© Libro N° 8155.
El Sabotaje. Pouget,
Emile. Emancipación. Enero 9 de 2021.
Título
original: © El Sabotaje. Emile Pouget
Versión Original: © El Sabotaje. Emile Pouget
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Emile Pouget
El Sabotaje
Emile Pouget
Indice
Presentación, por Chantal López y Omar Cortés.
La mercancia trabajo.
Moral de clase.
Los procedimientos del sabotaje.
Conclusiones.
Presentación
Emile Pouget pasaría a la historia del movimiento
obrero en Francia por haber sido el autor del ensayo que a continuación
publicamos.
Escrito que marcaría de manera definitiva el
desarrollo del movimiento sindicalista a nivel mundial, El sabotaje es de
lectura obligada para todo aquel interesado en el desarrollo del derecho del
trabajo.
El término, en sí, convirtiose de inmediato en
vocablo propio del derecho positivo al haber sido añadido ipso facto en la casi
totalidad de las legislaciones del trabajo del mundo entero.
Miles de cosas terribles se han expresado en contra
de esta herramienta obrera en su lucha en pro de su emancipación, sin embargo,
si nos atenemos a lo expuesto por Pouget, el concepto de sabotaje, inmerso en
la tremenda lucha de clases que cotidianamente se desarrolla por doquier,
constituye un instrumento utilizado no sólo por la clase obrera, sino también
por la burguesía.
Pouget ejemplifica lo anterior señalando todas las
acciones negativas de que es capaz la burguesía con tal de aumentar sus
ganancias: la adulteración de la leche cuando se le adelgaza con agua; la venta
de kilos de ochocientos o novecientos gramos; en fin, todas las marrullerías de
las que hace gala la burguesía tanto en el campo del comercio como en el de la
producción, constituyen ellas también, descarados sabotajes.
Sin duda alguna podemos afirmar que quien lea esta
edición cibernética adquirirá los elementos necesarios para comprender, en su
integridad, el satanizado concepto de sabotaje en cuanto instrumento utilizado
por las dos clases en constante pugna: la burguesía y el proletariado.
Chantal López y Omar Cortés
El sabotaje
La mercancía trabajo
El sabotaje, fórmula de combate social que recibió
el bautismo sindical en el Congreso Confederal de Toulouse, en 1897, no fue, al
principio, bien acogido en los medios obreros. Algunos le reprochaban sus
orígenes anarquistas y su inmoralidad. Hoy goza, sin embargo, de la simpatía de
los trabajadores. Sería un error creer que la clase obrera, para practicar el
sabotaje, ha esperado a que esta forma de lucha haya recibido la consagración
de los Congresos corporativos. Como todas las formas de rebeldía, es tan viejo
como la explotación humana.
Desde que un hombre tuvo la criminal ingeniosidad
de sacar provecho del trabajo de su semejante, desde ese día, el explotado, por
instinto, procuró dar menos de lo que exigía su patrono. Al proceder así, con
tanta insconsciencia como M. Jourdain en hablar en prosa, este explotado
practicaba el sabotaje, manifestando de este modo, sin saberlo, el antagonismo
irreductible que pone, uno contra otro, al capital y al trabajo.
El sabotaje deriva de la concepción capitalista de
que el trabajo es una mercancía.
Esta tesis es la de los economistas burgueses,
según los cuales hay un mercado de trabajo, como hay un mercado de trigo, de
carne, de pescado o de aves.
Admitido ésto, es muy lógico que los capitalistas
procedan frente a la carne de trabajo que encuentran en el mercado, como cuando
se trata para ellos de comprar mercancías o materias primas; es decir, que se
esfuercen por obtenerlo al precio más bajo.
Estamos en pleno juego de la ley de la oferta y la
demanda. Pero lo que es menos comprensible es que estos capitalistas quieran
recibir, no una cantidad de trabajo en relación con el tipo de salario que
pagan, sino independientemente del nivel de este salario, el máximum de trabajo
que pueda rendir el obrero.
En una palabra, pretenden comprar, no una cantidad
de trabajo equivalente a la suma que desembolsan, sino la fuerza de trabajo
intrínseca del obrero: en efecto, es el obrero completo -su cuerpo y su sangre-
su vigor y su inteligencia lo que exigen.
Cuando emiten semejante pretensión, los patronos
olvidan que esa fuerza de trabajo es parte integrante de un ser pensante, capaz
de voluntad, de resistencia y de rebeldía.
Cierto que todo iría mejor en el mundo capitalista
si los obreros fuesen tan inconscientes como las máquinas de que se sirven y
si, como ellas, no tuviesen a guisa de corazón y de cerebro más que una caldera
o un dinamo.
