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Libro N° 6793. La Construcción Social De Los Derechos Y La Cuestión Del Desarrollo. Parte I. Calderón, Fernando.

 


© Libro N° 6793. La Construcción Social De Los Derechos Y La Cuestión Del Desarrollo. Parte I. Calderón, Fernando. Emancipación. Diciembre 21  de 2019.

Título original: © La Construcción Social De Los Derechos Y La Cuestión Del Desarrollo. Parte I. Calderón, Fernando

 

Versión Original: © La Construcción Social De Los Derechos Y La Cuestión Del Desarrollo. Parte I. Calderón, Fernando                                             

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/se/20170601025832/La_construccion_social_de_los_derechos_y_la_cuestion_social_del_desarrollo.pdf

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA CONSTRUCCIÓN SOCIAL DE LOS DERECHOS Y LA CUESTIÓN DEL DESARROLLO

Fernando Calderón

Parte I

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Construcción Social De Los Derechos Y La Cuestión Del Desarrollo

Calderón, Fernando

 

La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo : antología esencial de Fernando Calderón Gutiérrez / Fernando Calderón ; prólogo de Alain Touraine. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : CLACSO, 2017.

 

Libro digital, PDF

 

Archivo Digital: descarga

 

ISBN 978-987-722-239-5

 

  Análisis Sociológico. 2. Ensayo Sociológico. I. Touraine, Alain, prolog. II. Título.

 

CDD 301

 

 

 

Otros descriptores asignados por la Biblioteca virtual de CLACSO: Desarrollo / Globalización / Movimientos Sociales / Cultura / Estado / Diversidad / Políticas Públicas / Democracia / Ciudadanía / América Latina

 

Colección Antologías del Pensamiento Social

Latinoamericano y Caribeño

 

 

 

 

 

 

Fernando Calderón Gutiérrez

 

 

La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

Antología esencial

 

 

 

 

 

Prólogo de

 

Alain Touraine

 

 

Colección Antologías del Pensamiento Social Latinoamericano y Caribeño Director de la Colección: Pablo Gentili

 

CLACSO - Secretaría Ejecutiva

 

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Librería Latinoamericana de Ciencias Sociales www.clacso.org.ar/libreria-latinoamericana Conocimiento abierto, conocimiento libre.

 

Primera edición

 

Fernando Calderón. La construcción social de los derechos y la cuestión social del desarrollo. Antología esencial (Buenos Aires: CLACSO, junio de 2017)

 

ISBN 978-987-722-239-5

 

© Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales | Queda hecho el depósito que establece la Ley 11723.

 

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La responsabilidad por las opiniones expresadas en los libros, artículos, estudios y otras colaboraciones incumbe exclusivamente a los autores firmantes, y su publicación no necesariamente refleja los puntos de vista de la Secretaría Ejecutiva de CLACSO.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Índice

 

 

 

 

 

 

 

Prólogo  11

Alain Touraine

 

Primera Parte

Política y desarrollo

 

Navegar contra el viento          O las perspectivas de América Latina en la era de la

información (2016)       49

 

Repensando el Desarrollo Humano desde la perspectiva de la sociología

del actor (2015) 75

 

Carisma, sociedad y política (2013)    121

Fernando Calderón G. y Daniel Moreno

 

Los líderes y la sociedad frente al espejo (2013)         161

Fernando Calderón G., Caterina Colombo y Daniel Moreno

 

Una inflexión histórica.  Cambio político y situación socioinstitucional

en América Latina (2008)        211

 

Panorama electoral de América Latina. ¿Qué reemplaza al

modelo neoliberal? (2006)       237

 

Las nuevas condiciones sociales de la democracia (2004)     247

 

La nueva cuestión social bajo la mirada del desarrollo humano.

Una fundamentación sociológica desde la experiencia latinoamericana (2000)        257

 

 

 

 

 

 

 

 

Modernización y gobernabilidad democrática (1998) 281

Fernando Calderón G. y Norbert Lechner

 

La pobreza y las nuevas condiciones de desigualdad social (1997)   311

Fernando Calderón G. y Alicia Szmukler

 

Gobernabilidad, competitividad e integración social (1995)  329

 

Hacia una perspectiva crítica de la modernidad. Las dimensiones culturales de la

transformación productiva con equidad (1994)           349

Fernando Calderón G., Martín Hopenhayn y Ernesto Ottone

 

Segunda Parte

Política y movimientos socioculturales

 

“Disculpe la molestia, estamos cambiando el país”. Politicidad y protestas:

los jóvenes en Chile, México y Brasil (2014) 399

Fernando Calderón G. y Alicia Szmukler

 

Diez tesis sobre el conflicto social en  América Latina (2012)          409

 

Movimientos culturales y la emergencia de una nueva politicidad (2011)    449

 

La revelación de los bordes o repensando la portada de San Lorenzo (2010)           467

 

Ciudadanía y desarrollo humano (2007)         475

 

La participación local como factor estratégico de la reforma del Estado (2005)       513

 

Ciudadanía activa y desarrollo sostenible (2004)        525

Fernando Calderón G. y Alicia Szmukler

 

Cultura de igualdad, deliberación y desarrollo humano (2004)          565

 

América Latina en la era de la información. Cambio estructural, crisis,

actores sociales, procesos de transformación (2003)   627

Fernando Calderón G. y Manuel Castells

 

Entre el gobierno de los Diablos y el gobierno de los Ángeles (2002)          707

 

Bolivia. Un siglo de luchas sociales (1999)    419

 

Muralismo y revolución nacional (1998)        747

 

Diversidad cultural y ciudadanía (1997)         761

 

¿Todo lo que se termina se acaba? La sociedad y el ciclo estado-nación (1995)      769

Fernando Calderón G. y Mario R. dos Santos

 

Hacia un nuevo orden estatal en América Latina. Veinte tesis sociopolíticas

y un corolario de cierre (1991) 799

Fernando Calderón G. y Mario R. dos Santos

 

“Esa hoja verde y divina la coca es” (1989)    837

 

Los movimientos sociales frente a la crisis (1986)      847

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Prólogo

 

 

Alain Touraine*

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fernando  Calderón  –sociólogo  boliviano, Ex Secretario Ejecutivo de CLACSO, par-ticipante muy activo del PNUD (programa de Naciones Unidas para el desarrollo) para va-rios países del continente, amigo muy cercano de Manuel Castells– es de esos sociólogos, eco-nomistas o politólogos que no corren el riesgo de encerrase en las diferencias que separan a unas naciones de las otras en esta región vasta

 

y diversa.

 

Desde hace tiempo, él forma parte del pe-queño grupo de precursores que, antes que los otros, levantaron la bandera de pensar lo global, lo que obliga a consagrar una reflexión y una formación profesional permanentes a todos los especialistas, juristas, ecologistas, antropólogos o especialistas de comunicación que trabajan –algunos desde hace más de me-dio siglo y la mayoría desde hace dos o tres

 

 

 

  École des Hautes Études en Sciences Sociales, París.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

décadas– para construir una imagen comple-ja y coherente del nuevo tipo social en que vivimos. Este último lleva al mundo entero, empujado por la globalización, hacia un nue-vo modelo social dominante, y hacia nuevas combinaciones entre ese modelo central y ti-pos de sociedades más o menos dependientes, ya sea de los antiguos poderes colonizadores como de los Estados que sostienen más cla-ramente el nuevo modelo social. Un modelo social que está claramente conformado de una manera post industrial, tal como lo habíamos propuesto con cierto éxito Daniel Bell –gran intelectual americano y profesor de Harvard University– y yo mismo, en la École des Hau-tes Études en París desde los años 70, todavía en un siglo XX dominado por la Guerra Fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, que se desencadenó casi al mismo tiempo que la victoria de los Aliados sobre el ejército y el régimen hitleriano, y que ya estaba inscrita en los acuerdos de Yalta.

 

12          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si es desde hace tiempo necesario leer con una atención particular a los y las que fueron los primeros convencidos de la necesidad de dar prioridad a la historia global sobre las his-torias nacionales y hasta regionales, es sola-mente ahora, después de una larga generación de trabajos, que podemos leer, gracias a gran-des investigadores como Fernando Calderón, los estudios que combinan una fuerte concien-cia de la necesidad de una sociología global y un conocimiento profundo de varios países, en particular en el caso de Fernando Calderón, Bolivia, Argentina y Chile.

 

Nos hemos acostumbrado a leer y escribir historias nacionales hasta en el caso de las naciones colonizadas, por la fuerza con que la identidad nacional de las potencias coloniales, que tendían fuertemente a acordar un valor universal a sus propias características sociales y culturales, y que ha marcado la organización de esas naciones y la vida de sus habitantes. A lo largo de los dos últimos siglos, es la produc-ción industrial, sus conflictos sociales y las re-formas que provocaron, ya sea por la ley o por las negociaciones colectivas, así como también por los movimientos revolucionarios, lo que de-finió más fuertemente a estas sociedades, que parecían en ese entonces más potentes y que las otras querían imitar. Más concretamente,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

las sociedades que se definían por un conflicto social central, que oponía a asalariados y due-ños de las industrias alrededor de la convicción compartida por ambos campos de que la creati-vidad humana se manifiesta más directamente por su capacidad técnica.

 

El continente americano recibió por su de-pendencia colonial, ante todo una herencia cultural, primeramente lingüística, de los paí-ses colonizadores, España y Portugal, pero también, desde la mitad del siglo XIX, en el caso de Chile y Perú, sufrieron la ocupación del oeste americano. Desde la fiebre del oro, que condujo en la costa pacífica de América del Sur, un desarrollo económico del cual Val-paraíso es la ciudad simbólica y del cual varias ciudades, como Iquique –bastante más al norte que Valparaíso– guardaron la marca candente de la represión a los primeros movimientos de los mineros del cobre y de salitre. América La-tina no es solamente un continente colonizado por los españoles y los portugueses, sino que ha estado durante mucho tiempo, marcado por la hegemonía británica que duró hasta el breve periodo que separó las dos guerras mundiales del siglo XX y enseguida por una hegemonía norteamericana que acabó, en su forma más extrema, incorporando recientemente México a América del Norte.

 

Prólogo | Alain Touraine          13

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No obstante, no subestimemos la herencia del periodo que fue el de las grandes expedicio-nes y exploraciones coloniales y que culminó creando un orden social y político preocupado sobre todo por hacer respetar los intereses del sistema colonial, pero que, tal como las mis-ma metrópolis europeas, se inspiraba de una concepción general de la vida social y del go-biernos más jurídica y política que económica y social. Situación cuya influencia fue aún más durable, ya que España o Portugal así como en la vecina Francia, mantuvieron al final del si-glo XIX esta concepción más jurídica y política que económica y que subordinó los conflictos sociales a los intereses de la nación, sea ésta la del poder colonizador o, por el contrario, la de los movimientos de liberación nacional.

 

Si insisto sobre la importancia dominante de la economía y de la sociedad industrial en el mundo del siglo XX, es porque la mejor mane-ra de comprender la naturaleza del nuevo mo-delo social que vemos formarse se comprende mejor cuando lo comparamos con el modelo industrial. Por la simple razón que si los diri-gentes económicos se adaptaron fácilmente a la aparición de un orden que controlan y que utilizan, los movimientos populares, sociales o políticos aun cuando no son víctimas de una represión masiva, como es el caso de tantos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

países del mundo, o bien se aferran a los mo-delos anteriores que intentan renovar, o bien se agotan y desaparecen a causa de su incapaci-dad de comprender el mundo que se substitu-ye al mundo industrial y a crear movimientos sociales y formas de acción política bastante adaptados a situaciones nuevas para darles rápidamente una gran influencia en todos los aspectos de la vida política.

 

Los países de América Latina fueron moder-nizados y entraron en la civilización industrial, antes que nada por la llegada masiva de inmi-grantes, venidos sobre todo de los países medi-terráneos pero también de Alemania, de Suiza y de Francia, así como del imperio turco antes de la Primera Guerra Mundial, lo que les dio el nombre de “Turcos” a los Sirios y los Libaneses que se ampararon del gran comercio y a veces de las industrias textiles en las dos orillas del Atlántico. Acción completada por la presencia de otra imagen, más material, de la sociedad industrial, la aparición en varios países del con-tinente de una economía minera y sobre todo de una clase obrera de mineros que fue, con los obreros que vinieron más tarde del petróleo, los actores principales de las luchas sociales indus-triales, cuya resistencia marcó con sangre mu-chos paisajes, aun si los movimientos obreros fueron a menudo controlados o utilizados por

 

14          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

los nacionalismos políticos que reunían alrede-dor de ellos mismos categorías mucho más di-versas y por lo tanto más potentes. Pero la vida política de todos los países fue dominada por movimientos más políticos que sociales y has-ta por una voluntad de participación y de dis-tribución a todos los ciudadanos más que por los conflictos de clase. Argentina fue el ejemplo más importante de este “nacional-populismo ” del que Perón se convirtió la personalidad em-blemática, incluso cuando la oligarquía enrique-cida por la Pampa, lejos de defender formas de dominación tradicional, estaba fuertemente in-fluenciada por el racionalismo y el positivismo venidos de la Europa urbana, y se comprometía con la creación de repúblicas laicas.

 

En el norte del continente, donde existe y don-de se ha mantenido una fuerte población india, los prejuicios y los conflictos étnicos logra-ron inclusive comandar ampliamente la vida política hasta nuestros días, en particular en América Central y con más fuerza en Guatema-la y en México, donde el apoyo oficial dado al movimiento indigenista, si bien culminó con la creación de un admirable museo antropológico en México, no terminó con la exclusión a me-nudo brutal que han sufrido los indígenas y no ha podido reducir o hacer desaparecer al acti-vo movimiento neozapatista de Chiapas, cuyo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

subcomandante (y por lo tanto no indígena) Marcos fue su portavoz e inspirador.

 

Ya que nuestro objetivo es situar la historia de los países latinoamericanos en el interior de un nuevo modelo de transformaciones so-ciales y culturales que dominan el mundo de hoy intentemos desde ahora, lo antes posible, de definir ese nuevo modelo. Para el sociólogo, el cambio más importante es que el poder ya no pertenezca a los dueños de las fábricas y de las minas sino a aquellos que son capaces de pro-ducir, difundir y eventualmente imponer repre-sentaciones, lo que prefiero llamar con un tér-mino más amplio “interpretaciones ” prácticas y técnicas utilizadas. El poder, en todo el mun-do, se basa en la dominación y el control de las actitudes, de las decisiones, de las evaluaciones de la elección del modo de vida. Tal es el sen-tido sociológico principal de la emergencia de un nuevo tipo de sociedad que podemos llamar sociedades de comunicación para subrayar que son éstas que ocupan ahora el lugar central que había pertenecido durante por lo menos dos si-glos a la fabricación industrial. Transformacio-nes de las cuales es imposible sobrestimar la importancia. Ya no es la posesión de bienes ma-teriales, sino de bienes “subjetivos”, de modos de conducta, de informaciones y de decisiones que definen el poder. Como aquellos que po-

 

Prólogo | Alain Touraine          15

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

seen tanto poder sobre los seres humanos no renuncian a su poder sobre las cosas y los capi-tales. Debemos concluir que la transformación más importante de las sociedades nuevas con relación a las que precedieron es la formación de poderes que me veo obligado a nombrar en su totalidad para evitar el contrasentido que in-troduce aquí la idea de totalitarismo que pode-mos sin duda aplicar a la sociedad comunista china o a las sociedades djihadistas sunitas o chiitas, pero que ciertamente no se aplican a los Estados Unidos de América, incluso cuan-do, después del salvaje atentado de doscientas personas, acarrearon peligrosas expediciones punitivas. Lo que le interesa sobre todo a la so-ciología es que frente a estos poderes totales se yerguen reivindicaciones a su vez más y más “totales ”, animadas por la voluntad de muchos de ser dueños del sentido de su propia vida y de la de los otros y por ende de su entorno. La fuerza social que anima a las sociedades del nuevo tipo ya no son aquellas cuya sede eran los grandes bancos, o luego las grandes empre-sas que se llamaron fordistas. Esta fuerza es la del conocimiento. Las instituciones que fueron destinadas a jugar el papel central en las socie-dades de conocimiento y de comunicación son las universidades de investigación, hoy en día prácticamente todas situadas en los Estados

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Unidos y en el mundo británico, Canadá y Aus-tralia incluidos. Recientemente la Academia Americana de Ciencias, para lanzar una cam-paña nacional de defensa y de financiamiento de las universidades públicas de investigación, recordó con fuerza que hoy no existe una inno-vación técnica importante que no tenga raíces en la investigación y los descubrimientos de la ciencia fundamental.

 

Aquí estamos con la pregunta más difícil: la en-trada en el mundo en una nueva era, la de la comunicación y de la globalización ¿facilita la participación de un número mucho más grande de personas a las nuevas tecnologías o, al con-trario, crea una barrera cada vez más alta entre los grandes campeones, que viven en un peque-ño número de “ciudades mundiales “ y la masa de los y las que pueden utilizar esas técnicas únicamente para alcanzar objetivos que se si-túan a un nivel mucho más bajo, como el robo, la corrupción, los tráficos ilícitos o inclusive las masacres masivas o los actos de terrorismo?

 

Pero la respuesta a esta pregunta podría ser menos difícil de lo que puede parecer a prime-ra vista. Ya que si el acceso a muchas técnicas es muy simple, como lo muestra la difusión en todo el mundo de los teléfonos inteligentes, de Facebook, de Twitter, la creación de un siste-ma de decisiones económicas, políticas o mi-

 

16          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

litares supone el control, no solamente de un gran número de elementos, sino sobre todo de modos de interacción muy diversos, lo que Edgar Morin dijo claramente en una palabra cuya importancia no ha cesado de crecer: la complejidad. No es difícil transportar grandes cantidades de drogas o de armas de México a los Estados Unidos o a Europa, pero las comu-nicaciones, las informaciones, la penetración de las redes de espionaje suponen el conoci-miento, el control y la modificación de un nú-mero elevado de códigos de una complejidad extrema. De la misma manera que, si es posi-ble para un buen científico ampararse de un resultado importante para el armamiento de su país, la creación de un sistema de armas es de una complejidad, y por ende de un costo, extremadamente elevado. Lo más extraordina-rio en la nueva organización económica es que cada vez es más fácil consumir informaciones y cada vez es más difícil y costoso construir sis-temas. Si aceptamos esta conclusión, que está respaldada por la observación de la extrema concentración de los lugares de concepción de nuevos sistemas, tenemos que reconocer que los que no pertenecen a los centros de creación más avanzadas están fuertemente dirigidos no hacia tecnologías más simples sino hacia sis-temas cuya finalidad es de un nivel más bajo,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sistemas que no toman en cuenta las relaciones siempre complejas entre conflictos de intere-ses, de las previsiones contradictorias, de los efectos muy diversos en las opiniones públicas, sobre todo en los países democráticos. Esta constatación, presentada aquí bajo una forma simplificada, tiene efectos importantes sobre la formación o la imposibilidad de formar actores sociales nuevos en las sociedades que pueden alcanzar una concepción más consciente, más “reflexiva ” de su propia capacidad de creación y de transformación de ellas mismas, de sus instrumentos, de sus métodos e inclusive de su entorno. Una tal conclusión merece ser repe-tida bajo una forma más cercana de nuestras observaciones habituales.

 

El gran descubrimiento que nos aporta nues-tra entrada en la sociedad de comunicación globalizada es que en el centro de ese nuevo mundo, por primera vez, tomamos conciencia de nosotros mismos, seres humanos, no sola-mente como legisladores y creadores de orden o de la técnica pero directamente, sin interme-diarios, como creadores de nosotros mismos, de nuestra conciencia de nosotros mismos como creadores.

 

Esta expresión parece abstracta; debo enton-ces dar un ejemplo por lo menos para mos-trar claramente la importancia del giro que se

 

Prólogo | Alain Touraine          17

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

produce ante nuestros ojos. El que me apare-ce con más fuerza es el de las mujeres. Hasta aquí, las mujeres han sido definidas por el lu-gar que les daba los sistemas de parentesco, por lo tanto los intereses fundamentales de un sistema social, luego, en las primeras socieda-des modernas, en la época de lo que se llamó el Renacimiento, sobre todo en Italia, se las defi-nió e incluso sacralizó como objeto del deseo masculino. Ellas estaban definidas en función del hombre, sin ser ellas mismas creadoras. Es verdad que más tarde, unas reformas limitadas quisieron disminuir la desigualdad que conti-nuaba golpeando a las mujeres, lo que condujo a la idea de la paridad, por lo menos en algunos países; lo que satisfizo a muchos políticos, pero cuyos efectos reales siguen siendo limitados. De hecho, como lo recordó recientemente la excelente socióloga americana Nancy Frazer, los cuidados materiales, el “care”, que exige una familia y sobre todo las necesidades de los muy jóvenes y de los muy viejos están a cargo de las mujeres, que por lo tanto están menos disponible para la reflexión y la acción pública.

 

La ruptura se hizo solamente cuando acepta-mos definir a la mujer como una construcción hecha para el hombre en función de sus inte-reses y sus necesidades, tanto sexuales como políticas o económicas. Es la filósofa america-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

na Judith Butler la que fue más lejos en este camino propiamente revolucionario en el que ya se había lanzado Simone de Beauvoir dos generaciones antes.

 

Prefiero sin embargo seguir a Antoinette Fou-que, que insiste en reconocer y además reforzar la dualidad de los sexos, a condición de preci-sar que esta dualidad debe reforzar la comple-jidad de las interacciones entre los dos sexos y no reservar un espacio inferior a uno de ellos, a menudo al sexo femenino. Este ejemplo es tan masivo que nos obliga a reconocer que tene-mos una capacidad creciente de imaginar y de construir las relaciones entre hombres y muje-res. Lo que nos sugiere también otro ejemplo de cambio cultural. Después de haber escuchado a los “progresistas ” hacer el elogio del desarro-llo durable que tiene en cuenta un gran número de aspectos sociales y culturales del crecimien-to económico, reconocemos hoy que debemos elegir entre una voluntad de devolver la acción humana a los límites impuestos por un cuadro natural y, de manera completamente opuesta, escuchar las condiciones de sobrevivencia y de crecimiento de las sociedades humanas, toman-do en cuenta las amenazas que pesan de manera cada vez más visible no sólo sobre los seres hu-manos sino también sobre su entorno climático y de manera más general, biológico.

 

18          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El lector puede sorprenderse de ser introdu-cido en el análisis sociológico por considera-ciones que la desbordan ampliamente. La razón es simple. El progreso de la tecnología, en par-ticular de la robótica y hasta de las previsiones de funcionamiento de los sistemas ha creado para muchos una confianza casi sin límite en los efectos de las innovaciones tecnológicas y del análisis económico. Para muchas personas, todo ocurre como si las leyes de la naturaleza fueran a liberar a los seres humanos que deben abandonar sus creencias y preferencias para someterse a unas leyes naturales que les son fundamentalmente favorables, ya que hacen que la razón y el orden triunfen sobre la pasión y el desorden. No es para nada en esta direc-ción que reacciona hoy, con mucho atraso, la sociología que entiende bien que sólo puede defenderse contra la acción de la razón, some-tida demasiadas veces a la voluntad del poder, mostrando que los sistemas sociales y los mis-mos individuos sean orientados en su acción al igual o más que las leyes de la naturaleza, por sus consciencia de ser el fin último de su propia acción. Hacen de ésta una intervención cada vez más voluntaria y calculada sobre las situaciones en las cuales procura hacer avan-zar la libertad de la mayoría. Este vigoroso avi-so de las ciencias sociales no nos lleva a querer

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

considerar nuestras sociedades posindustria-les como posmodernas, pero al contrario, sí como híper modernas, es decir como teniendo una intención más directa y más exigente que las otra sociedades de la libertad, la igualdad y la dignidad de todos los seres humanos. Para decirlo con palabras que pueden parecer tra-dicionales, la tarea principal de las ciencias humanas es devolver la centralidad al análisis de la consciencia y la voluntad de defender los derechos humanos fundamentales, que deben ser colocados en nuestras sociedades híper modernas encima de todas las leyes, ya que éstas están cada vez más influenciadas por las exigencias mismas de las tecnologías.

 

Mientras escribo estas páginas, puede pare-cer paradojal buscar la presencia de América Latina en las transformaciones culturales que, estrictamente hablando, han creado la civiliza-ción en la que hemos entrado; sin embargo es indispensable para identificar la naturaleza de la caída política y social que vive este continen-te y que acarrea tantos testigos apremiados a contentarse registrando la serie de sus fraca-sos, de sus escándalos y de sus decepciones.

 

Ya que estos fracasos no se deben ni a las de-nominaciones impuestas ni a coyunturas eco-nómicas desfavorables, tampoco a errores de gestión. Defiendo la idea de que la crisis de

 

Prólogo | Alain Touraine          19

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

América Latina se debe en primer lugar, como la de varios países europeos, al retraso de la conciencia de su propia condición y, sobre todo, de sus posibilidades. América Latina, bajo la influencia a la vez de ciertos intelectuales, y sobre todo de ciertas grandes potencias, en particular de la Unión Soviética, dio ella misma unos análisis que apuntaban sistemáticamente a negar su propia capacidad de acción, aunque varios países del continente –y en particular en Chile– tenían éxitos económicos excepcio-nales. Vimos desarrollarse la idea de que la no intervención de fuerzas políticas y sociales era la condición del triunfo económico. Idea que sin embargo había sido negada de manera casi constante en el pasado por los actores y los analistas de la modernización y sobre todo de la industrialización, tanto en Gran Bretaña y en los Estados Unidos como en la Unión Soviética y en China.

 

No pretendo aquí hacer un elogio general de las ideologías voluntaristas y condenar la con-fianza muchas veces excesiva que se les da a los mercados. Quiero proponer una hipótesis más limitada y más concreta históricamente. Esta hipótesis es que un país, sea cual fuere, para pasar una etapa, la de la industrialización, a la etapa siguiente, la de las comunicaciones y de la globalización, debe haberse establecido

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sólidamente en las etapas que debió atravesar. Lo que puedo resumir en dos hipótesis. La pri-mera –la más importante, parecería– es que un país sólo puede entrar en un mundo globaliza-do si ha logrado a comportarse él mismo como un Estado nacional, tomando esta expresión en el sentido que Europa le dio a partir de la Revolución Francesa y de la Independencia americana.

 

Hipótesis confirmada por la gravedad de la cri-sis actual de la idea de Estado nacional. Mien-tras que algunos quieran sobrepasarla comple-tamente en nombre del cosmopolitismo prác-ticamente sin instituciones, otros, asustados por ese peligro y por el riesgo de sumisión a nuevas hegemonías, quieren remplazar al Es-tado nacional por un Estado comunitario, que es en realidad lo opuesto. Y la importancia de este tema se fortaleció por la debilidad general del Estado nacional en América Latina y los éxitos innombrables de los regímenes nacio-nales populares que demuestran rápidamente su incapacidad a combinar las demandas so-ciales con las exigencias de la competitividad económica.

 

La otra condición para entrar vigorosamente en la economía globalizada es evidentemente encontrarse en uno de los ejes de las grandes actividades de los intercambios internaciona-

 

20          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

les. Es demasiado fácil recordar aquí que gran-des países se han enriquecido con la produc-ción y la venta de petróleo y, antes que ellos, otros, con la explotación masiva de carbón. Los Estados Unidos y Canadá se esfuerzan para demostrarnos hoy que su independencia económica está asegurada por el gas de es-quisto, pero los más ecologistas tienen razón al recordar que el precio de esta independen-cia es aplastador para regiones enteras y que es inaceptable proponer a la humanidad entera regresar a la violencia a la vez tecnológica y social de la primera industrialización europea y americana. Entre los sociólogos latinoameri-canos Fernando Henrique Cardoso, sociólogo antes de ser Presidente, es el que insistió con más fuerza y convicción sobre la importancia de esos factores de éxito, y sobre todo, la in-tegración nacional. Contra los defensores más radicales de la teoría de la dependencia –para los cuales la política nacional de los Estados latinoamericanos no podían tener ningún otro papel que el de combatir directamente y completamente la dependencia respecto de las potencias imperialistas– recordó que si la dependencia traía indudablemente problemas fundamentales, la defensa o la creación de la unidad nacional y de otra parte el conflicto de las clases sociales eran objetivos y dimensio-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

nes de acción tan importantes como la lucha contra la dependencia.

 

Es porque existen objetivos fundamentales para la acción política que ésta posee una auto-nomía real, lo que representa una transforma-ción completa de lo que era tal vez una posi-ción reformista y que se convierte al contrario lo que podríamos llamar una concepción políti-ca del desarrollo definida por la convicción de que la acción política tiene objetivos propios y que la capacidad de crear una acción política es más importante todavía que una lucha más ideológica que realmente política contra la de-pendencia. Es ésta misma autonomía de la ac-ción política, más todavía que la participación en el desarrollo económico moderno, la que tiene efectos más directos e incluso más de-cisivos sobre la capacidad de un país a través de su Estado de entrar en una nueva fase de la modernización. La situación actual nos ofrece, fuera de América Latina, una prueba masiva. La alianza del Tercer Mundo y de la Unión So-viética en la conferencia de Bandung permitió la formación y la consolidación de varios Es-tados nacionales, de la Indonesia de Soemako al Egipto de Nasser y hasta la China de Chou Enlai, vedette de esta conferencia. Podríamos fácilmente añadir a estos resultados tan impor-tantes el de Pakistán y sobre todo el de Fidel

 

Prólogo | Alain Touraine          21

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Castro que se proclamó en Cuba como herede-ro de José Marti.

 

En cambio, los países de la Mesopotamia pe-ro también los del Sahel africano se revelaron incapaces de construirse una consciencia y una gestión nacionales. En Irak, los chiitas do-minan el sur, los sunitas el centro y sobre todo Tikrit, la base de Saddam Hussein, y los kurdos el norte. Mali fue víctima del levantamiento de los nómadas del norte y Boko Haram en el norte musulmán de Nigeria se volvió práctica-mente independiente de los intereses petrolí-feros del delta del Níger. La Republica Centro Africana, tal como Sudán, explotó y Somalia tal como Eritrea está descompuesta y envía numerosos refugiados, en particular hacia Ita-lia. No se trata aquí de tomar partido por los soberanistas, sino al contrario recordar que la consciencia nacional – que no es el nacionalis-mo, todavía menos el comunitarismo – es un elemento indispensable de la capacidad de ac-ción de una nación. Los que lo habrían olvida-do pueden pedirle tanto a los franceses como a los americanos o los soviéticos que confirmen esta afirmación.

 

Los temas que vienen de ser evocados aquí, son de una tal importancia en el mundo entero que debemos acordar desde ahora al menos la misma importancia a los factores subjetivos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

del desarrollo –y en primer lugar a la conscien-cia nacional– que a los factores objetivos, a la posesión de recursos limitados e incluso al es-píritu de emprendimiento. No obstante, Amé-rica Latina no tuvo –con alguna excepción– la voluntad de creación de naciones que habían levantado a Europa en 1848 (la “primavera de los pueblos”) poco después de la caída del régimen nazi y de las guerras de descoloniza-ción. ¿Cómo no reconocer, leyendo los desta-cados trabajos de Fernando Calderón, que es la debilidad de lo que los Europeos llaman hoy la “clase política” que explica de mejor mane-ra los fracasos actuales del continente? Que basta recordar que las políticas de inversión no están casi nunca formadas, mientras que los objetivos centrales de la acción política eran la participación a la vida nacional y la distribución de las riquezas a una nueva cla-se media. Ya tuve la ocasión aquí de resumir la historia política del continente, de la revo-lución mexicana al triunfo de los regímenes autoritarios en Chile, en el Brasil, en Argen-tina y en Uruguay como la subida y la caída de los regímenes nacionales populares, cuyo modelo más potente fue el peronismo argen-tino, ya sea en el primer gobierno de Perón o en el segundo, y más recientemente en las presidencias de los Kirchner.

 

22          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La herencia de Cárdenas en México fue me-nos extrema y se trasformó en la creación de una potente burocracia de Estado, lo que expli-ca el desarrollo económico importante de Mé-xico que se oponía a la caída de Argentina, que disponía sin embargo de ventajas excepciona-les desde el inicio. El Brasil se separó de ma-nera más clara de los dos casos precedentes, abandonándose, después del vigor de Kubits-chek, a la debilidad de Janio y de Django antes de caer en una dictadura militar que tomó la forma de una represión brutal a partir del Acto institucional número cinco. El Brasil le debió a Cardoso el retorno a una democracia institu-cional sólida que fue completada por la distri-bución masiva durante las dos presidencias de Lula de ayuda económica a los pobres, lo que permitió a decenas de millones de ellos entrar en una pequeña clase media capaz de subsistir. Es algo muy reciente que este Estado brasilero, asociado a la fuerte industrialización dirigida por São Paulo y que levantó todo este Estado haya sido sobrepasado por la corrupción políti-ca apoyada sobre los notables locales regiona-les. Es evidente que no fue Lula –y todavía me-nos Dilma– quienes introdujeron la corrupción en el sistema político brasilero: por el contrario, ese sistema fundado sobre la autonomía de los Estados es lo que destruyó el conjunto de los

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

intentos hasta ahora exitosos de construcción de un Estado nacional orientado a la vez hacia el desarrollo económico y la redistribución so-cial. Al contrario, durante el último cuarto de siglo, la historia económica del mundo estuvo dominada por la industrialización de la China, nueva fábrica del mundo, y ahora exportadora de capitales, mientras que los Estados Unidos eran, más que nunca, la oficina de estudios del mundo y el centro más importante, de lejos, de la creación de conocimientos fundamentales y por ende de innovaciones tecnológicas.

 

América Latina ha sido llevada a la formación acelerada de una economía de la comunicación globalizada. Los países de la costa Pacífica, Chile y Perú en primer lugar, aprovecharon el precio elevado de los metales que vendieron en gran cantidad a la China. Es verdad que hace poco el precio del cobre bajó fuertemente en los mercados mundiales, pero durante una ge-neración Chile fue sin duda el mejor alumno del desarrollo mundial y el Perú, que había su-frido profundamente la violencia política del Sendero Luminoso y de la corrupción del go-bierno de Fujimori, vivió una transformación profunda. En la costa atlántica es la exporta-ción de soja hacia la china la que aportó los recursos más considerables a la Argentina y también al Brasil. El sur del continente se dejó

 

Prólogo | Alain Touraine          23

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

llevar por el desplazamiento del comercio in-ternacional hacia el Pacífico pero el conjunto del continente se encuentra hoy en una depen-dencia doble más que en una independencia mejor protegida.

 

Una de las dos condiciones fundamentales del desarrollo de América Latina está presen-te: el continente aprovecha la nueva división del trabajo mundial, pero no logró hasta ahora construir Estados nacionales fuertes, ya que los regímenes militares fueron más represivos que industrializadores, con la excepción par-cial de Chile. El análisis que propongo –en par-ticular gracias a la lectura de Fernando Calde-rón– de la historia de América Latina concierne al mundo entero: la creación (o al contario) la impotencia de crear Estados nacionales, es decir actores políticos centrales, capaces de elaborar estrategias a largo plazo –y eventual-mente de defender por las armas los intereses de sus países– es el elemento más importante de lo que llamamos el desarrollo que, en su fase precedente, había sido analizado en términos casi únicamente económicos.

 

La creación de Estados nacionales consta de movilizaciones populares sin las cuales estos Estados corren el riesgo de reducirse a monar-quías u oligarquías potentes, así se produjo en la época de las grandes conquistas españolas y

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

de manera más extrema todavía, portuguesas. ¿Fueron los levantamientos sociales y políticos que levantaron a América Latina, desde los paí-ses más comprometidos en la economía mun-dial hasta los países del norte y de los Caribes? Si, y esos levantamientos alejaron a las oligar-quías mercantiles generalmente subordinadas a los países industriales más grandes, y en par-ticular a los Estados Unidos, pero esos levanta-mientos fueron orientados hacia la creación de nuevas clases medias más que hacia la transfor-mación de la situación de las poblaciones rura-les desfavorecidas y fueron utilizados a menu-do por las dictaduras más que por una voluntad de racionalización económica y de justicia so-cial. Desde este punto de vista tan importante la situación de América Latina está más próxi-ma de Rusia que de la China, porque después del periodo de la Perestroika el presidente Elt-sine suprimió el Partido comunista soviético y abrió la economía a la especulación, pero tuvo que ceder rápidamente el lugar al nuevo zar Pu-tin quien reconstruyó un Estado autoritario sin asegurar ni la redistribución social ni la moder-nización económica. Hay que dejar aquí de lado a Chile, que constituyó una gran excepción en el continente desde sus inicios en el siglo XIX y la fuerte acción de Diego Portales, que creó un Estado fuerte al servicio de un comercio inter-

 

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nacional fundado en las empresas mineras en lugar de la industrialización y la creación de un mercado interior. Al contrario, la Argentina e incluso el Brasil fueron dominados por la inmi-gración de origen europea, y por consecuente por las reivindicaciones sociales más preocu-padas de crear una nueva clase media que de mejorar la situación de los más desfavorecidos.

 

Hemos vivido durante mucho tiempo con la idea de que se formaba una nueva generación de “Grandes Potencias ”, que un funcionario lla-mó lo BRICS. Pero ¿qué tenían en común China y Brasil, o Rusia e India? Esta categoría sigue siendo puramente artificial, estadística. Mien-tras que las grandes potencias de la historia an-terior pertenecían todas a la misma civilización y siguieron los mismos procesos fundamenta-les de modernización basados en orientaciones universalistas y en el monoteísmo, los países del grupo BRICS, no teniendo ningún elemen-to común, siguieron rápidamente destinos muy diferentes. La nueva Rusia, sin embargo, here-dera de la gran industrialización soviética, su-frió una verdadera regresión, particularmente en el ámbito de la creación científica e indus-trial. La India, que posee una élite científica destacable, permaneció fragmentada, ya que el sistema de castas, aunque oficialmente supri-mido, continúa existiendo al mismo tiempo que

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

las diferencias regionales y la multiplicidad de lenguas y culturas. Sólo China llegó a ser una gran potencia e incluso, a través del eje que for-ma con los Estados Unidos, el elemento central de la economía mundial en formación.

 

El mundo, al principio del siglo XXI, y sobre todo después del debilitamiento profundo y du-rable de Europa después de la crisis financiera de 2007-2008 –y más todavía después de la sali-da del Reino Unido de la Unión Europea– ya no creó ningún modelo general de modernización. El modelo comunista ya no es un modelo so-cial y cultural sino también un modelo político y policial. Es hasta extraño ver formarse impe-rios, es decir poderes a la vez económicos, polí-ticos y culturales de pequeña talla como el Irán de Khomeiny, y tal vez incluso la Turquía de Er-dogan, mientras que ni Brasil ni Rusia pueden desempeñar el papel de imperios.

 

Es un gran descubrimiento de la socióloga a-mericana Saskia Sassen haber descrito el mundo globalizado actual ya no como una pi-rámide de naciones y de Estados, sino como un conjunto de ciudades mundiales, de las cuales algunas constituyen hasta centros de comuni-caciones mundiales tan importantes como los Estados grandes. Esto es verdad sobre todo en Singapur pero también y de manera casi idéntica en Hong Kong. Observación que po-

 

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demos estar tentados de aplicar a América Latina, que se ha convertido en un continente de grandes megalópolis más que un conjunto de Estados nacionales modernizadores. Amé-rica Latina es una red formada por San Pablo, México, Río de Janeiro y Buenos Aires, pero también Bogotá, Lima e incluso Santiago, cuya conurbación reúne un tercio de la pobla-ción nacional. Esta transformación es funda-mental. Sobre todo cuando completamos esta descripción con la evocación de las regiones urbanas y rurales rápidamente vaciadas de su población por una emigración tanto interior como exterior en dirección de los Estados Unidos. Los habitantes de Buenos Aires son más porteños que argentinos, es decir conciu-dadanos de los habitantes de Jujuy y de Salta. Esta autonomía económica de las megalópolis que ha debilitado aún más a los Estados nacio-nales, y por consecuente creó los instrumen-tos de la corrupción, que permiten a unos po-líticos de importancia secundaria imponer sus intereses a unas regiones que son marginales con relación a los centros principales de la ac-tividad económica mundial. La corrupción es la manifestación más visible del declive de los Estados nacionales con relación a las mega-lópolis globalizadas. Esta observación que se puede aplicar a otras regiones del mundo, en

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

particular en África, mientras que las grandes ciudades europeas han sido ante todo capita-les nacionales.

 

Las guerrillas contribuyeron incluso a de-bilitar la vida política nacional, sobre todo en los países tenuemente integrados, en particu-lar Bolivia, naturalmente dividida entre la zona de la Cordillera y las tierras bajas de las cuales Santa Cruz es la capital económica.

 

El caso de Chile merece una vez más una aten-ción particular. Todos los observadores fueron golpeados por la división interna de la Unidad Popular, a pesar de su lema “un pueblo unido ja-más será vencido”: de un lado el Partido comu-nista y la central sindical dominante, la CUT, que fueron los apoyos sólidos de Salvador Allende, y del otro lado la mayoría del Partido socialis-ta, que era de hecho un partido izquierdista que se habría podido llamar trotskista en la Europa de aquella época, mucho más cercano de las tesis revolucionarias, y sobre todo del modelo castrista que de las tradiciones nacionales. No podemos negar que el presidente Allende haya estado él mismo fuertemente atraído por la fi-gura y el ejemplo de Fidel Castro que pasó una larga temporada en Santiago, si bien su propia acción, y sobre todo su último combate y su muerte se hayan situado dentro del modelo re-volucionario de origen europeo.

 

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Pero no es esta constatación que merece la más gran atención; es más bien la evolución posterior de Chile, y en particular de la mayo-ría que, después del plebiscito que acabó con el régimen de Pinochet, eligió una política de re-conciliación en lugar de la revancha y ha mante-nido una parte del poder impuesto por la dicta-dura militar. ¿No es acaso sorprendente que el plebiscito perdido por Pinochet no le haya im-pedido terminar su vida sin haber sido juzgado o condenado y sin siquiera que la constitución que él había impuesto a su país haya sido aboli-da? Es que una parte de la mayoría democrática quiso dar prioridad a la consolidación de un de-sarrollo económico que sólo había comenzado realmente después de 1983. Lo que se llamó en términos políticos la Concertación fue más una subordinación de la política chilena a las posi-bilidades ofrecidas por la globalización que la reconciliación de las víctimas de la dictadura con las instituciones democráticas. Solamen-te el presidente Ricardo Lagos logró modificar sensiblemente la constitución de Pinochet pero es el refuerzo de la nueva burguesía chilena, de unos muy ricos más que simplemente ricos, que fue el resultado principal de este periodo. Chile eligió no pagar completamente la deuda moral que tenía con los muertos y los desaparecidos de la dictadura. No podemos contentarnos de

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

hablar de la complejidad política de éste perio-do y menos todavía de contentarnos con una ex-plicación puramente nacional de su evolución. Lo esencial de este periodo es efectivamente la transformación de la economía mundial, ya que es ésta la que abrió nuevas posibilidades a un Chile orientado desde siempre hacia la econo-mía internacional. La historia de los países lati-no-americanos transcurre ahora en dos niveles diferentes: un nivel nacional del que vengo de indicar la debilidad y un nivel mundial en el cual el papel principal lo tienen los nuevos imperios que dominan la economía y las crisis políticas y culturales que destruyen los Estados naciona-les o que se desarrollan sobre sus ruinas.

 

Al nivel nacional, el hecho más visible es el debilitamiento o incluso la desaparición de los movimientos nacionales revolucionarios, agra-vados por el desarrollo de la corrupción, del clientelismo y de las manipulaciones de la opi-nión. Formulo esta conclusión, que podemos esperar sea provisoria, en términos radicales, tanto se habían consolidado durante un largo periodo la consciencia y los símbolos de un con-tinente proyectado por la conjunción de luchas sociales internas que podríamos llamar conflic-tos de clase y un movimiento internacional que se definía a menudo como antiimperialista y de inspiración más revolucionaria que social. Lo

 

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que domina la situación actual del continente no es un combate a la vez social e internacional, un enfrentamiento de ideologías que se apoyan en campos en lucha por el control del planeta como en la época de la Guerra Fría; es al con-trario la debilidad de la capacidad de acción na-cional. ¿No fue acaso la crisis de la Argentina en 2001 el evento más grave? Este país había alcanzado a inicios del siglo XX un nuevo nivel de riqueza económica comparable al de los Es-tados Unidos, y Buenos Aires era la capital cul-tural de todo el continente. Pero rápidamente el país, dominado por el conflicto entre una polí-tica de integración masiva de los inmigrantes y unas reacciones nacionalistas militarizadas, sa-crificó su desarrollo económico, a pesar de que su enriquecimiento durante la Segunda Guerra Mundial, a la gloria mussoliniana del Presiden-te Perón, a la figura del cual fue asociada la de su mujer Eva, convertida en un mito nacional. Después de un periodo de ajuste dirigida por el presidente Frondizi, pero interrumpido por gol-pes de estado militares, el nuevo gobierno de Perón, pronto remplazado por su nueva esposa Isabel, se lanzó en un populismo nacional cada vez más influenciado por una juventud revolu-cionaria nacionalista pero que fue rápidamente vencida y reprimida, a partir de 1976, por una dictadura militar que recurrió masivamente a

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

la tortura. Es la derrota de Argentina en una tentativa de conquista de las Islas Malvinas –en poder de Gran Bretaña– que permitió la vuelta a la democracia. Pero el presidente Alfonsín, destacado defensor de las libertades públicas, no logró enderezar la economía, lo que llevó al poder al peronista Menem cuya política ultra li-beral de dolarización de la economía nacional, desencadenó la crisis económica que llevó a la quiebra a una gran parte de la potente clase me-dia argentina.

 

Si el nuevo presidente Néstor Kirchner llevó una política de rehabilitación de las víctimas de la dictadura y de apoyo al movimiento po-pular que le permitió reestablecer el equilibrio político del país, fue la tendencia dominante tradicional del peronismo a la redistribución más que a la inversión que condujo bajo la di-rección de su mujer, que le sucedió, a la Argen-tina a una crisis económica permanente y a la fuga de los capitales. Ejemplo extremo de una gestión política nacionalista incapaz de hacer frente a las nuevas exigencias del orden eco-nómico internacional.

 

A pesar de las diferencias profundas que se-paran a los dos países y que se basan sobre todo en el papel central de una burguesía in-dustrializadora en São Paulo, el Brasil pasó por un periodo de redistribución social exito-

 

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sa justificada por la extrema desigualdad de la sociedad brasilera y ampliada por grandes mo-vimientos sociales como el de los sem terra, los campesinos pobres del noreste, pero que fue detenida por la crisis del Estado roído por la corrupción.

 

La tercera gran potencia de continente, Mé-xico, dirigida durante mucho tiempo de mane-ra autoritaria por el PRI, partido nacido de la Revolución, vivió una transformación econó-mica y social más sólida, pero una vez más el sistema político, conducido por la búsqueda de su propio poder hacia un clientelismo pa-ralizante, se topó con una reacción liberal di-rigida por los presidentes Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo, lo que acabó con una degra-dación del poder y de la sociedad mexicana, a la vez integrada a la potencia americana e im-potente frente a una violencia desencadenada por los traficantes de droga que encontraron en México la influencia que habían perdido en Colombia. Sean cuales fueran las diferencias que separan todos estos países, y en particu-lar una Argentina creada por los europeos y un México incapaz, a pesar de sus declaraciones, de integrar a la población indígena en la vida urbana moderna, y que condujo al movimiento neozapatista de Chiapas. No son ni los conflic-tos de clase ni los enfrentamientos internacio-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

nales entre “bloques” que dominaron durante este largo periodo de la vida del continente; es la yuxtaposición de los efectos de la mundiali-zación económica y de la crisis de cada uno de los Estados nacionales. Los movimientos cam-pesinos y obreros han perdido su fuerza y son las fuerzas de descomposición urbana que han desempeñado el papel más importante en la vida de los Estados nacionales. Conclusión que coincide con la de los analistas de Europa, hoy en día dominada por el conflicto entre la globa-lización económica y las identidades naciona-les o más exactamente los nacionalismos auto-ritarios que se esfuerzan por elevar a la opinión pública contra los inmigrantes y lo refugiados, presentándolos como una amenaza para las identidades nacionales. En Europa también la oposición entre la derecha y la izquierda, de-finidas socialmente y económicamente cede el lugar a la formación de movimientos xenó-fobos y racistas y a una globalización econó-mica cuyos efectos políticos contribuyen al remplazo de las viejas socialdemocracias por una derecha económicamente liberal pero so-bre todo socialmente favorable al incremento de las desigualdades. Esta conclusión gene-ral está conforme con el principio general de análisis que ha establecido desde el inicio de éste prólogo: tenemos que “pensar global”, es

 

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decir reconocer que la vida y la historia de cada país están hoy comandadas por los efectos de la globalización económica y sobre todo por la dificultad creciente de la mayoría de los países de dar una respuesta social y política eficaces a las exigencias del sistema mundial.

 

Esta transformación se agravó todavía más con el fracaso de la desagregación de los movi-mientos que quisieron ser revolucionarios afir-mando que su acción política era representativa de la situación social de las clases y de las cate-gorías más desfavorecidas, es decir sometidas a la dominación de la elite dirigente que buscaba constantemente transformar su propia domi-nación en una hegemonía a la vez económica, política y cultural.

 

En el momento en que escribo (finales del 2016), estamos muy lejos de la lógica antiimperialista y revolucionaria, del “foquismo” de las guerrillas guevaristas, atraídas por el ejemplo de la revo-lución cultural maoísta. El populismo de Hugo Chávez, en Venezuela, cuya importancia vino del doble apoyo de la armada y de los movimientos populares, logró alcanzar el poder y pudo desa-rrollar a la vez una política de nacionalización antiamericana y una política de distribución de bienes y servicios a grandes masas, donde la población no resistió mucho tiempo luego de la muerte de sus jefe y la profunda descomposición

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

de la economía nacional, y por consecuente a la imposibilidad para su sucesor Maduro de formar con Cuba un frente de resistencia a la hegemonía americana sobre el continente.

 

La resistencia del presidente socialista ecua-toriano Correa, en conflicto con las grandes empresas petrolíferas americanas, está tam-bién debilitada por la crisis del modelo nacional revolucionario que muestra más claramente to-davía su fracaso en Nicaragua, bien alejado hoy del impulso del movimiento sandinista de 1979 que fue socavado después de la adopción de una nueva constitución que reconoce la impor-tancia de los actores privados en la economía.

 

Es solamente en Bolivia, y a pesar de las grandes dificultades internas, que el movimien-to de la revolución castrista ejerce todavía una influencia considerable. De una parte a causa de la potencia social y política del movimiento social tradicionalmente apoyado en los mine-ros y que comandó la acción de los presidentes Paz Estenssoro y Siles Zuazo, de otra parte por las reacciones populares a la política liberal del presidente Sánchez de Lozada, y sobre todo de la importancia del movimiento indígena que pedía desde hace tiempo el reconocimiento de sus derechos políticos hasta obtenerlos tras la elección de Evo Morales, dirigente aymara del MAS. La nueva constitución dio los derechos

 

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políticos a los indígenas lo que representó un éxito único en el continente.

 

Los ideólogos indigenistas, tan vigorosos en México nunca condujeron a un reconoci-miento real de los derechos de los indígenas, que el mismo movimiento zapatista fue inca-paz de obtener.

 

La derrota de la corriente revolucionaria ha-bía sido impuesta tiempo atrás y de manera muy violenta en Guatemala por la CIA, que provocó el fin el régimen de Árbenz ya en 1954 y que fue confirmado por la represión muy violenta de los años 1980. Aún si los derechos de los indígenas fueron reconocidos parcialmente en ese país, la violencia política se volvió endémica.

 

No obtante, es la evolución de Cuba, su su-misión activa a la política soviética y a sus consecuencias sobre la economía, sobre todo después de la caída de la Unión Soviética que marcó de manera más profunda y más durable el fin del periodo durante el cual el movimien-to comunista, leninista y estaliniano –y luego maoísta– había adquirido un peso inmenso en el continente e incluso en los intelectuales y los estudiantes occidentales que buscaban nuevos símbolos del espíritu revolucionario. Si bien la importancia de Cuba estuvo directa-mente vinculada a la influencia de la Unión So-viética sobre los movimientos nacionalistas y

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

anticoloniales en el mundo entero, ningún mo-vimiento político y social tuvo tanta influen-cia como el que llevó a Fiel Castro al poder y ninguna figura estuvo tan cargada de emoción revolucionaria como la de Ernesto Guevara, que se aproximaba más al modelo maoísta que el mismo Fidel Castro. La idea revolucionaria encontró un eco considerable en América La-tina ante todo debido a la influencia directa de Cuba hasta que los golpes de Estado militares destruyeran los movimientos revolucionarios y sus aliados nacionalistas.

 

LapolíticaenAméricalatinafuemuchotiem-po análoga a la de los países de la Europa lati-na, de Francia en particular. En los dos casos la política – lo que los a los franceses les gus-ta llamar el espíritu republicano – dominó y hasta marginalizó a los movimientos sociales, y en particular al sindicalismo obrero. En los dos continentes la “izquierda radical ” fue más potente y más visible que los movimientos de clase, ya sean campesinos u obreros. De ahí la importancia de las luchas contra la Iglesia ca-tólica que tomó una forma extremadamente violenta en varias regiones de México tras la aniquilación de los movimientos campesinos, y en particular el asesinato de Zapata. El mo-vimiento obrero fue sin embargo poderoso y libró combates dónde muchos militantes de

 

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clase perdieron la vida, pero ya señalé que su potencia sólo fue importante en las minas, de México a Chile pasando por Bolivia y Perú. La debilidad relativa de la industrialización dio más influencia política al radicalismo políti-co que a la acción de clase, tan grande que a menudo los dirigentes sociales se transforma-ron en modernizadores asociados a la política americana después de haber llegado al poder en nombre de una Revolución, palabra que in-dicaba la sumisión de un movimiento social a una fuerza política más que lo contrario. Y la política misma estuvo sometida con menos frecuencia a la acción de masa que a la perso-nalidad de líderes que mostraron que la fuer-za de los símbolos suele ser más grande que la de las masas. Este desfase entre las luchas so-ciales y el enfrentamiento continental con la dependencia al capitalismo internacional dio a la figura de Fidel Castro un relieve profun-damente diferente de la imagen ejemplar de Lenin, y todavía más, de Mao. América Latina no unió la emoción revolucionaria a la críti-ca racionalista, como lo hizo el leninismo. La mezcla del rechazo de la esperanza y del sa-crificio no dio a luz ideas políticas potentes ni en el México de Cárdenas que fue con todo más cercano de las revoluciones europeas que de los movimientos dirigidos por Vargas,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

por Perón o hasta por Allende. En América Latina los líderes – que no quiero confundir con los caudillos – siempre fueron más pode-rosos y sobre todo más movilizadores que los partidos. De ahí la fragilidad de las maquinas políticas, que nunca fueron capaces de trans-formar en fuerza regulación de una industria-lización anticapitalista o más exactamente antiimperialista.

 

Es difícil imaginar una inversión de la situa-ción más completa que la que condujo de la emoción provocada por la muerte – resulta ten-tador decir el mártir – del Che Guevara al des-moronamiento de la figura de Lula que acom-pañó en 2016 a la destitución de la presidenta Dilma Rousseff, que había sido ella misma víc-tima de torturas infligidas por el gobierno mili-tar de su país. Una interpretación en términos sociopolíticos de este contraste conduciría a una incongruencia. De la misma manera que la confusión del actor histórico, político e ideoló-gico al igual que social que hemos llamado la “clase obrera ” con la masa de los trabajadores precarios o desempleados de larga duración que constituyen hoy, por ejemplo en Francia, una parte importante del electorado del Frente Nacional, es a nivel mundial y ya no nacional que las situaciones se transforman hoy en ac-tores históricos.

 

32          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esta inversión deja a América Latina en el vacío. No entró en el mundo occidental y la creación del mundo occidental, ni a la crea-ción del mundo tecnológico y de los conflic-tos sociales en torno al trabajo y al dinero; no rompió tampoco con la potencia del capitalis-mo para inventar un mundo obrero como lo hizo Rusia, ni transformó un país campesino como la China en “la fábrica del mundo “. En fin, no pudo alzar un monumento a la nación, ya que, por el contrario, distribuyó poder a unos ciudadanos recién llegados y dejando de lado a los indígenas. No se puso al servicio de ningún dios ni religión, ni política ni popu-lar. Otras partes del mundo se identificaron al este o al oeste. Algunos se situaron sobre el eje norte-sur para asegurar el poder del norte sobre el sur. América Latina merece su extra-ño nombre a que recuerda más al nombre de sus dueños que al gran proyecto de una ci-vilización. Fue y es la tierra de las mezclas, de las influencias mutuas, de los mestizajes, aquella donde lo universal nunca está separa-do de las diferencias sociales y ni siquiera de las barreras étnicas. Ella dio a luz a muchos hombres armados que impusieron un orden a poblaciones que resistían más por los lazos con un pasado particular que por la idea de otro porvenir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Su más grande creación estuvo gravada en ella desde su formación, cuando un papa tra-zó la frontera que debía separar las posesiones portuguesas de las tierras españolas. Pues el Brasil fue lo contrario a la América española, como un inmenso imperio, contrariamente a los países que se dividieron las tierras atrave-sadas y recortadas por las cordilleras y las re-públicas que luchaban sin cesar para redefinir sus fronteras. La Argentina, situada encima de sus vecinos por la riqueza de la pampa que ali-mentaba al mundo, nunca quiso ser una “gran potencia ” y se dejó devorar por sus propios ha-bitantes, mientras que al lado, pero en realidad muy lejos, San Pablo, creaba por el positivismo y el espíritu emprendedor de su burguesía in-dustrial lo que casi se convirtió en una nación-continente, extendiéndose casi desde un océa-no hasta otro o al menos hasta las montañas que prohibían el acceso. En ese inmenso espa-cio todo lo que está yuxtapuesto o mezclado en las repúblicas hispánicas parece haber unido a los contrarios: la potencia del capital al placer de los sentidos, y el espíritu mesiánico a la in-movilidad de las playas. Tentación única, cons-tantemente hundida para construir una nueva civilización. País casi sin Estado, mientras que el otro gran país, México, se convertía más en un Estado revolucionario –expresión contra-

 

Prólogo | Alain Touraine          33

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

dictoria– que en una sociedad, más en una tie-rra de sufrimiento, de muerte y de revuelta que en un control del tiempo y del espacio.

 

Las revoluciones latinoamericanas siempre terminaron en regímenes militares o en buro-cracias asfixiantes. Los levantamientos popula-res no crearon sociedades que abrieran nuevos horizontes a los pueblos liberados. Los escla-vos sublevados siempre fueron arrestados por nuevos dueños, que crearon cada vez una nue-va burguesía de Estado o guerrillas prontas a encontrar en la droga, en los secuestros, en la corrupción, medios para enriquecerse que com-partieron hasta con sus adversarios –pues en este continente ninguna frontera ha separado claramente al ladrón del policía– a lo permitido de lo prohibido y al orden de la represión. Con-tinente que no estuvo sometido ni a la ley del capitalismo ni a la de un partido totalitario ni al capricho de un potente Caudillo. Continente dónde todo está mezclado, donde todo ha sido posible, donde nada nunca estuvo sólidamente instalado, continente donde la experiencia vivi-da, donde la violencia y la imaginación siempre rebasaron la construcción de un orden social o de un poder político. Continente en el cual las instituciones sociales estuvieron siempre limitadas por la herencia del pasado o por la construcción de un poder personal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En un mundo dominado ya no por los Esta-dos nacionales ni los por los movimientos de-mocráticos, pero sí por imperios, prohibicio-nes, migraciones y movimientos masivos de refugiados; un mundo cubierto por comunica-ciones y vigilancias, América Latina es un es-pacio de violencias, pero también de autono-mía y de manifestaciones religiosas, políticas o afectivas débilmente organizadas y contro-ladas. Es una zona con una baja previsibilidad sobre las conductas individuales o colectivas, e incluso una zona de difícil definición, que re-sulta confusa o incierta en lo que concierne a las modificaciones sociales o a los proyectos de transformación de las reglas económicas, sociales o culturales. Es el continente donde la informalidad ha resistido, para bien o para mal, a un mundo donde la formalidad son los rasca-cielos, los algoritmos y los informes, pero don-de las favelas y las infra-construcciones que rodean las grandes aglomeraciones urbanas siguen existiendo. América Latina es el conti-nente de lo incierto pero también el continente de lo posible, aquel donde las manifestaciones y las escenificaciones pueden modificar de ma-nera drástica las reglas de la vida social e inclu-so del poder político.

 

Las expresiones que vengo a emplear pueden ser interpretadas de dos maneras opuestas,

 

34          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

pero son de hecho complementarias, como lo muestran varios autores. Por un lado, la mezcla de significaciones diferentes y la resistencia de la experiencia vivida a reglas e interpretacio-nes generalizadas y racionales contaron siem-pre con un riesgo importante de ineficacia de la acción colectiva. El mundo entero se ha impre-sionado por la debilidad de los movimientos de masas de la Primavera Árabe, especialmente en Egipto, que como en Túnez, vivió una rápida movilización de masas y la fuerte pero breve preponderancia de las comunicaciones hori-zontales en lugar de la organización vertical. Esta observación es todavía más real en Améri-ca Latina, donde los movimientos sociales y los golpes de Estado militares no han remplazado la elaboración de una estrategia y la definición de límites ni el tema central mismo del con-flicto. También hemos podido demostrar que el triunfo del movimiento alter mundialista y de los foros nacionales que se crearon a raíz del movimiento de Porto Alegre ha producido pocos resultados durables. Los sentimientos y las emociones que suscitaron no han tenido efectos a nivel político de gran amplitud –val-ga el ejemplo de Brasil después de los Juegos Olímpicos. Esta constatación pesimista debe ser aceptada. Lo que obliga al mismo tiempo a dar la misma importancia a las estrategias y

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

a la gestión de los medios, que a la intensidad de los sentimientos expresados en las plazas de las grandes ciudades.

 

Nos contentamos demasiado rápido de esta constatación que se ha utilizado siempre como crítica de los actores de base y de los movi-mientos de huelga o de los grandes desfiles de masa, cuando lo comparamos a la eficacia de las campañas de cambio por la legislación. Sin embargo, si nos limitamos a esbozar tales crí-ticas, subestimamos fuertemente dos efectos importantes de estos “movimientos de base” que son al mismo tiempo culturales y políti-cos, sociales y afectivos. Lo más visible son las reuniones de actores formados en realidades de lo más diversas en torno a objetivos gene-rales e incluso universales. El significado más importante de estos grupos sociales ha sido el de rehusar definir al ser humano y a los gru-pos sociales como unos simples consumidores cuya finalidad última sería únicamente utilita-ria, contrariamente a lo que ocurrió en la socie-dad industrial. El problema de la personalidad, de la dignidad y de los derechos de los grupos movilizados ha ampliado y reforzado de mane-ra notoria la capacidad de acción de las cate-gorías dominadas, particularmente de aquellas que estaban sometidas a valores y a normas au-toritarias. Un ejemplo merece ser mencionado

 

Prólogo | Alain Touraine          35

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

con una insistencia particular. No existe cate-goría más masivamente dominada, reprimida y sometida de manera más violenta a todo tipo de discriminaciones que las mujeres, y la his-toria ha demostrado la débil participación de éstas en los movimientos de contestación y reivindicación, incluso cuando su fin explícito era la lucha contra esa negación de derechos y esta cultura de la dominación masculina. Sin embargo, se observa hoy un aumento masivo de la participación de las mujeres, sobre todo jóvenes, en los movimientos de protesta, lo que se asocia en muchos países a una superiori-dad de las mujeres jóvenes sobre los hombres jóvenes en cuanto a nivel escolar y por tanto en cuanto a sus capacidades de llevar a cabo reivindicaciones y proyectos de reformas. Este fenómeno general es visible en América Latina, especialmente en ciertos países donde desta-can los del Cono Sur, pero también Bolivia.

 

Esta observación se debe complementar con la que muestra la importancia cada vez más importante de las cuestiones que ponen en entredicho la vida individual, ya sea profe-sional o afectiva, en la creación de actitudes y de demandas políticas. El campo de la acción colectiva y del debate público se ha extendido mucho. En particular las ONG, intervienen de manera bastante más activa que los partidos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

tradicionales en estos nuevos terrenos. Come-teríamos un error de gran amplitud si pensára-mos que los “nuevos movimientos sociales “ se crean y se manifiestan de la misma manera y a través de las mismas estrategias que el movi-miento obrero, tal y como sucedió en los pri-meros países industrializados.

 

¿En qué lugar del mundo existe un espacio favorable a la formación de nuevos movimien-tos sociales? En los países industrializados y de tradición democrática las instituciones políti-cas han integrado de manera mayoritaria a los representantes o a los defensores de movimien-tos sociales y los Estados les han incluso reser-vado muchas veces puestos, no de decisión, pero por lo menos donde a los que toman las decisiones les gusta mostrar que están a cargo de representar las demandas de los ciudadanos. En los países de régimen autoritario, los repre-sentantes de los movimientos sociales se han convertido en los agentes del partido-Estado. En otros países, los dirigentes de los movimien-tos sociales o intelectuales están entre rejas o en el exilio, como es el caso de China.

 

Existe poca esperanza de libertad para aque-llos que quieren al mismo tiempo ser indepen-dientes del poder y estar presentes en la vida pública, en particular política. América Latina me parece hoy una de las regiones más tole-

 

36          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

rantes en cuanto a aquellos que quieren parti-cipar de la vida pública y presentar demandas ciudadanas sin ser incorporados a los partidos políticos o a puestos de poder. La confusión en-tre todos los niveles de la vida pública que he señalado como característica de este continen-te debe comprenderse como un elemento favo-rable a la aparición de actores intermediarios entre la sociedad civil y la política.

 

En un mundo aún dominado por la idea de un orden a la vez natural y sagrado, la defensa de los intereses económicos, en particular los de los trabajadores industriales, es impoten-te para revocar un orden establecido en el que todo, desde las relaciones familiares al discurso religioso, refuerza un modelo incapaz de man-tenerse por sí mismo a causa de una eficacia económica muy limitada. Se trata de la alianza de las clases medias innovadoras, instruidas, capaces de organizar una acción política y so-bre todo de movilizar la conciencia nacional y las fuerzas masivas, pero también expuestas a la transformación rápida de los dirigentes de los movimientos populares en dirigentes autorita-rios de partidos políticos que ocuparon un espa-cio que nunca fue definido correctamente entre el poder y la sociedad. En México y Bolivia, por tratar dos ejemplos muy conocidos, podemos ver que los movimientos sociales de modelo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

leninista y también trotskista han estado cada vez más subordinados a la acción política, una transición constante entre la acción social y la acción política que permite una importante ca-pacidad de influencia política a los movimientos sociales. Es el caso por ejemplo de la Revolu-ción Boliviana de 1952. También es cierto que los nuevos poderes políticos imponen recurren-temente su voluntad a la base social que les ha impulsado al poder. Pero también es verdad que, incluso en Chile, la Unidad Popular ha mostra-do ser creativa en este espacio intermedio entre el movimiento social y la acción polític,a y ese fue el caso también de las guerrillas urbanas de la Argentina y de Uruguay. Hoy en día, aunque el sistema soviético leninista haya desapareci-do, se observa en América Latina un resurgir de vías entre las reivindicaciones sociales y los proyectos políticos. Podemos llegar incluso a pensar que es la globalización que impuso o im-pulsó este giro al que le doy tanta importancia. Los movimientos sociales, todavía débiles en los países insuficientemente industrializados, se han reforzado por la globalización, que ha crea-do en su centro nuevos imperios políticos o re-ligiosos que han puesto en entredicho el orden económico mundial que, como he precisado, ha debilitado los poderes locales y regionales, y en consecuencia ha fortalecido la creación y el po-

 

Prólogo | Alain Touraine          37

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

der de estos movimientos sociales y políticos. Es por ello que hay que dar especial importancia al caso boliviano, como lo hace naturalmente Fernando Calderón, ya que es en ese país donde se ha formado el movimiento katarista, al mis-mo tiempo aymara y campesino u obrero, que ha desembocado en el reconocimiento de varias nacionalidades dentro de la nación boliviana. La gran reforma constitucional de Evo Morales está considerada dentro del continente como uno de los acontecimientos más importantes de su historia social.

 

Me gustaría desarrollar la mayoría de las ob-servaciones y de los análisis que acabo de presentar, si bien no escribo este texto para defender ideas o propuestas personales. Lo he escrito por dos motivos igualmente impor-tantes, independientemente de mis opiniones personales. El primero es porque en América Latina, como en el resto del mundo, sólo tie-nen el poder de palabra los jefes de Estado o los economistas con influencias sobre las ins-tituciones financieras internacionales. Frente a estos, los ciudadanos no tienen ninguna po-sibilidad de llamar la atención sobre sus pro-blemas y proyectos. El mundo de hoy no oye la voz de los grandes movimientos reivindica-tivos y contestatarios, ni la de los intelectuales que buscan entender el significado de las pala-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

bras poder y dependencia. Hacía tiempo que el monopolio de la palabra y del poder de acción no habían estado tan controlados por los que el movimiento americano Occupy llama el 1% de la población, formado por los más ricos y los más cercanos al poder, y por aquellos que llamamos los comunicantes, cuya función es la de hacer pasar el mensaje de los poderosos y no las protestas ni los proyectos de aquellos y aquellas que no tienen ningún medio directo de acción sobre las decisiones importantes. Esta especie de representación teatral tiene un tras-fondo impresionante y hace uso de todo tipo de técnicas, especialmente en materia de imagen y sonido para mantener la atención del públi-co. Sin embargo, lo que no se ve ni se escucha en este espectáculo es la voz humana. No se escucha más a la esperanza que a la cólera, a la denuncia que a la solidaridad.

 

Las ciencias humanas no pueden darse por satisfechas con los modelos de explicación y de gestión dominantes, que reducen las con-ductas humanas a la pura búsqueda racional del interés propio. Hace falta, por encima de todo, tratar al ser humano como creador de verdad, de justicia y de ideales.

 

La crítica más severa que se le puede hacer a nuestras sociedades, instituciones y prácticas es que, en lugar de representar las voces huma-

 

38          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

nas, nos impiden escucharlas. Es por ello que, en lugar de debatir sobre proyectos de refor-mas limitadas y hasta improbables, nuestro pri-mer objetivo sería hacer escuchar y compren-der los mensajes urgentes y lo más generales que intentan transmitir aquellos que no tienen la capacidad de ser escuchados.

 

Es por eso que Fernando Calderón, primero en la línea en América Latina, y gracias a un tra-bajo inmenso, una pasión activa por la verdad y rodeado de amigos y de discípulos ha logrado hacer escuchar las voces de la verdad y de la justicia en todo el continente, que yo me esfuer-zo por hacer escuchar mejor su voz, participan-do en el trabajo colectivo que él ha dirigido.

 

A la hora de concluir debemos volver a la prioridad de un análisis global sobre los análi-sis regionales o nacionales. ¿Cuál es entonces la característica común de la acción colectiva de estas sociedades que han dejado atrás la so-ciedad industrial, a la vez por la importancia de las comunicaciones y del poder que ejercen so-bre la gente así como por el éxito masivo de la globalización? La respuesta a esta pregunta tan general no puede ser presentada como lo hicie-ron hace un siglo las teorías y las prácticas le-ninistas que pusieron en el centro del debate la cuestión de la contradicción –y por ende de la eliminación por la movilización social y por la

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

guerra civil de la potencia destructora capita-lista– centrada en la propiedad y en el poder de las minorías dirigentes. Tenemos por lo tanto que obrar con osadía intelectual y luchar con-tra esta idea, motor de las contradicciones de la historia. La tarea de los movimientos revo-lucionarios consistió en destruir las contradic-ciones creadas por el capitalismo y el imperia-lismo occidental. Al contrario, la de los nuevos movimientos sociales que se crearon en contra de los regímenes comunistas totalitarios y las dictaduras nacionalistas fue y será cada vez más crear un espacio para la libertad y la dig-nidad humana, es decir para la afirmación de derechos humanos fundamentales. Tras la lla-mada a la violencia liberadora, sigue una exi-gencia de libertad y de dignidad que se opone a todas las formas de humillación, en particular a la supresión de la libertad y de los derechos por un partido o por un dirigente todopoderoso. A lo largo de todo el siglo XX hemos observado la denuncia y condena de todos los actores socia-les: debían ser destruidos para que pueda pasar el tren de la historia y de la racionalidad. Tras un largo periodo de confusión y de impotencia escuchamos formarse un lenguaje opuesto, el del respeto de los derechos y a la dignidad. Ya no creemos que la violencia libere, entendimos que, por el contrario, ésta reemplaza a los po-

 

Prólogo | Alain Touraine          39

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

deres seniles por el poder de nuevos dirigentes más jóvenes y más brutales que llevan consi-go en todas partes la guerra y la muerte. Este cambio general de perspectiva que, como indi-co aquí, no es exclusivo de América Latina, se nutre de las formas particulares que correspon-den a la situación económica y social del con-tinente, primeramente de la importancia de las desigualdades sociales que se han constituido y en segundo lugar de la debilidad y a menudo de la corrupción de sus Estados.

 

Pero sería subestimar el trabajo de Fernan-do Calderón limitar sus estudios de América Latina a ese cuadro geográfico y político. Es por ello que juzgo necesario para cerrar el aná-lisis sobre la América Latina actual recordar el significado más general de los trabajos de Fernando Calderón. Es todavía más necesario recordar que una gran parte de sus trabajos se inscriben dentro del PNUD y por tanto direc-tamente en la zona de influencia internacional principal del pensamiento de Amartya Sen, excelente economista y aún mejor sociólogo. Fernando Calderón ha trabajado también en estrecha asociación con Manuel Castells, que ha tenido un papel fundamental en la defini-ción de nuestras sociedades como sistemas de información y de comunicación, y en el ámbi-to de las formas de acción política, como las

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sociedades de redes. Todos los que, como yo mismo, han querido construir una sociología de actores y movimientos sociales que debe-ría substituirse a una sociología de sistemas y de sus crisis, encuentran en las obras ya men-cionadas, como las de Fernando Calderón, las creaciones intelectuales más importantes de este período de mutaciones sociales y de rena-cimiento del pensamiento político. Éstas debe-rían ser reconocidas como partícipes de un ver-dadero cambio en la interpretación, utilizando la palabra que prefiero, de la vida social, es de-cir de la transformación de las prácticas de las sociedades contemporáneas que pasan de una sociedad industrial a un tipo de sociedad don-de la principal fuerza de transformación es la capacidad y la voluntad de actuar, de crear y de liberarse. La obra de Fernando Calderón es una de las contribuciones más importantes del pen-samiento latinoamericano sobre la mutación que nos hace pasar de una cultura intelectual de la sociedad industrial a una más actual, y es por ello que le doy tanta importancia y por lo que considero necesario recordar la naturaleza general de esta mutación del pensamiento so-cial antes de tratar los aspectos particulares de América Latina.

 

En América Latina, como en otras partes, sen-timos ya aquel viento del oeste, pero constata-

 

40          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

mos también el aumento de las desigualdades: los híper-ricos que remplazan a los ricos, así como las masacres en masa y la destrucción de las minorías. Tenemos una sólida confianza en los objetivos de creación y de liberación que se refuerzan, pero a los que debemos añadir la voluntad de liberación que debería ser domi-nante, la resistencia a la seducción del dinero y del placer, a la invasión de la política por la corrupción y el clientelismo y a la exclusión y el encierro de los más débiles. A la visión po-sitiva y entusiasta, a la búsqueda de libertad y de dignidad debemos sumarle el coraje necesa-rio para destruir los privilegios, las mentiras y las ilusiones. Es este lado oscuro que debemos buscar y encontrar en América Latina, como siendo el revés de la acción para la libertad.

 

En estos inmensos imperios, nuevos amos han impuesto su poder bárbaro en nombre de los sufrimientos de las víctimas de los anti-guos amos y de todas las fuerzas de liberación que habían acabado con estos últimos, mien-tras que triunfan los servidores y los espías de los nuevos amos. En América Latina no son los trabajadores de las grandes propiedades como las industrias los que han tomado el po-der. Los nuevos dirigentes se han convertido rápidamente en nuevos ricos, han creado nue-vas burocracias y tribunales contra los que

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

son una amenaza para ellos pero el continente no se envolvió con las mentiras de los nuevos poderes. Los sem terra del Brasil siguen sien-do pobres y las desigualdades económicas y culturales siguen siendo inmensas, tanto en Cuba como en México y en Chile. Los latinoa-mericanos de hoy y de mañana tienen todavía el deber de defender su dignidad ultrajada, sus identidades despreciadas y sus regiones reducidas a migraciones forzadas. Porque la violencia se quedó muchas veces en manos de los que siempre ejercieron el poder, los movimientos populares, impulsados por una juventud que ahora está educada, deben ser capaces de combinar la afirmación y la pro-tección de los derechos de la mayoría con la destrucción de los privilegios y la reducción de las desigualdades.

 

Durante mucho tiempo la política del conti-nente ha servido a las clases medias en ascenso social para mantener la masa de trabajadores en la pobreza y hasta en la miseria. Ésta debe mantener unido lo que durante tanto tiempo ha sido considerado contradictorio: la libertad y la igualdad, la pluralidad de creencias y opiniones con el respeto de los derechos fundamentales, es decir universales. Esperamos de América Latina que muestre al mundo cómo los movi-mientos de liberación social y cultural pueden

 

Prólogo | Alain Touraine          41

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sobreponerse a los partidos obsesionados por la conquista del poder, para que los trabajado-res protegidos sean también ciudadanos libres. Porque América Latina es todavía un continen-te de desigualdades extremas, debe tener el va-lor de combatir al mismo tiempo a sus antiguos amos y a aquellos que la dominan en nombre de un mundo unido y abierto. Tal opción no está asegurada; podemos temer, al contrario, que el mantenimiento en varios países de una con-cepción de la política exclusivamente redistri-butiva, en lugar de una gestión de incremento de los recursos, conduzca a un nuevo periodo difícil que vigorice las fuerzas más conserva-doras o incluso las más autoritarias. Los soció-logos fueron siempre muy críticos con lo que se llamó el populismo, y más corrientemente en América Latina, los movimientos naciona-les populares. Los que adoptaron esta actitud que apruebo, como ya lo dije, pueden basarse en su realismo y su sabiduría para insistir hoy en la necesidad de reforzar acciones contra la desigualdad y la injusticia. No habría nada más peligroso que sacrificar la idea del desarrollo sostenible por la presión de unos intereses puramente económicos y cortoplacistas; pero nada sería más peligroso que considerar que el desarrollo económico traerá por si solo la jus-ticia social.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La situación en la que se encuentra el mundo intenta imponernos una visión de la vida social que corresponde todavía a la hegemonía de las fuerzas económicas y las políticas dominantes. La función principal de las ciencias sociales, como lo muestra claramente la obra de Fer-nando Calderón, es que éstas se introducen en nuestra visión, y por ende en nuestros actos, de manera directa o indirecta, el conocimiento de las nuevas demandas, de las nuevas fuerzas que ponen en marcha las demandas de digni-dad, la libertad y la creatividad que caracteri-zan al mundo de hoy.

 

Esta observación se aplica a Europa y a los Estados Unidos, pero tiene una importancia particular en América Latina. En primer lugar porque órdenes violentos y represivos se insta-laron en vastas partes del mundo, mientras que en toda América Latina, dirigentes y dominados se encuentran en una época de debilidad rela-tiva y en consecuencia de cambio probable de las relaciones de poder. Mantengo la idea, es-pecialmente cuando se trata de América Latina pero también en Europa o América del Norte –y más indirectamente en el mundo chino– de la necesidad de construir una nueva visión de los movimientos sociales, que ya no estén organi-zados alrededor de problemas de la producción sino alrededor de lo que yo llamo, junto a algu-

 

42          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

nos otros, la subjetivación, es decir la llamada de grupos humanos particulares a los derechos humanos fundamentales, universales. Entra-mos en un mundo que ya no está dominado por los problemas económicos pero sí por los cul-turales, es decir, ante todo, por los problemas de derechos humanos. Es cierto que todavía vemos formarse aquí y allá movimientos socia-les o políticos que llaman a modelos antiguos, que a menudo llamamos revolucionarios. Pero ya hemos visto tanto en América Latina como en Europa o en el Medio Oriente el fracaso o la transformación en violencia extrema de estos movimientos que no quieren seguir más lógica que la de la destrucción de las fuerzas que con-sideran destructivas. Tenemos al contrario la necesidad urgente de descubrir en los actores presentes la llamada a la libertad y a la dignidad de todos. Como ya lo he indicado, la transfor-mación más profunda es la que consigue reem-plazar un pensamiento de las contradicciones del sistema capitalista por la afirmación de nuevos objetivos de libertad y de afirmación de los derechos universales del ser humano: no de-jaré de repetirlo. Esta transformación permite a los actores sociales contestatarios liberarse de su sumisión a los nuevos dirigentes políti-cos, y por tanto de someter a la política misma a exigencias éticas en vez de a una estrategia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

de conquista del poder. Es lo que deberíamos traducir en el lenguaje del pensamiento social como el paso de una sociedad de clases defini-da en términos económicos a sociedades defini-das como conjuntos de sujetos humanos y cuya reivindicación fundamental es la defensa de la libertad y de la dignidad contra cualquier forma de humillación y de dependencia.

 

Es aquí, en la definición de las orientaciones fundamentales de los actores sociales, que hay que subrayar con mucha insistencia la natura-leza de los actores que aparecen en todas las partes del mundo. Indudablemente ya no po-demos recurrir a nociones que convenían a las sociedades preindustriales, como lo hacen to-davía demasiado a menudo los franceses que están apegados al tema de la República que es característico de una país todavía poco in-dustrializado y comprometido con una lucha propiamente política contra la Iglesia católica más que las transformaciones sociales lidera-das por un sindicalismo de clase. Una visión que corresponde a la situación de Francia a finales del siglo XIX pero sin duda no a lo que transformó ese país, como atoda la Europa occidental después de la Primera Guerra Mun-dial. No podemos sin embargo seguir anclados a las categorías de la época industrial, por muy importantes que hayan sido tanto para el or-

 

Prólogo | Alain Touraine          43

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

den político como para el orden económico. Debemos, al mismo tiempo que pasemos de un análisis nacional a uno global, comprender y valorar el paso de una acción dominada por categorías económicas a acciones dominadas por los problemas de la cultura y más preci-samente de la consciencia de uno mismo. Lo que hace referencia por un lado a lo que acabo de decir sobre la importancia de los derechos humanos fundamentales pero que nos obliga también a considerar con mayor atención lo que ocurre en las categorías más excluidas, explotadas y perseguidas. Sin olvidar la nue-va importancia de los medios que fabrican la opinión al mismo tiempo que la analizan y la miden. El ejemplo de los Estados Unidos debe instruirnos. La campaña de Donald Trump no era concebible ayer en ningún país occidental, ni siquiera en América Latina. Hoy en día sec-ciones enteras de todas las sociedades se de-rrumban, ya sea en la riqueza o en la exclusión y la pobreza o en la incertidumbre o la angustia frente a las amenazas exteriores en el caso de las clases medias que, no hace mucho tiempo atrás, fueron el impulso de los movimientos to-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

talitarios más peligrosos. Este cambio de pers-pectiva es particularmente importante para las ciencias sociales en América Latina porque han sido al mismo tiempo destruidas por visio-nes puramente económicas de las situaciones nacionales y también por formas más o menos extremas o incluso caricaturales de las catego-rías de la época de las revoluciones industria-les. Finalmente, cómo no otorgar a las ciencias sociales en América Latina la importancia que merecen por los temas que tratan y por la ca-lidad de sus propios trabajos cuando en ese continente, como en los otros, las fuerzas más potentes tienden a eliminarlas para tratar a los grupos humanos como simples masas de con-sumidores manipulables.

 

Quiero ver en esta publicación importante de las obras de Fernando Calderón una señal importante de la renovación de las ciencias so-ciales que no se puede separar de la defensa de la democracia, que en ese continente ha estado siempre expuesta a la violencia de las reaccio-nes autocráticas o militares. La renovación de las ciencias sociales es una protección necesa-ria para las democracias siempre en peligro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Ahora mismo hablaba

de mi conmigo, y ponía

 

sobre un pequeño libro un pan tremendo”

 

Cesar Vallejo, “Ello es el lugar donde me

 

pongo” en Poemas humanos, 1939.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Primera Parte

 

Política y desarrollo

 

 

 

Navegar contra el viento…

 

O las perspectivas de América Latina

en la era de la información*

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Tendrán chances los diversos y desigua-les procesos de desarrollo en curso en la región,de lograr transformar los logros y limi-taciones experimentados en la última década en fuerzas que les permitan sortear con éxito la crisis y las trasformaciones del capitalismo global y así expandir e innovar dinámicas de un desarrollo humano de carácter cada vez más autónomo, incluyente e informacional? ¿Qué condiciones políticas e institucionales existen para promover y expandir un desarro-llo humano informacional? ¿Qué actores pue-den impulsarlo y cómo pueden construir re-

 

 

  El presente texto se basa en el libro América Lati-na en la era de la información (dos tomos) 2016 (Bue-nos Aires: UNSAM). Este presenta estudios de caso de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, México, Nicaragua, Panamá, Venezuela y Uruguay, coordinados por Calderón desde la UNSAM. Además, presenta reflexiones teóricas sobre la temática, con la participación de Manuel Castells.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

gímenes democráticos legítimos y efectivos? En síntesis, ¿cuál es el nuevo sentido posible del desarrollo?

 

Para tratar de responder estas preguntas se realizaron 11 estudios nacionales, además de compartir y discutir un mapa cognitivo de la problemática; se impulsaron cuatro temas de investigación íntimamente vinculados tan-to por la capacidad de acción de los actores del desarrollo como por las condiciones es-tructurales y los procesos históricos particu-lares de cada país. Se estudió las dinámicas del desarrollo económico y su articulación con el desarrollo humano, por una parte, y se vinculó ambos tipos de desarrollo con las transformaciones tecno-informacionales y culturales que experimentó cada país. Asi-mismo, se asumió que la fuerza de las diver-sas orientaciones políticas y los conflictos socioculturales en cada uno de ellos organi-zaron las matrices de desarrollo menciona-

 

50          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

das. El estudio no alcanzó todos los casos latinoamericanos y del Caribe que ameritan semejante pretensión, pero se avanzó hacia un panorama relativamente representativo, por cierto incompleto.

 

 

Perspectivas conceptuales

 

La experiencia de la investigación descansóen la críticade tres perspectivas conceptuales so-bre la política, el desarrollo y la cultura.

 

La primera perspectiva está vinculada a las teorías estructurales de desarrollo impulsa-das por la CEPAL y muy particularmente por los trabajos de Prebisch y Medina Echavarría. En Hacia una teoría de la transformación, Presbisch no solo realiza una crítica al capita-lismo periférico sino que también plantea las limitaciones de la ortodoxia neoclásica para interpretar la realidad y para impulsar políticas viables para el desarrollo. Enfatiza a lo largo de su obra conceptos clave como “progreso téc-nico”, “patrones de demanda”, “intercambios desiguales” y “particularidades del capitalismo latinoamericano”. (Martin Puchet et al: 2016) en su estudio sobre el caso mexicano hace un balance crítico de esta perspectiva económica de desarrollo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por su parte, Medina Echavarría planteó la cuestión de las condiciones sociológicas del de-sarrollo económico. Las necesarias conexiones entre el tipo de institucionalidad y el modelo de desarrollo suponen actores con capacidad de construir una relación fecunda entre ambas di-námicas. Con Medina se inicia la Escuela de la Sociología política del desarrollo, que más ade-lante será desarrollada por variados autores en la región como E. Faletto, F.H. Cardoso (parti-cularmente su libro Dependencia y desarrollo económico: 2010), A.Gurrieri,J.C. Torrez, J.L. Reyna, Fonseca, entre otrospertenecientes a toda una generación de sociólogos latinoameri-canos. Para Medina una ética del desarrollo su-pone a la vez una responsabilidad compartida y una cierta ética del consumo. Precisamente aquí descansa una de las limitaciones crónicas más importantes de la región: la debilidad de las elites dirigentes para impulsar regímenes democráticos que puedan consolidar un desa-rrollo socialmente incluyente.

 

La idea movilizadora del desarrollismo cepa-linosupone un desarrollo “desde dentro” a par-tir de iniciativas de Estado, hacia una industria-lización sustitutiva y hacia una modernización socialmente incluyente. Esta perspectiva sigue constituyendo un referente importante para comprender las nuevas opciones de desarrollo

 

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en los países de la región. “Vivir con lo nues-tro”, lo denomina hoy Aldo Ferrer.

 

En las décadas de los 80 y los 90, los tra-bajos de Fernando Fajnzylber reactualiza-ron este enfoque estructural de desarrollo, esta vez en base a una referencia compara-tiva con el sudeste asiático. Su artículo “Del hueco negro al casillero vacio” fue germinal. Las tesis sobre la Transformación Productiva con Equidad (TPE) y sobre el papel estraté-gico de la educación y el conocimiento en la misma TPE empezaron a colocar la gramática del estructuralismo en la temática de la glo-balización y el informacionalismo. Sin equi-dad no es posible un desarrollo competitivo y sostenible, argumenta el enfoque, que una vez más descansa en el progreso técnico y en la educación y el conocimiento como lla-ves para vivir tiempos modernos. Incluso la CEPAL promovió un enfoque cultural del desarrollo que planteaba terminar con una cultura de “negación del otro” y con arcanas estructuras de estratificación de clase de ori-gen colonial o neo colonial, tan arraigadas en nuestras sociedades. Se buscó poner acento en asumir un tejido intercultural propio de las identidades múltiples y dinámicas de la región, promoviendo asimismo una ciudada-nía activa como principal garantía de la TPE.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desgraciadamente los aspectos políticos de la TPE no pudieron estudiarse por barreras y circunstancias políticas limitativas que vivía la institución y la región. Ya eran los tiempos reinantes del neoliberalismo.

 

La segunda perspectiva está asociada a los informes sobre desarrollo humano y política producidos sobre todo en Latinoamérica e in-fluenciados por la perspectiva conceptual de AmartyaSen y MabulUlHaq. Ambos, además de promover un enfoque interdisciplinario y empírico del desarrollo, impulsaron una visión holística, critica, empírica y normativa del mis-mo, en el que la gente es el objeto y el sujeto del desarrollo.

 

Los conceptos de “libertad real”, “capacida-des” y “funcionamientos” son centrales en el pensamiento de Sen, así como los de “libertad cultural” y “agencia”. Ellos son referencias im-portantes del enfoque del estudio. Para Sen el desarrollo supone mayor libertad. Su principal aporte fue vincular la idea de libertad con la idea de capacidad. Ser libre de tener hambre, de pasar enfermedades, de ausencia de cono-cimiento, de poder hablar en público, ser par-te de relaciones sociales. De no tener pajcha, se diría en Cochabamba. En quechua, pajcha significa pobreza, que se comprende como no tener amigos, no tener lazo social; es de-

 

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cir, la pobreza está asociada a lo subjetivo, a los vínculos sociales y familiares y no solo a lo económico. Ser libre entonces, para desa-rrollar las capacidades y elegir el tipo de vida que se sueña vivir y además tener el derecho a cambiar. Ser parte de colectividades, en nues-tro enfoque, por elección personal y optar por lógicas individuales como resultado de delibe-raciones colectivas.

 

Aquí vale la pena resaltar la importancia crucial que le da Sen a la relación entre cultura y desarrollo. Para él las conexiones son múl-tiples e insoslayables. La cultura, argumenta, es constitutiva del desarrollo, influencia en el comportamiento económico y produce remu-neración. Está asociada con la participación política y la solidaridad social y es fundamen-tal en la formación de valores(Sen, 2004). En breve, es lo que le da sentido al desarrollo y a la vida misma. Por eso, en sociedades multicul-turales como las nuestras resulta fundamental fortalecer la idea de interculturalidad y la con-vivencia entre distintos con planos comunes de igualdad. Y esto está directamente asociado con el tema del conflicto, el poder y el cambio. Temas que ninguno de estos autores trabajó directamente y que para nosotros están en el centro de las disputas por el tipo de desarrollo que se busca.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Precisamente, la tercera perspectiva ana-lítica está ligada a Alain Touraine y Manuel Castells,dos intelectuales que trabajan esta cuestión −e históricamente han estado vin-culados al pensamiento del desarrollo en la región−, y a sus teorías de la acción y del poder que elaboraron desde distintos án-gulos. En el libro La palabra y la sangre (no traducido del francés al español sino escrito en español en América Latina y lue-go traducido al francés), Touraine elabora un balance fundamental para entender los modos de desarrollo y los cambios socio-políticos en Latinoamérica. Allí, las formas de poder en el proceso histórico del desa-rrollo están directamente asociadas con las orientaciones y las prácticas de los actores y el Estado. El concepto de campo de his-toricidad resultacrucial para comprender la dinámica del conflicto y el cambio en la actualidad(Touraine: 1973). Su penúltimo texto,Le fin de sociétés (El fin de las socie-dades), plantea que la ética es el último re-curso fundacional de un proyecto emancipa-torio frente a una crisis multiglobal impues-ta por las dinámicas anti-éticas del capital financiero trasnacional.

 

Por otra parte, el peso de los tres tomos de La era de la información(1999)de Manuel

 

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Castells y, más recientemente, de su libro Co-municación y poder (2009), fue crucial para la estructuración conceptual y analítica a lo largo del estudio. La discusión y los seminarios dedi-cados a estas obras fueron permanentes, pues nos permitían vincular en la globalización, la situación y las posibilidades de un desarrollo humano informacional en Latinoamérica, y con ello repensar las preguntas que nos hicimos al inicio del estudio.

 

En este ámbito, hay dos referencias analíti-cas que deseo particularmente destacar y que constituyen en realidad antecedentes directos de nuestro estudio. Por una parte, la discusión que tuvimos a inicios del presente siglo con un grupo de investigadores de la región sobre el sentido que tenían para Latinoamérica los cambios en la economía y la política global, tomando como referencia los tres tomos men-cionados de Castells. El resultado fue un diálo-go con él y un libro que se organizó sobre una pregunta acerca de si era sostenible la globali-zación en América Latina (Calderón, 2003). Eran los tiempos del fin del proceso neoliberal. Hoy habría que preguntarse, una vez más, si las experiencias neodesarrollistas son soste-nibles frente a las necesidades de innovación y desarrollo y a los conflictos de poder en un momento de crisis global generalizada y bajo-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

profundos cambios en los escenarios geopolí-ticos mundiales.

 

Por otra parte, un estudio sobre los modos de desarrollo en la era de la información, coor-dinado por (Manuel Castells y PekkaHima-nen,2015), que analiza casos paradigmáticos -China, Sudáfrica, el Silicón Valley en Estados Unidos, Finlandia y Chile y Costa Rica-, ade-más de un conjunto de trabajos teóricos sobre el tema, no solo fueron una referencia para nuestro trabajo sino en alguna medida una con-tinuación de esa aventura.

 

Conceptualmente hay tres cuestiones que se trató de conjugar en el presente estudio: el papel central del conflicto social y del poder en el desarrollo humano, el carácter condicionan-te del desarrollo informacional y el rol central que juega en ellos la idea cultural de una vida digna.La vida digna se interpretó como la in-divisibilidad de los derechos humanos y como fundamento de la libertad y la justicia y en consecuencia del desarrollo humano. La digni-dad fundamenta la misma idea de libertad real. Ella sería un sustento de los valores de vida, por lo tanto de sostenibilidad intercultural del desarrollo. Una hipótesis es que las actuales protestas y movimientos socioculturales que suceden más o menos a nivel global, al buscar un nuevo sentido de la política para solucionar

 

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sus problemas de vida, estarían colocando en el centro del desarrollo una demanda de dig-nidad y redefiniendo así el campo histórico de lo posible.

 

En este ámbito, la idea de innovación es mul-tidimensional y se refiere a la capacidad crea-tiva de los actores individuales y colectivos en los distintos aspectos del desarrollo humano informacional, pero a partir de su constitución esencialmente multicultural.

 

Como mencionamos en las notas teóricas del libro, el desarrollo informacional es un proceso de desarrollo que se corresponde con una lógica de acumulación capitalista una vez que el modelo de desarrollo industrialista pre-vio entró en crisis. No se trata de la emergen-cia natural o necesaria en una línea de evolu-ción de las sociedades y sus economías, sino de un “modelo” que pudo construirse dadas ciertas circunstancias históricas -económi-cas, políticas, culturales, tecnológicas- espe-cíficas. Cabalmente la disputa, con todas sus variaciones, por las orientaciones del infor-macionalismo en el período analizado entre orientaciones “neoliberales” y “neodesarro-llistas” constituye el campo de historicidad de la época actual.

 

Vale la pena retomar algunas referencias conceptuales:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El desarrollo informacional motorizó los procesos de globalización y éstos, a su vez, lo impulsan. El desarrollo informacional se basa en la producción e interconexión de empresas, personas y organizaciones en redes que tienen la particularidad de poder actuar en tiempo real desde cualquier lugar conectado del planeta. Se basa en el uso de las tecnologías de información y comunica-ción, sin las cuales sería imposible el desa-rrollo moderno.

 

No reemplazó al modelo de desarrollo indus-trial, sino que lo incorporó progresivamente a su lógica. Hoy los procesos de industrialización en América Latina, para ser sostenibles nece-sitan integrase a la dinámica informacional. Y ahí precisamente anida uno de los nudos de la cuestión del desarrollo actual.

 

Por otro lado, innovar, como argumenta Cas-tells, implica agregar un nuevo valor a un pro-ducto o servicio o al proceso de producción, consumo y/o distribución del mismo. La posi-bilidad de generar un nuevo valor se vincula con la capacidad creativa, que es la fuente que produce nuevo conocimiento. Aquí radicaría uno de los elementos fundamentales en la ac-tualización del enfoque de desarrollo humano. La expansión de las capacidades creativas en el informacionalismo y en sus múltiples dimen-

 

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siones son las que permiten impulsar un nuevo tipo de desarrollo humano: el desarrollo huma-no informacional.

 

La innovación, entonces, no sólo es tecno-lógica; ella se produce a nivel social, organi-zacional y particularmente cultural. La innova-ción se vincula, además, a las capacidades so-ciales, culturales, educacionales, de agencia, de los actores individuales y colectivos, por lo que resulta fundamental el contexto (polí-tico, institucional, tecnológico, económico, ecológico, cultural, etc.) en el que la creati-vidad individual y social se desarrolla, como también la expansión y el manejo de los códi-gos de modernidad en el sentido elaborado en el textoEducación y conocimiento: eje de la de la TPE, como de los códigos del informa-cionalismo tratados en las notas teóricas del libro de permitió esta síntesis y que se refieren a poder navegar con creatividad los conflictos en las redes.

 

Asimismo, como la comunicación es central en los procesos creativos, se vuelve un aspecto clave en las posibilidades de generar innova-ción en los distintos ámbitos. Y ello tanto en los resultados de dichos procesos como en los procesos en sí mismos. Sin embargo es en el plano de la multiculturalidad donde la innova-ción cobra sentido. Un nuevo modo de vida po-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sible y deseable centrado en la dignidad de las personas sería el que crearía otro tipo de desa-rrollo. Lo que lógicamente vuelve a colocar a las orientaciones culturales de los actores en el centro de los conflictos de poder y de creativi-dad humana.

 

En breve, el triángulo de interacciones en-tre producción material, bienestar social y organización sociocultural sería el núcleo que produce desarrollo. Como afirman Castells y Himanen(2014): “La competitividad de los te-rritorios y firmas pasó a depender fuertemen-te de su habilidad para seguir las reglas de la economía informacional: creación de valor transformando información en conocimiento, y luego aplicación del conocimiento a todas las tareas a ser ejecutadas sobre la base de la capacidad tecnológica y humana incorporada en el sistema” (p. 29). Se daría una suerte de sinergia entre informacionalismo y productivi-dad entre países, regiones y firmas, bajo dos condiciones: cambio organizacional bajo la forma de redes y mejora de la calidad del tra-bajo humano sobre la base de la educación y la calidad de vida. Sin embargo este informacio-nalismo se subordinó a un capitalismo finan-ciero dominante que llevó a la crisis mundial actual y con ello a una crisis multicultural que redefine el orden y las posibilidades de desa-

 

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rrollo en la globalización. Este ha sido preci-samente la coyuntura histórica del estudio que aquí se sintetiza.

 

 

Tendencias generales

 

Inicialmente, se rescata la idea de que en la región las dinámicas del desarrollo son con-secuencia tanto de los cambios globales en la era de la información como de conflictos sociales y de orientaciones políticas deter-minadas. La democracia de ciudadanía sería una condición necesaria del desarrollo y de la misma reinvención política de la sociedad y sus actores. Se entiende el desarrollo humano como la conflictiva construcción no de una so-ciedad perfecta, sino de una sociedad mejor, donde el bienestar conviva con la dignidad de las personas y las colectividades, y se postula un desarrollo humano innovador en los distin-tos componentes del desarrollo: competitivi-dad, sostenibilidad, equidad, institucionalidad e interculturalidad, centrados en la capacidad de creación y agencia de la misma sociedad, donde la cultura y sus actores constituyen la mejor energía para avanzar en una sociedad de bienestar digna.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  Orientaciones políticas diversas. Co-existen en la última década, foco del análi-sis realizado, orientaciones políticas diver-sas y cambiantes, que van desde opciones de modernización conservadora, como en el caso de Colombia y Panamá −donde el desarrollo y el cambio informacional son sobre todo el resultado de la fuerza del mercado y de valores tradicionales de con-servación de un patrimonio nacional de las elites en el poder−, hasta orientaciones de neodesarrollismo comunitario o indígena en Bolivia, donde se busca conjugar lógicas entre un nuevo poder estatal como eje del desarrollo y la innovación y lógicas comu-nitarias de pueblos originarios de los An-des y la Amazonía, combinación por cierto alimentada por conflictos y visiones a me-nudo distintas y a veces contrapuestas.

 

Entre ambos extremos se desarrollan una serie de combinaciones particulares de opciones de reformismo práctico de ca-rácter neodesarrollista y con fuertes ras-gos nacional-populares como Venezuela, Nicaragua y, de manera más atenuada, en Argentina y Brasil. También encontramos otras combinaciones de reformismo prácti-co, de tipo socialdemócrata, que gestionan modelos liberales como en Chile, Costa

 

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Rica y en cierta medida Uruguay. Cierta-mente, las orientaciones políticas han cam-biado en varios casos y los énfasis políticos también. Por otro lado, es posible recono-cer una tendencia de recesión económica con fuerte impacto político y social, sobre todo asociada con los precios de las mate-rias primas de exportación, pero también con el incremento de problemas institucio-nales y de carácter ético en el conjunto de las orientaciones políticas del desarrollo estudiadas, que debilitan o dificultan los in-tereses de las orientaciones mencionadas, además de otros factores claves para supe-rar barreras y lograr un desarrollo humano informacional incluyente y, sobre todo, pa-raenfrentar una multicrisis producida por un capitalismo financiero global que deses-tructura sociedades y regímenes democrá-ticos en todas partes del mundo.

 

  Los niveles de desarrollo económico en la región son desiguales como tam-bién los indicadores del desarrollo huma-no (ver Nota 1). Asimismo, los límites de un desarrollo informacional son evidentes y generalizados en todas las sociedades y economías de la región.Sin embargo, la re-gión logró avanzar en la consolidación de un régimen democrático (los niveles de

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

legitimidad de la democracia electoral son altos), crecer de manera sostenida en la última década, mejorar los indicadores de pobreza e incluso disminuir la desigualdad. No fueron pocos los logros de integración social, sobre todo bajo las orientaciones neodesarrollistas, y el Estado recuperó, li-mitadamente, un papel activo en la gestión del desarrollo y la política(Ver Notas 2, 3 y 4.)Los avances en varios casos de una democracia participativa y de una mejor convivencia intercultural son evidentes, sin negar empero las fuertes dificultades en las distintas sociedades para expandir un pluralismo democrático. En el periodo analizado sobresalen nuevos problemas vinculados a la vida cotidiana referidos a la inseguridad, la economía perversa, la co-rrupción, el malestar, la frustración social, la legitimidad institucional, la contamina-ción ambiental y, sobre todo en algunos países, a la violación de los derechos hu-manos. También persisten patrones de des-igualdad territorial y entre campo y ciudad que se han reproducido e incluso en varios casos amplificado. Todos estos proble-mas son condiciones duras para cualquier apuesta política democrática que sea reno-vadora del desarrollo (ver Nota5).

 

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  “Extractivismo informacional”. Existi-rían avances en la economía tecno-infor-macional, sobre todo en lo que se denomi-nó preliminarmente como “extractivismo informacional”, economía extractiva sus-tentada en inversiones novedosas y a ve-ces muy creativas tecnológicamente para explotar los recursos naturales de exporta-ción, pero también, en menor medida, de industrias de bienes secundarios vincula-das al mercado interno, regional o interna-cional. A partir de esta economía, el Esta-do ha jugado un rol central construyendo en varios casos una amplia coordinación económica y social, logrando estabilidad en las cuentas fiscales, inversiones esta-tales amplias y diversificadas, sobre todo en infraestructura, heterodoxas formas de asociación con nuevos capitales trans-nacionales para fortalecer tal “extractivis-mo” y complejas ecuaciones políticas de un nuevo regionalismo latinoamericanis-ta, aunque más político que económico o socio-cultural.

