© Libro N° 8152.
El Estado Griego. Nietzsche,
Federico. Emancipación. Enero 9 de 2021.
Título
original: © El Estado Griego. Federico
Nietzsche
Versión Original: © El Estado Griego. Federico Nietzsche
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Federico Nietzsche
El Estado Griego
Federico Nietzsche
Presentación
El ensayo que aquí presentamos, El Estado griego,
debido a la pluma del prestigiadísimo filósofo germano, Federico Nietzsche, se
constituye en clara y evidente demostración de que este filósofo, por muchos
considerado como cercano a las concepciones libertarias, se encontraba a años
luz de las mismas.
En efecto, no obstante que haya quienes, por quién
sabe qué motivos o causas, busquen emparentar la filosofía de Nietzsche con el
anarquismo, para nosotros siempre ha sido evidente que tal emparentamiento tan
sólo existe en las mentes y deseos ardientes de esas personas, ya que en la
realidad nunca se ha dado.
Señálase, como supuesta demostración del
acercamiento entre la filosofía nietzschiana y el anarquismo, la estrecha
relación que guarda con la filosofía del también filósofo alemán Johann Gaspar
Schimdt (alias, Max Stirner), lo que sin duda es acertado, mas sin embargo, ¿de
cuándo a acá, puede ser considerada anarquista la filosofía de Stirner?
Por supuesto que todo este embrollo de
emparentamiento o alejamiento deribará del concepto que cada quien tenga sobre
el término anarquismo, término sobre el cual, y es necesario reconocerlo, no
existe a la fecha una definición precisa y por ende, de aceptación
generalizada. Pero, en lo que a nosotros respecta, nos permitimos precisar que
en definitiva no podemos estar de acuerdo con quienes sostienen que Federico
Nietzsche mantenía una postura muy cercana al anarquismo.
En este ensayo que aquí publicamos, vemos a
Nietzsche manifestar una concepción muy, pero muy alejada, por no decir
contraria, a toda premisa anarquista.
Su omnibulación por la concepción estética de la
vida, así como por la supremacía que en su opinión debe otorgársele al genio,
trasluce a las mil maravillas ese saborcillo pro aristocratizante y
profundamente oligárquico, que en mucho caracteriza sus opiniones social -
políticas.
Su proclividad al derecho del más fuerte, realmente
emparenta las opiniones de Nietzsche con la corriente de los sofistas,
concretamente con las opiniones que, a decir de Platón, sostenía Calícles.
Con todo, el ensayo, El Estado griego, contiene
tesis sumamente interesantes que llaman a la reflexión, máxime en los tiempos
actuales en los que el predominio de un pensamiento salvaje y bárbaro, ha
desplazado brutalmente al derecho del campo internacional; ahora, que ante la
mirada incrédula de todos los habitantes de la Tierra, la nación considerada
más poderosa ha pisoteado todas las normas de derecho internacional, llegando,
incluso, prácticamente a reventar a la Organización de las Naciones Unidas, dejando
patente su bárbara postura de que, como decimos acá en México, tan sólo sus
chicharrones truenan.
Es de desear que la lectura del presente ensayo,
conduzca a que el lector se replantée el terrorífico mundo que, de no
revertirse la barbarie, a todos nos espera.
Chantal López y Omar Cortés
Los modernos tenemos respecto de los griegos dos
prejuicios que son como recursos de consolación de un mundo que ha nacido
esclavo y, que por lo mismo, oye la palabra esclavo con angustia: me refiero a
esas dos frases: la dignidad del hombre y la dignidad del trabajo. Todo se
conjura para perpetuar una vida de miseria, esta terrible necesidad nos fuerza
a un trabajo aniquilador, que el hombre (o mejor dicho, el intelecto humano),
seducido por la Voluntad, considera como algo sagrado. Pero para que el trabajo
pudiera ostentar legítimamente este carácter sagrado, sería ante todo necesario
que la vida misma, de cuyo sostenimiento es un penoso medio, tuviera alguna
mayor dignidad y algún valor más que el que las religiones y las graves
filosofías le atribuyen. ¿Y qué hemos de ver nosotros en la necesidad del
trabajo de tantos millones de hombres, sino el instinto de conservar la
existencia, el mismo instinto omnipotente por el cual algunas plantas
raquíticas quieren afianzar sus raíces en un suelo roquizo?