Pero no es esto lo que ocurre. Los trabajadores
saben las condiciones en que les coloca el medio actual, y si las toleran no es
de grado. Saben que son dueños de la fuerza de trabajo, y si consienten que su
patrono consuma una cantidad dada de ella, se esfuerzan porque esta cantidad
esté en relación más o menos directa con el salario que reciben. Hasta en los
más desprovistos de conciencia, hasta en los que sufren el yugo patronal sin
poner en duda su justicia, brota instintivamente la noción de resistencia a las
pretensiones capitalistas: tienden a no dar más de lo que reciben.
Esta discordancia, base de las relaciones entre
patronos y obreros, pone de relieve la oposición fundamental de los intereses
en presencia: la lucha de la clase que detenta los medios de producción contra
la clase que, desprovista de capital, no posee otra riqueza que su trabajo.
Desde que se ponen en contacto en el terreno
económico, empresarios y obreros, surge ese antagonismo irreductible que los
arroja a los dos polos opuestos y que, por consiguiente, hace siempre
inestables y efímeros sus acuerdos.
En efecto, entre unos y otros, no puede nunca
concluirse un contrato en el sentido preciso y justo del término. Un contrato
implica la igualdad de los contratantes, su plena libertad de acción y, además,
una de sus características consiste en presentar para todos los firmantes un
interés real y personal, tanto en el presente como en el porvenir.
Ahora bien; cuando un obrero ofrece sus brazos a un
patrono, los dos contratantes están muy lejos de hallarse sobre un pie de
igualdad. El obrero, apremiado por la urgencia de asegurarse el sustento -si es
que no está atenazado por el hambre-, no tiene la serena libertad de acción de
que goza su patrono. Además, el beneficio que obtiene por su trabajo es sólo
momentáneo, pues si puede atender a las necesidades de su vida inmediata, no es
raro que el riesgo de la obra a que se dedica ponga en peligro su salud, su
porvenir.
Entre patronos y obreros no pueden, pues,
concluirse convenios que merezcan el calificativo de contratos. Lo que se ha
convenido en designar con el nombre de contrato de trabajo no posee los
caracteres específicos y bilaterales del contrato; es, en sentido riguroso, un
contrato unilateral, favorable, solamente, a uno de los contratantes; un
contrato leonino.
De estas observaciones se desprende que, en el
mercado de trabajo, no hay, frente a frente, sino beligerantes en permanente
conflicto; por lo tanto, todas las relaciones, todos los acuerdos entre unos y
otros, serán precarios; pues viciados por su origen, se basan en la mayor o
menor fuerza y resistencia de los antagonismos.
Por eso, entre patronos y obreros, no se establece
nunca -ni puede establecerse- una alianza duradera, un contrato en el sentido
leal de la palabra: entre ellos sólo hay armisticios que, suspendiendo por un
tiempo las hostilidades, procuran una tregua momentánea a las acciones de
guerra.
Son dos mundos que se entrechocan con violencia; el
mundo del capital y el del trabajo. Puede haber, y hay, cierto, infiltraciones
del uno en el otro; gracias a una especie de capilaridad social, pasan algunos
tránsfugas del mundo del trabajo al del capital, y, olvidando o renegando de
sus orígenes, se colocan entre los más intratables defensores de su casta de
adopción. Pero tales fluctuaciones en los cuerpos de ejército en lucha no
debilitan el antagonismo de las dos clases.
De un lado como de otro, los intereses en juego son
diametralmente opuestos, y esta oposición se manifiesta en todo lo que
constituye la trama de la vida. Bajo las aclamaciones democráticas, bajo el
verbo falaz de la igualdad, el más superficial examen descubre las divergencias
profundas que separan a burgueses y proletarios: las condiciones sociales, el
modo de vivir, los hábitos de pensamiento, las aspiraciones, el ideal ...
¡todo, todo difiere!
Moral de clase
Es comprensible que de la diferenciación radical
entre la clase obrera y la burguesía, cuya persistencia acabamos de comprobar,
dimane una moral distinta.
En efecto, sería por lo menos extraño que entre un
proletario y un capitalista no hubiese nada de común, excepto la moral.
¡Cómo! Los hechos y actitudes de un explotado,
¿deberían ser apreciados con el criterio de su enemigo de clase?
¡Esto sería completamente absurdo!
La verdad es que, así como hay dos clases en la
sociedad, hay también dos morales: la de los capitalistas y la de los
proletarios.
La moral natural o zoológica, escribe Marx Nordau,
declararía que el reposo es el mérito supremo y no daría al hombre el trabajo
como cosa deseable y gloriosa, sino en cuanto ese trabajo fuese indispensable a
su existencia material. Pero los explotadores entonces se verían en un aprieto.