 

  Redes informacionales de comunica-ción. La incorporación social al mercado de las TIC es diferenciada a lo largo de la región, pero constante y creciente, como también lo es la expansión de industrias y

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

mercados culturales de comunicación al-tamente monopólicos y de extraordinario poder cultural, político y económico. El consumo de internet y otros medios ma-sivos de comunicación tiende a ser gene-ralizado, y es mayor en a medida que los indicadores de desarrollo humano son más altos. En este ámbito, el Estado ha jugado un papel fundamental al crear plataformas de uso, consumo y educación en sistema informacionales de acceso creciente y a veces priorizando a los sectores más ex-cluidos, como el caso del Plan CEIBAL, analizado en el caso de Uruguay, y los programas de entrega de computadores gratuitos en varios países de la región. El Estado mismo se ha modernizado informa-cionalmente en varios de sus aparatos de gestión burocrática, aunque el carácter pa-trimonial, corporativo y para-institucional de las relaciones entre Estado y sociedad sigue siendo central a lo largo y a lo ancho de Latinoamérica(ver Nota 6).

 

  Bajo desarrollo en ciencia y tecnología. Las inversiones en ciencia y tecnología son, en general, muy bajas. Los países con me-nor crecimiento registran aún menor inver-sión en investigación y más importaciones de alta tecnología y un incremento conside-

 

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rable del consumo de internet y derivados. El sistema de innovación es acorde con el patrón y nivel de crecimiento. El resultado es una baja tasa de inversión en investiga-ción, ciencia y tecnología, y el desarrollo informacional innovador se canaliza pre-dominantemente hacia la incorporación de alta tecnología en productos de exporta-ción de origen primario. Sin embargo, vale la pena subrayar que si bien se ha avanzado en la incorporación de valor tecnológico local a los productos de exportación, gran parte de este tipo de contenido continúa siendo importado. Los avances en minería, petróleo, gas y agricultura han sido extraor-dinarios, pero también hubo una acelerada destrucción del medioambiente que viene deteriorando la sustentabilidad ecológica, por cierto muy a menudo afectando terri-torios y lógicas comunitarias de pueblos originarios en regiones como la Amazonía en Sudamérica (ver Nota 7).

 

  Concentración, pobreza y desigualdad. Bajó la pobreza, y también la desigualdad en menor escala, pero se mantuvieron los niveles de concentración de riqueza. La te-sis de una complementariedad entre igual-dad y competitividad en el sentido de la TPE supone que la equidad predispone a la

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sostenibilidad de un desarrollo económico siempre y cuando las capacidades políticas de los actores y el Estado puedan comple-mentar de manera compleja avances com-binados y pertinentes entre una dinámica y otra. En esta cuestión, los avances han sido insuficientes pero ya están instalados en el horizontede las sociedades como tareas pendientes.

 

  El sistema de innovación es congruen-te con un patrón de crecimiento pre-dominantemente “extrovertido”. El re-sultado final, sobre todo comparado con el sudeste asiático, es una baja tasa de inver-sión en investigación y desarrollo. El ingre-so per cápita en períodos largos no crece y la igualdad en la distribución del ingreso crece poco. Sin embargo, la disminución de la pobreza, sobre todo la absoluta, ha sido impresionante prácticamente en toda la re-gión. La cuestión es el tipo, la cualidad y la sostenibilidad de la inserción de los exclui-dos. Posiblemente aquí radique uno de los desafíos futuros fundamentales del conjun-to de los países de la región(ver Nota 8).

 

  Asincronía cultural. Retomando el con-cepto de “asincronía” de Germani (1966) para explicar los procesos de cambio esta

 

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vez a nivel multicultural, es posible con-cluir de los estudios realizados que los sen-tidos, la dirección y la intensidad del cam-bio cultural se han complejizado y mues-tran potencialidades de cambio inéditas en la región. Así, resaltan las experiencias de reconocimiento y construcción institucio-nal a nivel de las relaciones inter-étnicas y culturales; un ejemplo en este sentido es Bolivia, donde se creó una nueva Constitu-ción que transformó el Estado, el sistema político y las lógicas culturales, recono-ciendo el rol central de los pueblos origi-narios en la conformación del Estado y de la democracia; asimismo, se impulsaron políticas antidiscriminatorias, pero sin re-solver la construcción plena y práctica de una interculturalidad plural, sobre todo en los ámbitos urbanos y en la Amazonía. Es-tos procesos han estado cruzados por ten-siones y conflictos aun no resueltos, como se destacó en el estudio del caso boliviano. En el otro extremo están el “modelo de mo-dernización conservadora” en Colombia y la crisis multicultural mexicana que, bajo la apariencia de un reconocimiento multicul-tural, finalmente re significan un modelo mono-cultural históricamente dominante. En medio de estos casos,existen muy su-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

gerentes avances, aunque no suficientes, en la mayoría de los casos estudiados. En el plano de los derechos humanos se des-tacan logros institucionales, sobre todo en la Argentina, especialmente en relación a la memoria y la justicia; en ese mismo país también hubo avances notables en el re-conocimiento institucional de plenos de-rechos referidos a los migrantes. Por otro lado, es particularmente notable la búsque-da de construcción de un proceso de paz en Colombia que posiblemente condicione una apertura democrática y de cambio en los patrones de desarrollo. Su resultado, sobre todo si es positivo para la paz, afec-taría no solamente a la región sino a los conflictos multiculturales a nivel mundial. En el plano de la industria y el mercado cultural los cambios han sido extraordi-narios en toda la región. Un relativamente nuevo poder cultural, económico y políti-co de los medios de comunicación tiende a estar altamente concentrado en todos los países y constituye además una extraor-dinaria fuerza de la tecno-economía de la información. Su impacto en el consumo y la vida cotidiana de las personas son ex-traordinarios. Los sistemas y regímenes políticos predominantes en la región no

 

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alcanzan a procesar tal poder, por cierto con dinámicas internas a menudo con-tradictorias por la presencia de fuerzas y componentes disímiles. Sin embargo, ellos en gran medida redefinen las agendas po-líticas con sentidos ambivalentes. O Glo-bo en Brasil, la red Clarín en Argentina o Televisa en México, son referentes regio-nales y globales. En gran medida su poder está asociado con la emergencia de una política y un nuevo poder de lo público, fe-nómeno complementario con el desarrollo de una nueva tecno-sociabilidad que, entre otros factores, supone no sólo el acceso creciente a los medios de comunicación masivos vinculados a internet y a la tele-fonía celular, sino muy particularmente a nuevas formas de acción colectiva e indi-vidual. Como se mencionó en el estudio La protesta social en América Latina, en su gran mayoría los conflictos sociales se desplazan para ser gestionados en la red y los nuevos movimientos socioculturales, como los de estudiantes en Chile en 2011, en México en 2012 y en Brasil en 2014, ejemplifican la emergencia de una nueva politicidad, entendida como nuevos senti-dos de la política y como ampliación del campo de lo posible. El estudio de caso de

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

la actual situación chilena realizado en el estudio es muy ilustrativo al respecto.

 

  Desigualdades de género. Un tema que merece especial interés y que necesita ser estudiado mejor, es el papel de las relaciones de género en el desarrollo, pues a pesar de importantes avances en el reconocimiento, la distribución y participación de las muje-res en el desarrollo en la última década, las situaciones estructurales de desigualdad persisten y atraviesan al conjunto de los procesos de desarrollo analizados. El siste-ma patriarcal, tan arraigado en las socieda-des y culturas latinoamericanas, constituye un límite estructural del desarrollo humano informacional. Empero, el movimiento fe-minista está buscando redefinir el espacio público, renovando una democracia más de-liberativa, donde la relación entre lo público, lo privado, la política y el desarrollo sea con-sociativa. Este tema es, sin lugar a dudas, la cuestión central de un cambio ético, político y cultural en la sociedad red emergente.

 

En síntesis la “asincronía” multicultural en todas sus dimensiones, aquí ultra sinte-tizadas, constituye la nueva dinámica del cambio sistémico vinculado a las nuevas formas de poder y, sobre todo, a una nueva construcción sociocultural de la dignidad

 

62          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

que, con todas sus complejidades y realida-des, ya emergió en la región.

 

  Frustración de expectativas. Posible-mente de no mediar cambios drásticos y positivos de políticas de desarrollo huma-no informacional incluyentes, estaremos frente a una creciente y nueva “frustración de expectativas” y a un creciente malestar social respecto de la política y sus insti-tuciones.El valor agregado del sector TIC observa en casi todos los casos una tasa de crecimiento promedio anual mayor que los puestos de trabajo y las remuneracio-nes; si a esto se agrega el incremento ace-lerado de los consumos de TIC y de me-joría relativa de los niveles de educación y, con todo ello, mayores aspiraciones y expectativas de la sociedad, es muy posi-ble que los Estados no tengan, sobre todo por las condiciones internacionales de recesión, posibilidades de satisfacerlas. Así, estaremos frente a un creciente ma-lestar social que puede terminar minando y deslegitimizando los logros y los proce-sos de desarrollo logrados, alimentando nuevos conflictos y opciones políticas in-éditas. Cabalmente, las demandas de una nueva politicidad que registran los casos de Chile, México y Brasil, entre otros paí-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ses, alimentarían esta tendencia (ver Nota 8).Hoy está en juego una suerte de redefi-nición del campo de historicidad.

 

  La nueva y cambiante geopolítica. El cambio en el escenario geopolítico global asociado con la multicrisis en curso ya ha colocado a la región en medio de compli-cadas ecuaciones económicas, culturales y políticas. Aquí vale la pena resaltar dos aspectos. Por un lado, el reforzamiento de las relaciones financiero-comerciales, de inversión en infraestructura y produc-tivas, especialmente de China, es trans-versal prácticamente a todos los países de la región. Además se inician o renuevan dinámicas con India, Rusia, África y Asia, sin dejar de lado el peso estructural de las economías desarrolladas de occidente, particularmente de Estados Unidos. Hoy el mundo es multipolar y de nuevo tipo y los latinoamericanos ya estamos navegan-do en él. No se sabe si se navegará como barco a la deriva o con estrategias y car-tas de navegación hacia un desarrollo que reduzcan el riesgo y empujen al bienestar. Por otro lado, la crisis y la restructuración económica global y la emergencia de diver-sos problemas socio-institucionales en la mayoría de los países, colocan a las diver-

 

Navegar contra el viento…      63

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sas apuestas de desarrollo, particularmen-te a las políticamente progresistas, ante la disyuntiva de cómo enfrentar la crisis: si se hace reinventando ecuaciones políticas y económicas, ampliando y desarrollando una lógica informacional asociada con in-novaciones productivas, políticas, institu-cionales y culturales, o rediseñando ajustes socioeconómicos que supongan costos so-ciales y de gobernabilidad política. Nueva-mente, los temas de gobernabilidad de la economía, de umbrales mínimos de funcio-namiento de las instituciones y de niveles o límites de la integración social y cultural, están en las opciones y escenarios políticos latinoamericanos.

 

 

Corolario

 

En el fondo, la cuestión consiste en cómo se puede mutar de las diferentes situaciones y procesos de dependencia que predominaron en el pasado hacia una mayor interdependencia y autonomía. Es decir, se trata de detectar si hay condiciones, voluntad y posibilidades políticas para promover, a escala regional y nacional, un desarrollo humano informacional genuino y sostenible. Finalmente, es posible concluir que

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

los procesos de desarrollo en curso posibilitan una diversidad de interacciones que podría promover una mayor autonomía e independen-cia. Ello supone, empero, incrementar cualita-tivamente la capacidad de agencia de los acto-res del desarrollo de cada país y de la región en su conjunto.

 

Todavía no se aprende a navegar plenamen-te contra el viento, como argumentaba Hirsch-man, pero en eso estamos…

 

 

Notas empíricas para la ilustración de tendencias

 

Las presentes notas sólo ilustran las tenden-cias señaladas. Para una mayor verificación empírica ver el libro América Latina en la Era de la Información.

 

Nota 1

 

El Cuadro 1 muestra los países bajo análisis agrupados según su nivel de desarrollo huma-no. Chile y Argentina son los únicos con un grado muy alto de desarrollo humano. Argen-tina posee la mayor cantidad de años espera-dos de escolaridad. Chile encabeza el ranking de años promedio de escolaridad. Asimismo,

 

64          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

junto con Costa Rica, cuyo nivel de desarrollo humano es alto, tienen la mayor esperanza de vida al nacer.

 

En el Informe de Desarrollo Humano 2013 se calculó el IDH excluyendo los ingresos. Para todos los países, salvo Brasil y Colombia, la di-ferencia entre el ranking del IDH y el ranking del Ingreso nacional bruto per cápita (INB) era positiva. La mayor brecha entre ambos ran-kings se observó en Chile, Costa Rica y Uru-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

guay. En los casos de Colombia y Brasil, esta diferencia era negativa, es decir el INB tenía una mejor clasificación que su nivel de desa-rrollo humano.

 

¿Es sostenible la baja de la desigualdad en la región cuando se evidencian limitacio-nes significativas en los actuales modelos de desarrollo latinoamericanos bajo un per-sistente contexto económico internacional desfavorable?

 

 

Cuadro 1. Índice de Desarrollo Humano (IDH) y sus componentes, 2013 (INB ajustado por PPP en dólares constantes de 2011)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: elaboración propia sobre la base de datos del Informe sobre desarrollo humano 2014.

 

Navegar contra el viento…      65

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Índice de Concentración de GINI. América Latina (promedio simple);años 1997, 1999, 2002, 2005, 2008, 2010, 2012 y 2013

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: Elaboración propia en base a datos CEPAL (2015).

 

 

 

 

NOTA 2

 

La expansión del empleo fue uno de los prin-cipales factores que incidieron en la mejora en los niveles de distribución del ingreso en la

 

 

 

 

región durante el período analizado, así como también un eslabón fundamental en los proce-sos de integración social de los modelos de de-sarrollo analizados.

 

66          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tasa de desempleo. América Latina y el Caribe 1991-2014

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: CEPAL, 2015.

 

 

NOTA 3

 

Luego de la crisis del final del período neo-liberal, en la primera década del siglo se re-gistra una baja generalizada en los niveles de desconfianza en las instituciones polí-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ticas y en el Estado en la región, donde se observan las particularidades históricas de cada caso. Ahora bien, en los últimos años la desconfianza vuelve a emerger, ahora bajo los ejes de nuevas demandas sociales e ins-titucionales.

 

Navegar contra el viento…      67

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Porcentaje de desconfianza en las instituciones políticas y en el Estado. América Latina y el Caribe 1996-2013

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: CEPAL, 2015.

 

 

NOTA 4

 

Durante el primer decenio del siglo XXI los términos de intercambio registraron los nive-les más favorables de los últimos 30 años para las economías de la región. En el último lus-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

tro los niveles siguen siendo altos en términos históricos, aunque registran una tendencia a la baja como consecuencia de los cambios producidos en los mercados internacionales a partir de la crisis internacional desatada en el año 2008.

 

68          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Índice de términos de intercambio de bienes. (2010=100) América Latina y el Caribe 1980-2014

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: CEPAL, 2015.

 

 

NOTA 5

 

No sin cierta volatilidad, los niveles de in-versión extranjera directa durante las segun-da etapa del período analizado (2007-2014) alcanzaron los registros más altos de las últi-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

mas 3 décadas en la región. La mayoría de las inversiones se volcó directa e indirectamente en proyectos basados en la extracción de re-cursos naturales, muchas veces bajo formas heterodoxas de asociación público- privadas.

 

Navegar contra el viento…      69

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Inversión extranjera neta. (millones de dólares) América Latina y el Caribe 1990-2014

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: CEPAL, 2015

 

 

NOTA6

 

Brasil, México y Argentina concentran el 92% de la inversión que se hace en América Latina

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

y el Caribe en investigación y desarrollo (I+D). A pesar de lo avanzado en la última década, los países de la región se encuentran lejos de las mejores prácticas internacionales.

 

70          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Relación porcentual entre los gastos de investigación y desarrollo respecto del PBI en países seleccionados. Año 2011

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: “Indicadores de Ciencia y Tecnología. Argentina 2011”, Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, 2013.

 

Navegar contra el viento…      71

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NOTA 7

 

Los países de la región han logrado sus-tanciales avances en el acceso a las TIC

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

en los últimos 15 años, aunque se regis-tran brechas digitales en relación al gé-nero y al estrato socioeconómico y entre países.

 

 

Suscriptores de telefonía celular móvil y usuarios de internet en América Latina. Cantidad cada 100 habitantes

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: CEPAL, 2015.

 

72          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NOTA 8

 

Contrastando con la figura anterior, en términos de empleo, desempleo y partici-pación, la región muestra los indicadores más favorables de los últimos 20 años. Sin embargo, el salario real no ha aumentado

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

significativamente si se los compara con otros indicadores, máxime considerando que al 2013 prácticamente la mitad (46%) de la ocupados urbanos de la región están em-pleados en el sector informal y 1 de cada 10 vive en hogares en situación de indigencia (CEPAL, 2015).

 

 

 

Salario Medio Real Anual (2000=100). América Latina 1992-2013

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: CEPAL, 2015

 

Navegar contra el viento…      73

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía

 

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Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) 2015 “Desigualdad e informalidad. Un análisis de cinco experiencias latinoamericanas”. Editado

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

por Verónica Amarante y Rodrigo Arim (Santiago de Chile: CEPAL).

 

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Ferrer, Aldo 2010 El futuro de nuestro pasado. La economía argentina en su segundo centenario (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica).

 

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Martin Puchet, Carmen Zuñiga, Jesus Díaz y Manuel García 2016 “México ante la

 

74          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

globalidad: intreculturalismo, innovación y desarrollo como dignidad” en Calderon coordinador América Latina en la era de la información (Buenos Aires: UNSAM).

 

Prebisch, Raúl 1980 Hacia una teoría de la transformación (Santiago de Chile: CEPAL).

 

Sen, Amartya 1999 Desarrollo y Libertad (Barcelona: Planeta).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sen, Amartya 2004 “How does culture matter?” en Rao, V. y M. Walton Culture and Public action (Stanford: Stanford University Press).

 

Touraine, Alain 1973 Production de la sociéte (París : Editions du Seuil).

 

Touraine, Alain 1988 La parole et le sang (París: Odile Jacob).

 

Repensando el Desarrollo Humano

desde la perspectiva de la

 

sociología del actor* **

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Antecedentes

 

La idea central de este capítulo sostiene que el objetivo actual del desarrollo humano es tanto la autonomía como la dignidad de las personas. Desde este punto de partida es posible analizar procesos y desarrollar políticas. Este objetivo constituiría la principal exigencia de las perso-nas que buscan nuevos modos de vida que se ex-presen en los ámbitos culturales, institucionales, socioeconómicos, ecológicos y políticos. La dig-nidad daría un significado nuevo al desarrollo.

 

El texto comienza con argumentos concep-tuales y ejemplos empíricos que apuntan a si-

 

 

  Este trabajo fue publicado originalmente en M. Cas-tells y P. Himanen 2008 Repensando el desarrollo en la era de la información (Santiago de Chile: Fondo de Cultura Económica).

 

  Agradecemos especialmente a Fondo de Cultura Económica de Chile la autorización para publicar este trabajo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

tuar la dignidad en el centro del debate. El ca-pítulo analiza más adelante los rasgos básicos de este patrón de desarrollo y propone cuatro temas estratégicos para fortalecer sus pro-puestas: informacionalismo, medioambiente, inclusión y exclusión social y conflicto social. Propone, finalmente, la idea de una “agencia de desarrollo humano basada en las capacidades de los actores socioculturales”. El capítulo cul-mina con un corolario acerca de la pedagogía de la propuesta.

 

El argumento se apoya en el enfoque de la sociología del actor y en los conceptos y ha-llazgos empíricos de informes de desarrollo hu-mano, especialmente en los informes globales y en algunos informes regionales y nacionales promovidos por las Naciones Unidas en los cuales el autor ha participado. Este capítulo se basa también en los debates del grupo que ha trabajado en el estudio.

 

76          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Por qué la dignidad?

 

En las últimas décadas el desarrollo humano ha experimentado significativos avances en todo el mundo. Han mejorado, especialmente, los indicadores estadísticos de bienestar en salud, educación e ingresos. Sin embargo estos logros no siempre han resultado suficientes. Interna-cionalmente, las desigualdades entre países y entre diferentes grupos sociales han persistido y en algunos casos se han acentuado, debido sobre todo a los altos niveles de concentración de ingresos y exclusión social. La situación ac-tual de cambio e incertidumbre, vinculada a la crisis global, tiende a producir nuevas desigual-dades incluso en países desarrollados. En 2010, por ejemplo, el 0,6% de la población mundial adulta propietaria de un patrimonio neto de un millón de dólares o más, poseía el 39,3% de la riqueza mundial, mientras el 69,3% de la pobla-ción mundial adulta, con un patrimonio neto inferior a diez mil dólares, poseía solo el 3,3% de la riqueza mundial (Credit Suisse Research Institute, 2012).1

 

 

 

  Credit Suisse Research Institute 2012 Global Wealth Report 2012, en <https://www.credidt-suis-se.com/ch/en/news-and-expertise/news/economy/ global-trends.articler.html/article/pwp/news-and-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esto requiere encontrar nuevas perspectivas y políticas que combinen las opciones naciona-les con la política global, que consideren los al-tos niveles de interdependencia asimétrica que tienen los fenómenos de cambio e incertidum-bre. En todo el mundo, las numerosas deman-das de las protestas sociales están subrayando asuntos de desarrollo vinculados con la digni-dad, los derechos humanos y la paz, así como la búsqueda de perspectivas que trascienden las respuestas instrumentales, institucionales y económicas a los problemas vigentes.

 

La crisis en sus múltiples dimensiones,2 está provocando el surgimiento de nuevas deman-das, críticas, conflictos y protestas por digni-dad y derechos humanos en numerosas socie-dades y culturas. La crisis combina protestas

 

 

 

expertise/2012/10/en/global-wealth-2012-the year-in-review.html>.

 

  La crisis financiera, los problemas de gobernanza democrática y autonomía nacional, los límites de las opciones de coexistencia multicultural, los cambios geopolíticos en las estructuras globales de poder, la emergencia del Estado como un agente de posiciona-miento de las economías nacionales a nivel global, la distancia entre la innovación científica y tecnológica y los sistemas institucionales y educacionales, y la crisis medioambiental ligada a un modelo económico basado en el consumo y la degradación del entorno.

 

Repensando el Desarrollo Humano desde la perspectiva de la sociología del actor  77

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

en el nivel local, nacional, regional y global, las cuales —además de expresar las quejas— bus-can nuevos modos de vida social y, en última instancia, cambios políticos y culturales en las experiencias de desarrollo de los últimos treinta años.

 

Según Castells (2012: 2-3),3 están emergien-

 

do conflictos seculares vinculados con la injus-ticia actual, configurando una rebelión multifa-cética, donde hay humillación provocada por el cinismo y la arrogancia de los que tienen el po-der —financiero, político o cultural—, que une a quienes convierten su miedo en agravio y el agravio en la esperanza de una humanidad me-jor. Una humanidad que habría que reconstruir casi desde cero, que escapa de la multitud de trampas ideológicas e institucionales que han conducido una y otra vez a caminos sin salida, que forja un nuevo sendero al tiempo que lo re-corre. Se trata de la búsqueda de dignidad en medio del sufrimiento de la humillación, temas recurrentes en la mayoría de los movimientos.

 

Hay varios estudios e informes que comple-mentan lo anterior:

 

 

 

 

  Castells, M. 2012 Networks of Outrage and Hope: Social Movements in the Internet Age (Cambridge: Po-lity Press).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  Un estudio que se refiere a la India analiza las protestas por mejor salud y educación, que buscaban potenciar el desarrollo y que abordaron diversos asuntos relacionados con derechos humanos, centrándose en las relaciones de género (Patel, 2010).

 

  Levitt y Merry (2010)4 examinan cómo los derechos humanos estaban en el núcleo mismo de la movilización social en la ciudad de Nueva York y describen en particular el esfuerzo por enfatizar los derechos huma-nos para combatir la discriminación sistémi-ca por raza y género. Los autores sostienen que en determinados contextos los derechos humanos pueden ofrecer recursos políticos relevantes a movimientos sociales en los Es-tados Unidos. Sin embargo, lo hacen de una manera difusa, distante del sistema formal de las leyes de derechos humanos. Este caso describe un fenómeno nuevo en Estados Unidos: la movilización de campañas de de-rechos humanos por parte de movimientos por la justicia social que desde hace mucho

 

 

 

  Levitt, P. y Merry. S. 2010 “Law from below: Women’s Human Rights and Social Movements in New York City”, en Law and Society Review 44 (1), pp. 101-

 

 

 

78          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

se apoyaban solamente en las leyes de dere-chos civiles.

 

  Otra investigación ha analizado los conflic-tos y protestas sociales en torno de derechos sociales y culturales en 17 países de América Latina y el Caribe (Calderón, 2012).5 Estos conflictos comparten varios rasgos: platafor-mas de exclusión y desigualdades crónicas que los ciudadanos cuestionan; racionalida-des prácticas vinculadas con la reproduc-ción social, que coexisten con demandas de mayor eficacia y eficiencia a nivel institucio-

 

nal y con conflictos culturales sistémicos; conflictos cada vez más presentes en la red y con efectos multiplicadores en los nue-vos escenarios globales de poder. Hay una mayor complejidad social relacionada con sistemas políticos y Estados con limitadas capacidades de gestión.

 

  Las protestas de la “primavera árabe”, de un modo intenso y variado, expresaban críti-cas a las formas autoritarias de poder, con demandas de paz, dignidad y participación. Fue decisivo el papel de la juventud y el ac-tivismo en las redes sociales. Como ha sos-tenido el ciberactivista L. B. Mhenni (2011:

 

 

 

5 Calderón, F. (2012).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

31): “La Toila es un instrumento soñado para la democracia directa, de ciudadanía. Que-remos un mundo sin jefes, donde cada uno pueda participar en la toma de decisiones, donde cada uno pueda producir cambios en la realidad”.

 

  El movimiento japonés antinuclear por la paz, especialmente después del desastre de Fukushima, es otro ejemplo. Algunos estu-dios recientes muestran que los temores que generaron los bombardeos de Nagasaki e Hiroshima han influido la experiencia de la contaminación alimentaria en 50 distintos tipos de manifestantes y activistas sociales actuales, especialmente en gente joven y mujeres que fortalecen una opinión públi-ca pacifista. El papel de las tecnologías de información y comunicación (TIC) ha sido decisivo en estas manifestaciones (Hiraba-yashi, 2012).

 

Así, este renovado acercamiento al desarrollo humano en el que estamos comprometidos se desprende de la siguiente constatación: el ma-lestar público, las demandas sociales y las pro-testas masivas en todo el mundo están subra-yando la necesidad de recuperar y reconstruir tanto la dignidad como las metas individuales y colectivas. Si bien este camino se ha consi-

 

Repensando el Desarrollo Humano desde la perspectiva de la sociología del actor  79

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

derado un elemento de desarrollo humano, se ha tornado más y más significativo en el con-texto de la crisis global.6 También ha subraya-do la necesidad de la autonomía de los actores sociales para alcanzar sus metas personales y colectivas de dignidad.

 

Otro rasgo distintivo es el desplazamiento de esas demandas a la sociedad de la informa-ción recurriendo a las distintas redes sociales como medios para expresar los reclamos y las soluciones propuestas. Se trata de un tipo muy específico de dignidad fomentada por las co-municaciones globales.7

 

En este sentido, el enfoque del desarrollo humano, con su marco holístico, interdiscipli-nario y normativo,8 se podría redefinir en tér-minos de la subjetividad y el fortalecimiento de los actores individuales y colectivos como la clave para enfrentar los cambios globales de este momento. Por otra parte, tendría que fortalecerse en el corto plazo la capacidad de

 

 

 

  Para más detalles, ver PNUD 2000 Human De-velopment Report 2000. Human Rights and Hu-man Development (Nueva York: Oxford University Press).

 

  Como en el caso de los más recientes movimientos estudiantiles en Chile.

 

  Como define  M.  Ul  Haq en Fakuda et al. (2003).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

la gente para alcanzar sus metas de autonomía y dignidad.

 

Este enfoque de capacidades “ve la vida humana como un conjunto de realizaciones y logros” (funcionamientos) y relaciona la eva-luación de la calidad de vida con la evaluación de la capacidad de funcionar” (Sen, 2003a: 4).9 Pensamos que estos funcionamientos son par-te de la dignidad de los individuos.

 

En este sentido, el concepto de Sen de liber-tad real se organiza en función de la dignidad y recién allí se refiere al desarrollo de las capaci-dades de las personas para vivir la vida que va-loran según sus aspiraciones.10 La innovación, educación y el conocimiento son fundamenta-les no solo en términos de socialización demo-crática o de productividad, empleo e igualdad, sino también en la elección de la clase de vida que se desea vivir. De aquí que la educación con innovación, las opciones mencionadas y el desarrollo estén estrechamente vinculados, especialmente en un contexto de rápidos cam-

 

 

 

  Sen, Amartya 2003a “Development as Capability Expansion,” en S. Fakuda-Parr y A. K. Shiva Kumar (eds.) Readings in Human Development (Oxford: Oxford University Press).

 

  Sen, A. 1999 Development as Freedom (Nueva York: Anchor Knopf), p. 12.

 

80          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

bios globales y creciente predominio de la so-ciedad de la información.11

 

Tanto la dinámica estructural de la globa-lización como su crisis actual han situado la cuestión de la dignidad humana y de los de-rechos humanos, como ejes de una nueva reforma social y política, en el centro de las demandas sociales y de los desafíos de desa-rrollo, más allá de contextos nacionales y/o regionales o culturales o de diferentes niveles de desarrollo. La dignidad, entendida como la estima y el respeto de uno mismo, es esencial para que los individuos formen una ciudadanía integrada con otros.12

 

 

  Para más detalles, ver CEPAL 1992 Educación y co-nocimiento: eje de la transformación productiva con equidad, Libros de la CEPAL Nº 33 (Santiago de Chile: CEPAL).

 

  En un nivel más individual que en los ejemplos que siguen, muchos activistas de derechos humanos en todo el mundo trabajan desde esta perspectiva de dignidad y conflicto (ver <http://www.cdhrsupport. org/2012/02/20how-the-human-rigts-movement-has-go-ne-global/> y <http://monnews.org/?=3929>). Asimismo, los informes del Global Peace Index (2012) muestran avances y retrocesos en términos de paz y derechos humanos en todo el mundo. Podemos hallar experien-cias regionales, locales y urbanas significativas —como en Kerala, Barcelona y Porto Alegre— que se producen en el contexto de valores de desarrollo humano. Hay

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desde una perspectiva conceptual, uno de los rasgos principales de las sociedades contemporáneas es una cierta brecha entre las racionalidades instrumental y simbólica. Esto constituiría una especie de separación entre cultura, por una parte, y economía por otra. En esta separación, las relaciones de poder se asocian con la reestructuración económica y la “multi-crisis global” (Rojas, 2011),13 que simultáneamente se está vol-viendo más disociada y difusa en medio de la complejidad, el riesgo y el vacío social (Castells, 1997; Touraine, 1997; Beck, 2006; C. Rojas, 2011).

 

 

 

también importantes experiencias empresariales, es-pecialmente a escala pequeña y mediana, que muestran prácticas y avances que combinan desarrollo humano y elementos informacionales. Por otra parte, la valoriza-ción de la dignidad y los derechos humanos se expresa también en el nivel institucional por medio de nuevas leyes, constituciones y arreglos institucionales, a me-nudo asociados con redes de ONGs. Los Millennium Development Goals, promovidos por Naciones Unidas, y diversas organizaciones intergubernamentales, han lo-grado importantes acuerdos y políticas que se han visto limitados por las consecuencias de la crisis.

 

 Así se la ha llamado debido a las variadas crisis eco-lógicas, financieras, multiculturales y políticas a nivel global.

 

Repensando el Desarrollo Humano desde la perspectiva de la sociología del actor  81

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El punto es reintegrar lógica sustantiva y ló-gica instrumental. Me pregunto por las posibi-lidades de una fructífera articulación entre las dinámicas del cambio, asociadas con la “tecno-economía de la información”, y las dinámicas socioculturales, vinculadas con las nuevas demandas de calidad de vida que surgen de la crisis y el cambio globales. El propósito es explorar las posibilidades de una nueva histo-ricidad, entendida como la capacidad de una sociedad de producirse e innovarse a sí misma y de expandir sus mecanismos de acción y par-ticipación. Un enfoque renovado de desarrollo humano, apropiado para las nuevas circuns-tancias, puede constituir una referencia impor-tante para propuestas de políticas relativas a la dignidad de los individuos y sus sociedades. En este planteamiento, los actores, las personas, las comunidades y los grupos socioculturales son sujetos y objetos del desarrollo.

 

Esta perspectiva supone que la multi-crisis global no elimina la capacidad de acción so-cial, sino que abre otras posibilidades. Impli-ca, también, que las acciones socioculturales no solo se pueden oponer a las cambiantes re-laciones de poder, sino que se pueden trans-formar en opciones para participar en el cam-bio global y dar un significado diferente al de-sarrollo. Así, la calidad de vida y la dignidad

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

de las personas se sitúan en la constitución misma de los objetivos del desarrollo, y ya no los mercados o los estados. La calidad de vida expresa la necesidad de ser considera-do como poseedor de una renovada dignidad humana, lo que incluye identidades colecti-vas e individuales, redes sociales y relacio-nes interculturales compuestas por diversas aspiraciones y conocimiento específico. La búsqueda activa de dignidad da un significado renovado en la actualidad a la perspectiva del desarrollo humano.

 

Esta perspectiva se basa en una teoría cons-tructivista que sitúa en el centro las subjetivi-dades y las capacidades de las sociedades y de los actores sociales, por sobre la dinámica de los mercados y de los estados. Se espera, además, que los mercados y el Estado puedan trabajar para “lo público” o el bien común, para todas las personas y sus sociedades. En este sentido, el espacio público se valora como el lugar donde las personas pueden realizar este tipo de trabajo cooperativo. Pero parece nece-sario observar que la noción de lo público es compleja y que constantemente cambia y es redefinida en la actual sociedad de la informa-ción, lo que la vuelve más global.

 

En este sentido, se supone que las perso-nas son actores que buscan constantemente el

 

82          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

cambio y se adaptan a él, pero que no lo hacen en un vacío; lo hacen, más bien, en escenarios institucionales y económicos específicos y con el peso de sus respectivas subjetividades, lo que implica el reconocimiento de la subje-tividad de otros que son diferentes pero igua-les. Solamente si se potencia la capacidad de acción y la reflexión individual y colectiva es posible avanzar en el logro de resultados a fa-vor de la democracia y el desarrollo como un acuerdo colectivo.

 

En el centro de esta aproximación construc-tivista se colocan la autonomía y la libertad personales de los actores, que son valores rela-cionados con la política y el desarrollo. La sub-jetividad, en particular, se refiere a la dignidad humana, y no es solo un fin en sí misma sino también una acción. Mejor aún: es una agencia que optimiza intereses particulares, los cuales al expandirse en el conjunto social, adquieren un carácter colectivo. Pero los compromisos colectivos permiten también el logro de metas y valores individuales. En este sentido, la auto-nomía del actor y la búsqueda de libertad y sus diversas opciones no solo son eficientes sino justas, porque necesitan y tienden a implicar a la sociedad en su conjunto. La dignidad, como valor y práctica, permite evaluar los cambios que ocurren o ya han ocurrido, pero también

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

debiera entenderse como un valor generador de cambios.

 

 

El desarrollo como fortalecimiento de las capacidades de los actores

 

Desarrollo significa crear el acceso necesario para fortalecer las capacidades de los acto-res. En este sentido, la meta de un desarrollo humano “posible” es conseguir una “sociedad éticamente aceptable”. En otras palabras, una sociedad en la cual las personas puedan vivir una vida decente y los actores sean capaces de especificar las injusticias manifiestas (injusti-cias patentes) como resultado de una delibe-ración pública y como un método para definir situaciones y opciones (Sen, 1997 y 2000).

 

La capacidad de una persona para ser un actor se asocia a la autonomía que tenga para elegir sus metas y lograr resultados coherentes con el proceso de búsqueda de esos resultados. Esta es la meta inseparable del logro de una “cultura de solidaridad procesal” (Pizzorno, 1984). Allí reside la importancia de la idea de la comunicación ciudadana según valores bási-cos compartidos como los derechos humanos y la dignidad.

 

Repensando el Desarrollo Humano desde la perspectiva de la sociología del actor  83

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Himanen (2012b: 5) observa: Sen parte del concepto de libertad, pero no ofrece una ra-zón por la cual las personas debieran ser li-bres. Esta noción requiere de justificación, la cual es la idea de dignidad, es decir que to-das las personas son dignas de libertad. Esta es una razón para elevar la dignidad al valor más fundamental y, en consecuencia, para elevar la noción de una vida digna a objetivo fundamental. Así, todas las personas tienen derechos porque son “dignas de derechos” y “valiosas para tener valores”. Una vida digna significa una vida con dignidad.

 

La idea de “dignidad” sitúa en el centro del desarrollo la subjetividad de las personas y se refiere a su capacidad y a la de sus sociedades para decidir las orientaciones de sus vidas de acuerdo a sus valores y deseos. La dignidad, en este sentido, no es unívoca y se relaciona directamente con el patrimonio cultural de las personas y de sus sociedades. Por otra parte, esta perspectiva de desarrollo también afirma que la formación de valores y la evolución de la ética social basada en la solidaridad fortalecen los propósitos del desarrollo y guían la relación entre el mercado y las instituciones.14

 

 

  Esta idea se inspira en el concepto de “libertad real” (Sen, 1999). Ver también Rao y Walton (eds.), 2004.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El reconocimiento de la identidad cultu-ral es una condición de la dignidad humana y se refiere al pluralismo multicultural de las sociedades contemporáneas. Tendría que ser incluido como una capacidad relevante para el desarrollo. Desde una perspectiva cultural sobre el desarrollo humano, la dignidad se refiere a la necesidad de asegurar y expandir las posibilidades de las personas de una ma-nera constructiva en función de que escojan el estilo de vida que prefieran considerando la existencia de otros modos de vida. Por otra parte, es imposible concebir una acción o una agencia en términos de un actor único, porque acción y agencia se construyen con otros. La importancia de la identidad cultural está aso-ciada a la equidad requerida para la realiza-ción de su dignidad. El ejercicio de identidad cultural por todas las personas puede condu-cir a una ampliación de la diversidad cultural que les permita contar con más opciones y un espectro cultural más amplio (UNDP, 2004b). En este enfoque, dignidad significa prestar atención a la dignidad de todos, lo que necesa-riamente implica consideraciones de justicia e igualdad. En este sentido, la agencia de digni-dad también se refiere a una identidad reflexi-va, lo que supone la capacidad de transformar relaciones de poder.

 

84          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La perspectiva de desarrollo humano trata de enfocarse tanto en la preservación de la herencia cultural como en la libertad de las personas para expandir las esferas culturales. Sin embargo se debe advertir que la identidad cultural no es la única relevante para las per-sonas: hay identidades diferentes, relaciona-das con la religión, la lengua, el gusto musi-cal, las costumbres alimenticias, etc. Además, según las circunstancias, la identidad no es un mero descubrimiento que a veces implica una elección: puede dar lugar a restricciones (Sen, 1999).

 

El ejercicio de la libertad cultural es un dere-cho sin limitaciones al reconocimiento de una especificidad humana y es una condición de so-ciabilidad democrática. Es esencial decidir qué es relevante en el patrimonio cultural y los di-ferentes grupos a los que puede pertenecer una persona. En este sentido, es decisivo resistir la imposición de una identidad por otros, pero no es factible asumir una identidad como propia si no se la ha construido en relación con otros. Entendemos el interculturalismo como la coe-xistencia equilibrada entre diferentes personas y como un valor compartido por cada indivi-duo. Es un modo de vida. Y es un modo de vida particular que es válido en la medida que aspire a ser universal..

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La libertad cultural se refiere entonces a la diversidad cultural inherente a todas las socie-dades. Destaca también la relevancia de expan-dir y garantizar las opciones de las personas para elegir el tipo de vida que deseen vivir con-siderando también estilos de vida alternativos. “La importancia de la libertad se vincula bien con la necesidad de equidad en la búsqueda de libertad”, lo que incluye necesariamente las li-bertades de cada persona.15

 

Para lograr una genuina libertad cultural deben considerarse las aspiraciones cultura-les de la gente y se las debe reconocer de una manera digna y ética. También se debe incluir en una noción comprehensiva de la libertad cultural la inclusión social, las as-piraciones colectivas, el derecho a la priva-cidad, la construcción de la identidad y su reconocimiento.16

 

 

 

15 PNUD 2004 Human Development Report 2004: Cultural Liberty in Today’s Diverse World (Nueva York: Oxford University Press).

 

  Para un análisis exhaustivo de cultura y aspiracio-nes, ver Sen, A., en Walton y V. Rao (2004); para un exa-men del papel de la deliberación pública en la cultura política, ver Calderón, F. y Szmukler, A., en Walton y Rao (2004).

 

Repensando el Desarrollo Humano desde la perspectiva de la sociología del actor  85

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Al mismo tiempo, la justicia —apoyada por la diversidad cultural— tendría que garantizar las aspiraciones individuales de los actores so-ciales y promover un entorno en el cual pros-peren para todos los derechos ciudadanos, la igualdad, la participación, el reconocimiento político, la libertad cultural y condiciones so-cioeconómicas básicas.

 

Vale la pena analizar en detalle esta idea de dignidad como fuerza histórica de cambio, como “lugar” de construcción de significado. Según Touraine,17 el individuo —para estable-

 

 

  Alain Touraine ha desarrollado en sus escritos la noción de auto-reproducción de la sociedad, como núcleo de la tensión entre reproducción y cambios sociales. En Production de la société (1973: 7), afir-ma que: “las sociedades aprenden a conocerse socio-lógicamente cuando se reconocen como el producto de su trabajo y de sus relaciones sociales, cuando lo que parece en principio un conjunto de datos socia-les, se reconoce como resultado de una acción social, de decisiones o transacciones, de una dominación o de conflictos”. En Le retour de l’acteur (1984), Tou-raine analiza el cambio de historicidad que provoca la transición desde una sociedad industrial hacia una sociedad programada y el surgimiento de nuevos conflictos sociales sobre todo de naturaleza cultural y global. Los actores se oponen al totalitarismo y la tortura y también a las seudo-racionalidades polí-ticas de los poderes fácticos, y al hacer esto pasan de revolucionarios a libertarios. En Pourrons-nous

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

cerse como tal— debe luchar contra fuerzas que limitan su subjetividad, como el mercado, la publicidad, las lógicas fundamentalistas y las restricciones a la expresión de diversas identi-dades. Si relacionamos esta perspectiva con el planteamiento de Sen, se podría pensar que la agencia podría construirse en base a la dignidad.

 

 

vivre ensemble? Égaux et différents (1997: 183), Touraine propone su tesis de la otredad de las socie-dades informacionales y del conocimiento. Expande también su teoría de la producción de la sociedad en contextos multiculturales y valora positivamente la perspectiva del desarrollo humano del PNUD pues introduce una nueva definición de modernidad que enfatiza la libertad política, la creatividad y la dig-nidad personal. En 2008 Après la crisis, la cuarta y más significativa conclusión de Touraine, afirma que en una economía crecientemente global las únicas fuerzas opositoras viables “son los derechos univer-sales, id est el derecho a la existencia, a la libertad y el reconocimiento de esas libertades, considerando que las identidades sociales y culturales están siendo amenazadas por el mundo inhumano de las ganan-cias”. Desde este punto de vista, la vida social está amenazada y debilitada por el capitalismo financiero, que es contrario al interés de la población en general. Touraine, Alain 1973 Production de la societé (París: Seuil); Touraine, Alain 1984 Le retour de l’acteur (Pa-rís: Fayard); Touraine, Alain 1988 La parole et le sang (París: Editions Odile Jacob); Touraine, Alain 1997

 

Pourrons-nous vivre ensemble? Égaux et différents (París: Fayard).

 

86          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El actor, entretanto, se asocia con una po-sición social. El actor, colectivo o individual, puede convertirse en sujeto cuando cuestiona una lógica alienante que propende a reproducir su posición subordinada en el sistema social. El actor es una persona o un grupo que, apo-yado en sus capacidades y en su subjetividad, actúa para lograr sus objetivos mientras inter-viene para producir cambios en su entorno.

 

Este planteamiento de desarrollo supone la disposición de diversos actores para transfor-mar su sociedad y, como tal, se debiera vincu-lar con la idea de la capacidad de la sociedad para transformarse a sí misma. El desarrollo, aquí, es en buena medida el resultado de un conflicto entre fuerzas que disputan su orien-tación. Esta propuesta, por lo tanto, ofrece una visión del conflicto que no está claramente pre-sente en el enfoque tradicional del desarrollo humano, en el cual se lo trata en términos de oposición entre modelos de desarrollo, pero no como oposición en las relaciones de poder, como una disputa entre actores y/u oposición entre distintas orientaciones políticas.

 

El reconocimiento político de la igualdad en-tre diferentes culturas supone una sociedad de comunicación intercultural. El asunto es cómo desarrollar actores autónomos y responsables y cómo saber cuáles son las instituciones clave.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La idea de dignidad y autonomía del actor es por lo tanto esencial para comprender las po-sibilidades de que la crisis actual mute en una opción de desarrollo que se apoye en la subje-tividad de las personas. Vale la pena precisar, pues, en qué consiste la dignidad como fuerza de desarrollo.

 

Himanen (2012b) ha argumentado que: otra razón por la cual la dignidad se eleva aquí como nuestro concepto y valor central es que, ade-más de la libertad y la justicia, es la base fun-damental de los valores de la vida. En otras palabras, es la raíz de los siguientes conceptos: valor individual (id est la libertad del individuo para ser un sujeto); valor de comunidad (id est la oportunidad justa para que el sujeto sea parte de un colectivo), y valores de vida (id est el res-peto por la vida y la existencia humana como parte de la humanidad). Aquí el concepto va mucho más allá que la Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, la cual —si bien está dividida entre valores re-lativos a la vida, la libertad y la justicia— con-cibe la noción de derechos como el derecho a la vida. En el presente análisis la noción de dignidad significa adicionalmente el derecho de generaciones futuras a una vida similarmente digna, lo que incluye necesariamente la noción de un entorno sustentable (debe destacarse

 

Repensando el Desarrollo Humano desde la perspectiva de la sociología del actor  87

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

aquí que la sustentabilidad ecológica se pre-senta como nuestra responsabilidad ética para con los derechos de las futuras generaciones a la posibilidad misma de una vida digna. En un nivel conceptual, esta formulación no alcanza a comentar otro asunto importante, a saber si la vida distinta a la humana posee un valor in-trínseco propio. El autor tiene una posición per-sonal en esta materia, pero respecto del asunto de la sustentabilidad ecológica los argumentos ofrecidos son más que suficientes). La dignidad es el concepto fundamental, porque es el funda-mento de los valores y derechos señalados más arriba, a saber la libertad, la justicia y la vida.

 

La dignidad está asociada a identidades, as-piraciones y cuestionamientos; a preguntas, demandas, deseos y ansiedades de individuos y grupos que procuran integrar sus experien-cias en el espacio público y en el discurso público, y que intentan que la sociedad en su conjunto reconozca sus subjetividades y ex-periencias cotidianas como parte fundamental de la vida social.

 

La subjetividad, como hemos menciona-do, es particularmente importante como contraparte de la modernización y la glo-balización. Las múltiples manifestaciones culturales y subjetivas son ahora una fuerza que se opone a —y está en tensión con— la

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

lógica instrumental de la globalización, del mercado y de las tecno-economías de la in-formación. Resumiendo, la subjetividad se opone en muchos sentidos a una concentra-ción de poder transnacional.

 

Sin embargo se debe subrayar la ausencia de garantías, la incertidumbre predominante en las relaciones de poder y el hecho de que no está asegurada una agencia de dignidad. Un un-foque renovado de desarrollo humano, centra-do en la dignidad de las personas, se debe en-tender en el contexto de un nuevo “campo de historicidad” donde los actores y los grupos de interés debaten y discuten las opciones dispo-nibles de desarrollo. Estas disputas se han tor-nado particularmente evidentes en la sociedad conectada en red: actores locales, nacionales y globales están disputando las orientaciones de la sociedad según sus preferencias respecto del papel del Estado, el libre mercado y el de-sarrollo humano.

 

Dicho lo anterior, la globalización, par-ticularmente por medio de cambios en los mercados industrial y cultural y en las comu-nicaciones, también ha tenido un impacto en la expansión de las subjetividades, estable-ciendo un pluralismo nuevo y más universal, es decir un pluralismo en la sociedad red. Por otra parte, la subjetividad y las deman-

 

88          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

das de dignidad son la mejor garantía de una renovación de la política, la democracia y la ciudadanía.

 

En la actualidad están emergiendo actores y nuevos movimientos socioculturales vincu-lados con la expansión de sus propias subjeti-vidades, que se establecen en relación con los nuevos dominios de la ciencia, la tecnología, el conocimiento y la sociedad conectada en red. Las demandas de dignidad constituyen una ten-sión intrínseca al futuro de la propia globaliza-ción. Precisamente por esta razón, la dignidad, el sujeto y la globalización no son fenómenos separados. Se producen en relación con una nueva tensión histórica en cuyo contexto se desarrollan las sociedades contemporáneas. En un mundo donde la innovación de la demo-cracia es un valor incontrovertible, el sujeto, la persona o el grupo no construyen su subjetivi-dad en un vacío o en soledad; lo hacen en me-dio de relaciones sociales y con otros sujetos distintos de ellos mismos.

 

La acción colectiva se ha asociado de ma-nera creciente con demandas u orientaciones individuales. Las personas tratan de reconsti-tuirse asumiendo la experiencia propia y cons-truyendo su especificidad en oposición a nue-vas formas de poder, y en esta oposición dan sentido individual a su existencia colectiva.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero las acciones individuales se valoran co-lectivamente como un bien común.

 

La libertad cultural, entendida como un bien común, es también un principio indiscutido de igualdad social. En este sentido, los hombres y las sociedades intentan redefinir sus fortalezas ante nuevas formas de dominación, y si aspiran a vivir con dignidad, saben que no pueden ha-cerlo en una sociedad injusta. La libertad per-sonal y la igualdad colectiva, en consecuencia, pueden constituir un bien común. Una refuerza a la otra, son las hendíadis de un desarrollo hu-mano renovado.

 

La idea de dignidad está ligada a la cons-trucción intersubjetiva de la coexistencia con iguales. Esta afirmación se asocia con la tesis sociológica de que las diferentes identidades y orientaciones de los actores se construyen en relación con los otros. La igualdad y la di-ferencia son entonces equivalentes y ambas están asociadas al bien común. En términos más sencillos, esto se vincularía con nuevas experiencias de gestión local o municipal, con la importancia creciente de las tecnologías de comunicación horizontal y con las demandas de nuevos actores de dignidad como el centro de sus preocupaciones.

 

La idea de dignidad también está vinculada estrechamente con los conflictos predominan-

 

Repensando el Desarrollo Humano desde la perspectiva de la sociología del actor  89

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

tes en la sociedad conectada en red. Las redes sociales se han convertido en espacios para la comunicación y los conflictos: la discrimina-ción y también la búsqueda de reconocimien-to democrático están presentes e interactúan dinámicamente. En una red social fácilmente se pueden hallar expresiones de racismo y dis-criminación social, pero también demandas de participación, emancipación y dignidad. Al mismo tiempo, las personas experimentan una tensión constante cuando participan en redes sociales. Por una parte, hay una pérdida de intimidad y privacidad; por otra, hay nume-rosas oportunidades de interacción fructífera con pares y personas con los más variados perfiles. Incluso si los espacios privados están atravesados por poderes políticos, comercia-les o institucionales que tratan de imponer sus visiones, las redes sociales promueven el conocimiento y el libre intercambio de ideas y posibilitan la transformación de demandas en verdaderos cambios en el corazón de las mis-mas redes sociales.

 

Desde el punto de vista de la democracia, la articulación de diferentes subjetividades y culturas en una comunidad de ciudadanos ocupa un lugar central. Precisamente por esto la expansión de la ciudadanía es una garantía importante de igualdad. Ciudadanía e igualdad

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

son inseparables, necesitan de permanente re-novación y son por definición incompletas.

 

Los nuevos derechos culturales vinculados a la expansión de subjetividades individuales y colectivas (de religión, etnicidad, género, sexualidad, migración y ecología, entre otras), que redefinen nuestras sociedades como esen-cialmente multiculturales, necesitan integrarse con derechos sociales y políticos para conver-tirse en democráticos. Es muy difícil expandir las subjetividades y las libertades culturales sin el desarrollo de la ciudadanía social, sin el de-sarrollo de dignidad y de un bienestar básico de las personas. La consolidación de condiciones básicas para una vida decente es fundamental para que las personas puedan desarrollar sus capacidades y subjetividades y así elegir sus preferencias.

 

Pero también es imposible pensar la ex-pansión de una ciudadanía social y el recono-cimiento de los nuevos derechos culturales si no hay un reconocimiento pleno del estatus político de cada ciudadano individual. Precisa-mente por esta razón la construcción de una comunidad de ciudadanos es el área de reco-nocimiento de la expansión de nuevas subjeti-vidades. En una comunidad de ciudadanos, que también es global de manera creciente, las dis-tintas especificidades de cada subjetividad se

 

90          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

redefinen en términos de la condición común de ciudadanía. Las políticas de inclusión, a su vez, se legitiman por la participación de los ciu-dadanos en la vida democrática. La comunidad de ciudadanos es por lo tanto una unidad polí-tica inclusiva que se expresa en la construcción del bien común. La comunidad de ciudadanos, entonces, por una parte, integra la diversidad y el pluralismo, pero por otra da a todas esas diversidades un estatus común: ciudadanía, con derechos y responsabilidades. Se entiende entonces que todas las personas, independien-temente de sus subjetividades, sean considera-das ciudadanos.

 

Parece clave reconocer que hay tensiones y contradicciones entre la expansión de par-ticularidades subjetivas y el elemento común universal, el ciudadano. Una esfera pública internacional que garantice la unidad trascen-diendo las distintas subjetividades también in-fluye en el Estado. De aquí que en democracia esta integración entre ciudadanos y política esté ligada a la comunidad política de ciuda-danos. La ciudadanía política es la referencia universal del pluralismo subjetivo de nuestras sociedades. Los movimientos sociales y cultu-rales buscan el reconocimiento de sus nuevos derechos de participación, distribución y re-conocimiento, pero su despliegue está preci-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

samente asociado con la comunidad política de ciudadanos. Hoy existe una curiosa cons-trucción social que vincula el Estado nacional y los espacios públicos más abiertos e inter-nacionalizados con las demandas y prácticas ciudadanas que articulan plenamente lo local con lo global.

 

 

Dignidad humana y derechos humanos

 

Como ha reiterado Habermas (2010), la digni-dad humana es una e indivisible, como lo es cada ser humano en particular. Solo una políti-ca que busque un progreso sustantivo e integral y cooperación entre los variados niveles de de-rechos humanos (sociales, políticos, económi-cos, culturales, etc.) y los diversos tipos de ciu-dadanía, puede aspirar a respetar igualmente la dignidad de cada persona. Esto supone solida-ridad y cooperación entre distintos individuos y la asunción de valores comunes.

 

Los derechos humanos, en este sentido, re-siden en el núcleo de una comunidad de ciuda-danos, de modo que ella puede exigir respeto por la dignidad humana. Sin embargo esto es insuficiente si no está asociado al desarrollo, lo que implica actores y agencias de desarro-

 

Repensando el Desarrollo Humano desde la perspectiva de la sociología del actor  91

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

llo humano que promuevan una política y una economía basada en las personas. Por esto son complementarios el desarrollo humano y los derechos humanos.

 

Según Sen, el desarrollo humano y los de-rechos humanos comparten una motivación común y se pueden complementar. “El primer paso es comprender que las evaluaciones del desarrollo humano, si se combinan con una perspectiva de derechos humanos, pueden indicar los deberes de los demás en la socie-dad para mejorar el desarrollo humano de uno u otro modo. Y con la invocación de deberes llega una multitud de inquietudes relacionadas, como las relacionadas con la transparencia, la responsabilidad y la culpabilidad” (Sen, 2003a: 50, en Fakuda et al.).18

 

 

 

  Sen, Amartya 2003b “Human Rights and Human Development”, en S. Fakuda-Parr y A. K. Shiva Kumar (eds.), Readings in Human Development (Oxford: Oxford University Press). De un modo semejante, el Human Development Report 2000 argumenta a favor de una fuerte conexión entre desarrollo humano y dere-chos humanos. Este informe afirma que ambos plantea-mientos comparten un compromiso fundamental con la promoción de la libertad y la dignidad para todos. La redefinición de estas últimas nociones está en juego en el contexto de crisis y cambios provocados por el auge de la sociedad conectada en red.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aquí se sostiene que la dignidad humana está conectada con los derechos y una ética y con el tipo de desarrollo económico que los hace posible. Y esto es lo que está en juego en la crisis global. Las opciones actuales parecen insuficientes y anticuadas.

 

La institucionalización de los derechos humanos y el desarrollo humano debe ser simultánea. La cuestión es conocer, en cual-quier caso particular, cuáles son los actores de la historicidad y los campos emergentes de conflicto.

 

El actor puede ser un “proveedor” de re-conocimiento legal (auto-contenido), que es auto-determinado: vive, siente, piensa y actúa en relación con su propio juicio (Habermas, 2010: 12).

 

En este sentido, el actor puede transformar sus necesidades en acciones que operen en campos institucionales específicos. La digni-dad es un estatus de respeto hacia uno mismo y hacia los otros y se puede consolidar sola-mente con un desarrollo económico que bus-que la inclusión y la participación social. Solo se puede conseguir una dignidad humana sus-tentable e innovadora con mejores patrones de desarrollo.

 

Los derechos humanos se asocian a una comunidad nacional y están conectados con

 

92          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

una demanda crecientemente global. Lo global rebasa lo nacional y apresura la universaliza-ción de los derechos humanos. Esto implica la búsqueda de un nuevo orden global institucio-nalizado y de un patrón de desarrollo humano que lo fundamente. Actualmente los conflictos sociales se han extendido y combinado, a es-cala nacional y global, y en distintos niveles y dimensiones, así como la violencia social y económica y la ausencia de libertad y de capa-cidades humanas.

 

 

La Red como espacio público

 

En la actualidad, los movimientos que exigen mayor dignidad y reconocimiento de dere-chos humanos están vinculados con los proce-sos de transformación de nuevas tecnologías de comunicación y con la sociedad red. Hoy, la dinámica de los nuevos conflictos y de los movimientos socioculturales se expresa y de-sarrolla en las sociedades de la información y pretende transformar las relaciones de poder tanto dentro como fuera de la red. Este quizás sea el desafío más significativo de estas nue-vas subjetividades, sencillamente porque la red es el nuevo lugar para expresar y desarrollar nuevas formas de poder. La red es entonces el

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

lugar donde se expresan, entre otras cosas, el sentido de la acción de nuevos movimientos de “alter-globalización” que conducen a nuevas formas de sociabilidad y socialización y, como resultado, a la reconstrucción de las opciones de desarrollo humano.

 

Hoy las pautas de socialización de las nue-vas generaciones son diferentes a las del pa-sado. La relación entre educación y empleo es más compleja y difícil. Ha habido mutaciones y rupturas del monopolio de las escuelas tradi-cionales por acción de la educación en casa y las nuevas tecnologías de información y comu-nicación, además de las nuevas subjetividades culturales.

 

Los conflictos se relacionan de manera creciente con los usos socioculturales de estas nuevas tecnologías de información y comunicación. Las nuevas formas de sociabi-lidad son paradójicas: están abiertas al mun-do de la red pero su mayor impacto se da en grupos y espacios restringidos, por lo menos hasta ahora.

 

La nueva cultura de sociabilidad tecnológica puede alterar tanto la subjetividad como los pa-trones de conocimiento y la vida cotidiana de individuos y comunidades. Sin embargo esto no se hace en un vacío, sino en el contexto de experiencias de relaciones sociales históricas

 

Repensando el Desarrollo Humano desde la perspectiva de la sociología del actor  93

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

concretas. Esta nueva subjetividad es hoy la nueva fuerza de cambio.

 

En este sentido, para desarrollar las capa-cidades y habilidades en el mundo global de la tecno-economía de la información y de las redes sociales en una sociedad digna, las políti-cas de desarrollo humano necesitan reducir las brechas informacionales y promover capacida-des de información y educación que permitan manejar los códigos de cambio informacional y aseguren de este modo un acceso más equitati-vo a las redes globales de tecnologías de infor-mación y comunicación. Esta es una condición para que las personas, como actores autóno-mos, puedan producir y reproducir su dignidad y luchar por ella; de lo contrario, corren el ries-go de ser excluidas y quedar aisladas.

 

Estos son los códigos que representan el ma-nejo de habilidades y capacidades para comu-nicar en la red: adaptabilidad, flexibilidad, hori-zontalidad, constitución de redes, innovación, articulación, multiplicación e intercambios; todos ellos son requisitos para la acción proac-tiva en la sociedad de la información como el principal recurso para la construcción de una sociedad digna.19

 

 

  Según la CEPAL (1992), la educación y el conoci-miento tienen relevancia estratégica para lograr una

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sostenemos que un nuevo tipo de desarrollo humano informacional, es decir un desarrollo humano vinculado con las nuevas posibilida-des de intercomunicación tecnológica de ma-nejar las relaciones personales y sociales y la participación, debiera ser el mejor recurso con que pudieran contar las sociedades y los indivi-duos para encarar las nuevas formas de poder y dominación asociadas a los cambios en la glo-balización y a los mapas de poder emergentes.

 

 

Una opción decisiva: dignidad como libertad real

 

La diferencia principal entre las escuelas de crecimiento económico y el desarrollo huma-no es que las primeras se ocupan de la expan-sión de los ingresos —medidos según el PIB—, mientras que el desarrollo humano se centra en la expansión de todas las opciones de los in-

 

 

 

transformación productiva que aumente también la equidad. Esa transformación también requiere una pla-taforma común y el uso extensivo de “códigos de mo-dernidad”, es decir el manejo de abstracciones básicas, de las operaciones aritméticas elementales y una ade-cuada comprensión de lectura. Hoy a esto se le deben agregar los códigos informacionales mencionados.

 

94          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

dividuos, sean éstas económicas, sociales, cul-turales o políticas. Si bien ingresos más altos pueden generar mayores opciones, la relación no es automática. El ingreso puede estar distri-buido desigualmente en una sociedad, de modo tal que las personas de ingresos bajos tendrán sus oportunidades muy restringidas. Pero la

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

razón fundamental por la cual el crecimiento del ingreso puede que no se traduzca en más opciones de desarrollo humano reside en las prioridades que una sociedad identifica.

 

Por ello es útil comparar los principales énfasis de las perspectivas de desarrollo, tal como se esboza en la Tabla 9.1:

 

 

Tabla 9.1. Comparación entre distintos énfasis de las perspectivas de desarrollo

 

  Estado Mercado          Persona

                         

Objetivo principal         Desarrollo económico            Maximización de ingreso y   Expansión de capacidades y

              ganancia          de oportunidades para lograr

                          bienestar integral

                         

Preocupación primor-   Estado Mercados        Dignidad humana

dial                               

                         

Principio que guía las   Participación de las masas     Eficiencia        Autonomía, equidad, libertad

acciones                        y ciudadanía

                         

Énfasis  Apunta a lograr objetivos       Medios para lograr objetivos Propósitos para lograr obje-

                          tivos

                         

Identidad cultural         Nacional y popular     Cultura de consumo    Interculturalismo

                         

Metas de educación,     Medios para modernizar el    Aporte al crecimiento: Inver- Son fines en sí  mismos; el

salud y nutrición           Estado y la sociedad  sión en capital humano que    acceso a ellas es un derecho

              contribuya al crecimiento       humano

                         

Rasgos/objetivos del     Liderazgo fuerte         El Estado solo debe promover           Democracia

gobierno            Integración nacional   el papel de los mercados        El Estado es esencial para

                         

              Respeto por derechos hu-       promover el desarrollo hu-

              manos asociados con el          mano

              mercado, por ej. derechos de Respeto por los derechos

              propiedad       

                          humanos y la dignidad

                         

              Estabilidad económica          

                         

 

Repensando el Desarrollo Humano desde la perspectiva de la sociología del actor  95

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  Estado Mercado          Persona

                         

Crecimiento econó-      Determinante para el creci-    Un fin en sí  mismo    Esencial, pero solo si bene-

mico      miento interno El bien de la sociedad está     ficia equitativamente a los

                          individuos

              subordinado al objetivo de    

                         

              crecimiento     Un medio para el desarrollo

                          humano

                         

Principales directrices   Modernización de la socie-    Desregulación y privatización  Expansión de la capacidad

de políticas        dad a través de la educación  Mejoras en eficiencia de agencia de actores e

                          instituciones

  Integración nacional e indus- Inversión en capital humano 

                         

  trialización por sustitución de                       Dignidad y ciudadanía como

              Estabilidad macroeconómica 

  importaciones             ejes de desarrollo

  Movilización de masas                      Reducción de desigualdades

                          Reestructuración de pre-

                          supuestos nacionales;

                          desarrollo humano regional

                          y local

                          Promoción de empleo

                         

Estrategias para erra-    Políticas sociales universales Efecto “derrame” del creci-  Fortalecimiento de los po-

dicar la pobreza Empleo           miento bres como actores sociales

                         

  Estado de bienestar     Inversión en sectores so-        Igual participación en la

              ciales   sociedad

  Distribución de riqueza e                  

              Redes de protección social     Acceso a bienes y servicios

  ingresos                      

                         

              Se apunta a mejorar indica-   Orientación de los beneficios

              dores sociales, especialmen-   del crecimiento hacia los

              te la educación            pobres

                         

 

96          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  Estado Mercado          Persona

                         

Indicadores princi-        Mejoramiento de indicadores PIB     Índice de desarrollo humano

pales      sociales, sobre todo de edu-   Tasa de crecimiento del PIB  Índice de pobreza multidi-

  cación             

              Índice de desarrollo relacio-   mensional

                         

                         

              nado con el género     Índice de dignidad

              Tasa de inflación       

              Deuda/PIB     

                         

 

 

Fuente: Tabla preparada por el autor.

 

 

La perspectiva de desarrollo humano que pro-ponemos analiza el vínculo supuestamente automático entre el crecimiento del ingreso y la sobredimensión del mercado. Este vínculo depende de la calidad y distribución del creci-miento económico y se puede crear por medio de políticas públicas como el aumento del gas-to en servicios sociales y políticas fiscales re-distributivas. Pero este enfoque también cues-tiona la sobrevaloración de las masas, la debili-dad de la autodeterminación de las personas y la sobrevaluación del Estado, identificado con la nación o el pueblo, aunque no niega su rol como fuerza histórica e ideológica a favor de la justicia social, sobre todo en países del Sur.

 

Para impulsar una perspectiva renovada del desarrollo humano, además de llevar a cabo importantes reformas políticas y económicas, el foco de atención debiera concentrarse en

 

 

primer lugar en la dignidad personal. En se-gundo lugar, puede advertirse que el desarrollo humano tiene dos aspectos: 1) la formación de capacidades humanas (salud, conocimiento y habilidades) y; 2) el uso que las personas dan a sus capacidades (empleo, actividades produc-tivas u ocio). Las sociedades pueden construir capacidades humanas y asegurar acceso equi-tativo a opciones de vida. En tercer lugar, es posible hacer una cuidadosa distinción entre medios y fines: las personas son el fin y el cre-cimiento del PIB es la manera esencial de ex-pandir las opciones. Pero la naturaleza y distri-bución del crecimiento económico se debiera medir en términos de cómo enriquecer la vida de los individuos. En cuarto lugar, el desarrollo humano abarca la sociedad entera, es univer-sal y no solo nacional y contempla no solo la economía sino también los aspectos políticos,

 

Repensando el Desarrollo Humano desde la perspectiva de la sociología del actor  97

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sociales, ecológicos y culturales reciben tanta atención como los económicos (Ul Haq, 1995).

 

La democracia está vinculada de varias ma-neras con el tema de la dignidad: 1) la partici-pación política es una parte integral de la vida en sociedad, el papel de un ciudadano de un país o de la humanidad siempre está presente;

 

 尀攀Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ              Ā          Ā Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ           la democracia es un buen espacio para dis-cutir reclamos y demandas, para determinar la importancia relativa de diversas capacidades (incluso de la libertad cultural), la participa-ción en las discusiones debe desempeñar un papel central en la búsqueda de logros de de-sarrollo y; 3) aunque la democracia se consi-dere un concepto esencialmente occidental, la historia de las religiones y las culturas que no son solamente occidentales está llena de valo-res que se refieren a la dignidad humana, a la tolerancia y a la reciprocidad, y en este sentido la democracia como valor es mucho más anti-gua y extensa.

 

En la actualidad el mundo es próspero y po-bre al mismo tiempo. La gravedad de las divi-siones y exclusiones amenaza la existencia del propio sentido de la dignidad humana.

 

Como ya se ha mencionado, la crítica con-tra la exclusión vinculada a la globalización se manifiesta en los movimientos de los “in-dignados” en España y en todas partes en los

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

luchadores por los derechos humanos y por la paz; movimientos que desafían una globa-lización que solo concentra poder, y que bus-can una alter-globalización basada en objeti-vos más emancipatorios (Wieviorka, 2008). Si bien estos movimientos pelean por nuevas globalizaciones, son también un fenómeno global tanto por sus inquietudes como por sus miembros. Los activistas pueden ser de todas partes del mundo y se unen en la red para oponerse a lo que perciben como graves injusticias globales. Los movimientos anti- y alter- globalización quizás sean los movimien-tos éticos más globalizados de hoy. Es esen-cial analizar el centro de sus protestas, que no se refieren a la globalización en sí sino a la desigualdad humana.

 

La cuestión decisiva se relaciona, en conse-cuencia, con la distribución de los beneficios potenciales de la globalización entre países ricos y países pobres y entre distintos grupos en cualquier sociedad.20 En el supuesto de

 

 

 

  Un análisis de las tendencias de largo plazo en la distribución del ingreso mundial entre los países mues-tra que la distancia entre los más ricos y los más po-bres era de aproximadamente 3 a 1 en 1820, 11 a 1 en 1913, 35 a 1 en 1950, 44 a 1 en 1973, y 72 a 1 en 1992. Lo más asombroso es que los británicos tenían en 1820 un

 

98          La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

que hay ganancias con la cooperación entre países, es importante preguntarse si es justa la distribución de beneficios y no meramente si hay ganancias. En este sentido, las políticas económicas nacionales de los países ricos y de los países pobres debieran ejecutarse, re-formarse y orientarse hacia una división in-ternacional más equitativa de los beneficios de la globalización. Una vez más: “el verdade-ro asunto es la distribución de los beneficios de la globalización” (Sen, en Sen y Klisberg, 2007: 21).

 

Una conclusión en distintos informes de de-sarrollo humano es que para que el desarrollo y la democracia sean sostenibles en sociedades

 

 

ingreso de aproximadamente seis veces el de los etío-pes en 1992. Japón, por ejemplo, tenía apenas el 20% del ingreso de Estados Unidos en 1950, pero el 90% en 1992. El sur de Europa ha experimentado una tenden-cia semejante, con un 26% del ingreso estadounidense en 1950 y el 53% en 1992. Algunos estados árabes han gozado también de un gran aumento de ingresos. Los bienes de las tres personas más ricas son mayores que el PIB combinado de todos los países menos desarrolla-dos. Los bienes de las 200 personas más ricas son ma-yores que el ingreso combinado del 47% de la población del mundo. Una contribución anual del 1% de la riqueza de las 200 personas más ricas podría dar acceso uni-versal a la educación primaria para todos (US$ 7-8.000 millones) (PNUD, 1999).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

culturalmente diversas y estructuralmente he-terogéneas, tendría que existir un compromiso sobre la gestión de conflictos producido delibe-rativamente. Así, la gestión de conflictos es ne-cesaria para avanzar en una cultura de delibe-ración. En estos espacios deliberativos es po-sible crear acuerdos pragmáticos que promue-van el desarrollo humano. La sociedad, para desarrollarse, necesita combinar un enfoque pragmático, pluralista y participativo (PNUD, 2002; PNUD-Bolivia, 2002; PNUD-Chile, 1998; PNUD-Bulgaria; PNUD-Sao Tomé y Príncipe, 2004; PNUD-Egipto, 2002).

 

Finalmente, todas estas ideas se refieren al potencial de actores sociales con posibili-dades de autodeterminación, con capacidad de representar intereses y demandas y con orientaciones de desarrollo; actores que tie-nen la capacidad de movilizar a una diversi-dad cultural, en función de un desarrollo co-mún que requiere de consenso y compromiso. Es difícil pensar un cambio de orientación sin un acuerdo entre los actores en conflicto. Pre-cisamente por esto es esencial para la demo-cracia un proceso de renovación e innovación política. Viene a generar las condiciones polí-ticas para un nuevo patrón de desarrollo que se apoya en la capacidad y las potencialidades de las sociedades para la acción; un modelo

 

Repensando el Desarrollo Humano desde la perspectiva de la sociología del actor  99

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

de desarrollo basado en el poder constructivo de la política.

 

 

Temas estratégicos

 

La necesaria renovación de la perspectiva del desarrollo humano reafirma los rasgos funda-mentales que organizan su teoría y su adapta-ción histórica, y al mismo tiempo introduce en su análisis y propuestas asuntos emergen-tes y sucesos actuales, especialmente aque-llos relacionados con demandas sociales y culturales. Entre los asuntos estratégicos que deseamos destacar y explorar en este capítulo están los del informacionalismo, el medioambiente, los patrones de inclusión y exclusión social y nuevos patrones de con-flicto social.

 

Informacionalismo

 

En relación con el informacionalismo,21 Castells analiza cómo se ha globalizado la

 

 

 

  “Informacionismo: productividad, competitividad, eficiencia, comunicación y poder a partir de la capaci-dad tecnológica para procesar información y generar conocimiento” (Castells, 1997: 19).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

economía internacional por medio de la transformación de los sistemas productivos, organizacionales, culturales e instituciona-les, basada en una revolución tecnológica sustentada en la creación de formas nuevas de información y comunicación. Con estas transformaciones vinculadas al informacio-nalismo, el mundo se ha articulado como una unidad en tiempo real y esto ha cambia-do todas las áreas de la actividad humana. Esta nueva dinámica se desarrolla desde re-des de intercambio y flujos de comunicación que incluyen todo lo que aumenta su valor y excluyen todo lo que deja de tener valor; de esta manera los mercados y las ganancias se transforman en los criterios que determinan quiénes quedan excluidos o incluidos en las redes globales.

 

Se puede apreciar que está aumentando la frecuencia de la tecnología en los hogares (ver Figura 9.1). En el contexto de esta di-námica informacional, se están expandiendo de manera compleja identidades multicultu-rales como núcleos de organización social y acción política. También se están desa-rrollando nuevas identidades individuales “auto-construidas” en torno de proyectos personales.

 

100        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Figura 9.1. Desarrollo global de TIC 2001-2011

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: ITU World Telecommunication/Base de datos de indicadores TIC.

 

 

Las políticas y las reflexiones sobre el desa-rrollo humano son importantes pero limita-das ante los significativos cambios que ocu-rren a escala global. El Informe de Desarrollo Humano (IDH) 2001 se centra en el impacto que los avances tecnológicos tendrían en los países pobres y subdesarrollados. Sostiene que sin políticas públicas adecuadas ese pro-greso puede resultar una fuente de exclusión social en lugar de una herramienta de progre-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

so. Para que el desarrollo humano pueda apo-yarse en las nuevas tecnologías, hay que con-siderar que: 1) la brecha tecnológica no debe seguir el patrón de la división de ingresos, ya que la tecnología ha sido una herramien-ta fundamental en el progreso del desarrollo humano; 2) los mercados carecen de poder suficiente para crear y difundir la tecnología que se requiere para erradicar la pobreza; 3) los países en desarrollo enfrentan serios de-safíos en la gestión de los riesgos asociados con las nuevas tecnologías; 4) la revolución tecnológica y la globalización están creando una era de redes que cambia la manera en que se crea y difunde la tecnología; 5) todos los países, incluso los más pobres, deben im-plementar políticas que promuevan la inno-vación tecnológica y; 6) se requiere de inicia-tivas internacionales y normas globales más justas para crear adelantos tecnológicos para las necesidades más urgentes de los pobres (PNUD, 2001).

 

Estas ideas son importantes pero insuficien-tes. Los desafíos del cambio global requieren de una renovación intelectual capaz de asociar el desarrollo humano con la innovación infor-macional y la política multicultural democráti-ca así como con las necesidades de la teoría de la “sociedad red”.

 

Repensando el Desarrollo Humano desde la perspectiva de la sociología del actor  101

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En suma, Castells (2012: 22) sostiene que la noción de sociedad de la información o del conocimiento no es una mera extrapolación tecnológica de la sociedad industrial, por lo general asimilada a la cultura de la moderniza-ción occidental. El concepto de sociedad red desplaza el énfasis a la transformación orga-nizacional y al surgimiento de una estructura social globalmente interdependiente, con sus procesos de dominación y contra-dominación. También ayuda a definir los términos del dile-ma fundamental de nuestro mundo: el predo-minio de los programas de una red global de poder sin control social o, en su lugar, el surgi-miento de una red de culturas y redes sociales que interactúan unidas por la creencia común en el valor ético de redefinir la calidad y la di-rección de la misma globalización.

 

Por otra parte, el desarrollo humano y el informacional se pueden complementar uno al otro. Como el desarrollo informacional pro-mueve la competitividad y el conocimiento, tie-ne un efecto positivo en el desarrollo humano. Al mismo tiempo, la promoción de la competiti-vidad exige altos niveles de desarrollo humano, en particular en términos de educación. Tanto el desarrollo informacional como la competiti-vidad dependen de las capacidades de los indi-viduos y de la sociedad. En el enfoque de desa-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

rrollo humano que proponemos, la competitivi-dad y la equidad se potencian mutuamente. El enfoque también supone sociedades y actores que promuevan activamente la interacción en-tre competitividad y desarrollo humano. En la práctica, para que las estrategias políticas re-sulten sustentables en el largo plazo tendrán que encarar simultáneamente el desarrollo hu-mano y el desarrollo informacional.

 

Una perspectiva renovada del desarrollo hu-mano necesita comprender los nuevos mapas y conceptos que dan cuenta de las conexiones entre los procesos de cambio en la sociedad red, el multiculturalismo y el Estado.

 

El medioambiente

 

El desarrollo humano está ligado a la degrada-ción ambiental y al surgimiento del cambio cli-mático. Estos temas presentan un desafío parti-cular y universal al mismo tiempo debido a la ne-cesidad de renovación del enfoque de desarrollo humano. El IDH 2011 destaca una suerte de pa-radoja entre el progreso en el desarrollo huma-no, especialmente en países con altas tasas de desarrollo, y su enorme impacto en la degrada-ción medioambiental. Es sencillo: con variantes, más desarrollo significa más contaminación; así se manifiesta la insostenibilidad de los actuales

 

102        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

patrones de crecimiento económico en el media-no y largo plazo.22 La insostenibilidad en el largo plazo resulta obvia para cualquiera, pero los re-sultados más impactantes se producirían en los países con los más bajos niveles de desarrollo humano (PNUD, 2011; PNUD, 2007-2008).

 

Figura 9.2. Amenazas medioambientales y de desigualdad al desarrollo humano

 

 

  1,0                   Caso base

              Países de        

                          Desafío medioambiental

  0,9       muy alto IDH Desastre medioambiental

                         

  0,8                  

DH        0,7       Países de bajo,            Caso base

Índice                medio y alto IDH       Desafío medioambiental

                         

  0,6                   Desastre medioambiental

                         

  0,5                  

 

 

0,4

 

0,3

1980      1990    2000    2010    2020    2030    2040    2050

 

Fuente: IDH 2011

 

 

 

  El habitante promedio de un país con el más alto ín-dice de desarrollo humano emite cuatro veces más an-hídrido carbónico y dos veces más metano y óxido ni-troso que las personas que viven en países con índices bajos, medios y altos, y cerca de 30 veces las emisiones de una persona de un país de bajo índice de desarrollo

humano (PNUD, 2011: 3).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El IDH 2007-2008 calculó que se necesitaría de nueve planetas (PNUD, 2007-2008: 3) si todos los habitantes de la tierra generaran la misma cantidad de gases de efecto invernadero que generan algunos países desarrollados. Según el PNUD (2011), hay una correlación positiva entre equidad y desarrollo sostenible: a mayor equidad global mayor sostenibilidad medioam-biental. Y la equidad no solo se asocia con me-joramientos en el bienestar, sino con el empo-deramiento de los actores del desarrollo y con la búsqueda de dignidad personal. La pregunta política que se debe plantear es qué es posi-ble en las circunstancias actuales. Algunas re-flexiones sobre este tema:

 

  La necesidad de diversificar los patrones de desarrollo según las metas y los valores interculturales relacionados con las comu-nidades y ciudadanos democráticos, des-tacando la dignidad personal y colectiva como valor central. Esto implica cambio de estilos de vida y de patrones de consumo y establecer un modo de vida reintegrado a la naturaleza.

 

  Un debate público global como recurso cla-ve para el logro de tales metas. La delibera-ción y el diálogo no solo son valiosos per se para resolver problemas y desarrollar metas,

 

Repensando el Desarrollo Humano desde la perspectiva de la sociología del actor  103

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sino también para evaluar resultados y par-ticipar en los procesos de construcción de los mismos.

 

3. La gestión de esta compleja política ecoló-gica debe ser flexible pero con metas claras que combinen la sustentabilidad, la equi-dad y la productividad (Hirschman, 1996).

 

 El papel de la educación y el conocimiento cultural es estratégico en la propuesta de un marco ecológico ligado a un renovado enfoque de desarrollo. Este marco se pre-senta tanto en el espacio intelectual como en el nuevo movimiento por la dignidad, especialmente entre los jóvenes (PNUD, 2009; Patel, 2010).

 

Todos los criterios anteriores se deben asociar con el fortalecimiento de las capacidades de acción de los movimientos ecologistas y con una creciente legitimidad de la opinión pública internacional favorable a un desarrollo ecológi-camente sustentable.

 

Exclusión e inclusión sociales

 

La exclusión social se entiende respecto a las relaciones sociales en cuestión y como la falta de derechos básicos y el consiguien-te deterioro de la dignidad humana. El pleno

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

goce de esos derechos es un prerrequisito para que se considere valiosa a una sociedad. Esta perspectiva incluye cuatro puntos: 1) las limitaciones a la participación y la [falta de respeto social] indican la ausencia de dere-chos básicos; 2) el énfasis se coloca no en los resultados del ejercicio de derechos básicos, sino en la igualdad en términos de libertades para gozar de esos derechos; 3) un reconoci-miento de que las personas tienen diversas capacidades para aprovechar las oportunida-des disponibles y; 4) el énfasis se coloca en las metas, no en los medios (así, por ejemplo, los ingresos se consideran uno de los muchos modos que pueden contribuir a la inclusión social) (Klasen, 1999).

 

En el enfoque que proponemos aquí, además de ser un derecho básico, el trabajo brinda re-conocimiento social; es el núcleo en torno de la dignidad social vinculada con un sistema de valores inclusivo: los que están empleados son miembros de una comunidad social y cultural y son reconocidos como ciudadanos plenos. Entonces, como argumenta Sen (2000), los efectos adversos de la pérdida de empleo no solo son una pérdida de ingresos, sino también una pérdida de capacidades, la ruptura de lazos sociales y la disminución de libertades indivi-duales. El trabajo genera identidad, refuerza

 

104        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

la dignidad y eleva las capacidades de agencia para la acción social.

 

En América Latina, por ejemplo, la desigual-dad y la exclusión social son los efectos más negativos de las reformas estructurales asocia-das con experiencias heterogéneas de globali-zación (PNUD, 2004a; Calderón, 2007b). Como tendencia general, la dinámica económica de las décadas recientes ha sido excluyente: mu-chos jóvenes han sido excluidos o incluidos de manera desfavorable (Kostzer, 2008). Si bien en los últimos años ha mejorado la situación, especialmente por la reducción de la pobreza, América Latina sigue siendo la región más des-igual del mundo (CEPAL, 2010). La gran mayo-ría de la gente en distintos países se ubica entre la exclusión y la inclusión desfavorable.

 

Necesitamos un cambio de perspectiva para encarar los desafíos que implica la compleja realidad de la dinámica entre exclusión e in-clusión. El IDH 1993 (PNUD, 1993) mostró que la dinámica de exclusión del mercado laboral estaba relacionada directamente con la diná-mica de competitividad económica y que éstas eran algunos de los principales límites para el desarrollo.

 

El enfoque de desarrollo humano destaca la necesidad de un esfuerzo concertado entre Es-tado y mercado, y sugiere algunos parámetros

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

que debieran gobernar la relación entre el Es-tado, lo público y el mercado. Esto requiere de una reflexión acerca del papel del Estado y de los mercados en términos del desarrollo de las personas. Los mercados son esenciales para el intercambio de bienes y servicios. Sin embar-go, ¿son capaces y completamente libres para promover la inclusión social de todos? ¿Qué tipo de influencia tienen en el desarrollo y la distribución de los ingresos? Como se muestra en el IDH 1993, los mercados tienen [barreras] y no son ni automática ni inevitablemente fa-vorables para las personas.23 Entonces, inclu-so si están operando de manera eficiente, los mercados pueden provocar un aumento de la pobreza, de la desigualdad y del desempleo. También pueden ignorar la sustentabilidad medioambiental y toda inquietud intergene-racional. El enfoque de desarrollo humano no solo necesita que los mercados sean eficientes, sino que consideren también la equidad y la sustentabilidad. En este sentido, sostenemos que la ética y la política, por medio de los ac-tores sociales —individual y colectivamente— intentan influir en los mercados para que in-corporen el paradigma de desarrollo humano y

 

 

  PNUD 1993 Human Development 1993, People’s Participation (Nueva York: Oxford University Press).

 

Repensando el Desarrollo Humano desde la perspectiva de la sociología del actor  105

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

más bien no subordinen el desarrollo humano

a una lógica reificante  del       mercado.24  Entre-

 

tanto el Estado —y especialmente el Estado de bienestar— ha sido un participante signi-ficativo en muchos procesos históricos, pro-moviendo la integración social y proveyendo garantías institucionales para la vida pública. Sin embargo sus acciones con frecuencia se ven perjudicadas por burocracias ineficientes e intereses económicos dominantes y por una restructuración financiera que tiende a des-truirlo, como se puede apreciar en Europa oc-cidental. Solo una ciudadanía compleja, crítica y autónoma puede imponer límites a la tenden-cia estatal a concentrar el poder o reorientar los mercados hacia un horizonte inclusivo. En este sentido, los modelos de desarrollo que se enfocan únicamente en el Estado o en los mer-cados son insuficientes en términos de desa-rrollo humano.

 

 

 

24  El IDH 1993 sostiene que los mercados deben ser

favorables para el público. Tres deficiencias del        merca-

 

do deben regularse: 1) deficiencias provocadas por mo-nopolios, controles de precios e intervención deficien-te del Estado; 2) disparidades entre las personas que participan en los mercados debido a exclusión racial o capacidades insuficientes y; 3) externalidades como la contaminación o la prevención de enfermedades conta-giosas (PNUD).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si el desarrollo humano no se asocia con in-novación y con la creación de un estado de lo público en términos del bienestar de la socie-dad, las limitaciones resultan obvias.

 

Según Sen, se debe entender la exclusión dentro del contexto más amplio de las rela-ciones sociales y la pobreza, en términos de falta de capacidades. De modo semejante, la pobreza no se puede considerar solo como una carencia de ingresos, sino como “vida empo-brecida”, es decir, desde una perspectiva rela-cional que toma en cuenta las múltiples dimen-siones de la pobreza y la exclusión. Según este planteamiento, las personas no solo aprecian y necesitan los ingresos, sino que aspiran tam-bién a no ser excluidas de las relaciones socia-les. En consecuencia, en este planteamiento la exclusión social integra la pobreza de capaci-dades (Sen, 2000). Si la exclusión es parte de la pobreza, entonces resulta central para la participación en la vida social y en la interac-ción con los otros. La imposibilidad de partici-pación constituye una privación. La exclusión también se puede ver, desde una perspectiva cultural y política, como la imposibilidad de elegir un modo de vida o los límites para ele-girlo (PNUD, 2004b).

 

Al mismo tiempo, estar excluido de las relaciones sociales puede conducir a otras

 

106        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

privaciones económicas que limitan aún más oportunidades. El desempleo, por ejemplo, puede generar empobrecimiento en términos económicos, lo que a su vez puede generar privación: por ejemplo, restringiendo el ac-ceso al conocimiento y estableciendo así una especie de círculo vicioso en el cual un tipo de exclusión conduce a otro. En suma, los di-versos tipos de exclusión (económica, social, educacional, cultural, laboral, etc.) suelen re-troalimentarse y conducen a la exclusión de la posibilidad de vivir una vida digna y una ciudadanía plena.

 

Es necesario considerar el dinamismo que adquiere la exclusión en un mundo rápidamen-te cambiante. Los procesos de globalización, informacionalismo y de comunicación en red incorporan permanentemente nuevos grupos a la interacción económica en un medio cultural y social determinado. En este sentido la globa-lización presenta tanto riesgos como oportuni-dades, si bien a las oportunidades solo pueden acceder los que no están excluidos (Sen, 2000). El proceso de globalización se debe pensar en términos de desarrollo humano.

 

En este contexto, la crisis, la incertidumbre y el riesgo son datos de las nuevas condicio-nes de desarrollo en la globalización. Nadie está totalmente libre de la exclusión. Incluso

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

los que participan de la economía y la política formales mantienen relaciones dependientes e incertidumbres dadas las fluctuaciones de la economía. Esta situación afecta fuertemente las capacidades de agencia de los individuos y de los actores sociales. Hoy no hay garantías de equidad o de movilidad social, porque el mun-do está experimentando un riesgo mayor debi-do al alcance global de la crisis económica. Así pues, la dinámica entre inclusión y exclusión está inmersa en un contexto de cambio cons-tante, de riesgo e incertidumbre, problemas que tiene que encarar un enfoque de desarrollo.

 

A esto se agrega la “inclusión desfavorable” en las economías desarrolladas, debido al alto riesgo de que conduzca a la exclusión. Por ejemplo, las demandas de mejores o más justas condiciones de empleo o de una participación social más igualitaria están vinculadas con una situación de inclusión desfavorable, no con una de exclusión. Sin embargo, debe quedar en cla-ro que la inclusión desfavorable y la exclusión no son lo mismo; quien, por ejemplo, está in-cluido desfavorablemente por las injustas con-diciones laborales en que trabaja puede estar excluido en otros aspectos de la vida social.25

 

 

  Para más referencias, ver el Anexo Estadístico: el Índice de Pobreza Multidimensional, que muestra la im-

 

Repensando el Desarrollo Humano desde la perspectiva de la sociología del actor  107

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sostenemos que están en juego tanto los beneficios como los costos de la globalización y de la crisis global. En este sentido, no solo la asignación de costos y recursos, sino tam-bién la orientación política de las políticas de desarrollo y de la crisis impactan en el equi-librio de poder.26 La noción de inclusión des-favorable es un reflejo de la ambivalencia de los resultados sociales más relevantes de la crisis global. Por una parte, los planes de aus-teridad implementados en la Unión Europea, y en menor medida en los Estados Unidos, han infligido costos significativos a sus ciuda-danos. Por otra parte, las políticas expansivas de economías emergentes, como en América Latina y especialmente en Brasil, han ayuda-do a sacar de la pobreza a más 60 millones de personas. En ambas situaciones, la evolución hacia una inclusión activa requiere de políti-cas consensuadas que promuevan desarrollo y equidad con énfasis en los grupos excluidos o algo excluidos de la sociedad. Las políticas deben combinar adicionalmente asuntos glo-bales y locales, como hace mucho demandan

 

 

portancia de la exclusión social en el desarrollo global; y Sen, A., Temas claves del siglo XXI, pp. 28-30.

 

  Para más detalle, ver el análisis de Beck (2013) de la crisis del euro y el modelo alemán.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

los movimientos alter-globalización. La tasa Tobin constituye, en este sentido, un ejemplo prometedor de Objetivos de Desarrollo del Mi-lenio renovados y más ambiciosos.27 En suma, incluso con diferentes “pisos históricos”, las economías desarrolladas podrían implemen-tar políticas orientadas a revertir las tenden-cias negativas en términos de degradación social, y las economías emergentes podrían enfocarse en sostener y expandir sus logros recientes. Este contexto está contribuyendo a la redefinición de las relaciones entre los paí-ses y su interdependencia.

 

Es importante analizar la relación entre la exclusión socioeconómica y la exclusión po-lítico-cultural. El progreso conseguido por las economías del Sudeste asiático, cuyo éxito se suele presentar como un ejemplo a imitar en América Latina, está relacionado con la habi-lidad de sus gobiernos para evitar la exclusión en el campo de la educación y de las oportu-nidades sociales básicas, aunque en el campo político se ha limitado la inclusión, lo cual es quizás el problema más serio de desarrollo hu-mano en esos países.

 

 

 

 

  Ver el Informe de Desarrollo Humano 2003.

 

108        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Conflictos sociales

 

Los actuales conflictos sociales están en el centro de los temas estratégicos y están siendo enteramente redefinidos por los impactos de la globalización. Aún más, son principalmente el resultado de un conflicto redistributivo aso-ciado a los impactos de la globalización. Las diversas dimensiones de la actual crisis global, y especialmente las consecuencias sociales de algunas políticas económicas que son útiles al capital financiero global o regional, redefinen el conflicto social. Hoy estamos experimentan-do un cambio en el sistema político global de toma de decisiones y esto afecta las diversas matrices del orden social emergente. Vivimos en un mundo multipolar con economías emer-gentes como China, Rusia, Sudáfrica, India y Brasil. La crisis multicultural y las limitacio-nes de una convivencia multicultural adquie-ren muchas formas en Europa y en Estados Unidos, especialmente entre Occidente y el mundo árabe musulmán. En última instancia, redefinen la crisis ecológica y las graves difi-cultades de las economías centrales para lo-grar acuerdos políticos sobre los impactos del cambio climático.

 

Todas estas crisis, cambios y conflictos tienden a tener efectos sistémicos y globales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En América Latina, por ejemplo, un estudio reciente concluyó que no solo existe el man-tenimiento de extensos e intensos conflictos asociados a la reproducción social y la inclu-sión, la legitimidad institucional y el orden multicultural, sino también conflictos que combinan una lógica nacional contra los es-tados y los poderes internacionales con otra que se basa en lo global en función de una anti o alter-globalización. Además, la mayoría de las agendas de poder, opciones de políticas y narrativas de conflicto se producen en un nue-vo espacio público cada vez más interactivo y tecnológico de redes de comunicación (C. Rojas, 2011).

 

Varios estudios han mostrado que en esta época de crisis las distintas demandas y con-flictos sociales tienden a multiplicarse y frag-mentarse. Son el resultado de cambios en el proceso de globalización; la política y las op-ciones clásicas de desarrollo no han sido ca-paces de procesar y gestionar rápidamente las demandas en la vida cotidiana de la gente.

 

En términos generales, los cambios pare-cen estar relacionados con los límites de un patrón cultural de consumo asociado con una reificación del mercado como núcleo de la vida social: un límite estructural de la re-producción del entorno a una acelerada di-

 

Repensando el Desarrollo Humano desde la perspectiva de la sociología del actor  109

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ferenciación social con altos niveles de con-centración de ingresos, recursos y poder eco-nómico y en última instancia un límite a un policentrismo social que tiene una capacidad enorme para ser gobernado por las actuales opciones políticas.

 

La lógica del conflicto y la acción social se expresa en la actualidad en una pluralidad de actores, muchos de ellos circunstanciales, que tienden a moverse hacia redes de información y comunicación. Las redes sociales se están convirtiendo entonces en lugares donde las personas pueden manifestar y desarrollar rela-ciones de conflicto y poder y no solo en las so-ciedades de la información y el conocimiento, sino también en sociedades y economías indus-triales y precapitalistas.

 

En un estudio sobre conflictos y movimien-tos recientes en las redes, centrados en las demandas de dignidad y cambio, Castells ha caracterizado los movimientos de la siguien-te manera: como conectados y descentrali-zados en redes de numerosas maneras y de forma flexible; como construyendo espacios autónomos que vinculan la red con el espa-cio público; como locales y globales al mismo tiempo; como combinando la búsqueda de nuevos modos de vida con el uso de un “tiem-po atemporal”; como siendo intercomunicati-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

vos entre diferentes partes de la red global; como articulando el papel de la deliberación política entre la indignación y la exigencia de un nuevo tipo de sociedad y de política; como en búsqueda de unidad y solidaridad, y como indicadores de la naturaleza reflexiva de los seres humanos y de su búsqueda de valores sociales que efectivamente puedan influir en la opinión pública con consecuencias para el régimen y el sistema político. Lo que estaría en juego, en última instancia, es la posibilidad de autonomía del sujeto y un nuevo patrón de desarrollo (Castells, 2012). En general, los in-formes y la teoría del desarrollo humano han concedido poco espacio al papel estratégico de los conflictos en el desarrollo. El tema del conflicto, como uno de los mayores factores de desarrollo, ha surgido más bien en el ni-vel sub-regional o nacional. La teoría de la agencia social solo asume implícitamente el tremendo poder que los conflictos tienen en la viabilidad de las estrategias de desarrollo y cambio.

 

La definición de desarrollo humano en consonancia con una nueva era todavía es una tarea pendiente. En el centro de ese cambio se sitúan los problemas de exclusión y las opciones para una renovada agencia de desarrollo.

 

110        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hacia una agencia de actores de desarrollo humano

 

Desde una perspectiva de la agencia de los acto-res del desarrollo humano, el asunto central es la posibilidad de que los excluidos puedan trans-formar sus necesidades en demandas y acciones e interactuar con la sociedad y en las esferas ins-titucionales.28 En este sentido, el mejoramiento de las condiciones de vida y la integración polí-tica de los excluidos son asuntos democráticos en relación con el Estado y con todos los aspec-tos y temas estratégicos mencionados.

 

Por esta razón es muy importante promover la agencia de inclusión y justicia. La perspecti-va de desarrollo humano plantea la necesidad de vincular exclusión e inclusión por medio de las nociones de dignidad e igualdad de dere-chos. Estas nociones se pueden vincular direc-tamente al ejercicio de una ciudadanía activa (Calderón, 2007a).

 

La exclusión de la participación política se puede considerar una privación y una ne-gación de libertades políticas y de derechos civiles. Como contrapartida, la inclusión po-lítica crea oportunidades para que se avance

 

 

 

28  Para más explicaciones, ver PNUD (2009), capítulo I.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

en las áreas restantes. Sin embargo, la ciu-dadanía ha adquirido una dinámica distinta a la que tenía en sociedades clásicas y de-pendientes. La ciudadanía tiene que encarar las transiciones y conflictos en sociedades crecientemente policéntricas y cambiantes. Esto produce una explosión de nuevas nece-sidades y derechos relacionados con un cam-po más amplio que el de la clásica ciudadanía política y social: el derecho a la educación requiere vincularse con el derecho al trabajo y redefine también la ciudadanía social. Los derechos de género, las minorías sexuales, la identidad cultural, los temas medioambienta-les y el acceso a la sociedad de la informa-ción, entre otros asuntos, pueden redefinir la acción en nuevas áreas.

 

El concepto de “agencia de ciudadanía” pue-de ser un recurso interesante para enfrentar estos temas. Esta agencia tiene el poder de mo-vilizar las capacidades de los ciudadanos para modificar un contexto particular y promover mayor equidad en el acceso a la propiedad y los servicios y mayor libertad de elección, que resultaría en una mayor inclusión social.

 

Una agencia de ciudadanía podría generar, a través de condiciones estructurales y políticas específicas, mayor inclusión e igualdad social. Por otra parte, este tipo de agencia podría pro-

 

Repensando el Desarrollo Humano desde la perspectiva de la sociología del actor  111

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

mover la renovación y la sustentabilidad del desarrollo humano.

 

Estamos hablando, desde esta perspectiva, de un desarrollo en el que prevalece la noción de ser humano como actor: una fuerza abierta a la acción creadora, poseedora de una voluntad y una capacidad para transformar el desarrollo en términos de su relación con otros, con ellos mismos y con su entorno. Se trata de un nuevo tipo de coexistencia: ser parte, en última ins-tancia, de una comunidad de ciudadanos.29

 

En otras palabras, aumentando el grado de inclusión cultural hay condiciones para una mayor agencia. Si aquella disminuye, será más difícil que haya agencia. Una inclusión dismi-nuida o desfavorable produciría una capacidad limitada de acción o agencia. En suma, agencia e inclusión pueden configurar el círculo virtuo-so del desarrollo. Esto implica la presencia de mediación política, ya que solamente la políti-ca puede potenciar una interacción fructífera entre inclusión social y agencia de ciudadanía. La agencia supone también la presencia de al-gunas condiciones económicas básicas. Es po-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sible asimismo que los ciudadanos intenten ar-ticular el reconocimiento de identidades y de derechos políticos, económicos y sociales de participación en el proceso de toma de deci-siones. Mientras más equitativo y sinérgico sea el equilibrio entre reconocimiento, distribu-ción y participación, mayor será la capacidad de operatividad y dignidad humana. En cam-bio, mientras menor sea el nivel de equilibrio y sinergia, menor será la capacidad de agencia y mayor la exclusión.

 

Cada contexto social mostrará entonces di-ferentes situaciones y relaciones que resulta-rán en distintos equilibrios, incluso dentro de una misma comunidad o conglomerado social. La determinación de qué es importante en una agencia de ciudadanía es indispensable para identificar el nivel deseado de articulación entre reconocimiento, distribución y participación.

 

Vale la pena observar que no hay una jerar-quía predeterminada para la articulación entre reconocimiento, distribución y participación. De hecho, esa articulación varía según proce-sos históricos específicos.30 Un índice de agen-

 

 

 

 

  Para una perspectiva comparativa y teorética sobre el desarrollo humano, ver PNUD 2008 Ciudadanía y desarrollo humano. Cuaderno I de gobernabilidad de-mocrática (Buenos Aires: Siglo XXI) y PNUD (2004b).

 

 

 

             Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            䀀  Ā          Ā Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ             Para una discusión sobre cultura, acción pública y deliberación, ver Sen, A. “How Does Culture Matter?” y Calderón, F. y Szmukler, A. “Political Culture and Deve-lopment”, en Walton, M. y Rao, V. (2004).

 

112        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

cia calculado para cuatro ciudades del Merco-sur —Asunción, Buenos Aires, Montevideo y Río de Janeiro— no solo identificó la fortaleza de la agencia de ciudadanía y el significativo papel de las mujeres, sino que también encon-tró diferencias entre las generaciones más jó-venes en términos de la relevancia atribuida a la distribución y a la participación.31

 

Si la exclusión y la calidad de la vida co-tidiana constituyen los desafíos principales para el desarrollo humano, la articulación y traducción de una agencia de reconocimiento de derechos, y la distribución y participación necesarias para enfrentar esos desafíos, im-plica que los actores pueden transformar sus necesidades en demandas y en acciones que modifiquen su realidad, es decir, que pueden convertirse en actores de su propia emanci-pación. Pero esto supone también cierta dis-posición subjetiva hacia un desarrollo eman-cipatorio que permita articular tradición con innovación e individualización con desarrollo colectivo. En este área es vital, para el desa-rrollo de sociedades aceptables, un renovado papel del espacio público como lugar de en-cuentro e intercambio cultural.

 

 

  Informe de Desarrollo Humano de Mercosur 2008-2009 (PNUD).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La construcción de esta capacidad operati-va está relacionada indirectamente con la ca-pacidad de un actor para combinar sus metas (guiadas por valores) con su identidad y con los problemas o conflictos que implique el lo-gro de esas metas. El estudio del actor, en par-ticular, determina por lo menos cuatro áreas de desarrollo:

 

•• Primero, todo actor busca ciertos tipos de orientación y desde alguna de estas orienta-ciones vive una experiencia de participación. Los niveles y formas de la participación de un actor determinan la fortaleza de sus metas.

 

•• Segundo, todo actor tiene su propio hori-zonte temporal, definido en su mayor parte por sus acciones, desde el sistema de rela-ciones de exclusión-inclusión. Entonces, incluso cuando los actores tienen su propia continuidad histórica y sus propias expe-riencias, su orientación o motivación princi-pal se define por puntos de inflexión, crisis y conflictos.

 

•• Tercero, los actores muestran una evolución heterogénea según sus diferentes identida-des, los desiguales niveles de desarrollo en términos de información, conciencia, orga-nización y finanzas personales, sus ciudades o comunidades.

