeó su agradecimiento. El Papa
volvió a contemplar el esplendoroso colorido del plano iluminado.
—Sea cual fuere su significado —repitió el
Pontífice—, este fragmento de conocimiento volverá a la vida, por más que hoy
esté muerto. —Sonrió y guiñó un ojo al monje—. Y nosotros lo conservaremos
hasta que llegue ese día.
El menudo monje advirtió por primera vez que el
Sumo Pontífice tenía un agujero en sus vestiduras. En realidad, sus ropas
estaban raídas. La alfombra de la sala de audiencias presentaba trozos muy
deteriorados, y la escayola del techo se caía a ojos vista.
Pero había libros en las estanterías que jalonaban
las paredes. Libros bellísimos sobre temas incomprensibles, copiados por
hombres cuya misión no consistía en entenderlos, sino en preservarlos. Y los
libros seguían allí, aguardando.
—Adiós, hijo mío.
Y el pequeño custodio de la llama del conocimiento
emprendió a pie el camino de vuelta a la abadía. Conforme se acercaba al lugar
de su encuentro con el ladrón, el corazón del hermano Francis se sintió lleno
de alegría. Y si aquel día resultaba ser festivo para el salteador, estaba
dispuesto a pasar la noche allí y aguardar su retorno. Ahora ya tenía una
respuesta que darle.
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LAS MUJERES QUE LOS HOMBRES NO VEN
James Tiptree, Jr.
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La veo por primera vez cuando el 727 mexicano se
dirige hacia la isla de Cozumel. Salgo del lavabo, doy un tropezón junto a su
asiento y digo «perdón» a dos masas difusas. La más cercana asiente
tranquilamente. La más joven, sentada junto a la ventanilla, continúa mirando
al exterior. Sigo andando por el pasillo y no registro nada. Cero. No las había
mirado y no volvería a pensar en ellas.
El aeropuerto de Cozumel es la mezcla acostumbrada
de frenéticos yanquis vestidos para ir a trabajar y tranquilos mexicanos
vestidos para comer en el hotel Presidente. Soy un agotado yanqui vestido para
pescar en serio. Salgo del tumulto con mis cañas y pertrechos y recorro la
pista para buscar a mi piloto, un tal capitán Esteban al que he contratado para
que me lleve a los bajíos de lisas de Belice, trescientos kilómetros hacia el
sur.
El capitán Esteban resulta ser un maya puro de uno
cuarenta y cinco de estatura y piel rojiza como la caoba. También su sombrío
estado de ánimo es típicamente maya. Me dice que mi Cessna no tiene permiso
para despegar y que su Bonanza está reservado para llevar a un grupo hasta
Chetumal.
Bien, Chetumal está al sur. ¿Puede llevarme y
seguir hasta Belice cuando los otros desembarquen? Con el mismo aspecto lóbrego
me concede esa posibilidad… si el otro grupo lo permite y si no pienso volar
con demasiado equipaje.
Se aproximan los de Chetumal. Son aquella mujer y
su joven compañera (¿su hija?), ambas caminando con elegancia por la explanada
de grava y yucas. Sus trajes Ventura son como ellas mismas: pequeños, sencillos
y poco vistosos. No hay problemas. Cuando el capitán pregunta si les importará
mi compañía, la madre responde con un suave «claro que no» sin molestarse en
mirarme.
Mi detector interno emite su primer y apagado clic.
Sí, creo que ha sido ahora. Esta mujer me acepta en su avión porque debe de
haberme observado cuidadosamente antes de ahora. ¿Cómo ha podido hacerlo? Paso
por alto el detalle. Durante años la paranoia no me ha sido útil en mi trabajo,
pero resulta difícil romper con este hábito.
Trepamos al Bonanza y observo que la chica posee lo
que podría ser un cuerpo atractivo si hubiera en él algún destello de vida.
Pero no lo hay. El capitán Esteban se sienta sobre un poncho plegado para poder
divisar por encima de la capota y efectúa una cuidadosa inspección. Y luego nos
encontramos en el cielo, sobre la jalea turquesa del Caribe, volando en contra
de un persistente viento del sur.
La costa que hay a nuestra derecha es el territorio
de Quintana Roo. En el caso de que no conozcan el Yucatán, imagínense la
alfombra más grande del mundo, absolutamente lisa y de un color verdegrís. Una
tierra aparentemente vacía. Sobrevolamos los blancos restos del Tuluum y la
hendedura de la carretera de Chichén Itzá, media docena de plantaciones de
cocos… y nada más aparte de los arrecifes y la jungla de maleza baja que se
extienden hasta donde alcanza la vista.
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Una visión idéntica a la que tuvieron los
conquistadores de hace cuatro siglos. Largas franjas nubosas corren hacia
nosotros y ensombrecen la costa. Lo que
sigue lo averiguo gracias a la preocupación de
nuestro piloto por el tiempo. Un frente frío se está deshaciendo al oeste,
sobre los campos de cáñamo de Mérida, y el viento del sur origina una serie de
tormentas costeras: lo que aquí llaman lloviznas. El metódico Esteban evita un
par de masas cumuliformes. El Bonanza cabecea y me vuelvo con una vaga noción
de dar confianza a las mujeres. Están observando tranquilamente lo que puede
verse del Yucatán. Bien, habían tenido la oportunidad de gozar de la vista del
copiloto, pero la habían rechazado. ¿Demasiado asustadizas?
Otra llovizna delante de nosotros. Esteban eleva el
Bonanza y se incorpora ligeramente para observar el curso. Por primera vez en
mucho tiempo, me relajo y saboreo la distancia que me separa de mi despacho, la
semana de pesca que me aguarda. Me atrae el típico perfil maya de nuestro
capitán: amplia nariz en directa prolongación de la frente, labios y mentón que
se apartan del órgano olfativo. Si sus ojos sesgados hubieran sido un poco más
bizcos, el piloto no habría obtenido su licencia. Se crea o no, el conjunto es
muy atractivo. Y resulta altamente erótico en las muchachas mayas, con los
destellos de melancolía iridiscente de sus ojos. No hay nada como las mujeres
bonitas orientales. Esta gente tiene los huesos de piedra, y es probable que la
abuela del capitán Esteban pudiera remolcar al Bonanza…
El ruido de la cabina hiere mis oídos y me devuelve
a la realidad. Esteban vocifera frente al micro entre el estruendo del granizo.
El color gris que se ve por las ventanas se ha vuelto muy oscuro.
Pero falta un sonido importante: el del motor. Me
doy cuenta de que Esteban está peleando con un avión muerto. Mil metros de
altitud. ¡Hemos perdido seiscientos metros!
El capitán acciona las clavijas que controlan el
depósito de combustible. La tormenta nos lanza de un lado a otro. Capto algo
sobre gasolina en un gruñido que me permite ver la gran dentadura del piloto.
El Bonanza cae dando vueltas. Esteban levanta el brazo en busca de una palanca
y veo que los indicadores de combustible están altos. Quizá se ha atascado una
línea de alimentación por gravedad, ya que he oído el gas aquí abajo. El
capitán se quita los auriculares. De todos modos, sólo tenemos una posibilidad
entre un millón de que alguien pueda localizarnos en medio de la tormenta.
Ochocientos metros: seguimos cayendo.
La bomba de alimentación eléctrica parece haberse
conectado: el motor arranca… se para… arranca… y vuelve a pararse
definitivamente. De repente nos encontramos bajo las nubes. Vemos una línea
blanca casi oculta por la lluvia: el arrecife. Pero no hay ninguna playa en la
costa; tan sólo una tortuosa ensenada con algunas zonas llanas cubiertas de
mangle. Y se aproxima hacia nosotros a toda velocidad.
Esto va a ir mal, me digo para mis adentros con muy
poca originalidad. Las
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mujeres no han dicho ni una palabra. Vuelvo la
cabeza y las veo agarradas y con la chaqueta en la cabeza. Yo también procuro
agarrarme donde puedo, pero sé que no me servirá de mucho con una velocidad
crítica que ronda los ciento treinta kilómetros por hora.
Esteban vuelve a gritar por el micro de lo que
ahora se ha convertido en un planeador. Y… un milagro. Mientras el agua parece
que va a engullirnos, el capitán hace que el aparato gire, en una maniobra que
nos pone los pelos de punta, y el avión queda flotando… con un alargado banco
de arena frente a nuestras narices.
¿Cómo demonios ha encontrado esto? No lo sé. El
Bonanza cae finalmente y de su panza surge un tremendo estruendo… Rebotamos…
Nueva embestida… y un remolino de confusión, una barrena plana sobre los
mangles que hay en un extremo del banco de arena. ¡Crash! ¡Clang! El avión se
enrolla en una masa de estrangulantes ramas de higuera y queda inclinado. El
accidente ha terminado y todos nos quedamos helados. Y no hay fuego. Es
increíble.
El capitán Esteban fuerza la puerta, que ahora está
en el techo.
—Madre. Madre. —Es la voz sosegada de una de las
mujeres.
Cambio de posición como puedo y veo que la muchacha
trata de liberarse del abrazo de su madre. Esta tiene los ojos cerrados. Luego
los abre y recupera la cordura al instante. Esteban empieza a sacarlas del
avión. Cojo el botiquín del Bonanza y salgo, no sin grandes esfuerzos, a un día
ventoso y soleado. La tormenta está desapareciendo a lo lejos.
—Un gran aterrizaje, capitán.
—¡Oh, sí! ¡Maravilloso! —Las mujeres están
temblando, pero no muestran histerismo alguno. Esteban inspecciona el lugar con
la misma expresión con que sus antepasados recibieron a los españoles.
Si han pasado por una situación parecida, ya
conocerán el lento proceso de vaciedad que sigue a continuación. Al principio,
euforia. Nos apartamos de la higuera y examinamos el banco de arena en medio de
un viento cálido y rugiente. Advertimos sin alarmarnos que estamos rodeados de
agua cristalina, de medio metro de profundidad y con un fondo de lodo oliváceo.
La costa que se extiende a nuestro alrededor es un manglar pantanoso y, por lo
tanto, inhabitable.
—La bahía del Espíritu Santo —dice Esteban,
confirmando mis sospechas de que estamos metidos en esa agreste extensión
marina. Siempre había deseado pescar aquí.
—¿Qué es todo ese humo? —La mujer joven señala los
penachos que brotan del horizonte.
—Cazadores de caimanes —contesta Esteban.
Los cazadores furtivos mayas han dejado sus rastros
de fuego en los cenagales. Tengo el presentimiento de que si hacemos una
hoguera no llamará demasiado la atención. Y ahora me fijo en que nuestro avión
ha quedado bien oculto al pie de la
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higuera. Es muy difícil que lo vean desde el aire.
Empiezo a preguntarme cómo demonios vamos a salir
de aquí, pero me interrumpe la voz de la mayor de las dos mujeres.
—Capitán —dice—, si no nos han oído por radio,
¿cuándo empezarán a buscarnos?
—Mañana —responde Esteban secamente.
Un rescate aire-mar me parece bastante improbable.
Nuestro caso es como el de un joven que lleva una semana fuera de casa cuando
su madre empieza a preocuparse por él.
Estoy pensando que tenemos para rato.
Además, ese ruido de motor diesel que suena a
nuestra izquierda son las aguas del Caribe que se precipitan sobre la entrada
de la bahía. El viento empuja las olas hacia nosotros, y las desnudas partes
inferiores de los mangles demuestran que la pleamar cubre este banco de arena.
Esta mañana he visto luna llena en San Luis (nada menos que en San Luis, sí),
señal clara de que la marea subirá al máximo. Bueno, nos podremos subir al
avión. Pero ¿qué agua vamos a beber?
Hay un pequeño chapoteo a mi espalda.
La mujer de más edad ha probado el agua de la
bahía. Sacude la cabeza y sonríe tristemente. Es la primera expresión auténtica
que observo en una de las dos y me parece un buen momento para presentarme.
Digo que me llamo Don Fenton y que soy de San Luis, y ella se presenta como la
señora Parsons, de Bethesda, Maryland. Lo dice de un modo tan agradable que al
principio no advierto la falta de su nombre de pila. Todos volvemos a felicitar
al capitán Esteban.
El piloto tiene el ojo izquierdo cerrado por la
hinchazón, una molestia que, como maya, desearía ocultar. Pero además, la
señora Parsons advierte la forma en que el capitán aprieta un codo contra sus
costillas.
—Está herido, capitán.
—Roto… creo que me lo he roto.
Se siente incómodo sufriendo. Le obligamos a
quitarse su camisa Jaime y descubrimos una desagradable contusión en su
soberbio y moreno torso.
—¿Hay alguna venda en ese botiquín, señor Fenton?
Sé un poco de primeros auxilios.
La mujer se ocupa del vendaje, mostrándose tan
competente como impersonal. La señorita Parsons y yo paseamos hasta el extremo
del banco de arena y tenemos una charla que no olvidaré nunca.
—Cucharetas rosadas —digo mientras se alejan tres
pájaros.
—Son muy bonitas —comenta con la misma voz que su
madre, apenas audible—.
¿Es un indio maya, verdad? Me refiero al piloto.
—Sí, lo es. El tipo auténtico, el de los murales de
Bonampak. ¿Conoce Chichén y
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Uxmal?
—Sí. Estuvimos en Mérida. Vamos a Tikal, en
Guatemala… O pensábamos ir, vaya.
—Llegarán, no se preocupe. —Estoy pensando que la
chica necesita un poco de ánimo—. ¿Sabe que las madres mayas solían atar una
tabla a la frente de los recién nacidos para conseguir esa inclinación? También
ponían una bola de sebo sobre sus narices para lograr esos ojos bizcos. Lo
consideraban un detalle aristocrático.
Ella sonríe y vuelve a mirar a Esteban.
—La gente de Yucatán parece distinta —dice con aire
pensativo—. No son como los indios de México capital. Son… no sé, más
independientes.
—Es la consecuencia de que nunca hayan sido
sometidos. Masacraron y persiguieron a los mayas, pero nadie pudo vencerlos por
completo. Apuesto a que no sabe que la última guerra entre mexicanos y mayas
terminó con una tregua negociada en 1935.
—¡No! —exclama muy seria—. Ese detalle me gusta.
—Igual que a mi.
—El mar está subiendo muy rápido —comenta la señora
Parsons a nuestras espaldas.
Es cierto. Y vuelve a caer otra llovizna. Nos
metemos en el Bonanza. Busco mi abrigo de piel y trato de contener la lluvia,
pero es inútil frente a la furia de la tormenta. Sacamos mi botella de whisky y
un par de barras de malta de entre el revoltijo de objetos que hay en la cabina
y nos ponemos cómodos dentro de lo posible. Las dos mujeres toman un sorbo de
licor, Esteban y yo bastante más. El Bonanza empieza a dar tumbos. Esteban
observa con su único ojo sano el agua que se filtra en la cabina y se pone a
dormir. Todos le imitamos.
Cuando el agua desaparece, no queda nada de euforia
y estamos sedientos, muy sedientos. Para más fastidio, el sol está a punto de
ponerse. Cojo una caña y unos cuantos anzuelos triples y me las arreglo para
pescar cuatro pequeños salmonetes. Esteban y las mujeres atan a los mangles la
diminuta balsa del Bonanza para recoger el agua de la lluvia. El viento es
tremendamente cálido. No se ve ningún avión.
Por fin vuelve a llover y obtenemos un vaso de agua
para cada uno. Mientras la puesta del sol envuelve el mundo en un humo dorado,
nos sentamos en el suelo para comer húmedos salmonetes crudos y los mendrugos
que sobraron de un bocadillo. Las mujeres se han puesto pantalones cortos,
bonitos pero decididamente poco excitantes.
—Nunca pensé que el pescado crudo fuera tan
refrescante —dice la señora Parsons muy satisfecha. Su hija responde con una
risita y muestra la misma satisfacción. Está del lado de su mamá, lejos de
Esteban y de mí. Ya me hago una idea de la señora Parsons: es la gallina por
excelencia protegiendo a su único polluelo
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de los predadores machos. Me parece muy bien. Vine
aquí para pescar.
Pero hay algo que me irrita. Las malditas mujeres…
no se han quejado una sola vez, ya me entienden. No he atisbado un solo temblor
o cualquier tipo de manifestación individual. Son tan impersonales como una
enciclopedia.
—Parece estar muy a sus anchas en un lugar agreste,
señora Parsons. ¿Suele hacer excursiones?
—Oh, no, por Dios. —Una risa tímida—. No desde que
mi hija era girl scout. Oh, mire… ¿Son tijeras esos pájaros?
Responder una pregunta con otra pregunta… Espero a
que las fragatas desaparezcan majestuosamente en la lejanía.
—Bethesda… ¿Quizá trabaja usted para el Tío Sam?
—Oh, sí. Debe conocer mucho Washington, señor
Fenton. ¿Va mucho allí a causa de su trabajo?
Mi pequeño truco habría dado resultado en cualquier
parte que no fuera nuestro banco de arena. Mis genes de cazador se retuercen
inquietos.
—¿A qué organismo pertenece?
—Oh, a los archivos de gestiones extranjeras. Sólo
soy bibliotecaria. —Una forma elegante de ceder.
Ahora ya sé quién es, desde luego. Es una de las
muchas señoras Parsons de los departamentos de archivo, secciones contables y
oficinas administrativas. Digo a la señora Parsons que necesitamos un resumen
de los contratos para servicio externo del año fiscal 1973. ¿Así que ahora de
viaje por el Yucatán? ¡Qué pena…! Le ofrezco el aburrido chiste.
—¿Sabe dónde están enterrados los cadáveres? Ella
sonríe disculpándose y se levanta. —Oscurece muy de prisa, ¿verdad? Es hora de
volver al avión.
Una bandada de ibis revolotea por encima de
nuestras cabezas, señal evidente de que están acostumbrados a pernoctar en la
higuera. Esteban saca un machete y una hamaca maya. Extiende la hamaca entre el
árbol y el avión, negándose a que le ayude. Los golpes que da con el machete
son sorprendentemente inseguros.
Las mujeres están orinando en la parte trasera del
avión. Una de ellas resbala y se queja en voz baja.
—¿Podríamos dormir en la hamaca, capitán? —pregunta
la señora Parsons al regresar.
Esteban hace una mueca increíble y yo comento el
peligro de la lluvia y los mosquitos.
—No se preocupe. Tenemos repelente para insectos y
nos gusta el aire fresco.
El aire sopla con gran fuerza y es más frío a cada
segundo que pasa.
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—Además, tenemos impermeables —añade alegremente la
hija.
Muy bien, señoras. Los peligrosos varones nos
retiramos a la húmeda cabina. De vez en cuando, entre el rugido del viento,
oigo la risa de las mujeres que, al parecer, están muy cómodas en su frío nido.
Una locura privada, me digo. Me tengo por el hombre menos peligroso del mundo.
En realidad, esa cualidad mía, tan poco varonil, ha sido durante muchos años
algo muy útil. ¿Acaso las mujeres estarán fantaseando con Esteban? Quizá sean
simples chifladas del aire fresco… Los invisibles motores diesel del arrecife
rugen monótonamente y me voy adormeciendo.
Despertamos con los labios resecos a un alba
ventosa y de color salmón. Un rayo de sol levanta destellos en el mar, pero las
nubes no tardan en ocultarlo. Me pongo a pescar, empleando un poco de salmonete
como cebo, y caen dos aguaceros. El desayuno consiste en un trozo de húmeda
barracuda para cada uno.
Las Parsons siguen estoicas y serviciales.
Siguiendo las instrucciones de Esteban, levantan una sección de la capota.
Debemos estar preparados para hacer arder la gasolina en cuanto oigamos un
avión. Pero el único sonido es el de un jet que se dirige hacia Panamá sin que
podamos verlo. El viento aúlla; es un aire ardiente, seco y lleno de polvo
coralífero. Igual que nosotros.
—Empiezan a buscar en el mar —explica Esteban. Su
aristocrático sesgo frontal está repleto de gotas de sudor. La señora Parsons
le mira con expresión preocupada. La manta nubosa que nos cubre sigue goteando,
aunque no lo bastante, y va ganando en espesor. Mientras dure esta situación no
nos encontrará nadie, y ahora pescar ya no me parece divertido.
Finalmente, le pido a Esteban su machete y corto un
palo largo y ligero. Desde el avión vi que un arroyo venía hacia aquí. No puede
haber más de cuatro o cinco kilómetros.
—Me temo que la balsa se ha desgarrado. —La señora
Parsons me enseña los rotos en el plástico anaranjado. Para mayor fastidio, la
marca es de Delaware.
—Bien —me oigo decir—. La marea está bajando. Si
cortamos el extremo de ese tubo de aire podré traer agua en él. He vadeado
bajíos antes de ahora. —Pero incluso a mí me parece una locura.
—Quédese aquí —aconseja Esteban. Tiene razón, por
supuesto. Tan evidente como que tiene fiebre. Miro el cielo nublado y noto
arena y sabor a barracuda en mis labios. ¡Al infierno con la lógica!
Mientras corto la balsa, Esteban me dice que coja
el poncho.
—Deberá pasar la noche allí. —También en eso tiene
razón. Tendré que esperar la marea baja.
—Iré con usted —dice tranquilamente la señora
Parsons.
La miro fijamente. ¿Qué nueva locura se le ha
ocurrido a mamá gallina? ¿Piensa que Esteban está demasiado enfermo para ser
funcional? Todavía asombrado, mis
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ojos captan el hecho de que la señora Parsons tiene
las rodillas muy rosadas, lleva el pelo suelto y su nariz está quemada por el
sol. En realidad es una cuarentona bien conservada.