En efecto, su interés reclama que la masa trabaje más de lo necesario para ella
y produzca más de lo que su propio uso exige. Y es que quieren apoderarse
precisamente del sobrante de la producción; a este efecto, han suprimido la
moral natural e inventado otra, que han hecho establecer a sus filósofos,
alabar a sus predicadores, cantar a sus poetas, y, según la cual, la ociosidad
sería madre de todos los vicios y el trabajo una virtud, la más hermosa de
todas las virtudes.
Es inútil observar que semejante moral está hecha
para uso exclusivo de los proletarios, pues los ricos que la ensalzan no se
cuidan de someterse a ella. La ociosidad sólo es un vicio en los pobres.
En nombre de las prescripciones de esta moral
especial, los obreros deben trabajar sin descanso en provecho de sus patronos,
y toda tibieza de su parte en el esfuerzo de producción, todo lo que tienda a
reducir el beneficio del explotador, es considerado como una acción inmoral. Y
partiendo también de la misma moral de clase, son glorificados el sacrificio a
los intereses patronales, la asiduidad en las obras más duras y peor
remuneradas, los escrúpulos estúpidos que crean el honrado obrero; en una palabra,
todas las cadenas ideológicas y sentimentales que clavan al asalariado en la
argolla del capital.
Para completar la obra de esclavización se apela a
la vanidad humana; todas las cualidades del buen esclavo son exaltadas,
ensalzadas, y hasta se ha imaginado distribuir recompensas -¡la medalla del
Trabajo!- a los obreros borregos que se han distinguido por la flexibilidad de
su espinazo, su espíritu de resignación y su fidelidad al patrono.
De esta moral criminal, la clase obrera está
saturada.
Desde que nace hasta que muere, el proletario es
engañado con ella; le dan esta moral con la leche más o menos falsificada del
biberón que, para él, sustituye con demasiada frecuencia al seno materno; más
tarde, en la escuela láica, se la inculcan también, por dosis prudenciales, y
la infiltración continúa, por mil y mil procedimientos, hasta que, yacente en
la fosa común, duerme su eterno sueño.
La intoxicación resultante es tan profunda y
persistente, que hasta hombres de espíritu sutil, de inteligencia clara y
aguda, aparecen, sin embargo, contaminados. Tal es el caso del ciudadano Jaurés
que, para condenar el sabotaje, ha echado mano de esta ética, creada para uso
de los capitalistas. En una discusión sobre el sindicalismo, abierta en el
Parlamento el 11 de Mayo de 1907, declaraba:
¡Oh! Si se trata de la propaganda sistemática,
metódica del sabotaje, yo creo, a riesgo de ser tachado de optimista, que no
irá muy lejos. Repugna a la naturaleza, a los sentimientos del obrero ...
E insistía:
El sabotaje repugna al valor técnico del obrero.
El valor técnico del obrero es su verdadera
riqueza; por eso el teórico, el metafísico del Sindicalismo, Sorel, declara
que, aunque se le permitan al sindicalismo todos los procedimientos posibles,
hay uno que debe él mismo prohibirse: el que amenaza despertar, humillar en el
obrero este valor profesional, que no es sólo su riqueza precaria de hoy, sino
también el título para su soberanía en el mundo del mañana ...
Las afirmaciones de Jaurés, aun colocadas bajo la
égida de Sorel, son todo lo que se quiera -hasta metafísica- menos la
comprobación de una realidad económica.
¿Dónde diantres ha encontrado a obreros cuya
naturaleza y sentimientos les lleven a realizar la plenitud de su esfuerzo
físico e intelectual en beneficio de un patrono, a pesar de las condiciones
irrisorias, ínfimas u odiosas que éste le impone?
¿Por qué, por otra parte, ha de ponerse en peligro
el valor técnico de tales problemáticos obreros, si el día en que se den cuenta
de la explotación desvergonzada de que son víctimas, intentan sustraerse a ella
y, sobre todo, no consienten en someter sus músculos y cerebros a una fatiga
indefinida, en provecho solo del patrono?
¿Por qué han de desperdiciar estos obreros ese
valor técnico que constituye su verdadera riqueza -al decir de Jaurés- y por
qué se lo han de regalar casi gratuitamente al capitalista?
¿No es más lógico que en vez de sacrificarse como
corderos en el altar de la clase patronal, se defiendan, luchen y, estimando
como su más preciado don ese valor técnico, no cedan todo o parte de su
verdadera riqueza sino en las mejores condiciones o, por lo menos, en las menos
malas?
El orador socialista no responde a estas
interrogaciones porque no ha profundizado la cuestión. Se ha limitado a
afirmaciones de orden sentimental, inspiradas en la moral de los explotadores y
que son el remache de las argucias de los economistas que reprochan a los
obreros franceses sus exigencias y sus huelgas, acusándoles de poner en peligro
la industria nacional.
