© Libro N° 6792.
La Incógnita Del Hombre. El Hombre, Ese Desconocido. Carrel, Alexis. Emancipación.
Diciembre 21 de 2019.
Título
original: © La Incógnita Del Hombre. El Hombre, Ese Desconocido. Alexis Carrel
Versión Original: © La Incógnita Del Hombre. El Hombre, Ese
Desconocido. Alexis Carrel
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Miranda
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LA INCÓGNITA DEL HOMBRE
El Hombre, Ese Desconocido
Alexis Carrel
CONTENIDO
LA
INCÓGNITA DEL HOMBRE. El Hombre, ese desconocido. ALEXIS CARREL
CRITICA
A LA INCOGNITA DEL HOMBRE. Crítica de libros
ALEXIS CARREL
LA INCÓGNITA DEL HOMBRE
El Hombre, ese desconocido
Versión completa de la edición de 1935
INDICE
SEMBLANZA
DE ALEXIS CARREL
PREFACIO
CAPÍTULO
I DE LA NECESIDAD DE CONOCERNOS A NOSOTROS MISMOS
CAPÍTULO
II LA CIENCIA DEL HOMBRE
CAPITULO
lII EL CUERPO Y LAS ACTIVIDADES FISIOLÓGICAS
CAPÍTULO
lV LAS ACTIVIDADES MENTALES
CAPÍTULO
V EL TIEMPO INTERIOR
CAPÍTULO
VI LAS FUNCIONES DE ADAPTACIÓN
CAPÍTULO
VII EL INDIVIDUO
CAPÍTULO
VIII LA RECONSTRUCCIÓN DEL HOMBRE
SEMBLANZA
DE ALEXIS CARREL
La
influencia de los consejos de su madre, determinaron su personalidad moral y su
fe cristiana.
En
Lyon, en 1893, inició sus estudios en medicina. Rápidamente, atraería la
atención de sus colegas por sus aportes a la cirugía experimental vinculados al
transplante de venas y órganos, el rejuvenecimiento artificial de tejidos
cultivados, y la técnica operatoria de la anastamosis vascular.
En
1903, llegó a Lourdes con un tren de enfermos peregrinos. Presenció la
milagrosa curación de una jovencita que padecía una peritonitis tuberculosa. A
pesar de la imposibilidad científica de esta curación, Carrel, movido por una
genuina honestidad intelectual, da testimonio de su realidad en el libro de
comprobaciones médicas en la oficina de Lourdes. La reacción de sus colegas fue
furiosa. Todo el ámbito académico se transformó para él en una continua
borrasca hostil. Entonces, luego de cuatro meses de cavilaciones en Paris,
decidió trasladarse a Canadá para dedicarse a la agricultura y ganadería.
Pero
el destino lo llevó allí al Hospital General de Quebec. Los médicos de aquella
institución hospitalaria lo convencieron para que continuara sus
investigaciones en medicina experimental. Luego se estableció en Chicago. Allí,
recibió la devastadora noticia de la muerte de su madre. Logró superar la
amarga pérdida mediante un frenético ritmo de trabajo. Carrel descolló no sólo
como investigador sino también como conferencista reputado.
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Alexis
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En
1912, se le concedió el Premio Nobel de Medicina por sus innovadores aportes en
el campo quirúrgico.
En
1916 actuó como médico voluntario en la primera guerra mundial. Allí siempre
permaneció cerca de los campos de batallas más feroces.
En
1933 fue convencido para plasmar en una obra sus reflexiones que unían la
inquietud humanista con la experimentación científica. Así, nació La incógnita
del hombre, obra que se convertiría en una suerte de Biblia para una generación
ávida de trascendencia.
En
1935, surgió su idea de fundar una institución que se abocara a "una
reconstrucción del hombre civilizado". Carrel manifestó entonces: "es
necesario un centro del pensamiento sintético, una institución consagrada a la
integridad del conocimiento que podría llamarse ¨Instituto del Hombre o de la
Civilización¨".
En
1941 escribió La conducta en la vida. Cuando estalla la Segunda Guerra, regresó
a su Francia natal para colaborar con sus compatriotas.
Su
corazón dejó de propagar su música en este mundo en 1944.
Esteban
Ierardo
Dedico
este libro a mis amigos
FEDERIC
R. COUDERT,
CORNELIUS
CLIFFORD y
BORIS
A. BAKHMETEFF
PREFACIO
El
que ha escrito este libro no es un filósofo. No es más que un hombre de
ciencia. Pasa la mayor parte de su vida en laboratorios estudiando a los seres
vivientes, y el resto del tiempo en el vasto mundo, contemplando a los hombres
y procurando comprenderlos. No tiene la pretensión de conocer las cosas que se
encuentran fuera del dominio de la observación científica. En este libro se ha
esforzado por distinguir claramente lo conocido de lo que pudiera conocerse;
por averiguar con la misma claridad, la existencia de lo desconocido y de lo
incognoscible. Ha considerado al ser humano como la suma de las observaciones y
de las experiencias de todos los tiempos y de todos los países, pero, lo que ha
descrito, lo ha visto por sí mismo o bien lo ha obtenido directamente de los
hombres con los cuales se ha asociado. Ha tenido la buena fortuna de
encontrarse en condiciones que le han permitido estudiar, sin esfuerzo ni
méritos de su parte, los fenómenos de la vida en su turbadora complejidad. Ha
podido observar casi todas las formas de la actividad humana. Ha conocido a los
pequeños y a los grandes, a los sanos y a los enfermos, a los sabios y a los
ignorantes, a los débiles de espíritu, a los locos, a los habilidosos, a los
criminales. Ha frecuentado campesinos, proletarios, empleados, hombres de
negocios, comerciantes, políticos, soldados, profesores, maestros de escuela,
sacerdotes, aristócratas, burgueses. El azar lo ha colocado en el camino de los
filósofos, de los artistas, de los poetas y de los sabios. Y a veces, también,
junto a los genios, los héroes, los santos. Al mismo tiempo ha visto
desarrollarse los mecanismos secretos que, en el fondo de los tejidos, en la
vertiginosa inmensidad del cerebro, son el substratum de todos los fenómenos
orgánicos y mentales.
Lo
que le ha permitido asistir a este gigantesco espectáculo es el modo en que se
conduce
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Alexis
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la
existencia moderna. Gracias a ello ha podido extender su atención sobre los más
variados dominios, cada, uno de los cuales, normalmente, absorbe enteramente la
vida de un sabio. El autor ha vivido tanto en el Nuevo como en el Viejo Mundo.
Pasa la mayor parte de su tiempo en el “Rockefeller Institute for Medical
Research” porque es uno de los hombres de ciencia a quienes Simón Flexner ha
reunido en este Instituto. Allí ha tenido ocasión de contemplar los fenómenos
de la vida, entre las manos de expertos incomparables, tales como Jacques Loeb,
Meltzer y Noguchi y otros grandes sabios. Gracias al genio de Flexner, el
estudio del ser vivo ha sido abordado en estos laboratorios en una amplitud no
igualada hasta el presente. La materia es estudiada aquí en todos los grados de
su organización y de su impulso hacia la realización del ser humano. Se examina
la estructura de los más pequeños organismos que entran en la composición de
los líquidos y de las células del cuerpo: las moléculas, de cuya arquitectura nos
dan noticias claras los rayos X, y en un nivel más elevado de la organización
material, la constitución de moléculas enormes de sustancia proteica, y los
fermentos que sin cesar las construyen y las desintegran. También se ha
observado el equilibrio físico-químico que permite a los líquidos orgánicos
mantener constantemente su composición y constituir el medio interior necesario
en la vida de las células. En una palabra, el aspecto químico de los fenómenos
fisiológicos, se considera simultáneamente con las células, con la organización
de éstas en sociedades y con las leyes de sus relaciones con el medio interior.
Se
estudia el conjunto formado por los órganos y los humores juntamente con sus
relaciones con el medio cósmico. Se observa la influencia de las sustancias
químicas sobre el cuerpo y sobre la conciencia. Otros sabios se consagran al
análisis de los seres minúsculos, bacterias y virus, cuya presencia en nuestro
cuerpo determina las enfermedades infecciosas. Se investigan los prodigiosos
medios que para resistirlos utilizan los tejidos y los humores. Se estudia el
curso de las enfermedades degenerativas, como por ejemplo, el cáncer y las
afecciones cardíacas. Se aborda, en fin, el profundo problema de la
individualidad y de sus bases químicas. Ha bastado al autor de este libro
escuchar a los sabios que se han especializado en estas investigaciones y
observar sus experiencias, para aprehender la materia en su esfuerzo
organizador, las propiedades de los seres vivientes y la complejidad de nuestro
cuerpo y de nuestra conciencia. Ha tenido, por lo demás, la posibilidad de
abordar por sí mismo los temas más diversos, desde la fisiología hasta la
metapsíquica, porque, por primera vez, los procedimientos modernos que
multiplican el tiempo, han sido puestos a disposición de la ciencia. Se diría
que la sutil inspiración de Welch y el idealismo de Frederic T. Gates hicieron
florecer en el espíritu de Flexner una concepción nueva de la biología y de los
métodos de investigación. Al espíritu científico puro, Flexner proporciona la
ayuda de métodos de investigación que permiten economizar el tiempo de los
trabajadores, facilitar su cooperación voluntaria y mejorar la técnica
experimental. Gracias a estas investigaciones, cada cual puede adquirir, si
quiere darse algún trabajo, una multitud de conocimientos sobre diversos
objetos cuya maestría habría exigido a una época anterior muchas existencias
humanas.
El
inmenso número de conocimientos que poseemos hoy día sobre el hombre, es un
obstáculo para su empleo. Para que resulte utilizable, nuestro conocimiento
debe ser sintético y breve. Por lo demás, el autor de este libro no ha tenido
la intención de escribir un tratado acerca de nosotros mismos, porque un
tratado tal, aun conciso, se compondría de varias docenas de volúmenes. Ha
querido hacer tan sólo una síntesis inteligible para todos. Se ha esforzado,
pues, en ser breve; en condensar en un pequeño espacio el mayor
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Alexis
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número
posible de nociones fundamentales aunque no elementales. Se ha esforzado,
además, por no presentar al público una forma atenuada o pueril de la realidad.
Ha cuidado de hacer una obra de vulgarización científica que está igualmente
dirigida al sabio y al ignorante. Ciertamente se da cuenta de las dificultades
inherentes a la temeridad de su empresa. Ha procurado encerrar al hombre entero
dentro de las páginas de un libro pequeño. Naturalmente, no lo ha conseguido.
No logrará satisfacer, lo sabe, a los especialistas, que son, cada uno en su
especialidad, más sabios que él y que le encontrarán superficial. No satisfará
tampoco al público no especializado, que encontrará en este libro demasiados
detalles técnicos. Sin embargo, para adquirir una concepción mejor de lo que
somos, es necesario esquematizar los conocimientos de las ciencias particulares
y describir también a grandes rasgos los mecanismos físicos, químicos y
fisiológicos que se ocultan bajo la armonía de nuestros gestos y de nuestros
pensamientos. Y es preciso confesarnos que una tentativa no muy feliz, aunque
en parte abortada, vale más que la ausencia de toda tentativa.
La
necesidad práctica de reducir a un pequeño volumen todo lo que conocemos acerca
del ser humano ha tenido un grave inconveniente: da un aspecto dogmático a
proposiciones que no son, sin embargo, otra cosa que conclusiones de
observaciones y de experiencias. A menudo se ha debido resumir en algunas
palabras, o en algunas líneas, trabajos que durante años han absorbido la
atención de los fisiólogos, higienistas, médicos, educadores, economistas y
sociólogos. Casi cada frase de este libro es la expresión de la labor de un
sabio, de sus pacientes investigaciones, a veces de su vida entera dedicada al
estudio de un objeto único. A causa de los límites que se ha impuesto, el autor
ha resumido de manera demasiado breve un conjunto gigantesco de observaciones.
Ha dado así a la descripción de los hechos, la forma de afirmaciones. Es a esta
misma causa a la que hay que atribuir ciertas inexactitudes aparentes. La mayor
parte de los fenómenos orgánicos y mentales han sido tratados de manera
esquemática. Diferentes cosas aparecen así agrupadas en conjuntos al igual que,
vistos de lejos, los distintos planos de un macizo de montañas se confunden. No
hay, pues, que olvidar que este libro expresa de una manera aproximada la
realidad. No debemos buscar en el esquema de un paisaje los detalles contenidos
en una fotografía. La brevedad de la exposición de un inmenso objeto da a esta
síntesis inevitables defectos.
Antes
de comenzar este trabajo, el autor ya se daba cuenta de sus dificultades, de su
casi imposibilidad. Lo ha emprendido sencillamente porque alguien tenía que
emprenderlo. Porque el hombre es hoy día incapaz de seguir a la civilización
por la vía en que ésta se desliza. Porque, en resumidas cuentas, degenera.
Fascinado por la belleza de las ciencias de la materia inerte, no ha
comprendido que su cuerpo y su conciencia siguen las leyes más oscuras, pero
también inexorables del mundo sideral y que no puede infringirlas sin peligro.
Es, pues, imperativo que tenga conocimiento de las relaciones necesarias que lo
unen al mundo cósmico y a sus semejantes. Hace falta también que conozca algo
de sus tejidos y de su espíritu. A la verdad, el hombre prima sobre todo. Con
su degeneración, la belleza de nuestra civilización y aún la grandeza del
universo se desvanecerían. Por esta razón, ha sido escrito este libro. Ha sido
escrito no en la paz de los campos sino en la confusión, el ruido y la fatiga
de Nueva York. Su autor ha sido empujado a este esfuerzo por sus amigos,
filósofos, sabios, juristas, economistas, hombres de grandes negocios, con los
cuales conversa desde hace años sobre los grandes problemas de nuestro tiempo.
De Federico R. Coudert, cuya mirada penetrante abraza más allá de los
horizontes de América, los de Europa, es de quien ha provenido el impulso
generador de este libro.
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Alexis
Carrel - La Incógnita del Hombre http://www.laeditorialvirtual.com.ar/pages/Carrel/Carrel_LaIncognita...
Ciertamente,
la mayor parte de las naciones siguen el camino abierto por la América del
Norte. Todos los países que han adoptado ciegamente el espíritu y los métodos
de la civilización industrial, tanto Rusia como Inglaterra, Francia y Alemania,
están expuestos a los mismos peligros de los Estados Unidos. La atención de la
humanidad debe dirigirse desde las máquinas y el mundo físico al cuerpo y al
espíritu del hombre. Debe interesarse en los procesos fisiológicos y
espirituales, sin los cuales las máquinas y el universo de Newton y de Einstein
no existirían.
Este
libro no tiene otra pretensión que poner al alcance de cada cual un conjunto de
investigaciones científicas que se refieren al ser humano de nuestra época.
Comenzamos a sentir la debilidad de nuestra civilización. Muchos desean
escapar, hoy día, de los dogmas de la esclavitud moderna. Para ellos ha sido
escrito este libro. Y también para los audaces que enfrentan la necesidad, no
sólo de cambios políticos y sociales, sino de un cambio total de la
civilización industrial junto con el advenimiento de otra concepción del
progreso humano. Este libro se dirige a todos aquellos cuya tarea cotidiana es
la educación de los niños, la formación o dirección del individuo. A los
directores de instituciones, a los higienistas, a los prelados, a los
profesores, a los abogados, a los magistrados, a los oficiales de ejército, a
los ingenieros, a los jefes de industrias, etc. También a los que reflexionan
sencillamente sobre el misterio de nuestros cuerpos, sobre nuestra conciencia y
sobre el universo. En suma, a todo hombre y a toda mujer. Se presenta a todos
en forma de breve exposición de lo que la observación y la experiencia nos
revelan respecto de nosotros mismos.
Alexis
Carrel (1935)
CAPÍTULO
I
DE
LA NECESIDAD DE CONOCERNOS A NOSOTROS MISMOS
I
La
ciencia de los seres vivos ha progresado más lentamente que la materia
inanimada. – Nuestra ignorancia de nosotros mismos
Hay
una desigualdad extraña entre las ciencias de la materia inerte y la de los
seres vivientes. La astronomía, la mecánica y la física tienen, en su base,
conceptos susceptibles de expresarse de manera concisa y elegante en lenguaje
matemático. Han dado al universo las líneas armoniosas de la Grecia antigua. Lo
envuelven todo en la brillante redecilla de sus cálculos y de su hipótesis.
Pero siguen la realidad más allá de las formas habituales del pensamiento hasta
las más inexpresables abstracciones hechas únicamente con ecuaciones de
símbolos. No ocurre otro tanto con las ciencias biológicas. Aquellos que
estudian los fenómenos de la vida se sienten como perdidos en una selva
inextricable, como en medio de un mágico bosque cuyos innumerables árboles cambiaran
sin cesar de sitio y de forma. Se sienten literalmente aplastados bajo un
conjunto de hechos que logran describir pero que no son capaces de definir por
medio de fórmulas algebraicas. De las cosas que se
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Alexis
Carrel - La Incógnita del Hombre http://www.laeditorialvirtual.com.ar/pages/Carrel/Carrel_LaIncognita...
encuentran
en el mundo material, ya sean átomos o estrellas, nubes o rocas, agua o acero,
se han podido abstraer ciertas cualidades tales como el peso y las dimensiones
espaciales. Son estas abstracciones, y no los hechos concretos, los que
constituyen la materia del razonamiento científico. La observación de los
objetos no constituye sino la forma inferior de la ciencia, la forma
descriptiva, aquella que establece la clasificación de los fenómenos. Pero las
relaciones constantes entre las cantidades variables, es decir las leyes
naturales, aparecen únicamente cuando la ciencia se torna más abstracta. La
física y la química han logrado un éxito tan grande como rápido porque son
abstractas y cuantitativas. Aunque no pretendan darnos noticia sobre la naturaleza
de las cosas, nos permiten predecir los fenómenos y reproducirlos cuando así lo
deseamos. Revelándonos el misterio de la constitución de las propiedades de la
materia, nos han dado el dominio de casi todo lo que se encuentra en la
superficie de la tierra, con excepción de nosotros mismos.
La
ciencia de los seres vivientes en general, y del individuo humano en
particular, no ha progresado bastante. Se encuentra en estado descriptivo. El
hombre es un todo indivisible de una extrema complejidad. Es imposible lograr
de él una concepción simple. No existen métodos capaces de asirlo a la vez en
su conjunto, sus partes y sus relaciones con el mundo exterior. Su estudio debe
ser abordado por técnicas variadas porque se utilizan varias ciencias
distintas. Cada una de estas ciencias conduce naturalmente a una concepción
diferente de su objeto. Cada una no abstrae de él sino lo que la naturaleza de
su técnica le permite alcanzar. Y la suma de todas estas abstracciones es menos
rica que el hecho concreto. Queda un residuo demasiado importante para dejarlo
de lado. Porque la anatomía, la química, la fisiología, la psicología, la
pedagogía, la historia, la sociología, la economía política y todas sus ramas
no agotan el tema. El hombre que conocen los especialistas no es pues el hombre
concreto, el hombre real. No es más que un esquema compuesto con esquemas
construidos por las técnicas de cada ciencia. Es, a la vez, el cadáver disecado
por los anatomistas, la conciencia que observan los psicólogos y los amos de la
vida espiritual, y la personalidad que la introspección revela en cada uno de
nosotros. Estas sustancias químicas que componen nuestros tejidos y los humores
del cuerpo, es el prodigioso conjunto de células y líquidos nutritivos cuya
asociación estudian los fisiólogos. Es el conjunto de órganos y de conciencia
que se extiende en el tiempo y que los higienistas y educadores procuran
dirigir hacia su desarrollo óptimo. Es el Homo oeconomicus que debe consumir
sin cesar a fin de que puedan funcionar las máquinas de las cuales es esclavo.
Es también el poeta, el héroe, el santo. Es, no solamente el ser
prodigiosamente complejo que los sabios analizan por medio de sus técnicas
especiales, sino también la suma de las tendencias, de las suposiciones y de
los deseos de la humanidad. Las concepciones que tenemos de él están
impregnadas de metafísica. Se componen de tantas y tan imprecisas indicaciones
que es grande la tentación, cuando elegimos, de tomar aquellas que más nos
placen. Así, pues, nuestra idea del hombre varía según nuestros sentimientos y
nuestras creencias. Un materialista y un espiritualista aceptan la misma
definición de un cristal de cloruro de sodio, pero no se entienden sobre el ser
humano. Un fisiólogo mecanicista y un fisiólogo vitalista no consideran el
organismo de la misma manera. El ser viviente de Jacques Loeb difiere
profundamente del de Hans Driesch. Ciertamente la humanidad ha hecho un
gigantesco esfuerzo por conocerse a si misma. Aunque poseemos el tesoro de las
observaciones acumuladas por los sabios, los filósofos, los poetas y los
místicos, no hemos cogido sino aspectos o fragmentos del hombre. Y todavía
estos fragmentos son creados por nuestros métodos. Cada uno de nosotros no es
más que una procesión de fantasmas en medio de la cual marcha la realidad
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Alexis
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inconocible.
En
efecto, nuestra ignorancia es enorme. La mayor parte de las preguntas que se
hacen a aquellos que estudian a los seres humanos permanecen sin respuesta.
Regiones inmensas de nuestro mundo interior son aún desconocidas. ¿Cómo se
agencian las moléculas de las sustancias químicas para formar los órganos
complejos y transitorios de las células?
¿Cómo
determinan los genes contenidos en el huevo fecundado los caracteres del
individuo que deriva de este huevo? ¿Cómo se organizan las células por si
mismas en esas sociedades que son los tejidos y los órganos? Se diría que, a
ejemplo de las hormigas y las abejas, conocen de antemano el papel que deben
representar en la vida de la comunidad. Pero ignoramos los mecanismos que les
permiten construir un organismo complejo y simple. ¿Cuál es la naturaleza de la
duración del ser humano, del tiempo psicológico y del tiempo fisiológico?
Sabemos que somos un compuesto de tejidos, de órganos, de líquidos y de
conciencia. Pero las relaciones de la conciencia con las células cerebrales,
constituyen todavía un misterio. Ignoramos aún la fisiología de estas últimas.
¿En qué medida puede el organismo ser cambiado a voluntad? ¿Cómo obra el estado
de los órganos sobre el espíritu? ¿De qué manera los caracteres orgánicos y
mentales que cada individuo recibe de sus padres se modifican por el modo de
vida, las sustancias químicas de los alimentos, el clima y las disciplinas
fisiológicas y morales?
Estamos
lejos de conocer las relaciones que existen entre el desarrollo del esqueleto,
de los músculos y de los órganos, las actividades mentales y espirituales.
Ignoramos absolutamente lo que determina el equilibrio del sistema nervioso y
la resistencia a las fatigas y a las enfermedades. Ignoramos también la manera
de aumentar el sentido moral, el juicio, la audacia. ¿Cuál es la importancia
relativa de las actividades intelectual, moral, estética y mística? ¿Cuál es la
significación del sentido estético y religioso? ¿Cuál es la forma de energía
responsable por las comunicaciones telepáticas? Existen seguramente ciertos
factores fisiológicos y mentales que determinan la felicidad o la desdicha de
cada cual. Pero son desconocidos. No sabemos aún qué medio es el más favorable
para el óptimo desarrollo del hombre civilizado. ¿Es posible suprimir la lucha,
el esfuerzo y el sufrimiento en nuestra formación fisiológica y espiritual?
¿Cómo impedir la degeneración de los individuos en la civilización moderna? Gran
número de otras preguntas podrían hacerse sobre los objetivos que más nos
interesan. Pero permanecerían sin respuesta igualmente.
Es
evidente que el esfuerzo cumplido por todas las ciencias que tienen por objeto
al hombre, es insuficiente, y que el conocimiento de nosotros mismos es aún
demasiado incompleto.
II
Esta
ignorancia es debida al modo de existencia de nuestros antepasados, a la
complejidad
del ser humano, a la estructura de nuestro espíritu
Parece
que nuestra ignorancia es atribuible, a la vez, al modo de existencia de
nuestros
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Alexis
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antepasados,
a la complejidad de nuestra naturaleza y a la estructura de nuestro espíritu.
Ante todo, era preciso vivir, y esta necesidad exigía la conquista del mundo
exterior. Era imperativo alimentarse, preservarse del frío, combatir a los
animales salvajes y a los otros hombres. Durante inmensos períodos, nuestros
padres no tuvieron tiempo ni necesidad de estudiarse a sí mismos. Emplearon su
inteligencia en fabricar armas y útiles, en descubrir el fuego, en domar a los
bueyes y a los caballos, en inventar la rueda, la cultura de los cereales, etc.
etc. Mucho tiempo antes de interesarse en la constitución de su cuerpo y de su
espíritu, contemplaron el sol, la luna, las estrellas, las mareas, la sucesión
de las estaciones. La astronomía estaba ya muy avanzada en una época en que la
fisiología era totalmente desconocida. Galileo redujo la tierra, dentro del
mundo, al rango de un humilde satélite del sol cuando no se poseía aún ninguna
noción de la estructura de las funciones del cerebro, del hígado o de la glándula
tiroides. Como en las condiciones de la vida natural el organismo funciona de
manera satisfactoria sin tener necesidad de ningún cuidado, la ciencia se
desarrolla en la dirección en que la impulsa la curiosidad del hombre, es decir
hacia el mundo exterior.
De
tiempo en tiempo, entre los millares de individuos que se suceden sobre la
tierra, algunos nacieron dotados de raros y maravillosos poderes, la intuición
de las cosas desconocidas, la imaginación creadora de los mundos nuevos y la
facultad de descubrir las relaciones ocultas que existen entre los fenómenos.
Estos hombres excavaron el mundo material, el de la constitución sencilla, que
cedió rápidamente al ataque de los sabios y entregó algunas de sus leyes. Y el
conocimiento de estas leyes nos dio el poder de explotar en nuestro provecho la
materia. Las aplicaciones prácticas de los descubrimientos científicos son a la
vez lucrativas para aquellos que las desarrollan y agradables al público para
quien facilitan la existencia y aumentan el confort. Naturalmente cada cual se
interesa mucho más en los inventos que hacen menos penoso el trabajo, aceleran
la rapidez de las comunicaciones y disminuyen la dureza de la vida, que
aquellos que aportan con sus descubrimientos alguna luz a los problemas tan
difíciles de la constitución de nuestro cuerpo y de nuestra conciencia. La
conquista del mundo material hacia la cual la voluntad y la atención de los
hombres se ha dirigido constantemente, hizo olvidar casi por completo la
existencia del mundo orgánico y espiritual. El conocimiento del medio cósmico
era indispensable, pero el de nuestra propia naturaleza se mostraba de una
utilidad mucho menos inmediata. Sin embargo, la enfermedad, el dolor, la
muerte, aspiraciones más o menos vagas hacia un poder oculto y dominante del
universo visible, atrajeron en débil medida la atracción de los hombres sobre
el mundo exterior de su cuerpo y de su espíritu. La medicina no se ocupa
primero sino del problema práctico de dar alivio a los enfermos por medio de
recetas empíricas. Recién viene percibiendo que, para prevenir o curar
enfermedades, el medio más seguro es conocer el cuerpo sano y enfermo, es
decir, de construir las ciencias que llamamos anatomía, química biológica,
fisiológica y patológica. Sin embargo, el misterio de nuestra existencia, el
sufrimiento moral, y los fenómenos metapsíquicos, les parecieron a nuestros
antepasados más importantes que el dolor físico y las enfermedades. El estudio
de la vida espiritual y el de la filosofía atrajeron un número mucho mayor de
hombres que el de la medicina. Las leyes de la mística fueron conocidas antes
que lo fueran las de la fisiología. Pero las unas y las otras no vieron la luz
sino cuando la humanidad tuvo el tiempo necesario de dirigir un poco su
atención a la conquista del mundo exterior.
Hay
otra razón para la lentitud del conocimiento de nosotros mismos. Es la
disposición
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Alexis
Carrel - La Incógnita del Hombre http://www.laeditorialvirtual.com.ar/pages/Carrel/Carrel_LaIncognita...
misma
de nuestra inteligencia que ama la estructura de las cosas sencillas. Sentimos
una especie de repugnancia de abordar el estudio demasiado complejo de los
seres vivientes y del hombre. La inteligencia, ha escrito Bergson, se
caracteriza por una incomprensión natural de la vida [[1]]. Gustamos de
encontrar en el cosmos las formas geométricas que existen en nuestra
conciencia. La exactitud de las proporciones de los monumentos y la precisión
de las máquinas, constituye la expresión de un carácter fundamental de nuestro
espíritu. Es el hombre quien ha introducido la geometría en el mundo terrestre.
Los procedimientos de la naturaleza no son jamás tan precisos como los
nuestros. Buscamos instintivamente en el universo, la claridad y la exactitud
de nuestro pensamiento. Procuramos abstraernos de la complejidad de los
fenómenos de los sistemas sencillos cuyas partes están unidas por relaciones
susceptibles de ser tratadas matemáticamente. Es esta propiedad de nuestra
inteligencia la que ha causado los progresos tan sorprendentemente rápidos de
la física y de la química. Un éxito análogo ha señalado el éxito psico-químico
de los seres vivientes. Las leyes de la física y de la química son idénticas en
el mundo de los vivos en los de la materia inerte como lo pensaba ya Claude
Bernard. Por ello se ha descubierto, por ejemplo, que las mismas leyes expresan
la constancia de la alcalinidad de la sangre y del agua del Océano, que la
energía de la contracción del músculo está provista por la fermentación del
azúcar, etc. Es también tan fácil de estudiar el aspecto psico-químico de los
seres vivientes, como el de otros objetos de la superficie terrestre. Esta es
la tarea que cumple con éxito la fisiología general.
Cuando
se abordan los fenómenos fisiológicos propiamente dichos, es decir, aquellos
que resultan de la organización de la materia viva, se encuentran obstáculos
más serios. La extrema pequeñez de las cosas que es necesario estudiar, hace
imposible la aplicación de las técnicas ordinarias de la física y de la
química. ¿Por qué método descubrir la constitución química del núcleo de
células sexuales, de los cromosomas que contienen y de los genes que componen
estos cromosomas? Son, sin embargo, esos minúsculos conjuntos de sustancias
cuyo conocimiento sería de un interés capital, porque contienen el porvenir del
individuo y de la humanidad. La fragilidad de ciertos tejidos, tales como la
sustancia nerviosa, es tan grande, que su estudio en estado vivo, es casi
imposible. No poseemos técnicas capaces de introducirnos en los misterios del
cerebro y en la armoniosa asociación de sus células. Nuestro espíritu, que ama
la sobria belleza de las fórmulas matemáticas, se encuentra perdido en medio de
la mezcla prodigiosamente compleja de las células, de los humores y de la
conciencia que constituyen al individuo. Procura entonces aplicar a aquél los
conceptos que pertenecen a la física, a la química y a la mecánica y a las
disciplinas filosóficas y religiosas. Pero no ha logrado éxito, porque no somos
reductibles ni a un sistema físico-químico, ni a un principio espiritual. Por
cierto, la ciencia del hombre debe utilizar los conceptos de todas las otras
ciencias. Sin embargo, resulta imperativo que desarrolle las suyas propias,
porque éstas son tan fundamentales como las ciencias de las moléculas, de los
átomos y de los electrones.
En
resumen, la lentitud del progreso del conocimiento del ser humano con relación
a la espléndida ascensión de la física, de la astronomía, de la química y de la
mecánica, es debida a la falta de tiempo, a la complejidad del objeto, a la
forma de nuestra inteligencia. Dificultades de tal magnitud son demasiado
fundamentales para que se pueda esperar atenuarlas. Para dominarlas necesitamos
un gran esfuerzo. Nunca el conocimiento de nosotros mismos alcanzará la
elegante sencillez y la belleza de la física. Los factores que han retardado su
desarrollo son permanentes. Es preciso establecer con claridad que la
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Alexis
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ciencia
del ser humano es, entre todas las ciencias, la que presenta mayores
dificultades.
III
De
cómo las Ciencias Físicas y Químicas han transformado nuestro medio.
El
medio sobre el cual el alma de nuestros antepasados se ha modelado durante
milenios, ha sido reemplazado por otro y nosotros hemos acogido sin emoción
esta revolución pacífica. Sin embargo, constituye uno de los sucesos más
importantes de la historia de la humanidad, porque toda modificación del medio
viene a tener una resonancia inevitable y de manera profunda sobre los seres
vivientes. Es, pues, indispensable comprender la extensión de las
transformaciones que la ciencia ha impuesto a la vida ancestral y por lo tanto
a nosotros mismos.