—Mire, esto va a ser desagradable. Barro y agua
hasta las orejas…
—Puedo hacerlo. Además, nado muy bien. Lo
soportaré. Dos personas será mucho mejor, señor Fenton, y podremos traer más
agua.
Lo dice muy seria. Bien, en esta época del invierno
mi estado físico no es demasiado bueno, y tampoco puedo engañarme diciendo que
me deprime la compañía. Sea.
—Enseñaré a la señorita Parsons a manejar esta
caña.
La hija todavía está más despeinada y quemada por
el sol que la madre, y no es muy torpe con mis aparejos. Una buena chica,
siempre quietecita y sin abrir la boca. Cortamos otro palo y cogemos algunas
cosas. En el último momento, Esteban da muestras de lo enfermo que está: me
ofrece el machete. Se lo agradezco, pero no lo cojo. Estoy acostumbrado a mi
cuchillo Wirkkala. Metemos un poco de aire en el tubo de plástico, para que
flote, cerramos el extremo e iniciamos la marcha por el trozo que hay más arena.
—Buen viaje. —Esteban levanta una de sus morenas
manos.
La señorita Parsons ha abrazado a su madre y ahora
corre a tirar el anzuelo desde el mangle. Agita las manos y nosotros la
imitamos.
Una hora más tarde, estamos a una distancia que
casi nos permitiría seguir despidiéndonos. El avance es penoso. La arena da
paso a un barro que impide andar o nadar, y el fondo está repleto de punzantes
raíces muertas. Vamos trabajosamente de un hoyo a otro, espantando rayas y
tortugas y confiando en no toparnos con alguna morena. Cuando no estamos
empapados de fango, sentimos la sequedad de nuestras bocas y jadeamos como si
fuéramos ballenas.
La señora Parsons lucha tenazmente. Sólo tengo que
ayudarla una vez. Y al hacerlo, advierto que el banco de arena ya no está a la
vista.
Por fin llegamos a la brecha que hay entre los
mangles y que yo había confundido con un arroyo. El boquete se abre en otro
brazo de la bahía, con más mangles a la vista. Y la marea está subiendo.
—¡Vaya ocurrencia más absurda la que he tenido!
—Las cosas se ven de otro modo desde el avión —me
consuela la señora Parsons. Cambio de opinión sobre las girl scouts y nos
adentramos en los mangles hacia la línea difusa que debe ser la costa. Nos da
el sol de cara, dificultando nuestra visión. Ibis y garzas revolotean a nuestro
alrededor. Un gran cangrejo ermitaño se aleja asustado y su cola se yergue como
la de un gallo. Caemos en nuevos hoyos. Veo destellos de luz solar entre el
agua que chorrea de mi cabello. Una fantasía en mi mente: el mangle como obstáculo
universal. Resulta difícil hacerse a la idea de que
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nunca he caminado por una calle como ésta,
tropezando, pisando o eludiendo raíces de mangle. Y el sol desciende sobre el
horizonte.
De pronto tropezamos con un saliente y caemos en
una corriente de agua fría. —¡El arroyo! ¡Es agua dulce!
Bebemos, procurando no tragar nada que sea sólido,
y nos refrescamos. Es la mejor bebida que he probado en toda mi vida.
—¡Oh, Dios mío! ¡Oh…! —exclama la señora Parsons en
medio de una risa incontenible.
—Aquella zona oscura, a la derecha, parece tierra
firme.
Nos esforzamos por seguir la corriente, andando
sobre un fondo más duro, que se convierte en un sólido banco de arena y nos
permite sacar la cabeza del agua. Hay un claro a poca distancia, junto a un
grupo de puntiagudas bromelias. Trepamos y nos desplomamos sobre la elevación.
Estamos calados hasta los huesos y despedimos un olor apestoso. Sin darme
cuenta, mi brazo trata de apoyarse en el hombro de mi compañera… pero la señora
Parsons no está allí. Se ha puesto de rodillas y contempla la ardiente llanura que
nos rodea.
—¡Es fantástico volver a ver tierra firme! —El tono
de su voz es demasiado inocente. Noli me tangere.
—No se le ocurra andar por ahí —digo irritado. ¿En
qué está pensando esa necia?
—. Esa «tierra firme» es una mezcla de restos y
porquerías y está llena de raíces. Hay que tener mucho cuidado.
—Aquí parece bien firme.
—Estamos en una zona de caimanes. Ese ha sido
nuestro destino. Pero no se preocupe, la mayoría deben de estar camino de que
los conviertan en bolsos y carteras.
—¡Qué vergüenza!
—Será mejor que eche el anzuelo al agua antes de
que oscurezca.
Me vuelvo y preparo una sarta de anzuelos que tal
vez nos proporcionen algo para desayunar. Cuando miro a la señora Parsons, veo
que está arrancando porquerías del poncho.
—Me alegra que me advirtiera, señor Fenton. Es un
lugar traicionero.
—Sí. —Esto es el colmo. Dios sabe que no deseo
tangere a la señora Parsons. Ni aunque no estuviera en apuros—. El Yucatán es
un lugar poco acogedor, aunque parezca tranquilo. Ahora comprenderá por qué los
mayas construyeron carreteras. Y hablando de ellos… ¡Mire allí!
Los últimos rayos del sol perfilan una pequeña
forma rectangular a un par de kilómetros tierra adentro: una ruina maya de la
que brota una higuera.
—Hay muchas así por esta zona. La gente cree que
eran torres de vigilancia. —Es una zona muy desierta.
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—Esperemos que los mosquitos tampoco la habiten.
Nos acomodamos en el vivero de caimanes y
compartimos la última barra de malta, contemplando las estrellas que aparecen y
desaparecen entre las nubes. Los insectos no se portan demasiado mal; quizá el
calor les haya alejado. A nosotros, empapados como estamos, la temperatura nos
parece más bien fría. La señora Parsons sigue interesándose por el Yucatán y
desinteresándose, inequívocamente, por un posible acercamiento físico.
Empiezo a tener pensamientos agresivos sobre cómo
vamos a pasar la noche si ella espera que le ceda el poncho… y en ese mismo
momento la señora Parsons se pone de pie y alisa un poco el suelo.
—Supongo que este lugar será tan bueno como
cualquier otro. ¿No le parece, señor Fenton?
Extiende la bolsa de la lancha a modo de almohada y
se tiende de lado. Luego se tapa con la mitad del poncho y deja la otra mitad
libre. Me da la espalda.
La demostración es tan convincente que me cubro sin
rechistar con mi parte de poncho. Pero antes de acabar comprendo lo ridícula
que es la situación.
—¡Ah! Me llamo Don.
—Oh, claro. —Su voz es todo gentileza—. Me llamo
Ruth.
Me esfuerzo en no tocarla y… aquí estamos. Dos
pescados sobre un plato, a la luz de las estrellas, oliendo el humo del viento
y sintiendo cosas por debajo de nosotros. Son los instantes más íntimos y
embarazosos de toda mi vida.
La mujer no significa nada para mí, pero su
retraimiento impertinente y el desafío de sus menudas nalgas a un palmo de mi
mano… Por tan sólo dos pesos bajaría esos pantalones cortos y me pondría
encima. Si tuviera veinte años menos… Si no estuviera tan cansado… Pero los
veinte años de más y el cansancio son un hecho y empiezo a pensar, no sin
cierta ironía, que la señora Ruth Parsons ha sido muy exacta en sus juicios.
Porque si yo tuviera veinte años menos, ella no estaría aquí. Como el pececillo
que flota en torno a una saciada barracuda y desaparece en el instante que su
enemiga empieza a tener hambre, la señora Parsons sabe que sus pequeños
pantalones están a salvo. Esos pantalones cortos, tan sólidamente repletos, tan
cerca de mí…
Noto un nervio cálido que despierta en mi ingle… y
mientras eso sucede, intuyo un silencioso vacío a mi espalda. La señora Parsons
está apartándose de mí de un modo imperceptible. ¿Habrá observado algún cambio
en mi respiración? Quién sabe. Pero estoy seguro de que si estiro la mano no
encontraré nada… porque a ella se le habrá ocurrido tomar un baño. Ahogo una
risita, pensando en el asunto de los veinte años, y me tranquilizo.
—Buenas noches, Ruth.
—Buenas noches, Don.
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Y aunque no se lo crean, nos dormimos mientras las
armadas del viento rugen sobre nuestras cabezas.
La luz me despierta… Un fulgor blanco y frío.
En lo primero que pienso es en los cazadores de
caimanes. Será mejor que nos apresuremos a presentarnos como turistas. Me
levanto medio atontado y veo que Ruth ha ido a parar bajo el grupo de
bromelias.
—¿Quién hay? ¡Socorro! ¡Socorro, aquí!
No hay respuesta. La luz desaparece y me deja
cegado.
Sigo gritando en un par de idiomas más. Nada. Todo
está muy oscuro. En alguna parte hay un sonido agudo, y tengo la sensación de
que alguien está escarbando. La situación cada vez me gusta menos, y trato de
comentar que nuestro avión se ha estrellado y necesitamos ayuda.
Un estrecho rayo de luz nos ilumina por un instante
y desaparece.
—Eh-ep —dice una voz confusa. Escucho un chirrido
de metal. No se trata de nativos, es obvio. Me vienen a la cabeza pensamientos
muy desagradables.
—Mire —susurra Ruth a mi espalda—. En las ruinas.
Obedezco y capto una luz oscilante, muchas luces
juntas, quizá. Se desvanece enseguida.
—¿Un campamento?
Doy otros dos pasos en la oscuridad. Mi pierna se
hunde en el suelo y algo punzante se me clava en el mismo sitio donde uno mete
el cuchillo para desunir un muslo de pollo. El dolor me indica que la herida
está en la rodilla.
En estos casos, lo peor es forzar las rodillas.
Primero descubres que tu rodilla no se dobla y tratas de cargar sobre ella el
peso del cuerpo: un dolor insoportable, agudo, te recorre la espalda y te hace
apretar los dientes. Pequeños fragmentos de cartílago han alcanzado zonas
sensitivas. La rodilla intenta doblarse pero no puede, y es un alivio dejarse
caer al suelo. Ruth me ayuda a volver hasta el poncho.
—Soy un necio, un imbécil…
—No, no, Don. Usted no tiene la culpa. —Encendemos
cerillas. Sus dedos apartan los míos y me examina—. Creo que no la tiene
dislocada, pero se está hinchando muy deprisa. La vendaré con un pañuelo
mojado. Tendremos que esperar a que amanezca para examinar el corte. ¿Cree que
se trataba de cazadores furtivos?
—Seguramente —miento. Lo que pienso es que eran
contrabandistas. Ruth vuelve con un pañuelo de colores empapado en agua y me lo
ata a la rodilla.
—Hemos debido de asustarlos. Esa luz…, parecía tan
brillante…
—Algún grupo de cazadores. La gente de por aquí
hace cosas muy extrañas.
—Quizá vuelvan por la mañana.
—Puede ser.
Ruth se tapa con el húmedo poncho y vuelve a decir
buenas noches. Ninguno de
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los dos se atreve a preguntar cómo volveremos al
avión sin ayuda.
Estoy tumbado mirando hacia el sur. Alpha Centauro
centellea sin cesar en un cielo medio nublado y me maldice por el bonito lío
que he armado. Mi primera idea está cediendo el paso a otra todavía menos
grata.
Cerca de aquí hay una lancha motora con un par de
contrabandistas que se reúnen junto al arrecife con un bote pesquero. No es
lógico que iluminen el cielo o que tengan alguna especie de vehículo que emita
ruidos agudos. Y si a esto añadimos un gran campamento… ¿Equipo paramilitar,
quizá?
Leí un informe sobre guerrilleros guevaristas que
operaban en la frontera de la Honduras Británica, que está a cien kilómetros al
sur de aquí. Justo bajo aquellas nubes. Si de esto se trata… me alegrará mucho
de que no vuelvan.
Despierto en medio de una lluvia furiosa. Estoy
solo. Mi primer movimiento confirma que tengo la pierna tal como esperaba: una
enorme erección fuera de lugar que sobresale de mis pantalones cortos. Me
incorporo dolorosamente y veo a Ruth, de pie junto a las bromelias y observando
la bahía. Nimbos espesos vierten su agua camino hacia el sur.
—No habrá aviones hoy.
—Oh, buenos días, Don. ¿Examinamos ese corte?
—Es poca cosa. —En realidad, la piel apenas está
desgarrada y la herida no es profunda. El infierno que siento dentro es
desproporcionado.
—Bueno, tienen agua para beber —comenta Ruth
serenamente—. Quizá volverán esos cazadores. Veré si encuentro algún pez… Es
decir, a no ser que pueda ayudarle en algo, Don.
Un gran tacto, el suyo. Contesto con un seco «no» y
ella se va para dedicarse a sus cosas.
Y yo a las mías. Cuando concluyo mis esfuerzos
higiénicos, la mujer aún no ha vuelto. Por fin, la oigo chapoteando.
—¡Es un pez muy grande! —Más chapoteo. Luego trepa
al banco de arena con una cubera de más de un kilo… y algo más.
Pero no lo advierto hasta terminar el sucio trabajo
de trocear el pescado.
Ruth está haciendo una hoguera (o mejor dicho, una
humareda) de brozas y ramitas para chamuscar los filetes. Sus manos menudas se
mueven con rapidez y advierto tensión en ese labio superior tan femenino. La
lluvia ha aflojado de momento. Estamos mojados, pero no tenemos frío. Ruth me
trae pescado en una rama de mangle y se pone en cuclillas y lanza un suspiro
que me sorprende.
—¿No me acompaña?
—¡Oh, claro! —Coge una rama y se sirve un trozo,
diciendo rápidamente—: O tenemos mucha sal, o nos falta. ¿No le parece? Iré a
buscar un poco de agua del mar. —Su mirada yerra sin fijarse en lugar alguno.
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—Bien pensado. —Oigo otro suspiro y pienso que la
girl scout necesita ayuda—. Su hija dijo que venían de Mérida. ¿Conoce bien
México?
—No mucho. El año pasado estuvimos en Mazatlán y
Cuernavaca… —Deja el pescado y frunce la frente.
—Y quieren ver Tikal. ¿También irán a Bonampak?
—No. —Se levanta de repente y aparta la lluvia de
su cara—. Le traeré un poco de agua, Don.
Se agacha sobre la pendiente y después de bastante
rato regresa con un tallo de bromelia.
—Gracias. —La mujer está de pie junto a mí. No deja
de observar el horizonte—. Ruth, lamento decirlo, pero esos tipos no vuelven y
es probable que no lo hagan nunca. No sabemos qué hacían, pero debíamos de
representar un problema para ellos. Podemos esperar, como mucho, que informen
de nuestra presencia aquí. Pero eso tardará uno o dos días, y para entonces ya
habremos vuelto al avión.
—Estoy segura de que tiene razón, Don. —Camina
hacia la hoguera.
—Y no se inquiete por su hija. Ya es mayorcita.
—Oh, estoy segura de que Althea está perfectamente…
Tienen mucha agua. —Se da palmadas en un muslo. Vuelve a llover.
—Vamos, Ruth, siéntese. Hábleme de Althea. ¿Todavía
estudia?
Una risita, que más parece un suspiro, y se sienta.
—Althea se graduó el año pasado. Ahora es
programadora. Yo estoy en los archivos de gestiones extranjeras. —Ruth sonríe
mecánicamente, pero sigue intranquila—. Es muy interesante.
—Conozco a un tal Jack Wittig que trabaja en
relaciones sociales. ¿Le conoce? — Aquí, entre caimanes, la conversación parece
totalmente absurda.
—Oh, conozco al señor Wittig. Pero estoy segura de
que no se acordará de mí. —¿Por qué?
—No soy una persona muy notable.
Es objetiva, simplemente objetiva. Y tiene razón,
por supuesto. ¿Quién era aquella mujer, la señora Jannings, Janny, que tuve
delante per diem durante años? Competente, complaciente, impersonal… Creo que
su padre estaba enfermo. Pero, maldita sea, Ruth es mucho más joven y
atractiva. Relativamente hablando.
—Quizá es que la señora Parsons no quiere hacerse
notar.
Emite un sonido vago y comprendo bruscamente que
Ruth no me está escuchando. Ha cruzado las manos sobre las rodillas y mira
fijamente las ruinas mayas.
—Ruth, le aseguro que nuestros amigos de la luz ya
deben de estar en otro país.
Olvídelos, no nos hacen falta.
Se vuelve para mirarme, como si hubiera olvidado
que estoy allí, y asiente
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lentamente. Me parece que le resulta muy difícil
hablar. De repente, yergue la cabeza y vuelve a levantarse.
—Voy a ir hasta la costa, Don. Creo que he oído
algo…
Y desaparece con la velocidad de una liebre.
Mientras espero que vuelva, trato de ponerme en pie con la pierna buena y el
bastón improvisado. El dolor es insoportable y siento náuseas. Mis rodillas
parecen tener una especie de conexión directa con el estómago. Doy un par de
saltos para comprobar si el Demerol que tengo en mi faja me permitirá andar. Y
al hacerlo, Ruth se encarama al banco con un pez aleteando en sus manos.
—¡Oh, no, Don! ¡No! —exclama, apretando la cubera
contra su pecho.
—El agua me hará sentir más ligero. Quiero
probarlo.
—¡No debe hacerlo! —dice muy furiosa, y al momento
baja la voz—„ Fíjese en la bahía, Don. No se ve nada.
Me quedo inmóvil, aunque sin poder evitar
tambalearme, con la bilis exaltada y observando las cortinas de sol y lluvia
que se desploman en el agua. Ruth tiene razón, gracias a Dios. Aunque tuviera
dos piernas sanas me habría visto en un buen aprieto.
Permito que Ruth me siente de nuevo en el arenoso
plástico. Se apresura a buscar algo que me permita recostarme, y luego coloca
el poncho sobre los dos palos para protegerme de la lluvia. Me da un poco de
agua, y escarba en la arena en busca de leña seca.
—Haré una fogata de verdad en cuanto cese la
lluvia, Don. Si ven el humo, sabrán que estamos bien. Sólo tenemos que esperar.
—Una jovial sonrisa—. ¿Qué puedo hacer para que se sienta mejor?
¡Bendito San Esterculio! ¡Cuidados domésticos en un
cenagal! En un instante de fantasía, me pregunto si la señora Parsons habrá
puesto sus ojos en mí. Y entonces lanza un nuevo suspiro y vuelve a ponerse en
cuclillas con esa mirada tan escrutadora. Ella no se da cuenta, pero está
meneando ligeramente las caderas. Mi oído capta la palabra clave: esperar.
Ruth Parsons está esperando. Actúa como si la
espera fuera tan penosa, tan agotadora… ¿Qué espera? ¿Alguien que nos saque de
aquí? ¿Qué, si no? ¿Por qué se asustó tanto cuando quise echarme al agua? ¿Por
qué tanta tensión?
Mi paranoia despierta. La cojo por los cuernos y me
esfuerzo en analizar lo sucedido. Trato de llegar hasta el último instante en
que la señora Parsons, antes de enfrentarse a un hecho que desconozco, se
mostró normal. Es decir, tranquila y sensata. Ahora sale de su boca un murmullo
constante, un zumbido como el de un cable de alta tensión. Da la impresión de
que desea quedarse aquí y esperar. Un pasatiempo intelectual. ¿Por qué?
¿Quizá tenía intención de venir aquí? Absurdo.
Tenía planeado ir a Chetumal, cerca de la frontera. Y, pensándolo bien,
Chetumal es una etapa hacia Tikal, aunque
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algo extraña. Supongamos que ella debía reunirse
con alguien en Chetumal. Alguien que forma parte de una organización. El
contacto de Ruth sabe que ella se ha retrasado. Y la noche pasada, cuando esos
tipos aparecieron, algo sugiere a la señora Parsons que pertenecen a la misma
organización. ¿Y espera que ellos comprendan la situación y vuelvan a buscarla?
—¿Me presta el cuchillo, Don? Limpiaré el pescado.
Se lo entrego muy despacio, pateando mi
subconsciente. Esa mujercilla decente y poco notable, esa excelente girl scout…
El problema es que me he topado con demasiadas ligerezas profesionales bajo
meticulosos estereotipos. No soy una persona muy notable…
¿Qué ocurre en los archivos de gestiones
extranjeras? Wittig se ocupa de los contratos. Montones de dinero,
negociaciones de moneda extranjera, programas de precios, tecnología
industrial… Es decir, sería muy fácil que un fajo de billetes, oculto en ese modesto
traje Ventura de color beige, fuera intercambiado por un paquete procedente de,
digamos, Costa Rica. Si Ruth es un correo, buscarán el avión. ¿Y qué pasará
entonces conmigo? ¿Y con Esteban? Aunque sea una hipótesis, nada bueno.
La veo cortando el pescado, con la frente arrugada
por el esfuerzo y mordiéndose los labios. La señora Ruth Parsons, de Bethesda,
una mujer monótona y cerrada. ¿Voy a volverme loco del todo o sólo un poco? Si
ven el humo…
—Aquí tiene el cuchillo, Don. Está lavado. ¿Le
duele mucho la pierna? Alejo las fantasías de mi mente y veo una mujercita
asustada en un manglar. —Siéntese, descanse. Ya ha terminado.
Obedece sumisamente, como una niña en el sillón del
dentista.
—Está inquieta pensando en Althea. Y lo más seguro
es que ella esté preocupada por usted. Regresaremos mañana por nuestros propios
medios, Ruth.