En esta horrible lucha por la existencia sólo
sobrenadan aquellos individuos exaltados por la noble quimera de una cultura
artística, que les preserva del pesimismo práctico, enemigo de la naturaleza
como algo verdaderamente antinatural. En el mundo moderno que, en comparación
con el mundo griego, no produce casi sino monstruos y centauros, y en el cual
el hombre individual, como aquel extraño compuesto de que nos habla Horacio al
empezar su Arte Poética, está hecho de fragmentos incoherentes, comprobamos a
veces, en un mismo individuo, el instinto de la lucha por la existencia y la
necesidad del arte. De esta amalgama artificial ha nacido la necesidad de
justificar y disculpar ante el concepto del arte aquel primer instinto de
conservación. Por esto creemos en la dignidad del hombre y en la dignidad del
trabajo.
Los griegos no inventaban para su uso estos
conceptos alucinatorios; ellos confesaban, con franqueza que hoy nos
espantaría, que el trabajo es vergonzoso, y una sabiduría más oculta y más
rara, pero viva por doquiera, añadía que el hombre mismo era algo vergonzoso y
lamentable, una nada, la sombra de un sueño. El trabajo es una vergüenza porque
la existencia no tiene ningún valor en sí: pero si adornamos esta existencia
por medio de ilusiones artísticas seductoras, y le conferimos de este modo un
valor aparente, aún así podemos repetir nuestra afirmación de que el trabajo es
una vergüenza, y por cierto en la seguridad de que el hombre que se esfuerza
únicamente por conservar la existencia, no puede ser un artista. En los tiempos
modernos, las conceptuaciones generales no han sido establecidas por el hombre
artista, sino por el esclavo: y éste, por su propia naturaleza, necesita, para
vivir, designar con nombres engañosos todas sus relaciones con la naturaleza.
Fantasmas de este género, como dignidad del hombre y la dignidad del trabajo,
son engendros miserables de una humanidad esclavizada que se quiere ocultar a
si misma su esclavitud. Míseros tiempos en que el esclavo usa de tales
conceptos y necesita reflexionar sobre sí mismo y sobre su porvenir. ¡Miserables
seductores, vosotros, los que habéis emponzoñado el estado de inocencia del
esclavo, con el fruto del árbol de la ciencia! Desde ahora, todos los días
resonarán en sus oídos esos pomposos tópicos de la igualdad de todos, o de los
derechos fundamentales del hombre, del hombre como tal, o de la dignidad del
trabajo, mentiras que no pueden engañar a un entendimiento perspicaz. Y eso se
lo diréis a quien no puede comprender a qué altura hay que elevarse para hablar
de dignidad, a saber, a esa altura en que el individuo, completamente olvidado
de sí mismo y emancipado del servicio de su existencia individual, debe crear y
trabajar.
Y aún en este grado de elevación del trabajo, los
griegos experimentaban un sentimiento muy parecido al de la vergüenza. Plutarco
dice en una de sus obras, con instinto de neto abolengo griego, que ningún
joven de familia noble habría sentido el deseo de ser un Fidias al admirar en
Pisa el Júpiter de este escultor; ni de ser un Policleto cuando contemplaba la
Hera de Argos; ni tampoco habría querido ser un Anacreonte, ni un Filetas, ni
un Arquiloco, por mucho que se recrease en sus poesías. La creación artística,
como cualquier otro oficio manual, caía para los griegos bajo el concepto poco
significado de trabajo. Pero cuando la inspiración artística se manifestaba en
el griego, tenía que crear y doblegarse a la necesidad del trabajo. Y así como
un padre admira y se recrea en la belleza y en la gracia de sus hijos, pero
cuando piensa en el acto de la generación experimenta un sentimiento de
vergüenza, igual le sucedía al griego. La gozosa contemplación de lo bello no
le engañó nunca sobre su destino, que consideraba como el de cualquiera otra
criatura de la naturaleza, como una violenta necesidad, como una lucha por la
existencia. Lo que no era otro sentimiento que el que le llevaba a ocultar el
acto de la generación como algo vergonzoso, si bien, en el hombre, este acto
tenía una finalidad mucho más elevada que los actos de conservación de su
existencia individual: este mismo sentimiento era el que velaba el nacimiento
de las grandes obras de arte, a pesar de que para ellos estas obras inauguraban
una forma más alta de existencia, como por el acto genésico se inaugura una
nueva generación. La vergüenza parece, pues, que nace allí donde el hombre se
siente mero instrumento de formas o fenómenos infinitamente más grandes que él
mismo como individuo.
