© Libro N° 8590. Un Cantar Por Seis Peniques. Christie, Agatha. Emancipación. Mayo 8 de 2021.
Título
original: © Un Cantar Por Seis
Peniques. Agatha Christie
Versión Original: © Un Cantar Por Seis Peniques. Agatha
Christie
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
https://docer.com.ar/doc/svxssv
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de Imagen original:
http://personajeshistoricos.com/wp-content/uploads/2018/04/Agatha-Christie-2-1024x768.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Agatha Christie
Un Cantar Por Seis Peniques
Agatha Christie
UN CANTAR POR SEIS PENIQUES
Agatha Christie
Traducción: C. Peraire del Molino
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
Sir Eduardo Palliser, K. C., vivía en el número
nueve del pasaje Reina Ana. El pasaje Reina Ana es un callejón sin salida. En
el mismo corazón de Westminster, tiene un ambiente de paz como de otros tiempos
muy alejados del tumultuoso siglo xx, y muy de acuerdo con la personalidad de
sir Eduardo Palliser.
Sir Eduardo había sido uno de los abogados
criminalistas más eminentes de su época, y ahora que ya no ejercía su
profesión, su afición predilecta era coleccionar una buena biblioteca de obras
policíacas. Era además autor de un libro sobre reminiscencias de criminales
célebres.
Aquella tarde, sir Eduardo hallábase sentado
delante de la chimenea de su biblioteca saboreando un excelente café negro, y
entregado a la lectura de una obra de Lombroso. Unas teorías muy ingeniosas...
pero muy pasadas de moda.
La puerta abrióse casi sin hacer ruido y su criado
avanzó sobre la mullida alfombra murmurando discretamente: —Una joven desea
verle, señor.
—¿Una joven?
Sir Eduardo estaba sorprendido. Aquello era algo
que se salía del curso normal de los acontecimientos.
Luego reflexionó que podía tratarse de su sobrina
Ethel... pero no, en este caso Armour se lo hubiera dicho. Le preguntó con
cautela:
—¿No le ha dado su nombre?
—No, señor; pero dijo que estaba segura de que
usted la recibiría. —Hágala pasar —dijo sir Eduardo Palliser agradablemente
intrigado.
Una joven alta, morena, de unos treinta años, que
vestía un traje de chaqueta negro y un sombrerito del mismo color, se acercó a
sir Eduardo con la mano extendida y expresión de reconocimiento. Armour
retiróse, cerrando la puerta tras sí.
—Sir Eduardo... me conoce, ¿verdad? Soy Magdalena
Vaughan. —Vaya, claro. —Estrechó calurosamente la mano que le tendía. Ahora la
recordaba perfectamente. ¡Aquel viaje que hizo desde América en el Siluric!
Aquella encantadora criatura... Porque entonces ella era poco más que una niña.
Recordaba haberle hecho el amor, con la discreción de un hombre de mundo ya
mayor. Ella era tan adorable... tan joven... tan vehemente... tan llena de
admiración y adoración por el héroe... lo preciso para cautivar el corazón de
un hombre que rayaba en los sesenta. El recuerdo
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
agregó un calor especial a su apretón de mano.
Ð Ha sido muy
amable viniendo a verme. Siéntese, por favor Ð le acercó un sillón sin cesar de
hablar mientras se preguntaba por qué habría venido.
Cuando al fin terminó la charla intrascendente, se
hizo un silencio. La joven abría y cerraba la mano que tenía sobre el brazo del
sillón, mientras humedecía sus labios. Al fin habló... bruscamente.
Ð Sir
Eduardo..., quiero que usted me ayude.
El murmuró sorprendido:
Ð ¿Sí?
La joven continuó hablando con más vehemencia:
Ð Usted dijo
que si alguna vez necesitaba ayuda... que si había algo que pudiera hacer por
mí... lo haría.
Sí, él lo había dicho. Son de esas cosas que se
dicen siempre...
sobre todo en el momento de la despedida. Recordaba
incluso cómo se le quebró la voz... al besar su mano.
«Si hay algo que pueda hacer por usted, recuerde
que le digo de corazón...»
Sí, se dicen esas cosas... ¡pero qué pocas veces
tiene uno que cumplirlas! Y mucho menos después de... ¿cuántos?... nueve o diez
años. La miró con presteza... seguía siendo una joven atractiva, pero había
perdido lo que para él resultaba encantador... aquella juventud impecable.
Quizás ahora su rostro resultase más interesante... un hombre más joven tal vez
lo creyera así... pero sir Eduardo estaba ya muy lejos de sentir aquella
emoción cálida que sintiera al término de su viaje por el Atlántico.
Su rostro adquirió una expresión de recelo y dijo
en tono rápido:
Ð Cierto, mi
querida jovencita. Estaré encantado de poder hacer lo que esté en mi mano...
aunque dudo de que hoy en día pueda ya ayudar a nadie.
Si se preparaba su retirada, ella no hizo el menor
caso. Era de esas personas que sólo pueden ver una cosa... y lo que veía en
aquel momento era su propia necesidad, y dio por sentado que sir Eduardo estaba
dispuesto a ayudarla.
