© Libro N° 8593. Una Corista. Chejov, Anton P. Emancipación. Mayo 8 de 2021.
Título
original: © Una
Corista. Anton P. Chejov
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Anton P. Chejov
Una Corista
Anton P. Chejov
UNA CORISTA
ANTON P. CHEJOV
Ediciones elaleph.com
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ã 2000 –
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En cierta ocasión, cuando era más joven y her-mosa
y tenía mejor voz, se encontraba en la planta baja de su casa de campo con
Nikolai Petróvich Kolpakov, su amante. Hacía un calor insufrible, no se podía
respirar. Kolpakov acababa de comer, ha-bía tomado una botella de mal vino del
Rin y se sentía de mal humor y destemplado. Estaban abu-rridos y esperaban que
el calor cediese para s ir a dar un paseo.
De pronto, inesperadamente, llamaron a la puerta.
Kolpakov, que estaba sin levita y en zapati-llas, se puso en pie y miró
interrogativamente a Pasha.
-Será el cartero, o una amiga -dijo la cantante.
Kolpakov no sentía reparo alguno en que le vie-
sen las amigas de Pasha o el cartero, pero, por si
acaso, cogió su ropa y se retiró a la habitación veci-na. Pasha fue a abrir.
Con gran asombro suyo, no
era el cartero ni una amiga, sino una mujer
desco-nocida, joven, hermosa, bien vestida y que, a juzgar por las apariencias,
pertenecía a la clase de las de-centes.
La desconocida estaba pálida y respiraba
fatigo-samente, como si acabase de subir una alta escalera.
-¿Qué desea? -preguntó Pasha.
La señora no contestó. Dio un paso adelante, miró
alrededor y se sentó como si se sintiera cansa-da o indispuesta. Luego movió un
largo rato sus pálidos labios, tratando de decir algo.
-¿Está aquí mi marido? -preguntó por fin,
le-vantando hacia Pasha sus grandes ojos, con los pár-pados enrojecidos por el
llanto.
-¿Qué marido? -murmuró Pasha, sintiendo que del
susto se le enfriaban los pies y las manos-. ¿Qué marido? - repitió, empezando
a temblar.
-Mi marido... Nikolai Petróvich Kolpakov.
-No... no, señora... Yo... no sé de quién me ha-
bla.
Hubo unos instantes de silencio. La desconoci-da se
pasó varías veces el pañuelo por los descolori-dos labios y, para vencer el
temor interno, contuvo la respiración. Pasha se encontraba ante ella inmó-
vil, como petrificada, y la miraba asustada y
perple-ja.
-¿Dice que no está aquí? - preguntó la señora, ya
con voz firme y una extraña sonrisa.
-Yo... no sé por quién pregunta.
-Usted es una miserable, una infame... - balbu-ceó
la desconocida, mirando a Pasha con odio y repugnancia -. Sí, sí... es una
miserable. Celebro mu-cho, muchísimo, que, por fin, se lo haya podido de-cir.
Pasha comprendió que producía una impresión pésima
en aquella dama vestida de negro, de ojos coléricos y dedos blancos y finos, y
sintió vergüenza de sus mejillas regordetas y coloradas, de su nariz picada de
viruelas y del flequillo siempre rebelde al peine. Se le figuró que si hubiera
sido flaca, sin pin-tar y sin flequillo, habría podido ocultar que no era una
mujer decente; entonces no le habría producido tanto miedo y vergüenza
permanecer ante aquella señora desconocida y misteriosa.
-¿Dónde está mi marido? -prosiguió la señora-Aunque
es lo mismo que esté aquí o no. Por lo de-más, debo decirle que se ha
descubierto un desfalco y que están buscando a Nikolai Petróvich... Lo quie-ren
detener. ¡Para que vea lo que usted ha hecho!
La señora, presa de gran agitación, dio unos
pa-sos. Pasha la miraba perpleja: el miedo no la dejaba comprender.
-Hoy mismo lo encontrarán y lo llevarán a la cárcel
- siguió la señora, que dejó escapar un sollozo en que se mezclaban el
sentimiento ofendido y el despecho-. Sé quién le ha llevado hasta esta
espan-tosa situación. ¡Miserable, infame; es usted una criatura repugnante que
se vende al primero que llega! - Los labios de la, señora se contrajeron en una
mueca de desprecio, y arrugó la nariz con asco.-Me veo impotente... sépalo,
miserable... Me veo im-potente; usted es más fuerte que yo, pero Dios, que lo ve
todo, saldrá en defensa mía y de mis hijos ¡Dios es justo! Le pedirá cuentas de
cada lágrima mía, de todas las noches sin sueño. ¡Entonces se acordará de mí!
De nuevo se hizo el silencio. La señora iba y venía
por la habitación y se retorcía las manos. Pasha seguía mirándola perpleja, sin
comprender, y esperaba de ella algo espantoso.