Y con esto hemos conseguido apoderamos del concepto
general dentro del que debemos agrupar los sentimientos que los griegos
experimentaban respecto del trabajo y de la esclavitud. Ambos eran para ellos
una necesidad vergonzosa ante la cual se sentía rubor, necesidad y oprobio a la
vez. En este sentimiento de rubor se ocultaba el reconocimiento inconsciente de
que su propio fin necesita de aquellos supuestos, pero que precisamente en esta
necesidad estriba el carácter espantoso y de rapiña que ostenta la esfinge de
la naturaleza, a quien el arte ha representado con tanta elocuencia en la
figura de una virgen. La educación, que ante todo es una verdadera necesidad
artística, se basa en una razón espantosa; y esta razón se oculta bajo el
sentimiento crepuscular del pudor. Con el fin de que haya un terreno amplio,
profundo y fértil para el desarrollo del arte, la inmensa mayoría, al servicio
de una minoría y más allá de sus necesidades individuales, ha de someterse como
esclava a la necesidad de la vida a sus expensas, por su plus de trabajo, la
clase privilegiada ha de ser sustraída a la lucha por la existencia, para que
cree y satisfaga un nuevo mundo de necesidades.
Por eso hemos de aceptar como verdadero, aunque
suene horriblemente, el hecho de que la esclavitud pertenece a la esencia de
una cultura; ésta es una verdad, ciertamente, que no deja ya duda alguna sobre
el absoluto valor de la existencia. Es el buitre que roe las entrañas de todos
los Prometeos de la cultura. La miseria del hombre que vive en condiciones
difíciles debe ser aumentada, para que un pequeño número de hombres olímpicos
pueda acometer la creación de un mundo artístico. Aquí esta la fuente de aquella
rabia que los comunistas y socialistas, así como sus pálidos descendientes, la
blanca raza de los liberales de todo tiempo, han alimentado contra todas las
artes, pero también contra la Antigüedad clásica. Si realmente la cultura
quedase al capricho de un pueblo, si en este punto no actuasen fuerzas
ineludibles que pusieran coto al libre albedrío de los individuos, entonces el
menosprecio de la cultura, la apoteosis de los pobres de espíritu, la
iconoclasta destrucción de las aspiraciones artísticas sería algo más que la
insurrección de las masas oprimidas contra las individualidades amenazadoras;
sería el grito de compasión que derribara los muros de la cultura; el anhelo de
justicia, de igualdad en el sufrimiento superaría a todos los demás anhelos. De
hecho, en varios momentos de la historia un exceso de compasión ha roto todos
los diques de la cultura; un iris de misericordia y de paz empieza a lucir con
los primeros fulgores del cristianismo, y su mas bello fruto, el Evangelio de
San Juan, nace a esta luz. Pero se dan también casos en que, durante largos
períodos, el poder de la religión ha petrificado todo un estadio de cultura,
cortando con despiadada tijera todos los retoños que querían brotar. Pero no
debemos olvidar una cosa: la misma crueldad que encontramos en el fondo de toda
cultura, yace también en el fondo de toda religión y en general, en todo poder,
que siempre es malvado; y así lo comprendemos claramente cuando vemos que una
cultura destroza o destruye, con el grito de libertad, o por lo menos de
justicia, el baluarte fortificado de las reivindicaciones religiosas. Lo que en
esta terrible constelación de cosas quiere vivir, o mejor, debe vivir, es, en
el fondo, un trasunto del entero contraste primordial, del dolor primordial que