 

Repensando el Desarrollo Humano desde la perspectiva de la sociología del actor  113

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

•• Cuarto, es importante considerar el impacto de los actores en las relaciones sociales y en la sociedad, no solo por las acciones aisla-das sino también por un área de conflicto en la cual los actores involucrados se modifican a sí mismos para conseguir una meta (Tou-raine, 1984 y 2005).

 

El actor es primordialmente un ciudadano. Su desarrollo como persona es inseparable del desarrollo humano. La construcción de su ver-dadera libertad y dignidad es inseparable de la vida colectiva de su sociedad. Sen (1998) iden-tifica las condiciones que se requieren para ser un agente y la relación entre agencia, libertad personal y compromisos colectivos. La libertad con bienestar es un tipo particular de libertad y por lo tanto se la define como la capacidad de una persona para lograr muchas cosas y disfru-tar el bienestar.

 

Este concepto debe diferenciarse de la liber-tad de ser un agente, que alude a lo que la perso-na es libre de hacer y a que persigue las metas o valores que considera relevantes. La faceta de actor de un individuo no se puede comprender sin considerar sus objetivos, propósitos y obli-gaciones y su concepción del bien. Mientras que la libertad de bienestar puede lograr cual-quier cosa determinada, la libertad de agencia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

es más general: es la libertad para obtener cual-quier cosa que la persona, como actor respon-sable, se proponga conseguir.

 

La libertad implica el reconocimiento de la pluralidad constitutiva de las sociedades mo-dernas. Esta idea de libertad abarca dos aspec-tos diferentes: poder y control. En el primer aspecto la libertad de una persona se puede evaluar sobre la base de su poder para lograr resultados específicos sin referencia a meca-nismos o procedimientos de control. Al poder no le importa cómo ocurren las elecciones mientras se obtengan los resultados deseados. El poder efectivo permite la elección contra-fáctica: las cosas podrían hacerse de acuerdo al conocimiento que se tiene sobre lo que el individuo elegiría si realmente tuviera control sobre el resultado. El control, sin embargo, se refiere a la capacidad de monitorear el proceso y los mecanismos utilizados. En democracia, es el ejercicio de los derechos y obligaciones de los ciudadanos. Supone además —como ya se mencionó— una cultura de solidaridad en los procedimientos.

 

Estas ideas ayudan a comprender cómo construir una opción colectiva respetando la autodeterminación de las personas. La capa-cidad de construcción de una agencia de ciu-dadanía requiere de un proceso deliberativo,

 

114        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ya que la agencia debe construirse en relación con otros. Es imposible, incluso en los más ab-surdos escenarios de soledad, pensar en una acción aislada. Toda acción individual o colec-tiva, en el nivel real o en el nivel imaginario, supone la presencia de otros.

 

Actor y agencia constituyen en este contex-to una suerte de dialéctica del desarrollo hu-mano. A medida que aumenta la agencia del actor, éste puede utilizar más capacidades de autodeterminación y generar más opciones de vida según sus valores y aspiraciones. Pero también los actores pueden desarrollar, en un nivel subjetivo, un sentido crítico y reflexivo de su propio accionar, pensándose a sí mismos como una articulación entre innovación y tra-dición, por una parte, y entre individualidad y colectividad, por otra.

 

El mundo está experimentando un proceso de cambio peculiar suscitado por la crisis de la globalización. Procesos globales que trascien-den la soberanía nacional (Beck, 2006) gene-ran asuntos críticos que afectan la vida diaria de personas y gobiernos. No todo el mundo ni todas las cosas están globalizados, pero las redes globales afectan a todos y a todo. La brecha creciente entre el deterioro ambiental y exclusión que generan los problemas finan-cieros (globales) y el espacio en el cual estos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

problemas se manejan (el Estado-nación), es una fuente de la actual crisis de desarrollo. Los déficit de eficiencia, legitimidad, identidad y equidad, que afectan a las instituciones de go-bernabilidad, están reforzando ahora la necesi-dad de construir áreas multilaterales y globales de gobernanza. La crisis global tiene algunas características que, por una parte, afectan los actuales planes políticos y económicos de ac-ción, pero por otra crean nuevas posibilidades para discutir temas de desarrollo en un nivel a la vez nacional, regional y global.

 

Estos desafíos han sido planteados con fre-cuencia por actores socioculturales y redes sociales no gubernamentales, pero también a través de las limitaciones que enfrentan la cooperación internacional y los organismos de crédito —como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional— y también Naciones Unidas y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo. Son instituciones que necesitan cambiar su cultura organizacional para enfren-tar los cambios y las nuevas relaciones de po-der emergentes.

 

Como resultado de esta crisis, la sociedad civil y los actores no gubernamentales desarro-llan mecanismos que defienden los intereses, necesidades y valores de los ciudadanos y afec-tan la respuesta de los gobiernos. Hoy existe

 

Repensando el Desarrollo Humano desde la perspectiva de la sociología del actor  115

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

una esfera pública que opera en una arena po-lítica internacional no sujeta mecánicamente a ningún poder soberano y configurada por la geometría variable de relaciones entre Estados y actores globales (movimientos, corporacio-nes multinacionales, religiones, creadores de cultura y cosmopolitas intelectuales y globa-les). Se forma así una “sociedad civil global”. Y precisamente en este espacio se puede dar sentido a las experiencias colectivas de delibe-ración social internacional.

 

Uno de los problemas que genera la globali-zación y el cambio político es la complejidad y la transformación de economías y sociedades versus los límites de la política y de las insti-tuciones del Estado nacional para procesar los cambios. Las sociedades son cada vez más policéntricas y los políticos tienen dificultades importantes para decodificarlas y gobernarlas. Hay escenarios políticos nuevos, pero aún no existen mapas apropiados para navegar por ellos.32 Se está abriendo el horizonte cultural del cambio político.

 

Los cambios que han ocurrido en las dimen-siones de la agencia y sus relaciones —logros de capacidades, orientaciones, de desarrollo y

 

 

32  Para más información, ver Calderón y Lechner

(1998) y Lechner (2002).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

campos de desarrollo— se orientan a la indivi-dualización sin desconocer nuevas demandas colectivas y el reconocimiento de otros que provienen cada día más de otras culturas. El multiculturalismo y la individualización, junto con la redefinición de metas colectivas que hoy son más socioculturales y prácticas y no polí-ticas en sentido estricto, ya forman parte del inventario de una nueva agencia de los actores del desarrollo que se observa en todas partes. Estos cambios en la agencia, en el contexto de la cultura de la tecno-sociabilidad, están rede-finiendo la solidaridad y las metas colectivas, pero también están provocando tensiones en-tre lo público y lo privado, entre lo individual y lo colectivo, entre la tradición y la innovación. Por otra parte, se advierten discrepancias entre la construcción personal de la individualización y la construcción de individuos autónomos por parte de la sociedad. Se está redefiniendo lo so-cial mismo.

 

Las posibilidades de construir una agencia de desarrollo en el espacio público debieran estar relacionadas con la renovación de las políticas públicas, el reconocimiento de condi-ciones estructurales y la subjetividad y cultura que conllevan estos procesos. Por lo tanto se requiere de una agenda política para fortalecer capacidades, especialmente que los jóvenes

 

116        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

comprendan y actúen en sus propios procesos de cambio y consecuentemente en sus socie-dades. El derecho a la acción política, entendi-do como un bien colectivo, es tanto un bien so-cial como un bien común. Como ha afirmado Rawls (1971), un acuerdo social solo es justo cuando, comparado con otros acuerdos socia-les, las personas que en la sociedad se encuen-tran en la posición menos ventajosa obtienen una posición mejor. Aquí la capacidad integra-dora de la política se refiere a la política como un promotor de poder democrático en el cual los distintos agentes —o actores— intercam-bian argumentos y propuestas para construir opciones. Una política para y de los actores tendría que hacerse cargo de la diversidad de subjetividades y condiciones estructurales. Esto requiere que se tenga en cuenta la nueva “politicidad”: más local y enfocada en la vida cotidiana, preocupada por asuntos ambienta-les y culturales, y tendiente a una inclusión social que integre educación y empleo y lo in-dividual con lo colectivo.

 

El desarrollo de la capacidad de agencia de los actores del desarrollo solo sería posi-ble en la esfera pública, entendida como el lugar de encuentro entre la sociedad y el Es-tado, donde se desarrollen lazos políticos por medio de la participación pública y donde la

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

comunicación entre distintos puntos de vista incida en la evolución de las instituciones po-líticas. El espacio público no solo es un espa-cio instrumental de encuentros, sino también el patrimonio cultural de ideas y proyectos de una sociedad que está alimentando continua-mente el debate público. El desarrollo de una cultura política democrática es decisivo, ya que permite la acumulación de experiencia e innovación en el desarrollo democrático. En este sentido, las virtudes y valores de una de-mocracia pluralista que conectan el sentido público con el bien común constituyen una garantía de sustentabilidad de la democracia y el desarrollo humano.

 

 

Corolario: hacia una pedagogía para renovar la perspectiva

 

La renovación de la perspectiva presupone, sobre todo, el mantenimiento y adaptación del terreno para los cambios y desafíos de una cri-sis multiglobal. Esto descansa en la promoción de una suerte de “cultura de pedagogía de de-sarrollo humano” y se centra en la renovación de las capacidades de agencia de actores indi-viduales y colectivos para combinar espacios locales con espacios globales y áreas históri-

 

Repensando el Desarrollo Humano desde la perspectiva de la sociología del actor  117

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

cas con innovación cultural y tecnológica, en una lógica de resultados centrada en valores de dignidad y en horizontes subjetivos abier-tos. Esto implica, por una parte, mantener y fortalecer una reflexión orientada por valores prácticos de resultados y, por otra, una re-flexión teórica basada en normas abiertas de desarrollo humano que apunten a lograr digni-dad como una condición de libertad humana.

 

La dignidad y la libertad son tanto sustanti-vas como procedimentales. Sustantivas, por-que están abiertas a varias opciones en relación con los actores y sus habilidades y destrezas para manejar códigos en sociedades de riesgo en cambio constante —dados los procesos del informacionalismo y la globalización—, y sus capacidades de acción y reflexión en relacio-nes conflictivas en un orden democrático. Pro-cedimentales, porque implican experiencias deliberativas para elegir opciones y metas en términos de resultados y porque permiten la op-timización de intereses particulares asociados con lo público. La deliberación entre diferentes es el modo de creación e innovación sustanti-va del desarrollo humano. Los acuerdos que puedan surgir serán más exitosos cuanto más alta sea la contribución de múltiples actores. La deliberación es un procedimiento óptimo para el desarrollo humano, porque es legítima

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

y efectiva para combinar opciones personales y colectivas.

 

La pedagogía del desarrollo humano sería una nueva manera de pensar sobre el ambiente y la cultura. Es una manera “ecológica” de pen-sar, en la cual el actor es parte de la naturaleza y de sus cambios y no se opone a ella. El actor ni domina ni destruye la naturaleza. La natu-raleza es parte intrínseca de un renovado de-sarrollo humano. Es necesario cambiar, entre otras cosas, la manera de pensar las relaciones entre el hombre y la naturaleza. Las metas de libertad y dignidad no pueden excluir la pre-servación del equilibrio ecológico. Recuperar ideas filosóficas acerca de la naturaleza, como las andinas, que buscan una armonía fructífera entre la naturaleza y los seres humanos, es tam-bién una tarea intelectual pendiente.

 

Esta nueva pedagogía supone una política pú-blica que busque confrontar subjetividades y cul-turas, las complejidades de la realidad contempo-ránea y, desde allí, redefinir las metas del desarro-llo humano con un espíritu de austeridad y paz.

 

En conclusión, desde una perspectiva re-novada de desarrollo humano, la crisis global —más allá de sus diversos componentes y dimensiones— pone de manifiesto que las ac-tuales opciones económicas y financieras de desarrollo basadas en patrones culturales de

 

118        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

consumo, niveles extraordinarios de concen-tración de riqueza, exclusión social y cultural, pobreza, degradación medioambiental e insti-tuciones políticas y democráticas debilitadas, tanto en el nivel local como global, no son sus-tentables en el largo plazo ni una solución a la crisis. El surgimiento de nuevos conflictos y de demandas centradas en las subjetividades y en la dignidad de los individuos y las comunida-des, como nuevas condiciones y dinámicas de la sociedad red y de la economía de la tecno-logía de la información y de la comunicación, parece tornar evidente la necesidad de renovar un patrón de desarrollo humano sustentable que se base en la calidad de vida de la gente, en la paz, el pluralismo cultural y el bien común. Esto constituiría un nuevo tipo de sociedad de bienestar basada en la dignidad humana, en la cual los sujetos del desarrollo son las personas, y sus comunidades expanden y renuevan sus capacidades de agencia, vinculando creativa-mente el desarrollo humano con el desarrollo informacional y el multiculturalismo.

 

 

Observaciones finales

 

Hemos sostenido que las actuales demandas y protestas socioculturales provocadas por la

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

crisis global están profundamente arraigadas en una reevaluación de la dignidad de las perso-nas y de diversos grupos multiculturales. Estas demandas de dignidad y el impacto negativo de la crisis global y la incertidumbre que genera, requieren de una reingeniería del enfoque de desarrollo humano, que se profundice y amplíe con las posibilidades que crea el desarrollo in-formacional. Nuestras observaciones finales en este sentido son las siguientes:

 

Primero, el vínculo entre competencias y li-bertades debiera redefinirse según la subjetivi-dad y la dignidad de las personas. La dignidad humana se ha convertido, en términos genera-les, en un valor esencial no solo en los niveles locales y nacionales sino como un bien univer-sal deseable. Las personas son los actores fun-damentales de este enfoque de desarrollo.

 

Segundo, las metas del enfoque menciona-do son factibles de lograr, pero no están ase-guradas debido a los riesgos e incertidumbres inherentes a nuestras actuales sociedades. En particular, las metas clave son las siguientes: 1) aumento de la agencia política de los actores del desarrollo; 2) fortalecimiento de las capa-cidades informacionales para interactuar con eficiencia en las redes sociales y; 3) conexión de las demandas de dignidad y derechos huma-nos con un desarrollo informacional inclusivo

 

Repensando el Desarrollo Humano desde la perspectiva de la sociología del actor  119

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

e intercultural. La dignidad es a un tiempo uni-versal e indivisible en nuestro enfoque.

 

Tercero, nuestra perspectiva —que está ba-sada en el reconocimiento de las capacidades de agencia de las personas— considera el pa-pel que desempeñan los numerosos conflictos sociales sin que importe su origen (local, na-cional, global, económico o medioambiental). Los consiguientes conflictos e incertidumbre impactan el espacio principal donde se define la probabilidad de que este enfoque de desa-rrollo humano forme parte de un nuevo “cam-po de historicidad”. En este campo de histo-ricidad, tres opciones principales disputan las orientaciones de la sociedad red y de la tecno-economía: una centrada en el Estado, otra cen-trada en el mercado y una tercera centrada en las personas.

 

Cuarto, nuestro enfoque propone una reno-vada asociación entre mercados, estados y so-ciedades, en la cual el bienestar de todos se va-lore como bien público y como una orientación tanto para los mercados como para los estados.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Finalmente, este reenfoque de desarrollo hu-mano sostiene que los principales obstáculos para que el desarrollo humano haga avanzar la dignidad de las personas son la ausencia o las limitaciones de libertad real y de libertad cultu-ral y la prevalencia, cuando no crecimiento, de las desigualdades. Existe, en particular, un au-mento significativo de inclusión desfavorable; personas pobres de las economías emergentes y también de algunas economías en desarrollo se han convertido en semi-incluidos. Es vital entonces lograr una asociación genuina entre innovación, inclusión sociocultural y sustenta-bilidad medioambiental.

 

En suma, defendemos un desarrollo humano renovado, centrado en la agencia de los actores socioculturales, que buscan jugar un rol signifi-cativo en la sociedad de la información por me-dio de la articulación de innovación, equidad, libertad real y sustentabilidad medioambiental. No estamos buscando un mundo idílico. Sólo estamos reconociendo que una sociedad mejor es posible.

 

 

 

Carisma, sociedad y política*

 

 

Fernando Calderón G. y Daniel Moreno**

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Introducción

 

La política va más allá que las instituciones, las estructuras económicas y las cifras estadísti-cas. Sin negar su importancia, en el presente ensayo se busca indagar en los principales atri-butos y la influencia de los líderes políticos en algunos procesos históricos y especialmente de aquellos que experimentan una importante legitimidad carismática.

 

América latina, con todos sus matices, sería imposible de entender sin la fuerza de sus líde-res carismáticos, sin embargo, los estudios so-bre ellos son escasos. De ahí la importancia de profundizar la comprensión del fenómeno ca-rismático, no sólo como factor histórico sino

 

 

  Este trabajo fue escrito junto a Daniel Moreno y fue publicado originalmente en el libro América Latina ¿Del neoliberalismo al desarrollo? 2013 (Buenos Aires: Siglo XXI/PNUD).

 

  Agradecemos la colaboración de Caterine Colombo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

también sus aspectos teóricos. En este senti-do, éste es un ensayo experimental y adolece de una seria de limitaciones empíricas y me-todológicas. No obstante, a juicio de los auto-res, puede constituir un aporte al momento de entender los procesos de cambio político y los patrones de desarrollo que se analizaron en el presente libro y además permiten contextuali-zar el estudio de los liderazgos emergentes y conectores del próximo Tomo de la colección promovida por el PAPEP.

 

Las consecuencias de las reformas estructu-rales, del Estado mínimo y de gobiernos neo-liberales, son un hito fundamental para com-prender la situación actual en Latinoamérica, con un saldo de crisis e “inflexión histórica” en numerosos países de la región. Tal cambio produjo diversas orientaciones políticas de dis-tinto corte ideológico. Sin embargo, lo más sig-nificativo ha sido la demanda social de retorno del Estado –como actor central del desarrollo y la política– en casi todos los casos nacionales

 

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y con ello la instalación, en la mayor parte de los países, de líderes con rasgos carismáticos, que impulsan políticas neo desarrollistas desde el poder político. Si se agregan las condiciones económicas internacionales relativamente fa-vorables sobre todo para Sudamérica, es posi-ble sugerir el inicio de un nuevo ciclo histórico, y quizás de desarrollo, que en buena medida descansa en estos líderes, pero también en la consolidación de una democracia electoral que hasta el momento tiende a reforzar tanto su legitimidad como la de las fuerzas políticas que los acompañan. La posibilidad de este neo desarrollismo estaría en el centro del juego po-lítico en la región.

 

Desde una perspectiva de mediano plazo la sostenibilidad y dirección de tales procesos es-tarían fuertemente asociados con los cambios recientes en las sociedades latinoamericanas y con la sociedad del conocimiento y la tecno-economía de la información.

 

Así, el enfoque del presente estudio plantea que en América Latina existe una cierta cultu-ra política del liderazgo político carismático y, como tal, tendría un carácter acumulativo y condicionante, pero también, espacios de liber-tad y renovación. El líder aunque esté condi-cionado estructuralmente actúa sobre la base de su conocimiento, iniciativas e intuiciones.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En este sentido, para comprender los actuales procesos políticos y de desarrollo es importan-te considerar, al menos, algunas referencias históricas y sociológicas sobre la relación en-tre carisma, instituciones y sociedad.

 

Este texto parte de una revisión conceptual breve del carisma y plantea algunos rasgos clásicos del carisma político latinoamericano tanto de los líderes históricos de la primera ge-neración nacional popular como de los actua-les líderes. Estos, como se verá a lo largo del texto, promueven orientaciones neo desarro-llistas, con fuertes rasgos nacional populares o populistas y actúan en espacios democráticos que refuerzan su legitimidad. A continuación, se estudia algunas características de la subje-tividad ciudadana a partir datos provenientes de encuestas de opinión pública, tratando de detectar las demandas sociales de este tipo de liderazgo en la región. Aquí se supone que la demanda por determinado tipo de líderes sur-ge de las condiciones subjetivas y objetivas de la sociedad, así como de sus experiencias re-cientes y valoraciones pasadas. Se considera, además, que estos fenómenos estructurales y cotidianos se dan en sistemas políticos que tie-nen un carácter cada vez más global.

 

La hipótesis que organiza el ensayo es la existencia de una asociación entre carisma,

 

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sociedad y política como un rasgo central de los procesos históricos de buena parte de los países latinoamericanos. Cuando los pisos ins-titucionales son relativamente débiles, la inte-gración nacional insuficiente y el tejido social ha sido resquebrajado, el peso de la demanda subjetiva por líderes carismáticos tiende a ser mayor. A su vez, tales líderes plantean pro-puestas y realizan prácticas sobre la base de la inclusión y cohesión socio cultural, mientras generan nuevos mecanismos de legitimidad y dominio institucional.

 

Estudiar y reconocer este fenómeno no im-plica necesariamente la justificación o valora-ción excesiva de los actuales procesos neode-sarrollistas sino el reconocimiento de que hoy en día marcan el curso incierto de la historia. Como afirman Cardoso y Faletto: “Sabemos que el curso concreto de la historia, aunque sea señalado por condiciones dadas, depende en gran parte de la osadía de quienes se propo-nen actuar en función de fines históricamente viables.”(Cardoso y Faletto, 166:2011)

 

 

1. Reflexión conceptual e histórica

 

En la teoría sociológica, el análisis de los líde-res políticos con características de liderazgo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

fuerte” y estratégico, suele referirse al carisma como un rasgo peculiar de la personalidad de los líderes, que independientemente de su sig-no ideológico, han jugado un papel relevante en la historia de sus sociedades. Sin embargo, lo fundamental no es el carisma político per se sino las condiciones estructurales e históricas particulares que condicionan y posibilitan este tipo de liderazgo. Más aún, los tipos de líderes carismáticos son muy amplios y diversos y pue-den tener signos políticos y culturales diferen-tes. Desde papas Católicos como Juan XXIII, hasta lideres como Otto von Bismark en Ale-mania, Vladimir Lenin o León Trostky en Rusia, así como líderes democráticos como Winston Churchill, Franklin Delano Roosevelt en el mundo anglosajón, Nelson Mandela en Sudá-frica; Juan Domingo Perón, Salvador Allende o Fidel Castro en Latinoamérica.

 

En sus orígenes, el carisma se relacionaría con la cultura del “don” (Marcel Mauss: 1971). A partir de ella, y en situaciones históricas –y específicas–, una persona dotada de una fuerza psicológica especial o carismática se transfor-ma en líder, sobre la base de una relación de in-tercambio con la gente. Para Boudon y Bourri-caud (1980:78) el carisma “puede ser definido como una relación de poder fuertemente asi-métrica, entre un guía inspirado y una corte de

 

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seguidores que reconocen en él, y en su mensa-je, la promesa y la realización anticipada de un orden nuevo, al cual ellos de adhieren con una convicción más, o menos, intensa”.

 

El origen del carisma según Bobbio (1985:219) “se relaciona con temores colecti-vos de pueblos enteros, con estados de insegu-ridad radical y de ansia generalizada”. El líder carismático constituye una respuesta a esas situaciones. “Se le acepta como portavoz de la nueva seguridad fundamental, de la esperanza, del fin del sufrimiento”. El carisma descansa tanto en las demandas, valores y aspiraciones de la gente como en los talentos especiales y pertinentes del líder. Hay una especie de dia-léctica líder-masa. El líder atrae y asusta, po-see una suerte de gracia, virtud excepcional o don, que a la vez es un enigma. Crea una idea de comunidad, produce ilusión y es deman-dado o esperado por la gente. De ahí que este don le otorgue al líder un poder extraordinario, que hipnotiza, atrae, pero a la vez amenaza. El líder incluye, protege, se sacrifica. Es un “su-perhombre” que se sacrifica y exige sacrificios. Transforma a los sujetos pasivos o huérfanos en sujetos activos en movimiento. En pueblo activo es el nuevo sujeto político. La relación líder-masa habita en el mundo de las pasiones, a menudo en momentos históricos de crisis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En sociedades con procesos rezagados de for-mación de clases sociales y con fuertes jerar-quías socioculturales muchas veces étnicas, con Estados-nación inconclusos y con insti-tuciones débiles, como las latinoamericanas, las condiciones para el surgimiento de líderes con fuertes rasgos carismáticos que apelen a la movilización del pueblo, en función de un de-sarrollo inclusivo, son altas. Desarrollismo y populismo, como se analiza más adelante, han sido una fuerza histórica constante en la histo-ria moderna de Latinoamérica.

 

Los cambios promovidos por estos líde-res, dice Bobbio (op.cit., 220), “son tanto más radicales cuanto más se cuestiona el tipo de legitimación, el modo de distribución del po-der, el sistema de valores-normas básicas que inspiran y rigen el comportamiento de la co-lectividad”. En Latinoamérica esto se ha vin-culado con la idea de Estado-nación-pueblo y la impugnación al Estado y Nación por su relación con las elites tradicionales y con regí-menes económicos fracasados, así como con el imperialismo que impide la conformación de la nación y sojuzga al pueblo, Aricó (1987)

 

  Touraine (1988:161-201). En el pasado se identificaba como enemigo a las oligarquías terratenientes; hoy, a los neoliberales. Ambos asociados al poder del imperio.

 

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La sociedad reclama un talento afectivo-ra-cional fuera de lo común. En este contexto, el líder construye su relación con los demás de forma directa, cara a cara, personalizada: “al hablar a todos habla con cada uno”. Se cons-truye un espacio de reciprocidad simbólico: “tú me das legitimidad, yo te doy un destino que es el mío y el de todos”. “Te doy una ilu-sión para compartirla”. Para Weber: “la domi-nación carismática es de carácter específica-mente extraordinario y presenta una relación social estrictamente personal, vinculada con el valor carismático de las cualidades perso-nales y su confirmación” (Weber 1964: 253). El líder y la gente construyen una comunidad emocional. Entre ellos hay confianza y hay su-misión. Sin embargo, es importante mencio-nar que la dominación carismática –como in-dica Weber– no está desprovista de legalidad ni es necesariamente anti formal. Según Bob-bio (op. cit., 221): “a pesar de la teórica con-tradicción entre el carácter personal del caris-ma y el carácter formal de la institución, esta forma de trasmisión hace que coincidan los dos términos, sumando la fuerza de dos tipos distintos de autoridad que se relacionan con él: la autoridad legal, burocrática, y la autori-dad por don excepcional. La institución legí-tima de esta manera logra tener una potencia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

interna de control social y una capacidad de continuidad elevadísima”. Éste sería el caso, por ejemplo, de los nuevos líderes carismáti-cos latinoamericanos. La situación adquiere perfiles complejos cuando se piensa en fenó-menos democráticos, sobre todo si se piensa en la democracia como un orden conflictivo y políticamente pluralista y no meramente elec-toral o de democracia de ciuadadanía.

 

El mismo Weber (1964:215) argumentaba que, en situaciones específicas, puede haber cierta conciliación entre ambos términos y menciona la idea de democracia plebiscitaria como “el tipo más importante de democracia de jefes es, según su sentido genuino, una es-pecie de dominación carismática oculta bajo la forma de una legitimidad derivada de la volun-tad de los dominados y sólo por ella perdura-ble”. En su apartado sobre la transformación anti autoritaria del carisma argumenta que “el principio carismático de legitimidad interpre-tado según su sentido original de modo auto-ritario, puede ser reinterpretado en forma anti autoritaria, pues la validez de hecho de la au-toridad carismática descansa, en realidad, por completo sobre el reconocimiento, condiciona-do por la “corroboración”, de los dominados, que ciertamente tiene el carácter de deber fren-te a los calificados y, por tanto legítimos”. Y,

 

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más adelante, concluye: “el imperante es ahora jefe libremente elegido”. Posiblemente aquí ra-dique la explicación de la dinámica de líderes neodesarrollistas-democráticos de los últimos años en la región.

 

La comunidad emocional que arropa este tipo de movimientos nace de la crisis, de si-tuaciones de malestar únicas. Están asocia-das con una ruptura social, con un quiebre del lazo social y con el desgaste de creencias e instituciones. A menudo se trata de una respuesta a situaciones de frustración de ex-pectativas. Cuando todo se desmorona y un pesimismo arraigado busca salidas extraordi-narias, cuando el miedo y la inseguridad co-tidiana y la ausencia de proyectos colectivos e individuales de futuro son el centro de la vida cotidiana, se dan las condiciones para el surgimiento de un líder honrado, genuino, va-liente, eficaz, que ofrece una conducta consis-tente y un futuro mejor. Si bien con el carisma se produce una ruptura de continuidad histó-rica, normalmente busca “encarnarse, como argumentan Boudon y Bourricoud, en un sis-tema de poder institucionalmente legitimo” (1982: 77). Los mismos autores mencionan que para que un poder carismático se legiti-me e institucionalice, debe establecerse en la “comunidad emocional” del movimiento, un

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sistema de jerarquías y de prestigio entre los miembros, en el cual el líder no sólo ocupa la posición más alta, sino que también se con-vierte en el mecanismo que organiza dichas jerarquías, retribuciones o castigos. El status en el grupo depende del grado y la intimidad con el Jefe. La movilidad social y el poder po-lítico particular dependen de la relación con el líder. Si el líder cae, los movimientos suelen descomponerse, racionalizarse, o reorgani-zarse bajo la égida de nuevos líderes carismá-ticos. En este caso entra de lleno la cuestión clave de la sucesión.

 

Las condiciones del carisma son una brecha en el tejido de la sociedad, y el reconocimiento de la autoridad del jefe por quienes se some-ten a él” (Moscovici, 1993: 568). En la América Latina los nuevos “líderes carismáticos neode-sarrollistas”, por lo general, han nacido del fra-caso de las reformas estructurales y como res-puesta a las situaciones de inflexión histórica. Con ellos retorna el Estado. Más aún, son líde-res que actúan y promueven la legitimidad del voto, es decir, una democracia electoral que los legitime constantemente. “Estamos apostando, decía el Presidente Mujica, a transformaciones dentro del juego de la democracia liberal ¿no? Porque si no, somos una contradicción con pa-tas” (Alfredo García, 2009:103).

 

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Pero ¿Qué es el carisma? ¿Por qué despier-ta pasión y seguimiento en las multitudes? Si bien es clave diferenciar históricamente tanto las situaciones como el tipo de liderazgo exis-tente y de usos instrumentales de la política –cada vez más signados por la relación con los medios y los publicistas que siempre buscan recrearlo o prefabricarlo–, el héroe, dice Le Bon (1896), tendrá siempre la estructura de un César ante las masas: “su brillantez la seduce, su autoridad les infunde respeto y su sable les atemoriza”. Su poder reside en la subjetividad de las personas.

 

Existe una relación profunda y compleja en-tre el carisma y el pasado, o con experiencias particulares del pasado. El líder carismático se alimenta y reafirma, reconstituyendo, o rein-ventado un pasado perdido. El pasado recon-figurado se relaciona con la memoria histórica de las sociedades y su capacidad para ser trans-mitida de diferentes maneras. Hoy en día, los líderes neodesarrollistas con rasgos populistas como los latinoamericanos utilizan la idea de retorno al pasado, por lo general asociado con lo mejor de las experiencias populistas vividas y sus líderes: Zapata y Villa o Cárdenas en Mé-xico, Perón y Evita en la Argentina, Bolívar o Túpac Katari en Venezuela y Bolivia, respec-tivamente. En este sentido, se alimentan de

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

mitos y realidades que han conmovido la me-moria de la gente. Para Moscovici (1993: 373), “las impresiones del pasado se conservan en la vida mental de las masas igualmente en forma de rastros amnésicos. En algunas condiciones favorables, se los puede restituir y revivificar. Se conservan, por lo demás, tanto mejor cuan-to más antiguos son”. Y esto significaría una forma de imago, de representaciones figuradas. “La imago puede pues objetivarse tanto en sen-timientos y conductas como en imágenes” (La-planche y Pontalis, en Moscovici, 1993: 374). El rito sacrificial de antiguos héroes carismáticos es recreado por los nuevos líderes: Zapata, Ge-tulio, Allende, el Che, están presentes en el re-vival de los nuevos líderes como una promesa: se muere o se triunfa, o, bien, se triunfa y se sigue pelando. La figura paradigmática de ca-risma exitoso es Fidel Castro que es valorado como un capital moral e histórico por varios de los líderes actuales. Esto se denomina la “se-ducción por la nostalgia”, un dato del roman-ticismo latinoamericano. El líder carismático ofrece el renacimiento sostenido por el deseo de una masa que busca reconocerse en un pa-sado mejor.

 

Toda política carismática según Freund (1967: 208) es “una aventura, no sólo porque corre el riesgo de un fracaso, sino porque in-

 

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cesantemente está obligada a encontrar un nuevo impulso, a encontrar otros motivos de entusiasmo para confirmar su poder”. El pro-ceso de cambio es una razón de vida. La razón carismática, decía Weber, es la “epifanía” en sí misma.

 

En las sociedades de la información y de la democracia de lo público sucede lo mismo aunque de otra manera. Los líderes carismáti-cos se redefinen en el espacio público que es esencialmente mediático. Parecen ser un puen-te entre sistemas de representación partidarios obsoletos o limitados, movilizaciones sociales, encuestas de opinión y el peso de la publicidad regidos por el rating y el spin (Bosetti define spin como la actividad de políticos, normal-mente a través de asesores, que consiste en comunicar los asuntos de modo que favorez-can sus intereses, además de perjudicar al ad-versario”, citado por Castells 2009: 275). Sobre esta base elaboran una propuesta mediática capaz de seducir al público. Las actividades y los shows mediáticos son referencias ineludi-bles de estos nuevos procesos. Quizás por eso también más efímeros. Desde Chávez, el co-mandante Marcos o Lula en la política latinoa-mericana, Felipe González en España, Barack Obama en Estados Unidos, hasta los nuevos líderes en Túnez y otros países árabes, se reco-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

nocen este tipo de componentes. En los nuevos líderes empresariales también se registra este nuevo código del liderazgo. Tal es el caso de Steve Jobs, que combinaba demandas subjeti-vas personales, semi religiosas y profanas, con shows mediáticos y promesas de futuro de au-to-realización mediante el uso y la compra de sus productos. Él mismo se ofrendó a su sueño.

 

La sociedad de la información y la comu-nicación está redefiniendo y complejizando un nuevo tipo de líderes carismáticos. En la región hay, y probablemente siga habiendo, una combinación de rasgos pasados y moder-nos, entre líderes de sociedades “semi indus-trializadas”, “cuasi modernas” y líderes de la sociedad de la información y la comunicación en redes virtuales. La demanda de comunidad se asocia con la inclusión en la sociedad de la comunicación y, a través del consumo, espe-cialmente el cultural.

 

Al mismo tiempo, la relación del líder con las masas ya no tiene sólo a la plaza como es-cenario fundamental, sino también a los me-dios. Debido a la mediatización de la política, los líderes –su imagen y su “carisma”– llegan a todos los ciudadanos, entran en sus casas, en su cotidianidad, en lugar de limitarse a la even-tualidad del discurso público o la aparición ma-terial del caudillo. El momento y el espacio en

 

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que se materializa el vínculo entre el líder y sus seguidores se transforma en la sociedad de la información y de la democracia de lo público.

 

Como señala Castells (2009: 272), “con la creciente centralidad de la política mediática, la política personalista ha caracterizado el pro-ceso político en todo el mundo, en detrimento de los partidos estables, las afinidades ideoló-gicas y las maquinarias políticas”. En realidad los mecanismos y requerimientos carismáticos están siendo redefinidos a partir de la política mediática y la demanda de los mercados de opinión pública. Los mensajes políticos aho-ra se definen en un espacio público que toma en cuenta tanto el carisma del líder como las características de su audiencia objetivo. En el centro de esas políticas se encuentran los men-sajes y las imágenes que proyecta el líder, ela-boradas por los publicistas, que procesan a los “ciudadanos consumidores”.

 

Este fenómeno en muchos casos contribuye a limitar la legitimidad de la democracia tan-to en el plano procedimental como sustanti-vo y posiblemente a acentuar los niéveles de desconfianza de los mecanismos de represen-tación política, como partidos o parlamentos. Esta crisis de legitimidad, por otro lado, favo-rece la expansión de demandas de participa-ción de una ciudadanía crítica y autónoma y el

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

surgimiento de nuevos movimientos, como los indignados o los jóvenes chilenos, que buscan redefinir el orden democrático, y como conse-cuencia, podrían aparecer o reaparecer nuevos líderes carismáticos.

 

La crisis de legitimidad institucional y la sensación de violencia incontrolable, también podría estar incrementando la demanda por líderes salvadores con personalidades fuertes. La existencia de un líder carismático, con ca-pacidad de sacrificio y de seducción, de alguna manera reemplaza la necesidad de institucio-nes complejas y percibidas como poco con-fiables por las mayorías. En este sentido, cabe volver a preguntarse ¿cómo es posible que en sociedades cada vez más complejas, como las latinoamericanas, haya condiciones para nue-vos líderes carismáticos?

 

En el contexto mencionado, vale la pena precisar algunos alcances histórico-culturales sobre el peso del carisma político en las socie-dades de la región.

 

En términos generales, este fenómeno en Latinoamérica se ha visto históricamente aso-ciado al “desarrollismo-populismo” y al papel histórico del Estado. En sistemas de decisio-nes políticas que han oscilado entre regímenes autoritarios y democracias frágiles, el campo para líderes carismáticos es fértil. El Estado es

 

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el referente de poder del líder carismático. Es-tado y líder no sólo reflejan la dinámica social, también son factores centrales de ella. Pero no sólo de condiciones políticas emerge el caris-ma sino también de fenómenos socioeconómi-cos. En efecto, las falencias de los procesos de industrialización redundaron en una demanda de inclusión social que incrementó, bajo cier-tas condiciones, una lógica carismática entre sociedad y líderes.

 

Las condiciones, en buena medida, se refie-ren tanto al peso del Estado, a las demandas de integración, a las luchas populares contra las dictaduras, así como a los avances en materia de educación e inclusión en la “cultura mediá-tica”. En este contexto, quizás el atributo dis-tintivo de América latina se refiere a que estas sociedades semi modernas, de semi incluidos y excluidos, vienen demandando la presencia de líderes con rasgos carismáticos junto con la vigencia de la “democracia electoral”. Esto redundaría en la convivencia entre la legitimi-dad del régimen carismático y una democracia electoral con fuertes rasgos presidencialistas.

 

Ninguno de los actuales líderes carismáticos latinoamericanos, ni siquiera el más radical en su momento de mayor euforia, ha llegado a cuestionar la democracia electoral como me-canismo para llegar al poder. Independiente-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

mente de su adscripción a la democracia, todos perciben que no es posible hacer política fuera de este marco institucional, lo que a su vez ga-rantiza su permanencia.

 

La base de las condiciones históricas del carisma puede relacionarse con la exclusión social y la organización del poder –sustenta-da por lo general en importantes sistemas de intermediación– pero también con el carácter de las luchas sociales. El período colonial y el tipo de modernización posterior que experi-mentó la región, enmarcada en la “dialéctica de la negación del otro” (Calderón, Hopenhayn y Ottone, 1996), que suponía la desvalorización del diferente, negro, indio, mujer, pueblos ori-ginarios, migrantes esclavos y después de po-bres e indigentes, familias enteras expulsadas por guerras, racismos y crisis económicas en Europa, Asia o el medio oriente, posiblemente constituya el sustento cultural sobre el cual se instala una cierta demanda permanente, o casi permanente, por líderes carismáticos. Además sugiere cierto estilo de hacer política recurren-te en estas sociedades; la demanda por líderes carismáticos suele asociarse con la inclusión social, el reconocimiento cultural y a promesas de futuro. Pero también sugiere una sociedad asentada en relaciones familiares primarias y sobre todo religiosas.

 

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Líderes, como Tupak Amaru, que perseguían la restauración del Imperio Inca, o Tupak Ka-tari que reivindicaban la comunidad Aimara, o el Cangaceiro que recreaba una “comunidad religiosa originaria” en el Noreste brasileño, o Simón Bolívar que buscaba asumirse como una “fuerza irrefrenable de libertad” y como susten-to de la unidad latinoamericana, son antece-dentes fundamentales de este tipo de demanda política de estas sociedades.

 

Por otro lado, el carisma no ha ajeno a las experiencias autoritarias incluso totalitarias que han experimentado buena parte de los paí-ses del continente. Las experiencias también han sido mixtas –chenkosas en quechua o en-tremezcladas en castellano– de emancipación, por un lado, y de feroz represión, por otro. Ya en el siglo XIX el terror producido por tiranos no estaba desprovisto de legitimidad carismá-tica. Tal es el caso de Melgarejo, Rosas o Por-firio Díaz tan bien retratados por la literatura como en el libro de Alejo Carpentier: “El recur-so del método”. O en el siglo XX, el libro Yo, el supremo de Augusto Roa Bastos referido a Stroessner, a quien no le gustaba el café con leche. En Paraguay se decía “se toma café o se toma leche, nadie toma café con leche” en alu-sión a la política amigo-enemigo prevaleciente. La figura de Trujillo y su poder carismático, tan

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

bien retratada por Vargas llosa en su libro La fiesta del chivo, es una referencia importante en el Caribe como también lo fueron François Duvalier (Papa Doc) en Haití y Juan Vicente Gómez en Venezuela.

 

El fenómeno es variopinto. Más hacia el sur, cómo ignorar la fuerza carismática de Arturo Alessandri en Chile, de Battle y Ordoñez en Uruguay o de militares progresistas como el Coronel Busch, “El Dictador suicida” –como lo llamó Augusto Céspedes–; Marmaduke Gro-ve, General del ejército y miembro del partido socialista de Chile; o del Capitán Luis Carlos Prestes conocido como “El cavaleiro da espe-ranza” y su columna que recorrió 25.000 Km en trece Estados e impulsó la rebelión positivista de los tenientes en Brasil.

 

Existe un antecedente definitivo de la actual política latinoamericana, directamente asocia-do con los lideres nacional populares, desarro-llistas y populistas de las primeras décadas del siglo XX. La fuerza de las figuras primigenias del populismo latinoamericano, como Villa y Zapata, son fundacionales de un estilo y de una cultura política no sólo en México sino también en el resto de América. Los minuciosos estu-dios sobre Pancho Villa de Paco Ignacio Taibo II, Alan Knight o Federic Katz son referencias insoslayables al respecto, al igual que los estu-

 

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dios sobre Zapata y los campesinos insurgen-tes de John Womack o Arturo Warman.

 

En Argentina la figura del General Perón –in-separable de la de Evita– es un parámetro funda-mental para entender los momentos y las políti-cas pasadas de la Argentina, así como la polémi-ca actualidad. La cultura política argentina se ali-menta de las políticas, los mitos, ritos y signos de Perón, Evita y el peronismo. Constituyen en gran medida el imago político del país. El peronismo cambió a todos, incluso a quienes lo cuestiona-ban. Daniel James (1990) y la novela Santa Evita de Tomás Eloy Martínez (1995) reflejan la com-plejidad del movimiento y sus líderes. En Bolivia, Paz Estenssoro: La palabra de Paz: un hom-bre, un siglo de Ascarrunz (2008) y sobre todo Don Juan de Lupe Cajías son esenciales. Lechín constituye una referencia central del movimiento obrero boliviano y latinoamericano. Al respecto uno de los autores del presente texto cuenta una anécdota: Don Juan, le pregunté un día ¿Cómo ha podido mantenerse por más de 50 años como líder de la Central Obrera Boliviana? Fácil, me respondió, “tengo dos grandes orejas, con ellas he escuchado siempre a los trabajadores”. El últi-mo en hablar, siempre fue Juan Lechin.

 

En la lista de líderes carismáticos de la región, aún con diferencias entre ellos, so-bresalen: Getúlio Vargas y João Goulart en

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Brasil; Pedro Aguirre Cerda, Eduardo Frei Montalva y Salvador Allende en Chile; José Figueras en Costa Rica; Lázaro Cárdenas en México, Víctor Raúl Haya de la Torre en Perú, Jacobo Arbenz en Guatemala, Augusto César Sandino en Nicaragua, Jorge Eliécer Gaitán en Colombia y también, Fidel Castro y el Che Guevara en Cuba. Lo curioso no es que hayan fundado una orientación política en sus países o su relevancia histórica, sino que a pesar de las diferencias nacionales, ellos y sus movimientos, se hayan comuni-cado y conformado una suerte de pan latino americanismo nacional popular, nada ajeno a movimientos “tercermundistas” de escala global. En efecto, no es casual que un exi-liado Paz Estenssoro, horas antes de viajar a asumir el mando de la Revolución bolivia-na, haya almorzado con el General Perón y Evita (Ascarrunz, 2008). Y más adelante haya intercambiado correspondencia con el Presi-dente Nasser de Egipto. Las anécdotas simi-lares son numerosas.

 

Ahora bien, lo clave es su impacto en las generaciones políticas posteriores, particu-larmente en la actual. La política latinoame-ricana, con todas las diferencias del caso, no puede obviar estas experiencias históricas y la fuerza de sus líderes. Guste, o no, son un es-

 

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pejo político del pasado de referencia para las acciones futuras.

 

Vale la pena repasar una serie de caracte-rísticas básicas que comparten los regímenes populistas o nacional-populares. Un rasgo fundamental es el papel del Estado como fac-tor de integración nacional, de industrializa-ción económica basada en el mercado interno y de integración social a partir de la educa-ción. Su peculiaridad política ha sido el peso del Poder Ejecutivo, y particularmente de la presidencia para organizar las relaciones de poder. La formación de una red de empre-sas y corporaciones estatales en función de los sectores estratégicos de la economía han sido claves en extracción de recursos natura-les, industrialización, comercialización y las finanzas. Sobre la base de tales empresas se constituyeron “anillos burocráticos” de poder. Al respecto, Cardoso y Faletto (2003) hacen un análisis regional diferenciado por situacio-nes de dependencia, desde la perspectiva del desarrollo económico.

 

En el informe “El estado de la ciudadanía” del PNUD se hace hincapié en este tema y se resalta la importancia crucial que tuvieron los sistemas de protección social que habrían inau-gurado una etapa de “Estado social latinoame-ricano” (PNUD 2011:36).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por otra parte, la instalación, o surgimien-to, de un “clientelismo burocrático” como sistema de intermediación entre sociedad y Estado fue central bajo el orden populista. El Estado satisfacía necesidades colectivas a cambio de legitimidad para el régimen. Si a esto se agrega una limitada separación entre roles sociales y políticos, en los cuales los lí-deres políticos –además de líderes sociales– eran autoridades estatales, queda dibujado el orden social del populismo. Por tal motivo, es posible explicar el peso central que tuvo el Es-tado, tanto en articular sus alianzas sociales con sectores empresariales, sectores medios y trabajadores, como el carácter paraestatal del conflicto social. Desde entonces la mayo-ría de los conflictos sociales no sólo han sido mediados por el Estado sino que han ocurrido en torno al Estado.

 

La fuerza de los movimientos nacional popu-lares descansaba precisamente en las alianzas que lograron construir sus líderes, que promo-vieron y legitimaron organizaciones sindicales y sociales de base –sindicatos obreros, campe-sinos y de sectores medios–, así como meca-nismos de negociación social. Sin embargo, no todo se explica por los mecanismos clientela-res entre líderes carismáticos y dirigentes so-ciales subordinados. También intervienen las

 

134        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

luchas sociales que crearon una cultura popu-lar de valores, aspiraciones, creencias y formas de comportamiento solidario que permearon la calle, la familia, el barrio y la cancha de fut-bol. La sociabilidad populista, apoyada por la industria cultural de la época, creó una nueva vida cotidiana. Fenómeno, además estrecha-mente vinculado con avances en términos de ciudadanía social.

 

En un análisis comparativo de las expe-riencias argentina y boliviana, Calderón y dos Santos (1991:94) plantean que: “los regímenes nacional populares o populistas, inauguran una nueva relación entre democracia social y política. Por una parte, se dan la universali-zación del sufragio y un salto cualitativo en el sistema de representación, de intereses específicamente políticos o sectoriales; por otra, el desarrollo de nuevas prácticas parti-cipativas, el reconocimiento de identidades sociales otrora postergadas y la intervención directa de sectores sociales en el ejercicio del poder del Estado”. Este Estado multifa-cético que buscaba articular la vida social y económica puede considerarse como un “Estado social latinoamericano”, con todas las dificultades involucradas en economías atrasadas, poco modernas y dependientes. De hecho, tales prácticas no fueron el resultado

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

de ideologías sistemáticas sino de múltiples y variadas visiones, a menudo confusas, que se expresaban en ideales nacionalistas que, con frecuencia, redefinían los procesos históricos en curso.

 

Los avances sociales fueron evidentes, al igual que las limitaciones de un pluralismo de-mocrático, capaz de reflejar la diversidad so-ciocultural latinoamericana. Las restricciones para vincular exitosamente la ciudadanía so-cial con la política fueron una debilidad central del proceso, que generó no pocas interrogantes sobre la efectividad de estos regímenes para articular democracia con integración social y desarrollo nacional.

 

Las interpretaciones desde la sociología política son numerosas y polémicas. Para Ger-mani (1970), por ejemplo, el fenómeno fue producto de la participación en la vida políti-ca nacional de masas excluidas en países que experimentaban procesos tardíos de industria-lización y modernización. Medina Echavarría (1973), por su parte, señalaba que las dificulta-des para transformar el cambio político en un nuevo orden institucional que permitiese una opción de desarrollo solida resultaban eviden-tes. Para Di Tella (1974) estos procesos se vie-ron influidos por la revolución de expectativas y las asincronías del proceso de movilización

 

Carisma, sociedad y política     135

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

social. Laclau1 (1978), a su vez, distingue dos tipos de populista uno progresivo y otro regre-sivo, vinculados a las clases dominantes y do-minadas, respectivamente. José Aricó (1978), realiza una interpretación analítica en la que vincula el marxismo-leninismo con el pensa-miento de Haya de la Torre2. Asimismo, Alain Touraine (1978)3, hace un balance crítico de un proceso de integración social que no se trans-forma en un régimen democrático. El hecho que se haya y continúe polemizando sobre el carácter de estos regímenes y sus líderes acen-túa su importancia.

 

Con estas breves reflexiones históricas y conceptuales que enmarcan este ensayo, vale la pena detenerse brevemente en las experien-cias actuales. En particular, un supuesto teóri-co fundamental es que el liderazgo es una reali-dad relacional, y se construye entre las élites y la sociedad en el marco de una cultura política

 

 

 

  Laclau, E. (1978), “Política e ideología en la teoría marxista”. En: Capitalismo, fascismo y populismo. México, DF: Siglo XXI.

 

  Aricó, J. (1977), “Mariátegui y los orígenes del mar-xismo latinoamericano”. En: Volumen 60 de Cuadernos de pasado y presente. Ciudad de México..

 

  Touraine, A. (1987), La parole et la sang. Paris: Odi-le Jacob.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

específica. Es decir, los líderes, con rasgos ca-rismáticos neodesarrollistas y democráticos, surgen por la existencia de condiciones favo-rables en la subjetividad de las sociedades, que pueden entenderse como una “demanda” de la sociedad que genera una respuesta por parte de la esfera política que se traduce en lideraz-gos específicos.

 

1.1. Carismáticos, neodesarrollistas y democráticos

 

Es probable que los resultados negativos de las reformas estructurales, que acentuaban los mecanismos centrales del mercado y del capi-tal financiero, estén entre las principales cau-sas para la reedición de “regímenes nacional populares o populistas” y el surgimiento de un carisma de tipo neodesarrollista y democrático como un eje importante de la política latinoa-mericana. La aparición de líderes con fuertes rasgos carismáticos, tiende a destacar, una vez más, el rol fundamental y articulador del Esta-do. Sin embargo, este proceso tiene lugar en un contexto de crisis económica global y de pro-cesos políticos nacionales particulares.

 

Los resultados de las reformas estructurales, implementadas de forma casi mecánica en casi todos los países, muestran resultados negati-

 

136        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

vos en múltiples planos: elevadas tasas de des-igualdad y pobreza, caída de la participación del PIB latinoamericano en el PIB mundial, lazos sociales y cohesión social debilitados y crisis política, que si bien no provocó una crisis de la legitimidad de la democracia, sí redundó en obstáculos a la gobernabilidad y en la pérdi-da de confianza en la mayoría de los partidos políticos. No obstante, aquellos países que apli-caron de manera más heterodoxa las reformas y que contaban con cierto grado de legitimidad institucional y política pudieron posicionarse mejor, en comparación con los demás. Manuel Castells4, al analizar los procesos de reforma estructural y la inserción latinoamericana en la sociedad de la información y la tecno econo-mía concluía que tal inserción había sido más bien pasiva y poco sostenible. La mayoría de los casos latinoamericanos habría experimen-tado estas dinámicas regresivas.

 

Un interesante contra ejemplo es el proceso chileno asociado con los liderazgos de la Con-certación, particularmente, el del Presidente

 

 

 

 Calderón, F (2004), “Prólogo”. En ¿Es sostenible la globalización en América Latina? Debates con Manuel Castells Vol. I. La globalización y América Latina: asig-naturas pendientes. Fondo de Cultura Económica: San-tiago de Chile.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ricardo Lagos. Dichos liderazgos se destacan por haber logrado con relativo éxito la transi-ción a la democracia y resultados positivos en varios aspectos del desarrollo humano5.

 

Un estudio de mitad de la década de 19906, basado en entrevistas en profundidad realiza-das a intelectuales y líderes políticos, plantea una serie de consideraciones sobre los límites de la experiencia neoliberal en América Latina.

 

 

  Los gobiernos de la concertación, y el papel del Pre-sidente Lagos, son inseparables del ciclo de transforma-ción política, el pacto social y los avances económicos, enmarcados en una economía liberal como la chilena. Los resultados en materia de desarrollo humano y de institucionalidad democrática reflejan tanto los progre-sos obtenidos, como las debilidades del proceso histó-rico. Por ejemplo, el Informe sobre Desarrollo Humano de 1998, advierte que la modernización en curso traía aparejada un gran malestar social que podría terminar cuestionando la propia modernización .En realidad los conflictos en curso, sobre todo entre los jóvenes, responden a esta lógica. En una entrevista realizada a Lagos hace veinte años, queda clara su posición frente a la crisis, la necesidad plasmar cambios realistas y su obsesión por construir un horizonte posible y deseable para su país. Su principal mérito fue colocar a la polí-tica como referente de la economía.1991 Pensamiento Iberoamericano. Volumen extraordinario

 

  Achard, D y Flores, M. (1997), Gobernabilidad: un reportaje de América Latina. Fondo de Cultura Econó-mica: México, DF.

 

Carisma, sociedad y política     137

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sus autores, Achard y Flores (1997), destacan los siguientes temas:

 

–– Los límites de los partidos políticos, sus difi-cultades de representación y de intermedia-ción con la sociedad y la creciente presencia de competidores “extra-sistémicos” y la cri-sis de un modelo tradicional.

 

–– El fortalecimiento de un sistema híper pre-sidencialista, relacionado con la caída del bloque soviético, la desideologización de los partidos y los problemas de funcionamiento del Estado de Bienestar.

 

–– El militante político clásico se habría con-vertido en un consumidor político pasivo de la política. Fenómeno no ajeno al surgimien-to de un nuevo caudillismo que adopta un discurso modernizador.

 

–– Los centros de atención política se habrían desplazado de la búsqueda de estabilidad y consenso a la búsqueda de efectividad. La gobernabilidad, en vez del cambio, organiza-ba la política.

 

En definitiva, se habría generado una erosión de los principios democráticos de autoridad por la disminución de la confianza ciudada-na en las instituciones y en los gobernantes,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

la sobrecarga del gobierno, intensificación de la competencia política, y un incremento del provincialismo en política exterior. Achard y Flores (1997) preveían un creciente malestar y una crisis política basada en el desencanto y la apatía.

 

Frente al fracaso o los límites de las políticas de reforma estructural, se planteó7 el concepto de inflexión histórica como recurso conceptual para tratar de comprender el cambio de direc-ción política de tales reformas. Ese punto de in-flexión alude tanto al sentido de la democracia como al del desarrollo. Este proyecto implicó identificar los diferentes problemas y procesos que experimentaban los países latinoamerica-nos, así como el análisis de las nuevas orien-taciones políticas que iban surgiendo: nacional populares, neo-desarrollismo indigenista, re-formismo práctico y modernización conserva-dora. Un fenómeno transversal a todos fue el retorno del Estado.

 

El Estado como articulador de las relacio-nes entre la sociedad y la economía comenzó a promover en la región y particularmente en Sudamérica un proyecto neo desarrollista que, además de fomentar la demanda agrega-

 

 

  Para mayor detalle, véanse Cuadernos de goberna-bilidad democrática Vols. I y II (PNUD, 2007 y 2008).

 

138        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

da, negociaba con las transnacionales nue-vos acuerdos económicos. Todo imbuido en un fuerte discurso latinoamericano integra-cionista. El discurso neodesarrollista se ha basado en condiciones nacionales e interna-cionales favorables. Se sustenta en una reno-vada alianza social entre sectores populares diversos –con ecuaciones diferentes en cada país–, sectores medios y empresariales so-bre todo de la industria manufacturera. Esta nueva alianza social estaría vinculada con la construcción de un mercado interno y regio-nal basado, sobre todo, en bienes manufac-turados y con un mercado internacional vin-culado a la exportación de bienes primarios particularmente hacia China. En este ámbito se estarían reconstituyendo empresas estata-les en varias esferas de la economía, a veces en conjunto con transnacionales. Además, se estarían generando anillos burocráticos de poder, por lo general, asociados a sectores medios emergentes, partidos o movimientos del poder político. Un fenómeno interesante ha sido la aparición de políticas multicultu-rales, que estarían conformando una nueva institucionalidad, que promovería el reco-nocimiento de identidades otrora discrimi-nadas, como las de los pueblos originarios y afro descendientes. Quizás desde la cultura

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

se haya instalado una lógica más pluralista que en la misma política.

 

A partir de políticas sociales masivas, los lo-gros han sido significativos en toda la región, especialmente en la disminución de la pobreza. También se ha brindado apoyo a los sectores empresariales informales, sin modificar estruc-turalmente la desigualdad prevaleciente en la región, sobre todo aquella referida a la concen-tración de ingresos de los grupos más podero-sos. En efecto, América Latina sigue siendo el continente más desigual del mundo8. En este ámbito y en un contexto de cambio global pare-cería que el mayor desafío, consiste en desarro-llar capacidades políticas y de gestión empresa-rial que logren una sinergia entre la exportación de recursos primarios y un proceso de indus-trialización y ampliación y modernización de la infraestructura pública, fenómenos por cierto asociados con una mejora cualitativa de la edu-cación, la investigación en ciencia y tecnología y la innovación productiva que permita compe-tir en los mercados internacionales.

 

La “multicrisis global”, descrita en el Cua-derno sobre prospectiva política N°1, y los

 

 

  Para un análisis específico de esta óptica neode-sarrollista, ver el Cuaderno N°7 del PAPEP, particular-mente los casos de Argentina, Bolivia y Brasil.

 

Carisma, sociedad y política     139

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

cambios de las relaciones económicas inter-nacionales han colocado a América Latina, y sobre todo a Sudamérica, en una coyuntura excepcional. Los resultados en términos de estabilidad política, crecimiento económico y disminución de la pobreza lo corroboran. El caso paradigmático de esta experiencia es Brasil. En el presente Cuaderno de pros-pectiva política se analiza el neo desarro-llismo estatal latinoamericano, con énfasis en los casos de Argentina, Bolivia y Brasil. El presente texto asume que las políticas y procesos neodesarrollistas analizados son conducidos por una nueva camada de “líde-res carismáticos con fuertes rasgos neodesa-rrollistas y populistas” como los descritos. En este sentido el neodesarrollismo es sobre todo una opción política promovida por los lideres actuales.

 

El Estado, pasa a ser un factor esencial en la mediación de los procesos económicos po-líticos internos con los procesos de cambio y la crisis global, con una participación relativa-mente activa en los nuevos mapas de poder po-lítico y económico que se han ido configuran-do. Estos fenómenos se vinculan con los cam-bios en las relaciones con China, India, Rusia, EE.UU., la Unión Europea, e incluso África y los países Árabes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El mapa geopolítico global se está transfor-mando, con distintos énfasis nacionales pero con un alto componente estatal. En este ámbi-to sobresale Brasil, tanto por su vocación de poder en la globalización como por su influen-cia en la región y sobre todo en América del Sur. Brasil se ha transformado en un parámetro de referencia política.

 

Hace treinta años, cuando se iniciaba la “modernización neo liberal”, era prácticamen-te imposible imaginar que un aimara pobre como Evo Morales o que Lula, un migrante – también pobre– expulsado con su familia del norte de Brasil por la miseria iban a convertir-se en líderes nacionales y globales. O que un florista, guerrillero como José “Pepe” Mujica, luego de más de 10 años de cárcel, sería Pre-sidente de uno de los países con mayor tradi-ción democrática de la región o que Néstor Kirchner, lideraría la recuperación Argentina y del peronismo, o que un cura tercermundis-ta, como Fernando Lugo, buscaría remplazar a Stroessner y cambiar la cultura política au-toritaria en las elites de ese país. La figura de Rafael Correa que terminó con la ingoberna-bilidad ecuatoriana también es emblemática, al igual que la del Presidente Hugo Chávez, militante de la mistificación bolivariana. Este militar, de origen humilde, ha construido

 

140        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

alianzas latinoamericanas inéditas, y a la vez con Irán, China y Rusia. Por último, Ollanta Humala también de origen militar y de una fa-milia de sectores medios bajos, de ideología indigenista y popular pretende impulsar un proceso de cambios fuertes con sentido rea-lista en el Perú.

 

Por lo general, estos líderes no pertenecen al sistema político tradicional, recuperan una mística popular y, a diferencia, de buena parte de la tradición de líderes de izquierda pertene-cientes a los sectores medios o altos son de ori-gen popular. Son outsiders de la política, o al menos de la que primaba en la década de 1990, al igual que buena parte de sus discursos y de su proyecto político.

 

Así, se inicia un nuevo tipo de relación entre líder y sociedad que privilegia del rol estraté-gico del Estado, la inclusión social, así como la movilización y participación política de los sectores excluidos de las respectivas socieda-des. El don de la palabra o del acto logra ser nuevamente un factor de cohesión social –el gesto en Kirchner abrazado a las masas en la calle, Evo jugando futbol con mineros a 5000 metros de altura o Mujica trabajando en su cha-cra–, un recurso mediático notable y la entrega al trabajo político como un compromiso de fi-nes últimos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El fallecimiento de Néstor Kirchner, el cán-cer y sus fantasmas que han acosado a Dilma, Chávez, Lula, Lugo y Cristina, no hacen más que reafirmar esa ética sacrificial, casi religio-sa, que permite que estos líderes hayan logra-do constituir una comunidad emocional en sus respectivos países y reafirmar la búsqueda de sentido histórico de su Nación y de la región.

 

En el juego político aparecen, por un lado, la aceptación y valorización de la democracia electoral como recurso para legitimar el poder y por otro, en mayor o menor medida, una ló-gica de confrontación con los opositores. Una vez más, el imperialismo, las elites locales an-tinacionales y neoliberales y los poderes fác-ticos son denunciados como los principales opositores. En algunos casos, y momentos extremos, la relación se plantea en términos de amigo-enemigo. Al respecto, es célebre el discurso del Presidente Chávez ante la Asam-blea General de Naciones Unidas en el que se refiere al Presidente Bush como “el diablo”. En otros casos, sólo se plantea en términos de oposición, pero ponderada por un termóme-tro de poder que mide la relación de fuerzas. Entre estos líderes, adecuados a sus culturas políticas nacionales, hay prácticas negociado-ras o confrontativas, pero en todos ellos está presente la búsqueda de un desarrollo nacio-

 

Carisma, sociedad y política     141

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

nal inclusivo y de un nuevo posicionamiento de la región en el mundo.

 

Otra característica significativa de estos líde-res es su nivel de secularización que les permite orientarse en un mundo cada vez más comple-jo. Pepe Mujica, por ejemplo, defiende la idea de un país “agro inteligente” y suele mencionar las oportunidades de Uruguay en la sociedad del conocimiento. Lula es un líder global y ha adquirido un sofisticado conocimiento del sis-tema financiero internacional. Evo Morales en sus múltiples viajes por el mundo, y con el apo-yo de redes de ONG, ha obtenido una amplia visión de los cambios y las orientaciones políti-cas internacionales. El satélite Túpac Katari es tan sólo un ejemplo de su relación con China. Chávez y su pasión por la geografía política no están desligados de sus osadas alianzas con China o Irán. En este contexto, la presencia de algunos de estos líderes en el Foro Social de Porto Alegre y en otras esferas globales vincula sus posiciones, no ajenas a críticas y confron-taciones políticas, con el movimiento de “alter globalización”.

 

La gran interrogante de todos estos pro-cesos políticos es saber si cuentan con las capacidades para transformar sus metas en resultados. Es decir, si son capaces de propiciar una democracia más incluyente y

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

pluralista, al igual que una genuina transfor-mación productiva vinculada con la tecno economía de la información y la sociedad del conocimiento. En gran medida esto descan-sa en sus relaciones que construyen con sus propias sociedades.

 

 

2. Las demandas de la sociedad

 

En esta sección se discuten algunos elemen-tos de la cultura política latinoamericana que podrían estar asociados con la demanda ciudadana por liderazgos carismáticos y de-sarrollistas, capaces de posicionar al Estado en un papel protagónico en la política y en el desarrollo, pero que al mismo tiempo satisfa-gan la necesidad de representación social. La existencia de tales elementos, su magnitud y su preponderancia en los distintos contextos nacionales, determinan la fuerza histórica de estos líderes, así como la relación que estos establecen con la sociedad en el marco de su proyecto político. Y es que la clave para la comprensión de los liderazgos pasa por su práctica comunicativa, entendidas como una demanda de parte de la sociedad que encuen-tra respuesta concreta en las propuestas y los estilos de hacer política de estos líderes.

 

142        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En buena parte de los países de América La-tina, la fórmula para el surgimiento de lideraz-gos carismáticos neodesarrolistas pasa por una demanda ciudadana que combina la necesidad de desarrollo y reducción de las brechas socia-les con la pronta atención a problemas impe-riosos, como la de la seguridad ciudadana. Esta demanda se da en el marco de una aceptación casi universal de los mecanismos democráti-cos como la única posibilidad de acceso legí-timo al poder; esta aceptación es, en términos políticos, el contexto mínimo en el que se da la relación entre líderes y sociedad en la región.

 

Se discuten, a manera de ilustración seis tendencias generales que son parte de las ac-titudes, opiniones y valores de los ciudadanos que tienen relación con las preferencias por los liderazgos carismáticos imperantes en la región. Estos postulados encuentran eviden-cia empírica en la opinión pública, en las pre-ferencias y actitudes de los ciudadanos. Las tendencias se basan en datos del Barómetro de las Américas del Proyecto de Opinión Pú-blica de América Latina (LAPOP) para 20109.

 

 

 

  Esta información se obtiene por medio de encuestas comparables que se realizan sobre muestras representa-tivas de la población de cada país. Para este proyecto se utilizó información de 18 países provenientes de 31.671

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ciertamente los diversos procesos nacionales marcan características particulares y diferen-ciadas de cada caso que en buena medida y en su complejidad se trataron en los capítulos anteriores. Aquí tan solo se pretende ilustrar tendencias generales de las relaciones entre sociedad, política y carisma.

 

  Las instituciones de la democracia gozan de una preferencia mayoritaria en todos los países de América Latina. La democracia es vista como el mejor sistema de gobierno y las percepciones contrarias son, en la mayor parte de los casos, marginales. La democra-cia se ha consolidado como “the only game in town”, y sus reglas de juego marcan los lí-mites de lo políticamente posible, al menos a nivel discursivo.

 

La preferencia por la democracia en América Latina es alta, particularmente en países con

 

 

entrevistas llevadas a cabo durante el primer trimestre de 2010. Los países que integran la muestra son: Méxi-co, Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Colombia, Ecuador, Venezuela, Bolivia, Perú, Paraguay, Uruguay, Brasil, Argentina, Chile y Re-pública Dominicana. Para mayor información sobre el Barómetro de las Américas se recomienda visitar la pá-gina web de LAPOP (www.lapopsurveys.org).

 

Carisma, sociedad y política     143

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sistemas democráticos consolidados, como Uruguay, Costa Rica o Argentina. Esta voca-ción democrática de los latinoamericanos es elevada incluso en los países donde esta pre-ferencia es menos fuerte, como en Perú o en Honduras10.

 

La preferencia por la democracia fuertemen-te afianzada entre los latinoamericanos define la forma en que los líderes pueden acceder al poder en la región. Incluso el más carismático de los líderes necesita atravesar el ritual de una elección popular para ejercer el poder de manera legítima, lo cual, en la práctica, pone ciertos límites al ejercicio del poder y reduce el riesgo de autoritarismo. Este escenario de institucionalidad democrática afianzada en la cultura política de los latinoamericanos es fun-damental para comprender la emergencia de liderazgos carismáticos en América Latina.

 

 

 

  Entre los ejemplos de lealtad a la democracia como régimen entre los latinoamericanos, sobresale el de la crisis argentina de 2001, en la que los ciudadanos re-clamaban “que se vayan todos” al mismo tiempo que exigían la persistencia de la democracia como régimen. Sobre este punto ver, entre otros, (Boidi 2008 ; Palo-mino y Pastrana 2003). Una discusión más general de la capacidad crítica de los ciudadanos manteniendo su compromiso con la democracia como régimen puede encontrarse en el trabajo de Pippa Norris (Norris 1999).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lo anterior implica la existencia de una base de legitimidad de la democracia como institu-ción difícilmente cuestionable, incluso por el más popular de los líderes contemporáneos. Además –al menos en su dimensión de elección popular y decisiones mayoritarias– los regíme-nes democráticos son favorables para líderes que cuentan con amplio apoyo popular. Esta combinación de carisma e institucionalidad hace conceptualmente posible el “liderazgo neo-desarrollista, populista democrático” de la Amé-rica Latina contemporánea. El Gráfico 1 mues-tra el promedio de acuerdo con la idea de que la democracia, pese a sus problemas, es la mejor forma de gobierno en cada uno de los países de la región. (Ver gráfico 1 en pág. siguiente.)

 

Es necesario reconocer, sin embargo, que el apoyo a la democracia como mecanismo de selección de autoridades no necesariamen-te incluye la demanda por una democracia “de calidad”, plural y sustantiva, que ponga al ciudadano en el centro y que sea capaz de garantizar igualdad en la diferencia. Hay moti-vos para pensar que la idea de democracia que reconocen y demandan los latinoamericanos se circunscribe a la dimensión electoral y par-ticipativa y no contempla necesariamente una responsabilidad central de ciudadanos iguales, autónomos y políticamente activos.

 

144        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gráfico 1. Apoyo a la democracia en América Lati-na en perspectiva comparada, 2010

 

 

Uruguay                                                                                                                                                                                                                                                                                                86.2                            

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     

Costa Rica                                                                                                                                                                                                                                                                                             80.4                            

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         

Argentina                                                                                                                                                                                                                                                                                            79.6                  

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                       

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                       

Chile                                                                                                                                                                                                                                                                76.1                                         

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                       

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                       

Panamá                                                                                                                                                                                                                                                                       75.5                                          

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         

Venezuela                                                                                                                                                                                                                                            74.0                                                   

                                                                                                                                                                                                                                                                                               

                                                                                                                                                                                                                                                                                               

Brasil                                                                                                                                                                                                                                                    73.7                                                   

                                                                                                                                                                                                                                                                                                           

                                                                                                                                                                                                                                                                                                           

Colombia                                                                                                                                                                                                                                 72.3                                                               

                                                                                                                                                                                                                                                                                               

                                                                                                                                                                                                                                                                                               

Nicaragua                                                                                                                                                                                                                     71.3                                                               

                                                                                                                                                                                                                                                                                   

                                                                                                                                                                                                                                                                                   

Bolivia                                                                                                                                                                                                  70.3                                                                           

                                                                                                                                                                                                                                                                                   

                                                                                                                                                                                                                                                                                   

Rep. Dominicana                                                                                                                                                                                  68.6                                                                                                    

                                                                                                                                                                                                                                                                                               

                                                                                                                                                                                                                                                                                               

Ecuador                                                                                                                                                                                    68.4                                                                                                              

                                                                                                                                                                                                                                                                                                           

                                                                                                                                                                                                                                                                                                           

México                                                                                                                                                              66.8                                                                                                                          

                                                                                                                                                                                                                                                                                               

                                                                                                                                                                                                                                                                                               

El Salvador                                                                                                                                           64.1                                                                                                                                                  

                                                                                                                                                                                                                                                                                               

                                                                                                                                                                                                                                                                                               

Paraguay                                                                                                                                                           63.3                                                                                                                                        

                                                                                                                                                                                                                                                                                                           

                                                                                                                                                                                                                                                                                                           

Guatemala                                                                                                                               62.8                                                                                                                                                    

                                                                                                                                                                                                                                                                                   

                                                                                                                                                                                                                                                                                   

Honduras                                                                                                                                  62.6                                                                                                                                                    

                                                                                                                                                                                                                                                                                               

                                                                                                                                                                                                                                                                                               

Perú                                                                                                                 60.1                                                                                                                                                                            

                                                                                                                                                                                                                                                                                               

                                                                                                                                                                                                                                                                                               

                                                                                                                                                                         

0 20        40        60        80                                           100

                                                             Apoyo a la democracia                                 

 

   95% Intervalo de confianza (Efecto de diseño incorporado)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  La incapacidad para generar condiciones de vida satisfactorias para los ciudadanos, junto con las desigualdades en el acceso a los recursos, pueden contribuir de forma signi-ficativa a la proliferación de dudas sobre la democracia liberal experimentada y sus ins-tituciones. Situación que favorecería la de-manda de líderes carismáticos.

 

Las tendencias populistas de muchos nuevos líde-res latinoamericanos parecen relacionarse con la incapacidad de las instituciones democráticas y políticas para resolver las carencias económicas y la desigualdad. Esto también explica, en parte, el carácter neodesarrollista de los liderazgos lati-noamericanos contemporáneos, que tienen en la generación de ingresos, a través de la actividad estatal, uno de sus rasgos más distintivos.

 

La relación entre nivel socioeconómico y democracia ha sido documentada en nume-rosos trabajos desde la ciencia política, que señalan que la democracia como forma de gobierno es más viable en sociedades que han alcanzado cierto grado de satisfacción de con-diciones básicas para sus ciudadanos11. En

 

 

 

Fuente: Barómetro de las Américas 2010, por LAPOP.

 

 

 

  Sobre este tema ver, entre otros el trabajo clásico de Lipset (1959). También (Hadenius y Teorell 2005 ; Przeworski, et al. 2000).

 

Carisma, sociedad y política     145

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

efecto, las personas miembros de sociedades con niveles de desarrollo humano más altos tienden a estar más seguros de las ventajas de la democracia que sus pares de sociedades con mayores necesidades, y esto también se obser-va en América Latina.

 

Las brechas en el acceso de los ciudadanos a los beneficios del desarrollo del país también tienen un efecto importante, y estadísticamen-te independiente y significativo, sobre el apoyo a la democracia. Las sociedades con brechas más amplias tienden a mostrar, en promedio, niveles de confianza en la democracia más ba-jos que las sociedades más igualitarias.

 

Pero la economía es importante no sola-mente cuando se consideran indicadores obje-tivos. Las percepciones de los ciudadanos so-bre el desempeño del gobierno en temas eco-nómicos, particularmente en la lucha contra la pobreza, tienen un efecto muy claro sobre la legitimidad del régimen democrático. Tanto la satisfacción con la democracia como el apoyo al régimen político están condicionados por la idea de que el gobierno está siendo efectivo en reducir la pobreza12.

 

 

 

  El apoyo al régimen político es un índice com-puesto por el promedio de los valores de 5 variables: la confianza en que los tribunales garantizan un juicio

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gráfico 2. Relación entre percepción sobre el desempeño económico del gobierno, la satisfacción con la democracia y el apoyo al régimen político

 

 

 

  65

  60

Promedio           55

  50

  45

  40

  35

 

1 Nada  2          3          4          5          6          7 Mucho

              ¿Hasta qué punto diría que el gobierno actual combate la pobreza?           

              Satisfacción con la democracia                                                         Apoyo al régmen político 

                                                                                    

 

 

Fuente: Barómetro de las Américas 2010, por LAPOP.

 

 

 

 

 

justo, la confianza en que los derechos de los ciudada-nos están garantizados, la idea de que se debe apoyar el sistema político del país, el orgullo de vivir bajo dicho sistema político y el respeto que le confieren las instituciones políticas del país. Este índice ha sido trabajado por LAPOP como “Índice de apoyo al sis-tema” en distintos estudios (Booth y Seligson 2009 ; Seligson 1983).

 

146        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las variables económicas tienen un efecto claro sobre la legitimidad misma del régimen político, y no sólo sobre la legitimidad del lí-der y su ejercicio del poder. La economía y las percepciones sobre ella, afectan tanto a, lo que en términos weberianos puede deno-minarse, la “autoridad carismática” del líder, como a la “autoridad racional legal”, prove-niente de la aplicación de procedimientos institucionales. El “apoyo difuso” al sistema político (Easton 1975 ; Muller, Jukam y Selig-son 1982) ocurre en situaciones de bajo de-sarrollo, desigualdad, o cuando los ciudada-nos no sienten que el gobierno esté haciendo lo suficiente para mejorar sus condiciones de vida.

 

La percepción actual de los latinoamerica-nos sobre la economía tiende a ser positiva. En general los latinoamericanos ven su vida con optimismo. Los promedios de satisfacción con la vida son más altos en 2010 que en 2008. No obstante, en los países centroamericanos y México se observa una caída en la satisfac-ción con la vida durante los últimos dos años, mientras que los saldos positivos más grandes aparecen en el Cono Sur.

 

En términos generales, éste es un continente optimista que tiende a mirar el mundo a través de un filtro positivo, o al menos ésa parecía ser

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

la percepción predominante durante el primer semestre de 2010. Al mismo tiempo, los niveles de satisfacción con la vida mostraban una ten-dencia positiva.

 

El sentimiento de satisfacción es mayor que a principios de la década del 2000. En 2004, solamente 37% de los habitantes de la región afirmaban estar muy satisfechos con su vida, mientras que seis años después este porcentaje llega a 43%13. Esta tendencia al incremento en la satisfacción con la vida parece ser general en la región después del momento de inflexión que vivió alrededor del año 2000.

 

Al mismo tiempo, las condiciones econó-micas personales y las del país son evaluadas favorablemente. En 2010, 17% de los latinoa-mericanos creía que la situación económica de su país era “buena” o “muy buena”, mien-tras que en 2004 apenas 6% de la población de la región compartía esa opinión. Una cuarta parte de la población de la región consideraba en 2010 que su situación económica personal

 

 

 

  Este y los siguientes porcentajes fueron calcula-dos considerando 11 países de latinoamericanos para los cuales existe información para 2004 en el banco de datos de LAPOP. Los países son: México, Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Colombia, Ecuador, Bolivia y la República Dominicana.

 

Carisma, sociedad y política     147

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

era “buena” o “muy buena”, el doble que en 2004, mientras que la proporción de gente que siente que su situación es mala también se ha reducido a la mitad.

 

Este optimismo económico juega un papel importante en la fortaleza y popularidad de los líderes regionales, particularmente de aquellos que enfatizan sus rasgos personales como un elemento central de su estilo político. Si esto es así, uno de los desafíos centrales que enfrentan estos líderes, y en general las democracias lati-noamericanas, es ser capaces

 

  La demanda por un Estado activo y con presencia fuerte en la economía es una ex-plicación fundamental para el surgimiento de líderes con rasgos populistas y carismáti-cos impulsores de políticas neo-desarrollis-tas basadas en la intervención estatal de la economía. La debilidad institucional expli-ca en parte la importancia de algunos meca-nismos para-institucionales, centrados en la relación directa entre el líder y los grupos sociales, que representan otra dimensión central de muchos procesos latinoamerica-nos contemporáneos.

 

Para el latinoamericano promedio, el Estado juega un papel fundamental en la economía, in-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

cluso en aquellos países con mayor prevalencia del mercado y más integrados a la economía mundial. Se espera que el Estado, y no el sector privado, asuma la responsabilidad de dinami-zar la economía y de distribuir sus beneficios entre la población.

 

A continuación se presentan los promedios nacionales del índice de estatismo para la re-gión14. Si bien existen diferencias significativas entre los países de la región, los promedios son altos en todos los países. El peso de los prome-dios explicaría en buena medida la presencia de líderes carismáticos que promueven estrate-gias neo-desarrollistas con un alto protagonis-mo estatal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  El índice de estatismo está compuesto por prome-dios en la preferencia de los ciudadanos por un papel protagónico del Estado en cuatro áreas de la economía: propiedad de las empresas más importantes, asegurar bienestar, crear empleo y reducir desigualdad.

 

148        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gráfico 3. Promedios comparados del índice de estatismo

 

 

 

Paraguay     82.0

 

Chile     80.1

 

Costa Rica      79.4

 

Uruguay      78.7

 

Argentina      77.5

 

Rep. Dominicana      76.4

 

Nicaragua      74.5

 

Colombia      74.3

 

Brasil      73.5

 

Ecuador      73.0

 

Guatemala     71.6

 

Panamá      71.4

 

Perú      71.3

 

México      71.3

 

El Salvador     70.8

 

Bolivia      70.3

 

Honduras      69.6

 

Venezuela      67.5

 

 

0 20        40        60        80

 

Indice de estatismo

 

 

95% Intervalo de con anza (Efecto de diseño incorporado)

 

 

Fuente: Barómetro de las Américas 2010, por LAPOP.

 

 

Esta preferencia por un rol activo del Estado en la economía parece ser un rasgo distintivo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

de América Latina y es consistente con otras fuentes de información que muestran la centra-lidad del Estado para los latinoamericanos. Por ejemplo, al comparar la respuesta promedio de la región con los del resto del mundo a la pre-gunta “Se debería promover la propiedad pri-vada de las empresas vs. se debería promover la propiedad estatal de las empresas” los lati-noamericanos se muestran significativamente más favorables a la propiedad estatal15.

 

En la misma línea, y abordando el tema desde el estudio de los conflictos sociales en la región, el informe sobre conflictividad social en América Latina del PNUD, muestra que el Estado es el interlocutor de la gran ma-yoría de los conflictos sociales de la región (Calderón 2011b). Éste es un indicio más de la importancia que tiene el Estado para los la-tinoamericanos.

 

Una de las causas para que los latinoame-ricanos demanden tanto del Estado –y lo in-

 

 

  Los datos provienen de la Encuesta Mundial de Valores (World Value Surveys), dirigida desde la uni-versidad de Michigan. Este hallazgo es particularmen-te relevante si se considera que en la categoría “resto del mundo” se incluyen tanto países socialistas (como China) como otros países donde la presencia estatal en la economía históricamente fuerte (como los de Europa oriental).

 

Carisma, sociedad y política     149

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

terpelen de manera visible– tiene que ver con las limitaciones propias de los estados de la región, que deben manejar la creciente com-plejidad de las sociedades en el marco de la institucionalidad vigente. Si, como afirma el mencionado informe, el Estado es el principal productor y receptor de la conflictividad en América Latina (p. 52) se debe a sus limitacio-nes a la hora de resolver las demandas de la sociedad, como inclusión e igualdad social. A su vez, si los latinoamericanos esperan tanto del Estado, como sugieren los promedios del índice de estatismo, es debido precisamente a la debilidad de la misma sociedad y de la eco-nomía para resolver problemas de desarrollo o democracia.

 

En este contexto adquieren relevancia al-gunos mecanismos para-institucionales como mediadores entre sociedad y Estado, que con-tribuyen a fortalecer la dimensión personalis-ta de los liderazgos. Ante la debilidad de las instituciones, la relación entre Estado y orga-nizaciones sociales se mueve entre lo formal y lo informal, adoptan rasgos de clientelismo y personalismo que inciden en las relaciones cotidianas e impregnan a las instituciones for-males. Esta institucionalización de la informa-lidad provocada por fracasadas políticas so-cioeconómicas en el pasado, es ampliamente

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

favorable para una relación carismática fecun-da, pero limitada, entre líder y sociedad.

 

  Uno de los rasgos centrales del neodesa-rrollismo carismático latinoamericano es la presencia de líderes “fuertes” y visibles, que encarnan las virtudes y los defectos del pue-blo, y que representan su mandato de mane-ra directa. Estos liderazgos suelen tener am-plio respaldo popular, que también podrían generar un potencial autoritario.

 

Se trata de actores que buscan hacer confluir eficacia y eficiencia en los procesos y resulta-dos para resolver los problemas y los deseos de la gente, y por eso pueden ser denominados “fuertes”. Aunque apoyan de manera casi uná-nime la democracia como forma de gobierno, muchos latinoamericanos están dispuestos a aceptar líderes fuertes, capaces de concentrar poder y de asumir en mano propia la resolución de problemas que las instituciones formales no parecen ser capaces de solucionar. Si bien no es una condición necesaria, estos liderazgos fuertes pueden llegar a tener una faceta auto-ritaria gravitante.

 

La identificación entre el líder y el pueblo es un elemento central del liderazgo carismá-tico populista. Tanto por su origen como por

 

150        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

la construcción de su imagen y su carrera po-lítica, los líderes suelen ser identificados como un miembro más del colectivo denominado “pueblo”, y por tanto, de la comunidad afectiva e imaginada del “nosotros”. El líder asume la representación del pueblo porque es parte de éste, porque es el pueblo en sí mismo. Lo que hay, entonces, es una reificación del “pueblo” que se materializa en la imagen del líder.

 

La percepción de los latinoamericanos sobre el vínculo que debería tener el presidente con el “pueblo” es contundente. Si bien hay algunas diferencias, en todos los países de la región se apoya de manera mayoritaria la idea de que “el Presidente debe cumplir la voluntad del pueblo porque éste tiene siempre la razón”16. El líder y el pueblo se hacen uno en el mandato que el primero está obligado a cumplir sin cuestiona-miento, pero también a interpretarlo dado el carácter de sujeto abstracto del segundo.

 

Esta identificación carismática entre el líder y el pueblo es tan importante que permite pen-sar que la emergencia de los liderazgos caris-máticos en las democracias latinoamericanas

 

 

 

  Los promedios nacionales varían entre los 78 pun-tos en la escala de o a 100 en El Salvador, a 56 en la Argentina. Los datos para esta variable provienen del Barómetro de las Américas de 2008.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

puede entenderse como una respuesta a la frustración colectiva que produce el recono-cimiento de que gobernantes y gobernados no son lo mismo. Este desencanto es uno de los principales traumas que enfrentan las demo-cracias modernas (Rosanvallon 2009).

 

Los líderes neodesarrollistas con rasgos ca-rismáticos y populistas contemporáneos en la región son, en buena medida, actores mediá-ticos exitosos. Saben cómo funciona la expo-sición de los medios y cómo usarla para enta-blar un vínculo sustantivo con la población. En efecto, a través de los medios de comunicación masiva, y por medio de una presencia constan-te en ellos, los líderes establecen un vínculo sólido con la sociedad.

 

Los medios de comunicación tienen un lugar central en la política contemporánea. En Amé-rica Latina, 90% de los ciudadanos consume no-ticias por radio, TV, prensa o internet al menos algunas veces por semana, y dos terceras par-tes lo hace todos los días. Este consumo masi-vo de noticias ha resultado en una especie de “mediatización de la política”, en la que los ac-tores políticos tienen como principal escenario a los medios. Esta “democracia de lo público” (Manin 1992) privilegia el escenario mediático sobre otros estrictamente políticos o represen-tativos que podrían resultar más favorables

 

Carisma, sociedad y política     151

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

para procesos de deliberación, negociación y toma de decisiones.

 

Esto no implica necesariamente que los lí-deres deban congraciarse con los medios para movilizar su base social y para ser ampliamente populares. De hecho, existen liderazgos que se construyen y se hacen populares en oposición a los medios de comunicación de sus países. Sin embargo, no dejan de ser actores mediáti-cos que comprenden la dinámica de los medios y participan en ellos a partir de su lógica y re-glas particulares.

 

  La sensación de amenaza en una socie-dad puede generar una preferencia entre los ciudadanos por gobiernos efectivos, que sean capaces de solucionar los problemas urgentes de la población aunque esto impli-que dejar de lado algunos derechos e insti-tuciones democráticas básicas. En Améri-ca Latina, la principal fuente de amenaza percibida por la sociedad es la inseguridad ciudadana, que tiene un efecto potencial en la preferencia por formas de gobierno menos concertadoras.

 

Los ciudadanos demandan y apoyan liderazgos fuertes por distintas razones, como la historia y la tradición política de un país, o por elementos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

circunstanciales, como la sensación de amena-za o el miedo. El miedo principal de los latinoa-mericanos en la actualidad tiene que ver con el crimen y la inseguridad ciudadana.

 

La inseguridad ciudadana se ha convertido en un factor con efectos significativos sobre las perspectivas de la democracia en la región. Estudios específicos han demostrado que el crimen y la inseguridad ciudadana erosionan la legitimidad de la democracia y afectan ne-gativamente al capital social (Cruz 2008 ; Pe-rez 2012).

 

El gráfico siguiente muestra los resultados de un análisis de regresión logística para la pro-babilidad de que una persona prefiera un líder “de mano dura” frente a uno concertador17.

 

 

 

17 El gráfico de resultados de la regresión logística ilustra los efectos independientes de las distintas va-riables incorporadas en el modelo sobre la probabili-dad de que la persona prefiera un líder de mano dura frente a uno que busque soluciones con la participa-ción de todos. En el gráfico, si la línea que representa el coeficiente de regresión de cada variable indepen-diente se cruza con la línea de 0, puede asumirse la inexistencia de un efecto independiente estadística-mente significativo; por el contrario, si la totalidad de la línea del coeficiente está a la derecha de 0, entonces el efecto de la variable es positivo (y negativo si está a la izquierda).

 

152        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gráfico 4. Resultados de la regresión logística para la preferencia por un “gobierno de mano dura”

 

 

F=54.551

 

Edad

N =28657

 

Se siente muy inseguro

 

Victimización por crimen

 

Quintiles de riqueza

 

Usa internet a diario o casi a diario

 

Nivel educativo

 

Mujer

 

Apoyo a la democracia

 

Percepción sit. eco. nacional

 

-0.30      -0.20    -0.10    0.00     0.10

 

95% Intervalo de con anza

 

 

Fuente: Barómetro de las Américas por LAPOP.

 

Tanto la sensación de inseguridad como la vic-timización por crimen tienen un efecto inde-pendiente sobre la preferencia por un gobierno de “mano dura”. Además de estas variables, otros factores cuyo efecto sobre la preferencia por un gobierno de mano dura es significativo son: edad, que tiene un efecto positivo; y el uso de internet, el nivel educativo, el ser mujer, el apoyo a la democracia y la percepción de la si-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

tuación económica nacional, que tienen efec-tos negativos.

 

Otra variable con efecto significativo sobre la preferencia por un gobierno de mano dura es el posicionamiento ideológico de la persona en la escala “izquierda-derecha”. Una vez que se controla por los efectos de otras variables, las personas en los extremos izquierdo y dere-cho se muestran más cercanas a un gobierno de mano dura que las personas que se ubican al centro. Esta preferencia es aún más eleva-da entre quienes se identifican con el extremo derecho. El punto de la escala de posiciona-miento ideológico en el que la probabilidad de preferir un gobierno de mano dura es más baja está en la centroizquierda18.

 

 

 

  Si bien esta relación es clara en términos estadís-ticos, es importante considerar que, particularmente en los países de América Central, la idea de la “mano dura” ha sido empleada frecuentemente como parte de la plataforma electoral de candidatos de derecha o centro derecha que apuntaban precisamente a la delincuencia y la inseguridad como los problemas prioritarios. De tal manera que la preferencia por un gobierno de “mano dura” no necesariamente hace referencia a la preferencia por formas de gobierno autoritarias, sino posiblemente por un proyecto polí-tico centrado en la recuperación del orden y el impe-rio de la ley.

 

Carisma, sociedad y política     153

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El hecho de los jóvenes tiendan a ser menos propensos a preferir un gobierno duro es de gran relevancia a la hora de reflexionar sobre la sociedad latinoamericana y sus perspectivas futuras. Algo similar sucede con las mujeres, que también se muestran menos dispuestas a preferir este tipo de gobierno. Las personas más educadas tienden a preferir gobiernos concertadores, así como las personas más sa-tisfechas con la situación económica nacional y quienes apoyan de forma más explícita a la democracia. La relación de estas opiniones con la edad, el sexo y el nivel educativo, es funda-mental para pensar en el surgimiento de una nueva politicidad en la región, lo cual nos lleva a la última hipótesis.

 

  Se advierte la aparición de, lo que se po-dría denominar una “nueva politicidad”, definida por una ciudadanía más autóno-ma, que rechaza la política tradicional, capaz de actuar con poca intermediación política y concentrada en temas, a menudo, vinculados con el bien común. Este nuevo sentido de lo político es común entre jóve-nes de clases medias urbanas, con niveles de educación relativamente altos, y se realiza en red gracias a las nuevas tecnologías, par-ticularmente del internet.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las tecnologías de la comunicación crean es-pacios en los cuales los ciudadanos se relacio-nan y generan vínculos sociales y dinámicas políticas, conocidos como “tecnosociabilidad” (Castells 2001 ; PNUD 2010). El uso intensivo de las tecnologías de la información y la comu-nicación, sobre todo de internet y la telefonía celular, ha creado nuevos patrones de socia-bilidad y politicidad en América Latina, en los cuales los jóvenes tienen una preponderancia clara (Calderón 2011a ; Moreno 2012).

 

A inicios de la segunda década del siglo XXI, la cobertura de la telefonía celular llega a la mayoría de los habitantes de la región. Por ejemplo, en Argentina ya en 2008 había más líneas de teléfonos celulares que habitantes (Fundación Telefónica 2009), y una relación de 9 líneas por cada 10 personas no es inusual en la región.

 

En términos de uso de internet, alrededor de 28% de los latinoamericanos se conecta de manera diaria o casi diaria. Sin embargo, más de la mitad de la población de la región no usa nunca la web. Sumados a quienes la usan rara vez representan dos terceras par-tes de la población. El acceso a las tecnolo-gías de la información no es homogéneo. Paí-ses con mayor nivel de desarrollo humano tienen una mayor proporción de usuarios de

 

154        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

internet que los menos desarrollados, aun-que ésta no es la regla para la disponibilidad de teléfonos celulares en el hogar. De igual forma, si bien en la región se advierte un au-mento generalizado de usuarios de internet y de telefonía celular, existen diferencias im-portantes entre los países con relación a la tasa de crecimiento de la población usuaria de estos recursos.

 

A nivel individual, la edad es un factor de-cisivo para el uso de las TIC, particularmente de internet; los jóvenes tienden a ser usuarios mucho más frecuentes de la red. Otros fac-tores importantes para este uso son el nivel económico y educativo de las personas. Exis-te una brecha en el acceso a estas tecnolo-gías entre las áreas urbanas y las áreas rura-les, que muestran condiciones desventajosas frente a las ciudades.

 

La membresía en la sociedad de la infor-mación (Castells), o la participación activa en los espacios de tecnosociabilidad, mues-tra consecuencias relevantes en la forma en que los ciudadanos participan en política, así como sobre algunas actitudes y valores políti-cos. Por ejemplo, las masivas demostraciones públicas durante el conflicto de la educación en Chile de 2011 pusieron de manifiesto la ca-pacidad de las redes sociales para movilizar a

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

los ciudadanos. Estas concentraciones fueron informadas a través de Facebook, Twitter, y mensajes de texto.

 

Los vínculos y las relaciones de las redes sociales ya no se remiten a lo virtual, sino que tienen consecuencias en otros ámbitos más concretos, como la movilización social o la generación y consolidación de nuevos lideraz-gos. Por tal motivo, la importancia de la inno-vación tecnológica no pasa desapercibida para muchos de los nuevos líderes de la región, que buscan generar políticas que aprovechen los desarrollos tecnológicos para la superación de las condiciones de desigualdad y exclusión so-cial. Este es un indicio de una nueva politicidad que no está restringida en la sociedad, sino que se manifiesta y se entiende desde las nuevas élites políticas. Esto implica una ruptura con las generaciones anteriores y abre posibilida-des para una democracia más sustantiva, en la que la sociedad comunicada tiene un papel protagónico.

 

En términos de sus efectos, el uso frecuen-te de TIC se asocia estadísticamente con una mayor participación política de los ciudadanos por medio de canales formales e informales. Una vez que se controla estadísticamente por otros factores, un uso activo de internet se vin-cula con una mayor participación en protestas

 

Carisma, sociedad y política     155

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

y manifestaciones y con una menor participa-ción electoral.

 

Asimismo, el uso frecuente de internet tie-ne un efecto positivo sobre las actitudes de los ciudadanos hacia otros miembros de la socie-dad. La participación en la sociedad de la infor-mación resulta en una mayor tolerancia a las minorías. En este sentido, la tecnosociabilidad parece estar cumpliendo un papel similar al de la educación, ya que expone a las personas a la diversidad e incrementa su aceptación de lo diferente19.

 

 

3. Los desafíos futuros

 

Los liderazgos carismáticos que se expanden de manera democrática en el escenario políti-co de los países latinoamericanos en la primera década del siglo XXI resultan de una intersec-ción múltiple de procesos y condiciones his-

 

 

  Ésta es una tendencia, una relación de tipo estadís-tico que no implica que, necesariamente, una persona conectada desde un computador sea per se más tole-rante y tenga una vocación de participación más alta. Lo que este hallazgo muestra es que, una vez controlado el efecto de otros factores, los ciudadanos miembros de la sociedad de la información tienen estos rasgos más acentuados que otros ciudadanos latinoamericanos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

tóricas que vivió la región durante las últimas décadas. La tradición histórica de líderes con personalidades fuertes para la política en su tiempo es sin duda un antecedente relevante, pero existen otros de índole más estructural que son necesarios para la emergencia de estos liderazgos en la región.

 

Las reformas estructurales de los 90 y sus consecuencias sentaron las bases para que se genere una demanda fuerte por un rol activo del estado en la solución de los problemas de pobreza y desigualdad que si-guen siendo tan evidentes en el continente latinoamericano. Este es el primer elemento histórico que condiciona la emergencia de los liderazgos que consideramos aquí, y que puede entenderse como la necesidad de un estado reparador de las ausencias, vacíos y traumas colectivos profundizados durante dos décadas de reforma y minimización es-tatal. Esta sería una de las causas que expli-carían el componente “neodesarrollista” del liderazgo en cuestión.

 

El segundo elemento que explicaría la fuer-za de los liderazgos contemporáneos en Amé-rica Latina es la legitimidad de los regímenes democráticos como única forma posible de llegar al poder luego de la transición del auto-ritarismo a la democracia. Esta consolidación

 

156        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

del régimen democrático, tanto en términos de su funcionamiento institucional como en la cultura política de los latinoamericanos, resultó definitiva para circunscribir los meca-nismos y el campo de acción de los líderes a la arena electoral.

 

Pero además, es relevante que el tipo de gobierno democrático universalmente adop-tado en la región sea el presidencialista, que favorece desde las bases institucionales un go-bierno “personalista”. Bajo el presidencialismo latinoamericano, la identificación de “pueblo” y “líder” se hace más fluida y directa. Esta ca-racterística institucional genera una coinciden-cia entre el carácter personal del carisma y el carácter formal de la institución.

 

Por último, las condiciones de bonanza económica que vive la región y que resultan principalmente de un auge en la exportación de materias primas es otro elemento que ayu-da a explicar la consolidación de estos lide-razgos, en tanto posibilita la inversión y redis-tribución de riqueza desde el estado, las que a su vez son básicas para el vínculo carismático entre líderes y sociedad. Sin estas condiciones económicas favorables hubiera sido muy difí-cil, no imposible, plantear un retorno sosteni-ble del Estado como actor central en la econo-mía y también difícil la capacidad de sostener

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

un vínculo afectivo entre el líder carismático y la sociedad.

 

Es importante resaltar que el tipo de “lide-razgo carismático neodesarrollista democráti-co” que se describe aquí en términos concep-tuales es solamente eso, un tipo ideal inspira-do en Weber. Un constructo analítico que bus-ca entender mejor la relación entre la sociedad y política. Por lo tanto, es muy posible que a la hora de clasificar a los líderes latinoamerica-nos dentro de esta casilla, el lector informado no encuentre un líder que pueda considerarse un ejemplo perfecto y que reúna todas las ca-racterísticas. De todas formas, podrá encontrar en buena parte de los liderazgos actuales algu-nos de los rasgos descritos en este libro.

 

En este sentido, parece importante conside-rar algunos desafíos que los liderazgos caris-máticos democráticos enfrentan en América Latina. Uno de ellos tiene que ver con la vigen-cia y el fortalecimiento de las instituciones de-mocráticas; y es que todos ellos llegan al poder por medio de elecciones reconocidas como limpias y legítimas, por medio de las reglas del juego democrático. Sin embargo, el hecho mis-mo de que la política se base en la personali-dad del líder, en su carisma, hace que algunas instituciones que son importantes en el marco democrático en tanto garantizan los contrape-

 

Carisma, sociedad y política     157

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sos necesarios, puedan pasar a segundo plano y pierdan relevancia ante esta dimensión per-sonalista de la política. Un peso excesivo en la dimensión carismática de la política podría afectar negativamente a las mismas institu-ciones que originalmente hicieron posible el ascenso al poder de los nuevos líderes latinoa-mericanos, con su efecto renovador sobre los sistemas políticos de la región. En este sentido, el éxito de políticas neo-desarrollistas en el lar-go plazo, estarían asociadas con las capacida-des de una construcción e innovación institu-cional (y económica) sostenible en el tiempo que vayan más allá de la presencia misma de los líderes que las provocaron. La cuestión de la sucesión y la sostenibilidad son temas claves al respecto.

 

El segundo desafío tiene que ver con la de-pendencia del estilo de hacer política de los liderazgos carismáticos neo-desarrollistas en relación a los recursos económicos disponibles en las arcas estatales. Políticas redistributivas, superación de las brechas en salud y educación, e inversión estatal productiva dependen todas de la salud de las finanzas públicas y éstas, a su vez, dependen en buena medida de la diná-mica económica internacional. La pregunta no parece ser si es que los ingresos de los estados van a sufrir a consecuencia de cambios en el

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

comportamiento de la economía internacional situación que posiblemente se dará, si no por el contrario, saber si una cultura de innovación, austeridad y previsión ya estan instalada en la región.

 

Finalmente, la emergencia nuevas formas de sociabilidad y politicidad, posibilitada por el uso creciente de las tecnologías de la comu-nicación y la información, presenta un desafío de magnitud para estos liderazgos en tanto in-corpora actores nuevos, con demandas parti-culares, y con un nuevo sentido de la política a la dinámica nacional. Los jóvenes de clases medias urbanas en América Latina han estado dando señales claras de un mayor involucra-miento político a partir de compromisos y de sistemas de valores fuertemente arraigados. Esta nueva politicidad trae consigo preguntas sobre el medio ambiente, sobre la igualdad de género, sobre la participación de los jóvenes, sobre la educación y sobre nuevas formas de hacer política.

 

En gran medida los temas y desafíos plan-teados a lo largo del texto cobran sentido por la presencia de líderes y autoridades nacio-nales y regionales que aplican, crean y hacen viables las políticas neo-desarrollistas, u otras, tratadas en este ensayo. Tema tratado en el próximo volumen de esta serie.

 

158        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Los líderes y la sociedad

frente al espejo*

 

 

Fernando Calderón G., Caterina Colombo y Daniel Moreno

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1. Introducción

 

El presente ensayo trata sobre la relación entre la sociedad y los líderes en América Latina. Se parte del supuesto que la demanda por determi-nado tipo de líderes proviene de las condicio-nes, subjetivas y objetivas, de la economía y la sociedad, así como de sus experiencias recien-tes y valoraciones pasadas. Pero también los líderes al interpelar a sus sociedades les plan-tean metas y desafíos. Se considera, además, que estos fenómenos estructurales y cotidianos han adquirido un carácter cada vez más global, sobre todo aquellos vinculados a la industria cultural y las tecnologías de comunicación.

 

Se estaría conformado un espacio público global que conecta a las diferentes sociedades

 

 

  Este trabajo fue escrito junto a Daniel Moreno con la colaboración de Caterina Colombo y fue publicado originalmente en Huellas del futuro: contrapunto de voces sobre la realidad política latinoamericana, 2013 (Buenos Aires: Siglo XXI).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

nacionales e influye en la conformación de las demandas de liderazgo. La oferta de determi-nados líderes políticos no sólo responde a las necesidades políticas de una sociedad en par-ticular sino también a las características de la crisis y el cambio global en curso, que son particularmente visibles en los numerosos es-pacios de comunicación de la sociedad de la información y el conocimiento.

 

¿Cuando el peso de los lideres, como los que se los entrevista aquí, es significativamen-te importante? Una primera respuesta hipoté-tica sería cuando se viven momentos de crisis, cuando los pisos institucionales son relativa-mente débiles, la integración nacional insufi-ciente y el tejido social está resquebrajado. En esos momentos el peso y la demanda de líde-res tiende a ser mayor. Tal sería la situación de la mayoría de los países latinoamericanos, cuyos liderazgos políticos frecuentemente ha sido y son de gran relevancia en la conforma-ción de sus sociedades.

