© Libro N° 8153.
Sindicalismo Y Anarquismo. Pannunzio,
Sergio. Emancipación. Enero 9 de 2021.
Título
original: © Sindicalismo Y Anarquismo.
Sergio Pannunzio
Versión Original: © Sindicalismo Y Anarquismo. Sergio
Pannunzio
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Sergio
Pannunzio
Sindicalismo Y Anarquismo
Sergio Pannunzio
Presentación
Este ensayo del controvertido escritor italiano
Sergio Pannunzio, nos ofrece una reflexión en torno a las coincidencias y
divergencias entre sindicalismo y anarquismo desde un prisma jurídico.
En efecto, Pannunzio, al igual que muchísimos de
sus contemporáneos de principios del siglo XX, hubieron de reflexionar y
polemizar sobre estos temas que, durante aquellos años, captaron la atención de
los medios intelectuales europeos.
Pannunzio desliga por completo el contenido y las
finalidades del sindicalismo y del anarquismo. Encuentra, ciertamente, algunas
coincidencias, pero concluye que en el fondo el sindicalismo es ajeno al
anarquismo.
Los estudiosos de las ideas políticas saben que
Sergio Pannunzio terminaría formando parte de las organizaciones fascistas
italianas, pero aclaremos que cuando escribió este ensayo aún no se iniciaba en
él el proceso interno que le conduciría a adoptar el credo fascista, era
incluso considerado como un escritor de avanzada.
Esperamos que la presente edición virtual
enriquezca a todo aquel interesado en el estudio de la filosofía jurídica.
Chantal López y Omar Cortés
Sindicalismo y anarquismo
Nunca se pondrán bastante en evidencia las
diferencias que hay entre el sindicalismo y el anarquismo. Para comprenderlas,
es necesario partir de la diferencia fundamental que existe entre el Estado,
concebido en la determinación y configuración política histórico-burguesa, y la
autoridad, principio y lazo social perentorio que domina la vida social,
independientemente de las aptitudes y formas que revista en los distintos
períodos históricos y en los diversos medios sociales.
La diferencia esencial entre el sindicalismo y el
anarquismo es la siguiente: mientras que el primero rechazando el Estado, no
rechaza al mismo tiempo, toda forma de organización autoritaria de la sociedad,
el segundo rechaza de un modo absoluto el principio autoritario en sí, y, por
consiguiente, toda forma de autoridad social. La autoridad social es cosa muy
distinta del Estado; que el Estado en la sociedad burguesa sea la encarnación
de la autoridad social, nadie lo niega. Todo el materialismo histórico está
aquí. Son los socialistas los que han propuesto la concepción materialista del
Estado bajo una forma categórica y absoluta. Cuando Marx decía que el Estado es
el instrumento de poder de la burguesía, afirmaba que toda la autoridad social
está en manos de la clase hoy dominadora. El Estado, con arreglo a la crítica
marxista, no es el órgano jurídico que une, integra y completa todas las clases
sociales, según las antiguas concepciones filosóficas y jurídicas. En el
Estado, la crítica marxista ve el interés preponderante de una clase que toma
una forma jurídica exterior. El derecho es la expresión de los intereses de la
clase directora, intereses que se imponen a los individuos por la fuerza
material (que es aquí la sanción jurídica), del Estado; tal es, el derecho
considerado histórica y sociológicamente.
El derecho no es, pues, la entidad divina,
abstracta e ideal que todos creían. El derecho es algo más real, algo
íntimamente ligado a los intereses materiales, egoístas, de un grupo de
personas preponderantes en un determinado momento histórico. Hay algunos
sociólogos y juristas, cuya concepción se acerca a la concepción materialista
del Estado, tal como ha sido formulada por Marx. El profesor Antón Menger
sostiene que la ley no es la expresión de los intereses convergentes de una
masa social, de una nación, ni la formulación y fijeza del derecho popular en
una regla positiva, como afirmaban y siguen afirmando los partidarios de la
escuela democrática. La ley sanciona únicamente el interés del grupo
preponderante. El derecho público del Estado es el derecho de los poderosos: en
las Sociedades modernas, los poderosos son los que poseen, los que detentan los
medios de producción, las clases capitalistas. El derecho público del Estado se
confunde con el interés de los ricos. Como se ve, hasta un jurista ha llegado a
esta concepción heterodoxa de la ley, del derecho público y del Estado,
concepción que coincide casi por completo con la concepción materialista de
Carlos Marx.