a nuestros ojos terrestres y mundanos debe aparecer insaciable apetito de la
existencia y eterna contradicción en el tiempo, es decir: como devenir. Cada
momento devora al anterior, cada nacimiento es la muerte de innumerables seres,
engendrar la vida y matar es una misma cosa. Por esto también debemos comparar
la cultura con el guerrero victorioso y ávido de sangre que unce a su carro
triunfal, como esclavos, a los vencidos, a quienes un poder bienhechor ha
cegado hasta el punto de que, casi despedazados por las ruedas del carro,
exclaman aún: ¡Dignidad del trabajo! ¡Dignidad del hombre! La cultura, como
exuberante Cleopatra, echa perlas de incalculable valor en su copa: estas
perlas son las lágrimas de compasión derramadas por los esclavos y por la
miseria de los esclavos. Las miserias sociales de la época actual han nacido de
ese carácter de niño mimado del hombre moderno, no de la verdadera y profunda
piedad por los que sufren; y si fuera verdad que los griegos perecieron por la
esclavitud, es mucho más cierto que nosotros pereceremos por la falta de
esclavitud; esclavitud que ni al cristianismo primitivo, ni a los mismos
germanos les pareció extraña, ni mucho menos reprobable. ¡Cuán digna nos parece
ahora la servidumbre de la Edad Media, con sus relaciones jurídicas de
subordinación al señor, en el fondo fuertes y delicadas, con aquel sabio
acotamiento de su estrecha existencia - ¡cuán digna-, y cuán reprensible!
Así, pues, el que reflexione sin prejuicios sobre
la estructura de la sociedad, el que se la imagine como el parto doloroso y
progresivo de aquel privilegiado hombre de la cultura a cuyo servicio se deben
inmolar todos los demás, ese ya no será víctima del falso esplendor con que los
modernos han embellecido el origen y la significación del Estado. ¿Qué puede
significar para nosotros el Estado, sino el medio de realizar el proceso social
antes descrito, asegurándole un libre desarrollo? Por fuerte que sea el
instinto social del hombre, sólo la fuerte grapa del Estado sirve para
organizar a las masas, de modo que se pueda evitar la descomposición química de
la sociedad, con su moderna estructura piramidal. ¿Pero de dónde surge este
poder repentino del Estado cuyos fines escapan a la previsión y al egoísmo de
los individuos? ¿Cómo nace el esclavo, ese topo de la cultura? Los griegos nos
lo revelaron con su certero instinto político, que aun en los estadios más
elevados de su civilización y humanidad no cesó de advertirles con acento
broncíneo: el vencido pertenece al vencedor, con su mujer y sus hijos, con sus
bienes y con su sangre. La fuerza se impone al derecho, y no hay derecho que en
su origen no sea demasía, usurpación violenta.
Aquí volvemos a ver con qué despiadada dureza forja
la naturaleza, para llegar a ser sociedad, el cruel instrumento del Estado, es
decir, aquel conquistador de férrea mano, que no es más que la objetivación del
mencionado instinto. En la indefinible grandeza y poderío de tales
conquistadores, vislumbra el observador que sólo son un medio del que se sirve
un designio que en ellos se revela, pero que a la vez ellos mismos desconocen.
Como si de ellos emanase un efluvio mágico de voluntad, misteriosamente se les
rinden las otras fuerzas menos poderosas, las cuales manifiestan, ante la
repentina hinchazón de aquel poderoso alud, bajo el hechizo de aquel núcleo
creador, una afinidad desconocida hasta entonces.