Desde
el advenimiento de la industria, gran parte de la población se encuentra
confinada en espacios restringidos. Los obreros viven en rebaños, sea en los
suburbios de las grandes ciudades, sea en las aldeas construidas por ellos.
Trabajan en las fábricas a horas fijas, en un trabajo fácil, monótono y bien
pagado. En las ciudades habitan igualmente los trabajadores de las oficinas,
los empleados de los almacenes, de los bancos, de la administración pública,
los médicos, los abogados, los profesores y la muchedumbre de aquellos que,
directa o indirectamente, viven del comercio y de la industria. Tanto las
fábricas como las oficinas son vastas, claras y limpias. La temperatura
permanece igual, porque los aparatos de calefacción y de refrigeración elevan
la temperatura durante el invierno y la bajan durante el verano. Los
rascacielos de las grandes ciudades han transformado las calles en zanjas
oscuras, pero la luz del sol se ha reemplazado en el interior de los
departamentos por una luz artificial rica en rayos ultravioletas. En lugar del
aire de la calle impregnado de vapores de bencina, las oficinas y los talleres
reciben el aire aspirado al nivel del techo. Los habitantes de la Ciudad nueva
se encuentran protegidos contra la intemperie. No viven como antes cerca de su
taller, de su almacén o de su oficina. Los unos, los más ricos, habitan
gigantescos edificios de las grandes avenidas. Los reyes de ese extraño mundo
poseen en la cumbre de torres vertiginosas, casas deliciosas rodeadas de
árboles, césped y flores. Se encuentran al abrigo del ruido, del polvo y de la
agitación como en la cima de una montaña. Se mantienen más completamente
aislados del común de los seres humanos, que lo estuvieron antes los señores
feudales detrás de las murallas y los fosos de sus fuertes castillos. Los
otros, aun los más modestos, se alojan en departamentos cuyo confort sobrepasa
al que rodeaba a Luis XIV o a Federico el Grande. Muchos tienen su domicilio
lejos de la ciudad. Cada atardecer los trenes rápidos transportan una muchedumbre
innumerable hacia los extramuros cuyas anchas avenidas abiertas entre alfombras
de verde césped y árboles se encuentran guarnecidas de casas bellas y
confortables. Los obreros y los más humildes empleados poseen casas mejor
acondicionadas que las que ayer no más poseían los ricos. Los aparatos de
calefacción de marcha automática que rigen la temperatura de las casas, los
refrigeradores, los proveedores eléctricos, las máquinas domésticas empleadas
en la preparación de los alimentos y el aseo de las habitaciones, las salas de
baño y los garajes para automóviles, dan a la habitación de todos no solamente
en las ciudades sino también en el campo un
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carácter
que no pertenecía antes sino a muy raros privilegiados de la fortuna.
Lo
mismo que la habitación, el modo de vivir se ha transformado. Esta
transformación se debe sobre todo a la rapidez y a la aceleración de las
comunicaciones. Es evidente que el uso de los trenes y de los barcos modernos,
de los aviones, de los automóviles, del telégrafo y del teléfono ha modificado
las comunicaciones de los hombres y de los países los unos con los otros. Cada
cual hace muchas más cosas que antes y toma parte en mayor número de
acontecimientos. Entra también en contacto con un número mucho más considerable
de individuos. Los momentos vacíos de su existencia son excepcionales. Los
grupos estrechos de la familia, de la parroquia, se han disuelto. La vida del
pequeño grupo ha sido sustituida por la de la muchedumbre. Se considera la
soledad como un castigo o como un lujo raro. El cine, los espectáculos
deportivos, los clubes, los meetings [ [2] ] de toda especie, las
aglomeraciones de las grandes fábricas, los grandes almacenes y los grandes
hoteles, han dado a los individuos el hábito de vivir en común. Gracias al
teléfono, a la radio y a los discos de los gramófonos, la banalidad vulgar de
la multitud con sus placeres y su psicología, penetra sin cesar en los
domicilios de los particulares, aun en los sitios más aislados y lejanos. A
cada instante, cada cual está en comunicación directa con otros seres humanos y
se mantiene al corriente de los sucesos, minúsculos o importantes, que ocurren
en su aldea, o en su ciudad, o en los extremos del mundo. Las campanas de
Westminster se hacen oír en las casas más ignoradas del fondo de la campiña
francesa. El hacendado de Vermont oye, si le place, a los oradores que hablan
en Berlín, en Londres o en París.
Las
máquinas han disminuido en todas partes el esfuerzo y la fatiga en las ciudades
como en el campo, en las casas particulares como en la fábrica, en el taller,
en los caminos, en los campos o en las haciendas. Las escaleras han sido
reemplazadas por ascensores. Ya no existe la necesidad de caminar. Se circula
en automóvil, en ómnibus y en tranvía aun cuando la distancia sea pequeña. Los
ejercicios naturales, tales como la carrera y la marcha en camino accidentado,
la ascensión de las montañas, el trabajo de la tierra con herramientas, la
lucha contra la selva con el hacha, la exposición a la lluvia, al sol y al
viento, al frío y al calor, se han convertido en ejercicios bien reglamentados
donde el riesgo es menor, y en máquinas que suprimen todo esfuerzo. Hay en
todas partes canchas de tenis, campos de golf, salones de patinar con hielo
artificial, piscinas tibias, arenas donde los atletas se entrenan y luchan al
abrigo de la intemperie. Todos pueden así desarrollar sus músculos evitando la
fatiga y la continuidad del esfuerzo que antes exigían los ejercicios
apropiados a una forma más primitiva de vida.
La
alimentación de nuestros antepasados que estaba compuesta sobre todo de harinas
groseras, carne y bebidas alcohólicas, ha sido sustituida por una alimentación
mucho más delicada y variada. Las carnes de buey y de cordero no son ya la base
de la alimentación. La leche, la crema, la mantequilla, los cereales blancos a
causa de la eliminación de su envoltura natural, los frutos de las regiones
tropicales lo mismo que los de las temperadas, las legumbres frescas o en
conserva, las ensaladas, el azúcar en gran abundancia bajo la forma de tortas,
bombones y puddings, son los elementos principales de la alimentación moderna.
Sólo el alcohol ha conservado el lugar que tenía antes. La alimentación de los
niños ha sido modificada más profundamente aún. Su abundancia se ha hecho muy
grande. Igual ocurre con la de los adultos. La regularidad de las horas de
trabajo en las oficinas y en las fábricas, ha traído consigo la regularidad en
las comidas. Gracias a la riqueza, que
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hasta
estos últimos años era general, y gracias a la disminución del espíritu
religioso y a los ayunos rituales, jamás los seres humanos han sido alimentados
de manera tan continua y bien reglamentada.
Es
esta riqueza la que ha permitido igualmente la enorme difusión de la educación.
En todas partes se han construido escuelas y universidades invadidas por
muchedumbres inmensas de estudiantes. La juventud ha comprendido el papel de la
ciencia en el mundo moderno. “Knowledge is power”, ha escrito Bacon. [[3]]
Todas estas instituciones se han consagrado al desarrollo intelectual de los
niños y de los jóvenes. Al mismo tiempo, se ocupan con la mayor atención de su
estado físico. Se diría que los establecimientos educacionales se interesan
sobre todo en la inteligencia y en los músculos. La ciencia ha demostrado su
utilidad de una manera tan evidente que se le ha dado el primer sitio en los
estudios. Multitud de jóvenes se someten a sus disciplinas. Pero los institutos
científicos, las universidades y las organizaciones industriales han construido
tantos laboratorios, que cada cual puede encontrar un empleo según sus
conocimientos particulares.
La
forma de vida de los hombres modernos ha recibido la marca de la higiene, de la
medicina y de los principios resultantes de los descubrimientos de Pasteur. La
promulgación de sus doctrinas, ha sido para la humanidad de una alta
importancia. Gracias a ellas, las enfermedades infecciosas que barrían
periódicamente los países civilizados, han sido suprimidas. Se ha demostrado la
necesidad de la limpieza. De ello ha resultado una enorme disminución en la
mortalidad de los niños. La duración media de la vida ha aumentado de
sorprendente manera. Alcanza hoy día los cincuenta y nueve años en los Estados
Unidos y los sesenta y cinco en Nueva Zelanda. Las gentes no logran vivir mayor
número de años, pero hay muchas más gentes que llegan a viejos. La higiene ha acrecentado,
pues, en gran manera la cantidad de seres humanos. Al mismo tiempo la medicina,
por una mejor concepción de la naturaleza de las enfermedades, y por una
aplicación juiciosa de las técnicas quirúrgicas, ha extendido su bienhechora
influencia sobre los débiles, los incompletos, los expuestos a las enfermedades
microbianas, sobre aquellos, en fin, que antes no eran capaces de soportar las
condiciones de una existencia más ruda. Es una ganancia enorme en capital
humano lo que la civilización ha realizado por su intermedio. Y cada individuo
le debe asimismo una seguridad mucho más grande ante la enfermedad y el dolor.
El
medio intelectual y moral en el cual nos hallamos sumergidos, ha sido también
modelado por la ciencia. El mundo donde vive el espíritu de los hombres de hoy
día, no es de ninguna manera el de sus antepasados. Ante los triunfos de la
inteligencia que nos aportan la riqueza y el confort, los valores morales,
naturalmente, han disminuido. La razón ha barrido con las creencias religiosas.
Sólo importan el conocimiento de las leyes naturales y la potencia que este
conocimiento nos da sobre el mundo material y los seres vivientes. Los bancos,
las universidades, los laboratorios, las escuelas de medicina, se han tornado
tan bellas como las antiguas catedrales, los templos góticos y los palacios de
los Papas. Hasta la reciente catástrofe [[4]], el presidente del banco o el del
ferrocarril, era el ideal de la juventud. Sin embargo, el presidente de una
gran universidad está colocado todavía muy alto en el espíritu de la sociedad
porque dispensa la ciencia, y la ciencia es la generadora de la riqueza, del
bienestar y de la salud. Pero la atmósfera en la cual bañan su cerebro las
masas, cambia ligero. Banqueros y profesores han descendido en la estimación
del público. Los hombres de hoy día son suficientemente instruidos para leer
diariamente
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los
periódicos y escuchar los discursos radiodifundidos por los políticos, los
comerciantes, los charlatanes y los apóstoles. Se encuentran impregnados de
propaganda comercial, política o social, cuyos técnicos se perfeccionan más y
más. Al mismo tiempo leen los artículos y los libros de divulgación científica
y filosófica. Nuestro universo, gracias a los magníficos descubrimientos de la
física y de la astrofísica, se ha tornado de una grandeza sorprendente. Cada
cual puede, si le place, escuchar las teorías de Einstein o leer los libros de
Eddington y de Jeans, los artículos de Shapley y de Millikan. Se interesa tanto
en los rayos cósmicos, como en los artistas de cine y en los jugadores de
baseball. Se sabe que el espacio es redondo, que el mundo se compone de fuerzas
ciegas e inconocibles, que nosotros somos partículas infinitamente pequeñas en
la superficie de un grano de polvo perdido en la inmensidad del cosmos. Y que
aquél, está completamente privado de vida y de pensamiento. Nuestro universo ha
llegado a ser exclusivamente mecánico. Y no puede ser de otra manera puesto que
su existencia es debida a la técnica de la física y de la astronomía. Como todo
lo que rodea hoy día a los seres humanos, constituye la expresión del
maravilloso desarrollo de las ciencias de la materia inanimada.
IV
Lo
que ha resultado para nosotros
Las
profundas modificaciones impuestas a las costumbres de la humanidad por las
aplicaciones de la ciencia son recientes. De hecho, nos encontramos todavía en
plena revolución. También es difícil saber exactamente el efecto de la
sustitución de las condiciones naturales de la vida por este modo de vida
artificial de existencia, y lo que este cambio tan marcado del medio ha tenido
que obrar sobre los seres civilizados. Es indudable, sin embargo, que ello ha
producido algún efecto. Porque todo ser viviente depende estrechamente de su
medio y se adapta a las fluctuaciones del mismo por una evolución apropiada.
Hace falta, pues, preguntarse de qué manera los hombres han sido influenciados
por el modo de vivir, la habitación, el alimento, la educación y las costumbres
intelectuales y morales que les ha impuesto la civilización moderna. Para
responder a esta tan grave pregunta es preciso examinar con minuciosa atención
lo que sucede actualmente en las poblaciones que han sido las primeras en
beneficiarse con las aplicaciones de los descubrimientos científicos.
Es
evidente que los hombres han acogido con alegría la civilización moderna. Han
llegado con rapidez desde los campos a las ciudades y a las fábricas. Se han
apresurado a adoptar el modo de vivir y la manera de ser de la nueva era. Han
abandonado sin vacilar sus antiguas costumbres, porque esas costumbres exigían
un esfuerzo mayor. Es menos fatigoso trabajar en una fábrica o en una oficina
que en los campos. Y aún allí, la dureza de la existencia ha sido muy
disminuida por las máquinas. Las casas modernas nos aseguran una vida pareja y
dulce. Por su confort y su luz, dan a aquellos que las habitan el sentimiento
del reposo y de la alegría. Su disposición atenúa también el esfuerzo exigido
antes por la vida doméstica. Además de la adquisición del menor esfuerzo y la
adquisición del bienestar, los seres humanos han aceptado con alegría la
posibilidad de no estar solos nunca, de gozar de las distracciones continuas de
la ciudad, de formar parte de las grandes
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Alexis
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muchedumbres
y de no pensar jamás. Han aceptado igualmente ser relevados por una educación
puramente intelectual, de la sujeción moral impuesta por la disciplina puritana
y por las reglas religiosas. La vida moderna les ha hecho verdaderamente
libres. Les ha impulsado a adquirir la riqueza por todos los medios, siempre
que estos medios no los conduzcan ante los tribunales. Les ha franqueado todas
las comarcas de la tierra y también todas las supersticiones. Les ha permitido
la excitación frecuente y la satisfacción fácil de sus apetitos sexuales. Ha
suprimido, en fin, la disciplina, el esfuerzo, y con ello, cuanto era
desagradable y molesto. Las gentes, sobre todo en las clases inferiores, son
materialmente más felices que antes. Muchas, sin embargo, cesan poco a poco de
apreciar las distracciones y los placeres banales de la vida moderna. A veces
su salud no les permite continuar indefinidamente los excesos alimenticios,
alcohólicos y sexuales a los cuales los arrastra la supresión de toda
disciplina. Por otra parte se sienten asediados por el temor de perder su
empleo, sus economías, su fortuna, sus medios de subsistencia. No pueden
satisfacer la necesidad de seguridad que existe en el fondo de cada uno de
nosotros. A despecho de la tranquilidad social, permanecen inquietos y a
menudo, aquellos que son capaces de reflexionar, se sienten desgraciados.
ES
cierto, sin embargo, que la salud ha mejorado. No solamente la mortalidad es
menos grande, sino que cada individuo es más bello, más alto y más fuerte. Los
niños son hoy día de una talla superior a la de sus padres. La forma de
alimentación y los ejercicios físicos han elevado la estatura y aumentado la
fuerza muscular. A menudo son los Estados Unidos los que proveen al mundo de
los mejores atletas. Se encuentran hoy día en los equipos deportivos de las
universidades, muchachos que son “especimenes” verdaderamente magníficos de los
seres humanos. En las presentes condiciones de la educación americana, el
esqueleto y los músculos se desarrollan de manera perfecta. Se ha llegado,
incluso, a reproducir las formas más admirables de la belleza antigua. Ciertamente
la duración de la vida de los hombres habituados a los deportes y que llevan la
vida moderna, no es superior a la de sus antepasados y acaso sea más corta.
Parece ser también que su resistencia a la fatiga no es demasiado grande. Se
diría que los individuos arrastrados a los ejercicios naturales y expuestos a
la intemperie como lo estaban sus antepasados, eran capaces de más largos y
duros esfuerzos que nuestros atletas. Éstos tienen necesidad de dormir mucho,
de una buena alimentación y de hábitos regulares. Su sistema nervioso es
frágil. Soportan mal la vida de las grandes oficinas, de las grandes ciudades,
de los negocios complicados y aun de las dificultades y sufrimientos ordinarios
de la vida. Los triunfos de la higiene y de la educación moderna, no son quizá
tan ventajosos como parecen a primera vista.
Es
preciso preguntarse asimismo, si la enorme disminución de la mortandad durante
la infancia y la juventud, no presenta algunos inconvenientes. En efecto, se
conservan tanto los débiles como los fuertes. La selección natural no tiene
papel alguno. Nadie sabe cual podrá ser el futuro de una raza protegida de tal
manera por la ciencia médica. Pero nos enfrentamos además con un problema mucho
más grave y que exige una solución inmediata. Al mismo tiempo que las
enfermedades como las diarreas infantiles, la tuberculosis, la difteria, la
fiebre tifoidea, son eliminadas y la mortalidad disminuye, el número de
enfermedades mentales aumenta. En ciertos Estados, la cantidad de locos
internados en ciertos asilos sobrepasa a la de todos los otros enfermos
hospitalizados. Al margen de la locura, el desequilibrio nervioso acentúa su
frecuencia y es uno de los factores más activos de la desdicha de los
individuos y de la desgracia de las familias.
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Quizás
este deterioro mental es más peligroso para la civilización que las
enfermedades infecciosas de las cuales se han ocupado exclusivamente la
medicina y la higiene.
A
pesar de las inmensas sumas que se gastan para educar a los niños y a los
jóvenes, no parece tampoco que la élite intelectual sea más numerosa. El
término medio es, en cambio, sin duda más instruido y cortés. El gusto por la
lectura es mayor. Se compran muchos más libros y revistas que antes. El número
de personas que se interesan en la ciencia, en la literatura, en el arte, ha
aumentado. Pero son las formas más bajas de la literatura y los más humildes
contrafuertes del arte los que, por lo general, atraen al público. No parece
que las excelentes condiciones higiénicas en las cuales se educa a los niños y
los cuidados de que son objeto en las escuelas, hayan logrado elevar su nivel
intelectual y moral. Aún es posible preguntarse si no existe una especie de
antagonismo entre su desarrollo físico y su desarrollo mental. Después de todo,
ignoramos si el aumento de la estatura en una raza dada, sea una degeneración
en lugar de un progreso como lo creemos hoy día. Ciertamente, los niños son
mucho más felices en las escuelas dónde la sujeción ha sido suprimida, dónde no
hacen sino lo que les interesa y dónde la atención del espíritu y la atención
voluntaria no les son exigidas. ¿Cuáles son los resultados de tal educación? En
la civilización moderna, el individuo se caracteriza sobre todo por una gran
actividad dirigida principalmente hacia el lado práctico de la vida, por una
gran ignorancia, por cierta malicia y por un estado de debilidad mental que le
hace sufrir de una manera profunda la influencia del medio en que suele
encontrarse. Parece que con la ausencia de envergadura moral, la inteligencia
misma se desvanece. Por esto es quizás que esta facultad, antes tan
característica de Francia, haya descendido de manera tan manifiesta en ese
país. En los Estados Unidos, el nivel intelectual permanece inferior a pesar de
la multiplicación de las escuelas y de las universidades.
Se
diría que la civilización moderna es incapaz de producir una élite dotada a la
vez de imaginación, de inteligencia y de valor. En casi todos los países hay
una disminución del calibre intelectual en aquellos que llevan consigo la
responsabilidad de la dirección de los negocios políticos, económicos y
sociales. Las organizaciones financieras, industriales y comerciales han
alcanzado gigantescas dimensiones. Han sido influidas, no solamente por las
condiciones del país en que han nacido, sino también por el estado de los
países vecinos y del mundo entero. En cada nación, las modificaciones sociales
se producen con gran rapidez. Casi en todas partes el valor del régimen
político está puesto en tela de juicio. Las grandes democracias se encuentran
frente a los temibles problemas que interesan su existencia misma y cuya
solución es urgente. Y nos damos cuenta de que, a despecho de las inmensas
esperanzas que la humanidad había colocado en la civilización moderna, esta
civilización no ha sido capaz de desarrollar hombres bastante inteligentes y
audaces para dirigirla por el camino peligroso por donde se ha adentrado. Los
seres humanos no han crecido en la misma proporción que las instituciones
nacidas de su cerebro. Los amos son, sobre todo, la debilidad intelectual y
moral, y es su ignorancia la que pone en peligro nuestra civilización.
Es
preciso preguntarse, en fin, qué influencias tendrá para el porvenir de la raza
el nuevo género de vida. La respuesta de las mujeres a las modificaciones
aportadas a las costumbres ancestrales por la civilización moderna, ha sido
inmediata y decisiva. La natalidad ha bajado en el acto. Este fenómeno tan
importante, ha sido más precoz y más grave en las capas elevadas de la sociedad
y en las naciones que, las primeras, se han
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Alexis
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beneficiado
con los progresos engendrados directa o indirectamente con la ciencia. La
esterilidad voluntaria de las mujeres no es una cosa nueva en la historia de
los pueblos. Se produjo ya en ciertos períodos de las civilizaciones pasadas.
Es un síntoma clásico cuyo significado conocemos.
Es
evidente, pues, que los cambios operados en nuestro medio por las aplicaciones
de la ciencia, han ejercido sobre nosotros efectos notables. Estos efectos
tienen un carácter inesperado. Son ciertamente muy distintos de lo que se creyó
y de lo que se creía legítimamente poder alcanzar a causa de las mejoras de
toda clase efectuadas en la habitación, el género de vida, la alimentación, la
educación y la atmósfera intelectual de los seres humanos. ¿Cómo ha podido
obtenerse un resultado tan paradojal?
V
Estas
transformaciones del medio son temibles, porque han sido hechas sin
conocimiento
de nuestra naturaleza.
Se
podría dar a esta observación una respuesta sencilla. La civilización moderna
se encuentra en situación sospechosa, porque no nos conviene. Ha sido
construida sin conocimiento de nuestra verdadera naturaleza. Es debida al
capricho de los descubrimientos científicos, de los apetitos de los hombres, de
sus ilusiones, de sus teorías, de sus deseos. Aunque edificada por nosotros, no
está hecha a nuestra medida.
En
efecto, es evidente que la ciencia no ha seguido en este caso ningún plan. Se
ha desarrollado al azar a partir del nacimiento de algunos hombres de genio y
de la forma de su espíritu. No ha sido en modo alguno inspirada por el deseo de
mejorar la calidad de los seres humanos. Los descubrimientos se producen a la
medida de las instituciones de los sabios y de las circunstancias más o menos
fortuitas de su carrera. Si Galileo, Newton o Lavoisier hubieran aplicado el
poder de su espíritu al estudio del cuerpo y de la conciencia, quizás nuestro
mundo sería diferente de lo que es hoy. Los hombres de ciencia ignoran adónde
van. Están guiados por el azar, por razonamientos sutiles, por una especie de
clarividencia. Cada uno de ellos es un mundo aparte gobernado por sus propias
leyes. De tiempo en tiempo, las cosas oscuras para los otros, se vuelven claras
para ellos. En general, los descubrimientos se hacen sin prever de ninguna
manera sus consecuencias; consecuencias que han dado forma a nuestra
civilización.
Entre
las riquezas de los descubrimientos científicos, hemos hecho una sucesión de
elecciones, y estas elecciones no han sido determinadas por la consideración de
un interés superior de la humanidad. Han seguido sencillamente la pendiente de
nuestras inclinaciones naturales, que son los principios de la mayor comodidad
y del menor esfuerzo, el placer que nos dan la velocidad, el cambio y el
confort y también la necesidad de huir de nosotros mismos. Todo este conjunto
constituye ciertamente un éxito de las nuevas invenciones. Pero nadie se ha
preguntado de qué manera los seres humanos soportarían la aceleración enorme
del ritmo de la vida producida por los transportes rápidos, el telégrafo, el
teléfono, las máquinas de escribir y de calcular, que efectúan hoy
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Alexis
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todos
los pausados trabajos domésticos de antes. La adopción universal del avión, del
automóvil, del cine, del teléfono, de la radio y pronto de la televisión, es
debida a una tendencia tan natural como aquella que en el fondo de la noche de
los tiempos determinó el uso del alcohol. La calefacción de las casas por medio
del vapor, el alumbrado eléctrico, los ascensores, la moral biológica, las
manipulaciones químicas dentro de la alimentación, han sido aceptadas
únicamente porque estas innovaciones eran agradables y cómodas. Pero su efecto
probable sobre los seres humanos, no ha sido tomado en consideración.
En
la organización del trabajo industrial, la influencia de la fábrica sobre el
estado fisiológico y mental de los obreros, no ha sido absolutamente tomado en
cuenta. La industria moderna se encuentra basada sobre la concepción máxima al
precio más bajo, a fin de que un individuo o un grupo de individuos ganen el
mayor dinero posible. Se encuentra desarrollada sin idea de la naturaleza
verdadera de los seres humanos que manejan las máquinas, y sin la preocupación
de lo que pueda producir sobre ellos y su descendencia, la vida artificial
impuesta por la fábrica. La construcción de las grandes ciudades no se ha hecho
tampoco tomándonos mayormente en cuenta. La forma y dimensiones de los
edificios modernos se ha inspirado en obtener la ganancia máxima por metro
cuadrado de terreno y ofrecerlos a los arrendatarios de oficinas y
departamentos a quienes convengan. Se ha llegado así a la construcción de
edificios gigantes que acumulan en un espacio restringido, masas considerables
de individuos. Éstos las habitan con placer, porque gozan del confort y del
lujo, sin darse cuenta de que están en cambio privados de lo necesario. La
ciudad moderna se compone de estas habitaciones monstruosas y de calles
oscuras, llenas de aire impregnado de humo, polvo, vapores de bencina y los
productos de su combustión, desgarradas por el estrépito de los tranvías y
camiones y llenas sin cesar de una inmensa muchedumbre. Es evidente que no se
han construido para el bien de sus habitantes.
Nuestra
vida se halla asimismo influenciada en una inmensa medida por los periódicos.
La publicidad está hecha únicamente en interés de los productores y jamás de
los consumidores. Por ejemplo, se hace creer al público que el pan blanco es
superior al pan negro. La harina ha sido cernida de manera más y más completa y
privada entonces de sus principios más útiles. Pero en cambio se conserva mejor
y el pan se elabora más fácilmente. Los molineros y los fabricantes ganan más
dinero. Los consumidores comen, sin duda, un producto inferior. Y en todos los
países en dónde el pan es la parte primordial de la alimentación, las
poblaciones degeneran. Se consumen enormes sumas en la publicidad comercial. De
esta manera, cantidades de productos alimenticios y farmacéuticos inútiles y a
menudo dañinos, se han convertido en una necesidad para los hombres
civilizados. Y es así como la avidez de los individuos bastante hábiles para
dirigir el gusto de las masas populares hacia los productos que necesitan
vender, representa un papel capital en nuestra civilización.
Sin
embargo, las influencias que obran sobre nuestro modo de vivir no tienen
siempre el mismo origen. A menudo en lugar de ejercerse en el interés
financiero de los individuos o de los grupos de individuos, tienen realmente
como fin la ventaja general. Pero su efecto puede ser dañino si aquellos de los
cuales emana, aunque honrados, tienen una concepción falsa o incompleta del ser
humano. ¿Hace falta, por ejemplo, gracias a una alimentación y a ejercicios
apropiados, activar cuanto es posible el aumento de peso y la talla de los
niños, como lo hacen la mayor parte de los médicos? ¿Son superiores los niños
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Alexis
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altos
y macizos a los niños de escasa estatura? El desarrollo de la inteligencia, de
la actividad, de la audacia, de la resistencia a las enfermedades no tiene en
realidad correlación alguna con el desarrollo del volumen del individuo. La
educación dada en las universidades y en las escuelas que consiste sobre todo
en la cultura de la memoria, de los músculos y de ciertas costumbres mundanas
¿se dirige verdaderamente a los hombres modernos que deben estar bien provistos
de equilibrio mental, de resistencia nerviosa, de juicio, de valor moral y de
solidez ante la fatiga? ¿Por qué los higienistas se comportan como si el hombre
fuese únicamente un ser expuesto a las enfermedades infecciosas cuando está
amenazado de manera tan peligrosa por las afecciones nerviosas y mentales y por
la debilidad de espíritu? Aunque los educadores, los médicos y los higienistas
apliquen con desinterés sus esfuerzos en provecho de los seres humanos, no
logran su fin, porque se atienen a esquemas que no contienen sino una parte pequeña
de la realidad. Otro tanto ocurre con aquellos que toman sus deseos, sus sueños
o sus doctrinas, por el ser humano concreto. Edifican una civilización que,
destinada por ellos a los hombres, no conviene en realidad sino a imágenes
incompletas o monstruosas del hombre. Los sistemas de gobierno construidos por
piezas en el espíritu de los teóricos no son sino castillos en el aire. El
hombre al cual se aplican los principios de la Revolución Francesa es tan
irreal como aquél que, en las visiones de Marx o de Lenin, construirá la
sociedad futura. No debemos olvidar que las leyes de las relaciones humanas son
todavía desconocidas. La sociología y la economía política no son sino ciencias
de conjeturas o pseudo ciencias.
Parece,
pues, que el medio en el cual hemos logrado introducirnos gracias a la ciencia,
no nos conviene, porque ha sido construido al azar, sin conocimiento suficiente
de la naturaleza de los seres humanos y sin consideración hacia ellos.
VI
Necesidad
práctica del conocimiento del hombre
En
suma, las ciencias de la materia han hecho inmensos progresos, mientras que las
de los seres vivientes han permanecido en estado rudimentario. El retardo de la
biología es atribuido a las condiciones de existencia de nuestros antepasados,
a la complejidad de los fenómenos de la vida y a la naturaleza misma de nuestro
espíritu que se complace en las construcciones mecánicas y las abstracciones
matemáticas. Las aplicaciones de los descubrimientos científicos han
transformado nuestro mundo material y mental. Estas transformaciones han tenido
sobre nosotros una influencia profunda y sus efectos nefastos provienen de que
han sido hechas sin consideración hacia nosotros. Y es la ignorancia sobre
nosotros mismos, lo que ha dado a la mecánica, a la física y a la química, el
poder de modificar, al azar, las formas antiguas de la vida.
El
hombre debería ser la medida de todo. En realidad, es un extranjero en el mundo
que ha creado. No ha sabido organizar este mundo para él porque no poseía un
conocimiento positivo de su propia naturaleza. El avance enorme de las ciencias
inanimadas sobre las ciencias de los seres vivientes es uno de los sucesos más
trágicos de la historia de la humanidad. El medio construido por nuestra
inteligencia y nuestras invenciones no se
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ajusta
ni a nuestro tamaño ni a nuestra forma. No nos queda bien. Somos desgraciados.
Degeneramos moral y mentalmente. Y son precisamente los grupos y las naciones
en que la civilización industrial ha alcanzado su apogeo los que se debilitan
más. Es allí donde el retorno a la barbarie es más rápido. Permanecen sin
defensa ante el medio adverso que les ha proporcionado la ciencia. En verdad,
nuestra civilización como las que la han precedido, ha creado condiciones que,
por razones que no conocemos exactamente, hacen que la vida misma se torne
imposible. La inquietud y las desgracias de la Ciudad Nueva provienen de sus
instituciones políticas, económicas y sociales, pero, sobre todo, de su propia
decadencia. Son víctimas del retardo de las ciencias de la vida sobre las de la
materia.
Solamente
un conocimiento mucho más profundo de nosotros mismos puede aportar un remedio
a este mal. Gracias a ello veremos por qué mecanismos la existencia moderna
afecta nuestra conciencia y nuestro cuerpo. Sabremos cómo adaptarnos a este
medio, cómo defendernos, y también cómo reemplazarlo, en caso de que una
revolución dentro del mismo se hiciera indispensable. Mostrándonos a nosotros
mismos lo que somos, nuestras potencias y la manera de actualizar con ellas,
este conocimiento nos dará la explicación de nuestra debilidad fisiológica, de
nuestra enfermedades morales e intelectuales. Y sólo él puede revelarnos las
leyes inexorables en las cuales están encerradas nuestras actividades orgánicas
y espirituales, hacernos distinguir lo prohibido de lo permitido y enseñarnos
que no somos libres para modificar, según nuestra fantasía, ya sea nuestro
medio, ya sea a nosotros mismos. En verdad, desde que las condiciones naturales
de la existencia han sido suprimidas por la civilización moderna, la ciencia
del hombre ha llegado a ser la más necesaria de todas las ciencias.
CAPÍTULO
II
LA
CIENCIA DEL HOMBRE
I
Necesidad
de elección en la masa de datos heterogéneos que poseemos acerca de nosotros
mismos.– El concepto operacional de Bridgman.– Su aplicación en el estudio de
los seres vivos.– Conceptos biológicos.– La mezcla, de conceptos de las
diferentes ciencias.– Eliminación de los sistemas filosóficos y científicos, de
las ilusiones y de los errores – El papel de las conjeturas.