Conviene tener siempre presente que todos estos
análisis se refieren a una entidad histórica determinada y precisa: el Estado.
Al demostrar que el Estado es el órgano instrumental de los intereses de los
directores y al sostener la necesidad de combatirlo hasta en sus elementos más
centrales y vitales, el sindicalismo está perfectamente de acuerdo con el
anarquismo.
El antimilitarismo, muy común tanto a los
anarquistas como a los sindicalistas, es, sin embargo, una consecuencia directa
de las premisas antiestatistas del sindicalismo. Si el Estado no es solamente
un esquema jurídico, sino una substancia real, un órgano que expresa una
función, es porque el Estado se basa en la organización militar. Descomponiendo
el poder en sus elementos últimos y más simples, llegamos al poder militar. Sin
la fuerza militar organizada en ejército permanente, el Estado sería una abstracción
metafísica. Sin la fuerza, no hay derecho. El elemento esencial del derecho es
la presión. Cuando el derecho, y ya sabemos en qué consiste, es violado, hay
que restablecerlo, deteniendo y oprimiendo a la fuerza violadora.
Los obreros en huelga, que violan la llamada ley
del trabajo, saben mejor que nosotros que el respeto a la ley del trabajo,
violada, lo imponen las bayonetas; convencidos por experiencia de esta verdad,
sienten la necesidad de destruir, de desorganizar la fuerza militar, que es la
fuerza fundamental que se opone a sus reivindicaciones y a su derecho.
Sobre este punto, sobre la necesidad del
antimilitarismo, el sindicalismo y el anarquismo están de acuerdo. ¿Dónde,
pues, surge la discordia? ¿En qué cuestión, las dos concepciones, la
sindicalista y la anarquista, divergen y son irreductibles? Ya lo he dicho: en
la cuestión de la autoridad social.
Cierto que los anarquistas son enemigos de este
intento de demostración. También lo es que hay sindicalistas opuestos a todo
principio de autoridad. Pero no conviene referirse a las opiniones de un
pensador o de otro, aunque sean las más autorizadas, cuando se trata de
establecer conclusiones que tienen una repercusión, no tanto en las esferas
ideales y teóricas, cuanto en la práctica, en la actitud política, en la
táctica y el método de acción revolucionaria del proletariado.
El gran mérito del sindicalismo consiste en no
responder tanto a las apreciaciones, a un sistema de ideas de algunas personas,
de un grupo de hombres, o de un partido, cuanto a las exigencias prácticas,
objetivas; de confundirse con la práctica y la realidad. El sindicalismo es,
ante todo, pragmatista. El sindicalismo es a la vez teoría y práctica. En el
sindicalismo, la teoría y la práctica no están divididas, no se contradicen,
forman una unidad perfecta. El sindicalismo no pertenece a los anarquistas, como
tampoco pertenece a los socialistas ni a los republicanos. El sindicalismo
pertenece a los sindicatos. Es preciso, por consiguiente, referirse a éstos y
no a las opiniones de algunas personas, para establecer conclusiones. Ahora
bien; los sindicatos son realidades objetivas, que existen, que tienen una
estructura, una dirección perfectamente determinadas. Nuestras convicciones
intelectuales deben nacer de la observación de los sindicatos y de la vida que
en ellos se desarrolla. El observador, en el análisis objetivo y científico de
la realidad, debe, por consiguiente, estar exento de todo apriorismo, de todo
prejuicio filosófico y político. Hemos dicho que el sindicalismo es, ante todo,
pragmatista y que se impone por sí mismo como un hecho independiente, por
encima y contra las convicciones intelectuales y todos los sistemas políticos
formados a priori. El esquematismo mental, la rigidez teórica, el sistema
doctrinal, no deberían vacilar un momento en desaparecer, si los hechos
observados están en contradicción con la idea preconcebida. Es menester que el
hombre político empiece a proceder de esta manera, si no quiere oponerse
inútilmente a la corriente irresistible de las cosas. Son los hechos los que se
encargan de educar a los hombres, y me parece que los anarquistas no quieren
todavía convencerse de esta verdad sumamente sencilla y evidente.