 

162        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Como se analizó en el Cuaderno 3 de la pre-sente colección del PAPEP, luego del relativo fracaso de las reformas estructurales, del Es-tado mínimo y de gobiernos neoliberales, se ha vivido un momento de “inflexión histórica” que produjo diversas orientaciones políticas. Inflexión que ha generado particularmente una demanda social de retorno del Estado –como centro del desarrollo y la política– en casi toda la región y con ello la instalación, en buena par-te de los países, en el poder político de líderes con rasgos carismáticos, que impulsan políti-cas neodesarrollistas y actúan en contextos democráticos. Si se agregan las condiciones económicas internacionales relativamente fa-vorables, sobre todo para Sudamérica, parecie-ra haberse iniciado un nuevo ciclo histórico, y quizás de desarrollo que descansa parcialmen-te en estos líderes, pero también en la consoli-dación de una democracia electoral que hasta el momento tiende a reforzar su legitimidad y la de las fuerzas políticas que los acompañan. La posibilidad de este neodesarrollismo estaría en el centro del juego político en la región.

 

Desde una perspectiva de mediano plazo, la sostenibilidad y dirección de tales proce-sos estarían fuertemente asociados con los cambios recientes de las sociedades latinoa-mericanas y sus vinculaciones con la sociedad

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

del conocimiento y la tecno-economía de la información. En este contexto, la situación y las acciones que impulsan los nuevos líderes, en su diversidad sociocultural y política, son fundamentales para el desarrollo. Por esto, las visiones y los roles de un nuevo tipo de líderes políticos, son de la mayor relevancia para el futuro latinoamericano.

 

El enfoque de este estudio plantea, además, que en América Latina la práctica de los lideres oscila entre una cierta cultura política del lide-razgo carismático y, y una cultura instituciona-lista. Los lideres actúan sobre la base de sus conocimientos, iniciativas y de sus ideologías, aunque estén condicionados estructuralmente. De allí que para entender los líderes “promoto-res y gestores” como aquí se han denominado a los lideres estudiados en este volumen, sea im-portante considerar, al menos, algunas referen-cias básicas sobre sus visiones y orientaciones políticos en relación a los problemas y las op-ciones que sus sociedades están enfrentando.

 

Bajo este marco, el estudio se plantea por una parte, interrogantes sobre las capacidades de innovación y profundización de la política y el desarrollo por parte de estos nuevos líderes latinoamericanos, su búsqueda de horizontes posibles y su capacidad de transformación ha-cia una democracia pluralista y de un desarro-

 

Los líderes y sociedad frente al espejo 163

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

llo humano innovador e integrador. Y por otra parte, caracterizar las condiciones y demandas de de la sociedad hacia estos líderes.

 

Con respecto a la metodología, la investiga-ción se basa en entrevistas en profundidad y una encuesta, realizadas a 27 líderes latinoame-ricanos, que ocupan un papel sobresaliente en sus respectivos países. Desde luego que no han sido incluidos todos los líderes representativos de la región; sin embargo, los consultados en-tregan valiosos testimonios sobre la actualidad latinoamericana. También se utilizaron datos del Barómetro de las Américas de LAPOP para 2010 y 2012, cuyas variables fueron cruzadas para in-cluir una evaluación comparativa sobre las de-mandas y condiciones sociales de liderazgo en la región. De igual modo, se realizó una amplia revisión bibliográfica sobre los temas de estudio.

 

Este apartado, introductorio a las entrevis-tas, se divide en tres secciones. En la primera se analiza una serie de entrevistas realizadas a líderes de la región. Se indaga sobre su capaci-dad política, sus orientaciones de innovación productiva y tecnológica y transformación so-ciocultural. Es decir, si son portadores de una nueva praxis política, que produzca resultados

 

  haga sostenible los cambios en curso o in-cluso promuevan un nuevo paradigma políti-co. En la segunda sección se presentan datos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

de encuestas de opinión pública, se describen los principales hallazgos, así como las coinci-dencias y los disensos con las entrevistas en profundidad. Se busca identificar las condi-ciones sociales de demanda de liderazgos y de estilos de hacer política. Por último, a modo de conclusión, se presentan reflexiones sobre los principales puntos de encuentro, de desen-cuentro y sobre los desafíos pendientes para la dirigencia política de la región.

 

 

2. Las voces de los líderes

 

En esta primera sección se busca analizar la ca-pacidad reflexiva y de anticipación de una eli-te política latinoamericana que emergió como respuesta a los límites, o fracasos, de las po-líticas de reformas estructurales aplicadas en las décadas de 1980 y 1990 y de las diferentes experiencias sociopolíticas vividas en los últi-mos años.

 

Sobre la base de una plataforma común de resultados socio-históricos específicos, las eli-tes entrevistadas para el presente estudio re-flexionan sobre el papel de la política frente al desarrollo, la innovación productiva, la equidad y el medio ambiente. Asocian tales temas con el papel y la participación política de las muje-

 

164        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

res y de los jóvenes, actores estratégicos en el cambio político cultural en la región, y sobre los procesos de integración latinoamericana en un mundo en crisis y de cambio en los mapas globales de poder. Desde el punto de vista del análisis se indaga sobre las capacidades políti-cas de un grupo significativo de líderes políticos regionales y que, en buena medida reflejan, tan-to el pluralismo constitutivo de la democracia en la región como las circunstancias nacionales o subregionales en las cuales son protagonistas.

 

2.1. Una plataforma común

 

A pesar de las diferencias de los diversos pro-cesos nacionales, como se advierte en el Vol. 3 Cuaderno de Prospectiva Política y en variados estudios políticos sobre la región, es posible detectar una plataforma común que no se re-fiere estrictamente a una agregación de temas o casos nacionales sino a un conjunto de pro-blemas, intersecciones y desafíos sociológicos comunes que experimentan las sociedades la-tinoamericanas, desde los cuales reflexionan los lideres entrevistados. Entre los rasgos que sobresalen, cabe mencionar los siguientes:

 

–– El fin del ciclo de las reformas estructurales y los resultados, por lo general negativos en

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

términos de equidad y crecimiento econó-mico como la inserción pasiva y dependien-te en la tecno economía de la información y de la sociedad de conocimiento, constitu-yen un hecho generalizado que explica en buena medida los cambios políticos opera-dos en el continente1.

 

–– Las crisis generalizada de los sistemas de representación  política,  particularmente de los partidos políticos, debido a la com-plejización de las sociedades y expansión de mediatización de la política asociadas a las tecnologías de información y comunica-ción (Castells, 2010) que conviven, paradó-jicamente con una amplia valorización de la democracia como forma de vida y con la consolidación de la democracia electoral. Así por ejemplo, el Informe Latinobaróme-tro 2010 muestra que entre 2001 y 2010 la proporción de latinoamericanos que con-sidera que “La democracia es preferible a

 

 

 

  Esto se ve reflejado en los hallazgos presentados en el Cuadro Reformas y realidades, incluido en el informe La Democracia en América Latina: hacia una democra-cia de ciudadanas y ciudadanos (PNUD, 2004), P. 40 y también en Calderón, F. (2003), Comp. ¿Es sostenible la globalización en América Latina? Debates con Ma-nuel Castells.

 

Los líderes y sociedad frente al espejo 165

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

cualquier otra forma de gobierno” ha pasa-do de 48 a 61%.

 

–– La recurrencia de condiciones económicas favorables para buena parte de los países latinoamericanos, vinculadas a un nuevo ci-clo creciente de exportaciones de materias primas y recursos naturales constituye otro ingrediente fundamental de esta plataforma de acción política. Como muestran los datos de CEPAL, América Latina ha crecido entre 2004 y 2011, excepto en 2009, más de 4% en términos reales2.

 

–– El surgimiento y la expansión de un nuevo ci-clo de conflictos socioculturales e institucio-nales como de nuevos actores y movimien-tos referidos al reconocimiento cultural y la dignidad de importantes grupos de pueblos originarios, afro descendientes entre otros, de cambios en las relaciones de género, am-bientalistas, empresariales y una multipli-cidad de actores circunstanciales que con-juntamente con importantes demandas por trabajo, calidad de vida y seguridad humana de importante actores sindicales y de la opi-nión pública, en buena medida condiciona-

 

 

 

  Datos obtenidos en CEPALSTAT http://websie. eclac.cl/sisgen/ConsultaIntegradaFlashProc.asp

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ron y organizaron el liderazgo estudiado. No es ajeno a esta expansión la emergencia de un comportamiento ciudadano, sobre todo en los sectores medios, más activo y mas au-tónomo que en décadas pasadas3.

 

–– El papel y el nuevo status político de los jó-venes y las mujeres. En el estudio sobre las protestas sociales4  y en el Informe de De-sarrollo Humano para MERCOSUR, sobre-salen el peso de dichos actores en la vida democrática de las sociedades y como tien-den a desplazarse hacia las redes de infor-mación y comunicación. Las redes cobran cada vez más preponderancia como el espa-cio donde los movimientos sociales actúan y discuten sus demandas y comparten expe-riencias y contactos. El ámbito de acción de estas redes es lo social o cultural, antes que lo estatal. Los movimientos por la dignidad a escala global, las demandas democráticas de los jóvenes árabes y las formas de comu-

 

 

 

  Para mayor detalle véanse los Vols. 1, 2 y 3de los Cuadernos de Gobernabilidad Democrática (PNUD 2008 y 2009). Y muy especialmente el Volumen 1 Cua-derno de Prospectiva política sobre Las protestas so-ciales en Latinoamérica.

 

  Para mayor detalle véase los Vols. 1 y 4 de los Cua-dernos de Gobernabilidad Democrática (PNUD 2009).

 

166        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

nicación de los estudiantes chilenos, son al-gunos ingredientes de esta forma diferente de hacer política.

 

–– En este ámbito, las mujeres jóvenes ten-drían, según el estudio, sobre el desarrollo humano mencionado, relativamente mayor capacidad de agencia que sus coetáneos varones. No obstante, cierto distanciamien-to y apatía con respecto a la política y su capacidad de transformación también se observa entre los jóvenes. De esta mane-ra, estaría emergiendo una nueva forma, no sólo de hacer política sino también de comunicación que busca un nuevo sentido en la política a partir sobre todo de valores culturales. La dignidad personal y colectiva es la principal demanda.

 

–– El retorno del Estado, en muchos casos, como actor fundamental en el desarrollo y la democracia en la región, se vincula con el fortalecimiento generalizado de regímenes presidencialistas. Este retorno ha sido un factor concomitante a la formación y expan-sión de los líderes estudiados.

 

–– El fortalecimiento de las capacidades po-líticas y estatales para gestionar la crisis económica global más allá de las orienta-ciones políticas específicas  de  cada  país,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

constituye otro factor fundamental de esta plataforma. La valorización y el ma-nejo de la gestión de economía, la esta-bilidad y las cuentas fiscales empieza se un importante indicador de cambio en la cultura económica de los líderes políticos latinoamericanos5.

 

–– El surgimiento de nuevas orientaciones políticas e ideológicas referidas a Moder-nización conservadora, Reformismo prác-tico, Nacional popular y Neo-desarrollis-mo indigenista6, constituye una referencia

 

 

 

  El Vol. 2 de los Cuadernos de Gobernabilidad De-mocrática analiza en detalle el desarrollo de estas ca-pacidades políticas surgidas en el marco de la crisis global.

 

  En términos generales, estas son las principales características de las orientaciones políticas: i) Mo-dernización conservadora: modernización del sistema de partidos, retorno y reforzamiento de la autoridad, reforma institucional para vincular actores y sistemas, relegitimación de la autoridad sobre la base de valores indiscutibles y compartidos, orden moral asociado a la expansión del mercado y asociación ideológica con los Estados Unidos; ii) Reformismo práctico: renova-ción y recreación del sistema de partidos, orden laico, construcción de alianzas, búsqueda por el Estado de una gestión institucional que combine crecimiento eco-nómico con políticas de inclusión, sistema de partidos moderno y relación pragmática con los Estados Uni-

 

Los líderes y sociedad frente al espejo 167

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

interesante para comprender el espacio político plural donde se mueven estos nue-vos liderazgos. Estas orientaciones no son ni excluyentes ni cerradas, son dinámicas y buena parte de los países y gobiernos de la región combina elementos de una o más. Además las predominancias políticas pueden cambiar en los distintos países. En efecto, hoy en día se observa que las orientaciones Nacionales populares y el Reformismo práctico han ganado peso y entre ellas se ha fortalecido una estrategia neo-desarrollista. Por otro lado, han apa-recido nuevas corrientes, centradas en la calidad de vida, la cultura y nuevas formas de hacer política. Tal es el caso, principal-

 

 

 

dos. iii) Nacionalismo popular: búsqueda de hegemo-nía política, papel central del Estado en la organización del desarrollo y la democracia, movilización de masas, liderazgo carismático legitimado por la democracia, primacía de la redistribución por sobre la producción y antiimperialismo. iv) Indigenismo neodesarrollista: participación política ampliada y democracia delibera-tiva, movimientos sociales e indígenas fuertes, Estado que negocia con las empresas transnacionales y busca inclusión; orden igualitario y antiimperialismo modera-do. Para mayor detalle sobre estas orientaciones políti-cas véase el Vol. 2 de los Cuadernos de Gobernabilidad Democrática (PNUD, 2009).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

mente, del movimiento estudiantil de Chi-le y del movimiento ciudadano #yosoy132 de México.

 

–– La opción neo desarrollista se relaciona con la presencia de líderes carismáticos democráticos con rasgos populistas, pero también pueden observarse tal liderazgos en algunos casos de la modernización con-servadora. La ecuación política es diversa. Países como Bolivia, Venezuela Ecuador, y Nicaragua están bajo la orientación Nacio-nal popular con un estilo más bien confron-tativo, mientras que en Uruguay, Costa Rica y Brasil predomina un reformismo práctico, proclive a las negociaciones. Argentina se encontraría en una situación intermedia. Pero en todos ellos tiende a expandirse un nuevo desarrollismo estatal y nuevas matri-ces de fuerzas políticas. Además lo hacen en los marcos de una vocación latinoame-ricanista. Varias de estas opciones son ana-lizadas con detalle en el Cuaderno 3 de la presente colección.

 

Un hecho novedoso es que el modelo neo-desa-rrollista, que se destaca en el presente ensayo, está siendo aplicado precisamente por líderes como los que se entrevistan aquí. Se trata de “líderes políticos promotores” y gestores de

 

168        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

proyectos políticos en curso7. Promueven pro-yectos y estructuran roles conectores entre el Estado, la economía y la sociedad que más allá de tratar de aplicar las políticas y tener los atri-butos característicos de dicho “modelo”, tienen una serie de rasgos sociológicos más o menos comunes: han reemplazado a los denominados tecnócratas, que estuvieron a cargo de las re-formas estructurales; privilegian la política por sobre la economía; buscan tener mayor capa-cidad de agencia; poseen mayor sensibilidad frente a temas relativos a la multiculturalidad y la inclusión social; muchos provienen de par-tidos, movimientos sociales y ONG de corte popular; tienen experiencia en la gestión de conflictos y promueven la participación social. Estos líderes son los promotores que ejecutan la agencia de los líderes históricos carismáti-

 

 

 

  Bobbio señala que los líderes promotores crean tan-to su papel como el contexto que lo realizan. Este tipo de líder logra dar consistencia a sus iniciativas y man-tiene una posición de liderazgo en la institución que ha promovido. Para Bobbio los líderes son: quienes dentro de un grupo detentan tal posición de poder que influ-ye en forma determinante en las decisiones de carác-ter estratégico. Poder que se ejerce activamente y que encuentra una legitimación en correspondencia con las expectativas del grupo. Bobbio, N. (1986), Diccionario de Política. Siglo XXI: Editores México, pp. 946 y 949.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

cos, son los promotores del neo desarrollismo. No obstante, con ellos coexisten, por un lado, líderes con similares rasgos de promoción pero identificados con otras orientaciones po-líticas de diverso tipo, como de la orientación “modernización-conservadora”. Pero también, por nuevos líderes jóvenes innovadores, que buscan un nuevo sentido a la política e inten-tan redefinir el campo  del  desarrollo  desde la crítica al poder. Varios de estos jóvenes si bien militan en fuerzas políticas en curso, en su gran

mayoría aspiran una renovación cultural.

 

Las diferencias subregionales, como se verá a continuación, constituyen otro factor impor-tante a la hora de valorar estos lideratos. Los entrevistados de México y Centro América, por su vinculación con EE.UU., por el impacto que tuvo la crisis y el incremento de la violen-cia asociado con el narcotráfico, el tráfico de armas y el consumo, tienen una reflexión más cortoplacista y práctica que sus pares suda-mericanos. Estos, por mejores condiciones económicas y por una mayor apertura en sus relaciones comerciales y políticas internacio-nales pueden tener mayor flexibilidad analítica y planteamientos de más largo plazo.

 

En síntesis, la pregunta central a la que se intenta dar respuesta a través de estas entre-vistas en profundidad, se refiere a las capaci-

 

Los líderes y sociedad frente al espejo 169

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

dades y disposiciones de estas elites políticas para enfrentar la creciente complejización de las sociedades latinoamericanas y los impactos de la crisis y el cambio global.

 

Sobre la base de estos antecedentes se han analizado con especial atención las reflexiones y disposiciones de los líderes entrevistados con relación a: la valoración de la política para enfrentar problemas complejos en una lógica de pluralismo democrático; su opinión sobre la presencia de un pensamiento estratégico para enfrentar, por una parte, problemas asociados a la innovación productiva, la equidad y el de-terioro del medio ambiente, y por otra, para la ampliación y el reconocimiento de actores estratégicos para renovar la política y el desa-rrollo, las mujeres y los jóvenes, como sugieren diversos estudios realizados por el PNUD.

 

Por último, se ha indagado las opiniones vertidas sobre el estado actual de la integra-ción latinoamericana, el rol del Brasil como líder regional y cómo visualizan el futuro de América Latina.

 

La selección de los líderes entrevistados bus-có ser políticamente pluralista y se realizó sobre la base de consultas a expertos de los diferentes países de la región. En particular, se dio una cier-ta preponderancia a las mujeres en función de los hallazgos encontrados en los Informes sobre

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desarrollo Humano para Mercosur, los ensayos sobre movimientos sociales del PAPEP y el es-tudio sobre los conflictos sociales ya citado. En este ámbito se destaca la mayor participación creativa de la mujer en la política8, su capacidad de agencia ciudadana y el creciente peso en el imaginario político regional de los jóvenes y de la denominada generación de la “tecno sociabili-dad”. Esta busca lograr una asociación práctica entre innovación “tecno económica” e inclusión social. Los jóvenes valoran la construcción de diálogos que se traduzcan en acuerdos concre-tos en función del trabajo, el medio ambiente y la revitalización de espacios públicos. De igual forma, se encontró en ellos una vocación que combina preocupaciones globales y cambios lo-cales. En términos políticos, buscan acuerdos de convivencia intergeneracionales y el desarrollo de una agencia que promueva una mayor equi-dad ciudadana9. Por consiguiente, el peso de los jóvenes es un tema fundamental para la política actual. Por tal motivo, se incluyó a algunos líde-res jóvenes entre los líderes entrevistados. Este es un tema que se tendría que investigar más.

 

 

  Véase el Vol. 4 de los Cuadernos de Gobernabilidad Democrática (PNUD, 2010).

 

  En efecto, de los 27 entrevistados, 21 son mujeres, y 3 son menores de 30 años.

 

170        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pregunta                        Categoría       

                                     

  3          2          1          0

                                     

Capacidad de la política como mecanismo de Mucha Algo de           Poca    Nada de

solución de problemas complejos        capacidad        capacidad       capacidad       capacidad

                                     

Presencia de un pensamiento estratégico para Muy presente  Algo presente Poco presente  Nada presente

avanzar en equidad e innovación                                            

                                     

Avances en la sostenibilidad ambiental           Mucho avance Algún avance  Poco avance    Ningún avance

                                     

Avances en materia de participación femenina           Mucho avance Algún avance  Poco avance  Ningún avance

                                     

Rol de los jóvenes en el actual proceso y en la           Muy    Algo    Poco    Nada

política  importante       importante      importante       importante

                                     

Evaluación del estado actual de la integración            Muy bueno     Bueno Regular           Malo

regional                                    

                                     

Evaluación del rol de Brasil como líder de la región  Muy bueno     Bueno Regular           Malo

                                     

 

 

Se entrevistaron 27 líderes –en el marco del PAPEP– en Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Costa Rica, Ecuador, Guatemala, El Salvador, México, Perú y Uruguay entre fines de 2011 y principios de 2012. No están todos los líderes que se hubiese deseado entrevistar, pero los consultados marcan importantes representa-ciones y orientaciones políticas en la región.10

 

Con el objeto facilitar el análisis, e identificar los principales consensos y diferencias entre los líderes consultados, se sistematizaron las

 

 

 

respuestas obtenidas por medio de una tipolo-gía cualitativa con cuatro categorías ordinales que van desde 3 hasta 0. Donde 3 representa la opinión más favorable o más positiva y 0 la opi-nión menos favorable o menos positiva11. Esta tipología permite reflexionar sobre las respues-tas entregadas y ubicarlas en un contexto socio histórico y analítico más amplio.

 

Asimismo, en los casos en que fue posible las respuestas fueron agrupadas de acuerdo con la orientación política de los entrevistados.

 

 

  Para mayor detalle sobre la metodología de las en-trevistas, véase el Capítulo 3 del Vol. 2 de los Cuadernos de Gobernabilidad (PNUD, 2008).

 

 

 

 En el anexo se presenta la tabla con el detalle de la clasificación cualitativa para cada entrevistado.

 

 

Los líderes y sociedad frente al espejo 171

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por último, cabe señalar que a lo largo del análisis y a titulo de ilustración se han inclui-do citas textuales de los líderes entrevista-dos. Éstas fueron seleccionadas de modo de incluir dirigentes de todos los países y de las cuatro orientaciones políticas. A continua-ción se describen los principales hallazgos.

 

a. Valorización de la política como meca-nismo de solución de problemas complejos

 

En cuanto al rol de la política, buena parte de los entrevistados concuerdan en el reno-vado vigor que ha adquirido en los últimos años y en su centralidad para promover el crecimiento, la inclusión, así como la coope-ración e integración regional, el promedio de los puntajes asignados a cada respuesta es 1,96212.

 

Aquellos que consideran que la capacidad de la política es alta se ubican en la orien-tación nacional popular o en la conjunción con el reformismo pragmático. En particu-lar, se valora muy positivamente que la po-

 

 

 

  Para 7 de los líderes la política tiene mucha capa-cidad (3) para articular y proponer soluciones a los de-safíos y problemas que enfrenta América Latina; 12 de ellos considera que tiene capacidad pero debe mejorar

(2); para 6 esta capacidad es baja (1) y para 1, nula (0).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

lítica sea la protagonista, por encima de la economía, de los procesos de corte progre-sista que atraviesan varios países y que se esté dando paso a formas más participativas de democracia.

 

Después de décadas con la economía delegada a tecnócratas y economistas, que no habían sido votados por nadie, pero que guiaban nuestros destinos, se ha dado vuelta esa lógica. Es pri-mero la definición política, y a partir de ahí las cuestiones técnicas o los programas o las cues-tiones instrumentales”. (Funcionaria del Estado, Argentina).

 

Los movimientos sociales y el pueblo están ha-ciendo política, la política más genuina (…), pero creo que la democracia avanza y las instituciones avanzan. Y por otro lado, creo que los movimien-tos sociales en muchos países estén fuertes, en la calle con la gente, y que las instituciones están consolidándose con el tiempo de la democracia.” (Diputada Federal, Brasil)

 

En el resto del ordenamiento hay mayor hete-rogeneidad en las reflexiones sobre la política. Las falencias que le adjudican a la política son variadas. Por ejemplo, se menciona que la políti-ca tradicional y parlamentaria siguen generando desconfianza, y la necesidad de mejorar la trans-

 

172        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

parencia, fortalecer las instituciones y la demo-cracia representativa y reposicionar a la política como articuladora del bien común, entre otros.

 

Parte de los problemas que enfrentamos hoy día es que buena parte de estos conflictos, y dispu-tas entre medioambiente, crecimiento, conserva-ción, uso razonable, responsable se cree que se resuelve con criterio técnico no con criterio po-lítico”. (Funcionaria del Poder Ejecutivo, Perú)

 

Para los entrevistados que señalan que la políti-ca actual tiene escasas capacidades de resolver los problemas que experimenta América Lati-na, esto se debe a que no ha podido dotar de contenido a los proyectos de futuro, a la falta de visión estratégica, al hartazgo de los latinoa-mericanos con la dirigencia política, al incum-plimiento de promesas y la corrupción.

 

“…No siempre o difícilmente se cumplen las promesas que se hacen en campaña o desde los gobiernos. Hay un sentimiento, una percepción casi generalizada de que la política es un espacio de prebendas y de privilegios, y muchas veces de corrupción y de impunidad”. (Dirigente polí-tica, México)

 

Hoy día tenemos una ciudadanía que en Latino-américa ha alcanzado otros niveles educaciona-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

les, que tiene niveles de expectativa mucho más allá del voto, que tiene una organización ciuda-dana mucho compleja que la estudiantil y obrera que es con la que los partidos más o menos están acostumbrados a lidiar. Mientras la política no se conecte con esa realidad social más compleja es muy difícil que pueda resolver estos temas de contenido.” (Dirigente política, Chile)

 

Por su parte, los líderes jóvenes chilenos consi-deran que la política actual no tiene capacidad alguna de resolver los problemas y que es nece-sario un cambio profundo y generacional.

 

La gente espera un modelo donde su voz sea es-cuchada, sea representada, porque no tiene que ver con escaños en el parlamento. Tiene que ver quizá con una fórmula que permita que la socie-dad civil comunique y que tenga representantes que expresen esa opinión” (Dirigente movimiento estudiantil, Chile).

 

b. Demanda de un pensamiento estratégi-co para avanzar en equidad e innovación

 

Este pensamiento se refiere a la necesidad de contar con usinas de pensamiento estra-tégico de largo plazo en América Latina que permitan generar innovaciones tecnológicas en un mundo cambiante y crecientemente interactivo para diversificar los modelos pro-

 

Los líderes y sociedad frente al espejo 173

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ductivos e incorporar mayor valor agregado, que a su vez promuevan la inclusión social y contribuyan a reducir la desigualdad prevale-ciente en la región.

 

La mayoría de los entrevistados considera que el principal desafío de América Latina si-gue siendo el elevado nivel de desigualdad. Asi-mismo, expresan la importancia de avanzar en la innovación tecnológica para profundizar la inserción en la economía mundial y la integra-ción regional. Sin embargo, no surge espontá-neamente la idea de contar con una estrategia conjunta, es decir, que la inversión en tecnolo-gía contribuya con la reducción de la desigual-dad13, en efecto, el promedio de los puntajes a asignados a las respuestas es 1,167.

 

Entre aquellos que consideran que el tema está poco presente en la actual agenda regional predomina el reformismo pragmático, mien-tras que el entrevistado que afirma que la dis-cusión ni siquiera está planteada pertenece al movimiento por una mejor calidad de vida.

 

Al respecto, un dirigente político de Costa Rica comenta la falta de inversión en investi-

 

 

 

  El ordenamiento de las respuestas muestra que 9 de los entrevistados no menciona el tema; para 4 está presente en las discusiones regionales (2); para 13 está poco presente (1) y para 1 no está nada presente (0).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

gación y desarrollo y la desventaja que eso re-presenta para competir, por ejemplo, con los países asiáticos:

 

Este continente tiene un gran ingreso medio e invierte menos de un 1%, 0,7 % en ciencia y tecno-logía, en sistemas educativos que no compiten en nada, es decir nosotros no sobresalimos en nada en educación y por lo tanto nada de inscripción de patentes ni nada”.

 

Nunca hubo un pensamiento estratégico de cuál es realmente es el modelo económico, social, o de país que queríamos y que nos sirve. No sé si los otros países lo tienen pero tiendo a pensar que no.” (Dirigente movimiento estudiantil, Chile)

 

Por supuesto que necesitamos un pensamiento estratégico, como lo hacen las empresas. Hay que pensar en nuestra región hasta 2050, por lo menos. En esa dirección están yendo las grandes corporaciones y nosotros estamos muy atrasa-dos (…) Hemos radicado la competitividad en la infraestructura y muy poco en la ciencia, la tec-nología, el conocimiento y la calidad educativa.” (Funcionaria del Poder Ejecutivo, Perú).

 

A mí me preocupa que, por ejemplo, las políti-cas de innovación no hayan llegado a ninguno de los países de manera significativa. Inclusive países que han hecho esfuerzos notables por abrir el acceso a internet y a las nuevas tec-

 

174        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

nologías, están muy lejos de poder invertir lo suficiente en investigación, desarrollo, ciencia, tecnología, que son los caminos que van a lle-varte a una posible innovación que permita re-ducir las brechas”. (Ex Funcionaria del Poder Ejecutivo, Bolivia).

 

c. Limites y avances en la sostenibilidad ambiental

 

Si bien se reconoce la importancia de con-servar el medio ambiente y de adoptar políticas que mitiguen los efectos del calentamiento glo-bal, las opiniones sobre la prioridad que ocupa el tema en la agenda no son positivas14, en este caso el puntaje promedio es 1,217.

 

Los tres dirigentes que visualizan avances pertenecen a 3 orientaciones distintas. Coinci-den en que ha incrementado la preocupación por el medioambiente y que se están tomando medidas al respecto.

 

Mi impresión es que nuestras sociedades le es-tán dando una relevancia cada vez mayor, y las comunidades, incluso las de muy bajo recursos, le otorgan una gran prioridad al medioambiente.

 

 

  Al ordenar las respuestas de las elites consultadas, se advierte que cuatro no mencionan el tema; 5 sugie-ren que se ha avanzado algo (2) y el resto considera que se ha avanzado poco (1).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ha dejado de ser un problema de pequeñas elites con gusto alternativo a ser un tema sentido como propio.” (Dirigente política, Chile).

 

Yo creo que ya existe plena consciencia, no lo voy a decir en todos, pero por lo menos obje-tivamente ya sabemos que el tema del medio ambiente es un tema fundamental en el desa-rrollo futuro” (Funcionaria del Poder Ejecuti-vo, Costa Rica).

 

Como contraparte, los entrevistados que seña-lan que se ha avanzado poco, hacen hincapié en la centralidad de los modelos sustentables de producción, de modificar las estructuras productivas de los países de la región para salir de la “primarización”, de crear conciencia so-bre el cambio climático, y sobre la importan-cia que tiene la integración regional para poder avanzar hacia un mayor cuidado de los recur-sos naturales.

 

En el tema ambiental, las políticas pasan por ponernos de acuerdo regionalmente: manejo de aguas, cambio climático, el tema de los ecosiste-mas. Es una perspectiva que no llega hasta donde llega Nicaragua, donde llega Colombia, ahí hay un manejo de perspectiva regional y cuando no se hace los impactos son terribles.” (Dirigente polí-tica, Costa Rica).

 

Los líderes y sociedad frente al espejo 175

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hay un efecto negativo en determinados recur-sos frágiles. Yo creo que hay procesos de conta-minación que atentan contra la diversidad cultu-ral y geográfica de nuestros países, pero también medioambiental, hay procesos de desarrollo eco-nómico que afectan ecosistemas frágiles. El tema amazónico es dramático y se encuentra en una situación compleja. En este sentido, necesitamos adquirir plena consciencia y tomar decisiones que realmente consideren estos temas. (Funcio-naria del Poder Ejecutivo, Perú).

 

Cuando decimos queremos volver a ser nueva-mente, nos referimos a que estamos en un pro-ceso de recuperación –no solamente de nuestros saberes, de nuestra identidad, de nuestros re-cursos naturales, de nuestra filosofía, de nuestra espiritualidad– sino de recuperación de todo: de nuestra historia, de nuestra identidad, de todo”. En la actualidad, nosotros vivimos en la “socie-dad de la nulidad”, vivimos en el “no tiempo”. Los mayas dicen “vivimos el no tiempo”, por eso el calendario Maya termina este año. Porque vamos a empezar a vivir el tiempo, nosotros decimos: estamos acercándonos a la Pacha. Al equilibrio, a nuestro camino, decimos: los Aimaras tenemos un camino que es nuestro “sarahui” que es equi-librio, equilibrio consigo mismo, equilibrio con nuestro entorno, equilibrio con la Madre Tierra, con la Madre Naturaleza. (Funcionario del Poder Ejecutivo, Bolivia).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

d. Reconocimiento y avances en materia de participación femenina

 

Con relación al rol de la mujer en la vida pú-blica, casi todos los entrevistados coinciden en la mayor participación femenina y los notables avances de América Latina, expresados en las presidencias encabezadas por mujeres en Ar-gentina, Brasil, Chile y Costa Rica, entre otros. También se valora los atributos que aportan las mujeres a la política y el hecho de que su peso seguirá creciendo15. En este caso el promedio de los puntajes es 1,840.

 

Yo creo que es una de las cosas que hay que re-conocer como aportes a la democracia, habría sido mayor el déficit democrático si no hubiera pasado lo que ha pasado con las mujeres. 40% de la población ahorita está gobernada por una mu-jer sumando a la presidenta de Brasil, Argentina y Costa Rica. Es importante porque eso simbóli-camente significa que hoy puedes imaginar como válido un gobierno protagonizado por mujeres, y el hecho de que hay tantas mujeres presiden-tas está mostrando que hay tantas posibilidades como opciones de que sea buena o mala presi-

 

 

 

  El ordenamiento de las respuestas indica que 1 de los consultados opina que se avanzado mucho (3); 19 que se ha avanzado (2); 5 que se ha avanzado poco (1) y dos líderes no mencionan el tema.

 

176        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

denta e independientemente de su sexo (Ex fun-cionaria del Poder Ejecutivo, Bolivia).

 

La presencia de la mujer en este rol de lideraz-go me parece que la da un tono diferente, ya que eran minorías han dejado de serlo. El problema de las mujeres ya no es un problema de minorías. Tanto ha dejado de ser un problema de minorías que constituyen una parte primordial de la fuerza laboral en la mayoría de nuestros países, y tanto ha dejado de ser un problema de minorías que los liderazgos importantes de la región ahora están también liderados por mujeres: Bachelet en Chi-le, Cristina en Argentina, Dilma en Brasil”. (Fun-cionario del Poder Ejecutivo, Argentina).

 

Creo que esto que ha pasado con la presencia de mujeres en roles relevantes en la política en Lati-noamérica, es impresionante. Más que la antesa-la de cambios que van a venir, es el producto de cambios que ya se produjeron. Se suele creer que la llegada de una mujer –no sé a dónde– va a cam-biar algo, pero para mí, es más bien el fruto de cambios gigantes que ha habido en este tiempo, y que más importante es la presencia de la mujer en el mundo laboral, la autonomía económica.” (Dirigente política, Chile).

 

También hay fiscales generales mujeres en Co-lombia, México, hubo una peruana, ya es una distancia porque eran espacios exclusivamente reservados para los hombres y ahora tenemos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

presidentas de cortes mujeres, fiscales generales mujeres, presidentas, y vicepresidentas mujeres. Eso da una idea de que los equilibrios de poder se están modificando”.. (Funcionaria del Poder Judicial, Guatemala)

 

En este caso no fue posible distinguir la pre-ponderancia de una orientación política sobre otra en la clasificación de las respuestas.

 

Para los consultados, los desafíos que persis-ten en cuanto a la equidad de género se refieren principalmente a la cultura patriarcal y machis-ta que predomina en la región y a las brechas históricas en participación parlamentaria, en cargos jerárquicos y salariales. En particular, se señala que en el ámbito privado las mujeres no han obtenido las mismas conquistas que en el público16.

 

Por su parte, los centroamericanos entrevis-tados advierten que en su región se ha avanza-do menos que en América del Sur, por ejemplo.

 

Nosotros no hemos llegado a tanto, como en Ar-gentina, Brasil o Chile, pero sí hemos avanzado. Creo que hay una cosa cultural durísima todavía

 

 

  Para mayor detalle, véase Álmeras, D. y Calderón Magaña, C.; Coords. (2012), Si no se cuenta no cuen-ta. Información sobre la violencia contra las mujeres. CEPAL: Santiago de Chile.

 

Los líderes y sociedad frente al espejo 177

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

en nuestras sociedades” (Funcionaria del Poder Ejecutivo, El Salvador).

 

Una senadora uruguaya que evalúa como escasos los avances de la mujer comenta lo siguiente

 

Las mujeres que estamos en política hemos sido invocadas a la política por el poder patriarcal. Lu-cía es la mujer de Mujica y yo estoy en la política porque me puso Mujica. Así que el poder patriar-cal está. Dilma está porque la puso Lula, y Cristi-na está porque era la esposa de Kirchner.”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Al igual que en la pregunta anterior, no es posible relacionar las opiniones vertidas con la orientación política.

 

Quienes valoran más favorablemente el rol de los jóvenes, destacan su renovado interés por participar activamente en la vida política y en el espacio público

 

Por primera vez en mucho tiempo los jóvenes están participando y militando a favor de algo y no en contra de algo. Y se sienten parte de esta transformación.” (Funcionario del Poder Ejecuti-vo, Argentina).

 

 

e. Valorización de los jóvenes en la política Entre las elites consultadas prevalece un gran optimismo por la revalorización de la po-lítica por parte de los jóvenes y el papel que pueden jugar en la promoción de estrategias innovadoras, por su estrecho vínculo con la informática, las redes sociales y las nuevas tecnologías17. De hecho, el promedio de los puntajes para esta pregunta es el más eleva-

do: 2,095.

 

 

 

             Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ           尀攀渀搀愀猀栀 尀攀Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ           尀攀渀搀猀栀 尀攀Ā ᜀ         De los 21 entrevistados que mencionan el tema, 5 consideran que los jóvenes están teniendo un rol central en la actual coyuntura (3); 13 evalúan que si bien están participando (2), no tienen el protagonismo que ameri-tarían y 3, que no están siendo tomados en cuenta (1).

 

 

De igual forma, se hace hincapié en su relación con las nuevas tecnologías, el uso que hacen de las redes sociales para comunicarse y generar movimientos políticos.

 

Yo creo que los jóvenes son protagonistas en este cambio y en esta transformación. Prime-ro tocarán vivir un mundo distinto, ellos viven el mundo de la globalización, nosotros nunca hemos vivido, nunca vivimos en esta edad, por-que ellos hablan un lenguaje distinto que es su propio lenguaje, y este lenguaje de las redes sociales, y este lenguaje de la internet, y ese lenguaje que no tiene no tiene autocensuras y ese lenguaje en tiempo real.” (Dirigente políti-ca, México)

 

178        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lo que se construye en Twitter, o en Facebook, alimenta a la radio y a la televisión y a los diarios y al final genera opinión pública. Entonces el po-der que tiene Giorgio con su Twitter, el poder que tiene la Camila, la Camila dice “hoy día hay cace-roleo a las nueve” y hay un caceroleo a las nue-ve.” (Dirigente movimiento estudiantil, Chile).

 

Los líderes políticos que evalúan como insu-ficiente o muy insuficiente la participación o la atención que brinda la política a los jóve-nes señalan la falta de oportunidades como un problema grave. Tal es el caso de dos par-lamentarias uruguayas que manifiestan su preocupación por la cantidad de jóvenes que no estudian ni trabajan y por la renuencia de la dirigencia política a darle paso a las nue-vas generaciones.

 

Lo que yo veo en Uruguay es que la política no tiene jóvenes porque los viejos echan a los jóve-nes. No es que los jóvenes no se acerquen a la política, a todo el mundo le interesa la política. A los jóvenes también les interesa, el problema es que los viejos no quieren que su lugar sea ocupado por los jóvenes.” (Senadora de la Re-pública, Uruguay).

 

No obstante, un líder estudiantil chileno señala que si bien está en su etapa inicial “este movi-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miento llegó para quedarse y llegó para cam-biar las cosas y no va a saciarse hasta ganar”.

 

En el mismo sentido argumenta una diputa-da brasileña:

 

Yo creo que, así como hoy un eje de desarrollo de Latinoamérica en torno al Estado, también está el tema de la posibilidad de tener un desa-rrollo de largo plazo que incluya a los jóvenes”. (Diputada Federal, Brasil).

 

f. Valoración positiva y desigual de la inte-gración regional

 

Con respecto a la creciente visibilidad que está adquiriendo América Latina y los avances de la integración regional, la mayoría de los en-trevistados se manifiesta optimista18. El prome-dio de la puntuación asignada a cada respues-ta, es 1,815.

 

En términos generales, quienes expresan mayor entusiasmo pueden clasificarse den-tro de la orientación política nacional y po-pular o en la intersección entre dicha cate-goría y el reformismo pragmático. Se valora

 

 

 

18 Como refleja el ordenamiento de las respuestas: para 4 entrevistados la integración regional es muy buena (3), para 14, buena (2) y para el resto, regular (1). Ninguno la evaluó como mala (0).

 

Los líderes y sociedad frente al espejo 179

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

muy positivamente la capacidad de diálogo entre los mandatarios, a pesar de las diferen-cias políticas.

 

Es fantástico ver cómo un gobierno como puede ser el de Chile o el de Colombia, que tie-nen a lo mejor orientaciones políticas distin-tas, sentados, discutiendo y acordando con los líderes de Argentina, de Brasil, de Venezuela, de Bolivia. Yo creo que es una época fantásti-ca en ese sentido. Fantástica. No recuerdo una etapa en donde haya habido tanta sintonía en-tre los líderes de la región”. (Funcionaria del Estado, Argentina)

 

(…) los presidentes ya están diciendo: “ya no vamos a caminar por los caminos del norte, ya no, caminaremos por los caminos del sur”. En Unasur se está discutiendo para volver a ca-minar por nuestros propios caminos, volver a mirar al sur…” (Funcionario del Poder Ejecu-tivo, Bolivia)

 

Como contraparte, en el segundo y en el tercer grupo –que perciben la situación como buena y regular, respectivamente– hay líderes de las cuatro orientaciones políticas: nacional popu-lar, reformismo pragmático, modernización conservadora y calidad de vida, así como aque-llos pertenecientes a las orientaciones mixtas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las consideraciones sobre los temas pen-dientes para la consolidación de América Lati-na como un bloque plenamente integrado difie-ren, sobre todo, de acuerdo con la zona geográ-fica de pertenencia, independientemente del signo político. Por ejemplo, para los entrevis-tados de Centroamérica y México, es necesario ir más allá de Mercosur y Unasur e incorporar las diferencias en cuanto a recursos naturales y estructuras productivas, entre otros.

 

Hay dos Américas Latinas, la Sudamérica, y Cen-troamérica. Centroamérica no tiene materias pri-mas, no tiene minerales, no tiene cobre, no tiene es-taño, no tiene petróleo, no tiene extensiones agríco-las para producir soja, etc. Y una Sudamérica llena de esos recursos” (Dirigente político, Costa Rica).

 

Yo creo que Latinoamérica en general está muy partida, es Sudamérica, Centroamérica, y Améri-ca del Norte. Tenemos esas tres divisiones que no sólo son geográficas, la relación se ha mejorado pero todavía nos falta (Funcionaria del Poder Ejecutivo, Guatemala).

 

En el grupo que valora como regular y crítica el estado de la integración regional, las opinio-nes también son diversas, aunque sí es posible identificar discrepancias atribuibles al signo político, además de las geográficas.

 

180        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hablar de América Latina en una homogeneiza-ción no corresponde a la realidad de la región. La región sur de América Latina ha tenido un punto de apoyo, una palanca en la irrupción protagó-nica de China (…) en comparación con el peso que ha tenido (…) para países como México en donde las manufacturas chinas han desplazado del mercado norteamericano a muchas manufac-turas mexicanas. (…) no veo predecible como región el horizonte de la zona” (Dirigente polí-tica, México).

 

En particular, dos de las entrevistadas que pue-den incluirse en el marco de la modernización conservadora hace énfasis en la necesidad de fortalecer la institucionalidad y la democracia.

 

Para mí el tema de la democracia es sustantivo y es difícil para los países con fuertes convicciones y valores democráticos negociar con otros que, si bien responden a gobiernos electos, toman me-didas que los acercan a un sistema autoritario” (Representante Nacional, Uruguay).

 

Nuestra región tiene problemas institucionales muy graves, de gobierno, de los distintos pode-res del estado, de las distintas instituciones, no tiene reglas claras, no tiene reglas estables. Por lo tanto creo que tiene debilidades sumamente preocupantes” (Funcionaria del Poder _Ejecuti-vo, Chile).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por su parte, los líderes estudiantiles consul-tados que se identifican con movimientos por la calidad de vida basan sus críticas en la au-sencia de una identidad latinoamericana y en la dirigencia política.

 

Latinoamérica tiene una deuda gigantesca con respecto a su unidad como continente, como her-mandad, como una cultura latinoamericana” (Di-rigente movimiento estudiantil, Chile).

 

Los líderes de hoy día, líderes me refiero a los presidentes, están muy marcados por las dictadu-ras de los años 60, 70, 80, en la región. En cambio generaciones nuevas que venimos sin los miedos de esa confrontación de ideas creo que es más posible, es más factible” (Dirigente movimiento estudiantil, Chile).

 

g. El nuevo rol de Brasil como líder de la región

 

Para numerosos entrevistados, el surgi-miento de Brasil como líder regional es prác-ticamente indiscutible. Más aún, se evalúa favorablemente este hecho y se espera que be-neficie a toda la región, en promedio el puntaje es 1,88519.

 

 

  Tres de los entrevistados evalúan muy positivamen-te (3) el desempeño de Brasil, 17 consideran que este

 

Los líderes y sociedad frente al espejo 181

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los líderes que manifiestan mayor conformi-dad con el rol que está jugando Brasil, perte-necen a tres orientaciones políticas (nacional y popular, reformismo pragmático y moderni-zación conservadora), a diferencia de la rela-tiva homogeneidad observada en la tendencia anterior.

 

Sobre Brasil tenemos una muy buena impresión. Ha sido un país muy entregado en la relación bilateral con nosotros, nos ha ayudado mucho.” (Funcionario del Poder Ejecutivo, El Salvador)

 

El plan de avance para Brasil es ubicar en el cen-tro de la política externa la integración general con los países de Sur América y Latino América. Brasil tiene la vocación de darle prioridad a la po-lítica, la integración y sobre todo, a la soberanía de los pueblos” (Diputada Federal, Brasil).

 

Entre aquellos que valoran positivamente tam-bién se advierte heterogeneidad en el signo político, aunque cabe destacar que, excepto uno, todos los líderes nacionales y populares o que se encuentran en la intersección con el reformismo pragmático se ubican en este se-gundo grupo.

 

 

desempeño es positivo (2), 6 como insuficiente (1) y un entrevistado no hizo mención al tema.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las reticencias aluden principalmente a que Brasil aún no ha logrado consolidar su lideraz-go, puesto que es reciente. También se advierte que al interior del estado brasileño no hay con-senso sobre este incipiente liderazgo regional.

 

Brasil ha tenido siempre una cancillería –Ita-maraty– casi autónoma de los gobiernos. Y digo ‘casi’ porque con los gobiernos de Lula eso empezó a cambiar” (Senadora de la República, Uruguay).

 

Brasil recién se ha abierto a América Latina, es un proceso relativamente joven en el cual Brasil ha comenzado no solo a mirar sus vecinos lati-noamericanos como socios, como aliados, como mercados potenciales sino que también ha permi-tido que los latinoamericanos empecemos a ver a Brasil como un espacio de colaboración” (Fun-cionaria del Poder Ejecutivo, Perú).

 

Tres dirigentes de los seis que no evalúan posi-tivamente el desempeño de Brasil se incluyen dentro del reformismo pragmático y dos en la intersección con la modernización conserva-dora. A grandes rasgos, las críticas aluden a la ambigüedad en el ejercicio del liderazgo, a la falta de una genuina vocación de guiar a la región y a anteponer los intereses del país, en desmedro de la integración.

 

182        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Brasil tiene una política exterior vinculada diplo-máticamente a lo comercial muy sofisticada, Bra-sil no es un hermano de América Latina, Brasil es un hermano de si mismo utiliza su poder hasta to-dos los límites con América Latina, con Estados Unidos (…). Ya están empujando a donde pueden llegar en todo para tener la venia de otros países emergentes (Dirigente político, Costa Rica).

 

Lo que está pasando en Bolivia con el gas es una prueba clara de que a Brasil no le importa la agen-da de desarrollo sostenible y democrático, sino el crecimiento de su economía.” (Ex funcionaria del Poder Ejecutivo, Bolivia).

 

h. Escenarios futuros: percepciones contra-puestas

 

Para finalizar se les pidió a los líderes que indicaran cuál era el mejor y el peor escenario que ellos imaginaban para América Latina, que los mantenía “despiertos” pensando sobre el futuro de la región.

 

Las respuestas fueron diversas y, por tal motivo, no pudieron ser sistematizadas con la tipología empleada previamente. Sin embargo, ha sido posible identificar algunos puntos en común entre los entrevistados.

 

La mayoría de los entrevistados, indepen-dientemente de su afiliación ideológica, o parti-daria, hizo hincapié en la necesidad de avanzar

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

en la lucha contra la pobreza y, especialmente, contra la desigualdad, por sus efectos negati-vos en la cohesión social y en la institucionali-dad democrática, entre otros.

 

La pobreza, la desigualdad. Posiblemente en ese tema soy casi monotemática, a mi me parece que vamos bastante enrumbados a no solucionar ese problema, Latinoamérica difícilmente va a poder solucionar otros problemas. Vea que si bien es cierto que me preocupa mucho la pobreza, me preocupa igualmente la desigualdad, porque creo que la inequidad, cada vez más visible en nuestras ciudades, hace que el esquema democrático, que el esquema político se resquebraje” (Funcionaria del Poder Ejecutivo, Costa Rica)

 

Realmente, no veo viable la democracia, no veo viable la paz social, no veo viable la convivencia en un país cuando usted tiene grados muy altos de inequidad, grados de marginalidad absoluta de grupos de la población. Eso es lo que nos tiene liquidados a Latinoamérica y la verdad es que eso sólo se enfrenta con políticas muy serias” (Fun-cionaria del Poder Ejecutivo, Chile)

 

Al desagregar por orientación ideológica se observan algunas diferencias en cuanto a los escenarios negativos para la región. Entre aquellos incluidos en la orientación Nacional popular varios señalaron que el peor escenario

 

Los líderes y sociedad frente al espejo 183

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

para la región sería el final de lo que ellos de-finen como “proceso histórico de cambio” que atraviesan sus respectivos países, que se pierda la oportunidad de consolidar los avances que para ellos ha obtenido la región.

 

Me mantiene despierta como preocupación el que no se entienda el proceso histórico político que se está viviendo, porque realmente es compli-cado. Tenemos oposiciones y ahí estoy hablando como mujer con una línea política. Me preocupa que esos procesos por efecto mediático –porque lo cierto es que los medios de comunicación en este momento no son la mejor fuente de informa-ción– puedan hacer que existan retrocesos en el proceso histórico.” (Legisladora Asamblea Legis-lativa Plurinacional, Bolivia).

 

Un escenario negativo sería un retroceso en la oleada de gobiernos progresistas que tenemos ahora en la región. (Diputada Federal, Brasil)”

 

Como contraparte, los líderes pertenecientes al reformismo práctico, a la modernización conservadora o a la intersección entre ambas orientaciones afirmaron que un escenario ne-gativo para la región sería un retroceso en la calidad institucional, el predominio de gobier-nos autoritarios y los perjuicios que esto podría traer a la integración regional.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lo que más me preocupa del futuro es que como país, o países de la región no tengamos la capaci-dad de construir las instituciones, o fortalecer las instituciones, o transformar las instituciones, y de construir los mejores caminos para aprovechar y dar cauce al talento de nuestra gente, a su creati-vidad, a sus sueños, a sus fuerzas, innovación, a nuestra cultura.” (Dirigente política, México)

 

La evolución de un modelo tipo chavista, o sea autocracias con sistemas centralistas de poder autoritarios que a la larga –en mi concepto– desa-rrollen un populismo que no supera la pobreza ni respeta la dignidad. Ese escenario me preocupa, me preocupa un escenario de violencia, me preo-cupa un escenario en el que el narcotráfico, la vio-lencia, y la inseguridad ciudadana se impongan” (Dirigente política, Perú).

 

Asimismo, algunos consultados mostraron gran preocupación por la creciente influencia del narcotráfico y la inseguridad. Al respecto, una funcionaria del Poder Judicial de Guate-mala afirma que “el poder de corrupción que tienen las estructuras vinculadas con el nar-cotráfico y la capacidad de generar violencia hace que la región esté en las agendas de prác-ticamente de todos los países.”

 

Lo que más me preocupa es el tema del narco-tráfico, porque nos agrede de una manera y con

 

184        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

un potencial económico que los países lo máxi-mo que hacen es estar a la defensiva, o tratar de correr los narcotraficantes para otro lado pero le caen a otro país (Senadora de la República, Uruguay).

 

Lo peor que puede pasar, ya le decía, es que las amenazas a la consolidación democrática y al desarrollo económico con inclusión se convier-tan en realidad, que resurjan grupos que quieran resolver todo por la vía de la violencia, o que el crimen organizado y el narcotráfico se tomen a la estructura de los estados” (Funcionario del Po-der Ejecutivo, El Salvador).

 

En síntesis este liderazgo promotor de proyec-tos y resultados, está enfrentando las comple-jidades de la plataforma socio-histórica que les ha tocado vivir, valorizando la política como el factor central para enfrentar los problemas, privilegiando resolver los problemas de equi-dad e innovación productiva, pero conscientes de que existen limitaciones y desafíos que son muy difíciles de enfrentar en un mundo de con-tinuos cambios.

 

Entre las limitaciones se destaca la de-bilidad de pensamientos estratégicos para construir una posición regional compartida en la cuestión ambiental y dificultades en los procesos de institucionalización política.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Varios líderes reclamaron mayor pluralismo político, en todos ellos parece prevalecer la valorización del dialogo como camino de con-vivencia entre distintos. Si a esto se suman las diferencias de alcance de metas políticas y desarrollo, por condiciones socio histórico y económico diferente entre líderes de México y Centroamérica y los de Sudamérica, queda claro que los resultados proximos serán dife-rentes y que una integración latinoamericana, que es valorada por todos, queda pendiente para el futuro.

 

Por último, se destaca un consenso casi ge-neralizado con respecto papel de las mujeres y los jóvenes como nuevos actores del desarrollo y la democracia. Se subraya que se ha avanza-do, aunque también se señalaron múltiples li-mitaciones. Sin embargo, desde el mundo po-lítico pareciera promoverse su inclusión activa en los juegos del poder, lo cual podría contri-buir a obtener cambios genuinos.

 

 

3. Las voces de la gente

 

En esta sección se presentan datos sobre las percepciones y actitudes de los ciudadanos de 18 países de América Latina y el Caribe que muestran coincidencias importantes con algu-

 

Los líderes y sociedad frente al espejo 185

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

nas de las percepciones de las élites, aunque no necesariamente son las mismas. En este sentido, el capítulo muestra evidencia que complementa y, a veces, difiere de las actitu-des y opiniones de los líderes promotores re-cogidas a través de las entrevistas realizadas por el PAPEP. Los datos de las percepciones ciudadanas provienen de las rondas de en-cuestas de 2010 y 2012 del Barómetro de las Américas de LAPOP20.

 

La opinión pública es clave para compren-der los procesos políticos de América Latina, y aporta algunas pautas esclarecedoras sobre la emergencia de ciertos liderazgos y orienta-ciones políticas. La opinión pública, entendida como un conjunto de actitudes y percepciones sobre ciertos temas de interés público y canali-zada por medio de encuestas de opinión y por los medios de comunicación masiva, es una aproximación útil para comprender las tenden-cias, las tensiones y las contradicciones exis-tentes en ella.

 

La información presentada en este capítulo se concentra en cuatro ejes temáticos que fue-

 

 

 

  Para un mayor detalle de la información de LAPOP, así como para acceder a sus datos y a la forma en la que se construyen, ver el sitio web de esta organización en www.lapopsurveys.org.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ron abordados en las entrevistas con las élites. En primer lugar se presentan resultados sobre las valoraciones sobre capacidades políticas en la región. Luego se consideran las deman-das por desarrollo con equidad y con protago-nismo estatal. En tercer lugar se analizan datos sobre el rol de los jóvenes y las mujeres, en la dinámica política nacional de los países de la región. Por último, se discuten datos sobre las percepciones ciudadanas en torno a la integra-ción regional, haciendo énfasis en el liderazgo de Brasil.

 

3.1. Capacidades políticas en la región

 

Las capacidades políticas de los gobiernos de la región para manejar conflictos y para liderar procesos innovadores de desarrollo innovado-res de los gobiernos de la región, dependen en buena medida de la confianza que la sociedad deposite en los líderes y en el desempeño de su gestión. La capacidad de la política para proce-sar conflictos de manera eficiente tiene que ver fundamentalmente con el margen de maniobra que la ciudadanía está dispuesta a otorgarles a los principales lideres políticos. En democra-cias presidencialistas como las latinoamerica-nas, la capacidad de acción legítima de parte

 

186        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

del ejecutivo es fundamental para determinar las capacidades generales que tiene la política en el país. Y esta capacidad de gobierno depen-de, en buena medida, del respaldo y la satisfac-ción que sienten los ciudadanos con la política de su país.

 

Entendidas las cosas de esa manera, puede afirmarse que, durante la primera mitad del año 2012, las capacidades de la política en la región son relativamente positivas, vistas desde la sociedad civil; la mayoría de los paí-ses de la región vive un momento de satisfac-ción ciudadana con la política. No obstante, existen diferencias importantes en las valo-rizaciones de las capacidades políticas entre los países de la región. Un solo país muestra una situación crítica en su valorización de las capacidades políticas actuales, al menos de acuerdo con las señales encontradas en la opinión pública.

 

El indicador del malestar con la política, desarrollado por el PAPEP, y publicado en el Cuaderno de prospectiva política No. 2, ha demostrado ser capaz de identificar condi-ciones ciudadanas de malestar que definen el margen de acción de los actores políticos, en especial el del ejecutivo. El indicador se com-pone de la evaluación que hacen los ciudada-nos de su situación económica personal y de

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

su nivel de aprobación promedio del trabajo del presidente.

 

La evaluación que hacen los ciudadanos de su situación económica personal tiene a ser buena en América Latina. Sólo en un pu-ñado de países esta evaluación era negativa durante el primer trimestre de 2012. Estos se encuentran todos en Centroamérica y el Caribe: República Dominicana, El Salvador, Honduras, Guatemala, Nicaragua, a los que se suma México.

 

La combinación del auge de exportación de materias primas de los países latinoame-ricanos con tasas de crecimiento positivas en casi todos los países de la región genera un sentimiento de cierta bonanza económica entre los ciudadanos. Esto es más cierto en Sudamérica que en el norte de la región, que se ha visto más afectado por la crisis econó-mica internacional.

 

Con respecto a la valoración que hacen los ciudadanos sobre el trabajo del ejecutivo, que es la segunda variable empleada en el indica-dor de malestar con la política del PAPEP, las percepciones promedio son también positi-vas. Solamente cuatro países tienen una valo-ración promedio negativa del trabajo realiza-do por el ejecutivo: Honduras, Chile, Panamá y Costa Rica.

 

Los líderes y sociedad frente al espejo 187

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gráfico 1. Percepción promedio de la situación económica personal por país, 2012*

 

 

 

Brasil                                        16.4

Ecuador                                    15.1

Paraguay                                               14.6

Uruguay                                    14.3

Argentina                                             14.3

Costa Rica                                            11.8

Colombia                                              10.9

Venezuela                                 7.6      

Panamá                         7.1      

Chile                             2.9      

Bolivia                          2.5      

Perú                               2.5      

Nicaragua                                 -0.1     

Guatemala                     -4.3                

México              -4.4                

Honduras                      -5.3                

El Salvador                   -8.1                

R. Dominicana  -18.0                          

-20         -10       0          10        20

 

Percepción situación económica personal

 

 

   95% Intervalo de con anza (Efecto de diseño incorporado)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gráfico 2. Valoración promedio del trabajo del ejecutivo por país, 2012

 

 

 

Ecuador                                                36.5

Nicaragua                                                         34.6

Brasil                                                    30.1

Uruguay                                    25.9    

Argentina                                             24.7    

Colombia                                              24.5    

El Salvador                                           23.5    

Venezuela                                             19.9    

México                          16.0                

Paraguay                                   14.7                

Perú                               12.5                

Guatemala                                12.3                

Bolivia               2.6                             

R. Dominicana              1.9                             

Costa Rica         -2.8                                        

Panamá  -4.5                                        

Chile      -7.6                                        

Honduras          -9.8                                        

-10         0          10        20        30        40

 

Aprobación del trabajo del presidente

 

 

   95% Intervalo de con anza (Efecto de diseño incorporado)

 

 

 

Fuente: Barómetro de las Américas por LAPOP.

 

  La formulación exacta de la pregunta empleada es: ¿Cómo calificaría en general su situación económica? ¿Diría usted que es muy buena, buena, ni buena ni mala, mala o muy mala? Las respuestas fueron recodificadas para su presentación en una escala de -100 a 100 en la que “ni buena ni mala” tiene valor de 0.

 

 

Fuente: Barómetro de las Américas por LAPOP.

 

Vale la pena resaltar que si bien los promedios de cuatro países son negativos, en ninguno de los casos la cifra llega a -10 en una escala que va des-

 

188        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

de +100 hasta -10021. Como contraparte, los pro-medios de aprobación son altos y llegan a más de 30 puntos en Ecuador, Brasil y Nicaragua.

 

El único país con promedios negativos tanto en la aprobación del trabajo del ejecutivo como en la valoración de la situación económica per-sonal es Honduras. El siguiente gráfico que ilustra el indicador del malestar en la política para cada país en 2012, junto con sus tenden-cias en relación a 2010, muestra con claridad esta relación (Gráfico 3).

 

Los datos muestran capacidades políticas ampliamente diferenciadas entre los países de América Latina. Un grupo de 9 países, la mitad de los países considerados, muestran gobiernos fuertes y ciudadanos relativamente satisfechos con su economía: los gobiernos de Ecuador, Brasil, Uruguay, Colombia, Argen-tina, Venezuela, Paraguay, Perú y Bolivia no deberían tener grandes problemas para tomar decisiones legítimas en un clima positivo de

 

 

  La pregunta fue formulada de la siguiente manera: Hablando en general acerca del gobierno actual, ¿di-ría usted que el trabajo que está realizando el Presi-dente (nombre Presidente) es... Muy bueno, Bueno, Ni bueno, ni malo (regular), Malo, Muy malo (pésimo). Las respuestas fueron recodificadas para su presenta-ción en una escala de -100 a 100 en la que “ni buen ni malo” tiene valor de 0.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

opinión. Cabe resaltar aquí los casos de Perú y Argentina, que en un plazo de dos años mi-graron de una situación de malestar ciudadano con la política a una de satisfacción ciudadana.

 

Gráfico 3. Posición de los países de América Latina en el indicador de malestar con la política en 2012, y evolución desde 2010

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: Barómetro de las Américas 2012, por LAPOP.

 

En 8 países se advierte que sus gobiernos tienen cierto margen de acción, definido ya sea por su capital político o por la percepción de una econo-mía pujante. En Nicaragua, El Salvador, México, Guatemala y la República Dominicana, los ciu-

 

Los líderes y sociedad frente al espejo 189

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

dadanos están insatisfechos con su economía, y aun así valoran de forma positiva al gobierno; esto sugiere que los gobiernos tienen cierto capi-tal político que podrían emplear a su favor.

 

En el caso de Chile, Panamá y Costa Rica, el ciudadano promedio reprueba a su gobierno pese a estar personalmente satisfecho con su situación económica. El margen con el que cuentan los go-biernos en estos casos tiene que ver más con la estabilidad y la bonanza de sus economías que con sus propios méritos políticos. Esta es una combinación poco usual, ya que las percepciones sobre la economía suelen tener un efecto directo sobre la del trabajo del gobierno y del presidente. La posición de estos países puede estar sugirien-do problemas de representación política de ca-rácter más bien estructural en sociedades que han alcanzado cierto nivel de bienestar económico.

 

Por otro lado, el hecho de que los tres países sean parte de la orientación política definida como “modernización conservadora” puede es-tar mostrando una mayor demanda por un mode-lo neo-desarrollista como una tendencia general en la región. Sin embargo, para poder corroborar alguna de estas hipótesis de manera conclusiva, es imprescindible monitorear cómo evoluciona la aprobación presidencial en los tres países.

 

La casilla de alerta que muestra una situación de malestar ciudadano con la política tiene un solo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

país durante el primer trimestre de 2012. Hondu-ras se ubica ahí, luego de que su gobierno perdiera los elevados niveles de aprobación que poseía lue-go de la última elección presidencial. Esta com-binación de valoración negativa del trabajo del ejecutivo con una percepción también negativa de la economía de parte de los ciudadanos sugiere la instauración de un estado de malestar ciudadano con la política, que restringe las capacidades de acción de parte de los actores políticos y pone una presión adicional a un marco institucional débil y golpeado por los eventos recientes.

 

Existe otro dato que refleja la seriedad de la situación política hondureña en la actualidad que se vincula con la percepción del principal proble-ma del país. El porcentaje de personas que identi-fica a la política como la fuente de los principales problemas de su país es bajo en toda la región, lo que sugiere que la mayoría de los latinoamerica-nos no ve a la política como un obstáculo a la so-lución de sus problemas. La excepción es Hondu-ras. Allí, la política es la respuesta más frecuente cuando se pregunta sobre el principal problema del país, y un tercio de la población comparte esta idea. Este porcentaje es el doble del país que se ubica en el segundo lugar22.

 

 

  La pregunta empleada es: En su opinión ¿cuál es el problema más grave que está enfrentando el país?

 

190        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gráfico 4. Porcentaje de personas que cree que la política es el principal problema por país, 2012

 

 

 

Honduras      33.7

 

Costa Rica      16.3

 

Colombia      16.2

 

Panamá      16.1

 

México      15.8

 

Brasil      15.4

 

Perú      14.4

 

Ecuador      13.2

 

Paraguay      11.3

 

Chile      9.7

 

Guatemala      8.1

 

Bolivia      7.4

 

R. Dominicana      7.1

 

Venezuela      6.2

 

Argentina      6.1

 

Nicaragua      5.4

 

Uruguay      3.7

 

El Salvador      3.0

 

 

0 10        20        30        40

 

Principal problema política

 

 

95% Intervalo de con anza (Efecto de diseño incorporado)

 

 

Fuente: Barómetro de las Américas por LAPOP.

 

 

Se consignan aquí sólo las respuestas relacionadas a la política.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Además, Honduras es el país de América Latina con los valores más bajos para dos indicadores relevantes: la preferencia por la democracia como forma de gobierno y la tolerancia política. Mientras que la ma-yoría de los ciudadanos están convencidos de las ventajas de la democracia como for-ma de gobierno, en promedio los hondure-ños muestran un bajo grado de apoyo a esta idea, así como un bajo nivel de respeto por la participación política de ciudadanos con posiciones políticas distintas.

 

En suma, en Honduras se combina una situa-ción de malestar ciudadano con la política con una percepción explícita de los ciudadanos de que la política es el principal problema, bajos niveles de tolerancia política y de preferencia por la democracia. Esto va a contracorriente de lo que sucede en el resto de la región, don-de no parece instaurarse una sensación de ma-lestar y los problemas percibidos por la gente son principalmente de orden económico o de seguridad ciudadana. Las capacidades del sis-tema político hondureño para manejar conflic-tos están en una situación claramente crítica, sin que existan elementos sólidos en la opinión pública que puedan actuar como contención de posibles retrocesos autoritarios.

 

Los líderes y sociedad frente al espejo 191

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

3.2. Demandas ciudadanas de desarrollo y de presencia del Estado

 

Los latinoamericanos demandan un tipo de desa-rrollo con fuerte presencia estatal, capaz de so-lucionar las brechas sociales en la región y con énfasis en la seguridad ciudadana. La demanda por la solución de problemas económicos y de seguridad a veces se cruza con la preferencia por liderazgos fuertes, con rasgos populistas y en ocasiones autoritarios.

 

La preocupación por las desigualdades socia-les y, en general, por los problemas de la econo-mía es grande entre los latinoamericanos. Las brechas sociales, acentuadas durante las décadas de reformas estructurales, son importantes para los ciudadanos de América Latina, que sigue sien-do la región más desigual del mundo. Esta preo-cupación por la desigualdad viene de la mano por una demanda de mayor participación estatal en la generación y distribución de ingresos.

 

La mayoría de los ciudadanos en América Lati-na está de acuerdo con que los estados promuevan políticas para reducir las desigualdades entre sus ciudadanos. Esto muestra un interés inobjetable por la reducción de las condiciones de desigual-dad aún existentes en la región. El gráfico siguien-te muestra que el promedio de apoyo a la idea de que “El Estado debería implantar políticas firmes

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

para reducir la desigualdad de ingresos entre ricos y pobres” es alto en todos los países de la región.

 

Gráfico 5. Promedios nacionales de acuerdo con la idea de que el Estado debería implementar políticas para reducir la desigualdad, 2012

 

 

Nicaragua     86.3

 

R. Dominicana     86.3

 

Panamá      85.9

 

Paraguay     85.6

 

Uruguay      85.4

 

Argentina      84.4

 

El Salvador      83.5

 

Chile      83.3

 

Brasil      82.0

 

México      82.0

 

Colombia      81.1

 

Costa Rica      78.6

 

Perú      77.8

 

Ecuador      76.7

 

Guatemala      72.9

 

Bolivia      72.3

 

Venezuela      71.3

 

Honduras      68.3

 

 

0 20        40        60        80        100

 

El estado debe tener políticas  rmes para reducir desigualdad

 

 

95% Intervalo de con anza (Efecto de diseño incorporado)

 

 

Fuente: Barómetro de las Américas por LAPOP.

 

192        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La preferencia de los latinoamericanos por la intervención del Estado en la economía es alta no solamente cuando se considera a las políti-cas de reducción de las brechas sociales, sino también en otros ámbitos económicos en los que el Estado puede participar. En efecto, la preferencia de los latinoamericanos apunta a un Estado fuerte, capaz de proveer servicios, crear empleos y reducir la desigualdad, ase-gurando el bienestar de la gente. El gráfico 6 muestra los promedios latinoamericanos de aprobación de estas ideas23 y el gráfico 7 el ín-dice de estatismo por país (Ver gráficos 6 y 7 en páginas siguientes).

 

 

 

  Las preguntas empleadas son las siguientes: El Estado (gentilicio), en lugar del sector privado, debería ser el dueño de las empresas e industrias más importantes del país; más que los individuos debería ser el principal responsable de asegurar el bienestar de la gente; más que la empresa privada, debería ser el principal responsable de crear em-pleos; debe implementar políticas firmes para redu-cir la desigualdad de ingresos entre ricos y pobres; más que el sector privado, debería ser el principal responsable de proveer los servicios de salud. La combinación de estos 5 elementos en un promedio con una escala de 0 a 100 conforma el índice de esta-tismo que se usa en este capítulo como medida com-puesta de la preferencia por un estado protagónico en la economía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La preferencia por un Estado que sea dueño de las empresas también es alta, pero menor que en las otras áreas. El dato más relevan-te con relación a este tema tiene que ver con que la aprobación de la idea del Estado dueño de empresas es más alta precisamente en los países con una política económica más liberal (como Panamá, Chile y Paraguay), mientras que en Venezuela es mucho más baja (el pro-medio es casi 30 puntos más bajo en Venezuela que en Chile).

 

La demanda de presencia estatal es alta in-cluso en países altamente institucionalizados, y considerados desarrollados dentro de la re-gión, como Uruguay, Brasil y Colombia; es más, en estos países los valores del índice de estatismo son más altos que en países como Bolivia, Guatemala y Perú. Este dato es de gran importancia para las circunstancias históricas que vive la región y explica en buena parte la emergencia de liderazgos fuertes con rasgos carismáticos, y con una orientación hacia po-líticas de corte nacional popular. Y es que los ciudadanos parecen estar demandando políti-cas neodesarrollistas, en las que el Estado es un actor central en la economía y en la búsque-da de desarrollo y bienestar material para la población.

 

Los líderes y sociedad frente al espejo 193

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gráfico 6. Promedios latinoamericanos de aprobación a la intervención estatal en distintas áreas, 2012

 

 

 

84.0

 

80          78.2     80.2     80.6

                         

 

 

 

 

60

 

 

 

40

 

 

 

20

 

 

 

0

 

 

 

 

 

54.9

 

 

Dueño empresas   Asegurar bienestar  Red. desigualdad       Crear empleos Proveer servicios

              95% Intervalo de con anza (Efecto de diseño incorporado)

                         

 

 

 

 

Fuente: Barómetro de las Américas por LAPOP.

 

194        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gráfico 7. Promedios latinoamericanos del índice de estatismo, 2012

 

 

 

Nicaragua     87.9

 

  Dominicana    87.5

 

Paraguay     87.2

 

Uruguay      85.7

 

Argentina      84.1

 

El Salvador     84.1

 

Panamá      83.3

 

Colombia      82.0

 

Chile      81.7

 

México      80.1

 

Brasil      79.2

 

Ecuador      79.2

 

Costa Rica      78.0

 

Perú      76.8

 

Venezuela      76.0

 

Bolivia      76.0

 

Guatemala      74.6

 

Honduras      69.8

 

 

0 20        40        60        80        100

 

Índice de estatismo

 

 

95% Intervalo de con anza (Efecto de diseño incorporado)

 

 

Fuente: Barómetro de las Américas por LAPOP.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Más allá de una demanda circunstancial, lo an-terior puede estar sugiriendo que los latinoa-mericanos anhelan mayor presencia estatal en la economía precisamente en los países en los que ésta es más débil, o al menos en los que se percibe una ausencia de acción estatal. Al contrario, en los países en los que la presencia estatal es muy clara, los ciudadanos parecen inclinarse por un rol más pasivo del Estado. El área de intervención en la que estas diferen-cias pueden verse de manera más clara es la propiedad de las principales empresas del país, mientras que las responsabilidades de asegurar bienestar, proveer servicios, crear empleos y reducir la desigualdad encuentran mayor con-senso en la región.

 

La demanda por un rol activo del Estado en la economía es tan importante para los latinoamericanos que se vincula con la prefe-rencia misma por la democracia en la región. Los países en los que la preferencia por la de-mocracia es más sólida son aquellos que de-mandan mayor claridad un Estado con papel protagónico. Esta relación se da también en el nivel individual: se observa una correlación positiva entre índice de estatismo y prefe-rencia de los ciudadanos por la democracia. Estos datos indican que los latinoamericanos quieren un tipo de democracia específico, en

 

Los líderes y sociedad frente al espejo 195

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

el cual el Estado tiene un papel central en la dinámica económica.

 

La mayoría de los latinoamericanos identifi-can dos tipos de problemas como los más im-portantes para sus países: los económicos y los de seguridad ciudadana. Aproximadamente un tercio de los ciudadanos de los 18 países con-siderados identifica a los problemas económi-cos como los principales, y otra tercera parte señala a los de seguridad. Siguen muy lejos los problemas políticos, señalados apenas por el 12% de la población.

 

No obstante, existen importantes diferen-cias entre los países con relación a los proble-mas más importantes. Mientras que tres cuar-tas partes de los nicaragüenses identifican pro-blemas económicos como los más importantes, apenas 1 de cada 7 brasileros lo hacen. Otros países en los que los problemas económicos tienen una gran incidencia para sus ciudadanos son Bolivia, Paraguay, República Dominicana, El Salvador, Perú y Ecuador.

 

En cuanto a la seguridad, dos terceras partes de los venezolanos la señala como el principal problema del país, lo mismo que la mitad de los uruguayos y de los salvadoreños. En contrapar-tida, apenas 8% de los nicaragüenses cree que los problemas de seguridad son los más impor-tantes en su país.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En general, los ciudadanos de los países más pobres de la región tienden a identificar a los problemas económicos como los más impor-tantes. La seguridad ciudadana parece preocu-par más a ciudadanos de países con niveles de desarrollo socioeconómico medios, mientras que la política preocupa de manera notable so-lamente en Honduras, el país que vivió un quie-bre institucional en el último lustro.

 

Cabe señalar que tanto las percepciones de inseguridad ciudadana como las percepciones negativas sobre la economía del país están asociadas con una preferencia por liderazgos fuertes, incluso autoritarios. Los resultados de un análisis de regresión logística grafica-dos a continuación, muestran que tanto la victimización por crimen como la sensación de inseguridad están vinculadas con la justi-ficación de un golpe de estado hipotético por parte de los militares24.

 

 

 

 

 

  La pregunta empleada para este análisis es la si-guiente: Alguna gente dice que en ciertas circuns-tancias se justificaría que los militares de este país tomen el poder por un golpe de Estado. En su opinión se justificaría que hubiera un golpe de estado de los militares frente a las siguientes circunstancias…? Frente a mucha delincuencia.

 

196        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gráfico 8. Resultados de la regresión logística para la justificación de un golpe de Estado de parte de los militares, 2012

 

 

 

Usa internet casi a diario                      F=93.596

              N =25785

             

Victimización por delincuencia                      

 

 

Se siente muy inseguro

 

 

Nivel de educación

 

 

Edad

 

 

Mujer

 

 

Apoyo a la democracia

 

 

Percepción sit. eco. nacional

 

 

-0.30      -0.20    -0.10    0.00     0.10     0.20

 

95% Intervalo de con anza (Efecto de diseño incorporado)

 

 

Fuente: Barómetro de las Américas por LAPOP.

 

 

Además de las variables de inseguridad y crimen, otros factores que muestran un efecto significa-tivo sobre la preferencia por un gobierno no de-mocrático son la edad, el uso de internet, el nivel educativo, el apoyo a la democracia, el hecho de ser mujer y la percepción favorable de la situa-ción económica nacional. Todos estos factores

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

tienen efectos negativos sobre la justificación de un golpe de estado por parte de los militares en un hipotético caso de delincuencia extrema.

 

Las personas más educadas están menos dispuestas a justificar un golpe de Estado, así como las personas más satisfechas con la situa-ción económica nacional y quienes muestran un apoyo más explícito a la democracia. Inde-pendientemente de su edad o nivel socioeconó-mico, las personas que usan internet frecuen-temente son menos propensos a justificar una interrupción militar del orden institucional que quienes no participan frecuentemente de la red.

 

Estos hallazgos reafirman la emergencia de una nueva politicidad en América Latina, con-formada principalmente por los internautas y las personas más educadas, aunque también por las mujeres y los más jóvenes. Este nuevo sentido de la política pasa por un convenci-miento democrático sólido, pero que parte de un ciudadano autónomo, que tiene capacidad crítica y está conectado con distintas redes.

 

3.3. Protagonismo de la mujer y de los jóvenes en las democracias latinoamericanas

 

En Latinoamérica, las mujeres y los jóvenes muestran menor interés en la política que los

 

Los líderes y sociedad frente al espejo 197

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

varones y las personas de mayor edad. Sin embargo, las mujeres son vistas como líderes menos susceptibles a la corrupción. Esto las posiciona como actores claves para la canali-zación de una nueva forma de hacer política, que responda las demandas ciudadanas y sea capaz de fortalecer los sistemas democráticos en la región.

 

Cuando se pregunta a los latinoamericanos sobre quiénes creen que son mejores líderes, la gran mayoría de la población rechaza la idea de que los varones sean mejores líderes. Este es un primer hallazgo importante; casi tres cuartas partes de la población en la re-gión están en desacuerdo o muy en desacuer-do con la idea de que los varones sean mejo-res líderes25.

 

El gráfico siguiente muestra el porcentaje de personas que están, al menos, de acuerdo con la idea de que los varones son mejores lí-deres que las mujeres en los países incluidos en este análisis.

 

 

 

 

  La pregunta empleada es Algunos dicen que en ge-neral, los hombres son mejores líderes políticos que las mujeres. ¿Está usted muy de acuerdo, de acuer-do, en desacuerdo, o muy en desacuerdo? Se muestran aquí las opciones “muy de acuerdo” y “de acuerdo”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gráfico 9. Porcentaje de personas que aprueba la idea de que los varones son mejores líderes que las mujeres por país, 2012

 

 

 

R. Dominicana      46.0

 

Venezuela      32.3

 

Honduras      29.3

 

Bolivia      27.0

 

Paraguay      25.9

 

Ecuador      25.6

 

El Salvador      24.8

 

México      24.1

 

Chile      23.6

 

Panamá      23.5

 

Nicaragua      22.0

 

Costa Rica      21.4

 

Argentina      20.3

 

Guatemala      19.7

 

Colombia      18.0

 

Perú      17.3

 

Brasil      16.6

 

Uruguay      16.0

 

 

0 10        20        30        40        50

 

Hombres mejores líderes que mujeres

 

 

   95% Intervalo de con anza (Efecto de diseño incorporado)

 

 

Fuente: Barómetro de las Américas por LAPOP.

 

198        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una cuarta parte de los habitantes de la región sostienen que los varones son mejores líderes. Los países que tienen actualmente presiden-tas mujeres están en la parte baja del cuadro. Mientras que casi la mitad de los dominicanos están convencidos de que esto es así, apenas uno en 6 uruguayos y brasileros tienen este sesgo machista. Esto muestra la persistencia de una cultura machista en una fracción impor-tante de la población que menoscaba las capa-cidades de liderazgo de las mujeres y reprodu-ce condiciones de dominación masculina que se evidencian también en la política, y parece ser más prevalente en el Caribe que en el resto de la región.

 

A pesar de la existencia de esta cultura ma-chista, los liderazgos políticos de las mujeres son considerados como menos corruptos que los de los varones. Cuando se pregunta quié-nes son más corruptos como políticos, si los hombres o las mujeres, alrededor de un ter-cio de los latinoamericanos afirma que los varones, mientras que sólo el 4% dice que las mujeres, aunque la mayoría cree que ambos pueden ser corruptos. Este dato es relevante, puesto que señala que las mujeres tienen una reserva de confiabilidad que podría alimentar el resto del sistema político en momentos de crisis de legitimidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero esta percepción favorable del liderazgo femenino no parece ser suficiente para generar condiciones de igualdad en la participación política. De manera consistente con otros es-tudios, distintos factores muestran que las mu-jeres tienden a adoptar una posición pasiva en la política con relación a sus conciudadanos varones. Uno de ellos es el interés en la políti-ca: las mujeres latinoamericanas muestran un interés en la política significativamente menor, independientemente de su nivel educativo y de otros factores socioeconómicos, que el que afirman tener los varones. En promedio, el in-terés de las mujeres en la política es 8 puntos porcentuales menores al de los varones. Este menor interés de las latinoamericanas en la po-lítica se observa a nivel regional y en todos los países a nivel individual, excepto en Honduras y México, donde no hay diferencias estadísti-camente significativas entre varones y mujeres.

 

El convencimiento de que se conoce los asuntos importantes del país, que parece ser una condición del interés y la participación po-líticos, también muestra variaciones importan-tes en la región. Los varones creen que saben lo que importa con más frecuencia que las muje-res, independientemente de su nivel educativo.

 

La edad también tiene un papel distinto para los varones y para las mujeres con respecto a

 

Los líderes y sociedad frente al espejo 199

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

cuáles son los asuntos más importantes del país. Mientras que esta seguridad se incrementa con la edad entre los varones, entre las mujeres no hay diferencias importantes entre los distintos rangos de edad. Es decir, los varones tienden a ganar confianza de que conocen los asuntos im-portantes del país a medida que se convierten en ciudadanos maduros pero esto no sucede entre las mujeres. El gráfico 10 muestra la evolución de los promedios en el “sentimiento de que se conoce los asuntos importantes del país para hombres y mujeres, según su edad26 (Gráfico 10).

 

Es posible proponer distintas explicaciones para esta participación política diferenciada: desde la preeminencia de una cultura política machista hasta la falta de confianza de las mu-jeres en sus capacidades políticas. Pero cual-quier explicación de la menor participación de las mujeres en la política debe considerar que ésta es un ámbito controlado por los varones, que se rige por códigos y lógicas masculinas, en el cual las mujeres tienen a menudo un papel subordinado. Y muy posiblemente esto es lo que empieza a cambiar en la región.

 

 

 

  La pregunta empleada dice: Usted siente que en-tiende bien los asuntos políticos más importantes del país. ¿Hasta qué punto está de acuerdo o en desacuer-do con esta frase?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gráfico 10. Sentimiento de que se conoce los asuntos importantes del país entre hombres y mujeres, según rangos de edad, 2012

 

 

 

del país  52                                                      

                          Varones                                 

importantes                                                                 

  50                                                      

  48                                                      

más                                                                  

                                                            

los asuntos        46                                                      

                                                            

que entiende      44                                                      

                          Mujeres                                 

  42                                                      

Siente                                                              

                                                            

  40                                                      

  16-25   26-35   36-45   46-55   56-65   66+

                                      Edad              

 

 

Fuente: Barómetro de las Américas por LAPOP.

 

 

Los esfuerzos de inclusión de las mujeres en la política, por ejemplo por medio de la ins-tauración de cuotas en la representación par-lamentaria, han logrado conferirle a la política en los países latinoamericanos mayor presen-cia femenina. Sin embargo, las estructuras pa-triarcales que garantizan y reproducen el con-trol masculino del poder estatal distan mucho

 

200        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

de ser completamente superadas. Esto puede apreciarse todavía en la opinión pública, tanto en las percepciones sobre participación feme-nina, como principalmente en las percepcio-nes y actitudes de las mismas mujeres.

 

Con los jóvenes sucede algo similar, pero sin políticas que promuevan su participación en la mayoría de los países de la región. Tanto a nivel de América Latina como cuando se considera a los países de manera individual, los jóvenes muestran menos interés en la política que los ciudadanos de mayor edad. En algunos países los jóvenes parecen tener mayor interés, pero una vez que se introduce el nivel educativo como variable de control, esta relación desaparece. En otras palabras, lo que define el interés por la po-lítica es la educación de las personas, que tiende a ser mayor entre los miembros de las generacio-nes más nuevas. Una vez que se controla por éste y otros factores, los jóvenes se muestran menos interesados en la política que los mayores.

 

Sin embargo, antes que un desinterés gene-ral en la política, estos datos pueden estar mos-trando es la falta de confianza e interés en la forma específica en que la política funciona y se practica. Para muchos jóvenes, los actores y el sistema político en general están devaluados y no motivan su interés y participación. Pero esto no implica que no participen en acciones

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

eminentemente “políticas”; las manifestaciones masivas de jóvenes demandando mejores con-diciones de educación en Chile, el movimiento #yosoy132 en México, o las movilizaciones por la paz en Colombia son indicios de la existencia de jóvenes organizados, conectados a través de las tecnologías de la comunicación y activamen-te involucrados en acciones políticas que no pasan por los canales de representación institu-cionales. Esto refleja la demanda de una nueva politicidad de parte de los jóvenes latinoameri-canos. Y es aquí donde las mujeres, percibidas como actores políticos menos susceptibles de volverse corruptas, aparecen como un actor clave en el encausamiento de tal demanda.

 

3.4. Escenario internacional e integración regional

 

Los latinoamericanos están conscientes del carácter crecientemente multipolar del con-texto internacional en el que viven. Si bien los Estados Unidos sigue siendo el país con mayor influencia en la región, se percibe su declive. Brasil es el país que se percibe con una influencia más positiva y con una imagen gravitante en el cono sur. Al mismo tiempo, se aprecian condiciones favorables para la inte-gración regional, aunque esta tendencia pare-

 

Los líderes y sociedad frente al espejo 201

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ce más clara en Sudamérica que hacia el norte de la región.

 

Alrededor de la mitad de los latinoamerica-nos cree que los Estados Unidos son el país de mayor influencia en la región. Alrededor de una tercera parte cree que países asiáticos (China, Japón o la India) son los más influyentes. Me-nos de 15% identifica a un país latinoamericano como el más influyente (Gráfico 11).

 

La mitad de los latinoamericanos identifica a los Estados Unidos como el país con mayor influencia en la región. Esta percepción tiene su nivel más alto en Colombia, donde llega al 70% de la población y el más bajo en Venezuela, donde apenas uno de cada 4 ciudadanos cree que los Estados Unidos es el país más influyen-te en América Latina.

 

Sin embargo, la influencia que los latinoamerica-nos predicen para los Estados Unidos dentro de 10 años es mucho menor. Apenas 30% de la población de la región cree que en ese lapso Estados Unidos será el país con más influencia. Este hallazgo su-giere una comprensión dinámica y precisa del con-texto internacional, bajo la cual los países ganan y pierden su peso relativo en procesos globales de largo y mediano plazo; los ciudadanos no tienen una visión estática del contexto internacional, sino que entienden que éste se transforma, modificando las relaciones de poder entre los países.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gráfico 11. País con mayor influencia en América Latina en la actualidad, América Latina, 2012

 

 

 

Otro

México  4.1%

1.5%

 

Venezuela

5.6%

 

Brasil

6.6%      China / Japón / India

32.7%

 

 

 

 

 

 

 

EEUU

49.5%

 

 

 

 

País con más in uencia en América Latina hoy

 

 

Fuente: Barómetro de las Américas por LAPOP.

 

 

Brasil tiene la percepción más favorable de los países considerados. En general los latinoame-ricanos tienden a ver que la influencia del país sudamericano es positiva en la región. Menos

 

202        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

positiva es la percepción de la influencia de Ve-

 

nezuela en la región, que tiene los promedios más bajos.

 

Lo anterior es consistente con las respues-tas a la pregunta sobre qué país debería ser considerado como un modelo en la región. Al-rededor de 10% de los latinoamericanos iden-tifica a Brasil como el país que debería ser considerado como un modelo para el suyo. Argentina es el país donde esta cifra es más alta: 30% de los argentinos se fija en Brasil como modelo, mientras que apenas 1% de los chilenos lo hace. El gráfico siguiente muestra los porcentajes de personas en cada país que afirman que Brasil debería ser un modelo para su propia nación27 (Gráfico 12).

 

Los ciudadanos de los tres socios origina-les de Brasil en el Mercosur, Argentina, Uru-guay y Paraguay son quienes más piensan en Brasil como modelo de desarrollo para su país. Los países mesoamericanos, al contra-rio, tienen ciudadanos más interesados en buscar modelos de desarrollo para su país fuera de la región.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gráfico 12. Porcentaje de personas que afirma que Brasil debería ser considerado como un modelo para su país, 2012

 

 

 

Argentina      29.9

 

Paraguay      25.1

 

Uruguay      22.8

 

Venezuela      15.1

 

Bolivia      13.4

 

Perú      10.7

 

El Salvador      10.2

 

Colombia      9.0

 

Ecuador      8.5

 

R. Dominicana      6.4

 

México      4.3

 

Costa Rica      3.2

 

Nicaragua      3.0

 

Panamá      1.9

 

Guatemala     1.2

 

Chile     1.1

 

 

0 10        20        30        40

 

Brasil modelo para el país

 

 

   95% Intervalo de con anza (Efecto de diseño incorporado)

 

 

 

  La pregunta empleada es: En su opinión, ¿cuál de los siguientes países debería ser un modelo para el desarrollo futuro de nuestro país?

 

 

Fuente: Barómetro de las Américas por LAPOP.

 

 

Los líderes y sociedad frente al espejo 203

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un caso particular es el de Chile, el país en con el menor porcentaje de personas que cree que Brasil debería ser su modelo. Dada la ubicación de Chile en Sudamérica, y considerando su par-ticular asociación con el Mercosur, este dato parece sorprendente; sin embargo, el nivel de desarrollo y estabilidad económicos logrados por Chile puede hacer que sus ciudadanos de-jen de buscar modelos dentro de América Lati-na y se fijen en otras regiones o construyan un modelo auto referenciado.

 

Algo similar sucede en Brasil, donde los ciudadanos que se fijan en otros países de la región, pensando en un modelo de desarrollo son proporcionalmente los menos. El 73% de los latinoamericanos identifica al modelo que debería seguir su país fuera de la región. Este porcentaje es alto en todos los países, pero es el doble en el Brasil que en la Argentina: 89 y 46% respectivamente.

 

3.5. Visiones y expectativas de futuro

 

En general los latinoamericanos ven su vida con optimismo. El sentimiento de satisfacción con la vida propia es más alto que a principios de la década del 2000. El año 2004, solamente 37% de los habitantes de la región afirmaban es-tar muy satisfechos con su vida, mientras que

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ocho años después este porcentaje llega al 48%. Esta tendencia al incremento en la satisfacción con la vida parece ser general en la región des-pués del momento de inflexión que vivió la re-gión alrededor del año 2000.

 

Al mismo tiempo, las condiciones económi-cas del país son vistas, en general, de manera positiva. El año 2012 22% de los latinoameri-canos creían que la situación económica de su país era “buena” o “muy buena”, mientras que el año 2004 apenas 6% de la población de la re-gión compartía esa opinión.

 

Este optimismo es más claro a nivel perso-nal –cuando se pregunta a los latinoamerica-nos sobre sus percepciones acerca de sus con-diciones económicas personales o nacionales, que cuando se toma en cuenta el nivel nacional (cuando el sujeto sobre el cual se consulta es el país). Más de una cuarta parte de la población de la región consideraba en 2012 que su situa-ción económica personal era “buena” o “muy buena”, y menos del 20% creía que era “mala” o “muy mala”. En contraste, el año 2004 sólo 12% de los latinoamericanos sentían que su si-tuación era buena o muy buena, mientras que 4 de cada 10 la percibía como mala o muy mala.

 

En una mirada prospectiva, las dos tenden-cias se hacen evidentes. Por un lado, entre los latinoamericanos prima una visión optimista del

 

204        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

futuro, al menos cuando se trata de la economía. Por otro, las visiones son más favorables a nivel personal que a nivel nacional. El gráfico 13 mues-tra la valoración prospectiva promedio en cada país, tanto para el nivel individual como para el nacional28 (Ver gráfico 13 en página siguiente).

 

En todos los países, la prospectiva que ha-cen los ciudadanos de su situación económica personal es, en promedio, positiva. Pero cuan-do se hace referencia al futuro del país, 8 paí-ses tienen valoraciones promedio negativas; nuevamente, las percepciones negativas pare-cen ser más comunes en Mesoamérica que en el sur del continente.

 

Pero las diferencias entre verse a sí mismos de manera optimista y ver al país con el mismo entusiasmo no son constantes entre los latinoa-mericanos. Mientras mejores sean las condicio-nes económicas de las personas, mayor es la propensión a que se sientan optimistas sobre su

 

 

  Las preguntas empleadas fueron ¿Considera usted que dentro de 12 meses su situación económica será mejor, igual o peor que la de ahora? Y ¿Considera us-ted que dentro de 12 meses la situación económica del país será mejor, igual o peor que la de ahora? Las escalas fueron recodificadas en un rango de -100 a 100, en el que “igual” tiene valor de 0. Los datos para estas dos preguntas son de la ronda de encuestas de LAPOP del año 2010.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

futuro personal pero no necesariamente sobre el del país. Es decir, quienes mejor están tienen menor confianza en que el país estará mejor en el futuro de la que tienen en sí mismos.

 

Es un dato relevante que los sectores socioe-conómicos más favorecidos en la región tengan niveles de optimismo más altos; esto coincide con otros hallazgos relacionados, por ejemplo, con la legitimidad de las instituciones o la con-fianza en las instituciones fundamentales de la democracia en América Latina (Seligson 2008). Pero también sugiere un cierto desprecio (o al menos un escepticismo serio) de las élites la-tinoamericanas en relación precisamente a los países que los hicieron ciudadanos privilegia-dos. Esto es lo que Fernando Calderón llama el Teorema de Almaraz, inspirado por el desapa-recido intelectual boliviano Sergio Almaraz Paz (Calderón 2012).

 

En síntesis, los latinoamericanos de la se-gunda década del Siglo XXI ven el futuro con optimismo, y sienten que podrán cumplir con sus expectativas y mejorar económicamente en el futuro. Al mismo tiempo viven en socie-dades con altos niveles de desigualdad y po-breza, por lo tanto, cuando evalúan el futuro económico para el país, son menos optimistas, particularmente si es son parte de los grupos más privilegiados.

 

Los líderes y sociedad frente al espejo 205

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gráfico 13. Prospectiva económica personal y nacional por país, 2010

 

 

 

 

Uruguay

 

Paraguay

 

Brasil

 

Panamá

 

Costa Rica

 

Chile

 

Bolivia

 

El Salvador

 

Perú

 

Colombia

 

Honduras

 

Ecuador

 

R. Dominicana

 

México

 

Venezuela

 

Nicaragua

 

Argentina

 

Guatemala

 

 

-40         -20       0          20        40        60

 

 

Prospectiva económica personal    Prospectiva económica país

 

 

 

Fuente: Barómetro de las Américas 2010, por LAPOP.

 

  Hacia un balance integrado: reflexiones finales

 

 

En primer lugar, a modo de síntesis, en el siguiente mapa se describen los principales consensos, bifur-

 

 

caciones y desafíos que surgen de analizar las en-trevistas a las elites y los datos de opinión pública.

 

206        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Consensos         Bifurcaciones  Desafíos

             

Valoración del presidencialismo y de  Contraposición en las formas distintas          Se observa un escenario cuyo

los liderazgos personales fuertes o      de entender la política, que parecen ir           desafío es mantener la sostenibi-

carismáticos como centrales para el     de lógicas más institucionales hasta  lidad económica con innovación

ejercicio de la política como mecanis- formas más participativas.      en la mayoría de los países que

mo para la solución de problemas                    actualmente muestran condiciones

y como de la gestión eficiente de la                 favorables; un segundo escenario

economía asociada a estos liderazgos              en el que las capacidades políticas

              se sobreponen a las deficiencias

              económicas, y otro en el que la efi-

              ciencia económica es insuficiente

              para garantizar la confianza en los

              liderazgos políticos.

             

Importancia para enfrentar los La preocupación por resolver asuntos          

problemas de la desigualdad y de        prácticos inmediatos es mayor entre 

la inseguridad es algo estratégico        los líderes centroamericanos, mien-  

y fundamental para el desarrollo          tras que la visión estratégica es más 

y la vigencia de la democracia en        frecuente en Sudamérica.      

América Latina. El papel estratégico   La falta de atención a temas relacio- 

del Estado para abordar ambos           

  nados a la economía y a la seguridad

problemas es central tanto para los                 

  ciudadana parece detonar la tentación         

ciudadanos como para las élites                      

  entre algunos ciudadanos por la posi-          

políticas latinoamericanas.                  

  ble aceptación de formas de gobierno          

             

Entre los líderes hay una conciencia    autoritarias en contextos de inseguri-           

creciente de vincular la desigualdad    dad ciudadana extrema.        

con una transformación productiva                

aprovechando las ventajas compara-              

tivas que de la exportación de bienes             

primarios; la demanda por desarrollo             

también existe de manera clara en la              

sociedad.                      

             

 

Los líderes y sociedad frente al espejo 207

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Consensos         Bifurcaciones  Desafíos

             

En materia de género existe cierto grado        Las élites valoran positivamente el papel      El desafío fundamental en torno al tema de

de consenso entre la sociedad y las      de los jóvenes como nuevos líderes   la participación de las mujeres es superar la

élites en relación a la importancia de la           en la región. Sin embargo, los jóvenes  vigencia de una cultura patriarcal muy ar-

participación de las mujeres en la políti-         parecen manifestar orientaciones vari-          raigada en algunos sectores de la sociedad y

ca. Se reconocen los logros alcanzados,          ables y una preferencia por un sentido          en buena parte del liderazgo político regional.

pero es claro que existen todavía falen-          de ejercicio de la política distinto al que       En cuanto a los jóvenes, el desafío para

cias importantes.           existe actualmente, lo que se manifiesta      

              la región es si las distintas orientaciones

Si bien, la mayoría de los ciudadanos a menudo en formas de ejercicio político     

              políticas existentes en América Latina

valora los liderazgos femeninos, sub-  reactivas y hasta contestatarias. No   serán capaces de asimilar y nutrirse

siste una cultura patriarcal entre algunos         obstante, hay una valorización de los           

              de la demanda de los jóvenes por una

líderes y grupos de la sociedad que     jóvenes en términos de su capacidad

              nueva forma de hacer política, o si esta

menoscaba la capacidad de las mujeres           estratégica de innovación basada en la         

              demanda deberá ser canalizada por

de actuar como líderes. tecnosociabilidad.     

              propuestas políticas alternativas.

             

             

Se advierte una conciencia explícita    En Sudamérica predomina una visión de      Un integración regional y o subregional

entre los ciudadanos, y especialmente integración estratégica de largo alcance,       con resultados socioeconómicos y

entre los líderes entrevistados, sobre   mientras que México y los países cen-          culturales compartidos.

la existencia real de una multipolaridad          troamericanos parecen más preocupa-          

global y fluida que afecta y definirá    dos por atender sus demandas inmedi-         

aún más en el futuro el desarrollo y la atas, sobre todo en lo que se refiere a la       

política latinoamericana.           seguridad ciudadana y el narcotráfico.         

  El rol de Brasil en la escena global y su       

  importancia creciente son reconocidos        

  claramente entre las élites. Sin embargo,     

  no todos valoran de manera positiva sus      

  acciones para promover la integración re-   

  gional. Desde el lado de la sociedad, Bra-   

  sil aparece como el modelo para seguir        

  particularmente en el cono sur, mientras      

  que en el resto de la región se valora más    

  a China y a EE. UU. como referentes.         

             

 

208        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los avances sobre varios aspectos de la demo-cracia, el desarrollo y la integración regional son evidentes pero también limitados y sobre ellos la sociedad y los mismos líderes evalúan el presente y el futuro. Saben que los resulta-dos de las acciones actuales tienen consecuen-cias para el futuro.

 

En términos generales, la información de las percepciones de los líderes y de los ciudadanos analizadas en este documento sugiere la persis-tencia de viejos problemas de la cultura polí-tica latinoamericana, relativos a la necesidad de combinar proyectos y cambios emancipato-rios, con legitimidad y eficacia institucional en el marco de una democracia pluralista. Las ten-siones principales parecen darse entre la nece-sidad de tener una gestión pública eficaz, capaz de generar condiciones de vida mejor y más igual para los ciudadanos, y la atención a valo-res relacionados a los principios democráticos, al medio ambiente, a la inclusión y a la inte-gración regional. Estas tensiones se canalizan de manera variada en los países de la región, produciendo orientaciones políticas distintas y a veces novedosas que combinan demandas ciudadanas y propuestas de las élites en lide-razgos visibles.

 

La demanda por una presencia estatal fuer-te y activa en distintos ámbitos de la economía

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

parece ser una tendencia general en las socie-dades de América Latina. Los ciudadanos apo-yan liderazgos que reparen las condiciones his-tóricas de pobreza y desigualdad de la región a través de una acción prominente del estado. El neodesarrollismo emerge entonces como una opción cada vez más atractiva para ciudadanos y élites, combinando un fuerte énfasis en la di-mensión económica de la gestión estatal con una orientación ideológica estatista, naciona-lista, proclive a la redistribución, pero sin una visión de sostenibilidad ambiental clara.

 

A pesar de los avances registrados, las li-mitaciones para generar condiciones de vida satisfactorias para los ciudadanos, junto con las desigualdades en el acceso a los recursos, y la excesiva concentración de las ingresos y las riquezas, pueden contribuir a la prolife-ración de dudas sobre el funcionamiento del sistema político y sus instituciones. Las ten-dencias populistas de muchos líderes latinoa-mericanos parecen relacionarse con las falen-cias de los partidos políticos, parlamentos y otras instituciones liberales para resolver las brechas entre estado y sociedad, que se ven reflejadas en términos de privaciones y des-igualdad económica.

 

También es evidente que en la región existe, en general, un ambiente optimista compartido

 

Los líderes y sociedad frente al espejo 209

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

entre élites y ciudadanos, relacionado con las condiciones actuales de crecimiento económi-co y también con la emergencia de liderazgos con rasgos carismáticos y promotores que ali-mentan un vínculo afectivo importante entre lí-deres y sociedad. Pero esta sensación de satis-facción presenta del desafío de mantenerse en el futuro, tanto en términos de representación política como del bienestar económico. Un ma-nejo político desacertado, sobre todo en cuan-to al reconocimiento del carácter pluralista de estas sociedades puede generar condiciones de frustración ciudadana incluso en contextos de bonanza económica. Como contraparte, un desempeño económico negativo, algo eminen-te bajo condiciones de vulnerabilidad e inter-dependencia económica internacional, podría resultar en un escenario de desgaste institucio-nal innecesario.

 

Ese escenario de expectativas frustradas puede hacer que reaparezcan tendencias au-toritarias. Ante el fracaso de los mecanismos institucionales para el ejercicio de la política se convoque a líderes con fuerte respaldo po-pular a obviar en parte el sistema de contrape-sos que garantiza el funcionamiento del régi-men democrático pluralista y sustantivo. Dado que la democracia electoral está sólidamente asentada en América Latina, es poco probable

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

que se llegue a retrocesos autoritarios, como un golpe de estado. Sin embargo, la pérdida de efectividad de los mecanismos de control y contrapeso republicanos podría, en algunos casos, fortalecer tendencias semi autoritarias y minar la calidad de la democracia de algunos países del continente.