Nuestra
ignorancia de nosotros mismos es de una naturaleza particular. No proviene ni
de la dificultad de procurarnos las informaciones necesarias, ni de su
inexactitud ni de su rareza. Es debida, al contrario, a la extrema abundancia y
a la confusión de las nociones que la humanidad ha acumulado a su propio
respecto, durante el curso de las edades. Y también a la división de nosotros
mismos en un número casi infinito de fragmentos por las ciencias que se han
dividido el estudio de nuestro cuerpo y de nuestra conciencia. Este
conocimiento ha permanecido en gran parte inutilizado. De hecho, es
difícilmente utilizable. Su esterilidad se traduce por la pobreza de los
esquemas clásicos que son la
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Alexis
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base
de la medicina, de la higiene, de la pedagogía y de la vida social. política y
económica. Sin embargo, existe una realidad viviente y rica en el gigantesco
conjunto de definiciones, observaciones, doctrinas, deseos y sueños que
representa el esfuerzo de los hombres hacia el conocimiento de ellos mismos. Al
lado de los sistemas y de las conjeturas de los sabios y de los filósofos, se
encuentran los sistemas positivos de la experiencia, de las generaciones
pasadas y una multitud de observaciones conducidas con el espíritu y a veces
con la técnica de la ciencia. Se trata únicamente de hacer, en estas cosas
disparatadas, una elección juiciosa.
Entre
los numerosos conceptos que se refieren al ser humano los unos son
construcciones lógicas de nuestro espíritu. No se aplican a ningún ser
observable por nosotros en el mundo. Los otros son la expresión pura y simple
de la experiencia. A tales conceptos, Bridgman ha dado el nombre de conceptos
operacionales. Un concepto operacional equivale a la operación o a una serie de
operaciones, que deben hacerse para adquirirlos. En efecto, todo conocimiento
positivo depende del empleo de cierta técnica. Cuando se dice que un objeto
tiene la longitud de un metro, ello significa que el objeto tiene la misma
longitud que una varilla de madera, o de metal cuya extensión fuera igual a la
medida del metro conservada en París en la Oficina Internacional de pesos y medidas.
Es evidente que sólo sabemos lo que podernos observar. En el caso precedente,
el concepto de longitud es sinónimo de la medida de esta longitud, los
conceptos que se relacionan con objetos colocados fuera del campo de la
experiencia están, según Bridgman, desprovistos de sentido. Igualmente una
pregunta carece absolutamente de significación, si es imposible encontrar las
operaciones como acontece una, pregunta no posee significación alguna, si es
imposible encontrar las operaciones que permiten darle una respuesta.
La
precisión de un concepto cualquiera, depende la exactitud de las operaciones
que sirven para adquirirlo. Si se define al hombre como compuesto de materia y
de conciencia, se emite una proposición vacía de sentido. Porque las relaciones
de la materia corporal y de la conciencia no han sido, hasta el presente,
conducidas al campo de la experiencia. Pero se puede dar del hombre una
definición operacional considerándolo como un todo indivisible que manifiesta
actividades físico-químicas, fisiológicas y psicológicas. En biología como en
física, los conceptos sobre los cuales es preciso edificar la, ciencia,
aquellos que permanecerán siempre verdaderos, están ligados a ciertos procesos
de observación. Por ejemplo el concepto que tenemos hoy día respecto de las
células de la corteza cerebral, con sus cuerpos piramidales, sus
prolongamientos dentríticos y su lisa enjundia, es el resultado de las técnicas
de Ramón y Cajal. Es, pues, un concepto operacional y no cambiará sino con el
progreso futuro de la técnica. Pero decir que las células cerebrales son el
asiento de los procesos mentales, es una afirmación sin valor, porque no existe
medio de observar la presencia de un proceso mental en el interior de las
células cerebrales. Únicamente el empleo de los conceptos operacionales nos
permite construir sobre terreno sólido. En el cúmulo inmenso de observaciones
que poseemos sobre nosotros mismos debemos elegir los hechos positivos que
corresponden a lo que existe, no sólo en nuestro espíritu, sino también en la
naturaleza.
Sabemos
que los conceptos operacionales que se relacionan con el hombre, los unos le
son propios, los otros pertenecen a todos los seres vivientes; los otros, en
fin, son aquellos de la química, de la física y de la mecánica. Hay tantos
sistemas diferentes como capas diferentes en la organización de la materia
viva. Al nivel de los edificios electrónicos,
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Alexis
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atómicos
y moleculares, que existen en los tejidos del hombre como en los árboles o en
las nubes, es preciso emplear los conceptos de «continuum» espacio-tiempo, de
energía, de fuerza, de masa, y también aquellos de tensión osmótica, de carga
eléctrica, de iones, de capilaridad, de permeabilidad, de difusión. Al nivel de
los agregados más grandes que las moléculas, aparecen los conceptos de
“micelle", de dispersión, de absorción, de floculación. Cuando las
moléculas y sus combinaciones han edificado las células, y las células se han
asociado en órganos y en organismos, es preciso agregar a los conceptos
precedentes, los de cromosoma, de génesis, de herencia, de adaptación, de
tiempos fisiológicos, de reflejos, de instintos, etc. Se trata de los conceptos
fisiológicos propiamente dichos. Estos coexisten con los conceptos
físico-químicos, pero no le son reductibles. En el estado más alto de su
organización, existen, aparte de las moléculas, las células y los tejidos, un
conjunto compuesto de órganos, de humores y de conciencia., Los conceptos
físico-químicos y fisiológicos se hacen insuficientes. Hay que agregar los
conceptos psicológicos, que son específicos del ser humano. Tales son la
inteligencia, el sentido moral, el sentido estético, el sentido social. A las
leyes de la termo-dinámica, y a las de la adaptación, por ejemplo, nos vemos
obligados a sustituir los principios del mínimo de esfuerzo, por el máximo de
goce o de rendimiento, la persecución de la libertad, de la igualdad, etc.
Cada
sistema de conceptos no puede emplearse de manera legítima sino en el dominio
de la ciencia a la cual pertenece. Los conceptos de la física, de la química,
de la fisiología, son aplicables a las capas superpuestas de la organización
corporal. Pero no es permitido confundir los conceptos propios de una capa
determinada, con los que son específicos de otra. Por ejemplo, la segunda ley
de la termo-dinámica indispensable al nivel molecular es inútil al nivel
psicológico donde se aplica el principio del menor esfuerzo para el máximo de
goce. El concepto de la capilaridad y el de la tensión osmótica, no alumbran lo
suficiente los problemas de la conciencia. La aplicación de un fenómeno
psicológico en términos de fisiología celular, o de mecánica electrónica, no es
más que un juego verbal. Sin embargo, los fisiólogos, del siglo XlX y sus
sucesores, que se perpetúan entre nosotros, han cometido ese error, procurando
reducir al hombre entero a la físico-química. Esta generalización injustificada
de nociones exactas, ha sido la obra de sabios excesivamente especializados. Es
indispensable que cada sistema de conceptos conserve su rango propio en la
jerarquía de las ciencias.
La
confusión de los conocimientos que poseemos sobre nosotros mismos, proviene
sobre todo de la presencia, entre los hechos positivos, de residuos de sistemas
científicos, filosóficos y religiosos. La adhesión de nuestro espíritu a un
sistema cualquiera, cambia el aspecto y la significación de los fenómenos
observados por nosotros. En todos los tiempos, la humanidad ha sido contemplada
a través de cristales teñidos por las doctrinas, las creencias y las ilusiones.
Son estas nociones falsas e inexactas las que importa suprimir. Como lo
escribiera antes Claude Bernard, es preciso desembarazarse de los sistemas
filosóficos y científicos, como podría arrancarse las cadenas a una esclavitud
intelectual. Esta liberación no se ha realizado aun. Los biólogos, y sobre todo
los educadores, los economistas y los sociólogos, se encuentran frente a
problemas de una complicación extrema, cediendo a menudo a la tentación de
construir hipótesis, para elaborar en seguida artículos de fe. Los sabios se
han mantenido inmovilizados en fórmulas tan rígidas como los dogmas de una
religión. En todas las ciencias encontramos el recuerdo embarazoso de
semejantes errores. Uno de los más célebres, ha dado lugar a la gran querella
de bis
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Alexis
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vitalistas
y los mecanicistas cuya futilidad nos sorprende hoy día. Los vitalistas
pensaban que el organismo era una máquina cuyas partes se integraban gracias a
un factor no físico-químico. Después de ellos, los procesos responsables de la
unidad del ser viviente, se dirigieron por un principio independiente, una
entelequia, una idea análoga a la del ingeniero que construye una máquina. Este
agente autónomo, no era una forma de energía y no creaba energía. No se ocupaba
sino de la dirección del organismo. Evidentemente, la entelequia no es un
concepto operacional. Es una pura construcción del espíritu. En suma, los
vitalistas consideraban el cuerpo como una máquina dirigida por un ingeniero a
quien llamaban entelequia. Y no se daban cuenta de que este ingeniero, esta
entelequia, no era otra cosa que su propia inteligencia. En cuanto a los
mecanicistas, creían que todos los fenómenos fisiológicos y psicológicos son
explicables por las leyes de la física, de la química y de la mecánica.
Construían también, de esa manera, una máquina de la cual ellos venían a ser el
ingeniero. En seguida, como lo hace notar Woogger, olvidaban la existencia de
este ingeniero. Este concepto no es operacional. Es evidente que el mecanicismo
y el vitalismo deben ser dejados de lado por las mismas razones que debe
dejarse de lado otro sistema cualquiera. Hace falta al mismo tiempo liberarnos
de la masa de ilusiones, errores, observaciones mal hechas, falsos problemas
perseguidos por los débiles de espíritu de la ciencia, los pseudo-descubrimientos
de los charlatanes y los sabios celebrados por la prensa cotidiana. Y también,
de aquellos trabajos tristemente inútiles, largos estudios de cosas sin
significación, inextricable confusión que se levanta como una montaña, desde
que la investigación científica se ha convertido en profesión, como la de los
maestros de escuela, pastores y empleados de banco.
Hecha,
ya esa eliminación, nos quedan los resultados de los pacientes esfuerzos de
todas las ciencias que se ocupan del hombre, y el tesoro de observaciones y
experiencias que ellas han acumulado. Basta con buscar en la historia de la
humanidad, para encontrar la expresión más o menos neta de todas estas
actividades fundamentales. Al lado de las observaciones positivas y de los
hechos evidentes, hay una cantidad de cosas que no son ni positivas ni
evidentes y que no deben ser, sin embargo, rechazadas. Ciertamente, los
conceptos operacionales solos permiten colocar el conocimiento del hombre sobre
una base sólida. Pero, únicamente también, la imaginación creadora puede
inspirarnos las conjeturas y los ensueños de donde deberá nacer el plan de las
construcciones futuras. Es preciso, pues, continuar haciéndonos preguntas que,
desde el punto de vista de la sana crítica científica, no tienen sentido
alguno. Por otra parte, aunque procuráramos prohibir a nuestro espíritu la
investigación de lo imposible y de lo inconocible, no lo lograríamos. La
curiosidad es una necesidad de nuestra naturaleza humana. Es un impulso ciego,
que no obedece a regla alguna. Nuestro espíritu se infiltra en torno de las
cosas del mundo exterior y en las profundidades de nosotros mismos, de manera
tan irresistible y carente de razón, como explora un ratoncillo con ayuda, de
sus patitas hábiles los menores detalles del sitio donde está encerrado. Es
esta curiosidad quien nos fuerza a descubrir el universo. Nos arrastra
irresistiblemente en su persecución por lo más desconocidos caminos. Y las
montañas infranqueables se desvanecen ante ellas como el humo dispersado por el
viento.
II
Es
indispensable hacer un inventario completo.– Ningún aspecto del hombre debe
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Alexis
Carrel - La Incógnita del Hombre http://www.laeditorialvirtual.com.ar/pages/Carrel/Carrel_LaIncognita...
parecernos
privilegiado.– Evitar dar una importancia exagerada a alguna parte del mismo
con perjuicio de las otras.– No limitarse a lo que es sencillo.– No suprimir lo
que es inexplicable.– El método científico es aplicable a toda la extensión del
ser humano.
Es
indispensable hacer de nosotros mismos un examen completo. La pobreza de los
esquemas clásicos proviene de que, a pesar de la extensión e nuestros
conocimientos, jamás nos hemos observado de una manera general. En efecto, no
se trata de coger el aspecto que presenta el hombre en cierta época o en
ciertas condiciones de vida, sino de conocerlo en todas sus actividades,
aquellas que se manifiestan ordinariamente y también aquellas que pueden
permanecer virtuales. Una información tal no es obtenible sino por la
investigación cuidadosa en el mundo presente y en el pasado, manifestaciones de
nuestros poderes orgánicos y mentales, e igualmente, por un examen a la vez
analítico y sintético de nuestra constitución y de nuestras relaciones físicas,
químicas y psicológicas con el medio exterior. Es preciso seguir el sabio
consejo de Descartes en el “Discurso del Método” dado a aquellos que buscan la
verdad, y dividir nuestro sujeto en tantas partes corno sea necesario, para
hacer de cada una de ellas un inventario completo. Pero debemos saber, al mismo
tiempo, que esta división no es sino un artículo metodológico, que está creado
por nosotros y que el hombre permanece siendo un todo indivisible.
No
hay territorios privilegiados. En la inmensidad de nuestro mundo interior, todo
tiene un significado. No podemos escoger únicamente lo que nos conviene a gusto
de nuestros sentimientos; de nuestra fantasía, de la forma científica y
filosófica de nuestro espíritu. La dificultad o la oscuridad de un objeto no es
razón suficiente para abandonarle. Deben emplearse todos los métodos. Lo
cualitativo es tan verdadero como lo cuantitativo. Las relaciones expresables
en lenguaje matemático no poseen una realidad mayor que las que no lo son.
Darwin, Claude Bernard y Pasteur que no pudieron describir sus descubrimientos
con fórmulas algebraicas, fueron tan grandes sabios como Newton y Einstein. La
realidad no es necesariamente clara, y sencilla. No podemos tener la seguridad
de que sea siempre inteligible para nosotros. Por lo demás, se presenta bajo
formas infinitamente variadas. Un estado de conciencia, el hueso húmero, una
llaga, son cosas igualmente verdaderas. Un fenómeno no logra su interés por la
facilidad con la cual nuestros técnicos se aplican a su estudio. Debe ser
juzgado en función, no de observador y de sus métodos, sino de sujeto, de ser
humano. El dolor de la madre que ha perdido a su hijo, la angustia del alma
mística sumergida en la noche oscura, el sufrimiento del enfermo devorado por
un cáncer, son de una evidente realidad, aunque no sean mensurables. No tenemos
derecho mayor de abandonar el estudio de los fenómenos de clarividencia que los
de la cronaxia de los nervios, bajo el pretexto de que la clarividencia no se
produce a voluntad y no se mide, mientras que la cronaxia puede medirse con un
método científico. Es preciso servirse en este inventario de todos los medios
posibles y contentarse con observar, lo que no puede medirse.
Sucede
a menudo que se da una importancia exagerada a cualquier parte a costa de las
otras. Estamos obligados a considerar en el hombre sus . diferentes aspectos:
físico-químico, anatómico, fisiológico, metapsíquico; intelectual, moral,
artístico, religioso, económico, social, etc. Cada sabio, gracias a una
deformación social bien conocida, se
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Alexis
Carrel - La Incógnita del Hombre http://www.laeditorialvirtual.com.ar/pages/Carrel/Carrel_LaIncognita...
imagina
que conoce al ser humano mientras que, en realidad, no ha, cogido de él sino
una parte minúscula. Los aspectos más fragmentarios se consideran como capaces
de expresar el todo. Y estos aspectos son tomados al azar de la moda que, de
cuando en cuando, da más importancia, al individuo que a la sociedad, a los
apetitos fisiológicos o a las actividades espirituales, a la potencia del
músculo o a la del cerebro, a la, belleza o a la utilidad, etc. Es por ello que
el hombre se nos aparece con múltiples facetas. Elegimos arbitrariamente entre
éstas las que nos convienen y olvidamos a las otras.
Otros
de los errores consiste en cercenar del inventario parte de la realidad. Y ello
se debe a multitud de causas. Estudiamos con preferencia los sistemas
fácilmente aislables, aquellos que son únicamente abordables por métodos
sencillos. Abandonamos, en cambio, los más complejos. Nuestro espíritu gusta de
la precisión y de la seguridad de las soluciones definitivas Existe en él una
tendencia casi irresistible a elegir los sujetos de estudio, más por su
facilidad técnica y su claridad, que por su importancia. Por esta razón, los
fisiólogos modernos se ocupan sobre todo de los fenómenos físico-químicos que
se observan en los animales vivos y abandonan los procesos fisiológicos y la
psicología. Lo mismo, los médicos se especializan en sujetos cuyas técnicas son
sencillas y ya conocidas, mucho más que en el estudio de las enfermedades
degenerativas, de las neurosis y las psicosis que exigirían la intervención de
la imaginación y la creación de nuevos métodos. Cada cual sabe, sin embargo,
que el descubrimiento de algunas leyes de la organización de la materia viva,
sería más importante que, por ejemplo, la del ritmo de las pestañas vibrátiles
de las células de la tráquea. Sin duda alguna valdría, mucho más emancipar a la
humanidad del cáncer, de la tuberculosis, de la arterioesclerosis, de la
sífilis y de los males innumerables aportados por las enfermedades mentales y
nerviosas, que absorberse en el estudio minucioso de los fenómenos
físico-químicos de importancia secundaria que se producen en el curso de las
enfermedades. Las dificultades técnicas son las que nos conducen a veces a
eliminar ciertos sujetos del dominio de la investigación científica y a
rehusarles el derecho de hacerse conocer por nosotros.
A
veces, los hechos más importantes son completamente suprimidos. Nuestro
espíritu tiene una tendencia natural a arrojar a un lado, lo que no entra en el
cuadro de las creencias científicas o filosóficas de nuestra época. Los sabios,
después de todo, son hombres. Están impregnados, por lo tanto, por los
prejuicios de su medio y de su tiempo. Creen de buena fe que lo que no es
explicable por las teorías corrientes, no existe. Durante el período en que la
fisiología se encontraba identificada a la físico-química, el período de
Jacques Loeb y de Bayliss, el estudio de los fenómenos mentales se abandonó.
Nadie se interesaba en la psicología y en las enfermedades del espíritu. Aun
hoy día, la telepatía y los otros fenómenos metapsíquicos se consideran como
ilusiones por los sabios que se interesan únicamente en el aspecto
físico-químico de los procesos fisiológicos. Los hechos más evidentes son
ignorados cuando tienen una apariencia heterodoxa. Por todas estas razones el
inventario de las cosas capaces de conducirnos a una concepción mejor del ser
humano ha permanecido incompleto. Es preciso, pues, volver a la observación
ingenua de nosotros mismos bajo todos nuestros aspectos, no abandonar ningún
detalle, y describir sencillamente lo que vemos.
En
principio, el método científico no parece aplicable al estudio de la totalidad
de nuestras actividades. Es evidente que nosotros, los observadores, no somos
capaces de penetrar en todas la regiones en que se prolonga la persona humana.
Nuestras técnicas no cogen lo que
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Alexis
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no
tienen dimensiones ni peso. No alcanzan sino las cosas colocadas en el espacio
y el tiempo. Son impotentes para medir la, vanidad, el odio, el amor, la
belleza, la elevación hacia Dios del alma religiosa, el ensueño del sabio y el
del artista. Pero registran con facilidad el aspecto fisiológico y los
resultados materiales de esos estados psicológicos. El juego frecuente de las
actividades mentales y espirituales, se expresa por cierto comportamiento,
ciertos actos, cierta actitud hacia nuestros semejantes. De este modo es como
las actividad moral, estética, mística, pueden ser exploradas por nosotros,
Tenemos también a nuestra disposición los relatos de aquellos que han viajado
en esas regiones desconocidas. Pero la expresión verbal de sus experiencias es,
en general, desconcertante. Aparte del dominio intelectual, nada es definible
de manera clara. Ciertamente, la imposibilidad de medir una cosa no significa
su no existencia. Cuando se navega en la niebla, las rocas invisibles no están
por ello menos presentes. De cuando en cuando, sus contornos amenazantes
aparecen de súbito. En seguida la nube se cierra sobre ellas. Lo mismo ocurre
con la realidad evanescente de las visiones de los artistas y sobre todo de los
grandes místicos. Estas cosas, inasibles por medio de nuestras técnicas, dejan
sin embargo sobre los iniciados una visible huella. De esta manera indirecta es
como la ciencia conoce el mundo espiritual donde, por definición, no puede
penetrar. El ser humano se encuentra, pues, entero, en la jurisdicción de las
técnicas científicas.
III
Es
preciso desarrollar una ciencia verdadera del hombre.– esta es más necesaria
que las ciencias mecánicas, físicas y químicas.– Su carácter analítico y
sintético.
En
suma, la critica de los conocimientos que poseemos nos proporciona nociones
positivas y numerosas. Gracias a estas nociones, podemos hacer un inventario
completo de nuestras actividades. Este inventario nos permitirá construir
esquemas más ricos que los esquemas clásicos.
Pero
el progreso así obtenido no será muy grande. Es preciso ir más lejos y edificar
una ciencia verdadera del hombre. Una ciencia que, con ayuda de todas las
técnicas conocidas, haga una exploración más profunda de nuestro mundo
interior, y realice también la necesidad de estudiar cada parte en función del
conjunto. Para desarrollar una ciencia tal, sería necesario, durante algún
tiempo, alejar nuestra atención de los progresos mecánicos, y aun en cierta
medida, de la higiene clásica, de la medicina, y del aspecto puramente material
de nuestra existencia. Cada cual se interesa en lo que aumenta la riqueza y el
confort, pero nadie se da cuenta de que es indispensable mejorar la calidad
estructural, funcional y mental de cada uno de nosotros. La salud de la
inteligencia y de los sentimientos afectivos, la disciplina moral y el
desarrollo espiritual son tan necesarios como la salud orgánica y la prevención
de las enfermedades infecciosas.
No
existe ninguna ventaja en aumentar el número de las invenciones mecánicas.
Quizás, incluso. sería conveniente dar menos importancia a los descubrimientos
de la física, d e la astronomía y de la química. Ciertamente, la ciencia pura
no nos aporta jamás directamente el mal. Pero se torna peligrosa cuando, por su
belleza fascinadora, encierra por completo
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Alexis
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nuestra
inteligencia en la materia inanimada. La humanidad debe hoy día concentrar su
atención sobre sí misma y sobre las causas de su incapacidad moral e
intelectual. ¿A qué aumentar el confort, el lujo, la belleza, la grandeza y la
complicación de nuestra civilización si nuestra, debilidad no nos permite
dirigirla? – Es realmente inútil continuar la elaboración de un modo de
existencia que trae consigo la desmoralización y la desaparición de los
elementos más nobles de las grandes razas. Valdría más ocuparnos de nosotros
mismos que construir enormes telescopios para explicar la estructura de las
nebulosas, fabricar barcos rapidísimos, automóviles de un confort supremo,
radios maravillosas. ¿Cuál será el progreso verdadero que lleguemos a obtener
cuando los aviones nos transporten en escasas horas a Europa o a la China? ¿Es
acaso necesario aumentar sin cesar la producción, a fin de que los hombres
consuman una cantidad más y más grande de cosas inútiles? No son las ciencias
mecánicas, físicas y químicas las que nos aportarán la moralidad, la
inteligencia, la salud, el equilibrio nervioso, la, seguridad, la paz.
Hace
falta que nuestra curiosidad se encamine por rutas diferentes a aquellas por
donde hasta ahora ha marchado. Debe dirigirse de lo físico y de lo fisiológico
hacia lo mental y lo espiritual. Hasta el presente, las ciencias de las cuales
se, ocupan los seres humanos, han limitado su actividad sólo a, ciertos
aspectos de ellas mismas. No han logrado sustraerse a la influencia del
dualismo cartesiano. Han estado dominadas por el mecanicismo. En filosofía, en
higiene, en medicina, lo mismo que en el estudio de la pedagogía o de la
economía política y social, la atención de los investigadores ha sido atraída
sobre todo por el aspecto orgánico, humoral o intelectual del hombre. No se ha
detenido en su forma afectiva y moral, en su vida interior, en su carácter, en
sus necesidades estéticas y religiosas, en el “substratum” común de los
fenómenos orgánicos y psicológicos, en las relaciones profundas del individuo y
de su medio mental y espiritual. Hace falta, pues, un cambio radical de
orientación. Ese cambio exige, a la vez, especialistas dedicados a las ciencias
particulares que se han dividido nuestro cuerpo y nuestro espíritu, y sabios
capaces de reunir, en conjunto, los descubrimientos de los especialistas. La
ciencia nueva debe progresar, por un doble esfuerzo de análisis y de síntesis,
hacia una concepción del hombre bastante completa y simple para servir de base
a nuestra acción.
IV
Para
analizar al hombre hacen falta multitud de técnicas.– Son las técnicas las que
han creado la división del hombre en partes.– Los especialistas.– Sus
peligros.– Fragmentación indefinida del sujeto.– La necesidad de sabios no
especializados.– Cómo mejorar los resultados de las investigaciones.–
Disminución del número de sabios y establecimiento de condiciones propias a la
creación intelectual.
El
hombre no es divisible en partes. Si se aislasen sus órganos unos de otros,
dejaría de existir. Aunque indivisible, presenta aspectos diversos. Sus
aspectos son la manifestación heterogénea de su unidad a nuestros órganos de
los sentidos. Puede compararse a una lámpara eléctrica que se muestra bajo
formas diferentes a un termómetro, a un voltímetro y a una placa fotográfica.
No somos capaces de tomarlo entero directamente en su sencillez. Le asimos por
medio de nuestros sentidos y de nuestros aparatos científicos. Siguiendo.
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Alexis
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nuestros
medios de investigación, su actividad nos aparece como física, química,
fisiológica o psicológica. A causa de su propia riqueza, exige ser analizado
por técnicas variadas. Al expresarse a nosotros por intermedió de estas
técnicas adquiere naturalmente la apariencia de la multiplicidad.
La
ciencia del hombre se sirve de todas las otras ciencias. Es una de las razones
de su dificultad. Para estudiar, por ejemplo, la influencia de un factor
psicológico sobre un individuo sensible, hace falta, emplear los procedimientos
de la medicina, de la fisiología, de la física y de la química. Supongamos, por
ejemplo, que una mala noticia se le anuncie a alguien. Este suceso psicológico
puede traducirse a la vez por un sufrimiento moral, por trastornos nerviosos,
por desórdenes de la circulación sanguínea, por modificaciones físico-químicas
de la sangre, etc. En el hombre, la más sencilla de las experiencias exige el
uso de métodos y de conceptos de muchas ciencias a la vez. Si se desea examinar
el efecto de cierto alimento animal o vegetal sobre un grupo de individuos, es
preciso conocer primero la composición química de este alimento. Y en seguida,
el estado fisiológico y psicológico de los individuos sobre los cuales deben
conducirse estos estudios, y sus caracteres ancestrales. En fin, en el curso de
la experiencia se registran las modificaciones de peso, de la talla, de la
forma del esqueleto, de la fuerza muscular, de la susceptibilidad a las
enfermedades, de los caracteres físicos, químicos y anatómicos de la sangre, de
equilibrio nervioso, de la inteligencia, del valor, de la fecundidad, de la
longevidad, etc.
Es
evidente que ningún sabio es capaz, por sí solo, de alcanzar la maestría en las
técnicas necesarias para el estudio de un solo problema humano. Asimismo, el
progreso del conocimiento de nosotros mismos exige especialistas variados.
Cada, especialista se, absorbe en el estudio de una parte del cuerpo o de la
conciencia, o de sus relaciones con el medio. Es anatomista, fisiólogo,
químico, psicólogo, médico, higienista, educador, sacerdote, sociólogo,
economista. Y cada especialidad se divide en trozos más y más pequeños. Existen
especialistas para la fisiología de las glándulas, para las vitaminas, para las
enfermedades del recto, para la educación de los niños pequeños, para la de los
adultos, para la higiene de las fábrica, para la de las prisiones, para la
psicología de todas las categorías de individuos, para la economía doméstica,
para la economía rural, etc. etc. Y gracias a, la división del trabajo, se han
desarrollado las ciencias particulares, la especialización de los sabios es
indispensable. Le resulta imposible a un especialista, engolfado activamente en
la prosecución de su propia tarea, conocer el conjunto del ser humano. Esta
situación se ha hecho necesaria por la enorme extensión de cada ciencia. Pero
ofrece ciertos peligros. Por ejemplo, Calmette, que se había, especializado en
la bacteriología, quiso impedir la propagación de la tuberculosis entre la
población de Francia. Naturalmente, prescribió el empleo de la vacuna que había
inventado. Si, en lugar de ser un especialista, hubiese tenido conocimientos
más generales de higiene y de medicina, habría aconsejado medidas que
interesaran, a la vez, a la habitación, la alimentación, el modo de trabajo y
los hábitos de vida de las gente. Un hecho análogo se produjo en Estados Unidos
en la organización de las escuelas primarias. John Dewey, que es un filósofo,
emprendió la tarea de mejorar la educación de los niños. Pero sus métodos se
dirigieron únicamente al esquema, niño que su deformación profesional le
representaba. ¿Cómo una educación tal podría convenir al niño concreto?
La
especialización extrema de los médicos es más peligrosa aún. El ser humano
enfermo, ha sido dividido en pequeñas regiones. Cada región tiene su
especialista. Cuando aquél se
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Alexis
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dedica,
desde el principio de su carrera, a una parte minúscula del cuerpo, permanece
hasta tal punto ignorante del resto, que no es capaz de conocer bien esta
parte. Fenómenos análogos se producen en los educadores, los sacerdotes, los
economistas y los sociólogos que se niegan a iniciarse en un conocimiento
general del hombre, antes de limitarse a su campo particular. La eminencia
misma de un especialista lo vuelve más peligroso. A menudo los sabios que se
han distinguido de modo extraordinario por grandes descubrimientos, o por
invenciones útiles, llegan a creer que sus conocimientos acerca de un objeto,
se extienden a todos los otros. Edison, por ejemplo, no dudaba en dar parte al
público de sus puntos de vista sobre filosofía y religión. Y el público acogía
su palabra con respeto, figurándose que tenía, sobre estos nuevos asuntos, la
misma autoridad que sobre los antiguos. Y así es como, grandes hombres, al
ponerse a enseñar cosas que ignoran, retardan en alguno de sus dominios el
progreso humano, al cual han contribuido en otro. La prensa cotidiana nos
obsequia a menudo con lucubraciones sociológicas, económicas y científicas, de
industriales, banqueros, abogados, profesores, médicos, etc. cuyo espíritu
demasiado especializado es incapaz de coger, en toda su amplitud, los grandes
problemas de la hora presente. Ciertamente, los especialistas son necesarios.
La ciencia no puede progresar sin ellos, pero la aplicación al hombre del
resultado de sus esfuerzos, exige la síntesis previa de los conocimientos dispersos
del análisis.
Tal
síntesis no puede lograrse por la simple reunión de un grupo de especialistas
en torno de una mesa. Reclama el esfuerzo, no de un grupo sino de un hombre.
Jamás una obra de arte ha sido hecha por un comité de artistas, ni un gran
descubrimiento por un comité de sabios. Las síntesis de que tenemos necesidad
para el progreso del conocimiento de nosotros mismos deben elaborarse en un
cerebro único. Hoy día, los conocimientos acumulados por los especialistas
permanecen inutilizables. Porque nadie coordina las nociones adquiridas, ni se
enfrenta con el ser humano en su conjunto total. Poseemos muchos trabajadores
científicos pero pocos sabios verdaderos. Esta situación singular no proviene
de la ausencia de individuos capaces de un gran esfuerzo intelectual.