Cuando ahora vemos qué poco se preocupan los
súbditos de las naciones del terrible origen del Estado, hasta el punto de que
sobre ninguna clase de acontecimientos nos instruye menos la historia que sobre
aquellas usurpaciones violentas y repentinas, teñidas de sangre, y por lo menos
en un punto inexplicables; cuando vemos que antes bien la magia de este poder
en formación alivia los corazones, con el presentimiento de un oculto y
profundo designio, allí donde la fría razón sólo ve una suma de fuerzas; cuando
se considera el Estado fervorosamente como punto de culminación de todos los
sacrificios y deberes de los individuos, nos convencemos de la enorme necesidad
del Estado, sin el cual la naturaleza no podría llegar a redimirse por la
virtud y el poder del genio. Este goce instintivo en el Estado, ¡cuán superior
es a todo conocimiento! Podría creerse que una criatura que reflexionase sobre
el origen del Estado buscaría su salud lejos de éste. ¿Y dónde no hallaríamos
las huellas de su origen, los países devastados, las ciudades destruidas, los
hombres convertidos en salvajes, los pueblos destruidos por la guerra? El
Estado, de vergonzoso origen, y para la mayor parte de los hombres manantial
perenne de esfuerzos, tea devastadora de la humanidad en períodos intermitentes,
es, sin embargo, una palabra ante la cual nos olvidamos de nosotros mismos, un
grito que ha impulsado a las más heroicas hazañas, y quizá-, el objeto más alto
y sublime para la masa ciega y egoísta, que sólo se reviste de un gesto supremo
de grandeza en los momentos más críticos de la vida del Estado.
Pero los griegos aparecen ante nosotros, ya a
priori, precisamente por la grandeza de su arte, como los hombres políticos por
excelencia; y en verdad, la historia no nos presenta un segundo ejemplo de tan
prodigioso desarrollo de los instintos políticos, de tal subordinación de todos
los demás intereses al interés del Estado, si no es acaso, y por analogía de
razones, el que dieron los hombres del Renacimiento en Italia. Tan excesivo era
en los griegos dicho instinto, que continuamente se vuelve contra ellos mismos
y clava sus dientes en su propia carne. Ese celo sangriento que vemos
extenderse de ciudad en ciudad, de partido en partido; esta ansia homicida de
aquellas pequeñas contiendas; la expresión triunfal de tigres que mostraban
ante el cadáver del enemigo; en suma, la incesante renovación de aquellas
escenas de la guerra de Troya, en cuya contemplación se embriagaba Homero como
puro heleno, ¿qué significa toda esta barbarie del Estado griego, de dónde saca
su disculpa ante el tribunal de la eterna justicia? Ante él aparece altivo y
tranquilo el Estado y de su mano conduce a la mujer radiante de belleza, a la
sociedad griega. Por esta Helena hizo aquella guerra, ¿qué juez venerable la
condenaría?
En esta misteriosa relación que aquí señalamos
entre Estado y Arte, instintos políticos y creación artística, campo de batalla
y obra de arte, entendemos por Estado, como ya hemos dicho, el vínculo de acero
que rige el proceso social; porque sin Estado, en natural bellum omnium contra
omnes, la sociedad poco puede hacer y apenas rebasa el círculo familiar. Pero
cuando poco a poco va formándose el Estado, aquel instinto del bellum omnium
contra omnes se concentra en frecuentes guerras entre los pueblos y se descarga
en tempestades no tan frecuentes, pero más poderosas. En los intervalos de
estas guerras, la sociedad, disciplinada por sus efectos, va desarrollando sus
gérmenes, para hacer florecer, en épocas apropiadas, la exuberante flor del
genio.
Ante el mundo político de los helenos, yo no quiero
ocultar los recelos que me asaltan de posibles perturbaciones para el arte y la
sociedad en ciertos fenómenos semejantes de la esfera política. Si imagináramos
la existencia de ciertos hombres, que por su nacimiento estuvieran por encima
de los instintos populares y estatales, y que, por consiguiente, concibieran el
Estado sólo en su propio interés, estos hombres considerarían necesariamente
como última finalidad del Estado la convivencia armónica de grandes comunidades
políticas, en las cuales se les permitiera, sin limitación de ninguna clase,
abandonarse a sus propias iniciativas. Imbuidos de estas ideas fomentarían
aquella política que mayor posibilidad de triunfo ofreciera a estas
iniciativas, siendo, por el contrario, increíble que se sacrificaran por algo
contrario a sus ideales; por ejemplo, por un instinto inconsciente, porque en
realidad carecerían de tal instinto. Todos los demás ciudadanos del Estado
siguen ciegamente su instinto estatal; sólo aquellos que señorean este instinto
saben lo que quieren del Estado y lo que a ellos debe proporcionar el Estado.