—Sinceramente, no estoy preocupada, Don. —La
sonrisa desaparece. Se muerde el labio y mira ceñudamente la bahía.
—Ruth, sabe perfectamente que me sorprendió cuando
se ofreció para acompañarme. No porque me molestara, sino porque pensé que le
preocuparía abandonar a Althea. Quiero decir, dejarla a solas con nuestro buen
piloto. ¿O fue únicamente un pensamiento mío? —La pregunta parece captar su
atención.
—Creo que el capitán Esteban es un magnífico tipo
de hombre.
Esas palabras me sorprenden un poco. Una respuesta
correcta sería algo como «Confío en Althea» o «Althea es una buena chica».
¿Estoy equivocado?
—Esteban es un hombre, y Althea parecía pensar que
es un hombre interesante. Ruth sigue mirando la bahía. Y luego advierto que su
lengua está lamiendo ese
prensil labio superior. En sus orejas, y también en
su cuello, hierve un calor que nada tiene que ver con las quemaduras del sol.
Una de sus manos acaricia suavemente un
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muslo. ¿Qué es lo que ve, allí en los bajíos?
Los brazos caoba del capitán Esteban estrechando el
cuerpo exquisito de la señorita Althea Parsons. Las arcaicas narices del
capitán Esteban resoplando junto al delicado cuello de la señorita Parsons. Las
nalgas cobrizas del capitán Esteban agitándose sobre la cremosa entrepierna de
Althea… Y la hamaca balanceándose. Algo que no tiene secretos para los mayas.
Vaya, vaya. Así que mamá gallina tiene problemas.
Me siento un poco absurdo y bastante irritado.
Ahora lo descubro… Pero aquí, entre lodo y lluvia, hasta la lujuria
experimentada por otro es muy recomendable. Me calmo recordando que la señorita
Althea, la programadora, se despidió de nosotros sin perder la compostura.
¿Acaso se alegraba de que su madre se alejara conmigo para que pudieran
programarla en maya? Me vienen a la memoria los troncos de caoba hondureños
navegando entre arena opalescente. Voy a sugerir a la señora Parsons que
comparta mi refugio contra la lluvia. Pero ella no me da tiempo a hablar.
—Los mayas parecen un magnífico tipo de gente. Creo
que usted dijo eso mismo a Althea —comenta apaciblemente.
Las implicaciones caen sobre mí junto con la
lluvia. Tipo. Reproducción, linaje, progenitor… ¿Se supone que debo considerar
a Esteban como donante genético, aparte de semental?
—Ruth, ¿pretende decirme que está dispuesta a
aceptar un nieto mestizo? —Oh, Don. Eso es un problema de Althea.
Miro a la madre y me digo que sí, que lo es.
Gónadas caoba…
Ruth vuelve a escuchar el viento, pero no pienso
callarme tan fácilmente. No, después de todo este jazz de noli me tangere.
—¿Qué pensará el padre de Althea?
Sus ojos se clavan en los míos. Está francamente
sorprendida.
—¿El padre de Althea? —Una sonrisa grotesca—. No le
importará.
—También lo aceptará, ¿no es eso? —Ruth agita la
cabeza como si una mosca estuviera importunándola, y añado con la malicia de un
lisiado—: Su esposo debe de ser un magnífico tipo de hombre.
Ruth me mira y se echa el pelo hacia atrás en un
gesto brusco. Tengo la impresión de que la señora Parsons está chillando sin
poder controlarse.
—No existe ningún señor Parsons, Don —contesta muy
tranquila—. Nunca ha existido. El padre de Althea fue un estudiante de medicina
danés… Creo que se ha hecho muy famoso.
—Oh. —Algo me advierte que no añada «lo siento»—.
¿Quiere decir que no conoce a Althea?
—No. —Ruth sonríe, con ojos brillantes y una
expresión extraña.
—Es un trago muy duro para la chica, ¿no?
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—Yo crecí muy feliz en las mismas circunstancias.
¡Bang! Estoy muerto. Bueno, bueno, bueno. Una
imagen alocada estalla en mi mente: generaciones enteras de solitarias mujeres
Parsons eligiendo padres y emprendiendo viajes de fecundación. Bien, el mundo
sigue su camino.
—Será mejor que mire el sedal.
Se va. El resplandor se apaga. No. Nada de
contactos. Adiós, capitán Esteban. La pierna me duele mucho. ¡Al infierno con
la señora Parsons y su orgasmo a larga distancia!
No hablamos mucho en las horas que siguen, cosa que
parece satisfacer a Ruth. Siguen pasando los minutos de este día increíble. Un
aguacero tras otro cae sobre nosotros. Ruth socarra más filetes de pescado,
pero la lluvia anega su hoguera. El sol está a punto de salir… y la lluvia
arrecia.
Por fin, Ruth se decide a sentarse bajo mi poncho,
aunque el ambiente sigue igual de gélido. Me adormezco y la veo levantándose de
vez en cuando para echar un vistazo. Mi subconsciente advierte que la mujer
sigue en tensión. Ordeno a mi subconsciente que se duerma.
Al despertar, la encuentro escribiendo en un
pequeño cuaderno empapado en agua.
—¿Qué es eso? ¿Una lista de compras para los
caimanes?
Una risa comedida, como era de esperar…
—Oh, sólo es una dirección —dice—. Para el caso de
que… Soy una tonta, Don.
—¡Hey! —Me incorporo bruscamente—. Ruth, deje de
atormentarse. En serio.
Todos saldremos de aquí muy pronto. Y tendrán
muchas cosas que contar.
—Sí… —No me mira—. Supongo que sí.
—Vamos, todo va bien. No hay ningún peligro. ¿O es
que el pescado le produce alergia?
Otra risa de niña buena, pero temblorosa en esta
ocasión.
—A veces creo que me gustaría… estar muy lejos.
—Dígame, Ruth. —Digo lo primero que me viene a la
cabeza para que mi compañera siga hablando—. Hay una cosa que me intriga. ¿Por
qué lleva esa vida solitaria allí, en Washington? Me refiero a que una mujer
como usted…
—¿Debería casarse? —Suspira estremeciéndose y se
mete el cuaderno en el mojado bolsillo.
—¿Y por qué no? El matrimonio es la fuente normal
de la compañía. Y no irá a decirme que es usted una de esas mujeres que odian a
los hombres sistemáticamente.
—¿Quiere decir… lesbiana? —Su risa ha mejorado—.
No, se equivoca.
—Estas cosas no duran toda la vida, sea cual sea el
trauma que usted haya pasado.
No puede odiar a todos los hombres.
—Oh, no hubo trauma alguno, Don. —Ya no hay
sonrisa—. Además, no odio a
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los hombres. Sería algo tan estúpido como… odiar al
tiempo. —Alza la vista y mira preocupadamente la lluvia.
—Creo que usted esconde algún rencor. Hasta se
espanta de mí…
—¿No me cuenta nada de su familia, Don? —pregunta
suavemente… y me siento como si me hubiera mordido una rata.
Touché. Doy a Ruth la consabida versión de que ya
no tengo familia, y ella se excusa y dice que es lamentable. Y charlamos sobre
lo bien que vive una persona sola, y cuánto disfrutan ella y sus amigas
jugando, viajando y asistiendo a conciertos, y que una de ellas es la cajera
principal de Ringling Brothers…
Pero la conversación es cada vez más inestable, más
oscilante, una cinta magnetofónica de velocidad irregular. Ruth mira el
horizonte en cuanto hay una pausa y su expresión demuestra que está atenta a
otros sonidos, no a los de mi voz. ¿Qué le pasa? Quizá su problema sea el de
toda cuarentona de costumbres ocasionalmente informales y con una cama vacía. Y
se siente insegura. Un viejo hábito mental indica rudamente que la señora
Parsons representa lo que se conoce como el típico objetivo de penetración.
—… tantas más oportunidades ahora —oigo que dice.
—Viva la liberación de la mujer, ¿no?
—¿Liberación? —Se agacha, impaciente, y arregla el
poncho—. Oh, eso está condenado.
—¿Condenado? —Esa palabra apocalíptica me
estremece—. ¿Qué quiere decir? —Bueno… —Me mira como si yo, igual que el
poncho, estuviera torcido. —Vamos, acabe. ¿Acaso las mujeres no tienen igualdad
de derechos? Una larga vacilación. Cuando vuelve a hablar, su voz ha cambiado.
—Las mujeres no tienen derechos, Don, excepto los
que nos permiten tener los hombres. Los hombres son más agresivos, más fuertes,
y dirigen el mundo. Cuando la próxima crisis los conmocione, nuestros supuestos
derechos se esfumarán como… como ese humo. Volveremos a ser lo que siempre
fuimos: propiedad. Y todos los errores serán achacados a nuestra libertad, como
en la caída del imperio romano. Ya lo verá.
Sus últimas palabras las ha pronunciado en un
apagado tono de total convicción. Y recuerdo la última vez que oí un tono
similar: el orador estaba explicando por qué debía mantener sus archivadores
llenos de casos concluidos.
—Oh, vamos, Ruth. Usted y sus amigas forman la
espina dorsal del sistema. Si ustedes desaparecieran, el país iría al caos
antes del mediodía.
—Eso es pura fantasía. —Su voz sigue siendo
sosegada, pero ya no sonríe—. Las mujeres no somos tan importantes. Somos…
ineficaces. —Mira a su alrededor como si no quisiera seguir hablando—. Lo que
hacen las mujeres es sobrevivir. Vivimos solas y por parejas en las grietas de
su maquinaria mundial.
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—Me suena a una operación guerrillera. —Lo he dicho
en serio. ¿Cómo iba a bromear aquí, en el cubil de los caimanes? En realidad,
estoy pensando que quizá dediqué mucho tiempo a fantasear sobre los troncos de
caoba.
—Las guerrillas tienen algo que esperar. —La
sonrisa jovial hace acto de presencia una vez más—. Piense en esos animalillos,
Don, en los opossums. ¿Sabía usted que los opossums o zarigüeyas abundan por
todas partes, incluso en Nueva York?
Sonrío con la cabeza bien erguida. Creía que era yo
el paranoico.
—Hombres… mujeres… No son dos especies distintas,
Ruth. Las mujeres hacen lo mismo que los hombres.
—¿De verdad? —Nuestras miradas confluyen, pero Ruth
parece estar viendo fantasmas en la lluvia que cae entre nosotros. Murmura algo
que no puedo comprender y aparta sus ojos de los míos—. Toda esas guerras
interminables… Todas esas organizaciones poderosas y autoritarias que persiguen
fines ficticios… Los hombres viven para pelearse unos con otros. Nosotras somos
una simple parte de los campos de batalla. La situación no cambiará nunca, a
menos que cambie el mundo entero. A veces sueño en… en irme muy lejos… —Se
interrumpe y el tono de su voz sufre un brusco cambio—. No me haga caso, Don.
Todo lo que estoy diciendo es absurdo.
—También los hombres odian las guerras, Ruth —digo
con toda la suavidad posible.
—Lo sé. —Se encoge de hombros y se levanta—. Pero
ese problema les pertenece a ustedes, ¿no cree?
Fin de la comunicación. La señora Ruth Parsons ni
siquiera vive en el mismo mundo que vivo yo.
Se mueve de un lado a otro y no cesa de mirar las
ruinas mayas. Una alienación como ésta puede añadirse a los archivadores llenos
de casos concluidos, problema que incumbiría al departamento de gestiones
extranjeras. Y también puede llevar a creer en algún chistoso que promete
cambiar el mundo, cosa en la que yo mismo podría estar implicado… si alguno de
esos graciosos hubiera estado la noche pasada en aquel campamento, en ese
campamento que Ruth observa una y otra vez. Las guerrillas tienen algo que esperar.
Absurdo. Cambio de posición y veo que el cielo
parece despejarse con la puesta de sol. También el viento está aflojando. Es
una locura creer que esta mujercita se dedique a poner en escena una fantasía.
¿Aquí, en un cenagal? Pero lo que ocurrió la noche anterior no fue ninguna
fantasía. Si aquellos individuos tienen alguna relación con ella… no sé cuál
será mi suerte. Este lugar es el más idóneo para hacer desaparecer un cadáver.
¿O acaso habrá algún guevarista que sea un «magnífico tipo de hombre»?
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Absurdo. Lo único más absurdo que se me ocurre es
haber sobrevivido a varias guerras y morir cuando salgo a pescar, a manos de
algún funesto amigo de una bibliotecaria.
Un pez aletea furiosamente cerca de nosotros. Ruth
reacciona con tanta rapidez que tira el poncho al suelo.
—Será mejor que encienda el fuego —dice. Sigue
mirando la llanura con la cabeza erguida, atenta a cualquier sonido.
Muy bien, haré una prueba.
—¿Esperando compañía?
Se queda estupefacta. Sus ojos se vuelven hacia mí
lentamente como en una escena de una película de terror. Por fin se decide a
sonreír.
—¡Oh, nunca se sabe! —Se ríe de una forma extraña,
sin cambiar su expresión anterior—. Voy a… a coger leña.
Se escabulle entre los matorrales. Nadie, paranoico
o no, osaría decir que se trata de una reacción normal.
Ruth Parsons es una psicópata o está esperando que
ocurra algo, algo que no tiene nada que ver conmigo. Está tan asustada que se
ha ido a orinar.
Bien, Ruth puede estar chiflada. Y yo puedo estar
equivocado, pero hay ciertos errores que sólo se cometen una vez. Abro la
cremallera de mi faja y me digo que si pienso lo que estoy pensando, el único
remedio es que tome algo para mi pierna y me aleje lo más posible de la señora
Ruth Parsons antes de que llegue la visita que ella aguarda.
También llevo en la faja una pistola calibre 32.
Ruth no lo sabe… y seguirá sin saberlo. Mi programa de longevidad exige estar
en otra parte cuando ocurra una catástrofe, dejando el reportaje para los
chicos de TV. Uno de esos manglares me permitirá pasar la noche a salvo… aunque
va a ser horrible. ¿Estoy loco?
En ese momento aparece Ruth y se pone a contemplar
la costa sin disimulo alguno, con una mano en la frente para tapar el sol.
Luego aprieta algo en su bolsillo, lo abotona y se aprieta el cinturón.
Estoy resuelto.
Me trago dos pastillas de 100 mg que me permitirán
andar y mantenerme despierto. Es cuestión de minutos. Compruebo que la brújula
y algunos anzuelos están en mi bolsillo, y me siento para esperar. Ruth está
ocupada con su hoguera, lanzando miradas furtivas cuando cree que no la
observo.
El panorama que me rodea se va convirtiendo en un
espectáculo sobrenatural de luz violeta y ambarina conforme el primer
entumecimiento se filtra en mi pierna. Ruth se arrastra junto a los matorrales
en busca de más ramas secas. Veo uno de sus pies. Perfecto. Estiro el brazo
para coger mi palo.
El pie de Ruth se agita bruscamente en ese mismo
instante y la mujer está
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gritando… No, no son gritos. En ese uh-uh-uhhh que
significa horror puro. El pie de la señora Parsons desaparece entre crujidos de
las bromelias.
Me precipito hacia el lugar con la ayuda de mi
improvisada muleta, y lo que veo me deja petrificado.
Ruth se arrastra de costado en el borde del banco
de arena y se aprieta el estómago con ambas manos. Ellos están un metro más
abajo, flotando sobre un esquife. Mientras mi estúpida mente hacía sus cábalas,
los amigos de Ruth me han cogido desprevenido.
Son tres, altos y blancos. Al principio me parecen
hombres vestidos con una especie de mono blanco. El más próximo al banco estira
hacia Ruth un brazo larguísimo. La mujer se revuelve y escabulle.
El brazo la sigue. Se alarga y alarga hasta
alcanzar dos metros y se queda suspendido en el aire. En el extremo culebrean
pequeños apéndices negros.
Quiero verles las caras… y en su lugar encuentro
unos discos negros y vacíos con franjas verticales. Las franjas se mueven
lentamente…
No hay ninguna posibilidad de que sean humanos. Ni
cualquier otra cosa que yo conozca. ¿Qué seres ha conjurado Ruth?
El silencio es total. Cierro los ojos una y otra
vez. Esto no puede ser real. Los dos extraños que ocupan el otro extremo del
esquife tienen los brazos retorcidos sobre un aparato que se apoya en un
trípode. ¿Un arma? De repente, escucho la misma voz confusa que oí la última
noche.
—E-entrre-ggarrr… E-entrre-ggarrr…
¡Buen Dios! ¡Es real, sea lo que sea! Estoy
aterrorizado. Me esfuerzo por no gritar.
Y Ruth… sí, claro, también está aterrorizada. Está
bordeando el banco, apartándose de ellos, mirando atónita a los monstruos del
esquife. Es evidente que no son amigos de nadie. Ruth está apretando algo
contra su cuerpo. ¿Por qué no sube al banco y se reúne conmigo?
—Da-darrr. —Ese resuello sale del trípode—.
Fff-avorrr… Da-darrr…
El esquife se desplaza por debajo de Ruth,
siguiéndola. El brazo vuelve a extenderse hacia ella y esos dedos negros se
agitan. Ruth trepa penosamente hacia la cima del banco.
—¡Ruth! —exclamo—. ¡Ruth, venga aquí, detrás de mí!
No me mira, tan sólo sigue alejándose. Mi horror se
convierte en furia. —¡Vuelva aquí!
Con mi mano libre estoy sacando la pistola de mi
faja. El sol está muy bajo.
Ruth no se vuelve. Se incorpora cautelosamente, sin
soltar lo que lleva entre las manos. Su boca se abre. ¿Es que piensa hablar con
ellos?
—Por favor… —balbucea—. Por favor, háblenme.
Necesito su ayuda.
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—¡RUTH!
El monstruo blanco más próximo, dos metros y medio
de horror blanco y paralizante, se aproxima al banco de arena.
Disparo… y hiero a Ruth.
Pero no me entero al momento. He disparado tan
deprisa que el palo se desliza y caigo al suelo. Me apresuro a incorporarme.
—¡NO! ¡No! ¡No! —chilla Ruth.
La criatura ha vuelto a su bote y Ruth está todavía
más lejos. Se agarra el codo y veo que sangra.
—¡Basta, Don! ¡Ellos no le están atacando!
—¡Por el amor de Dios! ¡No sea necia! ¡No puedo
ayudarla si no se aparta de ellos!
No hay respuesta. Nadie se mueve. El único sonido
es el zumbido de un jet que vuela a gran altura. Las tres figuras blancas se
mueven inquietamente. Sus cabezas me dan la impresión de ser radares
concentrándose en nosotros. La palabra brota por sí misma en mi mente:
Alienígenas.
Extraterrestres.
¿Qué hago, llamo al presidente? ¿Los capturo yo
solo, con mi pistola? Estoy desesperado. Una pierna y mi cerebro están inmersos
en clorhidrato de meperidina.
—Esss-plicarrr… qu-que… su-cced… —Otra vez el
balbuceo confuso de su máquina.
—Nuestro avión cayó —dice Ruth con una voz
distinta, de temor. Señala el jet, luego un punto de la bahía—. Mi… mi hija
está allí. Por favor, llévennos allí con su bote.
¡Dios santo! Mientras Ruth sigue haciendo gestos,
veo lo que oculta bajo su brazo herido. Es algo de metal, algo grande y
resplandeciente como un distribuidor de encendido. ¿Qué es?
Un momento. Esta mañana, Ruth estuvo fuera mucho
tiempo y quizá encontró ese objeto, algo que ellos perdieron o se les cayó. Y
ella lo ocultó, no me dijo nada. Por eso iba tantas veces detrás del matorral
de bromelias, para examinarlo. Estaba aguardando. Y los propietarios volvieron
y la sorprendieron.
Ellos quieren recuperar lo que es suyo. Ella
intenta hacer un trato.
—… agua. —Ruth vuelve a señalar—. Llévennos. A mí.
Y a él.
Los rostros negros se vuelven hacia mí, ciegos y
horribles. Ese «llévennos» lo agradeceré después, no ahora.
—Tire el arma, Don. Ellos nos llevarán —dice casi
en voz baja.
—¡No haré tal cosa! Esos… ¿Quiénes son ésos? ¿Qué
están haciendo aquí? —Oh, Dios mío, ¿qué importa eso? —Se vuelve hacia los
extraños—. Él está
asustado. ¿Lo comprenden?
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Aquí, a la luz del crepúsculo, Ruth me parece tan
extraterrestre como ellos. Los seres del esquife emiten unos chirridos como si
estuvieran conferenciando. Su aparato empieza a gemir.
—Ess-tu-diiann-tesss… Ess-tu-diiann-do… no…
da-da-ño… noss-sot-rrosss… ggg… —La voz se vuelve incomprensible—. Baj-darrr…
noss-soi-rrosss… irrr-irrr…
Pacíficos estudiantes de intercambio cultural… a
nivel interestelar. ¡Santo cielo!
—¡Traiga eso aquí, Ruth! ¡Ahora mismo!
Pero Ruth ha empezado a descender la pendiente del
banco y se dirige hacia ellos.
—Llévenme —dice.
—¡Espere! Necesita un torniquete en ese brazo.
—Lo sé. Por favor, Don, tire el arma.
Ruth está ya en el esquife, con los
extraterrestres. Estos no hacen movimiento alguno.
—¡Dios santo!
Poco a poco, a regañadientes, suelto la pistola. Al
bajar la pendiente tengo la sensación de estar flotando. Adrenalina y Demerol
forman una mezcla horrible.