 

Una manera novedosa pero incipiente en la que se plantean las tensiones entre efectividad y valores en la América Latina contemporánea es a través del surgimiento de una nueva po-liticidad, un nuevo sentido de hacer política fuertemente arraigada en valores de equidad, democracia y derechos humanos. Esta politici-dad busca construir una visión estratégica y de futuro, con la innovación productiva y la soste-nibilidad ambiental ocupando un papel central. Los jóvenes serían los principales portadores de esta comprensión alternativa de la política, y sus recientes manifestaciones políticas en distintas ciudades del continente dan una indi-cación de su magnitud y alcance potencial. La valorización de la educación y la membrecía en la sociedad de la información son otros dos ele-mentos que están fuertemente asociados a es-tas demandas de una renovación de la política.

 

La pregunta fundamental es si los lideraz-gos carismáticos y promotores en la región, con sus acentos neo desarrollistas, podrán

 

210        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

canalizar la demanda de esta nueva forma de hacer política. Sin negar la trascendencia histórica de estos liderazgos, persiste la ne-cesidad de construir un orden institucional legítimo y eficiente como factor fundamental en la construcción de una democracia sustan-tiva y pluralista. A ciencia cierta no se sabe cómo evolucionará el proceso político latino-americano y cómo los líderes actuales podrán impulsar condiciones de bienestar e igualdad que satisfagan las expectativas ciudadanas y de las propias élites, produciendo una trans-formación productiva competitiva basada en valores y capaz de competir en el mundo post crisis y que, por fin, que la región de un salto para adelante en términos de democracia y desarrollo. Lo que sí se sabe es que la cons-trucción de tales metas no tiene atajos, es lar-ga, compleja y llena de laberintos.

 

 

Bibliografía

 

Bobbio, Norberto 1986a El futuro de la democracia (Méxcio: Fondo de Cultura Económica).

 

Bobbio, Norberto 1986b Diccionario de política (México: Siglo XXI).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Calderón, Fernando y Castellls, Manuel 2003¿Es sostenible la globalización en américa Latina? Debates con Mabnuel Castells, vol. 1 y 2 (Santiago de Chile: PNUD).

 

Calderón, Fernando 2012 América Latina y el Caribe: tiempos de cambio. Nuevas consideraciones sociológicas sobre la democracia y el desarrollo (Buenos Aires: Teseo).

 

Castells, Manuel 2010 “La democracia en l’era d’Internet” en Revista del centre d’estudis Jordi Pujol Nº4, pp. 7-13.

 

Castells, Manuel 2012 “El poder en la era de las redes sociales” en Nexos en línea, 1º de septiembre.

 

CEPALSTAT s/d Disponible en http:// estadisticas.cepal.org/cepalstat/WEB_ CEPALSTAT/Portada.asp

 

LAPOP 2010 “Barómetro de las Américas”. Disponible en http://lapop.ccp.ucr.ac.cr/ LAPOP 2012 “Barómetro de las Américas”. Disponible en http://lapop.ccp.ucr.ac.cr/

 

Latinobarómetro 2010 Informe (Santiago de Chile: Corporación Latinobarómetro).

 

PAPEP-PNUD 2007 Ciudadanía y desarrollo humano en Cuadernos de gobernabilidad democrática vol. 1(Buenos Aires: Siglo XXII/PNUD).

 

Una inflexión histórica

 

Cambio político y situación

socioinstitucional en América Latina* **

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Introducción

 

El presente trabajo busca sintetizar y reflexio-nar sobre las tendencias sociohistóricas que vive América Latina y que afectan de manera determinante los escenarios de gobernabilidad democrática.

 

Luego de un importante periodo de refor-mas estructurales y de transición democrá-

 

 

  Este trabajo fue publicado originalmente en Revista de la CEPAL Nº 96, diciembre de 2008.

 

  Este documento fue elaborado por Fernando Calderón, con la colaboración de Juan Enrique Vega y Caterina Colombo. Se agradecen muy espe-cialmente los comentarios y sugerencias al texto preliminar de Fernando Henrique Cardoso, Manuel Castells y Juan Gabriel Valdés, y de los colegas del Regional Bureau for Latin America and the Ca-ribbean, RBLAC. Versiones previas de este trabajo han sido discutidas en seminarios internos del PA-PEP-PNUD. También se agradece la cooperación de Diego Achard, Antonio Aranibar, Luis Eduardo Gon-zález, Armando Ortuño, Gerardo Noto, Eugenia Bó-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

tica, América Latina —y particularmente los países estudiados por el PAPEP—,1 viven el inicio de un nuevo ciclo histórico. La expe-riencia ha provocado un clima de malestar y desencanto, pero también de importantes ex-pectativas de cambio y progreso en el marco

 

veda y Emilio Sampietro. El presente documento ha tomado en consideración estudios nacionales sobre coyuntura y escenarios de corto plazo de Argentina, Bolivia, Ecuador, Honduras, Panamá, Perú, Nicara-gua y Uruguay, así como estudios del Observatorio Regional del PAPEP, una amplia bibliografía y datos secundarios sobre la temática de estudio. El análisis y las recomendaciones políticas de este Informe no reflejan necesariamente las opiniones del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), de su Junta Ejecutiva ni de sus Estados miembros. El Informe es una publicación independiente prepa-rada por encargo del PNUD.

 

 

  Gobernabilidad Democrática en América Lati-na, el cual se enmarca en la estrategia regional del PNUD sobre gobernabilidad democrática en Améri-ca Latina.

 

212        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

de un régimen democrático que la sociedad sigue percibiendo como la forma más acep-table de gobierno. El malestar convive con la generación de una ciudadanía más autónoma y crítica, una ciudadanía vinculada a nuevos espacios públicos de participación, conflicto y diálogo.

 

La idea que organiza este texto argumenta que América Latina vive un momento de cri-sis, inflexión y cambio político, en el que las relaciones entre institucionalidad y equidad son fundamentales para la gobernabilidad de-mocrática futura. En gran medida, de cómo se avance en ambos planos —enmarcados en contextos económicos internacionales y nacionales específicos— dependerán las posi-bilidades de que el momento de inflexión se transforme en una ruta renovadora de la de-mocracia y el desarrollo.

 

La argumentación, además, sostiene que la crisis y la inflexión son, ante todo, sociocul-turales. La política y los actores políticos no estarían en condiciones de resolver los proble-mas políticos institucionales a menos que sean capaces de gestionar los problemas de la so-ciedad, particularmente aquellos referidos a la equidad y a la pobreza.

 

Una pregunta fundamental es cómo cons-truir opciones político-institucionales que

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

resuelvan esos problemas. O dicho de otra manera, cómo —en un contexto de acele-rada globalización— la política y las insti-tuciones de la democracia procesarán los cambios que vienen experimentando las so-ciedades en la región.

 

En este documento se presenta una serie de tendencias sociohistóricas y reflexiones que pretenden ilustrar y desagregar los prin-cipales hallazgos de este trabajo. También se plantean perspectivas de mediano plazo bajo la forma de escenarios básicos, una propues-ta para mejorar la gobernabilidad en América Latina que contiene algunas pautas básicas sobre las áreas en las que debe hacerse ma-yor hincapié y, finalmente, se señalan algunas conclusiones.

 

 

I. Problemas y desafíos sociohistóricos

 

Entre la variedad de problemas y desafíos que viven los distintos países de la región se han detectado temas que afectan la gobernabilidad democrática y que constituyen puntos de refe-rencia para los escenarios políticos de corto y mediano plazo. Al respecto, las principales ten-dencias observadas son:

 

Inflexión histórica         213

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  Las situaciones de crisis y los riesgos político-institucionales que han venido experimentando buena parte de los países latinoamericanos problematizan la evo-lución democrática, están modificando el perfil político de la región y plantean nue-vas formas de vinculación entre institucio-nes y sociedad.

 

Más del 30% de las democracias latinoa-mericanas experimentaron crisis político-institucionales agudas que afectaron las ins-tituciones centrales de la democracia (Pre-sidencia y Legislatura) durante el presente siglo.2 En conjunto, estas situaciones de cri-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sis agudas y situaciones de riesgo o de “cuasi crisis” ponen de manifiesto que la consolida-ción de las democracias latinoamericanas es un proceso problemático y que su éxito no está asegurado. Asimismo, varios de los regí-menes democráticos más consolidados están atravesando procesos de inflexión sociopolí-tica “suave”.3

 

Un dato empírico clave que incide en la relación entre instituciones y sociedad está dado por las expectativas insatisfechas de la población, que combinadas con instituciones públicas frágiles y situaciones económicas precarias, pueden desencadenar situaciones

 

 

 

 

  Desde el inicio del siglo XXI, al menos seis países han vivido crisis de esta naturaleza: Paraguay (2000), Perú (2000), Argentina (2001), Venezuela (2003), Boli-via (2003 y 2005) y Ecuador (2000 y 2005). De las ocho situaciones de crisis agudas, seis concluyeron con la caída de los respectivos presidentes (Alberto Fujimo-ri en Perú, Fernando De la Rúa en Argentina, Gonzalo Sánchez de Losada y Carlos Mesa en Bolivia, y Jamil Mahuad y Lucio Gutiérrez en Ecuador), ya sea porque la Legislatura los destituyó o porque renunciaron; una, con participación militar, culminó con la destitución de Raúl Cubas Grau como presidente de Paraguay e incluyó el asesinato de un vicepresidente, y la última fue un golpe de Estado fracasado contra el presiden-te venezolano Hugo Chávez. Hubo otros casos de cri-sis políticas que se acercaron a situaciones extremas

 

 

 

como las mencionadas, pero sin llegar a un “momento de ruptura”. Entre estas circunstancias “límite” habría que incluir la de Nicaragua (fines de 2004 y principios de 2005) y la de Honduras (principios de 2006).

 

  Tal es el caso de Uruguay. Como afirma Moreira, Uruguay no se encuentra en una situación de crisis; sin embargo, “la llegada de la izquierda al gobierno marca un punto de inflexión, que al igual que las cri-sis, significa una excelente ventana de oportunidad para la búsqueda de un debate público que ponga en común nuestras distintas visiones y perspectivas sobre el país”. Constanza Moreira, De la “Suiza de América” al “paisito”: escenarios y prospectivas del Uruguay en la tercera ola de la democracia, PAPEP-PNUD (Uruguay, 2006).

 

214        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

de ingobernabilidad.4 Estas situaciones mues-tran las debilidades y los riesgos que enfren-tan las democracias latinoamericanas y que probablemente seguirán enfrentando en el futuro. Para contribuir con la consolidación de la democracia en la región es necesario, entonces, conocer y entender mejor la natura-leza y las perspectivas de cambio político para buscar soluciones que avancen en el desarro-llo democrático.

 

  Los problemas político-institucionales están asociados a los límites de los sis-temas de representación y a una descon-fianza institucional generalizada, parti-

 

 

 

 Luis E. González presenta un análisis que de-muestra empíricamente la relación entre las fragili-dades institucionales (índice de efectividad judicial-legal) y las expectativas insatisfechas (crecimiento del PIB per cápita 1975-2003), comprobando una asociación moderada pero significativa entre las dos variables. Los seis países que experimentaron crisis políticas agudas muestran registros negativos en am-bas variables, mientras que los tres países “consoli-dados” (Chile, Costa Rica y Uruguay) están en el ex-tremo opuesto. “Las crisis políticas de América Lati-na en los primeros años del siglo”, en Diego Achard y Luis E. González (eds.), Política y desarrollo en Honduras, 2006-2009, UNDP-ASDI-AECL-DFID, Te-gucigalpa, 2006.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

cularmente hacia los partidos políticos y los sistemas de intermediación. El surgi-miento de un ciudadano autónomo, crítico y reflexivo, las demandas de participación local y de reconocimiento de los movi-mientos indígenas y de equidad de género son factores que pueden reconfigurar los mecanismos de representación.

 

Los problemas institucionales se relacio-nan con la debilidad de las capacidades de acción política de los diferentes partidos polí-ticos para representar institucionalmente a la sociedad. Esto se traduce en crisis de repre-sentación e intermediación política. La con-signa en la Argentina “que se vayan todos”, la crisis de octubre de 2003 en Bolivia y las demandas de “los forajidos” en Ecuador, son ejemplos que ilustran el desencanto genera-lizado con la política y los partidos políticos en la región. En el Informe Latinobarómetro 2006 se advierte que aunque 58% de los lati-noamericanos considera que no puede existir democracia sin partidos políticos, sólo 22% confía en ellos.5

 

 

 

 

  Corporación Latinobarómetro, Informe Latinobaró-metro 2006 (Santiago de Chile, 2006), en <www.latino-barometro.org>.

 

Inflexión histórica         215

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

América Latina, confianza en las instituciones del Estado (1996, 2000 y 2004). En porcentajes

 

 

60%

 

 

 

50%       América

 

  Latina

40%      

30%      

20%      

 

1996                              2000                2004

A rgentina                     B olivia                                               Bras il                         Colom bia

Costa Rica                     Chile                                       Ec uador                                 El S alvador

                                                                                                

Guatem ala                    Hondu ras                                           México                         Nicaragua

P anam á                       P ar aguay                                          Perú                            Urugua y

                                                                                                

A mérica Latina                                                                                             

 

 

Fuente: elaboración propia sobre la base de datos de Latinobarómetro.

 

 

En algunos países la crisis de representación se hace más compleja con las manifestaciones multiculturales, especialmente de los denomi-nados “pueblos originarios”, dada la histórica incapacidad de los sistemas institucionales para representarlos. Las demandas de partici-pación y cambio por parte de los pueblos origi-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

narios recorren gran parte de América Latina y están impactando de forma significativa el sis-tema político, especialmente en Bolivia, Ecua-dor, Perú y Guatemala.

 

También se verifica, en muchos de los paí-ses de la región, la persistencia de los límites institucionales a la participación femenina. La desigualdad de género es producto de un con-junto de desigualdades culturales y políticas que se refuerzan mutuamente. Éstas condi-cionan el acceso de las mujeres a derechos de propiedad, riqueza y educación, limitando su ingreso a los mercados laborales y, en general, a las esferas de poder. A pesar de los avan-ces registrados por las mujeres en materia de políticas públicas y participación política,6

 

 

 

  La evidencia empírica refleja que la participación política de la mujer en los países sujetos a estudio se ha incrementado, aunque sigue siendo baja. Si bien en Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador, Honduras, México, Panamá y Perú se han establecido cuotas que determi-nan un nivel mínimo de representación —entre 20 y 40%— para las mujeres en las listas partidarias de elec-ciones legislativas, sólo en Argentina la participación relativa de la mujer en el Parlamento es superior al 30%. De hecho, en los demás países este porcentaje oscila entre 23% (México) y 6% (Honduras). CEPAL, Anuario estadístico de América Latina y el Caribe 2005, ONU, Santiago, Chile, 2005.

 

216        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

aún existen importantes límites de los acto-res político-institucionales para procesar los cambios y las demandas en función de la equi-dad de género, lo cual afecta negativamente la calidad de la democracia y la gobernabilidad democrática.

 

Por último, parece haber una profundiza-ción de las divisiones regionales subnaciona-les. Se están generando nuevos conflictos y oposiciones entre lo global, lo local y lo na-cional. Hoy los territorios o regiones buscan formas propias de legitimidad democrática, autonomía en lo nacional y conexión directa con la globalización, demandas y aspiraciones que se traducen en tensiones económicas con manifestaciones políticas y electorales, y en algunos casos fuertes crisis político-institu-cionales. Este fenómeno se observa claramen-te en Bolivia (entre el Altiplano y las tierras bajas), cuyas élites mencionan a los factores regionales como uno de los componentes cen-trales de la crisis. Pero en muchos otros países se observan fracturas regionales que se expre-san políticamente (costa-sierra o nortesur). También hay en este plano tensiones por un nuevo orden institucional emergente.

 

  De distinta manera y con diferente in-tensidad se ha instalado en el espacio polí-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

tico, por una parte, una demanda de mayor participación del Estado en la gestión del desarrollo y en la expansión de la institu-cionalidad democrática y, por otra, deman-das de mayor control ciudadano sobre el poder público.

 

Buena parte de la población aboga por una nueva relación entre el Estado y la economía, en la que el Estado genere integración social y equidad, pero a la vez potencie la economía en el marco de la globalización. De acuerdo con el Informe Latinobarómetro 2005,7 en pro-medio sólo 31% de los latinoamericanos en-trevistados considera que las privatizaciones fueron provechosas. Por su parte, en el Infor-me Latinobarómetro 20068 se indagó sobre la responsabilidad de la producción de riqueza. Para tal efecto se utilizó una escala de 1 a 10, en la que 1= el Estado tiene que producir la riqueza y 10= los privados tienen que producir la riqueza, y se advierte un grado de estatismo medianamente alto entre los latinoamerica-

 

 

 

  Corporación Latinobarómetro, Informe Latinoba-rómetro 2005, Santiago, Chile, en <www. latinobaro-metro.org>.

 

  Corporación Latinobarómetro, Informe Latinoba-rómetro 2006, Santiago, Chile, en <www. latinobaro-metro.org>.

 

Inflexión histórica         217

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

nos, ya que el índice promedio de la región fue de 4.1. En Argentina, según entrevistas realiza-das a las élites y encuestas de opinión pública, existe el deseo compartido de que se redefinan las relaciones entre las empresas y el Estado. Así, 28.5% de los encuestados afirmó que el Es-tado debe intervenir para garantizar una justa distribución de los beneficios del crecimiento económico; 45.6% expresó el deseo de que las empresas de servicios públicos sean reestati-zadas, y 44.7% de que sigan siendo privadas, pero con mayor control estatal.9 De manera similar, más del 70% de los bolivianos manifes-tó su deseo de que el Estado tenga mayor par-ticipación en el negocio del gas.10 En general todos los estudios nacionales realizados res-catan la idea de fortalecer la estatalidad para fortalecer la gobernabilidad democrática.

 

También es probable que esta demanda de mayor intervención estatal se relacione, por una parte, con las demandas de mayor seguridad social para los ciudadanos,11 y por

 

 

  PNUD Argentina, Ronda de consultas y encuesta de opinión pública, PAPEP-PNUD Argentina, 2005.

 

  PAPEP-PNUD Bolivia.

 

  De acuerdo con datos de la Organización Mundial de la Salud, la tasa de homicidios por cada 100.000 ha-bitantes en el año 1991 era del 16.7%, mientras que para

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

otra, con el aumento de acciones anómicas por parte de grupos sociales excluidos, espe-cialmente de jóvenes, que reflejan los límites de la cohesión social y cierto grado de frac-tura social.

 

Por otro lado, se han encontrado deman-das de coordinación entre la ciudadanía y el Estado a favor de la incorporación de me-canismos para una mayor participación, así como una consolidación de las instituciones estatales, con un sentido público y de uni-dad estatal (estatalidad). Entre ambas ten-dencias se coloca la cuestión de la rendición de cuentas (accountability), referida a la transparencia, la información y a los meca-nismos de control ciudadano de las políticas públicas. Las demandas de un Poder Judicial transparente, autónomo e institucional cons-tituyen un punto de referencia muy impor-tante para la población. El Índice de Percep-ción de la Corrupción, que elabora Transpa-rency International, refleja claramente esta situación.

 

 

 

 

 

el año 2000 dicha tasa ascendía a 27.5%, en <www.who. int/violence_injury_prevention/violence/world_report/ en/annex.pdf>.

 

218        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

América Latina (países seleccionados) Índice de Percepción de la Corrupción (IPC) 2005. En orden descendente

 

País        Ranking mundial        IPC

             

Chile      21        7.3

             

Uruguay 32        5.9

             

Colombia           55        4.0

             

Brasil     62        3.7

             

México  65        3.5

             

Panamá  65        3.5

             

Perú       65        3.5

             

Argentina          97        2.8

             

Honduras          107      2.6

             

Nicaragua          107      2.6

             

Bolivia   117      2.5

             

Ecuador 117      2.5

             

Guatemala         117      2.5

             

 

Fuente: elaboración propia sobre la base de datos de Transparency International.

 

  Los problemas de la desigualdad y la po-breza se ubican en el centro de las tendencias socioeconómicas y constituyen uno de los fac-tores con mayor incidencia en la gestación de nuevas opciones políticas y en la gobernabili-dad democrática de los países estudiados.

 

Las políticas de reforma estructural que ex-perimentaron los países de la región han gene-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

rado un conjunto de transformaciones socioe-conómicas que modificaron la conformación de las diferentes sociedades nacionales.

 

Uno de los cambios más significativos ha sido la creciente complejización de los proce-sos de diferenciación social, que han afectado la calidad de las formas de reproducción social.

 

Si bien los procesos de diferenciación social se han expresado mediante un incremento de las brechas entre los países en desarrollo y los países industrializados —y América Latina sigue siendo una de las regiones más desiguales del mundo, donde incluso se están incrementando las desigualdades y diferencias entre países—, el principal rasgo de aquéllos radica en que la mayoría de las brechas al interior han persistido o han aumentado. En buena parte de los países creció la participación del 20% más rico de la po-blación en los ingresos de las personas, mientras que la del 20% más pobre se mantuvo constante o disminuyó.12 También se advierten profundas dis-paridades de género, territoriales, socioeconómi-cas y étnicas en diversos indicadores sociales.

 

 

 

  13 Entre 1990 y 2005 en algunos países disminuyó el Coeficiente de Gini (Uruguay, México, Guatemala, Co-lombia, Honduras y Brasil), en otros países se mantuvo sin variación (Chile, Nicaragua y Panamá), y en otros aumentó (Argentina, Bolivia y Ecuador). Más aún, en

 

Inflexión histórica         219

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

América Latina (países seleccionados)* Concentración del ingreso de las personas, 1990 y 2005. En porcentajes

 

País        20% más pobre de la población         20% más rico de la población

                                                            

  1990    2005    Var      1990    2005    Var

                                                            

Argentina+        4.1       3.5       -0.6      54.9     57.2     2.3

                                                            

Bolivia   1.3       1.5       0.2       61.2     64.4     3.2

                                                            

Brasil     2.1       2.4       0.3       66.8     65.5     -1.3

                                                            

Chile      3.5       3.7       0.2       60.6     60.4     -0.2

                                                            

Colombia           3.7       2.9       -0.8      57.8     63.0     5.2

                                                            

Ecuador+          4.8       3.8       -1.0      51.9     56.3     4.4

                                                            

Guatemala++    2.7       3.7       1.0       62.7     59.3     -3.4

                                                            

Honduras          2.4       2.4       0.0       65.7     62.4     -3.3

                                                            

México  3.9       3.7       -0.2      58.7     57.6     -1.1

                                                            

Nicaragua          2.1       2.5       0.4       61.3     61.7     0.4

                                                            

Panamá  2.8       2.5       -0.3      60.0     58.2     -1.8

                                                            

Perú+++ 3.0       3.8       0.8       57.9     55.2     -2.7

                                                            

Uruguay+          5.1       4.8       -0.3      51.9     50.7     -1.2

                                                            

 

Fuente: elaboración propia sobre la base de datos de Panorama social de América Latina 2006, CEPAL, 2007.

 

  Criterio de selección: se escogieron los países que integran el PAPEP (Argentina, Bolivia, Ecuador, Honduras, Nicaragua, Panamá, Perú y Uruguay) y otros que se consideraron pertinentes para referencia y comparación. + Zonas urbanas.

 

++ Datos correspondientes a 1990 y 2002.

 

+++ Datos correspondientes a 1997 y 2003.

 

 

 

 

 

2005 solamente Uruguay puede incluirse entre los paí-ses con baja desigualdad, y gran parte de los países de la región posee niveles de desigualdad altos o muy altos

 

 

 

 

(Brasil, Argentina y Honduras). CEPAL, Panorama so-cial de América Latina 2006, CEPAL-ONU, Santiago, Chile, 2007.

 

220        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En materia de género persisten importantes diferencias salariales —para la misma canti-dad de años de estudios aprobados— entre varones y mujeres. En promedio, las mujeres ganan aproximadamente un 80% del salario de los varones. Esta brecha salarial puede generar efectos aún más negativos, producto del incre-mento de la cantidad de mujeres que son jefas de hogar.

 

 

América Latina (países seleccionados)* Rela-ción de salarios entre géneros según años de estudios aprobados, 2004 (o año más cercano).

 

En porcentajes

 

País                    13 y más años Total

              de educación  

                         

Argentina          2004    76.6     86.6

                         

Bolivia   2002    64.2     74.4

                         

Brasil     2003    61.9     76.7

                         

Chile      2003    69.0     81.7

                         

Colombia           2002    80.0     89.2

                         

Ecuador 2002    72.9     83.7

                         

Guatemala         2002    87.0     82.4

                         

Honduras          2002    68.7     82.8

                         

México  2004    69.6     82.1

                         

Nicaragua          2001    71.9     83.0

                         

Panamá  2002    71.4     82.7

                         

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

País                    13 y más años Total

              de educación  

                         

Perú       2003    70.8     77.4

                         

Uruguay 2002    66.8     80.8

                         

 

Fuente: elaboración propia sobre la base de datos del

 

Anuario estadístico de América Latina y el Caribe 2005,

 

CEPAL, 2006.

 

  Criterio de selección: se escogieron los países que integran el PAPEP (Argentina, Bolivia, Ecuador, Honduras, Nicaragua, Panamá, Perú y Uruguay) y otros que se consideraron pertinentes para referencia y comparación.

 

La diferenciación social también se advierte por medio de las considerables discrepancias en la proporción de indigentes entre países, ge-nerando impactos significativos en materia de gobernabilidad: en Bolivia, Guatemala, Hondu-ras y Nicaragua afecta a más del 30% de la po-blación total, mientras que en el otro extremo se ubican Chile, Costa Rica y Uruguay, cuyos niveles de indigencia son inferiores al 10%.13

 

Sin embargo, no se trata de una pobreza ho-mogénea, sino que ella misma está diferenciada social y culturalmente, lo que es fácil compro-bar al observar las diferencias entre los pobres por zona geográfica, género y origen étnico. En

 

 

13  CEPAL, 2007, op. cit.

 

Inflexión histórica         221

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2005, 39.8% de los latinoamericanos se encon-traba por debajo de la línea de pobreza, pero al considerar exclusivamente las zonas rurales este porcentaje llegaba hasta el 58.8%.

 

América Latina (países seleccionados)* Proporción de personas pobres en zonas rurales y urbanas, 2005

 

 

América Latina                                                                                              

Paraguay                                                                                                         

Panamá                                                                                               

Nicaragua+                                                                                                     

México                                                                                                

Honduras                                                                                                        

Guatemala                                                                                                      

E cuador                                                                                                         

Colombia                                                                                                        

Chile                                                                                                   

Brasil                                                                                                  

Bolivia                                                                                                

0.0         10.0     20.0     30.0     40.0     50.0     60.0     70.0     80.0     90.0

              Zonas urbanas                        Zonas rurales             

 

 

Fuente: elaboración propia sobre la base de datos de Panorama social de América Latina 2006, CEPAL, 2007.

 

  Criterio de selección: se escogieron los países que integran el PAPEP (Argentina, Bolivia, Ecuador, Honduras, Nicaragua, Panamá, Perú y Uruguay) y otros que se consideraron pertinentes para referencia y comparación. Argentina, Perú y Uruguay no realizan encuestas en las zonas rurales, razón por la que no son incluidos en este gráfico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Además —como señalan Mayra Buvinic y Vi-vian Roza— el género y el origen interactúan entre sí y generan un grado de exclusión social aún mayor.14 Como consecuencia, los niveles educativos de las mujeres indígenas son mu-cho menores que los de las mujeres no indíge-nas. Más del 50% de las niñas indígenas de Bo-livia y Guatemala han abandonado la escuela a los 14 años de edad.15 Y en Bolivia, Perú y Guatemala las mujeres indígenas tienen ma-yores probabilidades de obtener empleos de baja remuneración y en el sector informal.16 A esta interacción negativa se agrega el fac-tor de la zona geográfica, ya que los pueblos indígenas suelen habitar las zonas rurales que

 

 

 

  Mayra Buvinic y Vivian Roza, Women, Politics and Democratic Prospects in Latin America, Sustainable Development Department Technical Papers Series, WID 108, en <www.iadb.org/sds/doc/women.pdf>.

 

  Omar Arias y Suzanne Duryea, Social Exclusion Due to Race or Ethnicity in Latin America: What Do We Know?, Working Paper, Inter-American Development Bank, Washington, D. C., 2003.

 

  Suzanne Duryea y María Eugenia Genoni, “Ethni-city, Race and Gender in Latin American Labor Mar-kets”, en Mayra Buvinic, Jacqueline Mazza y Ruthanne Deutsch (eds.), Social Inclusion and Economic Deve-lopment in Latin America, IDB/Johns Hopkins Press, Washington, D. C., 2004.

 

222        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

presentan niveles de pobreza superiores a los de áreas urbanas.

 

La gobernabilidad y las políticas públicas relativas a la pobreza deben tomar en consi-deración la complejidad y la heterogeneidad de la desigualdad y de la misma pobreza para ser efectivas. La relación entre gobernabili-dad y desigualdad social también está asocia-da con la subjetividad de las personas, con la disposición social a cambiar la situación, con la frustración de expectativas por parte de una población más educada, con el com-portamiento limitado de las élites, y muy es-pecialmente con la dinámica de los viejos y nuevos conflictos socioculturales. Enfrentar la cuestión de la pobreza y la inequidad signi-fica sobre todo potenciar la acción de las so-ciedades y los Estados para generar políticas que fortalezcan las capacidades ciudadanas de los más pobres y excluidos. Los mismos pobres y/o discriminados estarían buscando transformar sus necesidades en demandas que se expresen en el sistema político y ge-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

neren resultados. Lo que estaría en juego en la gestión de la gobernabilidad democrática es la capacidad de gestión del cambio que ya está en curso.

 

  Frustración de expectativas entre la población

 

Un factor crucial de la relación entre cam-bio políticoinstitucional y cambio social es una creciente frustración de expectativas en la población, resultado de los serios proble-mas de desigualdad y pobreza descritos, su-mado al incremento de los niveles de educa-ción y acceso a los medios de comunicación tradicionales y nuevos. El resultado son so-ciedades más expuestas al consumo cultural y con mayor educación, pero sin los medios para satisfacer las demandas que tal exposi-ción provoca, lo que conduce a una frustra-ción de expectativas. Probablemente ésta constituye una de las principales fuentes de conflicto y malestar que afectan a la goberna-bilidad democrática.

 

Inflexión histórica         223

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

América Latina (países seleccionados)* Indicadores de tecnología. Por cada 100 habitantes

 

País        Líneas telefónicas y    Computadoras personales       Usuarios de Internet

  teléfonos móviles                                          

                                                            

  1990    2004    1998    2004    1996    2004

                                                            

Argentina          9.3       58.1     5.5       8.2       0.2       16.1

                                                            

Bolivia   2.8       27.0     0.8       2.3       0.2       3.9

                                                            

Brasil     6.5       59.8     3.0       10.7     0.5       12.2

                                                            

Chile      6.7       83.6     6.3       13.9     0.7       27.9

                                                            

Colombia           6.5       40.1     3.0       5.5       0.5       8.9

                                                            

Ecuador 4.8       39.1     1.9       5.5       0.1       4.7

                                                            

Guatemala         2.1       34.0     0.8       1.8       0.0       6.0

                                                            

Honduras          1.7       15.7     0.8       1.6       0.0       3.2

                                                            

México  6.6       53.9     3.7       10.7     0.2       13.4

                                                            

Nicaragua          1.3       16.8     1.9       3.5       0.1       2.2

                                                            

Panamá  9.3       38.8     2.7       4.1       0.2       9.5

                                                            

Perú       2.6       22.1     3.0       9.7       0.3       11.6

                                                            

Uruguay 13.4     49.4     9.1       13.3     1.9       21.0

                                                            

América Latina 6.4       50.1     3.4       9.1       0.3       11.9

                                                            

 

Fuente: elaboración propia sobre la base de datos de Panorama social de América Latina 2006, CEPAL, 2007.

 

  Criterio de selección: se escogieron los países que integran el PAPEP (Argentina, Bolivia, Ecuador, Honduras, Nicaragua, Panamá, Perú y Uruguay) y otros que se consideraron pertinentes para referencia y comparación.

 

 

 

En este contexto, la ciudadanía ya no se sa-tisface con las ofertas políticas (percibidas como no cumplidas) ni con las opciones de una prometedora economía de mercado. Los

 

 

 

ciudadanos tienden a ser más realistas, crí-ticos e informados y poseen una visión más clara, en términos de su autonomía y libertad de acción.

 

224        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  Un elemento que coadyuva a las crisis institucionales se refiere a la debilidad de liderazgo nacional de las élites dirigentes.

 

Pareciera que los cambios y las limitacio-nes estructurales de un liderazgo social y po-lítico, particularmente de los grupos de po-der, inciden en el bajo perfil institucional de la mayoría de los países de la región. Por tal motivo, cabe preguntarse qué capacidad po-seen las élites para articular una visión y una práctica nacional para resolver los problemas socio-institucionales en los marcos de una go-bernabilidad global.

 

Por otra parte, la percepción de las élites es de especial relevancia para explorar la evolu-ción de la gobernabilidad democrática. En las entrevistas realizadas por el PAPEP a 206 líde-res empresariales, políticos y sociales, existe un consenso generalizado respecto a que tanto los problemas de pobreza como los de institu-cionalidad constituyen los principales proble-mas de la democracia en la región. La informa-ción obtenida por el Observatorio Regional del PAPEP indica que: a) alrededor de 50% de las élites de Argentina, Brasil y México consideran que la pobreza y la inequidad son las causas re-currentes de los problemas de la democracia en la región; b) la mayoría de las élites euro-peas cree que el principal problema de América

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Latina es la mala distribución del ingreso y la pobreza estructural y; c) las élites de Estados Unidos se encuentran divididas, ya que un 47% cree que el principal desafío de América Latina son las falencias institucionales, y el 44% la po-breza y la desigualdad.17

 

 

 

 

Asimismo, la opinión pública coincide con las élites respecto a que la pobreza y la des-igualdad afectan el funcionamiento de la de-mocracia en América Latina. De acuerdo con el Informe Latinobarómetro 2005, según una escala de 1 (para los más pobres) a 10 (para los más ricos), en promedio los latinoamericanos se autocalifican con 3.66. En el Informe Latin-obarómetro 2006 se señala que más del

 

66% de los latinoamericanos considera que los países son gobernados por unos pocos gru-pos poderosos que sólo buscan su beneficio propio. Incluso en Ecuador, Nicaragua, Pana-má y Guatemala, menos del 20% de sus habitan-

 

 

 

  Observatorio Regional PAPEP, Situación actual y perspectivas de América Latina, según élites político-profesionales de EE.UU., élites europeas y élites de Ar-gentina, Brasil y México, PAPEP-PNUD, 2006 y 2007.

 

Inflexión histórica         225

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

tes cree que se gobierna para beneficiar a toda la población.18

 

Por su parte, en Argentina las élites están parcialmente “sintonizadas” con la percepción de los ciudadanos, ya que a diferencia de éstos, muestran cierta renuencia a valorar la evolu-ción de los años recientes y priorizar la lucha contra la pobreza.19 En Honduras, el despres-tigio de las élites afecta particularmente a los jueces (51% de los hondureños no confía en ellos) y a los diputados del Congreso Nacional (71% de la población desconfía de ellos).20

 

Pareciera que orientaciones culturales tradi-cionales de las élites —referidas a la falta de aus-teridad y de solidaridad y a la escasa articulación entre fines y medios— persisten en la región y explicarían la distribución desigual del poder y

 

 

 

  Corporación Latinobarómetro, 2006, op. cit.

 

  20 Las mayores discrepancias se observan entre los empresarios, ya que sólo un 17% de ellos considera que la pobreza es el principal problema del país, mientras que 30.2% de los argentinos encuestados mencionó el desempleo y la pobreza como los dos problemas que más afectan al país. PNUD Argentina, Ronda de consul-tas y encuesta de opinión pública, op. cit.

 

  PNUD Honduras, Honduras: los acuerdos son po-sibles. La experiencia de la Comisión Política de los Partidos Políticos, Ed. Guaymuras, Tegucigalpa, 2005.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

las percepciones de la opinión pública. Sin em-bargo, también se han descubierto cambios en el patrón de comportamiento de las élites o la emergencia de nuevas élites con orientaciones culturales diferentes. Un mayor conocimiento de las élites —los cambios en su composición, sus formas de socialización y orientaciones— ayudaría a una mejor construcción del mapa político, que constituye un factor clave para ob-tener un diagnóstico de las tendencias sobre la gobernabilidad democrática en la región.

 

  En términos generales, aumentaron los conflictos sociales y su intensidad, pero también se fragmentaron. Se trata, en al-gunos casos, de conflictos de reacción y protesta, y en otros, de nuevas fuerzas so-cioculturales que configuran nuevas opcio-nes políticas. Estos conflictos revelan las dificultades de las instituciones y del Esta-do para lograr integración, reconocimien-to y progreso social. De alguna manera, se están gestando nuevos mapas políticos que no tienen un único referente de orienta-ción sino varios, intensos y limitados. Por eso se puede calificar a estas sociedades como policéntricas.

 

Los ciudadanos buscaron otros canales para expresar sus demandas y su malestar

 

226        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

con la política, tanto a través de organizacio-nes alternativas con capacidad de cuestio-namiento y protesta que debilitan al Estado, como de movilizaciones en las calles. Varias de estas movilizaciones confluyeron en pro-yectos políticos alternativos como los del Mo-vimiento al Socialismo (MAS) en Bolivia, o en apoyo a fuerzas progresistas en varios países del continente. También se observan conduc-tas “anómicas”, sobre todo por parte de los jóvenes contra un orden que no reconocen ni los integra.

 

En síntesis, los problemas de institucionali-dad y de inequidad y pobreza se refuerzan mu-tuamente, además de ser afectados por la si-tuación social preexistente. Esto marcaría con fuerza los límites de la democracia en la región y perfilaría escenarios muy difíciles. De allí la importancia crucial de vincular reforma social con reforma político-institucional para mejorar la gobernabilidad democrática.

 

  Los espacios de comunicación, sean los tradicionales o las nuevas redes electró-nicas, son cada vez más fundamentales para entender los espacios y las agendas de poder y cambio político. El conjunto de los actores políticos y sociocultura-les participa y toma decisiones en este

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ámbito. La gobernabilidad no puede ser entendida fuera de estos espacios de co-municación.

 

Un fenómeno de especial relevancia es la mediatización de la política a través de la te-levisión y, más recientemente, por los medios de comunicación horizontales: Internet, celu-lares, etc. La arena de expresión o representa-ción de la política es cada día más mediática. Los medios de comunicación se caracterizan principalmente por ser los espacios donde se expresa el poder. En América Latina, de acuer-do con datos del Informe Latinobarómetro 2006, la televisión y la radio se encuentran entre las instituciones más confiables: 69% y 64% de los consultados, respectivamente, afir-man confiar en ellas. Además, la televisión es el medio de información más utilizado: 83% de los latinoamericanos se informaron por las noticias de la televisión en 2006.21 De he-cho, en las rondas de consultas realizadas a 231 líderes de América Latina, 65% identificó a los medios de comunicación como uno de los principales poderes fácticos en la región.22

 

 

  Corporación Latinobarómetro, 2006, op. cit.

 

  PNUD, La democracia en América Latina. Hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos, Aguilar, Altea-Taurus, Alfaguara, Buenos Aires, 2004.

 

Inflexión histórica         227

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por ejemplo, en Bolivia los medios de comu-nicación, en particular la televisión, también tienen un creciente impacto en el ejercicio de la política.23

 

En Ecuador, durante “La rebelión de los fo-rajidos” (abril de 2005), decenas de miles de familias convocadas por correo electrónico y telefonía celular ocuparon las calles de Quito, lo que condujo a la renuncia del presidente Lu-cio Gutiérrez. Por lo general, este espacio me-diático determina la dinámica de los sistemas de representación política, condiciona la legi-timidad institucional en la región y plantea la cuestión del surgimiento de la democracia de lo público. Este es un tema que necesita de ma-yor investigación y discusión.

 

 

II. Escenarios básicos

 

Las perspectivas económicas de la economía mundial para los próximos dos años son fa-vorables, aunque se prevé un nivel de creci-miento menor a partir de 2007. Para América Latina se prevé una tasa de crecimiento posi-

 

 

23 PNUD Bolivia, Informe Nacional de Desarrollo Humano en Bolivia 2004. Interculturalismo y globa-lización: la Bolivia posible, Plural, La Paz, 2004.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

tiva —que en 2006 será de aproximadamente 5%— y una leve desaceleración en 2007.24 Esta desaceleración se explica por el menor ritmo de actividad económica mundial y por el posi-ble aumento del precio del petróleo. La mode-ración del crecimiento será acompañada por una convergencia regional en torno a la tasa de crecimiento promedio de América Latina y el Caribe. En este sentido, es posible clasificar a los países en dos grupos: a) países con tasas de crecimiento excepcionalmente altas en 2004 (Argentina y Uruguay) que crecerán a un ritmo más cercano a la media y; b) países con cre-cimiento inferior al promedio (Bolivia), cuyo crecimiento se acelerará.

 

La actividad de la economía de la región será impulsada, en gran parte, por la demanda externa. Al respecto, se espera un incremento de 6.4% en los términos de intercambio para la región y aumentos aún mayores para los países exportadores de petróleo, gas y mine-rales metálicos (por ejemplo, Chile, Venezue-la, Perú y Bolivia). También se espera que los precios del café y del azúcar se mantengan en

 

 

 

  CEPAL, Primer informe sobre proyecciones econó-micas para el PAPEP, División de Estadística y Proyec-ciones Económicas, Centro de Proyecciones Económi-cas, Santiago, Chile, 2006.

 

228        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

los altos niveles actuales, al igual que las re-mesas que efectúan los emigrantes a sus paí-ses de origen.

 

Las proyecciones de la economía son relati-vamente positivas para la región en el mediano plazo. Sin embargo, no se trata por lo general de un crecimiento con calidad que genere auto-máticamente mayor equidad social o un creci-miento que pueda articularse adecuadamente con la política y las instituciones. Entonces cabe preguntarse cómo afectará este creci-miento la dinámica socio-institucional, cómo promoverán las orientaciones del crecimiento económico dinámicas de equidad social y cuál será el rol del Estado nacional.

 

Las diversas fuerzas políticas están plan-teando distintos modos de integración de las demandas sociales y de la presión popular. En este contexto es posible visualizar cuatro orientaciones políticas generales y tres tipos de escenarios.

 

En relación con las orientaciones, se ha ela-borado una tipología25 sobre las características políticas predominantes en la región:

 

 

 

 

  Esta tipología de carácter cualitativo ha sido ela-borada sobre la base de discursos de líderes políticos, programas partidarios y los resultados electorales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

a. Modernización conservadora: moderniza-ción del sistema de partidos; retorno y refor-zamiento de la autoridad; reforma institucio-nal para vincular actores y sistemas; re-legi-timar la autoridad sobre la base de valores indiscutibles y compartidos; orden moral aso-ciado a la expansión del mercado; asociación ideológica a Estados Unidos.

 

b. Reformismo práctico: renovación y recrea-ción del sistema de partidos; orden laico; construcción de alianzas; el Estado busca una gestión institucional que combine cre-cimiento económico con políticas de inclu-sión; sistema de partidos moderno; relación pragmática con Estados Unidos.

 

c. Nacionalismo popular: busca hegemonía política; Estado central en la organización del desarrollo y la democracia; moviliza-ción de masas; liderazgo carismático legi-timado por la democracia; prima la redis-tribución por sobre la producción; antiim-perialismo.

 

d. Indigenismo neo-desarrollista: participa-ción política ampliada y democracia deli-berativa; movimientos sociales e indígenas fuertes; Estado que negocia con las empre-sas transnacionales y busca inclusión; orden igualitario; antiimperialismo moderado.

 

Inflexión histórica         229

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por lo tanto, las preguntas más relevantes se refieren a cómo estas orientaciones plantean resolver las siguientes cuestiones: ¿Cómo se gestionan las demandas de la sociedad y cómo se distribuye la riqueza? ¿Cómo se opera en condiciones de movilización social creciente, particularmente en los casos de países con im-portantes recursos naturales? ¿Cómo se logra un control político democrático del conjunto del aparato de Estado? En suma, ¿cómo se combina crecimiento, transformación institu-cional y distribución del poder?

 

En relación con los escenarios de gober-nabilidad, en la situación ideal se lograría un círculo virtuoso entre reformas sociales y transformaciones institucionales con una alta capacidad de anticipación y de gestión del conflicto. El resultado sería una goberna-bilidad progresiva y un dinamismo econó-mico sostenible. En un segundo escenario, de carácter inercial, persistiría un divorcio entre lo social y lo institucional: se realiza-rían reformas políticas y sociales mínimas indispensables para mantener una goberna-bilidad económica mínima; las capacidades de anticipación y gestión de conflictos serían irregulares. En un tercer escenario, se gene-rarían explosiones sociales, fragmentación de conflictos y quiebres institucionales que

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

pueden llegar incluso a situaciones de caos social, crisis económica y regresiones demo-cráticas; la capacidad de gestión del conflicto y de anticipación sería muy baja.

 

En la realidad los escenarios probables es-tán condicionados por las capacidades polí-ticas de los actores nacionales para articular los cambios internos con su participación en el cambio internacional. Probablemente se si-tuarán entre los tres parámetros mencionados, combinando de diferentes maneras institucio-nalidad, equidad-pobreza y capacidad de in-novación por parte de los actores del sistema político, posiblemente con distintos pesos en cada componente y con trayectorias políticas diversas. Algunos privilegiarán avances en ins-titucionalidad y buscarán disminuir la pobre-za, mientras que otros buscarán equidad con escasos avances institucionales, quizás otros busquen combinaciones sui generis. En fin, se presentarán diversas combinaciones como resultado de las acciones y las orientaciones políticas prevalecientes en la región.

 

Los escenarios se desarrollan en un ámbi-to de cambio y riesgo constantes. La forma en que los riesgos sean transformados en opor-tunidades y de cómo se pueda vivir la misma incertidumbre —inherente al cambio moder-no—, seguramente influirá en la conformación

 

230        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

de trayectorias políticas que pueda asumir la sociedad en cuestión. Las bases instituciona-les previas y los avances registrados, en térmi-nos de equidad y de lucha contra la pobreza, constituyen otros importantes antecedentes de las trayectorias políticas. En el mismo sen-tido, la fuerza y la calidad de la participación ciudadana jugarán un rol central en la calidad del cambio. Donde se potencien a ciudadanos capaces de construir y optar por alternativas asumiendo riesgos, las oportunidades de una evolución virtuosa serán mayores. En suma, la calidad de la matriz política lograda constitui-rá un factor decisivo.

 

Los escenarios de mediano plazo que se plantean en los diferentes estudios naciona-les prefiguran las tendencias probables por las cuales atraviesan los países de la región inclui-dos en el proyecto PAPEP.26

 

 

  Pautas para una agenda de gobernabilidad democrática

 

El momento de inflexión histórica que vive América Latina incluye nuevas posibilidades

 

 

 

26  Para mayor detalle véase <www.papep.org>.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

para combinar la oportunidad económica que vive hoy la región con el fortalecimiento de la capacidad de los actores políticos y sociocul-turales para impulsar un nuevo ciclo de demo-cracia y desarrollo en función de más y mejor equidad social. Las opciones políticas son va-riadas y el desafío consiste en comprender y actuar sobre los cambios que están ocurriendo, a partir de las nuevas tendencias que se dan en la sociedad, la economía y la política. En todos los países está surgiendo una nueva forma de ciudadanía y nuevas maneras de vinculación entre sociedad y Estado. Parece probable que suceda una redistribución social del poder. Al-gunos de los temas que pueden dar lugar a la elaboración de una agenda para la acción son:

 

  Recuperar y fortalecer la ética políti-ca en función de la equidad y el respeto a las instituciones. Es necesario promover una cultura política que valore el bien público, pero asociada con rigurosas políticas de con-trol de la actividad pública. Por lo tanto, es ne-cesario reforzar el control ciudadano y el de-sarrollo de instituciones independientes con poderes específicos de investigación judicial, e incluso permitir la auditoría de organizaciones internacionales (por ejemplo, Transparency International).

 

Inflexión histórica         231

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  Vincular la renovación de la política con los cambios experimentados por la sociedad (nueva estructura social, nuevos mecanismos de reproducción intercultural, nuevos patrones de socialización, desarrollo de la sociedad-red, importancia estratégica de la migración, etc.) y con los nuevos desafíos que representa la globalización. Esto supone reconstruir la capacidad de gestión política de la sociedad, fortalecer a los actores políticos y socioculturales, incrementar la capacidad de análisis autónomo e independiente en los paí-ses (universidades, centros académicos, etc.) para elaborar propuestas de corto y media-no plazo, impulsar procesos de deliberación, construir opciones compartidas, establecer nuevas gramáticas del conflicto y orientar la renovación en función de resultados que le-gitimen la propia acción política. Se trata, en definitiva, de agendas enfocadas a gestionar la innovación de la política. Ningún partido polí-tico posee, individualmente, los recursos para dirigir los procesos de desarrollo, por lo que la nueva complejidad social requiere una coordinación policéntrica, una red de nego-ciaciones y acuerdos y avanzar, sin negar su valor intrínseco, más allá de las demo-cracias puramente electorales. Los partidos políticos no pueden renovarse sólo desde el

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

interior del sistema de partidos, sino a par-tir de una nueva relación establecida entre Estado y sociedad.

 

  Proponer nuevas formas de represen-tación y participación para recuperar la confianza en el sistema de partidos y en las instituciones de la democracia. Esto significa incluir los temas de reconocimiento cultural en el juego institucional. Dicha in-clusión supone el reconocimiento de formas históricas de autogobierno, y sobre todo el reconocimiento de la interculturalidad en to-dos los ámbitos de la vida pública y la gene-ración de mecanismos institucionales (como, por ejemplo, asambleas indígenas, regionales, etc.) con derechos específicos dentro de la estructura institucional del Estado. También implica asumir la representación y la delibe-ración pública como forma de auto-organiza-ción que promueva nuevos canales de parti-cipación, tanto temáticos como territoriales. Por otra parte, parece fundamental conectar la participación social y multicultural con los gobiernos locales y regionales para fortalecer a la sociedad civil local y regional, y sobre esa base, reforzar la autonomía territorial, mante-niendo el principio de subsidiariedad y la uni-dad del Estado.

 

232        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esto también involucra el uso de los medios de comunicación electrónica para el libre ac-ceso a la información pública, como medio de consulta, interacción y debate, y para asegurar la igualdad de oportunidades, expandiendo su uso comunitario y favoreciendo a la ciudadanía con la ampliación de equipamientos y fondos públicos para el ejercicio de la participación democrática.

 

Se trata, además, de buscar formas innova-doras de financiamiento público a las institu-ciones de la sociedad civil para fortalecer la participación y la ciudadanía. Resulta funda-mental en esta perspectiva el trabajo coordi-nado entre sociedad civil y Estado en función del bien común. Sin embargo, la sociedad civil no puede ser confundida con un partido o con una propuesta de poder; no puede tener una estrategia acabada de transformación social. Cualquier aspiración de copar el espacio públi-co por un actor social o cultural o un proyecto político, implica negar el propio espacio de la diversidad y la libertad, factor imprescindible para que la sociedad civil misma pueda expan-dirse. Es esencial fortalecer las capacidades de autonomía de las personas y de la sociedad ci-vil, son el mejor remedio contra cualquier tipo de hegemonía o absolutismo. El desafío, en-tonces, consiste en comprender y fomentar la

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

articulación de los distintos actores, intereses y orientaciones en nuevos espacios de delibe-ración y participación que generen una nueva cultura cívica y política y promuevan opciones de democracia y desarrollo.

 

  Aumentar la capacidad de acción del Es-tado. El mercado y el Estado, en una concep-ción renovada del desarrollo, pueden actuar de forma concomitante en función de la sociedad y la provisión de bienes públicos. Esto es lo que actores y orientaciones renovadas de la política y el desarrollo han manifestado recientemente. La reorganización e innovación del Estado po-see, al menos, tres aspectos:

 

–– La inserción en los mercados globales se rige por el paradigma de competitividad sis-témica; es decir, no por la competitividad de una u otra empresa, sino por las capaci-dades organizacionales y gerenciales de un país para articular factores económicos y no económicos. La competitividad implica un rol coordinador del Estado en los distintos procesos de competitividad sistémica.

 

–– El peso del mercado, y sus tendencias dis-gregadoras, otorgan un rol primordial al Estado como instancia para asegurar la co-hesión social. La reformulación del Estado

 

Inflexión histórica         233

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

de bienestar y de las políticas de desarrollo representan un paso clave para la viabilidad del desarrollo.

 

–– El Estado de derecho comprende la acción ciudadana autónoma; en suma, un Estado democrático capaz de expresar y de cohe-sionar a la comunidad ciudadana.

 

Es evidente la necesidad de incrementar la ca-pacidad de acción de un Estado legítimo capaz de participar en la globalización en nombre de la sociedad y en relación constante con ella. La capacidad de cohesión social, que por hoy sólo puede ser ejercida por el Estado, permitirá, de acuerdo con los intereses de la nación, vincular crecimiento económico, políticas distributivas y políticas de desarrollo, a fin de mejorar la jus-ticia social y reducir la pobreza. Es fundamen-tal la regeneración de las instituciones del Es-tado, lo que supone a la vez el fortalecimiento de una sociedad autónoma del Estado, que sólo se puede definir en cada país según las situa-ciones históricas particulares.

 

En síntesis, parece esencial el fortaleci-miento de la “estatalidad” —es decir, la capa-cidad y legitimidad del Estado para asumir y desempeñar efectivamente el rol de agente de desarrollo y de la democracia—, y puede con-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

cebirse desde diferentes ángulos que exceden la función de asistencia técnica: la integralidad de los programas nacionales, a partir de su vi-sión agregada e intersectorial; la necesidad de coordinación, a través de áreas programáticas específicas y de jurisdicciones institucionales; la “endogeneización” de mecanismos de trans-parencia en la gestión y de responsabilidad, no sólo por parte del poder político, sino de los actores privados y organizaciones de la socie-dad civil; la “internalización” de la articulación público-privada en el desarrollo e implementa-ción de programas y proyectos, y la adaptación de políticas e instrumentos a las diferentes rea-lidades a nivel nacional y a los retos de la arti-culación nación-municipios.

 

  Los avances imprescindibles en el plano de la equidad deben estar asociados con el fortalecimiento y la renovación de las instituciones de la democracia. Es impres-cindible el círculo virtuoso entre equidad e ins-titucionalidad, en función de valores y metas sociales compartidas. La equidad, primero que nada, supone el reconocimiento práctico de la igualdad entre todos y la eliminación definiti-va de prácticas estamentales y clientelares, tan comunes en la vida política de nuestra región. Es importante promover una cultura política

 

234        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

práctica asociada con mecanismos de sanción institucional respecto a la discriminación étni-ca, de género, de minorías migrantes y otros grupos minoritarios. La equidad no solamen-te se refiere a una distribución desigual, sino también a las demandas y disposiciones de los ciudadanos, no sólo para reconocer sino para cambiar la situación de inequidad a la cual están sometidos diversos grupos sociales. En este sentido, el problema estructural de la po-breza y la desigualdad en América Latina nece-sita ser entendido como un problema político, por lo tanto está asociado con una política que busque que los pobres y excluidos transformen sus necesidades en demandas que actúen en el sistema institucional.

 

  El fortalecimiento de un ciudadano autónomo y activo. Es de gran importancia fortalecer y legitimar las prácticas de una ciu-dadanía más activa y autónoma por parte de los ciudadanos. Buscar que ellos estén más informados y arraiguen mejor su autonomía y libertad, fortalecer su capacidad de hablar y de ser escuchados. Los partidos políticos ya no pueden imponerse sin escuchar, gobernar sin convencer, y deben responder cada vez más a exigencias de verdad, transparencia y respeto ciudadano. Es fundamental la renovación de

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

los sistemas de representación y actuación po-lítica, dado el surgimiento y establecimiento de esta ciudadanía autónoma y activa, y la apertu-ra de espacios políticos deliberativos.

 

  Los medios de comunicación y la con-figuración del espacio público. Las socie-dades latinoamericanas están cada vez más interconectadas. Los ciudadanos se informan y conforman sus posiciones de interés público a partir de la deliberación que ocurre en es-pacios abiertos, especialmente en los medios de comunicación y las nuevas tecnologías de información. Los ciudadanos escuchan y se hacen oír, además, mediante la opinión públi-ca y su vinculación con los medios de comuni-cación. Si bien las tendencias al control priva-do de la comunicación pública son evidentes, parece fundamental que los ciudadanos desa-rrollen nuevas capacidades tecnológicas que les posibiliten nuevas formas de participación y comunicación mediante el uso de teléfonos celulares, blogs, Internet, etc. Las innovacio-nes tecnológicas de la información son pode-rosas fuerzas de un nuevo tipo de comunica-ción personal, participativa e interactiva. La comunicación electrónica puede facilitar la deliberación entre distintos, la formación de opiniones y la difusión de ideas. Parece rele-

 

Inflexión histórica         235

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

vante la formulación de propuestas políticas donde se abran nuevas formas de participa-ción y de control ciudadano sobre la acción de las instituciones públicas, nuevas propues-tas que se sometan al debate público usando estos sistemas de comunicación, que tienden a ser cada vez más persuasivos en la vida co-tidiana. El futuro de la gobernabilidad demo-crática está vinculado a la transformación de esferas públicas tradicionales en sistemas de comunicación interactiva. Da la impresión de que la política del escándalo o la conspiración difícilmente puede tratarse limitando a los medios de comunicación; lo fundamental es fomentar la deliberación y limitar la corrup-ción. Resulta esencial aumentar y mejorar el acceso de los medios de comunicación a las fuentes de información sobre la corrupción para incidir en su disuasión, y es fundamental un estatuto de protección del periodista, así como medidas compartidas con los medios para regular sus acciones.

 

 

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Panorama electoral

de América Latina

 

¿Qué reemplaza al modelo neoliberal?*

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una coyuntura de inflexión y cambio

 

La cuestión principal que caracteriza el juego político actual en América Latina se organiza en torno a la pregunta: ¿qué reemplaza al “mo-delo neoliberal”?

 

La región viene atravesando en los últimos años un proceso de inflexión y cambio, tan-to en términos económicos como políticos. Tales cambios son producto, por un lado, de reformas estructurales que buscaron la libe-ralización de la economía y el comercio y la privatización de diversos servicios públicos, para promover economías de mercado que se insertaran mejor en los procesos de glo-balización. En la mayoría de los países, estos cambios no generaron los resultados espera-dos y, más bien, produjeron saldos negativos

 

 

  Este texto fue publicado originalmente en la revista Nueva Sociedad, número especial, marzo de 2006.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

en términos de pobreza y equidad. Por otro lado, los cambios son efecto de las reformas democráticas, en las que se avanzó en cuan-to a régimen político, pero no en términos de mayor participación ciudadana. En varios casos, se viven crisis político-institucionales que limitan o cuestionan la misma evolución democrática.

 

Cuando se mantuvo cierta coherencia entre comportamiento y propuestas de los actores sociopolíticos, cuando se aplicaron las re-formas de manera más o menos heterodoxa y cuando las condiciones económicas lo per-mitieron, se pudo enfrentar mejor las diversas crisis y los resultados en términos de desa-rrollo y democracia fueron mejores. El caso paradigmático es Chile. Mientras que, en los casos en que las matrices sociopolíticas eran incoherentes e inestables, los recursos eco-nómicos insuficientes y las reformas estruc-turales se aplicaron de manera más o menos ortodoxa, los resultados en términos de de-

 

238        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

mocracia y desarrollo fueron precarios ya que hubo crisis institucionales y sociales muy gra-ves. Ésta es la situación de la mayoría de los países de la región, que condiciona los ritmos de evolución de la democracia y el desarrollo en el futuro. Casos típicos serían los de Boli-via o Ecuador.

 

Las respuestas para reemplazar al “modelo neoliberal” no pueden ser homogéneas y de-berían asociarse con los procesos políticos y socioeconómicos específicos. Las consecuen-cias de dichos cambios se vienen expresando a través de opciones electorales, de crisis e inestabilidad política, que implican nuevos problemas y desafíos para la democracia, y de demandas de cambios en las orientaciones de las políticas nacionales. Da la impresión de que la región ha entrado en un momento de inflexión histórica respecto de lo vivido en los últimos 20 años, lo que se expresa tanto en forma de crisis como de transformaciones políticas. Casi ninguna fuerza política se plan-tea hoy hacer más de lo mismo para mejorar en el futuro.

 

En este contexto, han surgido problemas de nuevo tipo que afectan la dinámica política y electoral en la región. De cómo las distintas propuestas respondan a los problemas, en las nuevas coyunturas electorales, dependerá

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

en gran medida el futuro político de América Latina. En términos generales, los problemas políticos que enfrenta la región pueden desa-gregarse en dos grandes categorías altamen-te relacionadas: político-institucionales, y de equidad y pobreza.

 

La primera categoría se refiere a la nece-sidad de reconstituir las instituciones y al re-torno del Estado en los nuevos marcos de la globalización (y no como el Estado desarro-llista de los años cincuenta). Cómo pensar un Estado congruente con la globalización es un tema que resulta fundamental para el futuro. Los problemas institucionales de la región son históricos y se manifiestan, principalmente, en las crecientes demandas de la población de un Estado activo y regulador (sólo el 31% de los latinoamericanos considera que las privatiza-ciones fueron provechosas). Estos problemas institucionales, relacionados con la debilidad de la capacidad de acción política de los dife-rentes actores para representar institucional-mente a la sociedad, se tradujeron en una crisis de representación y de intermediación política. Por ejemplo, en el Informe Latinobarómetro 2005 se advierte que, aunque el 54% de los la-tinoamericanos considera que no puede existir democracia sin partidos políticos, sólo el 19% confía en ellos.

 

Panorama electoral de América Latina           239

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La segunda categoría de problemas que afec-tan a las democracias latinoamericanas se re-fiere a las cuestiones de pobreza y equidad. Las sociedades latinoamericanas viven una comple-ja mutación signada por los procesos de diferen-ciación social, exclusión ampliada e inclusión limitada. América Latina se “destaca” por ser la segunda región más desigual del mundo, sólo su-perada por el África subsahariana. Según cifras del Informe de Desarrollo Humano 2005, el co-eficiente de Gini —índice que mide la desigual-dad— de la región alcanza el 0,571, mientras que el de los países de la OCDE es de 0,3681. Además, si bien en algunos países (como Uruguay, Méxi-co, Chile, Guatemala, Colombia y Honduras) el coeficiente de Gini disminuyó entre 1990 y 2002, en la mayoría aumentó. En 2002, solamente Uru-guay puede incluirse entre los países con bajo nivel de desigualdad, mientras que la mayoría de los países (como Brasil, Argentina y Honduras) posee niveles de desigualdad altos o muy altos.2

 

 

 

  Para mayor detalle, véase UNDP, Human Develo-pment Report 2005. International Cooperation at a Crossroads: Aid, Trade and Security in an Unequal World, Hoeschtetter Printing Co., Nueva York, 2005.

 

  Para mayor detalle, véase CEPAL, Objetivos de de-sarrollo del milenio: una mirada desde América Lati-na y el Caribe, CEPAL, Santiago de Chile, 2005.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un fenómeno particularmente interesante de América Latina es la creciente frustración de expectativas o malestar cultural por parte de la población. En los últimos años hubo no-tables avances en indicadores de desarrollo humano, como la reducción de la mortalidad infantil y la expansión de las expectativas de vida; también mejoraron sustantivamente los indicadores relativos a tecnología y comunica-ción. Pero, como ya se indicó, los rezagos en materia de pobreza y desigualdad son enor-mes.3 El saldo es una sociedad más expuesta al consumo cultural (radio, TV, etc.) y con mayor educación, pero sin los medios para satisfacer las demandas que tal exposición provoca.

 

Ante este tipo de problemas, la política ha vuelto a las calles en muchos países: aumentó la protesta social y la cantidad de organizaciones alternativas. Los ciudadanos buscan diversos canales para expresar su malestar con la políti-

 

 

  En este sentido, es importante señalar que, de acuerdo con el Informe Latinobarómetro 2005, en el 59% de los hogares de la región al menos una persona se ha quedado sin trabajo en los últimos 12 meses; solo en Argentina y Chile se observan porcentajes inferiores. Más aún, para el 30% de los habitantes el desempleo es el problema más grave. Sólo en Chile, Guatemala y México se menciona la delincuencia como el problema más relevante del país.

 

240        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ca, a través de la participación en diferentes or-ganizaciones con capacidad de cuestionamien-to y protesta y en movilizaciones callejeras. El 16% de los latinoamericanos dice haber firmado una petición, el 13% ha asistido a manifestacio-nes y el 5% ha bloqueado el tránsito.

 

Puede decirse, entonces, que los ciudada-nos de América Latina están “saliendo a la ca-lle” a protestar de múltiples maneras —y no sólo desde la política— cuando consideran que sus gobernantes no están cumpliendo con los mandatos para los cuales fueron elegidos o cuando no hay un orden social que los reco-nozca y los integre.

 

Sobre la base de este abanico de problemas político-institucionales y socioeconómicos, las ofertas electorales se encuentran, por lo gene-ral, altamente ideologizadas y se desarrollan en torno a tres nuevos ejes de orientación política:

 

  El primero está orientado por Estados Uni-dos, que marca una pauta en función de su lucha contra el terrorismo y la lógica de la “guerra preventiva”. Hay coincidencias entre Washington y varios gobiernos de la región, como Colombia y gran parte de los países centroamericanos: se articulan pro-puestas centradas en el mercado, asociadas a valores tradicionales, particularmente los

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

religiosos, y a la construcción de democra-cias liberales sólidas.

 

  La segunda orientación está definida por paí-ses como Chile y Brasil que, junto con sus alia-dos Argentina y Uruguay, se han embarcado en proyectos de centroizquierda, con lógicas más laicas e igualitaristas, pero con realismo de mercado desde el punto de vista económico.

 

  El tercero es el de Venezuela y su nuevo mo-vimiento bolivariano, con rasgos expansivos a otros países de la región.

 

  La cuarta oferta es de carácter indigenista. Integra en su seno tanto orientaciones boli-varianas como del Mercosur. Bolivia, donde el Movimiento al Socialismo (MAS) se impu-so en las elecciones, Ecuador, Perú, Guate-mala y, en alguna medida, México serían los países más sensibles a este tipo de ofertas.

 

Un desafío de notable envergadura que enfren-ta la región es la posibilidad de que se instale un proyecto político de centroizquierda, que pueda promover un nuevo dinamismo entre democracia y desarrollo. Esto, desde luego, tiene numerosas variantes nacionales, que po-siblemente estarán determinadas por la capaci-dad política para lograr compromisos consis-tentes con la democracia, no solo en términos

 

Panorama electoral de América Latina           241

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

procedimentales sino también sustantivos. Tal proyecto tendría empero que promover una modernización económica y cultural social-mente incluyente, construida desde adentro hacia fuera, y constituirse en un puente entre los sectores populares y los sectores medios. Esto, a su vez, estaría asociado a su capacidad para emprender una transformación orientada a resolver los problemas mencionados. Esta opción se encuentra en la práctica muy des-dibujada y necesita renovar su liderazgo y sus planteos en el corto y mediano plazo. Su éxito dependerá de cómo se construyan ofertas con-cretas y de que éstas se sostengan con el ejem-plo, la consistencia y la coherencia política. El juego electoral puede contribuir a generar respuestas, pero también a alimentar ilusiones falsas basadas en el mero marketing electoral.

 

 

El panorama electoral de América Latina

 

Entre fines de 2005 y durante todo 2006 se cele-brarán elecciones presidenciales en la mayoría de los países de América Latina, lo que definirá el perfil político de la región para la segunda mitad de la década. En los procesos electora-les se aprecia cierta tendencia hacia la dualiza-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ción, el empate político o cambios instituciona-les profundos. Las crisis de confianza, la baja en la credibilidad de los partidos políticos y los crónicos problemas de pobreza y desigualdad contribuyen a la polarización de los escenarios. A continuación, se describen brevemente los escenarios electorales de Bolivia, Brasil, Chile, Honduras y México.

 

En Bolivia, caso que resaltamos con más detalle por lo novedoso de su nuevo panorama político, el análisis post electoral permite de-tectar las siguientes tendencias:

 

a. Como pocas veces en la historia democrá-tica, una fuerza política, el MAS, que llevó como candidato al líder de origen indígena Evo Morales, obtuvo el respaldo de la mayo-ría absoluta de votos válidos, alcanzando el 54%. Estos resultados lo colocan en una si-tuación privilegiada para organizar un nue-vo ciclo democrático en el país.

 

b. El electorado ha diferenciado su voto en las categorías nacional y departamental, estableciendo de esta manera un control y un equilibrio entre el poder central y los po-deres regionales. El MAS solo ganó a nivel departamental en dos de los nueve departa-mentos, mientras que para presidente se im-puso en cinco de ellos. En los departamentos

 

242        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

en los que obtuvo un porcentaje más amplio para el cargo de presidente, particularmente en La Paz y Cochabamba, la población les dio la mayoría a líderes de la oposición a ni-vel departamental.

 

  Este dato revela un comportamiento comple-jo y racional por parte del votante boliviano, que provee un piso para la renovación del sistema político. Bolivia tiene la oportunidad de recrear un sistema bipartidario, refleja-do en la conformación del Senado: el MAS obtuvo 13 senadores, al igual que Podemos, el partido que llevó como candidato a Jorge “Tuto” Quiroga, mientras que el Movimiento Nacional Revolucionario se quedó con un se-nador. El hecho de que las dos fuerzas mayo-ritarias hayan alcanzado el 80% de los votos válidos indica, a su vez, la alta polarización existente en la sociedad boliviana. Cabe, por lo tanto, analizar la evolución interna de cada una de estas dos fuerzas en cuanto a lideraz-go, orientaciones y comportamiento.

 

  Algunos de los prefectos (cargo equivalente a gobernador o jefe de departamento, hasta entonces designado por el presidente) hicie-ron pública una convocatoria a sus colegas para conformar un poder departamental, lo que podría convertirse en el eje de un nuevo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

campo de conflicto entre el poder central y los poderes regionales.

 

e. Las orientaciones políticas del MAS en lo interno aparentemente combinarán líneas duras con políticas de negociación. Entre las líneas duras, sobresalen la nacionaliza-ción de los hidrocarburos, la conformación de un Concejo pre-Constituyente con fuerte presencia de actores corporativos, la reali-zación de la Asamblea Constituyente, el re-parto de tierras de acuerdo con la Ley del Servicio Nacional de la Reforma Agraria (Ley Inra) en el oriente boliviano y la reo-rientación de la política en materia de coca a favor del productor campesino. En otras áreas importantes, como el régimen de au-tonomías, políticas sociales, económicas o sectoriales, es posible que se abran espacios de negociación. Esto supone, en definitiva, la búsqueda de la constitución de un Esta-do nacional-popular fuerte, neocorporativo, con una orientación proclive a la amplia-ción de elites.

 

  En el plano externo, se reforzarían la coali-ción sudamericana y las vinculaciones polí-ticas con Argentina, Brasil, Cuba, Uruguay y Venezuela, y se buscaría una mayor articula-ción con la Unión Europea, particularmente

 

Panorama electoral de América Latina           243

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

con España. Aparentemente, habría una dis-posición a negociar y no a enfrentarse con la administración de Estados Unidos.

 

  Dentro del MAS es posible detectar múltiples orientaciones y tensiones por razones cor-porativas y de liderazgos sectoriales. Proba-blemente, una tensión interna que estructu-rará su dinamismo político estará dada por dos lógicas que se complementaron durante la campaña, pero que podrían enfrentarse llegado el momento de ejercer el poder. El análisis de los discursos del presidente (Evo Morales) y del vicepresidente (Álvaro Gar-cía Linera) revela la diferencia de estilos y la complementación entre una argumentación pragmática y de confrontación, y una línea más inclinada a la negociación y la búsqueda de consensos.

 

  Un problema de tensión política en el cor-to plazo al que habría que prestar especial atención es la impugnación y el llamado a la renuncia de la Corte Nacional Electoral por parte del presidente. Probablemente, esta crítica estuvo dirigida a obtener cambios que favorezcan las aspiraciones políticas con re-lación a la próxima Asamblea Constituyente.

 

  La coyuntura económica es favorable a cor-to plazo. El año 2005 se cerró con un cre-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

cimiento económico del orden del 3,9% — sustentado en un crecimiento del 17% de las exportaciones—, una inflación moderada de 5,3% y un déficit fiscal del 2,8%. Este último dato se asienta tanto en el incremento de los ingresos tributarios provenientes de la pro-ducción y explotación de los hidrocarburos (que crecieron un 7,7%) como en el bajo ni-vel de ejecución presupuestaria en las nueve prefecturas del país. Para 2006, se prevé un crecimiento del 4%, una inflación menor al 3,4% y un déficit fiscal no mayor al 3%.

 

j. En relación con el sistema financiero, es importante señalar que los depósitos ban-carios continuaron, casi sin interrupciones, una tendencia al alza iniciada a mediados de 2004 (2.930 millones de dólares en diciem-bre de 2005). Al mismo tiempo, las reservas internacionales netas alcanzaron un nivel de 2.200 millones de dólares en diciembre de 2005. Las elecciones presidenciales no afec-taron el nivel de depósitos del sistema.

 

En síntesis, la nueva coyuntura política que se abre en Bolivia, junto con las perspectivas económicas de corto plazo, permite pensar en una nueva oportunidad de recrear y fortalecer la democracia en el país a partir de políticas de inclusión y apertura social.

 

244        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En Brasil, las elecciones presidenciales se llevarán a cabo en octubre de 2006. Dado el peso político y económico de este país en Amé-rica Latina, su importancia resulta singular. La crisis política que afecta al presidente Luis Iná-cio Lula da Silva a partir del escándalo por el pago de sobornos no incidirá en la continuidad de su mandato, pero podría reducir sus proba-bilidades de ser reelegido. Sin embargo, la opo-sición del Partido de la Socialdemocracia Bra-sileña (PSDB) —liderada por el ex presidente Fernando Henrique Cardoso— aún no cuenta con un candidato claro. Lula tiene todavía posi-bilidades de ser reelegido, pero en lo que resta de su mandato tal vez se vea obligado a liderar un gobierno “a la defensiva”, con baja capaci-dad de acción. En este contexto, los dos posi-bles escenarios para las elecciones de 2006 (la reelección de Lula o el triunfo de la oposición) dependerán de cómo finalice el mandato del ac-tual presidente y de quién sea el candidato es-cogido por el PSDB. Sin embargo, en cualquiera de los dos casos el juego político brasileño se centrará en una lógica estatal de país que aspira ser una fuerza en el ámbito internacional.

 

En Chile, las elecciones presidenciales —lle-vadas a cabo el 11 de diciembre de 2005— se dirimieron en la segunda vuelta del 15 de enero de 2006 entre los candidatos Michelle Bachelet

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(de la centroizquierdista Concertación de Par-tidos por la Democracia) y Sebastián Piñera (de la centroderechista Alianza por Chile).

 

El triunfo de Bachelet implica el inicio del cuarto período de gobierno consecutivo de la coalición integrada por el Partido Socialista y la Democracia Cristiana. Esto le daría una rela-tiva continuidad a las políticas implementadas por los gobiernos anteriores, puesto que en las elecciones parlamentarias del 11 de diciembre la Concertación obtuvo la mayoría en las cáma-ras de Diputados y Senadores.

 

En Honduras, en las elecciones efectuadas el 27 de noviembre de 2005 resultó ganador el candidato del Partido Liberal, Manuel Zelaya. El proceso electoral estuvo marcado por un au-mento de la conflictividad social y por graves acusaciones entre los principales partidos (el Partido Liberal y el Partido Nacional, que llevó como candidato a Porfirio Lobo). El escenario que dejó este proceso es de incertidumbre y fragmentación, con un Congreso que seguirá muy dividido, lo que dificultará la obtención de mayorías favorables al presidente. Así, se re-fuerza la necesidad de un diálogo constructivo entre los principales actores para que Hondu-ras no ingrese en una nueva situación de crisis.

 

En México, uno de los países más influyen-tes de América Latina, las elecciones presiden-

 

Panorama electoral de América Latina           245

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ciales se realizarán el 2 de julio de 2006. Las encuestas indican que el primer lugar de las preferencias es ocupado por el candidato del Partido de la Revolución Democrática, Andrés Manuel López Obrador, seguido por Roberto Madrazo, del Partido de la Revolución Insti-tucional, que gobernó el país durante varias décadas, y por Felipe Calderón, del Partido Acción Nacional del presidente Vicente Fox. Los niveles de popularidad de López Obrador y de Madrazo se redujeron ligeramente, mien-tras que el de Calderón está en ascenso. Sin embargo, aún es prematuro marcar una ten-dencia definitiva.

 

En Ecuador, las elecciones presidenciales se efectuarán el 15 de octubre de 2006. El país se encuentra en una situación de creciente crisis, que alcanza todos los ámbitos de la vida políti-ca, social y cultural del país. Con relación al pa-norama electoral, si bien el ex presidente Lucio Gutiérrez —preso por acusaciones de atentar contra la seguridad del Estado— ha manifesta-do su deseo de ser candidato nuevamente, aún no se sabe quiénes serán los aspirantes con más chances a la presidencia.

 

En Perú, las elecciones presidenciales ten-drán lugar el 9 de abril de 2006. Las encuestas indican que el primer lugar de las preferencias es ocupado por la candidata de la alianza Uni-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

dad Nacional, Lourdes Flores Nano, seguida por Ollanta Humala, el ex militar que se alzó contra el gobierno de Alberto Fujimori y hoy lidera el Partido Nacionalista-Unión por el Perú. El tercer candidato es el ex presidente y líder del APRA, Alan García. Los datos re-flejan un leve descenso en la popularidad de Flores, a diferencia de la de Humala, que ha crecido significativamente. Sin embargo, aún ningún candidato se encuentra en condicio-nes de ganar en primera vuelta y es altamente probable que haya segunda vuelta electoral. Las encuestas también señalan que, en caso de ballotage, Lourdes Flores Nano vencería a cualquiera de los candidatos, mientras que Humala solamente superaría en segunda vuel-ta a Alan García.

 

 

Conclusión

 

Los países de América Latina se encuentran en una etapa de agotamiento de los ciclos de reformas estructurales y de transición a la de-mocracia que caracterizaron a la región en las últimas dos décadas. A pesar de las diferencias entre cada experiencia nacional, existe una se-rie de problemas y desafíos comunes, asocia-dos sobre todo a temas político-institucionales

 

246        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

y de inequidad y pobreza. Es esta combinación la que, entre otros factores, ha generado un período de inflexión y cambio, y a veces cri-sis aguda, en los contenidos y en las formas de la democracia y el desarrollo. La cuestión, la gran cuestión, parecería ser qué modelo reem-plazará al esquema neoliberal.

 

Las ofertas políticas varían desde posiciones más conservadoras, vinculadas a la guerra con-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

tra el terrorismo y al libre mercado propuestos por la administración de EE.UU., hasta posicio-nes más radicales de izquierda vinculadas al go-bierno de Venezuela. En medio de ellas anidan también propuestas de centro-izquierda, sobre todo en los países del Mercosur y México. Es por ello que América Latina, en medio de múlti-ples e inciertos procesos electorales, ha ingre-sado en un período de fuertes definiciones.

 

Las nuevas condiciones sociales

de la democracia*

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La región vivió un doble proceso de cam-bio. Por un lado, de transformación de una economía desarrollista centrada en la creación del mercado interno y en la sustitu-ción de importaciones hacia economías más abiertas centradas en el mercado de exporta-ción; por el otro, de transformaciones políti-cas vinculadas a la transición de regímenes autoritarios a democráticos. Los resultados de tales cambios generaron nuevas dinámicas sociales que condicionan el futuro. Además ambos procesos estuvieron influenciados por la globalización y por los rasgos y oportunida-des específicos  de  cada  economía  y  proceso

 

político nacional.

 

Si bien hubo resultados diferentes según el país, en general la región como un todo avanzó en términos de logros democráticos; sin em-

 

 

  Este texto fue publicado originalmente en Goberna-bilidad y convivencia democrática en América Latina 2012 (Buenos Aires: Teseo/FLACSO/AECID).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

bargo, los saldos económicos y sociales con-dicionan el desarrollo y la misma democracia. La desigualdad, la pobreza y los límites de la legitimidad institucional siguen siendo tareas pendientes en la región. En estos años, a pesar de importantes esfuerzos, América Latina per-dió relativamente importancia en la economía mundial y en el sistema multilateral de toma de decisiones.

 

En algunos casos, los menos, cuando se mantuvo cierta coherencia entre comporta-miento y propuestas de los actores sociopo-líticos, se aplicó las reformas de manera más o menos heterodoxa y las condiciones econó-micas lo permitieron, se pudo enfrentar mejor las diversas crisis y los resultados en términos de desarrollo y democracia fueron mejores. El caso paradigmático es Chile.

 

Sin embargo, en los casos donde las matrices sociopolíticas fueron inestables, los recursos económicos insuficientes y la aplicación de las reformas estructurales se dio de manera más o

 

248        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

menos ortodoxa, los resultados en términos de democracia y desarrollo no sólo fueron preca-rios, sino que provocaron crisis institucionales muy graves. Esta es la situación de la mayoría de los países de la región, y ello condiciona los ritmos de la evolución de la democracia en el futuro.

 

Los resultados de los cambios operados, sean más o menos positivos o negativos, in-corporaron a la región en los procesos de glo-balización más bien de forma pasiva y depen-diente, de manera tal que dicha incorporación no estuvo acompañada de procesos de desa-rrollo tecno-económico ni informacional, los cuales constituyen el eje de la nueva división del trabajo. Lo antedicho pone de manifiesto el fin del ciclo de transición y plantea un mo-mento de inflexión. A mi juicio el desafío con-siste en que estos cambios se asocien con la capacidad de desarrollo de actores políticos y sociales que puedan promover una innova-ción tecno-económica pertinente y realista. Consiguientemente, un tema clave no es sólo la necesidad de la innovación e integración, sino particularmente cómo plantearla. Se tra-ta de un tema esencialmente político que debe enfrentarse y debatirse, pues de otro modo, por la misma lógica del cambio, será marcado únicamente externa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los diversos resultados posibles dependen de la cohesión social y de la trama de relacio-nes sociopolíticas de cada país, así como de la capacidad del conjunto de los países de pro-mover políticas de posicionamiento a escala internacional.

 

En esta perspectiva, parece fundamental comprender una relativamente nueva dinámi-ca de incluidos y excluidos que hoy está en el centro del devenir tanto de la democracia como del desarrollo en la región. Quienes es-tán incluidos en el mundo formal de la econo-mía y de la política, al tiempo de ser depen-dientes, están subordinados a relaciones de las cuales son parte incierta, pues esas rela-ciones, en el contexto de la transformación productiva, se hallan sometidas a los puros vaivenes de la economía de mercado. Preci-samente por esto, su capacidad de acción co-lectiva tiende a debilitarse, pues por el mismo tipo de inserción se refuerzan comportamien-tos particularistas, y sólo se fortalece cuando se defiende una individualización en función del mercado del trabajo y del consumo. Los excluidos, por su parte, son cada vez más he-terogéneos y, como nunca antes en la historia del capitalismo, prescindibles en el mercado del trabajo. Ellos pugnan por integrarse de alguna manera, aunque sea en los márgenes

 

Las nuevas condiciones sociales de la democracia     249

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

del sistema, y se refugian en identidades co-munitarias de diverso tipo. Sin embargo, entre ellos surgen nuevas estrategias de vida y sub-sistencia que les permiten enfrentar su propia reproducción con creatividad y valentía. Son los que patentizan con más fuerza la necesi-dad de un estado de derecho.

 

Desearía insinuar cuatro temas específi-cos que a mi juicio, entre otros, son funda-mentales respecto de las nuevas condiciones sociales de la democracia y el desarrollo. Se trata de condiciones que influyen o pueden influir en la construcción de opciones de co-hesión social que posibiliten un mejor mane-jo del cambio señalado. O como diría Medi-na Echabarria: las fuerzas emergentes que preanuncian la nueva estructura de nuestras sociedades.

 

 

  La globalización viene generando asimetrías en los patrones de inclusión y exclusión tanto simbólica como material

 

Si bien es posible detectar disposiciones polí-ticas para lograr mayor inclusión democráti-ca, el funcionamiento de la economía muchas veces impulsa tendencias hacia una mayor

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

exclusión. Esto se manifiesta en la precariza-ción del trabajo, en la distribución regresiva del ingreso y en la segmentación territorial y residencial, de la calidad de la educación y la salud y de la conectividad electrónica. Las promesas de interacción a distancia y de libre acceso a la información, junto con la democra-tización política y la mayor transparencia de las instituciones, contrastan con la pérdida de cohesión social, el debilitamiento de los sen-timientos de pertenencia colectiva y la mayor desigualdad al interior de las sociedades nacio-nales, todos ellos fenómenos que los nuevos patrones productivos no mitigan e incluso ame-nazan con exacerbar1.

 

Las paradojas abundan en esta nueva diná-mica entre inclusión y exclusión. Por ejem-plo, mientras se universaliza el consumo mediático, la segmentación en la conectivi-dad interactiva produce nuevas brechas en educación, poder y comunicación; mientras avanza la cobertura escolar, se segmentan los logros educativos por grupos socioeconómi-cos, con la consiguiente reproducción inter-generacional de la pobreza; mientras la socie-

 

 

 

  Ver de Adolfo Gurrieri y Pedro Sáinz (2005), La ciudadanía social latinoamericana en los ochenta y noventa, (UNDP: Santiago de Chile).

 

250        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

dad de la información mejora la distribución de las imágenes, empeora la distribución de la riqueza; mientras se crean condiciones para un mayor espacio político y tecnológico para el multiculturalismo, la penetración de los grandes emporios mediáticos y los patro-nes de consumo que ellos transmiten tiende a homogenizar estilos de vida que aparecen como los únicos posibles.

 

El vínculo entre inclusión simbólica y mate-rial hoy es difuso, porque mientras el acceso a recursos materiales es obstaculizado por una distribución del ingreso que no mejora y, más aún, se agrava en períodos de recesión con el aumento del desempleo en los grupos de me-nores ingresos, por otra parte se expande el acceso a bienes simbólicos tales como la edu-cación formal, la televisión y la información. Esta suerte de desbalance permitiría presumir que existen más posibilidades de lograr inclu-sión social a partir del campo simbólico que del económico. La idea de que el uno y el otro eran parte de un círculo virtuoso se ve desmentida por los datos.

 

Probablemente América Latina es la región en desarrollo con mayor brecha entre consu-mo simbólico y material, lo que se comprueba al contrastar la distribución del ingreso y la di-fusión de bienes culturales mencionados. Esto

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

resulta central para pensar el problema de la distancia entre expectativas de inclusión y la inclusión social efectiva.

 

 

  Existe mayor complejización de los sistemas de inclusión y exclusión social

 

Las nuevas prácticas ciudadanas no se orien-tan tanto como en el pasado hacia un eje de lucha focal (el Estado, el sistema político o la Nación como su expresión territorial), sino que se diseminan en una pluralidad de cam-pos de acción, de espacios de negociación de conflictos, de territorios e interlocutores. El procesamiento de demandas sociales se des-localizan espacialmente, sea porque la com-plejidad de las sociedades modernas hace que se diversifique cada vez más su contenido así como la expresión política de los actores; sea porque dichas demandas son menos suscep-tibles de ser “agregadas” con las de los gran-des sindicatos y los partidos políticos, pues hoy se vinculan más a temas puntuales de la vida cotidiana y/o del mundo simbólico, no subsumibles en grandes categorías políticas; sea porque muchos grupos locales se conec-tan a la red para posicionarse primero a es-

 

Las nuevas condiciones sociales de la democracia     251

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

cala global y que sea la comunidad global la que presione a los gobiernos nacionales para que respondan a sus reclamos locales, en una dinámica local-global-nacional que rompe to-dos los esquemas históricos2.

 

Además, la creciente diferenciación de los sujetos por su inserción en nuevos procesos productivos o comunicativos y la mayor visi-bilidad de la cuestión identitaria, implican que los distintos grupos sociales y las demandas de inclusión se cruzan cada vez más con el tema de la afirmación de la diferencia, las políticas de reconocimiento y la promoción de la di-versidad. Campos de autoafirmación cultural que antes eran de competencia exclusiva de negociaciones privadas y autorreferencias de los sujetos colectivos, hoy pasan a ser com-petencia de la sociedad civil. Grupos étnicos y de género, principalmente, claman por ser reconocidos en su singularidad y por contar con derechos específicos o por la aplicación a su caso específico de derechos universales. Discriminación positiva, derecho al autogo-bierno y políticas diferenciadas en educación son algunos ejemplos que emanan de esta si-tuación. La sociedad se repiensa ya no entre

 

 

  En este contexto, hoy es más clara una oposición local a lo global que una de carácter nacional.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

iguales sino entre diferentes. La idea de que la política en la democracia supone complemen-tariedad entre distintos aparentemente está agotada. O en todo caso es lo que la política podría rescatar.

 

En el plano de la acción colectiva, los ac-tores sociales históricos se fragmentaron, volviéndose más reactivos que proactivos, y padecen un aislamiento que puede observar-se, por ejemplo, en la pérdida de capacidad del movimiento obrero para negociar deman-das, en la baja representación de los partidos políticos y en la proliferación de múltiples y pequeños movimientos sociales que no logran articular propuestas en torno a una visión de la sociedad más amplia que aquella restringi-da a la defensa de sus intereses específicos. Se incrementaron los conflictos y los actores pero se fragmentó su capacidad acción y dis-minuyó su capacidad de incidir en la orienta-ción del desarrollo; quizás por eso puede sos-tenerse que se está más frente a sociedades policéntricas que uni-referenciales. Los siste-mas de partidos enfrentan serias dificultades para procesar eficazmente la complejización social descrita y el Estado, con su nuevo rol limitado, profundizó los efectos negativos de la diferenciación. Todo esto contribuyó a de-bilitar la representación social y los niveles de

 

252        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

participación ciudadana en los procesos de toma de decisiones. La cuestión es como se reconstituye una nueva idea de unidad o de nación en la globalización si se quiera.

 

 

  La migración refuerza los patrones de exclusión social y acentúa la cultura de la desigualdad

 

Uno de los temas estratégicos del devenir de la democracia y el desarrollo en la región está asociado con los movimientos poblacionales o la migración, incrementados por los procesos de globalización, a nivel nacional, regional y global. El fenómeno migratorio que existe hoy en América Latina parece estar más vincula-do a los cambios globales que a los patrones migratorios asociados con el modelo de susti-tución de importaciones. La migración afecta la sostenibilidad del desarrollo en el conjunto de loa países involucrados. Hoy el funciona-miento de varias economías latinoamericanas serían inexplicables sin las remesas enviadas desde afuera y tampoco sería explicable la ca-lidad de vida de los países desarrollados sin la presencia de estos trabajadores. Dichos cam-bios obligan a repensar el tema de la multicul-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

turalidad y su vinculación con las instituciones de la democracia.

 

Los emigrantes muestran de manera patente la calidad del multiculturalismo y de la demo-cracia (que por lo general no les reconoce de-rechos ciudadanos), así como los imaginarios sociales en torno a temas de empleo, acceso a bienes y servicios y aceptación cultural.

 

Las migraciones exponen de manera abierta el tema de la diferencia, la precariedad eco-nómica y social, la desigualdad y la discrimi-nación racial y xenófoba, planteándose una tensión entre un deseo de fortalecimiento ciudadano y pluralista y la discriminación re-cién mencionada. Tal discriminación promue-ve una débil cohesión social, pues al no ser aceptados por la sociedad que los recibe los emigrantes tenderían a retraerse sobre su pro-pia cultura. Otros fenómenos asociados son la pérdida de la condición ciudadana y la consi-guiente reducción de sus derechos, constituye la estigmatización, la preferencia a emigrantes provenientes de ciertos países en relación con otros y las identificaciones simplificadoras de las cuales son objeto y que generan una incom-prensión de su realidad.

 

Como los conflictos interculturales son cada vez más relevantes en la organización del poder y el orden de los Estados, las po-

 

Las nuevas condiciones sociales de la democracia     253

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

líticas de inclusión social tendrían que tomar en cuenta la calidad de la trama de relaciones de los emigrantes, pues mientras más puedan disfrutar de derechos ciudadanos, mejor será el proceso de integración y menor la discri-minación. Ello requiere, sin embargo, que se discutan valores democráticos de equidad e igualdad a partir de los cuales se acepte con calidad de ciudadanos a los emigrantes, pues si prevalece una visión instrumental de merca-do los resultados en términos de integración serán escasos. Estos temas son discutidos particularmente en algunos países recepto-res pero no se han realizado muchos estudios sobre migración, globalización y democracia. El problema aun analíticamente habita en un hueco negro.

 

Los procesos de globalización simbólica y cultural pueden cumplir un rol importante, aunque paradójico, en este contexto, pues aunque permiten compartir referencias de carácter global, ellas son apropiadas desde las diversas culturas locales. Este fenómeno hace que el sentimiento de desarraigo propio de los emigrantes (reforzado por el hecho de no ser plenamente aceptados en la sociedad receptora), se viva de manera compleja: por un lado, compartir referencias simbólicas globales los hace parte de una cultura global

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(lo que daría un marco de igualdad simbóli-ca); por el otro, la necesidad de no perder la propia identidad favorece la recreación de prácticas culturales por fuera de los territo-rios locales, proceso en el cual se produce una apropiación de símbolos globalizados desde las propias particularidades en contex-tos extra-territoriales3.

 

El fenómeno actual de la migración pone en el tapete de la discusión el tema de la exclu-sión social y la desigualdad cultural, pues si bien existen hoy condiciones para ampliar el multiculturalismo (lo que desde ya ocurre en el plano de los procesos simbólicos globales), los emigrantes deben recrear sus culturas en so-ciedades donde en su gran mayoría poseen un estatus pre-ciudadano. En tal sentido, ocupa un lugar central la lucha por el reconocimiento tanto en el plano cultural como en el de los de-rechos ciudadanos.

 

 

 

 

  La globalización es leída desde los ámbitos locales a través de los medios de comunicación, pero la globalización modificó la comprensión de lo local, espacio que hoy ya no está atado al territorio sino al sentimiento de pertenencia a una comunidad situada espacialmente. Hoy la producción de lo local puede ser tanto espacial como virtual gracias a las tecnologías de información. (Ver Appadurai, 1996. )

 

254        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  En la sociedad de la Información la inclusión y la exclusión social adquieren nuevas especificidades

 

Se vive una época de transición de socieda-des industriales a sociedades “red”o en la red, de economías del capital físico a eco-nomías del conocimiento y la información, de sociedades de la producción y el trabajo a sociedades de la comunicación y el consu-mo, del modelo del Estado-Nación al modelo global interdependiente. En este contexto de cambio, el uso de las redes en la configura-ción de nuevos espacios públicos, en la co-municación y el acceso a la información, en la visibilidad de los actores y en los nuevos vínculos con otros destaca por su impacto sobre las formas de inclusión social. La capa-cidad integradora de la red es tan exhaustiva como el potencial de exclusión para quienes no acceden a ella. La ciudadanía se juega aquí en un nuevo terreno, en el que la amenaza de exclusión se vuelve más intangible pero no por ello menos real.

 

La marcha hacia la sociedad de la informa-ción genera nuevas formas de inclusión y ex-clusión relacionadas con una nueva división social del trabajo. Los sectores que mejor se integran son los vinculados a la producción de

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

conocimientos (y que incorporan conocimien-to a su producción), los que tienen sistemas y estructuras flexibles e invierten en tecnología de información. La globalización sólo incluye a los sectores considerados económicamente valiosos para la red y los nuevos mercados, agravando la desigualdad dentro de los propios países, regiones y ciudades. Cada vez más se tiende a entender la exclusión como exclusión respecto de la sociedad-red, vale decir, respec-to de la tecnología, el conocimiento y los nue-vos mercados.

 

Desde un punto de vista positivo, el acceso de diversos actores en los medios interactivos hoy posible puede ejercer un impulso incluyen-te en las sociedades latinoamericanas. Abun-dan los ejemplos en los que el uso de nuevos bienes culturales y comunicacionales permi-tió la conexión horizontal entre importantes grupos étnicos, entre organizaciones feminis-tas, entre grupos ecologistas y entre diversas ONGs; todos ellos actores que se movilizan para plantear demandas particulares y que en-cuentran en la red y en los medios un espacio de comunicación de las mismas y encuentro con otros interesados en la defensa de los mismos temas. Lo antedicho demuestra que las nuevas redes de comunicación horizontal pueden incrementar el protagonismo de suje-

 

Las nuevas condiciones sociales de la democracia     255

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

tos anteriormente auto-referentes. Asimismo, se abre una amplia gama de opciones de acce-so a la información (sobre servicios, derechos y demandas compartidas), de influencia en la opinión pública (al disponer de estaciones ra-diales, acceder a redes informatizadas, difundir videocintas), de fiscalización de la discrimina-ción mediante el uso de Internet que permite debatir asuntos públicos en “tiempo real”, en-tre otras.

 

Sin embargo, también en este plano exis-ten asimetrías que reproducen patrones ex-cluyentes. Así, es preciso discutir ¿cómo con-trarrestar las asimetrías que emergen cuando unos actores capitalizan tecnología comu-nicativa para hacerse presentes y otros no? ¿Cómo promover los medios técnicos idó-neos, y el conocimiento sobre su manejo, que favorezcan un juego democrático incluyente en la sociedad de la información? ¿Cómo ha-cer frente a la nueva brecha entre informati-zados y des-informatizados para no ahondar desigualdades en el plano de las represen-taciones simbólicas que circulan por la red, pues mientras unas pueden ejercer influencia en la toma de decisiones políticas, otras por ser “electrónicamente invisibles” pueden ser políticamente excluidas?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Corolario

 

En este momento de inflexión y cambio es importante volver a subrayar la tesis, a par-tir de las experiencias vividas, de innovar la articulación entre democracia y desarrollo. Tal innovación descansaría en el potencia-miento de los actores políticos y socioeco-nómicos y en su capacidad de reconstruir o profundizar, en el marco de una diversidad de actores y situaciones, la idea de una in-clusión social creciente que garantice mayor cohesión social. Se trata en definitiva de re-constituir la nación en la globalización, pero esta vez sustentada en una comunidad políti-ca de ciudadanos.

 

Ello supone una ciudadanía que combine complementariamente libertad e igualdad. El régimen político no garantiza por sí mismo una evolución; son más bien las prácticas y orientaciones de los actores las que pueden impulsar la profundización democrática. La libertad entendida por Sen como la capacidad de las personas de optar por el tipo de vida que desean vivir según sus valores y aspira-ciones y de evaluar y asumir otras opciones. El concepto se respalda, en la idea de que la diversidad es un valor intrínseco de la liber-tad y que la igualdad, al tratarse de liberta-

 

256        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

des diversas, es un producto de esta, ya que la igualdad supone las libertades de todos. En este sentido, el desarrollo y la democracia de-ben ser decididos por todos, es decir, por la comunidad de ciudadanos.

 

Allí, el Estado tendrá que jugar un rol es-tratégico en la formación de actores autóno-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

mos y en la recreación de una conciencia de nación y de región en la globalización. A su vez política tendrá que potenciarse balancean-do la relación entre lo económico y lo social, la igualdad y la diferencia, sabiendo que los cambios toman tiempo y exigen consistencia y sentido de justicia.

 

La nueva cuestión social bajo

la mirada del desarrollo humano

 

Una fundamentación sociológica

desde la experiencia latinoamericana* **

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los cambios históricos y económicos de los últimos años han modificado radicalmente el perfil del continente. La diversa y compleja reali-dad exige nuevas ideas para encarar esta nueva cuestión social. En América Latina la construc-ción de consensos tendría que estar normativa-mente vinculada con un proceso de integración social creciente, tanto en el plano simbólico como material. Sin equidad no es posible la otredad, ni siquiera la competitividad económica es sosteni-

 

ble si siguen creciendo las distancias sociales. Uno de los rasgos principales de la sociedad

 

actual parece ser la bifurcación creciente entre una racionalidad instrumental y otra simbólica.

 

Visto desde otro ángulo, se trata de una se-paración entre la economía y la cultura. Asi-

 

 

  Este trabajo fue publicado originalmente en la revis-ta Nueva Sociedad Nº166, 2000.

 

  Una versión original y más extensa de este texto fue presentada en ocasión del congreso “Análisis de diez años de Desarrollo Humano, límites y potencia-lidades para una estrategia de desarrollo”, 18-20 de fe-brero de 1999, Bilbao (España).

 

 

 

 

 

 

 

 

mismo, las nuevas estructuras de poder, aso-ciadas a la globalización, están cada vez más concentradas y al mismo tiempo más difusas, en medio de procesos de complejización y va-cío social.1

 

La cuestión es saber a partir de qué fenóme-nos en curso es posible reintegrar una lógica sustantiva con otra instrumental. Habría que preguntarse sobre la articulación de la dinámi-ca de la modernización y la dinámica sociocul-tural, a fin de dar historicidad a la nueva lógica del poder. Por historicidad entendemos la ca-pacidad de una sociedad de producirse y au-totransformarse, para lo cual debe ampliar sus mecanismos de participación.2

 

 

 

  M. Castells, La Era de la Información. Economía, sociedad y cultura, Alianza, Madrid, 1998; A. Touraine, Pourrons-nous vivre ensemble? Égaux et différents, 1997; A. Giddens, Modernidad e identidad del Yo. El Yo y la sociedad en la época contemporánea, 1994.

 

  A. Touraine, La production de la societé, Seuil, Pa-rís, 1973.

 

258        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una tensión histórica y el retorno a la idea de desarrollo

 

Las respuestas intelectuales a este reto son va-riadas. Aquí interesa explorar una posibilidad: la del desarrollo de una subjetivación multicultural como eje de tal historicidad. Sin embargo, esto implica considerar que la globalización no elimi-na la capacidad de acción colectiva, sino que abre nuevas oportunidades. También implica que las acciones sociales no solo se opongan al nuevo poder, sino que participen reivindicando sus dere-chos ciudadanos y demandas culturales en busca de una innovación dentro de la misma sociedad.

 

Así pues, la subjetividad está en la constitu-ción misma de lo social, de las comunidades y las personas. En ella se expresa la necesidad de ser considerado como sujeto portador de una dignidad ciudadana, con identidad cultural e in-dividual dentro de una red de relaciones socio-culturales plenas de aspiraciones, percepcio-nes, experiencias y conocimientos colectivos.

 

Este enfoque supone conjugar las particula-ridades sociohistóricas de cada región y país con la vocación universal del Desarrollo Huma-no. En la perspectiva del presente artículo, ello implica vislumbrar un sistema de actores con capacidad para ampliar sus opciones en busca de una articulación fecunda entre moderniza-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ción y cultura. El desarrollo se construye nece-sariamente con otros distintos a uno. Es decir, congrega a actores sociales diferenciados, pero con capacidad de autodeterminación y repre-sentación de intereses y con posibilidades de llegar a acuerdos respetando sus diferencias.

 

Todo esto apuesta a la capacidad construc-tiva de la política y promueve la idea de una renovación del contrato social al menos en dos sentidos, como articulador de una nueva cultura política y como potenciador de acto-res del desarrollo.

 

Consiguientemente, más allá de los dere-chos a la vida, al conocimiento y a los ingresos, el Desarrollo Humano da prioridad a la libertad política, la igualdad, la creatividad y la digni-dad personal. Es decir, al sujeto. Precisamente desde esta óptica se realiza un balance crítico de la realidad y de otras opciones en curso. El cuadro adjunto ilustra cuál es el paradigma del Desarrollo Humano en comparación con el neoliberal y el desarrollista.

 

La forma específica de este tipo de oposición estructural entre modernización y subjetiva-ción en América Latina es una de cambio y es-tructuración denominada Inflexión Histórica.3

 

 

  Véase Fernando Calderón, Movimientos sociales y política en América Latina, Siglo XXI, México, 1996.

 

La nueva cuestión social bajo la mirada del desarrollo humano         259

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por una parte, se refiere a la concentración de poder mediante el ajuste estructural, la interna-cionalización de la economía, las privatizacio-nes, las reformas, etc., y por otra, a la comple-

 

Cuadro 1. Tipología de ofertas de desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

jización de la sociedad debido a la diferencia-ción social y funcional y a la fragmentación de la acción colectiva. El saldo es un tremendo y creciente malestar cultural.