Ciertamente, las vastas síntesis exigen mucho poder mental y una resistencia
física a toda prueba. Los espíritus amplios y fuertes son más raros que los
precisos y estrechos. Es fácil llegar a ser un gran químico, un buen físico, un
buen biólogo, o un buen psicólogo. Pero, exclusivamente, los hombres
excepcionales son capaces de adquirir un conocimiento que se pueda utilizar en
numerosas ciencias a la vez. Sin embargo, existen tales hombres. Entre los que
nuestras instituciones científicas y universitarias han forzado a
especializarse con excesiva estrechez, algunos serían capaces de asir un objeto
importante en su conjunto al mismo tiempo que en sus partes. Hasta el presente,
se ha favorecido siempre a los trabajadores científicos que se aíslan en estrecho
campo, entregándose al estudio prolongado de un detalle, a veces
insignificante. A un trabajo original sin importancia se lo considera de un
valor superior al del conocimiento profundo de toda una ciencia. Los
presidentes de universidades y sus consejeros, no comprenden que los espíritus
sintéticos son tan indispensables como los espíritus analíticos. Si la
superioridad de este tipo intelectual fuere reconocida y se favoreciese su
desarrollo, los especialistas dejarían de ser peligrosos. Porque la significación
de las partes en la construcción del conjunto podría ser evaluada justamente.
En
los comienzos de su historia, más que en su apogeo, tiene una ciencia necesidad
de espíritus superiores. Por ejemplo, hace falta más imaginación, juicio e
inteligencia para convertirse en un gran médico que para llegar a ser un gran
químico. En estos momentos,
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Alexis
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el
conocimiento del hombre no puede progresar si no es atrayendo hacia su estudio
una poderosa “élite” intelectual. Debemos exigir altas capacidades mentales a
los jóvenes que desean consagrarse a la biología. Parece que el exceso de la
especialización, el aumento del número de trabajadores científicos, y su
disgregación en sociedades limitadas al estudio de un sujeto pequeño, han
conducido a un retroceso de la inteligencia. Es verdad que la calidad de un
grupo humano disminuye cuando su volumen aumenta más allá de ciertos límites.
La Corte Suprema de los Estados Unidos so compone de nueve hombres
verdaderamente eminentes por su habilidad profesional y por su carácter. Pero
si se compusiera de novecientos juristas en lugar de nueve, el público
perdería, en seguida y con razón, el respeto que siente por ella.
El
mejor medio de aumentar la inteligencia de los sabios sería disminuir su
número. Bastaría con un grupo muy pequeño de hombres de esta especie para
desarrollar los conocimientos de los cuales tenemos necesidad, si estos hombres
estuviesen dotados de imaginación, y dispusieran de potentes medios de trabajo.
Cada año derrochamos grandes sumas de dinero en investigaciones científicas
porque aquellos a quienes estas investigaciones les son confiadas no poseen en
grado bastante alto las cualidades indispensables a los conquistadores de
nuevos mundos. Y también, porque los raros hombres que poseen estas cualidades
se encuentran situados en condiciones de vida en que la creación intelectual es
imposible. Ni los laboratorios, ni los aparatos científicos, ni la excelencia
de la organización del trabajo, procuran, ellos solos, al sabio el medio que le
es necesario. La vida moderna se contrapone a la vida del espíritu. Los hombres
de ciencia se encuentran sumidos en una muchedumbre cuyos apetitos son
puramente materiales y cuyas costumbres son enteramente diferentes a las suyas.
Desgastan sus fuerzas inútilmente y pierden gran parte de su tiempo en la
persecución de las condiciones indispensables para el trabajo del pensamiento.
Ninguno de ellos es bastante rico para procurarse el aislamiento y el silencio
que cada cual podía obtener antes y de manera gratuita, aún en las grandes
ciudades. No se ha ensayado hasta el presente crear, en medio de la agitación
de la ciudad moderna, islotes de soledad donde sea posible la meditación. Sin
embargo la innovación se impone. Las altas construcciones sintéticas están
fuera del alcance de aquellos cuyo espíritu se dispersa cada día en la
confusión de los modos de vida actuales. El desarrollo de la ciencia del
hombre, más aun que el de otras ciencias, depende de un inmenso esfuerzo
intelectual. Reclama una revisión, no sólo de nuestra concepción del sabio,
sino también de las condiciones en las cuales se efectúa la investigación
científica.
V
La
observación y la experiencia en la ciencia del hombre.– La dificultad de las
experiencias comparativas.– La lentitud de los resultados.– Utilización de los
animales.– Las experiencias hechas sobre animales de inteligencia superior.– La
organización de las experiencias de larga duración.
Los
seres humanos se prestan mal a la observación y a la experiencia. No se
encuentra fácilmente entre ellos testimonios idénticos a la materia a tratar y
a quienes puedan referirse los resultados finales. Supongamos, por ejemplo, que
se pretende comparar dos
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Alexis
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métodos
de educación. Se elegirán, para este estudio, grupos de niños tan semejantes
como sea posible. Si estos niños, aunque de la misma edad y de la misma talla,
pertenecen a medios sociales diferentes, si no se alimentan de la misma manera,
si no viven en la misma atmósfera psicológica, los resultados no serán
comparables. De igual modo, el estudio de los efectos de dos formas de vida
sobre los niños de una misma familia tiene escaso valor, porque no siendo puras
las razas humanas, los productos de los mismos padres difieren a menudo los
unos de los otros de una manera profunda. Por el contrario, los resultados
serán convincentes si los niños, cuyo comportamiento se compara, bajo la
influencia de condiciones diferentes, son gemelos que provienen del mismo
huevo. Se está, pues, en general, obligado a contentarse con resultados vagos o
relativos. Esta es una de las razones por lo cual la ciencia del hombre ha
progresado tan lentamente.
En
las investigaciones que se refieren a la física o a la química, y también a la
fisiología, se procura siempre aislar sistemas relativamente sencillos cuyas
condiciones se conocen con exactitud. Pero, cuando se procura estudiar al
hombre en su conjunto, y en las relaciones con su medio, esto es imposible.
También debe el observador estar provisto de gran sagacidad a fin de no
perderse en la complejidad de los fenómenos. Las dificultades resultan casi
infranqueables en los estudios retrospectivos. Estas investigaciones exigen un
espíritu muy alerta. Por cierto, hace falta recurrir rara vez a la ciencia de
la conjetura que es la historia. Pero han habido, en el pasado, ciertos sucesos
q e revelan la existencia en el hombre de potencias extraordinarias. Sería
importante conocer su génesis. ¿Cuáles son, por ejemplo, los factores que
determinaron en la época de Pericles la aparición simultánea de tantos genios?
Un fenómeno análogo se produjo durante el Renacimiento. ¿A qué causas es
preciso atribuir el florecimiento inmenso, no sólo de la inteligencia, de la
imaginación científica y de la intuición estética, sino también del vigor
físico, de la audacia, y del espíritu de aventura, de los hombres de esa época?
¿Por qué nacieron dotados de tan poderosas actividades fisiológicas y mentales?
Se concibe cuán útil resultaría conocer los detalles del modo de vivir, de la
alimentación, de la educación, del medio intelectual, moral, estético y
religioso de las épocas que precedieron inmediatamente a la aparición de pléyades
de grandes hombres.
Otra
de las dificultades de las experiencias hechas sobre seres humanos proviene de
que el
observador
y el objeto observado viven al mismo ritmo. Los efectos de una clase de
alimentación
determinada, de una disciplina intelectual o moral, de un cambio político o
social
son tardíos. Sólo al cabo de treinta o cuarenta años se puede apreciar el valor
de un
método
educacional. La influencia de un factor dado sobre las actividades fisiológicas
y
mentales
de un grupo humano no se hacen manifiestas sino después del paso de una
generación.
Los éxitos atribuidos a su propia invención por los autores de sistemas de
alimentación
nuevas, de cultura física, de higiene, de educación, de moral, de economía
social,
se publican siempre con excesiva premura. Sólo hoy podrían analizarse con fruto
los
resultados del sistema Montessori, o de los procedimientos educacionales de
John
Dewey.
Hay que esperar veinticinco años para conocer la significación de los
“intelligence-tests”,
hechos estos últimos años en las escuelas por los psicólogos.
Solamente
siguiendo a un gran número de individuos a través de las vicisitudes de su vida
y
hasta.
su muerte podría conocerse, y aun de manera groseramente aproximada, el efecto
ejercido
sobre ellos por ciertos factores.
La
marcha de la humanidad nos parece muy lenta puesto que nosotros, los
observadores,
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Alexis
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formamos
parte del rebaño. Cada uno de nosotros no puede hacer por sí mismo sino escasas
observaciones. Nuestra vida es demasiado corta. Y existen experiencias que
deberían ser prolongadas a lo menos durante un siglo. Sería necesario crear
instituciones tales que las observaciones y experiencias no fueran
interrumpidas por la muerte del sabio que los comenzó. Y tales organizaciones
son desconocidas aun en el dominio científico. Sin embargo revisten ya para
otro género de disciplinas. En el monasterio de Solesmes, tres generaciones
sucesivas de monjes benedictinos, en el curso de más o menos cincuenta y cinco
años, se han ocupado en reconstituir el canto gregoriano. Un método análogo
podría ser aplicable al estudio de los problemas de la biología humana. Es
preciso suplir la duración excesivamente corta de la vida de cada observador,
por medio de instituciones, en cierta forma inmortales, que permitan la
continuidad, tan prolongada como fuese necesario, de una experiencia. A la
verdad, ciertas nociones de necesidad urgente pueden adquirirse con ayuda de
animales cuya vida es corta. Para este objeto se han empleado particularmente
ratas y cuyes. Colonias compuestas de muchos millares de estos animales han
servido para el estudio de los alimentes, de su influencia sobre la rapidez del
desarrollo, la talla, las enfermedades, la longevidad. Desgraciadamente, los
cuyes y las ratas no presentan sino analogías lejanas con el hombre. Es
peligroso, por ejemplo, aplicar a los niños las conclusiones de investigaciones
hechas sobre otros animales cuya constitución es demasiado diferente a la suya.
Por lo demás, no es posible estudiar de esta manera, las modificaciones
fisiológicas que acompañan los cambios anatómicos y funcionales sufridos por el
esqueleto, los tejidos y los humores bajo la influencia del alimento, del
género de vida, etc. Al contrario, los animales más inteligentes, tales como
los monos y los perros, nos permitirían analizar los factores de la formación
mental.
Los
monos, a despecho de su desarrollo cerebral, no resultan materia buena de
experiencia. En efecto, no se conoce el “pedigree” de los individuos de los
cuales se sirve. No se les puede educar fácilmente ni en número suficientemente
grande. Son difíciles de manejar. Al contrario, es fácil procurarse perros muy
inteligentes, cuyos caracteres ancestrales son exactamente conocidos. Estos
animales se reproducen con rapidez. Son adultos al cabo de un año. La duración
total de su vida no se prolonga, en general, más allá de quince años. Pueden
hacerse en ellos observaciones psicológicas muy detalladas, sobre todo en los
perros pastores, que son sensibles, inteligentes, alertas y atentos. Gracias a
animales de este tipo, de pura raza y en suficiente número, sería posible
dilucidar el problema tan complejo de la influencia del medio sobre el
individuo. Por ejemplo, debemos buscar la manera de obtener el desarrollo
óptimo de individuos que pertenezcan a una raza dada, averiguar cuál es su
talla normal, qué aspecto es preciso imprimirles. Tenemos que descubrir cómo el
modo de vida y la alimentación moderna operan sobre la resistencia nerviosa de
los niños, sobre su inteligencia, su actividad, su audacia. Una vasta
experiencia conducida durante veinte años con muchos centenares de perros
pastores nos informaría sobre estas materias tan importantes. Esta experiencia
nos indicaría, con más rapidez que la observación sobre seres humanos, en qué
dirección es preciso modificar la alimentación y el género de vida. Reemplazaría
de manera ventajosa las experiencias fragmentarias y de demasiado corta
duración con que se contentan hoy día los especialistas de la nutrición.
Seguramente no podría substituirse del todo a las observaciones hechas sobre
los hombres. Para el desarrollo de un conocimiento definitivo, haría falta
establecer sobre grupos humanos experiencias capaces de prolongarse durante
muchas generaciones de sabios.
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de 63 13/05/2012 14:25
Alexis
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VI
Reconstitución
del ser humano.– Cada fragmento debe ser considerado en sus
relaciones
con el todo.– Los caracteres de una síntesis utilizable.
Para
adquirir un conocimiento mejor de nosotros mismos no basta con elegir en la
masa de los conocimientos que ya poseemos aquellos que son positivos, y hacer
con su ayuda un inventario completo de las actividades humanas. No basta
tampoco con precisar de antemano por medio de nuevas observaciones y
experiencias y edificar así una verdadera ciencia del hombre. Hace falta, sobre
todo, gracias a estos documentos, construir una síntesis que pueda utilizarse.
En
efecto, el fin de este conocimiento no es satisfacer nuestra curiosidad sino
reconstruirnos a nosotros mismos y modificar nuestro medio en un sentido que
nos sea favorable. Este fin es, en cierto modo, práctico. No nos serviría,
pues, para nada, acumular una cantidad de conocimientos nuevos, si estos
conocimientos habrían de permanecer dispersos en el cerebro y en los libros de
los especialistas. La posesión de un diccionario, no da a su propietario la
cultura literaria o filosófica. Es preciso que nuestras ideas se reúnan en un
todo viviente en la inteligencia y la memoria de algunos individuos. Así, los
esfuerzos que la humanidad ha hecho y hará todavía para conocerse mejor,
resultarán fecundos. La ciencia de nosotros mismos vendrá a ser la ciencia del
porvenir. Por e! momento, debemos contentarnos con una iniciación a la vez
analítica y sintética en los caracteres del ser humano que la crítica
científica nos da a conocer como reales. En las páginas siguientes, el hombre
se nos presentará, tan ingenuamente como se presenta al observador y a sus
técnicas. Le veremos en forma de fragmentos recortados por estas técnicas. Como
sea posible, estos fragmentos volverán a ser colocados en el conjunto. Por
supuesto, un conocimiento tal es muy insuficiente, pero es seguro. No contiene
elementos metafísicos. Es igualmente empírico, porque la elección y el orden de
las observaciones, no son guiadas por principio alguno. No tratamos de probar o
negar ninguna teoría. Los diferentes aspectos del hombre están considerados tan
ingenuamente como, en el curso de ascensión de una montaña, se miran las rocas,
los torrentes, las praderas o los pinos, y aun desde el fondo del valle mismo,
la claridad de las cimas. Al azar del camino en ambos casos, se hacen las
observaciones. Sin embargo, estas observaciones son científicas. Constituyen un
cuerpo más o menos sistematizado de conocimientos. Evidentemente no poseen la
precisión de las de los astrónomos o de las de los físicos. Pero son tan
exactas como lo permiten las técnicas empleadas y la naturaleza del objetivo al
cual se aplican estas técnicas. Se sabe, por ejemplo, que los hombres están
provistos de memoria y de sentido estético y también que el páncreas secreta
insulina; que ciertas enfermedades dependen de lesiones del cerebro, que
ciertos individuos manifiestas fenómenos de clarividencia. Se pueden medir la
memoria y la actividad de la insulina, pero no la emoción estética y el sentido
moral. Las relaciones de las enfermedades mentales y del cerebro, las
características de la clarividencia, no son susceptibles de un estudio exacto.
Sin embargo, todos estos conocimientos, aunque aproximados, son efectivos.
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de 63 13/05/2012 14:25
Alexis
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Se
puede reprochar a este conocimiento el ser trivial e incompleto. Es trivial,
porque el cuerpo y la conciencia, la duración, la adaptación, la
individualidad, son bien conocidos por los especialistas de la anatomía, de la
fisiología, de la psicología, de la metapsíquica, de la higiene, de la
medicina, de la educación, de la religión y de la sociología. Es incompleto,
porque en el número inmenso de los hechos estamos obligados a elegir, y esta
elección es necesariamente arbitraria. Se limita a lo que nos parece más
importante. Descuida el resto, porque la síntesis debe ser corta y susceptible
de ser cogida con una sola mirada. Parece, pues, que, para ser útil, nuestro
conocimiento debe ser incompleto. Por lo demás, es la seducción de los
detalles, y no su número, lo que da a un retrato su parecido. El carácter de un
individuo puede ser expresado con mucha más fuerza por un dibujo que por una
fotografía. No trataremos de nosotros mismos, sino groseros bocetos, como esas
figuras anatómicas trazadas con tiza en una pizarra. A pesar de la supresión
intencional de los detalles, tales diseños resultarán exactos. Estarán
inspirados en conocimientos positivos y no sólo en teorías y esperanzas.
Ignorarán el vitalismo y el mecanicismo, el realismo y el nominalismo, el alma
y el cuerpo, el espíritu y la materia. Pero contendrán, en cambio, todo lo que
es observable y los hechos inexplicables que las concepciones clásicas dejan en
la oscuridad. En efecto, no descuidaremos los fenómenos que rehúsan entrar en
los límites de nuestro pensamiento habitual, pues nos conducirán tal vez a
regiones hasta el momento ignoradas por nosotros. Comprenderemos en nuestro
inventario todas las actividades manifestadas y manifestables por el individuo
humano.
Nos
iniciaremos así en el conocimiento de nosotros mismos que es únicamente
descriptivo y aun muy próximo a lo concreto. Este conocimiento no tiene sino
pretensiones modestas. Será por una parte empírico, aproximativo, trivial e
incompleto, pero por otra parte, positivo e inteligible para, cada uno de
nosotros.
CAPITULO
lII
EL
CUERPO Y LAS ACTIVIDADES FISIOLÓGICAS
I
El
hombre.– Sus dos aspectos.– El substratum corporal y las actividades humanas.
Tenemos
conciencia de existir, de poseer una actividad propia, una personalidad. Nos
sentimos diferentes de todos los otros individuos. Creemos determinarnos
libremente. Somos felices o desgraciados. Estas intuiciones constituyen para
cada uno de nosotros la última realidad.
Nuestros
estados de conciencia corren en el tiempo como un río a lo largo de un valle. Y
lo mismo que el río, somos a un tiempo cambio y permanencia. Mucho más que los
otros animales, somos independiente de nuestro medio. Nuestra inteligencia nos
ha librado de él. El hombre es ante todo el inventor de las armas, de los
útiles y de las máquinas, y con ayuda de estas invenciones ha podido manifestar
sus caracteres propios que le distinguen
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Alexis
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de
todos los otros seres vivos. Estos caracteres los ha expresado de manera
objetiva por medio de estatuas, templos, teatros catedrales, hospitales,
universidades, laboratorios y fábricas. Ha señalado de este modo la superficie
de la tierra con el sello de sus actividades fundamentales, es decir, de su
sentido estético y religioso, de su sentido moral; de su inteligencia y de su
curiosidad científica.
Este
núcleo de potentes actividades, podemos mirarlo desde dentro o desde fuera.
Visto
desde
dentro, muestra al único observador que es cualquiera de nosotros mismos,
nuestros
pensamientos,
nuestras tendencias nuestros deseos, nuestras alegrías, nuestros dolores.
Visto
desde fuera, parece como el cuerpo humano, el nuestro, desde luego, y también
el de
nuestros
semejantes. Tiene, pues, dos aspectos totalmente diferentes por lo que ha sido
considerado
como constituido de dos partes, el cuerpo y el alma. Pero jamás se ha
observado
un alma sin cuerpo, ni un cuerpo sin alma. De nuestro cuerpo vemos la
superficie
exterior, sentimos el oscuro bienestar de su funcionamiento normal, pero no
tenemos
conciencia de ninguno de sus órganos. El cuerpo obedece a mecanismos que nos
resultan
enteramente ocultos. No los muestra sino a aquellos que conocen las técnicas de
la
anatomía y de la fisiología. Manifiesta entonces, bajo su sencillez, una
complejidad
portentosa,
sin que nos haya permitido contemplarlo nunca a la vez en su aspecto exterior
y
público y en su aspecto interior y privado. Pero si nos enrolamos en el
inexplicable
laberinto
del cerebro y de las funciones nerviosas, no encontraremos la conciencia en
parte
alguna.
El alma y el cuerpo son creaciones de nuestros métodos de observación y, están
tallados
por ellos en un todo indivisible. Este todo es a la vez un conjunto de tejidos,
líquidos
orgánicos y conciencia. Se extiende simultáneamente en el espacio y en el
tiempo.
Llena
las tres dimensiones del espacio y la del tiempo con su masa heterogénea, pero
no
está
comprendido en forma total en estas cuatro dimensiones, pues la conciencia se
encuentra,
a la vez, en la materia cerebral y fuera del “continuum” físico. El ser humano
es
demasiado
complejo para ser asido por nosotros en su conjunto. No podemos estudiarlo,
sino
después de haberlo reducido a fragmentos por medio de nuestros procedimientos
de
observación.
Es, pues, una necesidad metodológica, describirlo como compuesto de un
“substratum”
corporal y de diferentes actividades, y también considerar separadamente los
aspectos
temporal, adaptable e individual de esas actividades. Por lo demás, es preciso
evitar
caer en los errores clásicos de describirlo como si constituyese un cuerpo o
una
conciencia
o una asociación de ambos y creer, por consiguiente, en la existencia real de
las
partes
que en él dividen nuestro pensamiento.
II
Dimensiones
y forma del cuerpo
El
cuerpo humano se encentra, en la escala de los tamaños, a mitad del camino
entre el átomo y la estrella. Según los objetos con los cuales se le compare
resulta grande o pequeño. Su amplitud es equivalente a la de doscientas mil
células de tejidos, o la de dos millones de microbios ordinarios, o a la de dos
mil millones de moléculas de albúmina, colocadas una al lado de otra. En
relación a un átomo de hidrógeno, es de un tamaño imposible de imaginar, pero,
comparado a una montaña, o a la tierra, se torna minúsculo.
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Alexis
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Para
alcanzar la altura del monte Everest sería necesario colocar, uno sobre otro,
más de cuatro mil hombres. El Meridiano terrestre equivale aproximadamente a
veinte millones de cuerpos humanos dispuestos unos junto a los otros. Se sabe
que la luz recorre en un segundo alrededor de ciento cincuenta millones de
veces la longitud de nuestro cuerpo, y que las distancias interestelares se
miden por años de luz. También nuestra estatura, en relación a este sistema de
referencias, se torna de una pequeñez inconcebible. Es por ello que los
astrónomos Eddington y Jeans en sus obras de vulgarización logran siempre
impresionar a sus lectores mostrándoles la perfecta insignificancia del hombre
en el Universo. Eh realidad, nuestra grandeza o nuestra pequeñez especiales no
tienen importancia. Porque lo que es específico de nosotros mismos no posee
dimensiones físicas. El lugar que ocupamos en el mundo no depende ciertamente
de nuestro volumen.
Parece
que nuestra talla sea apropiada a los caracteres de las células de los tejidos
y la naturaleza de los cambios químicos, del metabolismo del organismo, Como el
fluido nervioso se propaga en todos con la misma velocidad, individuos mucho
más grandes que nosotros tendrían una percepción mucho más lenta de las cosas
exteriores y sus reacciones motrices serían asimismo demasiado tardías. Al
mismo tiempo, sus cambios químicos se encontrarían profundamente modificados.
Es un hecho conocido que un animal posee un metabolismo tanto más activo cuanto
la superficie de su cuerpo es más extensa en relación a su volumen, y que la
relación de la superficie al volumen de un objeto aumenta cuando el volumen
decrece. Por esta razón el metabolismo de los grandes animales es más débil que
el de los pequeños. El del caballo, por ejemplo, es menos activo que el del
ratón. Un crecimiento muy grande de nuestra talla disminuiría la intensidad de
nuestros cambios químicos. Haría menor, sin duda, parte de la rapidez de nuestra
percepción y de nuestra agilidad. Tal accidente no se producirá porque la
estatura de los seres humanos varía poco. Las dimensiones de nuestro cuerpo
están determinadas a la vez por nuestra herencia y por las condiciones de
nuestro desarrollo. Hay razas grandes y razas pequeñas, tales como los suecos y
los japoneses. En una raza dada se encuentran individuos de tallas muy
diferentes. Estas diferencias en el volumen del esqueleto provienen del estado
de las glándulas endocrinas y de la correlación de sus actividades en el
espacio y en el tiempo. Tienen, pues, una profunda significación. Por medio de
una nutrición y un género de vida apropiados, es posible aumentar o disminuir
la estatura de los individuos que componen una nación. Y al mismo tiempo
modificar la calidad de sus tejidos y probablemente también de su espíritu.
Es
preciso, pues, no cambiar ciegamente las dimensiones del cuerpo para darle más
belleza y fuerza muscular, porque sencillas modificaciones de nuestro volumen
pueden traer consigo modificaciones profundas de nuestras actividades
fisiológicas y mentales. En general, los individuos más sensibles, los más
alertas y los más resistentes no son grandes. Otro tanto ocurre con los hombres
de genio.
Lo
que sobre todo conocemos de nuestros semejantes es su forma, su aspecto, el
contorno de su figura. La forma expresa la calidad, las potencias del cuerpo y
de la conciencia. En una misma raza, cambia según el género de vida de los
individuos. El hombre del Renacimiento que pasaba su vida en el combate, que
desafiaba sin cesar las intemperies y los peligros, que se entusiasmaba con los
descubrimientos de Galileo, tantos como por las obras maestras de Leonardo de
Vinci y de Miguel Ángel, tenía un aspecto muy diferente al del hombre moderno
cuya existencia se limita a una oficina, a un coche herméticamente
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Alexis
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cerrado,
que contempla films estúpidos, escucha su radio, juega al golf o al bridge.
Cada época, deja su huella sobre el ser humano. Vemos ya dibujarse, sobre todo
entre los latinos, un nuevo tipo, producido por el automóvil y el cine. Este
tipo está caracterizado por su aspecto adiposo, tejidos blandos, piel
descolorida, abultado vientre, piernas sin consistencia, andar desgraciado y
faz ininteligente y brutal. Aparece otro tipo simultáneamente. El tipo
atlético, de anchos hombros, de delgada cintura y cráneo de pájaro. En suma,
nuestro aspecto representa nuestros hábitos psicológicos, y aun nuestros
pensamientos ordinarios. Sus caracteres provienen sobre todo delos músculos que
se extienden bajo la piel y la longitud de los huesos, cuyo volumen depende del
ejercicio al cual están sometidos. La belleza del cuerpo está hecha del
desarrollo armonioso de todos los músculos y de todas las partes del esqueleto.
Alcanza su grado más alto entre los atletas griegos, sobre todo en aquellos de
la época de Pericles, cuya imagen nos han dejado Fidias y sus alumnos. La forma
del semblante, de la boca, de las mejillas. de los párpados y de todos los
rasgos de la fisonomía está determinada por el estado habitual de los músculos
lisos que se mueven en la grasa bajo la piel. Y el estado de estos músculos
proviene del de nuestros pensamientos. Ciertamente, cada cual puede dar a su
rostro la expresión que desee pero no puede conservar esta máscara de modo
permanente. Y sin saberlo nosotros, nuestro rostro se modela poco a poco según
nuestros estados de conciencia. Con los progresos de la edad, ésta llega a ser
la imagen más y más exacta de los sentimientos, apetitos, aspiraciones del ser
todo entero. La belleza de un hombre joven resulta de la armonía natural de los
rasgos de su fisonomía. La bien rara de un viejo, manifiesta el estado de su
alma.
El
rostro expresa cosas más profundas aún que las actividades de la conciencia.
Pueden leerse en él, no sólo los vicios, las virtudes, la inteligencia, la
estupidez, los sentimientos, los más ocultos hábitos de un individuo, sino
también la constitución de su cuerpo y su tendencia a las enfermedades
orgánicas y mentales. En efecto, el aspecto del esqueleto, de los músculos, de
la grasa, de la piel y del vello, depende de la nutrición de los tejidos. Y la
nutrición de los tejidos está, organizada por la composición del medio
interior, es decir, por las formas de actividad de los sistemas glandulares y
digestivos. El aspecto del cuerpo nos manifiesta el estado de los órganos. El
rostro es un resumen del cuerpo entero. Refleja el estado funcional de las
glándulas endocrinas, del estómago, del intestino y del sistema nervioso, todo
a la vez. Nos indica cuales son las tendencias morbosas de los individuos. En
efecto, los que pertenecen a los diferentes tipos morfológicos, cerebrales,
digestivos, musculares o respiratorios, no están expuestos a las mismas
enfermedades orgánicas y mentales. Entre los hombres altos y delgados y
aquellos anchos y de escasa estatura existe un gran diferencia de constitución.
El tipo alto, asténico o atlético, se encuentra predispuesto a la tuberculosis
y a la demencia precoz. El tipo grueso, a la locura circulatoria, a la
diabetes, al reumatismo, a la gota. En el diagnóstico y pronóstico de las
enfermedades, los antiguos médicos atribuían, con justa razón, una gran
importancia al temperamento, a las idiosincrasias, a las diátesis. Para aquel
que sabe observar, cada hombre lleva sobre su fisonomía la descripción de su
cuerpo y de su alma.
IlI
Superficies
exterior e interior
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La
piel, que recubre la superficie exterior del cuerpo es impermeable al agua y al
gas. No permite entrar los microbios que viven sobre ella. Tiene asimismo el
poder de destruirlos con ayuda de las substancias que segrega. Pero los seres
tan minúsculos y peligrosos que llamamos virus, son capaces de atravesarla. Por
su faz externa, se encuentra expuesta a la luz, al viento, a la humedad, a la
sequedad, al calor y al frío. Por su faz interna, está en contacto con un mundo
acuático, cálido y privado de luz, donde las células de los tejidos y de los
órganos, viven como animales marinos. A despecho de su delicadeza, protege
efectivamente el medio interior de las variaciones incesantes del medio
cósmico. Es húmeda, delgada, extensible, elástica, indesgastable. Es
indesgastable porque se compone de muchas capas de células que se reproducen
sin cesar. Estas células mueren permaneciendo unidas las unas con las otras
como los fragmentos de arcilla que componen un tejado, y como si estos
fragmentos o trozos pudieran ser arrastrados por el viento y reemplazados de
nuevo. Ahora bien, la piel permanece húmeda y flexible porque existen glándulas
pequeñitas que segregan en su superficie agua y grasa. Al nivel de la nariz, de
la boca, del ano, de la uretra y de la vagina, se continúa con mucosas,
membranas que cubren la superficie interna del cuerpo. Pero estos orificios, a
excepción de la nariz, se encuentran cerrados por medio de anillos musculares.
La piel es, pues, la frontera casi perfectamente protegida de un mundo cerrado.
Por
su intermedio entra el cuerpo en relación con todas las cosas que vienen a
constituir su medio. En efecto, sirve de abrigo a una inmensa cantidad de
pequeños órganos receptores que registran, cada cual según su propia
naturaleza, las modificaciones del mundo exterior. Los corpúsculos del tacto,
extendidos sobre toda su superficie, son sensibles a la presión, al dolor, al
calor y al frío. Aquellos que se encuentran situados en la mucosa de la lengua
se sienten impresionados por cierta calidad de alimentos y también por la
temperatura. Las vibraciones del aire operan sobre los aparatos complicadísimos
de la oreja interna, y también por intermedio de la membrana del tímpano y los
huesos de la oreja media. La redecilla del nervio olfativo que se extiende en
la mucosa nasal, es sensible a los olores. En fin, el cerebro envía parte de sí
mismo, el nervio óptico y la retina, hasta bajo la piel, y recoge las
ondulaciones electromagnéticas desde el rojo hasta el violeta. La piel sufre en
este nivel una modificación extraña. Se vuelve transparente y forma la córnea y
el cristalino uniéndose con otros tejidos para edificar el prodigioso sistema
elíptico que llamamos ojo.
De
todos estos órganos se escapan fibras nerviosas que se dirigen a la médula y al
cerebro. Por intermedio de estos nervios, el sistema nervioso central se
extiende a manera de membrana sobre toda la superficie del cuerpo donde entra
en contacto con el mundo exterior. De la constitución de los órganos de los
sentidos y de su grado de sensibilidad, depende el aspecto que toma para
nosotros el universo. Si, por ejemplo, la retina registrase los rayos
infrarrojos de ondas de gran longitud, la naturaleza se nos presentaría con
otro aspecto. A causa de los cambios de temperatura, el color del agua, de las
rocas y de los árboles, variaría según las estaciones. Los claros días de
verano en que los menores detalles del paisaje se destacan sobre las sombras
duras, se mostrarían oscurecidos por un tono rojo opaco. Los rayos caloríficos,
que se tornarían visibles, ocultarían todos los objetos. Durante los fríos del
invierno, la atmósfera se tornaría clara y los contornos de las
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Alexis
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cosas
se precisarían. El aspecto de los hombres cambiaría de un modo inusitado. Su
perfil vendría a ser indeciso. Una roja nube, al escapar de su nariz y de su
boca cubriría su rostro con una máscara. Tras un violento ejercicio, el volumen
del cuerpo cambiaría extraordinariamente, porque el calor que se desprendiese
de él, le circundaría de un aura extensa. Del mismo modo, el mundo exterior se
modificaría, aunque de manera inversa, si la retina se tornase sensible a los
rayos ultravioleta; la piel a los rayos luminosos, o si, únicamente, la
sensibilidad de cada uno de los órganos de nuestros sentidos, aumentara de
manera marcada.