El razonamiento del ciudadano Jaurés es, en efecto,
del mismo orden, con la diferencia de que en vez de hacer vibrar la cuerda
patriotica, es el puntillo de honor, la vanidad, la gloria del proletariado, lo
que ha tratado de exaltar, de sobreexcitar.
Su tésis va a parar a la negociación formal de la
lucha de clases, pues no tiene en cuenta el estado de guerra permanente entre
el capital y el trabajo.
Ahora bien; el simple buen sentido sugiere que,
siendo el patrono el enemigo del obrero, no hay más deslealtad por parte de
éste en tender emboscadas contra su adversario que en combatirlo cara a cara.
Por consiguiente, ninguno de los argumentos sacados
de la moral burguesa vale para apreciar el sabotaje, ni ninguna otra táctica
proletaria; y asímismo ninguno de estos argumentos vale para juzgar los hechos,
gestos, actitudes, ideas o aspiraciones de la clase obrera.
Si se desea razonar sanamente sobre todos estos
puntos, es menester no referirse a la moral capitalista, sino inspirarse en la
moral de los productores que se elabora cotidianamente en el seno de las masas
obreras, y que está llamada a regenerar las relaciones sociales, pues ha de ser
lo que regule las del mundo de mañana.
Los procedimientos del sabotaje
En el campo de batalla del mercado de trabajo donde
los beligerantes se atacan sin escrúpulos, falta mucho, como hemos comprobado,
para que se presenten con armas iguales.
El capitalista opone una coraza de oro a los golpes
de su adversario que, conociendo su inferioridad defensiva y ofensiva, trata de
suplirla recurriendo a las astucias de la guerra. El obrero, impotente para
atacar de frente a su enemigo, trata de cogerlo de flanco, atacándole en sus
obras vivas: la caja de caudales.
Los proletarios pueden compararse a un pueblo que,
queriendo resistir a la invasión extranjera y no sintiéndose con fuerzas para
afrontar en una gran batalla al enemigo, se lanza a la guerra de emboscadas, de
guerrillas. Lucha desesperante para los grandes cuerpos de ejército, lucha de
tal suerte horripilante y criminal que, generalmente los invasores se niegan a
reconocer a los guerrilleros el carácter de beligerantes.
Esta execración de las guerrillas por los ejércitos
regulares no nos sorprende más que el horror inspirado por el sabotaje a los
capitalistas.
Y es que, en efecto, el sabotaje es en la guerra
social lo que son las guerrillas en las guerras nacionales: dimana de los
mismos sentimientos, responde a las mismas necesidades y tiene en la mentalidad
obrera idénticas consecuencias.
Sabido es cuánto desarrollan las guerrillas el
valor individual, la audacia y el espíritu de decisión. Otro tanto puede
decirse del sabotaje; mantiene en tensión a los trabajadores, les impide
hundirse en una flojedad perniciosa, y como necesita una acción permanente y
sin tregua, consigue el feliz resultado de fomentar el espíritu de iniciativa,
de habituar a la acción, de sobreexcitar la combatividad.
El obrero necesita poseer estas cualidades, pues el
patrono obra respecto de él con tan pocos escrúpulos como tienen los ejércitos
invasores que operan en país conquistado: ¡se entregan al saqueo cuanto pueden!
Esta rapacidad capitalista ha sido censurada por el
multimillonario Rockefeller ... dispuesto, con seguridad, a practicarla sin
vergüenza.
El error de algunos patronos -escribe- consiste en
no pagar lo que debieran, con lo cual consiguen que en el trabajador se
despierte una tendencia a reducir el trabajo.
Esta tendencia a la reducción del trabajo que
comprueba Rockefeller -reducción que legitima y justifica por la censura que
dirige a los patronos- es el sabotaje en la forma que se presenta
espontáneamente al espíritu de todo obrero: la disminución del trabajo.
Podrá decirse de este procedimiento que es la forma
instintiva y primaria del sabotaje. Naturalmente, sólo es practicable para los
obreros a jornal. En efecto, es indudable que los que trabajan a destajo, si
disminuyeran su producción, serían las primeras víctimas de su rebelión pasiva,
puesto que sabotearían su propio salario. Los destajistas deben, pues, recurrir
a otros medios, consistiendo su preocupación en disminuir la calidad, no la
cantidad de su producto.
Los procedimientos de sabotaje son variables hasta
el infinito. Sin embargo, cualesquiera que sean, hay una cualidad que los
trabajadores exigen de ellos: que al ponerse en práctica, no tengan una
repercusión dolorosa sobre el consumidor.
El sabotage ataca al patrono, bien por la
disminución del trabajo, ora haciendo invendibles los productos fabricados, ya
inmovilizando o inutilizando los instrumentos de producción. Mas el consumidor
no debe ser víctima de esta guerra contra el explotador. Los trabajadores
insisten mucho en este carácter específico del sabotaje, que consiste en herir
al patrono y no al consumidor. Pero tienen que deshacer el prejuicio de la
Prensa capitalista, que desnaturaliza esa tesis a su antojo, presentando el
sabotaje como peligroso para los consumidores principalmente.