 

 

  Desarrollista    Neoliberal       Desarrollo Humano

                         

Sentido  Desarrollo Económico           Maximización del ingreso      Expansión de las opciones y de capa-

                          cidades humanas para alcanzar un

                          bienestar total

                         

Foco de preocupación   Estado Mercados        Sociedad (lo público)

                         

Principio guía    Participación-masas    Eficiencia        Equidad-ciudadanía

                         

Énfasis  Fines    Medios            Fines

                         

Educación, salud,         Medios para la modernización           Inversión en capital humano, como un  Fines en sí mismos, el acceso a ellos es

nutrición                        insumo al crecimiento económico     un derecho humano, calidad de la vida

                         

Gobierno           a. Liderazgo fuerte y carismático       a. Estabilidad política a. Democracia

  b. Integración nacional           b. El Estado sólo sirve para promover el       b. El Estado es esencial para promover

              mercado          el Desarrollo Humano c. Respeto de los

              c. Respeto de los derechos humanos  derechos humanos

              relacionados con el mercado 

                         

Crecimiento       Medio determinante para el mercado a. Un fin en sí mismo b. Aceptación de  El crecimiento es esencial pero sola-

  interno una disminución del beneficio general          mente si beneficia a la gente de una

                          manera más equitativa, como un medio

                          para el Desarrollo Humano

                         

Prioridades de las          a. Modernización vía educación        a. Desregulación, privatización b. Mejorar  a. Ampliar opciones y oportunidades b.

políticas generales         b. Integración nacional vía sustitución          la eficiencia    Reforzar las capacidades humanas a

  de importaciones-mercado interno    c. Inversión en recursos humanos      través de la educación y la salud

  c. Movilización de masas       d. Fundamentos macro-econó- micos            c. Disminuir las inequidades

              fuertes d. Reestructurar los presupuestos

              e. Mantener la estabilidad macro-      nacionales para promover el Desarrollo

              económica       Humano

                          e. Promover el empleo/el medio de vida

                         

 

260        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  Desarrollista    Neoliberal       Desarrollo Humano

                         

Estrategia de la erra-     a. Universalista-pleno empleo           a. Crecimiento (luego reparto de la torta)     a. Fortalecimiento de los pobres como

dicación de la pobreza  b. Asistencialismo paternalista          b. Inversión en los sectores    actores sociales

  c. Distribución de ingresos y riquezas           sociales            b. Participación. Igualdad de género c.

              c. Provisión de redes de ayuda          Acceso a bienes

              d. Focalización y mejoramiento         d. Crecimiento para los pobres

              de indicadores sociales, principalmente        

              la educación   

                         

Indicadores de éxito     Mejoramiento de indicadores sociales,          a. PIB  a. Índice de Desarrollo Humano, Índice

  principalmente educación      b. Crecimiento del PIB          de desarrollo relacionado con género,

                          medida de fortalecimiento de género,

                          índice de pobreza humana b. Indicadores

                          del Desarrollo

                          Humano

                         

 

 

 

Una hipótesis de trabajo

 

La construcción de la igualdad está asociada con la noción de libertad personal en sus as-pectos positivos y negativos, pero a la vez su-pone que ésta es el resultado de un compromi-so social. Al ser productores autónomos del de-sarrollo y por ende de autoafirmación perma-nente, a nuestro criterio los diferentes sujetos pueden llegar a constituirse en defensores de todo lo que transforma las relaciones humanas en medios o en objetos.

 

La idea de igualdad compleja apela a ese po-der constructivo de la política. En esta óptica, el Estado se compromete con la competitivi-dad sistémica, pero su razón de ser se sitúa en

 

 

 

la integración social. El Estado no solo partici-pa en la distribución de bienes, sino sobre todo en la promoción de ciudadanos y actores con voz en el reparto. Es decir, la igualdad comple-ja no niega la vigencia ni de las distancias ni de las diferencias sociales, sino que coloca el én-fasis en la democratización en la toma de deci-siones. Esta óptica también trabaja la idea de un Estado descentralizado, donde se operaría una suerte de socialización del poder a través de la participación activa de los ciudadanos.4

 

 

 

  Véase Michael Walzer, Las esferas de la justicia, México, 1983; véase sobre todo la noción de igualdad en Alexis de Tocqueville, La democracia en América, entre otros.

 

La nueva cuestión social bajo la mirada del desarrollo humano         261

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Es decir, aquí se está argumentando a favor de la definición de lo social como una comunidad de ciudadanos.

 

Por otra parte, el desarrollo es considera-do como un proceso que enriquece la libertad real de los involucrados en busca de sus pro-pios valores. En ese marco, la expansión de la capacidad humana es el rasgo central de tal desarrollo. Esta debe ser entendida como un concepto libertario, pues se refiere a la igua-lación de capacidades para que una persona pueda decidir la clase de vida que aspira a lle-var de acuerdo a su orientación valórica.5 Así, libertad real e igualdad compleja dan signifi-cado al desarrollo en la medida que inducen y se alimentan de:

 

–– Un aumento en las capacidades de autoaná-lisis de la sociedad en su autoconciencia, y también de la conciencia de que los otros y sus derechos existen, además de la capaci-dad de moverse cada vez más y mejor en un mundo crecientemente abstracto y ajeno.

 

–– Un aumento del capital social como ca-pacidad institucional y de promoción de

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

una acción colectiva unitaria. Se trata de un incremento de la capacidad de acumu-lación cultural de una sociedad en el ma-nejo de normas, redes y lazos sociales de confianza autorreforzantes de la acción colectiva y que además faciliten el traba-jo unitario.

 

–– Una mejora de la sociabilidad cotidiana para que los estilos de vida y las subjetivi-dades allí presentes permitan dar sentido a la trama de las relaciones humanas que forman a los sujetos y a las instituciones.

 

En el caso latinoamericano, el potenciamien-to de los sujetos cobra especial significado a través de la idea de los pactos deliberativos. Estos promueven el reconocimiento mutuo de los actores. Asimismo, los procedimientos de relación entre ellos aparecen como formas de comunicación que establecen normas de reci-procidad e igualdad compleja. Consiguiente-mente, los pactos son potenciales portadores de una nueva historicidad y una idea de futuro deseable, y nos invitan a reflexionar sobre no-sotros mismos. En síntesis, el Desarrollo Hu-mano descansa en el pacto y en la capacidad social de producirlo.

 

 

  Amartya Sen, La liberta individuale como impeg-no sociale, Laterza, 1997.

 

262        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Globalización: integración limitada y exclusión ampliada

 

Entre la gente existe un complejo proceso de diferenciación social. Comprenderlo es muy importante para realizar propuestas de Desa-rrollo Humano. La cuestión es que las dinámi-cas seculares de diferenciación han sido re-definidas por la globalización. Lo social se ha complejizado. Al hacerlo se viene produciendo una dualización transversal en las sociedades. Se trata de una integración selectiva de ciertos grupos sociales y una exclusión creciente de otros. La globalización produce una tensión en-tre las posibilidades de generar un orden mun-dial más interconectado, en el que los países y regiones aportan desde sus particularidades, y la desigualdad creciente en el acceso a ese mundo globalizado por parte de las distintas sociedades. Esa diferenciación se da incluso en los países desarrollados, en los que coexisten primeros y terceros mundos. Así, la globaliza-ción trae consigo una desigualdad estructural mundial que no podrá superar por sí sola.

 

En el campo de la cultura, la globalización ha implicado la extensión de la industria y el mercado culturales, lo cual impulsaría, al menos inicialmente, una tendencia hacia la homogeneización de bienes simbólicos, gus-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

tos y aspiraciones de consumo, pero también una contratendencia hacia la segmentación de mercados, donde la apropiación de esos bienes se realiza desde la particularidad de las sociedades que se resisten —con mayor o menor éxito— a ser cooptadas por una única racionalidad mercantil-consumista. Por otra parte, la globalización ha permitido una cierta conciencia de la diversidad cultural a través de los medios de comunicación masivos. La contracara de estos procesos es el desigual acceso a los mercados culturales, expresado tanto en la generación de una distancia irre-soluble entre aspiraciones de consumo y la imposibilidad de alcanzarlo.

 

En el terreno económico y tecnológico, los procesos de globalización se destacan por tres factores fundamentales: el desarrollo de tecno-logías de información; los cambios en la pro-ductividad del capital; y las nuevas condiciones laborales.6 Como es obvio, estos tres factores no pueden ser enfrentados de la misma manera por los países y regiones. Los dos primeros im-plican inversión en ciencia y tecnología, lo cual lleva a una desigualdad visible entre los distin-tos países. Del otro lado, las transformaciones

 

 

  Véase Manuel Castells, ob. cit.; véase también In-forme de Desarrollo Humano 1993.

 

La nueva cuestión social bajo la mirada del desarrollo humano         263

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

en la producción y sus consecuencias sobre las condiciones laborales afectan con mayor fuerza a los trabajadores poco calificados y contribuyen a aumentar la desocupación. Así, la globalización enfrenta una inequidad que no puede resolver por sí sola.

 

Como se ha mencionado, la modernización creciente vivida por las sociedades se expre-sa en una complejización de lo social y en dos fuertes tendencias: la diferenciación social y funcional. Si bien la primera7 ha permitido la emergencia de la diversidad, tiene efectos de desestructuración sobre nuestras sociedades. A nivel socioeconómico se expresa en una cre-ciente inequidad de la estructura social, en una regresiva distribución del ingreso, y en mayor pobreza. Todo ello produce exclusión social y mayores desigualdades. A nivel político, este proceso implica la creciente fragmentación y debilitamiento de los actores sociales, lo que socava los mecanismos de representación y participación ciudadana, disolviendo identi-dades colectivas anteriormente fuertes, impul-sando una tendencia a la reacción inmediatista y no al planteo de propuestas alternativas de largo plazo, y resquebrajando el sentimiento de

 

 

  Véase F. Calderón y N. Lechner, Modernización y gobernabilidad democrática, PNUD, 1996, mimeo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

pertenencia a la comunidad y a las organizacio-nes sociales.

 

Los efectos de esta diferenciación en las ciudades son los cambios en la estructura eco-nómica que vive un fuerte proceso de terciari-zación, informalización y desindustrialización, que deja sin empleo a miles de personas. Este panorama entrega una visión negativa del fu-turo contrastada con las aspiraciones de mo-vilidad social, debido a la pauperización de la clase media urbana, la desocupación, unida a la privatización de servicios públicos, la crecien-te marginalidad no solo económica, y la incapa-cidad de las políticas urbanas de dar respuesta a estos problemas. En el campo, la diferencia-ción provoca una dualización de la estructura agraria por los diversos grados de incorpora-ción de tecnología a la producción, la segmen-tación en el acceso a los mercados y la debili-dad política y organizativa de los campesinos más pobres. Por lo tanto, la pobreza debilita más el ejercicio de los derechos ciudadanos y la participación política y social. Existe enton-ces una contradicción entre una dinámica de integración política que supone democratiza-ción, y al mismo tiempo, la exclusión social ge-nerada por el funcionamiento de la economía.

 

La diferenciación funcional, nacida en la modernización por la separación y compe-

 

264        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

tencia de las distintas esferas, produce la sen-sación de una creciente independencia entre ellas. De esta forma parecen tener lógicas di-versas y promueven una imagen segmentada de la sociedad. Al haberse perdido el sentido de interdependencia de las mismas y el de glo-balidad de la sociedad, también se diluyen los ideales modernos de progreso, libertad, reali-zación humana e integración. Da la impresión de que la vida cotidiana misma está impregna-da por un acelerado proceso de diferenciación y especialización.

 

Así, los procesos de modernización tienen consecuencias negativas, porque incrementan la pobreza y la exclusión, y se asocian a una per-cepción pesimista de la desigualdad creciente. Esto genera malestar social, y lleva a insistir en que uno de los temas centrales de hoy es el de la crisis de sociabilidad y del tejido social.

 

 

La cultura de la desigualdad

 

La cultura sobre “los otros” distintos de uno tiene un valor muy importante para el Desarro-llo Humano. Por eso, una pregunta sería ¿cómo confluyen los valores sobre “el otro” en el lo-gro de metas de Desarrollo Humano? Como parte de la cultura política, las percepciones

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sobre la desigualdad en la región se asocian a las ideas, sentimientos, valores y actitudes en torno de cuestiones políticas, cuya interpreta-ción proviene del tipo de comprensión de la historia que tengan los habitantes de un país. Esa cultura se expresa a través del comporta-miento ciudadano.8

 

En este sentido, las ideas de desigualdad en América Latina están asociadas, por un lado, a la supervivencia de un patrón histórico que segmenta a la sociedad en fuertes jerarquías y niega al que es considerado distinto y, por el otro, a las aspiraciones de movilidad social que pudieron concretarse durante los gobiernos desarrollistas de este siglo. Existen entonces distintas percepciones sobre la desigualdad. Es posible así mencionar la coexistencia de al menos tres tipos de culturas sobre la desigual-dad que si bien se manifiestan de manera su-perpuesta, serán presentadas en forma separa-da para apreciar mejor sus rasgos. En primer lugar, la desigualdad vinculada a un origen, luego la ligada a un patrón clientelar y patri-monialista, y finalmente la relacionada con una concepción neoliberal.

 

 

  Cf. Gabriel Almond y Binham Powell, Comparative Politics: System, Process and Policy, Little, Brownand Co., Boston, 1978.

 

La nueva cuestión social bajo la mirada del desarrollo humano         265

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La cultura de la desigualdad ligada al ori-gen. La percepción de la desigualdad ligada al origen proviene de una impronta colonial y de casta que ve el principio de igualdad en la pertenencia a un determinado segmento étnico, socioeconómico, político y cultural y, como consecuencia de ello, tiende a ne-gar al otro, al distinto, precisamente por su origen. En América Latina encuentra sus raí-ces en la conquista y el rechazo al indígena y, más tarde, al “cabecita negra”, al mestizo, al mulato, es decir, al considerado inferior por pertenecer a una cultura diferente o ser ex-plotado económicamente. Esta discrimina-ción no solo es étnica; parece constituir un patrón de relación extendida a otros grupos poblacionales como las mujeres, los jóvenes o los homosexuales.

 

Esa identidad es producto del encuentro conflictivo entre distintas culturas que, con el tiempo, fue configurando un tejido intercul-tural complejo. En este contexto se han dado procesos de búsqueda de igualdad, sin que se haya logrado un reconocimiento pleno. Por el contrario, el otro casi siempre ha sido negado. Tal negación parte de las elites que, diferen-ciándose del otro, pasan a considerarlo infe-rior. Por su parte, quien es rechazado vive la negación de distintas formas, que van desde su

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

anhelo de integración, renegando de lo suyo para sentirse más próximo a la sociedad dis-criminadora, hasta una actitud de resistencia y defensa de la identidad.

 

En América Latina, la discriminación del otro es un obstáculo para el fortalecimiento democrático y el ejercicio pleno de derechos ciudadanos para todos. También es un freno a la libertad real, porque limita la expansión de las capacidades de varios grupos huma-nos. Sobre esta cultura de la desigualdad se han construido proyectos políticos autorita-rios y un patrón de relaciones sociales del mismo carácter en la vida cotidiana.9 Esta percepción de la desigualdad ha tenido con-secuencias en el ejercicio ciudadano, pues al negar al otro también se lo priva de pertene-cer a una misma comunidad. Como sostiene Walzer10, todos los individuos que cohabitan el territorio pueden participar del mercado, pero no están incluidos como portadores de derechos ciudadanos. En tal sentido, el ori-

 

 

 

  Estas ideas se basan en F. Calderón, M. Hopenhayn y E. Ottone, Esa esquiva modernidad, Unesco-Nueva Sociedad, Caracas, 1996.

 

  Michael Walzer, Las esferas de la justicia. Una de-fensa del pluralismo y la igualdad, Fondo de Cultura Económica, México, 1983, p. 44.

 

266        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

gen heredado otorga ciertos derechos dados por esa pertenencia.11

 

La cultura de la desigualdad ligada a un patrón clientelar-patrimonialista. Los regí-menes nacional-populares tendieron a achicar las brechas generadas por la pertenencia a un cierto sector socioeconómico y cultural, reco-nociendo, bajo una misma subjetividad nacio-nal, a los grupos y culturas que convivían en el territorio. Así, la extensión de derechos ciuda-danos a amplias masas hasta entonces despro-tegidas, propició un sentimiento de integración y brindó mayor igualdad de oportunidades.

 

El pueblo, identificado con la Nación y el Estado, era visto como homogéneo. De esta manera, lo social y cultural fueron subsumidos

 

 

 

  En esa dirección, Bobbio sostiene: “el estatus de una desigualdad natural o de desigualdad social que depende del nacimiento en una familia y no en otra, en una región del mundo y no en otra, es distinto de aquello que depende de las diferentes capacidades, de la diversidad de los fines a conseguir, de la diferencia del esfuerzo empleado para conseguirlos. Y la diversi-dad del estatus no puede dejar de tener una influencia sobre el tratamiento de las unas y de las otras por parte de los poderes públicos”. N. Bobbio, Derecha e izquier-da. Razones y significados de una distinción política, Taurus, Madrid, 1995, p. 143.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

a lo político. Por tanto, si bien hubo un recono-cimiento del otro discriminado, se rechazó la expresión de la diversidad en lo político y cul-tural, negando con ello la complejidad del te-jido identitario mencionado. Así, el intento de construir una pertenencia nacional a partir del Estado y del partido impidió la formación de una comunidad política, cultural y socialmente diferenciada que seguramente hubiese permiti-do avanzar en un camino de integración, trans-formación y desarrollo nacional.12 Por otra parte, el contenido corporativo y paternalista de estos regímenes tendía a favorecer a quie-nes estaban de su lado. Por tanto, el recono-cimiento en lo político y cultural tampoco fue completo y la igualdad social, aunque amplia-da, se asociaba al acatamiento de una ideología nacionalista.

 

Cuando se describe a estos gobiernos, se mencionan las relaciones clientelares y buro-cráticas entre las instituciones públicas y las organizaciones de la sociedad civil. A través de éstas, el Estado satisfacía necesidades socia-les a cambio de lealtades políticas que legiti-maban estos gobiernos. Si bien los regímenes

 

 

  F. Calderón y Mario Dos Santos, Sociedades sin ata-jos. Cultura, política y reestructuración económica en América Latina, Paidós, Buenos Aires, 1995, p. 208.

 

La nueva cuestión social bajo la mirada del desarrollo humano         267

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

populistas cambiaron las sociedades latinoa-mericanas, el carácter clientelar y la visión ho-mogeneizadora desde el Estado-nación fueron límites para la integración plena. Desde una perspectiva democrática, no puede existir una genuina igualdad compleja si no se produce un reconocimiento de la diversidad, y no se otorga “voz” en el reparto a los diferentes.

 

La cultura de la desigualdad ligada a una concepción neoliberal. La cultura de la des-igualdad vinculada a una concepción neolibe-ral apela al mercado como único y natural dis-tribuidor de oportunidades. Este es reificado y considerado reconstructor del orden sociopo-lítico y económico. De esa manera, subordina al Estado, a la sociedad, a los partidos y a la democracia misma. Sin embargo, el mercado no tiene la capacidad de integrar eficazmente debido a su escaso o perverso dinamismo. La igualdad de oportunidades dentro del merca-do no existe por la persistencia de culturas de la desigualdad y el propio reduccionismo económico que lo acompaña. Ciertamente, el mercado es un factor clave de integración so-cial, pero no el único. El mercado funciona so-bre el principio racionalizador de maximizar los beneficios individuales y promueve una vi-sión de la sociedad carente de una noción más

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sustantiva del bien común, transformando a los individuos más en consumidores que en ciudadanos, y favoreciendo un retraimiento sobre la vida privada y una concepción egoís-ta sobre el futuro.

 

Así, la integración social a través del merca-do estaría dada por el acceso de los distintos individuos al consumo, lo cual pone en eviden-cia los serios límites del modelo. Por otra par-te, el acceso al mercado descansa también en las posibilidades individuales para obtener un empleo y éstas están determinadas a su vez por las habilidades adquiridas, sin que sean una lla-ve infalible para participar en él. La lógica del mercado invita a los individuos a actuar de ma-nera egoísta frente a un entorno desfavorable, bajo el eslogan del sálvese quien pueda, pues el Estado se desentiende de manera creciente de los servicios sociales. Esta lógica también tiende a debilitar los lazos sociales y niveles de integración, transfiriendo la búsqueda de una igualdad de oportunidades a un ámbito abstracto que, como se ha visto, es incapaz de brindar acceso a toda la población y no asegura un tratamiento igualitario a quienes sí lo tienen.

 

En tal sentido, una consecuencia de esta nueva cultura es el resquebrajamiento de una noción de igualdad de oportunidades asocia-da a las capacidades adquiridas a través del

 

268        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

aprendizaje de un oficio. El estancamiento o la incertidumbre de la movilidad social, la pérdi-da de un sentido social progresivo, que desa-lienta una visión esperanzadora de futuro, y un proceso regresivo que pauperiza a los sectores sociales medios, estarían acentuando una sen-sación de malestar.13

 

En tal sentido, cada individuo debe resolver su situación como mejor pueda. Esa mirada individualista tendería también a socavar los lazos sociales y el propio ejercicio ciudadano. La crisis de la ciudadanía, referida al derecho a tener derechos también hace tambalear, se-gún sostiene Bobbio, una razón igualitaria. Los derechos al trabajo, a la salud y a la educación tienden a poner un número siempre mayor de individuos en perspectivas de ser menos des-iguales respecto a otros más afortunados por nacimiento y condición social.14 Es decir, el

 

 

 

  La percepción de las desigualdades como un fenó-meno de injusticia creciente ha sido tratada reciente-mente por varios autores; véanse , entre otros, Fitoussi y Pierre Rosanvallon, La nueva era de las desigualda-des, Manantial, Buenos Aires, 1997; también Amartya Sen, Nuevo examen de la desigualdad, Alianza, Buenos Aires, 1995; véase también el Informe de Desarrollo Humano 1998, Chile.

 

  N. Bobbio, ob. cit., p. 151.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ejercicio de los derechos ciudadanos tiende a contrapesar la cultura de la desigualdad vin-culada al estatus o al origen. La posibilidad de constituirse en ciudadano descansa en la garantía de la igualdad para todos, que el mer-cado no puede ofrecer. Si se debilita este requi-sito, la sensación de injusticia social ligada a la desafección política resquebraja seriamente el ejercicio ciudadano15.

 

El análisis de una cultura de la igualdad fa-vorable al Desarrollo Humano será tratada más adelante de cara a la idea de pactos deliberati-vos, pero antes conviene precisar un poco más qué es esto de la vida cotidiana.

 

Cambios culturales y vida cotidiana

 

Vale la pena insistir en la tesis de la reproduc-ción cultural con relación a los lazos sociales y la vida cotidiana. La modernización de la socie-dad crea nuevas oportunidades, pero también descompone los lazos sociales y comunitarios a través de los cuales los individuos aprenden a deliberar, debatir, tomar decisiones, asumir responsabilidades y construir una cultura de

 

 

  Cf. Paolo Flores de Arcais, Modernidad y política. Izquierda, individuo y democracia, Nueva Sociedad, Caracas, 1996.

 

La nueva cuestión social bajo la mirada del desarrollo humano         269

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

solidaridad comunitaria. En el corazón de es-tos temas está la cuestión de la sociabilidad en la vida cotidiana. Con el propósito de compren-der mejor esta tesis, plantearemos algunos pro-blemas derivados de la modernización cultural y retomaremos la idea de la integración social como sintetizador de los problemas de la socie-dad contemporánea.

 

La cotidianidad en la encrucijada. Existen dos razones que justifican la importancia de la vida cotidiana, sostiene A. Giddens.16 En pri-mer lugar, las rutinas de la vida diaria cons-tituyen lo central de las actividades sociales. La vida social está organizada en torno a la repetición de esquemas similares de conduc-ta. Si en la vida de una persona se produce un cambio importante, tienden a producirse alte-raciones en las rutinas diarias. Por su parte, Sinclair Lewis preguntaba: “¿Quieres saber quién eres? Cuéntame qué haces las 24 horas del día”. La vida cotidiana es lo que los hom-bres hacen y lo que han hecho con ellos. En segundo lugar, el análisis de la vida cotidiana permite comprender el sentido de las institu-ciones sociales. Todos los sistemas de poder

 

 

  A. Giddens, Modernity and Self-Modernity, Stan-dford University Press, 1991.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

dependen de las formas de interacción social en las cuales estamos inmersos en el curso de nuestra vida diaria.

 

Por lo general, la vida cotidiana es una cons-trucción sociocultural, que se sitúa en medio de dos relaciones: la de los macro procesos y las micro relaciones individuales o colecti-vas en pequeña escala. A veces todo es ritual, mecánico y mercantil, como en Chile hoy, y otras veces, lo extraordinario se transforma en monotonía, como en el México de Pancho Villa. La vida cotidiana se refiere a las prácti-cas concretas de la gente en condiciones par-ticulares y diferenciadas de vida. Aquí se plan-tea que la vivencia subjetiva de esa diferencia social, cultural o política cotidiana es o puede ser una fuerza transformadora de la misma cotidianidad. Quizás precisamente por esto la nueva dinámica de los actores sociales esté más concentrada en la recreación cotidiana de las relaciones sociales más que en la toma del poder estatal. Por eso, para poder ser sos-tenible en el tiempo, un enfoque de Desarrollo Humano necesita descansar en la subjetividad cotidiana de las personas, es decir en sus va-lores, aspiraciones, creencias, proyecciones y rutinas diarias.

 

La globalización cultural es una dinámica clave que transforma los patrones de sociabi-

 

270        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

lidad. La emergencia de una sociedad de redes crecientemente informatizada tiende a desin-tegrar los mecanismos nacionales de control y cohesión social. Tendencialmente los ciudada-nos están perdiendo el control sobre sus vidas, sus economías, su cultura y sus gobiernos. En este sentido se podría mencionar algunas nue-vas tendencias del dinamismo cultural moder-no por su fuerte impacto en la cotidianidad de las personas.

 

La fuerza persuasiva de la globalización de la cultura, asociada con una expansión del mercado y la industria cultural, tiende a inte-grar simbólicamente a las sociedades. De esta forma redefine las construcciones culturales nacionales, homogeneizando y segmentando mercados. El flujo de imágenes, sonidos y men-sajes creados por los nuevos medios hace pa-tente el papel que juega la comunicación social en la vida cotidiana. En esta lógica, un ejemplo importante es el de la publicidad. Basta con pensar en los 175.000 avisos publicitarios que los estadounidenses ven en promedio a lo largo de toda su vida.17

 

Así, los procesos culturales en América La-tina viven un nuevo sincretismo influido por la

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

producción de los países avanzados. Dado que la internacionalización simbólica se define en el centro, limita la autodeterminación cultural de los otros ciudadanos. Por otro lado, somete a las culturas de la periferia a un brutal bom-bardeo nunca antes apreciado. Pareciera que ahora se instituye una convivencia entre un cosmopolitismo globalizante y un localismo vernacular.

 

Otro aspecto fundamental es la multiplica-ción y renovación de identidades culturales otrora subordinadas a lógicas estatales y na-cionalistas. Esta expansión cultural tiende a redefinir los conflictos sociales. Actualmente, gran parte de ellos está referido a temas de so-ciabilidad, reproducción cultural e integración social y a las posibilidades de inserción y re-conocimiento en el plano institucional. Recien-tes informes del PNUD señalan que en los últi-mos cinco años, más del 70% de los conflictos mundiales se dan dentro de los países y son de tipo intercultural, étnico y religioso. Señalan además que hoy es posible diferenciar más de 10.000 culturas en el mundo.18

 

Es evidente el papel estratégico que juegan en este momento la educación, el conocimien-

 

 

  Informe de Desarrollo Humano 1998, Mundi Pren-sa, México.

 

 

 

  Informe de Desarrollo Humano 1994 y 1996.

 

 

La nueva cuestión social bajo la mirada del desarrollo humano         271

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

to y las redes de información para la integra-ción social al mundo moderno. Resulta pues fundamental acceder a estas nuevas formas de conocer y comunicar. Una vida cotidia-na moderna exige una ciudadanía renovada, capaz de manejar códigos de incertidumbre propios de la vida actual, y aquellos que la CEPAL denominó códigos de modernidad.19 Se trata de lograr una expansión de los nú-cleos de inteligencia mediante el incremento del conocimiento y las destrezas necesarias para participar en la vida moderna. Por otro lado, ya nadie es ajeno a los cambios produci-dos por la depredación ecológica que afectan directamente a la vida cotidiana. Existe, pues, una ruptura creciente entre la capacidad de control de los procesos nacionales y la lógi-ca global del deterioro ecológico. Por eso, la ecopolítica plantea nuevos temas como producto de los impactos sobre el medio am-biente y en muchos sentidos se observa la emergencia de una conciencia ambientalista mundial que choca con un sistema de intere-ses particularistas.

 

Toda modernización modifica la producción social de oportunidades, las necesidades y los

 

 

  CEPAL, Educación y conocimiento: ejes de la trans-formación productiva con equidad, Santiago, 1992.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

vínculos entre ellas. Cambia además el modo de vida, el habitus, la subjetivación, los lazos sociales y los tipos de solidaridad de nuestras sociedades. La cotidianidad es el espacio don-de se sedimentan esos lazos. Es también el lu-gar donde la modernización se concreta para las sociedades y las personas, y donde asienta sus posibilidades de generar futuras acciones significativas. Lo fundamental radica no solo en reconocer que la modernización cambia la vida cotidiana de la gente, sino en cómo la transforma desde sus necesidades materiales y simbólicas.

 

El mercado, la globalización y la infor-mación cambian la vida de las personas y debilitan el lazo social al erosionar, entre otras, las lógicas más sustantivas de valores y costumbres como las de solidaridad, fami-liaridad, amistad y participación asociativa. Pero, al mismo tiempo, la modernización amplía oportunidades y permite el acceso, como nunca, a la universalidad y a las con-diciones materiales para superar problemas de inequidad y mejorar la calidad de la vida. La dinámica de la modernización no es uni-direccional. En una sociedad cada vez más globalizada, se esconde la paradoja de un mundo cada vez más integrado, pero al mis-mo tiempo más fragmentado.

 

272        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Se trata de una nueva sociabilidad vir-tual? Si es así, ¿cómo se combina con los di-versos tiempos culturales que vive la región?; ¿es posible pensar en un nuevo tipo de vida que supere los problemas de la moderniza-ción manteniendo y enriqueciendo las inter-culturalidades existentes?; ¿o acaso el desti-no conduce a un fraccionamiento tribal con múltiples y pequeñas cotidianidades, unas separadas de otras?

 

La integración social. La integración social es uno de los conceptos clásicos de la socio-logía. Se originó a fines del siglo pasado por las “anomalías”, y la falta de mecanismos de control social, producidos por la industriali-zación dentro de la sociedad tradicional. Por eso, las distintas corrientes de la sociología empezaron a preguntarse por las condiciones de reproducción y creación del orden y la uni-dad social. En América Latina, los patrones colectivos de regulación fueron impulsados por agentes de control social interesados en mantener modos específicos de dominación. Al mismo tiempo reproducían lazos sociales diversos en y de la sociedad. Es obvio, ade-más, que cualquier forma de integración su-pone relaciones sociales diferenciadas, con-flictivas y jerárquicas. En todo caso, en buena

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

parte de esas lecturas predominaba una incli-nación hacia la autorreproducción del control social. La noción del conflicto era más bien periférica. Más adelante, la sociología crítica empezó a demostrar la persistencia de una crisis entre la evolución de las nuevas diná-micas productivas y de consumo, y la integra-ción social. Touraine ha enfatizado la idea de que hay un cambio en el tipo de dominación, que ya no se basa tanto en la explotación del trabajo, sino más bien en la manipulación de la demanda, el deterioro de las condiciones de vida, el acaparamiento de los recursos y la capacidad de decisión. Con esto sería otra la lógica de la propuesta y de la propia integra-ción social.20

 

Los cambios en la sociedad, la concentra-ción de decisiones que ellos connotan y par-ticularmente la emergencia de nuevos tipos de protesta en términos éticos de consumo, étnico-culturales, de género, religiosos, lo-calistas, etc., parecen indicar que los nuevos conflictos están surgiendo en los ámbitos de la integración social, la reproducción cul-tural y la socialización. Quizás por eso, los problemas más significativos de la sociedad

 

 

  Véase A. Touraine, La Production..., cit. esp. pp. 113 y 192.

 

La nueva cuestión social bajo la mirada del desarrollo humano         273

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

actual se refieren a la calidad de la vida. En este sentido Habermas argumenta que la cri-sis proviene de las experiencias de cambio de estructura propios del patrimonio sistémi-co de los grupos sociales y cuando éstos ven amenazada su identidad. Es decir, una socie-dad estará en crisis de integración cuando las nuevas generaciones ya no se reconocen en un orden normativo que antes fue consti-tutivo. Asimismo señala que lo importante es averiguar cuándo se producen problemas de autogobierno, que es donde se conectarían la integración social con la sistémica. Para este autor, la integración social se refiere a los sistemas de instituciones, “en que se so-cializan sujetos hablantes y actuantes; los sistemas de sociedad aparecen aquí con el aspecto de un mundo de vida, estructurado por medio de símbolos”, mientras que la in-tegración sistémica se refiere a rendimientos de autogobierno específicos de un sistema autorregulado.21 La pregunta es ¿qué nuevos caminos existen para estos nuevos temas de integración social?

 

 

 

 

 

  J. Habermas, Problemas de legitimación en el capi-talismo tardío, Amorrortu, Buenos Aires, 1973.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La fuerza cultural del pacto

 

¿Cómo vincular los procesos de diferenciación y segregación descritos con una cultura políti-ca de igualdad? O, expresado de otro modo, ¿es posible una articulación entre los procesos de cambio y la necesidad de expandir una cultura de la igualdad? La respuesta es difícil y apunta a la temática del pacto, que implica que los ac-tores sociales asuman de manera consensuada y como un valor en sí mismo el reconocimiento universal de la igualdad, que ante todo supo-ne la ciudadanía. Se trata de institucionalizar colectivamente un valor común que suponga el derecho a tener derechos, la igualdad en la toma de decisiones y la ampliación de opciones para que las sociedades decidan su evolución por sí mismas.

 

En realidad, se está reflexionando sobre las posibilidades de justicia social y por tanto de constitución de un proyecto de emancipación destinado a eliminar las culturas señoriales, clientelares, consumistas y en general de la negación del otro que predominan en nuestra región. Además se pretende asumir la búsque-da de la igualdad social como un bien común. Esto replantea la temática del consenso sobre la base de lo que Pizzorno denominó “cultura de la solidaridad procesal”, en la cual los ene-

 

274        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

migos se convertirían en jugadores que aceptan al menos un método para resolver sus diferen-cias respaldados por la argumentación y la al-teridad. Aquí radica la posibilidad de compren-der una racionalidad democrática que va más allá de la lógica meramente instrumental. Esta estaría fundada en una convicción derivada de consensos obtenidos a través de un debate provisto de argumentos y, así, la deliberación intersubjetiva entre los actores permitirá cons-truir una solidaridad procesal. Solo en estos términos cobra sentido una combinación crea-tiva entre valores culturales y modernización.

 

Supuestos básicos del pacto. En esta ópti-ca, una dinámica de participación creativa en la sociedad necesitaría estar acompañada por procesos de equidad y libertad sociocultural, es decir, por el reconocimiento instituciona-lizado al derecho a existir decentemente y a ser diferente. En realidad, la temática del con-senso subraya el peso estratégico de la cultu-ra política democrática en la búsqueda de la equidad. Aquí son útiles las tesis de Tocqueville respecto a la democracia como igualación de las condiciones sociales. Bajo su óptica, todas las ocupaciones, profesiones y dignidades de-ben ser accesibles a todos. Por tanto, asumir los juegos interculturales propios y superar

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

una cultura de la exclusión es una de las bases para enfrentar creativamente los desafíos del cambio. Del mismo modo parece plausible pos-tular que un prerrequisito para el logro de una cultura moderna de la igualdad radica en que los pactos necesarios de desarrollo se hagan en función de las subjetividades sociocultura-les existentes.

 

Una política de “solidaridad procesal” re-quiere que los pobladores de un país deter-minado se reconozcan en primer lugar como ciudadanos, miembros de una comunidad polí-tica, capaces de ser actores conscientes de una sociedad moderna, que cada vez se define más por el cambio constante y la incertidumbre. Sin embargo, proponer pautas de modificación supone reconocer una serie de trabas, como la persistencia de orientaciones señoriales o mer-cantiles de hacer política y el clientelismo-bu-rocrático al que hacíamos mención. También implica reconocer la persistencia de estilos empresariales carentes de creatividad, de com-portamientos sindicales monádicos, de cultu-ras políticas conspirativas y especialmente de pautas culturales imitativas y de recepciones del cambio tecnológico en función de efectos demostrativos y no del aprovechamiento de las potencialidades de cada empresa y cada socie-dad nacional.

 

La nueva cuestión social bajo la mirada del desarrollo humano         275

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gestión progresiva del pacto. En Améri-ca Latina resulta difícil imaginar una gestión progresiva del cambio sin establecer pactos. Por una parte, existe la necesidad estatal de compartir responsabilidades en la fijación de políticas y, por otra, el proceso reabre el de-bate sobre qué contenido último va a tener la democracia y sobre cuánto se puede avanzar en las dimensiones que la califican, es decir, la de libertad, estabilidad y justicia social. Esta segunda vertiente se refiere a la necesidad de ampliar los canales de participación para que los sectores sociales organizados se integren a la fijación de políticas. Para aspirar a una de-mocracia que avance progresivamente, aquí se plantea el problema de los alcances del pacto. Ello implica una construcción de consenso so-bre metas básicas del orden social no asegu-radas por el orden democrático o económico.

 

Ahora bien, ¿cuáles son las modalidades del quehacer político que permiten ese consenso tomando en cuenta la acumulación de poder y la coherencia necesarias para transitar ese camino? La privatización de las decisiones a través de la imposición del proyecto neolibe-ral, donde solo predomina el cálculo racional de ventajas económicas, fragmenta la trama so-cial e incrementa la incertidumbre, la desigual-dad y la violencia. En el otro extremo, no exis-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

te, felizmente, de parte de ninguna de las fuer-zas sociales y políticas, suficiente capacidad para imponer hegemónicamente un proyecto de desarrollo. En este sentido, cabe recuperar la comprensión de la política como un sistema de expectativas y reconocimientos recíprocos, donde los procedimientos no son meramente formales, sino formas comunicativas que fun-dan normas de reciprocidad. La existencia de los actores sociales organizados para concurrir a la elaboración de una política de gobierno tie-ne que ver con esta modalidad. Eso solo se pue-de concebir como una intensificación del cons-tructivismo simbólico de la política, generador de nuevas identidades e igualdades sociales.

 

En la doctrina contractualista se supone que los actores que pactan están preconstituidos, es decir, no juegan su identidad en el pacto. En realidad —si la modalidad de hacer política es intercambiar reconocimientos recíprocos— el pacto es la ocasión para redefinir identidades sociales y políticas. Implica interacción y reco-nocimiento del otro, es decir, comprender su libertad e identidad. La política, entonces, ten-dría que hacerse cargo de la elaboración de esa pluralidad. En nuestra sociedad las relaciones sociales no están plenamente constituidas. A diferencia de los paradigmas europeo o nortea-mericano, no se trata de sociedades tan prees-

 

276        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

tablecidas que admitan regulaciones repitien-do mecanismos y formas de comportamiento. En ese sentido, es importante que la discusión permita pensar posibilidades diferentes de “ha-cer política” en los países de la región.

 

Las tres dinámicas políticas del pacto. Como mencionamos ya hace algunos años jun-to a Mario Dos Santos, tal discusión tendría tres dimensiones relevantes. En primer lugar, el compromiso nacional tiene que ser visto como un intercambio entre actores sociales y políticos, capaz de movilizar sus identidades. En segundo lugar, exige reconvenir los cami-nos rupturistas de transformación social y, ter-cero, acentuar los contenidos éticos de la de-mocracia. El primer aspecto está relacionado con una tesis sociológica consistente en que las identidades de los sujetos sociales se cons-truyen y reconstruyen desde los otros, en rela-ción con ellos y en el contacto cara a cara. Otro elemento importante es el rechazo a cualquier forma de autoritarismo. Esto lleva a repensar los frustrados intentos por establecer sistemas hegemónicos de una clase sobre el resto, de una región sobre el resto, o de ciertas elites es-tatales sobre partidos y fuerzas sociales y a re-considerar el campo popular como un proble-ma de articulación. En tercer lugar, se justifica

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

una preocupación por la instauración de reglas del juego político que no determinen una opo-sición de fines últimos como la única posibili-dad de intercambio entre los sujetos políticos y sociales. El reconocimiento del otro como alguien legítimo reclama la persistencia de va-lores y normas éticas en la democracia, pero también una crítica de la experiencia histórica. Por otra parte, y pese a lo dicho, también se-ría necesario valorar la negociación como es-pacio de regateo o intercambio de intereses. Retomando lo dicho antes, las negociaciones económicas y políticas pueden servir para la integración simbólica. Esto no equivale ni a la anulación de los conflictos ni a las disoluciones de las identidades sociales y políticas. Podría implicar, sí, la reconstitución de estas últimas.

 

Elementos para una reforma de la cultura política.22 Los planteamientos anteriores colo-can como tema central las posibilidades de una reforma cultural de la política y ello supone asumir las diferentes gramáticas del conflicto. Las sociedades tienen que comunicarse expli-citando los conflictos que viven y contar con

 

 

 

  Véase F. Calderón y M. Dos Santos, Socieda-des sin atajos..., ob. cit.

 

La nueva cuestión social bajo la mirada del desarrollo humano         277

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

genuinos canales de representación para que, en la deliberación y arbitraje, sean contempla-dos todos los intereses, actores y argumentos que intervienen. En este sentido, es vital la constitución de espacios públicos de debate y diálogo. Además es importante que los actores que participan en el debate acudan con la con-ciencia de que éste presupone respetar y hacer respetar un acuerdo. Por tanto deben asumir un sistema de sanciones para quienes no res-peten los términos acordados. Todos estos puntos suponen un consenso previo en torno de algunos meta-valores como el rechazo a la violencia, la solidaridad social o la adhesión a derechos económicos y sociales.

 

Desde una perspectiva pragmática, la rea-lización de pactos tiene una serie de efectos multiplicadores sobre la política y la econo-mía. Algunos de ellos reforzarían la estabilidad política y social, particularmente en momentos de escasez de recursos; pueden reemplazar o disminuir sistemas clientelares de interme-diación entre la sociedad y el Estado. En este sentido, también son capaces de estimular la secularización del comportamiento político y la institucionalización de mecanismos de nego-ciación sobre todo a nivel local y/o sectorial; pueden fortalecer la participación política en el sistema de toma de decisiones y consolidar

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

la legitimidad de las instituciones de represen-tación, en la medida en que éstas estimulen los procesos participativos y promuevan una lógica de responsabilidades compartidas; po-tencian una cultura de la tolerancia, la alteri-dad y el pluralismo orientada al entendimiento como principal instrumento para resolver con-flictos; fortalecen la capacidad de acción de los actores sociales con base en la capacidad de diálogo y comunicación. El conjunto de estos argumentos apunta a la idea de que el pacto en sí supone una lógica sistémica superior al comportamiento específico de uno u otro actor involucrado.

 

Las aspiraciones y el sentido del tiempo

 

Uno de los rasgos de los tiempos modernos es la incertidumbre cotidiana asociada con la sobreaceleración de los tiempos históricos. La idea de un tiempo industrial que fundamentaba la idea del progreso está agotada. Las utopías de un avance social ascendente y lineal ya no guardan relación con la fuerza instrumental del cambio. Más aún, el proceso de secularización produjo una especialización instrumental que debilita la subjetividad de nuestras sociedades. Precisamente, está superada la noción de pro-

 

278        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

greso que integra la evolución instrumental y un conjunto de valores.

 

Antes de responder en un sentido progresi-vo conviene preguntarse ¿por qué esta idea de progreso entró en crisis? Para empezar, desde la perspectiva latinoamericana, el concepto desarrollista de un continuum social que nos llevaría a un mundo moderno se contradice no solo con los datos de exclusión y pobreza social crecientes, sino también porque la idea de una sociedad industrial de consumo es in-viable por razones de mercado y medio am-biente. Varios informes de Desarrollo Humano han insistido en que no es posible imaginarse, ni siquiera para los países desarrollados, los actuales ritmos de consumo y destrucción del medio ambiente. En el mismo sentido, la idea dependentista de que el cambio implicaría una autonomía en el desarrollo, ha probado estar errada. El tiempo lineal típico de la sociedad industrial, medible y predecible, no guarda re-lación con los cambios de la modernización y la globalización del capital financiero y su fun-cionamiento en un tiempo real, la revolución tecnológica y las recientes estructuras empre-sariales descentralizadas y flexibles a escala planetaria, la creciente cultura virtual y el de-sarrollo de la industria y el mercado cultural global, y los efectos multiplicadores en todas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

las esferas de la actividad humana. Estos ejem-plos marcan nuevas y complejas pautas de es-tructuración del tiempo histórico.

 

Según Castells, la emergencia de un nuevo paradigma informacional y de la sociedad-red provocan una perturbación sistémica en el orden secuencial de los fenómenos de este contexto. Se estaría conformando una especie de “tiempo atemporal”, donde también habría una diferenciación conflictiva, comprendida como la convivencia de distintos impactos de los tiempos sociales sobre la realización de los fenómenos. A mi juicio, en el corazón de este entramado anida la cuestión del sentido de la vida social en estos “tiempos atemporales”.

 

Desde una perspectiva política, Lechner ha trabajado la idea del desvanecimiento de la idea de futuro. Por una parte, si bien la política puede ser considerada como la productora de metas de la sociedad, la política democrática se basa en acuerdos sobre fines y procedimientos, y así, la autodeterminación comunitaria apunta a construir el futuro deliberativamente. Sin em-bargo la aceleración de los tiempos históricos y el trastocamiento de la dimensión temporal hace que la vida social misma se acelere y des-componga cada vez más y con ella la estructura temporal que la contenía. Y así, la idea misma de futuro político también se diluye y solo que-

 

La nueva cuestión social bajo la mirada del desarrollo humano         279

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

da un presente omnipotente, esquizofrénico y atemporal.23 La contracara es que también con ello el horizonte de futuro se desdibuja y todo se torna coyunturalista y pragmático.

 

Todo esto acentúa la necesidad de buscar sentido en el uso del tiempo y de orientarse a su cualificación a partir de los deseos de las mismas personas. Ya no se trataría de nuevas teológicas sociales, como el comunismo o la sociedad de consumo, sino de nuevas formas culturales de vivir lo moderno. Quizás aquí ra-dique el significado del enfoque del Desarrollo Humano. Así se puede deducir que los concep-tos de tiempo son histórico-culturales. En la óptica del Desarrollo Humano, el futuro de una sociedad se construye sobre las aspiraciones de las personas y los actores. Este es un asun-to que solo puede formularse en la sociedad y sobre el cual la misma sociedad puede escoger opciones. Incluso la mirada hacia el pasado es reconstruida en el presente y ella es una recons-trucción temporal. En este sentido, el Desarro-llo Humano se describe como una proyección de futuro posible y deseable. Es la manera de preguntarnos por el presente, de interrogarnos quiénes somos y adónde deseamos ir. Por todo

 

 

 

23  N. Lechner y F. Calderón, ob. cit.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

esto, el supuesto básico es que el futuro ya está prefigurado por las decisiones que se toman en el presente. Por otra parte, debe quedar claro que las decisiones de futuro se construyen so-bre la base de diálogos y acuerdos. Estos, sin embargo, no son inmutables, solo son puntos de referencia para la acción y precisamente por eso pueden ser revisados. Y con esto el futuro mismo, felizmente, es solo una posibilidad.

 

La convivencia de diversos tiempos históri-co-culturales en Latinoamérica parece mostrar una nueva dimensión temporal que se acelera y se diferencia gracias al impulso renovador de la cultura virtual. Ya no solo se trata de la acción en tiempos arcanos de sociedades ay-maras o mayas y de su sabiduría para vivir con la naturaleza. Tampoco se trata de identificar la superposición de distintas temporalidades de las culturas, sino de ver cómo éstas se en-frentan con un imaginario cada vez más mul-tiplicador de conexiones y dinámicas antes inéditas. Es posible dar ejemplos de algunas conexiones interesantes. Para empezar los mo-vimientos ecologistas están revalorizando las culturas precolombinas como fuentes de sa-biduría para la reproducción de la naturaleza. Luego, pueden encontrarse varios encuentros intertemporales, como los de los suqakollos en el altiplano boliviano, donde arcanas formas

 

280        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

de producción agrícola fueron redescubiertas para su uso actual.

 

Y también está la omnipresencia de lógicas fantasmagóricas del pasado. El habitus lati-noamericano es como una porosa y antigua pintura que vive un constante pentimento. Así, viejas frustraciones reaparecen en el ima-ginario moderno como afirmando que no todo está bien ni resuelto para emprender el viaje al futuro. En realidad se vive un tiempo pluri-temporal que la óptica del Desarrollo Humano debe asumir. El multiculturalismo de origen viene complicando de una manera inimagina-ble cualquier mentalidad lineal. La superpo-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sición creciente de distintos pisos culturales no se ha reducido ni integrado a la cultura industrial ni virtual del instante eterno, sino más bien está conviviendo y expandiéndose con ellas. En las sociedades latinoamericanas, el futuro depende de las mismas intertempo-ralidades preexistentes. En este sentido, una lógica de pactos deliberativos y reflexivos puede ayudar a imaginarnos un porvenir me-jor. Construir imaginarios del futuro es tam-bién pensar desarrollos posibles acerca de lo que somos o podríamos ser. En la fuerza de las ideas de hoy ya están vivas las posibilidades de un mañana mejor.

 

Modernización

y gobernabilidad democrática*

 

 

Fernando Calderón G. y Norbert Lechner

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Introducción

 

El presente texto pretende ofrecer una visión básica de los problemas de gobernabilidad de-mocrática en los países de América Latina y el Caribe. El documento consiste de tres partes.

 

Una breve introducción presenta la idea central del texto. Entendiendo por gobernabi-lidad la relación entre política y sociedad, los problemas de la gobernabilidad democrática en nuestros países parecen radicar en un cierto retraso de la política respecto al dinamismo de los cambios en la sociedad.

 

La segunda sección plantea el nuevo contex-to en el cual se insertan los problemas de go-bernabilidad democrática. Se analizan las gran-des tendencias que con mayor o menor inten-sidad caracterizan la actual reorganización de

 

 

  Este trabajo fue escrito junto a Norbert Lechner y publi-cado originalmente en Mas allá del mercado y del Estado: La democracia (La Paz: PLURAL Editores) en el año 1998.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

las sociedades en la región así como los efectos de tal reestructuración sobre la política.

 

Finalmente, asumiendo la ciudadanía como el principal referente de la gobernabilidad de-mocrática, la tercera parte hace hincapié en el impacto que dicho proceso de transformación tiene en la experiencia ciudadana.

 

 

Las nuevas condiciones de gobernabilidad

 

El reciente proceso político latinoamericano y caribeño ha demostrado que —incluso en si-tuaciones de crisis, cambio económico y fuerte ajuste social— la democracia goza de una am-plia legitimidad en la región.

 

Este es el punto de partida: constatamos que a pesar de la persistencia de patrones históricos políticamente excluyentes, en la región preva-lece un reconocimiento generalizado del régi-men democrático. Efectivamente, de múltiples

 

282        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

maneras y desde distintos procesos históricos, las sociedades latinoamericanas valorizan la democracia tanto como régimen institucional cuanto como forma de vida. Sin embargo, no es lo mismo valorizar la democracia a tener una gobernabilidad democrática.

 

Múltiples indicadores políticos y resulta-dos de encuestas de opinión pública mues-tran una serie de problemas y limitaciones en el buen funcionamiento de la democracia. La demanda de democracia se ve crecientemente defraudada por una falta de eficiencia y efica-cia. Existe un amplio acuerdo de que tales de-ficiencias afectan la viabilidad política de las estrategias de desarrollo y que pueden poner en peligro la legitimidad misma del régimen democrático. La creciente preocupación por la gobernabilidad ha dado lugar, por otra par-te, a múltiples iniciativas que —al interior del campo político— tratan de mejorar la efectivi-dad del Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial, del sistema de partidos políticos y, en general, de la gestión pública. Por importantes que puedan ser estas reformas, muy difícilmente las deficiencias de gobernabilidad pueden ser explicadas y resueltas exclusivamente en el cuadro de la institucionalidad política. Un en-foque restringido al campo institucional tien-de a perder de vista al conjunto de la sociedad

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

como el marco de referencia imprescindible de las instituciones.

 

La gobernabilidad puede ser entendida como un estado de equilibrio dinámico entre demandas sociales y capacidad de respuesta gubernamental (Camou, 1995). Más allá de ésta u otras definiciones, conviene conside-rar el siguiente supuesto: las instituciones democráticas están insertas en el conjunto de la vida social y, por consiguiente, su fun-cionamiento depende del modo en que está organizada determinada sociedad. A partir de esta premisa podemos formular la hipótesis central del análisis: la gobernabilidad demo-crática concierne la relación entre sistema político y ciudadanía en el desarrollo social. Ello implica, por una parte, que el sistema po-lítico y los ciudadanos son co-rresponsables de la gobernabilidad democrática; aun cuan-do la iniciativa resida en el sistema político, su éxito exige la cooperación ciudadana. Por otra parte, ello implica que cambios estructu-rales en el desarrollo de la sociedad modifican tanto el papel de la política como las expecta-tivas de los ciudadanos, o sea que modifican las condiciones de gobernabilidad.

 

En las últimas dos décadas han tenido lugar profundas transformaciones sociales tanto a nivel mundial como en cada una de las socieda-

 

Modernización y gobernabilidad democrática 283

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

des latinoamericanas. De hecho, en todos los países de la región observamos una reestruc-turación social más o menos drástica. Una re-organización de la sociedad de tal envergadura no puede sino afectar también a la política. A la par con un cambio del entorno social ocurre un cambio de la propia política. Síntoma de ello son expresiones como la denominada “crisis de la política” o la insatisfacción acerca de la “calidad de la política”. Es en este contexto que se insertan los problemas de gobernabilidad. Estos tienen mucho más que ver con las trans-formaciones sociales en curso que con algunos notorios déficits institucionales o estilos de gobierno. En general, los problemas de gober-nabilidad democrática en América Latina resul-tan de la falta de adecuación de la política y del Estado a los cambios estructurales de nuestras sociedades. Ellos son, en el fondo, la expresión de un retraso de la política en relación a las di-námicas de las transformaciones sociales.

 

En este ámbito cabe destacar desde ya dos tendencias implícitas de los problemas de go-bernabilidad. Por una parte, los procesos de modernización desencadenan por doquier tendencias centrífugas que los sistemas políti-cos, en su forma actual, no logran manejar sa-tisfactoriamente. Vale decir, la modernización socioeconómica socava la efectividad de las

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

instancias políticas de regulación y conduc-ción. Ello significa, por otra parte, que la po-lítica pierde crecientemente su capacidad de control sobre los procesos de modernización. Corremos el riesgo de una “modernización sin modernidad”; es decir, un proceso a espaldas o en contra de la voluntad ciudadana y, por lo mismo, sumamente inestable. La gobernabili-dad democrática se ve cada vez más afectada tanto por la incapacidad de las mayorías de participar en la recreación y adecuación de las instituciones sociales, como por la incapacidad de estas por reconocer los nuevos derechos in-dividuales y colectivos de los ciudadanos.

 

Existe no sólo un retraso en las formas de hacer política, igualmente notorio es el retra-so en las formas de pensar la política. Preva-lecen concepciones tradicionales e imágenes estáticas acerca de lo que es y puede hacer la política. Especial preocupación merece, por supuesto, tal “inmovilismo” por parte de las éli-tes políticas (independientemente de su signo ideológico). En la medida en que la “clase po-lítica” no logra hacerse una idea adecuada del nuevo papel de la política, de sus límites y de sus posibilidades, tampoco está en condicio-nes de respetar las nuevas restricciones, de dis-cernir los objetivos factibles y de visualizar las oportunidades que se abren. Ello conduce a esa

 

284        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

aparente ausencia de alternativas que caracte-riza a nuestra época. Igual atención merece, por otro lado, similar inercia en la ciudadanía. Los ciudadanos suelen hacerse ideas y expec-tativas acerca de la política que no correspon-den a la nueva realidad social. Estamos ante un desajuste poco percibido, pero muy problemá-tico por cuanto conduce a graves distorsiones a la hora de evaluar determinado desempeño político, como en el caso de las elecciones. Más grave aun es otro peligro, el de una demo-cracia que no cumple lo que, ilusoriamente, se espera de ella, y genera más bien un clima de frustración que termina por minar la credibili-dad de las instituciones democráticas. Resulta pues importante tanto para las élites políticas y los ciudadanos como para las relaciones de confianza entre ellos, elaborar concepciones actualizadas de la política.

 

De las ideas anteriores se desprende una conclusión general: una vez analizados los des-ajustes producidos en la relación entre política y sociedad, los problemas de gobernabilidad democrática han de ser abordados primordial-mente como un tipo de ajuste político. Si el proceso de modernización de América Latina pasó por una fase de ajuste estructural de la economía, hoy en día está pendiente un ajuste estructural del campo político. Ello involucra

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

muy diversos aspectos. Por un lado, las expec-tativas que nos hacemos acerca de lo que es la democracia y de lo que puede hacer la política. En este contexto es inevitable revisar la autoi-magen que se hace el ciudadano de sí mismo y, en general, la propia noción de ciudadanía en las condiciones actuales. Por el otro, el ajuste se refiere principalmente a los estilos de hacer política y, en definitiva, a verdaderas “invencio-nes institucionales” que actualicen los proce-dimientos democráticos. Se trata pues de una “reforma de la política” en doble sentido: una adecuación de la política al nuevo contexto a la vez que una modernización llevada a cabo por la política.

 

El análisis se limita a destacar algunas ten-dencias generales, sin abordar los rasgos espe-cíficos de cada país. Sin duda, las particularida-des históricas de un país representan factores cruciales a la hora de enfocar sus problemas de gobernabilidad. No obstante, cabe advertir que tales especificidades nacionales se encuentran más y más relativizadas por el alcance global que tienen ciertas megatendencias. No está de más agregar que dichas tendencias implican riesgos y oportunidades. A la vez que plantean amenazas para las jóvenes democracias de la región, también abren nuevas opciones de de-sarrollo. Por cierto, descifrar las oportunida-

 

Modernización y gobernabilidad democrática 285

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

des que se ofrecen exige una nueva mirada. Nos resulta más fácil apreciar con angustia o nostalgia lo que perdemos (el pasado) cuando se trata más bien de aprovechar el presente y acomodar los espacios abiertos del futuro.

 

 

La reestructuración de la sociedad y sus efectos sobre la política

 

Ruptura y persistencia de los patrones históricos

 

En los procesos de cambio social lo nuevo nun-ca desplaza completamente a lo viejo; incluso las revoluciones no hacen tabula rasa del pa-sado. Aun cuando el análisis que sigue hace hincapié en los elementos novedosos, siempre debe tenerse presente el trasfondo histórico que, según los países, tendrá mayor o menor gravitación. De hecho, en todos los países per-sisten patrones tradicionales de dominación. El pasado sigue estando presente bajo la forma de estructuras (caciquismo, clientelismo), de estilos de gobierno (populismo) y de imagina-rios colectivos (estatismo, utopías redencionis-tas) que ya no suelen ser predominantes, pero que conservan una influencia notable. En algu-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

nos casos, el actual proceso de modernización se apoya sobre tales elementos, configurando formas híbridas, particularmente en el mundo rural. En otros, las promesas incumplidas de la modernización fomentan una defensa regresiva de la tradición (fundamentalismo). En general, sin embargo, un rasgo típico de nuestra época consiste precisamente en que las tradiciones dejan de ser útiles para enfrentar los desafíos del presente. Las experiencias adquiridas en el pasado (incluyendo la misma experiencia esco-lar de un adulto) rápidamente devienen obsole-tas y poco sirven de cara al futuro.

 

Dicho en otros términos: un rasgo específi-co de la modernización en América Latina y el Caribe es la celeridad del proceso. En Europa o Estados Unidos el proceso avanza gradual-mente sobre muchas décadas; en consecuen-cia, hace uso de formas preindustriales de or-ganización (el trabajo doméstico de la mujer subvenciona el trabajo asalariado del obrero) y, por sobre todo, sus efectos disgregadores pueden ser amortiguados por la continuidad de identidades colectivas y lazos de solidaridad anteriores. En América Latina, en cambio, la actual estrategia de modernización es impuesta con tal rapidez y radicalidad que en pocos años arrasa con las tradiciones, destruyendo los col-chones protectores del tejido social. Además,

 

286        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

en Estados Unidos y Europa existe una expe-riencia acumulada con el régimen democrático y, por lo tanto, cierto “sentido común” acerca de sus méritos y defectos. Esa tradición, capaz de colmar la brecha entre el ideario y el funcio-namiento real de la institucionalidad democrá-tica, falta en América Latina. Aquí el régimen tiene un carácter fundacional que aumenta la presión sobre el cumplimiento de “las prome-sas de la democracia”. Es decir, se suele exigir de las instituciones democráticas un desarrollo ideal sin concederles el tiempo necesario para afianzarse en sus rutinas normales.

 

Entre las características tradicionales de la región cabe destacar el papel sobresaliente del Estado. Se ha señalado que en América La-tina, a diferencia de otras regiones, el Estado ha creado a la sociedad. En efecto, desde las guerras de independencia las luchas en torno a la “cuestión nacional” y posteriormente a la “cuestión social” hacen del Estado el núcleo rector que ordena la vida social. El Estado oligárquico decimonónico y el denominado “Estado de compromiso”, basado en la incor-poración paulatina de las clases sociales emer-gentes, no sólo representan distintos tipos de Estado, sino que encarnan diferentes modos de organización social. En ambos casos las di-ferentes fuerzas sociales se constituyen como

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

actores por referencia al Estado y estructuran sus relaciones recíprocas por intermedio del Estado. Vale decir, el Estado es la instancia central de regulación y conducción de los pro-cesos sociales. Él otorga reconocimiento y pro-tección, él distribuye beneficios y sacrificios, él marca el rumbo y el ritmo del desarrollo so-cial. No sorprende pues cierta “Estadolatría” que toma al Estado como la solución de todos los problemas. Este proceso que culmina en el Estado desarrollista parece haber concluido. Hoy por hoy, el ciclo del “modelo Estadocén-trico” parece agotado; el actual proceso de mo-dernización ya no se apoya tanto en el Estado como sobre el mercado. Sin embargo, es hora de parar el péndulo, el Estado no es la única solución, pero tampoco solamente problema. Lentamente se impone la conclusión de que el Estado es parte del problema y de la solución.

 

La nueva complejidad social

 

La modernización se caracteriza primordial-mente por los procesos de diferenciación. En América Latina, particularmente en los países de modernización temprana, se observa hace muchas décadas un proceso de diferenciación social que complejiza a la estructura social. Las clases sociales fundamentales que en el pasado

 

Modernización y gobernabilidad democrática 287

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

aglutinaban y estructuraban a la población en grandes identidades colectivas se diferencian en múltiples grupos sociales con subculturas específicas. La multiplicación de espacios más y más autónomos segmenta los intereses ma-teriales y mina los principios universales que servían de anclaje a las identidades colectivas. Impulsada por los procesos de urbanización e industrialización, la diferenciación social di-luye el mundo señorial de antaño, impulsa la diversidad social y prepara así el terreno para la pluralidad política. “El pueblo” como suje-to teórico de la democracia se despliega en una pluralidad de actores. Descubrimos pues en la diferenciación social el proceso subya-cente al pluralismo de opciones que caracte-riza al “juego democrático”. Pero se descubre también uno de los procesos subyacentes a los problemas de gobernabilidad democrática. En la medida en que la diferenciación social da lu-gar a procesos de disgregación y atomización las identidades colectivas se disuelven o deri-van en simples “tribus” cohesionadas más por emociones compartidas (estadios de fútbol, recitales de rock) que por lazos duraderos. En otros términos, los actores sociales se multi-plican a la vez que se debilitan. Ello afecta la representación política de los intereses socia-les. La representatividad presupone actores

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

representables. Más se debilitan los actores sociales, más difícil es su representación. La brecha (inevitable) entre representantes polí-ticos y representados se acentúa, poniendo en entredicho el carácter representativo del régi-men democrático existente.

 

En años recientes gana cada vez más pree-minencia otro proceso característico de la mo-dernización: la diferenciación funcional. Diver-sos campos de la sociedad van desarrollando racionalidades específicas, acordes a sus fun-ciones hasta constituir “subsistemas funcio-nales” relativamente cerrados y autónomos. Estos operan como campos autoreferidos en consonancia con sus códigos funcionales y, por lo tanto, sólo asimilan señales externas en la medida en que sean asimilables por la “lógica” interna del subsistema. Expresión de ello son la relativa “independencia” o impermeabilidad que muestran, por ejemplo, la economía, el De-recho, la ciencia y la misma política, cada cual obedeciendo a una lógica específica. El desa-rrollo social ya no se rige por una racionalidad única sino por una constelación de distintas racionalidades.

 

Esta diferenciación funcional incrementa enormemente la complejidad de nuestras so-ciedades. A pesar de los grandes flujos de infor-mación la vida social se vuelve más opaca y, por

 

288        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

lo mismo, más impenetrable a un ordenamien-to deliberado. La pluralidad de racionalidades funcionales hace aumentar las situaciones de contingencia (lo que no es necesario ni imposi-ble) que exigen una toma de decisiones a la vez que la dificultan. En nuestros países ya no exis-te esa “unidad” de la vida social que presupone el mando jerárquico. La diferenciación avanza a un punto tal que la sociedad pierde la noción de sí misma en tanto sociedad. Se desvanecen las representaciones colectivas acerca del “or-den” y, por lo tanto, los sentimientos de arraigo social y de pertenencia a una comunidad. De hecho, las grandes ciudades de la región anti-cipan la nueva característica de nuestras so-ciedades: un espacio sin centro. Digamos más cautelosamente que a raíz de los procesos de diferenciación, la sociedad latinoamericana deja de tener un centro único. Estamos en ca-mino hacia una sociedad policéntrica. Tal des-centramiento permite comprender las razones estructurales que subyacen a los problemas de gobernabilidad. Durante años las crecientes dificultades de la acción político-estatal para regular los procesos sociales eran atribuidas a deficiencias institucionales y a un instrumen-tario político insuficiente. Ahora visualizamos una reestructuración global de la sociedad. Pues bien, con el descentramiento del ordena-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miento social también se modifica el lugar de la política, la cual pierde su centralidad, es decir que la política deja de ser aquel núcleo central y exclusivo a partir del cual se ordena al con-junto de la sociedad.

 

Otro rasgo característico de la fase actual de modernización son los procesos de globali-zación. Ellos han puesto en marcha dinámicas cuyo alcance todavía no podemos apreciar ple-namente. Sin embargo, ya se vislumbran dos transformaciones de gran relevancia para la gobernabilidad democrática. En primer lugar, se observa un redimensionamiento del espa-cio. Basta recordar algunos fenómenos ilustra-tivos. Así, es notorio el cambio de las escalas. La política ya no opera exclusivamente a esca-la nacional; cada día adquieren mayor peso los problemas a escala global-regional y los pro-blemas a escala local. También es evidente la redefinición de los límites. Si las fronteras na-cionales se hacen más porosas, por otra parte, los límites entre los grupos sociales se vuelven más rígidos. Dicho en otros términos: cambian las distancias. Mientras que las distancias in-ternacionales se acortan para algunos sectores insertos en los flujos globales, las distancias so-ciales al interior de cada país aumentan consi-derablemente. En resumen, la brecha entre los procesos transnacionales (flujos financieros,

 

Modernización y gobernabilidad democrática 289

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

informativos, tecnológicos) y el alcance nacio-nal de la gestión política se profundiza, ponien-do en entredicho el espacio habitual de la po-lítica: el marco nacional. En consecuencia, el postulado clásico de la soberanía nacional ha de ser redefinido.

 

En segundo lugar, observamos un redimen-sionamiento del tiempo. En años recientes ha tenido lugar una aceleración vertiginosa del tiempo. El ritmo de vida se hace más y más rá-pido, acelerando la obsolescencia del pasado inmediato. Según vimos, aun las experiencias aprendidas recientemente pronto dejan de ser útiles y ese recorte del tiempo útil afecta tam-bién a la política, que ya no puede recurrir al trasfondo histórico de experiencias acumu-ladas para enfrentar los retos del presente. A la par con la obsolescencia del pasado adver-timos un desvanecimiento del futuro. En épo-cas anteriores la aceleración del tiempo era domesticada por una noción de futuro progre-sivo (las ideas de progreso técnico o de eman-cipación humana); el futuro representaba un horizonte de sentido en nombre del cual se in-terpretaba y justificaba el presente. En cambio, hoy en día la noción misma de futuro se diluye. Existen proyecciones del presente (planes de inversión, cálculo de riesgos, etc.), pero no una imagen del futuro. Ello toca directamente a la

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

concepción moderna de la política, entendida como construcción deliberada del futuro. Ac-tualmente, la política ya no remite a un hori-zonte de futuro que permita poner al presente en perspectiva. Con la pérdida de perspectiva el presente se hace omnipresente. Ello afecta a la política de diversas maneras. Encerrada en lo inmediato, la política carece de capacidad de anticipación; le cuesta diferir costos y gratifi-caciones al futuro. Por consiguiente, todas las demandas y expectativas se vuelcan al presen-te y buscan satisfacción aquí y ahora. Prevale-ce la simultaneidad, miles de cosas ocurren al mismo tiempo aquí y en el mundo (“síndrome CNN”). Ello dificulta la selección de qué mate-rias decidir; distorsiona la relación entre deci-sión y resultado y, por lo tanto, la responsabi-lidad por una decisión tomada; incrementa la arritmia entre la toma de decisiones guberna-mental y la toma de conciencia ciudadana; en fin, provoca una sobrecarga de la política. Todo ello repercute en la gobernabilidad democráti-ca que ahora depende, entre otros aspectos, de la capacidad de la política de reconstruir horizontes de futuro. Sólo entonces nuestros países podrán encauzar los cambios sociales en una visión estratégica de la modernización.

 

Existen distintas estrategias de moderniza-ción. A diferencia de la “estrategia desarrollis-

 

290        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ta”, que hacía del Estado el motor del proce-so, la “estrategia neoliberal” predominante en los últimos tres lustros toma al mercado por el principio constitutivo de la reorganización social. Al hacer del mercado el principio orde-nador del proceso, los países latinoamerica-nos impulsan no sólo una vigorosa expansión de la economía capitalista de mercado, sino también y por sobre todo la instauración de una verdadera sociedad de mercado. Es decir, una sociedad donde los criterios propios de la racionalidad de mercado —competitividad, productividad, rentabilidad, flexibilidad, efi-ciencia— permean todas las esferas, incluido el ámbito político. La política no sólo ha de respetar las variables del “equilibrio macro-económico” sino que además, a la inversa, está condicionada por los criterios del mercado. Dicho en términos más generales: las orienta-ciones básicas de la vida social (principio de maximización de beneficios privados) presio-nan sobre las bases normativas de la vida de-mocrática (orientaciones de bien común).

 

La sociedad de mercado genera un dinamis-mo social inédito en la región. La iniciativa pri-vada, liberada de restricciones sociopolíticas, despliega impresionantes dinámicas de cambio e innovación. La punta del iceberg es aquel fascinante mundo del consumo que parece en-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

carnar de modo visible ese mundo mejor que todos sueñan. El mercado deviene la gran fuer-za integradora, pero con limitaciones eviden-tes. El anverso de la moneda es una no menos impactante “precarización” de la vida social, particularmente del trabajo. Todo se mueve y nada/nadie puede sustraerse a esa dinámica so peligro de sufrir una exclusión radical. La competitividad del mercado moldea una nue-va mentalidad de intercambio, donde todo es transable. El cálculo utilitarista de costos-be-neficios, propio de la sociedad de mercado, da lugar a una nueva sociabilidad. La competencia sin tregua fomenta un individualismo negativo, sumamente creativo y ágil en desarrollar estra-tegias individualistas de éxito a la vez que muy reacio a todo compromiso colectivo. Entonces las relaciones tradicionales de reciprocidad se debilitan. Esta des-solidarización tiene su pre-cio: las ventajas obtenidas individualmente se pagan con una inseguridad generalizada de to-dos. En la medida en que la cohesión social dis-minuye, aumenta la incertidumbre. Se hace pa-tente la conclusión: el mercado por sí solo no genera ni sustenta un orden social. El desorden del mercado indica que el ajuste económico ha de ser acompañado de reformas sociales y, por sobre todo, de reformas político-instituciona-les. Así, el mismo avance de la modernización

 

Modernización y gobernabilidad democrática 291

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

económica vuelve a replantear la necesidad de la política, pero una política adecuada a las nuevas condiciones.

 

En los años ochenta gran parte de los paí-ses latinoamericanos han iniciado una refor-ma del Estado. Las reformas, generalmente de inspiración neoliberal, pretendieron despoliti-zar a la economía mediante la privatización de las empresas públicas, la desregulación de los mercados, la reducción del crónico déficit fis-cal, la descentralización del aparato estatal y la autonomía de la política monetaria (Banco Central). Las medidas tuvieron efectos positi-vos en tanto limitaron el manejo discrecional de la política económica y estrategias rentis-tas (rent-seeking). En los hechos, las refor-mas neoliberales sacan la conclusión práctica de la diferenciación funcional de la sociedad y la consiguiente autonomía relativa de los dis-tintos subsistemas. Con el neoliberalismo se hace explícito el fin del “primado de la polí-tica”. Ello no significa, empero, que podamos prescindir de la política. Basta recordar la llamada “paradoja neoliberal”: una estrategia que apunta precisamente a desmantelar al Es-tado sólo tiene éxito en aquellos casos en los que es impulsada por una fuerte intervención política. El protagonismo del Poder Ejecuti-vo en Chile bajo Pinochet, pero también los

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ejemplos de México bajo Salinas, de Argentina bajo Menem o de Perú bajo Fujimori indican que —incluso en una estrategia neoliberal— los procesos de modernización exigen una fuerte conducción política. Muy pronto las limitaciones del anti-estatismo de la primer fase amenazan la gobernabilidad, obligando a reformas “de segunda generación”.

 

La reorganización del Estado ha de tener en cuenta al menos tres elementos. En primer lugar, cabe constatar que la inserción en los mercados mundiales —meta principal del ajus-te económico— se rige por el “paradigma de la competitividad sistémica”. Es decir, la inser-ción no depende tanto de la competitividad de una u otra empresa como de las capacidades organizacionales y gerenciales de un país para combinar un vasto conjunto de factores (eco-nómicos y no-económicos) y para articular una diversidad de actores. De la reorganización ya no sólo de la economía nacional, sino del con-junto de la sociedad depende la libertad de ac-ción (o sea, el poder) que tenga un país en el sistema mundial. La competitividad sistémica de un país supone pues a una “actualización” del Estado nacional como una de las instancias fundamentales en la coordinación de los diver-sos procesos sociales. De la competitividad sis-témica se desprende, en segundo lugar, la rele-

 

292        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

vancia de la integración social. Precisamente la gravitación del mercado (y sus tendencias dis-gregadoras) otorgan un papel primordial al Es-tado como instancia responsable de asegurar la cohesión social. Considerando las crecientes desigualdades sociales en la región y el riesgo de explosiones violentas, la reformulación del Estado de Bienestar y de las políticas sociales representa hoy en día un paso crucial para la viabilidad de las nuevas estrategias de desarro-llo. En tercer lugar, hay que tomar en cuenta la nueva conciencia ciudadana. Así como la política requiere mayor cooperación de los ciu-dadanos, éstos a su vez reclaman mayor parti-cipación. Un ejercicio efectivo de los derechos de ciudadanía presupone ante todo un Estado de Derecho, pero también un acceso equita-tivo a los servicios públicos y una burocracia razonablemente eficiente y respetuosa de la dignidad ciudadana. Exige, en suma, un Estado democrático capaz de expresar y de proteger a la comunidad de ciudadanos.

 

En este marco de referencia se sitúa la ac-tual reforma del Estado. Ella abarca no sólo la redefinición de ámbitos “clásicos” de la in-tervención estatal, sino igualmente el desarro-llo de un nuevo instrumentario institucional: entes reguladores y supervisores, comisiones antimonopólicas, agencias de defensa del con-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sumidor o de fomento a las exportaciones, et-cétera. Es decir, el Estado se dota de un anillo de instituciones de derecho público que sin ser estatales, aseguran el fair play en una socie-dad de mercado. Siendo un paso importante, resulta insuficiente. El economicismo reinante hace perder de vista la dimensión cultural de la gobernabilidad democrática. Esta depende en buena parte de la fuerza que tengan las re-presentaciones colectivas acerca del orden y los sentimientos de pertenencia a una comu-nidad. Al respecto, merece mayor atención el papel sobresaliente que corresponde al Estado en el ordenamiento simbólico de la conviven-cia social.

 

Condicionantes de la acción política

 

Para completar el mapeo del nuevo contexto de la gobernabilidad democrática, es menester destacar algunos fenómenos que, siendo de índole distinta, condicionan de manera impor-tante la acción política.

 

Un elemento de gran influencia en la gober-nabilidad democrática es el nuevo clima de incertidumbre. Siempre hubo y habrá incer-tidumbre acerca de cuestiones básicas de la vida, más ella adquiere una gravitación especial cuando se debilitan las (reales o imaginarias)

 

Modernización y gobernabilidad democrática 293

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

redes de seguridad: desde la protección que brinda el Estado hasta las religiones, pasando por las grandes ideologías. Uno de los efectos de las aceleradas transformaciones en curso reside en la erosión de los códigos interpretati-vos con los cuales estructurábamos la realidad social. De cara a la súbita desaparición de los paisajes familiares, la gente se siente huérfana de claves de interpretación que permitan orde-nar los múltiples fenómenos en un panorama inteligible. A falta de “mapas cognitivos” la rea-lidad deviene avasalladora y provoca impoten-cia. Por doquier reina la incertidumbre —¿qué hacer?— pero ella afecta de modo diferente a los distintos sectores sociales. Están más ex-puestos a la angustia de la incertidumbre (y, por ende, a reacciones “irracionales”) los gru-pos con menos recursos, menor autoconfianza, menor inserción en lazos comunitarios. De allí que sectores desclasados y, en especial, las cla-ses medias empobrecidas sean particularmente propensas a “soluciones” autoritarias. En esta perspectiva los problemas de gobernabilidad nos remiten a la democracia entendida como manejo institucional de la incertidumbre.

 

La “nueva” incertidumbre tiene que ver con la descolocación de las coordenadas espacio-temporales. Volvamos una vez más sobre el desvanecimiento del futuro. Por supuesto,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

existen proyectos individuales de futuro —por ejemplo de un empresario— pero se desvane-ce como horizonte compartido por la sociedad entera. Este debilitamiento del “tiempo social” hace más evidente la precariedad de lo existen-te. La celeridad de los cambios sociales socava lo establecido; todo lo duradero se evapora. Viviendo al instante, ¿cómo realizar un cálcu-lo racional? La calculabilidad social disminuye también por otras razones. Al diluirse la noción de futuro (la imagen del país que queremos), también se diluye el horizonte de sentido en miras del cual se articulaban los diversos pro-yectos (individuales y colectivos). Se debilita el marco temporal que permitía sincronizar las temporalidades muy distintas que viven un empresario y un desocupado, un político o una mujer jefa de hogar. A la diferenciación de las temporalidades sociales se agrega la diferen-ciación de las dinámicas de los “subsistemas funcionales”. La política conlleva ritmos y pla-zos diferentes y difícilmente conmensurables a los ciclos de la economía y la duración desea-ble del derecho. En otras palabras, vivimos en “sociedades a múltiples velocidades”, donde la acción política ya no marca la hora para todos.

 

Paralelamente, según vimos anteriormente, tiene lugar un redimensionamiento del espa-cio. El marco habitual de la acción política —

 

294        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

el espacio nacional— queda desbordado tanto por impactos de proyección global como por condensaciones al nivel local. Es decir, la ac-ción política entrelaza múltiples escalas y los actores han de jugar simultáneamente en múl-tiples escenarios. Aumenta entonces el riesgo de acciones erráticas. La diferenciación espa-cial unida a la temporal genera una compleji-dad que hace cada vez más difícil diseñar una “agenda política” compartida por todos los actores. Cada cual ignora qué juego están ju-gando los demás. En el fondo, se desperfila la “cancha rayada” del juego democrático.

 

Otro cambio significativo es la nueva rela-ción entre lo público y lo privado. Las trans-formaciones estructurales han sido acompa-ñadas por un proceso de privatización de las actitudes y conductas. La gente se retrotrae del espacio público y se vuelca a lo privado y lo íntimo. Junto con el auge de tal “cultura del yo” tiene lugar otro tipo de privatización. Se pri-vatizan no sólo escuelas públicas y hospitales públicos, instancias típicas de una concepción universalista de la ciudadanía; además, el pro-ceso se extiende a calles privadas vigiladas por policías privadas. Especialmente en las ciuda-des se hace patente una contracción drástica del espacio público en tanto espacio compar-tido. Resulta paradójico que precisamente en

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

una región con tanta disparidad entre los sec-tores sociales, las jóvenes democracias vean disminuido el ámbito integrador que represen-ta lo público. ¿No es el estar-juntos-con-otros, esa comunidad de semejantes, el espacio pro-piamente político de la democracia? Bien visto, es la interacción entre ciudadanos en el ámbito público lo que da a la democracia su dinámica innovadora. Ahora bien, la esfera pública no desaparece, por cierto; cambia de forma. Hoy en día, el ámbito público se confunde con el es-pacio del mercado; el intercambio de opiniones e intereses se entremezcla con el intercambio de bienes y servicios. En efecto, el mercado ha ido adquiriendo un carácter público. El control de calidad y la atención al cliente, la defensa del consumidor y la dignidad del usuario re-presentan los nuevos derechos del ciudadano-consumidor. Es decir, lo privado deja de ser el ámbito reservado del individuo —en contrapo-sición al poder político— para transformarse en el campo de las experiencias vitales a partir del cual los individuos evalúan a la política.

 

Los límites entre lo público y lo privado se diluyen. Expresión de ello es el papel predo-minante de la televisión en la vida social. Es bien sabido que la televisión cambia las for-mas de hacer política, fomentando los espec-táculos destinados a impactar al ciudadano-

 

Modernización y gobernabilidad democrática 295

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

espectador. Este toma el papel de una especie de jurado permanente, pero pasivo, del “tea-tro político”. En el fondo, reina una “cultura de la imagen” que desplaza a la palabra como soporte de la argumentación y decisión políti-cas. Tanto políticos como ciudadanos se for-man sus opiniones mediante un destello inco-nexo de flashes, imágenes a la vez fugaces y reiterativas. Esta “videopolítica” condiciona la gobernabilidad democrática, pues incrementa la volatilidad y la simultaneidad de la agenda pública. Siendo la televisión quizás el princi-pal mecanismo de integración simbólica (te-lenovelas, fútbol, pero también los noticieros informativos), solamente crea una integración espúrea. El problema no radica tanto en la manipulación del público como en la excesiva reducción de complejidad. Es decir, la televi-sión (por su “lógica” específica) no fomenta un debate ciudadano que asuma los comple-jos problemas de gobernabilidad. En el fondo, la tendencia a la disgregación social aparece reproducida televisivamente en la fragmenta-ción de las estructuras comunicativas.

 

Uno de esos complejos problemas de gober-nabilidad democrática reside en la tendencia a la fragmentación social. Observamos una situación paradójica. Por una parte, la multi-plicación de los actores sociales en todos los

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

países de la región (piensen en la formidable expansión de organizaciones no gubernamen-tales). El fenómeno representa un éxito de la democracia en tanto proceso de subjetivación; “la gente” deviene sujetos —ciudadanos— que intervienen activamente en los asuntos públi-cos. Por otra parte empero, a la par con la di-ferenciación social y funcional se debilitan las representaciones colectivas acerca del orden social. Es cada vez más difícil hacerse una ima-gen de la sociedad en tanto orden colectivo. Pues bien, al diluirse la noción de “sociedad” se diluye igualmente el sentimiento de arraigo social. ¿Qué pasa entonces con la ciudadanía que presupone un sentimiento de pertenencia a una comunidad? Parece que la ciudadanía se asienta en un espacio local, bien acotado, y prescinde más y más de su dimensión na-cional. Este proceso podría ser el fenómeno subyacente al denominado “fortalecimiento de la sociedad civil”. Sin duda, la sociedad civil aflora en América Latina, pero más como un archipiélago de islas más o menos inconexas que como un orden colectivo. De ser así, las consecuencias para la gobernabilidad están a la vista. La difuminación de los grandes clivajes sociopolíticos en miles de conflictos de baja in-tensidad dificulta la agregación de intereses en torno a identidades políticas. En una sociedad

 

296        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

así fragmentada los actores sociales ya no lo-gran hacerse una idea del desarrollo social en su conjunto y, por lo mismo, tampoco logran vislumbrar las eventuales interdependencias entre los distintos problemas. De este modo, la ausencia de una visión global refuerza la defen-sa de intereses egoístas e inmediatos.

 

Finalmente cabe llamar la atención sobre un aspecto descuidado de la gobernabilidad democrática: la erosión de las normas de ci-vilidad. En la vida cotidiana las diferencias en-tre los individuos son “equilibradas” mediante las reglas básicas de convivencia. La decencia, el respeto, la tolerancia, en fin, el “buen tono” permiten establecer un acomodo recíproco aun en las relaciones fugaces del tránsito callejero, en la oficina pública, etcétera. En la medida en que la modernización impulsa las diferencias sociales a la vez que debilita la noción de orden colectivo, esas normas sociales se desgastan. Cuando la violencia urbana, la corrupción im-pune, la inestabilidad del empleo y una compe-titividad despiadada son la experiencia diaria de la gente, entonces los efectos centrífugos de la modernización ya no logran ser contrarresta-dos por las reglas de trato civilizado. Cada cual se afana como puede y reina la “ley de la sel-va”. Sin tales normas básicas de reciprocidad empero, tal vez subsista el régimen democráti-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

co, pero no una forma democrática de vida. La experiencia cotidiana desdice la gobernabili-dad democrática; la democracia aparece como mera retórica, alejada de la vida real. Así como las “reglas de juego” democráticas se desvalori-zan cuando no están abrigadas por la decencia y una disposición general a la cooperación, así a la inversa, las normas de convivencia social se debilitan cuando la democracia pierde la densidad simbólica de una “comunidad”. En resumidas cuentas, no hay gobernabilidad de-mocrática sin cultura cívica.

 

Sobre este trasfondo se explican las dificul-tades de las instituciones políticas en todo su alcance. Recordemos —a modo de ilustra-ción— algunos de los elementos del proceso de modernización que modifican el funcionamien-to habitual de la institucionalidad democrática. En primer lugar, cabe resaltar una vez más las restricciones de la política a raíz de la diferen-ciación funcional de la sociedad. En la medida en que los diversos campos del sistema social (como por ejemplo la economía) desarrollan una lógica específica y se transforman en subsis-temas relativamente cerrados y autónomos, la acción política puede influir sobre otros subsis-temas solamente si respeta sus lógicas internas. Enfrentamos pues límites estructurales para la intervención política, que tiene ahora un cam-

 

Modernización y gobernabilidad democrática 297

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

po de acción mucho más reducido que lo que proyecta la imagen tradicional de la política. A su vez, también la política se transforma en un subsistema más y más autoreferido, que tiende a aislarse de su entorno social. En este sentido, la percepción ciudadana acerca del distanciamien-to de los políticos es correcta. La razón empero, no radica tanto en la clase política (una mayor especialización y profesionalización) como en las restricciones estructurales que sufre la polí-tica en una sociedad diferenciada.

 

Por otra parte, la modernización no es un proceso autoregulado que por sí solo defina el rumbo y el ritmo del desarrollo social. Como bien nos muestra la experiencia latinoame-ricana, la estrategia de modernización exige una conducción política. La política no es en ningún caso superflua, como sugieren algunas voces. Por el contrario, el mismo avance de la modernización obliga a una reconversión urgente de la acción política. Esta se encuen-tra retrasada en relación al dinamismo de las transformaciones sociales. Por consiguiente se trata precisamente de “poner al día” las institu-ciones políticas, pues sólo así aseguramos una conducción democrática de los cambios socia-les en marcha.

 

En este contexto cabe mencionar, en segun-do lugar, la llamada “crisis de los partidos polí-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ticos”. Al igual que en el caso de la política, tal crisis ha de ser entendida como un retraso de los partidos, independientemente de su signo ideológico. Sus doctrinas y estrategias se han vuelto obsoletas a raíz de las nuevas condicio-nes como, por ejemplo, el redimensionamiento del espacio y del tiempo. Dificultades simila-res encuentra la labor parlamentaria, más allá de su debilidad crónica en un régimen presi-dencial. Existe por doquier un fuerte reclamo popular hacia los partidos políticos y el Par-lamento para que representen las demandas sociales sin tener en cuenta cuán precaria se ha vuelto la noción de representación a raíz de la diferenciación y tendencial fragmentación de la sociedad. Las notorias insuficiencias de las instituciones representativas refuerzan las tendencias hacia una “democracia delegativa” (O’Donnell), basada en un decisionismo presi-dencial. Dada la premura y la complejidad de la agenda pública, las decisiones recaen casi ex-clusivamente en el Poder Ejecutivo, mientras que los partidos tienden a reducirse a simples máquinas de ratificación u obstrucción. Mas el protagonismo del Poder Ejecutivo (sea un lide-razgo carismático o tecno-político) tampoco asegura la conducción. Ninguna instancia po-lítica tiene, por sí sola, los recursos para dirigir los procesos sociales. A raíz de la nueva com-

 

298        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

plejidad social se requiere una coordinación policéntrica, o sea una red de negociaciones y acuerdos entre actores políticos y sociales. Remite pues a ese sistema político que, hoy por hoy, se muestra tan poco adecuado a las nue-vas exigencias. En tales circunstancias crece el peligro de que las jóvenes democracias de la re-gión degeneren en “democracias electorales”, que movilizan la adhesión popular al régimen democrático en el ciclo electoral, pero que se muestran incapaces de asegurar una goberna-bilidad democrática.

 

La responsabilidad por la reconversión e innovación institucional no es solamente del gobierno. En el fondo, es materia de una auto-rreforma del sistema político en su conjunto. Ahora bien, sabemos las dificultades que sue-len tener las instituciones para renovarse a sí mismas. En consecuencia, aumenta la corres-ponsabilidad de la ciudadanía. De hecho, los ciudadanos reclaman una mayor y mejor par-ticipación e incidencia en el proceso político. Por ahora, sin embargo, las iniciativas quedan limitadas a pequeños grupos, mientras que la mayoría de los ciudadanos prefiere acomodar-se al estado de cosas existente, buscando sus beneficios individuales. No hay de qué sorpren-derse: por qué habrían de referirse a un “bien común” cuando el espacio común —lo públi-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

co— está determinado por intereses privados. Pues bien, cabe recordar que el ejercicio de los derechos ciudadanos es una empresa colecti-va. Vale decir, no hay ciudadanía efectiva sin una efectiva comunidad de ciudadanos.

 

 

La gobernabilidad democrática y la construcción de una ciudadanía autónoma

 

Nuevos desafíos de la ciudadanía

 

La gobernabilidad democrática depende tan-to del sistema político como de la ciudadanía. Por eso, la parte final abordará la gobernabili-dad democrática desde el punto de vista de la experiencia ciudadana. Por ser un campo muy diverso, con fuertes connotaciones subjetivas, las indicaciones serán tentativas.

 

La experiencia ciudadana refleja la conti-nuidad de patrones históricos a la vez que los desafíos que plantean las nuevas condiciones. Entre los nuevos retos se encuentra la multipli-cación y renovación de identidades culturales que otrora se mantenían sumergidas o subordi-nadas a lógicas estatales y nacionalistas. Esta expansión cultural tiende a redefinir los con-flictos sociales. Actualmente buena parte de

 

Modernización y gobernabilidad democrática 299

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

los conflictos en la sociedad moderna están re-feridos a temas de reproducción cultural e inte-gración social y sus posibilidades de inserción y reconocimiento en el plano institucional. Por ejemplo, recientes informes del PNUD (1994 y 1996) señalan que en los últimos cinco años, más del 70% de los conflictos a nivel mundial se dan al interior de los países y además que estos conflictos son predominantemente de tipo intercultural, principalmente étnicos y re-ligiosos. Asimismo, se señala que en la actuali-dad es posible determinar entre 40.000 y 50.000 culturas. Ciertamente, si bien esta situación reafirma la tendencia universal de la condición ciudadana y de los valores laicos como única garantía para el reconocimiento institucional de identidades particularistas, también coloca serios límites a los Estados y ciudadanías na-cionales por el carácter generalmente monista de estas identidades y por las tendencias a la desterritorialización de las nuevas identidades selectivas. No existe por ejemplo sociedad la-tinoamericana o caribeña que no enfrente pro-blemas de identidad cultural y ciudadanía deri-vados de procesos migratorios.

 

El papel estratégico de la educación, del co-nocimiento y de las redes de información cons-tituyen en la actualidad uno de los principales elementos de integración social al mundo mo-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

derno. Solamente un grupo muy reducido de la-tinoamericanos tienen acceso a redes de infor-mación y al manejo de las nuevas formas de co-nocimiento. Resulta pues fundamental que una renovación ciudadana busque una expansión de las nuevas formas de conocer y comunicar. Una ciudadanía moderna supone el manejo tanto de códigos de incertidumbre congénitos a la vida moderna, como muy especialmente aquello que la CEPAL (1992) denominó códigos de modernidad. Se trata de lograr una expan-sión de los núcleos de inteligencia mediante el incremento del conocimiento de destrezas necesarias para participar en la vida moderna. Además se sabe del impacto positivo que tiene la educación sobre las prácticas ciudadanas.

 

De otra parte, en la actualidad ya nadie es ajeno a los cambios producidos por la depre-dación ecológica y las crecientes pérdidas de sustentabilidad de los actuales modelos de crecimiento, consumo económico y exclusión social. Todos ellos afectan directamente la gobernabilidad global y nacional y tienden a limitar la acción ciudadana. Existe una rup-tura creciente entre los procesos nacionales y su capacidad de control respecto de la ló-gica global del deterioro ecológico. Cabal-mente la ecopolítica plantea nuevos temas políticos, globales y locales, como productos

 

300        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

de los impactos ecológicos. En muchos sen-tidos se visualiza la emergencia de una con-ciencia ambientalista que tiende a expandir derechos ecológicos a escala mundial, pero que choca con un fuerte sistema de intereses particularistas. En el caso latinoamericano, tales procesos están fuertemente vinculados no sólo a la reproducción parcial de modelos de consumo de las sociedades avanzadas, sino especialmente al círculo perverso entre po-breza y deterioro del medio ambiente y de los recursos naturales. Estos temas plantean las necesidades de una renovación ciudadana que compatibilice las características y el patrimo-nio cultural latinoamericano con una visión global del desarrollo humano.

 

Menos evidente que los anteriores aspectos es otro desafío: el papel del individuo como sujeto de la ciudadanía. Distintos estudios de América Latina han destacado el peso de la tradición comunitaria y católica-colonial, es-pecialmente en el mundo rural; una tradición contraria a la idea del individuo autónomo y racional que subyace a la democracia liberal. Simultáneamente empero, en el mundo urbano gana presencia un “individualismo negativo”, típico de una sociedad altamente competitiva. La reflexión de Paolo Flores de Arcais (1996), aunque condicionada por la situación italiana,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

puede contribuir a repensar la relación entre ciudadanía e individuo.

 

Para este autor, un hecho político en el mun-do actual es el fenómeno de la ciudadanía sus-traída, en el cual la representación política de lo social se degrada. El ciudadano pasa a ser un súbdito o un cliente de una clase política inamovible y estancada. El ciudadano deja de tener interés en lo político, en aquello que es vital para la representación y que Claude Lefort denominó pertenencia democrática, es decir, el estar involucrado en el juego político del poder. La política en la sociedad moderna pasa a ser una actividad atrincherada en el monopolio de una corporación política partidaria, impermea-ble a la diversidad social que presume repre-sentar. En consecuencia, el ciudadano termina viviendo cada vez más la política como algo aje-no a él y no se reconoce en sus representantes. Los políticos de oficio son percibidos, muchas veces injustamente, como una casta autolegiti-mada y autorreferencial, que se reproduce por cooptación. En todos los países las encuestas de opinión pública muestran una más o menos notable desafección política y una crítica recu-rrente hacia los partidos políticos. El ciudada-no deja de interesarse por la “cosa pública” y prefiere gozar los éxitos privados (consumo) y/o replegarse a una “tribu” en medio de una

 

Modernización y gobernabilidad democrática 301

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sociedad cada vez más transformada por los efectos de la tecnología. Castell (1995) coloca precisamente aquí las tensiones actuales de las sociedades contemporáneas, tensiones entre el ciudadano y el nuevo poder tecnológico, entre la red de información y el yo. En el fondo, co-rre peligro de desaparecer el individuo, tritu-rado por los automatismos de la sociedad mo-derna. Según Flores de Arcais, él es el flanco más débil y desprotegido de la modernización en curso. En consecuencia, cualquier proyecto político con pretensiones renovadoras tendría que plantearse la reconstitución del individuo como tarea primordial. Sólo allí donde existe el individuo puede aflorar la ciudadanía acorde a la vieja fórmula: una libre asociación de indi-viduos libres e iguales.

 

Lo anterior nos remite a otro tema de sin-gular importancia en la región: la igualdad de oportunidades. En efecto, la igualdad de opor-tunidades constituye una “condición de posi-bilidad” para el desarrollo del individuo-ciu-dadano. Sólo entonces existe la posibilidad de compartir algo —la res publica— en común. La ciudadanía presupone que las instituciones puedan garantizar a todos, como parte de los derechos individuales, todos los derechos so-ciales. En consigna, sólo si hay derechos hay ciudadanos. Ello relativiza los argumentos cul-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

turalistas que fundan la construcción de la ciu-dadanía en atributos diferenciales.

 

Los límites de la ciudadanía:

demandas, críticas y exclusión social

 

Altamente motivados por los avances en los procesos de democratización, de educación y de revalorización de los derechos humanos, buena parte de la ciudadanía latinoamericana se ha vuelto más consciente de sus derechos y ha producido una serie de críticas y demandas a los gobiernos que el sistema político y de par-tidos tiene dificultades para procesar. Tal explo-sión de demandas y críticas tiende a disminuir los niveles de legitimidad de la democracia.

 

Muchas veces, como lo indican varias en-cuestas de opinión pública, las demandas ciu-dadanas referidas a problemas específicos de la vida cotidiana, especialmente aquellas aso-ciadas con la pobreza, no pueden ser satisfe-chas por los Estados como sucedió en el pa-sado, aunque sea en el plano simbólico. Tales insatisfacciones son reinterpretadas por los ciudadanos no sólo como indicadores del cos-to social del ajuste o de ineficiencia institucio-nal, sino también como una suerte de inmora-lidad congénita de la administración pública y de la clase política. De esta manera las críticas

 

302        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

a los bajos niveles de eficiencia de los gobier-nos para resolver problemas se asocian con una crítica ética del “mal gobierno”.

 

Sin duda, existen fenómenos de inmoralidad pública asociados con ineficacia burocrática y política: la corrupción, el tráfico de influencias, el nepotismo y múltiples formas de clientelis-mo. Más sería demasiado simplista retrotraerse a la trinchera de la moral para enjuiciar los ma-les de la política. En realidad, en América La-tina sabemos bien que la moral (el sectarismo de los “puros”) puede producir tanto o más mal que la política. Un juicio más cauteloso debería tener en cuenta las causas estructurales. Nos referimos no sólo a los efectos de anterior “es-tatismo”: monopolios estatales, discrecionali-dad política y, por ende, falta de transparencia. Ellos se entremezclan con nuevas dinámicas, típicas de la sociedad de mercado: valoración del “tener” por sobre el “ser”; la apología del dinero como criterio de éxito social; la presión de consumo y una competitividad descarnada en desmedro de otros valores. Todo ello con-tribuye a difuminar los límites entre lo públi-co y lo privado y a minar el ethos del servicio público. En este contexto, la moral subsiste en tanto principios de la conducta individual, pero pierde vigencia en tanto normas sociales vincu-lantes para todos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Seguramente uno de los principales proble-mas de la consolidación del régimen democrá-tico en nuestras sociedades radica en la desin-tegración social. Si los procesos de exclusión y de distribución inequitativa del ingreso con-tinúan creciendo, las condiciones sociales de la gobernabilidad democrática serán cada vez más difíciles. Conviene examinar con cierto de-talle esta problemática.

 

Como ha señalado Wanderley dos Santos, los derechos sociales están asociados a cierta forma política y cultural de entender la ciuda-danía. En esta perspectiva sería una falacia es-cindir las políticas sociales de la cuestión ciu-dadana. Bien visto, es más relevante conside-rar lo que determinada política social implica en términos de la ciudadanía que analizarla en función de eficiencia económica o de cualquier otro tipo de ventajas materiales para sus bene-ficiarios.

 

El concepto de ciudadanía encuentra sus raíces no solamente en un código de valores políticos sino en todo un sistema de estratifi-cación ocupacional, el cual es definido por la norma legal. En otras palabras, son ciudadanos todos aquellos miembros de la comunidad que se encuentren localizados en cualquiera de las ocupaciones reconocidas y definidas por la ley. La extensión de la ciudadanía tiene lugar a tra-

 

Modernización y gobernabilidad democrática 303

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

vés de la reglamentación de nuevas profesio-nes y ocupaciones y mediante la ampliación de derechos asociados a estas profesiones, antes que por la extensión de valores inherentes al concepto de miembro de una comunidad. La ciudadanía está imbuida de profesiones y los derechos sociales del ciudadano se refieren al lugar que ocupa en el proceso productivo se-gún lo reconoce la ley.

 

Como ya se ha mencionado, la ciudadanía está formada por los derechos civiles, políti-cos y sociales. Los derechos políticos han de ser iguales y comunes para todos los ciudada-nos; las diferencias entre los distintos grupos pueden expresarse en los derechos civiles y sociales. Diferencias en opiniones y creencias en el caso de los derechos civiles y diferencias en las necesidades y recursos en el caso de los derechos sociales, estando dados los umbrales mínimos, las condiciones mínimas de repro-ducción social de una vida digna. Obviamente esto no quiere decir que los derechos civiles y sociales no sean comunes para todos sino que las diferencias se expresan en ellos. Consi-guientemente la institucionalidad política debe garantizar el ejercicio de estos derechos; pero, ¿existe una garantía para ello?

 

La pregunta se sitúa en torno a la capacidad creativa y operacional de la propia sociedad

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

y de sus agentes políticos para lograr cierta consistencia entre lo social y lo institucional. El tema de la ciudadanía social remite socio-lógicamente al tema de la pobreza y, por lo tanto, la justicia social. Paradójicamente, a pesar del crecimiento evidente de la miseria y de la pérdida general de la calidad de vida en muchos aspectos, el debate sobre la pobreza ha quedado relativamente escindido de la dis-cusión sobre la ciudadanía. Frecuentemente la pobreza queda reducida a una tasa estadís-tica, sin considerar que las iniquidades están inscritas en la trama de las relaciones socia-les. En la cultura política latinoamericana per-siste una fuerte tradición jerárquica plasmada en un patrón de sociabilidad que obstaculiza la construcción de un principio de igualdad y de reciprocidad que le dé al otro un estatuto de sujeto de intereses válidos y de derechos legítimos. La competitividad espúrea que se basa en la explotación del trabajo humano y en la destrucción de la naturaleza, está aso-ciada con este patrón, como también lo está la prevalencia de una cultura autoritaria en las relaciones de trabajo, para no hablar de las relaciones cotidianas públicas y privadas. Se trata de un imaginario que entiende a la po-breza como una marca de inferioridad y que desvaloriza el ejercicio de los derechos indivi-

 

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duales. En tal marco cultural no puede existir el ciudadano; carente, indigno, desprotegido, marginal, que debe ser atendido por la asis-tencia estatal.

 

La pobreza entendida como la ausencia de derechos económicos y sociales, constituye el retrato de una sociedad que no logra univer-salizar derechos y enraizar la ciudadanía en las prácticas sociales. Así, la comprensión de la pobreza está directamente relacionada con el modo en que los derechos igualitarios ante la ley son de hecho anulados por el descono-cimiento cultural del otro como sujeto de de-rechos legítimos. Es por eso que en estas so-ciedades la pobreza aparece despojada de su dimensión ética.

 

El tema de la ciudadanía social nos remite a la reforma de las relaciones entre la sociedad y el Estado. Dicho en otras palabras: la conquis-ta de la ciudadanía constituye el “plan vital” de la cuestión social. Ello implica el desarrollo de las políticas que reviertan las inconsistencias mencionadas y, sobre todo, un tratamiento pú-blico de los conflictos en torno a la equidad y el modelo de desarrollo. Situando la exclusión so-cial en un contexto más global, el problema de la integración social vía desempeño guberna-mental. Más que el éxito de determinadas polí-ticas sectoriales (políticas sociales, educación,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

etcétera) está en juego el perfeccionamiento del régimen democrático.