El esquife se desliza hacia mí. Ruth está a proa,
apretando el objeto y su brazo. Los extraterrestres están en la otra punta,
detrás del trípode, lejos de mí. Advierto que la embarcación es de color verde
y canela, un camuflaje perfecto. El mundo que nos rodea es azul y está sumido
en las sombras.
—¡Don, traiga la bolsa de agua!
Al arrastrar la bolsa de plástico, pienso que Ruth
está volviéndose loca. ¿Para qué queremos agua ahora? Pero mi cerebro está muy
fatigado. Todo lo que veo es un largo brazo elástico. Unos gusanos negros cogen
el otro extremo del tubo anaranjado, ayudándome a llenarlo de agua. Esto es
irreal.
—¿Puede subir, Don?
Levanto mis entumecidas piernas para subir al
esquife. Dos tubos blancos se alargan hacia mí. Nada de eso. A trompicones,
llego junto a Ruth, que se aparta para dejarme sitio.
En el centro del esquife hay un saliente del que
surge un zumbido chirriante.
Estamos moviéndonos, deslizándonos hacia oscuras
hileras de mangles.
Contemplo estúpidamente ese saliente central.
¿Secretos tecnológicos extraterrestres? No puedo entender nada. La fuente de
energía se halla bajo esa tapa triangular de medio metro de larga. El
dispositivo que hay sobre el trípode es igualmente enigmático, pero se
distingue una gran lente. ¿Su iluminación?
Al entrar en la bahía, el zumbido aumenta y
empezamos a planear cada vez más deprisa. ¿Treinta nudos? Es difícil saberlo en
la oscuridad. El casco parece ser un modelo triédrico modificado muy parecido a
los nuestros. Con una notable falta de amura. Digamos… seis metros y medio. En
mi cabeza se arremolinan diversos planes
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para capturar la embarcación: necesito a Esteban.
De repente, un enorme haz de luz blanca se
despliega sobre nosotros desde el trípode, eclipsando a los extraterrestres de
popa. Veo que Ruth trata de ponerse el brazo en cabestrillo, sin soltar el
artilugio ni por un momento.
—Déjeme hacerlo a mí.
—No se preocupe.
El aparato alienígena emite destellos o tiene
propiedades fosforescentes. Me inclino para mirarlo más de cerca.
—Deme eso —susurro—. Se lo daré a Esteban.
—¡No! —Se aparta de mí, apretándose contra el
lateral de la embarcación—. ¡Es de ellos! ¡Y les hace falta!
—¿Qué? ¿Se ha vuelto loca? —Estoy tan desconcertado
por esta idiotez que me he vuelto tartamudo—. Nosotros… tenemos que…
—No nos han hecho daño. Pero estoy segura de que
podrían hacerlo.
Sus ojos me contemplan con una intensidad feroz, y
la luz da a su rostro una expresión maníaca. Entumecido como estoy, comprendo
que esta desquiciada mujer se tirará por la borda en cuanto mueva un dedo hacia
ella. Y se llevará el artilugio con ella, claro.
—Creo que se están portando bien —musita. —¡Por el
amor de Dios, Ruth, son extraterrestres!
—Estoy acostumbrada a situaciones parecidas —dice
con aire ausente—. ¡Allí está la isla! ¡Alto! ¡Alto!
El esquife reduce velocidad y efectúa un giro. La
luz ilumina un montículo de vegetación. Destellos metálicos… El avión.
—¡Althea! ¡Althea! ¿Estás bien?
Gritos y agitación en el avión. La marea está alta
y flotamos por encima del banco de arena. Los alienígenas nos permiten tomar la
iniciativa, mientras la luz sigue ocultándolos a nuestra vista. Veo una figura
pálida chapoteando hacia nosotros y otra silueta más oscura detrás de la
primera, avanzando con más lentitud. Esteban debe de estar sorprendido por la
luz.
—Althea, el señor Fenton está herido. Esta gente
nos ha traído hasta aquí con el agua. ¿Estás bien?
—Sí. —Althea se encarama al esquife y escudriña su
interior presa de gran excitación—. ¡Vaya luz! —Hago ademán de entregarle la
bolsa del agua.
—El capitán cogerá la bolsa —dice Ruth
ásperamente—. Althea, ¿puedes subir al bote? Rápido, es muy importante.
—¡Voy!
—¡No, no! —protesto.
El esquife se tambalea con el peso de la muchacha.
Oigo los chirridos de los
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extraterrestres y vuelve a sonar la caja de la voz.
—E-entrre-ggarrr… a-ho-rra… E-entrre-ggarrr…
—¿Quién habla? —El rostro de Esteban aparece a mi
lado, bizqueando terriblemente ante la luz.
—Cójalo, cójaselo a ella… Ese objeto que tiene…
—Capitán, saque al señor Fenton del bote. Tiene una
herida en la pierna.
Apresúrese, por favor.
—¡Maldita sea, espere! —chillo, pero un brazo me ha
cogido por la cintura. Y es imposible hacer frente a un maya.
—¡Mamá, tu brazo! —dice Althea.
Caigo sobre Esteban. Chapoteamos en el agua. Estoy
cubierto hasta la cintura y tengo la sensación de que mis pies han
desaparecido. Cuando logro afianzarme, el esquife está ya a varios metros de
distancia. Las dos mujeres, pegadas la una a la otra, murmuran palabras que no
llegan a mis oídos.
—¡Sáquelas de ahí! —Me desembarazo de Esteban y
trato de avanzar hacia la embarcación. Ruth se ha puesto de pie y está hablando
con los invisibles extraterrestres.
—Llévennos con ustedes, por favor —dice—. Queremos
ir Con ustedes, alejarnos de este mundo.
—¡Ruth! ¡Esteban, no deje que se vayan! —Me
abalanzo hacia el esquife y vuelvo a perder el equilibrio. Los alienígenas
siguen detrás de la luz, emitiendo frenéticos chirridos.
—Por favor, llévennos con ustedes. No nos importa
cómo pueda ser su planeta. Nos adaptaremos… ¡Haremos lo que sea! ¡No causaremos
problemas! Por favor. ¡Oh, por favor! —El esquife se aleja cada vez más.
—¡Ruth! ¡Althea! ¡Están locas! ¡Esperen!
Me revuelvo entre el fango. La maldita caja vuelve
a emitir su voz de pesadilla. —Noo… vol-verrr… ma-másss… noo… vol-verrr…
Althea, sorprendida, mira la caja con la boca abierta.
—Sí, lo comprendemos —dice Ruth—. No deseamos
volver. ¡Por favor, queremos ir con ustedes!
Grito como un loco. Esteban da unos pasos hacia el
esquife y chilla. Habla de «radio», pero ésa es la única palabra que capto.
—Sssiií —responde la voz.
Ruth se sienta de repente y estrecha entre sus
brazos a su hija. Esteban está ya junto a ella, cogido a la embarcación.
—¡Que no se vayan, Esteban! ¡No suelte a esa mujer!
Se vuelve para mirarme con sus ojos rasgados. Es
evidente que no comprende nada, y mucho menos lo que yo le digo. Pero ha podido
ver que la pintura del esquife
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es puro camuflaje y que hay allí aparejos de pesca.
Esteban se desentiende de lo que pueda pasar. Trato de acercarme en un
desesperado intento y vuelvo a perder el equilibrio por tercera vez.
—Nos vamos con esta gente, capitán —está diciendo
Ruth cuando logro incorporarme—. En mi bolso encontrará dinero. Cóbrese el
precio del viaje. Lo dejé en el avión. Y entregue esto al señor Fenton.
Ruth le da algo muy pequeño. Es el cuaderno de
notas. Esteban lo coge. —¡Esteban! ¡No!
El capitán ha soltado el esquife.
—Se lo agradezco mucho —dice Ruth. La embarcación
se aleja. Y la mujer, en voz alta y temblorosa, añade—: ¡Don, no se preocupe!
¡Todo irá bien! ¡Por favor, envíe ese telegrama! ¡Es para una amiga mía! ¡Ella
se ocupará de todo! —Y lo último que sale de sus labios es lo más absurdo de
toda la noche—: ¡Es una persona admirable! ¡Mi amiga es directora de enfermeras
en el N.I.H.!
—¡Adelante! —me parece oír decir a Althea. El
esquife se aleja. ¡Santo cielo! Escucho el zumbido y veo que la luz va
menguando de intensidad rápidamente. La última visión que tengo de la señora
Parsons y la señorita Althea Parsons, dos sombras perfiladas contra la luz de
los extraterrestres, me parece la de dos opossums huyendo. La luz desaparece,
el zumbido aumenta de volumen… y las dos mujeres se van lejos, muy lejos.
—Hay que chingarse —dice Esteban a mi espalda.
—Eran amigos o conocidos —digo a Esteban, sin
ninguna convicción—. La señora Parsons parecía querer irse con ellos.
Me arrastra hacia el avión, sumido en un
significativo silencio. Esteban conoce mejor que yo los peligros de nuestra
situación y, además, los mayas tienen su propio programa de longevidad. Su
estado físico parece inmejorable. Al llegar al avión, advierto que la hamaca ha
sido cambiada de lugar.
El viento cambia durante la noche. Es lo único que
me queda grabado en la memoria. A la mañana siguiente, a las siete y media, el
banco de arena recoge el sonido de un Cessna que vuela en un cielo despejado.
Llegamos a Cozumel al mediodía. El capitán Esteban
acepta sus honorarios y se aleja lacónicamente, dispuesto a pelearse con la
compañía de seguros. Dejo el equipaje de las Parsons al agente del Caribe y
éste lo acepta. Es lo mínimo que podía hacer. El telegrama va dirigido a una
tal señora Priscilla Hayes Smith, también de Bethesda. Visito a un médico y a
las tres de la tarde estoy sentado en la terraza del Cabañas, ante un doble de
tequila y con una pierna hinchada. Me esfuerzo en creer todo lo que me ha sucedido.
El telegrama dice: Althea y yo extraordinaria
oportunidad viajar. Estaremos fuera varios años. Favor encárgate nuestros
asuntos. Afectuosamente, Ruth.
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Lo había escrito aquella tarde, como es de suponer.
Pido otro doble, arrepintiéndome de no haber mirado
bien aquel artefacto. ¿Tendría una etiqueta? ¿Made in Betelgeuse? Dejando
aparte lo extraño que fuera, ¿cómo podía ser una persona lo bastante loca para
creer, para imaginar que…?
Y no sólo eso, sino también para esperar, para
planear…
Si tan sólo pudiera irme muy lejos… Eso es lo que
hacía Ruth, siempre. Esperar. Imaginar cómo convencer a Althea. Llegar sin ser
vistas a un mundo extraterrestre… Con el tercer tequila pienso en un chiste
sobre mujeres alienadas, pero mi amor no es el más apropiado para ello. Y estoy
seguro de que no habrá problema o inconveniente alguno. Dos mujeres, una de
ellas posiblemente embarazada, han partido, supongo, rumbo a las estrellas. Y
el tejido de la sociedad seguirá intacto, sin un solo roto. Me pregunto si
todas las amigas de la señora Parsons están preparadas para cualquier
eventualidad, incluida la de abandonar la Tierra. ¿Se las ingeniará algún día
la señora Parsons para venir a buscar a la señora Priscilla Hayes Smith, esa
admirable persona?
Pido más bebida y pienso en Althea. ¿Qué soles
conocerá el vástago de ojos rasgados del capitán Esteban, si es que tal vástago
existe? «Prepárate, Althea, nos vamos a Orión.» «Muy bien, mamá.» ¿Qué extraño
método educativo es éste? Sobrevivimos solas y por parejas en las grietas de su
maquinaria mundial… Estoy acostumbrada a situaciones parecidas… Era consciente
de cada palabra que pronunciaba. ¡Qué locura! ¿Cómo es posible que una mujer
prefiera vivir entre monstruos desconocidos, decir adiós a su mundo, a su
hogar…?
Los tequilas van haciendo su efecto. Y mientras
tanto, todo ese disparatado escenario se reduce en mi mente a la imagen de
aquellas dos pequeñas criaturas sentadas una al lado de otra junto a la
menguante luz de los extraterrestres.
Hemos perdidos dos opossums.
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NACIDO DE HOMBRE Y MUJER
Richard Matheson
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X — Este día había luz y madre me llamó asco. Eres
un asco dijo ella. Vi en sus ojos el enfado. Me pregunto qué es un asco.
Este día había agua cayendo de arriba. Caía por
todas partes. Yo lo vi. La tierra de la parte trasera que yo observaba desde la
ventanita. La tierra chupaba el agua como labios sedientos. Bebió demasiado y
se puso mala y movediza y marrón. No me gustó.
Yo sé que madre es una bonita. Donde está mi cama
con paredes frías alrededor tengo un papel que estaba en el horno. El papel
dice ESTRELLAS DE LA PANTALLA. En las fotos veo caras como las de madre y
padre. Padre dice que son bonitas. Lo dijo una vez.
Y dijo que también madre. Madre tan bonita y yo muy
aceptable. Dijo fíjate y ya no tenía la cara bonita. Toqué su brazo y dije todo
va bien padre. Tembló y se apartó para que no pudiera tocarle más.
Hoy madre me soltó la cadena un rato y pude mirar
por la ventanita. Por eso vi el agua que caía de arriba.
XX —
Este día habría brillo arriba. Cuando lo miré me dolieron los ojos. Después de
mirarlo el sótano está rojo.
Creo que esto era iglesia. Ellos se van de arriba.
La gran máquina se los traga y se va y ya no está. En la parte trasera está la
pequeña madre. Es más pequeña que yo. Yo soy grande. Es un secreto pero he
arrancado la cadena de la pared. Puedo mirar por la ventanita todo lo que
quiero.
Este día se hizo oscuro. Ya había tomado la comida
y algunos bichos. Oigo risas arriba. Quiero saber por qué son las risas. He
quitado la cadena de la pared y la enrollo en mi cuerpo. He pisado barro hasta
llegar a las escaleras. Hacen ruido cuando ando encima de ellas. Mis piernas
resbalan porque yo no ando por escaleras. Mis pies se agarran a la madera.
He subido y abierto una puerta. Era un lugar
blanco. Como las joyas blancas que caen de arriba algunas veces. He entrado sin
hacer ruido. Oigo mejor la risa. Voy hacia el sonido y miro a la gente. Más
gente de la que yo pensaba. He pensado que debería reírme con ellos.
Madre salió y empujó la puerta. Me ha dado y me
duele. He caído a un suelo muy liso y la cadena hace ruido. He gritado. Ella ha
hecho un ruido como si silbara y se ha tapado la boca con la mano. Tiene los
ojos muy abiertos.
Me miró. Oigo a padre gritar. Qué cayó gritaba.
Ella dijo una barra de hierro. Ayúdame a levantarla dijo madre. Él vino y dijo
que si eso era tan pesado. Me vio y se puso muy tieso. El enfado lo tenía en
los ojos. Me pegó.
Manché el suelo con el barro de un brazo. No era
bonito. El suelo quedaba de un verde muy feo.
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Padre me dijo que fuera al sótano. Tuve que irme.
La luz me hacía daño a los ojos. No es como la del sótano.
Padre ató mis brazos y piernas. Me pone en mi cama.
Oigo risa arriba mientras me estoy quieto mirando una araña negra que camina
encima de mí. Pensé lo que padre había dicho. Ohdios dijo. Y sólo ocho.
XXX. — Este
día aún era oscuro y padre puso la cadena otra vez. Quiero arrancarla de nuevo.
Él dijo que yo era malo por ir arriba. Dijo nunca lo vuelvas a hacer o te daré
una paliza. Eso duele mucho.
Estoy dolorido. He dormido todo el día con la
cabeza pegada a la pared fría. He pensado en el lugar blanco que hay arriba.
XXXX — He
soltado la cadena de la pared. Madre estaba arriba. Oí risitas muy altas. Miré
por la ventana. Vi alguna gente como la pequeña madre y también pequeños
padres. Son bonitos.
Hacían ruidos agradables y saltaban en la tierra.
Sus piernas se movían mucho. Son como madre y padre. Madre dice que toda la
gente honrada se parece a ellos.
Uno de los pequeños padres me vio. Señaló la
ventana. Me aparté y me escondí pegado a la pared. Estaba muy oscuro. Me encogí
para que no me vieran. Por la ventana oí sus voces y pies corriendo. Arriba oí
el golpe de una puerta. Oí a la pequeña madre gritando arriba. Oí pasos muy
fuertes y corrí a mi cama. Puse la cadena en la pared y me tumbé.
Oí a madre bajar. Has estado en la ventana dijo. Oí
su enfado. No te acerques a la ventana. Has vuelto a arrancar la cadena.
Ella cogió el bastón y me pegó. No grité. No puedo
hacerlo. Pero las gotas cayeron por toda la cama. Ella lo vio y se fue e hizo
un ruido. Ohdiosmío diosmío ella dijo. Por qué me has hecho esto. Oí el bastón
rebotar en la piedra del suelo. Ella corrió arriba. Me dormí.
XXXXX —
Este día había agua otra vez. Cuando madre estaba arriba oí a la pequeña bajar
poco a poco las escaleras. Me escondí en la carbonera porque madre se enfada si
la pequeña madre me ve.
Ella llevaba una pequeña cosa viva. Corría por los
brazos y tenía orejas puntiagudas. Ella le decía cosas.
Todo iba bien pero la cosa viva me olió. Se subió
encima del carbón y me miró. Los pelos se le levantaron. Hizo un ruido de
enfado con el cuello. Gruñí pero me saltó encima.
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No quería hacerle daño. Tuve miedo porque me mordió
más fuerte que la rata. Me quejé y la pequeña madre gritó. Cogí con mucha
fuerza a la cosa viva. Hizo ruidos que yo no había oído nunca. Apreté más. Todo
el carbón quedó lleno de gotas rojas.
Me oculté allí cuando madre llamó. Tenía miedo del
bastón. Se fue. Me arrastré por el carbón con la cosa. La puse bajo mi almohada
y me eché encima. Volví a poner la cadena en la pared.
X — Todo ha cambiado. Padre puso la cadena muy
fuerte. Me pegó y me duele mucho. Esta vez le quité el bastón de las manos e
hice ruido. Se marchó y tenía la cara muy blanca. Se apartó de mi cama y cerró
la puerta con llave.
No estoy muy contento. Aquí hace frío todo el día.
La cadena se va despegando poco a poco de la pared. Y estoy muy enfadado con
madre y padre. Y se lo demostraré. Haré lo que ya hice una vez.
Chillaré y me reiré muy fuerte. Mancharé las
paredes. Me pondré cabeza abajo y reiré y lo pondré todo verde con mis piernas
hasta que se arrepientan de haberme tratado tan mal.
Y si intentan pegarme otra vez les haré daño. Lo
haré.
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«TODOS VOSOTROS, ZOMBIES…»
Robert A. Heinlein
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22.17 Tiempo Zona V (TO) - 7 Nov. 1970 - Nueva York
- «Pop’s Place»: Estaba limpiando una copa de coñac cuando entró la Madre
Soltera. Miré la hora: las diez y diecisiete minutos de la noche, tiempo de la
zona cinco o tiempo oriental, 7 de noviembre de 1970. Los agentes temporales
siempre se fijan en la hora y la fecha. Es nuestra obligación.
La Madre Soltera era un hombre de veinticinco años,
no más alto que yo, rasgos infantiles y un carácter susceptible. No me gustaba
su aspecto —ni me había gustado nunca—, pero yo estaba aquí para reclutarlo,
era mi muchacho. Le obsequié con mi mejor sonrisa de tabernero.
Tal vez soy demasiado crítico. No era un
homosexual. Su mote procedía de lo que él siempre contestaba cuando algún
entrometido se interesaba por su vida: «Soy una madre soltera.» Y si no se
sentía demasiado violento, añadía: «A cuatro centavos la palabra. Escribo
historias sentimentales.»
Cuando se encontraba molesto, esperaba a que
alguien interviniera. Tenía un estilo de lucha mortal, como una mujer policía.
Esa era una de las razones por la que yo lo buscaba, aunque no la única.
Se le veía bastante bebido y su rostro demostraba
que despreciaba a la gente más de lo acostumbrado. Serví en silencio un doble
de Old Underwear y dejé la botella al lado. Él vació el vaso y pidió más.
—¿Qué tal le van las cosas a la «Madre Soltera»?
—pregunté mientras limpiaba la barra.
Sus dedos se aferraron al vaso y pensé que estaba a
punto de echármelo a la cara. Automáticamente puse una mano sobre la cachiporra
que tenía bajo el mostrador. En manipulación temporal se intenta tenerlo todo
en cuenta; pero hay tantos factores que nunca se corren riesgos innecesarios.
Vi que se tranquilizaba un poco, ese poco que en la
escuela de entrenamiento del departamento te enseñan a vigilar.
—Perdone —dije—. Sólo le pregunto cómo va el
trabajo. O qué tiempo hace, para el caso da lo mismo.
—El trabajo va bien —respondió agriamente—. Yo
escribo, ellos imprimen, yo como.
Me serví un poco de licor y me incliné hacia él.
—Reconozco que escribe cosas interesantes —dije—.
He hojeado algunas. Tiene un toque sorprendente para el ángulo femenino.
Tenía que arriesgarme a ese paso en falso (él nunca
había revelado los seudónimos que usaba). Pero estaba muy excitado y sólo se
fijó en las últimas palabras.
—¡El ángulo femenino! —repitió, y soltó una
risotada—. Sí, conozco el ángulo femenino. A la fuerza.