Todavía no se ha olvidado la emoción que produjo la
noticia lanzada por los grandes diarios, hace unos años, a propósito del pan
con vidrio molido. Los sindicalistas se hartaban de decir que poner vidrio
molido en el pan sería un acto odioso, estúpidamente criminal y que a los
obreros panaderos no se les había ocurrido jamás semejante idea; mas, a pesar
de las negaciones, la mentira se extendía, se reeditaba y, naturalmente,
indisponía contra los obreros panaderos a infinidad de gentes para quienes lo que
escribe su periódico es el evangelio.
En realidad, hasta hoy, en el curso de las diversas
huelgas de panaderos, el sabotaje puesto en práctica ha consistido en destruir
las tahonas, los amasaderos o los hornos. En cuanto al pan si se ha fabricado
incomestible -quemado o poco cocido, sin sal o sin levadura, etc., pero nunca
con vidrio molido- no han sido los consumidores los perjudicados, sino
únicamente los patronos.
En efecto, habría que suponer que los consumidores
eran unas bestias ... para aceptar, en vez de pan, una mezcla indigesta o
nauseabunda. Si el caso se hubiese presentado, habrían devuelto seguramente ese
pan de mala calidad a su tahonero y exigido en su lugar un producto comestible.
El pan con vidrio molido es, pues, únicamente una
infamia capitalista destinada a desacreditar las reivindicaciones de los
obreros panaderos.
Hay muchos casos en los cuales el sabotaje se
identifica con el interés de los consumidores.
Un llamamiento dirigido a la población parisina en
1908, por el sindicato de los cocineros, lo explica mejor que todo comentario;
a él pertenecen los siguientes párrafos:
El primero de Junio último, un maestro cocinero que
llegaba aquella misma mañana a un restaurante popular, observó que la carne que
le habían confiado se había estropeado de tal modo, que servirla hubiese sido
un peligro para los consumidores. Entonces dió parte al patrono, que le exigió
que, a pesar de todo, fuese servida, pero el obrero indignado por lo que se le
pedía, se negó a ser cómplice del envenenamiento de la clientela.
El patrono, furioso contra esta indiscreta lealtad,
se vengó despidiéndole y dando su nombre al sindicato patronal de restaurantes
populares Le Parisien, para impedir que volviera a colocarse.
Hasta aquí el incidente revela sólo un acto
individual e innoble de un patrono y un acto de conciencia de un obrero, más la
continuación del asunto pone de manifiesto, como va a verse, una solidaridad
patronal, de tal modo escandalosa, que nos creemos obligados a denunciarla.
Cuando el obrero se presentó en la oficina de
colocación del sindicato patronal, el encargado de esta oficina le dijo que a
él, obrero, no le importaba si los artículos estaban o no estropeados; que
desde el momento en que se le pagaba no tenía más que obedecer; que su acto era
inadmisible y que, en lo sucesivo, no podía contar con su oficio para encontrar
trabajo.
Morirse de hambre o hacerse, en caso necesario,
cómplice de los envenenamientos: he aquí el dilema planteado a los obreros por
este sindicato patronal.
Por otra parte, este lenguaje establece bien
claramente que, lejos de reprobar la venta de artículos averiados, este
sindicato encubre y defiende tales actos y persigue con su odio a los que
impiden que se envenene tranquilamente.
Seguramente, no es un ejemplar único en París este
patrono que sirve carne podrida a sus clientes. Sin embargo, pocos son los
cocineros que tienen el valor de seguir el ejemplo dado.
¡Y es que, si tienen demasiada conciencia, los
trabajadores corren el riesgo de perder el empleo, y hasta de ser boicoteados!
Consideraciones éstas que hacen que se meneen muchas cabezas, que vacilen
muchas voluntades y que se pongan un freno muchas rebeldías.
Por eso nos son tan pocas veces revelados los
misterios de los restaurantes populares y aristocráticos.
Sin embargo, al consumidor le sería útil saber que
los enormes cuartos de buey que se ven hoy en los escaparates del restaurante
que frecuenta, son carnes apetecibles que mañana serán llevadas y desmenuzadas
en los Halles ... mientras que en el restaurante en cuestión se sirven viandas
sospechosas.
Análogamente le sería útil saber que la sopa de
cangrejos que saborea, está hecha con el caparazón de Ías langostas dejadas
ayer en el plato por él u otros -caparazones cuidadosamente raspados para
desprender la pulpa adherida a ellos y que, machacados en el mortero, es
disuelto por un jugo que se tiñe de rojo con carmín.