Ð Estamos en
un apuro terrible, sir Eduardo.
Ð ¿Estamos?
¿Se ha casado usted?
Ð No... Me
refiero a mi hermano y a mí. ¡Oh! Y a William y Emilia también. Pero debo
explicarme. Yo tenía... yo tenía una tía... la señorita Crabtree. Quizás usted
lo haya leído en los periódicos. Fue horrible. Murió... asesinada.
Ð ¡Ah! Ð un
relámpago de interés iluminó el rostro de sir EduardoÐ . Hará cosa de un mes,
¿verdad?
La muchacha asintió.
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
Ð Bastante
menos que eso... tres semanas.
Ð Sí, lo
recuerdo. Le golpearon en la cabeza en su propia casa, y no pudieron coger al
culpable.
Magdalena Vaughan volvió a asentir.
Ð No le
cogieron... ni creo que consigan cogerle nunca. Comprenda... puede que no
exista tal hombre.
Ð ¿Qué?
Ð Sí... es
horrible. En los periódicos no se ha publicado nada, pero eso es lo que cree la
policía. Saben que nadie se acercó a la casa aquella noche.
Ð ¿Quiere
decir...?
Ð Que fue uno
de nosotros cuatro. Tuvo que serlo. No saben cuál ni nosotros tampoco... No lo
sabemos. Y cada día nos miramos llenos de sospechas y recelos. ¡Oh!, si
hubieran sido de fuera... pero no pudo ser...
Sir Eduardo la miró cada vez más interesado.
Ð ¿Quiere
decir que los miembros de la familia están bajo sospecha?
Ð Sí, eso es
lo que quiero decir. La policía no lo ha dicho, naturalmente. Son muy educados
y amables, pero han registrado la casa, nos han interrogado a todos una y otra
vez, y a Marta también... Y como no saben quién fue, están atados de pies y
manos. Estoy tan asustada... tan asustada...
Ð Mi querida
joven. Vamos, sin duda exagera...
Ð No exagero.
Es uno de nosotros cuatro... tiene que serlo.
Ð ¿Quiénes son
los cuatro a que se refiere?
Magdalena sentóse muy erguida y habló con más
calma.
Ð Pues yo, y
Mateo. Tía Lily era tía abuela nuestra, era hermana de mi abuela. Vivíamos con
ella desde que teníamos catorce años (ya sabe que somos gemelos). Y luego
William Crabtree, que es sobrino... hijo de su hermana. Vivía allí también con
su esposa Emilia.
Ð ¿Les
mantenía ella?
Ð Más o menos.
El tiene algo de dinero propio, pero no es muy fuerte y tiene que vivir en
casa. Es un hombre quieto y soñador. Estoy segura de que es imposible que él
hiciera... ¡oh! ¡Es horrible que yo lo piense siquiera!
Ð Todavía
estoy lejos de comprender la situación. Quizá no le importe hacerme un resumen
de los hechos... si no le molesta mucho.
Ð ¡Oh! No...,
quiero contárselo. Y todo lo recuerdo claramente todavía... con espantosa
claridad. Habíamos tomado el té, ¿comprende?, y cada uno fue a sus ocupaciones.
Yo a coser un
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
poco. Mateo a escribir un artículo... hace un poco
de periodismo; William a ocuparse de sus sellos. Emilia no quiso bajar a tomar
el té. Se había tomado una aspirina y estaba descansando. Así que todos
estábamos ocupados y entretenidos. Y cuando a las siete y media Marta fue a
servir la mesa para la cena, tía Lily estaba... muerta... ¡Tenía la cabeza...,
oh..., es horrible..., deshecha!
Ð Creo que
encontraron el arma...
Ð Sí. Fue un
pisapapeles muy pesado que estaba siempre sobre la mesa junto a la puerta. La
policía lo examinó a ver si encontraba huellas dactilares, pero no había
ninguna. Había sido limpiado cuidadosamente.
Ð ¿Y su
primera suposición cuál fue?
Ð Naturalmente
pensamos que habría sido un ladrón. El escritorio tenía dos o tres cajones
abiertos, como si el ladrón hubiera estado buscando algo. ¡Claro que supusimos
que había sido un ladrón! Y luego llegó la policía... y dijeron que llevaba
muerta por lo menos una hora, y preguntamos a Marta quién había entrado en
casa, y Marta dijo que nadie. Y todas las ventanas estaban cerradas por dentro,
y no daban muestras de haber sido forzadas. Y entonces empezaron a
interrogarnos...
Se detuvo respirando trabajosamente. Sus ojos
asustados e implorantes buscaron los de sir Eduardo.
Ð Por ejemplo,
¿quién se beneficia con la muerte de su tía?
Ð Eso es
sencillo. Todos nos beneficiamos por igual. Dejó todo su dinero dividido en
partes iguales entre nosotros cuatro.
Ð ¿Y a cuánto
asciende su fortuna?