Ignoramos
las cosas que no operan sobre las terminaciones nerviosas de la superficie de
nuestro cuerpo. Es por ello que los rayos cósmicos no son de modo alguno
perceptibles para nosotros aunque nos atraviesen de parte a parte. Parece que
todo lo que alcanza al cerebro, debe pasar por los sentidos, es decir,
impresionar el conglomerado nervioso que nos rodea. Únicamente el agente
desconocido de las comunicaciones telepáticas hace, quizás, excepción a esta
regla. Se diría que, en la, clarividencia, el sujeto coge directamente la
realidad exterior sin utilizar las vías nerviosas habituales. Pero tales
fenómenos son raros. Los sentidos son la puerta por la cual el mundo físico
llega hasta nosotros. La calidad del individuo depende, en parte, de la calidad
de su superficie. Porque el cerebro se forma de acuerdo con los mensajes
incesantes que le llegan del medio exterior. Así, pues, es preciso guardarnos
de modificar a la ligera el estado de nuestra envoltura física con nuestros
hábitos de vida. Por ejemplo, no sabemos exactamente cual es el efecto de la
exposición al sol de la superficie de nuestro cuerpo. Hasta el momento en que
este efecto sea conocido, el nudismo y el afán de oscurecer la piel
exageradamente por medio de la luz natural y aun por efecto de los rayos
ultravioleta, no deberían ser aceptados ciegamente por las razas blancas. La
piel y sus dependencias desempeñan con respecto a nosotros el papel de un
guardián atento. Dejan entrar en nosotros ciertas cosas de los mundos físico y
psicológico, excluyendo a las demás. Constituyen la puerta siempre abierta y
sin embargo estrechamente vigilada de nuestro sistema nervioso central. Hace
falta considerarles como un aspecto muy importante de nosotros mismos.
Nuestra
frontera interna comienza en la boca y la nariz y termina en el ano. Por estas
aberturas, el mundo exterior penetra en los aparatos digestivo y respiratorio.
En tanto que la piel es impermeable al agua y al gas, las membranas mucosas del
pulmón y del intestino dejan pasar estas substancias. Por su intermedio,
estamos en continuidad química con nuestro medio. Nuestra superficie interior
es mucho más extensa que la de la piel. La extensión cubierta por las células
planas de los alvéolos pulmonares, es inmensa. Resulta aproximadamente igual a
un rectángulo de cincuenta metros de longitud y de diez metros de ancho. Estas
células se dejan atravesar por el oxígeno del aire y por el ácido carbónico de
la sangre venosa. Se afectan con facilidad con los venenos y las bacterias y
particularmente con los neumococos. El aire atmosférico, antes de llegar a
ella, atraviesa la nariz, la garganta, la laringe, la tráquea, y los bronquios
donde se humedece y se desembaraza del polvo y de los microbios que trae consigo.
Pero esta protección natural se torna insuficiente desde que el aire de las
ciudades se encuentra impregnado por el polvo del carbón, los vapores de la
bencina, y las bacterias arrojadas por la muchedumbre de los seres humanos. Las
mucosas respiratorias son mucho más frágiles que la piel y como consecuencia de
esta fragilidad, en las guerras del porvenir, los gases tóxicos podrán
exterminar poblaciones enteras.
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De
la boca al ano, el cuerpo es atravesado por una corriente de materia
alimenticia. Las membranas digestivas establecen las relaciones químicas entre
el mundo exterior y el medio orgánico. Sus funciones son más complicadas que
las de las membranas respiratorias, porque aquéllas deben hacer sufrir
profundas transformaciones a las sustancias que se encuentran en su superficie.
No basta con que representen el papel de un simple filtro. Deben constituir
también una verdadera usina química. Los fermentos que segregan, colaboran con
los del páncreas para transformar los alimentos en sustancias susceptibles de
ser absorbidas por las células del intestino. Esta superficie es
extraordinariamente vasta, segrega y absorbe grandes cantidades de líquido.
Deja pasar asimismo las substancias alimenticias una vez que se han digerido.
Pero se opone a la penetración de las bacterias que pululan en el tubo
digestivo. En términos generales, estos peligrosos enemigos son mantenidos a
raya por esta delicada membrana y los leucocitos que la defienden. Pero no por
ello dejan de constituir una amenaza. Los virus se colocan en la garganta. Los
estreptococos y los bacilos de la difteria, en las amígdalas. Los bacilos de la
fiebre tifoidea y de la disentería se multiplican fácilmente en el intestino.
De la buena calidad de las membranas respiratorias y digestivas depende en gran
parte la resistencia del organismo a las enfermedades infecciosas, su fuerza,
su equilibrio, su afectividad y aún su actitud intelectual. Nuestro cuerpo constituye,
pues, un mundo cerrado, limitado en parte por la piel y en parte por las
mucosas de los aparatos digestivos y respiratorio. Cuando esta superficie se
destruye en alguno de sus puntos, la existencia del individuo está amenazada.
Una quemadura, aún superficial, si se extiende en una gran parte de la piel,
conduce a la muerte. Esta envoltura que aísla de manera tan perfecta nuestro
medio interior del medio cósmico, permite sin embargo las comunicaciones
físicas y químicas más extensas entre estos dos mundos. Realiza el prodigio de
ser una frontera simultáneamente cerrada y abierta desde el momento en que no
existe para los agentes psicológicos. Podemos ser heridos y aún muertos por
enemigos que, ignorando totalmente nuestros límites anatómicos, invaden nuestra
conciencia, como los aviones bombardean una ciudad sin cuidarse poco ni mucho
de las fortificaciones que la defienden.
lV
Constitución
interna.– Las células y sus asociaciones.– Su estructura.– Las diferentes razas
celulares.
El
interior de nuestro cuerpo no es de modo alguno lo que nos enseña la anatomía
clásica. Aquella nos da del ser humano un esquema puramente estructural y
absolutamente irreal. No basta con abrir un cadáver para saber cómo está
constituido el organismo. Por cierto, podemos examinar su esqueleto y los
músculos que constituyen la armadura de los órganos. En la caja formada por la
columna vertebral, las costillas y el esternón, se encuentran suspendidos el
corazón y los pulmones. El hígado, el bazo, los riñones, el estómago, el
intestino, los órganos genitales, se unen por medio de repliegues del peritoneo
a la superficie interior de la gran cavidad cuyo fondo está constituido por la
pelvis, los costados por los músculos del abdomen y la bóveda por el diafragma.
Los más frágiles de todos los órganos, el cerebro y la médula, se encuentran
encerrados en cajas
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óseas,
y protegidos contra la dureza de sus paredes por un sistema de membranas y una
especie de colchón de líquido.
Es
imposible comprender, en un cadáver, la constitución del ser viviente, porque
en él se contemplan los tejidos privados de sus funciones y de su medio
natural: la sangre y los humores. En realidad, un órgano separado de su medio,
deja de existir. En el individuo vivo, la sangre circulante está en todas
partes. Late en las arterias, se desliza en las venas azules, llena los vasos
capilares y baña todos los tejidos de linfa transparente. Para asir este mundo
interior tal como es se necesitan técnicas mucho más delicadas que las de la
anatomía y las de la histología. Es preciso estudiar los órganos en animales y
hombres vivos, tal como se les ve en el curso de las operaciones quirúrgicas, y
no sólo en cadáveres preparados para la disección. Es preciso aprender su
estructura, a la vez en los cortes microscópicos de los tejidos muertos y
modificados por los fijativos y los colorantes, y también en los tejidos vivos
en plena función, y en los “films” cinematográficos donde se registran sus
movimientos. No debemos hacer separaciones artificiales, ni entre las células y
su medio, ni entre la forma y la función.
En
el interior del organismo, las células se comportan como pequeñas bestias
acuáticas sumergidas en un medio oscuro y tibio. Este medio es análogo al agua
del mar. Sin embargo es menos salado que aquélla y su composición es mucho más
rica y variada. Los glóbulos blancos de la sangre y las células que tapizan los
vasos sanguíneos y linfáticos, semejan peces que navegan libremente en la masa
de las aguas o que se detienen sobre la arena del fondo. Pero las células que
forman los tejidos no flotan en líquido alguno. Pueden, por lo tanto, ser
compradas, no a peces, sino a anfibios que viven en las marejadas o en la arena
húmeda. Todas dependen absolutamente de las condiciones del medio en el cual se
encuentran sumergidas. Sin cesar, modifican este medio y son modificadas por
él. En realidad, son inseparables, tan inseparables, como su cuerpo de su
núcleo. Su estructura y sus funciones están determinadas por el estado físico,
físico-químico y químico del líquido que las rodea. Este líquido es la linfa
intersticial que, a la vez, proviene de la sangre y la produce. Célula y medio,
estructura y función, son una sola y misma cosa. Sin embargo, las necesidades
metodológicas nos obligan a dividir en trozos este conjunto funcional
indivisible; a describir por una parte los tejidos, y por la otra, el medio
intra-orgánico, la sangre y los humores.
Las
células forman sociedades que llamamos tejidos y órganos. Pero la analogía de
estas sociedades a las comunidades de insectos y a las comunidades humanas es
bien superficial. Porque la individualidad de las células es mucho menos grande
que la de los hombres y aun que la de los insectos. En unas y otras de estas
sociedades, las reglas que parecen unir a los individuos, son la expresión de
sus propiedades inherentes. Es más fácil conocer los caracteres de los seres
humanos que los de las sociedades humanas. En las sociedades celulares ocurre
todo lo contrario. Los anatomistas y los fisiólogos saben, desde hace tiempo,
cuáles son los caracteres generales de los tejidos y de los órganos, pero sólo
recientemente han logrado analizar las propiedades de las células, es decir, de
los individuos que constituyen las sociedades orgánicas. Gracias a los
procedimientos que permiten el cultivo en frascos de los tejidos, ha sido
posible el obtener de ellos un conocimiento más profundo. Las células se han
revelado entonces como dotadas de poderes insospechados, de sorprendentes
propiedades que, virtuales en las condiciones ordinarias de la vida, son
susceptibles de actuar bajo la influencia de ciertos estados físico-
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químicos
del medio.
No
son sus caracteres anatómicos, sino y especialmente, sus caracteres funcionales
los que las hacen capaces de construir al organismo vivo.
A
pesar de su pequeñez, cada célula es un organismo muy complicado. No se parece
en forma alguna a la abstracción favorita de los químicos, a una gota de
gelatina rodeada de una membrana semipermeable. No se encuentra en su núcleo o
en su cuerpo la sustancia a la cual los biólogos dan el nombre de protoplasma.
En efecto, el protoplasma es un concepto desprovisto de sentido objetivo, como
lo sería también el concepto antropoplasma si, por tal concepto, se quisiese
expresar lo que se encuentra en el interior de nuestro cuerpo. Hoy día es
posible proyectar sobre la pantalla cinematográfica células agrandadas hasta
tal punto que su tamaño es superior al de un hombre. En estas condiciones,
todos sus órganos se tornan visibles. En medio de su cuerpo se ve flotar una
especie de balón ovoide de paredes elásticas que aparece lleno de una gelatina
completamente transparente. Este núcleo mayor, contiene dos núcleos más
pequeños que cambian de forma con lentitud. En torno suyo, existe gran
agitación. Esta se produce sobre todo al nivel de un conjunto de vesículas que
corresponde a lo que los anatomistas llaman el aparato de Golgi o de Renault.
Gránulos, casi indistintos, se mueven sin cesar y en número inmenso en esta
región. Corren también hasta en los miembros móviles y transitorios de la
célula. Pero los órganos más sorprendentes son largos hilos, los mitocondrios
que se asemejan a serpientes, o, en ciertas células, a bacterias corsas.
Vesículas, granulaciones y filamentos, se agitan violenta y continuamente en el
tejido intracelular.
La
complejidad aparente de las células vivas es ya muy grande. Su complejidad
real, lo es más aún. El núcleo que, a excepción de los nucleoides, aparece
completamente vacío, contiene sin embargo, sustancias de una naturaleza
maravillosa. La sencillez atribuida por los químicos a las núcleo-proteínas que
lo constituyen es una ilusión. En realidad, el núcleo contiene los “genes”,
esos seres de quienes todo lo ignoramos, excepto el hecho que son las
tendencias hereditarias de las células y de los hombres que de allí derivan.
Los “genes” son invisibles, pero sabemos que habitan los cromosomas, esos
bastoncillos que aparecen en el núcleo claro de la célula, cuando ésta va a
dividirse. En este momento, los cromosomas dibujan de manera confusa las
figuras clásicas de la, división indirecta. Después, ambos grupos se alejan el
uno del otro. Entonces puede verse en los “films” cinematográficos, al cuerpo
celular sacudirse violentamente, agitar en todo sentido su contenido y
dividirse en dos partes, las células hijas. Estas células se separan dejando
arrastrar tras ellas filamentos elásticos que terminan por romperse. De esta
manera se individualizan dos elementos nuevos del organismo.
De
igual modo que entre los animales, las células pertenecen a muchas razas. Estas
razas están determinadas a la vez por caracteres estructurales y por caracteres
funcionales. Las que provienen de regiones espaciales diferentes, por ejemplo,
de la glándula tiroide, del bazo o de la piel, muestran, naturalmente, tipos
muy diversos. Pero, cosa inexplicable, si se recogen en momentos sucesivos de
la duración, células de una misma región espacial, se encuentra que constituyen
también razas diferentes. El organismo es tan heterogéneo en el tiempo como en
el espacio. Los tipos celulares se dividen groseramente en dos clases: las
células fijas que se unen para formar dos órganos y las células móviles que
viajen en el
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cuerpo
entero. Las células fijas comprenden la raza de las células conjuntivas y la de
las células epiteliales, células nobles que forman el cerebro, la piel, en
glándulas endocrinas. Las células conjuntivas constituyen el esqueleto de los
órganos. Están presentes en todas partes. Alrededor de ellas, se acumulan
sustancias variadas, cartílagos, huesos, tejidos fibrosos, fibras elásticas,
que dan al esqueleto, a los músculos, a los vasos sanguíneos y a los órganos,
la solidez y la elasticidad necesarias. Se metamorfosean también en elementos
contráctiles. Constituyen, pues, los músculos del corazón, los vasos del
aparato digestivo y asimismo, los de nuestro aparato locomotriz. Aunque se nos
aparezcan inmóviles y conserven aún el nombre viejo de células fijas, están sin
embargo dotadas de movimiento como nos lo ha demostrado la cinematografía. Pero
estos movimientos son lentos. Se deslizan en su medio, como se extiende el
aceite sobre el agua, y arrastran consigo su núcleo que flota en la masa
líquida de su cuerpo. Las células móviles comprenden los diferentes tipos de
leucocitos de la sangre y de los tejidos. Su paso es rápido. Los leucocitos con
muchos núcleos, parecen amebas. Los linfocitos se arrastran con más lentitud,
como pequeños gusanos. Los mayores, los monocitos, son verdaderos pulpos que,
aparte de sus múltiples brazos, se encuentran rodeados de una membrana
ondulante. Envuelven en los pliegues de esta membrana, las células y los
microbios, de que se nutren en seguida con voracidad.
Cuando
se cultivan en frascos estos diferentes tipos celulares, sus caracteres se
hacen tan aparentes, como los de las diferentes clases de microbios. Cada tipo
posee propiedades que le son inherentes y que conserva aun cuando haya sido
separado del cuerpo durante muchos años. Es por su forma de locomoción, por la
manera cómo se asocian las unas a las otras, por el aspecto de sus colonias, el
ritmo de su desarrollo, las sustancias que segregan, los alimentos que exigen,
como también por su forma, por lo que se caracterizan las razas celulares. Cada
sociedad celular, es decir, cada órgano, es deudora de sus leyes propias a sus
propiedades elementales. Las células no serían capaces de construir el
organismo, si no poseyesen sino los caracteres conocidos de los anatomistas.
Gracias a sus propiedades habituales y a un número inmenso de propiedades
virtuales susceptibles de manifestarse como respuesta a los cambios
físico-químicos del medio, hacen frente a las situaciones nuevas que se
presentan en la vida, normal y durante el curso de las enfermedades. Se asocian
en masas densas cuya disposición está reglamentada por las necesidades
estructurales y funcionales del conjunto.
El
cuerpo humano es una unidad compacta y móvil y su armonía está asegurada a la
vez por la sangre y por los nervios de los cuales están provistos todos los
grupos celulares. La existencia de los tejidos no es concebible sin la de un
medio líquido. Son las relaciones necesarias de las células con los vasos que
las nutren, las que determinan la forma de los órganos. Esta forma depende
también de la presencia de las vías de eliminación de las secreciones
glandulares. Todo el dispositivo interior del cuerpo depende de las necesidades
nutritivas de los elementos anatómicos. La arquitectura de cada órgano está
dominada por la necesidad en que se encuentran las células de estar sumergidas
en un medio siempre rico en materias alimenticias y nunca estorbadas por los
desperdicios de la nutrición.
V
La
sangre y el medio interior.
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El
medio interior forma parte de los tejidos, mejor dicho, es inseparable de él.
Sin los tejidos, los elementos anatómicos dejarían de existir. Todas las
manifestaciones de la vida de los órganos y de los centros nerviosos, nuestros
pensamientos, nuestros afectos, la crueldad, la fealdad y la belleza del
Universo, su propia existencia, dependen del estado físico-químico de este
medio. Se compone de la sangre que circula en las arterias y en las venas, y
del líquido que filtra a través de !a pared de los vasos capilares en el
interior de los tejidos y de los órganos. Hay un medio general, la sangre, y
medios regionales constituidos por la linfa intersticial. Se puede comparar
cada órgano a un recipiente completamente lleno de plantas acuáticas, y
alimentado por un arroyuelo, El agua, casi estancada, análoga a la linfa que
baña las células, se carga de los desechos de las plantas y de las sustancias
químicas dejadas por éstas. Su grado de estagnación y de polución dependen de
la rapidez y del volumen del arroyuelo.
Otro
tanto ocurre con la linfa intersticial cuya composición está reglamentada por
la plenitud de la arteria que nutre al órgano. En último análisis, es la sangre
la que directa o indirectamente constituye el medio donde viven todas las
células del cuerpo.
La
sangre es un tejido, como todos los otros. Se compone de más o menos treinta
mil millones de glóbulos rojos y cincuenta millones de glóbulos blancos. Pero
estas célula s no están como las de los otros tejidos inmovilizadas por una
armadura, y suspendidas en un líquido viscoso, el plasma. La sangre es un
tejido en movimiento que se insinúa en todas las partes del cuerpo. Lleva a
cada célula el alimento del cual tiene necesidad. Al mismo tiempo sirve de
alcantarilla colectora de residuos de los tejidos inútiles. Pero contiene
también sustancias químicas y células capaces de operar reconstrucciones
orgánicas en las regiones del cuerpo donde hacen falta. Durante este acto
extraño, se comporta como un torrente, que, con ayuda del cieno y de los
troncos de árboles que acarrea, se empeñase en reparar las casas situadas en su
ribera.
El
plasma sanguíneo no es lo que los químicos nos enseñan. Ciertamente, responde
en verdad a las abstracciones a las cuales estos últimos se han reducido. Pero
es incomparablemente más rico que ellas. Es, sin duda alguna, la solución de
bases, ácidos, sales y proteínas de las cuales Slyke y Henderson han
descubierto las leyes del equilibrio físico-químico. Gracias a esta composición
particular puede mantener constante y muy próxima su alcalinidad iónica, a
pesar de los ácidos que sin cesar, libertan los tejidos. Ofrece de este modo a
todas las células del organismo un medio que no es ni demasiado ácido ni
demasiado alcalino y que no varía jamás. Pero está conformado con proteínas,
“polipéptidos”, ácidos, aminos, azúcares, grasas, fermentos, metales en cantidad
infinitesimal, producciones de secreciones de todas las glándulas, de todos los
tejidos. Conocemos todavía muy mal la naturaleza de la mayor parte de estas
sustancias. Entrevemos apenas la inmensa complejidad de sus funciones. Cada
tipo celular encuentra en el plasma sanguíneo los alimentos que le convienen,
las sustancias que aceleran o moderan su actividad. Por ello, ciertas grasas,
ligadas a las proteínas del suero, tienen el poder de frenar la proliferación
celular, y aún de detenerla completamente. Existen también en el suero
sustancias que impiden la multiplicación de las bacterias. Las sustancias nacen
de los tejidos cuando éstos deben defenderse de una invasión de
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microbios.
Y por fin, una proteína, la fibrinógina, madre de la fibrina, que, con pegajosa
tenacidad, se aplica espontáneamente a las llagas de los vasos y detiene las
hemorragias.
Las
células de la sangre, glóbulos rojos y glóbulos blancos, representan un papel
capital en la constitución del medio interior. En efecto, el plasma no puede
disolverse sino en una pequeña cantidad del oxígeno del aire. Sería incapaz de
proveer a la inmensa población de células encerradas en el oxígeno que ellas
exigen, si este oxígeno no se fijase sobre los glóbulos rojos. Los glóbulos
rojos no son células vivientes. Son pequeños sacos llenos de hemoglobina. A su
paso por los pulmones, se cargan del oxígeno que cogen, algunos instantes más
tarde, las células ávidas de los órganos. Y al mismo tiempo, aquellos se
desembarazan en la sangre de su ácido carbónico y de otros desperdicios. Los
glóbulos blancos, al contrario, son células vivas. Ya flotan en el plasma de
los vasos, ya se escapan por los intersticios capilares, y se arrastran sobre
la superficie de las células de las mucosas, de los intestinos, de todos los
órganos. Gracias a estos elementos microscópicos ocurre que la sangre
representa su papel de tejido móvil, de agente reparador, a la vez sólido y
líquido, capaz de dirigirse donde su presencia es necesaria. Acumula con
rapidez, en torno de los microbios invasores de una región del organismo,
grandes conjuntos de leucocitos que combaten la infección. Aporta también, al
nivel de las llagas de la piel o de los órganos, glóbulos blancos que son un
material virtual de reconstrucción. Estos leucocitos tienen el poder de
transformarse en células fijas. Hacen nacer a su alrededor fibras conjuntivas,
y reparan, gracias a una cicatrización sólida, los tejidos heridos.
Los
líquidos y las células que salen de los vasos capilares sanguíneos, constituyen
el medio local de los tejidos y de los órganos. Este medio es casi imposible de
estudiar. Cuando se inyectan en el organismo, como lo ha hecho Roux, sustancias
cuyo color varía según el ácido iónico de los tejidos, se ve a los órganos
adquirir colores diferentes. Entonces se hace posible percibir la diversidad de
los medios locales. En realidad, esta diversidad es mucho más profunda de lo
que parece. Pero no somos capaces de descubrir todos sus caracteres. En el
vasto mundo que constituye el organismo humano, existen países variadísimos.
Aunque países sean irrigados por las ramas del mismo río, la calidad del agua,
de sus lagos y de sus estanques depende de la constitución del suelo y de la
naturaleza de la vegetación. Cada órgano, cada tejido, crea, a expensas del
plasma sanguíneo, su propio medio. Y el ajuste recíproco de las células y de su
medio, depende la salud o la enfermedad, la debilidad o la fuerza, la felicidad
o la desdicha de cada uno de nosotros.
Vl
La
nutrición de los tejidos.– Los cambios químicos.
Entre
los líquidos que constituyen el medio interior y el mundo de los tejidos y de
los órganos, hay cambios químicos continuos. La actividad nutritiva es un modo
de ser de las células, lo mismo que su forma y su estructura. Desde que cesa su
nutrición, los órganos se ponen en equilibrio con su medio y mueren. Nutrición
es sinónimo de existencia. Los tejidos vivos están ávidos de oxígeno y lo
arrancan al plasma sanguíneo. Lo que significa,
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Alexis
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en
términos psico-químicos, que poseen un poder reductor elevado, que un sistema
complicado de ciertas químicas y de fermentos, les permite emplear el oxígeno
atmosférico con sus reacciones productoras de energía. Gracias al oxígeno, al
hidrógeno y al carbono que reciben de los azúcares y de las grasas, las células
vivas están provistas de la energía mecánica necesaria al mantenimiento de su
estructura y a sus movimientos; de la energía eléctrica que se manifiesta en
todos los cambios de estado orgánico, y del calor indispensable a las
reacciones químicas y a los procesos fisiológicos. Encuentran también en el
plasma sanguíneo el ázoe, el azufre y el fósforo de los cuales se sirven para
la construcción de nuevas células y para el crecimiento y la reparación de los
órganos. Con ayuda de sus fermentos, dividen en fragmentos más y más pequeños,
las proteínas, el azúcar y las grasas de su medio, utilizando la energía de los
cuerpos más complicados, de un poder potencial energético más alto, que
incorporan a su propia sustancia.
La
intensidad de los cambios químicos, del metabolismo de los grupos celulares y
del ser viviente entero, es la expresión de la intensidad de la vida orgánica.
Se mide el metabolismo por la cantidad de oxígeno y ácido carbónico absorbido
que se desprenden cuando el cuerpo se encuentra en estado de reposo absoluto.
Desde el momento que los músculos se contraen y producen un trabajo mecánico,
la actitud de los cambios se eleva considerablemente. El metabolismo es más
intenso en el niño que en el adulto, en los animales pequeños qué en los
animales grandes. Es una de las razones por las cuales es preciso no aumentar,
más allá de cierto límite, la talla humana. En el metabolismo no encontramos la
expresión de todas nuestras funciones. El cerebro, el hígado y las glándulas
tienen una gran actividad química. Pero es el trabajo muscular el que
acrecienta de marcadísima manera la intensidad de estos cambios. Hecho curioso,
el trabajo intelectual no produce elevación alguna del metabolismo. Se diría
que no exige desgaste energético o que se contenta con una cantidad de energía
demasiado débil para ser medida por las técnicas actuales. Ciertamente, es
extraño que el pensamiento que transforma la superficie de la tierra, destruye
y construye naciones y descubre nuevos universos en el fondo de la inmensidad
inconcebible del espacio, se elabore en nosotros sin consumir una cantidad de
energía susceptible de ser medida. Las más poderosas creaciones de la
inteligencia aumentan mucho menos el metabolismo que el músculo que llamarnos
bíceps cuando se contrae para levantar el peso de una libra. Ni la ambición de
César ni la meditación de Newton, ni la inspiración de Beethoven, ni la
contemplación ardiente de Pasteur, han logrado acelerar la nutrición de sus
tejidos, como lo habrían logrado fácilmente algunos microbios o una débil
exageración de la secreción de su glándula tiroides.
Es
muy difícil disminuir el ritmo de la nutrición. El organismo mantiene la
actividad normal de los cambios químicos en las condiciones más adversas. Un
frío exterior intenso no disminuye nuestro metabolismo. Sólo en las
proximidades de la muerte el cuerpo empieza a enfriarse. Al contrario, durante
el invierno el oso, la marmota y el ratón disminuyen su temperatura y entran en
un estado de vida que podría llamarse subvida. Entre los rotíferos, la
desecación detiene por completo la nutrición, y sin embargo, si al cabo de una
semana de vida latente se humidifica a estos pequeños animales, resucitan, y el
ritmo de sus cambios químicos se vuelve normal. Nosotros no hemos encontrado
todavía el secreto de producir entre los animales domésticos y en el hombre una
suspensión tal de la nutrición. Habría una evidente ventaja en los países
fríos, en lograr colocar en estado de vida latente a vacas y corderos durante
los largos inviernos. Podría quizás también con ello
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prolongarse
la duración de la vida humana, curar ciertas enfermedades, utilizar de mejor
modo a los individuos excepcionalmente dotados si se les pudiera hacerles
invernar de tiempo en tiempo. Pero, salvo por el método bárbaro e insuficiente
que consiste en suprimir la glándula tiroide, no somos capaces de bajar el
nivel de los cambios químicos del organismo humano. La vida latente es, por el
momento, imposible.
Vll
La
circulación de la sangre, los pulmones y los riñones.
En
el curso de los procesos nutritivos, los tejidos y los órganos eliminan los
desperdicios. Estos desperdicios manifiestan tendencia a acumularse en el medio
local y a tornarlo, entonces, inhabitable para las células. Los fenómenos de la
nutrición exigen, pues, la existencia de aparatos capaces de asegurar la
circulación rápida del medio interior, el reemplazo de las materias
alimenticias utilizadas por los tejidos y la eliminación de las sustancias
tóxicas. El volumen de los líquidos circulantes comparado al de los órganos, es
muy pequeño. Un hombre posee una cantidad de sangre inferior a la décima parte
de su peso. Por lo demás, los tejidos vivos consumen mucho oxígeno y glucosa.
Dejan libres también en su medio cantidades considerables de ácido carbónico,
de ácido láctico, etc. Es preciso dar a un fragmento de tejido vivo cultivado
en un frasco, un volumen de líquido igual a dos mil veces su propio volumen a
fin de que no sea envenenado en algunos días por los desperdicios de su
nutrición. Y aun más, debe tener a su disposición una atmósfera gaseosa por lo
menos diez veces mayor que su medio líquido. En consecuencia, un cuerpo humano
reducido a pulpa, exigiría alrededor de doscientos mil litros de líquido
nutritivo. Gracias a la maravillosa perfección de los aparatos que hacen
circular la sangre, la cargan de substancias alimenticias, y la desembarazan de
sus desperdicios, pueden vivir nuestros tejidos en siete u ocho litros de
líquido en lugar de necesitar para ello, doscientos mil.
La
rapidez de la circulación es lo bastante grande para que la composición de la
sangre no sea modificada por los productos de la nutrición. Sólo se aumenta la
acidez del plasma tras un ejercicio violento. Cada órgano regula, por medio de
los nervios dilatadores y constrictores de sus vasos, el volumen y la rapidez
de la sangre circulante. Cuando la circulación se hace más lenta o se detiene,
el medio interior se torna ácido. Según la naturaleza de sus células, los
órganos resisten más o menos a esta intoxicación. Se puede sacar el riñón de un
perro, colocarle sobre una mesa, durante una hora y replantarle en seguida en
el animal. Este riñón soporta sin inconveniente la privación temporal de la
sangre y funciona en forma indefinida de manera normal. De igual modo, la
interrupción de la circulación en un miembro durante tres o cuatro horas, no
tiene consecuencias desagradables. Pero el cerebro es muchísimo más sensible a
la falta de oxígeno. Cuando la anemia es completa durante veinte minutos, más o
menos, la muerte se produce de manera fatal. Una detención de la circulación en
este sitio durante diez minutos basta para producir desórdenes tan graves que
resultan irreparables. Es imposible resucitar a un individuo cuyo cerebro ha
estado completamente desprovisto de oxígeno durante este lapso de tiempo. Para
que nuestros órganos funcionen de manera normal, es indispensable que la sangre
se encuentre bajo cierta presión. Nuestra conducta y la calidad de nuestros
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pensamientos
dependen del valor de la tensión arterial, y es causa de las condiciones
físicas y químicas del medio interior, que el corazón y los vasos sanguíneos
influyen en las actividades humanas.
La
sangre conserva la constancia de su composición, porque atraviesa continuamente
aparatos que la purifican y donde recupera las sustancias nutritivas utilizadas
por los tejidos. Cuándo la sangre venosa vuelve de los músculos y dé los
órganos, se encuentra cargada de ácido carbónico y de todos los desechos de la
nutrición. Las contracciones del corazón la arrojan entonces en la redecilla
inmensa de los capilares de los pulmones, donde cada glóbulo rojo se encuentra
en contacto con el oxígeno atmosférico. Siguiendo las sencillas leyes
físico-químicas, el oxígeno penetra en la sangre donde se. fija en la
hemoglobina de los glóbulos rojos. Al mismo tiempo el ácido carbónico se escapa
de los bronquios de donde los movimientos respiratorios la expulsan hacia la
atmósfera exterior. Mientras más rápida es la respiración, más activos son los
cambios químicos entre el aire y la sangre. Pero en la travesía, pulmonar, la
sangre no se desembaraza sino del ácido carbónico. Quedan aun en ella ácidos no
volátiles y todos los desperdicios del metabolismo. Sólo acaba de purificarse
cuando pasa por los riñones. Los riñones separan de la sangre los productos qué
deben ser eliminados y reglamentan la cantidad de sales que son indispensables
al plasma para que su tensión esmética permanezca constante. El trabajo de los
riñones y de los pulmones es de una prodigiosa eficacia. Gracias a él, es
considerablemente reducido el volumen del medio necesario a la vida de los
tejidos y el cuerpo humano posee una densidad tan grande y una tan prodigiosa
agilidad.