 

En el corazón de todas estas dificultades está la debilidad del Estado, producto tanto de la inviabilidad histórica de un Estado patrimo-nialista y corporativo como de una determina-da estrategia de modernización. Los cambios neoliberales, si bien incrementaron la racio-nalidad técnica en la economía, debilitaron la disposición humana sobre la realidad social. A veces, el (necesario) respeto a las especifi-cidades funcionales de la economía termina en una renuncia a toda acción política y, por ende, la sacralización de las dinámicas autodestruc-toras del mercado. La retracción drástica de la intervención estatal tiene consecuencias más allá del proceso económico. La pretendi-da despolitización de la vida social significa en los hechos entregar a los ciudadanos a su suerte individual. Las situaciones de abandono y desamparo —tan extendidas en la región— se acentúan. La experiencia vital del ciudada-no está marcada por la desprotección. Su cara más visible es la reformulación de las políticas sociales. Enfocadas primordialmente con un cálculo costo-eficiencia, las nuevas políticas sociales siguen siendo un instrumento insufi-ciente no sólo para compensar las disfunciona-lidades del mercado, sino particularmente para

 

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impulsar la integración social. Vemos, por el contrario, que la segmentación social aumenta. En la medida en que la sociedad latinoamerica-na se vuelve cada vez más segmentada (social y territorialmente), desvanece el sentimiento ciudadano de pertenecer a una comunidad. Basta tomar la ciudad como criterio de ciuda-danía para percibir cuán poco la convivencia urbana promueve la vida ciudadana.

 

Ello nos remite a un aspecto menos tangi-ble, pero quizás más angustiante del abandono. El Estado no sólo tiene menor capacidad de proteger la integridad física y cierta seguridad económica, tampoco ofrece una adecuada pro-tección simbólica. Reducido a administración pública o sector fiscal, el Estado ya no encarna una idea de orden en el cual todo ciudadano pueda reconocerse. A falta de tal respaldo, am-putado de su inserción comunitaria, el ciudada-no se siente extremadamente vulnerable y tien-de a retrotraerse al refugio de su intimidad. En la “estrategia del caracol” ya no se trata de que el ciudadano prefiera participar o no participar en política. El problema de fondo es si la par-ticipación política todavía tiene algún sentido para el ciudadano.

 

Terminamos este acápite con un interrogan-te capcioso: ¿puede la población de nuestras sociedades —o sea, nosotros— llegar a ser ciu-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

dadanos? Vale decir, la gobernabilidad demo-crática presupone ciudadanos, pero ¿qué hace la democracia para formar ciudadanos? No nos referimos a la educación cívica o educación en derechos humanos, por importante que sean tales iniciativas. El hecho es que no se intere-sa en política quien no participa (de una u otra forma) en política. Cabe añadir: no participa en política quien no dispone de espacio público. Como señalara Hannah Arendt, la política no es algo intrínseco a la naturaleza humana; es un fenómeno extraño y sensible que sólo nace de la interacción entre individuos libres e igua-les. Presupone pues la pluralidad de hombres y mujeres y el espacio entre ellos; ese espacio en que los individuos abandonan su ámbito priva-do y aparecen a la luz pública en tanto ciuda-danos. Requiere un espacio público. Un ámbito distinto a la esfera privada y a la esfera estatal. En suma, los ciudadanos se forman en el espa-cio público a través de la misma acción políti-ca. Este hecho tan peculiar no está dado de una vez para siempre; hay momentos de expansión y de retracción de la ciudadanía. Pues bien, ¿de qué espacio dispone el ciudadano común?

 

Como mostramos arriba, el espacio público ha sufrido transformaciones. En la sociedad la-tinoamericana actual (como en toda sociedad moderna) la dimensión ciudadana del espacio

 

306        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

público se encuentra amenazada por el avance del mercado y de la burocracia. Este avance de la racionalidad formal (técnica) sería muy po-sitivo si estuviese acompañado por un avance similar en las formas de interacción ciudada-na. Pero no podemos ponernos a esperar que ellas surjan como el resultado espontáneo de la modernización; la creación de espacios de deliberación ciudadana es una producción po-lítica. Cabe esperar que, temprano o tarde, una renovación institucional recree espacios de ciudadanía. Por ahora, sin embargo, el ciuda-dano carece de espacios adecuados. Además, las formas actuales de hacer política poco contribuyen; ni el estilo populista ni el estilo tecnocrático o la “telepolítica” impulsan la co-municación de los ciudadanos entre sí. Así las cosas, una vez más, como en otras épocas, la ciudadanía se conquista creando nuevos espa-cios públicos.

 

 

Indicios de renovación

 

En los países latinoamericanos aparecen una serie de comportamientos y actitudes novedo-sos que, en parte, constituyen síntomas de un desajuste entre la modernización y la construc-ción ciudadana y en parte representan deman-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

das de una profunda renovación. En el plano de los indicios se visualizan dos tendencias que conviene resaltar: la creciente desafección ciu-dadana y la emergencia de nuevos comporta-mientos colectivos que recrean nuevas formas de sociabilidad.

 

Por un lado, según vimos, existe una cre-ciente distancia entre lo que la política puede dar y lo que los ciudadanos esperan de ella. Tal desajuste señaliza un deterioro de los patro-nes de corresponsabilidad entre el ciudadano y el sistema político en la gobernabilidad. Ya señalamos la precariedad de la política para representar a lo social y su consecuencia: los ciudadanos ven debilitados los lazos de perte-nencia a la comunidad. Fortalecer a la comuni-dad política significa reforzar al pluralismo, o sea un campo público de interacción política que no existe o que está al momento debilita-do. En su ausencia no hay modo de articular la diversidad social. Consiguientemente crece la distancia entre lo político institucional y la ac-ción ciudadana. Así, por ejemplo, en el caso de Chile y de varios países de la región es posible percibir, como por lo demás lo han demostrado múltiples encuestas de opinión, una inquietan-te desafección ciudadana respecto de la políti-ca. Tal actitud, como venimos insistiendo a lo largo del texto, parece expresar un malestar di-

 

Modernización y gobernabilidad democrática 307

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

fuso ante las transformaciones de la sociedad a la vez que una demanda no menos confusa por una especie de “nueva política”. En el caso de otros países, como Bolivia, la ausencia o la de-bilidad de espacios institucionales interactivos conduce nuevamente a la política a las calles, es decir al conflicto directo. La experiencia en-seña que no bastan reformas lúcidas si no están acompañadas por la construcción de espacios públicos de negociación y, por lo tanto, de ac-tores con capacidad autónoma para llegar a acuerdos institucionalizados.

 

A pesar de las restricciones que impone la sociedad de mercado a la acción colectiva, América Latina ha conocido diversos movi-mientos sociales en estos años. Conviene dife-renciar dos tipos: aquellos que son reactivos a la modernización en razón de los procesos de exclusión social que ésta produce (como es el caso de varios movimientos obreros, campe-sinos e indigenistas en la región) de aquellos de carácter proactivo que aspiran a participar, aun de modo conflictivo, de la misma dinámica de modernización (como es el caso de varias acciones colectivas de mujeres, ecológicas, es-téticas y de conocimiento).

 

Es menester mencionar igualmente el de-sarrollo de acciones colectivas que reclaman comportamientos éticos en la política y en la

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sociedad. Estos comportamientos están refe-ridos a la ética de los derechos humanos, a la exigencia de mayor responsabilidad social, al derecho a la diferencia, a opciones de vida comunitaria de la más variada índole y, muy particularmente a la idea de que desarrollo y modernización son un bien común que se construye con “otros”. En estas acciones, con distinto tono, por lo general “basista”, en realidad lo que se está demandando es la ne-cesidad de reconstruir una nueva cultura de solidaridad.

 

Quizás es muy prematuro sacar conclusio-nes de este tipo de acciones, pero en alguna medida ellas replantean la temática del consen-so político sobre la base de aquello que Pizzor-no denominó “cultura de solidaridad procesal”. En general, se ha abandonado la “lógica de la guerra” en favor de una “lógica de la política” en la cual los adversarios se relacionan como “jugadores” en el marco de determinadas “re-glas de juego” que van adaptando acorde a las circunstancias. Semejante consenso básico acerca de los procedimientos implicaría cuan-do menos un método institucional para resol-ver las diferencias en función de la argumenta-ción y alteridad.

 

En América Latina la construcción de con-sensos en el sentido señalado tendría que

 

308        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

estar normativamente vinculada a un proce-so de integración social creciente, tanto en el plano simbólico como en el material. Sin equidad no es posible la otredad; ni siquiera la competitividad económica es sostenible si siguen creciendo las distancias sociales. Por el contrario, casos relativamente exitosos de modernización económica como Chile indi-can precisamente la relevancia que tiene una vasta red de negociaciones y acuerdos. En esta óptica, una participación creativa en la sociedad necesitaría estar acompañada por procesos de equidad y libertad sociocultural, es decir por el reconocimiento instituciona-lizado del derecho a existir y a ser diferen-te. En realidad, la necesidad de consensos y acuerdos resalta el peso estratégico de la cul-tura política democrática en las dinámicas de modernización.

 

En años recientes se observan múltiples iniciativas por hacer de lo público un espa-cio de negociación entre actores económicos, sociales y políticos. Donde existe cierta den-sidad organizativa de la “sociedad civil”, se van conformando así redes de coordinación horizontal que pueden fomentar una goberna-bilidad con capacidad de integración social. Tales redes operan muy satisfactoriamente cuando se trata de temas sectoriales (plan de

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

desarrollo regional, reforma del sistema de salud, etc.), mas no incorporan al ciudadano común. La población que puede estar muy afectada por determinado problema, pero que no representa un interés organizado (lo que llamamos un “actor representable” en el punto 10), que al margen de ese nuevo meca-nismo institucional.

 

Otro tipo de iniciativas proviene del go-bierno local. Varios municipios han buscado fomentar y canalizar la participación ciuda-dana mediante referéndums que permiten a los vecinos incidir efectivamente en el dise-ño de la política municipal. Tales medidas han tenido un eco favorable en tanto convo-can al ciudadano sobre temas en los cuales está directamente interesado y afectivamen-te involucrado. Hoy en día, el ámbito del go-bierno local parece ser en efecto el terreno más fértil para renovar la relación entre ciu-dadanía e institucionalidad política. Resul-ta mucho más difícil, en cambio, sacar de esas experiencias locales lecciones válidas para el ámbito regional o nacional. Incluso la interactividad comunicativa entre ámbitos locales suele ser escasa y más débil aún la relación entre experiencias locales y proce-sos globales. Quizás la única excepción sig-nificativa (pero muy débil en la región) sea

 

Modernización y gobernabilidad democrática 309

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

la de los movimientos ecológicos que articu-lan acciones locales con reacciones globales contra los procesos de degradación de los ecosistemas.

 

Finalmente, cabe volver sobre una “parado-ja democrática”: la democracia supone ciertos requisitos que ella no asegura o, en otras pala-bras, el buen funcionamiento de la democracia depende de cierto tipo de ciudadano que ella no produce. Nos referimos al hecho de que el régimen democrático —incluso en una versión elitista o en un enfoque rational choice— pre-supone no sólo determinadas instituciones y determinados derechos ciudadanos, sino igualmente cierta virtud cívica. La democracia requiere de ciudadanos activos, bien informa-dos y con manejo de los códigos del mundo moderno; valientes, pero a la vez responsa-bles y prudentes; legales y respetuosos de las leyes, tolerantes con las diferencias legítimas, con sensibilidad moral y autodisciplina social. El catálogo de los atributos podría alargarse bastante, sin ofrecer una definición precisa de lo que hace al “verdadero ciudadano”. En au-sencia de un “hombre nuevo” y de cara a seres humanos más preocupados de su destino indi-vidual que de los asuntos públicos, la cultura cívica se ha tornado problemática. Consideran-do las grandes transformaciones en curso y la

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

consiguiente “crisis de orientación”, ¿qué signi-fica virtud ciudadana? La publicación de varios libros sobre el tema evidencia una demanda. De hecho, en los procesos de modernización las orientaciones egoístas-particularistas tien-den a socavar el sentido comunitario y, por ende, las bases de la participación ciudadana. Cabe empero preguntarse si ellas están siendo destruidas por las dinámicas de la moderniza-ción o solamente opacadas temporalmente.

 

Además, en América Latina la cultura polí-tica democrática suele ser débil, aunque sólo fuese porque, a fin de cuentas, una cultura de-mocrática solamente se desarrolla en democra-cia. Cabe reiterar que democracia y ciudadanía se forman en un mismo movimiento. Dicho crudamente, nuestras democracias tendrán el tipo de ciudadano correspondiente al tipo de política que prevalezca.

 

En conclusión, la gobernabilidad democrá-tica necesita del potenciamiento de actores sociales autónomos con capacidad de llegar a acuerdos institucionales adecuados a la velo-cidad del cambio moderno. Por el momento, nuestras formas de gobernabilidad no lo pro-ducen, pero eso no quiere decir que no lo ha-rán. Precisamente en la constatación de este vacío está la demanda de una renovación de la política.

 

310        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía

 

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Habermas, Jürgen 1989 Théorie de l’agir comunicationnel (París: Fayard).

 

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PNUD 1996 Informe sobre desarrollo humano 1996, Ediciones Mundi-Prensa.

 

Rosenau, James y Czempiel, Ernest-Otto 1993 Governance without government; order and change in world politics (Cambridge: Cambridge University Press).

 

La pobreza y las nuevas condiciones de desigualdad social*

 

 

Fernando Calderón G. y Alicia Szmukler

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La justicia es amor.”

 

León Felipe

 

 

El artículo comprenderá tres acápites. El primero presentará la complejidad de los procesos de modernización y los consiguien-tes problemas de desigualdad e inequidad en el marco de una remoción de los fundamen-tos que sostenían el ejercicio pleno de la ciu-dadanía. Este último punto es retomado en el segundo acápite que, desde esta perspectiva, debatirá la parcialidad de las respuestas da-das por las políticas sociales. En el tercero se intentará problematizar el concepto de pobreza a partir de una crítica a los criterios metodológicos de medición de la pobreza, orientándose por el vínculo entre pobreza,

 

desigualdad y ciudadanía.

 

 

  Este trabajo se publicó originalmente en la revista Nueva Sociedad Nº149, mayo-junio de 1997.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El nuevo malestar social

 

El actual proceso social de modernización ha sido caracterizado como altamente complejo.1 Tal complejidad se expresaría principalmente a través de tres aspectos: a) una creciente di-ferenciación social y funcional que vuelve pro-blemáticos los procesos de cambios sociales;

 

 

 

  Véanse, entre otros, R. Dahrendorf, “Economic Op-portunity, Civil Society and Political Liberty” en Dis-cussion Paper Nº 58, Unrisd, Ginebra, 1995; G. Germa-ni, “Democracia y autoritarismo en la sociedad moder-na” en Los límites de la democracia, CLACSO, Buenos Aires, 1985; A. Giddens, “Affluence, Poverty and the Idea of Post-scarcity Society” en Discussion Paper Nº 63, Unrisd, Ginebra, 1995; H. Haferkamp y N. Smelser (eds.), Social Change and Modernity, University of Ca-lifornia Press, Berkeley, 1992. Para la situación latinoa-mericana puede consultarse F. Calderón y N. Lechner, “Modernización y gobernabilidad democrática. Informe para el Programa de Naciones Unidas para el Desarro-llo”, PNUD, 1996.

 

312        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  una creciente exclusión y fragmentación económica y social, y derivado de ésta; e) un alto nivel de inequidad, expresado en las es-tructuras sociales, que obstaculiza el logro de niveles de integración social más altos. Junto con este proceso, la crisis del Estado ha puesto en evidencia la fragilidad sobre la cual descan-saban las posibilidades de ejercicio de los de-rechos ciudadanos, vinculando estrechamente tales posibilidades con el tema de la pobreza.

 

En este marco, una lectura de la pobreza debería vincularse al análisis de los límites de la ciudadanía y de los obstáculos impuestos por estructuras económico-sociales altamen-te inequitativas.

 

En el ámbito económico, como consecuen-cia entre otros factores de los procesos infla-cionarios y de ajuste estructural, la diferencia-ción social mencionada se expresa a través de la creciente inequidad de la estructura reflejada en una regresiva distribución del ingreso, que ha profundizado los niveles de pobreza gene-rando mayor exclusión social. Una de las con-secuencias de la inequidad en la distribución del ingreso es la migración de gran parte de la población; los procesos migratorios toman distintas direcciones: campo-campo, ciudad-ciudad y campo-ciudad, siendo esta última — según las estadísticas— la orientación más im-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

portante. Sin embargo, los límites estructurales de las ciudades impiden la absorción plena de los migrantes, acentuando su exclusión social y económica o integrándolos en términos de una gran injusticia y discriminación que tam-bién constituyen formas de exclusión y mar-ginalidad. El abismal crecimiento del número de pobres urbanos registrados por el Programa Regional de Empleo para América Latina y el Caribe (Prealc), cabalmente puede ser com-prendido en esta lógica.

 

A nivel nacional la diferenciación social se expresa en una creciente distancia entre clases sociales, entre regiones (ricas y pobres), entre culturas (donde los indígenas son los más ex-cluidos) y de género (donde mujeres acceden al mercado laboral con un costo muy alto de discriminación salarial).

 

En el plano político, uno de los efectos cen-trales de tal diferenciación ha sido la fragmen-tación de los actores sociales históricos y las dificultades de los sistemas de partidos de pro-cesar y diferenciar los procesos de complejiza-ción de lo social; actores que al fragmentarse se han vuelto más reactivos que proactivos y que atraviesan un fuerte proceso de aislamien-to y localismo. Esta situación debilita aún más la representación social y los niveles de parti-cipación ciudadana en los procesos de toma de

 

La pobreza y las nuevas condiciones de desigualdad social   313

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

decisiones. Esta tendencia puede observarse, por ejemplo, en la pérdida de capacidad del movimiento obrero para negociar demandas, en la baja representación de los partidos polí-ticos y en la proliferación dominante de múl-tiples y pequeños movimientos sociales que no logran articular propuestas en torno a una visión de la sociedad más amplia que la restrin-gida a la defensa de sus intereses específicos.

 

En el ámbito urbano, los fuertes cambios de la estructura económica, tales como la des-industrialización y la reconversión industrial —que han debilitado profundamente los mo-vimientos sindicales—, el aumento de la po-blación migrante rural a las ciudades en busca de fuentes de trabajo, la falta de movilidad social ascendente, la terciarización e infor-malización creciente de la economía urbana y la incapacidad de las políticas urbanas de cubrir las necesidades de la población de las ciudades, han profundizado la diferenciación social, segregando y redefiniendo un dualismo crónico urbano. Entre las consecuencias de este fenómeno es posible mencionar los altos niveles de inseguridad en la vida cotidiana urbana, reflejados tanto en la incapacidad de gran parte de la población de acceder a bie-nes y servicios hoy privatizados, como en la creciente desconfianza hacia el “otro” a quien

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

se desconoce y en el temor al desempleo; por otra parte, la pauperización de los sectores medios urbanos en varios países de América Latina ejemplifica también otro de los efectos de los procesos de modernización en términos de diferenciación social.

 

A nivel rural, dicha diferenciación ha im-pactado fuertemente la estructura agraria. Tal estructura tendría hoy un carácter dual,2 pues por un lado se encuentran los empresarios agrí-colas y, por otro, los campesinos. Sin embargo, al interior de estos dos grupos existe una alta segmentación: entre los primeros, están desde quienes han incorporado alta tecnología hasta latifundistas propios de relaciones precapita-listas de producción. Entre los campesinos se encuentran desde quienes han podido imple-mentar una cierta tecnificación en sus sistemas productivos hasta quienes, constituyendo la gran mayoría, son semi asalariados o asalaria-dos sin tierras y tienen inmensas dificultades para acceder al mercado. Tal diferenciación económico-productiva se expresa en los pla-nos social y político: mientras que los campesi-

 

 

 

  Cf. F. Calderón, M. Chiriboga y F. Piñero, Moderni-zación democrática e incluyente de la agricultura en América Latina y el Caribe, Documento Nº 18, IICA, San José de Costa Rica, 1992, p. 55.

 

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nos que poseen mayores ventajas en términos productivos tienen una cierta organización y pueden defender y negociar sus intereses, la capacidad de organización de los campesinos más débiles en términos económicos y produc-tivos es sumamente frágil, viéndose impedidos de ejercer presión social para hacer escuchar sus demandas. Es decir, los campesinos más pobres en términos económicos son también los más vulnerables en términos de representa-ción social y política, en términos de represen-tación ciudadana.

 

Por su parte, la crisis del Estado de bien-estar periférico o del Estado corporativo-pa-trimonialista latinoamericano profundizó los efectos perversos de la diferenciación social ante la necesidad de enfrentar cambios en su funcionamiento y estructura, aceptando sus límites como instancia integradora. De acuer-do a una lógica neoliberal, el mercado habría sustituido al Estado en su rol integrador. Así, la incapacidad actual del Estado de bienestar pe-riférico de dar respuesta a la reestructuración de la economía mundial ha otorgado un papel protagónico al mercado “en la organización de las relaciones sociales en desmedro del Esta-do y de los regímenes políticos. El problema es que en nuestros países el mercado, por su insuficiente dinamismo, no puede ser un eficaz

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

integrador social”.3 El mercado es incapaz de representar, coordinar y/o brindar un imagi-nario social común, generando un vacío en la población que apela a una lógica individualista para “salvarse”, y socavando los lazos de soli-daridad social.4 El rol preponderante que viene

 

 

 

  F. Calderón y M. dos Santos, Hacia un nuevo orden estatal en América Latina, CLACSO, Buenos Aires, 1991, p. 32.

 

  Tal erosión del lazo social provoca una “des-soli-darización [que] tiene su precio: las ventajas obtenidas individualmente se pagan con una inseguridad generali-zada de todos” (F. Calderón y N. Lechner, ob. cit., p. 9.). Lechner, además, apunta que “La experiencia latinoa-mericana pone en evidencia que el mercado por sí solo no genera ni sustenta un orden social. Por el contra-rio, acentúa las desigualdades sociales, fomenta la ex-clusión y generaliza las tendencias de desintegración. Las dinámicas desintegradoras del mercado hacen pa-tente sus limitaciones como instancia coordinadora. […] Además, la función coordinadora del mercado no cumple las otras dos dimensiones típicas de la coordi-nación política: la representación y la conducción. […] La dimensión simbólica de la coordinación pone en entredicho al postulado neoliberal del ‘individualismo radical’ como única conducta racional. Como indican los puntos anteriores, no hay coordinación social sin que los individuos junto con maximizar sus beneficios egoístas también se orienten por cierto bien común” (N. Lechner, “Tres formas de coordinación social. Un esquema”, 1996, p. 5, mimeo).

 

La pobreza y las nuevas condiciones de desigualdad social   315

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

cumpliendo el mercado debilita aún más los mecanismos de representación política y social de las demandas de los ciudadanos que al mis-mo tiempo se retrotraen cada vez con mayor fuerza al ámbito privado, alejándose de las or-ganizaciones sociales politizadas u orientadas a la actividad partidaria, al tiempo que aumenta la importancia de su rol en tanto consumido-res, al menos en el plano simbólico, en desme-dro de su papel de ciudadanos. Este panorama tiene también un efecto sobre las políticas públicas que en algunos casos tienden a dismi-nuir, así como sobre la efectividad de las redes sociales de solidaridad, debilitando el propio régimen democrático. Este fenómeno latinoa-mericano también se da en otras partes; así, en Estados Unidos, por ejemplo, el desarraigo de-mocrático y los procesos de empobrecimiento se asocian a una continua y amplia erosión del compromiso cívico y el capital social.5 La diso-ciación entre acción individual (desde la visión del mercado) y acción colectiva (desde la pers-pectiva estatal) debería reducirse en función de una reformulación del Estado en términos de la orientación de sus valores y de la aten-

 

 

 

  Al respecto, véase R. Putnam, “Bowling Alone: Anterica’s Declining Social Capital” en Journal of De-mocracy 6/1, 1/1995.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ción a la cuestión social. El Estado de bienestar había estado asociado a la institucionalización de lo social (y en tal sentido a la extensión de la ciudadanía) y a valores tales como progreso, igualdad e integración, entendidos sobre todo desde el punto de vista económico. Hoy sería necesaria una reformulación de esas orienta-ciones ante el fracaso del mercado como meca-nismo integrador, subrayando la necesidad de mantener valores morales como la solidaridad y la defensa de la equidad y la igualdad.

 

Por otra parte, los procesos de diferencia-ción funcional se expresan en la creciente autonomía de los distintos campos de la socie-dad como la economía, la justicia, la ciencia y la política, que funcionan, en apariencia, cada vez más independientemente, dificultando una visión integral del orden social. Es así como, por ejemplo, las políticas sociales se formulan desde una perspectiva tecnocrática sin consi-derar la debilidad e inequidad de la estructura económica y social de los países como raíz de la pobreza; de este modo, las políticas quedan transformadas en un fin y no en un medio. Cada campo parece tener su propia lógica sin vincu-larse entre sí bajo una racionalidad única. En el plano del imaginario social nacional esta di-ferenciación tiene un alto costo en términos de

 

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sentimiento de pertenencia a una comunidad6, lo que también conduce a un retraimiento ha-cia lo privado así como a un debilitamiento de los lazos sociales de solidaridad, como ya ha sido mencionado.

 

La idea que se propone aquí es que los proce-sos de diferenciación social y funcional queda-rían vinculados a crecientes niveles de exclu-sión y pobreza, los cuales aumentan la percep-ción de la desigualdad como un fenómeno que en lugar de disminuir se va profundizando, en un contexto de debilitamiento del ejercicio ciu-dadano como efecto de los mismos procesos de exclusión social.

 

El tema de la percepción de las desigualda-des como un fenómeno de injusticia crecien-

te ha sido trabajado recientemente por varios

7

 

autores . En primer lugar, las desigualdades estructurales, referidas por ejemplo a la distri-

 

 

 

  Schnapper plantea que la construcción nacional implica a la vez una noción de comunidad asociada con una noción de relaciones sociales diferenciadas. D. Schnapper, La communauté de citoyens. Sur l’idée moderne de nation, Gallimard, París, 1994.

 

  Véase, entre otros, A. Sen, Nuevo examen de la des-igualdad, Alianza, Madrid, 1995; J. Fitoussi y P. Rosan-vallon, La nueva era de las desigualdades, Manantial, Buenos Aires, 1997.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

bución del ingreso, el acceso a la educación y la salud, a bienes y servicios básicos, etc., han aumentado; pero, al mismo tiempo, han surgi-do nuevas desigualdades que serían producto de diferenciaciones al interior de un mismo sector o campo social, por ejemplo profesio-nal, que hasta no hace mucho eran aceptadas porque existía una movilidad social ascenden-te que “planteaba” un horizonte de superación de esas diferencias. Empero, hoy dos perso-nas con iguales capacidades no tienen iguales oportunidades y, lo que es peor, tampoco tie-nen una perspectiva de obtener tal igualdad. Las nuevas desigualdades intra-categoriales ponen así en cuestionamiento otro tema de importancia central: el de la identidad. La per-cepción de este tipo de desigualdades como un fenómeno social creciente erosiona fuer-temente el sentimiento de pertenencia y las identidades sociales, produciendo exclusión.8 En realidad, lo que está en juego es la ruptura de los procesos de integración social propios de las sociedades dependientes y del modelo de integración nacional.

 

El problema central que alimenta este tipo de percepción es el aumento del desempleo y

 

 

  Para un análisis de esta temática, véase J. Fitoussi y P. Rosanvallon, ob. cit., 1997.

 

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la precarización laboral, lo que provoca una fuerte desigualdad en los ingresos de personas que tienen iguales capacidades, así como la percepción de que factores externos a las capa-cidades laborales en sí mismas (como contac-tos, buena fortuna, etc.) cumplen un rol clave en la obtención de un trabajo. Por otra parte, la ausencia de una movilidad social ascendente refuerza la percepción de la desigualdad como un fenómeno crecientemente injusto, aumen-tando el malestar social.

 

Si bien bajo los regímenes nacional-popu-lares la búsqueda de construcción nacional implicaba un proyecto socialmente compar-tido, que además brindaba una posibilidad o una visión de integración y mejora social, hoy los principios de igualdad —fundamentales para lograr niveles de cohesión social— se ven fuertemente cuestionados. Los propios procesos de diferenciación, evidenciada en la alta fragmentación social, han modifica-do las relaciones sociales: las desigualdades constituirían así indicios de un cambio social de carácter regresivo, poniéndose en cuestio-namiento también, desde esta perspectiva, la visión lineal de progreso.

 

La percepción de la igualdad dependería del ámbito considerado importante por una socie-dad determinada, ya que la misma puede refe-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

rirse a distintos aspectos (igualdad ante la ley, igualdad de ingresos, de oportunidades, etc.); por tanto, en primer lugar, habría que pregun-tarse por el tipo de igualdad que reclama una sociedad.9 Sin embargo, los seres humanos so-mos diferentes, y no sólo por el contexto eco-nómico, social o cultural en el que nacemos y vivimos sino también por las características individuales, las cuales incidirían fuertemente en el plano de las desigualdades. En este con-texto diverso, la idea de igualdad se justifica en primer lugar en términos de una preocu-pación ética, aun no habiendo determinado el campo de exigencia de igualdad. Además, la delimitación de un ámbito de igualdad brin-da la posibilidad de evaluación social, pues quedan determinados criterios de prioridad. Asimismo, como estos ámbitos pueden ser di-ferentes según las distintas perspectivas sobre el orden social, el problema de la diversidad quedaría resuelto.10

 

 

 

  Véase A. Sen, ob. cit., 1995. Este autor destaca que en algún ámbito considerado importante todas la teo-rías éticas, sociales y políticas han hecho referencia a algún tipo de igualdad, incluso aunque defiendan la des-igualdad en otros ámbitos.

 

  “Las diferentes exigencias de igualdad reflejan posturas divergentes con respecto a las cosas que

 

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Hoy el problema es que, en la percepción generalizada, la igualdad no está establecida como exigencia en ningún ámbito, en ninguna utopía socialmente compartida. Esto refuerza el sentimiento de injusticia frente a diversas desigualdades, al tiempo que la igualdad (en algún ámbito) no aparece como proyecto futu-ro, provocando una gran frustración. Este pro-blema queda ligado al del debilitamiento del ejercicio ciudadano y los procesos crecientes de fragmentación social y desafección política, contribuyendo a un nuevo y extraño sentimien-to de malestar social generalizado.

 

En este contexto se esbozan dos conclu-siones. En primer lugar, los procesos de di-ferenciación social y funcional producen un grado de inseguridad muy alto en la pobla-

 

 

 

tienen que ser directamente valoradas en ese contex-to. Muestran ideas diferentes en cuanto a cómo de-ben evaluarse las ventajas de las diferentes personas frente a otras. Las libertades, derechos, utilidades, ingresos, recursos, bienes elementales, satisfacción de necesidades, etc., ofrecen diferentes formas de ver las vidas respectivas de la gente, y cada una de estas perspectivas conduce a una visión correspondiente sobre la igualdad”. A. Sen, ob. cit., 1995, p. 37. Para este autor, el ámbito de exigencia de igualdad debe ser el de la libertad y potencialidad de realización de los proyectos individuales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ción y un creciente malestar social que se acentúa sobre la base de un patrón histórico de larga duración que, en América Latina, en-fatiza y valora más las jerarquías sociales que la igualdad de oportunidades. El “hombre igual” de Tocqueville en la región desgracia-damente es todavía una utopía. En tal senti-do, ¿cómo interpretar estos procesos desde la política y qué respuestas viene dando el Estado a través de las políticas sociales? En segundo lugar, parece existir una distancia creciente entre, por un lado, la complejiza-ción de los problemas ya mencionados y el malestar social consecuente y, por otro, las respuestas parciales desde la política a par-tir de políticas sociales subordinadas a una visión restringida e instrumental del creci-miento económico. Parece necesario que la política sea capaz de reinterpretar este nue-vo malestar social y proponer como meta del desarrollo —y proyecto futuro— la igualdad y la participación, fenómenos que de alguna manera han estado presentes en la experien-cia de buena parte de movimientos populares en América Latina que hoy tienen que recons-tituirse a raíz de los procesos de diferencia-ción anotados y en un contexto de acumula-ción de poder democrático.

 

La pobreza y las nuevas condiciones de desigualdad social   319

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los límites de las políticas sociales

 

En el contexto de complejización de los proce-sos de modernización, la creciente exclusión so-cial y los aumentos de los niveles de pobreza, así como el socavamiento del ejercicio de la ciuda-danía se vinculan a las grandes inequidades de las estructuras sociales y a la imposibilidad del Estado de enfrentarlas. Desde la perspectiva in-dividualista/mercantilista adoptada por el nuevo tipo de Estado, los excluidos serían considera-dos necesitados, reemplazando esta figura a la del ciudadano, lo que se condice con un enfoque asistencialista y paternalista que enfatiza una vi-sión privada de la sociedad y un retraimiento del individuo sobre sí mismo. En cierto sentido, el actual reconocimiento de la diversidad cultural, tras la defensa de valores como la tolerancia, el respeto y la apertura hacia el otro, ocultaría el resquebrajamiento de otros valores como la so-lidaridad y la defensa de algún tipo de igualdad, reforzando la mencionada perspectiva indivi-dualista que debilita el lazo social así como el imaginario social común.11

 

 

  “Los valores sociales centrales son la tolerancia mucho más que la solidaridad y la imparcialidad mucho más que la igualdad. La ‘buena sociedad’ es aquella que

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Siendo el excluido un necesitado y no un ciudadano en el contexto de relaciones socia-les desiguales, las políticas sociales localizadas actúan más como paliativos de los efectos no-civos de las desigualdades estructurales que atacando las fuentes de tales efectos, es decir, la estructura económico-social. La “cuestión social” sería vista de manera fragmentada y no desde una perspectiva más global. Por otra par-te, las políticas sociales se vuelven un asunto de gobernabilidad pues, aunque parcialmente, responden a demandas sociales fragmentadas que deberían ser atendidas al menos en parte para que puedan conservarse niveles mínimos de gobernabilidad. Empero, la aplicación de políticas sociales se ha dado generalmente a través de un sistema clientelar y con escasa o nula participación de los interesados, lo cual no ha contribuido ni a atacar de manera sustan-tiva la pobreza ni a fortalecer el ejercicio de la ciudadanía, lo que aliviaría, al menos en parte,

 

 

 

permite la coexistencia pacífica de las diferencias; ya no es más aquella que asegura la inserción. El principio de ciudadanía no implica más una exigencia de redis-tribución en este contexto, él se reduce a la confianza común en la ley civil organizadora de la autonomía”. P. Rosanvallon, La nouvelle question sociales. Repenser l’Etat-Providence, Seuil, París, 1995, p. 68.

 

320        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

las inequidades estructurales mencionadas. Sin embargo —como en un círculo vicioso— esas mismas desigualdades impedirían el pleno ejer-cicio de la ciudadanía.12

 

En América Latina, el reconocimiento de de-rechos sociales ha estado vinculado a los regí-menes nacional-populares que proporcionaron integración en términos nacionales y de ciuda-danía social vía la participación, pero con una visión homogeneizadora de la sociedad y con una lógica clientelista. Por tanto, el reconoci-miento de la ciudadanía política —que impli-caba la aceptación de la diferencia y la valora-ción de la diversidad en términos de derechos políticos— quedó rezagado con respecto al de la ciudadanía social. A esto contribuyeron la

 

 

 

  “[…] la sociedad civil —la ciudadanía— es incom-patible con el privilegio. Esto se mantiene no sólo […] dentro de un país dado, donde el privilegio es al mismo tiempo la negación de la ciudadanía de otros, sino tam-bién internacionalmente. Mientras algunos sean pobres y la prosperidad en cualquier lugar aparece como una ventaja injusta. Mientras algunos no tengan derechos de participación social y política, los derechos de unos pocos no pueden ser si muchos más están condenados a mantenerse pobres porque viven fuera del mercado mundial, descritos como legítimos. La inequidad siste-mática […] es incompatible con las asunciones del Pri-mer Mundo”. R. Dahrendorf, ob. cit., 1995, p. 2.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

debilidad del sistema político institucional y la pervivencia de una cultura política organicista-autoritaria y clientelista, así como la debilidad del sistema de actores. Así, la política ha pade-cido una incapacidad de representar lo social que ha repercutido en una mayor fragilidad de los lazos de pertenencia de la ciudadanía a la comunidad, acentuándose un sentimiento de “extrañeza” frente a la comunidad política. Desde esta perspectiva, parece urgente recon-siderar la cuestión de la exclusión social y la pobreza en términos de ciudadanía. En una región donde los procesos de diferenciación y exclusión social son complejos y persistentes, la pobreza en realidad es una condición pre-ciudadana. Parece que América Latina vive una suerte de paradoja perversa pues, por una parte, se opera un proceso de democratización y, por otra, como consecuencia de los progra-mas de ajuste estructural, se produce una gran exclusión ciudadana. Las ideas de exclusión social y pobreza necesitan abolir la figura del necesitado al cual hay que darle ayuda y, al contrario, investirlo de derechos y dotarlo de capacidad de participación política.13

 

 

 

  Este tema lleva al de la crisis de representación po-lítica: en sociedades donde los políticos de oficio son vistos como una casta, autolegitimada y autorreferen-

 

La pobreza y las nuevas condiciones de desigualdad social   321

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De este modo, el problema concreto de las políticas sociales y sus efectos sobre la dismi-nución de la pobreza queda contextualizado en un marco más amplio de relaciones y estruc-turas sociales y de poder que determinan la situación de exclusión. En general, el fracaso o escaso impacto de las políticas sociales ha llevado a una revisión de las mismas desde una perspectiva más bien tecnocrática, acentuando su carácter compensatorio y complementario de políticas económicas (para aliviar los costos sociales de su aplicación), distanciándose de la complejidad de los procesos de modernización mencionados que afectan a las sociedades.

 

Pareciera que en el largo plazo las políticas sociales no serán exitosas mientras se desco-nozcan las bases estructurales de la exclusión y la pobreza, y el ejercicio de la ciudadanía que-de relegado de los procesos de construcción de una política social que debería fundarse en el reconocimiento de los límites que impone la es-tructura social. No obstante, es preciso tener en cuenta que la población más pobre no sólo está

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

excluida económicamente sino en especial po-lítica y socialmente, razón por la cual su capa-cidad de ejercer presión sobre los gobiernos es escasa, realimentándose un círculo vicioso de desigualdad y pobreza. Así, el problema no pa-rece radicar en las propias políticas sino sobre todo en los límites de la estructura económico-social, y del sistema político de las sociedades para integrar a los ciudadanos de manera tal que puedan ejercer sus derechos con un hori-zonte de integración a la comunidad.

 

En tal sentido, la experiencia asiática14 consti-tuye un ejemplo que deja en evidencia la impor-tancia de algunos requisitos sociales y políticos del crecimiento económico (base fundamental para la disminución de la pobreza) y la supera-ción de niveles de pobreza. Entre ellos puede mencionarse fuerte intervención estatal en la orientación del desarrollo económico, a través de la regulación del funcionamiento del merca-do; atención a los factores institucionales del desarrollo económico; alta efectividad de la política industrial con perspectiva de largo pla-

 

 

 

 

cial, que se reproduce por cooptación, éstos se vuelven cada vez más incapaces de representar a los ciudada-nos; así, el ciudadano deja de interesarse por la “cosa pública” y sólo le interesa consumir o replegarse en una “tribu”, o en la familia, o en sí mismo.

 

 

 

  Véase, entre otros, I. Olmo (comp.), “Beyond the ‘East Asian Miracle’: an Asian View” en Discussion Pa-pers Series Nº 5, Office of Development Studies, UNDP, New York, 1996; PNUD, Informe sobre Desarrollo Hu-mano 1996, Madrid, 1996.

 

322        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

zo; liderazgo político con visión de integración nacional; compromiso del sector privado con el desarrollo del país; altos niveles de movilidad social y de cohesión social15 inicial; distribución relativamente equitativa del ingreso; estructura social igualitaria —basada en la extensión de la educación básica y el acceso a oportunidades de educación superior, en una justa distribución de capitales, incluyendo la tierra, y en la creación de oportunidades para la emergencia de nuevos empresarios—16, y sentido de identidad nacional.

 

 

 

  La movilidad social “facilita la emergencia de la cla-se media y promueve la participación de los miembros de la sociedad en el desarrollo económico, reduce las rupturas debidas a las tensiones y conflictos potencia-les, ayuda a los miembros de la sociedad a compartir una visión nacional. […] El ‘igualitarismo’ en el Este asiático significa ‘igualdad de oportunidades’ y debe ser distinguido de la equidad de la distribución de ingresos y riquezas a través de la redistribución fiscal o el poder confiscatorio del gobierno, como se ha observado en América Latina”. I. Olmo, ob. cit., 1996, p. 25.

 

  Tal estructura debe poder brindar igualdad de opor-tunidades a todos los individuos, lo cual actuaría como incentivo para la participación en el desarrollo eco-nómico. “[…] tal estructura social igualitaria aparece —en el caso del Este asiático— contribuyendo con la sociedad en la elaboración de sistemas de valores que aceptan la competencia entre los individuos basada en sus propios méritos y conocimientos, aumentando

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La experiencia asiática demuestra —con-trariamente a los supuestos ideológicos de los programas de ajuste estructural— que la distribución equitativa del ingreso, la ex-tensión de la educación y la inversión en re-cursos humanos, la reforma agraria y un alto nivel de empleo, entre otros, son requisitos previos al desarrollo económico y no conse-cuencias de éste. No pretende proponerse el traslado de este modelo de desarrollo a Amé-rica Latina, pero parece importante aprender de sus enseñanzas para relativizar un mode-lo basado en el mercado, a partir del cual se aplican políticas sociales paliativas orienta-das a aliviar los altos costos de los progra-mas de ajuste estructural sin una visión de más largo plazo que considere los obstáculos de la estructura social al propio crecimien-to económico del país. Para ser efectivas y sostenibles en el largo plazo, las políticas públicas deberían orientarse a elevar la ca-pacidad de la gente y a relacionar tal ca-pacidad con las oportunidades, vinculando de este modo oferta y demanda de capital humano, disminuyendo el desempleo y vol-viendo más equitativa la distribución del

 

 

la eficiencia de los sistemas económicos”. I.  Olmo, ob.

cit., 1996, p. 33.

 

La pobreza y las nuevas condiciones de desigualdad social   323

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ingreso, lo cual revertiría en mayores nive-les de integración social.17

 

 

El Estado y el replanteo de la pobreza y las políticas sociales

 

De lo dicho hasta aquí se desprende la nece-sidad de problematizar la visión de la pobreza estableciendo vínculos con el tema de la ciuda-danía, ligados ambos al de la integración social y la capacidad de la estructura social de alcan-zar niveles mínimos de equidad.

 

La noción de pobreza ha cambiado histórica y culturalmente, lo que ha derivado en distintas apreciaciones de la misma.18 Reconociendo en primer lugar la pobreza como privación frente a la cual —una vez determinada la población

 

 

  PNUD, ob. cit., 1996, p. 61.

 

  Para un análisis del concepto de pobreza véase, en-tre otros, O. Argüello y R. Franco, “Pobreza: problemas teóricos y metodológicos” en CEPAL-ILPES-UNICEF, Pobreza, necesidades básicas y desarrollo, Santiago de Chile, 1982; J. Boltvinik, Pobreza y necesidades bási-cas. Conceptos y métodos de medición, PNUD, Cara-cas, 1990; D. David, “De la pauvreté á l’exclusion” en Le Courrier Nº 143, Bruselas, 1994a; A. Sen, “Development as Capability Expansion” en Journal of Development Planning Nº 19, 1989; A. Sen, ob. cit., 1995.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

que la sufre— la sociedad debe tomar medi-das tendientes a superarla, Sen propone una definición más o menos generalizable cuando plantea que “la pobreza [puede comprender-se] como el fracaso de las capacidades básicas para alcanzar determinados niveles mínima-mente aceptables. Los funcionamientos perti-nentes para este análisis van desde los física-mente elementales, como estar bien nutrido, o vestido y protegido adecuadamente, o libre de enfermedades prevenibles, etc., hasta logros sociales más complejos, tales como participar en la vida de la comunidad, poder aparecer en público sin avergonzarse, y así sucesivamen-te”. La forma que adquiere cada uno de estos funcionamientos, así como lo que se considera como privación, varía de una sociedad a otra. Por tanto, para medir la pobreza debe tomarse en cuenta la relatividad mencionada del con-cepto, pues las privaciones no son las mismas para todas las sociedades. Esta visión de la po-breza pretende contrarrestar la comprensión de la misma en términos de baja utilidad y de bajos ingresos.19

 

 

 

  “Si queremos identificar la pobreza en términos de ingresos, no podemos mirar solamente a los ingresos (sean éstos altos o bajos) independientemente de la capacidad de funcionar derivada de esos ingresos. La

 

324        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para medir la pobreza se utilizan diversos métodos20, a partir de los cuales se intenta comparar los niveles de pobreza entre distin-tos países, regiones o grupos poblacionales. Sin embargo presentan, por lo general, una visión estrecha de la pobreza: por un lado, se-paran el grado de satisfacción de necesidades de los hogares de la estructura de distribución del ingreso y los servicios públicos, enfrentan-do dificultades para medir el acceso a bienes y

 

 

 

suficiencia de los ingresos para escapar de la pobreza varía paramétricamente con las características y las cir-cunstancias personales”. A. Sen, ob. cit., 1995, p. 127.

 

  Los métodos más utilizados de medición de pobreza han sido los de Línea de Pobreza (LP) y de Necesida-des Básicas Insatisfechas (M). Posteriormente se ha aplicado el Método Integrado de LP y NBI para tener una visión más exacta de los niveles de pobreza. Los es-tudios sobre desarrollo han utilizado el Producto Inter-no Bruto (PIB) como indicador principal, agregándose otros indicadores para completar la visión sobre el de-sarrollo. Un método relativamente nuevo es el Índice de Desarrollo Humano del PNUD que combina esperanza de vida, educación e ingresos per cápita, incorporando indicadores no estrictamente económicos en un instru-mento sencillo de captar, bajo una visión más global del desarrollo. Empero, insistimos, estos indicadores cobran sentido en el marco de relaciones de poder es-pecíficas y sólo se pueden explicar y por tanto superar a partir de interpretaciones teóricas normativas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

servicios públicos, aun en el caso de métodos que lo intentan. Por otro lado, la mayoría de los estudios que miden la pobreza se ha basado en los ingresos, entendiéndola como “ingresos ba-jos”, sin tomarse en cuenta las distancias (pe-queñas o grandes) que separan a las personas de esa línea de pobreza indicada por un ingreso determinado. Además, la privación no sólo se refleja en los ingresos, por tanto si únicamen-te éstos son tomados para el análisis, pueden ignorarse otras variables que evidencien priva-ción, como las propias capacidades personales para utilizar los ingresos.21

 

Aún más, los métodos tradicionales de me-dición de la pobreza —incluso en su aplicación combinada— hacen difícil captar situaciones

 

 

 

  “Algunas veces [problemas como] la edad, la inca-pacidad o la enfermedad, reducen la capacidad de uno para obtener ingresos y pueden también dificultar la conversión de ingresos en capacidades. Es frecuente que una alta proporción de pobres en los países desa-rrollados sufran estos problemas y la extensión de la pobreza en dichos países se infravalora sustancialmen-te, dado que se sobrevalora los ingresos obtenidos y los ingresos utilizados en la generación de capacidades. […] Las desventajas en la utilización de los ingresos pueden agravar sustancialmente el característico bajo poder adquisitivo de determinadas personas afectadas por desventajas”. A. Sen, ob. cit., 1995, p. 130.

 

La pobreza y las nuevas condiciones de desigualdad social   325

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

coyunturales de pobreza.22 La concepción de la pobreza es más amplia que sus aspectos es-trictamente económicos y de insatisfacción de necesidades básicas; ella incluye también la in-capacidad de acceder a bienes, servicios, dere-chos y actividades que constituyen la base del ejercicio de la ciudadanía y cuya inaccesibili-dad está marcada muchas veces por problemas tales como la discriminación étnica y de géne-ro, así como la explotación de menores. En tal sentido, la superación de la pobreza está liga-da indefectiblemente al logro de niveles acep-tables de integración y participación social y por tanto a la equidad de la estructura social.

 

Hasta la crisis del Estado de bienestar pe-riférico y de la idea de progreso ascendente, se pensaba que la pobreza sería superada en la medida en que los países subdesarrollados adoptaran las políticas de crecimiento e in-dustrialización de los países desarrollados, considerándose que las necesidades serían sa-tisfechas a través del crecimiento económico. Esta visión lineal del progreso se ha visto fuer-

 

 

 

  “Ellos no rinden cuenta de los riesgos de la vulnera-bilidad, de los peligros de la precariedad, de la pobreza coyuntural, de la exasperación de la pobreza que es la miseria y de la derivación en la exclusión estructural”. D. David, ob. cit., 1994a, p. 42.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

temente erosionada por los cambios económi-cos, sociales y políticos a nivel mundial.23

 

Las respuestas de los gobiernos en el marco de la aplicación de programas de ajuste estruc-tural severos han sido políticas sociales más de tipo compensatorio que orientadas de manera efectiva a superar la pobreza, pues tal supera-ción requiere la formulación de un proyecto de largo plazo dirigido a modificar las bases es-tructurales de la misma, “en particular aquellas ligadas al acceso a los recursos productivos, la valorización de los recursos humanos, la orga-nización social [y la participación de los sec-tores interesados] y los lazos de solidaridad”.24

 

En América Latina los programas de ajuste estructural aplicados durante los años ochenta tuvieron un muy alto costo social. Si bien se han recuperado niveles de crecimiento eco-nómico, éstos no han conseguido generar un nivel de empleo suficiente ni lograr niveles ma-

 

 

 

  Una breve síntesis de este cambio de visión sobre el progreso puede verse en F. Calderón y A. Szmukler, “El progreso como una forma de vida: ¿se puede medir el progreso? Apuntes sobre el Desarrollo Humano Soste-nible”, Confama, Medellín, 1995.

 

  D. David, “Les politiques de lutte contre la pauvre-té dans les pays en développement” en Le Courrier Nº 143, Bruselas, 1994b, p. 60.

 

326        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

yores de equidad en la distribución del ingre-so. Por otra parte, algunos grupos se han visto más perjudicados: ha aumentado el porcentaje de niños y adolescentes trabajadores y la mu-jer es discriminada en el mercado laboral al tiempo que se elevó el porcentaje de mujeres jefas de hogar.

 

Simultáneamente, el gasto social —como mecanismo redistribuidor de ingresos desde el Estado para aliviar niveles de pobreza y des-igualdad— se ha ido focalizando, logrando una cierta orientación progresiva cuando se exclu-yen los gastos en seguridad social que en casi todos los países se han incrementado e inciden de manera regresiva en la distribución global del gasto social.25

 

La focalización del gasto social parece haber sido vista como una tabla de salvación de los gobiernos para aliviar niveles de pobreza con el objetivo de superar una noción asistencialista de las políticas sociales. La focalización impli-ca racionalizar el gasto priorizando problemas y poblaciones específicas con el fin de favore-cer a quienes realmente lo necesitan dada la escasez de recursos. En tal sentido, se apunta

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

a determinar correctamente la población-meta así como a promover la participación de dicha población en la planificación y propuestas de políticas sociales. Por otra parte, ha intentado ser una respuesta frente a la segmentación so-cial provocada por los procesos de moderniza-ción y ajuste estructural en la región.26 Empero, ¿la focalización ha beneficiado efectivamente a los más pobres de los pobres?; ¿ha sido real-mente un nuevo tipo de respuesta o se ha tra-tado de una racionalización del asistencialismo en la medida en que no atacaría de manera di-recta las raíces estructurales de la pobreza?

 

A pesar de los esfuerzos de los gobiernos, en lo fundamental los resultados de la foca-lización no parecen haber redundado en una disminución eficaz de la pobreza porque las políticas sociales focalizadas tampoco se orientarían a resolver problemas estructura-les, manteniendo su carácter compensatorio. La aplicación de políticas focalizadas parece haber servido como mecanismo de legitima-ción de los programas de ajuste estructural, aliviando sus altos costos sociales en los gru-pos poblacionales que más los han sufrido. Esta sería la “otra cara” de la focalización, que

 

 

  CEPAL, “El gasto social en América Latina: un exa-men cuantitativo y cualitativo”, en Cuadernos de la CEPAL Nº 73, Santiago de Chile, 1994.

 

 

  CEPAL, “Focalización y pobreza” en Cuadernos de la CEPAL Nº 71, Santiago de Chile, 1995.

 

 

La pobreza y las nuevas condiciones de desigualdad social   327

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

aparecería como respuesta frente a la pobreza de parte de grupos privilegiados que preferi-rían implementar estas políticas en lugar de revertir las tendencias regresivas de la distri-bución del ingreso. Otro problema de este tipo de políticas sería que muchas veces no llegan efectivamente a los sectores pobres más vul-nerables, generándose una distancia entre efi-ciencia económica y eficacia social difícil de resolver. Además, a pesar de los esfuerzos por lograr una mayor participación de los secto-res interesados, en la práctica la misma habría sido escasa porque, entre otras razones, estos sectores no tienen capacidad organizativa para ejercer presión.

 

¿Puede la focalización de las políticas socia-les actuar de manera efectiva sobre los com-plejos problemas de diferenciación social o se trata de una aproximación insuficiente desde la política a la complejidad de los procesos de modernización y a los problemas claves de la estructura social, como la existencia de altos niveles de inequidad que profundizan los nive-les de pobreza?

 

De acuerdo a la CEPAL (1995), entre 1990 y 1994 la lucha contra la pobreza en la región alcanzó éxitos moderados; si bien algunos paí-ses obtuvieron más logros que otros, ninguno alcanzó a reducir los niveles de pobreza de los

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

años setenta. Los escasos resultados se debe-rían a la desigual distribución de los costos so-ciales del ajuste y a la falta de modificación de la distribución del ingreso. Esta situación no sólo ha afectado a los más pobres de los pobres sino también a sectores medios que se han ido pauperizando debido a los programas de priva-tización de empresas públicas y al achicamien-to del aparato estatal.27 Uno de los problemas clave es el de la desocupación y la precariedad del empleo que afecta principalmente a los más pobres por su baja calificación y porque la pér-dida de un salario en estos hogares modifica sustancialmente su situación. Este caso se pro-duce a pesar del crecimiento del PIB, lo cual desmentiría la afirmación de que a mayor cre-cimiento económico menor nivel de pobreza, al menos en el plano de la ocupación laboral; y esto sería así porque la estructura ocupacional se va modificando, afectándose principalmente a los sectores más desfavorecidos y con menor nivel de educación.

 

 

 

  Estos sectores medios viven un proceso de paupe-rización, si bien conservan una infraestructura básica heredada de su situación anterior, pero viendo actual-mente limitado el acceso a servicios públicos. BID-PNUD, Reforma social y pobreza. Hacia una agenda integrada de desarrollo, New York, 1993.

 

328        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La cuestión es: ¿qué resultados habrá en términos de sostenibilidad de la propia socie-dad en el largo plazo, de persistir los proce-sos de diferenciación social y funcional que complejizan la estructura social?

 

Esto plantea la necesidad de nuevas trans-formaciones en las relaciones entre socie-dad, Estado y economía, al menos en tres perspectivas. En primer lugar, dados los pro-cesos de globalización económica, los Esta-dos nacionales deberían promover políticas de integración nacional impulsados por la búsqueda de una competitividad sistémica. En segundo lugar, dadas las características predominantes de una economía de merca-do, los Estados deberían promover procesos de integración social eliminando las barreras sociales del acceso al mercado, impulsando una cultura de solidaridad y coadyuvando a

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

la constitución de un sistema de actores so-ciales donde los más excluidos puedan trans-formar sus necesidades en demandas que se expresen e interactúen en el sistema político de toma de decisiones, asegurando así la co-hesión social de las naciones. En tercer lugar, el mismo funcionamiento estatal tendría que subordinarse al funcionamiento del régimen democrático y a la búsqueda de una política que demande una mayor cooperación y par-ticipación de los ciudadanos. Ciertamente, esto también supone una nueva lógica insti-tucional que se construya sobre una red de instituciones de derecho público que asegu-re también el funcionamiento del mercado, pero que a la vez permita expandir la repro-ducción y ampliación constante de una cul-tura de la civilidad como principal garantía y sostenibilidad de su funcionamiento.

 

Gobernabilidad, competitividad e integración social*

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En este artículo se busca fundamentar un enfoque que integre la gobernabilidad po-lítica, la competitividad económica y la inte-gración social como variables interdependien-tes. Para ello se examinan las posibilidades de que la sociedad latinoamericana logre a la vez acrecentar su capacidad de autogobierno democrático, mejorar su competitividad eco-nómica y enfrentar los principales problemas de exclusión social y pobreza, ya que de no ha-cerlo la región tendrá más dificultad para estar presente en el concierto de naciones democrá-

 

 

  Publicado originalmente en la Revista de la CEPAL Nº57, 1995.

 

  El presente artículo es parte de un estudio en cur-so sobre gobernabilidad, competitividad e integración social en Bolivia, que realizan CERES-CEDLA en el marco de un estudio comparativo a nivel regional sobre “Estrategias de gobernabilidad en la crisis”, impulsado por el programa CLACSO-PNUD-UNESCO. El autor agradece a Gerardo Berthin y Antonio Vigilante por sus comentarios.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ticas y modernas. Para analizar la evolución de tales variables con una visión sistémica se pasa revista separadamente a cada una de ellas y luego se intenta construir un esquema inte-ractivo de sus relaciones recíprocas, teniendo en cuenta las condiciones económicas y cultu-rales para el crecimiento de la productividad y la necesidad de una matriz social y política que dé sentido al conjunto de variables. Este análi-sis muestra la emergencia de una nueva lógica del conflicto, que ya no se da entre el Estado y los distintos actores sociales y políticos, sino respecto de la dirección cultural de la gober-nabilidad, la competitividad y la integración social; ya no está en tela de juicio la necesidad de la concurrencia simultánea de los factores del desarrollo, sino sus posibles orientaciones y sesgos políticos y culturales. Se concluye por último que para encauzar este nuevo tipo de conflictos se requiere tanto un consenso previo respecto de algunos metavalores que permita a las partes negociar y confrontar argumentos

 

330        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

en un lenguaje común, como una reforma polí-tica que incluya un sistema claro y eficiente de sanciones para las partes que no respeten los términos convenidos.

 

 

I. Una hipótesis experimental

 

América Latina, en su multiplicidad de expe-riencias, parece estar viviendo el fin de una coyuntura de ajuste económico con resultados más bien inciertos, pues nadie está seguro de que las políticas antiinflacionarias y los proce-sos de ajuste fiscal llevados a cabo constituyan una garantía de reconversión económica, equi-dad social y consolidación democrática.

 

Por el contrario, si bien se lograron impor-tantes avances en el plano de la estabilidad económica e incluso en los niveles de expor-tación, los resultados en los ámbitos sociales y políticos dejan mucho que desear, ya que los procesos de inflación y ajuste significaron ma-yor inequidad social y altos costos políticos en la construcción de la democracia.

 

Para el análisis de estos procesos parece pertinente buscar un enfoque integral e inter-dependiente de ellos, pues una visión mera-mente economicista, politicista o sociologista conlleva fuertes limitaciones para comprender

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

la coyuntura vivida y más aún para proponer opciones con miras al nuevo período que le to-cará vivir a la región. Respetando las particula-ridades disciplinarias, se intentará realizar aquí un análisis conceptual de las tres variables in-terdependientes señaladas, las que son impor-tantes para comprender el desarrollo latinoa-mericano: la gobernabilidad, la competitividad y la integración social.

 

Para extraer lo positivo de las particulares experiencias nacionales es importante conocer las distintas situaciones límites que han vivido y viven los países de la región: por ejemplo, los efectos políticos y económicos perversos que sufrió Venezuela como resultado de polí-ticas sociales fracasadas; o la combinación de complejos factores económicos que en México afectan la estabilidad económica y agudizan los procesos de exclusión social y política; o inclu-so el riesgo de que en Chile los avances econó-micos se vean perjudicados por los conflictos éticos y políticos no resueltos por el proceso de transición chileno. Es pues en este marco que se formulan las siguientes reflexiones con-ceptuales, a partir de la experiencia de Bolivia.

 

¿Es posible que, dadas las tendencias polí-ticas y socioeconómicas actuales, la sociedad latinoamericana acreciente su capacidad de autogobierno democrático, eleve considerable-

 

Gobernabilidad, competitividad e integración social  331

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

mente su competitividad económica y enfrente de verdad los principales problemas de exclu-sión social y pobreza? ¿O seguirán las socieda-des latinoamericanas cumpliendo la profecía “sisífica” que, en sus momentos de angustia, no dejaba dormir a Bolívar?

 

Varios estudios a nivel nacional y regional muestran que se ha avanzado en algunos as-pectos de la gobernabilidad política, un poco también en materia de competitividad y casi nada en aspectos de la integración social vin-culados al mejoramiento sustantivo de algunos indicadores básicos de desarrollo social y so-bre todo a la creación de un sistema de actores sociales autónomos con capacidad de negociar e influir en la dinámica de la competitividad y la democratización. Si esta situación persiste, América Latina no podrá estar presente en el mundo moderno.

 

Según la hipótesis que orienta este análisis, para comprender la evolución de estas varia-bles no basta con cierta racionalidad particu-larista; es imprescindible aplicar una lógica sinérgica y sistémica a la interacción de ellas. Esto no significa que todo se tenga que hacer de una sola vez; por el contrario, el enfoque sistémico supone una estrategia, con etapas, procesos, límites y evaluaciones críticas. Toda acción en alguno de los ámbitos señalados

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

tiende a afectar a los otros de manera positiva, negativa o ambigua, de modo que la estrategia también supone cálculos, riesgos y decisiones.

 

En este artículo se hace un examen concep-tual de la gobernabilidad, la competitividad y la integración social, y luego se intenta construir una especie de “modelo interactivo”, buscando las posibles relaciones entre estas variables, para plantear por último, de manera prelimi-nar, la emergencia de una nueva lógica del con-flicto e insinuar la necesidad de una reforma política en la región.

 

 

II. Política y gobernabilidad

 

Las sociedades contemporáneas enfrentan una hiperaceleración del tiempo político. En estas circunstancias, se requiere una aproximación política que reduzca la incertidumbre y busque lo deseable en función de lo posible, pero ba-sándose en valores que vinculen de manera fe-cunda la democracia, la reestructuración eco-nómica y la integración social.

 

Es fundamental, por lo tanto, llegar a un nuevo enfoque de lo posible, considerando las posibilidades de estructuración, elabora-ción y sincronización del tiempo de la políti-ca. La búsqueda de lo mejor posible en todos

 

332        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

los planos de la vida económica y social es un trabajo con el tiempo político. Incluye, por ejemplo, superar la pesada carga de la cultura política latinoamericana, que confunde lo ur-gente con lo necesario, el corto plazo con un futuro infinito.

 

En esta perspectiva la política podría enten-derse como un sistema de relaciones que bus-caría reducir la incertidumbre y mediar entre intereses contrapuestos a través de un siste-ma de decisiones y autoridad adecuadamente instrumentado, y democrático. Desde luego, se trata de valores construidos en oposición a un nuevo poder tecnocrático, consumista e im-personal, sobre todo en medio de tendencias a la crisis de los sistemas de representación y acción política. En este ámbito, para que el “go-bierno de la política” sea efectivo y legítimo es necesario que la sociedad en sus distintos ám-bitos y niveles conozca sus opciones y las con-secuencias de determinadas acciones políticas, sociales o económicas, y sobre todo que pueda decidir si tales consecuencias son deseables o no. Al respecto, hemos supuesto que la bús-queda de la socialización y transparencia de la política no sólo introducirá elementos raciona-lizadores y críticos en la política, la economía y la sociedad, sino también que fortalecerá la responsabilidad social y ética de la política.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el corazón de tales dinámicas se halla el tema de la gobernabilidad. Esta no es sólo un recurso para reducir las tendencias duras de la incertidumbre, sino también un impulso para pensar, inventar, ponderar y descubrir lo que es posible, probable y preferible; es una fuerza de lo político que trabaja con el realismo, pero que no sólo exige capacidad de adaptación a la realidad, sino que debe ser tomada en cuenta para cambiar esa realidad con arreglo a valores de libertad y equidad.

 

La gobernabilidad en este sentido está re-ferida a la capacidad política de una sociedad y debe ser vista como una construcción de la política, construcción que supone un conjunto de acciones asociadas a la formación de un sis-tema de relaciones políticas que implican po-der, mando y autoridad. La cuestión reside en la forma en que los actores se paran frente al sistema político. Pero si bien la gobernabilidad en general está referida a la construcción de un orden, la gobernabilidad democrática está referida a la construcción de un orden institu-cional, plural, conflictivo y abierto.

 

El concepto de gobernabilidad no es un con-cepto teórico desarrollado: más bien ha ser-vido para describir situaciones y coyunturas muy precisas. En la ciencia política estadouni-dense, la gobernabilidad ha sido utilizada prin-

 

Gobernabilidad, competitividad e integración social  333

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

cipalmente en su acepción más restringida de calidad de la gestión de gobierno. En sus orí-genes, en los años de la posguerra, el concepto estuvo asociado a la inestabilidad económica.1 Posteriormente Crozier, Huntington y Wa-tanaki (1975) desarrollaron el concepto en relación con la crisis de la política. Para ellos, la  participación  política  ha  generado  una disgregación de intereses y un exceso de de-mandas que el sistema político no es capaz de procesar; en este sentido, la gobernabilidad sería la capacidad de procesar tales conflic-tos. Estos autores, sin embargo, no analizan si esa expansión de conflictos no procesables es resultado de la propia expansión del desa-

rrollo capitalista.

 

Desde el punto de vista de la sociología crítica, Claus Offe (1982) ve la gobernabili-dad como un límite de la dinámica capitalista respecto de la integración social: los proce-sos de acumulación sin regulación política producen ingobernabilidad, y en el régimen capitalista existiría una tendencia inercial hacia la ingobernabilidad.

 

 

 

  Por ejemplo, véase Denis (s/f). En su célebre Dic-cionario de ciencia política, Norberto Bobbio (1987) entiende la gobernabilidad como el resultado de nego-ciaciones entre liberales y demócratas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En América Latina el concepto de goberna-bilidad tiene una trayectoria menos elaborada y diversa y muy a menudo confundida con la noción de estabilidad política. Sin embargo, ha habido algunos avances. Por ejemplo, un proyecto del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) sobre estrate-gias de gobernabilidad en la crisis contrasta la gobernabilidad con la ingobernabilidad. Esta última se podría producir, de una parte, por el comportamiento errático de actores econó-micos empresariales que pueden “romper” los umbrales mínimos del funcionamiento eco-nómico o de la denominada gobernabilidad sistémica, y de otra parte, por una mayor des-integración y exclusión social en los sectores populares urbanos. Más recientemente, Ma-rio dos Santos y Marcela Natalicchio (1993) esclarecen una cierta visión ambigua de la gobernabilidad, afirmando: “Buen gobierno (governance) quiere decir buen desempeño gubernamental en el sentido de sensibilidad frente a las demandas y eficiencia adminis-trativa y gerencial. También transparencia y accountability (responsabilidad ante la so-ciedad por los actos del gobierno); en cambio, gobernabilidad es una situación de los siste-mas complejos que supone la autorreproduc-ción del sistema”.

 

334        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Con un enfoque más centrado en los temas del desarrollo, en sus informes sobre desarro-llo humano el PNUD reclama como condición para tal desarrollo un pacto o compromiso político directamente asociado a una mayor participación popular descentralizada (“go-bernamiento”). En un informe reciente sobre gobernabilidad en América Latina, un grupo de analistas patrocinado por dicha institución afirma que “la gobernabilidad democrática precisa la construcción paciente y progresiva de acuerdos mínimos; el esfuerzo para volver más convergentes los intereses; la creatividad para subordinar lo que divide a lo que une. En suma, reside en una adecuada organización de la política y de la participación” (PNUD, 1993 y 1994b).

 

El Banco Mundial también ha difundido este debate: por ejemplo, Edgardo Boeninger ha vin-culado la gobernabilidad con la capacidad de los gobiernos para ejercer autoridad, resolver problemas e implementar políticas, lo que ade-más implicaría un fortalecimiento institucional público y privado (Banco Mundial, 1991). Án-gel Flisfisch (1989), en una visión más teórica, ha relacionado la gobernabilidad con un nuevo tipo de enfoque de la dinámica del desarrollo económico, esto último fuertemente influido por la noción de “estrategia de navegación con-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

tra el viento”, de Albert Hirschman. También se han realizado en la región algunos estudios políticos que vinculan la temática electoral con la gobernabilidad (Trinidade, 1991).

 

En Bolivia, René Mayorga (1992) ha compi-lado un texto sobre gobernabilidad centrado en los problemas del régimen democrático.2 La Vicepresidencia de la República, con la colabo-ración del PNUD, ha elaborado un programa de gobernabilidad centrado tanto en aspectos de buen gobierno como de gobernabilidad propia-mente dicha. Posiblemente éste es uno de los proyectos más novedosos surgidos en la región para modernizar y legitimar el Estado.

 

Reconociendo la importancia de la concep-tualización de la gobernabilidad y de los avan-ces y problemas que ella implica, planteamos aquí que la noción de gobernabilidad está aso-ciada a una capacidad mínima de gestión efi-caz y eficiente y de autoridad que tendría que tener el Poder Ejecutivo frente a los otros po-deres del Estado y a la sociedad misma. En un sentido más amplio, la gobernabilidad supone además la calidad democrática del gobierno,

 

 

 

  Más recientemente, como resultado de varios de estos esfuerzos, se ha publicado una interesante y polé-mica compilación titulada Buen gobierno para el desa-rrollo humano (Toranzo, 1994).

 

Gobernabilidad, competitividad e integración social  335

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

por el logro de cierto consenso societal en la formulación de políticas y la resolución de pro-blemas con miras a avanzar significativamente en el desarrollo económico y la integración so-cial; en esencia, de lo que se trata es de elevar la calidad del gobierno mediante el incremento de la capacidad de autogobierno de la propia sociedad.

 

 

  Ethos empresarial y competitividad

 

La competitividad a la que nos referimos aquí es, en principio, la que Fernando Fajnzylber (1983) denominó “competitividad auténtica”. Según este autor, para lograrla sería esencial reforzar la capacidad interna de creación in-dustrial asociada con una participación cre-ciente de los agentes de la producción y del conocimiento: en definitiva, se trataría de crear un núcleo endógeno de crecimiento tecnológi-co. Más adelante, la CEPAL desarrolló y pro-fundizó estos conceptos (CEPAL, 1990; 1992a y b; 1994a y b). Este enfoque de la competitivi-dad, sin embargo tiene una limitación: falta en él el análisis de elementos estatales, políticos e históricos de gobernabilidad y consenso, ade-más del de las dinámicas culturales. En reali-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

dad, la noción de conflicto y comunicación en-tre los actores y la de ethos empresarial, que son aspectos decisorios de la competitividad y de la construcción de un núcleo endógeno de desarrollo, están ausentes o reciben un trata-miento por ahora restringido en el renovado pensamiento cepalino.

 

En América Latina existe una suerte de cul-tura autorreferida que provoca el desencuentro y la incomunicación entre los distintos actores sociales, así como también una fuerte indife-renciación de roles, propia de los sistemas pa-trimonialistas corporativos que han limitado históricamente las posibilidades de desarrollo de un ethos empresarial expansivo y de una competitividad auténtica. La misma lógica del conflicto social ha sido históricamente distor-sionada y reducida a un conflicto entre el Esta-do y el trabajo y no a un sistema de relaciones sociales y acciones colectivas diversas y com-plejas (Calderón y Dos Santos, 1995).

 

Como lo ha señalado la CEPAL, lo que se ne-cesita es lograr un crecimiento económico ba-sado en una lógica endógena que promueva la incorporación de tecnología y el uso renovable de los recursos humanos y no en el abuso de la fuerza de trabajo y en la explotación indiscri-minada de los recursos naturales. No obstan-te, yendo más allá de una lógica estrictamente

 

336        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

económica, la competitividad también depen-de de la capacidad de gestión empresarial, tan-to para el funcionamiento racional moderno de una empresa a nivel nacional como para el desarrollo de estrategias de globalización a ni-vel internacional.3

 

Michel Porter (1991: 543 y ss.), con una perspectiva funcionalista y a partir de la em-presa, ha descrito la competitividad como un proceso dinámico en el cual la innovación es una constante significativa para la elaboración de nuevos productos, nuevos tipos de mer-cado y nuevos procesos de producción. Este proceso implica además la conjugación de una serie de subsistemas vinculados a fuerzas y

 

 

 

  Investigaciones recientes parecen demostrar la importancia de una cierta relación positiva investiga-ción-desarrollo (ID) entre los países industrializados y los países en desarrollo. “Los resultados sugieren que mayor será la productividad total de los factores de un país en desarrollo cuanto mayor sea la masa de capital de ID de sus contrapartes comerciales —que se utiliza como sustituto de la masa de conocimientos incorpo-rada en la composición del comercio del país—, cuan-to más abierto esté el comercio extranjero con países industriales y cuanto más capacitada esté su fuerza de trabajo” (FMI, 1995, p. 55). En este sentido parecería

 

importante explorar el grado de beneficio marginal que puede producirse en un núcleo endógeno por efectos de la ID extranjera.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

objetivos nacionales, instrumentos guberna-mentales, ambientes competitivos, decisiones estratégicas, aprendizaje constante y sobre todo capacidad productiva y de apoyo a nivel nacional. Y por ende la búsqueda de ventajas competitivas. Tales ventajas competitivas su-ponen un conjunto de condiciones que permi-tirán a una nación desarrollarse sobre la base de sus factores productivos, mediante motiva-ciones positivas conjuntas en las relaciones obrero-patronales, competencia interna, incre-mento de calidad de la demanda y capacidad para crear nuevas empresas. En definitiva, en el enfoque de Porter la competitividad parece descansar en la calidad del comportamiento socio-empresarial de una sociedad. Quizás la crítica más sustantiva a tal visión es el carácter evolucionista y teleológico típico de este tipo de pensamiento, que ve el conflicto y la histori-cidad sólo como anomalías.

 

En todo caso, de lo que se trata aquí es de asumir una lógica más amplia, en la que la cuestión fundamental no sea saber si la econo-mía funciona a partir de una dinámica estatal o una privada, sino saber si existe una dinámica empresarial que abarque el conjunto de la so-ciedad; es decir, si existe un sistema de relacio-nes entre los distintos actores e instituciones que, sobre la base de argumentos y acciones

 

Gobernabilidad, competitividad e integración social  337

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

racionales y con el riesgo y la flexibilidad na-turales del mundo moderno, tenga metas com-partidas y negociadas, lo que es tan válido para una empresa como para un partido político. En esta lógica no es posible una competitividad auténtica a nivel nacional si conviven empre-sas modernas con partidos tradicionales.

 

Fajnzylber comenzó a hacer explícita esta lógica al señalar: “La inserción internacional implica un cambio institucional de gran enver-gadura, a nivel de empresa, a nivel de las rela-ciones entre empresarios y trabajadores, entre el gobierno y los empresarios, entre el gobierno y los trabajadores, los gobiernos regionales, a nivel del sistema político, a nivel de las relacio-nes de convivencia. Por consiguiente abrir una economía es mucho más que bajar aranceles. Es introducirse a una nueva forma de funcio-nar económica, social y políticamente”.4

 

Sin embargo, es fundamental reforzar este tipo de pensamiento en una lógica globalizada. Manuel Castells, luego de múltiples estudios, concluye que emerge una nueva división inter-nacional del trabajo determinada por la mayor competitividad de las empresas, en la cual las empresas y los Estados, si no quieren perecer,

 

 

 

4 Citado por Lahera, Ottone y Rosales, 1995.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

tienden a operar en un horizonte internacional de mercados y de insumos. En este proceso la competitividad y por ende la tecnología, espe-cialmente de información, determinaría los ni-veles y modos de vida de la población, la popu-laridad de los gobiernos y la gobernabilidad de las sociedades. Estaría surgiendo un dinamis-mo societal basado en el papel estratégico del conocimiento, el aumento de la flexibilidad del sistema y el paso de grandes empresas centrali-zadas a redes descentralizadas compuestas por múltiples formas y tamaños de organización. Estas redes constituirán la forma organizacio-nal emergente en el nuevo orden mundial. Para Castells, las sociedades estarían fundamental-mente constituidas por flujos de información entre redes de organizaciones e instituciones. Así, el proceso de transición histórica hacia la economía informacional estaría dominado por la existencia de una economía global y redes de información mundial, y por otra parte, de sociedades civiles nacionalistas, de culturas comunitaristas y de Estados cada vez más pres-cindibles (Castells, 1988, 1989 y 1995).

 

Es fundamental entonces la generalización de un amplio ethos empresarial que disminuya la lógica consumista, rentista y de prebendas de los empresarios y de buena parte de las so-ciedades latinoamericanas, en virtud de una

 

338        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ética de responsabilidades modernas vincula-das a la expansión productiva, el mejoramiento de la calidad nacional de la demanda y una aus-teridad cotidiana coherente con las caracterís-ticas sociales, productivas y culturales de estos países. Con lo dicho no se pretende imponer un comportamiento productivista ni distribu-cionista, sino convencer de que el desarrollo de una competitividad auténtica favorecerá más sólidamente los intereses particulares y generales en su conjunto. En definitiva, aquí se argumenta que una expansión productiva fuertemente vinculada al mercado externo sólo puede descansar en un amplio sentido de cohe-sión y participación nacional. Es curioso com-probar que a menudo mientras más pobre es un país, más dispendiosas y consumistas son sus elites sociales y políticas.

 

 

IV. Sociedad e integración social

 

La integración social es uno de los conceptos más clásicos y ricos de la sociología. Se originó a fines del siglo pasado como consecuencia de las “anomalías” o distorsiones, sin mecanismos de control social, que llegó a producir en la so-ciedad tradicional o comunitaria el proceso de industrialización.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La sociología se empezó a preguntar por las condiciones en que se reproducen y crean el orden y la unidad societal. Las distintas co-rrientes sociológicas respondieron según sus propios condicionamientos históricos. Para los europeos los patrones de integración social es-taban vinculados a los procesos de institucio-nalización de los conflictos y al desarrollo de nuevas formas de solidaridad orgánica; para los estadounidenses, al poder de las instituciones políticas y judiciales y a la fuerza integrativa de una migración colonizadora; para la Unión Soviética, a la ideología política y participativa de la revolución de octubre y del partido comu-nista. Para los latinoamericanos, sobre todo en el período de la posguerra, al papel articulador e integrador de la hacienda y a la persistencia de un patrón intrasocietal patrimonialista y de clientela. Más adelante, el populismo o los regí-menes nacional-populares fueron las formas de organización de la integración social.

 

Claro está que estos diversos patrones de re-gulación social involucraban la acción de agen-tes de control social para la mantención de modos específicos de dominación, expresados en espacios institucionales y normativos muy concretos. Pero también reproducían formas de relación social y lazos sociales diversos. Por lo demás, cualquier forma de integración supo-

 

Gobernabilidad, competitividad e integración social  339

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ne relaciones sociales diferenciadas, conflicti- la integración social, la reproducción cultural vas y jerárquicas. En todo caso, en buena parte y la socialización. Quizá precisamente por eso de tales patrones predominaba una sensación los problemas más significativos de la sociedad de autorreproducción del control social. contemporánea se refieren a la calidad de vida. La noción del conflicto interno y su evolu- Un estudio reciente del PNUD señala que en ción fue periférica. Sólo más adelante la so- los últimos cinco años más del 70% de los con-ciología crítica empezó a demostrar la persis- flictos se desarrollaron al interior de los países, tencia de una crisis entre la evolución de las produciendo en general un mayor deterioro nuevas dinámicas productivas y de consumo de la cotidianeidad en los distintos planos de y la integración social. Alain Touraine (1973: la vida social. Tal informe menciona también 113 y 192) ha hecho hincapié en la idea de un que tiende a disminuir la importancia de los cambio en el tipo de dominación, por el cual conflictos entre países; asimismo, afirma que las relaciones tenderían a dejar de basarse en el debilitamiento de la trama social constituye la explotación del trabajo, haciéndolo más bien un problema central para todos los países ricos en la manipulación de la demanda, el deterioro y pobres del mundo, aunque tal debilitamiento de las condiciones de vida, y el acaparamiento adopta formas y niveles distintos según el tipo de los recursos y de la capacidad de decisión; de sociedad de que se trate (PNUD, 1994a). con esto cambiaría la lógica de la protesta y de En un nivel teórico, Jürgen Habermas (1973) la integración social misma. piensa que la crisis está asociada a experien-Los conflictos derivados de cambios en la so- cias de cambio en las estructuras del patrimo-ciedad —como el proceso de reestructuración nio sistémico de una sociedad y a la percepción y el incremento de la competitividad, la hipe- de que se amenaza su identidad; en otras pala-raceleración del tiempo político, los procesos bras, que una sociedad está en crisis de inte-consiguientes de concentración de decisiones gración cuando las nuevas generaciones ya no y la emergencia de nuevos tipos de protesta se reconocen en un orden normativo que an-(por lo demás no tan ajenos a América Latina) tes tuvo carácter constitutivo. Además, señala ante temas éticos, de consumo, étnico-cultura- que es importante averiguar en qué momento les, de género, religiosos, localistas y otros—, se producen problemas de autogobierno, pues están surgiendo como nunca en los ámbitos de ahí se conecta la integración social con la sis-

 

340        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

témica. Para Habermas, la integración social está referida a sistemas de instituciones “en que se socializan sujetos hablantes y actuantes; los sistemas de sociedad aparecen aquí con el aspecto de un mundo-de-vida, estructurado por medio de símbolos”, mientras que la inte-gración sistémica se refiere a rendimientos de autogobierno específicos de un sistema auto-rregulado (Habermas, 1973).

 

En las actuales condiciones sociohistóricas de América Latina, es posible adecuar la no-ción de integración social a la capacidad de una sociedad de construir una ciudadanía activa, eliminar las barreras de discriminación en el mercado y difundir una cultura de solidaridad.

 

La ciudadanía, si bien es individual, supone una cierta pertenencia comunitaria a través de la cual el individuo se va desarrollando y autodeterminando. El individuo es parte de una colectividad política nacional en la cual recrea su identidad en el ámbito de las insti-tuciones políticas reconocidas. La ciudadanía también está directamente asociada a la equi-dad social y por ende al derecho de igualdad de oportunidades, que en las circunstancias históricas actuales supone una socialización creciente del conocimiento científico y tec-nológico. En estas condiciones la ciudadanía está vinculada al autogobierno de la sociedad,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

con un ejercicio político electivo y delegativo en el cual las diferentes clases y grupos cul-turales o regionales necesariamente tienen que asumirse como ciudadanos para que la democracia realmente funcione. Esta última supone el reconocimiento de los derechos del “otro”, diferente de uno mismo, sea éste indi-viduo o grupo, y también supone una autono-mía de los actores respecto del Estado.

 

El mercado refleja una relación social que implica igualdad de oportunidades de trabajo y de producción que hace funcionales los pro-cesos de competencia y de movilidad social. No implica la persistencia de mecanismos de discriminación que limitan la capacidad inte-gradora del mercado para construir tanto una demanda societal idónea como una estructura de la oferta que no sea distorsionada ni poco competitiva. Los mecanismos de movilidad so-cial tienen que organizarse en función de las capacidades, esfuerzos e igualdad de oportuni-dades para competir en los mercados, y contar con canales de movilidad social abiertos que refuercen la integración. Los ciudadanos tam-bién son consumidores.

 

La cultura de la solidaridad está vinculada a la calidad de la trama social de una determina-da colectividad, a los lazos de reciprocidad en-tre sus miembros y a la capacidad de enfrentar

 

Gobernabilidad, competitividad e integración social  341

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

problemas y metas comunes. En casos como el de Bolivia el papel de las estructuras familiares diversificadas, las comunidades y las unidades empresariales en pequeña escala representa im-portantes experiencias solidarias. La cultura de la solidaridad vincula los intereses particulares con los públicos y se refiere a la capacidad de las sociedades para conciliar la competitividad auténtica con una gobernabilidad progresiva. Tal vinculación supone el logro de un “bien co-mún” de una sociedad. En este proceso la cues-tión de la pobreza no es una categoría social his-tórica, sino el producto de relaciones sociales excluyentes. En muchos informes nacionales e internacionales se suele despojar a la pobreza de su dimensión tanto ética como sociológica y transformarla en un paisaje estadístico sin pro-ducción de sentido. Desde el ángulo de la inte-gración social, el problema de la pobreza es ante todo uno de juicio sobre las relaciones sociales.

 

En la política latinoamericana existe una fuerte tradición jerárquica, plasmada en un pa-trón de sociabilidad que limita la construcción de un principio de equidad que le dé al “otro” distinto de “uno” la condición de sujeto con in-tereses válidos y derechos legítimos. La com-petitividad espuria está íntimamente asociada con esa tradición. En realidad, se trata de un imaginario societal que entiende a la pobreza

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

como una marca de inferioridad y que desva-loriza el ejercicio de los derechos individuales. Para tal tradición política el pobre no existe como ciudadano, sino como una figura plena de atributos inferiores, carente y desprotegido, que debe ser atendida por la filantropía privada, la tutela estatal o la cooperación internacional.

 

La concepción más generalizada de la pobre-za está fuertemente ligada al modo en que se niegan los derechos en la trama de las relacio-nes sociales. Y la superación de la pobreza está vinculada por una parte a la capacidad de la so-ciedad y de los mismos pobres de transformar sus necesidades en demandas que interactúen en el sistema político y, por otra, a una expan-sión de la cultura de la solidaridad.

 

En este sentido, la conquista de la ciudada-nía constituye el impulso vital hacia la inte-gración social. Envuelve políticas y acciones societales que cambien progresivamente el panorama social y, sobre todo, un tratamiento público del problema y su vinculación con el tema de la equidad y el desarrollo. Todo esto depende en gran parte de que en la trama de los intereses sociales haya una construcción de espacios públicos en los que el problema sea legitimado a través del libre debate de lo justo y lo injusto en una práctica democrática de per-manente negociación.

 

342        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La integración social apunta al logro de umbrales mínimos de reproducción de la po-blación —por ejemplo, los indicadores de de-sarrollo humano de las Naciones Unidas—, y a la eliminación legal y real de una serie de ba-rreras y mecanismos de discriminación —por género, edad, etnia, etc.— en el mercado, en la sociedad y en las instituciones públicas y priva-das. Asimismo, en un sentido más amplio, la in-tegración social supone una matriz de actores sociales que interactúan recíprocamente sobre la base de argumentos racionales y valóricos para lograr concertadamente metas de integra-ción, competitividad y gobernabilidad. En tal lógica, los fines no podrían estar separados de los procedimientos.

 

En este marco debe quedar clara una con-clusión básica: si las tendencias sociales no son revertidas, los costos serán muy altos tanto en términos de gobernabilidad como de com-petitividad y desarrollo.

 

 

V. El triángulo de desarrollo, con su rectángulo y su punto al centro

 

En la perspectiva de las relaciones sinérgicas y sistémicas de los conceptos de gobernabilidad, competitividad e integración social, se supone

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

inconcebible que éstos funcionen aisladamen-te, puesto que se refuerzan entre ellos e inte-ractúan sinérgicamente en sentido positivo o negativo.

 

Así, por ejemplo, el logro de un nivel óptimo de gobernabilidad sólo será posible si con ello se alimenta y condiciona un crecimiento econó-mico basado en una competitividad auténtica, y si se sustenta en un sólido consenso construi-do por actores sociales que concertadamente buscan elevar la calidad de vida de la pobla-ción. En el mismo sentido, la competitividad será sustentable en la medida en que refuerce la calidad de la sociedad tanto en términos edu-cativos como de expansión de los mercados de consumo; en este sentido, la misma integración social constituye una fuerza productiva.

 

Por último, la integración social no será só-lida si no está asociada a políticas de gobierno eficaces, coherentes y legítimas, y al crecimien-to sostenido de la economía. Todo esto supo-ne acrecentar una capacidad de acción que se adecúe a la evolución de las diferentes circuns-tancias.

 

Sin embargo, si bien este triángulo —go-bernabilidad, competitividad e integración social— es fundamental para alcanzar cierta capacidad endógena de desarrollo (Gráfico 1), ésta será insuficiente y anómala si no está

 

Gobernabilidad, competitividad e integración social  343

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

inserta en un marco institucional que dé senti-do a las transformaciones y políticas en curso; éste se representa en el mismo gráfico por un rectángulo que, en sus vértices y también den-tro de una lógica sistémica, indica las funcio-nes y características de tal marco.

 

Gráfico 1. Triángulo de desarrollo (gobernabilidad, competitividad e integración social), con sus rec-tángulo y su punto al centro

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Se supone que un marco institucional no sólo delimita concertadamente las reglas del juego, sino que también se adecúa a las característi-cas históricas del cambio socioeconómico y político que atraviesa actualmente la región como parte de un proceso mundial de globali-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

zación económica e hiperaceleración del tiem-po político.

 

El primer vértice del rectángulo que en el gráfico representa el marco institucional co-rresponde a un conjunto de normas, derechos y obligaciones claros en materia de competiti-vidad, gobernabilidad e integración social. Los empresarios, por ejemplo, tendrán que inter-nalizar los marcos institucionales con arreglo a los medios posibles y las ventajas reales que les permitan invertir y desarrollarse, pero ade-cuando tal normatividad a la de los sectores laborales que vinculan sus demandas salariales con las de capacitación y con el incremento de la producción.

 

El segundo vértice se refiere al estableci-miento de patrones de continuidad del marco institucional, para que exista una especie de sustentabilidad institucional que garantice a los actores que sus inversiones o acciones po-líticas y sociales tendrán también continuidad en el tiempo.

 

El tercer vértice ilustra el establecimiento de un marco institucional legítimo que busque reducir las incertidumbres producidas por el comportamiento anémico e inconsistente de una buena parte de los actores empresariales, políticos e institucionales de las sociedades latinoamericanas.

 

344        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El cuarto vértice, por último, se refiere al establecimiento de patrones culturales e insti-tucionales para el procesamiento de conflictos entre los distintos actores y grupos sociales, de manera tal que se tienda a superar progresiva-mente la cultura patrimonialista y de preben-das tanto en la economía como en la política. Se trata, en definitiva, de la construcción de la pluralidad política de la democracia.

 

Cabe afirmar que el marco institucional descrito no es cerrado y estático, sino que se va haciendo, cambiando y adecuando según las características internas o externas del de-sarrollo, pero en función de la constitución o ampliación de un núcleo autorreferido de de-sarrollo que esté vinculado principalmente al establecimiento y evolución de la capacidad interna del país. Es decir, abarca una serie de factores de productividad y de gobernabi-lidad, pero sobre todo una matriz de actores sociales que comparten una estrategia de in-serción productiva en la reestructuración de la economía y la cultura internacional a partir de la sostenibilidad institucional del triángulo de desarrollo.

 

En el Gráfico 2 se presenta un paradigma posible y deseado entre, por una parte, el trián-gulo de la gobernabilidad progresiva —que su-pone una gobernabilidad en relación sinérgica

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

con la competitividad económica y la integra-ción social— y, por otra parte, el rectángulo de la institucionalidad que hace normativamente viable el triángulo mencionado. El punto al centro indica tanto una serie de condiciones económicas y culturales para el crecimiento de la productividad, como los requerimientos de una matriz intrasocietal y política que dé senti-do al conjunto del núcleo.

 

Gráfico 2. El punto al centro: el desarrollo endógeno

 

 

Gobernabilidad, competitividad e integración social  345

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VI. Hacia una nueva lógica del conflicto

 

Ciertamente la propuesta descrita supone una lógica del conflicto distinta de la que organi-zó el ciclo estatal patrimonialista-corporativo. En tal ciclo lo central fueron los conflictos en-tre el Estado y los distintos actores sociales y políticos; la búsqueda de poder estatal o la re-definición de las relaciones Estado-sociedad fueron las metas principales de los distintos actores. Así, el carácter paraestatalista de la acción colectiva —ya se tratara de acciones obreras, empresariales, campesinas o regio-nales— y el carácter prebendario de las rela-ciones Estado-sociedad precondicionaron un sistema de actores sociales débiles.

 

El conflicto, según esta propuesta, supone una disputa entre los distintos actores por la dirección cultural de la gobernabilidad, la competitividad y la integración social. Allí ya no está en duda la simultaneidad inevitable de los factores del desarrollo, sino sus posi-bles orientaciones y énfasis políticos y cul-turales. Se supone además que esta misma lógica de transformación se asociaría con la redefinición de las fuerzas políticas de izquierda y de derecha. La izquierda quizás replantearía sus acciones desde los vértices

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

de la integración social y la gobernabilidad y la derecha desde los de la competitividad y la gobernabilidad.

 

Sin embargo, no existe una forma mágica para el procesamiento de los conflictos y la transición de una situación a otra, especial-mente en momentos de fuerte cambio societal. Es fundamental entonces que los conflictos tal cual suceden sean expuestos explícitamente, reconocidos y procesados colectivamente por medio de la negociación.

 

Para este propósito es importante contar con auténticos canales de participación activa y representativa de los distintos actores, a fin de que en la deliberación y en el arbitraje de conflictos se consideren todos los intereses, actores y argumentos involucrados. Desde luego que esto conlleva la extensión de los es-pacios públicos de diferentes formas, para que se materialice esta participación societal en la elaboración de conflictos. En el caso de los sectores más excluidos y pobres, es impres-cindible que ellos mismos transformen sus necesidades en demandas expresadas institu-cionalmente, es decir, que lleguen a ser actores sociales autónomos.

 

Asimismo, los distintos actores han de acu-dir a las negociaciones con plena conciencia de que toda negociación presupone la volun-

 

346        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

tad de las partes de respetar y hacer respetar los acuerdos, y de que esto envuelve algunas concesiones mutuas respecto de las posiciones originales de cada actor.

 

Por último, resulta determinante —sobre todo para el paso de un tipo de conflicto a otro— un consenso previo respecto de algunos metavalores que permitan a las partes negociar y confrontar argumentos en un lenguaje co-mún, en este caso, relacionados con el trián-gulo de la gobernabilidad, la competitividad y la integración social. Pero también es deter-minante la elaboración de un sistema claro y eficiente de sanciones para las partes que no respeten los términos convenidos.5

 

 

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348        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Hacia una perspectiva crítica

de la modernidad

 

Las dimensiones culturales

de la transformación productiva con equidad* **

 

 

Fernando Calderón G., Martín Hopenhayn y Ernesto Ottone

 

 

 

 

 

 

Introducción

 

El presente documento se incorpora al es-fuerzo del debate y la reflexión que la CEPAL impulsó a partir de 1990 con la propuesta de transformación productiva con equidad (TPE). Tal propuesta asumió la iniciativa, en conjun-to con reflexiones provenientes de otros ám-

 

 

  Este trabajo fue escrito en coautoría con Ernesto Ottone y Martín Hopenhayn. Integra el libro Educación, ética y economía en América Latina 1998 (México: CEPAL/JUS).

 

  Los trabajos incluidos en esta serie tienen como fina-lidad dar a conocer los resultados de las investigaciones en la CEPAL en forma preliminar, a fin de estimular su análisis y la formulación de sugerencias para su revisión. Esta publicación no es un documento oficial, por lo tanto no ha sido sometido a revisión editorial. Se puede soli-citar directamente a la Secretaría de la Comisión o a la División de Desarrollo Social de la CEPAL. Los autores son funcionarios de la CEPAL. Las opiniones expresadas en este documento son de su exclusiva responsabilidad y pueden no coincidir con las de la Organización.

 

 

 

 

 

 

bitos, de romper la atmósfera de confusión y desánimo intelectual que reinó en los años ochenta, tanto en los gobiernos como en los medios académicos, y que respondía a la pro-funda crisis que la región padece en materia económica y social.

 

La propuesta de transformación productiva con equidad se planteó como una construc-ción inductiva, más atenta a las tendencias en curso que a las declaraciones doctrinarias. Tal propuesta ha seguido consolidándose en suce-sivas etapas, a través del desarrollo de algunos de sus aspectos fundamentales. Se han aborda-do, en fases sucesivas, aspectos que contribu-yen a complementar las políticas económicas y sociales, en vistas a abordar de manera si-multánea la competitividad y la equidad. Se ha prestado particular atención, por su carácter central en la articulación entre competitividad y equidad, a los desafíos y opciones que hoy en día se abren con relación a la educación y al co-nocimiento. También se ha enriquecido la pro-

 

350        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

puesta de la TPE con lineamientos de acción en el campo de la sustentabilidad ambiental, y se han considerado las necesarias vinculacio-nes entre el desarrollo y las tendencias demo-gráficas de la región.

 

La propuesta de la TPE no ha dejado de ser una propuesta abierta al enriquecimiento, tanto en ámbitos específicos del desarrollo económi-co, como en otros igualmente importantes para fortalecer un planteamiento que se pretende sistémico. Es así como los temas de las trans-formaciones institucionales, la modernización del Estado, y la construcción de los acuerdos y consensos en torno a un crecimiento equitativo se mantienen como “asignaturas pendientes” al interior de la propuesta.

 

Se ha planteado, además, al interior de di-cha propuesta, que el proceso de transforma-ción productiva con equidad debe impulsarse mediante un amplio consenso de agentes y en un escenario demográfico. Por ende, la cons-trucción y la extensión de una ciudadanía moderna aparece como un aspecto esencial de la propuesta, y merece un esfuerzo reflexivo y positivo en sí mismo.

 

Cuando nos referimos a ciudadanía mo-derna hacemos referencia a la existencia de actores sociales con posibilidades de autode-terminación, capacidad de representación de

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

intereses y demandas, y en pleno ejercicio de sus derechos individuales y colectivos, jurídi-camente reconocidos. Sin ello resulta vano ha-blar de construcción de consenso, de sociedad integrada o de sistemas democráticos estables.

 

Al definir la construcción de una ciudadanía moderna en función de la capacidad de auto-determinación de los agentes del desarrollo, un tema cada vez más gravitante —en nuestra región y en las otras regiones del planeta— es la tensión entre identidad cultural y moder-nidad en el proceso de desarrollo. Se trata, en otros términos, de asumir el reto de conciliar las particularidades histórico-culturales de las regiones con la vocación universalista del de-sarrollo y la modernidad.

 

Como veremos más adelante, esta tensión no sólo atraviesa las demás regiones en de-sarrollo sino que constituye uno de los ras-gos sociales más notorios de este fin de si-glo. Tal tensión entre identidades culturales y modernidad aparece con particular fuerza en las sociedades que experimentan hoy el llamado poscomunismo, y también se hace sentir, de manera preponderante, en los paí-ses más industrializados.

 

Este trabajo plantea, en primera instancia, que la tensión identidad-modernidad tiene un carácter dinámico. Ni las identidades específi-

 

Hacia una perspectiva crítica de la modernidad          351

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

cas, ni el contenido pretendidamente univer-sal de la modernización son los mismos que hace una generación. Nada se mantiene en estado puro. Se ha generado, en cambio, un complejo tejido intercultural donde las iden-tidades culturales y los signos de modernidad se oponen y se fusionan de múltiples y contra-dictorias formas.

 

En segunda instancia, el presente trabajo plantea que para que esos tejidos intercultu-rales sean funcionales a la constitución de sociedades más equitativas e integradoras, más libres y tolerantes, con mayor capacidad de autodeterminación, mayor sustentabilidad ambiental y estabilidad democrática, debe su-perarse lo que aquí hemos llamado la dialéc-tica de la negación del otro. Dicha dialéctica se halla largamente enraizada en la historia de la región. Comienza con el momento del descubrimiento, se prolonga con la conquis-ta, la evangelización y la colonización, y no cede con la transición hacia los Estados re-publicanos ni tampoco en las dinámicas dis-continuas de modernización experimentadas por nuestras sociedades. Esta dialéctica de la negación del otro tiene su fundamento en la negación cultural (de la mujer, del indio, el negro, el pagano, el mestizo, el campesi-no, el marginal-urbano, etc.), y constituye el

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

cimiento en que a su vez se monta una larga tradición de exclusión socioeconómica y do-minación sociopolítica.

 

En tercera instancia, las páginas siguientes plantean la necesidad de asumir nuestro te-jido intercultural como acervo cultural, acu-mulado por una historia hecha de cruces entre culturas y de síntesis inéditas entre ellas. Este tejido intercultural, lejos de constituir un obs-táculo para nuestro “ingreso” a la modernidad, debiera ser nuestro resorte específico para ser modernos hoy día.

 

Sobre todo hoy día, que el ser modernos implica precisamente conjugar una diversi-dad de espacios, tiempos y lenguajes, la úni-ca forma fecunda de acceder a la modernidad y a los avatares e incertidumbres tecnológi-cos es a partir del reconocimiento y poten-ciamiento de nuestros propios tejidos e iden-tidades culturales.

 

No pretendemos, empero, simplificar el planteamiento al punto de sostener que basta potenciar nuestras culturas endógenas para constituir una alternativa de desarrollo. Seme-jante hipótesis resulta tan reduccionista como aquella que, en distintas fases de nuestra mo-dernización, ha sostenido que las culturas en-dógenas constituyen el gran obstáculo al desa-rrollo de la región.

 

352        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Como ya señalamos, la CEPAL ha lanzado y sometido a consideración de los países de la región una propuesta de modernidad, en la que busca potenciar sinérgicamente el progreso técnico, la equidad y la democracia. Dicha pro-puesta ha querido estar a la altura de los tiem-pos, vale decir, parte del trastocamiento de los paradigmas modernizadores previos a la gran crisis de las últimas dos décadas, y del margen de maniobra posible con que cuentan hoy día las economías de la región en el nuevo esce-nario de globalización y reestructuración pro-ductiva, financiera y comercial. En esta línea, esperamos que las reflexiones aquí vertidas puedan enriquecer la propuesta con las inelu-dibles consideraciones sobre las dimensiones culturales de tal proceso.

 

La hipótesis que nos ha movido a llevar a cabo este trabajo es que la transformación productiva con equidad, como propuesta de desarrollo para los países de la región, no pue-de prescindir de los principales rasgos cul-turales de nuestras sociedades. Estos rasgos son la condición de tejido intercultural como resorte de nuestra forma propia de apertura al mundo; y la superación de la dialéctica de la negación del otro como exigencia fundamental para nuestra integración social y para la con-solidación de una cultura democrática. Sobre

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

dicha base es posible la construcción de una moderna ciudadanía en la cual “el sujeto será la voluntad del individuo de ser productor y no solamente consumidor de su experiencia y de su entorno social” y en donde la modernidad, además de progreso económico, tecnológico y social, será sobre todo “exigencia de libertad y defensa contra todo lo que transforma al ser humano en instrumento o en objeto.1

 

En el primer acápite del texto se examinará la TPE en una perspectiva cultural, con espe-cial consideración del vínculo entre ciudada-nía, desarrollo económico y modernidad.

 

En el segundo acápite se analizarán los pro-cesos de internacionalización de la cultura, tanto en el mundo desarrollado como en las sociedades en desarrollo. Se precisarán, en este marco, algunos problemas candentes en la relación entre identidad cultural, ciudadanía y el impacto de los procesos de internacionaliza-ción de la cultura en nuestra región.

 

En la tercera parte se examinará uno de los problemas más afincados y persistentes en el proyecto de modernidad en América Latina y el Caribe, a saber: la dialéctica de la negación del otro. A partir de dicho análisis, mostrare-

 

 

  A. Touraine, Critique de la modernité, París, Fa-yard, 1992, p. 272.

 

Hacia una perspectiva crítica de la modernidad          353

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

mos cómo de esta dialéctica se desprenden consecuencias decisivas en la relación entre élites y masas en nuestra región, y en el patrón de integración y de exclusión que han seguido nuestras dinámicas de desarrollo.

 

En la sección cuatro desarrollamos algunas reflexiones en torno a esa marca cultural que recorre la historia y la geografía de la región y que denominamos tejido intercultural: tejido que se recompone incesantemente a través de culturas que interactúan y se modifican en di-cha interacción.2

 

 

  Hemos querido utilizar la noción de tejido inter-cultural en lugar de la tradicional noción de mestizaje, dado que esta última tiene una connotación de razas que hoy día resulta empíricamente desmentida. Con los avances en la investigación científica, el concepto mismo de raza aparece ya profundamente cuestionado. En la Universidad de Stanford, L. L. Cavalli-Sforza ha consagrado décadas a recomponer el árbol genealógi-co del “hombre moderno”, y recientemente ha llegado a la conclusión de un origen común a toda la población (véase la entrevista que se le formula bajo el nombre “La Science et les races”, Le Nouvel Observateur, Nº 1.420, semana del 23 al 29 de enero de 1992, París). Este hallazgo coincide, además, con similar conclusión de otras recientes investigaciones científicas que advier-ten que no habría diferencias genéticas en la historia de la humanidad que pudieran dar lugar a la noción de raza fundada en singularidades fisiológicas. La UNESCO re-comienda enérgicamente reemplazar el término “raza”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nos proponemos mostrar en las páginas que siguen que la superación de la dialéctica de la negación del otro, así como la plena aceptación del tejido intercultural, pueden constituir un potencial, y no necesariamente un obstáculo, a los objetivos del desarrollo en la región.