Los anarquistas razonan siempre por introspección.
Quieren ser siempre ... ellos mismos. Quieren además reducir toda la realidad
exterior a sus razonamientos estrechos e inexorables. En esto, son invencibles.
Miden las cosas externas a ellos según su mentalidad específica. Y no sólo
quieren ser siempre ellos mismos, sino también establecer una identidad entre
sus ideas y los hechos exteriores, que nunca pueden adaptarse a su lógica. La
lógica de los hechos no siempre es la lógica de ciertas ideas. Los anarquistas
no quieren reconocer nunca la necesidad indispensable de la práctica y de la
acción. Son sumamente inadaptables, desean extender su dominio espiritual sobre
el mundo externo más de lo posible. Este modo de pensar es el criterio de su
manera de obrar, no sólo en lo que atañe a las relaciones íntimas de partido,
sino también en lo referente a las relaciones con las masas que quieren educar.
Esta es la única explicación de su fanatismo antielectoral y de su prejuicio
abstencionista. Pero aquí también estamos en el terreno de los apriorismos, de
las ideas preconcebidas, de los prejuicios que se oponen a la realidad moderna,
que impone sus exigencias.
Los sindicalistas han procedido de un modo muy
distinto. Han reconocido la necesidad de la acción directa, como una necesidad
verdaderamente sentida por la clase obrera organizada y no han vacilado un sólo
momento en hacer la acción directa, uno de los principios más fundamentales de
su concepción revolucionaria.
Pero el reconocimiento de la necesidad de la acción
directa no ha producido en los sindicalistas un desprecio sistemático por toda
acción electoral y parlamentaria. Los sindicalistas han dado así pruebas de un
sentido más fino y perfecto de la realidad, de un sentido complejo y variable,
que no puede encerrarle en los estrechos límites de las fórmulas: el sentido de
la adaptación divergente, que hace desaparecer la contradicción estéril entre
la realidad y la práctica y origina un acuerdo perfecto entre las convicciones
y las acciones, que tiene por resultado la unidad y recta dirección de la
acción -el verdadero rasgo característico de la política, que no es un juego de
ideas, sino de acción.
Quizás insisto demasiado en estas consideraciones
de psicología política, que, sin embargo, no son inútiles ni están fuera de
lugar, porque contienen implícitamente la respuesta a una objeción hecha por
uno de los más claros, de los más distinguidos pensadores y militantes
anarquistas italianos. Luigi Fabbri, en el Divenire Sociale (An. II, núm. 13),
escribe: Me parece que hay alguna confusión. Lo prueba Sergio Pannunzio con su
artículo del Devenir, del primero de Marzo, sobre Socialismo, Liberalismo y Anarquismo.
Habla de un régimen sindicalista futuro, que tendrá que admitir un derecho
positivo garantizado e impuesto por la autoridad social ... ¡Ay, hasta al
régimen sindicalista (¿digo bien?) apunta la linterna del carabinero! Y todo
esto para poder decir que el sindicalismo admite la autoridad, mientras que el
anarquismo la rechaza, y que los reformistas proceden injustamente al tachar de
anarquistas a Pannunzio y sus camaradas ...
¿Cree Fabbri de verdad que, si insisto en la
necesidad de poner en evidencia la diferencia que existe entre el Estado y la
autoridad social, es para distinguirme de los anarquistas y no caer en
desgracia ante los reformistas? No; la cuestión de que se trata es muy
distinta.