Vlll
Las
relaciones químicas del cuerpo con el mundo exterior.
Las
sustancias químicas que la sangre conduce a los tejidos, le llegan de tres
diversas fuentes: del aire atmosférico por intermedio del pulmón, de la
superficie intestinal, y por último de las glándulas endocrinas. A excepción
del oxígeno, todas las sustancias utilizadas por el organismo le son proveídas
directa e indirectamente por el intestino. Los alimentos son manejados
sucesivamente por la saliva, por el jugo gástrico, por las secreciones del
páncreas, del hígado y de la mucosa intestinal. Los fermentos digestivos
dividen las moléculas de las proteínas, de los hidratos de carbono y de las
grasas, en fragmentos más pequeños. Estos fragmentos son los únicos capaces de
atravesar la barrera mucosa,. Entonces son absorbidos por los fragmentos
sanguíneos y linfáticos de esta mucosa. y penetran en el medio interior.
Únicamente ciertas grasas y la glucosa entran en el cuerpo sin ser, en
principio, modificadas. Es por ello que el conjunto adiposo varía según la
naturaleza de las grasas animales o vegetales contenidas en los alimentos. Es
posible, por ejemplo, hacer que la grasa de un perro sea dura o blanda
nutriéndole, sea con grasas a punto de fusión, sea con aceite líquido a la
temperatura del cuerpo. En cuanto a las materias proteicas, son reducidas por
los fermentos en sus aminoácidos constitutivos. Pierden, asimismo, su
individualidad después de la digestión intestinal, los aminoácidos y los grupos
de éstos que resultan de las proteínas del buey, del cordero, del grano de
trigo; no tienen ninguna originalidad específica. Atraviesan entonces la mucosa
intestina v
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construyen
en el cuerpo proteínas nuevas que son específicas del ser humano y aun del
individuo. La pared del intestino protege el medio interior de manera más o
menos completa contra la invasión de moléculas propias de los tejidos de otros
seres, plantas o animales. Sin embargo, deja penetrar, a veces, las proteínas
animales o vegetales de los alimentos. Es por ello que la sensibilidad o la
resistencia del organismo a numerosas sustancias extrañas, puede producirse de
manera silenciosa e inadvertida. La barrera que opone el intestino al mundo
exterior no es siempre infranqueable.
Aunque
la mucosa intestinal elija cuidadosamente entre las materias alimenticias
aquellas utilizables, se deja atravesar por sustancias de más o menos buena
calidad. A veces también, no puede digerir o absorber los elementos de que
tenemos necesidad. Aunque estos elementos se encuentren en nuestra
alimentación, nuestros tejidos permanecen privados de ellos. Las sustancias
químicas del medio exterior se insinúan, pues, en cada uno de nosotros de
manera diferente según el grado de capacidades individuales de la mucosa
intestinal. Estas son las que construyen nuestros tejidos y nuestros humores.
Estamos literalmente forrados con el limo de la tierra, y es por eso que
nuestras cualidades fisiológicas. y mentales se encuentran afectadas por la
constitución geológica del país en que vivimos y por la naturaleza de los
animales y de las plantas de los cuales nos nutrimos habitualmente. Nuestra
estructura y los caracteres de nuestra actividad, dependen asimismo de la
elección que hacemos de cierto género de alimentos. Los jefes se han
proporcionado siempre una alimentación diferente a la de los esclavos. Aquellos
que conquistan, que mandan, que combaten, se alimentan sobre todo de carnes y
bebidas fermentadas, mientras que los pacíficos, los débiles, los pasivos, se contentan
con leche, legumbres, frutas y cereales. Nuestras aptitudes y nuestro destino
dependen, en medida asaz importante, de la naturaleza de las sustancias
químicas que sirven a la síntesis de nuestros tejidos. Es posible dar
artificialmente ciertos caracteres a los seres humanos como a los animales
sometiéndoles, desde su tierna edad, a una alimentación apropiada.
Fuera
del oxígeno atmosférico y los productos de la digestión intestinal, la sangre
contiene una tercera clase de sustancias nutritivas: las secreciones de las
glándulas endocrinas. El organismo posee el poder singular de construirse a sí
mismo, de fabricar, a expensas de los elementos de la sangre sustancias que
utiliza para nutrir ciertos tejidos y estimular ciertas funciones. Esta especie
de creación de sí mismo por sí mismo, es análoga al entrenamiento de la
voluntad por un esfuerzo de la voluntad. Las glándulas, tales como el tiroides,
la suprarrenal, el páncreas. sintetizan, utilizando las sustancias contenidas
en el plasma sanguíneo, cuerpos nuevos, la tiroxina, la adrenalina, la
insulina. Son verdaderas transformaciones químicas. Crean también, productos
indispensables a la nutrición de las células y de los órganos, a nuestras
actividades fisiológicas y mentales. Este fenómeno es casi tan extraño, como lo
sería la fabricación, por medio de ciertas piezas de un motor a gas, del aceite
que debe ser empleado por otras partes de la máquina, de sustancias activadoras
de la combustión y aún del pensamiento del mecánico. Es evidente que los
tejidos no pueden nutrirse únicamente con los tejidos que atraviesan la mucosa
intestinal. Estas sustancias deben ser retocadas por las glándulas. Y gracias a
las glándulas la existencia del organismo se hace posible.
El
cuerpo vivo es, ante todo, un proceso nutritivo. Consiste en un movimiento
incesante de sustancias químicas. Se puede comparar a la llama de un cirio o a
los juegos de agua que se alzan en medio de los jardines de Versalles. Estas
formas, a la vez permanentes y
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temporales,
dependen de una corriente de gas o de líquido. Como nosotros, se modifican
según los cambios de la calidad y de la cantidad de las sustancias que los
animan. Somos atravesados por una gran corriente de materia que viene del mundo
interior y a él retorna. Pero, durante su paso, esta materia cede a los tejidos
la energía de que éstos tienen necesidad, y también los elementos químicos con
los cuales se forman los edificios transitorios y frágiles de nuestros órganos
y de nuestros humores. El substratum corporal de todas las actividades humanas
proviene del mundo inanimado al cual, tarde o temprano, retorna. Está
constituido de los mismos elementos de los seres no vivientes. Es preciso,
pues, no extrañarnos, corno lo hacen ciertos fisiólogos modernos, porque
encuentran en nosotros las leyes de la física y de la química, tales como
existen en el mundo exterior. Lo inaudito sería que no las encontraran.
lX
Las
funciones sexuales y la reproducción.
Las
glándulas sexuales no impulsan solamente el gesto que, en la vida primitiva,
perpetuaba la especie. Intensifican también nuestras actividades fisiológicas,
mentales y espirituales. Entre los eunucos, jamás ha habido grandes filósofos,
grandes sabios, o siquiera grandes criminales. Los testículos y los ovarios
ejercen una función extensa. Primeramente dan nacimiento a las células macho o
hembra, cuya unión produce el nuevo ser humano. Al mismo tiempo, segregan
sustancias que se derraman en la sangre, e imprimen en los tejidos en los
órganos y en la conciencia, los caracteres macho y hembra. Dan también a todas
nuestras funciones su intensidad característica. El testículo engendra la
audacia, la violencia, la brutalidad, los caracteres que distinguen al toro de
combate del buey que arrastra la carreta a lo largo del camino. El ovario
ejerce una acción análoga en el organismo de la mujer. Pero éste no obra sino
durante una parte breve de la existencia. Al llegar la menopausia, se atrofia.
La duración menor de la vida del ovario da a la mujer que envejece una
inferioridad manifiesta sobre el hombre. Por el contrario, el testículo
permanece activo hasta la extrema vejez. Las diferencias que existen entre el
hombre y la mujer no se deben exclusivamente a la forma particular de los
órganos genitales, a la presencia del útero, a la gestación o a la educación.
Provienen de una causa muy profunda, la impregnación del organismo entero por
sustancias químicas, producto de las glándulas sexuales. La ignorancia de estos
hechos fundamentales ha conducido a los promotores del feminismo a la idea que
los dos sexos pueden tener la misma educación, las mismas ocupaciones, los
mismos poderes, e idénticas responsabilidades. En realidad, la mujer difiere
profundamente del hombre. Cada una de las célula, de su cuerpo porta consigo la
marca de su sexo. Otro tanto ocurre con sus sistemas orgánicos, y, sobre todo,
con su sistema nervioso. Las leyes fisiológicas son tan inexorables como las
leyes del mundo sideral. Es imposible sustituir los deseos humanos. Estamos
obligados a aceptarlos tales como son. Las mujeres deben desarrollar sus
aptitudes en la dirección de su propia naturaleza, sin procurar imitar a los
hombres. Su papel en el progreso de la civilización es más elevado que el de
aquellos. Hace falta, pues, que no lo abandonen.
La
importancia de los dos sexos en la propagación de la raza es desigual. Las
células del
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testículo
producen sin cesar, durante todo el curso de la vida, animalículos dotados de
movimientos muy activos, los espermatozoides. Estos espermatozoides penetran en
el mucus que cubre la vagina y el útero y encuentran en la superficie de la
mucosa uterina el óvulo. El óvulo es el producto dc una lenta madurez de las
células germinales del ovario. Este, en la mujer joven, contiene más o menos
trescientos mil óvulos. Pero sólo cuatrocientos alcanzan la madurez. En los
momentos de la menstruación, el óvulo es proyectado, tras el estallido del
quiste que lo contiene, en la membrana erizada de pestañas vibrátiles que le
transportan al útero. Ya su núcleo ha sufrido una modificación importante. Ha
expulsado la mitad de su sustancia, es decir, la mitad de cada cromosoma. Un
espermatozoide penetra entonces en el óvulo y sus cromosomas, que han perdido
también la mitad de su sustancia, se unen a los del óvulo. El nuevo ser ha
nacido. Se compone de una célula injertada en la mucosa uterina. Esta célula se
divide en dos partes y el desarrollo del embrión comienza.
El
padre y la madre contribuyen igualmente a la formación del núcleo de la célula
que engendra todas las células del organismo nuevo. Pero la madre da también al
óvulo, además de la mitad de la sustancia nuclear, todo el protoplasma que
rodea al núcleo mismo. Representa, pues, un papel más importante que el padre
en la formación del embrión. Por cierto, los caracteres de los padres se
transmiten por medio del núcleo. Pero las leyes actualmente conocidas de la
herencia, y las teorías actuales de la generación, no nos aportan aún una luz
bastante completa,. Es preciso acordarse, cuando se piensa en la parte tomada
por el padre y la madre en la reproducción, de las experiencias de Bataillon y
de Leeb. De un huevo no fecundado se puede, por medio de una técnica apropiada,
y sin la intervención del elemento macho, obtener una rana. Un agente físico o
químico es susceptible de reemplazar el espermatozoide. Sólo el elemento hembra
es esencial.
La
obra del hombre en la reproducción es breve. La de la mujer dura nueve meses.
Durante este tiempo el feto se mantiene por medio de las sustancias que llegan
a él de la sangre materna después de haberse filtrado a través de las membranas
de la placenta. En tanto que el niño toma de su madre los elementos químicos
que constituyen sus tejidos, aquélla recibe ciertas sustancias segregadas por
los tejidos de su hijo. Estas sustancias pueden ser bienhechoras o peligrosas.
En efecto, el feto está formado a la, vez por las sustancias nucleares del
padre y de la madre. Es un ser de origen, en parte, extranjero, que se ha
instalado en el cuerpo de la mujer. Durante todo el embarazo, ésta última está
sometida a su influencia. A. veces ella se siente como envenenada por el feto.
Siempre su estado psicológico y fisiológico se modifica, por él. Se diría que
las hembras, a lo menos entre los mamíferos, no alcanzan su pleno desarrollo
sino tras uno o varios embarazos. Las mujeres que no tienen hijos, son menos
equilibradas, más nerviosas que las otras. En suma, la presencia del feto,
cuyos tejidos difieren de los suyos por su juventud y sobre todo porque son
parte de los de su marido, obran profundamente sobre la mujer. Se desconoce en
general, la importancia que tiene para ella la función de la generación. Esta
función es indispensable para su óptimo desarrollo. Así, pues, es absurdo
alejar a las mujeres de la maternidad. No es preciso dar a las muchachas la
misma formación intelectual, el mismo género de vida, el mismo ideal que a los
muchachos. Los educadores deben tomar en consideración las diferencias
orgánicas y mentales del macho y de la hembra y su papel natural. Entre los
dos. sexos hay diferencias irrevocables. Es imperativo el tenerlas en cuenta en
la construcción del mundo civilizado.
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X
Las
relaciones físicas del cuerpo con el mundo exterior.– Sistema nervioso
voluntario.–
Sistemas esquelético y muscular.
Gracias
a su sistema, nervioso, el ser humano registra las excitaciones que vienen a él
desde el medio exterior, y responde de manera apropiada por medio de sus
órganos y de sus músculos. Lucha por su existencia con la conciencia tanto como
con el cuerpo. En este combate incesante, su corazón, sus pulmones, su hígado,
sus glándulas endocrinas, le son tan indispensables como sus músculos, sus
puños, sus útiles, sus máquinas y sus armas. Posee, además, dos sistemas
nerviosos. El sistema central o cerebro-espinal, consciente y voluntario, que
rige sus músculos, y el sistema simpático, autónomo e inconsciente que rige sus
órganos. El segundo sistema depende del primero. Este doble aparato da a la
complejidad de nuestro cuerpo la sencillez indispensable a su acción sobre el
mundo exterior.
El
sistema central comprende el cerebro, el cerebelo, el bulbo y la médula.
Engendra, directamente los nervios de los músculos e indirectamente, los de los
órganos. Se compone de una masa blanda, blanquecina v extremadamente frágil que
llena el cráneo y la columna vertebral. Recibe los nervios sensitivos que
llegan de la superficie del cuerpo y de los órganos de los sentidos. Por su
intermedio, entra en relaciones incesantes con el mundo cósmico. Al mismo
tiempo se comunica con todos los músculos del cuerpo por medio de los nervios
motores y con todos los órganos por medio de las ramificaciones que se dirigen
al sistema llamado gran simpático. Los nervios, en número inmenso, estrían,
pues, todas las partes del organismo. Sus ramificaciones microscópicas se
insinúan entre las células de la piel, en torno a los callejones sin salida de
las glándulas, de sus canales, de sus canales excretores, en las túnicas de las
arterias y de las venas, en las envolturas contráctiles del estómago y del
intestino, en la superficie. de las fibras musculares, etc. Extienden, en suma,
la tenuidad de sus redes sobre el cuerpo entero. Todos ellos dimanan de las
células que habitan el sistema nervioso central, la doble cadena de los
ganglios simpáticos, y los pequeños conjuntos ganglionares diseminados en los
órganos.
Estas
células son las más nobles y las más delicadas de los elementos que componen el
cuerpo. Con la ayuda de las técnicas de Ramón y Cajal, se nos representan con
admirable claridad. Poseen un cuerpo voluminoso que en las especies habitan la
corteza del cerebro semejantes a una pirámide y a órganos complicados con
funciones aun desconocidas. Se prolongan en filamentos gráciles, las dendritas
y los axones. Ciertos axones recorren sin interrupción la distancia de la cual
provienen y forman un individuo distinto, la neurona. Las fibras de una célula
no se unen jamás a la de otra. Terminan con una fronda de microscópicos botones
en los cuales se observa agitación incesante en los films cinematográficos.
Estos botones se articulan por intermedio de una membrana, la, membrana
sináptica con las terminaciones semejantes de otras células. En cada neurona,
el influjo nervioso se propaga por relaciones con el cuerpo celular, siempre en
el mismo sentido. Su dirección es centrípeta en las dendritas y centrífuga en
los axones. Pasa de una
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neurona
a la otra, franqueando la membrana sináptica. Penetra de la misma manera en la
fibra muscular sobre la cual se aplican los bulbos terminales de las fibrillas.
Pero su paso exige una condición extraña: es preciso que el valor del tiempo,
la cronaxia, sea idéntica en las neuronas contiguas o en la neurona y la fibra
muscular. Entre dos neuronas que cuentan de manera diferente el paso del
tiempo, la propagación del influjo nervioso no se efectúa. Igualmente un
músculo y su nervio, deben ser isocrónicos. Si un veneno, como el curare o la
estricnina, modifica la cronaxia de un nervio, el influjo deja de pasar de ese
nervio al músculo. Se produce entonces una parálisis aunque el músculo sea
normal. Estas relaciones temporales del nervio y del músculo son tan
indispensables como sus relaciones espaciales a la integridad de la función. Lo
que se produce en los nervios durante el dolor o los movimientos voluntarios,
lo ignoramos. Sólo sabemos que una variación del potencial eléctrico se
desplaza a lo largo del nervio durante su actividad. Así pudo Adrián poner en
evidencia en las fibrillas aisladas, la marcha de las ondas negativas cuya
llegada al cerebro se traduce por una sensación dolorosa.
Las
neuronas se articulan las unas a las otras por un sistema de postas, como de
postas eléctricas. Se dividen en dos grupos. La una comprende las neuronas
receptoras y motoras que reciben las impresiones del mundo exterior, o de los
órganos, y dirigen los músculos; la otra, las neuronas de asociación, cuyo
inmenso número da a los hombres su riqueza y su complejidad. Nuestra
inteligencia es tan incapaz de abarcar la extensión del cerebro como lo es de
abarcar la extensión del mundo sideral. Los centros nerviosos contienen más de
doce mil millones de células. Estas células están unidas las unas a las otras
por medio de fibras, cada una de las cuales posee múltiples ramas. Gracias a
estas fibras, se asocian entre ellas muchos trillones de veces. Y este prodigioso
conjunto, a pesar de su inimaginable complejidad, funciona como una cosa
esencialmente una. A nosotros, observadores habituados a la sencillez de las
máquinas y de los instrumentos de precisión, se nos presenta como instrumento
incomprensible y maravilloso.
Una
de las funciones principales de los centros nerviosos es dar una respuesta
apropiada a las excitaciones que provienen del medio exterior. En otros
términos, producir movimientos reflejos. Se suspende una rana decapitada con
las piernas colgantes. Se la pincha en un dedo. La pierna se dobla. Este
fenómeno es debido a la presencia de un arco reflejo, de dos neuronas, la una
sensitiva la otra motora, articuladas al seno de la médula. En general, el arco
reflejo se encuentra complicado por la presencia de neuronas de asociación, que
se interponen entre las neuronas sensitivas y motora. Gracias a estos sistemas
neurónicos, se producen los actos reflejos, tales como la respiración, la
deglución, el mantenerse en pie, la locomoción, la mayor parte, en fin, de
nuestra vida habitual. Estos movimientos son automáticos. Pero algunos de entre
ellos, son modificables por la conciencia. Basta, por ejemplo, fijar la
atención sobre nuestros movimientos respiratorios para modificar su ritmo. Por
el contrario, el corazón, el estómago, el intestino, se sustraen a nuestra
voluntad, y aún, si pensamos en ellos, su automatismo se trastorna. Aunque los
movimientos que mantienen nuestra actitud y permiten la marcha, estén dirigidos
por la médula, su coordinación depende del cerebelo. Lo mismo que la médula y
el bulbo, el cerebelo no interviene en los procesos mentales.
La
corteza cerebral es un mosaico de órganos nerviosos distintos que se encuentran
en relación con las diferentes partes del cuerpo. Por ejemplo, la región
lateral del cerebro, conocida con el nombre de “la región de Rolando”,
determina los movimientos de coger,
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de
locomoción y también del lenguaje articulado. Tras ella se encuentran los
centros de la visión. Las heridas, los tumores, las hemorragias de esos
diferentes distritos se traducen por perturbaciones de las funciones
correspondientes. Aparecen desórdenes análogos cuando las lesiones se asientan
sobre las fibras que unen estos centros a los centros inferiores de la médula.
Los reflejos se producen en la corteza cerebral que ha estudiado Pavlov con el
nombre de reflejos condicionados. Un perro segrega saliva cuando se le coloca
un alimento en la boca. Es un reflejo innato. Pero segrega también saliva
cuando ve a la persona que habitualmente le proporciona sus alimentos. Es un
reflejo condicionado o adquirido. Gracias a esta propiedad del sistema
nervioso, el hombre y los animales son educables. Si extirpamos la corteza
cerebral, la adquisición de nuevos reflejos viene a ser imposible. Todos estos
conocimientos son aun rudimentarios. Nada nos permite comprender las relaciones
de la conciencia de los procesos nerviosos con lo mental y lo cerebral.
Ignoramos cómo los sucesos que pasan en las células piramidales se afectan por
sucesos anteriores o acontecimientos futuros, cómo las excitaciones se cambian
en inhibiciones y vice-versa. Y menos sabemos todavía cómo surgen los fenómenos
imprevistos y cómo nace el pensamiento.
El
cerebro y la médula forman con los nervios y los músculos un sistema
indivisible. Los músculos no son, desde el punto de vista funcional, sino una
prolongación del cerebro. Gracias s ellos y a su armadura ósea, la inteligencia
humana ha dejado su huella en el mundo. La forma de nuestro esqueleto es una
condición esencial de nuestra potencia. Los miembros son palancas articuladas
compuestos de tres segmentos. El miembro superior está montado sobre una placa
móvil, el omóplato, mientras que la cintura ósea, a la cual se articula el
miembro inferior, se mantiene rígida y fija. A l o largo del esqueleto están
colocados los músculos motores. En la extremidad del brazo, estos músculos se
expanden en tendones que mueven dedos y mano. La mano es una obra de arte
perfecta. A la vez, siente y actúa. Casi se diría que ve. La disposición
anatómica de su piel y de su aparato táctil, como asimismo sus músculos y sus
huesos han permitido a la mano fabricar armas y útiles. Jamás habríamos
adquirido la maestría de la materia sin ayuda de los dedos, esas cinco
diminutas palancas, compuestas cada cual de tres segmentos articulados que se
encuentran montados sobre los metacarpos y el macizo óseo de la mano. La mano
se adapta al trabajo más brutal como al más delicado. Maneja con la misma
habilidad el cuchillo de sílex del cazador primitivo, la maza del herrero, el
hacha del leñador, la carreta del campesino, la espada del caballero, las
palancas del aviador, los pinceles del artista, la pluma del escritor, los
hilos del tejedor de seda. Sirve para matar y para bendecir, para dar y robar,
para sembrar el grano en la superficie del surco y para lanzar las granadas en
las trincheras.
La
delicadeza, la fuerza y adaptación de los miembros inferiores cuyas
oscilaciones pendulares determinan la marcha y la carrera, no han sido jamás
igualados por nuestras máquinas que utilizan únicamente el principio de la
rueda. Las tres pequeñas palancas de cada uno de nuestros dedos, se pliegan con
una maravillosa facilidad a todas las actitudes, a todos Íos esfuerzos, a todos
los movimientos. Nos conducen tan bien sobre el suelo pulido de una sala de
baile, como sobre el caos de un banco de hielo, en las avenidas del Park Avenue
o sobre, las pendientes de las montañas rocosas. Nos permiten caminar, correr,
trepar, caer, nadar, progresar sobre todos los terrenos y en todas las
condiciones.
Existe
otro sistema orgánico compuesto de sustancia cerebral, de nervios, de músculos
y de
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cartílagos
que, como la mano, contribuye a la superioridad del hombre sobre todos los
seres vivientes. Está, constituido por la lengua y la laringe y por su aparato
nervioso. Gracias a él, podemos expresar nuestros pensamientos y comunicarnos
entre nosotros por medio de sonidos. Sin el lenguaje articulado, la
civilización no podría existir.
El
uso de la palabra como el de la mano, ha contribuido mucho al desarrollo del
cerebro. Las partes cerebrales de la mano, de la lengua y de la laringe, se
extienden sobre una ancha superficie de la corteza. Al mismo tiempo que estos
centros nerviosos ordenan los movimientos de la escritura, de la palabra, del
aprehender los objetos, están estimulados por ellos. Son, a la vez,
determinantes y determinados. Se diría que el juego de la inteligencia se
encuentra facilitado por las contracciones rítmicas de los músculos. Ciertos
ejercicios físicos parecen excitar el pensamiento. Y es por ello, quizás, que
Aristóteles y sus alumnos tenían el hábito de pasearse cuando discutían los
altos problemas de la filosofía y de la ciencia. Parece que ninguna parte de
los centros nerviosos funciona aisladamente. Vísceras, músculos, médula,
cerebro, son solidarios los unos de los otros. Los músculos, cuando se
contraen, dependen no sólo de las regiones extendidas, sino también de
numerosas vísceras. Reciben sus direcciones del sistema nervioso centra; y su
energía del corazón, de los pulmones, de las glándulas y del medio interior.
Para obedecer al cerebro, necesitan la cooperación del cuerpo entero.
Xl
Sistema
nervioso visceral.– La vida inconsciente de los órganos.
Gracias
al sistema nervioso autónomo colaboran las vísceras a nuestras relaciones con
el mundo exterior. Los órganos, tales como el estómago, el hígado, el corazón,
etc. no están sometidos a nuestra voluntad. Nos es imposible aumentar o
disminuir, cuando nos place, el calibre de nuestras arterias o el ritmo de las
pulsaciones de nuestro corazón y las contracciones de nuestro intestino. La
independencia de estas funciones es debida a la presencia de arcos reflejos en
los órganos mismos. Estos sistemas locales están constituidos con pequeños
conjuntos de células nerviosas diseminadas en los tejidos, bajo la piel, en
torno a los vasos sanguíneos, etc. Existe una cantidad de centros reflejos que
procuran su automatismo a las vísceras. Por ejemplo, una asa intestinal,
extirpada del cuerpo, y provista de una circulación artificial, presenta
movimientos normales. Un riñón injertado comienza a segregar en seguida. La
mayor parte de los órganos poseen cierta independencia. Pueden funcionar aún
cuando se les separe del cuerpo. Sus innumerables fibras nerviosas de que están
provistos provienen de la doble cadena de ganglios simpáticos que se encuentran
delante de la columna vertebral, y de otros ganglios colocados en torno de
vasos del abdomen. Estos centros ganglionares manejan todos los órganos y
reglamentan su trabajo. Por otra parte, gracias a sus relaciones con la médula,
el bulbo, y el cerebro, coordinan la acción de las vísceras con la de los
músculos en los actos que exigen el esfuerzo del cuerpo entero.
Los
ganglios simpáticos se encuentran unidos al sistema central en tres diferentes
regiones por medio de ramificaciones que les comunican con las partes craneana,
dorsal y pelviana
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del
sistema central o voluntario. Los nervios autónomos de la región craneana y de
la región de la pelvis se llaman parasimpáticos. Aquellos de la región dorsal
se llaman nervios simpáticos propiamente dichos. La acción del parasimpático y
del simpático se oponen una a la otra. Las vísceras resultan así, a la vez ,
independientes y dependientes del sistema nervioso central. Es posible
extirpar, en una sola masa, del cuerpo de un gato y de un perro los pulmones,
el corazón, el estómago, el hígado, el páncreas, el intestino, el bazo, los
riñones, la vejiga con sus vasos sanguíneos y sus nervios, sin que el corazón
detenga sus latidos y la sangre deje de circular. Si a este ser visceral se le
sitúa en un baño caliente y si se proporciona oxígeno a sus pulmones, continúa
viviendo. El corazón late, el estómago y el intestino se contraen y digieren
los alimentos. Cuando se extirpa sencillamente al animal vivo, como lo ha hecho
Cannon, la doble cadena simpática, el sistema visceral se aísla en seguida del
sistema nervioso central. Sin embargo, los animales así operados viven en buena
salud en sus jaulas. Pero no serían capaces de una existencia libre. Porque, en
la lucha por la vida, no pueden llamar a su corazón, a sus pulmones y a sus
glándulas en socorro de sus músculos, de sus garras y de sus dientes.
Los
nervios simpáticos obran sobre las pulsaciones del corazón, sobre las
contracciones de los músculos, de las arterias y de los intestinos, y sobre la
secreción de las células glandulares. El influjo nervioso se propaga, como en
los nervios motores de los ganglios centrales, a los órganos. Cada órgano está
doblemente inhibido, de una lado por el simpático, del otro por el
parasimpático. El parasimpático torna más lentos los latidos del corazón,
mientras el simpático los acelera. De igual modo, el primero dilata las
pupilas, el segundo las contrae. Los movimientos del intestino son más pausados
si el simpático interviene, y se aceleran si el parasimpático entra a obrar.
Según el predominio de uno o de otro de estos sistemas, los seres humanos
adquieren temperamentos diferentes. Estos son los nervios que reglamentan la
circulación de cada órgano. El gran simpático produce la constricción de las
arterias y la palidez de la faz en las emociones y en ciertas enfermedades. Su
acción está, seguida del enrojecimiento de la piel y de la contracción de la
pupila. Ciertas glándulas, tales como la hipófisis y la suprarrenal, están
hechas a la vez de células glandulares y nerviosas. Entran en actividad bajo la
influencia del simpático. Las sustancias químicas que segregan producen el
mismo efecto en los vasos que el nervio mismo; aumentan su poder. Como el gran
simpático, la adrenalina contrae los vasos. En suma, el sistema nervioso
autónomo, por sus fibras simpáticas y parasimpáticas, mantiene bajo su dominio
el mundo inmenso de las vísceras. Es él quien unifica su acción. Más adelante
describiremos de qué manera viene a ser el substratum más importante de las
funciones que nos permiten durar, las funciones adaptativas.
El
sistema autónomo depende, como lo hemos visto, del sistema nervioso voluntario,
que viene siendo el coordinador supremo de todas las actividades orgánicas. Se
encuentra, representado por un cuerpo que se halla en la base del cerebro. Las
heridas y tumores de ésta región son seguidas de desórdenes de las funciones
afectivas. En efecto, nuestras emociones pueden expresarse por intermedio de
las glándulas. La vergüenza, la cólera, el temor, producen modificaciones de la
circulación cutánea, palidez o rojez de la faz, contracción o dilatación de las
pupilas, la protrusión del ojo, la descarga de adrenalina en la circulación, la
detención de las secreciones gástricas, etc. Es por ello que nuestros estados
de conciencia tienen marcado efecto sobre las funciones de las vísceras. Se
sabe que multitud de enfermedades del estómago y del corazón, comienzan por
trastornos nerviosos.
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Entre
los individuos sanos, los órganos permanecen ignorados. Sin embargo, poseen
nervios sensitivos, que envían sin cesar mensajes a los centros nerviosos y, en
particular, al centro de la conciencia visceral. Cuando nuestra atención se
halla dirigida hacia las cosas exteriores en la lucha cotidiana por la vida las
impresiones que provienen de los órganos, no franquean el umbral de la
conciencia. Pero, sin que nosotros nos demos cuenta precisa, dan cierto color a
nuestros pensamientos, a nuestras emociones, a nuestras acciones, a toda
nuestra vida. Se puede tener, sin razón alguna, la impresión de una desgracia
inminente; o bien la de una alegría, la de una desconocida felicidad. El estado
de nuestros sistemas orgánicos obra puramente sobre la conciencia. A veces un
órgano nos da, de este modo, la advertencia del peligro, Cuando un hombre, sano
o enfermo, experimenta la impresión de su muerte próxima, esta nueva, le viene
probablemente del centro de la conciencia visceral. Y la conciencia visceral se
engaña rara vez. Ciertamente, entre los habitantes de la Ciudad Nueva, las
funciones simpáticas están tan desequilibradas como las de la conciencia.
Parece que el sistema autónomo se ha tornado menos capaz de proteger el
corazón, el estómago, el intestino y las glándulas contra tantas emociones de
la existencia. En los peligros y la brutalidad de la vida primitiva, aquél era
suficiente. Pero es incapaz de resistir a los choques incesantes de la vida
moderna.
Xll
Complejidad
y sencillez del cuerpo.– Los límites anatómicos y los límites fisiológicos de
los órganos.– Homogeneidad fisiológica y heterogeneidad anatómica.
El
cuerpo se nos aparece, pues, como una cosa extremadamente compleja, como una
gigantesca asociación de diversas razas celulares, cada una de las cuales se
compone de millares de individuos. Estos viven sumergidos en humores fabricados
con diversas sustancias químicas que crean ellos mismos, y de las que obtienen
su alimento. De un extremo a otro del cuerpo, se comunican entre ellos los
productos de sus secreciones, manteniéndose, además, unidos entre si por el
sistema nervioso. Nuestros métodos analíticos nos ponen en presencia de una
complejidad prodigiosa, y sin embargo estas muchedumbres inmensas se comportan,
a la verdad, como un ser único en su esencia. Nuestros actos son sencillos,
como por ejemplo, estimar de exacta manera un peso mínimo, elegir sin contarlos
ni caer en error, un número dado de objetos pequeños. Sin embargo estos gestos
aparecen en nuestras inteligencia como si estuvieran compuestos de multitud de
elementos. Exigen el trabajo armónico de los sentidos musculares, de los
músculos de la piel, de la retina, del ojo, de innumerables células musculares
y nerviosas. La sencillez es probablemente real, la complejidad artificial.