-Yo, señora, no sé nada -articuló, y de pronto
rompió a llorar.
-¡Miente! -gritó la señora, mirándola colérica-. Lo
sé todo. Hace ya mucho que la conozco. Sé que este último mes ha venido a verla
todos los días.
-Sí. ¿Y qué? ¿Qué tiene eso que ver? Son mu-chos
los que vienen, pero yo no fuerzo a nadie. Ca-da uno puede obrar como le
parece.
-¡Y yo le digo que se ha descubierto un desfalco!
Se ha llevado dinero de la oficina. Ha cometido un delito por una mujer como
usted. Escúcheme - añadió la señora con tono enérgico, deteniéndose ante
Pasha-: usted no puede guiarse por principio alguno. Usted sólo vive para hacer
mal, ése es el fin que se propone, pero no se puede pensar que haya caído tan
bajo, que no le quede un resto de senti-mientos humanos. El tiene esposa,
hijos... Si lo condenan y es desterrado, mis hijos y yo moriremos de hambre...
Compréndalo. Hay, sin embargo, un medio para salvarnos, nosotros y él, de la
miseria y la vergüenza. Si hoy entrego los novecientos rublos, lo dejarán
tranquilo. ¡Sólo son novecientos rublos!
-¿A qué novecientos rublos se refiere? - preguntó
Pasha en voz baja -. Yo... yo no sé nada...
No los he visto siquiera...
-No le pido los novecientos rublos... Usted no
tiene dinero y no quiero nada suyo. Lo que pido es
otra cosa... Los hombres suelen regalar joyas a las
mujeres como usted. ¡Devuélvame las que le regaló mi marido!
-Señora, él no me ha regalado nada - elevó la voz
Pasha, que empezaba a comprender.
-¿Dónde está, pues, el dinero? Ha gastado lo su-yo,
lo mío y lo ajeno. ¿Dónde ha metido todo eso? Escúcheme, se lo suplico. Yo
estaba irritada y le he dicho muchas inconveniencias, pero le pido que me
perdone. Usted debe de odiarme, lo sé, pero, si es capaz de sentir piedad,
póngase en mi situación. Se lo suplico, devuélvame las joyas.
-Hum... -empezó Pasha, encogiéndose de hom-bros-.
Se las daría con mucho gusto, pero, que Dios me castigue si miento, no me ha
regalado nada, puede creerme. Aunque tiene razón -se turbó la cantante-: en
cierta ocasión me trajo dos cosas. Si quiere, se las daré...
Pasha abrió un cajoncito del tocador y sacó de él
una pulsera hueca de oro y un anillo de poco pre-cio con un rubí.
-Aquí tiene - dijo, entregándoselos a la señora.
Esta se puso roja y su rostro tembló; se sentía
ofendida.
-¿Qué es lo que me da? -preguntó- Yo no pido
limosna, sino lo que no le pertenece... lo que usted, valiéndose de su
situación, sacó a mi marido... a ese desgraciado sin voluntad.
El jueves, cuando la vi con él en el muelle,
lle-vaba usted unos broches y unas pulseras de gran valor. No finja, pues; no
es un corderillo inocente. Es la última vez que se lo pido: ¿me da las joyas o
no?
-Es usted muy extraña... -dijo Pasha, que empe-zaba
a enfadarse-. Le aseguro que su Nikolai Petró-vich no me ha dado más que esta
pulsera y este anillo. Lo único que traía eran pasteles.
-Pasteles... - sonrió irónicamente la desconoci-da-
En casa los niños no tenían que comer, y aquí traía pasteles. ¿Se niega
decididamente a devolverme las joyas?
Al no recibir respuesta, la señora se sentó
pen-sativa, con la mirada perdida en el espacio.
«¿Qué podría hacer ahora? -se dijo-. Si no con-sigo
los novecientos rublos, él es hombre perdido y mis hijos y yo nos veremos en la
miseria. ¿Qué ha-cer, matar a esta miserable o caer de rodillas ante ella?»
La señora se llevó el pañuelo al rostro y rompió en
llanto.
-Se lo ruego -se oía a través de sus sollozos -:
usted ha arruinado y perdido a mi marido,
sálvelo...
No se compadece de él, pero los niños... los
niños... ¿Qué culpa tienen ellos?
Pasha se imaginó a unos niños pequeños en la calle
y que lloraban de hambre. Ella misma rompió en sollozos.
-¿Qué puedo hacer, señora? -dijo- Usted dice que
soy una miserable y que he arruinado a Nikolai Petróvich. Ante Dios le aseguro
que no he recibido nada de él... En nuestro coro, Motia es la única que tiene
un amante rico; las demás salimos adelante como podemos. Nikolai Petróvich es
un hombre culto y delicado, y yo lo recibía. Nosotras no pode-mos hacer otra
cosa.
