© Libro N° 8591. Tópicos A Cayo Trebacio. Ciceron, Marco Tulio.
Emancipación. Mayo 8 de 2021.
Título
original: © Tópicos A Cayo Trebacio.
Marco Tulio Ciceron
Versión Original: © Tópicos A Cayo Trebacio. Marco Tulio Ciceron
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Marco Tulio Ciceron
Tópicos A Cayo Trebacio
Marco Tulio Ciceron
Cuando comenzaba yo a escribir cosas de más entidad
y sustancia que las que he publicado hasta ahora, tu voluntad me apartó de este
camino. Está-bamos juntos en la biblioteca del Tusculano regis-trando cada cual
de nosotros los volúmenes que para su estudio necesitaba, y tropezaste con los
Tó-picos de Aristóteles, explicados en muchos libros. Te llamó la atención el
título, y me pediste la explica-ción del libro, y habiéndote dicho yo que allí
se ex-plicaba el modo de hallar argumentos según el método inventado por
Aristóteles, me diste, a en-tender modestamente, como sueles, pero de manera
que bien se conocía tu ardiente deseo, que te ense-ñase aquel método. Yo, no
por esquivar el trabajo, sino por interés tuyo, te aconsejé que los leyeses por
ti mismo o que aprendieses el método con algún doctísimo retórico. Una y otra
cosa has intentado, según me dices; pero la oscuridad de los libros te ha hecho
desistir, y el retórico ha contestado que él ignoraba los preceptos de
Aristóteles; y no es mara-villa que un retórico desconozca a un filósofo, a
quien muy pocos de los mismos filósofos estudian. Y cierto que es imperdonable
descuido, porque no sólo debían atraerles las cosas que dice o inventa,
sino también la abundancia y suavidad increíbles
del estilo. No pude, por tanto, ya que me lo rogabas muchas veces, aunque
manifestando temor de ser-me molesto, hacerte esperar más tiempo, ni ser
in-justo con un Intérprete del derecho. Habiendo escrito tú tanto para mí y los
míos, he temido que pareciera ingratitud o soberbia el no hacerlo yo. Mientras
estuvimos juntos, tú eres buen testigo de mis ocupaciones. Después que me
separé de ti para ir a Grecia, cuando ni la República ni los amigos me necesitaban,
ni podía yo segura y honrosamente vi-vir entre las armas; así que llegué a
Velia y vi tu casa y a los tuyos, me acordé de esta deuda y quise com-placer
tus tácitos deseos. Como no llevaba libros, escribí de memoria en la navegación
lo que vas a oír, y te lo envío desde el camino, para que con mi diligencia en
cumplir tus mandatos se despierte en ti la memoria de mis cosas, por más que no
necesites de estímulo ni recuerdo, Ya es tiempo de llegar al objeto de este
libro.
Todo sistema dialéctico consta de dos partes: la
invención y el juicio. En ambas fué Aristóteles (á mi ver) el príncipe. Los
estóicos trabajaron sólo en una de las dos: en la ciencia del juicio, que
llamaron dia-léctica, y abandonaron del todo la Tópica o arte de
invención, que es más útil y, en el orden de la
natu-raleza, la primera. Nosotros, encontrando en ambas suma utilidad, nos
proponemos tratar de las dos, comenzando por la Tópica.
Así como es fácil la Invención de las cosas
es-condidas cuando está sabido y señalado el lugar, así cuando queremos buscar
algún argumento, debe-mos conocer los lugares. Llaman Aristóteles lugares las
fuentes de donde los argumentos se tornan. Así, podemos definir el lugar: sitio
o fuente del argu-mento; y el argumento: razón que prueba lo dudoso. Los
lugares pueden ser, ya inherentes al mismo asunto, ya extrínsecos. Los
inherentes pueden serlo, ya del todo, ya de las partes, ya de alguna nota o
señal, ya de cosas que en alguna manera están enla-zadas con la que se busca.
Por el contrario, los luga-res extrínsecos se traen de muy lejos y guardan poca
analogía con el asunto.
Al todo se aplican: 1.°, la definición, que lleva
en-vuelto, digámoslo así, lo que se cuestiona. He aquí la forma de este
argumento: «El derecho civil es una equidad constituida por los ciudadanos para
seguri-dad propia. El conocimiento de esta equidad es útil; luego es útil el
derecho civil. » 2.°, la enumeración de las partes, vg.: «Si no es libre por el
censo, ni por la
vindicta, ni por el testamento, no es libre. Es así
que ninguna de esas circunstancias ha intervenido; luego, no es libre.» 3.°, la
notación, cuando se funda algún argumento en la fuerza de las palabras, vg.:
«Manda la ley que el contribuyente apoye al contribuyente, y por consiguiente
el rico al rico, porque el rico es contribuyente. Como dice Elio, el
contribuyente (assiduus) se llamó así ab assedando.» También se to-man
argumentos de las cosas que tienen alguna re-lación con la que se busca, ya por
la semejanza de las palabras mismas; ya por género, especie, forma, semejanza,
diferencia, contrariedad; ya por los ad-juntos, antecedentes, consiguientes y
repugnantes; ya en las causas y en los efectos; ya por compara-ción de mayor,
menor o igual.
Llámanse palabras afines las que nacen de una misma
raíz, vg.: sabio, sabiamente, sabiduría. Este parentesco de las palabras se
llama en griego suzugia, vg.: «Si el prado es de pasto común, es lícito
apa-centar en él. »
Argumento de género, vg.. «Si en el testamento se
ha legado a la mujer toda la plata, no puede me-nos de contar se entre ella el
dinero que hay en la casa: la forma no se separa del género mientras con-serva
su nombre. Es así que la plata acuñada con-
serva e, nombre de plata; luego entra en la
herencia. »
De especie, que podemos llamar parte, para que se
entienda mejor, vg.: «Si su marido habla dejado la herencia a Fabia con tal que
fuera mater familias y no se habían unido por coempcion, nada se la debe,
por-que esposa es el género sus especies son dos: una la madre de familias,
otra la que se llama simplemente o esposa; y habiendo sido de estas Fabia, no
tiene de-recho al legado.»