Ð El abogado
nos dijo que quedarían ochenta mil libras después de pagar los derechos del
Estado.
Sir Eduardo abrió los ojos con ligera sorpresa.
Ð Es una suma
considerable. Usted conocía, supongo, el total de la fortuna de su tía.
Magdalena meneó la cabeza.
Ð No... fue
una sorpresa para todos. Tía Lily tenía siempre mucho cuidado con el dinero.
Sólo tenía una criada y hablaba siempre de economía.
Sir Eduardo asintió con aire pensativo, y Magdalena
se inclinó un poco hacia delante.
Ð Me ayudará
usted..., ¿verdad?
Sus palabras fueron una sorpresa desagradable para
sir Eduardo, que en aquel momento ya iba interesándose por la historia.
Ð Mi querida
joven... ¿qué puedo hacer yo? Si desea consejo legal puedo darle algún
nombre...
Ella le interrumpió.
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
Ð ¡Oh! ¡Yo no
quiero nada de eso! Quiero que me ayude personalmente... como amigo.
Ð Es usted muy
amable, pero...
Ð Quiero que
venga a nuestra casa. Quiero que haga preguntas. Quiero que vea y juzgue por
usted mismo.
Ð Pero, mi
querida señorita...
Ð Recuerde...
usted me lo prometió. En donde sea... cuando sea...
dijo... dijo... si necesitara ayuda...
Sus ojos suplicantes y confiados se clavaron en los
suyos haciéndole avergonzarse y conmoverse. Aquella avasalladora sinceridad, su
absoluta fe en una cortés promesa hecha diez años atrás, que ella consideraba
como algo sagrado. ¡Cuántos hombres no habrían pronunciado las mismas
palabras... eran casi un clisé!...
Y qué pocos habrían sido requeridos nunca para
cumplirlas. Dijo en tono bastante débil.
Ð Estoy seguro
de que habrá muchas personas que puedan aconsejarle mejor que yo.
Ð Tengo
muchísimos amigos..., por supuesto Ð le divirtió ver la ingenuidad con que lo
afirmabaÐ . Pero comprenda, ninguno es inteligente como usted. Usted está
acostumbrado a interrogar a la gente. Y con toda su experiencia tiene que
saber.
—¿Saber qué?
Ð Si son
inocentes o culpables.
Sonrió con bastante pesar. ¡Se enorgullecía de
haber sabido casi siempre, aunque en muchas ocasiones su opinión particular no
fuese la misma del jurado!
Magdalena se echó el sombrero hacia atrás con gesto
nervioso y mirando a su alrededor dijo:
Ð Qué
tranquilo es este sitio. ¿No echa de menos a veces un poco de ruido?
A pesar suyo aquellas palabras dichas al azar le
conmovieron. Un callejón sin salida. Sí, pero siempre hay un medio de salir...
por el mismo que se ha entrado... se vuelve al mundo... Una fuerza impetuosa y
juvenil le invadió. Su sencilla confianza afectó la parte mejor de su
naturaleza... y la clase de su problema al criminalista innato que había en él.
Deseaba ver a aquellas personas de quien le hablaba. Lo deseaba para formar su
propio juicio.
Le dijo:
Ð Si está
realmente convencida de que puedo serle útil... Pero no le garantizo nada.
Esperaba que le abrumara su gratitud, pero lo tomó
con mucha calma.
Ð Sabía que lo
haría. Siempre le he considerado un verdadero
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
amigo. ¿Quiere venirse conmigo ahora?
Ð No. Creo que
lo mejor será que mañana vaya a hacerle una visita. ¿Quiere darme el nombre y
la dirección del abogado de la señorita Crabtree? Quiero hacerle unas cuantas
preguntas.
Ella se lo anotó en un papel, y luego se puso en
pie y dijo con cierta timidez:
Ð Yo... le
estoy muy agradecida. Adiós.
Ð ¿Y su
dirección?
Ð ¡Qué tonta
soy! Paseo Palatino 18, Chelsea.
Eran las tres de la tarde siguiente cuando sir
Eduardo Palliser se aproximaba al número 18 del Paseo Palatino con su paso
sobrio y mesurado. En aquel intervalo había averiguado varias cosas. Fue
aquella mañana a Scotland Yard, donde el ayudante del comisario era muy amigo
suyo, y se entrevistó también con el abogado de la difunta señorita Crabtree.
Como resultado tenía una visión más clara del asunto. La disposición que la
señorita Crabtree hizo de su dinero fue bastante peculiar. Nunca utilizó el
libro de cheques. En vez de eso, tenía la costumbre de escribir a su abogado y
pedirle cierta cantidad en billetes de cinco libras. Casi siempre pedía la
misma suma. Trescientas libras tres veces al año. Ella misma iba a recogerla en
un coche, pues consideraba que éste era el único medio seguro de transporte.
Aparte de esto, nunca abandonaba su casa. En Scotland Yard, sir Eduardo
averiguó que la cuestión económica de la señorita Crabtree había sido revisada
cuidadosamente. La difunta había estado casi a punto de solicitar una nueva
cantidad de dinero. Sin duda las anteriores trescientas libras habían sido
gastadas... o casi liquidadas. Pero esto no pudo saberse con exactitud.