No diré que me inclino a establecer esta diferencia
por mis convicciones personales íntimas, pero sí he de decir que solamente
razones políticas precisas y perentorias me han determinado a precisar
perfectamente la posición que el sindicalismo toma y debe tomar frente a la
anarquía. Y ahora, dejemos los preámbulos y entremos en la discusión de nuestro
problema, que tiene una enorme importancia práctica y que es de actualidad
política. La cuestión interesa vivamente a la nueva conciencia socialista, en vía
de formación. La más reciente literatura socialista ha hecho bien al discutir y
poner de manifiesto los verdaderos términos del problema.
¿Cómo debe, plantearse el problema de la anarquía
en sus relaciones con el sindicalismo? ¿Sobre el terreno económico o sobre el
terreno político? Olivetti (A. O. Olivetti, Problemas del socialismo
contemporáneo, Lugano 1906), en su libro discute la posición del socialismo
frente a la doctrina anarquista: plantea el problema desde el punto de vista
económico y filosófico más que político, sin conseguir darnos una solución de
él precisa y exacta. El problema anarquista es, por el contrario, un problema
ético y político. El anarquismo no considera tanto la estructura y organización
económica de la sociedad futura, como su estructura y organización política y
moral. Sabido es que el anarquismo no tiene un programa propio de
reconstrucción económica de la sociedad. Ha tomado y toma sus ideas económicas
de la doctrina socialista, que es esencialmente una doctrina económica, según
la formulación marxista.
El problema anarquista refleja las relaciones
políticas que se establecen en una organización social futura; es decir, las
relaciones entre individuo e individuo, entre individuo y grupo, entre grupo y
grupo y entre estos grupos y un organismo social superior. Los términos del
problema anarquista son siempre: libertad y autoridad; lo esencial en la
anarquía es la tendencia a un máximum de libertad y a la eliminación de la
autoridad, como dice Kropotkin.
El sindicalismo está de acuerdo con el anarquismo
en la crítica y la tendencia a destruir el Estado politico actual, pero
establece matices. Para ser más precisos, el sindicalismo es antiestatista por
definición, pero no antiautoritario. Las premisas antiautoritarias
sindicalistas, tienen un valor relativo, en cuanto se refieren a la autoridad
burguesa, que es el centro de la organización social actual.
Las premisas antiautoritarias del anarquismo
tienen, en cambio, un valor absoluto y categórico; se refieren a toda forma de
organización social y politica. El sindicalismo, por consiguiente, no es
antiautoritario.
No hay duda de que la organización económica de la
sociedad sindicalista deberá tener principios de dirección y coordinación. No
podemos concebir el mecanismo de la producción, funcionando de un modo
desordenado y ciego.
El organismo económico de una empresa moderna vive
en tanto que es una combinación de elementos productivos: capital, tierra,
trabajo. En la economía capitalista, la función de combinar los elementos
productivos en el organismo de la empresa es casi una característica esencial
del patrono. En la economía de las empresas capitalistas el patrono es quien
ejerce la vigilancia y la dirección. La existencia del patrono capitalista nos
repugna hoy, provoca la protesta y la lucha de los asalariados, aunque, dada la
división de los elementos de la producción, la función del patrono, además de
responder a simpIes exigencias técnicas de la producción, es un corolario de
las condiciones económicas presentes.
El patrono es siempre el capitalista que somete al
salario a los obreros, que se apropia de la plusvalía, sacando de esta
plusvalía la ganancia de la empresa, después de haber reembolsado el capital y
los intereses al capitalista comercial.
Cuando la explotación inherente al organismo de la
empresa capitalista sea eliminada por la unificación y la asociación libre de
los factores productivos, en posesión ya de los obreros sindicados, seguirá
habiendo grupos de productores que tendrán necesidad de un régimen técnico, de
una dirección. Un principio autoritario, por decirlo así, que resulte
inevitablemente de las imperiosas necesidades técnicas del trabajo y la
producción, existirá hasta en el régimen económico obrero, sin clase patronal y
sin Estado, instituído por los sindicatos. Habrá una sociedad nueva que no será
el Estado, sino lo contrario, el régimen técnico y pedagógico de la actividad
humana, el self-gouvernement del trabajo.

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