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—¿Ah, sí? ¿Tiene hermanas?
—No. Si se lo contara, no me creería.
—Bueno, bueno —respondí con suavidad—. Los
camareros y los psiquiatras saben que nada es más extraño que la verdad. Mire,
hijo, si supiera usted las historias que yo oigo… Bueno, se haría millonario.
Increíble.
—¡Usted no sabe qué quiere decir «increíble»!
—¿Ah, no? Nada me sorprende. Siempre he oído cosas
peores.
—¿Se apuesta el resto de la botella? —Volvió a
reírse.
—Me juego una botella nueva —ofrecí, y la puse
sobre la barra.
Hice señas a mi otro camarero para que se ocupara
de la clientela. Estábamos en el extremo más alejado de la barra. Era un lugar
con un solo taburete y el trozo de barra que había al lado siempre estaba lleno
de huevos escabechados y otras tapas para que nadie pudiera sentarse allí. En
el otro extremo del mostrador había algunas personas viendo el boxeo por TV y
otro cliente ponía discos en la máquina. Estábamos, pues, en un sitio tan
íntimo como una cama.
—De acuerdo —empezó—. En primer lugar, soy un
bastardo.
—Aquí no hacemos descuento por eso.
—Hablo en serio. Mis padres no estaban casados.
—Nada del otro mundo. Tampoco los míos.
—Cuando… —Se interrumpió y me dedicó la primera
mirada afectuosa desde que le conocía—. ¿No bromea?
—No. Soy un bastardo al cien por cien. Y para serle
franco, nadie se casa en mi familia. Todos son bastardos. —Le enseñé mi
anillo—. Parece de boda, pero lo llevo para que las mujeres no se acerquen. Es
una antigüedad que compré en 1985 a un colega. Él lo había ido a buscar a la
Creta precristiana. El gusano Ouroboros… La serpiente del mundo que se devora
la cola eternamente. Es un símbolo de la Gran Paradoja.
Apenas miró el anillo.
—Si de verdad es usted un bastardo —dijo—, ya sabrá
lo que se siente. Cuando yo era niña…
—¡Ep! ¿He oído bien?
—¿Quién está contando esta historia? Mire, ¿ha oído
hablar de Christine Jorgensen? ¿O de Roberta Cowell?
—¡Oh, oh! ¿Cambios de sexo? ¿Pretende decirme que…?
—No interrumpa ni se me adelante, o no hablaré más.
Me abandonaron en un orfanato de Cleveland en 1945, cuando tenía un mes de
vida. Cuando era pequeña, envidiaba a los niños que tenían padres. Luego,
cuando empecé a conocer el sexo… y créame, Pop, en un orfanato se aprende muy
deprisa…
—Lo sé.
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—… juré solemnemente que ningún hijo mío tendría
papá y mamá. Eso me mantuvo «pura», toda una proeza estando allí… Tuve que
aprender a pelear para seguir así. Luego crecí y comprendí que tenía muy pocas
posibilidades de casarme. Por la misma razón que nadie quiso adoptarme.
—Frunció la frente—. Tenía cara de caballo y dientes salientes, era lisa de
pecho y de cabellos…
—No creo que tenga más cara de caballo que yo.
—¿A quién le importa el aspecto de un camarero? ¿O
de un escritor? A la gente que desea adoptar los mejores pequeños bobos de ojos
azules y pelo rubio. Y después, los chicos quieren pechos prominentes, una cara
encantadora y un porte que despierte admiración. —Se encogió de hombros—. Yo no
podía competir. Por eso decidí unirme a la R.A.M.E.R.A.
—¿Qué?
—Significa Red Auxiliar de Mujeres Enfermeras de la
Reserva Asistencial, lo que ahora denominan Ángeles del Espacio: Auxiliares de
Navegación, Grupo Extraterrestre de Legiones.
Conocía ambos términos. Antes me los sabía de
memoria. Todavía usamos un tercer nombre, el de un cuerpo militar de élite
también formado por mujeres: Grupo de Urgencia Auxiliar para Reconfortar y
Reanimar a los Astronautas. El cambio de vocabulario es la mayor dificultad de
los saltos en el tiempo. ¿Sabían que el término «estación de servicio» se
refería en tiempos a un lugar donde vendían gasolina en pequeñas cantidades?
Una vez, cuando cumplía una misión en la Era de Churchill, una mujer me dijo:
«Nos veremos en la próxima estación de servicio»… que no es lo que parece,
porque (entonces) una «estación de servicio» no habría tenido camas.
La Madre Soltera siguió hablando:
—Fue cuando admitieron por primera vez que no se
podía enviar hombres al espacio por períodos de meses y años enteros y no
aliviar la tensión que se producía. ¿Recuerda cuánto chillaron los puritanos?
Aquello mejoró mis posibilidades, puesto que las voluntarias escaseaban. Las
candidatas debían ser respetables, preferiblemente vírgenes (les gustaba
entrenarlas desde el principio), estar mentalmente por encima del término medio
y ser emocionalmente estables. Pero la mayoría de voluntarias fueron viejas rameras
o mujeres neuróticas que no iban a durar ni diez días en cuanto salieran de la
Tierra. Así que no tuve que preocuparme por mi aspecto. Si me aceptaban, me
arreglarían la dentadura y el pelo, me enseñarían a caminar, a bailar, a
escuchar a un hombre poniendo cara de agrado… y me entrenarían, claro, en los
deberes fundamentales. Incluso me harían una operación de cirugía plástica si
era preciso… Nada es demasiado bueno para nuestros chicos.
»Mejor todavía: se aseguraban de que no quedaras
embarazada durante el tiempo de servicio, y al finalizar el mismo tenías una
seguridad casi total de casarte. Es lo mismo que pasa ahora, los A.N.G.E.L.E.S.
se casan con astronautas, conocen bien su
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oficio.
»Cuando tenía dieciocho años me mandaron a una casa
como “asistenta familiar”. Aquella familia quería simplemente una criada
barata. Pero a mí no me importó, ya que no podía alistarme hasta cumplir los
veintiún años. Hice trabajos domésticos y asistí a la escuela nocturna…
fingiendo que deseaba mejorar mi taquigrafía y mecanografía, aunque en realidad
mi única preocupación era mejorar mi atractivo y tener más posibilidades de que
me aceptaran en la R.A.M.E.R.A.
»Luego conocí a aquel tipo de la capital y sus
billetes de cien dólares. —Su mirada volvió a ser ceñuda—. Sí, aquel inútil
tenía un montón de billetes de cien. Me los enseñó una noche, me dijo que eran
para ayudarme.
»Pero no los acepté. Me gustaba aquel hombre. El
primero que se mostraba agradable sin intentar hacer travesuras conmigo. Dejé
de ir a la escuela nocturna para verle más a menudo. Fue la época más feliz de
mi vida.
»Pero una noche fuimos al parque, y empezaron las
travesuras.
—¿Y qué ocurrió? —pregunté al ver que callaba.
—¡No ocurrió nada! Nunca volví a verle. Me acompañó
a casa, me dijo que me amaba… me dio un beso de buenas noches y jamás volvió.
¡Si volviera a encontrarle, le mataría!
—Comprendo tus sentimientos. Pero matarle… sólo por
hacer algo que se basa en un instinto natural… Humm… ¿Se resistió usted?
—¿Eh? ¿Qué tiene que ver eso con lo sucedido?
—Bastante. Quizá él se merezca tener los dos brazos
rotos por abandonarle, pero…
—¡Se merece mucho más todavía! Espere a que le
cuente el resto de la historia. Me las arreglé para que nadie supiera lo que
había sucedido y llegué a la conclusión de que todo había sido para bien. En
realidad, no le amaba y posiblemente nunca amaría a nadie. Además, estaba
ansiosa por entrar en la R.A.M.E.R.A., más ansiosa que nunca. Yo no estaba
descalificada, puesto que ya no insistían en que las candidatas fueran
vírgenes. Me sentía muy animada.
»No me di cuenta hasta que mis faldas empezaron a
quedarse pequeñas. —¿Estaba embarazada?
—¡Vaya jugarreta me había hecho! Los tacaños con
los que yo vivía pasaron por alto mi estado hasta que dejé de serles útil.
Después me echaron a patadas y ya no podía volver al orfanato. Acabé en un
hospital de caridad, rodeada de grandes barrigas como la mía, y me ocupé de los
orinales hasta que me llegó la hora.
»Una noche me encontré en la mesa de operaciones,
con una enfermera que me decía: “Relájese. Respire profundamente.”
»Cuando desperté estaba en una cama y me sentí
entumecida del pecho para abajo. Entonces entró mi médico. “¿Qué tal se
encuentra?”, me preguntó con aire
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jovial.
»“Como una momia”, respondí.
»“Naturalmente. Le hemos vendado como si fuera una
momia y le hemos administrado muchos calmantes para mantenerla entumecida. Se
pondrá bien… pero una cesárea no es igual que una cutícula inflamada.”
»“¿Una cesárea?”, dije yo. “Doctor… ¿He perdido el
niño?” »“¡Oh, no! La criatura está muy bien.” »“¿Es chico o chica?”
»“Es una niña muy saludable. Pesa tres kilos.”
»Me tranquilicé. Haber tenido una hija es… es
importante. En aquel momento pensé irme a alguna parte, convertirme en una
“señora” y dejar que la niña pensara que su papá había muerto. ¡No quería
ningún orfanato para mi hija!
»Pero el médico seguía hablando. “Dígame, señora…
eh…” Había olvidado mi apellido… o lo sabía y no quiso meter la pata. “¿Sabía
que su estructura glandular es… muy extraña?”
»“¿Cómo dice? Claro que no lo sabía. ¿Qué pretende
decirme?”
»El cirujano no sabía cómo explicarse. “Voy a darle
esto y luego le pondré una inyección para que duerma y calme sus nervios.
Porque es evidente que va a ponerse nerviosa.”
»“¿Por qué?”, pregunté.
»“¿Ha oído hablar de ese médico escocés que fue
mujer hasta cumplir los treinta y cinco años? Luego fue sometido a una
operación quirúrgica y se convirtió, legal y médicamente, en un hombre. Y se
casó. No hubo problemas.”
»“¿Y qué tiene que ver eso conmigo?”
»“Es lo que pretendo explicarle. Usted es un
hombre.” »Traté de incorporarme en la cama. “¿Qué ha dicho?”
»“Tómeselo con calma. Cuando efectué la cesárea me
encontré con una confusión de órganos. Mandé llamar al cirujano en jefe
mientras sacaba a la niña, y sostuvimos un cambio de impresiones. Usted seguía
en la mesa de operaciones, claro está. Hemos estado trabajando varias horas,
esforzándonos al máximo con usted. Encontramos dos estructuras orgánicas, ambas
inmaduras, pero con la femenina lo bastante desarrollada para que usted pudiera
tener un hijo. Era algo que no volvería a serle de utilidad, así que la extirpamos
y lo dejamos todo de forma que usted, pueda desarrollarse adecuadamente como
hombre.” Me puso la mano en el hombro. “No se preocupe. Usted es joven, sus
huesos se adaptarán, vigilaremos su equilibrio glandular… y haremos de usted un
hombre joven.”
»Me puse a llorar. “¿Y qué me dice de mi hija?”
»“Bueno, no podrá criarla. Usted no tiene leche
suficiente para una recién nacida. Si estuviera en su caso, yo… miraría de que
la adoptaran.”
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»“¡No!”
»El médico se encogió de hombros. “La decisión le
corresponde a usted, como madre que es de la niña… o como padre. Pero ahora no
se preocupe. Lo principal es que usted se restablezca.”
»El día siguiente me enseñaron a la niña y la vi a
diario… intentando acostumbrarme a ella. Nunca había visto a un recién nacido y
no podía imaginarme lo horribles que son. Mi hija me parecía un mono de color
anaranjado. Pero estaba resuelta a hacer todo lo necesario por ella. Pasaron
cuatro semanas y mis buenas intenciones perdieron todo su significado.
—¿Cómo dice?
—La raptaron.
—¿La raptaron?
La Madre Soltera estuvo a punto de aplastar la
botella que nos habíamos apostado.
—La secuestraron… ¡Se la llevaron del hospital!
—Hablaba casi sin poder respirar—. ¿Qué le parece? Arrebatarle a un hombre la
última razón que le impulsa a vivir…
—Desesperante. Permita que le sirva otro vaso. ¿No
hubo pistas de los secuestradores?
—La policía no sacó nada en claro. Alguien se
presentó para verla, haciéndose pasar por un tío de la niña. Y se la llevó
mientras la enfermera estaba de espaldas.
—¿Una descripción?
—Un hombre de rostro similar al suyo o al mío. Nada
más. Pienso que se trataba del padre de la niña. La enfermera juró que era un
hombre de edad, aunque probablemente iba maquillado. ¿Qué otra persona podría
robarme a mi hija? Hay mujeres sin hijos que hacen cosas así… pero nadie conoce
un solo caso en que el secuestrador haya sido un hombre.
—¿Y qué fue de usted después del rapto?
—Estuve otros once meses en aquel lugar siniestro y
sufrí tres operaciones. Al cabo de cuatro meses me empezó a crecer la barba, y
me afeitaba con regularidad antes de salir del hospital. Ya no tenía duda
alguna de que era un hombre. —Sonrió irónicamente—. Incluso me atraían los
escotes de las enfermeras.
—Bien, creo que usted superó el trance —opiné—.
Aquí está, un hombre normal que se gana bien la vida y sin problemas graves.
Además, la vida de una mujer no tiene nada de fácil.
—¡Usted sabe mucho!
—¿Ah, sí?
—¿Ha oído alguna vez la expresión «una mujer
destrozada»? —Bueno… Sí, hace varios años. No significa demasiado en la
actualidad.
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—Yo estaba tan destrozado como pudiera estarlo una
mujer. Aquello fue una bomba que me destrozó por completo… Había dejado de ser
una mujer… y no sabía cómo ser un hombre.
—Supongo que es difícil acostumbrarse.
—No tiene ni la más mínima idea. No estoy hablando
de aprender a vestirse o de no confundir el lavabo de señoras con el de
caballeros. Todos esos detalles los aprendí en el hospital. El problema era
cómo vivir. ¿Qué trabajo podía conseguir? Diablos, ni siquiera sabía conducir.
No tenía oficio alguno y no podía dedicarme a labores manuales. Tenía
demasiadas cicatrices, una piel demasiado blanda.
»Odié a aquel hombre por haber destrozado mi vida,
por haber impedido que me presentara a R.A.M.E.R.A. Pero ese odio no surgió
hasta que traté de entrar en el Cuerpo Espacial. Una sola mirada a mi barriga
bastaba para que me declararan inútil para el servicio militar. El oficial
médico perdió algún tiempo conmigo, simplemente por curiosidad. Ya tenía
noticias de mi caso.
»En estas circunstancias, cambié mi apellido y me
trasladé a Nueva York. Conseguí trabajo como cocinero de segunda, y luego
alquilé una máquina de escribir para mecanografiar manuscritos a domicilio… ¡Y
qué éxito tuve! En cuatro meses mecanografié cuatro cartas y un manuscrito.
Este último era para Historias de la Vida Real y fue un auténtico derroche de
papel, pero el imbécil que lo escribió logró venderlo. Y eso me dio una idea.
Compré un montón de revistas sentimentales y las
estudié. —Adoptó una expresión cínica—. Ahora ya sabe que ese auténtico ángulo
de mujer de mis relatos procede de la historia de una madre soltera… Es la
única versión que no he vendido a los editores: la versión real. ¿Me he ganado
la botella?
Le acerqué el licor. Me sentía trastornado, pero
tenía un trabajo que hacer. —Hijo —expuse—, ¿sigue deseando echarle el guante a
ese tipo?
Sus ojos parecieron arder. Tenía una mirada
salvaje. —¡Un momento! —dije—. ¿Sería capaz de matarle?
—Haga la prueba —contestó. Y luego sonrió
maliciosamente.
—Tómeselo con calma. Conozco este asunto más de lo
que usted se piensa.
Puedo ayudarle. Sé dónde está él.
—¿Dónde está? —exclamó abalanzándose hacia mí.
—Suélteme la camisa, hijo —dije sin levantar la
voz—. O le dejaremos en el callejón y explicaremos a los polizontes que usted
se desmayó. —Le enseñé la cachiporra.
—Perdone. —Me soltó—. Pero ¿dónde está ese hombre?
¿Y cómo es que sabe usted tantas cosas?
—Todo a su tiempo. Hay muchos archivos… Los del
hospital, los del orfanato, los expedientes médicos… La directora de su
orfanato era la señora Fetherage,
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¿correcto? Después fue sustituida por la señora
Gruenstein, ¿correcto? Cuando era una mujer, usted se llamaba «Jane»,
¿correcto? Y de todo esto no me ha dicho una sola palabra, ¿correcto?
Se quedó sorprendido y un poco asustado.
—¿Qué significa todo esto? —preguntó—. ¿Trata de
crearme problemas?
—No, de verdad que no. Sólo trato de ayudarle.
Puedo poner en sus manos a ese tipo. Usted podrá hacer lo que mejor le parezca…
y le garantizo que no habrá complicaciones de ningún tipo. Pero no creo que
vaya usted a matarle. Sería una actitud propia de un loco… y usted no lo está.
En absoluto.
—Basta de charla. ¿Dónde está?
Le serví un poco más de bebida. Estaba borracho,
pero la cólera superaba la borrachera.
—No tan deprisa —dije—. Haré algo por usted… si
usted hace algo por mí. —¿Eh? ¿Qué quiere que haga?
—A usted no le gusta su trabajo. ¿Qué le parecería
un buen sueldo, un empleo fijo, todos los gastos pagados, siendo usted su único
jefe y pudiendo gozar de variedad y aventuras?
—Me parecería algo así como la gallina de los
huevos de oro. No diga tonterías, Pop… Ese empleo no existe.
—Muy bien, se lo diré de otra forma. Le entrego al
tipo, ajusta cuentas con él y prueba el trabajo que le ofrezco. En el caso de
que no reúna las características que he enumerado… bueno, no podré retenerle.
Se tambaleaba. El último trago era el culpable.
—¿Cuándo me traerá a ese hombre? —preguntó con la
típica voz del que ha bebido demasiado.
—Si acepta el trato… ¡ahora mismo! —Acepto el
trato. —Y alargó su mano derecha.
Ordené a mi ayudante que vigilara la barra, miré la
hora —23.00— y me dirigí hacia la puerta del almacén. En ese mismo instante
empezó a sonar «¡Soy mi propio abuelo!» en el tocadiscos automático. El
encargado de la máquina tenía órdenes para colocar exclusivamente en ella
discos clásicos y del folklore americano, puesto que yo no trago la «música» de
1970. Pero no sabía que aquel disco estaba allí.
—¡Apaga eso! —grité—. Devuelve el dinero al
cliente. Voy al almacén. Volveré enseguida.
Y entré en el almacén seguido de la Madre Soltera.
Al final del pasillo, frente a los retretes, había una puerta metálica que sólo
mi socio y yo podíamos abrir. Y en el interior había otra puerta que daba a una
habitación. La única llave disponible estaba en mi poder. Entramos los dos. Mi
acompañante miró con ojos nublados por el alcohol aquellas paredes sin
ventanas.
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—¿Dónde está ese hombre? —inquirió.
—No se impaciente.
Abrí una maleta, el único objeto que había en la
habitación. Era una unidad portátil de transformación de coordenadas, serie
1992, modelo II. Una maravilla: carente de partes móviles, veintitrés kilos de
peso a plena carga y construido de modo que pudiera hacerse pasar por una
maleta. Yo la había ajustado precisamente aquel mismo día. Todo lo que debía
hacer era desplegar la red metálica que limita el campo de transformación. Y
así lo hice.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—Una máquina del tiempo —contesté y extendí la red
a nuestro alrededor.
—¡Hey! —exclamó, y retrocedió.
Existe una técnica para efectuar esta operación. La
red debe desplegarse de modo que el sujeto retroceda instintivamente hacia la
trama metálica. Y entonces se cierra la red, que envolverá a las dos personas
por entero. De otra forma, existiría el riesgo de abandonar en el lugar de
origen las suelas de los zapatos o un trozo del pie, o de arrancar parte del
suelo. Pero ése es todo el cuidado que hay que tener. Algunos agentes se valen
de engaños para que el sujeto entre en la red. Yo me limito a decir la verdad y
aprovecho el instante de asombro que sigue para accionar el interruptor. Y así
lo hice en aquella ocasión.
10.30 - VI - 3 abril 1963 - Cleveland - Ohio -
Edificio Apex:
—¡Hey! —repitió—. ¡Quite esta maldita cosa!
—Lo siento —dije, e hice lo que pedía. La red
desapareció y cerré la maleta—.
Dijo que deseaba encontrar a ese hombre.
—Pero… ¡Usted me dijo que eso era una máquina del
tiempo!
—¿Le parece que estemos en noviembre? —pregunté al
tiempo que señalaba una ventana—. ¿O que esto sea Nueva York?
Mientras él se quedaba boquiabierto contemplando la
vegetación floreciente y la esplendorosa primavera, volví a abrir la maleta.
Saqué un fajo de billetes de cien dólares y comprobé que los números y las
firmas fueran compatibles con 1963. Al Departamento Temporal no le importa lo
que gastes (ese dinero no cuesta nada) pero no gusta de anacronismos
innecesarios. Si cometes demasiados errores, una corte marcial te exiliará por
un año en un período poco agradable —1974, por ejemplo— con su racionamiento estricto
y trabajos forzados. Nunca cometo ese tipo de errores. El dinero estaba
perfectamente.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó mi acompañante.
—Él está aquí. Salga y búsquele. Aquí tiene dinero
para gastos. —Le di los billetes y añadí—: Ajústele las cuentas. Luego le
recogeré.
Los billetes de cien dólares ejercen un efecto
hipnótico en una persona que no
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está acostumbrada a ellos. Los contó con una
expresión de incredulidad en el rostro mientras le acompañé al pasillo. Volví a
entrar a la habitación y cerré la puerta con llave. El siguiente salto fue muy
fácil, un simple cambio en la misma era.
11.00 - VI - 10 marzo 1964 - Cleveland - Edificio
Apex: Había una nota debajo de la puerta diciendo que mi alquiler expiraba la
semana próxima. Por lo demás, la habitación tenía el mismo aspecto que un
instante antes. En el exterior, los árboles habían perdido sus hojas y
amenazaba con nevar. Debía apresurarme. Cogí dinero de la época, chaqueta,
sombrero y abrigo (todo lo había dejado allí en el momento de alquilar la
habitación). Después alquilé un coche y fui al hospital. Estuve veinte minutos
aburriendo a la enfermera, hasta que pude llevarme a la niña sin que me viera.
Volvimos al edificio Apex. El siguiente salto en el tiempo resultó más
complicado, ya que el edificio todavía no existía en 1945. Pero ya había tenido
en cuenta este detalle.
00.10 - VI - 20 sept. 1945 - Cleveland - Motel
Skyview: La unidad de transformación, la niña y yo llegamos a un motel situado
en las afueras de la ciudad. Antes me había registrado como «Gregory Johnson,
Warren, Ohio». Cortinas, ventanas y puertas estaban cerradas y todo el
mobiliario apartado a un lado, de modo que el aparato dispusiera de un cierto
margen de error. Siempre corres el riesgo de darte un buen coscorrón con una
silla que no debía estar donde está. Y no por la silla, claro, sino por el retroceso
del campo de fuerza.
No hubo ningún problema. Jane dormía profundamente.
La saqué del motel, la metí en una caja de cartón y puse ésta en el asiento de
un coche que había alquilado antes. Después conduje el vehículo hasta el
orfanato, dejé a la niña en las escaleras de entrada y me fui hasta una
«estación de servicio» situada a dos manzanas de distancia. (Recuerden que
«estación de servicio» era entonces el lugar donde vendían gasolina.) Desde
allí telefoneé al orfanato y regresé a tiempo para ver cómo recogían a Jane. A
continuación volví al motel y abandoné el coche en sus cercanías. Recorrí a pie
el trecho que faltaba hasta el edificio y salté en el tiempo hacia 1963.
11.00 - VI - 24 abril 1963 - Cleveland - Edificio
Apex: Este último cambio de año resultó perfecto. La exactitud de estos saltos
depende del tramo —tiempo— que recorres, excepto cuando regresas a cero. Si me
había equivocado, Jane estaría descubriendo en este momento preciso, en el
parque y en una fragante noche primaveral, que ella no era tan «buena» chica
como pensaba. Cogí un taxi para ir a casa de los tacaños y me quedé vigilando
en una esquina, acechando en las sombras.
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Al cabo de un rato les vi caminando por la calle,
muy apretados el uno al otro. Llegaron al porche. Él la cogió por la cintura y
se despidió con un largo beso, más largo de lo que yo había imaginado. Luego
ella entró en la casa y él se alejó. Me deslicé tras él y le cogí por el
hombro.
—Todo ha terminado, hijo —dije—. He vuelto para
recogerle.
—¡Usted! —La sorpresa le dejó sin respiración.
—Yo. Ahora ya sabe quién es él… Si medita un poco,
también sabrá quién es usted… Y si piensa lo bastante, podrá imaginarse quién
es la niña… y quién soy yo.
Estaba temblando sin poder contenerse y no
pronunció una sola palabra. Resulta terrible comprobar que no puedes resistirte
a que tú mismo te seduzcas. Le llevé hasta el edificio Apex y efectuamos un
nuevo salto en el tiempo.
23.00 - VII - 12 ag. 1985 - Base subterránea de las
Montañas Rocosas: Desperté al sargento de guardia, le mostré mi identificación
y le ordené que acostara a mi compañero (dándole antes una píldora adecuada) y
que tomara sus datos por la mañana. El sargento puso mala cara, pero los
galones siempre son los galones, no importa la época. Hizo lo que le había
ordenado… pensando, sin duda, que la próxima vez que nos encontráramos él sería
coronel y yo sargento. Y es algo que puede suceder perfectamente en nuestro
cuerpo.
—¿Cómo se llama? —me preguntó.
Apunté el nombre del nuevo recluta y el sargento
enarcó las cejas al leerlo. —¿Así se llama? Vaya, vaya…
—Cumpla con su deber, sargento. —Luego me volví
hacia mi compañero—. Hijo, tus problemas han terminado. Estás a punto de
empezar el mejor trabajo que un hombre pueda desear… Y lo harás bien. Lo sé.
—¡Claro que lo harás! —convino el sargento—.
Mírame… Nacido en 1917… Aún eres joven y aún gozas de la vida.
Me fui a la sala de saltos y dispuse todo en el
cero preseleccionado.
23.01 - V - 7 nov. 1970 - Nueva York - «Pop’s
Place»: Salí del almacén con una botella de Drambuie para justificar el minuto
que había estado ausente. Mi ayudante estaba discutiendo con el cliente que
había puesto el disco «¡Soy mi propio abuelo!».
—Bueno, ya está bien —dije—. Déjale que lo ponga y
luego desenchufas la máquina.
Me encontraba muy fatigado. Es un trabajo duro,
pero alguien tiene que hacerlo. Además, en los últimos años, desde el Error de
1972, el reclutamiento es muy difícil. ¿Puede pensarse en algo mejor que coger
gente confusa y ofrecerles un trabajo bien remunerado e interesante (aunque sea
peligroso) para una causa necesaria? Todo el
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mundo sabe ahora por qué fracasó la Guerra del
Fracaso de 1963. La bomba destinada a Nueva York no hizo explosión y un
centenar de detalles no salieron como se había planeado… Todo por culpa de mis
semejantes.
Pero ése no es el caso del Error de 1972. Nosotros
no tuvimos la culpa… y ya no puede repararse. No hay paradoja que resolver. Una
cosa es, o no es, ahora y por los siglos de los siglos, amén. Pero no habrá
otro igual. Una orden fechada «1992» tiene prioridad sobre cualquier otro año.
Cerré el bar cinco minutos antes y dejé una carta
en la caja registradora, explicando a mi socio que aceptaba su oferta para
comprar mi parte del negocio y que se pusiera en contacto con mi abogado,
puesto que yo iba a emprender unas largas vacaciones. Yo no sabía si el
departamento recibiría o no el dinero, pero les gusta que todas las cosas
queden bien arregladas. Me dirigí a la habitación interior del almacén y salté
a 1993.
22.00 - 12 ene. 1993 - Edificio anexo de la base
subterránea de las Montañas Rocosas - Cuartel general del Departamento
Temporal: Me presenté al oficial de guardia y me dirigí a mi habitación
pensando en dormir durante toda una semana. Había cogido la botella de la
apuesta (al fin y al cabo, la había ganado) y tomé un trago antes de redactar
mi informe. El licor tenía un sabor horrible, y no pude entender por qué
aquella marca, Old Underwear, me había gustado en otras ocasiones. Pero era
mejor que nada. Pienso demasiado, no me gusta estar tan serio. Pero tampoco me
gusta dedicarme a la bebida. Hay personas que ven serpientes. Yo veo personas.
Dicté mi informe: cuarenta reclutamientos, todos
con el visto bueno del Departamento de Psicología, contando con el mío propio
(ya sabía de antemano que lo aprobarían. Yo estaba aquí, ¿no?). Luego grabé una
solicitud para que se me asignara una misión. Ya estaba harto de reclutar. Eché
las dos cintas en la ranura y me fui a dormir.
Mis ojos se fijaron en el «Reglamento del Tiempo»
que estaba sobre mi cama:
Nunca dejes para ayer lo que debas hacer mañana.
Si logras triunfar, no vuelvas a intentarlo.
Una puntada a tiempo salva nueve mil millones[1].
Una paradoja puede ser modificada.
Es más pronto de lo que piensas.
Los antepasados son simples personas.
Incluso Júpiter cabecea.
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Ya no me inspiraban tanto como cuando era recluta.
Treinta años subjetivos de saltos en el tiempo llegan a cansarte. Me desnudé y
cuando me quedé en cueros me miré la barriga. Una cesárea deja una cicatriz
enorme, pero ahora tengo mucho pelo en el vientre y no la advierto a menos que
la busque.
Luego me fijé en el anillo.
La serpiente que devora su propia cola, por los
siglos de los siglos… Yo sé de dónde procedo… Pero ¿de dónde provenís todos
vosotros, zombies?
Empezó a dolerme la cabeza, pero nunca tomo
medicamentos para la jaqueca. Es algo que no hago jamás. Lo hice una vez… y
todos desaparecisteis.
De modo que me arrastré hasta la cama y apagué la
luz de un soplo.
Vosotros no estáis ahí. Nadie existe, sólo yo
—Jane—, aquí a solas en la oscuridad.
¡Os añoro espantosamente!
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SOÑAR ES UN ASUNTO PRIVADO
Isaac Asimov
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Jesse Weill levantó la vista de su escritorio. Su
cuerpo viejo y descarnado, la nariz de prominente caballete, los ojos hundidos
y sombríos y las sorprendentes greñas canosas habían definido su aspecto
durante los años que Sueños, Inc. se había hecho mundialmente famosa.
—¿Ya está aquí el chico, Joe? —preguntó.
Joe Dooley era un hombre corpulento y de baja
estatura. Un puro acariciaba su húmedo labio inferior. Se quitó el cigarro de
la boca por un instante e hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—Ha venido con sus padres. Todos están asustados.
—¿Está seguro de que no se trata de una falsa
alarma, Joe? No dispongo de mucho tiempo. —Consultó su reloj—. Asuntos
gubernamentales a las dos.
—Es una cosa segura, señor Weill. —El rostro de
Dooley era todo seriedad. Sus carrillos temblaban con persuasiva intensidad—.
Tal como le conté, lo encontré en el patio de la escuela jugando a algo
parecido al baloncesto. Tenía que haber visto al chico. Era malísimo. Cuando
tenía la pelota en sus manos, su propio equipo debía ir a cogérsela, y deprisa,
pero al mismo tiempo tenía la actitud de una estrella del deporte. ¿Comprende?
Para mí fue una revelación involuntaria.
—¿Habló con él?
—Sí, claro. A la hora de comer. Usted ya me conoce.
—Dooley hizo un amplío gesto con su puro y cogió la ceniza con su otra mano—.
Chico, le dije…
—¿Y cree que servirá para soñador?
—Le dije: «Mira, chico, acabo de llegar de África
y…»
—Muy bien. —Weill alzó una mano para
interrumpirle—. Siempre me fiaré de su palabra. No sé cómo se las arregla, pero
cuando usted dice que un chico es un soñador potencial, no me queda más remedio
que aceptarlo. Hágalo pasar.
El chico entró en el despacho con sus padres.
Dooley ofreció asiento, y Weill se levantó para estrechar las manos de los
recién llegados. Sonrió al niño de una manera tan especial que hasta las
arrugas de su rostro reflejaron benevolencia.
—¿Eres Tommy Slutsky?
Tommy asintió silenciosamente con la cabeza.
Aparentaba unos diez años y no estaba demasiado desarrollado para su edad. Su
cabello negro estaba peinado de forma poco convincente, y su cara
increíblemente limpia.
—¿Te portas bien? —preguntó Weill.
La madre del niño sonrió al momento y acarició
maternalmente la cabeza de Tommy (un gesto que no suavizó la expresión de
ansiedad del rostro de éste).
—Es muy buen chico —dijo la madre.
—Dime, Tommy —prosiguió Weill, haciendo caso omiso
de la última y dudosa afirmación. Ofreció un caramelo y el chico lo aceptó tras
una ligera vacilación—. ¿Conoces los cilindros de sueños?
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—Un poco —respondió Tommy, con una voz aguda e
insegura.
El señor Slutsky se aclaró la garganta. Era un
hombre ancho de hombros y de dedos gruesos, el tipo de trabajador que, de vez
en cuando y para confusión de la eugenesia, procreaba un soñador.
—Alquilamos algunos para el chico —dijo—. Sueños
muy viejos.
—¿Te gustaron, Tommy? —inquirió Weill.
—Eran un poco tontos.
—¿Te inventas sueños mejores para ti? ¿Sí?
La sonrisa que se extendió por las facciones
infantiles produjo el efecto de mitigar en parte la irrealidad de aquel pelo
tan bien peinado y aquella cara tan limpia.
—¿Te gustaría inventar un sueño para mí? —continuó
Weill, en un tono muy amable.
—Creo que no. —Tommy se había puesto muy nervioso.
—No será difícil. Ya verás… Joe.
Dooley apartó un biombo y acercó la mesita de
ruedas sobre la que estaba la grabadora de sueños.
El chico fijó la vista en el aparato. Weill cogió
el casco y lo aproximó al muchacho.
—¿Sabes qué es esto? —preguntó.
—No —repuso Tommy echándose hacia atrás.
—Es un pensador. Lo llamamos así porque la gente
piensa dentro del casco.
Póntelo en la cabeza y piensa en cualquier cosa.
—¿Y luego qué pasa?
—Nada. Te sentirás muy bien.
—No. Creo que no me lo pondré.
La madre del joven se inclinó precipitadamente
hacia él.
—No te hará daño, Tommy —dijo. Había un
inconfundible rasgo de irritación en su voz—. Haz lo que este señor te diga.
Tommy se puso rígido y pareció estar a punto de
llorar, pero no lo hizo. Weill le colocó el pensador, cuidadosa y lentamente, y
dejó pasar treinta segundos antes de seguir hablando, de modo que el chico
comprobara que no debía temer nada y se acostumbrara al suave contacto de las
fibrillas (que penetraban en la piel sin que el sujeto pudiera percibirlas
apenas) con las suturas de su cerebro. Además, Tommy debía familiarizarse con
el tenue zumbido de los vórtices del campo alternador.
—¿Quieres pensar algo para nosotros? —preguntó
finalmente.
—¿El qué? —Del casco sólo asomaban la nariz y la
boca de Tommy.
—Lo que tú quieras. ¿Qué es lo que más te gustaría
hacer cuando salgas del colegio?
Tommy pensó un instante.
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—¿Ir en un estratojet?
—¿Por qué no? Estás en un jet. Está despegando
ahora mismo.
Hizo una seña a Dooley y éste conectó la grabadora.
La prueba duró cinco minutos. A continuación, Tommy y su madre salieron del
despacho acompañados por Joe Dooley. El muchacho parecía confundido, pero la
experiencia no le había afectado lo más mínimo.
—Bien, señor Slutsky. Si su hijo pasa esta prueba,
le pagaremos quinientos dólares anuales hasta que el chico termine sus estudios
superiores. Después sólo le pediremos una cosa: que Tommy pase una hora semanal
en nuestra escuela especial.
—¿Debo firmar algún papel? —La voz de Slutsky era
un poco ronca.
—Sí, desde luego. Es un negocio, señor Slutsky.
—Bueno, no sé. He oído decir que los soñadores son
difíciles de encontrar.
—Lo son, lo son. Pero su hijo, señor Slutsky,
todavía no es un soñador. Quizá no lo sea nunca. Quinientos dólares anuales es
un riesgo para nosotros. Pero no para usted. Cuando Tommy tenga dieciocho años,
podríamos encontrarnos con que no es un soñador. Pero usted no habrá perdido
nada. Al contrario, habrá ganado un total aproximado de cuatro mil dólares. Y
si es un soñador, él se sanará muy bien la vida y usted seguirá sin haber
perdido nada.
—Necesitará un entrenamiento especial, ¿no?
—Oh, sí. Y muy duro. Pero no tenemos que
preocuparnos por eso hasta que Tommy termine sus estudios. Luego pasará dos
años con nosotros y después se someterá al entrenamiento. Confíe en mí, señor
Slutsky.
—¿Me garantizará ese entrenamiento especial?
Weill, que había aproximado un documento a su
interlocutor y estaba tendiéndole una pluma al revés, puso ésta correctamente y
procuró contener la risa.
—¿Garantizar? No. ¿Cómo voy a hacer tal cosa,
cuando todavía no sabemos con certeza si es o no un talento real? No obstante,
los quinientos dólares anuales no son nada despreciables.
Slutsky meditó un instante y agitó su cabeza.
—Se lo diré claramente, señor Weill —dijo por fin—.
Después de acordar con su empleado que vendríamos aquí, telefoneé a
Luster-Think. Dijeron que garantizarían el entrenamiento.
—Señor Slutsky —suspiró Weill—, no me gusta hablar
mal de la competencia. Si le dijeron que garantizarían el entrenamiento, lo
harán. Pero es imposible hacer un soñador de un muchacho si él carece de tal
cualidad. Si cogen a un chico que no tiene el talento adecuado y lo someten a
un curso de preparación, lo destrozarán. No será un soñador, eso por
descontado, pero tampoco será un ser humano normal. No se arriesgue a hacerle
eso a su hijo.
»Sueños, Inc. será honesta con usted. Si es
posible, haremos de él un soñador. Si
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no, se lo devolveremos tal cual y le diremos:
“Déjele aprender un oficio.” Será mejor para el chico. Créame, señor Slutsky,
tengo hijos, hijas y nietos, y sé lo que me digo: no permitiría que un hijo mío
pasara la experiencia sin estar preparado para ella. Ni aunque me ofrecieran un
millón de dólares.
Slutsky se limpió la boca con el dorso de la mano y
cogió la pluma estilográfica.
—¿Qué dice aquí? —preguntó.
—Se trata simplemente de una opción. Le pagamos
ahora mismo cien dólares en efectivo. Sin condiciones. Estudiaremos el sueño
del muchacho. Si creemos que el caso vale la pena, volveremos a llamarle y
cerraremos el trato de los quinientos dólares anuales. Déjelo todo en mis
manos, señor Slutsky, y no se preocupe. No se arrepentirá.
Slutsky firmó.
Weill introdujo el documento en la ranura del
archivador y entregó un sobre a Slutsky.
Cinco minutos más tarde, solo en el despacho, Weill
se colocó el casco y revivió el sueño de Tommy. Era el típico sueño infantil.
El protagonista estaba ante los controles del avión, un aparato que parecía una
mezcla de imágenes de las películas, el consuelo de los que carecían de tiempo,
ganas o dinero para comprar cilindros de sueños.
Al quitarse el casco, descubrió que Dooley le
estaba mirando.
—¿Y bien, señor Weill? ¿Qué le parece? —preguntó
ansiosamente Dooley.
—Tal vez, Joe, tal vez. Tratándose de un chico de
diez años y sin un ápice de entrenamiento, el caso es prometedor. El muchacho
capta muy bien los detalles. Cuando el avión se metió entre las nubes, hubo una
clara sensación de almohadones. Y también olor a sábanas limpias, un detalle
muy divertido. Podemos ocuparnos de él, Joe.
—Excelente. —La aprobación de Weill satisfizo
plenamente a Joe.
—Pero le diré una cosa, Joe: necesitamos
descubrirlos más pronto todavía. ¿Y por qué no? Algún día, Joe, todos los niños
pasarán la prueba al nacer. Debe de existir una diferencia evidente en el
cerebro y habría que encontrarla. De ese modo podríamos seleccionar a los
soñadores ya desde el principio.
—Vaya, señor Weill —dijo Joe con aspecto ofendido—.
¿Y qué sucedería entonces con mi empleo?
Weill se rió de buena gana.
—Aún es pronto para que se preocupe, Joe. Eso no
sucederá durante nuestras vidas. O al menos, no durante la mía. Seguiremos
dependiendo muchos años de talentos exploradores como el suyo. Observe en los
parques y las calles… —La rugosa mano de Weill apretó suave y aprobadoramente
el hombro de Dooley—, y encuéntrenos unos cuantos Hillary y Janow para que
Luster-Think no nos pisen los
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talones… Ahora puede irse. Quiero comer y estar
preparado para mi cita de las dos.
El gobierno, Joe, el gobierno. —Y dicho esto,
parpadeó nerviosamente.
La cita que Jesse Weill tenía a las dos era con un
hombre joven, mofletes de manzana, gafas, cabellos claros y resplandeciente,
con la intensidad de una persona que debe cumplir una misión. Mostró sus
credenciales a Weill y se presentó como John J. Byrne, agente del Departamento
de Artes y Ciencias.
—Buenas tardes, señor Byrne —saludó Weill—. ¿En qué
puedo servirle? —¿Hay alguien que pueda escucharnos? —preguntó el agente. Tenía
una
sorprendente voz de barítono.
—Nadie en absoluto.
—Entonces, si no le importa, voy a pedirle que
asimile esto. —Byrne sacó un pequeño cilindro de aspecto deforme y lo sostuvo
entre sus dedos pulgar e índice.
Weill lo cogió, sopesó y observó. Finalizado su
examen, exhibió ampliamente su dentadura mientras sonreía.
—No es un producto de Sueños, Inc., señor Byrne
—dijo.
—No pensaba que lo fuera. Insisto en que lo
asimile. Aunque le recomiendo que ajuste el interruptor automático para que
actúe al cabo de un minuto.