Nada es más simple y homogéneo que el agua del océano, pero si pudiéramos
mirarla a través de algún aparato que aumentase su volumen un millón de veces,
perdería esa simplicidad. Se trasformaría entonces en una población heterogénea
de moléculas con dimensiones y formas diferentes que se agitarían con
velocidades diversas en inextricable caos. Por ello es que los objetos de
nuestro mundo resultan simples o complejos, según la técnica que usemos para
estudiarlos. De hecho, la sencillez funcional posee siempre un substratum
complejo, lo que viene siendo un resultado inmediato de la observación que no
nos queda sino aceptar
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tal
cual es.
Nuestros
tejidos poseen gran heterogeneidad estructural. Se componen de elementos muy
diferentes los unos de los otros. El hígado, el bazo, el corazón, los riñones,
tienen su individualidad particular y límites definidos. Para anatomistas y
cirujanos, nuestra heterogeneidad orgánica es indiscutible. Sin embargo, parece
ser que ésta es más aparente que real. Las funciones carecen muchísimo más de
límites que los órganos. El esqueleto, por ejemplo, no constituye sólo la
armazón del cuerpo; forma parte, asimismo del sistema circulatorio,
respiratorio y nutritivo, puesto que fabrica gracias a la médula, leucocitos y
glóbulos rojos. El hígado segrega la bilis, destruye los venenos y los
microbios, almacena glucógenos, regula el metabolismo del azúcar en el organismo
entero, produce la heparina. Lo mismo ocurre con el páncreas, las glándulas
suprarrenales, el bazo, etc. Cada uno de estos órganos posee múltiples misiones
y toma parte en casi la totalidad de los acontecimientos del cuerpo. Pero para
su individualidad anatómica, existen fronteras más estrechas que para su
individualidad fisiológica.
Una
sociedad celular, por intermedio de las sustancias que ella misma fabrica, se
insinúa en todas las otras sociedades. Por lo demás, este vastísimo conjunto
está colocado bajo el dominio de un cerebro central único. Este centro envía
sus órdenes en silencio a todas las regiones del mundo orgánico. Hace del
corazón, vasos y pulmones, del aparato digestivo, y de las glándulas
endocrinas, un todo donde se confunden los individuos morfológicos.
En
realidad, toda esta heterogeneidad del organismo es producida sólo por la
fantasía del observador. ¿Por qué identificar un órgano a sus elementos
histológicos antes que a las sustancias químicas por él segregadas? Ante el
anatomista, los riñones aparecen como dos glándulas diversas. Sin embargo,
desde el punto de vista fisiológico, no constituyen sino un solo ser. Si se
extirpa uno de ellos, el otro se hipertrofia. Un órgano no está limitado por
superficie, y por el contrario, se extiende tan lejos como las sustancias que
segrega. En efecto, su estado funcional y estructural depende de la rapidez con
que sus sustancias sean utilizadas por los otros órganos. Cada glándula, se
prolonga, por medio de sus secreciones internas, en el cuerpo entero. Supongamos
que las sustancias derramadas en la sangre por los testículos sean azules: el
cuerpo entero del macho sería azul. Los testículos estarían coloreados de
manera más intensa, pero su tinte específico se extendería en todos los tejidos
y en todos los órganos, aun en los cartílagos de las extremidades de los
huesos. El cuerpo se nos presentaría como formado por un testículo inmenso. En
realidad, la extensión espacial y temporal de cada glándula, es idéntica a la
del organismo entero. Un órgano está constituido tanto por su medio interior
como por sus elementos anatómicos, o sea, conformado a la vez de células
específicas y de un medio específico, y este medio se extiende fuera de la
frontera anatómica. Cuando se reduce el concepto de una glándula al de su armazón
fibrosa, de sus células, de sus vasos y de sus nervios, no puede comprenderse
la existencia del organismo vivo. En suma, el cuerpo está, formado por una
heterogeneidad anatómica, y por una homogeneidad fisiológica. Obra como si
fuese simple pero nos presenta una estructura compleja. Esta antítesis es
producto de nuestro espíritu que se representa al hombre construido como está
construida una máquina.
Xlll
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Modo
de organización del cuerpo.– La analogía mecánica. – La antítesis.– La
necesidad de atenerse, sin más, a la observación inmediata.– Las regiones
desconocidas.
La
organización de nuestro cuerpo no se parece al montaje de una máquina. Una
máquina se compone de piezas múltiples, separadas en su origen. Una vez
reunidas las piezas, la máquina se convierte en un objeto simple. Se encuentra
organizada, como el ser viviente, para una función determinada. Y como él
misino, es a la vez, sencilla y compleja. Pero es primariamente compleja y
secundariamente sencilla. Por el contrario, el ser humano, es primariamente
sencillo y secundariamente complejo. Se compone, desde luego, de una sola
célula. Esta célula se divide en otras dos, que se dividen a su turno, y la
división continúa indefinidamente. En el curso de este proceso de complicación
estructural, el embrión retiene la sencillez también estructural del huevo. Se
diría que las células, aunque han llegado a ser los elementos de una
muchedumbre innumerable, conservan el recuerdo de su unidad original. Conocen
de antemano las funciones que les son atribuidas en el conjunto del organismo.
Si se cultivan las células epiteliales durante muchos meses fuera del animal
del cual provienen, siempre se disponen en mosaico, como para recubrir una
superficie. Los leucocitos que viven en frascos fagocitan microbios y glóbulos
rojos, aunque no tengan que defender el cuerpo contra las incursiones de estos
extranjeros. El conocimiento innato del papel que deben representar en el todo,
es un modo de ser de los elementos del cuerpo.
Las
células aisladas tienen el singular poder de reproducir sin finalidad ni
dirección, los edificios que caracterizan los órganos. Si de una gota de sangre
colocada en el plasma líquido, se deslizan en forma de pequeño arroyuelo,
algunos glóbulos rojos arrastrados por la pesantez, se forman en torno suyo y
en seguida, ligeras orillas. Estas orillas se recubren en el acto con filamento
de fibrina. Y el arroyuelo se convierte en un tubo por donde pasan los glóbulos
rojos como por un vaso sanguíneo. Después, los leucocitos vienen a situarse en
la superficie de este tubo, le rodean con sus extremidades y le dan el aspecto
de un capilar provisto de células contráctiles. Así, pues, los glóbulos
sanguíneos componen un segmento del aparato circulatorio, aunque no exista ni
corazón, ni circulación, ni tejidos que regar. Las células parecen abejas, que
construyen sus alvéolos geométricos, fabrican su miel, nutren sus embriones,
como si cada una de ellas conociese las matemáticas, la química, la biología, y
obrase en interés de toda la comunidad. Esta tendencia a la formación de
órganos por sus elementos constitutivos es, como las aptitudes sociales de los
insectos, una consecuencia inmediata de la observación. Resulta inexplicable,
con ayuda de nuestros conceptos actuales, pero nos facilita la comprensión del
modo cómo se organiza el cuerpo vivo.
Un
órgano se edifica por medio de procedimientos que parecen extrañísimos a
nuestro espíritu. No exige un aporte de células, como exige la construcción de
una casa un aporte de materiales. No es una construcción celular. Sin duda, se
compone de células, como una casa de ladrillos. Pero es el producto de esas
células, como si una casa fuese el producto de un ladrillo; un ladrillo que se
pusiese a fabricar otros ladrillos utilizando el agua del arroyo, las sales
minerales que contiene y el aire atmosférico. En seguida estos ladrillos
formarían automáticamente murallas sin atender el plan del arquitecto, ni
aguardar la
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llegada
de los albañiles. Se trasformarían asimismo en vidrios para las ventanas, en
tejas para la construcción del techo, en carbón para la calefacción, en agua
para la cocina. En suma, un órgano se desarrolla por los mismos procedimientos
atribuidos a las hadas en los cuentos que se contaba antaño a los niños, y es
producido por las células que parecen conocer el edificio futuro, y que
sintetizan, a expensas del medio interior, el plan de construcción, los
materiales y los obreros. Los métodos del organismo son, pues, totalmente
diferentes de aquellos de que nos servimos para la construcción de nuestras
máquinas y de nuestras casas. No encontramos en ellos la sencillez de los
nuestros. Los procedimientos empleados por nuestro cuerpo son enteramente originales.
No encontramos en este mundo intraorgánico, las formas típicas de nuestra
inteligencia. Ésta se encuentra amoldada sobre la sencillez del mundo cósmico y
no sobre la complejidad de los mecanismos internos de los animales. Por el
momento, no es posible comprender la forma de organización de nuestro cuerpo y
sus actividades nutritivas y nerviosas. Las leyes de la mecánica, de la física
y de la química, se aplican completamente al Universo material. Parcialmente,
al ser humano. Es preciso abandonar en definitiva las ilusiones de los
mecánicos del siglo XlX, los dogmas de Jacques Leeb, las pueriles concepciones
físico-químicas del hombre en las que se complacen aun tantos fisiólogos y
médicos. Es preciso dejar también de lado las fantasías filosóficas y humanísticas
de los físicos y de los astrónomos. Tras otros muchos, Jeans cree y enseña que
Dios, creador del Universo sideral, es un matemático. Si así fuese, el mundo
material, los seres vivientes y el hombre, no habrían sido creados por el mismo
Dios. ¡Qué ingenuas son nuestras especulaciones! A la verdad, no tenemos de la
constitución de nuestro cuerpo sino un conocimiento rudimentario. Debemos
contentarnos por el momento con la observación positiva de nuestras actividades
orgánicas y mentales, y avanzar sin otra guía que ella, hacia lo desconocido.
XlV
Fragilidad
y solidez del cuerpo.– El silencio del cuerpo durante la salud,– Los estados
intermediarios entre la enfermedad y la salud.
Nuestro
cuerpo es de una gran solidez. Se acomoda a todos los climas: a la sequedad, a
la humedad, al frío de las regiones polares, al calor tropical. Soporta con
igual resistencia la privación de alimentos, las intemperies, las fatigas, las
preocupaciones, el trabajo excesivo. El hombre es el más resistente, en suma,
de todos los animales, y la raza blanca, constructora de nuestra civilización,
la más resistente de todas las razas. Sin embargo, nuestros órganos son
frágiles. Se hieren con el más pequeño choque. Se desintegran en el momento
mismo en que la circulación se detiene. El cerebro se aplasta con una ligera
presión de los dedos. Esta oposición entre la fragilidad y la solidez del
organismo es como la mayor parte de las antítesis que encontramos en la
biología: una ilusión de nuestro espíritu. Resulta de la comparación
inconsciente que siempre hacernos entre nuestro cuerpo y una máquina. La
solidez de una máquina depende de la del metal con que está, construida y de la
perfección de su montaje, pero la del ser viviente es debida a causas sumamente
diferentes. Proviene sobre todo, de la elasticidad de los tejidos, de su
tenacidad, de la propiedad suya de reproducirse en lugar de gastarse, del
extraño poder
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Alexis
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que
el organismo posee de hacer frente a cualquiera nueva situación por medió de
cambios adaptivos. La resistencia a la enfermedad, a las fatigas, a los
sufrimientos; la capacidad de esfuerzo, el equilibrio nervioso, dan la medida
de la superioridad de los hombres. Tales cualidades caracterizan las funciones
de nuestra civilización. Las grandes razas blancas deben su éxito a la
perfección de su sistema nervioso. Sistema nervioso que, aunque en extremo
sensible y excitable, es, sin embargo, susceptible de disciplina. Las
cualidades excepcionales de sus tejidos y de su conciencia son los que han dado
a los pueblos de Europa occidental y a sus colonias de los Estados Unidos, el
predominio sobre todos los otros.
Ignoramos
la naturaleza de esta solidez orgánica, de esta superioridad nerviosa y mental.
¿Se deben, acaso, a la estructura misma de las células, a las substancias
químicas que sintetizan, a la manera en que sus órganos son integrados en un
todo por los humores y por los nervios? No lo sabemos. Estas cualidades son
hereditarias. Existen entre nosotros desde hace multitud de siglos. Sin
embargo, pueden desaparecer, aun en las más ricas y grandes naciones. La
historia de las civilizaciones pasadas nos da clara idea de esa catástrofe.
Pero no nos explica su génesis sino con cierta vaguedad. Es verdad que la
solidez del cuerpo y de la conciencia debe ser conservada a toda costa. La
fuerza mental y nerviosa es infinitamente más importante que la fuerza muscular.
El descendiente no degenerado de una raza grande, posee una resistencia natural
a la fatiga y al temor. No piensa en su salud o en su seguridad. Ignora a los
médicos. Se niega a creer que la edad de oro llegará cuando los químicos
fisiólogos hayan obtenido todas las vitaminas y todos los productos de
secreción de las glándulas endocrinas en estado puro. Se considera destinado a
obrar, a pensar, a amar, a luchar, a conquistar. Su acción sobre el mundo
exterior es tan eminentemente sencilla como el salto de la bestia feroz cuando
se arroja sobre su presa. No se da más cuenta que el animal mismo de su
complejidad estructural.
El
cuerpo sano vive silenciosamente. No le escuchamos, no le sentimos funcionar.
Los ritmos de nuestra existencia se traducen por las impresiones cenestésicas,
que, como el dulce rumor de un motor de dieciséis cilindros, ocupan el fondo de
nuestra conciencia cuando nos sumergimos en el silencio y el recogimiento. La
armonía de las funciones orgánicas da el sentimiento de la paz. Cuando la
presencia de un órgano se acerca al umbral de la conciencia, este órgano
comienza a funcionar mal. El dolor es una señal de alarma. Muchas gentes, sin
estar enfermas, no gozan, ciertamente, de buena salud. La calidad de algunos de
sus tejidos es mala. Las secreciones de tal glándula o de tal mucosa, es escasa
o abundante. La excitabilidad de su sistema nervioso es exagerada. La
correlación de sus funciones orgánicas en el espacio o en el tiempo se opera
mal. La resistencia de sus tejidos a las infecciones no es suficiente. Estos
estados de inferioridad corporal obran pesadamente sobre su destino y les hacen
desgraciados. Aquel que descubriera los medios de producir el desarrollo
armonioso de los tejidos y de los órganos, sería el instaurador de un gran
progreso, porque, aun más que el propio Pasteur aumentaría en los hombres la
aptitud para la felicidad.
Hay
muchas causas que contribuyen el debilitamiento del cuerpo. Se sabe que una
alimentación demasiado pobre o demasiado rica, el alcoholismo, la sífilis, las
uniones consanguíneas y también la prosperidad y el descanso excesivo,
disminuyen y debilitan la calidad de los tejidos y de los órganos. La
ignorancia y la pobreza producen efectos idénticos que la riqueza y el confort.
Los hombres civilizados degeneran en los climas
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tropicales.
En cambio se desarrollan en los templados o fríos. Tienen necesidad de una
forma de vida que impone a cada cual un esfuerzo constante, una disciplina
fisiológica y moral y ciertas privaciones. Tales condiciones de existencia les
procuran la resistencia a la fatiga y a los sufrimientos. Asimismo les
preservan de muchas enfermedades, en particular de las enfermedades nerviosas,
y les impulsan irresistiblemente a la conquista del mundo exterior.
XV
Las
enfermedades infecciosas y degenerativas
La
enfermedad consiste en un desorden funcional y estructural. La variedad de sus
aspectos es tan grande como la. de nuestras actividades orgánicas. Hay
enfermedades del estómago, enfermedades del corazón, enfermedades del sistema
nervioso, etc. Pero el cuerpo enfermo conserva la misma unidad que el cuerpo
normal. Está todo entero enfermo. Ninguna enfermedad permanece estrictamente
confinada, en un órgano solo. Es la vieja concepción anatómica del ser viviente
lo que ha conducido a los médicos a hacer de cada enfermedad una especialidad
particular. Solamente aquellos que conocen al hombre a la vez en sus partes y
en su conjunto, bajo su triple aspecto anatómico, fisiológico y mental, pueden
comprender cuando aquél está enfermo.
Hay
dos grandes clases de enfermedades. Las enfermedades infecciosas o microbianas
y las enfermedades degenerativas. Las primeras provienen de la penetración en
el cuerpo de virus o de bacterias. Los virus son seres invisibles y
absolutamente pequeños, apenas mayores que una molécula de albúmina. Son
capaces de vivir en el interior de las células. Prefieren en cierto modo de los
elementos del sistema nervioso, de piel, las glándulas. Les matan o modifican
sus funciones. Determinan la parálisis infantil, la gripe, la encefalitis
letárgica, etc. También la rabia, la fiebre amarilla y probablemente el cáncer.
A veces, transforman las células inofensivas, los leucocitos de la gallina, por
ejemplo, en temibles enemigos que invaden los órganos y matan en pocos días al
animal. Estos terribles seres nos son desconocidos. No les vemos jamás. Sólo se
manifiestan por sus efectos sobre los tejidos. Con ellos, las células están sin
defensa. No oponen, a su paso, más resistencia que la que podrían oponer al
humo las hojas de un árbol.
Las
bacterias, comparadas a los virus, son verdaderos gigantes. Penetran, sin
embargo, con facilidad en nuestro cuerpo por medio de la mucosa intestinal, por
la nariz, por los ojos o por la garganta, o bien, por la superficie de una
herida. Se instalan, no en el interior de las células, sino en torno de ellas.
Invaden los tabiques que separan los órganos. Se multiplican bajo la piel,
entre los músculos, en la cavidad del abdomen, en las membranas que envuelven
el cerebro y la médula. Pueden, incluso, invadir la sangre. Segregan en el
medio interior, substancias tóxicas. Provocan los desórdenes en todas las
funciones orgánicas.
Las
enfermedades degenerativas son a menudo la consecuencia de las enfermedades
microbianas, y a menudo también la consecuencia de ciertas enfermedades del
corazón y
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del
mal de Bright. Las provoca la presencia en el organismo de sustancias tóxicas,
que provienen de los tejidos mismos. Cuando es la glándula tiroides la que
fabrica tales sustancias, aparecen los síntomas del bocio exoftálmico. Ciertas
enfermedades pueden producirse por efecto de la detención de las secreciones
indispensables de la nutrición. Es por ello que la insuficiencia de las
glándulas endocrinas, de la tiroides, del páncreas, del hígado, de la mucosa
gástrica, trae como consecuencia enfermedades tales como el mixedema, la
diabetes, la anemia perniciosa, etc. Otras enfermedades son determinadas por la
carencia de vitaminas, sales minerales y metales que resultan necesarios para
la construcción y mantenimiento de los tejidos. Cuando los órganos no reciben
del medio exterior los materiales de que tienen necesidad, pierden su
resistencia a los microbios, se desarrollan mal, fabrican venenos. Por último
existen enfermedades que discuten hasta la hora presente sabios e institutos de
investigaciones científicas. Entre ellas el cáncer y multitud de enfermedades
nerviosas y mentales.
Se
sabe de un modo positivo, que los progresos de la higiene durante estos últimos
veinticinco años han hecho maravillas y que la frecuencia de las enfermedades
infecciosas ha disminuido de una manera admirable. La duración media de la vida
era sólo de cuarenta y nueve años en año 1900 y ha aumentado, desde esa fecha,
en más de once años. A pesar de esta evidente victoria de la medicina, el
problema de la enfermedad, sigue siendo formidable. El ser humano moderno es
delicado. Un millón cien mil personas deben emplear su tiempo para cuidar
ciento veinte millones de personas enfermas. Entre la población de los Estados
Unidos, existen anualmente más o menos cien millones de casos de enfermedades
graves o ligeras. En los hospitales están ocupadas permanentemente
700.000
camas. Los enfermos hospitalizados y no hospitalizados, se sirven de 142.000
médicos, 65.000 dentistas, 150.000 farmacéuticos y 280.000 enfermeras. Existen
7.000 hospitales, 8.000 clínicas y 60.000 farmacias. Se consumen cada año 715
millones de dólares en adquirir remedios. El conjunto de atenciones médicas en
todos sus aspectos cuesta 3.500 millones de dólares. Evidentemente, pues, la
enfermedad constituye, económicamente hablando, un fardo harto pesado. Su
importancia en la vida de cada cual es incalculable. La medicina está muy lejos
de haber disminuido, como generalmente se cree, la suma de sufrimientos
humanos. Si es verdad que hoy se muere menos de enfermedades infecciosas, se
muere en cambio más de enfermedades degenerativas que, por otra parte, son más
largas y dolorosas. Los años de existencia que ganamos gracias a la supresión
de la difteria, de la viruela, del tifus, etc. se pagan con los prolongados
sufrimientos que preceden a la muerte debida a las afecciones crónicas. El
cáncer es, como lo saben todos, particularmente cruel. Por otra parte, el
hombre civilizado está expuesto como antes a la sífilis y a los tumores del
cerebro; a la esclerosis, al reblandecimiento, a la hemorragia de los vasos, al
surmenage moral e intelectual que tales enfermedades producen. Igualmente se
encuentra sujeto a todo género de des6rdenes orgánicos y funcionales que
resultan de las nuevas condiciones de existencia, del exceso de alimentación y
de la insuficiencia de ejercicios físicos. El desequilibrio del sistema
visceral acarrea afecciones del estómago y del intestino. Las enfermedades del
corazón se tornan frecuentes como acontece con la diabetes. Por lo que toca a
las afecciones del sistema. nervioso central, son innumerables. En el curso de
su existencia, todo individuo padece crisis neurasténicas y depresiones
nerviosas engendradas por la fatiga, el ruido, las inquietudes, etc. Aun cuando
la higiene moderna haya prolongado muchísimo la duración media de la vida, está
lejos de haber suprimido la enfermedad. Se ha contentado con variar su
naturaleza.
62
de 63 13/05/2012 14:25
Alexis
Carrel - La Incógnita del Hombre http://www.laeditorialvirtual.com.ar/pages/Carrel/Carrel_LaIncognita...
Esta
variación no proviene únicamente de la disminución de las enfermedades
infecciosas, sino también de modificaciones acaecidas en la constitución de los
tejidos y de los humores, bajo la influencia de las modalidades nuevas de la
existencia. El organismo se ha hecho más susceptible a las enfermedades
degenerativas. Está afectado por los choques nerviosos y mentales a los cuales
se encuentra sometido constantemente por las substancias tóxicas que fabrican
nuestros órganos en sus desórdenes funcionales, y por las que penetran en él
con los alimentos y con el aire. Además, por la carencia de funciones
fisiológicas y mentales esenciales. Ya no reciben de los alimentos mas comunes,
las mismas sustancias nutritivas que recibieron antes. A causa de su producción
en masa y de las técnicas de la comercialización, el trigo, los huevos, la
leche, la fruta, etc, conservando su apariencia familiar, se han modificado.
Los abonos químicos aumentando la abundancia de las cosechas y empobreciendo el
suelo de ciertos elementos que son incapaces de reemplazar han alterado la
constitución química de los granos y de los cereales. Se ha forzado a las
gallinas, por medio de una alimentación artificial a la producción en masa de
huevos. La calidad de esos huevos no viene entonces a ser diferente. Otro tanto
ocurre con la leche de las vacas encerradas durante el año entero en los
establos y alimentadas con productos manufacturados. Además, los higienistas,
no han prestado suficiente atención a la génesis de las enfermedades. Sus estudios
sobre la influencia del modo de vida y alimentación, acerca del estado
fisiológico, intelectual y moral de los hombres modernos, son superficiales,
incompletos y de corta duración. Han contribuido, así, al debilitamiento de
nuestro cuerpo y de nuestro espíritu, dejándonos expuestos a los ataques de las
enfermedades degenerativas. Comprenderemos mejor la historia de estas
enfermedades de la civilización, después de haber considerado las funciones
mentales. En la enfermedad, como en la salud, el cuerpo y la conciencia son
inseparables.
[
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NOTAS
[1] )- Bergson Henry, Evolución creadora,
p.179
[2] )- Reuniones en inglés (N. del T.)
[3] )- “El saber es poder” (N.del T.).
[4] )- El autor se refiere seguramente a la
Primer Guerra Mundial (1914-1918) y a la crisis económica de 1929.
Crítica de libros
CRITICA A LA INCOGNITA DEL HOMBRE
CARREL, Alexis, La incógnita del hombre. El hombre, ese
desconocido.
Ed. Iberia. Barcelona, 1.994 (15" edición), 375 págs.
La
obra que aquí tratamos debe ser considlerada como una aberración con-tra la
humanidad. Alexis Carrel, si bien domin6 mucho su materia, la medicina, como
refleja su Premio Nobel en Medicina y Fisiología (1.912), no acabó de cuajar en
otras. Quizá debiera no haber intentado salirse de su campo, porque demuestra
conocer muy poco al hombre fuera de la medicina, a pesar de que pretenda
resolver la incógnita del mismo. Una persona que habla en términos de
inferioridad o superioridad intelectual o racial, y que trata con tanto
despre-cio al género humano, debe ser tratada con tanta intolerancia como él
hace con el hombre en general. Estamos de acuerdo en que nuestro autor vivió en
otros tiempos, pero la manera de pensar de una época no puede ser excusa para
la reimpresión constante de libros incongruentes y no fundamentados.
Alexis
Carrel parte de la diferencia entre el hombre inferior o débil inte-lectual y
el hombre superior o fuerte intelectual, para luego proclamar la eli-minación
del primero en beneficio del segundo. Los débiles mentales serían el grupo
formado por los estúpidos, los ininteligentes, los dispersos, los incapaces de
atención y de esfuerzo, los inválidos, los criminales, los locos, etc. Todos
estos individuos no deberían ser iguales ante la ley ni tener los mismos
dere-chos a una educación superior ni al poder electoral; estos ámbitos
pertenecen exclusivamente a la élite, a los superiores, a los completamente
desarrollados. La igualdad sería una ilusión que no debiera ser realizada,
porque entonces los superiores perderían su papel principal en la función, teniéndose
que ver domi-nados por el sector débil, que lo forma la inrneinsa mayoría de la
población. Así, la democracia ha fracasado porque ha corrompido nuestra
civilización.
Para
Carrel, el llamado hombre inferior tiene una forma elemental de conciencia que
sólo le permite un trabajo fácill; se dedica a ocios superficiales, tales como
los espectáculos atléticos, las películas y el dejarse transportar a grandes
velocidades; está mecanizado para producir y consumir y así satisface sus
apetitos fisiológicos; no tiene sentido moral, estético ni religioso.
Observemos tres ejemplos: los estudiantes, las mujeres y el genio o filósofo.
Los
estudiantes son, para Carrel, "jóvenes fofos y necios." (pág.289),
aun-que parece darnos una solución: el problema de estos jóvenes no es
irreversi-ble, se puede curar; son atróficos, pero hasta pueden recobrar su
virilidad. Además, subraya que el carácter atrófico de los productos de nuestra
civili-zación "está lejos de ser siempre la expresión de una degeneración
racial" (pág. 289). Quizá a alguien le consuele.
160 Critica de libros
Las
mujeres, por su parte, no corren mejor suerte, ya que padecen un dese-quilibrio
nervioso, son apáticas, y pierden una parte de la actividad intelectual o de su
sentido moral cuando se les extirpan los ovarios. Las madres "abando-nan a
sus hijos en los kindergarten para poder ocuparse en sus carreras, sus
ambiciones sociales o sus placeres sexuales, sus fantasías literarias o
artísticas o, sencillamente, para jugar al bridge, ir al cine y gastar su
tiempo en una ocio-sidad atareada." (pág.291). Así, las madres son las
responsables de que haya desaparecido la unidad del grupo familiar, y por
tanto, deben ser educadas, no para ser catedráticas, sino para educar a sus
hijos de manera que devengan seres humanos de calidad superior.
En
cuanto al genio, no puede ser un gran hombre, porque tiene una fun-ción
hipertrofiada: "El genio puede compararse con un tumor que crece en un
organismo moral. Estos seres faltos de equilibrio son a menudo desgraciados.
(...) De su desarmonía resulta el progreso de la civilización." (Pág.
154).
Hasta
aquí, se han analizado las característicasdel hombre inferior. Faltaría ver
ahora quti entiende Alexis Carrel por hombre superior o fuerte intelectual: es
el más feliz y útil de los hombres, porque mantiene en armonía las activida-des
intelectuales, morales y orgánicas. Como es el hombre perfecto, todos nues-tros
esfuerzos deben ir encaminados hacia su desarrollo, porque si no, no hay una
verdadera civilización. ¿Quiere esto decir que debemos eliminar al resto de
individuos, puesto que son inarmónicos? No, porque son necesarios en nuestra
sociedad, aunque nos estorben a la hora de realizar nuestra tarea.
Así
pues, se deben evitar todos los aspectos que debiliten "profundamente a
las razas blancas dominantes." (Pág. 169). Da la impresión de que Carrel
intenta hacer surgir un nuevo totalitarismo con un ideal claro: la creación de
una raza blanca arominante que no pueda verse afectada por los débiles y que,
al ser superior intelectualmente, también lo sea moralmente. A modo de ejemplos
se citan las figuras de César, Napoleón o Mussolini, grandes leaders de
naciones con una estatura moral que supera a la humana.
La
solución que encuentra nuestro autor para librarse de su total desprecio por la
humanidad en general la encuentra en la práctica de la eugenesia volun-taria,
acompañada de una educación adecuada. Afirma que se ha de enseñar a repudiar a
los pobres, a las familias que padecen enfermedades como el cán-cer, a los
locos y a los idiotas, puesto que son más peligrosos que los crimina-les para
la coiistrucción de la sociedad ideal. Hay que renunciar a admitir a este
sector en favor de la Humanidad, de la raza pura, y por tanto, hay que
sacrifi-carse. Quizá lo peor de todo es que encuentra en la eugenesia una ley
natural, es decir, que la Naturaleza requiere del sacrificio de muchos hombres
en favor de otros.
La
eugenesia también debe ayudar a suprimir al labrador, al artesano, al artista,
al profesor, al hombre de ciencia y del proletariado, ya que parece que
Critica
de libros
161
han
sido los causantes de todos los males de la sociedad moderna, los que han
conseguido la debilitación de la inteligencia y del sentido moral, los que han
destruido la cultura. Debe suprimirlos en beneficio de la raza superior, del
hom-bre que dominará en el futuro, que es más inteligente, más resistente y
tiene más valor, según Alexis Carrel.
Que
cada cual juzgue por su cuenta.
ESQUIROL,
J.M., La frivolidad política del final de la historia, Madrid, Caparrós
Editores, 1998.PRIVADO
Josep
M. Esquirol (profesor de Filosofía Política de la Universidad de Barcelona y
director del Instituto de Estudios Políticos Blanquerna) ha publi-cado su
último libro, Lafi-ivolidadpolitica deljinal de la historia, donde tra-ta de
establecer un lazo de unión entre la filosofía política contemporánea y las
diversas tesis sobre el final de la historia.
¿Qué
ha pasado con la reflexión filosófica sobre la política actual? ¿Es la política
actual un simple juego frívolo?¿Se han perdido aquellas ideologías por las
cuales se luchaba? ¿Existen valores políticos con referencias filosófi-cas?
Estos, entre otros, son los problemas que plantea J.M.Esquiro1 en este ensayo,
en el cual configura una alternativa ante las tesis del "final":
final de la historia, final de la política, final de las ideologías y final de
la filosofía.
Ya
en la "Introducción", Esquirol nos ofrece una idea clara y precisa
sobre lo que tratará en este ensayo, dividido en cuatro partes. En la primera,
"El fin de la historia y el estado universal y homogéneo", muestra la
gran importan-cia que ha tenido el hegelianismo de Kojeve en el pensamiento
contemporá-neo, incluyendo también referencias a Leo Strauss y a Fukuyama; en
la segun-da parte, "Postmodernidad: fin de la historia y pragmatismo
político", analiza los elementos básicos del pensamiento político postmoderno:
el final de la his-toria y la prioridad de la democracia sobre la filosofía; en
la tercera parte, "Imaginario sociopolítico frente al final de las
ideologías y de la historia", rea-nuda, a partir de Ricoeur, una reflexión
sobre la temática de las ideologías y la utopía; y en la última parte,
"Para una una comprensión "pre" y "post" hege-liana de
la historia y de la política", nos encontramos con un planteamiento más
propositivo, que intenta elaborar, a partir de autores como Kant y Arendt, un
,pensamiento filosófico político más innovador.