De similitud, vg.: «Si se cayó y arruinó la casa
cu-yo usufructo se le había legado, no debe el heredero restituirla o
reedificarla, como tampoco puede res-tituir el siervo, que se le haya dado en
usufructo y que se la muera.»
De diferencia, vg.: «Aunque el marido legó a la
mujer toda la plata, no ha de entenderse que lo legó la que sólo estaba
consignada en escrituras y docu-mentos, porque h gran diferencia entre estar el
dine-ro en el arca o en las tablas y documentos.»
De contrariedad, vg.: «La mujer a quien su marido
legó el producto de todos sus bienes, no ha de en-tender que le pertenecen las
bodegas llenas de vino y de aceite, porque se le ha legado el uso, no el
abu-so, cosas contrarias entre sí.»
Por los adjuntos: «Si una mujer que no ha
experi-mentado capitis diminutio hace testamento, no puede ser válido, según el
edicto del pretor. » Añádase a esto que el cumplirlo equivaldría a declarar
válidos los testamentos de los siervos, de los desterrados y de los niños.
Por los antecedentes, vg., «si el divorcio se ha
he-cho por culpa del marido, aunque la mujer haya pre-sentado la queja, no debe
ella dejar nada para los hijos.»
Por los consiguientes: «si habiéndose casado la
mujer con el que no tenía derecho de connubio con ella, presenta después queja,
como los que han na-cido no siguen al padre, no debe quedarle nada para los
hijos.»
Por repugnancia, vg., «si un padre de familias lega
a su mujer el usufructo de las siervas y deja la propie-dad a su hijo, o al
segundo heredero, no perderá la mujer el usufructo aun después de muerto el
hijo, pues lo que una vez se da por testamento, no puede quitarse contra la
voluntad de aquel a quien se ha dado, pues repugna el recibir en justicia y
devolver contra la voluntad.»
Por causas suficientes, vg.: «todos tienen el
dere-cho de añadir una pared directa (ya sólida, ya abo-
vedada) a una pared común, pero si alguno, por
es-tar mal edificada la pared común, la derriba al tiem-po de hacer la suya, no
debe pagar el daño, pues no ha sido por culpa suya, sino de la obra misma que
estaba mal edificada.»
Por los efectos, vg.: «cuando la mujer y el marido
se unen por coempcion todo lo que poseía la mujer pasa al marido a título de
dote.»
Por comparación: lo que vale en lo mayor, vale en
lo menor, vg.: «Si en la ciudad no se respetan los limites ¿por qué se ponen
trabas al libre uso del agua?» Por el contrario: lo que vale en lo menor, vale
también en lo mayor. Puede probarse con el mismo ejemplo vuelto al revés.
También vale la comparación en cosas iguales, vg.: «Si el usufructo del fundo
dura dos años, sucederá lo mismo con el de las casas, aunque la ley no hable de
casas, y haya otras muchas cosas cuyo usufructo no dura más que un año, porque
la equidad pide que se aplique el mismo derecho en causas iguales.
Los lugares extrinsecos se fundan generalmente en
la autoridad. Los Griegos llaman a estas argu-mentaciones atexvous, esto es,
sin arte, vg.: «Dijo Pu-blio Scévola que sólo podía considerarse corno ámbito
de la casa la parte hacia donde las aguas se
dirigían, y que esto debía tenerse en cuenta,
siempre que se cubriese una pared común. »
Todos estos lugares hasta aquí expuestos son corno
los principios para hallar todo género de ar-gumentos. ¿Basta con esto? Para
ti, hombre tan agudo y ocupado, pienso que sí; pero como eres muy ávido de
conocimientos, prefiero que sobre algo, a dejarte no satisfecho. Como cada uno
de los lugares que he explicado tiene sus miembros y par-tes, los expondré uno
a uno, comenzando por la definición.
La definición explica la naturaleza de lo que se
de-fine. Dos géneros hay de definiciones: una de lo real, otra de lo
inteligible. Real llamo lo que puede verse y tocarse, vg., un fundo, una casa,
una pared, un esclavo, rebaños, alhajas, ajuar de casa, etc. Lla-mo inteligible
lo que no puede tocarse ni mostrarse con la mano, pero el ánimo lo ve y lo
percibe, vg., la usucapio, la tutela, la gente, la agnacion. Ninguna de estas
cosas tiene cuerpo, sino que son formas o no-ciones impresas en el entendimiento.
Hay definicio-nes por partición y por división. Por partición, cuando se divide
en miembros la cosa propuesta, diciendo, vg., que el derecho civil es el que
está fun-dado en las leyes, sentares consultas, sentencias, auto-
ridad de los jurisperitos, edictos de los
magistrados, costumbre y equidad. La definición por división abraza todas las
especies comprendidas en un mis-mo género, vg.: la enajenación es la
emancipación o la entrega a otro, o la cesión en derecho a otro con quien sea
lícito contratar según la ley civil.
Otros géneros hay de definiciones, pero no
pertenecen al intento de este libro. Basta decir el modo de la definición. Los
antiguos dan estas re-glas: separando lo que la cosa que quieres definir tiene
de común con otras, debes buscar lo que lo sea propio, la última diferencia que
no puede aplicarse a ninguna otra cosa, vg.: «La herencia es dinero. » Hasta
aquí lo común, porque hay muchos géneros de dinero. Añade lo siguiente: «Que
por muerte de alguno recae en otro.» Todavía no es definición, porque sin herencia
se puede adquirir de muchos modos el dinero del muerto. Añade dos palabras:
«Según el derecho.» Ya has separado la última dife-rencia, y tienes completa la
definición: así: «herencia es el dinero que por muerte de uno recae en otro,
se-gún ley.» Todavía puedes añadir: «y que no ha sido legada por testamento ni
retenida por posesión.» Del mismo género es esta otra definición: «Pertene-cen
a la misma gens los que tienen el mismo nom-
bre.» Esto no basta. «los que han nacido de
hom-bres libres.» Tampoco basta: «ninguno de cuyos mayores ha padecido
servidumbre.» Todavía falta algo: «ni diminutio capitis.» Este quizá baste, y
creo que el mismo pontífice Scevola no añadiría una pa-labra a esta definición.