Repasando los gastos de la casa, se puso de relieve en seguida que los gastos
de la señorita Crabtree por trimestre no llegaban ni con mucho a las trescientas
libras. Por otra parte ella tenía la costumbre de enviar billetes de cinco
libras a sus amigos o parientes necesitados. Y el punto discutible era si en el
momento de su muerte había mucho dinero o poco dinero en la casa. No se
encontró ni un céntimo.
Y era este punto en particular el que ocupaba la
mente de sir Eduardo mientras avanzaba por el Paseo Palatino.
La puerta de la casa (que no tenía sótano) le fue
abierta por una mujer de edad, menuda y de mirada despierta. Le introdujo en
una doble habitación situada a la izquierda del reducido vestíbulo y allí
acudió Magdalena. Con mayor claridad que antes vio en su rostro las huellas de
la tensión nerviosa.
Ð Me dijo usted que hiciera preguntas, y a eso he
venido Ð le dijo
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
sir Eduardo sonriente mientras le estrechaba la
manoÐ . Ante todo deseo saber quién fue el último en ver viva a su tía y la
hora exacta en que eso sucedió.
Ð Fue después
del té... a las cinco. Marta fue la última que la vio. Aquella tarde había
estado pagando las cuentas, y llevó a tía Lily el cambio y las facturas.
Ð ¿Tiene
confianza en Marta?
Ð ¡Oh,
absoluta! Llevaba con tía Lily unos... oh... creo que unos treinta años. Es
honrada como la que más.
Sir Eduardo asintió.
Ð Otra
pregunta. ¿Por qué tuvo que tomarse una aspirina su prima, la señora Crabtree?
Ð Pues porque
le dolía la cabeza.
Ð Naturalmente,
pero, ¿había alguna razón especial para que le doliera?
—Pues, en cierto modo, sí. Durante la comida hubo
una escena. Emilia es muy excitable y extraordinariamente sensible, y ella y
tía Lily discutían a veces.
Ð ¿Y
discutieron durante la comida?
Ð Sí. Tía Lily
era bastante pesada por pequeñeces. Todo empezó por nada... y luego se pusieron
como el perro y el gato... Emilia diciendo toda clase de cosas que no es
posible que las sintiera...
que se marcharía de la casa para no volver... que
se le reprochaba cada bocado que comía... ¡oh!..., toda clase de tonterías. Y
tía Lily dijo que cuanto antes ella y su marido hicieran las maletas y se
marcharan, tanto mejor. Pero en realidad no significaba nada.
Ð ¿Porque el
señor y la señora Crabtree no podían permitirse el lujo de marcharse?
Ð Oh, no sólo
por eso. William quería mucho a tía Lily. De verdad.
Ð ¿No sería un
día de peleas por casualidad?
Ð ¿Se refiere
a mí? ¿La discusión que tuve por querer ser maniquí?
Ð ¿Su tía no
estaba de acuerdo?
Ð No.
Ð ¿Por qué
quería usted ser maniquí, señorita Magdalena? ¿Es que esa clase de vida le
parece muy atrayente?
Ð No, pero
cualquier cosa sería mejor que continuar viviendo aquí.
Ð Sí,
entonces. Pero ahora tendrá usted una buena renta, ¿verdad?
Ð ¡Oh, sí,
ahora es muy distinto!
Lo admitió con la mayor sencillez. El sonrió, pero
no insistió sobre el mismo tema. En vez de hacerlo dijo:
Ð ¿Y su
hermano? ¿También discutió?
Ð ¿Mateo? Oh,
no.
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
Ð ¿Entonces
nadie puede decir que tuviera motivos para desear deshacerse de su tía?
Pudo observar el momentáneo desaliento que
reflejóse en su rostro.
Ð Lo olvidaba
Ð dijo sir Eduardo como por casualidadÐ . Su hermano debía mucho dinero,
¿verdad?
Ð Sí, ¡pobre
Mateo!
Ð No obstante,
ahora se pondrá a flote.
Ð Sí... Ð
suspiró la jovenÐ Es un alivio.
¡Y siguió sin ver nada! Sir Eduardo apresuróse a
cambiar de tema.
Ð ¿Sus primos
y su hermano están en casa?
Ð Sí; les dije
que iba usted a venir. Todos están deseando ayudarle. Oh, sir Eduardo... no sé
por qué tengo la impresión de que usted descubrirá que todo está
perfectamente... que ninguno de nosotros ha tenido nada que ver con... que, al
fin y al cabo, fue un extraño quien la mató.
Ð Yo no puedo
hacer milagros. Tal vez llegue a descubrir la verdad, pero yo no puedo hacer
que la verdad sea la que usted desea.
Ð ¿No puede?
Yo creo que puede hacerlo... que puede hacerlo todo.