-¡Lo que yo le pido son las joyas! ¡Deme las
jo-yas! Lloro... me humillo... ¡Si quiere, me pondré de rodillas!
Pasha, asustada, lanzó un grito y agitó las ma-nos.
Se daba cuenta de que aquella señora pálida y hermosa, que se expresaba con tan
nobles frases, como en el teatro, en efecto, era capaz de ponerse de rodillas
ante ella: y eso por orgullo, movida por
sus nobles sentimientos, para elevarse a sí misma y
humillar a la corista.
-Está bien, le daré las joyas -dijo Pasha,
lim-piándose los ojos-. Como quiera. Pero tenga en cuenta que no son de Nikolai
Petróvich... me las regalaron otros señores. Pero si usted lo desea...
Abrió el cajón superior de la cómoda; sacó de allí
un broche de diamantes, una sarta de corales, varios anillos y una pulsera, que
entregó a la señora.
-Tome si lo desea, pero de su marido no he
re-cibido nada. ¡Tome, hágase rica! - siguió Pasha, ofendida por la amenaza de
que la señora se iba a poner de rodillas-. Y, si usted es una persona no-ble...
su esposa legítima, haría mejor en tenerlo su-jeto. Eso es lo que debía hacer.
Yo no lo llamé, él mismo vino...
La señora, entre las lágrimas, miró las joyas que
le entregaban y dijo:
-Esto no es todo... Esto no vale novecientos
rublos.
Pasha sacó impulsivamente de la cómoda un reloj de
oro, una pitillera y unos gemelos, y dijo, abriendo los brazos:
-Es todo lo que tengo... Registre, si quiere.
La señora suspiró, envolvió con manos temblo-rosas
las joyas en un pañuelo y sin decir una sola palabra, sin inclinar siquiera la
cabeza, salió a la ca-lle.
Abrióse la puerta de la habitación vecina y entró
Kolpakov. Estaba pálido y sacudía nerviosamente la cabeza, como si acabase de
tomar algo muy agrio. En sus ojos brillaban unas lágrimas.
-¿Qué joyas me ha regalado usted? -se arrojó sobre
él Pasha-. ¿Cuándo lo hizo, dígame?
-Joyas... ¡Qué importancia tienen las joyas! -
re-plicó Kolpakov, sacudiendo la cabeza Dios mío! Ha llorado ante ti, se ha
humillado...
-¡Le pregunto cuándo me ha regalado alguna jo-ya!
-gritó Pasha.
-Dios mío, ella, tan honrada, tan orgullosa, tan
pura... Hasta quería ponerse de rodillas ante... esta mujerzuela. ¡Y yo la he
llevado hasta este extremo! ¡Lo he consentido!
Se llevó las manos a la cabeza y gimió:
-No, nunca me lo perdonaré. ¡Nunca! ¡Apártate de
mí... canalla! -gritó con asco, haciéndose atrás y alejando de sí a Pasha con
manos temblorosas-. Quería ponerse de rodillas... ¿ante quién? ¡Ante ti! ¡Oh,
Dios mío!
Se vistió rápidamente y con un gesto de
repug-nancia, tratando de mantenerse alejado de Pasha, se dirigió a la puerta y
desapareció.
Pasha se tumbó en la cama y rompió en sonoros
sollozos. Sentía ya haberse desprendido de sus jo-yas, que había entregado en
un arrebato, y se creía ofendida. Recordó que tres años antes un mercader la
había golpeado sin razón alguna, y su llanto se hizo aún más desesperado.
FIN
ANTÓN CHÉJOV
Antón Pávlovich Chéjov nació en la ciudad de
Taganrog (Rusia) en 1860. Estudió medicina en Moscú y allí mismo ejerció su
carrera con un verdadero sentido humanitario. En 1900 se convirtió en miembro
de la Academia Rusa, al igual que lo hicieron Korolenko y Tolstoi.
Dos años después renunció a tal elección debido a
que el Gobierno no ratificó a Máximo Gorki —otro escritor ruso de primera
línea— como académico.
A los veinte años publicó sus primeros cuentos. Se
dice que llegó a escribir más de cien en un solo año. Es, quizás, imposible
decir cuántos llegó a crear en su vida. Su obra se enmarca en la corriente de
realismo clásico, desde un humanismo enfático basado en valores como la
lealtad, la solidaridad, el trabajo, la dignidad y la justicia. Además de los
cuentos, su obra comprende las novelas cortas El reto, Los campesinos y Mi
vida. También se destacan obras de teatro como La gaviota, El tío Vania, Las tres
hermanas y el Jardín de los cerezos.
En 1904 Chejov muere en Wandenweiler (Alemania),
buscando tratamiento para la tuberculosis que lo aquejaba.

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