Por esto es completamente inevitable que tales hombres adquieran un gran
influjo, mientras que todos los demás sometidos al yugo de los fines inconscientes
del Estado no son sino meros instrumentos de tales fines. Ahora bien, para
poder conseguir por medio del Estado la consecución de sus fines individuales,
es ante todo necesario que el Estado se vea libre de las convulsiones de la
guerra, cuyas consecuencias incalculables son espantosas, para de este modo
poder gozar de sus beneficios; y por esto procuran del modo más consciente
posible, hacer imposible la guerra. Para esto es preciso, en primer término,
debilitar y cercenar las distintas tendencias políticas particulares, creando
agrupaciones que se equilibren y aseguren el buen éxito de una acción bélica,
para hacer de este modo altamente improbable la guerra; por otra parte, tratan
de sustraer la decisión de la paz y de la guerra a los poderes políticos, para
dejarla entregada al egoísmo de las masas o de sus representantes, por lo que a
su vez tienen necesidad de ir sofocando paulatinamente los instintos
monárquicos de los pueblos. Para estos fines, utilizan la concepción
liberal-optimista, hoy tan extendida dondequiera que tiene sus raíces en el
enciclopedismo francés y en la Revolución francesa, es decir, en una filosofía
completamente antigermana, netamente latina, vulgar y desprovista de toda
metafísica. Yo no puedo menos de ver, en el actual movimiento dominante de las
nacionalidades, y en la coetánea difusión del sufragio universal, los efectos
predominantes del miedo a la guerra; y en el fondo de estos movimientos, los
verdaderos medrosos, esos solitarios del dinero, hombres internacionales, sin
patria, que dada su natural carencia de instinto estatal han aprendido a
utilizar la política como instrumento bursátil, y el Estado y la sociedad como
aparato de enriquecimiento. Contra los que de este lado quieren convertir la
tendencia estatal, en tendencia económica, sólo hay un medio de defensa: la
guerra y cien veces la guerra. En estos conflictos se pone de manifiesto que el
Estado no ha nacido por el miedo a la guerra y como una institución protectora
de intereses individuales egoístas, sino que inspirado en el amor de la patria
y del príncipe, constituye, por su naturaleza eminentemente ética, la
aspiración hacia los más altos ideales. Si, por consiguiente, señalo como
peligro característico de la política actual el empleo de la idea revolucionaria
al servicio de una aristocracia del dinero egoísta y sin sentimiento del
Estado, y la enorme difusión del optimismo liberal igualmente como resultado de
la concentración en algunas manos de la economía moderna y todos los males del
actual estado de cosas, juntamente con la necesaria decadencia del arte,
nacidas de aquellas raíces o creciendo con ellas, he de verme obligado a
entonar el correspondiente Pean en honor de la guerra. Su arco sibilante
resuena terrible, y aunque aparezca como la noche, es, sin embargo, Apolo, el
dios consagrador y purificador del Estado. Pero primero, como sucede al
principio de la Ilíada, ensaya sus flechas disparando sobre los mulos y los
perros. Luego derriba a los hombres, y de pronto las hogueras elevan su llama
al cielo repletas de cadáveres. Por consiguiente, debemos confesar que la
guerra es para el Estado una necesidad tan apremiante como la esclavitud para
la sociedad; ¿y quién podría desconocer esta verdad al indagar la causa del
incomparable florecimiento del arte griego?
El que considere la guerra y su posibilidad
uniformada, la profesión militar, respecto de la naturaleza del Estado, que
acabamos de describir, debe llegar al convencimiento de que por la guerra y en
la profesión militar se nos da una imagen, o mejor dicho, un modelo del Estado.
Aquí vemos, como efecto, el más general de la tendencia guerrera, una inmediata
separación y desmembración de la masa caótica en castas militares, sobre la
cual se eleva, en forma de pirámide, sobre una capa inmensa de hombres verdaderamente
esclavizados, el edificio de la sociedad guerrera. El fin inconsciente que
mueve a todos ellos los somete al yugo y engendra a la vez en las más
heterogéneas naturalezas una especie de transformación química de sus
cualidades singulares, hasta ponerlas en afinidad con dicho fin. En las castas
superiores se observa ya algo más, a saber, aquello mismo que forma la médula
de este proceso interior, la génesis del genio militar, en el cual hemos
reconocido el verdadero creador del Estado. En algunos Estados, por ejemplo, en
la constitución que Licurgo dio a Esparta, podemos ya observar la aparición de
esta idea fundamental, la génesis del genio militar. Si ahora nos
representarnos el Estado militar primitivo en su más violenta efervescencia, en
su trabajo propio, y recordamos toda la técnica de la guerra, no podremos menos
de rectificar los tan difundidos conceptos de la dignidad del hombre y de la
dignidad del trabajo, preguntándonos si el concepto de dignidad no corresponde
también al trabajo que tiene por fin destruir a ese hombre digno y a los
hombres a quienes está encomendado este trabajo, o si debemos dejar a un lado
este concepto, por lo contradictorio, siquiera cuando se trata de la misión
guerrera del Estado. Yo creía que el hombre guerrero era un instrumento del
genio militar y su trabajo un medio también de este genio; y que no como hombre
absoluto y no genio, sino como instrumento de este genio, el cual puede
arbitrar su destrucción como medio de realizar la obra de arte de la guerra, le
correspondía un cierto grado de dignidad, a saber, ser un instrumento digno del
genio. Pero lo que aquí exponemos en un ejemplo particular tiene una
significación universal: cada hombre, en su total actividad, sólo alcanza
dignidad en cuanto es, consciente o inconscientemente, instrumento del genio;
de donde se deduce la consecuencia ética de que el hombre en sí, el hombre
absoluto, no posee ni dignidad, ni derechos, ni deberes; sólo como ser de fines
completamente concretos, y al mismo tiempo inconscientes, puede el hombre
encontrar una justificación de su existencia.
Según esto, el Estado perfecto de Platón es algo
más grande de lo que imaginan sus fervientes admiradores, para no referirme a
la ridícula expresión de superioridad -con que nuestros hombres cultos,
históricamente hablando, rechazan este fruto de la antigüedad. El verdadero fin
del Estado, la existencia olímpica y la génesis y preparación constante del
genio, respecto del cual todos los demás hombres sólo son instrumentos, medios
auxiliares y posibilidades, es descubierto en aquella gran obra y descrito con
firmes caracteres por una intuición poética. Platón hundió su mirada en el
campo espantosamente devastado de la vida del Estado y adivinó la existencia de
algo divino en su interior. Creyó que esta partícula divina se debía conservar
y que aquel exterior rencoroso y bárbaro no constituía la esencia del Estado;
todo el fervor y sublimidad de su pasión política se condensó en esta fe, en
este deseo, en esta divinidad. El hecho de que no figurara en la cima de su
Estado perfecto el genio en su concepto general, sino como genio de la
sabiduría y de la ciencia, y arrojara de su República al artista genial, fue
una dura consecuencia de la doctrina socrática sobre el arte, que Platón, aun
luchando contra sí mismo, hubo de hacer suya. Esta laguna meramente exterior y
casi casual no nos debe impedir reconocer en la concepción total del Estado
platónico el maravilloso jeroglífico de una profunda doctrina esotérica de
significación eterna de las relaciones entre el Estado y el Genio; y lo que
acabamos de exponer en este proemio es nuestra interpretación de aquella obra
misteriosa.

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