—¿Ese es todo el tiempo que se puede resistir?
Weill acercó el receptor a su escritorio y colocó
el cilindro en la parte reproductora. Después lo sacó, limpió ambos extremos
del cilindro con su pañuelo y efectuó un segundo intento.
—No hace buen contacto —explicó—. Un trabajo de
aficionados.
Se colocó en la cabeza el casco de reproducción y
ajustó los contactos de las sienes y el interruptor automático. Se recostó en
la silla con los brazos cruzados e inició la asimilación.
Sus dedos fueron adquiriendo rigidez y se aferraron
a la chaqueta. Una vez interrumpida la emisión, Weill se quitó el casco. Estaba
ligeramente enojado.
—¡Qué vulgaridad! —exclamó—. Me alegro de ser viejo
y que estas cosas hayan dejado de preocuparme.
—Y sin embargo —dijo Byrne, muy serio—, no es lo
peor que hemos encontrado. Además, esta moda está extendiéndose.
—Sueños pornográficos. —Weill hizo un gesto de
indiferencia—. Supongo que es un fenómeno lógico.
—Lógico o no, representa un peligro mortal para la
moralidad de la nación.
—La moralidad es capaz de resistir muchos golpes.
El erotismo ha sido una constante de nuestra historia, de un modo o de otro.
—Pero no como éste, señor. Una estimulación directa
de mente a mente es mucho más efectiva que las novelas subidas de tono o las
películas obscenas. En esos casos, la imagen debe filtrarse hasta los sentidos,
perdiendo así parte de su efecto.
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—¿Qué desea que haga? —preguntó Weill, ya que
difícilmente podía discutir el punto de vista del representante gubernamental.
—¿Se le ocurre una posible procedencia de este
cilindro?
—Señor Byrne, no soy policía.
—No, no. No le estoy pidiendo que haga nuestro
trabajo. El departamento tiene toda la capacidad necesaria para dirigir sus
propias investigaciones. Lo que le pregunto es si puede colaborar con su
experiencia en este campo. Usted afirmó que su compañía no fabricó ese
cilindro. ¿Quién lo hizo?
—No puede tratarse de un distribuidor conocido. De
eso estoy seguro. Es un trabajo muy buido.
—Quizá lo hayan hecho así a propósito.
—Y ningún soñador profesional ha intervenido en
esto.
—¿Está seguro, señor Weill? ¿No es posible que los
soñadores hagan este tipo de trabajo por pequeñas e ilegales cantidades de
dinero…? ¿O por simple diversión?
—Sí, es posible, pero no en este caso concreto. No
hay relieves, son imágenes bidimensionales. Aunque debo reconocer que tampoco
hacen falta relieves en este tipo de sueños.
—¿Qué entiende por relieves?
—¿No es usted aficionado a los sueños? —preguntó
Weill con una amable sonrisa.
—Prefiero la música. —Byrne había tratado de no
mostrarse demasiado virtuoso, pero no lo logró por entero.
—Bueno, eso también está bien. Pero hace un poco
difícil explicar el concepto de relieves. Incluso la gente que asimila sueños
podría ser incapaz de responder su pregunta. No obstante, si un sueño careciera
de relieves, no les gustaría, aunque no supieran explicar el porqué. Mire,
cuando un soñador experto inicia su trabajo, sus imágenes no tienen nada que
ver con las de la anticuada televisión o las películas. Se trata de una serie
de visiones, y cada una de ellas posee diversos significados. Si las analizara
con sumo cuidado, descubriría cinco o seis. Cuando se asimilan de forma
ordinaria, jamás se advierte la combinación, pero un estudio concienzudo lo
demuestra. Créame, mi sección de psicología dedica a ello mucho tiempo. Todos
los relieves, distintos significados, se mezclan en un conjunto emocional
orientado. Sin ellos, el resultado sería vulgar, insulso.
»Esta mañana hice una prueba a un niño de diez años
y que tiene ciertas aptitudes. Para él, una nube no es simplemente una nube
sino también un almohadón. La combinación de las dos sensaciones supera la
particular de cada una de ellas. El chico es muy primitivo, desde luego; pero
cuando termine sus estudios será entrenado y sometido a una disciplina mental.
Captará todo tipo de sensaciones y acumulará experiencia. Analizará sueños
clásicos del pasado. Aprenderá a controlar y dirigir sus
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pensamientos, aunque, fíjese bien, siempre he
opinado que cuando un soñador improvisa…
Weill se interrumpió bruscamente. Después prosiguió
en tono menos apasionado: —No debería excitarme. Todo lo que trato de
explicarle es que todo soñador profesional posee su tipo particular de
relieves, una característica que no puede ocultar y que para los expertos tiene
el valor de una firma. Y yo, señor Byrne, conozco todas las firmas. Esa
obscenidad que ha traído carece por completo de relieves. Un talento de
segunda, quizá, pero al igual que usted o yo, no puede pensar.
Byrne enrojeció ligeramente.
—No todo el mundo es incapaz de pensar, señor
Weill, aun cuando no elaboren sueños.
—¡Oh, vamos! —Weill agitó su mano—. No se enfade
por lo que dice un viejo. No estoy hablando de pensar en el sentido de razonar,
sino de soñar. Todos podemos soñar hasta cierto punto, del mismo modo que
podemos correr. ¿Pero nos atreveríamos usted y yo a correr la milla en menos de
cuatro minutos? Todos podemos hablar, ¿pero acaso como Daniel Webster? Cuando
pienso en un bistec, pienso en la palabra bistec. Quizá tengo una imagen fugaz
de un filete servido en un plato. Quizá usted sea más imaginativo y vea la
grasa, la cebolla frita y las patatas asadas, no lo sé. Pero un soñador… El
soñador ve el bistec, lo huele y lo saborea, percibe la satisfacción en el
estómago, el cuchillo cortando la carne y muchas cosas más… en un solo
instante. Es muy sensitivo. Muy sensitivo. Usted y yo no podemos imitarle.
—De modo que ningún profesional ha hecho esto —dijo
Byrne—. Algo es algo. —Guardó el cilindro en el bolsillo interior de su
americana—. Confío en que contaremos con su colaboración para poner fin a esta
situación.
—Naturalmente, señor Byrne. Se la ofrezco de todo
corazón.
—Confío en ello —dijo Byrne, ahora hablando en tono
autoritario—. Señor Weill, no me corresponde a mí decidir qué se hará y qué no
se hará, pero esto… — Dio una palmada sobre el cilindro—. Esto va a ser una
tentación terrible para imponer una censura muy estricta sobre los sueños. —Se
incorporó—. Buenas tardes, señor Weill.
—Buenas tardes, señor Byrne. Yo siempre confío en
lo mejor.
Francis Belanger irrumpió en el despacho de Jesse
Weill con su acostumbrada excitación, cabello pelirrojo en desorden y rostro
preocupado y sudoroso. Le sorprendió ver a Weill con los brazos cruzados sobre
el escritorio y la cabeza reposando en ellos, de modo que sólo sus canas eran
visibles. Belanger tragó saliva.
—¿Jefe?
—¿Eres tú, Frank? —dijo Weill alzando la cabeza.
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—¿Qué ocurre, jefe? ¿Está enfermo?
—Soy lo bastante viejo para estar enfermo, pero
sigo al pie del cañón.
Tambaleándome, pero al pie del cañón. Un
funcionario del gobierno estuvo aquí.
—¿Qué quería?
—Nos amenaza con la censura. Trajo una muestra de
lo que se está vendiendo por ahí. Sueños baratos para noches de orgía.
—¡Maldita sea! —exclamó Belanger con auténtica
irritación.
—El único problema es que la moralidad es un buen
pretexto para una campaña. Van a moverse por todas partes. Y si quieres que te
diga la verdad, somos vulnerables, Frank.
—¿Nosotros? Nuestro material es limpio. Sólo
tratamos aventuras y romances.
Weill frunció el entrecejo. Su labio inferior
sobresalió por un instante.
—Entre nosotros, Frank. No hay que fingir.
¿Material limpio? Depende del punto de vista. No es un detalle divulgable, pero
tú sabes tan bien como yo que todo sueño tiene sus connotaciones freudianas. Es
algo que no se puede negar.
—Claro que no. Pero no se ven a simple vista. Si
eres un psiquiatra…
—Y también si eres una persona ordinaria. El
observador normal no sabe que el detalle está ahí. Incluso es posible que no
sepa diferenciar un símbolo fálico de una imagen materna, aunque alguien lo
indicara. Pero su subconsciente capta tales detalles. Y son estas connotaciones
las que ejercen más influencia.
—De acuerdo, pero ¿qué piensa hacer el gobierno?
¿Limpiar los subconscientes de la gente?
—Primer problema. No sé qué piensan hacer. Lo que
tenemos de nuestro lado, y en eso confío, es el hecho de que el público ama sus
sueños y no estará dispuesto a renunciar a ellos… Mientras tanto, ¿a qué has
venido? ¿Querías verme?
Belanger dejó un objeto sobre el escritorio y se
arregló la parte inferior de su camisa, que asomaba por encima de los
pantalones.
Weill abrió la reluciente cubierta de plástico y
sacó el cilindro que había dentro. En uno de los extremos estaba grabado el
título, en color azul pastel y letra caprichosa: Excursión al Himalaya. Llevaba
la marca comercial de Luster-Think.
—Un producto de la competencia —dijo Weill con tono
solemne. Después, su boca se crispó en una mueca—. Todavía no ha salido al
mercado. ¿Dónde lo has obtenido, Frank?
—No importa. Sólo quería que lo asimilara.
Weill suspiró.
—Al parecer, hoy todos queréis que asimile sueños.
Frank, ¿no será nada obsceno?
—Tiene sus símbolos freudianos —contestó el enojado
Belanger—. Estrechas hendeduras entre los picos de las montañas. Espero que eso
no le moleste.
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—Soy un viejo. Hace años que dejé de molestarme…
pero aquel cilindro estaba tan defectuosamente elaborado que… resultaba
ofensivo. Bien, veamos eso que has traído.
Otra vez la grabadora. De nuevo el casco
reproductor sobre su cráneo y sienes. En esta ocasión, Weill se recostó en su
silla durante quince minutos o más. Entretanto, Francis Belanger fumó
apresuradamente dos cigarrillos.
Cuando Weill se quitó el casco y se restregó los
ojos, Belanger preguntó:
—¿Qué opina, jefe?
—No es para mí. —Weill arrugó la frente—. Era
repetitivo. Con una competencia así, Sueños, Inc. no tiene motivo para
preocuparse. Al menos, de momento.
—Ese es su error, jefe. Luster-Think ganará con
este tipo de material. Debemos reaccionar.
—Mira, Frank…
—No, escúcheme. Este es el producto del futuro.
—¿Éste? —Weill contempló el cilindro con expresión
incierta y bastante humorística—. Es obra de aficionados. Repetitivo. Sus
relieves apenas tienen vida. La nieve tenía un claro sabor a helado de limón.
¿Es que hay alguien actualmente que le encuentre a la nieve sabor a helado de
limón, Frank? En los viejos tiempos, sí. Hace veinte años, como mucho. Cuando
Lyman Harrison hizo por primera vez sus Sinfonías en la Nieve, se vendió muy
bien en el sur. Cimas con franjas de helado y caramelo y resbalosos riscos cubiertos
de chocolate. Esto es una payasada, Frank, no sirve para nuestra época.
—Porque usted está atrasado, jefe, se lo digo
sinceramente. Cuando usted empezó el negocio de los sueños, cuando obtuvo las
patentes y se puso manos a la obra, los sueños eran un artículo de lujo. El
mercado era pequeño y no había competencia. Usted podía invertir cualquier
cantidad en sueños especializados y venderlos muy caros.
—Lo sé, y nos hemos mantenido firmes en eso. Pero
también hemos abierto un negocio de alquiler para las masas.
—Sí, pero no basta. Nuestros sueños son muy
sutiles, de acuerdo. Pueden usarse una y otra vez. Sigues encontrando nuevos
detalles a la décima ocasión que reproduces el cilindro, sigues descubriendo
motivos de diversión. Pero ¿cuántas personas son expertas en la materia? Y otra
cosa. Nuestros productos están muy individualizados. Siempre con un
protagonista.
—¿Y bien?
—Luster-Think está inaugurando palacios del sueño.
Han abierto uno de trescientas plazas de Nashville. Entras, te sientas, te
pones el casco y tienes tu sueño. Todo el público asimila el mismo sueño.
—Había oído hablar de ello, Frank, y no es nada
nuevo. No resultó la primera vez
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y tampoco resultará ahora. ¿Quieres saber por qué?
Porque en primer lugar, soñar es un asunto privado. ¿Te gustaría que tu vecino
supiera lo que estás soñando? En segundo lugar, en uno de esos palacios del
sueño la sesión es única, ¿no es así? De modo que el cliente no puede soñar
cuando quiere, sino cuando el encargado dice: «¡Ahora!» Y para terminar, hay
sueños que gustan a determinadas personas, pero no a todas. Puedo asegurarte
que de las trescientas plazas que me has dicho, ciento cincuenta las ocupará
gente que no quedará satisfecha. Y si no les ha gustado la sesión, no volverán.
Belanger se subió lentamente las mangas de la
camisa y aflojó la corbata.
—Jefe, está diciendo disparates. ¿Qué utilidad
tiene demostrar que esos palacios no resultarán rentables? Ya lo están siendo
ahora. Hoy ha corrido el rumor de que Luster-Think está preparando un palacio
de mil localidades en San Luis. Las personas pueden acostumbrarse al sueño
público, aunque toda la gente de la misma sala tenga idéntico sueño. Y pueden
aceptar que el sueño se inicie en un momento dado porque resulta una diversión
barata y apropiada.
»¡Maldita sea, jefe, es un asunto social! Un chico
y una chica van a un palacio del sueño y asimilan un tema romántico de relieves
vulgares y situaciones triviales, pero salen de allí con estrellas centelleando
en su cabeza. Han tenido juntos el mismo sueño. Han pasado por idénticas
emociones. Están en armonía, jefe. Le apuesto lo que quiera a que volverán al
palacio y llevarán a todas sus amistades.
—¿Y si no les gusta el sueño?
—Ahí está el secreto, la esencia del asunto. El
sueño les gustará, es forzoso que sea así.
Si preparamos especiales de Hillary con un
engranaje conectado a otro engranaje que está conectado a un tercero, con giros
sorprendentes en colores amortiguados, con inteligentes cambios de significado
y el resto de características de las que tanto nos enorgullecemos… Bueno, es
obvio: no todo el mundo se sentirá atraído. Los sueños especializados requieren
gustos especializados. Pero Luster-Think se limita a producir sueños sencillos
en tercera persona, de forma que ambos sexos encuentren satisfacción. Un material
como el que usted acaba de asimilar. Simple, repetitivo, vulgar… Una especie de
mínimo común denominador. Quizá no todo el mundo se sienta muy satisfecho, pero
nadie rechazará estos productos.
Weill meditó durante un buen rato, y Belanger no
pudo hacer otra cosa más que mirarle.
—Frank —dijo Weill al cabo de varios minutos—,
empecé basándome en la calidad, y seguiré así. Es posible que tengas razón,
quizá los palacios del sueño sean la idea con más futuro. Y si eso es cierto,
también nosotros inauguraremos nuestros palacios. Pero con sueños de calidad.
Tal vez Luster-Think subestima a la gente normal. No hay que apresurarse ni
dejarse llevar por el pánico. Siempre me he basado
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en la teoría de que la calidad jamás dejará de
encontrar un mercado. Muchacho, a veces es un mercado tan enorme que supera
todas tus previsiones.
—Jefe…
El zumbido del intercomunicador interrumpió a
Belanger.
—¿Qué hay, Ruth? —dijo Weill.
—Es el señor Hillary, señor —anunció su
secretaria—. Quiere hablar con usted inmediatamente. Dice que es muy
importante.
—¿Hillary? —La voz de Weill denotó sorpresa—. Ruth,
que espere un poco.
Hágale pasar dentro de cinco minutos.
Weill volvió a encararse con Belanger.
—Frank —dijo—, hoy no es definitivamente uno de mis
mejores días. Un soñador debería estar en su casa, al lado de su pensador. Y
Hillary es nuestro mejor soñador. Él, más que ningún otro, debería estar en su
casa. ¿Cuál supones que será su problema, Frank?
—Cuando hable con él, lo averiguará —respondió
simplemente Belanger, todavía pensando en Luster-Think y los palacios del
sueño.
—Enseguida lo haré. Dime… ¿cómo fue su último
sueño? No he asimilado el que llegó la semana pasada.
Belanger bajó de las nubes y arrugó la nariz.
—No demasiado bueno —contestó.
—¿Por qué no?
—Era desigual, demasiado vacilante. Usted sabe que
no me importan las transiciones bruscas, siempre y cuando el sueño gane en
vivacidad. Pero necesariamente debe existir algún tipo de conexión, aunque sólo
sea a un nivel profundo.
—¿No sirve para nada?
—Ningún sueño de Hillary es una pérdida total. Pero
costó muchos esfuerzos montarlo. Hicimos bastantes recortes e intercalamos
algunos fragmentos extraños que Hillary nos había enviado ocasionalmente. Son
escenas independientes, ¿comprende? No es un sueño de primera categoría, pero
puede pasar.
—¿Hablaste con él al respecto, Frank?
—¿Piensa que estoy loco, jefe? ¿Cree que soy capaz
de mostrarme duro con un soñador?
En aquel momento se abrió la puerta. La joven
secretaria de Weill exhibió la correspondiente sonrisa y Sherman Hillary entró
al despacho.
Sherman Hillary, un hombre de treinta y un años,
habría sido reconocido como soñador por cualquier persona. No usaba gafas, pero
sus ojos poseían la mirada brumosa de una persona que, o bien necesita
llevarlas, o bien no suele fijar su atención en nada mundano. Era de mediana
estatura, más bien delgado, pelo negro
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que pedía un peluquero, mentón prominente, piel
pálida y expresión preocupada. —Hola, señor Weill —saludó en voz baja, e hizo
una levísima reverencia en
dirección a Belanger, sin atreverse a mirarle.
—Sherman, muchacho —dijo cariñosamente Weill—,
tienes muy buen aspecto. ¿Qué ocurre? ¿Un sueño que no te está quedando muy
bien? ¿Estás preocupado por eso? Siéntate, siéntate.
El soñador obedeció, ocupando tan sólo el borde de
una silla, como preparado para levantarse inmediatamente en cuanto se lo
ordenaran.
—He venido para decirle que dejo el trabajo, señor
Weill —explicó.
—¿Dejar el trabajo?
—No quiero soñar más, señor Weill.
En aquel instante, el rostro de Weill pareció
envejecer diez años más. El soñador se mordió los labios.
—¿Por qué, Sherman? —inquirió Weill.
—Porque esto no es vida, señor Weill. Es como si
todo pasara de largo con respecto a mí. Al principio no era tan malo. Incluso
era un trabajo tranquilizante. Soñaba por las noches, los fines de semana,
cuando no me encontraba bien o cuando fuera. Y dejaba de trabajar siempre que
no me apetecía hacerlo. Pero ahora soy un profesional experto. Usted me dijo
que soy uno de los mejores soñadores y que toda la competencia está pendiente
de mí para idear nuevas sutilezas y cambios en los sueños acreditados, como los
de vuelos y las fantasías de gusanos que cambian de forma.
—¿Y existe alguien mejor que tú, Sherman? —preguntó
Weill—. Tu secuencia dirigiendo una orquesta sigue vendiéndose al cabo de diez
años.
—De acuerdo, señor Weill. He cumplido mi parte. No
voy a ningún sitio. Tengo olvidada a mi mujer. Mi hija no me conoce. La semana
pasada Sarah me obligó a ir a una comida… No recuerdo nada en absoluto. Sarah
dice que estuve sentado toda la tarde en el sofá, murmurando y con la mirada
perdida. Dice que todo el mundo me observaba. Se pasó toda la noche llorando.
Estoy harto de estas situaciones, señor Weill. Quiero ser una persona normal y
vivir en este mundo. Prometí a mi mujer que dejaría este trabajo y así lo haré.
Me despido, señor Weill.
Hillary se puso en pie y extendió torpemente la
mano derecha. Weill hizo un gesto para que volviera a sentarse.
—Si quieres irte, adelante, Sherman. Pero haz un
favor a un anciano y déjame que te explique alguna cosa.
—No voy a cambiar de opinión.
—No voy a tratar de convencerte. Sólo quiero
explicarte una cosa. Soy viejo y ya estaba en este negocio antes de que
nacieras, así que me gustaría hablarte de ello. ¿Me darás ese gusto, Sherman?
Te lo suplico.
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Hillary tomó asiento de nuevo. Tenía los dientes
clavados en su labio inferior y contemplaba sombríamente sus uñas.
—¿Sabes qué es un soñador, Sherman? —prosiguió
Weill—. ¿Sabes qué significa para la gente normal? ¿Sabes qué se siente cuando
se es como yo, como Frank Belanger, o como tu esposa Sarah? ¿Tener mentes
limitadas incapaces de imaginar, de elaborar pensamientos visuales? A la gente
normal, como yo mismo, le gustaría evadirse de esta vida aunque sólo fuera por
una vez. Pero no podemos hacer tal cosa. Necesitamos ayuda.
»En los viejos tiempos había libros, teatro, cine,
radio, televisión… Eran artificios, pero eso no nos importaba. Lo importante
era que se estimulaba nuestra imaginación durante algunos minutos. Podíamos
concebir apuestos caballeros y bellísimas princesas. Podíamos ser atractivos,
ocurrentes, fuertes, inteligentes… todo lo que no éramos.