Vale este método para las definiciones de cosa real y para las de cosa
inteligi-ble.
Hemos visto en qué convienen las particiones y las
divisiones. Veamos ahora en qué difieren. La partición se divide en miembros,
como el cuerpo en cabeza, hombros, manos, rodillas, pies, etc. La divi-sión, en
formas, que los Griegos llaman ideas, y algu-nos de los nuestros (y son muy
pocos los que de esto tratan) especies, no mal del todo, aunque me parece
inútil este cambio de palabras. Si podemos decirlo en latín, no sé por qué
hemos de decir especies y no formas; significando las dos palabras lo mismo, creo
que debe preferirse la pureza en el lenguaje.
El género y la forma se definen de este modo:
Género es una noción que se aplica a muchas dife-rencias; forma es una noción
cuya diferencia se re-fiere al género como a su fuente. Llamo noción lo que
llaman los Griegos svvoca y prolépsis. Es un conocimiento innato, anterior a la
percepción de
toda forma. En las formas se divide el género sin
emisión de ninguna, vg., se divide el derecho en ley, costumbre, equidad. El
que cree que formas es lo mismo que partes, confunde el arte, y engañado por
cierta semejanza, no distingue con bastante claridad lo que debe distinguirse.
Muchas veces definen los oradores y poetas por traslación de las palabras y por
semejanza; pero yo no dejaré de poner ejemplos jurídicos, sino en caso
necesario. Solía mi colega y familiar Aquilio decir que litus (costa) se llamaba
así qua fluctus eluderet (porque rompía las olas). Es como si definiéramos a la
adolescencia; flor de la edad, y a la vejez, ocaso de la vida. Por medio de la
traslación pasan las palabras de su valor propio a otro metafó-rico. Basta ya,
de la definición. En la división no ha de omitirse ninguna de las partes, a la
manera que no puedes omitirla cuando divides alguna herencia o tutela; pero si
divides las fórmulas de las estipula-ciones y de los juicios, no es vicioso el
omitir algo en un asunto casi infinito. Sólo lo es cuando hay cierto número de
formas dentro de cada género. La distribución de las partes es muchas veces
casi infinita, como la de los hilos de agua que salen de una fuen-te.
En toda arte oratoria, una vez propuesto el gé-nero
de la cuestión, se añaden sus formas; pero cuando se trata de los ornamentos de
palabras y de sentencias que se llaman cxnuata, no sucede lo mis-mo, porque la
materia es casi infinita: en lo cual se ve clara la diferencia que hay entre la
partición y la división. Aunque los vocablos parecen significar lo mismo, las
cosas difieren bastante entro sí. Cuando se funda el argumento en el valor de
la palabra, se usa la notación que los Griegos llaman etimología, esto es,
palabra de palabra. Pero nosotros, huyendo la novedad en las palabras, llamamos
a este género notación, porque las palabras son como las notas de los objetos.
Por eso Aristóteles las llama también símbolos, que es lo mismo que en latía
nota. Pero una vez que estamos conformes en la inteligencia de la cosa, poco
importa el nombre.
De la notación se hace mucho uso en la disputa,
verbigracia: cuando se pregunta lo que es postlimi-nio y no se enumeran las
partes del postliminio, porque esto entraría en la división, vg.: «por medio
del postliminio se recobran el hombre, la nave, el mulo, el caballo, la yegua
sujeta al freno, etc. » Pero cuando se pregunta el valor de la palabra
postlimi-nio, contesta nuestro Servio, que sólo se ha de aten-
der al post, y que el liminio no es más que una
produc-ción de la palabra, corno en finítimo, legítimo, aedíti-mo, nada vale el
timun, ni en meditullio el tullium. Por el contrario, Scevola, hijo de Publio,
cree que la pa-labra es compuesta de post y limen, es decir, que las cosas
enajenadas, y que vienen a poder de los ene-migos, salen, por decirlo asi, de
su umbral (limen), y cuando vuelven a él tiene lugar el postliminio. Así, se
puede defender la causa de Mancino diciendo que volvió por postliminio, ya que
no fué recibido, aun-que sí entregado, porque ni la entrega ni la donación se
verifican sin que haya quien reciba.
El tópico o lugar fundado en las cosas que tienen
alguna relación con la que es objeto de controversia, se divide en muchas
partes: l.°, la afinidad, que los Griegos llaman suzygia, y que es muy parecida
a la notación, vg.: si entendiendo nosotros por agua de lluvia sólo la que cae
de las nubes, dijera Mucio, fundándose en el parentesco de las palabras pluvia
y pluendo, que debe entenderse toda el agua acrecenta-da por la lluvia.
Cuando el argumento se tome del género, no es
necesario traerle desde el principio; basta que lo que se trae para probar sea
un género más o menos pró-ximo, vg.: el agua de lluvia en último género es la
que cae de las nubes, pero en género más próximo, y
aplicable al derecho, es el agua de lluvia que ofen-de o daña. Y las especies
de este género son dos: el vicio de lugar y la mano; el primero de los cuales
debe ser corregido por el árbitro, y el segundo no.
También se puede tratar esta argumentación
enumerando las partes del género, vg.: si es dolo y engaño el hacer una cosa y
fingir otra, conviene enumerar los modos cómo esto se hace, o incluir en
algunos de ellos el hecho particular de que nos quejamos. Este género de
argumentación es muy firme.
La semejanza es muy usada, pero más por los
filósofos y oradores que por los jurisconsultos. Aunque en toda disputa puede
traerse todo linaje de argumentos, hay algunos que ocurren con más fre-cuencia
en unas que en otras. Por eso debes cono-cer los géneros y usar de cada uno de
ellos según las cuestiones.
Hay símiles que llegan a lo que se quiere probar
por medio de muchas comparaciones, vg.: «Si deben prestar juramento el tutor,
el socio, el mandatario y el que ha recibido la fianza, también debe hacerlo el
procurador. » Este argumento se llama inducción, y
por los Griegos ": le usó mucho Só-crates en
sus razonamientos.
Otro género de símil se funda en la compara-ción de
igual a igual de dos cosas solas, vg.: «A la manera que en la ciudad, si hay
controversia de lí-mites, como éstos pertenecen más bien a los cam-pos que a la
ciudad, no puedes nombrar un árbitro; así, si el agua de lluvia molesta en la
ciudad, como esto pertenece más bien a los campos, tampoco se puede nombrar un
árbitro dé la ciudad para este caso.»
También se fundan en la semejanza los ejem-plos. De
estos usó mucho Craso en la causa de Cu-rio, el cual había mandado en su
testamento que si le nacía un hijo en el término, de diez meses, y mo-ría antes
de llegar a la mayor edad, el segundo here-dero recogiese la herencia. Los
ejemplos valieron mucho a Craso, y también suelen emplearlos los jurisconsultos
en sus respuestas.
También hacen fuerza los ejemplos fingidos, pero
más en la oratoria que en el derecho. Si alguna vez los usais vosotros, es por
ficción legal, vg.: «Supon que alguno enagenó lo que no podía enagenar, ¿por
ventura el que lo recibió, adquirió la propiedad, ni el donador contrajo
ninguna obligación?» En este gé-
nero es lícito a los oradores y filósofos hacer
hablar las cosas inanimadas, evocar de sus sepulcros a los muertos, y decir
cosas absolutamente imposibles, sólo para ensalzar o deprimir un objeto, lo
cual se llama Hipérbole. Pero este es campo propio de ellos. De los lugares
antedichos, pueden tomarse argu-mentos, así en las cuestiones grandes, como en
las pequeñas.
A la semejanza sigue la diferencia, que es en todo
contraria, vg.: Aunque puedes pagar a una mujer lo que la debes sin que
intervenga el tutor, no puedes pagar del mismo modo lo que debas a una pupila o
a un pupilo. »
Viene luego la contrariedad, cuyos géneros son
muchos. Hay cosas contrarias que difieren en todo, como la sabiduría y la
necedad, la tardanza y la cele-bridad, y no la celeridad y la debilidad. Con
este gé-nero de proposiciones contrarias se argumenta del modo siguiente: Si
huimos de la ignorancia, hemos de buscar la sabiduría; si huimos de la malicia,
he-mos de procurar la bondad. Este linaje de contra-rios se llaman adversos.
Hay otro género de contrarios que en latín
lla-mamos privativos y en griego . La preposición in priva a la palabra de la
fuerza que
tendrían si el in no estuviera antepuesto, v.g.,
digni-dad, indignidad, humanidad, inhumanidad, etc. Este argumento se trata lo
mismo que los anteriores.
Hay otra manera de contrarios por comparación, vg.,
doble, simple; mucho, poco; largo, breve; ma-yor, menor. También son de mucha
fuerza los con-trarios negativos, que los Griegos llaman
, vg.: si esto es, estotro no es. ¿Pa-ra qué se
necesita ejemplo? Sólo se ha de advertir que en la invención de los argumentos
no se han de elegir siempre contrarios del mismo género.
De adjuntos puse un ejemplo antes: el de las
con-secuencias que se seguirían si por edicto del Pretor se diese posesión de
la herencia conforme a las ta-blas de alguno que no tuviera derecho a hacer
tes-tamento. Este argumento vale más en las causas conjetúrales, donde se
pregunta que es, o qué es lo que aconteció o ha de acontecer, o qué puede
ha-cerse. Han de considerarse los antecedentes, las cir-cunstancias del hecho y
los consiguientes. Esto nada tiene que ver con el derecho: id a Ciceron,» decía
nuestro Galo, cuando se disputaba ante él de alguna cuestión de hecho. Permite,
sin embargo, que no omita yo ninguna de las partes del artificio comen-zado, no
sea que escribiendo tan sólo lo que te inte-
resa, parezca que mi cariño hacia ti es excesivo.
Este argumento (digo) es en su mayor parte oratorio; no le usan los
jurisconsultos, ni aun los filósofos.
Antes del hecho se consideran los preparativos, las
conversaciones, el lugar, el convite, etc.: en el hecho mismo el ruido de los
pies, el estrépito de los hombres, las sombras, etc.: después del hecho el
rubor, la palidez, el titubear y los demás indicios de mala conciencia; el
apagar el fuego, la espada ensan-grentada y todas las demás circunstancias que
pue-den mover a sospecha.
Hay otro lugar propio de los dialécticos, el cual
se compone de antecedentes, consiguientes y re-pugnantes, y es muy diverso de
los adjuntos. Estos no ocurren todas las veces, pero los consiguientes siempre
y por necesidad, y lo mismo los antece-dentes y repugnantes. Todo lo que
antecede a una cosa está adherido necesariamente a ella, y todo lo que repugna
a una cosa nunca puede unirse con ella.
Este lugar se distribuye en tres partes:
conse-cuencia, antecedente, repugnante. El modo de hallar el argumento es
simple, pero el modo de tratarle es triple. Si te propones demostrar que el
dinero con-tante debe entregarse a la mujer a quien ha sido le-gada toda la
plata, ¿qué más da hacer el argumento
de este modo? : «Si el dinero acuñado es plata, ha
sido legado a la mujer: es así que es plata; luego
ha
sido legado.» O de este otro modo: «Si el dinero
contante no le ha sido legado, no es plata: es así
que
esplata; luego le ha sido legado. O de este otro:
«No
le ha sido legada la plata ni el dinero contante:
es así que le ha sido legada la plata; luego lo ha sido lega-do el dinero
contante.»
Llaman los dialécticos primer modo de la
con-clusión a aquel en que la consecuencia sigue necesa-riamente a las
premisas. Segundo modo de la conclusión es aquel en que, negado el medio, hay
que negar también la mayor. En el tercer modo de la conclusión, aceptado uno de
los términos de la disyuntiva, hay que negar el otro.
Los argumentos que concluyen por contrarie-dad se
llaman entre los retóricos entimemas, no por-que toda sentencia deje de ser un
entimema, sino porque así como Hornero dió por su excelencia nombre entre los
Griegos a todos los poetas, así, aunque toda sentencia se dice entimema, como
la que se compone de proposiciones contrarias parece la más aguda, de aquí que
ella sola posea como propio el nombre común. Ejemplos: «Temes a este y no
recelas del otro.-Condenas a la que de nada acusas.
-Dices que ha merecido mal aquella que juzgas
be-nemérita. -Lo que sabes no te aprovecha; lo que no sabes te daña.»
Este género de razonamiento ocurre a veces en las
disputas de los jurisconsultos, pero más en las de los filósofos y oradores.
Unos y otros usan con fre-cuencia la conclusión de sentencias repugnantes que
los dialécticos llaman tercer modo y los retóricos entimema. Hay otros modos
dialécticos que constan de disyunciones, vg.: «O esto o aquello: no es esto;
lue-go es aquello» o al contrario. Estas conclusiones son legítimas, porque en
la disyuntiva no puede ser ver-dadera más que una de las proposiciones.
De las conclusiones antedichas, a la primera llaman
los dialécticos cuarto modo y a la segunda quinto. Después añaden la negación
de las conjun-ciones, vg.: «No puede ser a la vez esto y aquello: es así que es
esto; luego no es aquello. » Este es sexto modo. El sétimo al contrario: «Es
así que no es es-to; luego es aquello. » De estos modos nacen innu-merables
conclusiones, en las cuales consiste casi toda la dialéctica; pero ni siquiera
las que he ex-puesto son necesarias para mi propósito.
Síguese el lugar de las causas eficientes y el de
los efectos producidos por estas causas. De ellas he
puesto, no ha mucho, ejemplos tomados del dere-cho
civil, pero es materia que requiera más larga explicación.
Dos géneros hay de causas: uno que produce
necesariamente y por su propia virtud el efecto, vg.: El fuego quema. Otro que
no tiene virtualidad efi-ciente, pero sin el cual no puede hacerse una cosa.
Así podría llamarse al bronce causa de la estatua, porque sin él no puede
hacerse. De este género de causas unas son quietas, inertes, y por decirlo así
estólidas, vg., el lugar, el tiempo, la, materia, los instrumentos, cte.; otras
preparan el efecto y ayudan por sí, aunque no son necesarias, vg.: La comunica-ción
es causa de amor, y el amor causa de liviandad. En este género de causas fundan
los estóicos la eternidad del Hado.
Así como hemos dividido este género de causas,
podemos dividir las eficientes. Las hay que obran por sí mismas y sin ayuda de
ninguna otra: las hay que necesitan auxilio, vg.; La sabiduría hace sabios por
sí sola, pero se puede cuestionar si hace por sí sola hombres felices. Cuando
en la controversia ocurre alguna causa eficiente y necesaria, se puede
concluir, sin duda ni vacilación alguna, cuál es el efecto de aquella causa;
pero cuando la causa eficiente no sea
necesaria, tampoco lo será la conclusión. Por eso
no suelo haber error en los razonamientos donde la fuerza eficiente es
necesaria, pero sí en aquellos donde ocurre la causa instrumental o sine que
non. Aunque los hijos no pueden existir sin los padres, no por eso hay en los
padres causa necesaria de ge-neración. Se ha de distinguir, pues, con cuidado,
la causa sine qua non, de la cierta y necesaria, vg., cuan-do, decimos: «¡Ojalá
nunca en el monte Pelion hu-biesen caído al golpe de la segur los fuertes robles!»
Pues claro es que si los robles no hubiesen venido a tierra, no se hubiera
hecho la nave Argos, y sin em-bargo no había en aquella madera causa eficiente
ni necesaria. Pero cuando cayó sobre la nave de Ayax el fulminante y corusco
rayo, fué necesario que la nave se inflamase.
Aun hay otras divisiones de las causas, porque unas
obran sin ningún apetito del ánimo, sin vo-luntad, sin opinión, haciendo, vg.,
«que muera todo lo que ha nacido.» Otras obran por voluntad, o pa-sión de
ánimo, o hábito, o naturaleza, o arte, o ca-sualidad. Por voluntad, como tú
cuando lees este libro; por perturbación, como el que temo los suce-sos de
estos tiempos; por hábito, como el que se enoja fácil y pronto; por naturaleza:
«el vicio crece
cada día;» por arte, como el que pinta bien; por
ca-sualidad, como el que navega prósperamente. Nin-guna de estas cosas se hace
sin causa, pero estas causas no son necesarias. En alguna de ella, vg., en la
naturaleza y en el arte, hay constancia, en otras no.
De las que no son constantes, hay unas ocultas y
otras claras: claras son las que dependen del ape-tito y del juicio; ocultas
las que están sujetas a la fortuna. Nada se hace sin causa. La fortuna es una
causa oscura que obra calladamente.
De los actos humanos, unos son ignorados, otros
voluntarios: ignorados, cuando son efecto de la necesidad; voluntarios, cuando
nacen de libre determinación: los que dependen de la fortuna son también
ignorados o voluntarios; el arrojar el dardo es voluntario; el herir a quien no
quisieras es de fortuna. De aquí aquella cuestión tan común en vuestros
negocios: «¿El dardo se ha escapado de las manos o ha sido arrojado?» Entran
también en la ignorancia o imprudencia las pasiones de ánimo, que aunque son voluntarias,
pues se reprimen con la amonestación y el castigo, tienen sin embargo tanta
fuerza, que lo que es voluntario parece a veces ne-cesario, o a lo menos
ignorado.
Esta diferencia de causas ofrece gran copia de
argumentos a los oradores y filósofos. No tanto en vuestras causas, aunque son
quizá más sutiles. De grande importancia me parecen los juicios privados que se
confían a la prudencia de los jurisconsultos; ellos dan consejos y suministran
armas a los clientes que acuden a su saber y experiencia.
En todos los juicios, pues, donde se añada la
cláusula ex fide bona (según la buena fe), o esta otra: ut inter bonos bene
agere oportet, y especialmente en los negocios matrimoniales o de dote, en que
se suele añadir quid equius et metius, deben estar pre-parados a responder a
todo. Ellos enseñaron lo que es dolo y buena fe, lo que es justo y bueno, las
obli-gaciones del socio con el socio, del curador de ne-gocios ajenos con el
que se los ha confiado, del mandatario con el que le ha dado el mandato, del marido
con la mujer y de la mujer con el marido. El conocimiento de los Tópicos
aprovecha por tanto, no sólo a los oradores y filósofos, sino también a los
jurisconsultos, para mostrar riqueza de argu-mentos en sus consultas.
Unido al lugar de la causa está el del efecto; así
como de la causa se deduce el efecto, así los efectos manifiestan la causa.
Este lugar proporciona a los
oradores y poetas, y a veces a los filósofos y a
todos los que quieren hablar con abundancia y ornato, gran copia de modos de
decir, cuando del conoci-miento de las causas llegan al de los efectos y
predi-cen, digámoslo así, lo futuro.
Resta la comparación, de la cual ya pusimos
ejemplos; ahora falta explicar el modo de trataría. Se comparan las cosas
mayores, menores o iguales, atendiendo al número, especie, fuerza o relación
con alguna cosa extraña. Por el número se compara-rán anteponiendo más bienes a
menos bienes, me-nos males a muchos males, bienes de más duración a otros más
breves, y prefiriendo siempre los que sean causa de nuevos bienes y estímulo
para que otros los hagan.
Por la especie: anteponiendo lo que es apeteci-ble
por sí a lo apetecible por otra causa, lo innato a lo adventicio, lo íntegro a
lo contaminado, lo agra-dable a lo menos agradable, lo honesto a lo útil, lo
necesario a lo innecesario, lo propio a lo ajeno, lo raro a lo vulgar, lo que
debe desearse a aquello de que fácilmente se puede carecer, lo perfecto a lo
imperfecto, el todo a la parte, lo racional a lo irra-cional, lo voluntario a
lo necesario, lo animado a lo
inanimado, lo natural a lo no natural, lo
artificioso a lo no artificioso.
En la fuerza estriba la comparación: cuando se
prefiere la causa eficiente a la no eficiente, lo que no necesita de nadie a lo
que necesita de otro, las cosas que están en nuestro poder a las que están en
el aje-no, lo estable a lo incierto, lo que no puede perderse a lo que puede
perderse.
Por relación a otras cosas, vg.: ha de preferirse
el interés de los mejores al de los restantes, y esti-mar más lo que aprueben
muchos o los más virtuo-sos y excelentes. Así como estas cosas son las mejores
en la comparación, así las contrarias son las peores.
La comparación de cosas iguales no tiene mayor ni
menor, es igual. La comparación por igualdad procede así: si es digno de
alabanza el dar buen con-sejo a los ciudadanos, también lo será el
defender-los: es así que es verdad lo primero; luego también lo segundo.
Queda expuesto y terminado el modo de hallar los
argumentos por definición, partición, notación, conjunción, género, forma,
semejanza, diferencia, contrarios, adjuntos, consiguientes, antecedentes,
repugnantes, causas, efectos, comparación de ma-
yor, menor e igual: no queda otra fuente de
argu-mentos; pero como desde el principio he prometido hablar de algunos
lugares íntimamente unidos con aquel de que se disputa, y de otros extrínsecos,
aña-diré algo sobre ellos, aunque no tiene mucha aplica-ción a vuestras
controversias; pero corno no te deleita sólo el derecho civil, y además esto
que es-cribo para ti ha de llegar a manos de muchos, he de procurar satisfacer
a todos los que tienen amor a los buenos estudios.
La argumentación que se llama sin arte consiste en
el testimonio. Testimonio se llama toda prueba tomada de alguna cosa externa.
La persona, aunque no cualquiera, tiene el valor de un testimonio; para que
haga fe se requiere la autoridad que da la natu-raleza o el tiempo. La
autoridad de la naturaleza consiste principalmente ea la virtud; se funda la
au-toridad del tiempo, en el ingenio, riquezas, edad, fortuna, arte,
experiencia, necesidad o concurso de cosas fortuitas, pues a los ingeniosos, a
los opulen-tos y a los ancianos se los creo dignos de crédito, quizá sin razón,
pero no se puede torcer la opinión del vulgo, y por ella se guían los que
juzgan y los que estiman. Los que sobresalen en estas cosas se cree también que
sobresalen en la virtud. Las demás
circunstancias que he enumerado, aunque no tienen
apariencia de virtud, contribuyen a dar crédito, por-que es grande para
persuadir la fuerza del arte, cien-cia o experiencia, y siempre se cree más a
los que son expertos. Hace fe la necesidad, ya de cuerpo, ya de alma: cuando un
hombre está fatigado con tor-mentos, azotes, fuego, etc., parece que es verdad
lo que dice; y las pasiones del alma, dolor, codicia, ira-cundia, miedo, como
tienen fuerza necesaria, pro-ducen autoridad y fe. Al mismo género pertenecen
otros indicios que suelen servir para averiguar la verdad; la niñez, el sueño,
la imprudencia, la em-briaguez, la locura: los niños dicen muchas veces las
cosas sin entenderlas; y por medio del sueño, del vino y de la locura, se han
descubierto muchas co-sas. Otros pecan por imprudencia, corno la aconte-ció no
ha mucho a Estaleno, que dijo algunas cosas sin pensar que le oían testigos
pared por medio, y fué condenado, merced a la declaración de ellos, a pena
capital. Lo mismo cuentan de Pausanias lace-demonio.
Al concurso de circunstancias fortuitas pertene-ce,
por ejemplo, el haber llegado por casualidad a un sitio donde se hacia o decía
algo que sus autores querían tener secreto. Al mismo género pertenece
aquella multitud de conjeturas y sospechas de
trai-ción amontonadas contra Palamedes. Es muy difícil refutar este modo de
argumentación, aún con la verdad. Lo mismo acontece con el rumor del vulgo
o testimonio
de la multitud. La virtud hace fe como testimonio, ya por naturaleza, ya por
industria, se-gún que sea virtud de Dios, o de los hombre.
Los testimonios divinos son estos: 1.°, el de la
oración (de aquí tomaron su nombre los oráculos); 2.°, el de la obras divinas,
corno son este mundo y su admirable orden y hermosura; el vuelo y el cinto de
las aves, los Terremotos, la aparición de los co-metas y otros muchos
portentos, y finalmente, la adivinación por medio de las entrañas y la
inter-pretación do los sueños. A todos estos argumentos puede acudirse cuando
se invoque el testimonio de los Dioses.
En el hombre vale mucho la opinión de virtud. La
opinión es que no sólo tienen virtud los que la tienen, sino los que parece que
la tienen. Así, cuan-do vemos a un hombro dotado de ingenio, saber y doctrina y
do, vida constante y probada, como Ca-ton, Lelio, Escipion y otros muchos,
imaginamos siempre que es como nosotros quisiéramos que fue-se, y no sólo
juzgamos tales a los que han tenido
honores del pueblo, y han gobernado la república,
sino a los oradores, filósofos, poetas e historiadores, en cuyos dichos y
escritos se funda muchas veces la autoridad y el testimonio.
Expuestos todos los lucrares de argumentación, se
ha de entender, ante todo, que no hay ninguna controversia en que deje de
ocurrir alguno de ellos, ni ocurren casi nunca todos en la misma cuestión, sino
que los hay más o menos acomodados a un género de causas que a otro.
Dos géneros hay de cuestiones: uno infinito, otro
definido. Definido es el que llaman los Griegos hipótesis, y nosotros causa.
Infinito el que ellos lla-man tésis, y nosotros podemos llamar propósito.
La causa versa sobre ciertas personas, lugares,
tiempos, negocios, sobre todos o los, más de ellos: el propósito sobró alguno
de ellos o varios, pero no sobre los más. En toda cuestión hay un objeto y una
causa. Dos géneros hay de cuestiones: una de cono-cimiento, otra de acción. Al
conocimiento tocan aque-llas disputas cuyo fin es la ciencia, vg.: se pregunta
si el derecho ha nacido de la naturaleza o de alguna condición y pacto humano.
Ejemplo de controver-sia de acción: «¿Es propio del sabio tomar parte en el
Gobierno de la República?» Las cuestiones del
conocimiento son triples: se pregunta: l.°, si es;
2.°, que es; 3.°,como es; valiéndose respectivamente de la conjetura, de la
definición y de la distinción del derecho y de la injuria. La conjetura se
divide en cuatro, partes: pregúntase en la primera, si hay algo; en la segunda,
de dónde procede; en la tercera, cuál es, su causa; en la cuarta, cuáles son
sus modifica-ciones. Si es o no, vg.: ¿Es justo y honesto en reali-dad o sólo
en opinión?» 2. °, ¿cuál es su origen? vg.: «¿la virtud procede de la naturaleza
o de la doctrina? 3.° La causa eficiente, vg.: «¿De qué procede y se compone la
elocuencia?» 4.° Las modificaciones, vg.: «¿Puede la elocuencia convertirse de
alguna manera en infamia? »
Cuando se pregunta ¿qué es? se ha de explicar la
noción, la propiedad, la división y la partición: todo esto corresponde a la
definición; estos son los atribu-tos de la definición. Añádese la descripción,
que los Griegos llaman carácter. La noción, vg.: «¿Es justo lo que es útil para
el poderoso?» La propiedad, vg.: «¿La tristeza es propia solo del hombre o
también de las bestias?» La división y partición», verbigracia: Hay tres
géneros de bienes. » La descripción, vg., del avaro, del adulador, pintando su vida
y costumbres.
Cuando se pregunta ¿por qué es? la cuestión es
simple o comparada. Simple, vg.: «¿Se ha de apetecer la gloria?»Comparada, vg:
«¿Se ha de anteponer la gloria a las riquezas?» Tres géneros hay de cuestiones
sim-ples: 1º, de lo apetecible y lo vitando, de lo justo y lo injusto, de lo
honesto y lo torpe. Dos géneros de comparación: 1.°,de igual a igual; 2.°, de
mayor a me-nor. De lo apetecible, vg. Se han de buscar las rique-zas; se ha de
huir la pobreza. » De lo justo y lo injusto, vg.: «¿Es justo vengarse de
cualquier Injuria que se reciba? De lo honesto y lo torpe, vg.: «¿Es glorioso
morir por la patria?» Ejemplo de comparación entre cosas contrarias: «¿Qué
diferencia hay entre el adulador y el amigo, entre el rey y el tirano?» De
mayor a menor: «¿Importa más la elocuencia o la ciencia del derecho civil?» Las
cuestiones de acción son de dos géneros: uno que se encamina a conven-cer, otro
a excitar, mitigar o calmarlos afectos del alma. A la convicción, vg.: «¿Han de
ser recogidos y educados los hijos?» A mover los ánimos se dirigen esas
exhortaciones, a la defensa de la república, a la gloria, etc.; así como las
quejas, lamentaciones y to-do discurso que aplaque la ira, o disipe el miedo, o
reprima el exceso de alegría o tristeza. Ahora he-mos de ver qué lugares son,
acomodados a cada una
de las cuestiones: casi todos sirven para todas,
pero los hay más acomodados a unas que a otras. Para la conjetura sirven
principalmente los argumentos de causa, efectos y adjuntos. A la definición
pertenece la razón y ciencia de definir. Al mismo género es aná-loga la
distinción, que viene a ser una especie de defi-nición, pues si se pregunta:
¿Es lo mismo la pertinacia que la perseverancia? hay que valerse de la
definición. Convienen a este género de cuestiones los consiguientes,
antecedentes y repugnantes, así como las causas y efectos. Pues si es
consiguiente de una co-sa, no lo es de otra; si repugnante a la una, no a la
otra; si causa o efecto de una cosa, no de la otra, etc.
La cuestión ¿cómo es? se resuelve por la
com-paración en todos sus géneros. En el de lo apeteci-ble y vitando se
comparan los Nenes y males de ánimo, de cuerpo y extrínsecos. Cuando se trata
de lo honesto y lo torpe hay que fijarse en las buenas o malas cualidades de
ánimo. Lo justo y lo injusto pueden serlo por naturaleza y por convenio. La
na-turaleza tiene dos partes: el derecho de defensa, y el de, castigo. La
equidad por convenio es triple: 1.°, legitima; 2.°, conveniente; 3.°,
confirmada por anti-gua costumbre. Hay otra división también triple,
según que la equidad toca y pertenece a los dioses,
a los manes o a los hombres: la primera se llama pie-dad; la segunda, santidad;
la tercera, justicia.
Basta ya delprop6ísito: digamos algo de la causa,
aunque muchos de los preceptos son comunes. Tres son los géneros de causas:
judicial, deliberativo y demostrativo.
El fin de cada uno mostrará qué argumentos han de
usarse en él. El fin del género judicial es el derecho, cuyas partes hemos
expuesto al tratar de la equidad. El fin de la deliberación es la utilidad,
cuyas partes ya dijimos al tratar de lo apetecible. El fin de la alabanza es la
honestidad; materia asimismo co-nocida.
Las cuestiones se dividen en acusación y defensa.
El acusador argüirá del hecho al reo. El defensor contestará una de tres cosas:
o que no es verdadero el hecho, o que merece otro nombre, o que es legí-timo.
La primera respuesta se llama conjetural; la se-gunda, definitiva; la tercera,
judicial, aunque el nombra es ambiguo.
Los argumentos propios de estas causas y to-mados
de los lugares que antes expusimos, son ma-teria del arte oratoria. A la
refutación de la acusación, que en griego se llama , lla-
mémosla en latín status (estado). Las mismas
posi-ciones de la causa ocurren en la deliberación y en la demostración, pues
se niega la posibilidad absoluta o relativa de que llegue a ejecutarse lo que
se propone. En esta argumentación entra el estado conjetural.
Cuando se discute sobre la utilidad, honestidad,
equidad, o sus contrarías, la cuestión es de derecho o de nombre; y lo mismo en
las oraciones laudatorias.
Se puede negar la realidad del hecho elogiado, o el
nombre que el panegirista le da, o la legitimidad y rectitud del hecho mismo.
De todos estos argu-mentos se valió con Impudencia César contra mi glorioso
amigo Caton. A la controversia que resulta de este estado de la causa llaman
los Griegos
. Yo prefiero llamarla aquello que se trata. A las
pruebas y apoyos de la defensa llamamos fundamentos quitados éstos, no hay
de-fensa. Como la ley es en toda controversia el argu-mento más firme, hemos de
invocar siempre el testimonio y auxilio de las leyes. De aquí nacen nuevos
estados de la causa que se llaman legítimos. Entonces se sostiene que la ley no
dice lo que el adversario supone. Acontece esto cuando el escrito es ambiguo y
puede tomarse en dos sentidos dife-rentes. En este caso, o se opone a lo
escrito la vo-
luntad del legislador y se pregunta qué vale más,
las palabras o la sentencia, o se cita una ley contraria. Tres son, por tanto,
los géneros de controversia en todo escrito: ambigüedad, discrepancia del
escrito y de la letra, escritos contrarios.
Claro es que estas controversias no ocurren sólo en
las leyes, sino en los testamentos, estipulaciones y demás actos que se hacen
por escrito. De esto trata-remos en otro libro. Y no solo hay argumentos para
todo el discurso, sino para cada una de sus partes, ya propios, ya comunes,
vg.: en el exordio, para ha-cer a los oyentes benévolos, dóciles y atentos; en
la narración, para que sea clara, breve, evidente, creí-ble y acomodada a la
dignidad de las personas: cua-lidades que han de resplandecer en todo el
discurso, pero que son más propias de la narración.
Como la fe que se da a la narración depende del
modo de persuadir, sirven aquí todos los lugares útiles para la persuasión. En
el epílogo se usa prin-cipalmente la amplificación, cuyo objeto debe ser
perturbar o aquietarlos ánimos, y excitar o calmar las pasiones antes
irritadas. Para este género, en que entran la misericordia, la ira, el odio, la
envidia y demás afectos humanos, se dan reglas en otros li-bros que podrás leer
conmigo cuando quieras.
Por lo que toca a mi actual propósito, creo ha-ber
satisfecho tu voluntad, pues para no pasar en si-lencio nada de lo que puede
conducir a la invención de argumentos, me he extendido más de lo que de-seabas,
y he hecho lo que suelen hacer los liberales vendedores cuando traspasan la
propiedad de algu-na casa o fundo, cediendo grát1s al comprador cualquier
ornato o mejora que hayan hecho. Por eso yo, además de darte lo que tenía
obligación, he añadido ciertos adornos y perfiles que no eran ab-solutamente
necesarios.

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