Salió de la habitación mientras él se preguntaba
inquieto: «¿Qué habrá querido decir con eso? ¿Es que quiere sugerirme una línea
de defensa? Pero, ¿a quién he de defender?»
Sus meditaciones fueron interrumpidas por la
entrada de un hombre de unos cincuenta años. Era de constitución robusta,
aunque andaba un tanto encorvado. Vestía con cuidado y llevaba el cabello bien
peinado. Parecía de buen carácter, aunque un tanto despistado.
Ð ¿Sir Eduardo
Palliser? Oh, ¿cómo está usted? Magdalena me ha pedido que viniera. Es usted
muy amable al querer ayudarnos. Aunque no creo que en realidad llegue a
descubrirse nada. Quiero decir que no pescarán a ese individuo.
Ð Entonces
usted cree que fue un ladrón... ¿alguien de fuera de casa?
Ð Tuvo que
serlo. No es posible que fuese nadie de la familia. Esos individuos son muy
listos hoy en día, trepan como gatos, y entran y salen como quieren.
Ð ¿Dónde
estaba usted cuando ocurrió la tragedia, señor Crabtree?
Ð Estaba
entretenido con mis sellos... en el saloncito que tengo arriba.
Ð ¿Oyó usted
algo?
Ð No... pero
no acostumbro a oír nada cuando estoy abstraído. Es una tontería de mi parte,
pero es verdad.
Ð ¿El
saloncito a que se refiere está encima de esta habitación?
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
Ð No, está en la parte de atrás.
Volvió a abrirse la puerta y entró una mujer rubia
retorciéndose las manos nerviosamente. Parecía temerosa y excitada.
Ð William,
¿por qué no me has esperado? Te dije que me «esperaras».
Ð Lo siento,
querida, lo olvidé. Sir Eduardo Palliser... mi esposa.
Ð ¿Cómo está
usted, señora Crabtree? Espero que no le moleste el que haya venido aquí a
hacer algunas preguntas. Sé lo ansiosos que están todos ustedes por aclarar las
cosas.
Ð Naturalmente.
Pero yo no puedo decirle nada... ¿no es cierto, William? Yo estaba dormida...
en mi cama... y sólo me desperté al oír gritar a Marta cuando ésta descubrió el
cadáver.
Continuó retorciéndose las manos.
Ð ¿Dónde tiene
usted su habitación, señora Crabtree?
Ð Encima de
ésta, pero no oí nada... ¿cómo quiere que lo oyera si estaba dormida?
No pudo sacarla de aquí. No sabía nada... no había
oído nada...
estaba durmiendo. Y lo repetía con la obstinación
de una mujer asustada. No obstante, sir Eduardo sabía muy bien lo que aquello
podría significar... que fuese la pura verdad.
Al fin se disculpó... diciendo que deseaba hacer
algunas preguntas a Marta. William Crabtree se ofreció para acompañarle a la
cocina. En el recibidor, sir Eduardo casi tropieza con un hombre joven, alto y
moreno que se dirigía a la puerta principal.
Ð ¿Es usted el
señor Mateo Vaughan?
Ð Sí... pero
escuche, no puedo entretenerme. Tengo una cita.
Ð ¡Mateo! Ð
era la voz de su hermana llamando desde lo alto de la escaleraÐ . ¡Oh! Mateo,
me prometiste...
Ð Lo sé,
hermanita. Pero no puedo. Tengo que encontrarme con un individuo. Y de todas
formas, ¿de qué sirve hablar una y otra vez de lo mismo? Ya tuvimos bastante
con la policía. Estoy harto de toda esta comedia.
La puerta se cerró con estrépito. Mateo Vaughan
acababa de marcharse.
Sir Eduardo fue acompañado hasta la cocina. Marta
estaba planchando y se interrumpió sosteniendo la plancha en la mano.
Sir Eduardo cerró la puerta a sus espaldas.
Ð La señora
Vaughan me ha pedido que la ayude Ð le dijoÐ . Espero que no tendrá
inconveniente en que le haga algunas preguntas.
Ella le miró y luego meneó la cabeza.
Ð No fue
ninguno de ellos, señor. Sé lo que está pensando, pero se equivoca. Son las
personas mejores del mundo.
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
Ð No me cabe
la menor duda. Pero el que lo sean no representa ninguna prueba para nosotros,
¿comprende?
Ð Tal vez no,
señor. La ley es algo extraña. Pero hay pruebas...
como usted dice, señor. Ninguno de ellos puede
haberlo hecho sin que yo me enterase.
Ð Pero...
Ð Sé lo que me
digo, señor. Mire, escuche esto...
«Esto» es un crujido que sonó encima de sus
cabezas.
Ð La escalera,
señor. Cada vez que sube o baja alguien cruje de manera lastimosa. No importa
lo despacio que una vaya. La señorita Crabtree estaba acostada en su cama, y el
señor Crabtree entretenido en sus dichosos sellos; la señorita Magdalena estaba
arriba también cosiendo a máquina, y si alguno de ellos hubiera bajado la
escalera lo hubiese sabido. ¡Y no bajaron!