162 Crítica de libros
GIDDENS,
kinthony, The Third Way, Cambridge (UK),Polity Press, 1998.
Más
acá del tratamiento metafísico de la cuestión que Norberto Bobbio realiza en su
Dritta e sinistra, el reconocido sociólogo británico Anthony Giddens nos ofrece
en esta obra toda una serie de sugerencias y conceptos prácticos que vendrían a
dar contenido material a la anterior reflexión del filó-sofo italiano. El
planteamiento original de Giddens, sin embargo, no puede ser considerado como
ideológicamente neutral, al menos en tanto que el autor muestra sin reparos lo
que vendría a ser su punto de partida político. Efectivamente, el llamado
"consejero intelectual de Blair" apuesta sin tapujos por la opción
socialdemócrata a la hora de señalar el tipo de formación políti-ca que debe
abanderar ese radicalismo de centro que en estos momentos, según el autor, se
precisa en las democracias occidentales. Así pues, no nos encon-tramos en esta
obra ante la definición de un absolutamente nuevo perfil de par-tido, sino ante
la demanda de una reconversión de la socialdemocracia tradi-cional como (casi)
única salida del estrecho callejón por el que nos hacen penosamente circular
las ya exhaustas opciones, a juicio de Giddens, de la anti-gua
socialdeiriocracia, ideológicamente dependiente del marxismo, y el
preten-didamente innovador neoliberalismo. Según el afamado autor británico, no
existe en el Corpus teórico de ninguna de estas dos matrices políticas el
sufi-ciente poder especulativo para manejar los nuevos problemas y situaciones
que nuestra época1 nos depara, a saber, riesgos medioambientales,
globalización, pérdida de los valores tradicionales, y crisis de las
estructuras y planteamien-tos políticos modernos. Todo ello muestra, en
definitiva, que la "clásica" par-tición entre izquierda y derecha ya
no agota el espectro político de discusión, y por esta razón se requiere un
radical "cambio de marcha" que permita afron-tar aquel nuevo
horizonte con renovada confianza (algo imprescindible, por lo demás, para
asegurar la pervivencia del espíritu mismo de la democracia). En tanto en
cuanto, sin embargo, la prosperidad de Occidente no ha acabado de eliminar
(todavía) las injusticias sociales en su seno, no podemos ni debemos abandonar
la llamada por Giddens "emancipatory politics", de inspiración
socialista y cuyo eje central es el concepto de igualdad. Esta es la razón
fun-damental por la que debe ser la opción socialdemócrata y no otra, según
Giddens, la que tome la responsabilidad de afrontar radicalmente el confuso
futuro de nuestras sociedades, y ello porque, pese al imperativo de abandonar
el lastre de la vieja izquierda, la socialdemocracia no deja de ser izquierda.
Por
lo quie respecta a cuestiones más generales, hay algo que cabe especial-mente
destacar del análisis realizado en esta obra: aunque en ella se alude a y se
manejan perspectivas y autores especialmente críticos con el panorama actual de
la política, el sociólogo británico no cae en el error de no saber depurar lo
esen-cial de lo transitorio o accidental. Así, pocas visiones más agudas, en el
marco
Crítica
de libros
163
de
lo que podríamos denominar un "realismo político", pueden encontrarse
en la en ocasiones desconcertante -ya sea por exceso o por defecto- literatura
polí-tica actual. Nociones básicas como la de gobierno, poder estatal o la
misma filo-sofía política (en tantoque saber de y reJlsción sobre), no son en
ningún momen-to cuestionadas para su derribo en el discurso de este autor, y
ello sencillamente es digno de agradecer en un momento y situación en que
parece haberse perdi-do la capacidad de crítica sin que esta se sustente en la
mera negación o en la siempre sospechosa afirmación incondicionada. Por otro
lado, el texto de Giddens ofrece algo que también parece haberse perdido en una
época en la que, curiosamente, la producción bibliográfica está casi desbordada,
a saber, una pre-cisa y concisa referencia a otros textos de similar talante en
cada una de las intro-ducciones a los diversos temas que aparecen en el libro,
lo cual retoma el abor-damiento clásico de las cuestiones filosóficas. Ello,
además, siempre va acompañado de una aproximación histórica al problema
planteado, con lo cual siempre nos encontramos con una mínima y casi
imprescindible acotación del ámbito de discurso que, sin duda alguna, favorece
la comprensión de los argu-mentos expuestos. Y si a todo lo referido añadimos,
en fin, un estilo claro y un tratamiento no excesivamente elaborado de los
contenidos (los insatisfechos en este sentido pueden acudir a su anterior
Beyond Left and Right), nos encontra-mos ante una obra que puede cumplir casi a
la perfección un doble cometido: introducir al lector en los problemas actuales
que no debe menospreciar ningu-na filosofia política, y proveer un marco de
discusión para las diferentes ideolo-gías y tendencias.
PENCE,
Gregory E.(ed.), Classic Works in Medical Ethics: Core Philosophical Readings;
Boston, McGraw-Hill, 1998.
Gregory
E. Pence actualiza, de manera rigurosa y objetiva, la discusión bioética sobre
temas ya conocidos con una nueva selección de textos, dando especial énfasis a
los conflictos que surgen al inicio y al final de la vida. Entre las muchas
antologías que ya se han editado de textos relacionados con la dis-ciplina de
la Bioética, esta selección, con una perspectiva más filosófica que clínica,
pone al alcance de los lectores textos escritos por filósofos y bioeticis-tas
en su gran mayoría, dando pie a que temas ya muy tratados, como por ejemplo el
aborto o la reproducción asistida, recobren un interés enriquecedor.
El
presente libro recoge artículos publicados entre los años 60 y 90 en revistas
de gran prestigio filosófico, como son las publicaciones de Ethics, Philosophy
and Public Aflairs, o Journal of Philosophy, y bioético publicados
164 Critica de libros
por
el Hastings Center Report, el Cambridge Quarterly of Healthcare Ethics, o la
revista Bioethics, entre otras. También aportan material de gran interés el New
Englaríld Journal of Medicine, o el Journal of the American Medical
Association, revistas de gran reconocimiento mundial en el ámbito de la
Medicina, así como otros textos extraídos de las obras de sus autores. Todo
ello avala la calidad de esta antología y el criterio y la labor de G.E. Pence
en el esfuerzo por seleccionar cada uno de los trabajos en la inmensa
bibliografía sobre Bioética.
El
libro.,idóneo para estudiantes de filosofía, medicina y enfermería inte-resados
en profundizar sobre los temas de la Bioética, empieza con una breve y
esclarecedora introducción de G.E. Pence en la que se hace una rápida
pre-sentación cronológica de las teorías éticas que han tenido mayor influencia
en el desarrollo de la ética médica. La ética de la virtud en la antigüedad
griega, las posteriores virtudes cristianas y un acercamiento a la teoría de la
Ley Natural inici,an esta introducción. A cada una de las teorías éticas
presentadas, el autor añade una crítica personal sobre la aplicabilidad de las
mismas a la éti-ca médica de nuestro tiempo. Esta actitud crítica la mantiene
con respecto a cada una de las teorías que siguen. Las teoríascontractuales de
Thomas Hobbes y John Rawlis, la ética deontológica de Kant, y la doctrina
utilitaria de Jeremy Bentham y John Stuart Mill, son brevemente presentadas,
seguidas de una rápi-da introducción de los principios de la Bioética como
fruto de una "destilación de las teorías éticas descritas hasta
ahora" (p. 13). A continuación presenta la reciente ethics of cure y la
alternativa de la casuística, esta última como posi-ble método para la
resolución de conflictos bioéticos, añadiendo que cualquier toma de decisión ha
de estar dirigida, apriori, por laphronesis griega, virtud con la que llegar a
las soluciones óptimas para todas las partes involucradas en cada conflicto.
G.E. Pence no rechaza ninguna de las teorías éticas y concluye su introducción
afirmando que las partes mejores de cada una de ellas serán las que servirán a
la ética médica moderna para resolver las situaciones conflicti-vas de cada
caso particular, puesto que "given our limited tools of reasoning in
ethics, any valuable tool is welcome, and knowledge of such ethical theories is
certainly one such tool" (p. 18).
Cada
uno de los textos seleccionados va precedido de una breve introduc-ción en la
que se establecen nexos entre los distintos artículosy, al mismo tiem-po,
cumple con la fiel tarea de ayudar al lector a situarse rápidamente en la línea
argumenta1 defendida por cada autor. Otra de las virtudes de esta selec-ción es
que <;.E. Pence intenta recoger todos los puntos de vista, en contra y a
favor, de cada tema planteado, sin rechazar ninguna línea de pensamiento.
Los
temas de la eutanasia y los conflictos al final de la vida están amplia-mente
tratados en las dos primeras partes. La primera de ellas recoge tres tex-tos
que debaten sobre si es moralmente permisible o no la aplicación de la euta-
Critica
de libros
165
nasia
a pacientes con una competencia más que dudosa para la toma de deci-siones.
James Rachels, Alan J. Weisbard y Mark Siegler, y Joseph Fletcher son los
autores. En una segunda parte, con la colaboración de Dan W. Brock, Jerome A.
Motto, y Daniel Callahan, la discusión versa sobre la validez moral de la
eutanasia en personas autónomas y aptas para decidir, y sobre la posibi-lidad
de recurrir a un derecho al suicidio. Tras la lectura de esta primera
selec-ción, distinciones como las que hay entre eutanasia 'activa' y 'pasiva',
o con-ceptos clave como el de 'autonomía' o el de 'bienestar individual',
incitan al lector a volver a pensar sobre el tema, de tanta actualidad ante la
innovadora tecnología de los soportes vitales.
El a
veces polémico Peter Singer encabeza un segundo bloque sobre temas relacionados
con el inicio de la vida, en un artículo en el que expone su teoría del
especieísmo y el estado moral de embriones humanos. Después, Leon R. Kass, y
Joseph Fletcher nos presentan distintas visiones sobre el uso moral o no de las
nuevas formas de reproducción asistida. Siguiendo con el mismo tema, Herbert T.
Krimmel y John A. Robertson, especialistas en jurispruden-cia y en cuestiones
sobre reproducción y bioética, tratan, desde puntos de vis-ta distintos, un
tema de reciente actualidad tras el famoso caso Baby M, en los Estados Unidos,
como las denominadas 'madres de alquiler'.
El
aborto es tratado en la quinta y sexta parte de esta antología con cinco
artículos. Judith Jarvis Thomson y Mary Anne Warren aportan argumentos en favor
del mismo, mientras que Don Marquis lo cuestiona mucho. Todos ellos parten de
un referente ineludible: el estado moral del feto en el momento de la
concepción y su, a veces discutido, atributo de 'persona'. A continuación,
Michael Tooley amplía el debate dando argumentos en pro y en contra del
infanticidio. La discusión se centra en el derecho a la vida y en quiénes
pue-den considerarse poseedores de este derecho, volviendo aquí el tema del
espe-cieismo y las consecuencias que conlleva como criterio en la asignación de
derechos. Al otro lado se sitúa John A. Roberston, quien rechaza cualquier
argumento utilitarista, ofreciendo otra visión y mostrando el importante papel
de terceras partes, como son la familia y10 los profesionales de la salud, en
la atención y el cuidado de los recién nacidos con grandes defectos físicos.
Tras
estos dos grandes bloques, el séptimo tema elegido es la experimen-tación con
animales, tratado por el bioeticista Peter Singer con su teoría sobre la igual
consideración de intereses de los seres capaces de sentir dolor.
A
continuación, Nicholas Rescher y Carl Coheny firman sendos escritos de gran
actualidad sobre la polémica que suscita el tener que asignar recursos y
conseguir al mismo tiempo un eficiente sistema de financiación de la salud
pública. El acceso a los recursos sanitarios, y de los conflictivos 'factores
de riesgo' y su posible inclusión a la hora de determinar la prioridad en la
asigna-ción, son las principales cuestiones tratadas en ambos textos. Los
transplantes
166 Crítica de libros
de
órganos, !por ejemplo, son operaciones que requieren criterios de selección
para optimizar el resultado ante el elevado coste que conlleva una intervención
de este tipo, y esto hay que afrontarlo del mejor modo posible. A propósito de
los transplantes, Peter A. Ubel, Robert M. Arnold, y Arthur L. Caplan,
colabo-ran en un trabajo proponiendo un nuevo criterio para la asignación de
recur-sos, con particular insistencia en los re-transplantes. Su objetivo es
aliviar la tensión contiinua en que se hallan los médicos ante la conflictiva
obligación de cumplir sus deberes para con su paciente y, al mismo tiempo, para
con la socie-dad de la que son partícipes.
La
novena parte versa sobre la psiquiatría y el conflicto que se da en el tractar
a pacientes sin su previo consentimiento. El psiquiatra Paul Chodoff y el
psicoanalista Thomas Szasz presentan dos visiones contrapuestas sobre el tema.
Seguidamente viene el siempre interesante debate sobre los avances en
ingenieria genética y su empleo en el futuro. C. Keith Boone, Ruth Macklin, y
Robert N. Proctor indican las ventajas y desventajas que pueden suponer tales
avances respecto al ya próximo mapa del genoma humano y su posible
mani-pulación.
En
la undécima parte se discuten una vez más los papeles de la justicia y de la
economía en los sistemas sanitarios. Richard D. Lamm y Anny Gutmann se ocupan
del problema de cómo financiar la sanidad ante los elevados costes de la
asistencia médica, y el de cómo conseguir un acceso igual para todas aquellas
personas que necesiten servicios sanitarios. Por último, Richard Mohr aborda la
cut:stión de la sociedad contemporánea ante el SIDA, y del lugar que ocupan los
colectivos más afectados como el de los homosexuales.
El
libro nos permite apreciar diferentes perspectivas de cómo tratar la
dis-ciplina de la Bioética. La división entre argumentos liberales y no
liberales es la más dominante. Todos los textos dejan constancia de la era que
se aproxima con el cambio de milenio, en la que la denominada slippery slope
será la gran constante. Ante ella, la 'prudencia' y el andar con suma cautela
será la dispo-sición más idónea para asumir convenientemente los constantes
progresos bio-médicos y tecnológicos, con el fin de no llegar a situaciones en
las que se dé un doble efecto aun actuando con buena intención.
SALVADOR
RIBAS RIBAS
VIAL
LAREUIN, Juan de Dios. Filosofia Moral, Santiago de Chile, 1998.
La
meditación de Juan de Dios Vial Larraín, en tanto que se ha expresado en
libros, ha sido hasta ahora de carácter metafísico y epistemológico, y en ella
hemos admirado la línea que sigue su discurso al ahondar en los clásicos sin
des-
Crítica
de libros
167
cuidar
las interrogaciones del mundo actual. Lo ha hecho y lo hace con toda libertad y
mostrando su posición cristiana sin rodeos ni excusas. Para él no hay aquello
de "filosóficamente correcto" o de "peinsamiento único",
circunstancia adjetiva, es verdad, pero que honra al autor.
Nos
presenta éste ahora una reflexión sobre la Ética, rama del saber que en nuestra
época parece haber sido "declarada en quiebra". "Uno pudiera
pensar que nos hemos quedado en la intemperie, en un mundo desgarrado,
precisamente porque carece de justificación moral" nos dice Vial, para
advertirnos, inmedia-tamente después, que, sin embargo, en esta crisis puede
descubrirse un sentido. Estaríamos en presencia de una oscura concieincia moral
que arraigaría en las prácticas reales de los hombres. "Y como la ética
es, en definitiva, una práctica, es a éstas a las que hay que mirar. Desde aquí
hay que comenzar a pensar", con-cluye.
El
libro gira alrededor de esta resurrección de la Ética. Para ello, acopia el
autor en sus dos partes iniciales los materiales necesarios. Consciente de que
lo futuro se nutre de lo pasado, nos presenta primero los fundamentos
teológicos de la ética cristiana y, después, las dos grandes síntesis
históricas del pensa-miento moral: la de Aristóteles (en que la prudencia lleva
a la felicidad) y la de Kant (en que la autonomía de la libertad se realiza en
la autonomía de la ley cate-górica) y lo hace con apoyo en citas concretas y
fundamentales, a través de una exposición cristalina, que va a lo sustancial de
ambas concepciones.
Vial
se declara instisfecho con la versión al castellano del término phróne-sis
-máxima virtud ética para Aristóteles, que en cierto modo resume a las demás-,
que usualmente se traduce con prudencia, vocablo que ha perdido toda su fuerza
semántica y que en el lenguaje de hoy significa algo así como una dubi-tativa
cautela deseosa de no tropezar con nadie ni en nada. Prefiere el autor
ser-virse al efecto -como lo hacen los anglosajones- de las expresiones
"sabiduría moral" o "inteligencia práctica". Y con ello nos
encontramos con un problema filológico, que si bien no se desarrolla en el
libro, nos invita a aportar aquí algu-nos elementos de juicio para su mejor
comprensión.
Phrótzesis
se halla vinculado aphrén, primariamente diafragma (membra-na que separa
-corta- las altas de las bajas vísceras) y por lo tanto entrañas (y de allí que
aun hoy se llame "frénico" al nervio que las sirve), y en especial el
corazón. Éste es, para el griego, la sede del sentir en su más amplia
significa-ción, que incluye la memoria (por eso hasta hoy se dice recordar por
re-memo-rar), el representar, esto es el pensar. Elphrén se opone al thymós,
que desig-na la vida en cuanto impulso y voluntad. Para comprender la vida
superior del hombre en su integridad se usaba la expresión káta phréna kai katá
thymón.
Phrónesis,
que según los casos puede traducirse por pensar, entendimien-to, ánimo, altura
de miras, se mueve, pues, en el ámbito semántica de una men-talidad a la vez
elevada y encarnada, lejos del more geometrico de la ciencia,
168 Crítica de libros
generosa
y sin embargo rigurosa, sentido que refleja bastante bien el térmi-no
prudencia, cuando lo emplean nuestros clásicos tanto religiosos como profanos.
Sin
embargo, en ello hay un "pero", que estriba en lo siguiente: el
voca-blo castellaino viene del latino prudentia, y éste del prudens, que a su
vez deriva del providens, es decir el que mira hacia adelante.
Subrepticiamente, por la alquimia del lenguaje, se han introducido aquí dos
ideas que estaban ausentes del término griego: la proyección (en el tiempo y en
el espacio) y el mirar. Y efectivamente, el hombre prudente mira y remira antes
de actuar, y sopesa lo!; efectos de su acción en lo futuro, de suerte que estos
rasgos adventicios, tomados del comportamiento cotidiano, son colocados en
pri-mera línea, ocultando las connotaciones "viscerales" de la voz
helénica. Me atrevo a sospechar que a esta circunstancia se deba el tinte
trivial que ha adquirido la palabra en el uso actual.
Hay
en castellano un término que se reputa sinónimo de prudencia, y que también
tiene prosapia clásica ... y que ha sufrido la misma pérdida de sustancia y
prestigio. Me refiero al vocablo discreción. Derivado del latino discretio,
emparentado con discerno, cerno, que no es otra cosa que el kríno griego.
Krínein significa dividir, separar, física como mentalmente, que es lo
contrario de légein, recoger, también en ambos sentidos. De allí el cogi-tare
latino y el griego lógos, en que aún está viva la idea de captura, captar por
la mente. Krínein es -en principio- una acción analítica; en cambio légein
señala hacia una síntesis, un re-cogimiento. En discreción se introduce así un
matiz de "manipulación" intelectual que no se halla originariamente expresado
en la palabraphrónesis, aunque sin duda lo suponga en la prácti-ca.
Como
dijimos, en vista de la desfiguraqción de la palabra prudencia, Vial prefiere
la traducción que de ella han hecho los ingleses por sabiduría moral e
inteligencia práctica. Pero tampoco aquí faltan connotaciones pará-sitas:
sophía está vinculado a sapere -sabor y gustar- alejados de la idea ini-cial de
phrén. Moral alude a mos, costumbre, y por lo tanto a éthos, y emplear el
término aquí resulta casi como poner lo definido en la definición. Inteligencia
remite a intus legere, y por lo tanto a légein, ya mencionado, que en cuanto
acción del lógos, señala hacia la parte especulativa -desencar-nada- del alrna,
que es lo opuesto al arraigo visceral de laphrónesis. Y, por fin, prágma Y
práxis, si bien aporta un aspecto pertinente, no deja de sonar a kantismo y,
por lo demás, se adelanta al télos de laprónesis: la buena acción -eupragía,
ezi-praxis = felicidad- es aquello a lo cual lleva laphrónesis ...
Después
de esta digresión, si no impertinente por lo menos entrometi-da, y por la cual
pido perdón tanto al autor como al lector, me animo a afir-mar que el termino
en el cual nos venimos ocupando es, en rigor, intraduci-
Critica
de libros
169
ble,
y a sugerir que es mejor no tocarlo y hacer uso de él tal cual nos lo ha legado
la historia en su bella resonancia helénica.
Pero
volvamos al libro comentado. Con justeza recuerda Vial que Kant - educado en el
pietismo luterano- al excluir, por la razón pura, a Dios y al alma inmortal de
la realidad natural, no los niega sino que crea para estos conceptos, cuando la
razón pura deviene práctica, y en vista de la libertad, un espacio de validez
suprasensible. La contraposición -o concordancia- de estos dos modos de la
razón en Kant y de sus consecuencias especulativas son uno de los temas de la
filosofia moderna.
Vial
resume la situación así: los "postulados kantianos no significan que el
ser espiritual del alma y la naturaleza perfecta de Dios sean meras
proyec-ciones del sujeto humano y de sus necesidades ... como se llega a
postular en el ateísmo de Feuerbach y Sartre ... Se trata del desenvolvimiento
de la liber-tad en dominios que, a juicio de Kant, escapan al conocimiento de
la razón misma, sin dejar por eso de tener una realidad que la teoría ve
solamente como posible. Si el ser supremo es imposible, dice Kant, la ley moral
se ende-reza a un fin vacío. El argumento acerca del fin final (aristotélico)
resuena en estas líneas."
Termina
el autor esta rememoración interpretativa señalando que la éti-ca de
Aristóteles está presidida por la inteligencia práctica, laphrónesis; la de
Kant, por la razón pura (habría que añadir en su actuación práctica); la de
Hume, por las pasiones, que esclavizan a la razón; y -finalmente- la de
Nietzsche, por la voluntad. Esta última, contemporánea, lleva, como es
noto-rio, al denunciar los valores tradicionales como nihilismo, a su vez al
nihilis-mo y a la históricamente fracasada superación de éste en el
superhombre.
Ante
este campo de ruinas, que Vial analiza en un brillante capítulo que titula
"Ética y Política", el autor nos propone, asumiendo el peso de dos
mile-nios de meditación filosófica pero tomando algunas necesarias distancias
fren-te a él, un neoaristotelismo, basado en la experiencia del mundo
contemporá-neo. A fuer de Ética -no olvidemos que ethos significa costumbre-,
son éstas el punto de partida de la reflexión, que se orienta por los hitos
aristotélicos de deseo, elección, virtud, phrónesis, felicidad, aunque también
por las ideas modernas de libertad y ley moral; todo ello en la perspectiva de
la Revelación con que se inicia y termina el libro. El paradigma de Cristo, en
su encarnada divinidad humana -apartada de la gnósis- está presente, como al
trasluz, a lo largo de sus páginas. La Persona del Redentor r~splandece,dando
un sentido trascendente a toda la evolución histórica de la Etica y a la
reflexión personal que nos brinda el volumen.
A
través de su obra filosófica, realizada en la cátedra y en el contacto humano,
cristalizada en más de media docena de volúmenes y muchos ensa-yos y
comunicaciones, Juan de Dios Vial se afirma como uno de los más emi-
170 Critica de libros
nentes
pensatdores de nuestra América, por su hondura metafisica, su íntimo
conocimient~ode los grandes maestros clásicos y su lúcida visión de los
pro-blemas contemporáneos, despreocupado de toda fácil notoriedad, y viviendo
la humildad propia de un hombre auténtico que en su persona realiza el ideal de
la prónesis.
ALBERTO
WAGNER DE REYNA
WILKE,
J., (SABAUDE, J.-M., VADÉE, M (Eds.). Les chemins de la raison.
XYe
siicle: la Frunce a la récherche de sa pensée. L'Harmattan, Paris - Montréal,
1997,332 págs.
Esta
obra colectiva, que es una aproximación al estado actual de la filoso-fia
francesa jf a su futuro en Europa, está dividida en tres partes, donde se
expo-nen los avatares, realizaciones y posibilidades de una racionalidad
heredera - según B.Bourgeois en el Prólogo- de un pensamiento cartesiano e
ilustrado que en la actualidad está haciendo un "multiforme esfuerzo"
para reinstaurarse en Francia. Podría decirse que toda la obra está atravesada
por esta única idea rec-tora: la historia de la razón en Francia -y por
extensión en Europa- es la histo-ria de una lucha constante entre el nuevo y el
antiguo régimen.
Se
inicia la obra con una relación histórica por décadas, a cargo de J.Wilke, en
1,acual se pasa revista a los nombres y significados de los cultores de la
filosofía francesa, especialmente desde la enseñanza universitaria. A los
primeros nombres de los kantianos Lalande y Brunschvicg siguen los de H.Bergson
(cuya posición frente al intelectualismo platónico es presentada por
E.Moutsopoi~losen la parte dedicada a realizaciones) y M.Blondel, cuya
filo-sofía existencialista tiene significación de protesta y desencanto ante
una racio-nalidad en crisis que se acerca a la Gran Guerra. Pasada ésta, parece
restable-cerse aquella atropellada racionalidad europea con las visitas de
Einstein y Husserl a París, aunque las contradicciones no tardan en reaparecer
en los años treinta (de aquí el interés por un análisis social del inconsciente
en J.Lacan), a la vez que el hegelianismo inicia su penetración en Francia de
la mano de J.Wah1, A.Breton o A.Kojeve (análisis espléndido de J.d'Hondt al
respecto en capítulo aparte).
En
este renovado ambiente de tensiones y durante el Congreso Descartes de 1937,
G.Berger funda la A.S.P.L.F., una Asociación de Sociedades de Filosofía en
Lengua Francesa (véase Convivium, 8, (1995), pp.133 - 135) que sigue siendo
hasta hoy un foro internacional para la filosofía, no sólo para Europa y en
países francófonos, sino abierto a todos. La ocupación alemana activó en
Francia lo que el autor denomina "razón liberadora" en torno a las
Crítica
de libros
171
revistas
La Pensée (P.Langevin, G.Politzer, H.Walon ...) y Annales d'histoire économique
et sociale (L.Febvre, M.Bloch), al análisis de las cuales dedican sendos
capítulos J.Milhau - G.Besse y J.Baláz, respectivamente, iniciándose lo que, al
parecer, será un denominador común de la nueva racionalidad francesa, a saber,
la epistemología inspirada en las ciencias, pero no dogmática a la manera de
Comte, sino constantemente abierta a todas las manifestaciones -a veces
sorprendentes- de la realidad, y donde G.Bachélard desempeña un papel de
protagonista destacado, como lo ponen de manifiesto primero Z.Cherni e
inmediatamente después M.Vadée en sus colaboraciones.
A
partir de los cincuenta, sin embargo, aparecen otros elementos que pare-cen
contraponerse a esa epistemología. Entre ellos citemos algunos peligros
derivados de la naciente sociedad del bienestar (pérdida del gusto por la
cultu-ra, aburrimiento, violencia gratuita...) de los que advierte E.Weil, la
defensa de una filosofía de lo concreto (M.Merleau-Ponty) y la llamada al
compromiso político (J.-P. Sartre, cuya dialéctica de la historia analiza con
detalle M.Rosen), cierto rechazo por la abstracción, también en la historia
(C.Lévi-Strauss), la des(cons)trucción del leguaje (J.Derrida), la recuperación
de la éti-ca (G.Bastide, E.Lévinas), la renovación de los estudios
n~arxistas(J.-M.Gabaude) o la pervivencia del tradicionalismo (P.Boutang).
Finalmente,
sitúa el autor las dos últimas décadas de este siglo en la pers-pectiva del
"atardecer de un fin" que camina hacia "la gran deriva", en
momen-tos de desempleo, de ecologismo y de interrogantes sobre la
sostenibilidad, en lucha con el neoliberalismo (temas debatidos aparte en una
aportación de S.Amin) en una Europa por venir donde ya se imponen los
referentes ameri-canos. Para el autor, este es el tiempo, en suma, de una
racionalidad que está "fuera de quicio", pero que debe reconducirse
por el ejercicio de una filosofía estrechamente ligada a las actividades
científicas y prácticas.
Para
completar esta reflexión sobre el pasado, el presente y el futuro de la razón
europea, no falta ni una exposición de J.-Y.Calvez acerca de las conse-cuencias
que sobre la racionalidad católica tuvieron en Francia tanto las con-denas
vaticanas sobre el liberalismo, el racionalismo, el tradicionalismo y el
modernismo, como las directrices generales del Concilio Vaticano 11, ni una
meditación global acerca del concepto mismo de razón dentro de la herencia
cultural europea a cargo de M.Buhr, para quien los clásicos alemanes (Leibniz,
Fichte, Hegel o Goethe) no son sino los mediadores entre el Siglo de las Luces
en Francia y la Europa de hoy.
NORMATIVA
PARA LA COLABORACIÓNEN «CONVIVIUM»
A) Normas generales sobre los trabajos, su
recepción y publicación:
CONVIVIUM
publicará tres tipos de trabajos: «estudios», «notas o discu-siones» y
«reseñas». Éstos podrán estar esciritos en cualquiera de las lenguas latinas, o
en inglés o en alemán.
Los
autores de las colaboraciones deberán enviar a la redacción de la Revis-ta -o a
cualquiera de los miembros de su Comité de Redacción- dos copias de su trabajo
escrito pulcramente a máquina en hojas de tamaño DIN-A 4 por una sola cara, con
buen margen, con interlineación a doble espacio, y de una extensión que no
sobrepase, en general, las 35 páginas (o sea, alrededor de las 14.000 palabras
si la redacción es en castellano); además, grabado en un disquete; sistemas:
Word 4 o WordPerfect 5.1.
Cuando
el trabajo sea del tipo «estudio», e1 autor incluirá un resumen del mismo que
no exceda de las 150 palabras y que se publicará precediendo al cuerpo del
artículo.
Junto
con las 2 copias del original de su trabajo, los autores enviarán a la
Redacción los datos relativos a sus titulaciones académicas, cargos y docen-cia
-si los hubiere-, dirección actual y n." de teléfono.
En
cuanto obre en su poder un trabajo, la Redacción notificará a su autor la
recepción del mismo.
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originales recibidos no serán devueltos, pero la Redacción se reserva el
derecho de aceptarlos o no en orden a su efectiva publicación según su
conveniencia y oportunidad para cada número de la Revista. Con este fin, al
recibir cada trabajo, la Redacción encargará a dos lectores o revisores
cualificados e independientes que enjuicien los méritos del mismo.
En
el caso que, cumplidos los anteriores requisitos, un trabajo vaya a formar
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trabajos que en la Revista se publiquen, y sobre este particular no mantendrá
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autores recibirán gratuitamente 20 separatas de los trabajos del tipo estudio,
10 de las notas o discusiones y 5 de las reseñas.
B ) Normas éticas más concretas:
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aconseja el uso de suficientes divisio-nes y apartados en el texto.
11. Para las citas muy largas que se incluyan
en el texto se aconseja emplear párrafos en letra pequeña, particularidad que
se indicará pasa la imprenta
174 Normativa para la colaboracion en
«Convivium»
poniendo
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izquierdo.
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abreviatura, así como toda referencia textual o bibliográfica, deberá figurar
como nota al pie de página.
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trabajo con sucesivos números volados y sin paréntesis. El contenido de las
notas a que tales números remitirán se dará a la Redacción en páginas
especiales que vayan al final de cada trabajo, procurando que su numera-ción
corresponda exactamente con la de las respectivas llamadas.
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de su nombre, título del libro subrayado, lugar de la edición, editorial, año
de la edición, página o páginas citadas.
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pero, si se le pide al autor que los enmiende conforme a estas normas, no será
sobre los ya enviados por él, sino que la Redacción habrá de recibir nuevo
ejemplar doble del original así enmendado. La Redacción sólo mantendrá correo
de ida y vuelta para las pruebas de imprenta, no para que se corrijan
originales defectuosos según los presentes requisitos.
Cfr.
supra: 2) acerca del envío en soporte informática: Word 4 o WordPer-fect 5:..
Fuente:
http://www.raco.cat/index.php/Convivium/article/download/73458/98768

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