»Pero el tránsito del sueño entre soñador y
receptor siempre era imperfecto. El sueño debía ser transformado en palabras,
de un modo o de otro. El mejor soñador del mundo quizá fuera incapaz de
traducir sus sueños en palabras. Y el mejor escritor del mundo sólo podía
describir con palabras una ínfima parte de sus sueños. ¿Comprendes?
»Pero ahora, con las grabadoras de sueños, todo el
mundo puede soñar. Tú, Sherman, y un puñado de hombres como tú, creáis esos
sueños de una forma directa y exacta, de vuestra mente a la nuestra y sin que
se pierda un ápice de vivacidad. Soñáis para cien millones de personas. Vuestro
sueño es el de cien millones de seres humanos. Y eso es muy importante,
muchacho. Proporcionáis a toda esa gente una visión fugaz de algo que ellos no
podrían vislumbrar por sí mismos.
—He cumplido con mi parte —murmuró Hillary. Estaba
desesperado cuando, por segunda vez, se puso en pie—. Todo ha terminado. No me
importa lo que me está diciendo. Y si quiere demandarme por incumplimiento de
contrato, hágalo.
—¿Demandarte? —Weill se levantó a su vez y apretó
un botón del intercomunicador—. Ruth, quiero la copia del contrato del señor
Hillary.
Aguardó. Igual que Hillary y Belanger. Weill esbozó
una leve sonrisa y sus dedos amarillentos tamborilearon suavemente sobre el
escritorio.
Ruth trajo el contrato. Weill lo cogió, miró a
Hillary y dijo:
—Sherman, muchacho. No está bien que te quedes
aquí, a menos que desees permanecer conmigo.
Belanger empezó a levantar la mano para detener a
su jefe, pero ya era demasiado tarde. Boquiabierto, contempló cómo Weill rompía
el contrato en cuatro trozos y los arrojaba a la papelera-trituradora.
—Eso es todo —dijo Weill.
La mano derecha de Hillary se extendió
automáticamente para estrechar la de
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Weill.
—Gracias, señor Weill —dijo roncamente y muy
emocionado—. Siempre se portó muy bien conmigo y se lo agradezco. Siento que
las cosas hayan llegado a este punto.
—No te preocupes, muchacho, no te preocupes.
Sherman Hillary salió del despacho a punto de
llorar y sin cesar de dar las gracias.
—¡Por el amor de Dios, jefe! —exclamó Belanger—.
¿Por qué ha permitido que se fuera? ¿Es que no comprende la jugada? Hillary se
irá directamente a Luster-Think. Le han pagado para que hiciera esto.
—Te equivocas. Estás totalmente equivocado. Conozco
muy bien al muchacho y esas jugadas sucias no van con él. Además, Ruth es una
magnífica secretaria y sabe qué debe traerme cuando pido el contrato de un
soñador. El documento auténtico sigue a salvo, créeme.
»¡Vaya día que he tenido! Tuve que discutir con un
padre de familia para que me permitiera aprovechar un nuevo talento, con un
funcionario del gobierno para evitar la censura, contigo para que no te dejaras
llevar por planes funestos, y ahora con mi mejor soñador para que no abandone
su trabajo. Al padre es posible que lo convenciera. Al funcionario y a ti… no
lo sé. Quizá sí, quizá no. Pero en cuanto a Sherman Hillary, no hay duda
alguna: el soñador volverá.
—¿Cómo lo sabe?
Weill sonrió. Las arrugas de sus mejillas formaron
una red de minúsculas líneas. —Frank, muchacho —dijo—. Tú sabes recortar sueños
y eso te lleva a creer que
conoces todos los engranajes del negocio. Pero
permite que te diga algo. El engranaje más importante en el negocio de los
sueños es el soñador mismo. Es el engranaje que mejor hay que comprender, y yo
lo conozco perfectamente.
»Escucha. Cuando era joven… Entonces no había
sueños, claro. Cuando era joven conocí a un tipo que escribía guiones para la
televisión. Cuando alguien le conocía, averiguaba su profesión y le preguntaba:
¿De dónde sacas esas ideas tan alocadas?, siempre recurría a mí para quejarse
amargamente.
»Pero la gente que le hacía esa pregunta desconocía
la respuesta. Les parecía imposible inventar uno solo de aquellos guiones. ¿Qué
responderles mi amigo? Solía hablar conmigo de este tema y me decía: “No puedo
contestar que no lo sé. Por la noche me es imposible dormir porque las ideas
bullen en mi cabeza. Me corto cuando me afeito. Cuando hablo, llega un momento
en que pierdo el hilo de lo que estoy diciendo. Cuando me pongo al volante del
coche, me juego la vida. Y el motivo siempre es el mismo: ideas, situaciones,
diálogos… todo se arremolina en mi mente. No puedo explicarte de dónde saco mis
ideas. ¿Podrías explicarme cuál es tu truco para no tener ideas? Si pudieras
hacerlo, también yo podría gozar de un poco de paz.”
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»¿Te das cuenta, Frank? Aquí puedes dejar de
trabajar cuando quieras. Igual que yo. Es nuestro trabajo, no nuestra vida.
Pero ése no es el caso de Sherman Hillary. Vaya donde vaya, haga lo que haga…
siempre soñará. Mientras viva, tendrá que pensar, y mientras piense, tendrá que
soñar. No le mantenemos prisionero en esta empresa, nuestro contrato no
representa una cárcel para él. La auténtica prisión es su propio cráneo.
Sherman volverá. ¿Qué otra cosa puede hacer?
—Si está en lo cierto, lo siento por el muchacho.
—Yo lo siento por todos ellos —dijo tristemente
Weill—. Con el paso de los años he descubierto una cosa: el trabajo de los
soñadores consiste en hacer felices a las personas. A otras personas.
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POBRE PEQUEÑO GUERRERO
Brian W. Aldiss
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Claude Ford sabía perfectamente cómo había que
cazar un brontosaurio. Había que arrastrarse sin miramiento alguno por el barro
entre los sauces, sobre florecillas primitivas de pétalos tan verdes y marrones
como un campo de fútbol, sobre la loción de belleza que era el lodo. Había que
acechar a la criatura, de aspecto tan majestuoso como el de un calcetín lleno
de arena, tendiéndose entre las cañas. Allí estaba el animal, permitiendo que
la gravedad uniera su panza a la exquisita humedad del cenagal, barriendo la
hierba con los orificios de su nariz, que recordaban los de un conejo
monstruoso, resoplando y buscando más cañas apetitosas. Era una bestia
bellísima. El horror había alcanzado en ella su expresión suprema, completando
todo el círculo y desapareciendo finalmente en su propio esfínter. Sus ojos
brillaban con la viveza del dedo gordo del pie de un cadáver semicorrupto. Su
hedionda respiración y la piel de sus toscas cavidades auditivas eran elementos
a recomendar muy especialmente a toda persona que, de otro modo, se hubiera
sentido inclinada a ensalzar ensoñadoramente la obra de la Madre Naturaleza.
Pero a ti, pequeño mamífero de pulgares en
oposición, que aferras en tus garras (de otra forma indefensas) un rifle
semiautomático de alta potencia, calibre 65, autorrecargable, cañón doble,
visión telescópica y computación digital, y te deslizas entre los sauces
prehistóricos, lo primero que te llama la atención es el pellejo descomunal del
saurio. Despide un olor tan resonante como la nota baja de un piano. Hace que
la epidermis del elefante parezca un trozo de papel higiénico arrugado. Es gris
como los mares vikingos, gruesa como los cimientos de una catedral. ¿Qué
posible contacto hasta el hueso podría mitigar la agitación de esa carne? Sobre
ella retozan los pequeños parásitos pardos —¡puedes verlos desde aquí!— que
habitan en esas crestas y desfiladeros grises, tan bulliciosos como duendes,
tan crueles como cangrejos. Si uno de ellos salta sobre ti, te partiría la
espalda. Y cuando uno de esos parásitos se detiene para levantar su pata junto
a una de las vértebras del brontosaurio, puedes ver que lleva a su vez su
propio lote de vividores, cada uno de ellos tan grande como una langosta.
Porque ahora ya estás muy cerca, oh, tan cerca que oyes el latido del primitivo
órgano cardíaco del monstruo, mientras el ventrículo, de forma milagrosa, se
mueve en armonía con la aurícula.
El tiempo de escuchar al oráculo ha pasado: ya has
cubierto la etapa de los augurios y ahora te encaminas hacia la muerte, la tuya
o la suya. Hoy ya no hay más tiempo para la superstición. De ahora en adelante,
la respuesta a tus plegarias saldrá de tu tempestuoso valor, de esta temblorosa
aglomeración de músculos enmarañada inescrutablemente bajo el envoltorio de
piel brillante por el sudor, de esta sangrienta prisa por matar al dragón.
Podrías disparar ahora. Sólo hay que esperar a que
esa diminuta cabeza de excavadora haga una nueva pausa para engullir un montón
de juncos, y con un vulgar bang mostrarás a todo el indiferente mundo jurásico
que presencia la escena la obra
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final del impulso sexual evolutivo. Sabes muy bien
por qué te detienes, aunque finjas lo contrario. Ese viejo gusano de tu
conciencia, largo como un bate de béisbol, de vida tan larga como la de la
tortuga, está actuando. Más monstruoso que la serpiente, se desliza a través de
todas tus sensaciones. A través de las pasiones: diciendo que aquí hay un
blanco fácil, ¡oh, inglés! A través de la inteligencia: susurrando tediosamente
que el ave rapaz que nunca se sacia, se asentará de nuevo cuando la tarea esté
finalizada. A través de los nervios: diciendo burlonamente que cuando la
corriente de adrenalina cese de fluir empezarán los vómitos. A través del
maestro que hay detrás de la retina: forzándote a aceptar como belleza visual
lo que estás contemplando.
Ahórranos ese miserable disparate de una palabra,
belleza. ¡Madre santa! ¿Es esto un documental, no estamos excluidos?
«Situados ahora sobre el dorso de esta titánica
criatura, vemos una docena redonda —y amigos, nunca mejor dicho lo de redonda—
de aves de exóticos plumajes, exhibiendo en ellos todo un colorido que parece
más propio de la magnífica y fabulosa playa de Copacabana. Son tan “redondas”
porque se alimentan del estiércol que cae de la mesa del opulento. ¡Observen
ahora esta bellísima toma! Vean cómo se alza la cola del brontosaurio…
Maravilloso, un par de quintales por lo menos brotando de su orificio posterior.
Una auténtica belleza, amigos, suministro directo de consumidor a consumidor.
Las aves se disputan ahora el botín. ¡Hey vosotras, hay bastante para todas! Y
además, ya estáis bien gordas… Y nada que hacer ahora, como no sea volver al
viejo filete de carne que son estas nalgas y esperar la próxima tanda. Y
mientras el sol se sumerge en el oeste jurásico, nos despedimos diciendo: ¡Que
aproveche!»
No, te estás demorando y ése es el trabajo de toda
una vida. Mata a la bestia, no prolongues tu agonía. Te envalentonas, levantas
el rifle hasta el hombro y apuntas. Hay un terrible estruendo y te quedas
aturdido. Miras a tu alrededor sin contener tus temblores. El monstruo sigue
ronzando, aliviado por haber hecho suficiente ruido como para inquietar al
Anciano Marinero.
Enfurecido (¿o se trata de otra emoción más
sutil?), sales ahora de los matorrales y te enfrentas a la bestia. Y esta
situación es típica de los apuros a que te lleva constantemente tu
consideración hacia ti mismo y los demás. ¿Consideración? ¿O vuelve a ser algo
más sutil? ¿Por qué has de estar confuso? ¿Sólo porque procedes de una
civilización confusa? Pero se trata de un tema que deberás analizar después, si
hay un «después», porque esos ojos de cerdo que se concentran en ti y esa boca,
tan cercana que podría alcanzarte con su saliva, amenazan pelea. ¡Que no sean
sólo tus fauces, oh monstruo, sino también esas patas enormes y, si te parece,
tu masa gigantesca aplastándome! Que la muerte sea una saga, sagaz, al estilo
de Beovulfo.
A cuatrocientos metros de distancia se oye una
docena de hipopótamos saltando
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estrepitosamente, vestidos con túnicas de barro
ancestral. Un instante después, una cola inmensa, tan larga como el domingo y
tan espesa como el sábado por la noche, se abalanza sobre tu cabeza amenazando
con partirla. Te agachas, porque es tu obligación, pero da igual: la bestia no
te habría alcanzado aunque no te hubieras movido, ya que su coordinación de
movimientos no es mejor que la tuya si tuvieras que acertarle a un mono con el
Woolworth Building. Una vez hecho esto, el saurio parece pensar que ya ha
cumplido con su deber. Se olvida de ti. Y tú deseas que te fuera tan fácil
olvidarte de ti mismo. Después de todo, ése fue el motivo por el que viniste
aquí. Olvídese de todos sus problemas, decía el folleto del viaje en el tiempo,
que para ti significaba olvidarte de Claude Ford, un granjero tan inútil como
su nombre con una terrible esposa llamada Maude. Maude y Claude Ford, que no se
avenían el uno al otro o al mundo en que habían nacido. Era la mejor razón en
el mundo tal-como-está para venir aquí y cazar lagartijas gigantes… aunque
fuiste lo bastante necio como para creer que ciento cincuenta millones de años
significarían una cierta diferencia para el revoltijo de pensamientos en un
vórtice cerebral de un hombre.
Tratas de contener tus absurdos y babeantes
pensamientos, pero en realidad no han dejado de existir nunca desde los tiempos
cocacolaborantes de tu juventud. ¡Dios mío! ¡Si no existiera la adolescencia,
habría que inventarla! Delicadamente, te animas a volver a mirar la enorme masa
de este tirano vegetariano en el que descargaste tus confusos deseos de
vida-muerte, todas las emociones de las que es capaz el organismo humano. En
esta ocasión el monstruo es real, Claude, tal como querías que fuera, y en esta
ocasión debes enfrentarte a él antes de que se vuelva y te ataque de nuevo.
Alzas tu arma por segunda vez y esperas hasta poder apuntar al punto
vulnerable.
Las espléndidas aves revolotean, los parásitos
retozan como perros y el cenagal gime cuando el brontosaurio se inclina e
introduce su menudo cráneo en el agua, agitándolo entre aquella brillante bilis
para buscar forraje. Tú contemplas la escena. Nunca has estado tan nervioso en
toda tu agitada vida y confías en que esta catarsis exprima para siempre hasta
la última gota del ácido del miedo que llevas dentro. Perfecto, te dices
locamente una y otra vez, echando a perder el millón de dólares que ha costado
tu educación del siglo XXII. Perfecto, perfecto. Y mientras lo dices por
enésima vez, la cabeza de pesadilla sale del agua como un expreso y mira en
dirección hacia ti.
Pasta en dirección hacia ti. Mientras aquellas
fauces mastican con sus grandes y romos molares, postes de hormigón subiendo y
bajando, ves que el agua de la ciénaga desborda labios sin bordes, bordes sin
labios, mojando tus pies y empapando la tierra. Tallo y raíz, hojas, flores y
barro… todo lo ves intermitentemente en ese estómago dentado. Entre la
confusión, debatiéndose, revolviéndose o yendo de un lado para
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otro, pececillos, pequeños crustáceos, ranas… todos
condenados a las entrañas que se ocultan tras las terribles y trituradoras
fauces. Y cuando el glup-glup-glup se produce, aquellos ojos capaces de
soportar el fango vuelven a vigilarte.
Estas bestias viven hasta doscientos años, informa
el folleto del viaje en el tiempo, y es evidente que este animal se ha
esforzado en no renunciar a uno solo de los años que le corresponden, porque
sus ojos reflejan siglos de antigüedad, décadas y más décadas de revolcones
irreflexivos que le han permitido adquirir la sabiduría de la inconsciencia.
Para ti es como mirar un charco inquietante y la sensación te produce un shock
psíquico. El resultado es un reflejo que te hace disparar dos veces. Bang, bang.
Las terribles balas de expansión buscan el blanco.
Esas luces seculares, mortecinas y sagradas, se
apagan sin la más mínima vacilación. Claustros que se cierran hasta el Día del
Juicio. Tu ensangrentado recuerdo te atormentará para siempre. Las membranas
nictitantes se cierran lentamente sobre las destrozadas pupilas, sábanas sucias
cubriendo un cadáver. Las mandíbulas prosiguen su lento masticar. La cabeza cae
poco a poco al suelo. Un reguero de sangre de reptil se desliza por una de las
arrugadas mejillas. Todo es lentitud, agua goteando, el ritmo tétrico de la Era
Secundaria. Y tú sabes que, si la Creación hubiera dependido de ti, habrías
encontrado algún medio menos angustioso que el Tiempo para ponerla en
movimiento.
¡No importa! ¡Llenen sus vasos, señores! ¡Beban!
¡Claude Ford ha matado a una criatura inofensiva! ¡Viva Claude el Feroz!
Contienes la respiración cuando la cabeza toca el
suelo, arrastrando con ella ese cuello tan largo y tan cómico. Las fauces se
cierran para siempre. Observas y esperas que suceda algo más, pero en vano.
Todo ha terminado. Podrías quedarte aquí ciento cincuenta millones de años,
lord Claude, y no verías nada nuevo. Los predadores reducirán a huesos esa
poderosa masa de carne y el tiempo se encargará de hundir el esqueleto en el
fango. El peso de los restos hará que éstos vayan profundizando cada vez más en
el subsuelo. Luego crecerá el nivel de las aguas y un viejo Mar Conquistador se
presentará con el aire despreocupado de un tahúr que está dando una mala mano a
sus acompañantes. El lodo y sus sedimentos se filtrarán en la imponente
sepultura, una llovizna que durará siglos enteros. El lecho del viejo
brontosaurio se elevará y descenderá, quizá hasta seis veces, con la suficiente
suavidad para no turbar al muerto y pese a que las rocas sedimentarias estarán
empezando a rodearlo. Finalmente, cuando su sepulcro supere en majestuosidad al
de cualquier raja indio, las fuerzas de la Tierra harán emerger al saurio,
todavía dormido, hasta dejarlo en una cresta de las Montañas Rocosas, muy por
encima del nivel de las aguas del Pacífico. Pero nada de eso es de tu incumbencia,
Claude el Guerrero. Una vez el diminuto gusano de la vida ha dejado de existir
en el cráneo de la criatura, el resto no tiene importancia alguna para ti.
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Te has quedado insensible. No sabes dónde estás.
Esperabas espectaculares estertores de agonía, bramidos de furia. Al mismo
tiempo, te alegras de que aquella cosa no diera señales de estar sufriendo.
Eres sentimental, como todos los hombres crueles. Eres aprensivo, como todos
los hombres sentimentales. Te pones el rifle bajo el brazo y te acercas al
brontosaurio para obtener un goce visual de tu victoria.
Pasas junto a las torpes patas, observas la
blancura putrefacta del risco de la panza, te apartas de esa caverna reluciente
y evocadora de pensamientos que es la cloaca de la bestia y te detienes en la
curva de la cola. Ahora tu decepción es tan clara y evidente como una tarjeta
de visita: el gigante no es la mitad de grande de lo que tú habías pensado. Por
ejemplo, no es ni la mitad de grande que la imagen de ti y Maude que guardas en
tu mente. ¡Pobre pequeño guerrero! ¡La ciencia no inventará jamás algo útil
para ti, para esa muerte titánica que deseas en las cavernas contraterrenales
donde moran los espantosos impulsos instintivos de tu id!
No te queda más remedio que huir a tu tiempo móvil
con el estómago repleto de anticlímax. Mira, las espléndidas aves consumidoras
de excrementos ya han aceptado la realidad de su situación. Una a una,
extienden sus encogidas alas y vuelan desconsoladamente sobre el cenagal, en
busca de un nuevo huésped. Saben reconocer los virajes de la suerte y no
esperan la llegada de los buitres. Las aves se van y tú te alejas.
Te alejas, pero te detienes. Debes regresar, no
puedes hacer otra cosa, pero 2181 d. C. no es simplemente un año. Es Maude. Es
Claude. Es todo ese terrible, desesperado e interminable intento de adaptarse a
un ambiente cuya complejidad jamás cesa de crecer. Tu huida de aquel mundo para
venir a La gran simplicidad del Jurásico —el título del folleto de tu viaje—
fue solamente una evasión temporal. Y ha terminado.
Por eso te has detenido. Y mientras piensas, algo
cae certeramente sobre tu espalda, lanzándote de bruces contra el oloroso
fango. Luchas y chillas porque unas pinzas de langosta te están desgarrando el
cuello. Tratas de coger el rifle, pero no puedes. Te retuerces agónicamente, y
un segundo después ese crustáceo voraz se abalanza sobre tu pecho. Agarras a la
criatura por su caparazón… y te arranca los dedos de cuajo. Cuando mataste al
brontosaurio no tuviste en cuenta que sus parásitos abandonarían el cadáver, y
que para un renacuajo como tú esos animales serían mucho más peligrosos que su
huésped.
Haces todo lo que puedes y pataleas durante tres
minutos como mínimo. Para entonces, tienes encima toda una manada de esas
criaturas. Ya te están sacando brillo a los huesos. Te gustará estar allí
arriba, en las Montañas Rocosas. No te enterarás de nada.
Notas
[1] Juego
de palabras basado en que «in time» significa a la vez «a tiempo» y «en el
tiempo». <<

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