Habló con tal seguridad que impresionó al abogado,
haciéndole pensar:
«Una buena testigo. De las que convencen.»
Ð Pudo usted
no darse cuenta.
Ð Sí, lo
hubiera notado aun sin fijarme, por así decir. Como usted se da cuenta cuando
se cierra una puerta y sale alguien.
Sir Eduardo aseguró su posición.
Ð Usted
responde por tres de ellos, pero queda el cuarto. ¿Estaba también arriba míster
Vaughan?
Ð No, estaba
en ese cuartito de la planta baja. Esa puerta de ahí al lado. Y escribía a
máquina. Se oye perfectamente desde aquí. Su máquina no cesó de funcionar ni un
momento. Ni un solo momento, señor. Puedo jurarlo. Un ruido bastante
impertinente, vaya si lo es, y desde luego inconfundible.
Sin Eduardo hizo una pausa.
Ð Fue usted
quien la encontró, ¿verdad?
Ð Sí, señor.
Estaba tendida en el suelo con el cabello empapado en sangre. Y nadie oyó el
menor ruido debido al teclear de la máquina del señorito Mateo.
Ð Tengo
entendido que usted asegura que nadie entró en la casa.
Ð ¿Cómo iban a
entrar sin que yo lo supiera? El timbre suena aquí. Y sólo hay una puerta.
La miró de hito en hito.
Ð ¿Quería
usted mucho a la señorita Crabtree? Una expresión de cálido afecto...
auténtico... inconfundible... apareció en su rostro.
Ð Sí, señor;
vaya si la quería. Porque la señorita Crabtree... bueno, ahora voy saliendo
adelante y no me importa decirlo. Cuando yo era joven me vi en un apuro, señor,
y la señorita Crabtree se puso a mi lado... y cuando todo pasó volvió a tomarme
a su servicio. Hubiera
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
dado la vida por ella... ¡vaya si lo hubiera hecho!
Sir Eduardo conocía cuando una persona era sincera,
y Marta lo era.
Ð Entonces,
que usted sepa, nadie entró por la puerta...
Ð Nadie pudo
haberlo hecho.
Ð He dicho que
usted sepa. Pero si la señorita Crabtree hubiera estado esperando a alguien...
y le hubiese abierto la puerta ella misma...
Ð ¡Oh! Ð Marta
pareció sorprendida.
Ð Supongo que
eso sí es posible Ð le preguntó sir Eduardo.
Ð Es
posible... sí..., pero no muy probable. Quiero decir...
Evidentemente estaba sorprendida. No podía negarlo,
y no obstante deseaba hacerlo. ¿Por qué? Porque sabía que la verdad era otra.
¿Sería eso? Cuatro personas en la casa... ¿una de ellas culpable? ¿Quería Marta
defender a aquella pandilla culpable? ¿Habría crujido la escalera? ¿Bajó
alguien cautelosamente y Marta sabía quién era?
Ella era honrada... de eso sir Eduardo estaba
convencido. Presionó este punto observándola.
Ð Supongo que
la señorita Crabtree pudo hacerlo. La ventana de esta habitación da a la calle.
Pudo ver quien esperaba desde la ventana y salir al recibidor para abrirle...
la puerta. Tal vez no quería que nadie viera a esa persona... fuese hombre o
mujer.
Marta parecía algo turbada, al fin admitió de mala
gana:
Ð Sí, puede
que tenga razón, señor. No lo había pensado. Quizás esperase a un caballero...
sí, es posible.
Fue como si empezase a vislumbrar las ventajas de
aquella idea.
Ð Usted fue la
última que la vio, ¿verdad?
Ð Sí, señor.
Después de retirar el servicio de té. Le llevé los libros de cuentas y el
cambio del dinero que me había dado.
Ð ¿Se lo
entregó en billetes de cinco libras?
Ð En un solo
billete de cinco libras, señor Ð dijo Marta extrañadaÐ . La cuenta no ascendía
nunca a más de cinco libras. Soy muy cuidadosa.
Ð ¿Dónde
guardaba el dinero?
Ð No lo sé
exactamente, señor. Yo diría que lo llevaba siempre encima... en su bolso de
terciopelo negro. Pero claro está que podía guardarlo en alguno de los cajones
de su dormitorio que estaban cerrados con llave. Era muy aficionada a
encerrarlo todo, aunque siempre perdía las llaves.
Sir Eduardo asintió.
Ð ¿Usted no
sabe cuánto dinero tenía... me refiero en billetes de cinco libras?
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
Ð No, señor;
no puedo decir exactamente la cantidad.
Ð ¿Y no le
dijo nada que pudiera indicarle que esperaba a alguien?
Ð No, señor.
Ð ¿Está bien
segura? ¿Qué le dijo exactamente?