 

Finalmente, en un último acápite de con-clusiones esbozaremos orientaciones de po-líticas que incorporan la dimensión cultural en la agenda del desarrollo, y que permiten enriquecer, con ello, el carácter sistémico de la propuesta de la transformación productiva con equidad.

 

 

  Transformación productiva con equidad como una perspectiva crítica de acceso a la modernidad

 

El desarrollo de la democracia en la región plantea el siguiente desafío: ¿Cómo vincular positivamente una ciudadanía definida en un sentido secular —vale decir, que privilegie la capacidad de autodeterminación de la socie-dad y del intercambio racional entre sus ac-

 

 

 

por el de “grupo étnico”, y enfatiza que ninguna prueba existente de medición de la inteligencia permite dife-renciar entre capacidades innatas entre grupos étnicos.

 

354        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

tores— con una dinámica de modernización económica con efectos sociales incluyentes? ¿Y de qué manera la construcción de la ciuda-danía se traduce en que los actores sociales recurran a sus acervos culturales e innovar desde la propia historia?

 

En este nuevo escenario la propuesta que la CEPAL ha elaborado para América Latina, conocida como transformación productiva con equidad, puede llegar a entenderse, en la dimensión cultural, como una perspectiva crítica de acceso a la modernidad.3 Enten-demos que una perspectiva crítica privile-gia los siguientes aspectos o valores de la modernidad: el respeto de la diversidad de valores y culturas; la mayor reciprocidad de

 

 

 

  Nos referimos a la propuesta contenida sobre todo en tres documentos centrales que la CEPAL ha presentado en los últimos tres años: Transformación productiva con equidad. La tarea prioritaria del de-sarrollo de América Latina y el Caribe en los años noventa (LC/G.1601-P), Santiago de Chile, marzo de 1990, Naciones Unidas; y Equidad y transforma-ción productiva: un enfoque integrado (LC/G 1701 /Rev.l-P), Santiago de Chile, abril de 1992, Naciones Unidas; y CEPAL/OREALC, Educación y conocimien-to: eje de la transformación productiva con equidad (LC/G.1702/Rev.2-P), Santiago de Chile, abril de 1992, Naciones Unidas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

derechos en la interrelación entre actores heterogéneos; la apertura en la visión del mundo hacia nuevos escenarios y desafíos; y el rescate del progreso técnico como ins-trumento para acrecentar la comunicación e interconexión global, promover el bienestar general y permitir campos más amplios de desarrollo de potencialidades.4

 

 

 

  Cabe aquí diferenciar esquemáticamente entre mo-dernidad y modernización para efectos del presente trabajo. La modernización constituye un proceso his-tórico, afincado en el cambio de los procesos produc-tivos, de la composición demográfica, de las pautas de consumo y trabajo, del acceso a bienes y servicios y la secularización progresiva de la acción colectiva. La modernidad, en cambio, constituye un proyecto cul-tural en el cual han convivido dos tendencias fuertes: de una parte, la difusión de valores y actitudes básicos vinculados a la promoción de la libertad social e indi-vidual, al progreso social, al desarrollo de potenciali-dades personales, y a una vocación democrática que lleva a la defensa de la tolerancia y de la diversidad. Por otra parte, la modernidad tiende a la difusión de una racionalidad formal y de una racionalidad instru-mental, necesarias para la modernización, pero con un costo en términos de dosificación” de la vida humana. Una perspectiva crítica de la modernidad es aquella que, sin dejar de reconocer la importancia de la racio-nalización, busca subordinarla a los valores modernos asociados a la democracia, la tolerancia, la libertad y la diversidad.

 

Hacia una perspectiva crítica de la modernidad          355

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tal como ha sido señalado, enfrentamos una nueva situación internacional, sumamente cambiante, marcada por una profunda revolu-ción científica y tecnológica, por la progresiva globalización de los mercados y las comunica-ciones, y por una competitividad económica basada cada vez más en la incorporación y la difusión del progreso técnico. Esta situación emergente cancela cualquier sueño (o pesadi-lla) de desarrollo autárquico para la región, y la obliga a orientarse hacia una inserción in-ternacional capaz de medirse con las exigen-cias de un escenario globalizado. Como señala Alain Touraine, “estamos todos embarcados en la modernidad, lo que es necesario saber es si lo hacemos como galeote o como viajeros con bagajes, proyectos y memorias”.5

 

En este sentido, la construcción de la mo-dernidad que plantea la propuesta de transfor-mación productiva con equidad supone los “ba-gajes, proyectos y memorias”, vale decir, plan-tea exigencias de protagonismo y de identidad de la región. Por ello, la propuesta de la CEPAL no incurre en una reducción de la modernidad a la pura razón instrumental, a la eficacia pro-ductiva y a la uniformización del consumo.

 

 

 

5 A. Touraine, op. cit., p. 236.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por cierto, la racionalidad instrumental, la eficacia productiva, el progreso técnico y la respuesta a las aspiraciones de consumo son elementos de la modernidad sin los cuales es imposible hablar de una inserción internacio-nal ventajosa para la región. Pero estos ele-mentos no bastan para garantizar la incorpo-ración de los otros elementos que plantea la transformación productiva con equidad, vale decir un mayor nivel de cohesión social, la sus-tentabilidad ambiental y la existencia de siste-mas democráticos estables.

 

Por el contrario, una lectura reduccionista de la modernidad que no se plantee de mane-ra integrada y complementaria los elementos de equidad, sustentabilidad y democratiza-ción, tendería a reforzar procesos de moder-nización incompletos, destinados a producir enormes diferencias entre élites integradas y modernas, y vastos sectores de la población marginados y fragmentados. En tal caso, estos últimos sectores serían un fermento natural para generar reacciones de anti-desarrollo, re-pliegue sobre identidades particulares y “de-fensismo” cultural.

 

La modernización “trunca” no sólo se expre-sa en los países en desarrollo sino que tiende, con diversa intensidad y magnitud, a aparecer en países desarrollados. Naturalmente su ma-

 

356        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

yor intensidad se manifiesta en las regiones de menor desarrollo, donde el fenómeno de la exclusión alcanza a sectores vastos de la po-blación y donde ésta se liga a situaciones de extrema pobreza masiva.

 

Es allí donde los procesos de moderniza-ción pueden generar sociedades escindidas o duales, con élites modernas cerradas frente a masas excluidas, y donde todo lazo social re-sulta infructuoso. En este contexto, los exclui-dos conforman comunidades que no se incor-poran a consensos cívicos nacionales, sino que tienden a atrincherarse en pertenencias tradi-cionales, locales, regionales, clásicas y/o reli-giosas. Desde allí resisten el intercambio “ra-cional” con interlocutores que no comulguen con las mismas creencias, combaten el espíri-tu de la modernidad, y obstaculizan seriamen-te el logro de la integración social necesaria para potenciar los aspectos más democráticos de la modernidad.

 

La propuesta de transformación productiva con equidad busca vincularse, en términos cul-turales, a un concepto de modernidad en que se intenta trascender los límites de la raciona-lización instrumental, pero también se quiere romper el bloque impuesto por particularismos culturales replegados sobre sí mismos. En este sentido comparte una visión crítica de la mo-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

dernidad: busca conciliar la libertad individual y la racionalización modernizadora con la per-tenencia comunitaria.6

 

En esta visión de la modernidad las identida-des particulares no están destinadas a contra-ponerse a la modernización o transformación productiva. Por el contrario, pueden ser un fac-tor importante para su construcción si logran

 

 

 

  Por resumirlo nuevamente con las palabras de Touraine: “Los herederos de la filosofía de las luces creían que la libertad se liga enteramente a la racio-nalización. Se equivocan al olvidar que en el hombre coexisten el deseo, la memoria y la pertenencia a una cultura” (A. Touraine, op. cit., p. 364). Se trata-ría, en esta perspectiva de la modernidad, de regla-mentar la convivencia de los particularismos y evitar la radicalización de los conflictos. Michael Walzer, quien utiliza la metáfora de tribu para referirse a las comunidades particulares, visualiza la existencia de un puente semántico entre los particularismos tra-dicionales “tribales” y el universalismo democrático moderno. En su opinión el “tribalismo” debe estar incluido en el universalismo por ser un elemento co-mún a toda la especie humana (M. Walzer, “La rinas-cita della tribu”, Micro Mega, N° 5, 1991, citado por Alessandra Concedada, Attualitá della tribu nelle scienze sociali tra concetto et metafora, ponencia presentada al “International Forum on Development Problems. Nation, Tribe and Citizenship. The crisis of the State in Contemporary Societies”, Roma, 2 al 4 de diciembre de 1992).

 

Hacia una perspectiva crítica de la modernidad          357

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

operar como elemento de movilización consen-suada y con vocación democrática.

 

¿Cuáles son, en consecuencia, los factores culturales que puedan servir de cimiento para la construcción de una modernidad compren-dida en estos términos?

 

Un primer factor es el convencimiento de que una modernidad auténtica sólo puede sur-gir de un esfuerzo endógeno, vale decir, mo-vilizando las energías sociales que hacen que una sociedad se sienta responsable por su ac-ción y sus resultados. Esta premisa subyace a la propuesta de transformación productiva con equidad, y la siguiente cita lo ilustra: “Im-pulsar la transformación productiva y abrir el paso a una mayor equidad social son tareas que precisan de esfuerzos decididos, persis-tentes e integrales por parte de gobiernos y sociedades civiles”.7

 

Esta convicción de la centralidad del esfuer-zo interno, que pareciera no requerir de una particular reflexión teórica, implica un despla-zamiento del debate sobre el desarrollo y un cambio del clima intelectual que lo rodea. Se intenta aquí romper con aquello que José Aricó llamó “el pensamiento de la queja” y que lo ex-

 

 

  CEPAL, Transformación productiva con equidad, op. cit., p. 13.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

plicaba del siguiente modo: “Es el pensamiento de lo que América Latina no puede ser porque alguien nos condena a no ser. Las teorías fue-ron para argumentar esta especie de sueño, de una Europa que nunca se llegó a alcanzar. La teoría de la dependencia, la teoría del subde-sarrollo venían a explicarnos que el centro de nuestros males provenía de otra parte. No de nuestra capacidad de gobierno, no de nuestra capacidad de administración, no de nuestro propio desarrollo. No digo que la dependencia no existe, no digo que el subdesarrollo no exis-ta, estoy hablando del uso ideológico y político de ese tipo de categorización. Nuestros males estaban colocados afuera”.8 En la propuesta de la CEPAL se busca, pues, trascender este estig-ma de la queja.

 

Un segundo factor lo constituye la idea de que tal esfuerzo requiere de niveles “contables” en materia de conflictos, y de niveles altos de consenso y estabilidad. Al respecto son escla-recedoras las palabras de Fernando Fajnzylber: “Si uno pretende insertarse en el mundo, los conflictos internos, políticos y sociales, tienen

 

 

 

  José Aricó (1992), “El difícil camino de la reforma democrática”, en Lo popular en América Latina, ¿una visión de crisis?, Lima, Centro de Estudios y Promo-ción del Desarrollo (DESCO), 1992, p. 303.

 

358        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

que regularse en aras de tener credibilidad y es-tabilidad en esta inserción. Ello obviamente no ocurría en el período anterior, en que no sólo la economía estaba cerrada, sino que la sociedad y la política también eran cerradas”.9

 

El consenso no niega la existencia de con-flictos, pero plantea una lógica de resolución institucional que pasa por la negociación y el compromiso, que excluye la negación del otro, y que siempre busca evitar que se imponga toda lógica de guerra. La cultura del consenso supo-ne, pues, un cambio significativo con la cultura política tradicional en la mayor parte de Amé-rica Latina y el Caribe, pues incluye al menos tres momentos que han sido problemáticos para la cultura política en la región, a saber:

 

–– - El reconocimiento de la diversidad y el for-talecimiento de los actores de la sociedad civil;

 

–– - La generación de negociaciones con esta-blecimiento de compromisos; y

 

–– - La transformación de los acuerdos y compro-misos en referencias culturales compartidas.

 

 

 

  CEPAL, serie Industrialización y desarrollo tecno-lógico. Informe N° 12 (LC/G.1729), Santiago de Chile, abril de 1992.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La respuesta de transformación productiva con equidad constata que en los últimos decenios ningún país de la región ha podido alcanzar simultáneamente los objetivos de crecimiento económico y equidad social. La CEPAL propo-ne para los países de la región un tipo de trans-formación productiva sistémica que apunta a conciliar ambos objetivos del desarrollo. En dicha propuesta, esta conciliación tiene como eje la incorporación del progreso técnico en un sistema productivo integrado, se basa en el au-mento intensivo del valor intelectual agregado y del componente tecnológico en distintos sec-tores de la producción y de servicios, y requie-re mayor competitividad internacional por vía de la incorporación del progreso técnico, y no mediante la reducción de salarios o la depreda-ción de los recursos naturales.

 

En esta propuesta, la ciudadanía aparece como un valor en que debieran entroncarse tan-to los imperativos de la democracia como los del desarrollo.10 Desde esta perspectiva, ciuda-danía y competitividad constituyen los dos mo-mentos de un círculo virtuoso: “Imaginar que

 

 

 

  “La formulación y aplicación de estrategias y políti-cas económicas habrá de ocurrir en un contexto demo-crático, pluralista y participativo.” (CEPAL, Transfor-mación productiva con equidad…, op. cit., p. 15).

 

Hacia una perspectiva crítica de la modernidad          359

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

la ciudadanía pueda tener plena vigencia sin un esfuerzo efectivo en materia de competitividad resulta, en el decenio de 1990, tan infundado como suponer que la competitividad —necesa-riamente de carácter sistémico— pueda soste-nerse con rezagos importantes en el ámbito de la ciudadanía”.11 De este modo, la ciudadanía requiere ser pensada como una fuente de inte-racción positiva entre democracia y desarrollo.

 

Al asociar a la ciudadanía a la puesta en vi-gencia de los derechos políticos y sociales, se establece una relación positiva entre ciudada-nía, participación política y equidad. Porque la ciudadanía extendida constituye, bajo este án-gulo, una garantía institucional para la presen-cia de distintos actores sociales en el sistema de toma de decisiones, y también constituye un resorte movilizador para la distribución progre-siva de los logros del crecimiento económico.

 

Pero además la idea moderna de ciudadanía tiene connotaciones sociológicas y culturales que conviene explicitar. En primer lugar, se asocia la ciudadanía moderna con los procesos de secularización individual y grupal, en virtud de los cuales: i) se constituyen actores (indi-viduos, grupos e instituciones) que imprimen

 

 

  CEPAL, Educación y conocimiento…, op. cit., p.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

una cierta racionalidad a sus opciones y com-portamientos; ii) se institucionalizan los proce-sos de cambio social en función de la expan-sión de derechos políticos y sociales; y iii) se diferencian progresivamente los roles y las ins-tituciones conforme a funciones específicas.12

 

En segundo lugar, la creciente interacción entre distintos actores culturales y sociales, su-pone y expresa un consenso institucionalizado sobre la base de relaciones de recíproco reco-nocimiento entre actores diversos. En este sen-tido la ciudadanía está estrechamente ligada al reconocimiento del otro como un semejante.13

 

 

 

  Véase al respecto el artículo de Gino Germani, “De-mocracia y autoritarismo en la sociedad moderna”, Los límites de la democracia, varios autores, Vol. 1, Buenos Aires, CLACSO, 1985. El autor destaca además que en civilizaciones no occidentales la secularización perma-nece restringida a miembros de las élites, mientras el resto de los estratos sociales permanece excluido. Asi-mismo, enfatiza la idea de que la secularización no es condición suficiente de la democratización. De no verse acompañada por la recreación de valores, la seculariza-ción bien podría impedir la democracia o ejercer sobre ésta un efecto disolvente. Según Germani, esta última es la tendencia predominante.

 

  Como veremos más adelante en este trabajo, este rasgo de la ciudadanía —reconocimiento del otro— plantea serios problemas en nuestra región cuando se consideran sus principales rasgos culturales.

 

360        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El énfasis en la socialización y la educación en los procesos de modernización, por ejemplo, no sólo es crucial por las exigencias de aumen-to productivo que tal modernización implica, sino también para el fortalecimiento de la cul-tura democrática mediante la difusión de valo-res propios de la construcción ciudadana.

 

En tercer lugar, ya no se trataría solamente de comprender la ciudadanía como la mera satisfacción de derechos avasallados por los regímenes autoritarios, sino como la plasma-ción de una serie de demandas referidas a la superación de toda forma de discriminación en el mercado y en el sistema político de toma de decisiones. Se trataría del logro de una cons-trucción institucional sólida y renovable, que permita el desarrollo de negociaciones entre actores e individuos de acuerdo con normas de conducta y con derechos establecidos. En suma, de una construcción institucional con-vergente con un desarrollo económico cada vez más incluyente.

 

La reciente propuesta que la CEPAL formu-la, y en la que se asigna una importancia pro-gresiva a la educación y a la producción de conocimientos en la dinámica del crecimiento, coincide con la búsqueda por compatibilizar el desarrollo económico con la construcción de una ciudadanía democrática y moderna. El

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

texto ya citado de la CEPAL advierte que “los estudios prospectivos muestran que al conver-tirse el conocimiento en el elemento central del nuevo paradigma productivo, la transforma-ción educativa pasa a ser un factor fundamen-tal para desarrollar la capacidad de innovación y la creatividad, a la vez que la integración y la solidaridad, aspectos clave tanto para el ejerci-cio de la moderna ciudadanía como para alcan-zar altos niveles de competitividad”.14

 

Tal es la propuesta implícita en el reciente y citado texto de la CEPAL, en la que la centrali-dad de la educación y el conocimiento plasma hoy, en la perspectiva de una modernización integradora, en los siguientes imperativos: i)

 

 

  CEPAL, Educación y conocimiento…, op. cit., p.

 

  Y en el mismo sentido: “La difusión de valores, la dimensión ética y los comportamientos propios de la moderna ciudadanía, así como la generación de capa-cidades y destrezas indispensables para la competitivi-dad internacional (crecientemente basada en el progre-so técnico), reciben un aporte decisivo de la educación y de la producción del conocimiento en una sociedad. La reforma del sistema de producción y difusión del co-nocimiento es, entonces, un instrumento crucial para enfrentar tanto el desafío en el plano interno, que es la ciudadanía, como el desafío en el plano externo, que es la competitividad. Se entiende así que esta dimensión sea central para la propuesta de la CEPAL sobre trans-formación productiva con equidad” (Ibíd., p. 17).

 

Hacia una perspectiva crítica de la modernidad          361

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

democratizar el acceso a los códigos de la mo-dernidad; ii) democratizar el acceso a una ofer-ta de formación de recursos humanos que se traduce en elevar, difundir y actualizar los usos de la educación y del conocimiento; y iii) difun-dir de manera más igualitaria la incorporación del progreso técnico y del valor intelectual a las actividades productivas.

 

La centralidad progresiva del conocimiento y la educación para el desarrollo incide signifi-cativamente en la dinámica de un orden demo-crático, pues la base material de las democra-cias ya no descansa exclusivamente en un tipo de economía o de relaciones productivas, sino también en el acervo y el uso del conocimiento, de la información y de la comunicación.

 

¿Pero cómo se cruza esta centralidad del co-nocimiento para el desarrollo en la región, con la citada construcción de ciudadanía y con los tejidos propios de la cultura viva en América Latina y el Caribe?

 

La propia CEPAL es consciente de esta de-terminación cultural cuando advierte: “La edu-cación y el conocimiento son partes insepa-rables de la identidad cultural de los pueblos. Sobre ellos se asientan la comunidad del len-guaje y el patrimonio común. A través de ellos se transmiten, forman y expresan las capacida-des creativas de los individuos y colectividades

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  La constitución de la moderna ciudadanía y la elevación de la competitividad internacio-nal suponen la continuidad de esa comunidad histórica, sobre cuya base solamente pueden los países aspirar a transformar y enriquecer su identidad”.15

 

Esto nos coloca en un punto central de nuestras preocupaciones, a saber, el lugar de las identidades culturales en la dinámica del desarrollo y en la construcción ciudadana en las sociedades contemporáneas.

 

 

  Internacionalización de la cultura y la ciudadanía

 

Existen fenómenos ligados a la internacionali-zación de la economía, la política y la cultura que fuerzan a repensar hoy día la dimensión cultural tanto en sociedades posindustriales

 

 

 

  CEPAL, Educación y conocimiento…, op. cit., pp.

 

  y 126. Y más adelante, en el mismo documento: “La adquisición de las destrezas necesarias para desenvol-verse en la sociedad sólo podrá hacerse efectiva me-diante la revalorización de la propia identidad cultural, lo que proporciona un punto de partida que permite asimilar de manera selectiva y útil los avances globales de la ciencia y la tecnología y aprovechar las respuestas que surgen de la propia acumulación cultural.” (p. 157).

 

362        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

como en países en desarrollo. De no considerar cuando menos tres de estos procesos, y en su carácter global, la reflexión quedaría privada de elementos decisivos:

 

  La reformulación de la ciudadanía en fun-ción de identidades culturales es un tema de presencia creciente y concomitante en todas las latitudes. En el mundo industrializado, so-bre todo en Estados Unidos y Europa Occiden-tal, las migraciones internacionales aumentan la incidencia de minorías no sólo en el aspecto demográfico, sino también en un sentido socio-cultural y, en consecuencia, político.

 

En el mundo en desarrollo, el impacto de la globalización sobre las culturas endógenas ejerce un impacto de análoga magnitud. El caso del Islam es muy ilustrativo: no sólo muestra cómo un factor cultural impacta las relaciones económicas y políticas, sino también, inversa-mente, cómo en los propios países islámicos la falta de integración social de la dinámica modernizadora refuerza la integración cultural por vía de un tradicionalismo mesiánico.16

 

 

 

  Maxime Rodinson hizo recientemente una reflexión bastante heterodoxa en la cual explica la extensión del fundamentalismo islámico menos como un retorno a un pasado que nunca fue tan integrista, y mucho más por el

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

También en países asiáticos, africanos y de Europa Oriental, la multiplicidad etnocultural aumenta la conflictividad social, en la medida en que las sociedades se abren a los mercados mundiales e incorporan valores como la liber-tad de expresión y de afirmación cultural, con lo cual se intensifican demandas de afirmación étnico-territorial y religiosa. El factor cultural no sólo es una variable decisiva al interior de los países, sino que impacta cada vez más en las relaciones internacionales.17

 

 

 

entramado de crisis y exclusión existente en esos países. Es, según Rodinson, dicha crisis y exclusión lo que ha llevado a una relectura en clave mesiánica de los textos sagrados, y a una refundación de una historia integrista como base de legitimación de los movimientos que buscan una salida radical-integrista a la crisis (véase M. Rodinson, L’Islam: politique et croyance, París, Fayard, 1993).

 

  “Así, por ejemplo, la plasmación de iniciativas de in-tercambio comercial entre Estados Unidos y Japón está condicionada por las posibilidades de comunicación entre orientaciones culturales distintas, trasladándose el sentido económico de la competencia a esferas cultu-rales y políticas. En el mismo sentido […] temas como la modernización, la democracia y la unificación nacional en Corea están asociados con el metabolismo cultural de su propia transformación política.” (F. Calderón, “Proce-sos culturales y estrategias de modernidad en América Latina”, ponencia presentada al “International Forum on Development Problems. Nations, Tribe and Citizen-

 

Hacia una perspectiva crítica de la modernidad          363

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  Tanto las sociedades avanzadas como aque-llas en desarrollo enfrentan un problema co-mún, a saber, que la modernización productiva,

 

 

ship. The Crisis of the State in Contemporary Societies”, Roma, 2 al 4 de diciembre de 1992, pp. 3 y 4). Véase tam-bién, al respecto: K. van Wolferen, “Une nouvelle appro-che de la question japonaise”, Regard froid sur le Japon, serie, Notes de la Fondation Saint-Simon, París, 1990; M. Cooper, La recherche d’un consensus, París, Organiza-ción de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), 1982. Un importante análisis histórico sobre la cultura política y el proteccionismo en Estados Unidos puede encontrarse en S. Lipset y J. Hayes, “Las raíces sociales del proteccionismo norteamericano”, y Sung-Jo Han, “The Korean experiment”, Journal of Democracy, Vol. 2, N° 2, Washington, D.C., 1991. Un llamativo análisis sobre los límites de la construcción ciudadana en el Japón en relación con los hijos de migrantes japoneses o corea-nos puede consultarse en T. Miyasima, “Immigration and the redefinition of ‘citizenship’ in Japan: ‘One people-one nation’ in question”, ponencia presentada al “Internatio-nal Forum on Development Problems. Nation, Tribe and Citizenship”, Roma, 2 al 4 de diciembre de 1992. Para el caso de India, consúltese T. K. de Oommen, “Insiders and outsiders in India: primordial collectivism and cultural pluralism in nation-building”, International Sociology, Vol. 1, N° 1, marzo de 1986, pp. 53-74. Para el caso de Eu-ropa Occidental consúltese J. Habermas, “Cittadinanza e identittá nazionale”, Micro Mega, N° 5, 1991. Véanse además los siguientes textos: G. Quaranta, “Cittadinanza attiva e rifforma della democrazia”, Democracia diretta, N° 3, 1990; F. Furet, P. Rosavallon y J. Julliard, La Répu-blique du Centre, París, Calmann-Lévy, 1989.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

si aspira a niveles crecientes de competitivi-dad, requiere hoy de la formación de un núcleo duro de inteligencia. Pero a la vez requieren, desde su propia aspiración democrática y de desarrollo nacional, que este núcleo duro no se construya a la manera elitista, sino que forme parte de un proceso de construcción protago-nizado por el conjunto de la sociedad.

 

Una construcción democrática del desarro-llo no parece viable cuando el campo de nego-ciaciones y consensos políticos se restringe a las élites. La propia delegación política de los gobernados a los gobernantes obliga a las éli-tes tecnopolíticas, en los escenarios emergen-tes de la llamada “sociedad comunicacional” y “sociedad del conocimiento”, a movilizar la capacidad de intervención de los ciudadanos, proveyendo los mecanismos de información, comunicación y socialización del conocimien-to entre los miembros de la sociedad.18

 

 

 

  Según A. Touraine, lo específico de una sociedad programada o posindustrial es “introducir grandes aparatos centralizados de gestión en los dominios más diversos de la vida social […] El término es inexacto pero indica a las claras que se forman centros de de-cisión y gestión capaces de producir no sólo sistemas de medios sino también objetivos de la actividad social, tecnologías de salud, del consumo o de la información. Esta movilización ofrece muchas oportunidades a los

 

364        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  La globalización de la cultura, resultado de la industria y el mercado cultural, generó una serie de fenómenos que replantean los proce-sos de construcción nacional. Uno de los fe-nómenos más acuciantes es la construcción de un tiempo cultural sincrónico para el con-junto de las sociedades nacionales, donde los hechos y decisiones en un determinado lugar afectan inmediatamente a otro, generando una simultaneidad planetaria de la información. En el plano económico, esto implica la tendencia a la disolución de economías propiamente na-cionales y a la constitución de una unidad eco-nómica internacionalizada, que funcionará de manera sincrónica. Tenderían a imponerse, de este modo, políticas económicas internaciona-lizadas. En la misma línea, la reorganización de los escenarios culturales y los cruces constan-tes de las identidades exigen preguntarse de otro modo por los órdenes que sistematizan las relaciones materiales y simbólicas entre los grupos. Fenómenos especialmente impor-tantes para varias situaciones serían la deste-rritorialización de identidades culturales, y la

 

 

 

individuos pero implica el riesgo de acrecentar la ca-pacidad de manipulación de un poder absoluto” (A. Touraine, El retorno del actor, Buenos Aires, EUDEBA, 1987, p. 143).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

tendencia hacia la descentralización de las em-presas transnacionales.19

 

La llamada “sociedad programada” o “infor-matizada” implica, pues, una recomposición radical de las relaciones entre los distintos gru-pos sociales y de cómo éstos se organizan al interior de la sociedad.

 

Estos tres procesos llevan a plantear desafíos de construcción de ciudadanía desde una pers-pectiva cultural. Por una parte, la demanda de identidad se hace más presente en la medida en que se multiplican las identidades cultura-les en el seno de la sociedad, y porque las iden-tidades colectivas se exponen a influencias múltiples por efecto del patrón globalizado de modernización. Por otra parte, la centralidad del conocimiento en el aumento de competi-tividad de las economías nacionales reclama una suerte de “construcción social de inteli-gencia”, vale decir, una capacidad de asimi-lación y respuesta societal, que permita incor-porar dinámicamente la producción y difusión del conocimiento a los procesos productivos en todos los niveles de la economía. Esta ca-

 

 

  N. García Canclini, Culturas híbridas: estrategias para entrar y salir de la modernidad, México, D.F., Editorial Grijalbo, 1990, pp. 288-289.

 

Hacia una perspectiva crítica de la modernidad          365

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

pacidad depende, en importante medida, de la síntesis que pueda proyectarse entre el acervo cultural y la incorporación de nuevas destre-zas y conocimientos.20

 

Los procesos referidos resitúan la proble-mática de la construcción ciudadana moderna en un vértice donde la cultura es fundamental pero a la vez plantea esta misma construcción en una situación de conflicto. Es claro, por ejemplo, que existe tensión entre la tradición

 

 

 

  La capacidad de respuesta a los cambios del me-dio constituye un rasgo propio de todas las culturas. Cada cultura es “una construcción mental que tiene una estructura lógica profunda, una gramática no in-mediatamente discernible, que gobierna y refuerza los valores explicitados, y que ofrece reglas alternativas para circunstancias distintas.” (J. Durston, “Cultura, conocimiento y modernidad: elementos fundamentales de la lucha indígena”, ponencia presentada al seminario “Pueblo mapuche y desarrollo: desafíos y propuestas”, Angol, Chile, 14 al 16 de enero de 1993, p. 6). Y más ade-lante: “Las culturas están constantemente cambiando y adaptando sus creencias y normas en respuesta a los cambios que ocurren diariamente en el medio social, económico e intelectual. En este sentido, no existen culturas tradicionales: no hay ninguna cultura en el mundo que hoy siga exactamente idéntica a lo que era hace una generación, y ni siquiera a lo que era el año pa-sado. Una cultura, como un ‘idioma silencioso’, cambia permanentemente con los cambios en el uso que hacen de ellas las personas.” (Ibíd., p. 7).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

cultural y la racionalidad instrumental que ope-ra en las exigencias de reconversión producti-va y de aumento de la competitividad interna-cional de las economías nacionales. Los proce-sos de modernización pueden capitalizar este acervo cultural preexistente, y también pueden confrontarlo. El caso japonés, por ejemplo, es muy ilustrativo en cuanto a las relaciones diná-micas entre el acervo cultural y la moderniza-ción acelerada.

 

La modernidad propia del ciclo industrial ha sido un proceso histórico limitado, pues no logró la integración plena de la sociedad como producto de su propia actividad. Pero los límites de la misma son diferentes según la sociedad desde donde se la vive y desde don-de se la piensa.

 

En las sociedades avanzadas de Occidente, la construcción ciudadana ha podido contar con conquistas mucho más amplias que en América Latina y el Caribe. En los países islá-micos, en cambio, pareciera que los fracasos en materia de integración social han reforzado el desarrollo de un neocomunitarismo anti-moderno. En el Sudeste Asiático y en Japón, la modernización ha tenido un origen elitista, pero resultó socialmente más incluyente que en nuestra región, y contó con mayor legitimi-dad cultural. No obstante, en tales regiones la

 

366        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

modernización exhibe importantes rezagos en los planos de la ciudadanía y del reconocimien-to de diversas culturas ajenas a las nacionalida-des dominantes.

 

Un fenómeno de singular importancia res-pecto a los nuevos procesos de internaciona-lización de la cultura y de la política lo cons-tituye la generación de una serie de “culturas antimodernas” en buena parte de los países en desarrollo. También pueden observarse, empe-ro, rasgos fundamentalistas en las sociedades industrializadas. La comprensión de estos fenó-menos nos parece esencial para plantear, desde y para América Latina y el Caribe, las formas que hoy deben asumir las dinámicas de la mo-dernidad y la “universalidad” en nuestra región.

 

Este panorama conflictivo por el que atra-viesan las diferentes regiones del planeta re-lativiza las expectativas optimistas que identi-ficaron el fin de la Guerra Fría con una exten-sión generalizada y rápida de la modernidad y del sistema democrático. Actualmente presen-ciamos una complejización aún mayor de la re-lación entre modernidad e identidad cultural, o entre universalidad “moderna” y particularis-mos regionales.

 

Los diversos conflictos nacionales o interna-cionales que actualmente desgarran una buena parte del mundo en desarrollo —esa suerte de

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sexto continente que ha surgido con el posco-munismo y donde en menos de tres años han aparecido 17 nuevos estados—,21 comparten un patrón, a saber: el intento de reforzar, re-fundar o fundar construcciones identitarias antimodernas.

 

Estas construcciones responden a una pro-funda decepción respecto de los procesos de modernización; tales procesos son vistos por un sector importante, e incluso mayoritario de la población, como inducidos exógenamente: casi somos una simple entrada “en la historia del otro”.22

 

Esta percepción de los procesos de moder-nización como procesos extraños, coincide con la crisis económica de muchos países en desarrollo, y con la imposibilidad de los Esta-dos de responder a la expectativa de bienes-tar y progreso general que en algún momento despertaron, y en torno a la cual lograron una capacidad movilizadora que hoy han perdido.

 

Tales procesos de modernización en crisis no tuvieron un mismo principio inspirador. Para ilustrar la diversidad de principios puede

 

 

  I. Ramonet, “Temps nouveaux”, Le Monde diploma-tique, Año 40, N° 470, mayo de 1993.

 

  A. Gouffenic, “Femmes, temps, cultures”, A la recher-che du temps des femmes, París, ACC et Tierce, 1985.

 

Hacia una perspectiva crítica de la modernidad          367

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

invocarse la inspiración nacionalista-secular de India, la socialista-nacional de Argelia, la orientación conservadora prooccidental del Irán imperial, los diversos modelos de Estado-partidos africanos y los modelos comunistas del Cáucaso soviético y los Balcanes.

 

Sin embargo, todos ellos se nutren de las dificultades para integrarse por vía de la mo-dernización económica y social. Todos ellos enfrentan con problemas el desafío de cons-truir una síntesis entre cultura tradicional y modernidad, comparten la constitución de una élite dirigente que es percibida como escindida de la sociedad, y no han logrado consagrar ca-nales extendidos de participación democrática.

 

Las construcciones identitarias antimoder-nas no son patrimonio del mundo en desarrollo ni del poscomunismo. Tampoco son uniformes en su ataque a la modernidad: el caso de In-dia muestra que pueden incluso incorporar de buen grado la racionalidad instrumental de la cual la modernidad es portadora, cuestionando los aspectos de racionalidad normativa, la de-mocracia, la secularización y la tolerancia.

 

Con mayor o menor presencia ellas cruzan todas las sociedades contemporáneas, cons-tituyendo aquello que se ha denominado el “lado oscuro de la modernidad”, conformado por la emergencia de nacionalismos xenófo-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

bos, de sectas irracionalistas y de neomesia-nismos religiosos. Estas tendencias pueden, en condiciones de crisis, alcanzar dimensio-nes insospechadas, en desmedro del pluralis-mo y la tolerancia.

 

Por eso resulta hoy día de capital impor-tancia considerar la modernidad como posi-bilidad de síntesis: no como una negación de los particularismos, sino como la difusión de una mentalidad abierta que permita alcanzar síntesis enriquecedoras entre tradición y cam-bio, entre apertura al mundo y afirmación de la identidad propia.

 

En países de América Latina y el Caribe pue-de también observarse una tensión conflictiva en la relación entre identidades culturales y democracia política, si bien en un sentido muy distinto: tensión entre la voluntad de partidos y empresarios por institucionalizar el sistema po-lítico, por una parte, y la orientación de cambio cultural y social por parte de movimientos so-ciales importantes, como son los movimientos éticos, simbólico-expresivos, regionales, coo-perativos, indígenas, de mujeres, de jóvenes, de obreros y los localistas urbanos y rurales.

 

Por cierto, estas tendencias varían de una situación nacional a otra, y los propios acto-res oscilan en el tiempo entre la búsqueda de institucionalización política o autoafirmación

 

368        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

cultural. Pero baste consultar la prolífica lite-ratura sobre movimientos sociales en América Latina y el Caribe para verificar que éstos no sólo se hallan comprometidos en luchas de su-pervivencia o por satisfacer las llamadas nece-sidades “básicas”, sino también en luchas por la producción de sentido y de formas colecti-vas de producción cultural.23

 

Esto resignifica la noción de ciudadanía, ubicándola en el cruce entre los derechos de representación política y los derechos al uso de espacios públicos para la afirmación de identidades culturales. Las demandas sociales por mayor participación, información, comuni-cación o publicidad no son ajenas a las iden-tidades culturales de los sectores populares o excluidos: la cultura aymara y quechua en el mundo andino, la de los “pelados” en México, o la de los marginales urbanos en Río de Janeiro y en Caracas.

 

En la interacción con las fuerzas moderni-zadoras, estas identidades culturales se redefi-nen incesantemente. Algunos de sus rasgos se

 

 

 

  Para una visión relativamente completa sobre los movimientos sociales en la región, véase A. Escobar y Sonia Álvarez (comps.), The Making of Social Mo-vements in Latin America, Nueva York, Westview Press, 1992.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

pierden en los anales de la historia y otros so-breviven, modificándose en su relación con las tendencias más universales a las que se vincu-lan. Hoy día dicha exposición alcanza grados inéditos de intensidad. Los procesos de inter-nacionalización, el acceso a la comunicación global, los cambios en el perfil educativo de la población, las nuevas relaciones generaciona-les y de sexo, los nuevos patrones de compor-tamiento y consumo: todo ello genera una ten-dencia imposible de contrastar de diálogo con-flictivo y quizá de ruptura con la tradición. En este marco se vuelve urgente entender cómo se están conformando estos nuevos cruces y cuáles son sus potencialidades para el proceso de desarrollo.

 

La valorización de la dimensión cultural del desarrollo puede recrear horizontes que im-pregnen a la política —y a las políticas— con una potencia movilizadora que convoque y “seduzca” a los actores sociales que se hallan más replegados sobre su propia identidad. Ten-dencias emergentes en la percepción social convergen, desde esta mirada, en una mayor “culturización” del desarrollo y de la política.24

 

 

24 El rescate de los nuevos movimientos sociales muestra una preocupación por la constitución de iden-tidades colectivas, sean regionales o sectoriales. La

 

Hacia una perspectiva crítica de la modernidad          369

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De lo que se trata entonces es de penetrar en el entramado cultural que constituye el con-junto de representaciones y autoimágenes que circulan entre los sujetos, sobre todo aquellos para quienes la ciudadanía es, hasta ahora, más una carencia que un hecho. Como se verá en las páginas que siguen, la dialéctica entre “in-tegrados” y “excluidos” en nuestra región tiene una profunda raigambre cultural que refuerza este patrón de exclusión e inequidad, y le plan-tea dificultades muy grandes a la construcción de una ciudadanía moderna.

 

Sostenemos en las páginas siguientes que los procesos de exclusión social y degradación o discriminación cultural se refuerzan mutua-

 

 

 

preferencia por los movimientos sociales frente a los partidos políticos implica el privilegio de nuevas lógi-cas de dinámica social, la búsqueda de nuevas formas de hacer política y un aterrizaje de la exaltación de la diversidad. La revaloración de la democracia y del pluralismo apuntan a la consolidación de una cultura democrática y no sólo de un gobierno electo por las mayorías […] La reorientación de las ciencias sociales también implica un cambio en la forma de comprender la realidad social, a partir de la constatación de la com-plejidad progresiva, la desarticulación creciente y el po-limorfismo del tejido social. M. Hopenhayn, “El debate posmoderno y la dimensión cultural del desarrollo”, Imágenes desconocidas: la modernidad en la encruci-jada posmoderna, Buenos Aires, CLACSO, 1988, p. 67.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

mente. El sentimiento o la autoimagen de su-perioridad que han tenido las élites dominan-tes, y que preservan todavía en gran medida, es fiel reflejo de esta discriminación. De esta manera, la diversidad cultural en la región no ha plasmado en una cultura de la tolerancia y del reconocimiento del otro-distinto como un semejante en derechos, sino todo lo contrario.

 

 

  La dialéctica de la negación del otro como imposibilidad de ciudadanía

 

La relación conflictiva con el otro-distinto-de-sí se remonta al período de descubrimien-to, conquista y evangelización del continente. Pero no acaba allí, sino que sobrevive y se transfigura innumerablemente a lo largo de nuestra historia.

 

Importa detenerse en este rasgo para ahon-dar en la relación entre cultura, desarrollo y ciudadanía en la región: la dialéctica de la ex-clusión, que en modo recurrente atraviesa el iti-nerario modernizador en la región desde fines de siglo pasado, y la dialéctica de dominación entre las aletas (políticas y socioeconómicas) y la sociedad toda, tiene un “suelo histórico” en la dialéctica de la negación que se remonta

 

370        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

al fenómeno de la conquista y de la evangeli-zación, y se prolonga por toda nuestra historia bajo la forma de la negación del otro: ese otro que puede ser mujer, indio, negro, campesino o marginal urbano.25

 

La negación del otro presenta, en su desa-rrollo histórico, matices diversos. Esta cons-trucción difiere, por ejemplo, si el encuentro cultural se realizó sobre la base de sociedades ya complejas, como las andinas o mayas,26 o si el encuentro se produjo frente a sociedades de

 

 

 

  No pretendemos reducir el patrón de exclusión a una originaria dialéctica de la negación que marca el inicio de la Conquista de América. Por cierto, la exclu-sión hoy día se explica por múltiples fenómenos, de carácter sociodemográfico, por las dinámicas (o insufi-ciencias dinámicas) de acumulación capitalista, etc. Sin embargo, la negación originaria de la cultura del otro —negación enraizada en los procesos de conquista, co-lonización y evangelización—, constituye un mástil en torno al cual se adhiere, con mayor facilidad, el itine-rario de la exclusión que adviene en las dinámicas de modernización y en los sesgos elitistas de constitución de nuestras sociedades nacionales.

 

  En tales sociedades la temática del otro tiene rela-ción con un ethos cultural ya diverso, y los resultados, en palabras de René Zabaleta, son “sociedades abiga-rradas” (véase R. Zabaleta, “Forma, clase y multitud en el proletariado minero de Bolivia”, Bolivia hoy, R. Za-baleta [comp.], México D.F., 1983).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

menor complejidad o mayor dispersión, tales como las comunidades amazónicas, mapuches o caribeñas. Muy distinta ha sido, también, la dinámica de la negación del otro, cuando tuvo por base la migración esclava del África, aun-que se superpone con los casos anteriores, ge-nerando escenarios distintos, como se observa en el caso de Brasil y de buena parte del Cari-be. Los matices se hacen todavía más comple-jos al considerar las migraciones europeas más recientes, que se entroncaron con sociedades republicanas constituidas, tornando más com-pleja la construcción de identidades naciona-les, como en los casos de Argentina y Uruguay.

 

Como bien ha subrayado R. Adams para el caso de Guatemala, y que puede hacerse ex-tensible a buena parte del continente, los pro-cesos de cambio sociocultural contemplan la transición de sociedades culturalmente parti-culares, relativamente desestructuradas, hacia la constitución de culturas nacionales, donde el peso y la evolución siempre irregular de las relaciones socioculturales impiden que se pre-figuren de manera acabada sociedades moder-nas integradas.27

 

 

 

  Citado por J. Medina Echavarría, Sociología lati-noamericana, San José, Costa Rica, Editorial Univer-sitaria Centroamericana (EDUCA), 1980, pp. 119-120.

 

Hacia una perspectiva crítica de la modernidad          371

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La dialéctica de la negación contiene mu-chos pliegues. Desde el lado del descubridor, el conquistador, el evangelizado el coloniza-dor, el criollo y finalmente el blanco, la nega-ción parte de un doble movimiento: de una parte se diferencia al otro respecto de sí mis-mo, y enseguida se le desvaloriza y se le sitúa jerárquicamente del lado del pecado, el error o la ignorancia.28

 

En el pensamiento latinoamericano, e inclu-so en sus ideologías del progreso y del desa-rrollo, esta jerarquía se perpetúa todavía hoy

 

 

 

28 Esta desvalorización no es, empero, uniforme. Incluso del lado de la evangelización, la actitud de la Iglesia hacia las culturas no cristianas o autóctonas alcanzó momentos de comprensión, si bien desde una jerarquía de valores ya asumida. Valgan las palabras del fraile Bartolomé de las Casas: “Así, estos indios, total-mente inocentes, no pueden ser acusados por no entrar en razón con sólo la prédica de las primeras palabras del Evangelio, pues ellos no entienden al predicador. No están obligados a abandonar de golpe su religión ancestral, porque no comprenden que esto es lo que les resulta mejor […] no existe mayor ni más difícil de-cisión para un hombre que abandonar la religión que ha abrazado”. En este sentido De las Casas “se sitúa en una suerte de frontera indecible entre la salvación y la negación del otro” (G. Bravo, “La estructura íntima del pensamiento latinoamericano: descubrimiento del otro”, Santiago de Chile, inédito, p. 25).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

como diferenciación entre el lugar del logos y el lugar del rito. El otro —indio, autóctono, no occidental— es el sujeto en que se realiza el rito: la realidad mágica, el folclore, el saber precientífico, la expresividad espontánea y el arte local. El logos —como dominio de la ra-zón, del discurso “verdadero”, de la ciencia y del desarrollo— es el dominio del “blanco” del occidental, en suma, la voz del progreso.29 La síntesis entre “lo propio y lo universal” que se requiere para constituir una modernidad “au-téntica” sigue faltando.

 

Mientras el “otro” (mujer, indio, negro, cam-pesino, marginal) debe internalizar este logos para acceder al desarrollo y al progreso, el rito en cambio puede permanecer restringido a las culturas autóctonas y locales, sin necesidad de ser internalizado por parte de los “portadores” del logos.30 El colonizador, el evangelizador, y

 

 

  Véase G. Bravo, op. cit.

 

  “A la visión de los vencidos se le reconocerá como máximo su dimensión estética e incluso política —es el caso de Mariátegui respecto al ayllu o comunidad in-caica, en tanto forma natural de la comunidad—, por la información ‘antropológica’ cuando no ‘folclórica’ que aportan respecto al ‘pasado americano’, por el aporte de sus ‘rituales’ a la gestación de un ‘mestizaje cultural’ y/o ‘religioso’, pero no se le concederá jamás estatuto de pensamiento.” (G. Bravo, op. cit., p. 8).

 

372        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

más tarde también el político o el planificador, integran el rito como forma de “compensación-cooptación” del otro. En el intercambio cultu-ral, el rito es reconocido a cambio de que se subordine al dominio del logos. Esto, pese a que históricamente el mundo simbólico de las culturas autóctonas ha mostrado especial dina-mismo y permeabilidad para combinarse con el “logos” de la cultura occidental. Ejemplo claro de ello es la producción del barroco andino en toda la región.

 

En términos esquemáticos se puede afirmar que el colonizador, el evangelizador y, en ge-neral, el sujeto de la cultura dominante, le han respetado a las culturas oprimidas sus prác-ticas de producción y reproducción: sistemas de cultivos, organización comunitaria, estra-tegias de supervivencia. En ello se ha podido ver que la racionalidad productiva “autócto-na” no ha estado necesariamente reñida con la racionalidad instrumental “exógena”.31 Pero

 

 

  Los análisis de John Murra acerca de la racionali-dad productiva andina, su organización multicíclica en varios pisos ecológicos, y su vinculación a procesos de distribución macrorregionales y no mercantiles, mues-tran la existencia, en la cultura andina, de un sistema altamente racionalizado de producción que pervive y se reproduce hoy día (véase J. Murra, Formaciones económicas y políticas del mundo andino, Lima, Ins-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

la cultura dominante se ha resistido, en cam-bio, a reconocer que en la historia también se han dado formas concretas de enriqueci-miento mutuo entre los dominios del rito y del logos. Olvida que el “otro” constituye no sólo una presencia mayoritaria en regiones como el Caribe o el mundo andino, sino que además ha sido y es una presencia insoslayable en las más diversas manifestaciones de la cultura y la sociedad.

 

La negación del otro por parte de las éli-tes políticas y económicas (las élites asumen su identidad como criolla, casi nunca como mestiza) tiene, asimismo, otras caras contra-puestas y pendulares. Por un lado el otro es el extranjero, y la cultura política latinoameri-cana, en sus versiones más tradicionalistas y autoritarias, ha exhibido con frecuencia esta resistencia al otro-extranjero: aquello que “amenaza nuestra identidad” desde fuera, que corroe la nación como un virus que se introdu-ce desde la frontera. En el extremo opuesto, el propio “criollo” latinoamericano ha negado al

 

 

 

tituto de Estudios Peruanos (IEP), 1975). Para una dis-cusión sobre la problemática, véase S. Rivera Cusican-qui, “Sendas y senderos de la ciencia social andina”, Revista autodeterminación, N° 10, La Paz, octubre de 1992, pp. 83-108.

 

Hacia una perspectiva crítica de la modernidad          373

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

otro de adentro (al indio, al mestizo) identifi-cándose de manera crítica y emuladora con lo no autóctono, sea europeo o norteamericano. Este juego de identificaciones ha sido muy im-portante y eficaz en la construcción de institu-ciones reales.

 

Desde el lado del “negado” (indio, negro, esclavo, mujer, mestizo, campesino, marginal, pobre), el proceso de negación del otro tam-bién se vive con más de una cara. Por un lado se introyecta como auto negación, es decir, como cercenamiento de la identidad propia frente a sí misma. Despojado del asidero que podía dispensarle su propia identidad cultural, y del horizonte de sentido que dicha identidad le confería a su vida, navega por una orfandad interminable en medio de un mundo en que no logra reconocerse. Por otro lado se vive esta negación como una asimilación siempre deseada y siempre frustrada al mundo de lo “blanco”, al progreso, en fin, a la moderniza-ción. La identidad se ve de esta manera signa-da por una suerte de promesa incumplida o de proyecto trunco.

 

El otro-oprimido aparece siempre al margen de los espacios sociales en que se formulan y deciden los grandes proyectos colectivos, y en que se asignan los recursos. Esta falta de ac-ceso define, en importante medida, la cultura

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

oprimida.32 También se desarrollan, del lado de este otro-negado, estrategias de preservación de la diferencia, que se observan claramente en la música, el arte, la danza, el ritualismo y el sincretismo religioso, los sistemas de cultivo y de supervivencia, los vínculos comunitarios y las reivindicaciones de territorio y de uso de la lengua vernácula.

 

La negación del otro en la región se ex-plicita de la manera más clara y sostenida en la discriminación de las etnias indígenas y afroamericanas. La discriminación étnica contra los negros de las culturas afroameri-canas no desaparece después de abolida la esclavitud: “La visión del negro como expli-cación esencial del calamitoso cuadro que presentaban algunas repúblicas latinoame-ricanas del siglo XIX se fortaleció aún más cuando, al correr de los años, posteriormen-te a la abolición, quedó claro para el sim-plismo racista que los negros no constituían

 

 

 

  “Se llama cultura oprimida aquella que carece de instituciones encargadas de la producción de conoci-mientos y de normas o estrategias para negociar, mo-dificar y adaptar los proyectos de sociedad de sus por-tadores.” (J. Casmir, Vigencia de la cultura oprimida”, Cultura y creación intelectual en América Latina, México, Siglo XXI Editores, 1984, p. 67).

 

374        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

factor de atraso por ser esclavos, sino por negros”.33

 

Son escasos los mecanismos de reconoci-miento de viejas y nuevas dinámicas etnocul-turales, y la irrupción de nuevos movimientos y movilizaciones indígenas nacen del reclamo por esta carencia. En varios países del conti-nente los indios son la mayoría, “pero ni su lengua es la oficial, ni su cultura la dominan-te, ni sus instituciones la base de la organiza-ción estatal”.34

 

 

 

  M. Romero Fraginals (comp.), África en América Latina, México, Siglo XXI Editores/UNESCO, 1977, p.

  El mismo autor señala que, al quedar como trabaja-dores “libres” y despojados de ese factor de cohesión sociocultural que fue la esclavitud, “se daba en la rea-lidad una situación que pura y simplemente vedaba al negro el acceso a los niveles de cultura y participación social que podrían haberle permitido actuar eficazmen-te, tanto en el sentido de la adopción mimética de los valores ‘blancos’, como en el de revalorización de los valores ‘negros’ (Ibíd., p. 51).

 

  G. Bonfil Batalla, “La nueva presencia política de los indios: un reto a la creatividad latinoamericana”, Cultura y creación intelectual en América Latina, op. cit., p. 141. Y en otro texto: “Hay quienes se maravillan ante las ruinas de las ciudades mayas y sienten por ellas un auténtico orgullo nacional, pero ignoran que más de un millón de personas hablan y piensan en maya y viven su vida cotidiana como mayas. Hay quienes —entre la

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No es casual que en buena parte de la región los movimientos indianistas, cada vez más in-tercomunicados entre sí, plantean con fuerza importantes reformas culturales, reclamando la constitución de estados pluriétnicos y pluri-nacionales.35

 

La dialéctica de la negación del otro prece-de a la dialéctica de la exclusión. La negación no se interrumpe: se transmuta. En la historia

 

 

gente ‘culta’— conocen algún fragmento de la antigua filosofía o poesía náhuatl pero ignoran que en el centro de México existe más de un millón y medio de hablan-tes de náhuatl. ¿Por qué? Porque el náhuatl sólo lo ha-bla la cocinera en la cocina, el peón de albañil de una obra en construcción o el campesino trabajando sus escasos surcos de mala tierra de temporal.” (R. Staven-hagen, “Resistencia y renacimiento cultural indígena”, Cultura y creación intelectual en América Latina, op. cit., p. 307).

 

  Véase al respecto la compilación realizada por G. Bonfil Batalla, Utopía y revolución, México, Nueva Ima-gen, 1981; y X. Albó, “El retorno del indio”, Revista an-dina, N° 2, Lima, diciembre de 1991. Para el caso del afroamericanismo en el Caribe francés, véase J. Casmir, The Caribbean: One and Divisible, serie Cuadernos de la CEPAL, N° 66 (LC/G.1641-P), Santiago de Chile, no-viembre de 1992; publicación de las Naciones Unidas. Para un análisis del creole hispano y su evolución, véa-se A. Quintero, ¡Seis, bomba, danza… sonata… salsa y control! Sociología de la música del Caribe, San Juan, Puerto Rico, en prensa; y M. Romero Fraginals, op. cit.

 

Hacia una perspectiva crítica de la modernidad          375

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

de la región hay continuidad temporal entre la negación y la exclusión: los descendientes de los negros que fueron esclavos traídos de Áfri-ca, y de los indios que fueron sometidos por la conquista, son hoy, en su mayoría, pobres y marginados (aunque no sean los únicos pobres o marginados). El estigma no se interrumpe ni con las revoluciones de independencia, ni con las empresas modernizadoras, ni con el Estado de derecho.

 

Las distancias socioeconómicas, en muchos países de la región, siguen acompañadas por el color de la piel o por la lengua. Las relaciones de servidumbre con el personal de servicio en los hogares de clase media o clase alta, y con los trabajadores agrícolas y fabriles, sobreviven a la supuesta vocación igualitaria de la moder-nidad, y son la evidencia de que dicha dinámica es, todavía, un desafío pendiente en la mayoría de nuestras sociedades. Y si bien existe un cier-to margen de movilidad social de abajo hacia arriba en un porcentaje de los grupos étnicos, esta movilidad siempre ha sido lo suficiente-mente exigua como para mantener una estra-tificación social que, en términos generales, se corresponde con una estratificación étnica.

 

Esta negación/exclusión del otro entraña un doble rechazo al sentido más democrático e in-tegrador que pueda pretender la modernidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por un lado, el rechazo por parte de quienes asu-men valores universalistas de modernización pero no los asocian con las identidades cultura-les específicas de la región sino, por el contra-rio, subvaloran estas identidades y emulan a las élites de los países industrializados. Esto cons-tituye una prolongación de la mentalidad colo-nial y podría expresarse metafóricamente en el deseo de construir un futuro sin memoria. En las antípodas de esta sensibilidad, el rechazo a la modernidad se expresa en quienes la perci-ben como amenaza a las raíces culturales, y se refugian en ideologías comunitaristas cerradas sobre sí mismas, que resisten los cambios y la apertura hacia el intercambio global.

 

Así, la mirada de los primeros, que niega ha-cia dentro, se complementa y refuerza con esta mirada esencialista que niega hacia fuera. En ambos casos se muestra una fuerte resistencia a rasgos propiamente modernos, vale decir, a las dinámicas sociales, las tensiones intercul-turales y la incertidumbre que caracterizan los procesos de la modernidad. Esta resistencia suele fundarse en valores rígidos que con fre-cuencia materializan en una política conspira-tiva y poco democrática.36

 

 

  Es interesante en este sentido el caso de las cultu-ras migrantes, internas o fronterizas. Así, por ejemplo,

 

376        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero las dinámicas de negación del otro no sólo tienen su origen en procesos de conquista y colonización, ni la discriminación se remite siempre a una negación de las etnias indígenas, asiáticas o afroamericanas. En países como Argentina, la relación conflictiva con el otro encuentra un precedente igualmente decisivo en las migraciones europeas de fines de siglo XIX y comienzos del siglo XX, sobre todo en las zonas metropolitanas. Dichas corrientes mi-gratorias arribaron masivamente a Argentina,

 

 

el epíteto de “cabecita negra” fue históricamente usado en Buenos Aires para hacer referencia, de manera pe-yorativa, a los migrantes del norte del país o de Bolivia, que formaban parte de la fuerza de trabajo no especia-lizada de Argentina. Pero esta desvalorización quedó revertida en el discurso populista a partir de los años cuarenta, y el propio movimiento político de orienta-ción nacional-popular se forjó reivindicando al “cabe-cita negra” como auténtico “ciudadano”. En el Caribe, hasta la independencia tenían mayor participación en la administración pública las personas de tez más clara, “pero, al surgir la democracia con el principio de ‘cada hombre, un voto’, resultaba necesario que los parti-dos atrajeran a la masa de la población, basándose en el principio del Black Power” (R. Rex, “Introducción: las nuevas naciones y las minorías étnicas, aspectos teóricos y comparados”, Raza y clase en la sociedad postcolonial, Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura-UNESCO, París, 1978, p. 34).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

provenientes de España, Italia, Polonia, Rusia y otros países de Europa. Su situación los puso en tierra de nadie, entre dos aguas y dos “pa-trias” en que, tanto al salir como al llegar, de-bieron pagar el precio de distintos tipos de dis-criminación. En sus países de origen padecie-ron la guerra, la exclusión socioeconómica, la represión étnica y religiosa, o bien la violencia política e ideológica. En la “tierra prometida” (Buenos Aires y el mito de la pampa húmeda) les fueron negados, desde el momento del des-embarco y por tiempo prolongado, múltiples derechos de ciudadanía política.

 

Las huellas de esta pérdida de territorio, tan-to en el trauma de la expulsión como en la pre-cariedad del desembarco, no desaparecieron con los mecanismos de integración social que gozó la sociedad urbana argentina en décadas posteriores. La facilidad con que los herederos de los migrantes despatriados acogieron, déca-das más tarde, discursos políticos caudillescos y populistas (paradójicamente, en la sociedad más ilustrada de la región), podría entenderse, en parte, por esta necesidad pendiente de per-tenencia y acogida. La urgencia de identidad en metrópolis como Buenos Aires, construida sobre la desidentidad y el drama del terruño perdido, es un tema que late aún bajo la piel de la gran ciudad en Argentina.

 

Hacia una perspectiva crítica de la modernidad          377

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esta discriminación a las migraciones euro-peas no eliminó, sino que complejizó una situa-ción de origen colonial, donde se mantuvo una fuerte discriminación de las minorías étnicas alejadas de las metrópolis, de los “cabecitas ne-gras” del norte del país que migraban a la me-trópolis, y de las corrientes migratorias fronte-rizas. La desvalorización del otro de adentro se combinó con la negación de derechos de ple-na participación política al migrante europeo. Esta situación intentó resolverse políticamen-te, con todos los logros y fracasos posteriores, en un discurso nacional-popular que vino a co-brar su mayor fuerza movilizadora a partir de la década de 1940.

 

Por nuestra propia precariedad “sustancial” nos hemos construido con base en la negación del otro, y esta negación del otro es un cimien-to en el imaginario latinoamericano: signo, es-tigma, fantasma. La identidad basada en esta negación siempre es una identidad postergada: el criollo es no-indio, pero eso lo hace europeo; su compulsión a huir de la diferencia le impi-de ver la diferencia fuera y dentro de sí, con lo cual niega parte de su propio ser. En el caso del indio, la diferencia queda también bloqueada en su subjetividad, pues la padece como agre-sión, privación o avasallamiento. La dialéctica de integrados y excluidos, tan citada en las su-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

cesivas crisis de la modernización, pareciera encontrar su tronco materno en esta originaria negación del otro.

 

La compensación cultural nos provee aquí no sólo de una explicación de los orígenes, sino también de los fantasmas que aún nos recorren. De la inicial y prolongada imper-meabilidad a esta diferencia étnica y cultural se abren muchas historias, pero sobre todo truncadas: integración trunca, modernización trunca, democratización trunca. Obviamente, esta fisura originaria no basta para explicar el fracaso de otros tantos proyectos. Pero sin la comprensión de esta diferencia —y de la diferencia dentro de nosotros— difícilmente podemos deducir de nuestra identidad un pro-yecto de futuro.

 

Mientras se impone una racionalidad cultu-ral basada en esta dialéctica de la negación del otro, se impone también la negación del vínculo social de reciprocidad: el “distinto” queda des-valorizado, satanizado, reprimido o silenciado. Esta negación de reciprocidades en derechos y en identidades hace, a su vez, que los sujetos que formulan la discriminación y la reprodu-cen en la práctica (sean conquistadores, co-lonizadores, evangelizadores, blancos, ricos, oligarcas, líderes políticos empresariales o sin-dicales, militares, tecnócratas públicos u ope-

 

378        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

radores “modernos”), se atribuyen de manera excluyente la posesión de la verdad, del buen juicio y de la razón correcta. El discriminador se convierte, así, en juez y parte del proceso de discriminación: lo crea, lo reproduce y se atri-buye el derecho exclusivo de decidir sobre las jerarquías establecidas por esta discriminación.

 

Sin embargo, como rasgo cultural constitu-tivo en la región, la negación del otro es am-biguo en su desarrollo histórico concreto. Tal ambigüedad está marcada por la transforma-ción del negador y del negado, cuya relación es compleja y ambivalente a lo largo del tiempo, y donde la negación se vincula a rasgos de acep-tación y de adopción de las características del otro como propias. Un ejemplo clásico de esta ambivalencia está dado por el rol de la Iglesia Católica en la región, que en distintas fases de la historia moderna y contemporánea ha dado bases doctrinarias sea a ideologías políticas antimodernas, elitistas y antiigualitarias, sea a ideologías modernizadoras, democráticas o tolerantes. Otra ambivalencia la encontramos, durante el siglo pasado, en la búsqueda de una institucionalidad jurídica fundada en la reite-ración de constituciones francesas, inglesas y norteamericanas, al tiempo que en las mayo-rías nacionales padecían una exclusión signifi-cativa en lo político y en lo cultural.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La tendencia a mirar hacia fuera y la nega-ción de las identidades autóctonas, por parte de las nuevas élites criollas, muestra que entre los períodos de colonia e independencia la con-tinuidad es mucho mayor de lo que habitual-mente se supone. Los mecanismos de negación del otro no desaparecen con la transición de la colonia a las repúblicas. Si bien los proce-sos independentistas conllevaron incluso rup-turas geográficas; en lo económico, cultural y político los elementos de continuidad son más importantes de lo que generalmente se piensa. Pues más allá de las turbulencias del período posindependentista, la oligarquía de origen co-lonial continuó, en buena medida, controlando el Estado y los procesos productivos.

 

De manera que la restauración conservado-ra fue el resultado de la creciente hegemonía política y cultural de estas élites sobre las re-públicas emergentes.37 Llama la atención, por ejemplo, que en países como Argentina y Chile,

 

 

 

  Véase E. Ottone, “La transformación del Estado de América Latina. Desarrollo histórico y visión de futuro”, Diversidad para el cambio, varios autores, Caracas, Editorial Nueva Sociedad, Instituto de las Naciones Unidas para la Formación Profesional-UNI-TAR/Programa sobre el Futuro de América Latina-PROFAL, 1987.

 

Hacia una perspectiva crítica de la modernidad          379

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

las matanzas y los despojos de la tierra a mapu-ches fueron emprendidos por élites liberales o conservadoras que prolongaron la discrimina-ción del período colonial.

 

Esta tradición excluyente y jerárquica se alimenta con la constante violación de los de-rechos de las mayorías por parte de caudillos militares, al calor de las guerras civiles, en las cruzadas de exterminio de poblaciones indí-genas, con la prolongación solapada de la es-clavitud negra, y con el uso de mano de obra a muy bajo costo para los trabajos más duros o degradantes.38

 

Mientras la construcción jurídica de la ciu-dadanía en la región ha tendido a emular cons-

 

 

  Especial consideración merece, a este respecto, la especificidad de la cuestión colonial en el Caribe an-glosajón y francés, dado lo difundido del fenómeno de la esclavitud, asociado a las etnias afroamericanas. En un texto ya aludido, se observa que al término de las guerras de independencia la cuestión esclavista en las repúblicas liberales en el Caribe se perpetúa y niega si-multáneamente: como institución se halla condenada en la legislación y en los principios, como sistema se ve afectada la esclavitud por la prohibición de la trata, pero como ordenamiento socioeconómico estructural se halla preservada en lo esencial mediante providen-cias legislativas, expedientes administrativos y prácti-cas ilegales más o menos toleradas (véase M. Moreno F., África en América Latina, op. cit., p. 47).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

tituciones concebidas en contextos sociocul-turales muy distintos, las dictaduras tradicio-nales han incurrido en recurrentes violaciones de estas constituciones. Los tejidos sociales propios del régimen de la hacienda, de la plan-tación o de los enclaves mineros, junto a la per-sistencia de relaciones familiares tradicionales de tipo patriarcal, han permitido la disociación ciudadana a la que hacemos referencia,39 y esta disociación no se ha superado plenamente con la transición desde sociedades oligárquicas ha-cia estructuras productivas más modernas.

 

En este sentido la transición hacia la mo-dernidad tiene todavía un largo camino por recorrer. En muchas sociedades de la región, especialmente en las relaciones de género y en muchos nichos de trabajo (en servicios domésticos, en las zonas rurales, e incluso en parte del empleo urbano moderno), las rela-ciones de servidumbre siguen reforzando la reproducción de un sistema de dominación

 

 

  “Gamonales, mayorales, coroneles, capangas, hua-sipungueros, policías bravos, se encargaban de mostrar cotidianamente, sobre todo en el mundo rural, que para los dueños del poder no hay límites para el ejercicio de su arbitrariedad y allí está el nudo de la cuestión, por-que los derechos humanos son, precisamente, el límite a la arbitrariedad del poder: de toda y cualquier clase de poder.” (W. Ansaldi y F. Calderón, op. cit., p. 67).

 

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que se desprende de esta dialéctica de la nega-ción del otro: el otro como distinto de sí, pero también como inferior a sí. Una cultura de la servidumbre y la degradación sigue sirviendo como eje cultural de reproducción de la asi-metría en muchos ámbitos de actividad eco-nómica y de relación social.40

 

Esta dialéctica de la negación del otro se extiende en la historia de la región más allá de la discriminación y represión étnicas, proyec-tándose muchas veces como discriminación cultural, socioeconómica e incluso político-ideológica.

 

Respecto de la discriminación político-ideo-lógica, cabe destacar que sus efectos en la re-gión se han prolongado hasta la década pasada,

 

 

 

  La discriminación cultural cobra especial fuerza en las relaciones de género, y esto tiene claras repercusio-nes en tres esferas. En primer lugar, resalta el caso de la dinámica ocupacional de las mujeres y la brecha sala-rial que padecen en relación con los hombres. Se obser-va que, por los efectos de crisis y ajuste, se ha generado un aumento sin precedentes de la ocupación femenina, sobre todo en labores donde el patrón de servidumbre persiste; por otra parte, pese a este incremento de la proporción de PEA femenina, persisten también los al-tos niveles de discriminación salarial por sexo (véase al respecto CEPAL, Panorama social de América Latina. Edición 1993 (LC/G.1688), Santiago de Chile, 1993).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

y que sobre todo a partir de los años sesenta res-tringieron considerablemente el campo de los compromisos, los acuerdos y los consensos. La fuerte ideologización de la política y la lógica de guerra que se generó entonces, pueden con-siderarse como formas de esta dialéctica de la negación del otro. Desde posiciones conserva-doras, el adversario político-ideológico deja de ser un adversario y pasa a transformarse en un enemigo, infiltrado, “bárbaro de adentro”, pe-ligro moral para la identidad nacional. Desde posiciones revolucionarias se da un proceso similar, pues el adversario es un enemigo del pueblo, un mero agente imperialista, y debe ser derrotado o aniquilado.

 

Esta dialéctica de la negación del otro se hizo presente en los dos extremos del arco po-lítico-ideológico: encarnó en discursos y prác-ticas del lado de la Revolución y la insurgencia de aquellos años, como también en la doctrina de la seguridad del Estado y en los regímenes militares que la pusieron en práctica.

 

Pero la historia contemporánea de la región está hecha de flujos y reflujos, y las propias de-rrotas en las luchas por expandir la ciudadanía forjan, a su vez, “utopías de ciudadanía” que hoy día parecen encarnar con más fuerza en la revalorización de los sistemas democráticos. Como señalaba poéticamente José Martí, “las

 

Hacia una perspectiva crítica de la modernidad          381

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

heridas que tenemos son las libertades que nos faltan”. La región está poblada por una cultura de luchas por la ciudadanía en que ha estado muy presente, de uno u otro modo, la lucha por la inclusión del otro en un sistema de de-rechos compartidos. En el siglo XX, buena par-te del desarrollo y la construcción del movi-miento obrero y campesino, y del movimiento femenino, se centraron en la consecución de derechos ciudadanos en el plano político y en el plano social.41

 

 

  El origen del movimiento obrero en la región es-tuvo concentrado en la búsqueda del reconocimiento de los derechos de la organización sindical, huelga, jornada de 8 horas de trabajo, seguro social y varias otras leyes laborales. Véase, por ejemplo, J. Godio, Historia del movimiento obrero latinoamericano, pp. 63-72. Para una visión más exhaustiva que incluye una revisión de 21 países, véase P. González Casano-va, Historia del movimiento obrero latinoamerica-no, México, Siglo XXI, 1984. El aporte del movimiento obrero a la ciudadanía moderna fue fundamental. Los orígenes contemporáneos del movimiento de dere-chos de la mujer, muy a menudo cercanos al movi-miento obrero, proliferaron en toda la región a prin-cipios de siglo (piénsese, por ejemplo, que el primer Congreso Femenino Internacional se realizó en Bue-nos Aires en mayo de 1910). Para una visión histórica general de la participación femenina en la lucha por la ciudadanía y los derechos de las mujeres, y un perfil de sus principales líderes, véase “Mujeres e historia”,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los llamados regímenes nacional-popu-lares permitieron avances significativos en materia de ciudadanía política (incluyendo el derecho al voto a los antes excluidos de este derecho) y en el plano de la ciudadanía social (acceso a educación, salud, suelos pro-pios y otros derechos sociales básicos). Sin embargo, la creación de complejos sistemas de intermediación, como el clientelismo buro-crático, el corporativismo y la constitución de Estados de tipo prebendalista, mermaron la propia capacidad de construcción ciudadana en los proyectos nacional-populares, y tendie-ron también a subordinar las identidades cul-

 

 

 

Revista Isis Internacional, N° 10, diciembre de 1988; “Precursoras del feminismo en América Latina”, Re-vista Mujer/Fempress, número especial, Santiago de Chile, Instituto Latinoamericano de Estudios Trans-nacionales (ILET), 1991. Para un análisis específico, véase C. Salinas, La mujer proletaria: una historia por contar, Concepción, Chile, Ediciones LAR. Para un análisis teórico actualizado, véase J. Astelarra, “Recuperar la voz: el silencio de la ciudadanía”, Re-vista Isis Internacional, N° 17, Santiago de Chile, 1992. En relación al movimiento campesino, éste ha centrado históricamente sus demandas en el derecho a la tierra, organización sindical, educación y voto. Para una visión general, véase A. Warman, “Los cam-pesinos en el umbral de un nuevo milenio, Revista Mexicana de sociología, N° 50, 1988.

 

382        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

turales y los intereses sociales a la dinámica de un sistema político con alta concentración de poder.

 

Los fracasos de estos esfuerzos en la cons-trucción de una ciudadanía democrática, y el efecto traumático que las dictaduras militares posteriores dejaron en la región, convergen hoy día en una auténtica revalorización de la democracia como régimen político y como forma de vida. Por primera vez las reglas democráticas pasan a ocupar un lugar en el sentido común de sectores de distintas posi-ciones políticas. Estas reglas ya no figuran, en la conciencia política de muchos, como meros instrumentos circunstanciales, y les dota de valor ético en sí mismas. Muchas de las accio-nes de los variados movimientos sociales en la última década se orientan a la expansión de la democracia como un sistema de derechos amplios y compartidos. Dicha reconstrucción de la democracia ha permitido reconstruir una búsqueda de ciudadanía extendida.

 

En este contexto, se plantean también de-mandas por mayores derechos desde distintas colectividades culturales y regionales. Un nue-vo campo de conflictos ciudadanos, donde la aceptación del otro se prefigura como un tema medular, entra en la escena de la discusión pú-blica con mayor fuerza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La lucha por mayor presencia pública por parte de mayorías y minorías “étnico-cul-turales”, los movimientos de mujeres y sus reivindicaciones en todos los planos, los mo-vimientos comunitaristas y localistas, consti-tuyen señales de que la democracia no puede prescindir hoy de una construcción ciudada-na con su importante “carga cultural”.42 Tan-to más problemática se hace esta construc-ción de ciudadanía cuanto más tensionadas están las acciones sociales por tendencias contradictorias.

 

Pero al mismo tiempo las propias diná-micas de desarrollo plantean también, hoy más que nunca, el riesgo de consagrar siste-mas excluyentes en el aspecto socioeconó-mico. Las presiones de la deuda externa y del ajuste han tenido como efecto una agu-dización de la inequidad y, con ello, de la exclusión. Las perspectivas de reinserción

 

 

 

  Véase, respecto de las mujeres, el texto compilado por E. Jelin, Ciudadanía e identidad: las mujeres en los movimientos sociales latinoamericanos, Ginebra, Instituto de Investigaciones de las Naciones Unidas para el Desarrollo Social (UNRISD), 1987. Véase, en ge-neral, el texto de F. Calderón y E. Jelin, Clases sociales y movimientos sociales en América Latina, Buenos Aires, Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CE-DES), 1988.

 

Hacia una perspectiva crítica de la modernidad          383

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

internacional y de reconversión productiva no son sencillas y sus efectos integradores sólo podrán observarse en el mediano o lar-go plazo.

 

Todo esto lleva, posiblemente, a un des-plazamiento en las expectativas difundidas de integración social. Tal integración no se busca tan sólo en el acceso a bienes materia-les; sino que se concibe, cada vez más, como un equilibrio entre el acceso a bienes mate-riales y el acceso más difundido a los bienes “simbólicos”. Junto a la demanda de vivien-da, de atención en salud y de diversificación del consumo, se agrega con especial fuerza la demanda de información, de conocimien-tos útiles, de transparencia en las decisiones, de mejor comunicación en la empresa y en la sociedad, y de mecanismos de representati-vidad política y de visibilidad pública. Este acceso mayor a los bienes simbólicos se ve estimulado, tanto por los actuales procesos de democratización, que abren canales de participación pública, como por el impacto cada vez más profundo de la industria cultu-ral, que integra a la sociedad por el lado del “consumo simbólico”.

 

La asincronía entre una tendencia más lenta en los procesos de integración socioeco-nómica (promovidos por efecto de la transfor-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

mación productiva y racionalización social), y una tendencia más intensiva de integración en el nivel simbólico y cultural (por efecto de la apertura política democrática y la indus-tria cultural), podrá construir, en los próxi-mos años, un importante núcleo temático en la lucha por la ciudadanía en buena parte de las sociedades de la región.

 

De estos nuevos escenarios se deducen de-safíos e interrogantes ineludibles en lo que se refiere a la construcción de una ciudadanía “moderna” y a la eficacia integradora de las nuevas tendencias del desarrollo. Existe con-ciencia creciente, por ejemplo, que el campo educativo, y sobre todo el de la educación bá-sica, constituye hoy el lugar desde el cual hay que partir para revertir esta dialéctica de la ne-gación del otro. La discriminación por acceso a la educación sigue siendo un factor central de reproducción de la pobreza, y refuerza la discriminación por etnicidad. Construir un sis-tema educativo más igualitario, actualizando la educación y elevando sustancialmente su cali-dad en los establecimientos donde concurren los sectores más pobres, es la herramienta que permite difundir con mayor profundidad los có-digos de modernidad entre toda la población.

 

Esto significa no sólo formar recursos huma-nos en los sectores más bajos para que puedan

 

384        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

aumentar su desempeño productivo en la vida adulta, sino también construir desde los ci-mientos del desarrollo de la vida (en los niños y jóvenes) una conciencia de sí mismos como partícipes de un proceso colectivo de desa-rrollo. La educación formal y, de manera más general, la difusión de conocimientos y destre-zas para asumir los retos de la modernización productiva, constituye hoy, más que nunca, el punto de inflexión en que la negación del otro puede revertirse o afincarse. La llamada “socie-dad del conocimiento” hace que la difusión del conocimiento constituya un eje central para la construcción de una ciudadanía donde el otro pueda ser un par.43

 

Si la sociedad del conocimiento desafía a ampliar nuestra cosmovisión y a abrir nuestra

 

 

 

  Entiéndase aquí la difusión de conocimiento en sentido amplio, a saber: como adquisición de destrezas productivas, de capacidad crítica, de autovaloración en función del propio potencial, de conciencia de sí mis-mo como ciudadano, de apertura para asimilar infor-mación y valores, etc. Este corolario de las reflexiones precedentes coincide, pues, con los planteamientos del documento de CEPAL, Educación y conocimiento…, op. cit., en el sentido de que la difusión de la educación y del conocimiento debe activar “sinérgicamente” tanto la competitividad como la ciudadanía, difundiendo lo que se ha dado en llamar los “códigos de modernidad”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sensibilidad, esta presencia del otro debiera constituir un activo potenciable. Si en lugar de negar la identidad del otro, la reconocemos incluso como presente dentro de nosotros, nuestra cosmovisión se expande. El mundo no se nos derrumba si nos abrimos a la iden-tidad-en-la-diferencia, sino que se enriquece con nuevos contenidos. Esto significa no sólo ampliar nuestra percepción del mundo, sino que también se traduce en efectos prácticos, tales como adecuaciones tecnológicas, cono-cimiento e información sobre tecnologías dis-ponibles, y asimilación creciente y adecuada de las mismas; o desarrollar vínculos comu-nitarios que pueden fortalecer la democracia social y enriquecer los lazos de pertenencia y comunicación.

 

Revertir la negación o la discriminación del otro-distinto-de-sí, y reconocer a ese otro como parte de una identidad colectiva que también nos incluye a nosotros, podría llegar a ser una forma de transmutar la negación histórica en afirmación hacia el futuro. Ob-viamente, no es esta una síntesis que advie-ne ni espontánea ni repentinamente, sino que constituye un proceso conflictivo y poblado de obstáculos. Pero el proceso mismo es de enriquecimiento cultural y de construcción de una ciudadanía común.

 

Hacia una perspectiva crítica de la modernidad          385

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  El tejido intercultural como fuerza de la modernidad

 

Otro elemento central que atraviesa el sustra-to cultural de la región es el que aquí hemos llamado tejido intercultural, o bien sincretis-mo cultural. No utilizamos aquí el concepto de tejido en su acepción específica o restringida de cruce inter-étnico, sino en un sentido más general: como compenetración intercultural o “asimilación activa” de la cultura de la mo-dernidad desde el acervo histórico-cultural propio. No compartimos aquí tampoco el con-cepto de mestizaje reivindicado en la tradición populista, a saber, como identidad basada en una mezcla racial autóctona que, de manera ambivalente, incorpora y resiste los códigos de Occidente y de la modernidad.44

 

En las páginas siguientes expresamos, a tra-vés del concepto de tejido intercultural, tanto la idea de permeabilidad entre culturas como la idea de coexistencia de distintas tempora-lidades históricas en el presente de nuestra región. América Latina y el Caribe es, en este sentido, una región con un tejido específico

 

 

  En páginas precedentes hemos citado la literatura reciente que muestra, a partir de investigaciones cientí-ficas, que no existen “razas” sino grupos étnicos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

porque combina múltiples corrientes cultura-les; porque desde sus orígenes ha incorpora-do el sincretismo como parte de su dinámica cultural e “identitaria”, porque coexiste y se mezcla lo moderno con lo no moderno tanto en su cultura como en su economía; y porque la propia conciencia de la mayoría de los latinoa-mericanos está poblada de cruces lingüísticos o culturales.

 

Tanto el indio “puro” que ha logrado defen-der su identidad recreando sus raíces cultura-les, como el reciente migrante coreano, o el descendiente de migrante español, italiano o alemán, llevan la “marca” del otro —sea como oprobio, sea como impulso liberador—, por cuanto construyen día a día sus identidades es-pecíficas con base en interacciones culturales de base occidental.45 En América Latina y el Ca-

 

 

 

  El concepto de creolización en el Caribe, por ejem-plo, forma parte no sólo del análisis histórico-cultural sino del lenguaje cotidiano. Por un lado el creole es el mestizo de la relación europeo-africano, pero también se asocia históricamente con un tipo de inserción en el pro-yecto de sociedad de plantación. En Haití, el mismo tér-mino creole va connotando distintas cosas antes y des-pués del período colonial (desde el hijo de europeo con africano, hasta sencillamente el no extranjero): el mismo término que connota el mestizaje, se va “mestizando” en el tiempo (véase J. Casimir, op. cit., pp. 29-46).

 

386        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ribe este concepto de mestizaje como “tejido intercultural” ha encarnado en múltiples figu-ras y ha recibido distintos nombres: ladiniza-ción, cimarronería, creolismo, chenko, etc.

 

Contracara de la negación del otro, al igual que ésta, el sincretismo o tejido intercultural no es sólo un evento originario: es también histo-ria presente, y si bien su fuente es el encuentro de culturas distintas —siempre renovándose, además—, se ramifica hacia todo orden de co-sas. El migrante campesino que se bate por so-brevivir en las grandes urbes es la expresión de un sincretismo espacial; las mezclas intercul-turales que genera la modernidad es también otra figura del sincretismo cultural; la apertura a los mercados mundiales y la heterogeneidad estructural también tienen una connotación de tejido intercultural, e incluso la tradición popu-lista constituye un tejido sincrético en que los rasgos de la modernidad se entremezclan con culturas políticas premodernas.

 

La importancia de esta marca cultural ha sido decisiva en los caminos que la moderni-dad ha asumido, y seguirá asumiendo, en Amé-rica Latina y el Caribe. Un equívoco profundo subyace al imaginario de la modernidad en la región. Porque si con tanta frecuencia hemos querido interpretar la modernidad como su-peración de todo particularismo excluyente o

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

como una suerte de “occidentalización exhaus-tiva” de nuestra región, con ello hemos dado la espalda al elemento de la modernidad que más se relaciona con nosotros mismos: la capaci-dad para integrar dinámicamente la diversidad cultural en un orden societal compartido.

 

Es a través de esta modernidad “democra-tizante”, y no mediante un concepto exclu-yente de modernidad, que puede pensarse la construcción de la ciudadanía con base en la identidad en el tejido cultural. Lo moderno de la región reside, precisamente, en que desde el momento en que fue nombrada, se abrió al mundo. De allí en adelante, su modernidad se define por este sincretismo, o continua resigni-ficación de identidades culturales.46

 

 

  Vargas Llosa lo expresa de manera muy gráfica: “América Latina es lo menos autárquico que existe en el mundo. Los latinoamericanos hablan sobre todo lenguas de origen europeo, forman parte de tradiciones étnicas y culturales que tienen, la mayor parte de ellas, raíces muy profundas en Europa o en otros lugares del mundo como África, incluso Asia. Todo eso, naturalmente, ha tomado una coloración determinada en América Latina por efecto del paisa-je, de la experiencia, de una problemática particular, y eso ha creado unos matices: por ejemplo, el italia-no que se fue a Argentina hace un siglo y medio es un argentino en que lo italiano está todavía muy presen-te, pero de todas maneras es muy distinto del italia-

 

Hacia una perspectiva crítica de la modernidad          387

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En este sentido diversas hipótesis sobre la identidad latinoamericana merecen una con-sideración crítica.47 La primera de ellas es que las transformaciones tecnológicas económicas que ocurren a escala global tornan obsoleta la preocupación por las identidades locales, y que si existe tal cosa como identidad latinoameri-cana, la dinámica de la apertura y la penetra-ción tecnológica la condena a una progresiva disolución.48 Una segunda hipótesis cuestio-nable afirma que nuestra región se define por carencia de identidad y que el problema es, entonces, cómo ser europeos o norteamerica-nos cabales.49 En el otro extremo, las hipótesis

 

 

no de Italia” (entrevista de Sergio Marras, América Latina, marca registrada, Barcelona, Ediciones B, 1992, p. 104).

 

  Véase al respecto el trabajo de J. Vergara Estévez y Jorge Iván Vergara, El concepto de identidad y los debates sobre la identidad cultural latinoamericana, Santiago de Chile, Cuarto Congreso Chileno de Sociolo-gía, 28 y 29 de agosto de 1992.

 

  Véase J. Nasbitt y Patricia Aburdene, Megatenden-cias 2000, Bogotá, Editorial Norma, 1990.

 

  La siguiente cita de H. A. Murena, ensayista argen-tino de los años cincuenta, es elocuente: “En un tiempo habitábamos en una tierra fecundada por el espíritu, que se llama Europa, y de pronto fuimos expulsados de ella. Caímos en otra tierra, en una tierra en bruto; vacía

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ultraindianistas e hispanistas también son ex-cluyentes, en la medida en que desconocen el fenómeno del tejido intercultural como la base de nuestra identidad histórica.

 

En contraste con estas posiciones, sean de negación o de afirmación unilateral, la tesis del sincretismo cultural cuenta con mayor fun-damento histórico. Desde esta perspectiva la identidad latinoamericana debe entenderse a partir de la combinación de elementos cultura-les provenientes de las sociedades amerindias, europeas, africanas y otras.50 El encuentro de

 

 

 

de espíritu, a la que dimos en llamar América” (citado por Vergara y Vergara, p. 6).

 

  El escritor mexicano Carlos Fuentes señala que tiene, para América Latina, una “denominación muy complicada, difícil de pronunciar pero comprensiva por lo pronto, que es llamarnos indoafro-iberoaméri-ca; creo que incluye todas las tradiciones, todos los elementos que realmente componen nuestra cultura, nuestra raza, nuestra personalidad” (entrevista de Sergio Marras, América Latina, marca registrada, op. cit., p. 34). Por su parte Xavier Albó, retoman-do una proposición del líder Aymara Takir Mamani, propone denominar a la región ABYA-YALA, palabra cuna que significa “tierra en plena madurez”. En el mismo texto Albó hace un balance crítico de la iden-tidad que nombra (véase X. Albó, “Nuestra identidad a partir del pluralismo de base”, Imágenes descono-cidas, op. cit.).

 

388        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

culturas habría producido una síntesis cultural que se evidencia en producciones estéticas, tales como el llamado barroco latinoamerica-no del siglo XVIII, o el muralismo del presente siglo. Este tejido intercultural se expresa tam-bién en la música, los ritos, las fiestas popula-res, las danzas, el arte, la literatura; y también permea las estrategias productivas y los meca-nismos de supervivencia.

 

La negación de esta identidad sincrética por parte de los criollos constituye a su vez el comienzo de un equívoco en virtud del cual se ha querido “blanquear” un continente al precio convertido en una imagen abstracta: “Tarde o temprano aflora a la superficie el verdadero sujeto de la síntesis que, vestido con ropajes oligárquicos o como peón de hacienda, es el heredero real de las corrientes culturales que se encontraron, no a través de libros, sino a través del encuentro carnal de la madre india y del conquistador europeo”. La síntesis abs-tracta del criollo, no sólo quiere blanquear la piel sino también la madre violada. Pero para ello tiene que inventarse una historia que no es real.51

 

 

  P. Morandé, Cultura y modernización en América Latina, Pontificia Universidad Católica de Chile, San-tiago de Chile, 1984, p. 153.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esta identidad bajo la forma de tejido in-tercultural ha sido considerada tanto desde el punto de vista de sus limitaciones como de sus potenciales. Respecto de lo primero, se afirma que dicha identidad nunca ha sido del todo constituida ni asumida. Tal es la posición que asumen, por ejemplo, Octavio Paz y Roger Bartra.52 En la metáfora del axolote utilizada por Bartra, la identidad latinoamericana ten-dría un carácter larvario o trunco, condenada a no madurar del todo. Como potencialidad, la identidad mestiza aparece constituyendo un núcleo cultural desde el cual podemos en-trar y salir de la modernidad con versatilidad, y con el cual podríamos —si asumimos ple-namente la condición del cultural— tener un acervo desde donde contrarrestar el sesgo ex-cesivamente instrumental o “deshistorizante” de la oleadas e ideologías modernizadoras.53

 

De manera que el tejido intercultural es, al mismo tiempo, nuestra forma de ser mo-

 

 

 

  Véase O. Paz, El laberinto de la soledad, México, Fondo de Cultura Económica, 1978 (edición original de 1959); y R. Bartra, La jaula de la melancolía: iden-tidad y metamorfosis del mexicano, México, Grijal-bo, 1987.

 

  En el primer caso se ubica N. García Canclini, op. cit., y en el segundo P. Morandé, op. cit.

 

Hacia una perspectiva crítica de la modernidad          389

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

dernos y de resistir la modernidad: nuestra condición de apertura cultural al intercambio con los otros y nuestra manera de incorporar la modernidad siempre de maneras sincréti-cas. Es, a la vez, identidad y des-identidad, o identidad y problema de identidad. El reflejo más patente lo ofrecen las grandes metrópo-lis de la región: Ciudad de México, Río de Ja-neiro, Caracas y Lima son grandes metáforas de esta historia hecha de mezclas. Desde sus cruces estilísticos y sus superposiciones ar-quitectónicas, hasta la imagen de caos y los contrastes que presentan, llevan la marca de una identidad sincrética, esa presencia ma-siva de lo marginal.

 

Esto no se explica solamente como efec-to del patrón peculiar de modernización de las economías nacionales. Son fenómenos en que una y otra vez se manifiesta, con toda la fuerza insubordinable de la identi-dad, una condición cultural sincrética. Tan-to en el desarrollo larvario o desigual que define los mapas y contrastes en las ciuda-des, como en la nueva heterogeneidad que implica a la vez fragmentación y diversidad, en la que se dan múltiples y precarias rela-ciones de pertenencia, este tejido intercul-tural resiste la carga homogeneizadora de la modernización.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Del mismo modo que la relación con el otro, la condición cultural mentada fuerza a repensar los desafíos de la modernización y de la construcción de ciudadanía con un pris-ma cultural. ¿Cómo capitalizar, pues, la ex-periencia que tiene la región en la historia de cruce intercultural, para convertirla en una “ventaja comparativa” en el nuevo concierto de un modo interconectado y globalizado?

 

¿Cómo hacer uso de nuestra larga historia conflictivamente sincrética para asumir con mayor riqueza este desafío que hoy atravie-san también las sociedades industrializadas, y que consiste en repensar el contenido de la ciudadanía a partir de la coexistencia progre-siva de identidades étnico-culturales distin-tas? Asumir el tejido intercultural propio es, quizás, hoy día el modo más auténtico de asu-mirse en medio de una modernidad signada por una diversidad de creciente complejidad “identitaria”.

 

Esta sensibilidad intercultural cobra espe-cial fuerza con la expansión de la industria cultural en la región, y aumenta exponencial-mente cuando dicha industria incorpora el nuevo poder de la tecnología informativa y comunicativa. Comienzan a borrarse entonces los límites entre lo culto y lo popular, conviven distintas modas de distintas épocas, y resulta

 

390        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

cada vez más difícil homologar claramente las clases sociales con los estratos culturales. Todo ello implica una transformación profun-da de las relaciones simbólicas entre grupos sociales distintos.54

 

Estas nuevas formas de cruce cultural no son irrelevantes para pensar la construcción de ciudadanía y los posibles estilos de moder-nidad. Potenciar el cruce cultural como un modo de hacer más tenues las fronteras so-ciales es también un recurso para la construc-ción de la ciudadanía moderna. En la medida en que la propia dinámica cultural erosione la jerarquía entre lo “culto” y lo “popular”, lo “alto” y lo “bajo”, lo “ajeno” y lo “propio”, lo “moderno” y lo “marginal”, la sociedad incre-menta su disposición cultural para aceptar al otro, asumir su identidad y democratizar su comunicación interna.

 

 

 

  “La tendencia prevaleciente es que todos los sec-tores mezclen en sus gustos objetos de procedencias antes separadas. No quiero decir que esta circulación más fluida y compleja haya evaporado las diferencias entre clases. Sólo afirmo que la reorganización de los escenarios culturales y los cruces constantes de las identidades exigen preguntarse de otro modo por los órdenes que sistematizan las relaciones materiales y simbólicas entre los grupos.” (García Canclini, op. cit., p. 288).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  La dimensión cultural en la propuesta de transformación productiva con equidad

 

Las sociedades contemporáneas, y entre ellas las de la región, se ven hoy día confron-tadas a redefiniciones estructurales, donde las relaciones de información y comunicación pa-san a ocupar un lugar decisivo.55

 

 

 

55 La sociedad japonesa constituiría la forma más avanzada de sociedad informacional. El sociólogo japonés S. Hayashi señala, a este respecto, que la so-ciedad informacional se caracterizaría por: i) un alto nivel de producción y consumo de información en to-das las esferas; ii) un desarrollo tecnológico asociado al procesamiento de la información; iii) la valorización social creciente de la información; y iv) el crecimiento acelerado del valor agregado al producto que contiene información (S. Hayashi, Nihon gata no joho shakai; The Japanese Model for the Information Society, To-kyo, University of Tokio Press, 1987). Para un balance conceptual e histórico de la temática en las sociedades avanzadas, véase M. Castells, “Flows, networks, and identites. Where are the subjects in the informational society?”, University of California at Berkeley, ponencia presentada al Coloquio “Leretour du sujet”, Cérisy-La Salle, junio de 1993. Para una problematización inicial desde la perspectiva latinoamericana, véase F. Calde-rón y M. Dos Santos, “Cultura política y sociedad en la Nueva América Latina”, Revista Nueva Sociedad, Cara-cas, en prensa; y A. Di Filippo, “Revolución informáti-

 

Hacia una perspectiva crítica de la modernidad          391

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si se considera el itinerario de la región des-de la última posguerra hasta nuestros días, pue-den observarse transformaciones profundas en todos los ámbitos, trastocando el sentido de la modernización, de la equidad, de la ciudadanía, de los conflictos en juego y de los patrones de articulación entre el Estado y la sociedad. En este contexto, parece inconcebible una pro-puesta de desarrollo fundada en el rechazo de la modernidad. Se trata, más bien, de “perfilar sus contenidos de manera de hacerla compati-ble con la equidad en lo económico-social y con la ciudadanía en lo político e institucional.56

 

Cuando la igualdad jurídico-política se ve obstaculizada por la diversidad de culturas, se produce una fuerte disociación en la cual se hace difícil conciliar tres requisitos para una modernidad expansiva: la representación polí-tica de actores y demandas diversas en un mar-

 

 

 

ca, desarrollo económico y competitividad”, ponencia preparada para la Reunión Regional sobre Gestión de Información, organizada por El Centro Latinoamerica-no de documentación Económica y Social (CLADES) y la CEPAL, Santiago de Chile, 17 al 21 de mayo de 1993.

 

  O. Rosales, “Equidad y transformación productiva: desafío para América Latina”, Revista de economía y trabajo, año I, N° 1, Santiago de Chile, Programa de Economía del Trabajo (PET), enero-junio, p. 156.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

co institucional; la participación equilibrada y argumentativa de actores en el sistema de toma de decisiones; y la mayor equidad en los resul-tados del desarrollo económico. Precisamente, la experiencia de nuestra región es elocuente para ilustrar esta dificultad.

 

Las páginas precedentes plantean, para el caso de la región, la necesidad de incorporar la consideración cultural en un proyecto de de-sarrollo económico y de construcción de ciu-dadanía moderna y extendida. El peso de las marcas culturales obliga a esta operación, por más que carezcamos, en principio, de herra-mientas para abordarlo. Hay, empero, indicios emergentes que pueden merecer las resisten-cias históricas en esta materia:

 

–– Procesos de institucionalización democráti-ca que nunca antes habían ocupado una pro-porción tan grande entre los países de la re-gión, y que sensibilizan a grandes mayorías hacia los valores de la tolerancia.

 

–– Experiencias sociales amplias de valoriza-ción del orden y la estabilidad, a pesar de los costos socialmente regresivos de la crisis y el ajuste económico.

 

–– Expansión de una industria cultural que fa-vorece los cruces socioculturales y da po-

 

392        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sibilidades técnicas para que los espacios públicos sean más permeables a las cultu-ras sumergidas.

 

–– La propia necesidad de incorporar a los sec-tores excluidos por el patrón de moderniza-ción vigente, a la esfera de la política y del intercambio de posiciones, en aras de garan-tizar mayor gobernabilidad, estabilidad eco-nómica y continuidad institucional.

 

Son estos algunos de los elementos propicios para superar la dialéctica de la negación del otro y potenciar el tejido intercultural en la construcción de ciudadanía. Estos elementos tienen que incorporarse a la actual propuesta de desarrollo de la CEPAL dada su importancia en la articulación sistémica de dicha propues-ta: el desarrollo económico requiere, en nues-tra región y por la historia de nuestra región, de la construcción cultural de consensos que le garanticen continuidad y dinámica incluyente a dicho desarrollo económico.

 

La base cultural de una propuesta de mo-dernidad como la que se intenta a través de la transformación productiva con equidad reside en la superación de la dialéctica de la negación del otro, y en el potenciamiento de nuestro tejido intercultural como resorte particular de la región para acceder a los

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

desafíos universalistas de la modernidad. La dimensión cultural tiene un peso procedi-mental para la propuesta de la TPE (en tanto provee los fundamentos requeridos para con-sensos amplios); y también aporta un peso valórico (en el campo de la extensión de la ciudadanía y del vínculo insoslayable entre identidad y desarrollo).

 

Pero en la relación entre los rasgos cultu-rales y la viabilidad de la transformación pro-ductiva también existen interrogantes y pro-blemas serios. ¿Cómo conciliar los “agentes del desarrollo” supuestos por la propuesta de la transformación productiva con equidad, con las identidades culturales reales en la región? ¿Están los agentes del desarrollo (actores eco-nómicos, sociales y políticos) culturalmente preparados para impulsar dicho proceso?

 

Para que la vasta gama de actores sociocul-turales en la región incida significativamen-te en la construcción de un consenso para el desarrollo, es necesario superar la “mentali-dad rentística” en la generación de un ethos empresarial moderno, en la conformación de una ética solidaria, como asimismo en buscar mecanismos de agregación y politización de demandas de las mayorías.

 

Un vínculo estratégico podría establecer-se entre la orientación de los actores por la

 

Hacia una perspectiva crítica de la modernidad          393

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

igualdad de derechos y oportunidades, con temas centrales de la TPE. En esta articula-ción entre la demanda por derechos y reco-nocimientos, y la demanda por incorporarse a las nuevas dinámicas del desarrollo pro-ductivo, podrá centrarse la lucha por forta-lecer la incidencia de los actores sociales en procesos decisorios y en los nuevos rumbos de modernización.

 

Una cultura de ciudadanía extendida no se construye por decreto o programa, sino que es el producto de un proceso abierto y de una continua resignificación de nuestra identidad. La modernidad en América Lati-na y el Caribe no puede pensarse como la negación de este proceso, sino como su re-apropiación continua en interacción con los procesos de cambio y modernización. Los mecanismos de intercambio democrático — esenciales para el consenso— y de incorpo-ración a la modernidad, tienen que movilizar a su vez mecanismos de afirmación de identi-dades colectivas para hacer más visibles sus demandas y potencialidades.

 

Los consensos democráticos para impulsar un desarrollo sostenido requieren de fuerza cultural, vale decir, de una conciencia exten-dida respecto de las identidades culturales asumidas, y de la reciprocidad en derechos y

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

compromisos. El punto es cómo se potencia esta fuerza cultural, y qué políticas pueden impulsarla.

 

Probablemente, esta reversión de los es-tigmas en potencias culturales requiere algo más que una política sectorial en el campo de la cultura, de la industria cultural y de la co-municación de masas. Sin duda, la posibilidad de movilizar estos medios para difundir una cultura de la tolerancia y de la síntesis intercul-tural tiene que aprovecharse al máximo. Pero la difusión de estos valores también tiene que ganar “porosidad” en una gama muy amplia de acciones, rutinas e instituciones que pueblan el tejido social. En este marco, la necesidad de una fuerza cultural que impulse el consen-so para una orientación del desarrollo confor-me con los lineamientos de la TPE, y que a su vez permita incorporar a dicha orientación los valores e identidades propios de nuestras so-ciedades, debiera contemplar al menos cuatro requerimientos de alto efecto “sistémico”.

 

En primer lugar se requiere que la educación y el conocimiento, motores de la TPE, sean ca-paces de vincular la construcción de una ciu-dadanía moderna con la difusión de un ethos empresarial hacia el conjunto de la sociedad, todo ello adaptado a las posibilidades y perfiles culturales y económicos de cada país.

 

394        La construcción social de los derechos y la cuestión del desarrollo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En segundo lugar es necesario avanzar en la construcción de la ciudadanía extendida mediante políticas que, adaptadas a los dife-rentes contextos nacionales, promuevan una cultura institucional basada en la plasmación de contratos, normas de conducta y derechos crecientemente compartidos por los actores involucrados (instituciones, individuos y acto-res). Existe entre agentes del desarrollo y ana-listas sociales un consenso cada vez más gene-ralizado en torno a la idea de que los valores culturales afectan a las instituciones, y éstas a su vez son decisivas para el comportamiento de la economía.

 

De ello debiera deducirse la necesidad de incorporar, desde la educación básica y a es-cala masiva, tanto una relación creativa con la racionalidad instrumental y las destrezas pro-ductivas, como una socialización en valores y comportamientos que fortalezcan el sentido de la ciudadanía y de la institucionalidad jurídico-democrática. Esta socialización no se restrin-giría, empero, a la educación básica, sino que podría también incentivarse en una red de ins-tituciones de capacitación, educación vocacio-nal y educación de adultos.

 

En tercer lugar, es impostergable una polí-tica deliberada de reconocimiento, promoción e integración de los sectores que padecen la

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

triple exclusión: discriminación cultural (sea por factores étnicos o por claros rezagos edu-cativos); exclusión socioeconómica; y margi-nación respecto de los mecanismos de repre-sentación y participación política.

 

Tal política debiera permear un conjunto de iniciativas de integración, tanto en el plano simbólico (mediante la participación creciente de dichos sectores en el sistema de toma de de-cisiones, sobre todo a escala local), como en el plano material (mediante la promoción de actividades productivas, comunitarias y de ca-pacitación, que fortalezcan la competitividad y la organización entre los sectores excluidos). Este tipo de acciones podría contar con un im-portante respaldo político mediante la puesta en marcha de pactos nacionales por la supera-ción de la pobreza.

 

Independientemente de las orientaciones de política recién referidas, debe tenerse plena conciencia que toda política cultural tendrá que integrarse y adecuarse a los cambios de las so-ciedades informatizadas emergentes. Por ende, la política cultural (o las políticas con impacto sistémico que atañen también la dimensión cul-tural), deberá promover la máxima flexibilidad, creatividad y adaptabilidad en torno a los ejes de estas sociedades emergentes, a saber: la co-municación (vinculada a la industria cultural,

 

Hacia una perspectiva crítica de la modernidad          395

  el mercado cultural y los “mass-media”); la ges-tión (cada vez más ligada a las redes interacti-vas de información); y el consumo (adecuado a las necesidades y las pautas culturales de nues-tras sociedades).

 

En síntesis, se trata de asumir una visión sistémica de las relaciones entre economía y cultura, reconocer que los valores y las prácticas culturales afectan a las instituciones y al comportamiento de los agentes económicos; y que la dinámica de la economía afecta, a su vez, las posibilidades de una construcción cultural compatible y afín con los desafíos de la moder-nidad. Probablemente aquí tiene algo de cierto el proverbio oriental que reza “iniciar el camino es ya el comienzo de la meta”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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