Y así mismo que todo el material del restaurante:
cucharas, tenedores, platos, etc., es enjugado con las servilletas abandonadas
por los clientes después de la comida, con lo que se hace posible un contagio
de tuberculosis.
La lista sería larga y nauseabunda, si hubiese que
enumerar todos los trucos y trampas de los comerciantes sin vergüenza que,
emboscados en un rincón de su tienda, no se contentan con estafar a sus
parroquianos, sino que, muchas veces, los envenenan por añadidura. Por eso
debemos desear, en interés de la salud pública, que los obreros del ramo de la
alimentación saboteen a sus patronos y nos pongan en guardia contra esos
malhechores.
Para los cocineros, existe otro procedimiento de
sabotaje, consistente en preparar los platos de manera excelente, con todos los
condimentos necesarios y poniendo en su confección todos los cuidados que el
arte culinario requiere.
De todo esto resulta que, para los obreros
cocineros, el sabotaje se identifica con el interés de los consumidores, tanto
si se proponen ser unos obreros escrupulosos, como si nos inician en los
arcanos poco apetitosos de sus cocinas.
Algunos tal vez objeten que, en este último caso,
los cocineros no practican el sabotaje, sino que dan un ejemplo de integridad y
lealtad profesional digno de encomio.
¡Mucho cuidado! Los que tal afirman se deslizan por
una pendiente muy disimulada y corren el riesgo de rodar hasta el abismo, es
decir hasta la condenación de la sociedad actual.
En efecto, la falsificación, el engaño, la mentira,
el robo, la estafa, constituyen la trama de la sociedad capitalista;
suprimirlas, equivale a matarla ... No hay que hacerse ilusiones: el día en que
se intentara introducir en las relaciones sociales, en todos los grados y en
todos los planos, una estricta lealtad, una escrupulosa buena fe, nada quedaría
en pie, ni la industria, ni el comercio, ni la banca ... ¡nada, nada!
Ahora bien; es indudable que, para llevar a buen
término todas las bajas operaciones a que se entrega el patrono no puede obrar
sólo; necesita auxiliares, necesita cómplices ... y los encuentra en sus
obreros, en sus empleados. Por eso al asociar a los obreros a sus maniobras
-nunca a sus beneficios-, les exige una sumisión completa a sus intereses y les
prohibe apreciar y juzgar las operaciones de su casa; si éstas son de carácter
fraudulento, incluso criminal, a los obreros no debe importarles.
Ellos no son responsables ... Desde el momento en
que se les paga, no tienen más que obedecer, así observaba muy burguesamente el
encargado de Le Parisien, mencionado más arriba.
En virtud de tales sofismas, el trabajador debe
prescindir de su personalidad, reprimir sus sentimientos y obrar como
inconsciente; toda desobediencia a las órdenes dadas, toda violación de los
secretos profesionales, toda divulgación de las prácticas inmorales que de él
se exigen, constituye por su parte un acto de felonía contra el patrono.
Por consiguiente, si se niega a la sumisión ciega y
pasiva, si se atreve a denunciar las villanías a que se le asocia, es
considerado como un rebelde contra su patrono, pues le hace la guerra, le
sabotea.
Semejante modo de ver no es particular a los
patronos; los sindicatos obreros interpretan también como acto de guerra -como
acto de sabotaje- toda divulgación perjudicial a los intereses capitalistas, y
los sindicalistas han bautizado este ingenioso procedimiento de atacar la
explotación humana con el nombre de sabotaje de la boca abierta. Expresión
significativa hasta no más, ya que muchas fortunas sólo se han amasado gracias
al silencio que han guardado sobre los bandidajes patronales los explotados que
han colaborado en ellos, porque sin el mutismo de éstos hubiese sido dificil,
si no imposible, que los explotadores hubieran hecho tales negocios.
Acabamos de examinar los procedimientos de sabotaje
puestos en práctica por la clase obrera sin suspensión del trabajo, sin
abandono del taller. Mas el sabotaje no se limita a esta acción restringida;
puede convertirse -y se convierte cada vez más- en una ayuda poderosa en caso
de huelga.
Podemos comprobar -escribía Bourguet, secretario
del sindicato de París- que la cesación del trabajo no es suficiente para la
terminación de una huelga. Sería necesario y hasta indispensable, para el buen
resultado del conflicto, que la herramienta -es decir, los medios de producción
de la fábrica, de la mina, de la tahona, etc.- estuviesen también en huelga,
esto es, que no funcionasen ...
Esta táctica, que consiste en unir a la huelga de
brazos la huelga de las máquinas, puede parecer que se inspira en móviles bajos
y mezquinos. Pero no es así.
Los trabajadores conscientes saben que sólo son una
minoría y temen que sus camaradas no tengan la tenacidad y energía suficiente
para resistir hasta el fin, y entonces, para impedir la deserción de la masa,
le hacen el retiro imposible: hunden los puentes detrás de ella.
Obtienen semejante resultado, quitando la
herramienta de las manos a los obreros demasiado sumisos a los poderes
capitalistas y paralizando las máquinas que fecundaban su esfuerzo. Por este
procedimiento evitan la traición de los inconscientes y les impiden pactar con
el enemigo para reanudar el trabajo cuando no deben.
Hay otra razón para esta táctica: que los
huelguistas no tienen que temer sólo a los renegados, sino que deben también
desconfiar del ejército.
En efecto, los capitalistas acostumbran cada día
más a sustituir a los huelguistas por militares. Así, tan pronto como se
declara una huelga de panaderos, de electricistas, de ferroviarios, etc., el
Gobierno trata de sofocarla, reemplazando a los obreros por soldados. Hasta el
punto de que, para suplantar a los electricistas, por ejemplo, el Gobierno ha
creado un cuerpo especial de ingenieros, a quienes se enseña el funcionamiento
de las máquinas generadoras de electricidad, así como el manejo de los aparatos,
y que están siempre preparados para ocupar el puesto de los obreros
electricistas, al primer síntoma de huelga.
Es, pues, de luminosa evidencia que si los
huelguistas, que conocen las intenciones gubernamentales, se olvidan, antes de
suspender el trabajo, de impedir esta intervención militar, imposibilitándola y
haciéndola ineficaz, están vencidos por adelantado.
Previendo el peligro, los obreros que van a
emprender la lucha no tendrían excusa si no pusiesen remedio. ¡Felizmente, no
se olvidan!
Mas entonces ocurre que se les acusa de vandalismo,
censurándose su falta de respeto hacia la máquina.
Estas críticas tendrían fundamento si en los
trabajadores existiese una voluntad sistemática de destrucción, sin ninguna
preocupación de finalidad. Pero no es este el caso. Si los obreros atacan a las
máquinas, no es por placer o diletantismo, sino porque una imperiosa necesidad
les obliga a ello.
No hay que olvidar que a los trabajadores se les
plantea una cuestión de vida o muerte: si no inmovilizan las máquinas, van a
una derrota segura, al fracaso de sus esperanzas; si las sabotean, tienen
grandes probabilidades de éxito, aunque conciten contra ellos a la opinión
burguesa y se vean acribillados de epítetos malsonantes.
Dados los intereses en juego, se comprende que
afronten sonrientes estos anatemas, y que el temor de ser calumniados por los
capitalistas y sus lacayos no les haga renunciar a las posibilidades de
victoria que les reserva una audaz e ingeniosa iniciativa.
Los trabajadores, en estas condiciones, se
encuentran en una situación parecida a la de un ejército que obligado a
retirarse, se decide, con pesar, a destruir el armamento y provisiones que
dificultarían su marcha y podrían hacerlo caer en poder del enemigo. En este
caso, tal destrucción es legítima, mientras que en cualquier otro sería una
locura.
Por consiguiente, no hay más razón para censurar a
los obreros que recurren al sabotaje con objeto de asegurar su triunfo, que hay
para censurar al ejército que, con el fin de salvarse, sacrifica su
impedimenta.
Podemos, pues, concluir que con el sabotaje ocurre
lo que con todas las tácticas y todas las armas: la justificación de su empleo
dimana de las necesidades y del fin perseguido.
Además de estos procedimientos, hay otro que podría
calificarse de sabotaje por represalias, y que se ha extendido algo a partir
del fracaso de la segunda huelga de Correos.
Después de esta huelga, unos grupos revolucionarios
decidieron sabotear las líneas telegráficas y telefónicas para protestar contra
el despido en masa de cientos de huelguistas. Y anunciaron su intento de hacer
tal guerra mientras los empleados de Correos despedidos con motivo de la huelga
no fuesen reintegrados.
Una circular confidencial enviada a los puestos que
estos grupos se habían procurado, precisaba en qué condiciones había de
efectuarse esta campaña de sabotaje de los hilos.
Los camaradas que te envían este papel -decía la
circular- te conocen, aunque tu no los conozcas; excúsalos si no firman. Te
conocen como revolucionario serio.
Te piden que cortes los hilos telegráficos y
telefónicos que estén a tu alcance en la noche del primero de Junio.
Las noches siguientes, sin necesidad de más
órdenes, seguirás haciendo la misma operación.
Cuando el Gobierno tenga ya bastante, reintegrará a
los 650 empleados despedidos.
En una segunda parte, esta circular contenía un
formulario detallado y técnico que exponía los diferentes modos de cortar los
hilos sin riesgo de ser electrocutado. También recomendaba con mucha
insistencia que no se tocaran los hilos de las señales ni los telegráficos de
las Compañías ferroviarias; y, para hacer imposible todo error, se insistía
minuciosamente sobre los medios de distinguir los hilos de las Compañías de los
del Estado.
La hecatombe de los hilos telegráficos y
telefónicos, fue considerable en toda Francia, y duró hasta la caída del
Ministerio Clemenceau. Después, en diversas ocasiones, algunos grupos, para
protestar contra la arbitrariedad del Poder, se han entregado a esta guerra
contra los hilos telegráficos y telefónicos ...
El sabotaje, además de un medio de defensa
utilizado por el productor contra el patrono, puede convertirse en un medio de
defensa del público contra el Estado o las grandes Compañías.
El obstruccionismo es un procedimiento de sabotaje
al revés, que consiste en aplicar los reglamentos con un cuidado meticuloso, en
realizar el trabajo a cargo de uno, con una prudente lentitud y un escrúpulo
exagerado. El ejemplo más elocuente de este procedimiento de sabotaje lo dieron
los ferroviarios italianos, en 1905, con su famoso obstruccionismo, gracias al
cual la desorganización del servicio fue fantástica y formidable, y la
circulación de trenes quedó casi suspendida.
Conclusiones
Como acabamos de ver, por el examen de las
modalidades del sabotaje obrero, en cualquier forma y momento en que se
manifieste, su característica consiste siempre -¡siempre!- en quebrantar la
caja patronal.
Contra este sabotaje, que sólo ataca los medios de
explotación, las cosas inertes y sin vida, la burguesía no tiene bastantes
maldiciones.
En cambio, los detractores del sabotaje obrero no
se indignan de otro sabotaje -verdaderamente criminal, abominable y monstruoso-
que constituye la esencia misma de la sociedad capitalista.
¡No se conmueven ante ese sabotaje que, no contento
con despojar a sus víctimas, les quita la salud y ataca hasta a las fuentes de
la vida, a todo, a todo!
Mas hay una razón mayor de esta impasibilidad; y es
que con este sabotaje se benefician ellos.
Son saboteadores los comerciantes que, adulterando
la leche, alimento de los pequeñuelos, siegan en flor las generaciones nuevas.
Los harineros y panaderos que echan en la harina
talco u otros productos nocivos, estropeando así el pan, alimento de primera
necesidad.
Los fabricantes de café con almidón y achicoria, de
pasteles con vaselina, de miel con almidón y pulpa de castañas, de vinagre con
ácido sulfúrico, de quesos con cera o fécula, de cerveza con hojas de boj.
Fueron saboteadores los traficantes -patriotas
¿cómo no?- que, en 1870-71, contribuyeron al sabotaje de su patria entregando
botas con suela de cartón para los soldados y cartuchos con pólvora de carbón;
y lo son sus hijos que, siguiendo la carrera paterna con el mismo espíritu que
sus progenitores, construyen las calderas explosivas de los grandes acorazados,
los cascos rotos de los submarinos, y suministran al ejército carne de mono
podrida, viandas estropeadas o tuberculosas, pan con talco o habichuelas, etc.,
etc.
Son saboteadores los contratistas, los
constructores de vías férreas, los fabricantes de muebles, los vendedores de
abonos químicos, los industriales de todo género y de cualquier categoría.
¡Todos, sin excepción, son saboteadores! Pues
todos, en efecto, adulteran, estafan, falsifican cuanto pueden.
El sabotaje está en todas partes y en todo: en la
industria, en el comercio, en la agricultura ... ¡en todo, en todo!
Pero este sabotaje capitalista que impregna a la
sociedad actual, que constituye el elemento en el cual se mueve -como nosotros
en el oxígeno del aire- es condenable muy de otro modo que el sabotaje obrero.
Este último -¡hay que insistir en ello!- sólo va
contra el capital, contra la caja de caudales de los burgueses, mientras que el
otro ataca a la vida humana, destruye la salud, puebla los hospitales y
cementerios.
De las heridas que hace el sabotaje obrero sólo
salpica el oro; en las producidas por el sabotaje capitalista la sangre fluye a
raudales.
El sabotaje obrero se inspira en principios
generosos y altruistas: es un medio de defensa y protección contra las
exacciones patronales; es el arma del desheredado que batalla por su existencia
y la de su familia; tiende a mejorar las condiciones sociales de las
muchedumbres obreras y a librarlas de la explotación que las oprime y las
aplasta ... Es un fermento de vida radiante y mejor.
El sabotaje capitalista, por el contrario, no es
más que un medio de explotación intensificada; condensa los apetitos
desenfrenados y nunca satisfechos, es la expresión de una rapacidad repugnante,
de una insaciable sed de riquezas que no retrocede ante el crimen para verse
satisfecha ... Lejos de engendrar la vida, siembra a su alrededor las ruinas,
el duelo y la muerte.

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