Ð Pues... Ð
Marta reflexionóÐ . Dijo que el carnicero no era más que un bribón y un
tramposo; que yo había comprado una libra más de té, y que la señora Crabtree
era una tonta porque no le gustaba la margarina. No le gustó una de las monedas
de seis peniques que le di de cambio... una de esas nuevas con hojas de
roble... dijo que era falsa, y me costó mucho trabajo convencerla. Y dijo
además...
oh, que el pescatero le había enviado arenques en
vez de pescadillas y que si yo se lo había dicho. Yo le dije que sí... y la
verdad, creo que eso es todo, señor.
El discurso de Marta proporcionó a sir Eduardo una
descripción detallada de la difunta mejor que ninguna otra, y dijo como por
casualidad:
Ð Era una
señora bastante difícil de complacer, ¿verdad?
Ð Un poco
pesada, pero comprenda, la pobrecilla no salía a menudo, y estando todo el día
encerrada, en algo había de entretenerse. Era impertinente, pero de buen
corazón... nunca se iba ningún mendigo de esta casa con las manos vacías. Es
posible que fuese cargante, pero era una dama muy caritativa.
Ð Marta,
celebro que por lo menos haya dejado una persona que la llore.
La anciana sirvienta contuvo el aliento.
Ð Quiere usted
decir..., oh, pero si todos la querían... en el fondo...
de veras... Discutían con ella de cuando en cuando,
pero eso no significaba nada.
Sir Eduardo alzó la cabeza. Se había oído un
crujido arriba.
Ð Es la
señorita Magdalena que baja.
Ð ¿Cómo lo
sabe? Ð le preguntó. La anciana enrojeció.
Ð Conozco su
manera de andar Ð murmuró.
Sir Eduardo abandonó rápidamente la cocina. María
tenía razón. Magdalena llegaba en aquel momento al pie de la escalera y le miró
esperanzada.
Ð No he
llegado muy lejos todavía Ð dijo sir Eduardo respondiendo a su mirada y agregóÐ
: ¿Sabe por casualidad si su tía recibió alguna carta el día de su muerte?
Ð Están todas
juntas. Y la policía ya las ha examinado.
Y le condujo al gran salón doble, y abriendo un
cajón sacó un bolso de terciopelo negro de forma anticuada y cierre de plata.
Ð Este es el
bolso de mi tía. Todo está igual que estaba el día de su muerte. Lo he
conservado así.
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
Sir Eduardo le dio las gracias y se dispuso a
vaciar su contenido sobre la mesa. Como había imaginado, era una muestra
clásica del bolso de una vieja excéntrica.
Había algunas monedas de plata, dos nueces, tres
recortes de periódico que hablaban de la caja de Juana Soutchcott; un poema mal
impreso sobre los sin trabajo; un almanaque; un pedazo grande de alcanfor;
varios pares de lentes y tres cartas, una de alguien llamada «Prima Lucy», un
recibo por la compostura de un reloj, y una petición de dinero de una
institución benéfica necesitada de socorro.
Sir Eduardo lo revisó todo cuidadosamente, luego
volvió a meterlo en el bolso y se lo entregó a Magdalena para que lo guardase.
Ð Gracias,
señorita Magdalena. Me temo que aquí no hay gran cosa.
Se puso en pie y desde la ventana observó que se
divisaba una buena vista de los escalones de la entrada, y entonces tomó la
mano de Magdalena entre las suyas.
Ð ¿Se marcha
usted?
Ð Sí.
Ð Pero... ¿irá
todo bien?
Ð Nadie que
tenga relación con la Ley se compromete nunca haciendo una declaración como esa
Ð dijo sir Eduardo en tono solemne, y aprovechando para escaparse.
Avanzó por la calle perdido en sus pensamientos. El
problema estaba allí bajo su mano... y no lo había resuelto. Necesitaba algo...
una pequeña cosa... sólo para indicarle el camino.
Una mano se posó en su hombro sobresaltándole. Era
Mateo Vaughan, un tanto falto de aliento.
Ð Le he estado
siguiendo, sir Eduardo. Quiero disculparme por mis modales de hace una hora.
Pero tengo el peor genio del mundo. Es usted muy amable al preocuparse por este
asunto. Por favor, pregúnteme lo que quiera. Si hay algo que yo pueda hacer por
ayudarle...
De pronto sir Eduardo se irguió con la vista
fija... no en Mateo... sino al otro lado de la calle... Algo extrañado, Mateo
repitió:
Ð Si puedo
ayudarle en algo...
Ð Ya lo ha
hecho usted, mi querido joven Ð dijo sir EduardoÐ . Por haberme detenido
precisamente aquí y haciendo fijar mi atención en algo que de otro modo me
hubiera pasado por alto.
Señaló al otro lado de la calle, donde había un
pequeño restaurante.
—¿Los Veinticinco Mirlos? Ð preguntó Mateo.
Ð Exacto.
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
Ð Es un nombre
extraño..., pero creo que dan bien de comer.
Ð No correré
el riesgo de probar el experimento repuso sir EduardoÐ . Estando más cerca de
los días de su niñez, que yo, mi joven amigo, probablemente recordará las
canciones de cuna. Hay una clásica que dice, si no recuerdo mal: Canta el canto
de seis peniques, del puñado de laurel, de los veinticuatro mirlos cocidos en
un pastel..., etcétera. El resto no nos concierne.
Y dio media vuelta.
Ð ¿A dónde va
usted? Ð le preguntó Mateo Vaughan.
Ð De nuevo a
su casa, amigo mío.
Caminaron en silencio, y Mateo Vaughan no cesaba de
dirigir miradas de extrañeza a su compañero. Sir Eduardo, una vez en la casa,
dirigióse a un cajón, cogió el bolso de terciopelo y lo abrió. Miró a Mateo y
el joven abandonó la habitación de mala gana.
Sir Eduardo vació la calderilla sobre la mesa.
Luego asintió... Su memoria no le había fallado.
Se puso en pie para hacer sonar el timbre, y al
hacerlo deslizó algo
en la palma de su mano.
Marta respondió a su llamada.
Ð Si no
recuerdo mal, Marta, usted me dijo que tuvo una pequeña discusión con su ama
por cuestión de una moneda de seis peniques nueva.
Ð Sí, señor.
Ð ¡Ah! Pero lo
curioso es, Marta, que entre esta calderilla, no hay ninguna moneda nueva de
seis peniques. Hay dos de seis peniques, pero las dos son antiguas.
Ella le contempló con extrañeza.
Ð ¿Comprende
lo que eso significa? Alguien llegó a la casa aquella noche... alguien a quien
su ama entregó seis peniques... Yo creo que se los dio a cambio de esto...
Y con un movimiento rápido alargó su mano
mostrándole el poema de los sin trabajo.
Con mirar su rostro fue suficiente
Ð El juego
está descubierto, Marta... comprenda, lo sé. Será mejor que me lo cuente todo.
Ella se desplomó en una silla... con el rostro
bañado en lágrimas.
Ð Es cierto...
es cierto... el timbre no sonaba bien... no estaba segura de si llamaban, pero
luego pensé que sería mejor ir a asegurarse. Llegué en el momento en que él le
golpeaba en la cabeza. El fajo de billetes de cinco libras estaba en la mesa
delante de ella... y fue eso lo que le impulsó a hacerlo... eso y el pensar que
estaba sola en la casa cuando lo dejó entrar. No pude gritar. Estaba tan
paralizada y entonces se volvió y vi que era mi hijo... Oh,
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en
Agosto de 2.003
siempre ha sido malo. Yo le daba todo el dinero que
podía. Ha estado dos veces en la cárcel. Debió venir a verme, y entonces la
señorita Crabtree, viendo que yo no abría la puerta, fue a abrirla ella misma,
y él, sorprendido, le entregó uno de esos folletos de los sin trabajo, y la
señora, siendo tan caritativa como era, le dijo que entrara para darle seis
peniques. Y durante todo el tiempo el fajo de billetes estaba encima de la mesa
donde estuvo mientras yo le daba el cambio. Y el diablo se apoderó de mi Ben y
poniéndose detrás de ella la golpeó hasta matarla.
Ð ¿Y luego? Ð
preguntó sir Eduardo.
Ð Oh, señor,
¿qué podía hacer yo? Es mi propia carne y mi propia sangre. Su padre era malo,
y Ben ha salido a él... pero también es mi hijo. Le hice salir apresuradamente,
y luego regresé a la cocina y fui a preparar la mesa a la hora de costumbre.
¿Cree usted que obré muy mal, señor? He intentado no mentirle cuando me ha
interrogado.
Sir Eduardo se puso en pie.
Ð Mi pobre
Marta Ð dijo con sentimientoÐ . Lo siento muchísimo por usted. Pero de todas
maneras la Ley ha de seguir su curso...
comprenda.
Ð Ha huido del
país, señor. Y en este momento no sé dónde está.
Ð Entonces
existe la posibilidad de que escape de la cárcel, pero no confíe demasiado.
¿Quiere enviarme a la señorita Magdalena?
Ð Oh, sir
Eduardo. Es usted maravilloso... Es usted maravilloso Ð dijo Magdalena cuando
él hubo terminado su breve relatoÐ . Nos ha salvado a todos. ¿Cómo podré
agradecérselo?
Sir Eduardo le sonrió dándole unas palmaditas en la
mano. Volvía a sentirse un gran hombre. La pequeña Magdalena había sido
encantadora durante la travesía del Siluric. ¡Aquel maravilloso encanto de los
diecisiete abriles! Claro que ahora lo había perdido por completo.
Ð La próxima
vez que necesite un amigo... Ð dijoÐ . Le avisaré en seguida.
Ð No, no Ð
exclamó sir Eduardo, alarmadoÐ . Eso es precisamente lo que no quiero que haga.
Acuda a un hombre más joven.
Se despidió de todos con habilidad y una vez en el
interior de un taxi exhaló un suspiro de alivio. Incluso el encanto de una
jovencita de diecisiete abriles le parecía dudoso. No podía compararse al de
una biblioteca sobre criminología bien surtida. El taxi enfiló el pasaje Reina
Ana.
Su callejón sin salida.
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario