© Libro N° 6791.
La Riqueza De Las Ideas. Una Historia Del Pensamiento Económico. Roncaglia,
Alessandro. Emancipación. Diciembre 21
De 2019.
Título
original: © LA RIQUEZA DE LAS IDEAS. Una Historia Del Pensamiento Económico. Alessandro
Roncaglia
Versión Original: © LA RIQUEZA DE LAS IDEAS. Una Historia Del Pensamiento Económico.
Alessandro Roncaglia
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LA RIQUEZA DE LAS IDEAS
Una
Historia Del Pensamiento Económico
Alessandro Roncaglia
LA RIQUEZA DE LAS IDEAS
Una historia del pensamiento económico
Alessandro Roncaglia
LA RIQUEZA DE LAS IDEAS
Una historia del pensamiento económico
Alessandro Roncaglia
Traducción de Jordi Pascual Escutia
FICHA CATALOGRÁFICA
RONCAGLIA, Alessandro
La riqueza de las ideas : una historia del pensamiento económico
/ Alessan-dro Roncaglia ; traducción de Jordi Pascual Escutia. — Zaragoza :
Prensas Uni-versitarias de Zaragoza, 2006
778 p. ; 22 cm. — (Ciencias Sociales ; 57)
Trad. de: The Wealth of Ideas. A History of Economic Thought. —
Cam-
bridge: Cambridge University Press, 2005
ISBN 84-7733-847-7
Economía–Historia. I. Pascual Escutia, Jordi, tr. II. Prensas
Universitarias de Zaragoza. III. Título. IV. Serie: Ciencias Sociales (Prensas
Universitarias de Zaragoza) ; 57
330.8
© Alessandro Roncaglia
De la presente edición, Prensas Universitarias de Zaragoza 1.ª
edición, 2006
Ilustración de la cubierta: José Luis Cano
Colección Ciencias Sociales, n.º 57
Director de la colección: José Manuel Latorre Ciria
Traducción: Jordi Pascual Escutia
Revisión técnica: Alfonso Sánchez Hormigo
Publicado originalmente en italiano como La ricchezza delle
idee, por Manuali Laterza 2001 y © Gius Laterza & Figli 2001.
Primera publicación en inglés por Cambridge University Press
2005, como The Wealth of Ideas. Traducción inglesa © Alessandro Roncaglia 2005.
Prensas Universitarias de Zaragoza. Edificio de Ciencias
Geológicas, c/ Pedro Cerbuna, 12 50009 Zaragoza, España. Tel.: 976 761 330.
Fax: 976 761 063
puz@unizar.es http://puz.unizar.es
Con el patrocinio de la Fundació Ernest Lluch
Prensas Universitarias de Zaragoza es la editorial de la
Universidad de Zaragoza, que edita e imprime libros desde su fundación en 1542.
Impreso en España
Imprime: Cometa, S.A.
D.L.: Z-2454-2006
PRESENTACIÓN
La riqueza de las ideas, obra que Prensas Universitarias de
Zaragoza edita por primera vez en castellano, fue publicada originalmente en
italiano en el año 2001 y obtuvo en el 2003 el premio Jérôme Adolphe Blanqui
que otorga la European Society for the History of Economic Thought (ESHET) al
mejor libro europeo sobre la disciplina. Su autor, Alessandro Roncaglia, es
catedrático de Economía Política en la Universidad de Roma 1, La Sapienza,
director de las prestigiosas revistas Moneta e Credito y Banca Nazionale del
Lavoro Quarterly Review, miembro de la Accademia Nazionale dei Lincei;
igualmente, forma parte del consejo editorial del Journal of Post Keynesian
Economics. Entre 1992 y 1995 desempeñó el cargo de consejero de Presiden-cia de
la Società Italiana degli Economisti, y entre 1993 y 2000 fue coordi-nador del
importante proyecto Archivio Storico degli Economisti Italiani.
Investigador de sumo prestigio, es autor de numerosos trabajos
sobre histo-ria del pensamiento económico, así como de economía aplicada. En el
primero de los campos destacan sus investigaciones sobre los orígenes del
pensamiento eco-nómico en Italia y sobre autores como Antonio Serra.
Igualmente, se han con-vertido en clásicos sus ensayos sobre Smith, Ricardo,
Torrens y los economistas clásicos en general, así como sobre las corrientes
críticas a la economía clásica.
Experto en la obra de Piero Sraffa, ha dedicado sus esfuerzos
durante más de veinte años a difundir las ideas del economista italiano,
trazando perfecta-mente el mapa de las escuelas sraffianas y habiendo elaborado
el mejor ensayo bibliográfico sobre él hasta nuestros días. Asimismo, ha dejado
importantes trabajos sobre teoría del valor, sobre los enfoques neo-ricardianos
de la ciencia económica, así como sobre el debate entre las corrientes
monetaristas y neokey-nesianas, algunos de los cuales fueron traducidos al
castellano y al catalán en las décadas de los ochenta y noventa.
En el campo de la economía aplicada destacan sus trabajos sobre
el papel de las instituciones y el mercado, la intervención pública en relación
con el desempleo, las cuestiones energéticas (la economía del petróleo) y las
relaciona-das con el desarrollo y el medio ambiente, sobre las que publicó una
revelado-ra obra conjuntamente con su maestro Paolo Sylos Labini; también ha
inves-tigado sobre la Nueva Economía de la Información y las transformaciones
eco-nómicas en la sociedad italiana.
En La riqueza de las ideas efectúa un recorrido crítico por la
historia de las ideas económicas, que constituye una guía de lectura y
aprendizaje extra-ordinaria para quienes se inician en su estudio. Los
capítulos que tratan del surgimiento de la economía a partir de la aritmética
política de W. Petty, de las ideas de Adam Smith, consierado desde una óptica
totalmente novedosa, del pensamiento económico durante la Revolución francesa,
de la economía ricardiana y de sus críticos, así como los dedicados a Sraffa,
Keynes y Schum-peter, ofrecen al lector una lectura sugerente y distinta de la
más repetitiva y aséptica a la que nos tienen acostumbrados algunos manuales
sobre historia del pensamiento económico. Igualmente, es notable el esfuerzo
del autor por tra-tar las actuales corrientes del pensamiento económico,
analizando las ideas y los debates existentes hoy en día en el seno de la
ciencia económica.
La riqueza de las ideas demuestra de forma convincente a los
economis-tas por qué deben estudiar historia del pensamiento económico para
poder avanzar en el conocimiento e investigación de la ciencia económica y por
qué deben rechazar las ideas preconcebidas y los enfoques unilaterales; detrás
de tales propuestas subyace la concepción de la necesaria formación
interdiscipli-nar del economista en la que se sustente no sólo el nivel
científico, sino algo que el autor destacó siempre en su maestro Sylos Labini:
la «dimensión civil» del economista.
Alfonso Sánchez Hormigo
Profesor de Historia del Pensamiento Económico Universidad de
Zaragoza
PRÓLOGO
La idea que subyace en esta obra es que la historia del
pensamiento económico es esencial para la comprensión de la economía, la cual
consti-tuye un aspecto central de las sociedades humanas. Enfrentadas con
reali-dades complejas y siempre cambiantes, las diferentes líneas de
investiga-ción desarrolladas en el pasado abundan en sugerencias para
cualquiera que trate de interpretar los fenómenos económicos, incluso para
aquellos que abordan cuestiones de relevancia inmediata. En efecto, en este
último caso la historia del pensamiento económico no sólo proporciona hipótesis
para interpretar la información disponible, sino que también enseña a ser
prudentes frente a un uso mecánico de los modelos deducidos de la corriente
principal (pro tempore) de la teoría económica. De modo seme-jante, cuando nos
enfrentamos con la variedad de debates sobre cuestiones económicas, una buena
comprensión de las raíces culturales y de la línea de razonamiento elegida y de
sus alternativas posee un valor incalculable para evitar un diálogo de sordos.
De hecho, la reconfortante visión que ofrece la gran mayoría de
manuales económicos, la de un consenso general sobre «verdades econó-micas», es
—por lo menos en lo que se refiere a los fundamentos— falsa. Para entender la
variedad de enfoques en el debate económico es necesa-rio reconstruir las
diferentes visiones que han sido propuestas, desarrolla-das y criticadas a lo
largo del tiempo sobre el funcionamiento de los siste-mas económicos. No es una
tarea fácil. El debate económico no sigue una trayectoria lineal, sino que más
bien se parece a una madeja enredada.
Para intentar desenredarla nos concentramos en los fundamentos
conceptuales de las diferentes teorías. Uno de los aspectos que distingue esta
obra de otras historias del pensamiento económico es el reconoci-miento de que
el significado de un concepto, aun cuando pueda conser-var el mismo nombre,
cambia cuando pasamos de una teoría a otra. Los cambios en la estructura
analítica están relacionados con cambios en los fundamentos conceptuales; a
menudo también se pasa por alto este hecho.
En este contexto, la distinción schumpeteriana entre historia
del análi-sis e historia del pensamiento —refiriéndose la primera a las
estructuras ana-líticas y la última a las «visiones del mundo»— no resulta tan
engañosa como en gran parte inútil. Igualmente inadecuada es la aguda dicotomía
entre «reconstrucciones racionales» y «reconstrucciones históricas» de la
historia del pensamiento económico. Es difícil ver por qué la reconstrucción de
la estructura lógica de las ideas de un economista tiene que contrastarse con
sus opiniones. En efecto, en el campo de la historia del pensamiento, como en
campos análogos, el criterio de exactitud filológica es el principal elemento
que diferencia la investigación científica de la no científica.
De ahí que los límites de la presente obra no dependan tanto de
una fidelidad a priori a una línea de interpretación específica cuanto de las
ine-vitables limitaciones —de capacidad, cultura y tiempo— de su autor. Por
ejemplo, no he considerado las contribuciones de las tradiciones cultura-les
orientales, y se concede muy poco espacio —un solo capítulo— a los veinte
siglos que constituyen la prehistoria de la ciencia económica moder-na. Por
supuesto, la teoría económica occidental está profundamente enraizada en el
pensamiento clásico —griego y romano— y es deudora de la mediación de una
cultura medieval que es más rica y compleja de lo que normalmente se considera.
Así, la decisión de tratar un período de tiem-po tan largo e importante en sólo
unas pocas páginas es evidentemente discutible. Sin embargo, en un campo tan
amplio, las elecciones de esta clase son inevitables. Naturalmente, los
resultados que se presentan en las páginas que siguen son, a pesar de los
esfuerzos para ofrecer una exposi-ción sistemática, claramente provisionales, y
los comentarios y críticas serán útiles para futuras investigaciones.
Nuestro viaje empieza con un capítulo sobre cuestiones
metodológi-cas. No pretende ser un examen o una introducción al debate
epistemoló-gico. Sólo trataremos de mostrar los límites de la «visión
acumulativa», y la importancia de estudiar los fundamentos conceptuales de los
diferentes enfoques teóricos.
Los tres capítulos que siguen se dedican al pensamiento
económico pre-smithiano. El capítulo 2 se refiere a la prehistoria de la
ciencia econó-mica, desde la Antigüedad clásica hasta el mercantilismo. El
capítulo 3 se dedica a William Petty y su aritmética política: un episodio
decisivo para nuestra ciencia, tanto con respecto al método como a la formación
de un sistema de conceptos para la representación de la realidad económica.
Centrándonos en un pensador individual o en un grupo particular de pen-sadores,
aquí como en otros capítulos, ilustraremos una fase de la evolu-ción del
pensamiento económico y una línea de investigación, mirando hacia atrás y hacia
delante, a los precursores y a los seguidores.
Entre finales del siglo XVII y mediados del XVIII (como veremos
en el capítulo 4) se entrecruzan diferentes líneas de investigación. Aunque las
contribuciones interesantes desde el punto de vista estrictamente analítico
fueron relativamente escasas en este período, notaremos su importancia para las
relaciones más estrechas entre las ciencias económicas y otras cien-cias
sociales que lo caracterizan. El problema de cómo están organizadas las
sociedades humanas y qué motivaciones determinan las acciones humanas —pasiones
e intereses, en particular el interés personal—, así como las consecuencias
deseadas o involuntarias de tales acciones, se encuentran en este período en el
centro de un animado debate en la con-fluencia entre economía, política y
ciencia moral.
Ya en esta primera etapa son evidentes dos visiones definidas:
una dicotomía que, junto con sus límites, se irá haciendo cada vez más clara a
medida que se desarrolle nuestra historia. Por una parte, la economía se centra
en la contraposición entre oferta y demanda en el mercado: pode-mos llamar a
esto la visión «arco», semejante al arco eléctrico, en el que los dos polos
—demanda y oferta— determinan la chispa del intercambio, y de ahí el
equilibrio. En esta visión la noción de equilibrio ocupa un lugar central. Por
otra parte, tenemos la idea de que el sistema económico desa-rrolla, sin
embargo, ciclos sucesivos de producción, intercambio y consu-mo: una visión «en
espiral», puesto que estos ciclos no son inalterables, sino que constituyen
etapas de un proceso de crecimiento y desarrollo.
Los escritos de Adam Smith proporcionan la recapitulación y una
reformulación de tales debates, lo que consideraremos en el capítulo 5: el
frágil equilibrio entre el interés personal y la «ética de la simpatía» es la
otra cara de la división del trabajo y sus resultados.
12 Prólogo
El debate sobre temas típicamente smithianos de progreso
económi-co y social se ilustra en el capítulo 6. La Revolución francesa y el
Terror constituyen los antecedentes de la confrontación entre los partidarios
de la idea de perfectibilidad de las sociedades humanas y los que consideran
inútil, si no peligrosa, la intromisión en los mecanismos que regulan la
economía y la sociedad.
Llegamos así con el capítulo 7 a David Ricardo, el primer autor
al que podemos atribuir una sólida estructura analítica, desarrollada
sistemática-mente sobre el fundamento de los conceptos smithianos. Ricardo
destaca entre otros protagonistas de una fase extremadamente rica del debate
eco-nómico, aunque Torrens, Bailey, De Quincey, McCulloch, James y John Stuart
Mill, Babbage y los «socialistas ricardianos» son personalidades autónomas con
papeles importantes que desempeñar por derecho propio; se trata de ellos en el
capítulo 8. En el capítulo 9 consideramos a Karl Marx, particularmente aquellos
aspectos de su pensamiento que son direc-tamente relevantes desde el punto de
vista de la economía política.
La edad de oro de la escuela clásica discurre, más o menos,
entre Smith y Ricardo. El punto de inflexión, tradicionalmente localizado
alre-dedor de 1870 y denominado «revolución marginalista», nos retorna a la
visión «arco» de la contraposición entre demanda y oferta en el mercado. Aunque
ampliamente presente en el debate económico, la visión adopta ahora una forma
más madura gracias a la sólida estructura analítica de la teoría subjetiva del
valor y de la mayor consistencia del panorama con-ceptual. El problema central
de la ciencia económica ya no consiste en explicar el funcionamiento de una
sociedad de mercado basada en la divi-sión del trabajo, sino en interpretar las
elecciones de un agente racional en sus interacciones, a través del mercado,
con otros individuos que siguen reglas de comportamiento semejantes.
Las características principales de este giro y su largo camino
prepara-torio se examinan en el capítulo 10. Además, éste y los dos capítulos
siguientes ilustran las tres corrientes principales en las que
tradicional-mente se subdivide el enfoque marginalista: la inglesa de Jevons,
la austríaca de Menger y, finalmente, el enfoque francés de Walras (equilibrio
general). Un intento ecuménico de síntesis entre los enfoques clásico y
marginalis-ta marca la obra de Alfred Marshall. Este intento y sus límites se estudian
en el capítulo 13.
Prólogo 13
El marginalismo está estrictamente conectado con una visión
subjeti-va del valor, con una radical transformación del utilitarismo, que
original-mente constituía el fundamento de una ética consecuencialista. El
utilita-rismo de Jevons reduce el homo oeconomicus a una máquina calculadora
que maximiza una magnitud unidimensional: sobre este muy débil fun-damento,
como veremos, la teoría subjetiva del valor construye su castillo analítico.
El caso de Marshall resulta bastante interesante, porque muestra
lo difícil que es conectar de forma coherente una visión compleja y flexible
del mundo a una estructura analítica constreñida por los cánones del con-cepto
de equilibrio. Algo semejante sucede en el caso de la escuela aus-tríaca, así
como en el pensamiento de Schumpeter, cuya teoría se ilustra en el capítulo 15.
Así podemos comprender las contrastantes valoraciones que se han formulado a lo
largo del tiempo sobre diferentes figuras impor-tantes (ensalzadas o
menospreciadas según el punto de vista desde el que se las juzgase), teniendo
en cuenta la riqueza y profundidad de su repre-sentación conceptual de la
realidad, o la debilidad y rigidez de su estruc-tura analítica.
El problema de la relación entre fundamentos conceptuales y
estruc-tura analítica toma formas diferentes en John Maynard Keynes y Piero
Sraffa, cuyas contribuciones se tratan en los capítulos 14 y 16. Keynes
esperaba hacer aceptables sus tesis, revolucionarias como eran, a los
estu-diosos formados en la tradición marginalista. Sin embargo, su estilo
con-ciliatorio generó manifiestas distorsiones de su pensamiento, que se vio
esterilizado en la versión canónica de la «síntesis neoclásica». Por otra parte,
Sraffa formuló de tal modo su análisis que hizo posible su utiliza-ción tanto
de manera constructiva, dentro de una perspectiva clásica, como con intención
crítica hacia el enfoque marginalista. Sin embargo, esto hizo más difícil
reconstruir el método y los fundamentos conceptuales de su contribución, dando
paso nuevamente a una serie de malentendidos.
Finalmente, ante todo sobre la base de las contribuciones de
Keynes y de Sraffa, y teniendo en cuenta los desarrollos recientes ilustrados
en el capítulo 17, el capítulo 18 presenta un intento y algunas reflexiones
pro-visionales sobre el panorama de la ciencia económica.
El ahora ya algo remoto origen de esta obra fue un ciclo de
conferen-cias sobre Economic philosophies impartido en 1978 en la Rutgers
Univer-
14 Prólogo
sity. Yo ya había investigado sobre Torrens, Sraffa y Petty
(Roncaglia, 1972, 1975, 1977) y me había engañado a mí mismo en el sentido de
que sería capaz de escribir un libro de esta clase sobre la base de las notas
de mis conferencias en un lapso de tiempo relativamente breve. En los años
siguientes di ciclos de conferencias sobre la historia del pensamiento
eco-nómico en diversas ocasiones: en la Universidad de París X (Nanterre), en
la Facultad de Estadística y en los cursos de doctorado en Ciencias Eco-nómicas
de la Universidad de Roma (La Sapienza) y en el Instituto Sant’Anna de Pisa.
También he tomado parte en la realización de una serie para la televisión
italiana, La fábrica de alfileres: veintisiete episodios sobre los principales
protagonistas de la historia del pensamiento económico. Estas experiencias
desempeñaron un papel esencial en el esfuerzo por lograr una exposición cada
vez más clara y sistemática. El trabajo de inves-tigación disfrutó, a lo largo
de los años, de becas de investigación del MIUR (el Ministerio Italiano de
Universidades e Investigación). También fueron de gran ayuda las observaciones
y sugerencias recibidas en una serie de seminarios y conferencias, y sobre los
escritos que he publicado a lo largo del tiempo sobre temas de historia del
pensamiento económico. Muchos colegas y amigos me han sido de gran ayuda; deseo
recordar aquí los estímulos iniciales ofrecidos por Piero Sraffa y Paolo Sylos
Labini, y las útiles sugerencias de Giacomo Becattini, Marcella Corsi, Franco
Donzelli, Geoff Harcourt, Marco Lippi, Cristina Marcuzzo, Nerio Naldi, Cosimo
Perrotta, Gino Roncaglia, Mario Tonveronachi, Luisa Valente y Roberto Villetti,
que leyeron borradores de alguno de los capítulos. Silvia Brando-lin
proporcionó una inestimable ayuda en la edición.
La edición española sigue (con algunas correcciones sugeridas
por Alfonso Sánchez Hormigo) la inglesa, que incorpora nuevo material y una
serie de cambios menores, provocados por comentarios y sugerencias de lectores
de las tres ediciones italianas que ya se han hecho y de cuatro eva-luadores
anónimos. También debo un enorme y cálido agradecimiento a Jordi Pascual por su
atenta y cuidadosa traducción en español, y a Alfonso Sánchez Hormigo por su
inteligente coordinación editorial y su paciencia. Como es lógico, la
responsabilidad por los errores que hayan podido sub-sistir —inevitables en una
obra de esta dimensión— es mía. Agradeceré a los lectores que me los indiquen
(<alessandro.roncaglia@uniroma1.it>).
Advertencia 15
Advertencia
Las referencias bibliográficas seguirán el sistema acostumbrado:
nom-bre del autor, fecha de la obra. Esta última será la fecha de la
publicación original (con la excepción de los autores de la Antigüedad),
mientras que la referencia de páginas será la de la edición de la obra aquí
utilizada, es decir, la última que no figura entre corchetes de las ediciones
citadas en la bibliografía. Cuando ésta no es una edición inglesa, la
traducción de los pasajes citados es mía. En algunos casos de publicación póstuma,
el año en que se escribió la obra se indica entre corchetes. Cuando se refiere
a otras partes del presente volumen, el número del capítulo y epígrafe viene
pre-cedido del signo §.
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LA HISTORIA DEL
PENSAMIENTO ECONÓMICO Y SU PAPEL
Comprender a los otros: éste es el objetivo del historia-dor. No
es fácil encontrar una tarea más difícil, y es difícil hallar una que sea más
interesante.
(Kula, 1958, p. 234)
1.1. Introducción
La tesis que se sustenta en este capítulo es que la historia del
pensa-miento económico es esencial para cualquiera que se interese por
com-prender cómo funcionan las economías. Por lo tanto, los economistas,
pre-cisamente como productores y usuarios de teorías económicas, tienen que
estudiar y practicar la historia del pensamiento económico. Mientras
ilus-tramos esta tesis, examinaremos algunas cuestiones de método que, apar-te
de su interés intrínseco, pueden ayudar en la comprensión de nuestra línea de razonamiento
en este libro.
Nuestra tesis se opone al enfoque que ahora predomina. La mayor
parte de los economistas, especialmente en los países anglosajones, está
convenci-da de que la mirada retrospectiva puede tal vez ser de alguna utilidad
para la formación de economistas jóvenes, pero que no es necesaria para el
progre-so de la investigación, el cual requiere trabajar en la frontera
teórica.
En el siguiente apartado consideraremos los fundamentos de este
enfoque, conocido también como la «visión acumulativa» del desarrollo del
pensamiento económico. Veremos cómo, incluso en este contexto apa-rentemente
hostil, se ha reivindicado un papel decisivo para la historia del pensamiento
económico.
18 La historia del
pensamiento económico y su papel
La visión acumulativa ha sido contestada por otras ideas sobre
el cami-no seguido por la investigación científica. En el apartado 1.3 echamos
una ojeada a las tesis sobre la existencia de discontinuidades («revoluciones
cien-tíficas» de Kuhn) o la competencia entre diferentes «programas de
investi-gación científica» (Lakatos). Como veremos, indican la existencia de
dife-rentes visiones del mundo, y, por lo tanto, de diferentes maneras de
concebir y definir los problemas que han de someterse a la investigación
teórica.
En el apartado 1.4 recordaremos la distinción, propuesta por
Schum-peter, entre dos etapas diferentes en el proceso de trabajo del teórico
eco-nómico: la primera, la etapa de construcción de un sistema de conceptos
para representar la economía, y, la segunda, la de construcción de mode-los.
Después, en el apartado 1.5 seguiremos viendo cómo esta distinción apunta a un
importante, aunque generalmente olvidado, papel de la his-toria del pensamiento
económico en el propio campo de la teoría econó-mica, como una manera de
investigar los fundamentos conceptuales de las diferentes teorías.
Todo esto constituye los antecedentes para tratar, en el
apartado 1.6, la clase de historia del pensamiento económico que es más
relevante para la formación de las teorías económicas. Como es lógico, esto no
niega que exista un interés intrínseco en la investigación sobre la historia de
las ideas: nada más lejos de ello. Tampoco consideraremos cuestiones tales como
la autonomía de la historia del pensamiento económico, o si en la división del
trabajo intelectual, los historiadores del pensamiento económico deben
considerarse más próximos a los economistas o a los historiadores económicos.
La opinión que deseamos expresar es la de que los econo-mistas que rehúsan
implicarse en el estudio de la historia del pensamien-to económico y tener
alguna experiencia de investigación en este campo se hallan en seria desventaja
en su propio trabajo teórico.
1.2. La visión
acumulativa
De acuerdo con la visión acumulativa, la historia del
pensamiento económico muestra un aumento progresivo hacia niveles cada vez más
altos de comprensión de la realidad económica. El punto de llegada pro-visional
de los economistas actuales —la teoría económica contemporá-nea— incorpora
todas las contribuciones anteriores.
La visión acumulativa 19
La visión acumulativa está conectada con el positivismo.1 De
modo más específico, la versión más ampliamente difundida de la visión
acu-mulativa se acerca a una versión simplificada del positivismo lógico, la
llamada «visión recibida», que adquirió un considerable predicamento desde la
década de 1920. En resumidas cuentas, la idea consistía en que los científicos
trabajan aplicando los métodos del análisis lógico a la materia prima
proporcionada por la experiencia empírica. Para evaluar sus resultados, pueden
establecerse criterios objetivos para su aceptación o rechazo. Dicho con mayor
precisión, las afirmaciones analíticas, a saber, las que se refieren al
razonamiento teórico abstracto, son tautológicas, es decir, están implicadas
lógicamente en los supuestos, o contradictorias, o sea, que contienen
contradicciones lógicas; en el primer caso, la afirma-ción analítica se acepta,
en el segundo se rechaza. De modo semejante, las afirmaciones sintéticas, es
decir, aquellas que se refieren al mundo empíri-co, o son confirmadas o son
contradichas por la evidencia, y, por lo tanto, aceptadas o rechazadas por
razones «objetivas». Todas las demás afirma-ciones para las que no pueda
hallarse ningún criterio análogo de acepta-ción o rechazo se denominan
metafísicas y se consideran externas al campo de la ciencia.
Esta visión ha sido objeto de severas críticas, que se exponen
en el siguiente apartado.2 No obstante, sigue siendo la base para la visión
acumu-lativa de la ciencia económica o, en otras palabras, la idea de que cada
gene-ración sucesiva de economistas contribuye con nuevas proposiciones
analíti-
Un ejemplo
ilustre y característicamente radical de esta posición lo representa
Pan-taleoni (1898). Según él, la historia del pensamiento debe ser «historia de
las verdades eco-nómicas» (ibíd., p. 217): «su único objetivo [...] es contar
los orígenes de las verdaderas doctrinas» (ibíd., p. 234). De hecho, Pantaleoni
sostuvo que se dispone de un criterio claro para juzgar la verdad o falsedad de
las teorías económicas: «Se ha investigado mucho para obtener hipótesis que
sean claras y conformes con la realidad [...] Después se han utiliza-do los
hechos y las hipótesis deduciendo de ellos lo que se ha podido. También se han
con-trastado los teoremas con la realidad empírica» (ibíd., p. 217). Expresado
en estos térmi-nos, el criterio de Pantaleoni refleja una versión más bien
primitiva y simplista del positivismo; la resolución con la que se afirma viene
probablemente, al menos en parte, de la dureza de la controversia entre la
escuela marginalista austríaca y la escuela histórica ale-mana (cf. más
adelante § 11.2).
2 Para un examen de este debate, véanse Caldwell (1982) y, más
recientemente, Hands (2001); para el vínculo entre la «visión recibida» en
epistemología y la visión acu-mulativa en la historia del pensamiento
económico, véase Cesarano (1983), p. 66.
20 La historia del
pensamiento económico y su papel
cas o sintéticas al tesoro común de la ciencia económica, la
cual —como cien-cia— se define unívocamente como el conjunto de proposiciones
«verdade-ras» referentes a cuestiones económicas. De este modo, un nuevo
conoci-miento se agrega a los ya disponibles, y en muchos casos —siempre que se
identifica algún defecto en afirmaciones previamente aceptadas— lo sustitu-ye.
Por lo tanto, el estudio de una ciencia debe dirigirse «hacia la frontera
teó-rica», tomando en consideración la versión más actualizada, y no las
teorías del pasado. A pesar de esta posición, se admite que las últimas pueden
mere-cer alguna atención: como dice Schumpeter (1954, p. 4; p. 38, trad.
cast.), el estudio de los economistas del pasado es pedagógicamente útil, puede
pro-vocar nuevas ideas y proporciona un material útil sobre los métodos de
inves-tigación científica en un campo tan complejo e interesante como la
econo-mía, que se sitúa en la frontera entre las ciencias naturales y las
sociales.
Otros varios historiadores del pensamiento económico han
propuesto argumentos semejantes, a menudo de una forma simplista y con un
tras-fondo retórico. Sin embargo, como indica Gordon (1965, pp. 121-122), el
hecho de que la historia del pensamiento económico pueda ayudar en el
aprendizaje de la teoría económica no es una razón suficiente para estu-diarla.
Dado el limitado tiempo de que disponen los seres humanos, ten-dría que
demostrarse también que un ciclo de conferencias dedicado a la historia del pensamiento
económico contribuye más a la formación de un economista que una cantidad igual
de tiempo dedicada directamente a la teoría económica. Evidentemente, si
aceptamos una visión acumulativa de la investigación económica, esto sería más
bien difícil de sostener. En con-secuencia, según Gordon (1965, p. 126), la
«teoría económica [...] no tiene ninguna necesidad de incluir su historia como
parte de la formación pro-fesional» (lo que no significa que la historia del
pensamiento económico deba abandonarse: «Estudiamos historia porque está ahí»).
El interés por la historia del pensamiento económico, cuando
está jus-tificado por la utilidad pedagógica, se reduce siempre que el
desarrollo de la economía contemple discontinuidad en la caja de herramientas
analíti-cas. Es así como algunos autores explican el escaso interés por la
historia del pensamiento económico desde la década de 1940.3 Sin embargo,
Cesarano
(1983), p. 69, que también se refiere a Bronfenbrenner (1966) y Taras-cio
(1971).
La visión acumulativa 21
podemos recordar que, ya en los años treinta, economistas como
Hicks y Robertson sostenían que no existe ninguna razón para perder el tiempo
leyendo a los economistas clásicos;4 su actitud se explica no tanto por los
cambios en la caja de herramientas analíticas como por los cambios en la propia
concepción de la economía, del enfoque clásico (excedente) a la visión
marginalista (escasez).
Entre los partidarios de la visión acumulativa, Viner propone
una inteligente defensa de la historia del pensamiento económico, que es
modesta sólo en apariencia. Viner apunta a la «erudición», definida como «la
búsqueda de un conocimiento amplio y exacto de la historia del fun-cionamiento
de la mente humana tal como se revela en los documentos escritos». La
erudición, aunque se considera inferior a la actividad teórica, contribuye a la
educación de los investigadores, siendo «una dedicación a la persecución del
conocimiento y la comprensión»: «una vez que se ha excitado el gusto por ella,
viene dado un sentido de apertura incluso para las pequeñas investigaciones, y
un sentido de plenitud incluso en los pequeños resultados [...] un sentido que
no puede alcanzarse de ninguna otra manera».5
Viner parece sugerir que educar en la investigación es un
requisito esencial para la explotación del conocimiento de las herramientas
analíti-cas.6 Así, aunque la historia del pensamiento económico se considere de
poca utilidad en el aprendizaje de la teoría económica moderna, se le atri-buye
un papel decisivo en la educación del investigador. Sin embargo, la importancia
de esta perspectiva más amplia se aclara mucho más fuera de una visión
estrictamente acumulativa de la investigación económica, como veremos más
adelante.
En primer lugar, sin embargo, vale la pena recalcar que la
visión acu-mulativa de la historia del pensamiento económico considerada en
este apar-tado es la moderna, que alcanzó una posición dominante en el siglo
XX, en
Carta de
Robertson a Keynes, 3 de febrero de 1935, en Keynes (1973), vol. 13, p. 504; y
carta de Hicks, 9 de abril de 1937, en Keynes (1973), vol. 14, p. 81.
5 Viner (1991),
pp. 385 y 390.
Schumpeter
(1954, p. 4; cursiva en el original) dice algo parecido cuando afirma que la
historia del pensamiento económico «evitará un sentido de falta de dirección y
signi-ficado entre los estudiantes».
22 La historia del
pensamiento económico y su papel
paralelo con el enfoque marginalista. Una clase algo diferente
de visión acu-mulativa puede encontrarse en las breves digresiones sobre la
historia del pen-samiento económico que desarrollaron determinados economistas
importan-tes, como Smith y Keynes, utilizándolas para subrayar sus propias
teorías y contrastarlas con las que predominaban en épocas anteriores. Así,
Smith, en el libro IV de La riqueza de las naciones, critica el «sistema
comercial o mer-cantil» y el «sistema agrícola» (es decir, los fisiócratas). La
crítica de los mer-cantilistas —una categoría abstracta, diseñada a fin de
colocar bajo una única etiqueta una amplia serie de autores que a menudo son
muy diferentes unos de otros (cf. más adelante § 2.6)— va de la mano con el
liberalismo de Smith, ilustrado en otras partes de su obra; la crítica de los
fisiócratas sirve para recal-car, por contraste, su propia distinción entre
trabajadores productivos e improductivos y su distribución tripartita de la
sociedad en las clases de tra-bajadores, capitalistas y terratenientes. De modo
semejante, Marx contrasta su «socialismo científico» con la economía «burguesa»
(la de Smith y Ricar-do) y la economía «vulgar» (la de Say y las «armonías
económicas» de Bas-tiat); Keynes crea una categoría —los «clásicos»— en la que
incluye a todos los autores anteriores que, como su colega de Cambridge, Pigou,
excluyen la posibilidad de un paro persistente que no es reabsorbido por las
fuerzas auto-máticas de los mercados competitivos. Evidentemente, no nos
enfrentamos con ejemplos de visiones acumulativas que acentúen la acumulación
gradual del conocimiento económico, sino más bien con reconstrucciones
históricas por medio de las cuales determinados protagonistas de la ciencia
económica recalcan el salto hacia delante efectuado por su disciplina gracias a
su propia contribución teórica. Como es lógico, recordar este hecho no equivale
a negar la validez de tales reconstrucciones históricas, puesto que en el caso
de prota-gonistas como Smith o Keynes estas reconstrucciones identifican los
pasos clave en la senda de la ciencia económica.
1.3. La visión
competitiva
En las últimas décadas una serie de economistas se han referido
a las «revoluciones científicas» de Kuhn (1962) o a los «programas de
investi-gación científica» de Lakatos (1970, 1978) para apoyar la idea de que
es imposible elegir entre enfoques teóricos que compiten con los criterios
«objetivos» indicados por el positivismo lógico (coherencia lógica,
corres-pondencia de los supuestos con la realidad empírica).
La visión competitiva 23
Estos criterios ya habían sido objeto de debate. Algunas
críticas se referían específicamente a la distinción clara entre afirmaciones
analíticas y sintéticas. Efectivamente, si se las interpreta como proposiciones
pura-mente lógicas, están desprovistas de cualquier referencia al mundo real;
en consecuencia, están vacías desde el punto de vista de la interpretación de
los fenómenos del mundo real.7 Las afirmaciones sintéticas, a su vez,
incorporan necesariamente una gran masa de elementos teóricos en la propia
definición de las categorías utilizadas para recoger los datos empí-ricos y en
los métodos por medio de los cuales se tratan estos datos; en consecuencia, las
elecciones de aceptación o rechazo de cualquier afirma-ción sintética no pueden
ser claras, sino que están condicionadas por una larga serie de hipótesis
teóricas que, sin embargo, no pueden estar sujetas a una evaluación
independiente.8 Es precisamente la imposibilidad de separar cuidadosamente las
evaluaciones conforme a criterios objetivos unívocos para las afirmaciones
analíticas y sintéticas lo que constituye una dificultad decisiva para la
visión positivista que se trató en el aparta-do anterior.
Otra crítica importante del criterio para la aceptación o el
rechazo propuestos para las afirmaciones sintéticas —su correspondencia o no
correspondencia con el mundo real— es la desarrollada por Popper (1934). No
importa cuántas veces se vea corroborada una afirmación sin-tética mediante su
contrastación con el mundo real, dice Popper; no podemos excluir la posibilidad
de que eventualmente surja un caso con-trario. Así, por ejemplo, la afirmación
de que «todos los cisnes son blan-cos» puede verse contradicha por el
descubrimiento de una especie única de cisnes negros en Australia. El
científico no puede pretender verificar una teoría, esto es, demostrar que es
verdadera de una vez para siempre. El científico sólo puede aceptar una teoría
provisionalmente, teniendo
En otras
palabras, las observaciones están necesariamente «cargadas de teoría»; cf.
Hands (2001), pp. 103 y ss. Es sobre esta base, por ejemplo, que Dobb (1973,
cap. 1) desarrolla su crítica de la distinción excesivamente clara, propuesta
por Schumpeter, entre historia del análisis económico e historia del
pensamiento económico, a la que volveremos más adelante (§ 1.5).
8 Esta crítica se conoce como «tesis de subdeterminación de
Duhem-Quine» (cf. Quine, 1951); según ésta, «ninguna teoría se contrasta nunca
de modo aislado», de mane-ra que «cualquier teoría científica puede inmunizarse
contra la refutación por la evidencia empírica» (Hands, 2001, p. 96).
24 La historia del
pensamiento económico y su papel
presente la posibilidad de que pueda ser falsada, o, en otras
palabras, que se demuestre que es falsa por un hecho empírico recién
descubier-to que la contradice. Efectivamente, en un libro posterior (1969),
Popper sostiene que el mejor método para la investigación científica consiste
pre-cisamente en la formulación de una serie potencialmente infinita de
«conjeturas y refutaciones». En otras palabras, el científico formula
hipó-tesis y después, más que buscar su confirmación empírica —la que, en
cualquier caso, podría no ser definitiva—, debe buscar más bien las
refu-taciones. Éstas, estimulando y guiando la investigación para formular
mejores hipótesis, realizan una contribución decisiva para el avance de la
ciencia.9
Una serie de figuras importantes de la epistemología positivista
sos-tienen que no es aplicable al campo de las ciencias sociales. La influencia
de algunos historiadores y filósofos de la ciencia, tales como Kuhn, Laka-tos y
Feyerabend, contribuyó posteriormente, en las últimas décadas del siglo XX, al
abandono de la metodología positivista en el campo de la teo-ría económica.
Recordemos brevemente sus teorías y la visión competiti-va de la ciencia que se
deriva de ellas.
En pocas palabras, según Kuhn, el desarrollo de la ciencia no es
line-al, sino que puede subdividirse en etapas, cada una de ellas con sus
pro-pias características distintivas. En cada período de «ciencia normal» se
acepta comúnmente un punto de vista (paradigma) específico como base para la
investigación científica. Sobre tal base se construye un sistema teó-rico cada
vez más complejo, capaz de explicar un número creciente de fenómenos. Sin
embargo, este proceso de crecimiento de la ciencia normal se ve acompañado por
la acumulación de anomalías, es decir, de fenóme-nos que quedan sin explicar o
que para su explicación requieren un núme-ro excesivamente creciente de
supuestos ad hoc. Ello provoca un malestar que favorece una «revolución
científica», es decir, la propuesta de un nuevo paradigma. Esto señala el
comienzo de una nueva etapa de ciencia normal, dentro de la cual continúa la
investigación sin cuestionar el para-digma subyacente.
- Para
el debate sobre la utilización de las ideas de Popper en el campo de la teoría
económica, cf. De Marchi (1988).
La visión competitiva 25
Subrayemos aquí que Kuhn no considera la sucesión de diferentes
paradigmas como una secuencia lógica caracterizada por una cantidad cre-ciente
de conocimiento. Estos distintos paradigmas se consideran no con-mensurables
entre sí; cada uno de ellos constituye una clave diferente para la
interpretación de la realidad, basada necesariamente en un conjunto específico
de supuestos simplificadores, muchos de los cuales también se mantienen
implícitos. Ningún paradigma puede abarcar la totalidad del universo en todos
sus detalles. En sentido estricto, es tan incorrecto decir que la Tierra gira
alrededor del Sol como que el Sol gira alrededor de la Tie-rra: cada una de las
dos hipótesis corresponde a la elección de un punto que se fija como referencia
para el estudio del universo, o mejor, de una parte del universo que se
encuentra en continuo movimiento con relación a cual-quier otro posible punto
fijo. En otras palabras, dado que tanto la Tierra como el Sol se mueven en el
espacio, los enfoques de Copérnico y Tolomeo no son sino dos aproximaciones
teóricas alternativas que explican en tér-minos más o menos simples un número
mayor o menor de fenómenos.10 También podemos recordar a este respecto que una
visión heliocéntrica ya había sido propuesta por Aristarco de Samos en el siglo
III a. C., casi cinco antes de Tolomeo: por lo tanto, los paradigmas no se
suceden necesaria-mente uno detrás de otro en una secuencia lineal, sino que
pueden reapa-recer como dominantes después de largos períodos de eclipse.
Kuhn presenta su idea de revoluciones científicas como una
descrip-ción del camino que en realidad siguen las diferentes ciencias, más que
Entre los
predecesores de Kuhn en este aspecto podemos recordar a Adam Smith con su
History of astronomy (Smith, 1795). Un vínculo de conexión entre Smith y Kuhn
podría localizarse en Schumpeter, que coloca aparte la History of astronomy
como «la perla» entre los escritos de Smith (Schumpeter, 1954, p. 182; p. 224
trad. cast.) y más adelante considera el mismo caso histórico que más tarde iba
a ser estudiado por Kuhn: «El sistema astronómico llamado tolemaico no era
simplemente “falso”. Daba satisfactoriamente razón de una gran masa de
observaciones. Y cuando se acumularon observaciones que a primera vista no
concordaban con el sistema, los astrónomos arbitraron hipótesis adicionales que
introdujeron los hechos recalcitrantes, o parte de ellos, en el seno del
sistema» (Schumpe-ter, 1954, p. 318 n.; p. 369 n., trad. cast.). Kuhn, como la
mayoría de los protagonistas del debate epistemológico, desarrolló
originalmente sus ideas como una interpretación de la historia de las ciencias
naturales, específicamente la astronomía y la física, y no como una receta
metodológica para las ciencias sociales. Sin embargo, por lo menos alguna de
sus ideas puede utilizarse fácilmente en el campo de la teoría económica. Para
un intento en este sentido, cf. los ensayos reunidos en Latsis (1976).
26 La historia del
pensamiento económico y su papel
como un modelo normativo de comportamiento para los científicos.
En contraposición, Lakatos (1978) adopta una actitud normativa.
La «metodología de programas de investigación científica» de
Lakatos consiste en un conjunto de reglas de funcionamiento para la crítica y
cons-trucción de teorías (heurística negativa y positiva), organizadas en torno
a un «núcleo duro» de hipótesis referentes a un conjunto específico de temas y
utilizadas como fundamentos para la construcción de un sistema teóri-co. El
núcleo duro no cambia cuando surgen anomalías, gracias a un «cin-turón
protector» de hipótesis auxiliares, y sólo se abandona cuando el pro-grama de
investigación científica que se basa en él es reconocido claramente como
«regresivo», o, en otras palabras, cuando se reconoce cla-ramente que es
bastante probable que si se sigue con él se despilfarren tiempo y esfuerzos.
Por lo tanto, Lakatos considera que la aceptación o rechazo de un programa de
investigación científica es un proceso comple-jo, y no una decisión basada en
un experimento concluyente o, en cual-quier caso, en criterios bien definidos,
unívocos y objetivos.
Así interpretada, la opinión de Lakatos no es muy distinta
—aunque sí menos radical— de la propuesta por Feyerabend (1975) con su «teoría
anarquista del conocimiento». Feyerabend destaca la necesidad de una mente
abierta al máximo frente a los enfoques de investigación más dis-pares; al
mismo tiempo dista de aceptar sin reservas su propio lema: «Cual-quier cosa
puede funcionar». La crítica de la idea de que exista un criterio absoluto de
verdad (o mejor, de aceptación y rechazo de teorías) puede coexistir con la
idea de la posibilidad de un debate racional entre puntos de vista distintos,
incluso aunque se hallen en conflicto. Como es lógico, cuando se debaten los
diferentes puntos de vista los defensores de cada uno de ellos deben estar
dispuestos a renunciar a la pretensión de utilizar como absoluto el criterio
basado en su propia visión del mundo. Por el contrario, la adopción provisional
del punto de vista rival para criticarlo desde dentro puede constituir un
elemento de fuerza en el debate. Nos enfrentamos, por lo tanto, con un
procedimiento para el debate científico que es análogo al que se sigue
habitualmente en los procesos legales, en los que el fiscal y el defensor
utilizan los argumentos más dispares en apoyo de sus respectivas posiciones.
Las opiniones de Feyerabend fueron introducidas en el debate
econó-mico por McCloskey (1985, 1994), aunque con algunos cambios. McCloskey
habla de un «método retórico de debate científico» que recha-
La visión competitiva 27
za un criterio puro y unidimensional para la evaluación de
teorías, y subra-ya, por contraste, el papel de su poder relativo de
persuasión.11 Esto no quiere decir que se niegue valor al debate teórico: lejos
de ello, el princi-pal mensaje que transmite esta metodología es la necesidad
de tolerancia ante diferentes visiones del mundo y, por lo tanto, de distintos
enfoques teóricos. También podemos recordar que, interpretado de este modo, el
método retórico en economía puede remontarse hasta Adam Smith.12
En el caso de Kuhn, y en el de Lakatos de un modo parecido, los
eco-nomistas se han visto atraídos por el papel que se atribuye a la existencia
de enfoques alternativos, deducidos de la sucesión de distintos paradigmas o de
la coexistencia de diferentes programas de investigación científica.13
Evidentemente, las ideas de Feyerabend discurren en la misma dirección.
Es aquí donde entra en juego la historia del pensamiento
económico. Quienes aceptan una visión competitiva del desarrollo del
pensamiento económico y participan en un debate entre enfoques que compiten
entre sí se sienten impulsados a investigar la historia de tal debate, en busca
de los puntos fuertes y débiles que explican el predominio o el declive de los
diferentes enfoques.
En particular, los que respaldan enfoques que compiten con el
domi-nante pueden encontrar muy útil la historia del pensamiento económi-co.14
En primer lugar, el análisis de los escritos de los economistas del pasa-do
ayuda a menudo a aclarar las características básicas del enfoque que se propone
y las diferencias entre éste y el enfoque dominante.15
En el campo de
las ciencias naturales, los experimentos bien dirigidos constituyen, por regla
general, una prueba decisiva de la superioridad de una teoría respecto de
otras. Sin embargo, en el campo de las ciencias sociales, los experimentos
realizados en condi-ciones controladas (esto es, ceteris paribus) son
prácticamente imposibles. De ahí la mayor complejidad en este último campo para
comparar diferentes teorías.
Aquí nos
referimos no sólo a las Lectures on rhetoric and belles lettres (Smith, 1983),
sino también a las Glasgow lectures (las llamadas Lectures on jurisprudence
[Lecciones de jurisprudencia]: Smith, 1978). Sobre este asunto, cf. Giuliani
(1997).
Véanse, por
ejemplo, los ensayos reunidos en De Marchi y Blaug (1991). Para una nota de
cautela, véase Steedman (1991), que observa que los programas de Lakatos se
refie-ren a temas específicos, más que a amplias visiones del mundo.
Cf. Dobb
(1973), Meek (1977) y Bharadwaj (1989) como ejemplos de este inte-rés después
del renacimiento sraffiano del enfoque clásico.
Un ejemplo
ilustrativo es la edición, llevada a cabo por Sraffa, de las Works and
correspondence de Ricardo (Ricardo, 1951-1955).
28 La historia del
pensamiento económico y su papel
En segundo lugar, la historia del pensamiento económico
contribuye a la evaluación de las teorías basadas en diferentes enfoques,
sacando a la luz las cosmovisiones, el contenido de los conceptos y las
hipótesis sobre las que se basan. Es frecuente que esto ayude a recuperar las
advertencias de cautela y las calificaciones originales que acompañaban al
análisis y que fueron olvidadas después en la injustificada generalización del
campo de aplicación de la teoría.16
En tercer lugar, recordar ilustres raíces culturales responde a
veces a una intención táctica, a fin de contrarrestar la inercia que constituye
una ventaja tan grande para la corriente principal que predomina. Como es
lógico, la apelación a la autoridad no constituye un buen argumento
cien-tífico; esto es cierto también para la apelación a una regla de la
mayoría, una declaración de holgazanería intelectual que tan a menudo se repite
en la defensa, por ejemplo, del uso persistente de modelos de una mercancía en
las teorías de la ocupación y el crecimiento, o de curvas en forma de U en la
teoría de la empresa.
Puede ser útil destacar aquí que la visión competitiva no
implica ni una equivalencia entre enfoques que compiten entre sí ni la ausencia
de progre-so científico.17 Implica sencillamente el reconocimiento de la
existencia de diferentes enfoques, basados en fundamentos intelectuales
distintos. Cada investigador sigue generalmente la línea de investigación que
considera más prometedora.18 Tal elección, sin embargo, es extremadamente
compleja a causa de la inconmensurabilidad de los diferentes sistemas conceptuales.
En particular, debe rechazarse la pretensión que tiene el enfoque dominante de
imponer los criterios de evaluación que se deducen de sus propias visiones.
Un ejemplo es
el supuesto de vaciamiento del mercado. Implica mercados que fun-cionen de una
manera muy específica, como los mercados «call bid» de las antiguas bolsas
continentales, o como los mercados de «subasta continua» de las bolsas
anglosajonas. Kregel (1992) considera a los primeros en relación con la teoría
del equilibrio general walrasiano, y a los últimos con referencia a la teoría
marshalliana. Cf. más adelante, capítulos 12 y 13.
Esta opinión
—el rechazo de cualquier idea de progreso científico— se atribuye a veces a la
«teoría anarquista del conocimiento» de Feyerabend, y, en el campo económico, a
la «retórica» de McCloskey (1985). Sin embargo, esta opinión no se sigue
necesariamen-te de sus puntos principales, el rechazo de criterios claros y
unívocos de valoración de las diferentes teorías y programas de investigación,
y la propuesta de una «conversación» abier-ta —y moralmente seria— entre
investigadores con diferentes orientaciones.
Es decir, si
excluimos los ejemplos de elecciones oportunistas orientadas a la carre-ra
académica personal, que a veces explican la adhesión a la corriente principal.
La visión competitiva 29
Lo que rechaza expresamente la visión competitiva es la idea de
un proceso unidimensional de avance científico. Puede haber progreso en el seno
de cada enfoque (lo que ciertamente es la regla general, en términos de mayor
consistencia interna y mayor poder explicativo) y a lo largo de la sucesión
histórica de paradigmas o programas de investigación. En el último caso, sin
embargo, la idea de progreso es más imprecisa y requiere de mayor cautela. Un
elemento innegable de progreso lo proporciona el creciente número de
herramientas analíticas cada vez más sofisticadas, que hacen posibles los
desarrollos que se producen en otros campos de inves-tigación (nuevos
instrumentos matemáticos, mejor y más abundante material estadístico, mayor
potencia informática gracias a los nuevos orde-nadores). Pero entre los
sucesivos paradigmas o programas de investiga-ción existen diferencias a menudo
decisivas en la cosmovisión subyacente. A algunos aspectos de la realidad
(incluidas las relaciones de causa-efecto) se les da una mayor importancia, y a
otros menos, de manera que existen diferencias en el conjunto de supuestos
(explícitos o implícitos)19 sobre los que están construidas las teorías, y, por
lo tanto, en el ámbito de aplicabi-lidad de las teorías. Las variables o conceptos
analíticos (tales como mer-cado, competencia, precio natural, beneficio,
renta), aunque se indiquen con el mismo nombre, adquieren significados que son
incluso considera-blemente distintos cuando se los utiliza dentro de teorías
diferentes. Es aquí —en el análisis de los fundamentos conceptuales de las
distintas teo-rías, y de los cambios en el significado de los conceptos cuando
se los inserta en diferentes marcos teóricos— donde llegamos a reconocer cuán
esencial es el análisis de los conceptos en relación con el trabajo de
inves-tigación teórica. Como ilustraremos en el apartado siguiente, esto
implica a su vez que se atribuya un papel decisivo a la historia del
pensamiento económico en la propia actividad de los economistas teóricos.
Los supuestos
se mantienen necesariamente, por lo menos en parte, implícitos: es imposible
confeccionar una lista completa de los elementos de la realidad de los que se
hace abstracción en el proceso de construcción de una teoría (es decir,
elementos que no se tie-nen en cuenta en la teoría porque se considera que no
son importantes para el tema some-tido a examen). En este sentido, los modelos
axiomáticos dependen de un número limita-do de supuestos explícitos, pero —un
hecho que se olvida con demasiada frecuencia— implican decisivamente un gran
número, potencialmente ilimitado, de supuestos simplifi-cadores implícitos,
cuando se intenta relacionarlos con la realidad económica que tratan de
interpretar.
30 La historia del
pensamiento económico y su papel
1.4. Las etapas de la
teorización económica:
conceptualización y construcción de modelos
Entre aquellos que destacan la importancia de analizar los
funda-mentos conceptuales como parte del trabajo de investigación, encontra-mos
uno de los representantes más ilustres, y ciertamente más cautelosos, del
enfoque acumulativo en economía. Schumpeter (1954, pp. 41-42;
77-80, trad.
cast.) subdivide la investigación económica en tres etapas. Primero, tenemos el
«acto cognoscitivo preanalítico», o «visión», que con-siste en localizar el
problema que debe tratarse y sugerir algunas hipótesis de trabajo con las que
comenzar el análisis, con el objetivo de establecer, si no una solución
provisional, sí por lo menos la manera de abordar el problema. En segundo
lugar, tenemos la etapa dedicada «a verbalizar la visión o conceptualizarla de
tal modo que sus elementos se sitúen en sus lugares respectivos, con sus
correspondientes nombres para facilitar su identificación y su manejo, y en un
esquema o en una imagen más o menos perfecta»: lo que podemos llamar la etapa
de conceptualización, a la que Schumpeter atribuye gran importancia. El sistema
abstracto de conceptos así obtenido aísla los elementos de realidad que se
consideran relevantes para el tema sometido a examen. Finalmente, la tercera
etapa se refiere a la construcción de «modelos científicos». Recordemos también
que la secuen-cia lógica de las diferentes etapas no se corresponde
necesariamente con su secuencia real en la actividad de investigación del
economista.
Como vimos en el apartado anterior, el debate entre los enfoques
que compiten entre sí se refiere sobre todo a la elección del sistema
conceptual que debe utilizarse en la representación de la realidad económica.
La historia del pensamiento económico desempeña un papel decisivo a este
respecto. Como es imposible proporcionar una definición exhaustiva del
contenido de un concepto,20 la mejor manera de analizarlo consiste en estudiar
su evolu-ción a través del tiempo, examinando los diferentes matices del significado
que adquiere en los diferentes autores y en algunos casos en los diferentes
escritos del mismo autor. Ésta es, de hecho, la experiencia común de todos los
estudios en el campo de las humanidades, de la filosofía a la política.
Georgescu-Roegen
(1985), p. 300, habla en este contexto de una «penumbra» que rodea a los
«conceptos dialécticos cuya característica distintiva es la de superponerse con
sus opuestos». Las críticas de Sraffa al positivismo analítico de Wittgenstein
en el Tractatus logi-co-philosophicus son relevantes aquí; sobre esto, cf. más
adelante § 16.5.
Las etapas de la teorización económica… 31
Además, utilizando la historia del pensamiento económico para el
análisis de un concepto (y de un sistema conceptual) podemos investi-gar dos
aspectos que son decisivos para cualquier línea de investigación en economía:
primero, si es posible —y, si lo es, en qué medida es nece-sario— adaptar el
contenido de los conceptos a los cambios continuos en la realidad que debe
explicarse; segundo, cómo opera el mecanismo de interacción entre la etapa de
conceptualización y la etapa de cons-trucción de modelos.
El primer punto —la interacción entre historia económica y
teoría económica— es una cuestión conocida. El segundo punto se considera
raramente, pero es decisivo. De hecho, las dificultades que surgen en la etapa
de construcción de modelos y las soluciones analíticas a aquellas difi-cultades
implican a menudo modificaciones en los fundamentos concep-tuales de las
teorías;21 en otros ejemplos, tales modificaciones reflejan la evolución del
mundo real que debe analizarse.22
Por lo tanto, los sistemas de conceptos subyacentes en cualquier
teo-ría cambian continuamente, lo que hace imposible concebir la evaluación de
las teorías económicas en una escala unidimensional. En consecuencia, no puede
haber ninguna medida unívoca del poder explicativo de las dife-rentes teorías.
Los avances teóricos pueden constituir progreso científico en ciertos aspectos,
mas no en otros. Y lo que es más importante, los pasos adelante que se dan
continuamente en la dirección de una mayor consis-tencia lógica y de un uso
creciente de técnicas analíticas más avanzadas no implican necesariamente un
mayor poder explicativo: aquéllos pueden exigir restricciones adicionales al
significado de las variables en considera-ción, excluyendo aspectos cruciales de
la realidad del campo de aplicabili-
Un ejemplo lo
proporcionan los cambios en el poder heurístico de las teorías del equilibrio
general cuando pasamos de la formulación original de Walras a la construc-ción
axiomática de Arrow y Debreu (cf. más adelante cap. 12). Este ejemplo
demuestra, entre otras cosas, que la necesidad de analizar los fundamentos
conceptuales de las teo-rías y sus cambios a lo largo del tiempo no se limita a
una visión evolucionista de la eco-nomía, que se concentra en cambios
institucionales y dependencia del camino que se haya seguido, aunque obviamente
la interacción entre teoría e historia es más intensa en este último enfoque.
Un ejemplo
(ilustrado en Roncaglia, 1988), lo proporciona la evolución en la
cla-sificación de la actividad económica en sectores, desde Petty hasta Smith,
vía Cantillon y Quesnay.
32 La historia del
pensamiento económico y su papel
dad de la teoría.23 Cuando nos enfrentamos a este problema, la
historia del pensamiento económico, concentrando la atención en los cambios de
sig-nificado de los conceptos utilizados en la teoría, puede ayudar a evaluar
la polifacética senda que ha seguido la investigación económica.
1.5. La economía
política
y la historia del pensamiento económico
La economía política (o economía) es una investigación de la
sociedad con dos características principales. Primera, es una investigación
científica que sigue reglas metodológicas específicas (aunque no necesariamente
inal-terables o unívocas). Segunda, considera la sociedad en un aspecto
particu-lar pero fundamental: el mecanismo de supervivencia y desarrollo de una
sociedad basada en la división del trabajo. En tal sociedad cada trabajador se
emplea en una actividad específica, colaborando en la producción de una
mercancía específica, y tiene que obtener de otros agentes económicos, a cambio
(de una parte) del producto, las mercancías que se requieren como medios de
producción y subsistencia. Estos mecanismos se componen de instituciones,
costumbres, normas, conocimiento y preferencias, los cuales constituyen
restricciones y reglas de comportamiento. Los economistas investigan los
resultados, individuales y colectivos, de conjuntos específicos de
restricciones y reglas de comportamiento.
Como investigación de la sociedad, la economía política es una
ciencia social, con una dimensión histórica decisiva. Como ciencia, implica
adhesión a los criterios metodológicos que predominan en el entorno de trabajo
de los economistas (los cuales, entre otras cosas, determinan a su vez los
criterios de selección profesional); los economistas pueden, pues, verse
inducidos a adop-tar reglas metodológicas derivadas de las ciencias naturales,
como es induda-blemente el caso en la etapa actual. De ahí que tengamos una
tensión irreso-luble, dado el empobrecimiento que resultaría para la economía
política, por una parte, del abandono de las reglas científicas de consistencia
lógica, y, por otra parte, del descuido de sus características como ciencia
social.
Por ejemplo, como veremos en el capítulo 10, la teoría
marginalista del equilibrio del consumidor representa ciertamente un paso
adelante en cuanto se refiere a la consis-tencia lógica y al uso de
sofisticadas técnicas de análisis, pero esto viene acompañado por la reducción
del agente económico a una máquina sensible.
La economía política y la historia del pensamiento económico 33
La historia del pensamiento económico24 desempeña un papel
central al favorecer una resolución positiva de la tensión arriba mencionada.
Por una parte, destaca el papel esencial de la dimensión histórica en las
inves-tigaciones económicas. Por otra parte, atribuye un papel central al
criterio de precisión lógica, a la par que al criterio de relevancia empírica,
selec-cionando y evaluando las teorías en las que cabe concentrar la atención,
y localizando un hilo conductor de desarrollo.
De este modo, surge una respuesta bastante clara a la pregunta
de la que hemos partido. La historia del pensamiento económico es útil no sólo
ni simplemente a nivel didáctico, o para proporcionar un «sentido de dirección»
a la investigación económica, o material para los episte-mólogos. Es un
ingrediente esencial tanto del debate teórico entre enfo-ques alternativos
—dado que contribuye a aclarar las diferencias y modi-ficaciones en sus
representaciones del mundo— como del trabajo teórico dentro de cada enfoque,
puesto que contribuye al desarrollo de los fun-damentos conceptuales y a la
clarificación de los cambios que intervie-nen en ellos, en respuesta a las
dificultades teóricas y a las realidades en evolución.
Por lo tanto, la historia del pensamiento constituye también una
edu-cación en democracia, en el sentido indicado por Kula (1958), en sus
con-vincentes consideraciones sobre el papel de la historia que se citan al
comienzo de este capítulo. A diferencia del absolutismo científico exten-dido
en la corriente principal de la enseñanza de la economía, la historia del
pensamiento ofrece una educación en el intercambio de ideas, que también
favorece —gracias al esfuerzo que implica en la comprensión de las ideas de los
otros— la percepción de la complejidad de las cosmovisio-nes que subyacen en
las diferentes teorías y determinan sus potencialida-des y límites, y la
percepción de los vínculos con otros campos del cono-cimiento y de la acción
humanos.
O historia del
análisis económico: la distinción entre ambas parece algo arbitraria, cuando
consideramos la etapa de conceptualización como una parte esencial del trabajo
teórico. El propio Schumpeter, después de trazar una clara distinción entre la
historia del pensamiento y la historia del análisis, muestra en su libro
(Schumpeter, 1954) sólo un vago respeto por esa frontera. Su declaración de
principios en este sentido debe tal vez interpre-tarse más como una
justificación de las muchas elecciones simplificadoras que son inevita-bles
incluso en el caso de un estudioso tan erudito como él.
34 La historia del
pensamiento económico y su papel
1.6. ¿Qué historia del
pensamiento económico?
Obviamente, el papel atribuido más arriba a la historia del
pensa-miento económico tiene implicaciones para la manera de estudiar y
ense-ñar la disciplina. Aquí nos limitaremos a unas pocas y breves
observaciones.
En primer lugar, la historia del pensamiento económico tal como
se la considera más arriba pertenece más al amplio campo de la ciencia
eco-nómica que a la historia de la cultura o de las ideas.
En segundo lugar, existe una diferencia básica entre los
historiadores del pensamiento económico que adoptan una visión acumulativa y
los que adoptan la visión competitiva. Los primeros ven el desarrollo de la
ciencia económica como una mejora progresiva en la consistencia interna y en el
campo de aplicabilidad de la teoría; así, tienden a concentrar la atención en
el modo en que aborda cada autor los problemas que los autores anteriores
habían dejado abiertos. Esto favorece a menudo las reconstrucciones de la
historia del pensamiento económico en las que las referencias al contexto
histórico parecen ampliamente irrelevantes, y que además generalmente
des-cuidan los vínculos entre el pensamiento económico, filosófico o
político-social; vínculos que se consideraban vitales antes de que la división
intelec-tual del trabajo cristalizase en pequeñas reservas de caza
académicas.25
El riesgo opuesto —el de considerar las vicisitudes del
pensamiento económico a través del tiempo como resultado exclusivo de la
evolución de la base social y productiva— es raro en extremo. Un riesgo más
con-creto es el de la «historia basada en anécdotas», cuando se concentra la
atención en las simples opiniones de los autores que se someten a
consi-deración, descuidando el razonamiento que condujo a, o que se desarrolló
para, respaldar tales opiniones, y esquivando así las dificultades intrínsecas
a la reconstrucción histórica de las semejanzas, diferencias y relaciones
lógicas entre las diferentes teorías.
Para evitar estos riesgos, tenemos que reconocer la existencia
de un vínculo bilateral entre la evolución histórica y las investigaciones
teóricas. Por una parte, el mundo material tiene una influencia importante
sobre el trabajo de cualquier científico social, aunque no hasta el punto de
deter-
Winch (1962) suscitó esta clase de crítica contra la
corriente principal de la histo-riografía.
¿Qué historia del pensamiento económico? 35
minar unívocamente el camino seguido por las investigaciones
teóricas. Por otra, el debate teórico puede a veces ejercer una influencia
decisiva en las elecciones de política económica y —más indirectamente— en las
creen-cias y opiniones, y de ahí también en el comportamiento de los agentes
económicos, aunque esta influencia se vea considerablemente constreñida y
condicionada por el mundo material.
La historia del pensamiento económico tiene un papel importante
en sacar a la luz tales vínculos bilaterales. Esto significa que hay lugar
tanto para las investigaciones históricas «internas» al proceso de desarrollo
de la teoría económica, como para los estudios «orientados hacia fuera», que
relacionan las investigaciones de los economistas con los desarrollos en otras
ciencias sociales y con la evolución histórica. Inevitablemente, las
investigaciones internas y las que se orientan hacia el exterior procederán a
menudo por separado; lo que importa es que todo investigador o inves-tigadora,
cualquiera que sea el énfasis que elija, no pierda de vista el desa-rrollo de
la investigación histórica en el área más amplia que abarca dife-rentes
especializaciones.26
La distinción
entre investigaciones internas y orientadas hacia fuera en la historia del
pensamiento económico se asemeja a las nociones de «reconstrucciones
racionales» y «reconstrucciones históricas», de Rorty (1984). Aunque distingue
estas dos clases de inves-tigaciones en la historia de las ideas, Rorty las
considera como complementarias. La pasión de los epistemólogos por categorías
metodológicas puras, que son ciertamente útiles para evaluar lo que está
haciendo un investigador, no debe conducirnos a una distinción dema-siado sutil
del trabajo intelectual, especialmente cuando los aspectos considerados en los
procedimientos de análisis están tan obviamente interconectados, como sucede en
nuestro campo. Incluso la que se considera la mejor reconstrucción racional de
la historia del pen-samiento económico, Blaug (1962), subraya la necesidad de
ser cautos al adoptar esta dico-tomía; así, después de afirmar su punto de
vista en las primeras líneas de su libro («La crí-tica implica ciertas normas
de juicio, y mis normas son las de la teoría económica moderna», ibíd.; p. 1,
trad. cast.) y proporcionar una definición clara de las dos nociones («Las
“reconstrucciones históricas” intentan informar acerca de las ideas de los
pensadores del pasado en términos que estos pensadores, o sus discípulos,
habrían reconocido como una descripción fiel de lo que ellos tenían intención
de hacer. Las “reconstrucciones racio-nales”, por otra parte, tratan a los
grandes pensadores del pasado como si fueran contem-poráneos con los que
intercambiamos opiniones; analizamos sus teorías en nuestros térmi-nos», ibíd.,
p. 7), Blaug no sólo añade que «tanto la reconstrucción histórica como la
reconstrucción racional son maneras perfectamente legítimas de escribir la
historia del pen-samiento económico», sino también que «lo que está separado en
principio es casi imposi-ble de mantener separado en la práctica» (ibíd., p.
8). Observemos en este contexto que la referencia a «las normas de la teoría
económica moderna» implica una definición, unívoca y universalmente admitida,
de teoría económica moderna: como veremos en el capítulo 17, el caso dista
mucho de ser éste.
36 La historia del
pensamiento económico y su papel
Otro problema, particularmente serio para los defensores de la
visión competitiva, es el riesgo de concentrar la atención más o menos
exclusiva-mente en aquellos aspectos del análisis económico (esto es, la teoría
del valor) que son de mayor ayuda en la identificación de las características
básicas de los diferentes enfoques, pero que a menudo ocultan las visiones
generales de los autores sobre el proceso de desarrollo económico. El mismo
significado del término valor cambia de un enfoque teórico a otro, y, a lo
largo del tiempo, dentro de cada uno de ellos. En cualquier caso, es un término
que designa el núcleo central de las relaciones económicas desde el punto de
vista del específico sistema de abstracciones adoptado.
Consideremos, por ejemplo, el significado específico que tiene
la noción de valor en el enfoque clásico y sraffiano, el cual se ilustrará con
mayor detalle más adelante. Valor no significa la medida de la importan-cia que
una mercancía tiene para un ser humano (que es el significado que asume el
término valor en el enfoque marginalista, cuando se lo relaciona con escasez y
utilidad); ni se refiere a una «ley moral natural» (como en el debate medieval
sobre el precio justo); ni incorpora una característica en grado óptimo (como
resultado de una maximización restringida de algu-na función objetivo). El
valor de las mercancías refleja las relaciones que conectan entre sí a los
diferentes sectores y clases sociales dentro de la eco-nomía; además, el
contenido que se atribuye al término sugiere una refe-rencia implícita a un
modo de producción específico, es decir, al capitalis-mo. De hecho, el análisis
desarrollado por los economistas clásicos y Sraffa se refiere a un conjunto
específico de hipótesis («ley de precio único»; divi-sión en clases sociales de
trabajadores, capitalistas y terratenientes; tipo uniforme de beneficio) que
reflejan las características básicas de una eco-nomía capitalista.
Es verdad que «la relación entre los precios y la distribución,
para una tecnología dada, tiene que ver con lo que puede denominarse
“esqueleto” de un sistema económico. Históricamente, este problema ha estado en
el centro del estudio de la teoría económica, y lógicamente forma el “núcleo”
de los desarrollos de otros problemas de análisis, aun cuando algunas de estas
teorías se desarrollen sin algunos vínculos formales directos con aquél»
(Roncaglia, 1975, pp. 127-128; p. 133, trad. cast.). Sin embargo, también es
cierto que la posibilidad —y oportunidad— para construir teorías
inde-pendientes para el análisis de diferentes cuestiones, y especialmente la
¿Qué historia del pensamiento económico? 37
importancia de la etapa de formación de un sistema de conceptos
en la ciencia económica, requieren que la historia del pensamiento económico no
quede limitada a la ilustración de una secuencia de teorías del valor.
En cierto sentido, la teoría del valor adoptada por un
economista apunta directamente a su representación del mundo. Utilizando el
deba-te entre teorías rivales del valor como hilo conductor, y observando los
cambios que la teoría del valor (erróneamente considerada por algunas
reconstrucciones como un monolito inalterable) experimenta en cada enfoque,
podemos también entender las diferencias y los cambios en la representación
conceptual de la sociedad. Al mismo tiempo, en el otro lado del continuum que
constituye el campo de trabajo del economista, podemos ver cómo en torno a una
teoría del valor, y en estrecha conexión con ella, se desarrollan teorías
específicas para interpretar aspectos especí-ficos —pero no necesariamente
menos importantes— de la realidad eco-nómica, desde teorías de la ocupación y
del dinero hasta teorías de las relaciones internacionales.
Intentemos ilustrar con un ejemplo los diferentes significados
de las dos expresiones, «papel central en nuestra reconstrucción histórica» e
«importancia decisiva en nuestra cosmovisión». La teoría del valor-trabajo
tiene un papel central en la reconstrucción analítica de los Principios de
Ricardo, pero por encima de todo se interesa políticamente por el tema del
crecimiento económico y su relación con la distribución de la renta entre las
principales clases sociales. Otro ejemplo es la relación entre la teoría
walrasiana del equilibrio competitivo y la ideología liberal. En otras
pala-bras, existe cierto margen de independencia entre un sistema de concep-tos
(representación del funcionamiento de la economía) y una teoría del valor, y
desde luego entre la última y las teorías específicas referentes a los
fenómenos que, desde un punto de vista político, constituyen preocupa-ciones
centrales para el economista.
Las referencias a la historia, y en particular a la historia
económica, pueden ser útiles en este contexto para explicar los cambios en los
princi-pales intereses políticos que dominan en los diferentes períodos y los
cam-bios en el proceso de abstracción dentro de cada escuela, así como para
evaluar los diferentes sistemas de abstracción. En este aspecto tal vez sea
útil recordar que un sistema de conceptos (que es el resultado de un
espe-cífico proceso de abstracción, y que se utiliza para representar simplifica-
38 La historia del
pensamiento económico y su papel
damente un mundo real cuyas características más esenciales se
dan por captadas) no puede verificarse ni por comparación directa con el mundo
real ni mediante la comprobación de si las previsiones deducidas del mismo se
producen en la realidad.
«Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, con las que
soña-mos en nuestra filosofía»: la historia del pensamiento económico, con sus
propias y variadas estrategias de investigación, es de gran ayuda para que los
economistas tengan plena conciencia de la verdad que encierra la observación de
Hamlet. Al menos por esta razón, es un campo que todo economista debiera
practicar.
2. LA PREHISTORIA
DE LA ECONOMÍA POLÍTICA
2.1. Por qué la
llamamos prehistoria
El nacimiento de la economía política no tuvo lugar en un
momento determinado. Fue un proceso muy complejo que se desarrolló durante
siglos. Tenemos que remontarnos por lo menos al período clásico griego, y desde
allí mirar hacia delante, hasta los siglos XVII y XVIII, que pueden
considerarse como la etapa culminante en el largo proceso formativo de nuestra
disciplina.
La economía política comenzó a ser reconocida como una
disciplina autónoma, distinta de las otras ciencias sociales, de forma muy
gradual, a principios del siglo XVIII.1 Sólo en el siglo XIX, con la creación
de las pri-meras cátedras económicas en universidades, se reconoció al
economista como figura profesional autónoma.2
En ese período comenzó a usarse el término economía
política; el primero que lo uti-lizó como título de un libro (el Traité de
l’économie politique, 1615) fue el francés Antoine de Montchrétien (ca.
1575-1621). Se le considera tradicionalmente como un mercantilista de segunda
fila, que sólo debe recordarse por el título de este libro. De hecho, aunque
inser-tas en una discusión, que dista mucho de ser sistemática, de la situación
económica de la época, en este libro surgen algunas ideas interesantes, tales
como una crítica de la tesis aris-totélica de la independencia de la política
en relación con otros aspectos de la vida social, acompañada por la afirmación
de que el trabajo es la fuente de la riqueza, la cual a su vez es decisiva para
la estabilidad social. Más adelante volveremos sobre estos temas.
2 Para ser exactos, la primera cátedra de Política Económica se
estableció en Nápo-les en 1754, para Antonio Genovesi; en 1769 siguió Milán con
Cesare Beccaria. En otras partes las cosas fueron más despacio. La lucha de
Alfred Marshall en pro de la institución de una carrera universitaria de
economía en Cambridge y la profesionalización de la eco-nomía, entre finales
del siglo XIX y principios del XX, descritas en Groenewegen (1995) y Maloney
(1985), se recordarán brevemente más adelante (§ 13.4).
40 La prehistoria de
la economía política
Evidentemente, las referencias a los temas que ahora se
considera comúnmente que corresponden a la economía ya hicieron su aparición en
la Antigüedad clásica y la Edad Media. Autores como Diodoro Sículo, Jenofonte o
Platón, por ejemplo, consideraron los aspectos económicos de la división del
trabajo, sosteniendo entre otras cosas que favorece una mejor calidad del
producto.
Sin embargo, en conjunto, durante un largo período —por lo menos
hasta el siglo XVIII— la aproximación a los temas económicos fue
sustan-cialmente distinta de la práctica actual. En efecto, los propios
mecanis-mos económicos que regulan la producción y distribución de la renta han
experimentado desde entonces transformaciones radicales. Sin profundi-zar en el
tema, basta recordar el volumen de pura violencia, autoridad y tradición que
pesaba sobre la vida económica de la Antigüedad clásica, basada en el trabajo
esclavo, como en la del período feudal, basada en el trabajo de los siervos, en
comparación con los intercambios en el merca-do. Además, dada la tecnología
relativamente primitiva que se utilizaba en aquellos períodos históricos, la
vida humana estaba dominada por los fenómenos de la naturaleza (como
calamidades naturales y epidemias), así como por guerras y el ejercicio
arbitrario del poder político. En tales condiciones una vida regular constituía
una aspiración difícilmente reali-zable, que debía perseguirse mediante la
adhesión a reglas de comporta-miento sancionadas por la tradición. Si a ello le
añadimos una religiosidad en gran parte supersticiosa, podemos entender que se
prefirieran sistemá-ticamente los ciclos repetitivos de trabajo y vida, día a
día, año tras año, a la innovación y al cambio. También podemos comprender por
qué los filósofos de la Antigüedad clásica y los teólogos de la Edad Media
consi-deraron que su tarea no consistía tanto en describir e interpretar el
modo de funcionamiento de la economía, sino más bien en aconsejar sobre el
comportamiento moralmente aceptable en el campo de las relaciones eco-nómicas.
En realidad, la economía política nació de la conjunción de dos
cues-tiones importantes. Por una parte, tenemos la cuestión moral: ¿qué reglas
de conducta deberían respetar los seres humanos —especialmente el comerciante y
el soberano— en el campo de las actividades económicas? Por otra, tenemos la
cuestión científica: ¿cómo funciona una sociedad basada en la división del
trabajo, en la que cada persona o grupo de per-sonas produce una mercancía
específica o un grupo de mercancías, y nece-
Por qué la llamamos prehistoria 41
sita los productos de otros, tanto de subsistencia como de
medios de pro-ducción, para mantener el proceso de producción en marcha?
Evidentemente, las dos preguntas están relacionadas. Por
ejemplo, si buscamos fundamentos objetivos para la valoración moral del
comporta-miento humano en el terreno económico, la respuesta a la cuestión
moral depende de la respuesta a la cuestión científica. Este vínculo viene
refor-zado por la idea (dominante en la tradición aristotélica) de que «lo
bueno» es lo que «es conforme a la naturaleza». De ahí la influencia de la
primera pregunta sobre la última, como se refleja en la idea, todavía ampliamente
difundida entre los economistas clásicos de la primera mitad del siglo XIX, de
que la tarea del economista consiste en la identificación de las «leyes
naturales» que gobiernan la economía.
Estas relaciones entre ética y ciencia económica dependen de la
mane-ra en que la cuestión moral se concibió en la fase histórica que se
conside-re. En aquella época, lo que se adoptaba comúnmente era una
aproxima-ción sustancialmente «deontológica» a la ética, a los juicios morales
basados en criterios absolutos, independientes de las circunstancias: matar es
malo, ayudar al enfermo es bueno. Cuando más tarde se adoptó una ética
utilitarista, con juicios morales fundamentados principalmente en los efectos reales
del acto considerando las circunstancias específicas de tiem-po y espacio, la
ética vino a implicar como condición necesaria una com-prensión del modo de
funcionar de la sociedad. Sin embargo, esta relación —subyacente en lo que se
ha llamado «ética consecuencialista»— sólo obtuvo reconocimiento en el siglo
XIX, en particular con Bentham, como veremos más adelante (§ 6.7).
Durante mucho tiempo, sin embargo, los autores que escribían
sobre materias económicas no distinguieron claramente entre las dos cuestiones:
punto que ilustran las ambigüedades en la noción de la propia «ley natural». El
hecho de que tales ambigüedades sean todavía evidentes en la obra de
pro-tagonistas de primera fila de la escuela clásica, como Adam Smith y David
Ricardo, es un ejemplo interesante de la persistencia de conceptos incluso
cuando se han producido cambios radicales en la percepción del mundo.
La economía política nació, pues, como una ciencia moral, y como
una ciencia de la sociedad. Además, en esta etapa, la distinción entre los
diferentes aspectos que ahora se incluyen en el campo de la economía esta-ba en
muchos ejemplos más clara que la línea divisoria entre la economía
42 La prehistoria de
la economía política
y las otras ciencias sociales. Así, por ejemplo, la distancia
entre el estudio de las instituciones económicas y el de las instituciones
políticas era peque-ña; era mucho mayor la distancia que separaba el estudio de
las institu-ciones del estudio del comportamiento del buen paterfamilias con
respec-to a las actividades de consumo y la supervisión del presupuesto
familiar: por ejemplo, el análisis de las tareas económicas del paterfamilias
implica-ba generalmente reflexiones sobre la educación de los hijos.
Un factor importante en la progresiva separación entre los dos
campos de investigación, como veremos en el capítulo siguiente, fue un cambio
en la perspectiva provocado por los descubrimientos que tuvieron lugar en las
ciencias naturales: desde el descubrimiento de la circulación de la sangre,
anunciado por Harvey en 1616, hasta el cambio que se iba a producir un siglo
después con Lavoisier (1743-1794), de la química descriptiva a la quí-mica
basada en relaciones cuantitativas. Tales descubrimientos favorecieron el
reconocimiento gradual de la existencia de cuestiones científicas, acerca de
nuestra comprensión del mundo físico, que debían abordarse con inde-pendencia
de las cuestiones morales, con métodos de análisis distintos de los que
tradicionalmente se habían aplicado a aquél. Ya con Nicolás Maquiavelo
(1469-1527) se había producido un giro en la misma direc-ción, con su
distinción entre ciencia política y filosofía moral, entre el aná-lisis del
comportamiento que deben adoptar los príncipes que persiguen el poder y el
juicio moral sobre tal comportamiento.
La importancia, para nuestro propósito, de la etapa formativa de
la economía política procede del hecho de que dejó como herencia a las eta-pas
sucesivas un conjunto de ideas y conceptos, junto con un conjunto de
significados —a menudo imprecisos y abigarrados— para cada uno de ellos (como
vimos más arriba para la noción de leyes naturales y como vere-mos más adelante
con respecto a la noción de mercado).
Sin embargo, en torno al siglo XVIII tuvo lugar un cambio en la
forma de abordar las cuestiones económicas. Para entenderlo tenemos que
con-siderar los cambios radicales que se habían producido en la organización de
la vida económica y social. En particular, podemos tomar como ejem-plo el papel
de los intercambios.3
También podemos
recordar aquí el cambio de actitud frente a la habilidad mecá-nica, desde el
desprecio a la aceptación del conocimiento práctico especializado, como
componente importante de la cultura, que tuvo lugar entre 1400 y 1700, y que se
docu-menta de forma excepcional en Rossi (1962).
Por qué la llamamos prehistoria 43
El mercado, interpretado como intercambio de bienes por dinero,
ya existía en la Atenas de Pericles y la Roma de los césares. Sin embargo, los
intercambios representaban entonces una parte relativamente limitada de la
producción social total; además, las condiciones en las que tenían lugar se
caracterizaban por una extrema irregularidad, debida a las influencias
climáticas sobre la producción de las cosechas, las dificultades de trans-porte
y, sobre todo, la inseguridad general acerca de los derechos de pro-piedad,
debida no sólo a la criminalidad privada, sino también, y de forma decisiva, a
la arbitraria intervención de las autoridades políticas, que a menudo ejercían
una función redistributiva drástica y con frecuencia impredecible.
En lo que se refiere al primer aspecto —la limitada proporción
de los intercambios— podemos recordar, por ejemplo, que en la economía feu-dal
los intercambios en el mercado sólo se referían característicamente al producto
excedente, es decir, aquella parte del producto que no se necesi-ta como medio
de producción o de subsistencia para la continuidad de la actividad productiva.
Por otra parte, ya había una red de intercambios de productos de lujo
—especias, encajes, metales preciosos— que ponían en contacto áreas geográficas
incluso a grandes distancias; junto con ella, se desarrolló gradualmente una
red de relaciones financieras que conectaba los centros comerciales más
importantes, basada principalmente en letras de cambio.4 En esta etapa, la
auto-producción —esto es, la producción para el consumo directo por parte de
los mismos productores— caracteri-zaba a las pequeñas comunidades rurales. En
estas pequeñas comunidades coexistía cierto grado de especialización productiva
y pagos en dinero con intercambios en especie.
La auto-producción sólo cedió terreno a la producción para el
mer-cado cuando se extendió la propiedad privada de la tierra y creció la
pro-ducción manufacturera artesana. Así nacieron un sistema diferente de
rela-ciones sociales y una estructura tecnológica distinta. Con este nuevo
sistema, ni en la agricultura ni en la manufactura eran ahora los trabaja-dores
propietarios de los medios de producción ni de los bienes que pro-ducían, que,
en cualquier caso, eran por lo general diferentes de los bienes
En Kula (1962) se analiza un modelo de la economía feudal
basado en estos supuestos.
44 La prehistoria de
la economía política
que ellos consumían. Además, la manufactura artesana —y más
tarde la realizada en plantas industriales— se fue caracterizando
progresivamente por el uso de medios de producción especializados, fabricados
por empre-sas distintas de las que los utilizaban.
En lo que se refiere al segundo aspecto —la irregularidad de los
inter-cambios—, recordemos sólo uno de los ejemplos más característicos de la
ausencia de uniformidad en las condiciones del intercambio: la multipli-cidad y
continua variabilidad de los patrones de medida de las mercancías —patrones de
peso, de longitud, de volumen—, sólo gradualmente susti-tuidos en el curso de
los acontecimientos que comenzaron, de modo bas-tante significativo, en el
siglo XVIII.5
Es precisamente la ausencia de regularidad y uniformidad en la
acti-vidad económica lo que posiblemente puede explicar las observaciones
genéricas que hicieron los autores de este período sobre las condiciones de
demanda y oferta como determinantes de los precios de mercado. En presencia de
una acusada variabilidad de la demanda y de la oferta, y en ausencia de
indicaciones claras sobre los factores que las determinan, no puede
considerarse que tales observaciones generales alcancen el nivel de una teoría
de precios completa, y mucho menos que anticipen las teorías marginalistas que
definen los precios de equilibrio en el punto en que coinciden la demanda y
oferta de la mercancía dada. Como veremos con mayor claridad más adelante, en
el enfoque marginalista la demanda y la oferta se definen como funciones
(continuas y diferenciables) —la pri-mera decreciente y la última creciente—
del precio de la mercancía de que se trate y posiblemente de otras variables,
tales como los precios de otras mercancías y la renta de los consumidores. Por
el contrario, buscaríamos en vano las primeras observaciones genéricas sobre
oferta y demanda en cualquier idea de una relación funcional bien especificada
y estable entre demanda u oferta y otras variables, como el precio de la
mercancía dada.
Los patrones de
medida fueron, durante un largo período de la historia humana, objeto de un
violento conflicto social regulado por convenciones locales, generalmente de
carácter temporal y bastante flexibles. La autoridad central de los nuevos
Estados naciona-les logró imponer los patrones legales de medida sólo después
de grandes esfuerzos, lo cual comenzó a realizarse a finales del siglo XVIII.
Esta interesantísima historia se describe en Kula (1970).
La Antigüedad clásica 45
Efectivamente, hasta finales del siglo XVII la reflexión sobre
cuestiones económicas, cuando no se dirigía a temas técnicos específicos (como
el desa-rrollo de métodos de contabilidad y la invención de la contabilidad por
par-tida doble, comúnmente atribuida al italiano Luca Pacioli, ca. 1445-ca.
1514), formaba parte esencialmente del estudio de normas para el gobierno de la
sociedad (sólo tenemos que pensar en la República de Platón o en la Polí-tica
de Aristóteles, por ejemplo). Además, el pensamiento político se concen-traba
más en lo que debía ser que en lo que realmente era: como se ha obser-vado a
menudo, la separación entre la ética y las ciencias «objetivas» de la sociedad
tuvo que esperar hasta Maquiavelo. Esto no equivale a afirmar que los escritos
de los filósofos de la Antigüedad clásica o de la Edad Media no tengan nada que
decir en relación con la economía política; las ideas y obser-vaciones
económicas estaban ciertamente allí, pero insertas en un contexto que no
llegaba a constituir un análisis sistemático de las cuestiones económi-cas.
Podemos hablar, tal vez, de un «sistema conceptual» en lo que se refiere a
temas políticos, o para asuntos económicos específicos; sin embargo, hasta
William Petty (véase el capítulo 3) no hubo un análisis explícito y conscien-te
de las nociones de precio, mercancía y mercado, por ejemplo.
La aceleración del debate económico desde el siglo XVI en
adelante estuvo relacionada también con un factor técnico más general, esto es,
la invención de la imprenta con tipos móviles, que condujo a una rápida y
significativa reducción del coste de los libros.6
2.2. La Antigüedad
clásica
Podemos encontrar huellas del tratamiento de cuestiones
económi-cas remontándonos muy atrás en el tiempo. El código babilónico de
La Biblia de Gutenberg data de 1445; en el espacio de
treinta años la nueva técni-ca se había difundido por toda Europa (cf. Cipolla,
1976, pp. 148-149). El aumento del número de obras impresas fue muy rápido; es
probable que una proporción creciente de estas publicaciones se refiriese a
asuntos económicos. Spiegel (1971, p. 94) utiliza como indicador el catálogo de
la Kress Library de la Universidad de Harvard: alrededor de 200 obras impresas
(folletos y libros) para el siglo XVI, 2000 para el XVII, 5000 para el período
1700-1776. Tal indicador implica probablemente una ligera sobreestimación de la
tasa real de crecimiento, debido a la tasa inferior de supervivencia de las
obras más antiguas, pero el panorama que presenta es clara y sustancialmente
válido.
46 La prehistoria de
la economía política
Hammurabi (ca. 1740 a. C.), grabado en un monolito y conservado
en el Museo del Louvre de París, estipulaba, entre otras cosas, prescripciones
normativas para las relaciones económicas. El primer texto escrito del Antiguo
Testamento, que contiene abundantes consideraciones sobre diferentes aspectos
de la vida económica, ha sido datado entre los siglos XII y IX a. C. En la
India, el Arthasastra de Kautilya, que trata enteramente del funcionamiento del
Estado en sus aspectos económicos, pertenece al siglo IV a. C., y está lleno de
referencias a textos anteriores. En China, los Guanzi reúnen escritos que datan
de un período comprendido entre el siglo V a. C. y el siglo I d. C., y que
tratan entre otras cosas de cuestiones económicas.7
Entre los muchos temas tratados en la Biblia, el más importante
desde nuestro punto de vista se refiere al papel del trabajo en la vida humana.
Éste es un asunto complejo, sobre el que tendremos ocasión de volver más de una
vez. En el Génesis, el trabajo era visto como expiación por el peca-do original
y, con una connotación decisivamente positiva, como un ele-mento intrínseco de
la propia naturaleza del hombre, como un medio para realizarse como parte de un
proyecto divino. El mismo Dios «trabaja», y descansa el séptimo día.8 Cuando
Dios crea al hombre, le asigna una tarea incluso en el paraíso terrenal.9 Sin
embargo, con el pecado original el tra-bajo asume un aspecto negativo: «Por ti
será maldita la tierra; con trabajo comerás de ella todo el tiempo de tu vida.
[…] Con el sudor de tu ros-tro comerás el pan».10 Sin embargo, el trabajo
representa no sólo una estricta necesidad para sobrevivir: es también un
aspecto esencial del buen comportamiento, conforme a la ley divina.11
Cf. Kautilya
(1967) (y Dasgupta, 1993 sobre la historia del pensamiento econó-mico indio) y
Rickett (1985-1998) para el texto comentado de los Guanzi.
8 «Y rematada en el día sexto toda la obra que había hecho,
descansó Dios el sépti-mo día de cuanto hiciera» (Gn 2, 2).
9 «Tomó, pues, Dios al hombre, y le puso en el jardín de Edén
para que lo cultiva-se y guardase» (Gn 2, 15).
10 Gn 3, 17-19.
11 «Seis días trabajarás y harás tus obras» (Ex 20, 9; cf.
también Dt 5, 13). Una fuer-te ética del trabajo inspiró las epístolas de Pablo
en particular. La idea del trabajo como fuente de dignidad y un valor positivo
en la vida humana, como el camino de la propia realización del hombre en el
mundo, resurge repetidamente a lo largo de los siglos, en par-ticular entre los
pensadores y las corrientes utópicas de los siglos XVI y XVII. Algunas de tales
corrientes, en particular las relacionadas con la reforma protestante,
establecieron como
La Antigüedad clásica 47
La presencia simultánea de «trabajo obligatorio» y «trabajo como
autorrealización» constituye una contribución muy importante de la tra-dición
bíblica a la cultura moderna, y podemos observar que en este aspecto la
tradición bíblica se mostró más fuerte que la cultura griega,12 que aparece más
bien como una expresión típica de las clases dominantes en una sociedad
esclavista:13 el trabajo (en tanto que distinto de la activi-dad de organizar y
supervisar las actividades productivas) era visto con enojo, si no con
desprecio. Como señala Finley (1973, p. 81), «ni en grie-go ni en latín había
una palabra con la que expresar la noción general de trabajo o el concepto de
trabajo como función social». En general, la cul-tura griega siguió «un enfoque
administrativo, no de mercado, ante los fenómenos económicos» (Lowry, 1987a, p.
12). Las cuestiones económi-cas se trataban en el marco de una discusión que se
refería a la buena administración del hogar (en el sentido amplio de un grupo
familiar, incluidos los esclavos) o de una discusión de las instituciones
políticas. En el primer ámbito —la economía del hogar— encontramos el
Oeconomi-con de Jenofonte (ca. 430-ca. 355 a. C.), o la Oeconomica que una
vieja tradición atribuyó a Aristóteles y que probablemente fue escrita entre el
siglo III a. C. y el siglo I d. C. El propio término economía viene de oikos,
‘casa’, y nomos, ‘norma o ley’, designando así el campo de la administra-ción
del hogar. En el segundo ámbito, el de la discusión económico-polí-tica,
encontramos la República de Platón (ca. 427-ca. 347 a. C.), por ejemplo, o la
Política de Aristóteles (384-322 a. C.). Sin embargo, la dis-tinción no puede
considerarse clara: en la cultura griega no encontramos
objetivo la liberación del trabajador de la subyugación a los
amos (y no la liberación del hombre de la «servidumbre del trabajo», que es
verdaderamente utópica): cf. Spini (1992). Entre los autores de escritos
«utópicos», recordemos a Tomás Moro (1478-1535; la Utopía aparece en latín, en
1516), Tomás Campanella (1568-1639; la Città del sole está fechada en 1602,
pero sólo se publicó, en latín, en 1623) y Francis Bacon (1561-1626; la New
Atlan-tis está datada en 1626).
Como veremos con mayor
claridad más adelante, los dos elementos, simultánea-mente presentes en muchos
economistas del período clásico, fueron contrapuestos en Marx: el «trabajo
obligatorio» es característico de las formaciones sociales pre-comunistas, mientras
que en el comunismo la actividad laboral se convierte exclusivamente en la
libre realización de la persona humana. Con el enfoque marginalista, además de
la importante excepción que representa Marshall, la caracterización negativa
del trabajo prevaleció deci-didamente.
Mientras que la Biblia era
la expresión de un pueblo sometido.
48 La prehistoria de
la economía política
ningún contraste entre el punto de vista del administrador de la
familia y el del gobierno de la polis. Jenofonte y Platón constataron de forma
explí-cita este hecho; entre otras cosas, la capacidad de dirigir los negocios
pro-pios como una buena garantía del nombramiento para un cargo público,
incluso de carácter militar.14 La dirección eficiente de los medios de
pro-ducción (incluyendo, en particular, la supervisión del trabajo esclavo) se
consideró como un elemento decisivo para obtener una buena calidad del
producto, mientras que la posibilidad de mejoras técnicas fue descuidada por
completo.
Es en este contexto donde encontramos, en la Oeconomica
atribuida a Aristóteles, el consejo que se cita a menudo: «nadie, en efecto, se
toma el mismo cuidado en la propiedad de otro que en la suya; así pues, en
cuanto sea posible, todo hombre tendría que atender personalmente sus negocios.
Podemos invocar también un par de dichos, uno atribuido a un persa [… que] al
ser preguntado acerca de las mejores condiciones de un caballo, replicó “El ojo
de su amo”».15
La referencia al «amo» nos lleva a la noción de propiedad (o,
tal vez mejor, de posesión o dominio, a fin de evitar la plena identificación
con la noción de propiedad privada corriente en la sociedad contemporá-nea).
Tal noción no constituye un problema en sí misma —lo sería algunos siglos
después, en tiempos de los Padres de la Iglesia, como veremos en el apartado
siguiente—, sino simplemente un aspecto del problema más general de la
organización política y social. En tal senti-do encontramos diferencias significativas
entre los diversos autores, y en particular entre Platón, que apoyó la
propiedad colectiva de los medios de producción y una organización colectivista
de las actividades de con-sumo, y Aristóteles, que invocó una visión realista
de la naturaleza humana: «La propiedad que es común al mayor número de
propietarios
Cf. Jenofonte
(ca. 390 a. C.) (1923), p. 189: «La dirección de los intereses priva-dos se
diferencia sólo en cuestión de cantidad respecto a la de los negocios públicos.
En otros aspectos son muy parecidas». Cf. Lowry (1987a), pp. 12-14.
Pseudoaristóteles
(1935), p. 341: Oeconomica, I.6.3. Este pasaje fue parafraseado por Adam Smith
en la Teoría de los sentimientos morales (cf. más adelante § 5.8), pero en el
nuevo contexto tenía que asumir un significado diferente: no el consejo del buen
paterfa-milias para ocuparse personalmente de sus propios asuntos, sino la
justificación decisiva para la elección del campo liberal.
La Antigüedad clásica 49
recibe la menor atención; los hombres cuidan mejor sus
posesiones pri-vadas, y menos las que son comunes, o sólo hasta donde toca a su
parte individual».16
Por otra parte, existe una convergencia general de las ideas
sobre los orígenes de la estratificación social, que debe fundamentarse en las
dife-rencias entre las habilidades innatas de las diferentes personas y la
consi-guiente subdivisión de tareas. Tal era, desde luego, el caso de la
división entre campesinos, militares y filósofos en la República de Platón. Él
situa-ba el origen del Estado en la división del trabajo entre papeles
específicos tales como campesino, albañil, trabajador textil; a su vez, la
división del trabajo tenía su origen en el hecho de que «nuestras diversas
naturalezas no son parecidas, sino diferentes. Un hombre es naturalmente idóneo
para una tarea, y otro lo es para otra».17
Aristóteles siguió a Platón al considerar intrínsecos a la
naturaleza humana los fundamentos de la estratificación social. Esto rige ante
todo para la diferencia básica en los papeles del hombre, la mujer y el
esclavo: «Así, la mujer y el esclavo son distintos por naturaleza (porque la
natura-
Aristóteles
(1977), p. 77: Política, II.3, 1261b. Tenemos que recordar, sin embar-go, que
estas afirmaciones iban acompañadas por la apertura a formas de utilización de
bie-nes en común, que puede ser estimulada por las autoridades públicas: «Es
claro, por lo tanto, que es mejor que las posesiones sean poseídas
privadamente, pero hacerlas propie-dad común en el uso; y adiestrar a los
ciudadanos en ello es la tarea especial que incumbe al legislador» (ibíd., p.
89: Política, II.5, 1263a).
Platón (1930),
pp. 151-153: República, II.11. Sobre la división del trabajo, Jeno-fonte tenía
algo que decir. (Jenofonte fue, como Platón, un discípulo de Sócrates, a cuya
figura están dedicados los Memorabilia: Jenofonte, 1923, y, por lo tanto,
pertenecía a la generación que precedió a la de Aristóteles, que fue un
discípulo de Platón). Entre otras cosas, Jenofonte relacionó la división del
trabajo con la dimensión del mercado en un famoso pasaje que se cita con
frecuencia: «Porque en las ciudades pequeñas el mismo hom-bre hace sillas y
construye casas, e incluso está satisfecho cuando puede encontrar un tra-bajo
que le permita ganarse la vida. Y es, por supuesto, imposible que un hombre de
muchos oficios sea competente en todos ellos. En las grandes ciudades, por otra
parte, como mucha gente demanda cosas a cada rama de la industria, una sola
actividad es sufi-ciente para mantener a un hombre, y a menudo incluso no
necesita ejercerla por comple-to; un hombre, por ejemplo, hace zapatos para
hombres, y otro para mujeres; y hay sitios en los que un hombre se gana la vida
sólo cosiendo zapatos, otro cortándolos, otro cosien-do las palas, mientras que
otro no realiza ninguna de estas operaciones, sino que sólo monta las partes
componentes. Por lo tanto, se deduce de ello, como algo habitual, que quien se
dedica a una línea de trabajo muy especializado tenga que hacerlo de la mejor
manera posible» (Jenofonte, 1914, p. 333: Cyropaedia, VIII.2.5).
50 La prehistoria de
la economía política
leza hace […] una cosa para una finalidad […])», afirmó en tono
peren-torio Aristóteles en la Política.18 Hasta este punto, sin embargo, se
estaba tratando una distinción de papeles dentro de la sociedad, más que una
dis-tinción de tareas laborales. En opinión de Aristóteles, el segundo aspecto
se refería a los esclavos, y no a los dueños:
El término dueño, por lo tanto, no denota la posesión de una
determi-nada rama de conocimientos, sino un cierto carácter, y lo propio sucede
tam-bién con los términos esclavo y hombre libre. [...] De tal género son todas
las ciencias de los esclavos, mientras que las del dueño consisten en servirse
de los esclavos.19
Por lo tanto, Platón y Aristóteles caracterizaron la
estratificación social y política como un hecho de naturaleza, que se deduce de
las dife-rencias intrínsecas existentes entre los miembros de la sociedad: una
tesis con connotaciones autoritarias que prevaleció durante mucho tiempo,20
pero que tiene poco que ver con la que Adam Smith aportaría más tarde sobre la
cuestión (cf. más adelante § 5.7). Desde nuestro punto de vista, sin embargo,
muchos otros aspectos de su pensamiento son interesantes y serían admitidos en
el debate económico posterior, aunque ocasionalmen-te tergiversados para
acentuar su modernidad. Más adelante, en el § 2.4, recordaremos las ideas de
Aristóteles sobre el dinero y la usura; aquí pode-mos mencionar brevemente la
referencia de Platón en las Leyes al papel del placer y del dolor como guías de
la acción humana,21 o la distinción de
Aristóteles
(1977), p. 5: Política, I.2, 1252b. Inmediatamente antes de esto, Aris-tóteles
afirmaba: «porque uno que puede prever con su mente es naturalmente gobernan-te
y naturalmente dueño, y uno que puede hacer estas cosas con su cuerpo está
sujeto y es naturalmente un esclavo» (ibíd.).
Ibíd., pp.
30-31: Política, I.7, 1255b.
Por ejemplo,
Tomás de Aquino —y detrás de él la tradición escolástica— hablaba de una
distribución equitativa de los talentos entre los hombres, por parte de la
Providen-cia, y aceptaba como justa una distribución de las rentas y de la
riqueza basada en las desi-gualdades de rango, mérito, capacidades, destreza y
condición de cada individuo (De Roo-ver, 1971, pp. 43-44; cf. ibíd. para las
referencias a los escritos de Tomás).
Platón (1926,
pp. 67-69: Leyes, I.644) decía que «todos nosotros […] tenemos en nuestro
interior dos consejeros antagónicos y tontos, a los que podemos designar por el
nom-bre de placer y dolor». Sin embargo, contra lo que parece creer Spiegel
(1971, p. 20), ésta no era una opinión sensualista en la que la confrontación
entre placer y dolor cuantitativamen-te evaluados determina mecánicamente las
elecciones humanas: es el «cálculo» (razonamien-to) que se convierte en «ley»,
«cuando se ha convertido en decreto público del Estado», y que gobierna, a
través del sabio, los impulsos positivos y negativos de las pasiones.
El pensamiento patrístico 51
Aristóteles entre valor de uso y valor de cambio.22 No es tan
fácil inter-pretar el análisis del intercambio de Aristóteles expuesto en la
Ética a Nicó-maco como parte de su teoría de la ética, tratamiento que fue
adoptado en los análisis escolásticos del precio justo.23
2.3. El pensamiento
patrístico
Por razones de espacio no nos ocuparemos aquí de los textos de
los epicúreos (y del propio Epicuro) o de los estoicos, aunque su influencia es
claramente reconocible en los escritos de los protagonistas de la historia del
pensamiento económico (tales como Mandeville y Smith en el siglo XVIII, en
particular). Por la misma razón tenemos que excluir la literatura latina (con
autores tan importantes como Cicerón y Séneca), aunque es
«Todo objeto de
propiedad tiene dos usos: ambos están relacionados con el objeto en sí mismo,
pero no lo están de la misma manera —uno es peculiar a la cosa y el otro no lo
es— tomemos por ejemplo un zapato: puede usarse como tal zapato y puede
utilizarse como objeto de cambio» (Aristóteles, 1977, pp. 39-41: Política, I.9,
1257a). Como pode-mos ver, en Aristóteles la distinción entre lo que después
iba a denominarse valor de uso y valor de cambio tenía una connotación ética:
el uso «correcto», el consumo, se contrapo-nía al uso «incorrecto», el
intercambio; esto reflejaba un cierto desprecio por la actividad mercantil,
típico de las clases dominantes en una sociedad basada en el trabajo esclavo.
De hecho, el pasaje que se acaba de citar es parte de una ilustración de los
modos «naturales» y «antinaturales» de adquirir la riqueza (pastoreo,
agricultura, caza, pesca e incluso pirate-ría, son naturales; la usura se
condena como lo más antinatural, pero en general todos los beneficios
procedentes del comercio —compra y venta de bienes a cambio de dinero— se
consideran antinaturales). Según Lowry (2003, pp. 15 y 22; cf. también la
bibliografía que allí se cita), «Aristóteles formuló claramente el concepto de
utilidad marginal decreciente» e «identificó los usos del dinero como medio de
cambio, unidad de medida y depósito de valor para compras futuras». Tanto
Meikle (véase la nota siguiente) como Lowry aparecen como ejemplos de
«reconstrucciones racionales» (cf. más arriba, cap. 1, nota 26), que
inter-pretan a los autores del pasado desde el punto de vista de las teorías
actuales (o en gran parte posteriores).
El libro V de
la Ética a Nicómaco (Aristóteles, 1926, pp. 252-323) consideraba la justicia
conmutativa y la distributiva. Aquí Aristóteles explicaba, entre otras cosas,
por qué pasaron los hombres, a partir del trueque, al intercambio de bienes por
dinero. Los bienes están distribuidos entre los hombres según su «naturaleza»,
y, por lo tanto, de acuerdo con el papel que cada uno de ellos está llamado a
desempeñar en la sociedad; en el intercam-bio entre diferentes productos
tenemos que respetar las proporciones adecuadas (pero dista mucho de estar
claro cómo deberían determinarse estas proporciones). Para las valoracio-nes
contrarias de la contribución de Aristóteles a la economía, cf. la valoración
negativa de Finley (1970) y la revalorización marxiana de Meikle (1995).
52 La prehistoria de
la economía política
directamente relevante en muchos aspectos que se refieren al
derecho, como los derechos de propiedad. Aquí sólo mencionaremos la distinción
entre «derecho natural» y «derecho de gentes» que surge en las reflexiones de
los primeros Padres de la Iglesia.
Echemos, pues, una breve ojeada al pensamiento patrístico,
represen-tado por los pensadores cristianos más influyentes, en el período que
va del siglo I al siglo XI. De hecho, durante los siglos XII y XIII dominó
gradual-mente un nuevo modelo cultural, que halló su expresión principalmente
en la vida intelectual de las «escuelas» —de ahí el término escolástico— y que
se caracterizó por el recurso sistemático a determinados filósofos de la
Antigüedad (sobre todo Boecio durante el siglo XII y Aristóteles durante el
siglo XIII).24
Una vez más, la fase patrística no es interesante desde el punto
de vista de la construcción de un sistema, de un tratamiento de los fenóme-nos
económicos completamente desarrollado y bien organizado, sino por la influencia
que ejerció sobre los desarrollos posteriores en algunas áreas (en particular,
la noción de propiedad privada y la de relación entre inicia-tiva privada y
sistemas sociales).25
Ante todo tenemos que recordar que originalmente la religión
cristiana fue una secta minoritaria, oprimida por la persecución, que se
difundió prin-cipalmente entre las capas más bajas de la sociedad. En esta
etapa inicial, la búsqueda de márgenes para sobrevivir condujo naturalmente a
una demos-tración de indiferencia hacia la política: una aceptación de la
estructura social y del sistema económico existentes, siguiendo la enseñanza de
Cristo de «dar al césar lo que es del césar».26 Las cosas cambiaron después de
la modificación que experimentó la política de Constantino y del advenimiento
de la fe cris-tiana como religión de Estado. Sin embargo, incluso después de
este cambio
Recordemos, por
ejemplo, la difusión de la traducción latina de la Ética a Nicómaco realizada
por Roberto Grossatesta, obispo de Lincoln, y sus ayudantes, que se terminó
hacia 1246: a partir de aquí algunos manuales datan el comienzo del período
escolástico, aunque el interés por los filósofos de la Antigüedad clásica y,
por lo tanto, por traducirlos, fue un efec-to de la vitalidad de las
«escuelas», más que una causa de su nacimiento.
Para un
tratamiento de este período cf. Viner (1978) y la literatura que allí se cita.
Cf. también Spiegel (1971), pp. 41-46.
Mt 22, 21.
Viner (1978), p. 9, habla del «sentirse ajenos al mundo» de la Patrísti-ca en
esta etapa.
El pensamiento patrístico 53
de política, la atención se centraba todavía en la «vida después
de la muerte» y en los aspectos estrictamente religiosos, aunque «los Padres
aceptaron las instituciones sociales y políticas de su época como hechos,
sustancialmente como hechos que no se podían cambiar» (Viner, 1978, p. 13).
Evidentemente, esto no significa que los Padres de la Iglesia no
con-sideraran nunca cuestiones prácticas: aunque las abordasen siempre den-tro
del marco de la doctrina moral, contribuyeron de varias maneras a for-mar un
clima de opinión que ejercería una profunda influencia en los siglos
posteriores. Aquí echaremos una breve ojeada a la actitud de los Padres hacia
la propiedad privada, la limosna, la esclavitud y el comercio. Cuando
consideramos estos temas, hemos de tener presente una distin-ción crucial para
el pensamiento del período, a saber, la distinción entre los ideales válidos
para una pequeña minoría de creyentes y los preceptos morales aplicables al
conjunto de la comunidad de creyentes.
Así, en la cuestión de la propiedad privada, una opinión
ampliamen-te sostenida entre los Padres de la Iglesia era verla como una
creación del derecho civil, no del divino, y estimar que la idea moral viene
constituida por alguna forma de propiedad común. Juan Crisóstomo (ca. 347-407)
sostenía que Dios había asignado los bienes terrenales como propiedad común a
todos los hombres; la misma opinión fue defendida por Ambro-sio (ca. 340-397),
que vio el origen de la propiedad privada en un acto de usurpación, y por
Jerónimo (ca. 347-ca. 420), que sostenía que un hom-bre rico es una persona
injusta o es heredero de una persona injusta. Agus-tín de Hipona (354-430)
consideraba la propiedad privada como una fuente de guerras e injusticia
social. Sin embargo, el consejo de despojar-se por completo de toda propiedad
—como de hecho haría Francisco de Asís muchos siglos después— fue considerado
un «consejo de perfección», no un precepto aplicable a todos. La norma general
relativa a la propiedad privada, como ciertamente a todos los demás aspectos de
la vida social, consistía en respetar las leyes existentes.27 En realidad, el
papel atribuido a
Dos
excepciones, recordadas —también en sus límites— por Viner (1978), pp. 17-20,
son Lactancio y Teodoreto de Ciro. El primero era un severo crítico del
colectivis-mo (pero el principal objetivo de sus ataques era la comunidad de
esposas), y el último un defensor de las desigualdades sociales, incluyendo las
que existían entre amo y esclavo. Por otra parte, tenemos las diferentes
corrientes heréticas —maniqueos, donatistas, pelagianos, compocracianos y
otros— que consideraban imposible la salvación del rico y mantenían la
54 La prehistoria de
la economía política
las leyes sobre la propiedad privada después del pecado
original, que, por lo tanto, tenían en cuenta los límites de la naturaleza
humana, era poner coto a la avaricia humana y reducir a un mínimo el conflicto
y el malestar social. Duns Escoto (ca. 1265-1308) llegó a sostener que después
de la caída original la prosperidad privada se había convertido en algo
confor-me con el derecho natural.28
Las frecuentes exhortaciones respecto al deber moral de la
limosna seguían la misma lógica. El ideal de perfección era que el cristiano no
debe aceptar ser más rico que los demás hombres, por lo que debe dar al pobre
todo lo que excede de sus estrictas necesidades de subsistencia; en la
prác-tica, sin embargo, a la limosna se le asignaba solamente la tarea de
aliviar la indigencia más extrema: una carga que el rico podía llevar con
facilidad, y que ciertamente no era tal que modificase la estratificación social
existente.
La esclavitud fue reconocida como un hecho que formaba parte del
sistema social de la época, y como tal no fue condenada. Los Padres que
tra-taron de ella —Agustín y Lactancio, por ejemplo— se limitaron a recordar
que ante Dios todos los hombres eran iguales, sin tener en cuenta el lugar que
ocupaban en la sociedad, y que un esclavo puede ser más digno en el Paraíso que
un hombre rico. Sin embargo, esto representaba un paso ade-lante respecto de
Platón y Aristóteles: ya no se consideraba la esclavitud como una institución
natural; en lo que se refiere al derecho de propiedad, caía dentro del campo de
las leyes humanas, más que en el de las divinas.
En este punto es más fácil comprender la actitud de los Padres
ante la actividad económica, en particular el comercio. La actitud hacia el
traba-jo —positiva en su conjunto, y en algún caso basada en su reconocimien-to
como un deber social, y que también es útil para alejar a los hombres
pobreza como un precepto, al menos para los sacerdotes. Una vez
más, véase Viner (1978), pp. 38-45, para un resumen equilibrado y referencias
adicionales.
En la Edad Media la Iglesia se convirtió en uno de los mayores
terratenientes del mundo; en 1208, el papa Inocencio III condenó a los
valdenses por su tesis de que la pro-piedad privada es un obstáculo para la
salvación eterna (cf. Viner, 1978, p. 108). Poste-riormente, en el siglo XVI,
los exponentes de la llamada escuela de Salamanca (de Francis-co de Vitoria,
1492-1546, a Tomás de Mercado, ca. 1500-1575) afirmaron enérgicamente la
utilidad de la propiedad privada (cf. Chafuen, 1986). Cf. también Wood (2002),
17-67, que
ilustra el cambio de actitud ante la propiedad, la pobreza y la riqueza que se
produjo entre los tiempos de Agustín y el siglo XV.
28 Cf. Pribram (1983),
p. 11.
Los escolásticos 55
del pecado— recuerda la posición de Pablo (véase más arriba §
2.2). Se condenaba la búsqueda del lujo o de la riqueza, especialmente porque
dis-traía de la persecución de la salvación eterna, que era una prioridad
abso-luta. El comercio era considerado con desconfianza, como una fuente
pro-bable de riesgos morales, pero no era objeto de condenación directa: lo
importante era que se practicara de forma honesta, dentro de una vida
cristiana.29
Las tesis de los Padres antes ilustradas se convirtieron en la
doctrina oficial de la Iglesia en los siglos siguientes, a través de la
mediación de Tomás de Aquino (ca. 1225-1274). Este autor sostenía que la
propiedad privada no viola el derecho natural y favorece el comportamiento
social-mente útil (una tesis que ya propuso Aristóteles), mientras que la
propie-dad común constituye un ideal de perfección que sólo conviene a unos
pocos (por ejemplo, a las órdenes monásticas).30 De modo semejante, Tomás consideraba
que en muchos casos era legítima la persecución de los beneficios mercantiles.
Con Tomás de Aquino llegamos al momento cul-minante del escolasticismo.
2.4. Los escolásticos
Como vimos en el apartado anterior, la cuestión moral era la que
dominaba el debate sobre la vida económica en la Antigüedad clásica y durante
la Edad Media. Según uno de los historiadores más importantes del pensamiento
económico en ese período, Pribram (1983, p. 6), «la eco-nomía medieval se
componía de un cuerpo de definiciones y preceptos concebidos para regular el
comportamiento cristiano en las esferas de pro-ducción, consumo, distribución e
intercambio de bienes».
Finalmente,
debe hacerse alguna referencia a las tesis antipoblacionistas de Jeróni-mo (cf.
Viner, 1978, pp. 33-34) y Cipriano, obispo de Cartago (ca. 200-258: cf.
Spiegel, 1971, p. 46), precursor de Malthus en algunos aspectos (cf. más
adelante § 6.2), que se oponía al imperativo bíblico «Creced y multiplicaos»
(Gn 1, 28), citado con frecuencia entonces y en debates posteriores.
La posición de
la Iglesia católica cambió posteriormente. En las encíclicas Quod apostolici
muneris, 1878, y Rerum Novarum, 1891, el papa León XIII proclamó que el
dere-cho de propiedad era conforme a las leyes de la naturaleza.
56 La prehistoria de
la economía política
En comparación con la economía política que conocemos hoy, tanto
el objetivo como el método de análisis eran diferentes. El objeto primario,
como hemos visto, era encontrar reglas de conducta moral, no compren-der el
funcionamiento de la economía.31 El método, en línea con el obje-to, se basaba
en el principio de autoridad, es decir, en la deducción de nor-mas de conducta
a partir de unos primeros principios que llegaban a adquirir la naturaleza de
artículos de fe. La tarea fundamental consistía en verificar si las
consideraciones sobre asuntos económicos estaban de acuer-do con estos primeros
principios o con comentarios sobre las Sagradas Escrituras dotados de especial
autoridad, como los de los Padres.
Sin embargo, el debate teológico durante la Edad Media contenía
una gran cantidad de pistas para la definición del marco conceptual que
cons-tituye el fundamento de cualquier análisis abstracto de la economía. En
muchos aspectos el debate anunciaba líneas de análisis que iban a emerger en
Smith y en otros varios economistas del período clásico.
Tal fue el caso de ciertos lugares eternamente comunes, incluida
la visión del cuerpo social como sujeto autónomo. Éste fue ciertamente en gran
medida el caso de la Iglesia, vista como corpus mysticum, como uni-versitas de
los creyentes: una realidad superior que estaba por encima del cristiano como
individuo o de los cuerpos sociales de origen secular.32
A partir de aquí sólo faltaba un paso para llegar a la idea de
que el Estado es lógicamente superior a la familia y al individuo. Los orígenes
de esta idea se remontan a Platón en algunos aspectos y a Aristóteles en otros:
los dos filósofos griegos pueden ser considerados los fundadores de la doc-
Una implicación
de este hecho que merece ser considerada es la importancia del individuo —de
sus cánones de comportamiento, del objetivo de salvación del alma indi-vidual—
en los escritos escolásticos, que en esto contrastan con los economistas
clásicos (por ejemplo, Ricardo o Marx), los cuales se centraron en agregados de
individuos, como las clases sociales. Schumpeter (1954), pp. 86-87, destacó la
atención prestada por los escri-tores escolásticos al individuo como aspecto
decisivo del proceso de nacimiento de la eco-nomía política. Sin embargo,
tenemos que añadir que en un contexto diferente un espíri-tu individualista ya
impregnaba el derecho romano (aunque, por otra parte, el célebre apólogo de
Menenio Agripa, con su comparación entre el cuerpo político y el cuerpo humano,
ya se había convertido en un lugar común para cualquiera que invocara una
reducción de las tensiones sociales).
La doctrina de
la autoridad suprema de la Iglesia en todas las cuestiones tempora-les y
espirituales fue consagrada por la bula Unam Sanctam (1302), del papa Bonifacio
VIII.
Los escolásticos 57
trina orgánica del Estado.33
Sin embargo, como destaca Pribram (1983,
7-8), «La
concepción aristotélica de la comunidad política como un conjunto integrado y
dotado de existencia real no fue simplemente asu-mida por los escolásticos.
Ellos sólo aceptaron la proposición aristotélica de que existía una «necesidad
natural» de que los hombres vivieran en sociedad». Por lo tanto, los escritores
escolásticos adoptaron una versión más moderada de la doctrina orgánica que la
concepción original de Aris-tóteles: un punto que vale la pena destacar,
también para mostrar la posi-bilidad de posiciones intermedias ante la clara
dicotomía entre individua-lismo metodológico y organicismo comúnmente aceptada
en el siglo XX, en especial por obra de la reacción liberal contra los
regímenes totalitarios. En algunos aspectos, la noción de los seres humanos
como animales intrínsecamente sociales, que ya estaba presente en Aristóteles,
junto con una forma moderada de organicismo y con la atención hacia el
individuo que es típica del pensamiento escolástico, anunciaba la posición
sostenida por los exponentes de la Ilustración escocesa, y en particular por
Adam Smith, lo que será considerado más adelante (§ 5.3).
En la filosofía medieval puede encontrarse un paralelo con el
debate entre el individualismo metodológico y el organicismo, en la discusión
del lla-mado problema de los universales, y con mayor precisión en la
contraposición entre «nominalismo» y «realismo» (o, como prefería decir Popper,
«esencialis-mo»).34 Consideremos este debate en términos muy simplificados.35
Popper (1945),
vol. 1, insistió en el papel de Platón, mientras que Russell (1945),
especialmente p. 186, lo hizo en el de Aristóteles. Tanto Popper como Russell
destacaron el autoritarismo intrínseco en la visión orgánica de la sociedad,
que en los tiempos moder-nos ejemplificaron el marxismo y el nazismo. De
acuerdo con la visión orgánica, de hecho, para entender la sociedad es
necesario tener en cuenta entidades colectivas tales como «el proletariado» o
«la nación», y en la acción política se atribuye a estas entidades un valor
superior al que se puede atribuir a los individuos que las componen. Por el
contrario, el lla-mado individualismo metodológico (que más tarde predominó en
la teoría marginalista, particularmente en la escuela austríaca: cf. más adelante
cap. 11) sostenía que cualquier fenómeno social debe analizarse sólo a partir
del comportamiento individual.
Cf. Popper
(1944-1945), p. 27. El mismo Popper (ibíd., pp. 26-34) propuso tal relación,
alineándose con el nominalismo. Sin embargo, Popper no hizo una referencia
específica a los filósofos medievales; además, en su breve tratamiento parece
ignorar por completo las opiniones de Abelardo, presentando el debate entre
nominalistas y realistas como una clara contraposición.
Cf. Fumagalli y
Parodi (1989), particularmente pp. 165-185. Aquí dejamos de lado autores
incluso tan importantes como el franciscano Duns Escoto, un realista, y
Gui-llermo de Ockham (ca. 1300-1349), un nominalista (o, como alguno prefiere,
«termina-
58 La prehistoria de
la economía política
Según los nominalistas, los universales —aquellos que no
designan entidades individuales, por ejemplo caballo o humanidad— son
simple-mente nombres que se utilizan para designar un conjunto o una clase de
objetos individuales: un mero flatus vocis, como al parecer dijo Rosceli-no de
Compiègne (ca. 1050-ca. 1120), mientras que sólo los individuos están dotados
de realidad. Por otra parte, realistas como Guillermo de Champeaux asociaban el
término universal con la existencia de una pro-piedad común a un conjunto de
objetos, y, por lo tanto, con una «esen-cia real» presente en forma idéntica en
los individuos, que puede distin-guirse sobre la base de una variedad de
cualidades secundarias. Un alumno de Roscelino y de Guillermo de Champeaux,
Pedro Abelardo36, adoptó una posición fuertemente crítica con las versiones más
extremas de nominalismo y realismo. Según Abelardo, el término universal nació
para designar (y transmitir) un aspecto efectivo de la realidad, y, por lo
tanto, tiene una causa communis y no puede considerarse como un sim-ple flatus
vocis desprovisto de fundamentos objetivos; al mismo tiempo, es algo diferente
de una realidad colectiva o de un conjunto definido de individuos: «al nombre
universal corresponde una imagen común y útil de muchas cosas, mientras que al
nombre singular corresponde un con-cepto preciso y único que se refiere a una
única realidad».37 Por lo tanto, Abelardo, aunque crítico con la opinión
realista, defendía la validez de los universales: una validez «analítica»,
podríamos decir.
lista»). El debate entre nominalistas y realistas fue también
recordado, en términos más próximos a Popper que a los que aquí se han
propuesto de forma resumida, por el histo-riador del pensamiento económico Karl
Pribram (1877-1973), una figura importante de la cultura austríaca del período
entre las dos guerras mundiales, que puede haber tenido alguna influencia en el
individualismo de Hayek y de Popper (cf. Pribram 1983, pp. 20-30; el papel de
Pribram fue destacado por Schumpeter 1954, p. 85 n.; p. 124, n. 15, trad.
cast.).
Uno de los más
grandes lógicos medievales, Pedro Abelardo (ca. 1079-1142), pro-fesor en París
durante una serie de años y después monje, es también conocido por sus amores
trágicos con su alumna Eloísa, y por las cartas que intercambiaron después de
su forzosa separación.
Citado en
Fumagalli y Parodi (1989), p. 171; cf. también ibíd.: «el “estado común”
no es una
sustancia, sino una manera de ser». Tenemos, pues, un «proceso de distin-ción
del mundo de los nombres respecto del mundo de las cosas» (ibíd., p. 172): el
térmi-no rosa contendría un significado, aunque negativo, incluso en un mundo
en el que ya no existieran rosas.
Usura y precio justo 59
Si con Popper intentamos traducir la posición de Abelardo sobre
el problema de los universales en términos de la moderna dicotomía entre
individualismo metodológico y organicismo, podríamos decir que Abelar-do habría
rechazado las versiones extremas de ambos, y habría sostenido la legitimidad de
un análisis dirigido sobre la base de categorías agregadas, que evitaría
dispersar la atención en la multiforme variedad de accidentes indi-viduales,
pero sin atribuir a tales categorías la naturaleza de esencia, o de algo
lógicamente superior a los individuos, y en cualquier caso con toda la cautela
debida al hecho de que el término universal ofrece una imagen con-fusa,
distinta de la imagen exacta que tenemos con el «nombre singular».
Evidentemente, establecer un paralelo entre los debates a una
distan-cia tan grande de tiempo tiene un valor limitado; sin embargo, incluso
la versión tan simplificada que aquí ha ilustrado la riqueza del debate de
épo-cas pasadas nos ayuda a entender las limitaciones de la posición
metodo-lógica que hoy predomina, es decir, el individualismo metodológico, y de
la representación de una dicotomía clara entre individualismo y organicis-mo.
En efecto, los escritores escolásticos y Abelardo indicaron un camino intermedio
entre los dos extremos, en el que se reconoce la importancia de la comunidad
(o, en un sentido más general, de las entidades sociales) a causa de la
naturaleza social de los individuos, y en el que también se reco-noce la
legitimidad de un uso analítico de los agregados (términos univer-sales), sin
que esto implique considerarlos como entidades reales (es decir, políticamente
previas) a los individuos. Por este camino intermedio encon-traremos más tarde
a economistas clásicos como Adam Smith y John Stuart Mill, o en tiempos más
recientes John Maynard Keynes.38
2.5. Usura y precio
justo
Después de nuestra breve digresión en el campo de la lógica y la
epis-temología, volvamos a temas estrictamente económicos. Las cuestiones
dominantes, entre los siglos XII y XVI, fueron el precio justo y la usura,
con-siderados siempre desde el punto de vista de la ética y lejos de la
interpre-
Sin atribuir
demasiada importancia a esto, podemos observar que el joven Keynes leyó y
disfrutó de Abelardo: cf. Skidelsky (1983), p. 113.
60 La prehistoria de
la economía política
tación del funcionamiento del sistema económico en su
conjunto.39 En este apartado examinaremos brevemente el debate sobre tales
temas, centrando la atención en los principales protagonistas, como Tomás de
Aquino, a principios del período aquí considerado, y Thomas Wilson, hacia el
final.
Tomás de Aquino es comúnmente considerado como el filósofo y
teó-logo más importante de finales de la Edad Media. Su influencia como maestro
en varias ciudades (de París a Roma, de Anagni a Nápoles) sólo fue superada por
la de su principal obra, la Summa theologiae, escrita entre 1265 y 1273, que
iba a mantenerse durante siglos como un punto de refe-rencia central para la
doctrina católica. Fue característica de esta obra una original fusión entre la
tradición cristiana y la filosofía de Aristóteles.40
El propio Aristóteles consideró como antinatural, y, por lo
tanto, con-denable, cualquier riqueza que procediera del comercio; en
particular con-denó el comercio con dinero, es decir, los préstamos con
interés.41 En la tradición cristiana también encontramos una decidida oposición
a los préstamos con interés; en este aspecto se cita a menudo un pasaje del
Ser-món de la Montaña, cuando Jesús dice «prestad sin esperanza de
remune-ración».42 Tomás de Aquino adoptó una actitud más moderada: la conde-na
del interés como principio43 fue seguida por una detallada casuística, en la
que los casos de préstamos con interés que debían condenarse se distin-guían de
los casos en los que estaba justificada su percepción (particular-
Cf. De Roover
(1971), pp. 16-19. Wood (2002), p. 1, habla de «economía teoló-
gica»: «las ideas económicas medievales están fuertemente
imbuidas de cuestiones de ética y moralidad, de los motivos, más que de la
mecánica, de la economía».
Sobre la
personalidad y el pensamiento económico de Tomás, cf. Nuccio (1984-1987), vol.
2, pp. 1469-1576, y la abundante bibliografía que allí se cita.
«Es muy
razonable detestar la usura, porque sus ganancias provienen del dinero mismo y
no de aquello para lo que se inventó el dinero. Porque el dinero se introdujo a
efectos de utilizarlo en el cambio, pero el interés hace que aumente la
cantidad del propio dinero [...] en consecuencia, entre las formas de hacer
negocios, ésta es la más contraria a la naturaleza» (Aristóteles, 1977, p. 51:
Política, I.10, 1258b).
Lc 6, 35;
encontramos expresiones análogas en los evangelios de Mateo y Marcos. Cf.
también Ez 18, 8 y 18, 13.
De hecho, el
interés constituye un pago por el uso de una mercancía, el dinero, cuyo valor
de cambio ya se ha pagado con la promesa de devolver una cantidad igual. Una
tesis más radical, pero sustancialmente semejante, era que el interés es el
pago por el tiem-po que transcurre entre el préstamo y la devolución del dinero
prestado: de ahí que fuera condenado porque el tiempo pertenece a Dios.
Usura y precio justo 61
mente los casos en que podemos hablar de un damnum emergens para
el prestamista, de modo que se justificase un tipo de interés positivo, aunque
relativamente moderado, mientras que las justificaciones basadas en el lucrum
cessans eran rechazadas, dado que abrirían el camino a la legitima-ción de un
tipo de interés competitivo; como de hecho sucedió gradual-mente en los siglos
posteriores).44
El camino seguido por Tomás —casuística, o análisis de casos
especí-ficos, con diferentes respuestas a la pregunta acerca de la legitimidad
del préstamo con interés, según las circunstancias— fue adoptado en los siglos
posteriores en una larga serie de escritos que muestran, entre otras cosas, el
poco respeto que se tuvo a la prohibición de la usura y la espléndida inventiva
de la que hicieron gala los operadores financieros de la época encontrando
nuevos tipos de contratos para burlar las prohibiciones.45 Dado el método
adoptado, estos escritos no llevaban a generalizaciones y, por lo tanto, a
contribuciones teóricas dignas de destacar. Lo que podemos decir en general es
que estos autores, sobre todo Tomás, fueron muy cons-cientes del papel del
dinero como medio de cambio y patrón de medida, pero no como reserva de valor.
El debate ético y el debate legal se entrecruzaban a menudo,46 y
el debate sobre la usura resultó así relevante para la elección práctica entre
diferentes instituciones financieras. Efectivamente, la importancia de este
debate fue tal que algunos comentaristas lo consideran —con las diversas
Cf. Viner
(1978), pp. 88-96.
Desde este
punto de vista, los escritos sobre la usura son una fuente decisiva para el
historiador económico, puesto que sirven de testimonio para identificar las
prácticas corrientes de mercado de aquel entonces y el desarrollo de
instrumentos financieros, desde la factura y la letra de cambio hasta los
acuerdos de seguro y los contratos a plazo, y hasta los contratos compuestos
que combinaban de diverso modo los elementos anteriores.
En lo que se
refiere al derecho canónico, el Concilio de Nicea (312) sólo prohibió a los
clérigos la implicación en préstamos de interés; las regulaciones fueron
ganando gra-dualmente en severidad, extendiendo su campo de aplicación a todos;
después, desde el siglo XIV, comenzó un movimiento en dirección opuesta, con
definiciones cada vez más limitadas de la usura (cuya condena como principio,
sin embargo, fue confirmada por el papa Benedicto XIV en la encíclica Vix
pervenit en 1745, que todavía se aplica). El papa León X, en el quinto Concilio
Lateranense (1515) declaró aceptable la institución de mon-tes pietatis, en los
que se carga un interés sobre los préstamos para cubrir los gastos y el ries-go
de pérdidas, definiendo la usura como «un beneficio que se consigue sin
trabajo, coste o riesgo» (citado en Wood, 2002, p. 204).
62 La prehistoria de
la economía política
respuestas que se dieron a la pregunta acerca de la legitimidad
de la usura— un elemento central en la explicación del ritmo de transición al
capitalismo.47 Lo cierto es que la condena de la usura no fue acompañada por la
hostilidad hacia la actividad comercial en general, como era el caso en
Aristóteles. Los escolásticos pedían, simplemente, un comportamiento correcto:
en particular, sin fraude ni coacción, pero también sin aprove-charse de la
posición más débil de la otra parte en la negociación.
La transición hacia la legalización del interés fue lenta. La
confronta-ción entre «rigoristas» y «laxistas» continuó durante siglos; el
dominio ini-cial de los primeros dio paso muy gradualmente a una aceptación
general de las tesis de los últimos, especialmente después de la Reforma.
Desem-peñó un papel importante el proceso que Viner (1978, pp. 114-150) llama
«secularización», a saber, el abandono del recurso a la Revelación y el cam-bio
de énfasis de los valores trascendentales a los temporales que tuvo lugar
durante el Renacimiento.48
Sin embargo, a finales del siglo XVI encontramos todavía una
fuerte oposición a la usura. Aunque estaba siendo sustancialmente legalizada
tenemos, por ejemplo, el severo A discourse upon usurye [Discurso sobre la
usura], de Thomas Wilson, publicado en 1572. Una edición moderna, datada en
1925 (reimpresa en 1963), contiene una larga introducción de Tawney. Este autor
ilustra las principales clases de transacciones crediticias utilizadas en la
época (las que se refieren a campesinos y pequeños artesa-nos, nobles
empobrecidos, la financiación de la manufactura, los merca-dos de divisas, las
instituciones financieras precursoras de los bancos modernos), la historia del
debate y las concesiones que se habían alcanza-do poco antes de la publicación
del ensayo de Wilson, con la ley de 1571. Dicha ley declaró que todos los
préstamos con un interés superior al 10 por 100 carecían de valor legal, aunque
no prohibía los préstamos a tipos
Tawney (1926)
concentró la atención en este aspecto mucho más de lo que Weber (1904-1905) lo
hizo en su célebre estudio del papel de la Reforma protestante en la
tran-sición de la cultura medieval a una cultura adecuada para el desarrollo
capitalista. En con-traste, Spiegel (1991, p. 66) sostiene que la prohibición
medieval del préstamo con interés favoreció diferentes formas de asociación
entre inversionistas privados para compartir los riesgos, estimulando así el
nacimiento de las empresas capitalistas.
Como observó
Pribram (1983), p. 30, «independientemente de las decisiones de la jurisdicción
secular, los consejos religiosos sobre el comportamiento económico conti-nuaron
siendo observados en casi todos los países hasta bien entrado el siglo XVI».
Usura y precio justo 63
de interés más bajos; sin embargo, no proporcionaba ninguna
protección legal para ellos. Esta concesión franqueó el camino a la opinión de
que no todos los préstamos con interés debían considerarse como usura, sino
sólo aquellos que, explotando la necesidad del prestatario, aplicasen un
interés «excesivo».49
En el terreno doctrinal, la legitimidad de los préstamos con
interés fue afirmada, entre otros, por Juan Calvino (1509-1564), aunque sólo
para los préstamos comerciales, mientras que se mantenía la condena moral para
los préstamos al consumo, concedidos generalmente para hacer frente a
situaciones de necesidad y, por lo tanto, explotando la inferiori-dad
negociadora del prestatario. Spiegel (1971, p. 83) recuerda también a un hombre
de leyes francés, Charles Dumoulin (su libro data de 1546), que, aun sosteniendo
la legitimidad de los préstamos con interés, razona-ba al mismo tiempo la
conveniencia de establecer un límite máximo al tipo de interés por parte de las
autoridades públicas. En la escuela de Sala-manca, activa en España en el siglo
XVI y muy influyente en toda Europa, diversos autores hicieron extensiva la
legitimidad del interés prácticamen-te a todas las clases de contratos y a
todas las situaciones.50 El jesuita belga Lessius (Leonard de Lays, 1554-1623)
propuso otra justificación del inte-rés, la carentia pecuniae (escasez de
moneda en circulación).51 La reacción contra la regulación de los préstamos con
interés sólo llegó con el ascenso del liberalismo —podemos mencionar a Turgot
(1769), y especialmente la Defence of usury [Defensa de la usura] (1787) de
Bentham—, aunque el
La definición
de usura basada en la imposición de un tipo de interés sobre los prés-tamos
notablemente más alto que la media ha resurgido recientemente en la legislación
ita-liana (Ley 108 de 1996), lo que atestigua la vitalidad —especialmente en un
país católi-co— de las ideas económicas medievales, a pesar de las fuertes
críticas de los economistas. De hecho, la usura, hoy, se caracteriza
principalmente por unos modos de captación que implican prácticas ilegales e
implican una peligrosa relación entre usureros y delincuencia menor (y
ocasionalmente crimen organizado). La prohibición de los tipos de interés
nota-blemente superiores a la media es obviamente ignorada por la usura ilegal,
que al mismo tiempo explota la ausencia de competencia por parte de los bancos
en el sector de los prés-tamos de alto riesgo, especialmente los de cantidades
modestas, cuyos gastos de captación pueden ser proporcionalmente elevados,
debido también a la lentitud de la justicia civil, y para los que, por lo
tanto, los tipos de interés relativamente altos pueden justificarse
actua-rialmente por el riesgo de no recuperar el préstamo.
Cf. Chafuen
(1986), pp. 143-150.
Cf. De Roover
(1971), p. 90, que con cierta audacia asocia este elemento con la preferencia
de la liquidez de Keynes (cf. más adelante § 14.5).
64 La prehistoria de
la economía política
propio Adam Smith, en La riqueza de las naciones, todavía
consideraba oportunos los límites legales al tipo de interés, sosteniendo que
de otro modo «pródigos y proyectistas», dispuestos a pagar incluso tipos de
inte-rés muy altos, arrojarían a la «gente sobria» del mercado de préstamos.52
En Inglaterra, las leyes de usura sólo fueron abolidas en 1854.
Volvamos ahora al precio justo, otro tema que se remonta por lo
menos a Aristóteles (cf. más arriba § 2.2). La división del trabajo hace
necesarios los intercambios, a través de los cuales todos dan y reciben: el
intercambio es un fluxus et refluxus gratiarum, «un dar y recibir favores»,
como bien dijo Alberto Magno.53 Así apareció un problema referido a la relación
de intercambio. Siguiendo la tradición de la doctrina jurídica romana y de
ciertos Padres de la Iglesia como Ambrosio y Agustín, Tomás identificó el
precio justo como el precio predominante en los mercados en ausencia de fraude
o prácticas monopolísticas. Ésta parece haber sido la opinión más difundida
también entre los autores que vinieron después de Tomás, y en particular entre
los romanistas, canonistas y tomistas; a esta tesis se opusieron los
adversarios del tomismo, tales como los escotistas y los nominalistas.54 Sin
embargo, tenemos que recalcar que la referencia al precio de mercado tenía un
valor normativo, no descriptivo, dado que en aquella época el mercado
competitivo era la excepción, mientras que la regla consistía en que la
posibilidad de intercambio estaba abierta a unos pocos individuos.55 Entre
otras cosas, recordemos que en los siglos XII-XIII,
Smith (1776),
p. 357; p. 323, trad. cast. La respuesta de Bentham sobre este punto (1787,
«Letter XIII») se basaba en la identificación de los «proyectistas» smithianos
con los empresarios, protagonistas con sus iniciativas del cambio tecnológico.
Aquí encontramos, en oposición con la visión smithiana del progreso técnico
como un proceso de general difu-sión, llevado a cabo por una amplia gama de
agentes, y en la exaltación del papel innova-dor del empresario, una
anticipación de la noción schumpeteriana del empresario innovador (cf. más
adelante § 15.2).
Citado por
Langholm (1998), p. 101. Como observó Duns Escoto (citado ibíd., p. 102), el
intercambio voluntario se considera ventajoso por ambas partes, comprador y
vendedor, y, por tanto, implica un elemento de regalo. (El libro de Langholm,
probable-mente la mejor obra sobre el pensamiento económico medieval, es
también una preciosa mina de citas de las fuentes originales.)
Cf. De Roover
(1971), pp. 25 y ss., 52 y ss. La tesis de Tomás fue también adop-tada por la
«Escuela de Salamanca»: cf. Chafuen (1986), pp. 92 y ss. Entre los opositores
de la «visión del mercado», Wood (2002), p. 143, recuerda a «Jean Gerson (m.
1428), que […] recomendaba que todos los precios […] debían ser fijados por el
Estado».
Cf. De Roover
(1958). El término «competencia» no hizo su aparición hasta el siglo XVII,
mientras que el término «monopolio» se remonta a la Política de Aristóteles
(1977, p. 57: I.11, 1259a), y «oligopolio» a la Utopía de Tomás Moro (1518, pp.
67-69).
Usura y precio justo 65
por lo menos en Italia, las autoridades políticas (municipios,
gremios) intervenían activamente, estableciendo precios obligatorios o límites
máxi-mos de los precios para muchas de las principales mercancías sujetas a
intercambio. Además, a causa de la estricta regulación de las técnicas
pro-ductivas que caracterizaba a los gremios de artes y oficios, la referencia
a los costes necesarios de producción no implicaba la competencia que eli-mina
a los productores menos eficientes,56 sino los costes legales corres-pondientes
a la observancia de las regulaciones existentes.
Las referencias al coste de producción, y en particular a la
cantidad de trabajo necesaria para producir una mercancía, como elemento a
tener en cuenta para la determinación del precio justo, no significan una
verdadera anticipación de la teoría clásica del valor.57 En efecto, aunque es
cierto que las referencias al coste de producción y particularmente a los
costes del trabajo eran numerosas, fueron indudablemente superadas por las
referencias a la uti-lidad y a la rareza, como veremos ahora más de cerca. Además,
la estructura de costes venía claramente determinada por la estratificación
social, que se consideraba como un dato que el «precio justo» tenía que
respetar: en esen-cia, los escritores escolásticos consideraban «justo» aquel
precio que permitía a los productores mantener un nivel de vida que
correspondiera a su posición en la sociedad.58 En cierto sentido, las
referencias a los costes de producción parecen más relevantes en relación con
las cuestiones de justicia distributiva que con las de justicia conmutativa.
Cf. De Roover (1971), p. 16, y Spiegel (1987). Langholm (1998),
p. 85, destaca que «La moderna concepción mecanicista del mercado […] era
extraña a los maestros medievales. Su marco de referencia era un universo moral
que obligaba a cualquier comprador o ven-dedor a actuar por el bien común y,
por consiguiente, a estar de acuerdo con la relación de intercambio». Cf.
también ibíd., p. 163.
En contraste
con las observaciones, con frecuencia repetidas de Schumpeter (1954, p. 93; p.
132, trad. cast., refiriéndose a Tomás de Aquino y después a Duns Escoto; p.
98; p. 137, trad. cast., refiriéndose a «los últimos escolásticos»).
En contraste
con lo que creía Tawney (1926, p. 48), entre otros; él llegó a afirmar
categóricamente: «El verdadero descendiente de las doctrinas de Aquino es la
teoría del valor-trabajo. El último de los escolásticos fue Karl Marx».
Ésta era la
opinión de Tomás de Aquino (cf. De Roover, 1971, pp. 43-44); pode-mos recordar,
entre otras, la opinión semejante que sostenía Heinrich von Langenstein,
pro-fesor de teología en la Universidad de Viena, que murió en 1397. Esto
significa que se toma como dato la estructura social de recompensas por las
diferentes clases de trabajo, incluso con amplias diferencias que reflejan el
distinto estatus social de las diferentes actividades eco-nómicas. Este aspecto
constituye una distinción crucial entre las apelaciones a los costes del
trabajo en las teorías del precio justo y en las teorías del valor-trabajo
clásicas, que al menos como aproximación inicial se refieren a un trabajo común
indistinguible.
66 La prehistoria de
la economía política
Como ya se mencionó, predominaron las referencias a la utilidad
en el sentido amplio del término.59 Ante todo, siguiendo a Aristóteles y a
algunos de los Padres de la Iglesia, como Agustín, Tomás y otros confir-maron
que el valor de los bienes no refleja la jerarquía «natural» (objetos
inanimados-mundo vegetal-mundo animal-seres humanos), sino la capa-cidad de los
bienes para satisfacer necesidades (indigentia).60 Dicho con mayor precisión,
como observó Pedro de Juan Olivi (1247-1298: por lo tanto, un autor que viene
inmediatamente después de Tomás, y es anterior a Buridán en cerca de un siglo),
tenemos que referirnos a tres fuentes del valor: virtuositas, complacibilitas y
raritas, es decir, capacidad para satisfa-cer las necesidades humanas,
correspondencia a las preferencias de la per-sona que utiliza el bien y
escasez.61
El problema del precio justo no debe confundirse con el del
precio legí-timo: siguiendo la tradición de la doctrina jurídica romana y del
derecho canónico, cualquier transacción acordada libremente por las partes se
consi-
Langholm
(1998), pp. 87, 131, insiste en la complementariedad de los dos ele-mentos,
coste y estimación común. Sin embargo, ambos elementos pueden también
con-siderarse en oposición: por ejemplo, Juan de Medina (1490-1546) criticó la
tesis de Esco-to de que el precio justo debía cubrir los costes de producción,
sosteniendo que el hecho de que la común estimación de una mercancía pueda ser
inferior a su coste forma parte de los riesgos del comercio (cf. Chafuen, 1986,
pp. 100-101).
La cuestión es
importante: implica la prioridad ética de la escala económica de valores sobre
la ontológica (cf. Viner, 1978, p. 83). «De otro modo, como observa Buri-dán,
una mosca, que es un ser vivo, tendría un valor mayor que todo el oro del
mundo» (De Roover, 1971, p. 41). La indigentia fue recordada, entre otros, por
Tomás (cf. De Roover, 1971, pp. 46-47, para las referencias textuales). De
Roover (ibíd., pp. 47-48) recuerda después que Buridán (Jean Buridan, rector de
la Universidad de París hacia mediados del siglo XIV, m. ca. 1372) resolvió la
«paradoja del valor», por la que el oro vale más que el agua, a pesar de ser
menos útil, refiriéndose a la abundancia y escasez de las mer-cancías; según De
Roover, el tratamiento del valor ofrecido por Buridán no fue superado por los
autores posteriores, incluidos Smith y Ricardo, hasta la «revolución
marginalista».
De Roover
(1971), pp. 48-49; De Roover (ibíd.) asocia la virtuositas con la «utili-dad
objetiva» y la complacibilitas con la «utilidad subjetiva», recordando que
Bernardino de Siena (1380-1444) y Antonino, arzobispo de Florencia (1389-1459),
vuelven a proponer las tesis de Olivi. En vez de ello, Buridán centró su
atención solamente en la «utilidad obje-tiva». Chafuen (1986, p. 91) y Langholm
(1987, p. 124) observan que aunque la distin-ción entre los dos aspectos
decisivos —escasez y utilidad— debe atribuirse a Olivi, la ter-minología que se
le atribuye se encuentra efectivamente en un manuscrito suyo, pero como una
glosa al margen de la hoja, con la letra de Bernardino. Las observaciones de
Olivi y los demás fueron posteriormente recogidas por los estudiosos de la
«Escuela de Salamanca»: cf. Chafuen (1986), pp. 91-97. Sobre Bernardino de
Siena y Antonino de Florencia cf. Nuccio (1984-1987), vol. 3, pp. 2573-2684 y
2733-2813.
Bullonistas y mercantilistas 67
deraba como legítima: Tantum valet quantum vendi potest («Una
cosa vale el
precio por el que pueda venderse»: un lema repetido con
frecuencia, con pequeñas variaciones, entre otros lugares, en el Digesto de
Justiniano).62 La legitimidad de un acto de venta acordado voluntariamente sólo
puede impugnarse en el caso de laesio enormis (‘gran daño’), o, en otras
palabras, cuando el precio acordado fuera tan distinto del precio predominante
en el mercado que hiciera completamente anómalo el acto de intercambio. Según
los teóricos medievales del precio justo que aceptaban la referencia al precio
de mercado, el lema de los juristas latinos tiene que modificarse para
rela-cionar explícitamente el precio justo en el acto individual de intercambio
con el precio medio: el glosador Accursio (1182-1260) propuso la expresión
Tantum valet quantum vendi potest, sed communiter («Una cosa vale el precio por
el que pueda comúnmente venderse»).63
Como hemos visto, la referencia al precio «común» o de mercado
no implicaba el reconocimiento de mecanismos competitivos. El proceso de
transición hacia la teoría moderna fue largo e implicó cambios radicales en la
cultura predominante, incluyendo la transferencia del problema econó-mico del
campo de la ética al del pensamiento científico (cf. más adelante
3.2). Algunos
elementos de la transición fueron, sin embargo, anuncia-dos en plena madurez
del pensamiento escolástico: tales como la idea de que la justicia en el campo
de la actividad económica supone cumplir la forma de los contratos y no su
contenido, una vez que han sido libremen-te acordados por las partes
interesadas; y la progresiva despersonalización de la noción de mercado.64
2.6. Bullonistas y
mercantilistas
En el período de formación y ascenso de los Estados nacionales,
un nuevo tipo de pensamiento sobre los fenómenos económicos se añadió al de los
teólogos y filósofos: fue el de los «consejeros del príncipe». Eviden-temente,
estos autores adoptaron en sus escritos el punto de vista del poder económico
del príncipe, como complemento y requisito previo necesario
Cf. Langholm
(1998), pp. 78 y ss.
Citado en De
Roover (1971), p. 53.
El término
despersonalización lo propone Langholm (1998), p. 99.
68 La prehistoria de
la economía política
de su poder militar. De modo significativo, un grupo de autores
de este período fue designado con el nombre de cameralistas, dado que enfocaban
las cuestiones económicas como miembros de la cámara de consejeros del
soberano. La noción de riqueza nacional desempeñó, así, un papel central en el
pensamiento económico.
Los cameralistas constituyeron un paso importante en la
transición hacia el nacimiento de la ciencia económica, sustituyendo el
tratamiento indistinto del problema moral y científico en el análisis de los
fenómenos económicos. Podemos distinguir dos tipos de interpretaciones para las
visiones económicas que predominan en este período.
Por una parte, la visión del laissez-faire, desde los
fisiócratas y Adam Smith en adelante,65 reaccionó contra el punto de vista de
los consejeros del príncipe, acusándoles de sostener una noción básicamente
errónea de riqueza: la llamada «visión crisohedónica», es decir, la
identificación sim-plista de la riqueza con el oro y los metales preciosos en
general. De ahí el término bullonistas, utilizado para autores como Thomas
Gresham y John Hales en la Inglaterra del siglo XVI.66
El término
sistema mercantil fue utilizado por Mirabeau y otros fisiócratas «para
describir un régimen de política económica caracterizado por la intervención
directa del Estado, […] más comúnmente conocido como “Colbertismo”» (Magnusson,
2003, p. 46). Cf. Smith (1776), pp. 429 y ss. Las críticas de Smith se referían
a todos los aspectos del sistema «mercantil» (o «comercial»): las nociones de
beneficio, riqueza, comer-cio exterior, el papel del dinero; pero en cada uno
de estos aspectos Smith parecía haberse construido una cabeza de turco, al
menos en parte una caricatura, a fin de acentuar por contraste los diferentes
aspectos de su construcción teórica.
Thomas Gresham
(1519-1579) es universalmente conocido por la llamada «ley de Gresham», según
la cual «la moneda mala expulsa a la buena»: la moneda «mala», recortada (esto
es, de la que se han limado algunas partículas de oro) o de una aleación de
peor calidad, se utilizaba para los pagos, mientras que la moneda «buena» se
atesoraba, y, por lo tanto, desa-parecía de la circulación. En realidad, esta
«ley» era un hecho conocido, que ya se recogía en escritos anteriores (por
ejemplo, por el teólogo francés Nicolás Oresme, 1320-1382, que tam-bién
anticipó la visión que tenía Leibniz del mundo, como un gigantesco reloj puesto
en movimiento por Dios: cf. Spiegel, 1971, p. 74). A Gresham debemos atribuirle
más bien la comprensión del mecanismo de los «puntos del oro», es decir, los
límites a las oscilaciones del tipo de cambio entre monedas convertibles
alrededor del valor central determinado por la proporción entre las cantidades
de metal precioso contenidas en cada una de ellas. (En este camino fue seguido
por Davanzati, a quien nos referiremos brevemente en el § 2.7.) Un ani-mado
diálogo, escrito probablemente en 1549, pero publicado sólo en 1581 y después
reim-preso repetidamente, que se conoce como A discourse of the common weal
[Discurso sobre el bien público] (Anónimo, 1549) se atribuye a John Hales (m.
1571) o a Thomas Smith. Con respecto a esta obra, sin embargo, la acusación de
crisohedonismo dista de estar demostrada, si evitamos aislar las afirmaciones
concretas de su contexto.
Bullonistas y mercantilistas 69
Por otra parte, comenzando con la escuela histórica alemana y
Schumpeter (1914),67 vemos una revalorización de estos autores, a los que se
reconoce una visión menos simplista y más o menos justificada. La pre-ocupación
por los temas monetarios estaría justificada por el hecho de que el stock de
dinero metálico podría considerarse como un índice de rique-za nacional en un
período en el que no existía prácticamente ninguna información estadística
sobre la producción anual de un país. Además, la abundancia de dinero estimula
el comercio. La acumulación de capital real venía por lo general precedida o
acompañada por la acumulación de capi-tal monetario. En cualquier caso, «La
atención de los estudiosos se con-centra en los movimientos de capital y en sus
causas, en las medidas polí-ticas para atraer capital monetario al Estado, en
la moneda buena; les preocupa el nivel del tipo de interés en comparación con
el de otros paí-ses, dado que tipos de interés relativamente altos favorecen la
entrada de capitales».68
Además, esta segunda corriente interpretativa destaca que,
aparte del homenaje verbal, el papel central atribuido a los metales preciosos
se vio pronto —en el cambio del siglo XVI al XVII— decididamente reducido. Aún
antes, en 1516, la Utopía de Tomás Moro ya había planteado el caso en términos
nada dudosos ante la excesiva importancia que se atribuía al oro y la plata. Un
ejemplo en el que nos centraremos en el apartado siguiente se refiere al
italiano Antonio Serra. Como veremos, en 1613 publicó un Trattato delle cause
che fanno abbondare d’oro e d’argento li regni ove non son miniere [Tratado
sobre las causas que hacen abundar en oro y plata a los reinos que no tienen
minas], cuyo contenido, para cualquiera que no se detenga ante el título, deja
claro que Serra identificaba el bie-nestar de un país con su producto nacional,
más que con la cantidad de metales preciosos poseídos por sus habitantes.
En la misma línea que Serra —y posiblemente, por lo menos en
algu-nos aspectos, bajo la influencia de su obra— encontramos al influyente
autor inglés Thomas Mun (1571-1641), director de la Compañía de las
Para un
tratamiento más amplio, cf. Schumpeter (1954), pp. 335-376; pp. 386-429, trad.
cast. Las evaluaciones positivas de la literatura mercantil fueron más
frecuentes en la década de 1930; cf. en particular Heckscher (1931) y, en una
línea algo diferente, Keynes (1936), cap. 23.
Vaggi 1993, p.
24.
70 La prehistoria de
la economía política
Indias.69 Defendiendo el derecho de la Compañía a exportar
metales pre-ciosos a Oriente a cambio de mercancías locales que a menudo
estaban destinadas a la reexportación a otros países europeos, Mun sostenía que
la exportación de dinero permitía que el país aumentase su riqueza. De hecho,
por medio del comercio internacional aumentaban las mercancías disponibles en
el país aún más que a través de la manufactura y, a un nivel todavía inferior,
aún más que a través de la agricultura.
Con sus escritos, Mun reaccionaba ante la influyente tesis
anticipada por Gerard Malynes (1586-1641), según la cual la depresión inglesa
de principios de la década de 1620 debía atribuirse a las especulaciones (de
comerciantes y de judíos) con las divisas, las cuales habían disminuido el
valor de la moneda inglesa. Mun (y Misselden, m. 1654) sostenía que la caída
del tipo de cambio había sido causada por la balanza comercial nega-tiva.70 La
crítica de Mun a la tesis de Malynes es muy semejante a la críti-ca que hizo
Serra (1613) de las interpretaciones anteriores sobre la debili-dad de la
moneda napolitana, que se ilustran en el siguiente apartado.71
Los escritos de Mun pueden tomarse como punto de referencia para
la transición del bullonismo al mercantilismo. De hecho, nos movemos de un nexo
más inmediato entre riqueza y metales preciosos a una visión más sofisticada,
que se caracteriza por una teoría completamente desarrollada de la balanza
comercial, que contempla la balanza de comercio exterior de un país en su
conjunto, más que las balanzas bilaterales con cada país extranjero tomadas
aisladamente. Esta teoría, junto con el papel central del Estado en la
economía, constituye uno de los principales elementos comunes —o así fueron
vistos— a los que se han referido los historiado-res del pensamiento económico
para incluir en la misma denominación —es decir, mercantilismo— a autores que a
menudo eran completamente hete-
Su conocida
obra (Mun, 1664) fue publicada póstumamente, editada por su hijo, e incluida
más tarde, junto con el único escrito conocido que publicó en vida (Mun, 1621),
en la colección editada por McCulloch (1856) para el Political Economy Club.
Sobre Mun, cf. Forges Davanzati (1994) y la bibliografía que allí se cita.
«Es una norma
verdadera de nuestro comercio exterior que en aquellos lugares en donde
nuestras mercancías exportadas son superadas en valor por mercancías
extranjeras tra-ídas a este reino, allí nuestro dinero está devaluado en el
cambio, y en donde lo contrario de esto sucede, allí nuestro dinero es
sobreestimado» (Mun, 1664, p. 208; p. 150, trad. cast.).
Hay que añadir
que mientras Mun se concentró en la balanza comercial, Serra consideró también
el comercio de servicios y los movimientos de capital.
Bullonistas y mercantilistas 71
rogéneos y que se mantuvieron activos durante un largo período,
que abarca desde el siglo XVI al XVIII, hasta la publicación de La riqueza de
las naciones de Adam Smith.72
Sin embargo, ahora se reconoce que el término mercantilismo debe
aplicarse con mucha cautela. Historiadores del pensamiento económico como
Schumpeter (1914, 1954), Heckscher (1931) y Judges (1939) insis-tieron en el
hecho de que no podemos hablar de una «escuela mercantilis-ta» en un sentido
riguroso, por dos clases de razones. En primer lugar, en un sentido positivo,
el pensamiento económico de la época que estamos considerando es mucho menos
simplista, más diferenciado y más rico en contribuciones de lo que las
interpretaciones reduccionistas pudieran inclinarnos a creer. En segundo lugar,
por el lado negativo, los autores de este período no logran alcanzar un sistema
coherente de interpretación de la realidad económica, no sólo a nivel
analítico, sino tampoco en el plano de la definición de conceptos. En general,
los intereses prácticos inmedia-tos predominaron sobre el trabajo teórico.
A fin de evaluar la contribución que estos autores dejaron como
heren-cia a la tradición posterior tenemos, ante todo, que reconocer su
variedad; además, tenemos que admitir que, aunque muchos de ellos no pueden
incluirse en la categoría de exponentes de un laissez-faire puro, esto no
constituye necesariamente un delito. Por el contrario, es precisamente en las
opiniones que expresaron sobre el papel del gobierno donde encontra-mos uno de
los aspectos más interesantes del debate económico de la época.
En particular, podemos atribuir a la literatura «mercantil» un
impor-tante papel de apoyo cultural al ascenso de los Estados nacionales,
frente al universalismo de la Iglesia católica y el imperio medieval, por una
parte, y al localismo de la estructura del poder feudal, por otra. Para los
autores de la época, el objetivo no era tanto el bienestar individual (como iba
a serlo para Adam Smith: cf. más adelante § 5.4), sino, más bien, el poder
político-mili-
Para un examen
de algunas interpretaciones del mercantilismo, cf. Wiles (1987); el análisis
más exhaustivo, todavía de lectura obligada, es Heckscher (1931); él interpretó
el mercantilismo como un «sistema de poder». Un análisis más reciente, rico y
minucioso, es Perrotta (1991); cf. también los ensayos reunidos en Magnusson
(1993), en particular Perrotta (1993), que se refieren a los mercantilistas
españoles, a menudo olvidados en la literatura anglosajona, pero históricamente
muy importantes en la transición del pen-samiento escolástico al mercantilista.
Cf. también Magnusson (2003).
72 La prehistoria de
la economía política
tar del Estado. El papel activo atribuido a la intervención de
la autoridad política en el campo económico, dentro de este marco, tenía que
ver con la conveniencia de estimular la actividad productiva nacional en
competencia con otros países: de la discriminación en el comercio exterior al
apoyo a las manufacturas nacionales a través de un sistema de derechos
aduaneros sobre las exportaciones de materias primas y sobre las importaciones
de manufac-turas, hasta la creación de manufacturas propiedad del Estado (como
las manufactures royales en Francia y las tapicerías de St. Gobelin).73
Otra característica sobresaliente del mercantilismo fue el
«horror a las mercancías» —o, en paralelo, la «escasez de dinero»—, que eran
manifes-taciones de una etapa histórica de transición entre la producción para
el autoconsumo, predominante en la economía feudal, y la producción para el
mercado, que iba a dominar en el capitalismo. Estas visiones no expre-saban
simplemente las opiniones de la naciente burguesía mercantil, sino que también
mostraban una notable capacidad para interpretar los requi-sitos del desarrollo
económico y social: como más adelante recalcó Smith, el progreso en la división
del trabajo viene regulado por la ampliación gra-dual de los mercados para los
productos de las empresas individuales; en otras palabras, la expansión del
mercado constituía un requisito previo para el desarrollo del sistema de
empresas capitalistas. Además, como «sis-tema de poder nacional», el
mercantilismo expresaba la necesidad de unas instituciones políticas y
económicas que fueran justas para hacer posible el ascenso de una economía de
mercado, desde un sistema fiscal seguro y equitativo hasta el catastro, y con
carácter más general, desde leyes que reforzasen la seguridad de la propiedad
privada hasta el desarrollo de un sistema bancario y crediticio.74
Este conjunto
de políticas ha sido denominado colbertismo, a causa del nombre de Jean
Baptiste Colbert (1619-1683), el poderoso ministro de Hacienda de Luis XIV,
desde 1661 hasta su muerte, que durante diez años fue el principal colaborador
del cardenal Mazarino. Junto con las medidas referentes al control de precios y
de técnicas productivas, Colbert apoyó también la supresión de barreras al
comercio interior francés y reformas fis-cales basadas en la imposición directa
sobre el consumo, como instrumento para gravar más equitativamente a las
diferentes clases sociales que el entonces predominante sistema de imposición
directa (del que estaban excluidos en gran medida la nobleza, el clero y los
favoritos del rey); pero en este último frente los intereses implicados eran
fuertes y los resul-tados que obtuvo Colbert fueron prácticamente nulos.
Encontramos
propuestas de esta clase en un autor como William Petty —cf. más adelante §
3.3—, que pertenecía al período mercantilista pero que, en nuestra
interpreta-ción, puede considerarse más bien como el primero de los economistas
clásicos, al menos en el plano analítico.
Bullonistas y mercantilistas 73
La interpretación de las propuestas específicas de política
económica y de las tesis teóricas específicas puede adoptar una variedad de
matices, dependiendo a menudo simplemente de los diferentes autores del período
que se consideren. Así, por ejemplo, si consideramos la teoría de la «balan-za
comercial», por una parte tenemos la idea de que un saldo positivo del comercio
exterior es la causa —la principal, si no la única— de la riqueza nacional,
mientras que por otra parte tenemos la tesis (que se encuentra, por ejemplo, en
el Tratado de Serra) de que una balanza comercial activa es un indicador de la
riqueza de un país, esto es, de su fuerza productiva y, por lo tanto, de su
competitividad en los mercados internacionales. Sin embargo, esta última visión
parece haber predominado, si se considera la relación de causa a efecto que
muchos autores del período (estando Serra, Montchrétien y Mun entre los
primeros que lo hicieron) establecieron entre producto nacional y balanza
comercial.75
Dentro del debate sobre el comercio exterior encontramos también
la tesis de una jerarquía de las varias clases de actividad. De hecho, una
serie de autores sostuvieron la conveniencia, de cara al desarrollo de la
riqueza nacional, de exportar manufacturas a cambio de materias primas, o
bienes de lujo a cambio de bienes de subsistencia, o productos del trabajo
espe-cializado a cambio de productos del trabajo no cualificado.76 Además,
entre los sectores de la actividad económica se otorgaba el primer puesto al
comercio exterior, en el orden de importancia estratégica, seguido por las
manufacturas y después por la agricultura.77 Dejando aparte las justifi-
Desde este
punto de vista España era considerada como un paradigma negativo: el oro y la
plata disponibles, procedentes de las minas de las colonias, eran absorbidos,
como por un agujero negro, por un déficit de la balanza de pagos que se
atribuía a la escasa pro-ducción nacional. Sobre la relación entre la situación
económica española y el pensamien-to económico de la época, cf. Perrotta
(1993).
Cf. Perrotta
(1991) para una serie de ejemplos.
Esta jerarquía
fue seguida por Mun (y después por William Petty), diferenciándo-se de la que
propusieron más tarde los fisiócratas: cf. más adelante § 4.4. Es evidente que,
cuando nos enfrentamos con el problema de identificar los factores que
determinan la riqueza nacional en un momento dado del tiempo, una vez que hemos
identificado la ri-queza con el producto nacional, cualquier sector se
encuentra en principio al mismo nivel que cualquier otro, como Adam Smith
recalcó en oposición a los fisiócratas. Sin embargo, cuando nos enfrentamos con
el problema «dinámico» del desarrollo de las naciones en el tiempo, el uso de
jerarquías entre los sectores productivos puede proporcionar consejos
interesantes; los análisis mercantilistas, en particular, tuvieron el mérito
característico, desde este punto de vista, de preparar el terreno para la
distinción smithiana entre trabajo productivo y trabajo improductivo (cf.
Perrotta, 1988).
74 La prehistoria de
la economía política
caciones aducidas en apoyo de tales teorías, podemos recordar
que este período histórico se caracterizó por el desarrollo de los mercados
como redes de intercambio nacionales e internacionales, y por la acumulación de
riqueza empresarial, inicialmente sobre todo en manos de los grandes
comerciantes.
Otra interpretación que sólo en parte viene justificada por los
escri-tos de ciertos autores mercantilistas se concentra en la noción de profit
upon alienation, esto es, beneficio derivado de la venta y, por lo tanto,
nacido del proceso de circulación, o, en otras palabras, del comercio. Según
esta tesis, sencillamente, los beneficios proceden de comprar barato y ven-der
caro. Era una tesis en consonancia con la etapa de capitalismo mer-cantil, que
entre otras cosas explicaba el papel privilegiado que se atribuía al comercio
exterior. De hecho, las ganancias obtenidas por una parte en el acto de
intercambio corresponden a las pérdidas de la otra parte, de manera que cuando
compradores y vendedores pertenecen al mismo país, las ganancias de algunos
compensan exactamente las pérdidas de otros. Por lo tanto, el comercio sólo
puede ser la fuente de ganancias para la riqueza de un país cuando consideramos
los intercambios con otros países. Sin embargo, cuando se lleva al extremo —los
beneficios solamente surgen en el acto de intercambio, con una distinción
cualitativa básica, no sólo una distinción de grado, entre comercio y otras
actividades económicas—, esta tesis demuestra que es errónea como
representación del modo en que fun-ciona el sistema económico, y engañosa como
interpretación de los auto-res mercantilistas, o al menos de muchos de ellos.78
Sin embargo, detrás de esta tesis podemos detectar incluso signos decisivos de
los tiempos, que los economistas actuales tienden a olvidar: la importancia del
poder mili-tar en las relaciones económicas internacionales, la difusión de las
colonias y la naturaleza monopolística de las grandes compañías comerciales. Si
también incluimos en el comercio exterior la transferencia de riqueza
efec-tuada por la fuerza, la importancia que este sector adquirió para lo que
Marx llamaba «acumulación originaria» se muestra con toda claridad, y la
impresión de intercambio desigual que transmite la teoría del profit upon
alienation parece plenamente justificada.
De hecho, a
comienzos del siglo XVIII la tesis de la ventaja mutua para los países que
participan en el comercio internacional predominaba ampliamente (cf. Wiles,
1987, pp. 157-160, para algunos ejemplos).
El nacimiento del pensamiento económico en Italia: Antonio Serra 75
2.7. El nacimiento del
pensamiento económico en Italia:
Antonio Serra79
La vitalidad económica de la Italia municipal, la actividad
finan-ciera de los banqueros florentinos y el papel de las repúblicas marítimas
—particularmente Venecia— en el comercio internacional se vieron acompañados
por un florecimiento de los folletos y escritos de tema mercantil que de forma
incidental tocaban cuestiones económicas. Sin embargo, hubo muy pocos autores
que tuvieran algún interés para una historia de la economía. Entre ellos,
recordemos a Gaspare Scaruffi, de la región de Emilia (1515-1584; su Alitinolfo
data de 1582), y espe-cialmente al florentino Bernardo Davanzati (1529-1606),
autor de una Notizia dei cambi (1582) y de Lezione delle monete (1588). En el
primero de estos dos folletos, Davanzati ilustraba el mecanismo de las finanzas
internacionales de la época, mientras que en el segundo consideraba el dinero
como una convención social y destacaba la posibilidad de que su valor
intrínseco pueda ser inferior, incluso muy inferior, a su valor de cambio. Una
teoría cuantitativa del dinero, sólo vagamente bosquejada, asociaba el valor de
cambio (y, por lo tanto, el nivel de precios de las mer-cancías) a la cantidad
de dinero: una tesis que no era nueva, ya que había sido propuesta por varios
autores, particularmente en Francia y España, pero que, en ausencia de una
noción de velocidad de circulación, quedaba desprovista de una estructura
analítica suficientemente definida.80
Este apartado
utiliza material tomado de Roncaglia (1994), que contiene un tra-tamiento más
completo de Serra, su pensamiento y sus peripecias.
Formulaciones
más o menos rudimentarias de la teoría cuantitativa del dinero ya estaban
presentes en la literatura antes de Davanzati: en España, en la famosa escuela
de Salamanca, el dominico Navarro (Martín de Azpilcueta, 1493-1586) en 1556, y
poste-riormente Tomás de Mercado en 1569; en Francia, Jean Bodin (¿1530?-1596)
en 1568. En un informe a la Dieta prusiana de 1522, que no fue publicado hasta
el siglo XIX, Copérni-co también se había referido a la relación entre la
cantidad de dinero y los precios. Cf. Spiegel (1971), pp. 86-92, y Chafuen
(1986), pp. 67-80. La perspicacia de Copérnico fue verdaderamente notable,
puesto que la entrada de oro y plata en Europa, procedente de las colonias
españolas de América, que atrajo la atención hacia la relación entre cantidad
de dinero y precios, se produjo algunas décadas después: cf. Vilar (1960);
Cipolla (1976). Estas formulaciones no constituían una teoría en el sentido
estricto del término, pero iban bastante más allá de las vagas referencias que
encontramos en la literatura anterior, por ejemplo en Plinio el Joven.
76 La prehistoria de
la economía política
Una contribución mucho más relevante para la ciencia económica,
que consideraremos ahora, surgió en un entorno diferente, caracterizado por la
decadencia económica. A pesar de ello, constituye un análisis siste-mático y
muy agudo de la economía, que trata un amplio abanico de cues-tiones
económicas: muy superior a la literatura mercantilista posterior (incluido Mun,
1621, 1664), y al que posiblemente no se ha tenido en consideración en las
historias inglesas del pensamiento económico a causa de la barrera lingüística.
De ahí que hayamos elegido brindar una exposi-ción más detallada de su
contribución.
El 10 de julio de 1613, un preso de la cárcel napolitana de
Vicaria, el doctor Antonio Serra, de Cosenza, firmaba la dedicatoria de su
libro, Il breve trattato delle cause che possono far abbondare li regni d’oro e
d’argento dove non sono miniere con applicazione al Regno di Napoli. El libro
ofrecía consejos de política económica dirigidos a mejorar las condiciones del
reino napolitano, que se consideraba que estaba rezagándose respecto de otras
partes de la Italia en desarrollo.
Del propio Antonio Serra apenas sabemos nada incluso hoy —en la
práctica, sólo lo que puede deducirse de su libro, es decir, que era de Cosenza
y que estaba encarcelado en 1613—. La razón de este encarcela-miento es
incierta, como lo es igualmente su profesión; y se desconocen las fechas de su
nacimiento y de su muerte.
Su obra se libró del olvido sólo un siglo después de su
publicación gracias a Galiani, que tuvo palabras de gran elogio para ella en su
Della moneta.81 El verdadero artífice de la resurrección del Breve trattato fue
el barón Pietro Custodi, que declaró que consideraba a Serra «el primer
escri-tor de economía política» (Custodi, 1803, p. XXVII), y le asignó el
primer puesto, violando el orden cronológico, en su famosa colección de
Scritto-ri classici italiani di economia politica [Escritores clásicos italianos
de eco-nomía política], en cincuenta volúmenes, 1803-1816.
Ante todo, consideremos la estructura y el contenido del libro.
Des-pués de la dedicatoria y el prólogo, el Breve trattato se divide en tres
partes. La primera, y para nosotros la más interesante, trata «las causas por
las que
Galiani (1751),
pp. 339-340; el pasaje citado se encuentra en las notas del autor a la segunda
edición, fechada en 1780.
El nacimiento del pensamiento económico en Italia: Antonio Serra 77
los reinos pueden abundar en oro y plata», como rezaba el título
del capí-tulo 1: esto es, en esencia, las causas —aunque no la naturaleza— de
la prosperidad económica de las naciones en el sentido más amplio del tér-mino,
también a través de la comparación de las condiciones predominan-tes en el
reino de Nápoles con las que predominaban en otras partes de Ita-lia,
particularmente en Venecia. La segunda parte se refiere sustancialmente a la
refutación de las propuestas presentadas pocos años antes por Marco Antonio De
Santis (1605a, 1605b), con objeto de disminuir el tipo de cambio para atraer al
reino el dinero del exterior. La tercera parte presenta-ba la discusión
sistemática de las diferentes medidas de política monetaria adoptadas o
propuestas «para que abundara el dinero en el Reino».
La prosperidad económica de un país, explicaba Serra, depende de
«accidentes propios», esto es, las características originales y específicas de
cada país, y «accidentes comunes», o, en otras palabras, las circunstancias más
o menos favorables que pueden reproducirse en cualquier parte. Entre los
primeros, Serra mencionaba «la abundancia de géneros», esto es, la dotación de
riquezas naturales, particularmente tierras fértiles (Serra utili-zaba
comúnmente el término robbe, ‘géneros’, para los productos agríco-las), y «el
sitio», es decir, la localización «con respecto a otros reinos y otras partes
del mundo». Hay cuatro «accidentes comunes»: «cantidad de manufacturas, calidad
de las personas, gran cantidad de comercio y capa-cidad de los que ejercen el
poder». En otros términos: producción manu-facturera, cualidades morales y
habilidades profesionales de la población, extensión del comercio
(especialmente el comercio internacional de trán-sito) y sistema
político-institucional, siendo el último el más importante de los cuatro
elementos, «puesto que puede decirse que constituye la causa eficiente y el
agente superior de todos los demás accidentes» (Serra, 1613, p. 21).
Habiendo analizado estos elementos en los primeros siete
capítulos de la primera parte, Serra observaba que en lo que se refería a los
«accidentes propios» el reino de Nápoles se encontraba en una posición
ventajosa (excepto en el sitio), particularmente en comparación con Venecia: si
Nápoles era tanto más pobre que Venecia, esto sólo podía depender de los
«accidentes comunes». Demostrando cómo sucedía esto y por qué razones el oro y
la plata salían del reino de Nápoles, Serra reconstruyó con gran ingenio la
situación de la balanza de comercio del país, aunque sin un tra-tamiento
sistemático.
78 La prehistoria de
la economía política
La segunda parte del Breve trattato era la más larga de las
tres, y la menos clara en su exposición. La mitad de ella (los cinco primeros
capítu-los) se dedicaba a la refutación de la tesis de De Santis de que «el
elevado tipo de cambio en Nápoles, comparado con otras plazas de Italia, es la
única causa de que el reino fuera pobre en dinero», porque ello propiciaba que
las letras de cambio fueran utilizadas para los pagos desde fuera del reino,
mien-tras que el dinero se utilizaba para los pagos al extranjero.82 Serra
negaba que la asimetría pudiera provenir del mecanismo de las letras de cambio;
la esca-sez de dinero en el reino dependía del desequilibrio subyacente en lo
que ahora llamaríamos la balanza de pagos. De hecho, si traducimos a nuestra
terminología lo que Serra sostenía en su capítulo 10, la entrada de moneda
correspondiente a las exportaciones de productos agrícolas era mucho más que
compensada por las salidas para el giro de intereses de la deuda pública y
beneficios de las actividades productivas controladas por los «extranjeros»,
especialmente comerciantes-banqueros genoveses y florentinos. Los restan-tes
capítulos de la segunda parte del Breve trattato, del 6 al 12, correspon-dían a
los puntos en contra de la propuesta de De Santis de fijar un cambio bajo entre
Nápoles y otros centros financieros.83
Finalmente, la tercera parte trataba de las políticas económicas
que podían aplicarse para mejorar la situación del reino: regulaciones
admi-nistrativas sobre los mercados financieros y monetarios, algunas ya
ensa-yadas (como una prohibición de exportar dinero y metales preciosos, la
disminución del tipo de cambio, el uso de moneda extranjera como medio de pago
interior, la sobrevaloración de la moneda extranjera y/o la obliga-ción de
enviarla a la ceca nacional) y otras —decía prudentemente nues-tro autor— que
sólo habían sido propuestas (aumento del valor facial de la moneda nacional,
disminución de su contenido en oro o plata). El quin-to capítulo examinaba
brevemente «la correcta proporción entre oro y plata». Aunque en principio no
se oponía a medidas administrativas, Serra adelantó algunas críticas bastante
drásticas sobre tales intervenciones: cuando no eran realmente
contraproducentes, eran en cualquier caso ine-ficaces, porque —como hemos
visto— el problema real tenía que ver con el déficit de la balanza de pagos.
«El nivel del
cambio» es el precio, en moneda nacional, de una letra de cambio denominada en
moneda extranjera.
Sobre la
contribución de Serra a la teoría de los cambios, cf. Rosselli (1995).
El nacimiento del pensamiento económico en Italia: Antonio Serra 79
En los capítulos finales, Serra recalcaba lo difícil que era
abordar tan básicos problemas, señalando como principal objetivo el desarrollo
de la actividad productiva en el reino.
Así, Serra consideraba que el desequilibrio del mercado
monetario procedía de una balanza de pagos deficitaria, incluyendo las partidas
lla-madas invisibles. A su vez, esta situación se veía como efecto de una débil
estructura productiva y del escaso espíritu empresarial de los súbditos del
reino de Nápoles: el tema que Serra eligió para comenzar su Breve tratta-to.
Existía, pues, una relación decisiva entre la escasez de dinero en el reino y
su débil estructura productiva, y es precisamente esta conexión la que
constituye una respuesta a las imputaciones de que Serra identificaba la
riqueza con el dinero y los metales preciosos:84 una tesis que no tiene nin-gún
fundamento textual en su obra, donde el problema de lo que consti-tuye lo que
Adam Smith iba a llamar posteriormente «la riqueza de las naciones» no se
abordaba directamente, y de hecho era contradicho por el papel fundamental que
se atribuía a la actividad productiva.
Como sucede con frecuencia en la historiografía del pensamiento
económico, las discrepantes valoraciones de la contribución de Serra al
desarrollo de la ciencia económica dependen de las diversas posiciones de los
participantes en el debate teórico. En este aspecto podemos distinguir dos
tesis extremas y en conflicto, que ya estaban presentes en la literatura
histórica del siglo XIX. Por una parte, tenemos el enfoque del laissez-faire
extremo de Francesco Ferrara, que condenó a Serra sin más, junto con algunos
otros autores que en principio no rechazaban toda clase de inter-vención
pública en la economía.85 Por otra parte, encontramos el nacio-
Cf. Say (1803),
p. 30; McCulloch (1845), p. 189; Ferrara (1852), p. XLIX. La opi-nión contraria
fue sostenida por Einaudi (1938), pp. 132-133, y Schumpeter (1954), pp.
353-354; pp. 405-406, trad. cast. Debemos recordar que Einaudi fue un crítico
impla-cable de las opiniones bullonistas, que llegó a datar el nacimiento de la
ciencia económica precisamente en la etapa en que (con Botero, Petty y
Cantillon) se rechazó la identificación entre metales preciosos y riqueza
(Einaudi, 1932, pp. 219-225).
Ferrara había
sido criticado por no incluir a Serra y otros italianos en los dos pri-meros
volúmenes de su Biblioteca dell’economista (primera serie), dedicada en su
lugar a los fisiócratas y Smith. Respondiendo a esta crítica en el prólogo al
tercer volumen de la pri-mera serie de la Biblioteca (dedicada a los «folletos
italianos del siglo XVIII»: Genovesi, Verri, Beccaria, Filangieri, Ortes),
Ferrara (1852), pp. XLIII-LVII, expresó un juicio decididamen-te negativo de
las cualidades de Serra como economista, clasificándole como bullonista («el
oro y la plata eran para él la única y mayor riqueza posible», ibíd., p. XLIX),
pero salvándo-
80 La prehistoria de
la economía política
nalismo y el reformismo empírico de autores como Custodi y
Pecchio, y también List, que sostenían la decisiva importancia de la obra de
Serra como primera manifestación de una nueva ciencia, precisamente por la
referencia que hacía a la economía real y al papel de la industria, en su
sen-tido original de espíritu de iniciativa, para el bienestar de la nación.86
Es, en efecto, un error subvalorar a Serra, clasificándolo como
uno más entre los muchos autores mercantilistas de la época, responsable de
tales errores en la representación del sistema económico que ya no puede seguir
siendo aceptado después de la crítica de Adam Smith. Como hemos visto, de
hecho, Serra atribuía un papel central a la actividad productiva nacio-nal, y,
por lo tanto, difícilmente podía ser asociado a la caracterización del
mercantilismo que sitúa el origen de la riqueza de las naciones (principal, si
no únicamente) en el comercio exterior; caracterización, además, cuyos defectos
habían sido destacados por diversos autores de la época.87 Sin embargo, también
es difícil aceptar la posición interpretativa opuesta, que llegó a considerar a
Serra como fundador de la ciencia económica. Para ello la importancia atribuida
a los fenómenos reales, en particular a la produc-ción manufacturera, es
ciertamente insuficiente, puesto que en su obra bus-caríamos en vano una
exposición suficientemente clara de la noción de excedente que constituyó en
los dos siglos siguientes la base para el desarro-llo de la economía política
clásica; igualmente en vano buscaríamos inclu-so el menor rastro de cualquier
teoría del valor y la distribución.88
le (ibíd., pp. LV-LVI) como patriota inspirado por la pasión
cívica, sosteniendo que la obra de Serra se orientaba de hecho a introducir en
el lector, por medio de la comparación entre Nápoles y Venecia, la idea de que
la república era una forma de gobierno superior a la monarquía absoluta, y
considerando que «probablemente lo que Galiani había pretendido, ensalzando los
méritos del economista, era referirse al político» (ibíd., p. LVI). (La
leyenda, difundida en el siglo XIX, de Serra como un patriota, encarcelado a
causa de su posición política, no cuenta con ningún apoyo en los hechos.)
Cf. Custodi
(1803); Pecchio (1832), pp. 45-50; List (1841), pp. 265-267, 271.
Cf. Perrotta
(1991).
Las referencias
de Serra a la «cantidad de manufacturas […] que exceden a las nece-sidades del
país» o a los «géneros sobrantes» (Serra, 1613, p. 11) son insuficientes en
este aspecto. Además, no es difícil encontrar precursores de Serra en puntos
específicos que son elogiados por los comentaristas. Por ejemplo, Serra fue
precedido por el anónimo genovés crítico de De Santis (Anónimo, 1605) en la
importancia atribuida a las partidas invisibles de la balanza de pagos. También
fue precedido por autores tales como Botero (1589) en la importancia atribuida
a la «industria del hombre», y por Scaruffi (1582) en la hostilidad hacia las
medidas que prohibían la exportación de dinero y metales preciosos.
El nacimiento del pensamiento económico en Italia: Antonio Serra 81
Está claro, sin embargo, que Serra puede haber tenido escasa
influen-cia, si es que tuvo alguna, en las etapas iniciales del desarrollo de
la eco-nomía política, dada la mínima circulación de su obra antes de que fuera
reimpresa en la colección de Custodi. Serra no fue un mercantilista en el
sentido despreciativo atribuido a esta denominación por los seguidores de Adam
Smith, que, de hecho, fue quien la acuñó, en el libro IV de La rique-za de las
naciones, como cabeza de turco de sus críticas a los obstáculos feu-dales a la
iniciativa económica. Fue un autor tan inmune a las ideas inter-vencionistas
sectarias como a las opiniones del laissez-faire extremo, que admitía la
intervención pública en la economía cuando no se enfrentaba a los intereses de
los agentes individuales, sino que más bien trataba de pro-porcionarles el
marco correcto para que operasen. Además, no identifica-ba la riqueza con el
dinero y los metales preciosos, pero, a diferencia de los autores clásicos más
esquemáticos de los siglos XVIII-XIX, captó —po-dríamos decir que casi
intuitivamente— la relación de interdependencia entre los aspectos financieros
y reales de la economía. Tampoco se vio constreñido por la noción clásica del
homo oeconomicus, al que le pareció natural relacionar los aspectos políticos,
sociales y económicos. De él puede alabarse la mentalidad: «favorable al
activismo, abierto al reconoci-miento del papel de la libre voluntad,
idealista, en contraste con la [mentalidad] fatalista, mecánica y materialista
[…] de los economistas clá-sicos».89 En resumen, Serra representaba bien las
posibilidades de la etapa formativa de la ciencia económica, al mostrarse
abierto a una variedad de posibles líneas de desarrollo teórico. La relectura
de su Breve trattato sirve para recordarnos que la construcción de estructuras
conceptuales y analí-ticas bien definidas puede incurrir en el error de
descuidar ciertos ele-mentos que desempeñan un papel importante en nuestra
comprensión de la realidad.
89 Tagliacozzo
(1937), p. XXXIV.
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WILLIAM PETTY Y
LOS ORÍGENES DE LA ECONOMÍA POLÍTICA1
3.1. Vida y escritos
Sir William Petty nació el 26 de mayo de 1623, vigésimo año del
rei-nado de Jacobo I, en la aldea de Romsey, Hampshire (Inglaterra), y murió el
26 de diciembre de 1687 en Londres. Decir que su vida fue accidenta-da es un
eufemismo.2 Hijo de un sastre, fue grumete en un buque mer-cante a la edad de
trece años, pero diez meses después desembarcó en la costa francesa con una
pierna fracturada. Se ganó la vida dando lecciones de latín y de inglés, y
pronto consiguió ser admitido en el colegio jesuita de Caen, donde estudió
latín, griego, francés, matemáticas y astronomía. Después de servir en la Royal
Navy, cuando estalló la guerra civil se unió a otros refugiados, primero en
Holanda (1643) y después en París (1645-1646), donde estudió medicina y
anatomía. Cuando murió su padre en
En este
capítulo he utilizado materiales de mi libro sobre Petty (Roncaglia, 1977),
donde el lector puede encontrar más detalles sobre el tema. Recordemos aquí que
econo-mía política es el término por el que se designaba comúnmente a la
ciencia económica hasta que Marshall introdujo la denominación ahora dominante
de economía; en la literatura económica contemporánea, el término economía
política ha renacido en aquellas corrientes de investigación (tales como
marxistas, poskeynesianos, sraffianos o neorricardianos) que destacan la
naturaleza social de la actividad económica.
2 Para la biografía de Petty véase Fitzmaurice (1895); hemos de
tener en cuenta que el autor, descendiente de Petty, evitó destacar las peores
características de su ilustre prede-cesor, pero la información que proporcionó
es suficiente para percibir los diferentes aspec-tos de la extremadamente
compleja personalidad de Petty.
84 William Petty y
los orígenes de la economía política
1646, volvió a Romsey, pero pronto se fue a Londres, donde
intentó explotar sin éxito uno de sus propios inventos, una máquina capaz de
pro-ducir copias duplicadas de un texto escrito simultáneamente, para la que
había obtenido una patente en 1646. En 1648, después de unos cuantos meses de
estudio, le fue otorgado el grado de doctor en medicina por la Universidad de
Oxford. Aquí su carrera floreció rápidamente, favorecida por el hecho de que el
malestar político del período llevó al despido de los antiguos profesores a
quienes se consideraba partidarios del rey. En 1650 Petty se convirtió en
profesor de anatomía. Al año siguiente se trasladó a la cátedra de Música del
Gresham College, de Londres.3 Poco tiempo des-pués abandonó Inglaterra de nuevo
(aunque tratando de conservar sus nombramientos y emolumentos anteriores), esta
vez para irse a Irlanda como médico jefe del ejército enviado allí por
Cromwell. Después de las victorias sobre los irlandeses, se confió a Petty la
tarea de dirigir un estu-dio geográfico de las tierras irlandesas, como primer
paso para distribuir-las entre los soldados ingleses, la propiedad estatal y
los financieros de las expediciones militares. Se trataba de una tarea muy
compleja, pero Petty logró llevarla a cabo en sólo cuatro años, entre 1655 y
1658. Este proceso le convirtió en un hombre muy rico, con grandes propiedades
en Irlanda, gracias también a la negociación de las obligaciones (que
representaban derechos sobre las tierras que debían distribuirse) vendidas por
los solda-dos.
Durante el resto de su vida, Petty se ocupó de la administración
de sus tierras, así como de las interminables controversias legales sobre los
títulos de propiedad de las tierras irlandesas y sobre los impuestos que debía
pagar, viajando continuamente entre Inglaterra e Irlanda. En 1660-1662 tomó
parte en la fundación de la Royal Society for the
La transición
de la cátedra de Anatomía a la de Música es menos rara de lo que pueda parecer,
si pensamos no sólo en la naturaleza multifacética de los intelectuales de
aquellos tiempos, sino también en el hecho de que en aquella época las
relaciones mate-máticas eran una parte esencial del estudio de la anatomía
humana y de las leyes de la armonía. Thomas Hobbes, por ejemplo, estudió las
proporciones geométricas entre las diversas partes del cuerpo humano, y
Descartes (1596-1650) investigó en el Compendium musicae las proporciones
matemáticas que relacionan consonancias, tonalidades y diso-nancias. (La
conexión entre música y matemáticas tiene sus raíces en la Antigüedad clási-ca:
Pitágoras, en el siglo VI a. C., estudió las proporciones matemáticas que expresan
como relaciones numéricas los intervalos en las escalas musicales: cf.
Cammarota, 1981, p. 17.)
Vida y escritos 85
Improving of Natural Knowledge [Real Sociedad para la Mejora de
los Conocimientos Naturales]. En 1667 se casó con una viuda, Elizabeth Waller,
con la que tuvo cinco hijos; también engendró por lo menos una hija ilegítima,
que más adelante apareció en escena, en Londres, como bailarina.
Sólo una pequeña parte de los manuscritos de Petty (contenidos
en muchas cajas de gran tamaño que se conocen como los «papeles Bowood»,
depositadas ahora en la British Library) fue publicada en vida y con su
nombre.4 Con la excepción del Treatise of taxes and contributions [Tratado de
los impuestos y las contribuciones] (1662), los principales escritos
rela-cionados con materias económicas se publicaron después de su muerte,
cuando la revolución de 1688 ofreció un clima político más favorable a sus ideas.
Así, la Political arithmetick [Aritmética política] se publicó en 1690, Verbum
sapienti y Political anatomy of Ireland [Anatomía política de Irlan-da] en
1691, y Quantulumcumque concerning money [Quantulumcumque sobre el dinero] en
1695, aunque se escribieron en 1664, 1676, 1672 y 1682, respectivamente. Entre
las obras publicadas en vida, Natural and political observations upon the bills
of mortality [Observaciones naturales y políticas sobre las leyes de la
mortalidad], considerado comúnmente como el primer trabajo de demografía,
apareció en 1662 bajo el nombre de John Graunt (1620-1674), uno de los mejores
amigos de Petty, aunque lo más probable es que el propio Petty sea el autor,
por lo menos de parte de la obra, probablemente para ayudar a Graunt asegurando
su admisión en la Royal Society.
Una colección de los escritos económicos de Petty, que incluye
algu-nos materiales no publicados, apareció en 1899, editada por Charles Hull,
bajo el título de The economic writings of Sir William Petty. En 1927 y 1928,
el marqués de Lansdowne, descendiente de Petty, editó otros mate-riales que aún
no habían sido publicados: The Petty papers, en dos volú-menes, y The
Petty-Southwell correspondence. Un manuscrito importante, A dialogue on
political arithmetic [Diálogo sobre aritmética política], se
Una
bibliografía muy precisa, que obviamente excluye las publicaciones recientes,
es la que editó Charles Hull y que fue publicada como apéndice a Petty (1899),
pp. 633-660.
86 William Petty y
los orígenes de la economía política
publicó en 1977 en una revista japonesa.5 Aspromourgos (2001)
propor-ciona una perspicaz perspectiva general de los archivos de los Petty
papers, y una bibliografía completa de la literatura secundaria significativa
sobre Petty.
3.2. La aritmética
política y el método de la ciencia económica
Por lo general, a William Petty se le recuerda como fundador de
la aritmética política.6 Ésta no es tanto una rama de la estadística como una
extensión de las nuevas ideas al campo de las ciencias sociales, y una nueva
visión del mundo, que estaba arraigando en el ámbito de la ciencia natu-ral. De
hecho, con la aritmética política Petty se planteó el objetivo de introducir el
método cuantitativo en el análisis de los fenómenos sociales, a fin de hacer
posible un tratamiento más riguroso de ellos:
[El álgebra] vino de Arabia y a través de los moros pasó a
España, y de ahí a otras partes, y W[illiam] P[etty] la ha aplicado a otras
materias, aparte de las puramente matemáticas, a saber: a la política con el
nombre de Politicall Arithmitick, reduciendo muchos términos de razonamiento a
términos de número, peso y medida, a fin de que puedan tratarse
matemáticamente.7
Esta innovación metodológica reflejaba lo que estaba sucediendo
en las ciencias naturales de la época. El siglo XVII presenció el nuevo enfoque
cuantitativo de la física, que se imponía a la vieja visión de la física como
una descripción de las cualidades perceptibles de los objetos físicos; en todos
los campos de la investigación científica, la medición de cantidades se
convirtió en el objeto central de investigación. Esto se vio reflejado en la
visión materialista-mecánica del hombre y del mundo, apoyada en par-ticular por
Thomas Hobbes (1588-1679), con quien Petty había estudia-do anatomía en París
en 1645. En opinión de Hobbes, el método de inves-
Más
recientemente, han sido publicados dos fragmentos de análisis algebraico
apli-cado a temas económicos en Aspromourgos (1999); estos fragmentos confirman
la inter-pretación del método de Petty que se ilustra en el § 3.2.
6 Cf., por ejemplo, Marx (1905-1910), vol. 1, pp. 344-352;
Schumpeter (1954), pp. 210-215; pp. 253-258, trad. cast.; Cannan (1929), pp.
14-17.
7 Petty (1927),
vol. 2, p. 15; carta a Southwell, 3 de noviembre de 1687.
La aritmética política y el método de la ciencia económica 87
tigación —la lógica de las cantidades (logica sive computatio)—
reflejaba la misma naturaleza del objeto de investigación.
El desarrollo de estos nuevos criterios metodológicos vino
acompaña-do por una crítica radical de la cultura tradicional dominada por el
pen-samiento aristotélico. Bacon (1561-1626) había precedido a Hobbes en este
aspecto, y fue uno de los pocos autores a quien Petty citó y por quien expresó
gran admiración. Oponiéndose al método silogístico-deductivo de la tradición
aristotélica y a la tradición renacentista del empirismo puro (técnicos y
alquimistas), Bacon propuso el método inductivo, una fusión de empirismo y
racionalismo:
Los hombres que experimentan son como la hormiga: sólo recogen y
usan; los razonadores se parecen a las arañas, que tejen telarañas a partir de
su propia sustancia. Pero la abeja toma el camino de en medio: saca su material
de las flores del jardín y del campo, pero lo transforma y lo digiere en virtud
de su propio poder. No es distinto el verdadero asunto de la filosofía: porque
no se apoya sólo o principalmente en los poderes de la mente, ni toma la
mate-ria que recoge de la historia natural y de los experimentos mecánicos, y
la guar-da en el conjunto de la memoria, tal como la encuentra; sino que la
guarda alterada y digerida en el entendimiento.8
Éste era precisamente el método seguido por Petty, que no se
limitó a la descripción de los fenómenos sociales en términos cuantitativos,
sino que también, y ello es decisivo, intentó dar una explicación racional a
los datos recogidos. En efecto, a menudo llegó a intentar la reconstrucción de
los datos requeridos por una investigación, sobre la base de complicadas
cadenas de razonamiento deductivo de una naturaleza aritmético-cuanti-tativa
que permitía explotar la escasa información disponible para una multitud de
diferentes propósitos, los cuales constituían un excelente ejemplo aplicado de
la nueva lógica de cantidades.
Además, Petty hizo hincapié en su decisión de fundamentar su
pro-pio análisis en datos objetivos. Esta posición era también representativa
de una tendencia ampliamente aceptada dentro del nuevo enfoque científico, pero
las explícitas afirmaciones de Petty sobre el asunto adquirieron una particular
importancia, ya que sus investigaciones se centraban en el área de las ciencias
sociales, más que en el campo de las ciencias naturales.
8 Bacon (1620),
pp. 92-93; libro I de los Aphorisms [Aforismos], n.º 95.
88 William Petty y
los orígenes de la economía política
En este aspecto, un famoso pasaje del prólogo de su Political
arithme-tick (1690) puede considerarse como un auténtico manifiesto.
El método que adopto para hacerlo no es muy frecuente; porque en
lugar de utilizar sólo palabras comparativas y superlativas, y argumentos
intelectua-les, he decidido (como muestra de la Aritmética Política que hace
tiempo que tengo por objetivo) expresarme en términos de número, peso o medida;
utilizar sólo argumentos de sentido y considerar solamente como causas las que
ten-gan fundamentos visibles en la naturaleza; dejando aquellas que dependen de
los pensamientos, opiniones, apetitos y pasiones, todos ellos mudables, de los
hombres, a la consideración de otros.9
Tenemos aquí una clara oposición al método lógico-deductivo de
los escolásticos, que era todavía dominante, aunque no todopoderoso, en la
investigación científica del siglo XVII. Sin embargo, es necesario clarificar
este punto recordando que para Petty no se trataba solamente de registrar y
describir la realidad «en términos de número, peso o medida», sino que se
trataba más bien de una cuestión de expresar la realidad en tales térmi-nos
para interpretarla mediante la identificación de sus principales carac-terísticas
y de situar en la base de su propia teoría «sólo aquellas causas que tengan
unos fundamentos visibles en la naturaleza», esto es, que son cau-sas
objetivas, más que subjetivas.
Algo oculta en Bacon, pero ya desarrollada por Hobbes y otros
cien-tíficos, se encontraba la tendencia a dirigir la investigación hacia la
identi-ficación de relaciones cuantitativas exactas entre los fenómenos objeto
de estudio. El primero que había expresado claramente esta tendencia fue
Galileo (1564-1642), según el cual «este gran libro que se abre ante nues-tros
ojos —quiero decir el universo— […] está escrito en caracteres mate-máticos»;10
por lo tanto, el conocimiento del mundo requiere la construc-
9 Petty (1690), p.
244.
Galilei (1623),
p. 121. Éste no era un tema secundario: en las primeras etapas de la
controversia teológica sobre las tesis de Copérnico y Galileo, que la Tierra se
mueve alre-dedor del Sol, el jesuita, y entonces cardenal, Roberto Bellarmino
(1542-1621) había suge-rido que no habría habido nada erróneo en proponer esto
como hipótesis útil, pero no como afirmación verdadera sobre la realidad (cf.
Rossi, 1997, pp. 118-120). El rechazo de la posición del cardenal Bellarmino,
que en la época podría parecer un sutil —típicamen-te jesuítico— arreglo
político, pero que de hecho apuntaba a una opinión epistemológica moderna, fue
expresado por Newton con el conocido lema, hypotheses non fingo («no inven-to
ninguna hipótesis»).
La aritmética política y el método de la ciencia económica 89
ción de modelos aritméticos o geométricos (en su obra Hobbes
insistía particularmente en los últimos).11 Petty adoptó también dicho punto de
vista, aunque de una forma más cualificada, e incluso propuso algunas
relaciones cuantitativas, tales como las que relacionan el precio de las
mer-cancías (por ejemplo, diamantes) con sus principales características
físicas (cf. más adelante § 3.4). Además, una visión del mundo semejante a la
de Galileo y Hobbes se reflejaba en la fórmula «número, peso o medida» que Petty
utilizó repetidamente.12 La aritmética política se consideraba no sólo como el
instrumento más apropiado para la descripción de la realidad, sino también para
su representación, precisamente porque, según la con-cepción
materialista-mecánica que sostenían Galileo y Hobbes, la propia realidad tiene
una estructura cuantitativa.
En la misma
dirección iba Descartes (su principal obra, el Discours de la méthode, está
fechada en 1637), fundador de la geometría analítica —se ha dado su nombre a
los ejes cartesianos—, que concebía el universo como un mecanismo. Más jovenes
que Petty eran el filósofo alemán Gottfried Wilhelm von Leibniz (1646-1716) y
el inglés Isaac New-ton (1643-1727), inventores del cálculo diferencial.
Tal fórmula
procede de la Biblia: «Todo lo dispusiste con medida, número y peso», se dice
en el libro de la Sabiduría 11, 21. En sí mismo, el lema está abierto a
diversos usos; por ejemplo, Pufendorf (1672, p. 731) lo utilizó de forma
completa-mente diferente a Petty, representando la posición teórica de la
corriente de pensa-miento del «derecho natural». Los seguidores de Petty —los
«aritméticos políticos» Gre-gory King (1648-1712) y Charles Davenant
(1654-1714)— parecen haberlo interpretado en el significado limitado de
descripción de fenómenos cuantitativos. Es verdad que existe la llamada «ley de
King», que relaciona aumentos en el precio del cereal con disminuciones en las
cosechas en comparación con su nivel normal; sin embar-go —dejando a un lado la
cuestión de si tal «ley» debe atribuirse a King o a Davenant, con Lauerdale
(1804) y Tooke (1838-1857) inclinándose por el primero y Jevons (1871, pp.
180ss.) optando por Davenant—, en cualquier caso nos enfrentamos con una simple
presentación de datos a la que no se vinculaba ningún razonamiento analí-tico.
Para Petty, la aritmética política significaba algo más y distinto: se
orientaba al des-cubrimiento de las relaciones cuantitativas que constituyen la
estructura básica de la rea-lidad social —en analogía con lo que hacen las
leyes físicas según Galileo—, puesto que identificaba los elementos esenciales
que habían sido seleccionados como objeto de investigación, y abstraía los
elementos que se consideraban inútiles o de menor impor-tancia: aquellos que, como
Ricardo iba a plantear siglo y medio más tarde, sólo «modi-fican» el análisis
pero no cambian su sustancia.
Con un significado análogo Petty usó el término anatomía
política, como el estu-dio de «la estructura, simetría y proporciones» del
«cuerpo político»: una vez más, Petty indicaba que su objetivo era proporcionar
una interpretación selectiva de las complejida-des del mundo real, concentrando
la atención en lo que consideraba como las característi-cas esenciales del
funcionamiento del «cuerpo político».
90 William Petty y
los orígenes de la economía política
Otra característica esencial del nuevo enfoque metodológico
adopta-do por Petty era la clara separación entre ciencia y ética, necesaria
para el dominio del hombre sobre la naturaleza afirmado por Bacon en su
Ins-tauratio magna y entusiásticamente adoptada por Hobbes: el problema moral
no podía surgir por la ciencia en sí misma, dado que ella es sim-plemente un
medio, sino sólo a causa de los fines que el hombre se pro-pusiera alcanzar por
medio de la utilización de sus resultados. Esta posi-ción se ha mantenido como
dominante hasta el día de hoy, aunque con crisis recurrentes (considérese, por
ejemplo, el debate sobre biotecnolo-gías), y ha tenido una decisiva importancia
para el desarrollo de las ciencias humanas.13
3.3. Estado nacional y
sistema económico
Dinero, comercio internacional y sistema fiscal ya constituían
temas de debate cotidiano en la época de Petty. Lo que diferenciaba
principal-mente el tratamiento que hacía Petty de estos temas respecto del de
sus contemporáneos y predecesores, más allá de las diferencias en las
posicio-nes que sostenía, era el método que aplicaba para analizarlos: un
método que calificó de «aritmética política» y «anatomía política». El objeto
del análisis de Petty era el «cuerpo político», es decir, el Estado, en el sentido
combinado de sistema político y sistema económico: términos que ahora son
comunes, pero que Petty no utilizó nunca. Por cierto, ni él ni sus
con-temporáneos sintieron la necesidad de distinguir ambos aspectos.
El nacimiento del capitalismo se relaciona generalmente con el
naci-miento del Estado nacional. Maquiavelo desarrolló una concepción
uni-ficada del Estado nacional, atribuyendo particular importancia al proble-ma
de la unificación política de la ciudad y el campo. Entre la compleja red de
interdependencias sociales destacó, concediéndoles la mayor importancia, las
existentes entre los ciudadanos del mismo Estado, y entre el soberano y sus
súbditos. Petty adoptó una opinión semejante,
Dentro de estas
últimas, el punto de transición decisivo lo representó Nicolás Maquiavelo
(1469-1527; su principal obra, Il principe, está fechada en 1513), cuyos
escri-tos, que no por casualidad fueron incluidos en el índice de libros
prohibidos, gozaron de gran circulación en los siglos XVI y XVII.
Estado nacional y sistema económico 91
con su noción de cuerpo político. Esto implicaba una elección
bidireccio-nal acerca del nivel de agregación. Se rechazaba un nivel inferior
de agre-gación porque las relaciones entre los ciudadanos de un Estado, y entre
el soberano y sus súbditos, se consideran fundamentales con respecto, por
ejemplo, a las relaciones entre los habitantes del mismo pueblo o entre un juez
de paz (o cualquier otro funcionario del gobierno local) y quienes están bajo
su jurisdicción. Un nivel alto de agregación se rechazaba por-que se
consideraba que el sistema de relaciones internacionales entre ciu-dadanos de
diversos Estados estaba subordinado a las interrelaciones entre los propios
Estados. Sin embargo, la noción de cuerpo político no se correspondía todavía a
la moderna noción de un sistema económico. Maquiavelo «pudo solamente […[
expresar su programa y su tendencia a relacionar ciudad y campo en términos
militares».14 De modo semejante, en Petty la noción de cuerpo político indica
el hecho de que la red de rela-ciones e intercambios que constituye la vida de
un sistema productivo está subordinada a una autoridad política única. Ni
Maquiavelo ni Petty se percataron de las interrelaciones existentes entre
ciudad y campo, o entre agricultura e industria, desde el punto de vista de la
producción. Así, se vieron obligados a identificar el elemento unificador en la
super-estructura política.15 Como veremos en el capítulo siguiente, fue
precisa-mente la capacidad de rebasar este límite, y de descubrir las
relaciones tec-nológicas de producción que unen los diversos sectores de la
economía, lo que constituyó la mayor contribución de Quesnay al desarrollo de
la ciencia económica.
Los escritos de Maquiavelo y Petty reflejaban el todavía
limitado desarrollo de la estructura productiva de su época. La minería, las
manu-facturas, la agricultura, la cría de ganado y las actividades pesqueras
que Petty había puesto en marcha en sus propiedades irlandesas, por ejemplo,
fueron ampliamente integradas en forma vertical, con sólo unas distin-ciones
contables muy imprecisas entre las distintas etapas de los procesos productivos
y los diferentes sectores. Además, los cambios en las institu-
Gramsci (1975),
p. 1575. Ciudad y campo corresponden en general a manufactu-ras y agricultura,
los dos sectores en los que se clasificaba inicialmente la actividad
pro-ductiva moderna. Cf. más adelante (§ 4.5) donde se trata de Cantillon.
Cf. Roncaglia
(1988).
92 William Petty y
los orígenes de la economía política
ciones políticas se consideraban necesarios para la transición
del feudalis-mo al capitalismo, por ejemplo para garantizar la propiedad
privada de los medios de producción y la posibilidad de comprarlos y venderlos.
Esto era especialmente cierto para la tierra, tanto a causa de la gran
importancia de la agricultura en la economía de la época, como por la relación
existente entre su posesión y los derechos feudales, que imponían obstáculos a
su transferibilidad sin límites. Recordemos en este aspecto el apoyo insistente
de Petty a la creación de un registro catastral, y en gene-ral a una
normalización de las escrituras de la propiedad rústica. La noción todavía
parcial del sistema económico que adoptó Petty, en el des-pertar de la noción
de Estado propuesta por Maquiavelo, tiene que enten-derse como expresión de una
fase histórica particular, la de la transición del feudalismo al capitalismo
industrial.16
La noción de cuerpo político que aquí se ha ilustrado brevemente
refuerza las opiniones específicas de Petty sobre materias tales como dine-ro,
comercio exterior e impuestos. Los escritos de Petty no eran tratados
sistemáticos, sino intervenciones de carácter inmediato en los debates
polí-ticos corrientes de entonces. A menudo, estos escritos eran escuetas notas
de trabajo, o memorandos para el rey, orientados a la demostración de tesis
políticas, tales como la fortaleza económica de Inglaterra con respecto a
Francia, y, por lo tanto, la posibilidad de una mayor autonomía política del
monarca inglés.
En lo que se refiere al dinero, podemos destacar una diferencia
impor-tante entre las opiniones de Petty y las que predominaban en la época.
Esta diferencia se hace evidente en la sustitución que hace de la tradicional
Para cada etapa
de la historia, el objeto central de análisis para el economista puede
identificarse en ese nivel de agregación que corresponde al salto cualitativo
entre la inte-gración y la no-integración económicas: la tribu cazadora, el
pueblo agrícola, el castillo feu-dal con tierras a su alrededor, el principado
que reúne ciudad y campo, y finalmente el Estado nacional. Sin embargo, la
definición del sistema económico correspondiente al Estado nacional corresponde
también a una específica fase histórica y no constituye una ley inmutable de la
naturaleza: el proceso de ampliación del área de integración no puede detenerse
en el Estado nacional, sino que abarca el conjunto de las economías de mercado.
De hecho, la tendencia hacia la supresión de barreras aduaneras y a la
unificación de la jurisprudencia en el campo de los negocios se encuentra en el
centro de la creciente inte-gración económica mundial, como división
internacional del trabajo y como unificación de los mercados (la llamada
«globalización»).
Estado nacional y sistema económico 93
comparación entre el dinero y la sangre17 por otro paralelismo
entre ana-tomía política y anatomía humana:
El dinero es como la grasa del cuerpo político, y su exceso a
menudo reduce su agilidad, del mismo modo que su escasez lo hace enfermar. Es
bien cierto que así como la grasa lubrica el movimiento de los músculos,
alimenta cuando faltan las vituallas, rellena las cavidades irregulares y
embellece el cuer-po, así el dinero en el Estado estimula su acción, lo nutre
del exterior en época de escasez en el interior, facilita las cuentas gracias a
su divisibilidad y embe-llece el conjunto, aunque especialmente a las personas
que lo poseen en abun-dancia.18
Según Petty, «la sangre y los jugos nutritivos del cuerpo
político» están constituidos por el «producto de la agricultura y de la
manufactu-ra».19 Esta comparación apunta en la dirección de la noción clásica
del sis-tema económico basado en la división del trabajo, que funciona por
medio de un proceso circular de producción, intercambio, reconstitución del
stock inicial de medios de producción y bienes de consumo, y nuevo pro-ceso de
producción. En este aspecto, tenemos que recordar que el descu-brimiento de la
circulación de la sangre, realizado por Harvey a principios del siglo XVII,20
había generado un vivo interés y que Petty (como Ques-nay después de él) era
médico.
Petty no proporcionó un tratamiento explícito y sistemático de
las tres funciones del dinero —unidad de medida, medio de cambio, depósi-to de
valor—, pero las identificó (lo que no es particularmente sorpren-dente, puesto
que podemos decir lo mismo de una serie de predecesores y
Como la
utilizó, por ejemplo, Hobbes (1651), p. 300. Como ya hemos recordado en el
capítulo anterior, los historiadores liberales del pensamiento económico, desde
el pro-pio Smith en adelante, llegaron a atribuir a los contemporáneos de
Petty, clasificados como mercantilistas, la identificación de la riqueza con
los metales preciosos; a esto oponían la noción clásica del dinero como un
velo, según la cual la cantidad de dinero en circulación en un sistema
económico es irrelevante para la explicación de las variables «reales» de la
economía, tales como renta y empleo.
Petty (1691b),
p. 113. Petty dio otra interesante definición de dinero en un breve glosario de
términos económicos: «Dinero. Es la medida común de las mercancías. Un vín-culo
común de cada hombre sobre cada hombre. El equivalente de las mercancías» (Petty,
1927, vol. 1, p. 210).
Petty (1662),
p. 28.
William Harvey
(1578-1657) anunció su descubrimiento en 1616, pero sólo lo publicó doce años
más tarde (Exercitatio anatomica de motu cordis et sanguinis, 1628).
94 William Petty y
los orígenes de la economía política
contemporáneos), y analizó agudamente aspectos de cada una de
ellas. En particular, junto con Locke (cf. más adelante § 4.2), Petty puede
destacar-se por su noción de velocidad de circulación (aunque no utiliza el
término), estimada sobre la base de las características institucionales del
sistema eco-nómico, tales como los períodos de pago de salarios, rentas e
impuestos, que se utilizan para determinar la cantidad óptima de dinero. A fin
de reducir la cantidad de metales preciosos necesaria para la circulación
monetaria (en otros términos, para aumentar la velocidad de circulación), Petty
propuso repetidamente la institución de bancos hipotecarios (segui-do en esto
por Nicholas Barbon, 1690).
Relacionadas con sus ideas sobre el dinero están las que se
refieren al comercio exterior. Petty, mostrándose de acuerdo con sus
contemporá-neos, consideraba deseable un superávit de la balanza comercial como
medio de provocar una entrada de metales preciosos en el país. De hecho,
soste-nía la relativa superioridad del oro, la plata y las joyas sobre otros
bienes, debido a su durabilidad y a su papel como medio de cambio y depósito de
valor. Sin embargo, consideraba el objetivo de una balanza comercial posi-tiva
subordinado al de un alto nivel de empleo y producción interiores. Así,
recomendaba la reducción de las importaciones mediante su sustitu-ción por
bienes producidos en el país, lo cual satisface tanto el objetivo de una
balanza comercial positiva como el aumento del empleo interior. Al propio
tiempo rechazaba la condena a la importación incluso de bienes de lujo y de
consumo no duradero, si ello permitía la exportación de bienes producidos en el
interior que de otro modo no tendrían mercado, indi-cando así que consideraba
un nivel elevado y creciente de actividad productiva como el principal
objetivo. A este fin también trató favorable-mente la importación de capital
extranjero y la inmigración de trabajadores cualificados extranjeros,
condenando cualquier legislación que prohibiera o dificultara tales
movimientos.21
Como en el caso de los impuestos, Petty concibió una reforma del
sis-tema fiscal como primer paso para asegurar la uniformidad de condiciones
dentro del país y la certeza de las reglas del juego económico: dos requisitos
previos para el desarrollo de una economía basada en la iniciativa privada.
Sobre estos
aspectos, cf., por ejemplo, Petty (1662), pp. 59-60; (1690), pp. 271, 309;
(1691b), p. 119.
Estado nacional y sistema económico 95
La mayor parte del Treatise of taxes and contributions, una de
las prin-cipales obras de Petty, tiene que ver con el examen sistemático de los
diver-sos tipos de rentas del Gobierno, y volvió sobre este tema en varias
partes del resto de su obra. Describe un panorama similar a un intrincado
labe-rinto de regulaciones a menudo contradictorias. Petty consideraba que tal
situación era uno de los principales «impedimentos para la grandeza de
Inglaterra», mientras que al mismo tiempo insistía en que estos obstáculos «no
eran más que eventuales y podían eliminarse» (Petty, 1690, p. 298), ya que
procedían de la estratificación causada por las continuas adiciones al sistema
inicial que, en consecuencia, ya no servía para su objetivo original y había
perdido su inicial coherencia. Así, la carga impositiva la soportaba casi
exclusivamente, y con una intensidad variable e impredecible, el
terra-teniente, dependiendo del «ocasional predominio de los partidos y
faccio-nes» (con gran angustia para Petty, implicado de continuo en la lucha
con los «recaudadores de las rentas públicas» y, en general, defendiendo su
inte-rés personal como gran terrateniente en Irlanda). Además, el coste de la
recaudación, subcontratada con agentes privados, era muy elevado y con-llevaba
elementos adicionales de injusticia e incertidumbre en el sistema (ibíd., p.
301). Petty no proponía racionalizar el sistema por medio de la vuelta a su
estado original, consciente como era de los cambios irreversibles que se habían
producido en la economía a lo largo del tiempo. Así, por ejemplo, al considerar
los cargos públicos (esto es, los puestos asignados a ciudadanos privados a
gusto del soberano, para prestar servicios públicos que no eran sufragados por
el erario público, sino mediante tasas que gra-vaban directamente a los
usuarios), Petty señaló que estos puestos se habían multiplicado, debido a la
creciente complejidad de la sociedad, y ha-bían aumentado de tamaño al paso que
adquirían un carácter cada vez más rutinario, de modo que habían perdido sentido
las razones originales de las elevadas tarifas que se cargaban por los
servicios prestados, a lo cual se había llegado a través de la concesión de
posiciones de monopolio legal.
Petty proponía unos impuestos proporcionales, que gravaran el
con-sumo, puesto que sólo éste constituye riqueza «real».22 El criterio de
pro-porcionalidad es «justo», no viéndose afectada la distribución de la renta
Cf. Petty
(1662), pp. 91-92. En esto Petty fue precedido por Hobbes, e iba a ser seguido
por una larga serie de economistas, hasta Luigi Einaudi y Nicholas Kaldor en el
siglo XX.
96 William Petty y
los orígenes de la economía política
por el impuesto (y en opinión de Petty las diferencias de
riqueza y renta son necesarias para el crecimiento económico). Además, los
impuestos sobre el consumo estimulan la parsimonia, evitan la doble imposición
(«en cuanto que nada puede consumirse más de una vez») y facilitan la
recopi-lación de estadísticas sobre las condiciones económicas de la nación,
que son esenciales para su buen gobierno. Las regulaciones fiscales deben ser
conocidas con certeza, sencillas, claras y evidentes (también para evitar polémicas
y procedimientos legales que constituyen un desgaste social), imparciales y con
unos bajos costes de recaudación.
3.4. Mercancía y
mercado
Más arriba vimos (§ 1.4) que la primera etapa de teorización
econó-mica consiste en la formulación de un conjunto de conceptos clave, que se
utilizan en una segunda fase del análisis para la construcción de siste-mas
teóricos. La contribución de Petty a la ciencia económica tenía que ver
principalmente con la primera fase. En este apartado consideraremos un aspecto
de importancia decisiva, las nociones (obviamente interrela-cionadas) de
mercancía, mercado y precio, e ilustraremos la forma que estos conceptos
adoptaron en los escritos de Petty.
En cuanto a las nociones de mercancía y mercado, podemos
referirnos a las pocas páginas de un breve ensayo escrito en forma de diálogo,
el Dia-logue of diamonds [Diálogo sobre diamantes], que no fue publicado hasta
1899, cuando Hull lo incorporó en su edición de los escritos económicos de
Petty.23
Los protagonistas del diálogo son dos: el señor A, que
representa al propio Petty, y el señor B, el inexperto comprador de un
diamante. Este último contempla el acto de intercambio como un acontecimiento
casual, un encuentro directo que da lugar a una relación de conflicto entre
com-prador y vendedor, más que un episodio rutinario en una red interconec-tada
de relaciones, cada una de las cuales contribuye al establecimiento de
regularidades estables de comportamiento.
23 Petty (1899), pp.
624-630.
Mercancía y mercado 97
El problema a resolver es difícil, porque los bienes específicos
inclui-dos en la misma categoría de bienes comerciales —diamantes, en nuestro
caso— se diferencian unos de otros a causa de una serie de elementos
cuantitativos y cualitativos, dejando aparte las diferentes circunstancias (de
tiempo y lugar) de cada acto individual de intercambio. Así, en ausen-cia de
una norma que pudiera permitir el establecimiento de un único punto de
referencia para el precio de los diamantes, el señor B considera el intercambio
como un acto que entraña riesgo, dado que parece imposi-ble que el comprador
evite ser estafado, en cuanto que para él es un acon-tecimiento excepcional,
mientras que el comerciante tiene un conoci-miento más completo del mercado.
A falta de una red de intercambios regulares, es decir, de un
merca-do, las características y circunstancias de diferenciación mencionadas
más arriba operan de tal manera que hacen de cada acto de intercambio un
episodio único, en que el precio procede esencialmente de la mayor o menor
habilidad negociadora del vendedor y del comprador. Por el contrario, la
existencia de un mercado permite la transformación de una gran parte de los
elementos que distinguen a cada intercambio de cual-quier otro en diferencias
suficientemente sistemáticas del precio corres-pondiente a un tipo ideal de
diamante que se toma como punto de refe-rencia. Se establece así una relación
entre la aparición de un mercado regular, por una parte, y, por otra, la
posibilidad de definir como mer-cancía una determinada categoría de bienes,
abstrayendo de la multipli-cidad de actos de intercambio efectivos un precio
teórico representativo de todos ellos.
El señor A, el experto, es de hecho consciente de la existencia
de relaciones cuantitativas exactas entre los precios de los diferentes tipos
de diamantes, determinados por su peso, dimensión, color y defectos. Después de
explicar la manera en que cada elemento se evalúa cuantitativamente a través de
la determinación de escalas de gradación para los elementos cualitativos,
continúa explicando cómo cada ele-mento, y después sus combinaciones, afectan a
los precios (una vez que se ha determinado de algún modo el precio de un tipo
específico de diamante que se toma como punto de referencia: un tema que se
trata más adelante, en el § 3.5). Así, por ejemplo, «La regla general con
res-pecto al peso es que el precio aumenta en proporción al cuadrado del
98 William Petty y
los orígenes de la economía política
peso».24 Una regla semejante se aplica a la dimensión. El
promedio de los precios obtenido sobre la base de estas dos reglas determina el
«pre-cio político» (una noción que consideraremos más adelante) como dado por
el peso y por la dimensión. Éste será el precio de un diamante sin defectos y
con un buen color. Después se aplicarán coeficientes de ajus-te para determinar
el precio de los diamantes que muestren defectos o posean una coloración menos
valorada, siendo el mercado el que pro-porcionará las escalas para tales
coeficientes. Naturalmente, la aplica-ción mecánica de estas reglas para
determinar el precio de los diaman-tes puede conducir de vez en cuando a
resultados absurdos, cuya corrección requerirá la aplicación de ajustes
determinados por la expe-riencia y por el simple sentido común.
Los escritos de Petty ofrecen, pues, una representación del
proceso de abstracción que conduce a los conceptos de mercado y mercancía
partien-do de los múltiples intercambios que se producen en la economía. Sin
embargo, es necesario efectuar dos precisiones.
Primera, que un diamante es una mercancía cuyo precio se
determi-na más por su escasez con respecto a la demanda que por su coste de
pro-ducción; tenemos aquí un mercado aislado de otros mercados, al menos en
cuanto se refiere a interrelaciones productivas.
Segunda, que Petty sólo especificó implícitamente las
consecuencias analíticas del hecho de que el propio mercado es una abstracción.
Consi-deremos este punto e intentemos integrar los indicios que ofrece el
Dialo-gue of diamonds.
Como acabamos de afirmar, el mercado es una abstracción, en el
sen-tido de que cada acto de intercambio se refiere a un diamante específico,
intercambiado en un tiempo y lugar específicos, a un precio específico. El
mercado existe como concepto que es útil, ciertamente indispensable, para
Petty (1899),
p. 627. Esta regla, junto con otras semejantes, fue propuesta por Petty en el
Discourse concerning the use of duplicate proportions [Discurso sobre el uso de
las proporciones dobles] (1674), en el que intenta representar en términos de
funciones las relaciones existentes entre pares de variables, cuando se trata
de regularidades empíricas que relacionan los fenómenos sujetos a
consideración, siendo tales fenómenos susceptibles de expresión cuantitativa.
Este intento sitúa a Petty entre los precursores, si no los fundado-res, de la
econometría.
Mercancía y mercado 99
comprender el funcionamiento de un sistema económico mercantil y
des-pués capitalista, precisamente porque es posible abstraer de una infinidad
de intercambios un conjunto dado de relaciones que pueden considerarse
representativas de la experiencia real y que pueden proporcionar una guía de
comportamiento.
Las mismas consideraciones se aplican al concepto de mercancía.
De hecho, la realidad se compone de un número infinito de objetos específi-cos.
Los agrupamos en categorías, tales como diamantes, sobre la base de afinidades
a las que atribuimos una importancia fundamental, al paso que ignoramos
elementos de diferenciación cuya importancia consideramos secundaria. En otras
palabras, la mercancía no es un átomo de la realidad económica, sino una
abstracción en sí misma, que ya implica un cierto nivel de agregación.
El nivel de agregación más oportuno se determina por la
extensión de las interrelaciones entre los diversos actos de intercambio. Así,
podemos hablar de diferentes diamantes como un único tipo de mercancía, con su
propio mercado específico, porque las relaciones existentes entre los diver-sos
intercambios de unos particulares diamantes son tales que permiten aceptar la
hipótesis de que constituyen una y la misma mercancía, dado que permiten la
reducción de todas las diferencias de peso, dimensión y calidad a diferencias
cuantitativas de precio. De modo semejante podemos hablar del mercado de
manzanas, o del mercado de frutas, o del mercado de alimentos en general:
manzanas, frutas o alimentos pueden considerar-se a su vez como mercancías
según el nivel de agregación que se crea más adecuado, teniendo presentes las
relaciones que entran en juego dentro del grupo de productores y dentro del
grupo de compradores.25
Petty (1662, p.
89) ofreció un ejemplo típico de la posibilidad de definición de una mercancía
sobre la base del nivel de abstracción implícito en un particular marco
analítico, identificando «grano» con «alimento» en general, cuando habló de «El
grano, que supondremos contiene todo lo necesario para la vida, como se usa la
palabra pan en el padrenuestro». Esta identificación fue adoptada
implícitamente, más tarde, por Ricar-do en el Ensayo sobre el grano de 1815
(Ricardo, 1951-1955, vol. 4, pp. 1-42), que fue rápidamente criticado por
Malthus (carta a Ricardo fechada el 12 de marzo de 1815, ibíd., vol. 6, p.
185). Más recientemente, la hipótesis de Petty fue mencionada de forma
explícita por Marshall (1890, p. 509n. 2) y por Sraffa (1925, p. 61n.). La situación
es sustancialmente diferente en las teorías modernas del equilibrio económico
general intertemporal con mercados contingentes (cf. más adelante § 17.2),
según las cuales el
100 William Petty y
los orígenes de la economía política
También es necesario realizar alguna abstracción para formular
el concepto de precio de modo que trate del problema analítico de la
deter-minación de los precios relativos, es decir, las proporciones de cambio
entre diferentes mercancías. En efecto, un «precio» corresponde a una
«mercancía»; representa una multiplicidad de valores, cada uno de ellos
relativo a un acto de intercambio concreto, cuando tales actos de inter-cambio
se refieren a bienes que son suficientemente similares entre ellos para ser incluidos
bajo la única etiqueta de la misma mercancía (como en el caso ilustrado más
arriba del «precio» del «diamante»). Además, tene-mos que delimitar el conjunto
de actos de intercambio a los que nos refe-rimos como base para nuestra noción
de precio, relativa al tiempo y espa-cio en el que tienen lugar.
Petty distinguía de este modo entre precio corriente y precio
político; este último corresponde al precio teórico determinado sobre la base
de un esquema analítico en el cual se hace abstracción de una serie de
elementos presentes en la realidad, pero cuya importancia se considera
secundaria. Como veremos, esta distinción corresponde a la distinción entre
causas intrínsecas, que determinan el precio político, y extrínsecas, que son
aque-llas causas variables y contingentes que se combinan con las primeras para
determinar el precio corriente.
mismo bien físico constituye tantas mercancías diferentes
cuantos sean los instantes posi-bles en los que esté disponible el bien,
multiplicados por los «estados del mundo» po-sibles en cada instante (de modo
que un paraguas durante 227 días de lluvia es una mer-cancía distinta del mismo
paraguas durante 184 días, o durante 227 días a partir de ahora si no llueve).
El carácter axiomático de tales teorías induce a los teóricos a pensar que el
significado de las variables es un problema externo a la teoría en sí. Pero tal
teo-ría exige, como muestra el ejemplo, que la desagregación se lleve hasta el
extremo: hasta el átomo, es decir, hasta una noción de mercancía que ya no sea
susceptible de ulterior desagregación. Así, teniendo presente la infinidad de
puntos en el continuum de espacio y tiempo, y la infinidad de posibles «estados
del mundo» (que hay que añadir a la mul-titud de diferentes características
físicas de una mercancía, como en el caso de los dia-mantes que se trata más
adelante), todo ello implica que el número de mercancías crece sin límite, de
manera que parece del todo probable que existen más mercancías que actos reales
de intercambio. Pero entonces, por definición, no nos enfrentamos con un
mer-cado, esto es, con un tejido de relaciones entre una multiplicidad de
compradores y ven-dedores: la noción de mercancía propuesta por tales teorías
es incompatible con la noción de competencia. Este ejemplo, que aquí sólo se ha
esbozado, demuestra la posibilidad de contradicciones lógicas derivadas del significado
atribuido a las variables sujetas a análi-sis teórico.
Mercancía y mercado 101
Petty abordó explícitamente este problema en un pasaje del
Treatise of taxes and contributions y en el Dialogue of diamonds. En el
Treatise Petty introdujo tres definiciones, que distinguen diferentes conceptos
de precio que corresponden a diferentes niveles de abstracción en el análisis:
precio natural, precio político y precio corriente. El precio natural depende
del estado del conocimiento tecnológico y de la subsistencia requerida por los
trabajadores. Además de esto, el precio político tiene en cuenta los costes
sociales, tales como el exceso de factor trabajo por encima del trabajo
nece-sario: Petty considera tales costes como un despilfarro, que indica el
hecho de que la producción real es inferior a la producción potencial.
Finalmen-te, el precio corriente se define como la expresión del precio
político en términos de la mercancía usada como patrón de medida.26
El «precio natural» de Petty tiene, pues, el significado de un
objetivo, un precio óptimo. De hecho, es el precio que corresponde a la mejor
tec-nología disponible y al funcionamiento más eficiente posible del «cuerpo
político». Para los economistas clásicos, desde Smith hasta Marx, el «precio
natural» tiene un significado diferente, que se corresponde más bien con el
«precio político» de Petty, dado que apunta al precio que regula el
com-portamiento del mercado y depende de las condiciones reales de produc-ción
que predominan en el sistema económico (Marx se referiría después a estas
condiciones con la expresión «trabajo socialmente necesario»).27 Pare-ce que
Petty distinguía entre estas dos nociones, en un período histórico
«El precio
natural alto y bajo depende del mayor o menor número de manos que se requieren
para producir las cosas naturalmente necesarias: así el grano es más barato
donde un hombre produce grano para diez que donde puede hacer lo mismo sólo
para seis; y, además, según que el clima obligue a los hombres a consumir más o
menos. En cambio, un bajo precio político depende de la escasez de intereses
supernumerarios en cualquier actividad, más allá de lo que sea necesario; a
saber, el grano será el doble de caro donde dos-cientos agricultores hagan el
mismo trabajo que podrían hacer cien: si sumamos esta pro-porción con la del
gasto superfluo (es decir, si a la causa de la carestía antes mencionada le
añadimos el doble del gasto necesario), entonces el precio natural se
cuadruplicará; y este precio cuadruplicado es el verdadero precio político
calculado sobre bases naturales. Si rela-cionamos este precio al valor
artificial común de la plata estándar, obtenemos lo que se bus-caba; esto es,
el verdadero precio corriente» (Petty, 1662, p. 90).
La analogía se
refiere a la tecnología en uso: tanto el precio político de Petty como el
precio natural de los economistas clásicos se basan en lo que hay, es decir, en
la tecnolo-gía predominante y no en la óptima, a la que, como ya se ha dicho,
parece referirse el «pre-cio natural» de Petty. Pero según los economistas
clásicos y Marx existe un mecanismo, la
102 William Petty y
los orígenes de la economía política
muy alejado de un capitalismo plenamente desarrollado, a fin de
resaltar los elevados costes vinculados al entonces todavía atrasado nivel de
organiza-ción social. También hay que observar que el precio corriente
mencionado en el pasaje anterior es en sí mismo una variable teórica, puesto
que es sim-plemente el precio político expresado en términos de dinero. Por
otra parte, está claro que existe otra serie de elementos que influyen en las
proporcio-nes de cambio reales que se dan en el mercado.28
En el Dialogue of diamonds Petty volvió a la distinción entre
dos gru-pos de factores que afectan al precio de los diamantes: los factores
intrín-secos y los factores extrínsecos o contingentes. Los primeros concurren
en la determinación del precio político (esto es, el precio teórico), mientras
que los últimos explican la divergencia entre el precio corriente y el precio
político. Los factores extrínsecos corresponden a las circunstancias
ocasio-nales de los actos específicos de intercambio, de modo que es difícil
defi-nirlos y aplicarles reglas exactas para su reducción a magnitudes
homogé-neas que se puedan comparar. Por otra parte, los intrínsecos pueden
identificarse con precisión, y es posible traducirlos en términos de
dife-rencias de precio, de acuerdo con reglas definidas que pueden
determinar-se por medio de la observación de la generalidad de intercambios que
se producen realmente en el mercado.
En el Dialogue of diamonds, el señor A, el experto en el
mercado, ilus-tra el asunto de la siguiente forma:
Que un diamante sea caro o barato depende de dos causas, una
intrínse-ca a la propia piedra, y la otra extrínseca y contingente, como son:
1) las prohi-biciones de procurarse los diamantes en los países de origen; 2)
el hecho de que
competencia, que elimina el despilfarro y tiende a llevar la
tecnología predominante hacia una tecnología óptima. En cambio, Petty
(comprensiblemente, dada la época en la que vivió) atribuyó tal papel
principalmente a las reformas institucionales que tenían como objetivo el
aumento de la eficiencia del sistema. (Hay también un elemento de optimali-dad
en la concepción smithiana del precio natural, por la referencia a las
condiciones de la libre competencia: cf. más adelante § 5.6, y Roncaglia,
1990b.)
«Sin embargo,
como casi todas las mercancías tienen sus sustitutivos o sucedáneos, y como
pueden satisfacer casi todas las necesidades de distintas formas; y como la
novedad, la sorpresa, el ejemplo de personas superiores y la creencia en
efectos que no se pueden exa-minar, añaden o quitan algo al precio de las
cosas, debemos añadir estas causas contingen-tes a aquellas causas permanentes
antes mencionadas, en cuya comprensión y cálculo radi-ca la habilidad de un
comerciante» (Petty, 1662, p. 90).
Mercancía y mercado 103
los comerciantes no los importen porque pueden invertir su
dinero en la India en otras mercancías que les proporcionen un mayor beneficio;
3) cuando en caso de guerra son adquiridos para garantizar la subsistencia de
personas exi-liadas o particularmente expuestas; 4) al acercarse el matrimonio
de cualquier gran príncipe, cuando un gran número de personas deben ostentar
gran pompa; porque cada uno de estos factores, si se muestra activo en
cualquier parte del mundo, después se deja sentir en todas partes, porque si el
precio de los diamantes aumenta considerablemente en Persia, aumentará también
de modo sensible en Inglaterra, puesto que los grandes comerciantes de joyas de
todo el mundo se conocen entre sí, se mantienen en contacto, se asocian para la
mayor parte de las piezas importantes y recurren a grandes alianzas e intrigas
en las compras y ventas.29
Reviste particular interés la conclusión del pasaje, en la que
Petty des-cribe un mercado mundial y destaca el hecho de que los
acontecimientos contingentes que ocurren en cualquier parte del mundo pueden
tener un impacto en cualquier otra parte, porque los diversos mercados locales
de diamantes están integrados en un solo mercado mundial unificado («los
grandes comerciantes de joyas de todo el mundo se conocen entre sí»). Por otro
lado, puede sorprendernos ver las prohibiciones mencionadas más arriba entre
los elementos contingentes, porque son elementos institucio-nales, y como tales
podría esperarse que debieran incluirse entre los ele-mentos que determinan el
precio político. Aparte de su atención más bien escasa por la coherencia entre
sus diferentes obras, es posible que Petty, en el papel de asesor real que se
atribuye, considerara determinados obstácu-los institucionales para el
desarrollo de los intercambios, y de la economía en su conjunto, como
susceptibles de ser eliminados. Esto se aplica espe-cialmente a las
restricciones sobre el comercio exterior. Como hemos des-tacado antes, la
distinción teórica entre precios naturales y precios políti-cos, como otros
elementos del análisis de Petty, tiene que interpretarse a la luz de las
intenciones prácticas del autor, que quería hacer hincapié en el perjuicio
causado por determinados elementos institucionales a la expan-sión de la
riqueza de Inglaterra. Dejando a un lado esta cuestión, nos que-damos con la
bipartición entre precios naturales y políticos, por una parte, y precios
corrientes, por la otra, lo que claramente anticipa la distinción clásica entre
precios naturales y reales, o de mercado.
29 Petty (1899), p.
625.
104 William Petty y
los orígenes de la economía política
3.5. Excedente,
distribución, precios
Hemos visto como Petty contribuyó a la formación de una
represen-tación conceptual del funcionamiento de un sistema económico.
Consi-deremos ahora la extensión y límites de su contribución con respecto a la
construcción de un sistema analítico: los temas referentes a excedente,
pre-cios y distribución, que constituyeron en la edad de oro de la economía
política clásica, y constituyen todavía hoy, el núcleo central de la teoría
económica.
En análisis relativamente avanzados, los distintos aspectos de
este tema se presentan como inseparables. De hecho, para medir el excedente es
necesario determinar los precios relativos; esto, a su vez, implica hipó-tesis
sobre la distribución del excedente entre los diferentes sectores (tales como
la hipótesis competitiva del tipo uniforme de beneficio) y entre las
principales clases sociales. Sin embargo, en el análisis de Petty el nexo
esen-cial —una teoría de precios adecuada— no existe. Esto nos permite
con-siderar por separado su noción de excedente y sus ideas sobre la medida del
valor y las razones de cambio.
De hecho, tradicionalmente se ha considerado que la
identificación del concepto de excedente es una de las contribuciones más
importantes de Petty, aunque para él tomaba el excedente la forma parcial de
renta (e impuestos) y, de forma derivada, la de renta sobre el capital en
dinero (interés):
Supongamos que un hombre pueda cultivar grano con sus propias
manos en una cierta extensión de terreno; es decir, que pueda cavar, arar,
gradar, desherbar, cosechar, trillar y aventar tanto como requiera el cultivo
de aquel terreno; y disponga de la semilla necesaria para sembrar. Digo yo que
cuando este hombre haya deducido su semilla del producto de su cose-cha, y
también lo que ha comido o entregado a los demás a cambio de los vestidos y de
otras necesidades naturales, el grano restante es la verdadera y natural renta
de la tierra en aquel año; y la media de siete años, o más bien de tantos años
cuantos constituyan el ciclo en el que llevan a cabo su evolu-ción los períodos
de escasez y abundancia, da la renta ordinaria de la tierra en grano.30
30 Petty (1662), p.
43.
Excedente, distribución, precios 105
Aquí la renta está expresada en términos físicos, como una
cantidad de grano dada. Esto es posible porque el producto es homogéneo,
mien-tras que los medios de producción heterogéneos están expresados todos en
términos del bien producido; esto incluye el trabajo que se supone recibe sus
medios de subsistencia, expresados también en términos de grano («lo que ha
comido o entregado a los demás a cambio de los vestidos»). Enton-ces, el
problema de los precios no existe, porque se supone implícitamen-te que las
proporciones de cambio entre el bien producido y los medios de producción
pueden considerarse como dadas.
A fin de superar esta limitación, podemos seguir otro camino. A
saber, podemos considerar el sector que produce grano como omnicom-prensivo,
cubriendo todas las actividades productivas necesarias para ase-gurar el
reemplazamiento de sus medios de producción necesarios.31 Petty hizo uso de tal
procedimiento a fin de determinar el valor relativo de las mercancías,
considerando como equivalente el excedente de la cantidad de cada mercancía
producida por sectores (integrados verticalmente) que uti-lizan la misma
cantidad de trabajo:
Pero una pregunta adicional, aunque lo sea de modo colateral, es
cuán-to vale en moneda inglesa este grano o renta. Respondo: cuanto la moneda
que otro hombre puede ahorrar, en el mismo tiempo, por encima de sus gastos, si
se dedica enteramente a producir y hacer esto; a saber: supongamos que otro
hombre viaje a un país donde hay plata, la extrae, la refina y la lleva al
mismo lugar donde el otro plantó su grano, la acuña, etc., y que la misma
persona, en todo el tiempo en que trabaja la plata, recoja también el alimento
necesario para su subsistencia y se procure lo que necesita para vestirse, etc.
Digo que la plata del uno debe estimarse de igual valor que el grano del
otro.32
El excedente puede expresarse también en términos de la serie de
per-sonas que pueden ser mantenidas por un grupo de trabajadores que pro-duce
la subsistencia suficiente para ellos y para los demás. Como la pro-ducción de
bienes de lujo y servicios, el paro aparece de este modo como una manera de
emplear (o mejor, de malgastar) el excedente:
Si hay 1000 hombres en un territorio y si 100 de ellos pueden
producir el alimento y la vestimenta necesarios para los 1000; si otros 200
producen
Aquí nos
enfrentamos, sustancialmente, con un sector integrado verticalmente, o en otros
términos lo que Sraffa (1960), p. 89, iba más adelante a llamar subsistema.
Petty (1662),
p. 43.
106 William Petty y
los orígenes de la economía política
mercancías a cambio de las cuales otras naciones darán otras
mercancías o dinero; y si otros 400 se ocupan en proporcionar los adornos,
placeres y mag-nificencia para todos; si hay 200 gobernantes, teólogos,
abogados, médicos, comerciantes y detallistas; todos los cuales suman 900 en
total; la pregunta es, dado que hay comida suficiente para estos 100
supernumerarios, ¿cómo harán para obtenerla? ¿Mendigando o robando […]?33
En relación con la cuestión de cómo determinar la magnitud del
exce-dente, Petty anticipó el núcleo del análisis de Smith en La riqueza de las
naciones, haciendo hincapié en el número de trabajadores productivos y en el
nivel de productividad por trabajador. Estos dos elementos se mencio-nan
conjuntamente, por ejemplo, en la explicación de la mayor riqueza de los
holandeses. En relación con el primero de estos dos factores, Petty insistió en
propuestas encaminadas a proporcionar empleo para el mayor número posible de
trabajadores productivos, contratando trabajadores desocupados o transfiriendo
trabajo de actividades improductivas a otras productivas. Él creía que tales
políticas podrían lograr aumentos impor-tantes de la renta y de la riqueza.
Entre los elementos que determinan la productividad por
trabajador, Petty recordaba los que pueden llamarse naturales, tales como la
facilidad de acceso al mar, la disponibilidad de puertos y caminos naturales de
comunicación, y la fertilidad originaria de la tierra. Sin embargo, tenían
mucha más importancia los factores tecnológicos y organizativos vincula-dos a
la evolución social de los diferentes pueblos. Entre tales factores, Petty
señaló las mejoras en la tierra (drenaje, riego y otras por el estilo) y las
inversiones en infraestructura (caminos, canales navegables). También destacó
la importancia del progreso técnico incorporado en nuevos ins-trumentos de
producción. Finalmente, se concedía una importancia par-ticular a la división
del trabajo.34
Pasemos ahora a la teoría de los precios relativos. En este
aspecto puede proponerse (y se ha propuesto) una serie de diferentes
interpreta-
Ibíd., p. 30.
Los «100 supernumerarios» corresponden a la diferencia entre el tamaño de la
fuerza de trabajo («1000 hombres») y el número de trabajadores empleados («900
en total»).
Cf., por
ejemplo, Petty (1690), pp. 256-257, para los factores «naturales»; ibíd., pp.
249-250 y 302-303, para los factores tecnológicos y organizativos; ibíd., pp.
260-261 y 473, para la división del trabajo.
Excedente, distribución, precios 107
ciones, debido al hecho de que una teoría de los precios
propiamente dicha no constituía el objetivo central de sus escritos; para él,
el estudio del funcionamiento de la economía tenía un carácter instrumental
sobre las intervenciones inmediatas de política económica, en particular para
los cambios institucionales. La primera interpretación, propuesta por Marx, y
adoptada por una serie de historiadores marxistas del pensamiento econó-mico,
atribuye a Petty una teoría del valor-trabajo más o menos desarro-llada y
coherente.35 En efecto, existe una serie de pasajes en sus escritos que parecen
apoyar esta interpretación. Por ejemplo, en A Treatise of taxes and
contributions encontramos:
Si cien hombres trabajan durante diez años para producir grano,
y el mismo número de hombres trabaja por igual período para producir plata, yo
digo que el producto neto de la plata es el precio del producto neto del grano,
y partes iguales del uno son el precio de partes iguales del otro.36
Un poco más adelante en la misma obra Petty afirmó: «El precio
natural alto y bajo depende del mayor o menor número de manos que hacen falta
para producir las cosas necesarias».37
Sin embargo, aún más explícita que estos pasajes es la propuesta
de Petty de lo que parece ser una teoría del valor basada en el trabajo y en la
tierra:
Todas las cosas tendrían que valorarse según dos denominaciones
natu-rales, que son la tierra y el trabajo; esto es, tendríamos que decir que
un barco o una prenda de vestir valen tal medida de tierra y tal medida de
trabajo, en cuanto que tanto los barcos como los vestidos han sido creados por
las tierras y el trabajo humano que se han aplicado para obtenerlos.38
Este pasaje plantea un problema adicional. Como las citas que se
han transcrito más arriba, pretende proporcionar una explicación de las
rela-ciones de intercambio. Sin embargo, la referencia a «denominaciones
naturales» sugiere que también podría interpretarse como una rudimenta-
Cf., por
ejemplo, Marx (1905-1910), vol. 1, pp. 345-346 y 350-351; Meek (1956), pp.
34-36; Pietranera (1963), pp. 31-50; Denis (1965), p. 172; Naldi (1989).
Petty (1662),
p. 43. Recordemos también el pasaje citado más arriba.
Ibíd., p. 90.
Ibíd., p. 44.
108 William Petty y
los orígenes de la economía política
ria formulación de una teoría del valor absoluto. La siguiente
fórmula que Petty utiliza para explicar su teoría del valor se presta a la
misma interpre-tación: «El trabajo es el padre y principio activo de la
riqueza, y la tierra es la madre».39
Ésta es una expresión tradicional, y fue usada ampliamente en
los escritos sobre cuestiones económicas del período. Cuando consideramos los
diversos papeles del trabajo y de la tierra en el proceso de producción
agrícola (desempeñando el primero el papel activo y el último el papel pasivo:
una idea que puede remontarse a los escritos de Aristóteles), es fácil ver que
tal idea podría proporcionar la base para una teoría del valor-tra-bajo
asentada en las doctrinas del «derecho natural». En tales teorías (que, como
vimos antes en el § 2.5, caen dentro de la tradición escolástica, toda-vía
fuerte en el siglo XVII), el trabajo se concibe como un sacrificio realiza-do
por el productor. El precio es, por lo tanto, la «justa» recompensa por tal
sacrificio: un precio proporcional a la cantidad de trabajo contenida en la
mercancía es justo, precisamente porque es proporcional al sacrificio
soportado. Las teorías del valor-trabajo de este tipo se convirtieron en el
fundamento de concepciones tales como la interpretación del salario de
subsistencia como justa recompensa del trabajo, del «sudor de la frente», y
para desarrollos como el de Nassau Senior (1790-1864), que iba a identi-ficar
un sacrificio semejante en la «abstinencia» de los capitalistas que hallan en
los beneficios su justa remuneración.40
Sin embargo, tal interpretación en un sentido «iusnaturalista»
de la teo-ría del valor de Petty sería errónea. De hecho, él consideró el
trabajo sim-plemente como otro coste de producción que se mide por su
subsistencia, e ignoró cualquier implicación moral de justicia o injusticia en
su tratamien-to del problema de los precios. Además, en opinión de Petty, la
tierra y el trabajo tenían que situarse en el mismo plano, y el uno podía
expresarse en términos del otro. De hecho, «la cuestión más importante para la
economía política» era precisamente «cómo encontrar una paridad y una ecuación
entre
Ibíd., p. 68.
Cf. más
adelante § 7.8. Elementos de tal enfoque emergen también en Smith (1776, p. 47;
p. 31 trad. cast.), cuando consideró el trabajo como «pena y fatiga», y fueron
propuestos de nuevo con los «costes reales» de Jevons y, en forma diferente,
Marshall (cf. más adelante §§ 10.5 y 13.1).
Excedente, distribución, precios 109
la tierra y el trabajo, de forma que pudiera expresarse el valor
de cualquier cosa mediante uno solo de los dos».41 Está claro, a partir de
estas afirmacio-nes, que Petty no estaba tratando de resolver el problema de la
definición de un precio justo en un marco iusnaturalista; más bien intentaba
explicar las relaciones reales de intercambio que tienen lugar en el mercado:
el trabajo y la tierra no se consideraban fuentes originales de la riqueza,
sino sencilla-mente como costes físicos de producción de mercancías.
La interpretación de la teoría de los precios de Petty basada en
costes físicos de producción no viene contradicha por pasajes que, como los que
se han citado antes, parecen apoyar una teoría del valor-trabajo incorporado.
Efectivamente, en la misma obra se formulaba explícitamente una teoría del
valor basado en el trabajo y en la tierra, considerándose el problema de la
equivalencia entre uno y otra. Por lo tanto, aquellos pasajes deben
interpre-tarse como una simplificación con respecto a una teoría más compleja
basa-da en el trabajo y la tierra, que puede sostenerse en el supuesto de
propor-cionalidad entre las cantidades de tierra y las cantidades de trabajo
utilizadas en la producción de las diversas mercancías. Además, hay pasajes en
las obras de Petty en los que fue más allá de la teoría del valor basada en la
tierra y el trabajo, avanzando por la senda de los costes físicos de
producción, hasta lle-gar a proporcionar una lista de actividades necesarias en
los específicos pro-cesos de producción: «El precio de una mercancía se
compone: de la mate-ria prima natural; de la manufactura para ponerla en estado
de usarla; del transporte desde el lugar de fabricación hasta el de consumo; de
los impues-tos que deben al soberano los que compran y venden».42
Petty mencionó una serie de ejemplos de este principio,
especificando el coste en términos de bienes físicos. Siguiendo esta vía,
también propor-cionaba, ciertamente, una correcta formulación del problema de
la produc-ción conjunta. Consideremos el primero de los catorce ejemplos que
dio Petty: «Para la mantequilla se necesitan: 1) la vaca; 2) su alimentación en
invierno y en verano; 3) su recipiente y el trabajo necesario; 4) el
transpor-te. Deduciendo: 1) el ternero; 2) el suero de la leche; 3) el queso común».43
Petty (1691a),
p. 181; el mismo problema ya había sido propuesto en el Treatise of taxes and
contributions (Petty, 1662, p. 44).
Petty (1927),
vol. 1, p. 190.
Ibíd.
110 William Petty y
los orígenes de la economía política
Por lo tanto, el análisis de Petty no se refiere esencialmente
al valor absoluto (esto es, el problema de las causas del valor), sino al
problema de los precios relativos. Analizando tal cuestión, con referencia a
los costes físicos de producción,44 Petty presentó una formulación objetiva
que, como veremos más adelante, iba a ser adoptada por Ricardo, entre otros, y
más recientemente por Sraffa con mayor consistencia y rigor analítico.
La contribución de Petty no fue mucho más allá de la simple
formu-lación del problema: los costes físicos de producción son los factores
que determinan los precios políticos. Esto dejaba el problema lejos de su
solu-ción. Los bienes heterogéneos, tales como la vaca, el alimento, el
trabajo, no pueden agregarse para constituir costes de producción a menos que
hayan sido previamente expresados en unidades homogéneas, esto es, en términos
de cantidades de valor obtenidas multiplicando la cantidad de cada mercancía
requerida en el proceso de producción por su precio rela-tivo. Nos enfrentamos,
pues, con un problema de circularidad: el precio del producto no puede
determinarse a menos que se conozcan los precios de los medios de producción,
pero éstos también son producidos por medios de producción que pueden incluir
el primer producto. Piénsese, por ejemplo, en el caso del trigo utilizado para
producir hierro, el cual a su vez se usa en la producción de trigo.
No parece que Petty haya tenido conciencia de este problema. Con
todo, era precisamente dicha dificultad la que explicaría su intento de reducir
los componentes heterogéneos de los costes de producción a los dos factores
primarios, tierra y trabajo, y, después, de encontrar una rela-ción de
equivalencia entre ambos para expresar los costes en términos de sólo uno de
ellos. Pero tales intentos no tuvieron éxito, especialmente el último, al que
Petty atribuyó gran importancia.
Petty sugirió el siguiente método para establecer una relación
de equi-valencia entre trabajo y tierra:
Por cierto, los
costes físicos de producción no pueden considerarse como una noción puramente
tecnológica. No sólo depende su nivel (especialmente en lo que al tra-bajo se
refiere) de factores sociales interpretados en líneas generales: las mismas
partidas que entran en la lista de coste dependen del tipo de organización
social. En efecto, pode-mos incluir en los costes sólo lo que pueda ser objeto
de apropiación privada (no, por ejem-plo, la lluvia o el sol, que pueden muy
bien ser factores necesarios de producción y pueden ser escasos).
Excedente, distribución, precios 111
Supongamos que en dos acres de tierra de pasto cercada se
introduce un ternero destetado, y supongamos además que en doce meses aumente 1
quin-tal de carne comestible; entonces, 1 quintal de aquella carne, que supongo
corresponde a cincuenta días de alimentación, más el interés sobre el valor del
ternero, es el valor o renta anual de aquella tierra. Pero si el trabajo de un
hom-bre […] durante un año puede hacer producir a aquella tierra más de sesenta
días de alimento de la misma o de cualquier otra calidad, entonces esa
canti-dad adicional de alimento diario es el salario de aquel hombre;
expresándose ambos por el número de días de alimento.45
El propio Petty vio e intentó resolver las dificultades más
evidentes, como la heterogeneidad de los niveles de consumo de los diferentes
indi-viduos, y la heterogeneidad de los bienes de consumo:
El hecho de que algunos hombres coman más que otros no tiene
impor-tancia, dado que por el alimento de un día entendemos la centésima parte
de lo que comen 100 hombres, de todo tipo y dimensión, para vivir, trabajar y
reproducirse. Y tampoco importa que el alimento diario de cualquier tipo pueda
requerir más trabajo para ser producido que el alimento diario de otro tipo,
porque aquí estamos hablando del alimento de más fácil obtención en los
respectivos países del mundo.46
De hecho, la solución que Petty sugirió recuerda la moderna
noción de unidades de eficiencia: la tierra se compara con el trabajo por medio
de
Petty (1691a),
p. 181. En otros términos, la tierra sola produce 50, mientras que añadiendo un
trabajador el producto aumenta en 10 unidades (debemos suponer que netas de
costes de producción, incluida la subsistencia de los trabajadores: «salarios»
significa aquí lo que la tierra da como fruto del trabajo prestado, no la
retribución de un trabajador independiente). En consecuencia, cinco
trabajadores equivalen a dos acres de tierra. Este pasaje ha sido interpretado
(por ejemplo, por Routh, 1975, p. 40), como un ejemplo de cálculo marginal: la
«contribución» de cada «factor productivo» se obtiene calculando lo producido
por cantidades dadas de los dos factores (en el ejemplo de Petty, una de las
dos cantidades es igual a cero), y cuando aumenta la cantidad de uno de los
factores mante-niéndose constante la cantidad utilizada del otro factor. Esta
interpretación parece un tanto forzada; de todas maneras, en este caso se
sostendrían las críticas que se recuerdan más ade-lante, en cuanto a la
posibilidad de adoptar este método en presencia de productos hete-rogéneos (que
sólo pueden reducirse a productos homogéneos, en términos de utilidad, dentro
del marco de una teoría subjetiva del valor).
Petty (1691a),
p. 181. Un criterio análogo al adoptado para establecer una «pari-dad» entre
tierra y trabajo fue propuesto por Petty para reducir el «arte», esto es, el
traba-jo cualificado del inventor, a trabajo simple. Cf. Petty (1691a), p. 182.
Petty propone tam-bién la misma línea de razonamiento al establecer «una
ecuación […] entre trabajo de un esclavo, y favor, conocimiento, interés,
amistad, elocuencia, reputación, poder, autoridad, etc.» (ibíd.).
112 William Petty y
los orígenes de la economía política
una comparación de sus relativas productividades netas. Pero
esta compa-ración exige el conocimiento previo de los precios relativos, y, por
lo tanto, implica un razonamiento circular. Si no, si medimos la productividad
en términos físicos, entonces los productos comparados debieran ser
física-mente homogéneos (lo que Petty intentó asegurar refiriéndose al
«alimen-to diario»). Esta última alternativa implica el recurso al supuesto
total-mente irreal de un «mundo con una sola mercancía», y es, por lo tanto, tan
inaceptable como la primera solución. Lo que faltaba en los intentos de Petty
para solventar el problema de la determinación de los precios rela-tivos era la
percepción del simple hecho de que el problema está intrínse-camente
relacionado con el funcionamiento del sistema económico en su conjunto, y no
con un sector productivo considerado aisladamente.
Lo incompleto del esquema conceptual expuesto por Petty, en
parti-cular la ausencia de un concepto clave como el de tipo de beneficio,
parece haber tenido un papel decisivo en impedir una solución correcta del
pro-blema. De hecho, ésta requiere la construcción de un sistema analítico que
tenga en cuenta las interrelaciones productivas entre los diferentes sectores
de la economía. Pero el camino que lleva a tal sistema es muy largo, como
veremos en los siguientes capítulos.
4. DEL CUERPO POLÍTICO
A LOS CUADROS ECONÓMICOS
4.1. Los debates de la
época
En el siglo transcurrido entre los escritos de William Petty y
los de Adam Smith, el pensamiento económico avanzó en muchas direcciones. Aquí
es imposible considerarlas todas con la atención que merecen;1 algu-nos autores
y corrientes de investigación serán simplemente ignorados, otros se mencionarán
de forma breve, al tiempo que sólo unos pocos se tratarán con más detalle.
Es importante resaltar la riqueza del debate sobre los fenómenos
eco-nómicos durante este período, avanzando en diversos planos, enlazando con
aspectos éticos o filosóficos en general, o cuestiones de elección polí-tica de
carácter más inmediato, y constituyendo el panorama de fondo en el que
determinadas personalidades asumieron una prominencia desde el punto de vista
que a nosotros nos interesa. Las contribuciones de los auto-res más importantes
serían difíciles, si no imposibles, de entender si se las aislara por completo
del contexto cultural en el que tomaron forma, y que contribuyeron a
enriquecer. Esto es así para el período aquí considerado en una medida que
puede resultar difícil de apreciar por parte de aquellos que están habituados a
la extrema especialización en la investigación que caracteriza a nuestra época.
En realidad, en los siglos XVII y XVIII, la figura
Hutchison
(1988), ofrece un panorama detallado de este período extraordinaria-mente rico
y complejo.
114 Del cuerpo
político a los cuadros económicos
del economista distaba todavía mucho de estar claramente
definida: las reflexiones sobre los fenómenos económicos formaban parte de las
más generales sobre el hombre y la sociedad, y los mismos autores abarcarían a
lo largo del tiempo un amplio campo de temas.
Como hemos visto, por ejemplo, Petty fue inventor, médico y
pro-fesor de anatomía, responsable de un gigantesco proyecto para llevar a cabo
una medición geográfica de Irlanda y terrateniente activamente comprometido en
la administración de sus fincas. Sus reflexiones sobre asuntos económicos,
institucionales y demográficos constituían para él, al mismo tiempo, una
actividad cívica e intelectual, un ejercicio de influen-cia política y un
instrumento para la defensa de sus propios intereses pri-vados. John Locke era
más conocido como filósofo, pero también trató cuestiones estrictamente
económicas en pos de sus investigaciones filosó-ficas, como hizo David Hume
pocos años después. Locke escribió, entre otras cosas, sobre temas monetarios a
lo largo de un debate con, entre otros, el famoso físico Isaac Newton, que en
1699 fue nombrado director de la casa de la moneda. Bernard de Mandeville era
médico y filósofo y Richard Cantillon un banquero internacional que también
abordó el pensamiento sistemático sobre cuestiones económicas, no de forma
pro-fesional, sino a modo de pasatiempo, aunque sin dejar de relacionarlo con
su actividad principal. François Quesnay, médico en la corte del rey Luis XV,
no perseguía intereses profesionales ni privados con sus escritos; simple-mente
se incorporó al debate intelectual de la época con la esperanza de que sus
ideas pudieran contribuir a atenuar los problemas sociales. En los círculos
intelectuales del período tanto los protagonistas como los simples espectadores
se interesaban un poco por todo, fieles al lema de Terencio en el
Heautontimorúmenos: «Homo sum: humani nihil a me alienum puto» (Soy un ser
humano: nada de lo que interese a los seres humanos lo considero ajeno a mí).
Aquí aislamos las contribuciones estrictamente económicas de su contexto, pero
no debemos olvidar que las abstracciones de este género habrían sido
consideradas arbitrarias por los protagonistas de aquel tiempo.
Entre las corrientes de investigación que mencionaremos sólo
breve-mente se encuentra la escuela estadístico-demográfica de los «aritméticos
políticos», seguidores de William Petty, que incluye personalidades tan
influyentes de la época como Gregory King (1648-1712) y Charles Dave-
Los debates de la época 115
nant (1656-1714). Aunque a menudo fueran imprecisas y dudosas
(Adam Smith afirmó: «No tenemos una gran confianza en la Aritmética
Políti-ca»),2 sus actividades proporcionaron una importante materia prima, no
sólo para la comprensión de la economía y la sociedad de su tiempo: tam-bién
podrían servir para la toma de decisiones políticas del soberano en materia de
impuestos y contribuciones o para evaluar la fuerza económica de los diferentes
países, de gran ayuda en el ámbito de las decisiones de política exterior.3
Desde nuestro punto de vista, que se aparta del más propio del
his-toriador económico, los escritos de los aritméticos políticos pueden
sumi-nistrar indicaciones útiles, especialmente sobre el sistema de conceptos
subyacentes en los debates de la época. Un ejemplo de ello (al que volve-mos
más adelante) puede verse en el hecho de que King y Davenant pre-ferían una
clasificación territorial de la información (una división geográ-fica del
sistema económico) a una clasificación por sectores, aunque cualquier referencia
a los sectores económicos distaba todavía mucho de la tripartición en
agricultura-manufacturas-servicios que se convertiría en la regla después de
Smith.
Otra línea de pensamiento económico adoptó una postura
notable-mente distinta de la de Petty, insistiendo en una mezcla de análisis y
ética. Aquí encontramos a los representantes de la doctrina del «derecho natu-
Smith (1776),
p. 534; p. 474, trad. cast. En esencia, la línea que va de Petty a Smith pasó a
través de Cantillon y Quesnay más que a través de los aritméticos políticos,
aunque en aquella época éstos parecieron los herederos directos de Petty. Por
supuesto, en algunos casos (y especialmente en el de Davenant) y con un poco de
buena voluntad, la forma en que se organizaron los datos cuantitativos
manejados por los aritméticos políti-cos puede considerarse como un anticipo
rudimentario de la moderna contabilidad nacio-nal. Sin embargo, es difícil
atribuir a tales escritos una caracterización adecuada de las rela-ciones entre
stocks y flujos para el sistema económico en su conjunto y para sus principales
componentes.
3 King fue conocido en aquella época principalmente a través de
las citas de sus escritos incluidas en las obras de Davenant; más tarde fue
redescubierto por Marshall, que dedujo una curva de demanda de la relación
entre la disminución porcentual de la cosecha de grano y el aumento porcentual
de su precio (Marshall, 1890, p. 106n.). Después esta relación fue bautizada
(pero no por Marshall) de modo algo pomposo, como «ley de King» con un
entusiasmo (aparentemente) excesivo. Para una historia del empirismo inglés en
las ciencias sociales, desde la aritmética política en adelante, cf. Stone
(1997), en particular pp. 49-115, sobre Davenant y King.
116 Del cuerpo
político a los cuadros económicos
ral», importante por poner en circulación las ideas de derechos
naturales y de leyes de la naturaleza, pero, en términos estrictamente
económicos, relacionadas todavía con las discusiones sobre el «precio justo».
Entre ellos estaba el jurista alemán Samuel Pufendorf (1632-1694), autor de una
conocida obra, De iure naturae et gentium [Del derecho natural y de gen-tes],
(1672), que constituyó una contribución importante a los funda-mentos del
derecho internacional.4 En el campo de la teoría de los precios Pufendorf
distinguía entre los precios determinados por leyes y reglamen-tos («precios
legales»), los determinados por una genérica valoración común («precios
naturales») y los determinados por la común valoración de los expertos, con un
buen conocimiento de la mercancía y de su mer-cado («precio justo»). En estas
valoraciones desempeñaban un papel tanto la escasez como el coste de
producción, mientras que la utilidad es un requisito previo para que el precio
sea positivo, pero no lo determina. Así, la situación óptima es aquella en la
que el precio legal o el precio natural corresponden al precio justo: la teoría
de los precios de Pufendorf es una teoría normativa. Dentro de la misma
corriente del «derecho natural» encontramos otros muchos escritos sobre cuestiones
monetarias que, tra-tando en particular de la determinación del tipo de
interés, estaban rela-cionados con los debates escolásticos sobre la usura.
Los numerosos folletos destinados a proporcionar a los
comerciantes una guía en sus actividades muestran una curiosa analogía con esta
última corriente. En Italia, las obras de esta clase habían florecido en los
siglos XIV y XV. En el período que aquí estamos considerando, la obra de este
tipo más renombrada fue Le parfait négociant [El negociante perfecto] del
francés Jacques Savary (1675), que dominó el período en cuanto a número de
Huigh de Groot
(o Hugo Grocio, 1583-1645) había sido un precursor de Pufen-dorf en esta vía.
Pesciarelli (1989, pp. XVIII-XIX) observa la influencia de Pufendorf sobre
Hutcheson a través del maestro de este último, Gershom Carmichael (1672-1729),
profe-sor de la Universidad de Glasgow y divulgador en Escocia de la obra y
pensamiento de Pufendorf; a su vez, Hutcheson, el maestro de Smith, transmitió
a éste algunos elementos del pensamiento de Pufendorf: en particular, según
Pesciarelli (ibíd., p. XIX), «una visión de la sociedad representada como una
enorme arena de negociantes, compradores y ven-dedores». También Locke —sobre
cuya teoría de la libertad y de la propiedad privada cf. más adelante § 4.2—
fue un atento lector de los escritos de Pufendorf, contemporáneo suyo (habían
nacido el mismo año); sin embargo, sus visiones de la sociedad eran
decidi-damente diferentes.
Los debates de la época 117
ejemplares vendidos. En Inglaterra podemos mencionar —aunque
situado en la frontera entre esta corriente y el análisis económico— el
Universal dic-tionary of trade and commerce [Diccionario universal de comercio]
(1751-1755), de Malachy Postlethwayt, compuesto utilizando un gran número de
pasajes plagiados (incluida una versión casi completa del Ensayo sobre la
naturaleza del comercio en general de Cantillon: cf. más adelante § 4.5).
Otra corriente de la que encontramos frecuentes ejemplos en la
lite-ratura del período, pero que, como la anterior, constituye el crepúsculo
de líneas de investigación vitales en las décadas anteriores a Petty, estuvo
representada por la amplia serie de folletos sobre comercio que general-mente
trataban asuntos monetarios relacionados con materias de comer-cio
internacional, en la estela de la literatura mercantilista tratada más arri-ba
(§ 2.4). Esta clase de literatura capta, generación tras generación, la
atención de los historiadores del pensamiento económico que consideran el
ascenso del librecambio por encima del proteccionismo como un aspec-to central
de la ciencia económica. Un ejemplo notable lo constituye el comerciante
liberal Dudley North (1641-1691; sus Discourses upon trade [Discursos sobre el
comercio] fueron publicados póstumamente en 1691). Sin embargo, no puede
decirse que los argumentos en apoyo de la tesis del librecambio sean
extraordinariamente sólidos. En ausencia de una teoría bien desarrollada del
funcionamiento de los mercados (y en presencia, además, de mercados que
distaban mucho de ser competitivos, dominados como estaban por grandes
compañías de comercio como la Compañía de las Indias), sólo podemos considerar
la referencia a las «leyes naturales» que deben seguir su curso como una
petición de principio. Por el lado pro-teccionista, al margen de la referencia
simplista al «tesoro» representado por una balanza activa de comercio, los
argumentos más comunes se refe-rían a la conveniencia de proteger las
industrias nacientes y defender el empleo nacional de la competencia
extranjera. Otro defensor de la doctri-na del librecambio fue Daniel Defoe
(1660-1731), el conocido autor de Robinson Crusoe (1719), que publicó un
periódico trisemanal por espacio de algunos meses durante el período de los
acalorados debates que siguie-ron al Tratado de Utrecht de 1713.
En Francia, el principal campeón del librecambio en los años que
transcurrieron entre finales del siglo XVII y principios del XVIII fue Pierre
le Pesant de Boisguillebert (1646-1714), cuyo lema —laissez faire la
118 Del cuerpo
político a los cuadros económicos
nature et la liberté («dejad que la naturaleza y la libertad
sigan su curso»)— anticipó parecidas expresiones de Gournay y Turgot (cf. más
adelante § 4.7). Boisguillebert criticó el estatismo de Colbert y su polí-tica
de favorecer a las manufacturas, culpando de la deprimida situación de la
economía francesa sobre todo al estancamiento del sector agrícola. En este
aspecto, incluido el apoyo a los precios altos para la producción agrícola,5
Boisguillebert fue un precursor de las doctrinas fisiocráticas. Entre sus obras
se encuentra Le détail de la France [Descripción de Fran-cia] (1695).6
De nuevo en Inglaterra, lo que se ha llamado «la teoría
preclásica del desarrollo» (Perrotta, 1997), ampliamente difundida en el
período que va de 1690 a las primeras décadas del siglo XVIII, se refería en
particular a la tesis de que el consumo de la clase trabajadora tenía una
influencia deci-siva en la productividad y, por lo tanto, en el crecimiento.
Junto con North y antes que Defoe, esta tesis fue propuesta, entre otros, por
Nicho-las Barbon (1637-1698), un estudiante de medicina que se convirtió en rico
constructor gracias a las oportunidades ofrecidas por la devastación de Londres
en el gran incendio de 1666. Autor de un Discourse of trade [Dis-curso sobre el
comercio] (1690), en lo tocante a la teoría del valor, Barbon siguió el enfoque
subjetivista basado en la escasez y la utilidad.7 En este último sentido,
Barbon seguía lo que parecía ser la orientación predomi-nante de la época —como
veremos más adelante, en diversos aspectos—, aparte de algunas excepciones
significativas como la de William Petty.
Según
Boisguillebert, los precios agrícolas debían superar un nivel mínimo, que él
denominó «prix de rigueur», correspondiente a los costes de producción; pero
aparte de esto, y a partir de una vaga alusión al «prix de proportion», es
decir, al hecho de que los precios debían estar en razonable proporción entre
ellos, no ofreció una explicación de qué es lo que determina los precios.
6 La contribución de Boisguillebert ha sido alabada por muchos
historiadores del pensamiento económico, particularmente en Francia. Baste con
recordar el propio título de la colección de sus escritos (INED, 1966), que la
identifica con «el nacimiento de la economía política». A Boisguillebert se le
atribuyó, entre otras cosas, el mérito de haber anticipado la idea de la
interdependencia económica general y el concepto de multiplica-dor. Sin
embargo, sus escritos fueron mucho menos sistemáticos que los de Cantillon,
Quesnay o Turgot.
7 Hutchison (1988), p. 75, le atribuyó una noción implícita de
utilidad decrecien-te. Según Schumpeter (1954, p. 647; p. 716, trad. cast.),
Barbon fue el primer autor que identificó explícitamente el interés con la
renta neta de los bienes de capital.
John Locke 119
4.2. John Locke
Entre los autores interesados en los temas monetarios como parte
de reflexiones más generales sobre la sociedad y los seres humanos,
consideremos ahora al filósofo inglés John Locke (1632-1704; su obra principal
fue el Ensa-yo sobre el entendimiento humano, de 1689).8 Fue el autor de un
renombrado tratado sobre Some considerations on the consequences of the
lowering of interest, and raising the value of money [Consideraciones acerca de
la disminución del interés y del aumento de valor del dinero] (1692; había
escrito una versión preliminar en 1668). En opinión de los economistas
actuales, esta obra posee el mérito de ser uno de los primeros escritos de la
época (junto con Quantu-lumcumque concerning money de Petty, escrita en 1682
pero publicada sólo en 1695, y antes de Cantillon) que muestra una clara
percepción de la noción de velocidad de circulación del dinero.
El ensayo de Locke formaba parte de un animado debate que tuvo
lugar en la última década del siglo XVII sobre la relación entre tipo de
inte-rés bajo y prosperidad. Josiah Child (1630-1699), gobernador de la
Com-pañía de las Indias y uno de los hombres más ricos de su tiempo, en su
influyente Brief observations concerning trade and interest of money [Breves
observaciones respecto al comercio y al interés del dinero] (1668; en 1690 se
publicó una edición ampliada con el título de Discourse about trade [Dis-curso
sobre el comercio]), había sostenido que el primer elemento (tipos de interés
bajos) es la causa del segundo (prosperidad), y sobre esta base había pedido
restricciones legales sobre los tipos de interés.9 Criticando esta tesis, Locke
sostenía que es la prosperidad la que favorece un nivel moderado de los tipos
de interés, y que cualquier intento de reducirlos por ley está con-denado al
fracaso; además, en la medida en que pueda tener éxito, tal inten-to puede
mostrarse nocivo, al ralentizar la acumulación. North también adoptó una línea
de razonamiento similar. Podemos mencionar igualmen-te una obra publicada medio
siglo después, en 1750: An essay on the gover-
La edición
original data de 1690, pero el Ensayo ya circulaba en diciembre del año
anterior.
9 Sobre Child, cf. Letwin (1959). Entre las tesis a las que
Child prestó el apoyo de su influencia, estaba la idea de que es la pobreza, y
no un salario por encima del nivel de subsistencia, lo que favorece la difusión
de la holgazanería entre los trabajadores. (Petty, 1691a, por ejemplo, había
sostenido el argumento contrario.)
120 Del cuerpo
político a los cuadros económicos
ning causes of the rate of interest [Ensayo sobre las causas que
determinan el tipo de interés], de Joseph Massie, fallecido en 1794; aunque se
presentaba como una crítica de los argumentos de Locke, de hecho venía a ser un
penetrante y estimulante estudio sobre la relación entre tipo de interés y tipo
de beneficio, junto con los factores que en ellos influyen.10
Locke tomó parte también en el debate sobre la necesidad de una
nueva acuñación de monedas de plata, que a consecuencia de los abun-dantes
recortes habían perdido un promedio de, por lo menos, un 20 por 100 de su
valor. En este debate encontramos a Josiah Child, Nicholas Bar-bon, Charles
Davenant e Isaac Newton, que intervinieron de forma acti-va junto con otros
participantes.
Otro aspecto del pensamiento de Locke, que vale la pena recordar
aquí, se refiere a su visión de la propiedad privada como derecho natural del
hombre. Este argumento se desarrolló en los Two treatises of government [Dos
tratados sobre el gobierno] (1690), y en particular en el libro 2, capí-tulo 5
(«Of property»). Basándose en una especie de teoría del valor-tra-bajo,11 se
opuso a las ideas de Hobbes y de los autores iusnaturalistas, como Grocio y
Pufendorf, para quienes la propiedad privada habría sido instituida a través de
un acuerdo (o «contrato social») que marcaría la tran-sición de un estado de
naturaleza a la sociedad organizada, y que, por lo tanto, tendría un carácter
convencional.12
Tucker (1960)
describe excelentemente la historia del debate sobre la relación entre tipo de
interés y prosperidad entre 1650 y 1850. Dentro del debate más general sobre la
naturaleza del dinero y el funcionamiento del sistema financiero podemos
incluir los escri-tos de John Law (1671-1729), conocido sobre todo por sus
arriesgadas empresas financie-ras, que culminaron en el crac más gigantesco de
la historia; véase, sobre él, la viva y deta-llada descripción de Murphy
(1997).
Dicho con mayor
precisión, sobre la idea de que el trabajo es la fuente del derecho a la
propiedad, pero no sobre la idea de que el trabajo realizado para producir las
diferentes mercancías explica su valor de cambio. Locke tenía poco que decir
sobre la teoría de los pre-cios relativos, y sus escasas indicaciones sobre
este tema apuntan a una teoría subjetiva del valor, recalcando en este contexto
el papel de la «utilidad». Cf. Hutchison (1988), pp. 68-70.
Bedeschi
(1990), pp. 50 y ss. proporciona una clara ilustración de los argumentos de
Locke. Un aspecto innovador del análisis de Locke consiste en el hecho de que
—como obser-va Bedeschi (ibíd., p. 52)— «en la propiedad privada ya no ve algo
estático, sino algo dinámi-co, ya no algo dado de una vez para siempre, o
establecido por los hombres de común acuer-do, sino más bien algo que es el
fruto del esfuerzo y de la actividad económica del hombre. Ésta es una opinión
que se adapta muy bien a los nuevos burgueses, terratenientes y sectores
mercantiles, que experimentaban un rápido ascenso en la sociedad inglesa del
siglo XVII».
John Locke 121
Locke comenzaba su análisis reconociendo que la tierra y todas
las criaturas inferiores han sido dadas a todos los hombres en común.
Soste-nía, sin embargo, que
cada hombre tiene la «propiedad» de su propia «persona». Nadie
tiene ningún derecho más que él. Podemos decir que el «trabajo» de su cuerpo y
el «traba-jo» de sus manos son propiamente suyos. Todo lo que saque, pues, del
estado en que la naturaleza lo haya proporcionado y dejado, lo haya mezclado
con su trabajo y le haya añadido algo que es de sí mismo, constituye por ello
su pro-piedad.13
Al interpretar estos pasajes tenemos que recordar14 que el
significado que Locke atribuía a las nociones de trabajo y capital era distinto
—y más amplio-de la connotación habitual. El trabajo, en el significado que
Locke atribuía a la palabra, incluía toda clase de actividad productiva —tanto
la del empren-dedor como la del asalariado— y, por lo tanto, constituía la
fuente de toda riqueza y el deber religioso de cada individuo. De modo
semejante, Locke definía la propiedad de forma que incluía no sólo la propiedad
privada en su significado común, sino también los derechos fundamentales del
hombre: «vidas, libertades y patrimonio, lo que llamo con el nombre general de
pro-piedad».15 Sólo usando los términos trabajo y propiedad en su significado
coti-diano, más que en el sentido explícito que les da Locke en el pasaje
citado más arriba, pueden los comentaristas leer su razonamiento como orientado
esencialmente a «justificar» un sistema económico basado en la propiedad
privada de los medios de producción. Tenemos que considerar su argumen-to más
bien como una reacción frente a las tesis del «contrato social»,
parti-cularmente la de Hobbes, y ante las conclusiones a las que conducen,
favora-bles al absolutismo político. Entonces podemos ver a Locke como un defensor
de los derechos del individuo contra el Gobierno, al paso que niega que este
último deba ser identificado con un Leviatán. Esto incluía una defensa de la
propiedad privada, no sólo de los medios directos de subsisten-
Locke (1690),
p. 130: II.27. Vale la pena observar, a este respecto, que Locke se mostró
vehemente al ensalzar el trabajo como un deber moral: un deber que hacía
exten-sible incluso a los niños de tierna edad, proponiendo el látigo para
aquellos que fuesen hallados mendigando (mientras que a los adultos, junto con
un trabajo duro en casas de corrección o en el mar, incluso recomendaba que se
les cortasen las orejas). Evidentemen-te, Locke no fue el único, ni entonces ni
después, que propuso medidas de esta clase.
Cf. Deane
(1989), p. 29.
Locke (1690),
p. 180: II.123.
122 Del cuerpo
político a los cuadros económicos
cia, sino también de los medios de producción, es decir, la
tierra, que era fun-damental en un sistema económico que todavía era
predominantemente agrícola. Tenemos que recordar que Locke contemplaba la
sociedad de su tiempo con una mirada crítica, caracterizada como estaba por un
resto de ele-mentos feudales, y en la que el poder político todavía desempeñaba
un papel importante como origen (y no simplemente garantía) de los títulos de
pro-piedad, con la arbitrariedad que esto implicaba para la distribución de la
riqueza.16
De hecho, el problema consistente en proporcionar una
justificación moral de la propiedad privada no figuraba habitualmente entre los
temas considerados por los economistas de la época. Por ejemplo, Petty sólo
con-sideró el problema de analizar el funcionamiento de una sociedad basada en
la propiedad privada, como puede verse cuando proponía modificacio-nes (tales
como la institución del registro catastral) encaminadas a evitar el despilfarro
que llevaba consigo la incertidumbre sobre los títulos de pro-piedad; Smith
consideraba las instituciones legales en las que se basa la propiedad privada
como el resultado de un proceso evolutivo que, aunque no se moviera
constantemente en la dirección del progreso, es innegable que mejoraba las
cosas, favoreciendo una creciente división del trabajo y, por lo tanto,
aumentando la productividad y el bienestar. Son estos pun-tos sobre los que
volveremos en el capítulo siguiente.
En cuanto al debate sobre las relaciones entre hombre y
sociedad, pode-mos seguir a Bobbio (1989, pp. 3-10), distinguiendo dos modelos
contras-tantes: el modelo iusnaturalista y la versión aristotélica,17 basado el
primero en la dicotomía existente entre estado de naturaleza y estado civil, y
el último viendo las estructuras del gobierno moderno como resultado de un
proceso que tenía su punto de partida en la unidad social natural, esto es, la
familia.
Otra fuente de
desigualdad que Locke consideraba explícitamente es el uso del dinero, que
permite la acumulación de riqueza. El dinero no se consideraba como un
ele-mento inherente a la sociedad humana, sino como un artificio aceptado por
consenti-miento común.
Podemos ver
como una corriente lateral de este debate la abundante literatura de los siglos
XVI y XVIII sobre el «buen salvaje» y el «mal salvaje», derivada principalmente
de los descubrimientos geográficos y del contacto con los habitantes indígenas
de las nuevas pose-siones coloniales. Meek (1976) proporciona una relación de
esta literatura. En el siglo XVIII, el optimismo que caracterizaba el período
de la Ilustración favorecía la figura del «buen sal-vaje», que se convirtió en
un tema central de las opiniones antropológicas de la época.
John Locke 123
La teoría iusnaturalista contemplaba al Estado como «antítesis
del estado de naturaleza», caracterizándose este último por la máxima libertad
individual, y, por lo tanto, por una «lucha de todos contra todos», una
situación que no podía superarse como resultado de un proceso natural
inevitable, sino como una conquista de la razón que llevaba a los hombres a
asociarse según convenciones comúnmente aceptadas. Aquí tenemos uno de los
elementos más modernos de la concepción iusnaturalista: como dice Bobbio (ibíd.,
p. 4), «el consenso es el principio de legitimación de la sociedad política, a
diferencia de cualquier otra forma de sociedad natural y, en particular, de la
sociedad familiar y de la sociedad patronal».
En cambio, el modelo aristotélico comenzaba con la familia,
consi-derada como la forma natural de asociación y como una forma
histórica-mente concreta: de ella vino el Estado, que constituye la salida
natural a través de un proceso de desarrollo continuo. Como la familia de la
que provenía, el Estado —cuyos elementos constitutivos no eran individuos
aislados, sino núcleos sociales como la propia familia— tenía una estruc-tura
jerárquica natural; no un consenso, sino «la naturaleza de las cosas», era el principio
de legitimación de la sociedad política.
Como veremos con mayor detalle más adelante, es difícil
clasificar la Ilustración escocesa —que constituía los antecedentes de la
educación de Smith— dentro de esta dicotomía. En pocas palabras, la Ilustración
esco-cesa viene flanqueada por una teoría evolucionista de la sociedad y del
Estado (los «cuatro estadios» de Smith), y por una «concepción realista del
hombre en la sociedad», una visión individualista y una teoría de la
legitimación mediante el consentimiento.
Sin embargo, también en el caso de la perspectiva contractual se
con-sideró necesaria una forma de autoridad estatal para mantener unida la
sociedad. Es más, autores considerados como padres fundadores del libe-ralismo
económico como Mandeville (véase más adelante § 4.4) y, hasta cierto punto,
autores del período mercantilista, sostenían que la persecu-ción de los
intereses privados por parte de los individuos sólo puede llevar al bienestar
colectivo o al progreso si aquéllos son debidamente guiados en la dirección
correcta por una autoridad pública competente. Las teorías del peso y el
contrapeso, aplicadas no sólo (como en el caso de Montes-quieu) a las diversas
instituciones políticas que van a componer el Estado moderno, sino también a la
interacción entre pasiones e intereses, pueden
124 Del cuerpo
político a los cuadros económicos
contemplarse bajo esta luz: como veremos en el capítulo
siguiente, la fusión smithiana de interés individual y «moral de simpatía»
constituyó un interesante desarrollo de esta línea de razonamiento.
4.3. Las motivaciones
y consecuencias de las acciones humanas
A lo largo de los siglos, los principales científicos sociales
del mundo (Maquiavelo no menos que Mandeville o Smith, Beccaria y Verri tanto
como Bentham y John Stuart Mill) han emprendido el análisis del com-portamiento
humano y del funcionamiento de la sociedad a partir de dos preguntas clave. La
primera pregunta versa sobre los impulsos que dirigen las acciones humanas,
mientras que la segunda aborda las consecuencias que para la sociedad tienen
las motivaciones más o menos radicalmente egocéntricas, o en otras palabras,
las motivaciones que no van directa-mente dirigidas al buen funcionamiento de
la sociedad o al bienestar colectivo.
No es difícil apreciar la importancia de la primera pregunta
cuando el análisis pasa de «lo que debe ser» a «lo que es». En la Edad Media,
como vimos más arriba, la idea predominante era que el comportamiento huma-no
debe guiarse por los fines divinos y que toda acción o pensamiento contrario a
esta idea debe erradicarse, no sólo como algo pecaminoso, sino también como
algo absurdo. La definición de comportamiento «recto», se extendió desde el
correctamente practicado por el individuo, hasta el com-portamiento que la
propia sociedad imponía, condenando los casos de desviación. Con estos
elementos, atribuir autonomía a «lo que es» signifi-ca legitimar los
comportamientos que no se ajustan a los preceptos de la ética religiosa,
reconociendo su difusión y, por lo menos en algunos casos, su conveniencia.
Maquiavelo, como vimos más arriba (§ 3.3), abandonó radicalmente
la concepción medieval, mientras que la cultura de la Reforma protestan-te
eligió una posición intermedia, que Weber (1904-1905) consideró fun-damental
para el nacimiento del capitalismo, dado que reconocía legiti-midad a las
acciones encaminadas al enriquecimiento individual. El punto fuerte de la
visión protestante reside precisamente en el hecho de que evi-
Las motivaciones y consecuencias de las acciones humanas 125
taba la oposición entre los intereses individuales y colectivos,
conciliando el reconocimiento del papel de los intereses individuales como
fuerza para la acción constructiva y la conservación de un principio de juicio
moral, considerando las distintas motivaciones para actuar y teniendo en cuenta
la discriminación entre acciones destructivas y constructivas. Ésta era una
solución muy semejante a la que Smith iba a proponer con su defensa simultánea
del mercado y de la «moral de simpatía».
Naturalmente, reconocer que los seres humanos no siguen
únicamen-te la guía de los mandamientos religiosos no significa que se niegue
todo papel a éstos; así, estamos tratando de la presencia simultánea de muchas
y variadas motivaciones que subyacen en el comportamiento humano. El debate
sobre tales motivaciones fue mucho más complejo de lo que podría parecer a
juzgar por la forma en que también se presenta a menudo, en tér-minos de
oposición entre comportamiento egoísta y altruista.
Los motivos de la acción humana se resumen en dos términos,
pasio-nes e intereses, cada uno de los cuales abarca, de hecho, toda una serie
de elementos específicos que no pueden reducirse a un común denominador. La
distinción apunta a la presencia simultánea, en el comportamiento humano, de
elementos instintivos o de costumbre —y en cualquier caso a-racionales (aunque
no necesariamente irracionales)— y de elementos que implican elecciones
razonadas, pero que ciertamente no pueden redu-cirse a una simple cuestión de
maximizar la riqueza o la renta. Debiéramos recordar que en una época de
incertidumbres que provocan unas grandes repercusiones, el espacio para el
comportamiento racional no es desde luego omnicomprensivo, mientras que el
papel de las pasiones sigue sien-do importante.18
En general, sin embargo, los que escribían sobre cuestiones
económi-cas tendían a ser racionalistas, tanto en el sentido de razonar sobre
las posi-bles consecuencias de las diferentes clases de comportamiento,
formando juicios de valor sobre ellas mediante la evaluación de sus
consecuencias, como en el sentido de atribuir el mismo canon de comportamiento
a los agentes objeto de sus análisis.
Hemos de
recordar la importancia del «proceso de civilización» estudiado por Elias
(1939), aunque la distinción que hizo Hirschman (1977) entre pasiones e
intereses es, de hecho, algo diferente.
126 Del cuerpo
político a los cuadros económicos
Volvamos ahora a la segunda pregunta, relativa a las
consecuencias de un comportamiento individual motivado por las pasiones e
intereses indi-viduales. Como veremos con mayor detalle en el siguiente
apartado, se le dio una respuesta un tanto optimista: bajo ciertas condiciones,
y, hablan-do con más precisión, cuando la interrelación entre las diferentes
pasiones e intereses genera una dirección constructiva, las acciones
individuales que no persiguen como objeto directo el bien público pueden tener,
sin embargo, consecuencias sociales positivas.
Además, las mismas conexiones sociales que se desarrollan entre
los que participan en una economía de mercado desempeñaban un papel
civi-lizador, dado un concepto de civilización que implica la capacidad de
con-servar cierto control moral sobre las pasiones e intereses propios, a la
hora de elegir entre líneas de comportamiento alternativas. En el siglo XVIII,
la idea de un papel civilizador del comercio —la idea del doux commerce— se
sobrepuso a la tesis de que el comercio tenía una influencia destructiva de la
cohesión social.19
La idea del doux commerce estaba relacionada, entre otras cosas,
con «la idea de un orden social perfectible [que] surgió aproximadamente en la
misma época que la de los efectos no planeados de las acciones y deci-siones
humanas».20 Montesquieu, Condorcet, Paine y muchos otros expli-caron las
virtudes del comercio, seguidos en esto por Hume y Smith. Todos ellos
compartían
Hirschman
(1982) propone la oposición entre Interpretaciones rivales de la socie-dad de
mercado: ¿civilizadora, destructiva o débil? Lo que Hirschman define como «la
tesis de la autodestrucción» puede ejemplificarse recordando a Schumpeter y
Hirsch en el siglo XX, a Marx y Engels en el XIX y, en la década de 1830, la
reacción conservadora a Walpole y al gobierno whig favorable al progreso de la
sociedad de mercado. En particular, «Fred Hirsch trata largamente lo que llamó
“el agotamiento del legado moral” del capitalismo. Sostiene que el mercado
socava los valores morales que constituyen sus propios puntales esenciales,
valores que ahora se dice que han sido heredados de regímenes socioeconómi-cos
anteriores, tales como el orden feudal» (ibíd., p. 1466; cursiva en el
original); «Marx y Engels hicieron gran parte del camino en el que el
capitalismo corroe todos los valores e instituciones tradicionales como el
amor, la familia y el patriotismo. Todo se transformó en comercio, todos los
vínculos sociales se disolvieron en el dinero. Esta percepción no es de ningún
modo original de Marx» (ibid., p. 1467). Sobre Schumpeter cf. más adelante
15.4.
Hirschman
(1982), p. 1463.
Bernard de Mandeville 127
la idea persistente de que una sociedad en la que el mercado
asume una posi-ción central […] no sólo producirá una considerable riqueza neta
a causa de la división del trabajo y el consiguiente progreso técnico, sino que
generaría […] un tipo humano «refinado»: más honesto, de confianza, ordenado y
discipli-nado, así como más amistoso y servicial, siempre dispuesto a encontrar
solu-ciones a los conflictos y un punto de encuentro para opciones opuestas. A
su vez, un tipo semejante facilitará en gran manera el funcionamiento suave del
mercado.21
En el siglo XVIII una interpretación básicamente optimista como
ésta predominó en la vía seguida por una sociedad basada en la división del
tra-bajo y en el mercado. Tal visión optimista era intrínseca al espíritu de la
época, y en particular a la cultura de la Ilustración y su fe en el triunfo de
la Razón. Sin embargo, la idea de una sociedad progresiva no procede, como
efecto de una causa, de la esperanza en la difusión del comporta-miento
individual guiado cada vez más estrechamente por la razón y cada vez menos por
las pasiones. Más bien, el vínculo causal operaba en la dirección opuesta,
desde el progreso económico y social adquirido por una sociedad dirigida por el
espíritu del comercio, y, por lo tanto, por motiva-ciones individualistas,
hacia una creciente civilización cultural en la que el interés personal no
estaba tan superado, cuanto adecuadamente canaliza-do, hacia el progreso
colectivo.
4.4. Bernard de
Mandeville
Nacido en una familia de doctores, y doctor él mismo, el
holandés Bernard de Mandeville (1670-1733) fue bautizado en Rotterdam,
fre-cuentó la escuela de Erasmo y después la Universidad de Leyden, obte-niendo
el título de doctor en medicina en 1691. Poco después se trasladó a Londres,
donde residió hasta su muerte.22
Su primera publicación data de 1703: una traducción inglesa de
algu-nas fábulas de La Fontaine, a las que añadió un par escrito por él. En
1705
Ibíd., pp.
1465-1466. La Ilustración del siglo XVIII compartía con el humanismo del siglo
XV una visión optimista de la naturaleza humana, pero sustituía la idea de su
inva-riabilidad a lo largo del tiempo por la idea de su perfectibilidad.
Sobre la vida y
obras de Mandeville, cf. Kaye (1924).
128 Del cuerpo
político a los cuadros económicos
se publicó anónimamente un pequeño poema de unas pocas páginas,
The grumbling hive: or, knaves turn’d honest [El panal rumoroso: o los bribones
se vuelven honrados]. Este poema constituyó el núcleo de su conocida obra The
fable of the bees: or, private vices, publick benefits [La fábula de las
abe-jas: o vicios privados, beneficios públicos], que apareció con este título
y un comentario en prosa en 1714, seguida de una edición ampliada en 1723. Por
su «impiedad», la publicación fue criticada por el Gran Jurado de Middlesex; la
defensa de Mandeville contra estas acusaciones se incluyó en las siguientes
ediciones (1724, 1725, 1728, 1729, 1732). En 1728 se publi-có una segunda parte
de la obra, que apareció en sucesivas ediciones en 1730 y 1733. A partir de una
nueva edición de 1733, las dos partes fueron publicadas conjuntamente, como dos
volúmenes de la misma obra, que fueron reeditados en la edición crítica de 1924
realizada por Kaye.23 La obra circuló ampliamente y dio origen a un acalorado
debate, en el que el propio autor tomó parte con las sucesivas ediciones
ampliadas.
Educado en un entorno cultural que se encontraba entre los más
pro-gresistas de la época, en su obra el doctor holandés abordó algunos temas
característicos del pensamiento libertino de los siglos XVII y XVIII, tratan-do
lo que era visto como un conflicto irreconciliable entre el criterio rigo-rista
y el criterio utilitarista en las elecciones que concernían al comporta-miento
humano. De modo más específico, la polémica de Mandeville estaba dirigida
contra Shaftesbury, un autor que también fue criticado —y bastante— por Smith
en su Teoría de los sentimientos morales. Shaftes-bury defendía la idea de una
armonía universal en la que coincidían el Bien y la Belleza.24 En opinión de
Mandeville, tenemos que reconocer que
Entre los otros
escritos, menos importantes, de Mandeville, podemos mencionar los Free thoughts
on religion [Pensamientos libres sobre la religión], fechados en 1720, y A
letter to Dion [Carta a Dion], fechada en 1732. Sobre esta última, véase la
introducción de Viner (1953), criticando la interpretación —difundida, aunque
con escaso apoyo filológi-co— que hace de Mandeville un teórico del
laissez-faire.
Para su
interpretación cf. Scribano (1974). Anthony Ashley Cooper, tercer conde de
Shaftesbury (1671-1713), alumno de Locke, miembro del Parlamento de 1695 a
1699, que después se retiró a vivir en Italia a consecuencia de problemas de
salud, fue el autor de tres volúmenes sobre Characteristics of men, manners,
opinions, times [Características de hombres, costumbres, opiniones, tiempos]
(1711), en los que sostenía que el hombre está dotado de un «sentido moral»
innato que le permite distinguir entre la verdad y el error. Francis Hutcheson,
profesor de Smith del que trataremos más adelante (§ 4.9), le apoyó contra
Mandeville.
Bernard de Mandeville 129
el hombre se guía generalmente por pasiones e intereses que
están centra-dos en sí mismo y no se orientan —o por lo menos, no de modo
direc-to— al bien de la sociedad. Sin embargo, el resultado final de una
socie-dad en la que predomina el comportamiento egoísta puede ser el bien
colectivo: los «vicios privados» pueden convertirse en «virtudes públicas».
Sin embargo, es simplista y ciertamente erróneo sintetizar las
ideas de Mandeville en la conocida fórmula «vicios privados = virtudes
públicas». El comportamiento egoísta podría llevar, decía él, pero no llevaría
necesa-riamente al bien colectivo. De hecho, todo dependía de la capacidad de
quienes estaban en el poder para explotar la presencia simultánea de las
diferentes pasiones que se hallan en la raíz de la acción humana, sin
anu-larlas nunca, sino canalizándolas en la dirección correcta. «Los vicios pri-vados,
mediante la dirección hábil de un político diestro, pueden conver-tirse en
beneficios públicos».25 Así, Mandeville no puede considerarse un partidario del
«vicio» tout court (teniendo en cuenta, además, que éste no era entendido como
un comportamiento antisocial, sino simplemente como la persecución de
motivaciones individuales): él sostenía que debe-mos reconocer la existencia
del vicio como una cuestión de hecho, porque sólo de este modo podremos obtener
resultados positivos.
Mandeville contraponía la sociedad tradicional, a pequeña
escala, donde cualquiera podía ver lo que el otro iba a hacer, con la sociedad
mer-cantil basada en la división del trabajo y, por lo tanto, necesariamente a
una escala mayor: además, puesto que la división del trabajo favorecía el
progre-so técnico, la sociedad es tanto más rica cuanto más amplia. En su
opinión, era la primera forma de sociedad la que fue idealizada por moralistas
como Shaftesbury, adoptando una visión equívocamente optimista de ella. Los
miembros de una tal sociedad, afirmaba Mandeville,
no tendrán artes o ciencias, y estarán tranquilos solamente
cuando sus vecinos los dejen en paz; deben ser pobres, ignorantes y estarán
privados casi por com-pleto de lo que llamamos comodidades de la vida, y todas
las virtudes cardi-nales juntas no lograrán procurarles una mediana chaqueta o
un puchero de avena, porque en este estado de indolencia y de estúpida
inocencia no debéis temer grandes vicios, pero tampoco podéis esperar virtudes
notables. El hom-bre sólo se compromete cuando es estimulado por sus deseos.26
Mandeville
(1714), vol. 1, p. 369.
Mandeville
(1714), vol. 1, pp. 183-184.
130 Del cuerpo
político a los cuadros económicos
Es en la gran sociedad mercantil donde el comportamiento de los
hombres está dirigido por motivaciones individualistas, que favorecen el
progreso de la riqueza y con él el verdadero enriquecimiento de la
perso-nalidad humana, su crecimiento cívico.
Evidentemente, esto significa que existían reglas del juego
estableci-das de antemano: como escribió Viner, «la disciplina sancionada por
la ley positiva e impuesta por un gobierno era esencial para que una socie-dad
próspera y floreciente procediese de comunidades de individuos que persiguiesen
enérgicamente su propio interés».27 Junto con las leyes, eran importantes la
educación y el hecho de estar acostumbrados a la vida de comunidad, puesto que
por medio de aquéllas pueden dirigirse las dife-rentes pasiones hacia el bien
colectivo.28 En cierto sentido, la interacción entre las pasiones bien
equilibradas constituía una especie de «mano invisible» que garantizaba el
progreso de la sociedad, aunque éste no fuera el objetivo inmediato de las
acciones individuales. Esta mano invi-sible no era, sin embargo, un resultado
necesario de las acciones indivi-duales: era en sí misma una construcción
consciente, a través de la cual se manifestaban las capacidades de los
responsables del gobierno de la sociedad.29
Viner (1953),
p. 185.
Tratando otro
tema característico del pensamiento libertino, Mandeville observó la
variabilidad de los hábitos morales y sexuales y de las convicciones religiosas
y políticas (como lo testimonian numerosos relatos de viajes por tierras
lejanas, un género literario ampliamente difundido en la época). Esto implicaba
la negación de la idea de una convic-ción moral innata en los hombres,
correspondiente a las opiniones dominantes (el consen-sus gentium). Por lo
tanto, las nociones de justo e injusto son fruto de la educación y de la vida
en sociedad. Sobre esto, cf. Scribano (1974), pp. XX-XXI.
Ésta no es
ciertamente una posición aislada en la historia del pensamiento eco-nómico: en
su razonabilidad, fue propuesta una y otra vez por diferentes autores y en
diferentes épocas. Por ejemplo, ha vuelto a aparecer en las tesis gradualistas
acerca de la transición de las economías planificadas a las de mercado, después
de la caída del muro de Berlín en 1989. Pero ya en el siglo XVI fue
explícitamente propuesta por el autor anó-nimo de un sutil diálogo, en el que
se sostenía que los hombres persiguen el interés per-sonal, pero que esto no
tenía que ser en perjuicio de otros, y se aseguraba que tal resul-tado es el
verdadero problema de la política: «es beneficioso para todo el reino lo que es
beneficioso para cada uno en particular, de manera que no perjudique a ningún
otro»; «no les es lícito obtener un beneficio propio de aquello que puede dañar
a otros; pero el problema radica en la manera de persuadirlos a no hacerlo»
(Anónimo, 1549, pp. 51 y 50).
Richard Cantillon 131
4.5. Richard Cantillon
Para muchos economistas la publicación de La riqueza de las
naciones de Smith, señala la fecha de nacimiento de la ciencia económica,
mientras que Marx fue todavía más atrás, aclamando a Petty como padre de la
eco-nomía política. Jevons (1881) se detuvo a medio camino; para él, el
fun-dador de la economía política fue un banquero internacional, Richard
Cantillon. Parece que nació en Irlanda, pasó la mayor parte de su vida en París
y fue asesinado en Londres en 1734.30 Fue el autor de un Ensayo sobre la naturaleza
del comercio en general, escrito probablemente entre 1728 y 1734, y publicado
póstumamente en francés en 1755, después de haber sido abundantemente plagiado
en inglés por Postlethwayt,31 después de que una copia manuscrita del ensayo
hubiera permanecido durante dieci-séis años en manos del marqués de Mirabeau,
que parece haber tenido intención de utilizarlo de la misma manera.32 La
influencia de Cantillon sobre Quesnay y los fisiócratas fue efectivamente
profunda.
El Ensayo posee una admirable densidad y sigue un riguroso
esquema lógico; se compone de tres partes, la primera se refiere a la
organización interna del sistema económico, la segunda forma un tratado breve
pero impresionantemente lúcido sobre dinero y circulación monetaria interior, y
la tercera es un tratado sobre comercio exterior y cambios, todo lo cual
muestra claramente la familiaridad del autor con tales temas, en particu-lar
con los mecanismos de las finanzas internacionales.33 El texto fue segui-
Murphy (1986,
pp. 282-298), sin embargo, recalca las dudas que rodean esta his-toria,
recordando la sospecha de que Cantillon lo hubiera organizado todo para huir al
extranjero sin ser buscado.
Malachy
Postlethwayt (1707-1767), mencionado anteriormente, es conocido como autor de
un monumental Universal dictionary of trade and commerce (1751-1755). El Ensayo
de Cantillon fue incluido en él casi en su totalidad, copiado probablemente de
un texto original inglés que se ha perdido.
L’Ami des
hommes, que Mirabeau publicó en 1756 y que tuvo un enorme éxito —más de
cuarenta ediciones en pocos años, y muchas traducciones—, era, de hecho, sobre
todo un comentario del libro de Cantillon, enriquecido con abundantes dosis de
retórica.
Posteriormente, diversos autores, incluido Beccaria, utilizaron
a Cantillon, a menudo sin admitir su fuente.
Cantillon se
había enriquecido especulando primero en el plan de John Law (la «burbuja del
Misisipí»), del que había previsto los éxitos iniciales y el inevitable
hundi-miento final, a continuación en cambios en un período de fuertes
movimientos de capital entre Francia, Holanda e Inglaterra, y finalmente en las
bolsas de Ámsterdam y Londres (la «burbuja de los Mares del Sur»). Murphy
(1986) presenta un fascinante relato de la vida aventurera de Cantillon, así
como una introducción a su pensamiento.
132 Del cuerpo
político a los cuadros económicos
do por un apéndice estadístico, que posteriormente se perdió, y
que pro-bablemente contenía ejercicios de aritmética política en la línea de
Petty, como podemos conjeturar a partir de las referencias a él que figuran en
dicho texto.
Parece que Cantillon atribuía a estos cálculos aritméticos una
menor importancia que Petty, considerándolos instrumentos aproximados para
describir la realidad y descubrir una clave interpretativa, más que para
re-velar leyes cuantitativas subyacentes.34 En cualquier caso, tomó una serie
de elementos de Petty, y, en primer lugar, la idea de un «cuerpo político»
capaz de obtener un producto excedente por encima de los requisitos de medios
de producción y subsistencia. Sin embargo, mientras que Petty parece haber
atisbado que la conexión entre las diferentes partes del «cuer-po político»
residía principalmente en el hecho de que están sujetas a un único poder
estatal, Cantillon la vio como algo que derivaba del proceso de circulación de
mercancías. En realidad, la idea aparecía también en Petty cuando comparaba el
dinero con la grasa del cuerpo humano, y las mercancías con la sangre (cf. más
arriba § 3.3). Sin embargo, Cantillon fue el primero en destacar explícitamente
el vínculo entre los procesos de circulación de mercancías y de producción.
La primera parte del Ensayo de Cantillon es la más interesante y
reve-la el papel decisivo que desempeñó en el camino que va de Petty a Ques-nay
y Smith. Evidentemente, las conexiones entre estos autores serán interpretadas
según el punto de vista que se adopte sobre la ciencia eco-nómica. Por ejemplo,
según Jevons, Cantillon fue un predecesor de las teorías modernas, sobre todo
por su dicotomía entre el valor de mercado y el «valor intrínseco» (que Jevons
identificaba con la contraposición entre una teoría de precios basada en la
oferta y la demanda y otra basada en el coste de producción).35 Por el
contrario, como hemos visto, Cantillon
En cierto
sentido, Cantillon se asemeja a Keynes por su conciencia de la comple-jidad de
la vida real, que requiere simplificaciones basadas en fundamentos racionales,
y por la importancia atribuida al juicio práctico con respecto a la posibilidad
de que en casos específicos los elementos no contemplados en la teoría (esto
es, en la reconstrucción racio-nal y simplificada de la realidad) pueden
mostrarse relevantes y conducir a resultados dis-tintos de los previstos por la
propia teoría.
Jevons (1881),
p. 345. De hecho, como Smith iba a hacer más tarde, Cantillon identificó los
precios de mercado con los precios reales, influidos por elementos
contingen-tes sintetizados en los términos oferta y demanda, que no pueden
someterse a tratamiento
Richard Cantillon 133
seguía la senda inaugurada por Petty, contribuyendo a la
especificación de los conceptos básicos utilizados por las siguientes
generaciones de econo-mistas en sus sistemas analíticos, en primer lugar por
Quesnay.
Concentremos nuestra atención en dos elementos del pensamiento
de Cantillon: las categorías conceptuales adoptadas para subdividir la
econo-mía sobre la base de la localización, sector y clase social, y la teoría
del valor, que podemos denominar teoría del valor-tierra.
En lo relativo al primero de estos dos elementos, Cantillon
asociaba la división en sectores (agricultura, sector artesano, comercio) con
la divi-sión en clases sociales (campesinos, artesanos, comerciantes y nobleza)
y la organización geográfica de la sociedad (campo, pueblos, ciudades). Se
observará que Cantillon no seguía la moderna división de la economía en
sectores (agricultura, industria y servicios) y clases sociales (trabajadores,
capitalistas, terratenientes), pero ello no quita relevancia a su visión de las
interconexiones entre los diferentes puntos de vista que podemos adop-tar en un
sistema económico (los de la división en sectores, o en clases sociales, o en
áreas geográficas que pueden considerarse internamente homogéneas).
Evidentemente, esto no significa que establecer una corres-pondencia directa
entre las diferentes clasificaciones sea la mejor manera de representar la
economía.36 En cualquier caso, como veremos en el siguiente apartado, la
conexión entre la división de la sociedad en clases y en sectores fue adoptada
por Quesnay y los fisiócratas. Después, sin embargo, por lo menos desde Smith,
la división en clases sociales (traba-jadores, capitalistas, terratenientes)
iba a ser autónoma respecto de la división en sectores, que no llegó a
desarrollarse del todo, y de la división geográfica, que continuó en segundo
plano y que a menudo se redujo a la dicotomía ciudad-campo. La naturaleza
autónoma de las diferentes cla-
teórico: cf. más adelante § 5.6. También han surgido conflictos
interpretativos semejantes a cuenta de otros aspectos de la obra de Cantillon:
por ejemplo, su tratamiento de los cam-bios ha sido visto como una anticipación
de la teoría de Hume sobre un mecanismo reequilibrador automático de la balanza
comercial, y de la teoría keynesiana del papel pre-dominante de los movimientos
de capitales en la determinación de los tipos de cambio.
Una vía de
progreso para la ciencia económica la constituye la separación de los
problemas, puesto que sólo una adecuada especificación de un problema permite
su solu-ción. En el caso de Cantillon, como en el de los fisiócratas, la
cuestión de la estructura social se confunde con los asuntos de la subdivisión
en sectores y de la distinción entre tra-bajo productivo e improductivo.
134 Del cuerpo
político a los cuadros económicos
sificaciones, correspondiente a los diferentes puntos de vista
desde los que puede estudiarse el sistema económico, no debe hacernos perder de
vista, sin embargo, las conexiones que existen entre ellos. Tales
clasificaciones no son sino una herramienta de análisis, con una validez
históricamente relativa.
El segundo elemento en el análisis de Cantillon que
consideraremos es su teoría del valor. En este aspecto, Cantillon se refería
directamente al pensamiento de Petty (cf. más arriba § 3.5), del que él
(Cantillon, 1755, p. 27; íd., trad. cast.) adoptó la tesis principal: «El
precio y el valor intrín-seco de una cosa en general es la medida de la tierra
y del trabajo que inter-viene en su producción».
Sin embargo, con respecto a la ecuación entre trabajo y tierra,
el cri-terio propuesto por Petty era criticado como «arbitrario y alejado de
las leyes de la naturaleza»: «no ha tenido en cuenta las causas y principios,
sino tan sólo los efectos, lo mismo que ha ocurrido con Mr. Locke, Mr. Davenant
y todos los demás autores ingleses que han escrito sobre la mate-ria» (ibíd.,
p. 43; p. 36, trad. cast.).
En otras palabras, Cantillon parece haber comprendido las
limita-ciones de la solución propuesta por Petty, basada en la productividad
relativa («los efectos») de los procesos que utilizan alternativamente tra-bajo
o tierra, lo cual implicaba, o técnicas con un solo medio de pro-ducción, o un
razonamiento circular. La solución propuesta por Canti-llon era, de hecho, más
coherente con el enfoque objetivo de la teoría clásica de los precios: el
trabajo se reduce a su coste de producción. En palabras de Cantillon (ibíd., p.
35; pp. 31-32, trad. cast.), «el trabajo cotidiano del esclavo más vil
corresponde en valor al doble del produc-to de la tierra de que subsiste»; de
hecho, aparte de la subsistencia del trabajador necesitamos calcular un coste
igual para la subsistencia de dos niños, de modo que se asegure la sustitución
del trabajador cuando ter-mine su vida productiva, teniendo en cuenta las
condiciones de morta-lidad de la época.37
Ibíd., pp.
31-37. A causa de este enfoque, Cantillon parecía anticipar el tratamien-to
marxiano del valor de la fuerza de trabajo (cf. más adelante § 9.4), con la
diferencia de que Marx redujo el valor de la fuerza de trabajo a la cantidad de
trabajo necesaria para pro-ducir los medios de subsistencia de los
trabajadores, y Cantillon a la cantidad de tierra.
Richard Cantillon 135
Así, Cantillon tomó en consideración un elemento autosuficiente
de un sistema económico vital, en el que la tierra es el único medio de
pro-ducción no producido y en el que el producto neto corresponde a los medios
de subsistencia requeridos para el mantenimiento de un trabajador y dos niños:
el valor de un trabajador corresponde, entonces, a la cantidad de tierra
utilizada en tal subsistema.
Debemos observar, sin embargo, que la tierra no produce nada por
sí misma; aunque todos los demás medios de producción se reproduzcan dentro del
mismo período, no es posible iniciar la producción sin ellos. La misma
existencia del producto depende, por lo tanto, de la disponibilidad de todos
los medios de producción existentes al comienzo del período, incluidos los
trabajadores; como la teoría de Petty, Cantillon también planteó la pregunta.
Sin embargo, Cantillon parecía estar buscando no tanto la determinación de
tasas de intercambio (que, de hecho, se supo-nen dadas) cuanto una solución al
problema de las causas del valor. En este aspecto, la línea seguida por
Cantillon, es decir, la reducción del trabajo a su coste de producción (a la
que, como vimos antes, hizo alusión Petty cuando afirmó que «el alimento diario
de un hombre adulto, en prome-dio, […] es la medida común del valor»),38
llevaría a una teoría del valor-tierra pura, dado que la tierra se mantendría
como el único factor original de producción no reproducible que crea valor.39
De hecho, Cantillon no sostenía una teoría del valor de esta clase, que habría
implicado atribuir a la tierra sola la capacidad de crear valor, sino que la
dirección en la que se movía preparó indudablemente los antecedentes del
pensamiento fisiócra-ta, que será objeto de consideración en el próximo
apartado.
Otro aspecto del pensamiento de Cantillon que es susceptible de
diversas interpretaciones radica en el papel director que atribuyó al consu-mo
de lujo de la clase superior. Por una parte, se le considera un elemento de
modernidad, semejante al papel de los artículos de demanda autónoma
(particularmente, inversiones) en el sistema keynesiano: como afirma el título
del capítulo 12 de la primera parte, «Todas las clases y todos los hom-bres de
un Estado subsisten o se enriquecen a costa de los propietarios de
Petty (1691a),
p. 181. Cf. más arriba § 3.5.
Así, Brewer
(1988; 1992), interpreta la teoría de Cantillon, traduciéndola en tér-minos de
un modelo formalizado.
136 Del cuerpo
político a los cuadros económicos
tierras».40 Sin embargo, por otra parte y tal vez de modo más
adecuado, es visto como un residuo del sistema feudal, precisamente porque
concentra-ba la atención en el consumo de las clases propietarias, mientras que
igno-raba el papel dinámico asumido por las inversiones industriales en el
capi-talismo.41 En cualquier caso, esta idea constituyó uno de los principales
elementos de la influencia de Cantillon sobre la escuela fisiocrática.42
Por otra parte, los fisiócratas no iban a adoptar la teoría de
las «tres rentas», que, sin embargo, reaparecería posteriormente en una forma
modificada dentro de la tradición clásica. En opinión de Cantillon, la pri-mera
renta era la parte del producto que el granjero utilizaba para afron-tar los
costes de producción, incluida la subsistencia de los trabajadores; la segunda
renta constituía el ingreso de los granjeros, correspondiendo a lo que hoy
llamaríamos el beneficio de los empresarios agrícolas;43 mien-tras que la
tercera renta era la que iba al terrateniente por el uso de su tie-rra. En
palabras de Cantillon: «Los granjeros retienen ordinariamente los dos tercios
del producto de la tierra, uno para los gastos y sustento de quie-nes les
ayudan, y otro como beneficio de su empresa […] El propietario recibe
ordinariamente el tercio del producto de su tierra».44
Cantillon
(1755), p. 43; p. 36, trad. cast. Cf. Giacomin (1996).
Cf. Brenner
(1978), p. 122.
De todas
maneras, ésta es una idea que ya estaba presente en la literatura de la época;
por ejemplo, en un autor «liberal» como Boisguillebert: cf. más arriba § 4.1.
De hecho, el tema del consumo de lujo fue ampliamente debatido en los siglos
XVII y XVIII, aunque ya no en las líneas antiguas y medievales de un tema moral
relativo a la corrección de la búsqueda de la riqueza material. En el período
ahora considerado se prestaba aten-ción más bien a temas tales como el papel
del consumo de lujo como componente de la demanda (con la distinción entre
consumo de artículos de lujo producidos en el propio país o importados), y, por
lo tanto, como estímulo a la producción y al empleo, o (como veremos más
adelante, § 4.9, con respecto a Hume) como un factor positivo para el
«refi-namiento» de los seres humanos y como estímulo a la industria. Estas
ideas eran utilizadas, en animados debates, en oposición a la repetición de
opiniones tradicionales, antiguas y medievales, pero también en oposición a los
puntos de vista calvinistas y puritanos.
«El colono es
un empresario que promete pagar al propietario, por su granja o su tierra, una
suma fija de dinero […] sin tener la certeza del beneficio que obtendrá de esta
empresa» (Cantillon, 1755, pp. 47-49; p. 39, trad. cast.).
Ibíd., pp.
43-45; p. 37, trad. cast. Cf. también ibíd., p. 121; p. 82, trad. cast.: «En
Inglaterra es opinión general que un colono debe velar por la existencia de
tres rentas: 1) la renta principal y verdadera, pagada al propietario, y que se
supone igual, en valor, al pro-ducto del tercio de su granja; 2) una segunda
renta para su mantenimiento y el de los hom-bres y animales de labor de que se
sirve para cultivar sus tierras; y, por último, 3) una ter-cera renta que
retendrá en su poder para que su empresa sea rentable.» Recordemos en este
aspecto que según Schumpeter (1954, p. 222; p. 265, trad. cast.), fue un gran
mérito de Cantillon haber reconocido «la función empresarial y su importancia
central».
Richard Cantillon 137
Los beneficios del empresario agrícola (el tipo dominante de
capita-lista, en una época en la que el sector agrícola predominaba en la
econo-mía y las manufacturas se caracterizaban por la producción artesana) se
consideraban conjuntamente con la renta en sentido estricto. Así, los
beneficios no se relacionaban todavía con los adelantos de capital a fin de
generar la idea de un tipo uniforme de rendimiento (tipo de beneficio). También
este aspecto puede entenderse mejor si recordamos la fuerza limi-tada de la
competencia en las condiciones de la época, como puede verse, entre otras
cosas, en determinados pasajes del Ensayo sobre la relación entre tipos de
interés y tipos reales de rendimiento, donde la amplia dispersión de los
rendimientos en diferentes actividades y, con carácter más general, en
diferentes circunstancias es del todo evidente.
A los capitalistas les atribuía un papel importante:
El número de los poseedores de dinero en un gran Estado es, a
menudo, bastante considerable; y aunque el valor de todo el dinero que en el
Estado cir-cula apenas excede en la actualidad de la novena o la décima parte
del valor del producto que se saca de la tierra, sin embargo, como los
poseedores de dinero prestan sumas de las cuales obtienen interés […] las sumas
que se les deben exceden, con frecuencia, las disponibilidades monetarias del
Estado, y a menu-do se convierten en un estamento tan importante que en ciertos
casos rivali-zarían con los propietarios de tierra, si éstos no fueran con
frecuencia, a la vez, propietarios de dinero, y si los poseedores de grandes
caudales no tratasen siempre, también, de convertirse en propietarios de
tierras.45
Las ideas de Cantillon sobre el dinero se parecían mucho a las
de Petty: el dinero es necesario para la circulación de las mercancías, pero
los meta-les preciosos no se confunden con la riqueza; la cantidad de dinero
reque-rido para el buen funcionamiento de la economía depende del valor de los
intercambios y de la velocidad de circulación de la propia moneda. Ade-más,
según Cantillon, el tipo de interés depende de la proporción entre la demanda y
la oferta de fondos prestables, y asimismo no está directa y estrictamente
relacionado con la oferta de dinero.46 El valor del dinero (y,
Cantillon
(1755), p. 57; p. 44, trad. cast. Debe recordarse que, como católico,
Can-tillon tenía prohibido adquirir tierra en Inglaterra, y que los últimos
años de su vida inten-tó de varias maneras conseguir la exención de esta norma:
durante mucho tiempo, las insti-tuciones de propiedad privada han coexistido,
en el caso de la tierra, con restricciones de transferibilidad de la propiedad
encaminadas a salvaguardar la estructura social tradicional.
Para una
ilustración de la posición de Cantillon en el debate de la época sobre este
tema, cf. Tucker (1960), cap. 2.
138 Del cuerpo
político a los cuadros económicos
por lo tanto, a la inversa, el nivel general de precios) depende
esencialmen-te de sus costes de producción, como en Petty, y a diferencia, por
ejemplo, de la posición adoptada por Locke, que se centró en la demanda y la
ofer-ta. Sin embargo, esto es algo que influye, pero no determina, la
valoración del dinero que efectúa el mercado, la cual puede discrepar de su
«valor». En esta evaluación tienen una notable importancia, entre otras cosas,
los ele-mentos que se consideraba que influían en la velocidad de circulación
del dinero: las instituciones y hábitos financieros —por ejemplo, la existencia
de acuerdos de compensación— y el crédito comercial. Además, los fenó-menos
monetarios influían sobre distintos bienes de diversas maneras. Can-tillon
parece haberse sentido a sus anchas examinando estas relaciones, dado que
tenían mucho que ver con sus actividades como banquero, las cuales, sin
embargo, no ilustró: su Ensayo era, indudablemente, un tratado económico, no un
tratado sobre banca y técnica financiera, aunque no podemos dejar de observar
el notable espacio que ocupan los temas mone-tarios y el poco —de hecho, casi
nada— que se dedica a los temas fiscales, tan importantes en los debates de la
época. Los asuntos monetarios, tanto nacionales como internacionales, también
fueron tratados de un modo lógicamente más riguroso, de modo que el discurso
parece sencillo y en algunos puntos incluso obvio. En general, está claro que
incluso en su forma manuscrita esta obra ejerció un profundo impacto en sus
lectores.
4.6. François Quesnay
y los fisiócratas
Los fisiócratas (o les économistes, como se solían llamar a sí
mismos) fueron un grupo muy compacto y combativo de economistas franceses
agrupados en torno a François Quesnay (1694-1774), médico de Mada-me de
Pompadour en la corte de Luis XV. Los fisiócratas son la primera escuela de
pensamiento económico que se dotó de sus propios órganos de prensa a fin de
defender puntos concretos de política. El lapso de tiempo en el que dominaron
fue corto —poco más de un cuarto de siglo—,47 pero
Según Higgs
(1897, pp. 25 y 58), el nacimiento de la escuela fisiócrata puede datarse en el
encuentro entre Quesnay y Mirabeau en julio de 1757, y su final en 1776-1777,
cuando Turgot, entonces ministro de Hacienda, cayó en desgracia, y con la
publica-ción de La riqueza de las naciones de Smith.
François Quesnay y los fisiócratas 139
su influencia en el desarrollo de la economía política fue
significativamen-te fuerte, debido en parte a la posición central que París
ocupaba en la vida cultural de la época. Los fisiócratas atribuyeron un papel
clave al desarro-llo de la agricultura, que consideraban el único sector capaz
de producir un excedente. Además, como su nombre sugiere (fisiocracia procede
del griego fysis, ‘naturaleza’, y cratéin, ‘dominar’), compartían con la
corriente cartesiana de la Ilustración francesa (cf. más adelante § 4.7) la
idea de un «orden natural», cuya lógica y optimalidad —invariable a lo largo
del tiempo, puesto que es intrínseco a la misma naturaleza de las cosas— debía
ser evidente a cualquier persona que estuviera dotada de la luz de la razón, y
que un príncipe ilustrado tenía que implementar como «orden positivo»,
eliminando los defectos causados por las deficiencias de la legis-lación
humana.48 La propiedad privada también forma parte de este orden natural, de
forma que la defensa de los derechos de propiedad era consi-derada una de las
principales tareas del «orden positivo». Así, los fisiócra-tas suavizaban
radicalmente el absolutismo implícito en la visión tradicio-nal del soberano
ilustrado, aunque en esto parecen algo más atrasados que Locke, que les precedió
en el tiempo, o Smith, el autor de La teoría de los sentimientos morales
(1759), su contemporáneo.
La importancia atribuida a la agricultura había sido evidente
desde las primeras publicaciones de naturaleza económica de Quesnay: dos
artícu-los sobre Fermiers [Granjeros] y Grains [Cereales], que aparecieron en
la Encyclopédie editada por d’Alembert y Diderot en 1756 y 1757,
respecti-vamente. Sin embargo, la obra más conocida de Quesnay es el Tableau
éco-nomique [Cuadro económico], impreso en Versalles en 1758. También merece
ser mencionado aquí el artículo sobre Droit naturel [Derecho natu-ral], fechado
en 1765.49
Entre los principales seguidores de Quesnay podemos mencionar a
Victor Riqueti, marqués de Mirabeau (1715-1789), que adquirió celebri-dad en
1756 con la publicación de L’Ami des hommes [El amigo de los
Quesnay era en
particular un seguidor del filósofo francés Malebranche (1638-1715), que a su
vez era seguidor de Descartes.
La edición
clásica (aunque no exenta de crítica) de los escritos económicos y filo-sóficos
de Quesnay es la del INED (1958), vol. 2; el vol. 1 contiene ensayos
interpretati-vos de varios autores y una bibliografía.
140 Del cuerpo
político a los cuadros económicos
hombres] que, como ya hemos visto, debía mucho a la obra de
Cantillon, y Pierre Du Pont de Nemours (1739-1817), que editó las obras de
Ques-nay (Physiocratie, 1767-1768) y los diarios producidos bajo influencia
fisiócrata (el Journal de l’agriculture, du commerce et des finances de 1765 a
1766, después las Éphémérides du citoyen de 1768 a 1772), además de cola-borar
con Turgot hasta 1776 y editar sus escritos en nueve grandes volú-menes entre
1809 y 1811. También es digno de mención aquí Pierre-Paul Mercier de la Rivière
(1720-1794), autor de un tratado titulado L’Ordre naturel et essentiel des
sociétés politiques [El orden natural y esencial de las sociedades políticas],
fechado en 1767, que Smith calificó como la mejor exposición de las doctrinas
fisiocráticas.
Mirabeau y otros fisiócratas (pero no Quesnay, cuyas teorías se
tratan más adelante) vieron la capacidad de la agricultura para generar un
exce-dente como algo intrínseco a la fertilidad del suelo (que produce una
espi-ga de trigo a partir de un grano), y, por lo tanto, como un regalo de la
madre naturaleza. Esta teoría sobre el origen del excedente puede utilizar-se
para justificar la apropiación del excedente por la nobleza: los nobles no son
sólo de derecho los dueños de la tierra, sino que también son señores de los
siervos de la gleba que viven en ella.
Quesnay también consideraba que sólo la agricultura era capaz de
producir un excedente, aunque su explicación es algo distinta, teniendo en
cuenta la situación dominante en Francia en aquella época: dados los pre-cios
de los productos agrícolas y de las manufacturas en los mercados mundiales,
utilizando las mejores tecnologías los granjeros pueden obte-ner un producto
cuyo valor excede de los costes de producción, mientras que los manufactureros
simplemente recuperan sus costes (incluida la sub-sistencia de los empresarios
del sector). En otras palabras, lo que Quesnay quería destacar era el potencial
que un sistema agrícola reformado tendría para el desarrollo económico, lo que
llamó grande culture, en comparación con la petite culture, caracterizada la primera
no sólo por explotaciones más grandes, sino también por tecnologías con una
mayor intensidad de capi-tal (dicho más específicamente, el arado tirado por
caballos, más que por bueyes, fue casi una consigna de los fisiócratas).
Así, en sus escritos Quesnay destacó las potencialidades de una
revo-lución agrícola que ya había comenzado, pero que en su opinión se estaba
rezagando respecto de la expansión del capitalismo comercial. La postura
François Quesnay y los fisiócratas 141
que adoptó se oponía no tanto a la tradición mercantilista en
general —todavía muy viva—, sino sobre todo al colbertismo, o en otras
palabras, a la política económica de Colbert de apoyo al comercio y a las
manufac-turas mediante la liberalización de la importación de materias primas y
derechos sobre las importaciones de manufacturas (cf. más arriba § 2.6).
Evidentemente, esto no iba a contribuir al desarrollo de la agricultura, al
reducir su rentabilidad al paso que aumentaba la de las manufacturas. Al contrario,
sostenía Quesnay, los productos agrícolas deben tener un bon prix, es decir, un
precio que no sólo sea suficiente para cubrir los costes de producción, sino
también para favorecer la financiación de inversiones que aseguren unos
rendimientos adecuados.
Ni el bon prix ni el prix fondamental (que correspondía a los
meros costes de producción, de manera que la diferencia entre el bon prix y
éste equivalía a los beneficios del granjero) eran precios generados
espontá-neamente por los mercados, y Quesnay no vio mecanismos que llevaran
automáticamente a alguno de estos dos precios de mercado, los cuales dependían
de las condiciones de la oferta y la demanda (mientras que en el caso de los
precios de las manufacturas correspondían a los costes de producción). Por lo
tanto, la implementación del bon prix se confiaba, entre otras cosas, a una
política que favoreciera la libre exportación de pro-ductos agrícolas y los
hábitos de consumo en el país que estimulasen el luxe de subsistence en
comparación con el luxe de décoration, o consumo de la producción agrícola
—pero no de manufacturas— por encima del mero nivel de subsistencia.50 Aunque
no se disponía todavía de la noción de un
Así, los
fisiócratas relacionaban los precios altos con la idea de una economía
flo-reciente y en desarrollo, en la que los precios elevados son la causa (o
una de las causas) y la abundancia económica es el efecto. Esta opinión fue
ampliamente sostenida durante todo el período mercantilista, pero estuvo lejos
de serlo de forma unánime, ya que en muchos casos los precios altos se veían
como un síntoma de escasez. Al contrario, Smith y los economistas clásicos
sostenían que los precios moderados están relacionados con una situación de
abundancia, de la que son esencialmente el efecto. Evidentemente, a nivel
lógico ambas tesis no se excluyen mutuamente, puesto que se basan en la
consideración de diferentes aspectos del proceso de desarrollo, y, por lo tanto,
en relaciones de causa-efecto que se mueven en direcciones opuestas. Por una
parte, los precios relativamente altos que se deben a una demanda elevada
constituyen un estímulo para la producción, mientras que un nivel de precios
bajo puede señalar dificultades en la absorción de los productos por parte del
mercado, y puede, por lo tanto, constituir un incentivo negativo para los
pro-ductores; por otra parte, el aumento de la productividad que acompaña al
desarrollo eco-
142 Del cuerpo
político a los cuadros económicos
tipo de beneficio competitivo (que sería esbozada por Turgot
pocos años después, y plenamente desarrollada por Smith), Quesnay reconoció
ple-namente el papel decisivo de la acumulación de capital en el proceso
pro-ductivo y sobre todo en permitir la adopción de tecnologías mejoradas.
Quesnay distinguía entre avances foncières (inversiones básicas iniciales,
requeridas para cultivar un terreno y aumentar su productividad), avances
primitives (utensilios de producción, ganado) y avances annuelles (capital circulante:
semillas, salarios y cosas por el estilo). Éste era, por lo tanto, de nuevo, un
aspecto de la economía que atrajo su atención hacia la agricul-tura; sin
embargo, al mismo tiempo realizó decididos progresos en la dirección que
después seguirían Turgot, Smith y toda la tradición clásica, de considerar los
adelantos de capital como un requisito para la produc-ción, y la acumulación de
capital como un elemento decisivo para el desa-rrollo económico.
Oponiéndose al enfoque colbertiano de la política económica,
Ques-nay y los fisiócratas desarrollaron una teoría admirable en su «espíritu
de sistema» y en su coherencia. En particular, Quesnay fue el primer
econo-mista que reconoció y representó en un esquema analítico las
interrelacio-nes productivas que unen a los diferentes sectores que, en un
sistema eco-nómico basado en la división del trabajo, proceden de la
heterogeneidad de medios de producción en cada sector. Este problema fue
abordado, en el tableau économique, concentrándose en los intercambios
requeridos para asegurar el funcionamiento continuo del sistema económico.
Examinemos a grandes rasgos el funcionamiento del sistema
económi-co en el que se basa el modelo de Quesnay. La agricultura, como vimos
antes, se consideraba el único sector productivo (esto es, capaz de generar un
excedente) de la economía; en su modelo, Quesnay suponía que la tecnolo-gía más
avanzada, la grande culture, se adoptaba con carácter general en la
agricultura. Las otras actividades, y en primer lugar la manufactura, se agru-
nómico conduce, en condiciones competitivas, a la disminución de
los precios, mientras que los precios altos denotan estrangulamientos en el
lado de la oferta, a saber, la presen-cia de obstáculos al crecimiento de la
producción. El debate entre los partidarios de las dos tesis puso de manifiesto
una frecuente confusión entre el análisis teórico relativo a los dife-rentes
sistemas de relaciones lógicas, la valoración de la mayor o menor aplicabilidad
al mundo real de las relaciones subyacentes y las interpretaciones de las
situaciones específi-cas del mundo real.
François Quesnay y los fisiócratas 143
paban bajo el rótulo de «sector estéril», así llamado porque
estas actividades simplemente transformaban en productos tratados un conjunto
dado de materias primas (incluidos los medios de subsistencia para los
trabajadores del sector); el valor de los productos tratados era igual al valor
de los medios de producción y subsistencia utilizados para obtenerlos, de modo
que no había excedente, o en otras palabras, no había creación de nuevo valor.
La subdivisión del sistema económico en sectores correspondía,
por lo tanto, a la siguiente subdivisión de la sociedad en clases sociales: la
clase productiva, compuesta por los activos en agricultura (campesinos y
gran-jeros); la clase estéril, compuesta de artesanos (incluidos los
trabajadores de las manufacturas y los comerciantes); y la clase aristócrata,
esto es, la clase de los terratenientes, a los que correspondía el excedente
obtenido en el sector agrícola, y que incluía la nobleza y el clero.
La principal contribución de Quesnay a la teoría económica fue
su tableau économique: una serie de gráficos que sintetizan la estructura del
sistema económico, mostrando las relaciones (esto es, la serie de inter-cambios
de mercancías por dinero) que es necesario que tengan lugar entre los
diferentes sectores productivos y las diferentes clases sociales, a fin de
permitir la supervivencia y desarrollo de la economía.
Los cuadros económicos de Quesnay dieron origen a un
considerable debate interpretativo.51 Aquí lo ilustraremos con un esquema
simplificado que no pretende reproducir con precisión todas las características
del aná-lisis de Quesnay, sino que muestra cómo representaba el funcionamiento
de la economía como un proceso circular en el que, año tras año, se seguían una
tras otra las fases de producción, intercambio y consumo.52
Cf. Higgs
(1897); Tsuru (1942); Meek (1962); Ridolfi (1973); Gilibert (1977); la
colección de ensayos editada por Candela y Palazzi (1979); Vaggi (1987) y la
bibliografía en ellos contenida.
De modo
específico, consideramos sólo el capital circulante (avances annuelles), en
tanto que Quesnay, al menos para el sector productivo, intentó tener en cuenta
también los avances foncières (inversiones originarias en mejoras de la tierra)
y los avances primitives (el fondo de bienes de capital empleados por el
granjero). Los primeros son relevantes para la interpretación de la renta del
terrateniente como interés sobre el valor de la tierra, pero no dan origen a
flujos anuales de mercancías; los segundos dan origen a flujos de mercan-cías
del sector estéril al productivo para la reintegración de aquella parte del
capital fijo que cada año queda fuera de uso. (En lugar de esto, podríamos
considerar este último flujo como incluido en el conjunto de bienes
manufacturados que el sector productivo adquie-re cada año del sector estéril.)
144 Del cuerpo
político a los cuadros económicos
La figura 4.1 ilustra la situación al final del ciclo
productivo, antes de que comiencen los intercambios. La clase aristócrata (la
nobleza) tiene dos unidades de dinero (digamos, 2000 millones de francos),
recibidas del sec-tor agrícola en pago de rentas por el uso de la tierra. La
clase estéril (el sector manufacturero) tiene tres unidades de bienes
manufacturados.53 La clase productiva tiene cinco unidades de producto: tres de
productos alimenti-cios agrícolas y dos de materias primas. Sean M los bienes manufactura-dos,
MP las materias primas, A los productos alimenticios agrícolas y D el dinero
(cada símbolo representa una unidad de mercancía o dinero).
Clase aristócrata
Clase estéril
D D
M M M
A A A MP MP
Clase productiva
FIGURA 4.1
En esta situación no es posible comenzar un nuevo ciclo
productivo. El sector agrícola necesita bienes manufacturados como medios de
subsis-tencia y producción (vestidos, palas y arados), y dinero con el que
pagar las rentas de la tierra. Los trabajadores manufactureros, a su vez,
necesitan alimentos y materias primas, requeridos por la subsistencia y como
medios de producción. La clase aristócrata también necesita alimentos y bienes
manufacturados con los que mantener su confortable estilo de vida, y sin los
cuales no puede ni siquiera sobrevivir.
Mientras que
las otras cifras reflejan las del Tableau de Quesnay, la producción de
manufacturas, en nuestro ejemplo, es mayor en una unidad. Como veremos, esta
unidad adicional no entra en la circulación: desde el punto de vista de la
clase estéril en su con-junto (pero no necesariamente desde el punto de vista
de la unidad productiva), ésta es producción para autoconsumo, y es posible que
Quesnay no la hubiera tenido en cuenta precisamente por esta razón. Sin
embargo, parece evidente que la clase estéril también requiere bienes
manufacturados como medios de producción y subsistencia; de ahí el cam-bio a
los valores numéricos utilizados por Quesnay (que probablemente, como sugiere
Ridolfi, 1973, constituían una valoración implícita de las principales magnitudes
de las cuentas nacionales de Francia en aquella época). De modo análogo,
Quesnay no conside-ró el uso de los productos agrícolas como medios de
producción (por ejemplo, las semillas) en el sector productivo, mientras que en
nuestro esquema consideramos explícitamente una unidad de materias primas que
se produce anualmente y se utiliza como medio de pro-ducción en el sector
productivo, sin dar origen a flujos de mercancías entre sectores.
François Quesnay y los fisiócratas 145
El funcionamiento continuo del sistema económico requiere, por
lo tanto, intercambios entre los diferentes sectores, o, en la representación
de Quesnay, entre las diferentes clases sociales. Si la línea de puntos
repre-senta movimientos de dinero y la línea continua movimientos de
mercan-cías, entonces podemos describir el proceso de intercambio como sigue.
Primero (figura 4.2), la nobleza utiliza dinero para adquirir una unidad de
productos manufacturados a la clase estéril y una unidad de productos ali-menticios
agrícolas a la clase productiva. Inmediatamente después de esto (figura 4.3),
la clase estéril utiliza el dinero que ha recibido para adquirir una unidad de
productos alimenticios agrícolas a la clase productiva. A su vez, la clase
productiva utiliza el dinero recibido de la nobleza para adqui-rir una unidad
de productos manufacturados a la clase estéril. Finalmen-te, la clase estéril
utiliza el dinero así recibido para adquirir a la clase pro-ductiva una unidad
de materias primas. La situación final, después de los intercambios, se ilustra
en la figura 4.4.
Clase aristócrata Clase
estéril
D D M M M
AA MP
MP
Clase productiva
FIGURA 4.2
Clase aristócrata Clase
estéril
A M D M M
D A MP
MP
Clase productiva
FIGURA 4.3
146 Del cuerpo
político a los cuadros económicos
Como podemos ver, estos intercambios dejan a la economía
prepara-da para comenzar un nuevo ciclo productivo. La nobleza puede disfrutar
de sus productos agrícolas y manufacturados. La clase productiva tiene los
productos manufacturados y agrícolas necesarios para su supervivencia, materias
primas (como semillas) y bienes manufacturados que requiere como medios de
producción, y dos unidades de dinero con las que pagar las rentas. La clase
estéril tiene los productos agrícolas y manufacturados, requeridos para su
supervivencia, y las materias primas necesarias como medios de producción.
Al final del proceso productivo, el sistema regresa a la
situación ini-cial. La nobleza ha consumido sus productos agrícolas y
manufactureros, y ha recibido dinero del sector productivo como renta de la
tierra. La clase estéril ha utilizado sus medios de subsistencia y de
producción, en total tres unidades, para producir tres unidades de productos
manufacturados. La clase productiva ha utilizado sus tres unidades de medios de
subsisten-cia y de producción para producir cinco unidades de producto (tres uni-dades
de productos agrícolas y dos unidades de materias primas) en la tie-rra
arrendada a la nobleza. Por lo tanto, estamos tratando un sistema económico
vital, que funciona en condiciones de reproducción simple.
Clase aristócrata
Clase estéril
A M
A MP
M
M D D
MP
Clase productiva
FIGURA 4.4
Como puede verse, el excedente (a saber, el producto restante
después de reponer los medios de producción y de subsistencia para los
trabajado-res empleados en la economía) corresponde al consumo de la nobleza,
que no produce nada y puede adquirir año tras año productos agrícolas y
manufactureros sólo porque recibe sus rentas del sector productivo. En el
esquema de Quesnay, el excedente tiene su origen en la agricultura: en este
sector el uso de tres unidades en el proceso productivo (como medios de producción
y de subsistencia) produce cinco unidades de producto.
La economía política de la Ilustración: Turgot 147
En el proceso circular descrito por Quesnay los diferentes
sectores y clases sociales están interconectados; la distribución del producto
entre las diferentes clases sociales tiene lugar simultáneamente al proceso de
inter-cambios que permite que cada sector reponga la dotación inicial de medios
de producción y de subsistencia.
Sin embargo, Quesnay no logró proporcionar una explicación
sufi-cientemente completa de la distribución del excedente entre los diversos
sectores y clases sociales. Las ideas de sus seguidores en este aspecto
refleja-ban de forma algo simplista la estructura social de la época,
caracterizada por una posición privilegiada de la clase aristócrata: dado que
todo el exce-dente tenía su origen en la agricultura, era «natural» que fuera a
parar a la nobleza que poseía la tierra cuya fuerza productiva garantizaba la
misma existencia del excedente. Como veremos, esta opinión fue criticada por
Smith, que vio el excedente como algo que no tenía su origen en el sector
agrícola, sino en el sistema económico en su conjunto, y que no debía
atri-buirse a un medio de producción específico (la tierra), sino más bien al
«ele-mento activo» en el proceso de producción, a saber, el trabajo (una
opinión que ya había sido esbozada por Petty, con su referencia al trabajo como
«padre» y a la tierra como «madre» de toda riqueza: cf. más arriba § 3.5).
Sin embargo, la doctrina fisiocrática no implicaba la defensa de
los ingresos de la nobleza: si la renta de los terratenientes coincidía con el
excedente, entonces sólo éste debía evidentemente soportar toda la carga
fiscal. De hecho, los intentos de hacer que los impuestos recayeran sobre otras
clases sociales no sólo estaban condenados al fracaso, a través de los procesos
de transferencia, sino que también eran gravosos para el sistema económico en
su conjunto, habida cuenta de los ajustes requeridos, en particular por el
estímulo negativo a la acumulación y el cambio técnico que acarreaban los
impuestos sobre los granjeros, vistos por Quesnay y los fisiócratas como los
agentes activos del desarrollo económico.
4.7. La economía
política de la Ilustración: Turgot
Como hemos visto, la influencia de los fisiócratas fue intensa,
pero de corta duración. La esctructura cerrada que el propio grupo se impuso
indi-ca la existencia de diferentes opiniones en la cultura de la época. Junto
a Cantillon y los fisiócratas, el siglo XVIII fue rico en economistas, o tal
vez
148 Del cuerpo
político a los cuadros económicos
tendríamos que decir intelectuales que tomaron en consideración
los temas económicos, entre otros.
La cultura del tiempo, en un sentido general y no estrictamente
eco-nómico, estaba dominada por la Ilustración. El siglo XVIII es conocido como
el siglo de las luces, o la edad de la razón. La característica general era una
fe en el progreso material y cívico, de la sociedad y del hombre, guia-do por
la Razón.54 De hecho, como vimos cuando consideramos la idea del doux commerce
(más arriba § 4.2), la propia naturaleza humana puede progresar y mejorar.55
Dentro de estas amplias líneas, mientras tenemos presente la
situación sustancialmente internacional de la cultura del tiempo y el papel
dominante desempeñado por París, podemos distinguir varias corrientes en la
Ilustración francesa, escocesa, italiana (napolitana, milanesa y toscana) y
alemana.
París era en la época el centro de la vida cultural europea. Una
serie de intelectuales de primera fila de otros países, como el escocés David
Hume o el napolitano Ferdinando Galiani, residieron allí formando parte del
personal de sus respectivas embajadas; para Adam Smith, una visita a Francia
con un período de residencia en París supuso una etapa decisiva en el
desarrollo de sus ideas.
Una característica profundamente arraigada de una gran parte de
la Ilustración francesa estaba representada por la herencia de Descartes:56 el
esprit de système y el racionalismo ascendieron al nivel de metodología
absoluta, y, en último término, condujeron al culto de la diosa Razón en la
época del Terror revolucionario.57 Es evidente un claro «espíritu sisté-
Para la
ilustración de la sociedad y de la cultura europeas en el siglo XVIII, cf. por
ejemplo Im Hof (1993); Chaunu (1982).
Cf. Pollard
(1968).
René Descartes
(1596-1650), filósofo y matemático francés, autor de un renom-brado Discourse
de la méthode (1637) y fundador de la geometría analítica.
Tómese, por
ejemplo, la influencia de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778; el Con-trat social
data de 1762) en las ideas predominantes en la Revolución francesa acerca de
los sistemas jurídicos. Otro ejemplo es el abbé André Morellet (1727-1819),
traductor al francés de La riqueza de las naciones; como escribió Lytton
Strachey en su fino retrato de este perso-naje (1931, p. 99), después de cinco
años en la Sorbona, Morellet salió de ella como «abbé y descreído»: lo que no
era un suceso raro en aquella época. Pribram (1983, pp. 97-114) dedi-ca a la
«economía cartesiana» un capítulo de su historia, tratando entre otras cosas de
los fisió-cratas. En cierto sentido, podemos considerar a Walras primero y a
Debreu después como herederos de la tradición racionalista de la Ilustración
francesa: cf. más adelante cap. 12.
La economía política de la Ilustración: Turgot 149
mico», por ejemplo, en la construcción analítica de la escuela
fisiócrata y sus corolarios para la política económica. Sin embargo, había
muchas y diversas posiciones: baste con mencionar el espíritu de apertura y
toleran-cia de un protagonista muy destacado del entorno: Voltaire (1694-1778).
Una muestra importante de estas múltiples tendencias puede verse en las
entradas económicas de la monumental Encyclopédie editada por Diderot, que
contó con la colaboración de muchos de nuestros protagonistas, incluidos
Quesnay, Turgot, Rousseau y Condillac.
Uno de los compromisos económicos de la Ilustración fue la
crítica de la institución de los gremios, heredada de la Edad Media, con su
rígi-da regulación de técnicas productivas, calidad del producto, salarios y
con-diciones de trabajo de los aprendices. Recordemos, por ejemplo, la
bri-llante apología de Gabriel François Coyer (1707-1782), Chinki, histoire
cochinchinoise qui peut servir à d’autres pays [Chinki, historia
cochinchi-nesca que puede servir a otros países], donde se cuentan las
desventuras de un serio y laborioso trabajador que se ve incapacitado para
desarrollar cualquier actividad que emprenda a causa de las absurdas
regulaciones, que le llevan a arruinarse y arruinar a su familia (Coyer, 1768).
Como ya hemos visto (§ 4.1), la Ilustración se distingue del
mercan-tilismo por su revalorización de la agricultura en comparación con el
comercio exterior y las manufacturas. Además, después de Petty y Canti-llon,
los mejores autores que trataban asuntos económicos basaban sus análisis en las
nociones de excedente y valor, y consideraban la producción, la distribución y
la circulación (intercambio) como procesos relacionados entre sí. A menudo
fueron partidarios de salarios altos por razones econó-micas, y se dejaron
llevar por un espíritu humanitario al enfocar los pro-blemas derivados de la
miseria y las dificultades del pobre en términos prácticos (piénsese, por
ejemplo, en el debate —que consideraremos bre-vemente más adelante, en § 6.1—
sobre la creación de instituciones de caridad y hospitales, y sobre la
asistencia pública para enfermos y huérfa-nos). Con carácter más general, los
escritores de este período tendieron a atribuir gran importancia a la relación
existente entre desarrollo económi-co y progreso cívico.
Por otra parte, la Ilustración puede diferenciarse de la
posterior escue-la clásica a causa de su —al menos en parte— visión
precapitalista, que no llega del todo a tener en cuenta las interrelaciones
productivas y la com-
150 Del cuerpo
político a los cuadros económicos
petencia entre sectores, mientras que en el problema del valor
—especial-mente en el continente y con importantes excepciones, como los
fisiócra-tas— tendió a teorías subjetivas (en las que el precio de cada
mercancía venía determinado por comparación entre demanda y escasez).58
Un representante eminente de la cultura económica francesa en
esta fase es Anne-Robert Jacques Turgot (1727-1781), hombre de letras,
econo-mista y alto funcionario, responsable de los asuntos económicos en
Limoges desde 1761 y después ministro de Hacienda de 1774 a 1776. Su obra mejor
conocida son las Réflexions sur la formation et la distribution des richesses
[Reflexiones sobre la formación y distribución de las riquezas] (1766).59
Turgot pertenecía a la generación posterior a Quesnay, y en
diversos aspectos representaba un puente entre los fisiócratas y su
contemporáneo Adam Smith. En muchos sentidos, Turgot estaba más cerca del
último que de los fisiócratas: mientras compartía su apoyo al librecambio
(específica-mente, libertad de exportaciones de productos agrícolas), está
claro que no se sentía cómodo con el poder político absoluto, coincidiendo en
la cre-encia de Smith (afirmada en la Teoría de los sentimientos morales, 1759:
cf. más adelante § 5.3) de que todo ser humano es más capaz que cualquier otro
para gobernar su propia vida. Las teorías de Turgot son recordadas en
particular por el papel atribuido al capital y a los empresarios capitalistas
en el proceso de producción y por sus opiniones decididamente liberales,
sintetizadas en la frase laissez-nous faire que citó en la extensa necrológica
dedicada a su amigo Vincent de Gournay (1712-1759), al destacar su fer-viente
liberalismo económico.60 El laissez-faire fue también el distintivo de
En lo que a la
política económica se refiere, los elementos comunes eran la pro-puesta de un
impuesto único sobre la renta neta de la tierra y la hostilidad ante los
gremios de artes y oficios que ya hemos recordado más arriba.
Entre las
varias ediciones de las obras de Turgot, después de la primera, en nueve
volúmenes, editada por Du Pont de Nemours (1809-1811) y después de la edición
en cinco volúmenes editados por Schelle (1913-1923), que es la más comúnmente
utilizada, podemos mencionar la reciente edición en rústica de Ravix y Romani
(1997), con los prin-cipales escritos de Turgot y un útil aparato
bio-bibliográfico.
Cf. Turgot
(1759), p. 151. Turgot atribuyó a Gournay la tesis según la cual «un hom-bre
conoce su propio interés mejor que otro hombre para quien ese interés es
completamen-te indiferente» (ibíd., p. 131): una expresión que recuerda una
observación de Smith en La teoría de los sentimientos morales (publicada el
mismo año que el Éloge): «Todo hombre es […] más apto y capaz para cuidar de sí
mismo que cualquier otra persona» (Smith, 1759, p. 219; cf. más adelante §
5.3), que puede remontarse a la tradición griega (cf. más arriba § 2.2).
La economía política de la Ilustración: Turgot 151
una serie de medidas políticas adoptadas por Turgot en Limoges y
después como ministro, incluyendo una notable liberalización del comercio de
cereales y la abolición de las jurandes, o gremios de oficios. Sus medidas
políticas constituyeron posiblemente el último intento de racionalizar la
intervención del Estado en la economía francesa antes de la Revolución, pero
chocaron con intereses creados, dando lugar a reacciones antagónicas que
condujeron finalmente a la caída de Turgot.
Siguiendo las ideas de Montesquieu (en L’Esprit des lois, 1748)
sobre una relación entre las instituciones políticas y la estructura social de
un país y su organización productiva (o, en términos más contundentes, la idea
materialista de que las condiciones de la vida económica influyen en todos los
demás aspectos de una sociedad), Turgot desarrolló la llamada «teoría de los
cuatro estadios», según la cual la historia humana está mar-cada por una
secuencia de cuatro estadios: caza, cría del ganado, agricul-tura y comercio.
De forma simultánea a Turgot, cuyo escrito sobre «His-toria universal» se
publicó póstumamente,61 una teoría similar fue propuesta por Adam Smith en sus
conferencias de Glasgow, también publicadas póstumamente, y después en La
riqueza de las naciones.
En un nivel estrictamente analítico, Turgot esbozó una teoría
del valor de cambio basado en la utilidad. Todas las valoraciones son
subjeti-vas; el comprador y el vendedor aceptan el intercambio porque tienen
diferentes valoraciones (valeurs estimatives) de la mercancía en cuestión,
constituyendo el precio más bajo y el más alto los límites de aquella
valo-ración. Según Turgot, el precio real se encuentra entre estos dos límites,
coincidiendo con el valeur appréciative dado por el promedio de los valeurs estimatives.62
Otros aspectos de su análisis anunciaban —o han sido
considerados como precursores de— teorías posteriores. Por ejemplo, su teoría
de los rendimientos crecientes en lo que iba a llamarse margen intensivo, esto
es,
Cf. Ravix y
Romani (1997), pp. 95-121.
Esta tesis, que
Turgot enunció pero no elaboró, y que apareció sin justificar en el marco de la
moderna teoría subjetiva del valor, procedía posiblemente del debate
escolás-tico sobre el precio justo, y en particular de la tesis difundida en la
escolástica española a principios del siglo XVI, según la cual «existe paridad
cuando todos los participantes obtie-nen la misma ventaja» (Chafuen, 1986, p.
106).
152 Del cuerpo
político a los cuadros económicos
la utilización de una serie creciente de dosis de capital y
trabajo en una extensión de tierra dada; esta teoría iba a ser uno de los
puntos de refe-rencia principales en las críticas de Sraffa en un artículo de
1925 (cf. más adelante § 16.4), pero no fue tomada en consideración en los
debates que dieron origen a la teoría de la renta diferencial en 1815 (más
adelante
7.2). Ahora
podemos tener la impresión de que determinadas referen-cias metafóricas a las
interrelaciones que unen a los elementos del campo económico fueron algo
sobrevaloradas, incluido el paralelismo entre los diversos mercados de
mercancías y un sistema de conexiones hidráulicas en equilibrio. Este
paralelismo bastó, al parecer, para que algún historia-dor del pensamiento
económico aclamara a Turgot como precursor de Walras y la teoría del equilibrio
económico general.63 De hecho, Turgot no pasó de unas simples metáforas, y
éstas simplemente expresaban la idea, bien arraigada en aquella época y que ya
se había difundido en el siglo anterior, de que existe un paralelismo entre el
«cuerpo social» y el mundo físico, y en particular el sistema astronómico
gobernado por la ley newto-niana de la gravitación. Además, mientras Quesnay
elaboraba estas ideas en el intento de construir un esquema analítico, Turgot
nos dejó unas pocas observaciones un tanto genéricas.
4.8. La Ilustración
italiana: el abbé Galiani
En comparación con la Ilustración francesa, las ramas escocesa
(que consideramos brevemente en el siguiente apartado, en relación con los
antecedentes de Smith) y napolitana, en los márgenes de la vida cultural
europea centrada en París, mostraban una mayor disposición para recono-cer las
imperfecciones de la naturaleza humana y la imposibilidad de dedu-cir
directamente de un razonamiento a priori interpretaciones de los fenó-menos
específicamente económicos o recetas claras de política económica.
Un ejemplo de este enfoque lo proporcionan los Dialogues sur le
com-merce des blés [Diálogos sobre el comercio de granos] (1770) del abbé
Fer-dinando Galiani (1728-1787), que ya había escrito un célebre tratado,
Cf. para todos
Schumpeter (1954, p. 249; p. 294, trad. cast.), que señala una secuencia
Turgot-Say-Walras.
La Ilustración italiana: el abbé Galiani 153
Della moneta [Del dinero] (1751), a la temprana edad de
veintitrés años.64 Sus observaciones sobre las doctrinas fisiócratas se basaban
en la crítica directa del esprit de système y mostraban la importancia de las
circunstan-cias específicas de cada situación real cuando se razonaba sobre
política económica.65
Los Dialogues fueron publicados anónimamente en francés y
obtu-vieron una amplia acogida en los círculos intelectuales de París. Galiani
había tenido que marchar recientemente de París después de una estancia de
varios años, para volver a Nápoles, y fue echado en falta en muchos salones de
la capital cultural de Europa por su animado estilo y su imper-tinente ironía.
El «pequeño abbé», gran amador de la vida y de las muje-res parisinas, inició
entonces un abundante intercambio de corresponden-cia con sus amigos (en
particular, Louise d’Épinay), dejándonos un panorama excepcionalmente rico de
aquel mundo y de aquella fase decisi-va del desarrollo de la cultura europea.66
Galiani fue además el interme-diario a través del cual el entorno de la
Encyclopédie absorbió la influencia del filósofo napolitano Giambattista Vico
(1668-1744), que Schumpeter (1954, pp. 135-137) considera «uno de los más
grandes pensadores de todas las épocas en el campo de las ciencias sociales»,
que desarrolló «una ciencia evolucionista del espíritu y de la sociedad» (en el
sentido «de que el espíritu y la sociedad son dos aspectos del mismo proceso
evolutivo»). Así, Vico introdujo algunas antibacterias historicistas que en
cierta medi-da contrarrestaron el racionalismo anti-historicista de la
corriente cartesia-na de la Ilustración.
Una segunda
edición, publicada en 1780, incluye un nuevo y largo prólogo y treinta y cinco
extensas notas finales, pero el texto principal no ha experimentado cambios
sustanciales.
«Nadie comete
nunca un error sin una razón. Así, todos quieren seguir la razón y la
experiencia, pero si tú sigues una idea razonable en sí misma y confías en una
experien-cia o en un hecho verdadero y demostrado, pero que no se adapta —no es
aplicable al caso contemplado—, crees que lo estás haciendo bien, y te
equivocas» (Galiani, 1770, p. 55). O de nuevo: «En política no se puede llevar
nada hasta el extremo. Hay un punto, un lími-te hasta el cual el bien es mayor
que el mal; si vas más allá de ese punto, el mal predomi-na sobre el bien. […
Este punto] sólo sabe cómo encontrarlo el sabio. La gente lo siente por
instinto. El hombre con poder necesita tiempo para encontrarlo. El economista
moder-no ni siquiera lo sospecha» (ibíd., p. 233).
Parte de ella
está traducida al italiano, cf. Épinay y Galiani (1996).
154 Del cuerpo
político a los cuadros económicos
Galiani fue un campeón del minimalismo teórico. «No estoy a
favor de nada. Soy de la opinión de que no debemos decir tonterías»,67 declaró,
y todos sus escritos muestran coherentemente la validez de cualquier idea en
teoría o política económica en cuanto corresponde a su tiempo y lugar. En este
aspecto, se mantiene como un exponente importante de la corrien-te escéptica de
la Ilustración, aún más extremista en esto que Voltaire.
Galiani también puede considerarse como el exponente más
impor-tante del enfoque subjetivo en Italia. En su Della moneta (1751), dedicó
unas cuantas páginas (apartado 2 del libro 1) al papel de la escasez y la
uti-lidad en la determinación del valor de las mercancías. Aquí Galiani vio un
predecesor en Bernardo Davanzati, en la segunda mitad del siglo XVI, a la vez
que, sin embargo, destacaba la incapacidad del último para resolver lo que iba
a conocerse como la «paradoja del agua y los diamantes», esto es, el elevado
valor de bienes a los que normalmente se atribuye poca utilidad, y, por el
contrario, el escaso valor de bienes que no se consideran especial-mente
útiles, pero que son necesarios. De hecho, Davanzati se interesaba por
problemas monetarios, y sólo en passant por los temas que aquí se tra-tan; todo
lo que Galiani (1751, p. 44) podía citar aprobándolo era el siguiente pasaje:
«La rata es un animal muy repugnante; pero en el sitio de Casilino todo era tan
caro que se pagaban doscientos florines por una rata; y no era cara, porque la
persona que la vendía se moría de hambre, mien-tras que la persona que la
compraba sobrevivía.»
Como solía hacer en sus primeros escritos, Galiani desarrolló
sus razo-namientos con gran riqueza de citas eruditas. Su tesis era que «la
estima-ción, o valor, es la idea de una proporción entre la propiedad de una
cosa y la propiedad de otra en la mente de un hombre» (ibíd., p. 39). Sin
embargo, el enfoque subjetivo de la teoría del valor fue suavizado por el
reconocimien-to de que «los hombres, en la estimación, como dicen los
escolásticos, pas-sive se habent» (ibíd., p. 38), de modo que la estimación dependía
de las características de la propia mercancía y de las condiciones, de nuevo
exter-nas, que determinaban su abundancia o escasez. En efecto, «El valor […]
es una proporción; y ésta a su vez se compone de dos razones, que llamaré
utilidad y rareza» (ibíd., p. 39), en que «llamo utilidad a la aptitud de algo
para proporcionarnos felicidad» (ibíd.), y «llamo rareza a la proporción
67 Galiani (1770),
p. 61.
La Ilustración italiana: el abbé Galiani 155
entre la cantidad de una cosa y el uso que se hace de ella»
(ibíd., p. 46). En este punto, la conclusión a la que llegó Galiani puede
parecer sorprenden-te; pero distaba mucho de ser extraña entre los autores
considerados como predecesores de la teoría subjetiva del valor. En efecto,
Galiani distinguía dos categorías de bienes: los que son escasos por naturaleza
y los que son producidos y pueden ser reproducidos, para los que adoptó el
supuesto de rendimientos constantes; con respecto a esta última categoría se
refirió de nuevo a los costes de producción, en particular a los requisitos de
trabajo:
hay dos clases de cuerpos. En una clase, [la cantidad disponible
de cosas] depen-de de la diferente abundancia con la que las produce la
naturaleza; en la otra clase, sólo depende del trabajo empleado. […] Si nos
referimos a la primera de estas dos clases en nuestros cálculos, sólo debemos
tener en cuenta el trabajo de cosechar, puesto que la cantidad del material
sólo le corresponde a él (ibíd., p. 47).
Siempre en Nápoles, tenemos que mencionar también a Antonio
Genovesi (1713-1769), el primer titular (desde 1754) de una cátedra de Economía
Política, que destacaba en sus escritos el íntimo vínculo exis-tente entre la
economía y los temas cívicos de la organización institucio-nal y de la moral
pública. Su obra principal en el campo económico, Delle lezioni di commercio
[Lecciones sobre comercio] (1765-1767), era esen-cialmente didáctica y estaba
dirigida a elevar el espíritu humano, para aumentar los conocimientos de los
jóvenes en la perspectiva de la Ilustra-ción. Las tesis que apoyaba no eran
nuevas: una teoría del desarrollo eco-nómico a través de etapas, una posición
favorable al consumo (pero no a los salarios altos), una teoría subjetiva del
valor que incluía algunas refe-rencias al aspecto del coste de producción (que
posiblemente procedían de Galiani, 1751) y el estudio de los factores que
favorecían la riqueza de las naciones, que no era distinta de la de Serra,
aunque no estaba tan bien estructurada. El gran éxito de Genovesi, alabado
hasta el punto de ser colocado en el mismo plano que Adam Smith, puede muy bien
deberse a su hábil mezcla de filosofía y economía política, que sintonizaba
perfecta-mente con el espíritu de la época.68
Sobre el
pensamiento y vicisitudes de Genovesi cf. Faucci (2000), pp. 49-57, y la
bibliografía allí citada. Cf. también la extensa «Nota introduttiva» de
Venturi, la «Vita di Antonio Genovese» y la selección de textos reunidos en
Venturi (1962), pp. 3-46, 47-83 y 84-330, respectivamente. A la escuela de
Genovesi pertenecían varios protagonistas del reformismo napolitano de la
segunda mitad del siglo XVIII, incluido Gaetano Filangieri (1752-1788) y
Giuseppe Palmieri (1721-1793).
156 Del cuerpo
político a los cuadros económicos
Los intelectuales que escribían sobre temas económicos en Milán
y la Toscana estaban más interesados en los problemas inmediatos de las
reformas orientadas a favorecer el desarrollo económico, sobre todo en la
administración de los activos del Estado y la agricultura. Cesare Beccaria
(1738-1794), considerado por Schumpeter como superior a Adam Smith, fue el
autor de un tratado, Elementi di economia pubblica [Elementos de economía
pública], publicado póstumamente en 1804, en la serie edita-da por Custodi. Pero
fue más conocido por su ensayo Dei delitti e delle pene [De los delitos y de
las penas] (1764), una obra que probablemen-te debía mucho a su amigo Pietro
Verri (1728-1797). En su condena de una aplicación demasiado frecuente de la
pena de muerte, Beccaria recu-rrió a una especie de utilitarismo, anticipando a
Bentham (cf. más ade-lante § 6.7). Tanto Verri como Beccaria adoptaron una
teoría subjetiva del valor basada en la comparación entre escasez y utilidad;
en general, concebían el mercado como el punto en el que se encontraban
compra-dores y vendedores (y esto es válido también para el tipo de interés,
determinado por la demanda y oferta de préstamos). Además, tanto Verri como
Beccaria se interesaron ampliamente por asuntos prácticos, desde la situación
fiscal y monetaria hasta problemas de derechos adua-neros, desempleo estacional
y concesión a los agentes privados de mono-polios para mercancías como sal y
tabaco. Sobre esta última cuestión, por ejemplo, Verri, en su condición de alto
funcionario del Imperio aus-tro-húngaro, consiguió obtener una importante
victoria con la abolición de las concesiones en 1770.69
Verri fue el
autor, entre otras obras, de los Discorsi sull’indole del piacere e del
dolo-re; sulla felicità; e sulla economia politica (1781). Sobre Verri y
Beccaria cf. Biagini (1992); Faucci (2000), pp. 72-91, y la literatura que allí
se cita. Schumpeter (1954), p. 178, atribuía a Verri, con algún exceso de
entusiasmo, una «curva de demanda para gasto cons-tante» y «una noción clara,
aunque no desarrollada del equilibrio económico, basada en última instancia en
el “cálculo del placer y el dolor”». En el terreno del reformismo prag-mático,
encontramos otros protagonistas de la Ilustración lombarda y —centrados en
materias agrícolas— de la Ilustración toscana. Para una amplia selección de
textos acom-pañada de un rico aparato crítico, cf. Venturi (1958). Sobre la
Ilustración italiana en su conjunto la principal referencia es la exhaustiva
reconstrucción ofrecida por Venturi (1969-1990).
La Ilustración escocesa: Francis Hutcheson y David Hume 157
4.9. La Ilustración
escocesa:
Francis Hutcheson y David Hume
La noción ilustrada de un «orden natural» fue adoptada en
Escocia purgada del racionalismo cartesiano y, por lo tanto, transformada en la
visión de un «orden espontáneo». Tal orden se consideraba resultado de un
proceso evolutivo de adaptación, en el que una multiplicidad de elecciones
individuales conducía a un resultado —un conjunto de estructuras socia-les
complejas que funcionaban suficientemente bien— que no se suponía que fuera el
objetivo de un amplio diseño racional (por lo tanto, algo dis-tante de la
tradición de racionalismo constructivo que comenzó con Des-cartes y que en
último término atribuía un papel central al deus ex machi-na representado por
un legislador benevolente e ilustrado).
Smith fue el exponente más ilustre de esta corriente, pero su
contri-bución no surge del vacío. Antes que él, y alrededor de él, otros
protago-nistas ofrecieron importantes contribuciones en diversos campos
relacio-nados con el tema central de la organización y la evolución de las
sociedades humanas, desde materias como el origen del lenguaje hasta
procedimientos jurídicos. Obviamente, también se hizo alguna referencia a
cuestiones comúnmente incluidas en el campo de la economía política.
Podemos comenzar con Francis Hutcheson (1694-1746), que fue
profesor de Smith en Glasgow y escribió, entre otras cosas, un System of moral
philosophy [Sistema de filosofía moral] en tres volúmenes, publicado
póstumamente en 1755. Como veremos más adelante (§ 6.7), Hutcheson contribuyó
al enfoque utilitarista con la tesis de que la mejor acción moral es la que
asegura la máxima felicidad al mayor número de personas. Sobre la teoría de los
precios tenía poco que decir: los precios dependen de la demanda de las
mercancías en consideración y de la dificultad de adqui-rirlas (con alusiones
simultáneas a su escasez y a su coste de producción: aquí hay una analogía con
las ideas de Pufendorf que se ilustraron más arriba, en § 4.1). Sin embargo,
sus principales contribuciones se movieron en una dirección diferente.
Hutcheson consideraba al hombre como un animal esencialmente social, en la
medida en que rechazaba cualquier separación entre ética y política. La
benevolencia hacia los demás, junto con la utilidad, regula las acciones
«morales» humanas; siguiendo esta regla de comportamiento la gente puede
obtener su propio bien sin que esto
158 Del cuerpo
político a los cuadros económicos
constituya el objetivo directo de sus acciones, y, por lo tanto,
sin que surja contraste alguno entre utilidad y virtud. Como veremos en el
capítulo siguiente, Smith se opuso a la tesis de que la benevolencia constituye
el principio que guía las acciones humanas. No obstante, aunque el vínculo bien
privado-bien público se invierta, subsiste un paralelismo interesante: según
Smith, toda persona sigue su propio interés privado, pero al hacer-lo también
logra el bien público, aunque sea involuntariamente. Además, Hutcheson
introdujo el concepto de «simpatía» en su análisis de la natu-raleza humana,
aunque sin atribuirle el papel que iba a tener en el análisis de Smith; también
su tratamiento de los temas económicos mostraba, en forma embrionaria, algunas
de las características que reaparecen en Smith, tales como la elección de la
división del trabajo como punto de partida del análisis.
Adam Ferguson (1723-1816) pertenecía a la generación de Smith;
su principal obra, An essay on the history of civil society [Ensayo sobre la
his-toria de la sociedad civil] (1767; se hicieron siete ediciones antes de la
muerte del autor) sostiene, entre otras cosas, una visión evolucionista del
nacimiento del lenguaje. Además, Ferguson trató extensamente la divi-sión del
trabajo, destacando también sus aspectos negativos. Para alguna de sus tesis
utilizó probablemente, sin citarlas, las lecciones universitarias de Smith; así
le fue atribuida a Ferguson la primera publicación de estas tesis (La riqueza
de las naciones apareció diez años más tarde que su libro), pero a costa de
algunas tensiones entre él y Smith.70 Más jóvenes que Smith eran John Millar
(1735-1801), alumno suyo, y Dugald Stewart (1753-1828), que iba a ser el primer
biógrafo de Smith (Stewart, 1811).71
Un poco mayor que Smith, James Steuart (1713-1780) fue uno de
los protagonistas principales de la política y de la cultura escocesas.
Exiliado durante largo tiempo después de la derrota de la rebelión jacobita en
la batalla de Culloden (1746), y, por lo tanto, en contacto directo con la
cul-tura francesa y alemana, Steuart fue el autor de una obra considerable, An
inquiry into the principles of political oeconomy [Investigación sobre los
prin-
Cf. Ross
(1995), p. 230.
Para una
interpretación de la Ilustración escocesa que asigna un papel central a la
teoría del orden espontáneo, cf. Hamowy (1987), que también proporciona una
amplia bibliografía de escritos de los principales autores del período.
La Ilustración escocesa: Francis Hutcheson y David Hume 159
cipios de la economía política], publicada en 1767, nueve años
antes que La Riqueza de las naciones de Smith, que después la eclipsaría.72 Sin
embar-go, Steuart no iba a ser considerado como uno de los protagonistas de la
Ilustración escocesa, sino como uno de los últimos representantes del
mer-cantilismo, dado el papel que atribuyó a la intervención pública activa en
la economía y a la protección de las manufacturas mediante derechos adua-neros,
junto con el lugar que atribuyó a la demanda en el equilibrio macro-económico.
Trató extensamente de la población, que en su opinión tiende a crecer hasta que
se ve frenada por la oferta de alimentos: esto parece dis-minuir la
originalidad de Malthus, pero también se hace eco de Cantillon y otros. Sobre
el valor, encontramos la simple noción de que los precios dependen de la oferta
y la demanda.73 También se encuentra la idea de que la demanda de artículos de
lujo estimula la producción, pero la demanda de artículos de lujo extranjeros
puede ser perjudicial; una deficiencia de la demanda de productos nacionales
puede reducir el empleo. De hecho, el principal objetivo político de Steuart
era un elevado nivel de empleo, aun-que dejando a un lado el progreso técnico
(por lo tanto, el papel de la divi-sión del trabajo y de la acumulación del
capital); destacó repetidamente la necesidad de proteger «el equilibrio entre
trabajo y demanda». Como Galiani, Steuart se opuso fuertemente a la idea de
«reglas generales»: «en cada […] parte de la ciencia de la economía política,
difícilmente existe algo que sea una regla general estipulada» (Steuart, 1767,
p. 339).74
Doce años mayor que Smith, que llegaría a ser un gran amigo
suyo,
Considerado por
Schumpeter (1954, p. 250; p. 295, trad. cast.) como «el único gran sistema de
economía producido por Inglaterra antes de Smith», esta obra fue valora-da
negativamente por el propio Smith, que en una carta de 1772 habló de ella en
los siguientes términos: «Sin mencionarlo una sola vez, me enorgullezco de que
todo falso principio contenido en ella hallará una clara y nítida refutación en
la mía» (Smith, 1977, p. 164).
De forma más
específica, «el valor de las cosas depende de muchas circunstancias, que, sin
embargo, pueden reducirse a cuatro puntos: primero, la abundancia de las cosas
a valorar; segundo, la demanda de ellas por parte de la población; tercero, la
competencia entre los demandantes; y cuarto, la extensión de las facultades de
los demandantes» (Steuart, 1767, p. 409).
Sobre Steuart
véanse la introducción de Skinner a la edición crítica de su libro, Sen (1957),
Hutchison (1988), pp. 335-351. Akhtar (1979) propone una traducción de la
teo-ría del crecimiento de Steuart a un modelo macroeconómico, con el objetivo
de revalori-zarla en comparación con la teoría smithiana.
160 Del cuerpo
político a los cuadros económicos
era el renombrado filósofo empirista David Hume (1711-1776),
autor del celebrado Treatise of human nature [Trado de la naturaleza humana]
(1739-1740). Un orden espontáneo en instituciones tan diferentes como el
lenguaje y el dinero aparece gradualmente como una consecuencia imprevista de
múltiples acciones individuales guiadas por el egoísmo, moderado por un
sentimiento de benevolencia. En cuanto a las acciones humanas, es la costumbre
más que la razón la que las guía.
Los economistas están más familiarizados con los Political
discourses [Ensayos políticos] (1752) de Hume. En el primer ensayo de la
segunda parte, «Del comercio», Hume intentó demostrar «la beneficencia del
pro-greso económico y su complementariedad con el aumento de la felicidad y la
libertad» (Hutchison, 1988, p. 202). En el segundo ensayo, «Del refi-namiento
en las artes», destaca el papel del consumo de lujo al estimular la actividad
económica en las sociedades comerciales. De hecho, las importaciones de bienes
de lujo se consideran como un elemento de nove-dad en las estancadas sociedades
agrícolas, que impulsa la generación de un producto excedente y la transición a
una sociedad comercial. El lujo excesivo es, por supuesto, censurado; pero, en
la medida en que se identi-fica con «refinamiento», refresca la mente, favorece
la sociabilidad y esti-mula la actividad, de manera que contribuye
simultáneamente al progre-so en «la industria, el conocimiento y la humanidad»
(Hume, 1752, p. 271). En el tercer y cuarto ensayos, «Del dinero» y «Del
interés», Hume man-tuvo, contra la tradición mercantilista, que «la mayor o
menor abundan-cia de dinero no tiene ninguna trascendencia» (ibíd., p. 281), y
que «un interés bajo» no debe «atribuirse a la abundancia de dinero», sino más
bien a «un aumento del comercio», puesto que está relacionado con los bajos
beneficios de la mercancía» (ibíd., pp. 295 y 302). En el quinto ensayo, «De la
balanza comercial», Hume ilustró el mecanismo de ajuste que —con patrón oro-
conduce al equilibrio la balanza comercial de dife-rentes países. Este
mecanismo se basaba en la teoría cuantitativa del dine-ro: en cada país, los
precios aumentan (disminuyen) cuando aumenta (disminuye) la cantidad de dinero
en circulación. Por lo tanto, siempre que un país tiene una balanza comercial
favorable, y, por lo tanto, recibe una entrada de oro, la oferta interior de
dinero aumenta, junto con los precios interiores. Esto reduce la competitividad
de las mercancías pro-ducidas en el país y, por lo mismo, sus exportaciones. En
los países que tienen una balanza comercial deficitaria sucede exactamente lo
contra-
La Ilustración escocesa: Francis Hutcheson y David Hume 161
rio.75 De este modo, Hume criticaba el principio mercantilista
tradicio-nal según el cual, para aumentar su riqueza, un país debía fijarse
como objetivo una balanza comercial positiva. En la misma línea, en un ensayo
adicional publicado en 1758, «De la rivalidad comercial», Hume sostuvo que el
progreso de cualquier país beneficia a los demás países, y que el comercio los
favorece a todos.
Sin embargo, en cuanto a lo que aquí nos interesa, Hume y
Hutche-son, y con ellos los otros protagonistas de la Ilustración escocesa, son
importantes, sobre todo, por las nociones de hombre y sociedad que
pro-pusieron: unas nociones que, a pesar de algunas diferencias significativas
entre los distintos autores, mostraban un moderado optimismo en rela-ción con
la realización automática e involuntaria de una organización social sólida, y
una evaluación moderadamente positiva de la naturaleza humana, reconociendo, no
obstante, sus muchas imperfecciones.
Evidentemente,
esta teoría, a la que Hume no atribuyó la importancia que le han concedido —de
forma un tanto inadecuada— tantos estudiosos posteriores, se basa en un
considerable conjunto de supuestos: que la teoría cuantitativa del dinero se
sostiene, que la proporción entre la base de oro y la cantidad de dinero en
circulación (incluido el dinero bancario) es suficientemente estable, que la
balanza comercial es el componente predomi-nante de la balanza de pagos y/o que
el resto de componentes no experimentan variacio-nes significativas, que el
aumento porcentual de las cantidades exportadas e importadas es superior a la
disminución (aumento) porcentual del nivel de precios de los bienes impor-tados
y exportados. Finalmente, como es obvio, debe funcionar el patrón oro.
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5. ADAM SMITH
5.1. Vida1
Adam Smith nació en la pequeña ciudad de Kirkaldy (que tenía una
población aproximada de 1 500 personas en aquella época), en la costa oriental
de Escocia, en 1723. La fecha exacta de su nacimiento es descono-cida; sólo
sabemos que debe haber sido pocas semanas antes de la muerte de su padre, un
funcionario de aduanas, que tuvo lugar en enero, y antes del 5 de julio, día de
su bautizo. El joven Smith tuvo una infancia plácida, criado por su madre
Margaret con la ayuda de parientes —una familia de terrate-nientes
moderadamente acomodados— hasta 1737, cuando se trasladó a Glasgow, a fin de
frecuentar la universidad local. Entre sus maestros, su favo-rito fue Francis
Hutcheson, que encontramos en el capítulo anterior (§ 4.9).
En aquella época, catorce años no era una edad inusual para
entrar en la universidad, que de hecho era una especie de escuela secundaria
supe-rior. El joven Adam ya había estudiado latín en Kirkaldy, y fue admitido
inmediatamente a las lecciones de griego; también tomó lecciones de lógi-ca,
que al parecer seguían la tradición aristotélica, pero también incluían algunos
desarrollos recientes (Descartes y Locke), de filosofía natural, de matemáticas
y de física (los Elementos de Euclides y los Principia mathe-matica de Newton)
y de filosofía moral (con Francis Hutcheson).
Después de una
larga gestación, por fin se puede disponer ahora de la biografía laboriosamente
recopilada por Ross (1995). El primer biógrafo de Smith fue su alumno Dugald
Steuart (1753-1828); sobre su interpretación (Steuart, 1794) volvemos más
ade-lante, en el § 5.8. Entre los escritos biográficos recientes, mencionemos
por lo menos West (1976).
164 Adam Smith
En el sistema educativo escocés, en todos los niveles, los
estudian-tes pagaban cada curso a sus maestros. El salario total de estos
últimos dependía, por lo tanto, de la valoración que de su enseñanza hacían sus
estudiantes: un sistema que el propio Smith experimentaría más ade-lante como
profesor, y que consideraría muy superior al de las grandes universidades
inglesas como Oxford, financiadas con fondos públicos y donaciones privadas,
donde los profesores, que recibían regularmente un salario, no tenían ningún
incentivo para desempeñar con celo su profesión.
Fue efectivamente en Oxford, en el Balliol College, donde Smith
con-tinuó sus estudios desde 1740, con una beca (la beca Snell) que
garantiza-ba 40 libras anuales durante once años, como preparación para una
carre-ra eclesiástica. Como se ha mencionado, no se encariñó con la célebre
universidad inglesa, que era tradicionalista y autoritaria. El aprendizaje
memorístico y la lectura de resúmenes en lugar de las obras originales eran la
norma. A los estudiantes se les imponían temas tradicionalmente apro-bados
—Aristóteles una y otra vez—, pero el volumen de trabajo distaba de ser pesado;
las oraciones obligatorias dominaban sobre las lecciones obligatorias, y Smith
tenía mucho tiempo para invertirlo en la Bodleian Library, siguiendo sus
propios intereses, «tal vez a despecho de los guar-dianes de la ortodoxia de
Oxford» (Ross, 1995, p. 78). Por ejemplo, el joven Adam fue castigado cuando se
le sorprendió leyendo el Tratado de la naturaleza (1739-1740) de David Hume,
partidario de un vago teísmo y que más tarde se convertiría en uno de los
mejores amigos de Smith. Pueden haber sido estas lecturas las causantes de que
Smith abandonara la idea de seguir una carrera eclesiástica.2 Así, después de
seis difíciles años, en 1746 Smith decidió regresar a Escocia, a Kirkaldy,
donde pasó dos años estudiando por su cuenta y escribiendo algunos ensayos
sobre temas literarios y filosóficos.
En el
protestantismo, que es declaradamente su religión, Smith (1977), pp. 67-68,
aprecia sobre todo «el precioso derecho al juicio personal para salvaguardar el
cual nuestros antepasados expulsaron al papa y al Pretendiente». Cuando
enseñaba en Glasgow, Smith pidió ser eximido de la tradicional oración al
inicio de las clases, y se dice que sus oracio-nes se inspiraban, de todos
modos, en la «religión natural» (Ross, 1995, p. 118).
Vida 165
Durante tres años, de 1748 a 1751, Smith dio lecciones públicas
en Edimburgo, sobre retórica y literatura inglesa, con cierto éxito en términos
de audiencia y financiación (unas cien personas pagaban una guinea anual para
escuchar al joven conferenciante, mientras que los patrocinadores, incluido
Lord Kames, pagaban los gastos). Con la fama obtenida con estas lecciones, en
1751 Smith se convirtió en profesor de la Universidad de Glasgow, primero
ocupando la cátedra de Lógica (pero sus lecciones eran esencialmente sobre
retórica, como sus confe-rencias de Edimburgo) y posteriormente la cátedra de
Filosofía Moral.3 Ello implicaba dar conferencias sobre teología natural,
ética, jurispru-dencia y, en el mismo conjunto de lecciones, sobre política y
economía política.
De aquellos años tenemos las notas de un curso de lecciones
sobre retórica, tomadas por un estudiante en 1762-1763, que se encontraron en
1958 y se publicaron en 1963, y las notas de dos cursos sobre «jurispru-dencia»
(tomadas en 1762-1763 y en 1763-1764, descubiertas respectiva-mente en 1958 y
1895, y publicadas en 1978 y 1896). Estos textos, apar-te de poseer un
considerable interés en sí mismos —en términos del estudio de la naturaleza
humana y de las formas de comunicación, y para el análisis de las instituciones
y su desarrollo en el curso de la historia—, muestran que el autor, ya antes de
entrar en contacto con los fisiócratas franceses, tenía claros en su mente los
principales temas que desarrollaría en La riqueza de las naciones.
En el mismo período Smith escribió y publicó su primer libro, La
teo-ría de los sentimientos morales (1759), que se trata más adelante (§ 5.3).
Este libro tuvo éxito y alcanzó seis ediciones en vida del autor.
Entre los lectores del libro estaba Charles Townshend, padrastro
del joven duque de Buccleuch, que invitó a Smith a asumir el papel de tutor del
joven noble, acompañándole en un viaje por el continente. La pro-puesta era
atractiva, no sólo porque significaba una renta anual vitalicia de 300 libras,
sino también a causa de la perspectiva de entrar en contac-
Sobre las
experiencias de Smith como maestro y sobre sus alumnos, cf. Ross (1995), pp.
128-156.
166 Adam Smith
to directo con los centros más florecientes de la vida cultural
de la época. Smith aceptó y, a principios de 1764, renunció a su cátedra de
Glasgow. Los viajes por el continente le dieron la oportunidad de encontrarse
con Voltaire en Ginebra, y en París con d’Alembert, Quesnay y muchos otros.4
Escocia tenía en aquella época una aceptable vida cultural,
relativa-mente libre (especialmente en comparación con el autoritarismo y el
con-formismo que predominaban en las universidades inglesas) y rica en un
sólido buen sentido, especialmente en el campo de las ciencias sociales; pero
el centro real de la vida intelectual era Francia, sobre todo París. Cuando
Smith llegó allí, Quesnay había publicado pocos años antes su Tableau
économique (1758), mientras que Turgot todavía tenía que publi-car sus Réflexions.
La cultura de la Encyclopédie (cuya publicación comen-zó en 1751), basada en la
fe en la razón y el progreso, se había dejado sen-tir también en otros países
europeos, pero la viveza de los célebres salones parisinos era única. La
estancia en París ofreció a Smith los estímulos con los que trabajaría los años
siguientes.
De hecho, al terminar sus viajes por el continente, gracias a la
renta anual del duque de Buccleuch, Smith pudo dedicarse plenamente a la
redacción de La riqueza de las naciones, en el tranquilo entorno de su
Kir-kaldy natal, donde vivió con su madre entre 1767 y 1773. En 1773 se
tras-ladó a Londres para seguir la impresión de su libro, que, sin embargo, le
llevó tres años más de trabajo. Finalmente, el 9 de marzo de 1776, el libro de
economía más famoso de todas las épocas llegaba a las librerías y encon-traba
una cálida acogida por parte del público (el libro se editó cinco veces en doce
años). Su gran amigo Hume le escribió una carta entusiasta acer-ca de ello.
Después de una larga enfermedad, David Hume murió el mismo año.
Smith escribió un relato de los últimos meses de vida de su amigo, en la que
destacaba su valor estoico: publicada en 1777, «me provocó diez veces más
insultos que los violentos ataques que hice [en La riqueza de las nacio-
Sobre el viaje
de Smith por el continente y sobre sus actividades como tutor, cf. Ross (1995),
pp. 195-219.
Método 167
nes] contra el sistema comercial de la Gran Bretaña» (como
escribió Smith en una carta de octubre de 1780 a Andreas Holt).5
En 1778, consultado sobre la situación americana, Smith escribió
un memorando en el que defiende la adopción de un sistema impositivo uni-forme
para Gran Bretaña, Irlanda y las colonias americanas, acompañado de la elección
de representantes de estas últimas poblaciones en el Parla-mento (sobre la base
del principio que comúnmente se sintetiza en la expresión «ningún impuesto sin
representación»). Además, Smith previó la pérdida de las colonias americanas
(con la excepción de Canadá) y el desplazamiento gradual del centro de gravedad
económico y político, de Inglaterra a Norteamérica.6
El mismo año de 1778 Smith fue designado comisionado de las
adua-nas de Escocia, por lo que se trasladó a Edimburgo, acompañado de su
madre. Allí vivió calladamente (aunque profundamente afligido, por la muerte de
su madre acaecida en 1784), atendió de forma escrupulosa a sus deberes y cuidó
con meticulosidad las nuevas ediciones de sus libros, hasta su muerte el 17 de
julio de 1790. Siguiendo sus instrucciones, los albace-as de su testamento
destruyeron dieciséis volúmenes de manuscritos.
5.2. Método
Sería un error ignorar los escritos «menores» de Smith,
incluidas las notas de sus conferencias tomadas por sus estudiantes, y
concentrarse sola-
El cariñoso
relato de los últimos meses de la vida de Hume está escrito en forma de carta
al editor William Strahan (1715-1785), fechada el 9 de noviembre de 1776
(Smith, 1977, pp. 217-221), publicado posteriormente, con el consentimiento de
Smith, en un opúsculo (Hume, 1777, pp. 37-62). Las líneas finales de la carta
muestran la eleva-da consideración que Hume le merecía a Smith: «Por encima de
todo, siempre le he con-siderado, durante su vida y desde su muerte, como la
persona que más se ha acercado a la idea de un hombre perfectamente sabio y
virtuoso, con tanta perfección cuanta permita la fragilidad humana». Sobre el
tema cf. Ross (1995), pp. 288-304. La carta a Holt se encuen-tra en Smith
(1977), pp. 249-253; la cita se ha tomado de p. 251.
6 Smith fue durante mucho tiempo amigo de Benjamín Franklin
(1706-1790), uno de los protagonistas de la independencia de Estados Unidos,
con quien se había encontra-do en Glasgow en 1759 y con quien había permanecido
en contacto a través de William Strahan. Como ya habían hecho su maestro
Hutcheson y otros intelectuales de la época, Smith también se declaró en contra
del comercio de esclavos (cf. Ross, 1995, p. 171).
168 Adam Smith
mente en La riqueza de las naciones, aunque esto es lo que han
hecho gene-raciones de historiadores del pensamiento económico. Como veremos en
el siguiente apartado, La teoría de los sentimientos morales es
particular-mente decisiva para nuestra comprensión de la noción de «interés
perso-nal» sobre la que se apoya Smith en su análisis más estrictamente
econó-mico. Incluso las Lectures on rhetoric and belles lettres [Conferencias
sobre retórica y bellas letras], aunque aparentemente alejadas de la economía en
su contenido, son importantes, junto con los Essays on philosophical sub-jects
[Ensayos sobre temas filosóficos], para la comprensión de algunos aspectos del
método de investigación adoptado por Smith.
Nuestro punto de partida es, de hecho, uno de estos ensayos, la
His-tory of astronomy (cuyo título completo, de modo significativo, es: The
principles which lead and direct philosophical enquiries; illustrated by the
his-tory of astronomy [Los principios que guían y dirigen las investigaciones
filosóficas, ilustrados con la historia de la astronomía]). Schumpeter (1954,
p. 182; p. 224, trad. cast.) lo señala entre todas las obras de Smith como la
única realmente digna de alabanza; y no sólo por amor a la para-doja, sino
porque, como veremos (§ 15.2), la metodología «liberal» de Schumpeter se parece
mucho al enfoque smithiano.
El punto de partida de Smith en el campo de la epistemología se
basa también en el análisis de las motivaciones de la acción humana. En su
opi-nión, nuestra actitud ante las teorías científicas se explica por tres
«senti-mientos»: «asombro, sorpresa y admiración». El asombro se estimula por
«lo que es nuevo y singular», la sorpresa por «lo que es inesperado», y la
admiración por «lo que es grande o hermoso».7 La «naturaleza», dice Smith,
«parece abundar en acontecimientos que se presentan de forma solitaria e
incoherente con todo lo que los precede, los cuales, por tanto, perturban el
movimiento cómodo de la imaginación»; la tarea de la filosofía (definida como
«la ciencia de los principios conectivos de la naturaleza») consiste en
«introducir orden en este caos de sacudidas y apariencias discordantes»,
«representando las cadenas invisibles que unen todos estos objetos
incone-xos».8 De esta manera, la filosofía «hace que el teatro de la naturaleza
sea un espectáculo más coherente y, por lo tanto, más magnífico».9
Smith (1795),
p. 33.
8 Ibíd., p. 45.
9 Ibíd., p. 46.
Método 169
Llevando a cabo esta tarea de investigar la naturaleza, se
construyen «los sistemas filosóficos» (como las dos distintas visiones
cosmológicas, la tolemaica y la copernicana) que —destacaba Smith— son «meras
inven-ciones de la imaginación, para reunir los fenómenos de la naturaleza que
de otro modo aparecen inconexos y discordantes».10 En otras palabras, el
intelectual («filósofo») que considera el mundo e intenta interpretar su
funcionamiento tiene un papel activo, creando más que descubriendo las teorías.
Con esta tesis, Smith se oponía a la idea de Galileo (compartida por Petty,
como hemos visto más arriba, § 3.2), según la cual la tarea del científico
consiste en revelar (en el sentido etimológico literal de ‘descorrer los velos
que cubren’) las «leyes de la naturaleza» que constituyen el esque-leto del
mundo real: como él dice, éstas son «meras invenciones de la ima-ginación».
Nada de esto debe sorprendernos: después de todo, en este aspecto Smith está
siguiendo simplemente los pasos de su gran amigo David Hume.
También podemos interpretar de este modo la desconfianza
declara-da de Smith (cf. más arriba § 4.1) ante la aritmética política de
Petty. No era, como han sostenido algunos comentaristas, una cuestión de dudar
de los datos estadísticos que los aritméticos políticos construían con un
nota-ble esfuerzo de la imaginación, en una situación en la que la obtención de
estadísticas era rudimentaria. Para Smith, es más bien una cuestión de rechazar
la idea de una estructura matemática de la realidad, que Hobbes y después el
sensismo de Condillac ya habían extendido al cuerpo huma-no, y que Petty y los
aritméticos políticos extendieron al «cuerpo político», es decir, a la
sociedad.11
Los «sistemas filosóficos», aunque «invenciones de la
imaginación», pueden ayudarnos a orientarnos en el caos de los acontecimientos
reales. Sin embargo, es claro que no se pueden verificar las teorías
demostran-do su correspondencia con supuestas leyes naturales, a menos que
supongamos que las leyes con las que las comparamos poseen una exis-tencia real
independiente de las mismas teorías (esto es, a menos que tales leyes estén
inscritas, por así decirlo, en el mundo real, y no sean una
Ibíd., p. 105.
En muchos
aspectos, esta opinión smithiana resurge en Keynes. Cf. más adelante
14.2.
170 Adam Smith
creación de nuestro pensamiento). Smith no aborda este tema,
que, como hemos visto antes (§ 1.3), Feyerabend y McCloskey proponen resolver
refiriéndose al «discurso honesto» y a la «retórica». Pero es inte-resante
observar que el propio Smith, en las Lectures on rhetoric (1983, p. 178),
propone el método de la retórica, con particular referencia al modelo de
procedimientos legales, como la manera de seleccionar las proposiciones que
deben aceptarse y las que deben rechazarse.12 Sin embargo, esta idea debe entenderse
(con una relación, típica de Smith, entre ética y teoría del conocimiento) en
términos de la noción del espec-tador imparcial. Como veremos en el siguiente
apartado, a este especta-dor le podemos asignar el papel de árbitro, en este
caso no de lo que es justo y de lo que es injusto, sino (provisionalmente, no
de modo abso-luto) de lo que es verdadero o falso.
Así, Smith adopta una metodología flexible, que deja espacio
para un buen grado de eclecticismo. Además, el abandono de la idea de una
estructura matemática intrínseca a la realidad corresponde a la atribución al
hombre de un complejo conjunto de motivaciones —las «pasiones» y los
«intereses» que se examinaron antes, § 4.3— cuyo equilibrio es objeto de La
teoría de los sentimientos morales. Estos elementos —falta de seguri-dad
respecto a la idea de «leyes de la naturaleza» veraces en su realidad objetiva,
tanto en el mundo natural como en el humano, y la apertura sis-temática a
reconocer la complejidad de las motivaciones de la acción humana— son
característicos de la Ilustración escocesa, el entorno cul-tural en que Smith
había crecido y a cuyo desarrollo contribuyó con sus escritos.
Estas ideas
tienen una larga historia. Baste para recordarlo la oposición de los sofis-tas
a la tesis de Sócrates (y de Platón) sobre la existencia de la verdad, cuyo
descubrimien-to debe ser el objeto de la investigación filosófica. Los sofistas
recomendaban más bien un debate abierto sobre los elementos a favor y en contra
de cualquier tesis, creyendo que nin-guna tesis es verdadera en un sentido
absoluto.
Sobre la tesis smithiana de la retórica como instrumento de
investigación, cf. Giu-liani (1997). Como destaca Giuliani (ibíd., p. 205), «la
retórica es el método de investiga-ción en el dominio de la opinión y de la
verdad probable». También en este aspecto obser-vamos una significativa
afinidad entre las ideas de Smith y las de Keynes.
El principio moral de la simpatía 171
5.3. El principio
moral de la simpatía
Como ya hemos visto, el contexto amplio de la obra de Smith era
el debate sobre las diferentes motivaciones de la acción humana. En resumi-das
cuentas, su contribución consistió en señalar la complementariedad entre la
persecución de los intereses propios y la atribución de un papel central a las
reglas morales para el sano funcionamiento de la vida en común en la sociedad.
Esta interpretación de la contribución de Smith, que se
corresponde en gran parte con la de los editores de la edición crítica de sus
obras,13 surge de la lectura de sus dos obras principales, La teoría de los
sentimientos mora-les y La riqueza de las naciones, más complementarias que
contradictorias.
La tesis de una contradicción entre las dos obras predominó
durante cierto tiempo, constituyendo lo que se ha denominado das Adam Smith
Problem. Según esta tesis, la defensa de la libre persecución del interés
per-sonal en una economía de mercado, propuesta por Smith en La riqueza de las
naciones, correspondería a la posición madura del economista escocés. Smith
habría llegado a ella después de rechazar la posición que defendió inicialmente
en La teoría de los sentimientos morales, según la cual el com-portamiento
basado en la simpatía entre los miembros de una comunidad es necesario para la
misma supervivencia de la entidad colectiva.14
Los seis
volúmenes de la Glasgow edition of the Works and correspondence of Adam Smith
(editados por D. D. Raphael y A. S. Skinner, Oxford University Press: Oxford,
1976-1983; reimpresión de la edición facsímile en rústica, Liberty Press,
Indianápolis, 1981-1985) incluyen The theory of moral sentiments, editada por
A. L. Macfie y D. D. Ra-phael; The wealth of nations, editada por R. H.
Campbell y A. S. Skinner; Essays on philo-sophical subjects, editados por W. P.
D. Wightman; Lectures on rhetoric and belles lettres, edi-tadas por J. C.
Bryce; Lectures on jurisprudence, editadas por R. L. Meek, D. D. Raphael y P.
G. Stein; y Correspondence, editada por E. C. Mossner e I. S. Ross.
La literatura sobre Smith es enorme; aquí podemos mencionar
Macfie (1967); Skinner y Wilson (1975); Wilson y Skinner (1976); Winch (1978);
Pack (1991); Skinner y Jones (1992). Hollander (1973b) ofrece una
interpretación radicalmente diferente, sos-teniendo la tesis —repetida
insistentemente, pero muy raramente investigada: Hollander es una excepción
importante, desde este punto de vista— de que Smith fundó la teoría del
equilibrio económico general; para una crítica de tal tesis cf. más adelante, §
5.6.
Esta tesis fue
desarrollada por un grupo de estudiosos alemanes en la segunda mitad del siglo
XIX, el primero de los cuales era Karl Knies. Para referencias sobre este
lite-ratura y para una crítica detallada de su tesis, cf. Raphael y Macfie
(1976).
172 Adam Smith
Esta tesis parece insostenible cuando recordamos que la Teoría
de los sentimientos morales fue repetidamente reimpresa, en todas las ocasiones
bajo el control del autor, que aprovechó la oportunidad que le ofrecían las
reimpresiones para introducir cambios en la obra, incluso después de la
publicación de La riqueza de las naciones. ¡Smith habría tenido una
perso-nalidad esquizofrénica si hubiera ofrecido simultáneamente a sus lectores
dos obras contradictorias entre sí! Además, en la correspondencia de Smith no
existe ningún indicio de que él mismo o alguno de sus corresponsales vieran ni
la más ligera contradicción entre las dos obras.
El error de los que sostienen que existe una contradicción entre
las dos obras, y, por lo tanto, entre el egoísmo y la ética de la simpatía,
cons-tituye un ejemplo típico de una lectura sesgada por las tendencias
teóricas (y culturales, en el sentido más amplio del término) dominantes en el
perí-odo en que vive el intérprete. En nuestro caso, el predominio de una
noción unidimensional del hombre15 llevó a los comentaristas a conside-rar
contradictoria la presencia simultánea de dos motivaciones de las acciones
humanas. Debemos recordar que, como vimos antes (§ 4.3), en el siglo XVIII la
presencia simultánea de pasiones e intereses, incluso con-tradictorios, como
fundamento de la acción humana se consideraba una cuestión de facto con la que
había que contar. De hecho, la complemen-tariedad sugerida por Smith entre el
principio moral de la simpatía y el interés personal constituye la base para
una noción más rica y compleja del mercado que las que se propusieron después y
una contribución teórica que sigue siendo muy relevante.
Consideremos ahora la contribución ofrecida por Smith en La
teoría de los sentimientos morales. Se centra en la propuesta del «principio
moral de la simpatía», cuya importancia como guía del comportamiento huma-no ya
había sostenido Hume (1739-1740).16
Sobre esta
opinión, relacionada con el utilitarismo benthamita y la subsiguiente
afirmación de la teoría subjetiva del valor dentro del marco del marginalismo,
cf. más ade-lante §§ 6.7, 8.9 y 10.4.
Sin embargo, el
significado atribuido a tal principio es algo diferente en los dos autores: por
el término simpatía Hume «entiende la comunicación de sentimientos, y Smith
entiende el mecanismo psicológico que proporciona un acercamiento a la
comuni-dad de sentimientos» (Ross, 1995, p. 183).
El principio moral de la simpatía 173
Según Smith, «la parte principal de la felicidad humana procede
de la conciencia de ser amado»; la simpatía, es decir, la capacidad de
compartir los sentimientos de otros, nos lleva a juzgar nuestras acciones sobre
la base de sus efectos en los otros, además de sus efectos sobre nosotros
mismos. Así, el hombre
debe […] humillar la arrogancia de su amor propio, y reducirlo a
algo que los demás puedan compartir. […] En la carrera por la riqueza, los
honores y el ascenso social, puede correr con todas sus fuerzas, poniendo a
prueba todos sus nervios y todos sus músculos, a fin de aventajar a todos sus
competidores. Pero si empujase a algunos de ellos, la indulgencia de los
espectadores se agotaría por completo. Es una violación del juego limpio, que
no pueden admitir.
Esta clase de actitud moral es un requisito previo para la
propia super-vivencia de las sociedades humanas: «La sociedad […] no puede
subsistir entre aquellos que siempre están dispuestos a dañar y perjudicar a
otro».17
En otras palabras, las opiniones liberales de Smith se basan en
un doble supuesto, a saber, que por lo común cada persona conoce mejor que
cualquier otra sus propios intereses, y que entre los intereses de cada una
existe el deseo de ser amada por las demás, y, por lo tanto, el respeto por el
bienestar de las demás. El primer supuesto explica el rechazo de una dirección
centralizada de la economía, aunque la lleve a cabo un príncipe ilustrado; de
ahí la preferencia por una economía de mercado frente a una economía dirigida.
El segundo supuesto constituye, en la estructura smithiana, un requisito previo
esencial para asegurar que la persecución del interés personal por parte de una
multitud de agentes económicos que compiten entre ellos lleva a unos resultados
propicios al bienestar de la sociedad; sin embargo, en el desarrollo de la
escuela clásica de la misma economía política, este supuesto —que corresponde
al principio smithia-no de la «simpatía»— quedó sumergido por la creciente
influencia del uti-litarismo.
Otro elemento central de La teoría de los sentimientos morales
es la noción del espectador imparcial. Según Smith, los individuos valoran sus
propias acciones adoptando el punto de vista de un espectador imparcial que,
dotado de todos los elementos que conocen, juzgan tales acciones
17 Smith (1759), pp.
41, 83, 86.
174 Adam Smith
como lo haría un ciudadano medio.18 Las instituciones jurídicas,
cuyo funcionamiento es indispensable para garantizar la seguridad de los
inter-cambios en el mercado, hallan en este principio de comportamiento moral
un apoyo esencial y concreto. De ahí que la afirmación más famosa de Smith,
según la cual «no es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del
panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su interés
personal», no debería tomarse aisladamente. En ese contexto impli-ca el
supuesto —vital para el funcionamiento de una economía de merca-do— de una
sociedad civilizada, que se fundamenta en la aceptación gene-ral del principio
moral de la simpatía, y que está dotada de las instituciones administrativas y
jurídicas necesarias para tratar los casos en los que se viole la moralidad
común.19
La distinción entre interés privado e interés público se
convierte en oposición, en conflicto irreconciliable —dice Smith en esencia—,
sólo si el interés privado se interpreta de modo restrictivo, como egoísmo más
que como interés personal, implicando el último la atención a los propios
intereses, moderada por el reconocimiento (o, mejor, «simpatía») de los
intereses de los demás.20
Naturalmente,
esta tesis presupone la existencia de una base cultural común (en el sentido
amplio del término) para los individuos pertenecientes a un sistema social
dado. En este aspecto, la referencia a la economía-nación que es habitual en la
tradición de la eco-nomía política clásica implica dificultades relativamente
menores en comparación con la referencia moderna a la economía-mundo.
Smith (1776),
pp. 26-27; p. 17, trad. cast. Este pasaje, o sus variantes, también se presenta
en las Lectures on jurisprudence y en el Early draft of parts of «The wealth of
nations» [Borrador inicial de partes de La riqueza de las naciones] (reimpreso
ahora en Smith, 1978, pp. 562-581). Cf. Smith (1978), pp. 348: LJ-A, vi. 45-46;
493: LJ-B, 219-220; 571-572: Early drafts, 23. Como se observó más arriba (§
4.9), la referencia de Smith a la benevolen-cia es una manera implícita de
llamar la atención sobre la tesis de su maestro Hutcheson, que le atribuía un
importante papel como guía de la acción humana. Valdría la pena destacar que en
una sociedad en la que los comerciantes no tuvieran ningún reparo en vender
alimentos adulterados (y en la que los comerciantes que hicieran eso no fueran
perseguidos por la jus-ticia pública) la producción para el autoconsumo
aumentaría, con una regresión de la divi-sión del trabajo y, por lo tanto, un
declive económico, que haría inevitable un declive cívico.
En La teoría de
los sentimientos morales (apartado 7.2.4) Smith critica los «sistemas
licenciosos», en particular el de Mandeville: «La gran falacia del libro del
doctor Mandevi-lle consiste en representar como enteramente viciosa toda pasión
que lo sea en algún grado o en alguna dirección. Así, trata como vanidad toda
cosa que contenga alguna referencia a los sentimientos de los demás, como son o
como deberían ser; y es por medio de este sofis-ma que establece su conclusión
preferida, que los vicios privados son beneficios públicos» (Smith, 1759, pp.
312-313).
El principio moral de la simpatía 175
Lo que intenta Smith, siguiendo la tradición de la escuela
sociológica escocesa, es una difícil tarea de definición de una tercera vía
para la teoría del hombre y de la sociedad, distinta de la tradición
aristotélica y de la de los filósofos del derecho natural que se trataron más
arriba (§ 4.2). Smith rechaza el absolutismo arbitrario que la estructura
social y política de su época heredó del feudalismo, y que puede asociarse con
la tradición aris-totélica. Sin embargo, rechaza igualmente el contractualismo
de Hobbes, en el que un Estado, aunque ilustrado y benevolente, domina la vida
de sus súbditos. (Es a este estatismo, del que están imbuidas las teorías
«mer-cantilistas», al que se opuso Smith, ciertamente más que a la
identificación «mercantilista» de la riqueza con el dinero y a la tesis de la
preferencia por una balanza de pagos activa, siendo esta última la
interpretación que hace el propio Smith de la historia del pensamiento
económico que le ha pre-cedido, interpretación que propuso en el libro cuarto
de La riqueza de las naciones, aunque en muchos aspectos parece forzada.)
Smith propone la línea de una mayor confianza en la capacidad de
autogobierno de los individuos: «Todo hombre es, sin duda, por naturale-za, el
primero y principal responsable de su propio cuidado; y es más ade-cuado para
cuidar de sí mismo que cualquier otra persona».21 Sin embar-go, la libre
persecución del interés personal tropieza con dos límites: uno externo al
individuo (la administración de justicia, una de las funciones fundamentales
que Smith atribuye al Estado), y otro interno, la «simpatía»
Una visión clara del interés propio, que no se reduce a la
monomanía por la acu-mulación de riqueza (o, en otros términos, a un
comportamiento maximizador unidimen-sional), es evidente, por ejemplo, en el
siguiente pasaje: «¿Qué puede añadirse a la felici-dad del hombre que goza de
buena salud, no tiene deudas y su conciencia tranquila? Para alguien que se
encuentre en esa situación, toda mejora de su fortuna puede decirse
ade-cuadamente que es superflua; y si se exalta por ello debe ser el efecto de
la más frívola lige-reza» (Smith, 1759, p. 45).
Smith (1759),
p. 82. El pasaje se repite casi con las mismas palabras más adelante en el
texto (ibíd., p. 219): «Todo hombre, como decían los estoicos, es el primero y
prin-cipal responsable de sus cuidados; y todo hombre es ciertamente, en todos
los aspectos, más adecuado y capaz para cuidar de sí mismo que cualquier otra
persona». Como podemos ver, Smith no dice que todo hombre sea más adecuado que
cualquier otro, sino que todo hombre es más adecuado para cuidar de sí mismo
que para cuidar a cualquier otro. La dife-rencia no es extraordinaria; sin
embargo, la meticulosidad y cautela de Smith aparece en tales ocasiones, lo que
acredita su liberalismo.
John Stuart Mill vuelve a proponer esta tesis (sin citar a
Smith) en su famoso ensayo De la libertad (Mill, 1859, p. 76): Toda persona «es
la más interesada en su propio bienestar».
176 Adam Smith
por los demás seres humanos. El recurso simultáneo a los dos
elementos muestra cómo Smith, fiel en esto a la tradición aristotélica de
hostilidad hacia las posiciones extremas, tiene una visión positiva, aunque no
ideali-zada, del hombre.22
Smith (1759, p. 77) es explícito en este aspecto:
Ahora no estamos examinando qué principios aprobaría un ser
perfecto acerca del castigo de las malas acciones; sino qué principios aprueba
una cria-tura tan débil e imperfecta como el hombre […] La misma existencia de
la sociedad exige que la malicia inmerecida y no provocada deba restringirse
por medio de castigos adecuados […] Aunque el hombre, por lo tanto, esté
natu-ralmente dotado de un deseo de bienestar y conservación de la sociedad,
sin embargo el autor de la naturaleza no ha confiado en su razón para descubrir
que una determinada aplicación de castigos es el medio adecuado para alcanzar
este fin; pero le ha dotado de una aprobación inmediata e instintiva de esa
misma aplicación que es la más adecuada para alcanzarlo.
Es precisamente de esta visión no idealizada del hombre y de la
socie-dad de la que proceden los diversos ejemplos de intervención del Estado
que, como veremos más adelante (§ 5.8), pueden atribuirse a Smith.23
En resumen, en la visión de Smith concurren diversos elementos
para garantizar la misma supervivencia y el desarrollo de las sociedades
civilizadas: el comportamiento moral basado en el sentimiento de simpa-
Esta visión de
la naturaleza humana constituye un elemento central de la Ilustra-ción
escocesa, aunque se trata de algo ampliamente difundido. Por ejemplo, Kant (un
año más joven que Smith) también adopta una posición similar a la de Smith (por
cierto, una de sus lecturas preferidas: cf. Ross, 1995, pp. 193-194; la
traducción alemana de La teoría de los sentimientos morales data de 1770).
Comparemos dos pasajes: «La arcilla basta de la que está formado el grueso de
la humanidad no puede trabajarse hasta tal perfección» (Smith, 1759, pp.
162-163); «De un leño retorcido, como el del que está hecho el hom-bre, no
puede salir nada completamente recto. Sólo la aproximación a esta idea nos
viene impuesta por la naturaleza» (Kant, 1784, p. 130). Antes que Smith y Kant,
la idea de una naturaleza humana sustancialmente benevolente la sostienen, por
ejemplo, Hutcheson y Shaftesbury, que la opusieron a la tesis de una naturaleza
humana sustancialmente egoísta, defendida en particular por Hobbes y
Mandeville.
Viner (1927)
recuerda tales ejemplos para criticar las interpretaciones de Smith «como un
abogado doctrinario del laissez-faire» (ibid., p. 112). El artículo de Viner,
uno de los más autorizados exponentes de la «primera escuela de Chicago», es
una crítica ante litteram de la frase de Stigler en las celebraciones del
bicentenario de La riqueza de las nacio-nes: «Smith está vivo, se encuentra
bien y habita en Chicago».
La riqueza de las naciones 177
tía (por lo tanto, fundamentado en un sentimiento que es innato
en el hombre y no le viene impuesto desde fuera), la fuerza motriz de un
inte-rés personal rectamente concebido, un conjunto de normas jurídicas y
costumbres, e instituciones públicas diseñadas entre otras cosas para
garantizar la administración de justicia. Ésta es una visión que se funda-menta
en un sano buen sentido; al mismo tiempo, es fruto de una refi-nada elaboración
teórica que abarca todo el campo de las ciencias socia-les y comporta, paso a
paso, una ajustada selección entre las diferentes tradiciones culturales y
corrientes de pensamiento que contribuyen a la viveza del «siglo de la
Ilustración».
5.4. La riqueza de las
naciones
Las contribuciones de Smith, como hemos visto, se refieren a
muchos campos: retórica, filosofía moral, jurisprudencia, economía política.
Aquí concentramos la atención en el último de ellos, al que Smith debe su fama.
Sin embargo, es importante destacar que, como vimos en el apartado ante-rior,
sus reflexiones sobre este tema (y, por lo tanto, el libro que las ilustra, La
riqueza de las naciones) forman parte de una investigación más amplia sobre el
hombre y la sociedad: dos elementos que, como sostenía su maes-tro Hutcheson,
constituyen de hecho un solo objeto de estudio.24
La Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de
las naciones (Smith, 1776) se subdivide en cinco libros. El primero se refiere
a la divi-sión del trabajo (y, por lo tanto, al progreso tecnológico), la
teoría del valor y la distribución de las rentas; el segundo trata del dinero y
la acumulación; el tercero es una digresión breve y muy sugerente sobre la
historia de las ins-tituciones y la economía desde la caída del Imperio romano;
el cuarto ilus-tra críticamente las doctrinas mercantilistas y los principios
fisiocráticos; finalmente, el quinto se refiere a los gastos e ingresos
públicos y, con carác-ter más general, al papel del Estado en la economía.
En La riqueza
de las naciones y en otros escritos (especialmente las Lectures on
juris-prudence, Smith, 1977) Smith adopta una teoría de los estadios del
desarrollo social —caza, cría de ganado, agricultura, comercio— análoga a la
propuesta, es probable que de forma independiente, por Turgot, bajo la
influencia de la obra de Montesquieu, De l’Esprit des lois (1748, en particular
libro octavo): cf. Meek (1977), pp. 18-32.
178 Adam Smith
El punto de partida de la reflexión económica de Smith viene
repre-sentado por la división del trabajo. Su objeto es explicar el
funcionamien-to de un sistema económico en el que cada persona está ocupada en
una tarea específica y cada empresa produce una mercancía específica.
La división del trabajo no es un fenómeno nuevo, y Smith no es
el primero en hacer hincapié en él. Schumpeter (1954, p. 56) lo llamó «este
eterno lugar común de la economía»: los autores de la antigua Grecia, como
Jenofonte y Diodoro Sículo, Platón y Aristóteles (cf. más arriba
2.2), ya la
habían estudiado, así como los autores del siglo anterior como William Petty.
Smith, sin embargo, es el primero en colocar la división del trabajo en el
centro del análisis aplicado para explicar cuáles son los ele-mentos que
determinan los niveles de vida de un país dado y sus tenden-cias al progreso o
al retroceso.
La tesis de Smith puede sintetizarse como sigue. Ante todo, la
«rique-za de las naciones» se identifica con lo que hoy llamamos renta per
cápita, o en esencia el nivel de vida de los ciudadanos del país que se
considera.25 Ésta es una identificación que ahora damos por supuesta, pero que
de nin-guna manera era así cuando Smith la introdujo. En efecto, con ella
aban-donaba la tendencia de los escritores cameralistas y mercantilistas,
conse-jeros del príncipe en las décadas anteriores, a tomar como objetivo la
maximización de la renta nacional total de un país como fuente de poder
económico y, por lo tanto, de poder militar y político (una visión que
con-sideraría a Suiza menos «rica» que la India).
En segundo lugar, recordemos que la renta nacional (Y) es igual
a la cantidad de producto obtenida en promedio por cada trabajador (o pro-
Éstas son las
primeras líneas de La riqueza de las naciones (Smith, 1776, p. 10; p. 3, trad.
cast.): «El trabajo anual de cada nación es el fondo que en principio la provee
de todas las cosas necesarias y convenientes para la vida, y que anualmente
consume el país. Dicho fondo se integra siempre, o con el producto inmediato
del trabajo, o con lo que mediante dicho producto se compra de otras naciones.
De acuerdo con ello, como este producto o lo que con él se adquiere, guarda una
proporción mayor o menor con el número de quienes lo consumen, la nación estará
mejor o peor surtida de las cosas necesarias y convenientes ape-tecidas». De
hecho, la visión de Smith es más amplia: en una sociedad civilizada cuentan la
riqueza material, la libertad, la dignidad individual y las reglas (leyes y
normas morales) compartidas. Una economía floreciente es importante tanto por
sí misma cuanto como requisito previo para el desarrollo de las letras y las
artes, y por la función civilizadora que se atribuye al comercio (la tesis del
doux commerce antes mencionada, § 4.1).
La riqueza de las naciones 179
ductividad del trabajo, π), multiplicada por el número de
trabajadores empleados en la producción (L):
Y=πL.
Si dividimos la renta nacional por la población (N), obtenemos
la renta per cápita; en consecuencia, la renta per cápita es igual a la
produc-tividad del trabajo multiplicada por la proporción de trabajadores
activos sobre el total de la población. En otros términos: de Y = π L,
dividiendo por N, obtenemos
Y/N = π L/N.
Es decir, el nivel de vida de la población depende de dos
factores: la proporción de ciudadanos empleados en un trabajo productivo y la
pro-ductividad de su trabajo.
Aquí entra en juego la división del trabajo. De hecho, según
Smith, la productividad del trabajo depende principalmente del nivel alcanzado
por la división del trabajo. A su vez, éste depende de la dimensión de los
mercados.
Examinemos más detenidamente estas dos tesis. La primera —el
efec-to positivo de la división del trabajo sobre la productividad— lo ilustra
Smith (1776, pp. 14-15; p. 8, trad. cast.) con el conocido ejemplo de la
fábrica de alfileres, que está tomado de la voz Épingle en la Encyclopédie
editada por d’Alembert y Diderot.26 Smith identifica tres circunstancias
La voz Épingle
(escrita por Alexandre Deleyre, conocido como traductor de Fran-cis Bacon) se
incluyó en el quinto volumen (1755) de la Encyclopédie, publicada entre 1751 y
1772, y fue mencionada (con referencia errónea a la aguja, aiguille) en el
manifiesto pro-gramático de la obra, el Discours préliminaire de d’Alembert
(1751, p. 141). Sin embargo, la importancia de la división del trabajo ya había
sido reconocida por los escritores griegos (cf. más arriba § 2.2) y, en época
más próxima a Smith, por autores como William Petty, que utiliza como ejemplos
la fabricación de vestidos, barcos y relojes (Petty, 1690, pp. 260-261, y 1899
[1682], p. 473), y el anónimo autor de las Considerations on the East India
trade [Consideraciones sobre el comercio de las Indias Orientales], que utiliza
los mismos ejemplos (Anónimo, 1701, pp. 590-592). El ejemplo de los alfileres
le podría haber pare-cido sugestivo a Smith a causa de la posibilidad, para él
y para los lectores que hubiera entre sus conciudadanos, de una comparación
directa con las condiciones en las que los mari-neros escoceses producían los
clavos para sus barcos, como parte subsidiaria de sus activi-dades de pesca y
contrabando (con el resultado de una baja productividad y de una mala calidad
del producto). El ejemplo de la aguja fue utilizado por un autor musulmán
medie-val, Algazel (1058-1111): cf. Hosseini (1998), p. 673.
180 Adam Smith
que relacionan la productividad con la división del trabajo: la
mejora de la destreza del trabajador, cuando realiza con regularidad una tarea
específi-ca en lugar de una multiplicidad de tareas; el ahorro en el tiempo de
tra-bajo que habitualmente se pierde cuando se desplaza de una tarea a otra; y
el progreso técnico inducido por la posibilidad de concentrar la atención en
una tarea específica.27
Consideremos ahora la segunda tesis, la relación entre
crecimiento del mercado y desarrollo de la división del trabajo.28 Recordemos
que, cuando una empresa se expansiona a fin de introducir mejoras en la
división del tra-bajo dentro de ella, tiene que colocar en el mercado una mayor
producción, tanto por el aumento en el número de trabajadores empleados como
por el aumento de su productividad. En el ejemplo de la fábrica de alfileres de
Smith, un trabajador que lo hace todo produce unos diez alfileres diarios,
mientras que una pequeña fábrica con diez trabajadores produce unos 50 000
alfileres diarios. La producción en su conjunto ha aumentado cinco mil veces, a
consecuencia de un aumento decuplicado en el número de tra-bajadores y a un
aumento cinco veces centuplicado de su productividad. Por lo tanto, el mercado
debe también crecer cinco mil veces, a fin de absorber la producción de la
pequeña fábrica, comparada con la dimensión del mercado suficiente para un solo
trabajador que produjera alfileres. Está claro, por lo tanto, que la dimensión
del mercado constituye la restricción principal para el desarrollo de la
división del trabajo. De ahí el liberalismo económico de Smith: todo aquello
que sea un obstáculo para el comercio constituye también un obstáculo para la
división del trabajo, y, por lo tanto, para aumentar la productividad y el
bienestar de los ciudadanos, o, en otras palabras, para la riqueza de las
naciones.
Cf. Smith
(1776), pp. 17-20; pp. 11-13, trad. cast.
La conexión
smithiana entre la dimensión del mercado y la división del trabajo ha sido
interpretada a menudo en términos de la teoría marginalista tradicional de la
empre-sa, que se basa en las curvas de costes en forma de U (cf. más adelante
cap. 13), como una tesis que se refiere a los rendimientos crecientes a escala.
Cf., por ejemplo, Stigler (1951). Sin embargo, en el contexto de la teoría
marginalista, los rendimientos a escala se refieren a comparaciones estáticas
entre alternativas igualmente disponibles para el empresario en un instante
dado del tiempo, mientras que en el marco smithiano la división del trabajo
(dicho de modo más explícito, el cambio tecnológico) y la expansión del mercado
son pro-cesos que tienen lugar en el tiempo.
La riqueza de las naciones 181
Evidentemente, al analizar una economía de mercado basada en la
división del trabajo no podemos detenernos en una noción agregada como la de la
riqueza de las naciones. En efecto, hay tres aspectos relacionados, aunque
distintos, en la división del trabajo: la división microeconómica del trabajo
entre los diferentes trabajadores de una misma planta;29 la divi-sión social,
entre diferentes puestos de trabajo y profesiones; y la división
macroeconómica, entre empresas y sectores que producen diferentes mer-cancías o
grupos de ellas.30 Por lo tanto, es necesario considerar tanto la
estratificación social de tal sistema económico como las relaciones que se
establecen entre los diferentes sectores productivos. En estos aspectos Smith
va bastante más allá del pensamiento económico anterior, aunque toma una serie
de elementos de él.
Los «aritméticos políticos» King y Davenant habían ilustrado la
situa-ción económica de Inglaterra utilizando una división de la economía
nacio-nal en áreas geográficas: una elección que podemos comprender para una
época en la que el comercio tropezaba con la dificultad de los transportes. En
cambio, más tarde prosperó el criterio de dividir la sociedad en clases
sociales y sectores productivos. Después de Cantillon y Quesnay, Smith
consideró una sociedad dividida en tres clases. Su tripartición —trabajado-
El ejemplo de
los alfileres se refiere evidentemente a la división microeconómica del
trabajo, a saber, la división del trabajo en una unidad productiva individual
(o empre-sa). Por lo tanto, la expansión del mercado puede consistir no sólo en
un aumento de la cantidad del producto demandado por los compradores en su
conjunto, sino también en un aumento en la cuota de mercado de la empresa
individual a través de un proceso de concentración industrial. Sin embargo, tal
proceso implica una creciente eficiencia del mercado. Por ejemplo, el número de
empresas que producen alfileres en Gran Bretaña puede disminuir si la logística
de los transportes hace posible que los productos de cual-quier empresa lleguen
a las áreas distantes del país. En cualquier caso, está claro que Smith, aunque
no lo excluya, no se refiere tanto a la expansión del mercado de la empresa
indivi-dual cuanto al mercado de un producto en su conjunto. (Sólo dentro de la
teoría margi-nalista del equilibrio de la empresa los rendimientos crecientes,
concebidos en términos estáticos, entran en contradicción con el supuesto de
competencia; sobre este punto cf. más adelante § 13.3 y 16.4; aquí nos
limitamos a destacar la naturaleza dinámica, no estática, del análisis
smithiano de la división del trabajo, y la ausencia en él de la noción
margina-lista de equilibrio.)
Aunque Smith no
trató explícitamente esta relación (ni distinguió explícitamente estos
diferentes aspectos de la división del trabajo), está claro que la división
macroeconó-mica del trabajo procede de la división microeconómica, a través de
la externalización de algunas áreas de la actividad de una empresa que dan
lugar a nuevas empresas y nuevas ramas de la actividad. Cf. Corsi (1991).
182 Adam Smith
res, capitalistas y terratenientes (con las tres clases
correspondientes de ren-tas: salario, beneficio y renta de la tierra)— es
diferente de la de sus prede-cesores (trabajadores agrícolas y granjeros,
artesanos, nobleza y clero). Esta última clasificación refleja una sociedad en
transición del feudalismo al capitalismo, mientras que la clasificación de
Smith refleja una sociedad capitalista (aunque hoy en día los terratenientes
han perdido prácticamen-te toda su importancia, mientras que las clases medias
se han expansiona-do). Así, también en este aspecto Smith señala el ascenso del
esquema con-ceptual que ha caracterizado a la ciencia económica posterior.
La noción del tipo de beneficio, aunque no era nueva (ya había
sido utilizada por Turgot y otros), asume definitivamente un papel central: la
conveniencia de líneas alternativas de actividad es valorada considerando la
proporción entre los beneficios y el valor de los adelantos de capital, más que
la diferencia entre ingresos y costes.
A causa de las diferencias del poder de negociación entre
capitalistas y trabajadores,31 podemos suponer que estos últimos reciben un
salario estrictamente suficiente para mantenerlos a ellos y a sus familias. Los
ingresos de los capitalistas y terratenientes, a saber, los beneficios y las
ren-
«Los salarios
del trabajo dependen generalmente, por doquier, del contrato concer-tado por lo
común entre estas dos partes, y cuyos intereses difícilmente coinciden. El
ope-rario desea sacar lo más posible, y los patronos dar lo menos que puedan.
Los obreros están siempre dispuestos a concertarse para elevar los salarios, y
los patronos, para rebajarlos.
Sin embargo, no es difícil de prever cuál de las dos partes
saldrá gananciosa en la disputa, en la mayor parte de los casos, y podrá forzar
a la otra a contentarse con sus térmi-nos. Los patronos, siendo menos en
número, se pueden poner de acuerdo más fácilmente, además de que las leyes
autorizan sus asociaciones o, por lo menos, no las prohíben, mien-tras que, en
el caso de los trabajadores, las desautorizan. No encontramos leyes del
Parla-mento que prohíban los acuerdos para rebajar el precio de la obra; pero
sí muchas que pro-híben esas estipulaciones para elevarlo. En disputas de esa
índole los patronos pueden resistir mucho más tiempo. […] A largo plazo, tanto
el trabajador como el patrono se necesitan mutuamente; pero con distinta
urgencia». (Smith, 1776, pp. 83-84; p. 65, trad. cast.)
Debe observarse que Smith sostiene la tesis de que el salario
tiende al mínimo de subsistencia (para el consumo necesario del trabajador y de
su familia) con argumentos de tipo histórico-institucional; cambios como la
legalización de los sindicatos y el derecho a la huelga modifican la situación
y hacen posible que los salarios suban, incluso mucho, por encima del nivel de
subsistencia, pero no restan validez al enfoque smithiano de la distri-bución,
visto como un problema de poder relativo de negociación. Lo mismo puede
decir-se de la «ley de bronce de los salarios», basada en el principio
maltusiano de la población, que se tratará más adelante (§ 6.2).
La riqueza de las naciones 183
tas, pueden considerarse, pues, iguales en su totalidad al
excedente obte-nido en la economía.
En el proceso de desarrollo, añade Smith, aumentan las rentas,
mien-tras que el tipo de beneficio tiende a disminuir debido a la «competencia
de los capitales». En consecuencia, el interés de los terratenientes con-cuerda
en este aspecto con el interés general de la sociedad, mientras que ocurre lo
contrario para los capitalistas.32
El excedente —una noción que Smith toma de Petty, Cantillon y
Quesnay— es igual a aquella parte del producto que excede a lo que es necesario
para reconstituir el stock inicial de medios de producción y medios de
subsistencia para los trabajadores empleados en el proceso pro-ductivo. Esta
noción es el núcleo de la representación clásica del funcio-namiento de la
economía como «producción de mercancías por medio de mercancías». Período tras
período, las empresas del sistema económico uti-lizan el stock inicial de
medios de producción (y los trabajadores utilizan el stock inicial de medios de
subsistencia) en el curso del proceso produc-tivo, al final del cual obtienen
un producto que se usa ante todo para reconstituir el stock inicial, a fin de
poder repetir el ciclo productivo; lo que resta después de esto, es decir, el
excedente, puede utilizarse para aumentar el stock de medios de producción y de
subsistencia, aumentan-do el número de trabajadores empleados en el proceso
productivo y, por lo tanto, el producto, o para un consumo «improductivo» (que
incluye en el consumo de lujo también el consumo de subsistencia de los parados
o de aquellos cuyo trabajo no da resultados concretos, esto es, no origina
mercancías que puedan venderse en el mercado).
Smith atribuye una notable importancia al proceso de
acumulación, o, en otras palabras, a la utilización productiva del excedente.
La acumu-lación consiste no sólo en invertir en nuevos medios de producción,
sino también en el aumento del número de trabajadores empleados, y, de este
Cf. Smith
(1776), pp. 264-267; pp. 239-241, trad. cast. Esto no significa que la actitud
de Smith sea favorable a los terratenientes: ellos «desean cosechar donde nunca
sembraron» (ibíd., p. 67; p. 49, trad. cast.), y la renta «es naturalmente un
precio de mono-polio» (ibíd., p. 161; p. 141, trad. cast.). Pero la actitud
hacia «aquellos que viven de los beneficios» es incluso más severa; no sólo su
interés se opone al desarrollo económico, sino que también estriba en
«restringir la competencia» (ibíd., p. 267; p. 241, trad. cast.: cf. el pasaje
que se cita más adelante, en nota 63).
184 Adam Smith
modo, en los adelantos en forma de salarios para tales
trabajadores, que consisten en el uso de una parte del excedente como medios de
subsisten-cia para los trabajadores productivos adicionales.
Aquí surge el problema de la distinción entre trabajadores
producti-vos e improductivos. En este aspecto, Smith parece fluctuar entre tres
defi-niciones distintas. Según la primera, el trabajo productivo es aquel
traba-jo que da origen a bienes físicos: esto es, el trabajo en la agricultura
y en la manufactura, pero no el trabajo en el sector de los servicios. La
segunda definición identifica como productivo aquel trabajo que recupera los
fon-dos empleados en la producción y además genera un beneficio. Según la
tercera definición, es productivo aquel trabajo cuyo salario se extrae del
capital, mientras que estamos ante un trabajo improductivo cuando el salario
procede de la renta del dueño, como es el caso de los criados.33
De hecho, no hay necesariamente tres definiciones alternativas.
La última es útil para propósitos ilustrativos, puesto que ayuda al lector a
entender concretamente el razonamiento de Smith, pero como teoría implicaría un
círculo lógicamente vicioso.34 Las dos primeras definiciones pueden coincidir
si suponemos que la agricultura y la manufactura corres-ponden al campo de
acción de las empresas capitalistas. En tal supuesto, podemos atribuir a Smith
un acuerdo logrado entre la tradición que iden-tifica trabajo productivo con
producción de bienes duraderos (a lo largo de una escala encabezada por los
metales preciosos y el comercio exterior, y que en su parte inferior situaría
los medios para obtener aquéllos) y la visión posterior, que se convertirá en
dominante en la obra de Marx, según
Para las tres
definiciones, cf. Smith (1776), pp. 330-331, 332 y 332-333 (pp. 299-300,
300-301 y 301-302, trad. cast.), respectivamente. Habría que destacar que a
causa de esta noción de trabajo productivo, la noción de renta nacional de
Smith (Y en las ecuacio-nes anteriores) es más restrictiva que la definición
corriente de renta en la moderna conta-bilidad nacional. Se acercaba más a
Smith (a causa de la adopción por Marx de una varian-te del concepto smithiano
de trabajo productivo) la noción de renta nacional adoptada hasta hace poco en
la contabilidad nacional de los países comunistas.
Efectivamente,
cuando un capitalista contrata a un trabajador, podemos decir que el gasto en
salarios procede de su capital si el trabajador es un trabajador productivo,
mien-tras que procede de su renta si el trabajador es improductivo: la
distinción depende de lo que haga el trabajador, no en el hecho de que el
salario venga de una cuenta bancaria espe-cífica o de otra. (De manera
semejante, la adquisición de un coche por parte del empresa-rio puede
clasificarse actualmente como una inversión o como un gasto en consumo, según
el uso que se haga del coche.)
La riqueza de las naciones 185
la cual la distinción entre trabajo productivo e improductivo,
en lo que se refiere a la etapa histórica del capitalismo, corresponde a la
distinción entre lo que permanece dentro y lo que queda fuera del área
capitalista de la economía. En otras palabras, Smith tiene en cuenta la opinión
tradicio-nal, pero al propio tiempo la transforma, tendiendo un puente hacia la
definición marxiana, menos ambigua.35
En cuanto al tema del trabajo productivo, una vez más en la
cuestión del origen del excedente, Smith va más allá de la visión tradicional
de una jerar-quía de sectores productivos. En particular, la idea fisiocrática
de que sólo la agricultura es capaz de generar un excedente es criticada por
Smith pocos años después de la publicación de las principales obras de los
fisiócratas.36
La
identificación del trabajo productivo con el que da origen a bienes materiales
es objeto de crítica por parte de Jean-Baptiste Say (1803), que define los
servicios como «productos inmateriales». Según Say, podemos definir como
productiva cualquier actividad que de origen a valores de uso, a saber, a
bienes y servicios que considere útiles el compra-dor: una visión que cae
dentro de la tradición de la teoría subjetiva del valor. (Sobre Say cf. más
adelante § 6.3).
En lo que se refiere al trabajo improductivo, Smith sugiere una
distinción entre trabajos útiles e inútiles (por ejemplo, el médico y el bufón;
cf. Smith, 1776, p. 331; p. 300, trad. cast.). En esencia, podemos considerar
como útil aquel trabajo que contribuye indirectamente al funcionamiento del
sistema económico, por ejemplo garantizando la observancia de los derechos de
propiedad; podemos incluir en este campo a los maestros y a los médicos, que
contribuyen a la supervivencia de los trabajadores y al desarrollo de sus
habilidades.
Smith (1776),
pp. 674-679; pp. 604-605, trad. cast. Aquí Smith también consi-dera
explícitamente tan productivo el trabajo de los comerciantes, al mismo nivel
que el de los trabajadores agrícolas, los artesanos y los manufactureros, y
manteniendo esta tesis recuerda nuevamente los elementos que caracterizan las
tres definiciones de trabajo pro-ductivo que se han ilustrado antes. Sin
embargo, el argumento que aquí utiliza Smith se refiere principalmente al error
de considerar improductivos los sectores manufacturero y mercantil, más que al
hecho de que en un sistema de interrelaciones productivas, en el que los
diferentes sectores dependen unos de otros para obtener sus medios de
producción, es absurdo decir que el excedente sólo puede venir de la potencia
natural de la tierra, y, por lo tanto, sólo del sector agrícola. En efecto, la
tierra no tiene un papel autónomo en el pro-ceso productivo, y no produciría
nada si no se cultivase, si el trabajo (y, por lo tanto, los medios de
subsistencia) y los medios de producción no hubiesen sido utilizados junto con
ella. Entonces, el producto no puede atribuirse a un solo elemento entre los
varios que se emplean en cualquier proceso productivo singular. Así, dado que
los medios de produc-ción, al menos en parte, proceden de otros sectores (a
causa de la división del trabajo, en la agricultura se utilizan productos
manufacturados, y viceversa), no es posible establecer si el excedente procede
de un sector o de otro, sin explicar primero cómo se determinan las proporciones
del cambio. Efectivamente, el excedente es una noción relacionada con el
sis-tema económico en su conjunto, y no con un sector económico en particular.
186 Adam Smith
Sinteticemos los puntos tratados hasta ahora. Hemos visto que,
según Smith, la riqueza de las naciones, interpretada como la renta per cápita
de los ciudadanos de un país (Y/N), depende de dos factores: la productivi-dad
de los trabajadores empleados en la producción de mercancías (traba-jadores
productivos), π, y la proporción de trabajadores productivos sobre la población
total, L/N.
Recordemos que la productividad del trabajo depende del estadio
alcanzado en el proceso de creciente división del trabajo, la cual, a su vez,
depende de la renta de los consumidores (esto es, de Y/N) y de las políti-cas
más o menos librecambistas adoptadas por las autoridades públicas, además de
las mejoras del transporte.
Al mismo tiempo, la proporción de trabajadores productivos sobre
el total de la población, L/N, depende del estadio alcanzado en el pro-ceso de
acumulación, a saber, del volumen de medios de producción disponibles para dar
trabajo a nuevos trabajadores productivos, de los elementos institucionales y
de las costumbres, como las leyes sobre la educación primaria pública para
todos, o sobre el trabajo infantil, o las costumbres relacionadas con las
actitudes de las mujeres ante el traba-jo en una fábrica. A su vez, tales
factores institucionales y consuetudi-narios están influidos por las elecciones
políticas de las autoridades públicas.
Utilizando flechas para indicar las relaciones de causa a
efecto, podemos representar el complejo de relaciones como se hace en la
figu-ra 5.1. Como podemos ver a partir del esquema, la adopción de políti-cas
encaminadas a eliminar los obstáculos al librecambio y a favorecer la expansión
de los mercados puede poner en movimiento una «espiral vir-tuosa»: la expansión
de los mercados favorece una creciente división del trabajo, y con ella un
aumento de la productividad, que a su vez origina un aumento de la renta per
cápita y, en consecuencia, una nueva expan-sión de los mercados. Al mismo
tiempo, estas políticas y otras semejan-tes favorecen un aumento de la renta
per cápita, gracias a su acción a favor de un aumento en la proporción de
trabajadores productivos sobre el total de la población. Estos mecanismos
dinámicos, de tipo acumula-tivo, constituyen la esencia de la teoría smithiana
de la riqueza de las naciones.
Valor y precios 187
Acumulación
Factores
L/N institucionales
y costumbres
Y/N π División
del
trabajo
Dimensión
de
los
mercados
Mejoras en
transporte y
comunicaciones Políticas
económicas
FIGURA 5.1
5.5. Valor y precios
Una de las distinciones conceptuales decisivas para el
desarrollo de la economía política clásica es la que se refiere al valor de uso
y al valor de cambio. La distinción es perfectamente clara en Adam Smith:
La palabra valor tiene dos significados diferentes, pues a veces
expresa la utilidad de un objeto particular, y, otras, la capacidad de comprar
otros bienes, capacidad que se deriva de la posesión de dinero. Al primero lo
podemos lla-mar «valor en uso», y al segundo, «valor en cambio». Las cosas que
tienen un gran valor en uso tienen comúnmente escaso o ningún valor en cambio,
y, por el contrario, las que tienen un gran valor en cambio no tienen, muchas
veces,
188 Adam Smith
sino un pequeño valor en uso, o ninguno. No hay nada más útil
que el agua, pero con ella apenas se puede comprar cosa alguna ni recibir nada
a cambio. Por el contrario, el diamante apenas tiene valor en uso, pero
generalmente se puede adquirir, a cambio de él, una gran cantidad de otros
bienes.37
Según Smith y los economistas clásicos en general, el valor de
uso es un requisito previo del valor de cambio: un bien que no tiene uso y que
nadie desea no puede tener un valor de cambio positivo.38 Pero una vez
satisfecha esta condición, el valor de cambio de cualquier mercancía se
determina sobre la base de elementos distintos del valor de uso: como veremos
mejor más adelante, el valor de cambio depende de las condicio-nes de
reproducción del sistema económico, no de la utilidad de la mer-cancía que se considera.
Dicho con mayor precisión, los economistas clá-sicos no consideran el valor de
uso de una mercancía como una cantidad mensurable. A lo sumo, como Smith en el
pasaje antes citado, podemos hablar de un mayor o menor valor de uso, pero de
un modo más bien genérico, que ciertamente no nos autoriza a pensar en una
ordenación completa de las preferencias de los agentes económicos. En cualquier
caso, el propio Smith rechaza explícitamente la idea de que sea posible
explicar el valor de cambio de dos mercancías sobre la base de su mayor o menor
valor de uso. No obstante, una relación entre las dos nociones basadas en la
representación del valor de uso como una magnitud unidimensional (como una
magnitud mensurable, como en el enfoque de la utilidad car-dinal, o simplemente
como sujeta a comparación, como en el enfoque de la utilidad ordinal y en la
teoría de la preferencia revelada) iba a conver-tirse en la base de la teoría
marginalista del valor.39
Smith (1776),
pp. 44-45; p. 30, trad. cast. La paradoja del agua y los diamantes constituye
un lugar común en la literatura económica. Galiani, por ejemplo, se refiere a
ella para destacar el papel de la escasez, junto con el de la utilidad, en la
determinación de los valores de cambio (cf. más arriba § 4.8).
Para Smith,
como para muchos otros autores antes de la «revolución marginalis-ta», la
utilidad tiene un sentido objetivo, como la capacidad de un bien para
satisfacer algu-na necesidad, no en el sentido de valoración subjetiva por
parte de uno o más individuos. Recordemos que estos dos aspectos ya habían sido
distinguidos —como virtuositas y com-placibilitas— por Bernardino de Siena y
Antonino de Florencia a principios del siglo XV: cf. más arriba § 2.5.
La idea de una
relación entre el valor de uso y el valor de cambio ya estaba pre-sente en
autores anteriores y en la época de Smith. Cf. más arriba § 10.2.
Valor y precios 189
Cuando se refieren al valor de una mercancía, los economistas
clá-sicos quieren decir por lo general valor de cambio. Sin embargo, el
pro-blema del valor puede presentar distintas características, en función de
si: 1) el objetivo es remontarse al primer principio —la «fuente» del valor; 2)
el centro está en el tema práctico del patrón de valor para com-paraciones
intertemporales o comparaciones entre diferentes países;
se aborda el
problema teórico de la determinación de los valores de cambio.
Es comprensible que, cualquiera que fuese el problema específico
sometido a consideración, los economistas se centraran inicialmente en el
trabajo. Como hemos visto, las teorías del valor-trabajo ya eran comunes entre
los filósofos del derecho natural; el trabajo reaparece, al lado de la tierra,
entre los elementos que constituyen el contenido en valor de una mercancía en
las teorías de Petty y Cantillon. Como hemos visto, sin embargo, las teorías
del valor-trabajo adquieren distintos sig-nificados en los diferentes autores.
Por una parte, los filósofos del dere-cho natural conciben los valores-trabajo
como un índice del sacrificio realizado por la gente para obtener la mercancía
deseada. Por otra, auto-res como Petty y Cantillon están más cerca de una teoría
de los costes de la producción física; los valores-trabajo tienen para ellos el
significa-do de una simple cuestión de hecho, debido a los rasgos metafísicos
que caracterizan la idea del trabajo como sacrificio: esto es, los
valores-tra-bajo no son sino una manera simplificada de expresar la dificultad
rela-tiva de producir la mercancía que se considera, en relación con otras
mercancías.
En Smith, ambas características están presentes de forma
simultánea además, la teoría del valor-trabajo se propone como una teoría del
trabajo necesario (trabajo exigido para la producción de la mercancía: trabajo
con-tenido, en la terminología de Marx) y como una teoría del trabajo
orde-nado. Consideremos esto último en primer lugar:
Todo hombre es rico o pobre según el grado en que pueda gozar de
las cosas necesarias, convenientes y gratas de la vida. Pero una vez
establecida la división del trabajo, es sólo una parte muy pequeña de las
mismas la que se puede procurar con el esfuerzo personal. La mayor parte de
ellas se consegui-rán mediante el trabajo de otras personas, y será rico o
pobre, de acuerdo con la cantidad de trabajo ajeno de que pueda disponer, o se
halle en condiciones de adquirir. En consecuencia, el valor de cualquier bien,
para la persona que
190 Adam Smith
lo posee y que no piense usarlo o consumirlo, sino cambiarlo por
otros, es igual a la cantidad de trabajo que pueda adquirir o de que pueda
disponer por mediación suya. El trabajo, por consiguiente, es la medida real
del valor en cambio de toda clase de bienes.40
Podemos observar que en el pasaje citado Smith no pretende
señalar los factores que determinan los valores de cambio, sino simplemente
indi-car el patrón con el que medirlos, y, entre otras cosas, justifica esta
elec-ción refiriéndose con carácter más general al papel central que el trabajo
desempeña en la economía. Además, el trabajo ordenado constituye un patrón
particularmente adecuado para la comparación entre diferentes países o
diferentes épocas en el mismo país,41 y, por lo tanto, es apropiado para una
teoría «dinámica» de la riqueza de las naciones, como la pro-puesta por Smith.
También podemos observar que, según Smith, el traba-jo ordenado es una medida
adecuada para una sociedad que se basa en la división del trabajo. De hecho,
cuando una sociedad se basa en la división del trabajo, el intercambio de
productos de distintos sectores es sustan-cialmente un intercambio que pone en
relación a los trabajadores de los diferentes sectores: detrás de cada acto de
intercambio hay una relación recíproca que conecta a los trabajadores de los
distintos sectores, integrán-dolos en un solo sistema económico, en una sola
sociedad, en la que toda persona depende del trabajo de las demás. Sobre la
base del tiempo de tra-bajo podemos, por lo tanto, expresar en términos
cuantitativos las relacio-nes económicas que mantienen unidos a los diferentes
productores en una sociedad basada en la división del trabajo.
Sin embargo, el problema del valor continúa estando abierto, por
lo menos en el sentido que habitualmente tiene en la literatura económica, a
saber, el de la identificación de los factores que determinan el valor de
cambio de las diferentes mercancías. En una sociedad en la que los traba-
Smith (1776),
p. 47; p. 31, trad. cast.
Aún hoy es
frecuente el uso de tal patrón: un corte de pelo «ordena» una hora de trabajo
en un país y dos horas de trabajo en otro. La elección del patrón viene aquí
moti-vada no por una necesidad lógica interna a la teoría, sino por el papel
particular del hom-bre, y especialmente del trabajador, a los ojos de los
economistas. Observemos también que en la época de Smith no se disponía de una
teoría de los números índices, que podría haber suministrado un instrumento
alternativo de medida de los cambios en las magnitudes eco-nómicas; además,
incluso los números índices proporcionan sólo soluciones aproximadas para el
problema de medición.
Valor y precios 191
jadores no poseen sus medios de producción (esto es, en la que
la mayoría son trabajadores dependientes), el trabajo ordenado proporciona el
núme-ro de horas de trabajo requeridas para ganar un salario igual al precio de
la mercancía. Así, por ejemplo, podemos decir que dos horas de trabajo
«adquieren» (u «ordenan») un kilo de carne. Podemos obtener la cantidad de
trabajo ordenado por una mercancía dada dividiendo su precio por el tipo de
salario, aunque ello presupone claramente el conocimiento del pre-cio y del
tipo de salario.
Una solución al problema de la determinación de los valores de
cam-bio, ya sugerida en el pasaje antes citado, la proporciona la teoría del
tra-bajo necesario, según la cual las proporciones de cambio entre dos
mer-cancías son proporcionales a las cantidades de trabajo necesario para
producirlas. Smith, sin embargo, sólo considera válida esta teoría en una
«sociedad primitiva y ruda».
En el estado primitivo y rudo de la sociedad, que precede a la
acumula-ción de capital y a la apropiación de la tierra, la única circunstancia
que puede servir de norma para el cambio recíproco de diferentes objetos parece
ser la proporción entre las distintas clases de trabajo que se necesitan para
adquirir-los. […] Es natural que una cosa que generalmente es producto del
trabajo de dos días o de dos horas valga el doble que la que es consecuencia de
un día o de una hora.42
Sin embargo, dice Smith, ya no podemos utilizar el trabajo
necesario para explicar los valores de cambio cuando nos referimos a una
sociedad en la que los trabajadores no poseen los bienes de capital y la tierra
que utilizan en su trabajo. De hecho, el trabajo necesario no tiene en cuenta
las rentas y beneficios que entran en el precio de toda mercancía cuando
capitalistas y terratenientes constituyen clases sociales distintas de la clase
trabajadora.
En tal sociedad, los valores de cambio corresponden a los
«precios naturales», que Smith define en el siguiente pasaje, distinguiéndolos
de los
Smith (1776),
p. 65; p. 47, trad. cast. Debemos destacar que Smith no se refiere a una
sociedad primitiva real, sino a un modelo ideal de sociedad en la que los
agentes eco-nómicos (cazadores y pescadores) adoptan el comportamiento
«racional» típico de una sociedad mercantil, mientras que el carácter primitivo
viene dado por la hipótesis abstracta de ausencia de la división en las clases
sociales de trabajadores, capitalistas y terratenientes.
192 Adam Smith
«precios de mercado»: «Cuando el precio de una cosa es ni más ni
menos que el suficiente para pagar la renta de la tierra, los salarios del
trabajo y los beneficios del capital empleado en obtenerla, prepararla y
traerla al mercado, de acuerdo con sus precios corrientes, aquélla se vende por
lo que se llama su precio natural. […] El precio al que se vende comúnmen-te la
mercancía se llama precio de mercado».43
En otras palabras, el precio de mercado es el precio que podemos
observar mirando los actos reales de intercambio; el precio natural, en cambio,
es el precio teórico que expresa las condiciones de reproducción del proceso
productivo. En una sociedad dividida en clases sociales, los valores de cambio
o «precios naturales» deben cubrir los costes de produc-ción y garantizar,
además, un rendimiento igual al que se obtendría en otros sectores para el
capital invertido en la actividad productiva.
Evidentemente, la referencia a los costes de producción es en sí
misma insuficiente para construir una teoría de los precios, dado que
implicaría un razonamiento lógico circular: si necesitamos acero para producir
car-bón, y carbón para producir acero, no podemos determinar el precio del
carbón si no lo conocemos de antemano. Por esta razón, algunos econo-mistas,
antes y después de Smith, han recurrido a un primer principio como el trabajo
necesario (o trabajo-y-tierra, como en el caso de Petty y Cantillon), que les
permitiera explicar los precios sin tener que explicarlo a su vez. Sin embargo,
como hemos visto, Smith no estaba de acuerdo, puesto que consideraba el trabajo
necesario como un principio explicativo que sólo era aceptable en una «sociedad
primitiva y ruda».
Los valores de cambio siguen siendo un tema abierto en el
análisis de Smith. Algunos intérpretes (por ejemplo, Dobb, 1973, pp. 44 y ss.)
han visto un intento de resolverlo en lo que se ha llamado la «teoría de la
suma de los componentes»: a saber, la idea de que «el precio de cualquier
mer-cancía se resuelve en una u otra de esas partes, o en las tres a un
tiempo», «renta, trabajo y beneficio».44 En otras palabras, el precio de una
mercan-cía corresponde a los salarios, beneficios y rentas, más los costes soporta-dos
por los medios de producción distintos del trabajo y la tierra; tales cos-
Ibíd., p. 72;
p. 54, trad. cast.
Ibíd., p. 68;
p. 50, trad. cast. La inclusión del beneficio en el precio puede conside-rarse
un paso adelante respecto de Petty, Cantillon y Quesnay: cf. O’Donnell (1990),
p. 54.
Valor y precios 193
tes, a su vez, se descomponen en salarios, beneficios, rentas y
costes de los medios de producción; así procedemos hacia atrás hasta que los
costes de los medios de producción hayan desaparecido o se hayan hecho
insignifi-cantes. El valor de una mercancía depende, pues, de la tecnología y
de los tipos «naturales» de salario, renta y beneficio.
Sin embargo, en esta teoría parece estar implícita una idea, que
iba a ser criticada por Ricardo, la de que un aumento del tipo de salario
produ-ce un aumento del precio, al tiempo que no modifica el tipo de beneficio.
De hecho, tal crítica sólo se sostiene si suponemos —lo que no hizo Smith, al
menos de modo explícito— que las tres variables distributivas son
independientes entre sí. La teoría de la suma de los componentes, sin embargo,
no constituye una solución adecuada al problema de los valores de cambio, dado
que el residuo de los medios de producción, en general, no puede reducirse a
cero.45 Por lo tanto, la teoría representa más bien una nueva propuesta, al
nivel de una mercancía individual, de un principio de contabilidad nacional: el
valor del producto nacional corresponde al valor de la renta nacional, esto es,
a la suma de las rentas de las diferentes clases sociales. De hecho, es
precisamente este punto el que destacó Smith (1776, p. 69; p. 51, trad. cast.).
Podemos decir, en conclusión, que Smith no proporciona una
teoría completamente adecuada de los valores de cambio; lo que proporciona con
la teoría del trabajo ordenado es sencillamente una indicación de cómo medir
los precios de las mercancías que parece ser particularmente útil para una
economía basada en la división del trabajo en la que tiene lugar una evolución
tecnológica continua.46 Sólo con Ricardo la teoría del valor, en su significado
moderno de teoría de los precios relativos, se situa-rá en el centro de la
escena.
En sentido
estricto, la «reducción completa» sólo es posible cuando no se requiere ninguna
mercancía, ni directa ni indirectamente, para su propia producción: cf. Sraffa
(1960), pp. 34 y ss.
Siguiendo unas
líneas semejantes, y mostrando la relevancia del problema de medi-ción en las
comparaciones espaciales e intertemporales en el análisis smithiano, se
encontra-ba la propuesta de tomar el grano como patrón de valor: cf. Smith
(1776), pp. 55-56; p. 39, trad. cast. Sylos Labini (1976), ilustrando tal
propuesta, observa que en opinión de Smith la producción de grano se
caracteriza por unos costes relativos más o menos estables a lo largo del
tiempo, a diferencia, por una parte, de otros productos agrícolas,
caracterizados por cos-tes crecientes, y, por otra, de las manufacturas,
caracterizadas por costes decrecientes.
194 Adam Smith
5.6. Precios naturales
y precios de mercado
Como ya hemos visto, la división del trabajo plantea un problema
de coordinación entre los diferentes agentes económicos. Cada empresa pro-duce
una mercancía o grupo de mercancías y, para continuar producien-do, necesita
disponer al menos de una parte de lo que se ha producido a cambio de los medios
de producción exigidos para la continuidad de su actividad. De modo semejante,
los trabajadores obtienen un salario que necesitan para convertirlo en sus
medios de subsistencia.
Según Smith, la economía de mercado en su conjunto funciona de
modo bastante satisfactorio: para cada mercancía, el flujo de producción que
sale de las empresas que la producen se corresponde más o menos con el flujo de
demanda que en condiciones normales procede de los compra-dores. Los mecanismos
del mercado guían la economía de tal modo que aseguran el bienestar material,
que es una condición previa indispensable para una vida civilizada.
Consideremos el tema con algo más de detalle. Los intercambios
entre los diferentes sectores, necesarios para el funcionamiento continuo de la
eco-nomía, pueden ser coordinados por una autoridad central con un plan para la
distribución del producto global entre los diferentes sectores y las
dife-rentes unidades productivas: tal es el caso en una economía ordenada o
pla-nificada. Por el contrario, en una economía de mercado, los intercambios
tienen lugar libremente, y las decisiones sobre las cantidades que deben
pro-ducirse, venderse o adquirirse, y sobre los intercambios y los precios,
están descentralizadas. Es el mercado el que conecta las unidades productivas
que operan en los diferentes sectores de la economía, de dos modos distintos.
Ante todo, a través de los intercambios del mercado cada unidad producti-va
obtiene de las otras lo que necesita para continuar la actividad de
inter-cambio de su propio producto. En segundo lugar, el mercado une las
uni-dades productivas a través de la competencia que mantienen entre sí; de
aquí se deriva que el mecanismo asegura la coordinación exigida entre las
miría-das de centros de decisión descentralizados, productores y compradores.
Podemos distinguir dos clases de competencia, que Smith tomó en
consideración. La primera es la competencia en el mercado de cada mer-cancía.
Cada comprador busca entre los muchos vendedores presentes en el mercado al que
vende la mercancía deseada al menor precio posible; el
Precios naturales y precios de mercado 195
vendedor que pide un precio demasiado alto se arriesga a no
vender su mercancía. De modo semejante, cada vendedor busca entre los muchos
compradores presentes en el mercado al que esté dispuesto a pagar el pre-cio
más alto para la mercancía en venta; los compradores que ofrezcan un precio
demasiado bajo corren el riesgo de quedarse con las manos vacías. En
condiciones ideales, cuando la competencia entre los vendedores y entre los
compradores no tropieza con obstáculos, el precio de cada mer-cancía es uno y
el mismo para todos los compradores y para todos los ven-dedores. Ésta es la
llamada «ley del precio único», que surge como resulta-do necesario de la
competencia.
Existe una segunda clase de competencia, que Smith llama
«compe-tencia de capitales»: a saber, la competencia entre los capitalistas en
busca del empleo que ofrezca los rendimientos más elevados para su capital.
Cuando los capitalistas son libres para trasladar sus capitales de un sector a
otro, en busca del empleo más fructífero (en términos de Smith, 1776, p. 73; p.
55, trad. cast., «si hay perfecta libertad»), existe libre competen-cia: su
característica es precisamente la ausencia de obstáculos al libre movimiento
del capital (o, como también se dice, la ausencia de barreras de entrada en los
diferentes sectores de la actividad económica).47
Cuando rige la libre competencia, ningún sector puede ofrecer a
los capitalistas un rendimiento mayor que el que puede obtenerse en otros
sectores durante un largo lapso de tiempo, porque, si fuera así, los nuevos
capitales acudirían a él, con la consecuencia de que la producción aumen-taría,
el precio de mercado disminuiría y con ello también disminuirían los beneficios
y el tipo de rendimiento. Del mismo modo, no es posible que un sector ofrezca a
los capitalistas un rendimiento menor que el que pueda obtenerse en otros
sectores, puesto que, si fuera así, se produciría una fuga de capitales de ese
sector, ocasionando una caída de la producción, con el consiguiente aumento del
precio de mercado y, por lo tanto, de los bene-ficios y del tipo de rendimiento
del sector. Entonces, en condiciones de «perfecta libertad», esto es, de libre
competencia generalizada, el rendi-miento sobre el capital —el tipo de
beneficio— tiende a ser igual en todos los sectores. De esta manera la
«competencia de capitales» une en un solo
Para la
comparación entre esta noción de competencia y la neoclásica, cf. Sylos Labini
(1976).
196 Adam Smith
mercado capitalista los diferentes sectores de la economía. Aquí
vemos el papel central de esta clase de competencia, que distingue al sistema
capi-talista de una economía de mercado no capitalista.48
Como consecuencia del supuesto de competencia, podemos
identifi-car las condiciones que definen el precio teórico («natural»). Es el
valor de cambio que corresponde a la reproducción a lo largo del tiempo de una
economía basada en la división del trabajo; por lo tanto, el precio debe ser
tal que permita la recuperación de los costes de producción y la posibili-dad
de obtener un beneficio «natural». En palabras de Smith: «Cuando el precio de
una cosa es ni más ni menos que el suficiente para pagar la renta de la tierra,
los salarios del trabajo y los beneficios del capital empleado en obtenerla,
prepararla y traerla al mercado, de acuerdo con sus precios corrientes, aquélla
se vende por lo que se llama su precio natural» (Smith, 1776, p. 72; p. 54,
trad. cast.).
Esta variable teórica, definida sobre la base de las condiciones
analíti-cas tiene una contrapartida empírica en el llamado precio de mercado:
«El precio efectivo a que corrientemente se venden las mercancías es lo que se
llama precio de mercado, y puede coincidir con el precio natural o ser
supe-rior o inferior a éste». Y Smith continúa: «El precio de mercado de cada
mercancía en particular se regula por la proporción entre la cantidad de ésta
que realmente se lleva al mercado y la demanda de quienes están dispues-tos a
pagar el precio natural del artículo», a saber, la demanda efectiva.49
La contraposición entre precio natural y precio de mercado puede
considerarse no sólo como la distinción entre una variable teórica y su
correlato empírico, sino también como un sutil modo de contraponer su propia
teoría de los valores de cambio, basada en las condiciones analíticas
Este elemento
se pierde de vista en las teorías marginalistas, que consideran que el mercado
de capitales es un mercado como los demás, y que la tendencia a un tipo
unifor-me de beneficio es un ejemplo específico de la ley del precio único. De
este modo, las teo-rías marginalistas confunden la noción de competencia en
cada mercado individual, que se basa en el número de compradores y vendedores,
con la noción de libre competencia de capitales, que se basa en la libertad de
entrada en los diversos sectores de la economía.
Ibíd., p. 73;
p. 55, trad. cast. Smith ya trató el precio natural y el precio de mer-cado, y
la relación entre ellos, en las Lectures on jurisprudence (Smith, 1978, pp.
356-366:
67-97); pero
estas páginas sólo pueden considerarse como un primer borrador del tra-tamiento
maduro del tema en el libro I, cap. 7, de La riqueza de las naciones.
Precios naturales y precios de mercado 197
que definen el precio natural, y las teorías subjetivas del
valor, que se refe-rían vagamente a escasez y utilidad, a oferta y demanda, y
que predomina-ban entre los escritores escolásticos o en autores como Galiani y
Turgot. Centrándose en el problema de la reproducción en el tiempo de una
socie-dad basada en la división del trabajo, Smith, aunque aparentemente
incor-poró a su exposición los elementos en los que descansaban las
tradicionales teorías subjetivas del valor, redujo tales elementos al papel de perturbacio-nes
(irregulares y asistemáticas) y mediante la misma definición de precio natural
las descartó de su propia teoría de los valores de cambio.
Los intentos de interpretar a Smith de modo que se establezca
una relación entre los elementos objetivos sobre los que se basa la noción de
precio natural y los elementos subjetivos que se traen a colación con res-pecto
al precio de mercado concentran la atención en el mecanismo de ajuste entre
precio de mercado y precio natural. Este mecanismo descansa en las dos clases
de competencia antes ilustradas: cuando la producción de una mercancía excede
de su demanda «efectiva» (es decir, la cantidad que los compradores están
dispuestos a absorber al precio natural), entonces la competencia entre los
vendedores impulsará al precio de mercado por debajo del precio natural: los
productores podrán obtener los beneficios «naturales» y tendrá lugar una fuga
de capitales de ese sector; la produc-ción disminuirá y de ese modo será
absorbido el exceso de oferta.
Fue en relación con este mecanismo de ajuste con el que Smith
utili-zó la famosa analogía de la «gravitación»:
El precio natural viene a ser, por esto, el precio central,
alrededor del cual gravitan continuamente los precios de todas las mercancías.
[…] Pero aunque el precio del mercado de una mercadería cualquiera está
continuamente fluc-tuando, por decirlo así, alrededor del precio natural, a
veces ciertos accidentes, determinadas causas naturales u ordenanzas
gubernamentales suelen mantener el precio del mercado de muchas mercancías,
durante bastante tiempo, muy por encima del llamado precio natural.50
Smith (1776),
pp. 75 y 77; pp. 56-58, trad. cast. De nuevo en el cap. 7 del libro I de La
riqueza de las naciones, Smith afirma que el precio de mercado puede ser mayor
que el precio natural «durante mucho tiempo», «durante varios siglos»,
«siempre», cuando el funcionamiento de la competencia se vea impedido por
aduanas, regulaciones, leyes y monopolios naturales. El «precio natural»
aparece, por lo tanto, no sólo como una varia-ble teórica que expresa las
condiciones de reproducción del sistema económico, sino tam-bién como una norma
correspondiente al pleno funcionamiento de la competencia.
198 Adam Smith
Muchos autores, especialmente en años recientes, han
interpretado la metáfora de la gravitación como si implicase una teoría del
precio de mer-cado basada en la oferta y la demanda. De modo específico, los
precios de mercado vinieron a interpretarse como precios de equilibrio a corto
plazo (marshallianos, que vacían el mercado).51 De hecho, esta idea es
total-mente ajena al pensamiento de Smith, tanto porque el precio de mercado,
como hemos visto, no es para él una variable teórica, sino un correlato empírico,
como porque la referencia a la misma gravitación, que parece implicar una
estructura teórica exacta, la de la teoría de Newton (en la que el
comportamiento del cuerpo que gravita alrededor de otro se describe mediante
leyes matemáticas), es de hecho completamente vaga.52 Esto queda testimoniado,
entre otras cosas, por el hecho de que cada una de las dos frases en las que
aparece el término gravitación viene acompañada por expresiones («en cierto
sentido», «si puede decirse así») que apuntan a su uso como metáfora imprecisa.
La interpretación del precio de mercado como una variable
teórica determinada por la confrontación entre demanda y oferta según reglas
generales y exactas hace su aparición sólo a finales de la edad de oro de la
economía política clásica, con John Stuart Mill y Thomas De Quincey, para ser
desarrollada más tarde por Alfred Marshall del modo que se ha hecho familiar en
los manuales. En la época de Smith, los términos demanda y oferta no indicaban
curvas, o de modo más general, relaciones funcionales estables e identificadas
que relacionaran el precio y la cantidad de una mercancía,53 sino un conjunto
de elementos, posiblemente fortui-tos o contingentes, que no pueden reducirse
únicamente a factores tecno-
Cf. por ejemplo
Blaug (1962), p. 39.
Según Phyllis
Deane (1989), pp. 61 y 68, la referencia a Newton corresponde a la
representación de la economía de mercado como un sistema autorregulador. «La
esencia de la cosmovisión newtoniana estaba en que partía de dos axiomas, dos
artículos de fe sobre el mundo real en sus aspectos social y físico: 1) que se
caracterizaba por uniformidades y constancias suficientemente regulares para
tener la fuerza de leyes de la naturaleza; y 2) que fue diseñado por un creador
inteligente, el cual lo guiaba. […] existía una armonía siste-mática y divina
en las operaciones del universo». Sin embargo, tal visión de la sociedad,
optimista y simplista, parece ajena a la tradición de la Ilustración escocesa y
más próxima a la tradición cartesiana francesa.
Las curvas de
demanda aparecen en la literatura económica más de medio siglo después, con
Cournot y Rau: cf. más adelante §§ 10.2 y 11.1.
Precios naturales y precios de mercado 199
lógicos (economías y diseconomías de escala) o psicológicos
(preferencias de los consumidores). La referencia al papel de la demanda y la
oferta en la determinación del precio refleja más bien, antes de Smith, una
situación anterior al desarrollo de mercados regulares, como en las ferias de
los pue-blos o en las ciudades con puerto de mar, con precios sujetos a la
influen-cia de acontecimientos asistemáticos.
Las modernas interpretaciones del precio de mercado en Smith,
determinadas por la demanda y la oferta, se basan comúnmente en la segunda
parte de la definición del precio de mercado citada más arriba: ésta «se regula
por la proporción entre la cantidad [de la mercancía] que realmente se lleva al
mercado y la demanda». Sin embargo, en este pasaje Smith habla del precio de
mercado como «regulado», no «determinado», por la proporción entre demanda y
oferta; y no puede tomarse la expre-sión «proporción entre la cantidad […] que
se lleva al mercado y la demanda» como algo que apunte a una relación
matemática exacta. Este pasaje no constituye ni una definición del precio de
mercado, ni una teo-ría para explicar su determinación. Después Smith, no
continúa ilustran-do las leyes que se refieren a cómo reaccionan la demanda y
la oferta ante un precio de mercado distinto del precio natural, ni las leyes
sobre cómo reacciona el precio de mercado ante los desequilibrios entre demanda
y oferta, y ante las fluctuaciones de estas variables. En particular, no hay
nin-gún indicio de la idea, común en la teoría moderna pero no en la época de
los economistas clásicos, de un mecanismo para vaciar el mercado, que determine
el precio de mercado.54
Lo que Smith sugiere son sólo unas pocas reglas generales.
Primero, el precio de mercado estará por encima del precio natural cuando por
alguna razón la oferta sea menor que la demanda «efectiva», y por debajo de él
cuando suceda lo contrario. Segundo, la desviación del precio de mercado
respecto del precio natural provocará reacciones por parte de los
Como ya hemos
visto, el vaciamiento del mercado —a saber, la idea de que el mer-cado tiene
una posición de equilibrio en la que demanda y oferta son exactamente igua-les—
es característica de los mercados financieros, no de los mercados de productos
indus-triales; la teoría moderna ha tenido que recurrir a construcciones
artificiales como «precios de reserva», a fin de extender tal noción a los
productos agrícolas y manufacturados. Des-taquemos también que la noción de
vaciamiento del mercado no debe confundirse con la idea, mucho más vaga, de
mecanismos de ajuste del mercado.
200 Adam Smith
compradores, y análogamente de los productores; con libre
competencia, tales reacciones tienden a favorecer la resolución de la situación
de equili-brio. A partir de los ejemplos que da Smith está claro que la acción
con-creta de aquellas reglas generales depende de las circunstancias, y, por lo
tanto, no es posible formular funciones de reacción exactas para los pre-cios
de mercado ante los desequilibrios entre demanda y oferta, y de estas dos
últimas variables ante los precios.55
Así, para Smith la gravitación no es sino una metáfora utilizada
para evocar el papel de la competencia como fuerza que contribuye a la
esta-bilización del mercado. Éste es también el papel de la metáfora de la
«mano invisible», que además Smith sólo utiliza una vez en La riqueza de las
naciones, y en un contexto específico (la preferencia de los capita-listas para
invertir en los sectores más rentables de la industria nacional, más que en los
países extranjeros, aunque motivada por el interés perso-nal, tiene un efecto
positivo para la sociedad, puesto que tiende a aumentar la renta nacional, como
«conducido [el individuo] por una mano invisible»).56 Hay un largo camino desde
cualquier teoría basada en los mecanismos que vacían el mercado, las curvas de
oferta y deman-
Añadamos que,
como demostraron Egidi (1975) y Steedman (1984), estas reglas deben
reformularse, refiriéndolas al tipo de beneficio sectorial comparado con el
tipo gene-ral; además, Steedman demuestra que en el contexto del análisis
multisectorial, el signo de la desviación del precio de mercado respecto del
precio natural no es necesariamente el mismo que el de la desviación del tipo
de beneficio sectorial respecto del tipo general, en contraste con la
suposición de Smith.
Cf. Smith
(1776), p. 456; p. 402, trad. cast. Smith sólo utiliza dos veces en otro lugar
el término mano invisible, en diferentes obras y contextos (la History of
astronomy, III.2; Smith 1795, p. 49; y La teoría de los sentimientos morales,
IV.1.10: Smith, 1759, p. 184) y, además, en la primera de estas ocasiones, en
tono algo irónico. Sobre el tema cf. Rothschild (1994; 2001, pp. 116-156) y
Gilibert (1998). Como observa este último comentarista, ni los contemporáneos
de Smith ni los estudiosos de su pensamiento hasta mediados del siglo XX
prestaron ninguna atención al tema de la «mano invisible»; sólo comenzó a ser
propuesto después de que Arrow y Debreu hubieran desarrollado la teoría
axiomática general del equilibrio económico y los dos «teoremas fundamentales»
de la eco-nomía del bienestar, según los cuales la competencia perfecta asegura
un equilibrio ópti-mo, y un equilibrio económico puede interpretarse como
resultado de un mercado perfec-tamente competitivo (cf. más adelante § 12.4).
De esta manera, atribuyendo a Smith la idea del mercado como una mano invisible
que conduce al equilibrio óptimo, la teoría moderna tiene algún derecho a ser
vista como la coronación del diseño cultural smithiano. En realidad, sin
embargo, las dos opiniones son completamente diferentes.
El origen de la división del trabajo: Smith y Pownall 201
da y cosas por el estilo. Puede parecer que la diferencia
representa un progreso en la totalidad formal del análisis, pero implica
cambios radi-cales en los conceptos utilizados por los economistas clásicos:
tan radi-cales como para modificar el contexto teórico en una dirección
decidi-damente restrictiva. Por lo tanto, tenemos una pérdida neta en lo que a
la representación conceptual del sistema económico se refiere.57 Sin embargo,
lo cierto es que la noción del precio de mercado como una variable teórica es
totalmente ajena a Smith. Además, la idea de la «mano invisible del mercado» es
una distorsión de la historia del pensamiento; el hecho de que se haya repetido
—y se repita todavía— con tanta fre-cuencia, especialmente por parte de los
teóricos del equilibrio económi-co general, sólo muestra su ignorancia de los
textos y su superficialidad histórica.
5.7. El origen de la
división del trabajo: Smith y Pownall
El tema del origen de la división del trabajo está relacionado
con varias cuestiones de filosofía social, y constituye su terreno unificador.
Como ahora veremos, al examinar las opiniones de Smith y las críticas que
recibieron de Pownall,58 el origen de la división del trabajo puede
locali-zarse en la propensión humana a la vida social, o en diferencias innatas
en las aptitudes. Las dos tesis tienen implicaciones profundamente diferentes
en temas como la teoría del contrato social, la visión de la estratificación
social como un hecho de naturaleza y ciertamente para la valoración posi-tiva o
negativa del propio trabajo. Sin embargo, antes de considerar estos aspectos,
puede ser útil ilustrar primero la posición de Smith, y después las críticas de
Pownall.
Consideremos,
por una parte, la complejidad de las motivaciones de la acción humana en el
marco analítico smithiano, en comparación con el agente económico
unidi-mensional de la teoría moderna, que sólo tiene por objeto maximizar la
utilidad, y, por otra, la desaparición de temas clásicos como conflictos
distributivos y problemas de empleo si se sostiene que el mercado competitivo
asegura los equilibrios óptimos y las variables dis-tributivas (salario, renta,
tipo de beneficio) se consideran, en condiciones de competencia, como precios
de equilibrio de los «factores de producción».
Thomas Pownall
(1722-1805) había sido gobernador de Massachussets en 1757-1759; de 1767 a 1780
fue miembro del Parlamento.
202 Adam Smith
Smith aborda el tema del origen de la división del trabajo en el
capí-tulo 2 del libro I de La riqueza de las naciones:
Esta división del trabajo, que tantas ventajas reporta, no es en
su origen efecto de la sabiduría humana, que prevé y se propone alcanzar
aquella gene-ral opulencia que de él se deriva. Es la consecuencia gradual,
necesaria aunque lenta, de una cierta propensión de la naturaleza humana que no
aspira a una utilidad tan grande: la propensión a permutar, cambiar y negociar
una cosa por otra.
No es nuestro propósito, de momento, investigar si esta
propensión es uno de estos principios innatos en la naturaleza humana, de los
que no puede darse una explicación ulterior, o si, como parece más probable, es
la conse-cuencia de las facultades discursivas y del lenguaje. Es común a todos
los hom-bres y no se encuentra en otras especies de animales, que desconocen
esta y otra clase de avenencias.59
La tesis de Smith es, pues, que la división del trabajo tiene su
origen en la tendencia de los hombres a entrar en relaciones de intercambio
mutuo, o en otras palabras —podríamos decir— en la sociabilidad huma-na. A
estas características Smith atribuye también el origen del lenguaje; además,
éste distingue a los hombres de los animales.
En las propias palabras de Smith (1776, p. 26; pp. 16-17, trad.
cast.):
Nadie ha visto todavía que los perros cambien de una manera
delibera-da y equitativa un hueso por otro […]. Cuando un animal desea obtener
cualquier cosa del hombre o de un irracional no tiene otro medio de persua-sión
sino el halago. […] El hombre utiliza las mismas artes con sus semejan-tes […].
Mas no en todo momento se le ofrece ocasión de actuar así. En una sociedad
civilizada necesita a cada instante la cooperación y asistencia de la multitud,
en tanto que su vida entera apenas le basta para conquistar la amis-tad de
contadas personas. En casi todas las demás especies zoológicas el indi-viduo,
cuando ha alcanzado la madurez, conquista la independencia y no necesita el
concurso de otro ser viviente. Pero el hombre reclama en la mayor parte de las
circunstancias la ayuda de sus semejantes y en vano puede espe-rarla sólo de su
benevolencia. La conseguirá con mayor seguridad interesan-do en su favor el
egoísmo de los otros y haciéndoles ver que es ventajoso para ellos hacer lo que
les pide.
Smith (1776),
p. 25; p. 16, trad. cast. Ésta es una tesis que constituye un punto fijo en el
pensamiento de Smith; ya la había afirmado, prácticamente en los mismos
tér-minos, en las lecciones universitarias y en el primer borrador de La
riqueza de las nacio-nes (Smith, 1978, p. 347: LJ-A, vi. 44; pp. 492-493: LJ-B,
219; pp. 570-571: Early draft, 20-21).
El origen de la división del trabajo: Smith y Pownall 203
Esta larga cita es útil porque destaca un importante paso lógico
que tal vez Smith dio con demasiada rapidez, de la propensión al intercambio
como base de la división del trabajo al papel del interés personal para el buen
funcionamiento de un sistema basado en la división del trabajo. Este nexo
implica que la propensión al intercambio sólo puede ser vista como sociabilidad
si no confundimos este último concepto con la idea de altruis-mo. Por otra
parte, como vimos en nuestra ilustración de la Teoría de los sentimientos
morales, Smith considera que la economía de mercado se basa más en el interés
personal que en el mero egoísmo. Es esta especificación de los dos términos,
propensión al intercambio e interés personal, la que per-mite su relación
inmediata.
Volvamos ahora a la propensión al intercambio, vista como deseo
de establecer contacto con nuestros semejantes, sin, no obstante, tener que
soportar costes por ello, sino más bien buscando ventajas. A primera vista,
esta idea podría parecer que no difiere demasiado de la tesis de Pownall, según
la cual —como ahora veremos— la división del trabajo tiene su ori-gen en el
deseo de explotar las diferencias innatas de las habilidades labo-rales de los
distintos individuos.
De hecho, Pownall (1776, pp. 338-339) no critica a Smith por
equi-vocarse en sus afirmaciones, sino porque había detenido su análisis
dema-siado pronto, sin llegar a los primeros principios:
Creo que usted se ha quedado corto en su análisis, sin llegar a
la pri-mera causa natural y principio de la división del trabajo. […] Antes de
que un hombre pueda tener la propensión al intercambio, debe haber adquiri-do
algo que no desea, y debe sentir que existe algo que él desea y que otra
persona ha adquirido […]. La naturaleza nos ha formado así, de manera que el
trabajo de cada uno debe tomar una especial dirección, con prefe-rencia a, y
con la exclusión de, otros tipos de trabajo igualmente necesarios
Las necesidades
y los deseos del hombre deben ser satisfechos a través de muchos canales; su
trabajo le proporcionará más de lo necesario de una u otra cosa; pero a causa
de las limitaciones y de la dirección definida de sus ca-pacidades no los puede
seguir todos. Sin embargo, esta limitación de sus capacidades, y la extensión
de sus necesidades, redunda por fuerza en que cada hombre acumula algunos
bienes, mientras que le faltan otros, y cons-tituye el principio originario de
su naturaleza, que crea, a través de la reci-procidad de las necesidades, la
exigencia de una intercomunión de ofertas mutuas; ésta es no sólo la causa
formativa de la división del trabajo, sino también la causa eficiente de esa
comunidad, que es la base y el origen del gobierno civil.
204 Adam Smith
La posición de Pownall parte de dos presuposiciones que parecen
aje-nas a la visión que tiene Smith del funcionamiento de la sociedad y del
sis-tema económico. La primera presuposición es que cada individuo sabe lo que
necesita y que los demás pueden ofrecerle antes de entrar en contacto con
ellos, y en particular antes de entrar en relaciones de intercambio. En
términos modernos, podríamos decir que Pownall presupone que cada agente
económico posee el conocimiento de sus propias capacidades y pre-ferencias, así
como de los bienes que pueden proporcionarle otros agentes económicos, o mejor
dicho, de sus capacidades y preferencias; tal conoci-miento tiene que ser
innato, a fin de constituir el origen de la división del trabajo y de los
intercambios. La segunda presuposición de la tesis de Pow-nall es que existen
diferencias originales en las capacidades de los diferen-tes individuos: tales
diferencias, aparte de constituir la fuente original que determina la división
del trabajo, constituyen también una presuposición «natural» de la
estratificación económica de la sociedad.60
En lo que se refiere al primer aspecto, la visión del individuo
como prius lógico con relación a la sociedad se opone a la idea smithiana,
carac-terística de toda la tradición de la Ilustración escocesa, del individuo
como un ser intrínsecamente social. En cuanto al segundo aspecto, es decir, la
existencia de una base natural para las diferenciaciones económicas y sociales,
Smith la rechaza explícitamente. De hecho, él afirma que consi-dera las
diferentes capacidades de trabajo como adquiridas principalmen-te a
consecuencia de la división del trabajo:
La doctrina de
las diferencias intrínsecas de capacidades ya estaba presente (y con carácter
dominante) en la tradición griega y después en el período escolástico: cf. más
arri-ba §§ 2.2 y 2.4. Hacia mediados del siglo XVIII, esta doctrina fue
adoptada, en el marco de una teoría subjetiva del valor, por Galiani (1751, p.
49): «Por la providencia nacen los hombres dispuestos para diferentes oficios,
pero en proporciones desiguales de rareza, correspondiendo con admirable
sabiduría a las necesidades humanas». Este pasaje indica también una dificultad
decisiva de la opinión tradicional: si admitimos que la distribución de las
capacidades entre los individuos es innata, sólo la «mano invisible» de la
Providen-cia puede garantizar que la disponibilidad de capacidades corresponda
a las exigencias de la sociedad, puesto que por definición queda descartado
cualquier mecanismo social de ajus-te. Galiani (ibíd., p. 50) es consciente
también de las implicaciones de la doctrina de las diferencias innatas de
capacidad en la distribución de la renta, concebida como «justa» en cuanto que
refleja las capacidades innatas del individuo: «Se verá que la riqueza no va a
una persona más que en pago del justo valor de sus obras».
Liberalismo económico y liberalismo político: la fortuna de
Smith 205
La diferencia de talentos naturales en hombres diversos no es
tan grande como vulgarmente se cree, y la gran variedad de talentos que parece
distinguir a los hombres de diferentes profesiones, cuando llegan a la madurez
es, las más de las veces, efecto y no causa de la división del trabajo. Las
diferencias más dispares de caracteres, entre un filósofo y un mozo de cuerda,
pongamos por ejemplo, no proceden tanto, al parecer, de la naturaleza como del
hábito, la costumbre o la educación.61
Aparece, pues, con claridad el contraste entre el contenido
democrá-tico de la tesis smithiana y el elemento conservador de la tesis de
Pownall; un contraste que vale la pena destacar, porque puede ayudarnos a
com-prender la naturaleza innovadora y progresista de la filosofía social de
Smith, y porque el contraste entre las dos visiones se manifiesta
repetida-mente a lo largo del tiempo.62
5.8. Liberalismo
económico y liberalismo político:
la fortuna de Smith
Decir que Smith fue el fundador de la ciencia económica
constitui-ría una afirmación equivocada: aparte de los problemas inherentes a
la
Smith (1776),
pp. 28-29; p. 18, trad. cast. Sobre líneas análogas encontramos la concepción
smithiana del empresario como una persona normal, que a lo sumo posee las
características de un buen paterfamilias, completamente diferente de la visión
heroica del empresario que propondrían después Marshall, y especialmente
Schumpeter. De hecho, Smith, con característica prudencia, no niega la
existencia de diferencias individuales en el origen o, como diríamos hoy,
diferencias debidas a características genéticas: lo que sostie-ne es la
decisiva importancia de los elementos de diferenciación adquiridos a través de
las vicisitudes de la vida, y en particular a través de la experiencia laboral.
Así, el trabajo adquiere una dimensión adicional, como factor formativo, sea
positivo o negativo.
La moderna
teoría marginalista de las diferencias de salarios puede remontarse a la
posición de Pownall (diferencias innatas entre las distintas clases de
capacidades persona-les) o a las diferentes capacidades de acumulación e
inversión en «capital personal», mien-tras que Smith apunta más bien a la
importancia de las circunstancias que determinan el papel laboral de cada
individuo, ampliamente conectadas con la ubicación social anterior, de modo que
la estratificación social surge como mecanismo dotado de capacidad
auto-rreproductora. Las intervenciones políticas en el campo de la educación,
tales como las sugeridas por Smith en el libro V de La riqueza de las naciones
(cf. más adelante § 8), tie-nen, por lo tanto, no sólo la función de remediar
los efectos perversos que la división del trabajo provoca en la naturaleza
humana, sino también la función de ser un mecanismo democrático de
fluidificación de la estratificación social.
206 Adam Smith
noción de un fundador individual de la economía política, está
el hecho de que, antes que él, autores como Petty, Cantillon, Quesnay y muchos
otros habían abordado el análisis de temas económicos específicos o, dicho con
carácter más general, del funcionamiento de un sistema social en términos de
sus aspectos materiales. Ciertamente, Smith se apoyó en gran medida en
numerosos escritos que ya existían sobre tales temas, par-tiendo de ellos en
muchos aspectos. Quizás, en comparación con autores anteriores, la
característica definitoria de Smith es la de ser un académi-co: es decir, que
trata de afrontar su objeto de análisis bajo el estímulo de las pasiones
políticas, pero que está suficientemente separado de los pro-blemas e intereses
inmediatos, y que, sobre todo, pone gran cuidado y una enorme cantidad de
tiempo en la definición rigurosa y en la presen-tación cuidadosa de sus ideas,
con una gran capacidad para mediar entre opiniones y tesis diferentes, al
tiempo que capta los elementos positivos de cada una de ellas.
Esta sutileza smithiana, el rechazo de tesis claras sin reservas
ni especificaciones, dificulta y a la vez hace interesante la interpretación de
sus obras. En las páginas que siguen examinaremos algunos ejem-plos de los
problemas de interpretación que han suscitado un mayor interés.
El primero de estos ejemplos se refiere al liberalismo de Smith.
Tene-mos que destacar, en este aspecto, que la de Smith fue una actitud
pro-gresista ante los principales temas políticos de su tiempo, tales como el
conflicto acerca de la independencia de las colonias americanas. En la Francia
prerrevolucionaria y posrevolucionaria, La riqueza de las naciones fue vista
favorablemente por los elementos progresistas de la época, inclu-yendo a
Condorcet (1743-1794), que publicó un compendio de la obra en 1791 (poco
después de su muerte, su viuda, Madame de Grouchy, pre-paró una traducción de
La teoría de los sentimientos morales). En Inglate-rra, Smith se convirtió en
un punto de referencia en los años que siguie-ron inmediatamente a su muerte
para pensadores radicales como Thomas Paine (1737-1809) y Mary Wollstonecraft
(1759-1797). Junto con Hume, Smith fue visto como un subversivo peligroso por
los intelectua-les conservadores de la época. El caso es que todos estos
pensadores, favo-rables o contrarios a las opiniones de Smith, no vieron
ninguna diferen-cia en su pensamiento entre el liberalismo en el campo político
y el
Liberalismo económico y liberalismo político: la fortuna de
Smith 207
liberalismo económico, entre la defensa de la libertad política
y la defen-sa del librecambio.63
La situación experimentó un cambio de grandes repercusiones en
los años siguientes. La opinión pública inglesa mostró una intensa reacción
negativa ante los excesos de la Revolución francesa (el Terror), que
inicial-mente implicó una creciente desconfianza ante el liberalismo smithiano.
Pronto, sin embargo, especialmente gracias al primer biógrafo de Smith, Dugald
Stewart (1753-1828), comenzó la reinterpretación del pensa-miento smithiano con
el objetivo de hacerlo más aceptable, basándose precisamente en la distinción
entre liberalismo económico y liberalismo político. Con esta reinterpretación
matizada, una tesis políticamente pro-gresista que destacaba la necesidad de
luchar contra las concentraciones de poder de cualquier tipo se transformó en
una tesis conservadora —dejar la máxima libertad de acción a los empresarios—,
que en la etapa de la industrialización llegó a adoptar tonos reaccionarios,
sirviendo para justi-ficar una total indiferencia de la nueva clase empresarial
ante los severos costes humanos de las nuevas tecnologías productivas y la
extendida mise-ria que trajeron: un grito alejado de la sensibilidad
repetidamente mostra-
La historia de
estas primeras lecturas progresistas de Smith, y de la subsiguien-te
reinterpretación conservadora, se ilustra en un interesante artículo de Emma
Roths-child (1992). Según su reconstrucción, «Para Smith, la libertad consiste
en no ser molestado por los demás: en cualquier aspecto de la vida y por parte
de cualesquiera fuerzas exteriores (iglesias, supervisores parroquiales,
corporaciones, inspectores de aduanas, gobiernos nacionales, dueños,
propietarios)» (ibíd., p. 94). Cf. también Roths-child (2001), pp. 52-71.
En este aspecto también podemos recordar una faceta del
liberalismo de Smith —su desconfianza en los empresarios que asumían un papel
político directo— que pare-ce pertinente en la actual coyuntura política
italiana, pero que posee claramente una vali-dez más general: «Los intereses de
quienes trafican en ciertos ramos del comercio o de las manufacturas, en
algunos respectos, no sólo son diferentes, sino por completo opues-tos al bien
público. […] Toda proposición de una ley nueva o de un reglamento de comercio,
que proceda de esta clase de personas, deberá analizarse siempre con la mayor
desconfianza, y nunca deberá adoptarse como no sea después de un largo y
minucioso examen, llevado a cabo con la atención más escrupulosa a la par que
desconfiada. Ese orden de proposiciones proviene de una clase de gentes cuyos
intereses no suelen coin-cidir exactamente con los de la comunidad, y más bien
tienden a deslumbrarla y a opri-mirla, como la experiencia ha demostrado en
muchas ocasiones» (Smith, 1776, p. 267; p. 241, trad. cast.).
208 Adam Smith
da por el economista escocés ante los sufrimientos humanos y de
su inte-rés por la continua mejora de los niveles de vida de la gran masa de la
población.64
Para una mejor comprensión del liberalismo de Smith, podemos
referirnos a los libros IV y V de La riqueza de las naciones. La mayor parte
del libro IV está dedicada a la crítica del «sistema comercial o mercantil»,
considerado más como una colección de intervenciones del Estado nacional en la
economía que como un sistema teórico de economía polí-tica, o tal vez mejor, un
conjunto de ideas comúnmente agrupadas bajo la etiqueta de «mercantilismo» (que
se trató más arriba, § 2.6).65 Res-tricciones sobre las importaciones, apoyo a
las exportaciones, tratados que establecen preferencias comerciales, colonias:
todo ello se examina con detalle y es sometido a crítica específica. Un
capítulo sobre el siste-ma fisiocrático («agrícola») cierra el libro, pero
también aquí el relato se compone de ejemplos concretos de intervención activa
del Estado, y un alegato a favor del sistema «sencillo y obvio de la libertad
natural» (Smith, 1776, p. 687; p. 612, trad. cast.).
La visión
conservadora del liberalismo económico se tornó decididamente domi-nante desde
principios del siglo XIX y desde entonces ha seguido refiriéndose a Smith a
pesar del giro interpretativo ilustrado más arriba. En las últimas décadas, por
ejemplo, la «escuela de Chicago» se ha colocado en una línea que vendría
directamente de Smith, a pesar de la cautela originalmente expresada por el más
culto de sus exponentes (cf. Viner, 1927). En Italia podemos recordar el
ultraliberalismo de Francesco Ferrara (1810-1900), editor de la primera serie
de la importante Biblioteca dell’economista (Cugini Pomba Edi-tori-librai,
Turín), cuyo segundo volumen (1851) ofrece a los lectores una traducción
ita-liana de La riqueza de las naciones (sobre Ferrara cf. Faucci, 1995).
El libro IV
contiene también una «digresión sobre los bancos de depósito» (Smith, 1776, pp.
479-488; pp. 423-431, trad. cast.), que junto con el capítulo 4 del libro II
(ibíd., pp. 350-359; pp. 317-324, trad. cast.), constituyen las principales
referencias para el tra-tamiento que hace Smith de los temas monetarios y
financieros. Resumiendo ampliamen-te, Smith considera que el tipo de interés
viene determinado por la oferta y la demanda de préstamos, donde la demanda
viene influida por el rendimiento futuro, es decir, por el tipo de beneficio
predominante; las leyes de usura, estableciendo un límite máximo al tipo de
interés, favorecen la acumulación. Los bancos pueden verse inducidos por los
«pródigos y proyectistas» (ibíd., p. 357; p. 323, trad. cast.) a una emisión
excesiva de billetes; la regla que debieran seguir los bancos es la llamada
«doctrina de las “real bills”», que dominaría el sector durante más de un
siglo, y que sostenía que la emisión de billetes de banco debiera limitarse al
descuento de letras comerciales seguras. Las ideas de Smith sobre dinero y
banca han sido objeto de un animado debate interpretativo; cf., por ejemplo,
Laidler (1981); Gherity (1994) reconstruye el desarrollo del pensamiento de
Smith sobre el tema.
Liberalismo económico y liberalismo político: la fortuna de
Smith 209
«Libertad natural» significa libertad política y económica, pero
dentro de un conjunto de reglas apoyadas por la intervención pública y las
instituciones públicas. Por regla general (ibíd., pp. 687-688; pp. 612-613,
trad. cast.):
Según el sistema de la libertad natural, el Soberano únicamente
tiene tres deberes que cumplir […]: el primero, defender a la sociedad contra
la violencia e invasión de otras sociedades independientes; el segundo, […] una
recta admi-nistración de justicia; y el tercero […] erigir y mantener ciertas
obras y estable-cimientos públicos cuya erección y sostenimiento no pueden
interesar a un individuo o a un pequeño número de ellos, porque las utilidades
no compen-san los gastos que pudiera haber hecho una persona o un grupo de
éstas, aun cuando sean frecuentemente muy remuneradoras para el gran cuerpo
social.
El libro V de La riqueza de las naciones continúa tratando de
«los ingre-sos del Soberano o de la República»: en primer lugar, los gastos de
defensa y justicia, pero también las obras públicas —principalmente,
infraestructu-ras de transporte: canales navegables, carreteras, puentes— y la
educación, con un largo apartado dedicado a esta última, en acusado contraste
con la media página dedicada a «los gastos para sostener la dignidad del
Sobera-no»,66 y después a los ingresos públicos. Smith prefiere que el gasto
públi-co se financie mediante impuestos, más que por medio de deuda pública; y
en cuanto a los impuestos, se exponen e ilustran claramente los cuatro
principios que se han convertido en canónicos: imposición proporcional,
certidumbre, comodidad del pago y economía en la recaudación.67
Se dedica un
estudio específico a las «compañías reguladas dedicadas al comercio extranjero»
y a las compañías por acciones. Smith (1776, p. 731; p. 647, trad. cast.)
reco-noce que «algunas ramas particulares del comercio que operan con naciones
bárbaras y sin civilizar requieren una especial protección»; pero su discusión
detallada de los negocios rea-les de la Compañía de los Mares del Sur, de la
Compañía de las Indias Orientales y de ins-tituciones semejantes se transforma
después en una auténtica crítica (ibíd., pp. 731-756; pp. 648-667, trad.
cast.).
«I. Los
ciudadanos de cualquier Estado deben contribuir al sostenimiento del Gobierno,
en cuanto sea posible, en proporción a sus respectivas aptitudes, es decir, en
pro-porción a los ingresos que disfruten bajo la protección estatal. […] II. El
impuesto que cada individuo está obligado a pagar debe ser cierto y no
arbitrario. El tiempo de su cobro, la forma de su pago, la cantidad adeudada,
todo debe ser claro y preciso, lo mismo para el contribuyente que para
cualquier otra persona. […] III. Todo impuesto debe cobrarse en el tiempo y de
la manera que sean más cómodos para el contribuyente. […] IV. Toda
con-tribución debe percibirse de tal forma que haya la menor diferencia posible
entre las sumas que salen del bolsillo del contribuyente y las que se ingresan
en el Tesoro Público» (Smith, 1776, pp. 825-826; pp. 726-727, trad. cast.).
210 Adam Smith
En resumen, Smith no es un liberal dogmático, sino un liberal
prag-mático: fuertemente crítico no sólo con las instituciones feudales y con
las políticas características del Estado absolutista, sino también con las
con-centraciones capitalistas de poder económico, y desconfía de la inclinación
de «los negociantes» a establecer monopolios.
Otro tema sujeto a interpretación68 procede de la comparación
entre los libros I y V de La riqueza de las naciones, en referencia a la
aparente contradicción entre la posición adoptada por Smith ante la división
del trabajo. En el libro I, la división del trabajo es alabada como fundamen-to
de los aumentos de la productividad, para el bienestar de la población y para
el mismo progreso cívico; en el libro V, en un pasaje citado a menudo como
precursor de la teoría marxiana de la alienación, Smith destaca las
características negativas del trabajo fragmentado, que pueden hacer del hombre
una bestia:
Con los progresos en la división del trabajo la ocupación de la
mayor parte de las personas que viven de su trabajo, o sea, la gran masa del
pueblo, se reduce a muy pocas y sencillas operaciones; con frecuencia, a una o
dos tareas. Consideremos, sin embargo, que la inteligencia de la mayor parte de
los hom-bres se perfecciona necesariamente en el ejercicio de sus ocupaciones
ordina-rias. Un hombre que gasta la mayor parte de su vida en la ejecución de
unas pocas operaciones muy sencillas, casi uniformes en sus efectos, no tiene
oca-sión de ejercitar su entendimiento o adiestrar su capacidad inventiva en la
bús-queda de varios expedientes que sirvan para remover dificultades que nunca
se presentan. Pierde así, naturalmente, el hábito de aquella potencia, y se
hace todo lo estúpido e ignorante que puede ser una criatura humana. La torpeza
de su entendimiento no sólo le incapacita para terciar en una conversación y
deleitarse con ella, sino para concebir pensamientos nobles y generosos, y
for-mular un juicio sensato, respecto a las obligaciones de la vida privada. Es
inca-paz de juzgar acerca de los grandes y vastos intereses de su país.69
Sobre la
historia de este debate, que se remonta a Marx, cf. Rosenberg (1965). Las
implicaciones negativas de la división del trabajo fueron ampliamente
reconocidas en el entorno de la Ilustración escocesa, por ejemplo por Ferguson
(1767, parte 2, capítulo 4: «De la subordinación consiguiente a la separación
entre artes y profesiones»).
Smith (1776),
pp. 781-782; pp. 687-688, trad. cast. Antes de Smith podemos ras-trear la
noción de alienación en los escritos del suizo Jean-Jacques Rousseau
(1712-1778), con quien Smith estaba familiarizado, a través de Hume. (Hume y
Rousseau, que inicial-mente fueron buenos amigos, tuvieron después un duro
enfrentamiento: cf. Ross, 1995, pp. 210-212.) A diferencia de Smith, Rousseau
es un crítico radical de la economía de mer-cado: cf. Colletti (1969b), pp.
195-292.
Liberalismo económico y liberalismo político: la fortuna de
Smith 211
Sin embargo, la contradicción entre los libros I y V de La
riqueza de las naciones, entre una visión optimista y otra pesimista de la
división del trabajo, es sólo aparente. No hemos de admirarnos por el hecho de
que un autor como Smith, tan cuidadoso en captar los diferentes aspectos de
cual-quier tema, atribuyera diferentes efectos, algunos de ellos positivos y
otros negativos, a una sola causa. Está claro, partiendo del contexto, que
Smith consideraba dominantes los efectos positivos de la división del trabajo.
Ciertamente, enfrentado con los concomitantes efectos negativos, no dudó ni por
un momento acerca del camino que debía tomar, y, lejos de plantearse dudas
sobre la oportunidad de perseguir el continuo aumento de la división del
trabajo, propuso el recurso a la educación elemental como contrapeso.
En este sentido, hay aquí un aspecto que debe destacarse, puesto
que tal vez constituye el principal punto de diferencia entre la filosofía
social de Smith y la de Marx, y sobre el cual podemos sostener que era el
filóso-fo escocés el que llevaba razón. Tanto Smith como Marx, como vimos más
arriba, son plenamente conscientes de las implicaciones negativas de la
división del trabajo, y de la necesidad de éste (o «trabajo obligatorio») que
la acompaña. Sin embargo, Marx sostenía que la estricta necesidad del tra-bajo
obligatorio puede superarse en una sociedad comunista, en la cual será posible
alcanzar el pleno desarrollo de las fuerzas productivas, que «hace posible que
yo pueda hacer una cosa hoy y otra mañana, cazar por la mañana, pescar después
de comer, criar ganado por la tarde, criticar des-pués de la cena, como tengo
un pensamiento, sin llegar a ser nunca caza-dor, pescador, pastor o crítico».70
La posibilidad de liberarse por comple-to del trabajo obligatorio justifica
moralmente, y hace políticamente aceptable, los costes en sangre y lágrimas de
la revolución proletaria y de la subsiguiente dictadura del proletariado, como
etapas necesarias (junto con la acumulación capitalista) del desarrollo de las
fuerzas productivas que constituye la premisa indispensable para alcanzar el
objetivo final.
Smith, por el contrario, consideró que era claramente imposible
la superación de la división del trabajo. Los aumentos de la productividad y el
creciente bienestar económico que hacían posibles la intensificación de
70 Marx y Engels
(1845-1846), p. 265.
212 Adam Smith
la división del trabajo constituyen la presuposición para el
progreso de las sociedades humanas. Sin embargo, éste se concibe como un
proceso con-tinuo, sin que pueda verse una «salida» de la estructura de las
economías de mercado y una superación de sus límites y defectos, como el
trabajo obligatorio y la desigualdad de las condiciones sociales. Tal vez esta
visión smithiana pueda relacionarse con las tesis reformistas presentes en el
deba-te político contemporáneo, que se contraponen, por un lado, a las corrien-tes
de pensamiento conservadoras que consideran inútil cualquier inter-vención
dirigida a contrarrestar las situaciones de malestar social y, por el lado
opuesto, a las esperanzas revolucionarias de regeneración social.71
Una confianza sustancial en el hombre, aunque se le reconozca
como un ser esencialmente imperfecto, y en la posibilidad de progreso en las
sociedades humanas, constituía el elemento común en Smith y en la cul-tura de
la Ilustración dieciochesca. Pero también constituía principalmen-te el mensaje
positivo que hace de la obra del pensador escocés un punto central de
referencia para reflexionar sobre el hombre y la sociedad.
71 Cf. Roncaglia
(1989) sobre Smith y (1995c) sobre Marx.
LA CIENCIA
ECONÓMICA EN LA ÉPOCA DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA
6.1. La
perfectibilidad de las sociedades humanas, entre utopías y reformas
La «Revolución Gloriosa» inglesa de 1688 tuvo lugar
prácticamente sin efusión de sangre y, aunque supuso un cambio radical en el
orden polí-tico, no produjo ninguna ruptura drástica en la continuidad de las
insti-tuciones inglesas. Por el contrario, la Revolución francesa de 1789, y
espe-cialmente la radicalización que experimentó en los años siguientes, una
vez más y en términos dramáticos, sitúa a los científicos sociales ante dos
cues-tiones decisivas. Primera, ¿puede un cambio en las instituciones llevar a
una sociedad mejor, también —y tal vez por encima de todo— en lo que se refiere
a la vida material, y, por lo tanto, en el funcionamiento de la eco-nomía?
Segunda, si el cambio tiene un coste en términos de violencia y derramamiento
de sangre, como fue evidente en el caso de la Revolución francesa, ¿justifican
estos costes las ventajas que puedan obtenerse?
En el siglo XVIII la tradición de la Ilustración dio una
respuesta más o menos positiva a la primera pregunta: la intervención llevada a
cabo por soberanos benevolentes, guiados por la razón, puede favorecer el
progreso social, que en cualquier caso sigue siendo la dirección hacia la que
tiende a moverse la historia humana. La segunda pregunta, por otra parte,
difí-cilmente representaba un asunto real para los exponentes de la
Ilustración, que en general aceptaron como una cuestión de hecho el poder absoluto
de las monarquías nacionales y limitaron sus propuestas de intervención a los
campos de carácter económico y a las políticas sociales.
214 La ciencia
económica en la época de la Revolución francesa
Sin embargo, en la época de la Revolución francesa, hacía tiempo
que estaban presentes otras corrientes de pensamiento que daban respuestas
diferentes a los temas básicos relacionados con la organización de la
socie-dad. Por una parte tenemos las conservadoras, que sostenían que los
esfuerzos para fomentar el progreso social son inútiles, y por otra, las
revo-lucionarias, que afirmaban que el cambio radical es una necesidad,
tam-bién para las instituciones políticas.
Estas últimas extraían a menudo su fuerza de los modelos
utópicos de sociedades ideales, con frecuencia caracterizadas por formas de
colectivismo que se extendían no sólo al control sobre los medios de
producción, sino también y sobre todo a las costumbres de la vida cotidiana.
Como género literario, los escritos utópicos habían estado circulando desde
finales del siglo XVI;1 en la Francia del siglo XVIII parecen haberse repetido
en el espíritu racionalista de la Ilustración, dedicado al culto de ideas «claras
y distintas» (por recordar una expresión utilizada por Descartes). Era un clima
cultural que estimulaba a los intelectuales a creer que la inteligencia humana
es capaz de diseñar sistemas institucionales que superasen los históricamente
hereda-dos; además, algunos espíritus particularmente audaces llegaron a
afirmar que cuando tales «sistemas» se consideraran superiores a los antiguos,
existía el derecho y ciertamente la obligación de imponer su implantación
contra la resistencia de gobernantes intransigentes o masas ignorantes.
La tradición de la Ilustración sociológica escocesa se mostró
también favorable a los cambios institucionales: por ejemplo, podemos recordar
la lucha de Smith contra los residuos del feudalismo. Sin embargo, no se
tra-taba de una cuestión de diseñar a priori instituciones ideales, sino más
bien de indicaciones sobre posibles mejoras de las instituciones existentes. La
confianza en la razón venía, además, atenuada por dos elementos: la idea
liberal, sostenida por Smith en La teoría de los sentimientos morales, de que
cada uno es el mejor juez de sus propios intereses; y una visión no idí-lica,
aunque básicamente optimista, de la naturaleza humana, abierta a un cierto
grado de escepticismo en cuanto a las capacidades y motivaciones de los
gobernantes. A su vez, esto implicaba desconfianza, si no hostilidad, ante los
proyectos de cambio revolucionario inspirados en modelos teóri-
1 Cf., más arriba,
cap. 2, nota 11.
La perfectibilidad de las sociedades humanas… 215
cos de sociedades ideales. Esta posición fue compartida
sustancialmente por la Ilustración napolitana, desde Galiani y Genovesi a
Palmieri y Filan-gieri, como también por los intelectuales toscanos,
interesados sobre todo por las reformas agrarias, y por un círculo milanés que
incluía a Verri y Beccaria. También Francia contó con una serie de activos
protagonistas de la vida política —siendo Turgot el ejemplo más ilustre— que
podrían incluirse en la corriente «reformista».2
De hecho, es en la Francia prerrevolucionaria donde tenemos un
inte-resante ejemplo de confrontación entre las tesis reformista y
conservado-ra, en el enfrentamiento que se produjo entre Necker y Turgot, y
después entre Condorcet y Necker.3
Turgot, el ministro de Hacienda de 1774 a 1776, no sólo ofreció
apoyo teórico (cf. más arriba § 4.7), sino que también trató de obtener efectos
prácticos de las reformas dirigidas a la abolición de las restricciones
feudales (sobre el libre comercio de los productos agrícolas, y las
regula-ciones corporativistas del trabajo y de los procesos productivos) y a la
mejora de las políticas sociales respecto a la situación de los pobres.
Jacques Necker (1732-1804), un banquero, opositor político de
Tur-got y último ministro de Hacienda antes de la Revolución, en contraste,
describía «la miseria del pobre como un hecho de la naturaleza» y el
creci-miento de la población «como la consecuencia de “la impetuosa atracción
que la naturaleza ha establecido entre los sexos”. Con el tiempo llegará a su
fin, “con sufrimiento y mortalidad” cuando la población supere a las
subsistencias».4
Marie Jean Antoine Nicolas Caritat, marqués de Condorcet
(1743-1794) fue un filósofo que pertenecía al círculo de los enciclopedistas, y
un matemático renombrado por sus estudios sobre la teoría de las probabili-
Aún más que los
términos conservador y revolucionario utilizados más arriba, el de reformista
tiene en este contexto un significado algo genérico, que sólo en parte
corres-ponde al que ha adquirido el concepto en el debate político actual.
3 Para la reconstrucción
de este debate, cf. Rothschild (1995; 2001).
4 Las citas están sacadas de Rothschild (1995), p. 721.
Evidentemente, tenemos aquí a uno de los muchos precursores del principio
maltusiano de la población, que se tratará en el próximo apartado.
216 La ciencia
económica en la época de la Revolución francesa
dades, que influyó en la teoría moderna de la elección social.5
Reaccionan-do ante tesis como la de Necker, sostuvo que los problemas de la
sociedad contemporánea no procedían de las fuerzas de la naturaleza, sino de
las ins-tituciones humanas: por lo tanto, las medidas de reforma institucional
podrían influir en el progreso económico y civil. Como Smith, Condorcet apoyó
las intervenciones públicas a favor de la educación universal; tam-bién
defendió planes de seguro colectivo contra los accidentes y para garan-tizar
una renta para los ancianos. En un sentido más general, «La caracte-rística
presunción de los primeros amigos y seguidores de Smith en Francia era, más
bien, que la libertad política y la integración social de los pobres eran
causas (así como también consecuencias) del desarrollo económico».6
Condorcet estaba entre aquellos intelectuales progresistas que
desem-peñaron papeles importantes en las primeras fases de la Revolución
fran-cesa sólo para caer víctimas del Terror, cuyos exponentes vieron al
refor-mismo moderado como un enemigo posiblemente peor que el propio
conservadurismo. Como la suerte de Condorcet, las corrientes reformistas en
Francia fueron con el tiempo físicamente suprimidas por los seguido-res del
extremismo utópico.
Como reacción a la radicalización de la Revolución francesa,
hubo también radicalización en la oposición al cambio. Ya hemos visto un
ejem-plo de esto (§ 5.8) en la hostilidad que se concitó contra la filosofía
social de Smith hacia finales del siglo XVIII, después de la recepción
favorable que se había concedido a La riqueza de las naciones cuando se
publicó. Vere-mos otro famoso ejemplo en el próximo apartado con el opúsculo de
5 Cf. Moulin y
Young (1987), McLean y Hewitt (1994).
Rothschild
(1995), p. 712. La tesis «smithiana» era que la incertidumbre consti-tuye, en
general, un obstáculo para la iniciativa económica. Las instituciones adecuadas
para el desarrollo económico deben generar seguridad con respecto a los
derechos perso-nales y a los derechos de propiedad; la «seguridad era una
condición tan psicológica como jurídica, fundada tanto en reformas sociales
como en reformas legales» (ibíd., p. 713). La seguridad debe extenderse: «Una
sociedad civilizada es una sociedad en la que incluso el pobre tiene derecho a
asegurar su vida» (ibíd.). Por esta razón, Smith podía sostener que las
políticas sociales a favor de las clases inferiores no sólo eran «justas», sino
también importantes para favorecer el desarrollo económico: «Seguramente
ninguna sociedad puede ser floreciente y feliz si la mayor parte de sus
miembros es pobre y miserable» (Smith, 1776, p. 96; citado en Rothschild, 1995,
p. 714). Recordemos (cf. más arriba § 5.8) que Condorcet fue el autor de un
opúsculo que incluía un resumen de La riqueza de las nacio-nes. Sobre la
actitud de Condorcet ante las reformas, cf. Rothschild (2001).
Malthus y el principio de población 217
Malthus sobre la población, que adoptó y desarrolló las
opiniones de Nec-ker. Lo que deseamos destacar aquí es que las corrientes
reformistas, atra-padas entre el extremismo utópico del Terror revolucionario y
la reacción conservadora, no sólo perdieron terreno, sino que, lo que es más
impor-tante, sólo sobrevivieron con un significativo cambio en su propia
natura-leza: lo que originalmente había sido reformismo en el sentido amplio
del término —social y económico al mismo tiempo— se vio limitado a los aspectos
puramente económicos. El pensamiento «reformista» en sentido pleno sólo
volvería a desempeñar un papel importante en el debate políti-co y cultural
medio siglo después, con el movimiento cooperativo en Inglaterra y con John
Stuart Mill; pero una vez más iba a encontrarse pronto constreñido, por lo
menos en la Europa continental, entre el radi-calismo revolucionario, por una
parte, (estaba no sólo Marx, sino también la Commune de París) y la reacción
conservadora, por la otra.
6.2. Malthus y el
principio de población
En los años que siguieron inmediatamente a la Revolución
francesa, como hemos visto, la respuesta receptiva que los diversos
intelectuales en Gran Bretaña habían mostrado ante el asalto a la Bastilla dio
paso a la reac-ción conservadora contra el Terror. Entre los pocos que
mantuvieron una posición favorable ante la Revolución, junto con Thomas Paine,7
encon-tramos a William Godwin (1756-1836). Autor de una ampliamente leída
Enquiry concerning political justice [Investigación sobre la justicia política]
(1793) y marido de la feminista radical Mary Wollstonecraft, Godwin es conocido
comúnmente como partidario del anarquismo; defendió la pro-ducción en pequeña
escala y la descentralización social, junto con una drástica redistribución de
la renta a favor de los estratos más necesitados de la población. Como
Condorcet, Godwin era un defensor acérrimo de
Un inglés,
Thomas Paine (1737-1809) se trasladó a Norteamérica en 1774, y allí publicó un
ensayo, Common sense [El sentido común] (1776), que constituyó uno de los
fundamentos intelectuales inmediatos de la Declaración de Independencia de los
Estados Unidos; emigrado a Francia, en 1792-1795 se convirtió en un miembro de
la Convención, que se opuso a Robespierre. En Rights of man [Los derechos del
hombre] (1791) apoyó, entre otras cosas, un sistema fiscal progresivo para
financiar subvenciones a familias pobres y pensiones de vejez, y la extensión
del derecho a votar a todos los hombres adultos.
218 La ciencia
económica en la época de la Revolución francesa
la perfectibilidad de los seres humanos: un fin que debía
perseguirse mediante la abolición o modificación de aquellas instituciones,
tanto polí-ticas como sociales, que obstruían el desarrollo económico y el
desarrollo de la razón humana. Su influencia en los «socialistas ricardianos»,
el movi-miento cooperativo y los owenitas fue importante; entre aquellos que se
lanzaron tras él inmediatamente después de la publicación de su libro
encontramos también a Daniel Malthus (1730-1800).
El hijo de Daniel, Thomas Robert Malthus (1766-1834) adoptó una
visión enteramente diferente.8 Estudiante en el Jesus College de Cam-bridge
entre 1784 y 1788, al graduarse fue nombrado ministro de la Igle-sia anglicana.
Se casó en 1804 y tuvo tres hijos. En 1805 se convirtió en profesor de historia
y economía política en el East India College; su docencia se basaba en La
riqueza de las naciones de Smith.
Veremos detenidamente mucho más de Malthus en las páginas que
siguen, en particular en relación con sus discusiones con Ricardo. Su obra más
famosa es el Ensayo sobre el principio de población (1798), que consti-tuía la
respuesta conservadora a las opiniones sostenidas por los radicales ingleses y
anunciadas por Godwin. La primera edición tenía el aire de un panfleto político
vivo y provocador; en las ediciones subsiguientes9 creció hasta convertirse en
un volumen pesado y erudito, lleno de referencias empíricas y matizaciones a la
tesis central, pero algo indigesto. El Ensayo tuvo una amplia acogida y una
fuerte influencia, estimulando un prolon-gado y animado debate.10
La tesis de Malthus se resume a menudo en una fórmula famosa: la
pro-ducción agrícola tiende a crecer en proporción aritmética, mientras que la
El Ensayo sobre
el principio de población nació de una discusión entre padre e hijo. Daniel
Malthus era el amigo al que Thomas se refería cuando escribió el prólogo de la
prime-ra edición: «El siguiente Ensayo debe su origen a una conversación con un
amigo, sobre el tema del Ensayo del Sr. Godwin», y es a él al que se refería
cuando critica a aquellos que creen en «la perfectibilidad del hombre y de la
sociedad» (citado por Meek, 1953, p. 4). La relación entre un padre conservador
y un hijo revolucionario, tan frecuente en nuestros tiempos, está invertida
aquí, donde un hijo conservador se opone a un padre progresista. Para una
biografía de Malthus, cf. James (1979); para una introducción a su pensamiento,
cf. Winch (1987).
9 1803, 1806, 1807, 1817, 1826; cf. la edición crítica de 1989,
editada por Patri-cia James.
10 Algunas de las
reacciones inmediatas de la época están reimpresas en Pyle (1994).
Malthus y el principio de población 219
población tiende a crecer en proporción geométrica, y, dicho con
mayor pre-cisión, a doblarse cada veinticinco años.11 De hecho, el caso
—ilustrado por Malthus en varios ejemplos numéricos— no era esencial para su
argumento. El «principio de población» consistía, sencillamente, en la idea de
que el cre-cimiento de la población está necesariamente limitado por la
disponibilidad de medios de subsistencia. Tan pronto como se dispone de éstos
por encima de lo estrictamente necesario, la población tiende a crecer más
rápidamente que la producción agrícola. El consiguiente desequilibrio tiene
efectos nega-tivos sobre las condiciones de vida de las clases más pobres,
hasta que la población vuelve al equilibrio con la disponibilidad de
alimentos.12
Dicho de modo más preciso, el crecimiento de la población que
supe-ra a la disponibilidad de recursos genera un aumento del precio de los
ali-mentos, y, por lo tanto, una reducción de los salarios reales. A medida que
se desarrolla el proceso, la menor disponibilidad de alimentos per cápita
significa un empeoramiento del nivel de vida de los trabajadores, que reduce la
tasa de crecimiento de la población a medida que aumenta la tasa de mortalidad
o disminuye la tasa de natalidad, siendo determinados ambos efectos por una
pobreza y penuria cada vez más extendidas.
Junto con este mecanismo automático de naturaleza económica,
Malthus señaló otras dos posibles vías, basadas en la intervención activa por
parte de hombres y mujeres para conservar el equilibrio entre pobla-ción y
medios de subsistencia: la senda de la «virtud», es decir, la castidad en el
celibato y la continencia en el matrimonio, o la senda del «vicio», esto es, la
anticoncepción. Este último elemento iba a recibir una particular atención por
parte de los llamados neomaltusianos (como Francis Place,
Schumpeter
(1954, p. 579; pp. 644-645, trad. cast.) secamente —y correctamente— señala que
«no tiene, obviamente, sentido alguno intentar formular “leyes” independientes
del comportamiento de dos cantidades interdependientes» (una observación que
también se apli-ca a la formulación más simple de la «ley de la oferta y la
demanda», como demostró Sraffa en su artículo de 1925 con respecto al análisis
del equilibrio parcial marshalliano: cf. más adelan-te § 16.3). Recordemos
también aquí que la tesis de Malthus se refiere a la dinámica de la pro-ducción
agrícola: como tal, no puede deducirse del supuesto de diferentes fertilidades
de la tie-rra en el que se basa la teoría de la renta diferencial (cf. más
adelante § 7.2).
La tesis
maltusiana de un conflicto entre el crecimiento de la población y la
dis-ponibilidad de recursos alimenticios fue reconocido explícitamente por
Charles Darwin (1809-1882) como fuente de inspiración de su revolucionaria
teoría de la evolución basa-da en la selección natural, expuesta en Darwin
(1859): cf. Darwin (1958), p. 144.
220 La ciencia
económica en la época de la Revolución francesa
1771-1854; su Illustrations and proofs of the principle of
population [Ilus-traciones y pruebas del principio de población] está fechado
en 1822), pero ya había sido considerado, en un sentido aprobatorio, antes de
Mal-thus por autores tales como Bentham y Condorcet.13
La tesis de Malthus no era nueva.14 Ya hemos visto cómo surgió
en Francia, poco antes de la Revolución, en el debate entre Turgot y Necker,
pero ya en el siglo XVI un italiano, Giovanni Botero (1544-1617), que
con-trastaba la virtus generativa con la virtus nutritiva, había puesto de
relieve la tensión existente entre el crecimiento potencial de la población y
las difi-cultades de aumentar la producción de medios de subsistencia para
adap-tarse a aquél (Delle cause della grandezza delle città [De las causas de
la gran-deza de las ciudades, 1588], había sido también traducido al inglés en
1606). Precisamente pocos años antes de que apareciera el panfleto de Malthus,
otro italiano, Gianmaria Ortes (1713-1790), había publicado en 1790 Riflessioni
sulla popolazione [Reflexiones sobre población], que fueron incluidas pocos
años después en la serie de escritos de economistas italianos editada por
Custodi. Entre otras cosas, Ortes destacaba la potencialidad de la población
para crecer en progresión geométrica.15
Sobre
Condorcet, cf. más adelante, nota 17. Bentham se refería a la anticoncep-ción
como un instrumento útil para reducir la carga fiscal derivada de las leyes de
pobres en el manuscrito del Manual of political economy [Manual de economía
política] (Bentham, 1793-1795, pp. 272-273). Siguiendo a Bentham, James Mill
hizo una prudente referencia al tema en la voz Colonies (1818) de la
Encyclopaedia Britannica. Su hijo, John Stuart, cuan-do sólo tenía diecisiete
años, fue detenido por la policía en 1823 cuando distribuía propa-ganda a favor
de la anticoncepción, que había preparado Place. (Algunas décadas más tarde, el
economista sueco Knut Wicksell asumió un trabajo similar en favor de la
anti-concepción: cf. más adelante § 11.5.)
Podemos
remontarnos al obispo de Cartago, Cipriano (ca. 200-258), que contra-decía el
optimismo intrínseco en la Biblia, cuando dice «creced y multiplicaos»,
conside-rando el exceso de población como fuente de pobreza incluso en sus
tiempos, y propo-niendo la castidad como remedio: cf., más arriba, cap. 2, nota
29.
A principios
del siglo XVIII también Cantillon (1755, p. 81; p. 58, trad. cast.) había
destacado las potencialidades del crecimiento de la población, que se adapta
rápidamente a los medios de subsistencia disponibles: «Si los propietarios de
las tierras ayudan a sostener a las familias, no hará falta sino una sola
generación para aumentar el número de habitantes hasta el nivel en que los
productos de las tierras pueden ser bastante como subsistencia». Como ya hemos
visto (§ 4.5), la obra de Cantillon fue una fuente para Mirabeau (1756).
Schumpeter (1954, p. 252; p. 297, trad. cast.) llegó a afirmar, tal vez con
algo de exagera-ción, que «la cuna de la doctrina antipoblacionista auténtica
ha sido Francia». Sobre algunos precursores ingleses de Malthus y sobre el
autor alemán Sussmilch, cf. Bonar (1931).
Malthus y el principio de población 221
Ni Botero ni Ortes fueron citados por Malthus, aunque hizo
referen-cia a Necker y a otros escritores, incluido Robert Wallace (1697-1771).
En el caso de Wallace, sin embargo, Malthus limitó la referencia a su obra
secundaria, y no mencionó la fundamental Various prospects of mankind, nature
and providence [Perspectivas diversas de la humanidad, la naturale-za y la
providencia] (1761), a la que se refirió explícitamente Godwin, cri-ticando su
pesimismo, y de la que, según algunos comentaristas, Malthus pudo haber tomado
sus principales tesis.16
Sea lo que fuere, el opúsculo de Malthus desempeñó un papel
especí-fico, y en consecuencia tuvo un impacto mayor que la literatura anterior
sobre el tema, concentrando la atención no simplemente en la relación entre
crecimiento de la población y crecimiento de los medios de subsis-tencia, sino
también y sobre todo en las implicaciones de esta relación para la elección
estratégica entre perseguir o no objetivos de cambio —incluso de cambio
radical— en las instituciones políticas.17
Una serie de economistas de la época, incluido David Ricardo, se
refi-rieron al principio maltusiano de la población en apoyo de una teoría de
los salarios mencionada con frecuencia en el debate sobre política, la lla-mada
ley de bronce de los salarios, según la cual el tipo de salario tiende a
oscilar alrededor del nivel de subsistencia. Este último no se interpretaba en
términos meramente biológicos, sino en sentido social, como aquel nivel que
permitía a los trabajadores no sólo sobrevivir —en el sistema
Cf. la edición
crítica, editada por P. James, de Malthus (1798, vol. 2, pp. 351-352). En ibid.
(pp. 253-357) figura una «Alphabetical list of authorities quoted or cited by
Mal-thus in his Essay on the principle of population». Sin embargo, muchas de
las referencias fue-ron añadidas en las ediciones que siguieron a la primera, y
se refieren a autores contempo-ráneos de Malthus que tomaron parte en el debate
que siguió a la publicación original de su opúsculo.
En el Esquisse
d’un tableau historique des progrès de l’esprit humain, publicado póstumamente
en 1794, Condorcet había adelantado unos argumentos semejantes sobre los
peligros del crecimiento excesivamente rápido de la población; sin embargo, sus
conclusiones sobre las perspectivas de las sociedades humanas eran optimistas,
en agudo contraste con las de Malthus. Condorcet destacó la existencia de un
sencillo remedio, la anticoncepción, que podía conciliar la mejora de los
niveles de vida con el crecimiento moderado de la población. Los llamados
neomaltusianos, incluyendo a Place y —más tarde— Wicksell, redescubrieron las
ideas de Condorcet, anteriores a la obra de Malthus.
222 La ciencia
económica en la época de la Revolución francesa
económico considerado, excluyendo, por lo tanto, la emigración—,
sino también formar una familia y criar hijos.18
Para resumir el argumento, supongamos que el salario de la gran
masa de trabajadores está por encima del simple nivel de subsistencia. La
pobla-ción empieza a crecer, y la producción agrícola no puede mantenerse al
mismo ritmo; en consecuencia, el precio de los alimentos sube, y el sala-rio
real disminuye, volviendo al mínimo de subsistencia. Si, por el contra-rio,
comenzamos a partir de un tipo de salario inferior al nivel de subsis-tencia,
entonces la población disminuye (debido a una tasa de mortalidad creciente y a
una tasa de natalidad decreciente, pero también debido a la cre-ciente
emigración); de ahí que la demanda de bienes salariales disminuya, caigan sus
precios y aumente el salario real.
La tesis de que el salario tiende a permanecer al nivel de
subsistencia ya había sido propuesta antes de Malthus con argumentos distintos
al principio de población. Por ejemplo, como vimos antes (§ 5.4), Smith
atribuía una presión hacia abajo del tipo de salario al distinto poder de
negociación de trabajadores y capitalistas.
Como ya hemos visto, la tesis de Smith parece más sólida que la
que se basa en el principio de población. Baste recordar que, si el aumento de
la población debido a un tipo de salario por encima del nivel de subsis-tencia
se asocia con un aumento de la tasa de natalidad o una disminu-ción de la tasa
de mortalidad infantil, entonces la presión hacia abajo sobre los salarios sólo
puede sentirse en el mercado de trabajo después de un lapso de
catorce-dieciséis años, o en otras palabras, después de trans-currido el tiempo
necesario para que un recién nacido se incorpore a la fuerza de trabajo.19
Además, la «ley de bronce de los salarios», basada en el principio de población
maltusiano, presuponía la ausencia de progreso tecnológico en el sector
primario; en realidad, como ha demostrado la experiencia histórica, una
proporción decreciente de la población ha
Sobre la
definición de salario de subsistencia en Malthus, Ricardo y Torrens, cf.
Roncaglia (1974).
Este punto fue
mencionado por el propio Malthus en la primera edición de sus Principios
(Malthus, 1820, p. 242 de la primera edición, en Ricardo, 1951-1955, vol. 2, p.
225).
Malthus y el principio de población 223
logrado producir alimentos más que suficientes para una
población con-tinuamente creciente.20
El objetivo del Ensayo de Malthus, sin embargo, no era
proporcionar una teoría de la distribución de la renta, sino más bien afirmar
la inutili-dad de cualquier intento de mejorar la situación de la gran masa de
tra-bajadores.21 Aunque supongamos que estos intentos tuvieran éxito a corto
plazo, decía Malthus, la mejora del nivel de vida será inmediatamente seguida,
sin embargo, por una mayor tasa de crecimiento de la población, que disminuirá
los salarios y el nivel de vida de la gran masa de los traba-jadores hasta
llegar al simple nivel de subsistencia. Las esperanzas de mejora no debieran
depender de cambios institucionales o de políticas sociales a favor del pobre:
tales esperanzas sólo pueden depender de los «frenos preventivos» al
crecimiento de la población que, sigue argumen-tando Malthus, los trabajadores
sólo ejercitarán bajo el estímulo del espec-tro de la pobreza cerniéndose sobre
ellos. Por lo tanto, las medidas enca-minadas a eliminar la pobreza son
contraproducentes. Además, el temor a la pobreza actúa también como estímulo
para la laboriosidad.
Sobre este último punto, la tesis de Malthus (y la de Necker, y
por supuesto las de otros economistas conservadores) estaba en total oposición
con las ideas de Smith, Condorcet, Godwin y el conjunto de la tradición
reformista. Como observa Rothschild, según esta última tradición es la
esperanza de mejorar la propia condición, y no el temor a la pobreza, lo que
constituye «un incentivo universal para la industria»; Smith, en parti-cular,
declaró en La riqueza de las naciones que el «temor es en casi todos los casos
un despreciable instrumento de gobierno»; Condorcet sostuvo
En la segunda
mitad del siglo XIX, en particular, la segunda revolución agrícola, basada en
el uso de fertilizantes químicos, supuso un gran salto adelante en la
productivi-dad por trabajador y por unidad de superficie cultivada. Las
hambrunas del siglo XIX fue-ron debidas esencialmente a problemas de mala
asignación de recursos, no ciertamente a una escasez absoluta de alimentos a
nivel mundial.
La tesis de
Malthus, en la primera edición de su Ensayo, era que el principio de población
es «concluyente contra la perfectibilidad de la masa humana» (citado por Meek,
1953, p. 4). Sin embargo, tenemos que evitar describir a Malthus como un
ultra-reaccio-nario (como hicieron Marx y Engels): en efecto, volviendo a
proponer algunas ideas anti-cipadas por Smith, en su Ensayo Malthus defiende la
enseñanza elemental gratuita para todos y la atención médica gratuita para los
pobres.
224 La ciencia
económica en la época de la Revolución francesa
que el «temor es el origen de casi todas las estupideces
humanas, y sobre todo de las estupideces políticas».22
También Godwin, en su ensayo On population [Sobre la población]
(1820), que contiene su respuesta a Malthus, sostuvo que los «frenos
pre-ventivos» del aumento de la población vienen provocados por la mejora de
los niveles de vida de los trabajadores, no por el fantasma de la pobreza.23 De
modo semejante, el cooperativista William Thompson (cf. más ade-lante § 8.6)
defendió que el funcionamiento de la ley de población podía verse radicalmente
modificado por la independencia económica de las mujeres y por un nivel de vida
más alto, como podía ocurrir —sostenía él— con un cambio en la organización de
las instituciones sociales.
Sin embargo, fueron las tesis de Malthus las que con el tiempo
domi-naron el campo de la economía política clásica. Fueron éstas las que, con
su pesimismo ante las perspectivas de progreso para las clases trabajadoras y
la sociedad en su conjunto, llevaron a la opinión pública de la época a
identificar la economía política como la «ciencia lúgubre»:24 una sombría
construcción de teorías abstractas que conducían a un derrotismo encu-bierto
con rigor científico, puesto que, enfrentada a la voluntad humana de mejorar
las condiciones, afirma la imposibilidad de un progreso duradero. En cierto
sentido, la economía política representaría el pesimismo de la ciencia, en
cuanto opuesto al optimismo de la voluntad; sin embargo, exis-tía un pesimismo
que cuando se enfrentaba a los hechos, se mostraba esen-
Cf. Rothschild
(1995), p. 731, nuestra fuente para las citas de Smith (1776, p. 798) y
Condorcet.
También el
sucesor de Malthus en la cátedra del East India College, Richard Jones
(1790-1855), un crítico del método deductivo que fue considerado como precursor
de la «escuela histórica» (cf. más adelante § 11.2), sostenía que los hechos no
concordaban con la tesis de Malthus. Sin embargo, dada la escasez de
estadísticas en la época y su pobre nivel cualitativo, el tratamiento del tema
tenía que basarse principalmente en impresiones generales.
La expresión,
que se hizo inmediatamente famosa, fue debida a Thomas Carlyle (1795-1881), en
un ensayo de 1849, The nigger question [La cuestión negra] (en Carlyle,
1888-1889, vol. 7, p. 84: citado por Milgate, 1987, p. 371). El disgusto de
Carlyle, sin embargo, tuvo su origen en un contexto diferente, el movimiento
pro-esclavitud de media-dos del siglo XIX dirigido por el propio Carlyle junto
con John Ruskin (1819-1900), el apa-sionado crítico del capitalismo industrial
ampliamente leído también entre los socialistas en las décadas de alrededor de
1900.
La «ley de Say» 225
cialmente engañoso, toda vez que subestimaba las potencialidades
que abría el progreso económico. El clima romántico que comenzó a extenderse en
la primera mitad del siglo XIX pudo de este modo estimular una reacción
negativa contra la fría lógica abstracta y el pesimismo de la ciencia
econó-mica, en la medida en que se la consideraba basada en supuestos irreales.
Así, el conjunto de la economía política clásica, y en particular Ricardo y sus
seguidores, se encontraron con una creciente desconfianza por parte de la
opinión pública, a pesar del hecho de que el principio de población mal-tusiano
no era un componente esencial de su estructura analítica. En reali-dad, esta
caracterización de la economía política como la «ciencia lúgubre» contribuyó al
ensanchamiento de la brecha entre las «leyes científicas» de los economistas,
por una parte, y el estudio de las cuestiones sociales, por otra, preparando el
camino para la revolución marginalista.25
6.3. La «ley de Say»
Pocos años después del Ensayo sobre el principio de población de
Mal-thus, vino la proclamación de lo que ha llegado a ser conocido como «ley de
Say», enunciada por el economista francés Jean-Baptiste Say (1767-1832). En su
formulación más simple, dice que la «oferta crea su propia demanda».
Ha habido diferentes interpretaciones de esta «ley».
Originalmente fue propuesta a modo de crítica de ciertos aspectos de la
doctrina fisiocrá-tica utilizados por varios economistas de la época que se
oponían al papel central que Smith atribuyó al ahorro y a la acumulación como
fundamen-to del crecimiento de la «riqueza de las naciones» y que trataron de
refu-tar su crítica con respecto al consumo «improductivo».
El papel de la
economía política en sacar a la luz los límites de lo que puede con-seguirse
con la intervención pública ha sido objeto de debate durante siglos, aunque los
planteamientos han cambiado en el curso del tiempo, constituyendo un buen
ejemplo de ello la acalorada controversia de las últimas décadas sobre el
crecimiento de la deuda públi-ca y sobre las «comidas gratuitas» que parecen
sugerir las políticas keynesianas dirigidas a incrementar el nivel de la renta
(cf. más adelante cap. 14). Tal vez el debate en curso sobre el estado del
bienestar ofrezca analogías más fuertes con el debate sobre el principio de
población.
226 La ciencia
económica en la época de la Revolución francesa
Como ya hemos visto (§§ 4.5 y 4.6), Cantillon y los fisiócratas
atribuían a los terratenientes y a la nobleza un papel activo en la pues-ta en
marcha del proceso de circulación: al final del proceso producti-vo están en
posesión del dinero y lo utilizan para adquirir mercancías de las clases
«estéril» y «productiva». Sin embargo, si los terratenientes y la nobleza
deciden no gastar parte de su renta, y si por cualquier razón disminuye su
demanda, surge la posibilidad de una situación de «sobreproducción general» o
la falta de salidas del mercado. Dado el papel activo que desempeña en el
proceso de circulación, el gasto de los terratenientes y de la nobleza regula
la tasa de intercambios y la producción.26
En respuesta a opiniones como éstas Say estableció su «ley» en
el Traité d’économie politique de 1803, una exitosa publicación que también fue
utilizada como libro de texto en los Estados Unidos y en Gran Breta-ña (así
como en Francia, donde Say se convirtió en el primer profesor de economía
política en 1815), y que contenía entre otras cosas una teoría del valor basado
en la utilidad y en el equilibrio entre oferta y demanda.27 La «ley de Say» fue
entonces aceptada, con diferencias sutiles pero a menudo significativas, por
muchos economistas de la escuela clásica: ante
A pesar de esta
orientación general de su razonamiento, podemos encontrar en los fisiócratas
algunos pasajes que parecen anunciar el lema de Say. Blaug (1962, p. 29) cita
un par de tales pasajes; sin embargo, parecen apuntar en la dirección de
relaciones de equili-brio provocadas por las fuerzas del mercado.
Otra tesis por
la que es conocido este libro es la identificación del trabajo produc-tivo con
el trabajo que genera utilidad. En oposición a Smith, esto significa que el
trabajo que proporciona servicios también es productivo, y no sólo el trabajo
que produce mer-cancías. Evidentemente, esto estaba relacionado con la teoría
del valor de Say, según la cual el valor de una mercancía expresa su utilidad
(mientras que su precio expresa su valor, así definido). Sin embargo, y por
encima de todo, el libro de Say es importante por la noción de equilibrio
económico que proponía; es por esta razón por la que, como dijo Schumpe-ter
(1954, p. 492; p. 553, trad. cast.), «la obra de Say es el eslabón principal de
la cadena que lleva de Cantillon y Turgot a Walras»; volveremos sobre este
aspecto más adelante (§§ 10.2 y 12.1). Una vez más según Schumpeter (ibíd., p.
555; p. 619, trad. cast., cursiva en el original), Say «fue el primero en
atribuir al empresario —como tal y distinguido del capi-talista— una posición
determinada en el esquema del proceso económico [...] combinar los factores de
producción en un organismo productivo»; además (ibíd., p. 560; p. 624, trad.
cast.), él «ha asentado el esquema triádico y la práctica de tratar los
“servicios” de los tres factores [trabajo, capital y tierra (o mejor, “agentes
naturales”)] sobre un pie de igualdad, tanto en la teoría de la producción
cuanto en la teoría de la distribución».
La «ley de Say» 227
todo, por James Mill28 en Commerce defended [El comercio,
defendido] en 1807, que iba a ser seguido en 1808 por Torrens en The economists
refuted [Los economistas, refutados],29 y después por McCulloch, Ricar-do y
John Stuart Mill. De hecho, la «ley de Say», en una versión más bien fuerte
(como una identidad ex ante entre la demanda y la oferta agrega-das), se
convirtió en una característica distintiva comúnmente atribuida a la «escuela
ricardiana».
En su versión original, sin embargo, la «ley de Say» era menos
clara, siendo su principal objetivo reafirmar dos tesis que ya estaban
presentes en Smith. La primera era la posibilidad de que el progreso técnico
diera ori-gen a un desarrollo de la producción a largo plazo, con una notable
mejo-ra del nivel de vida de la población, acompañada por un crecimiento
para-lelo de la demanda; la segunda era la idea de que el crecimiento viene más
favorecido por el ahorro (y por la inversión, en la que el ahorro se con-vierte
automáticamente) que por el consumo improductivo.30 Al sostener estas dos
tesis, que constituían los verdaderos objetos del debate corriente, Say (y
después James Mill) también desarrollaron otros argumentos: en particular, la
tesis de que el dinero per se no es demandado, sino sólo como medio para
adquirir bienes, con la consecuencia de que la oferta agregada sería
necesariamente igual a la demanda agregada, y de que no sería posi-ble ninguna
crisis general de sobreproducción. Esta última tesis fue bauti-zada más tarde
como «identidad de Say» por los historiadores del pensa-miento económico, a fin
de distinguirla de una tesis menos fuerte, la
James Mill
(1773-1836), padre de John Stuart, estudioso y amigo de Bentham, figura entre
los principales exponentes del radicalismo filosófico (cf. más adelante §
10.3); fue también amigo de Ricardo y le ofreció su apoyo en la redacción de
los Principios. Durante algunos años fue un alto dirigente de la East India
Company; además, escribió un manual de economía política que muestra una
inclinación ricardiana (Elements of political economy [Elementos de economía
política], 1821).
De modo
significativo, los fisiócratas fueron conocidos como les économistes. En
particular, Mill y Torrens reaccionaron ante el ensayo de William Spence
(1783-1860), Bri-tain independent of commerce [Inglaterra, independiente del
comercio] (1807). Sobre Torrens cf. más adelante § 8.2.
Cf., por
ejemplo, el pasaje que se cita a menudo: «Lo que cada año se ahorra se consume
regularmente [adquiriendo capital adicional], de la misma manera que lo que se
gasta en el mismo período, y casi al mismo tiempo también» (Smith, 1776, pp.
337-338; p. 306, trad. cast.).
228 La ciencia
económica en la época de la Revolución francesa
llamada «igualdad de Say», según la cual pueden existir
desequilibrios a corto plazo entre la oferta y la demanda totales de bienes,
pero «existen fuerzas equilibradoras en las que se puede confiar y que deben
hacer que pronto coincidan ambas magnitudes».31
Fue sólo contra las versiones más radicales de la «ley de Say»
contra los que autores como Sismondi, Malthus y Lauerdale dirigieron su
críti-ca. Lo que estos autores sostuvieron realmente no fue la existencia de
tendencias al estancamiento a largo plazo, sino más simplemente la posi-bilidad
de crisis generales de sobreproducción. La misma línea siguieron, además, otros
economistas «ricardianos», como Robert Torrens y, en especial, John Stuart
Mill, en el segundo de los Essays on some unsettled
Baumol (1977),
p. 146. Baumol distingue diferentes tesis («Primera [segunda, ter-cera...]
proposición de Say»), para cada una de las cuales es posible encontrar alguna
refe-rencia en los escritos de Say:
«El poder
adquisitivo de una comunidad (demanda efectiva) está limitado por y es igual a
su producto, porque la producción proporciona los medios con los que puede
adquirirse el producto» (ibíd., p. 147; cursiva en el original).
«El gasto
aumenta cuando aumenta el producto» (ibíd., p. 147).
«Un gasto dado
en inversión es un estimulante mucho más efectivo de la rique-za de una
economía que un volumen igual de consumo» (ibíd., p. 149).
«A lo largo de
los siglos la comunidad siempre hallará demandas para los incre-mentos del
producto. Incluso para incrementos que sean enormes» (ibíd., p. 152).
«La producción
de bienes, más que la oferta de dinero, es el determinante fun-damental de la
demanda. El dinero facilita el comercio, pero no determina el volumen de bienes
que se intercambian» (ibíd., p. 154).
«Cualquier
plétora en el mercado de un bien debe implicar una producción insuficiente de
alguna otra mercancía, o mercancías, y la movilidad del capital fuera del área
con exceso de oferta, hacia industrias cuya producción sea insufi-ciente para
satisfacer la demanda, tenderá a eliminar rápidamente el exceso de
sobreproducción» (ibíd., p. 154).
Puede verse que, mientras las versiones menos restrictivas de la
«ley de Say» ya han sido adoptadas por Smith en apoyo de la importancia
atribuida al ahorro para la acumula-ción y el desarrollo, las versiones más
fuertes de la ley fueron utilizadas en la escuela ricar-diana para criticar la
teoría smithiana de la «competencia de capitales», según la cual la
acu-mulación de capital implicaría una reducción gradual del tipo de beneficio,
como consecuencia del progresivo agotamiento de los empleos más beneficiosos
del capital y la necesidad de desplazarlo a usos menos beneficiosos. En la
versión fuerte, la «ley de Say» sostiene de hecho que la producción por sí
misma crea ex novo salidas del mercado que garantizan a los nuevos empleos del
capital los mismos rendimientos que los usos anterio-res. Sobre la «ley de Say»
cf. también Sowell (1972).
Teorías del subconsumo: Lauerdale, Malthus, Sismondi 229
questions of political economy [Ensayos sobre algunas cuestiones
no resueltas de economía política] (1844). Esta línea fue adoptada más tarde
por Marx y especialmente por Keynes, que presentó sus teorías como directamente
opuestas a la «ley de Say» en el sentido que había adquirido, mucho más que en
los escritos de los economistas clásicos, dentro de la tradición marginalista.
6.4. Teorías del
subconsumo: Lauerdale, Malthus, Sismondi
En las dos primeras décadas del siglo XIX, después de que
Malthus hubiera publicado la primera edición de su Ensayo sobre el principio de
población y Say la primera edición de su Traité, y antes de que la ortodo-xia
ricardiana se basara, entre otras cosas, en la «ley de Say», una serie de
autores descendieron a la arena defendiendo la posibilidad de crisis gene-rales
de sobreproducción.
Declaradamente hostil al supuesto smithiano de una
transformación automática del ahorro en acumulación y a las opiniones de Smith
sobre el papel pasivo de la demanda, fue un aristócrata escocés, James
Maitland, octavo conde de Lauerdale (1759-1839). En su Inquiry into the nature
and origins of public wealth [Investigación sobre la naturaleza y los oríge-nes
de la riqueza pública] (1804; 2.ª ed., 1819), Lauerdale criticó no sólo la
distinción entre trabajo productivo e improductivo, sino también el papel central
atribuido al progreso en la división del trabajo en el proce-so de desarrollo
económico. Además, Lauerdale propuso una teoría del valor basada en la demanda
y la oferta, y, por lo tanto, en la escasez y la utilidad, considerando la
tierra, el trabajo y el capital como «fuentes de riqueza», y anunciando así la
noción neoclásica de los «factores de pro-ducción» (también con un esbozo de
teoría del capital y sus rendimien-tos, que iba a ser elogiada por
Böhm-Bawerk). Sobre todo, propuso una teoría del exceso de ahorro, que con toda
probabilidad aborda un punto que había aparecido ya de pasada en el Ensayo
sobre el principio de pobla-ción de Malthus —pero para el que prefirió hacer
referencia a Quesnay—, centrado en la idea de que el ahorro constituye una
salida del flujo circu-lar de producción y consumo, implicando una reducción
del gasto, y de ahí de la producción y renta futuras.
230 La ciencia
económica en la época de la Revolución francesa
En su principal obra sobre teoría económica, los Principios,
publica-da en 1820, Malthus se mostró mucho menos hostil que Lauerdale a Smith,
de quien tomó la idea del trabajo ordenado como medida del valor, lo cual
contrasta con la teoría ricardiana del trabajo contenido en una mer-cancía. El
papel de la demanda se destacaba con respecto a la determina-ción de los
precios de las mercancías y del nivel global de producción y renta. Dicho con
más precisión, Malthus destacaba el riesgo de una demanda inadecuada, y, por lo
tanto, el papel que desempeñaba, en apoyo de la renta, el «consumo
improductivo» de los terratenientes.
Sin embargo, tenemos que subrayar que, a diferencia de Torrens,
o del John Stuart Mill de Some unsettled questions, o de Marx y otros, Malthus
no dedujo la posibilidad de una demanda insuficiente de la distinción entre
ahorro e inversión, que de hecho pueden no coincidir en una eco-nomía
monetaria. Para Malthus, como para Ricardo, el ahorro y la inver-sión se
corresponden mutuamente, de forma automática.32 La tesis de Malthus se refería,
más bien, a la posibilidad de que el aumento de la capa-cidad productiva
generado por la inversión fuera mayor que el crecimien-to de la demanda; de
hecho, en ausencia de consumo improductivo por parte de capitalistas o
terratenientes, el aumento de salarios debido al aumento del empleo asociado a
la inversión genera una demanda adicio-nal, suficiente para mantener el mismo
ritmo que el aumento de la capa-cidad productiva. Aquí entraba en escena la
teoría maltusiana del valor basada en la oferta y la demanda:33 en la situación
que hemos ilustrado, el aumento de la producción hallará una salida, pero a
precios decrecientes, y, por lo tanto, con una disminución de los beneficios y
del tipo de bene-ficio.34 El resultado es una situación de crisis generalizada.
Cf. Meek
(1950-1951); Robbins (1958), p. 248; Corry (1959); Tucker (1960), pp. 123-156.
En cambio, Eltis propone una reconstrucción de la teoría maltusiana de la
demanda efectiva y del crecimiento basada en la distinción entre la inversión
ex ante y ex post (Eltis, 1984, pp. 140-181).
De modo más
preciso, podemos decir que Malthus consideraba dos elementos separados: la
«dificultad de producción», y la demanda y la oferta que regulan el volumen de
beneficios que debe añadirse a los costes para determinar el precio.
Este punto fue
captado y desarrollado por el anónimo autor de An enquiry into those principles
respecting the nature of demand and the necessity of comsumption
[Investiga-ción de los principios referidos a la naturaleza de la demanda y la
necesidad del consumo] (Anónimo, 1821a). Sobre esta obra cf. Ginzburg (1976),
pp. LXVI-LXXX.
Teorías del subconsumo: Lauerdale, Malthus, Sismondi 231
Sin embargo, todo esto no tiene nada que ver con la teoría
keynesia-na, que (como veremos más adelante, cap. 14) se basaba precisamente en
la distinción entre ahorro e inversión en una economía monetaria de
pro-ducción. La idea de que Malthus fue un precursor de Keynes (sugerida en
primer lugar por el propio Keynes, en el ensayo sobre Malthus en sus Essays in
biography [Ensayos biográficos], 1933), parece más bien encon-trar apoyo en la
oposición de Malthus a la teoría cuantitativa del dinero. En particular, en la
Investigation of the cause of the present high price of pro-visions
[Investigación sobre la causa de los actuales altos precios de las
pro-visiones] (1800), Malthus sostenía que el aumento de los precios era la
causa, y no el efecto, del aumento de la cantidad de dinero en circulación, que
los bancos ajustan a la demanda.
Mientras que Lauerdale fue, especialmente en la última parte de
su vida, un conservador extremo (lo que entre otras cosas explica su
hostili-dad hacia Smith) y Malthus puede considerarse un conservador modera-do,
un tercer exponente de la teoría del subconsumo, Jean Charles Léo-nard Simonde
de Sismondi (1773-1842), fue indudablemente un izquierdista, crítico con el
capitalismo, que sostuvo ideas de solidaridad y justicia social que en muchos
casos anticiparon tesis características del movimiento socialista.35 Su
principal obra fueron los Nouveaux principes d’économie politique (1819; 2.ª
ed., 1827).
Sismondi fue un defensor de la intervención pública en la
economía: salario mínimo, limitación de las horas de trabajo, asistencia
pública en la enfermedad, vejez y desempleo. Al mismo tiempo, estuvo a favor de
la difusión de la propiedad privada y de las formas de participación del
tra-bajador en los beneficios de la empresa, con el objetivo de reducir las
desi-gualdades en la distribución de la renta y favorecer la movilidad social.
Su teoría del subconsumo estaba relacionada con la tesis de la necesidad de
defender el poder adquisitivo de los consumidores, y de favorecer una
dis-tribución más equitativa de la renta; en particular, los salarios eran
vistos
La corriente
«progresista» de las teorías del subconsumo iba a contar más tarde entre sus
principales exponentes a heterodoxos marxistas como Rosa Luxemburg y Hob-son
(cf. más adelante § 9.9). Denis (1965, vol. 2, pp. 40-41) considera a Sismondi
un pre-cursor de la noción marxiana de plusvalía, y de las leyes de
empobrecimiento y concentra-ción industrial crecientes.
232 La ciencia
económica en la época de la Revolución francesa
como una fuente de demanda, mientras que el crecimiento de la
renta requería una expansión de la demanda que no quedaba automáticamente
asegurada por una producción creciente.36
Como estas sumarias observaciones bastan para demostrar, los
econo-mistas considerados como los principales representantes de las teorías
del subconsumo no carecían de percepciones interesantes, aun cuando no lograron
detectar una de las mayores debilidades de la tradición clásica, esto es, la
identificación entre ahorro e inversión. Sin embargo, sus per-cepciones no
fueron incorporadas a esquemas analíticos que tuvieran la suficiente solidez, y
podemos entender lo relativamente no convincentes que sus posiciones pueden
haber parecido, en cuanto a su nivel puramen-te intelectual, al compararlas con
la arquitectura de Ricardo; aunque no hemos de subestimar lo bien que
reflejaban puntos de vista pre-analíticos e ideas políticas extendidos en
aquella época.
6.5. El debate sobre
las leyes de pobres
Uno de los campos en los que desempeñó un papel central el
princi-pio maltusiano de la población, al menos desde las primeras décadas del
siglo XIX, fue el debate sobre las leyes de pobres, que implicó una serie de
diversos temas, como el papel del gobierno en la economía y el riesgo de
interferencia pública en la responsabilidad individual. Una vez más, nos
enfrentamos a un problema que surge continuamente, aunque en dife-rentes
formas, en el debate económico y político. Es, en general, el tema de «qué hacer»
con la pobreza que aflige a los estratos inferiores de la población.37
Evidentemente, el problema de la pobreza adopta formas diversas.
Simplifiquemos: por una parte, tenemos los huérfanos y expósitos, los vie-jos y
los inválidos: todos aquellos que, por una u otra razón, no pueden
Schumpeter
(1954, p. 496; p. 557, trad. cast.) anota en el haber de Sismondi que fue el
primero «en haber practicado el particular método de la dinámica llamado
análisis de períodos».
Por ejemplo, a
finales del siglo XVII Child sostenía la necesidad de deportar a los pobres que
estuvieran sanos y fuertes a las colonias, o de ponerlos a trabajar en asilos
bajo control público.
El debate sobre las leyes de pobres 233
trabajar y no tienen una familia que cuide de ellos y procure su
subsisten-cia. Por otra parte, tenemos aquellos que podrían trabajar, pero no
encuentran trabajo, o tienen uno que les proporciona una renta insufi-ciente
para sobrevivir. Finalmente, un tercer grupo incluye aquellos que prefieren más
que un trabajo, una vida de privaciones y pobreza, como los mendigos, o una
vida llena de riesgos, como los bandidos.
La importancia atribuida a este último grupo es variable. En
general, le confieren más importancia los economistas conservadores, hostiles a
extender la intervención pública a favor de los pobres incluidos en las dos
primeras categorías. Por otra parte, los economistas progresistas favorables a
la intervención pública consideran que el tercer grupo es insignificante, o
bien lo incluyen en los dos primeros grupos.38
El problema del pobre es endémico, pero adopta formas
particular-mente agudas en períodos caracterizados por un acusado cambio
tecnoló-gico. Así, los cambios tecnológicos radicales que caracterizaron a la
agri-cultura en primer lugar y después a la revolución industrial, llevaron al
empobrecimiento de las masas obreras. En el siglo XVI, los cercamientos
—delimitando la tierra que se reservaba para la cría de ganado— genera-ron
masas de gente muy pobre, arrancadas de las tierras que sus familias habían cultivado
durante generaciones. Tomás Moro (1516, pp. 65-67) observaba con ironía en este
aspecto que la oveja, «que habitualmente es tan mansa y tan barata de
alimentar, empieza ahora […] a ser tan glotona y salvaje que devora a los seres
humanos y devasta y despuebla los campos, casas y ciudades». En la segunda
mitad del siglo XVIII y en la primera mitad del XIX, en Inglaterra, como en los
países más adelantados de la Europa continental, las industrias manufactureras
comenzaron a desplazar a las actividades artesanas tradicionales, dando lugar
nuevamente al empobre-cimiento de las masas.
Más adelante (§ 7.7) consideraremos el debate sobre la
«compensa-ción», o, en otras palabras, la tesis de que los puestos de trabajo
perdidos con la introducción de maquinaria son «compensados» por la creación de
nuevos puestos, gracias a la nueva demanda que se deriva de la mejora del
Es suficiente,
por ejemplo, considerar la marginación social como una enfermedad psiquiátrica.
234 La ciencia
económica en la época de la Revolución francesa
nivel de vida generada por el progreso técnico. Sin embargo, en
realidad, el pauperismo estaba allí para todos los que lo quisieran ver: la
«compen-sación» era, al menos, algo no inmediato.
En la Inglaterra isabelina, las leyes de pobres ya habían
contemplado no sólo el apoyo sistemático a la primera categoría de pobres —los
huér-fanos, viejos e inválidos—, sino también para todos aquellos que no
pudieran mantenerse a sí mismos con su trabajo. Las leyes de 1601 intro-dujeron
un impuesto a escala nacional para atender al sustento de los pobres; sin
embargo, la recaudación del impuesto y la distribución del ingreso se
administraban localmente, bajo la vigilancia de supervisores ele-gidos, y las administraciones
locales eran libres de seguir la dirección del outdoor relief (distribución de
alimentos, subvenciones, obras públicas) o del indoor relief (el pobre asistido
estaba obligado a residir —y trabajar— en «asilos» públicos), o una combinación
de ambos.
Así pues, la responsabilidad de la intervención recaía en las
clases aco-modadas de las comunidades locales donde vivían los pobres.
Evidente-mente, esto significaba una carga fiscal distinta de un lugar a otro,
según la proporción de pobres que hubiera en la población local; en
consecuen-cia, las comunidades trataban de estimular la emigración de sus
pobres a otros lugares del país, obstaculizando la entrada de pobres
procedentes de otras zonas, con repetidos intentos de regular —y dificultar— la
movili-dad de los pobres. Las Settlement Laws [leyes de asentamiento] de 1662,
por ejemplo, impusieron restricciones que no sólo eran absurdamente rígi-das,
sino también extremadamente difíciles de hacer cumplir. Además, el impuesto
provocaba continuas quejas sobre el incentivo que a la ociosidad ofrecía un
sistema de asistencia que se consideraba demasiado generoso para gente que,
aunque sana y fuerte, no trabajaba.39
Con el tiempo, esta doble serie de problemas dio origen, en el
siglo XVIII y en particular con la nueva Ley de Pobres de 1772, a un conjunto
de reglas que en la práctica prohibían la emigración del pobre de una parroquia
a otra, y hacían depender la provisión de alimentos, por peque-
Entre los
defensores de este punto de vista en el siglo XVIII encontramos a Daniel Defoe
y Bernard de Mandeville; sin embargo, se encuentra con frecuencia en la
literatura de la época.
El debate sobre las leyes de pobres 235
ña que fuera, del hecho de vivir en un asilo; con lo que el
asilo se conver-tía en una especie de prisión sin rejas.40 A pesar de estas
limitaciones, la asistencia a los pobres adquirió considerables dimensiones:
según algunas estimaciones, en 1803 llegaba a un millón de personas, el 11 por
100 de la población de Inglaterra y Gales, mientras que en 1830 la asistencia
absorbía el 2 por 100 de la renta nacional.41 La asistencia a los pobres se vio
reforzada, entre otras cosas, por el llamado «sistema de Speenhamland» (por el
nombre del lugar donde solían reunirse los jueces de Berkshire), que comenzó a
extenderse en 1795, complementando los salarios más bajos hasta alcanzar un
nivel mínimo determinado sobre la base del núme-ro de familiares dependientes e
indiciado por el precio de los alimentos.
Éstos eran los antecedentes del debate sobre las leyes de pobres
en Inglaterra en la primera mitad del siglo XIX. Como vimos antes, se hizo un
gran uso del principio maltusiano de la población para argumentar que la ayuda
a las personas sanas era inútil: una tesis que sostuvieron muchos economistas
clásicos, incluyendo al propio Malthus y a Ricardo. Otros, como Senior,
invocaron la teoría del «fondo de salarios» con el mismo fin: la ayuda a los
pobres sanos reduce el incentivo para trabajar, debilitando de este modo la
eficiencia de los trabajadores y, en consecuencia, la escala de producción y la
disponibilidad de recursos para pagar salarios.42
El debate entre las tesis conservadora y progresista se refería
a si la falta de incentivos para trabajar surgía con la asistencia a los pobres
que estando sanos no se veían constreñidos a realizar un trabajo obligatorio en
los asilos (workhouses). Por lo tanto, el debate no giraba tanto sobre la
deseabilidad de la ayuda al pobre como principio, como en la elección entre la
ayuda outdoor o indoor. Los problemas de mala administración, de escaso interés
desde el punto de vista del debate económico teórico, se mezclaban con
Frederick Eden
(1766-1809), The state of the poor [El estado del pobre], 3 vols., 1797, ofrece
una importante reconstrucción contemporánea de la situación a finales del siglo
XVIII y del proceso que había llevado a ella.
Williams
(1981); cf. también Boyer (1990) y Oxley (1974).
Las
preocupaciones de Senior se referían a la laboriosidad, previsión (por lo
tanto, frugalidad) y caridad. Con carácter más general, Senior identificaba el
progreso de la socie-dad con el desarrollo gradual de la libertad individual y
de la autodeterminación, que se veía obstaculizado por las restricciones (por
ejemplo, de la movilidad) requeridas por la administración de las leyes de
pobres. Cf. Bowley (1937), pp. 288-290.
236 La ciencia
económica en la época de la Revolución francesa
temas que incluían los incentivos para un comportamiento activo
de los individuos, el papel de la intervención pública y la idea de que la
pobreza era el destino inevitable de una gran parte de la población.43
6.6. El debate sobre
las colonias
El principio maltusiano de la población, esto es, la idea de que
el cre-cimiento de la población ejerce presión sobre los medios de
subsistencia, tuvo cierta apariencia de realismo en Inglaterra en la época de
las guerras napoleónicas, cuando el bloqueo continental obstaculizó las
importacio-nes de los países exportadores de bienes agrícolas de bajo coste. En
los años que siguieron inmediatamente al Congreso de Viena de 1815, el recuerdo
de los años de guerra podía explicar todavía la aceptación, persistente y
extendida, de una teoría que ya había sido superada por las realidades de la
época. Un campo en el que estaba claro que el principio de población se había
desgastado por completo era el debate sobre las colonias, ahora ampliamente
ignorado por los historiadores del pensamiento económico, pero que fue una
cuestión candente en aquella época.
Este debate había comenzado también mucho antes del período que
aquí estamos considerando. Sobre las relaciones entre las colonias y la madre
patria, por ejemplo, Adam Smith escribió algunas páginas extre-madamente
interesantes en la conclusión de su misma magnum opus, publicada el mismo año
que la Declaración de Independencia de las colo-nias americanas. En estas
páginas, y en un memorando de febrero de 1778, Smith no sólo parecía dispuesto
a reconocer los derechos de las colonias, sino que llegaba a perfilar una
commonwealth, similar a la que tomó forma sólo mucho más tarde, intuyendo las
potencialidades de Nor-teamérica como futuro líder de la economía mundial.44
Incluso antes de
En este
aspecto, un ejemplo característico de la opinión conservadora lo ofrece Senior.
Cf. Bowley (1937), pp. 282-334, para una amplia ilustración de la participación
de Senior en el debate. Entre los economistas que aceptaban el principio de
asistencia a los pobres que estuvieran sanos encontramos una serie de autores
que volveremos a encontrar en el capítulo 8 entre los ricardianos: McCulloch,
Torrens, James y John Stuart Mill.
Smith (1776,
pp. 934-947; pp. 832-843, trad. cast.) y sobre todo (1977, pp. 377-385). Sobre
la secuencia de países que actúan como líderes en la economía mundial, cf.
Kindleberger (1996).
El debate sobre las colonias 237
Smith, podemos recordar la participación de Petty en la aventura
ameri-cana de su amigo Penn, que le llevó a la fundación de Pensilvania,45 o el
papel desempeñado por Cantillon y, sobre todo, por el banquero-econo-mista
escocés John Law en las vicisitudes financieras relacionadas con la
colonización del Misisipí.46
Pero volvamos al debate sobre las colonias en la edad de oro de
la eco-nomía política clásica. Uno de los principales problemas de las áreas de
allende los océanos —los recién independizados Estados Unidos y la nueva
frontera colonial de Australia— era la extrema escasez de población. La tierra
disponible para el cultivo era vasta, y el número de inmigrantes escaso, lo que
significaba enormes dificultades para las empresas manufac-tureras recientes
que buscaban asalariados, frustrando el desarrollo de un sistema económico
integrado con un sector manufacturero que prospera-ba con la división del
trabajo entre las empresas y dentro de cada proceso productivo.
De estos problemas trataron autores como Wakefield, Torrens y
otros. Sin abandonar el marco del principio maltusiano de la población, Torrens
(volveremos a tratar de él más adelante: § 8.2) se encontró entre los pri-meros
autores que presentaron las colonias como salidas para la emigra-ción que iban
a mejorar las condiciones de los trabajadores del reino, y en particular de los
irlandeses.47 Sin embargo, Torrens se convirtió pronto a las ideas de Wakefield
sobre la colonización sistemática.
Edward Gibbon Wakefield (1774-1854) sostenía que en las colonias
la tierra debía venderse a los colonos a un precio tal que no pudieran pagarlo,
a fin de garantizar la disponibilidad de trabajo asalariado; si hubieran podido
tomar posesión de la tierra para cultivarla libremente, los
Cf. Fitzmaurice
(1895).
Cf. Murphy
(1986; 1997).
Cf., por
ejemplo, Torrens (1817). Otros autores, sin embargo, incluido Senior,
uti-lizaron la teoría maltusiana contra las políticas de colonización,
sosteniendo que el «vacío» dejado por la emigración sería pronto rellenado por
un aumento de la población, anulan-do los efectos positivos de la misma. Siglo
y medio antes, Petty (1691a, p. 157; 1899, pp. 551 y ss.; 1927, pp. 256, 262,
265-266) había anticipado repetidamente una propuesta de signo opuesto en
relación con la «colonia» irlandesa: que el «trasplante», o deportación en masa
de los irlandeses, transformaría la isla en unos inmensos pastos para la cría
del ganado, con pocos trabajadores.
238 La ciencia
económica en la época de la Revolución francesa
colonos se dispersarían en vastas áreas y se haría impracticable
la división del trabajo, con una enorme pérdida de productividad y con la
amenaza de la pobreza en las nuevas colonias.48
Una vez que abrazó las ideas de Wakefield, Torrens las defendió
con su vigor, característico desempeñando un activo papel en la colonización
del sur de Australia, primero (desde 1831) como miembro fundador de la South
Australian Land Company, y después (desde 1835) como presiden-te de una
comisión creada por el Gobierno británico para organizar nue-vas provincias en
el sur de Australia.49 Así, la teoría de la población se apar-tó de las viejas
opiniones pesimistas sobre la posibilidad del progreso de las sociedades
humanas para formar la base de la racionalización teórica de las fuerzas
expansionistas que llevaban a la formación del Imperio británico.
6.7. El utilitarismo
de Bentham
Volvamos ahora a otra corriente importante de pensamiento, el
utili-tarismo de Bentham, que tomó forma y aumentó su influencia en el perí-odo
situado entre La riqueza de las naciones (1776) de Smith y los Princi-pios
(1848) de John Stuart Mill. En algunos aspectos —como veremos en el capítulo
10— abre el camino hacia la «revolución marginalista»; en otros aspectos, puede
ayudarnos para entender la transición —que para muchos fue un gran paso atrás—
desde la noción smithiana de los seres humanos movidos por una rica mezcla de
pasiones e intereses a la noción ricardiana del hombre económico.
La «revolución utilitarista» del filósofo londinense Jeremy
Bentham (1748-1832) cae dentro de un campo distinto al de la economía política,
aunque en muchos aspectos lo toca, es decir, el campo de la ética. Dentro de
él, un debate secular (mencionado más arriba: § 2.1) presenció el
enfren-tamiento entre dos visiones: el enfoque deontológico y el
consecuencialis-ta. Bentham efectuó una aportación decisiva al desarrollo de
este último.
Cf. Wakefield
(1829 y 1833). Sobre el papel dominante de Wakefield en este deba-te, cf. Winch
(1965).
Cf. Torrens
(1835). Sobre la contribución de Torrens al debate sobre las colonias, cf.
Robbins (1958), pp. 144-181. Un gran lago (5700 km2) en el sur de Australia
lleva el nombre de Torrens.
El utilitarismo de Bentham 239
En pocas palabras, el enfoque deontológico sostenía que las
acciones son «buenas» o «malas» en sí mismas: la calidad moral de cualquier
acción es una característica intrínseca de ella. Por ejemplo, hacer daño a una
per-sona es seguramente «malo». El enfoque consecuencialista sostenía, en
cambio, que cualquier acción debe juzgarse dentro del contexto específico en el
que tiene lugar, esto es, teniendo en cuenta sus consecuencias. Inclu-so hacer
daño a una persona puede ser «bueno», por ejemplo, si uno se ve obligado a
hacerlo para evitar que la persona mate a alguien.50
Las teorías deontológicas en el campo de la ética se basaban
comúnmen-te en el principio de autoridad; tradicionalmente se las asociaba con
los man-damientos religiosos, y eran típicas de sociedades orientadas hacia el
respeto por las tradiciones. Las teorías consecuencialistas de la ética, por
otra parte, destacaron con la nueva orientación racionalista de la época de la
Ilustración. De diferentes formas, muchos filósofos y reformadores sociales
(como Becca-ria y Verri en Milán: cf. más arriba § 4.8) contribuyeron al éxito
de este enfo-que; entre ellos, Bentham desempeñó indudablemente un papel
decisivo.
Bentham resumía la ética consecuencialista en la expresión «el
princi-pio de la mayor felicidad», o «el principio de utilidad», que constituyó
su axioma fundamental desde su primera obra importante, el Fragment on
government [Un fragmento sobre el gobierno]. Según esta máxima de Bentham, «la
mayor felicidad del mayor número es la medida de lo que es correcto y de lo que
es erróneo» (Bentham, 1776, p. 393). Este principio procedía de Francis
Hutcheson y —a través de Beccaria— de Helvecio.51
Naturalmente,
una dicotomía clara entre los enfoques deontológico y consecuen-cialista es
simplista y oculta muchos problemas. Como demostró Sen (1991), las teorías
deontológicas en general están abiertas al reconocimiento, por lo menos
indirecto, de la importancia de las consecuencias de las acciones, mientras que
los enfoques consecuencia-listas por lo general conservan algunos elementos de
los juicios apriorísticos. En conjunto, sin embargo, la distinción sigue siendo
una clave interpretativa muy útil. Puede decirse lo mismo de una dicotomía que
muestra una serie de analogías con la que se ha tratado más arriba, pero que
difiere de ella en algunos aspectos sustantivos, es decir, la dicotomía entre
la ética trascendental y el enfoque hedonista. En resumidas cuentas, la ética
trascendental sostenía que el fin último de las acciones, que determina su
valor moral, no es de este mundo; el enfoque hedonista sostenía que el fin
último es el bienestar individual. Junto con el consecuencialismo, esta última
visión caracterizó al llamado «radicalismo filosófico».
Cf. Halévy
(1900), pp. 13 y 21. Schumpeter (1954, p. 130; p. 170, trad. cast.), recordaba
que Helvecio (en De l’Esprit, 1758) «comparaba la función del principio del
inte-rés propio en el mundo social con la que tiene la ley de gravitación en el
mundo físico».
240 La ciencia
económica en la época de la Revolución francesa
Tomada literalmente, implicaba dos elementos («la mayor
felicidad» y «el mayor número») que debían maximizarse simultáneamente. Éste es
un elemento decisivo que debe tenerse presente cuando se interpreta a
Hut-cheson o a Beccaria; sin embargo, el «cálculo felicífico» de Bentham
pare-ce implicar sólo un maximando: la felicidad social total.
El cálculo felicífico, que Bentham proponía como un componente
esencial de su ética consecuencialista, consistía en la evaluación
cuantita-tiva y la suma algebraica de los placeres y dolores procedentes de
cualquier acción o conjunto de acciones (donde los placeres tienen
evidentemente un signo positivo y las penas un signo negativo). Bueno es todo
lo que dé como resultado una magnitud felicífica algebraicamente positiva, y,
por lo tanto, aumente la «cantidad de felicidad» en las sociedades humanas; malo
es todo lo que dé como resultado una magnitud felicífica negativa, y en
consecuencia disminuya la cantidad de felicidad social.52
El «cálculo felicífico» se dirigía, pues, a evaluar el impacto
social de las acciones individuales y de las elecciones de la política pública;
Bentham, sin embargo, concentró la atención en las últimas.
Consideremos este punto. El impacto privado y el impacto social
de las acciones individuales coinciden si los individuos, al perseguir sus
pro-pios intereses personales, no producen un impacto sobre los intereses de
los demás; en tal caso, el comportamiento egoísta produce también
auto-máticamente el bien común y se mantiene la llamada «tesis de la identi-dad
natural de intereses». Ésta era la tesis en la que se apoyaban las ideas más
extremas del laissez-faire, al sostener que las condiciones sociales óptimas se
dan cuando los individuos persiguen sus propias preferencias
Entre los
precursores del utilitarismo —pero no del cálculo felicífico— podemos recordar
al filósofo inglés John Locke (sobre él cf. más arriba § 4.2). En su Essay
concerning human understanding [Ensayo sobre el entendimiento humano], vol. II,
cap. 20, Locke (1689), p. 229, de hecho dijo: «Las cosas son buenas o malas
sólo con referencia al placer o al dolor»; pero a esta afirmación la seguía un
análisis de las diferentes pasiones (ibíd., pp. 229-233), que demuestra que el
placer y el dolor no se consideraban como magnitu-des unidimensionales. La
crítica de John Stuart Mill a Bentham, que gira en torno a este punto y que se
tratará más adelante (§ 8.9), tiene, por lo tanto, unas raíces profundas:
podríamos decir que el cálculo felicífico de Bentham y la correlativa visión
unidimensio-nal del hombre constituían una desviación de la tradición
filosófica en lengua inglesa, y más bien mostraban signos de la influencia del
sensualismo francés.
El utilitarismo de Bentham 241
personales. Subrayemos que esta tesis difería de la posición
mantenida, por ejemplo, por Adam Smith, que se trató más arriba en §§ 5.3 y
5.8, según la cual el comportamiento individual debe guiarse por un conjun-to
adecuado de normas legales y morales defendidas por los organismos públicos: la
policía y la administración de justicia. El enfoque del laissez-faire de Smith
reposa, más bien, en la convicción de que en un mundo imperfecto tenemos que
abandonar el sueño del «príncipe ilustrado», puesto que cada ciudadano puede
cuidar de sus intereses mejor de lo que pueda hacerlo cualquier otro. Por otra
parte, Bentham osciló entre la idea del «príncipe ilustrado» y las visiones del
laissez-faire extremo (implícitas, por ejemplo, en su defensa de la usura contra
la propuesta de Smith para establecer un tope máximo a los tipos de interés:
Bentham, 1787); en efecto, su fe en la Razón benevolente, típica de la
Ilustración francesa, le condujo especialmente en la primera dirección,
atribuyendo un papel central al «Legislador».
El objetivo que guiaba a Bentham en sus investigaciones era, en
rea-lidad, la construcción de un código legal para alcanzar la supremacía de la
Razón en las sociedades humanas, siendo el cálculo felicífico el principal
instrumento del Legislador. Con tal instrumento, el Legislador podía tener en
cuenta el comportamiento de los individuos motivados por su propio interés, e
intervenir con leyes que establecieran recompensas y cas-tigos, a fin de
modificar el comportamiento individual en la dirección de la situación óptima
que correspondiera al principio de la mayor felicidad. Por supuesto, las
mayores o menores cantidades de felicidad procedentes de los diferentes cursos
de la acción se computarían para la sociedad en su conjunto, y serían valoradas
por el propio Legislador. (No era necesario que el comportamiento individual se
guiase estrictamente por el cálculo felicífico individual: los individuos
podían guiarse por sus costumbres, más que por un cómputo racional continuo de
los efectos de cada acción; lo que importaba era que el Legislador, si quería
modificar las elecciones individuales, podía hacerlo por medio de un conjunto
adecuado de incen-tivos positivos y negativos.) En otras palabras, la tarea del
Legislador con-sistía en producir armonía entre los intereses privados y los
públicos.
El uso del cálculo felicífico por parte del Legislador implicaba
dos requisitos previos. Primero, se suponía que los diferentes placeres y
dolo-res de cada individuo podían reducirse a una medición cuantitativa en una
242 La ciencia
económica en la época de la Revolución francesa
escala unidimensional. Segundo, se suponía que las magnitudes
felicíficas referidas a diferentes individuos podían sumarse de forma
algebraica. Bási-camente, se suponía que todos los individuos eran idénticos en
su capaci-dad de experimentar placeres y dolores.
Bentham fue en muchos aspectos un verdadero creyente en los
pode-res de la Razón y en la aplicabilidad del cálculo felicífico a una
naturaleza humana homogénea y unidimensional. Sin embargo, en la práctica, en
su impresionante producción de manuscritos no puede encontrarse ningún ejemplo,
por lo menos que yo sepa, de cómputos basados en la realidad que sean de este
tipo, con estimaciones numéricas de placeres y dolores. Bentham se limitó
sistemáticamente a ilustrar los elementos que influían en la «cantidad» de
placeres y dolores (tales como «intensidad, duración, certidumbre, proximidad,
fecundidad, pureza y extensión»). Esto era sufi-ciente para sus propósitos
cuando trataba temas específicos, por ejemplo, establecer los criterios que
debían seguir las leyes (especialmente los relati-vos a los castigos, como en
el debate sobre la pena de muerte). Podemos añadir que la idea de mapas de
preferencias individuales claramente espe-cificadas y completas, que sirvieran
de base para la evaluación cuantitati-va de las utilidades y desutilidades
estaba lejos del pensamiento de Ben-tham cuando consideraba el comportamiento
de los agentes económicos. Como vimos más arriba, la valoración de las
preferencias sociales e indivi-duales era tarea del Legislador; el cálculo felicífico,
podemos destacarlo una vez más, fue introducido por Bentham en este contexto (y
con carác-ter más general en el contexto del debate sobre la ética), no en el
contex-to de un análisis del comportamiento de los consumidores.
Además, aunque Bentham parece inclinarse hacia una teoría
subjeti-va del valor (que, como vimos, ya contaba con una larga tradición de
siglos), entre su utilitarismo y la economía marginalista posterior hay una
diferencia de perspectiva. Bentham evaluaba los resultados de los diferen-tes
cursos de la acción (y especialmente de diferentes normas legales: la
dis-tinción, característica del utilitarismo contemporáneo, entre el
«utilitaris-mo de norma [rule]» y el «utilitarismo de hecho [act]»53 es
irrelevante aquí)
Cf. Sen y
Williams (1982), en particular el ensayo de John Harsanyi, «Morality and the
theory of rational behaviour», pp. 39-62.
El utilitarismo de Bentham 243
analizando sus consecuencias, mientras que la economía
marginalista apunta a evaluar las mercancías a través de la conexión entre
valor de cam-bio y valor de uso. La noción de utilidad marginal, sobre la que
se basa esta conexión —como veremos en el capítulo 10— requiere que el consumo
de cada dosis sucesiva de cada mercancía se considere como una acción
diferente. Esto (y en particular el postulado de la utilidad marginal
decre-ciente) era innecesario desde la perspectiva del Legislador de Bentham;
en efecto, es probable que Bentham y, más todavía, algunos de sus seguido-res
más conocidos, en particular John Stuart Mill, hubieran considerado esta línea
de argumentación una aplicación forzada del cálculo felicífico.
De hecho, Bentham no proporcionó un análisis sistemático de las
nociones de valor y precio. En sus escritos encontramos una serie de
enun-ciados categóricos como que «todo valor se basa en la utilidad», pero esto
significa simplemente que «donde no hay uso, no puede haber ningún valor»: esto
es, exactamente como en Smith o en Ricardo, la utilidad era considerada como un
requisito previo para el valor de cambio.54 Sin embargo, esto no implicaba
necesariamente que atribuyera a la utilidad una dimensión cuantitativamente
medible, y mucho menos que se basase en ella para la determinación de los
valores de cambio. Es verdad que, como tantos otros autores antes que él,
Bentham señaló la abundancia o escasez como factores que explican los precios,
específicamente cuando tratan de la paradoja del agua y los diamantes; pero
queda un buen trecho que recorrer desde esto a la teoría marginalista de los
precios, que requie-re supuestos claramente especificados, incluyendo funciones
de demanda y oferta rigurosamente definidas, sin lo cual era imposible utilizar
los ins-trumentos del cálculo diferencial.
Bentham (1801),
p. 83. Hutchison (1956), p. 290, después de citar este pasaje, muestra cómo se
diferencia Bentham de Smith al inclinarse hacia una teoría subjetiva del valor
basada en la comparación entre escasez y demanda, pero sin ir más allá, o de lo
que ya se encontraba en «la tradición de Galiani, Pufendorf y los escolásticos»
(ibíd., p. 291).
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7. DAVID RICARDO
7.1. Vida y obras
David Ricardo nació en Londres en 1772. Era el tercero de por lo
menos diecisiete hijos de un agente de bolsa, judío sefardí. Siguiendo las
tradiciones de la familia, de los once a los trece años de edad David estu-dió
en Ámsterdam, un importante centro financiero que había perdido recientemente
su supremacía a favor de Londres, y de donde procedía la familia de Ricardo
(aunque parece que sus raíces originales estaban en Por-tugal). De vuelta a
Londres a la edad de catorce años, David comenzó a trabajar en la bolsa con su
padre. Sin embargo, pronto iba a convertirse en el protagonista de una historia
romántica: enamorado de una joven cuá-quera, al llegar a la edad de veintiún
años se casó contra la voluntad de su familia y fue repudiado. Así, viéndose
obligado a abrirse camino por sí mismo, gracias a su capacidad y a las
relaciones adquiridas mientras tra-bajó para su padre, pronto consiguió
alcanzar una posición importante en la comunidad de los negocios.
Fue precisamente este trabajo en la bolsa el que lo impulsó a la
con-sideración sistemática de las vicisitudes económicas del país.1 Un estímu-
Según una
anécdota que circulaba en Cambridge, Sraffa, editor de la monumen-tal edición
crítica de las obras de Ricardo (Ricardo, 1951-1955), sintetizó su personalidad
en una sola frase: «Ricardo era hijo de un agente de bolsa». En una carta a la
cuñada de Gramsci, Tatiana, fechada el 21 de junio de 1932, Sraffa escribió:
«En general, [Ricardo] no persigue nunca un punto de vista histórico y como se
ha dicho [por Marx] considera como leyes naturales e inmutables las leyes de la
sociedad en la que vive. Ricardo era, y siempre lo fue, un agente de bolsa con
una cultura mediocre» (Sraffa, 1991, p. 74).
246 David Ricardo
lo importante, por ejemplo, le vino con la suspensión de la
convertibili-dad en oro por parte del Banco de Inglaterra en febrero de 1797.
Mien-tras se hallaba de vacaciones en Bath, en 1799, leyó La riqueza de las
nacio-nes de Smith, un libro que tenía entonces veintitrés años, pero que se
había situado como la principal obra de referencia en el campo de la ciencia
eco-nómica. Ricardo no era un tipo erudito, pero tenía una mente lógica y una
inteligencia aguda. Así pues, su inclinación analítica germinó en torno a tres
elementos: los acontecimientos económicos inmediatos de su época, el debate en
torno a ellos y el libro de Smith.
Sus primeros escritos económicos (en 1809, The price of gold [El
pre-cio del oro], tres artículos en el Morning Chronicle; en 1810, un corto
ensayo The high price of bullion, a proof of the depreciation of bank notes [El
alto precio de los metales, una prueba de la depreciación de los billetes de
banco], que alcanzó cuatro ediciones en el siguiente año) entraban en el campo
de las controversias monetarias de la época. Sin embargo, su traba-jo le dejaba
poco tiempo para tales esfuerzos. Sus principales contribucio-nes a la economía
política vinieron después de retirarse de la bolsa en 1815, cuando sólo tenía
cuarenta y tres años, pero ya era una persona rica, particularmente gracias a
las exitosas especulaciones en la colocación de deuda pública. Como Rothschild,
Ricardo había apostado por la victoria sobre Napoleón y, después de la batalla
de Waterloo (18 de junio de 1815), tenía una fortuna estimada en más de 600 000
libras esterlinas de la época.
Ricardo se trasladó al campo, a Gatcomb, donde llevó una vida
tran-quila de caballero rico. Junto con esto también se dedicó a la política, y
desde 1819 fue miembro del Parlamento, representando a Portarlington, un
municipio de Irlanda que sólo tenía doce electores, que, como era habitual en
aquella época, vendían su voto al mejor postor. Por supuesto, también se
incorporó a los debates económicos del período, pero lo hizo más a través de la
correspondencia con amigos y de discursos parlamen-tarios que con publicaciones.
Entre las últimas, sin embargo, su Essay on the influence of a low price of
corn on the profits of stock [Ensayo sobre la influencia de un bajo precio del
grano sobre los beneficios del capital], publicado en 1815, encontró una
respuesta positiva. Su obra principal, On the principles of political economy
and taxation [Principios de econo-mía política y tributación], un libro
publicado en 1817, tuvo un éxito
Vida y obras 247
razonable, si no excepcional, en términos de número de lectores
(con dos nuevas ediciones —en 1819 y en 1821— en vida del autor), pero
con-tribuyó a establecer su posición como figura importante de la élite
polí-tico-cultural de ese período.
En sus publicaciones y en su actividad parlamentaria, Ricardo
trató temas monetarios, fiscales y de deuda pública.2 En 1816 publicó el corto
ensayo Proposals for an economical and secure currency [Propuestas para una
moneda económica y segura], en el que criticaba al Banco de Inglaterra, que
entonces era una empresa privada, y proponía reintroducir la conver-tibilidad
de los billetes de banco en lingotes de oro, más que en monedas, a fin de
favorecer la circulación basada en billetes de banco, con algún aho-rro en los
costes de circulación. En un artículo sobre el «Funding system», escrito en
1819 (pero publicado en 1820) para un suplemento de la Ency-clopaedia
Britannica, Ricardo proponía el recurso a los impuestos sobre la riqueza para
reembolsar en un espacio de cuatro-cinco años la deuda pública acumulada
durante el período de las guerras napoleónicas. En 1823 volvió a los temas
monetarios, con un corto ensayo (publicado pós-tumamente al año siguiente)
sobre un Plan for the establishment of a natio-nal bank [Plan para el
establecimiento de un banco nacional], en el que proponía que la emisión de
billetes de banco se confiara a un banco nacio-nal, y que el Banco de
Inglaterra se limitara a la actividad de un banco comercial (recordemos que
sólo en 1844, después de largas controversias, el Banco de Inglaterra fue
obligado a aceptar la separación interna entre un departamento de emisión y un
departamento de banca).
Ricardo murió, después de una corta enfermedad, en 1823. Dejaba
una gran finca a su esposa y a sus hijos, con legados a sus amigos Malthus y
James Mill.
Aunque fue aclamado como la figura principal de la economía
políti-ca clásica, en los años que siguieron inmediatamente a su muerte se fue
La conocida
crítica de Schumpeter (1954, p. 473; p. 533, trad. cast.), relativa al «vicio
ricardiano», visto como «la costumbre de aplicar resultados de este carácter
[es decir, basados en supuestos simplificadores tales como la invariabilidad de
la tecnología] a la solu-ción de problemas prácticos», no se refería a estos
aspectos del pensamiento de Ricardo, sino a su teoría de los beneficios. Sin
embargo, la observación de Schumpeter tiene una aplicación más amplia;
considérese, por ejemplo, la aceptación, por parte de Ricardo, de una versión
fuerte de la ley de Say (cf. más arriba § 6.3).
248 David Ricardo
disipando gradualmente su herencia científica, con una
distorsión cre-ciente de su pensamiento original. Con la aparición del enfoque
margina-lista, después de 1870, ganó terreno la idea de que Ricardo era un
genio, pero que no valía la pena leerlo; efectivamente, incluso se sugirió que
con su extraordinaria inteligencia había metido a la economía política en una
senda equivocada.3 Sólo con la edición en diez volúmenes de sus obras y
correspondencia, llevada a cabo por Sraffa entre 1951 y 1955 (más un undécimo
volumen final con los índices, publicado en 1973) —edición que constituye una
verdadera obra maestra del rigor filológico— Ricardo y su contribución
científica volvieron a proponerse a la atención de los economistas, limpiando
el campo de una proliferación de malas interpre-taciones y desvelando otras
nuevas discusiones interpretativas que hacen pensar, en relación directa con el
debate teórico contemporáneo sobre temas básicos de la teoría del valor y de la
distribución.
7.2. La visión
dinámica de Ricardo
En sustancia, Ricardo tomó de Smith su «visión» del sistema
econó-mico, edificando sobre ella una construcción analítica admirable en su
carácter sistemático y en su consistencia, dirigida a respaldar políticas que
condujeran al desarrollo capitalista. Como Smith, Ricardo tomó en
consi-deración una sociedad basada en la división del trabajo, con dos amplios
sectores, la agricultura y las manufacturas, y tres clases sociales
—trabaja-dores, capitalistas y terratenientes— con tres categorías de renta:
salarios, beneficios y rentas. Según Ricardo, los salarios corresponden en
general al consumo de subsistencia de los trabajadores empleados en el proceso
pro-ductivo, y, por lo tanto, constituyen una parte de los gastos necesarios de
la producción; las rentas y los beneficios corresponden al excedente, es decir,
a aquella parte del producto de la que puede disponerse una vez que se hayan
reconstituido las existencias iniciales de medios de producción y medios de
subsistencia para los trabajadores empleados en la producción. Mientras que los
terratenientes asignan sus rentas a consumos de lujo, los
Recordemos la
resuelta afirmación de Jevons (1871, p. 72; p. 64, trad. cast.): «ese hombre
competente pero equivocado, David Ricardo, condujo el carro de la ciencia
eco-nómica en una dirección errónea».
La visión dinámica de Ricardo 249
capitalistas se ven inducidos por la competencia a invertir
prácticamente la totalidad de sus beneficios. Por lo tanto, el desarrollo
económico proce-de de la acumulación, realizada por los capitalistas sobre la
base de sus beneficios.
Sin embargo, Ricardo no parte de Adam Smith en las líneas
amplias de su construcción analítica. En su gran panorámica de los elementos
que determinan la riqueza de las naciones, Smith había intentado tener en
cuenta los diversos aspectos de la realidad económica. Los componentes más
analíticos se incluían en un marco que podemos definir como análi-sis
histórico: dentro de él, el economista saca a la luz los factores más
importantes que están en juego, pero con una continua referencia a otros
elementos que han quedado en un segundo plano. Ricardo tiene una mente
analítica, con una necesidad innata de rigor lógico y de precisión, que le
llevan a construir un edificio analítico perfilado con meticulosidad, aun a
costa de excluir del análisis algo que no considera directamente rele-vante
para el problema sometido a consideración.
Además, Ricardo concentró su atención en un campo relativamente
menos general. Smith había ilustrado la evolución del sistema económico como un
todo, relacionado con los desarrollos de la división del trabajo, y había
explorado los distintos aspectos del tema. Ricardo, por su parte, pro-yectó el
foco principal sobre la distribución del excedente entre rentas y beneficios.
Éste era ciertamente un tema central, dado que en la visión de Ricardo la parte
de la renta que va a los beneficios constituye el factor deci-sivo en la
determinación del ritmo de la acumulación de capital en la eco-nomía. Además,
con su esquema analítico hizo posible localizar el impac-to, sobre los
beneficios, de las restricciones al comercio internacional, y en particular de
los derechos sobre las importaciones de grano; un tema can-dente, tanto en el
período del bloqueo continental durante las guerras napoleónicas como en el
período inmediatamente posterior.4
De hecho, el
problema de un aumento en el precio del grano —que en el análi-sis de Ricardo
parecía ser un problema a largo plazo— estaba presente, y se tenía de él una
buena percepción, en los años del bloqueo continental; a largo plazo, antes y
des-pués de la «joroba» que caracterizó los principios del siglo XIX, gracias
al cambio tecno-lógico que se produjo en la agricultura, los precios de los
cereales resultaron relativa-mente estables, como Smith había sostenido, o
incluso disminuyeron con relación al nivel general de precios (cf. Sylos
Labini, 1984, pp. 31-36). Posiblemente fue la escasa
250 David Ricardo
En la base del análisis de Ricardo está, pues, la distribución
del excedente y su utilización para la acumulación. El tamaño del excedente
—que en cier-to sentido es el objeto principal de análisis para Smith— varía
con el tiempo, como consecuencia del proceso de acumulación.5 Esto significa
que se toman como datos la tecnología (y, por lo tanto, se deja de lado el
problema de la evolución de la división del trabajo), los niveles de producción
y el tipo de salario. Concentrémonos ahora sobre estos dos últimos elementos.
Ante todo, necesitamos clarificar en qué sentido puede
atribuirse a Ricardo el supuesto de unos niveles de producción dados. En el
marco de una concepción dinámica como la que estamos describiendo, ciertamente
no podemos suponer que los niveles de producción permanezcan invaria-bles a lo
largo del tiempo. Sin embargo, en términos de la estructura ana-lítica de
Ricardo, este supuesto procede de su aceptación de la «ley de Say» (cf. más
arriba § 6.3) en su versión fuerte, implicando la imposibilidad de crisis
generales de sobreproducción, con la consecuencia de que los pro-ductores no
tienen dificultades para vender las mercancías que han deci-dido producir. Así,
para Ricardo el nivel de producción está dado en cual-quier momento del tiempo,
siendo determinada la cantidad que puede producirse, dada la capacidad de
producción disponible, por el proceso de acumulación de capital.6
cultura histórica de Ricardo y su punto de vista como agente de
bolsa lo que le hizo más sensible a las circunstancias que predominaban en un
período específico de tiempo, y menos sensible que Smith a las tendencias a
largo plazo, a pesar de su conocida (y criti-cada) tendencia a prescindir en su
análisis de los fenómenos a corto plazo. Otro ejemplo de la influencia que
ejercieron las circunstancias de la época puede verse en el cambio de énfasis
que tuvo lugar en su teoría monetaria (cf. más adelante § 7.5): de una etapa
ini-cial en la que se ponía el acento principalmente en los mecanismos de la
teoría cuanti-tativa, mientras Inglaterra adoptaba un régimen de papel moneda
no convertible, a una etapa (con los Principios) en la que la teoría del valor
trabajo entra en juego para expli-car el valor del oro, mientras se está
discutiendo el regreso a la convertibilidad del papel moneda en oro.
Fue a través de
la conexión con la introducción de nueva maquinaria como el cam-bio tecnológico
hizo su aparición en el sistema analítico de Ricardo, aunque en una posi-ción
relativamente secundaria que refleja la infravaloración del progreso técnico de
la que se acusó a Ricardo en relación con su pesimismo acerca de las tendencias
económicas a largo plazo, debido al papel central que se atribuye a los
rendimientos decrecientes (estáti-cos) en la agricultura.
6 Obsérvese que esto no implica el supuesto de pleno empleo. En
la teoría margi-nalista tradicional (cf. más adelante §§ 11.4 y 17.5), el pleno
empleo procede de un meca-nismo que asegura el ajuste automático de la demanda
de trabajo por parte de los empre-
La visión dinámica de Ricardo 251
En cuanto al supuesto de un tipo de salario dado, Ricardo siguió
la teoría de la población de Malthus (cf. más arriba § 6.2), y supuso que el
salario se encontraba al nivel de subsistencia. Ricardo estaba dispuesto a
aceptar las observaciones críticas de Torrens que subrayaban la necesidad de no
interpretar la noción de salario de subsistencia en un sentido pura-mente
biológico, sino como un nivel mínimo histórico-social de vida que fuera
aceptable para los trabajadores; de todos modos, consideró que los salarios se
correspondían con el consumo necesario de los trabajadores, y, por lo tanto,
pudo estimarlos como un dato desde el punto de vista de su problema.7 Así,
resulta que el excedente se divide entre rentas —utilizadas principalmente en
consumos de lujo— y beneficios, que se destinan sobre todo a la inversión.
sarios: es decir, la flexibilidad de la proporción entre el
capital y el trabajo. La disminu-ción de salarios que tiene lugar (en
condiciones de competencia) en el caso de desempleo lleva a los empresarios a
adoptar técnicas que utilizan más trabajo, y esto hace que la dota-ción de
capital disponible en la economía en un momento dado del tiempo sea compati-ble
con el pleno empleo. Esta tesis se basa en una noción de capital como «factor
de pro-ducción» que no sólo es errónea (cf. más adelante § 16.8), sino que ante
todo es totalmente ajena a la manera de pensar de Ricardo. Para él, como para
la generalidad de los economistas clásicos, la dotación de capital de la
economía en un momento dado del tiempo depende de la acumulación que hubiera
tenido lugar en el pasado, e implica unas tecnologías específicas: aquellas que
están incorporadas en la maquinaria disponible. En cualquier caso, la misma
noción de pleno empleo no está presente en el análisis de los eco-nomistas
clásicos.
Según una
interpretación diferente, que se conoce en la literatura como la «nueva visión»
(cf. Casarosa, 1974 y 1978; Caravale y Tosato, 1980; Hicks y Hollander, 1977),
el salario natural igual al nivel de subsistencia sólo predomina a muy largo
plazo, cuando la tendencia al estado estacionario ha llegado a su fin. En
cambio, el salario de mercado ven-dría determinado por un mecanismo semejante
al neoclásico, basado en la oferta y deman-da de trabajo. Dicho con mayor
precisión, según Ricardo —si seguimos la «nueva visión»— el salario de mercado
vendría determinado por la comparación entre la tasa de incremento de la
población, esto es, de la oferta de trabajo, que es una función creciente del
tipo de salario, y la tasa de acumulación del capital, de la que depende la
demanda de trabajo y que a su vez es una función creciente del tipo de
beneficio, y, por lo tanto, dada la relación inversa entre tipo de beneficio y
tipo de salario, es una función inversa del sala-rio. La distribución de la
renta, pues, resulta venir determinada por un equilibrio móvil que corresponde
a la igualdad entre la demanda y la oferta de trabajo. Ésta es una
interpreta-ción que se fundamenta claramente en el enfoque teórico neoclásico,
cuya atribución a Ricardo implica una lectura completamente tergiversada de sus
escritos. Para la crítica de la «nueva visión», cf. Roncaglia (1982); Rosselli
(1985); Peach (1993), pp. 103-131.
252 David Ricardo
El problema de la renta, por lo tanto, se resuelve con la teoría
de la renta diferencial: una teoría que con frecuencia se atribuye a Ricardo (a
menudo leemos «teoría ricardiana de la renta»), pero que de hecho fue propuesta
durante un corto pero animado debate sobre los derechos aran-celarios sobre el
grano, en 1815, por Malthus y (posiblemente) West antes que Ricardo, que, sin
embargo, estuvo dispuesto a comprenderla y utilizarla.8
Según esta teoría, la renta de las tierras más fértiles
corresponde a la reducción en los costes por unidad de producto, en comparación
con los costes computados en las tierras menos fértiles. Dicho de modo más
pre-ciso, para cada parcela de tierra la renta es igual a la diferencia entre
los costes unitarios de producción en las tierras cultivadas menos fértiles, y
los costes unitarios en la tierra que se considere, multiplicada por la
cantidad de producto obtenida en ella. La renta de las tierras cultivadas menos
fér-tiles es nula y, por lo tanto, no entra en el coste de producción.9 Así,
los beneficios resultan ser una magnitud residual, es decir, aquella parte del
excedente que no es absorbida por la renta.
Hemos visto que el crecimiento económico procede de la
acumula-ción, y, por lo tanto, de los beneficios; por consiguiente, todo lo que
reduzca los beneficios constituye un obstáculo para la acumulación. Si
suponemos dado el tamaño del excedente, entonces los beneficios dis-minuyen
cuando aumenta la renta de la tierra. Según Ricardo, ceteris paribus, esto se
produce automáticamente debido al propio desarrollo económico: el crecimiento
de la economía viene acompañado por el cre-cimiento de la población, lo que
significa un aumento del consumo de alimentos, y, por lo tanto, de la demanda
de productos agrícolas. Esto provoca a su vez a la expansión de los cultivos.
Supongamos que las tie-
Cf. más
adelante § 8.2. La teoría de la renta diferencial también tiene sus precur-
sores: Schumpeter (1954, pp. 259-266; pp. 305-311, trad. cast.)
recordó, entre otros, a James Anderson (1739-1808), los Principles de James
Steuart (1767) y Turgot (1766).
9 Este aspecto generó un amplio debate en las décadas
siguientes, hasta que pre-dominó la teoría marginalista. Según esta última,
como es sabido, la renta entra en el coste de producción porque corresponde al
pago por el servicio del factor productivo tie-rra. Así, los autores que
sostenían a mediados del siglo XIX que la renta debía incluirse en el coste de
producción pueden considerarse, en este sentido, precursores de la teoría
marginalista.
La visión dinámica de Ricardo 253
rras que se ponen en cultivo son más fértiles que las que se
dejan sin cul-tivar.10 A medida que se ponen tierras en cultivo, la menos
fértil entre las cultivadas, es decir, la llamada «tierra marginal» por cuyo
uso no se paga ninguna renta, resulta ser cada vez menos fértil. Por lo tanto,
los benefi-cios obtenidos en la tierra marginal disminuyen, debido al aumento
de los costes unitarios del producto. Las rentas aumentan en las tierras ya
cultivadas, y en consecuencia disminuyen los beneficios de los granjeros. Esta
disminución de los beneficios se transmite de la agricultura a las
manufacturas, a través del aumento de precio de los productos agrícolas, y, por
lo tanto, de los salarios. Todo ello frena la acumulación.
La implicación para la política económica es evidente. Las
importa-ciones de grano extranjero son la mejor manera de hacer frente al
aumen-to de la demanda de alimentos debido al aumento de la población. En
efecto, las importaciones hacen posible que se evite poner en cultivo nue-vas
tierras, menos fértiles, con el consiguiente aumento de la renta y dis-minución
de los beneficios y del ritmo de la acumulación. Así, resulta oportuno eliminar
todos los obstáculos —tales como derechos aduane-ros— a la importación de
productos agrícolas.
La teoría de la ventaja comparativa, que Ricardo desarrolló en
los Principios y que consideraremos más adelante (§ 7.6), refuerza la
conclu-sión relativa a la política, que es mejor eliminar los obstáculos al
comercio internacional, en particular los derechos aduaneros. Con esta teoría,
en efecto, Ricardo demostró que las ventajas del comercio internacional
pro-ceden de las mejoras en la tecnología productiva para el conjunto de los
países implicados en el comercio que permite la división internacional del trabajo.
Por consiguiente, existe una mejora general para todos los países, no una
ventaja para alguno a costa de otro, aunque sigue abierto el pro-blema de cómo
distribuir los frutos de estas mejoras entre los diferentes
Este supuesto
fue criticado, como contrario a la realidad, por los escritores ameri-canos de
la época, como Henry Charles Carey (1793-1879); sus críticas se justifican a
nivel empírico para las nuevas colonias, pero no afectan al punto principal del
razonamiento analítico de Ricardo. En sus Principles of political economy
[Principios de economía políti-ca] (1840), Carey criticó también a Ricardo a
nivel político: «El sistema del señor Ricardo es un sistema de discordias [...]
en su conjunto tiende a la producción de hostilidad entre clases y naciones»
(citado en Bharadwaj, 1978, p. 25).
254 David Ricardo
países.11 La construcción analítica de Ricardo se orientaba
principalmente a demostrar que la abolición de los derechos sobre el grano
tenía efectos positivos sobre la tasa de acumulación y por ende sobre la
«riqueza de las naciones».
Así, Ricardo expresaba a nivel analítico el conflicto de
intereses entre los terratenientes, políticamente dominantes en su época, y la
naciente burguesía manufacturera: un conflicto de intereses que encontró en la
controversia sobre la conveniencia de los derechos sobre las importaciones de
grano uno de sus episodios centrales.12 La construcción de una estruc-tura
analítica sólida para la economía política clásica constituye la princi-pal
contribución de Ricardo al progreso de la ciencia económica y a la vic-toria,
gradual, difícil y parcial, de la posición política que apoyó.
7.3. Del modelo del
grano a la teoría del valor-trabajo
En el apartado anterior vimos que Ricardo podía considerar como
un dato, en su análisis, el tamaño del excedente, y dentro de éste, la parte de
las rentas. Así, los beneficios aparecen como una magnitud residual: lo que
resta después de sustraer del producto las rentas y lo que es necesario para
obtenerlo, es decir, los medios de producción y la subsistencia de los
tra-bajadores empleados.
Sin embargo, más que la cantidad agregada de beneficios, es el
tipo de beneficio lo que está en el centro del edificio analítico de la
economía políti-ca clásica construido por Ricardo. Esto se debe esencialmente a
dos razones.
Algunos años
más tarde, John Stuart Mill concentró la atención en este punto, demostrando
que las dimensiones relativas de la demanda de los dos países adquieren
importancia en este aspecto. Por esta vía relativamente secundaria hizo su
aparición la demanda como factor determinante de los precios relativos en el
análisis de los economis-tas clásicos; como veremos, precisamente estableciendo
un vínculo entre la «teoría pura del comercio exterior» y la «teoría pura de
los precios interiores» comenzó Marshall el desa-rrollo de su construcción
teórica, dirigida a una síntesis entre los enfoques clásico y margi-nalista
(cf. más adelante § 13.2).
La abolición de
los derechos sobre las importaciones de grano en Inglaterra sólo tuvo lugar
muchos años después, en 1846, tras encarnizadas batallas políticas en las que
la Anti-Corn Law League, fundada en Manchester en 1838 por Cobden, desempeñó un
papel central. De ahí que el término manchesterismo designara, a partir de este
período, a la ideología del librecambio.
Del modelo del grano a la teoría del valor-trabajo 255
Primera, que en una sociedad capitalista guiada por la
competencia, en la que los capitalistas son libres de trasladar sus capitales
de una inver-sión a otra, el rendimiento de los fondos invertidos en los
distintos secto-res —el tipo de beneficio— debe ser más o menos igual. Por lo
tanto, el tipo de beneficio regula el esfuerzo que dedica la sociedad a la
producción de las diferentes mercancías, y es este mecanismo competitivo,
basado en la tendencia a un tipo uniforme de beneficio, lo que asegura que las can-tidades
de las diferentes mercancías producidas correspondan más o menos a las
cantidades vendidas en la economía.
Segunda, el tipo de beneficio es también —con los supuestos
adop-tados por Ricardo— un indicador del ritmo potencial de crecimiento de la
economía. De hecho, por definición es igual a la relación entre los bene-ficios
y el capital adelantado; suponiendo que los beneficios se inviertan en su
totalidad, tal relación es igual a la que existe entre la inversión y el
capital adelantado, o en otras palabras, a la tasa de acumulación. Además, si
prescindimos del cambio técnico (incluidos los rendimientos no cons-tantes a
escala) y suponemos que se utiliza completamente la capacidad productiva
disponible, vemos que el tipo de beneficio es igual a la tasa de crecimiento de
la renta nacional.13 A decir verdad, Ricardo no ilustró explícitamente estas
relaciones, pero ellas expresan de forma analítica la esencia de su pensamiento
(en particular, el «modelo ricardiano» de Pasi-netti, 1960, seguido de una
amplia literatura, se basaba en ellas). Además, está claro que para Ricardo
explicar si, y por qué, el tipo de beneficio tien-de a disminuir a lo largo del
proceso de desarrollo, y localizar los factores que pueden contrarrestar esta
tendencia, significa explicar el ritmo de desarrollo de la economía.
Por estas dos razones —su papel en la regulación del
funcionamiento competitivo de la economía capitalista y en el proceso de
desarrollo eco-nómico—, la determinación del tipo de interés constituye un
aspecto cen-tral del edificio analítico de Ricardo y, con carácter más general,
del con-
Indiquemos con
Y la renta, con P el beneficio, con I la inversión, con K el capital invertido,
con r el tipo de beneficio y con g la tasa de acumulación (que si la relación
capi-tal-renta es constante corresponde a la tasa de incremento de la
economía). Por definición, r = P/K y g = I/K. Si suponemos que la inversión
corresponde al beneficio, es decir que P = I, tenemos que r = g.
256 David Ricardo
junto de la tradición clásica. En este campo, Ricardo aportó
unas contri-buciones analíticas decisivas, yendo mucho más allá de la vaga idea
smi-thiana de un tipo normal de beneficio determinado por la presión de la
competencia entre los capitales disponibles para la inversión, una tesis a la
que Ricardo se opuso frontalmente.
Según la interpretación expuesta por Sraffa en la introducción a
su edición de las Works and correspondence de Ricardo (Sraffa, 1951), pode-mos
distinguir dos etapas sucesivas en el desarrollo del pensamiento de Ricardo. La
primera, conjeturó Sraffa, comenzó probablemente en 1814, con una nota sobre
los «beneficios del capital» que se perdió, y terminó con el Essay de 1815;14
la segunda etapa comenzó con la crítica de Malthus al «modelo del grano» de
Ricardo, para concluir con los Principios de 1817 (aunque Ricardo continuó
reflexionando sobre los diferentes aspectos del problema hasta los últimos días
de su vida). Examinemos este tema con mayor detenimiento.
Dijimos que el tipo de beneficio es igual a la relación entre
los bene-ficios y el capital adelantado. Evidentemente, para computar tal
relación es necesario que los beneficios y el capital adelantado se expresen en
tér-minos de magnitudes homogéneas. En la primera etapa de su investiga-ción,
Ricardo logró este objetivo interpretando los beneficios y el capital
adelantado en el sector agrícola como cantidades diferentes de la misma
mercancía, el «grano».15 Como vimos, la economía se subdividía en dos
La
interpretación de Sraffa, según la cual en esta primera etapa Ricardo
determi-naba el tipo de beneficio como una relación entre las cantidades
físicas de una misma mer-cancía, el grano, fue cuestionada por Hollander
(1973). Esto llevó a una atenta considera-ción del asunto (cf. Bharadwaj, 1983;
Eatwell, 1975a; Garegnani, 1982; Hollander, 1975 y 1979, pp. 123-190; Peach,
1993, pp. 39-86, cuya bibliografía ofrece referencias adicio-nales); sin
embargo, de este debate no surgió ninguna interpretación alternativa que por lo
menos resultase igualmente convincente.
Según la
interpretación de Peach (1993, pp. 39-86), por el contrario, Ricardo midió los
costes en grano suponiendo como dada la relación de intercambio entre el grano
y otros medios de producción. La reconstrucción de Peach implica un Ricardo más
bien inseguro a nivel teórico, menos sistemático y menos coherente de lo que en
general le con-sideraron sus contemporáneos, mientras que la figura de Malthus
sale ganando. La crítica que hace Peach a la interpretación «sraffiana» de
Ricardo, sin embargo, aunque se refiere a aspectos importantes, no implica
ningún cambio sustancial de la descripción que se ha hecho (en § 7.2) del
núcleo central de la representación ricardiana del funcionamiento de la
economía.
Del modelo del grano a la teoría del valor-trabajo 257
sectores, agricultura y manufacturas. Ricardo supuso que en el
primer sec-tor se produce una mercancía, el «grano». Esta mercancía es también
el único medio de producción en la agricultura, como semilla, y el único medio
de subsistencia de los trabajadores empleados en el cultivo de la tie-rra.
Vimos que, según la teoría «ricardiana» de la renta, en la tierra margi-nal (la
menos fértil de las cultivadas) la renta es nula, y todo el excedente va a los
beneficios. Supongamos, por ejemplo, que en la tierra marginal se producen 100
toneladas de grano, y que se utilizan 30 toneladas como semilla y 50 toneladas
como subsistencia de los trabajadores; el exceden-te, que va enteramente a los
beneficios, es igual a 20 toneladas de grano (100–30–50 = 20), y el tipo de
beneficio es igual al 25 por 100 (20/80 = 0,25).
De este modo podemos sortear el problema del valor: esto es, la
nece-sidad de determinar los precios relativos de los bienes que entran en el
capi-tal adelantado y el excedente para poder calcular el valor de los
beneficios y del capital adelantado, y, por lo tanto, el tipo de beneficio.
Evidentemen-te, como en condiciones competitivas el tipo de beneficio debe ser
el mismo en los distintos empleos del capital, un tipo de beneficio igual al de
la tierra marginal tendrá que predominar no sólo en todo el sector agríco-la,
sino también en todas las actividades manufactureras. En este último sector, el
«grano» y los bienes manufacturados se emplean como medios de producción y como
medios de subsistencia para obtener bienes manufac-turados, cuyos precios
relativos se ajustan de manera que aseguren la uni-formidad del tipo de
beneficio en todos los sectores de la economía.
En una carta de 5 de agosto de 1814, Malthus había objetado a
Ricar-do que «en ningún caso de producción [por lo tanto, ni siquiera en el
sec-tor agrícola], es el producto exactamente de la misma naturaleza que el
capital adelantado».16 En otras palabras, Ricardo no podía sortear tan
ale-gremente el problema del valor determinando el tipo de beneficio como
relación entre diferentes cantidades físicas de la misma mercancía, puesto que
en cualquier proceso productivo los medios de producción que se uti-lizan son
heterogéneos entre sí y con respecto al producto.
Después de considerar detenidamente estas críticas, cuya validez
esta-ba dispuesto a reconocer, Ricardo encontró una nueva solución en los
16 Ricardo
(1951-1955), vol. 6, p. 117.
258 David Ricardo
Principios, adoptando la teoría del valor-trabajo incorporado
para explicar los precios relativos. Según esta teoría, la relación de
intercambio entre dos mercancías se corresponde con la relación entre las
cantidades de trabajo directa e indirectamente requeridas para producir cada
una de ellas. Ricar-do consideró que esta nueva solución constituía un paso
adelante respec-to de la anterior, aunque no la veía tan perfecta, porque se
basaba en unos supuestos simplificadores drásticos; como muchos de sus amigos
(en par-ticular Torrens y, por supuesto, Malthus, como de costumbre, pero no
James Mill, demasiado acrítico a causa de su amistad) le recordaron
inme-diatamente.17 Sin embargo, desde el punto de vista de sus objetivos
polí-ticos —el ataque a las rentas—, Ricardo pensaba que su razonamiento era
suficientemente válido, y que las dificultades (las «complicaciones» que tuvo
que introducir para tratar el problema del valor) podían superarse.
Smith ya había propuesto esta teoría, que también estaba
presente en la tradición escolástica, como válida en el «estado primitivo y
rudo» que precedió a la separación entre el trabajo y la propiedad del capital
y de la tierra, y, por lo tanto, la separación en diferentes clases sociales de
capita-listas, terratenientes y trabajadores. Ricardo extendió la aplicación de
la teoría hasta incluir también a las economías capitalistas, suponiendo que
para cada mercancía la suma de beneficios y rentas que había que añadir al
coste del trabajo para llegar al precio es aproximadamente proporcional a la
cantidad de trabajo empleada en el proceso productivo. Una vez más, éste es
claramente un supuesto irreal, como el mismo Ricardo reconoció, analizándolo en
los apartados IV y V del primer capítulo de los Principios, pero esto no le
preocupó demasiado. Su objetivo principal era, de hecho, desarrollar no tanto
una teoría de los precios relativos como una teoría sobre cómo se distribuía el
excedente entre las clases sociales y cómo se uti-
Cf. Torrens
(1818), la correspondencia de Ricardo con sus amigos y colegas (Ricar-do,
1951-1955, vols. 7-9; cf. por ejemplo las cartas de Malthus en el vol. 7, pp.
176, 214-215, y en vol. 8, pp. 64-65), y los Principios de Malthus publicados
en 1820 (en Ricardo, 1951-1955, vol. 2, pp. 55-79). James Mill efectuó una
contribución decisiva a la publicación de los Principios de Ricardo, ante todo
empujando y apoyando a su amigo en la difícil empre-sa de producir un libro
(especialmente difícil para Ricardo, a causa de sus antecedentes cul-turales),
y en segundo lugar asesorándolo sobre puntos específicos de la exposición y
posi-blemente con la compilación del índice (cf. Sraffa, 1951, pp. XIX-XXX).
Sin embargo, todo esto no implica ninguna influencia de Mill sobre el contenido
esencial de los Principios; una excepción, como sugirió Thweatt (1976), podría
ser la teoría de los costes comparativos.
Del modelo del grano a la teoría del valor-trabajo 259
lizaba para el consumo o la acumulación, que, por lo tanto, no
se refiere a los procesos productivos individuales sino a las actividades
económicas de un país en su conjunto.
En efecto, gracias a la teoría del valor-trabajo Ricardo podía
medir tanto el producto como los medios de producción y subsistencia en
tér-minos homogéneos, como las cantidades de trabajo empleadas en su
pro-ducción. Más concretamente, el valor de la producción anual de un siste-ma
económico es igual a la cantidad de trabajo gastado en conjunto en el mismo
período de tiempo (medida, por ejemplo, en años-hombre y, por lo tanto, igual
al número de trabajadores productivos empleados en el sis-tema).18
Calculado como diferencia entre el valor del producto y el valor
de los medios de producción, el valor del excedente también aparece expresado
como una determinada cantidad de trabajo. Una vez que se ha planteado y tratado
el problema de la renta, los beneficios también se determinan en términos de
una determinada cantidad de trabajo. La relación entre los beneficios y el
capital adelantado, expresados ambos como cantidades de trabajo, se define una
vez más como una relación entre diferentes cantida-des físicas de una magnitud
(tiempo de trabajo).19
Recordemos aquí
la distinción de Ricardo entre «valor» y «riqueza» (en el capítulo 20 de los
Principios, 1817: Ricardo, 1951-1955, vol. 1, pp. 273 y ss.): siempre que hay
una mejora en la tecnología y aumenta la cantidad producida por una cantidad
dada de traba-jo empleado en la producción, el valor del producto nacional (en
términos de la teoría del valor-trabajo) permanece por definición invariable;
lo que tenemos es un aumento de «riqueza», que Ricardo define como algo que se
corresponde con la noción smithiana de la «riqueza de las naciones», esto es,
«el grado en que [un hombre] pueda gozar de las cosas necesarias, convenientes
y gratas de la vida» (Smith, 1776, p. 47; p. 31, trad. cast.).
Indiquemos con
L el número de trabajadores empleados (y, por lo tanto, la canti-dad de
trabajo, expresada en años-hombre, gastada en un año). Así, L corresponde al
valor, en términos de trabajo, de la producción anual de la economía.
Indiquemos también con Lw el valor, de nuevo en términos de trabajo, de las
mercancías requeridas para la subsis-tencia de los trabajadores empleados, que
por supuesto corresponde a los salarios pagados, y con Lc el valor de los
medios de producción utilizados en conjunto dentro del año (en el supuesto de
que sólo se utiliza capital circulante). Hagamos abstracción de las rentas en
aras de la sencillez. Supongamos que todos los procesos productivos duran un
año y que los salarios y el capital circulante son adelantados por los
capitalistas al comenzar el año. El valor del capital adelantado en conjunto
es, pues, igual a Lw + Lc, mientras que el valor de los beneficios P es igual a
la diferencia entre el producto y los costes de producción, es decir, P = L –
Lw – Lc. El tipo de beneficio r es igual a la relación entre los beneficios y
el capital adelantado, es decir, r = (L – Lw – Lc) / (Lw + Lc).
260 David Ricardo
Así, con su teoría del valor, Ricardo consiguió una vez más
sortear el problema del valor, pero una vez más a costa de drásticas e irreales
simpli-ficaciones, de manera que la solución que propuso no puede considerarse
como definitiva. Ricardo era muy consciente de esto y, como veremos en el
siguiente apartado, siguió insistiendo en el tema del valor hasta el final,
pero sin conseguir un avance apreciable. No obstante, la estructura de su
edificio analítico, basado en la noción del excedente y centrado en la
rela-ción entre acumulación y distribución de la renta, sigue siendo un hito
para los debates de su época y para nuestra comprensión del «paradigma clásico»
de la economía política.
7.4. Valor absoluto y
valor de cambio:
la medida invariable del valor
Como vimos en el apartado anterior, en los Principios el tema
del valor aparece resuelto de una manera que Ricardo consideraba aceptable para
sus fines, pero que descansaba en unas simplificaciones drásticas e irreales.
Además de las críticas de sus contemporáneos, desde Malthus a Torrens, ello
constituía un reto para alguien con la mentalidad rigurosa de Ricardo. A este
desafío dedicó parte de su tiempo —junto con su acti-vidad como miembro del
Parlamento y como protagonista de los debates económicos corrientes— a lo largo
de un período que va desde la publi-cación de la primera edición de los
Principios hasta un ensayo sobre «Valor absoluto y valor de cambio», escrito en
1823, en las últimas sema-nas de su vida.
Ya en la primera edición de los Principios, como hemos visto,
Ricar-do había señalado los límites de la teoría del valor-trabajo como
explica-ción de los precios relativos de las diferentes mercancías; en las
siguientes ediciones (1819 y 1821) estos aspectos se matizan, teniendo también
en cuenta una crítica de Torrens (1818), aunque sin cambiar sustancialmen-te la
posición original.20
La tesis de un
alejamiento progresivo de la teoría del valor-trabajo por parte de Ricardo en
las sucesivas ediciones de los Principios fue sostenida por Jacob Hollander
(1904) y por Cannan (1929), pero fue demolida por Sraffa (1951). Peach (1993),
pp. 189-
Valor absoluto y valor de cambio: la medida invariable del valor 261
Según Ricardo, los precios relativos determinados como la
relación entre las cantidades de trabajo directa e indirectamente requeridas
para producir las diferentes mercancías violan la condición de un tipo
unifor-me de beneficio en los distintos sectores de la economía por tres
razones: la diferente duración de los procesos productivos; la variación de la
rela-ción entre capital fijo y circulante; y la diferente duración del capital
fijo en los distintos sectores. Dicho de modo más preciso, si para cada mer-cancía
elegimos como patrón de medida la cantidad de ella que requiere una hora de
trabajo para su producción, a fin de asegurar la uniformidad del tipo de
beneficio en los diferentes sectores, el beneficio por unidad de producto
tendrá que ser superior en los sectores caracterizados por una mayor duración
del proceso productivo, o por una mayor relación entre el capital fijo y
circulante, o por una mayor duración del capital fijo.
Por lo tanto, la teoría del valor-trabajo puede considerarse, a
lo sumo, como una teoría aproximada de los precios relativos. Para Ricardo, sin
embargo, el problema no era tanto determinar lo amplio que podía ser el margen
de aproximación (un aspecto que dio origen al debate entre los comentaristas,
algunos de los cuales atribuyeron a Ricardo la idea de un 93 por 100 de
aproximación y, por lo tanto, sin tener ninguna dificultad para demostrar que
el error puede ser en realidad mucho mayor).21 Más bien el problema giró en
torno a la posibilidad de encontrar una funda-mentación rigurosa, una «medida
invariable», para los valores de cambio.22
240, sostenía, en cambio, la tesis de un Ricardo cada vez más
empeñado en la defensa de la teoría del valor-trabajo, llegando a atribuir (en
la tercera edición de los Principios, y espe-cialmente en el ensayo «Valor
absoluto y valor de cambio») al trabajo incorporado en la producción una
significación de valor absoluto, que se convierte en el punto de partida
necesario para explicar el valor de cambio.
Cf. Stigler
(1958); Barkai (1967 y 1970); Konus (1970). Las referencias a la soli-dez
empírica de la teoría del valor-trabajo como aproximación a una teoría exacta
de los valores de cambio fueron incluidas por Ricardo en la tercera edición de
los Principios, pero son claramente secundarias respecto a la línea principal
de razonamiento. La interpretación de Ricardo como partidario de una teoría del
valor-trabajo «empírica» parece forzada y reduccionista al mismo tiempo. Para
una crítica en profundidad de esta interpretación, cf. Peach (1993), pp. 25-26
y 215-217.
La búsqueda de
una medida del valor en el análisis de Ricardo estaba relacionada, entre otras
cosas, con el tema del dinero. Cf. más adelante § 7.5; y Marcuzzo y Rosselli
(1994). Sobre todo, debemos tener presente la importancia, en aquel período, de
los inten-tos para unificar las medidas físicas en cada país, y los debates
teóricos que acompañaron a estos intentos. En el caso del metro, introducido en
la Francia posrevolucionaria en 1793,
262 David Ricardo
En la búsqueda de tal fundamentación, Ricardo se vio aferrándose
a un término tradicional de referencia, es decir, el tiempo de trabajo
reque-rido para obtener una determinada cantidad de producto. En este
contex-to, el uso del término valor absoluto implica una cierta ambigüedad
entre, por una parte, la elección de basar su teoría de los precios naturales
en las dificultades relativas de producción de distintas mercancías y, por
otra, los elementos vagamente metafísicos implícitos en la idea tradicional de
que el valor de una mercancía procede del sacrificio exigido al trabajador para
obtenerla.
El uso del trabajo como patrón —es decir, la elección
consistente en utilizar como patrón una mercancía producida por una cantidad de
traba-jo dada e invariable— tiene la ventaja de que suministra respuestas
preci-sas frente a cambios en la tecnología. En este aspecto, también satisface
la necesidad dialéctica de contrastar una teoría de los valores de cambio
basa-da en la dificultad de producción con la noción, siempre presente en el
debate económico, de un mecanismo basado en la demanda y en la ofer-ta. En el
pensamiento de Ricardo, como ya en el de Smith (cf. más arriba
5.6), la
interrelación entre oferta y demanda sólo se refiere al ajuste de los precios
de mercado a los precios naturales, no a la determinación de estos últimos:
Es el coste de producción el que debe regular en último término
el pre-cio de las mercancías, y no, como se ha dicho a menudo, la proporción
entre la oferta y la demanda: esta puede, en efecto, durante un tiempo, afectar
al valor de mercado de una mercancía, hasta que sea ofrecida con mayor o menor
abundancia, según pueda la demanda haber aumentado o disminuido; pero este
efecto será sólo de duración temporal.
por una decisión de la Asamblea Nacional, el fundamento natural
para la definición del patrón se halló en la longitud de un arco de meridiano a
una latitud dada. Hoy estas medi-das se dan por supuestas, y es raro considerar
la importancia de un patrón de medida común a todos y las dificultades de su
identificación objetiva, pero en la larga fase de tran-sición la cuestión
estaba muy presente, en el debate intelectual y en la práctica de la vida
cotidiana: cf. Kula (1970) para una historia del problema. Podemos comprender
que, en un momento decisivo de aquella transición, haya aparecido la idea de un
patrón natural de valor paralelamente a la idea de un patrón natural para las
magnitudes físicas. Tenemos que añadir, sin embargo, que muchos economistas
fueron conscientes del error que suponía establecer paralelismos entre las
medidas físicas y las medidas de valor: cf. por ejemplo Bai-ley (1825), p. 96
(citado por Peach, 1993, p. 227n.).
Valor absoluto y valor de cambio: la medida invariable del valor 263
Después Ricardo sigue destacando el contraste entre su posición
y la de su amigo-adversario Malthus, según el cual no sólo los precios de
mer-cado, sino también los precios naturales vienen determinados por la demanda
y la oferta. El tema se considera decisivo:
La opinión de que el precio de las mercancías depende solamente
de la proporción entre oferta y demanda, o entre demanda y oferta, se ha
converti-do casi en un axioma en la economía política, y ha sido la fuente de
muchos errores en esa ciencia.23
Así, Ricardo, en la primera edición de los Principios, adoptó
como «medida invariable» una mercancía producida con un año de trabajo sin
ayuda de bienes de capital. De esta manera tenemos un criterio claro para
determinar el origen de las variaciones de los valores de cambio. Por ejem-plo,
consideremos el valor de cambio de dos mercancías, A y B, en térmi-nos de este
patrón invariable, y supongamos que la técnica para producir una de estas dos
mercancías, A, cambia, mientras que la técnica para pro-ducir B sigue
invariable. Entonces podemos establecer inequívocamente que la variación del
valor de cambio entre A y B tiene su origen en la mer-cancía A, que ha cambiado
de valor en términos del patrón invariable escogido, mientras que el valor de
la mercancía B se ve como constante. Sin embargo, el patrón escogido por
Ricardo se muestra inadecuado cuan-do se le sitúa frente a cambios en la
distribución de la renta entre salarios y beneficios. Efectivamente, cuando dos
mercancías producidas con la
Ricardo
(1951-1955), vol. 1, p. 382. Cf. también la carta a Malthus del 30 de enero de
1818 (en Ricardo, 1951-1955, vol. 7, pp. 250-251) citada por Peach (1993), pp.
258-259. Igualmente es interesante el argumento con el que Ricardo criticaba la
explica-ción del valor de cambio sugerida por Malthus, que se basaba en la
estimación relativa de las mercancías por parte de los compradores. Según
Ricardo (1951-1955, vol. 2, pp. 24-25; citado por Peach, 1993, pp. 247-248),
«Esto sería verdad si los hombres de diversos países tuvieran que encontrarse
en una feria, con una diversidad de producciones, y cada uno de ellos con una
mercancía distinta, sin ser molestados por la competencia de cual-quier otro
vendedor. Las mercancías, en tales circunstancias, se comprarían y venderían
según las necesidades relativas de aquellos que concurrían a la feria»; sin
embargo, conti-nuaba Ricardo, esto ya no se sostiene cuando tenemos competencia
entre los diferentes productores de cada mercancía, porque los precios son
entonces gobernados por los costes de producción. La opinión de Malthus se
expresaba claramente en diversos pasajes de sus Principios (1820), en
particular en los apartados I y III del capítulo 2 (reproducido en Ricar-do,
1951-1955, vol. 2, pp. 36-54).
264 David Ricardo
misma cantidad de trabajo se obtienen en períodos de producción
dife-rentes o con distintas proporciones entre capital fijo y circulante, su
valor relativo cambia cuando cambia la distribución, y nuestro patrón
invaria-ble no puede dar ninguna indicación sobre el origen de esta variación
del valor de cambio.
Inicialmente, Ricardo aplicó sus reflexiones sobre el patrón de
valor al criticar una tesis que atribuyó a Smith. Ésta era la idea de que, si
aumen-ta el salario o el tipo de beneficio, como consecuencia de ello tienen
que aumentar también los precios naturales de las mercancías. Dicha tesis se
relaciona con la interpretación de la teoría de los precios de Smith como una
«teoría de la suma de los componentes».
Según esta teoría, el coste de producción de una mercancía puede
des-componerse en trabajo directamente necesario para su obtención, tierra y
otros medios de producción; con una descomposición análoga del coste de
producción de los medios de producción podemos ir hacia atrás, hasta que el
residuo de medios de producción desaparezca o sea irrelevante, y todos los
costes se reduzcan al trabajo y la tierra invertidos en períodos específicos de
tiempo, y, por lo tanto, a salarios, beneficios y rentas calcu-lados a sus
tipos naturales. Dada la tecnología en uso (y, por lo tanto, dadas las
cantidades de trabajo y tierra directa o indirectamente necesarias para
producir una mercancía, y dada la duración de los intervalos de tiem-po en los
que están invertidos el trabajo y la tierra), conociendo el tipo de salario
natural, la renta y el tipo de beneficio natural, es fácil calcular el precio
natural del producto.
El defecto de esta teoría radica en el supuesto de que el tipo
de sala-rio, la renta y el tipo de beneficio son independientes entre sí: sólo
en este caso, de hecho, puede calcularse el precio sumando los tres
componentes. Además, en tal caso un aumento en una de las tres variables
distributivas se traduce automáticamente en un aumento correspondiente del
precio natural del producto. Éste es precisamente el punto que Ricardo no
acep-tó, en línea con su tesis básica de la oposición entre rentas y beneficios.
Precisamente para demostrar que el aumento en una de las variables
dis-tributivas no es seguido necesariamente por un aumento de todos los
pre-cios, Ricardo eligió como patrón la mercancía producida por el trabajo de
un año, sin adelantos de capital y sin tierra. Si aumenta el tipo de salario,
los precios de las demás mercancías disminuyen en comparación con la
Valor absoluto y valor de cambio: la medida invariable del valor 265
mercancía escogida como patrón de medida, puesto que para ellas
la rela-ción entre trabajo directo e indirecto, y, por lo tanto, el peso de los
bene-ficios (que disminuyen cuando aumentan los salarios), es mayor.
Una vez más fue Malthus quien criticó la excesiva simplicidad
del supuesto de Ricardo. Ricardo aceptó las críticas, aunque sosteniendo que no
afectaban en lo sustancial a su posición.24 Una serie de mercancías, decía
Malthus, puede tener un período de producción menor de un año, y como
consecuencia un peso de los beneficios menor que el de la mer-cancía producida
con el trabajo no asistido de un año. El caso extremo es el de una mercancía
producida con el trabajo no asistido de un día. Claramente, el razonamiento que
siguió Ricardo al criticar a Smith se aplica a este caso.
Las críticas de Malthus llevaron a Ricardo a perseguir una línea
de investigación diferente. Así, en la tercera edición de los Principios y
espe-cialmente en su último trabajo, «Valor absoluto y valor de cambio»,
Ricar-do se refirió a una «mercancía promedio» (una herramienta analítica que,
como veremos en el § 9.7, sería adoptada por Marx en un contexto simi-lar), que
ocupa una posición intermedia entre las mercancías cuyos precios aumentan y
aquellas cuyos precios disminuyen cuando aumenta el tipo de salario. Si tomamos
tal mercancía como nuestro patrón, las variaciones en los precios de las otras
mercancías, aumentando algunos y disminuyendo otros, se compensan. Así tenemos
la ventaja de que el producto nacional no varía de tamaño cuando cambia la
distribución de la renta, lo cual introduce el hecho de que el aumento en una
de las cuotas distributivas (por ejemplo, la de las rentas) tiene que ser
compensado en otra (por ejem-plo, la de los beneficios). Sin embargo, está
claro que tal elección no eli-mina las «complicaciones» relacionadas con la
teoría del valor: para verifi-car si los aumentos y disminuciones en los
precios de las diferentes mercancías se compensan exactamente (un punto por el
que no se preo-cupó Ricardo) necesitamos formular una teoría de las relaciones
de cam-bio que sea adecuada, teniendo en cuenta la condición de uniformidad del
tipo de beneficio en los diferentes sectores.
Véase la carta
de Malthus del 10 de septiembre de 1819, en Ricardo (1951-1955), vol. 8, pp.
64-66, y la respuesta de Ricardo (después de un intercambio de aclaraciones en
otras cartas) del 9 de noviembre de 1819, en Ricardo (1951-1955), vol. 8, pp.
128-131.
266 David Ricardo
Frente a estas dificultades, el camino que siguió Ricardo en su
bús-queda de una «medida invariable del valor» parece un callejón sin salida.
Tratemos de ver por qué. Como tantos economistas desde Petty, Ricardo adoptó
una teoría de los valores de cambio basada en la dificultad relativa de
producción de las diversas mercancías. El problema del valor se resol-vería
entonces, adoptando este enfoque, si fuera posible encontrar una medida exacta
de la dificultad de producción. Para realizar esta tarea, la medida invariable
de valor que Ricardo estaba buscando debía tener una doble característica, a
saber, que fuera invariable con respecto a los cam-bios de la tecnología y con
respecto a los cambios en la distribución de la renta. El trabajo requerido
para la producción satisface el primer requisi-to, pero por lo que se refiere
al segundo, contradice el supuesto —un supuesto decisivo para el conjunto de la
economía política clásica— de un tipo uniforme de beneficio en situación de
competencia.
Ricardo se percató de que sus esfuerzos en esta dirección no le
lleva-ban a ninguna parte, pero siguió convencido —a nivel pre-analítico,
podríamos decir— de que el tiempo de trabajo debe tener algo que ver con tal
medida invariable del valor. Esto significa que había en Ricardo (como habría,
en forma todavía más extrema, en Marx) un residuo meta-físico: el problema
puramente analítico de una medida exacta del valor (y de la posibilidad o
imposibilidad de encontrarla) se mezcló con el pro-blema puramente metafísico
de encontrar el fundamento, el origen últi-mo (o, como dijo Marx, la
«sustancia») del valor: y tal origen último no puede encontrarse más que en el
trabajo. La confusión entre los dos pro-blemas sólo sería aclarada por Sraffa,
con su análisis de la mercancía patrón.25
La idea de que sería posible encontrar una medida «absoluta» de
la dificultad de producción corresponde, en cierto sentido, al deseo de ais-lar
un aspecto «natural», junto con el institucional, en la interpretación del
funcionamiento de una sociedad basada en la división del trabajo. En este
sentido, por ejemplo, podemos interpretar la referencia de Smith (1776, p. 65;
p. 47, trad. cast.) al «estado primitivo y rudo de la socie-dad» que precede a
la separación en clases de trabajadores, capitalistas y
25 Sobre este punto,
cf. Roncaglia (1975), pp. 67-86.
Dinero y tributación 267
terratenientes, y en el que se sostiene la teoría del
valor-trabajo. Sin embargo, cualquier intento queda viciado por un defecto
básico: la divi-sión del trabajo sólo es posible en presencia de una red de
intercambios que una los diferentes sectores de la economía y los distintos
agentes eco-nómicos; los mecanismos de intercambio expresan entonces no sólo
las dificultades relativas de producción de las diversas mercancías, sino
tam-bién las instituciones, costumbres y estructura social de la sociedad en
consideración, puesto que todos estos elementos intervienen en la
deter-minación de la manera en que se establecen las relaciones económicas y
garantizan el buen funcionamiento de la red de intercambios. No existe ninguna
sociedad que esté desprovista de instituciones sociales, y la idea de un valor
absoluto, basada exclusivamente en fundamentos naturales, es por lo tanto una
quimera. Es en los valores de cambio donde hallan su expresión las relaciones
entre los agentes económicos, en una socie-dad basada en la división del
trabajo. En efecto, en todas las sociedades humanas históricamente documentadas
los elementos institucionales y sociales que gobiernan la red de intercambios
determinan las reglas del juego; las relaciones de intercambio, como expresión
de esas reglas, deben obviamente reflejar una variedad de elementos, tanto
técnicos como institucionales. En el caso de una economía capitalista, junto
con la tecnología (dificultad de producción, en la terminología de Ricardo) es
esencial tener en cuenta también elementos tales como el supuesto de un tipo
uniforme de beneficio, que expresa a nivel analítico una carac-terística
esencial de una sociedad capitalista, esto es, la «competencia de los
capitales».
7.5. Dinero y
tributación
A los economistas clásicos, y por supuesto también a Ricardo, se
les atribuye generalmente la teoría cuantitativa del dinero. Según esta teoría,
las variaciones en la cantidad de dinero en circulación —que se conside-raban
exógenas, esto es, independientes de las otras variables económi-cas—
determinan las variaciones del nivel general de precios sin influir ni en el
nivel de producción (que, como vimos más arriba, en el § 7.2, depen-de de la
capacidad de producción disponible, y, por lo tanto, de la acu-mulación de
capital realizada a lo largo del tiempo) ni en la velocidad de
268 David Ricardo
circulación del dinero, que depende de factores institucionales
y consue-tudinarios como la frecuencia de los pagos de salarios, rentas e
impuestos.
Los diversos elementos de esta teoría ya contaban con una larga
tra-dición en la época de Ricardo. Por ejemplo, la noción de velocidad de
cir-culación del dinero se remontaba a autores tan anteriores en el tiempo como
Petty o Locke (cf. más arriba §§ 3.3 y 4.2), que también la consi-deraron
relativamente estable, relacionándola con un promedio pondera-do de la
frecuencia de las diferentes clases de pagos. La idea de que la can-tidad de
dinero en circulación influye en los precios era común entre los escritores de
los siglos XVI y XVII, enfrentados a los fenómenos inflacionis-tas originados
por el descubrimiento de minas de oro y de plata en el Nuevo Mundo (cf. más
arriba § 2.7). En el siglo XVIII, David Hume con-sideró que la teoría
cuantitativa del dinero (es decir, la hipótesis de que los precios varían de
acuerdo con los cambios en la cantidad de dinero en cir-culación) era un hecho
comprobado en su explicación de los mecanismos de ajuste automático de la
balanza comercial (el llamado mecanismo flow-specie mechanism: cf. más arriba §
4.9).
Los distintos elementos que componen la teoría cuantitativa del
dine-ro —desde la «ley de Say» hasta la idea de una velocidad de circulación
del dinero relativamente estable— están todos presentes en Ricardo. Sin
embargo, es difícil atribuirle esta teoría sic et simpliciter. La dificultad
radi-ca en que junto con estos elementos analíticos, que por sí mismos son
sufi-cientes para determinar la relación entre dinero y precios, hay otros
ele-mentos, que también se refieren a esta relación, que contribuyen a complicar
el panorama.
En primer lugar, está la idea de que el oro, o con carácter más
gene-ral los metales preciosos, son mercancías producidas, de modo que es
posi-ble aumentar su cantidad asumiendo determinados costes de producción. Por
lo tanto, el precio del oro, en relación con las otras mercancías, viene
determinado —según la teoría del valor-trabajo— por la proporción entre las
cantidades de trabajo directa e indirectamente necesario para producir el oro y
las otras mercancías.
En segundo lugar, tenemos el problema de la relación entre el
oro y los billetes emitidos por los bancos. Aquí radica el quid de la teoría
mone-taria de Ricardo. De hecho, «el papel del oro en la teoría de Ricardo no
es
Dinero y tributación 269
el de dinero, sino el de patrón monetario, esto es, de medio
para medir el valor del dinero».26 Por «dinero» Ricardo entendía el conjunto de
activi-dades financieras estandarizadas que se utilizaban comúnmente como
medios de pago, tales como los billetes emitidos por los principales ban-cos.
Es a esta noción de dinero a la que Ricardo aplicó el principio central de la
teoría cuantitativa: su valor cambia en relación inversa a su cantidad. Tal
valor «se mide por el poder adquisitivo del dinero sobre el oro, que es el
patrón del dinero».27
En otras palabras, el poder adquisitivo del dinero (billetes)
corres-pondiente a las mercancías en general puede descomponerse en dos
rela-ciones distintas: la relación de cambio entre el dinero y el oro, es
decir, el valor del dinero, y la relación de cambio entre el oro y las otras
mercan-cías. Como ya se observó más arriba, esta última relación no es sino un
caso particular de la teoría general del valor de cambio de las mercancías
producidas y reproducibles, mientras que la primera relación tiene que ver con
el recurso a la teoría cuantitativa.
Ricardo (como otros de sus contemporáneos, y a diferencia de los
seguidores modernos de la teoría cuantitativa) no consideró el proble-ma de
cómo deducir el nivel de precios de la cantidad de dinero. Esto habría
implicado no sólo la consideración simultánea de las dos distin-tas relaciones
que se han mencionado antes, sino también la informa-ción continua sobre la
cantidad de dinero en circulación. Ahora bien, tal cantidad es completamente
difícil de observar, y sobre todo las con-diciones de oferta y demanda que
determinarían la cantidad «natural» de dinero correspondiente a un nivel de
precios de equilibrio (es decir, estable), son extremadamente variables. Por lo
tanto, en el análisis de Ricardo la variable decisiva para la política
monetaria no era el nivel de precios de las mercancías, sino el valor del
dinero, esto es, su relación de cambio con el oro: cuando esta relación es
estable, entonces la can-tidad de dinero, que sigue siendo desconocida, se
encuentra en su nivel
Marcuzzo y
Rosselli (1994), p. 1253. La interpretación de la teoría monetaria de Ricardo
que se adopta en este apartado está tomada de su obra.
Ibíd. En otros
términos, un aumento del precio de mercado del lingote, por enci-ma de su valor
natural, indica una emisión excesiva de dinero.
270 David Ricardo
natural.28 Además, mediante el uso del oro como patrón monetario
es posible determinar, siempre que cambie el precio de una mercancía en dinero,
si esto sucede por razones «reales», que pueden localizarse en la tecnología y
en la distribución de la renta, o por razones «monetarias», que pueden
encontrarse en las variaciones de la cantidad de dinero: en el primer caso, es
la relación de intercambio entre las mercancías y el oro la que varía, mientras
que en el segundo es el valor del dinero el que varía en términos de su patrón,
esto es, el oro.
Pertrechado con esta estructura analítica, Ricardo abordó los
debates monetarios de su época, en particular la controversia bullonista, en la
que desempeñó un papel importante con sus contribuciones desde 1809, y en la
que participaron también los principales economistas de la época.29
La principal contribución al debate fue la Enquiry into the
nature and effects of the paper credit of Great Britain [Investigación sobre la
naturaleza y los efectos del crédito papel en Gran Bretaña] (1802) de Henry
Thorn-
Como corolario
de esta concepción, Ricardo mostró confianza en los mecanismos equilibradores
automáticos del patrón oro, y en cualquier caso mostró su preferencia por la
existencia de reglas fijas en la política económica, en lugar de intervenciones
discrecio-nales, en contraste con aquellos que (como Thornton) insistían en la
posibilidad de crisis de confianza y en la conveniencia, en tales casos, de
intervenciones activas por parte del banco central. Marcuzzo y Rosselli (1994,
p. 1261), recordando esta controversia, obser-varon que la Bank Charter Act de
1844 se inspiró más en las ideas de Ricardo que en las de Thornton.
La controversia
se refería, entre otras cosas, a la responsabilidad del Banco de Ingla-terra en
la inflación que se registró en los años inmediatamente anteriores a las
guerras, y que fue seguida de la suspensión —en 1797— de la obligación de
reembolsar sus billetes en oro. Evidentemente, se trataba de una controversia
que tenía un importante componente político. Los críticos del Banco de
Inglaterra (entre los cuales podemos mencionar a Ricardo, aunque no era miembro
del comité) predominaban en el comité parlamentario que preparó el famoso
Bullion report de 1810, y que se denominaban «bullonistas»; sus opo-nentes se
denominaron «anti-bullonistas». Estos últimos aceptaban la llamada «doctrina de
las real bills», según la cual los billetes emitidos por los bancos
correspondían al crédito garantizado por el descuento de letras comerciales
sólidas, de manera que los billetes se ade-cuaban a las necesidades del
comercio; sin embargo, esta «doctrina» no contemplaba los billetes emitidos
para financiar la deuda gubernamental o las pérdidas bancarias. La
contro-versia terminó con la vuelta a la convertibilidad del oro a la paridad
de anteguerra, decidi-da con la Resumption Act de Peel, de 1819, que entre
otras cosas incorporaba algunas de las sugerencias de Ricardo (como la
convertibilidad de los billetes en lingotes, en lugar de monedas), con el
objetivo de favorecer el uso de los billetes como medio circulante.
Dinero y tributación 271
ton (1760-1815), banquero y miembro del parlamento.30
Anticipándose en esto a Ricardo, Thornton consideró que el nexo entre los
precios y la cantidad de dinero tenía carácter indirecto y que, por lo tanto,
no era automático; en su caso, sin embargo, el elemento intermedio lo
represen-taba el tipo de descuento. Anticipándose también a Wicksell (cf. más
ade-lante § 11.5), Thornton analizó el proceso de expansión del crédito,
rela-cionándolo con la divergencia entre el tipo de interés bancario y el tipo
de beneficio. En este contexto, Thornton atribuyó un papel activo a las
elec-ciones de política monetaria del banco central.
El debate sobre los problemas monetarios cobró nueva vida un par
de décadas más tarde, con la confrontación entre la Currency School y la
Ban-king School, sobre el funcionamiento de los bancos y las reglas a que debía
someterse (o no someterse) la emisión de billetes. Culminando en la adop-ción
de la Bank Charter Act de Peel (1844), el debate fue alimentado por
protagonistas de la Currency School como Robert Torrens (cf. más adelan-te §
8.2), lord Overstone (1796-1883) y Mountifort Longfield (cf. más adelante §
8.7), mientras que en el lado opuesto, con la Banking School, encontramos a
Thomas Tooke,31 John Fullarton (¿1780?-1849) y John Stuart Mill (cf. más
adelante § 8.9). La distinción entre la Currency School y la Banking School se
basa tradicionalmente en el papel activo o pasivo que se atribuye a los bancos
en el proceso de creación del circulante (o, en otras palabras, sobre la
naturaleza exógena o endógena —en respuesta a variaciones de la demanda— de la
oferta monetaria). Sin embargo, en rea-lidad, las diferentes posiciones eran
más variadas, y las diferencias entre los autores que tradicionalmente se han
clasificado como pertenecientes a los dos grupos —que no pueden considerarse
como «escuelas» en el estricto significado del término— eran mucho menos claras
que en el caso de los
Thornton era un
miembro importante del Bullion Committee, coautor del Bullion report. Su
Enquiry fue publicada de nuevo en 1939, en la serie de la Library of Economics
of the London School of Economics, con una extensa introducción de Hayek. Sobre
Thornton cf. también Beaugrand (1981).
Thomas Tooke
(1774-1858) es conocido por la extensa History of prices, 1793-1856 [Historia
de los precios, 1793-1856], en seis volúmenes (Tooke, 1838-1857) y por la
Inquiry into the currency principle [Investigación sobre el principio de la
moneda] (1844). Amigo de Ricardo, Malthus y James Mill, se encontraba entre los
fundadores del Political Economy Club (cf. más adelante § 8.1). Sobre sus
contribuciones a los debates de la época y sobre su vida, cf. Arnon (1991).
272 David Ricardo
bullonistas y antibullonistas, en la medida en que algunos
protagonistas del debate parecían cambiar de campo.32
Con los temas fiscales sucedía lo mismo que con los temas
moneta-rios: Ricardo se enfrentó a los temas de su época aplicándoles su marco
analítico, con el resultado de que, gracias a su sólida formación teórica,
produjo un impacto muy notable en el debate político corriente. Consi-deremos
brevemente dos temas: los impuestos directos e indirectos, y la deuda pública y
el llamado «teorema ricardiano de la equivalencia».
Cualquiera que sea la estructura impositiva, los impuestos
gravan en último término el excedente: por lo tanto, como Ricardo suponía que
el salario natural se encontraba al nivel de subsistencia, los impuestos
recaían en última instancia sobre los beneficios y las rentas de la tierra.
Dado que los beneficios constituían la fuente de la acumulación de capital, y,
por lo tanto, del desarrollo económico, mientras que las rentas se destinaban
por lo común a consumo de lujo, los impuestos sobre las rentas constituían una
solución teóricamente óptima. Sin embargo, por razones políticas Ricardo
apoyaba una base impositiva más amplia, que abarcara también los salarios con
las rentas (y así, indirectamente, los beneficios), y los inte-reses de los
títulos gubernamentales. Esta opinión se oponía a la que pre-dominaba entre los
economistas clásicos, que en general y por razones prácticas eran favorables a
los impuestos indirectos.33 Ricardo observó
Los debates
entre bullonistas y antibullonistas, y entre la Banking School y la Currency
School, se ilustran en Schumpeter (1954, pp. 688 y ss.; pp. 758 y ss., trad.
cast.); cf. también O’Brien (1975), cap. 6, y Rotelli (1982). Schumpeter (1954,
p. 727; pp. 798-799, trad. cast.) destacó que tanto la Banking School como la
Currency School «eran igual-mente hostiles a la gestión o dirección de la
moneda y a cualquier otro control consisten-te de la banca y el crédito» y
«sostenían resueltamente el patrón oro»; sin embargo, mientras que según la
Banking School «bastaba la convertibilidad de los billetes para garan-tizar
toda la estabilidad monetaria de que es capaz un sistema capitalista», según el
princi-pio monetario de la Currency «no es posible asegurar la convertibilidad
de los billetes sin restricciones especiales puestas a su emisión».
En Inglaterra,
«el income tax [...] introducido en 1799, abandonado en 1816 y reintroducido en
1842 [...] se caracterizaba por un fraude y una evasión generalizados [...].
Los commodity taxes se consideraban como la principal fuente de ingresos»
(O’Brien, 2003, p. 125; cf. también O’Brien, 1975, capítulo 9). McCulloch
pensaba, igualmente, que unos impuestos indirectos debidamente estructurados
podían frenar el consumo, en especial el de lujo, y estimular el ahorro y, por
lo tanto, la acumulación.
El comercio internacional y la teoría de los costes comparativos 273
también que los impuestos sobre mercancías específicas, pero
también un impuesto uniforme sobre los beneficios (que tiene que producir
efectos diferenciales sobre los diversos sectores por las mismas razones que
provo-ca desviaciones de los precios naturales respecto de los
valores-trabajo), daban lugar a costosos reajustes a través de los flujos de
capital que aban-donaban las actividades afectadas por los impuestos, y a los
cambios con-siguientes en los precios relativos.
En cuanto a la deuda pública, que había crecido
considerablemente durante las guerras napoleónicas, Ricardo estaba a favor de
su reembolso, exponiendo diversas propuestas con esta finalidad. A nivel
analítico, en el capítulo 17 de los Principios sostuvo que los impuestos eran
preferibles a la deuda pública para financiar el gasto de guerra, por el
impacto negati-vo que ésta tenía sobre los ahorros y, por lo tanto, sobre las
inversiones pri-vadas. Así pues, él no creía en lo que más tarde se llamó el
«teorema ricar-diano de la equivalencia», es decir, la equivalencia entre
impuestos y deuda como maneras de financiar el gasto público.34
7.6. El comercio
internacional
y la teoría de los costes comparativos
El comercio internacional estaba entre los temas de debate más
vivo del siglo XVII. Sin embargo, los numerosos opúsculos sobre comercio, a los
que nos referimos más arriba, en el § 2.6, constituyen una etapa algo
pri-mitiva del trabajo sobre el problema; sólo con Antonio Serra y Thomas Mun,
por ejemplo, tenemos una noción suficientemente precisa de la balanza comercial
y de las diversas partidas que la componen. En conjun-to, existe la idea de que
en el comercio internacional los comerciantes de un país ganan importando a
precios bajos y exportando a precios altos, a costa de los productores de los
demás países. Recordando que los metales preciosos constituyen la base de los
sistemas monetarios de todos los paí-
El teorema de
equivalencia (Barro, 1974) requiere no sólo una previsión perfecta
(expectativas racionales), sino también la identificación del tipo de interés
con el tipo de preferencia temporal de los agentes económicos: una noción que
es completamente ajena a Ricardo.
274 David Ricardo
ses, llegamos directamente a una teoría de la «ventaja
absoluta», según la cual cada país exporta aquellas mercancías que puede
producir a un coste menor que los demás países.
En este aspecto Ricardo dio un decisivo paso hacia delante con
su teoría de los «costes comparativos».35 Según esta teoría, cada país se
especializa en la producción de aquellas mercancías en las que goza de una
ventaja relativa en el coste de producción. Esto significa que puede exis-tir
comercio internacional entre dos países aunque, en términos de la dificultad de
producción (expresada en términos de horas de trabajo necesarias para su
producción), todas las mercancías tengan un coste mayor en un país que en el
otro. Por ejemplo, si cuesta diez horas de trabajo obtener una medida de ropa y
una hora un litro de vino en Por-tugal, mientras que en Inglaterra la misma
ropa y el mismo vino cues-tan veinte y cinco horas, respectivamente, Inglaterra
exportará, por lo tanto, ropa e importará vino. De hecho, el comercio
internacional es ventajoso cuando permite que un país obtenga una mercancía de
un país extranjero a un coste —en términos de mercancías exportadas— menor que
el necesario para producirla internamente. Supongamos que, en ausencia de
comercio internacional, en cada uno de los dos paí-ses los precios relativos se
determinan, de acuerdo con la teoría del valor-trabajo, por la proporción entre
las cantidades de trabajo requeri-do para producir las diferentes mercancías.
En tal situación, cuando se considera la conveniencia del comercio exterior,
vemos que un comer-ciante inglés puede adquirir diez litros de vino en Portugal
a cambio de una medida de ropa, que le cuesta veinte horas de trabajo; por lo tanto,
el comerciante inglés paga dos horas de trabajo por cada litro de vino,
mientras que producirlo en Inglaterra le costaría cinco horas, es decir, dos
veces y media más.
Evidentemente, las proporciones del cambio no serán en general
tan favorables a los comerciantes ingleses; en cualquier caso, para cualquier
proporción de cambio intermedia entre la que predomina en Inglaterra y
Se ha debatido
hasta qué punto puede atribuirse a Torrens (1815) la prioridad en la
publicación de esta teoría (cf. más adelante § 8.2); como se indicó más arriba
(nota 17), también se ha sugerido una atribución de la teoría a James Mill
(mientras ayudaba a Ricar-do en la redacción de los Principios).
El comercio internacional y la teoría de los costes comparativos 275
la que predomina en Portugal en ausencia de comercio
internacional,36 ambos países se beneficiarán del comercio, puesto que
obtendrán bienes importados a cambio del producto de un número menor de horas
que el requerido en el caso de la producción interior. Ambos países serán más
ricos gracias al comercio internacional. Éste es el punto más importante de la
teoría de Ricardo.
La teoría de los costes comparativos de Ricardo se basaba en la
exis-tencia de diferencias entre las estructuras tecnológicas de los distintos
paí-ses. Nada se decía sobre el origen de tales diferencias (igualmente
atribui-bles, por ejemplo, al clima, la localización, la dotación de recursos
naturales, las capacidades de los trabajadores, el conocimiento tecnológi-co,
la acumulación de capital). Hasta la teoría marginalista, con el llama-do
teorema de Heckscher-Ohlin-Samuelson (HOS), no se relacionarían tales
diferencias con la distinta dotación de «factores de producción»: capi-tal,
tierra y trabajo.37 Sin embargo, la defensa del proteccionismo se basa-ba en
una crítica del supuesto de una tecnología dada en los dos países, indicando
las dificultades a las que se enfrentaban los países que habían quedado
atrasados en el proceso de industrialización. Esta tesis, conocida como
«argumento de la industria naciente», ya la discutían a mediados del siglo XIX
los economistas alemanes y norteamericanos; podemos mencio-nar en particular a
Friedrich List (1789-1846), y su Das nationale System der politischen Oekonomie
(1841).38 Otras críticas, más recientes, destaca-ban la posibilidad de que el
comercio internacional influyera en las dife-rencias tecnológicas entre los
distintos países, agravándolas y haciéndolas
Los valores de
cambio de las diferentes mercancías —determinados sobre la base de la teoría
del valor-trabajo— en cada uno de los dos países constituyen los extremos entre
los cuales encontramos los precios relativos a los que tienen lugar los
intercambios inter-nacionales. Cuanto más cerca esté el precio relativo de una
mercancía en el comercio in-ternacional de su valor de cambio interno,
determinado sobre la base de la teoría del valor-trabajo, tanto menor es la
ventaja que obtiene el país en cuestión del comercio internacional. Sobre el
tema de la determinación de los precios relativos en el comercio internacional,
que Ricardo no consideró, John Stuart Mill (cf. más adelante § 8.10) y Alfred
Marshall (cf. más adelante § 13.2) efectuaron posteriormente contribuciones
importantes.
Cf. Samuelson
(1948b); para una crítica del teorema HOS, cf. más adelante § 16.9.
List atrajo la
atención por su apoyo al Zollverein, la unión aduanera que constitu-yó «el
embrión de la unidad alemana» (Schumpeter, 1954, p. 504; p. 565, trad. cast.).
276 David Ricardo
permanentes. Estas críticas se refieren a la presencia de
rendimientos cre-cientes a escala, tales que la propia división internacional
del trabajo se convierte en la causa de una brecha creciente entre las
estructuras tecno-lógicas de los países que intervienen en el comercio
internacional (Krug-man, 1990). Sin embargo, aunque estas críticas introducen
reservas importantes acerca de las políticas de libre comercio, no invalidan la
tesis de Ricardo sobre la ventaja inmediata que implica la apertura al comercio
internacional para los países interesados: una ventaja que equivale a una
mejora de la tecnología en uso.
7.7. Sobre la
maquinaria: cambio tecnológico y empleo
Ya hemos tratado de la «ley de Say» y sus variantes. En la
variante adoptada por Ricardo, la «ley de Say» afirma que la oferta y la
demanda son iguales para cualquier nivel de renta, y, por lo tanto, para
cualquier nivel de empleo. Sin embargo, el trasfondo de esta afirmación era
dife-rente del de los países industrializados de la actualidad. Como ya hemos
observado, durante un largo período de la etapa inicial de la acumulación
capitalista, el núcleo capitalista de la economía coexistía con un gran sec-tor
tradicional en la agricultura y las actividades artesanas; el problema del
pobre, que ya era importante en los siglos XVI y XVII, afectaba sobre todo a
los trabajadores desplazados de la tierra, especialmente en la etapa de la
primera revolución agrícola, caracterizada por los cercamientos, y
posteriormente también a los trabajadores arrancados de sus actividades
artesanas tradicionales. En esencia, podemos interpretar la «ley de Say» no
como una afirmación sobre la ausencia de desempleo involuntario (que es la
variante criticada por Keynes), sino sobre la ausencia de pro-blemas de demanda
por lo que se refiere al crecimiento del núcleo capi-talista de la economía.
Como vimos más arriba, Adam Smith puede ser considerado un
pre-cursor de la «ley de Say», interpretada como una afirmación sobre la
posi-bilidad de crecimiento económico en respuesta a la creciente división del
trabajo y al aumento de la productividad del trabajo que deriva de ella. Así
pues, podemos atribuir a Smith la idea de que el progreso técnico no es una
fuente de dificultades ocupacionales, en el sentido de que el aumento de la
productividad per cápita se traduce en un aumento de la producción,
Sobre la maquinaria: cambio tecnológico y empleo 277
absorbido por una mayor demanda (correspondiente a un mejor
nivel de vida), y no en una disminución de los trabajadores empleados,
mante-niéndose sin cambios la producción.
La opinión de Smith se convirtió gradualmente en una piedra
angu-lar de la escuela clásica en su edad de oro. De hecho, podemos deducir de
ella la «teoría de la compensación», más específica. Según esta teoría, el
progreso tecnológico, cuando se introduce en un sector dado, genera desempleo
no sólo en el mismo sector, sino también, en una primera etapa, en el conjunto
de la economía. Sin embargo, en una etapa posterior los puestos de trabajo que
se han perdido en el primer sector son com-pensados por los nuevos puestos de
trabajo en otros sectores, y mejora el nivel de vida general. Esto se debe al
hecho de que el progreso técnico implica una reducción de los costes del sector
donde se introduce, y, por lo tanto, una disminución del precio del producto;
esto lleva a un aumen-to generalizado de las rentas reales en toda la economía,
que genera un aumento de la demanda. A su vez, ello provoca un aumento de la
pro-ducción y, por tanto, del empleo, dado que en los demás sectores —se
supone— no ha variado la tecnología. En otras palabras, la disminución del
empleo en el sector en el que tiene lugar el progreso técnico es «com-pensada»
por un aumento del empleo en otros sectores.
La teoría de la compensación también fue aceptada por Ricardo;
en una larga carta a McCulloch fechada el 29 de marzo de 1820,39 Ricardo le
reprochó haber apoyado una tesis opuesta, desarrollada por John Barton en un
corto opúsculo, On the conditions of the labouring classes [Sobre las
condiciones de las clases trabajadoras], publicado en 1817. En las condi-ciones
de crisis que siguieron al final de las guerras napoleónicas, el argu-mento de
Barton —más de economía aplicada que de naturaleza teórica— había parecido
sensato a muchos, a pesar de la reprimenda ideológica de los defensores a
ultranza de la economía política clásica. La autoridad de Ri-cardo en aquellos
años contribuyó en no escasa medida a imponer la teo-ría de la compensación
como parte integral del cuerpo de la economía política clásica. Sin embargo,
con ocasión de la tercera edición de los Prin-cipios (1821), se produjo un coup
de théâtre: Ricardo abandonó la teoría de
39 Ricardo
(1951-1955), vol. 8, pp. 168-173.
278 David Ricardo
la compensación y desarrolló analíticamente la tesis de que la
introducción de maquinaria en un sector puede implicar la reducción del empleo
en el conjunto de la economía.
El punto decisivo que hemos de tener en cuenta es que, al tiempo
que Smith consideró el progreso tecnológico en general, Barton y Ricardo
con-centraron la atención en una forma específica de progreso técnico, que
estaba relacionada con la introducción de nueva maquinaria: era una forma
específica, pero en el contexto de la acumulación capitalista consti-tuía una
especie tan importante como para identificarla con el conjunto del género.
Así, en el capítulo «On machinery» [Sobre la maquinaria] añadido
en la tercera edición de los Principios, Ricardo demostró, con un razona-miento
apoyado por ejemplos aritméticos,40 que la introducción de maquinaria puede
generar desempleo.
El razonamiento de Ricardo puede resumirse del modo siguiente.
El capitalista introduce nueva maquinaria con vistas a generar un aumento de
los beneficios. Como Ricardo identificaba el producto neto de la eco-nomía con
los beneficios y las rentas de la tierra, el aumento de los bene-ficios para un
empresario (o para un grupo de empresarios) que no proce-de de una disminución
de los beneficios de otros empresarios o de una reducción de las rentas
corresponde a un aumento de la renta neta de la sociedad. Sin embargo, la
inversión en maquinaria implica la decisión de emplear cierto número de
trabajadores en su producción. Si tales trabaja-dores estaban previamente
empleados en la producción de bienes de sub-sistencia, la producción de la
nueva maquinaria va acompañada del corres-pondiente descenso de la producción
de bienes de subsistencia, y, por lo tanto, —en términos de Ricardo— de una
reducción de la renta bruta
Hicks cometió
un gran error en este aspecto en la primera edición de su A theory on economic
history [Una teoría de la historia económica], cuando sostuvo (Hicks, 1969, p.
168) que el nuevo capítulo de Ricardo sobre maquinaria no contiene ejemplos
numéri-cos: un error que fue corregido inmediatamente, y que recordamos aquí
porque constituye un ejemplo sorprendente de la existencia de criterios
objetivos de valoración de las dife-rentes tesis, también en el campo de la
historia del pensamiento económico, y de la nece-sidad de verificar
constantemente en las fuentes de información originales lo que aparece en las
fuentes secundarias.
Sobre la maquinaria: cambio tecnológico y empleo 279
(correspondiente a la renta neta, esto es, al excedente
—beneficios y ren-tas de la tierra— más el «consumo necesario», o sea, los
salarios). En con-secuencia, el número de trabajadores que la economía puede
mantener disminuye necesariamente. Así pues, disminuye el empleo, y esta
dismi-nución, aunque está destinada a ser reabsorbida por el mayor ritmo de
acumulación permitido por el crecimiento de la renta neta, puede no ser
insignificante en cuanto a sus consecuencias inmediatas y puede persistir durante
un espacio de tiempo suficientemente largo como para que sea difícil prescindir
de él como si se tratase de un acontecimiento temporal.
La postura provocativa adoptada por Ricardo, manifestación
típica de su honestidad intelectual y de su pasión por el rigor lógico, que
dejaba las implicaciones políticas en un nivel secundario, provocó un acalorado
debate. La teoría de la compensación había asumido un papel central en la
visión sustancialmente optimista del desarrollo económico a la que pres-taba
apoyo la escuela clásica, dentro de lo que de hecho se había converti-do en una
opinión canónica. Por lo tanto, aparte de la respuesta inmedia-ta (como la de
McCulloch), el argumento de Ricardo fue sencillamente ignorado, mientras los
principales protagonistas del debate económico en las décadas que siguieron
inmediatamente a su muerte restablecían en sus escritos de mayor difusión una
teoría de la compensación sustancialmen-te inalterada.41
En cualquier caso, un aspecto interesante de este episodio que
vale la pena destacar es la dificultad que evidentemente experimentaron
econo-mistas brillantes, para adherirse de modo sistemático, en sus esfuerzos
de construcción analítica, a una visión canónica que más adelante las
recons-trucciones simplificadas identifican, sic et simpliciter, con su
pensamiento.42
Berg (1980)
proporciona una relación del debate sobre la mecanización en el con-texto de la
situación económica de la época.
Algo semejante
sucede también, como veremos más adelante en varias ocasiones, con la «visión
armónica de la sociedad», que se asocia tradicionalmente con el enfoque
marginalista, aunque por lo menos algunos de sus principales representantes
—por ejem-plo, Walras o Wicksell— prestaron su apoyo a tesis que distaban mucho
de ser conser-vadoras.
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8. LOS «RICARDIANOS»
Y EL DECLIVE DEL RICARDIANISMO
8.1. Revista de las
tropas
La construcción teórica de Ricardo, todavía admirable por su
clara estructura lógica, constituyó una referencia esencial para cualquiera que
abordara los temas económicos después de la publicación de los Principios. Sin
embargo, esto no significa que se produjera una pax ricardiana, aun-que una
serie de comentaristas lo viera precisamente en estos términos. Incluso los
seguidores de Ricardo, en el curso de las controversias, aban-donaron a menudo
este o aquel aspecto de su análisis, o introdujeron cam-bios más o menos
importantes en los conceptos utilizados en el análisis, abriendo así el camino
a un verdadero cambio de paradigma con la llama-da «revolución marginalista».
Además, entre los economistas de la época encontramos muchos exponentes de un
enfoque radicalmente diferente del de Ricardo, que consideraban la oferta y la
demanda, y la escasez y la utilidad, más que la dificultad relativa de la
producción, para determinar los valores de cambio.
La autoridad de Ricardo era indudablemente muy fuerte. Su
objetivo político —la abolición de derechos aduaneros— y su visión dinámica,
que incluía el vínculo beneficios-acumulación, constituyó un modelo canóni-co
durante más de cincuenta años después de la publicación de los Princi-pios. Sus
amigos y seguidores, que tenían entidad por derecho propio, y que desde luego
eran intelectualmente autónomos, consideraron que su análisis era la luz que
les alumbraba en su camino, e incluso los críticos de la economía política (la
«ciencia lúgubre» menospreciada por Carlyle: cf. más arriba § 6.2) la
identificaban con la escuela «ricardiana».
282 Los «ricardianos»
y el declive del ricardianismo
Sin embargo, el debate se animó incluso en el interior de los
muros de aquella institución «ricardiana» por antonomasia que era el Political
Economy Club (aunque su fundación, en 1821, y sus actos contaron tam-bién con
la participación de Malthus, entre otros). Sólo unos pocos años después de la
muerte de Ricardo se plantearía en una de las reuniones —pro-poniéndolo como
tema de debate— cuánto quedaba vivo de sus teorías.1 Incluso el más importante
de sus seguidores directos, John Stuart Mill (autor del texto —en 1848— al que
el ricardianismo tiene que agradecer su duradera influencia en la segunda mitad
del siglo XIX), modificó deter-minados puntos decisivos de la construcción
teórica de Ricardo.
Por supuesto, el debate económico se entrecruzó con el debate
político, como demuestra claramente la comparación entre las principales
revistas culturales de la época: la Edinburgh Review, fundada en 1802, que
mostra-ba una inclinación whig, y que era favorable a las reformas y apoyaba
las ideas de Ricardo; la Quarterly Review, fundada en 1809, de orientación
tory, o sea, conservadora; mientras que la Westminster Review, fundada en 1824
y próxima al utilitarismo de Bentham y al radicalismo filosófico de sus
segui-dores, era también favorable a las ideas de Ricardo en la esfera
económica.2
En los siguientes apartados sintetizaremos el debate que se fue
desa-rrollando en los cincuenta años que separan a Ricardo de Jevons. El campo
engloba muchos protagonistas implicados en un complejo juego de
inte-rrelaciones y confrontaciones de temas y teorías que se centran,
natural-mente, en el pensamiento de Ricardo. De su lado estaban alineados sus
amigos más fieles: James Mill y McCulloch. En el ala derecha, después de su
amigo y rival, Malthus, vinieron Bailey y, sobre todo, Senior, Lloyd, Scrope y
otros. En el ala izquierda, los «socialistas ricardianos» pueden dividirse en
dos corrientes: los partidarios, relativamente moderados, del cooperativismo y
los defensores, más bien resueltos, de las interpretacio-nes éticas de la
teoría del valor-trabajo. En la media ala derecha podemos
Cf. Political
Economy Club (1921); este volumen, publicado con ocasión del cen-tenario del
Political Economy Club, recoge los materiales más interesantes reunidos a
par-tir de los volúmenes publicados en la década de 1880 y que actualmente son
algo raros, a los que nos referimos en las notas que siguen.
2 Los artículos publicados en estas revistas eran generalmente
anónimos; para su atribución, y más en general para reconstruir el papel de
estas revistas en los debates eco-nómicos de la época, cf. Fetter (1953, 1958,
1962a, 1965).
Revista de las tropas 283
situar a Torrens, y posiblemente un «líbero» como De Quincey; el
papel correspondiente en el otro lado, la media ala izquierda, le
correspondería a John Stuart Mill (aunque precisamente este hecho demuestra lo
esque-mática y reduccionista que es realmente esta representación lineal de las
posiciones ocupadas en el campo).
Como vemos, el debate se concentró ampliamente en Inglaterra:
por lo menos en lo que a la economía política se refería, el centro de la
cultu-ra europea y mundial en las décadas centrales del siglo XIX era Londres,
y no París.3 Existen varias razones para esto, pero no pueden reducirse (aun-
Entre los
economistas activos en Francia en la primera mitad del siglo XIX, junto a
Jean-Baptiste Say y Simonde de Sismondi, que ya se han considerado más arriba
(§§ 6.3 y 6.4), y Antoine-Augustin Cournot, que se tratará más adelante (§
10.2), podemos mencio-nar aquí unos cuantos nombres, remitiendo al lector que
desee un análisis más completo a Breton y Lutfalla (1991). Claude Frédéric
Bastiat (1801-1850) es conocido como propagan-dista del liberalismo y como
partidario de la tesis de las «armonías económicas» (que también es el título
de su obra más conocida: Bastiat, 1850), a saber, una visión optimista que
liqui-daba los conflictos sociales en la tendencia general al progreso
económico; Schumpeter (1954, p. 500; p. 561, trad. cast.) le consideró «el periodista
económico más brillante de la historia»; Spiegel (1971), p. 362, destacó su
verve (‘inspiración’), recordando la irónica Peti-ción de los fabricantes de
velas, en la que éstos solicitan al Gobierno que prohíba las ventanas porque su
actividad puede verse perjudicada por la competencia desleal de la luz del sol.
Adolphe Blanqui (1798-1854), historiador económico e historiador del
pensamiento econó-mico, hermano de Louis Blanqui, conocido por su participación
en el alzamiento de 1848, fue profesor de Economía política en el Conservatorio
de Artes y Oficios de París, ocupando la cátedra que había sido de Say. Michel
Chevalier (1806-1879) ocupó durante muchos años una cátedra en el Collège de
France. También Charles Ganilh (1758-1836) y Joseph Garnier (1813-1881) fueron
ante todo historiadores del pensamiento económico y divulgadores y autores de
manuales sin mucha novedad sustancial. Debe considerarse aparte a Pellegrino
Rossi (1787-1848), un italiano (nacido en Carrara y fallecido en Roma), aunque
profesor en París (después de Say y antes de Blanqui) y autor de un tratado y
diversos escritos económi-cos en francés. Sobre los economistas italianos de la
época (entre los cuales podemos men-cionar por lo menos a Melchiorre Gioja,
1767-1829, Francesco Fuoco, 1774-1841, y Carlo Cattaneo, 1801-1869), véase
Faucci (2000), pp. 127-183. Cattaneo, en particular, merecería atención, por su
personalidad, sus ideas y la influencia que tuvo sobre la cultura europea. Como
Smith, consideraba que la libertad económica y la libertad política estaban
íntima-mente relacionadas; fue un activo portavoz de las reformas económicas en
la agricultura, de la construcción de infraestructuras (ferrocarriles) y de la
abolición de todos los residuos feu-dales, incluida la legislación especial
sobre los judíos; políticamente defendió el federalismo republicano, con
proyectos para los Estados Unidos de Europa, se opuso a todas las formas de
gobierno centralizado, incluidas las que se relacionan con la propiedad pública
socialista, y a las actitudes nacionalistas, y, por lo tanto, al
proteccionismo. Su noción de agente econó-mico está relacionada con la idea del
buen ciudadano; el progreso económico, cultural y cívi-co aparece en sus
escritos como una y la misma cosa.
284 Los «ricardianos»
y el declive del ricardianismo
que Schumpeter parece haberlo sospechado) al anglocentrismo de
los actuales historiadores del pensamiento económico. En parte eran las
con-diciones económicas (a saber, el papel de Inglaterra como país líder del
proceso de industrialización), y en parte la presencia de algunas
personali-dades excepcionales, como el propio Ricardo, y la influencia directa
que tales personalidades ejercieron en el desarrollo de una cultura que
floreció en contactos directos (por ejemplo, a través del Political Economy Club),
elementos diversos que concurrieron a hacer del inglés el idioma de la
eco-nomía política, en una medida desconocida hasta entonces.4
8.2. Robert Torrens5
Entre los primeros críticos de la teoría ricardiana del
valor-trabajo, Robert Torrens (1780-1864), un heroico oficial de los Royal
Marines y durante algunos años miembro del Parlamento, merece una posición de
primera línea, cronológicamente y porque con sus críticas a Ricardo encontramos
la propuesta de una teoría diferente. Sin embargo, su teoría sigue estando
dentro del marco conceptual del sistema ricardiano, con el que Torrens
compartía la teoría de la acumulación y diversos aspectos en los que no nos detendremos
aquí, concentrándonos más bien en sus con-tribuciones a la teoría de la renta
diferencial y a la teoría del comercio internacional.
También deben
mencionarse aquí los divulgadores de la economía política, que escribían para
un público general, correspondiéndole el primer lugar a Jane Marcet
(1769-1858), que después de un volumen de Conversations on chemistry
[Conversaciones sobre química] (1806) repitió el éxito con las Conversations in
political economy [Conversaciones de economía política] (1816), reimpreso
numerosas veces: este texto, vivo y puesto al día (tenía en cuenta el debate
sobre las leyes de cereales de 1815) expresaba la principal corrien-te de
opinión de la época y tuvo una considerable influencia. Las historias de
Harriet Mar-tineau (1802-1876) también pertenecen al mismo tipo de literatura;
sus Illustrations of poli-tical economy [Ilustraciones de economía política](1832-1834)
se basaban en el texto ricardiano de James Mill, los Elements of political
economy de 1821.
5 Parte del material utilizado en este apartado procede de
Roncaglia (1972). Sobre la vida de Torrens, cf. Meenai (1956) y Fetter (1962b);
sobre su obra como economista, Robbins (1958), que en un meticuloso apéndice
(ibíd., pp. 259-348) relaciona todos los escritos que nos han llegado,
sintetizando su contenido. Cf. también la reciente edición de las obras de
Torrens, en ocho volúmenes (Torrens, 2000), y las eruditas y perspicaces
intro-ducciones editoriales de De Vivo.
Robert Torrens 285
A fin de evaluar el papel de Torrens entre los economistas
clásicos recordemos que en 1821, pocos meses antes de la publicación de su
prin-cipal obra, el Essay on the production of wealth [Ensayo sobre la
producción de riqueza], estuvo entre los fundadores del Political Economy Club
y pre-sidió su primera reunión, en presencia de Ricardo, Malthus, James Mill,
Tooke y otras personalidades más o menos conocidas de la época.6 Con-cebido
como un núcleo de presión política para la abolición de las leyes de cereales,7
el Political Economy Club era un centro vital de debate sobre los principales
temas de economía política, que reforzaba aquellas relaciones personales que ya
existían entre los diversos protagonistas. Torrens partici-pó prácticamente en
todas las reuniones, proponiendo a menudo temas de debate; por ejemplo, suyo
era el tema discutido el 7 de abril de 1823 —«¿Cuáles son las circunstancias
que determinan el valor de cambio de las mercancías?»—,8 que, junto con la
publicación de la Medida del valor (1823) de Malthus, constituyó probablemente
el origen inmediato del último escrito de Ricardo, sobre Valor absoluto y valor
de cambio.
Torrens entró en la materia por primera vez en 1808,
interviniendo — con Los economistas, refutados— en el debate sobre los efectos
económicos del bloqueo continental impuesto por Napoleón. En los años
anteriores Spence había sostenido que el bloqueo, que perjudicaba al comercio
exte-rior inglés, no podía haber dañado a la nación, cuya riqueza procedía
úni-camente de su agricultura.9 La tesis de Spence no era sino un riguroso
coro-lario de la teoría fisiocrática; a fin de criticarla, Torrens atacó la fortaleza
fisiocrática. Volviendo a las críticas de Smith, Torrens destacó, entre otras
cosas, que el sector manufacturero también produce un excedente, y no sólo el
sector agrícola, añadiendo que los productos del primer sector for-man parte
conjuntamente con los del último de los medios de subsistencia, y que ambos
grupos de productores son necesarios para la actividad pro-ductiva. Finalmente,
pasando a un aspecto más directamente relevante para
Sobre la
participación de Torrens en la fundación del Political Economy Club, cf.
Political Economy Club (1882), en particular pp. 35-54.
7 Por lo menos es lo que
dice el relato oficial del Club (ibíd., pp. 11-22).
8 Cf. Political Economy
Club (1882), p. 59.
9 William Spence (1783-1860), Britain independent of commerce
(1807). Antes del opúsculo de Torrens, aquella obra provocó una reacción de
James Mill, y fue en dicho con-texto en el que este último propuso su versión
de la «ley de Say» (cf. más arriba § 6.3).
286 Los «ricardianos»
y el declive del ricardianismo
el debate sobre el bloqueo continental, destacó las ventajas del
comercio al favorecer la división del trabajo, formulando la afortunada
expresión de «división territorial del trabajo». Finalmente, todos estos
argumentos fue-ron propuestos de nuevo en el Essay on the production of wealth.
Torrens volvió sobre las ventajas de la división territorial del
trabajo en 1815, con An essay on the external corn trade [Ensayo sobre el
comercio exterior de grano], que representaba su contribución al debate sobre
las leyes de cereales. Pocos días antes de la aparición del ensayo de Torrens,
se publicaron dos opúsculos de Malthus y uno de West (el 3, 10 y 13 de febrero,
respectivamente), y el mismo día que el de Torrens (24 de febre-ro), se publicó
el Essay on profits [Ensayo sobre los beneficios] de Ricardo. La casi
simultaneidad de estas diferentes publicaciones originó dos pro-blemas de
atribución, por parte de los historiadores del pensamiento eco-nómico,
refiriéndose el primero a la teoría de la renta de la tierra y el segundo a la
teoría de los costes comparativos.
Por lo que se refiere a la renta, el tema fue resuelto
finalmente por Sraffa,10 atribuyendo la prioridad de la publicación a Malthus;
a West, y posiblemente a Torrens (que citó el segundo de los opúsculos de
Malthus en su ensayo), se les atribuyó la formulación independiente, mientras
que, por su parte, Ricardo declaró explícitamente su deuda con Malthus. A
diferencia de otros opúsculos, el de Torrens sólo consideró el cultivo de
tie-rras cada vez menos fértiles, y no el uso de dosis adicionales de tierras ya
cultivadas, mostrando un grado de cautela que iba a ser compartido por Ricardo
en sus Principios, y que podría tomarse como una señal de nota-ble rigor
teórico —como observó Sraffa en 1925— si Torrens no lo hubie-ra abandonado en
su Essay on the production of wealth.
El segundo de los dos problemas de atribución, referido a la
teoría de los costes comparativos, fue objeto de animado debate a principios
del siglo XX. Por una parte, Seligman (1903) sostuvo la prioridad de Torrens,
entre otras cosas recordando unos cuantos pasajes de Los economistas,
refutados, mientras que, por otra parte, Jacob Hollander (1910), de modo mucho
más convincente, reivindicó la originalidad de la formulación ricardiana. En
efecto, Torrens, aunque basaba su teoría del comercio internacional en las
10 P. Sraffa, Note
on «Essay on Profits», en Ricardo (1951-1955), vol. 4, pp. 3-8.
Robert Torrens 287
ventajas de la división territorial del trabajo, desarrolló su
análisis en tér-minos de diferencias entre los costes de producción de la misma
mercancía en los diferentes países, y no en términos de diferencias entre
países por lo que se refiere a la estructura de costes de las distintas
mercancías.11
Durante los años siguientes Torrens intervino en el debate sobre
la teo-ría del valor-trabajo. En octubre de 1818, en una recensión de los
Principios de Ricardo, Torrens (1818) interpretó la teoría del valor-trabajo
expuesta en ellos como una afirmación rígida de proporcionalidad entre los
precios rela-tivos (o valores de cambio) y la cantidad de trabajo contenido en
las diver-sas mercancías. Contra esta «ley» Torrens observaba la importancia de
las excepciones, debido a la diferente composición orgánica del capital en
dis-tintas industrias y a la diferente duración de la vida activa de los bienes
de capital fijo. (En una nota personal a Ricardo, Torrens planteó un tercer
punto crítico relativo a las diferentes velocidades de rotación del capital
cir-culante en diferentes procesos productivos.)12 En consecuencia, la teoría
del valor-trabajo tenía que rechazarse, y sustituirse por una teoría dotada de
vali-dez general: «Cuando los capitalistas y los trabajadores son distintos, es
siem-pre la cantidad de capital, y nunca la cantidad de trabajo, gastados en la
pro-ducción, lo que determina el valor de cambio de las mercancías».13
Torrens volvió a su afirmación en las páginas finales del primer
capí-tulo de su Essay on the production of wealth. Su solución consiste en la
tesis de que los productos de iguales capitales tienen igual valor de cambio.
Estas expresiones son genéricas, se repiten una y otra vez, y respecto a ellas
parece justificada la acusación de razonamiento circular que formuló Ricardo:
«pregunto cuáles son los medios con que cuenta usted para dis-
En otras
palabras, podemos decir que Torrens consideraba los efectos (la ventaja de
adquirir una mercancía dada en otro país, y no dentro de las fronteras
nacionales) más que las causas (la comparación entre la dificultad relativa de
producción de una mercancía dada en los diversos países). También se basa en la
división territorial del trabajo —observa Hollander (1910)— el capítulo sobre
«Mercantile industry», en el Essay on the production of wealth, que apareció
cuatro años después de la publicación de los Principios de Ricardo. Sraffa
(1930b) compartía la opinión de Hollander; Viner (1937), pp. 346-349, y después
de él Robbins (1958), pp. 21-25, adoptaron más o menos explícitamente la
opinión de Seligman, pero no aportaron nada nuevo al debate.
La nota no se
ha encontrado, pero su existencia y contenido fueron reconstruidos por Sraffa
(en Ricardo, 1951-1955, vol. 4, pp. 305-306).
Torrens (1818),
p. 337.
288 Los «ricardianos»
y el declive del ricardianismo
cernir el valor igual de los capitales [...] Estos capitales no
son de la misma especie [...] y si ellos mismos se producen en tiempos
desiguales están suje-tos a las mismas fluctuaciones que afectan a los demás
bienes. Hasta que usted no haya establecido el criterio por el cual vamos a
discernir el valor, usted no puede decir nada de capitales iguales».14
En otras palabras, si determinamos los precios relativos de las
mer-cancías sobre la base de los valores de los capitales empleados en
produ-cirlas, ¿cómo podemos explicar entonces el valor del capital, compuesto
por medios heterogéneos de producción? Sin embargo, como veremos, los ejemplos
aritméticos que Torrens utilizó para ilustrar su análisis contenían preciosas
indicaciones para ir más allá de las críticas de Ricardo y desarro-llar una
teoría sraffiana de la producción.
Los primeros ejemplos del Essay parecen confirmar los reparos de
Ricardo: las mercancías producidas son distintas de las mercancías utiliza-das
como medios de producción, asignándose los precios de estos últimos y el tipo
de beneficio de un modo completamente arbitrario. Sin embar-go, a medida que
continuamos, los ejemplos se adecuan mejor al tema: en el capítulo sobre la
agricultura se utilizaba generalmente un modelo con una mercancía básica (grano
producido por medio de grano y trabajo, siendo también el grano medio de
subsistencia) hasta que finalmente, estudiando los efectos de una mejora
técnica en el sector manufacturero sobre los niveles de producción en el sector
agrícola, Torrens se veía obli-gado a utilizar un modelo con dos mercancías
básicas.
Las mercancías que se consideraban eran los alimentos del sector
agrícola y el producto del sector manufacturero. La subsistencia de los
tra-bajadores, según una práctica común entre los economistas clásicos que
Torrens adoptó en todo momento, se incluye directamente entre los medios de
producción. Dado el tipo de salario en términos físicos, quedan por determinar
el tipo de beneficio y el precio relativo de una de las mer-cancías en términos
de la otra.
Carta de
Ricardo a McCulloch, 21 de agosto de 1823 (en Ricardo, 1951-1955, vol. 9, pp.
359-360; pp. 246-249, trad. cast.), citada por Sraffa (1951), p. XLIX. Cf.
tam-bién el ensayo sobre «Valor absoluto y valor de cambio», en Ricardo
(1951-1955), vol. 4, pp. 393-396.
Robert Torrens 289
En el ejemplo de Torrens, la determinación inmediata de las
incógni-tas sólo era posible gracias a algunas peculiaridades del ejemplo: el
tipo de beneficio puede determinarse como una relación física entre el capital
empleado en su producción sólo porque estos capitales tienen igual com-posición
de la mercancía en los dos sectores.15 Es bastante comprensible que Torrens
eligiera esta forma para su ejemplo precisamente por los sen-cillos cálculos
que implica, aunque su traducción en términos de un siste-ma de ecuaciones no
plantea grandes dificultades para los lectores actua-les. Por lo tanto, vemos16
que el ejemplo de Torrens muestra una sustancial analogía con el primer ejemplo
de producción con un excedente que Sraf-fa presenta en su libro (trigo y hierro
producidos por medio de trigo y hie-rro: Sraffa, 1960, p. 7), y podemos
ciertamente preguntarnos si la teoría de los precios de producción formulada
por Sraffa podría considerarse como una completa y rigurosa expresión de las
vagas intuiciones de Torrens.
Por lo tanto, Torrens sorteó el obstáculo de las diferentes
composi-ciones orgánicas del capital en los diversos sectores incluyendo los
bienes salariales entre los bienes de capital y exponiendo una teoría de
precios basada en la dificultad de producción expresada en términos físicos, es
decir, como cantidades de los diferentes medios de producción utilizados para
obtener un output dado, más que sobre la cantidad de trabajo direc-ta e
indirectamente requerido para la producción. Quedan otros dos pro-blemas, que
el propio Torrens había recordado en su crítica de la teoría del valor-trabajo:
a saber, las diferentes velocidades de rotación del capital cir-culante, y la
existencia de bienes de capital fijo.
Torrens se refirió sólo de pasada al tema de la velocidad de
rotación del capital circulante: cuando por una determinada cantidad de capital
empleado en la producción aumenta esta velocidad, aparece una ventaja para la
sociedad, pero —añadía— los detalles son más bien complejos. Es más interesante
la manera en que Torrens abordó el tema de la existencia
En lo que se
refiere al primer aspecto, Torrens anunciaba la «mercancía patrón» de Sraffa
(1960, cap. 4), mientras que el segundo aspecto nos devuelve a un mundo de una
sola mercancía, puesto que los dos bienes son indistinguibles en el único
aspecto que aquí es relevante, la técnica de producción.
Cf. Roncaglia
(1972), pp. XX-XXI.
290 Los «ricardianos»
y el declive del ricardianismo
de bienes de capital fijo, planteado por primera vez por Ricardo
en sus Principios. El método de Torrens consistía en considerar el capital fijo
como un tipo específico de producto conjunto; las máquinas utilizadas en la
producción aparecen entre los outputs del mismo proceso de produc-ción, junto
con los verdaderos productos, y reaparecen entre los medios de producción en el
período siguiente.17 Este método fue adoptado después por Ricardo, Malthus y
Marx; más recientemente reapareció en el mode-lo de von Neumann (1945), aunque
es a Sraffa (1960, cap. 10), una vez más, a quien debemos un análisis riguroso
del problema.
Pueden encontrarse otras varias e interesantes pistas teóricas
en las páginas de Torrens, tales como una sugerencia sobre cómo tener en
cuen-ta la intermediación comercial en un modelo «clásico» de determinación de
precios, o algunas referencias a la determinación de precios en condi-ciones no
competitivas, basándose en una aguda distinción entre lo que Sraffa (1960) iba
a llamar más tarde mercancías básicas y no básicas.
En la década de 1830 Torrens se concentró principalmente en
temas de política colonial (cf. más arriba § 6.6) y comercio internacional. En
particular, retomando algunas ideas que ya estaban presentes en el Essay on the
production of wealth y desarrollándolas hasta sus últimas conclu-siones,
Torrens criticó a los defensores de la completa libertad en el comercio
internacional.18 Sostenía, de hecho, que a través de la imposi-ción de derechos
aduaneros un país puede modificar las relaciones de cambio en ventaja propia, y
en consecuencia criticaba la abolición unila-teral de los derechos aduaneros,
propuesta en Inglaterra por muchos librecambistas, con particular referencia a
las leyes de cereales. Favorecía, más bien, una política de reciprocidad, que
sólo aboliera (o redujera) los aranceles a los países que adoptaran una
política semejante. Además, como tal reciprocidad es más fácil de obtener con
las colonias, cuyos
Cf. Torrens
(1818), p. 337: «Cuando los capitales son iguales en cantidad, pero con
diferentes grados de durabilidad, los bienes producidos en un proceso
productivo más el residuo de capital, tendrán un valor de cambio igual al de
los bienes producidos en otro proceso productivo más el residuo de capital». El
pasaje citado y el ejemplo numérico que lo precedía fueron adoptados de nuevo
en el Essay on the production of wealth (Torrens, 1821, cap. 1).
Por lo tanto,
en lo que se refiere a la teoría del comercio internacional, Torrens pre-cedió
en algunos aspectos a John Stuart Mill.
Robert Torrens 291
Gobiernos locales eran emanaciones del Gobierno central del
Reino Unido, el combativo coronel de los Royal Marines defendía la creación de
un área imperial de libre comercio.
En la década de 1840, Torrens dedicó sus energías ante todo a la
teo-ría y la política monetarias, el tema que le había atraído desde 1812,
cuan-do publicó un largo tratado antibullonista en el que argumentaba que el
mantenimiento de un régimen monetario basado sólo en el metal podía generar
peligrosas presiones deflacionistas, y mostraba su preferencia por un régimen
de papel moneda —incluso inconvertible—.19 Sin embargo, en la década de 1840
encontramos a Torrens sosteniendo precisamente opiniones opuestas como
principal exponente, junto con lord Oversto-ne,20 de la Currency School.
Oponiéndose a la Banking School de Tooke y Fullarton (cf. más arriba § 7.5),
Torrens y sus amigos sostenían que la con-vertibilidad del papel moneda en oro
era una condición necesaria pero no suficiente para asegurar la estabilidad del
sistema. Por lo tanto, abogaban por limitaciones rigurosas a la emisión de
papel moneda, por medio de las cuales «la moneda en circulación (currency) se
mantendría siempre en el mismo estado, con respecto a la cantidad y al valor,
en que se encontraría si la circulación estuviera compuesta exclusivamente por
metales precio-sos».21 En particular, se defendía la división del Banco de
Inglaterra en un departamento de emisión y un departamento de banca;
posteriormente esto se llevaría a cabo con la Peel Act de 1844.22
El cambio radical de opinión de Torrens constituye un
interesante objeto de debate entre los historiadores del pensamiento económico;
sin embargo, es innegable que en ambas posiciones (y particularmente en la más
madura) Torrens desempeñó un papel principal.
Torrens (1812);
cf. Robbins (1958), pp. 97 y ss. y 265-266.
Samuel Jones
Lloyd, lord Overstone (1796-1883) desempeñó un papel central en las
controversias que llevaron a la Bank Charter Act de 1844 y durante las tres
décadas siguientes. La edición, en tres volúmenes, de su correspondencia, con
algunos documentos relacionados (Overstone, 1971), y con la introducción y el
rico aparato crítico de su edi-tor, O’Brien, que descubrió los papeles de
Overstone en 1964, proporciona una gran can-tidad de material, no sólo sobre
temas monetarios y financieros de las décadas centrales del siglo XIX, sino
también vívidas percepciones de la vida de la clase alta durante todo el siglo.
Torrens (1837),
pp. 21-22.
Torrens volvió
repetidamente sobre el tema en escritos de 1844 y posteriores, defendiendo
siempre la Peel Act. Cf. Robbins (1958), pp. 101 y ss. y 324 y ss.
292 Los «ricardianos»
y el declive del ricardianismo
8.3. Samuel Bailey23
Las críticas de Torrens a la teoría del valor de Ricardo fueron
semejan-tes en un aspecto importante, y distintas en otro, a las críticas
anticipadas por un tranquilo caballero de provincias, Samuel Bailey
(1791-1870), que nació, vivió y murió en Sheffield, incorporándose al debate
económico de la época con algunas ideas originales, pero quedando al margen del
círculo asociado con el Political Economy Club. En una obra fechada en 1825, A
critical dissertation on the nature, measure and causes of value [Disertación
crítica sobre la naturaleza, la medida y las causas del valor],24 Bailey —como
Torrens— reaccionaba contra las insinuaciones metafísicas del valor abso-luto
que se escondían detrás del recurso al trabajo contenido como expli-cación de
los valores de cambio. Por supuesto, ni Torrens ni Bailey habían podido leer el
ensayo sobre Valor absoluto y valor de cambio que Ricardo había escrito en las
últimas semanas de su vida, porque no se publicó hasta la edición de sus
escritos por Sraffa. Sin embargo, está claro que ambos economistas —así como
muchos otros protagonistas de los debates de la época— percibían detrás de la
elección del trabajo contenido, aparte de los obstáculos analíticos que
implica, una tergiversación del tema del valor de cambio, que en su opinión era
puramente una cuestión de relaciones entre diferentes mercancías en el mercado,
y no tenía nada que ver con la pre-sencia de una «sustancia del valor» dentro
de cada mercancía.
Sin embargo, para el problema del valor de cambio en sí, Bailey
pro-ponía una solución —aunque apenas esbozada— radicalmente diferente de la de
Torrens. Este autor, como vimos más arriba, se refería a los costes
Sobre Bailey,
cf. Rauner (1961).
La reimpresión
publicada por Frank Cass & Co. Ltd. (Londres, 1967) contiene también una
recensión del libro publicada en enero de 1826 en la Westminster Review y
atribuida a James Mill (para la atribución, cf. Rauner 1961, apéndice II, pp.
149-157), y otros tres escritos, uno solo de los cuales (una respuesta a la
recensión antes mencionada) es de hecho atribuible a Bailey. La atribución de
las otras dos obras, publicadas ambas en 1821 —las Observations on certain
verbal disputes in political economy, particularly relating to value, and to
demand and supply [Observaciones sobre ciertas disputas verbales de eco-nomía
política, relacionadas en particular con el valor, la demanda y la oferta]
(Anónimo, 1821b), y An inquiry into those principles respecting the nature of
demand and the necessity of consumption, lately advocated by Mr. Malthus
[Investigación de los principios referidos a la naturaleza de la demanda y la
necesidad del consumo recientemente defendidos por el Sr. Malthus] (Anónimo,
1821a)—, es incierta.
Samuel Bailey 293
de producción con una teoría que puede considerarse como una
manera de reintroducir aquellos «costes físicos» que, dentro de la tradición
clásica desde Petty en adelante, expresaban la dificultad relativa de
producción de las diferentes mercancías. Bailey, sin embargo, se refería a una
teoría sub-jetiva del valor, sosteniendo que en general el valor de cambio
dependía de la valoración de los agentes económicos que tomaban parte en el
acto de intercambio; la propia definición de valor era «la estimación en la que
se tiene cualquier objeto» (Bailey 1825, p. 1). Las causas del valor se
refieren a la actitud de la mente humana hacia un objeto, y no pueden
estudiarse considerando tal objeto de forma aislada (ibíd., p. 16); además,
esta valo-ración es relativa, en lo que se refiere a las relaciones entre
diferentes obje-tos (ibíd., p. 15), de modo que podemos hablar de
valores-moneda, valo-res-grano, etc., según la mercancía con la que se haga la
comparación (ibíd., pp. 38-39). Esto significa que es imposible comparar
mercancías que corresponden a diferentes momentos en el tiempo; sólo podemos
comparar las relaciones de valor (relaciones de cambio) entre pares de
mer-cancías tomadas en diferentes momentos temporales (ibíd., pp. 71-72).
Bailey distinguía entonces (ibíd., p. 185) tres clases de
bienes: los que son objeto de un monopolio; aquellos cuya oferta puede
aumentar, pero sólo con un aumento de los costes; y finalmente aquellos cuya
oferta puede aumentar a voluntad, permaneciendo constantes los costes. Así, él
sostenía que la teoría de Ricardo (purgada de las referencias al valor
absoluto, con las matizaciones que el propio Ricardo introdujo en el principio
del valor-tra-bajo, demasiado a menudo olvidadas por sus seguidores, y con muchas
otras notas adicionales de cautela en vista de la heterogeneidad del trabajo)25
se sostenía sólo para la tercera categoría, que era mucho más limitada de lo
que los seguidores de Ricardo parecían creer, mientras que en el mundo real era
la segunda la categoría más importante. Lo que importaba en esta tercera
categoría era la relación entre la valoración de los compradores y la escasez
Es precisamente
la heterogeneidad del trabajo la que lo hace menos adecuado que otras
mercancías para actuar como patrón de valor para la tasación de otras
mercancías. Según Bailey, la heterogeneidad del trabajo debe colocarse en el
mismo plano que la hete-rogeneidad de la tierra, que constituye la base de la
teoría ricardiana de la renta diferencial. Una extensión de la noción de renta
al caso de las capacidades personales superiores fue propuesta pocos años
después por Senior y John Stuart Mill, que avanzaban así por un camino que iba
a llevar hasta Marshall.
294 Los «ricardianos»
y el declive del ricardianismo
(relativa) de la oferta. Aquí encontramos a Bailey anticipando
una corriente de pensamiento que iba a ser adoptada por John Stuart Mill antes
de encon-trar con el tiempo su camino hasta la tripartición marshalliana de los
costes constantes, crecientes y decrecientes (cf. más adelante §§ 13.2 y 13.3).
Aquí Bailey se apartó de la línea seguida por una serie de
autores (como Senior, Whately, Lloyd, Longfield, véase más arriba § 8.7) que se
distanciaron un tanto de Ricardo, destacando las dificultades que éste había
encontrado al desarrollar su visión de la economía, y volviendo al punto de
vista de la escasez y la utilidad: una visión de la sociedad que sobrevivió
desde los tiempos de las ferias medievales, cuyas características esenciales
reflejaba, hasta la teoría marginalista moderna. Bailey siguió su propio
camino, en virtud del cual podemos clasificarle, aunque simplificando un poco,
entre los progenitores de la teoría subjetiva del valor,26 pero que sobre todo
abrió el camino al «compromiso marshalliano». Sin embargo, en aquella época, se
consideró que la importancia de su contribución descan-saba en su radical
oposición al elemento metafísico que muchos economis-tas, y no sólo los
ricardianos, incluían en la noción de valor. Bailey llegó a criticar incluso a
Malthus en este punto (mientras que en este aspecto estu-vieron menos sujetos a
crítica «ricardianos» como De Quincey o McCu-lloch), aunque con el tiempo iba a
triunfar en la teoría del valor de Marx. Es precisamente en esta conexión en la
que encontramos un elemento importante que, en mi opinión, no ha recibido toda
la atención que mere-ce, a saber, la crítica de Bailey a los economistas que
«intentan demasiado» cuando «quieren resolver todas las causas del valor en
una, reduciendo así la ciencia a una simplicidad que ella no admite» (Bailey, 1825,
pp. 231-232): en otras palabras, una advertencia contra la pretensión de
reductio ad unum implicada en las nociones metafísicas del valor.
8.4. Thomas De Quincey
Mientras que Torrens y Bailey eran considerados como críticos
más o menos radicales de las teorías de Ricardo, otros protagonistas de primera
Éste es,
después de todo, el mismo tipo de forzamiento necesario para incluir al
recalcitrante Marshall en la corriente de la teoría subjetiva del valor que
tomó la delantera con la «revolución marginalista»: cf. más adelante cap. 13.
Thomas De Quincey 295
línea del debate económico en la primera mitad del siglo XIX
fueron consi-derados «ricardianos»; seguidores y defensores de las ideas del
maestro de la escuela (aunque sería incorrecto hablar de una escuela ricardiana
en el sen-tido estricto del término, es decir, con una identidad cultural como
la de los fisiócratas durante su efímero esplendor). Entre otros, junto con
James Mill, amigo y mentor de Ricardo, y antes que el hijo de aquél, John
Stuart Mill, sobre el cual volveremos más adelante, encontramos otro economista
escocés trasplantado a Londres, John Ramsey McCulloch (1789-1864), y un hombre
de letras, Thomas De Quincey (1785-1859), más conocido por sus Confessions of
an English opium eater [Confesiones de un inglés come-dor de opio] (1821-1822).
En esta novela autobiográfica el autor cuenta cómo salió del letargo provocado
por las drogas gracias al estímulo intelec-tual que le produjo la lectura de
los Principios de Ricardo. El estudio de esta obra le animó a publicar (en los
números de la London Magazine de marzo, abril y mayo de 1824; sólo unos pocos
meses después de la muerte del gran economista) una brillante ilustración y
defensa de la teoría del valor-traba-jo de Ricardo, los Dialogues of three
templars on political economy [Diálogos de tres templarios sobre economía
política]. De Quincey (1824) insistía en particular en el hecho de que el
trabajo contenido en una mercancía es una medida de su «valor real», no de la
«riqueza»; esta última, interpretada como la cantidad de mercancías disponibles,
puede aumentar sin que aumente su valor real cuando aumenta la productividad
del trabajo. La dis-tinción ya estaba presente en los Principios de Ricardo,27
pero De Quincey hizo revivir el tema con una vivacidad de la que carecía en el
jefe de la escuela, acompañándolo con una defensa del trabajo contenido como
«valor real», tanto más notable para un autor que podía no haber leído el
ensayo de Ricardo sobre Valor absoluto y valor de cambio. En algunos aspec-tos,
De Quincey anticipaba aquí la defensa de McCulloch, presentada el año
siguiente, que trataremos en el próximo apartado.
De Quincey era el representante ideal de una fase de transición
del ricardianismo más intransigente a su gradual corrupción y abandono.28 En
efecto, su obra más importante en el campo económico, The logic of politi-
Ricardo
(1951-1955), vol. 1, pp. 273-278.
Bharadwaj
(1978) ofrece una concisa y exacta reconstrucción de este proceso de
transición.
296 Los «ricardianos»
y el declive del ricardianismo
cal economy [La lógica de la economía política] (1844),
constituye en muchos aspectos un paso, incluso más decisivo que el dado por
John Stuart Mill en los años siguientes, en la dirección de una teoría de los
precios basa-da en la demanda y la oferta, y de una teoría subjetiva del valor.
Hay que destacar, ante todo, dos elementos en este aspecto. En primer lugar,
tenemos el énfasis —alcanzado con una serie de brillantes y vivos ejemplos que
rea-parecieron repetidamente en la literatura posterior, en particular en Mill—
que se pone en el papel de la utilidad para determinar el valor de las
mer-cancías escasas y no reproducibles.29 En segundo lugar, pero quizá aún más
importante, está la interpretación de los precios de mercado que ya no se
consideran variables empíricas «explicadas» a nivel teórico por los precios
naturales, sino como variables teóricas en sí mismas, cuyo proceso teórico de
gravitación hacia/alrededor de los precios naturales, basado en los mecanis-mos
de oferta y demanda, podía y debía estudiarse.30 Esta concepción, adop-tada más
tarde por John Stuart Mill en sus Principios, junto con las ideas de Bailey que
se examinaron antes (§ 8.3), abrieron el camino a la noción mar-shalliana (§
13.3) de diferentes niveles del análisis (plazo muy corto, corto y largo),
caracterizada por la presencia simultánea de demanda y oferta, utili-dad y
costes, en la determinación de los precios, disminuyendo en impor-tancia el
primer elemento y aumentando el segundo cuando aumenta la duración del período
de tiempo en el que se contempla el ajuste.
Puede que De Quincey no haya tenido una gran influencia en el
debate económico de la época (aunque las referencias de John Stuart Mill a sus
obras fueron significativas), pero su capacidad para el razonamiento abstracto
le sitúa entre participantes en el debate del calibre de James Mill y
McCulloch, mientras que su estilo vívido impulsa a los lectores a ir más allá
del estrecho mundo de los economistas.
Cf. De Quincey
(1844), pp. 129 y ss. Edgeworth (1894) vio el límite de esta expo-sición, desde
el punto de vista del desarrollo de la teoría neoclásica, en la falta de una
dis-tinción clara entre utilidad total y utilidad marginal.
Cf. De Quincey
(1844), pp. 206-207. Junto con los precios naturales y los precios de mercado,
De Quincey introdujo la categoría de «precios efectivos» (actual prices), y
cri-ticó a Ricardo por haberlos descuidado, mientras que atribuía su
introducción a Smith (ibíd., pp. 203-207). Los «precios efectivos» eran las
relaciones de cambio observadas real-mente en el mercado; con la introducción
explícita de esta categoría, De Quincey destaca-ba implícitamente la naturaleza
de variables teóricas atribuida a los precios de mercado. Es inútil añadir que
la distinción entre precios efectivos y precios de mercado no aparece en Smith:
cf. más arriba § 5.6.
John Ramsey McCulloch 297
8.5. John Ramsey
McCulloch
Escritor prolífico, el escocés John Ramsey McCulloch
(1789-1864)31 es conocido como uno de los defensores más entusiastas de las
ideas de Ricardo, con quien se encontró después de escribir una recensión
favora-ble de los Principios poco antes de la muerte del autor. Editor de The
Scotsman de 1817 a 1821, periodista, profesor de economía política en la London
University de 1828 a 1837, interventor de las publicaciones ofi-ciales
(Comptroller of the Stationery Office) de 1838 a 1864, McCulloch pronunció la
conferencia conmemorativa en honor de Ricardo en 1824, y en 1825 publicó The
principles of political economy [Principios de eco-nomía política], que
tuvieron un gran éxito, especialmente en los Estados Unidos, donde —junto con
el texto de Say—experimentaron una amplia difusión.
Como en el caso de De Quincey, sus escritos subsiguientes (y las
pos-teriores ediciones de los Principles, en 1830 y 1838) mostraron, según los
diversos comentadores (en primer plano, O’Brien, 1970, pero ya Marx, 1905-1910,
vol. 3, pp. 168-176), una corrupción de las ideas ricardianas y una transición
hacia una noción del coste real muy parecida a la de John Stuart Mill, que
abrió el camino a Marshall. Sin embargo, la primera edi-ción de los Principles
es notable por una defensa de la teoría del valor-tra-bajo contenido tan
extrema que parece un truco verbal, exponiendo la idea de que el «trabajo
acumulado» incluía un «salario» que remuneraba por el tiempo durante el cual el
trabajo permanecía inmovilizado, entre el momento en que se realizaba y el
momento en que podía venderse el pro-ducto en el mercado.32
Por lo tanto, creía McCulloch, podía hacerse compatible la
teoría del valor-trabajo (es decir, la explicación del valor de cambio basado
en las
O’Brien (1970)
dedicó una monografía a McCulloch.
Schumpeter
(1954, p. 658; p. 727, trad. cast.) propuso una interpretación más benevolente,
cuando sugirió que se leyera «servicios productivos» donde McCulloch habla-ba
de «trabajo», y «precio de los servicios productivos» donde hablaba de
«salarios»; sin embargo, esta interpretación implica un alejamiento demasiado
grande, por parte de McCulloch, del sistema conceptual y analítico de Ricardo,
en el cual no hay lugar para la idea (que sería típica del enfoque
marginalista) de situar en el mismo plano los «factores productivos» —trabajo,
tierra y capital—.
298 Los «ricardianos»
y el declive del ricardianismo
cantidades de trabajo directa o indirectamente requeridas para
producir las diferentes mercancías) con las «complicaciones» que ya había
observado Ricardo, provocadas por diferentes períodos de producción, distintas
pro-porciones entre capital fijo y capital circulante, y diferente durabilidad
del capital fijo. Sin embargo, se trataba de una solución puramente verbal: una
redefinición artificial de la noción de trabajo contenido, que elimina-ba la
correspondencia directa con la cantidad de trabajo realmente gasta-do y la
transformaba en algo parecido al «coste real», dado por los salarios pagados
más los beneficios acumulados sobre los adelantos salariales. Fue precisamente
este elemento de «coste real» el que gradualmente adquirió importancia, hasta
el punto de transformar la teoría ricardiana del valor, relacionado con la
dificultad de producción, en una teoría del coste de producción.
McCulloch —como hemos visto— ejerció una influencia importan-te
en el debate económico de la época, no tanto por su prestigio, que cier-tamente
no podía compararse con el de Ricardo, como tal vez por la elo-cuencia de su
exposición. Así, algunos aspectos de su participación en los debates económicos
de la época merecen ser mencionados, tales como su apoyo a una política de
salarios altos, su oposición a las leyes contra las organizaciones de
trabajadores (Combination Laws) y su alegato en favor de la tolerancia
religiosa y la educación. Además, McCulloch se encontra-ba entre los primeros
estudiosos profesionales de la historia del pensa-miento económico, publicando
diversas reimpresiones de textos raros33 y una importante bibliografía anotada,
la Literature of political economy [Literatura de economía política] (1845).
8.6. Los socialistas
ricardianos y el cooperativismo
En el debate económico que surgió en Inglaterra al publicarse
los Principios de Ricardo, adquirió cierta importancia un grupo de autores
Los seis
volúmenes editados por McCulloch entre 1856 y 1859 reúnen opúsculos raros de
los siglos XVII, XVIII y principios del XIX; recientemente han sido objeto de
una excelente reimpresión facsímile, editada con una introducción de O’Brien
(McCulloch, 1995).
Los socialistas ricardianos y el cooperativismo 299
que después fueron calificados como «socialistas ricardianos»:34
el grupo incluía a William Thompson, Thomas Hodgskin, John Gray y John Bray.
Algunos de estos autores —en particular, Hodgskin— son comúnmente recordados (o
por lo menos lo han sido desde Marx)35 por haber utilizado la teoría ricardiana
del valor-trabajo en apoyo de la tesis de que la renta equitativa de los
trabajadores corresponde a la totalidad del valor del pro-ducto. Dicho con más
precisión, si las mercancías obtienen su valor del trabajo directa o
indirectamente necesario para su producción, los trabaja-dores tienen un
derecho «natural» a la totalidad del producto de su tra-bajo, sin deducciones
por beneficios o rentas de la tierra que vayan a las categorías sociales cuyas
rentas proceden de instituciones típicas de una economía de mercado basada en
la propiedad privada de la tierra y de los medios de producción.
Sin embargo, esta descripción de los socialistas ricardianos es
excesi-vamente simplista y establece una relación demasiado directa entre
Ricar-do y Marx, entre la teoría del valor-trabajo y las ideas socialistas.36
De hecho, los llamados socialistas ricardianos formaban parte de una corrien-
El término
socialistas ricardianos fue propuesto por Foxwell (1899, p. LXXXIII), en el
prólogo a la traducción inglesa de un ensayo (Menger 1886) sobre la historia
del pensa-miento socialista, escrito por Anton Menger (1841-1906), jurista y
hermano del más cono-cido economista Carl, fundador de la escuela austríaca.
Foxwell (1899, pp. XXVI-XXVII) sos-tenía que la obra de Menger «prueba de modo
concluyente que todas las ideas fun-damentales del moderno socialismo
revolucionario, y especialmente la del socialismo mar-xiano, pueden remontarse
definitivamente a fuentes inglesas». (En realidad, Menger sólo sostenía —ibíd.,
p. CXV— que «Marx y Rodbertus tomaron sus teorías más importantes de teóricos
ingleses y franceses, sin citarlos».) Las afirmaciones de Menger y, aún más, de
Foxwell son demasiado categóricas: la influencia de los economistas ingleses no
puede negarse, y fue reconocida por el propio Marx, pero la influencia de Hegel
fue muy fuerte, como lo fue la de los «jóvenes hegelianos», y es absurdo negar la
existencia de elementos originales en el pensamiento del fundador del
socialismo científico, que será objeto del siguiente capítulo.
Marx
(1905-1910), vol. 3, pp. 263-325.
Una
interpretación de estos autores que es completamente distinta de la que
ofre-cieron Marx y Menger es la anticipada por Cole (1953, pp. 102 y ss.), que
prefiere la eti-queta de «economía anticapitalista» (ibíd., p. 103). Según
Cole, por ejemplo, «Hodgskin no era un socialista. Estaba mucho más cerca de lo
que actualmente llamaríamos un anar-quista» (ibíd., p. 111); Thompson, cuya
obra es considerada como «una amalgama entre el utilitarismo y la doctrina de
Owen», «anunciaba la estructura utilitarista de la teoría jevon-siana» (ibíd.,
p. 114).
300 Los «ricardianos»
y el declive del ricardianismo
te de la literatura socialista (en el sentido premarxiano del
término socia-lismo) que no se limitaba a Inglaterra, y que se caracterizaba
por la crítica radical de la organización institucional de las economías de
mercado. La principal crítica era que tales instituciones garantizaban una
renta a las cla-ses ociosas de terratenientes y capitalistas, no en virtud de
su contribución al proceso productivo, sino en virtud de su posición social. La
propuesta que privilegió esta literatura socialista fue, al menos en
Inglaterra, el coo-perativismo, presentado de manera muy diversa a escala local
y a escala nacional, en formas más o menos utópicas o realistas, asociadas a
menudo con un impulso para la regeneración moral de la vida social.
La figura principal desde este punto de vista —reconocida como
tal por sus contemporáneos— fue Robert Owen (1771-1858), un próspero fabricante
textil y partidario del cooperativismo en la práctica y en la teo-ría. Sus
principales escritos (A new view of society [Una nueva visión de la sociedad],
1813, y el Report to the county of Lanark [Informe al condado de Lanark],
1820), tomaban su fábrica textil de New Lanark como ejem-plo para defender una
política de implicación activa de los trabajadores en la dirección de la planta
y, con carácter más general, en la organización cooperativa de la agregación
social que tenía como núcleo la planta de producción.
En los años que siguieron se prestó también una gran atención a
un experimento social que el propio Owen describió en su autobiografía (Owen,
1857-1858), con la formación de la comunidad de New Harmony en India-na, adonde
se había trasladado entretanto. Entre muchos otros, Ricardo ya había tenido
ocasión de considerar sus propuestas,37 y el cooperativismo owe-nita, a pesar
de una serie de fracasos, representó un punto de referencia hasta mediados del
siglo XIX e incluso más adelante. Es este aspecto —la centrali-dad de la visión
cooperativista, tanto a nivel de la unidad productiva como a nivel de la
sociedad en su conjunto— el que nos arriesgamos a perder de vista
En 1819 Ricardo
fue miembro de un comité presidido por el duque de Kent, encargado de la tarea
de valorar el plan de Owen, e intervino con un discurso (Ricardo, 1951-1955,
vol. 5, pp. 30-35, 467-468); Ricardo volvió sobre las ideas de Owen en su
correspondencia (por ejemplo, Ricardo, 1951-1955, vol. 8, pp. 45-46). Aunque
algo escéptico sobre las propuestas de Owen, Ricardo mostró también un interés
real por exa-minarlas detenidamente y una evidente simpatía por su autor.
Los socialistas ricardianos y el cooperativismo 301
si concentramos la atención en los valores-trabajo y en el
«derecho natural» del trabajador a la totalidad del producto de su trabajo.38
Ambos aspectos —el cooperativismo y la utilización
«iusnaturalista» de la teoría del valor-trabajo— estaban presentes en los
escritos de William Thompson (1775-1833), un terrateniente irlandés. Thompson
proponía, sobre todo en su libro Inquiry into the principles of the
distri-bution of wealth [Investigación sobre los principios de distribución de
la riqueza] (1824), una noción de beneficios y rentas de la tierra como
deducciones del valor del producto del trabajo, en el marco de un exten-so
análisis de las formas institucionales en las que puede tener lugar la
distribución del producto social, apareciendo el cooperativismo como una
solución al conflicto potencial entre la eficiencia productiva y la jus-ticia
distributiva (en el sentido de igualdad social). Aquí vale la pena observar que
la idea de beneficios y rentas como deducciones puede remontarse a la
influencia de Smith, incluso antes (y posiblemente más) que a la de Ricardo.
Thompson disfrutó de gran prestigio en la época, alcanzando la influencia de sus
opiniones cooperativistas a John Stuart Mill, entre otros.
En cuanto a la eficiencia productiva del cooperativismo
(interpretada en un sentido más macroeconómico que microeconómico, aunque Owen
insistió mucho en este último aspecto), podemos mencionar una corrien-te de
«aritmética política socialista», que intentaba valorar el tiempo de trabajo
necesario a la sociedad, libre del derroche correspondiente a la sub-sistencia
de las clases ociosas o, con carácter más general, procedente de un sistema
social basado en la distinción entre trabajadores, capitalistas y terratenientes.
Entre estos autores, podemos recordar a Charles Hall (ca. 1740-ca. 1820) y a
Patrick Colquhoun (1745-1820), cuyo Treatise on the wealth, power and resources
of the British Empire [Tratado sobre la riqueza, el poder y los recursos del
Imperio británico] (1814) proponía un cuadro estadístico que se cita a menudo
para ilustrar la distribución de la renta entre las diferentes clases sociales.
Además, como
Foxwell (1899), p. LXXXVI, señaló, «el socialismo ricardiano creció al amparo
del movimiento owenita». La influencia de Owen sólo declinó después del
fra-caso de los «Labour Exchanges» (un experimento cooperativista de «bancos
del trabajo») en la década de 1830.
302 Los «ricardianos»
y el declive del ricardianismo
Fue el análisis estadístico de Colquhoun el que provocó un
temprano texto de John Gray (1799-1883), la Lecture on human happiness
[Confe-rencia sobre la felicidad humana] (1825), en el que sostenía que los
traba-jadores «productivos» reciben sólo una quinta parte del producto social.
Después de una fase inicial cooperativista, en la segunda parte de su larga
vida Gray continuó sosteniendo tesis más próximas a los principios mar-xistas
de la planificación central de la producción.
El mismo año que se publicaba la Lecture de Gray, apareció el
primer texto importante de otro representante de esta corriente de literatura,
Labour defended against the claims of capital [El trabajo, defendido de las
pretensio-nes del capital] (1825), de Thomas Hodgskin (1787-1869), cuyas
teorías fueron anticipadas inicialmente en una larga carta a Place en mayo de
1820 (Hodgskin, 1820). Hodgskin fue, entre otras cosas, autor de un manual
titulado Popular political economy [Economía política popular] (1827) — que
ciertamente demostró que era popular—, asumiendo asimismo un papel importante
en el movimiento para la educación, en economía políti-ca, de las clases
trabajadoras, centrado en los Mechanical Institutes.39 Hodgskin rechazaba la
teoría ricardiana de la renta de la tierra y proponía una distinción entre
«precio natural» y «precio social», correspondiendo el primero a lo que los
capitalistas pagaban a los trabajadores (incluido el coste del trabajo
acumulado incorporado en los medios de producción) y el últi-mo a lo que los
capitalistas recibían por la venta de sus productos, inclu-yendo, por lo tanto,
también las rentas y los beneficios a través de los cuales se apropiaban el
excedente las clases propietarias.40 En los escritos de Hodgs-kin las tesis cooperativistas
quedan un tanto en la sombra, y no se critican de modo explícito, concediéndose
una mayor atención al papel que podían desempeñar las asociaciones de
trabajadores (las Trade Unions, que no se correspondían exactamente con los
modernos sindicatos, pero que eran sus primeras precursoras) para combatir la
expropiación de una parte del pro-ducto del trabajo en forma de beneficios y
rentas. Hodgskin también recor-
Para un esbozo
del movimiento de los Mechanical Institutes y del papel de Hodgs-kin en él, cf.
Ginzburg (1976), p. XXIV, y la literatura que allí se cita.
La distinción
entre «precio natural» y «precio social» recuerda la propuesta por Petty (cf.
más arriba § 3.5) entre «precio natural» y «precio político», donde este último
incorporaba las partidas adicionales de coste implicadas en una organización no
óptima de la sociedad.
Los socialistas ricardianos y el cooperativismo 303
daba la distinción smithiana entre «instituciones humanas» (que
como tales pueden modificarse) y el «orden natural de las cosas».41
Como Hodgskin, también John Bray (1809-1897), autor de Labour’s
wrongs and labour’s remedy [Errores y remedios del trabajo] (1839),
reivin-dicaba el derecho de los trabajadores al pleno producto de su trabajo.
Bray defendía la propiedad común, que debía establecerse a través de una etapa
intermedia de una red de cooperativas basada en sociedades anónimas. Al igual
que Proudhon, Bray apoyó la emisión de moneda que representara tiempo de
trabajo.42
Ésta era, de
hecho, la misma distinción entre «leyes humanas» y «leyes divinas» o «leyes
naturales», que en la Antigüedad clásica alimentó el debate sobre la naturaleza
de la propiedad privada, atribuida por diferentes autores a una u otra
categoría: cf. más arriba cap. 2. Cole (1953), p. 111, observa que Hodgskin
«era favorable a la existencia de pro-piedad privada» y «creía en la existencia
de una “ley natural de la propiedad”».
Sin embargo,
tanto Proudhon (sobre el cual cf. más adelante cap. 9, nota 22) como Bray
subvaloraron el problema de la compatibilidad de este sistema con el
funcio-namiento de una economía de mercado. Si cada trabajador recibe una serie
de unidades de dinero-trabajo igual al número de horas de trabajo real, y si
esto determina el precio del producto, siempre que el tiempo de trabajo
realmente gastado no correspondiera al «trabajo socialmente necesario» surgiría
una vez más la categoría de beneficio, positivo o negativo según el signo de la
diferencia. Lo mismo se aplicaría a todos los ejemplos de desviación del precio
de mercado respecto del precio natural. Las quiebras empresariales que se
seguirían de esto harían que fuese insoportable la situación para los bancos
que hubieran prestado dinero-trabajo a tales empresas, y el sistema se
colapsaría. Así, por ejemplo, a pesar de las ventajas intrínsecas a un
experimento construido en pequeña escala y con un apoyo ideal importante, y a
pesar de las precauciones (entre ellas la refe-rencia no a las horas de trabajo
real sino a las requeridas usualmente), la experiencia owenita de los Labour
Exchanges no tuvo una larga vida (desde septiembre de 1832 hasta finales de la
década de 1830). Sobre la base de esta experiencia, el alemán Wilhelm Weitling
(1808-1871), rival de Marx en la Asociación Internacional de Trabajadores que
más tarde fundó la comunidad Communia en Wisconsin, propuso una versión
modifi-cada, en la que el Estado garantiza la subsistencia a cada ciudadano a
cambio de un tra-bajo de seis horas diarias («trabajo necesario»); cualquier
trabajo adicional («trabajo comercial») no es obligatorio, y permite la
adquisición de bienes y servicios útiles aun-que no necesarios, sobre la base
de una relación de cambio entre una cantidad de traba-jo «comercial» y una
cantidad de trabajo «necesario» (o de trabajo «comercial» prestado en otros
sectores) determinada por el mercado. Weitling fue también un crítico decidi-do
de la propiedad privada de la tierra, pero no de los demás medios de
producción, anti-cipándose aquí al americano Henry George (1839-1897), cuyo
Progress and poverty [Pro-greso y pobreza] (1879), con la propuesta de un
impuesto único sobre la tierra (que a su vez recuerda las ideas fisiocráticas)
tuvo un enorme éxito, llevando al nacimiento de un movimiento político todavía
activo.
304 Los «ricardianos»
y el declive del ricardianismo
Otra figura interesante que pertenece a esta corriente de
pensamien-to fue Piercy Ravenstone (seudónimo de un tal Richard Pullen).43 A
few doubts on the correctness of some opinions generally entertained on the
subject of population and political economy [Algunas dudas en cuanto a la
exacti-tud de ciertas opiniones sobre el tema de la población y la economía
polí-tica] se publicó en 1821. La crítica de la ley de población de Malthus
llevó a Ravenstone a sostener que la pobreza no se debía a causas naturales,
sino a causas artificiales, relacionadas con las instituciones sociales y, en
primer lugar, con el derecho a la propiedad, sobre todo con respecto a los
medios de producción, o en otras palabras, el capital, que en último término no
era sino trabajo acumulado. Como Hodgskin y otros, Ravenstone también criticó
la teoría ricardiana de la renta, sosteniendo que las diferencias de
productividad entre diferentes parcelas de tierra dependían mucho más de la
«fertilidad artificial» —una cuestión de inversiones en la mejora de la tierra—
que de la fertilidad natural; por lo tanto, la renta de la tierra, como los
beneficios, procedía también del «trabajo acumulado». Aunque sus trabajos
aparecieron al principio de la edad de oro de esta literatura, Ravenstone representaba
un caso extremo, y es considerado por una serie de comentaristas como el
precursor más directo de Marx.
Estos breves ejemplos han de ser suficientes para demostrar que
la literatura socialista británica, que cobró mucha importancia en los deba-tes
de la época, mostraba más características smithianas44 que ricardianas,
centrada como estaba en el análisis de la división social del trabajo y en una
dicotomía entre trabajo productivo y otras formas de participación en la vida
económica y en la distribución del producto. Desde este punto de vista, la
literatura ofrecía una riqueza de ideas estimulantes, que desafor-tunadamente
se ha perdido de vista cuando equivocadamente se la ha reducido a una corriente
premarxiana. De hecho, puede considerarse útil precisamente para la
reconstrucción de análisis socialistas no marxistas de la situación actual
después del hundimiento de las economías de centrali-zación planificada. Aquí,
junto con el cooperativismo, podemos recordar
Según la
reconstrucción de Sraffa; cf. Ricardo (1951-1955), vol. 9, pp. XXVIII-XXIX.
Y, en algunos
aspectos, lockianas (cf. más arriba § 4.2), especialmente al deducir del gasto
del trabajo el derecho a la propiedad de todo el producto. Cf. Ginzburg (1976),
pp. XXVI-XL, que destaca, entre otras cosas, el frecuente recurso a la
distinción entre insti-tuciones «naturales» y «artificiales».
William Nassau Senior y la reacción anti-ricardiana 305
los análisis de la época que consideraron la distribución de la
renta social en relación con la organización productiva de la sociedad, e
ilustraron el des-pilfarro intrínseco a un sistema institucional que dejaba un
considerable espacio a formas de renta que correspondían a una contribución no
pro-ductiva. Procediendo en tal dirección, algunos exponentes de esta
litera-tura socialista (en particular Gray) llegaron a proponer una sociedad en
la que el trabajo necesario fuera equitativamente repartido entre todos,
redu-ciendo el sacrificio de cada uno al trabajo de unas pocas horas diarias.
Estas ideas fueron adoptadas por marxistas como Paul Lafargue (1880), pero
sobre todo por reformistas radicales como Ernesto Rossi (1946), aun-que ya
habían aparecido en la literatura utópica de diversas formas desde Tomás Moro
(1516) y Tommaso Campanella (1602).45
8.7. William Nassau
Senior y la reacción anti-ricardiana
No eran necesarios los «socialistas ricardianos» para inducir a
los con-servadores de la época a desconfiar de las ideas de Ricardo (mientras
su
Nos vemos
obligados a dejar a un lado la amplia corriente —extremadamente inte-resante en
muchos aspectos— de la literatura política igualitarista, que ya encontró lugar
en la Antigüedad clásica y que floreció durante el nacimiento del capitalismo y
la revolución industrial, con una serie de casos importantes en la Francia del
siglo XVIII. Podemos recordar, por ejemplo, el Code de la nature (1755) de
Morelly, que defendía una forma de comunismo de Estado; este libro gozó de una
amplia circulación en la época, pero no sabemos práctica-mente nada de su
autor, ni siquiera su nombre. También podemos recordar al abbé de Mably
(1709-1785), hermano de Condillac, y al inspirador de la Conspiración de los
Iguales, François-Noël Babeuf (1760-1797). Cf. Cole (1953) y, más
recientemente, el excelente libro de Spini (1992), que destaca el papel de las
corrientes más radicales del protestantismo en esta literatura, en Alemania e
Inglaterra. De nuevo en Francia, de los «utópicos» podemos men-cionar a Charles
Fourier (1772-1837), que proponía la constitución de «falanges», esto es,
comunidades organizadas de forma que el trabajo fuera atractivo, por medio de
la rotación de tareas y de la libertad para elegir la ocupación; de los
«socialistas», Louis Blanc (1811-1882), partidario de la constitución de
empresas públicas o cooperativas; y, con un pie en ambos campos, Claude Henry
de Rouvroy, conde de Saint-Simon (1760-1825), cuyo men-saje adquirió a veces
tonalidades semirreligiosas que se fortalecieron en sus discípulos; parti-dario
convencido de la industrialización y del progreso técnico, defendía un
«socialismo jerár-quico» alabando el papel del empresario, que descubre e
introduce nuevas técnicas. La actitud crítica que la mayoría de estos autores
mostró hacia la propiedad privada no procedía de argu-mentos sobre la teoría
del valor, sino de los efectos negativos que la propiedad privada tenía sobre
el carácter de los hombres, favoreciendo el egoísmo y el orgullo más que el
espíritu de cooperación y el sentido de pertenencia a una comunidad social.
306 Los «ricardianos»
y el declive del ricardianismo
actitud hacia Smith iba de la directa oposición de, por ejemplo,
Lauerda-le, a la simpatía mostrada por Malthus, aunque se basaba en una
reinter-pretación suavizadora). De diversas formas, una concepción alternativa
a la de Ricardo —y antes que él, de Adam Smith— siguió desempeñando un papel
importante en el debate de la época. A nivel político, se sostenía (por
ejemplo, por Lauerdale: cf. más arriba § 6.4) que los terratenientes
desempeñaban un papel positivo en el proceso económico; a nivel analíti-co se propuso
una teoría del valor basada en la escasez y la utilidad como alternativa a la
teoría basada en la dificultad de producción, sintetizada en el trabajo
contenido. Vimos más arriba como algunos aspectos de esta visión, que ya estaba
presente en autores como Galiani y Turgot, fueron adoptados por Samuel Bailey
en 1825, en directa oposición a las ideas de Ricardo. En los años siguientes,
diversos teóricos trabajaron sobre los mis-mos temas, tendiendo un puente hacia
la construcción marginalista.
El autor más conocido de esta tradición es William Nassau Senior
(1790-1864), titular en dos períodos (1825-1830 y 1847-1852) de una de las
cátedras más importantes de Economía Política, la Drummond de la Universidad de
Oxford. En una serie de escritos —especialmente la Intro-ductory lecture on
political economy [Conferencia de introducción a la eco-nomía política] (1827)
y, sobre todo, An outline of the science of political economy [Bosquejo de la
ciencia de la economía política] (1836)— Senior proponía una teoría subjetiva
del valor basada en la escasez y la utilidad (consideraba un criterio subjetivo
que es diferente de una persona a otra) y rozaba el principio de la utilidad
marginal decreciente46 (aunque en tér-minos parecidos a los que podemos encontrar
en otros autores anteriores, desde Galiani en adelante). Su propia definición
de riqueza (cuyo estudio constituía el objeto de la economía política) incluía
todos los bienes y ser-vicios que fueran útiles y escasos; además, el objetivo
de toda persona era «obtener, con el menor sacrificio posible, la mayor
cantidad posible de los artículos de la riqueza» (1827, p. 30). Sobre todo,
Senior interpretaba que las variables distributivas venían determinadas por el
mismo mecanismo que los precios, situando detrás del tipo de beneficio un coste
(utilidad negativa) soportado por el capitalista, a saber, la abstinencia. Este
elemen-to, incorporado más tarde en los Principios de Mill, constituía un paso
46 «El placer
disminuye en una proporción rápidamente creciente» (Senior, 1836, p. 12).
William Nassau Senior y la reacción anti-ricardiana 307
decisivo para la transformación del enfoque clásico (en el que
la «dificultad de producción» apuntaba a un elemento objetivo: la tecnología)
en el enfo-que marshalliano del «coste real», que, como veremos, combinaba
elemen-tos objetivos y subjetivos. La abstinencia era, de hecho, la
contribución de los capitalistas al proceso productivo; así como los salarios
eran la recom-pensa por la labor de los trabajadores, los beneficios eran la
recompensa por un sacrificio específico, la utilidad negativa soportada por los
capitalistas.
El contenido político de esta teoría es claro, anunciando el
enfoque marginalista de la distribución, que considera salarios, beneficios y
rentas como recompensas por los servicios de los «factores de la producción»:
tra-bajo, capital y tierra. Sin embargo, el propio Senior destacaba con una
coherencia digna de crédito que si la abstinencia significaba el derecho que
tenían los que la habían soportado a una recompensa, este derecho no se
extendía a sus herederos.
Otro elemento importante en el camino que lleva a Marshall
(aunque Bailey había llegado a él antes que Senior) se refería al papel
atribuido al coste de producción en el marco de una teoría subjetiva del valor.
Cuan-do la utilidad se confronta con la escasez, para definir esta última
debemos tener presente la posibilidad de aumentar la oferta de mercancías
repro-ducibles, y con ella el coste de producción. Naturalmente, las
variaciones de la oferta se enfrentan con obstáculos, y cuanto menor sea el
tiempo para ajustarse al nuevo nivel de producción, mayores serán aquéllos, que
ade-más se verán posiblemente agravados por elementos de monopolio; por esta
razón, el coste de producción no es la causa final del precio, sino sólo el
«regulador».47 También vale la pena observar, a propósito del coste de
producción, que Senior sostenía que los rendimientos crecientes a escala
predominan en las manufacturas, mientras que en la agricultura, como la tierra
no puede aumentar en la misma proporción que los demás medios productivos, la
productividad del trabajo disminuye cuando aumenta la producción.48
Ferrara criticó
a Senior por haber distinguido la escasez de la utilidad como una causa
independiente del valor, mientras que es sólo un factor que influye en la
utilidad marginal. Cf. Bowley (1937), pp. 103-104.
Cf. Bowley
(1937), pp. 122-124. Senior prefigura aquí la distinción entre varia-ciones de
la escala de producción y variaciones de la proporción entre los factores
produc-tivos, sobre la que Sraffa llamó la atención más tarde, en su artículo
de 1925.
308 Los «ricardianos»
y el declive del ricardianismo
Además de por su cautela al distinguir «el arte del gobierno» de
la «ciencia de la economía política», Senior es recordado también por su
par-ticipación en el debate sobre las leyes de pobres y por su contribución a
las reformas que experimentaron estas leyes en 1834, intentando limitar su
campo de aplicación a quienes aceptasen trabajar en las workhouses públi-cas
(cf. más arriba § 6.5). A pesar de su oposición al reconocimiento legal de las
asociaciones de trabajadores, a las que contempló siempre con des-confianza,
cuando no con abierta hostilidad,49 Senior no puede ser consi-derado como un
reaccionario intransigente, que de hecho fue el estereoti-po que le asignó la
historiografía marxista sobre la base de algunas célebres páginas de Marx. En
realidad, Senior fue partidario, entre otras cosas, de una amplia legislación
social, desde vivienda y salud hasta educación financiada por el Estado,
educación elemental gratuita y restricciones al trabajo de los niños (que era
una plaga terrible de la época).
La crítica de Marx se centró no sólo en la teoría de la
abstinencia, sino también en la argumentación, decididamente capciosa, que
Senior desa-rrolló (en las Letters on the Factory Act [Cartas sobre la ley de
Fábricas], 1837) contra la reducción legal de las horas de trabajo (¡a «sólo»
diez horas diarias!). Senior sostenía que el beneficio total —necesario para
inducir a los capitalistas a poner en marcha actividades productivas— procedía
de la «hora undécima». Sin embargo, la tesis no se presentaba como una teo-ría
del beneficio (una teoría que también habría contradicho su propia teoría del
valor), sino como un razonamiento empírico basado en ejem-plos numéricos
reunidos con este propósito, y es aquí donde la ironía de Marx parece
plenamente justificada.50
Cf. Bowley
(1937), pp. 277-281.
En sustancia,
Senior, aparte de suponer que el salario semanal permanece cons-tante (y que,
por lo tanto, el salario por hora y, dada la productividad por hora de trabajo,
el coste del trabajo por unidad de producto, aumenta en proporción a la
disminución de las horas trabajadas), olvidaba el capital circulante y, por lo
tanto, el hecho de que sus cos-tes descienden cuando disminuyen las horas de
trabajo. Cf. Senior (1837) y, para la críti-ca, Marx (1867-1894), vol. 1, pp.
222-228: cf. § 7.3. Si el salario por hora permanece constante (y, por lo
tanto, suponiendo que la productividad por hora de trabajo no varía, si el
coste del trabajo por unidad de producto no varía), con coeficientes técnicos
fijos para los bienes de capital circulante, y si el desgaste natural de los
bienes de capital fijo depen-de de la cantidad producida y no del paso del
tiempo, la reducción de horas de trabajo deja invariable el beneficio por
unidad de producto, mientras que los beneficios totales dismi-
William Nassau Senior y la reacción anti-ricardiana 309
Después de Senior, defendieron posiciones similares sobre el
tema del valor y la distribución, por ejemplo, sus sucesores en la cátedra de
Oxford, Richard Whately (1787-1863; sus Introductory lectures on political
economy [Conferencias de introducción a la economía política] datan de 1831) y
William Forster Lloyd (1795-1852; su Lecture on the notion of value
[Con-ferencia sobre la noción de valor] data de 1837). Lloyd, en particular,
dis-tinguía claramente lo que ahora llamamos utilidad total y utilidad margi-nal,
y relacionó su teoría subjetiva del valor con un principio de utilidad
(marginal) decreciente.
Cuando fue elevado al arzobispado de Dublín, Whately fundó allí
una escuela de economía política fiel a la visión subjetiva del valor. La
cáte-dra de Economía Política que lleva su nombre en el Trinity College de
Dublín tuvo como primer titular a Mountifort Longfield (1802-1884). A los que
alimentan la ilusión de una «revolución marginalista», nacida en el espacio de
unos pocos años, entre 1870 y 1874, ya adulta y armada como Minerva en la mente
de Júpiter (en nuestro caso, en la mente del trío Jevons-Menger-Walras) se les
aconseja que mediten sobre las Lectures on political economy [Conferencias
sobre economía política] de Longfield (1834), en las que ya están presentes
todos los elementos esenciales de la teoría marginalista del valor, incluida la
idea de los salarios regulados por la productividad (marginal) del trabajo.
Además, en una obra fechada en 1835, Lectures on commerce [Conferencias sobre
comercio]. Longfield desarrolló la teoría ricardiana del comercio internacional
a lo largo de las líneas que más tarde adoptarían Ohlin y Samuelson (cf. más
arriba § 7.6), tomando las dotaciones de trabajo y tierra como elementos
determinantes de la especialización internacional del trabajo.
En 1833 se publicaron los Principles of political economy
[Principios de economía política] de George Poulett Scrope (1797-1876). Era un
texto popular, que se distinguía a nivel científico por la atención que pres-
nuyen en proporción a la reducción del tiempo de trabajo y el
tipo de beneficio disminu-ye con más lentitud (a un ritmo que depende de la
proporción entre capital fijo y capital circulante). Si la reducción de las
horas de trabajo viene acompañada no sólo por un sala-rio por hora que no
varía, sino también por un aumento compensador del número de tra-bajadores
empleados y de una reorganización de los turnos de trabajo que deje sin
varia-ción el grado de utilización de la planta, no tienen por qué cambiar ni
los beneficios totales ni el tipo de beneficio.
310 Los «ricardianos»
y el declive del ricardianismo
taba al mecanismo de oferta y demanda, así como por una teoría
del inte-rés basada en la productividad del capital y por una propuesta de un
tabu-lar standard que anticipaba la teoría de los números índices de precios.
Además, Scrope defendía las obras públicas como medios para luchar con-tra el
paro.
También podemos recordar aquí a un economista escocés, John Rae
(1796-1872), que vivió principalmente en Norteamérica y escribió State-ment of
some new principles on the subject of political economy [Exposición de algunos
nuevos principios de economía política] (1834). La teoría del capital
desarrollada en esta obra anunciaba la teoría de Böhm-Bawerk (cf. más adelante
§ 11.4), al concentrar la atención en la diferente valoración de los bienes
presentes y futuros por parte de los agentes económicos, y comparar el
consiguiente sacrificio de los inversionistas con los rendi-mientos del
capital. Rae es interesante también por la importancia que atribuía al progreso
técnico y al papel activo del Estado para fomentar las innovaciones y el cambio
tecnológico.
Aunque la influencia que estos autores tuvieron en el debate
econó-mico de la época no llegó al nivel de la de ricardianos como McCulloch y,
un poco más tarde, de John Stuart Mill, no podemos considerar que fuera una
literatura «subterránea» (como sí fue el caso de la obra de Gossen —más
adelante § 10.2— al que ahora se celebra ampliamente como precursor del
marginalismo y que tan poco conocido fue en su propia época): la teoría
subjetiva del valor tenía entonces un peso todavía mayor en el debate que el que
tiene actualmente la teoría objetiva.51
A mediados del siglo XIX, el debate teórico en Inglaterra se
caracteri-zaba por la presencia simultánea de diferentes líneas de análisis,
desarro-
Schumpeter
(1954, p. 598; p. 665, trad. cast.) llegó a afirmar que «los ricardianos fueron
siempre minoría, incluso en Inglaterra»; su opinión es ciertamente correcta, si
se interpreta el término ricardianos de un modo suficientemente restrictivo y
nos limitamos a considerar el número de autores o las páginas publicadas; sin
embargo, las cosas cambian si tenemos en cuenta la influencia política y
cultural de las teorías de Ricardo, en particu-lar su apoyo al librecambio, y
tanto más si incluimos entre los «ricardianos» a John Stuart Mill con sus
Principios. Bowley (1937), p. 17, decía que «entre 1823 y 1862 [...] había dos
escuelas diferentes y más o menos contemporáneas incluso en Inglaterra, la
clásica o ricar-diana y la de la utilidad», a menos que consideremos como
clásicos «todos aquellos econo-mistas anteriores a Jevons que se inspiraron
directa o indirectamente en Adam Smith».
Charles Babbage 311
llado por autores que se enfrentaban en un animado debate. En
Francia, por otra parte, el eclecticismo fue la regla (con Chevalier,
Cherbuliez, Gar-nier, Ganilh y otros),52 combinando la teoría del valor de Say
basada en la utilidad y la escasez con la teoría de la abstinencia de Senior y
el estado estacionario de Ricardo, y elementos del análisis de la división del
trabajo de Smith con elementos de la teoría de la acumulación tomados del
manual de John Stuart Mill. En Alemania no faltaron tampoco en aquella época
partidarios de las teorías subjetivas del valor; en efecto, autores como
Gottfried Hùfeland (1760-1817) recogieron la antorcha de Say, anticipándose a
los subjetivistas ingleses;53 sobre todo, se desarrolló una «escuela histórica»
que se concentró en los aspectos institucionales del modo de funcionar de la
economía, pero esta es una línea de investigación a la que volveremos más
adelante (§ 11.2).
8.8. Charles Babbage54
Charles Babbage (1791-1871), un ingeniero inglés que figuró
entre los sucesores de Newton en la cátedra lucasiana de Matemáticas de
Cam-bridge, es considerado un precursor del taylorismo, por una parte, y de la
ciencia informática, por otra. Su obra más conocida es On the economy of
machinery and manufactures [Economía de la maquinaria y las manufac-turas]
(1832; 4.ª ed., 1835), en la que Babbage combinaba el análisis rigu-roso de
diversos procesos productivos con la atención al cambio tecnoló-gico basado en
la introducción de maquinaria,55 con reflexiones generales sobre las causas y
consecuencias de la división del trabajo. Con respecto a esta última, su
contribución a la teoría de la división del trabajo fue doble.
Ante todo, Babbage consideraba que la división del trabajo era
un ele-mento clave para reducir los costes de producción. En particular, la
sub-
Cf. más arriba,
nota 3.
Así, Bowley
(1937), p. 114, pudo sugerir que «la formulación de la ley de la utili-dad
marginal decreciente, que expresó Gossen en 1854, era una interpretación
brillante, pero no sorprendente, de ideas que eran corrientes en aquella
época».
Sobre Babbage y
su teoría de la división del trabajo, cf. Corsi (1984).
Schumpeter
(1954, p. 541n.; p. 604n., trad. cast.) le elogió por «sus definiciones de la
máquina y su concepción del invento».
312 Los «ricardianos»
y el declive del ricardianismo
división de un proceso de trabajo complejo en operaciones
simples per-mite la utilización de trabajadores menos cualificados, que reciben
una menor paga. De hecho, bastaba que cada trabajador poseyera sólo una parte
de la capacidad necesaria para llevar a cabo todo el conjunto de ope-raciones
laborales de cualquier proceso de trabajo.
Por ejemplo, si alguien tuviera que construir casas por sí
mismo, ten-dría que ser un trabajador supercalificado, con una titulación en
arquitec-tura y al mismo tiempo ser un competente electricista, fontanero,
albañil y pintor: evidentemente, su salario tendría que ser muy elevado, muy
superior al de un simple albañil o incluso arquitecto. Por otra parte, cuan-do
las distintas tareas que implica la construcción de una casa se asignan a
diferentes trabajadores, éstos no necesitan tales cualificaciones, y sus
sala-rios serán correspondientemente más bajos.
La tesis de Babbage de que la división del trabajo permite la
utiliza-ción de trabajadores menos cualificados sugiere una teoría de la
proletari-zación que se parece a la de Marx (cf. más adelante § 9.6), aunque
Bab-bage fuera después en una dirección opuesta. Su idea era que el desarrollo
de la división del trabajo, justamente a causa de que significa descompo-ner
cada operación en sus elementos constituyentes más simples, favorece la
invención de maquinaria capaz de realizar estas actividades simples, generando
por ello un proceso de continua sustitución de trabajadores por maquinaria.
Así, las actividades más nobles y complejas implicadas en la organización del
proceso de trabajo y la investigación del desarrollo tec-nológico se reservan a
los seres humanos, mientras que las actividades más monótonas y repetitivas
desaparecen de la escena. Ésta era, después de todo, la misma idea que subyace
en la búsqueda de toda su vida, y que le hizo famoso: una «máquina de cálculo
numérico», la lejana progenitora de las calculadoras mecánicas que, a su vez,
fueron las precursoras de los orde-nadores modernos. De hecho, la máquina se
basaba en el principio de la descomposición de cualquier cálculo en sus
componentes elementales, para lo cual es más fácil sustituir la mente del
hombre por un proceso estandarizado que puede llevar a cabo una máquina.
Esencialmente, Babbage concibió un proceso en dos etapas. En la
pri-mera etapa, la división del trabajo (es decir, la descomposición gradual, a
lo largo del tiempo, del proceso de trabajo en operaciones cada vez más
específicas) favorece la sustitución de trabajadores cualificados por no cua-
Charles Babbage 313
lificados; en esta etapa tenemos una tendencia a la
proletarización, análo-ga al proceso que más tarde describió Marx.56 En la
segunda etapa, sin embargo, tiene lugar una sustitución gradual de trabajadores
no cualifica-dos por maquinaria, y, por lo tanto, una reducción gradual de la
propor-ción de trabajadores no cualificados sobre la población activa total.
Esto vale, como demuestra el ejemplo de la calculadora, no sólo para los
traba-jadores manuales sino también para los «cuellos blancos» de los puestos
de trabajo menos cualificados. Uno de los aspectos más interesantes del
aná-lisis de Babbage reside en el hecho de que establecía una relación directa
entre la creciente división del trabajo y la mecanización.
Teniendo presente no sólo el primer principio de Babbage (la
susti-tución de trabajadores con múltiples cualificaciones por trabajadores
espe-cializados significa un ahorro de los costes salariales), sino también el
segundo principio de Babbage (la división del trabajo favorece la sustitu-ción
del trabajo no cualificado por maquinaria), hallamos que la división del
trabajo y la mecanización interactúan en el proceso de desarrollo. A
consecuencia de las dos fuerzas en contraste, esta interacción no implica una
tendencia que lleve, como previó Marx, al progresivo empobreci-miento de masas
crecientes de la población, sino más bien hacia el pro-gresivo crecimiento de
la riqueza de las naciones, que también permite, aunque en etapas alternativas,
el progresivo aumento del papel que desem-peñan los trabajadores en el proceso
productivo (compensando así, por lo menos en parte, lo que Smith consideraba un
aspecto negativo crucial de la división del trabajo, a saber, la fragmentación
de las tareas laborales).
Menos interesante que Babbage es Andrew Ure (1778-1857), el
«can-tor del maquinismo» (como le llamó Marx; de hecho, debe su notoriedad
Fue en esta
etapa, excluyendo la segunda, en la que el marxista americano Harry Braverman
concentró la atención en su interesante análisis de las tendencias modernas en
la división del trabajo (Braverman, 1974). La descomposición del proceso de
trabajo en sus operaciones elementales, para recomponerse después de manera que
se optimice el proce-so productivo, fue llevada al nivel de rigor científico
por Frederick Winslow Taylor (1856-1915), un ingeniero americano, con su
scientific management (o taylorismo, por su nom-bre). Los principales ensayos
están recogidos en Taylor (1947). El taylorismo favoreció la difusión de líneas
de montaje, cuyos primeros ejemplos datan, aproximadamente, de 1860 (en los
mataderos de Chicago y en la producción del revólver Colt); el triunfo de la
línea de montaje llegó en 1912, cuando comenzó la producción del famoso modelo
T del auto-móvil Ford.
314 Los «ricardianos»
y el declive del ricardianismo
sobre todo a las críticas de Marx). Inventor y profesor de
química y de ciencias naturales en Glasgow durante muchos años, Ure alabó la
fábrica mecanizada y la división del trabajo sobre la base de su análisis de
ciertos procesos productivos, y de la industria algodonera en particular. Su
libro más conocido es The philosophy of manufacture [Filosofía de la
manufac-tura] (1835), pero el contenido analítico de sus obras es débil.
8.9. John Stuart Mill
y el radicalismo filosófico
Por importante que fuera como economista —exponente del
ricar-dianismo maduro y autor de una autorizada perspectiva general de la
doc-trina económica de la época—, John Stuart Mill fue la luz que guiaba la
corriente política del «radicalismo filosófico», una línea de pensamiento que
tenía su origen en Bentham. En la historia de la cultura política, Mill es la
principal referencia de una visión progresista del liberalismo: defen-sor de
una democracia en la que las minorías no se vieran aplastadas por la mayoría
(On liberty [Sobre la libertad], 1859), partidario incondicional de la
emancipación de las mujeres (y propagandista del control de naci-mientos),57
abierto a las sugerencias del cooperativismo socialista, líder del movimiento
antiesclavista y anti-racista,58 con su honestidad intelectual y su actitud
abierta fue una figura clave cuya influencia fue más allá de su propia época.
Hijo de James Mill —a quien ya encontramos como el amigo que
ayudó a Ricardo a escribir los Principios— y alumno de Bentham, el joven John
Stuart creció en un entorno que abundaba en estímulos cul-turales. Sometido por
su padre a un formidable tour de force educativo (a la edad de tres años
comenzó a estudiar griego y aritmética), inteligente y cultivado, pero también
sensible a los estímulos de la poesía de Cole-
Cf. Schwartz
(1968), pp. 26-30, y pp. 245-256, donde se reproducen los folletos con consejos
anticonceptivos, probablemente distribuidos por el joven Mill.
Mill se oponía
a la idea (apoyada por Carlyle, Ruskin y muchos otros) de que la raza, más que
las instituciones, explica el subdesarrollo, condenando «el vulgar error de
imputar todas las diferencias que [Carlyle] encuentra entre los seres humanos a
una dife-rencia que tiene su origen en la naturaleza» (citado por Peart y Levy,
2003, p. 134). Esto se halla plenamente en línea con la posición de Smith sobre
los orígenes de la división del trabajo (cf. más arriba § 5.7).
John Stuart Mill y el radicalismo filosófico 315
ridge, después de un período de crisis psicológica que puso fin
a una infancia y una juventud tristemente carentes de calor y alegría humanos,
a la edad de veinticinco años se enamoró de Harriet Taylor, que era dos años
más joven que él pero ya estaba casada y era madre de dos niñas. John Stuart y
Harriet se casaron veinte años después, en 1851, tras la muerte de su esposo;
pero Harriet había sido desde mucho antes, y lo seguiría siendo hasta su muerte
en 1858, una importante fuente de ins-piración para John Stuart. Como su padre
James antes que él, trabajó para la Compañía de las Indias, ocupando puestos de
creciente responsa-bilidad, desde 1823 hasta su retiro cuando, en 1858, la
Compañía fue liquidada y la administración de la India pasó a ser responsabilidad
direc-ta del Gobierno británico.
Aquí consideraremos a grandes rasgos dos aspectos fundamentales
de sus muchas contribuciones: el utilitarismo y (en el § 8.10) la economía
política (por lo tanto, dejando de lado, entre otras cosas, sus importantes
contribuciones sobre lógica59 y sobre libertad y democracia).60 Con res-
«Mill fue un
empirista radical: la única fuente de conocimiento era la experiencia de los
sentidos; el conocimiento se obtenía inductivamente; y las leyes científicas
eran sim-plemente regularidades de los hechos empíricos» (Hands, 2001, p. 16).
Para una
reciente exposición de las ideas de Mill sobre libertad y democracia, y de su
relevancia para el debate contemporáneo, cf. Urbinati (2002). El punto de vista
de Mill se caracteriza como «libertad respecto del sometimiento», más que las
categorías tradiciona-les de «libertad como no interferencia» o «libertad como
autonomía»; esto implica una espe-cie de autocontrol interno sobre el principio
democrático de la «regla de la mayoría», que no requiere la supresión de la
disidencia sino la apertura hacia ella: «un orden político que se desarrolla
con publicidad, palabras y opinión educa a los individuos a considerar la
inves-tigación crítica y la disidencia como virtudes políticas más que como
fuerzas trastornantes» (Urbinati, 2002, p. 12). El despotismo de «los muchos» o
del «único» o de «los pocos» es igualmente condenable; la administración
pública basada en directrices y una burocracia independiente de la política de
partidos son importantes. La participación y la representa-ción (mediante
elecciones) deben concebirse «no como dos formas alternativas de política
democrática, sino como formas relacionadas que comprenden el continuum de la
acción política en las democracias modernas» (ibíd., p. 70). Contrario a
Rousseau y a los defenso-res de una visión absolutista del «contrato social»,
Mill se opuso con fuerza a la idea de que, una vez celebradas las elecciones,
la política sea cosa del elegido; en éste, como en otros aspectos, Mill se
mostró de acuerdo con Tocqueville. Lo que Urbinati (2002), p. 82, llama «el
modelo agonístico de la democracia deliberativa» implica un «sentimiento de
lealtad» (recordando el «común acuerdo» de Hume), pero que deje un amplio
espacio para la disi-dencia y el debate. También podemos recordar que «Mill
declaró inequívocamente que un orden social basado en unos medios de producción
nacionalizados sería despótico» (ibíd., p. 194); sin embargo, Mill (1848) se
expresa a favor de la nacionalización de los monopolios.
316 Los «ricardianos»
y el declive del ricardianismo
pecto al utilitarismo, nos centraremos en las diferencias
sustanciales entre su visión y los distintos enfoques de Bentham y Jevons, que
se exponen, respectivamente, en los §§ 6.7 y 10.3. También veremos que el
utilitaris-mo de Mill no tiene nada que ver con la teoría subjetiva del valor
desa-rrollada por el naciente marginalismo, constituyendo, más bien, una
críti-ca que se anticipa a su época.
El cálculo felicífico de Bentham consistía en la valoración de
los pla-ceres y los dolores (considerados como cantidades positivas y negativas
en un espacio unidimensional) que proceden de una acción dada. Éste
pro-porciona la solución al problema de la ética: un resultado algebraicamente
positivo del cálculo felicífico indica una buena acción, mientras que un
resultado negativo indica una mala acción. Evidentemente, el cálculo de
placeres y dolores se refiere a las consecuencias de la acción que se conside-ra
para el conjunto de la sociedad. En su famoso opúsculo sobre Utilitaria-nism
[El utilitarismo] (1861), Mill defendió el consecuencialismo como opuesto a la
moral deontológica. Al mismo tiempo, sin embargo, criticó la idea de que los
sentimientos humanos pudieran reducirse a distintas canti-dades de una magnitud
unidimensional, el placer (o, en negativo, el dolor).
Abandonando la visión sensualista de la naturaleza humana que
subya-ce en las teorías de Bentham,61 Mill efectuó una clara distinción entre
el uti-litarismo como un criterio moral y el utilitarismo como una
interpretación del comportamiento de los individuos. Hay dos aspectos en esta
distinción. Primero, Mill (1861, pp. 312-313) sostiene explícitamente que es la
costum-bre, más que un cálculo felicífico consciente, la que explica una gran
parte de las acciones humanas.62 Segundo, cuando consideramos aquellos aspectos
del comportamiento humano sobre los que queremos pronunciar un juicio moral, el
criterio utilitarista no tiene que aplicarse —de nuevo según Mill (ibíd., p.
324)— a algún «placer» sensual inmediato, sino a una mezcla más compleja de
sentimientos y razón, situada a un nivel más elevado.
La idea de una mezcla compleja de sentimientos y razón se
relaciona-ba con el reconocimiento, por parte de Mill, de que existen
diferencias cua-
Ciertamente
Condillac, partidario de una visión sensualista, puede considerarse precursor
de Bentham y Jevons.
En esto podemos
percibir la influencia de David Hume (y, asimismo, de Adam
Smith).
John Stuart Mill y el radicalismo filosófico 317
litativas entre las diferentes clases de placeres (y dolores),
que no pueden reducirse a diferencias cuantitativas. Mill destacó, a veces
incluso de forma mordaz, la incapacidad de Bentham para reconocer este aspecto
(hablando, por ejemplo, de «lo incompleto de su propia mente [la de Bentham]»,
o, citando a Carlyle, de «lo completo de los hombres limitados», o, de nuevo,
recordando la declarada indiferencia de Bentham hacia la poesía).63
Fue en este contexto, y refiriéndose a la fuerza de la
costumbre, en el que Mill (1861, p. 313) destacó que «el deseo de obrar bien
debe ser cul-tivado», o (ibíd., p. 289) «que la educación y la opinión, que
tienen un poder tan considerable sobre el carácter humano, deben usarse de tal
manera que inculquen en la mente de cada individuo una asociación indi-soluble
entre su propia felicidad y el bien de todos». Otra razón para la educación, en
el sentido de desarrollo de una comprensión inteligente de la naturaleza humana
y sus «múltiples facetas», era que la aplicación del criterio utilitarista en
el juicio moral requiere tal comprensión.64 En efec-to, esta aplicación no es
una cuestión sencilla, mecánica e inequívoca: «así, muchas cosas parecen justas
o injustas, según la luz a la que se las consi-dera. […] La utilidad es un
patrón incierto, que cada persona distinta interpreta de modo diferente», e
incluso «en la mente de uno y el mismo individuo, la justicia no es una regla,
principio o máxima, sino muchos» (Mill, 1861, p. 328).
Como ejemplo de diferentes opiniones, Mill consideró el tema del
igualitarismo, donde «el derecho que todos tienen a la felicidad, en opi-nión
del moralista y del legislador, implica un igual derecho a todos los medios de
la felicidad», añadiendo inmediatamente, sin embargo, una matización que abre
el camino a diferencias en el juicio, «excepto en la medida en que las
inevitables condiciones de la vida humana, y el interés
Mill (1838), p.
148; (1840), pp. 173-174; (1861), pp. 279-283. Tal vez podamos detectar un eco
de las críticas de Mill en las invectivas de Schumpeter (1954, p. 133; p. 173,
trad. cast.) contra el utilitarismo: «los utilitaristas redujeron el entero
mundo de los valores humanos al mismo esquema, eliminando, como contrario a la
razón, todo lo que realmente importa al hombre. En este sentido merecen
realmente que se les reconozca la creación de algo completamente nuevo en la
literatura [...], la más superficial de todas las filosofías de la vida».
La construcción
de Goethe, «many-sidedness» (o, lo que posiblemente sea mejor, una
multiplicidad de facetas) fue recordada por Mill en su Autobiography (Mill,
1873, p. 98). Cf. también el ensayo sobre Coleridge (Mill, 1840, p. 201).
318 Los «ricardianos»
y el declive del ricardianismo
general, en el que todo individuo se incluye, pongan límites al
máximo» (Mill, 1861, p. 336).
Es claro, pues, que Mill rechazaba la imagen de un cálculo
felicífico omnicomprensivo y unívoco que los individuos podrían aplicar sin
riesgos como criterio para emitir juicios morales sin que surgieran
continuamen-te diferentes valoraciones y controversias. A consecuencia de la
naturaleza multidimensional de los hombres, el conflicto es inevitable, e
incluso puede alcanzar la intensidad de los conflictos subyacentes en las
tragedias griegas. A propósito, el reconocimiento de este hecho —a saber, la
legiti-midad de profundas diferencias de opinión— desempeñó un papel decisi-vo
en la teoría de la política de Mill, centrada en la noción de libertad (a la
que dedicó un famoso ensayo, On liberty, publicado en 1859).65
En pocas palabras, el «utilitarismo modificado» de Mill no
rechazaba la ética consecuencialista, en cuanto opuesta a los principios
deontológicos a priori. Sin embargo, se encontraba aún más lejos que la
posición de Ben-tham respecto de la teoría subjetiva del valor de Jevons. Esta
última teoría, como veremos (§ 10.3), se basaba en una noción unidimensional de
utili-dad, en términos de la cual se expresaban las preferencias individuales;
ade-más, se suponía que éstas eran independientes entre sí y suficientemente
estables como para permitir su utilización en el análisis del comportamien-to
de los agentes económicos.66 Incluso para Bentham, como se observó más arriba
(§ 6.7), la ética consecuencialista no implicaba la noción de agentes
económicos racionales que maximizaban una utilidad unidimensio-nal; en Mill,
las cautelas y matizaciones con las que se rodeaba al cálculo felicífico
diferenciaban notablemente la noción clásica del hombre económi-co de la
concepción jevonsiana. La noción clásica del hombre económico se encuentra más
cerca de la idea latina del buen paterfamilias que de la idea sensualista de un
autómata que maximiza la facilidad concebida como una magnitud unidimensional.
(De hecho, la noción del buen paterfamilias se
En este ensayo
Mill subrayaba la necesidad de garantizar a las minorías áreas de libertad que
no pudieran ser suprimidas por decreto por la mayoría, destacando entre otras
cosas que «la unidad de opinión […] no es deseable» (Mill, 1859, p. 56).
De Marchi
(1973), pp. 78-97, señala que Mill, a diferencia de los demás econo-mistas
clásicos, estaba familiarizado con el cálculo diferencial e integral; su
distanciamien-to de la visión de la utilidad marginal dependía de sus opiniones
sobre el método de la cien-cia y sobre la naturaleza humana, incluida su
adhesión a la psicología asociacionista.
John Stuart Mill y el radicalismo filosófico 319
aplica comúnmente por los juristas precisamente para sortear la
imposibi-lidad de determinar unívoca y objetivamente el comportamiento óptimo,
refiriéndose en cambio a tal comportamiento como un observador impar-cial
podría considerar justificado por las circunstancias, aunque no tenga que
hallar necesariamente la aprobación general.)
Es importante destacar aquí que la visión de Mill se relaciona,
retros-pectivamente, con la de Smith, y con carácter más general con la de la
Ilus-tración escocesa, por lo menos en dos aspectos importantes. El primero era
la idea del «espectador imparcial» que propuso Smith en su Teoría de los
senti-mientos morales y fue adoptada de nuevo por Mill en su formulación del
prin-cipio de máxima felicidad.67 El segundo elemento consistía en la visión,
común a Smith (y a la Ilustración escocesa en su conjunto) y a Mill, de los
seres humanos como «animales sociales»: un elemento decisivo, en Smith como en
Mill, para una comprensión de cómo pueden los ciudadanos de una sociedad
civilizada percibir la existencia de intereses comunes incluso cuando persiguen
su interés personal, superando de este modo el mero egoísmo.
Estos elementos, comunes a Mill y a la tradición escocesa, han
sido descuidados por comentaristas como Viner (1949), que veía en las
dife-rencias entre Bentham y Mill el contraste entre el racionalismo del siglo
XVIII y el romanticismo del XIX. Aunque esta interpretación, de hecho, capta
correctamente algunos aspectos importantes del pensamiento de Mill, no debe
forzarse el contraste hasta el extremo de crear una brecha entre la economía
política racionalista del siglo XVIII (y principios del XIX) y una nueva
tendencia romántica cuyo punto de llegada sería la escuela histórica alemana o
su equivalente británica, con un regreso final al racio-nalismo cuando la
economía comenzó a ser dominada por la teoría de la elección racional basada en
la noción del agente económico racional.
Para entender las raíces dieciochescas del pensamiento de Mill
debe-mos evitar cualquier confusión entre la Ilustración escocesa y la
tradición cartesiana francesa, con su extrema exaltación de la diosa Razón en
la Revolución francesa. De hecho, Bentham estuvo muy cerca en espíritu de
«La felicidad
que conforma el patrón utilitarista de lo que es una buena conducta, no es la
felicidad del agente, sino la que interesa a todos. Entre su propia felicidad y
la de los demás, el utilitarismo le exige que sea un espectador tan
estrictamente imparcial como desinteresado y benevolente» (Mill, 1861, p. 288).
320 Los «ricardianos»
y el declive del ricardianismo
esta última creencia, tanto que lo hicieron ciudadano honorario
de la Francia republicana. Mill, por otra parte, seguía la tradición de la
Ilustra-ción escocesa, que destacaba la presencia simultánea de diferentes
elemen-tos en la naturaleza humana y que distinguía, con Smith, el egoísmo del
interés personal, guiado por la sensibilidad hacia los demás seres humanos —la
ética de la simpatía— y la conciencia cívica.
Por lo tanto, podemos concluir que los economistas clásicos,
desde Smith hasta John Stuart Mill, centraron su atención en un individuo
com-plejo, guiado simultáneamente por el interés personal y por reglas
sociales. Los análisis de los economistas clásicos suponían, ciertamente, que
los agentes económicos se comportaban de modo racional; pero esto no implicaba
la aceptación de la opinión sensualista —o en cualquier caso unidimensional— de
la naturaleza humana. En el contexto de la econo-mía política clásica,
«comportamiento racional» implicaba simplemente la ausencia de contradicciones
y la idea de que, siempre que haya una mag-nitud específica que mida el
resultado de la elección entre diferentes alter-nativas, como sucede con los
beneficios en la competencia entre los capi-tales, se prefiere lo más a lo
menos. Pero esta posibilidad no se generalizaba hasta llegar a comprender la
totalidad del comportamiento humano. En concreto, en su análisis del consumo
los economistas clásicos evitaron la idea de medir los resultados de las
elecciones de los agentes económicos en términos de una magnitud
unidimensional. En este campo, las elecciones individuales se consideraban más
bien como resultado de hábitos y cos-tumbres, modificados continuamente por la
aparición de nuevos bienes, de manera que los productores se consideraban de
hecho el primum movens en la determinación de las estructuras de consumo.
Todo esto parece confirmarse con la definición de economía
política de Mill, en cuanto limitada a un aspecto específico de la naturaleza
huma-na, a saber, el deseo de poseer riqueza.68 Esta definición equivale, de
El tema fue
tratado en el quinto (y último) de los Essays on some unsettled questions of
political economy. La economía política se definía aquí (Mill, 1844, p. 133)
como «la ciencia que trata de la producción y distribución de la riqueza, en
cuanto dependen de las leyes de la naturaleza humana»; en consecuencia, la
economía política «no trata […] del conjunto de la conducta del hombre en la
sociedad. Se refiere a él únicamente como ser que desea poseer riqueza y que es
capaz de juzgar acerca de la eficacia comparativa de los medios para la
obtención de ese fin» (ibíd., p. 137).
Mill y la economía política 321
hecho, a suponer «racionalidad» en el sentido de que, ceteris
paribus, los individuos prefieren más riqueza que menos riqueza (por lo tanto,
más salarios, beneficios y rentas, que menos). Sin embargo, esto no tenía nada
que ver con las elecciones del consumidor o con el recurso al supuesto de
mensurabilidad de los valores de uso para explicar los valores de cambio. De
hecho, la elección del consumidor era un tema llamativamente ausen-te en los
monumentales Principios de Mill; debe considerarse, más bien, un exponente
típico de la economía política clásica, en la que, como hemos visto, parecen
tomarse los hábitos y costumbres como el principal elemento de explicación de
la estructura del consumo y de su evolución a lo largo del tiempo.
8.10. Mill y la economía política
Concentremos ahora la atención en Mill, el «ricardiano», y en
sus contribuciones a la economía política.69
Los primeros escritos de Mill en el campo económico, los Essays
on some unsettled questions of political economy, fueron elaborados en
1829-1830, pero no se publicaron hasta 1844. Junto con la definición de
eco-nomía política esbozada más arriba contienen una contribución decisiva a la
teoría del comercio internacional, a saber, la teoría de la demanda recí-proca
utilizada para determinar las relaciones de cambio entre importa-ciones y
exportaciones. La teoría de los costes comparativos de Ricardo (cf. más arriba
§ 7.6) no determinaba los valores específicos de las relaciones de cambio entre
cualquier par de mercancías en el comercio internacional, sino un intervalo
cuyos extremos venían dados por las relaciones de cam-bio entre las dos
mercancías en cada uno de los dos países, es decir —según la teoría del
valor-trabajo—, la relación entre las cantidades de trabajo requeridas,
respectivamente, para su producción. Para determinar la espe-cífica relación de
cambio internacional dentro de este intervalo, Mill comparó la demanda que cada
país ejercía respecto del producto exporta-
Los estudios
sobre los diferentes aspectos del pensamiento de Mill son numerosos. Para la
interpretación de su contribución a la economía política, podemos mencionar por
lo menos el extenso estudio de Hollander (1985), que privilegia una clave de
interpreta-ción neoclásica, en contraste con el enfoque que adoptamos aquí.
322 Los «ricardianos»
y el declive del ricardianismo
do por el otro país, determinándose la relación de cambio
internacional en el nivel que asegura la igualdad de valor entre la demanda
recíproca de los dos países. Esto significa, entre otras cosas, que tiene
ventaja un país pequeño, cuya demanda es relativamente pequeña.70 Además, en
estos ensayos Mill desarrolló una importante valoración crítica de la «ley de
Say» (elaboración a la que, como vimos más arriba en el § 6.3, contribuyó su
padre James), asignando al estado de confianza de los agentes económicos un
papel importante en la explicación de las vicisitudes económicas.
Después de un merecidamente famoso tratado de lógica (Mill,
1843), en un par de años de trabajo desarrollado en el tiempo que le dejaba
libre su vinculación a la Compañía de las Indias, produjo lo que iba a ser
duran-te más de cuarenta años (hasta la publicación de los Principles of
economics [Principios de economía] de Marshall en 1890) el texto estándar para
el estudio de la economía política, al menos en el mundo anglosajón.71 Los
Principles of political economy aparecieron en 1848, teniendo ocho edicio-nes
antes de la muerte del autor.
El texto es una exposición de las propias contribuciones de
Mill, y tam-bién incorpora algunas ideas desarrolladas por los economistas
anti-ricardia-nos, tales como la teoría de la abstinencia de Senior (cf. más
arriba § 8.7). Mill desarrolló también su propia versión del positivismo
expuesto por Auguste Comte (1798-1857; el Cours de philosophie positive, en
seis volú-
La teoría de la
demanda recíproca fue adoptada por Marshall en la elaboración de su teoría del
valor (cf. más adelante § 13.2), y reelaborada en un marco conceptual
com-pletamente marginalista por Edgeworth (1894a).
Además, el
ampliamente leído texto de John Elliot Cairnes (1823-1875), Some lea-ding
principles of political economy newly expounded [Algunos importantes principios
de economía política expuestos recientemente], (1874), reflejaba claramente la
influencia de Mill. El propio Cairnes fue un exponente importante del mundo
académico anglosajón. Le debemos el desarrollo de la noción milliana de grupos
no competitivos y la noción de com-petencia comercial que, a diferencia de la
«competencia industrial», no incluye la movilidad territorial de la oferta
(esto es, el intercambio debe tener lugar en una localización especí-fica, por
ejemplo la tienda); con estos conceptos, Cairnes anticipó algunos elementos de
las nociones de competencia imperfecta o monopolística de medio siglo más tarde
(cf. más ade-lante § 13.10). Otro texto universitario ampliamente leído, el
Manual of political economy, fue publicado en 1863 por otro seguidor de Mill,
Henry Fawcett (1833-1884). Desde 1863 hasta su muerte, a pesar de su ceguera, Fawcett
fue profesor de Economía Política en Cambridge, y fue, por lo tanto, predecesor
de Marshall en este papel; además, desde 1865 fue un influyente miembro del
Parlamento (sobre la interesante personalidad de Fawcett, cf. Goldman, 1989).
Mill y la economía política 323
menes, data de 1830-1842), que defendía una «ciencia general de
la socie-dad» que pudiera captar las interdependencias existentes entre todos
los fenómenos sociales. Aparentemente, Mill decidió abordar el problema de
interpretación de las sociedades humanas desde diferentes posiciones,
apli-cando una disciplina esencialmente inductiva (sociología de Comte), junto
con una disciplina esencialmente deductiva, la economía política, y con una
ciencia que todavía tenía que formarse, a saber, la etología, o ciencia del
carácter nacional.
Con un procedimiento lógico, paso a paso, que iba a señalar la
pauta, los Principios se dividían en cinco libros (posiblemente, un eco de La
riqueza de las naciones de Smith): producción, distribución, cambio,
desa-rrollo económico y papel del Gobierno.
El tratamiento de la producción, según Mill, precede lógicamente
al de la distribución, dado que la primera se considera como el campo de las
«leyes naturales», independiente de las instituciones, que en cambio se
consideran relevantes para la distribución, la cual está sometida a leyes
his-tóricamente relativas. Sin embargo, hay excepciones implícitas en este
principio, puesto que una serie de temas relativos a las instituciones son
abordados en el libro primero de los Principios.
El análisis smithiano de la división del trabajo constituye el
panora-ma de fondo del tratamiento que hace Mill de la producción; sobre la
maquinaria, y sobre la importancia de los rendimientos crecientes a esca-la, se
cita también a Babbage (1833). Así, Mill sugiere la tesis de una ten-dencia a
la concentración industrial (aumento de la dimensión de las empresas), en la
que Marx puso mucho énfasis. Entre otros asuntos espe-cíficos que Mill incluye
dentro de la rúbrica general de la producción, está el tema de los monopolios
naturales (para los cuales el remedio es la nacio-nalización) y el tratamiento
separado de la agricultura, en la que se aprue-ba la explotación campesina en
pequeña escala.
El libro segundo, sobre la distribución, se abre con un capítulo
sobre la propiedad. Mill proporciona aquí una equilibrada discusión de los pros
y los contras de los diferentes regímenes. La opinión sobre la propiedad
privada depende de si se organiza de tal modo que evite las desigualdades
excesivas y arbitrarias, lo que a su vez depende de la difusión de la educación
y de los frenos al crecimiento de la población, pero también de un impuesto
progre-sivo sobre las herencias y de salvaguardas institucionales contra el
abuso de
324 Los «ricardianos»
y el declive del ricardianismo
los derechos de propiedad. El comunismo, identificado con la
realización de la igualdad generalizada, se considera inferior al socialismo,
que permite la existencia de diferencias individuales según el mérito de cada
uno. Las coo-perativas y la participación en los beneficios, que se analizan
con detalle en el libro cuarto, representan la solución por la que se inclina
Mill.
Igual que en la distribución de la renta, los beneficios se
identifican con la abstinencia, siguiendo a Senior, y, por lo tanto, se
determinan por la valoración que hace la sociedad del presente en comparación
con el futuro. El principio de población de Malthus cobra mucha importancia en
el tratamiento de los salarios: Mill insiste en la necesidad de contener el
crecimiento de la población como una prioridad para mejorar las condi-ciones de
las clases trabajadoras. También están presentes elementos de una teoría del
fondo de salarios, pero no en la forma rígida que a veces se ha atribuido al
conjunto de la economía política clásica por descripciones excesivamente
simplificadas que se centran en la «retractación» de Mill (se hablará de ella
más adelante).
La teoría del valor no hizo su aparición hasta el libro tercero,
que trata del cambio; una elección que puede haber tenido algo que ver con una
interpretación no metafísica de la noción de valor (otros autores, de Ricar-do
a Marx, han conservado a menudo un elemento metafísico de valor «intrínseco» o
«absoluto»), que muestra la distancia que existe entre Mill y el enfoque
marginalista (que consideró la distribución como un aspecto particular del
problema del valor).72
Fue
precisamente esto lo que provocó la crítica de Schumpeter (1954, pp. 542; 543;
p. 605, trad. cast.): «La central teoría del valor, que habría de aparecer en
primer lugar por razones de lógica [...] se ofrece en el libro III, como si
sólo tuviera que ver con la “cir-culación” de los bienes y como si la
producción y la distribución fueran comprensibles sin ella». Efectivamente, el
papel de la teoría del valor en el enfoque clásico es un asunto com-plejo. Por
una parte, constituía el núcleo central de la estructura analítica clásica y
expre-saba el núcleo de sus opiniones sobre el funcionamiento de una economía
competitiva. Por otra parte, purgada de los elementos metafísicos, la teoría
clásica del valor, en lo que se refiere a la determinación de las relaciones de
cambio entre los sectores de una economía basada en la división del trabajo y
en la propiedad privada de los medios de producción, consideraba dadas la
tecnología, que procede de la evolución de la división del trabajo, y la
distribución de la renta, que proviene de la organización institucional y del
poder rela-tivo de negociación de las clases sociales contendientes.
Evidentemente, debemos destacar que en este contexto los intercambios no se
refieren solamente a la venta de bienes de con-sumo, sino también y ante todo a
la red de relaciones entre sectores que permite la «repro-ducción» del sistema
económico a lo largo del tiempo.
Mill y la economía política 325
La teoría del valor de cambio de Mill procede de Smith y
Ricardo, pero también de autores como Bailey. Aunque no lo cita nunca, este
último es la fuente probable de la distinción entre las mercancías cuya oferta
es fija, aquellas cuya oferta puede aumentarse indefinidamente sin aumentar el
coste medio de producción, y aquellas cuya oferta no puede aumentarse más que a
costes crecientes. La teoría del valor sólo puede aplicarse adecuada-mente a la
segunda categoría. Aquí, los precios «naturales» corresponden a los costes de
producción (que incluyen las rentas de la tierra, que represen-tan un coste de
oportunidad, y los beneficios, que se consideran la remune-ración de la
abstinencia); los precios «de mercado» dependen de la oferta y la demanda, y
coinciden con el precio natural cuando la oferta es igual a la demanda. Como ya
se ha mencionado con respecto a De Quincey (en el § 8.4), esta reelaboración de
la teoría del valor representa una etapa de transi-ción del enfoque clásico al
marshalliano; aunque hemos de recordar que Mill se encuentra muy lejos de un
enfoque subjetivo: como en el caso de Smith o Ricardo, el valor de uso sólo
representa un requisito previo (no cuantifi-cable) para que exista un valor de
cambio positivo, pero no contribuye a su determinación.
El libro cuarto de los Principios se refiere a las tendencias
del cam-bio histórico; aquí encontramos una ilustración de la tendencia de los
beneficios a un mínimo, y de la consiguiente tendencia de la economía a un
estado estacionario. Pero el estancamiento económico no debe con-fundirse con
el estancamiento social y cultural: de hecho, Mill vuelve a uno de sus temas
favoritos —las restricciones al crecimiento de la pobla-ción— para señalar el
camino a un posible progreso en la condición de las clases trabajadoras en una
economía estacionaria; también encontra-mos en este contexto referencias al
tema de la sostenibilidad ecológica del progreso económico. El libro se cierra
con un capítulo sobre el futu-ro probable de las clases trabajadoras, en el que
se tratan las cooperativas y el socialismo.
Como en La riqueza de las naciones de Smith, el libro quinto se
ocupa del papel del Gobierno: impuestos, deuda pública, áreas de intervención
pública en la economía. Aún más que en Smith, el apoyo al liberalismo
(político) no implica un rígido compromiso con el liberalismo económico en
abstracto, sino un análisis, complejo y caso por caso, de las oportunas
desviaciones respecto al principio del laissez-faire.
326 Los «ricardianos»
y el declive del ricardianismo
Mill fue un escritor prolífico; pero después de los Principios
sus con-tribuciones más importantes se refirieron a temas políticos (libertad y
democracia, emancipación de la mujer, socialismo) y al utilitarismo. Sin
embargo, los historiadores del pensamiento económico recuerdan a menu-do como
relevante su última contribución de 1869, la «retractación» de la teoría del
fondo de salarios.
En su formulación más rudimentaria, la teoría del fondo de
salarios afirmaba que el tipo de salario viene determinado por la relación
entre dos magnitudes independientes: la cantidad de capital disponible para el
man-tenimiento de los trabajadores y el número de trabajadores empleados. El
principal defecto de esta teoría, por lo menos en su formulación más sim-ple,
es que consideraba el numerador como un dato del problema, mien-tras que está
claro que la cantidad de capital disponible para el manteni-miento de los
trabajadores (el fondo de salarios) no sólo varía a lo largo del tiempo a
consecuencia de la acumulación, sino que también puede variar en un momento
dado del tiempo si el mantenimiento de los trabajadores productivos implica el
uso de bienes previamente utilizados para otras finalidades, tales como el
consumo de lujo. En un artículo aparecido en el número de mayo de 1869 de la
Fortnightly Review, Mill declaró que había abandonado la teoría del fondo de
salarios después de la crítica de William Thornton (1813-1880) —que había
aparecido aquel mismo año— en su libro On labour [Sobre el trabajo] (1869).
Diversos historiadores del pen-samiento económico consideran un momento
decisivo esta «retractación» de Mill, viendo en él la decadencia final del ricardianismo,
pero el hecho es que la teoría del fondo de salarios no formaba parte de la
construcción lógica de Ricardo, ni desempeñaba ningún papel central en la
estructura analítica de Mill, siendo principalmente relevante en el debate —muy
importante a nivel político— del poder de los sindicatos para elevar el nivel
de vida de los trabajadores.73
Desde el punto de vista de la decadencia del edificio
ricardiano, fue mucho más importante, como ya se sugirió más arriba, junto con
la acep-
Para una
reconstrucción «lakatosiana» (cf. más arriba § 1.3) del debate sobre la teo-ría
del fondo de salarios, cf. Vint (1994). Sobre la «retractación» de Mill, cf.
Schwartz (1968), pp. 91-101.
Mill y la economía política 327
tación de la teoría de la abstinencia de Senior, la
transformación de la noción de precio de mercado en una variable teórica,
determinada por la demanda y la oferta. Es precisamente en este aspecto en el
que podemos decir que Mill, intentando conciliar en una sola construcción
analítica el principio ricardiano-clásico de la dificultad de producción y el
principio anti-ricardiano de la demanda y la oferta (y, por lo tanto, entre
bastidores, de la utilidad y la escasez), abrió camino a la síntesis marshalliana,74
aun-que Mill se mantuvo firmemente en el campo clásico, rechazando toda idea de
situar en el centro de la teoría del valor aquellos elementos —esca-sez y
utilidad— sobre los que descansaba el enfoque subjetivo.
Schumpeter
(1954, p. 530; p. 593, trad. cast.), llegó a hablar de una «línea
Smith-Mill-Marshall»; en la misma dirección, cf. Dobb (1973), pp. 112-115.
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9. KARL MARX
9.1. Introducción
La estructura analítica basada en la noción de excedente y en la
repre-sentación del sistema económico como un flujo circular de producción y
consumo, desarrollada por los economistas clásicos, y en particular por
Ricardo, fue adoptada y utilizada de modo original por Karl Marx (1818-1883).
Él centró su análisis en el choque de intereses entre la burguesía y el
proletariado, guiándose sus investigaciones en el campo económico por un
objetivo político dominante, a saber, la crítica radical del modo de produc-ción
capitalista. El marco de su pensamiento reflejaba también la influen-cia de la
filosofía hegeliana (en particular, la de los llamados hegelianos de izquierda:
Ludwig Feuerbach, Bruno Bauer y Max Stirner) y de las corrien-tes
anticapitalistas francesas (de Babeuf y Buonarroti a Proudhon).
Así, como veremos con más detalle en las páginas que siguen, con
su teoría de la alienación en la primera fase, y más adelante con su teo-ría
del fetichismo de las mercancías, Marx propuso una crítica de la divi-sión del
trabajo en la sociedad capitalista. Además, con su teoría de la explotación,
trataba de demostrar que los beneficios proceden de «trabajo no pagado» incluso
en un sistema que incorpore el criterio de justicia capi-talista —intercambio
de equivalentes— según el cual las dos partes que intervienen en el intercambio
dan y reciben valores iguales.
Al desarrollar esta tesis, Marx adoptó la teoría del
valor-trabajo conteni-do. Al mismo tiempo fue consciente, como Ricardo, de los
límites de esta teoría; e intentó —sin éxito, como se vio después— demostrar
que los resul-tados obtenidos basándose en ella conservan su validez cuando el
análisis se
330 Karl Marx
basa en los «precios de producción» que respetan la condición de
un tipo uni-forme de beneficio en todos los sectores de la economía. Los mismos
funda-mentos débiles subyacen en la llamada ley de la tendencia decreciente del
tipo de beneficio y, de modo más indirecto, en la del creciente empobrecimiento
del proletariado: dos aspectos centrales de la tesis políticamente decisiva de
Marx de que era inevitable el derrumbamiento del capitalismo.
Otros aspectos de las construcciones teóricas de Marx, como las
teo-rías sobre el nacimiento y el desarrollo del modo de producción
capitalis-ta (esto es, las teorías que se refieren a la acumulación primitiva,
los esque-mas de reproducción simple y ampliada, el ejército industrial de
reserva, la tendencia a la concentración industrial), están, sin embargo,
relaciona-dos menos directamente con la teoría del valor-trabajo contenido, y,
por lo tanto, están menos condicionados por sus defectos. Dejando a un lado su
inmensa influencia en la política, la contribución de Marx al desarrollo de la
ciencia económica fue probablemente más importante en aquellos campos de
investigación que menos tenían que ver con su proyecto revo-lucionario. Por lo
tanto, al valorar su contribución a nuestro ámbito es importante tener presente
el contexto político en el que se desarrolló, pero al mismo tiempo debemos
evitar considerarla totalmente dependiente de aquel proyecto, como si todos los
elementos de la construcción teórica marxiana tuvieran que sostenerse o caer
junto con él.1
9.2. Vida y escritos2
Karl Marx nació en Tréveris, una pequeña ciudad prusiana, el 5
de mayo de 1818. Su padre era un abogado judío convertido al protestantis-mo.
Karl frecuentó el instituto de su ciudad natal y la universidad —en la que, a
decir verdad, no mostró gran aplicación—, primero en Bonn (1835) y después en
Berlín (1836-1841), graduándose finalmente en Jena en 1841 con una tesis sobre
Demócrito y Epicuro. En 1843 se casó con Jenny von Westphalen, hija de un alto
funcionario prusiano.
Sobre las
numerosas ilustraciones de la teoría económica de Marx podemos men-cionar la de
Sweezy (1942).
2 De los muchos libros sobre la vida de Marx, podemos mencionar
a Riazanov (1927), Nikolaevski y Maenchen-Helfen (1963).
Vida y escritos 331
Durante los años de universidad Marx fue influido por la
izquierda hegeliana (Feuerbach, Bauer y Stirner). Su ambición inicial era
emprender una carrera académica como profesor de filosofía, pero se refugió en
el periodismo. En mayo de 1842 se convirtió en editor de la Rheinische
Zei-tung, un periódico liberal de Colonia que, sin embargo, fue cerrado al cabo
de sólo un año por las autoridades prusianas. Entonces Marx emigró a París,
donde encontró a Friedrich Engels (1820-1895), su gran amigo y colaborador durante
toda su vida. Algunos cuadernos, que se publicaron póstumamente como
Manuscritos económicos y filosóficos, datan de este período; son importantes
para la reconstrucción de la etapa formativa del pensamiento de Marx, y, sobre
todo, de su teoría de la alienación.
En 1845 Marx fue expulsado de París y se trasladó a Bruselas. De
este período tenemos algunos escritos, principalmente filosóficos, en los que
Marx y Engels elaboraron la teoría del materialismo histórico. En resu-men, la
teoría decía que las transformaciones del modo de producción (esto es, los
cambios en la estructura económica de la sociedad) ejercen una decisiva
influencia en la «superestructura», esto es, en las instituciones políticas y
en el entorno cultural. Un voluminoso manuscrito, La ideolo-gía alemana, data
de 1845-1846: fue escrito en la pesada y enrevesada jerga de la izquierda
hegeliana; Marx y Engels la abandonaron «a la roedora crí-tica de los ratones»
(como el propio Marx recuerda en el prólogo a Con-tribución a la crítica de la
economía política, 1859, p. 86), y sólo se publi-có póstumamente. Otras dos
obras desarrollaban una crítica del materialismo de Feuerbach: las Tesis sobre
Feuerbach, escritas en 1845, y la Miseria de la filosofía, redactada en 1847.
Por encargo de la Liga de los Comunistas,3 Marx y Engels
escribieron en 1848 su programa, el Manifiesto del partido comunista, una obra
maes-tra literaria por la energía de su lenguaje, que había de convertirse en
uno
La Liga de los
Comunistas nació en 1847 como evolución de la Liga de los Justos, que a su vez
se había fundado en 1836 dentro del movimiento clandestino de trabajadores
expatriados, con el que Marx y Engels entraron en contacto en París. La Liga de
los Justos estaba afiliada a la Sociedad Francesa de las Estaciones, influida
por las ideas de François-Noël (Gracchus) Babeuf y Filippo Buonarroti
(1761-1837; su La conspiration pour l’égalité, que describe los acontecimientos
de 1796, data de 1828). Sobre la historia de la Liga de los Comunistas vale la
pena leer las páginas de Engels y los estatutos publicados en el apén-dice a la
edición italiana de Marx y Engels (1848, pp. 251-276).
332 Karl Marx
de los escritos más influyentes de todos los tiempos. El
proyecto revolu-cionario al que Marx y Engels permanecerían fieles durante el
resto de sus vidas, se expresaba en términos penetrantes,4 como una destilación
del fruto de sus vastas reflexiones sobre temas filosóficos, políticos y
econó-micos. Así, por ejemplo, su formulación del materialismo histórico se
expresaba en una sola frase: «La historia de todas las sociedades que han
existido hasta ahora es la historia de la lucha de clases»5. El programa polí-tico
del Manifiesto preveía la superación de la propiedad privada de los medios de
producción mediante la expropiación, para transferirla al con-trol directo del
Estado (que evidentemente ya no sería «un comité de dirección de los asuntos
ordinarios de la burguesía»,6 sino la expresión política del proletariado).
1848 fue un año de revoluciones en toda Europa. Marx volvió a
Colonia para editar la Neue Rheinische Zeitung y desempeñar su papel en las
convulsiones políticas de su país. Sin embargo, la fiebre revolucionaria se
apagó pronto; en abril de 1849 ya había sido cerrada la Neue Rheinische
Zeitung, y Marx, expulsado de Prusia, se trasladó a Londres. Aquí pasó el resto
de sus días, llevando una vida de estudio centrada en la biblioteca del British
Museum, aunque sin dejar de mantener una activa implicación en la política, a
través de la Primera Internacional (más exactamente, la Aso-ciación
Internacional de Trabajadores, fundada en 1864).7
Recordemos, por
ejemplo, las frases con las que comienza y termina el Manifiesto: «Un fantasma
recorre Europa: el fantasma del comunismo»; «Los comunistas […] decla-ran
abiertamente que sus fines sólo pueden alcanzarse por el derrocamiento forzado
de todas las condiciones sociales existentes. Dejemos que las clases dirigentes
tiemblen ante una revolución comunista. Los proletarios no tienen nada que
perder, excepto sus cadenas. Tienen un mundo que ganar. Trabajadores de todos
los países, ¡uníos!» (Marx y Engels, 1848, pp. 48 y 82).
5 Ibíd., p. 48.
6 Ibíd., p. 51.
7 La Primera Internacional se disolvió en 1867, después de
crecientes fricciones en el debate político interno, en particular entre
Bakunin, Lassalle y Marx. La Segunda Inter-nacional nació en 1889 como una
alianza de los partidos socialistas europeos, y se disolvió cuando, al estallar
la Primera Guerra Mundial, los sentimientos nacionalistas prevalecieron incluso
dentro de los partidos socialistas. La Tercera Internacional o Komintern
(1919-1943), nacida en Moscú como una alianza de los partidos comunistas de
todo el mundo después de la Revolución soviética, fue dominada por la Unión
Soviética, para ser seguida después de la Segunda Guerra Mundial por la
Kominform (1947-1989). Todavía existe una Cuarta Internacional, fundada por
Trotski en 1931, en París. La Internacional Socia-
Vida y escritos 333
La familia de Marx vivía en circunstancias económicamente
apuradas: de sus siete hijos sólo sobrevivieron a Marx las tres hijas. Marx
vivía de los derechos de autor de sus escritos y de algún trabajo ocasional
como perio-dista (de 1851 a 1861 fue corresponsal europeo del New York Daily
Tri-bune), pero básicamente dependía de la ayuda financiera de Engels, que era
descendiente de una familia de empresarios algodoneros alemanes y trabajaba en
Manchester, en la filial inglesa de la empresa familiar.
De los años de Londres consideraremos cuatro obras. En primer
lugar, tenemos la Contribución a la crítica de la economía política, publica-da
en 1859. Aquí Marx ilustró, mejor que en cualquier otro lugar, la con-cepción
materialista de la historia, presentándola como resultado de sus reflexiones
durante los años vividos en París. Podemos citar aquí el célebre pasaje en el
que Marx (1859, p. 84) resume sus opiniones:
En la producción social que realizan, los hombres entran en
relaciones determinadas que son necesarias e independientes de su voluntad;
estas rela-ciones de producción corresponden a una etapa definida de desarrollo
de sus fuerzas productivas materiales. La suma total de estas relaciones de
producción constituye la estructura económica de la sociedad, su fundamento
real, sobre el que se elevan las superestructuras legales y políticas y a la
que corresponden unas formas determinadas de la conciencia social. El modo de
producción de la vida material condiciona el proceso de vida social, política e
intelectual en general. No es la conciencia de los hombres la que determina su
ser, sino que, por el contrario, su ser social determina su conciencia. En una
determinada etapa de su desarrollo las fuerzas productivas materiales de la
sociedad entran en conflicto con las relaciones de producción existentes, o —lo
que no es sino una expresión legal de la misma cosa— con las relaciones de
propiedad con las que habían estado funcionando antes. Estas relaciones pasan
de ser formas de desarrollo de las fuerzas productivas a convertirse en sus
cadenas. Sobreviene entonces un período de revolución social.
lista (o Quinta Internacional), fundada en Zúrich en 1947,
agrupa a los partidos socialde-mócratas.
Mijaíl Bakunin (1814-1876) llevó a un primer plano las ideas
anarquistas latentes en los escritos de autores como Godwin o Proudhon.
Ferdinand Lassalle (1825-1864), alemán, partidario del sufragio
universal como un medio para la emancipación de los trabajadores, defendía
también las cooperativas y fue, sobre todo, un líder político, fundador de la
Asociación General de Trabajadores Ale-manes, de la que nació el SPD, el
Partido Socialdemócrata alemán. También se le conoce por ser el autor de la
expresión «ley de bronce de los salarios».
334 Karl Marx
En otras palabras, los cambios continuos de la tecnología
(interpreta-dos en sentido amplio como el desarrollo de la división del
trabajo: lo que Marx llamaba «las fuerzas productivas») constituyen un elemento
dinámi-co y progresista que genera tensiones crecientes en el elemento estático
y conservador que representan las «relaciones de producción», o sea, el
con-junto de instituciones y costumbres en el que tiene lugar la actividad
eco-nómica. La fuerza de la inercia representada por las «relaciones de pro-ducción»
está conectada, a su vez, con la «superestructura» política, jurídica y
cultural. El elemento dinámico —las fuerzas productivas— está destinado a darle
la vuelta al sistema de relaciones de producción y a la superestructura en una
etapa revolucionaria. Tenemos entonces la transi-ción a un nuevo sistema de
relaciones de producción (en terminología marxiana, un nuevo «modo de
producción»: del feudalismo al capitalismo, y después al socialismo, y
seguidamente al comunismo), con el correspon-diente hundimiento de la
superestructura.
Como puede verse en el pasaje de Marx que se ha citado antes, el
materialismo histórico no indicaba una dependencia mecánica de la
supe-restructura institucional e ideológica respecto de la «estructura»
económi-ca. Más bien nos enfrentamos con una compleja interrelación entre los
dos términos: lo que Marx sostenía, tal vez con excesiva impetuosidad, era que
el vínculo causal que va de la estructura a la superestructura es mucho más
fuerte que el vínculo que va en la dirección opuesta.8 Sea lo que fuere, la historia
—la senda del desarrollo de las sociedades humanas— se conce-bía como un
proceso dialéctico en el que las etapas de desarrollo normal conducen
inevitablemente a etapas revolucionarias, marcando la transi-ción de un sistema
de relaciones sociales a otro.
La segunda obra importante del período de Londres fueron los
Grun-drisse, un conjunto de manuscritos elaborados entre 1857 y 1858, y
publi-cados póstumamente, que constituyeron la premisa inmediata de El capital
y que, desde su publicación (1939-1941), se han mostrado particularmen-
Los críticos de
Marx, especialmente en las últimas décadas, han destacado en gene-ral que esta
tesis implica una radical subestimación del papel de los sentimientos
naciona-listas y religiosos en la determinación de la historia de los pueblos y
de los países. Algunos científicos políticos sostienen que son precisamente
estos elementos los que desempeñan un papel decisivo en los conflictos de la
última década en todo el mundo: cf., por ejemplo, el importante ensayo de
Huntington (1996).
La crítica de la división del trabajo: alienación y fetichismo 335
te atractivos para aquellos que interpretan el pensamiento de
Marx más desde el punto de vista filosófico que desde el punto de vista
económico.
La tercera y fundamental obra fue El capital. El primer volumen
se publicó en 1867; el segundo y el tercero aparecieron póstumamente, edi-tados
por Engels, en 1885 y 1894, respectivamente. Lo que Marx proba-blemente tenía
intención de que fuera el cuarto volumen de El capital, esto es, las Teorías de
la plusvalía, un examen de la historia del pensamiento económico, quedó
inacabado, no pasando de ser más que un conjunto de notas preparatorias; fue
editado por Kautsky y publicado en 1905-1910. Volvemos ahora a este grupo de
escritos para ilustrar la contribución de Marx a la ciencia económica.
Claramente, estamos tratando aquí la etapa de madurez del pensamiento de Marx;
es importante destacar que, aun cuando los temas económicos ya estaban
presentes en sus investigaciones de los años de París, Marx se fue implicando
en la teoría económica como un desarrollo lógico de sus investigaciones
filosóficas y políticas.
Finalmente, podemos recordar entre las obras de los años de
Londres la Crítica del programa de Gotha (1878), un texto breve pero de gran
alcance, que atrajo una considerable atención por sus referencias de pasada a
las carac-terísticas de las sociedades socialistas y comunistas que debían
seguir al capi-talismo, pero que también es importante porque constituía la
reacción de Marx (y de Engels) ante una corriente política, el reformismo
socialdemó-crata, que estaba adquiriendo una creciente importancia en el seno
de los principales partidos obreros de la época: los de Alemania y Gran
Bretaña.
Marx murió en 1883: el mismo año que nacieron Keynes y
Schum-peter.9
9.3. La crítica de la
división del trabajo:
alienación y fetichismo de la mercancía
La noción de alienación (del latín alius, el ‘otro’) es un
concepto de origen hegeliano, desarrollado por Marx en los Manuscritos
económicos y
Las
necrológicas y las reacciones inmediatas a la muerte de Marx se recogen en
Foner (1973).
336 Karl Marx
filosóficos de 1844. Con este concepto Marx trataba de destacar
la posición del trabajador en el modo de producción capitalista. El obrero se
ve alie-nado por tres razones principales. En primer lugar, los obreros no
poseen sus propios medios de producción, que pertenecen a los capitalistas. En
segundo lugar, los trabajadores no son propietarios del producto de su
actividad (que también pertenece a los capitalistas, los cuales adelantan los
medios de producción y los salarios a cambio del derecho al producto). En
tercer lugar, los trabajadores no controlan la organización del proceso
pro-ductivo, en el que sólo tienen un papel específico y limitado.
Así, observaba Marx, las herramientas, el producto y el proceso
de trabajo aparecen ante los trabajadores como entidades ajenas; en
conse-cuencia, los trabajadores no los conciben positivamente como medios en
los que se manifieste su papel activo en la sociedad y en relación con la
naturaleza.10 Por eso, el trabajo resulta para los trabajadores un medio para
un fin particular —ganar un salario, y, por lo tanto, los medios de
subsis-tencia—, más que su realización como individuos dentro de la sociedad.11
Todo esto implica el distanciamiento del ser humano respecto de los demás seres
humanos.
La noción de alienación, tan importante en los Manuscritos y tan
reve-ladora de la influencia de la filosofía hegeliana, desapareció de la
escena en la obra principal del período de madurez, El capital, donde dio paso
al con-cepto de fetichismo de la mercancía. Veamos lo que Marx entiende por
ello.
Cualquier sociedad basada en la división del trabajo, dice Marx,
siguiendo a Adam Smith, se basa en la cooperación entre los productores.
«¿Qué es lo que
constituye la alienación del trabajo? Primero, que el trabajo es externo al
trabajador, que no forma parte de su naturaleza; y que, en consecuencia, él no
se realiza en su trabajo, sino que se niega a sí mismo, tiene un sentimiento de
infelicidad más que de bienestar, no desarrolla libremente sus energías
mentales y físicas, sino que se encuentra físicamente exhausto y mentalmente
degradado. El trabajador, por lo tanto, sólo se siente a sus anchas durante su
tiempo libre, mientras que en el trabajo se siente como un sin hogar. Su
trabajo no es voluntario, sino impuesto, es trabajo forzado. No es la
satis-facción de una necesidad, sino sólo un medio para satisfacer otras
necesidades. [...] Final-mente, el carácter externo del trabajo para el obrero
lo muestra el hecho de que no es su propio trabajo, sino el trabajo para otro,
de que en el trabajo no se pertenece a sí mismo sino a otra persona» (Marx,
1844, pp. 124-125; cursiva en el original).
«El trabajo
alienado invierte la relación, en la que el hombre [...] hace de su acti-vidad
vital, su ser, sólo un medio para su existencia» (ibíd., p. 127).
La crítica de la división del trabajo: alienación y fetichismo 337
Una vez que la etapa de producción para el autoconsumo es
sobrepasada, cada trabajador realiza una tarea específica cuyos resultados, en
general, se utilizan para la satisfacción de las necesidades y deseos de otros;
así, el tra-bajador necesita el producto del trabajo de otros para su
subsistencia y para obtener los medios de producción. Como resulta de la
representación de la actividad económica como un flujo circular de producción y
consu-mo, esta red que conecta actividades productivas separadas que cooperan
para la supervivencia y reproducción de la economía constituye el funda-mento
sobre el que descansan la economía y la sociedad. Todos los econo-mistas
clásicos —y Marx, que aquí sigue sus pasos— consideran la divi-sión del trabajo
y su desarrollo como la base de la riqueza de las naciones, y, por lo tanto,
del bienestar social. Sin embargo, esto no quiere decir que ignoren los
aspectos negativos de la división del trabajo: como vimos más arriba (§ 5.8),
el propio Smith abordó el tema, anticipando en algunos aspectos el análisis
marxiano de la alienación. La cuestión que aquí queda pendiente es si el
reconocimiento de ciertas implicaciones negativas de la división del trabajo
debe traducirse necesariamente, como sucede en Marx, en una crítica global de
la organización política y social de la economía de mercado, o más bien, como
es el caso de Smith, en una valoración compa-rativa de las ventajas y
desventajas, en la que la aprobación general se vea compensada por una acción
encaminada a combatir los efectos negativos.12
Con la noción de fetichismo de la mercancía, que se ilustra en
el pri-mer capítulo del libro I de El capital, Marx dio un paso adelante en una
dirección concreta, formulando explícitamente su crítica de la división del
trabajo en la forma específica que adopta en las economías capitalistas. Aquí
no sólo los flujos de intercambio que conectan las distintas unidades
productivas van a través del mercado, sino que los propios trabajadores se ven
obligados a vender su trabajo en el mercado, y a comprar allí sus medios de
subsistencia. De esta manera las relaciones sociales de produc-ción —la
cooperación entre los trabajadores activos en los diferentes sec-tores
económicos y en las distintas unidades productivas— se ven oscure-cidas por el
hecho de que lo que se intercambia no es el tiempo de trabajo
Debe recordarse
que temas semejantes estaban presentes en diversos autores de la escuela
sociológica escocesa, tales como Adam Ferguson (cf. más arriba § 4.9), cuyo
trata-miento del asunto recordó Marx con aprobación.
338 Karl Marx
de uno por el tiempo de trabajo de otro, sino diferentes
mercancías. El mercado, mientras constituye el terreno común para la necesaria
conexión entre trabajadores divididos, opera de tal modo que las mercancías se
con-vierten en fetiches, el fin último de las actividades de producción y
cam-bio, y la condición necesaria (como medios de producción y como medios de
subsistencia) para la supervivencia y reproducción de los individuos, y del
sistema económico en su conjunto. Sin embargo, cuando se analiza crí-ticamente
con más rigor, surge algo que a primera vista podría fácilmente pasar
desapercibido, a saber, que el intercambio de mercancías en el mer-cado
constituye el medio para el intercambio de tiempo de trabajo, o, en otras
palabras, para la colaboración entre los trabajadores, cada uno de los cuales
desarrolla una actividad específica. En una sociedad basada en la división del
trabajo, cada trabajador contribuye al producto social y, por lo tanto, al
bienestar común con su actividad. Sin embargo, esta colabo-ración social queda
oscurecida y tan desviada de su verdadero fin por el fetichismo de la mercancía
que parece que el fin último de todo agente económico sea la propiedad de los
valores de cambio, en una situación que se caracteriza por la estratificación
social en la que los procesos producti-vos son controlados por una clase social
específica —los capitalistas— y no por la sociedad en su conjunto.13
9.4. Crítica del
capitalismo y explotación
Junto con el fetichismo de la mercancía, el segundo —y
principal— aspecto de la crítica de Marx al capitalismo descansa en la tesis de
que las sociedades capitalistas se basan en la explotación de los trabajadores
por los capitalistas.
A fin de demostrar esta tesis, Marx introdujo la distinción
entre tra-bajo y fuerza de trabajo. El trabajo es el ejercicio en la práctica
real de algu-na actividad productiva. La fuerza de trabajo, por otra parte, es
el trabaja-dor como persona, que incorpora el potencial para ejercitar una
actividad productiva.
«Nos ocupamos
[...] de una relación social definida entre seres humanos, que, a sus ojos, ha
asumido aquí la apariencia de una relación entre cosas» (Marx, 1867-1894, vol.
1, p. 45).
Crítica del capitalismo y explotación 339
La distinción entre trabajo y fuerza de trabajo puede compararse
con la diferencia entre el calor y una fuente específica de calor, por ejemplo
el carbón. El carbón es la mercancía que se compra y se vende en el merca-do, a
un precio tal que cubra sus costes de producción. El comprador uti-liza después
el carbón para obtener calor, pero lo podría utilizar con otros propósitos, por
ejemplo para escribir en una pared o de cualquier otra manera: una vez se ha
comprado, la mercancía pertenece al comprador y puede utilizarse como éste
quiera.14
Algo parecido sucede en la relación entre el trabajador y el
capitalis-ta. La mercancía vendida por el trabajador es fuerza de trabajo, o
capaci-dad de trabajo; el capitalista paga por ella su valor, o, en otras
palabras, paga lo suficiente para cubrir sus costes de producción. En el caso
de la fuerza de trabajo estos costes corresponden a los medios de subsistencia
requeridos para mantener vivo al trabajador (junto con su familia, a fin de
asegurar la sustitución del obrero cuando se retire o fallezca). Así, el valor
de la fuerza de trabajo corresponde al salario mínimo de subsistencia. Pagando
por ello, el capitalista adquiere el derecho a utilizarlo en el pro-ceso
productivo, para obtener de él (o de ella) un número dado de horas diarias (o
semanales) de trabajo, que de hecho serán tantas como pueda conseguir, y, por
lo tanto, dada la extensión del día de trabajo,15 en general
Evidentemente,
siempre existe un conjunto de reglas que limitan nuestra libertad de uso de la
mercancía: por ejemplo, no podemos utilizar nuestro carbón para encender una
hoguera en el patio común de un condominio o escribir en las paredes blancas de
la casa de otro, ni tampoco podemos utilizar a un trabajador como esclavo.
Específicamente, el capitalista sólo tiene derecho a un número dado de horas de
trabajo semanales del tra-bajador contratado, sobre la base de la ley y de las
normas establecidas con los sindicatos en acuerdos generales de trabajo.
Hay diferentes
elementos que regulan la duración del día de trabajo, con resulta-dos que se
diferencian de un sector de la economía a otro, a lo largo del tiempo y en
rela-ción con diferentes sistemas económicos: primero, tenemos hábitos
sociales, incorporados en la situación heredada del pasado; segundo, existen
leyes y regulaciones; tercero, hay rela-ciones de poder entre las diferentes
clases sociales, y políticas adoptadas por las institucio-nes relevantes, y,
sobre todo, los sindicatos, que influyen en las horas de trabajo pactadas en
los convenios colectivos de trabajo; finalmente, tenemos las irregularidades de
la coyun-tura económica que influyen de facto en las horas de trabajo. Las
horas diarias de trabajo tienden a disminuir con el tiempo, de una forma
gradual pero sistemática, con efectos sig-nificativos a largo plazo: desde los
tiempos de Marx las horas de trabajo se han reducido en general a la mitad, con
repercusiones revolucionarias en los estilos y filosofías de vida, habi-da
cuenta de la creciente importancia del tiempo libre.
340 Karl Marx
un número de horas que excede del valor de la fuerza de trabajo,
o sea, el número de horas de trabajo «contenido» en los medios de subsistencia
dia-rios del trabajador. Así como el uso del carbón nos da calor, el uso de la
fuerza de trabajo nos da trabajo, o dicho con más precisión, se lo da al
comprador de la mercancía, que en el caso de la fuerza de trabajo es el
capitalista.
En un sistema económico en el que se produce un excedente, la
can-tidad de trabajo diario que proporcionan los trabajadores es mayor que la
cantidad de trabajo requerida para producir sus medios diarios de
subsis-tencia. La cantidad total de trabajo realizado en nuestro sistema
económi-co puede, pues, subdividirse en dos partes. La primera parte, o trabajo
necesario, es el que se requiere para producir los medios de subsistencia para
todos los trabajadores empleados en la economía. La segunda parte, o trabajo
excedente, es el resto del trabajo realizado: o sea, es igual a la dife-rencia
entre el trabajo social total y el trabajo necesario.
Esta representación de un sistema económico presupone la
separación de los trabajadores de la propiedad del producto.16 Como hemos
visto, en una sociedad capitalista esta separación va unida a la de los
trabajadores de la propiedad de sus medios de producción. El capital, entendido
como la capacidad de controlar los medios de producción y la propia fuerza de
tra-bajo, es, en opinión de Marx, sobre todo una «relación social de
produc-ción»: una categoría que expresa las relaciones de clase en una sociedad
capitalista, y en particular la subordinación de los trabajadores a los
capi-talistas. El origen del capital en este sentido del término coincide con
la formación de una clase de trabajadores desposeídos de sus medios de
producción, y es el resultado de un largo proceso social que Marx llamó
«acumulación originaria», y que marca la transición del feudalismo al
capitalismo.17
En las
sociedades feudales el trabajo excedente se utilizaba (predominantemente) de
forma improductiva, para el consumo de lujo de las clases dirigentes (nobleza y
clero); además, y lo que es más importante, las formas de apropiación del
trabajo excedente eran distintas de las que predominaban en una sociedad
capitalista.
La acumulación
originaria fue descrita por Marx (en el capítulo 24 del libro I de El capital:
Marx, 1867-1894, vol. 1, pp. 790-847) como la disolución de la estructura
eco-nómica de la sociedad feudal guiada por la ley del más fuerte. Sobre la
transición del feu-dalismo al capitalismo, ha tenido lugar un vivo debate entre
los estudiosos marxianos. Cf. Dobb (1946); Dobb et ál. (1954).
Crítica del capitalismo y explotación 341
Supongamos que la teoría del valor-trabajo (que Marx tomó de
Ricar-do) sea válida. El producto nacional anual tiene, pues, un valor igual al
tra-bajo social total, L, que es la cantidad de trabajo empleado durante el
año. Con un tipo de salario igual al mínimo de subsistencia, el salario total
de todos los trabajadores de la economía tiene un valor igual al trabajo
nece-sario, LN. El excedente tiene un valor igual al tiempo de trabajo que
exce-de del trabajo necesario, o sea, igual al trabajo excedente PL (= L – LN),
yendo a los capitalistas en forma de beneficios P (y a los terratenientes en
forma de renta, pero, en aras de la sencillez, prescindiremos de este
ele-mento, como también del capital financiero y los intereses, que Marx y los
economistas clásicos consideraban parte de los beneficios). Por lo tanto,
aunque los trabajadores reciban todo el valor de la mercancía que venden (a
saber, su fuerza de trabajo, cuyo valor —como vimos— es igual a su coste de
producción, esto es, a la cantidad de trabajo contenido en sus medios de
subsistencia), o en otras palabras, aunque lo que Marx consi-deró el criterio
de justicia económica que rige en el capitalismo —«inter-cambio de valores
iguales»— ciertamente se sostiene, la plusvalía que va a los capitalistas corresponde
al trabajo no pagado, y, por lo tanto, a la explotación de los trabajadores por
parte de los capitalistas.18
Marx definió la tasa de explotación como una relación entre el
«traba-jo no pagado» o trabajo excedente y el «trabajo pagado» o valor de la
fuer-za de trabajo; de ahí que s = PL/LN. Por lo tanto, la tasa de explotación
depende de la duración de la jornada laboral y de la parte de ésta que
corresponde al trabajo necesario, o sea, al valor de la fuerza de trabajo. Marx
distinguía en este aspecto entre plusvalía absoluta, debida a la pro-longación
de la jornada laboral, y plusvalía relativa, que resulta de una reducción en el
valor de la fuerza de trabajo.19
La extensión de
la categoría de explotación de las relaciones entre clases sociales a las
relaciones entre países desarrollados y en vías de desarrollo, propuesta por
las teorías marxianas del imperialismo (Luxemburg, 1913; Lenin, 1916), implica
una radical supera-ción de la teoría marxiana de la explotación; de hecho, las
teorías del imperialismo se basan en mayor o menor grado en los intercambios
desiguales que resultan de las enormes dife-rencias de poder económico y
militar.
«Doy el nombre
de plusvalía absoluta a la plusvalía producida por una prolonga-ción de la
jornada laboral. Por otra parte, a la plusvalía que se produce por una
reducción del tiempo de trabajo necesario, y por un cambio correspondiente en
las proporciones rela-tivas de los dos componentes de la jornada laboral, le
doy el nombre de plusvalía relativa (Marx, 1867-1894, vol. 1, p. 328; cursiva
en el original).
342 Karl Marx
La tasa de explotación es igual al tipo de beneficio (dado por
la rela-ción entre los beneficios y el capital adelantado) sólo cuando el
capital ade-lantado está compuesto únicamente por salarios, o, en otras
palabras, cuando los trabajadores no utilizan medios de producción (materias
pri-mas, herramientas y maquinaria). Sin embargo, tal supuesto contradice la
misma naturaleza del sistema capitalista, en el que el papel de los
capita-listas procede precisamente de su control sobre los medios de producción.
Así, en general, el capital adelantado incluye también otros medios de
pro-ducción distintos del trabajo, y el tipo de beneficio será más bajo que la
tasa de explotación. Por lo tanto, el tipo de beneficio proporciona una idea
reduccionista de la explotación de los trabajadores por los capitalistas.
Con esta teoría de la explotación Marx demostraba que el
excedente aparece en el proceso productivo, y no en la circulación de
mercancías. Esta última tesis se describe como beneficio de la alienación,
siendo la idea que los beneficios aumentan comprando a precios bajos y
vendiendo a precios altos. Marx atribuyó esta tesis a los «mercantilistas» y,
como obser-vamos más arriba (§ 2.6), la atacó con vehemencia: «La clase
capitalista de un país no puede, en su conjunto, extralimitarse».20 Según Marx,
en la esfera de la circulación, «libertad, igualdad, propiedad y Jeremy Bentham
son los elementos supremos»: libertad, porque todos entran libremente en
acuerdos de intercambio; igualdad, porque «el comprador y el vendedor [...]
intercambian valores equivalentes»; propiedad, «porque cada uno de ellos
dispone exclusivamente de sí mismo»; Bentham (esto es, utilitaris-mo), porque
«la fuerza [...] que los hace entrar en relación mutua es el interés propio, y
nada más».21
Marx dirigió esta crítica no sólo al pensamiento mercantilista,
sino también a las diversas corrientes socialistas que condenaban los
beneficios como una detracción injusta del fruto del trabajo, un grupo
heterogéneo que incluía a los «socialistas ricardianos» (cf. más arriba § 8.6),
que soste-nían que todo el valor del producto debía corresponder a los
trabajadores, y a los escritores anticapitalistas como Proudhon (conocido por
su frase:
Ibíd., p. 150.
Ibíd., p. 164.
Crítica del capitalismo y explotación 343
«la propiedad es un robo»).22 A fin de distinguir su teoría de
la explotación de estas tesis, Marx destacó que el suyo era un «socialismo
científico», que reconocía que el criterio equitativo del «intercambio de
equivalentes» se cumplía en el sistema capitalista.
La tesis del beneficio de la venta puede representarse mediante
el esquema D – M – D´, donde D indica el dinero y M las mercancías: el dinero D
compra mercancías M, que se venden de nuevo por una suma mayor de dinero, D´.
Es evidente que este esquema viola la regla del inter-cambio de equivalentes:
si M es igual a D en el primer paso, no puede ser igual a D´ en el segundo
paso.23 Sin embargo, Marx propuso un esquema que representaba simultáneamente
el proceso de circulación y el proceso de producción:
D — M (FT y MP) ... M´ — D´.
En este último esquema (en el que los intercambios se
representan por guiones y el proceso productivo por una serie de puntos) el
dinero D compra las mercancías, y, dicho con más precisión, la fuerza de
trabajo FT y los medios de producción MP; a través del proceso productivo
obtene-mos un conjunto distinto de mercancías, M’, que se cambia por una suma
de dinero, D´, mayor que la suma inicial. El valor de los medios de pro-ducción
distintos del trabajo se transmite sin experimentar ningún cam-bio al valor del
producto;24 el beneficio P (= D´ – D) tiene su origen en el hecho de que la
fuerza de trabajo transmite al valor del producto no sólo su propio valor
(igual, como hemos visto, al valor de sus medios de sub-sistencia), sino
también el trabajo excedente o trabajo no pagado.
Pierre-Joseph
Proudhon (1809-1865), tipógrafo y corrector de pruebas francés, que se
autodefinía como anarquista, partidario de proyectos de reforma monetaria y
defen-sor del asociacionismo, seguía a los «socialistas ricardianos» al deducir
de la teoría del valor-trabajo la tesis de que los beneficios, los intereses y
las rentas eran «renta no ganada». Su principal obra, ¿Qué es la propiedad?, se
publicó en 1840. La respuesta a la pregunta del título, «la propiedad es un
robo», revive la definición de Brissot de Warville en 1782: cf. Cerroni (1967),
p. XXX.
Para ser
riguroso, Marx utilizó el esquema M – D – M´ (la mercancía se vende a cambio de
dinero, con el que se adquiere otra mercancía) para representar el proceso de
circulación de mercancías en general (Marx, 1867-1894, vol. 1, pp. 83 y ss.).
Evidentemente,
para el capital fijo esto se refiere a la depreciación.
344 Karl Marx
La explotación que caracteriza el modo de producción capitalista
(e, incluso más directamente, los modos de producción anteriores como el
feudalismo y la servidumbre) puede superarse, sostenía Marx, con la transición
a modos de producción más avanzados, primero el socialismo, y después el
comunismo. El socialismo se caracteriza por la propiedad colectiva de los
medios de producción, que Marx preveía como una etapa preparatoria del
comunismo. Marx consideraba la transición del capitalismo al socialismo como una
consecuencia necesaria de ciertas «leyes de movimiento del capitalismo», o más
exactamente como la cre-ciente bipolarización de la sociedad entre un
proletariado cada vez más numeroso y más pobre (la «ley del empobrecimiento
creciente») y una burguesía cada vez más fuerte pero numéricamente pequeña (la
«ley de la concentración capitalista»); tal bipolarización tenía que desembocar
necesariamente en una revolución. Más adelante, en el § 9.6, volveremos sobre
estos puntos.
Como hemos visto, un elemento clave en la construcción de la
teo-ría de la explotación que se ilustra más arriba es el recurso a la teoría
del valor-trabajo contenido para expresar en términos homogéneos las
dife-rentes magnitudes (producto, medios de subsistencia, excedente). Como
vimos en los capítulos sobre Smith y Ricardo, según la teoría del
valor-trabajo, el valor de cambio de las mercancías es proporcional a la
canti-dad de trabajo contenido en cada una de ellas, o en otras palabras, la
can-tidad de trabajo directa e indirectamente requerido para producirlas. Como
Ricardo, Marx también fue consciente del hecho de que los valo-res de cambio
determinados sobre la base de la teoría del valor-trabajo no se corresponden
con los precios a los que se intercambian las mercancías en mercados
competitivos, cuando tenemos que suponer que el tipo de beneficio es uniforme
en todos los sectores de la economía. La teoría del valor-trabajo puede
utilizarse, a lo sumo, como una aproximación inicial, con tal de que pueda
demostrarse después, en un segundo paso, que no conduce a errores
irremediables. Como veremos más adelante (§ 9.7), Marx se disponía a abordar
este punto decisivo en su teoría en el libro III de El capital, pero la
solución que propuso —la llamada transformación de valores de trabajo en
precios de producción— también se mostró insu-ficiente, con la consecuencia de
que una serie de elementos decisivos del edificio teórico marxiano tienen que
cuestionarse, incluida la misma teo-ría de la explotación.
Acumulación y reproducción ampliada 345
9.5. Acumulación y
reproducción ampliada
En el libro II de El capital, Marx ilustró dos esquemas para el
análisis del sistema económico, al nivel de la reproducción simple, y en
términos de reproducción ampliada, o acumulación.25 Ambos esquemas incorporan
la condición de reproductibilidad: para cada mercancía, la cantidad pro-ducida
debe ser igual o mayor que la cantidad utilizada en el proceso eco-nómico como
medio de producción o subsistencia necesaria.
En el caso de la reproducción simple, período tras período los
niveles de producción no varían. Si aparece un excedente se dirige a consumo de
lujo o a subsistencia para los trabajadores desempleados o improductivos.
Por otra parte, en el caso de la reproducción ampliada, al menos
una fracción del excedente se acumula —esto es, se añade a las cantidades
ante-riores de medios de producción y subsistencia—. De este modo, período tras
período, el número de los trabajadores empleados en el proceso pro-ductivo
puede aumentar, y con ellos la cantidad de medios de producción que utilizan.
Sin cambios en la tecnología se produce una ampliación pro-gresiva de la
economía. Además de este proceso, hay un progreso técnico que generalmente toma
la forma de un uso creciente de maquinaria, según una representación del
desarrollo económico que es común a Marx y a los economistas clásicos como
Ricardo.
Marx distinguía dos sectores de la economía, uno que producía
medios de consumo y otro, medios de producción. Los niveles de activi-dad
relativos de los dos sectores están en equilibrio cuando la producción total de
los mismos puede ser absorbida por la economía.
En el caso de la reproducción simple, esto sucede cuando la
cantidad de medios de producción que se generan es igual a la cantidad empleada
en los procesos productivos de los dos sectores, mientras que la cantidad de
bienes de consumo que se producen es igual a las necesidades de medios de
subsistencia para los trabajadores empleados en la economía, más la canti-dad
utilizada para el consumo de lujo o el consumo improductivo. En este caso, la
totalidad del excedente se compone de bienes de consumo.
En algunos
aspectos importantes estos esquemas fueron precursores del modelo de
crecimiento proporcional de Neumann (1937).
346 Karl Marx
En el caso de la reproducción ampliada, el excedente debe
consistir en medios de producción y en bienes de consumo. Además, la relación
entre bie-nes de consumo y medios de producción en el excedente debe ser igual
o mayor que la correspondiente relación entre medios de subsistencia y medios
de producción disponibles al comenzar el proceso de producción. Esto es debido
al hecho de que los medios de producción excedentes sólo pueden uti-lizarse
para la acumulación, mientras que los bienes de consumo excedentes pueden
utilizarse en parte para consumo de lujo o consumo improductivo. La tasa de
crecimiento del sistema es igual a la «tasa de excedente» de los medios de
producción.26 La tasa máxima de crecimiento de la economía se obtiene cuando no
existe consumo de lujo y la «tasa de excedente» de los bie-nes de capital es
igual a la de los bienes de consumo; esto es, cuando la pro-porción entre los
dos grupos de bienes en el excedente es igual a su propor-ción al comenzar al
proceso de producción, de modo que no se produzca ningún despilfarro de bienes
de consumo, yendo éstos en su totalidad al con-sumo «necesario», para el
mantenimiento de los trabajadores productivos.
También aquí, aplicando una teoría del valor-trabajo, Marx llama
v al capital variable, es decir, el valor de los bienes de subsistencia
utilizados en el proceso productivo; c al capital constante, es decir, el valor
de los medios de producción (excluido el trabajo); s al valor del excedente.
Llamemos 1 al sector que produce medios de producción, y 2 al sector que
produce bienes de consumo; C representa el valor de la producción del sector 1,
y V el valor de producción del sector 2. Entonces podemos expresar los esquemas
de reproducción de Marx como sigue:
c1 + v1 + s1 = C
c2 + v2 + s2 = V.
En el caso de la reproducción simple, los niveles de equilibrio
de la producción de los dos sectores son:
C = c1 + c2
V = v1 + v2 + s1 + s2.
Como sugiere su
nombre, la «tasa de excedente» para cualquier mercancía viene dada por la
relación entre la cantidad de esa mercancía incluida en el excedente y la
canti-dad de la misma mercancía que se requiere como medio de producción y
medio de sub-sistencia al comenzar el proceso de producción.
Acumulación y reproducción ampliada 347
En otros términos, el nivel de producción del sector 1
corresponde a la cantidad de medios de producción utilizados en ambos sectores;
el nivel de producción del sector 2 corresponde a los medios de subsistencia
reque-ridos por todos los trabajadores empleados, más los bienes de consumo de
lujo que los capitalistas compran con sus beneficios, siendo estos últimos
iguales al excedente total de la economía. Podemos reducir estas dos
ecua-ciones a una condición de equilibrio de los intercambios entre los dos sec-tores:
el valor de los bienes de capital vendidos por el sector 1 al sector 2 es igual
al valor de los medios de subsistencia vendidos por el sector 2 al sector 1.
Algebraicamente:
c2 = v1 + s1.
En el caso de la reproducción ampliada, una parte del excedente,
q, va a la acumulación de nuevos bienes de capital; en correspondencia con
ello, una parte igual a (1 — q) del excedente se compone de bienes de con-sumo.
Algebraicamente:
C = c1 + c2 + q (s1 + s2)
V = v1 + v2 + (1 – q)(s1 + s2).
Como vimos antes, los bienes de capital y los medios de
subsisten-cia que sirven para aumentar el número de los trabajadores empleados
deben crecer en la misma proporción. Además, el excedente puede incluir un
residuo de bienes de consumo para servir como bienes de lujo o de consumo de
los trabajadores improductivos; la tasa de crecimiento es máxima cuando este
residuo es nulo y todo el excedente se destina a la acumulación.
El objetivo de Marx al utilizar la herramienta analítica de los
esque-mas de reproducción era demostrar que, dado un cierto conjunto de
con-diciones, el sistema puede crecer indefinidamente, sin que tengan que
apa-recer problemas de realización del producto. Por lo tanto, Marx echaba
finalmente por tierra las teorías del subconsumo propuestas por Malthus,
Sismondi y Rodbertus.27
Sobre Malthus y
Sismondi, cf. más arriba § 6.4. Johann Karl Rodbertus (1805-1875) fue uno de
los llamados Kathedersozialisten (‘socialistas de cátedra’): profesores
uni-versitarios que apoyaron un sistema de leyes sociales para la realización
de las cuales con-
348 Karl Marx
Sin embargo, la refutación de las teorías del subconsumo no
implica-ba que Marx se adhiriera a la llamada «ley de Say» (que se trató más
arri-ba, en el § 6.3), que afirma que cualquier nivel de producción puede ser
absorbido por el mercado. Primeramente, las crisis de desproporción entre los
dos sectores pueden tener lugar siempre que no se mantengan las pro-porciones
de equilibrio (y el crecimiento en equilibrio, decía Marx, sólo puede
producirse por casualidad). En segundo lugar, y lo que es más importante, no
descartaba la posibilidad de crisis generales de sobrepro-ducción: en la estela
del papel que Torrens atribuía a la intermediación financiera, Marx reconoció
claramente la posibilidad intrínseca de crisis en un sistema que se basaba en
decisiones descentralizadas de inversión, dis-tintas de las decisiones de
ahorrar.28 Nada garantiza que la producción excedente se realice, o, en otras
palabras, que las mercancías producidas se vendan a un precio suficiente para
recuperar los costes y obtener un bene-ficio normal.
Otro aspecto al que Marx atribuyó claramente un papel decisivo
en su construcción teórica tenía que ver con las fluctuaciones de los niveles
de producción. De hecho, la suya fue una de las primeras teorías del ciclo
económico, que todavía conserva su interés en la actualidad.29
La teoría del ciclo económico de Marx se basaba en las
fluctuaciones del ejército industrial de reserva (un término con el que Marx
designaba no
fiaban en la autoridad estatal de la monarquía prusiana. Eran
partidarios de una activa intervención del Estado en la economía: aranceles a
las importaciones, subvenciones a las industrias nacionales y apoyo a las
exportaciones, regulación por ley de las horas y condi-ciones de trabajo,
desmantelamiento de las grandes propiedades y apoyo a la propiedad directa de
la tierra por parte de los pequeños campesinos, y difusión de la propiedad
esta-tal. Entre ellos, Adolph Wagner (1839-1917), profesor en Berlín desde
1870, fue partida-rio de la nacionalización de las industrias monopolísticas y
de la propiedad inmobiliaria, y es conocido por la llamada ley de Wagner, según
la cual, a consecuencia del desarrollo, el sector público crece en proporción
de la renta nacional. Este grupo tuvo fuertes vínculos (y muchas coincidencias)
con la «joven escuela histórica alemana» dirigida por Schmoller, que veremos
más adelante (§ 11.2).
Sobre este
aspecto del pensamiento de Marx, cf. Sardoni (1987) y la bibliografía que allí
se da.
Esta teoría fue
propuesta de nuevo, por ejemplo, con el «closed orbit oscillator» de Richard
Goodwin (1967), que se basaba en el ciclo presa-depredador estudiado por el
ita-liano Vito Volterra, y con carácter más general por las teorías del ciclo
que se basan en la existencia de un conflicto distributivo entre salarios y
beneficios.
Acumulación y reproducción ampliada 349
solamente a los trabajadores en paro, sino también a los
artesanos y a los trabajadores agrícolas que estaban preparados para trabajar
en las manu-facturas).
En la fase de recuperación, cuando la renta crece rápidamente,
el paro desciende y disminuye el ejército industrial de reserva. En
consecuencia, el poder de negociación de las clases trabajadoras aumenta,
mientras que la competencia entre los empresarios en busca de trabajadores para
sus fábri-cas se endurece, y aumenta el tipo de salario real.30 Al comenzar la
etapa de recuperación, los salarios aumentan lentamente porque el ejército de
reserva industrial todavía es grande; a continuación, en la etapa de auge, la
producción continúa creciendo y el ejército industrial de reserva conti-núa
disminuyendo, lo que con el tiempo provoca un fuerte aumento de los salarios.
El mayor coste del trabajo origina una reducción de los
beneficios por unidad de producto. Las empresas reaccionan entonces al aumento
de salarios intentando ahorrar el trabajo que utilizan en los procesos de
pro-ducción. Con este fin mecanizan la producción, incrementando el uso de
maquinaria en el proceso de producción. Esto favorece el progreso técni-co, que
forma la base del desarrollo económico. Así, el crecimiento de la producción
nacional y per cápita constituye una tendencia subyacente de las fluctuaciones
cíclicas. Es más, el mecanismo del desarrollo económico está, como hemos visto,
directamente conectado con el mecanismo que origina las fluctuaciones cíclicas.
El proceso de mecanización permite que las empresas reduzcan el
número de trabajadores empleados. Así, el ejército industrial de reserva crece,
y esto frena el aumento de los salarios. El aumento del paro señala el comienzo
de la tercera fase del ciclo económico, la crisis, y continúa en la
Utilizando como
elemento central de su análisis del ciclo económico una relación inversa entre
salarios y desempleo, Marx anticipó la llamada «curva de Phillips», a saber, la
relación inversa entre la tasa de variación de los salarios monetarios y el nivel
de desempleo empíricamente estimado para el Reino Unido entre 1861 y 1957 por
el economista neo-zelandés A. W. Phillips (1914-1975), en un artículo muy
citado que se publicó en 1958, sobre el que volveremos más adelante (§ 17.5).
Además, como ya se observó, el análisis de la distribución de la renta de Marx
se basaba en el poder de negociación relativo de traba-jadores y capitalistas,
como en Smith, y en contraste con los partidarios de la «ley de bron-ce de los
salarios» que se basaba en el principio maltusiano de la población.
350 Karl Marx
cuarta etapa, la depresión, cuando el desempleo se sitúa por
encima del nivel medio (mientras que la renta está por debajo del nivel
tendencial).
El creciente tamaño del ejército industrial de reserva detiene
el aumento de los salarios, mientras que, gracias también a los aumentos de
productividad obtenidos con la mecanización, el coste del trabajo por uni-dad
de producto disminuye, con la consiguiente elevación de los benefi-cios. Las
empresas se expansionan de nuevo y contratan nuevos trabajado-res,
constituyendo el aumento de los beneficios un incentivo para aumentar los
niveles de producción y una fuente de financiación de las inversiones que aumentan
la capacidad productiva. El ejército industrial de reserva desciende de nuevo.
Por lo tanto, tenemos una etapa de expan-sión, que marca el principio de un
nuevo ciclo.
Como podemos ver, esta teoría presenta una serie de aspectos
intere-santes: es al mismo tiempo una teoría del ciclo económico y una teoría
del desarrollo económico; una teoría del cambio técnico y una teoría de la
evo-lución a lo largo del tiempo del empleo y de las participaciones
distributi-vas. La conexión entre ciclo económico y desarrollo económico puede
verse posiblemente como la principal contribución de Marx a la economía
polí-tica clásica; cuando el enfoque clásico hubo caído en el olvido, esta cone-xión
fue prácticamente ignorada en los análisis teóricos del siglo XX, ten-diéndose
a analizar separadamente el crecimiento económico y el ciclo.31
9.6. Las leyes de
movimiento del capitalismo
En diversas ocasiones y de varias maneras los economistas
clásicos abordaron el estrecho vínculo existente entre la división del trabajo
y la estructura social. La conexión entre la evolución de la división del
trabajo (y, por lo tanto, de la tecnología) y los cambios en la estructura
social sub-
En cambio
Schumpeter (cf. más adelante § 15.3) propuso una teoría que trata
simultáneamente las fluctuaciones cíclicas y el desarrollo. Sin embargo, como
veremos, también en la contribución de Schumpeter las causas de las
fluctuaciones cíclicas —el «arracimamiento» de las innovaciones en el tiempo—
aparecen como un deus ex machina más que como un elemento endógeno como el que
podemos encontrar en la teoría de Marx. Para la ilustración y comparación de
las teorías del ciclo económico de Marx y Schumpeter, cf. Sylos Labini (1954).
Las leyes de movimiento del capitalismo 351
yace en los principales intentos para señalar las tendencias
básicas de la sociedad humana, o en otras palabras, para comprender «a dónde
vamos».
Seguramente, el más célebre de tales intentos es el de Marx. En
su opinión, el capitalismo no es la etapa final de la historia de las
sociedades humanas, sino sólo una etapa intermedia. Efectivamente, así como fue
precedida en la historia de las sociedades humanas por otras formas de
organización de la sociedad (servidumbre, feudalismo), el capitalismo dará paso
a nuevas formas de organización social (primero socialismo y después
comunismo). Por lo tanto, tenemos que estudiar las leyes de movimiento que subyacen
en el capitalismo, para comprender cómo apareció, cómo ha cambiado en el curso
de su evolución y las razones por las que dará paso a una nueva forma de
organización social, a saber, el socialismo.
En este aspecto, Marx observó la tendencia de las sociedades
capitalis-tas hacia el aumento de la polarización económica y social:32 por una
parte, tenemos un incremento de la miseria, al menos en términos relativos, de
una proporción creciente de la población, y, por otra, la cada vez mayor
concentración del poder económico y político en unas pocas manos. En otras
palabras, Marx percibió, por un lado, la proletarización, es decir, la
formación de masas cada vez más amplias de trabajadores no cualificados,33 y,
por otro, la tendencia al aumento de la concentración de la producción
Esta tesis ya
estaba presente en el Manifiesto del partido comunista (Marx y Engels, 1848,
pp. 55-61). Los elementos que lo componen se repiten con frecuencia en los
escri-tos de Marx (y en los de Engels) y fueron objeto de un vivo debate
interpretativo: en las notas que siguen se dan algunas referencias a este
debate.
Una serie de
comentaristas señalan una «ley de la miseria creciente» de los trabaja-dores
junto con la «ley de proletarización». El debate sobre su interpretación ha
llegado a todas partes: cf. por ejemplo, Sylos Labini (1954), pp. 36-40; Sowell
(1960); Meek (1967), pp. 113-128; y la bibliografía que se cita en estos
trabajos. En efecto, en los escritos de Marx se han identificado pasajes que
apoyan por lo menos tres interpretaciones diferentes de la «ley»: una «tesis de
la creciente miseria absoluta», entendida como una caída de los salarios
reales; una «tesis de la creciente miseria relativa», entendida como una
reducción de la parte que representan los salarios en la renta nacional; y,
finalmente, una más bien vaga «tesis del empeoramiento de las condiciones de
vida de los trabajadores», que tuvo que ver con fenó-menos tales como la
aceleración de los procesos de trabajo, la creciente subdivisión de
ope-raciones dentro de cada proceso de trabajo, y el deterioro del entorno en
las aglomeraciones urbanas de la época. En el pensamiento político y económico
de Marx, la «ley de la miseria creciente» puede haberse alineado con la tesis
de la proletarización, en apoyo de su profun-da convicción de la inevitabilidad
de la revolución en las sociedades capitalistas, aunque no pueda considerarse
como una condición necesaria para la validez de esta última.
352 Karl Marx
manufacturera en unas pocas grandes empresas.34 Tal tendencia no
se debía solamente a las ventajas tecnológicas y organizativas que supone una
pro-ducción en gran escala, sino también a la manera de funcionar del sistema
financiero y crediticio y a los mecanismos de la competencia capitalista, que
entre otras cosas implican obstáculos a la entrada de nuevas empresas en la
arena. Todo esto, decía Marx, lleva a la disminución del número de peque-ños
empresarios y de artesanos independientes, a medida que se van incor-porando,
de grado o por fuerza, a las filas de los trabajadores dependientes. De aquí la
creciente polarización entre un proletariado creciente y una clase capitalista
cada vez más pequeña, más rica y aún más poderosa. De esta ten-dencia dedujo Marx
la tesis del hundimiento inevitable con el que se enfrentaría el modo de
producción capitalista, y la transición a una socie-dad socialista, cuando el
proletariado —que por entonces representaría una mayoría arrolladora de la
población— expropiaría a la clase capitalista, eco-nómicamente dominante pero
numéricamente débil. Ineludiblemente, el capitalismo sería sustituido y se
abriría el camino al socialismo.
Otra tesis desarrollada por Marx discurre por un cauce similar,
con la «ley de la disminución del tipo de beneficio», que se ilustra en el
tercer apartado del libro III de El capital.35 Esta tesis se deducía del
proceso de mecanización creciente que caracteriza el cambio tecnológico en las
socie-dades capitalistas y que ya hemos visto en el contexto de la teoría del
ciclo económico de Marx. El proceso implica un aumento progresivo de la
composición orgánica del capital, o, en otras palabras, de la relación entre el
capital constante c (el valor de los medios de producción utilizados en el
proceso productivo, distintos de la fuerza de trabajo) y el capital varia-ble v
(el valor de la fuerza de trabajo empleada en la producción), expre-sados ambos
en términos de trabajo contenido. Dicho de modo más pre-ciso, el tipo de
beneficio puede expresarse (s/v)/(c/v + 1), que tiene por numerador la tasa de
explotación y por denominador la composición orgánica del capital más uno. Por
lo tanto, si la composición orgánica del capital aumenta y la tasa de
explotación no aumenta pari passu, el tipo de beneficio disminuye
necesariamente.36
Cf.
específicamente el capítulo 22 del libro I y el capítulo 27 del libro III de El
capi-
tal: Marx (1867-1894), vol. 1, pp. 636 y ss. y vol. 3, pp.
566-573.
Marx
(1867-1894), vol. 3, pp. 317-375.
Por sencillez,
se supone que todo el capital es circulante.
La transformación de valores-trabajo en precios de producción 353
Sin embargo, aquí el razonamiento queda perjudicado por la
confu-sión entre las variables expresadas en términos de valores-trabajo y las
can-tidades subyacentes de las diversas mercancías. De hecho, la mecanización
no implica necesariamente un aumento de la composición orgánica del capital. No
es el caso, por ejemplo, si un número creciente de máquinas, gracias al
progreso técnico, requiere una cantidad de trabajo igual o menor para su
producción, cuando la composición orgánica del capital, de hecho, permanecerá
constante o disminuirá. Además, el progreso técnico en sí, al reducir la
cantidad de trabajo requerida para la producción de los bienes de subsistencia,
provoca un aumento de la tasa de explotación para un salario real constante.37
9.7. La transformación
de valores-trabajo en precios de producción
Como hemos tenido ocasión de recordar a menudo en los apartados
anteriores, en El capital Marx adoptó la teoría del valor-trabajo, siguiendo
una tradición arraigada entre los economistas de la primera mitad del siglo
XIX, en particular Ricardo. Sin embargo, y justamente como Ricardo, tam-bién se
percató de que tal teoría era inconsistente con el supuesto de un tipo uniforme
de beneficio en todos los sectores de la economía: un supuesto que expresa en
términos analíticos la idea smithiana de la «com-petencia de capitales» que,
también en opinión de Marx, representaba un rasgo central del modo de
producción capitalista. No obstante, se dispo-nía a abordar el problema en el
libro III de El capital (que, recordémos-lo, fue publicado póstumamente por
Engels, sobre la base de las notas
También la ley
de la tendencia decreciente del tipo de beneficio, como tantos otros aspectos
del pensamiento de Marx, dio origen a un debate interpretativo de gran alcance.
Una serie de autores (cf. por ejemplo, Sweezy (1942), pp. 147-155; Meek, 1967,
pp. 129-
observaron
entre otras cosas que el propio Marx se refería a los elementos antes
men-cionados para criticar su propia «ley»; tales elementos representarían
«tendencias contra-rrestantes», que obstaculizarían pero no eliminarían la
tendencia básica. Sin embargo, como el mismo Sweezy destacaba, es enormemente
difícil explicar por qué el signo alge-braico de las diferentes fuerzas de uno
y otro signo tendría que ir en la dirección indicada por Marx, y no en la
dirección contraria. De hecho, es muy difícil sostener que a lo largo del
pasado siglo haya habido una tendencia a la disminución del tipo de beneficio,
¡a pesar del enorme aumento de los salarios reales!
354 Karl Marx
dejadas por Marx; por lo tanto, no tenemos ninguna certeza
acerca de lo convencido que pudiera estar el propio Marx de la solución que
desarro-lló), por medio de la llamada «transformación de valores-trabajo en
pre-cios de producción».38 La idea de Marx era demostrar que esta
«transfor-mación» no modificaba la esencia de los resultados alcanzados sobre
la base de la teoría del valor-trabajo, en particular en lo que se refería a la
tesis de la explotación (pero, para los fines de su construcción política, la
ten-dencia decreciente del tipo de beneficio también es importante).
En los párrafos que siguen ilustraremos el «problema de la
transfor-mación» utilizando los esquemas de reproducción de Marx; después
revi-saremos brevemente el debate que ha tenido lugar hasta nuestros días. En
el siguiente apartado, en el que intentamos una valoración provisional de la
contribución de Marx a la ciencia económica, tendremos en cuenta este aspecto
junto con la importancia «metafísica» de identificar el valor con el trabajo
contenido y con las «leyes de movimiento» del capitalismo exami-nadas en el
apartado anterior.
Se recordará que Marx llamaba v al capital variable, o, en otras
pala-bras, al valor de la fuerza de trabajo empleada en el proceso productivo,
que corresponde a la cantidad de trabajo contenido en los medios de pro-ducción
necesarios para tales trabajadores; que utilizaba c para indicar el capital
constante, o el valor de los medios de producción empleados en el proceso
productivo (como capital circulante y como amortización del capital fijo); y,
finalmente, que s designaba la plusvalía, o el valor del exce-dente
correspondiente al trabajo excedente, que se componía del trabajo empleado por
encima de lo que se requería para reconstituir los medios de subsistencia. Como
el trabajo total empleado en la economía, así también la jornada laboral de
cada trabajador constaba de dos partes: el «trabajo necesario» y el «trabajo
excedente». La «tasa de explotación» se define como igual a la relación entre
el trabajo excedente y el trabajo necesario. Si suponemos que la competencia en
el mercado de trabajo hace que sean uniformes las condiciones de trabajo en los
diferentes sectores de la eco-nomía, y en particular la duración de la jornada
laboral, y si continuamos suponiendo que el salario de subsistencia es el mismo
para todos los tra-
El apartado 2
del libro III de El capital se dedica al tema: Marx (1867-1894), vol. 3, pp.
245-316.
La transformación de valores-trabajo en precios de producción 355
bajadores,39 entonces la tasa de explotación corresponde a la
relación entre la plusvalía y el capital variable, s/v, y es la misma para cada
trabajador, para cada sector y para el sistema económico en su conjunto.
Sin embargo, la condición de una tasa uniforme de explotación en
todos los sectores de la economía se contradice con el supuesto de un tipo
uniforme de beneficio. Indiquemos los diferentes sectores con 1, 2, ..., n. La
condición de iguales tasas de explotación en los diferentes sectores de la
economía viene expresada por:
s1 / v1 = s2 / v2 = … = sn / vn. (1)
De conformidad con la teoría del valor-trabajo, midamos en
términos de trabajo contenido el valor del excedente (beneficio total) y el
valor del capital adelantado. El supuesto de iguales tipos de beneficio en
todos los sectores de la economía (calculado para cada sector como la relación
entre el beneficio y el valor del capital adelantado, que incluye el capital
cons-tante y el capital variable, o salarios) se expresa por 40
s1 / (c1 + v1) = s2 / (c2 + v2) = … = sn / (cn + vn). (2)
Dividamos el numerador y el denominador de los diferentes
términos de esta serie de igualdades, respectivamente, por v1, v2, ..., vn.
Tenemos:
(s1 / v1) / (c1 / v1 + 1) = (s2 / v2) / (c2 / v2 + 1)
= … = (sn / vn) / (cn / vn + 1). (3)
En el denominador aparece así la relación entre capital
constante y capital variable, c/v, que Marx llamó «composición orgánica del
capital», más 1. En el numerador tenemos las tasas de explotación de los
diferentes sectores, que se suponen iguales. En consecuencia, la serie de
igualdades (3) —que, recordémoslo, acabamos de deducir del supuesto de tipos
unifor-mes de beneficio en todos los sectores, expresado por la serie de
igualdades
Esto significa
que centramos la atención en el «trabajo no cualificado»: el «trabajo
cualificado» constituye una complicación que debe tratarse en una aproximación
posterior. Cf. Roncaglia (1973).
Aquí no tenemos
en cuenta las complicaciones que pudieran surgir por la presen-cia de bienes de
capital fijo: esto es, suponemos que el capital constante, o sea los medios de
producción distintos de la fuerza de trabajo, sólo incluye bienes de capital circulante,
que se utilizan enteramente en el curso del proceso productivo.
356 Karl Marx
(2)— es válida si, y sólo si, también son iguales todos los
denominadores. La uniformidad de los tipos de beneficio requiere, por lo tanto,
que
c1 / v1 = c2 / v2 = ... = cn / vn, (4)
o en otras palabras, que la composición orgánica del capital en
los diferen-tes sectores también sea igual. Sin embargo, no existe ninguna
razón para que esto suceda necesariamente: en general, sólo por casualidad
tendremos composiciones orgánicas de capital uniformes en todos los sectores de
la eco-nomía. De hecho, cada sector adopta una tecnología específica, variando
ampliamente en general la proporción entre el trabajo y los medios de
pro-ducción distintos del trabajo de un sector a otro: consideremos, por
ejem-plo, la diferencia entre una refinería y un huerto. Así, ante diferentes
com-posiciones de capital en los distintos sectores de la economía, el supuesto
de un tipo uniforme de beneficio, que refleja el supuesto crucial de la
compe-tencia, contradice el supuesto de que las cantidades de trabajo contenido
son una medida correcta de los valores de cambio de las mercancías producidas y
de los medios de producción empleados en los distintos sectores.
Marx reconoció esta dificultad y, como vimos más arriba, propuso
la «transformación» de las magnitudes expresadas en términos de
valores-tra-bajo que no cumplen con la condición de un tipo uniforme de
beneficio, en magnitudes expresadas en términos de precios de producción,
cum-pliendo así con la condición. A fin de hacer esto, añadió a los costes de
producción de cada sector (dados por la suma de capital constante y varia-ble
empleados en ese sector) el beneficio de cada sector. Este último se computa aplicando
el tipo medio de beneficio calculado para todo el sis-tema en su conjunto,
expresado por s / (c + v), al capital adelantado por el sector. Consideremos
una economía de dos sectores; entonces tenemos
(c1 + v1) + r (c1 + v1) = Ap1
(c2 + v2) + r (c2 + v2) = Bp2,
donde A y B representan las cantidades de producto obtenidas en
el pri-mer y segundo sector, respectivamente, expresadas en términos de
valores-
trabajo (esto es, A = c1 + v1 + s1 y B = c2 + v2 + s2, mientras
que p1 y p2 representan los precios de producción de las dos mercancías, y
constituyen
las dos variables desconocidas determinadas por las dos
ecuaciones, siendo conocido el tipo de beneficio (puesto que, recordémoslo, r =
(s1 + s2) / (v1 + v2 + c1 + c2)).
La transformación de valores-trabajo en precios de producción 357
Sin embargo, la solución (que, como ya hemos visto, Marx sólo
pro-puso en un manuscrito que quedó sin publicar y que es claramente
incom-pleto) no puede considerarse satisfactoria: los costes y el capital
adelantado se expresan en términos de trabajo contenido, mientras que es obvio
que los capitalistas calculan su tasa de beneficio como relación entre los
beneficios y el capital adelantado medido en términos de precios, no de
valores-trabajo.41
Esta objeción a la solución de Marx fue planteada desde muchas
par-tes inmediatamente después de la publicación póstuma del tercer volumen de
El capital, en particular por Böhm-Bawerk (1896). Algunos, como Ladislaus von
Bortkiewicz (1868-1931), también intentaron formular una versión correcta de la
propuesta de Marx. A fin de evitar el error en esta versión, Bortkiewicz
(1906-1907, 1907) adoptó como unidad de medida de cada una de las dos
mercancías a y b la cantidad de esa mercadería correspondiente a una unidad de
trabajo contenido. De este modo los pre-cios de producción p1 y p2 pueden
interpretarse como aquellos coeficien-tes multiplicativos que nos permiten
pasar de unas magnitudes medidas en términos de trabajo contenido a las
correspondientes magnitudes medidas de tal manera que satisfagan la condición
de un tipo uniforme de benefi-cio en todos los sectores de la economía. Por lo
tanto, no sólo las cantida-des de las dos mercancías, A y B, sino también las
cantidades de capital constante y capital variable (esto es, de bienes de
capital y de medios de subsistencia) utilizadas en los dos sectores, tienen que
multiplicarse por dichos coeficientes. Así tenemos:
(c1p1 + v1p2) (1 + r) = Ap1
(c2p1 + v2p2) (1 + r) = Bp2 ;
esto es, dos ecuaciones en las que, considerando la tecnología
y, por lo tanto, c1, c2, v1, v2, A, B, como dados, tenemos tres incógnitas: p1,
p2 y r,
Marx (cf.
1867-1894, vol. 3, pp. 261-272) reconoció la existencia de esta dificul-tad,
pero la ignoró, considerándola prácticamente irrelevante cuando se refería a
magnitu-des agregadas que representaban el sistema económico en su conjunto. En
resumen, Marx impuso una doble restricción: 1) igualdad entre el valor del
excedente total creado en la economía, y el valor total del beneficio; 2)
igualdad del valor total del producto de los diversos sectores en términos de
trabajo contenido y su valor en términos de precios de pro-ducción. Sin
embargo, las dos restricciones sólo se satisfacen simultáneamente en
circuns-tancias muy extrañas.
358 Karl Marx
que pueden reducirse fácilmente a dos centrando nuestra atención
en el precio relativo p1/p2 y en el tipo de beneficio r.42
Marx también había intentado demostrar que los resultados
alcanza-dos sobre la base de la teoría del valor-trabajo no cambian si pasamos
a razonar en términos de precios, aplicando la noción de una mercancía
pro-medio. En la transición de valores-trabajo a precios de producción, decía
Marx, tenemos una redistribución de la plusvalía entre los capitalistas de los
diversos sectores: en el primer caso, la plusvalía se distribuye en proporción
a la cantidad de trabajo indirecto empleado en cada sector, y en el último caso
en proporción al capital adelantado. Sin embargo, podemos suponer que la
plusvalía total continúa siendo igual al beneficio total, y que al mismo tiempo
el producto total no varía cuando se le mide en valores-tra-bajo o en precios
de producción. Estas propiedades se mantienen para la «mercancía promedio»,
cuyo proceso productivo muestra una composición orgánica del capital (c/v)
igual a la composición media de la economía en su conjunto: además, para esta
mercancía el precio de producción es igual a su valor, y el beneficio del
sector es igual a la plusvalía del sector.
Sin embargo, una vez más el argumento es defectuoso. El
beneficio total puede, de hecho, ser igual a la plusvalía total si elegimos
esta igual-dad como condición para fijar la unidad de medida de los precios.
Pero no podemos imponer simultáneamente la restricción adicional de igualdad
entre el valor-trabajo y el precio para el producto total, dado que el siste-ma
de ecuaciones sería entonces sobredeterminado. Las dos condiciones son
consistentes sólo si los medios de producción, el producto y el exce-dente no
son sino distintas cantidades de una mercancía compuesta; sólo en este caso
—efectivamente, un caso excepcional— se cumplen simultá-neamente las dos
condiciones también para una «mercancía promedio» que sea representativa del
sistema en su conjunto.43
Después de
Bortkiewicz, esta línea de razonamiento fue seguida por Winternitz (1948) y
Seton (1957); cf. también Morishima (1973); sobre la historia del «problema de
la transformación» cf. Meldolesi (1971), Vianello (1973) y Vicarelli (1975).
Eatwell (1975b)
y Medio (1972) propusieron intentos de utilización de la «mer-cancía patrón» de
Sraffa para resolver el problema que Marx abordó con la «mercancía pro-medio»;
para la crítica, cf. Roncaglia (1975), pp. 76-79.
Valoración crítica 359
9.8. Valoración
crítica
La construcción económica y política de Marx ha dado origen a un
debate en gran escala, recorriendo todos los aspectos y generando una masa de
literatura de proporciones demasiado voluminosas para abarcarla. Aquí sólo
consideraremos, con unas breves observaciones, determinados aspectos
particularmente relevantes para nuestro tema principal, es decir, las ideas de
Marx sobre las «leyes de movimiento» del capitalismo; el papel de la teoría del
valor-trabajo en relación con las teorías de la explotación y con la tendencia
decreciente del tipo de beneficio; y la crítica de Marx a la división del
trabajo y su idea de una sociedad comunista como punto de llegada de la
evolución de las sociedades humanas.
Sobre el tema de las «leyes de movimiento» del capitalismo, Marx
des-tacó el proceso de concentración industrial, estimulado por las economías
de la producción en gran escala, y en esto tuvo razón. En efecto, las últi-mas
décadas pueden haber presenciado un crecimiento relativo en la importancia de
las pequeñas y medianas empresas, especialmente en los sectores
tecnológicamente más avanzados, pero sigue manteniéndose el hecho de que en un
espacio de más de un siglo desde la publicación de El capital, la dimensión de
las empresas creció enormemente, con el desarro-llo de grandes grupos
financieros y de grandes multinacionales.44 Sin embargo, todo esto no ha
llevado a una bipolarización entre una clase capitalista cada vez más pequeña y
un proletariado cada vez mayor: otros factores han operado mientras tanto,
llevando a la formación de una gran-de y creciente clase media. Efectivamente,
la tendencia ha mostrado ser tan fuerte que con el tiempo la clase media tendrá
mayor peso que el proleta-riado que representan los trabajadores no
cualificados.45
A ejemplo de
Marx, la tesis de una creciente concentración del capital financiero fue
desarrollada por Rudolf Hilferding (1877-1941; su libro Das Finanzkapital se
publicó en 1910). También economistas no marxistas, como Schumpeter (cf. más
adelante § 15.4) y Kenneth Galbraith (1908-2005), consideraron la tendencia a
la concentración industrial y financiera como un aspecto central en sus
análisis del capitalismo.
Cf. Sylos
Labini (1974). Tenemos que destacar aquí que mientras el modelo teórico
principal de Marx se basaba en la dicotomía entre trabajadores y capitalistas,
en el libro III de El capital y especialmente en los escritos históricos (como
El dieciocho Brumario de Luis Bona-parte: Marx, 1852) el panorama ya se ha
enriquecido, siendo atribuida una notable influen-cia a las clases medias; en
el fondo, sin embargo, se mantiene la simple dicotomía como pilar básico para
una comprensión de las principales tendencias en las sociedades capitalistas.
360 Karl Marx
El crecimiento de las clases medias se asociaba a una proporción
decre-ciente de trabajadores directamente empleados en la producción de
mer-cancías, y en una creciente proporción asociada a la producción de
servi-cios, o sólo indirectamente empleada en la producción de mercancías
(empleados administrativos, técnicos y otros por el estilo). Esto significaba
un aumento relativo del peso de los empleados y de los trabajadores
cuali-ficados en el sector manufacturero, y de los profesionales independientes
en el sector de los servicios, como una parte de la población activa.
La nueva fuerza política y económica de la que disfrutaban los
traba-jadores empleados favoreció la redistribución de la renta en la dirección
de sueldos y salarios. Esto aumentó la capacidad de ahorro de los
trabajado-res, y con ella un amplio crecimiento de la participación
accionarial, que significa la posesión (a través de acciones) de
participaciones de propiedad en grandes compañías industriales. Gracias a una
base cada vez más amplia de participación accionaria, y, sobre todo, gracias al
notable peso del sec-tor público en la economía, el proceso de concentración
industrial —con-trariamente a la predicción de Marx— no entrañó una
concentración paralela en pocas manos de la totalidad, o poco menos, de la
riqueza y del poder económico.46
Este hecho priva de uno de sus pilares más importantes a la
tesis de la inevitabilidad de la revolución en la evolución del sistema
capitalista, lo que socava la tesis de la pauperización progresivamente
creciente del pro-letariado. Otro pilar —la tesis de la tendencia decreciente
del tipo de beneficio— también muestra la debilidad de sus fundamentos (como
vimos más arriba, en el § 9.6).
En cuanto a la teoría del valor-trabajo, es suficiente
considerar cómo la reformuló Bortkiewicz para verla como nada más que una
manera com-plicada y sustancialmente inútil de medir las cantidades de los
medios de
La estructura
del control financiero de las empresas más importantes se diferencia de un país
a otro. En algunos casos, por ejemplo los Estados Unidos, los fondos de
inver-sión tienen un papel importante; en otros, como en Alemania o Japón, un
grado signifi-cativo de la concentración del poder económico (mucho mayor del
que puede provenir de la dispersión de la propiedad de las acciones) viene de
una red de participaciones cruzadas que tiene su centro en bancos y compañías
financieras. Las investigaciones desarrolladas hasta ahora sobre estos temas
son del todo insuficientes, aunque en los últimos años se ha producido un
cierto renacimiento del interés por estas cuestiones.
Valoración crítica 361
producción para determinar los precios de producción. El
«problema de la transformación» parece haberse consumado en la contribución de
Sraffa, en Production of commodities by means of commodities [Producción de
mer-cancías por medio de mercancías] (1960) —véase más adelante § 16.7—, en la
que los precios relativos y el tipo de beneficio se determinan, dado el tipo de
salario real, por medio de un sistema de ecuaciones muy parecido al de
Bortkiewicz, con la diferencia de que cualquier referencia a las can-tidades
medidas en términos de trabajo contenido desaparece de las ecua-ciones de
Sraffa:
(Aa pa + Ba pb + ... + Na pn) (1 + r) + Law = Apa
(Ab pa + Bb pb + … + Nb pn) (1 + r) + Lbw = Bpb
……………………………………………..
……………………………………………..
(An pa + Bn pb + … + Nn pn) (1 + r) + Lnw = Npn,
donde Aa, Ba, ..., Na, La son las cantidades de las mercancías
a, b, ..., n y del trabajo requeridas para producir la cantidad A de la
mercancía a; Ab, Bb, ..., Nb, Lb son las cantidades de las mercancías a, b,
..., n y del trabajo requeridas para producir la cantidad B de la mercancía b;
An, Bn, ..., Nn, Ln son las cantidades de las mercancías a, b, ..., n y del
trabajo requeridas para producir la cantidad N de la mercancía n; r es el tipo
de beneficio; pa, pb, ..., pn son los precios de las mercancías. Las ecuaciones
son n, tantas como las mercancías, y nos permiten determinar n – 1 precios
relativos y una de las variables distributivas, el tipo de salario o el tipo de
beneficio, dada la otra.
Como podemos ver, pues, no existe ninguna necesidad de medir las
diferentes magnitudes en términos de trabajo contenido. ¿Tal vez sea por-que,
como dijo Colletti (1969a, p. 431), «Sraffa hizo una hoguera con el análisis de
Marx»? De hecho, las cosas son más bien complicadas: sigue siendo cierto, en
efecto, que los beneficios sólo pueden existir en tanto que el sistema sea
capaz de producir un excedente que no sea absorbido por los salarios; algunos
economistas (por ejemplo, Garegnani, 1981) han conti-nuado sosteniendo que «el
hecho» de la explotación sigue siendo eviden-te, aunque tengamos que prescindir
de la teoría del valor-trabajo. Sin embargo, aparecen problemas curiosos (para
los cuales véase Steedman,
362 Karl Marx
1977, cuya obra es una referencia esencial para una crítica
post-sraffiana de Marx): por ejemplo, en el caso de la producción conjunta
(cuando, como ocurre normalmente, cada empresa produce más de un solo
pro-ducto), puede suceder que para una tecnología dada un aumento del tipo de
beneficio corresponda a una disminución de la tasa de explotación, o que un
tipo positivo de beneficio corresponda a una tasa de explotación negativa.
Además, como destacó particularmente Lippi (1976), el aban-dono de la teoría del
valor-trabajo difícilmente puede considerarse fácil desde el punto de vista
marxiano, puesto que para éste el trabajo es la sus-tancia del valor.47
Este último punto se relaciona con la «visión» de Marx en
sentido amplio, que se centraba en la necesidad de superar no la división del
tra-bajo en general, ni la forma que asume en el capitalismo, sino el aspecto
obligatorio de la división del trabajo. Como se deduce de La ideología ale-mana
y, ciertamente, de la Crítica del programa de Gotha, está claro que Marx y
Engels no pensaban en la desaparición absoluta de la división del trabajo, sino
en la posibilidad de sustituir el trabajo obligatorio.48 Ellos destacaron que
sólo cuando los hombres (y las mujeres, podemos añadir) sean libres para
pescar, filosofar o cultivar sus jardines como gusten, habre-
Estas breves
observaciones son obviamente insuficientes para dar cuenta de un debate tan
vasto y variado como el del significado de la teoría del valor-trabajo de Marx;
entre los muchos escritos sobre el tema, podemos mencionar a Althusser (1965);
Colletti (1969b); Garegnani (1981); Napoleoni (1972, 1976); Meek (1956); Sweezy
(1942); Ros-dolsky (1955). Sin embargo, vale la pena destacar que la idea del
trabajo como sustancia del valor —aunque implica la idea de «trabajo en
abstracto», que debe distinguirse del «tra-bajo no cualificado» (cf. Colletti,
(1969b, pp. 28-30)— no implica la idea (que más bien podemos atribuir a algunos
de los «socialistas ricardianos» de trabajo como fuente del pro-ducto); en la
Crítica del programa de Gotha, Marx (1878, p. 153) dice explícitamente: «El
trabajo no es la fuente de toda riqueza. La naturaleza es la fuente de los
valores de uso».
«En una fase
superior de la sociedad comunista, después de la esclavizante subor-dinación
del individuo a la división del trabajo, y, por lo tanto, también de la
antítesis entre el trabajo mental y el trabajo físico; después de que el
trabajo se haya convertido no sólo en un medio de vida, sino en la primera
necesidad de la vida; después de que las fuerzas productivas también hayan
aumentado con el desarrollo completo del individuo, y todas las fuentes de la
riqueza cooperativa fluyan con mayor abundancia: sólo entonces puede superarse
en su totalidad el estrecho horizonte de la burguesía y puede la sociedad
inscri-bir en sus banderas el lema: “¡De cada uno según su capacidad, a cada
uno según sus nece-sidades!”» (Marx y Engels, 1878, p. 160). Para un estudio
del debate sobre el tema y de los principales asuntos relacionados con él (como
por ejemplo la naturaleza del poder estatal), cf. Villetti (1978).
Valoración crítica 363
mos alcanzado una sociedad realmente libre.49 Hasta entonces,
incluso con la decisiva transición del capitalismo al socialismo, la división
del tra-bajo conserva la naturaleza de una necesidad que se impone al
trabajador.
Podemos comparar la actitud de Marx con la de Smith. Según este
último, la división del trabajo es una fuente de progreso económico y cívi-co,
pero también de problemas sociales; puede decirse que el primer aspec-to pese
más que el último, y la división del trabajo se considere deseable, pero
también hay que adoptar medidas para combatir los aspectos negati-vos en la
medida de lo posible.50 Marx, por otra parte, parecía considerar la liberación
de los hombres de la servidumbre del trabajo obligatorio como una posibilidad
real, que implicaba un juicio más negativo sobre las etapas de transición antes
de alcanzar el objetivo, y una disposición a soportar los costes necesarios
para llegar a él, incluida la «dictadura del proletariado» en la etapa
socialista que precedería a la construcción defi-nitiva de la sociedad
comunista.51 Ahora no sólo los elementos teóricos invocados por Marx en apoyo
de la tesis de la transición inevitable del capitalismo al socialismo
(polarización social, tendencia decreciente del tipo de beneficio) se han
demostrado defectuosos, sino que sobre todo el modo de producción socialista ha
demostrado ser una débil forma de
«Tan pronto
como se distribuye el trabajo, cada hombre tiene una esfera particu-lar y
exclusiva de actividad que le viene impuesta y de la que no puede escapar. Es
cazador, pescador, pastor o crítico, y debe seguir siéndolo si no quiere perder
sus medios de vida; mientras que en una sociedad comunista, en la que nadie
tiene una esfera exclusiva de acti-vidad, sino que cada uno puede
perfeccionarse en la rama que desee, la sociedad regula la producción general y
así hace posible que yo haga hoy una cosa y mañana otra, cazar por la mañana,
pescar después de comer, criar ganado por la tarde, criticar después de cenar,
como me parezca; sin convertirme en un cazador, un pescador, un pastor o un
crítico» (Marx y Engels, 1845-1846, p. 295).
En este
aspecto, Smith inauguró una corriente de reformismo social dentro de la cual
podemos encontrar partidarios de programas cooperativos o públicos de
bienestar, planes de «democracia industrial», o propuestas para atribuir tareas
menos cualificadas o más gravosas a un «ejército del trabajo» (Rossi, 1946). Es
significativo que la tradición mar-xista revolucionaria se haya opuesto siempre
a tales propuestas, considerándolas a lo sumo como paliativos temporales que
corren el riesgo de distraer a la clase trabajadora de sus «verdaderos
objetivos», es decir, del derrocamiento del capitalismo.
Marx, de hecho,
únicamente hizo una breve referencia a estos temas, que sólo se convirtieron en
candentemente relevantes después de la Revolución de octubre de 1917 y del
nacimiento de la Unión Soviética. La dureza de la dictadura del proletariado,
que apo-yaron igualmente tanto Lenin y Trotski como Stalin, fue, sin embargo,
prefigurada por Marx en los pocos pasajes que dedicó al tema en sus escritos.
364 Karl Marx
organización social en comparación con las economías de mercado
en la prueba crucial de la realidad histórica, y precisamente con respecto a lo
que Marx consideraba el elemento decisivo, a saber, el desarrollo de las
fuerzas productivas. La perspectiva de Smith, aparentemente más modes-ta —una
senda de progreso, pero sin un punto de llegada definido— pare-ce preferible,
como interpretación de la evolución de las sociedades huma-nas y como guía de
la acción, a la perspectiva más radical —de hecho, sustancialmente utópica— con
la que Marx creó su arquitectura teórica.
9.9. El marxismo
después de Marx
La influencia de Marx, en las décadas que siguieron a la
publicación del libro I de El capital y hasta tiempos recientes, ha sido
enorme. Su pensa-miento inspiró grandes y bien organizados movimientos
comunistas en los países occidentales industrializados, y regímenes políticos
que dominaron largamente los principales países en vías de desarrollo, desde la
Unión Sovié-tica después de la Revolución de 1917 hasta la China después de la
Segun-da Guerra Mundial. Esto explica el enorme volumen de literatura marxiana
y la importancia que tuvo en el debate cultural. Sin embargo, aquí nos
limi-taremos a unas breves referencias a determinados autores y temas de mayor
relevancia para el debate económico, mientras que omitiremos algunas lí-neas
importantes de investigación que ya se consideraron en los apartados anteriores
(como la transformación de valores en precios de producción).
Los sucesores inmediatos de Marx —su amigo Friedrich Engels y su
discípulo Karl Kautsky (1854-1938)— deben recordarse aquí ante todo como
editores de obras importantes de su maestro que se publicaron pós-tumamente:
los libros II y III de El capital, por Engels, y las Teorías de la plusvalía
(Marx, 1905-1910), por Kautsky. En su actividad política Kautsky fue también
uno de los primeros «revisionistas», destacando la importancia del mercado (y,
consecuentemente, del dinero) para el pro-greso político y social, mostrando
una preferencia por una larga fase de transición del capitalismo al socialismo,
más que por el brusco salto revo-lucionario a un sistema completamente
centralizado, como sucedió en la Unión Soviética después de la revolución
bolchevique de 1917.52
Sobre Kautsky,
y más en general sobre el debate de la época entre las diferentes corrientes
del socialismo marxista, cf. Salvadori (1976).
El marxismo después de Marx 365
La misma línea fue seguida, con mayor claridad y decisión, por
Eduard Bernstein (1850-1932); su obra más conocida son Los presupuestos del
socialismo y las tareas de la socialdemocracia (1899), donde desarrolló una
visión evolucionista de la construcción del socialismo (como lo demuestra el
título de la traducción inglesa, Evolutionary socialism). En contraste con las
teorías marxianas sobre la necesidad de la dictadura del proletariado en la
etapa socialista de transición al comunismo, destacó el papel central de las
instituciones democráticas para el progreso político y social.
Bernstein se propuso purgar el análisis de Marx de la dialéctica
hege-liana; además, consideró con cierta desconfianza los aspectos más
estricta-mente teóricos del pensamiento económico de Marx, desde la teoría del
valor-trabajo hasta las «leyes» de la tendencia decreciente del tipo de
bene-ficio y de la creciente miseria de los trabajadores, atribuyendo una
impor-tancia decisiva a lo que sobre ellas puede decirnos la observación
empírica de la realidad.
Una línea de pensamiento algo parecida fue la que siguieron los
socia-listas que pertenecían a la Fabian Society, fundada en 1884 por un grupo
de intelectuales británicos entre los que se encontraban George Bernard Shaw
(1856-1950) y los historiadores económicos Sydney Webb (1859-1947) y su esposa
Beatrice (1858-1943).53 Shaw, Webb y otros produje-ron una obra colectiva, los
Fabian essays in socialism [Ensayos fabianos sobre el socialismo] (Shaw, 1889),
que se desvió notablemente del marxis-mo, yendo en la dirección de un
socialismo evolucionista aún más radical que el de Bernstein. El propio nombre
del grupo indica su programa, recordando al cónsul romano Fabio Máximo, apodado
Cunctator por su victoriosa táctica de guerra, basada en pequeños pasos más que
en grandes batallas.
Los Webb
apoyaron, entre otras cosas, los planes de seguridad social a financiar por
medio de impuestos más que a través de contribuciones obligatorias, como era el
caso del sistema adoptado por Bismarck y el que se instauraría en Gran Bretaña
después de la Segunda Guerra Mundial. También fundaron la London School of
Economics, en 1895, concebida para favorecer el desarrollo de una cultura
económica progresista fundamenta-da en la investigación empírica y no
condicionada por la ideología conservadora que pre-dominaba en las
universidades tradicionales. (Sobre los cambios radicales posteriores de la
London School, cf. Robbins, 1971.)
366 Karl Marx
En lo que a la teoría económica se refiere, los Fabian essays
muestran las huellas de una controversia surgida tras la aparición de un
artículo de Philip Wicksteed (sobre él, cf. más adelante § 10.6), «Das Kapital:
a criti-cism», publicado en el periódico To-Day de octubre de 1884. Las
críticas de Wicksteed sobre la teoría del valor-trabajo y la teoría marxiana de
la explotación que se basa en aquélla atrajeron la atención de los fabianos, y
particularmente de George Bernard Shaw. Recensionando los Fabian essays,
Wicksteed pudo afirmar que «Los fabianos han estudiado la econo-mía política, y
el resultado es el abandono claro y definitivo del sistema de Karl Marx».54
Con los fabianos, el socialismo evolutivo, nacido originalmente
como progenie directa del marxismo, se escindió violentamente. Sin embargo,
otras corrientes que se situaron bajo la rúbrica de «ortodoxia marxista»,
esencialmente a causa de su éxito político, también pueden considerarse
heterodoxas cuando las comparamos con el pensamiento original de Marx.
El primer nombre que debe evocarse aquí es el de Vladímir Ilich
Uliá-nov (1870-1924), también conocido como Lenin. De su vasta producción sobre
temas económicos podemos recordar dos obras de antes de la Revo-lución
soviética: El desarrollo del capitalismo en Rusia (1898) y El imperia-lismo,
fase superior del capitalismo (1916).
En la primera de estas obras Lenin destacaba el papel del
crecimien-to de las relaciones comerciales en el socavamiento de la estructura
del poder económico que caracterizaba a la agricultura, con mucho el sector
dominante en la Rusia de la época, y la activa intervención del Estado zarista
en el proceso de industrialización, con la creación de grandes fábri-cas y
enormes concentraciones de trabajadores. Claramente, al reconocer las
potencialidades revolucionarias de tal situación, Lenin se estaba des-viando de
la tesis original de Marx, que vio la revolución proletaria como el resultado
inevitable de un capitalismo plenamente desarrollado.
La segunda obra, un breve ensayo escrito bajo el impulso de la
Pri-mera Guerra Mundial, comenzaba reconociendo un elemento que contra-decía el
análisis de Marx y que la guerra había aclarado, a saber, el hecho
The Inquirer,
16 de agosto de 1890, citado por Steedman (1989), p. 131, que tam-bién
proporciona una referencia del debate (ibíd., pp. 117-144).
El marxismo después de Marx 367
de que los trabajadores y los partidos socialistas en diferentes
países se identificaban con sus respectivos intereses nacionales. Lenin adoptó
una tesis propuesta por el economista británico John Hobson (1858-1940) en su
ensayo Imperialism, publicado en 1902, que veía en los desarrollos colo-niales
la búsqueda de salidas para la población y el capital que quedaban sin utilizar
en los países industrializados a causa de las tendencias al sub-consumo siempre
latentes en ellos. Lenin combinó esta tesis con una inter-pretación del
capitalismo monopolista que fundía la «ley de la concentra-ción industrial»
marxiana con la teoría de la integración del capital financiero e industrial
propuesta por el marxista austríaco Rudolf Hilfer-ding (1877-1941) en Das
Finanzkapital (1910).55
En lo que se refiere a la Unión Soviética postrevolucionaria,
los escri-tos de Lenin apuntaban en la dirección de la Nueva Política Económica
(generalmente conocida como NEP, por las siglas en inglés), que se basa-ba en
el reconocimiento de un cierto papel del mercado, sobre todo por la
determinación de relaciones de cambio cruciales entre los productos agrí-colas
y las manufacturas, en una economía centralizada que se caracteriza-ba por la
propiedad estatal de los medios de producción.
Un partidario destacado de la NEP fue Nikolái Bujarin
(1888-1938), que después del fracaso de los intentos de exportar la revolución
socialista a los países de la Europa occidental, y en particular a la Alemania
empo-brecida por la guerra, contribuyó al debate sobre el «socialismo en un
solo país», defendiendo la conveniencia de aplazar la etapa de planificación
centralizada para permitir una mayor flexibilidad a los mecanismos del mercado.
Éstos debían simplemente ser «guiados» por las autoridades esta-tales por el
camino que conducía a la acumulación y a la industrialización, por medio del
control sobre los centros neurálgicos de la economía, lo que implicaba el
reconocimiento de la agricultura campesina en pequeña esca-la, y el gradualismo
en el proceso de industrialización. Posteriormente, Bujarin se convirtió a las
opiniones estalinistas sobre agricultura estatal y la acumulación forzosa, pero
esto no lo salvó de las purgas estalinistas de los últimos años de la década de
1930.
En el área del
socialismo reformista, la corriente austríaca es particularmente importante;
también incluía, junto con Kautsky y Hilferding, a Otto Bauer (1881-1938) y a
otros varios. Sobre el debate entre socialistas austríacos y marginalistas
austríacos, cf. Kauder (1970).
368 Karl Marx
Entre otras cosas, Bujarin fue el autor del ensayo Teoría
económica de la clase ociosa (1917), que critica la teoría subjetiva del valor
de la escuela austriaca (cf. más adelante cap. 11), interpretada como la
manifestación de una libertad de elección del consumo que sólo puede permitirse
una pequeña parte de la población pero que se ha extendido, por medio de una
distorsión ideológica, a representar el funcionamiento del conjunto de la
economía. Menos conocido es su ABC del comunismo (1919), escrito con Evgeni
Preobrazhenski (1886-1937).
Este último autor, a diferencia de Bujarin, criticó la NEP,
defendien-do una «acumulación primitiva» que en Rusia sólo podía alcanzarse
mediante una extorsión estatal sistemática del excedente producido por el
sector agrícola. Preobrazhenski era, por lo tanto, favorable a la
planifica-ción fuertemente centralizada, a la propiedad estatal en la
agricultura y a unas relaciones de cambio entre los productos agrícolas y las
manufactu-ras que establecieran la autoridad planificadora central a favor de
las manufacturas, para apoyar el proceso de industrialización. En una obra de
1921, Preobrazhenski llegó a prever como inevitable el choque entre el Estado
socialista y los kulaks, los pequeños granjeros independientes, que, de hecho,
fueron exterminados por Stalin.
Después de la derrota de la NEP, Preobrazhenski dirigió su
atención a las condiciones del crecimiento de equilibrio, anticipando la teoría
de Harrod (cf. más adelante § 17.6), y estudió la posibilidad de «crisis de
sobreacumulación». Tal vez fue debido a estas ideas, a pesar de los méritos que
había adquirido en el debate de la NEP, por lo que Preobrazhenski perdió el
favor de Stalin: después de una farsa de proceso, era fusilado en 1937 uno de
los mejores economistas de la Unión Soviética.56
El tema del desequilibrio en el proceso de acumulación ya había
esta-do sujeto a los análisis marxistas en relación con las economías
capitalistas por Tugán-Baranovski (1865-1919) y Rosa Luxemburg (1871-1919).57
Ambos utilizaron los esquemas de reproducción simple y ampliada de Marx (cf.
más arriba § 9.5). Tugán-Baranovski (1905) demostró tanto el
Sobre
Preobrazhenski, cf. Ellman (1987).
Sobre
Tugán-Baranovski, cf. Nove (1970); sobre Rosa Luxemburg, cf. la introduc-ción
de Sweezy y la meticulosa nota biobibliográfica de Luciano Amodio a la edición
ita-liana de su libro de 1913.
El marxismo después de Marx 369
error de las teorías del subconsumo que sostenían que la crisis
era inevita-ble a causa de una insuficiencia de la demanda agregada, como la
dificul-tad de crecer de tal modo que se mantuviera el equilibrio entre la
propen-sión a ahorrar y las oportunidades de inversión. Rosa Luxemburg, en su
célebre Die Akkumulation des Kapitals (1913), estudió las condiciones de
realización del producto, centrándose en la relación entre la acumulación y el
crecimiento de la demanda en presencia de un impulso continuo hacia el cambio
tecnológico. Su libro es una mina de ideas —aunque no siem-pre plenamente
desarrolladas— que provocó una profusión de estudios interpretativos. Entre
otras cosas, Rosa Luxemburg destacó la naturaleza monopolística del
capitalismo, el papel de los elementos políticos (y la vio-lencia militar) en
el funcionamiento de la economía, las tendencias impe-rialistas y la
internacionalización del capitalismo.
Sin embargo, todos estos pensadores fueron en uno u otro aspecto
heréticos en relación con la ortodoxia que desde finales de la década de 1920
había establecido en la Unión Soviética y en los partidos comunistas europeos
el liderazgo político de Iósiv Stalin (1879-1953). Ya hemos visto sus
elecciones políticas a favor de la industrialización acelerada y la econo-mía
estatal.58 En lo que se refiere a la teoría económica, debe mencionar-se su
tesis de la «validez de la ley del valor en la economía socialista», defendida
con creciente determinación después de la Segunda Guerra Mundial, después de
haber sido negada previamente. Propuesta en forma ambigua, la tesis se
interpretó como una base para atribuir una mayor importancia al mecanismo de
los precios en las economías socialistas.
Después del final del estalinismo, en un clima intelectual menos
sofo-cante, aunque donde el respeto al pensamiento ortodoxo todavía seguía
constituyendo un imperativo, el debate sobre la «ley del valor en una eco-
La idea de que
la acumulación obligatoria, después de contribuir al proceso de
industrialización, llevaría a la Unión Soviética a alcanzar y posiblemente
adelantar a la potencia económica de los Estados Unidos, se difundió tanto
entre los economistas mar-xistas de los países comunistas como de los países
occidentales, después del final de la Segunda Guerra Mundial. Con la caída de
los regímenes comunistas, vemos ahora, por el contrario, que Rusia ha seguido
siendo un país ampliamente subdesarrollado: el totalita-rismo político (y el
terror estalinista), aparte del daño que produjeron en términos de cre-cimiento
cívico, no aportaron demasiado en términos de crecimiento puramente econó-mico.
370 Karl Marx
nomía socialista» presenció el desarrollo de algunas valientes
heterodoxias, especialmente en la «escuela de Varsovia», en la que Michal
Kalecki (cf. más adelante § 14.8) fue la figura principal, mientras que Oskar
Lange (1904-1965) y Wlodzmierz Brus (n. 1921), entre otros, apoyaron el
desa-rrollo de un «mercado socialista». Entre las contribuciones más originales
de los economistas marxistas occidentales podemos mencionar las publi-caciones
de Paul Baran (1910-1964) y Paul Sweezy (1910-2004). Baran escribió The
political economy of growth [La economía política del creci-miento] (1957), un
análisis de los procesos del desarrollo capitalista que se basa en la noción de
excedente potencial y señala las razones —particular-mente factores políticos e
institucionales— que en los distintos países y épocas han impedido la plena
utilización de las capacidades productivas. Sweezy, un discípulo de Schumpeter,
además de la antes mencionada The theory of capitalist development (1942) —que
sigue siendo la mejor ilustra-ción de la teoría económica de Marx— también
fundó, con el historiador Leo Huberman, la Monthly Review en 1949. En 1966,
Baran y Sweezy publicaron Monopoly capital [El capital monopolista], un libro
que, junto con los escritos del filósofo Herbert Marcuse (en particular, El
hombre uni-dimensional, publicado en 1956), se convirtió en uno de los
principales puntos de referencia de la agitación estudiantil que se extendió de
Cali-fornia a París en 1967-1968, y después a todo el mundo.
LA REVOLUCIÓN
MARGINALISTA: LA TEORÍA SUBJETIVA DEL VALOR
10.1. La «revolución marginalista»: una perspectiva general
El término revolución marginalista se utiliza comúnmente para
indi-car un cambio repentino de dirección en la ciencia económica, con el
abandono del enfoque clásico —y, dicho con mayor precisión, ricardia-no— y el
desplazamiento a un nuevo enfoque basado en una teoría sub-jetiva del valor y
la noción analítica de la utilidad marginal.1 El comienzo de la «revolución» se
localiza por lo general en los años que van de 1871 a 1874, cuando se
publicaron los principales escritos de los líderes de la escuela marginalista
austríaca: Carl Menger (1840-1921), de la escuela británica: William Stanley
Jevons (1835-1882), y de la escuela francesa (Lausana): Léon Walras
(1834-1910). De hecho, en 1871 aparecieron los Grundsätze der
Volkswirtschaftslehre [Principios de economía política] de Menger y The theory
of political economy [La teoría de la economía políti-ca] de Jevons, mientras
que Walras publicó sus Éléments d’économie politi-que pure en 1874.
Reiteremos, sin embargo, una vez más que la «revolución
marginalis-ta» había tenido precursores importantes, como veremos de nuevo más
adelante. Además, las diferencias entre el enfoque austríaco de la imputa-
Howey (1960),
pp. XIII y XXVII, nos informa de que el término marginalista fue introducido
por Hobson en Work and wealth [Trabajo y riqueza] (1914), mientras que el
término marginal fue utilizado por primera vez por Wicksteed en su Alphabet
(1888), y Wieser lo utilizó en sus Grenznutzen en 1884.
372 La revolución
marginalista: la teoría subjetiva del valor
ción, el enfoque francés del equilibrio económico general y el
enfoque marshalliano de los equilibrios parciales eran bastante importantes en
cuanto se refería al método y a la visión básica del funcionamiento de la
economía. Entre los economistas ingleses, después, Alfred Marshall (1842-1924;
sus Principles of economics [Principios de economía] aparecieron en 1890)
siguió un camino propio, distinguiéndose de la línea radicalmente subjetiva
adoptada por el primer autor de una teoría marginalista del valor, Jevons; y la
influencia ejercida por las ideas y el poder académico del pri-mero fueron
mucho mayores que las del último.
En este capítulo y en los siguientes ilustraremos las
características más notables de las tres corrientes principales de
investigación que tradi-cionalmente se incluyen en la rúbrica marginalista; así
veremos lo dife-rentes que son entre sí, y lo engañoso que es establecer una
separación clara hacia 1870.2 Sin embargo, antes de hacerlo puede ser útil
señalar algunos elementos básicos que son comunes a estas diferentes líneas de
investigación, comparándolos con el enfoque clásico ilustrado en los capí-tulos
anteriores.
Sraffa (1960, p. 93) sintetiza el contraste con dos imágenes: el
enfoque clásico consiste en la «presentación del sistema de producción y
consumo como un proceso circular», mientras que el enfoque margi-nalista adopta
la perspectiva de «una avenida unidireccional que lleva de los “factores de
producción” a los “bienes de consumo”». Así, Sraf-fa esboza las diferencias
entre los dos enfoques en lo que atañe a la visión del problema económico y de
la estructura del análisis, en par-
Sobre la
«revolución marginalista», junto con la bibliografía referente a Jevons, Menger
y Walras que se citará más adelante, cf. Hutchison (1953), Howey (1960),
Kau-der (1965) y los artículos reunidos en Black, Coats y Goodwin (1973). Howey
destaca, entre otras cosas, que los historiadores del pensamiento económico de
finales del siglo XIX no reconocieron la existencia de una «revolución
marginalista». Blaug (1973) titula su tra-bajo «¿Hubo una revolución marginal?»
y concluye (p. 14) que «fue un proceso, no un acontecimiento». Stigler (1973),
aunque atribuye a Bentham la «teoría de la utilidad» (una tesis que, como vimos
más arriba en § 6.7, es más bien superficial), destaca (p. 312) que la teoría
«no desempeñó ningún papel importante en ninguna controversia política hasta la
Primera Guerra Mundial». Hutchison (1953), p. 6, sostiene que «la economía
“margi-nal” o neoclásica sólo tomó realmente cuerpo en los años noventa» del
siglo XIX, mientras que (1973, p. 202) sólo en el segundo cuarto del siglo XX se
fundieron las diferentes «escue-las en un crisol general y cosmopolita,
norteamericano y europeo occidental».
La «revolución marginalista»: una perspectiva general 373
ticular en el campo del valor y de la distribución, que es donde
encuentra su más directa expresión la naturaleza básica de los distintos
enfoques.
Echemos una ojeada más de cerca, aunque sea de forma resumida, a
estas diferencias, que se refieren a la definición del problema económico, la
noción de valor, el concepto de equilibrio, el papel de los precios y la
teo-ría de la distribución.
Ante todo, dentro del enfoque clásico el problema económico se
con-cebía como un análisis de aquellas condiciones que garantizaban el
fun-cionamiento continuo de un sistema económico basado en la división del
trabajo, y, por lo tanto, un análisis de la producción, distribución,
acu-mulación y circulación del producto. En el caso del enfoque marginalista,
en cambio, el problema económico se refería a la utilización óptima de recursos
escasos para satisfacer las necesidades y el deseo de los agentes eco-nómicos.
En segundo lugar, la visión objetiva del valor que tenían los
econo-mistas clásicos, basada en la dificultad de producción, contrasta con la
visión subjetiva del enfoque marginalista, basada en la valoración de la
uti-lidad de las mercancías por parte de los consumidores.
En tercer lugar, a consecuencia de estas diferencias, la noción
de equilibrio ocupaba un papel central en el enfoque marginalista,
distin-guiéndolo de nuevo del enfoque clásico: el equilibrio correspondía a las
condiciones de utilización óptima de los recursos escasos disponibles, y, por
lo tanto, se identificaba con un conjunto de valores para todas las variables
económicas, precios y cantidades simultáneamente. El enfo-que clásico planteaba
el problema de los precios relativos como algo dis-tinto del problema de las
decisiones relativas a la acumulación y a los niveles de producción; a lo sumo,
podría hablarse de equilibrio con referencia a la nivelación de los tipos de
beneficio sectorial derivados de la competencia de capitales, mientras que se
prefiere utilizar el término equilibramiento, que no implica una igualdad
exacta, cuando se habla de demanda y oferta (como en la expresión «el
equilibrio entre oferta y demanda»).
En cuarto lugar, de acuerdo con los puntos anteriores, los
precios adquirían el significado de indicadores de la dificultad relativa de
produc-
374 La revolución
marginalista: la teoría subjetiva del valor
ción en el enfoque clásico, y de indicadores de escasez (con
relación a las preferencias de los consumidores) en el enfoque marginalista.3
En quinto y último lugar, la distribución de la renta no era más
que un caso específico de la teoría de los precios en el contexto del enfoque
marginalista (en el que se refería a los precios de los «factores de
produc-ción»), mientras que para el enfoque clásico era un problema con
caracte-rísticas autónomas, que se refería al papel de las diferentes clases
sociales y sus relaciones de poder.4
Como se mencionó antes, tales características comunes adoptaron
formas diferentes en los autores pertenecientes a las distintas corrientes del
enfoque marginalista. Por ejemplo, la corriente francesa del equilibrio
eco-nómico general fundada por Walras, adoptada y desarrollada a principios del
siglo XX por el italiano Vilfredo Pareto (cf. más adelante § 12.3) y
pos-teriormente, en los últimos treinta años, por autores como Kenneth Arrow y
Gérard Debreu, se basaba en el supuesto de dotaciones iniciales de recur-sos
(diferentes clases de capacidades laborales, tierras, bienes de capital)
Evidentemente,
esto no significa que la «dificultad de producción» no desempeñe un papel en el
enfoque marginalista (de hecho lo desempeña, como mediación entre los recursos
productivos originales, por una parte, y los bienes y servicios finales por la
otra), ni que la «escasez» no tuviera un papel en el enfoque clásico (una vez
más lo tenía, a través de diferentes tipos de restricciones, relativas a la
tecnología —como en la renta diferen-cial— o a los niveles de producción, a
través de la etapa alcanzada por el proceso de acu-mulación). Sólo significa
que, en el primer caso, la escasez desempeñaba un papel analíti-co central, en
el modelo básico del intercambio puro, mientras que la tecnología puede
introducirse en una etapa sucesiva del análisis; en el segundo caso, en cambio,
la escasez podría jugar un papel indirecto en la determinación de los niveles
de producción y de la tecnología, pero no un papel directo en la determinación
de los precios. Sobre este último punto, cf. Roncaglia (1975), pp. 125-126.
4 También en este enfoque, sin embargo, la determinación de los
precios y la de las variables distributivas estaban conectadas, como iba a
poner en evidencia el análisis de Sraf-fa. Con cierta imprecisión (en el
enfoque del equilibrio económico general todas las varia-bles se determinan
simultáneamente), Walras (1874), p. 45, dijo que contrariamente al enfoque
clásico («la escuela de Ricardo y Mill»), en la nueva teoría «los precios de
los ser-vicios productivos vienen determinados por los precios de sus productos
y no al revés».
Otras características comunes a las diferentes corrientes del
enfoque marginalista (cf., por ejemplo, Coats, 1973, p. 338) eran una
consecuencia de las que ya se han obser-vado (tales como la atribución de un
importante papel al juego de la demanda y la oferta en la determinación de los
precios, que procede de la visión subjetiva), o eran menos cla-ras,
refiriéndose no a la estructura analítica y conceptual, sino a la
profesionalización de la economía (mayor precisión del lenguaje) o al
instrumental utilizado (cálculo).
Los precursores: equilibrio entre escasez y demanda 375
que se consideraban como dadas en términos físicos,
contrapuestas a las preferencias de los agentes económicos.
La corriente inglesa de Jevons y Marshall, en cambio, tendía a
consi-derar como variables dentro de la teoría también las cantidades
disponi-bles de los diferentes recursos, utilizando como datos exógenos los
mapas de utilidad y desutilidad de los diversos sujetos económicos. En
particular, era el equilibrio entre la utilidad de los bienes que se podían
obtener por medio de la actividad productiva y de la labor y el esfuerzo de los
trabaja-dores, o en otras palabras, la desutilidad del trabajo, lo que determinaba
la cantidad de trabajo realizado y, por lo tanto, dada la función de
produc-ción, la cantidad de producto.
Finalmente, los teóricos de la escuela austríaca (junto con
Menger tenemos que mencionar a sus discípulos Wieser y Böhm-Bawerk: cf. más
adelante § 11.4) adoptaron un punto de vista radicalmente subjetivo, según el
cual el valor de todo bien o servicio se deducía de su utilidad para el
consumidor final, directamente en el caso de los bienes de consumo e
indirectamente en el caso de los bienes de producción. En este último caso, una
parte de la utilidad que para los consumidores tenía el bien pro-ducido se «imputaba»
a los medios de producción, calculando en propor-ción a la contribución
representada por el bien o el servicio en cuestión al proceso productivo (de
ahí la expresión «teoría de la imputación»).
10.2. Los precursores: equilibrio entre escasez y demanda
Como se ha recordado en el apartado anterior, al lado de la
visión clá-sica del sistema económico basada en la idea del flujo circular de
produc-ción y consumo, tenemos una visión distinta que implica la idea de
esca-sez de los recursos disponibles con respecto a la demanda potencial. En el
primer enfoque los precios se derivan de las condiciones de reproductibi-lidad
de un sistema económico basado en la división del trabajo, mientras que en el
último los precios proceden de las valoraciones subjetivas de los agentes
económicos, y, por lo tanto, expresan la escasez relativa de los di-versos
recursos y de los diferentes bienes que se obtienen a partir de ellos. Aquí
vale la pena destacar que esta visión no nació con la «revolución
mar-ginalista» en los años que van de 1871 a 1874, sino que estuvo presente en
la ciencia económica desde sus mismos orígenes.
376 La revolución
marginalista: la teoría subjetiva del valor
Incluso en la prehistoria de la economía política encontramos la
dis-cusión del «precio justo», en la que se reconoce un papel importante al
juego entre la demanda y la oferta. Aquí encontramos también la
concep-tualización, todo lo primitiva que se quiera, del tema de los precios en
rela-ción con los mercados medievales, concebidos como un tiempo y un lugar
para el encuentro y la comparación entre oferta y demanda. Además, en una época
tan temprana como la de los escritores escolásticos, encontra-mos la tesis de
que la utilidad es la verdadera fuente o causa del valor; en otras palabras, la
comparación entre la oferta y la demanda se consideraba como una expresión de
la comparación entre escasez y utilidad. Esta visión sobrevivió y se desarrolló
a lo largo del tiempo, junto con la idea de que el valor de las mercancías
descansa esencialmente en la dificultad de produc-ción, y particularmente en
los requisitos de trabajo. Mientras en los siglos XVII, XVIII y XIX esta última
visión se abría paso en el enfoque clásico de Petty, Smith y Ricardo, diversos
autores adoptaron y desarrollaron la visión alternativa, relacionando los
precios con la comparación entre la escasez y la valoración de los compradores,
acercándose, en algunos casos, a establecer un vínculo entre el valor de uso y
el valor de cambio basado en la noción de utilidad marginal. La amplia
aceptación de la teoría cuan-titativa del dinero, con su marco analítico basado
en la oferta y la deman-da, constituyó una ayuda importante.
Una breve visión de conjunto muestra que el enfoque subjetivo de
la teoría del valor tenía raíces importantes en Inglaterra, Italia, Francia y
Ale-mania.5 Aquí nos limitaremos a recordar algunos de los autores más
cono-cidos, país por país.
En Italia, el exponente más importante del enfoque subjetivo fue
pro-bablemente el abbé napolitano Ferdinando Galiani, cuya obra se conside-ró
más arriba, en el § 4.8, donde también se trató la de su predecesor Ber-nardo
Davanzati.
Medio siglo después de Galiani, otro economista italiano, Luigi
Moli-nari Valeriani (1758-1828), propuso en términos aún más claros una teo-ría
del valor basada en la demanda y la oferta frente a la teoría basada en los
costes de producción, e intentó desarrollar por primera vez un análisis
Algunos autores
(por ejemplo, Bowles, 1972; Blaug, 1973) niegan explícitamente, sobre esta
base, el carácter revolucionario de la «revolución» marginalista.
Los precursores: equilibrio entre escasez y demanda 377
matemático y geométrico del tema (Del prezzo delle cose tutte
mercatabili, [Sobre el precio de todas las cosas sujetas al comercio],1806).6
Diversos economistas franceses que defendieron una teoría
subjetiva del valor en los siglos XVIII y XIX (aparte de Jean-Baptiste Say, que
vimos más arri-ba, § 6.3) fueron recordados por Jevons, en el prólogo de la
segunda edición (1879) de The theory of political economy. En particular, Le
commerce et le gou-vernement (1776) de Condillac fue citado por Jevons (1871,
p. 57) como «la primera afirmación nítida de la verdadera relación entre el
valor y la utilidad». Jevons recordó también al «ingeniero francés Dupuit» y,
naturalmente, las Recherches sur les principes mathématiques de la théorie de
la richesse (1838) de Antoine Augustin Cournot (1801-1877), quien, sin embargo,
aunque cons-truyó su análisis de la determinación de los precios sobre la
demanda y la oferta, consideradas como funciones del precio, «no lo relacionó
con ningu-na teoría de la utilidad» (Jevons, 1871, p. 59) y a quien, en
consecuencia, no es posible atribuir una teoría subjetiva del valor.7
Ciertamente, Cournot fue más un hijo del racionalismo francés que del
utilitarismo.8
Sobre
Valeriani, cf. las elogiosas observaciones de Schumpeter (1954, p. 511 n.; p.
572n., trad. cast.) y Faucci (2000), pp. 165-166. Otros autores del siglo XVIII
dignos de mención son aquí Beccaria y Verri (cf. más arriba § 4.8). Schumpeter
(1954), p. 307n.; p. 356n., trad. cast.) atribuye a este último una «ley
hiperbólica de la demanda»; según la ley de Verri, pq = c, donde c es una
constante.
7 Arsène Dupuit (1804-1866), piamontés de nacimiento, ingeniero
del famoso Corps des Ponts et Chaussées, es conocido por sus escritos sobre la
determinación de la uti-lidad de las obras públicas. En estos escritos, que
descansan en las funciones de demanda, medía lo que más adelante se conocería
como la noción del excedente del consumidor. En este contexto tenemos que
recordar también a otros autores franceses, como Turgot y Can-tillon (a quien
aquí consideramos entre los franceses, puesto que su obra apareció en esta
lengua, aunque fuera de origen irlandés: cf. más arriba § 4.5). En un ensayo
sobre Canti-llon, Jevons (1881) le consideró fundador de la economía política
precisamente por su aná-lisis de los precios. También Auguste Walras, padre de
Léon Walras, en su libro De la natu-re de la richesse, et de l’origine de la
valeur (1831) afirmó con decisión que el «valor depende de la rareté» (citado
por Jevons, 1871, p. 64).
8 Obsérvese que Cournot no mostró huellas de la influencia del
sensualismo fran-cés. Streissler (1990, pp. 56-57), sin embargo, destaca que
Cournot fue el primero que introdujo explícitamente una curva de demanda, en su
libro de 1838, adelantándose en tres años al alemán Karl Heinrich Rau (cf. más
adelante § 11.1). Walker (1996), p. 3, des-taca en cambio que, como se observó
antes, Cournot no suministró los fundamentos teó-ricos de la función de demanda
(que los marginalistas localizan generalmente en las prefe-rencias
individuales), sino que simplemente los presupuso. Blaug (1962), p. 43, observa
que Cournot «estableció por vez primera la moderna noción de la competencia
perfecta en la que las empresas se enfrentan a una curva de demanda horizontal
porque su número es tan grande que ninguna de ellas puede influir en el precio
del producto».
378 La revolución
marginalista: la teoría subjetiva del valor
«Una teoría del placer y del dolor» fue atribuida por Jevons
(1871, p.
a un alemán,
Hermann Heinrich Gossen (1810-1858), autor de un libro que cayó rápidamente en
el olvido, Entwickelung der Gesetze des menschlichen Verkehrs… [Leyes de las
relaciones humanas y reglas de la acción humana que de ellas se derivan]
(1854), que había desarrollado una teoría marginalista del equilibrio del
consumidor.9 Nuevamente en Alema-nia, Johann Heinrich von Thünen (1783-1850),
un terrateniente que se mostró activo en las mejoras de la tierra, produjo una
obra en dos partes, Der isolierte Staat [El Estado aislado] (primera parte,
1826; segunda parte, 1850),10 en la que no sólo desarrolló una teoría de la
renta de la tierra rela-cionada con la distancia desde el lugar de consumo,
sino que también, y sobre todo, propuso un análisis de la sustitución entre
tierra y trabajo, cuan-do disminuye la renta, basado esencialmente en la
igualdad entre la produc-tividad marginal y el precio de cada uno de estos
factores productivos.11
Sin embargo, Jevons no profundizó en la interesante contribución
del matemático suizo Daniel Bernoulli (1700-1782). Este autor había abor-dado,
dentro de la teoría de la probabilidad, la llamada paradoja de San Petersburgo,
esto es, la aversión al riesgo manifestada por los individuos que prefieren una
suma de dinero segura a una suma igual dada por el valor actuarial de una
apuesta (que, por ejemplo, prefieren 1000 euros seguros que la posibilidad de
ganar 0 ó 2000 euros lanzando una moneda, según la cara que quede a la vista,
mientras que el valor actuarial de los dos casos es idéntico). Para resolver
tal paradoja, Bernoulli suponía que el aumento de la riqueza individual se
acompaña de un aumento en la utili-dad, que es una función inversa de la
riqueza que ya se posee; en otras palabras, evocó un ejemplo específico del
principio de la utilidad marginal decreciente.12
Sobre Gossen,
cf. la introducción de Georgescu-Roegen a la traducción inglesa de su libro
(Georgescu-Roegen, 1983), y Niehans (1990), pp. 187-196.
10 Una tercera parte se publicó póstumamente en 1863, reuniendo
escritos no publi-cados de varias clases. Cf. Schumpeter (1954, p. 465; pp.
524-525, trad. cast.).
11 Sobre von Thünen, cf.
Niehans (1990), pp. 164-175.
12 La importancia de la obra de Bernoulli es destacada por
Schumpeter (1954, pp. 302-305; pp. 351-354, trad. cast.) y, después de él, por
Spiegel (1971), pp. 143-144. Schumpeter consideró también a Bernoulli como
precursor de la moderna teoría de los juegos de Neumann-Morgenstern (cf. más
adelante § 17.2). Spiegel recuerda que la obra de Bernoulli se publicó
originalmente (1738) en latín, y sólo mucho más tarde se tradujo al alemán
(1896) y al inglés (1954), escapando así a la atención de los economistas.
Los precursores: equilibrio entre escasez y demanda 379
En Inglaterra, de Petty a Smith, hasta Ricardo y sus seguidores,
el enfoque subjetivo del valor estuvo decididamente limitado a un plano
secundario. Sin embargo, podemos recordar los enunciados de principio de Samuel
Bailey sobre la naturaleza del valor (cf. más arriba § 8.3), los escritos de
Senior, Whately, Longfield y, sobre todo, una conferencia que sobre el valor
dio, en 1833, William Forster Lloyd (1794-1852), profesor de economía política
en la Universidad de Oxford, y que se publicó con otras conferencias en 1837
(cf. más arriba § 8.7).
Así, en el desarrollo de una construcción analítica subjetiva
desempe-ñaron un papel central las explicaciones de las elecciones del
consumidor, y, por lo tanto, la demanda. En este campo tenemos la principal
innovación del enfoque «marginalista», en comparación con la tradición de la
escuela clásica, a saber, la idea de explicar el valor de cambio sobre la base
de los valores de uso. En el enfoque clásico, la distinción entre valor de uso
y valor de cambio ya estaba explícita, por ejemplo, en Adam Smith (cf. más
arriba
5.5), que en
esto fue seguido con escasa originalidad por muchos otros, incluidos David
Ricardo y John Stuart Mill. El valor de uso —el hecho de ser útil para algo— se
consideró una cualidad de las mercancías, y una característica indispensable
(un requisito previo) para que los bienes tengan un valor de cambio positivo;
no una característica medible, sin embargo, y, por lo tanto, no un elemento
sobre el cual explicar los valores de cambio.
Por supuesto, es cierto que los economistas clásicos también
hablaron de un valor de uso grande o pequeño, pero en términos muy genéricos.
Esto sucedía, por ejemplo, con la conocida paradoja del agua y los dia-mantes:
la primera, se decía, tiene un gran valor de uso pero un pequeño valor de
cambio, mientras que los diamantes tienen un modesto valor de uso pero un
considerable valor de cambio. Como vimos más arriba (§ 4.8), la paradoja fue
resuelta antes de Smith, en particular por Galiani, recordando que el bien más
útil también puede ser el más abundante, mientras que es la escasez en relación
con la demanda de los compradores potenciales lo que determina el precio.13
En el enfoque
clásico, en que la atención se concentra en las mercancías reprodu-cibles, la
escasez puede superarse por medio de la producción de unidades adicionales de
la mercancía; en consecuencia, como vimos más arriba, el valor de cambio se
reconduce a la dificultad relativa de producción. En esencia, sólo podemos
hablar de escasez cuando viene dada la cantidad disponible de una mercancía.
380 La revolución
marginalista: la teoría subjetiva del valor
Este argumento anunciaba el elemento clave de la teoría
marginalis-ta, a saber, la idea de que el valor de uso (que se supone es capaz
de medi-ción) disminuye cuando aumenta la cantidad consumida de cada
mercan-cía. El valor de uso se convierte, pues, en una función decreciente de
la cantidad consumida de cada mercancía, y, como veremos con mayor deta-lle más
adelante, el valor de cambio puede deducirse del valor de uso de la última
dosis consumida del bien en cuestión. Para ser desarrollada en el plano analítico,
la teoría subjetiva del valor, esto es, el enfoque que dedu-ce el valor de
cambio de las mercancías de la valoración subjetiva del con-sumidor, requiere,
por lo tanto, una noción que anunciaron algunos de los precursores de los
teóricos subjetivos del marginalismo, a saber, la noción de utilidad marginal.
El enfoque jevonsiano se componía de otros elementos junto con
la simple orientación subjetivista en la explicación de la teoría del valor. En
primer lugar, había una reinterpretación del utilitarismo clásico,
desarro-llado originalmente por Bentham con diferentes propósitos y
significado. En segundo lugar, había una doble elección metodológica: el
individualis-mo metodológico y la búsqueda de «rigor científico» por medio de
la apli-cación de los instrumentos matemáticos en el campo económico. Estos elementos
se tratarán en los siguientes apartados.
10.3. William Stanley Jevons
Algunos historiadores del pensamiento económico han hablado de
una revolución jevonsiana, para destacar, por una parte, la ruptura con la
tradición de la economía política clásica y, por otra, las diferencias con las
otras corrientes de la llamada revolución marginalista, es decir, la corrien-te
francesa iniciada por Walras y la austríaca que comenzó con Menger.14
Lo que caracterizó a Jevons en su ruptura con la tradición
clásica fue, por una parte, sus opiniones sobre la psicología del ser humano y,
por otra, su objetivo de matematizar la teoría económica: dos aspectos que
exami-naremos en el § 10.4. Otro aspecto interesante, por el que Jevons fue
Cf. Schabas
(1990): una contribución
esencial para nuestra
comprensión de
Jevons.
William Stanley Jevons 381
representativo de su época, se refería a la profesionalización
de la econo-mía. Esta tendencia se examinará más adelante, cuando se ilustre la
con-tribución de Marshall a la construcción de una carrera de estudios
especí-ficamente económicos. Aquí sólo destacaremos que la propia vida de
Jevons era un indicativo de un cambio claro: el éxito personal coincidió con la
publicación de nuevas teorías y su aceptación por parte de los cole-gas
—profesores universitarios—, mientras que en el caso de Petty o Can-tillon, de
Quesnay o Smith, de Ricardo o John Stuart Mill, el éxito se manifestó en el
círculo más amplio de los hombres cultos o en la acepta-ción de sus ideas en la
arena política.
Jevons nació en Liverpool en 1835, en una familia unitaria,
seguido-ra de un credo religioso caracterizado por su preocupación por las
realida-des más que por las formas, y en particular por la compasión hacia los
des-poseídos. Las vicisitudes personales y públicas influyeron en la formación
del joven Jevons: la muerte de su madre en 1845, la terrible hambruna irlandesa
de 1847 y la crisis económica de 1848, con el fracaso de las com-pañías
ferroviarias y la quiebra de la pequeña empresa familiar. Las etapas
subsiguientes de su vida estuvieron marcadas por la Exposición Universal de
1851, en Londres, y la muerte de su padre en 1855. En esa época, uno de sus
hermanos se trasladó a Nueva Zelanda, mientras que una de sus hermanas había
sido internada en un manicomio; los parientes con los que Jevons mantuvo una
relación más próxima fueron su hermano Thomas, que era más joven y que se
convertiría en banquero en Nueva York, y su hermana Lucy; está claro que Jevons
tuvo que arreglárselas él solo para abrirse camino en la vida.
Después de la escuela primaria, Jevons fue en 1850 al University
College, de Londres, donde estudió ciencias naturales, química y mate-máticas.
Como químico fue contratado por una casa de la moneda aus-traliana, y a la edad
de diecinueve años se trasladó a Sydney, donde residió de 1854 a 1859,
dedicando su tiempo libre al estudio de la botánica y de la meteorología. En
1857 comenzó a cultivar un interés por los temas eco-nómicos y sociales, y
pronto se decidió al «estudio del hombre», su misión en la vida. Con este fin,
renunció a un puesto de trabajo fijo y volvió a Londres para matricularse de
nuevo en el University College, donde se diplomó en 1860 y se graduó en 1862.
Al mismo tiempo intentó ganarse la vida como periodista; en 1863 aceptó un
puesto de trabajo como «tutor
382 La revolución
marginalista: la teoría subjetiva del valor
general» en Manchester, el nivel más bajo de la escala
académica. Ya había presentado (en 1862) una memoria a la British Association,
sin obtener ninguna reacción, aunque su comunicación ya contenía los elementos
esenciales de su teoría subjetiva del valor. Un ensayo de economía aplica-da
sobre la caída del valor del oro, publicado en 1863, tuvo una mejor aco-gida.
El mismo año publicó un trabajo de lógica; Jevons volvería repetida-mente a
este campo en los años siguientes.
Jevons adquirió fama con The coal question [El problema del
carbón] (1865). Éste era nuevamente un trabajo de economía aplicada, en el que
sostenía la tesis del inminente agotamiento de las reservas de carbón, y, por
lo tanto, de la existencia de una limitación insuperable para el desarrollo de
las manufacturas británicas, puesto que el carbón constituía la fuente
energética de todo el sistema productivo. Se trataba de una idea maltusia-na,
en la que un recurso natural escaso —el carbón— ocupaba el papel que los
productos alimenticios tenían en Malthus. Las graves predicciones de este
último no se cumplieron, según Jevons, a causa de la abolición de las leyes de
cereales, y, por lo tanto, de los derechos sobre la importación del grano. De
hecho, tanto Jevons como Malthus se equivocaron en sus previsiones pesimistas
sobre la frustración del desarrollo porque infravalo-raron el cambio
tecnológico.15
La fama así adquirida, junto con sus trabajos sobre lógica, le
llevaron a ser nombrado profesor de lógica y filosofía mental y moral en el
Owens College, de Manchester, en 1866. Finalmente, después de la publicación de
su principal contribución a la teoría económica, la Theory of political
economy, en 1871, y el tratado sobre los Principles of science [Los principios
de la ciencia] en 1874, en 1876 se convirtió en profesor de economía polí-tica
en el University College, de Londres.16 En 1880 Jevons decidió renun-
En el caso de
las fuentes de energía, la historia de los últimos siglos registra una
tendencia opuesta a la esbozada por Jevons, con la transición desde fuentes
menos eficien-tes y más costosas (primero la madera y después el carbón) a
fuentes más eficientes y menos costosas (petróleo, gas natural). Cf. Roncaglia
(1983a).
Los papeles y
correspondencia de Jevons se han publicado en siete volúmenes, edi-tados por
Black y Könekamp: Jevons (1972-1981). Las (pocas) recensiones de Theory of
political economy las sintetiza Howey (1960), pp. 61-69. Entre ellas se
encuentra una con la que Marshall comenzó su carrera de economista y que fue
considerada por Jevons como escasamente digna de atención.
William Stanley Jevons 383
ciar a dicha plaza, a fin de dedicarse por completo a sus
investigaciones; pero en 1882 se ahogó cuando nadaba durante unas vacaciones en
la costa.
El itinerario personal de Jevons nos ayuda a comprender el
panorama de fondo de su «revolución subjetiva». Detrás de ella se encontraba de
hecho la adhesión a una visión de la economía política a la que ya no
con-sideraba como una ciencia moral, como la historia o la política, sino como
una ciencia semejante a la física o a las matemáticas. Esta elección de
pers-pectiva coincidía con la senda cultural recorrida por el propio Jevons:
pri-mero, estudiante de química y matemáticas; después, autor de ensayos sobre
el método en la ciencia y la lógica formal (junto con los escritos sobre
economía que le procuraron fama). Sus opiniones sobre psicología huma-na,
relativas al sensualismo de Condorcet, apuntaban en la dirección de conexiones
cuantitativas necesarias («leyes») también en el campo de las ciencias humanas
y sociales. La fe en las ciencias naturales se combinaba, pues, con la creencia
en la naturaleza objetiva de la percepción. La lógica, como ciencia puramente
formal y abstracta, proporcionaba los instru-mentos para el análisis de «leyes»
en el ámbito de las ciencias naturales y en el de las ciencias humanas.
Aunque no sean importantes en sí mismas, en este aspecto vale la
pena observar que las contribuciones de Jevons a la lógica formal, en las que
era continuador de De Morgan y de Boole (que concebían la lógica como un sector
del álgebra), pero con una perspectiva más amplia, soste-nían que, mientras que
las matemáticas consideran cantidades, la lógica formal se refiere a las
relaciones entre cualidades. Las leyes de probabilidad se conciben como leyes a
priori. En particular, fue fundamental la opinión de Jevons —que en este
aspecto seguía una tradición que va por lo menos desde Petty hasta Condorcet—
de que los números pueden expresarlo todo.17
En el campo de la investigación, el científico puede perseguir
el acuer-do entre la teoría y los hechos por medio de un procedimiento
consisten-
Schabas destaca
este aspecto en el mismo título de su libro sobre Jevons, A world ruled by
number. Cf. también Mays (1962), p. 223: «siguiendo a Boole y De Morgan, creía
que cualquier sistema racional de ideas podía expresarse de forma simbólica. El
sistema podía entonces operar de acuerdo con las leyes de la lógica para
producir una cadena de deducciones». Cf. también Black (1973).
384 La revolución
marginalista: la teoría subjetiva del valor
te en inventar hipótesis y comparar las deducciones que de ellas
se extrai-gan con la experiencia.
Encontramos muchos de estos aspectos en los Principles of
science, que Jevons publicó en 1874 y, en una segunda edición ampliamente
revisada, en 1877. En realidad, Jevons dedicó más tiempo a esta línea de
investiga-ción, antes y después de la publicación de The theory of political
economy, que a la investigación en el campo de la economía, y, por lo tanto,
estos temas son significativos para comprender cómo razonaba uno de los padres
de la «revolución subjetiva». Desde nuestro punto de vista, el ele-mento que
debe destacarse es que Jevons distaba mucho de perseguir un modelo axiomático,
en el que lo que importaba era la construcción lógica de la teoría y no su
realismo: si no hubiera abrazado una concepción sen-sualista del hombre, es
difícil que Jevons hubiera ido en la dirección de construir una teoría
subjetiva del valor.
10.4. La revolución jevonsiana
La teoría subjetiva del valor de Jevons era, pues, el producto
conjun-to del proyecto de contar con el método matemático en la economía y con
una visión sensualista de la psicología humana.
Al desarrollar esta teoría, Jevons modificó el significado de
algunos conceptos clave, rompiendo así con la tradición anterior. Tales
modifica-ciones, esenciales para construir el edificio analítico marginalista,
se refe-rían principalmente a la noción de utilidad heredada de Bentham, que
Jevons orientó en la dirección contraria a la sugerida por John Stuart Mill.
Como se observó antes, Bentham propuso con su cálculo felicífico
considerar los placeres y los dolores en términos cuantitativos. Más cerca de
Jevons (que lo cita como precursor) y del campo económico estaba Richard
Jennings (1814-1891), que, en su ensayo sobre Natural elements of political
economy [Elementos naturales de economía política] (1855) y en algunos otros
escritos, siguió la misma senda. Jevons llegó al final de este camino,
construyendo una teoría subjetiva del valor sobre la base de una visión cuantitativa
y unidimensional del valor de uso.
Primeramente, la cuantificación de los placeres y de los dolores
como magnitudes unidimensionales fue desarrollada por Jevons con mayor rigor
La revolución jevonsiana 385
que por Bentham. Este último, como observamos más arriba (§
4.8), había señalado una serie de elementos —siete, en aras de la precisión:
intensidad, duración, certeza, proximidad, fecundidad, pureza y exten-sión— que
determinan la cantidad de placer o de dolor relacionada con una acción dada.
Jevons redujo estos elementos a dos —intensidad y dura-ción— y consideró la
cantidad de placer como determinada por su pro-ducto. El tiempo, y, por lo
tanto, la duración, se trataba como una varia-ble continua y, de forma
simétrica, se hacía lo propio con la intensidad. De esta manera la cantidad de
placer, o sea, la utilidad, resultaba ser una variable continua. Evidentemente,
éstas eran características necesarias para la aplicabilidad del cálculo
diferencial o, en otras palabras, para la formu-lación de la noción jevonsiana
del «grado final de utilidad», que ahora se conoce generalmente como utilidad
marginal.
En segundo lugar, Jevons destacaba que la utilidad es una
relación abstracta entre objeto y persona, no una propiedad intrínseca del
objeto.18 Cualquier objeto puede, de hecho, tener una utilidad distinta para
dife-rentes personas o en distintos momentos del tiempo. En cualquier caso, lo
que importa no es tanto la utilidad total, sino más bien el incremento de
utilidad cuando aumenta la cantidad disponible de la mercancía, o sea, el grado
final de utilidad. Cada individuo indica tal magnitud con su dispo-sición a
pagar por la mercancía.19 Esto nos permite comparar por medio del mercado las
valoraciones que de los distintos bienes efectúa un indivi-duo dado, pero
también —a través de la cantidad de dinero que cada uno de ellos está dispuesto
a pagar— las que efectúan los diferentes individuos con respecto al mismo bien;
sin embargo, este hecho no es suficiente por sí mismo para asegurar la
posibilidad de un cálculo felicífico social, pues-to que nada garantiza que
cada individuo atribuya la misma utilidad a una cantidad dada de dinero.
En este aspecto
Jevons, centrándose implícitamente en la complacibilitas y prescin-diendo
totalmente de la virtuositas, se diferenciaba de una gran parte de la tradición
esco-lástica que tenía presentes ambos aspectos (cf. más arriba § 2.4) y de
autores como Galia-ni, mientras que adoptaba el relativismo de Bailey.
La idea de que
los individuos indican su valoración de las mercancías a través de la suma que
están dispuestos a pagar por ellas ya estaba presente en Verri y en Bentham:
cf. Faucci (1989), p. 79.
386 La revolución
marginalista: la teoría subjetiva del valor
Estos aspectos son esenciales para comprender las diferencias
entre las opiniones de Jevons y las de la tradición utilitarista que va de
Bentham a John Stuart Mill, y que se analizaron más arriba. Jevons construyó
una economía «utilitarista» en directa oposición a la escuela clásica de
Ricardo y Mill; al hacerlo, redujo la ciencia económica a una teoría de la
elección racional, sujeta al postulado de que cada individuo puede calcular en
un espacio unidimensional todas las consecuencias de cualquier acción, por lo
menos dentro de la esfera económica. Así, Jevons postulaba explícitamen-te la
posibilidad de un cálculo felicífico para cada individuo. Al mismo tiempo, en
su principal contribución a la teoría económica, el volumen de 1871, negó
explícita y enérgicamente la posibilidad de comparaciones interpersonales.20 La
ética consecuencialista, que requería comparaciones interpersonales, tenía, por
lo tanto, que desaparecer. Cada individuo puede considerar «bueno» lo que
aumenta su utilidad personal; pero todo esto es completamente diferente de la
ética utilitaria de Bentham y Mill, donde son las consecuencias sociales, no
las individuales, las que importan para la valoración moral de cualquier
acción.
La definición de economía de Jevons también se diferenciaba de
la idea de economía política de Mill. Como vimos antes (§ 8.9), Mill
consi-deraba la economía política como limitada a un aspecto específico de la
naturaleza humana, esto es, al deseo de poseer riqueza. Jevons, por otra parte,
recordando un punto característicamente milliano —a saber, que los
«sentimientos» de los que un hombre es capaz son de diverso grado—, limitó la
economía a un subconjunto específico de sentimientos, «el de grado más bajo».
De esta manera, según Jevons, «El cálculo de la utilidad tiene por objeto
satisfacer los deseos ordinarios del hombre al menor coste de trabajo».21
Ni siquiera
Menger o Walras, que con Jevons se consideran como los padres de la revolución
marginalista, recurrieron a comparaciones interpersonales, aunque no se
sintie-ron obligados a rechazarlas explícitamente. De hecho, mientras que en
Inglaterra era impo-sible no tener en cuenta el utilitarismo benthamita,
difícilmente habría sido necesario en Francia, y aún menos en Austria.
Jevons (1871),
pp. 92-93. Bujarin (1917), en cambio, sostenía que la teoría mar-ginalista,
atribuyendo una importancia central a le elección del consumidor, se refería al
comportamiento de las clases ociosas más que al de la masa de la población que,
viviendo al simple nivel de subsistencia o cerca de él, tiene una estructura de
consumo ampliamen-te limitada.
La revolución jevonsiana 387
Vale la pena destacar que esta definición es sólo aparentemente
obvia y no problemática. Por ejemplo, relegaría mi demanda de discos de Bach al
nivel más bajo de sentimientos, exactamente al mismo nivel que mi demanda de
chocolate (formando parte ambos, discos y chocolate, de mis necesidades
ordinarias); por otra parte, de no ser así, la economía sólo ten-dría en cuenta
una parte de las decisiones de gasto del consumidor, y sería imposible definir
unívocamente una restricción presupuestaria. De hecho, la razón por la que
Jevons se vio obligado a dar una definición tan obvia-mente controvertible de
la ciencia económica reside en el hecho de que tal definición era esencial para
su objetivo decisivo, la formulación de la eco-nomía como ciencia matemática.
De hecho, en las propias palabras de Jevons, «es claro que la economía, si
tiene que ser una ciencia, debe ser una ciencia matemática […] nuestra teoría
debe ser matemática, simplemente porque trata con cantidades».22 Fue este
objetivo decisivo el que llevó a Jevons a suponer que los sentimientos humanos
eran una variable cuanti-tativa unidimensional: un punto que fue destacado una
y otra vez.23
Todo ello implicaba cambios explícitos e implícitos en la manera
de concebir la economía y en la concepción de la naturaleza humana. Ante todo,
el núcleo de la teoría consistía en el análisis de las elecciones indivi-duales
entre distintos placeres (consumo) y dolores (trabajo); los senti-
Jevons (1871),
p. 78; cursiva en el original. De hecho, la última frase debe inver-
tirse: «nuestra teoría ha de tratar con cantidades —es decir,
con variables definidas de tal manera que puedan ser tratadas como cantidades
unidimensionales— porque sólo de esta manera podemos desarrollarlas en términos
matemáticos». También podemos recordar aquí que el uso del cálculo diferencial
no era de ningún modo una novedad absoluta; por ejemplo, ya había sido
recomendado —aunque no utilizado en la práctica— por Malthus, y después había
sido utilizado por Thomas Perronet Thompson (1783-1869), aliado de Bentham en
el lanzamiento de la Westminster Review (Spiegel, 1971, pp. 507-508).
Naturalmente,
como se observó antes, la utilidad no se medía directamente, sino a través de
su manifestación en las elecciones individuales. Sin embargo, el núcleo de la
cuestión no reside en la mensurabilidad directa de la utilidad, sino más bien
en el hecho de que se la concibe, como se recordó más arriba, como una magnitud
unidimensional.
El recurso a una medición indirecta de la utilidad, a través de
la observación del comportamiento del consumidor, plantea un tema distinto,
relativo a la circularidad del razonamiento: cf. Roncaglia (1975), pp. 106-111.
Sin embargo, si aceptamos una visión sensualista del individuo, y si suponemos
la estabilidad de las preferencias del consumidor a lo largo del tiempo, la
acusación de razonamiento circular cede ante los análisis de está-tica
comparativa. He aquí por qué es importante destacar los límites de la visión
utilitario-sensualista, relacionados con una representación unidimensional de
la naturaleza humana.
388 La revolución
marginalista: la teoría subjetiva del valor
mientos (preferencias) de cada individuo debían suponerse como
un dato independiente del problema. Sólo bajo estas condiciones podría
constituir la suma de comportamientos individuales una teoría de la economía en
su conjunto. En otros términos, el individualismo metodológico24 era un
requisito necesario de la teoría subjetiva del valor. Pero el supuesto de
independencia de las preferencias individuales no lo justificaba Jevons de
ningún modo: simplemente se postulaba, como implícito en la propia estructura
de su teoría.25
En segundo lugar, Jevons no concibió la economía como la ciencia
de la riqueza de las naciones —su crecimiento, su distribución entre las
dife-rentes clases sociales—, sino como un problema relativo a la máxima
satis-facción que podía obtenerse de la asignación de una cantidad dada de
recursos. En las propias palabras de Jevons (1871, p. 254; cursiva en el
ori-ginal): «El problema de la economía puede […] formularse así: Dada una
determinada población, con diversas necesidades y fuerzas productivas, que posee
determinadas tierras y otras fuente de materias primas: obtener la mane-ra de
utilizar su trabajo de modo que maximice la utilidad del producto».
En tercer lugar, en su teoría económica Jevons aplica la
perfecta racio-nalidad a un aspecto del comportamiento individual (cuya
identificación, como vimos más arriba, no es tan sencilla): «el grado más bajo
de senti-
Hay una serie
de definiciones del individualismo metodológico. (Para un estudio crítico, cf.
Donzelli, 1986, pp. 33-113.) Aquí entendemos por individualismo metodoló-gico
el supuesto de que la sociedad no es más que una suma de individuos, y que las
pre-ferencias de cada individuo son independientes de las de cualquier otro
individuo, de manera que tenemos la tesis según la cual «todas las macro-leyes
sociales pueden reducirse a la teoría de los comportamientos individuales»
(Donzelli, 1986, p. 38).
La tesis de
John Stuart Mill, sobre la necesidad de construir una «etología» en el sentido
de una ciencia del carácter nacional (cf. más arriba § 8.9), señalaba
implícitamen-te cuánto distaba de ser obvio (y cuán ajeno era a la visión del
mundo que tenían los eco-nomistas clásicos) el supuesto de independencia de las
preferencias individuales. Contradi-ce la idea del hombre como «animal social»
en la que, por ejemplo, Smith se apoyaba en su ética de la simpatía y en su
análisis de los orígenes de la división del trabajo. Introducir tal supuesto,
sin una valoración explícita de sus fundamentos, significa encontrarse con una
necesidad impuesta por la estructura teórica elegida sin considerar los costes
que impli-ca en términos de distorsiones en la representación de la realidad.
El acostumbrado recur-so a este procedimiento en el enfoque marginalista debe
llevarnos a considerar los débiles fundamentos de la construcción teórica
marginalista (especialmente cuando se considera necesaria la confrontación continua
entre teoría y realidad, como ciertamente hizo Jevons).
Coste real y coste de oportunidad 389
mientos». No sólo estaba aislado cada individuo de los demás,
descartada la interdependencia de las preferencias, sino que este aspecto
específico también estaba aislado de todos los otros aspectos de la naturaleza
huma-na, y en particular de los que son esenciales en los seres humanos
civiliza-dos, su propia naturaleza de seres sociales. Jevons (ibíd., p. 102)
observó que «en la ciencia de la economía no tratamos los hombres como debieran
ser, sino como son». Sin embargo, éste era precisamente el punto decisivo de la
diferencia. La Ilustración escocesa —esto es, la tradición dentro de la cual
Smith desarrolló su noción de economía política— consideraba a «los hombres
como son», como algo más complejo que meras máquinas sen-sualistas, dotados
ciertamente de tendencias naturales a la sociabilidad; era precisamente a causa
de esto, como vimos antes, por lo que Smith pudo centrarse en el interés
personal, limitado por la «moral de la simpatía», más que en el puro egoísmo,
como motivación de las acciones humanas.
En otras palabras, su decisión de formular la economía como una
ciencia matemática obligó a Jevons a redefinir como magnitudes medibles las
motivaciones de las acciones humanas, por lo menos en cuanto se refe-ría a las
elecciones de los agentes económicos racionales. Sin embargo, de este modo se
empobrecía enormemente la riqueza y sutileza de la noción smithiana del sujeto
económico, con el riesgo de graves malentendidos acerca del modo de operar de
las sociedades humanas. En cierto sentido, en tanto que reposa en unos
fundamentos conceptuales semejantes a los de Jevons, es la totalidad de la
tradición marginalista basada en la visión de la economía como una teoría del
comportamiento racional la que puede considerarse como una línea errónea en la
historia del pensamiento económico: una desviación del laborioso progreso de
una ciencia social que se esfuerza por tener en cuenta la compleja naturaleza
de los seres humanos y de las sociedades humanas, para desembocar en la senda
de la «economía» construida sobre el modelo de las ciencias físicas; al precio
de sustituir el mundo real por un panorama ficticiamente unidimensional.
10.5. Coste real y coste de oportunidad
La teoría subjetiva del valor desarrollada por Jevons se basaba,
por lo tanto, en una reformulación específica del «cálculo del placer y el
dolor» de Bentham. Era una teoría de la elección del agente económico indivi-
390 La revolución
marginalista: la teoría subjetiva del valor
dual considerado aisladamente. El placer se identificaba con el
consumo de bienes económicos (incluso de servicios), a los que atribuía una
utili-dad positiva. La magnitud de la utilidad dependía de las preferencias del
agente económico en consideración; para cada bien, disminuía cuando aumentaba
la cantidad consumida del bien. A la inversa, el «dolor» venía representado por
el trabajo, al que, por lo tanto, se atribuía una utilidad negativa; el trabajo
se identificaba con «cualquier esfuerzo desagradable de la mente o del cuerpo
sufrido parcial o totalmente con vistas a un bien futuro» (ibíd., p. 189).
Como vimos antes, Jevons desarrolló la noción de «grado final de
uti-lidad (o desutilidad)», que corresponde a la utilidad (o desutilidad)
mar-ginal. El valor de cambio de cada bien era, pues, igual, por una parte, a
su utilidad marginal, y por otra, a la desutilidad marginal del trabajo
necesa-rio para obtenerlo (incluso indirectamente, es decir, por medio del
inter-cambio con un bien producido directamente por el sujeto económico en
consideración).
De esta manera, para cada bien la cantidad producida y/o
consumida se determinaba simultáneamente con su valor de cambio.
En el supuesto simplificado de que la producción de cada bien
requi-riera sólo trabajo, y en ausencia de los distintos perfiles temporales de
los inputs de trabajo requeridos para obtener las diferentes mercancías, a
pri-mera vista este enfoque proporcionaba un resultado análogo a la teoría
clá-sica del valor-trabajo. De hecho, cada individuo atribuye la misma
desuti-lidad a la última dosis del trabajo empleado en la producción de cada
mercancía; en consecuencia, la relación de intercambio entre diferentes mercancías
es igual a la relación entre las cantidades de trabajo necesarias para producir
cada una de ellas. Sin embargo, tenemos que recordar que cada sujeto económico
se veía como una isla: «el trabajo se diferencia infi-nitamente», decía Jevons
(1871, p. 187), entre un agente económico y otro, en términos de cualidad y
eficiencia; además, los diferentes indivi-duos pueden tener distintas
valoraciones del dolor intrínseco a la misma dosis de trabajo. Por estas
razones, el trabajo no puede ser la causa u ori-gen del valor.
También cuando introdujo la noción de capital, Jevons se inclinó
a distinguirlo claramente del trabajo acumulado. Según Jevons, de hecho, el
capital no es trabajo acumulado, como lo consideraban los economistas
Coste real y coste de oportunidad 391
clásicos: «el capital […] consiste meramente en el agregado de
aquellas mer-cancías que se requieren para sostener a los trabajadores de todas
clases en el trabajo»; así, «el capital simplemente nos permite gastar trabajo
por ade-lantado» (ibíd., pp. 226-227; cursiva en el original). Jevons introduce
aquí una distinción «entre la cantidad de capital invertido y la cantidad de
inver-sión de capital. La primera es una cantidad que sólo posee una dimensión:
la cantidad de capital; la segunda es una cantidad de dos dimensiones, a saber,
la cantidad de capital y la duración del tiempo durante el cual per-manece
invertido» (ibíd., p. 229; cursiva en el original). Una noción de «tiempo medio
de inversión de la cantidad total» (ibíd., p. 231) se obtie-ne, pues, como una
relación entre la segunda y la primera de estas dos can-tidades. Por lo tanto,
tal noción anuncia el período medio de producción de Böhm-Bawerk (cf. más
adelante § 11.4), que también se expresa mediante una relación inversa con el
tipo de interés de tal manera que pro-porciona algún tipo de teoría para la
determinación de una función de demanda de capital y, por tanto, para la
determinación del tipo de interés. Sin embargo, tal teoría no se puede sostener
en un mundo caracterizado por bienes de capital heterogéneos, capital fijo e
interés compuesto.26 Al parecer, Jevons no es consciente de estas
complicaciones; sus argumenta-ciones sólo pueden construirse rigurosamente si
se refieren a un mundo de una sola mercancía. Parece que su noción de capital se
definía de tal mane-ra que tanto podía referirse al individuo aislado como a la
sociedad en su conjunto. Según Jevons (ibíd., p. 229), efectivamente, la
división del tra-bajo y los intercambios eran «complicaciones irrelevantes»,
que no podían modificar sustancialmente su teoría del valor, basada en las
elecciones indi-viduales.
En cuanto a los recursos naturales, éstos se consideraban como
una restricción externa a las condiciones en las que tenía lugar la elección
del sujeto económico. Su tratamiento seguía la línea de la teoría «ricardiana»
de la renta diferencial.
Por lo tanto, la teoría del valor de Jevons presentaba profundas
dife-rencias en comparación con el enfoque de los economistas clásicos como
Smith, Ricardo o Marx, especialmente porque era una teoría de las elec-
Sobre la teoría
del capital y de la distribución de Jevons, y sobre las dificultades analíticas
intrínsecas en ella, cf. Steedman (1972).
392 La revolución
marginalista: la teoría subjetiva del valor
ciones individuales, más que una teoría relativa a las
conexiones entre los diferentes sectores de una sociedad basada en la división
del trabajo. Sin embargo, mostraba al mismo tiempo una importante analogía con
esta última, así como con la subsiguiente teoría marshalliana, porque
conecta-ba el valor con el «coste real» requerido para obtener una mercancía
dada, aunque el «coste real» se entendía como desutilidad, más que como tiem-po
de trabajo.
10.6. Philip Henry Wicksteed y Francis Ysidro Edgeworth
Siguiendo una senda notablemente distinta de la de Marshall, la
opo-sición frontal al enfoque clásico iba a ser desarrollada por Philip Henry
Wicksteed (1844-1927), descrito por Sraffa (1960, p. V), de modo bas-tante
significativo, como «el purista de la teoría marginal». Ministro uni-tario
entre 1867 y 1897, y después escritor y conferenciante por cuenta propia,
Wicksteed tenía una sólida cultura clásica y era conocido como un estudioso de
Dante y de Tomás de Aquino, la tragedia griega y Aristóteles. Seguidor
inicialmente de los proyectos de nacionalización de la tierra de Henry George,
al leer a Jevons se convirtió en «su único discípulo» (Ste-edman, 1987, p.
915). Aquí recordaremos brevemente tres aspectos de sus contribuciones
económicas: su purismo dentro del enfoque marginalista, su teoría marginalista
de la distribución y su crítica de la teoría de Marx.
En primer lugar, Wicksteed «el purista»: en su principal
contribución, el libro de 700 páginas The common sense of political economy [El
sen-tido común de la economía política] (1910), llevó hasta sus últimas
con-secuencias el enfoque subjetivo, aplicándolo a todos los campos de la
acti-vidad humana y concibiendo la teoría del valor como una teoría de las
elecciones individuales. En otros términos, conectó el valor con el «coste de
oportunidad» de cada bien: a saber, con el hecho de que, en presencia de recursos
escasos, obtener utilidad a lo largo de una determinada ruta (produciendo y
consumiendo un bien dado) implica privarse de obtener utilidad de alguna otra
manera (produciendo y consumiendo algún otro bien). En efecto, «“el coste de
producción” […] es simple y únicamente “la significación marginal de algo más”»
(Wicksteed, 1910, p. 382). Así, la curva de oferta de cualquier mercancía no
es, de hecho, más que una curva de demanda inversa, la curva de demanda del
conjunto de todas las demás
Philip Henry Wicksteed y Francis Ysidro Edgeworth 393
mercancías. A lo largo de estas líneas, Wicksteed critica
explícitamente el enfoque del «coste real» propuesto por Marshall y su escuela:
«la utilidad
es el único y
último determinante de todos los valores de cambio» (ibíd., p. 392). Las
comparaciones interpersonales de utilidad se rechazan; la inclinación de
Wicksteed hacia el igualitarismo es más una cuestión de ética que de análisis
económico.
En segundo lugar, la teoría de la distribución: entre los otros
escritos de Wicksteed, An essay on the co-ordination of the laws of
distribution [Ensayo sobre la coordinación de las leyes de distribución] (1894)
ha sido considerado una de las primeras ilustraciones sistemáticas de la teoría
marginalista del tipo de salario, el tipo de beneficio y la renta basados en la
productividad marginal de los «factores de producción», trabajo, capi-tal y
tierra. Wicksteed tuvo en cuenta el tema del agotamiento del pro-ducto, que
sólo se garantiza en el supuesto de rendimientos constantes a escala (sobre
este punto, como sobre la contribución independiente de Clark, cf. más adelante
§ 13.7). Añadamos que el análisis de Wicksteed debe considerarse un temprano
ejemplo de la teoría marginalista del equilibrio parcial, puesto que la oferta
de inputs se considera dada (Ste-edman, 1992, p. 35).
En tercer lugar, su crítica de la teoría del valor de Marx (que
ya se insi-nuó antes, § 9.9): en su primera contribución sobre temas
económicos, una recensión de El capital (Wicksteed, 1884), observó que es la
«utilidad abstracta», y no el «trabajo abstracto», el elemento común a los
bienes que son objeto de actos de intercambio, dado que éstos pueden ser bienes
reproducibles y no reproducibles. Es, pues, una comparación de «utilida-des
abstractas» (marginales) la que determina las relaciones de cambio entre los
bienes en el intercambio; en el caso de bienes reproducibles, y con algunos
supuestos adicionales, las relaciones de cambio pueden resul-tar iguales a la
proporción entre los valores-trabajo, pero esto se debe al hecho de que «el
trabajo se asignará de modo que produzca aquellas can-tidades de las mercancías
que implican utilidades marginales proporciona-les a los costes de trabajo
dados» (Steedman, 1987, p. 916). Esta clase de asignación no es válida en el
caso de la producción de «fuerza de trabajo», de manera que la teoría de la
explotación de Marx tampoco es válida.
Otro convencido utilitarista, que trabajó con Jevons en la
construc-ción de los fundamentos analíticos del enfoque marginalista, fue
Francis
394 La revolución
marginalista: la teoría subjetiva del valor
Ysidro Edgeworth (1845-1926), autor de un volumen, Mathematical
psy-chics [Psicología matemática] (1881) y numerosos artículos, recogidos en
tres volúmenes en 1925 bajo el título de Papers relating to political economy
[Artículos referidos a la economía política]. Su principal contribución
teó-rica se refería a la «curva de contrato», ilustrada para el caso de dos
indivi-duos y dos mercancías disponibles en cantidades dadas, y que se define
como el conjunto de asignaciones de las dos mercancías entre los dos
indi-viduos que no podrían modificarse sin empeorar la condición de por lo
menos uno de ellos.27 Edgeworth anticipaba así la noción de «óptimo de Pareto»;
además, al construir la curva de contrato, utilizó líneas de con-torno para
representar las preferencias, bautizándolas con el nombre que desde entonces se
ha hecho familiar: «curvas de indiferencia». Con respec-to a estas curvas,
también debemos a Edgeworth la introducción explícita del supuesto de
convexidad respecto del origen de los ejes cartesianos (y la demostración de
que este supuesto, aunque se deduce del postulado de la utilidad marginal
decreciente, no está necesariamente implícito en él). En su análisis, Edgeworth
comenzaba con el caso del monopolio bilateral para seguir con la competencia, y
demostraba que la indeterminación del equi-librio en el caso de dos
participantes en el intercambio se reduce cuando aumenta el número de agentes
económicos que participan en él.
Como titular de la cátedra Drummond en Oxford, de 1891 a 1922, y
como editor y coeditor (con Keynes) del Economic Journal desde su fun-dación en
1891 hasta su muerte, Edgeworth desempeñó un importante papel en la
profesionalización de la economía y el ascenso hacia la supre-macía de las
nuevas teorías del valor y la distribución. Sin embargo, el esti-lo
extremadamente enrevesado de sus escritos, junto con su proverbial reserva y
modestia, hizo que su papel pareciese decididamente subordina-do al de Alfred Marshall,
el gran líder académico de Inglaterra en aquella época, del que nos ocuparemos
más adelante (cap. 13).
27 Para la
ilustración de la teoría de Edgeworth, cf. Niehans (1990), pp. 279-286.
11. LA ESCUELA AUSTRÍACA Y SU ENTORNO
11.1. Carl Menger1
El fundador de la «escuela austríaca» nació en Polonia, que
entonces formaba parte del Imperio austro-húngaro, en 1840. Frecuentó la
uni-versidad en Viena y Praga, y se doctoró en Cracovia. Su primer trabajo fue
como periodista, y en 1871, cuando publicó el libro al que debe su fama, los
Grundsätze der Volkswirtschaftslehre [Principios de economía política], se
había convertido en funcionario. Gracias a este libro tuvo una rápida carrera
académica: obtuvo la Habilitation (cualificación para enseñar) y un encargo
docente (Privatdozent); en 1873 ya era profesor. En 1876-1878 fue nombrado
tutor del príncipe heredero Rodolfo de Aus-tria, y de 1878 a 1903 ocupó la
cátedra de Economía Política de la Uni-versidad de Viena. Hasta su muerte, en
1921, trabajó en una segunda edi-ción de sus Principios, que fue publicada
póstumamente por su hijo Karl en 1923.2
Los Principios no son precisamente lo que esperaría un lector
moder-no de un texto clave para el enfoque marginalista, y las diferencias con
Recientemente
ha surgido un renovado interés por Menger, gracias también a la disponibilidad
de sus papeles, depositados en 1985 en la Duke University: cf. Bar-nett (1990).
Sobre Menger, cf. Streissler (1973), los ensayos reunidos en Caldwell (1990),
especialmente el ensayo de Streissler (1990a), Alter (1990), y la bibliografía
que allí se da.
2 La segunda edición se diferencia de la primera en aspectos
importantes; no dis-pongo de ningún análisis sistemático de los cambios, que
podría demostrarse muy inte-resante.
396 La escuela
austríaca y su entorno
Jevons y Walras son significativas.3 Menger había estudiado
derecho, lo que, en la tradición continental europea implicaba un enfoque que
ponía un fuerte énfasis en la historia, y cuidaba enormemente la
defini-ción/ilustración de los conceptos, resultando a menudo pedante y
prolijo. Así, Menger parecía encontrarse muy lejos del proyecto —compartido por
Jevons y Walras— de construir una teoría económica como una ciencia
cuantitativa, que debía desarrollarse en términos matemáticos. No sólo su texto
estaba desprovisto de fórmulas matemáticas, sino que en diversas —aunque
informales— ocasiones Menger no ocultó su profundo escepti-cismo en cuanto a la
utilización de los instrumentos matemáticos.4 Su objetivo consistía, más bien,
en construir una teoría que trascendiera la simple descripción de los fenómenos
económicos mientras mantenía fuer-tes vínculos con la realidad empírica. Vale
la pena observar, también a la luz del debate sobre el método de la década de
1880, que sus Principios habían sido dedicados a Wilhelm Roscher (1817-1894),
uno de los prin-cipales exponentes de la «vieja» escuela histórica alemana.
Además, el sub-jetivismo de Menger en el campo de la teoría del valor, a
diferencia del de Jevons, debía poco o nada a los conceptos utilitaristas.
Por supuesto, la tradición en la que Menger se inscribía era la
de las uni-versidades austro-alemanas, donde la norma era un enfoque subjetivo
de la teoría del valor, basado en la comparación entre oferta y demanda, valor
de uso y escasez. Esta tradición tenía sus raíces en las doctrinas escolásticas
medievales (cf. más arriba § 2.4), y había dominado las universidades ale-manas
en los cincuenta años que precedieron a la publicación del libro de Menger, con
Karl Heinrich Rau (1792-1870) en Heidelberg, Friedrich B. W. Hermann
(1795-1868) en Múnich y Roscher en Leipzig.5 El manual de
El propio
Menger era consciente de tales diferencias: véase su carta a Walras, de febrero
de 1884, en Walras (1965a), vol. 2, pp. 2-6. En muchos aspectos los discípulos
de Menger, particularmente Böhm-Bawerk, parecen haber reducido
significativamente la dis-tancia respecto de la «escuela de Lausana»: véanse
las cartas de Böhm-Bawerk en Walras (1965a).
4 La desconfianza de Menger hacia las matemáticas se explicitó
en una recensión de 1889 (en la Wiener Zeitung del 8 de marzo) de una obra de
Auspitz y Lieben, Untersuchun-gen über die Theorie des Preises (1889), y puede
adscribirse a su adhesión a la epistemología del intuicionismo: las
matemáticas, siendo una ciencia deductiva, no pueden contribuir a nuestra
comprensión de los fenómenos económicos. Cf. Alter (1990), pp. 15, 85, 91, 95.
5 Como demostró
Streissler (1990a).
Carl Menger 397
economía política de este último, publicado en 1854, fue el que
se utilizó más ampliamente en las universidades alemanas (con veintiséis
ediciones hasta 1922) en la época en que Menger comenzó su carrera. El enfoque
implicaba el rechazo sistemático de la teoría ricardiana del valor-trabajo,
pero no de la teoría de la renta diferencial o de la teoría smithiana del
creci-miento de la «riqueza de las naciones» asociada con la división del
trabajo.
Los Principios de Menger seguían, por lo tanto, la tradición de
los grandes manuales alemanes, adoptando su estructura: el análisis exhaustivo
de los bienes y necesidades llevaba a la teoría del valor, intercambio y
pre-cio, después de lo cual se dirigía la atención a temas como la
distribución, el desarrollo y el dinero.6 Menger también comenzaba su texto con
la meti-culosa ilustración de las nociones fundamentales de bienes y bienes
econó-micos. El objetivo de la teoría económica es, decía, analizar las relaciones
causales entre bienes y valores humanos; de modo significativo, mientras que
Jevons afirmaba su interés por un aspecto específico de la actividad humana,
relativo a la satisfacción de las necesidades al nivel más bajo (cf. más arriba
§ 10.4), y Walras declaraba ocuparse de una vida económica que «por su propia
naturaleza es evidentemente pasiva y se limita a adaptarse a las influencias
naturales y sociales que actúan sobre ella»,7 Menger definía la actividad
económica como una búsqueda de conocimiento y poder.
Éste era, de hecho, uno de los aspectos más innovadores del
texto de Menger, que marcaba una separación real respecto de la tradición
anterior. Volveremos más adelante sobre ello. Otro elemento significativo era
su interés por las interrelaciones entre los diferentes bienes en el sistema
eco-nómico, que llevó a Menger a ir más allá de la tendencia tradicional (que
de nuevo se remontaba al pensamiento escolástico) a considerar la forma-ción
del valor, o del precio, de cada bien de forma aislada. Veamos ahora el lugar
que encontraron estos elementos en su argumentación.
Streissler
(1990a), p. 51, reconstruyó la estructura de un manual alemán típico de la
época, demostrando que la estructura de los Principles of economics de Marshall
coincide prácticamente con ella. Curiosamente, todavía hoy puede percibirse un
eco de dicha estructura en los programas económicos de las escuelas secundarias
(técnicas y profesiona-les) italianas.
7 Por lo menos, esto es lo que dijo Schumpeter, en el prólogo a
la edición japonesa de su Theorie der wirtschaftlichen Entwicklung [Teoría del
desarrollo económico], que era la opinión general, confirmada por Walras en una
conversación privada con él (Schumpe-ter, 1912, prólogo a la edición japonesa,
traducido en la edición italiana de 1971, p. XLVII).
398 La escuela
austríaca y su entorno
El subjetivismo de Menger era ciertamente radical, al partir su
análi-sis de la valoración que efectúa cada individuo de su propia situación;8
y, por lo tanto, también lo era su individualismo metodológico. Así, según
Menger, el valor viene dado por la manera en que los seres humanos apre-cian la
distinta importancia de sus diversas necesidades, y la adecuación de los
distintos bienes a la satisfacción de tales necesidades. El valor de cada bien
o servicio se deducía de la estimación que hacía el agente sobre su adecuación
para satisfacer alguna necesidad.9 Dicho con mayor precisión, las distintas
necesidades se clasificaban en orden de importancia, y se suponía que la
intensidad de cada una disminuía progresivamente cuando se satisfacía; tenía
que alcanzarse un determinado grado de satisfacción de la necesidad más
apremiante antes de abordar la que seguía inmediata-mente en orden de
importancia.10
Por lo tanto, la determinación del valor requería que, junto con
el valor de uso de los bienes, se tuviera en cuenta su escasez. Ésta
determi-naba la medida en la que podían satisfacerse las necesidades, y, por lo
tanto, su valoración no tenía que ver con la importancia absoluta de cada
Spiegel (1971,
p. 531) se refirió a una posible influencia del idealismo alemán: mientras éste
«interpretaba los fenómenos del mundo exterior como creaciones de la mente
humana», la teoría subjetiva del valor «deducía el valor económico del estado
mental del hombre». Tenemos que recordar también que las valoraciones de los
individuos tienen lugar en condiciones de incertidumbre y conocimiento
(seriamente) limitado: el agente de Menger es completamente distinto en este
aspecto de la noción de agente económico racio-nal de los últimos exponentes de
la corriente dominante.
9 Recordemos que según Menger, el valor tenía que ver con la
esencia, y el precio con la manifestación fenoménica, de la actividad
económica: una distinción que guarda alguna afinidad con la de Marx, y que
—inversamente— se halla ausente del enfoque fran-cés de Walras o de la línea
anglosajona seguida por Jevons o Marshall.
10 En contraste con lo que sucede en la teoría marginalista
canónica del consumidor, donde la sustituibilidad entre los bienes desempeña un
papel central, Menger no admitía la sustituibilidad entre las necesidades (esto
es, la posibilidad de que un grado inferior de satisfacción de una necesidad
sea compensado por un mayor grado de satisfacción de algu-na otra,
permaneciendo invariable la situación del consumidor). Según Alter (1990), cap.
3, este hecho determina una ordenación lexicográfica de las preferencias, que a
su vez da origen a dificultades insuperables para la «transformación de valores
en precios» en el marco de la teoría de Menger (esto es, para la transición de
una teoría que adopta el punto de vista del agente económico —su valoración de
las necesidades y de la adecuación de los bienes para satisfacerlas— a una
teoría que adopta el punto de vista del científico, que intenta comprender el
funcionamiento del sistema económico y, por lo tanto, entre otras cosas, las
relaciones de cambio entre diferentes bienes).
Carl Menger 399
necesidad, sino con su importancia «en el margen». Esta
valoración se hacía directamente en el caso de los bienes de consumo («bienes
de primer orden») e indirectamente en el caso de los bienes de producción
(bienes de segundo, tercer orden, etcétera». En el último caso, de hecho, a los
medios de producción se les «imputaba» una parte del valor que tenía el bien
pro-ducido para el consumidor, y se calculaba esta parte en proporción a la
contribución realizada por el bien o servicio (la valoración de los empre-sarios)
al proceso productivo (de ahí la denominación de «teoría de la imputación»).11
Claramente, ésta era una visión del sistema económico que
atribuía el papel de primum movens al consumidor. La idea del consumidor como
soberano tenía al mismo tiempo un contenido normativo y descriptivo,
implicando, por lo tanto, una justificación del liberalismo económico, en el
sentido de «dejarlo al mercado».12
La concepción subjetiva del valor de uso propuesta por Menger se
apartaba de la línea dominante seguida por los economistas alemanes de la
época, que buscaba fundamentos objetivos para la medición de los valores de
uso. Utilizando la terminología de Bernardino de Siena (cf. más arriba
2.5), podríamos
decir que Menger se concentró en la complacibilitas de los bienes (esto es, en
su correspondencia con las preferencias de los usuarios individuales), mientras
que la tradición alemana de la época consideraba su virtuositas (capacidad de satisfacer
las necesidades humanas). De hecho, Menger buscaba un compromiso entre estos
dos aspectos, basado en la pre-sencia simultánea de dos elementos: la
valoración subjetiva de las propias necesidades por parte de cada individuo, y
la capacidad objetiva de los bie-
También aquí, a
través de las valoraciones de los empresarios sobre el futuro papel de los
inputs, se reafirma la perspectiva subjetivista. En consecuencia, señalan
algunos comentaristas, por lo menos en su formulación mengeriana, «la versión
austríaca del margi-nalismo no es fácil de integrar en las construcciones del
equilibrio» (Horwitz, 2003, p. 269). La estructura analítica del enfoque
subjetivo, basado en la utilidad y la escasez, necesita la noción de equilibrio
y le atribuye un papel central; como quedará demostrado por los desa-rrollos
subsiguientes incluso dentro de la escuela austríaca, en particular con
Böhm-Bawerk.
Para la
valoración del liberalismo económico de Menger, son útiles sus lecciones al
príncipe heredero Rodolfo, que ahora se encuentran depositadas entre sus
papeles en la Duke University. Cf. Streissler (1990b, 1994). Entre otras cosas,
Menger destacaba los efectos negativos de la intervención pública sobre el
espíritu de iniciativa y la autosufi-ciencia de los agentes económicos.
400 La escuela
austríaca y su entorno
nes para satisfacer tales necesidades. Como se vería, fue, sin
embargo, el ele-mento subjetivo el que prevaleció.13 Por último, tenemos que
destacar que, posiblemente para marcar sus distancias con el utilitarismo,
Menger evitó el término utilidad, prefiriendo hablar de la «importancia de las
satisfacciones».
En su análisis del valor de cambio —que, como señalamos antes,
se mantenía en un nivel discursivo— Menger comenzaba con el caso del
intercambio de dos bienes entre dos individuos, o monopolio bilateral.14 En
este caso hay un abanico de valores compatible con la realización del acto de
intercambio entre los dos extremos en que una de las dos partes pierde interés
en el intercambio. En general, pues, Menger vio el inter-cambio como una
cuestión de valores desiguales15 que implica una venta-ja para ambos participantes.
Menger esbozó, pero no desarrolló por completo, la
generalización de este análisis a los casos de más de dos mercancías y dos
individuos que par-ticipan en el intercambio. De hecho, su análisis se vio
seriamente perjudi-cado por su rechazo del uso de instrumentos matemáticos, lo
que lo hace decididamente inferior a los análisis producidos por otros autores
de la época, o incluso de épocas anteriores. Su contribución original hay que
buscarla en otra parte, en el intento de delinear un marco conceptual que permita
al teórico tener en cuenta aspectos decisivos del mundo real. Entre tales
aspectos, desempeñaban un papel central los límites del conocimien-to humano y
la incertidumbre que, consecuentemente, rodea las decisio-nes de los agentes
económicos. Además, Menger destacó el papel del mer-
A pesar de la
conexión intuitiva entre las necesidades y los valores de uso de los bienes, el
subjetivismo de Menger distingue a su enfoque de la moderna teoría del consu-mo
basada en la demanda de características, desarrollada por Lancaster (1971).
El papel
atribuido por Menger en su análisis a la forma de mercado monopolísti-co
contrasta con el predominio de la competencia perfecta en los análisis de sus
discípulos, Wieser y Böhm-Bawerk, que se acercaron en este aspecto a los
enfoques de los teóricos marginalistas franceses y anglosajones.
Aquí se
manifiesta la diferencia con el enfoque clásico, que en el valor expresaba la
«dificultad de producción», considerando, por lo tanto, el intercambio de
valores iguales como la regla en condiciones competitivas. Marx, en particular,
insistió en el hecho de que el intercambio de valores iguales corresponde al
«criterio de justicia» de una sociedad capi-talista. La idea del intercambio de
valores desiguales tiene, en cualquier caso, una impor-tante tradición en el
enfoque subjetivista del valor, que se remonta al período escolástico y a la
Antigüedad clásica.
Carl Menger 401
cado (y, en general, de las interrelaciones económicas) para
favorecer las valoraciones subjetivas de la situación y difusión de los datos
de hecho. Sin embargo, resultó difícil relacionar estos datos con los análisis
matemáticos del valor en el enfoque subjetivo, basado en una visión restrictiva
del homo oeconomicus, y las técnicas de maximización sujeta a restricciones. En
con-secuencia, los elementos del análisis conceptual que ocupan un lugar
cen-tral en la contribución de Menger fueron tácitamente desatendidos en la
«vulgata marginalista» que dominaría en las universidades de todo el mundo
desde las primeras décadas del siglo XX.
A diferencia de Jevons o Walras, como se mencionó antes, Menger
no supuso funciones de utilidad que debieran maximizarse bajo restricciones
presupuestarias; el valor no dependía de elementos objetivos o de las
pre-ferencias sistemáticas y suficientemente estables de los agentes
económi-cos: más bien dependía de las valoraciones subjetivas que efectúa la
gente acerca de sus necesidades y de la manera de satisfacerlas, y tales
valoracio-nes pueden modificarse de forma inesperada.16 Aunque desarrolló una visión
subjetiva del valor, Menger parecía más interesado en los aspectos «dinámicos»
(en el sentido genérico de cambio, y no en el de la moderna teoría del
crecimiento), como el estudio de cómo se convierten los bienes tout court en
bienes económicos, el tema relacionado del desarrollo origi-nal de la propiedad
privada y, sobre todo, el modo activo con el que los agentes económicos se
disponen a aumentar su conocimiento y en conse-cuencia a modificar sus
preferencias. En este contexto, Menger destacó los elementos de desigualdad,
irreversibilidad y ganancias del intercambio. Podríamos decir, de hecho, que,
mientras aplicó la noción de equilibrio a las elecciones de los agentes
económicos individuales, el ámbito en el que tenía lugar la actividad económica
(conocimiento limitado, aprendizaje) hacía de la coordinación de tales
elecciones un proceso ciertamente muy complejo, de manera que la noción de
equilibrio se mostraba difícil de aplicar al sistema económico en su conjunto.
Más cerca de la
representación canónica del enfoque marginalista encontramos a otro autor
alemán, Hans K. E. von Mangoldt (1824-1868), con su manual universitario de
1863: Streissler (1990a, pp. 53-55) recuerda su teoría de los precios, «llena
de gráficos de demanda y oferta, la utilidad marginal decreciente como razón de
la curva de demanda decreciente, la sustitución y complementariedad de las
mercancías, e incluso una discusión de la cuestión de si el equilibrio del
mercado será único».
402 La escuela
austríaca y su entorno
De modo semejante, Menger destacó la existencia de costes de
tran-sacción, prácticamente ignorados en la tradición de la escuela de Lausana,
y, por lo tanto, puso de relieve la importancia teórica, y no sólo práctica, de
elementos como el conocimiento y la distancia. De ahí el papel atri-buido a los
intermediarios, que ayudan a los agentes económicos para obtener un
conocimiento económico más completo y una mejor organi-zación del mercado, y el
papel atribuido al dinero, considerado como la más fácilmente comerciable de
todas las mercancías. De aquí llegamos, por fin, a la contribución de Menger a
la concepción del propio proceso de civilización, identificado con la reducción
de la ignorancia y el desa-rrollo de instituciones que ayudan a que los seres
humanos se enfrenten con un futuro incierto. Instituciones como el dinero, pero
también el mer-cado y la división del trabajo, se explicaban —de acuerdo con el
indivi-dualismo metodológico— como efectos indeseados de elecciones
indi-viduales descoordinadas, que, sin embargo, en el curso del tiempo se
modificaban como consecuencia de procesos de aprendizaje en respuesta a la
experiencia gradualmente adquirida. En conjunto, Menger tenía una visión
optimista del progreso económico, decididamente más próxima a Smith que al
Ensayo sobre la población de Malthus; como en Smith, el progreso estaba
relacionado con las mejoras en la división del trabajo y en la acumulación de
capital.17
11.2. La Methodenstreit
El historicismo es contemplado generalmente como una rebelión
contra el racionalismo de la Ilustración, que tenía mucho que ver con el
naciente espíritu nacionalista, particularmente fuerte en Alemania. En
Menger hizo
referencia a Malthus con respecto a la noción de bien económico y a la teoría
del valor, pero no a su «principio de población». La teoría del progreso
económico de Menger se ilustraba en el § 11.6 del cap. IV de sus Principios,
2.ª ed. Junto con mejoras en el conocimiento tecnológico, Menger destacó
repetidamente como factor de progreso la mejo-ra del conocimiento de las
necesidades y de cómo pueden satisfacerlas los bienes económicos disponibles.
El «principio de la productividad marginal del capital» al que Menger se
refirió al final del capítulo antes mencionado puede interpretarse como un
axioma de la teoría de la elección: en presencia de un tipo de interés
positivo, una técnica más «indirecta» debe ser más productiva, pues de otro
modo no sería utilizada (cf. Streissler, 1973, p. 170).
La Methodenstreit 403
efecto, ensalzando la naturaleza específica de cada situación
histórica con-creta, el historicismo se oponía al universalismo, o sea, la
pretensión de que es posible deducir, de unos pocos principios generales,
reglas dotadas de validez en todos los tiempos y lugares. Figura destacada
entre los padres del historicismo alemán fue el filósofo Georg Wilhelm
Friedrich Hegel (1770-1831), mientras que en el campo específicamente
económico, en la misma generación de Hegel, podemos mencionar a Adam Müller
(1779-1829), seguidor del conservador británico Edmund Burke (1729-1797) y
partidario de un «romanticismo económico» que postulaba el renacimien-to del
Estado corporativo y otras instituciones medievales, pero que tam-bién defendía
el Estado absoluto. No mucho más joven era Friedrich List, cuyo nacionalismo
económico significaba, entre otras cosas, la defensa de los derechos aduaneros
(como vimos más arriba en el § 7.6) como medio de ayudar a las industrias
nacientes de los países que se habían quedado atrás en el proceso de
industrialización.
La «vieja escuela histórica alemana» floreció en el decenio de
1843-1853, cuando se publicaron las principales contribuciones de Roscher,
Bruno Hildebrand (1812-1878) y Karl Knies (1821-1898). Roscher, pro-fesor en la
Universidad de Leipzig durante un período de cuarenta y seis años y, como hemos
visto, autor de un influyente manual, definía la eco-nomía política como la
ciencia que estudia las leyes naturales del desarrollo económico, sin que ello
implicase oposición al enfoque de los economistas clásicos como Adam Smith.
Hildebrand y Knies, liberales activos, exiliados en Suiza durante algunos años,
fueron posteriormente profesores en la Uni-versidad de Jena y en las de
Friburgo y Heidelberg, respectivamente. Parti-darios de la investigación
estadística, consideraban que las «leyes económi-cas» deducidas de la
investigación empírica eran históricamente relativas.
Como se señaló antes, Menger no veía ninguna oposición entre su
contribución teórica y el enfoque de la «vieja» escuela histórica alemana. En
efecto, a los ojos de un economista contemporáneo la misma estructu-ra de los
Principios de Menger puede parecer impregnada de historicismo. Sin embargo, con
la transición a una nueva generación surgieron opinio-nes más radicales. La
«nueva escuela histórica» dirigida por Gustav von Schmoller (1837-1917), que
dominó la escena académica alemana desde su cátedra en Berlín (que ocupó desde
1882 hasta su retiro en 1913), se caracterizó por una oposición más decidida a
las deducciones teóricas abs-
404 La escuela
austríaca y su entorno
tractas. Además, se negaba la posibilidad de distinguir entre
economía política y política, leyes e instituciones y costumbres.18
Los seguidores de la nueva escuela histórica veían la economía
política como una ciencia esencialmente empírica. Debían rechazarse unos
supues-tos a priori y un razonamiento deductivo hasta que se alcanzase un grado
de conocimiento suficiente para constituir una base sólida para las
genera-lizaciones, por medio de las cuales se obtendrían los supuestos
abstractos para constituir el punto de partida necesario para la teoría
económica. Por lo tanto, ni siquiera la «nueva escuela histórica alemana»
rechazaba las téc-nicas deductivas a priori de la teoría económica. La tesis
defendida con aca-lorada certeza era que la teoría abstracta tenía —en la
situación concreta de la época— unos fundamentos insuficientes, y que, por lo
tanto, era un edi-ficio que se tambaleaba y que había que abandonar antes de
que se derrum-base. El objetivo de la escuela histórica era precisamente el de
proporcionar tales fundamentos a través del análisis sistemático basado en
investigacio-nes empíricas coordinadas. Con este fin, en 1873 se fundó la
Verein für Sozialpolitik, y comenzó rápidamente el trabajo de recogida
sistemática de datos sobre los más diversos aspectos de la realidad
económica.19 Además,
En este
aspecto, la escuela histórica alemana ejerció una influencia significativa
sobre la llamada escuela institucionalista, que todavía está viva en la
actualidad, sobre todo en los Estados Unidos, donde su principal representante
fue Thorstein Veblen (cf. más adelante
13.8). Entre
los contemporáneos de la primera escuela histórica alemana de Roscher en
Inglaterra estaban Richard Jones y Cliffe Leslie, a los que ya nos referimos
antes. A ellos tenemos que añadir al economista irlandés John K. Ingram
(1823-1907), cuya A history of political eco-nomy [Historia de la economía
política] (1888) se tradujo a varias lenguas. Con carácter más general, la
cultura británica de la época respondía a la influencia del evolucionismo
biológi-co de Charles Darwin (1809-1882; su Origin of species se publicó en
1859) y su extensión a la sociedad humana por el filósofo individualista
Herbert Spencer (1820-1903). En Italia, los liberales económicos extremos, como
Francesco Ferrara (1810-1900; cf. Faucci, 1995) fue-ron seguidos por los partidarios
de un enfoque menos rígido (tales como Augusto Graziani, 1865-1944), pero esta
oposición, más que reflejar el contraste entre Menger y Schmoller, reflejaba la
influencia de la cultura francesa y anglosajona, por una parte, con referencia
a Adam Smith y al estudio del texto de Say, y, por otra la influencia de la
escuela alemana del derecho y, en el campo económico, del historicismo moderado
de Roscher.
Schumpeter
(1954, pp. 803-804; pp. 880-882, trad. cast.) atribuyó importancia a una serie
de estudios empíricos realizados en la «Verein», aunque criticando su actitud
anti-teórica. Fuera de la «Verein», podemos clasificar como pertenecientes al
mismo marco cultu-ral las investigaciones de Ernst Engel (1821-1896), director
del instituto estadístico prusiano, sobre las diferencias entre las estructuras
de consumo a diferentes niveles de renta (la llamada «ley de Engel», una de las
regularidades empíricas más fuertes, que afirma que la proporción del consumo
alimenticio en el gasto total de una familia disminuye cuando aumenta la
renta).
La Methodenstreit 405
la Verein generó un movimiento hacia las políticas de reforma
social que fue bautizado como «socialismo de cátedra», una especie de
«socialismo desde arriba», por el cual intentaba la alta burocracia del imperio
de los Hohenzollern, particularmente el canciller Bismarck, apaciguar a las
clases trabajadoras, aislando de este modo a la creciente burguesía, mediante
las políticas de seguridad social que de hecho representaron el primer
experi-mento de un «estado de bienestar».20
En 1883 Menger publicó Untersuchungen über die Methode der
Sozial-wissenschaften und der Politischen Ökonomie insbesondere
[Investigaciones sobre el método de las ciencias sociales, y en particular de
la economía política], una recensión de Schmoller, y en 1884 un opúsculo, Die
Irrthü-mer des Historismus in der deutschen Nationalökonomie [Los errores del
his-toricismo en la economía política alemana], escrito en forma de dieciséis
cartas a un amigo. Estas obras marcaron el principio de un duro enfrenta-miento,
tal vez el primero entre escuelas académicas rivales en el que el conflicto
ideológico se vio exacerbado por la lucha por el poder de los barones dentro de
las universidades.21 En un enfrentamiento de este tipo no bastaba con convencer
a los lectores de que las propias tesis eran las válidas, sino que también era
necesario demostrar la falsedad —la total absurdidad— de las tesis del rival.
Esto implicaba forzar, a menudo hasta la distorsión, los puntos de vista del
oponente, poniendo de manifiesto los puntos débiles, más que abordando y
asimilando los puntos fuertes, y la propia razón de ser de la existencia del
enfoque rival. En la Methodenstreit ninguno de los participantes quedó inmune
de estos defectos, y la derrota de la escuela histórica en la confrontación
retórica oscureció durante muchos años la importancia de un enfoque que
relacionaba el trabajo teó-rico con la investigación histórica, que el propio
Menger se había esforza-do en practicar.
Cf. Maddison
(1984).
Se ha sostenido
(por ejemplo, por Alter, 1990, pp. 83-84) que Menger se irritó por lo que
consideraba una falta de reconocimiento del valor de su obra por parte de
Roscher y de su escuela. Sin embargo, por breves y superficiales que puedan
ser, las refe-rencias de Roscher a los Principios de Menger no pueden
considerarse equivocadas ni maliciosas.
406 La escuela
austríaca y su entorno
Menger distinguía tres componentes de la economía política: el
aspecto histórico-estadístico, la teoría y la política económica.22 A la
teo-ría se le atribuía un papel especial, y Menger propuso un enfoque
causal-genético, que consistía en partir de los elementos más simples para
llegar a la investigación sobre las leyes compuestas. Así, la economía política
lle-gaba a leyes exactas, pero éstas sólo se referían a un subconjunto de las
acciones humanas; Menger insistía en particular en el hecho de que la noción de
hombre económico era una construcción ficticia. También desta-caba, sin
embargo, la importancia de una íntima conexión entre teoría y realidad,
garantizada por el hecho de que los supuestos en la base de la teo-ría se
consideraban datos conocidos por experiencia directa, y, por lo tanto,
verdaderos sin necesidad de verificación empírica: para el intuicio-nista
Menger era efectivamente la propia esencia de la realidad económica la que se
manifestaba directamente en las reflexiones de los economistas, de las cuales
deducía la naturaleza y características de los fenómenos eco-nómicos.23
La visión del sistema económico propuesta por Menger no era la
de un equilibrio estático entre oferta y demanda. Lo que Menger describía era
el desarrollo de un orden sistemático como proceso de descubrimiento y
acumulación de nuevos conocimientos por medio de la imitación, moti-vado por el
interés económico: una visión intrínsecamente dinámica, imbuida de
historicismo. La oposición a la escuela histórica no giraba alre-dedor de una
teoría axiomática como el equilibrio económico general, como alternativa al
enfoque histórico, sino más bien de la posibilidad de utilizar el razonamiento
analítico para construir una estructura teórica declaradamente abierta a una
visión evolucionista y dinámica.
Es este enfoque metodológico el que nos ayuda a valorar los
resulta-dos alcanzados por la escuela austríaca. De hecho, mientras en
principio no podemos sino estar de acuerdo con la posición de Menger (una vez
purgada del trasfondo retórico) sobre el método, y, por lo tanto, del papel
esencial y central del razonamiento analítico en la teoría económica, surge
Una distinción
algo parecida entre los componentes de la investigación económi-ca es la que
propuso un discípulo heterodoxo de la escuela austríaca, Schumpeter, en el
segundo capítulo de la primera parte de su History of economic analysis
(Schumpeter, 1954, pp. 12-24; pp. 47-60, trad. cast.).
Sobre el
intuicionismo de Menger, cf. Alter (1990), pp. 91 y ss.
Max Weber 407
la perplejidad —como veremos más adelante con mayor detalle—
acerca de la compatibilidad entre un enfoque dinámico, explícitamente
evolu-cionista, y la estructura analítica marginalista sobre la que descansa,
basa-da como estaba en la noción (que en aquella época ya había disfrutado de
una larga tradición) del equilibrio entre demanda y oferta. El mismo pro-blema
de la tensión entre la etapa de la formación de conceptos y la etapa de
construcción de modelos que caracterizaba a la escuela austríaca, de Menger a
Hayek, surgió, como veremos, en el caso de Marshall. La ten-sión entre una
visión dinámica de la economía y la estructura analítica era, por contraste,
tolerable dentro del enfoque clásico, donde la noción de equilibrio era menos
relevante y en cualquier caso no se basaba en la con-dición de igualdad entre
oferta y demanda, sino más bien en la condición de un tipo uniforme de
beneficio en los distintos sectores, a consecuencia de la «competencia de
capitales».
11.3. Max Weber
El «debate sobre el método» sirve también para suscitar unas
pocas y breves observaciones sobre algunos desarrollos que ahora se consideran
externos al campo de la economía, pero que originalmente se considera-ban parte
del trabajo de investigación de los economistas. Entre éstos,24 el más
importante es el representado por Max Weber. En efecto, aunque ahora se
considera a Weber como el más famoso de los sociólogos, si no el fundador de la
sociología como ciencia (un papel generalmente atribuido a Comte), fue de hecho
titular de una cátedra de Economía Política, y en muchos aspectos estuvo más
cerca de los economistas de la escuela aus-tríaca que de los de la escuela
histórica.
Recordemos en
este contexto al menos tres nombres. Georg Simmel (1858-1918) estudió las
implicaciones sociales de la economía monetaria, entre las cuales destacaba el
desarrollo de la libertad individual. Werner Sombart (1863-1941), profesor en
Breslau y después en Berlín, estudió el desarrollo del capitalismo basándolo en
el espíritu de empre-sa, y anticipó algunas tesis weberianas relativas al
capitalismo maduro y a la transición al socialismo; también destacó la
influencia del protestantismo, pero sobre la disciplina de los trabajadores más
que sobre la de los empresarios. Arthur Spiethoff (1873-1957), profesor en Bonn
de 1918 a 1939, fue autor de investigaciones sobre los ciclos económicos y
sobre todo de la noción de estilos económicos, cada uno de los cuales
caracterizaba a una época his-tórica específica y requería una «teoría
histórica» separada, constituyendo el conjunto de todas esas teorías históricas
la teoría económica general.
408 La escuela
austríaca y su entorno
Max Weber (1864-1920) fue profesor de economía política primero
en Friburgo y después en Heidelberg, y se interesó, entre otras cosas, por
temas estrictamente económicos (como los fundamentos de la teoría mar-ginalista
del valor, en una recensión fechada en 1908 de un libro de Lujo Brentano,
1844-1931). También tomó parte en proyectos de investigación sobre el trabajo
agrícola y la bolsa. Sin embargo, su principal obra sigue siendo Wirtschaft und
Gesellschaft [Economía y sociedad], publicada pós-tumamente en 1922, mientras
que «Die protestantische Ethik und der “Geist” des Kapitalismus» [La ética
protestante y el espíritu del capitalis-mo] (aparecida en el Archiv für
Sozialwissenschaft und Sozialpolitik en 1904-1905) es también ampliamente
conocida.25 El tema común de estos escritos es la investigación sobre los
factores que determinan el origen y predominio de ciertos modelos de
comportamiento económico, navegan-do así entre la sociología y la economía
política en un área que ahora se atribuye generalmente al campo de la
sociología económica.
Weber es considerado «el Marx de la burguesía»: como Marx, se
cen-tró en la interpretación del modo de producción capitalista y su proceso de
evolución, pero a diferencia de Marx sostuvo que en el proceso históri-co de
desarrollo el principal vínculo causal no iba de las condiciones mate-riales de
la reproducción económica a la esfera de las instituciones y de la cultura,
sino más bien en la dirección opuesta. Por lo tanto, intentó dise-ñar algunas
ideas generales sobre las relaciones entre la religión, la organi-zación
política y legal, y las diferentes formas de organización de la vida económica
y social. Una de las ideas se refería a la transición de un capi-talismo
competitivo de mercado a un capitalismo regulado. En otros tér-minos, Weber vio
en la evolución del capitalismo un gigantesco proceso de racionalización que no
sólo se refería a la actividad económica, sino a la sociedad en su conjunto,
desarrollando sobre esta base su predicción de una progresiva burocratización
de la organización estatal y del proceso productivo, con el crecimiento de las
sectores medios de oficinistas y téc-nicos: una predicción que atribuía una
importancia decisiva a las clases
Desde 1984 se
está publicando una edición crítica de los escritos de Weber en muchos
volúmenes, como Max Weber Gesamtausgabe, siendo el editor J. C. B. Mohr (Paul
Siebeck), de Tubinga. En particular, ello permite disponer de mucho material
nuevo (y de una reorganización del material ya publicado) en la edición crítica
de Wirtschaft und Gesellschaft, en seis volúmenes, tres de los cuales han
aparecido entre 1999 y 2001.
Max Weber 409
medias, contrastando con el proceso de proletarización anunciado
por Marx. El ascenso de la burocracia, tanto en la empresa como en el Estado,
implica un debilitamiento del papel dinámico desempeñado en la etapa inicial
por los empresarios, con su actitud ante la asunción de riesgos y el cambio
(innovaciones) y ante la responsabilidad personal. Sobre los oríge-nes del
capitalismo, Weber también siguió un camino distinto al de Marx, sosteniendo
que debía atribuirse un papel decisivo a la afirmación, con el protestantismo,
de una cultura específica favorable al compromiso con-creto en la sociedad
(contra las actitudes ascéticas de la Iglesia católica medieval y la
Contrarreforma).26 Anticipando a Schumpeter (cf. más ade-lante § 15.4), Weber
consideró preocupante el advenimiento del socialis-mo (en la variedad marxiana
de medios de producción nacionalizados y planificación central), dado que ello
implica un aumento drástico de la burocratización, con el resultado
concomitante de estancamiento econó-mico y limitación de la libertad
individual.
El método de Weber —que, en comparación con el de Marx, le
dis-tanciaba de los economistas clásicos británicos, y particularmente de
Ricardo, mostrando la influencia de la tradición histórico-jurídica alema-na—
se basaba en la definición de «tipos ideales», o categorías abstraídas de la
concreta evolución histórica. La conceptualización era la fase domi-nante en
este enfoque, mientras que la reconstrucción de modelos abs-tractos basados en
aquellas categorías se llevaba a cabo sin recurrir a ins-trumentos matemáticos,
en oposición a la tendencia que comenzaba a
En la línea de
Weber, cf. Tawney (1926). Sobre las ideas de Marx, de nuevo refe-ridas a la
transición del feudalismo al capitalismo, cf. Dobb (1946); sin embargo, el tema
dio origen a acaloradas controversias en el campo marxiano: cf. Dobb et ál.
(1954); Bren-ner (1978) y la bibliografía allí citada. Para una posición
semejante a la de Weber, en la que se destaca la importancia del debate
cultural para la evolución de las instituciones políticas y económicas, pero
distinta con respecto a la tesis propuesta, porque el papel impulsor se
atribuye al pensamiento escolástico, más que al protestantismo, cf. Schumpeter
(1954, pp. 78-82; pp. 116-121, trad. cast.) y, más recientemente, Chafuen
(1986). Viner (1978, pp. 151-192) ofreció una importante exposición crítica de
las ideas de Weber y Tawney, señalando que varios autores antes de Weber ya
habían relacionado el nacimiento del capi-talismo con el protestantismo, y en
particular con el papel que atribuye al estudio directo de la Biblia por parte
de los fieles (en contraste con la organización jerárquica de la Iglesia
católica), y, por lo tanto, a la educación y el pensamiento individual; la
tesis que distingue a Weber es la importancia atribuida a la doctrina de la
predestinación y a la idea de que el éxito en los negocios es una señal que
distingue al elegido.
410 La escuela
austríaca y su entorno
dominar en las diversas corrientes del enfoque marginalista
(aunque con un carácter menos marcado que en otras de la escuela austríaca, la
escuela con la que Weber estaba en el más estrecho contacto). Weber también
mostró su preferencia por concepciones amplias de la realidad, en las que se
consideraba una pluralidad de influencias sobre los fenómenos sociales y las
relaciones recíprocas entre ellos.
11.4. Eugen von Böhm-Bawerk
Entre los más directos seguidores y colaboradores de Carl
Menger, encontramos a Friedrich von Wieser (1851-1926) y a Eugen von
Böhm-Bawerk (1851-1914), que pasaron de ser compañeros de estudio a
con-vertirse en cuñados. Una generación posterior incluía a Ludwig von Mises
(1881-1973), que dio origen a la teoría del «ahorro forzoso» y al
significa-tivo debate sobre la sostenibilidad de una economía planificada,27 y
a Joseph Schumpeter. Este último se tratará más adelante (cap. 15), mien-tras
que Friedrich von Hayek (1899-1992) será objeto del apartado final de este
capítulo.
Wieser es reconocido generalmente como el primero que utilizó el
término utilidad marginal (Grenznutzen), en su obra Über den Ursprung und die
Hauptgesetze des wirtschaftlichen Werthes [Origen y leyes funda-mentales del
valor económico] (1884). En este libro Wieser usó la teoría de la imputación
para determinar el valor de los medios de producción. Sobre dicha base,
interpretó el coste de producción como un sacrificio de la utilidad que podría
haberse obtenido por medio de un uso diferente de los factores de producción
(con una teoría análoga a la teoría del coste de oportunidad desarrollada en
los mismos años en Inglaterra por Wickste-ed, pero diferenciándose de ella en
la naturaleza subjetiva de los costes de oportunidad, dado que éstos se deducen
de las valoraciones de los empre-sarios, más que de datos tecnológicos
objetivos). Entre otros escritos de Wieser, Der natürliche Werth [Valor
natural] (1889) proponía la aplicación
Cf. Mises (1912
y 1920), respectivamente. Véase también, sobre la personalidad y el pensamiento
de este economista, la extensa introducción y las notas biográficas y
biblio-gráficas a la edición italiana (1999) de Mises (1912), al cuidado de
Riccardo Bellofiore.
Eugen von Böhm-Bawerk 411
del enfoque marginalista al campo de la hacienda pública; su
Theorie der gesellschaftlichen Wirtschaft [Teoría de la economía social] (1914)
era un tratado sistemático de economía, que disfrutó de una amplia difusión y
ejerció gran influencia, convirtiéndose en el principal punto de referencia
para la enseñanza de las doctrinas de la escuela austríaca; finalmente, La ley
del poder (1926) era una obra sociológica. En 1903 Wieser sucedió a Menger en
la cátedra de Economía de la Universidad de Viena.
Böhm-Bawerk fue muy superior a Menger y a Wieser en capacidad
analítica. Fue alumno de los economistas de la primera escuela histórica
alemana (después de licenciarse, estudió dos años en Heidelberg con Karl Knies,
en Leipzig con Roscher y en Jena con Hildebrand), para convertir-se en profesor
de economía política en Innsbruck de 1880 a 1889. Los dos volúmenes de Kapital
und Kapitalzins [Capital e interés] (1884 y 1889) pertenecían a este período.
Posteriormente ocupó puestos importantes en la Administración del Imperio
austro-húngaro, siendo tres veces ministro de Hacienda (1893, 1896-1897,
1900-1904), y provocando finalmente una crisis gubernamental cuando dimitió en
protesta por una decisión del Parlamento relacionada con un enorme aumento del
gasto militar. El mismo año Böhm-Bawerk se unió a Wieser como profesor de
economía política en la Universidad de Viena, y fue nombrado para una cátedra
ins-tituida especialmente para él. Su fama como economista proviene
princi-palmente de sus escritos del período de Innsbruck, y en particular su
extensa obra Positive Theorie des Kapitales [La teoría positiva del capital]
(1889), en la que Böhm-Bawerk desarrolló una original teoría del interés, e
intentó introducir el problema de la acumulación en la teoría austríaca del
valor.28
La noción clave de la construcción teórica de Böhm-Bawerk era la
del período medio de producción, que ahora se ilustrará brevemente. El
econo-mista austríaco adoptó ideas que ya estaban presentes desde hacía mucho
tiempo en el debate teórico, como la noción de abstinencia propuesta por Senior
y renacida en forma modificada en la época de Marshall como «espera».
Böhm-Bawerk consideró, pues, el tipo de interés como el precio que compensaba
por la espera intrínseca para recurrir a métodos de pro-
Sobre la vida y
pensamiento de Böhm-Bawerk cf. Hennings (1997) y la extensa bibliografía que
allí se cita.
412 La escuela
austríaca y su entorno
ducción más indirectos, pero más productivos. En otras palabras,
la cons-trucción de maquinaria (y de maquinaria para producir maquinaria) para
utilizarla en lugar de herramientas rudimentarias implica un coste
consi-derable, porque existe un intervalo de tiempo más largo entre el momen-to
en que se realiza el trabajo y el momento en el que se obtiene el pro-ducto
final, pero por eso mismo aumenta la producción.29
A fin de medir la intensidad capitalista de los procesos de
producción, Böhm-Bawerk propuso la referencia a un período medio de producción,
o, en otras palabras, a un promedio de todos los intervalos de tiempo durante
los cuales quedaban inmovilizadas las horas de trabajo gastadas para obtener un
determinado producto. Así, tanto las horas de trabajo directamente empleadas en
la producción de la mercancía en cuestión como las empleadas indirectamente
para la producción de los medios de pro-ducción requeridos, y de los medios de
producción de tales medios de producción, se toman en consideración. El
resultado era una serie de can-tidades fechadas de trabajo, que después se
reducían a una magnitud única, un promedio ponderado de los diferentes
intervalos de tiempo, con pesos proporcionales a las horas de trabajo
inmovilizadas durante los dife-rentes intervalos de tiempo. Por ejemplo, si
para obtener 100 litros de vino se necesita una hora de trabajo realizado hace
diez años, junto con una hora realizada hace cinco años y una hora hace un día,
el «período medio de producción» es igual a cinco años, y este período medio de
producción constituye la cantidad de tiempo-capital utilizado en el proceso
producti-vo, junto con una cantidad dada de tiempo-trabajo (tres horas en
total, en nuestro ejemplo).
Cuando aumenta la cantidad total de trabajo empleado, aumenta el
volumen de salarios pagados; igualmente, cuando aumenta el capital-tiempo (o
sea, el período medio de producción), también aumenta el pago de intereses.
Además, cuando se enfrentan con un aumento del sala-
Así pues,
tenemos dos elementos que, según la teoría de Böhm-Bawerk, concurren en la
determinación del tipo de interés: por una parte, un elemento psicológico, a
saber la tendencia de los seres humanos a sobrestimar la utilidad de los bienes
presentes en compara-ción con la de los bienes disponibles en el futuro (y
paralelamente la sobrestimación de la desutilidad de un coste presente en
comparación con un coste futuro); por otra, un elemen-to «tecnológico», es
decir, la mayor productividad de los métodos indirectos de producción.
Eugen von Böhm-Bawerk 413
rio unitario (esto es, del precio del trabajo), las empresas
tienden a redu-cir la cantidad de trabajo utilizado; igualmente, según
Böhm-Bawerk, cuando disminuye el tipo de interés (esto es, el precio del
«capital»), las empresas tienden a utilizar un mayor volumen de tiempo-capital,
alar-gando la duración de los procesos productivos. Dicho con mayor preci-sión,
aplicando el postulado de la productividad marginal decreciente, podemos decir
que, cuando se enfrenta con una reducción del tipo de interés, el período medio
de producción se alarga hasta el punto en el que la productividad marginal de
un alargamiento adicional del proceso pro-ductivo integrado se ha reducido
hasta alcanzar el nuevo y menor nivel del tipo de interés.
Esta teoría se ajusta menos que la simple teoría del
valor-trabajo, que ignoraba completamente la magnitud de los intervalos de
tiempo durante los cuales las cantidades de trabajo gastado quedaban
inmovilizadas, pero seguía siendo una aproximación. De hecho, no lograba tener
en cuenta el fenómeno del interés compuesto; el hecho es que el interés
acumulado en una hora de trabajo realizado hace diez años es mucho mayor que el
inte-rés de diez horas de trabajo de hace un año; ni es posible redefinir los
pesos para tener en cuenta el interés compuesto, puesto que el «período medio
de producción» ya no sería independiente de la distribución de la renta, y, por
lo tanto, ya no sería posible utilizarlo para determinar el valor de una
variable distributiva como el tipo de interés.
Como veremos, la teoría de Böhm-Bawerk fue adoptada en la
escue-la austríaca por Hayek, y aun antes, en los principios de la escuela
sueca, por Wicksell. Sin embargo, dentro del ámbito de una escuela austríaca
definida de forma amplia, fue criticada por Schumpeter, mientras que el mismo
Wicksell, en el curso de sus investigaciones, parecía cada vez más insatisfecho
con la solución propuesta por el profesor de Innsbruck.
La contribución de Böhm-Bawerk al desarrollo de la escuela
austría-ca fue decisiva: positivamente, en cuanto que permitió que la original
for-mulación de Menger fuera incorporada en una extensa y ciertamente
fas-cinante construcción analítica, que incluía el fenómeno esencial de las
economías capitalistas modernas, representado por la acumulación de capital; y
negativamente, a causa de los límites que se manifestaban en la construcción
analítica, que evidentemente sólo son evidentes cuando pasamos de la representación
del panorama conceptual a la etapa de la teo-
414 La escuela
austríaca y su entorno
ría analítica.30 Aún hoy, sin embargo, son a menudo ignorados
los límites del enfoque austríaco: pensar que se pueden sortear las
dificultades que plantea la contribución de Böhm-Bawerk significa también pasar
por alto la necesidad de la especificación analítica de un enfoque que de otro
modo queda suspendido en el aire. Pero, como veremos, el libro de Sraffa (1960)
demostró que es simplemente imposible encontrar una solución a estas
dificultades analíticas en la línea indicada por el propio Böhm-Bawerk, que más
tarde continuaron, primero, Wicksell y, después, Hayek.
11.5. Knut Wicksell y la escuela sueca
El sueco Knut Wicksell fue contemporáneo de Böhm-Bawerk y
Wie-ser, nacido como ellos en 1851. Sin embargo, su carrera como economis-ta
comenzó más tarde: mientras que en el caso de Böhm-Bawerk la ense-ñanza
universitaria precedió a una brillante carrera en la Administración Pública, en
el de Wicksell la enseñanza (y la investigación en el campo de la teoría
económica pura) siguió a una etapa de intensa actividad como polemista
neomaltusiano, conferenciante autónomo y periodista. La fama de Wicksell entre
sus contemporáneos procedía sobre todo de su papel como radical opositor a las
creencias morales predominantes y de sus repe-tidos desafíos a las ideas
tradicionales de familia, religión, patria y autori-dad del Estado. Sus
actitudes provocativas dificultaron su carrera acadé-mica, excitando en su
contra una general hostilidad e incluso llevándole a prisión —a la
relativamente avanzada edad de cincuenta años—, acusado de ofensas contra la
religión estatal.31
Vale la pena
recordar que, según Schumpeter (1954, p. 847n.; p. 926n., trad. cast.) la débil
naturaleza de los fundamentos del edificio teórico de Böhm-Bawerk ya había sido
percibida por Menger, que consideró la teoría del capital basada en el período
medio de producción como «uno de los errores más grandes jamás cometidos». En
particular, Men-ger era contrario a recurrir a conceptos agregados,
especialmente en lo que se refería al capi-tal (cf. Streissler, 1973, p. 166).
Estos aspectos
de su vida dominan la fascinante biografía de Gårdlund (1956). Así, Wicksell
constituye una prueba clara de la falsedad de la tesis, típica de la tradición
mar-xista, de una oposición entre un enfoque clásico políticamente progresista
y un enfoque marginalista políticamente conservador. Sin embargo, Wicksell no
es una excepción aisla-da en este aspecto: recordemos, por ejemplo, el
reformismo social de Walras, con su apoyo a la nacionalización de la tierra, y
recordemos igualmente a los fabianos británicos. Sobre este tema, cf. Steedman
(1995).
Knut Wicksell y la escuela sueca 415
Su interés por los temas económicos se centró durante mucho
tiem-po en el problema de la población. Wicksell fue un apasionado
neomaltu-siano, acompañando el estudio del tema con una intensa actividad
propa-gandística. Sus estudios de teoría económica fueron al principio
colaterales a este interés, y sólo los emprendió seriamente cuando, en 1887,
con trein-ta y seis años, consiguió una beca para estudiar en el extranjero.
Ello le per-mitió estudiar en el British Museum en Londres, y asistir a las
clases de Knapp y Brentano en Estrasburgo, de Menger en Viena (donde estudió,
entre otras cosas, el libro de Böhm-Bawerk) y de Wagner en Berlín. En 1889 se
casó con una estudiante de derecho noruega, Anna Brugge. En 1890 comenzó
también a buscar empleo en alguna universidad sueca (Estocolmo, Uppsala, Lund)
como profesor de economía, pero sólo en 1899 consiguió un nombramiento
provisional como profesor en Lund, teniendo que satisfacer el requisito legal
de graduarse en derecho y supe-rar la hostilidad del entorno académico
conservador. Sólo en 1905 se con-virtió en catedrático, después de una
encarnizada polémica. Murió en Estocolmo en 1926.
Sus principales obras de teoría económica fueron el librito Über
Wert, Kapital und Rente [Sobre valor, capital y renta], fechado en 1893, un
ensa-yo sobre Geldzins und Güterpreise [Interés y precios], que data de 1898,
un artículo sobre «Marginal productivity as the basis for distribution in
eco-nomics», de 1900, y los dos volúmenes de Conferencias sobre economía
polí-tica (volumen 1, Teoría, 1901, y volumen 2, Dinero, 1906, traducidos al
inglés en 1934-1935: Lectures of political economy). La edición inglesa de las
Conferencias, al cuidado de Lionel Robbins, también recogía los prin-cipales
artículos del mismo período, entre los cuales se encuentra un tra-bajo de 1919,
que critica las teorías de Cassel32 y una importante obra
Gustav Cassel
(1866-1945), profesor en Estocolmo, un típico barón académico, egocéntrico e
impertinente, rival de Wicksell y, sobre todo, conservador recalcitrante, es
conocido principalmente por su versión simplificada de la teoría walrasiana,
Theoretische Sozialökonomie [Teoría de la economía social], publicada en alemán
en 1918 y en inglés en 1923. Gracias a la mediación de esta obra, las ideas
walrasianas pudieron circular en las cul-turas alemana y anglosajona (la
traducción que hizo Jaffé del libro de Walras, Elements of pure economics, no
apareció hasta 1954). Cassel es también conocido por sus contribucio-nes a la
teoría de las relaciones económicas internacionales, tales como la teoría de la
pari-dad del poder adquisitivo (PPP, purchasing power parity), según la cual,
en el supuesto de libertad del comercio internacional de bienes, los tipos de
cambio se fijan a un nivel que
416 La escuela
austríaca y su entorno
sobre teoría del capital, fechada en 1923, en forma de
comentario a un ensayo de Akermann. Otras contribuciones importantes del
economista sueco versaron sobre la teoría de la hacienda pública, pero se salen
de nues-tro objeto.
Wicksell hizo dos contribuciones importantes a la teoría
económica. En primer lugar, en el ensayo de 1893 sobre Valor, capital y renta,
desa-rrolló una teoría marginalista de la distribución de la renta entre
capital, trabajo y tierra basada en sus respectivas productividades marginales,
que apareció pocos años antes que la de Wicksteed (cf. más arriba § 10.6). En
esta obra, y en el primer volumen de las Conferencias, Wicksell utilizó la
teoría del período medio de producción desarrollada por Böhm-Bawerk. Sin
embargo, habiéndola aceptado inicialmente, con el tiempo se distan-ció de ella
y la desarrolló de tal modo que tuviera en cuenta la heteroge-neidad de los
medios de producción. Por lo tanto, en esencia, Wicksell osciló entre una
noción agregada del capital y una noción desagregada, que adoptó cuando
identificó el capital con la entera estructura temporal de los flujos de
trabajo directo e indirecto necesarios para obtener un pro-ducto dado.33
En segundo lugar, dentro del marco de la teoría monetaria
ilustrada en el ensayo de 1898, y reelaborada en el segundo volumen de las
Confe-rencias, Wicksell desarrolló una distinción entre el tipo de interés
moneta-rio y el tipo de interés natural. Este último venía determinado por las
variables «reales» que concurren en la determinación del equilibrio del
sis-tema económico; concretamente, correspondía a la productividad margi-nal
del «capital», como lo indica la teoría marginalista de la distribución
garantiza la paridad del poder adquisitivo en los diferentes
países, dado el nivel interior de precios (es decir, que diez dólares compran
la misma cantidad de bienes en Italia, en Ale-mania, en Francia o en cualquier
otro país: si no fuera así, se produciría una salida de bie-nes de los países
con precios relativamente bajos hacia los países con precios relativamente
altos, y el consiguiente desequilibrio en la balanza comercial provocaría el
reajuste de los tipos de cambio). La teoría se convirtió en objeto de un
notable debate teórico, sin que hayan podido confirmarla las numerosas
verificaciones empíricas, que más bien parecen confirmar la tesis, típicamente
keynesiana, de que los flujos financieros dominan sobre los flujos comerciales
en la determinación de los tipos de cambio, causando desviaciones no
transitorias respecto de las paridades del poder adquisitivo.
Para la
ilustración y crítica de la teoría del capital de Wicksell, cf. Garegnani
(1960), pp. 123-185.
Knut Wicksell y la escuela sueca 417
de la renta. El tipo de interés monetario, en cambio, venía
determinado por los mercados monetarios, con cierto grado de autonomía con
respec-to al tipo natural. La relación entre el tipo de interés monetario y el
tipo de interés natural se utilizaba a continuación para explicar las
oscilaciones cíclicas de la economía y las presiones inflacionistas o
deflacionistas sobre el nivel general de precios. Siempre que el tipo de
interés monetario sea menor que el tipo natural, los empresarios encontrarán
ventajoso endeu-darse e invertir, originando así una presión inflacionista; a
la inversa, cuan-do el tipo de interés monetario sea mayor que el natural, ello
desanima las inversiones y se genera una presión deflacionista.34
Esta teoría ocupa su lugar en una corriente de explicaciones
moneta-rias del ciclo y la inflación que intentaba nadar y guardar la ropa, es
decir, conciliar, por una parte, la teoría marginalista del valor y la
distribución, en cuyos términos se determinan los valores de equilibrio de los
precios y de las variables distributivas, y, por otra, reconocer un hecho
evidente para cualquier economista empírico, a saber, la existencia de
«desequilibrios» y de una cierta influencia que tienen las vicisitudes monetarias
sobre las ten-dencias que siguen las variables reales. El enfoque de Wicksell
fue adopta-do y desarrollado por una serie de economistas, incluido Hayek.
La llamada escuela sueca (Erik Lindhal, 1891-1960; Gunnar
Myrdal, 1898-1987, premio Nobel en 1974; Bertil Ohlin, 1899-1979) surgió a
finales de la década de 1920 desarrollando varios aspectos de la teoría de
Wicksell, pero, sobre todo, en contraste con el análisis de Keynes, adop-tando
una vez más el instrumento del análisis de períodos (que ya estaba presente en
la tradición austríaca, y que más tarde volvería a adoptar Hicks en
Inglaterra).35
En su teoría
sobre estos procesos acumulativos (inflacionista y deflacionista) Wicksell
suponía que no tenía lugar ningún cambio en las técnicas de producción; en
consecuencia, no pueden variar ni la distribución de la renta ni los niveles de
producción o los precios relativos, y los desequilibrios sólo pueden traducirse
en cambios en las varia-bles monetarias, o, en otras palabras, en el nivel de
precios. Sobre este punto, y sobre las ambigüedades de la definición
wickselliana del tipo de interés natural, cf. Donzelli (1988), pp. 67-71.
Para ilustrar
la teoría monetaria de Wicksell y el debate que provocó, cf. Chiodi (1983).
Sobre las relaciones entre la escuela sueca, la escuela austríaca, Hayek y
Hicks, cf. Donzelli (1988) y la bibliografía que allí se da. Para la
ilustración de las razones por las que Keynes rechazó el análisis de períodos,
cf. más adelante § 14.6.
418 La escuela
austríaca y su entorno
En Italia, los elementos de la teoría monetaria de Wicksell
fueron uti-lizados por Marco Fanno (1878-1965) en una obra publicada en 1912,
Le banche e il mercato monetario [Bancos y mercado monetario]. Fanno, sin
embargo, criticó el supuesto de Wicksell del dinero completamente endó-geno,
caracterizado por una oferta totalmente elástica respecto a la deman-da. Con
este y otros escritos, entre los cuales había una contribución (en alemán) a un
volumen editado por Hayek, Fanno obtuvo fama interna-cional; también produjo
diversas e importantes contribuciones teóricas, especialmente en el campo de la
teoría del ciclo, siguiendo un enfoque parecido al de Hayek, que consideramos
en el siguiente apartado. Baste añadir aquí que tal enfoque tenía en cuenta el
papel activo que desempe-ñan los fenómenos financieros, sin criticar la teoría
marginalista del equi-librio real a largo plazo.36
11.6. Friedrich von Hayek
Friedrich von Hayek (1899-1992), ganador del Premio Nobel de
Economía en 1974, es posiblemente mejor conocido por su extremo libe-ralismo
económico que por sus contribuciones teóricas a la economía. Sin embargo, en la
década de 1930 aparecía ante muchos como el campeón de la escuela continental,
un punto de referencia de gran fuerza teórica para enfrentarse a la «escuela de
Cambridge» para aquellos que no compartían las implicaciones políticas de la
teoría keynesiana.
Podemos distinguir cuatro componentes en su pensamiento: una
metodología individualista; un enfoque conceptual que adoptaba y desarrollaba
el de la escuela austríaca, en particular los elementos de incertidumbre y
aprendizaje mencionados cuando hablábamos de Men-ger; un enfoque teórico basado
en la teoría del capital de Böhm-Bawerk y en la teoría monetaria de Wicksell; y
unas contribuciones a la teoría política y social del liberalismo económico,
que se oponían a las ten-dencias colectivistas que, al decir de muchos,
caracterizaban no sólo a la planificación soviética, sino también al New Deal
de Roosevelt y al
Sobre Fanno,
cf. Realfonzo y Graziani (1992), incluyendo la nota biográfica, la lista de
escritos y la bibliografía que allí se dan.
Friedrich von Hayek 419
intervencionismo keynesiano. Nuestro principal interés está en
los tres primeros componentes, y examinándolos veremos como las dificultades
que encontró Hayek en el campo de la teoría pura le llevaron a una interesante
revisión de los fundamentos conceptuales del análisis mar-ginalista
tradicional, en particular en lo que se refería a la noción de equilibrio.
Discípulo de Wieser y Mises en la Universidad de Viena después
de la Primera Guerra Mundial, en 1927 Hayek fue nombrado primer direc-tor del
neonato Instituto Austríaco para el Estudio de la Coyuntura.37 En 1931, después
de una serie de conferencias sobre la teoría del ciclo que atrajeron la
atención general, se trasladó a la London School of Econo-mics, por invitación
de su amigo Lionel Robbins. Como él, Hayek era también un refinado estudioso de
la historia del pensamiento económi-co.38 Después de la Segunda Guerra Mundial,
se trasladó a Chicago en 1950, y volvió a Europa (primero a Friburgo, en
Alemania, y después a Salzburgo, en Austria) en 1962. Una bibliografía
provisional de sus escri-tos (en Gray, 1984) incluía 18 libros, 25 opúsculos,
16 libros como editor o autor de la introducción, y 235 artículos.39 Una
edición de sus escritos, que con el tiempo alcanzó los 19 volúmenes, ha ido
apareciendo a lo largo de los últimos años.40
El individualismo metodológico, esto es, la idea de que el
funciona-miento de un sistema económico debe explicarse partiendo de las
eleccio-
El
Österreichische Konjunkturforschungsinstitut fue fundado a iniciativa de von
Mises, a fin de proponer un enfoque basado en la integración entre teoría y
análisis empí-rico en el estudio del ciclo, frente al enfoque puramente
empírico del National Bureau of Economic Research de Nueva York, que se
centraba en la búsqueda de regularidades en el comportamiento de la economía.
Una colección
de sus escritos sobre la historia del pensamiento económico se encuentra en
Hayek (1991).
Hayek fue un
economista con una excepcional formación cultural. Viena en la década de 1920
era en este aspecto un crisol único: Konrad Lorenz, el etólogo, fue com-pañero
de juegos en la infancia, el filósofo Ludwig Wittgenstein era pariente y fue
compa-ñero de armas en el último año de la Primera Guerra Mundial, el físico
Erwin Schrödin-ger era amigo de la familia, y podríamos continuar.
Editada por W.
W. Bartley III, The collected works of F. A. Hayek está siendo publi-cada por
University of Chicago Press. Hasta ahora han aparecido ocho volúmenes, más un
volumen especial que incluye una larga y animada entrevista con Hayek, en la
que cuenta gran parte de su vida (Hayek, 1994).
420 La escuela
austríaca y su entorno
nes de los individuos que forman el sistema, ya estaba presente
en Menger y constituía una tradición dominante dentro de las distintas
corrientes del enfoque marginalista. Para Hayek, como para muchos otros autores
que comparten su enfoque, ésta no es sólo una regla del método, sino también un
verdadero dogma político, dada la conexión existente entre holismo (a saber, la
idea de que los agregados sociales deben estudiarse independien-temente del
comportamiento de los individuos que los forman) y organi-cismo político (el
Estado, la comunidad, es «más» que los individuos que lo integran), que se
encuentra en la base de regímenes dictatoriales como el nazismo o el comunismo
estalinista.41
El comportamiento de los individuos se expresa a través de
acciones que, en opinión de Hayek, proceden de planes de acción seleccionados
racionalmente. El individualismo metodológico, pues, imponía que la teo-ría del
comportamiento del sistema económico se basara en la considera-ción de los
planes de acción de todos los agentes del sistema. De ahí el papel central de
la noción de equilibrio, que identifica dentro del conjun-to de tales planes de
acción aquellos que son compatibles entre sí y con las condiciones dadas en las
que tiene lugar la actividad económica (tecnolo-gía, dotación de recursos de
cada agente).42 Dados los límites del conoci-miento de los agentes económicos,
es imposible —de manera realista— que la planificación ex ante asegure la
coordinación de los planes indivi-duales de acción. La coordinación se confía
al mercado, que opera como un mecanismo de ajuste que asegura el equilibrio.
Una importante
crítica «política» del holismo, desde Platón y Aristóteles a Marx, la
proporcionó Karl Popper, amigo de Hayek, en The open society and its enemies
[La socie-dad abierta y sus enemigos] (1945). Sin embargo, podemos compartir
plenamente la crí-tica de Popper al totalitarismo y sus raíces culturales sin
aceptar necesariamente la identi-ficación entre el individualismo político, a
saber, la defensa de la libertad individual en la esfera política, y el
individualismo metodológico. Esta distinción fue claramente estable-cida por
otro representante de la cultura económica austríaca, Schumpeter: cf. más
ade-lante § 15.2.
Puede ser útil
destacar que la noción de equilibrio propuesta por Hayek difiere del concepto
marginalista tradicional basado en la igualdad entre oferta y demanda. Éste era
un cambio conceptual importante, que no ha atraído la atención que merece.
Además, Hayek destacó que las relaciones de equilibrio no proceden de datos
objetivos, sino de las valoraciones subjetivas de los agentes, que determinan
sus planes y sus acciones, y que tales valoraciones se forman en un mundo
incierto y en condiciones de conocimiento limitado.
Friedrich von Hayek 421
Una característica típica de la visión de Menger, como de la de
Hayek, es que el conocimiento subjetivo se incluye entre las variables objeto
de los procesos de ajuste inducidos por la acción del mercado, junto con los
pre-cios y las cantidades producidas e intercambiadas. Además, consciente de
los problemas no resueltos de la teoría del valor y de la distribución que
había adoptado, Hayek atribuyó gradualmente una creciente importancia al papel
del mercado como instrumento de difusión de la información y de ajuste del
conocimiento individual.43 Éstas son ideas estimulantes, y han fascinado a una
serie de economistas contemporáneos. Sin embargo, la propuesta de tan
interesantes conceptos debe ir acompañada de la demostración de su fecundidad
analítica, y la demostración habría inclui-do, dadas las opiniones de Hayek,
una teoría del equilibrio (o, en otros tér-minos, una teoría del valor,
distribución, empleo y elección de técnicas) que demostrara la eficacia
equilibradora de los mecanismos del mercado. Fue a este campo de investigación
al que dedicó las primeras décadas de su larga actividad.
Hayek tomó de Böhm-Bawerk la idea del capital como un flujo de
cantidades fechadas de trabajo. Por lo tanto, las decisiones de inversión y de
producción tienen efecto en un período posterior al período de adop-ción (aquí
reaparece el marco de análisis de períodos del enfoque austría-co, como lo
desarrolló especialmente la escuela sueca), y surgen problemas de coordinación
intertemporal de las decisiones. El objeto del análisis de Hayek era, pues, la
aparición de un orden espontáneo a partir de las deci-siones de los agentes
económicos coordinadas, en una economía de mer-cado, por la mano invisible de
la competencia.44 Hayek consideró los dis-tintos obstáculos a la aparición de
tal orden espontáneo, particularmente la escasez del conocimiento, pero
sostenía que una economía de mercado es superior a una economía planificada
precisamente porque la informa-
Además, como
recordaba Hayek, el mercado incorpora en su acostumbrada mane-ra de funcionar
importantes elementos de «conocimiento tácito».
Donzelli
(1988), pp. 37 ss., destaca que la noción de orden espontáneo, presente en
embrión en los primeros escritos de Hayek, pasa a un primer plano —hasta el
punto de sustituir a la noción tradicional de equilibrio— con la conclusión del
debate sobre la teo-ría del capital (comenzando con Hayek, 1941). Con esta
noción Hayek se refería «a una estructura de relaciones o un sistema de
conexiones inter-individuales que muestra una relativa estabilidad o
persistencia» (Donzelli, 1988, p. 38).
422 La escuela
austríaca y su entorno
ción que se requiere en una economía de mercado es muchísimo
menor que la información necesaria (y ciertamente no disponible) en una
econo-mía planificada.45
Los escritos políticos de Hayek también insistían en estos
aspectos. Sostenía la superioridad del liberalismo económico en comparación no
sólo con la planificación centralizada, sino también con las economías mixtas
(tales como el New Deal de Roosevelt), que implican una activa intervención del
Estado en la vida económica. Estos escritos —mucho más que sus textos sobre
teoría económica—, especialmente The road to serfdom [Camino de servidumbre],
publicado en 1944 (que vendió cen-tenares de miles de ejemplares, en parte
gracias también a una versión sintetizada del Reader’s Digest, y se tradujo a
más de veinte idiomas), hicieron de Hayek uno de los científicos políticos más
famosos del siglo XX. Para nuestros fines hay que destacar dos aspectos de esta
serie de escritos. En primer lugar, incluso en las obras dirigidas al público
en general, más que a los especialistas, Hayek mantenía y divulgaba los
principales elementos de la «visión» de la escuela austríaca: la
incerti-dumbre, la actividad económica como búsqueda del poder que proviene del
conocimiento, un enfoque que fundía la noción analítica de equili-brio con la
noción de orden espontáneo, y que ofrecía una caracterización del agente
económico mucho más compleja que la visión unidimensio-nal del utilitarismo
benthamita que condujo a la noción de homo oeco-nomicus. En segundo lugar, en
los escritos políticos la idea de un orden espontáneo que surge del
funcionamiento del mercado pasó a transfor-marse de un resultado analítico que
debía demostrarse a un simple supuesto o postulado.
La controversia
sobre la vitalidad de una economía planificada, cuya posibilidad ya había sido
demostrada por Enrico Barone (cf. más adelante § 12.3) en 1908, en el marco de
una teoría del equilibrio económico general, fue reanimada por Ludwig von Mises
(1920), que parece no haber tenido en cuenta la respuesta que ya había
proporcionado Barone. En cambio, Hayek insistió en la imposibilidad de obtener
la información necesaria en la práctica. Oskar Lange (1904-1965) les contestó
en un famoso artículo de 1936-1937, proponiendo un enfoque de prueba-y-error
para el proceso de planificación, que incorpo-raba elementos de un «mercado
socialista». Una respuesta diferente la ofreció Maurice Dobb (1900-1976), un
marxista británico, que sostuvo en una serie de escritos (por ejemplo, Dobb,
1955) la superioridad de las economías planificadas, no en cuanto se refería a
la asig-nación de recursos, sino en términos de la coordinación ex ante de las
inversiones.
Friedrich von Hayek 423
Este último punto nos devuelve al campo de la teoría económica.
Aquí, las contribuciones de Hayek habían disminuido a principios de la década
de 1940, cuando después de una desafortunada controversia con Sraffa y Keynes a
principios de los años treinta, parecía atascado en el callejón sin salida en
el que se había metido con su teoría, como final-mente puso de manifiesto un
duro ataque de Kaldor.46
Para ilustrar las opiniones teóricas de Hayek echemos una ojeada
a Prices and production [Precios y producción] (1931), un delgado volumen que
recogía las conferencias pronunciadas el año anterior en la London School of
Economics, las cuales habían despertado amplio interés. Aquí Hayek presentaba
una teoría que había diseñado gradualmente a través de una serie de escritos
anteriores, una teoría que —como vimos antes en relación con Wicksell—
combinaba los fundamentos marginalistas de un equilibrio real de precios y
cantidades con el reconocimiento de desequi-librios a corto plazo conectados
con fenómenos esencialmente monetarios. En cuanto se refería a los fundamentos
marginalistas, Hayek utilizaba en particular la noción del período medio de
producción propuesta por Böhm-Bawerk, añadiéndole el mecanismo wickselliano de
la relación entre el tipo de interés natural y el tipo de interés monetario,
junto con la teoría del ahorro forzoso propuesta por Mises en 1912 y utilizada
también por Schumpeter (1912) en su teoría del ciclo.47
En resumen, el mecanismo descrito por Hayek era éste: cuando el
tipo de interés natural es mayor que el tipo monetario, los empresarios se ven
inducidos a pedir préstamos bancarios para efectuar gastos de inver-sión por
encima del nivel de equilibrio. Como la situación de partida se caracteriza
—por la misma definición de equilibrio— por la plena utiliza-ción de los
recursos, las inversiones adicionales sólo pueden hacerse a tra-
Kaldor (1942)
estudió la evolución de la teoría de Hayek en la década posterior a la
publicación de Prices and production (1931), hasta The pure theory of capital
[La teo-ría pura del capital] (1941), demostrando que las dificultades con las
que se encontró Hayek desde el principio, y que habían sido objeto de las
críticas de Sraffa en 1932, no hallaron solución con las variaciones sobre el
tema que había introducido Hayek en los últimos años.
Schumpeter
(1954, pp. 723-724; pp. 794-795, trad. cast.), haciendo referencia a Hayek,
atribuyó a Wicksell la teoría del ahorro forzoso, aunque señalando a Bentham y,
sobre todo, a Thornton (1802) como precursores; el propio Hayek (1931, pp.
18-19) tam-bién recordó a Malthus.
424 La escuela
austríaca y su entorno
vés del aumento de los precios provocado por el exceso de
demanda finan-ciado con los préstamos bancarios; la inflación quita poder
adquisitivo a los consumidores, mientras que los empresarios se benefician de
la situa-ción, dado el desfase temporal entre la adquisición de los medios de
pro-ducción y la venta del producto. Además, la demanda adicional de bienes de
inversión genera un aumento en sus precios relativos, en comparación con los
bienes de consumo; ello, a su vez, se corresponde con un aumen-to del tipo de
salario real, que aumenta la ventaja de «profundización» de la técnica, o, en
otras palabras, del alargamiento del período medio de pro-ducción. Estos
elementos constituyen la etapa ascendente del ciclo. Sin embargo, las mayores
rentas percibidas por los factores productivos se transforman en una mayor
demanda de bienes de consumo; los precios relativos de estos bienes aumentan,
disminuyendo el tipo de salario real. Así, resulta más ventajoso acortar el
período medio de producción, y los bienes de capital caracterizados por una
mayor duración pierden valor. De aquí la fase descendente del ciclo. Dada la
secuencia de nexos de causa-efecto que determinan esta última etapa, será
contraproducente una polí-tica de apoyo a la demanda de bienes de consumo como
la que proponen las teorías del subconsumo (entre las cuales Hayek incluía la
de Keynes). Según Hayek, de hecho, el capital acumulado en la fase ascendente
del ciclo (que corresponde al ahorro forzoso) es económicamente destruido en la
fase descendente, de manera que el sistema económico vuelve a su equi-librio
original.
La teoría de Hayek constituía claramente un paso adelante
respecto de Wicksell, porque superaba la dicotomía entre los factores reales y
los monetarios, mientras que su análisis consideraba las variaciones de la
téc-nica, la distribución de la renta y los precios relativos. Por lo tanto,
pare-cía la alternativa más sólida al programa de investigación keynesiano.
Llegamos así a la reacción de Sraffa (probablemente provocada
por el mismo Keynes). En una recensión de peso sobre Prices and production,
publicada en el Economic Journal en 1932, Sraffa atacó los fundamentos del
edificio analítico construido por Hayek (y antes de él, por Wicksell),
demostrando la no existencia de un «tipo de interés natural»: en un mundo en el
que la estructura de los precios relativos cambia a lo largo del tiempo, hay
tantos «tipos de interés natural» como mercancías (y, para cada mercancía,
cuantos intervalos de tiempo se consideren). Según Sraf-
Friedrich von Hayek 425
fa, Hayek no había comprendido del todo la diferencia entre una
econo-mía monetaria y una economía de trueque, de modo que los factores
monetarios se superponen a los reales, y cualquier supuesto sobre la influencia
ejercida por estos últimos sobre los primeros choca con la teo-ría del valor
desarrollada con referencia a una economía real, con su deter-minación
simultánea de los precios y de las cantidades de equilibrio, de las técnicas y
de las variables distributivas.48
La respuesta de Hayek (1932) fue floja. De hecho, el impacto de
la crítica de Sraffa era más general, refiriéndose a la imposibilidad de
conci-liar la influencia de los factores monetarios sobre las variables reales
en el ciclo con la aceptación de una teoría marginalista del valor para el
equi-librio «real»: una teoría que implicara una clara dicotomía entre los
fac-tores reales y monetarios. Así, la controversia de Sraffa con Hayek tuvo
una importancia decisiva en los desarrollos posteriores de la teoría eco-nómica.
Con la publicación del libro de Sraffa en 1960, se propinó el golpe final a los
fundamentos de la noción del período medio de produc-ción, y el enfoque de
Hayek perdió incluso su inicial apariencia de solidez. Sin embargo, algunas
nuevas direcciones en la obra de Hayek, relativas al análisis de períodos y a
la cuestión de la consistencia intertemporal, pue-den verse como contribuciones
fundamentales para el origen de las corrientes de investigación modernas que se
centran en el análisis secuen-cial de los desequilibrios, el equilibrio
temporal y el equilibrio general intertemporal.49
En diversas ocasiones Hayek tomó de Menger algunas ideas sobre
el funcionamiento del sistema económico, apartándose de las ideas
margina-listas tradicionales, y trabajó sobre ellas. En particular, el acto de
elección
El apoyo de
Keynes a Sraffa, ante la reacción de Hayek, precisamente sobre este punto, fue
revelador. Hayek concluía su réplica afirmando que Sraffa «ha entendido la
teo-ría del señor Keynes aún menos que la mía» (Hayek, 1932, p. 249);
aprovechándose de su posición como editor del Economic Journal, Keynes añadió
una aguda nota a pie de pági-na: «Con permiso del profesor Hayek me gustaría
decir que, en lo que a mí se me alcanza, el señor Sraffa ha entendido
exactamente mi teoría» (ibíd.).
En particular,
podemos atribuir a Hayek el análisis de los equilibrios intertem-porales, a
Hicks (1939) el análisis de los equilibrios temporales, y a Lindhal y demás
representantes de la escuela sueca el análisis secuencial de los
desequilibrios. En cualquier caso, Hayek se adhirió a una visión estacionaria
del equilibrio. Cf. Milgate (1979); Don-zelli (1988).
426 La escuela
austríaca y su entorno
por parte del agente económico se concebía como un experimento
en con-diciones de incertidumbre, cuyo resultado modifica las expectativas y el
conocimiento inicial, como parte de un proceso continuo. En efecto, la
competencia se concebía como un proceso dinámico que favorece la difu-sión de
la información y la aparición de un conocimiento tácito incorpo-rado en reglas
de conducta, como un proceso de descubrimiento. Dife-renciándose en este
aspecto del enfoque marginalista francés y anglosajón, la noción de equilibrio
perdía así su papel tradicional de referencia analíti-ca central para la
interpretación del funcionamiento de la economía.
En conclusión, para resumir los logros de Hayek podemos
distinguir una vez más entre el interés de su representación conceptual de la
econo-mía de mercado y los límites de su construcción analítica. Tal vez el
éxito de los escritos políticos de Hayek pueda atribuirse no sólo a su acuerdo
íntimo con el clima cultural del período de la guerra fría, sino
particular-mente a la línea que implican muchos aspectos de su representación
con-ceptual, así como a que reflejan su propia elección —seguida por muchos— de
dejar a un lado los aspectos más controvertidos de su teoría estrictamente
económica al presentar sus ideas políticas sobre el papel del mercado. En
cuanto a los elementos de la «visión» de Hayek que provoca-ron el mayor interés
en el debate contemporáneo —como el papel atri-buido al aprendizaje de los
agentes económicos cuando se enfrentan con las respuestas del mercado a sus
acciones— su incorporación en un cuer-po coherente de teoría económica sigue
siendo un reto que debería asu-mirse sobre unos nuevos fundamentos.50
De hecho, es
muy difícil ofrecer una caracterización precisa de la «escuela austría-ca» en
la segunda mitad del siglo XX: cf. Boettke y Leeson (2003).
12. EQUILIBRIO ECONÓMICO GENERAL
12.1. La mano invisible del mercado
Entre los economistas contemporáneos está extendida la idea de
que la teoría del equilibrio económico general tiene que identificarse con la
teoría tout court, y que debe adoptarse como un criterio a partir del cual
cualquier otra teoría puede ser considerada como un caso particular.1 Para
quien comparta tal punto de vista, la historia del pensamiento económico
aparece como la senda de desarrollo progresivo y consolidación de esta teoría.
En este sentido, incluso al interpretar a los economistas clásicos el problema
económico se identifica con el funcionamiento de la «mano invisible del
mercado». Esto último aseguraría no sólo un funcionamien-to suficientemente
regular de la economía, sino, más que esto, una ten-dencia sistemática hacia un
equilibrio con una igualdad perfecta entre la oferta y la demanda de cada
mercancía (vaciamiento del mercado), inclu-so en presencia de muchas mercancías
y muchos agentes económicos.
De hecho, una idea tan extrema no puede atribuirse a los
economis-tas del período clásico; sólo fue desarrollada originalmente por una
de las «escuelas» que concurrieron a la llamada revolución marginalista, la
«escuela de Lausana», fundada por Léon Walras. A fin de aclarar este punto,
consideremos, en primer lugar, qué elementos entran en la visión del sistema
económico que subyace en el enfoque del equilibrio económi-
Recientemente,
esta idea parece estar algo en declive, debido a la creciente frag-mentación de
la investigación económica, que se acepta cada vez más como un hecho al que no
se intenta dar ninguna explicación. Cf. más adelante caps. 17 y 18.
428 Equilibrio
económico general
co general; después, veremos si estos elementos estaban
presentes en los economistas clásicos o en las otras «escuelas» marginalistas.
Como se verá claramente cuando consideremos a Walras y sus
segui-dores con mayor detalle, ante todo deben considerarse esenciales dos
ele-mentos: la idea de la interdependencia general entre todas las partes que
componen un sistema económico y la idea del mercado como mecanismo equilibrador
entre la oferta y la demanda. Junto con estos dos elementos decisivos, y en
parte derivada de ellos, encontramos una visión específica del problema
económico (como un problema de asignación óptima de recursos escasos) y del
agente económico (el homo oeconomicus).
Ya hemos visto que cada uno de estos dos elementos decisivos
estaba presente en la historia del pensamiento económico y entre los
economistas contemporáneos de Walras. Sin embargo, esto puede suceder en un
con-texto completamente diferente del walrasiano. Así, la idea de
interrelacio-nes entre las diferentes partes que componen un sistema económico
estaba en el centro del análisis de Quesnay, con su tableau économique. Su
inme-diato precursor, Cantillon, aunque sin desarrollar un modelo formal,
tam-bién propuso una representación del sistema económico basada en las
inter-dependencias entre clases sociales, sectores económicos y zonas
territoriales (campo, aldeas, ciudades). Seguidamente, podemos recordar los
esquemas de reproducción simple y ampliada desarrollados por Marx en el volumen
2 de El capital (que, sin embargo, no apareció hasta 1885, después de la
publicación de la principal obra de Walras). Más recientemente, la idea de una
interdependencia general en la producción, entre los sectores en que se subdivide
una economía basada en la división del trabajo, estaba en el cen-tro de las
tablas input-output de Leontief. No obstante, ninguna de estas contribuciones
analíticas incluía o imponía como una necesidad lógica un mecanismo de ajuste
de los precios y cantidades basado en las reacciones de los agentes en el
mercado ante los desequilibrios entre oferta y demanda. Además, todas estas
contribuciones analíticas concentraban su atención sobre las interdependencias
entre los sectores en la producción, mientras que no se consideraba la
interdependencia (sustituibilidad) en las decisio-nes de consumo, o en
cualquier caso permanecía en un segundo plano.
El papel de la demanda y la oferta en la determinación del
precio de un bien (y detrás de él, de su valor, interpretado como la expresión
de la escasez del bien en comparación con la utilidad que le atribuyen los
agen-
La mano invisible del mercado 429
tes económicos) estaba, a la inversa, en el centro de una
extendida tradición de pensamiento económico, que al representar el
funcionamiento del mer-cado tomó inicialmente como puntos ideales de referencia
las ferias medie-vales, y después las bolsas, consideradas ambas como
instituciones que ase-guran un lugar de reunión o encuentro, en el tiempo y en
el espacio, de compradores y vendedores. Sin embargo, nos costaría bastante
encontrar en los escritos de Galiani una integración de los dos aspectos que en
su exposición permanecían separados: por un lado, el esbozo de una teoría
subjetiva del valor; por el otro, la idea de una interrelación general entre
las diversas partes del sistema económico. Análogamente, los economistas
franceses Cournot y Dupuit, unánimemente considerados como precurso-res del
enfoque marginalista (cf. más arriba § 10.2), pasaron por alto total-mente las
interdependencias económicas, centrándose el uno en el equili-brio de la
empresa y el otro en la valoración de las obras públicas.2 El enfoque
utilitarista de Jevons se centró también en el análisis del compor-tamiento
individual, con la comparación entre desutilidad (trabajo) y uti-lidad
(consumo), mientras que las interrelaciones entre los distintos agen-tes
económicos en el mercado constituían una superestructura que en muchos aspectos
sólo esbozó superficialmente. Algo más tarde Marshall, aunque teniendo en
cuenta el trabajo de Walras, demostró —como vere-mos en el capítulo siguiente—
su preferencia por «cadenas causales cortas», y de ahí por el método de
análisis del equilibrio parcial, en lugar del análi-sis del equilibrio
económico general, que consideraba demasiado abstracto.
De todas
maneras, Walras reconoció que era Cournot (cf., por ejemplo, la carta del 20 de
marzo de 1874, n. 253, en Walras, 1965a, vol. 1, pp. 363-367) quien tenía el
méri-to de afirmar que los economistas deben trabajar con instrumentos
matemáticos: según Walras, así como Jevons (pero no Menger o Marshall), éste
era un punto decisivo de distin-ción de la «nueva escuela» respecto de la
economía política clásica en su sentido más amplio y en sus variadas progenies,
desde Smith a John Stuart Mill y desde Say a los «socialistas de cátedra». La
influencia de Cournot fue especialmente importante por «la idea de que la
apli-cación de las matemáticas a la economía no tiene que referirse a los
cálculos numéricos, sino a la aplicación del análisis funcional a fin de
deducir teoremas de naturaleza general» (Ingrao e Israel, 1987, p. 91).
Evidentemente, por lo que hace referencia a la matematización de la economía,
la influencia de la física matemática desarrollada a partir de Newton es
esencial, como destacaron Ingrao e Israel (ibíd., pp. 33 y ss.) entre otros. En
este contexto, Ingrao e Israel (ibíd., pp. 38-40) también destacan este origen
newtoniano de la noción de equilibrio de las fuerzas sociales introducido por
Montesquieu (1689-1755). Sobre Dupuit y Cournot como precursores de Walras, cf.
Ingrao e Israel (ibíd., pp. 72-75). Sobre el papel de la físi-ca como modelo
paradigmático de la teoría económica cf. Mirowski (1989).
430 Equilibrio
económico general
Si tenemos en cuenta todo esto, podemos entender mejor la grave
dis-torsión de los que ven incluso a los economistas clásicos como precursores
del análisis del equilibrio económico general.3 Hay tres aspectos a los que se
hace referencia generalmente cuando se formula la anterior interpretación: las
nociones de la mano invisible del mercado, la competencia y la convergen-cia de
los precios de mercado hacia los precios naturales. Recordando breve-mente lo
que ya hemos visto más arriba (particularmente en el cap. 5), pode-mos destacar
que ninguno de estos elementos implica una visión subjetiva del valor o de la
elección de la feria medieval (o de la bolsa) como paradig-ma representativo
del funcionamiento de la economía. En particular, la idea de la convergencia de
los precios de mercado hacia los precios naturales no implica, para economistas
clásicos como Smith o Ricardo, la idea de los pre-cios de mercado como
variables teóricas determinadas unívocamente por un aparato de curvas de
demanda y oferta (ni la idea de que es posible definir —y considerar como un
dato para el tratamiento del problema teórico— relaciones suficientemente
precisas y estables que conecten las cantidades demandadas y ofrecidas con los
precios, ni la idea de que tales relaciones pueden deducirse como
representativas del comportamiento de los agentes económicos). Lo mismo puede
decirse de la tesis de la tendencia a un tipo de beneficio uniforme por medio
de la cual se expresaba la «competencia de capitales» de Smith o Ricardo,
basada en la libertad de movimiento del capi-tal entre los diferentes sectores
de la economía. Finalmente, la noción de la mano invisible fue utilizada
originalmente por Smith en diferentes contex-tos; en general, podemos
atribuirle la idea de que las acciones individuales guiadas por el interés
personal pueden tener efectos positivos sobre la socie-dad: una tesis típica
del optimismo de la Ilustración dieciochesca, que en Smith se refería entre
otras cosas al buen funcionamiento de un sistema eco-nómico en el que los individuos
se guían por el interés personal; pero, cier-tamente, no podemos atribuirle la
idea de la optimalidad de un mercado competitivo basado en el mecanismo de
demanda y oferta.4
Cf. por
ejemplo, Hollander (1973b) sobre Smith; Hollander (1979) sobre Ricar-do;
Morishima (1973) sobre Marx.
4 Sobre el uso de la expresión mano invisible del mercado por
parte de Smith, cf. más arriba § 5.6. Recordemos también, anticipando lo que se
ilustrará más adelante en este capítulo, que la tesis de la capacidad
reequilibradora del mercado quedó decididamente debilitada, si no rechazada,
por las investigaciones sobre la estabilidad de los modelos de equilibrio
económico general.
La mano invisible del mercado 431
En conclusión, debemos reconocer que la idea de un sistema
econó-mico guiado por la tendencia de todas sus partes hacia el equilibrio
entre oferta y demanda (vaciamiento del mercado) es simplemente uno de los
puntos de vista sobre los que podemos construir un «sistema de conceptos» de
economía política, sobre cuya base construir después teorías y modelos.5
La historia de este enfoque específico se considera en el
presente capí-tulo. Ante todo, examinaremos las contribuciones de Walras (§
12.2) y Pareto (§ 12. 3), esto es, la escuela de Lausana en la que podemos
llamar etapa heroica del enfoque del equilibrio económico general. La
generación que siguió a Pareto, pero que todavía está en la etapa heroica,
incluía al eco-nomista estadounidense Irving Fisher (§ 12.4). Después sigue la
«etapa crí-tica», cuando se dieron cuenta de que la igualdad entre el número de
ecua-ciones y el número de incógnitas no era suficiente para asegurar la
existencia de soluciones económicamente significativas (que en la mente de los
fundadores de este enfoque también quería decir soluciones estables). La
redefinición del modelo analítico que tuvo lugar en esta etapa —bre-vemente
ilustrada en el § 12.5— implica una considerable reducción en el valor
heurístico de la teoría del equilibrio económico general. Sin embargo, a partir
de aquí la historia prosiguió hasta una nueva etapa heroica, o más bien
totalitaria: el análisis del equilibrio económico general se identificó con el
proyecto de una ciencia económica axiomática. Cuando se olvida la natura-leza
específica del sistema conceptual sobre el que está construido, el modelo
axiomático del equilibrio general, que se examina en el § 12.6, se convierte
naturalmente en la teoría omnicomprensiva de referencia, de la que debe
pro-ceder cualquier análisis teórico de cuestiones específicas, al menos en
princi-pio. El rigor analítico del modelo es fascinante, pero oscurece sus
límites bási-cos como interpretación de la economía actual. En particular, el
mismo trabajo de fortalecer la estructura analítica y extender el modelo básico
lleva a dejar de lado la idea de la «mano invisible del mercado» de la que
partía el largo camino de la teoría del equilibrio económico general.
La fecundidad
de este punto de vista para la interpretación del funcionamiento de sistemas
económicos, en comparación con otros puntos de vista, debe juzgarse, pues,
sobre la base del mayor o menor éxito de los programas de investigación a los
que dan origen. En este aspecto, no podemos ciertamente considerar como un
triunfo los resultados de los intentos para relacionar la teoría subjetiva del
valor y la idea de una interdependencia gene-ral en la economía: cf. más
adelante §§ 12.7 y 17.2, y cap. 18.
432 Equilibrio
económico general
12.2. Léon Walras
El enfoque del equilibrio económico general, en la medida en que
implicaba la inserción del mecanismo de oferta y demanda en un contex-to de
interdependencias generales, en la producción como en el consumo, surgió con
Walras. Naturalmente, esto no quiere decir que no hubiera pre-cursores. Podemos
recordar en particular a Turgot (cf. más arriba § 4.7), especialmente por las
metáforas con las que relacionaba el equilibrio eco-nómico con el equilibrio de
fuerzas en el campo de la mecánica. Debemos mencionar también a Achylle Nicolas
Isnard (1749-1803), autor de un Traité des richesses (1781), que estaba
presente en la biblioteca de Walras, y autor de una teoría de los precios
relativos basada en un sistema de ecua-ciones de cambio simultáneas. Isnard
destacó el hecho de que la exigencia de igualdad entre el número de ecuaciones
independientes y el número de incógnitas hacía necesario escoger un patrón de
medida, limitando así las incógnitas de los precios a los precios relativos.6
La influencia de Isnard fue, sin embargo, mediada por la del
princi-pal precursor de Walras, su propio padre, Antoine Auguste Walras
(1801-1866), autor de una serie de escritos económicos, entre los que destacan
De la nature de la richesse et de l’origine de la valeur (1831) y Théorie de la
richesse sociale ou résumé des principes fondamentaux de l’économie politique
(1849), y partidario de la tesis de que el valor proviene de la escasez (o, en
otras palabras, que la riqueza social es la suma de los bienes que son a un
tiempo útiles y están disponibles en cantidad limitada). El padre de Wal-
Sobre Isnard,
cf. Ingrao e Israel (1987), pp. 61-66, y la bibliografía allí citada. Entre los
precursores de Walras, Ingrao e Israel (ibíd., pp. 66-72) recuerdan también a
Nicolas-François Canard (1750-1838), matemático por formación y ganador de un
pre-mio del Institut de France por un trabajo (Canard, 1801) en el que se
utilizaba el análisis marginal para analizar el equilibrio económico, una
noción que se consideraba próxima a la de equilibrio mecánico; en relación con
ello, Canard consideraba también el proceso de ajuste. Walras (como Cournot)
podría no haber citado a Canard a causa del «resentimien-to [...] hacia el
oscuro profesor de matemáticas de instituto que había obtenido el
recono-cimiento que a ellos les denegó constantemente la prestigiosa institución
científica» (Ingrao e Israel, 1987, p. 67). Jaffé (1983), pp. 297-299, recordó
también a Jean-Jacques Burla-maqui (1697-1748), profesor de derecho en Ginebra,
ampliamente citado en los escritos del padre de Walras; pero al mismo tiempo
destacó los límites de todas estas anticipacio-nes (incluidas las de Turgot,
Condillac y Nassau Senior) en comparación con una formu-lación rigurosa del
principio de la utilidad marginal.
Léon Walras 433
ras desarrolló, entre otras cosas, algunos de los conceptos que
más tarde utilizó su hijo, como el del patrón de medida,7 la distinción entre
bienes de capital y sus servicios, y la distinción entre capitalista y
empresario. El capitalista es el propietario de los bienes de capital; el
empresario opera como un intermediario entre el mercado de factores productivos
y el de productos, comprando los servicios de los factores de producción,
coordi-nando su utilización y vendiendo el producto así obtenido (una concep-ción
del empresario que Walras padre tomó de Say).8
Aparte de su padre, los principales precursores del desarrollo
de la teo-ría walrasiana del equilibrio económico general se encuentran en un
campo de investigación completamente diferente, a saber, la física, en
par-ticular la mecánica, con su teoría del equilibrio estático. Es notable la
importancia, en los estudios de Léon, del texto Éléments de statique (1803) del
físico Louis Poinsot.9
Del padre al hijo. Marie Esprit Léon Walras, uno de los
economistas más conocidos y menos leídos de todos los tiempos, nació el 16 de
diciem-bre de 1834 en Évreux (Francia), y murió el 5 de enero de 1910 en
Clarens (Suiza).10 Su padre lo inscribió en la renombrada École Polytechnique,
pero Léon no consiguió ser admitido (debido, según parece, a una preparación
matemática defectuosa), y se matriculó en la École des Mines. Muy pronto, sin
embargo, abandonó sus estudios de ingeniería para dedicarse a la litera-tura y
el periodismo; publicó una novela (Francis Sauveur, 1858), trabajó en el
Journal des Économistes y La Presse, fue empleado (oficinista) de
ferroca-rriles, coeditor con Léon Say de una revista cooperativista, Le Travail
(1866-1868), administrador de un banco cooperativo (que quebró en 1868) y
con-ferenciante pagado. Finalmente, después de muchos intentos fallidos en
Francia, en 1870 obtuvo un puesto de profesor en la Academia (después
El numerario es
la mercancía elegida como patrón de medida de los precios. El tér-mino dinero
designa los medios de cambio; puede ser la misma mercancía elegida como
numerario, o una mercancía diferente, o el papel moneda inconvertible.
8 Sobre la influencia
del padre de Walras, cf. por ejemplo, Howey (1989), pp. 28-
Sin embargo,
Howey destacó que el problema abordado por el padre de Walras es el de la causa
del valor, no el de la determinación de los precios relativos o el de la
función asig-nadora de los precios.
9 Sobre la influencia de Poinsot, cf. Walker (1996), pp. 4 y 36.
Walras utilizó la octa-va edición del texto de Poinsot, publicada en 1842.
10 Sobre su vida véase
la «Notice autobiographique» escrita en 1909 (Walras, 1965b).
434 Equilibrio
económico general
Universidad) de Lausana, en Suiza, y al año siguiente fue
nombrado para la cátedra de Economía Política. Casado en 1869 después de un
largo período de convivencia del que nacieron dos hijas, Walras tuvo que
realizar diversos trabajos adicionales (colaboración en revistas y
enciclopedias, asesoría en una empresa de seguros) a fin de completar su escaso
sueldo como profesor durante la larga enfermedad de su primera esposa, que
murió en 1879. Cinco años después, Walras se casó de nuevo, alcanzando finalmente
una sólida posición económica; pero sólo en 1892, gracias a una herencia de su
madre, pudo pagar las deudas contraídas para financiar la publicación de sus
escritos.11 Al mismo tiempo, con sólo cincuenta y ocho años, Walras renun-ció a
su cátedra porque se sentía cansado y para concentrarse en la investi-gación;
apoyó el nombramiento de Pareto como su sucesor.
La principal obra de Léon fueron los Éléments d’économie
politique pure (1874; segunda parte, 1877; cuarta edición, 1900; la edición que
se usa comúnmente hoy es la traducción inglesa de Jaffé, 1954, de la edición
fran-cesa «definitiva» de 1926, que en muchos aspectos importantes es
completa-mente diferente de la primera edición).12 El programa de investigación
origi-nal del economista francés comprendía otros dos volúmenes después del que
trataba la teoría pura: uno relativo a economía aplicada y el otro a economía
social. En su lugar, tenemos dos colecciones de ensayos: los Études d’économie
sociale (1896) y los Études d’économie politique appliquée (1898).13
En 1901, Walras
estimó que había gastado 50 000 francos, más de diez veces su sueldo anual más
alto, en la difusión de sus teorías: cf. Walras (1965a), vol. 3, p. 187.
Las diferencias
entre las diversas ediciones de los Éléments son vigorosamente des-tacadas por
Walker (1996), un volumen que utiliza y reelabora una serie de artículos sobre
Walras publicados originalmente entre 1984 y 1994. En el desarrollo del
pensamiento de Walras, Walker distingue una primera etapa creativa (1872-1877),
una etapa de madurez (desde 1878 hasta mediados de la década de 1890, que
incluye la segunda y la tercera edi-ciones de los Éléments, 1889 y 1896,
respectivamente) y finalmente una etapa de declive (que incluye la cuarta
edición de 1900 y la edición «definitiva» de 1926). Walker observa que sólo en
esta última etapa introdujo Walras las llamadas «opciones escritas» (written
pledges); el término francés utilizado por Walras es bons; la traducción
inglesa de Jaffé usa tickets y la italiana de A. Bagioti buoni, con alguna
imprecisión; sobre el significado del tér-mino francés cf. Walker (1996), p.
331. Los written pledges son importantes en cuanto que permiten evitar el
desequilibrio en las decisiones de producción.
Para una
bibliografía de los escritos de Walras, cf. Walker (1987). Está en marcha la
publicación de una edición completa de los escritos económicos de Auguste y
Léon Wal-ras, en catorce volúmenes, siendo el editor Economica de París; el
vol. 8 (1988) es una edi-ción crítica de los Éléments que indica las variantes
entre las sucesivas ediciones.
Léon Walras 435
El plan de la obra original partía de una distinción, en el
campo de los fenómenos económicos, entre a) las «leyes del intercambio»,
asimiladas a leyes naturales semejantes a las que estudia la física, aunque
referidas a «hechos de la humanidad» más que a «hechos naturales», que eran
objeto de la economía pura; b) la producción de la riqueza (división del
trabajo, organización industrial), que era el objeto de la economía aplicada; y
c) problemas de distribución, que implicaban también cuestiones éticas, que
constituían el objeto de la economía social. Los tres campos en los que se
subdividía la obra del economista suponen tres tipos diferentes de trabajo
analítico, con distintos niveles de abstracción y diferentes conexiones con
otros ámbitos de investigación: mayor proximidad a las ciencias naturales y
particularmente a la física para la economía pura, a las ciencias sociales para
la economía aplicada, y a la filosofía para la economía social. Parale-lamente
a esta tripartición, entre otras cosas, estaba la distinción entre el supuesto
teórico de la libre competencia absoluta, las condiciones compe-titivas de los
mercados reales y, finalmente, el «principio» de la libre com-petencia
(entendido no sólo como comprensivo de la optimalidad teórica de la competencia
perfecta, sino también de su realización concreta y de su equidad).
En la edición «definitiva», los Éléments se dividían en tres
partes. Des-pués de una parte introductoria sobre la definición de economía
política y economía social, tenemos una secuencia paso a paso: la parte 2 se
refiere a la teoría del intercambio entre dos mercancías,14 la parte 3 extiende
el aná-lisis al caso de más mercancías; seguidamente encontramos la producción
(parte 4), la acumulación y el crédito (parte 5), el dinero (parte 6), el
cre-cimiento y la crítica de las teorías anteriores (en particular, la teoría
«ingle-sa» —esto es, la de Ricardo y John Stuart Mill— relativa a precio, renta
de la tierra, salarios e interés: parte 7), el monopolio y los impuestos (parte
8).
Subyaciendo a esta construcción hay una representación
estilizada de la economía de mercado, que adopta la Bolsa de París como
arquetipo (ya estudiada en Walras, 1867, y después de nuevo en Walras, 1880,
donde destacaba en particular la ausencia de intercambios a precios que no fue-
A diferencia de
lo que Niehans (1990), p. 211, sostiene, éste no es un análisis del equilibrio
parcial, sino un análisis del equilibrio general referido a un sistema muy
simplificado.
436 Equilibrio
económico general
ran de equilibrio). La tradición de las bolsas continentales,
que hasta pocos años antes las había diferenciado de las anglosajonas, se
basaba en un subastador que tenía que vocear sucesivamente los diversos
valores, pro-poniendo un precio para cada uno de ellos, y averiguar la
correspondien-te demanda y oferta. Entonces se ajustaba el precio, aumentándolo
cuan-do la demanda era mayor que la oferta y reduciéndolo en el caso opuesto.
Tal proceso de ajuste continuaba hasta que se alcanzaba un equilibrio entre
oferta y demanda; los intercambios reales sólo tenían lugar cuando se lle-gaba
a esta situación.15
El funcionamiento de la bolsa se tomaba como arquetipo del
merca-do libremente competitivo, que según Walras constituía al mismo tiem-po
un supuesto analítico y un ideal normativo cuya optimalidad tenía que
demostrarse.16 Existe una tensión entre el lado interpretativo y el lado
normativo en el análisis de Walras (como en la mayoría de sus segui-dores).
Algunas lecturas de su obra se centran sólo en un aspecto, sacrifi-cando así el
otro. Sin embargo, la mayoría de los intérpretes de Walras
En cambio, las
bolsas anglosajonas se basaban en el continuous trading, un modo de operar que
también han adoptado recientemente las bolsas continentales (la bolsa ita-liana
lo hizo entre 1992 y 1993), y que como veremos constituía el término de
referen-cia de la teoría de Marshall, así como de la de Hicks. De todos modos,
tenemos que des-tacar que en el marco de la teoría del intercambio de Walras
sólo tenía lugar una vez que se alcanzaban los precios que aseguran el
equilibrio entre la demanda y la oferta simul-táneamente en todos los mercados;
puesto que las funciones de demanda dependen simultáneamente de los precios de
todos los bienes (mientras que en el modelo del inter-cambio puro las
cantidades disponibles de los diversos bienes son datos del problema), no
podemos considerar que se alcance el precio de equilibrio de una mercancía
simple-mente porque se establezca la igualdad entre su demanda y su oferta, si
no se ha esta-blecido también el equilibrio para todas las demás mercancías.
Pasando por alto estas dificultades, Walker (1996) destaca repetidamente la
riqueza de detalles que Walras pro-porcionó sobre los mecanismos de mercado
considerados en su análisis, especialmente en comparación con el breve
tratamiento que hizo Marshall del «mercado de granos» en sus Principles y con
la naturaleza totalmente abstracta (en el sentido de ausencia de cualquier
referencia al mundo concreto) de la moderna teoría axiomática del equilibrio
económi-co general.
En el plano
político, Walras fue un pensador progresista, que propuso el coope-rativismo
más que la lucha de clases y que persiguió ideales de justicia social, por
ejem-plo con la propuesta de nacionalizar la tierra y atribuir la renta al
Estado. Sobre la rela-ción entre la competencia y el papel del Estado en
Walras, cf. Ingrao y Ranchetti (1996), p. 284.
Léon Walras 437
adoptan una posición intermedia entre los dos extremos, con sólo
dife-rencias de énfasis en la importancia relativa del análisis normativo y del
análisis interpretativo.17
Intentemos proporcionar una representación imprecisa del
análisis de Walras; al hacerlo, sin embargo, la fidelidad al texto de Walras se
sacrifica en algunos aspectos a la sencillez de la exposición.18
En lo que se refiere al modelo del intercambio puro, los datos
del pro-blema consisten en el número de mercancías y de agentes económicos, en
sus preferencias y en las dotaciones de cada mercancía para cada agente. Las
preferencias se expresan por funciones de demanda individuales de los
diferentes bienes, que Walras derivó de las funciones de utilidad.19 Para
Así, por
ejemplo, Jaffé destacó el aspecto normativo (véanse los ensayos reunidos en
Jaffé, 1983), mientras que Schumpeter (1954), Morishima (1977) y Walker (1996),
pp. 31-52, centraron su atención en la naturaleza descriptiva del análisis de
Walras. Estas diferencias se extienden también al análisis del tâtonnement,
interpretado alternativamente o (con gran cautela) como una construcción
esencialmente atemporal o como una repre-sentación analítica de un proceso
real; esta última interpretación posiblemente subvalora (o deja de lado) las
dificultades analíticas que surgen a lo largo de este camino. Si tenemos
presentes tales dificultades, de las que Walras no fue del todo consciente,
podemos alegar una tercera interpretación, intermedia entre las dos primeras: a
saber, que Walras había par-tido del análisis de los procesos reales y después
había cambiado gradualmente (y parcial-mente), yendo en la dirección de una
construcción atemporal.
De todos modos,
esto es verdad para prácticamente todas las ilustraciones de la teoría
walrasiana, muchas de las cuales se refieren principalmente a la construcción
de un puente entre ella y los posteriores desarrollos teóricos. Entre éstas,
hemos de recordar por lo menos los importantes escritos de Napoleoni (1965) y
Morishima (1977).
Con la ayuda,
en este aspecto, de un colega de la Academia de Lausana, Antoine Paul Piccard:
cf. Walras (1965a), vol. 1, pp. 309-311, y Jaffé (1983), pp. 303-304. Walras
consideraba la utilidad como medible: un punto sobre el que su sucesor Pareto
discrepó. También suponía «que la utilidad que un consumidor obtiene de
cualquier mercancía es independiente de la cantidad que consume de otras
mercancías» (Walker, 2003, p. 279). De todos modos, Howey 1989, p. 38, destacó
la tendencia de Walras a soslayar tanto como fuera posible el problema de la
mensurabilidad de la utilidad. Ingrao e Israel (1987) desta-can que para Walras
«aunque no es numéricamente mensurable, la “satisfacción” es una magnitud
cuantitativa» (ibíd., p. 157; cf. también p. 147 y pp. 166-168, donde se
recuer-da la distinción establecida por Walras entre «datos físicos» y «datos
psíquicos»; con esta distinción —o mejor, con la distinción «entre hechos
externos y hechos íntimos»— Ingrao y Ranchetti, 1996, pp. 306 y ss., relacionan
la existente «entre la aplicación analítica y la aplicación numérica de las
matemáticas»; también destacan que Walras siempre se mostró hostil ante la
aplicación del cálculo numérico en la economía pura, y de ahí ante el
utilita-rismo benthamita, mientras que en la estela de Descartes creía que las
matemáticas consti-tuían la forma necesaria de cualquier conocimiento
científico verdadero). Una compren-
438 Equilibrio
económico general
cada individuo tenemos, pues, una restricción presupuestaria,
que asegura la igualdad entre el valor de los bienes que demanda y los recursos
de los que puede disponer. La solución de equilibrio para los precios relativos
de las diferentes mercancías y para las cantidades de cada una de ellas,
adqui-ridas y vendidas por cada individuo, se define analíticamente como
solu-ción de un sistema de ecuaciones, por medio de la ilustración de un
pro-ceso de ajuste (tâtonnement) que se entiende como una representación
idealizada de lo que tiene lugar en la realidad en condiciones competiti-vas.20
De acuerdo con dicho proceso, el sistema comienza con un precio inicial crié au
hazard (dado aleatoriamente por un subastador); después se comparan los
correspondientes niveles de demanda y oferta, y el precio «voceado» se cambia
hasta que se alcance un equilibrio; sólo entonces se efectúan los
intercambios.21
El modelo analítico es sencillo. Ante todo, como se indicó más
arri-ba, para cada individuo tenemos tantas funciones de demanda como
mer-cancías; cada función expresa la demanda de cada individuo para cada
mercancía como una función del precio de la propia mercancía y de todos los
demás precios —que son incógnitas por determinar—, además de las dotaciones
iniciales de las distintas mercancías de las que dispone el indi-viduo (y que,
multiplicadas por sus precios, determinan la renta disponi-ble por éste). Se
supone que estas funciones son independientes y perma-necen invariables en el
curso del proceso de ajuste hacia el equilibrio;
sión más clara de los límites de la noción cardinal de la
utilidad —observan Ingrao y Ran-chetti 1996, pp. 310-314— la propuso el famoso
matemático Jules-Henri Poincaré (1856-1912), en una carta a Walras (traducción
italiana en Ingrao y Ranchetti (1996), pp. 336-
de septiembre
de 1901; en particular, Poincaré «identifica los dos postulados fundamentales
de la teoría económica de Walras [...] en los supuestos de comportamiento
perfectamente egoísta y de previsión perfecta, y concluye: “El primer supuesto
sólo puede admitirse como una primera aproximación, pero el segundo
posiblemente plantea algunas reservas”» (Ingrao y Ranchetti, 1996, p. 312).
20 La competencia se identifica aquí con la ausencia de
obstáculos o fricciones en el flujo de órdenes de compra o de venta que
convergen en el mercado: cf. Jaffé (1983), p. 291.
21 La interpretación tradicional atribuye a un «subastador» la
responsabilidad de indi-car el precio inicial y de cambiarlo; Walker (1996, pp.
55-57, 82-89, 263-267) sostiene que en opinión de Walras todos los agentes
profesionales en un mercado autorizado pueden asumir este papel, intercambiando
opciones orales (promesas) de vender o comprar en el caso de que el precio
«voceado» por el subastador sea el precio de equilibrio (como ya se indicó, las
written pledges sólo se introdujeron en la cuarta edición de 1900).
Léon Walras 439
además, la cantidad demandada disminuye cuando aumenta el precio
de la mercancía que se considera, permaneciendo sin cambios todas las demás
variables. Para cada mercancía, las funciones de demanda de los diferentes
individuos se suman; así llegamos a definir unas funciones de demanda agregada,
una para cada mercancía. A las restricciones presupuestarias del individuo
corresponde un sistema de ecuaciones que expresan las condi-ciones del
equilibrio agregado: esto es, para cada mercancía la cantidad demandada es
igual a la cantidad ofrecida. Tenemos así dos grupos de ecuaciones: las
funciones de demanda y las condiciones de equilibrio; en cada uno de los dos
grupos, el número de ecuaciones es igual al número de mercancías. La «ley de
Walras» nos recuerda, por lo tanto, que una de estas ecuaciones puede deducirse
de las otras (a saber, que si n–1 mercados están en equilibrio, lo mismo vale
necesariamente para el mercado n-ésimo). Si hay n mercancías, pues, las
ecuaciones independientes son 2n–1. Tenemos entonces un número de ecuaciones
independientes igual al número de incógnitas que determinar (los n–1 precios
relativos, esto es, los precios de las diversas mercancías en términos de uno
de ellos que se escoge como patrón de medida, y las n cantidades de las diferentes
mer-cancías demandadas en el sistema en su conjunto). Evidentemente, una vez
determinados los precios, también se determinan las cantidades de cada
mercancía adquiridas o vendidas por cada individuo, sobre la base de las
funciones individuales de demanda. El resultado, análogo a los publi-cados tres
años antes por Menger y Jevons, es que los precios de las diver-sas mercancías
son proporcionales a sus rarétés, o utilidades marginales.
Walras era consciente del hecho de que la mera igualdad entre el
número de ecuaciones y el número de incógnitas no aseguraba por sí misma
soluciones económicamente significativas para las variables que había que
determinar; esta función esencial se confiaba, de hecho, implí-citamente a la
ilustración del proceso de tâtonnement que pretendía asegu-rar la estabilidad
del equilibrio. En el caso del intercambio puro, como en los pasos siguientes,
en los que se consideraban gradualmente intercambio y producción, acumulación y
dinero, el análisis de la estabilidad era una parte integral de la teoría
walrasiana: en opinión de Walras, como para todos los demás fundadores del
enfoque marginalista, un equilibrio ines-table no constituía una solución
aceptable del problema de representación del funcionamiento de los mercados. En
cada caso, pues, el análisis del equilibrio y de su estabilidad iba seguido de
un análisis de estática com-
440 Equilibrio
económico general
parativa, dirigido a identificar lo que sucede cuando algunos
datos del pro-blema —la dotación inicial de alguna mercancía, o las
preferencias del consumidor— cambian.22
En el caso del modelo de producción e intercambio, cada
individuo dis-pone de unas dotaciones dadas de lo que podemos llamar bienes de
capi-tal en sentido amplio: tierra, bienes de capital propiamente dichos,
bienes de capital personal (capacidades). Además, las funciones de producción
son conocidas, y expresan las cantidades producidas de las diferentes
mer-cancías como funciones crecientes de las cantidades utilizadas de los
servi-cios de los diversos factores productivos. Inicialmente, en aras de la senci-llez,
tales funciones se basan en el supuesto de coeficientes técnicos fijos, que
implica la ausencia de sustituibilidad entre los diferentes factores de
producción y rendimientos constantes a escala. Junto con los mercados de las
mercancías tenemos ahora los mercados de los servicios de los factores
productivos, que son «alquilados» por sus propietarios a los empresarios. El
papel de estos últimos es el de adquirir tales servicios, organizar el pro-ceso
productivo y vender las mercancías producidas. La competencia ase-gura que los
empresarios no obtienen beneficio alguno, aparte del «salario de dirección» que
se incluye en los costes de producción.23
Por lo tanto, tenemos un nuevo grupo de ecuaciones, tantas como
mercancías, que asegura para cada bien de consumo la igualdad entre sus costes
de producción y el valor del producto. Además, tenemos un grupo de funciones de
demanda de los servicios de los bienes de capital, tantas como bienes de
capital; la demanda de cada servicio corresponde a la can-tidad de éste que se
emplea en los procesos productivos del conjunto, y se expresa, por lo tanto,
como una función de la tecnología (dicho con mayor precisión, de los
coeficientes técnicos de producción) y de los nive-
El análisis de
la estabilidad, y en general de los procesos de desequilibrio, es esen-cial
para Walras. Sobre este punto cf. por ejemplo, Walker (1996), pp. 26-27, 263,
271-
Ingrao y
Ranchetti (1996), p. 281, también destacan que, según Walras, la conver-gencia
hacia el equilibrio tiene lugar con extrema rapidez. Walker (1996), p. 67,
demuestra que Walras, después de declararse «seguro» de la convergencia en
1874, siguiendo una dis-cusión epistolar con Wicksteed en 1899 pasó a
considerar que la convergencia sólo era «probable».
Sobre el papel
de los empresarios en el modelo de Walras, cf. Walker (1996), pp. 280-287.
Léon Walras 441
les de producción de los distintos bienes de consumo. Otro grupo
de ecua-ciones (una vez más, tantas como bienes de capital) expresa la
condición de equilibrio en los mercados de los servicios de bienes de capital
como igualdad entre la cantidad demandada y la cantidad disponible para cada
servicio.24 Las ecuaciones adicionales se corresponden en número a las
incógnitas adicionales: los precios de los servicios de los bienes de capital,
en términos de la mercancía escogida como patrón de medida, las canti-dades
demandadas de cada servicio y las cantidades producidas de los dife-rentes
bienes de consumo.
El proceso de ajuste al equilibrio, o tâtonnement, es en este
caso evi-dentemente mucho más complejo que en el caso del modelo de
inter-cambio puro. Walras intentó esbozar con precisión los diferentes aspectos
de dicho proceso, y en las posteriores ediciones de los Éléments su análi-sis
experimentó cambios importantes. Así, por ejemplo, la tercera edición (1896)
prevé intercambios de los servicios de bienes de capital incluso a precios
distintos de los de equilibrio: la producción puede tener lugar en desequilibrio,
pudiendo ser diferentes el precio y el coste medio, y gene-rar beneficios o
pérdidas para las diferentes empresas, a consecuencia de lo cual se expansionen
o se reduzcan, entren o salgan del mercado, aun-que permaneciendo constante la
dotación de los diferentes bienes de capital.25 Es probable que fuera
precisamente para superar los defectos que presentaba tal solución cuando se
pasaba al modelo con acumula-ción, por lo que Walras se decidió a introducir el
mecanismo de los writ-ten pledges en la cuarta edición de 1900. Sin embargo,
este mecanismo, aparte de ser decididamente menos realista, dado que excluía
cualquier
Recordemos que
en el modelo de producción e intercambio no existe producción de nuevos bienes
de capital, los cuales se supone que duran para siempre y que tienen una
eficiencia independiente de su edad. Recordemos también que en terminología
walrasiana los bienes de capital incluyen bienes de capital propiamente dichos,
tierra y bienes de capi-tal personal (capacidades laborales).
Cf. Walker
(1996), pp. 129-154. La ausencia de mercados de bienes de capital (además de
los mercados de sus servicios), así como la ausencia del ahorro y la
acumula-ción, son necesarias a fin de evitar contradicciones en esta
representación analítica del pro-ceso de ajuste, especialmente para evitar que
los valores de equilibrio de las variables depen-dan de la senda de ajuste
seguida por los precios de los servicios de los bienes de capital (Walker,
1996, p. 153).
442 Equilibrio
económico general
transacción fuera de la situación de completo equilibrio, creaba
más pro-blemas de los que resolvía.26
Walras abordó después el tercer modelo, con acumulación y
crédito. En otras palabras, pasó al caso en el que también los bienes de
capital pue-den ser producidos, y, por lo tanto, al tema de la acumulación de
capital. Era en esta etapa, antes de tener en cuenta el dinero, en la que se
introdu-cía el problema del crédito: nos enfrentamos así con la demanda y
oferta de crédito en términos reales, es decir, en términos de la mercancía
esco-gida como patrón de medida.
A fin de tratar este problema, Walras introdujo una mercancía E
(épargne, esto es, ‘ahorro’), que posee la característica de producir una renta
anual perpetua igual a una unidad de la mercancía elegida como patrón, y que
tiene, por lo tanto, un precio igual a la inversa del tipo de interés. Esta
mercancía es demandada por aquellos que desean invertir en la compra de nuevos
bienes de capital (los empresarios), y es ofrecida por quienes deci-den ahorrar
(los capitalistas). La demanda y oferta de esta mercancía depen-de, pues, por
una parte, de las preferencias de los agentes económicos por un consumo
corriente, más que por un consumo futuro, y, por otra, del rendimiento de la
inversión en nuevos bienes de capital. La condición de igualdad entre la
demanda y la oferta de la mercancía E constituye una ecuación adicional, que
corresponde a la incógnita adicional representada por el precio de la mercancía
E (o su inverso, el tipo de interés).
Además, en equilibrio el precio de oferta de los bienes de
capital que se producen (el cual viene dado por su coste de producción) debe
ser igual a su precio de demanda, que corresponde a su rendimiento neto,
descon-tado sobre la base del tipo de interés implícito en el precio de la
mercan-
Cf. Walker
(1996), pp. 321-395. Walker considera que el modelo de la cuarta y quinta
ediciones de los Éléments es decididamente inferior al de la tercera,
subvalorando los límites de esta última, que se han recordado en la nota
anterior. Además, destaca que los economistas de la generación inmediatamente
siguiente a la de Walras, en particular Pare-to y Edgeworth, utilizaron como
referencia principalmente el modelo de la tercera edición, mientras que el
modelo con los written pledges sólo adquirió un papel dominante en la etapa
posterior de la teoría axiomática del equilibrio general; Edgeworth es también
uno de los primeros autores que destacó los problemas de dependencia de la
senda implícitos en la representación de un modelo dinámico que también permite
intercambios fuera de la situación de completo equilibrio. Sobre el debate
entre Walras y Edgeworth acerca de este punto, cf. Walker (1996), pp. 302-315.
Léon Walras 443
cía E. En lugar de esto, es posible definir, para cada bien de
capital, un tipo de rendimiento, que viene dado por la renta neta (igual a la
renta bruta, esto es, al precio del servicio del bien de capital que se
considera, menos el coste de amortización y seguro) dividida por el precio del
bien de capi-tal. La inversión en los diferentes bienes de capital produce el
mismo tipo de rendimiento, que a su vez es igual al tipo de interés que lleva
al equili-brio entre la demanda y oferta de la mercancía E, es decir, el
ahorro. Ade-más, para cada bien de capital en equilibrio la demanda debe ser
igual a la oferta. Si en la situación inicial un bien de capital produce un
tipo de ren-dimiento más alto que el de otros bienes de capital, se demuestra
benefi-cioso aumentar su producción, y de ahí su oferta. Esto provoca una
reduc-ción de su precio, hasta el punto en que su tipo de rendimiento ha
disminuido hasta el mismo nivel que los tipos de rendimientos de los otros
bienes de capital. Y a la inversa, aquellos bienes de capital para los que el
precio de demanda resulta ser menor que el precio de oferta, no se produ-cirán,
y su precio será igual al valor actual de las rentas esperadas de la venta de
sus servicios.27
Este modelo también experimentó cambios importantes, con un
aná-lisis más detallado en la transición de la primera a la segunda y tercera
edi-ciones, y con modificaciones adicionales en la cuarta y quinta ediciones.
El dinero se introdujo en una cuarta etapa del análisis, como un
puen-te requerido por los agentes económicos para cruzar los intervalos de
tiem-po entre desembolsos e ingresos. Por lo tanto, el dinero se consideraba
como una de las dos clases de capital circulante, junto con los medios de
producción no duraderos. La demanda neta de saldos monetarios depen-día del
nivel del tipo de interés que representaba su coste de oportuni-dad.28 También
en esta etapa del desarrollo de su teoría, Walras siguió con el supuesto de
ausencia de incertidumbre en los estados de equilibrio. En
Sobre este
modelo, ya criticado por Bortkiewicz y Edgeworth (cf. Walker, 1996, pp.
211-234), se ha producido en Italia un interesante debate
interpretativo-teórico, al que han contribuido Pierangelo Garegnani, Augusto
Graziani, Domenico Tosato, Enrico Zag-hini y otros. Para una perspectiva
general de este debate y las referencias bibliográficas, cf. Tiberi (1969).
También el
análisis del dinero experimentó cambios notables en la transición de la tercera
a la cuarta ediciones de los Éléments; para una ilustración de las dos etapas,
cf. Wal-ker (1996), pp. 235-255 y pp. 399-419, respectivamente.
444 Equilibrio
económico general
consecuencia, la teoría monetaria de Walras no se prestaba a
analizar el ciclo como una secuencia de desequilibrios con un origen en los
fenóme-nos monetarios: una clase de análisis que caracterizaba la tradición
oral del Cambridge de Marshall y después las obras de los discípulos de
Marshall, como también la escuela austríaca con Mises y Schumpeter, y más tarde
con Hayek. En conjunto, surge una contradicción insuperable entre la naturaleza
estática del equilibrio económico general walrasiano y el inten-to de hacer
posible una noción de dinero que es algo distinta y más amplia que un simple
patrón de medida.29 Vale la pena destacar que éste no es un aspecto secundario:
de hecho, se introduce penetrantemente en el enfoque de los límites heurísticos
del enfoque walrasiano y de toda la línea de investigación que tiene su origen
en él.
A pesar de los muchos años que dedicó Walras a completar y
refinar su gran edificio teórico, incluso aparte de los temas que se refieren a
la definición de los activos institucionales y de los comportamientos que
subyacen en los sistemas formales de ecuaciones,30 quedan por resolver varios
problemas decisivos. Éstos se refieren no sólo a las dificultades que halló en
lo que para él no eran más que aproximaciones sucesivas, la intro-ducción de la
acumulación y el dinero. Como veremos en los siguientes apartados, se mantienen
abiertas cuestiones analíticas decisivas: la demos-tración de la existencia,
unicidad y estabilidad de las soluciones. En efec-to, en sus intentos en esta
dirección pareció confundir las cuestiones de la existencia y unicidad del
equilibrio. En conjunto, Walras construyó los fundamentos conceptuales y
analíticos de la teoría del equilibrio econó-mico general, pero no consiguió
completar su análisis, ni siquiera provi-sionalmente.
Esta tarea la intentaron sucesivas generaciones de estudiosos.
Sin embargo, como veremos, los resultados se mantendrán a cierta distancia de
las esperanzas que habían alimentado los esfuerzos de Walras: ni la
esta-bilidad, ni la unicidad del equilibrio económico general, ni siquiera para
el modelo más sencillo del intercambio puro, pueden demostrarse en con-
Bridel (1997)
proporciona una cuidadosa reconstrucción analítica de los intentos de Walras (y
de Pareto) para introducir el dinero en la teoría del equilibrio económico
general, y de su fracaso.
Éste es un
aspecto repetidamente considerado por Walker (1996).
Vilfredo Pareto y la escuela de Lausana 445
diciones suficientemente generales.31 Dados los objetivos que se
había fija-do, podríamos decir que, a pesar de la sofisticación de muchas
contribu-ciones posteriores, si Walras hubiera conocido este resultado, habría
teni-do que considerar que había perdido su apuesta al iniciar la nueva
corriente de investigación centrada en el equilibrio económico general.
12.3. Vilfredo Pareto y la escuela de Lausana
Cuando se retiró de la cátedra de Lausana en 1892, Walras se
asegu-ró de que un ingeniero de cuarenta y cinco años, Vilfredo Pareto, fuera
nombrado en su lugar.
Nacido en París en 1848, hijo de un marqués genovés exiliado por
ser seguidor de Mazzini, Pareto estudió ingeniería en la Universidad de Turín,
donde se graduó en 1870. Después trabajó como ingeniero de ferrocarriles y como
director adjunto y director general de las Ferriere Italiane en Florencia.
Obligado a renunciar en 1890, cuando la compañía sufrió una crisis, comen-zó a
interesarse por la economía al leer los Principii di economia pura de
Pan-taleoni, y después los escritos de Walras; sólo en 1892 publicó sus
primeros artículos en el Giornale degli economisti. La actividad de estudioso a
tiempo completo sólo comenzó con el nombramiento en Lausana. En 1896-1897,
reuniendo y ampliando sus conferencias, publicó, en dos volúmenes, el Cours
d’économie politique, ampliamente dedicado a digresiones eruditas que
anun-ciaban sus escritos sociológicos, mientras que sólo la primera parte se
dedica-ba a una ilustración de la teoría de Walras. Su principal obra en
nuestro campo es el Manuale di economia politica (1906), en particular el
apéndice matemático a la edición francesa de 1909. Los otros escritos conocidos
se refieren a la sociología: Les systèmes socialistes, que datan de 1901-1902,
y los dos volúmenes del Trattato di sociologia generale, de 1916.32
La unicidad del
equilibrio es importante para mantener la validez general de los análisis de
estática comparativa, que de otro modo se reducen a un contorno limitado de la
solución de equilibrio.
Las Œuvres
complètes de Pareto han sido publicadas en treinta volúmenes, editados por
Busino (1964-1989). Una bibliografía de Pareto, preparada por Gabriele Da Rosa,
ha sido publicada como apéndice a Pareto (1960), vol. 3, pp. 471-542. La
correspondencia de Pareto llena cinco volúmenes: Pareto (1960), 3 vols. (su
correspondencia con Pantaleoni) y Pareto (1973), 2 vols., que incluye una
cuidada bibliografía cronológica (ibíd., vol. 1, pp. 101-143).
446 Equilibrio
económico general
Considerablemente enriquecido por una herencia en 1898, Pareto
se casó un año después con una condesa de origen ruso, que lo abandonó dos años
después, fugándose con su joven cocinero. El profesor de Lausana se trasladó
entonces a Céligny, en Suiza, y en 1907 renunció a su cátedra, viviendo solo
hasta su muerte en 1923.33 Acababa de ser designado sena-dor por Mussolini,
pero, aunque sus opiniones se habían hecho cada vez más conservadoras con la
edad, hubiera sido demasiado un aristócrata aceptando enrolarse en el rebaño
fascista. Sólo dos días antes de su muer-te se casó con la compañera de los
últimos diecisiete años de su vida, la joven parisina Jeanne Régis, tratada
durante largo tiempo más como gobernanta que como esposa.
Sus contribuciones a la teoría económica consistieron esencial,
mas no exclusivamente, en la hábil aplicación de los instrumentos matemáti-cos
al enfoque del equilibrio económico general desarrollado por Walras.34 A medio
camino entre la economía y la sociología estaba la ampliamente conocida «ley de
Pareto», que se refiere a la distribución de la renta perso-nal. La «ley»
(Pareto, 1896) se resumía en una fórmula famosa:
Log N = log A – α log x,
en la que N es el número de familias con una renta por lo menos
igual a x, A es un parámetro que indica el tamaño de la población, α es un
paráme-tro estimado, generalmente igual a 1,5. La aparente aplicabilidad de
esta fórmula a distintas poblaciones y diferentes épocas parece indicar la
inde-pendencia de la distribución de la renta respecto de las vicisitudes
históri-
Otro italiano,
Pasquale Boninsegni (1869-1939) le sucedió en la cátedra de Lau-sana. Entre los
seguidores (raros) del enfoque del equilibrio económico general en sus eta-pas
iniciales, recordemos al primer discípulo francés de Walras, Albert Aupetit
(1876-1943), y al italiano Enrico Barone (1859-1924), conocido por su artículo
de 1908 sobre el «Ministro della pianificazione nello stato collettivista»,
pero responsable también de la introducción del instrumento analítico de la
«línea del presupuesto» (Spiegel, 1971, p. 557) y partidario fallido de una
reconciliación entre Walras y Pareto, que desde 1893 se habían enfrentado por
temas políticos y metodológicos (el liberalismo extremo de Pareto), más que
teóricos.
En este campo,
Pareto desarrolló principalmente el análisis de estática comparati-va y con él
«por primera vez, la pendiente de la curva de demanda se deducía de las
carac-terísticas de la función de utilidad» (Niehans, 1990, p. 266). Pareto fue
también el primer economista que estudió las «ondas largas» (cincuenta años),
bautizadas por Schumpeter como «ciclos Kondratief»: cf. Sylos Labini (1950).
Vilfredo Pareto y la escuela de Lausana 447
cas y sociales. En esto parece implícita una enseñanza moral,
análoga a la que se deduce de la «ley de la población» maltusiana: las
políticas dirigidas a mejorar las condiciones de vida de las clases pobres son
inútiles, puesto que éstas no pueden modificar una distribución de la renta que
es una «ley de la naturaleza», dependiendo como depende —según Pareto— de
dife-rencias innatas en la capacidad personal, distribuidas aleatoriamente
entre la población. Es importante recordar esta teoría no sólo por la fortuna
que tuvo, dando origen a una significativa corriente de investigación,35 sino
también para destacar la importancia que atribuía el economista y sociólo-go
Pareto al método experimental de las ciencias naturales, en particular de la
física, a la cual se refirió en más de una ocasión, en oposición a las
«socio-logías humanitarias» de Comte, Spencer y muchos otros.36
Las principales contribuciones analíticas relacionan el nombre
de Pareto con el abandono de la noción cardinal de la utilidad a favor de una
noción ordinal, y con la noción de óptimo de Pareto. Mientras que la noción de
utilidad cardinal suponía que la utilidad era una magnitud cuantitativa y
mensurable, la «utilidad ordinal» sólo implicaba una orde-nación de las
preferencias del agente, tal que podía representarse por una serie de curvas de
indiferencia. Por pares de bienes,37 cada una de tales cur-vas indica el lugar
geométrico de todas las combinaciones de cantidades consumidas de los dos
bienes que el consumidor considera equivalentes. En otros términos, la curva
indica cuánto tiene que aumentar el consumo de uno de los dos bienes para
compensar una reducción dada del consu-mo del otro bien.
Sobre este tema
cf. Corsi (1995).
Sobre estos
temas Pareto también tuvo, en 1900-1901, una polémica con Benedet-to Croce,
desarrollada a través de contribuciones al Giornale degli economisti. Croce
sostenía que «la economía no conoce de cosas y objetos físicos, sino sólo de
acciones», a saber, elec-ciones, hechos «de valoración (positiva o negativa)»;
por lo tanto, la economía pura no puede asimilarse a la mecánica racional, como
Pareto intentaba hacerlo. Este último contestó corri-giendo diversas
imprecisiones terminológicas de Croce; también recordaba que había parti-do del
principio utilitarista, pero que después lo había reemplazado por el hecho de
la elec-ción, tras haberse dado cuenta de que nadie puede medir un placer:
siguiendo el método deductivo había construido entonces una teoría pura sobre
la base de unos pocos principios. Pareto equiparaba la posición de Croce a la
de las ideas platónicas, y concluía la polémica afir-mando: «Yo no soy enemigo
de la metafísica, pero no la entiendo y, por lo tanto, no discuto sobre ella».
Cf. «La polemica Croce-Pareto», en Pareto (1960), vol. 2, pp. 391-393.
Para n bienes
tenemos superficies de indiferencia con dimensión n–1, en el espa-cio
n-dimensional de mercancías.
448 Equilibrio
económico general
De hecho, hubo precursores de ambas nociones: Irving Fisher para
la noción ordinal de la utilidad, y Francis Ysidro Edgeworth, con su «curva de
contrato» para la noción de óptimo de Pareto; Pareto le devolvió el favor
bautizando como «caja de Edgeworth» un instrumento analítico desarro-llado por
él, que Edgeworth no había utilizado nunca.38
En el Cours (1897-1897) Pareto propuso el término «ciencia de la
ofelimidad» (derivado del griego: ‘capacidad de un bien para satisfacer
necesidades’) para designar la teoría subjetiva del valor. De esta manera,
Pareto quería destacar —posiblemente siguiendo la estela de Menger— que su
teoría no trataba de un valor de uso considerado como una pro-piedad intrínseca
del bien económico, sino más bien de una valoración subjetiva de los resultados
de acciones dadas en el marco de una teoría pura de la elección de los agentes
racionales (en el sentido del homo oeco-nomicus, cuyo papel analítico se
asimilaba al del punto material en la mecánica).39 Sin embargo, sólo en el
Manuale de 1906 encontramos una ilustración sistemática de la teoría del
equilibrio general, en la línea de un manual de mecánica racional. Alrededor de
1898, Pareto abandonó la idea de la utilidad mensurable (utilidad cardinal).
Adoptando la noción de cur-vas de indiferencia, introducida por Edgeworth en
1881, Pareto dio pasos decisivos hacia la construcción de un sistema analítico
completo, en par-ticular esbozando los que más tarde se llamarían teoremas
fundamentales de la economía del bienestar, dirigidos a demostrar la
optimalidad de la eco-nomía de mercado en condiciones de competencia perfecta.40
Cf. Niehans
(1990), p. 265.
Cf. Donzelli
(1997). El abandono de la noción de utilidad cardinal («el supuesto hedonista»)
era una manifestación de la tendencia antimetafísica de Pareto; con su noción
ordinal de la utilidad pensaba que podía concentrar la atención en «el hecho
material de la elección». Cf. Tarascio (1973), pp. 145-151. Tarascio (ibíd., p.
156) recuerda también la distinción de Pareto entre utilidad (usada en el campo
psicológico para indicar la satisfac-ción derivada de fuentes económicas y no
económicas) y ofelimidad (usada en la teoría eco-nómica para designar las
satisfacciones derivadas exclusivamente de fuentes económicas).
Desarrollos
posteriores incluyen el famoso artículo de Slutsky (1915), seguido por Hicks y
Allen (1934), que proporcionaban todos los elementos importantes de una teoría
de la demanda basada en las curvas de indiferencia, y demostraban que no
implica la men-surabilidad de la utilidad. La teoría de la «preferencia
revelada» de Samuelson (1938) tra-taba de indicar cómo podían deducirse las
preferencias de los consumidores de la observa-ción de su comportamiento, de un
modo que proporcionara una teoría «operativa» de la demanda; esto implicaba,
desde luego, un supuesto fuerte de estabilidad en el tiempo de
Vilfredo Pareto y la escuela de Lausana 449
La noción de óptimo de Pareto designa una situación (dicho con
más precisión, una utilización específica de la dotación inicial de recursos)
tal que no puede modificarse para mejorar la posición de algún agente
eco-nómico sin empeorar la posición de, al menos, otro agente económico. Pareto
demostró que el equilibrio competitivo corresponde a un óptimo en este sentido.
Naturalmente, dada una multiplicidad de equilibrios
competitivos, y de ahí una multiplicidad de óptimos de Pareto, sería necesario
un criterio para las comparaciones interpersonales, a fin de localizar un
óptimo abso-luto. Además, el debate posterior, hasta los trabajos de Arrow y
Debreu ilustrados más arriba (§ 12.6), señaló las condiciones requeridas para
la validez de los dos «teoremas fundamentales de la economía del bienestar».
Tales teoremas, que especifican la relación que Pareto estableció entre el equilibrio
competitivo y la posición óptima de la economía, afirmaban a) que cada
equilibrio competitivo es Pareto-óptimo; y b) que cada óptimo de Pareto
corresponde a un equilibrio competitivo. Entre los supuestos utilizados para
demostrar los dos teoremas, recordemos la ausencia de externalidades, la
integridad de los mercados, la información perfecta y la previsión; el segundo
teorema requiere además la ausencia de rendimien-tos crecientes a escala. El
debate sobre la optimalidad (o eficiencia) de Pareto constituyó durante décadas
el núcleo central de la llamada econo-mía del bienestar.
Sin embargo, estos desarrollos se referían principalmente a la
etapa de construcción de una teoría axiomática del equilibrio económico general
(cf. más adelante § 12.6). En lo que a Pareto se refiere, podemos destacar como
conclusión que, como Walras, tampoco su sucesor en la cátedra de Lausana logró
dar los pasos decisivos con respecto a los temas cruciales de la existencia,
unicidad y estabilidad del equilibrio económico general. Tal
las preferencias de los consumidores, de manera que las
diferentes observaciones del com-portamiento de un consumidor pudieran
interpretarse como procedentes del mismo «mapa de preferencias». En el aspecto
empírico, Schultz (1938) analizó el consumo de bie-nes agrícolas; entre otras
cosas, intentó contrastar el supuesto del comportamiento racio-nal, pero los
resultados no fueron positivos; en general, «el proyecto de establecer
relacio-nes cuantitativas de demanda pareció no tener éxito» (Backhouse, 2003,
p. 313). Sobre la historia de la teoría de la demanda hasta 1950 cf. Stigler
(1950).
450 Equilibrio
económico general
vez fue este resultado, y su creciente conciencia de los límites
de la teoría económica pura —límites que se hacían más evidentes cuanto más
rigu-rosa era la teoría— lo que desplazó decisivamente los intereses de Pareto
hacia la sociología.
12.4. Irving Fisher
Entre los primeros economistas americanos de fama internacional,
encontramos a un representante del enfoque marshalliano dominante en Inglaterra
(John Bates Clark, de quien hablaremos más adelante, en el § 13.7) y a un
representante de la orientación matemática típica de la escuela
fran-co-italiana del equilibrio económico general, Irving Fisher (1867-1947).
Este último tuvo una formación matemática; gradualmente sus intereses se
desplazaron hacia la economía, y esta senda intelectual se vio favoreci-da por
las relaciones que estableció cuando, después de su matrimonio, pasó un año
viajando por Europa. Sus primeros trabajos se referían a la aplicación de las
matemáticas a la teoría económica del valor (como en su tesis de 1892 sobre
Mathematical investigations in the theory of value and prices [Investigaciones
matemáticas en la teoría del valor y los precios], reimpresa en 1925).41
Gradualmente, creció su pasión por los temas socia-les y políticos, y Fisher se
convirtió en un ferviente partidario de la estabi-lidad monetaria
(desarrollando en este contexto su teoría de los números índices y
convirtiéndose, en 1930, en el primer presidente de la Econo-metric Society) y
de otras muchas causas, desde el esperanto hasta la defensa del medio ambiente.
En el campo teórico, Fisher realizó contribuciones en diversos
frentes. Ante todo, desarrolló un análisis basado en la distinción entre stocks
y flu-jos, y propuso una definición de renta relacionada con los flujos de
servi-cios, que excluía el ahorro. Esto le llevó a apoyar la tesis (que se
remonta a William Petty, y que en Italia iba a encontrar un partidario en Luigi
Einaudi) de un sistema impositivo centrado en el gasto.
Hemos de
destacar que con estos trabajos Fisher se oponía a la entonces orienta-ción
dominante de los economistas americanos, entre los cuales predominaban el
histori-cismo y el institucionalismo, caracterizando, por ejemplo, el
nacimiento, en 1885, de la American Economic Association.
Irving Fisher 451
En segundo lugar, aunque utilizando para su exposición una
noción cardinal de la utilidad (con el nombre de utils para las unidades de
utili-dad), Fisher se anticipó a Pareto al proponer una teoría del equilibrio
del consumidor basada en la noción ordinal de la utilidad, observando que para
localizar la posición de equilibrio lo que importa es sólo la forma de las
curvas de indiferencia (un instrumento que, como se dijo más arriba, ya había
utilizado Edgeworth). En este contexto, parece que Fisher fue el primero que
usó «el familiar gráfico de las curvas de indiferencia convexas cortadas por la
línea del presupuesto».42
En tercer lugar, Fisher desarrolló una teoría del tipo de
interés en el marco de un modelo de equilibrio económico general, deduciéndolo
de la comparación entre el tipo de preferencia intertemporal de los agentes
eco-nómicos y el tipo marginal de sustitución temporal por el lado de la
pro-ducción. En este marco, Fisher propuso la idea de un sistema de tipos de
interés, tantos como mercancías, relacionados entre sí y con el tipo de
inte-rés monetario por los cambios esperados en los precios relativos: una visión
que más tarde desarrollaría de modo original Sraffa (1932) en su polémica con
Hayek, y que también desarrollaría Keynes en el capítulo 17 de su General
theory, pero que al mismo tiempo anunciaba los modelos de equilibrio general
intertemporal del tipo Arrow-Debreu.
Finalmente, la más conocida de las contribuciones de Fisher es
la lla-mada ecuación de cambio, o ecuación de Fisher, que constituyó el
funda-mento de la moderna teoría cuantitativa del dinero: MV = PQ, donde M es
la oferta de dinero, y V la velocidad de circulación (esto es, el número de
veces que el dinero cambia de manos por unidad de tiempo), mientras que PQ
designa el valor (igual al precio P multiplicado por la cantidad Q) de las
mercancías intercambiadas durante el mismo intervalo unitario de tiempo. Escrito
en términos de flujos de transacciones (con una diferencia en este aspecto
relativa a la «ecuación de Cambridge (o marshalliana)», como veremos en el §
13.5), esta ecuación es una identidad que dice que el dinero que fluye yendo de
una mano a otra tiene el mismo valor que los flujos de bienes y servicios que
se mueven en la dirección opuesta. Para transformar esta identidad en una
relación teórica que conecte el nivel de
42 Niehans (1990),
p. 273.
452 Equilibrio
económico general
precios con la oferta de dinero, son necesarios tres supuestos:
indepen-dencia de la velocidad de circulación y del volumen de intercambios
res-pecto de la cantidad de dinero en circulación, y dependencia de esta
últi-ma de las decisiones de las autoridades monetarias.
El economista americano, pues, trabajó «en la frontera» en
diversas áreas de investigación; en particular, enfrentado al creciente uso de
las matemáticas en la economía pura, su formación como matemático le per-mitió
formular con rigor, precisión e integridad infrecuentes en aquella época una
serie de elementos de la construcción teórica que ahora predo-mina en los
manuales universitarios de todo el mundo.
12.5. El debate sobre la existencia, unicidad y estabilidad del
equilibrio
Walras, el fundador de la teoría del equilibrio económico
general, atribuía gran importancia a la estabilidad. Efectivamente, consideraba
que el análisis de la estabilidad era una parte esencial del análisis del
equilibrio; además, en ausencia de estabilidad, incluso el análisis de estática
compa-rativa, al que también atribuía gran importancia,43 se vería privado de
sig-nificado. Sin embargo, como se recordó antes, la simple igualdad entre el
número de ecuaciones independientes y el número de incógnitas no es por sí
misma suficiente para garantizar la existencia de soluciones económica-mente
significativas (esto es, soluciones no negativas, así para los precios como
para las cantidades), y menos aún su unicidad y estabilidad. Gene-raciones de
economistas matemáticos abordaron estos temas, y el debate todavía continúa.
Dicho debate alcanzó un punto culminante en los primeros años de
la década de 1930, en Viena. Pareto había reformulado la teoría walrasia-na en
términos que podían utilizar directamente los matemáticos profe-sionales.44 Una
presentación esquemática de la teoría walrasiana, amplia-
Como más tarde
hizo Schumpeter, que llegó a considerarlo como el fulcro real de la teoría del
equilibrio económico general: cf. más adelante § 15.2.
En particular,
Pareto utilizó el determinante hessiano.
El debate sobre la existencia, unicidad y estabilidad del
equilibrio 453
mente conocida en los países de lengua alemana, era la del sueco
Gustav Cassel (1866-1945): también ella llamaba la atención sobre los problemas
que quedaban por resolver después de los primeros cincuenta años de tra-bajo
sobre el equilibrio económico general.45 Simultáneamente, en la escuela
austríaca, la formulación de la teoría de la imputación de Wieser (cfr. más
arriba § 11.4) volvía a proponer, aunque en un contexto distin-to, el problema
de la solución de los sistemas de ecuaciones económicas.
El debate sobre los aspectos matemáticos de la teoría del
equilibrio general fue influenciado también por el programa axiomático que
dentro del campo matemático perseguía fervientemente David Hilbert (1862-1943).
El lenguaje matemático, de instrumento para ser utilizado en teorías
específicas desarrolladas por economistas y por físicos, o por cien-tíficos
aplicados en algunas ramas del conocimiento, se convirtió en el ele-mento
unificador de las diferentes teorías, las cuales se concebían más como estructuras
formales abstractas que como representaciones del mundo.
Entre los discípulos de Hilbert encontramos a John von Neumann
(1903-1957), que contribuyó al debate sobre el equilibrio general no sólo con
importantes resultados, sino también y principalmente favoreciendo la
incorporación en la teoría económica del lenguaje de la topología, al cual
había recurrido en sus pruebas, utilizando en particular el teorema de Brouwer
(o del «punto fijo»).
En Viena, el centro más activo de discusión sobre los temas del
equi-librio económico general, estaba el seminario organizado por Karl Menger
(1902-1985), matemático, hijo del economista Carl, que había fundado la escuela
austríaca. La insuficiencia de la mera igualdad entre el número de ecuaciones y
el número de incógnitas había sido destacada en una serie de contribuciones por
Hans Neisser (1932), Friedrich Zeuthen (1933) y Heinrich von Stackelberg
(1933), después de que Remak (1929) hubiera recordado que en economía sólo
pueden aceptarse como significativas las soluciones no negativas. Estimulado
por el banquero Karl Schlesinger, un
Cassel
simplificó la teoría de Walras suponiendo dadas las funciones de demanda
individual, renunciando así a su deducción a partir de las funciones de
utilidad; también supuso coeficientes de producción fijos.
454 Equilibrio
económico general
activo participante en los seminarios de Menger, Abraham Wald
(1902-1950) ofreció una solución inicial al problema de la existencia del
equili-brio. Todos estos trabajos utilizaban la distinción entre bienes libres
(esto es, bienes disponibles en una cantidad superior a la demandada a
cualquier precio no negativo), cuyo precio es cero, y bienes económicos, para
los cuales la igualdad entre la demanda y la oferta se alcanza en
correspon-dencia con un precio positivo. El truco consistía en sustituir las igualdades
de las ecuaciones walrasianas por desigualdades débiles, a fin de determi-nar
endógenamente qué bienes son libres y cuáles no lo son, qué bienes son
producidos y cuáles no lo son. Wald (1936) llegó a demostrar la exis-tencia y
la unicidad (pero no la estabilidad) del equilibrio; sin embargo, este
resultado se obtuvo a través del recurso al supuesto restrictivo, que no puede
justificarse en la interpretación económica, de que sea válido para la economía
en su conjunto el llamado axioma débil de la preferencia reve-lada, que se
refiere a la naturaleza no contradictoria de las elecciones indi-viduales.46
Inmediatamente después de esto, en 1937, en un ensayo presentado
originalmente en Princeton en 1932, von Neumann proporcionó una contribución
decisiva con su famoso modelo de crecimiento equilibrado. Este modelo se
formuló en términos de desigualdades: para cada bien, la cantidad ofrecida debe
ser mayor o igual que la cantidad demandada; ade-más, el precio debe ser menor
o igual que los costes de producción. En consecuencia, algunos bienes pueden
resultar «libres», esto es, disponibles en cantidades superiores a la demanda
para cualquier precio positivo: su precio será cero y su producción será nula.
Por la misma razón, la pro-ducción de toda mercancía cuyo precio resulte menor
que los costes de producción será nula. En otras palabras, la solución del sistema
de ecua-ciones, que incluye igualdades y desigualdades, define un núcleo de
bienes para el cual los precios y las cantidades producidas son positivos.
Una peculiaridad del modelo de von Neumann, que en esto seguía
las mismas líneas que la contribución de Cassel, es la estricta relación entre
la tasa de crecimiento y el tipo de interés. En el modelo de von Neumann, estas
dos variables se definían como soluciones de problemas distintos
46 Cf. Ingrao e
Israel (1987), pp. 202 y ss.
El debate sobre la existencia, unicidad y estabilidad del
equilibrio 455
pero «duales»: la tasa de crecimiento aparecía como la solución
del pro-blema de las cantidades considerado como un problema de maximización
sujeto a restricciones, mientras que el tipo de interés surgía como la
solu-ción del problema de los precios considerado como un problema de
mini-mización sujeto a restricciones.
Un aspecto crucial de este grupo de contribuciones, y, por lo
tanto, del seminario de Karl Menger, era el uso de la topología en la teoría
eco-nómica. Podemos recordar particularmente el papel central, en las pruebas
de la existencia del equilibrio, del teorema del punto fijo de Brouwer: una
contribución que parece haber tenido también una influencia en el desa-rrollo
de la filosofía, induciendo a Ludwig Wittgenstein a reconsiderar su opinión de
que su Tractatus logico-philosophicus de 1921 constituía la solu-ción
definitiva a todos los problemas filosóficos, y, por lo tanto, a decidir-le a
volver a la filosofía.
El seminario de Karl Menger ya había sido dispersado, incluso
antes de la anexión de Austria a Alemania, por el ascenso del fascismo y el
nazis-mo, que indujeron a muchos de sus protagonistas (y a todos los
econo-mistas austríacos más importantes) a elegir el camino del exilio. (En
cam-bio, Schlesinger escogió el suicidio.) El subsiguiente punto de referencia
fue, después de la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, la Cowles
Commission, en Chicago. Sin embargo, con ella entramos en el campo del desarrollo
de la teoría axiomática del equilibrio, por un lado, y de los modelos
econométricos, por otro; esto es, temas que trataremos, respecti-vamente, en el
apartado siguiente y en el § 17.7.
Aquí solamente tocamos un tema que se examinará en el capítulo
17: el desarrollo de la teoría de juegos in primis por von Neumann y
Mor-genstern, como un método que permitía las interrelaciones que conectan las
decisiones de los diferentes agentes económicos que hay que tener en cuenta. Su
volumen Theory of games and economic behaviour [Teoría de los juegos y del
comportamiento económico] se publicó en 1944; sus autores presentaban la teoría
de juegos como un instrumento mejor que la teoría de Walras-Pareto para
interpretar la complejidad de los fenómenos socia-les interrelacionados, en
particular los casos de formas de mercado inter-medias entre la competencia y
el monopolio. La teoría de juegos dio ori-gen a distintas corrientes de
investigación en la teoría económica, entre ellas la reconstrucción de las
funciones de utilidad cardinal sobre la base
456 Equilibrio
económico general
de un enfoque probabilístico-subjetivo que se remonta a Daniel
Bernoulli y su solución a la paradoja de San Petersburgo47 y se desarrolla a
través de Ramsey (1926) y De Finetti (1930, 1931) y después Savage (1954); la
noción de equilibrio de Nash y de un núcleo de la economía (Nash, 1950);48 la
teoría de la organización industrial; y, en épocas más recientes, las teorías
evolucionistas basadas en juegos repetidos.
12.6. La búsqueda de una economía axiomática
Como ya hemos insinuado en el apartado anterior, en la década de
1930 se dio un paso decisivo hacia la solución matemática del problema de la
existencia de un equilibrio económico general, particularmente gra-cias al uso
de la topología. El uso de este instrumento matemático no se consolidó entre
los matemáticos hasta después de la Segunda Guerra Mundial; Value and capital
[Valor y capital] de Hicks (1939), la reelabo-ración más influyente de la
teoría del equilibrio económico general de ese período,49 todavía utilizaba
sólo los instrumentos del cálculo diferencial, que se remontaba a Newton y
Leibniz. Sin embargo, junto con la topolo-gía hizo su entrada en la economía
otro elemento, el método de la teori-zación axiomática. Ésta es una manera de
organizar el análisis que es carac-terística de los economistas matemáticos: en
efecto, los primeros en adoptarla e imponerla en la Economía —hasta convertirse
en ganadores del Nobel de economía, como Arrow y Debreu— fueron matemáticos de
Para una
ilustración sintética, cf. Niehans (1990), pp 405 y ss.
Un equilibrio
de Nash es, en esencia, aquella situación en la que ningún agente puede mejorar
su posición, dadas las estrategias —no simplemente las elecciones ya
cono-cidas— de otros agentes. En relación con la teoría tradicional, aquí se
tienen en cuenta las posibles reacciones de los agentes ante los movimientos de
otros agentes: el «núcleo» de la economía se compone del conjunto de
equilibrios de Nash.
Como Ingrao e
Israel (1987, p. 178) recuerdan, «fueron la asimilación y el filtro
metodológico propuestos primero por Hicks y después por Samuelson los que
difundieron la teoría del equilibrio económico general entre los economistas
profesionales y le dieron una incontestada posición clave». Esto sucedía a
pesar del atraso relativo de la caja de herra-mientas analíticas utilizada y de
la insuficiente atención a los problemas de unicidad y esta-bilidad del
equilibrio, o quizás precisamente gracias a este retraso con respecto al debate
de Viena de finales de la década de 1920 y principios de la de 1930. De nuevo
Ingrao e Isra-el (ibíd.) recuerdan que «en una recensión poco leída y pronto
olvidada, Morgenstern acu-saba al libro de Hicks [...] de falta de rigor y de
anticuado».
La búsqueda de una economía axiomática 457
formación que pasaron a trabajar sobre temas económicos, por
diferentes razones, en la etapa intermedia entre los estudios universitarios y
el comien-zo de una carrera académica.
El método de teorización axiomática consiste en la formulación
de un conjunto riguroso de supuestos básicos expresados en términos formales
(como los axiomas de convexidad de las isocuantas en el lado de la pro-ducción
y de las superficies de indiferencia en el del consumo), que expre-san el
problema en términos formales, comúnmente en el campo econó-mico en términos de
maximización o minimización sujetas a restricciones (maximización de
utilidades, minimización de costes), y que definen de nuevo en términos
formales el resultado deseado (por ejemplo, la deter-minación de un conjunto de
valores no negativos para las variables de pre-cio y cantidad, capaces de
satisfacer el problema que se considera). En otras palabras, la cuestión del
significado económico que debe atribuirse a las variables y a los resultados
del análisis se distingue rigurosamente de la búsqueda de una solución
analítica a un problema que en este contexto sólo se presenta como un problema
matemático.50
Kenneth Arrow (n. 1921, ganador del Premio Nobel en 1972) adoptó
el método de la teorización axiomática y el instrumento matemático de la
topología en su primera contribución famosa, Social choice and individual
values [Elección social y valores individuales] (1951). En esta obra se
pro-puso el importante «teorema de imposibilidad», según el cual no existe
nin-gún procedimiento para tomar decisiones que satisfaga simultáneamente dos
requisitos: primero, garantizar la transitividad de las elecciones sociales
entre tres o más alternativas (si A es preferida a B y B es preferida a C, A
tam-bién es preferida a C); segundo, para satisfacer algunos requisitos de la
Es precisamente
esta separación clara entre la etapa de conceptualización, en la que los
supuestos se eligen para utilizarlos como base del análisis, y la etapa de
construcción del modelo, junto con la decisión (injustificada) de concentrar la
atención exclusivamente en esto último, lo que explica la ausencia absoluta de
atención por el lado de los teóricos modernos del equilibrio económico general
a un aspecto tan esencial como la total falta de realismo de los supuestos de
convexidad en la tecnología o de integridad de las preferen-cias de los
consumidores. Ante el persistente rechazo a abordar tales temas, la afirmación
de Debreu (citada por Ingrao e Israel, 1987, p. 288) según la cual «la
axiomatización [...] facilita la detección de errores conceptuales en la
formulación de la teoría y en su inter-pretación» parece desprovista de
contenido.
458 Equilibrio
económico general
«democracia» (expresados en términos formales: por ejemplo, si
una de las alternativas asciende en una ordenación individual, mientras que
todas las demás ordenaciones individuales no experimentan ningún cambio, esa
alter-nativa no puede descender en la ordenación de la sociedad en su
conjunto).
Cuando Arrow abordó el problema de la existencia de soluciones
para el modelo de equilibrio económico general, ya existían las soluciones de
Wald (1936) para la versión simplificada de Cassel, y de von Neumann (1937);
también existía una solución de Nash (1950) para un juego de n personas en el
marco de una variante de la teoría de juegos propuesta por von Neumann y
Morgenstern (1944). La solución de Arrow y Debreu (1954)51 (como una solución
semejante, publicada el mismo año por Lio-nel McKenzie) adoptó conjuntamente el
método axiomático y la topolo-gía. Las condiciones en las que se demostraba la
existencia de una solución se daban mediante axiomas de partida; uno de ellos,
relativo a las dota-ciones iniciales de cada agente económico (que debe tener
cantidades posi-tivas disponibles de cada bien), se consideraba inmediatamente
demasia-do restrictivo, y se dedicaron unos cuantos trabajos posteriores a
sustituirlo por otros axiomas, considerados menos restrictivos. A la inversa,
el axio-ma de convexidad de las isocuantas de producción fue completamente
aceptado, aunque correspondía a un supuesto —rendimientos constantes o
decrecientes a escala— que ya fue considerado inaceptable por Marshall, el cual
dedicó gran parte de su actividad teórica a buscar la manera de sor-tearlo (cf.
más adelante § 13.3). En años recientes, los intentos de intro-ducir
concavidades locales en los conjuntos de producción tuvieron su ori-gen más en
la investigación por parte de algunos economistas matemáticos de campos poco
desarrollados que en la percepción real de la importancia de este límite en el
análisis de Arrow-Debreu.
Gérard Debreu,
francés, nacido en 1921, premio Nobel en 1983, era a principios de la década de
1950 un colega de Arrow en la Cowles Commission en Chicago, y después siguió en
Norteamérica como profesor, primero en Yale y después en Berkeley. Un rasgo de la
obra de Debreu es que la cuestión de la estabilidad del equilibrio se deja de
lado, mien-tras que se concentra la atención en las pruebas de la existencia.
Arrow y Hahn, en cam-bio, siguen el enfoque de Wald intentando especificar
conjuntos cada vez menos restricti-vos de axiomas, pero de forma que se tengan
en cuenta para demostrar tanto la existencia como la estabilidad del
equilibrio. Cf. Ingrao e Israel (1987, pp. 278 y 300-301) sobre esta diferencia
de enfoque, y (ibíd., pp. 280-288 y 299-305) sobre Debreu, cuyo enfoque implica
«el vaciamiento radical y sin compromisos de la teoría de toda referencia
empíri-ca» (ibíd., p. 285).
La búsqueda de una economía axiomática 459
Otro desarrollo, en la misma línea, de la teoría del equilibrio
econó-mico general, fue el pequeño volumen de Debreu Theory of value [Teoría
del valor] (1959), y una serie de otros escritos que culminaron en la amplia
sistematización de Arrow y Hahn (General competitive analysis [Análisis general
competitivo], 1971). Un primer paso importante con-sistió en la introducción de
mercancías «fechadas»: una tonelada de grano dis-ponible en una fecha
determinada es distinta de una tonelada de grano disponible en una fecha
diferente. El principal paso consiste después en la introducción de la noción
de bienes contingentes: el mismo bien, por ejemplo un paraguas, se considera un
bien diferente según el «estado de la naturaleza» (si llueve o no) en el que se
encuentra el agente económi-co. Los agentes económicos, en este contexto,
maximizan la utilidad espe-rada (una noción ilustrada por von Neumann y
Morgenstern en un apén-dice a su libro sobre la aplicación de la teoría de
juegos a la economía), atribuyendo distribuciones de probabilidad (subjetiva) a
los diferentes «estados de la naturaleza». De este modo, podemos representar un
equi-librio económico general en el que hay tantos mercados como bienes
fechados y contingentes, tratando así la cuestión de la incertidumbre (o, más
bien, del riesgo); también es posible interpretar los mercados con-tingentes
como mercados de certificados de seguro respecto a los distin-tos
acontecimientos posibles.52
La teoría axiomática del equilibrio económico general ha sido
consi-derada por muchos, posiblemente por la mayoría de los economistas de la
corriente dominante, como la frontera de la investigación básica en el campo de
la economía. La etiqueta «general», en particular, ha sido utili-zada no
simplemente con el significado original de que «incluye la totali-dad del
sistema económico en sus interrelaciones», sino también, implíci-ta si no
explícitamente, en el significado de referencia obligatoria para cualquier
investigación económica. En efecto, como debe ser evidente si consideramos no
sólo los supuestos básicos, siempre muy restrictivos, sino también y
especialmente los mecanismos específicos que operan, basados en la omnipresente
regla del equilibrio entre demanda y oferta (market cle-aring), el «modelo
Arrow-Debreu», aunque muy útil para tratar cuestiones
Al hacer esto
se supone, entre otras cosas, que los agentes económicos tienen aver-sión al
riesgo.
460 Equilibrio
económico general
bien definidas en una senda específica de investigación, sólo es
una de las posibles representaciones analíticas de la realidad económica.
En otras palabras, tal vez podamos decir que el método de la
teoriza-ción axiomática fue utilizado por Arrow y Debreu en el significado
local de procedimiento analítico para temas específicos, pero que después fue
interpretado en un sentido más amplio: el mismo sentido en el que Hil-bert, a
finales del siglo XIX, propuso un programa de completa axiomati-zación de las
matemáticas.53 El análisis del equilibrio económico general ha sido, pues,
considerado un programa para la reducción del conjunto de la teoría económica a
un núcleo central: un conjunto riguroso de axiomas de los cuales, con la
incorporación de supuestos adicionales que podían cambiar de un caso a otro,
podemos deducir una serie de teoremas que constituyan una representación
«completa» de la realidad económica, o, por lo menos, según la famosa tesis del
primer Wittgenstein, de todo lo que en la realidad económica sea capaz de
expresión científica.
Por lo tanto, en una serie de aspectos el resultado «sustantivo»
del largo trabajo de investigación sobre el equilibrio económico general nos
lleva hacia atrás: más atrás de los problemas que ya abordó Marshall (en
particular los rendimientos crecientes a escala) o de los debates de la déca-da
de 1930 sobre el teorema de Gödel y la imposibilidad del programa de Hilbert
para una completa axiomatización de las matemáticas, o del aban-dono, por parte
de Wittgenstein, de la posición adoptada en el Tractatus, ante las críticas de
Sraffa. Pero volveremos sobre estos temas en los capí-tulos que siguen.
La influencia
del «bourbakismo» (de Bourbaki, el apodo que designa a una nota-ble asociación
de matemáticos franceses que publicó sus resultados en el período
inmedia-tamente posterior a la Segunda Guerra Mundial, intentando reconstruir
los fundamentos de las matemáticas) fue también importante, especialmente —a
través de Debreu— en la Cowles Commission: cf. Mirowski (2002), pp. 390-394.
«La lección que Arrow, Debreu y Nash extrajeron de Bourbaki fue que las
cuestiones de la existencia del equilibrio eran real-mente demostraciones de la
consistencia lógica del modelo; no existía ninguna obligación apremiante para
considerar los modelos como un artefacto calculativo que imitara la reali-dad»
(ibíd., p. 410).
13. ALFRED MARSHALL
13.1. Vida y escritos
Alfred Marshall (1842-1924) no estuvo entre los protagonistas de
la «revolución marginalista» de 1871-1874: sus primeros escritos importantes
pertenecen a finales de la década de 1870, y su contribución principal,
Principles of economics, apareció en 1890, casi dos décadas después de las
obras de Jevons, Menger y Walras. El propio Marshall se mostró reacio a
considerar el nuevo camino tomado por el análisis económico como una
«revolución» o una ruptura clara con el pasado: en su opinión, era, en cam-bio,
un paso adelante, aunque ciertamente un paso importante, con res-pecto al
enfoque de los economistas clásicos (en particular, de Ricardo y los
ricardianos). En efecto, su contribución personal, en su propia opinión,
consistía en la síntesis entre la gran tradición heredada del pasado y la nueva
levadura del enfoque subjetivo. Sin embargo, debemos reconocer que Marshall
contribuyó más que ningún otro, posiblemente —por lo menos en parte— en contra
de sus propias intenciones, a «cambiar de vía el carro de la ciencia económica»
en la dirección de ese enfoque (que Hicks, Stigler y Samuelson prefirieron
llamar «neoclásico», más que «marginalista» o «subjetivista», a fin de destacar
que el giro en redondo implicaba un impor-tante elemento de continuidad con el
pasado) que todavía hoy domina la enseñanza y el pensamiento de los economistas
de todo el mundo.
Marshall nació en Londres, el 26 de julio de 1842, en una
modesta familia burguesa.1 Su padre, autoritario si no tiránico dentro de la
familia,
Existen dos
referencias principales para la biografía de Marshall. La primera es el retrato
clásico de Marshall que proporcionó Keynes inmediatamente después de la muerte
462 Alfred Marshall
era un modesto empleado del Banco de Inglaterra. Alfred estudió
en una escuela en la periferia de Londres, la Merchant Taylor’s School; se
distin-guió y obtuvo una beca para Oxford, con la que financiar estudios
clási-cos como base para una carrera eclesiástica. Sin embargo, él se sentía
más inclinado a las matemáticas y, gracias a un préstamo de un tío que había
tenido que emigrar a Australia y se había enriquecido, decidió desafiar las
presiones de su padre y eligió los cursos de matemáticas de Cambridge, como
estudiante del St John’s College. En 1865 aprobó brillantemente sus exámenes,
como segundo wrangler (esto es, el segundo entre los matemá-ticos graduados,
superado sólo por Rayleigh, futuro lord y premio Nobel de Química en 1904).
Así comenzó la carrera de Marshall, primero con una fellowship
en St. John’s, y después (en 1868) como lecturer de ciencias morales en el
mismo college. A mediados de la década de 1870, tal vez en relación con sus
pre-parativos para un viaje a América en 1875, sus intereses se desplazaron de
las matemáticas y las ciencias morales a la economía política. Participando en
un plan para promover la admisión de mujeres en la universidad, Alfred enseñó
economía política a estudiantes femeninas de Newnham Hall.2 Allí encontró a
Mary Paley, con la que se casó en 1877.
Después de una recensión (1872) del libro de Jevons de 1871, la
pri-mera contribución importante de Marshall a la teoría económica fue una
colección de ensayos, publicados en 1879 para su circulación privada por Henry
Sidgwick, sobre The pure theory of foreign trade. The pure theory of domestic
values [Teoría pura del comercio exterior. Teoría pura de los valo-res
interiores].3 El mismo año publicó, junto con su esposa, un texto
de su maestro, en la nota necrológica (Keynes, 1924) que más
tarde fue reimpresa en los Essays in biography (Keynes, 1933, pp. 150-266) con
una serie de cambios y sin la segun-da parte, la «Bibliographical list of the
writings of Alfred Marshall». Mencionemos tam-bién la monumental y ricamente
documentada biografía de Groenewegen (1995), a la que debemos también las
referencias a multitud de otros escritos sobre el tema.
Las notas de
clase, tomadas por Mary Paley y revisadas por el propio Marshall, han sido
publicadas, con un amplio aparato introductorio que las sitúa en su
encuadramiento histórico, por Raffaelli, Biagini y McWilliams Tullberg
(Marshall, 1995).
3 Marshall (1879b); casi cien años después, en 1975, apareció
una edición de The early economic writings of Alfred Marshall, 1867-1890,
editada (con una extensa introducción) por J. K. Whitaker, que incluía entre
otras cosas el manuscrito de un volumen sobre comercio exterior del que se
tomaron los dos capítulos publicados por Sidgwick. Sobre la primera etapa de
desarrollo del pensamiento económico de Marshall, cf. también Dardi (1984).
Vida y escritos 463
declaradamente didáctico, The economics of industry [Economía
industrial] (Marshall, 1879a), que tuvo buenas ventas y también constituía una
con-tribución original muy importante para esbozar una representación de la
vida económica que podemos definir como evolucionista.
Después de su matrimonio, Marshall se vio obligado a renunciar a
su puesto en el St John’s College, que exigía el celibato a sus profesores.
Mar-shall pudo volver a Cambridge sólo cuando fue elegido profesor de eco-nomía
política, como sucesor de Fawcett, en 1884.4 Entretanto, los Mars-hall pasaron
algunos años difíciles en Bristol. Aquí Alfred, que parecía agotado en cuerpo y
en espíritu, luchó con el volumen de trabajo —que incluía tareas
administrativas, además de la enseñanza— inherente a su papel de profesor y
simultáneamente como director del University Colle-ge. En 1881 dimitió, y los
Marshall pasaron un año viajando la mayor parte del tiempo, con una larga
estancia en Palermo, donde parece haber comenzado la redacción de los
Principles. De regreso en Inglaterra, en 1882 Marshall se convirtió en profesor
de economía política en Bristol, pero al año siguiente se trasladó a Oxford,
como sucesor de Arnold Toynbee, lec-turer en el Balliol College.
El prestigioso nombramiento para Cambridge, que le llegó de
forma inesperada, señala un punto de inflexión en su vida. Marshall ocupó la
cátedra de Economía Política durante veinticuatro años, hasta 1908, pero
permaneció en Cambridge hasta su muerte en 1924, manteniendo un intenso interés
por las vicisitudes de los cursos de economía creados por impulso suyo en 1903.
Desde Cambridge, Marshall ejerció una significativa influencia
sobre la enseñanza de la economía en el resto de Inglaterra. En 1890, con su
intervención activa, se fundó la British Economic Association y se lanzó el
Economic Journal. Sus Principles of economics (ocho ediciones de 1890 a
Sobre Henry
Fawcett (1833-1884), una de las figuras más populares de los tiem-pos
victorianos, cf. la colección de ensayos editados por Goldman (1989). Fawcett
se quedó ciego cuando tenía veinticinco años debido a un accidente de caza,
después de haber sido uno de los estudiantes más brillantes de Cambridge, pero
reaccionó con energía y valor. Seguidor de John Stuart Mill y exponente de la
corriente más radical del liberalismo, publicó un Manual of political economy
(Fawcett, 1863), se convirtió en profesor de eco-nomía política en la
Universidad de Cambridge y, en 1865, fue miembro del Parlamento.
464 Alfred Marshall
1920)5 se convirtieron pronto en el texto de referencia para
generaciones de estudiantes de economía: años después, Keynes dijo que la
formación de un buen economista sólo requería los Principles, acompañados por
la lectura cuidadosa de las páginas económicas de un buen periódico. Entre los
estudiantes, la pequeña guía publicada por Marshall en 1892, Elements of the
economics of industry [Elementos de economía industrial], tuvo una notable
difusión; sustituyó al ampliamente leído (y en muchos aspectos mucho más
interesante) Economics of industry (1879a),6 que había escrito en colaboración
con su esposa.
La influencia de Marshall fue ejercida, tal vez principalmente,
a tra-vés de sus discípulos: sin asumir nunca la presidencia de la British
Econo-mic Association ni la dirección del Economic Journal, Marshall influyó en
la selección para estos puestos, y de igual forma influyó en el nombra-miento
de los profesores de economía de las principales universidades inglesas, entre
las cuales iba a dominar Cambridge; allí Alfred impuso a Arthur Cecil Pigou
como su sucesor. La impronta de Marshall fue tan fuerte que era perceptible
décadas más tarde en el Cambridge posterior a la Segunda Guerra Mundial, así
como en los manuales de hoy.
Junto con la tradición oral de sus clases y la vasta
correspondencia con interlocutores de todo el mundo,7 un componente importante
del legado teórico marshalliano lo representan sus Oficial papers,
principalmente recomendaciones ante comisiones parlamentarias,8 y un conjunto
de ar-
La octava
edición tuvo diez reimpresiones entre 1922 y 1959, y todavía otras
pos-teriormente; la novena (variorum) edición, de 1961, fue editada por el
sobrino-nieto de Marshall, C. W. Guillebaud, en dos volúmenes, de los que el
primero contiene el texto de la octava edición y el segundo las variantes de
las ediciones anteriores y otros materiales.
6 Véase la amplia introducción de Becattini (1975) a la edición
italiana. En el nuevo libro de 1892, Marshall incluyó «los resultados más
originales de sus investigaciones sobre el mercado de trabajo» (Becattini,
2000, p. 32). Como observó Keynes (1924, pp. 628, 632, 633), mientras las dos
ediciones de Economics of industry representaron, con sus diez reimpresiones,
15 000 ejemplares en conjunto, los Elements of the economics of industry
alcanzaron cuatro ediciones con diecinueve reimpresiones y 81 000 ejemplares.
Los Princi-ples tuvieron ocho ediciones y una reimpresión, 37 000 ejemplares en
total, antes de la muerte de Marshall.
7 Cf. The correspondence of Alfred Marshall, economist, 3 vols.
(con un cuidado apa-rato crítico) editada por John K. Whitaker, Marshall
(1996a).
8 El volumen que reúne estos Official papers se publicó
póstumamente, en 1926, edi-tado por J. M. Keynes. Material adicional reunido
por Peter Groenewegen ha sido publica-do recientemente, como el primer volumen
bajo los auspicios de la Royal Economic Society, con el título de Official
papers of Alfred Marshall. A supplement (Marshall, 1996b).
Antecedentes 465
tículos reunidos después de su muerte en un volumen de
Memorials.9 Se consideran menos importantes los dos volúmenes originalmente
pensados para completar el gran proyecto que se inició con los Principles, y
que Marshall publicó sólo en los últimos años de su vida: Industry and trade,
[Industria y comercio], fechado en 1919, y Money, credit and commerce, [Dinero,
crédito y comercio], en 1923. Marshall murió en 1924, a los ochenta años.
13.2. Antecedentes
Para estudiar el pensamiento de Marshall vale la pena
concentrarse en su magnum opus, los Principles. Con todo, ni siquiera de este
modo es posible llegar a una representación unívoca de su pensamiento.
Efectiva-mente, por medio de una multiplicidad de cualificaciones y matices de
sig-nificado Marshall reunió distintos elementos, incluso algunos
contradicto-rios, como una visión evolucionista y el análisis del equilibrio
estático. Además, a lo largo del tiempo (por lo tanto en las sucesivas
ediciones de los Principles) se produjeron numerosos y a menudo importantes
cambios en el significado de nociones clave y de la misma estructura analítica
de la teoría marshalliana. Así, puede ser útil comenzar considerando los
antece-dentes de Marshall y sus primeros escritos.
Marshall sostuvo siempre que había desarrollado su enfoque de
forma autónoma, basándose en una teoría del valor esencialmente subjetiva y en
un equilibrio entre la demanda y la oferta, pero también en un intento de
salvaguardar lo que él consideraba vital de la tradición clásica. Su tesis era
que los resultados desarrollados posteriormente en los Principles ya habían
sido alcanzados por él a finales de la década de 1860, traduciendo las teo-rías
de John Stuart Mill en términos matemáticos. En efecto, está claro que cuando
la Theory of Political Economy de Jevons apareció en 1871, Marshall estaba
preparado —como lo demostró por su recensión del libro, la cual constituía uno
de sus primeros trabajos (Marshall, 1872)— para comprender sus elementos de
novedad y para evaluarlos a la luz de una
Los Memorials
of Alfred Marshall, editados por Pigou, fueron publicados bajo los auspicios de
la Royal Economic Society en 1925.
466 Alfred Marshall
visión propia que ya estaba suficientemente desarrollada. Sin
embargo, esto no niega la prioridad de Jevons en la publicación, en lo que se
refiere a los principales elementos innovadores de la revolución marginalista
en la tradición subjetivista, en particular la deducción de las curvas de
deman-da y la determinación de los precios relacionados con la utilidad
marginal. Este hecho inculcó en Marshall la necesidad de distinguir claramente
sus ideas de las del «padre fundador» del marginalismo inglés: una necesidad
reforzada por sus vicisitudes personales, típicas de un hombre universita-rio,
resuelto a progresar en la carrera que había emprendido.
La diferenciación de Jevons, sistemáticamente perseguida en todo
el trabajo científico posterior de Marshall, consistió, primero, en destacar la
unilateralidad de una teoría puramente subjetiva del valor, como lo era la
teoría utilitarista de Jevons, y en contraponerla con la igualmente unilate-ral
teoría objetiva de los economistas clásicos, basada en el coste de pro-ducción;
después, en presentar su propia contribución como una síntesis que incluía lo
que era válido en cada uno de los dos enfoques opuestos. Como veremos, esto
implicaba una reinterpretación algo engañosa del enfoque clásico, como si se
basara, como el marginalista, en el pilar de la noción estática de equilibrio
entre oferta y demanda.
Las primeras investigaciones de Marshall en el campo económico,
como ya se ha dicho, se publicaron en 1879, para su circulación privada, por su
amigo Sidgwick, bajo el título de The pure theory of foreign trade. The pure
theory of domestic values. Parece, sin embargo, que los escritos ini-ciales de
los dos ensayos reunidos en este pequeño volumen se remonta-ban a 1869-1873, lo
cual refuerza la idea de que las teorías de Marshall se habían desarrollado
independientemente de las de los padres fundadores de la revolución
marginalista, en particular Jevons.
La tesis de Marshall de un desarrollo autónomo de su
pensamiento, gradual y no en frontal oposición a la escuela clásica, resulta
plausible a la vista de estos primeros escritos. Aquí Marshall comenzaba con el
análisis del equilibrio en el comercio exterior, y como un desarrollo lógico
llegaba después a una teoría de los precios interiores. El punto de partida se
refe-ría al siguiente tema que la teoría clásica había dejado abierto. Por una
parte, la teoría del valor-trabajo adoptada por Ricardo y sus inmediatos
seguidores proporcionaba una respuesta unívoca —aunque no satisfacto-ria— al
problema de la determinación de los precios relativos; por otra, la
Antecedentes 467
teoría de los costes comparativos propuesta por Ricardo para
explicar los flujos de comercio exterior dejaba indeterminadas las relaciones
de inter-cambio entre las mercancías importadas y exportadas (aunque dentro de
un intervalo cuyos extremos venían determinados para cada par de mer-cancías
importadas y exportadas por las relaciones entre sus costes de pro-ducción en
los países de origen y destino de los flujos de intercambio). Este problema
había atraído la atención de John Stuart Mill en uno de sus Essays on some
unsettled questions of political economy (publicados en 1844), y él había
propuesto una solución basada en el recurso al papel de la demanda. En el caso
simplificado de dos países y dos mercancías, pode-mos, por lo tanto, llegar a
conclusiones como «la ventaja de las pequeñas dimensiones», por la que el país
más pequeño obtiene una mejor relación de intercambio, gracias a la reducida
dimensión de su demanda de la mer-cancía importada en relación con la demanda
de la mercancía exportada que efectúa el país más grande, o como la previsión
de un empeoramien-to de la relación de intercambio del país cuya demanda de la
mercancía importada aumenta.
Esta es la línea de investigación que Marshall desarrolló en su
Pure theory of foreign trade, determinando la relación de equilibrio del
comercio sobre la base de una comparación entre las curvas de demanda de
impor-taciones de los dos países. Marshall se aprovechó de su formación
mate-mática, en particular recurriendo al «método gráfico». Al considerar el
caso de dos bienes y dos países, el gráfico analizado por Marshall
repre-sentaba en sus dos ejes las cantidades de las dos mercancías. Para cada
una de ellas ya se sabía, a partir de la teoría de los costes comparativos,
cuál se importaba y cuál se exportaba por cada uno de los dos países. Las dos
cur-vas de demanda (una para cada país) indican, para cualquier cantidad dada
de la mercancía importada, la máxima cantidad de la mercancía exporta-da que el
país que se considera está dispuesto a dar a cambio. La intersec-ción de las
dos curvas determina el punto de equilibrio, que indica la can-tidad
intercambiada de las dos mercancías, y de ahí la correspondiente relación de
intercambio entre ellas.
Por lo tanto, los resultados alcanzados por Marshall incluían,
ante todo, la atribución de un papel central a la noción de equilibrio entre
demanda y oferta como la base para determinar las relaciones de inter-cambio;
en segundo lugar, la propuesta de los temas de la multiplicidad
468 Alfred Marshall
y posible inestabilidad del equilibrio, a los cuales se dedicó
un estudio detallado.
El mismo método, la misma noción de equilibrio y los mismos
temas relativos a la multiplicidad y posible inestabilidad del equilibrio se
desa-rrollaron después en The pure theory of domestic values. Aquí encontramos
también el problema de los rendimientos crecientes a escala del que Marshall se
ocupó tanto en su formulación madura de la teoría del equi-librio de la empresa
en sus Principles. Finalmente, también encontramos un uso sistemático de la
especificación temporal de la noción de equilibrio; en particular, Marshall
distinguió entre equilibrios a muy corto, corto, largo y muy largo plazo.10
Tales equilibrios están relacionados con el supuesto de oferta dada (período
muy corto o de mercado), oferta varia-ble pero sobre la base de una capacidad
productiva dada (corto plazo), oferta variable también en lo relativo a la
adaptación de la capacidad pro-ductiva, pero sobre la base de una tecnología
dada (largo plazo), oferta variable en un contexto en el que también cambian la
tecnología y todo el estado del sistema económico, incluyendo las rentas y
gustos del consu-midor (plazo muy largo).
El mismo año, 1879, vio la publicación de la obra que Marshall
escri-bió con su esposa Mary Paley, The economics of industry, basada en sus
lec-ciones universitarias convenientemente revisadas. Mientras los ensayos
editados por Sidgwick reflejaban la formulación matemática de Marshall, y
apuntaban decididamente en la dirección de una visión «neoclásica» basada en el
equilibrio estático entre oferta y demanda, The economics of industry reflejaba
con más fuerza los estudios de Marshall en ciencias socia-les (que en aquella
época estaban incluidos en el área de las ciencias mora-les). Era, pues, una
contribución que, aunque no buscaba la construcción de una estructura analítica
rigurosa, se mostraba más receptiva ante aspec-tos de la evolución histórica,
orientándose a la representación de una rea-lidad económica compleja y en
constante cambio. Aunque la influencia del evolucionismo de Darwin no se
reconocía explícitamente, es mucho más visible en esta obra que en los ensayos
teóricos reunidos por Sidgwick (recordemos que El origen de las especies se
publicó en 1859 y The descent
Por supuesto,
la distinción no se refiere al tiempo real (histórico), sino a lo que se ha
llamado tiempo «operativo»: cf. Blaug (1962), p. 354.
Antecedentes 469
of man [El origen del hombre] en 1871, y que la influencia de
Darwin era muy fuerte en los círculos universitarios de Cambridge).11
Marshall expresaba a la vez una visión gradualista ante el
evolucionis-mo, sintetizada en el lema que figura en los Principles, «Natura
non facit saltum», y una visión compleja del progreso económico que acentuaba
la calidad de vida por encima de la renta per cápita. También se acentuaba
repetidamente la idea del tiempo como un flujo irreversible. Finalmente, al
menos en parte relacionado con la visión evolutiva, se encuentra el cam-bio de
la noción clásica de precios «naturales» a la de valores «normales» (tanto para
los precios como para las cantidades producidas e intercam-biadas). Tal cambio
reflejaba con algún retraso la difusión de las curvas lognormales (o gausianas)
en estadística, y la idea relacionada de que tales curvas representan leyes de
distribución para los fenómenos de la sociedad, así como para los del mundo
natural. En esencia, la desviación respecto de la «norma» se consideraba, por
lo menos dentro de ciertos límites, un acontecimiento de lo más común que no
constituye una violación de la norma. Tal norma surgía como promedio
estadístico de un gran número de casos observados; en consecuencia, el elemento
de lo «correspondiente a lo que debe ser» o «la perfecta expresión de una ley
que es intrínseca a la naturaleza de las cosas» se perdió, aunque estuviera
implícito en la noción de valor natural. Además, según Marshall, la presencia
del cambio tecno-lógico acentuaba el carácter indicativo del valor normal como
definido por la teoría, y, por lo tanto, el margen de imprecisión con el que podía
apli-carse la ley teórica al mundo real.12
Becattini
(2000), p. 7, también recuerda la influencia de la «revolución» de la
geo-metría no euclidiana.
Carl Friedrick
Gauss (1777-1855) utilizó la curva lognormal para representar la distribución
probable de los errores en la teoría de la medición. Posteriormente, Adolphe
Quetelet (1796-1874) utilizó la misma curva para representar fenómenos
biológicos o sociales, interpretando los resultados como manifestaciones de las
leyes naturales o socia-les, cuyo promedio (o mediana: en la distribución
lognormal las dos coinciden) represen-ta en síntesis la propiedad de una
población de casos, y la «ley» así representada no es vio-lada por los casos
individuales que discrepen del promedio. Podemos considerar como «anómalos»
sólo los casos que discrepan del promedio en más de una cantidad
preestable-cida (teniendo presente que en el caso de una distribución gausiana,
una diferencia mayor que el doble del cuadrado de la desviación tiene una
probabilidad de aproximadamente un 5 por 100). Sobre la importancia de esta
concepción para el desarrollo de las ciencias socia-les y sobre su rápida
difusión, cf. Hacking (1990), en particular pp. 105-124. Con algún
470 Alfred Marshall
Tenemos, por lo tanto, desde las primeras publicaciones de
Marshall, una doble línea de investigación: por un lado, el intento de
construir un sistema teórico riguroso, basado en una noción estática de
equilibrio entre oferta y demanda; por otro, el intento de desarrollar un
sistema de con-ceptos para representar la realidad económica de un modo abierto
al desa-rrollo histórico y a la evolución. Más que el problema de una síntesis
entre el enfoque subjetivo marginalista y el enfoque objetivo de los economistas
clásicos, es la continua superposición de estas dos líneas de investigación y
la imposible conciliación entre dos objetivos de investigación diferentes lo
que constituye la verdadera clave para comprender e interpretar el camino de
Marshall, sus contribuciones a la ciencia económica y los límites de su
construcción económica.13
13.3. Los Principios
Cuando en 1890 apareció la primera edición de los Principles of
eco-nomics, después de muchos años de trabajo, ya estaba preparado el terre-no
para asegurar que el libro tuviera un impacto importante sobre la cul-tura
económica de la época. Marshall ocupaba entonces la cátedra de Cambridge, que
gracias principalmente a su prestigio se había convertido en la principal
cátedra de Economía del país, y sus discípulos ocupaban
exceso de énfasis, podríamos decir que la idea de las ciencias
humanas como relativas a argumentos deducibles de la «naturaleza humana» fue
sustituida por la de leyes estadísticas sobre lo que es «normal». En este
sentido, podríamos añadir, la concepción de la ciencia económica como una
teoría del comportamiento del agente racional (u homo oeconomicus) es el
descendiente extremo de la vieja concepción de las ciencias humanas; la
sustitución del término natural por el término normal por parte de Marshall es una
indicación de su persistente intento por escapar de una concepción semejante.
El lema «natura non facit saltus», la naturaleza no procede a
saltos (no «saltum», como escribió Marshall), ya había sido utilizado a
mediados del siglo XVIII por el gran natu-ralista Carolus Linnaeus (1707-1778).
Becattini
(2000) ofrece una fascinante reconstrucción de la «visión» de Marshall,
destacando las «anomalías» en este autor con relación a la tradición
marginalista. Entre tales anomalías, una concepción del «hombre como entidad
variada y variable» (ibíd., p. 11), ya indicada en la nota anterior, es
prominente. Becattini (ibíd., p. 50) llega a con-cluir, coincidiendo en esto
con Dardi (1984), que «Marshall no debe situarse más adelan-te o más atrás en
la senda de la economía neoclásica, sino en otra parte.» Esta interpreta-ción
implica considerar los Principles como «sólo una introducción a la introducción
del libro ‘sobre el mundo’ que [Marshall] siempre anheló escribir» (ibíd., p.
32).
Los Principios 471
importantes posiciones en el mundo académico inglés (como hemos
observado, el mismo año presenció el nacimiento de la Royal Economic Society y
del Economic Journal). Además, la influencia de la tradición clá-sica era
todavía fuerte; aunque la heterodoxia marginalista atraía cierta-mente a las
mentes más brillantes, todavía no superaba a la escuela histó-rica inglesa de
Cliffe Leslie.14 En tal situación, Marshall ofrecía un conjunto de elementos
diseñados para atraer los intereses convergentes de las distintas corrientes de
la cultura económica que existían en aquella época: referencia insistente a la
tradición clásica, de la teoría smithiana de la división del trabajo a la
teoría «ricardiana» de la renta de la tierra; acep-tación de los elementos
básicos de la revolución marginalista, con la atri-bución de un papel central a
la demanda, y, por lo tanto, a las preferencias de los agentes económicos, en
una teoría del valor en la que los precios venían determinados por el mecanismo
de equilibrio entre oferta y demanda;15 inserción de esta estructura analítica
en el contexto de amplios estudios (que no pueden reducirse a simples
digresiones) sobre el signifi-cado de los conceptos utilizados en el análisis y
sobre la evolución históri-ca de la sociedad; y referencias al evolucionismo
darwiniano, que otorgan un elemento de modernidad científica a la obra y
proporcionan una res-puesta flexible y abierta —también en términos
metodológicos— a la evo-lución histórica en comparación con la referencia a la
física (dicho con mayor precisión, a la mecánica estática) que predominaba en
las teorías del equilibrio de los autores de confesión marginalista más
estricta.
Thomas Edward
Cliffe Leslie (1827-1882), profesor de derecho y economía polí-tica en el
Queen’s College de Belfast, desde 1853, propuso y utilizó en diversos escritos
un método de análisis histórico-deductivo que recordaba a Smith y John Stuart
Mill, en opo-sición al método deductivo de Ricardo. El suyo era un historicismo
relativamente mode-rado, especialmente si se le compara con las posiciones que
iba a adoptar la escuela histó-rica alemana de Schmoller (cf. más arriba §
11.2). Ocupaba una posición ligeramente más radical que la de Cliffe Leslie el
otro exponente de primera fila de la escuela histórica ingle-sa, John Kells
Ingram (1823-1907), seguidor del positivismo de Auguste Comte, y, por lo tanto,
de una integración de la economía política con las demás ciencias sociales,
cuya obra más conocida (A history of political economy, 1888) ilustró al
público inglés sobre la contri-bución de la escuela histórica continental.
Dicho con más
precisión, para cada mercancía el precio normal viene determina-do por el punto
de intersección de dos curvas, representando gráficamente las funciones de
demanda y oferta. Éstas, respectivamente, relacionan el precio de oferta (coste
más benefi-cio normal) y el precio de demanda (máximo precio que el comprador
está dispuesto a pagar) con la cantidad de la mercancía que se considera.
472 Alfred Marshall
Los Principles se presentaron como el primero de dos volúmenes;
el segundo volumen, sin embargo, no fue completado nunca, y desde la sexta
edición (1910) desapareció la indicación de «primer volumen». El segun-do
volumen se había planeado originalmente para tratar el comercio exte-rior,
cuestiones monetarias y financieras, ciclo, impuestos, colectivismo y una
síntesis de las tendencias de la economía hacia el progreso social; sólo una
parte de este campo corresponde a lo tratado en las dos últimas obras de Marshall,
Industry and trade (1919) y Money, credit and commerce (1923).16 Desde la
primera (1890) hasta la octava (1920) edición, los Principles se mantuvieron en
el centro del trabajo teórico de Marshall, experimentando revisiones
sustanciales; esto es cierto especialmente para la quinta edición (1907), la
última antes de su retirada de la cátedra de Cambridge. La voluminosa variorum
editio (1961), promovida por la Royal Economic Society y editada por el
sobrino-nieto de Marshall, Char-les Guillebaud, nos permite reconstruir esta
senda.
La importancia de las revisiones de Marshall a sus Principles da
testi-monio de las dificultades que encontró en su trabajo de síntesis entre
los distintos enfoques y en su intento de construir una teoría del valor que
tenía que incluir simultáneamente el elemento objetivo (coste de pro-ducción) y
el elemento subjetivo (utilidad), y que debía ser al mismo tiempo rigurosa,
realista y abierta a la evolución histórica. Antes de tratar de las
dificultades con las que se encontró Marshall, puede ser útil consi-derar los
principales aspectos de su enfoque: el método (complejidad del mundo real y
cadenas causales cortas); las nociones de equilibrio y com-petencia; y los
conceptos de la empresa y la industria. Después conside-raremos el problema de
los rendimientos crecientes y las dos soluciones sugeridas por Marshall, la
firma representativa y las economías externas-internas.
El punto de vista metodológico de Marshall era sencillo en su
obje-tivo: reconocer la extrema complejidad del mundo real. La teoría no puede
no ser abstracta, sino que debe mantenerse con los pies en el
Cf. Whitaker
(1990). Cuando tenía ochenta años y había terminado Money, credit and commerce,
Marshall todavía planeaba una colección de ensayos sobre Economic progress como
sustituto parcial de un volumen original sobre el tema, que ya no se sentía en
dis-posición de escribir.
Los Principios 473
suelo. De ahí su principio, que subyacía en su «método del
equilibrio parcial», que las «cadenas causales cortas» deben privilegiar. A
cada paso, la teoría procede aislando un nexo lógico de causa y efecto que se
consi-dera principal, y así pasa por alto los demás efectos que se consideran
secundarios, aunque no inexistentes. Esto es legítimo, y ciertamente necesario,
para la construcción de cada pieza analítica individual. Sin embargo, cuando
reunimos muchos vínculos lógicos y generamos cade-nas causales largas —como
sucede, por ejemplo, en la teoría del equili-brio económico general— los
efectos secundarios que se dejaron de lado pueden, en realidad, tener
repercusiones que se amplifican paso a paso, y esto puede hacer que las
conclusiones extraídas del análisis teórico sean engañosas. De ahí que Marshall
relegara a una nota matemática, en apéndice a sus Principles, su ilustración
del equilibrio económico gene-ral (una exposición que, aun siendo condensada,
es una de las más rigu-rosas de la época). En cambio, en el texto Marshall
prefirió concentrar-se en las «cadenas causales cortas», en particular en el
método de los equilibrios parciales. Este último consistía en considerar la
demanda y la oferta de cada bien —esto es, las condiciones que concurren en la
deter-minación del equilibrio en el correspondiente mercado— como
inde-pendientes de lo que sucede simultáneamente en los demás mercados de los
otros bienes.
La misma conciencia de las complejidades del mundo real —una
conciencia que se demuestra en la riqueza de notas a pie de página y
mati-zaciones que hace, y que a veces llega a dominar el hilo lógico de la
expo-sición— puede percibirse también en la atención que Marshall prestó a la
construcción del sistema de conceptos a través del cual representar la
rea-lidad.17 En el libro primero de los Principles, los conceptos introducidos
se examinan paso a paso, ilustrando para cada uno de ellos los matices del
Tal vez fue
importante en este aspecto la influencia de los economistas austríacos y
alemanes. Podría recordarse, por ejemplo, la atención prestada a estos aspectos
en los Grundsätze de Menger. Streissler (1990a), p. 51, demuestra que la
estructura de los Prin-ciples de Marshall, como la de los de Menger, reproducía
la estructura de un manual típi-co alemán de mediados del siglo XIX, como los
de Rau o Roscher (cf. más arriba § 11.1). Streissler (ibíd., p. 57) destaca
también que el texto de Rau, uno de los primeros libros de economía que leyó
Marshall, se adelantó a los Principles del último al representar la curva de
demanda con el precio en el eje horizontal.
474 Alfred Marshall
significado y la «penumbra» —por utilizar el evocador término de
Geor-gescu-Roegen— que hacía imprecisos sus contornos.18
Esto es cierto en particular para las nociones clave de
equilibrio y com-petencia a las que, en el entrecruzamiento de texto y notas,
afirmaciones y matizaciones, es muy difícil atribuir un significado unívoco.
Podemos señalar dos términos de referencia, entre los cuales osciló la posición
de Marshall, en el intento imposible de asimilarlos: por un lado, las nociones
que pasaron después a los manuales, y que constituyen lo que podríamos llamar
la vulgata marshalliana; por el otro, las nociones esotéricas, disemi-nadas
entre el círculo de discípulos y seguidores directos, relacionadas con una
concepción evolutiva que procede más de Lamarck que de las teorías originarias
de Darwin.19 En el primer caso —la vulgata marshalliana—, la noción de
equilibrio corresponde a la noción estática de igualdad entre demanda y oferta,
y la noción de competencia perfecta a la presencia de un gran número de
empresas en cada industria, tanto que haga irrelevante el tamaño de cada una
con respecto a las dimensiones de la industria en su conjunto, y las elecciones
de cada empresa individual sean irrelevantes para el conjunto de la industria
(por lo tanto, para el precio de equilibrio). En el segundo caso —la concepción
evolucionista— la noción de equili-brio adopta características dinámicas, en el
intento de tener en cuenta la irreversibilidad que caracteriza los movimientos
reales de la empresa y de
Fue también de
este modo como Marshall logró un compromiso incierto entre el enfoque
«objetivo» de los economistas clásicos y el «subjetivo» de los teóricos de la
revolu-ción marginalista. Así, por ejemplo, el salario se consideraba unas
veces como la subsisten-cia material de los trabajadores y otras como un
incentivo para su «esfuerzo y sacrificio». Bharadwaj (1978, p. 98), al destacar
este punto, recordaba que le fue sugerido a ella por Sraffa. Análogamente, en
el caso de los beneficios la noción de abstinencia propuesta por Senior fue
suavizada por Marshall mediante la noción de espera. Cuando pasamos de los
conceptos a la teoría, el péndulo tiende decididamente hacia la teoría
marginalista.
Cf. Ridolfi
(1972). La tesis que caracterizaba la posición de Jean-Baptiste de Lamarck
(1744-1829) y que fue rechazada por Darwin, era la de la herencia de las
carac-terísticas adquiridas en vida por un organismo como respuesta-adaptación
al entorno en el que vive. La conocida tesis de Darwin era que las
características mejor adaptadas a la exis-tencia (y sobre todo a la
reproducción) predominaban al final a causa de un proceso de selección natural.
Las tesis de Lamarck habían sido propuestas de nuevo, confundidas con el
evolucionismo de Darwin, como instrumento de análisis de la sociedad por el
sociólogo Herbert Spencer (1820-1903), muy influyente en aquella época; su
importancia en el desa-rrollo del pensamiento de Marshall la destacan Ridolfi
(1972) y Groenewegen (1995).
Los Principios 475
la industria a lo largo de las curvas de demanda y oferta;20 la
noción de competencia es suavizada atribuyendo a cada empresa cierto espacio de
maniobra que entre otras cosas incluye la posibilidad de violar la llamada ley
del precio único.21 El análisis teórico —la construcción de modelos bien
estructurados— termina inevitablemente por referirse a los concep-tos claros
del primer tipo; en el caso de la concepción evolucionista, como veremos más
adelante, nos mantenemos en cambio en el campo de las metáforas, que son
evocadoras pero ciertamente no son rigurosas.22 En otras palabras, en la
oscilación del primero al segundo polo de la cons-trucción marshalliana, lo que
se gana por el lado del realismo se pierde por el lado del rigor analítico.
Las mismas nociones de industria y empresa constituían un puente
entre la complejidad del mundo real y las exigencias de sencillez de la teo-ría
abstracta. Por eso Marshall se distanció del individualismo metodoló-gico
extremo de los primeros teóricos marginalistas, y privilegió en cam-bio una
característica clásica, por la que cada mercancía («bien», en la terminología
subjetivista, que así pone el acento en su utilidad para el con-sumidor)
corresponde a una categoría que incluye objetos que no son idénticos entre sí
pero que son suficientemente similares para justificar un
Marshall dedujo
la noción evolucionista de equilibrio de la teoría de la población, la cual
puede tender a un estado estacionario a través de los flujos de nacimientos y
muer-tes. Cf. Ridolfi (1972). En los Principles Marshall pareció preferir esta
noción a la noción «mecánica» derivada de la física, la cual dominó antes y
después de él entre los teóricos marginalistas.
La competencia
se identificaba más bien con libertad de maniobra. Marshall (1890), p. 347,
destacó explícitamente que su noción de normal no coincidía con la de
competitivo. Hart (1996), p. 360, observa que «En los Principles, la
competencia era vista esencialmente como una actividad de la conducta más que
una estructura de mercado».
Evidentemente,
una concepción evolutiva también puede dar origen a modelos matemáticos y a un
análisis bien estructurado. Podemos preguntar, en este sentido, qué forma
habrían tomado los Principles si Marshall hubiera conocido los escritos de
Alfred James Lotka (1880-1949) sobre la teoría matemática de la población. Sin
embargo, un desarrollo en esta dirección puede haber sacado a la luz los
numerosos elementos de irrea-lismo de una comparación demasiado estricta entre
poblaciones biológicas y conjuntos de sujetos económicos como las empresas,
incluso al margen de la confusión entre el evolu-cionismo de Lamarck y el de
Darwin. Samuelson, en sus Foundations [Fundamentos] (1947) reconoció una deuda
hacia las ecuaciones en diferencias utilizadas por Lotka para definir las
dimensiones y la estructura de edades de la población en el caso del estado
esta-cionario.
476 Alfred Marshall
tratamiento unitario,23 y paralelamente cada industria incluye
las empre-sas (unidades productivas complejas) que operan en uno de tales
sectores de mercancías. Naturalmente, surgen diversos problemas cuando las
cate-gorías así definidas se relacionan con el mundo real: desde el caso de la
producción conjunta hasta el problema de las diferencias en las tecnologías
adoptadas por las diferentes empresas que pertenecen a la misma industria, y
hasta el problema de la mayor o menor semejanza entre los productos de las
distintas empresas que pertenecen a la misma industria. Este último aspecto en
particular es importante, porque hace menos clara, y más flexi-ble, la noción
marshalliana de competencia; de este modo, ciertamente, tal noción se inclina a
reconocer un cierto grado de independencia entre los «mercados» de las
diferentes empresas que pertenecen a una industria, y, por ende, algún grado de
autonomía en las elecciones de precio de las dis-tintas empresas.
Como se indicó más arriba, dentro de este marco conceptual la
estructura analítica de Marshall se basaba en el equilibrio (a corto o a largo
plazo) entre demanda y oferta. Se supone que la función de demanda de cada
mercancía se deduce de las preferencias individuales;24 en conjunto, sin
embargo, Marshall tendió a tratar superficialmente la relación entre los mapas
de utilidad y las funciones de demanda: este aspecto no constituyó una de sus
contribuciones originales.25 Para determinar el equilibrio, es suficiente
suponer dadas (y decrecientes, sobre la base del postulado de la
En este
aspecto, Marshall (1890, p. 509, n. 2) citó a Petty con aprobación, el cual
había recordado (en Petty, 1662, p. 89) que en la oración del padrenuestro el
término pan designa el alimento en general. Podemos recordar también el uso del
término grano en Ricardo y en muchos otros economistas clásicos para designar
el conjunto de los produc-tos agrícolas.
Para la
derivación de las curvas de demanda de las funciones de utilidad, cf. Marshall
(1890), pp. 92 y ss. y 838 y ss. En el contexto del análisis parcial, la
utilidad mar-ginal del dinero se supone constante: los efectos renta quedan así
descartados. Esto se jus-tifica suponiendo que el mercado de la mercancía que
se considera es muy pequeño, com-parado con el conjunto de la economía; esto
debe ser válido para cada agente económico individual.
Siguiendo en
esto a los exponentes de la «vieja» escuela alemana, Marshall atribu-yó
importancia al análisis de las necesidades: el elemento objetivo de la
capacidad para satisfacer necesidades (la virtuositas de Bernardino de Siena:
cf. más arriba § 2.5) se situa-ba así, en el pensamiento escolástico, al lado
del elemento subjetivo (complacibilitas), en la determinación de la función de
demanda.
Los Principios 477
utilidad marginal decreciente) las funciones de demanda de los
diferentes bienes.26 La atención se concentró, más bien, en las funciones de
oferta: fue en este campo en el que Marshall intentó proporcionar una
contribu-ción innovadora en comparación con las teorías propuestas por los
prime-ros protagonistas de la revolución marginalista, particularmente por
Jevons. Este último había recurrido a un principio simétrico al de la utili-dad
decreciente, el principio del sacrificio o penalidad creciente del traba-jo;
esto le permitía obtener curvas de oferta crecientes, dado que los pro-ductores
piden precios cada vez más altos como condición para aumentar su contribución
(la cantidad de trabajo gastada), y, por lo tanto, para aumentar la cantidad
producida. Sin embargo, tal enfoque no puede extenderse fácilmente del estudio
del comportamiento de los individuos al análisis de las industrias y empresas
en los mercados competitivos, máxi-me si adoptamos el método del análisis
parcial: cada empresa o industria considerada aisladamente, de hecho, puede
obtener fácilmente (en un mercado de trabajo competitivo) horas adicionales de
trabajo simplemen-te sustrayéndolas de otras empresas o industrias, sin variar
la desutilidad marginal del trabajo del trabajador individual.27
Así, Marshall propuso el camino del equilibrio parcial para el
análisis de la oferta, para la construcción, por lo tanto, de curvas de oferta
referi-das a empresas e industrias individuales. A este fin tomó dos elementos
de la tradición clásica y los adaptó en un contexto completamente diferente del
original. El primero era la teoría smithiana de la relación entre la ampliación
del mercado y la división del trabajo, y, por consiguiente, el aumento de la
productividad. El segundo era la teoría «ricardiana» de la renta diferencial.
Bautizadas de nuevo como «leyes de los rendimientos a
Recordando a
John Stuart Mill, Marshall destacaba en este aspecto la necesidad de
desarrollar una nueva ciencia, la etología o estudio de los hábitos y
costumbres humanos, y de sus cambios graduales a lo largo del tiempo.
Por otra parte
—podemos ahora añadir sobre la base de las observaciones de Sraf-fa (1925)— si
tuviéramos que tener en cuenta también los cambios infinitesimales en la
penalidad del trabajo, derivados de cambios en los niveles de producción de una
empresa o industria en particular, tales cambios afectarían igualmente a todas
las industrias y empre-sas de la economía. En consecuencia, no sería posible
utilizar la cláusula ceteris paribus que está en la base del análisis parcial;
en particular, cuando nos enfrentamos con cambios generalizados de los precios
no sería posible suponer como dada la curva de demanda de la industria
individual.
478 Alfred Marshall
escala», estas dos teorías fueron utilizadas simultáneamente
para explicar las variaciones de los costes en respuesta a los cambios en la
cantidad pro-ducida, identificados, respectivamente, con el caso de
rendimientos cre-cientes a escala y con el de rendimientos decrecientes.
Claramente, esto es una construcción artificial, que reúne cosas
com-pletamente diferentes.28 Además, aunque consideremos una cada vez, la
transposición de las «leyes» smithiana y «ricardiana» al ámbito de la teoría de
la empresa y de la industria, originó dificultades que Marshall vio o
per-cibió, pero a las cuales no atribuyó la importancia que merecen.
Consideremos ante todo la referencia a la «ley de los
rendimientos decrecientes» utilizada por Ricardo en la teoría de la renta, con
respecto a la productividad de unos medios de producción de una clase
particular, como la tierra, considerada disponible en una cantidad dada y con
unas características distintivas para cada unidad de tierra. La teoría
ricardiana de la renta diferencial, de hecho, no gira en torno a los
rendimientos decrecientes para las empresas o industrias individuales, sino en
torno al problema de la distribución de la renta nacional entre las clases
sociales de trabajadores, terratenientes y capitalistas, y en particular en
torno al pro-blema de la determinación de la renta que va a los terratenientes.
En la forma modificada que Marshall le dio, la teoría de los rendimientos
decre-cientes se refería, en cambio, a los medios de producción utilizados por
las industrias específicas. El caso en que una industria es la única que
utiliza unos medios de producción dados es, sin embargo, un caso muy
particu-lar. Una vez más, fuera de este caso, que es al que se refería la
teoría ricar-diana, la cláusula ceteris paribus (y, por lo tanto, el método del
análisis par-cial) debe abandonarse.
Además, ya en sus primeros escritos Marshall consideró un
problema adicional, decisivo para su enfoque: la existencia —e importancia— de
Este punto se
considerará de nuevo más adelante, cuando se ilustren las críticas de Sraffa a
esta construcción: cf. § 16.4. Aquí destacaremos simplemente que en el primer
caso los rendimientos crecientes corresponden, en una primera aproximación, a
los cam-bios proporcionales en todos los medios de producción utilizados; en el
segundo caso, en cambio, los rendimientos decrecientes están relacionados con
los cambios en las propor-ciones en que se utilizan los diferentes medios de
producción, dado que la cantidad de «tie-rra» utilizada permanece fija,
mientras que cambian las cantidades de trabajo y «capital».
Los Principios 479
rendimientos crecientes a escala, que se consideraban como la
fuente del desarrollo económico en la teoría smithiana de la división del
trabajo. La teoría del equilibrio de la empresa de Cournot (1838) —un punto de
refe-rencia decisivo para el desarrollo de la teoría marginalista— entra en
crisis si se abandona el supuesto de los rendimientos decrecientes a favor del
supuesto, decididamente más realista, de los rendimientos crecientes a escala.
En este caso sólo es posible un equilibrio estable si la curva de demanda
decrece más rápidamente que la curva de oferta; pero esto no puede sostenerse
en el caso de competencia, en el que el precio se supone independiente de la
cantidad producida por la empresa individual. En otras palabras, el supuesto de
competencia perfecta es incompatible con el caso de rendimientos crecientes a
escala.
Como se dijo más arriba, Marshall ya había reconocido la
existencia de este dilema en sus ensayos The pure theory of domestic values,
publica-dos en 1879; gran parte de su esfuerzo analítico en los Principles y en
las posteriores revisiones del libro se dedicó a resolver el dilema. También en
este caso, debido a la compleja interacción de afirmaciones y matizaciones,
referencias cruzadas y oposiciones entre el texto y las notas, es muy difícil
definir unívocamente la solución propuesta (la cual, además, evolucionó con el
tiempo); puede ser mejor que nos concentremos en dos puntos de referencia
distintos.
Primero, tenemos la solución que fue desarrollada por algunos de
los seguidores de Marshall, en particular Pigou y Viner, y que después se
adoptó en la mayoría de manuales.29 Esta solución se basaba en el supues-to de
curvas en forma de U, que representaban la relación entre los costes medios y
marginales, por una parte, y la cantidad producida, por la otra. Inicialmente,
las curvas de coste son decrecientes a causa de que predomi-nan los
rendimientos crecientes; a partir de cierto punto (un determinado nivel de la
cantidad producida), los rendimientos decrecientes toman la
Cf. Ridolfi
(1972) para una crítica de la idea, bastante difundida en la literatura, de que
esta solución estaba presente en los Principles de Marshall, y para una
reconstruc-ción de su origen. Bharadwaj (1989), pp. 159-175, siguiendo una
sugerencia que le hizo Sraffa, utilizó las notas manuscritas de Marshall en el
margen de Wealth and welfare de Pigou (1912) para demostrar que Marshall
consideró efectivamente con extrema descon-fianza la línea de investigación en
la que se había embarcado su sucesor en la cátedra de Cambridge.
480 Alfred Marshall
delantera y los costes comienzan a aumentar. En competencia y a
largo plazo, el punto de equilibrio de la empresa corresponde al mínimo de la
curva de coste medio, a saber, el punto donde la curva de coste medio deja de
descender y comienza a crecer. Así pues, el peso del desarrollo de la industria
se coloca en los hombros de una clase específica de economías de escala: las
que son internas a la propia industria (dado que para la indus-tria la curva de
demanda es decreciente, de modo que es posible el equili-brio aunque la curva
de oferta sea también decreciente, supuesto que el ritmo de descenso sea menor
que el de la demanda), pero externas a las empresas que componen la industria
(de modo que conserven la posibili-dad de un equilibrio competitivo que requiere
que los costes aumenten con la cantidad producida, a partir de un determinado
punto). Tal cons-trucción, pues, puede ser criticada por su falta de realismo y
por su rela-ción con una noción estática de equilibrio.30
Marshall, mientras apuntaba a la línea de razonamiento que se
acaba de esbozar, sugería una segunda vía para resolver el dilema entre el
supuesto de competencia y los rendimientos crecientes: una vía que parece haber
adoptado con una confianza creciente en las ediciones de los Principles que
siguieron a la primera, al menos hasta la quinta. Este segundo camino consiste
en la teoría de la firma representativa y en el recurso a las metáforas
biológicas. El núcleo del argumento es éste: la industria se compone de muchas
empresas que, como los árboles en un bosque, se encuentran en diferentes puntos
de su «ciclo vital»: algunas, las «jóvenes», experimentan unos rendimientos
crecientes y se desarro-llan, aunque sea en un medio competitivo; otras, las
«maduras», ya han alcanzado unas dimensiones en las que los elementos de
crecimiento y decadencia se equilibran; y otras están en plena decadencia. En
un mundo compuesto por empresas individuales que se distribuyen entre las
diferentes etapas de desarrollo, la empresa «representativa», de dimen-siones
medias, resulta estar en la mitad de su proceso de desarrollo, y, por lo tanto,
puede identificarse con una empresa que experimenta ren-dimientos crecientes,
aunque en general sea estacionaria la población de empresas.
30 Sraffa (1925)
proporcionó material suficiente para una crítica de este enfoque.
Los Principios 481
La debilidad de esta construcción no es simplemente la
dificultad de traducirla en un modelo analítico bien estructurado; radica más
bien en la dificultad de aceptar el supuesto del «ciclo vital». La
justificación de tal supuesto venía dada por la referencia a la secuencia de
tres generaciones en el control de la empresa: el fundador, dotado de una
capacidad orga-nizativa e innovadora superior a la normal; sus herederos
inmediatos, que crecieron en la dura escuela del fundador y acostumbrados por
lo menos a una rigurosa dirección de los negocios de la familia; la tercera
genera-ción, que se desarrolló en condiciones prósperas y está menos dispuesta
a hacer los sacrificios que a menudo son necesarios en un medio competi-tivo
caracterizado por el continuo cambio tecnológico y, por lo tanto, por la
necesidad de ahorrar e invertir a fin de no ceder el terreno a sus
com-petidores.31 Tal justificación se refiere claramente a un mundo de
peque-ñas empresas dirigidas por su propietario. En las últimas ediciones de los
Principles publicadas en vida, el propio Marshall destacaba la creciente
importancia de las sociedades por acciones, en las que el supuesto del ciclo
vital no parece aceptable, y se mostraba consciente de las dificulta-des
derivadas de ello. No obstante, varios de sus seguidores se mantuvie-ron fieles
a la construcción de la firma representativa, como Robertson, que la volvió a
proponer en 1930, provocando la sarcástica reacción de Sraffa (1930a).
Así pues, los Principles constituyeron un fracaso, al menos por
lo que respecta a lo que el propio Marshall consideraba un elemento decisivo de
su personal contribución al desarrollo de una teoría neoclásica del valor. Sin
embargo, otros elementos del edifico de Marshall tenían pleno dere-cho a formar
parte de la teoría económica moderna: recordemos, por ejemplo, la noción de
elasticidad. Y debe añadirse que la grandeza de Marshall como economista
descansa también (y tal vez de modo princi-pal) en su conciencia de los límites
de sus construcciones analíticas, que, en cambio, han sido aceptadas sin un
detenido análisis crítico por muchos de sus seguidores, incluso en años
recientes.
En ese período
(once años después de la primera edición de los Principles de Marshall, pero
seis años antes de la quinta edición, en la que la idea de la empresa
repre-sentativa alcanzó su pleno desarrollo) la idea del ciclo vital de las
empresas halló expresión literaria en la famosa novela de Thomas Mann,
Buddenbrooks (1901).
482 Alfred Marshall
13.4. La economía se convierte en una profesión
Entre las contribuciones de Marshall al desarrollo de la
economía tenemos que recordar también su papel en la transformación del
econo-mista en una profesión, con específica autonomía en las áreas de
investi-gación y enseñanza.
Cuando Marshall comenzó su carrera profesional, en los estudios
uni-versitarios podían distinguirse dos orientaciones generales: ciencias
huma-nas y ciencias naturales. Dentro de la primera, coexistían la filosofía
(con un papel dominante para la filosofía moral), la historia y la moral. La
eco-nomía política tenía un papel menor; las clases de economía que Marshall
daba a las estudiantes femeninas de Newnham College eran en muchos aspectos
lecciones de educación cívica.
En este sentido —como una contribución a una sólida educación
moral— tenemos que interpretar el apoyo que prestó el joven Marshall al
movimiento en favor de la admisión de mujeres en los estudios universi-tarios:
apoyo que iba a cambiarse posteriormente en ardiente oposición —con un cambio
de actitud que los biógrafos y estudiosos han encontra-do difícil de
explicar—.32 Este cambio de actitud puede haber sido debi-do a la impresión de
Marshall de que la relación originalmente percibida entre la instrucción universitaria
y la educación cívica y moral (una rela-ción coherente con el papel que él
atribuía a las mujeres como vestales ilus-tradas de la familia y la sociedad)
se había transformado en un vínculo entre la obtención de un título
universitario y el comienzo de una carrera profesional, tal que favoreciera una
creciente asimilación entre hombres y mujeres. Aparte de una evolución
indudable de su posición, Marshall parece, de hecho, un tradicionalista
victoriano, favorable a la mejora cul-tural como instrumento de la mejora moral
tanto en el caso de las muje-res como en el de los trabajadores, pero situado
en las antípodas de la posi-ción en favor de la mujer manifestada, por ejemplo,
por John Stuart Mill algunas décadas antes, o de la posición —a menudo
completamente moderada— de los partidarios contemporáneos del acceso de las
mujeres a la universidad, como su viejo amigo Henry Sidgwick.
Cf. Groenewegen
(1995), pp. 493-530. El capítulo se titula «Un feminista man-
qué».
La economía se convierte en una profesión 483
La creación de la educación profesional en el campo económico
requería que la economía se destacara del ámbito más amplio de estudio de las
ciencias morales, adoptando decididamente el carácter de instru-mento técnico
de análisis de un aspecto importante de la realidad social. En esencia, la
economía ya no iba a ser vista como uno de los posibles campos del saber de un
científico social genérico, sino que iba a conside-rarse como un conjunto de
campos de trabajo especializados conectados entre sí.
Como ya se dijo, Marshall efectuó una contribución decisiva en
esta dirección. Ante todo, está la fundación en 1890 de la British Economic
Association (y después la Royal Economic Society) y de su publicación, el
Economic Journal.33 En segundo lugar, tenemos que recordar la larga lucha por
la institución de un currículo especializado de estudios en la Univer-sidad de
Cambridge, independiente del genérico de ciencias morales.34 La economía (ya no
«economía política») se concebía como una ciencia cuyo desarrollo se confiaba a
especialistas, sobre el modelo de las ciencias natu-rales, y dejaba de ser una
rama del conocimiento confiada en parte a aque-llos que podían reflexionar
sobre sus propias experiencias prácticas (desde el banquero Cantillon al agente
de bolsa Ricardo) y en parte a personas dotadas de una buena cultura general y
con un interés político para la comprensión de los acontecimientos económicos y
sociales (desde los médicos Petty y Mandeville a un revolucionario profesional
como Marx).
La profesionalización de la economía tuvo efectos positivos y
negati-vos en su evolución. Entre los efectos positivos, está sin duda la
difusión de técnicas de análisis más refinadas, que pedían un mayor rigor y un
mayor control de la consistencia lógica de los argumentos. El desarrollo
No debemos
engañarnos por el hecho de que Marshall prefiriera mantenerse en un segundo
plano, dejando a los otros los papeles oficiales de presidente y secretario de
la Bri-tish Economic Association y de editor del Economic Journal. Su control
de facto sobre la asociación y la revista, y más generalmente sobre la
selección de economistas en las uni-versidades inglesas, tuvo, sin embargo, un
peso completamente decisivo. Cf. Groenewegen (1995), pp. 464-468; Maloney
(1991); Hey y Winch (1990), en particular el ensayo de Kadish y Freeman.
La historia de
esta batalla, que culminó en 1903 con la institución de una nueva licenciatura
(tripos) en economía, se narra en Groenewegen (1995), pp. 531-569; cf. tam-bién
Maloney (1985), 2.ª ed. 1991.
484 Alfred Marshall
de la economía matemática y especialmente la recogida y análisis
siste-mático de la información estadística fueron aspectos de este proceso. En
cuanto a los elementos negativos, la actividad investigadora perdió su
naturaleza de participación en la vida cultural y política, convirtiéndose en
un instrumento para las carreras académicas. La importancia atribui-da a la
originalidad y prioridad de publicación de las ideas propias, por parte de
Marshall así como de Jevons o Walras, puede así comprenderse mejor.35 Sin
embargo, en este punto el debate teórico adquirió una peli-grosa autonomía con
respecto a la constante confrontación con el mundo real: demostrar la capacidad
«científica» propia, esencialmente a través del uso de refinados instrumentos
analíticos, se convirtió gradualmente en algo más importante que una buena
comprensión «práctica» de las cues-tiones reales.
A través del proceso de profesionalización de la economía,
Marshall realizó una contribución decisiva para el creciente dominio de la
teoría neoclásica: no sólo en la versión que él mismo había propuesto en los
Prin-ciples, sino también en la del equilibrio económico general. Además, si
tenemos presentes los efectos negativos recordados más arriba, era quizá
natural esperar que, en relación con la ambivalencia de las tesis presenta-das
en los Principles, terminara por prevalecer la construcción teórica más simplista
aunque analíticamente más precisa de la vulgata del equilibrio estático. Por la
misma razón, la versión axiomática de la teoría del equili-brio económico
general iba a prevalecer sobre el más concreto, pero menos «científico»,
análisis marshalliano del equilibrio parcial y las «cadenas cau-sales cortas».
Los episodios
de conflicto o pretendidos plagios, o sobre prioridad de publicación, también
habían tenido lugar anteriormente; recordemos, por ejemplo, la famosa
contro-versia entre Adam Smith y Ferguson sobre la división del trabajo (pero
podemos destacar que, y no por casualidad, tanto Ferguson como Smith ¡eran
profesores!). Sin embargo, hay un salto cualitativo en la atención a estos
aspectos. Recordemos, por ejemplo, que en el siglo XVII William Petty, que
ciertamente no era un modelo de altruismo, regaló callada-mente por lo menos
algunas ideas a su amigo John Graunt, si no el texto completo de la famosa obra
sobre las tablas de mortalidad de Londres al que se remontan generalmente los
orígenes de la demografía (Graunt, 1662); en el siglo XVIII la proclividad al
plagio del marqués de Mirabeau o de Postlethwayt son bien conocidas; gracias al
último tenemos ahora lo que con toda probabilidad es el texto original inglés
del libro de Cantillon (1755).
Teoría monetaria: de la vieja a la nueva escuela de Cambridge 485
13.5. Teoría monetaria:
de la vieja a la nueva escuela de Cambridge
En su principal obra, los Principles, Marshall no trataba el
dinero: como se dijo más arriba, el tema se reservó para un volumen posterior
del gran tratado que inicialmente había planeado; cuando Marshall, que ya tenía
ochenta años, consiguió publicar Money, credit and commerce (1923), su vigor
analítico había desaparecido. Sus contribuciones al campo de la teoría
monetaria han de encontrarse más bien en su partici-pación (principalmente en
forma de recomendaciones) en algunas comi-siones de investigación sobre el
tema,36 y en la tradición oral que proce-de de su docencia.
Dos aspectos de la teoría del dinero de Marshall merecen mención
aquí. Primero, Marshall transformó la ecuación cuantitativa de Fisher (cf. más
arriba § 12.5), MV = PQ, en la llamada ecuación de Cambridge, kY = M.37 En
segundo lugar, estaba el papel de las «perturbaciones mone-tarias» para
explicar las oscilaciones cíclicas de la economía en torno al equilibrio a
largo plazo determinado por los factores «reales» que se consi-deran en la
teoría neoclásica del valor.
Por lo que se refiere al primer aspecto, a primera vista podría
parecer un simple cambio de símbolos: la k de Cambridge corresponde de hecho a
la inversa de la velocidad de circulación del dinero, V, en la ecuación de
Fisher. Sin embargo, detrás de este cambio formal aparece una noción dis-tinta
de la demanda de dinero. Ésta se relaciona no tanto con las exigen-cias de
financiación del intercambio cuanto con las decisiones de los agen-tes
económicos sobre la proporción de su renta (o, en una formulación distinta, que
más adelante desarrollaría Keynes, sobre la proporción de su riqueza) que
desean mantener en forma de dinero.38 De esta manera se
Cf. Marshall
(1926 y 1996b).
Recordemos que
M indica la cantidad de dinero en circulación en la economía, V su velocidad de
circulación, P el nivel de precios, Q un índice de la cantidad producida, Y la
renta nacional en términos monetarios (de manera que PQ = Y), k la proporción
de la renta que los agentes económicos desean mantener en dinero.
Sobre este
punto Marshall había sido precedido por Senior. Cf. Bowley (1937), pp. 214-215,
que ilustra cómo Senior se opuso a la teoría cuantitativa del dinero (en la
ver-sión de J. S. Mill).
486 Alfred Marshall
hacía que la demanda de dinero por el motivo precaución (y
después, con Keynes, la demanda especulativa) apareciese explícitamente junto
con la demanda de dinero por el motivo transacción. En otras palabras, el
cam-bio formal de la ecuación de cambio permitía a Marshall destacar una nueva
perspectiva desde la cual abordar la cuestión del papel del dinero: una
perspectiva potencialmente revolucionaria, como iba a verse cuando su discípulo
Keynes diera decisivos pasos adelante.
Con respecto al papel del dinero en la determinación de las
variables reales de la economía, Marshall anticipó unas interesantes ideas
adicio-nales, admitiendo la influencia de las condiciones de liquidez en la
renta y el empleo, junto con su influencia sobre los precios monetarios. Sin
embargo, en este caso también el paso adelante lo daría más tarde Key-nes.
Marshall limitó la «no neutralidad» del dinero al corto plazo, como también
harían después de él sus discípulos o seguidores, de Hawtrey a Robertson, y más
o menos el conjunto de la tradición neoclásica, hasta Hayek y más allá.39
13.6. Maffeo Pantaleoni
Maffeo Pantaleoni (1857-1924) fue un protagonista clave del
desa-rrollo del pensamiento económico italiano a finales del siglo XIX y
princi-pios del XX. «El príncipe de los economistas» (italianos), como lo llamó
Sraffa (1924, p. 648), desempeñó un papel decisivo en varios aspectos: ante
todo, como maestro de más de una generación de economistas y como amigo
influyente de otros, como Pareto;40 en segundo lugar, a causa del impulso que
dio a la fundación de una de las líneas de investigación en Italia que internacionalmente
tuvo la mayor influencia, la escuela italiana
Cf. más arriba
§ 11.4, para la teoría del ciclo de Hayek; y más adelante, cap. 14, para los
desarrollos de esta línea de análisis por Keynes. Sobre Marshall, cf. Eshag
(1964) y Tonveronachi (1983), pp. 15-24.
La
correspondencia entre Pantaleoni y Pareto (Pareto, 1960) es un documento muy
útil (como, en una etapa posterior, lo es la que sostuvo con Loria y Graziani,
en Allo-cati, 1990) para revivir «entre bastidores» los debates teóricos y las
vicisitudes académicas de los economistas italianos de la época.
Maffeo Pantaleoni 487
de hacienda pública;41 en tercer lugar, por su apasionada
participación en los debates de la época sobre economía teórica y aplicada;42
en cuarto lugar, por su manual más influyente, Principii di economia pura
(1889); y, por último, aunque no por ello menos importante, por la combinación
de rigor científico y moral que demostró en el curso de su atormentada vida.
Después de licenciarse en Roma, Pantaleoni se convirtió en
profesor de economía política en la Universidad de Camerino cuando tenía
veinti-cinco años, y después se trasladó a Macerata, Venecia y Bari. En 1890,
sin embargo, se retiró en respuesta a la controversia surgida a causa de sus
crí-ticas al Gobierno y de sus afirmaciones a favor de la reforma bancaria: una
campaña muy dura que, entre otras cosas, contribuyó a la quiebra de la Banca
Romana. En 1895 volvió a la universidad como profesor en Nápo-les, pero después
de dos años, de nuevo en polémica con el Gobierno, renunció y se trasladó a
Ginebra. En 1900 volvió a Italia, como profesor en Pavía y después (desde 1902
hasta su muerte) en la Universidad de Roma, ocupando la cátedra que gracias a
su prestigio se convirtió en la cátedra de Economía más importante de Italia:
un papel que perdió des-pués de la Segunda Guerra Mundial, cuando el centro de
la enseñanza económica se desplazó a las facultades de derecho. Desde 1900
ocupó un escaño en el Parlamento; pero pronto fue objeto de acusaciones falsas
(en su opinión, lanzadas por aquellos cuyos intereses había perjudicado en la
época de la quiebra de la Banca Romana). Obligado a una larga y difícil defensa
que le arruinó financieramente (además, su esposa, después de un intento de
suicidio, enloqueció), abandonó el Parlamento tan pronto como salió victorioso
del escándalo. Ministro de Hacienda con D’Annun-
En particular
con un ensayo publicado en 1883, Contributo alla teoria del riparto delle spese
pubbliche [Contribución a la teoría de la distribución del gasto público].
Entre los economistas que, después de Pantaleoni, contribuyeron al desarrollo
de una escuela ita-liana de hacienda pública debemos mencionar por lo menos a
Antonio de Viti de Marco (1858-1943), que entre otras cosas es uno de los once
catedráticos italianos que se nega-ron a prestar el juramento de lealtad al
fascismo. Esta escuela dio origen a la corriente de la «teoría de la elección
pública» que ha resucitado en las últimas décadas el ganador del Premio Nobel
de Economía de 1986, el americano James Buchanan (n. 1919).
Cf. los ensayos
reunidos en Erotemi di economia [Cuestiones económicas], 1925), y el libro
sobre La caduta della Società Generale di Credito Mobiliare Italiano [La caída
de la SGCMI], 1895), que Sraffa (1924) comparó con la famosa e influyente obra
Lombard Street, de Bagehot (1873).
488 Alfred Marshall
zio en Fiume, se adhirió al fascismo en 1923 y fue designado
para el Sena-do; su muerte al año siguiente nos impide valorar sus reacciones
ante el asesinato político de Matteotti, prominente miembro antifascista del
Par-lamento; un asesinato del que Mussolini iba a reclamar la plena
responsa-bilidad moral.
El libro al que debe su fama como economista es, como se
mencionó antes, el texto sobre Principii di economia pura, publicado en 1889 y
tra-ducido al inglés en 1898. La publicación se adelantó en un año a la de los
Principles de Marshall, y era fruto de una investigación ampliamente
inde-pendiente, pero compartía una orientación sustancialmente similar.
En sus Principii, Pantaleoni adoptó decisivamente el enfoque
subje-tivista de Jevons y Menger (Jevons era el autor citado con más
frecuencia, aunque en Italia la influencia de la escuela austríaca fue
probablemente más fuerte). Tal enfoque se relacionaba, de un modo original y
sólo en apariencia ecléctico, con las contribuciones de la tradición clásica,
con marcada sensibilidad por la aplicabilidad concreta de las argumentaciones
teóricas. Muchas ideas, incluyendo su análisis de los fenómenos depreda-dores y
parasitarios, indican una inclinación por parte de Pantaleoni hacia un enfoque
evolucionista que estaba en línea con el clima cultural de la época y que era
semejante al que encontramos en los Principles de Marshall.
Pantaleoni permaneció esencialmente fiel a este enfoque en su
ense-ñanza posterior, cuando, atraído por los desarrollos de la teoría del
equili-brio económico general, quedó perplejo ante su enrarecida naturaleza
abs-tracta, mientras parecía enojado con las manías clasificatorias a las que
había dado origen la vulgata marshalliana, con la distinción entre indus-trias
de rendimientos crecientes, constantes y decrecientes. Sin embargo, su
influencia llevó a la aparición de una corriente marshalliano-pigouvia-na en
las universidades italianas, que tuvo entre sus epígonos a alguno de sus
sucesores en la cátedra de Roma, como Giuseppe Ugo Papi (1893-1989) y Giuseppe
Di Nardi (1911-1992).
No podemos saber cómo hubiera sido el nuevo manual en el que
Pan-taleoni estuvo trabajando en sus últimos años, aunque rechazó la idea de
reimprimir sus viejos Principii. Sin embargo, a pesar de su famosa afirma-ción
según la cual sólo hay dos escuelas de economistas, los que entienden de
economía y los que no (una frase que implica la existencia de una ver-
El marshallianismo en los Estados Unidos… 489
dad objetiva en nuestro campo), «su enseñanza, lejos de
orientarse a impo-ner a sus alumnos teorías preconcebidas, sólo se interesaba
por recomen-darles que pensaran por sí mismos» (Sraffa, 1924, p. 652).
13.7. El marshallianismo en los Estados Unidos:
de John Bates Clark a Jacob Viner
El progresivo dominio de la vulgata neoclásica en la enseñanza
de la economía y en la cultura económica en la primera mitad del siglo XX se
debió no sólo al desarrollo en Inglaterra y en particular en Cambridge con
Pigou, sino especialmente al creciente papel de las universidades america-nas
(favorecido cuando la cultura italiana y después la centroeuropea se vieron
perturbadas por el ascenso del fascismo y del nazismo) y la influen-cia en
ellas de unos cuantos protagonistas, que sistematizaron la teoría eco-nómica en
las versiones simplificadas del equilibrio parcial o agregado.
Concentremos la atención en dos figuras clave: John Bates Clark
(1847-1938) y Jacob Viner (1892-1970).43 J. B. Clark fue, con Richard Ely
(1854-1943) y Henry Carter Adams (1851-1921), uno de los tres pro-motores de la
American Economic Association en 1885, y de 1895 a 1923 fue profesor en la
Columbia University de Nueva York. Después de estu-diar en Amherst, en la
década de 1870 había estado dos años en Heidel-berg, experimentando la
influencia de la escuela histórica alemana de Knies; pero ya su primer libro
(The philosophy of wealth [La filosofía de la riqueza], una colección de
artículos publicados en 1886) contenía «una formulación totalmente original y
completamente sofisticada del principio de la utilidad marginal (“effective
utility” en el vocabulario de Clark)».44 Su principal obra, The distribution of
wealth [La distribución de la rique-za], publicada en 1899 después de largos
años de elaboración, ofrecía una
En el capítulo
anterior ya hemos tratado la figura de Irving Fisher, que trabajó en la
frontera entre el enfoque del equilibrio económico general y el enfoque
agregado sobre el que centramos aquí nuestra atención.
Dewey (1987),
p. 429. Cf. también el ensayo escrito por el hijo de John Bates, John Maurice
Clark (1952).
490 Alfred Marshall
ilustración sistemática de la teoría neoclásica del valor y de
la distribución basada en la noción agregada de capital, y tuvo un amplio
impacto.
Examinemos brevemente esta teoría. Clark consideraba un sistema
económico con sólo dos factores de producción, trabajo y capital (la tierra y
cualquier otro input productivo distinto del trabajo se reducían a capi-tal).
En un sistema semejante, la cantidad de producto obtenida depende de la
cantidad utilizada de los dos factores de producción y de su combi-nación; el
tipo de interés y el tipo de salario corresponden, en equilibrio, a la
productividad marginal de los dos factores, capital y trabajo, y consti-tuyen
sus precios o «valores naturales».45
Clark era un convencido partidario del análisis agregado, por la
posi-bilidad que ofrece para alcanzar resultados concretos y analíticamente
sóli-dos.46 Por lo tanto, rechazaba por irrelevantes los intentos de
desarrollar una teoría desagregada del capital como la del Wicksell maduro,
deducida de Böhm-Bawerk y basada en los períodos de producción de los distintos
bienes de capital (cf. más arriba § 11.4 y 11.5). Además, Clark proponía una
«medida universal del valor» basada en una combinación de utilidad y trabajo.
En el plano conceptual, su principal contribución consistió en la distinción
entre estática y dinámica; a nivel analítico, en la demostra-ción, aunque se
basaba en un sencillo aparato gráfico —en el marco de la teoría neoclásica
agregada que se recordó antes— de lo erróneo que sería
Clark dejó
abierta la cuestión de las condiciones en las que la regla distributiva basada
en las productividades marginales de los factores de producción agota por
comple-to el valor del producto: es lo mismo que Wicksteed había hecho en su
Essay on the co-ordi-nation of the laws of distribution, publicado en 1894. Sin
embargo, en una recensión de este libro, publicada en el Economic Journal en
junio de 1894 (por lo tanto, cinco años antes de la publicación del libro de
Clark), Flux había destacado la necesidad de suponer rendi-mientos constantes a
escala para aplicar el teorema de Euler a la función de producción agregada, y,
por lo tanto, garantizar la correspondencia entre la suma de las cuotas
distri-butivas y el valor del producto. Cf. Steedman (1992); sobre la historia
de la productividad marginal en general, y sobre el papel del teorema de Euler
en relación con ella, cf. Stigler (1941). Contribuciones importantes
posteriores en la línea de una teoría marginalista de la distribución basada en
una función de producción agregada son Hicks (1932) y Dou-glas (1934).
Ya Wicksell
(cf. más arriba § 11.5) había observado que tal concreción y solidez eran sólo
aparentes, y esto quedó finalmente en evidencia en el debate que siguió a la
publi-cación del libro de Sraffa (1960): cf. más adelante § 16.8.
El marshallianismo en los Estados Unidos… 491
considerar la parte de la renta que va al capital o a la tierra
como exce-dente, debido a la simetría entre la determinación del tipo de
salario y la del tipo de interés, que corresponden al producto marginal de los
dos fac-tores de producción, trabajo y capital.47
En la generación que siguió a Clark, Jacob Viner enseñó en la
Uni-versidad de Chicago, con interrupciones muy breves, de 1916 a 1946, y
posteriormente se trasladó a Princeton hasta 1960. Sus principales campos de
investigación fueron la teoría del comercio internacional y la historia del
pensamiento económico.48 Su contribución más influyente, sin embar-go, fue un
artículo sobre «Cost curves and supply curves», publicado en 1931. En él Viner
ofreció un tratamiento sistemático en cuatro gráficos de la determinación de
los equilibrios de la empresa y de la industria, a corto y a largo plazo,
basado en pares de curvas en forma de U que representa-ban los costes medios y
marginales como funciones de la cantidad produ-cida. En particular, la curva de
oferta de la empresa, a largo plazo, se obte-nía a partir de la envolvente de
las curvas de oferta a corto plazo.49
Este tratamiento sistemático se adoptó esencialmente sin cambios
en los manuales de economía del medio siglo siguiente, y aún más allá.
Par-ticularmente fue aceptado —junto con la versión neoclásica agregada de
Clark fue
también el autor, en la segunda etapa de su actividad investigadora, de
trabajos que constituyen el fundamento teórico de la política antitrust
estadounidense (recordemos en particular The control of trusts [El control de
los trusts], publicado en 1912 y escrito en colaboración con su hijo, John
Maurice Clark, 1884-1963, que también fue un influyente economista, profesor en
Chicago de 1912 a 1926 y después en Columbia University hasta 1952).
Finalmente, tenemos que recordar su contribución, que también se refería a la
organización, a la investigación sobre la paz patrocinada por la Carnegie
Endowment for International Peace.
Cf.,
respectivamente, Viner (1937) y los ensayos reunidos en Viner (1991). La enorme
erudición de Viner puede parangonarse tal vez sólo con la de Schumpeter o
Sraffa.
En este aspecto
hay una conocida historia sobre Viner, que pedía excusas a sus lec-tores por la
incapacidad del delineante que había dibujado los gráficos de su artículo para
hacer que la curva de coste medio a largo plazo pasase por los puntos mínimos de
las cur-vas de coste medio a corto plazo: la solicitud de Viner era imposible
de satisfacer, como puede demostrar el tratamiento algebraico del problema. Hay
que decir en honor de Viner que en las reimpresiones del artículo, después de
haber sido advertido su error, la nota a pie de página sobre su desacuerdo con
el dibujante recordando las dudas matemáticas de este último que no comprendió
Viner, no se ha omitido nunca.
492 Alfred Marshall
la teoría del valor y la distribución de Clark— como núcleo
central del famoso manual Economics [Economía] (1948a) de Paul Samuelson (n.
1912, premio Nobel en 1970), no sólo el manual mejor vendido de los últimos
cincuenta años (más de tres millones de ejemplares vendidos en ediciones
posteriores y en numerosas traducciones), sino también un modelo para diversos
autores.50
13.8. Thorstein Veblen y el institucionalismo
En el Reino Unido, la lucha de Marshall fue más con la escuela
his-tórica que con los restos del ricardianismo en el esfuerzo por establecer
el dominio de su particular orientación de la economía; en los Estados Uni-dos,
la difusión del marshallianismo también tuvo lugar en un contexto en el que
estaban extendidas las concepciones histórico-institucionalistas, aunque no
eran de ningún modo predominantes. De hecho, el principal representante del
institucionalismo, Veblen, debido tal vez a su personali-dad heterodoxa, nunca
fue considerado como perteneciente al establish-ment académico.
Thorstein Veblen (1857-1929), hijo de inmigrantes noruegos,
nacido en una comunidad agrícola, alumno de John Bates Clark y posteriormen-te
del filósofo pragmatista Charles Peirce,51 a menudo se sintió fuera de lugar en
la vida universitaria, debido a su estilo de vida nada convencional
En esta nueva
síntesis, las técnicas analíticas atrajeron una atención creciente, mientras
que los temas referentes a la representación del mundo pasaban a un segundo
plano. Así, «la teoría del consumidor dejaba de explicar las elecciones y
simplemente las describía: la racionalidad vino a ser equiparada con las
preferencias consistentes y transiti-vas [...] La competencia vino a ser
entendida en términos de incapacidad de los agentes para influir en los precios
en mercados que se desproveían de cualesquiera características institucionales,
definiéndolos sólo por la existencia de un precio único. El resultado era que
se ignoraban las visiones del proceso de competencia. [...] Un rasgo común
[...] era el des-cuido de todo argumento que no pudiera expresarse mediante el
uso de modelos formales de equilibrio» (Backhouse, 2003, p. 321).
Otro de sus
profesores fue William Graham Sumner (1840-1910), un conservador evolucionista
y principal representante del llamado darwinismo social, partidario del
indi-vidualismo elitista y del liberalismo económico extremo. Sumner, como
Marshall, estaba fuertamente influenciado por el evolucionismo social de
Herbert Spencer (cf. más arriba nota 19).
Thorstein Veblen y el institucionalismo 493
y también a su escepticismo religioso en un período en el que la
mayoría de los colegas y de las universidades americanas estaban afiliados a
una Iglesia. Escritor prolífico, contratado como profesor junior en la
Universi-dad de Chicago en 1892, en 1896 se convirtió en el primer editor del
Jour-nal of Political Economy y en 1899 publicó un libro provocador y de éxito,
The theory of leisure class [Teoría de la clase ociosa], en el que analizaba
con una terrible ironía la influencia de los valores económicos sobre las
cos-tumbres y las modas. También mostraba cómo la mentalidad de los nego-cios
llegaba a dominar incluso en las instituciones docentes, con una regre-sión de
los valores culturales.
Según Veblen, el capitalismo moderno se caracteriza por la
persis-tencia de viejos modos de pensamiento, tales como los antiguos instintos
depredadores y el uso del consumo ostensible para afirmar la superiori-dad
social. En The theory of business enterprise [Teoría de la empresa de
negocios], publicada en 1904, Veblen contrastaba a los hombres de in-dustria
(inventores, ingenieros, expertos técnicos) con los hombres de negocios que se
habían convertido en vendedores o se habían centrado en la dirección financiera
más que en la producción.52 Como una conse-cuencia de esto, en escritos
posteriores previó «el próximo dominio de la economía por un núcleo
oligopolístico de grandes corporaciones» (Diggins, 1999, p. 57).
Se encuentran muchas otras percepciones en los escritos de
Veblen, y muchas de ellas resurgen aquí y allí en el pensamiento económico
america-no posterior. Por ejemplo, la separación entre la propiedad y la
dirección de las empresas y el crecimiento de las grandes corporaciones están
en el cen-tro del famoso libro de Berle y Means (1932); hay atisbos, en los
escritos de Veblen, de la «tecnoestructura» de Galbraith (cf. más adelante §
17.4); más recientemente, el papel dominante de las finanzas y las ideas sobre
la
Es Veblen,
siguiendo en esto los hábitos tradicionales, el que escribe «hombres» donde hoy
preferimos escribir «personas»; pero no era ciertamente antifeminista. De
hecho, consideraba «el bárbaro estatus de las mujeres» (una expresión en la que
insistió, citado por Diggins, 1999, p. 141) «como un artefacto antropológico,
un residuo que refle-jaba la persistencia de la costumbre y la continuidad del
hábito» y veía «en la evolución humana el declive de las mujeres, así como el
ascenso de los hombres» (ibíd.). Sobre la posi-ción de Veblen sobre la cuestión
del género, cf. Diggins (1999), pp. 139-166.
494 Alfred Marshall
fragilidad financiera cíclica resurgen en la noción de Minsky
del «capitalis-mo de los gerentes monetarios» (money managers capitalism), y en
su teoría de las crisis financieras endógenas (cf. más adelante § 17.5). Pero
dos aspec-tos centrales del enfoque institucional de Veblen desaparecen de la
cultura económica americana con el creciente dominio del marginalismo, tanto en
su variedad marshalliana como en la variedad del equilibrio general, a saber,
la idea de que la naturaleza humana no debe tomarse como dada, sino que es una
variable endógena en el análisis económico;53 y la idea de un papel decisivo
desempeñado por el cambio cultural e institucional en el proceso de desarrollo
económico.54 En contraste con el optimismo de Sumner, que veía la evolución
social como una senda de progreso, las concepciones evo-lutivas de Veblen, que
se referían a las instituciones sociales y a la cultura humana, se concentraban
en las tensiones derivadas del retraso en la adap-tación cultural al cambiante
entorno económico.
Veblen tenía demasiado de outsider para pertenecer a una
«escuela», pero la importante corriente institucionalista de los Estados
Unidos, con protagonistas como Wesley Clair Mitchell (1874-1948) y, por lo
menos en parte de sus investigaciones, John Maurice Clark,55 puede verse como
ins-pirada en gran medida por sus escritos y su enseñanza.56
«La concepción
hedonista del hombre es la de un calculador instantáneo de pla-ceres y dolores,
que oscila como un glóbulo homogéneo de deseo y felicidad bajo el impul-so de
estímulos que lo mueven por el área, pero lo dejan intacto. No tiene
antecedente ni consecuente. Es un dato humano aislado y definitivo, en
equilibrio estable salvo cuando lo zarandean las fuerzas que lo afectan,
desplazándolo en una u otra dirección. Auto-impues-to en un estado elemental,
gira simétricamente alrededor de su propio eje espiritual hasta que el
paralelogramo de fuerzas avanza hacia él, con lo cual sigue la línea de la
resultante» (Veblen, 1919, citado por Diggins, 1999, p. 50).
Esto no
implicaba una inclinación hacia una actitud anti-teórica como la adopta-da por
la escuela histórica, que Veblen criticó precisamente en este aspecto. Su
crítica de la teoría neoclásica se refería más bien a su reducido objeto, con
su descuido de las cuestio-nes más amplias de la evolución social y de su
interrelación con el cambio cultural-institu-cional, y su método estático y no
evolucionista.
El libro de
Clark (1923) sobre los costes generales destacaba el papel de una pro-porción
alta entre capital fijo y circulante, inherente a las modernas tecnologías, en
una tendencia que se aparta de la competencia y se orienta hacia las formas de
mercado oligo-polistas y monopolistas. Otra contribución importante es el libro
de 1926 sobre los fallos del mercado y la necesidad de un «control social de
los negocios».
Para una
perspectiva general del institucionalismo americano en la primera mitad del
siglo XX, cf. Rutheford (2003) y la bibliografía allí citada.
Economía del bienestar: Arthur Cecil Pigou 495
Otra influencia importante, al menos parcialmente independiente,
fue la de John Rogers Commons (1862-1945), cofundador con Richard Ely de la
escuela institucional de Wisconsin, que tuvo una influencia nada desdeñable en
el New Deal de los años treinta.57 Entre otras cosas, Com-mons hizo importantes
contribuciones en el campo de las relaciones industriales: reconociendo la
realidad de los conflictos, insistió en la nece-sidad de instituciones que
asegurasen la mediación en ellos y su gestión.
Mitchell fue el principal protagonista de otra escuela
institucional activa en el período de entreguerras, que tenía su base en la
Universidad de Columbia y en el National Bureau of Economic Research de Nueva
York, del que fue director durante un cuarto de siglo (1920-1945), reali-zando
importantes contribuciones al estudio del ciclo y, con carácter más general, a
los estudios empíricos, la recopilación de estadísticas y la elabo-ración de la
contabilidad nacional.58
13.9. Economía del bienestar: Arthur Cecil Pigou
Entre los discípulos de Marshall hubo dos que sobresalieron por
enci-ma de los demás: John Maynard Keynes, al que se dedica el siguiente
capí-tulo, y Arthur Cecil Pigou (1877-1959). Seis años mayor que Keynes y por
temperamento más adaptado al medio universitario, aunque entonces era muy
joven, Pigou fue elegido por Marshall en 190859 como sucesor en la cátedra de
Economía de Cambridge, un puesto que mantuvo hasta su retiro en 1943.
Aquí sólo tenemos espacio para mencionar tres de sus
contribuciones: su versión «ortodoxa» de la teoría marshalliana de la empresa y
la indus-tria; su contribución más innovadora: el desarrollo de la corriente de
inves-tigación de la economía del bienestar; y su análisis del empleo y los
equi-librios macroeconómicos, caracterizado por su dramática relación con la
teoría keynesiana.
Sobre el papel
central de Ely en la fundación de la American Economic Associa-tion, cf. Barber
(2003), pp. 240-242.
Sobre los
posteriores desarrollos del institucionalismo en los Estados Unidos cf. más
adelante § 17.4.
Con una dura
batalla académica, sobre la cual véase Deane (2001), pp. 247-252.
496 Alfred Marshall
Como ya hemos sugerido en el § 13.3, Pigou prefirió adoptar, en
el variado corpus del análisis de Marshall, el enfoque que al menos parecía más
adecuado para un tratamiento analítico riguroso, el del análisis del equilibrio
parcial a corto y a largo plazo, basado en las curvas de costes en forma de U,
abandonando las sugerencias de Marshall para un análisis evolutivo («los
árboles y el bosque»). Esto provocó también algunas reservas rigurosamente
privadas por parte de su mentor (cf. Bharadwaj, 1989, pp. 159-175) y un
creciente aislamiento con respecto a sus colegas más estrictamente
marsha-llianos, como Robertson y Shove. A pesar de su activa participación en
el de-bate iniciado en 1922 por la publicación de un artículo de Clapham en el
Economic Journal (cf. más adelante § 13.10), y especialmente a pesar de su
sistemática aplicación de los instrumentos marshallianos en los diferentes
campos del análisis, no podemos considerar éste como el ámbito de su prin-cipal
contribución analítica. Aunque se adelantó a Viner en la utilización de un
gráfico con curvas de costes en forma de U (Pigou, 1928, p. 246), de hecho fue
más importante para la construcción sistemática de la vulgata marshalliana el
artículo de Viner (1931) mencionado en el anterior § 13.7.
Generalmente se considera que la principal contribución de Pigou
es su recurso a las nociones de economías y diseconomías externas, ilustradas
por Marshall en los Principles, para el desarrollo de un nuevo campo de
investi-gación teórica: la economía del bienestar. Recordemos que tenemos
econo-mías (o diseconomías) externas siempre que una actividad económica —sea
producción o consumo— genere efectos indirectos sobre terceras partes, los
cuales proporcionen un beneficio (o una pérdida), sin que haya participado en
la decisión el agente económico directamente implicado. Por ejemplo, tenemos un
caso de economías externas cuando las rosas que decido culti-var a mi costa en
mi jardín no sólo me alegran a mí, sino también a mis veci-nos; tenemos un caso
de diseconomías externas siempre que el automóvil que conduzco poluciona el
aire y contribuye a un atasco de tráfico. Cuando el agente económico
(supuestamente egoísta) decide cuánto producir y con-sumir, considera los
efectos de la acción que le afectan directamente, pero no los que afectan a
otros; esto implica que se consume y produce demasiado poco de lo que genera
economías externas, y demasiado de lo que genera diseconomías externas. De ahí
la deseabilidad de la intervención pública en el campo económico, dirigida a
estimular con subvenciones el primer tipo de actividades y a penalizar con
impuestos el segundo tipo. La economía del bienestar es precisamente el ámbito
de análisis que estudia la naturaleza y
Economía del bienestar: Arthur Cecil Pigou 497
medición de tales intervenciones, orientadas a conducir la
economía hacia situaciones óptimas para la comunidad en su conjunto.
La principal contribución de Pigou a esta línea de investigación
es Wealth and welfare [Riqueza y bienestar] (1912), que en la ampliamente
revisada segunda edición adoptó el título de The economics of welfare [La
eco-nomía del bienestar] (1920). En estos escritos Pigou utilizó
sistemáticamen-te el instrumento analítico del «excedente del consumidor»,
propuesto por Marshall en los Principles, en el contexto del análisis del
equilibrio parcial. Tal noción designa la ganancia de utilidad total que
obtiene en el intercam-bio el comprador gracias al hecho de que, mientras para
la última dosis (infi-nitesimal) adquirida el precio pagado corresponde a la
utilidad adicional obtenida (utilidad marginal), la utilidad de las dosis
anteriores es mayor que el precio pagado. La diferencia entre estas dos
magnitudes (suponiendo que la utilidad se mida en términos monetarios, en el
supuesto de que la utili-dad marginal del dinero sea constante), sumada para
todas las unidades adquiridas, da el excedente del consumidor. Evidentemente,
la elección entre las diferentes situaciones se deduce fácilmente de la
comparación del excedente del consumidor que se obtiene en la economía en los
distintos casos: éste es, de hecho, el camino tomado por la economía del
bienestar.60
El uso que se
acaba de ilustrar de la noción de excedente del consumidor está vicia-do por el
hecho de que tal noción puede deducirse exclusivamente en el contexto del
aná-lisis parcial, puesto que supone que la curva de demanda no cambia cuando
varía la canti-dad producida o consumida, de manera que esta construcción no
puede aplicarse rigurosamente en el contexto del análisis general. Además, el
análisis del equilibrio parcial no constituye un marco teórico sólido para la
economía del bienestar: como demuestra el llamado «teorema del segundo óptimo»
(Lipsey y Lancaster, 1956), en una economía mul-tisectorial un movimiento hacia
el óptimo en un sector no implica necesariamente un movimiento general hacia el
óptimo de Pareto.
Otro aspecto dudoso de la economía del bienestar se refiere a la
cuestión de la comparabilidad de utilidades y desutilidades, que se sortea
—pero ciertamente sin resol-verla— mediante el recurso a una función agregada
de bienestar social (Bergson, 1938), que iba a convertirse en esencial para los
desarrollos posteriores (la llamada nueva econo-mía del bienestar). Tales
desarrollos se refieren al análisis de casos en los que algunos agen-tes se
benefician de un cambio en la situación, mientras que otros salen perdiendo. Se
ha dicho que hay un aumento del bienestar si los primeros pueden pagar a los
últimos una compensación que sea menor que la ventaja que obtienen del cambio
en cuestión, pero que es suficiente para hacer aceptable el cambio a los
agentes que experimentan una pérdida.
Un desarrollo más reciente de la economía del bienestar se
relaciona con las ideas de Rawls (1971) sobre la justicia, según las cuales una
distribución equitativa de los recur-sos es aquella que podrían aceptar los
agentes implicados en ella antes de saber qué posi-ción ocuparían.
498 Alfred Marshall
Finalmente, Pigou fue conocido como representante de aquella
ortodo-xia que Keynes atacó en su General theory. En esta obra, las críticas a
la «teo-ría clásica» fueron efectivamente dirigidas a Pigou y su Theory of
unemploy-ment [Teoría del desempleo] (1933). También en los debates que
siguieron a la publicación de la General theory de Keynes, se vinculó el nombre
de Pigou a la defensa de la idea de un poder reequilibrador de los mercados
competi-tivos enfrentados con el desempleo. La idea es que, incluso cuando se
aban-dona el tradicional mecanismo reequilibrador basado en la reducción del
tipo de salario real, como no funciona cuando la reducción del tipo de salario
monetario inducido por el desempleo induce a su vez una reducción parale-la en
el nivel de precios, podemos recurrir al llamado «efecto Pigou» o «efec-to
riqueza real». Este mecanismo se pone en movimiento por el efecto que la
reducción de los precios, causada por el desempleo a través de la reducción de
los salarios monetarios, tiene sobre el valor real de los saldos monetarios (o,
en cualquier caso, de los saldos denominados en términos monetarios) mantenidos
por las familias. El mayor valor de tales saldos, y, por lo tanto, del valor
real de la riqueza de las familias, provoca un aumento del consumo, y, por lo
tanto, de la demanda agregada, que lleva a la reabsorción del paro.
Incluso cuando, en uno de sus últimos escritos (Keynes’s General
the-ory: a retrospective view [La Teoría general de Keynes: visión
retrospectiva], 1950), Pigou declaró que había revisado favorablemente su
opinión sobre la teoría de Keynes, de hecho estaba sugiriendo una reabsorción
de la teo-ría dentro del marco neoclásico tradicional. Pigou tomaba así partido
por Hicks (1937) y Modigliani (1944, 1963) en el desarrollo de la llamada
«síntesis neoclásica» en la que, como veremos mejor más adelante (§ 17.5), se
abandonaron los elementos verdaderamente originales del pensamiento de Keynes.
La tesis de Keynes sobre la posibilidad de un desempleo per-sistente se adoptó
sólo en la medida en que se relacionaba con rigideces en el mercado de trabajo,
las cuales impiden a los mecanismos de ajuste pre-vistos por la teoría
neoclásica tradicional que funcionen llevando al siste-ma al «verdadero»
equilibrio de pleno empleo.
13.10. Competencia imperfecta
Como ya hemos indicado, la noción de competencia en la teoría de
Marshall era más matizada — y, por lo tanto, menos restrictiva— que la
Competencia imperfecta 499
de otros teóricos marginalistas, en particular Jevons y Walras.
En las teorías de estos últimos, como en la vulgata de los manuales, la
competencia per-fecta era aquella situación en la que el agente económico es
demasiado pequeño, en relación con las dimensiones del mercado de un producto
cla-ramente definido y homogéneo, para poder influir con su comportamien-to en
la determinación del precio: en el límite, es necesario suponer que las
dimensiones de cada empresa, o de cada consumidor, son infinitesima-les
comparadas con la dimensión del mercado, y de ahí que el número de empresas, o
de consumidores, sea infinito. En términos técnicos, el precio se considera un
parámetro que viene dado desde fuera de la teoría y que explica el
comportamiento de la empresa o del consumidor individual, mientras que la
incógnita que debe determinarse es la cantidad respectiva-mente ofrecida o
demandada. En la teoría de Marshall, a la inversa, muchos argumentos
presuponían algún grado de libertad para las empre-sas en la fijación del
precio.
Este margen de libertad de acción, que desapareció en la vulgata
de Pigou y Viner, estaba presente en las metáforas evolucionistas con las que
Marshall ilustraba el comportamiento de la empresa representativa, en el
intento de encontrar un compromiso entre el rigor teórico y el realismo. En la
escuela de Cambridge encontraremos posteriormente una noción análoga de
competencia, por ejemplo en la teoría de Keynes (a pesar de los esfuerzos de
Kahn por introducirla en las formas más «rigurosas» de la vul-gata). La
principal manifestación de una representación del funciona-miento del sistema
económico que deja a las empresas algunos márgenes de libertad —el precio no
tiene que ser necesariamente el mismo para todas las empresas de una industria—
la representaba la teoría de la com-petencia imperfecta, para la que la
referencia tradicional es el libro de Joan Robinson publicado en 1933. Sin
embargo, detrás de este libro tenemos que recordar la larga serie de
contribuciones que constituían sus antece-dentes.
Podríamos decir que la historia comienza con una famosa
controver-sia sobre la teoría de la empresa, que se inició en 1922 con un
artículo de Clapham, «On empty economic boxes» [Sobre cajas económicas vacías],
en el Economic Journal. Las «cajas vacías» que señalaba Clapham en el títu-lo
de su artículo eran las categorías de rendimientos crecientes, constantes y
decrecientes a escala: categorías que parecían inaplicables en el caso de
500 Alfred Marshall
las industrias reales. Entre las respuestas de los marshallianos
ortodoxos (con Pigou en primera línea), que de vez en cuando proporcionaron
nuevas contribuciones, y las voces críticas que se añadieron a la de Clap-ham,
vino a dominar la escena una contribución de Sraffa publicada en 1926. La
primera mitad de este artículo sintetizaba las críticas a la teo-ría
marshalliana del equilibrio de la empresa y la industria a largo plazo en
condiciones de competencia, las cuales habían sido ilustradas en un largo ensayo
publicado en italiano el año anterior (cf. más adelante § 16.3); la segunda
parte proponía una salida para las dificultades recordando los ele-mentos no
competitivos comúnmente presentes en la realidad (y que ya había ilustrado de
diversas maneras Marshall en los Principles), los cuales nos permiten
considerar a cada empresa como dotada de un mercado pro-pio dentro de la
industria. La naturaleza imperfecta de la competencia en el mundo real nos
permite suponer que cada empresa se enfrenta a una curva de demanda que no es
horizontal, sino más bien decreciente, de manera que dentro de ciertos límites
la empresa puede aumentar el precio de su producto sin perder toda su clientela
(o puede disminuirlo sin tener que absorber toda la demanda que previamente se
dirigía a las otras empresas de la misma industria). En una situación de este
tipo, el equili-brio de la empresa es posible incluso en condiciones de costes
constantes, o ligeramente decrecientes, cuando aumenta la cantidad producida.
Como veremos (§ 16.4), Sraffa iba a abandonar pronto esta línea
de investigación. Sin embargo, la noción de competencia sobre la que se
apo-yaba correspondía, como dijimos más arriba, a las orientaciones originales
de Marshall y a una actitud consolidada en la tradición oral de la escuela de
Cambridge. Así, resurgió una concepción del funcionamiento de la economía que
destacaba el papel de las imperfecciones del mercado, por ejemplo, en la tesis
doctoral de Kahn (The economics of the short period [La economía del período
corto], 1929), que no se publicó en aquella época, siéndolo sólo recientemente,
primero en italiano en 1983 y después en inglés. La misma dirección fue tal vez
tomada por Gerald Shove (1888-1947), quien, sin embargo, sólo publicó dos artículos,
uno en 1928 y una contribución al simposio organizado en 1930 por el Economic
Journal sobre la teoría marshalliana de la empresa representativa.61
61 Sobre Richard
Kahn y Joan Robinson, cf. más adelante § 14.9.
La herencia de Marshall en el pensamiento económico
contemporáneo 501
Por lo tanto, el libro de Robinson (1933) representaba el punto
de lle-gada de una línea de investigación a la que habían contribuido diversos
representantes de la escuela de Cambridge. Utilizando un instrumento analítico
comúnmente atribuido a Kahn, la noción de ingreso marginal, Joan Robinson
proporcionó una vulgata de la teoría de la competencia imperfecta, en la que se
determina el equilibrio estático de la empresa y de la industria, a corto y a
largo plazo.
El libro de Joan Robinson permanecía dentro del marco
tradicional marshalliano, al descansar en las nociones de empresa e industria.
La obra de Chamberlin62 sobre la competencia monopolística, publicada el mismo
año y recordada generalmente junto con la de Joan Robinson, constituía en
cambio una contribución diferente en aspectos importantes. Al desta-car los
márgenes de libertad de que disfruta cada empresa a causa de la pre-sencia
general de imperfecciones del mercado, Chamberlin observaba que de esta manera
pierde significado la misma noción de industria, puesto que sus límites han
sido establecidos artificialmente sobre la base del supuesto de homogeneidad
del producto de las empresas que se incluyen en la misma industria. En lugar de
grupos de empresas (la industria) que producen una mercancía idéntica, tenemos
ahora un continuum de varia-ciones cualitativas entre los productos de las
distintas empresas. En este sentido, la aportación de Chamberlin (como iba a
mostrarlo mejor una contribución posterior de Robert Triffin, 1940)
representaba un cambio en la dirección de la moderna teoría axiomática del
equilibrio económico general, en la que cada agente económico representa un
caso en sí mismo.
13.11. La herencia de Marshall
en el pensamiento económico contemporáneo
Marshall tuvo un impacto excepcional en el desarrollo del
pensamien-to económico, mayor de lo que generalmente se reconoce. La razón de
esta infravaloración es que su contribución abarcaba dos corrientes distintas,
si no opuestas, de cultura económica. Por un lado, la vulgata marshalliana
Edward
Chamberlin (1899-1967), estudiante y después profesor de Harvard, con-centró
toda su investigación en el tema de la competencia monopolística.
502 Alfred Marshall
representaba todavía en la segunda mitad del siglo XX, y a
menudo lo repre-senta todavía hoy, un papel central en la instrucción económica
básica en la enseñanza media y en los manuales universitarios, con un impacto
que se deja sentir no sólo en la teoría de los precios (equilibrio de la
empresa y de la industria), sino también en disciplinas colaterales, desde la
economía industrial a la hacienda pública. Con su aparente mayor generalidad y
rigor, el enfoque del equilibrio económico general, a pesar de las referencias
fre-cuentes, a menudo ha permanecido en un segundo plano, debido a su
este-rilidad para aplicaciones concretas. Por otro lado, el enfoque
marshalliano del desarrollo económico como un proceso evolutivo, su matizada
noción de competencia y la atribución a las perturbaciones monetarias de un
papel clave en la determinación de las fluctuaciones cíclicas de la economía
cons-tituyen un reclamo de notable entidad para importantes corrientes del
pen-samiento contemporáneo, a caballo entre la heterodoxia y la ortodoxia.
Aparte de referencias a Schumpeter, ciertamente, es al
evolucionismo marshalliano al que se referían teorías de la empresa como las de
Nelson y Winter (1982); estas teorías consideraban la empresa como un organismo
cuyos genes consisten en un conjunto de rutinas. El progreso tecnológico tiene
lugar, según tales teorías, a través de la sustitución de viejas rutinas por
otras nuevas, más adecuadas para las tareas de la empresa y del medio en el que
opera. La difusión de tales rutinas, pues, tiene lugar a través de un mecanismo
de difusión y selección, en el que los más atrasados están condenados a
sucumbir. (Una vez más, la referencia era más a las teorías genéticas de
Lamarck que a las de Darwin: exactamente lo que había suce-dido con Marshall, a
través de la sociología de Spencer.)
Este enfoque tuvo un papel importante en atraer la atención
hacia los procesos dinámicos y el cambio tecnológico63 con una riqueza de
investi-gaciones empíricas. Sin embargo, a nivel teórico ha seguido atrapado en
el mismo callejón sin salida en el que Marshall se había encontrado.
Efecti-vamente, las promesas de un vago aparato conceptual, que precisamente a
causa de su imprecisión parece abierto a tener en cuenta diferentes aspec-tos
del proceso de desarrollo económico, no pueden mantenerse cuando se intenta
formalizar en modelos rigurosos un enfoque teórico que inten-
Favoreció así
el desarrollo de corrientes de investigación con una orientación seme-jante,
aunque con diferencias importantes: cf. el informe de Dosi (1988).
La herencia de Marshall en el pensamiento económico
contemporáneo 503
taba sortear la necesidad de una crítica frontal a la noción
clásica de equi-librio y a la tradición de la cual esta noción es un elemento
constituyente.
En cuanto a la noción marshalliana de competencia, la idea de
econo-mías de escala externas a la empresa individual, pero internas a la
indus-tria (o más bien a un sistema industrial local), encontró una salida
impor-tante en el reciente florecimiento de los estudios sobre economías
locales, en particular en la noción de distrito industrial, ya indicada en la
obra de Marshall.64 Sin embargo, también en este caso, aparte de arrojar luz
sobre la importancia concreta de una particular forma de agregación territorial
de pequeñas y medianas empresas y sobre los factores que las favorecen, la
teoría del distrito industrial no consiguió (ni lo intentó) desarrollar un
aparato analítico dotado de suficiente generalidad para permitir la
funda-mentación de una teoría de los precios y de la distribución.
Finalmente, en lo que se refiere a la teoría monetaria, la
influencia de Marshall se vio flanqueada por influencias semejantes de otras
corrientes teóricas, tales como la austríaca de Wicksell y Hayek, que también
busca-ban una explicación de los fenómenos cíclicos y el desempleo en las
«per-turbaciones» monetarias. Así reforzado, el impacto de la tradición
mone-taria marshalliana sobre la cultura económica fue muy fuerte, pero el
principal resultado fue el de favorecer la esterilización de la teoría de Key-nes
en la llamada síntesis neoclásica, la cual, como veremos más adelante,
intentaba hacer compatible el equilibrio a largo plazo de la teoría
margi-nalista tradicional, por un lado, y las fluctuaciones cíclicas y el
desempleo, por el otro, relegando este último al corto plazo.
En conjunto, pues, la indudable riqueza conceptual del
pensamiento de Marshall tuvo un impacto duradero y de largo alcance sobre el
pensa-miento económico, con importantes ramificaciones que persisten en el
pensamiento económico contemporáneo. Sin embargo, el problema con el que se
había enfrentado el propio Marshall sigue sin resolver: el de tradu-cir tal
aparato conceptual intrínsecamente dinámico a modelos teóricos que, vinculados
a la tradición marginalista, siguen estando basados en el concepto clave, irremediablemente
estático, del equilibrio entre demanda y oferta.
64 Cf. Becattini
(1989); Brusco (1989).
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14. JOHN MAYNARD KEYNES
14.1. Vida y escritos1
John Maynard Keynes nació en Cambridge (Inglaterra) el 5 de
junio de 1883 y fue el primer hijo de John Neville Keynes (1852-1949) y
Flo-rence Brown (1861-1958). Su padre, discípulo de Marshall, fue un estu-dioso
de lógica y economía, autor de The scope and method of political eco-nomy
[Objeto y método de la economía política] (1891), pero había preferido una
carrera administrativa a las perspectivas de un puesto de pro-fesor, llegando
al nivel más alto de la administración de la Universidad de Cambridge; su madre
fue una de las primeras licenciadas de aquella uni-versidad, y la primera mujer
que fue elegida alcaldesa de Cambridge.2
El currículo de Maynard estaba de acuerdo con los patrones más
ele-vados de la burguesía: escuela secundaria en Eton, estudios universitarios
en el King’s College de Cambridge. Aquí estudió matemáticas y humani-dades
clásicas; también fue elegido para formar parte de la elitista sociedad secreta
de los Apóstoles, dedicada a «la persecución de la verdad». En una generación
que había precedido hacía poco a la de Keynes, otro apóstol, el filósofo George
Edward Moore (1873-1958), había rechazado la identifi-
Las principales
biografías son las de Skidelsky (1983, 1992, 2000) y Moggridge (1992); la
biografía de Harrod (1951) ha quedado anticuada. Los Collected writings of John
Maynard Keynes, en treinta volúmenes, editados por Donald Moggridge y (vols.
15-18) Eli-zabeth Johnson, se publicaron por iniciativa de la Royal Economic
Society entre 1971 y 1989 (Macmillan, Londres).
2 Sobre John Neville Keynes (con un amplio recurso a sus diarios
personales), cf. Deane (2001).
506 John Maynard
Keynes
cación utilitarista entre «ser bueno» y «hacer el bien»,
proponiendo una ética de búsqueda interna de la verdad y coherencia personal.
En el clima de renovación cultural que caracterizó al período eduardiano, para
Keynes y sus amigos esto significaba una revaluación radical de la cultura y de
la ética victorianas, manifestada también en su conducta personal (marcada por
el extremo intelectualismo y la persecución de los placeres estéticos), aunque,
separándose de Moore, rechazaban la idea de normas generales de conducta,
sustituyéndolas por la confianza en la capacidad del «elegido» para evaluar
caso por caso lo que sería el comportamiento correcto.
A esta sociedad pertenecían, entre otros, el novelista Lytton
Strachey y los filósofos Bertrand Russell y Alfred Whitehead. Algunos de los
após-toles, en particular Strachey, con otros protagonistas principales de la
lite-ratura inglesa como Virginia Woolf y Vanessa Bell, dieron vida en las
déca-das siguientes al círculo de Bloomsbury (por el nombre del área
residencial de Londres donde vivían los protagonistas del círculo). Keynes
mantuvo íntimas relaciones con este grupo, por lo menos hasta su matrimonio.
Después de licenciarse en matemáticas, en 1906 Keynes hizo los
exá-menes de ingreso en la Administración Pública (civil service), pero
habien-do quedado en segundo lugar, tuvo que contentarse con un puesto en la
India Office (el primero de la lista iba tradicionalmente al Tesoro). Allí
había poco trabajo, y Keynes tuvo tiempo para escribir un tratado sobre el
sistema monetario indio (publicado en 1913 con el título de Indian currency and
finance) [Moneda y finanzas de la India] y un largo ensayo sobre la teoría de
la probabilidad. Gracias a este ensayo, después de un pri-mer e infructuoso
intento, en 1909 obtuvo una beca (fellowship) en el King’s College de
Cambridge. Keynes iba a comprometerse activamente con su college durante toda
su vida; elegido tesorero en 1924, llenó las arcas del college con una serie de
inteligentes inversiones inmobiliarias y especulando arriesgadamente en la
bolsa.
En 1908, antes de obtener la beca del King’s, Keynes renunció a
su puesto en la India Office y aceptó una plaza de lecturer de economía en
Cambridge; su modesto sueldo lo pagaba Pigou de su propio bolsillo,
con-tinuando así una tradición iniciada por su maestro, Marshall. Ese año Pigou
había sucedido a Marshall en la cátedra de Economía; más tarde, en la década de
1930, iba a convertirse en un adversario teórico de Keynes y de los
keynesianos. Desde 1911, con el apoyo de Marshall, Keynes asumió
Vida y escritos 507
la función de editor del Economic Journal; dos años después se
convirtió también en secretario de la Royal Economic Society. Iba a mantener
estos dos nombramientos durante más de tres décadas, en un período de
excep-cional vitalidad, especialmente para el Economic Journal, que pasó a ser
la revista económica más prestigiosa de la época.
Durante la Primera Guerra Mundial, siguiendo el ejemplo de sus
amigos de Bloomsbury, Keynes se declaró objetor de conciencia, aunque trabajó
en el Tesoro —con cierta falta de coherencia, que le atrajo la críti-ca de sus
más intransigentes amigos literatos—, sobre temas relacionados con la
financiación del esfuerzo de guerra. En 1919 fue miembro de la delegación
inglesa en la Conferencia de Paz de Versalles, pero se opuso a las
«reparaciones» impuestas a Alemania, considerándolas una carga insos-tenible para
la economía y la sociedad alemanas: así que dimitió y, de vuel-ta a Cambridge,
abordó la cuestión en su exitoso libro sobre The economic consequences of the
peace [Las consecuencias económicas de la paz].3
Ampliamente reconocido como escritor, Keynes abordó las
principa-les cuestiones de política económica en una serie de artículos;
también publicó algunos libros, entre los cuales estaban el Treatise on
probability [Tratado sobre probabilidad] en 1921 (una versión revisada de su
tesis doctoral para obtener la fellowship, en 1909, a la que Keynes dedicó más
años de trabajo y más cuidado que a cualquier otra de sus publicaciones) y el
Tract on monetary reform [Tratado sobre la reforma monetaria] en
Las críticas de
Keynes no se basaban en la sostenibilidad «interna» de las repara-ciones, es
decir, en la carga fiscal que implicaban, sino en su sostenibilidad «externa»,
es decir, las posibilidades de obtener un excedente en otras partidas de la
balanza de pagos que fuera suficientemente grande para compensar las
transferencias unilaterales por las repara-ciones. La atención de Keynes se
concentró en la imposibilidad de generar un excedente suficiente en la balanza
comercial, dando así origen a un amplio debate sobre las elastici-dades de
exportación e importación al tipo de cambio y a la renta. De hecho, Alemania
experimentó realmente una sustancial entrada de capitales, gracias también a
los préstamos de los Estados Unidos. Keynes fue, pues, considerado responsable
de una actitud demasia-do benevolente hacia Alemania: una tesis que cobró
renovado vigor después del ascenso del nazismo y del estallido de la Segunda
Guerra Mundial, como sostuvo, por ejemplo, el ensa-yo del belga Étienne
Mantoux, The Carthaginian peace, or the economic consequences of Mr. Keynes [La
paz cartaginesa, o las consecuencias económicas del Sr. Keynes], publicado
pós-tumamente en 1946, un año después de que su autor muriera en la guerra (cf.
Skidelsky, 1983, pp. 397-400).
508 John Maynard
Keynes
1923.4 A sus diversas responsabilidades académicas añadió
entonces la de presidente de una compañía de seguros y, en asociación con
otros, se embarcó en la especulación en bolsa, por su cuenta y en beneficio de
parientes y amigos (aunque los resultados no fueron siempre felices). En 1925,
habiendo dedicado una gran parte de su vida al cultivo de amistades masculinas,
Maynard se casó con una famosa bailarina rusa, Lydia Lopo-kova, a pesar de la
mal disimulada oposición de sus amigos de Bloomsbury.
En 1930 y 1936, respectivamente, publicó las dos obras —el
Treatise on money [Tratado del dinero] y la General theory of employment,
interest and money [Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero]— a
las que debe principalmente su fama como economista teórico. Otras
contri-buciones importantes fueron los vivos y provocadores ensayos reunidos en
Essays in persuasion [Ensayos de persuasión] (1931), y las bien documen-tadas e
incisivas biografías reunidas en Essays in biography [Ensayos bio-gráficos]
(1933). El mismo año en que se publicó la General theory, Key-nes inauguraba en
Cambridge el Arts Theatre, construido casi enteramente a sus expensas; su
esposa Lydia fue prima ballerina en la representación inaugural. Al año
siguiente sufrió un ataque al corazón y se vio obligado a reducir su carga de
trabajo.
En 1940 fue nombrado asesor del Tesoro y se sumergió de nuevo en
los problemas de financiación de la guerra, negociando préstamos de los Estados
Unidos. En 1941 se incorporó al consejo de administración del Banco de
Inglaterra. Al año siguiente fue nombrado lord, con el título de barón de
Tilton. Durante la guerra Keynes ya había comenzado a redactar una serie de
planes para reformar el orden económico interna-
En esta obra
Keynes distinguió entre la estabilización interna y la estabilización exterior
del valor del dinero (una distinción sugerida probablemente por Sraffa: cf. más
adelante § 16.1) y declaró su preferencia por la estabilización de los precios
internos más que por la del valor exterior de la moneda nacional; fue, por lo
tanto, crítico de la idea del regreso de la libra al patrón oro —que, sin
embargo, se decidió pocos meses después, el 28 de abril de 1925—. Además, por
decisión del entonces canciller del Exchequer, Winston Churchill, la vuelta al
patrón oro tuvo lugar a la paridad de anteguerra; esto implicaba una
sobrevaloración de la libra y una pérdida de competitividad para las
manufacturas inglesas. Keynes criticó mordazmente la decisión en un brillante
opúscu-lo, The economic consequences of Mr. Churchill [Las consecuencias
económicas del Sr. Churchill] (1925).
Vida y escritos 509
cional de la posguerra; en julio de 1944 desempeñó un importante
papel en la conferencia de Bretton Woods, aunque el mayor poder de nego-ciación
de los Estados Unidos condujo a unos resultados finales más pró-ximos a la
posición estadounidense (el Plan White, por el nombre del delegado americano)
que a la suya propia. Habiendo padecido un nuevo ataque al corazón, murió en su
casa de campo (en Tilton, Sussex) el 21 de abril de 1946.
Existe una inmensa literatura sobre el pensamiento de Keynes:
podríamos decir que no hay ningún aspecto de sus teorías que no haya
experimentado una diversidad de interpretaciones. Esto vale también para la
relación entre su análisis y la época en la que vivió. Muchos —de hecho, una
abrumadora mayoría— coinciden en trazar un paralelismo entre Keynes y la Gran
Crisis de 1929 (o, dicho con más precisión, con la recesión en el Reino Unido
después de la vuelta al patrón oro en 1925). No cabe ninguna duda de que en
cualquier caso las condiciones del paro, elevado y persistente, en la década de
1930, por lo menos favorecieron la difusión de las ideas keynesianas. Algunos
comentaristas destacan otros aspectos, tales como la óptica decididamente
británica de Keynes, que veía como su país retrocedía ante los Estados Unidos,
tanto en los mer-cados de manufacturas como en los financieros, pero con mayor
rapidez en los primeros, lo que parece explicar su mayor interés por estos
últimos. Al mismo tiempo, en lo referente a los problemas de reconstrucción del
sistema monetario internacional, Keynes esbozó planes que tuvieran en cuenta
los intereses de las monedas menos fuertes, como previsiblemente iba a ser el
caso de la libra esterlina en un mundo dominado por el dólar americano.
En efecto, al establecer los fundamentos de su análisis teórico,
Key-nes, cuyo excepcional pragmatismo destacaron repetidamente sus
con-temporáneos, reflejaba los principales acontecimientos económicos de un
período de tiempo que incluía la Gran Crisis, pero que no se limitaba a la
década de 1930. El compromiso básico de Keynes era el de un economis-ta cuya
profesión coincidía con su sentido cívico. Su gran propósito era el de
contribuir a un sistema reformado de capitalismo, que garantizara una justicia
creciente junto con un amplio grado de libertad y eficiencia. Tal propósito
adoptaba una configuración cada vez más precisa frente al ascenso de los
sistemas totalitarios: el fascismo y el nazismo en Italia y Ale-
510 John Maynard
Keynes
mania y el estalinismo en la Unión Soviética. De ahí su
reconocimiento del fin de la ideología del liberalismo económico en su forma
más simple y extrema: The end of laissez-faire [El fin del laissez-faire], como
tituló un opúsculo publicado en 1926. Reconsiderando desde esta perspectiva el
papel desempeñado por el Estado en la economía, surgía una doble nece-sidad:
por una parte, suministrar una crítica de la teoría entonces domi-nante,
mostrando la insuficiencia de los mecanismos equilibradores del mercado libre;
por otra —en el lado positivo— construir una teoría de la intervención del
Estado y, por lo tanto, de la política económica. Éste es el proyecto que, con
su actividad científica y su implicación directa, Key-nes se esforzó en llevar
a cabo.
Para facilitar la exposición podemos distinguir tres etapas
históricas, y tres etapas correspondientes en el trabajo de investigación de
Keynes. La primera etapa abarcaba las primeras décadas del siglo XX, hasta el
crash de 1929; la segunda etapa llegaba hasta el estallido de la Segunda Guerra
Mundial, correspondiendo y, por lo tanto, a los años de la Gran Depre-sión; la
tercera etapa comenzó cuando los problemas económicos relacio-nados con la
guerra atrajeron la atención general hacia el modelo de rela-ciones económicas
internacionales. Paralelamente, la primera etapa en el desarrollo del análisis
de Keynes fue desde el tratado sobre el sistema monetario y financiero indio
(1913) hasta finales de la década de 1920; el segundo período fue el que llevó
del Treatise on money, publicado en 1930, a la General theory (1936),
incluyendo los escritos inmediatamente poste-riores que defendían el enfoque
propuesto en la última obra y destacaban su novedad; la última etapa era la de
How to pay for the war [Cómo pagar la guerra] (1940) y de las propuestas como
la Clearing Union, para una nueva organización económica internacional. En
general, los comentaris-tas concentran principalmente —si no exclusivamente— la
atención en la segunda etapa, puesto que los escritos que pertenecen a este
período son correctamente considerados como las principales contribuciones de
Key-nes en el campo teórico. Sin embargo, de esta forma se pierde mucho, tanto
en lo que se refiere a la interpretación del pensamiento de Keynes como a su «programa
de acción». En particular, su contribución a la teo-ría de la probabilidad, con
su noción de incertidumbre, merece un trata-miento específico, antes de
considerar sus contribuciones a la teoría del dinero y de la ocupación.
Probabilidad e incertidumbre 511
14.2. Probabilidad e incertidumbre
Como se mencionó antes, la especialización original de Keynes
era la de un matemático con inclinación por la lógica. Entre 1906 y 1911
dedi-có la mayor parte de su trabajo de investigación a un ensayo sobre la
teo-ría de la probabilidad. Este trabajo, proseguido de nuevo en 1920 cuando
Keynes ya había adquirido fama como economista, fue revisado ulterior-mente y
finalmente se publicó como Treatise on probability.
A fin de comprender esta obra debemos acercarnos a ella en los
tér-minos de la cultura del Cambridge de la época. La tradición heredada del
pasado era la del inductivismo lógico de John Stuart Mill. En esta tradi-ción
encontramos también al padre de Maynard, John Neville Keynes, que intentó en su
libro de 1891 una síntesis ecléctica entre aquel inducti-vismo y el
historicismo alemán, cuya influencia fue mediada en Cambrid-ge por Marshall; la
fusión de un enfoque abstracto-deductivo y un enfo-que histórico-inductivo se
atribuía a una tradición que iba de Smith a Mill, mientras que Ricardo se
consideraba demasiado unilateral en su adhesión a modelos abstractos de
razonamiento. Durante los mismos años en los que Keynes trabajaba sobre la
teoría de la probabilidad, otro após-tol, el filósofo Bertrand Russell
(1872-1970), establecía los fundamentos de la filosofía analítica y junto con
Alfred North Whitehead (1861-1947) avanzaba en el proyecto de deducir las
matemáticas de premisas puramen-te lógicas, publicando entre 1910 y 1913 los
tres volúmenes de los Princi-pia mathematica.
Así, Keynes abordó la teoría de la probabilidad en el contexto
cultu-ral de un animado debate sobre los temas del conocimiento inductivo y del
papel de la lógica deductiva. Su ambición era construir una teoría general del
conocimiento y del comportamiento racional, con respecto a la cual los casos de
certeza perfecta e ignorancia completa son los extre-mos. Por esta razón,
Keynes rechazaba la interpretación frecuentista de la probabilidad, que sólo es
aplicable a aquella clase de fenómenos para la que podemos suponer la
posibilidad de una serie infinita de repeticiones en condiciones invariables
(como cuando se arrojan los dados). Proponía, en cambio, un enfoque
«racionalista», centrado en el grado de confianza que es razonable tener en un
determinado acontecimiento, dado el estado de los conocimientos.
512 John Maynard
Keynes
Mencionemos brevemente algunos aspectos de este enfoque. En
pri-mer lugar, su importancia reside en el hecho de que trata el problema del
comportamiento racional en un contexto en el que el sujeto carece de cer-tezas.
En otros términos, los humanos persiguen el comportamiento racional aunque
sepan que no tienen unos fundamentos objetivos sufi-cientes para una valoración
plena y segura de los resultados de sus accio-nes. El comportamiento racional
está, pues, relacionado con las valora-ciones subjetivas basadas en la
experiencia y en las intuiciones personales; el cálculo de probabilidades es la
técnica por la que se seleccionan estas valoraciones. «Lo probable [...] es lo
que es racional que creamos. [...] Lo probable es la hipótesis sobre la que es
racional que actuemos» (Keynes, 1921, p. 339).
En segundo lugar, Keynes distinguía entre la proposición que
expre-sa la probabilidad de un acontecimiento dado, y la confianza que puede
tenerse en tal valoración, es decir, «el peso del argumento». Cuando aumenta la
evidencia empírica relevante —entendida como el conjunto de informaciones
directa o indirectamente útiles para nuestra valoración del acontecimiento—
aumenta el peso del argumento, mientras que la proba-bilidad atribuida al
acontecimiento puede aumentar, disminuir o perma-necer invariable.
En tercer lugar, Keynes rechazaba la idea de que en general es
posible atribuir un valor numérico a la probabilidad de los acontecimientos. En
su opinión, debemos distinguir tres clases de acontecimientos: en la primera,
tenemos aquellos acontecimientos para los que es posible definir la
proba-bilidad como un número racional que va de cero a uno (por ejemplo, en el
juego de dados o en las tablas de mortalidad: en general, en todos los casos de
riesgo actuarial); en la segunda clase tenemos aquellos elementos para los que
contamos con una base suficiente de conocimientos para expresar opiniones no
cuantitativas sobre la ordenación parcial de los acontecimientos (por ejemplo,
sobre la base de nuestro modelo de funcio-namiento de la economía podemos decir
que es más probable que el tipo de interés aumente que no disminuya en los tres
meses siguientes); en la tercera clase, tenemos aquellos acontecimientos para
los que nuestra base de conocimiento es insuficiente para formular incluso
juicios relativos de esta clase (¿es más probable que el presidente de los
Estados Unidos en el 2050 se llame Mary o que el presidente italiano se llame
Paola?). Cuando
Probabilidad e incertidumbre 513
nos enfrentamos con acontecimientos que pertenecen a la segunda
o a la tercera clase puede ser racional apoyarse en formas «convencionales» de
comportamiento, conformando o posiblemente anticipando el comporta-miento de la
mayoría.5
En cuarto lugar, por estas mismas razones el enfoque de Keynes
tenía que ser distinto del enfoque subjetivo desarrollado pocos años después
por Ramsey (1931), De Finetti (1930, 1931, 1937) y Savage (1954), que vie-ron
las probabilidades en términos de valoraciones subjetivas expresadas por medio
de apuestas, y, por lo tanto, generalmente cuantificables. Mien-tras que Ramsey
consideró con escepticismo la existencia de relaciones de probabilidad como las
descritas por Keynes, este último —a pesar de su admiración por la inteligencia
y la desbordante personalidad de su joven amigo—6 no mostró signos de modificar
su posición ante la crítica y el desarrollo del nuevo enfoque, que se había
iniciado en las percepciones de
Cf. Pasquinelli
y Marzetti Dall’Aste Brandolini (1994), p. XXIV. Según estos comentaristas, la
incertidumbre de las expectativas a corto plazo (aquellas en las que se basan
los empresarios cuando deciden sobre niveles de producción) puede relacio-narse
con la «probabilidad conocida» del Treatise on probability, mientras que la
incer-tidumbre de las expectativas a largo plazo (las que son relevantes para
las decisiones de los empresarios sobre inversiones) puede relacionarse con la
«probabilidad desconoci-da». Se considera que éste es el origen de la
referencia de Keynes al papel de los ani-mal spirits empresariales en las
decisiones de inversión, tomadas por agentes racionales más sobre la base de un
«impulso para la acción» que a partir de una comparación actuarial entre los
riesgos de pérdidas y las posibilidades de ganancias. Sin embargo, esta
interpretación parece demasiado drástica. Los animal spirits se basaban en, o
en cualquier caso juntamente con, una valoración racional de la situación, en
la que exis-tían alternativas para el empleo y la acumulación de riqueza que
entraban en la segun-da clase de acontecimientos. En efecto, la primera y la
tercera clase de acontecimien-tos pueden considerarse casos extremos de
relativamente poco interés en el campo económico. Keynes adoptó y reelaboró
gradualmente en sus obras, sobre la base implí-cita del Treatise on
probability, una noción de expectativas que ya estaba presente en la literatura
de la economía, llegando así a la sistematización «canónica» de la noción en la
General theory: el significado de la noción de expectativas y su papel
analítico sólo se aclaró cuando se hubo especificado el marco teórico en el que
iba a encontrar lugar aquella noción.
6 A Frank Ramsey (1903-1930) Keynes le dedicó páginas cariñosas
y elogiosas, reu-nidas con otros escritos biográficos (incluidos los dos
ensayos esenciales sobre Malthus y Marshall) en los Essays in biography (1933).
En el campo económico, podemos recordar el modelo de crecimiento basado en la
maximización intertemporal (Ramsey, 1928) y, en el contexto de su trabajo sobre
la teoría de la probabilidad, la axiomatización de las preferen-cias
relacionadas con las expectativas subjetivas (Ramsey, 1931).
514 John Maynard
Keynes
Bernoulli (cf. más arriba §10.2) para continuar, con Savage,
hasta combi-nar el tratamiento de las probabilidades y las preferencias.7
Como puede verse a partir de este amplio esbozo, la noción
keyne-siana de incertidumbre, que desempeñaba un papel decisivo en su teoría
del dinero, la renta y el empleo, tiene más valor que la famosa distinción de
Knight (1921) entre «riesgo probabilístico» e «incertidumbre», por útil que
pueda ser. Lo mismo vale para la cuestión de los límites del conoci-miento de
los agentes económicos, en relación con la cual se asocia a menudo la escuela
austríaca, aunque en su ámbito sólo la mencionara Menger (1871) y sólo la
desarrollara Hayek en la segunda etapa de su acti-vidad investigadora (cf. más
arriba § 11.6), y, por lo tanto, un par de déca-das después de Keynes.
14.3. El Tratado del dinero
Como hemos visto, las dos grandes obras económicas de Keynes son
el Tratado del dinero y la Teoría general; ahora concentraremos nuestra
atención en ellas. Otras obras suyas desempeñaron un papel importante en el
debate económico de la época y son relevantes para la interpretación de su
pensamiento, pero en estos aspectos tenemos que remitir a los lectores a los
muchos comentarios y a la edición de sus Collected works.8
De todas sus obras económicas, el Tratado fue aquella en la que
tra-bajó más tiempo, más de seis años. Éste fue también un período de gran
agitación intelectual en Cambridge. Desde 1922, el Economic Journal (edi-tado
por Keynes) publicó una serie de importantes contribuciones al deba-te sobre la
teoría marshalliana de la empresa, mientras que una vez más
En efecto, la
noción de animal spirits parece haber sido pensada para destacar la existencia
de un residuo de imprecisión inevitable y aceptado en las valoraciones
subjetivas de la situación en la que se toman las decisiones económicas, y de
ahí lo inapropiado del esquema de apuestas cuantitativas para describir tales
situaciones. La distinción entre expectativas a corto y a largo plazo indicaba
que la dimensión de tal residuo —significati-vamente mayor en el último caso—
tenía una notable relevancia analítica.
8 Entre las muchas obras sobre la interpretación del pensamiento
de Keynes, recor-demos Asimakopulos (1991); Kregel (1976); Minsky (1975);
Moggridge (1976); Pasinet-ti (1974), capítulo 2; Tonveronachi (1983); y
Vicarelli (1977).
El Tratado del dinero 515
dentro del marco de la teoría marshalliana —pero con una
referencia más próxima a los Official papers de Marshall y a la tradición oral
de su ense-ñanza que a los Principles— se publicó una serie de trabajos sobre
la rela-ción entre los fenómenos monetarios y los niveles de producción a corto
plazo, tales como las obras de Dennis Robertson (1890-1963), A study of
industrial fluctuations [Estudio de las fluctuaciones industriales] (1915) y
Banking policy and the price level [Política bancaria y nivel de precios]
(1926); de Ralph Hawtrey (1879-1975), Currency and credit [Moneda y crédito]
(1919); y de Arthur Cecil Pigou sobre Industrial fluctuations [Fluctuaciones
industriales] (1927a).9
Keynes ya se había implicado en el debate de política económica.
En su Tract on monetary reform de 1923 se enfrentó a las tensiones de la
pos-guerra —la sensación de inestabilidad, relacionada sobre todo con la
infla-ción y el paro— oponiéndose a la receta entonces dominante de una vuel-ta
a reglas de juego estables, es decir, a mecanismos de equilibrio automático
como el patrón oro. Keynes se percató de que la estabilización del tipo de
cambio, que perseguía el patrón oro, no aseguraba necesaria-mente la estabilidad
de los precios internos; teniendo en cuenta los inte-reses en conflicto de
ahorradores, empresarios y trabajadores, consideraba que tanto la inflación
como la deflación eran perjudiciales para la econo-mía. Así pues, el dinero no
debía considerarse neutral, y tenía que ser diri-gido con la vista puesta en la
estabilización de los precios internos. Tam-bién se descartaba la neutralidad
de la vuelta al patrón oro a causa del distinto comportamiento de los dos
sectores de la economía, el uno suje-to a la competencia exterior y el otro no.
Todo esto aconsejaba desechar la simple política del laissez-faire predicada
por el establishment político.
En un importante opúsculo de 1926, The end of laissez-faire,
Keynes observaba que el principio dogmático del laissez-faire, aunque adoptado
En síntesis,
Robertson concentró su atención en los elementos monetarios en lo referente a
los ciclos cortos, y en la aglomeración de las compras para la renovación de
ins-talaciones y maquinaria y de bienes de capital duradero causada por la
alternancia de «enjambres» de innovaciones con períodos de relativo
estancamiento del cambio tecnoló-gico en lo que se refiere a los ciclos de
duración media (siguiendo a Schumpeter, 1912, en este aspecto: cf. más adelante
§ 15.3); Hawtrey destacó el papel de los movimientos del tipo de interés en los
préstamos a corto plazo, y, por lo tanto, el «ciclo de inventarios»; Pigou
insistió en la secuencia de ondas de optimismo y pesimismo.
516 John Maynard
Keynes
como fundamento del liberalismo entonces corriente, no se
apoyaba en los escritos de los grandes economistas clásicos. Además, una
organización social eficiente —como en determinadas circunstancias podía serlo
el capi-talismo— no debe considerarse como un fin en sí misma, y debe cuidar-se
que no se oponga a nuestro sistema básico de valores. Además de la efi-ciencia,
es necesaria la equidad para asegurar la misma estabilidad de la sociedad.
Todo esto se parece mucho a la distinción entre liberalismo
económi-co y liberalismo político: el primero tomado aisladamente —es decir, el
laissez-faire dogmático— se consideraba anacrónico en las circunstancias del
capitalismo moderno y no era un valor moral en sí mismo. Se pedía una nueva
sabiduría económica en la que descansara el gobierno del moderno capitalismo;
su construcción era la tarea que se impuso Keynes.
Tales eran, pues, los antecedentes con los que nacía el Tratado.
En una serie de aspectos puede considerarse también como una obra que está
den-tro de la tradición marshalliana; sin embargo, al mismo tiempo, sus
ele-mentos innovadores constituían un puente hacia las novedades radicales de
la Teoría general.
Keynes evitó la crítica frontal de los núcleos teóricos de la
tradición marginalista, que consistían en la idea de un equilibrio a largo
plazo carac-terizado por el pleno empleo de los recursos, incluido el trabajo,
y por la neutralidad del dinero (esto es, la idea de que la cantidad de dinero
en cir-culación afecta al nivel de precios pero no a las variables «reales» del
siste-ma, tales como los niveles de producción y empleo). Esta visión del largo
plazo se mantenía, pues, en un segundo plano, especialmente para los lec-tores
no formados en las sutiles matizaciones de la enseñanza de Marshall.
En cuanto se refería a la interpretación del funcionamiento del
sec-tor monetario y financiero, el Tratado adoptaba y desarrollaba la crítica
marshalliana de la teoría cuantitativa del dinero, en la versión propuesta por
Irving Fisher, con su relación mecánica entre la oferta de dinero y el nivel
general de precios. Por el lado positivo, Keynes desarrolló el enfoque basado
en la «ecuación de Cambridge» para la demanda de stocks líqui-dos. En lo que se
refería al sector real, Keynes proponía un modelo de dos sectores, que ahora
consideraremos con mayor atención. Las novedades más interesantes del Tratado
se referían a las relaciones entre los aspectos
El Tratado del dinero 517
monetarios y financieros, por una parte, y los aspectos reales,
por la otra. Siguiendo el principio metodológico marshalliano de concentrar la
aten-ción en las cadenas causales cortas, Keynes pretendía localizar, eslabón a
eslabón, las relaciones de causa-efecto en las interrelaciones entre las
varia-ciones de los precios y las cantidades producidas, con objeto de
compren-der mejor el funcionamiento de una economía monetaria en constante
movimiento.
Así pues, Keynes utiliza en su análisis un esquema de dos
sectores: un sector produce bienes de inversión y el otro bienes de consumo.
Surge así el problema de los números índices de precios, y Keynes demostró que
no podía haber una solución unívoca, sino solamente soluciones aproxima-das. En
otras palabras, no es posible atribuir a la noción de un nivel gene-ral de
precios aquel rigor analítico que sería indispensable si tuviéramos que
apoyarnos en ella como uno de los elementos centrales de una cons-trucción
teórica. Esta observación puede verse no sólo como una crítica del fundamento
conceptual de la propia teoría cuantitativa, sino también como algo que expresa
desconfianza hacia las nociones agregadas: una des-confianza típica de la
tradición marshalliana, que debe tenerse presente cuando nos enfrentamos con
interpretaciones de la teoría de Keynes que se basan en la oposición entre un
análisis «macro» agregado y un análisis «micro» desagregado.
Las «ecuaciones fundamentales» constituyen el núcleo analítico
del Tratado. Expresan, a través de los efectos que pueden hacer que los precios
se desvíen de sus niveles de equilibrio, las relaciones entre los precios y los
niveles de demanda y oferta en los dos sectores. Además, proporcionan un
esquema secuencial que relaciona los niveles de producción y los benefi-cios
realizados. Keynes utilizó aquí unas nociones de renta, beneficio y aho-rro que
discrepan de las que se utilizan normalmente en la moderna con-tabilidad
nacional, y de las que él mismo iba a utilizar en la Teoría general. De hecho,
estas nociones se definen en el Tratado de forma que permitan su uso dentro de
un análisis secuencial. En el centro del análisis —y éste es un elemento que
anticipa un aspecto decisivo de la Teoría general— existe la distinción entre
inversión y ahorro. En cuanto son un efecto de las decisiones de dos grupos
distintos de agentes económicos (empresarios y familias), la inversión y el
ahorro pueden ser diferentes; su diferencia determina desequilibrios entre la
demanda y la oferta en los dos sectores,
518 John Maynard
Keynes
con variaciones de los precios que generan beneficios o pérdidas
imprevis-tos,10 ante los que los empresarios reaccionan con cambios en los
niveles de producción y empleo.
Se supone que el ahorro está relacionado con la riqueza, y, por
lo tanto, es relativamente estable respecto a las variaciones de la renta a
corto plazo. La dinámica cíclica, cuya interpretación era el objeto del libro,
depende, por lo tanto de la variabilidad de la inversión. Dada la escasa
influencia de la inversión en los inventarios, Keynes centró su atención en la
inversión en capital fijo, relacionada principalmente con los procesos
schumpeterianos de innovación-imitación, aunque el tipo al que se llevan a cabo
depende de los tipos de interés a largo plazo.
Éste es el núcleo teórico de la obra. Debemos añadir que Keynes
dedi-có muchas páginas —de hecho, la mayoría del libro— a la descripción de los
diferentes canales de creación de liquidez y decisiones sobre el mante-nimiento
de activos financieros, con un estudio de economía aplicada que sigue siendo un
modelo de su clase hasta el día de hoy. Aunque desarrolla una línea de
argumentación propuesta por Marshall con su análisis de la demanda de stocks
monetarios, éste es un aspecto que por lo general pasan por alto los
comentaristas. Sin embargo, es interesante no sólo en sí mismo, sugiriendo un
sistema de interrelaciones entre los stocks financie-ros y los flujos reales, y
como anticipación de la Teoría general, sino tam-bién como indicación de unas
líneas de política económica anticíclica. Desde este último punto de vista, en
particular, Keynes analizó los meca-nismos de transmisión de los impulsos de
los tipos de interés a corto plazo, influidos por el banco central, a los tipos
de interés a largo plazo, que a su vez impactan sobre las decisiones de
inversión en capital fijo.
En el contexto de una economía abierta, a las razones que se
mencio-naron antes se añaden otras razones para explicar los desequilibrios.
Refi-
En la
terminología del Tratado, los beneficios corresponden exclusivamente a tales
ingresos o pérdidas imprevistos, y no están incluidos en la definición de
renta. El interés del capital adelantado, que se incluye generalmente en la
categoría de renta empresarial, se consideraba en cambio como parte de los
costes de producción y se incluía en la renta. (La categoría de beneficio
utilizada normalmente por Keynes reflejaba, pues, la concepción marginalista y
marshalliana del tipo de interés como precio del servicio del «factor
pro-ductivo capital», mientras que el salario era el precio por el uso del
factor productivo tra-bajo.)
Del Tratado a la Teoría general 519
riéndonos nuevamente a las ecuaciones fundamentales, una
relación dis-tinta entre la productividad media y los salarios en diferentes
países, y en particular en países con distintos niveles de desarrollo, genera
desequili-brios en la balanza comercial, y, por lo tanto, en la demanda
interna. Así, se sigue que el tipo de cambio es un instrumento de política
económica decisivo en ausencia de ajustes en los salarios monetarios internos
y/o la productividad.
El Tratado incluía también un análisis de las relaciones
monetarias internacionales, un tema habitual en Keynes, tanto en la década de
los años veinte, cuando tomó parte en el debate sobre la vuelta al patrón oro,
como en la de los cuarenta, como veremos más adelante (§ 14.5). Keynes
destacaba la deseabilidad de un patrón monetario internacional, y en lugar del
oro proponía (siguiendo el patrón tabular de Irving Fisher y propues-tas
análogas que habían anticipado Marshall y otros) una moneda emitida por un banco
central internacional sometido a la obligación de mantener su valor estable en
términos de una cesta de sesenta bienes comerciables internacionalmente. En
este contexto, caracterizado por tipos de cambio fijos entre las monedas
nacionales, las políticas monetarias nacionales per-dían su autonomía, y se
hacía necesario recurrir a políticas fiscales, y en particular a las obras
públicas, a fin de respaldar el empleo: otro tema que aparecía en escena, para
asumir más tarde un papel central en la Teoría general.
14.4. Del Tratado a la Teoría general
Se ha debatido mucho, entre los comentaristas de Keynes, sobre
la decisiva etapa de transición del Tratado a la Teoría general, en relación
con la definición de los elementos más innovadores de la teoría de Keynes y la
valoración de la contribución de las ideas y sugerencias de aquel grupo de
jóvenes economistas que constituían el llamado «Cambridge Circus».
El proceso de transición comenzó cuando el Tratado estaba a
punto de aparecer. Keynes, señaladamente, lograba considerar sus propias ideas
con distanciamiento crítico tan pronto como las había propuesto, e inclu-so
cuando corregía y revisaba las pruebas del Tratado llegó a la conclusión de que
una estructura analítica distinta habría sido más adecuada para res-
520 John Maynard
Keynes
paldar sus principales ideas sobre el gobierno de la economía de
mercado. El momento clave de la transición fue el paso del análisis de los
desequili-brios al análisis de un equilibrio de subempleo. Mientras se mantenía
el nexo causal que va del tipo de interés a la inversión y de ésta a la renta,
se reconocía la posibilidad —y ciertamente la probabilidad— de que la
pro-pensión marginal a consumir pudiera adoptar valores menores de uno, lo que
abría el camino para atribuir a la inversión un papel decisivo en la
determinación del nivel de renta de equilibrio. La elección entre los muchos
equilibrios posibles requería, por lo tanto, una teoría de los tipos de
interés. Sin embargo, Keynes no construyó una nueva teoría del valor como
fundamento de su análisis, sino que se contentó con los confines del análisis a
corto plazo, probado y experimentado, y —gracias a la difusión del
marshallianismo en Inglaterra— más fácilmente comprensible para sus lectores.
Entre otras cosas, lo llevó en esta dirección Richard Kahn, su dis-cípulo y más
próximo colaborador, así como animador y «ángel mensaje-ro» del Circus.11
Entre el Tratado y la Teoría general hay, pues, ciertas
diferencias deci-sivas en la estructura analítica. Sin embargo, las ideas clave
no cambian: como dijo Keynes en el prólogo de la segunda de las dos obras
(Keynes, 1936, p. VI), entre ellas hay una «evolución natural», no un «cambio
de opinión». La idea crucial, diametralmente opuesta al principio central de la
teoría marginalista tradicional, era que en una economía monetaria las
decisiones empresariales sobre los niveles de producción no son necesaria-mente
coherentes —o hechas automáticamente tales por los mecanismos del mercado— con
la situación de equilibrio caracterizada por la plena uti-lización de los
recursos disponibles. En el Tratado encontramos un análi-sis de los
desequilibrios; la idea de equilibrio a largo plazo se mantenía en un segundo
plano, pero con un valor heurístico marcadamente reducido a causa de la
importancia central atribuida al análisis de los desequilibrios,
En otras
palabras, Kahn era el intermediario entre Keynes y el grupo de jóvenes
economistas que, reunidos en el Circus, discutían el Tratado del dinero: cf.
Keynes (1973), vol. 13, pp. 337-343. (La expresión «ángel mensajero» era de
Meade: cf. ibíd., p. 339.) Sobre esta etapa de transición véase la
reconstrucción del propio Kahn (1974, 1984). En la misma línea, cf. también
Moggridge (1976). Patinkin (1976, 1987) era de distinta opi-nión, más inclinado
a aislar el desarrollo del pensamiento de Keynes de las posiciones extre-mas de
sus jóvenes seguidores y llevarlo de nuevo a la tradición neoclásica.
Del Tratado a la Teoría general 521
en ausencia de mecanismos equilibradores relevantes. En la
Teoría general, la tesis principal —como veremos con mayor detalle en el
siguiente apar-tado— era precisamente ésta: la persistencia de equilibrios
caracterizados por el paro es posible, puesto que las economías de mercado no
disponen de mecanismos automáticos en los que se pueda confiar para llevarlas a
equilibrios caracterizados por niveles elevados de renta y empleo. De ahí la
importancia de la dirección activa de la economía, principalmente con la
palanca monetario-financiera en el Tratado, y con dicha palanca y la palanca
fiscal (en particular el gasto público) en la Teoría general.12
Entre la publicación de la primera y la segunda de las dos
obras, como hemos visto, la estructura analítica que respaldaba esta tesis
cambió. En dicho aspecto, la influencia del Circus, y en particular de Richard
Kahn, parece importante. La contribución de este último no consistió sólo, ni
siquiera predominantemente, en el mecanismo multiplicador,13 aunque constituía
uno de los tres pilares analíticos de la Teoría general, junto con la noción de
demanda efectiva y la teoría del tipo de interés basada en la demanda
especulativa de dinero. Para bien o para mal, la principal contri-bución de
Kahn consistió con toda probabilidad en sugerir la dependen-cia de la Teoría
general respecto del equilibrio marshalliano a corto plazo. Éste era, como
hemos visto, un sistema analítico probado y experimenta-do (desarrollado por
Kahn particularmente en su tesis de fellowship y en otros aspectos por Joan
Robinson en su libro de 1933: cf. más arriba
13.10) que,
después de todo, constituía el núcleo vivo de la tradición marshalliana de
Cambridge cuando Keynes estaba escribiendo. Al mismo tiempo, la variante de
este enfoque desarrollada por Kahn se concentró en
En el Tratado y
en otras varias obras del período, Keynes parecía sugerir el recurso a una
política fiscal anticíclica con el equilibrio del presupuesto público asegurado
como un promedio a lo largo del ciclo, cuando la política monetaria fuera
ineficaz; en la Teoría general la relación entre las deficiencias de la demanda
agregada a largo plazo y las políti-cas de gasto público se hace más evidente.
Con el tiempo, Keynes pareció volverse cada vez más escéptico acerca del uso de
las obras públicas como instrumento de la política anticí-clica, especialmente
en presencia de ciclos cortos. (Estos aspectos me los ha señalado Mario
Tonveronachi.)
Entre otras
cosas, el multiplicador de Kahn (1931) era un multiplicador del empleo; su
transformación en un multiplicador de la renta, como en la Teoría general,
requería el desarrollo de un esquema analítico general. Debo esta observación a
Mario Ton-veronachi.
522 John Maynard
Keynes
un sistema de empresas sometidas a fuerte presión competitiva,
pero dota-das de algunos márgenes de autonomía estratégica y de algún poder de
decisión, no necesariamente caracterizado por rendimientos decrecientes, sino
limitado en su crecimiento por la dificultad de encontrar salidas de mercado
para sus productos. Era, pues, un enfoque que veía que las imper-fecciones del
mercado desempeñaban un papel decisivo, y que, por lo tanto se diferenciaba
sustancialmente de la vulgata marshalliana de los equilibrios perfectamente
competitivos basados en los pares de curvas de coste en forma de U (el coste
medio y el coste marginal como funciones de la cantidad producida, por la
empresa y por la industria, a corto y a largo plazo) propuestos por Pigou que
se abrieron camino, a través de Viner y otros, en los manuales (cf. más arriba
§ 13.7). En realidad, la teo-ría ya había sido sometida a una crítica
devastadora por Sraffa en sus ar-tículos de 1925 y 1926; además, implicaba un
papel pasivo para los empresarios, ajeno al marco conceptual de Keynes en el
que tienen un papel activo con respecto a las decisiones de los niveles de
producción y de las inversiones en nueva capacidad productiva.
Dentro del «Circus» estaba representada una variedad de
posiciones junto a la de Kahn. En un extremo encontramos (con Meade y Austin
Robinson) una visión más tradicional, más próxima a la vulgata de Pigou, aunque
no identificable con ella, y en cualquier caso significativamente más abierta a
los desarrollos de la «síntesis neoclásica» (cf. más adelante
17.5). En el
otro extremo tenemos una visión en gran manera externa al enfoque marginalista
en su conjunto (con Sraffa, que en aquellos años decisivos ya había puesto los
cimientos de Production of commodities by means of commodities: cf. más
adelante cap. 16). Con el comprometido apoyo de Joan Robinson y la influencia
de las enseñanzas de Marshall, el papel central de Kahn y su inteligente
devoción prevalecieron con el tiem-po, determinando el marco analítico en el
que Keynes presentó su con-cepción de la economía monetaria de producción.
Sigue tentadoramente abierta la cuestión de qué teoría habría desarrollado
Keynes si hubiera pre-valecido una influencia distinta sobre el marco analítico
de sus ideas. Así, por una parte podemos preguntarnos si las ideas de Keynes
habrían sido tergiversadas si se hubieran orientado más internamente dentro de
la corriente dominante de la teoría marginalista, lo que equivale a preguntar
si la «síntesis neoclásica» de Hicks y Modigliani (cf. más adelante § 17.5) fue
un desarrollo natural o una tergiversación radical del análisis de Key-
La Teoría general 523
nes. Por otra parte, podemos cuestionar la legitimidad de una
reformula-ción de la teoría de Keynes basada en un enfoque clásico o —lo que
viene a ser más o menos lo mismo— la compatibilidad entre los análisis de
Sraf-fa y de Keynes y la posibilidad de desarrollar un enfoque
«sraffiano-key-nesiano» como alternativa a las teorías marginalistas
dominantes. Lo cier-to es que el «compromiso» sugerido por Kahn (pero también
indudable-mente apuntado por los antecedentes marshallianos del propio Keynes),
a pesar de su éxito inmediato, mostraba unas significativas limitaciones a
largo plazo.14
14.5. La Teoría general
La Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero
apareció en febrero de 1936. Consiguió inmediatamente un éxito de público,
aunque sin llegar al de Las consecuencias económicas de la paz. Sin embargo,
tuvo una influencia más sólida, que se concentró en el campo de los
economis-tas profesionales y que ya estaba en el aire antes de la publicación,
gracias a la sagaz circulación de las pruebas entre los colegas y discípulos de
Key-nes. El impacto fue especialmente fuerte entre los jóvenes académicos: de
Harrod a Hicks, de Lerner a Samuelson, de Reddaway a Tarshis, cientos de
economistas en ciernes que iban a ocupar puestos importantes en las
universidades de todo el mundo, pero especialmente en el mundo anglo-sajón,
adoptaron rápidamente la nueva teoría como punto de referencia básico de su
propio trabajo de investigación y de su docencia.
La Teoría general no es un libro fácil, y muchos economistas
«keynesia-nos» no lo leyeron. Interpretaciones filológicamente insostenibles,
como la idea de que la teoría keynesiana se basaba en la rigidez a la baja de
precios y salarios (cuando el capítulo 19 del libro discutía precisamente el
caso de una reducción de los salarios monetarios, demostrando que ni siquiera
garantiza
Esto no niega
la naturaleza no ortodoxa —en relación con el enfoque marginalis-ta— de la
estructura teórica de la Teoría general. En este aspecto, el punto decisivo es
la naturaleza monetaria y financiera del tipo de interés, que implicaba el
abandono de la teo-ría tradicional del tipo de beneficio. En el capítulo 17 de
la Teoría general, efectivamente, Keynes llegó a indicar, aunque no de una
manera completamente desarrollada, una rela-ción causal inversa que iba del
tipo de interés al tipo de beneficio.
524 John Maynard
Keynes
un aumento del empleo), nunca hubieran circulado como lo
hicieron si el conocimiento directo del libro de Keynes se hubiera extendido
más.15
Ante todo, echemos una ojeada a los antecedentes de la Teoría
general: el objetivo de fondo de Keynes y los aspectos decisivos de lo que
llamó «la teoría monetaria de la producción».16 Como hemos visto, la defensa de
un sistema político liberal basado, entre otras cosas, en la libertad de
iniciativa individual en la arena económica requería, según Keynes, que se
recono-cieran los límites del sistema del laissez-faire puro; de ahí la
necesidad de una intervención activa del Estado en la economía, no sólo en interés
de la justicia, sino también de la eficiencia general. La interpretación del
funcio-namiento de la «economía monetaria de la producción» giraba en torno a
la característica central representada por las condiciones de incertidumbre
—como se definían en el Treatise on probability— en las que los agentes
económicos toman sus decisiones. A nivel metodológico, esto llevaba al rechazo
de los modelos deterministas omnicomprensivos y a una preferen-cia por modelos
«abiertos», diseñados específicamente para el problema que se considere, que
debían construirse con cautela y considerando las condi-ciones en las que son
válidas las relaciones causales individuales.
Otros aspectos del conjunto de conceptos sobre los que se
construyó la parte más estrictamente analítica de la teoría de Keynes derivaban
de la incertidumbre. Esto se aplicaba en particular al papel de los mercados
financieros, que no sólo actuaban como intermediarios entre las posicio-nes
financieras activas y pasivas de los diferentes agentes económicos, sino que
también, y sobre todo, proporcionaban un elemento de flexibilidad que permitía
que los consumidores evitaran elecciones demasiado vincu-lantes en el futuro,
mientras satisfacían la necesidad de los empresarios de tomar decisiones sobre
los niveles de producción y sobre las inversiones relativas al futuro. Es en
este contexto en el que encontramos la distinción entre expectativas a corto y
a largo plazo: las primeras se refieren a elec-ciones sobre la producción
corriente, tales que puedan ajustarse rápida-
Naturalmente,
esto no significa que el supuesto de rigidez a la baja de salarios y precios no
pueda utilizarse en una reformulación de la teoría de Keynes en un marco
ana-lítico distinto, como fue el caso de la llamada síntesis neoclásica, pero
no para interpretar «lo que Keynes quería realmente decir».
«La teoría
monetaria de la producción» era el título de los cursos que Keynes dio en 1932
y 1933: cf. Keynes (1973), vol. 13, pp. 411-412 y 420-421.
La Teoría general 525
mente a los resultados; las últimas, a la producción futura, y,
por lo tanto, son decisiones sobre la inversión en capital fijo; para éstas el
ajuste inme-diato es imposible sin costes significativos, de modo que el
impacto que tiene la incertidumbre sobre ellas es ciertamente fuerte. De ahí la
relevan-cia de la teoría de la inversión y, dentro de ella, de los factores
financieros (de los que la influencia ejercida por el tipo de interés sobre las
inversio-nes es sólo una expresión sintética).
D
FIGURA 14.1
La estructura analítica de la Teoría general descansaba en tres
pilares: la noción de demanda efectiva, el mecanismo del multiplicador y la
teoría del interés.17 Todos ellos son aspectos conocidos, pero de vez en cuando
padecen alguna tergiversación —en particular, el primero y el tercero— cuando
se ilustran en los manuales universitarios, por lo que vamos a echarles una
ojeada.
Hay buenas
razones para sostener que la teoría de la demanda efectiva —que entre otras
cosas dejaba sin resolver varias dificultades analíticas— no era esencial para
el resul-tado que constituía el objetivo central del análisis de Keynes, a
saber, la posibilidad de equi-librio con subempleo. Más bien, era la teoría del
ahorro y la inversión la decisiva en este aspecto. Sin embargo, en la
exposición de Keynes la noción de demanda efectiva desempe-ñaba, de hecho, un
papel decisivo.
526 John Maynard
Keynes
El tercero de los veinticuatro capítulos de la Teoría general se
dedica al principio de la demanda efectiva. El «punto de demanda efectiva»
(figu-ra 14.1) es definido por Keynes como el punto de encuentro de dos
cur-vas: una función de oferta agregada y una función de demanda agregada. Un
punto a destacar aquí es que estas dos curvas son conceptualmente diferentes de
las curvas de oferta y demanda tradicionales. A primera vista, todavía son dos
funciones que relacionan precio y cantidad; de hecho, sin embargo, estas dos
funciones relacionan el número de trabajadores emple-ados con las valoraciones
de los empresarios con respecto a los costes, por una parte, y a los ingresos,
por otra. Dicho con más precisión, la función de oferta agregada relaciona N,
el número de trabajadores empleados, representado en el eje horizontal, con una
variable Z, representada en el eje vertical, y definida como «el precio de
oferta agregada del output que procede de emplear N hombres», mientras que la
función de oferta agre-gada relaciona N con una variable D (representada como Z
en el eje verti-cal), y definida como «los ingresos que los empresarios esperan
obtener por el empleo de N hombres» (Keynes, 1936, p. 25).
En otros términos, Z indica los ingresos mínimos esperados
necesa-rios para convencer a los empresarios de que empleen N trabajadores.
Para cada valor dado de N, Z es, pues, igual al coste total que los empresarios
esperan tener que soportar si emplean a N trabajadores. Evidentemente, el coste
total no incluye sólo los salarios, sino también los costes de las mate-rias
primas, y los gastos generales que comprenden la amortización del capital fijo,
más un beneficio suficiente para inducir a los empresarios a proseguir su
actividad. A la inversa, D indica cuánto esperan ganar los empresarios por la
venta en el mercado del producto que esperan obtener empleando a N
trabajadores. Por lo tanto, ambas curvas expresan el punto de vista —las
valoraciones— de la misma categoría de agentes, los empre-sarios, no el de dos
grupos diferentes y opuestos de compradores y vende-dores (consumidores y
productores).18
Tanto los costes esperados como los ingresos esperados aumentan
con el número de trabajadores empleados. Por lo tanto, ambas funciones son
Está claro que
la construcción de Keynes dejaba abierto el decisivo problema de la
construcción de curvas agregadas, referidas a las valoraciones de todos los
empresarios en su conjunto y no de un empresario individual.
La Teoría general 527
crecientes, es decir, que tanto Z como D aumentan con N. Sin
embargo, Z aumenta cada vez más rápidamente (su segunda derivada es positiva),
mientras que D aumenta cada vez más lentamente (su segunda derivada es
negativa). Esta característica de las dos funciones puede justificarse de
varias maneras. En lo que se refiere a la demanda efectiva D, Keynes obser-vó
que está constituida por dos componentes, el consumo y la inversión; a causa de
una «ley psicológica», el primer componente aumenta menos que la renta, y, por
lo tanto, que el empleo, mientras que el segundo com-ponente depende de las
expectativas de los empresarios a largo plazo, de forma que puede considerarse
como dado en el contexto de la determina-ción del punto de demanda efectiva. En
cuanto se refiere a Z, en el con-texto marshalliano de la teoría de Keynes era
natural suponer que, cuan-do aumenta el número de trabajadores empleados
(mientras en el contexto del corto plazo, se supone que el equipo productivo no
varía), el coste marginal es creciente.19
El «punto de demanda efectiva» es aquel en el que D = Z. Así
pues, nos dice cuál es el nivel de ocupación esperado, y, por lo tanto, de
pro-ducción, dadas las expectativas a corto plazo de los empresarios respecto a
costes e ingresos.20 Suponiendo que se cumplan las expectativas a corto
Esto implicaba
una relación inversa entre salario real y ocupación análoga a la pos-tulada por
todas las versiones de la teoría marginalista. Éste era un supuesto que Keynes
dedujo de Marshall, que sostenía que en el curso del ciclo el salario real
aumentaría en perí-odos de crisis y disminuiría en períodos de recuperación. En
la teoría marginalista, como sabemos, este supuesto desempeñaba un papel
central puesto que el mecanismo de ajuste que aseguraba la tendencia automática
al pleno empleo se basaba en él. En la teoría de Key-nes, que rechazaba este
mecanismo de ajuste, el supuesto de una relación inversa entre el salario real
y la ocupación no era esencial, y podía haber sido abandonado, como de hecho
estaba Keynes dispuesto a hacer cuando se enfrentó con las críticas empíricas
de Dunlop (1938) y Tarshis (1939). En efecto, como es evidente, el abandono de
ese supuesto (des-pués de una considerable masa de evidencia empírica sobre la
naturaleza pro-cíclica de los movimientos del salario real) refuerza la crítica
keynesiana de la tesis de una tendencia automática hacia el equilibrio del
pleno empleo.
Por lo tanto,
no debe interpretarse como un punto de equilibrio entre dos fuerzas opuestas de
demanda y oferta, y menos aún como un equilibrio estable. Para proceder en esta
dirección, como han hecho durante mucho tiempo todos los manuales de
macroeco-nomía, es necesario sustituir las valoraciones de los empresarios por
una función de deman-da agregada (consumo más inversión, en el caso
simplificado de una economía cerrada al mundo exterior) opuesta a una función
de oferta agregada (producción). A la izquierda del punto de equilibrio, la
demanda agregada es mayor que la oferta, con el resultado de una
528 John Maynard
Keynes
plazo, el análisis se concentra en la noción de demanda agregada
y sus ele-mentos constituyentes, el consumo y la inversión.21 A estos elementos
Keynes les dedicó el libro 3 (capítulos 8-10) y el libro 4, es decir, la parte
central de la Teoría general, después de un libro 2 dedicado a «definiciones e
ideas» y antes de dos libros conclusivos dedicados a «salarios monetarios y
precios» y a unas «breves notas sugeridas por la teoría general».
Como hemos visto, Keynes distinguió netamente entre las
decisiones que se refieren al consumo y las que se refieren a la inversión. Los
dos tipos de decisiones son adoptados por categorías diferentes de agentes
econó-micos (familias y empresas, respectivamente) y, por lo tanto, siguen dos
lógicas completamente distintas. El consumo (y el ahorro, definido como su
complemento a la renta) depende esencialmente de la renta, y, por lo tanto, es
endógeno al flujo circular que va de las empresas a las familias (renta) y de
nuevo a las empresas (gastos).22 La inversión, por otra parte, depende de las
decisiones de los empresarios (por lo tanto, de sus expecta-tivas), y es, pues,
exógena al flujo circular de la renta. En consecuencia, son las decisiones de
inversión las que determinan el nivel de la renta de equi-librio. Dicho con más
precisión, la renta de equilibrio tiene que ser tal que
disminución de los inventarios; los empresarios se ven entonces
inducidos a aumentar la producción, moviéndose en la dirección del equilibrio.
En esta situación es habitual dis-tinguir entre inversión ex post (que incluye
la variación no deseada de los inventarios, y es aquella que entra en la
contabilidad nacional) e inversión ex ante (la planeada por los empresarios).
En lo que se refiere a la primera, la igualdad con el ahorro es una identidad
contable; en cambio, cuando nos referimos a la última, la identidad contable se
convierte en una condición de equilibrio que puede verificarse o no, y tenemos
una teoría dirigida a explicar el nivel de ocupación. Todo esto constituye una
reformulación de la teoría de Key-nes en un contexto que puede tal vez ser semejante
al original, pero que ciertamente no coincide con él. La conexión puede
realizarse a través del supuesto de que las expectativas a corto plazo se
cumplen siempre. De este modo, las expectativas abandonan la escena, mientras
que se mantiene la tesis de Keynes de que la oferta (producción) se adapta a la
demanda.
La Teoría
general analizaba el caso simplificado de una economía cerrada, y, por lo
tanto, ignoraba las exportaciones. Como aproximación inicial, además, también
se ignora-ba el gasto público.
Otros factores
que influyen en el consumo total, tales como la distribución de la renta en la
economía (el consumo crece con el aumento de la igualdad distributiva), la
riqueza y las facilidades de crédito al consumo, Keynes los vio como
complicaciones que podían haber sido añadidas sin dificultad a la
representación básica simplificada del flujo circular, sin modificar sus
características esenciales.
La Teoría general 529
genere un volumen de ahorro que corresponda (en el sistema
simplificado sin impuestos ni gasto público, y sin relación con países
extranjeros) al volumen de inversión generado por las decisiones de los
empresarios. Así, depende del nivel de inversión I, y de la propensión a
ahorrar s (s = S/Y, donde S es el ahorro e Y es la renta); dicho de modo más
preciso, de la condición de equilibrio I = S (igualdad entre las entradas y
salidas del flujo circular de la renta) y de la definición de la propensión a
ahorrar tenemos que Y = I/s. El multiplicador, es decir, el coeficiente
multiplica-dor que, cuando se aplica al nivel de inversión, da la renta de
equilibrio, es igual —como puede verse a partir de la anterior ecuación— a la
inver-sa de la propensión a ahorrar.23
Ya hemos visto que el multiplicador puede considerarse como el
segundo de los tres pilares de la Teoría general. Los que sostienen esta tesis,
en efecto, no se refieren simplemente a la ecuación que relaciona el nivel de
renta (o sus variaciones) con el gasto autónomo (o sus variaciones), sino al
papel (activo) atribuido a la inversión y al papel (pasivo) atribuido al
consumo y al ahorro en la determinación de la renta.
En la teoría de la inversión, como en la de la demanda efectiva,
Key-nes basó su exposición en la ilustración del punto de vista de los
empresa-rios. Estos últimos deciden si invierten, intentando valorar los
rendimien-tos esperados de la inversión y comparándolos con el tipo de interés
monetario que indica el rendimiento de las inversiones financieras, las cuales
constituyen un empleo alternativo de los fondos disponibles.24
El trabajo
original de Kahn (1931) se refería a los efectos que sobre la ocupación (no
sobre la renta) tenía el aumento del gasto público. En la representación
keynesiana del flujo circular de la renta, el gasto público puede asimilarse a
la inversión, puesto que no
depende de la renta. La variación de la renta, Y será, por lo
tanto, igual a la variación del gasto autónomo, I, multiplicada por un
coeficiente (el «multiplicador») igual a la inver-sa de la propensión marginal
a ahorrar, definida como la relación entre la variación del aho-rro y la
variación de la renta, S/ Y, como podemos ver fácilmente a partir de la
condi-ción de equilibrio S = I.
Evidentemente,
el tipo de interés monetario indica también el coste de financiar la inversión.
Sin embargo, el punto en el que Keynes concentró la atención en su análisis era
la relación entre los diferentes modos de trasladar la riqueza al futuro, de los
que dis-ponen los agentes económicos en una economía monetaria de producción:
la inversión en activos productivos, en activos financieros y en bienes no
reproducibles. De aquí el papel de indicador del coste de oportunidad que se
atribuía al tipo de interés.
530 John Maynard
Keynes
Como se señaló más arriba, las expectativas relevantes para las
decisiones de inversión son cualitativamente diferentes de las que son
relevantes para las decisiones sobre los niveles de producción y empleo. Las
primeras se refieren al «largo plazo», dado que cubren toda la vida prevista
del equipo productivo cuya adquisición se considera, y las decisiones tomadas
sobre esta base sólo pueden revisarse en un intervalo temporal con un coste
ele-vado, mientras que las últimas se refieren al «corto plazo», en el sentido
de que las decisiones adoptadas están abiertas a revisión con un coste
relati-vamente bajo o incluso nulo. Obsérvese que Keynes no consideró que las
expectativas a largo plazo fueran estables en intervalos temporales
sufi-cientemente largos; por el contrario, precisamente porque se refieren a un
intervalo temporal tan largo como para eludir una valoración suficiente-mente
precisa y confiable, pueden considerarse mucho menos estables que las
expectativas a corto plazo.
El tercer pilar de la Teoría general de Keynes estaba
representado, como vimos, por la teoría de los mercados monetarios y
financieros, y con más precisión por la teoría del tipo de interés concebido
como un premio por privarse de liquidez. Aquí también, muchos comentaristas y,
sobre todo, la línea tradicional dominante en los manuales de macroeconomía,
han interpretado mal por lo menos uno de los aspectos decisivos de la
construcción analítica keynesiana. Esencialmente, estos aspectos decisivos se
reducen a dos. Primeramente, una vez más, tenemos la selección de un grupo de
protagonistas: detrás de la masa de grandes y pequeños ahorra-dores que deciden
en qué forma mantienen sus activos financieros surgen los financieros (y las
instituciones financieras), y a ellos se puede referir mejor el proceso de toma
de decisiones que describe Keynes. Dicho pro-ceso, en sí mismo —y éste es el
segundo aspecto decisivo de la teoría monetaria de Keynes—, no se refiere a los
flujos, sino a la asignación de stocks. Es, pues, dominante en relación con el
elemento (demanda de dinero por el motivo transacción) que se refiere a los
flujos, sobre el cual se concentra la teoría tradicional.
Una vez más, son las expectativas de los agentes que toman las
deci-siones las que desempeñan el papel principal. En efecto, en este caso los
cambios en las expectativas producen inmediatamente sus efectos, o, en
cualquier caso, en un espacio de tiempo muy corto. En los mercados financieros
desarrollados, los costes de transacción son muy bajos, y es
La Teoría general 531
posible revisar diariamente, o incluso de hora en hora, las
decisiones sobre la asignación de valores financieros entre los diversos
activos posibles. Sim-plificando la cuestión, Keynes consideró dos clases de
activos: el dinero, extremadamente líquido ya que es comúnmente aceptado en
toda clase de transacciones, pero que no produce renta, y los bonos, que
producen un cupón anualmente predeterminado. Como sabemos, el precio de mercado
de los bonos preexistentes aumenta cuando disminuye el tipo de interés, y
viceversa. En consecuencia, aquellos que esperan una disminución de los tipos
de interés también esperan, por la misma razón, un aumento del pre-cio de los
bonos, y serán compradores en el mercado de bonos, mientras que aquellos que
esperan un aumento del tipo de interés operarán en la dirección opuesta,
ofreciendo bonos a cambio de dinero. En presencia de distintas opiniones en
cuanto a las perspectivas ante los mercados mone-tarios y financieros, el tipo
de interés se determina en cada momento en el nivel que corresponde al
equilibrio entre los dos grupos opuestos, los alcis-tas (bulls) y los bajistas
(bears).
Por lo tanto, todo depende de las expectativas de los operadores
financieros. Si por un momento suponemos que éstas no varían, está claro que,
cuando disminuye el tipo de interés, crece el número de operadores que esperan
un aumento posterior (y, por lo tanto, ofrecen bonos a cam-bio de dinero): así,
la demanda de dinero resulta ser una función inversa del tipo de interés. Sin
embargo, esta relación tiene unos fundamentos muy débiles, puesto que las
expectativas referentes a los acontecimientos financieros son extremadamente
volátiles. Es muy posible, por ejemplo, que una reducción del tipo de interés
induzca a muchos operadores a revi-sar sus expectativas y prever ulteriores
reducciones del tipo de interés, pre-firiendo los bonos al dinero aún más que
antes: así pues, se da una rela-ción directa, más que inversa, entre las
variaciones del tipo de interés y las variaciones de la demanda de dinero.
El lugar importante que ocupa esta teoría en el edificio teórico
de Keynes descansa en un aspecto que en gran medida ha sido mal entendi-do en
la tradición de los manuales de macroeconomía. El punto es éste: en el marco
analítico de Keynes, la teoría de la demanda especulativa de dine-ro —mucho más
realista que las teorías tradicionales al interpretar el fun-cionamiento de los
mercados monetarios y financieros— aleja la determi-nación del tipo de interés
del mecanismo tradicional de comparación
532 John Maynard
Keynes
entre ahorro e inversión, respectivamente entendido como oferta
y demanda de fondos prestables. Según Keynes, las decisiones de ahorrar deben
ser lógicamente distintas de las que se refieren a la clase de activo
financiero (dinero o bonos) en el que se invierten los ahorros. En contra de la
interpretación adelantada por muchos comentaristas, el principal punto no era
que el volumen del ahorro depende más de la renta que del tipo de interés: un
punto que también reconocía un teórico como Pigou, elegido por Keynes como
paradigma de la teoría tradicional que estaba atacando.25 El tema era la
separación entre las dos clases de decisiones que se referían, respectivamente,
al volumen de ahorro y a los activos finan-cieros en los que invertir el
ahorro; era esta última decisión la que según Keynes influía, junto con la
política monetaria seguida por las autoridades monetarias, en la determinación
del nivel corriente del tipo de interés. Por lo tanto, si queremos incluir esta
última variable entre los factores que determinan el volumen de ahorro,
debemos, en cualquier caso, conside-rarla como exógenamente dada en relación
con las decisiones de ahorro.
La idea de Hicks, incorporada en su famoso modelo IS-LM (Hicks,
1937), de situar la demanda de dinero por el motivo transacción junto a la
demanda especulativa, coordinándolas, o, en otras palabras, tratándolas como si
estuvieran en el mismo plano, perdía de vista la diferencia funda-mental de
naturaleza entre las dos clases de decisiones. De hecho, las elec-ciones
«especulativas» se refieren a la asignación de los stocks de ahorros acumulados
a lo largo del tiempo, y, por lo tanto, dominan claramente sobre las exigencias
de liquidez para financiar el flujo de los intercambios corrientes. Esto es
tanto más evidente si los stocks de ahorro que han de asignarse entre los bonos
y el dinero no se comparan con la renta y los intercambios anuales sino, como
está en la naturaleza de las elecciones financieras que se revisan
continuamente, con los flujos diarios. Tenemos así una jerarquía de
influencias: las expectativas financieras dominan la escena referente a la
asignación del stock de ahorros, y, por lo tanto, la determinación de los tipos
de interés, relegando a un nivel secundario todos los demás factores, incluida
la demanda de dinero por el motivo transacción. Son, pues, los tipos de interés
así determinados, junto con las expectativas a largo plazo, los que determinan
el nivel de inversión, mien-
25 Cf. Roncaglia y
Tonveronachi (1985).
La Teoría general 533
tras que este último, a su vez, a través del mecanismo
multiplicador, deter-mina la renta y el empleo.
Este esquema de relaciones jerárquicas se contrapone netamente a
los esquemas del equilibrio económico general, en los que cada variable depende
de todas las demás variables y de todos los parámetros del siste-ma. Es
precisamente en este aspecto en el que la teoría de Keynes, siguien-do con la
metodología de las «cadenas causales cortas», revelaba comple-tamente sus
profundos fundamentos marshallianos, destacados por el pragmatismo que
caracteriza toda la obra de Keynes. Y, efectivamente, es este aspecto el que ha
quedado sumergido en las interpretaciones del pen-samiento de Keynes que han
dominado las sucesivas generaciones de manuales de macroeconomía, desde el
esquema hicksiano de «equilibrio general» a la reciente insistencia en los
microfundamentos de la macroe-conomía. Pero éstos son puntos sobre los que
volveremos más adelante.26
Cf. más
adelante § 17.5. También se hará alguna referencia, en el § 14.7, a las ideas
de Keynes sobre las instituciones económicas internacionales. Recordemos aquí,
aunque sólo sea brevemente, que muchos de los escritos de Keynes se referían a
cuestiones de polí-tica económica: su examen demostraría cuán limitada es la
identificación de las «políticas keynesianas» con las políticas fiscales y
monetarias dirigidas a controlar la demanda agre-gada (aunque éstas forman
parte indudablemente de la caja de herramientas de la política económica
considerada por Keynes). En particular, Keynes prestó una gran atención al
problema de las instituciones y costumbres que regulan el funcionamiento del
mercado y condicionan el grado de incertidumbre con el que operan los agentes
económicos. Otra de las propuestas de Keynes era la «socialización de las
inversiones»: una fórmula que utilizó para referirse a las ventajas de tener
preparados proyectos de inversión en infraestructuras, a menudo caracterizados
por unos rendimientos relativamente modestos y, sobre todo, muy aplazados en el
tiempo, para su implementación —posiblemente por empresas públi-cas, dirigidas
con criterios empresariales, que buscasen la máxima eficiencia productiva— en
los períodos que se consideraran oportunos para proporcionar apoyo público a la
demanda agregada. Éstos no son sino unos pocos ejemplos de la ferviente
imaginación de Keynes, que iba desde cuestiones tales como la reducción
temporal del tiempo de trabajo hasta las propuestas de «ingeniería financiera»
para facilitar la realización de inversiones en gran escala. La llamada
«hacienda funcional», es decir, la aplicación de la palanca moneta-ria y fiscal
al control de la demanda agregada, sólo fue desarrollada después de la muerte
de Keynes, en el contexto de la «síntesis neoclásica», en particular por Abba
Lerner (1905-1982), un entusiasta defensor del keynesianismo y la «hacienda
funcional». Sin embargo, el propio Lerner, completaba las políticas monetarias
y fiscales con otros instrumentos, tales como ingeniosos esquemas
anti-inflacionistas basados en desincentivos automáticos al aumento de precios
y salarios monetarios (cf. Lerner y Colander, 1980).
534 John Maynard
Keynes
14.6. Defensa y desarrollo
Como hemos visto, la Teoría general despertó inmediatamente un
gran interés. En contraste con la acogida dispensada al Tratado del dinero
después de su publicación, no se produjo ninguna crítica frontal: Hayek, cuya
prolija recensión del Tratado (Hayek, 1931-1932) había dado origen a un
significativo debate a pesar de, o tal vez gracias a, los ásperos tonos
polémicos, contuvo su reacción ante la Teoría general. En el entorno de la
London School of Economics, donde la influencia de Hayek había des-pertado una
actitud favorable al enfoque «continental» del equilibrio eco-nómico general
entre los economistas jóvenes más inclinados a la teoría pura, no encontramos
una crítica directa, sino una reinterpretación más insidiosa del análisis de
Keynes en términos de un modelo de equilibrio general simplificado, es decir,
el famoso modelo IS-LM (Hicks, 1937) antes mencionado, sobre el que volveremos
más adelante.
Surgió un debate más complejo entre Keynes y los keynesianos,
por una parte, y los principales representantes de la escuela sueca, sucesores
de Wicksell, por la otra. Esta serie de discusiones provocó contribucio-nes
adicionales de Keynes para clarificar y elaborar su análisis, aunque con la
limitada extensión que permitía la gran multiplicidad de sus inte-reses y su
menor ritmo de trabajo después del ataque al corazón de mayo de 1937.
Recordemos brevemente aquí dos elementos. Primeramente, un
artícu-lo publicado en 1937 en el Quarterly Journal of Economics, que ilustraba
en un amplio esbozo las ideas centrales de la Teoría general. Un rasgo
carac-terístico de este artículo es el énfasis puesto por Keynes en subrayar el
papel decisivo de las expectativas y la jerarquía de causas y efectos
men-cionados al final del apartado anterior.
En segundo lugar, está el problema de las relaciones de Keynes
con la escuela sueca de Lindahl, Myrdal y Ohlin, que había desarrollado un
sis-tema de análisis secuencial basado en la distinción entre ex ante y ex post
en las décadas de 1920 y 1930. Ésta era una línea de investigación que
compartía con Keynes (aunque más con el Keynes del Tratado del dinero que con
el Keynes de la Teoría general) el rechazo del método del equili-brio a favor
del análisis de procesos. Sin embargo, Keynes rechazaba la téc-nica de análisis
secuencial o de períodos, «a causa de mi incapacidad para
Defensa y desarrollo 535
establecer una unidad definida de tiempo».27 En otros términos,
el análi-sis secuencial presuponía la posibilidad de establecer los límites de
los sucesivos períodos de tiempo de un modo suficientemente objetivo (por
ejemplo, en la secuencia de una semana de trabajo y un día final de la semana
para el mercado, como en el modelo marshalliano-hicksiano del mercado de
pescado), mientras que en la realidad no sólo tienen los pro-cesos productivos
distintas duraciones, sino que las mismas decisiones de los empresarios y
operadores financieros, los momentos del tiempo en que se revisan las
expectativas y se adoptan las nuevas decisiones, no pueden encajarse en un
esquema secuencial completamente especificado.
Un elemento que se atribuye comúnmente al análisis secuencial,
pero que de hecho es independiente de él, ocupaba, sin embargo, un lugar
central en el análisis de Keynes. Era la distinción entre expectativas
satisfechas y expectativas no satisfechas: una distinción que dentro del
análisis secuencial estaba relacionada con la distinción entre magnitudes ex
ante y ex post. Para Keynes (como demostró Kregel, 1976) la distinción entre
las distintas situa-ciones podría organizarse alrededor de una secuencia lógica
de modelos: el modelo de equilibrio estático, el modelo de equilibrio
estacionario y el mode-lo de equilibrio móvil. En el primero, las expectativas
a corto plazo (las que influyen en las decisiones referentes a los niveles de
producción) son satisfe-chas, mientras que las expectativas a largo plazo (las
que determinan las inver-siones) se consideran como dadas y constantes, y no
interaccionan con las expectativas a corto plazo. En el modelo de equilibrio
estacionario, los supuestos concernientes a las expectativas a largo plazo
todavía se mantienen, pero las expectativas a corto plazo pueden quedar sin
satisfacer, con la consi-guiente necesidad de revisar las decisiones tomadas
previamente. Finalmente, en el modelo de equilibrio móvil, no sólo las expectativas
a corto plazo se
Cf. Keynes
(1973), vol. 14, p. 184; el pasaje lo cita Kregel (1976), p. 223. En un
contexto diferente (el de la teoría austríaca que se trató más arriba, cap.
11), la técnica del análisis secuencial o de períodos, ya utilizada por Hayek y
Hicks en las décadas de 1930 y 1940, fue adoptada por Hicks (1973) y
siguiéndole a él por un grupo de autores «neo-aus-tríacos» en los años setenta
y ochenta. El análisis secuencial, con su alternancia de etapas de producción y
mercado, referidas implícitamente a la noción de mercado como un momento en el
tiempo y en el espacio en el que se encuentran la oferta y la demanda, una
noción que —como ya hemos observado— se oponía a la noción clásica que
consideraba que el mercado consistía en una red de relaciones y flujos de
intercambio repetitivos, conectada con las interrelaciones productivas entre
los sectores económicos en un sistema basado en la división del trabajo. La
observación de Keynes, considerando también el con-texto en el que se
presentaba, implicaba esta noción más amplia del mercado.
536 John Maynard
Keynes
muestran en general erróneas, sino que las expectativas a largo
plazo pueden cambiar con el tiempo, y puede existir interdependencia entre
ellas y las expectativas a corto plazo.
La distinción entre estas tres clases de modelos no sólo indica
una línea de investigación que ya estaba presente en la Teoría general y que se
adop-tó de nuevo en la discusión que siguió inmediatamente a su publicación,
sino también las extraordinarias posibilidades de la teoría de Keynes en su
versión original, proponiendo un complejo método de análisis de las
vici-situdes reales de una economía capitalista, que sitúa el centro de
atención en las valoraciones y en los procesos de toma de decisiones de sus
protago-nistas activos.
14.7. Las asimetrías de la política económica en una economía
abierta y las instituciones internacionales
La Teoría general analizaba el caso de un sistema económico
cerrado —una economía mundial, útil como simplificación teórica y para
estable-cer algunos principios válidos para los países industrializados en
general.28 Sin embargo, en la política económica, los resultados concernientes
a una economía cerrada no pueden extenderse automáticamente a una economía
abierta. En particular, en una economía abierta una reducción de los sala-rios
reales puede tener un efecto positivo sobre el empleo, aumentando la competitividad
de los productos nacionales frente a los extranjeros. De este modo, puede
reestablecerse la relación inversa entre salarios y ocupa-ción, y en el
supuesto de que el desempleo lleve a una reducción de los salarios reales
tenemos de nuevo a nuestra disposición un mecanismo de convergencia hacia el
pleno empleo. Esto es, un país puede favorecer su propio desarrollo arrebatando
cuota de mercado a otros países, con las lla-madas políticas de empobrecimiento
del vecino (beggar-thy-neighbour), un juego de suma cero, en el que las
ventajas para un país corresponden a las pérdidas para otro.
Mientras
suponía un sistema cerrado, Keynes desarrolló la noción de brecha
infla-cionista, propuesta en How to pay for the war (1940) para explicar las
presiones inflacionis-tas que aparecen cuando la demanda agregada supera a la
oferta agregada, como sucede en un país en un período de guerra, con gastos
militares conspicuos.
Las asimetrías de la política económica en una economía abierta… 537
Las políticas de esta clase han sido seguidas por una serie de
países que se encontraban con unas dificultades formidables en los años de la
Gran Crisis. El propio Keynes había adoptado en algún momento este punto de
vista cuando estudiaba las políticas más adecuadas para Gran Bretaña en los
años veinte y treinta. Sin embargo, cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial y
los líderes de los principales países occidentales pudieron al fin mirar más
allá, el propio Keynes se vio implicado en un intento «ilustra-do» para diseñar
reglas para el juego económico internacional que favore-ciesen la cooperación
entre los países. El debate culminó con la conferen-cia celebrada en Bretton
Woods, una pequeña ciudad de los Estados Unidos, en julio de 1944: aquí las
ideas de Keynes fueron diluidas, si no derrotadas, por el conservadurismo
americano.
La idea central de Keynes, como la había esbozado en diversos
memo-randos y contribuciones secundarias en los años treinta y cuarenta, era
que el problema del paro aparece de forma recurrente e inevitable en una
eco-nomía capitalista a causa del progreso técnico, que hace posible obtener la
misma cantidad de producto con un número de trabajadores siempre decreciente.29
Cuando se agudiza, el problema se convierte en socialmen-te explosivo en
ausencia de políticas adecuadas para dirigir la economía. En otros términos,
Keynes veía el desempleo como un problema «sistémi-co», que persiste y se
repite una y otra vez a lo largo del tiempo. Además, el experimento mental de
la economía cerrada adoptado en la Teoría gene-ral permitía a Keynes sostener
que las políticas de empobrecimiento del vecino implican una simple
redistribución de los costes de una crisis mun-dial sin ofrecer ninguna
contribución a su solución, y ciertamente con el riesgo de llevar a unos
antagonismos nacionalistas que ya se habían mos-trado exasperados en los años
de anteguerra y guerra.
La idea de Keynes era que el sistema económico internacional
tenía que organizarse no sólo de tal manera que facilitara el desarrollo del
comercio (y, por lo tanto, en un contexto de libre cambio, convertibilidad de
las monedas, tipos de cambio estables y mecanismos de financiación de las
transacciones internacionales por medio de organizaciones internacio-nales que
ayudasen a superar los desequilibrios temporales de la balanza
29 Cf. Guger y
Walterkirschen (1988).
538 John Maynard
Keynes
comercial), sino que también proporcionase un apoyo sistemático
a los niveles de producción mundiales. Con este fin, las reglas del juego
inter-nacionales tenían que evitar cualquier asimetría al estimular la acción
correctiva por parte de los países con una balanza comercial favorable o
desfavorable. Estos últimos se ven obligados por la reducción de sus reser-vas
monetarias a adoptar medidas deflacionistas a fin de reducir las impor-taciones
y estimular las exportaciones, o políticas monetarias restrictivas para
estimular las importaciones de capital, pero con el resultado adicio-nal de
desanimar las inversiones en una nueva capacidad productiva. A la inversa, los
países con una balanza comercial activa podían contemplar tranquilamente cómo
se acumulaban sus reservas monetarias, o podrían limitarse a políticas de un
tipo de interés bajo para favorecer las salidas de capital. Keynes consideraba
que un sistema monetario internacional equi-librado debía gobernar la liquidez
internacional (por medio de la emisión, por parte de una organización
supranacional, de una moneda internacio-nal, el bancor), suavizando la presión
para adoptar políticas deflacionistas en los países con una balanza comercial
desfavorable; a la inversa, los paí-ses con una balanza comercial favorable
debían ser estimulados por las reglas del juego internacionales (por ejemplo,
regulaciones sobre reservas de divisas) a adoptar políticas reflacionistas.
Entre los proyectos que continuaron en la onda del de Keynes,
pode-mos recordar también los buffer stocks, stocks reguladores de materias
pri-mas, que servían principalmente para evitar las fuertes repercusiones, en
el proceso de crecimiento de los países en vías de desarrollo, de las
oscilacio-nes de la demanda mundial de materias primas, las cuales
representaban una proporción importante de sus exportaciones. En una dirección
pare-cida se encontraban los proyectos para un link, o vínculo entre la emisión
de una moneda supranacional y la explotación de los derechos de emisión para
financiar el desarrollo en los países del tercer mundo. No fue una sim-ple
casualidad que ambas propuestas fueran efectuadas por discípulos y seguidores
de Keynes, en particular por Richard Kahn, Nicholas Kaldor y Joan Robinson.30
Sobre el origen
keynesiano de las propuestas de stocks reguladores cf. Sabbatini (1989). Sobre
el link, cf., por ejemplo, Kahn (1973).
Michal Kalecki 539
14.8. Michal Kalecki
Cuando Keynes publicó la Teoría general, un joven economista
pola-co, Michal Kalecki (1899-1970), compró el libro y se dio cuenta de que su
famoso colega inglés había redescubierto una teoría de la ocupación y el ciclo
que él había publicado en polaco poco tiempo antes. Esta inter-pretación de los
acontecimientos, puesta en circulación por Joan Robin-son,31 tiene ciertamente
un elemento de verdad, pero oscurece diferencias sustanciales de enfoque entre
los dos grandes teóricos.
Kalecki se formó en la tradición marxista y se vio influido por
los esquemas de crecimiento del libro II de El capital de Marx, adoptados por
Tugán-Baranovski (1905), y por las teorías del subconsumo de Rosa Luxemburg
(1913). Por lo tanto, le fue más fácil que a Keynes escapar a la influencia del
análisis marginalista tradicional basado en la noción de equilibrio entre
oferta y demanda, y en consecuencia en la tesis de una ten-dencia automática,
en condiciones de competencia, al pleno empleo. Por lo tanto, el conjunto de
relaciones entre renta, consumo, ahorro e inver-sión que Kalecki proponía
ofrecía una teoría del nivel de renta y empleo muy parecida a la de Keynes,
tanto en la consideración del pleno empleo como un caso límite, más que el caso
general, como en la atribución del papel de motor del sistema al gasto autónomo
y en particular a las deci-siones de inversión. La necesidad de intervenciones
políticas activas a favor del pleno empleo es otra semejanza importante.32
Sin embargo, las diferencias eran significativas. El papel de la
incerti-dumbre y de las expectativas, decisivo en Keynes, estaba prácticamente
ausen-te en la obra de Kalecki, que también carecía de una teoría plenamente
desa-rrollada de los mercados financieros.33 A la inversa, Kalecki, a pesar de
Cf., por
ejemplo, Robinson (1977).
En este
contexto, recordemos el papel importante de Kalecki en la preparación de The
economics of full employment [Economía de pleno empleo] (1944), un libro que se
com-pone de seis ensayos escritos por seis autores diferentes en el Institute
of Statistics de la Uni-versidad de Oxford.
Kalecki
proponía un «principio del riesgo creciente» para explicar los límites a las
posibilidades de financiación de las inversiones por parte de cada empresa
individual. Este tema fue adoptado y desarrollado por el colaborador de
Kalecki, el austríaco Josef Steindl (1912-1993), en su teoría de la empresa:
cf. Steindl (1945) y los escritos reunidos en Steindl (1990), pp. 1-73. Steindl
también desarrolló temas kaleckianos en su obra más
540 John Maynard
Keynes
mostrar signos —especialmente en sus primeros escritos— de una
influencia marshalliana, incorporó en su análisis mecanismos como el del
principio del coste pleno34 que revela la existencia de vínculos con las
teorías modernas de los mercados no competitivos. Además, Kalecki extendió su
estructura for-mal al tratamiento de problemas del ciclo y de desarrollo, y
relacionó tales teorías con el análisis de la distribución de la renta entre
las clases sociales.35
Muchas de las principales contribuciones de Kalecki se referían
a la economía planificada y a la economía mixta.36 Aunque fue animador del
centro de investigación y enseñanza más vivo de los países de la Europa
oriental, es decir, Varsovia, Kalecki pasó los últimos años de su vida
mar-ginado por las autoridades políticas de su país. Su comparación con Key-nes
demuestra la importancia que pueden tener la nacionalidad, las con-diciones de
nacimiento y el «grado de antipatía política» a la hora de determinar el
impacto de las ideas y del análisis de un economista.
conocida, Maturity and stagnation in American capitalism
[Madurez y estancamiento en el capitalismo americano] (1952; 2.ª ed., 1976), en
la que sostenía la tesis de una tendencia al estancamiento en las economías
capitalistas debido a la gradual aparición de formas de mercado
oligopolísticas. Una tesis semejante (la transmisión de los efectos del
progreso téc-nico genera desarrollo en un sistema competitivo, pero no en un
sistema de oligopolios) fue presentada por Sylos Labini (1956). Una tendencia
al estancamiento fue también sos-tenida por el americano Alvin Hansen
(1887-1975) sobre una base más directamente key-nesiana (Hansen, 1938); en
efecto, Hansen desempeñó un importante papel en la circula-ción de las ideas
keynesianas en los Estados Unidos, tanto en las universidades como en las
instituciones de política económica.
Cf., por
ejemplo, Kalecki, (1943). El principio del coste pleno es un criterio de
formación de precios adoptado frecuentemente por las empresas que disfrutan de
cierto poder de mercado, y, por lo tanto, especialmente en los sectores
oligopolísticos, y consiste en fijar los precios de sus productos sobre la base
del coste variable, añadiéndoles un mar-gen proporcional destinado a cubrir los
costes fijos y los gastos generales, y a garantizar el margen de beneficio
habitual en el sector. Estudiado por Philip Andrews (1914-1971; véanse los
escritos reunidos en Andrews, 1993), el principio del coste pleno se integró
des-pués en la teoría del oligopolio de Sylos Labini (1956).
Es
particularmente interesante su teoría del «ciclo político» (Kalecki, 1971, pp.
138-145).
Una selección
de los principales escritos de Kalecki, editada por el propio autor pero
publicada póstumamente, se divide en dos pequeños volúmenes, uno sobre las
eco-nomías capitalistas (Kalecki, 1971, que incluye los tres artículos en
polaco de 1933, 1934 y 1935, que anticipaban aspectos importantes de la teoría
keynesiana), y uno sobre las eco-nomías socialistas y mixtas (Kalecki, 1972).
Sobre Kalecki y su relación con Keynes existe una extensa literatura; cf., por
ejemplo, Chilosi (1979), las obras citadas allí y después los ensayos reunidos
en Sebastiani (1989), y Sebastiani (1994).
La nueva escuela de Cambridge 541
14.9. La nueva escuela de Cambridge
Es bastante natural que el impacto de la Teoría general de
Keynes fuera particularmente fuerte en Cambridge. No fue un caso de conquista
total: por lo menos al principio, aparte del «profesor», Arthur Cecil Pigou
(cf. más arriba § 13.9), la ortodoxia marshalliana todavía encontró defen-sores
del calibre de Dennis Robertson, que en 1939 se trasladó a Londres, pero
después volvió en 1944 como sucesor de Pigou en la cátedra de Eco-nomía, que
ocupó hasta su retiro en 1957. Sin embargo, el papel de los discípulos directos
de Keynes, como Kahn y Joan Robinson, fue aumen-tando gradualmente y se vio
reforzado, después de la Segunda Guerra Mundial, por otros «conversos», como
Nicholas Kaldor, que llegó desde la London School of Economics, en la que en
una primera fase había segui-do la estrella de Hayek. Un caso aparte era el de
Piero Sraffa, que, aunque más próximo a Keynes de lo que muchos comentaristas
reconocen, siguió un camino de investigación autónomo (que se ilustra más
adelante en el capítulo 16). Todos estos protagonistas, y muchos otros, desde
el marxis-ta británico Maurice Dobb (1900-1976) al americano Richard Goodwin
(1913-1996),37 constituían la «nueva escuela de Cambridge» (así llamada para
distinguirla de la «vieja escuela de Cambridge», la de Marshall y sus
discípulos), un grupo notablemente vivo en el aspecto intelectual, sobre todo
en los años cincuenta y sesenta.
El colaborador más próximo a Keynes, su discípulo y
posteriormente albacea literario, fue Richard Kahn (1905-1988). Estudiante y
después
Dobb,
colaborador de Sraffa en las etapas finales del trabajo de edición de las obras
de Ricardo, fue autor de escritos importantes sobre teoría, historia económica
e historia del pensamiento económico, incluyendo un volumen sobre la Unión
Soviética (1928 y poste-riores ediciones), un volumen de Studies in the
development of capitalism [Estudios sobre el desarrollo del capitalismo] (1946)
en el que, entre otras cosas, se discutía el tema de la tran-sición del
feudalismo al capitalismo, y un volumen de historia del pensamiento económi-co
(Dobb, 1973). De Goodwin (cuyos papeles se conservan en la Universidad de
Siena, donde enseñó después de retirarse de Cambridge) podemos recordar los
trabajos sobre el multiplicador y el ciclo; en particular, Goodwin (1967)
presentaba un modelo de ciclo eco-nómico basado en el esquema evolutivo
presa-depredador, que originalmente había estu-diado el matemático Vito
Volterra (1860-1940); también podemos considerar como un compendio de su
concepción un volumen con el título irónico de Elementary economics from the
higher standpoint [Economía elemental desde el punto de vista más alto] (1970),
que hace uso de ilustraciones gráficas muy sofisticadas (Goodwin fue también un
refinado pintor); para una entrevista autobiográfica y una biografía, cf.
Goodwin (1982).
542 John Maynard
Keynes
profesor en Cambridge, en los primeros años treinta fue la
fuerza motriz del Circus, que, como vimos antes, estimuló la transición de
Keynes del Tratado del dinero a la Teoría general. También contribuyó con un
elemen-to decisivo (Kahn, 1931) al aparato analítico de Keynes, con su teoría
del multiplicador, que relacionaba las variaciones del empleo con las del gasto
autonómo (inversiones, gasto público, exportaciones) y con la propensión a
ahorrar: una relación que presuponía la existencia de trabajadores en paro.
Éste fue, para todos los economistas de aquella época, un dato de hecho, pero
era también un elemento que —repitámoslo una vez más— contradecía un principio
central de la teoría dominante, a saber, la tenden-cia automática en
condiciones de competencia hacia el pleno empleo. Kahn había comenzado a
alejarse gradualmente de esta teoría a través de sus inves-tigaciones sobre «la
economía del corto plazo» (el título de su tesis de 1930 para obtener la
fellowship, que iba a quedar sin publicar durante más de cin-cuenta años: Kahn
1983), en la que había abordado el tema de las imper-fecciones del mercado, que
ya estaba presente en la obra de Marshall, pero que había quedado en un segundo
plano en la vulgata marshalliana de Pigou. Autor de relativamente pocas pero
profundamente meditadas pági-nas,38 Kahn también hizo importantes
contribuciones sobre teoría mone-taria, tanto en trabajos firmados (como el
titulado Some notes on liquidity preference [Notas sobre la preferencia por la
liquidez], publicado en 1954) como a través de su influencia en el famoso
Radcliffe Report (1959), que desarrollaba una visión keynesiana del
funcionamiento de los mercados financieros y del papel de los instrumentos de
la política monetaria. La influencia de Kahn podía verse también en la
investigación de Joan Robin-son sobre la teoría de la competencia imperfecta.
Joan Violet Robinson, nacida Maurice (1903-1983; su esposo fue
Austin Robinson, 1897-1993, keynesiano e influyente profesor de econo-mía en
Cambridge, pero más interesado en cuestiones de política aplica-da), fue la
abanderada del keynesianismo. Escritora viva y prolífica, apa-sionada y
brillante oradora, polemista vigorosa, dejó su impronta en las universidades de
todo el mundo. Entre sus contribuciones, junto con diversas exposiciones de la
teoría keynesiana, podemos recordar The eco-nomics of imperfect competition
[Economía de la competencia imperfecta]
38 Las principales
contribuciones están reunidas en Kahn (1972).
La nueva escuela de Cambridge 543
(1933). Como hemos visto (§ 13.10), fue con esta obra con la que
Joan Robinson comenzó lo que se ha llamado «la revolución de la competencia
imperfecta», aunque con alguna exageración, puesto que se mantuvo
sus-tancialmente dentro de un marco marshalliano; en efecto, tanto es así que
la propia Robinson se distanció hasta cierto punto de ella en el prólogo de una
nueva edición en 1969. Robinson también intentó extender el análi-sis de Keynes
al largo plazo, en particular con The accumulation of capital [La acumulación
de capital] (1956). Un aspecto del libro que atrajo un interés particular fue
la taxonomía de los modelos de crecimiento, mien-tras que el análisis de la
interrelación entre la demanda efectiva y la capa-cidad productiva permanecía
en la sombra, aunque ocupaba una posición central en la obra de Robinson, como
la había ocupado en el famoso modelo de Harrod (1939).
Un «converso» al keynesianismo, como vimos antes, fue Nicholas
Kaldor (1908-1986), nacido en el Budapest del Imperio austro-húngaro y después
ciudadano británico y lord por los méritos adquiridos como ase-sor económico de
gobiernos laboristas. Antes de que Keynes publicara la Teoría general, el joven
Kaldor ya podía alardear de algunos artículos importantes sobre la teoría del
capital y de la empresa (con una original síntesis de las ideas de Hayek y
Marshall). Experto de la Comisión de Naciones Unidas para Europa en el período
de la inmediata posguerra, asesor de muchos países en vías de desarrollo y, en
diversas ocasiones, del Gobierno británico, Kaldor contribuyó al corpus teórico
de la escuela de Cambridge con una teoría de la distribución de la renta, en la
que la dis-tribución entre salarios y beneficios depende de la propensión a
ahorrar de los capitalistas y de la tasa de crecimiento de la economía.39 Esta
teoría se vio después flanqueada por teorías de la acumulación basadas en ideas
key-nesianas y clásicas (ricardianas) en sucesivas versiones de un modelo de
crecimiento (Kaldor, 1957, 1961) en el que quería representar los princi-pales
«hechos estilizados» de las economías capitalistas desarrolladas. Kal-
Presentada
originalmente en un artículo de 1956, esta teoría fue adoptada y desa-rrollada
por Pasinetti (1962); en debates posteriores con Samuelson y Modigliani, Kaldor
(1966) la relacionó con las elecciones financieras de la empresa, y, por lo
tanto, con la nueva corriente de investigaciones sobre el capitalismo gerencial
(cf. más adelante § 17.3). Para un informe sobre el debate y otros aspectos del
pensamiento de Kaldor, y para una bibliografía de sus escritos, cf. Targetti
(1988).
544 John Maynard
Keynes
dor contribuyó también al desarrollo de la teoría monetaria
keynesiana (desde el Radcliffe Report de 1959 hasta una larga serie de
contribuciones en las que criticaba el monetarismo de Friedman y su vulgata
thatcheriana).
En la vertiente de aplicación, Richard Stone (1914-1991, premio
Nobel en 1984) hizo una contribución decisiva al desarrollo de la conta-bilidad
nacional sobre líneas keynesianas (cf. más adelante § 17.7). La teo-ría del
comercio internacional, también sobre líneas keynesianas, es un campo de
investigación en el que James Meade (1907-1994, premio Nobel en 1977) efectuó
contribuciones importantes.
El «equipo de Cambridge» también incluyó, en sucesivas etapas, a
muchos italianos atraídos por la tradición keynesiana y por la fama de Sraffa:
de Luigi Pasinetti a Pierangelo Garegnani, de Luigi Spaventa a Mario Nuti,
protagonistas en el debate sobre la teoría del capital que en la década de los
sesenta enfrentó al victorioso Cambridge de Inglaterra con el Cambridge de
Massachusetts. Este debate tenía su origen principal-mente en la contribución
de Sraffa, como veremos más adelante (§ 16.8). Cambridge constituyó durante
muchos años un centro de atracción para los economistas de todo el mundo:
Geoffrey Harcourt de Australia; Amit Bhaduri, Krishna Bharadwaj, Amartya Sen y
Ajit Singh de la India; Tom Asimakopulos de Canadá; Bertram Schefold de Suiza;
Jan Kregel de los Estados Unidos; y muchos otros entre los economistas
contemporáneos que se mencionan en este libro.
15. JOSEPH SCHUMPETER
15.1. Vida1
Joseph Alois Schumpeter (1883-1950) es uno de los economistas
que con más frecuencia se citan en nuestros días. Sobre todo, muchos recuer-dan
su idea de que el proceso de desarrollo económico es generado por una sucesión
de innovaciones llevadas a cabo por los empresarios, con un poder adquisitivo
que les proporcionan los banqueros.
El atractivo de las ideas de Schumpeter procede, al menos en
parte, de su doble implicación política. Por una parte, sitúan en un primer
plano a los empresarios y, los banqueros, los actores principales del proceso
de desarrollo; al mismo tiempo, Schumpeter se opuso al activismo político de
tipo keynesiano y consideró las crisis como un mal necesario para estimu-lar la
propia vitalidad del capitalismo. Por otra parte, la visión de un pro-ceso
dinámico endógeno a la economía y la sociedad, y de la decadencia del
capitalismo, como un resultado inevitable de tal dinámica, parece ali-near a
Schumpeter con Marx y en contra de la teorización tradicional del equilibrio
económico.
Sin embargo, el pensamiento de Schumpeter es mucho más complejo
y rico en luces y sombras de lo que estas valoraciones contrastantes podrían
sugerir. Lo que sigue estando verdaderamente vivo en la actualidad es el
Se han dedicado
a Schumpeter diversas biografías y estudios bibliográficos; men-cionemos aquí
la viva biografía de Swedberg (1991) y la meticulosa bibliografía de Auge-llo
(1990). La interpretación que se presenta en las páginas que siguen se ha
tomado de Roncaglia (1987).
546 Joseph Schumpeter
objetivo que él propone a la ciencia económica, a saber, que
parta de unos sólidos fundamentos teóricos y desarrolle una teoría del cambio
social. Como veremos en el § 15.2, para hacer progresos en esta senda
Schumpe-ter proponía como canon metodológico la máxima flexibilidad posible: su
edificio teórico, extenso y complejo, está hecho de «ladrillos analíticos»
uni-dos por una visión pre-analítica común: no por un esquema formalmente
unificado, sino por una amplia representación de la vida económica. Por lo
tanto, él tenía la libertad de aplicar en su construcción teórica una gama de
instrumentos: desde los del análisis económico, estrictamente hablando, hasta
los del análisis sociológico, la historia económica y la historia del aná-lisis
económico. Es precisamente la propuesta de este objetivo y del méto-do lo que
explica la profunda fascinación ejercida por el pensamiento de Schumpeter,
junto con la sutil teoría que lo distingue de las tendencias pre-valecientes en
la investigación económica de la segunda mitad del siglo XX.
Como su contribución a la ciencia económica, su personalidad fue
también rica y compleja. Aunque con muchas vicisitudes, Schumpeter recorrió la
primera mitad del siglo XX desempeñando un papel de prota-gonista principal de
los debates económicos.
Schumpeter nació en Triesch, en Moravia (que formaba parte
entonces del Imperio austro-húngaro), el 8 de febrero de 1883. Su padre, un
pequeño empresario del sector textil, murió cuando Joseph tenía sólo cuatro
años. Su madre, hija de un médico y mujer de carácter fuerte y considerable
cultura, se quedó viuda con veintiséis años; se casó de nuevo en 1893 con un
oficial de alta graduación del ejército austríaco, ya retirado y treinta y tres
años mayor que ella. Este matrimonio acabó en divorcio trece años después; pero
entretanto el padrastro tuvo una notable influencia sobre la formación del
joven Joseph, que fue enviado a estudiar al Theresianum de Viena, la escue-la
de los jóvenes aristócratas. Aquí recibió una educación centrada en los
estu-dios humanísticos, incluyendo el griego y el latín junto con el francés,
inglés e italiano: todos ellos, instrumentos útiles en el trabajo de
investigación de Schumpeter en su última aventura: la History of economic
analysis.
De 1901 a 1906 frecuentó la Facultad de Jurisprudencia de la
Uni-versidad de Viena. Aquí Böhm-Bawerk fue uno de sus profesores; en su
seminario debatió acaloradamente con Otto Bauer y Rudolf Hilferding, dos
futuros líderes del socialismo austríaco, y con uno de los campeones del
liberalismo, Ludwig von Mises.
Vida 547
Después de licenciarse, Schumpeter visitó Inglaterra, donde
encontró a Marshall y Edgeworth. También encontró a su primera esposa, hija de
un sacerdote anglicano, la cual le llevaba doce años; sin embargo, el
matri-monio sólo duró unos pocos años.
En 1907 Schumpeter se trasladó a El Cairo, donde se ganó la vida
como abogado y administrando el patrimonio de una princesa egipcia. Entretanto,
trabajó en el primero de sus libros, Esencia y principios de la teoría
económica, publicado en alemán en 1908. Entonces enfermó de fie-bres de Malta y
en 1909 tuvo que regresar a Viena. Aquí, gracias al libro que acababa de
publicar y a la ayuda de su profesor, Böhm-Bawerk (pocos años después estarían
discutiendo sobre la teoría del interés), fue nombra-do para un puesto de
profesor en la Universidad de Czernowitz. Capital entonces de la Bucovina
austríaca, en la franja más oriental del imperio, que hoy forma parte de
Ucrania, la ciudad no era ciertamente un centro de vida cultural: años después,
Schumpeter recordaba sus noches templa-das y sus hermosas mujeres, pero en 1911
se sintió muy feliz de trasladar-se a la Universidad de Graz, donde ocupó una
cátedra hasta 1921.
Los años anteriores a la guerra se caracterizaron por una
intensa acti-vidad científica: en 1912 Schumpeter publicó Theorie der
wirtschaftlichen Entwicklung [Teoría del desenvolvimiento económico], y en 1914
Epochen der Dogmen- und Methodengeschichte; en 1913-1914 visitó los Estados
Unidos, donde impartió cursos y seminarios en la Universidad de Colum-bia, en
Nueva York, y recibió un doctorado honorario cuando sólo tenía treinta años.
Decididamente no conformista, durante la guerra se manifestó
paci-fista y próximo a las potencias occidentales; en 1918-1919, a pesar de sus
propias concepciones conservadoras, formó parte de un comité presidido por
Kautsky e instituido por el Gobierno socialista austríaco para organi-zar la
nacionalización de empresas privadas.2 En 1919 se convirtió en miembro del
Gobierno austríaco por una alianza entre socialistas y social-
La
autojustificación de Schumpeter (tal como la cuenta Haberler, 1950, p. 345) era
que «si alguien quiere suicidarse, es bueno que esté presente un médico»; sobre
su posi-ción en el seno de la comisión, sin embargo, existen diferentes
interpretaciones (cf. Swed-berg, 1991, pp. 55-58).
548 Joseph Schumpeter
cristianos (católicos y conservadores): como experto externo a
ambas par-tes, desempeñó el impopular cargo de ministro de Hacienda, teniendo
que asumir la tarea imposible de resolver el problema de la deuda públi-ca
heredada de la guerra. Su experiencia como ministro duró sólo unos pocos meses,
del 15 de marzo al 17 de octubre, pero dio origen a un aca-lorado debate, por
una parte, sobre algunos puntos de su política (impuesto extraordinario sobre
la riqueza, incentivos a la entrada de capi-tales extranjeros, inflación
dirigida a reducir el valor real de la deuda pública), lo que le atrajo el odio
de las clases medias, y, por otra, sobre su oposición —rayana en boicot— al
programa de nacionalización adopta-do oficialmente por el Gobierno al que
pertenecía, lo que despertó la hos-tilidad de los socialistas. En efecto, éstos
acusaron a Schumpeter de haber favorecido la adquisición de la mayor empresa
siderúrgica austríaca, la Alpine Montan-Gesellschaft, por parte de intereses
extranjeros (italia-nos), y obtuvieron su dimisión.
Schumpeter volvió a la universidad, pero en 1921 ya había
renuncia-do a su puesto de profesor para convertirse en presidente de un
pequeño banco privado de sólidas tradiciones, el Biedermann Bank, que dirigió
hasta su quiebra en 1924. El banco se arruinó a causa de la crisis finan-ciera
que siguió a la política de estabilización llevada a cabo por el Gobier-no.
Muchos de sus clientes padecieron graves pérdidas; Schumpeter per-dió todo su
patrimonio y sus ahorros, y, además, durante los años siguientes tuvo que
dedicar parte de su renta a devolver las deudas en que había incurrido a
consecuencia de la quiebra.
A la edad de cuarenta y dos años, con las polémicas
controversias de ministro y banquero a sus espaldas, Schumpeter volvió a la
docencia uni-versitaria. La primera oferta le llegó de una universidad
japonesa, pero Schumpeter eligió la Universidad de Bonn. Aquí enseñó (con
algunas interrupciones: un año en Harvard, en 1927-1928 —volviendo allí el
otoño de 1930— y algunos meses en Japón, donde muchos de sus escri-tos fueron
traducidos y donde disfrutaba de un considerable prestigio) hasta su traslado
final a Harvard en 1932.
El primer año en Bonn fue posiblemente el más feliz de su vida.
Antes de abandonar Viena se casó con una joven muy hermosa, hija de la porte-ra
de su madre, cuyos estudios esta última había contribuido a financiar. Pero
sólo un año más tarde, en 1926, su joven esposa murió de parto, y en
Vida 549
el mismo período falleció también su amada madre. Estos
acontecimien-tos marcaron el carácter de Schumpeter con un profundo pesimismo.
En los años de Bonn, Schumpeter trabajó entre otras cosas en un
pro-lijo tratado sobre el dinero; sin embargo, quedó incompleto, y sólo fue
publicado póstumamente en 1970. Schumpeter lo abandonó después de cinco años de
trabajo cuando, en 1930, apareció el Tratado del dinero de Keynes: una
contribución que exponía una línea de pensamiento comple-tamente distinta de la
suya. Lo más probable es que Schumpeter creyera que sin una mayor e intensiva
investigación su trabajo palidecería en com-paración con el de Keynes, y
prefiriera esperar nuevos frutos de sus inves-tigaciones.
Después de su traslado a los Estados Unidos en 1932, la vida de
Schumpeter se hizo más regular, modulada por la publicación de sus nue-vos
escritos. En 1939 apareció la monumental obra Business cycles [Ciclos
económicos], y en 1942 la provocadora y exitosa Capitalism, socialism and
democracy [Capitalismo, socialismo y democracia], mientras que a su muerte la
gran History of economic analysis [Historia del análisis económi-co] estaba
todavía incompleta (iba a publicarse póstumamente en 1954, editada por su tercera
esposa, la economista Elisabeth Boody, con la que se había casado en 1937).
Junto con su impresionante actividad investigadora, Schumpeter
asu-mió una fuerte carga de docencia y trabajo académico. Entre sus
estu-diantes encontramos a muchos de los mayores economistas del siglo XX,
desde Leontief a Samuelson, de Sweezy y Goodwin a Minsky, de Tsuru a Sylos
Labini. Sweezy (1951, p. XXIV; cursiva en el original) recordaba: «No le
importaba lo que pensáramos tanto como que pensáramos». En su traba-jo de
investigación, sin embargo, siguió siendo un «lobo solitario». A pesar del
reconocimiento académico (presidente de la Econometric Society en 1937-1940,3
de la American Economic Association en 1948, designado primer presidente de la
Internacional Economic Association en el momen-
La propuesta
original para crear una Econometric Society se debió al noruego Ragnar Frisch;
Schumpeter se mostró entusiasta con la idea y algunas de las reuniones
preparatorias tuvieron lugar en su casa de Bonn; fue también el presidente de
la reunión del 29 de diciembre de 1930 en Cleveland (Ohio), en la que nació
oficialmente la Eco-nometric Society.
550 Joseph Schumpeter
to de su fundación), su imagen pública experimentaba el peso de
su posi-ción de ultraconservador, opuesto al New Deal de Roosevelt y, sobre
todo, se le consideraba demasiado blando con respecto a la Alemania nazi
durante los años de la guerra.
Solo y desgastado por el trabajo, Schumpeter murió de un derrame
cerebral en su casa de campo de Taconic (Connecticut), la noche del 7 al 8 de
enero de 1950.
15.2. Método
La cuestión del método es no sólo el primer tema que Schumpeter
abordó en su producción científica, sino también el punto de partida necesario
para cualquier interpretación de sus opiniones. Uno de sus pri-meros escritos
(Schumpeter, 1906) era un breve artículo sobre la impor-tancia decisiva del
método matemático en la teoría económica; las cues-tiones del método ocuparon
muchas páginas en su primera obra importante, el volumen sobre Esencia y
principios de la teoría económica, publicada en 1908.
En este volumen Schumpeter ya estaba tomando una posición que
sería refinada, pero que no cambiaría sustancialmente, en sus obras de madurez:
una especie de liberalismo metodológico que tiene muchas afi-nidades con
algunos de los desarrollos más recientes en epistemología (por ejemplo, en uno
u otro aspecto, con las posiciones de una gama multico-lor de autores que
incluye a Kuhn, Lakatos y Feyerabend: cf. más arriba
1.3), mientras
que también refleja las ideas que circulaban en el contex-to cultural de su
educación. En resumen, en las propias palabras de Schumpeter (1908, p. 156, la
cursiva es nuestra), es «ventajoso no esta-blecer los supuestos metodológicos
de una vez y para todos nuestros pro-pósitos, sino adaptarlos a cada objetivo
y, una vez que tales supuestos espe-cíficos se muestran adecuados a nuestro
propósito, ser tan liberal como sea posible».
Schumpeter (1908, p. 3) partía de la afirmación de que «todas
las ciencias no son nada sino […] formas de representación» de la realidad, y
declaraba con énfasis: «no aceptamos a priori la afirmación de que la rea-lidad
económica muestra una regularidad sistemática y que, por lo tanto,
Método 551
es posible la formulación de “leyes” exactas» (ibíd., p. 12).
Esta posición metodológica no era muy distinta de la de Keynes: concebía las
teorías y los modelos formalizados como instrumentos para orientarse en la
reali-dad. Sobre todo, era radicalmente diferente de la que prevalecía en la
etapa inicial de desarrollo de la ciencia moderna, cuando se creía que las
leyes matemáticas expresaban la esencia intrínseca de las cosas, y que la tarea
de los teóricos consistía en «descubrir» tales leyes a partir de los fenómenos
accidentales que las oscurecen (cf. más arriba § 3.1): una concepción toda-vía
muy difundida en aquella época.
Un aspecto controvertido de la posición metodológica de
Schumpeter se refería a la necesidad de contrastar la teoría con la realidad
empírica. Schumpeter recordaba los límites del carácter arbitrario de la
actividad del teórico: «al construir nuestro sistema procedemos
arbitrariamente, pero también racionalmente, formulando hipótesis que tengan
siempre presentes los hechos». «Esto no significa […] que tales afirmaciones
sean “leyes” esta-blecidas para el universo o, incluso, que regulen el mundo de
los fenómenos […]; sólo quiere decir que dan buenos resultados en una medida
apreciable, tan apreciable que valga la pena haberlas formulado» (Schumpeter,
1908,
424-425). El
segundo de los pasajes citados halla un eco en Friedman (1953), que argumenta
que los supuestos pueden ser irreales siempre que los resultados sean útiles
(en particular, siempre que las predicciones deducidas de los supuestos gracias
a la construcción teórica se muestren correctas); pero el primero de los dos
pasajes contradice tal interpretación.
Era desde el punto de vista de su «liberalismo metodológico»
desde el que Schumpeter criticaba como estéril el famoso debate sobre el método
que todavía estaba produciéndose aquellos años (cf. más arriba § 11.2) entre
aquellos que (como Menger) consideraban la economía como una ciencia «exacta» y
los que (como Schmoller, el líder de la escuela histórica) la veían más próxima
a las ciencias histórico-sociales: «La escuela histórica y la escue-la
abstracta no están en contraste y […] la única diferencia entre ellas radi-ca
en su interés por cuestiones diferentes» (ibíd., p. 22) o, quizás mejor, por
distintos aspectos de la misma realidad: una realidad extremadamente com-pleja
que no puede reducirse exclusivamente a un problema u otro.
Schumpeter volvió a proponer esta posición metodológica en
diver-sos escritos, también de su período de madurez, destacando una y otra vez
que la vida económica tiene aspectos tan diferentes que puede ser útil ana-
552 Joseph Schumpeter
lizarla desde una multiplicidad de puntos de vista.
Un corolario del «liberalismo metodológico» de Schumpeter fue su
cautelosa actitud hacia el individualismo metodológico, o, en otras pala-bras,
que el método de análisis parte del individuo —de sus preferencias y
dotaciones— y que se encuentra en la raíz de la teoría económica neoclá-sica.
Schumpeter (1908, p. 83) destacaba de forma clara la distinción entre el
individualismo en el método científico y el individualismo político
(liberalismo), afirmando que «no existe ninguna relación particularmente íntima
entre la ciencia económica individualista y el individualismo polí-tico» y que
«de la teoría en sí misma no podemos extraer argumentos ni a favor ni en contra
del individualismo político». En esto él seguía la sepa-ración, repetidamente
establecida en sus escritos y enérgicamente defendi-da también por Weber, entre
las proposiciones teóricas que caen dentro del campo de la ciencia y los
juicios de valor que caen dentro del campo de la política.4
15.3. De la estática a la dinámica: el ciclo
De hecho, en el libro de 1908 las cuestiones metodológicas
tenían un interés secundario. El principal objetivo de Schumpeter era el de
ilustrar lo que él consideraba los fundamentos de la teoría económica, a saber,
el sis-tema estático de equilibrio económico, o —en sus propias palabras— «los
conceptos fundamentales que constituyen el presente de la economía pura»
(ibíd., p. 6). En su opinión, era necesario poner orden en un panorama que
«aparecía confuso, casi caótico y en absoluto satisfactorio» (ibíd., p. 7).
Schumpeter adoptó el «principio del valor» de la tradición
margina-lista, según el cual el valor de los bienes económicos se expresa
mediante su demanda, en relación con su escasez. Sin embargo, rechazaba el
utilita-
Éste es también
el trasfondo en la distinción entre liberalismo económico y libe-ralismo
político. El primero se identifica con «la teoría de que el mejor camino para
pro-mover el desarrollo económico y el bienestar general es el de remover los
obstáculos a la economía de la empresa privada y abandonarla a sí misma»,
mientras que el liberalismo político se identifica con «la adhesión al
principio del régimen parlamentario, a la libertad de voto y a la ampliación de
este derecho, a la libertad de prensa, a la separación de la Igle-sia y el
Estado, a los tribunales de jurados, etcétera» (Schumpeter, 1954, p. 394; p.
449, trad. cast.).
De la estática a la dinámica: el ciclo 553
rismo de Jevons, basado en la definición de bienes económicos
«como cosas del mundo exterior que se encuentran en relación causal con la
satis-facción de necesidades» (ibíd., p. 64), y, por lo tanto, con la
identificación del valor con la medida (subjetiva) de la capacidad de los
bienes para satis-facer tales necesidades. De hecho, «la deducción psicológica
es simple-mente una tautología. Si decimos que alguien está dispuesto a pagar
algo más que otro porque lo valora más, con esto no damos una explicación,
puesto que precisamente a partir de su valoración inferimos el hecho de que
ofrece pagar un precio más elevado» (ibíd., p. 64).
En consecuencia, el llamado principio de la utilidad marginal
decre-ciente, según Schumpeter «en la economía […] no es una ley […] sino un
supuesto básico para la generalización de unos hechos científicos dados. Como
tal, este supuesto es en principio arbitrario» (ibíd., p. 71). De modo
semejante, y de conformidad con los principios metodológicos ilustrados en el
apartado anterior, «el homo oeconomicus —el calculador hedonista—
es una
construcción cuyo carácter hipotético es ahora evidente» (ibíd., pp. 80-81).
Schumpeter consideraba la teoría de los precios como «el núcleo
de la economía pura» (ibíd., p. 106), describiéndola en un tono
grandilocuen-te: «Una cadena de ecuaciones que rodea la actividad económica del
indi-viduo» (ibíd., p. 116). Sin embargo, su ilustración de esta teoría no está
exenta de defectos; en este aspecto, el juicio de Pantaleoni es revelador:
según él, el libro «es muy útil para los alemanes, cuya mayoría no sabe nada de
la nueva economía», pero es «prolijo, nada nuevo, elemental, a menudo algo
impreciso».5
En opinión de Schumpeter, el punto de llegada de la teoría del
equi-librio económico es el que él llamó «el método de las variaciones». De
hecho, «nunca podemos explicar un estado real de equilibrio de la econo-mía»
(ibíd., p. 361); lo que la teoría puede explicar es qué consecuencias tiene
sobre el equilibrio un cambio en uno de los datos: «Ésta es la única
En una carta a
Pareto, en Pareto (1960), vol. 3, p. 360. Por ejemplo, la demostra-ción (en
palabras, no en símbolos) del teorema de la igualdad de las utilidades
marginales ponderadas es errónea (Schumpeter, 1908, p. 115); para otros
ejemplos cf. Roncaglia (1987), p. 53.
554 Joseph Schumpeter
razón por la que han sido construidas tales leyes» (ibíd., p.
360).
Tal método —que hoy en día se llama análisis de estática
comparati-va— sólo puede utilizarse en un ámbito muy limitado, con respecto a
cambios infinitesimales: «rigurosamente hablando, nuestro sistema exclu-ye
cualquier cambio, sea cual sea» (ibíd., p. 375). Sin embargo, el enfoque del
equilibrio económico es útil porque puede arrojar luz sobre un aspec-to
particular de las realidades económicas sujeto a un cambio continuo: el que
está ligado a la costumbre, la repetitividad, las miles de acciones «mecánicas»
de la vida de cada día.
A fin de aclarar su posición, Schumpeter utilizó una serie de
metáfo-ras: la fotografía (ibíd., pp. 123-124), el centro de gravedad, el mar y
las olas (ibíd., p. 458). Por ejemplo, escribe:
El estado de equilibrio es un centro de gravedad de las «fuerzas
económi-cas», abstracto, sí, pero existiendo siempre de forma perpetua. De
hecho, no describimos un estado real de la economía, sino sólo un estado formal
de los asuntos que podemos observar siempre, incluso en algunos de los momentos
más activos de desarrollo, y que en realidad se mantiene sin cambios incluso
cuando varían los datos reales. Sin embargo, no podemos decir que nuestro
estado de equilibrio se parezca a la superficie de un mar que está siempre en
movimiento, aunque tienda siempre a reasentarse, y que, si se lo observa a una
distancia suficiente, siempre parece plano: las olas del mar, de hecho, vuelven
siempre al mismo nivel, pero no así las olas de la vida económica.6
El principal punto de diferenciación entre Schumpeter y la
teoría marginalista tradicional surgió en un debate sobre la teoría del
interés. Schumpeter criticó la teoría desarrollada por su profesor Böhm-Bawerk,
que «define el interés como la prima de los bienes presentes sobre los bie-nes
futuros» (ibíd., p. 329). Schumpeter se opuso a esta teoría, no tanto con una
nueva teoría como con un enfoque diferente, «dinámico»: «El fenómeno esencial
es el interés derivado del crédito que sirve para la crea-ción de nuevas
industrias, nuevas formas de organización, nuevas técnicas,
Schumpeter
(1908), p. 458. La metáfora del nivel del mar y las olas, a la que Schumpeter
hace una referencia crítica, es utilizada, por ejemplo, por Walras (1874), p.
381. Para ser precisos, Walras, profesor en Lausana, mirando por la ventana de
su estu-dio habló de un «lago […] agitado hasta sus mismas profundidades por
una tormenta».
De la estática a la dinámica: el ciclo 555
nuevos bienes de consumo» (ibíd., p. 355). Y de nuevo: «El
origen del fenómeno del interés radica en el desarrollo y en el crédito; aquí
es donde debemos buscar su explicación» (ibíd., p. 338). En el sistema
estático, según Schumpeter, el mercado monetario sólo desempeña un papel
secun-dario y pasivo, mientras que solamente se convierte en un actor con un
papel importante en el proceso de desarrollo económico. El interés, como
fenómeno monetario, sólo puede explicarse en el campo de una teoría dinámica.
Esta tesis fue desarrollada por Schumpeter en su Teoría del
desenvol-vimiento económico. La primera edición de esta famosa obra —un grueso
volumen en alemán, prolijo y rico en disquisiciones sobre historiografía y
metodología— se publicó en 1912; una segunda edición alemana decidi-damente más
ligera apareció en 1926. Sin embargo, la popularidad de la obra se debe
principalmente a la edición inglesa, preparada por Redvers Opie bajo el control
directo de Schumpeter y publicada en 1934. Esta edi-ción fue abreviada aún más,
aunque Schumpeter sostuvo en su prólogo que no había introducido ningún cambio
sustancial.
La dicotomía entre estática y dinámica fue sustituida en esta
obra por una dicotomía entre la teoría del flujo circular y la teoría del
desa-rrollo. El flujo circular corresponde al estado estacionario, en el que la
economía se reproduce a sí misma, período tras período, sin que se pro-duzca
ningún cambio estructural; Schumpeter admitía también en este contexto un
crecimiento puramente cuantitativo, del que se excluían por definición los
cambios en las tecnologías de producción y en los gustos de los consumidores.
En contraste con ello, el desarrollo se caracteriza por el
cambio. El papel de agente activo en el proceso de cambio se atribuye al
productor, mientras que los consumidores siguen pasivamente y «son educados por
él si es necesario» (Schumpeter, 1912, p. 65). Habiendo recordado que
«pro-ducir significa combinar materiales y fuerzas a nuestro alcance» (ibíd.),
Schumpeter observa que «El desarrollo en nuestro sentido se define, pues, por
la realización de nuevas combinaciones» (ibíd., p. 66), a saber, por «la introducción
de un nuevo bien», por «la introducción de un nuevo méto-do de producción», por
«la apertura de un nuevo mercado», por «la con-quista de una nueva fuente de
aprovisionamiento de materias primas o bienes semimanufacturados», y por «la
realización de una nueva organiza-
556 Joseph Schumpeter
ción en alguna industria, como la creación de una posición de
monopolio […] o la eliminación de una posición de monopolio» (ibíd.).
La introducción de nuevas combinaciones productivas es obra de
los empresarios, que sólo son tales en tanto que lleven a cabo elecciones
inno-vadoras. La noción de empresario es una categoría clave dentro de la
teoría schumpeteriana: como originador del cambio, el empresario genera
desa-rrollo capitalista (mientras que en el enfoque de los economistas clásicos
es el proceso de desarrollo el que genera el impulso al cambio, y en
conse-cuencia la misma figura del empresario); su motivación no es la del homo
oeconomicus (entre otras cosas, porque puede no ser el propietario de la
empresa o la persona que se apropia los beneficios derivados de la
innova-ción), sino más bien «el sueño y la voluntad de fundar un reino privado
el deseo de
conquistar […] el placer de crear, de hacer cosas o sim-plemente de ejercitar
la energía e ingenuidad propias» (ibíd., p. 93).
Junto al papel principal del empresario en el proceso de
desarrollo, Schumpeter alabó el del banquero, considerado igualmente necesario.
Esta tesis procede de dos supuestos decisivos en el modelo schumpeteriano
básico. El primero, que las innovaciones —por lo menos, las más impor-tantes—
no se llevan a cabo desviando hacia tal finalidad los recursos uti-lizados
previamente según los planes tradicionales por el mismo empresa-rio innovador.
En segundo lugar, que de conformidad con la teoría marginalista tradicional del
equilibrio, no existen recursos no utilizados con los que pudieran contar los
empresarios innovadores. Por lo tanto, los empresarios sólo pueden llevar a
cabo sus innovaciones si disponen de algún poder adquisitivo ad hoc, mediante
el cual puedan obtener los recursos necesarios para iniciar nuevos procesos
productivos a partir de las «viejas» empresas (esto es, del conjunto de
actividades productivas tradi-cionales) y de los consumidores. Según
Schumpeter, tal poder adquisitivo es creado ex novo por los bancos: así, la
capacidad innovadora y ejecutiva de los empresarios necesita ir acompañada por
la visión de futuro y la capacidad de los banqueros para valorar correctamente
las potencialidades de las nuevas iniciativas. También los banqueros, como los
empresarios, tienen que aceptar el reto de la incertidumbre (y los
consiguientes riesgos de pérdidas y fracasos) que acompaña a todo lo nuevo.
Cuando los empresarios quieren poner en marcha una innovación se
dirigen a los banqueros, los cuales, si deciden financiar la inversión, con-
De la estática a la dinámica: el ciclo 557
ceden el préstamo y crean así los medios de pago con los que los
empre-sarios pueden entrar en los mercados de recursos productivos. Se supone
que en equilibrio todos los recursos productivos disponibles ya están
uti-lizados; en consecuencia, la demanda adicional no puede ser satisfecha
mediante un aumento de la oferta. Por lo tanto, se produce un aumento de
precios, que automáticamente reduce el poder adquisitivo de los con-sumidores y
de las empresas «tradicionales»: a saber, aquellas empresas que, operando en
las líneas tradicionales del flujo circular, continúan repo-niendo los stocks
de recursos productivos por medio de los ingresos corrientes. El proceso
inflacionista permite que las nuevas empresas, finan-ciadas por los bancos con
los medios de pago creados de nuevo, atraigan los recursos productivos,
desviándolos de sus usos tradicionales. Ésta es una teoría de «ahorro forzoso»:
un elemento común a las diversas teorías desarrolladas dentro de la escuela
austríaca, de von Mises a Hayek, que como vimos (§ 11.6), hizo uso de ella en
su teoría del ciclo. Tales teorías están relacionadas con la idea de que la
economía tiende al pleno empleo. Las teorías monetaristas que sostienen que las
inversiones privadas son «expulsadas» por el gasto público, teorías que se
desarrollaron en las déca-das de los años cincuenta y sesenta como reacción a
las teorías keynesianas que primaban las políticas fiscales en apoyo de la
demanda agregada, no son sino variantes de la teoría del ahorro forzoso.
El ciclo está vinculado al proceso de desarrollo. Las fases de
expansión tienen lugar cuando la innovación es imitada por una multitud de
nuevas empresas atraídas por los beneficios temporales obtenidos por el
empresa-rio innovador, y cuando la inflación inducida por la creación de nuevo
poder adquisitivo por parte de los bancos estimula la actividad producti-va.
Las fases de recesión llegan cuando el reembolso de los préstamos pro-voca la
deflación del crédito; además, si las empresas pueden reembolsar a los bancos,
es gracias a la venta en el mercado de los productos obtenidos con las nuevas
tecnologías, pero esto ejerce una presión a la baja en la demanda y en los
precios de los viejos productos, la cual lleva a la quiebra de las empresas que
han permanecido ancladas en las antiguas tecnologías productivas, y
especialmente en las afectadas más directamente por la competencia de los
nuevos productos. De hecho, en el sector donde ha tenido lugar la inversión,
los precios descienden por debajo de los costes de producción en aquellas
empresas que no han adoptado unas nuevas téc-nicas productivas (y los costes
han aumentado entretanto como conse-
558 Joseph Schumpeter
cuencia de aumentos en los precios de los recursos productivos
causados por exceso de demanda); así, aquellos que no logran mantener el ritmo
mediante la adaptación a las innovaciones son expulsados del mercado.
Si las innovaciones se distribuyeran uniformemente a lo largo
del tiempo, produciéndose ahora en un sector de la economía y después en otro,
las fases de expansión y recesión afectarían a diferentes sectores en distintos
períodos de tiempo, a medida que experimentaran el efecto del proceso
innovador, mientras que, en promedio, el desarrollo seguiría una senda regular
para la economía en su conjunto. Sin embargo, según Schumpeter, el proceso de
desarrollo es discontinuo. De hecho, la innova-ción implica una ruptura del
modo de proceder tradicional: en otras pala-bras, las barreras representadas
por la fuerza de la tradición tienen que ser superadas a fin de implementar el
cambio innovador, y tales barreras son más fáciles de superar cuanto más
difundido esté el cambio en la econo-mía. Por lo tanto, las innovaciones no
constituyen un flujo regular en el tiempo, sino que surgen agrupadas en
«enjambres».7
Así pues, la teoría del ciclo de Schumpeter tiene una
característica esencial: la naturaleza endógena —esto es, interna a la teoría—
de la rela-ción entre ciclo y desarrollo. En este aspecto, la teoría
schumpeteriana se parece a la marxiana en que en ambas teorías el mismo
mecanismo que opera detrás del ciclo —en el caso de Marx, las vicisitudes
alternativas del conflicto entre capitalistas y trabajadores; en el caso de
Schumpeter, el flujo irregular de innovaciones— también está detrás del proceso
de desa-rrollo económico. En ambas teorías, la conexión entre ciclo y
desarrollo la demuestra el hecho de que la situación al final de un ciclo debe
ser distin-ta de la situación al principio, a causa del cambio tecnológico, que
es una parte esencial del movimiento cíclico de la economía.
El modelo básico de la teoría del desarrollo presentado en el
libro de 1912 no cambió en sustancia en la laboriosa obra Business cycles,
publica-da en inglés en 1939, en dos volúmenes y con más de mil páginas
reple-tas de texto y notas a pie de página. De hecho, la fama de la teoría del
ciclo
Schumpeter
(1912), p. 223. Los modelos matemáticos «schumpeterianos» del ciclo han sido
desarrollados suponiendo un flujo irregular de innovaciones: cf. por ejem-plo,
Calzoni y Rossi (1980).
De la estática a la dinámica: el ciclo 559
de Schumpeter debe más a su trabajo de juventud que a Business
cycles. En esta última obra se repiten esencialmente las mismas teorías,
ilustradas y examinadas desde distintos puntos de vista, como el mismo
subtítulo de la obra indica: Un análisis teórico, histórico y estadístico del
proceso capitalis-ta. Sin embargo, hay algunas nuevas contribuciones que vale
la pena observar.
Una de estas contribuciones trataba el análisis de las formas de
mer-cado diferentes de la competencia perfecta, que Joan Robinson (1933) y
Chamberlin (1933) habían desarrollado después del artículo de Sraffa (1926)
(cf. más adelante § 16.3).8 En su estela, Schumpeter reconoció la existencia de
capacidad productiva no utilizada, pero no cambió de opi-nión para aceptar las
ideas keynesianas: como en su libro de 1912, el aná-lisis de la obra de 1939
también se llevaba a cabo como si el supuesto de plena utilización de los
recursos disponibles en equilibrio fuera, de hecho, válido en todos los casos
(y, ciertamente, la capacidad productiva «de reser-va» de la que habla
Schumpeter fuera deseada por los empresarios).
Otra contribución se refería a un aspecto del proceso de
desarrollo destacado por Schumpeter, a saber, la presencia simultánea de muchos
ciclos. En su análisis histórico-estadístico, en particular, Schumpeter
utili-zó un esquema de tres ciclos, a corto, a largo y a muy largo plazo
(desig-nados respectivamente como ciclos Kitchin, Juglar y Kondratieff por los
nombres de los estudiosos que —según la propia reconstrucción de Schumpeter—
los identificaron y analizaron por primera vez ), teniendo que ver el ciclo de
cincuenta años de Kondratieff con las «innovaciones que hacen época» y que
afectan al conjunto del sistema productivo: los
Schumpeter
intervino con un artículo en el debate sobre la teoría de la empresa que había
iniciado el artículo de Clapham (1922) en el Economic Journal, y en el que
Sraf-fa también tomó parte con su artículo de 1926. La contribución de
Schumpeter (1928) era esencialmente un intento para presentar su propia teoría
a los lectores ingleses; sin embargo, la necesidad de abreviar su razonamiento
en pocas páginas e incluir una refe-rencia al debate sobre la teoría
marshalliana y los rendimientos a escala, junto con el esti-lo más bien alemán,
contribuyeron a hacer enrevesada su exposición y a limitar el impac-to del
artículo.
9 De hecho, la exaltación de las «ondas largas», que se atribuye
comúnmente a Schumpeter, y por medio de él a Kondratieff, se debió
originalmente a Pareto, como obser-vó Sylos Labini (1950). Esta teoría volvió a
estar de moda recientemente, primero como explicación del largo período de
estancamiento de los años setenta y ochenta, y después, en sentido contrario,
para alabar las potencialidades de la «revolución microelectrónica».
560 Joseph Schumpeter
ferrocarriles con la revolución de los transportes, la
electricidad o la elec-trónica en nuestra propia época.9
15.4. La descomposición del capitalismo
La segunda entre las tres principales obras de madurez de
Schumpe-ter, Capitalism, socialism and democracy, se publicó en 1942, y es
posible-mente su obra más citada en la actualidad: incluso aquellos que no la
han leído recuerdan a menudo su principal tesis, según la cual el capitalismo
no puede sobrevivir y está destinado a ser sustituido por el socialismo. Sin
embargo, demasiado a menudo se olvida que, a diferencia de Marx, Schumpeter no
veía esto como una marcha triunfal del progreso humano, sino más bien como un
avance por la senda de la decadencia.10
Los científicos políticos y los sociólogos concentran, sobre
todo, su atención en la profecía de Schumpeter, mientras que la teoría
económica moderna, que parece considerar la posibilidad de la formalización
mate-mática como decisiva, parece situar la tesis de la decadencia del
capitalis-mo fuera de su campo de investigación.11 Sin embargo, esto significa
infra-valorar el papel que Schumpeter atribuía a un elemento esencialmente
económico en su argumentación: el cambio de las formas de mercado que dominan la
economía.
La tesis central del libro ya había sido anunciada por
Schumpeter en su artículo de 1928 en el Economic Journal:
McCord Wright
(1950), pp. 195-196, consideró el libro como «una de las defen-sas más capaces
del capitalismo que nunca se hayan publicado», y sostuvo que Schumpe-ter
adoptaba en él la técnica del discurso de Marco Antonio, «venido en primer
lugar “a sepultar a César y no a alabarlo” (el capitalismo está condenado)», y
dispuesto a afirmar que «“Bruto” es además “un hombre honorable” (el socialismo
es “viable”)». La corrección de esta interpretación viene confirmada por un
artículo de 1946, relativamente desconoci-do (sobre el que me llamó la atención
Paolo Sylos Labini), en el cual Schumpeter resumía las tesis de su libro de
1942 y proponía que los «hombres libres» reaccionen ante las ten-dencias en él
ilustradas, que conllevan el riesgo de llevar a la «descomposición» de la
socie-dad y a la victoria del «estatismo centralizado y autoritario», con una
«reforma moral» que se inspire en los principios corporativos de la encíclica
Quadragesimo Anno del papa Pío XI (Schumpeter, 1946, pp. 103-108).
Existe, sin
embargo, una considerable literatura sobre esta cuestión. Cf. por ejem-plo, los
ensayos reunidos en Heertje (1981).
La descomposición del capitalismo 561
El capitalismo, aunque económicamente estable, e incluso ganando
en estabilidad, crea, por una racionalización de la mente humana, una
mentalidad y un estilo de vida incompatibles con sus propias condiciones
fundamentales, sus motivos e instituciones sociales, y cambiará, aunque no por
una necesidad económica y probablemente incluso con algún sacrificio del
bienestar econó-mico, a un orden de cosas que será meramente una cuestión de
gustos y termi-nología el que se le denomine socialismo o no.12
Por lo tanto, la tesis de Schumpeter ya había tomado forma antes
de la Gran Crisis: no tenía nada que ver con las teorías del estancamiento
basadas en la desaparición de las oportunidades de inversión, que después de
Keynes fueron adoptadas y desarrolladas por Hansen (1938), sino que más bien se
remontaba a la concepción weberiana del capitalismo (cf. más arriba § 11.3)
como un proceso de racionalización omnicomprensivo que afectaba a la actividad
productiva y a la cultura.13 Según Schumpeter, exis-te una contradicción entre
los componentes «económicos» y «políticos» del desarrollo capitalista: la
«estabilidad económica» del capitalismo requiere un desarrollo incesante, pero
ésta genera unas dificultades cre-cientes para su «estabilidad política»: más
allá de un determinado punto, tales dificultades hacen inevitable la
descomposición del capitalismo.
El núcleo del argumento de Schumpeter es la relación entre el
proce-so de desarrollo económico y la destrucción de los fundamentos
político-sociales del capitalismo. La conexión tiene dos aspectos: por el lado
posi-tivo, el crecimiento de una oposición al capitalismo asociada
principalmente con la difusión de modos de pensamiento racionales y el
crecimiento de unas capas intelectuales; por el lado negativo, el
debilitamiento de los «estratos protectores» del capitalismo, que consisten
principalmente en los grupos de pequeños y medios empresarios, enfrentados con
el creci-miento de las grandes empresas burocratizadas. El primer aspecto se
refie-re a lo que la tradición marxista considera la «superestructura» de las
socie-
Schumpeter
(1928), pp. 385-386.
Recordemos que
la obra fundamental de Weber (1904-1905) había sido reimpre-sa sólo seis años
antes, y que había tenido un considerable impacto inmediato en la cultu-ra
alemana.
Schumpeter
siguió a Weber en el rechazo del materialismo marxiano, según el cual la
evolución de la «superestructura» viene determinada esencialmente por lo que
sucede en la «estructura» de las sociedades humanas; sin embargo, la relación
causal no era la inver-sa, sino que dejaba espacio para el reconocimiento de
una compleja interdependencia entre los dos aspectos.
562 Joseph Schumpeter
dades capitalistas y el último a la «estructura»; como es
habitual en el aná-lisis de Schumpeter, los dos aspectos interactúan en el
proceso de trans-formación social.14
La burocratización de la economía frena tanto la acción
innovadora de los empresarios como la «destrucción creativa», es decir, la
quiebra de las empresas que se mueven con mayor lentitud, lo que libera
recursos para las empresas innovadoras y selecciona continuamente las filas de
los pro-pietarios y gerentes de las empresas, lo que ciertamente caracteriza al
proce-so de desarrollo en una economía competitiva. La burocratización es el
resultado de cambios en las formas de mercado dominantes a través de un proceso
de concentración industrial (un aspecto ya destacado por Marx) que implica,
entre otras cosas, la transformación de la actividad de inno-vación tecnológica
en rutina. (Ya habían dicho cosas muy parecidas Karl Renner y Rudolf
Hilferding, representantes destacados del socialismo aus-tríaco y compañeros de
Schumpeter en la Universidad de Viena.)
La teoría schumpeteriana de las formas de mercado no está bien
espe-cificada, pero, dado su carácter intrínsecamente dinámico, se distingue
nítidamente de la teoría marginalista tradicional. Contra «la concepción
tradicional del modus operandi de la competencia», que tiene lugar en un
contexto estático y lleva a la llamada ley del precio único, Schumpeter (1942,
pp. 84-85) decía que
la competencia de la nueva mercancía, la nueva tecnología, la
nueva fuente de aprovisionamiento, el nuevo tipo de organización (por ejemplo,
la unidad de control en gran escala); competencia que supone una ventaja
decisiva en coste o en calidad y que no incide en los márgenes de beneficio y
en la producción de las empresas existentes, sino en sus fundamentos y en sus
propias vidas. Esta clase de competencia es tanto más efectiva que la otra como
lo es un bombar-deo en comparación con una descerrajadura [...] no sólo actúa
cuando está en acto, sino también cuando no es más que una amenaza permanente.
Discipli-na antes de atacar. El hombre de negocios se siente en una situación
competi-tiva aunque esté solo en su campo.
Como podemos ver, la competencia se asocia con la libertad de
entra-da de las nuevas empresas innovadoras en el mercado. Esto significa que
se atribuye escasa importancia a las barreras a la competencia que provie-nen
de la diferenciación de mercado, sobre las que tanto insistió el colega de
Schumpeter en Harvard, Edward Chamberlin (1933). Ello también anuncia una
crítica radical de las políticas antimonopolísticas basadas en
La descomposición del capitalismo 563
el número de las empresas presentes y activas en el mercado.
El proceso de concentración industrial genera también cambios
drás-ticos en la estructura social: «La gran unidad industrial perfectamente
burocratizada no sólo desbanca a la pequeña o mediana empresa, y “expropia” a
sus propietarios, sino que al final también desbanca al em-presario y expropia
a la burguesía como clase destinada a perder no sólo su renta, sino también lo
que es infinitamente más importante, su fun-ción» (ibíd., p. 134).
Las transformaciones económicas y sociales vienen acompañadas
por cambios igualmente radicales de la cultura y la ideología: «La propiedad
des-materializada, desfuncionalizada y absentista no impresiona ni suscita la
fas-cinación característica de la forma todavía vital de la propiedad» (ibíd.,
p. 142). Así pues, «la atmósfera social del capitalismo» cambia: «el
capitalismo crea un marco crítico de la mente que, después de haber destruido
la auto-ridad moral de tantas instituciones, al final se vuelve contra sí
mismo; la bur-guesía descubre, para su asombro, que la actitud racionalista no
se detiene ante las credenciales de reyes y papas, sino que impulsa al ataque a
la pro-piedad privada y al entero sistema de los valores burgueses» (ibíd., p.
143).
En este aspecto, Schumpeter ofrecía algunas observaciones
provocado-ras sobre la «sociología del intelectual» (ibíd., p. 145), que se han
invocado a menudo en los últimos años —particularmente desde 1968— en los
intentos de interpretar las oleadas de revueltas estudiantiles: «Los
intelectua-les son de hecho gente que maneja el poder de la palabra hablada y
escrita, y uno de los rasgos que los distinguen de los demás que hacen lo mismo
es la ausencia de responsabilidad directa en los asuntos prácticos» (ibíd., p.
147). Sin embargo, «de la crítica de un texto a la crítica de una sociedad hay
menos trecho del que parece» (ibíd., p. 148). En esta situación, los
intelec-tuales favorecen la difusión de actitudes críticas hacia la sociedad
capitalista, y en particular una actitud de rechazo hacia el papel heroico del
empresario y de esa institución básica del capitalismo que es la propiedad
privada. «Esa atmósfera social o código de valores afecta no sólo a las
políticas —el espíri-tu de la legislación—, sino también a la práctica
administrativa» (ibíd., p. 155); de ahí la «descomposición» (ibíd., p. 156) de
la sociedad capitalista.
Semejante análisis discurre claramente por la frontera entre la
econo-mía, la sociología y las ciencias políticas, pero esto no es una razón
sufi-
564 Joseph Schumpeter
ciente para considerarlo ajeno al campo de la investigación
económica; por el contrario, precisamente en virtud de su naturaleza
interdisciplinaria constituye todavía un punto de referencia importante para
las reflexiones sobre las vías posibles de evolución de las economías de
mercado.
15.5. La trayectoria de la ciencia económica
Después de Esencia y principios de la teoría económica y después
de la Teoría del desenvolvimiento económico, la tercera gran obra del joven
Schumpeter es un extenso ensayo publicado en 1914, Epochen der Dog-men- und
Methodengeschichte. En esta obra, Schumpeter se propone no sólo repasar la
senda que ha seguido la investigación económica desde el principio hasta su
época, sino también y principalmente interpretar dicha senda, o, en otras
palabras, ofrecer una teoría del desarrollo de la ciencia económica.
De manera semejante, en su madurez, después de Business cycles y
Capitalism, socialism and democracy, la tercera gran obra es la History of
eco-nomic analysis, que quedó sin terminar y se publicó póstumamente en 1954.
(Otra contribución importante en este campo es el volumen, publi-cado también
póstumamente en 1951, Ten great economists: from Marx to Keynes [Diez grandes
economistas: de Marx a Keynes], que reunía ensayos biográficos escritos en
diferentes períodos.) Una vez más, habiendo avan-zado en su análisis del
capitalismo y sus perspectivas, Schumpeter sintió la necesidad de reflexionar
sobre el camino seguido por la ciencia económi-ca. En este caso, sin embargo,
las dimensiones de la obra le permitían per-seguir un doble objetivo: una
historia del análisis económico, en el senti-do tradicional de ilustrar el
camino seguido por las investigaciones económicas, y una teoría de esta
historia, en el sentido de interpretación del camino, como vimos más arriba al
referirnos a Epochen.
Con su investigación histórica Schumpeter (1954, p. 6; p. 40,
trad. cast.) también trató de abordar una cuestión epistemológica: estudiar «lo
que se podría llamar proceso de filiación de las ideas científicas, el proceso
por el cual los esfuerzos humanos por entender los fenómenos económicos
producen, perfeccionan y derriban indefinidamente estructuras analíticas». El
estudio de tal proceso es una parte esencial del esfuerzo para impulsar
La trayectoria de la ciencia económica 565
hacia adelante la ciencia: Schumpeter consideraba simplista la
tesis de que «el trabajo corriente [...] conservar[ía] la parte del trabajo de
generaciones anteriores que siguiera siendo útil» (ibíd., p. 4; p. 38, trad.
cast.) y sostenía, por el contrario, que «las visitas al cuarto trastero pueden
ser beneficiosas, siempre que uno no se quede en él demasiado tiempo» (ibíd.;
el matiz pare-ce irónico si consideramos la magnitud de su esfuerzo).
La razón por la que «las visitas al cuarto trastero» son útiles
no reside en el hecho de que «la economía de épocas diferentes trata en gran
medida con-juntos diferentes de hechos y problemas» (ibíd., p. 5; p. 40, trad.
cast.); en realidad, en el campo del análisis económico Schumpeter no veía
ninguna buena razón para destacar la naturaleza históricamente relativa típica
de las ciencias sociales (aunque reconocía que «el análisis económico y sus
resulta-dos se verán sin duda afectados por la relatividad histórica», ibíd.,
p. 13; p. 48, trad. cast.). Las razones a favor de una investigación de la
historia de los desarrollos teóricos son tan válidas para el análisis económico
como para cual-quier otra ciencia: si nos limitamos al estudio del tratado más
reciente, sin ninguna reflexión histórica, sea cual sea, se difundirá entre los
estudiantes una «sensación de falta de orientación y de sentido» (ibíd., p. 4;
p. 38, trad. cast.).
Según Schumpeter (ibíd.),
El análisis científico [...] no es el liso descubrimiento
progresivo de una realidad objetiva [...] es más bien una pugna constante con
producciones nues-tras y de nuestros predecesores, y sólo «progresa», si es que
lo hace, en zigzag, no según los dictados de la lógica, sino bajo el imperio de
nuevas ideas, o nue-vas necesidades, o nuevas observaciones, e incluso a tenor
de las inclinaciones y los temperamentos de nuevos hombres.
Las líneas finales de la cita destacan el papel del elemento
humano: un elemento en el que Schumpeter puso énfasis en sus ensayos
biográfi-cos, pero que también era relevante en Epochen y en la History.
Incluso
Schumpeter
(1954, p. 38; pp. 74-75, trad. cast.) subrayaba explícitamente su elec-ción de
hacer una «historia del análisis económico», no una historia de los «sistemas
de eco-nomía política» (esto es, «una exposición de un amplio conjunto de
procedimientos econó-micos que su autor propone sobre la base de ciertos
principios [normativos] unificadores, tales como los principios del liberalismo
económico, el socialismo, etcétera»), ni una historia del «pensamiento
económico» («o sea, de la suma total de todas las opiniones y todos los dese-os
referentes a temas económicos, sobre todo a la política pública que afecta a
las cuestiones que en un determinado tiempo y un determinado lugar ocupan la
atención del público»).
566 Joseph Schumpeter
podríamos sugerir un paralelo entre el héroe de la teoría del
desarrollo de Schumpeter, el empresario innovador y el economista que
contribuye al progreso de su ciencia.
Al estudiar la senda zigzagueante de la ciencia económica,
Schumpe-ter concentró su atención en las teorías e instrumentos analíticos,
dejando a un lado las visiones o ideologías, o los «sistema de economía
política».15 En efecto, sólo cuando conseguimos aislar el aspecto analítico de
las inves-tigaciones económicas, de los elementos de visión e ideología
—sostenía Schumpeter—, podemos hablar de «“progreso científico” entre Mill y
Samuelson» en «el mismo sentido en el cual podemos decir que ha habi-do progreso
tecnológico en la extracción dental entre los tiempos de John Stuart Mill y los
nuestros» (ibíd., p. 39; p. 76, trad. cast.).
Como señalamos en el capítulo 1, según Schumpeter el trabajo
ana-lítico no consiste únicamente en desarrollar teoremas formales, sino
tam-bién en desarrollar un aparato conceptual para la representación de la
rea-lidad, y ciertamente este último aspecto es el primero en cuanto a su
importancia. Como vimos, la «conceptualización» constituye la segunda etapa del
trabajo de investigación, después de la etapa pre-analítica en la que el
problema que debe abordarse y la dirección del análisis están defi-nidos de forma
más o menos vaga, y antes de la etapa de construcción de modelos formales.
Vayamos ahora a otra cuestión: ¿qué línea interpretativa
encontramos en las investigaciones de Schumpeter sobre la historia del
pensamiento económico y del análisis económico? Para responder a esta pregunta
par-tamos de algunas valoraciones anómalas del economista austríaco: su
admiración por Aristóteles y los escolásticos (de los que dijo: «éstos son los
autores de los que con menor incongruencia se puede decir que han sido los
“fundadores” de la economía científica»: ibíd., p. 97; p. 136, trad. cast.), su
subestimación de la contribución de Smith,16 y su valoración
«La Wealth of
nations no contiene una sola idea, un solo principio o un solo méto-do
analíticos que fuera completamente nuevo en 1776» (Schumpeter, 1954, p. 184,
cur-siva en el original; p. 226, trad. cast.). La afirmación de Schumpeter
parece repetir, con una generalización algo excesiva, una observación que hizo
Marx (1867-1894, vol. 1, p. 367n.): «Adam Smith no presentó ni una sola
proposición nueva referente a la división del trabajo».
La trayectoria de la ciencia económica 567
positiva de Marx y de Walras al mismo tiempo. Existe un
paralelismo aquí con su liberalismo metodológico, y con su idea de que deben
estudiarse como dos aspectos distintos el equilibrio (Walras) y el desarrollo
econó-mico (Marx); de modo semejante, con referencia a los escolásticos
pode-mos recordar (como hace Stolper, 1951, p. 176) «la creencia de que sólo
puede comprenderse el Ser si se comprenden simultáneamente su Orden y su
Movimiento».
Sin embargo, ésta es sólo una entre las líneas interpretativas
que Schumpeter ofreció en su reconstrucción histórica. Otra línea
interpreta-tiva importante, que él indicó explícitamente, es la que
identificaba en la cadena «fisiócratas-Smith-John Stuart Mill-teoría
neoclásica» la línea dominante de desarrollo en la investigación económica.
Schumpeter con-trastaba con esta cadena la línea Ricardo-Marx, considerada como
una desviación a lo largo de la cual se pierde de vista el papel central
desem-peñado por la demanda y la oferta en la determinación del equilibrio, y
el hecho de que la cuestión de la distribución de la renta se refiere en
esen-cia a la determinación de los precios de los factores productivos.17
Un elemento central de la cadena que une a los economistas
clásicos (incluyendo a David Ricardo, en este aspecto) con los neoclásicos
viene constituida por la noción de homo oeconomicus:
La voluntad expresa del individuo, huyendo del dolor y buscando
la satis-facción, es el núcleo científico de este sistema de filosofía y
sociología, estricta-mente racionalista e intelectualista, que, sin igual en su
desnudez, superficiali-dad y radical falta de comprensión acerca de todo lo que
mueve al hombre y mantiene unida a la sociedad, ya era con cierta justificación
una abominación para los contemporáneos e incluso en mayor medida para las
generaciones pos-teriores, a pesar de todos sus méritos.18
El economista austríaco estaba sugiriendo implícitamente aquí lo
que en otros escritos se convirtió en su contribución central: la posibilidad
de
La línea
interpretativa adoptada por Schumpeter es claramente distinta de la del
presente volumen.
Schumpeter
(1914), p. 87; cf. también pp. 97 y 177-178.
This page intentionally left blank
16. PIERO SRAFFA1
16.1. Primeros escritos: dinero y banca
Piero Sraffa (1898-1983) es uno de los intelectuales destacados
del siglo XX: no sólo por sus contribuciones estrictamente económicas, sino
también por su influencia en otros, desde Antonio Gramsci hasta Ludwig
Wittgenstein.
En el campo de las ciencias económicas, el proyecto cultural de
Sraf-fa es extremadamente ambicioso: «empujar el coche de la ciencia
econó-mica» en una dirección opuesta a la indicada por Jevons, uno de los
pro-tagonistas de la «revolución marginalista». Con sus escritos, de hecho,
Sraffa se propone exponer los puntos débiles del enfoque marginalista
desarrollado, por ejemplo, por Jevons, Menger, Walras, Marshall, Böhm-Bawerk,
Hayek y Pigou, y al mismo tiempo reformular el enfoque clásico de Adam Smith,
David Ricardo y, en ciertos aspectos, Karl Marx. Para comprender mejor su
naturaleza e impacto, puede ser útil seguir el gradual desarrollo de su
proyecto cultural, desde los primeros escritos sobre dine-ro y banca hasta la
edición de las obras de Ricardo y el pequeño pero denso volumen Production of
commodities by means of commodities (1960).
Piero Sraffa nació en Turín el 5 de agosto de 1898. Su padre,
Angelo Sraffa (1865-1937), era un conocido profesor de derecho mercantil y
pos-teriormente decano (de 1917 a 1926) de la Universidad Bocconi de
En las
siguientes páginas se resumen los resultados de trabajos previos; a ellos se
remite al lector para un tratamiento más amplio de las cuestiones expuestas en
este capí-tulo: cf. Roncaglia (1975, 1983b, 1990a, 2000).
570 Piero Sraffa
Milán. Siguiendo a su padre cuando éste se trasladaba de un
centro uni-versitario a otro, el joven Sraffa estudió en Parma, Milán y Turín.
Aquí fre-cuentó el liceo clásico (en el Istituto d’Azeglio, una fragua de la
juventud antifascista) y después (desde 1916) la Facultad de Derecho. De marzo
de 1917 a marzo de 1920 hizo el servicio militar; en noviembre de 1920 se
licenció con una tesis sobre la inflación monetaria en Italia durante y
des-pués de la guerra (L’inflazione monetaria in Italia durante e dopo la
guerra), que discutió con Luigi Einaudi.2
La tesis doctoral también fue su primera publicación (Sraffa,
1920). El rápido incremento de precios se asoció a la expansión en la
circulación de dinero, en línea con la tradición dominante de la teoría
cuantitativa del dinero. Sin embargo, el análisis empírico de Sraffa se
diferenciaba en sí mismo pragmáticamente de la teoría cuantitativa del dinero
(en la enton-ces dominante versión de Fisher), para considerar la evolución
diversa de los diferentes índices de precios, cuyo significado se relacionaba con
los diferentes puntos de vista de los diversos grupos de protagonistas de la
vida económica, en particular las clases sociales de trabajadores y
empresarios. Implícita en esta posición estaba la idea de que un índice general
de pre-
Luigi Einaudi
(1874-1961), un liberal pragmático, profesor de hacienda pública en Turín desde
1902, miembro del Senado desde 1919, se retiró de la vida pública bajo el
fascismo y se exilió a Suiza durante las últimas etapas de la Segunda Guerra
Mundial; des-pués fue gobernador del Banco de Italia en 1945, ministro del
Presupuesto en 1947 y pre-sidente de la República Italiana (1948-1955). Sobre
él véase Faucci (1986). Aquí nos limi-tamos a recordar dos aspectos: su
política —muy drástica y coronada con éxito— de estabilización del valor
interno de la lira en 1947-1948; y su controversia con Croce sobre la relación
entre el liberalismo económico y el liberalismo político. Sobre este último
asun-to cf. Croce y Einaudi (1957); los escritos de Croce a los que nos
referimos datan de 1927 y los de Einaudi de 1928 a 1931. Einaudi y Croce
estuvieron de acuerdo en el hecho de que el liberalismo económico no puede ser
un principio absoluto, a diferencia del libera-lismo político, sino una regla
práctica. Sin embargo, Einaudi remarcó el papel instrumen-tal del liberalismo
económico al favorecer la difusión del poder económico (que de otro modo se
concentraría en las manos del Estado, o de la élite política). El hecho es que
nadie se podría considerar liberal si estuviera exclusivamente interesado en el
laissez-faire más extendido en la arena económica. A pesar de sostener puntos
de vista conservadores, Einau-di abrió la vía al desarrollo de un liberalismo
reformista o socialista, como el de Piero Gobetti, Carlo y Nello Rosselli, y el
movimiento político Justicia y Libertad (Giustizia e libertà). Sraffa, como
estudiante en el Istituto d’Azeglio y primo de los hermanos Rosselli, participó
en este clima cultural y, a pesar de orientarse hacia el marxismo de Gramsci,
siem-pre tuvo muy buenas relaciones con muchos protagonistas de las corrientes
democráticas del antifascismo.
Primeros escritos: dinero y banca 571
cios (una noción crucial no sólo para la versión fisheriana de
la teoría cuantitativa del dinero, sino de forma más general para todas las
teorías que conciben el dinero simplemente como un «velo», sin ninguna
influen-cia sobre las variables reales) resultaba engañoso, precisamente porque
oscurece el papel central de los conflictos sociales en la vida económica.3
Vale la pena destacar este punto, ya que, como vimos antes (§ 14.3), era
precisamente la naturaleza no-unívoca del concepto de índice general de precios
(y, por lo tanto, de su inverso, el poder de compra del dinero) la que subyacía
en la crítica de Keynes a la teoría cuantitativa del dinero en los capítulos
iniciales de su Tratado del dinero (Keynes, 1930).
De todas maneras, la contribución original más significativa que
ofre-cía la tesis de Sraffa estriba en la distinción entre la estabilización
del valor interior y del valor exterior del dinero, o, en otras palabras, entre
la esta-bilización del nivel medio de los precios interiores y la
estabilización del tipo de cambio. Las dos cosas coinciden, de acuerdo con la
teoría tradi-cional del patrón oro; sin embargo, por lo menos en principio,
deberían mantenerse separadas. La distinción se convierte en esencial cuando se
consideran tanto los problemas a corto plazo como los sistemas de papel moneda
no convertible. Tal distinción tuvo una importancia crucial en la elección de
políticas de la época.4 Además, también estaba relacionada con el desarrollo de
la teoría keynesiana: podemos recordar, de hecho, que Keynes no la usó en
Indian currency and finance (1913), pero sí la intro-dujo en su Tract on
monetary reform (1923), después de haber conocido entretanto (en agosto de
1921) a Sraffa.5
En una
dirección similar se encaminó, pocos años después, una de las críticas a Hayek
que desarrolló Sraffa (1932). De acuerdo con la teoría del ahorro forzoso
utilizada por Hayek, un período de inflación puede corresponder a una
acumulación de capital más rápida que la que se justifica con los parámetros
básicos de la economía, pero el sistema vuelve entonces automáticamente a su
equilibrio a largo plazo a través de un proceso de deflación. Criticando esta
teoría, Sraffa destacó que el restablecimiento de una situación de equilibrio
monetario no sitúa de nuevo a cada agente económico individual en las
condi-ciones iniciales.
4 Cf. De Cecco (1993);
Ciocca y Rinaldi (1997).
5 Entre otras cosas, Sraffa fue editor de la edición italiana
del Tract, publicada en 1925 bajo el título de La riforma monetaria por los
editores Fratelli Treves en Milán. Key-nes y Sraffa se conocieron en Cambridge
en agosto de 1921: Sraffa se alojó en ese período en Londres durante algunos
meses, asistiendo a cursos en la London School of Economics.
572 Piero Sraffa
Las primeras publicaciones de Sraffa trataron de nuevo asuntos
monetarios: un artículo de 1922 en el Economic Journal sobre la crisis de la
Banca Italiana di Sconto, y otro sobre la crisis bancaria en Italia —de nuevo,
de 1922— en el Manchester Guardian Supplement on the Recons-truction in Europe.
Los dos artículos revelan un dominio absoluto de los aspectos institucionales y
técnicos de la banca (probablemente gracias, por lo menos en parte, a la
experiencia práctica que el joven Sraffa había adquirido en la sucursal
provincial de un banco inmediatamente después de licenciarse), un enfoque
sorprendentemente informado y una concien-cia clara de los intereses en juego.
El primero de estos dos artículos (Sraffa, 1922a) reconstruía
las vici-situdes de la Banca Italiana di Sconto desde su nacimiento a finales
de 1914 hasta su bancarrota en diciembre de 1921. Sraffa concluía con algu-nas
observaciones pesimistas sobre los riesgos contenidos en las relaciones
directas entre bancos y empresas, sobre la inevitabilidad de tales relaciones
dado el atraso de los mercados financieros italianos y sobre la dificultad de
lograr un cambio de la situación, debido, en primer lugar, a una falta de
vo-luntad real a nivel político.6 El segundo artículo (Sraffa, 1922b) ponía de
relieve la debilidad de los tres bancos comerciales más importantes de Ita-lia
(Banca Commerciale, Credito Italiano y Banca di Roma), formulando serias dudas
sobre la corrección de su contabilidad oficial y sobre el expe-diente
institucional (recurriendo a un «Consorzio per sovvenzioni sui valori
industriali») adoptado para eludir los límites legales establecidos al apoyo
que los bancos emisores podían prestar a los bancos comerciales.7
Los asuntos monetarios iban a resurgir posteriormente entre los
inte-reses de Sraffa. Un breve e incisivo ataque en un artículo aparecido en el
Popolo d’Italia sobre los movimientos del tipo de cambio de la lira fue
publicado en Rivoluzione liberale de Piero Gobetti (1901-1926) en 1923; dos
cartas importantes sobre la revaluación de la lira fueron publicadas por Angelo
Tasca (1892-1960) en Stato operaio en 1927; de 1928 a 1930 Sraf-
La conclusión
del artículo era explícita en este sentido: «Pero incluso si estas leyes no
fueran fútiles de por sí, ¿cuál podría ser su utilidad mientras el Gobierno
esté prepara-do para ser el primero en infringirlas tan pronto como sea
chantajeado por una banda de pistoleros o por un grupo de financieros
truhanescos?» (Sraffa, 1922a, p. 197).
7 La publicación de este artículo provocó una áspera reacción de
Mussolini: cf. Ron-caglia (1983b) y Naldi (1998c).
Amistad con Gramsci 573
fa dio cursos en la Universidad de Cambridge sobre los sistemas
financie-ros italiano y alemán, conjuntamente con sus lecciones más célebres
sobre la teoría del valor. La controversia de 1932 con Hayek, a la que
volvere-mos, trató también sobre problemas de política monetaria.
Aparte de su valor intrínseco, las primeras publicaciones de
Sraffa representan un testimonio de su personalidad de economista completo, en
el que el interés dominante por la teoría pura iba acompañado de un sóli-do
conocimiento de los detalles institucionales y de un análisis ejemplar de
asuntos específicos del mundo real.
16.2. Amistad con Gramsci
En mayo de 1919, en la Universidad de Turín, Sraffa conoció a
Anto-nio Gramsci (1891-1937). Fueron presentados por Umberto Cosmo (1868-1944),
que había sido profesor de literatura italiana de Sraffa en la escuela
secundaria superior, y profesor de Gramsci en la universidad. En 1919 Gramsci
fundó L’Ordine nuovo [El Nuevo Orden]; Sraffa colaboró con algunas traducciones
del alemán y tres artículos cortos que envió desde Londres con ocasión de su
visita en 1921. El mismo año 1921 se fundó el Partido Comunista Italiano en
Livorno; Gramsci se convirtió en su secretario en 1924. Sraffa nunca se afilió
al partido, conservando una plena independencia de opiniones, a la vez que
mantenía una estrecha relación intelectual con su amigo.
Una prueba importante que documenta los intercambios políticos
entre los dos amigos la ofrece una carta de Sraffa a Gramsci publicada (sin
firma, con la inicial S.) en el número de abril de 1924 de L’Ordine nuovo, con
su respuesta (Gramsci y Sraffa, 1924). En su carta Sraffa recalcaba la función
desempeñada por las fuerzas burguesas de oposición en la lucha contra el
fascismo y la importancia de las instituciones democráticas para el desarrollo
social y político del proletariado. En opinión de Sraffa, en la situación de la
época, caracterizada por el ascenso de una dictadura fascis-ta, la clase obrera
estaba ausente de la escena política. Los sindicatos y el Partido Comunista
eran incapaces de organizar acciones políticas, mien-tras que los trabajadores
se veían obligados a afrontar sus problemas como individuos, más que como
grupos organizados. «La cuestión principal, que ocupa el primer puesto sobre
cualquier otra, es una cuestión de “libertad”
574 Piero Sraffa
y “orden”: las otras vendrán más tarde, pero por ahora no pueden
intere-sar a los trabajadores. Ahora es el momento de las fuerzas democráticas
de oposición, y creo que debemos dejarlas actuar y posiblemente ayudarlas»
(ibíd., p. 4).
En su respuesta, Gramsci rechazaba las sugerencias de Sraffa,
soste-niendo que conllevarían la liquidación del Partido Comunista, sujeto como
hubiera estado a la estrategia de las fuerzas burguesas de oposición, y
criticaba a su amigo por «haber fracasado hasta tal extremo en no des-hacerse
del residuo ideológico de sus orígenes intelectuales liberal-demo-cráticos,
concretamente normativos y kantianos, no marxistas y dialécti-cos» (ibíd.).
Debemos recordar, sin embargo, que la posición de Gramsci reflejaba necesariamente
la adoptada por Amadeo Bordiga, el entonces secretario del Partido Comunista:
un partido en el que prevalecía el prin-cipio del liderazgo centralista, con la
exclusión de cualquier disidencia de la línea oficial del partido.
En efecto, el mismo hecho de que la carta de Sraffa fuera
publicada, probablemente después de concienzudas discusiones entre los dos
amigos, significaba el reconocimiento de la importancia de los problemas allí
deba-tidos y de las ideas políticas propuestas por el joven economista. Gramsci
se sintió atraído por estas ideas, mostrando una mayor apertura a ellas, en una
carta reservada a los camaradas más próximos a su posición, y por ello menos
supeditados a la ortodoxia de Bordiga.8
El episodio sugiere que Sraffa tuvo algún papel en el desarrollo
del pensamiento político de Gramsci, lejos de la línea de Bordiga, por lo menos
lejos de la idea de la oposición total del Partido Comunista a todas las demás
fuerzas políticas por el bien de la revolución bolchevique. Años después, las
reflexiones políticas de Gramsci se acercaron a la posición que Sraffa había
adoptado tempranamente en 1924, cuando Gramsci propuso a su vez un pacto entre
las fuerzas políticas antifascistas para la recons-trucción de una Italia
democrática después de la por todos esperada caída del régimen fascista.
Efectivamente, podemos considerar significativo en este sentido el hecho de
que, aparentemente en su último encuentro en marzo de 1937, fue a Sraffa a
quien Gramsci confió un mensaje verbal
8 Cf. Togliatti
(1962), pp. 242 y ss.
Crítica de la teoría marshalliana 575
para los camaradas que todavía gozaban de libertad, mensaje al
que atri-buía una gran importancia: la consigna para la asamblea constituyente,
que sintetizaba la propuesta arriba insinuada.
Junto con este punto fundamental en el debate político, debemos
recordar también la ayuda que Sraffa prestó a Gramsci después de su detención
en 1926. Fue él quien se esforzó por conseguir libros y revistas a su amigo en
prisión; fue él quien exploró las posibles vías para obtener la libertad (con
la condición vinculante, en la que Gramsci insistió, y que Sraffa aceptó, de
que no se harían concesiones al régimen fascista, como la que una petición de
indulto habría implicado); fue él quien actuó de enla-ce con líderes comunistas
en el exilio y estimuló a Gramsci (a través de la cuñada del último, Tatiana
Schucht) en las reflexiones que tomarían forma en los Quaderni del carcere.
Parte de la documentación de estas actividades puede hallarse ahora en un volumen
de cartas de Sraffa a Tatiana (Sraffa, 1991) publicado póstumamente.
16.3. Crítica de la teoría marshalliana
Así, en los años que siguieron a su licenciatura, los intereses
de Sraffa abarcaron desde la política hasta cuestiones de economía aplicada, en
parti-cular, economía monetaria. Su interés en cuestiones teóricas
probablemente se desarrolló después del inicio de su carrera académica, en
noviembre de 1923, como profesor de economía política y hacienda pública en la
Facul-tad de Derecho de la Universidad de Perugia. Podemos plantear la
hipótesis de que teniendo que dar un curso introductorio y general de lecciones
de economía política, Sraffa debió enfrentarse con el marco académico enton-ces
dominante en Italia, concretamente el marginalismo en la versión marshalliana
de Maffeo Pantaleoni (cf. más arriba § 13.6), a quien el mismo Sraffa (1924, p.
648), en una hermosa nota necrológica, llamó el «príncipe de los economistas
[italianos]».
Los frutos de las reflexiones de Sraffa —una crítica radical de
la teoría marshalliana del equilibrio de la empresa y la industria— fueron
expuestos en un largo artículo publicado en italiano en 1925, «Sulle relazioni
fra costo e quantità prodotta» [Sobre las relaciones entre coste y cantidad
produci-da]. Cinco años habían pasado desde la publicación de la octava edición
de los Principios de economía de Marshall, y uno desde su muerte.
576 Piero Sraffa
El artículo de Sraffa entraba en un debate sobre las «leyes de
los rendimientos» desencadenado por un trabajo de John Harold Clapham
(1873-1946) publicado en 1922 en el Economic Journal. El punto en cuestión era
de vital importancia para la construcción teórica marsha-lliana y, más en
general, para las teorías del valor basadas en el equili-brio entre oferta y
demanda. Dentro de este enfoque, en particular en el método marshalliano de
equilibrios parciales, la construcción de una curva de oferta para cada producto
desempeña un papel decisivo, expre-sando los costes de producción como una
función de la cantidad pro-ducida, tanto para la empresa individual como para
la industria en su conjunto.
La teoría marshalliana identificaba tres casos para explicar
todas las eventualidades: rendimientos constantes, crecientes o decrecientes,
según si el coste medio permanece constante, disminuye o aumenta cuando se
incrementa la cantidad producida. Clapham, un profesor de historia eco-nómica,
abordó el problema de la aplicación concreta de estas categorías teóricas y
llegó a una conclusión provocativa: el aparato teórico en consi-deración es
estéril, ya que las tres categorías de costes, constantes, crecien-tes y
decrecientes son «cajas económicas vacías» («Empty economic boxes» era también
el título de su artículo), imposibles de llenar con ejemplos concretos de
industrias reales.
El artículo de Clapham provocó una respuesta inmediata, con un
artículo en el siguiente número del Economic Journal, a cargo de Arthur Cecil
Pigou, paladín de una línea de ortodoxia marshalliana que había conducido al
«método geométrico» de las curvas de oferta y demanda de la empresa y la
industria, a corto y a largo plazo. Esta construcción, como vimos anteriormente
(§§ 13.3 y 13.7), no correspondía del todo a la visión del mundo que tenía
Marshall; de hecho, caminando por una cuer-da floja rica en ambigüedades y
cambios de dirección, en subsiguientes ediciones de sus Principios, Marshall
había tratado de conciliar una con-cepción evolutiva, y por ello
intrínsecamente dinámica, con un aparato analítico basado en el requisito de
equilibrio entre la oferta y la deman-da, y por ello necesariamente estática.
Dennis Robertson (1890-1963) mostró una mayor fidelidad a las ideas de
Marshall, y al contribuir al debate (Robertson, 1924) suscitó todavía más dudas
sobre el aparato ana-lítico de Pigou.
Crítica de la teoría marshalliana 577
En los años siguientes el debate prosiguió en el Economic
Journal, con contribuciones, entre otros, de Allyn Young, Arthur Cecil Pigou,
Lionel Robbins, Gerald Shove, Joseph Schumpeter y Roy Harrod.9
Con su artículo de 1925, Sraffa se unió al debate que Clapham
había empezado, argumentando que el problema de las «cajas vacías» no se
refie-re a cómo aplicar las categorías de rendimientos constantes, crecientes y
decrecientes a situaciones reales, sino más bien a la existencia de
dificulta-des teóricas insalvables en la teoría del equilibrio de la empresa y
de la industria. Subyaciendo a todo esto, apuntaba Sraffa, había una confusión
conceptual: en la economía política clásica, la «ley» de los rendimientos
decrecientes se asociaba al problema de la renta de la tierra (concretamen-te,
a la teoría de la distribución), mientras que la «ley» de los rendimientos
crecientes se asociaba a la división del trabajo, o, en otras palabras, al
pro-greso económico general (es decir, a la teoría de la producción). Marshall
y otros economistas neoclásicos trataron de colocar estas dos «leyes» en el
mismo plano, coordinándolas en una sola «ley de los rendimientos no
pro-porcionales». Así podían expresar los costes como una función de la
canti-dad producida, tanto para la empresa como para la industria, y utilizar
des-pués estas funciones en la teoría de precios. De esta manera obtenemos una
Allyn Young
(1876-1929) fue el autor, en 1928, de una contribución importante sobre «Los
rendimientos crecientes y el progreso económico», pero su influencia en el
desa-rrollo del pensamiento económico fue a menudo indirecta; por ejemplo, los
célebres libros de Knight (1921) y Chamberlin (1933) nacieron como tesis
doctorales bajo su supervisión. Gerald Shove, discípulo de Marshall, pese a las
pocas páginas que había publicado, fue un miembro influyente de la «escuela de
Cambridge». Lionel Robbins (1898-1984) dominó la London School of Economics (en
la que fue profesor desde 1929) en las décadas cen-trales del siglo XX;
seguidor de Hayek contra Keynes, participó como protagonista en los debates
políticos del período; desde 1960 fue presidente del Financial Times; su obra
más conocida es An essay on the nature and significance of economic science
[Ensayo sobre la natu-raleza y el significado de la ciencia económica] (1932),
famosa por su definición de eco-nomía («economía es la ciencia que estudia el
comportamiento humano como una relación entre fines y medios escasos que tienen
usos alternativos»: ibíd., p. 16), pero fue también autor de obras importantes
en la historia del pensamiento económico. También desempe-ñó papeles
importantes como administrador artístico (en instituciones como la National
Gallery y la Royal Opera House), y presidió el Committee on Higher Education
que redac-tó, en 1963, el llamado «Robbins Report», que contenía propuestas de
largo alcance para, entre otras cosas, una fuerte expansión de la educación
universitaria que, afirmaba Robbins, podía llevarse a cabo sin una disminución
del nivel (sobre estas experiencias, cf. Robbins, 1971, pp. 241-267 y 272-283).
Sobre Pigou, Schumpeter y Harrod cf., res-pectivamente, § 13.9, capítulo 15, y
§ 17.6.
578 Piero Sraffa
curva de oferta para cada producto, para contraponerla a la
curva de demanda correspondiente, deducida de la «ley» de la utilidad marginal
decreciente (donde cada una de estas dos curvas «se puede comparar a una hoja
de un par de tijeras», como dijo Marshall, 1890, p. 820). Sin embar-go, esto
significaba trasladar los rendimientos crecientes y decrecientes a un ámbito
diferente del original; y este hecho hacía difícil aplicar en el nuevo ámbito
las justificaciones originalmente utilizadas para explicar las varia-ciones de
los costes debidas a las variaciones de las cantidades producidas. Sraffa
ilustraba estas dificultades analizando la literatura sobre el tema.
En particular, Sraffa destacaba que los rendimientos
decrecientes están relacionados con cambios en las proporciones de los factores
de pro-ducción, mientras que los rendimientos crecientes provienen de una
pro-ducción en expansión y de una creciente división del trabajo. El primer
caso —los rendimientos decrecientes— se produce cuando un factor de producción
es escaso. Ahora bien, a menos que identifiquemos la indus-tria con todas las
empresas que utilizan un factor escaso, las variaciones del coste medio asociadas
a un aumento de producción en la industria que se considera serán del mismo
orden de magnitud que las variaciones en cos-tes experimentadas simultáneamente
por otras industrias que utilicen el mismo factor de producción. Así pues, el
supuesto de ceteris paribus que subyace al análisis del equilibrio parcial
queda violado.
En lo que respecta a los rendimientos crecientes, no pueden
estar pre-sentes al mismo tiempo en la industria y en las empresas que la
forman, pues de otro modo las empresas se expansionarían hasta alcanzar un
tama-ño incompatible con el supuesto de competencia; tampoco pueden
encon-trarse en varias industrias a la vez, o de lo contrario la cláusula
ceteris pari-bus sería infringida de nuevo. Marshall, bien consciente de esto,
había desarrollado la categoría de economías de producción externas a la empre-sa
individual pero internas a la industria; generalizando tal categoría podría
haber asegurado la coherencia entre los rendimientos crecientes, el supuesto de
competencia y el método de equilibrio parcial. Sin embargo, Sraffa, con buenos
motivos, consideraba que tal generalización era com-pletamente irreal. En
conclusión, la construcción teorética de la tradición marshalliana no puede
cumplir el requisito de coherencia lógica, excepto recurriendo a supuestos
irreales y ad hoc, que obviamente constituyen un fundamento completamente
inadecuado para una teoría que se diseña de cara a una aplicación
interpretativa general.
Competencia imperfecta y crítica de la empresa representativa 579
16.4. Competencia imperfecta
y crítica de la empresa representativa
El escrito italiano de Sraffa de 1925 atrajo el interés de
Edgeworth, coeditor —juntamente con Keynes— del Economic Journal. A sugerencia
del primero de los dos coeditores, el segundo pidió a Sraffa un artículo para
su publicación, y el joven economista italiano se mostró dispuesto a aceptar su
oferta y contento por la petición.
El trabajo en inglés (Sraffa, 1926) es mucho más corto que el
italia-no, y, por lo tanto, mucho menos rico en elementos colaterales de
impor-tancia perceptible; la primera mitad del artículo consiste en un resumen
de los puntos principales del artículo en italiano, mientras que la segunda
mitad elabora una línea de investigación original. Como ya vimos ante-riormente
(§ 13.9), la idea es que, a consecuencia de las imperfecciones presentes en
todos los mercados del mundo real, cada empresa dentro de cada industria se
enfrenta a una curva de demanda específica, con pen-diente negativa, incluso
cuando es muy grande el número de empresas que están presentes simultáneamente
en esa industria. Existe, así, una diferen-cia crucial con respecto a la teoría
tradicional de la competencia, según la cual cada empresa debería enfrentarse a
una curva de demanda horizontal. La teoría postulada por Sraffa era, pues, una
teoría de competencia imper-fecta, que tenía la ventaja de ser compatible
también con los casos de ren-dimientos constantes o crecientes, y que, entre
otras cosas, tomaba varios elementos del mundo real sugeridos aquí y allí en la
obra de Marshall. Sin embargo, Sraffa ya hacía hincapié en los límites de su
enfoque en las últi-mas líneas de su artículo. De hecho, observaba «que en lo
anterior se ha prescindido de la influencia perturbadora que ejerce la
competencia de las nuevas empresas atraídas a una industria cuyas condiciones
permiten obte-ner unos elevados beneficios monopolistas». Básicamente, esto
significaba hacer abstracción de la competencia en el sentido clásico del
término, con-sistente en desplazar el capital de un sector a otro en busca de
los máximos rendimientos.
En los años siguientes la teoría de la competencia imperfecta
consti-tuyó un floreciente campo de investigación (cf. más arriba § 13.9). Sin
embargo, Sraffa, aunque dio origen a esta línea de investigación (que toda-vía
es influyente en la actualidad), la abandonó pronto. Como ya dijimos,
580 Piero Sraffa
se basaba en una noción de competencia —la noción en la que
concentra-ba la atención el enfoque marginalista, unida a la presencia de
muchas empresas en la misma industria— que era completamente distinta de la
noción desarrollada por los economistas clásicos, relativa al libre movi-miento
de capitales entre los diversos sectores de la economía. Fue de hecho la
conclusión del escrito de Sraffa (1926) la que preparó el terreno para la
moderna teoría no neoclásica de las formas no competitivas de mercado, y en
particular para la teoría del oligopolio de Sylos Labini (1956), basada en la
presencia de obstáculos a la entrada de nuevas empresas en el sector económico
en consideración.10 La noción clásica de competencia, además, constituye la
base de la línea de investigación que Sraffa ya estaba desarrollando en un
primer borrador (discutido con Keynes en 1928) de su libro de 1960 Production
of commodities by means of commodities.
El alejamiento radical de Sraffa respecto del marco tradicional
de la teoría de la empresa y de la industria se hizo después evidente en sus
con-tribuciones al simposio sobre «Increasing returns and the representative
firm» [Rendimientos crecientes y empresa representativa], publicado en el
Economic Journal en marzo de 1930. La conclusión de estas breves
contri-buciones suponía una clara ruptura con las opiniones de la entonces
corriente principal: «La teoría de Marshall [...] no puede interpretarse de manera
que la haga lógicamente coherente y, al mismo tiempo, la concilie con los
hechos que quiere explicar»; por lo tanto, «creo [...] que debe ser desechada»
(Sraffa, 1930a, p. 93).
Vale la pena observar que la crítica de Sraffa se dirigía
directamente contra una versión de la teoría marshalliana que era más fiel al
propio marco original de Marshall que la de Pigou, a saber, la versión
evolucio-nista que Robertson presentó en su contribución al simposio
(Robertson, 1930), basada en el concepto de «ciclo vital» de la empresa que
Marshall había empleado en un intento de hacer que los rendimientos crecientes
fuesen compatibles con el equilibrio competitivo de la empresa (cf. más arriba
§ 13.3). Como un organismo biológico, la empresa pasa por suce-
La teoría de
los «mercados accesibles» de Baumol, que tenía en cuenta las «barre-ras de
salida» consistentes en los «costes de inmovilizado» junto con las barreras de
entra-da (cf. más adelante § 17.3), puede considerarse como una variante de
esta teoría.
Cambridge: Wittgenstein y Keynes 581
sivas etapas de desarrollo, madurez y declive; la empresa
«representativa» se encuentra a medio camino del proceso de desarrollo, y, por
lo tanto, en una etapa de rendimientos crecientes a escala. Como señaló el
mismo Marshall, un concepto de este tipo, que ve la expansión de las empresas
como dependiente del «ciclo vital» de las capacidades empresariales, puede ser
plausible en el caso de las empresas que dirige directamente la familia
propietaria, pero no puede aplicarse a las modernas sociedades anónimas.
Así pues, las analogías biológicas resultaban ser una falsa
solución al callejón sin salida en el que se había metido el análisis
marshalliano, atra-pado en la contradicción entre rendimientos crecientes y
equilibrio com-petitivo. Sraffa lo tuvo fácil para señalar la naturaleza de
deus ex machina de las metáforas biológicas que Robertson utilizó siguiendo a
Marshall, las cuales no podían suplir la falta de coherencia lógica intrínseca
a estas estructuras analíticas: «En los puntos fundamentales de su argumento
las empresas y la industria salen de escena, y su lugar lo ocupan los árboles y
el bosque, los huesos y el esqueleto, la gota de agua y la ola; ciertamente
todos los reinos de la naturaleza se incorporan para contribuir a la rique-za
de sus metáforas» (Sraffa, 1930a, pp. 90-91).
16.5. Cambridge: Wittgenstein y Keynes
El texto de 1926 publicado en el Economic Journal tuvo un
impacto considerable, especialmente en Cambridge. Keynes pudo así ofrecer a
Sraffa un puesto de lecturer (profesor asociado) en la universidad, que era
entonces el centro de teoría económica más prestigioso del mundo. En 1926
Sraffa había obtenido también una cátedra en Italia, en Cagliari, pero después
del encarcelamiento de Gramsci y de las amenazas que reci-bió él mismo como
antifascista,11 decidió trasladarse a Inglaterra, donde vivió desde 1927 hasta
su muerte el 3 de septiembre de 1983.
Como docente en una universidad extranjera, Sraffa podía
conservar su cátedra en Italia; así lo hizo, pasando su sueldo a la biblioteca
de eco-nomía de la Universidad de Cagliari: cuando los profesores italianos
fue-ron requeridos para prestar juramento de lealtad al fascismo renunció, no
11 Cf. Naldi
(1998a).
582 Piero Sraffa
queriendo prestar dicho juramento ni apartarse de la línea
elegida por el Partido Comunista, de cumplir con lo que podía verse como una
obliga-ción puramente formal a fin de mantener abiertos los canales de
comuni-cación con las jóvenes generaciones (una línea que significó un doloroso
cambio radical para el famoso latinista Concetto Marchesi, militante comunista
que prestó juramento después de haber declarado públicamen-te que nunca lo
haría).12
Después de un año de estar instalado en Cambridge (a pesar de
sus estancias anteriores en Inglaterra, su inglés no era en absoluto perfecto
cuando llegó), Sraffa dio cursos durante tres años sobre los sistemas
finan-cieros alemán e italiano y sobre la teoría del valor. Este último curso
pro-dujo un gran impacto: Sraffa discutió las teorías de los economistas
clási-cos, en particular Ricardo, y las teorías del equilibrio económico
general de Walras y Pareto —de las cuales se sabía poco en la Inglaterra más bien
provinciana de la época—, adelantando asimismo sus propias críticas a la
tradición de Cambridge (Marshall-Pigou), en particular a la teoría de la
empresa. Sin embargo, Sraffa —cuya timidez para hablar en público y, por lo
tanto, para dar clases aumentó con el paso del tiempo— se convir-tió en
director adjunto de investigación y finalmente en bibliotecario de la Marshall
Library de la Facultad de Economía. Desde su llegada había estado adscrito al
King’s College, donde reinaba Keynes; en 1939 se con-virtió en fellow del
Trinity College, permaneciendo así hasta su muerte.
En el tranquilo ambiente de Cambridge, Sraffa desarrolló sus
investi-gaciones en tres líneas integradas en un solo gran proyecto cultural:
el tra-bajo en la edición crítica de los escritos de Ricardo, que le confió la
Royal Economic Society por iniciativa de Keynes en 1930; las investigaciones en
el campo de la teoría del valor, que le llevarían después de treinta años de
trabajo a la Production of commodities by means of commodities (Sraffa
recordaba en el prólogo que ya le había mostrado a Keynes un esbozo de las
proposiciones centrales en 1928); y un interés colateral en el desarrollo de la
teoría keynesiana, en particular a principios de los años treinta. Ade-más, en
Cambridge Sraffa conoció al filósofo austríaco Ludwig Wittgens-tein
(1889-1951), que se convirtió en amigo suyo y sobre quien Sraffa iba a tener
una influencia significativa.
12 Sobre las
vicisitudes académicas de Sraffa, cf. Naldi (1998b).
Cambridge: Wittgenstein y Keynes 583
Sraffa se encontró con Wittgenstein en 1929. El filósofo
austríaco acababa de llegar a Cambridge, llamado allí por Bertrand Russell, que
pocos años antes había ideado la publicación de una contribución bási-ca para
el desarrollo de la filosofía moderna, el Tractatus logico-philosop-hicus
(1921). Este libro se considera generalmente como la culminación del
neopositivismo lógico; Wittgenstein lo había concebido y escrito durante la
guerra, en la que había combatido primero en el frente ruso y después en el italiano,
y durante un breve período de encarcelamiento en Italia al terminar la
contienda. En opinión del propio Wittgenstein, su contribución tenía que haber
constituido el punto de llegada de la investigación filosófica; por lo tanto,
después de completarla, consideró que no tenía nada más que hacer en el campo
filosófico. De carácter retraído y difícil, Wittgenstein se retiró entonces a
enseñar en la escuela primaria de un pequeño pueblo austríaco y a trabajar como
jardinero de un monasterio. Sus contactos con el mundo de la investigación
filosófi-ca eran escasos: unas pocas cartas y encuentros ocasionales con
Bertrand Russell o con el joven Frank Ramsey, otro filósofo y matemático de
Cambridge que también era amigo de Sraffa y que murió a la temprana edad de
veintiséis años en 1930; sobre todo, Wittgenstein conservó algu-nos vínculos
con el llamado Círculo de Viena, que animaba Moritz Sch-lick.
Pueden haber sido las discusiones vienesas —en particular una
céle-bre conferencia de Bouwer sobre los fundamentos de las matemáticas— las
que finalmente persuadieron a Wittgenstein de que, después de todo, aún había
algo que hacer en el campo filosófico. Así pues, a principios de 1929
Wittgenstein llegó a Cambridge, para convertirse en fellow del Tri-nity College
al cabo de pocos meses; permaneció allí, excepto algunos intervalos breves,
hasta su muerte en abril de 1951.
Cuando estaban en Cambridge, Wittgenstein y Sraffa se reunían
generalmente una tarde por semana, hablando no tanto de economía y filosofía
directamente, sino más bien de un amplio abanico de cuestiones, desde la
jardinería a las novelas policíacas. Estas conversaciones tuvieron una
influencia decisiva en el filósofo austríaco, y sobre la transición desde el
atomismo lógico del Tractatus a las posiciones de madurez expuestas en las
Philosophical investigations [Investigaciones filosóficas], que se publica-ron
póstumamente en 1953.
584 Piero Sraffa
Georg von Wright, alumno de Wittgenstein, comentó que una vez le
había dicho «que sus discusiones con Sraffa le hacían sentirse como un árbol al
que le hubieran cortado todas las ramas» (Wright, 1955, pp. 15-16). El propio
Wittgenstein es todavía más explícito en su prólogo a las Philosophical
investigations: «Estoy en deuda con [la crítica que] un profe-sor de esta
universidad, el señor P. Sraffa, durante muchos años hizo ince-santemente de
mis pensamientos. Debo a este estímulo [la cursiva es de Wittgenstein] la
mayoría de ideas consecuencialistas de este libro» (Witt-genstein 1953, p.
VIII).
Entre la posición inicial de Wittgenstein y su posición final se
pro-dujo un cambio claro, largamente pensado. Con una notable simplifica-ción,
centremos la atención en los resultados metodológicos que tienen un interés más
directo para nosotros, aunque sea al coste de hacer abs-tracción de elementos
que tienen su importancia en otros aspectos. El Tractatus razonaba que existía
una correspondencia entre el mundo y los elementos que lo constituyen (los
«hechos»), por una parte, y nuestra representación del mundo (cuyos elementos
constituyentes son los «pen-samientos», expresados en «proposiciones»), por
otra. Sobre esta base, Wittgenstein sostenía que es posible construir un
conjunto lógico y axio-mático de proposiciones, cada una de las cuales describe
un «hecho», mientras que todas juntas describen el mundo, o más bien, si no
todo el mundo, todo lo que puede describirse de forma racional. En aquello
sobre lo que no puede proporcionarse ninguna descripción racional
(sen-timientos, creencias religiosas, juicios estéticos, etcétera), decía
Wittgens-tein, «debe callarse».
Sin embargo, en las Philosophical investigations Wittgenstein
aban-donó la idea del lenguaje como «reflejo» del mundo, y la idea de lo
«indecible». Las discusiones con Sraffa parecen haber desempeñado un papel en
ello. Hay una anécdota que el propio Wittgenstein contó a sus alumnos. Un día,
cuando viajaban en tren de Cambridge a Londres, «Sraffa hizo un gesto familiar
a los napolitanos y que expresa algo pare-cido a indignación o desprecio,
rozando su mentón con un movimien-to hacia fuera de las puntas de los dedos de
una mano». El gesto sólo puede adquirir un significado preciso a partir del
contexto en el que se ejecuta; por lo tanto, contradice la idea de Wittgenstein
de que toda proposición ha de tener un lugar exacto en el orden axiomático del
Cambridge: Wittgenstein y Keynes 585
lenguaje racional, independientemente del contexto en el que
pueda emplearse.13
Después de esta crítica, en las Philosophical investigations
Wittgenstein desarrolló una nueva teoría del lenguaje, y de las relaciones
entre éste y el mundo que debe describir. No existe un solo tipo de lenguaje,
afirmaba Wittgenstein (1953, p. 21), «sino que hay innumerables clases:
innumera-bles maneras distintas de utilizar lo que llamamos “símbolos”,
“palabras”, “frases”. Y esta multiplicidad no es algo fijo, dado de una vez por
todas; sino que, podríamos decir, surgen nuevos tipos de lenguaje, nuevos juegos
lingüísticos, al tiempo que otros se tornan obsoletos y son olvidados». En
general, seguía Wittgenstein, «el significado de una palabra es su uso en el
lenguaje» (ibíd., p. 33). Sin embargo, las palabras no corresponden a sim-ples
elementos de la realidad, y estos simples elementos no pueden defi-nirse; ni es
posible producir una teoría general del lenguaje.
Wittgenstein demostraba estas tesis con una serie de ejemplos de
«juegos lingüísticos» —a saber, modelos teóricos que concentran la aten-ción en
aspectos particulares del lenguaje real, presentándolos como len-guaje general
de un grupo de personas—. A partir de estos ejemplos pode-mos concluir que «no
existe [...] un único análisis de las proposiciones en sus elementos
intrínsecamente no analizables. El tipo de análisis que será útil y
proporcionará una clarificación real depende de las circunstancias del problema
específico relativo a las proposiciones que se examinen» (Quinton, 1968, p.
13).
No disponemos de ningún apoyo textual para afirmar que Sraffa
estu-viera de acuerdo con el punto de llegada de las reflexiones de
Wittgens-tein. Sólo sabemos que la posición inicial del filósofo austríaco
había pro-vocado críticas por parte del economista italiano, y que estas
críticas habían tenido un papel decisivo en el pensamiento posterior de
Wittgens-tein. Tal vez podamos percibir intereses políticos de Sraffa detrás de
su
Según Malcolm
(1958, p. 69), que relató la anécdota, el objeto de la discusión era que la
idea de Wittgenstein de «que una proposición y lo que ella describe debe tener
la misma “forma lógica”, la misma “multiplicidad lógica”»; según von Wright,
como Malcolm indicaba en una nota a pie de página, el objeto de la discusión
era la idea de que toda pro-posición debe tener una «gramática». En una
conversación con el autor de este libro (21 de diciembre de 1972), Sraffa
confirmó la anécdota, diciéndome que von Wright tenía razón.
586 Piero Sraffa
oposición a una teoría apriorística del lenguaje y su
preferencia por una teoría abierta al reconocimiento del papel de los factores
sociales (el entor-no en el que tiene lugar el «juego lingüístico»), de las
reglas y convencio-nes. Además, quizás podamos percibir también aquí una
elección meto-dológica: el rechazo de las teorías omnicomprensivas que
pretenden describir cualesquiera y todos los aspectos del mundo, comenzando por
sus elementos constituyentes elementales; y la elección, en cambio, de la flexibilidad
en las construcciones teóricas, orientadas en cada caso al pro-blema específico
en consideración.
Después de Gramsci y Wittgenstein, un tercer protagonista de la
cul-tura del siglo XX que tuvo un fecundo intercambio con Sraffa fue John
Maynard Keynes, quince años mayor que él. Keynes fue de gran ayuda a Sraffa en
diversas ocasiones: en 1921 pidió a Sraffa una contribución para el Manchester
Guardian Supplement; en 1922 decidió publicar en el pres-tigioso Economic
Journal un trabajo de aquel economista italiano que entonces tenía veinticuatro
años; en 1926 le pidió —aunque por sugeren-cia de Edgeworth— el artículo que
criticaba la teoría marshalliana de la empresa, que iba a escribir en pocos
meses y que se publicó el mismo año, en el número de diciembre del Economic
Journal; en 1927 se trajo a Sraf-fa a Cambridge como lecturer y en los años
siguientes ayudó a su amigo italiano a instalarse en el mundo anglosajón; en
1930 hizo que la Royal Economic Society encargara a Sraffa la tarea de preparar
la edición crítica de los escritos de Ricardo; y en 1940 logró que Sraffa
saliera del campo de detención al que habían enviado al italiano como
«extranjero enemigo» cuando Italia entró en la guerra. La única publicación que
Sraffa firmó con otro autor fue precisamente con Keynes: siendo ambos
entusiastas biblió-filos, en 1938 editaron la reimpresión de un folleto extremadamente
raro, An abstract of a treatise on human nature [Resumen de un tratado sobre la
naturaleza humana] (Hume, 1938), completado con una erudita intro-ducción que
contenía las pruebas decisivas para su atribución a Hume, más que a Adam Smith
como se suponía generalmente.14 Sraffa se ocupó asimismo de la edición italiana
del Tract on monetary reform [Tratado sobre la reforma monetaria] de Keynes
(1925).
Un punto
interesante de esta introducción se refiere al énfasis puesto en la tesis de
Hume de que «No es [...] la razón la guía de la vida, sino la costumbre» (Hume,
1938, p. XXX).
La edición crítica de los escritos de Ricardo 587
Más relevante para nuestros intereses inmediatos es el
intercambio cultural en el campo de la teoría económica. Pueden recordarse
cuatro epi-sodios en este aspecto; ya hemos hecho alusión a tres de ellos: la
probable influencia sobre Keynes acerca de la distinción entre la
estabilización del dinero en relación con el nivel de precios interiores y en
relación con el tipo de cambio, propuesta por Sraffa en su tesis de
licenciatura (cf. más arriba § 16.1); su participación en el Cambridge Circus y
más general-mente en los debates que estimularon la transición de Keynes desde
el Tra-tado del dinero hasta la Teoría general (cf. más arriba § 14.4); y su
inter-vención crítica (Sraffa, 1932) sobre la teoría de Hayek (cf. más arriba
11.6), de la
que Keynes tomó la teoría de los tipos propios de interés que está en el centro
del análisis en el capítulo 17 de la Teoría general.
El cuarto episodio lo recordó el mismo Sraffa en su prólogo a
Produc-tion of commodities by means of commodities. Sraffa (1960, p. VI; p. 12,
trad. cast.) afirmó que «cuando, en 1928, lord Keynes leyó un borrador de las
primeras proposiciones de este trabajo, recomendó que si no iban a supo-nerse
rendimientos constantes, debería hacerse una clara advertencia en tal sentido».
Keynes fue el único economista a quien se le daban las gracias en el prólogo
(Sraffa también las dio a tres matemáticos —Ramsey, Watson y Besicovitch— y, en
la edición italiana, a Raffaele Mattioli, un banquero que durante mucho tiempo
presidió la Banca Commerciale Italiana, era amigo íntimo de Sraffa y tuvo un
papel muy activo en la edición italiana del libro). El punto en el que intervino
Keynes es de fundamental impor-tancia, dado que la ausencia de un supuesto
sobre los rendimientos consti-tuye una característica decisivamente distintiva
del libro de Sraffa, que implica entre otras cosas el abandono de la noción
marginalista de equili-brio (cf. más adelante § 16.7): así pues, parece muy
probable que Keynes desempeñase un papel importante en el desarrollo de las
ideas de Sraffa.
16.6. La edición crítica de los escritos de Ricardo
Las dificultades que tenían economistas como Robertson (en el
sim-posio de 1930) y Hayek (en la controversia de 1932) para comprender a dónde
quería ir a parar Sraffa, y —hablando en general— la difundida idea que se
tenía de Sraffa como espíritu crítico pero no constructivo, reve-la la medida
en la que el enfoque marginalista había penetrado en la tra-
588 Piero Sraffa
dición clásica en la primera mitad del siglo XX. De ahí la
necesidad de redescubrir el enfoque clásico que Sraffa perseguía con su edición
crítica de las obras de Ricardo: el rigor filológico ampliamente celebrado de
Sraf-fa no era un fin en sí mismo, sino el instrumento para una investigación
crítica sobre los mismos fundamentos de la economía política. Sraffa comenzó el
trabajo sobre los escritos de Ricardo en 1930, y lo continuó durante más de un
cuarto de siglo, junto con el trabajo teórico que iba a llevarlo a Production
of commodities by means of commodities.
Una vez más fue Keynes, en su calidad de secretario de la Royal
Eco-nomic Society, quien dispuso que se le confiara a Sraffa la edición crítica
de los escritos de Ricardo. Repetidamente, en los años que siguieron, Key-nes
intervino para defender a Sraffa de las protestas de los editores ante los
retrasos en la terminación del trabajo. Finalmente, fue con la ayuda de Keynes
que Sraffa inició una meticulosa búsqueda detectivesca de los manuscritos,
cuyos frutos no tardaron en llegar. Ya en 1930 se encontró un baúl que contenía
muchas cartas que Ricardo recibió de sus remiten-tes, en la casa de uno de sus
herederos. Muchas investigaciones no tuvie-ron éxito, pero otras dieron sus
frutos, y Sraffa consiguió reunir un nota-ble volumen de material gracias al
cual pudo reconstruir un panorama extremadamente rico y preciso del entorno
cultural y humano en el que había vivido Ricardo.
Más adelante, en julio de 1943, después de un trabajo de trece
años y cuando ya se disponía de las pruebas de imprenta de seis volúmenes, se
descubrió una serie de cartas extremadamente importantes de Ricardo a James
Mill en un castillo irlandés, junto con otros manuscritos entre los que estaba
el fundamental ensayo Valor absoluto y valor de cambio, en el que Ricardo había
estado trabajando las últimas semanas de su vida. Los tipos de imprenta, parte
de los cuales habían estado durante años en los almacenes de Cambridge
University Press, tuvieron que fundirse debido a los cambios de la obra que
supuso añadir el nuevo material.
En las etapas finales del trabajo, cuando la presión por parte
de la Royal Economic Society y del editor iban in crescendo, Sraffa recibió la
ayuda de Maurice Dobb, economista marxista y uno de sus mejores ami-gos, a
quien Keynes y Austin Robinson vieron como el único que podía aguantar la
meticulosidad y las horas de trabajo (hasta bien entrada la noche) del
economista italiano. Por fin, entre 1951 y 1955, aparecieron
La edición crítica de los escritos de Ricardo 589
los diez volúmenes de Works and correspondence of David Ricardo,
que serían seguidos en 1973 por un laboriosamente recopilado volumen de
índices.
El rigor filológico de Sraffa tuvo un papel decisivo en el
redescubri-miento del marco de los economistas clásicos, centrado en la noción
de excedente, después de un siglo de olvido y de interpretaciones engañosas.
Recordemos que, cuando Sraffa comenzó su trabajo, las interpretaciones más
comúnmente aceptadas eran la de Marshall (1890, apéndice I), según las cuales
Ricardo fue un precursor algo impreciso y unilateral de la teoría moderna (dado
que tiene en cuenta el coste de producción, es decir, la oferta, pero no la
demanda, en la determinación de los precios), y la de Jevons (en el prólogo de
la segunda edición de la Theory of political eco-nomy), que consideraba a
Ricardo responsable de la perniciosa desviación de la economía de la senda de
la verdadera ciencia.15 Según estas interpre-taciones no existía ninguna razón
para malgastar tiempo en las obras de Ricardo. A lo sumo, podía recordarse su
teoría de la renta de la tierra como precedente del principio de la
productividad marginal decreciente, o su teoría del dinero, o su teoría del
comercio internacional basada en el prin-cipio de los costes comparativos.
No obstante, el trabajo de Sraffa despertó unas notables
expectativas. La publicación se anunció como cosa inminente en una serie de
ocasiones: por Luigi Einaudi en Riforma sociale en 1931; por Keynes en su
ensayo de 1933 sobre Malthus; por el propio Sraffa en una carta a Rodolfo
Moran-di en 1934; en su Historia del análisis económico publicada
póstumamen-te, Schumpeter (1954, p. 471; p. 530, trad. cast.) expresaba la
esperanza de que «Tal vez algún día veamos completa la amplia edición de las
obras de Ricardo por el profesor Sraffa que hemos estado esperando
ansiosa-mente durante estos últimos veinte años».
De forma más
sutil, Jacob Hollander (1904, 1910) habló de un abandono gradual, por parte de
Ricardo, de la teoría del valor-trabajo para adoptar una teoría de los precios
basada en los costes de producción, y, por lo tanto, situada en una dirección
abierta a los desarrollos marginalistas relacionados con el principio de la
productividad marginal decre-ciente, que a su vez se consideraba como un
desarrollo de la teoría «ricardiana» de la renta diferencial. En su
«Introducción» a los Principios de Ricardo, Sraffa (1951) criticaba de modo
destructivo esta interpretación y la de Marshall.
590 Piero Sraffa
Tales expectativas estaban más que justificadas. La edición
crítica lle-vada a cabo por Sraffa de las Works and correspondence de Ricardo
se reco-noce unánimemente como un modelo de rigor filológico. Fue, sobre todo,
por esto por lo que Sraffa recibió en 1961 la medalla de oro de la Acade-mia de
Ciencias sueca: un honor que entre los economistas había sido con-cedido
también a Keynes y Myrdal, y que puede considerarse como un anticipo del Premio
Nobel, que sólo se concede desde 1969. Los escritos publicados en esta edición,
junto con el aparato de notas y, sobre todo, la introducción de Sraffa al
primer volumen, restituyeron a Ricardo —y a través de él al enfoque clásico de
la economía política en su conjunto— a una posición central en la teoría
económica, liberando la interpretación de su pensamiento (en esencia, el que se
ha ilustrado más arriba, en el capí-tulo 7) de las adherencias de lecturas
marginalistas engañosas.
Sraffa destacaba en particular la importancia de la noción de
exceden-te y de la concepción del sistema económico como flujo circular de
pro-ducción y consumo. El tamaño del excedente (el problema smithiano de la
riqueza de las naciones), su distribución entre las diversas clases sociales
(el problema en el que Ricardo concentró la atención en sus Principios) y su
utilización en el consumo improductivo o en la acumulación consti-tuían las
cuestiones en las que los economistas clásicos centraron su análi-sis. La
división del trabajo, el excedente y el flujo circular de producción y consumo
eran, pues, los elementos que caracterizaban la economía políti-ca clásica: «en
notable contraste» —como señalaba Sraffa (1960), p. 93— «con la visión que
presenta la teoría moderna, de una avenida unidirec-cional que va de los
“factores de producción” a los “bienes de consumo”».
16.7. Producción de mercancías por medio de mercancías
Como vimos antes (cap. 7), la representación analítica que
Ricardo ofreció tenía un punto débil en el supuesto de que los precios
relativos son proporcionales a la cantidad de trabajo requerida para la
producción de las diversas mercancías. En Production of commodities by means of
commodities (1960) Sraffa proporcionó una solución al problema, en el marco de
la concepción clásica.
Existe, por lo tanto, un estrecho vínculo entre la edición
crítica de los escritos de Ricardo y la investigación teórica del propio
Sraffa. En las
Producción de mercancías por medio de mercancías 591
décadas de 1930 y 1940 el trabajo avanzó en los dos frentes; en
la última mitad de los años cincuenta, una vez completado el trabajo sobre
Ricar-do (aparte del volumen de índices, que no se publicó hasta 1973), Sraffa
se concentró en preparar la publicación de su contribución más estricta-mente
analítica, que tuvo lugar casi simultáneamente en inglés e italiano en 1960.
En analogía con la línea de investigación seguida, según su
propia interpretación, por los economistas clásicos, Sraffa situó en el centro
de su análisis un sistema económico basado en la división del trabajo. En tal
sis-tema, el producto de cada sector no corresponde a los medios de produc-ción
que requiere (incluyendo los medios de subsistencia de los trabajado-res
empleados en el sector). Cada sector, tomado aisladamente, no puede continuar
su actividad sin entrar en contacto con los demás sectores de la economía para
obtener de ellos sus propios medios de producción, a cam-bio de por lo menos
una parte de su producto. Así tenemos la red de inter-cambios que caracteriza a
las economías basadas en la división del trabajo entre las industrias. Como
demostraba Sraffa, el problema de la determi-nación cuantitativa de las
relaciones de intercambio que se establecen entre los diversos sectores debe
abordarse, en una economía capitalista, simultáneamente con el problema de la
distribución de la renta entre las clases sociales de trabajadores,
capitalistas y terratenientes. La intersección entre estos dos problemas
constituye lo que en la tradición clásica se llamó problema del valor.
En este aspecto puede ser útil destacar el significado
específico que el concepto de valor adquiría implícitamente en el análisis
sraffiano. El valor no indica la medida de la importancia que un determinado
bien tiene para el hombre (como sucede por ejemplo en la teoría marginalista,
donde el valor se relaciona con la utilidad); ni se enfrenta con elementos
éticos como en la noción del justo precio; ni posee un carácter de optimalidad,
como resultado de la maximización de alguna función objetivo sujeta a restricciones.
El valor de las mercancías refleja la relación existente entre los sectores y
clases sociales de la economía. Además, el análisis de Sraffa sugiere una
referencia implícita a un modo específico de producción: el capitalismo. De
hecho, se basa en supuestos (la «ley del precio único»; la división en las
clases sociales de trabajadores, capitalistas y terratenientes; un tipo de
beneficio uniforme) que reflejan sus características fundamen-tales. En
particular, el último de aquellos supuestos —la igualdad del tipo
592 Piero Sraffa
de beneficio en todos los sectores de la economía— expresa en
los térmi-nos analíticos más simples un aspecto central del capitalismo: la
relación entre las distintas partes en las que se articula el sistema económico
(una relación necesaria, dado que, como vimos, ningún sector puede subsistir
aisladamente de los demás) se asegura por medio del mercado, no sólo por lo que
se refiere al intercambio de productos, sino también por lo que se refiere a la
distribución de los flujos de beneficio entre los diferentes sec-tores. En
otros términos, la unidad interna de un sistema capitalista queda garantizada
por la interdependencia productiva que pone en contacto los diferentes sectores
y por el flujo de capital de un sector a otro, al perseguir su uso más rentable.
El problema que Sraffa abordó presentaba una dificultad
analítica cuya no resolución era fatal para la misma supervivencia de la
economía política clásica: cuando las mercancías son al mismo tiempo productos
y medios de producción, el precio de una mercancía no puede determinar-se
independientemente de las demás, ni el conjunto de los precios relati-vos
independientemente de la distribución de la renta entre beneficios y salarios.
Por lo tanto, debemos considerar el conjunto de las interrelacio-nes productivas
entre los diversos sectores, a causa de sus necesidades de medios de
producción, y considerar simultáneamente la distribución de la renta y la
determinación de los precios relativos. Ésta fue precisamente la línea de
investigación desarrollada por Sraffa en su libro de 1960.
En el prólogo a Production of commodities by means of
commodities Sraffa destacaba que su análisis de las relaciones entre los
precios y las variables distributivas no requiere el supuesto de rendimientos
constantes a escala. Este hecho, como veremos mejor más adelante, es crucial
para comprender el significado que Sraffa atribuía a las relaciones que
analiza-ba, en particular a la noción de precios de producción (y al mismo
tiempo concuerda con las críticas que Sraffa formuló en sus artículos de 1925 y
1926 a los intentos marshallianos de utilizar «leyes de rendimientos a
esca-la», es decir, relaciones funcionales entre coste y cantidad producida, en
la determinación de los precios y cantidades de equilibrio). Sin embargo,
Sraffa destacaba también en el prólogo que, «como una hipótesis tempo-ral de
trabajo», «cualquier persona acostumbrada a pensar en términos del equilibrio
de demanda y oferta puede [...] suponer [...] que la argumenta-ción descansa
sobre el supuesto tácito de rendimientos constantes en todas las industrias»
(Sraffa, 1960, p. V; p. 11, trad. cast.). Gracias al supuesto
Producción de mercancías por medio de mercancías 593
de rendimientos constantes, de hecho, el análisis que hace
Sraffa de la rela-ción entre los precios relativos y la distribución de la
renta puede conside-rarse como parte de un modelo marginalista de equilibrio
económico general, en el que las dotaciones iniciales de factores productivos
vienen dadas de tal modo que son compatibles con la demanda final de los
suje-tos económicos. Es precisamente de esta manera, gracias a la posibilidad
de «traducirlo» en un caso particular del análisis marginalista, por lo que el
análisis de Sraffa puede servir como fundamento para una crítica inter-na de la
incoherencia lógica de las teorías marginalistas tradicionales del valor y de
la distribución. De hecho, sin embargo, en el libro de Sraffa no se dice nada
sobre la relación entre la demanda y la oferta de cada mer-cancía: el supuesto
de que los precios de equilibrio corresponden a la igual-dad entre la oferta y
la demanda, que caracterizaba a la teoría económica marginalista, se encuentra
ausente de la exposición de Sraffa.
En otros términos, el análisis de Sraffa no debe interpretarse
como una investigación dirigida a la determinación de un equilibrio estático de
los precios, que requeriría la determinación simultánea de los precios y
cantidades o el supuesto de rendimientos constantes a escala. Es, más bien, una
investigación sobre las «condiciones de reproducción» de una econo-mía
capitalista, basada en el supuesto de un tipo uniforme de beneficio y en la
«fotografía» de la estructura productiva de la economía en un momento dado del
tiempo.16
Veamos ahora la línea de investigación seguida en Production of
com-modities by means of commodities. Cuando las mercancías son al mismo tiempo
productos y medios de producción, el precio de una mercancía no puede
determinarse independientemente de las demás, ni el complejo de los precios
relativos independientemente de la distribución de la renta entre beneficios y
salarios (que se expresan en términos de la mercancía
Sobre este
punto, cf. Roncaglia (1999), cap. 2; más generalmente sobre la inter-pretación
del trabajo de Sraffa, y sobre los debates que suscitó, cf. Roncaglia (1975),
en los que se publicó por primera vez la metáfora de la «fotografía» (ibíd., p.
119). La interpreta-ción del esquema de Sraffa como una «fotografía» (o como
una «foto instantánea», como se tradujo en principio mi palabra original
italiana) se opone tanto a las interpretaciones del esquema de Sraffa como el
lado de la oferta de un modelo de equilibrio general (cf. por ejemplo, Hahn,
1982a) como a la noción de «posiciones a largo plazo» de Garegnani (1976b).
594 Piero Sraffa
escogida como unidad de medida, y son, por lo tanto, salarios
reales). Debe, pues, considerarse el sistema en su conjunto, con todas las
interre-laciones existentes entre los diversos sectores productivos, abordando
simultáneamente la distribución de la renta y la determinación de los pre-cios
relativos.
Como primer paso, Sraffa (1960, p. 3; p. 17, trad. cast.)
demostró que en un sistema de producción para la subsistencia, «que produce lo
justo para mantenerse» y en el que «las mercancías son producidas por
industrias diversas y son intercambiadas en un mercado que se celebra tras la
cosecha» (es decir, al final del período de producción), «hay un único conjunto
de valores de cambio que, en caso de ser adoptado por el mercado, restablece la
distribución original de los productos y hace posible que el proceso se repita;
tales valores surgen directamente de los métodos de producción».
Si el sistema económico que se considera puede producir un
exce-dente, también «la distribución del excedente debe ser determinada a
tra-vés del mismo mecanismo y al mismo tiempo que se determinan los pre-cios de
las mercancías» (Sraffa, 1960, p. 6; p. 21, trad. cast.). Si el salario puede
superar el nivel de subsistencia, los precios relativos y una u otra de las dos
variables distributivas —el salario o el tipo de beneficio— son determinados
conjuntamente, una vez que se conocen la tecnología y la otra variable
distributiva; cuanto mayor es el salario, menor será el tipo de beneficio.17
Sraffa (1960, pp. 12-13; p. 30, trad. cast.) continuó después
analizan-do «la clave del movimiento de los precios relativos que sigue a una
varia-ción en el salario». Como ya sabían los economistas clásicos y Marx,
«con-siste en la desigualdad de las proporciones en que el trabajo y los medios
de producción son empleados en las distintas industrias». En efecto, «si la
pro-porción fuera la misma en todas las industrias no podría seguirse variación
alguna de precios», mientras que «es imposible que los precios permanez-can
inalterados cuando hay una desigualdad de “proporciones”».
Sraffa (1960, pp. 18-33; pp. 37-56, trad. cast.) también
construyó un particular instrumento analítico, denominado la «mercancía
patrón», gra-cias al cual pudo resolver el problema ricardiano de una medida
invariable
17 El sistema de
ecuaciones correspondiente a este caso se dio más arriba en el § 9.8.
Producción de mercancías por medio de mercancías 595
del valor, después de haberlo redefinido adecuadamente. De
hecho, Ricar-do había atribuido dos significados a la noción de una medida
estándar del valor, que no deben confundirse: el de que tiene un valor
invariable (en relación con el complejo de los medios de producción necesarios
para obtenerla) cuando se producen cambios en la distribución de la renta entre
salarios y beneficios, permaneciendo inalterada la tecnología; y el de que
tiene un valor invariable en relación con los cambios que la tecnología experimenta
con el curso del tiempo (cultivo de tierras cada vez menos fér-tiles, por una
parte, y progreso tecnológico, por otra).
Habiendo establecido la clara distinción entre los dos problemas
en su Introducción a los Principios de Ricardo (Sraffa, 1951, pp. XL-XLVII), en
Production of commodities by means of commodities Sraffa continuó demos-trando
que el primero de ellos sólo puede solucionarse en términos de la «mercancía
patrón». Ésta es una mercancía compuesta (es decir, un con-junto de mercancías
que se toman en ciertas proporciones) determinada de modo que el agregado de
sus medios de producción tenga su misma com-posición. En otras palabras, en el
sistema patrón —el sistema económico abstracto cuyo producto consiste en una
cierta cantidad de la mercancía patrón— el agregado de medios de producción
también corresponde a una determinada cantidad de la mercancía patrón. Así pues,
con el sistema patrón (y bajo el supuesto de que los salarios están incluidos
en los costes de producción) es posible determinar el tipo de beneficio, de
manera aná-loga a lo que sucede en el «modelo del grano» que Sraffa atribuyó a
Ricar-do, como una relación entre dos cantidades físicamente homogéneas: el
excedente, es decir, la cantidad de mercancía patrón que viene dada por la
diferencia entre el producto y los medios de producción, y los medios de
producción adelantados por los capitalistas. En cuanto al segundo proble-ma —a
saber, la ausencia de variación ante cambios en la tecnología—, la medida en
términos de trabajo incorporado conserva claramente su signi-ficación como
indicador general de la dificultad de producción, pero tam-bién existe un riesgo
evidente de introducir matices metafísicos o subjeti-vos en el discurso
económico (el trabajo como «sacrificio y fatiga»).
Con la distinción que estableció entre los dos problemas, Sraffa
ofre-ció una indicación precisa de los límites que tiene cualquier solución
ana-lítica a la cuestión de la medida estándar del valor, y al hacerlo así
señaló implícitamente la imposibilidad de establecer una base científica para
cualquier noción metafísica del trabajo como valor absoluto: esto es, como
596 Piero Sraffa
una sustancia incorporada en las mercancías que caracterice
unívocamen-te la dificultad de producción. Siguiendo este camino, Sraffa podía
tal vez abrigar la esperanza de estimular una reinterpretación de Marx,
liberán-dole de los elementos residuales hegelianos.
El análisis de los precios de producción se completaba con el
caso de los productos conjuntos y, dentro de esta categoría, los bienes de
capital fijo y los medios de producción escasos o no reproducibles, como la
tierra. El libro termina con un capítulo sobre la elección entre métodos de
pro-ducción económicamente alternativos en relación con las variaciones del
tipo de beneficio, y con cuatro apéndices que incluyen el de «Referencias a la
literatura», en el que Sraffa asociaba explícitamente su análisis con el de los
economistas clásicos.
16.8. Crítica del enfoque marginalista
Mientras proponía una teoría de los precios de producción en el
marco de la concepción clásica del funcionamiento de un sistema económico, el
libro de Sraffa ofrecía también los instrumentos para una crítica radical de
los fundamentos de la teoría marginalista del valor y la distribución. En este
aspecto, podemos concentrarnos en dos capítulos: uno sobre el período medio de
producción, y el capítulo final sobre la elección de técnicas.
Antes, sin embargo, necesitamos despejar el camino de un grave
malentendido: la interpretación de la contribución de Sraffa como un aná-lisis
del equilibrio general desarrollado bajo el supuesto de rendimientos constantes
a escala, en el que sería posible explicar los precios concentran-do la
atención en los costes de producción —el lado de la oferta— y pres-cindir del
lado de la demanda, y, por lo tanto, del elemento subjetivo de las preferencias
del consumidor.
Sraffa rechazó explícita y repetidamente —por tres veces en el
prólo-go del libro— la idea de que su análisis requiriera el supuesto de
rendi-mientos constantes. «No surge problema alguno sobre la variación o
cons-tancia de los rendimientos. La investigación se ocupa exclusivamente de
aquellas propiedades de un sistema económico que no dependen de varia-ciones en
la escala de producción o en las proporciones de los “factores”» (Sraffa, 1960,
p. V; p. 11, trad. cast.). Sraffa destacaba inmediatamente des-
Crítica del enfoque marginalista 597
pués que «Este punto de vista, que es el de los antiguos
economistas clási-cos [...] ha sido sumergido y olvidado desde el advenimiento
del método “marginalista”». Entre el enfoque clásico y el marginalista hay
diferencias básicas (sintetizadas por Sraffa, 1960, p. 93, mediante la
oposición entre el «flujo circular» del primero y la «avenida unidireccional»
del último como ilustración del funcionamiento de la economía). Podemos
admitir, sin embargo, con una ambigüedad aparente pero no sustantiva, que los
resultados analíticos alcanzados con respecto a los precios de producción
pueden transponerse al panorama conceptual del enfoque marginalista, de modo
que sirvan como fundamento para una crítica interna de la incohe-rencia lógica
de la teoría marginalista del valor y la distribución. Así pues, Sraffa
reconocía, como se ha recordado antes, que para los lectores educa-dos en la
tradición marginalista puede ser útil el supuesto de rendimien-tos constantes a
escala. Con respecto a tales lectores, efectivamente, los aspectos más
importantes del análisis de Sraffa son los que se refieren a la crítica del
enfoque marginalista tradicional, y tal supuesto nos permite interpretar los
resultados de Sraffa como críticas a la incoherencia lógica interna de la
estructura analítica marginalista. Sin embargo, como teoría de los precios de
producción, y, por lo tanto, como contribución a la reconstrucción del enfoque
clásico, el análisis de Sraffa no implica ningún supuesto que se refiera a los
rendimientos a escala.
Como se indicó antes, los resultados del libro de Sraffa que
pueden utilizarse directamente como fundamento para una crítica de las teorías
marginalistas del valor y la distribución se refieren al período medio de
producción y a la elección de técnicas. El concepto de período medio de
producción había sido propuesto por uno de los representantes más nota-bles de
la escuela austríaca, Böhm-Bawerk (1889), como una medida de la intensidad del
capital de producción, interpretando el capital como «tiem-po de espera» (cf.
más arriba § 11.4). Sraffa demostró que, dependiendo como depende del tipo de
beneficio, el período medio de producción no puede utilizarse para medir la
cantidad del factor de producción capital en el ámbito de una explicación del
tipo de beneficio tomado como precio de este factor (cf. también Garegnani,
1960). De la dificultad ya se había per-catado Wicksell (1901-1906), pero los
exponentes modernos de la escue-la austríaca, incluyendo a Hayek (1931), iban a
volver más adelante a la noción de período medio de producción (cf. más arriba
§ 11.6). También Harrod, en una recensión de Production of commodities by means
of com-
598 Piero Sraffa
modities (Harrod, 1961), siguió defendiendo la teoría austríaca
del valor, pero la breve réplica de Sraffa (1962) basta para dejar claro el
asunto de una vez por todas.18
Con respecto al problema de la elección entre técnicas
alternativas de producción cuando varía el tipo de beneficio, Sraffa (1960, pp.
81-87;
115-122, trad.
cast.) señalaba la posibilidad de un «retrodesplazamien-to de las técnicas»; en
otras palabras, una técnica dada que demuestra ser la más ventajosa para un
tipo de beneficio dado puede ser sustituida por otra técnica cuando aumenta el
tipo de beneficio, pero puede ser de nuevo pre-ferible cuando el tipo de
beneficio aumenta aún más. La consecuencia de este hecho es que aunque se mida
la intensidad de capital de las dos técni-cas (o en otras palabras, la relación
entre las cantidades utilizadas de los dos «factores de producción», capital y
trabajo), la regla general sobre la que descansa la teoría marginalista del
valor es contradictoria. Esta regla toma las variables distributivas, tipo de
salario y tipo de beneficio, como precios de los correspondientes factores de
producción determinados por la «ley» de la demanda y la oferta, de manera que
la cantidad de capital empleada en la producción tiene que disminuir (y la
cantidad de trabajo aumentar) a medida que aumenta el tipo de beneficio (y en
consecuencia disminuye el salario). Con el «retrodesplazamiento de las
técnicas», si esto sucede cuan-do una técnica da paso a otra con un aumento del
tipo de beneficio, suce-de lo contrario cuando la economía pasa nuevamente de
la segunda a la pri-mera tecnología cuando el tipo de beneficio aumenta aún
más.
En torno a esta crítica19 se han producido amplios debates,
mientras que la cuestión decisiva de su relevancia recibía relativamente escasa
aten-
Harrod (1961)
recordaba que para cualquier nivel del tipo de beneficio podemos definir
unívocamente el período medio de producción, aunque en presencia del mecanis-mo
de interés compuesto. Sraffa (1962) replicó que este hecho no basta para
rescatar la teo-ría marginalista de la distribución de la renta basada en el
período medio de producción, dado que incurrimos aquí en un círculo vicioso
lógico: el tipo de beneficio debe ser cono-cido para determinar el período
medio de producción que debe utilizarse, como medida de la intensidad
capitalista de producción, para determinar el tipo de beneficio.
Más o menos
simultáneamente a la publicación del libro de Sraffa, Garegnani
(1960) desarrolló una crítica directa de algunas de las
principales contribuciones teóricas de la tradición marginalista. La
publicación del libro de Sraffa fue seguida de un animado debate. Una primera
escaramuza (Harrod, 1961; Sraffa, 1962), que ya se ha recordado en la nota
anterior, dejó claro que la posibilidad de medir el capital, una vez dado el
tipo de beneficio, no constituía una réplica a las críticas de Sraffa, puesto
que éstas se referían a la
Crítica del enfoque marginalista 599
ción. Frente a lo que muchos parecen considerar, se aplica no
sólo a la fun-ción agregada de producción: un instrumento que continúa
utilizándose, sin embargo, en las diversas versiones de la teoría
macroeconómica domi-nante, desde las teorías del «ciclo real» a los modelos de
generaciones superpuestas (cf. más adelante § 17.5). La crítica de Sraffa se
aplica tam-bién a todos aquellos casos en los que, mientras se es consciente
del hecho de que el capital es en realidad una colección de diversos y heterogéneos
medios de producción, todavía se intenta determinar el tipo de beneficio como
precio de un factor de producción «capital», definido de algún modo (agregado
de valor, «espera», período medio de producción). En particular, la crítica de
Sraffa socava los mismos fundamentos de la idea —crucial para la teoría
macroeconómica marginalista— de que un mer-cado de trabajo competitivo en una
economía cerrada tendería automáti-camente hacia el equilibrio de pleno empleo,
ya que la disminución de los salarios reales que provocaría el desempleo
produciría un aumento de la relación trabajo-capital y, por lo tanto, dada la
dotación de capital, un aumento de la cantidad de trabajo empleado. Éste es un
resultado que ero-siona los mismos fundamentos de prácticamente el conjunto de
la teoría
necesidad, para las teorías marginalistas tradicionales de la
distribución, de medir el capi-
tal independientemente de la distribución de la renta entre
salarios y beneficios (un punto
que Garegnani, 1960, destacó también). Un segundo enfrentamiento
comenzó con el
intento de Samuelson (1962) de representar la función agregada
de producción (ya criti-
cada por Joan Robinson en 1953) como una «parábola» que no
traicionara las caracterís-
ticas esenciales de una economía de mercado; y con el intento de
Levhari (1965) de
demostrar que los problemas planteados por Sraffa (tales como la
posibilidad del «retro-
desplazamiento de las técnicas») se referían sólo a la industria
particular, y no al sistema
económico en su conjunto. Estas proposiciones fueron refutadas
inmediatamente: la de
Samuelson por Garegnani (1970) y Spaventa (1968); la de Levhari
por Pasinetti (1966),
seguido por otros autores; Samuelson (1966) y Levhari (con
Samuelson, 1966) tuvieron
que reconocer lo erróneo de sus tesis. A pesar de ello, en los
años siguientes tuvieron lugar
algunas otras escaramuzas, sin, no obstante, añadir nada
sustancial al debate anterior:
cf., por ejemplo, Gallaway y Shukla (1974); Garegnani (1976a);
Burmeister (1977; 1979);
y Pasinetti (1979a; 1979b). Recordemos que Pasinetti (1969)
criticó el recurso por parte
de Solow (1963; 1967), a la noción fisheriana de tasa de
rendimiento, considerada por el
mismo Solow como «el concepto central de la teoría [neoclásica]
del capital», puesto que
se suponía que era un índice de la «cantidad de capital»
definible independientemente del
tipo de beneficio y, por lo tanto, utilizable para explicar este
último; para la discusión pos-
terior a las críticas de Pasinetti, cf. en particular Solow
(1970); Pasinetti (1970); Dougherty
(1972); y Pasinetti (1972). Para una reseña de estos debates,
cf., por ejemplo, Tiberi
(1969); Harcourt (1969; 1972); y Kurz y Salvadori (1995).
600 Piero Sraffa
macroeconómica contemporánea, que se basa en el supuesto de una
rela-ción inversa entre el tipo de salario real y el nivel de empleo.
Considerando un panorama general de la obra de Sraffa, podemos
verla como la suma de tres partes: la reconstrucción de la naturaleza real del
enfoque clásico con su edición de las obras de Ricardo; la crítica de la teoría
marginalista, sea en la versión marshalliana (con los artículos de 1925, 1926 y
1930) o en la versión macroeconómica de Hayek (con el artículo de 1932), o
basada en una teoría del capital como factor de pro-ducción (con el libro de
1960 y la réplica a Harrod de 1962); finalmente, un análisis del valor y la
distribución que es analíticamente coherente y que hunde sus raíces en la
concepción clásica del funcionamiento del sis-tema económico. En lo que a este
último elemento se refiere, podemos añadir que diversos elementos nos llevan a
pensar que esta nueva pro-puesta de la teoría clásica debe desarrollarse de
modo que tenga en cuen-ta la contribución keynesiana.20
Así pues, con su investigación Sraffa perseguía el objetivo de
favore-cer un cambio radical del camino seguido por la ciencia económica:
salir-se de la tradición marginalista, a favor de una vuelta a la tradición
clásica. Sraffa, solo, aportó todas las indicaciones necesarias para perseguir
tal objetivo: revivió el enfoque clásico, liberándolo de las interpretaciones
erróneas que le habían añadido las lecturas marginalistas; proporcionó una
solución lógicamente coherente al problema de los valores de cambio al que
Ricardo —y después de él, Marx— había dado una respuesta insufi-ciente,
constituyendo una de las causas que llevaron al abandono del marco clásico y al
ascenso del enfoque marginalista; y demostró que a este problema el enfoque
marginalista ofrecía una solución que sólo aparente-mente era más «científica»,
pero que en realidad estaba viciada en sus fun-damentos en lo que a la teoría
del valor y la distribución se refiere.
Dos elementos
en particular hay que destacar en este aspecto. Primero, el abando-no del
enfoque basado en la comparación entre oferta y demanda para la determinación
simultánea de los precios y cantidades de equilibrio nos permite separar como
cuestiones analíticas distintas la determinación de los precios de producción y
la determinación de los niveles de actividad; esto abre el camino a una
explicación keynesiana basada en la noción de demanda efectiva para esta última
cuestión. El segundo elemento es la referencia crípti-ca de Sraffa (1960, p.
33) a la influencia del tipo de interés en el tipo de beneficio, con la que
Sraffa indicaba la importancia de los factores monetarios y fiscales para la
evolución de la economía real, a saber, uno de los principios más destacables
del enfoque keynesiano.
Las escuelas sraffianas 601
16.9. Las escuelas sraffianas
Por razones de espacio no es posible ilustrar aquí el trabajo
realizado por muchos economistas en la estela de la contribución de Sraffa
(para una reseña, cf. Roncaglia, 1990a). Sólo podemos mencionar unos pocos
ele-mentos. Este trabajo sigue inicialmente tres líneas distintas de
desarrollo, correspondientes a las tres vías principales de la investigación de
Sraffa. Tenemos, primero, una serie de investigaciones sobre la historia del
pen-samiento económico, contribuyendo a una reconstrucción de la naturale-za
exacta del enfoque clásico y de sus diferencias con respecto al enfoque
marginalista.21 En segundo lugar, tenemos los debates respecto a la teoría
marginalista del valor y del capital,22 y las críticas al enfoque marginalista
en los distintos campos de investigación económica, como la teoría pura del
comercio internacional.23 Finalmente, tenemos el desarrollo analítico y la
transposición en términos matemáticos rigurosos del análisis sraffiano de los
precios de producción.24
El trabajo de Sraffa es también, directa o indirectamente, el
origen de diversas contribuciones a la reconstrucción de la economía política
que han seguido diferentes vías. En aras de la simplicidad, podemos distinguir
tres orientaciones principales, que por facilidad de exposición asociaremos con
los nombres de tres notables representantes del enfoque clásico: Smith, Ricardo
y Marx.
La
reconstrucción «ricardiana» de Pasinetti
Podemos considerar que el primer desarrollo amplio del análisis
de Sraffa es el que propuso particularmente Pasinetti en una serie de escritos
que culminaron en su volumen Structural change and economic growth [Cambio
estructural y crecimiento económico] (1981).
La principal referencia de Pasinetti es al análisis ricardiano.
En el terreno metodológico Pasinetti sigue los principios de la deducción
lógica,
Cf. por
ejemplo, Dobb (1973); Roncaglia (1977); y Bharadwaj (1978). El presen-te libro
también va en esta dirección.
Cf. más arriba,
nota 19.
Parrinello
(1970); Steedman (1979).
Lippi (1979);
Schefold (1989); Kurz y Salvadori (1995).
602 Piero Sraffa
dejando a las referencias históricas un papel puramente
ilustrativo: de manera semejante a Ricardo, y en directa oposición a la
predilección de Smith por las generalizaciones históricas en cuanto opuestas al
análisis por medio de modelos. Además, el «modelo» de Ricardo fue objeto de un
conocido ensayo (Pasinetti, 1960) que puede considerarse como el punto de
partida ideal para el desarrollo de su modelo de crecimiento (Pasinetti, 1965).
Este último incorporaba la formulación de Pasinetti (1962) de la teoría
poskeynesiana de la distribución, conectando la distribución de la renta entre
salarios y beneficios con el nivel de inversión, una vez dadas las propensiones
a ahorrar de trabajadores y capitalistas y la tasa de creci-miento. A
continuación, el desarrollo de la teoría de los sectores integra-dos
verticalmente (Pasinetti, 1973) constituía un paso analítico decisivo para
pasar del análisis sraffiano de las relaciones entre los precios relativos y la
distribución de la renta al análisis del crecimiento económico. El texto
Lectures on the theories of production (Pasinetti, 1975) puede, pues, ser
con-siderado también como una reinterpretación de la historia del pensamien-to
económico, especialmente de la historia reciente (Sraffa, Leontief, von
Neumann). Este conjunto de escritos contribuyó a proporcionar la base para una
concepción específica de la naturaleza y del papel de la ciencia económica: una
concepción que no puede considerarse como opuesta a la que está implícita en
los escritos de Sraffa, pero que tampoco puede iden-tificarse con esta última,
ni deducirse lógicamente de ella.
El propósito de Pasinetti (1981, p. 19) era «construir una
teoría que unificase las nuevas contribuciones a la economía»: Keynes y
Kalecki, teo-rías de la empresa, Leontief y Sraffa, teorías del ciclo, el
modelo Harrod-Domar y las teorías poskeynesianas de la distribución de la
renta. Tal teo-ría unificadora tenía su pilar principal «no en el capricho y
avaricia de la Naturaleza, sino en el progreso e ingenio del Hombre», esto es,
en el enfo-que clásico interpretado como una concepción de la reproductibilidad
(ibíd., p. 23).25
Partiendo de esta base Pasinetti (ibíd., p. 28) quería
desarrollar «una teoría que permanezca neutral con respecto a la organización
institucional de la sociedad», concentrando la atención en las «características
“primarias
Cf. Roncaglia
(1975), pp. 5-7 y 124-126, sobre los límites de esta interpretación de los
enfoques marginalista y clásico.
Las escuelas sraffianas 603
y naturales”» del sistema económico, entendiendo por tales «las
condicio-nes bajo las cuales puede crecer beneficiándose de la explotación de
todas sus posibilidades potenciales» (ibíd., p. 25). Se utilizaba un modelo de
cre-cimiento no proporcional basado en el supuesto de pleno empleo para
identificar tales condiciones, interpretadas como «requisitos necesarios para
el crecimiento de equilibrio» (ibíd., p. 25). Específicamente, en cualquier
sector integrado verticalmente el tipo «natural» de beneficio —que es dis-tinto
de un sector a otro— debe ser tal que asegure un volumen de benefi-cios igual
al valor «de equilibrio» de las inversiones, esto es, al volumen de inversiones
requerido para aumentar la capacidad productiva a una tasa igual a «la tasa de
crecimiento de la población» más «la tasa de aumento de la demanda per cápita
para cada bien de consumo» (ibíd., p. 130). Para explicar los cambios a lo
largo del tiempo en la estructura de demanda, Pasinetti se refirió a la «ley de
Engel», evitando así cualquier referencia a ele-mentos subjetivos tales como
mapas de utilidad y preferencias de los con-sumidores. El aumento de la renta
per cápita y de la demanda correspon-de, en equilibrio, al aumento del producto
per cápita debido al progreso técnico (que puede producirse a distinto ritmo en
los diferentes sectores).
En este contexto la noción de equilibrio adquiere un significado
nor-mativo, relacionado con el supuesto del pleno empleo de la fuerza de
traba-jo disponible y de la plena utilización de la capacidad productiva (cf.
tam-bién ibíd., pp. 96-97, donde el equilibrio «dinámico» corresponde a las
condiciones que permiten la continuidad del pleno empleo a lo largo del
tiempo). En otras palabras, el análisis de Pasinetti se concentró en lo que
ocurriría para asegurar el pleno empleo, no en el comportamiento real de un
sistema económico necesariamente ligado a unas instituciones específicas.
Desde este punto de vista se examinaba la cuestión de las
relaciones entre el corto y el largo plazo: «la misma naturaleza del proceso de
cre-cimiento a largo plazo requiere una dinámica estructural que lleva a
difi-cultades en el corto plazo». De aquí la sugerencia metodológica «de
seña-lar, primero, la dinámica estructural fundamental que debe tener lugar, y,
después, de intentar facilitarla» (ibíd., pp. 243-244): una sugerencia que
tendía a afirmar la prioridad del análisis normativo.
Evidentemente, esto no significa negar la posibilidad y utilidad
de un análisis directo de las cuestiones a corto plazo, y más generalmente de
la manera —ciertamente no óptima— de funcionar las economías concretas.
604 Piero Sraffa
De hecho, diversas indicaciones en Pasinetti (ibíd.,
especialmente los cuatro capítulos últimos) apuntan en esta dirección. Pero no
existe ninguna duda de que, en comparación con el análisis normativo a largo
plazo que se trató antes, tales indicaciones están bastante menos
desarrolladas: parecen consti-tuir para Pasinetti una segunda etapa de
análisis, posterior a la decisiva pri-mera etapa que era objeto de un análisis
formal sistemático en su obra.26
La
reconstrucción «marxiana» de Garegnani
Algunos economistas están convencidos de que la manera
potencial-mente más fructífera de seguir la reconstrucción de la economía
política clásica a lo largo de las líneas iniciadas por Sraffa consiste en
llevar a un primer plano la visión de Marx. Como afirmó Garegnani (1981, p.
113), «un renacimiento del enfoque teórico de los economistas clásicos no puede
[...] tener lugar sin partir del punto de desarrollo más elevado que tal
enfo-que experimentó en el pasado: el punto que alcanzó con Marx».
Naturalmente, el Marx que se vuelve a proponer era un Marx
especí-fico: no necesariamente una parodia, como muchos marxistas ortodoxos
sostuvieron (cf., por ejemplo, Medio, 1972), sino ciertamente un Marx en el que
se destacaban algunos elementos, mientras que a otros —aunque indudablemente
presentes en sus escritos, como la dialéctica materialis-ta— se les quitaba
importancia. Asimismo, la propia contribución analíti-ca de Sraffa no podía
dejar intacta en su integridad la visión de Marx (en el más amplio sentido del
término).27
Sobre los
límites de este enfoque (el carácter normativo del análisis, la naturaleza
exógena del progreso técnico, la exclusión del análisis del papel de las formas
de mercado y de los factores monetarios y financieros, así como del papel de
los elementos del «corto plazo» en la evolución a «largo plazo»), cf. Roncaglia
(1990a), pp. 207-209.
Por ejemplo, el
uso de los instrumentos analíticos sraffianos muestra que la «ley de la
tendencia decreciente del tipo de beneficio» marxiana queda desprovista de
validez gene-ral (cf. Steedman, 1977, cap. 9); la cuestión se debatió en
diversos artículos reunidos en Screpanti y Zenezini, 1978). Además, contra lo
que afirmaron varios autores (Meek, 1961; Medio, 1972; Eatwell, 1975b), la
mercancía patrón no constituye el instrumento analíti-co capaz de relacionar el
mundo de los valores-trabajo con el mundo de los precios de pro-ducción (cf.
Roncaglia, 1975, pp. 76-79); la cuestión ampliamente debatida de la
«trans-formación de valores-trabajo en precios de producción» (para una
historia de la cual cf. por ejemplo, Vicarelli, 1975) se resolvió, a la luz de los
resultados analíticos de Sraffa, conclu-yendo que en general los resultados a
los que se llegaba en términos de valores-trabajo no pueden ser confirmados por
un análisis realizado en términos de precios de producción (cf. en particular,
Steedman, 1977).
Las escuelas sraffianas 605
El núcleo analítico común a los economistas clásicos, a Marx y a
Sraf-fa, fue localizado por Garegnani (cf. en particular Garegnani, 1981 y
1984) en el conjunto de relaciones referentes a los precios de producción y a
las variables distributivas que analizó Sraffa (1960). Dicho con mayor
precisión,
las teorías del excedente tienen […[ un núcleo que está aislado
del resto del aná-lisis porque el salario, el producto social y las condiciones
técnicas de produc-ción aparecen como ya determinadas. Es en este «núcleo»
donde se encuentra la determinación de las partes distributivas distintas del
salario, como un residuo: una determinación que […] implica la determinación de
los valores relativos de las mercancías. Además, como una extensión natural de
esto, encontraremos en el «núcleo» un análisis de las relaciones entre, por un
lado, el salario real, el pro-ducto social y las condiciones técnicas de
producción (las variables indepen-dientes) y, por otro lado, las partes
distributivas distintas de los salarios, que constituyen el excedente, y los
precios relativos (las variables dependientes).28
El núcleo analítico que Marx compartió con los economistas
clásicos y con Sraffa se toma como fundamento sobre el cual descansa al
desarro-llar el análisis en distintas direcciones, correspondientes a los
elementos considerados como datos exógenos en el libro de Sraffa (distribución
de la renta, niveles de producción y empleo, tecnología).
Sin embargo, se destaca que el análisis de las relaciones
internas al núcleo y el de las externas a él constituyen «etapas lógicas
diferentes» (Garegnani, 1984, p. 297), y que la naturaleza del análisis es
sustancial-mente diferente en los dos casos. Garegnani (1990) caracterizó esta
dife-rencia de forma clara. Señaló una «distinción entre dos campos de
análi-sis: un campo en el que pueden postularse relaciones cuantitativas
generales de una forma suficientemente definida», es decir, el «núcleo»; «y otro
campo en el que las relaciones en la economía son tan complejas y
Garegnani
(1981), pp. 13-14. La noción del núcleo está conectada con el «método de las
posiciones a largo plazo», consideradas como centros de gravedad de la
economía: cf. Garegnani (1976b). Hay que destacar dos notas de cautela. En
primer lugar, junto con las relaciones consideradas internas al núcleo, las
variables en consideración (tanto las depen-dientes como las independientes)
también pueden estar conectadas por otras relaciones, que «se dejan a un
análisis fuera del “núcleo”» (Garegnani, 1984, p. 297). En segundo lugar, la
noción de un núcleo de las teorías del excedente permanece sustancialmente
inva-riable cuando el tipo de beneficio sustituye al salario como variable
distributiva indepen-diente que se determina exógenamente, esto es, fuera del
núcleo (Garegnani, 1984, pp. 321-322); la importancia de esta modificación fue
destacada en Roncaglia (1975, 1990a).
606 Piero Sraffa
variables según las circunstancias, que no permiten las
relaciones cuantita-tivas generales de una forma suficiente definida», es
decir, el resto de la teoría económica: «Las relaciones que pertenecen a este
segundo campo tienen que estudiarse, por consiguiente, en su multiplicidad y
diversidad según las circunstancias».29
La
reconstrucción «smithiana» de Sylos Labini
Sylos Labini desarrolló una interpretación «smithiana» de los
aspectos centrales de la economía política clásica en una larga serie de
escritos (véase, en particular, Sylos Labini, 1954, 1956, 1972, 1974, 1976,
1983, 1984, 2000). En estos escritos Sylos Labini situó en el centro del
progra-ma de reconstrucción de la economía política clásica iniciado por Sraffa
el papel de las formas de mercado en su interacción con la división del
tra-bajo y el proceso de acumulación. Esto significa poner en el centro del análisis
una cadena causal que viene de Smith, más que de Ricardo o Marx: la cadena
causal que va de los cambios en la división del trabajo (o, más
específicamente, de los cambios tecnológicos) a los cambios que se producen a
lo largo del tiempo en las formas de mercado y, de ahí, en el ritmo de la
acumulación. Los desarrollos en la distribución de la renta se hacen depender,
pues, de estos elementos, junto con los aspectos relativos a la política
pública y al marco político-institucional. De este modo, mien-tras la noción de
excedente conserva un papel central en el análisis econó-mico, las relaciones
funcionales que conectan los precios de producción y la distribución de la
renta pierden su papel como pilar central de la teori-zación económica.
Dicho con carácter más general, la visión de Smith de un proceso
de desarrollo caracterizado por elementos positivos y negativos, pero
funda-mentalmente positivos, y condicionado por reformas institucionales
(des-de la eliminación de barreras aduaneras a la educación elemental gratuita)
volvió a ser propuesta por Sylos Labini como alternativa, si no en oposi-ción,
a la concepción marxiana tradicional de un empeoramiento progre-sivo del
capitalismo (ley de la miseria creciente, proletarización, tendencia
Garegnani
(1990), pp. 123-124; las expresiones utilizadas son más cautelosas en la forma,
pero no en la sustancia, que las utilizadas en el texto original distribuido
con oca-sión de la Conferencia de Florencia en 1985. Para la crítica de esta
distinción, cf. Ronca-glia (1990a), pp. 209-211 y (1990b).
Las escuelas sraffianas 607
decreciente del tipo de beneficio) hasta el inevitable
hundimiento y la ine-ludible salida revolucionaria.30
Al tratar estas cuestiones, está claro que el problema de la
relación entre precios de producción y distribución de la renta, que ocupaba el
cen-tro del análisis de Sraffa, constituye un nudo crucial —de hecho, el nudo
crucial— en la construcción de un sistema teórico basado en la noción de
excedente. Sin embargo, no constituía para los economistas clásicos, y no tiene
que constituir en la actualidad, el principal objetivo de la investiga-ción
económica. Tal objetivo debe localizarse, más bien, en la «riqueza de las
naciones» y en los factores que determinan su desarrollo en el tiempo y en los
diferentes países, especialmente la distribución de la renta y de la riqueza (y
—lo que también se olvida con frecuencia— la distribución del poder, que
también tiene que ver con el papel de las formas de mercado) entre los
distintos grupos de agentes económicos. En otros términos, para volver a
proponer una interpretación «clásica» del desarrollo de los siste-mas
económicos en los que vivimos no es suficiente «construir sobre» el análisis
desarrollado por Sraffa en Production of commodities by means of commodities:
ni en el sentido de extender gradualmente un modelo básico formal, ni en el
sentido de extender gradualmente un núcleo analítico res-tringido de relaciones
causales.
La conexión entre las diferentes líneas de investigación que
contri-buyen a la reconstrucción de la economía política clásica (y, en
particu-lar, la conexión entre dos líneas de investigación como la que se ocupa
de la relación entre precios relativos y distribución de la renta y la que
tra-baja sobre las formas de mercado) debe fundarse en la referencia a un marco
conceptual común: la representación de la economía como un proceso circular,
centrado en las causas que hacen posible la producción del excedente y
determinan su distribución entre las distintas clases socia-les y los
diferentes sectores de la economía y su utilización. Pero dentro de este marco
conceptual común es posible distinguir toda una serie de cuestiones analíticas,
que evidentemente están relacionadas entre sí, pero que pueden afrontarse mejor
si se las analiza por separado (aunque sin
Esta oposición
es particularmente clara en los escritos de Sylos Labini sobre clases sociales
(1974) y subdesarrollo (1983).
608 Piero Sraffa
perder de vista —«en la trastienda de nuestra mente», como dijo
Key-nes— sus interconexiones). La «separabilidad analítica» de las diferentes
cuestiones (propuesta en Roncaglia, 1975, cap. 7, como una posible
interpretación del método implícito en Sraffa, 1960) abre, por lo tanto, el
camino a la utilización de distintas áreas de análisis para tratar las
dife-rentes cuestiones analíticas.
Por ejemplo, Sylos Labini (1956) revivió la concepción clásica
de las formas de mercado, basada en la dificultad de entrada de nuevas empresas
en un sector, más que en el número de empresas presentes en ese sector, y
analizó los factores que determinan las «barreras de entrada» con las que se
enfrentan las nuevas empresas. Tales factores eran vistos como determi-nantes
de una desviación del tipo de beneficio del sector respecto del tipo de
beneficio «básico» que predominaría en condiciones de libre compe-tencia, es
decir, en el caso de una libertad ilimitada de entrada. Tal análi-sis de las
formas de mercado es claramente compatible con la idea de una tendencia a un
tipo uniforme de beneficio en el caso de libre competencia en todos los
sectores de la economía, y, por lo tanto, es compatible con el análisis de
Sraffa: en comparación con el supuesto de un tipo uniforme de beneficio, la
introducción de formas de mercado no competitivas puede considerarse como una
«segunda aproximación». Sin embargo, el objetivo del análisis (a saber,
localizar los factores que determinan el tamaño de las barreras de entrada en
los distintos sectores de la economía) puede perse-guirse independientemente de
un análisis como el que se presenta en Sraf-fa (1960). Entre otras cosas, un
vínculo demasiado directo entre las dos líneas de análisis podría limitar el
horizonte de estudio de las barreras de entrada a la determinación de las
diferencias sectoriales del tipo de bene-ficio, puesto que éstas representan el
vínculo formal que conecta el análi-sis de las formas de mercado con el
análisis de la relación entre precios naturales y distribución de la renta. Por
el contrario, junto con las dife-rencias sectoriales del tipo de beneficio y
posiblemente de forma más importante, el análisis de las formas de mercado
arroja luz sobre cuestio-nes tales como la influencia de las barreras de
entrada en el ritmo del cam-bio tecnológico, en el ritmo de la acumulación y en
la distribución de la renta (especialmente, cuando la naturaleza de las barreras
de entrada y su tamaño son diferentes en los distintos sectores de la economía:
cf. Sylos Labini, 1956, 1972, 1984).
Las escuelas sraffianas 609
En la situación actual de la investigación económica, sostener
que esta corriente de investigación abre el camino a la reconstrucción de una
eco-nomía política clásica es claramente una apuesta. Sin embargo, la apuesta
puede no ser excesivamente arriesgada. Dicho con carácter más general,
seguramente es difícil prever qué desarrollos tendrán las diferentes
corrien-tes de investigación que se han ilustrado en este apartado; de todos
modos, su variedad da testimonio de la vitalidad y atractivo del proyecto de
inves-tigación iniciado por Sraffa, que tal vez no ha sido asimilado por
comple-to en el debate contemporáneo.
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17. LA ÉPOCA DE LA FRAGMENTACIÓN
17.1. Introducción
A lo largo de los cincuenta últimos años, más o menos, hemos
pre-senciado una fragmentación de la teoría económica. La investigación se ha
ramificado en diferentes direcciones, y sus mismos fundamentos —méto-dos y
técnicas de análisis, conceptos cruciales y supuestos simplificadores,
problemas centrales— han experimentado una amplia diversificación. Esto ha
llevado a una división del trabajo entre grupos esencialmente autó-nomos de
economistas que a menudo ignoran, o, en cualquier caso, no tienen en cuenta en
su propia actividad, lo que sucede en otras áreas de investigación. Esta
tendencia se ha visto reforzada por el elevado nivel de los detalles técnicos
que, junto con la diversificación en las técnicas de aná-lisis, hacen que los
estudios requeridos por cualquier campo de investiga-ción dado sean cada vez
más específicos y consuman más tiempo. Por ejemplo, las nuevas teorías
evolucionistas de la empresa no tienen ningu-na relación con la investigación
sobre los fundamentos microeconómicos de la macroeconomía; sería muy difícil
encontrar un terreno común entre la investigación sobre la evolución
institucional de los mercados financie-ros y la llamada «nueva teoría del
crecimiento» que trata de hacer que la propia teoría considere endógeno el
progreso técnico. Los economistas se especializan cada vez más y limitan
progresivamente sus lecturas y sus con-tactos profesionales a investigadores
que trabajan en el mismo campo y persiguen una orientación investigadora
similar; se crea un número cre-ciente de revistas especializadas y sociedades
profesionales; el mismo pro-ceso de selección académica favorece la
fragmentación de los economistas en corporaciones separadas.
612 La época de la
fragmentación
Por lo tanto, en esta situación es muy difícil elaborar una
ilustración razonablemente equilibrada y completa de las diferentes corrientes
de investigación económica. El camino que seguiremos no sólo adolecerá de
muchas omisiones, sino que también padecerá el hecho de que las contri-buciones
más recientes no hayan sido sometidas todavía al habitual pro-ceso de selección
a través de debates que todavía están en curso; en conse-cuencia, la
importancia relativa atribuida a las distintas corrientes de investigación
depende de la valoración subjetiva de este autor (y de cierta aleatoriedad en
sus lecturas) en mayor grado que en el caso de los capítu-los anteriores.
El intervalo de tiempo considerado en este capítulo cubre más o
menos los últimos cincuenta o sesenta años. Algunos aspectos de este perí-odo
ya se han considerado en los últimos capítulos, dedicados a los eco-nomistas
más grandes de la segunda mitad del siglo XIX y de la primera mitad del XX: en
los últimos apartados de dichos capítulos ya hemos hecho alusión a los
desarrollos más recientes de las corrientes de investigación que allí se han
considerado. Estos elementos se recordarán ahora, junto con aspectos que aún no
se han tratado en los capítulos anteriores, en el contexto de un breve examen
del debate económico contemporáneo.
Empezamos por considerar, en el apartado siguiente, los
recientes desarrollos de la teoría del equilibrio económico general, que ya se
esbozó más arriba (§ 12.7). En su pretendida generalidad, el proyecto de
cons-trucción de una teoría microeconómica axiomática es presentado por sus
proponentes como un requisito previo necesario para cualquier otro campo de
investigación. Así pues, en cada caso concreto habría que aña-dir las
especificaciones adecuadas (tales como la hipótesis de información asimétrica)
para tratar los problemas que surgiesen en las distintas ramas de la economía.
Este propósito metodológico es más claro en unos casos que en
otros, tanto menos cuanto más nos apartamos del núcleo tradicional de la teoría
marginalista del valor. En todo caso, pronto surgen límites que parece
imposible superar. La dificultad crucial es la contradicción existente entre la
necesidad de coherencia lógica y la de realismo. Ya de por sí, el análisis del
equilibrio económico general implica supuestos cruciales que son cla-ramente
irreales, tales como el del vaciamiento del mercado (el equilibrio exacto entre
oferta y demanda) como mecanismo fundamental en el fun-
Introducción 613
cionamiento de los mercados, o el de la ausencia de intercambios
fuera del equilibrio, o el de la integridad de los mapas de preferencia del
consumi-dor, o el de la convexidad de la frontera tecnológica. Por lo tanto,
cuando abordamos un campo particular de análisis, es necesario introducir otros
supuestos, a fin de especificar correctamente el modelo teórico. Ante todo, se
necesitan supuestos simplificadores si el modelo tiene que dar solucio-nes
definidas. De éstas, la más común consiste en volver a modelos de una sola
mercancía (lo cual es característico, como veremos, en la corriente principal
de la macroeconomía) o a la cláusula marshalliana de ceteris pari-bus y al
análisis del equilibrio parcial.
Teniendo presentes estas dificultades, examinaremos —de nuevo
bre-vemente— algunos ámbitos de investigación. Primero, en el § 17.3,
con-sideraremos la teoría de la empresa de Coase, que constituye el punto de
partida de las llamadas «nuevas teorías de la empresa». Este enfoque des-cansa
en la existencia de ámbitos que se caracterizan por elevados costes de
transacción, lo que favorece la adopción de la organización jerárquica
pre-valeciente en la empresa; y viceversa, los mercados prevalecen cuando los costes
de transacción resultan más bajos que los costes de la dirección cen-tralizada
de la actividad productiva. En cualquier caso, la moderna teoría de la empresa
es un campo variado, en el que también encontramos las teorías relativas a la
separación entre la propiedad y el control, y las moder-nas teorías de las
formas de mercado, desde la teoría del oligopolio de Bain y Sylos Labini,
basada en las barreras de entrada en un mercado, hasta la teoría de los
mercados accesibles de Baumol, basada en los costes de inmo-vilizado.
Después examinaremos, en el § 17.4, un grupo de «teorías
neoinsti-tucionales» que abordan el problema de los microfundamentos de las
ins-tituciones económicas. En este enfoque las instituciones se conciben como
una respuesta racional que da el mercado a las imperfecciones siempre
pre-sentes en el mundo real (que consisten principalmente en los costes de
transacción y en la información asimétrica). Este enfoque es completa-mente
diferente del de las teorías evolucionistas o históricas, en el que —como en
Adam Smith— las instituciones se consideran resultado de un proceso histórico.
En este campo, se ha recurrido ampliamente a la teoría de juegos (a la que
volveremos en el § 17.8), con un predominio de los juegos de un solo intento,
en el caso de las teorías neoinstitucionales, y de
614 La época de la
fragmentación
los juegos repetidos, en el caso de las teorías evolucionistas.
En ambos casos, las instituciones muestran la preponderancia del comportamiento
cooperativo sobre el comportamiento no cooperativo.
El debate sobre la teoría macroeconómica toma un camino
sustan-cialmente diferente. Incluso cuando hablamos de fundamentos
microeco-nómicos de la macroeconomía, de hecho, la relación con la teoría del
equi-librio general tiene un carácter espurio. La simplificación sobre la que
descansan las corrientes principales de la investigación (desde el moneta-rismo
de Friedman hasta la teoría del ciclo real de Lucas, o los modelos de
generaciones sobrepuestas utilizados, por ejemplo, en los recientes debates sobre
sostenibilidad de la deuda pública) implica, de hecho, un mundo de una sola
mercancía, y, por lo tanto, —aunque a menudo los investigado-res en este campo
distan mucho de tenerlo claro— apunta en una direc-ción opuesta a la del
proyecto de investigación walrasiano. Explícitamen-te externas a él, por
supuesto, son las corrientes de investigación que parten directamente de las
ideas originales de Keynes.
La teoría moderna del crecimiento, examinada en el § 17.6, tenía
tam-bién un carácter esencialmente agregado desde el modelo fundamental de
Solow. Los intentos para introducir el progreso técnico endógeno y los
ren-dimientos crecientes a escala violan —también en este caso, a menudo sin
que los investigadores que trabajan en dicho ámbito sean conscientes de tal
defecto básico— la coherencia microeconómica del modelo, aunque la ver-sión de
Romer ha sido acogida favorablemente, como una supuesta supe-ración de los
límites tradicionales de la teoría neoclásica. Paradójicamente, la formulación
original del problema dinámico propuesto por Harrod, aunque se basaba de forma
explícita en variables agregadas, se mantiene abierta a desarrollos que no se
limitan al mundo de una sola mercancía, como lo demuestra, por ejemplo, el
modelo de Pasinetti.
La macroeconomía y la teoría del crecimiento son casos
ejemplares de una retirada teórica inducida por el deseo de lograr modelos
adecuados para el análisis empírico, que están prosperando favorecidos por los
desa-rrollos en la recogida de datos estadísticos y más recientemente en la
infor-mática, pero también en la contabilidad nacional y en la econometría.
Estos aspectos son objeto de una breve digresión en el § 17.7. Después, en el §
17.8, consideraremos el uso en el campo económico de algunas téc-nicas de
análisis desarrolladas en el campo colateral de las matemáticas
La microeconomía del equilibrio económico general 615
aplicadas: la teoría de juegos repetidos, la teoría de procesos
estocásticos, la teoría del caos. En este último caso, los resultados parecen
favorecer diferentes orientaciones de investigación a partir de las que se
basan en la noción tradicional de racionalidad (y de maximización de una
función objetivo por los agentes económicos individuales), sobre la cual
también descansa la teoría del equilibrio económico general. Así pues, tenemos,
por ejemplo, las ideas sobre la path dependence (dependencia del camino
elegi-do) en los nuevos análisis del cambio tecnológico.
El debate sobre las diferentes nociones posibles de racionalidad
nos lleva a una serie de otras corrientes de investigación. Algunas de ellas
(que se examinan en el § 17.9) tratan cuestiones centrales de la evolución de
las sociedades modernas: ética y nuevo utilitarismo, crecimiento y desarrollo
sostenible, democracia económica y globalización. En tales campos situa-dos en
la frontera con otras ciencias sociales, los economistas que dejan a su espalda
el aparato de las teorías del equilibrio ofrecen una variedad de contribuciones
útiles para entender las sociedades contemporáneas y para desarrollar y
extender la teoría económica.
17.2. La microeconomía del equilibrio económico general
Ya hemos visto, en el § 12.6, que en los años cincuenta se
desarrolla-ba una formulación axiomática de la teoría del equilibrio económico
gene-ral, con el llamado modelo de Arrow-Debreu. Recordemos ahora breve-mente
algunos aspectos de este proyecto de investigación y las líneas de evolución
que muestra en la etapa más reciente.
La formulación axiomática de la teoría del equilibrio económico
general tiene un núcleo analítico que se compone de pocos supuestos. Hay un
número dado de agentes económicos y un número dado de mercan-cías. Las
dotaciones iniciales de los agentes económicos y sus preferencias se toman como
dadas, suponiéndose que las preferencias son convexas (lo cual equivale, en
nuestro contexto, al postulado de la utilidad marginal decreciente). Además,
algunas reglas de juego se suponen dadas: esencial-mente, un precio para cada
mercancía. Sobre la base de tales datos y supuestos, el problema consiste en
determinar el conjunto de relaciones de intercambio que surge de la interacción
entre los diversos agentes, cuando ellos tratan de mejorar su posición por
medio del intercambio.
616 La época de la
fragmentación
Definido rigurosamente, el problema es puramente formal:
establecer si (y en qué condiciones) existen soluciones, si (y en qué
condiciones) tales soluciones son únicas y estables, y encontrar un algoritmo
para determi-narlas.1 Por lo tanto, se superpone una interpretación —que, de
hecho, ya está implícita en la elección de la terminología (agentes económicos,
mer-cancías, preferencias)— al problema formal: la teoría se presenta, pues,
como representativa de los mecanismos de un mercado competitivo. Esta interpretación
abre paso a la consideración de cuestiones adicionales, extendiendo el esquema
original por medio de la redefinición de los con-ceptos básicos y/o la
introducción de supuestos adicionales.
Por ejemplo, como se sugirió más arriba (§ 12.6), la noción de
bien económico puede extenderse para incluir bienes «fechados» y
«contingen-tes»: una mercancía con unas características físicas específicas,
por ejemplo acero de una calidad especial, se considera como tantos bienes
diferentes como posibles fechas de entrega (dando origen de este modo a otros
tan-tos mercados a plazo), y como «posibles estados del mundo» (por ejemplo,
distintas condiciones en las relaciones de política internacional). Así pues,
tenemos modelos de equilibrio intertemporal, que tratan de bienes «fecha-dos»,
y modelos de equilibrio con mercados contingentes: la simple rede-finición de
un concepto abre nuevas perspectivas al análisis.2
Otro desarrollo del modelo básico, que ya propuso Walras (cf.
más arriba § 12.2), consiste en introducir la posibilidad de procesos
producti-vos, que transforman los bienes originalmente disponibles en otros
bienes: entonces es necesario introducir entre los datos del problema las
«funcio-nes de producción» (que generalmente se suponen cóncavas, de acuerdo
con el postulado de la productividad marginal decreciente). También es
necesario, a nivel conceptual, atribuir a los agentes económicos un papel
Para tratar el
problema de estabilidad es evidentemente necesario introducir supuestos de
comportamiento del sistema fuera de la situción de equilibrio: por ejemplo,
suponiendo que si para una mercancía dada la oferta supera a la demanda, su
precio tiene que disminuir. De hecho, sólo puede garantizarse la estabilidad
con supuestos muy res-trictivos: para un examen de la cuestión, cf. Hahn
(1982b). Sobre las dicotomías estática-dinámica y estabilidad-inestabilidad,
cf. Weintraub (1991).
2 Por ejemplo, los mercados de distintos «estados del mundo»
referidos a una varia-ble dada, permaneciendo sin cambios todo lo demás, pueden
interpretarse como mercados que determinan las primas de seguro ante
contingencias específicas.
La microeconomía del equilibrio económico general 617
adicional: el de coordinadores del proceso productivo, que
buscan opor-tunidades de ganancia adquiriendo medios de producción y vendiendo
los productos.
A lo largo del tiempo, la corriente de investigación sobre el
equilibrio económico general ha usado diferentes instrumentos analíticos: el
cálculo diferencial utilizado por los primeros teóricos de la revolución
marginalis-ta, después la topología desde los años veinte; en los cincuenta la
teoría de juegos entró en escena y se impuso gradualmente.3 La ventaja de esta
últi-ma es que contempla las interacciones entre los agentes económicos:
mientras que en la teoría tradicional cada agente económico, al tomar sus
decisiones, considera las de los demás como parámetros dados, que se expresan
en el precio de mercado y en la cantidad global ofrecida y deman-dada, en el
caso del «comportamiento estratégico» cada agente económico tiene en cuenta las
posibles reacciones de los demás. De este modo ya no es necesario suponer que
cada agente económico tiene una dimensión infi-nitesimal en comparación con las
dimensiones globales del mercado de cada mercancía: un supuesto difícil de
admitir, tanto más si consideramos que en la transición al modelo intertemporal
con mercados contingentes el número de mercancías se multiplica por un factor
muy elevado, mien-tras que el número de agentes económicos no varía.
En el período más reciente, la investigación en el enfoque del
equili-brio económico general se ha concentrado en los límites al
funcionamien-to óptimo del mercado por distintas circunstancias. Así, la
imposibilidad de especificar plenamente todos los aspectos de un acuerdo
origina el lla-mado «problema del principal-agente», esto es, la posibilidad de
que la persona que acepta la responsabilidad de un puesto de trabajo (el agente
tiene que cumplir una determinada tarea) utilice los márgenes de libertad
Un paso
decisivo en esta dirección fue el libro de von Neumann y Morgenstern (1944);
cf. más arriba § 12.5. Un importante y reciente libro, Mirowski (2002), ilustra
el camino de la teoría microeconómica dominante desde von Neumann y Morgenstern
(1944) hasta nuestros días, destacando entre otras cosas el papel de la Cowles
Commission y de la Rand Corporation, junto con el de las subvenciones
militares, en la formación de un consenso dominante alrededor de la teoría
axiomática del equilibrio general. Mirowski también señala los inicios de una
línea de investigación distinta que está presente en el pen-samiento de von
Neumann y Morgenstern, particularmente el primero de los dos, con su oposición
al equilibrio de Nash (cf. más arriba § 12.5) y su propensión hacia desarrollos
evolucionistas de la teoría de juegos.
618 La época de la
fragmentación
de acción de que dispone en su propio interés, más que en
interés de la persona que le confía la tarea (el principal). Una vasta
literatura trata, pues, el problema de diseñar las estructuras de incentivos
adecuadas para inducir al agente a que adopte los intereses del principal como
si fuesen suyos.4
El «problema del principal-agente» no es sino una especie de un
géne-ro más amplio, la investigación sobre los efectos de las imperfecciones
del conocimiento de los agentes económicos. En el campo de las finanzas, por
ejemplo, la información asimétrica se utiliza para justificar la estabilidad de
las relaciones entre banca y empresa financiada. La diferente disponibi-lidad
de información del vendedor y del comprador sobre el bien inter-cambiado se
encuentra, pues, en el centro de la teoría de los «limones» [expresión
coloquial que indica que el comprador corre el riesgo de ser engañado]
propuesta por George Akerlof (n. 1930, premio Nobel en el 2001) en 1970: un
mecanismo de selección adversa en el que —con una generalización de la ley de
Gresham— la mala mercancía expulsa del mer-cado a la buena mercancía.5
Debe destacarse que, a pesar de las referencias a la metodología
del equilibrio económico general, los modelos utilizados para analizar los
diversos casos de asimetría o información imperfecta caen muy a menudo dentro
de la categoría de equilibrios parciales. En efecto, sin recurrir a
sim-plificaciones es prácticamente imposible obtener resultados significativos
del análisis. El uso de modelos extremadamente simplificados para tratar
cuestiones específicas, recurriendo a supuestos ad hoc, ha sido ciertamen-te el
camino más habitual de la investigación en los veinte años últimos.
Entre las
primeras obras sobre el problema recordemos Ross (1973); para una ilus-tración
de los resultados alcanzados por esta corriente de investigación véase, por
ejemplo, Mas-Colell et ál. (1995), pp. 477-510; en general, este texto
constituye una referencia para un examen del «estado del arte» en el campo
microeconómico, y, por lo tanto, también para otros aspectos que se indican en
este apartado.
5 El ejemplo de Akerlof es el del mercado de coches usados: el
comprador no puede valorar exactamente las condiciones del coche usado que se
ofrece en venta, y es probable que si el precio demandado es el promedio de un
coche de su edad, el coche específica-mente ofrecido en venta sea de inferior
calidad en comparación con el coche promedio. Los casos a los que puede
aplicarse esta teoría son numerosos: desde la selección entre soli-citudes de
préstamo a la selección entre potenciales clientes de seguros, hasta la
selección entre trabajadores por contratar.
Las nuevas teorías de la empresa 619
Con frecuencia se sostiene que esto proporciona unos fundamentos
microeconómicos rigurosos para el tratamiento de temas concretos,
origi-nalmente tratados en marcos conceptuales distintos del de la teoría del
equilibrio económico general. El resultado, sin embargo, es del todo
dife-rente: el intento de evitar la indefinición absoluta de los resultados
impo-ne elecciones oportunistas. Los caminos que se adoptan más a menudo son
los de la vuelta al análisis del equilibrio parcial, o al supuesto de un mundo
de una sola mercancía: se sacrifica el rigor analítico o se sacrifica el
realismo. La conclusión es que, a pesar de los esfuerzos consumidos en ella, la
corriente de investigación del equilibrio económico general no superó sus
límites básicos (de los supuestos de convexidad recordados más arriba a la
dificultad de excluir los equilibrios múltiples o la inestabilidad del
equilibrio): así pues, sigue siendo un ejercicio abstracto, un fin en sí misma,
desprovista de utilidad para la comprensión de los sistemas eco-nómicos en los
que vivimos. En efecto, la referencia al enfoque del equili-brio económico
general se utiliza con frecuencia de forma tortuosa, por una parte, como un
truco retórico para aumentar el valor de los modelos con bajo contenido
teórico, y, por otra, como horcas caudinas para los estudiantes de cursos
económicos avanzados.
17.3. Las nuevas teorías de la empresa
La teoría del equilibrio económico general considera las
relaciones entre agentes económicos legalmente independientes e intenta
demostrar cómo pueden alcanzarse, bajo ciertos supuestos, las soluciones de
equili-brio. Surge, pues, un problema: ¿por qué tiene que existir la empresa?
Recordemos que, mientras que en el mercado los agentes
legalmente independientes entran en relación entre sí, dentro de cada empresa
predo-minan las estructuras organizativas basadas en «el mando», esto es, en la
jerarquía y en la centralización de las decisiones y el control sobre su
eje-cución. ¿Qué es, por lo tanto, lo que determina la frontera entre estas dos
diferentes formas de organización de la vida económica, el mercado y el mando?
En la tradición neoclásica, la respuesta más ampliamente
aceptada puede remontarse a un artículo publicado en 1937 por el americano
Ronald Coase (n. 1910, premio Nobel en 1991), cuyas ideas han sido
620 La época de la
fragmentación
adoptadas y desarrolladas por otros, especialmente durante los
últimos veinte años, después de un largo período de práctico olvido. Coase
des-tacaba que las transacciones de mercado tienen un coste para los
parti-cipantes: es necesario recoger información, buscar una contraparte que
esté dispuesta al intercambio, negociar los precios y otras condiciones. Todo
esto implica tiempo y gasto. En ausencia de la estructura organi-zativa de la
empresa, cada trabajador tendría que negociar la adquisición de una variedad de
inputs —los productos semiacabados y las materias primas que él mismo utiliza,
sus herramientas de trabajo, servicios de ingeniería, y así sucesivamente—, y
después tendría que negociar la venta de su propio producto, que en general
será sólo un producto semiacabado o parte del producto final. La empresa
permite la simplifi-cación, reduciendo drásticamente el número de transacciones
necesarias y sustituyendo la negociación de todos los aspectos del proceso
produc-tivo por una organización basada en el mando (esto es, en una
estructu-ra decisional jerárquica). Cuando aumenta el tamaño de la empresa, su
organización interna se hace cada vez más compleja y menos eficiente; más allá
de un determinado punto —que corresponde a la dimensión óptima de la empresa—,
los costes de las crecientes relaciones basadas en el mando comienzan a ser
mayores que los costes de recurrir al inter-cambio, es decir, al mercado.
Una respuesta completamente distinta a la pregunta de por qué
exis-te la empresa la proporcionan los economistas radicales que consideran las
relaciones de poder económico. El americano Stephen Marglin (1974) sostenía,
por ejemplo, que la superioridad de la empresa —en particular de la gran
empresa— como una forma de organización de la producción se basa en elecciones
tecnológicas (producción en masa de bienes estanda-rizados) de las que no
existía necesidad. Habría sido posible una línea alternativa de desarrollo
tecnológico basada en la producción flexible; tal alternativa habría favorecido
formas organizativas más parecidas a las tien-das artesanales que a la gran
industria manufacturera moderna. La línea tecnológica de producción en gran
escala de bienes estandarizados, por lo tanto la gran corporación, predominaba
—según Marglin— principal-mente porque esto favorece la apropiación del
excedente por parte de las clases dominantes, gracias al control sobre el
proceso productivo hecho posible por la forma organizativa de mando y por la
división del trabajo dentro de la empresa.
Las nuevas teorías de la empresa 621
Las ideas de Marglin han sido severamente criticadas por el
historia-dor americano David Landes (1986). Este último vuelve a proponer la
res-puesta original de Smith: la empresa moderna predomina sobre las tiendas
artesanales porque permite una reducción del coste, al explotar las econo-mías
de escala que pueden obtenerse a través de la división del trabajo en el
proceso productivo y a través de la consiguiente introducción de maqui-naria.
Sin embargo, debe observarse que tal respuesta cae fuera del enfo-que basado en
la noción tradicional de equilibrio. En efecto, según la línea argumental de
Smith, las empresas no tienen una dimensión óptima: su crecimiento tiene lugar
en el tiempo, en el curso de un proceso dinámico que no puede ser interpretado
por el análisis estático de la teoría tradicio-nal.
El crecimiento de la dimensión de la empresa, que sitúa en un
primer plano a las grandes corporaciones, lleva a otro problema: ¿quién
controla a las empresas? Las sociedades anónimas tienen altos cargos directivos
que en general no son los propietarios, los cuales acostumbran a ser muy
numerosos.
Los economistas americanos Adolf Berle (1895-1971) y Gardiner
Means (1896-1988), en un libro publicado en 1932, localizaron en la sociedad
anónima y en la separación entre propietarios y directivos las características
de una nueva forma de sociedad, el capitalismo gerencial. En una etapa inicial
del proceso de industrialización, el capitalismo competiti-vo, predominaban las
pequeñas empresas dirigidas directamente por sus propietarios. Después, con el
ascenso de las grandes empresas organizadas como sociedades anónimas, la
propiedad se subdividió entre muchos pequeños accionistas; los directivos de la
empresa adquieren suficiente autonomía para convertirse en los protagonistas
reales de la vida econó-mica, asumiendo la responsabilidad de todas las
decisiones relativas no sólo a la vida corriente de las empresas, sino también
a las elecciones estra-tégicas a largo plazo.
Muchos economistas (entre ellos el americano William Baumol, n.
1922, en un libro publicado en 1959), compartiendo las ideas de Berle y Means,
dedujeron de ellas un cambio en los objetivos de la empresa: el objetivo de la
maximización del beneficio había predominado en la etapa del capita-lismo
competitivo, cuando las empresas eran gestionadas directamente por sus
propietarios; en la etapa del capitalismo gerencial predominan otros
622 La época de la
fragmentación
objetivos, especialmente la maximización de las ventas, que
corresponde mejor a los intereses de los directivos de la empresa.
Evidentemente, los directivos tienen que considerar el riesgo de
ser sustituidos en la junta general de accionistas anual, si un nuevo grupo de
propietarios se hace con el control de la empresa. Esto puede suceder cuando
muchos accionistas, insatisfechos con la dirección de la sociedad y en
particular con sus dividendos y la cotización de sus acciones, las ven-den en
bolsa; en este caso es posible que un nuevo grupo se haga con el control de la
empresa, dado que dicho grupo puede adquirir con más faci-lidad un número de
acciones suficiente para obtener una mayoría en las reuniones de accionistas.
La «teoría del capitalismo gerencial» se basa en esta restricción de la
libertad de acción de los directivos, como la desarro-lló el economista inglés
Robin Marris, en un libro publicado en 1964.
Otra corriente de investigación se refiere al poder de mercado
de las grandes empresas. El italiano Paolo Sylos Labini (1920-2005) y el
america-no Joe Bain (1912-1993), en dos libros publicados en 1956 desarrollaron
una teoría del oligopolio (analizando, respectivamente, los casos de
oligopo-lio concentrado y diferenciado), considerándolo como la forma común del
mercado, en comparación con la cual la competencia pura y el monopolio
constituyen dos casos extremos. En el caso del oligopolio, las empresas pre-sentes
en el mercado están parcialmente protegidas frente a la competencia de las
participantes potenciales por una «barrerra de entrada», cuyo estudio es el
objeto de la teoría. Tal barrera no es insuperable (en cuyo caso habría
monopolio, mientras que el caso de la no existencia de barreras correspon-de a
la competencia perfecta); su dimensión, y, por lo tanto, la dificultad de
superar aquella barrera, depende de una serie de factores que se tratan en los
escritos de Bain y Sylos Labini, y en la literatura posterior sobre el tema.
Por ejemplo, en el caso del oligopolio concentrado, el tamaño de la barrera de
entrada depende de la dimensión óptima tecnológicamente mínima de la planta, y
en general de las economías de escala, que requiere la nueva empre-sa para
entrar en el mercado con una producción mínima de dimensiones significativas,
tal que no encuentre salida en el mercado a los precios corrien-tes; en el caso
del oligopolio diferenciado, depende de los gastos de publici-dad necesarios
para imponer la nueva marca en el mercado. Defendidas por estas barreras, las
empresas que ya están presentes en el mercado pueden obtener beneficios muy
superiores a los del nivel competitivo y disfrutar de
Las nuevas teorías de la empresa 623
cierta libertad de acción, aunque dentro de los límites
determinados por el riesgo de entrada de nuevos competidores en el sector.6
Algunos economistas keynesianos han desarrollado teorías del
com-portamiento de la gran empresa que muestran notables semejanzas con las de
Marris, Bain y Sylos Labini. Recordemos en particular al austríaco Josef
Steindl (1952), al americano Alfred Eichner (1976) y al inglés Adrian Wood
(1975). Estos economistas asumen el punto de vista keynesiano según el cual las
decisiones de inversión de las empresas constituyen el pri-mum mobile en la
evolución de la economía. Una vez que se ha decidido el nivel de inversión que
debe realizarse, las empresas tienen que decidir cómo financiarla; por una
serie de razones, prefieren utilizar fuentes internas (beneficios no
distribuidos en forma de dividendos a los accionistas), más que endeudamiento.7
Por lo tanto, según la teoría poskeynesiana de la empresa, los empresarios
fijan los precios de los productos de modo que obtengan un margen de beneficio
suficiente para financiar el nivel de inver-sión deseado.
Naturalmente, esta teoría sólo puede referirse a empresas
dotadas de cierto poder de mercado, que les permite fijar autónomamente los
precios de sus productos y que al hacerlo así no se ven estrictamente obligadas
por la competencia de otras empresas. Sin embargo, incluso en el caso de las
empresas oligopolísticas hay que dudar si los precios pueden fijarse
libre-mente, de manera que generen un volumen de beneficios suficiente para
financiar cualquier volumen de inversión que las empresas deseen llevar a cabo.
Podemos, por lo tanto, interpretar que las teorías keynesianas de la empresa se
refieren a la utilización de márgenes de elección de los que dis-ponen los
altos directivos en presencia de fuertes elementos de incerti-dumbre y de
condiciones oligopolísticas.
Esta teoría fue
reformulada por Modigliani (1958) en términos compatibles con el análisis
neoclásico tradicional, con una «síntesis neoclásica» paralela a la realizada
por él mismo con la teoría de Keynes.
7 El «teorema Modigliani-Miller», según el cual en condiciones
de competencia per-fecta y conocimiento perfecto las diferentes fuentes de
financiación son equivalentes (cf. Modigliani y Miller, 1958), es considerado
inaplicable, explícita o implícitamente, por estos economistas, los cuales
creen que en general predominan las condiciones de merca-do no competitivo y el
conocimiento imperfecto.
624 La época de la
fragmentación
Un desarrollo de las teorías de las formas de mercado basadas en
barreras de entrada es la teoría de los «mercados accesibles» (contestable
markets) desarrollada por Baumol y otros (1982). Mercados perfectamen-te
accesibles son aquellos en los que no existe coste de entrada ni salida. En
tales mercados ninguna empresa puede obtener beneficios extraordi-narios. En
efecto, cualquier oportunidad de beneficios extraordinarios, incluso
temporales, atrae inmediatamente nuevas empresas al mercado. La ausencia de costes
de salida permite que las nuevas empresas eviten cual-quier riesgo, por
ejemplo, debido a las reacciones de empresas que ya estén presentes en el
mercado: si las condiciones de mercado cambian y los beneficios extraordinarios
se convierten en negativos, la nueva empresa puede salir inmediatamente sin
tener que soportar ningún coste (con lo que habitualmente se llama
comportamiento hit and run, relámpago). Los costes de salida provienen
principalmente de la existencia de bienes de capital fijo que no pueden
reutilizarse una vez que se haya abandonado la actividad para la que fueron
adquiridos: los llamados «costes inmoviliza-dos» (sunk costs). Este elemento
constituye la principal novedad de la teo-ría de los mercados accesibles, en
relación con la teoría de las formas de mercado basada en las barreras de
entrada.
Para completar este rápido examen del moderno debate sobre las
teo-rías de la empresa es preciso recordar por lo menos las teorías
evolucionis-tas, que ya hemos mencionado al acabar el capítulo sobre Marshall.
Estas teorías han sido propuestas para explicar en particular el comportamiento
de la empresa y la industria en el proceso de cambio tecnológico. En el enfoque
propuesto por los americanos Richard Nelson (n. 1930) y Sidney Winter (n. 1935)
en un libro de 1982, la estructura de la industria en cualquier momento del
tiempo no se considera como el resultado de un proceso de maximización (de
beneficios o de ventas), sino de un proceso evolutivo. Algunas empresas pueden
crecer más deprisa que otras, algunas quiebran mientras que otras se ponen en
marcha; la industria evoluciona en el tiempo como resultado de las vicisitudes
de las empresas que la for-man. Como en biología, se propone el recurso a
modelos matemáticos de tipo estocástico, que pueden tener en cuenta el elemento
causal siempre presente en los acontecimientos económicos, pero también las
diferentes probabilidades de los distintos acontecimientos. Los «genes» de las
empre-sas —que determinan la identidad de cada una de ellas, transmiten de una
a otra las principales características de comportamiento y experimentan
Instituciones y teoría económica 625
«mutaciones» en el tiempo— están constituidos por «rutinas»:
procedi-mientos estándar adoptados por la empresa en la producción,
comerciali-zación del producto, dirección financiera y demás. En una economía
de mercado las rutinas que prevalecen, y, por lo tanto, determinan los rasgos
dominantes de las empresas, son aquellas que aseguran el éxito, a saber,
aquellas que a largo plazo aseguran la maximización del beneficio.
17.4. Instituciones y teoría económica
En el apartado anterior analizamos el enfoque de Coase para
explicar la existencia de la empresa sobre la base de los costes de
transacción. Dicho enfoque ha dado origen a otras corrientes de investigación,
que conside-ran los derechos de propiedad y las instituciones políticas en
general como el resultado de procesos racionales de elección en presencia de
costes de transacción (y de asimetrías de información que dan origen a
problemas «principal-agente»).
Entre los exponentes principales de esta corriente de
investigación, llamada neo-institucionalismo, recordemos a los americanos
Douglass North (n. 1920, premio Nobel en 1993) y Oliver Williamson (n. 1932).8
En esencia, el neo-institucionalismo puede considerarse hasta ahora como otro
caso de síntesis neoclásica: el problema de las instituciones, que
tra-dicionalmente se ha abordado con análisis histórico-sociológicos, se lleva
al campo de la teoría del comportamiento racional de los agentes econó-micos maximizadores.
Por lo tanto, el neo-institucionalismo se opone a la escuela
institucio-nalista que, bajo la influencia de Thorstein Veblen (cf. más arriba
§ 13.8), tuvo un amplio éxito en los Estados Unidos a principios del siglo XX,
ins-pirando entre otras cosas la fundación de la American Economic Associa-tion
en 1885. En la estela de la escuela histórica alemana (cf. más arriba
11.2), el
estudio de las instituciones y de la estructura social que subya-ce en un
sistema económico, incluso con diferencias profundas entre los países, se
contrapone a la teoría abstracta y al «vicio ricardiano» consisten-
Cf. por
ejemplo, North (1990), Williamson (1975; 1986), y el amplio informe de
Eggertsson (1990).
626 La época de la
fragmentación
te en aplicar la teoría sin la debida cautela a la
interpretación directa de la realidad.9 En la actualidad, los escritos de los
institucionalistas se conside-ran a menudo ajenos al campo de la economía, o a
lo sumo se concede que se encuentran en la frontera entre la economía, la
sociología y la historia. Sin embargo, abundan en sugerencias extremadamente
útiles para el aná-lisis económico, las cuales de vez en cuando emergen en las
corrientes heterodoxas de investigación, como en el caso del análisis de los
procesos concretos de fijación de precios por parte de las empresas.
En la segunda mitad del siglo XX, el exponente más conocido de
la tradición institucionalista es John Kenneth Galbraith (1908-2006); algu-nas
de sus obras, como The affluent society [La sociedad opulenta] (1955) y The new
industrial state [El nuevo Estado industrial] (1967) han atraído una amplia
atención. Según Galbraith, el paradigma del equilibrio perfec-tamente
competitivo es del todo inadecuado para interpretar las econo-mías
contemporáneas, cuya evolución se determina principalmente por la interacción
entre grandes actores, como el Gobierno (especialmente el militar), las
empresas más grandes y los sindicatos.
Con Galbraith, que estuvo entre los protagonistas de la
Administra-ción Kennedy, el institucionalismo se encontró con el
poskeynesianismo, que se considerará en el próximo apartado. Igual dirección
toma el deba-te sobre los diferentes sistemas financieros que se ha
desarrollado desde los años setenta: el sistema japonés de los keiretsu, el
sistema alemán basado en los bancos universales y el sistema anglosajón basado
en el mercado.10 La teoría poskeynesiana de las finanzas11 constituye en este
aspecto una
El
institucionalismo americano se vio fortalecido, en el período inmediatamente
posterior a la Segunda Guerra Mundial, por el influjo de los académicos
austríacos y ale-manes que se vieron obligados a exiliarse a causa del nazismo.
Éste fue el origen, entre otras cosas, de la New School por Social Research de
Nueva York. Después de la Segunda Gue-rra Mundial, el enfoque
institucionalista, aunque ha perdido terreno ante la difusión de la síntesis
neoclásica de Samuelson, tiene todavía su propia revista, Journal of Economic
Issues. Para una breve reseña del institucionalismo en la segunda mitad del
siglo XX, cf. Hodgson (2003).
10 Entre las raíces de este debate debemos recordar también el
libro de Hilferding (1910), aunque él mantiene una perspectiva marxista, más en
concreto la austro-marxista recordada más arriba, en el § 9.9; Hilferding
estudió el predominio del capital financiero sobre el capital manufacturero.
11 Cf. por ejemplo, Davidson (1972); Minsky (1982); Kregel
(1996); Tonveronachi (1988).
La teoría macroeconómica después de Keynes 627
fecunda mediación entre la actitud antiteórica de los
institucionalistas y las teorías keynesianas.
En Europa, el debate renovado sobre la relación entre
instituciones económicas y estructura social se ha referido en sus fases más
recientes al llamado estado de bienestar: esencialmente, educación, asistencia
médica y planes de pensiones con apoyo estatal. También en este caso el debate
tiene lugar en un territorio que limita con la economía, la sociología y la
politología; para una ilustración breve pero densa de los problemas exis-tentes
en esta esfera véase Dahrendorf (1995).
17.5. La teoría macroeconómica después de Keynes
Entre los diferentes grupos de economistas que toman parte en el
variado debate teórico contemporáneo sobre temas macroeconómicos de empleo y
dinero, muchos se remiten a las ideas de Keynes, para revivirlas (aunque en una
versión adecuadamente modificada) o para criticarlas. Distingamos tres grupos
principales: los economistas de la síntesis neoclá-sica, que han dominado
durante más de treinta años después del final de la Segunda Guerra Mundial y
que se caracterizan por la inserción de ele-mentos keynesianos —particularmente
en relación con la política econó-mica— en la tradición marginalista; los
monetaristas y la escuela de las expectativas racionales, que rechazan más o
menos radicalmente la inter-vención pública y, en el nivel estrictamente
teórico, la teoría keynesiana, que consideran contradictoria con la estructura
analítica del enfoque mar-ginalista; y, finalmente, los poskeynesianos que,
diametralmente opuestos a los demás grupos, vuelven a proponer los elementos
distintivos del pen-samiento original de Keynes, in primis la incertidumbre.
La síntesis
neoclásica12
Enfrentados con la experiencia de la Gran Depresión de los años
trein-ta, muchos economistas se han visto inducidos a prestar atención a las
ideas de Keynes sobre la oportunidad de las intervenciones públicas en apoyo de
«La “síntesis
neoclásica” fue una marca acuñada por Samuelson, en la quinta edi-ción de su
Economics (1955)» (Blaug, 2003, p. 407).
628 La época de la
fragmentación
la demanda, a fin de contrarrestar el paro, aunque se
resistieran a abando-nar la teoría marginalista del valor y de la distribución
que constituía el fun-damento de su propia educación. Para conciliar estos dos
aspectos, la teo-ría de Keynes se reinterpretó insertándola en el marco del
enfoque marginalista, mientras se añadían supuestos ad hoc, tales como la
rigidez de los salarios a la baja, al núcleo de la teoría marginalista del
valor y de la dis-tribución, de forma que el desempleo fuera un resultado posible.
A lo largo de este camino encontramos en particular a John Hicks
(1904-1989, premio Nobel en 1972). En un artículo de 1937, Hicks pro-puso el
esquema llamado IS-LM, que traducía la teoría de Keynes en tér-minos más
tradicionales de un modelo de equilibrio económico general simplificado, con la
presencia de tres mercados: bienes, dinero y bonos (aunque este último, gracias
a la «ley de Walras» —cf. más arriba § 12.3— sólo desempeña un papel puramente
pasivo, y puede concentrarse la aten-ción en los dos primeros).
El mercado de bienes está en equilibrio cuando la oferta, esto
es, la producción, es igual a la demanda agregada (que en el supuesto
simplifi-cador de una economía cerrada sin gasto gubernamental y sin impuestos
corresponde a la demanda de bienes de consumo e inversión). La condi-ción de
equilibrio, es decir, la igualdad entre la oferta y la demanda agre-gadas, se
da cuando el ahorro, que es una función creciente de la renta, es igual a la
inversión, que se considera una función decreciente del tipo de interés.
El mercado de dinero está en equilibrio cuando la demanda y la
ofer-ta de dinero son iguales. Según el supuesto de dinero exógeno, la oferta
de dinero viene determinada por las autoridades monetarias que controlan
di-rectamente la emisión del dinero legal, e indirectamente el volumen del
dinero bancario que pueden crear los bancos. La demanda de dinero es igual a la
suma de dos componentes: la demanda de dinero por el motivo transacción, que es
una función creciente de la renta, y la demanda de dinero especulativa —la
demanda sobre la que Keynes concentró su aten-ción y que expresa la elección de
la forma, dinero o bonos, en que se man-tiene la riqueza—, considerada función
decreciente del tipo de interés.
Siguiendo las mismas líneas que Hicks encontramos a Franco
Modi-gliani (1918-2003, nacido en Italia y después emigrado a los Estados
La teoría macroeconómica después de Keynes 629
Unidos —como muchos otros italianos, austríacos y alemanes— para
escapar a la persecución racial, premio Nobel en 1985). En un artículo de 1944,
posteriormente desarrollado en otro artículo de 1963, Modigliani amplió el
esquema IS-LM para considerar explícitamente también el mercado de trabajo.
Como en los demás mercados, también en el merca-do de trabajo las variaciones
de los precios conducen al equilibrio entre demanda y oferta. Dicho con mayor
precisión, las variaciones del tipo de salario, esto es, el precio de los
servicios de trabajo, llevan al equilibrio la demanda y la oferta de trabajo,
asegurando así el pleno empleo. Para obtener el resultado «keynesiano», a
saber, la posibilidad de una situación de paro persistente, es, por lo tanto,
necesario introducir algún obstácu-lo que impida el libre funcionamiento del
mercado de trabajo. Tal obs-táculo se encuentra en la naturaleza no competitiva
del mercado, debida al poder de negociación de los sindicatos, que determina la
rigidez de los salarios a la baja.
El libro de Patinkin (1956) es otra contribución importante a la
cons-trucción y creciente dominio de la síntesis neoclásica, que llama la
aten-ción sobre la no neutralidad del dinero fuera del estado de equilibrio:
cuando los salarios reales muestran cierta resistencia a variar porque la
dis-minución de los salarios monetarios provocada por el desempleo viene
acompañada por un descenso de los precios, entra en acción otro meca-nismo de
ajuste, el llamado efecto Pigou, por el que el aumento del valor real de las
tenencias en dinero, debido a la disminución de los precios, pro-voca un
aumento del consumo que no sólo depende de la renta corriente, sino también de
la riqueza real.
De este modo la teoría keynesiana se presenta como un caso
particu-lar de la teoría marginalista: aquel caso en que no puede alcanzarse el
equi-librio de pleno empleo porque el mercado de trabajo no es un mercado
competitivo. Tenemos, por lo tanto, la síntesis neoclásica, esto es, una
sín-tesis entre la teoría neoclásica del valor y la teoría de la ocupación de
Key-nes,13 que en la segunda mitad del siglo XX dominó la enseñanza de la
macroeconomía en todo el mundo.
O mejor, como
ya se dijo, un caso específico de la teoría neoclásica basado en supuestos ad
hoc, mientras que la teoría de Keynes se modificó en aspectos esenciales como
el papel de la incertidumbre y las expectativas.
630 La época de la
fragmentación
La síntesis neoclásica absorbe la tesis keynesiana de la
posibilidad de equilibrios con subempleo en el marco del enfoque marginalista
tradicio-nal, basada en la noción de mercados en los que las variaciones de los
pre-cios aseguran el equilibrio entre oferta y demanda. Esto abre el camino al
reconocimiento de la utilidad de la intervención pública en la economía: el
desempleo puede ser combatido mediante el recurso a políticas fiscales y
monetarias, útiles en general para regular la economía, evitando o redu-ciendo
sus oscilaciones cíclicas.
Naturalmente, en presencia de algún poder de mercado por parte
de los sindicatos, la intervención pública dirigida a reducir el desempleo
puede llevar simultáneamente a un aumento de la tasa de crecimiento de los
tipos de salarios monetarios, el cual, a su vez, genera un aumento de la
inflación. La relación inversa (trade-off ) entre el paro y la tasa de
inflación se volvió a proponer en un artículo de 1958, frecuentemente citado,
del economista neozelandés A. W. Phillips (1914-1975). La curva decrecien-te que
representa dicha relación inversa (la llamada «curva de Phillips») representa,
según los economistas de la síntesis neoclásica, el conjunto de posibles
elecciones de política económica. Sin embargo, como veremos más adelante, esta
visión se ha visto sometida a una serie de críticas a lo largo de los treinta
últimos años.
Analicemos brevemente aquí tres líneas de investigación que
pode-mos considerar variantes de la síntesis neoclásica. La primera tuvo su
ori-gen en Robert Clower (n. 1926) y Alex Leijonhufvud (n. 1933), que
inter-pretaron la teoría de Keynes como una teoría del desequilibrio, cuyos
microfundamentos deben hallarse no en el enfoque walrasiano sino más bien en el
marshalliano, teniendo en cuenta los problemas de información, difusión y
coordinación intertemporal de las economías reales.14
En ausencia de
un subastador walrasiano, las transacciones pueden tener lugar a precios que no
sean de equilibrio; además, se supone que el ajuste de las cantidades es más
rápido que el ajuste de los precios; en consecuencia, tanto los compradores
como los ven-dedores están sujetos a restricciones cuantitativas. Cf. Clower
(1965); Leijonhufvud (1968). Posteriormente, los modelos de Barro y Grossman
(1971) y Malinvaud (1977) reformularon esta línea de investigación en términos
de esquemas walrasianos en los que los precios y los salarios monetarios son
fijos y las transacciones pueden tener lugar a pre-cios de desequilibrio. El
resultado es la posibilidad de «racionar» la demanda o la oferta, y, por lo
tanto, de un desempleo «clásico» provocado por la rigidez de los salarios a la
baja o de un desempleo «keynesiano» provocado por la insuficiencia de la
demanda efectiva.
La teoría macroeconómica después de Keynes 631
La segunda línea de investigación es la llamada «nueva economía
key-nesiana», cuyo principal representante es Joseph Stiglitz (n. 1943, premio
Nobel en el 2001), que intentaba localizar en diferentes tipos de fallos del
mercado el origen del desempleo. En otras palabras, se buscan explicacio-nes
microeconómicas para las rigideces que a nivel macroeconómico cau-san la
presencia del paro. Así, tenemos modelos basados en menu costs (cos-tes de
ajustar los precios por parte de las empresas, a consecuencia de lo cual el
ajuste a la demanda tiene lugar a través de los niveles de produc-ción y, por
lo tanto, de empleo, más que a través de los precios), modelos insider-outsider
(en los que los que ya están empleados disfrutan de un margen de poder de
mercado que utilizan para conseguir salarios más altos, a costa de niveles de
empleo más elevados), modelos de efficiency wages (en los que las empresas
prefieren evitar las reducciones de los sala-rios monetarios, para conservar a
los trabajadores experimentados, presu-miblemente más eficientes que los nuevos
empleados potenciales), y la lista podría seguir. El éxito de esta línea de
investigación es muy difícil de comprender: para reproducir los notables
resultados del análisis keynesia-no en la tradición neoclásica, se han
introducido supuestos ad hoc, que a menudo son unos supuestos inverosímiles,
sobre los inseguros fundamen-tos teóricos de los modelos de una sola mercancía
y/o del equilibrio par-cial con su relación inversa entre salarios reales y
desempleo.
La tercera línea de investigación se refiere a la extensión de
la síntesis neoclásica al campo de la teoría monetaria. Recordemos aquí a James
Tobin (1918-2002, premio Nobel en 1981), que explica la demanda de dinero como
una elección de cartera por parte del agente económico racional en presencia de
riesgo.15
En este
contexto Tobin proponía la útil noción que ahora se conoce como «la q de
Tobin», definida como la relación entre la valoración corriente en el mercado
de un stock de capital dado y su valor de reposición (que para los bienes de
capital físico viene dado por su coste de producción). En algunos aspectos esta
línea de investigación puede incluir también el teorema de Modigliani-Miller
que ya se mencionó antes (nota 7) y los CAPM (capital asset pricing models,
modelos de fijación del valor de los activos de capital) que ahora dominan la
teoría de las finanzas. Esta línea de investigación ya ha producido unos
cuantos premios Nobel: aparte de Modigliani, que también efectuó contribuciones
impor-tantes en diversos campos, y Tobin, obtuvieron el Nobel Harry Markowitz
(n. 1927), Mer-ton Miller (n. 1923) y William Sharpe (n. 1934) en 1990, y
Robert Merton (n. 1944) en 1997.
632 La época de la
fragmentación
Monetaristas y
teóricos de las expectativas racionales
Dentro de la tradición marginalista desde los años cincuenta se
ha pro-ducido un animado debate sobre la plausibilidad de los supuestos
necesarios para asegurar el resultado keynesiano de una desocupación
permanente. Este debate afecta a la mayor o menor confianza atribuida, por una
parte, a la capacidad del mercado para asegurar el equilibrio entre la demanda
y la ofer-ta de trabajo, y, por otra, a la eficacia de las políticas fiscales y
monetarias.
Entre aquellos que muestran fe en los poderes equilibradores del
mer-cado y hostilidad ante la intervención del Estado en la economía, destaca
la escuela de Chicago. Milton Friedman (n. 1912, premio Nobel en 1976) es el
líder reconocido de dicha escuela.16 Este autor desarrolló una teoría del
dinero distinta de la de Keynes, adoptando y desarrollando las tesis de la
vieja teoría cuantitativa.17 En particular, a largo plazo, si no a corto, el
nivel de equilibrio de la renta depende de factores «reales» como la dota-ción
de recursos, la tecnología y las preferencias de los agentes económi-cos; la
velocidad de circulación del dinero se considera una función esta-ble de las
tasas de rendimiento de las diversas clases de activos (dinero, bonos, bienes,
capital humano). Por lo tanto, Friedman sostenía que los acontecimientos
monetarios, en particular la oferta de dinero (que se supone exógena, esto es,
suficientemente independiente de la demanda de dinero), sólo pueden influir en
la renta y el empleo a corto plazo; a largo plazo las variaciones de la oferta
de dinero influyen en el nivel general de precios. En otras palabras, la curva
de Phillips adopta una pendiente nega-tiva sólo a corto plazo, pero se
convierte en vertical a largo plazo.18
Además, Friedman criticaba las medidas de política monetaria y
fiscal dirigidas a apoyar la demanda agregada, y, por lo tanto, la renta y el
Alguna que otra
vez se llama «segunda» o «nueva» escuela de Chicago a la de Fried-man, para
distinguirla de la «vieja» escuela de Chicago, cuyos protagonistas fueron Frank
Knight (1885-1972), Henry Simons (1899-1946) y Jacob Viner (1892-1970). La
«vieja» escuela de Chicago también se adhería al liberalismo económico, aunque
en un sentido algo distinto: cf. Tonveronachi (1990) y la bibliografía allí
citada. En particular Simons consideraba prioritaria una reforma liberal de la
estructura institucional, que el poder de mercado de las grandes empresas y de
los sindicatos había hecho que no fuera competiti-va: cf. Tonveronachi (1982).
Cf. en
particular Friedman (1956).
Cf. Friedman
(1968); Phelps (1967).
La teoría macroeconómica después de Keynes 633
empleo: no sólo a causa de que la eficacia de tales
intervenciones se limita al corto plazo, sino también porque los efectos a
corto plazo son inciertos y pueden ser negativos. En efecto, recordaba
Friedman, las medidas de política económica están sujetas a tres clases de
retrasos e incertidumbres: los que se refieren a la valoración de la situación
en la que hay que inter-venir; los que se refieren a la transición desde tal
valoración a la elección de medidas políticas y su aplicación; finalmente, los que
se refieren al pro-pio impacto de la política adoptada. Debido a estos retrasos
e incerti-dumbres es posible, por ejemplo, que las medidas políticas ejerzan su
impacto previsto en una situación completamente diferente de la situación que
llevó a su adopción, incluso en una situación en la que habrían sido necesarias
unas políticas de signo contrario. Por lo tanto, las medidas de política
económica pueden tener un impacto desestabilizador, ampliando las fluctuaciones
de la renta en lugar de reducirlas.
Una tesis aún más extrema proponen los teóricos de las
expectativas racionales, entre quienes está el americano Robert Lucas (n. 1937,
premio Nobel en 1995). En un artículo de 1972, Lucas unió el supuesto de
mer-cados en equilibrio continuo con el de las expectativas racionales,
formu-lado originalmente por Muth (1961), según el cual «las expectativas […]
son esencialmente lo mismo que las predicciones de la teoría económica
pertinente».19 En consecuencia, los agentes económicos aprenden a tener en cuenta
la intervención pública en la economía, descontando sus efectos de antemano.
Así, por ejemplo, el gasto público que incurre en déficit, que no se financia
por un aumento simultáneo de los impuestos y que adop-tan los Gobiernos para
estimular la demanda agregada, es compensado por una reducción del consumo
privado, que deciden los agentes económicos privados a fin de ahorrar lo
necesario para pagar los impuestos que tarde o temprano habrá que introducir
con objeto de pagar la deuda pública con la que se ha financiado el gasto
público. En este contexto, la curva de Phi-llips se vuelve vertical también a
corto plazo: las intervenciones mediante una política monetaria y fiscal
expansiva sólo pueden producir un aumen-to de la tasa de inflación, no del
nivel de empleo. (También podemos observar que estos supuestos presuponen que
todos los agentes económi-cos comparten el mismo modelo de funcionamiento de la
economía, y
19 Muth (1961), p.
316.
634 La época de la
fragmentación
están dotados de una cultura económica y de una capacidad de
prever el futuro que sería un eufemismo llamar no realista.)20 Sólo unas
medidas políticas «por sorpresa», no previstas por los agentes económicos,
pueden tener un impacto, aunque temporal, sobre las variables reales.
La única clase de política económica admitida por los teóricos
de las expectativas racionales es la que se dirige a reducir las fricciones en
el funcionamiento del mercado: las llamadas «políticas de oferta»,
consis-tentes, por ejemplo, en facilitar la movilidad de los trabajadores de un
puesto de trabajo a otro, o en asegurar que las cualificaciones de las que está
dotada la fuerza de trabajo del país correspondan a las exigencias del sistema
económico. Entre estas políticas hay también una reducción de la presión
fiscal, puesto que el aumento de la renta neta de los impues-tos viene
acompañado, en equilibrio, por un aumento del volumen del «sacrificio» (en
forma de esfuerzo productivo) que los agentes económi-cos están dispuestos a
hacer, y, por lo tanto, por un aumento de la pro-ducción.
El supuesto de las expectativas racionales, en el contexto
habitual de un modelo de una sola mercancía, subyace también en una nueva
teoría del ciclo, la «teoría del ciclo real».21 Según esta teoría, las
fluctuaciones de la renta y el empleo en torno a los valores de equilibrio a
largo plazo vie-nen determinadas por shocks imprevistos por el lado de la
oferta, tales como cambios en la tecnología, y las consiguientes reacciones de
los agen-tes económicos (para los que el sistema económico está siempre en equili-brio,
en cualquier etapa del ciclo). Como en las teorías del ciclo de Marx y
Schumpeter (cf. más arriba § 9.6 y 15.3), los mismos factores —como en
Schumpeter, los cambios en la tecnología— explican simultáneamente el ciclo y
la tendencia.
De hecho, el
defecto decisivo de esta teoría no es tanto el supuesto de las expecta-tivas
racionales, sino más bien el modelo al que se añade tal supuesto: un modelo de
una sola mercancía, en el que puede deducirse fácilmente una relación inversa
entre el tipo de salario real y el empleo, de modo que en condiciones
competitivas existe un equilibrio esta-ble de pleno empleo. Como hemos
recordado repetidamente, en un modelo multi-mer-cancía no puede demostrarse, en
general, la existencia de un equilibrio semejante. Por lo tanto, el supuesto de
las expectativas racionales aplicado a un modelo de esta clase nos daría
resultados completamente distintos.
La contribución
original es de Kydland y Prescott (1982).
La teoría macroeconómica después de Keynes 635
Después de dominar la escena en los años ochenta, la teoría de
las expectativas racionales perdió gradualmente terreno en la década
siguien-te, aunque en la confrontación teórica con los representantes de la
síntesis neoclásica no se ha recalcado la debilidad de sus fundamentos teóricos
(el modelo de una sola mercancía, que tienen en común con sus rivales).
Los
poskeynesianos
En oposición a la reinterpretación de la teoría de Keynes
propuesta por la síntesis neoclásica y a las críticas monetaristas, se ha
producido una decidida reacción por el lado de los «poskeynesianos»: los
exponentes de la «nueva escuela de Cambridge» que ya hemos mencionado (§ 14.9),
como Richard Kahn, Nicholas Kaldor y Joan Robinson; y algunos economistas
americanos como Sidney Weintraub (1914-1983), Hyman Minsky (1920-1996) y Jan
Kregel (n. 1944).
Estos economistas sostienen que el esquema IS-LM propuesto por
Hicks y utilizado por los economistas de la síntesis neoclásica relega a un
papel secundario la característica sobresaliente de la concepción que tenía
Keynes de la economía: la incertidumbre, que domina las decisiones de los
agentes económicos. En el caso de la función de inversión, mucho más importante
que el tipo de interés son las expectativas de los empresarios sobre el
rendimiento de los distintos proyectos de inversión: las expectati-vas consideradas
«volátiles» por Keynes, dado que cambian constante-mente, dependiendo, por
ejemplo, del clima político y de las condiciones económicas generales. En el
caso de la demanda de dinero, Keynes consi-deraba que las expectativas sobre el
futuro (para ser exactos, sobre la evo-lución futura de los tipos de interés)
—siendo también éstos extremada-mente volátiles, incluso más que los relativos
al rendimiento esperado de los proyectos de inversión— eran esenciales para
determinar la demanda especulativa de dinero. Además, esta última se
consideraba como el prin-cipal componente de la demanda de dinero —tanto por
sus dimensiones como por su inestabilidad—, puesto que está conectada con la
elección, continuamente revisada por los agentes económicos, de la forma en la
que mantener el stock de riqueza acumulada, mientras que la demanda de dinero
por el motivo transacción está relacionada con el flujo de renta.
Frente a la relevancia de la incertidumbre, a la volatilidad de
las expectativas y a la consiguiente variabilidad de las relaciones que ligan
las
636 La época de la
fragmentación
inversiones y la demanda especulativa de dinero con el tipo de
interés, los economistas poskeynesianos consideran engañosa la representación
de los mercados en equilibrio tanto para los bienes como para el dinero, que se
basan en funciones de demanda y oferta bien definidas y suficientemente
estables, como es la concepción que subyace al esquema IS-LM.
En lugar del equilibrio simultáneo de los diversos mercados,
típico del enfoque marginalista y adoptado en el esquema IS-LM, los
economis-tas poskeynesianos22 proponen una caracterización del sistema
económico basada en una secuencia de relaciones de causa y efecto: la demanda
espe-culativa de dinero afecta al tipo de interés; éste, a su vez, junto con
las expectativas, afecta al nivel de inversión; a su vez, la inversión, a
través del multiplicador, determina la renta y el empleo. Por lo tanto, se destaca
la influencia ejercida por los mercados monetarios y financieros sobre la renta
y el empleo, en oposición a la tesis de la neutralidad del dinero acep-tada en
la tradición clásica y marginalista. Además, diversos economistas
poskeynesianos sostienen que la oferta de dinero es endógena: esto es, la
cantidad de dinero (en particular el dinero bancario) en circulación no está
rígidamente controlada por las autoridades monetarias, sino que depende, por lo
menos en parte, de las decisiones de los demás agentes.23
17.6. La teoría del crecimiento
La historia de la moderna teoría del crecimiento comienza poco
des-pués de la publicación de la Teoría general de Keynes, con un famoso
ar-tículo (1939) de Roy Harrod (1900-1978). Harrod utilizó el enfoque de Keynes
para definir una tasa de crecimiento de equilibrio, la «tasa garan-tizada de
crecimiento», que corresponde a la igualdad continua entre la tasa de
crecimiento de la capacidad productiva y la tasa de crecimiento de la demanda
agregada. El modelo de Harrod es muy simple, basándose en
Cf. por
ejemplo, Pasinetti (1974), cap. 2.
En particular
Minsky —cf. los ensayos reunidos en Minsky (1982)— desarrolló sobre esta base
una teoría «endógena» de las crisis financieras, que tuvo un amplio éxito:
entre otras cosas, fue utilizada por Kindleberger (1978) como referencia
teórica en su inves-tigación histórica, y se ha hecho referencia continuamente
a ella al interpretar las convul-siones financieras y monetarias más recientes.
La teoría del crecimiento 637
tres ecuaciones: la primera define el ahorro como una función de
la renta, la segunda sigue la teoría del acelerador, haciendo que la inversión
sea igual al producto de la variación de la renta y la relación
capital-producto, y la tercera expresa la condición keynesiana de equilibrio
entre la oferta y la demanda agregadas como igualdad entre ahorro e inversión.
La sustitu-ción en la tercera ecuación de las expresiones que representan el
ahorro y la inversión definidos por las dos primeras ecuaciones hace que la
tasa «garantizada» de crecimiento sea igual a la relación entre la propensión a
ahorrar y la relación capital-producto.
Un modelo semejante, pero con una interpretación algo diferente,
fue propuesto en 1946 por el americano (de origen ruso-polaco) Evsey Domar
(1914-1998), llevando a muchos a referirse a un modelo Harrod-Domar. El debate
posterior tuvo su origen en un problema planteado por Harrod en la parte final
de su artículo. Éste es el llamado problema del knife edge (‘filo de la
navaja’), que se refiere a la inestabilidad de la tasa real de crecimiento tan
pronto se aparta de la tasa garantizada de crecimiento. Harrod recordaba que
siempre que el crecimiento real, determinado por la demanda agregada, sea mayor
que la tasa garantizada, la capacidad productiva queda rezagada. Esto implica
un aumento de la inversión, y, por lo tanto, de la demanda agregada, en el
período siguiente, el cual genera nuevos aumentos de la tasa de creci-miento. A
la inversa, si el crecimiento real es menor que el que corresponde a la tasa
garantizada, la inversión se reducirá y el consiguiente descenso en la demanda
agregada provocará una ralentización adicional del crecimiento.
Esta inestabilidad puede llevar a oscilaciones cíclicas en la
economía, si se asocia con un sistema de «techos» y «suelos». El «techo» viene
dado por el pleno empleo; la ausencia de un «suelo» dotado de justificaciones
suficientemente válidas vuelve a proponer la tesis de Keynes sobre la
posi-bilidad de un desempleo persistente. Además, puede tener lugar un aumento
continuo del empleo cuando la tasa real de crecimiento corres-ponde a la tasa
garantizada, pero ésta es menor que la tasa «natural» de cre-cimiento, igual a
la tasa de crecimiento de la productividad, más la tasa de crecimiento de la
población.
Sobre esta cuestión —la posibilidad de diferencias persistentes
entre la tasa natural y la tasa garantizada de crecimiento, y de la existencia
de meca-nismos equilibradores— se ha producido un considerable debate.
Siguien-do un importante artículo-reseña de Hahn y Matthews (1964), esta multi-
638 La época de la
fragmentación
plicidad de contribuciones puede reducirse a tres enfoques. En
primer lugar, tenemos el enfoque clásico (dicho con más precisión, maltusiano),
según el cual el ajuste tiene lugar a través de la tasa de crecimiento de la
población, que disminuye cuando el creciente desempleo reduce el tipo de
salario. Tenemos después el enfoque kaldoriano (cf. Kaldor, 1956), basado en un
ajuste de la propensión a ahorrar, provocado por un cambio en la dis-tribución
de la renta: cuando aumenta el desempleo disminuyen los sala-rios, y como la
propensión de los trabajadores a ahorrar es menor que la de los capitalistas,
aumenta la propensión media a ahorrar, lo que correspon-de a un aumento de la
tasa garantizada de crecimiento. Finalmente, tene-mos el enfoque neoclásico,
que se basa en un ajuste de la relación capital-renta: la disminución de los
salarios provocada por el creciente desempleo lleva a las empresas a adoptar
técnicas de producción que utilizan relativa-mente más trabajo, el factor
productivo cuyo precio ha disminuido; por lo tanto, disminuye la relación
capital-renta; una vez más, esto corresponde a un aumento de la tasa
garantizada de crecimiento.
Sin embargo, estos mecanismos equilibradores no carecen de
defec-tos. Por ejemplo, es dudoso que en las condiciones actuales el
crecimien-to de la población dependa del nivel de salarios, según una relación
inver-sa, como lo exigía el enfoque clásico. La teoría keynesiana requiere que
los aumentos del desempleo provoquen un cambio en las cuotas distributivas a
favor de los beneficios, mientras que en general durante una crisis o una
depresión los beneficios pueden disminuir más que los salarios. Finalmen-te, la
crítica de Sraffa (1960) y el debate subsiguiente (cf. más arriba
16.8)
demostraron definitivamente que la relación capital-renta no puede considerarse
como una función creciente del salario. Volvemos por lo tanto, a la tesis
original de Harrod, una tesis típicamente keynesiana: el crecimiento en una
economía capitalista es intrínsecamente inestable.
El enfoque neoclásico de la teoría del crecimiento, propuesto
origi-nalmente en un artículo por Solow (1956) y, simultáneamente, en una
contribución del australiano Trevor Swan (1918-1989; cf. Swan, 1956), a pesar
de su debilidad básica estimuló diversas corrientes de investigación.24
Cf. Solow
(2000) para una reseña, y Pasinetti (2000) para una crítica. Robert Solow (n.
1924) recibió el Premio Nobel en 1987, precisamente por su contribución a la
teoría del crecimiento.
La teoría del crecimiento 639
En primer lugar, el modelo original de Solow, que es muy simple
y se basa en una función de producción agregada en la que la relación
capital-tra-bajo es una función continua y creciente del salario, se ha
ampliado para considerar distintos aspectos, tales como los impuestos o un
modelo de dos sectores, sin que, sin embargo, esto modifique el enfoque
original. En particular, en una variante propuesta por el mismo Solow (1957),
el modelo original se enriqueció con la introducción del progreso técnico exógeno.
En segundo lugar, tenemos una rica corriente de investigación empírica que, a
menudo en relación con esta última variante del modelo, trata de determinar la
contribución relativa del capital, el trabajo y el pro-greso técnico25 al
crecimiento económico de los diferentes países; la inves-tigación más conocida
entre las de esta corriente es la de Denison (1967).
Identificar el progreso técnico con el «residuo», esto es, con
aquella parte del crecimiento de la renta que no se justifica por un aumento de
los inputs de trabajo y capital, significa renunciar a explicar lo que, de
hecho, los análisis empíricos demuestran ser el componente más relevante del
cre-cimiento económico. Después de algunos intentos para reducir el tamaño del
«residuo» introduciendo la acumulación en «capital humano» junto con la
acumulación en capital fijo, Romer (1986) abrió una nueva corrien-te de
investigación, ampliando el modelo básico de Solow de forma que se considera
endógeno el progreso técnico, o sea, que se lo relaciona con el crecimiento de
la renta, a través de la introducción de rendimientos cre-cientes o mecanismos
de learning by doing (‘aprender haciendo’) que per-miten el «aumento» del
capital humano dados los inputs físicos de capital y trabajo.26 Esta corriente
de investigación tuvo una fortuna que parece
De hecho, la
contribución del progreso técnico no se determina directamente, sino
residualmente, es decir que es la correspondiente a aquella parte del
crecimiento de la renta que no viene explicada por el aumento de los factores
de producción. Por lo tanto, algu-nos prefieren hablar de un «residuo» (que,
por ejemplo, puede provenir de una mejora del «capital humano», debida a
inversiones en educación y formación profesional) más que de progreso técnico.
Los fenómenos
learning by doing aparecen cuando los costes unitarios de produc-ción
disminuyen a medida que se adquiere experiencia, es decir, en proporción a la
canti-dad acumulada de producto. Objeto de un famoso artículo de Arrow (1962),
aunque desempeñando un papel análogo en el contexto que se trata, estos efectos
no deben con-fundirse con la relación existente entre crecimiento de la
producción y progreso técnico (una forma dinámica de rendimientos crecientes a
escala) llamada «ley de Verdoorn» (cf. Verdoorn, 1949) y que utilizó Kaldor
(1957; 1961) en sus modelos de crecimiento.
640 La época de la
fragmentación
increíble, habida cuenta de sus fundamentos inestables: en
efecto, se sabe que los rendimientos crecientes son incompatibles con el
equilibrio com-petitivo de las unidades productivas individuales, excepto en el
caso de economías de escala externas a las empresas pero internas a la
industria (esto es, al sistema económico en su conjunto, en el «mundo de una
sola mercancía» formalizado en los modelos de crecimiento endógeno); como
Sraffa ya observó en sus artículos de 1925 y 1926, éste es un caso muy específico.
Más fiel a la inspiración keynesiana del modelo de Harrod y
teórica-mente más sólido, sin limitarse al caso de un mundo de una sola
mercan-cía (o lo que es peor, a un mundo de una sola empresa), es el modelo de
crecimiento desagregado desarrollado por Pasinetti (1981), que ya se exa-minó
antes (§ 16.9). Aparte de las implicaciones normativas propuestas por el propio
Pasinetti, el modelo demuestra que sólo por casualidad puede corresponder el
crecimiento real del empleo al crecimiento de la oferta de trabajo, determinada
exógenamente por factores demográficos, y que un cambio tecnológico distinto de
un sector a otro lleva a un cambio continuo en los precios relativos como rasgo
inevitable de un proceso de desarrollo capitalista.27
17.7. Investigación cuantitativa:
el desarrollo de la econometría
El crecimiento económico es un campo en el que el análisis
teórico y empírico van unidos y a menudo interactúan. La idea de que las
cuestio-nes económicas tienen que estudiarse mediante el análisis de relaciones
cuantitativas entre diferentes variables es más general, y es tan vieja como el
estudio de los fenómenos económicos. La aritmética política de William Petty,
como vimos más arriba (§ 3.2), se basaba precisamente en la con-cepción de que
la estructura de la economía estaba constituida según leyes
En el ámbito de
la teoría del crecimiento, recordemos aquí también dos líneas de investigación
netamente distintas de la que originó Solow: una, en la frontera con la
esta-dística económica, debida a Simon Kuznets (1901-1985, premio Nobel en
1971) y otra, en la frontera con la historia económica, debida a Walt Rostow
(1916-2003), con su teo-ría de las «etapas del desarrollo económico» (cf.
Rostow, 1960).
Investigación cuantitativa: el desarrollo de la econometría 641
matemáticas, «en términos de peso, número y medida».
Ciertamente, ésta no es la concepción que prevaleció en los siglos posteriores.
Con Adam Smith predominó la idea de la economía política como una ciencia
moral: una idea más o menos compartida por los protagonistas de los siglos XIX
y XX, tales como Marshall y Keynes. La visión cuantitativa, sin embargo,
siempre presente, acompañó al desarrollo de la recogida de material
esta-dístico (Hacking, 1990); considérese, por ejemplo, la obra de Gauss,
Pear-son y, en temas más específicamente económicos, Engel y Pareto. Una
renovada y enérgica propuesta de la concepción cuantitativa llegó después, a
nivel teórico, con la revolución marginalista de Jevons y Walras.
A Walras se refirió directamente Wassily Leontief (1906-1999,
pre-mio Nobel en 1973) con sus tablas input-output o tablas de
interdepen-dencia sectorial. Éstas son una representación de la economía por
medio de matrices, es decir, cuadrados de números: cada columna indica los
medios de producción utilizados en un sector dado, distinguiéndolos por sector
de origen; cada fila indica el destino, sector por sector, del produc-to de un
sector dado (cf. Leontief, 1941). Sin embargo, si consideramos el período formativo
de los estudios de Leontief, el origen de las tablas input-output debe
encontrarse más bien en los esquemas de reproducción estu-diados por Marx en el
libro II de El capital (cf. Gilibert, 1990). Esta doble ascendencia sugiere que
las tablas de Leontief pueden considerarse como un instrumento técnico para el
análisis estadístico, aptas por sí mismas para ser utilizadas en diferentes
enfoques, sean clásicos o marginalistas. También en el nivel teórico, las
tablas de Leontief, concentrando la aten-ción en los elementos formales del
análisis de los precios relativos y de las cantidades producidas, comunes a las
teorías marxianas y walrasianas, constituyen una contribución que puede
desarrollarse en la dirección de una teoría de los precios como la de Sraffa
(1960), si este aspecto se aísla de la determinación de los niveles de
producción; o de la moderna teoría del equilibrio económico general, si
«cerramos» el modelo añadiendo las preferencias del consumidor, por un lado, y
la elección entre técnicas alter-nativas de producción, por el otro.
Las tablas input-output de Leontief han sido ampliamente
utilizadas en la investigación económica aplicada; su construcción se ha
convertido en una rutina para los institutos estadísticos nacionales, y con
frecuencia la intentan también centros de investigación privados. En el marco
de un
642 La época de la
fragmentación
proyecto de investigación dirigido por el propio Leontief y
organizado por las Naciones Unidas se desarrolló un amplio modelo input-output
multi-rregional de la economía mundial (Leontief et ál., 1977).
Aparte del uso de las tablas input-output individuales para el
análisis de la estructura productiva de un sistema económico, se ha recurrido a
comparaciones entre tablas input-output relativas a distintos países o en
distintos años, para estudiar las diferencias entre las estructuras
producti-vas nacionales y el cambio tecnológico; además, la información
estadística organizada según el modelo de Leontief ha sido utilizada dentro de
la pro-gramación lineal. Bajo el supuesto de rendimientos constantes a escala
en todos los sectores de la economía, las tablas input-output nos permiten
calcular los coeficientes técnicos de producción (esto es, la cantidad de cada
medio de producción requerida por cada unidad de producto); sobre esta base,
las técnicas de programación lineal nos permiten deducir la can-tidad de
producto bruto de los distintos sectores que corresponde a un conjunto dado de
productos netos (y técnicas análogas son, además, apli-cables a una serie de
cuestiones semejantes: cf. Dorfman, Samuelson y Solow, 1958). A nivel teórico,
el sistema de determinación de los niveles de producción bruta a los que se
llega de este modo resulta ser el «dual» (en el significado matemático del
término) de un sistema de determina-ción de los precios relativos basado en las
dificultades relativas de produc-ción de las diversas mercancías; de ahí la
tesis, esgrimida por muchos, de una afinidad entre el análisis input-output de
Leontief y el análisis de los precios de Sraffa que se trató más arriba, en el
capítulo 16.28 Sin embargo, también la relación entre la programación lineal y
la teoría del equilibrio económico general es ciertamente muy estricta. Como se
afirmó antes, las tablas de Leontief pueden relacionarse, con la debida
cautela, tanto con uno como con otro de aquellos enfoques.
La dualidad
entre el sistema de precios y el sistema de cantidades se encuentra en el
centro del modelo de crecimiento homotético (equiproporcional) propuesto por
von Neumann (1937), que también destaca otra correspondencia, la que existe
entre el tipo de beneficio y la tasa de crecimiento. Tanto el modelo de
Leontief como el de von Neumann, sin embargo, se desarrollaron sobre la base
del supuesto de rendimientos constantes a esca-la: un supuesto que en cambio es
externo al enfoque de Sraffa, cuyo análisis se concentra en el problema de la
relación entre los precios relativos y la distribución de la renta (cf. más
arriba § 16.7).
Investigación cuantitativa: el desarrollo de la econometría 643
Un instrumento de análisis empírico, desarrollado bajo el
estímulo de los desarrollos teóricos de la época, pero cuyo uso universal
posterior se ha mostrado ampliamente independiente de sus raíces culturales, es
el siste-ma de contabilidad nacional. En este caso el estímulo principal partió
de la teoría de Keynes y de las categorías macroeconómicas que utilizó. Sin
embargo, por lo menos en el caso del principal protagonista de esta línea de
investigación, Richard Stone (1913-1991, premio Nobel en 1984), también tenemos
que recordar la influencia de la larga tradición de inves-tigación sobre
mediciones de la renta nacional, desde aritméticos políticos como William
Petty, en el siglo XVII, hasta el historiador económico Colin Clark
(1905-1989). El sistema de contabilidad nacional ofrece un con-junto de
categorías, definidas de tal manera que sean susceptibles de un preciso cálculo
estadístico y concuerden con los principios de la contabili-dad por partida
doble, la cual representa el funcionamiento del sistema económico como una red
de flujos de bienes y dinero que relacionan a los diferentes agentes
económicos, o mejor, en la representación agregada de la economía, a los
distintos grupos de agentes económicos. Iniciado por los Estados Unidos y bajo
la dirección de Stone, se ha desarrollado un sis-tema de contabilidad nacional
(SNA, System of National Accounts) (por primera vez en 1953, y posteriormente
se ha revisado una serie de veces) que constituye un obligado punto de
referencia para los institutos nacio-nales de estadística de diversos países.
La creciente disponibilidad de información estadística, con un
grado suficiente de fiabilidad y organizada en categorías definidas de acuerdo
con criterios suficientemente generales, favoreció, sin duda, el desarrollo de
la investigación económica aplicada. Pero los desarrollos de la teoría
estadística, en particular la estadística inferencial, también desempeñaron un
papel importante. Estos elementos (y otros como, especialmente, los avances
informáticos) se combinan para explicar el impetuoso desarrollo, en las últimas
décadas, de la econometría (del griego metron, ‘medición’): la ciencia que
tiene por objeto la identificación de relaciones cuantitativas entre variables
económicas, como base para la interpretación de los fenó-menos económicos. Un
papel relativamente modesto en esta dirección lo desempeñó, en cambio, la
«revolución marginalista» y la subsiguiente reo-rientación matemática de la
teoría económica. Los intentos de estimar valores numéricos exactos para las
relaciones económicas, entre finales del siglo XIX y principios del XX,
consideraron principalmente aspectos exter-
644 La época de la
fragmentación
nos al núcleo de las teorías del valor: éste es el caso de las
curvas de con-sumo estudiadas por Ernst Engel (1821-1896)29 o los estudios de
Pareto sobre la distribución de la renta personal (cf. más arriba § 12.4).
Además, existe un salto cualitativo entre la simple utilización de los datos
estadísti-cos con propósitos descriptivos y la búsqueda sistemática de
relaciones cuantitativas exactas entre variables. Este segundo aspecto es el
que marca el nacimiento de la econometría.
El italiano Rodolfo Benini (1862-1956), estadístico, demógrafo y
economista, estuvo entre los primeros (cf. Benini, 1907) que utilizaron métodos
estadísticos avanzados como las regresiones múltiples en el análi-sis
económico. El americano Henry Moore (1869-1958) y sus discípulos (entre los
cuales podemos recordar a Paul Douglas, 1892-1976, y Henry Schultz, 1893-1938)
siguieron sistemáticamente el análisis cuantitativo a través de estimaciones
estadísticas de las relaciones económicas.30
El noruego Ragnar Frisch (1895-1973) propuso después unos
funda-mentos metodológicos ambiciosos para la recién nacida ciencia
economé-trica, en su editorial del primer número de la nueva revista
Econometrica (Frisch, 1933), editada por él mismo hasta 1955 y concebida como
órga-no de la Econometric Society, fundada en 1930.31 Según Frisch, la
econo-metría constituye la unificación de la estadística, la teoría económica y
las matemáticas, necesaria «para una comprensión real de las relaciones
cuan-titativas en la vida económica moderna».
Contribuciones decisivas para el desarrollo de las nuevas
técnicas eco-nométricas vinieron de los economistas agrupados en la Cowles
Commis-sion, entre los cuales estaban Jacob Marshak (1898-1977), Tjalling Koop-
La «ley de
Engel» afirma que cuando crece la renta familiar, el gasto en alimentos crece
menos que proporcionalmente. Sobre la historia de esta «ley», cf. Kindleberger
(1989), First Lecture.
A Douglas,
junto con el matemático Charles Cobb, debemos en particular la cons-trucción de
la función de producción agregada —la llamada Cobb-Douglas—, utilizada
ampliamente no sólo en los análisis estadísticos, sino también en el análisis
teórico, a pesar de los límites demostrados de sus fundamentos (a causa de la
noción de capital agregado que emplea). De hecho, a nivel teórico la función de
producción agregada puede remon-tarse a Wicksell (aunque él mismo fue
consciente de sus límites: cf. más arriba § 11.5).
En 1969 Frisch
compartió con el holandés Jan Tinbergen (1903-1994), otra figu-ra clave en el
campo que consideramos, el primer premio Nobel de Economía.
Investigación cuantitativa: el desarrollo de la econometría 645
mans (1910-1984, premio Nobel en 1975), Don Patinkin (1922-1997)
y Lawrence Klein (n. 1920, premio Nobel en 1980).32 El noruego Trygve Haavelmo
(1911-1999, premio Nobel en 1989), en un ensayo publicado en 1944 como
suplemento de Econometrica, proponía la inserción en un contexto estocástico de
la estimación de las relaciones econométricas. De esta forma, entre otras
cosas, Haavelmo defendía el enfoque econométri-co contra la crítica que Keynes
(1973, pp. 295-329) había apuntado con respecto a la investigación realizada
por Tinbergen sobre los ciclos econó-micos y a la construcción de modelos
macroeconómicos.33
El desarrollo del análisis cuantitativo recibió un impulso,
particular-mente en los Estados Unidos, de su utilización en apoyo del esfuerzo
béli-co durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, esto vale
princi-palmente para la investigación operativa, que se utilizó para resolver
problemas de planificación del transporte y en cuestiones parecidas. La
econometría moderna, orientada a la construcción de grandes modelos
econométricos, surgió, en cambio, en la inmediata segunda posguerra, en la
Cowles Commission; el primer modelo econométrico de la economía de los Estados
Unidos es el de Klein.34 Debido en parte al crecimiento de la intervención
pública en la economía, en aquella época se sentía fuerte-mente la necesidad de
disponer de previsiones de las tendencias macroe-conómicas, y esto favoreció el
desarrollo de nuevos métodos analíticos a tal fin. Las tensiones políticas de
la guerra fría y las expectativas de una nueva Gran Crisis en las economías de
mercado al reducirse el gasto béli-co, crearon una atmósfera en la que las
previsiones optimistas de los econo-
Para una
ilustración del papel de la Cowles Commission en este aspecto, cf. Klein
(1991).
Contrariamente
a una difundida vulgata, las críticas de Keynes no procedían de una genérica
hostilidad ante el uso de instrumentos matemáticos o estadísticos en el campo
económico, sino de una valoración consciente de sus límites: ¡recordemos que
Keynes fue el autor de un importante Treatise on probability (Keynes, 1921)!
El modelo se
desarrolló en la Universidad de Michigan. Klein encabezó poste-riormente otros
dos proyectos dirigidos a la construcción de modelos macroeconómicos en gran
escala: los llamados «modelo Brookings» y «proyecto Link», orientado a vincular
entre sí los modelos econométricos construidos por los centros de investigación
de dife-rentes países (para Italia, el modelo Prometeia, de Beniamino
Andreatta), llegando esen-cialmente a un modelo mundial articulado por grandes
áreas geográficas y, cuando sea posible, por países.
646 La época de la
fragmentación
mistas de la Cowles Commission venían a constituir un test
decisivo para las nuevas técnicas analíticas, que pronto iban a ser ampliamente
adoptadas.35
Entre los desarrollos más recientes de las nuevas técnicas
econométri-cas, recordemos los que se refieren a los métodos de análisis de
series tem-porales, con los modelos ARMA (autoregresive moving average: cf. Box
y Jenkins, 1970). Todavía más recientemente, el método VAR (vector
autore-gressive: cf. Sims, 1980, 1982) ha sido propuesto como una alternativa a
la econometría tradicional. Esta última ha sido objeto de críticas radicales;
en particular Lucas, 1976, sobre la base de la teoría de las expectativas
racio-nales (cf. más arriba § 17.5), sostenía que los parámetros estructurales
de los modelos macroeconómicos están sujetos a cambios cuando se enfrentan con
medidas de política económica discrecionales, de modo que los propios modelos
no pueden utilizarse para predecir las consecuencias de la adop-ción de medidas
políticas. Después se produjo una avalancha de ejercicios econométricos,
dirigida a «verificar» o «falsar» la teoría de las expectativas racionales (o
sus proposiciones específicas, como la neutralidad de la deuda pública) en
oposición a los modelos de la síntesis neoclásica. En cambio, Sims propone una
«econometría ateorética», en la que la estructura del modelo no está
predeterminada: el análisis econométrico se dirige a especi-ficar caso por caso
el modelo más adecuado, más que a contrastar hipótesis preasignadas. Por lo
tanto, aumenta la distancia entre la teoría económica y la econometría, dado
que la teoría económica parece perder el papel de «apuntadora» de hipótesis
para someterlas a la contrastación econométrica, mientras que por su parte ya
era evidente —o debía haberlo sido— que las investigaciones econométricas no
pueden en ningún caso discriminar entre teorías «correctas» e «incorrectas»,
puesto que en cada caso la verificación se referiría simultáneamente a la
teoría y a los supuestos auxiliares necesarios para traducirla en un modelo
econométrico.36
Entre otros
recordemos el modelo FED-MIT, construido desde 1964 bajo la direc-ción de
Modigliani. También colaboró, desde 1966, en la construcción de un modelo
eco-nométrico para Italia, en el Banco de Italia. Entre los modelos de la
economía italiana, recordemos el que desarrolló Sylos Labini (1967): un modelo
cuya característica propia era la distinción entre los principales sectores
económicos (industria, agricultura, comercio) en cuanto caracterizados por
distintas formas de mercado. Explícitamente orientado a la polí-tica económica
está, en cambio, el «Modellaccio» construido en la Universidad de Ancona bajo
la guía de Fuà (cf. Fuà, 1976).
Cf. Cross
(1982).
Nuevas técnicas analíticas: teoría de juegos repetidos 647
17.8. Nuevas técnicas analíticas: teoría de juegos repetidos,
teoría de procesos estocásticos, teoría del caos
Como ya se indicó más arriba (§ 17.2), la teoría de juegos
desempe-ñó un importante papel en el desarrollo de la moderna teoría del
equili-brio económico general. Esta nueva técnica se utilizó ampliamente
tam-bién en el campo de la teoría de la empresa. La llamada teoría de la
organización industrial proponía, en efecto, un cambio radical en la estructura
analítica del análisis tradicional: esto es, proponía deducir las formas de
mercado del comportamiento de las empresas, más que cons-truir una teoría de la
empresa distinta para cada forma de mercado. Ésta es una «revolución» paralela
a la que simultáneamente tenía lugar en la macroeconomía, donde el recurso a la
teoría de juegos también se difun-dió con rapidez: en ambos casos, se abandona
la idea de que los agentes económicos siguen un comportamiento «paramétrico»,
esto es, que eligen sus acciones suponiendo como un dato —como un parámetro de
la fun-ción que hay que maximizar— el comportamiento de otros agentes, y deben
tenerse en cuenta las reacciones de los demás agentes ante las deci-siones
propias. Al mismo tiempo, en ambos casos —en la teoría de la orga-nización
industrial y en la teoría macroeconómica— el objetivo consiste en desarrollar
los microfundamentos de los que deducir el análisis de las formas de mercado o
la teoría de la política económica. En ambas direc-ciones, la teoría de juegos
favoreció la producción de nuevas contribucio-nes teóricas, pero apoyándose en
conceptos que seguían siendo esencial-mente los que se habían desarrollado en el
marco de la tradicional concepción neoclásica de la racionalidad individual.37
A la inversa, el desarrollo a finales de los años setenta de la
teoría de juegos repetidos, aunque a primera vista podría parecer una simple
exten-sión de una técnica cuya aplicación en teoría económica ha llegado a la
madurez, abre unas interesantes perspectivas para una visión más comple-ja de
la noción de racionalidad y para una comprensión del comporta-miento
cooperativo en los sistemas económicos.
Cf. Tirole
(1988) para la «nueva teoría de la organización industrial»; más gene-ralmente,
cf. Fudenberg y Tirole (1991) para una ilustración de la teoría de juegos desde
la posición de ventaja de los economistas.
648 La época de la
fragmentación
Dentro del enfoque tradicional tienen lugar diversos
desarrollos, tales como el uso de la noción de reputación en la teoría de la
política econó-mica:38 si el comportamiento no cooperativo puede ser
«castigado», pero el castigo tiene un coste inmediato superior al perdón
también para aque-llos que lo administran, el castigo puede, sin embargo,
elegirse sistemáti-camente en el ámbito de un juego repetido, ya que la
reputación de la no conformidad así adquirida inducirá a otros a adoptar un
comportamiento cooperativo.
En cambio, se obtienen resultados menos tradicionales cuando el
aná-lisis se dirige sobre la base de experimentos de «torneos de ordenador», un
instrumento que se utiliza cada vez con más frecuencia debido a las
difi-cultades de resolver los problemas matemáticos con más de dos
jugado-res.39 En estos torneos cada jugador es representado por un programa
informático, que puede ser igual a los elegidos por los demás jugadores o
distinto de ellos; el ordenador hace que los diferentes «jugadores» interac-túen
según las reglas predeterminadas del juego. En un caso que pronto se convirtió
en clásico (Axelrod, 1984), los jugadores se enfrentan en una serie de
encuentros directos; como en el famoso «dilema del prisionero», la elección de
no cooperar proporciona un resultado (pay-off ) mejor que la de cooperar,
cualquiera que sea la elección del otro jugador; pero si ambos jugadores
deciden no cooperar, el resultado es peor que si ambos deciden cooperar. En el
caso de un juego no repetido, la solución de equi-librio es la elección de no
cooperar. En el caso de juegos repetidos, en cam-bio, si cada jugador recuerda
cómo se comportó el otro en anteriores encuentros, puede aparecer la
cooperación. En efecto, los experimentos de torneo estudiados por Axelrod
demostraron que en la gama que va del altruismo al egoísmo asocial el mecanismo
de las interacciones económi-cas (y, en general, sociales) recompensa una
posición intermedia, la llama-
La noción de
reputación se ha utilizado, por ejemplo, para justificar la adopción
sistemática de políticas monetarias restrictivas por parte de los bancos
centrales cuando se han enfrentado a una creciente inflación.
También en este
caso el recurso a las ciencias informáticas favoreció la difusión de esta
técnica de análisis. En efecto, el recurso a simulaciones de ordenador es
frecuente en todos los problemas en los que es difícil encontrar soluciones
matemáticas suficientemen-te generales: así, en las aplicaciones a la economía
de la teoría de los procesos estocásticos no ergódicos, como de la teoría del
caos, que mencionaremos más adelante en este mismo apartado.
Nuevas técnicas analíticas: teoría de juegos repetidos 649
da estrategia del tit for tat (‘ojo por ojo’), en la que el
agente está dispues-to a colaborar pero reacciona negativamente ante aquellos
que responden con un comportamiento no cooperativo; si bien está dispuesto a
perdonar a quien vuelva a cooperar. En cierto sentido, podemos ver aquí una
vuel-ta a la teoría smithiana del interés personal, que se distingue, por una
parte, de la benevolencia y, por otra, del egoísmo (cf. más arriba §§ 5.3 y
5.4). Tal vez podemos ver también en estos desarrollos un indicio de algún tipo
de microfundamento de una teoría evolucionista de las costumbres (pero no de
las instituciones que las sostienen y dirigen, a las que en cam-bio Smith ya
había atribuido una gran importancia).
Como la teoría de juegos, otra técnica matemática, la de los
procesos estocásticos (aplicada a la economía, por ejemplo, por Steindl (1965),
en el análisis de la distribución de las empresas por su dimensión), se ha
uti-lizado en el debate más reciente dentro del enfoque de la corriente
princi-pal (por ejemplo, en macroeconomía, en los modelos del ciclo real) y
den-tro de enfoques heterodoxos, en particular persiguiendo líneas de
investigación evolucionistas. En este último caso, el elemento estocástico desempeña
un papel esencial, dado que el resultado depende del camino aleatoriamente
adoptado (la llamada path dependence). En el ahora famo-so ejemplo de la
máquina de escribir (Paul David, 1985), como en las con-tribuciones teóricas de
Brian Arthur (cf. Arthur, 1994), el aprendizaje mediante la práctica o los
rendimientos crecientes a escala —esto es, esen-cialmente, la presencia de
fenómenos acumulativos en el proceso de desa-rrollo económico— generan unos
resultados que dependen de las vicisitu-des históricas, incluso aleatorias. Una
técnica que por alguna razón aleatoria se elige más a menudo que otra en una
fase inicial —por ejem-plo, una disposición del teclado más que otra, o motores
de gasolina para los automóviles, más que motores eléctricos— adquiere una
ventaja pro-gresiva en comparación con la técnica rival, hasta el punto en que
se produ-ce un fenómeno de lock-in, o sea, la práctica imposibilidad de cambiar
el paradigma tecnológico: una mínima ventaja inicial se convierte en
insu-perable a causa de la presencia de efectos acumulativos.
Este tipo de fenómeno se utilizó inicialmente, como muestran los
ejemplos que se acaban de recordar, en el campo de la investigación sobre el
cambio tecnológico. Posteriormente, también dio origen a la llamada «nueva
geografía económica» (cf., por ejemplo, Krugman, 1990), que trata
650 La época de la
fragmentación
de explicar los fenómenos de concentración espacial de
actividades pro-ductivas específicas. En esencia, una inicial distribución
aleatoria de las empresas en el territorio puede evolucionar con el tiempo,
dirigida por mecanismos acumulativos debidos a los rendimientos crecientes de
la loca-lización que están presentes en los distintos sectores productivos; el
resul-tado es una progresiva diferenciación de la estructura productiva de los
diferentes países y regiones, y, por lo tanto, de la especialización en los
flu-jos del comercio internacional, con fenómenos de lock-in en la división
geográfica del trabajo.
En todos estos casos nos enfrentamos con procesos estocásticos
de un tipo no ergódico, en los que no es posible invertir la dirección del
tiempo, como es posible, en cambio, hacerlo en el caso de procesos ergódicos.
Esta distinción la utiliza Davidson en el contexto del debate macroeconómico
(cf., por ejemplo, Davidson, 1994) para distinguir el papel desempeñado por el
tiempo en el enfoque poskeynesiano y en la teoría dominante. En general, el
análisis de los procesos estocásticos no ergódicos parece dar ori-gen a unos
resultados interesantes para el estudio de los procesos acumu-lativos,
particularmente siempre que está presente alguna forma de rendi-mientos
crecientes a escala: esto es, precisamente en aquellos casos que a la teoría
dominante, incluso en sus versiones más sofisticadas de la teoría del
equilibrio económico general, le resulta difícil —si no imposible— considerar,
pero que ya en la concepción de Adam Smith (1776) se pre-sentan como un aspecto
central de la realidad y de la teoría económica.
También la teoría del caos se ha utilizado en las teorías
dominantes y en apoyo de los enfoques teóricos que atribuyen un papel central a
la incertidumbre y a la historia.40 En efecto, las teorías del caos son
difíciles
En esencia, la
teoría del caos es una teoría matemática en la que el camino que sigue una
variable (o un conjunto de variables) viene determinado —en general,
unívoca-mente— por ecuaciones diferenciales no lineales. Esta teoría se ha
aplicado a diferentes campos de investigación en las ciencias naturales, por
ejemplo, la meteorología (donde nació la teoría de fractales, una teoría
fascinante por la belleza de los objetos geométricos que produce, en la que las
dimensiones del espacio varían continuamente más que por números enteros: una
teoría todavía poco aplicada a las cuestiones económicas, pero que podría
demostrar su utilidad, por ejemplo, en la crítica de las teorías deterministas
en macroeconomía). Para una sencilla ilustración, cf. Gleick (1987); para una
ilustración más avanzada y específicamente dirigida a economistas, cf. Brock y
Dechert (1991); cf. después las referencias bibliográficas que aporta para ver
ejemplos de aplicaciones de la teoría del caos en economía.
Los problemas interdisciplinarios 651
de utilizar en positivo;41 en negativo, nos permiten mostrar la
existencia de una elevada sensibilidad del camino temporal de las variables que
se consideran en las condiciones de partida, tal que incluso una pequeña
diferencia en aquellas condiciones provoca evoluciones totalmente dife-rentes
(según un ejemplo famoso, el revoloteo de las alas de una mariposa en Pekín
puede provocar una tormenta en Nueva York). En este sentido, entre otras cosas,
la teoría del caos se ha utilizado para valorar críticamen-te problemas
relativos a la estabilidad, en particular la hipótesis de con-vergencia de los
precios del mercado a los precios naturales.42 En el campo macroeconómico el
uso de los instrumentos matemáticos del caos demuestra lo fácil que es obtener
pautas de comportamiento cíclico no regular en la economía. Sin embargo, este
instrumento analítico, aunque nos permite criticar los resultados a los que se
ha llegado previamente sobre la base de modelos sencillos compuestos por una
sola ecuación dife-rencial o una ecuación en diferencias finitas de primer
orden, de por sí no permite la identificación de los elementos responsables del
ciclo o del comportamiento de los precios, y, por lo tanto, no permite elaborar
una explicación positiva de este u otros fenómenos.
17.9. Los problemas interdisciplinarios y los fundamentos
de la ciencia económica: nuevas teorías de la racionalidad,
ética y nuevo utilitarismo, crecimiento y desarrollo
sostenible, democracia económica y globalización
El rápido examen de los últimos apartados indica la presencia
simul-tánea de diferentes líneas de investigación en el debate económico
con-temporáneo. En particular, hay un enfrentamiento evidente entre la
con-cepción del problema económico que caracteriza la teoría dominante, basada
en la noción de equilibrio entre demanda y oferta, y la concepción implícita en
los enfoques evolucionistas, o por lo menos en los enfoques
De todos modos,
recordemos el intento de Goodwin (1990) de presentar la teoría del caos como
una interpretación positiva del capitalismo, alternativa al enfoque del
equi-librio de la corriente principal.
Cf. por
ejemplo, los ensayos reunidos en el número monográfico de Political Eco-nomy
(vol. 6, n.º 1-2, 1990) dedicado a «Convergence to Long-Period Positions».
652 La época de la
fragmentación
abiertos al reconocimiento del papel de la path dependence. En
esencia, el enfrentamiento se refiere a dos concepciones distintas. Por un
lado, tene-mos una visión restringida de la teoría económica, que a través del
enfo-que axiomático se propone maximizar el rigor, al tiempo que aborda con
construcciones simplificadas y ad hoc los diferentes problemas que surgen de la
confrontación con los sistemas económicos reales. Por otro, tenemos una
concepción más amplia, que abandona el objetivo de una construc-ción monolítica
y omnicomprensiva, para seguir un variado conjunto de estrategias de
investigación que comparten una mayor atención por el rea-lismo de los
supuestos, y, por lo tanto, —por ejemplo— el reconocimien-to de la necesidad de
tener en cuenta la naturaleza acumulativa de proce-sos económicos cruciales.
En esta segunda dirección, entre los problemas a tratar, los
relati-vos a la etapa de «conceptualización» adquieren relevancia: la
definición de los conceptos de racionalidad, bienestar, desarrollo, igualdad, y
así sucesivamente. Con frecuencia la investigación se hace interdisciplinar,
debido a la importancia que tienen otras ciencias sociales, como la
psi-cología, la ética, la ecología y la política, para investigar estas
nociones. Por otra parte, la subdivisión de la investigación sobre la sociedad
y el individuo en campos separados es un fenómeno relativamente reciente, que
tal vez es inevitable pero que ciertamente no es positivo en ningún aspecto.
Recordemos rápidamente algunos aspectos de estas líneas de
investi-gación. Ya en el siglo XVIII la noción de racionalidad era
implícitamente objeto de investigación en los debates sobre las pasiones y los
intereses (cf. más arriba § 4.3); entre otras cosas, vimos que la noción de
racionalidad, conectada con la persecución del interés personal en el sentido
de Adam Smith (esto es, distinto de la benevolencia y del egoísmo), es más
amplia y más flexible que la que se impuso con la interpretación jevonsiana del
utilitarismo (cf. más arriba § 5.3 y cap. 10). Esta última noción, sin embargo,
prevaleció dentro de la economía dominante y de la teoría axio-mática del
equilibrio económico general. El comportamiento racional se interpreta aquí
como una elección entre un conjunto dado de acciones que maximiza una función
objetivo (más específicamente, el valor espera-do de una función de utilidad
dada), teniendo en cuenta el resultado espe-rado de cada acción.
Los problemas interdisciplinarios 653
Las perplejidades que ya estaban presentes en los siglos pasados
con respecto a esta noción han resurgido también, en diversas formas, en los
cincuenta últimos años. Ante todo,43 tenemos una serie de especifica-ciones,
tales como la distinción entre la racionalidad entendida como coherencia
interna del conjunto de elecciones o como persecución siste-mática del interés
personal por parte del agente económico. Una especi-ficación de esta última
categoría viene dada por la noción de racionali-dad sustancial, entendida como
la persecución del interés personal definible de un modo «objetivo», o sea,
independientemente de las elec-ciones individuales. Tenemos en cambio
racionalidad instrumental siem-pre que el agente económico persigue un
propósito dado, en cualquier caso identificado.
Estas especificaciones, y una serie de problemas lógicos
conectados con ellas, nos llevan a poner de relieve la distancia que separa la
noción de racionalidad típica de la teoría axiomática del comportamiento real
de los individuos. Con todo, el supuesto de comportamiento irracional también
parece irreal. Herbert Simon (1916-2001, premio Nobel en 1978; cf., Simon 1957,
1979) propuso como solución a este dilema la noción de racionalidad limitada.
Debemos abandonar, en su rigidez, los requisitos previos de la noción dominante
de racionalidad: el supuesto de un conjunto predefinido de acciones
alternativas entre las que elegir; el supuesto de conocimiento de los
resultados de las diferentes acciones (el cual puede admitir condiciones de
incertidumbre probabilística —o riesgo, en la terminología de Knight— pero no
incertidumbre tout court); finalmente, el supuesto de una función de utilidad
dada (como un dato objetivo) que debe maximizarse. Así, reconocemos que la
mayor parte del tiempo que se ha gastado eligiendo una acción implica la
recogida de la información, nunca completa, sobre las principales líneas de
acción disponibles y sus resultados, los cuales, en cualquier caso, siguen
siendo inciertos. Además, frente a una multiplicidad de objetivos parece razonable
adoptar un comportamiento «satisfactorio» para obtener un resultado aceptable
para cada uno de los distintos obje-tivos que se persiguen de modo simultáneo,
más que maximizar una
Para un breve
examen de estos aspectos y las referencias bibliográficas conexas, cf. Sen
(1987).
654 La época de la
fragmentación
función que incorpore, con la ponderación adecuada, los
diferentes objetivos.44
Otra corriente de investigación trata de analizar el
comportamiento real de los agentes económicos por medio de experimentos en los
que se simula el funcionamiento del mercado. Entre los líderes de la economía
experimental, recordemos a Vernon Smith (n. 1927), premio Nobel en el 2002,
junto con Daniel Kahnemann (n. 1934). Este último escribió, en colaboración con
Amos Tverski (1937-1996), algunas obras importantes que utilizan ideas
extraídas de la investigación psicológica en el campo del análisis del comportamiento
económico, y en particular de las decisiones en condiciones de incertidumbre.45
La investigación sobre la relación entre la economía y la ética
está conectada evidentemente con el debate sobre racionalidad y objetivos de la
acción humana. En diversos aspectos, el debate en este campo retoma el viejo
debate entre ética consecuencialista y ética deontológica. Como vimos más
arriba (§§ 6.7 y 8.9), el predominio del utilitarismo y del radi-calismo
filosófico entre finales del siglo XVIII y el XIX había llevado al domi-nio del
consecuencialismo, aunque la conexión con la maximización de la utilidad
individual parece discutible en muchos aspectos. Sin embargo, la creciente
insatisfacción provocada por el contraste entre las prescripciones de tal
enfoque y el sentido común46 llevó a un renovado interés por la ética
deontológica, especialmente con Rawls (1971). El nuevo consecuencialis-mo que
se desarrolló entre finales de los años setenta y principios de los ochenta
también rompió cualquier conexión rígida con el utilitarismo: véanse, por
ejemplo, las contribuciones de Sen, basadas en la distinción entre derechos,
funciones y capacidades.47
Una distinción
relacionada con esto es la que existe entre «racionalidad instru-mental»
(adecuación de la estrategia de acción elegida para un objetivo dado) y
«racionali-dad sustancial» (en la que la elección del objetivo también forma
parte del problema, de modo que el objetivo se justifica de algún modo en
cuanto que corresponde a la «natura-leza» del actor). Los teóricos
behavioristas, como Cyert y March (1963), buscan evidencias empíricas sobre las
que basar los análisis de los procedimientos de decisión de las organi-zaciones
complejas.
Sobre la
relación de sus contribuciones con el debate económico reciente, cf. Mirowski
(2002), pp. 300-301, 546 y ss.
Hausman y
McPherson (1996), pp. 9-21, ofrecen algunos ejemplos de tales conflictos.
Véanse, por
ejemplo, los ensayos reunidos en Sen (1984); la edición italiana contie-ne un
apéndice con una extensa bibliografía de sus escritos hasta entonces. Como
ejemplo del debate reciente sobre utilitarismo, véanse los ensayos reunidos en
Sen y Williams (1982).
Los problemas interdisciplinarios 655
Así, en el debate sobre el concepto de racionalidad, como sobre
el de ética, en los últimos años ha predominado una concepción más rica y
compleja que la heredada de la tradición neoclásica. Lo mismo sucedió con el
debate sobre la noción de desarrollo sostenible. Aquí las críticas se referían
a la identificación del desarrollo económico con el simple cre-cimiento
cuantitativo de la renta nacional. En efecto, de esta manera exis-tía el riesgo
de ignorar la multiplicidad de aspectos que concurren en la determinación de la
«calidad de vida»; en particular, los aspectos medio-ambientales48 y el
análisis de la relación entre el crecimiento económico y el desarrollo cívico,
que consideraremos más adelante, corren el riesgo de quedar marginados.
Estos aspectos no deben confundirse con el debate sobre los
límites del crecimiento, que tuvo más resonancia pero también menos sustancia.
El pesimismo conservador de Malthus (y, antes que él, de Necker: cf. más arriba
§§ 6.1 y 6.2) resurgió de nuevo en muchos escritos en el curso del tiempo,
desde el ensayo de Jevons sobre el carbón (Jevons, 1865) hasta la investigación
sobre Los límites del crecimiento estimulada por el Club de Roma (Meadows et
ál., 1972), prestando progresivamente una mayor atención a las cuestiones
ecológicas.
Realmente, los temas medioambientales ya estaban presentes en el
debate económico desde los Principios de John Stuart Mill (1848). Sin embargo,
la ecología en la tradición clásica tiene poco que ver con los temores, típicos
del enfoque marginalista, acerca de los límites del desa-rrollo impuestos por
el inminente agotamiento de los recursos naturales. El problema se refiere, más
bien, al conjunto de interrelaciones entre la actividad económica y el entorno
natural. La noción de desarrollo sosteni-ble (Brundtland, 1987) es una
respuesta progresista a este problema, con la propuesta de una concepción
multidimensional del crecimiento econó-mico. A la inversa, las tesis sobre «los
límites del crecimiento», en el con-
Las críticas a
la «manía del crecimiento» (cf. por ejemplo, Mishan, 1967; Fuà, 1993) avivaron
la atención hacia los diferentes elementos que comprende el desarrollo
eco-nómico y social, más allá del crecimiento unidimensional de la renta
nacional. Por lo tanto, indicadores como esperanza de vida al nacer, mortalidad
infantil, instrucción, desigualda-des de la renta, democracia política y
desequilibrios territoriales (que, en el contexto de la economía global, toman
la forma de los terribles desequilibrios entre el Norte y el Sur a escala
mundial) adquieren importancia.
656 La época de la
fragmentación
texto de una economía mundial caracterizada por dramáticos
problemas de miseria y subdesarrollo, han representado en algunos casos una
postu-ra conservadora, semejante a la representada en otros aspectos por la
tesis referente a la pretendida existencia de una relación inversa entre la
tasa de crecimiento de la economía y el grado de igualdad en la distribución de
la renta, o, lo que es peor, el desarrollo de la democracia y las libertades
polí-ticas.
Los debates sobre estos temas han seguido diferentes corrientes.
En las investigaciones sobre el dualismo entre países desarrollados y en vías
de desarrollo, después de un gran volumen de escritos que han sostenido las más
diversas tesis, parece claro que ni las desigualdades en la distribución de la
renta ni los sistemas políticos autoritarios constituyen requisitos pre-vios
para el crecimiento económico sostenido; por el contrario, podemos afirmar que
el progreso en las condiciones de una vida cívica (educación, condiciones
higiénico-sanitarias, moralidad y eficiencia de la Administra-ción Pública,
orden público y correcta administración de justicia, hasta lle-gar a una activa
implicación de los ciudadanos en la vida política en un contexto de libertades
democráticas) constituye un requisito previo fun-damental para un proceso de
desarrollo socialmente sostenible.49
En el debate sobre los países industrializados, el análisis de
la estruc-tura interna de poder (al que también corresponden los recientes
debates sobre propiedad y gobierno de las empresas: cf. por ejemplo, Barca,
1994) viene acompañado por propuestas, sólo aparentemente utópicas, sobre la
democracia en la empresa: una corriente particularmente rica en Europa (para
una reseña sobre ella cf. Tarantelli, 1986), que incluye los debates
Una enorme masa
de datos, junto con interesantes análisis, pueden encontrarse en los informes
anuales del Banco Mundial, y en el Human development report [Informe del
desarrollo humano] anual del United Nations Development Programme (UNDP),
esti-mulado por Mahbub ul Haq. Sobre la relación existente entre el desarrollo
cívico y el desa-rrollo económico, cf. Sylos Labini (2000). Un grupo de debates
que en algunos aspectos tienen que ver con todo esto y que aquí sólo podemos
mencionar, se refiere a las condi-ciones de transición de las antiguas
economías planificadas a la economía de mercado; en este campo nos encontramos
con un choque frontal entre la tesis del «big bang», que pro-pone la
liberalización inmediata, y la tesis de una transición gradual, basada en la
cons-trucción previa de precondiciones institucionales para el buen
funcionamiento de los mer-cados (que incluye, por ejemplo, la supervisión
eficiente y las autoridades anti-trust), acompañada de políticas dirigidas a
reducir los costes sociales del cambio.
Los problemas interdisciplinarios… 657
sobre autogestión (Vanek, 1970), participación en beneficios
(Meade, 1972), cogestión sindical (Tarantelli, 1978) y ejército del trabajo,
que entre otras cosas implica la distribución de los trabajos menos
cualificados y más desagradables entre todos (Rossi, 1946).
Las dificultades con las que han tropezado estas propuestas no
se refieren tanto a su practicabilidad en un sistema económico dado, sino más
bien a su incompatibilidad con el mantenimiento de condiciones competitivas en
los mercados internacionales, en una economía mundial cada vez más integrada.
Esto nos lleva a recordar finalmente —aunque sólo sea el nombre— una corriente
de investigación que está adquiriendo una creciente importancia, sobre la
globalización y la «nueva economía de las tecnologías de información y
comunicación» (new ICT [Information and Communication Technologies] economy).
El enorme progreso en la transmisión de la información conectado con el
desarrollo de las teleco-municaciones y los ordenadores, la caída de los costes
de transporte, la cre-ciente integración de los mercados financieros en un solo
mercado mun-dial, y la práctica imposibilidad de controlar los flujos
migratorios, todo lleva a una conexión más directa de cada país con el resto
del mundo. En un régimen de no perfecta pero cada vez menos difícil
transferibilidad de tecnologías, la competencia de las economías con costes
laborales bajos (y, por lo tanto, de competencia a la baja, no sólo en
salarios, sino también en condiciones de trabajo) ejerce una presión creciente
sobre los trabaja-dores de los países desarrollados, especialmente sobre los
menos cualifica-dos. Los problemas económicos se añaden aquí a los problemas
políticos y sociales, trayendo al primer plano elecciones difíciles que poco
tienen que ver con la teoría económica de los manuales, y que se refieren a la
estructura económica y social de los distintos países, y, por lo tanto, con
carácter más general, a las diferentes formas que adopta la vida en común en
tradiciones culturales tan diversas como la europea, la americana, la japonesa,
la musulmana, la china o la india.50
Dahrendorf
(1995, p. 4) destacaba, en una síntesis feliz, que «La tarea primordial del
Primer Mundo en la próxima década es cuadrar el círculo entre creación de
riqueza, cohesión social y libertad política. La cuadratura del círculo es
imposible; pero uno puede acercarse a ella, y probablemente éste sea el
proyecto más realista de bienestar social que pueda esperarse realizar».
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¿A DÓNDE VAMOS?
ALGUNAS CONSIDERACIONES (MUY PROVISIONALES)
18.1. ¿Cuántos caminos ha seguido el pensamiento económico?
En el capítulo de introducción he indicado que la historia del
pensa-miento económico es útil para tener un «sentido de la dirección» de la
investigación teórica contemporánea y para explorar los fundamentos
con-ceptuales de los modelos teóricos que se utilizan actualmente. Esto
signi-fica seguir el proceso de abstracción subyacente en dichos modelos y de
este modo estar mejor equipados para valorarlos. ¿A qué conclusiones nos lleva
esto al finalizar nuestro viaje?
Abordemos la cuestión teniendo en cuenta tres aspectos. El
primer punto es si el camino seguido hasta aquí por la investigación económica
discurre en una dirección precisa de progreso. En segundo lugar,
conside-raremos brevemente una de las tendencias principales de la
investigación económica contemporánea: la tendencia a la subdivisión, o más
bien frag-mentación, de la investigación en un número creciente de campos
espe-cializados. En tercer lugar, y la respuesta aquí será inevitablemente muy
provisional y personal —poco más que una apuesta—: partiendo de la
reconstrucción de la historia del análisis económico expuesta en los capí-tulos
anteriores, intentaré determinar en qué dirección convendría que procediéramos.
El primer aspecto constituye una premisa necesaria para tratar
los otros dos. Por fortuna, la respuesta es suficientemente clara: el camino
660 ¿A dónde vamos?
Algunas consideraciones (muy provisionales)
seguido hasta ahora por la investigación económica dista mucho
de ser lineal. Los historiadores del pensamiento simplifican inevitablemente la
materia objeto de su trabajo, concentrándose en lo que ven como rasgos más
significativos. Sin embargo, ni siquiera simplificando al máximo podemos
deducir de nuestra ya sumaria relación un único hilo lógico, y menos todavía un
hilo que proceda de modo lineal que nos permitiría hablar de un ascenso claro y
continuo de la ciencia económica hacia una comprensión cada vez más completa de
la realidad.
Por supuesto, esto no equivale a negar el esfuerzo sostenido
para explorar la realidad que caracteriza a cada una de las diferentes
corrien-tes de investigación. Como vimos en el capítulo anterior, sin embargo,
los fundamentos de la investigación económica —métodos de investiga-ción
implícita o explícitamente adoptados, conceptos utilizados, la misma definición
de lo que es un «problema económico»— no sólo cam-bian en el curso del tiempo,
de un economista a otro, y a través de dife-rentes grupos de economistas en el
mismo período histórico, sino que ante todo no muestran unas tendencias
unívocas. Además, también hemos visto que es difícil hablar de «progreso» sin
la debida matización, incluso en una línea de investigación dada. Recordemos
dos ejemplos que se trataron en los capítulos anteriores: la estructura
analítica más sólida elaborada por Ricardo dentro del enfoque del excedente fue
acompañada, en comparación con Smith, por una representación más simplista de
la noción de homo oeconomicus y de la complejidad de los procesos de
desarrollo; el avance en rigor analítico desde la teoría walra-siana original
representado por la moderna teoría axiomática del equili-brio económico general
entraña también una drástica pérdida de poder heurístico de la propia teoría.
En los capítulos anteriores hemos visto, por lo menos, dos
maneras rivales de concebir el funcionamiento de la economía. Por una parte,
tene-mos una visión subjetiva del valor, considerando que proviene de la
opo-sición entre escasez y utilidad: una visión que hunde sus raíces en la
prehis-toria del pensamiento económico y que, desde Galiani y Turgot hasta la
teoría axiomática del equilibrio económico general, ha desempeñado siempre un
papel fundamental en el debate económico (que sólo oscure-ció, y por poco
tiempo —aunque nunca lo eliminó por completo— el triunfo del ricardianismo).
Por otra parte, tenemos una visión objetiva del
¿Cuántos caminos ha seguido el pensamiento económico? 661
valor,1 basada en la noción de excedente, que expresa las
condiciones de reproducción en un sistema capitalista fundamentado en la
división del trabajo, en el que cada sector tiene que recuperar por medio de la
venta de su producto los medios de producción requeridos para continuar el
pro-ceso productivo, más los recursos que hacen falta para pagar los salarios
de los trabajadores empleados y producir el tipo de beneficio de competen-cia.
También esta visión, desde Petty hasta Ricardo y Sraffa, tiene un papel central
en la historia del pensamiento económico y en el debate contem-poráneo.
Sin embargo, una vez más, sería una simplificación demasiado
drás-tica representar la evolución de la ciencia económica como una
confron-tación continua entre dos visiones rivales y siempre claramente
distintas.2 De hecho, estas dos visiones se encuentran raramente en un «estado
puro»; más bien es el historiador del pensamiento el que —con buenas razones,
debemos añadir— las aísla para ofrecer un panorama más claro de la
multifacética realidad con la que nos enfrentamos, con todas sus luces y
sombras y múltiples posiciones, que no hallan su lugar en una dicotomía
demasiado rígida. Junto con «puristas» como William Petty, por una parte, o
Philip Wicksteed, por la otra, vemos también intentos de tender puentes de una
a otra parte del río (aunque con los fundamen-tos perfectamente reconocibles en
uno de los lados), como en el análisis smithiano de los precios de mercado (e
incluso más, posteriormente, en los análisis de John Stuart Mill y Thomas De
Quincey) o, por otro lado,
Por visión
«objetiva» no entendemos aquí la idea de valor como una característica
intrínseca a la mercancía (como en cierto sentido hace Marx con su teoría del
valor-traba-jo, considerando el trabajo como la «sustancia» del valor: cf.
Lippi (1976); y como también es el caso de las teorías subjetivas que se basan
en una visión sensualista del agente econó-mico, en la que la utilidad se
considera como una característica intrínseca del bien ante la que el homo
oeconomicus reacciona de forma maquinal). Nos referimos más bien a la idea de
que no debe atribuirse ningún papel a los «pensamientos, opiniones, apetitos y
pasio-nes mudables de los hombres», como decía Petty (1690, p. 244), y que
tenemos que dedu-cir el valor más bien de la estructura —Sraffa habría dicho el
«esqueleto»— de una econo-mía basada en la división del trabajo, el mercado y
la propiedad privada.
2 Además, hay que tener presente que sería incorrecto
representar la confrontación entre las dos visiones como una oposición
política, con el enfoque neoclásico-marginalista en el lado
conservador/reaccionario y el enfoque clásico en el lado progresis-ta/revolucionario.
Podemos encontrar representantes de cada uno de estos dos enfoques distribuidos
en todo el espectro político.
662 ¿A dónde vamos?
Algunas consideraciones (muy provisionales)
en la noción marshalliana de los costes reales. Las dos visiones
no se man-tienen en una continua oposición: se entrecruzan (podemos recordar,
por ejemplo, el intento de diseñar ¡un marxismo marginalista!),3 ensayan
com-promisos (que, a decir verdad, en general están condenados al fracaso), y
de vez en cuando —como sucede con más frecuencia en el debate contempo-ráneo—
se ocultan detrás de la esquina, despejando el camino para enfo-ques
declaradamente ateóricos (como en la econometría más reciente).
En estas condiciones el progreso —si es que hay alguno—4 avanza
en muchas direcciones distintas: tan diferentes, ciertamente, que desde el
punto de vista de cada una de ellas, los pasos adelante que se dan en la otra
pueden parecer un retroceso. Estamos lejos de disponer de una línea clara y
unívoca de desarrollo: ¡la confusión reina soberana!
Sin embargo, es precisamente esta confusión la que hace que el
tra-bajo del economista sea en la actualidad tan interesante. Entre los
dife-rentes componentes del trabajo del economista, esto es particularmente
válido para el trabajo del historiador del pensamiento económico. De hecho, la
confusión no procede de un vacío de ideas ante la complejidad del mundo real,
sino de la riqueza de los análisis desarrollados en el curso del tiempo. En
esta época de extrema fragmentación en la investigación, con unas tecnologías
de la comunicación que muestran un progreso espec-tacular, los economistas
parecen cada vez más incapaces de comunicarse entre ellos; existe una necesidad
tanto mayor de encontrar, si no una sola línea, por lo menos algunas líneas
importantes por las que pueda avanzar el análisis económico, y evaluar sus
potencialidades a la luz de sus desa-rrollos. En este esfuerzo los
historiadores del pensamiento económico tie-nen una contribución decisiva que
ofrecer. El hecho de que no existan res-puestas precisas y evidentes hace que
el reto sea aún más interesante.
3 Steedman (1995)
recuerda algunos ejemplos.
Esto se ha
puesto repetidamente en duda por parte de quienes hablan de una «cri-sis en la
economía». De hecho, parece existir cierta debilitación del interés por la
economía siempre que se la interpreta, en general, como una matemática
aplicada, en comparación —por ejemplo— con los estudios empresariales o las
ciencias políticas. La historia del pen-samiento económico podría desempeñar un
papel importante no sólo proporcionando un terreno unificado frente a las
tendencias a la fragmentación interna del campo económico, sino también sacando
a la luz sus fundamentos —las distintas maneras de representar la realidad— y
por tanto su relación con el mundo real (y la importancia de nuestra
com-prensión del mismo).
La división del trabajo entre los economistas 663
18.2. La división del trabajo entre los economistas:
¿podemos avanzar por diferentes caminos?
La segunda cuestión a considerar en estas notas finales tiene
que ver con una característica evidente de la investigación contemporánea que
contrasta con la experiencia de las primeras etapas de desarrollo de la
cien-cia económica: la división del trabajo intelectual ha llevado a la
formación de campos especializados, cada uno de los cuales disfruta de vida
propia. La gama de estos campos parece ampliarse con el tiempo: macroeconomía y
microeconomía; historia del pensamiento, hacienda pública, política económica;
economía monetaria, economía industrial, economía de las fuentes de energía,
economía laboral, etcétera.
Es una situación que en parte puede responder a la necesidad
didác-tica de dividir un corpus cada vez más vasto en varios cursos para su
ense-ñanza a nivel universitario (y, si esto fuera todo, no habría necesidad de
preocuparse, siempre que se arbitrase algún tipo de rotación de los profe-sores
entre los diversos cursos, a fin de mantener las conexiones necesarias entre
ellos). En mayor medida, sin embargo, el fenómeno tiene su origen en la propia
actividad de investigación. También en este caso podemos ver-nos enfrentados a
una respuesta ineludible ante un problema real, es decir, la multiplicación de
las técnicas de análisis y de los resultados de la inves-tigación, y, por lo
tanto, el espectacular aumento de la cantidad de mate-rial escrito que debemos
tener en cuenta cuando tratamos cualquier cues-tión específica. Sin embargo, la
tendencia a una creciente división de la investigación económica en sectores
separados aumenta el sentido de con-fusión mencionado en el apartado anterior;
y no está exenta de riesgos.
Así que tenemos, por una parte, análisis económicos «de bajo
nivel» que hacen un uso indiscriminado de instrumentos analíticos cuyos
funda-mentos teóricos se han visto sometidos a críticas destructivas (por
ejem-plo, la relación inversa entre tipo de salario y empleo en macroeconomía),
pero que pretenden suministrar un asesoramiento «científico» en política
económica sobre la base de unos fundamentos tan poco sólidos. Sucede con
frecuencia que se proponen políticas con apariencia científica que en realidad derivan
de opiniones apriorísticas y que pueden suscitar una razo-nable perplejidad
sobre la base del simple sentido común, mientras que el recurso a un aparato
teórico innecesariamente complejo persigue esencial-
664 ¿A dónde vamos?
Algunas consideraciones (muy provisionales)
mente un efecto retórico. Por otra parte, tenemos teorías «de
alto nivel», ejercicios sofisticados con esquemas axiomáticos que se basan en
procesos de abstracción que nunca se someten a un examen crítico. El elemento
de desafío intelectual puro domina aquí, pero hay un coste significativo en
términos de pérdida de poder heurístico y, por lo tanto, de reducida cuota de
mercado para la ciencia económica en el debate político y cultural.5
En esencia, la división del trabajo en la investigación
económica entre subcampos especializados facilita a menudo la aceptación
acrítica del enfo-que de la corriente principal (mainstream) en cualquier campo
económico específico. El problema económico se concibe como la búsqueda de un
equilibrio que surge de la confrontación entre escasez y utilidad, o entre
demanda y oferta. Detrás de esta concepción se encuentra la representa-ción
estilizada —derivada primero de las ferias medievales y después de la bolsa de
valores— del mercado como un punto (en el tiempo y en el espa-cio) en el que se
encuentran la demanda y la oferta. En este contexto, la identificación del
equilibrio exige determinados supuestos analíticos —convexidad de los conjuntos
de producción y de los mapas de prefe-rencia de los consumidores, racionalidad
de los agentes económicos— que se toman como dados, sin contrastarlos con la
realidad. La elección meto-dológica del individualismo —esto es, de iniciar en
cualquier caso el aná-lisis a partir del comportamiento de los agentes
económicos individua-les— acarrea problemas de agregación insolubles, que se
sortean tácitamente por medio del recurso al análisis del equilibrio parcial (y
la empresa representativa) o al análisis de «mundos de una sola mercancía (y un
solo agente representativo)». Por otra parte, si nos adherimos al análi-sis del
equilibrio económico general, aparte del hecho de que en cualquier caso implica
los supuestos que se han mencionado, no puede haber nin-
La distinción
entre teorías «de alto nivel» y «de bajo nivel» fue propuesta por Samuelson
(1962, pp. 193-194): por una parte, las teorizaciones más rigurosas del
equili-brio económico general no necesitan una noción agregada de capital; por
otra parte, los modelos menos simplificados y menos rigurosos (de una sola
mercancía, o en cualquier caso con capital agregado) desempeñan el papel de
«parábola» comparados con la teoría más rigurosa, y por tanto son útiles en la
investigación empírica y en la docencia. Esta dis-tinción, que ha tenido una
enorme fortuna, fue propuesta, sin embargo, antes de que se demostrase el error
de la «parábola» (cf. más arriba § 16.8). En cualquier caso, la idea de los
«dos niveles de verdad», frecuente en la historia de las religiones, no habría
de tener cabida en el campo de la investigación científica.
La división del trabajo entre los economistas 665
guna esperanza de llegar a unos resultados positivos
suficientemente defi-nidos, útiles para una comprensión del mundo real.6
Un proceso de abstracción —en el sentido de una representación
sim-plificada de realidades que de otro modo serían excesivamente complejas y
multifacéticas— es inevitable en cualquier teoría. Pero debe tenerse siempre en
cuenta la clase de abstracción que se adopta, y someterla repe-tidamente a un
examen crítico, recordando que no es la única posible.
Los fracasos sistemáticos en la satisfacción de este evidente
requisito de la actividad de investigación científica pueden atribuirse en gran
medida a la subdivisión en campos de investigación crecientemente aislados
entre sí. Por una parte, ahora que la historia del pensamiento económico ha
asumi-do el papel de una disciplina distinta, los investigadores que trabajan
en otros campos están perdiendo de vista las concepciones alternativas de la
dominante, perdiendo asimismo la capacidad para el examen crítico de los
supuestos —la «representación del mundo»— típicos del campo en el que trabajan,
y perdiendo ciertamente la motivación para invertir tiempo en semejante examen
crítico. Por otra parte, a consecuencia de cerrarse en campos especializados de
investigación separados, la confrontación con la realidad no tiene generalmente
en cuenta los supuestos básicos deducidos del enfoque subjetivo-marginalista,
sino que se detiene en el nivel de los supuestos auxiliares (cayendo en lo que
Lakatos llama el «cinturón protec-tor» de los programas de investigación: cf.
más arriba § 1.3) utilizados para aplicar la teoría general al campo de
investigación escogido.
Ciertamente no
era ésta la opinión de Walras; pero el largo proceso de corregir y completar su
obra original a nivel analítico ha conducido inevitablemente a estos
resulta-dos (cf. más arriba cap. 12). Recordemos la tesis de Schumpeter (1908):
la teoría del equi-librio económico no puede determinar la posición de
equilibrio, dado que la inclusión de las preferencias de los consumidores entre
los parámetros que se suponen datos del pro-blema la convierte en este aspecto
en una tautología desprovista de valor heurístico; su pro-pósito es, más bien,
el de determinar las consecuencias de una variación en los parámetros, por
medio del análisis estático comparativo (cf. más arriba § 15.3).
Desafortunadamente, el uso de la teoría con esta finalidad exige la unicidad y
la estabilidad del equilibrio (apar-te de la estabilidad de los parámetros que
se suponen como datos del problema, y en par-ticular de las preferencias de los
agentes económicos) y tales requisitos no se cumplen en general.
(Evidentemente, la tradición axiomática «bourbakiana» es indiferente a este
resul-tado, ya que considera que la teoría abstracta se autojustifica; pero
esta posición, nacida comprensiblemente —y no siempre aceptada— en el campo de
la matemática pura, no puede extenderse a la teorización que se orienta a la
política.)
666 ¿A dónde vamos?
Algunas consideraciones (muy provisionales)
¿Hemos de considerar, por lo tanto, que esa confrontación con la
rea-lidad (o, en otras palabras, el examen crítico de los procesos de
abstrac-ción) no desempeña ningún papel —sea el que sea— en la evolución del
pensamiento económico? Ciertamente, una afirmación tan tajante es erró-nea,
especialmente si consideramos intervalos de tiempo suficientemente largos. Los
cambios en las maneras de concebir el sistema económico y analizar sus
funciones que se han ilustrado en este volumen han constitui-do indudablemente,
al menos en parte, una respuesta a los cambios que han tenido lugar en el
ínterin en las economías del mundo real: baste recordar cómo se desvanecieron
las tesis fisiocráticas sobre el papel central de la agricultura (aunque
dejando una herencia nada insignificante de conceptos e instrumentos
analíticos). Sin embargo, en una medida apre-ciable —y todavía más desde que la
economía se convirtió en una profe-sión específica— las más o menos súbitas o
graduales vueltas del camino del pensamiento teórico se han producido en
respuesta a las dificultades u oportunidades que surgieron a nivel analítico.
Por ejemplo, las dificulta-des analíticas desempeñaron indudablemente un papel
importante, junto con otros factores, en el abandono del enfoque clásico basado
en la teoría del valor-trabajo. En términos de respuesta ante las
oportunidades, pode-mos mencionar los desarrollos en el campo matemático, tales
como el cál-culo para la construcción del sistema teórico marginalista, o la
topología para la construcción axiomática de la teoría del equilibrio económico
general. Este fenómeno no se limita ciertamente a la economía: Popper (1976)
habla de un «mundo 3» precisamente para indicar la existencia relativamente
autónoma de un mundo de ideas junto al mundo físico-natural (“mundo 1») y al
mundo de los seres humanos (“mundo 2»).
El predominio, en la investigación, del trabajo de refinamiento
analí-tico por encima de la valoración crítica de los fundamentos de la teoría
tiene también otro efecto: como predicen las teorías evolucionistas de la
tecnología (cf. más arriba § 17.8), los fenómenos de lock-in (u obstruc-ción)
también pueden surgir en el debate teórico. En otras palabras, la acu-mulación
gradual de resultados —teoremas y modelos— en cualquier enfoque específico, en
cualquier sistema de abstracción-conceptualización dado, atribuye a ese enfoque
una ventaja competitiva sobre sus rivales, que —por una variedad de causas a
menudo independientes de la validez de la concepción básica sobre la que se
fundamente su construcción teórica— durante algún tiempo han experimentado una
actividad de investigación
¿Por cuál de los diversos caminos apostaríamos? 667
menos concentrada. Por ejemplo, éste puede ser el caso del
dominio per-sistente del enfoque actual de la corriente principal
(microeconomía axio-mática del equilibrio, macroeconomía de la síntesis
neoclásica, diferentes formas de «síntesis neoclásicas» en otros subcampos de
la economía), a pesar de la escasez de resultados con poder heurístico que han
demostra-do las teorías «de alto nivel», y de los débiles fundamentos teóricos
de los análisis «de bajo nivel».7
18.3. ¿Por cuál de los diversos caminos apostaríamos?
Llegamos así a la tercera de las cuestiones que se consideran en
este capítulo: entre las diferentes «filosofías económicas» —o panoramas
gene-rales del funcionamiento de la economía— que han aparecido en la histo-ria
del pensamiento económico, ¿cuál parece más prometedora? ¿Y cómo —a lo largo de
qué líneas— hemos de intentar desarrollarla?
Como hemos visto, estas valoraciones se reducen inevitablemente
a algo así como una apuesta personal: sin embargo, tiene que ser una apues-ta
tan razonada como sea posible. En cualquier caso, seguramente es mejor que la
aceptación acrítica de la moda del día: las cuestiones teóricas no se deciden
por un voto mayoritario.
Es el historiador quien define las diferentes corrientes de
investigación y las distintas escuelas de pensamiento, y quien traza las líneas
de separación entre ellas. Por artificiales que puedan ser, estas distinciones
no son arbitra-
Esta situación
puede compararse al caso, frecuentemente citado en las teorías evo-lucionistas
del cambio tecnológico, del predominio de los automóviles que consumen gasolina
por encima de los eléctricos, con una brecha entre los dos «paradigmas
tecnológi-cos» que ha ido aumentando con el tiempo, a partir de una situación
inicial de equivalen-cia aproximada. Hoy muchos creen que habría sido mejor que
hubiera predominado el paradigma del automóvil eléctrico, debido a los daños
ambientales del automóvil de gaso-lina, cuya importancia sólo se ha percibido
con claridad en fecha reciente. Otra compara-ción puede ser entre la energía
nuclear y la solar o la eólica: los costes relativamente altos de estas últimas
comparados con los de la primera (si dejamos aparte la cuestión de los
resi-duos nucleares, como hacen casi todos los ejercicios de cálculo de costes)
proceden por lo menos en parte de la concentración de los esfuerzos de
investigación sobre la energía nucle-ar (también, ante todo, por razones
militares). Sólo podemos preguntarnos cuál hubiera sido el desarrollo de la
energía solar o de la energía eólica si se hubieran hecho unos esfuer-zos de
investigación comparables.
668 ¿A dónde vamos?
Algunas consideraciones (muy provisionales)
rias, sino fruto del trabajo científico serio que utiliza los
instrumentos filoló-gicos necesarios. En las páginas anteriores, siguiendo una
tradición estableci-da desde hace décadas y que hasta ahora parece haber
resistido muchos ata-ques, hemos reconocido una división sustancial entre dos
enfoques, el clásico y el marginalista, sin dejar de tener presente que cada
uno de ellos exhibe una extrema variedad, y que existe una «tierra de nadie»
que ambos reclaman, y que está habitada por protagonistas como Keynes y
Schumpeter.
Dentro de esta distinción, hemos visto los límites que encontró
el enfoque subjetivo-marginalista en su desarrollo. Por una parte (en el caso
de Marshall, pero también en el caso de las reflexiones de la escuela
aus-tríaca sobre la competencia como un proceso de aprendizaje), encontra-mos
ideas sugestivas pero vagas, que no se han incorporado en una estruc-tura
analítica. Por otra parte, tenemos un sistema axiomático formalmente riguroso,
aparentemente capaz de extenderse a la consideración de cual-quier tema
económico, pero que en realidad está obligado a abandonar el campo a los
análisis «de bajo nivel» siempre que se intenta aplicarlo a las cuestiones del
mundo real. Además, vimos que el tipo de abstracción sobre el que descansa esta
teorización muestra unos rasgos muy dudosos: desde los supuestos de convexidad
de los conjuntos de producción y de integri-dad de las preferencias de los
consumidores hasta una noción «fuerte» y unidimensional de racionalidad y
representación del mercado como punto de encuentro de la oferta y la demanda,
más que como una red de rela-ciones que englobe a los agentes activos en un
sector o campo de la acti-vidad económica (tomando, por lo tanto, como
referencia el paradigma de la feria medieval o de la bolsa de valores, más que
los flujos de informa-ción en los que reside la competencia). También vimos
como los intentos más recientes para enriquecer la tradición marginalista
acomodando en ella nuevas ideas tales como las ofrecidas por Keynes terminaron
en cons-trucciones que no eran ni rigurosas ni realistas. La tradición
dominante contiene un rico conjunto de instrumentos claramente útiles para el
aná-lisis de fenómenos específicos, y sigue generando ideas atractivas
(inclu-yendo la información asimétrica, la interdependencia estratégica, los
cos-tes de transacción); pero no se ve por qué tales instrumentos e ideas no
pueden utilizarse, mutatis mutandis, en el contexto de un sistema concep-tual
distinto que adopta la división del trabajo y la noción de excedente como
conceptos clave, en lugar de hacerlo con las preferencias de los agen-tes
económicos racionales y la escasez de recursos.
¿Por cuál de los diversos caminos apostaríamos? 669
Llegamos así al enfoque clásico, basado en la división del
trabajo y la noción de excedente. Sus límites también han sido ilustrados,
especial-mente en relación con la teoría del valor-trabajo y la «ley de Say».
Pero también hemos visto que la primera limitación puede superarse por medio
del análisis de Sraffa, mientras que para la última se ha propuesto la
inte-gración con las ideas keynesianas como una solución. Evidentemente, esta
vía no deja intacto el enfoque clásico original: las modificaciones que requiere
no son en modo alguno superficiales.
Uno de los aspectos decisivos de la reconstrucción del enfoque
clási-co tiene que ver precisamente con la manera de unir elementos tan
diver-sos como el análisis sraffiano de la relación entre precios relativos y
distri-bución de la renta, y el análisis keynesiano del desempleo, y aun otros,
como la teoría de las crisis financieras de Minsky o la teoría del oligopolio
de Sylos Labini. Éste es un aspecto que ya hemos tenido ocasión de men-cionar
(§ 16.9); aquí también hemos de limitarnos a unas breves observa-ciones.
Frente a la fragmentación de la teoría económica, que constituye
una característica dominante del período más reciente, podemos especificar tres
actitudes distintas, dos de las cuales se encuentran en extremos opues-tos,
mientras que la tercera representa una posición intermedia. La prime-ra,
posiblemente más extendida y ciertamente más simple, consiste en aceptar la
fragmentación sin preocuparse (por lo menos explícitamente) por la relación
entre las teorías referentes a los distintos aspectos de la rea-lidad
económica. La segunda, en el otro extremo, descansa en el intento de referir
todas las contribuciones teóricas a un fundamento común —el tratamiento
axiomático del equilibrio económico general—, añadiendo los oportunos supuestos
específicos (tales como la información asimétrica) a los axiomas básicos (in
primis, la racionalidad de los agentes económi-cos) y la representación del
funcionamiento del mercado que se basa en su vaciamiento. Tenemos así una
teoría pura y completamente general, y una serie de variantes del modelo base
que abordan distintas cuestiones espe-cíficas.
La tercera actitud proviene de una valoración crítica de las dos
pri-meras. Por una parte, se reconoce que las teorías que se refieren a
aspectos específicos de la realidad económica deben basarse, en cualquier caso,
en alguna representación general del funcionamiento del sistema económico.
670 ¿A dónde vamos?
Algunas consideraciones (muy provisionales)
Por lo tanto, el vínculo entre la teoría específica y la
concepción general es un aspecto que debemos abordar si queremos aclarar los
fundamentos sobre los que descansa la teoría específica. Por otra parte, la
idea de repre-sentar todos los aspectos de la realidad económica mediante un
solo mode-lo general se considera excesivamente inverosímil: una aspiración que
invi-ta a pensar en las ideas del primer Wittgenstein y que,
significativamente, fueron abandonadas ante las críticas de Sraffa (cf. más
arriba § 16.8). Lo que queda, pues, es lo que podemos llamar «compatibilidad
conceptual»: las abstracciones sobre las que descansa inevitablemente el
trabajo teórico no deben llevarnos en ningún caso —ni siquiera en cuestiones
tan especí-ficas como la explicación de los precios del petróleo y sus
variaciones en el curso del tiempo8— a contradecir la representación básica del
funcio-namiento de la economía. En el caso del enfoque clásico, esto implica
que el análisis de temas específicos no debe contradecir características tales
como la división del trabajo, y, por lo tanto, la multiplicidad de mercan-cías
y agentes económicos, el movimiento del capital entre los sectores en busca del
mayor rendimiento, o la naturaleza acumulativa de muchos fenómenos —en
particular, en el campo de la tecnología— y, por lo tanto, la naturaleza
dinámico-evolutiva de las cuestiones económicas fundamen-tales. La apertura al
análisis keynesiano, además, también significa añadir la incertidumbre (¡no
simplemente el riesgo!) sobre el futuro a estas carac-terísticas.9
Por lo tanto, al abordar aspectos específicos de la realidad,
los econo-mistas se encontrarán trabajando en diferentes «áreas analíticas»,
produ-ciendo teorías que por lo común no pueden reducirse a un único
«súper-modelo» general, sino con rasgos comunes que proceden de la común
referencia a las sociedades del mundo real en las que vivimos y a su
repre-sentación básica que caracteriza el enfoque de investigación elegido.
Como vimos antes, parte de la teoría económica —aquella parte que por lo gene-
8 Cf. Roncaglia
(1983a).
Así, por
ejemplo, desde este punto de vista, el supuesto de un mundo de una sola
mercancía en los modelos macroeconómicos de la corriente principal constituye
una abs-tracción errónea, puesto que no puede superarse en un análisis de
segunda aproximación (a causa de la necesidad de suprimir el trade-off entre
salario y empleo sobre el que se basan los resultados obtenidos en tales
modelos), mientras se refiere a una característica crucial de la sociedad en la
que vivimos.
¿Por cuál de los diversos caminos apostaríamos? 671
ral se clasifica bajo la denominación de teoría del valor—
expresa (o inten-ta expresar) en términos analíticos una concepción básica
específica del funcionamiento de la economía. Así interpretada, la teoría del
valor cons-tituye el «corazón» de la ciencia económica: el espacio de
confrontación de los principales enfoques, con sus respectivos núcleos de
características esenciales que deben mantenerse en el proceso de teorización
sobre los temas específicos.
Siguiendo este camino, la reconstrucción del enfoque clásico no
ten-drá que partir de cero, sino de una riqueza de contribuciones en cuanto al
«núcleo» de la teoría económica y a aspectos específicos, pero que no por ello
dejan de ser importantes.10 Así pues, las diferentes contribuciones ten-drán
que estar sujetas a la verificación de la «compatibilidad conceptual»; en
muchos casos esto puede llevar a la reinterpretación y reformulación de las
diferentes teorías.
Aquí no podemos ir más allá de estas —reconocidamente vagas—
indicaciones. Por supuesto, para ver lo buena que es una receta hay que
probarla en la cocina, pero cualquier intento en esta dirección debe ser objeto
de un trabajo aparte.
Desde este
punto de vista, la fragmentación de la investigación económica consti-tuye un
elemento positivo muy importante: las líneas de investigación sobre, por
ejemplo, desarrollo equitativo y sostenible, fenómenos acumulativos en el
cambio tecnológico, modelo institucional de los distintos sistemas financieros,
globalización y muchos otros son en gran medida ajenos a la lógica del enfoque
subjetivo.
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BIBLIOGRAFÍA
El año después del nombre del autor indica la fecha original de
publicación, excepto para los escritos anteriores a 1500. La fecha original de
escritura se indi-ca de vez en cuando entre corchetes. Las referencias a las
páginas del texto corres-ponden a la última de las ediciones que no se citan
entre paréntesis. Cuando no es una edición inglesa, la traducción de las
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En la edición
española, al final de algunas entradas y entre corchetes se indican las
traducciones castellanas y catalanas de las que se tiene noticia. Cuando
existen varias tra-ducciones de una obra, se incluye la más reciente, salvo que
haya otra más antigua de supe-rior calidad. De forma excepcional se mencionan
dos traducciones de una obra, bien porque la más reciente es incompleta, bien
porque se considera recomendable el cotejo de ambas. (N. del E.)
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ÍNDICES
ÍNDICE DE MATERIAS
abstinencia: 306, 322, 411, 474n
acumulación: 74, 177, 183, 186, 229, 249, 250, 251n, 252, 347,
367, 368, 369, 369n, 402, 411, 435, 442, 590
primitiva (o primaria): 330, 340, 368
afirmación
analítica: 19, 23
metafísica: 19
sintética: 19, 23
agente económico: véase homo oecono-micus
agricultura: 43, 139, 140, 141, 142, 143, 146, 147, 149, 156,
253, 283n, 323, 366, 367, 368, 666
agua-diamantes (o agua-oro), Paradoja de: 66n, 154, 188n, 243,
379
ahorro: 228, 229, 230, 231, 441n, 442, 517, 518, 528, 528n, 529,
532, 628 forzoso: 410, 423, 423n, 424, 557,
571
alienación: 210, 210n, 335, 336, 336n, 337
American Economic Association: 450n, 489, 549, 625
análisis
axiomático: 100, 384, 406, 431, 436n, 439, 449, 453-460, 611,
615-616, 664, 665n, 667, 668
de períodos: 232n, 417, 417n, 421, 425, 425n, 517, 534, 535,
535n del equilibrio parcial:
219n, 393,
429, 435n, 473, 476n, 496,
497, 497n, 576, 578, 613, 619,
664
estático: 621, 665n
intertemporal: 425n
secuencial: véase análisis de períodos
anarquismo: 217
anarquista, Teoría del conocimiento:
26, 28n
anatomía: 83, 84n, 86, 93, 114
política: 85, 89n, 90
anti-trust, Política: 491
aprendizaje por la práctica: 649
aritmética política: 11, 85, 86, 88, 89, 89n, 90, 115, 115n,
132, 169, 301, 640
artesanos: 62, 133, 143, 182, 185n, 349, 352
Arthasastra: 46
asignación de recursos: 223n, 428
asimetrías en política económica: 538
astronomía: 25n, 168
avances annuelles, foncières,
primitives:
142, 143n
balanza comercial: 70, 70n, 73, 94, 117, 133n, 160, 161, 161n,
268, 273, 416n, 507n, 519, 538
balanza de pagos: 73n, 78, 79, 80n, 161n, 175, 507n
banca: 138, 208n, 270, 270n, 271, 272n, 569, 572, 618
banco central: 270n, 271, 518, 519
746
Banco de Inglaterra: 246, 247, 270n, 291, 462, 508
bancos hipotecarios: 94
Banking School: 271, 272n, 291
barreras de entrada: 195, 580n, 608, 613, 622, 624
beneficio
de la enajenación (alienación): 74, 342, 343
tipo de: 112, 120, 137, 142, 182, 183, 193, 195, 200n, 201n,
228n, 251n, 255, 255n, 256, 256n, 257, 259n, 261, 264, 265, 288, 306, 309n,
342, 352, 353n, 354n, 356, 358, 359, 361, 363, 393, 523, 523n, 591, 594, 595,
596, 597, 598, 598n, 599, 599n, 600n, 604n, 605n, 607, 608
beneficios: 108, 137, 160, 182, 183n, 191, 192, 193, 248, 249,
251, 252, 253, 301, 302, 303, 307, 308n, 341, 342, 343, 349, 350, 361, 441,
518, 518n
benevolencia: 157, 158, 160, 174, 174n
Biblia: 45n, 46, 47n, 89n, 220n, 409
bienes libres: 454
biología: 624
bolsa de valores: 664, 668
bourbakismo: 460n
British Economic Association: 463, 464, 483
bullonistas: 67, 68, 270n, 272, 272n,
burguesía: 72, 254, 329, 332, 344, 362n, 405n, 408, 505, 563
burocracia: 315n, 405, 409
cadenas causales cortas: 429, 472, 473, 484, 517, 533
cálculo: 318n, 374n, 385, 386, 387, 666, 667n
felicífico: 240, 240n, 241, 242, 243, 316, 318, 384, 385, 386
cambio técnico: 147, 255, 350
cameralistas: 68, 178
capacidades: 50n, 130, 203, 204, 204n,
Índice de materias
205n, 214, 275,
293n, 370, 374,
440, 441n, 581, 654
capital: 228n, 251n, 287, 289, 340, 342, 390, 391, 391n, 411,
412, 414n, 415, 416, 416n, 421, 421n, 433, 440, 441, 441n, 442, 443, 490, 491,
597, 598, 599, 600, 639 circulante y fijo: 259n, 261, 289n,
290, 355n
constante y variable: 346, 352, 354, 355, 355n, 356, 357
financiero: 341, 359n, 367, 626n
capitalismo: 36, 62, 72, 90, 92, 124,
182, 330, 334, 338, 339, 340n,
341, 343, 344, 350, 351, 352, 354,
362, 363, 363n, 364, 366, 367,
369, 407n, 408,
409, 409n, 493,
509, 545, 560, 560n, 561, 563,
564, 591, 592, 651n
gerencial: 543n, 621, 622
capitalistas: 182, 183, 184, 248, 249,
255, 300, 301, 337, 338, 341, 342,
347, 349n, 351,
351n, 352, 357,
358, 359n, 433
Casa de la Moneda: 114, 381
catastro: 72
caza: 151, 177
cercamientos: 233, 276
ciclo
económico: 348, 349, 349n, 350, 350n, 352, 541n, 681
presa-depredador: 348n, 541n ciencia
lúgubre: 224, 225, 281
normal: 24
civilización: 125n, 126, 127, 402
clases: 22, 51n, 133, 143, 145, 147, 181, 182, 191, 191n, 192,
193, 248, 258, 359n, 360
colbertismo: 68n, 72n, 141
colonias: 73n, 74, 75n, 167, 206, 232, 236, 237, 238, 238n, 253,
290
comerciantes: 116, 185n
comercio: 53, 54, 55, 60, 66n, 155, 177n, 178n, 179n, 209n, 291
exterior: 68n, 70, 70n, 72, 73, 74,
Índice de materias
74n, 75, 92,
94, 253, 254n, 273, 274, 275, 275n, 276, 290, 290n,
309, 321, 466, 467, 601 internacional: véase comercio exterior
Compañía de los Mares del Sur: 209n
Compañía del Misisipí: 131n, 237
competencia: 29, 64n, 65, 100n, 102n, 137, 181n, 183n, 194, 195,
196, 196n, 197, 197n, 255, 322, 354, 426, 430, 438, 475, 475n, 476, 479, 480,
492n, 494n, 557, 562, 578, 579, 580
de capitales: 183, 195, 196n, 228n, 256, 267, 320, 407, 430
imperfecta: 498, 499, 501, 542, 543, 579
libre: 195, 196n, 200, 435, 608
monopolística: 322n, 501, 501n
perfecta: 200n, 377n, 499
complacibilitas: 66, 66n,
188n, 385n,
399, 476
composición orgánica del capital: 352, 353, 355, 356, 358
comunismo: 47n, 305n, 324, 332n, 334, 344, 351, 365, 368, 420
concentración industrial: 181n, 231n, 323, 330, 359, 359n, 360,
367, 562
concilios de la Iglesia católica: 61n consumidor
comportamiento: 387n
excedente: 377n, 497, 497n
consumo: 118, 230, 230n, 517, 527,
527n, 528, 528n, 529n, 539, 644 de lujo: 135, 136n, 160, 183,
248,
251, 272, 272n, 340, 345, 346,
347
contabilidad: 45, 572
nacional: 115n, 184n, 193, 495, 528n, 614, 643
por partida doble: 45, 643 contrato
curva de: 394
social: 120, 121, 201, 315n
contratos a plazo: 61n
cooperativismo: 299, 300,
301, 303,
304, 436n
costes: 252
747
comparativos: 258n, 273, 274, 275, 286, 467, 589
curvas de: 180n, 496
de oportunidad: 389, 391, 392
de transacción: 402, 613
físicos: 109, 110, 110n, 189, 293
reales: 297, 298, 307, 389, 662
costumbres y hábitos: 186, 187, 241,
317, 320, 321,
339n, 477n, 493,
493n, 533n, 554, 586n
Cowles Commission: 455, 458n, 617n, 644, 645, 645n, 646
crecimiento: 543, 601, 602, 603, 614, 615, 636, 637, 638, 639,
639n, 640, 640n
crédito: 307, 435, 442, 465, 515, 528n, 554, 557; véase también
banca
crisis: 230, 348, 349, 368, 545, 636n, 662, 669
Currency School: 271, 272n, 291
damnum emergens: 61
demanda: 132, 132n, 225, 226, 228n, 229, 230, 230n, 253, 254n,
262, 263, 321, 322, 322n, 373, 374n, 375, 376, 377, 377n, 379, 427, 428, 430,
431, 432, 436, 436n, 437, 438, 439, 440, 442, 443, 446n, 448n, 449n, 453n, 454,
459, 466, 467, 468
agregada: 227, 369, 526, 527n, 528, 628
curvas de: 156n, 198n, 199, 200, 377n, 392, 401n, 430, 446n,
467, 473n, 475, 476n, 477n, 500, 576, 578, 579
de características: 400n
efectiva: 196, 197
punto de demanda efectiva: 526, 527
democracia: 314, 315, 315n, 655n,
656
industrial: 363n
demografía: 85, 484n
dependencia de la senda: 442n
derechos aduaneros: 72, 156, 159, 253,
281, 290, 403
748 Índice de
materias
desarrollo: 554, 555, 556, 557, 558, 655, 655n, 656, 656n
sostenible: 651, 655, 656
desequilibrio: 416n, 417, 417n, 423, 425, 425n, 440n, 441, 630,
630n
desutilidad: 242, 375, 390
deuda pública: 246, 247, 273, 548, 633
diamantes: 96, 97, 98, 99, 100, 102, 103
dictadura del proletariado: 211, 363, 363n, 365
dinámica: 248, 249, 250, 251, 253, 406, 407, 490, 545, 603
dinero: 43, 60, 60n, 61, 68n, 69, 70, 70n, 75, 75n, 77, 78, 79,
80n, 92, 93, 93n, 94, 119, 120n, 122n, 137, 138, 160, 161, 177, 208, 226, 227,
228n, 261n, 267, 268, 269, 269n, 270, 271, 343, 343n, 376, 402, 418, 435, 444,
444n, 451, 452, 476n, 485, 485n, 486, 514, 515, 516, 517, 530, 531, 532, 542,
549, 570, 571, 627, 628, 629, 631, 632, 635, 636
distribución: 95, 104, 182n, 204n, 249, 250, 251n, 260, 263,
264, 265, 304, 305, 307, 323, 324, 324n, 373, 374, 392, 393, 416, 417, 417n,
435, 446, 477, 490, 490n, 528n, 540, 543, 590, 591, 592, 593, 594, 595, 602,
606, 607, 644; véanse también beneficios, ren-tas, salarios
distrito industrial: 503
divisas: 62, 70,
538; véanse también tipo de cambio, comercio exterior
división del trabajo: 32, 40, 49, 49n,
106, 106n, 129, 158, 178, 179,
179n, 180, 180n, 181, 181n, 185n,
186, 187, 190, 193, 194, 201, 202,
203, 203n, 204,
205, 205n, 210,
210n, 211, 212, 266, 267, 286,
287, 287n, 311,
311n, 312, 313,
313n, 314, 314n,
336, 337, 338,
350, 362, 362n, 373, 391, 392,
402, 477, 590, 591, 611, 621, 663,
669, 670
doctrina de las real-bills: 208n, 270n
dolor: 50, 50n, 156n, 240, 240n, 242, 316, 317, 390
doux commerce: 126, 148
East India Company: 227n
econometría: 98n, 643, 644, 645, 646
Econometric Society: 450, 549, 549n, 644
economía
del bienestar: 448, 449, 495, 496, 497, 497n
doméstica: 47
evolucionista: 31n
experimental: 645
medieval: 55, 63n, 64n
economías de escala: 480-486; véase
también rendimientos a escala Economic Journal: 394, 424, 425n,
463,
464, 471, 483,
483n, 490n, 496, 499,
500, 507, 514,
559n, 560, 572, 576, 577, 579,
580, 581, 586 ecuación de Cambridge: 451, 485, 516
Edinburgh Review: 282, 688
educación: 186, 205n, 209, 211, 216, 223n, 298, 302, 308, 317,
493, 577n
efficiency wages: véase salarios de eficien-cia
ejército industrial de reserva: 330, 348, 349, 350
elasticidad: 481, 507
empleo: 94, 159, 201n, 250n-251n, 276-279, 350, 516-520, 524,
526-527, 539, 599-600, 629-630
empresa: 180-181, 474-481, 491n,
495, 499-501, 502, 522, 575-577,
613, 619-625, 647
representativa: 481n, 499, 500, 579,
580, 581, 664
empresarios: 64, 79, 136, 136n, 137, 204, 207, 226n, 305n, 407n,
409, 433, 440, 481, 502, 522, 526, 526n, 528, 529, 545, 556-557, 563
encíclicas: 55n, 61n, 560
Encyclopédie: 139, 149, 153, 166, 179, 179n, 673, 720
Índice de materias 749
energía: 382, 667n 96,
175-177, 208, 348n, 420, 436n
enfoque
marginalista: 12-13, 36,
44, de bienestar: 225n, 405, 627
196n, 205n, 238,
242-243, 254n, estacionario: 251, 311, 325, 475n,
279n, 309, 324,
371-394, 395, 555
414n, 516, 587, 596-600, 627, 628, estancamiento: 228, 540n
668 estática
comparativa: 439, 445, 446n,
Engel, Ley de: 404, 603, 644 452,
554
equilibrio: 44, 156n,
181n, 200-201, ética
226, 226n, 372,
373, 375-380, consecuencialista: 13, 41, 239, 240,
399n, 401, 401n,
406, 407, 419- 318,
386, 654
423, 425-429, 435-443, 460, 467- deontológica:
654
468, 473-480, 503, 516, 517, 521- etología: 323, 388n, 477
522, 527-529, 534-535,
552-554, Euler, Teorema de:
490n
587, 592-593, 603, 628-634, 651, ex ante
y ex post:
230n, 420, 422n,
664, 665n 528n,
534, 535
estabilidad del: 439, 449, 452, 453, excedente: 43, 80, 104-106, 132, 140-
455, 458n, 459, 665n 147,
149, 183-184, 248-252, 258-
general: 422, 429-460,
473, 484, 259, 285, 329, 340-342, 345-347,
488, 501, 533, 534, 593, 596, 361,
370, 589-607
612, 615-619, 628,
641, 660, expectativas: 513n, 524, 530-531, 534,
664, 669 535-536,
635
temporal: 425, 425n racionales: 273n,
627, 632, 633,
escasez: 98, 188n, 305-311, 373-374, 634, 634n, 635, 646
375-380, 398-399, 428, 432, 577n; explotación:
338-344, 354-355, 361-
véase también raritas 362
esclavitud: 53, 54, 224 externalidades:
449
Escolástica: 50n, 108, 151n, 258, 396 fabianos: 365, 366, 414n
escuela
austríaca: 12-13, 19n,
57n, 395- factores de producción:
201n, 226n,
426, 444, 488, 514, 557, 668 229, 251n, 275, 307, 372, 374,
de Cambridge: 418, 485, 499, 501, 393, 410, 433,
440, 490, 490n,
541, 543, 577n, 635 491,
578, 590, 598, 639
de Chicago: 176n, 208n, 632, 632n familia: 122-123
de Lausana: 396n, 402, 427, 431, feudalismo: 92,
175, 182, 214,
334,
445, 447, 449 340,
344, 351, 409n, 541n
de Salamanca: 54n, 63, 64n, 66n, física:
25n, 86, 163, 383, 389, 429n,
75n 433,
435, 447n, 471, 475n
histórica: 19n, 69, 224n, 311, 348n, fisiócratas: 22, 68, 68n, 73n, 79n, 131,
396, 403, 404, 404n, 405, 406, 133, 133n, 135, 136, 138n, 139,
407, 411, 471, 471n, 489, 492, 140, 141n, 142, 147, 148n, 149,
494, 551, 625 150, 153, 165, 185, 226, 226n,
sueca: 413, 414, 415, 417, 417n, 227n, 295, 567
421, 425, 534 flujo
circular: 229, 329, 337, 375, 528,
espera: 411, 474n, 597, 599, 652 529,
529n, 555, 557, 590, 597
esprit de système: 148, 153 fondo de
salarios, Doctrina del:
235,
estadística: 14, 86, 469, 643, 644 324, 326, 326n
Estado: 44n, 49, 57, 67, 70, 71-72, 90- fuerza de trabajo: 338-344
750 Índice de
materias
Gauss, Curva de (normal): 469, 469n
género, Cuestiones de: 493n
globalización: 92n, 615, 651, 657, 671n
granjeros: 139-147, 182
gremios: 65, 149, 150n, 151
Gresham, Ley de: 68n, 618
grupos no competitivos: 322n
guanzi: 46, 46n
hábitos: véase costumbres y hábitos
hacienda pública: 209, 411, 487 historia del pensamiento
económico,
Papel de la: 9-10, 17-38, 564
holismo: 420, 420n
homo oeconomicus: 13, 81, 401, 422, 428, 448, 470n, 553, 556,
567, 660, 661
horas de trabajo: 308, 308n, 339-340, 354
Iglesia como corpus mysticum: 56
Iglesia, Padres de la: véase Patrística, Pensamiento de la
igualitarismo: 317, 393
Ilustración: 122n, 126-127, 139, 147-156, 177, 212, 213-215,
239, 241, 402 escocesa: 57, 123, 157-161, 170,
175, 176n, 198n,
204, 210n,
214, 319, 337n, 389
imperialismo: 341n, 366
imprenta, Invención de la: 45
impuestos: 84, 85, 92, 94, 95, 96, 104, 115, 147, 209, 247, 268,
272, 272n, 273, 325, 365n, 435, 472, 496, 529, 628, 633, 639, 655
incertidumbre: 216n, 400, 418, 426, 443, 511-514, 524, 533n,
635, 653, 654, 670
indiferencia, Curvas de: 394, 447, 448n, 451
individualismo metodológico: 57, 57n, 59, 388, 388n, 398, 419,
420, 420n, 475, 552
industria: 80, 474-481, 491, 495, 499-501, 526-530
naciente: 117, 275, 283n, 403
inflación: 270n, 417,
424, 515, 548,
557, 570, 571n, 630, 633, 648 información: 426
asimétrica: 612, 613, 618, 625, 668
innovaciones: 557-558; véase también
progreso técnico
input-output, Análisis: 428, 641, 642
institución, institucionalismo: 177, 216, 266-267, 404n, 450n,
492-495, 613-614, 625-627
instituciones internacionales: 536
integración vertical: 91, 105, 105n, 603, 716
intercambio: 44, 64, 435-447
interés, tipo de interés: 60, 60n, 61, 61n, 62, 62n, 63, 63n,
64, 69, 104, 111, 116, 118n, 119, 120, 120n, 137, 143, 156, 160, 208, 241, 255,
271, 273n, 391, 402n, 411, 412n, 413, 415, 416, 417, 417n, 423, 424, 435, 442,
443, 451, 454, 455, 490, 491, 508, 515n, 518n, 520, 521, 523n, 525, 529, 529n,
530, 531, 532, 538, 547, 554, 555, 598, 600n, 628, 635, 636
interés personal: 130, 150n, 158, 171, 173, 174, 175n, 241, 203,
342, 389, 618, 649
intereses y pasiones: 11, 50n, 88, 123, 125, 125n, 126, 127,
129, 130, 170, 172, 206, 238, 240n, 652
International Economic Association: 549 International Working
Men’s Associa-
tion: 303n
inversión: 227, 230, 251, 348, 422n, 423, 513, 517, 518,
527-530, 533n, 603, 623, 628, 635, 636 extranjera: 78, 94
Journal of Economic Issues: 626
jurisprudencia: 165
justicia: 51n, 65, 174, 175-177, 301, 317, 341-343, 497n
King, Ley de: 89n, 115n
Índice de materias 751
laissez-faire: 71, 81, 128n, 240-241 lenguaje
juegos de: 585
nacimiento del: 158
ley
de bronce de los salarios: 182n, 221, 222, 333n, 349n
de la miseria creciente: 344, 351n, 606
de proletarización: 351n, 606
del precio único:
36, 195, 196n, 475, 562, 591
del tipo decreciente
de beneficio: 330, 353n, 359, 360, 363, 365, 604n
natural: 41, 42, 117, 323, 303n, 403
leyes
de cereales: 284n, 285, 286, 290, 382
de movimiento del capitalismo:
344, 350, 351, 354, 359
de pobres: 232-236, 308
liberalismo económico y político: 117-
118, 123, 150-151, 173-174, 175-
176, 186, 205-212, 214-215, 283-
284, 314-315, 325-326, 399, 399n,
418, 422, 510, 515-516, 524, 552n,
570n, 606; véase también laissez-faire
liberalismo metodológico: 550, 551, 552, 566
libertinaje: 128, 130n
Liga Comunista: 331, 331n
lock-in tecnológico: 649, 650, 666
lógica: 322, 382-383
London School of Economics: 271n, 365n, 419, 423, 571n, 577n
lucrum cessans: 61
macroeconomía: 527n, 530, 531, 533, 611, 613, 614, 629, 647,
649, 650n, 663, 667
mano invisible: 130, 200, 200n, 204n, 421, 427, 429, 430, 430n,
431 maquinaria: 233, 250n,
251n, 276,
277, 278, 278n, 279, 311, 312,
313, 323, 342, 345, 349, 412,
515n, 621
materialismo histórico: 331, 332, 334 materias primas, Stocks
reguladores de:
538, 538n
medio ambiente: 450
menu costs: 631
mercado, Noción de: 29, 42-43, 64, 67, 96-103, 126n, 156, 172,
194, 337-338, 376, 400-401, 428, 476, 535n, 664, 668
mercados
accesibles: 580n, 613, 624
contingentes: 99n, 459, 616, 617
financieros: 78, 199n, 524, 530, 531, 539, 542, 572, 611, 636,
657
mercancía patrón: 266, 289n, 358n, 594, 595, 604n
mercancías, Fetichismo de las: 329, 335, 336, 337, 338
mercantilismo: 11, 70, 71, 71n, 72, 80, 149, 208
metáfora de la gravitación: 197, 198, 200
Methodenstreit: 402, 403, 405
método retórico: 26, 27 microeconomía: 615, 617, 663, 667 modelo
del grano: 254, 255, 256, 257, 259, 595
IS-LM: 532, 534, 628, 629, 635, 636
modelos insider-outsider: 631
monetarismo: 557n, 632-635;
véase también teoría cuantitativa del dinero monopolio: 64n, 95, 197n,
210, 293, 307, 315, 323, 435, 455, 555, 622
bilateral: 394, 400
multiplicador: 118n, 521, 521n, 529,
529n, 542
música: 84n
nacimientos, Control de: 219, 220n, 224, 314, 314n
nacionalización: 315n, 323, 348n, 392, 414, 547, 548
752 Índice de
materias
Nash, Equilibrio de: 456, 456n, 617n National Bureau of Economic
Re-
search: 419n, 495
necesidades: 398, 398n, 476n, 553
New School for Social Research: 626n
nominalismo: 57, 57n, 58
números índices de precios: 310, 517
obras públicas: 209, 234, 310, 377n, 429, 519, 521
ofelimidad: 448, 448n
oferta: 132, 225, 262, 307, 375-377, 427-431, 526
curva de: 200, 392, 477, 479, 480, 491, 526, 576, 578, 737
economía de: 634
oligopolio: 64n, 540n, 580, 613, 622, 669
orden espontáneo: 157, 158n, 160, 421, 421n, 422
oro: 68, 68n, 73n, 77, 94, 160, 161n, 250n, 268-269, 382
Österreichische Konjunkturforschungsins-titut: 419
paradigma en la ciencia: 24, 25, 27, 29 Pareto
ley de: 446
óptimo de: 394, 447, 448, 449, 497n
paridad: 108, 151n, 270n, 508n
del poder adquisitivo: 415n, 416n
entre tierra y trabajo: 111n
paro: 22, 105, 310, 349, 498, 509, 515, 521, 537, 542, 628, 629,
630, 631 participación en beneficios, Planes de:
324, 657
pasiones: véase intereses y pasiones
Patrística, Pensamiento de la: 48, 51, 52, 52n, 53, 54, 55, 56,
64, 66 patrón de valor: 189, 193n, 264, 293
grano: 105, 193n, 293
oro: 160, 161n, 250n, 270, 270n, 272n, 382, 508n, 509, 515,
519n, 571
patrones de medida: 44, 44n, 61, 101, 261, 262n, 265, 432, 433,
433n, 439, 441, 442, 444
pensamiento reformista: 155n, 212, 217, 363n, 601-606
período
de producción: 265, 298, 391, 411, 412, 413, 416, 423, 424, 594,
596, 597, 598n, 599
largo y corto; largo y corto plazo:
198, 296, 468, 597-604
Phillips, Curva de: 349n, 630, 632, 633, 704, 718
Pigou, Efecto: 498, 629
placer: 50, 50n, 157, 239-242, 316-318, 384-390
plagio: 484n
planificación: 302, 367, 368, 409, 418, 420, 422, 422n, 645
población: 55n, 159, 182n, 215, 215n, 217-225, 232, 235-238,
251, 324, 414-415, 475n, 637-638
pobreza: 54, 54n, 119n, 149, 215-216, 221-223, 232-236, 276,
304; véase también leyes de pobres
política monetaria: 532, 648n
Political Economy Club: 70n, 282n, 284, 285, 285n, 292, 709, 718
políticas
de empobrecimiento del vecino:
536, 537
fiscales: 519, 533n, 557, 630, 632
positivismo: 19, 19n, 30n, 322, 471n
lógico: 19, 22
poskeynesianos: 83n, 627, 635, 636, 650
precio
a corto y a largo plazo: 198, 296, 296n
bon prix y prix fondamental: 141
corriente y precios políticos: 100, 101, 101n, 102, 103, 302n
de mercado y natural: 29, 44, 64, 101, 101n, 102n, 107, 116,
192, 195, 196, 196n, 197, 197n, 198, 199, 200n, 201, 264, 269n, 302, 302n,
303n, 325, 327, 531, 617
Índice de materias 753
de producción: 358
justo: 36, 51, 59, 61, 63, 64, 65, 65n, 66, 66n, 67, 109, 116,
151n, 376
nivel general de precios: 138, 249n, 267, 417, 516, 517, 632
normal: 471n
teoría de los precios: 44, 104, 106, 107, 109, 116, 132, 157,
192, 193, 258, 262, 264, 289, 296, 374, 401, 432, 466, 502, 503, 553, 577,
589n, 596, 641
preferencia por la liquidez: 63n, 542
preferencias: 242, 387n, 388, 401, 437, 476, 513n, 615, 665n
reveladas: 188, 448
Premio Nobel: 417, 418, 457, 458n, 462, 487n, 492, 544, 590,
618, 619, 625, 628, 629, 631, 632, 633, 638n, 640n, 643, 644n, 645, 653, 654
presupuesto, Restricción de: 387, 401, 438, 439
principal-agente, Problema: 617, 618, 625 principio
del coste pleno: 540, 540n
del riesgo creciente: 539n
probabilidad, Teoría
de la: 378,
506,
511, 513n
procesos
acumulativos: 417n, 650
estocásticos: 615, 647, 648n, 649, 650
producción, Función de: 490n, 639, 644n, 721, 725
productividad: 106, 118, 178-179, 180, 490, 490n, 519
producto marginal: 491
profesionalización de la economía: 39n, 374n, 381, 394, 483, 484
programación lineal: 642
programas de investigación
científica: 18, 22, 26, 27, 28n, 29n, 431n, 665 progreso: 29, 31, 127,
129, 148, 149, 159, 166, 173, 212, 213-216, 224, 225, 238, 283, 325, 363-364,
402,
402n, 469, 656, 660
técnico: 64, 106, 127, 159, 180, 227, 234, 250n, 276, 277, 278,
305n, 310, 345, 349, 350n, 353, 409, 515n, 537, 540n, 545, 556, 557, 558, 558n,
559, 604, 611, 614, 639, 639n
propiedad
derechos de: véase propiedad privada
privada: 43, 48, 52, 53, 54, 55, 55n, 72, 92, 116n, 120, 120n,
121, 122, 137n, 139, 185n, 216n, 231, 299, 303n, 304, 304n, 305n, 323, 324,
324n, 332, 401, 563, 625, 661
proteccionismo: 117, 275; véase tam-bién industria naciente
protestantismo: 164n, 305n, 330, 407n, 409, 409n
Quarterly Review: 282
química: 42
racionalidad: 321, 492n, 615, 647, 651, 652, 653, 654, 654n,
655, 664, 668, 669
radicalismo filosófico: 227n, 239n, 282, 314, 315, 317, 319
Rand Corporation: 617n
raritas: 66
realismo: 57-58
reconstrucciones
históricas: 10, 22, 34, 35n
racionales: 10, 35n, 51n
rendimientos a escala: 479
constantes: 155, 393,
440, 576, 577, 587, 592, 593,
642, 642n crecientes: 151, 180n, 181n, 307, 323, 460, 468, 472, 478n, 479, 480,
488, 499, 577, 577n, 578, 580,
581, 614, 639n, 640, 649, 650 decrecientes: 250n, 478, 478n,
479,
522, 578
renta: 29, 104-105, 136, 136n, 143n, 144, 152, 183, 192-193,
249, 258, 259n, 272, 286, 293n, 299-301, 304, 341, 378, 393, 478, 589
754 Índice
de materias
rentas: 50, 94,
95, 136, 136n, 144, sectores de la economía: 91, 115, 133,
146, 177, 182, 183, 191, 192, 193, 142-147, 181
248, 249, 251, 253, 254, 258, 259, seguro: 216
264, 265, 268, 272, 277, 278, 279, selección de carteras: 631
299, 301, 302, 303, 307, 321, 325, sensualismo: 240n, 377n, 383
343n, 424, 443, 468 simpatía:
158, 171-177
reproducción, Esquemas de: 354, 368, sindicatos: 182n, 302, 326, 339n, 573,
641, 735 626,
629, 630, 632n
retrodesplazamiento de técnicas:
598, síntesis neoclásica:
13, 498, 503, 522,
599n 524n,
533n, 623n, 625, 626n, 627,
Revolución francesa: 12,
151, 207, 627n, 629, 630, 635, 646, 667, 768
213-217 socialismo:
22, 299n, 301n, 305n, 324,
revoluciones científicas: 18, 22, 24, 25, 325, 326, 334, 343, 344, 351, 352,
701 363, 364, 364n, 365, 366, 367,
riesgo: 378, 459, 459n, 512-514 367n, 405,
407n, 546, 549,
560,
riqueza: 73-74, 136n,
137, 320-321, 560n, 561, 562, 565n
432, 435 ricardiano:
301n, 691
riqueza de las naciones, Noción de: 79, sociología: 323, 407,
408, 445, 446,
80, 155, 177, 180, 181, 186, 190, 450, 502, 563, 567, 626, 627
225, 249, 254,
259n, 313, 337, stocks
y flujos: 115n, 450
388, 397, 590, 607 subconsumo: 229,
231, 231n, 232,
riquezas: 259n 347,
348, 369, 424, 539
Royal Economic Society: 464n, 465n, subsistencia: 108, 134,
182n, 183,
471, 472, 483, 505n, 507, 588 218-224,
248-252, 285, 339, 340,
Royal Society: 84, 85 344-347
subvenciones:
496
salarios: 94, 111n,
142, 149, 155, sustitución:
378, 398n, 401n, 428
182n, 184, 184n, 192, 193, 196,
205n, 219, 221,
222, 223, 230, Tableau
économique: 139-147, 428
231, 235, 248,
251, 251n, 253, tasa garantizada
de crecimiento: 636,
259n, 263, 264, 265, 268, 279, 637,
638
297n, 298, 307,
309, 321, 324, tâtonnement:
437n, 438, 439, 441
326, 326n, 333n,
336, 342, 348, temor:
223, 224, 655
349, 349n, 350, 351n, 353n, 355, teorema
360, 361, 412, 435, 498, 519, 523, de imposibilidad: 457
524n, 526, 528,
533, 536, 543, ricardiano de
equivalencia: 272,
592, 593, 594, 595, 599, 599n, 273, 273n
602, 605, 628, 629, 630, 630n, teoría
631, 638, 657, 661 cuantitativa del
dinero: 75, 75n,
de eficiencia: 631 160,
161n, 231, 267, 268, 269,
salvaje: 122n, 233 376,
451, 485n, 516, 517, 544,
sangre, Circulación de la: 42, 93 570, 571, 614, 632
San Petersburgo, Paradoja de: 378, 456 de juegos: 455,
458, 459, 615,
Say, Ley de: 225, 226, 227, 228, 228n, 617n, 647, 647n, 649
229, 247n, 250,
268, 276, 285n, de
la compensación: 277, 279
322, 348, 669 de
la elección pública: 487n
Índice de materias 755
de la imputación: 375, 399, 410, 453
de los estadios: 123, 151, 177n
del caos: 615, 647,
648n, 650, 650n, 651, 651n
del second-best: 703
del valor-trabajo:
65n, 107, 108, 109, 120, 189, 254, 255, 257, 258, 259, 259n, 260, 260n, 261,
261n, 267, 268, 273, 274, 275, 275n, 282, 284, 287, 289, 293, 295, 297, 299,
301, 321, 329, 330, 341, 343n, 344, 346, 353, 354, 355, 356, 358, 359, 360,
361, 362, 362n, 365, 366, 397, 413, 466, 589n, 661n, 666, 669
terratenientes: 182-185, 226, 230, 249-254, 300
tierra: 92, 107-111, 122, 135, 137n, 140-147, 150, 185n, 237,
252-253, 595-596
tipo de cambio: 68n, 70, 78, 507, 515, 519, 571, 572, 587
Tobin, q de: 631n
trabajo y trabajadores: 54, 120-122, 134-135, 155, 180-185,
189-192, 204-205, 229, 261-262, 265-266, 293-294, 325, 335-344, 359-360, 375,
390-393, 412-413, 477, 629 necesario y trabajo excedente: 65,
101, 109, 134, 189, 191, 192,
301, 303n, 305, 340, 340n,
341, 341n, 343, 354, 390
obligatorio: 47, 47n, 211, 235, 362, 363
productivo e improductivo: 73n, 133n, 179, 184, 184n, 185, 185n,
226n, 229, 304
transformación, Problema de la: 354, 358n, 361, 731
trueque: 51n, 425
universidades: 39, 164, 166, 365n, 396, 397, 401, 405, 464, 488,
489, 493, 523, 540n, 542
usura: 50, 51n, 59, 60n, 61, 61n, 62, 63, 63n, 64, 65, 116, 208,
241, 677 utilidad: 65-67, 118,
118n, 151, 154, 187, 188, 188n, 242, 243, 296, 296n,
305-311, 317, 318, 375, 376, 384-
393, 400, 401, 428, 437, 437n, 459
cardinal: 188, 447, 448, 448n, 455
comparaciones interpersonales de:
386, 386n, 393
marginal: 51n, 243, 296n, 306, 307n, 309, 311n, 318n, 371, 376,
378, 380, 385, 390, 393, 394, 401n, 410, 432n, 439, 466, 476n, 477, 489, 497,
553, 553n, 578, 615
ordinal: 188, 447
utilitarismo: 13, 156, 172n, 238, 239, 240n, 241, 242, 243, 282,
299n, 315, 316, 317n, 318, 319n, 326, 377, 380, 386n, 400, 422, 615, 651, 652,
654, 654n
utopías: 46n, 213-217, 305, 305n
valeur appréciative, valeurs estimatives: 151 valor
absoluto: 108, 260, 261, 261n, 262, 263, 265, 267, 285, 288n,
292, 293, 295, 588, 595
de cambio: 51, 51n, 60n, 75, 120n, 151, 188, 188n, 189, 243,
260, 261, 261n, 263, 263n, 264, 265, 269, 275n, 285, 287, 288n, 290n, 292, 293,
295, 297, 325, 344, 376, 379, 379n, 380, 390, 400, 588
de uso: 51, 51n, 187, 188, 188n, 243, 325, 376, 379, 380, 384,
398, 399, 448
subjetivo: 155, 156, 185, 197, 204n, 294, 307, 309, 310, 311,
316, 318, 368, 371, 372, 374, 376, 377, 380, 382, 384, 386, 388, 389, 390, 398,
401, 429, 430, 448, 465, 466, 660
velocidad de circulación: 75, 94, 119, 137, 138, 267, 268, 451,
452, 485, 485n, 632
756
Índice de materias
ventaja comparativa: 253
virtuositas: 66, 66n, 188n, 385n,
399, 476
competitiva: 22, 23, 24, 25, 27, 28,
29, 34, 36
visión
acumulativa: 10, 17, 18, 19, 20, 21,
22, 34
«arco»: 11, 12
Walras, Ley de: 439, 628
Westminster Review: 282, 292n, 387n
ÍNDICE ONOMÁSTICO
Abelardo, Pedro: 57n, 58, 58n, 59, 59n
Accursio, Francesco: 67
Adams, Henry Carter: 489
Agustín, San (obispo
de Hipona): 54,
54n, 64, 66
Akerlof, George: 618, 618n
Akermann, Gustaf: 416
Akhtar, M. A.: 159n
Arthur, W. Brian: 649
Asimakopulos, Athanasios: 514n, 544
Aspromourgos, Tony: 86, 86n
Augello, Massimo M.: 545n
Aupetit, Albert: 446n
Auspitz, Rudolph: 396n, 675
Axelrod, Robert: 648
Azpilcueta, Martín de: 75n
Alberto Magno, San: 64
Alembert, Jean Le Rond d’: 139, 166,
179, 179n
Algazel: 179n
Allen, Roy George Douglas: 448n
Allocati, Antonio: 486n
Alter, Max: 395n, 396n, 398n, 405n, 406n
Althusser, Louis: 362n
Ambrosio, San (obispo de Milán): 64
Amodio, Luciano: 368n
Anderson, James: 252n
Andreatta, Beniamino: 645n
Andrews, Philip Walter Sawford: 540n
Antonino, San (obispo de Florencia):
66n, 188n
Aristarco de Samos: 25
Aristóteles: 45, 47, 48, 49, 49n, 50, 50n,
51, 51n, 52, 54, 55, 56, 57, 57n, 60,
60n, 62, 64, 64n, 66, 108, 164, 178,
392, 420n, 566
Arnon, Arie: 271n
Arrow, Kenneth Joseph: 31n, 200n, 374,
449, 451, 456, 457, 458, 458n, 459,
460, 460n, 615, 639n
Babbage, Charles: 12, 311-314, 323,
Babeuf, François-Noël: 305n, 329, 331n
Bach, Johann Sebastian: 387
Backhouse, Roger E.: 449n, 492n
Bacon, Francis: 47n, 87, 87n, 88, 90,
179
Bagehot, Walter: 487
Bagioti, Anna: 434n
Bailey, Samuel: 12, 282, 292-294, 296,
306, 307, 325, 379, 385n
Bain, Joe Staten: 613, 622, 623
Bakunin, Mijaíl Alexándrovich: 332n,
333
Baran, Paul: 370
Barber, William J.: 495
Barbon, Nicholas: 94, 118, 118n
Barca, Fabrizio: 656
Barkai, Haim: 261n
Barnett, M.: 395n
Barone, Enrico: 422n, 446n
Barro, Robert J.: 273n, 630n
Bartley, Williams Warren: 419n
Barton, John: 277, 278
758 Índice
onomástico
Bastiat, Claude Frédéric: 283n Boettke,
Peter J.: 426n
Bauer, Bruno: 329, 331 Böhm-Bawerk, Eugen
von: 229, 310,
Bauer, Otto: 367n, 546 357,
375, 391, 396n, 399n, 400n,
Baumol, William J.: 228n, 580n, 613, 410-414, 415, 416, 418, 421, 490,
621, 624 546,
547, 554, 597
Beaugrand, Philippe: 271 Boisguillebert,
Pierre le Pesant, señor de:
Becattini, Giacomo: 14,
464n, 469n, 117, 118, 118n, 136n
470n, 503n Bonar,
James: 220n
Beccaria, Cesare: 39n,
79n, 124, 131, Bonifacio
VIII (papa): 56n
156, 156n, 215, 239, 240, 377n Boninsegni,
Pasquale: 446n
Bedeschi, Giuseppe: 120n Boody,
Elisabeth: 549
Bellarmino, San Roberto (cardenal): 88n Boole, Georges: 383, 383n
Bell, Vanessa: 506 Bordiga,
Amadeo: 574
Bellofiore, Riccardo: 410n Bortkiewicz,
Ladislaus von: 357, 358n,
Benedicto XIV (papa): 61n 360,
361, 443
Benini, Rodolfo: 644 Botero,
Giovanni: 79n, 80n, 220, 221
Bentham, Jeremy: 41, 63, 64n, 124, 156, Bourbaki, Nicolas: 460n
220, 220n, 227n, 238-243, 282, 314, Bowles, M: 376n
316, 316n, 317,
318, 319, 342, Bowley, Marian:
235n, 236n, 307n,
372n, 380, 384, 385, 385n, 386, 308n, 310n, 311n, 485n
387n, 389, 423n Box,
George Edward Pelham: 646
Berg, Maxine: 279n Boyer,
G.: 235n
Bergson, Abram: 497 Brandolin,
Silvia: 14
Berle, Adolf A.: 493, 621 Braverman,
Harry: 313n
Bernardino de Siena,
San: 66n, 188n, Bray,
John Francis: 299, 303, 303n
399, 476n Brenner,
Robert: 136n, 409n
Bernoulli, Daniel: 378, 378n, 456, 514 Brentano, Lujo: 408, 415
Bernstein, Eduard: 365 Breton,
Y.: 283n
Besicovitch, A. S.: 587 Brewer,
Anthony: 135n
Bhaduri, Amit: 544 Bridel,
Pascal: 444n
Bharadwaj, Krishna: 27n, 253n, 256n, Brissot de Warville, Jacques-Pierre: 343n
295n, 474n, 479n, 496, 544, 601n Brock,
William A.: 650n
Biagini, Enza: 156n Bronfenbrenner,
Martin: 20n
Biagini, Eugenio: 462n Brouwer,
L. E.: 453, 455
Bismarck, Otto von: 365n, 405 Brown,
Florence: 505
Black, R. D. Collison: 372n, 382n, 383n Brugge, Anna: 415
Blanc, Louis: 305n Brundtland,
Gro Harlem: 655
Blanqui, Jérôme Adolphe: 283n Brus,
Wlodzmierz: 370
Blanqui, Louis: 283n Brusco,
Sebastiano: 503n
Blaug, Mark: 27n,
35n, 198n, 226n, Bruto,
Marco Junio: 560n
372n, 376n, 377n, 468n, 627n Bryce,
J. C.: 171n
Bobbio, Norberto: 122, 123 Buccleuch,
H. S., duque de: 165, 166
Bodin, Jean: 75n Buchanan,
James: 487n
Boecio, Anicio Manlio Torcuato Severi- Bujarin, Nikolái Ivánovich:
367, 368,
no: 52 386n
Índice onomástico
759
Buonarroti, Filippo: 329, 331n
Buridán, Juan: 66, 66n
Burke, Edmund: 403
Burlamaqui, Jean-Jacques: 432n
Burmeister, Edwin: 599n
Busino, Giovanni: 445n
Cairnes, John Elliot: 322n
Caldwell, Bruce J.: 19n, 395n
Calvino, Juan: 63
Calzoni, Giuseppe: 558n
Cammarota, Lionello: 84n
Campanella, Tommaso: 47n, 305
Campbell, R. H.: 171n
Canard, Nicolas-François: 432n
Candela, Guido: 143n
Cannan, Edwin: 86n, 260n
Cantillon, Richard: 31n, 79n, 91n, 114,
115n, 117, 118n, 119, 131-138, 140,
147, 159, 181, 183, 189, 192, 192n,
206, 220n, 226, 226n, 237, 428, 483,
484n
Caravale, Giovanni A.: 251n
Carey, Henry Charles: 253n
Carlyle, Thomas: 224n, 281, 314n, 317
Carmichael, Gershom: 116n
Casarosa, Carlo: 251n
Cassel, Gustav: 415, 415n, 453, 453n,
454, 458
Cattaneo, Carlo: 283n
Cerroni, Umberto: 343n
César, Cayo Julio: 560n
Cesarano, Filippo: 19n, 20n
Chafuen, Alejandro A.: 54n, 63n, 64n,
66n, 75n, 151n, 409n
Chamberlin, Edward H.: 501, 501n,
559, 562, 577n
Chaunu, Pierre: 148n
Cherbuliez, Antoine Elisée: 311
Chevalier, Michel: 283n, 311
Child, Josiah: 119, 119n, 120, 232n
Chilosi, Alberto: 540n
Chiodi, Guglielmo: 417n
Churchill, Winston Leonard: 508n
Cicerón, Marco Tulio: 51
Ciocca, Perluigi: 571n
Cipolla, Carlo M.: 45n, 75n
Cipriano, San (obispo de Cartago): 55n,
220n
Clapham, J. H.: 496, 499, 559n, 576,
577
Clark, Colin: 643
Clark, John Bates: 393, 450, 489, 490,
490n, 491, 492, 494n
Clark, John Maurice: 489n, 491n, 494
Clower, Robert Wayne: 630, 630n
Coase, Ronald H.: 613, 619, 620, 625
Coats, Alfred William: 372n, 374n
Cobb, Charles: 644n
Cobden, Richard: 254n
Colander, David C.: 533n
Colbert, Jean-Baptiste: 72n, 118, 141
Cole, George Douglas
Howard: 299n,
303n, 305n
Coleridge, Samuel Taylor: 317n
Colletti, Lucio: 210, 361, 362n
Colquhoun, Patrick: 301, 302
Commons, John Rogers: 495
Comte, Auguste: 322,
323, 407, 447,
471n
Condillac, Étienne Bonnot de: 149, 169,
305n, 316n, 377, 432n
Condorcet, Marie Jean Antoine Nicolas
Caritat, marqués de: 126, 206, 215-
216, 217, 220,
220n, 221n, 223,
224n, 383
Condorcet, Marquesa de: véase Grouchy,
Sophie Marie Louise de
Constantino el Grande (emperador): 52
Copérnico, Nicolás: 25, 75n, 88n
Corry, Bernard Alexander: 230n
Corsi, Marcella: 14, 181n, 311, 447
Cosmo, Umberto: 573
Cournot, Antoine-Augustin: 198, 283n,
377, 377n, 429, 429n, 432n, 479,
483
Coyer, Gabriel François: 149
Croce, Benedetto: 447n, 570n
760 Índice
onomástico
Cromwell, Oliver: 84 Diderot,
Denis: 139, 149, 179
Cross, Rodney: 646n Diggins,
John P.: 493n, 494n
Custodi, Pietro: 76, 80, 80n, 81, 156, Di Nardi, Giuseppe: 488
220 Diodoro
Sículo: 40, 178
Cyert, Richard Michael: 654 Dobb, Maurice:
23n, 27n, 192,
327,
340n,
409n, 422n, 541, 541n, 588,
D’Annunzio, Gabriele: 487, 488 601n
Dahrendorf, Ralf: 627, 657n Domar,
Evsey David: 602, 637
Dante Alighieri: 392 Donzelli,
Franco: 14, 388n, 417n, 421n,
Dardi, Marco: 462n, 470n 448n
Da Rosa, Gabriele: 445n Dorfman,
Robert: 642
Darwin, Charles: 219n, 404, 468, 469, Dosi, G.: 502n
474, 474n, 475n, 502 Dougherty, Christopher
Robert Sykes:
Dasgupta, Ajit Kumar: 46n 599n
Davanzati, Bernardo: 68n, 70n, 75, 75n, Douglas, Paul H.: 644, 644n
154, 376 Duhem,
Pierre: 23n
Davenant, Charles: 89n,
115, 115n, Dumoulin, Charles: 63
120, 134, 181 Dunlop,
John Thomas: 527
David, Paul: 649 Duns
Escoto, Juan: 54, 57n, 64n, 65n
Davidson, Phyllis: 626, 650 Du Pont
de Nemours, Pierre
Samuel:
Deane, Phyllis: 121n, 198n, 495n, 505n 140, 150n
Debreu, Gérard: 31n, 148n, 200n, 374, Dupuit, Arsène Jules
Étienne Juvenal:
449, 451, 456, 457n, 458, 458n, 377, 377n, 429, 429n
459, 460, 460n, 615
De Cecco, Marcello: 571n Eatwell,
John: 256n, 358n, 604n
Dechert, W. Davis: 650n Eden,
Frederick: 235n
De Finetti, Bruno: 456, 513 Edgeworth,
Francis Ysidro: 296n, 322n,
Defoe, Daniel: 117, 118, 234n 392,
393, 394, 394n, 442n, 443n,
Deleyre, Alexandre: 179n 448,
451, 547, 579, 586
De Marchi, Neil Barry: 24n, 27n, 318n Eggertsson, Thrainn: 625n
Demócrito: 330 Egidi,
M.: 200n
De Morgan, A.: 383, 383n Eichner,
Alfred S.: 623
Denis, Henri: 107n, 231n Einaudi, Luigi:
79n, 95n, 450,
570,
Denison, Edward Fulton: 639 570n,
589
De Quincey, Thomas:
12, 198, 283, Elias,
Norbert: 125n
294-296, 297, 661 Ellman,
M.: 368n
De Roover, Raymond: 60n, 63n, 64n, Eloísa (esposa de Abelardo): 58n
65n, 66n, 67n Eltis,
Walter Alfred: 230n
De Santis, Marco Antonio: 77, 78, 80n Ely, Richard Theodore: 489, 495, 495n
Descartes, René: 84n, 89n, 139n, 148, Engel, Ernst: 404n, 603, 641, 644, 644n
148n, 163, 214, 437n Engels, Friedrich:
126n, 211n, 223n,
De Viti de Marco, Antonio: 487 331, 331n,
332, 332n, 333,
335,
De Vivo, Giancarlo: 284n 351n,
353, 362, 362n, 363n, 364
Dewey, D.: 489n Epicuro:
51, 330
Índice onomástico
761
Épinay, Louise-Florence Pétronille Tardieu
d’Esclavelles, madame d’: 153, 153n
Eshag, Eprime: 486n
Euclides: 163
Euler, Leonhard: 490n
Fabio Máximo Cunctator, Quinto: 365
Fanno, Marco: 418, 418n
Faucci, Ricardo: 155n, 156n, 208, 283n,
377n, 385n, 404n, 570n
Fawcett, Henry: 322n, 463, 463n
Ferguson, Adam: 158, 210n, 337n, 484n
Ferrara, Francesco: 79, 79n, 208n, 307n,
404
Fetter, Frank Whitson: 282n, 284n
Feuerbach, Ludwig: 329, 331,
Feyerabend, Paul: 24, 26, 27, 28n, 170,
550
Filangieri, Gaetano: 79n, 155n, 215
Finley, Moses I.: 47, 51n
Fisher, Irving: 431, 448, 450-452, 485,
489, 516, 519, 570
Fitzmaurice, Edmond: 83n, 237n
Flux, Alfred William: 490n
Foner, Philip Sheldon: 335n
Forges Davanzati, Guglielmo: 70n
Fourier, Charles: 305n
Foxwell, Herbert Somerton: 299n, 301
Francisco de Asís, San: 53
Franklin, Benjamin: 167n
Freeman, R. D.: 483n
Friedman, Milton: 544, 551, 614, 632,
632n, 633
Frisch, Ragnar: 549n, 644, 644n
Fuà, Giorgio: 646n, 655n
Fudenberg, Drew: 647n
Fullarton, John: 271, 291
Fumagalli Beonio Brocchieri, Maria
Teresa: 57n, 58n
Fuoco, Francesco: 283n
Galbraith, John Kenneth: 359n, 493, 626
Galiani, Ferdinando: 76, 76n, 80n, 148,
152-156, 159, 188n, 197, 204n, 215,
243n, 306, 376, 379, 429, 660
Galilei, Galileo: 88, 88n, 89, 89n, 169
Gallaway, Lowell Eugene: 599n
Ganilh, Charles: 283n, 311
Gårdlund, Tortsten Waldemar: 414n
Garegnani, Pierangelo: 256n, 361, 362n,
416n, 443n, 544, 593n, 597, 598n,
599n, 604-606
Garnier, Joseph: 283n
Gauss, Karl Friedrich: 469n, 641
Genovesi, Antonio: 39n, 79n, 155,
155n, 215
George, Henry: 303n, 392
Georgescu-Roegen, Nicholas: 30n, 378n
Gerson, Jean: 64n
Gherity, James A.: 208n
Giacomin, Alberto: 136n
Gilibert, G.: 143n, 200n, 641
Ginzburg, Andrea: 230n, 302n, 304n
Gioja, Melchiorre: 283n
Giuliani, Alessandro: 27n, 170n
Gleick, James: 650
Gobetti, Piero: 570n, 572
Gödel, Kurt: 460
Godwin, William: 217, 218, 218n, 221,
223, 224, 333n
Goethe, Johann Wolfgang: 317n
Goldman, Lawrence: 322n, 463n
Goodwin, Craufurd D. W.: 372n
Goodwin, Richard M.: 348n, 541, 541n,
549, 651n
Gordon, D. F.: 20
Gossen, Hermann Heinrich: 310, 311n,
378, 378n
Gournay, Vincent de: 118, 150, 150n
Gramsci, Antonio: 91n, 245n, 569,
570n, 573, 574, 575, 581, 586
Graunt, John: 85, 484
Gray, John (1799-1883): 299, 302, 305
Gray, John (n. 1948): 419
Graziani, Augusto (1865-1944): 404n
Graziani, Augusto (n. 1933): 418n,
443n, 486n
Gresham, Thomas: 68, 68n, 84, 618
Grocio, Hugo (Hugo de Groot): 116n,
120
762 Índice onomástico
Groenewegen, Peter: 39n, 462n, 464n,
474n, 482, 483n
Grossatesta, Roberto: 52n
Grossman, Herschel I.: 630n
Grotius: véase Grocio, Hugo (Hugo de Groot)
Grouchy, Sophie Marie Louise de: 206
Guger, A.: 537n
Guillebaud, Claude Williams: 464n, 472
Guillermo de Champeaux: 58
Guillermo de Ockham: 57n
Gutenberg, John Gensfleisch zum: 45n
Haavelmo, Tryqve: 645
Haberler, Gottfried: 547n
Hacking, Ian: 469n, 641
Hahn, Frank Horace: 458n, 459, 593n, 616n, 637
Hales, John: 68, 68n
Halévy, Élie: 239n
Hall, Charles: 301
Hammurabi: 45, 46
Hamowy, Ronald: 158
Hands, D. Wade: 19n, 23n, 315n
Hansen, Alvin H.: 540n, 561
Haq, Mahbub ul: 656n
Harcourt, Geoff C.: 14, 544, 599n
Harrod, Roy Forbes: 368, 505n, 523, 543, 577, 577n, 597, 598,
598n, 600, 602, 614, 636, 637, 638, 640
Harsanyi, John: 242n
Hart, Neil: 475
Harvey, William: 42, 93, 93n
Hausman, Daniel M.: 654n
Hawtrey, Ralph George: 486, 515, 515n
Hayek, Friedrich August von: 58n, 271n, 407, 410, 413, 414, 417,
417n, 418-426, 444, 451, 486, 486n, 503, 514, 534, 535n, 541, 543, 557, 569,
571n, 573, 577n, 587, 597, 600
Heckscher, Eli F.: 69n, 71, 71n, 275
Heertje, Arnold: 560n
Hegel, Georg Wilhelm Friedrich: 299n, 403
Helvecio, Claude-Adrien: 239, 239n,
Helvétius: véase Helvecio, Claude-Adrien
Hennings, Klaus H.: 411n
Hermann, Friedrich Benedict Wilhelm
von: 396
Hewitt, Fiona: 216n
Hey, John D.: 483n
Hicks, John R.: 21, 21n, 251n, 278n,
417, 417n, 425n, 436n, 448n, 456,
456n, 461, 490, 498, 522, 523, 532,
534, 535n, 628, 635
Higgs, Henry: 138n, 143n
Hilbert, David: 453, 460
Hildebrand, Bruno: 403, 411
Hilferding, Rudolf: 359n,
367n, 546,
562, 626n
Hirsch, Fred: 126n
Hirschman, Albert O.: 125n, 126n
Hobbes, Thomas: 89n, 86, 87, 88, 89,
90, 93n, 95n, 120, 121, 169, 175,
176n
Hobson, John A.: 367, 371n
Hodgskin, Thomas: 299, 299n, 302,
303, 303n, 304
Hodgson, Geoffrey M.: 626n
Hollander, Jacob H.: 260n, 286, 287n,
589n
Hollander, Samuel: 171n, 251n, 256n,
321n, 430n
Holt, Andreas: 167, 167n
Horwitz, Steven: 399n
Hosseini, Hamid: 179n
Howey, Richard S.: 371n, 372n, 382n,
433n, 437n
Huberman, Leo: 370
Hùfeland, Gottfried: 311
Hull, Charles Henry: 85, 85n, 96
Hume, David: 114, 126, 133n, 136n,
148, 157, 159, 160-161, 164, 166,
167n, 169, 172, 172n, 206, 210n,
268, 315n, 316n, 586, 586n
Huntington, Samuel P.: 334n
Hutcheson, Francis: 116n, 128n, 157-
158, 159, 161,
163, 167n, 174n,
Índice onomástico 763
176n, 177, 239-240 Kaldor,
Nicholas: 95n, 423, 423n, 538,
Hutchison, Terence Wilmot: 113n, 541, 543, 543n, 635, 638, 639n
118n, 120n, 159n, 160, 243n, 372n Kalecki, Michal: 370, 539-540, 602
Kames,
Henry Home, lord: 165
Im Hof, Ulrich: 148n Kant,
Immanuel: 176n
Ingram, John Kells: 404n, 471n Kauder,
Emil: 367n, 372
Ingrao, Bruno: 429n, 432n, 436n, 437n, Kautilya: 46, 46n
438n, 440n, 454n, 456n, 457n, 458n Kautsky, Karl: 335, 364, 364n, 367, 547
Inocencio III (papa): 54n Kaye,
Frederick Benjamin: 127n, 128
Isnard, Achylle Nicholas: 432, 432n Kennedy, John Fitzgerald: 626
Israel, Giorgio: 429n, 432n, 437n, 454n, Kent, Duque de: 300
456n, 457n, 458n Keynes,
John Maynard: 13, 21n, 22, 59,
59n, 63n, 69n, 132, 169n, 170n,
Jacobo I (rey de Inglaterra): 83 229,
231, 276, 335, 394, 417, 417n,
Jaffé, William: 415n, 432n, 434, 434n, 423, 424, 425n, 451, 461n, 462n,
437n, 438n 464, 464n, 485, 486, 486n, 495,
James, Patricia: 218n, 221n 498,
499, 503, 505-544, 549, 551,
Jenkins, Gwilym M.: 646 561, 564,
571, 571n, 577n,
579,
Jennings, Richard: 384 580,
581, 582, 583, 585, 586, 587,
Jenofonte: 40, 47, 48, 48n, 49n, 178 588, 589, 590, 602, 608, 614, 623n,
Jerónimo, San: 53, 55n 627,
628, 629, 629n, 630, 631, 632,
Jevons, Lucy: 381 633,
635, 636, 637, 641, 643, 645,
Jevons, Thomas: 381 645n,
668
Jevons, William Stanley:
12, 13, 89n, Keynes,
John Neville: 505, 505n, 511
108, 131, 132, 132n, 248n, 282, 309, Kindleberger, Charles Poor: 236n, 636n,
310n, 316, 316n, 318, 371, 372n, 644n
375, 377, 377n, 378, 380, 380-392, King, Gregory: 89n,
114, 115, 115n,
393, 396, 397, 398, 401, 429, 429n, 181
439, 461, 465, 466, 477, 484, 488, Kitchin, Joseph: 559
499, 552, 569, 589, 641, 655 Klein,
Lawrence: 645, 645n
Johnson, Elizabeth: 505n Knapp,
George Friedrich: 415
Jones, Peter: 171n Knies,
Karl: 171n, 403, 411, 489
Jones, Richard: 224n, 404n Knight,
Frank H.: 514, 577n, 632n, 653
Juan Crisóstomo, San: 53 Kondratieff,
Nikolái Dimitriévich: 446n,
Judges, Arthur V.: 71 559,
559n
Juglar, Clément: 559 Könekamp,
Rosamond: 382n
Justiniano I (emperador): 67 Konus,
A. A.: 261n
Koopmans,
Tjalling C.: 644, 645
Kadish, Alon: 483n Kregel,
Jan A.: 28n, 514n, 535, 535n,
Kahn, Richard F.: 499, 500, 500n, 501, 544, 626n, 635
520, 520n, 521,
521n, 522, 523, Krugman,
Paul R.: 276, 649
529n, 538, 538n, 541, 542, 542n, Kuhn,
Thomas S.: 18, 22, 24, 25, 25n,
635 27,
550
Kahnemann, Daniel: 654 Kula,
Witold: 17, 33, 43n, 44n, 262
764
Índice onomástico
Kurz, Heinz D.: 599n, 601n
Kuznets, Simon Smith: 640n
Kydland, Finn E.: 634n
Lactancio, Lucio Celio Firmiano: 53, 54
Lafargue, Paul: 305
La Fontaine, Jean de: 127
Laidler, David: 208n
Lakatos, Imre: 18, 22, 24, 26, 27, 27n,
550, 665
Lamarck, Jean-Baptiste Antoine de
Monet, caballero de: 474, 474n,
475n, 502
Lancaster, Kelvin John: 400n, 497n
Landes, David: 621
Lange, Oskar: 370, 422n
Langenstein, Heinrich von: 65n
Langholm, Odd Inge:
64n, 65n, 66n,
67n
Lansdowne, H. E. W. Fitzmaurice, sexto
marqués de: 85
Lassalle, Ferdinand: 332n, 333n
Linneo, Carl von: 470n
Lippi, M.: 14, 362, 601, 661
Lipsey, Richard George: 497n
List, Friedrich: 80, 403
Lloyd, William Forster: 282, 294, 309,
379
Locke, John: 94, 114, 116n, 119-124, 128,
134, 138, 139, 163, 240n, 268
Longfield, Mountifort: 271, 294, 309,
379
Lopokova, Lydia: 508
Lorenz, Konrad: 419n
Loria, Achille: 486n
Lotka, Alfred James: 475n
Lovett, Annie: 14
Lowry, S. Todd: 47, 48n, 51
Lucas, Robert E.: 614, 633, 646
Luis XIV (rey de Francia): 72n
Luis XV (rey de Francia): 114, 138
Lutfalla, Michel: 283n
Luxemburg, Rosa: 231n, 341n, 368,
368n, 369, 539
Latsis, Spiro J.: 25n
Lauerdale, James Maitland, octavo conde
de: 89n, 228, 229, 230, 231, 306
Lavoisier, Antoine-Laurent de: 42
Law, John: 120n, 131n, 237
Leeson, Peter T.: 426n
Leibniz, Gottfried Wilhelm
von: 68n,
89n, 456
Leijonhufvud, Axel Stig Bengt: 630n
Lenin (Vladímir Ilich
Uliánov): 341n,
363n, 366, 367
León XIII (papa): 55n
Leontief, Wassily W.:
428, 549, 602,
641, 642, 642n
Lerner, Abba Ptachya: 523, 533n
Leslie, Thomas Edward Cliffe: 404n,
471, 471n
Lessius (Leonard de Lays): 63
Letwin, William: 119n
Levhari, David: 599n
Levy, David M.: 314n
Lieben, Richard: 396n
Lindhal, Erik: 417, 425n, 534
Mably, Gabriel Bonnot de: 305n
Macfie, Alec Lawrence: 171n
Maddison, Angus: 405n
Maenchen-Helfen, Otto: 330n
Magnusson, Lars: 68n, 71n
Malcolm, Norman: 585n
Malebranche, Nicolas: 139n
Malinvaud, Edmond: 630n
Maloney, John: 39n, 483n
Malthus, Daniel: 218, 218n
Malthus, Thomas Robert: 55n, 99n,
159, 217-225, 228, 229, 230, 230n,
231, 235, 247, 251, 252, 256, 256n,
257, 258, 258n, 260, 263, 263n,
265, 265n, 271n, 282, 285, 286,
290, 292n, 294, 304, 306, 324, 347,
347n, 382, 387, 402, 402n, 423n,
513n, 589, 655
Malynes, Gérard de: 70
Mandeville, Bernard de: 51, 114, 123,
124, 127-130, 174n,
176n, 234n,
483
Índice onomástico 765
Mangoldt, Hans Karl Emil von: 401n Matteotti, Giacomo: 482
Mann, Thomas: 481n Matthews,
Robert Charles Oliver: 637
Mantoux, Étienne: 507n Mattioli,
Raffaele: 587
Maquiavelo, Nicolás: 42, 45, 90, 90n, Maurice, Patricia: 14
91, 92, 124 Mays,
W.: 383
Marcet, Jane: 284n Mazarino, Giulio Mazzarini, cardenal:
March, James G.: 654 72n
Marchesi, Concetto: 582 Mazzini,
Giuseppe: 445
Marco Antonio: 77, 560n McCloskey,
Donald N.: 26, 28, 170
Marcuse, Herbert: 370 McCord
Wright, D.: 560n
Marcuzzo, Cristina: 14,
261n, 269n, McCulloch, John Ramsay: 12, 70n, 79n,
270n 227, 236n, 272n, 277, 279, 282,
Marglin, Stephen A.: 620, 621 288n,
295, 296, 297-298, 310
Markowitz, Harry: 631n McKenzie,
Lionel Wilfred: 458
Marris, Robin: 622, 623 McLean,
Ian: 216
Marshak, Jacob: 644 McPherson,
Michael S.: 654n
Marshall, Alfred: 12, 13, 39n, 47n, 83n, McWilliams Tullberg, Rita: 462n
99n, 108n, 115n, 198, 205n, 254n, Meade, James Edward: 520n, 522, 544,
275n, 293n, 294n, 297, 307, 322, 657
322n, 327n, 372,
375, 381, 382, Meadows,
Denni H.: 655
392, 393, 394,
397n, 398n, 407, Means,
Gardiner C.: 493, 621
411, 429, 429n,
436n, 444, 458, Medina,
Juan de: 66n
460, 461-503, 505, 506, 511, 513n, Medio, Alfredo: 358n
515, 516, 518, 519, 522, 527, 541, Meek, Ronald L.:
27n, 107n, 122n,
542, 543, 547, 569, 575, 576, 577, 143n, 171n, 177n, 215n, 223n,
577n, 578, 579, 580, 581, 582, 589, 230n, 351n, 353n, 362n
589n, 624, 641, 668 Meenai,
S. A.: 284n
Martineau, Harriet: 707 Meikle,
Scott: 51n
Marx, Karl: 12, 22, 47n, 56n, 65n, 74, Meldolesi, Luca: 358n
86n, 101, 101n, 107, 107n, 126n, Menenio
Agripa Lanato: 55n
131, 134n, 184, 184n, 189, 210n, Menger,
Anton: 299n
211, 211n, 212n, 217, 223n, 229, Menger,
Carl: 12, 299n, 309, 371, 372n,
230, 245n, 265, 266, 290, 294, 297, 375, 380, 386n, 395-407, 410, 411,
299, 299n, 303n, 304, 308, 308n, 413, 414n, 415, 420, 421, 425,
312, 313, 314, 323, 324, 329-370, 429n, 439, 448,
461, 473n, 488,
391, 392, 393, 398n, 400n, 408, 514, 551, 569
409, 409n, 420n, 428, 430n, 483, Menger,
Karl: 453, 454, 455
539, 545, 558, 560, 562, 564, 566, Mercado, Tomás de: 54n, 75n
566n, 567, 569, 594, 596, 600, 601, Mercier de la Rivière, Pierre-Paul: 140
604, 605, 605n, 606, 634, 641, 661n Merton, Robert K.: 631n
Marzetti Dall’Aste Brandolini, Silva: Milgate,
Murray: 221n, 425n
513n Mill,
James: 220n, 227, 227n, 247, 258,
Mas-Colell, Andreu: 618n 258n,
271n, 274n, 282, 284n, 285,
Massie, Joseph: 120 285n,
292n, 295, 296, 314, 588
766 Índice onomástico
Mill, John Stuart: 12, 59, 124, 175n, 198, 217, 227, 228, 230,
236n, 238, 240n, 243, 254n, 271, 275n, 282, 283, 290n, 293n, 294, 295, 296,
297, 301, 306, 310, 310n, 311, 314-327, 374n, 379, 381, 384, 386, 388n, 429n,
435, 463n, 465, 467, 471n, 477n, 482, 485n, 511, 566, 567, 655, 661
Millar, John: 158
Miller, Merton: 623n, 631n
Minsky, Hyman Philip: 494, 514n, 549, 626n, 635, 636n, 669
Mirabeau, Victor Riquetti, marqués de: 68n, 131, 131n, 138n,
139, 140, 220, 484n
Mirowski, Philip: 429n, 460n, 617n, 654n
Mises, Ludwig von: 410, 410n, 419n, 422n, 423, 444, 546n, 557
Mishan, Ezra Joshua: 655
Misselden, Edward: 70
Mitchell, Wesley Clair: 494, 495
Modigliani, Franco: 498, 522, 543n, 623n, 629, 631n, 646n
Moggridge, Donald E.: 505n, 514n, 520n
Mohr, J. C. B. (Paul Siebeck): 408n Montchrétien, Antoine de:
39n, 73n Montesquieu, Charles-Louis de Secon-
dat, barón de La Brède y de: 126, 151, 177n, 429n
Moore, George Edward: 505, 506
Moore, Henry Ludwell: 644
Morandi, Rodolfo: 589
Morellet, André: 148n
Morelly, Étienne-Gabriel: 305n
Morgenstern, Oskar: 378n, 456n, 458, 459, 617n
Morishima, Michio: 358n, 430n, 437n
Moro, Santo Tomás: 47n, 64n, 69, 86, 233, 305
Mossner, Ernest Campbell: 171n
Moulin, Herve: 216n
Müller, Adam Heinrich: 403
Mun, Thomas: 69, 70, 70n, 73, 73n, 76,
273
Murphy, Antoin E.: 120n, 131n, 237n
Mussolini, Benito: 446, 488, 572n
Muth, John F.: 633, 633n
Myrdal, Gunnar: 417, 534, 590
Naldi, Nerio: 14, 107n, 572n, 581n, 582n
Napoleón Bonaparte: 246, 285
Napoleoni, Claudio: 362n, 437n, 713
Nash, John F.: 456, 456n, 458, 460n, 617
Necker, Jacques: 215, 216, 220, 221, 223, 655
Neisser, Hans: 453
Nelson, Richard R.: 502, 624
Neumann, F. John von: 290, 345n, 378n, 453, 454, 455, 458, 459,
602, 617, 642n
Newton, Isaac: 88n, 114, 120, 163, 198, 198n, 311, 429n, 456
Niehans, Jürg: 378n, 394n, 435n, 446n, 448n, 451n, 456n
Nikolaevski, Boris Ivánovich: 330n
North, Douglass C.: 625, 625n
North, Dudley: 117, 118, 119
North, Jo: 14
Nove, Alec: 368n
Nuccio, O.: 60n, 66n
Nuti, Mario: 544
O’Brien, Dennis Patrick:
272n, 291n,
297, 297n, 298n
O’Donnell, Rory: 192n
Ohlin, Bertil: 275, 309, 417, 534
Opie, Redvers: 555
Oresme, Nicolás de: 68
Ortes, Gianmaria: 79n, 220, 221
Overstone, S. Jones Lloyd, lord: 271, 291, 291n
Owen, Robert: 299n, 300, 300n, 301, 301n
Oxley, Geoffrey W.: 235n
Índice onomástico 767
Pablo, San: 46n, 55 Phillips,
Alban William Housego: 349n,
Pacioli, Luca: 45 630,
632
Pack, Spencer J.: 171n Piccard,
Antoine Paul: 437n
Paine, Thomas: 126, 206, 217, 217n Pietranera, Giulio: 107n
Palazzi, Maura: 143n Pigou,
Arthur Cecil: 22, 464, 465n, 479,
Paley, Mary: 462, 462n, 468 479n,
489, 495-498, 499, 500, 506,
Palmieri, Giuseppe: 155n, 215 515,
515n, 522, 532, 541, 542, 569,
Pantaleoni, Maffeo: 19n,
445n, 486- 576, 577, 577n, 580, 582, 629
489, 553, 575 Pío
XI (papa): 560n
Papi, Giuseppe Ugo: 488 Pitágoras:
84n
Pareto, Vilfredo: 374,
394, 431, 434, Place,
Francis: 219, 220n, 221n
437n, 444n, 445-450,
451, 452, Platón: 40, 45, 47, 48, 49, 49n, 50, 50n,
452n, 455, 486, 486n, 497n, 553, 54, 56, 57, 170, 178, 420
559, 582, 641, 644 Plinio
el Joven: 75n
Parodi, Massimo: 57n, 58n Poincaré,
Jules-Henri: 438n
Parrinello, Sergio: 601n Poinsot,
Louis: 433, 433n
Pasinetti, Luigi L.:
514n, 543n, 544, Pollard,
Sidney: 148n
599n, 601-604, 614,
636n, 638n, Pompadour, Jeanne-Antoinette, marque-
640 sa
de: 138
Pasquinelli, Alberto: 513 Popper,
Karl R.: 23, 24, 24n, 57, 57n,
Patinkin, Don: 520n, 629, 645 58,
58n, 59, 420n, 666
Peach, Terry: 251n, 256n, 260n, 261n, Postlethwayt, Malachy: 117, 131, 131n,
262n, 263n 484n
Pearson, Karl: 641 Pownall,
T.: 201, 203, 204, 205, 205n
Peart, Sandra J.: 314n Preobrazhenski, Evgeni
Alexéyevich:
Pecchio, Giuseppe: 80, 80n 368,
368n
Pedro de Juan Olivi: 66 Prescott,
Edward C.: 634n
Peel, Robert: 270n, 271, 291, 291n Pribram, Karl: 54n, 55, 57, 58n, 62n,
Peirce, Charles: 492 148n
Penn, William: 237 Privitera,
Giuseppe: 14
Pericles: 43 Proudhon, Pierre-Joseph: 303,
303n,
Perrotta, Cosimo: 14,
71n, 73n, 80n, 329,
333n, 342, 343n
118 Pufendorf, Samuel:
89n, 116, 116n,
Pesciarelli, Enzo: 116n 120,
157, 243n
Petty, William: 11,
14, 31, 45,
72n, Pullen, Richard: véase
Ravenstone, Piercy
73n, 79n, 83-112, 113, 114, 115, Pyle,
Andrew: 218
115n, 117, 118, 119, 119n, 122,
131, 132, 133,
134, 135, 135n, Quesnay,
François: 31n, 91, 114, 115n,
137, 138, 147,
149, 169, 178, 118n,
131, 133, 138-147, 150, 152,
179n, 183, 189, 192, 192n, 206, 166, 181, 183, 192n, 206, 229, 381,
237, 237n, 266, 268, 293, 302, 428
376, 379, 381, 383, 450, 476, 483, Quêtelet, Adolphe: 469n
484, 640, 643, 661, 661n Quine,
Willard Van Orman: 23n
Phelps, Edmund S.: 632n Quinton,
Anthony: 585
768 Índice
onomástico
Rae, John: 310 Robinson,
Austin: 522, 542, 588
Raffaelli, Tiziano: 462 Robinson,
Joan: 499, 500n, 501, 521,
Ramsey, Frank P.: 456, 513, 513n, 583, 522, 538, 539, 539n, 541, 542, 543,
587 559,
599n, 635
Ranchetti, Fabio: 436n,
437n, 438n, Rodbertus,
Johann Karl: 299n,
347,
440n 347n
Raphael, David Daiches: 171n Rodolfo
de Austria: 395, 399n
Rau, Karl Heinrich: 198n, 377n, 396, 473 Romani, Paul-Marie: 150n, 151n
Rauner, Robert M.: 292n Romer,
Paul: 614, 639, 722
Ravenstone, Piercy (seudónimo de Roncaglia,
Alessandro: 5, 6, 14, 31n, 36,
Richard Pullen): 304 75n,
83n, 91n, 102n, 212n, 222n,
Ravix, Joel-Thomas: 150n, 151n 251n, 266n,
284n, 289n, 355n,
Rawls, John: 497n, 654 358n, 374n,
382n, 387n, 532n,
Rayleigh, John William Strutt, lord: 462 545n, 553n, 569n, 593n, 601, 601n,
Realfonzo, Riccardo: 418n 602n,
604n, 605n, 608, 670n
Reddaway, William Brian: 523 Roncaglia,
Gino: 14
Régis, Jeanne: 446 Roosevelt,
Franklin Delano: 418, 422,
Remak, Robert: 453 550
Renner, Karl: 562 Rorty,
Richard: 35n
Riazanov, David B.: 330n Roscelino
de Compiègne: 58
Ricardo, David: 12, 27n, 37, 41, 56n, Roscher, Wilhelm: 396, 403, 404n, 405,
66n, 89n, 99n, 110, 193, 218, 221, 405n, 411, 473n
222n, 225, 227,
227n, 230, 232, Rosdolsky,
Roman: 362n
235, 243, 245-279, 281, 282,
284, Rosenberg, Nathan: 210
285, 286, 286n,
287, 287n, 288, Ross, Ian
Simpson: 158n, 163n,
164,
288n, 290, 292, 293, 294, 295, 164n, 165n, 166n, 167n, 171n,
295n, 296n, 297, 297n, 298, 300, 172n, 176n, 210n
300n, 301, 304,
305, 306, 310n, Ross,
Stephen A.: 618n
311, 314, 321, 325, 326, 329, 344, Rosselli,
Annalisa: 78n, 251n,
261n,
345, 353, 374n, 376, 379, 381, 386, 269n, 270n
391, 409, 430, 435, 461, 466, 467, Rosselli, Carlo: 570n
471n, 476n, 478, 483, 511, 541n, Rosselli,
Nello: 570n
567, 569, 582, 586, 587, 588, 589, Rossi, Enzo: 558n
589n, 590, 595, 600, 601, 602, 606, Rossi, Ernesto: 305, 363n, 657
660, 661 Rossi,
Paolo: 42n, 88n
Rickett, W. Allyn: 46 Rossi,
Pellegrino: 283n
Ridolfi, Mauro: 143n,
144n, 474n, Rostow, Walt Whitman: 640n
475n, 479n Rotelli,
Claudio: 272n
Rinaldi, Roberto: 571n Rothschild,
Emma: 200n, 207n, 215n,
Robbins, Lionel: 230n,
238n, 284n, 216n, 223, 224
287n, 291n, 365n, 415, 419, 577n Rothschild,
Nathan Mayer: 246
Robertson, Dennis Holme:
21, 21n, Rousseau,
Jean-Jacques: 148n, 149,
481, 486, 496, 515, 515n, 541, 576, 210n, 315
580, 581, 587 Routh,
Guy: 111n
Índice onomástico 769
Ruskin, John: 224n, 314n Schwartz,
Pedro: 314n, 326n
Russell, Bertrand: 57n, 506, 511, 583 Screpanti, Ernesto: 604n
Rutheford, Malcolm: 494n Scribano, Maria
Emmanuela: 128n,
130n
Sabbatini, R.: 538n Scrope,
George Poulet: 282, 309, 310
Saint-Simon, Claude-Henri de Rouvroy, Sebastiani, Mario: 540n
conde de: 305n Seligman,
Edwin R. A.: 286, 287n
Salvadori, Massimo L.: 364n Sells,
Graham: 14
Salvadori, Neri: 599n, 601n Sen,
Amartya: 239n, 242n, 544, 653n,
Samuelson, Paul A.: 275n, 309, 448n, 654n
456n, 461, 475n, 492, 523, 543n, Sen,
Samar Ranjan: 159n
549, 566, 599n, 626n, 627n, 642, Séneca,
Lucio Anneo: 51
664n Senior,
Nassau William: 108, 235, 235n,
Sardoni, Claudio: 348n 236n,
237n, 282, 293, 294, 305-309,
Savage, Leonard J.: 456, 513, 514 311, 322, 324, 327, 379, 411,
432n,
Savary, Jacques: 116 474n,
485n
Say, Jean-Baptiste: 22, 79n, 185n, 225- Serra, Antonio: 69, 70, 70n, 73, 75-81,
229, 247n, 250, 268, 276, 283n, 155, 273
285n, 297, 311,
322, 348, 377, Seton,
Francis: 358
404n, 429n, 433, 669 Shaftesbury, A.
A. Cooper, conde
de:
Say, Léon: 433 128,
128n, 129, 176n
Scaruffi, Gasparo: 75, 80 Sharpe,
William: 631
Schabas, Margaret: 380n, 383n Shaw,
George Bernard: 365, 366
Schefold, Bertram: 544, 601n Shove, Gerald
Frank: 496, 500,
577,
Schelle, Gustave: 150n 577n
Schlesinger, Karl: 453, 455 Shukla,
Vishwa: 599n
Schlick, Moritz: 583 Sidgwick,
Henry: 462, 462n, 466, 468,
Schmoller, Gustav von:
348n, 403, 482
404n, 405, 471n, 551 Simmel,
Georg: 407n
Schrödinger, Erwin: 419 Simon,
Herbert: 657
Schucht, Tatiana: 575 Simons,
Henry: 632n
Schultz, Henry: 449n, 644 Sims,
Christopher Albert: 646
Schumpeter, Joseph Alois: 13, 20, 21n, Singh, Ajit: 544
23n, 25n, 30, 33n, 56n, 58n, 65n, Sismondi, Jean-Charles-Leonard Simon-
69, 69n, 71, 79n, 86n, 118n, 126n, de de: 228,
229, 231, 231n,
232,
136n, 152n, 153, 156, 156n, 159n, 283n, 347, 347n
168, 178, 205n, 219n, 220n, 226n, Skidelsky, Robert: 59n, 505n, 507n
232n, 239n, 247n,
252n, 272n, Skinner, Andrew Stewart: 159n, 171n
275n, 283n, 284, 297n, 310n, 311n, Slutsky, Eugen: 448n
317, 324n, 327n, 350n, 359n, 370, Smith, Adam: 11, 12, 22, 25n, 27, 27n,
377n, 378n, 397n, 404n, 406n, 409, 31n, 41, 48, 50, 51, 56, 57, 59, 64,
409n, 410, 413, 414n, 420n, 423, 64n, 66n, 68, 68n, 71, 72, 73n, 79,
423n, 437n, 444, 446n, 452n, 491n, 79n, 80, 81, 93n, 101, 106, 108n,
502, 515n, 545-567, 577, 577n, 589, 113, 115, 115n,
116n, 122, 123,
634, 665n, 668 124,
125, 126, 128, 128n, 131, 132,
770
132n, 133, 138n,
139, 140, 141,
142, 147, 148, 150, 150n, 151, 152,
155, 156, 157, 158, 159, 159n, 160,
163-212, 214, 216, 216n, 218, 222,
223, 223n, 224n,
225, 226, 227,
227n, 228n, 229, 230, 231, 236,
236n, 237, 238, 241, 243, 243n,
246, 248, 249, 249n, 250, 250, 258,
259n, 262, 264, 265, 266, 276, 277,
278, 283, 285, 296n, 301, 306,
310n, 311, 313, 314n, 316n, 319,
320, 323, 325, 327, 336, 337, 344,
349n, 363, 363n,
364, 376, 379,
381, 388n, 389, 391, 402, 403,
404n, 429n, 430, 430n, 471n, 484n,
511, 566, 566n, 567, 569, 586, 601,
602, 606, 613, 621, 641, 649, 650,
652, 654, 660
Smith, Margaret: 163
Smith, Thomas: 68n
Smith, Vernon: 654
Sócrates: 49n, 170n
Solow, Robert M.: 599n, 614, 638, 639, 640n, 642
Sombart, Werner: 407n
Southwell, Robert: 85, 86n
Sowell, Thomas: 228n, 351n
Spaventa, Luigi: 544, 599
Spence, William: 227n, 285, 285n
Spencer, Herbert: 404n, 447, 474n, 492, 502
Spiegel, Henry William: 45n, 50n, 52n, 55n, 62n, 63, 65n, 68n,
75n, 283n, 378n, 387n, 398n, 446n
Spiethoff, Arthur: 407n
Spini, Giorgio: 47n, 305n
Sraffa, Angelo: 569
Sraffa, Piero: 13, 14, 27n, 30n, 36, 99n, 105n, 110, 152, 193n,
219n, 245n, 248, 256, 256n, 258n, 260n, 266, 286, 286n, 287n, 288n, 289, 289n,
290, 292, 304n, 307n, 358n, 361, 372, 374n, 392, 414, 423, 423n, 424, 425,
425n, 451, 460, 474n,
Índice onomástico
477n, 478n, 479n, 480n, 481, 486,
487n, 489, 490n, 491n, 500, 508n,
522, 523, 541, 541, 544, 559, 559n,
569, 570-609, 638, 640, 641, 642,
642n, 661, 661n, 669, 670
Stackelberg, Heinrich von: 453
Stalin (Iosiv Vissariónovich Dzugasvili):
363, 368, 369
Steedman, Ian: 27n, 200n, 361, 366n, 391n, 393, 414n, 490, 601,
604n, 662
Stein, P. G.: 171n
Steindl, Josef: 539n, 623, 649
Steuart, James: 158, 159, 159n, 163n, 252n
Stewart, Dugald: 158, 163n, 207
Stigler, George J.: 176n, 180n, 261n, 372n, 449n, 461, 490n
Stiglitz, Joseph: 631
Stirner, Max: 329, 331
Stolper, Wolfgang F.: 566
Stone, Richard: 115n, 544, 643
Strachey, Lytton: 148n, 506
Strahan, William: 167n
Streissler, Erich W.: 377n, 395n, 396n, 397n, 399n, 401n, 402n,
414n, 473n
Sumner, William Graham: 492n, 494
Süssmilch, Johann Peter: 220n
Swan, Trevor: 638
Swedberg, Richard: 545n, 547n
Sweezy, Paul M.: 330n, 353n, 362n, 368n, 370, 549
Sylos Labini, Paolo: 14, 193n, 195n, 249n, 350n, 351n, 359n,
446n, 540n, 549, 559n, 560n, 580, 606, 607n, 608, 613, 622, 623, 646n, 656n,
669
Tagliacozzo, Giorgio: 81n
Tarantelli, Ezio: 656, 657
Tarascio, Vincent J.: 20n, 448n
Targetti, Ferdinando: 543n
Tarshis, Lorie: 523, 527n
Tasca, Angelo: 572
Índice onomástico 771
Tawney, Richard Henry: 62, 62n, 65n, 409n
Taylor, Frederick Winslow: 313n
Taylor, Harriet: 315
Teodoreto de Ciro: 53n
Terencio Áfer, Publio: 114
Thompson, Thomas Perronet: 387n
Thompson, William: 224, 299, 299n, 301
Thornton, Henry: 270, 270n, 271, 271n, 423
Thornton, William Thomas: 326
Thünen, Johann Heinrich von: 378, 378n
Thweatt, William O.: 258n
Tiberi, Mario: 443n, 599n
Tinbergen, Jan: 644n, 645
Tirole, Jean: 647n, 689
Tobin, James: 631, 631n
Tocqueville, Alexis de: 315n
Togliatti, Palmiro: 574n
Tolomeo, Claudio: 25
Tomás de Aquino, Santo: 50n, 55, 60, 65n, 392
Tonveronachi, Mario: 14, 486n, 514n, 521n, 532n, 626n, 632n
Tooke, Thomas: 89n, 271, 271n, 285, 291
Torrens, Robert: 12, 14, 222n, 227, 227n, 228, 230, 236, 237,
237n, 238, 238n, 251, 258, 258n, 260, 271, 274n, 283, 284-291, 292, 294, 348
Tosato, Domenico: 251n, 443n
Townshend, Charles: 165
Toynbee, Arnold: 463
Triffin, Robert: 501
Trotski, León (Lev Bronstein): 332n, 363n
Tsuru, Shigeto: 143n, 549
Tucker, George: 120n, 137n, 230n
Tugán-Baranovski, Mijaíl Ivánovich:
368, 368n, 539
Turgot, Anne Robert Jacques: 63, 118, 118n, 138n, 140, 142,
147-152, 166,
177n, 182, 197,
215, 220, 226n,
252n, 306, 377n, 432, 432n, 660
Tverski, Amos: 654
Urbinati, Nadia: 315n
Ure, Andrew: 313, 314
Vaggi, Gianni: 69n, 143n
Valente, Luisa: 14
Valeriani, Luigi Molinari: 376, 377n
Vanek, Jaroslaw: 657
Veblen, Thorstein Bunde: 404n, 492
Venturi, Franco: 155n, 156n
Verdoorn, P.: 639n
Verri, Pietro: 79n, 124, 156, 156n, 215, 239, 377n, 385n
Vianello, Fernando: 358n
Vicarelli, Fausto: 514
Vicarelli, Silvano: 358, 604
Vico, Giovambattista: 153
Vilar, Pierre: 75n
Villetti, Roberto: 14, 362n
Viner, Jacob: 21, 21n, 52n, 53, 53n, 54n, 55n, 61n, 62, 66n,
128n, 130, 130n, 176n, 208n, 287n, 319, 409, 479, 489, 491, 491n, 496, 499,
522, 632n
Vint, John: 326n
Vitoria, Francisco de: 54n
Voltaire (François-Marie Arouet): 149, 154, 166
Volterra, Vito: 348n, 541n
Wagner, Adolph: 348n, 415
Wakefield, Edward Gibbon: 237, 238,
238n
Wald, Abraham: 454, 458, 458n
Walker, Donald A.: 377n, 433n, 434n,
436n, 437n, 438n, 440n, 441n,
442n, 443n, 444n
Wallace, Robert: 221
Waller, Elizabeth: 85
Walpole, Robert: 126
Walras, Antoine Auguste: 432, 433, 738
772
Índice onomástico
Walras, Marie Esprit Léon: 12, 31n,
148n, 152, 279n, 371, 372n, 374n,
380, 396, 397,
397n, 398n, 428,
429n, 431, 432-445,
446n, 453n,
554n, 566, 582, 616, 641
Walters, Mark: 14
Walterskirchen, E.: 537n
Watson, A.: 587
Webb, Beatrice: 365
Webb, Sidney: 365
Weber, Max: 62n, 124, 407, 408-410,
552, 561n
Weintraub, E. Roy: 616n
Weintraub, Sidney: 635
Weitling, Wilhelm: 303n
West, E.: 252, 286
West, Edwin G.: 163n
Westphalen, Jenny von: 330
Whately, Richard: 294, 309, 379
Whitaker, John King: 462n, 464n, 472n
Wightman, William Persehouse Delisle:
171n
Wiles, R. C.: 71n, 74n
Williams, Bernard: 242n, 654n
Williams, Karel: 41n
Williamson, Oliver: 625, 625n
Wilson, Thomas (1521-1581): 60, 62
Wilson, Thomas (n. 1916): 171n
Winch, Donald: 34n, 171n, 218n, 238n,
483n
Winter, Sidney G.: 502, 624
Winternitz, Joseph: 358n
Wittgenstein, Ludwig: 30n, 419n, 455,
460, 569, 581, 583, 584, 585, 585n,
586, 670
Wollstonecraft, Mary: 206, 217
Wood, Adrian: 623
Wood, Diana: 54n, 60n, 61n, 64n
Woolf, Virginia: 506
Wright, Georg Henrik von: 584, 585n
Whitehead, Alfred N.: 506, 511
Wicksell, Knut: 220n, 221n, 271, 279, 413, 414-418, 423, 423n,
424, 490,
Young, Allyn Abbott: 577, 577n
Young, H. Peyton: 216n
490n, 503, 534, 597, 644n
Wicksteed, Philip Henry: 366, 371, 392,
393, 416, 440, 490, 661
Wieser, Friedrich von: 371n, 375, 400,
Zaghini, Enrico: 443
Zenezini, Maurizio: 604n
Zeuthen, Frederik: 453
410, 411, 419, 453
ÍNDICE
PRESENTACIÓN (Alfonso Sánchez Hormigo) 7
PRÓLOGO 9
1. LA HISTORIA DEL PENSAMIENTO ECONÓMICO
Y SU PAPEL 17
1.1. Introducción 17
1.2. La visión
acumulativa 18
1.3. La visión
competitiva 22
1.4. Las etapas de la
teorización económica: conceptualiza-
ción y construcción de modelos 30
1.5. La economía política
y la historia del pensamiento
económico 32
1.6. ¿Qué historia del
pensamiento económico? 34
2. LA PREHISTORIA DE LA
ECONOMÍA POLÍTICA 39
2.1. Por qué la llamamos
prehistoria 39
2.2. La Antigüedad
clásica 45
2.3. El pensamiento
patrístico 51
2.4. Los escolásticos 55
2.5. Usura y precio justo 59
2.6. Bullonistas y
mercantilistas 67
2.7. El nacimiento del
pensamiento económico en Italia:
Antonio Serra 75
3. WILLIAM PETTY Y LOS
ORÍGENES DE LA ECONOMÍA
POLÍTICA 83
3.1. Vida y escritos 83
774 Índice
3.2. La aritmética
política y el método de la ciencia eco-
nómica
........................................................................ 86
3.3. Estado nacional y
sistema económico .......................... 90
3.4. Mercancía y
mercado .................................................. 96
3.5.
Excedente, distribución, precios
..................................
104
4. DEL CUERPO POLÍTICO A
LOS CUADROS ECONÓ-
MICOS
.................................................................................. 113
4.1. Los debates de la
época ............................................... 113
4.2. John
Locke.................................................................. 119
4.3.
Las motivaciones y
consecuencias de las
acciones
humanas
..................................................................... 124
4.4. Bernard de
Mandeville ................................................ 127
4.5. Richard Cantillon
....................................................... 131
4.6.
François Quesnay y los
fisiócratas................................
138
4.7. La economía
política de la Ilustración: Turgot............. 147
4.8. La Ilustración
italiana: el abbé Galiani......................... 152
4.9. La Ilustración
escocesa: Francis Hutcheson y David
Hume.......................................................................... 157
5. ADAM
SMITH......................................................................
163
5.1.
Vida
............................................................................
163
5.2. Método
....................................................................... 167
5.3. El principio
moral de la simpatía ................................ 171
5.4. La riqueza de las
naciones ........................................... 177
5.5. Valor y
precios............................................................. 187
5.6. Precios naturales
y precios de mercado ........................ 194
5.7. El origen de la
división del trabajo: Smith y Pownall... 201
5.8. Liberalismo
económico y liberalismo político: la fortu-
na de
Smith................................................................. 205
6. LA CIENCIA
ECONÓMICA EN LA
ÉPOCA DE LA
REVOLUCIÓN FRANCESA
................................................
213
6.1. La
perfectibilidad de las sociedades humanas, entre
utopías y
reformas ....................................................... 213
6.2.
Malthus y el principio de población ............................
217
6.3. La «ley de Say»
............................................................ 225
6.4.
Teorías del subconsumo: Lauerdale, Malthus, Sismondi
229
6.5. El debate sobre
las leyes de pobres............................... 232
Índice 775
6.6. El debate sobre las
colonias 236
6.7. El utilitarismo de
Bentham 238
7. DAVID RICARDO 245
7.1. Vida y obras 245
7.2. La visión dinámica
de Ricardo 248
7.3. Del modelo del grano
a la teoría del valor-trabajo 254
7.4. Valor absoluto y
valor de cambio: la medida invariable
del valor 260
7.5. Dinero y tributación 267
7.6. El comercio
internacional y la teoría de los costes com-
parativos 273
7.7. Sobre la maquinaria:
cambio tecnológico y empleo 276
8. LOS «RICARDIANOS» Y EL
DECLIVE DEL RICARDIA-
NISMO 281
8.1. Revista de las
tropas 281
8.2. Robert Torrens 284
8.3. Samuel Bailey 292
8.4. Thomas De Quincey 294
8.5. John Ramsey
McCulloch 297
8.6. Los socialistas
ricardianos y el cooperativismo 298
8.7. William Nassau
Senior y la reacción anti-ricardiana 305
8.8. Charles Babbage 311
8.9. John Stuart Mill y
el radicalismo filosófico 314
8.10. Mill y la economía
política 321
9. KARL MARX 329
9.1. Introducción 329
9.2. Vida y escritos 330
9.3. La crítica de la
división del trabajo: alienación y feti-
chismo de la mercancía 335
9.4. Crítica del
capitalismo y explotación 338
9.5. Acumulación y
reproducción ampliada 345
9.6. Las leyes de
movimiento del capitalismo 350
9.7. La transformación de
valores-trabajo en precios de pro-
ducción 353
9.8. Valoración crítica 359
9.9. El marxismo después
de Marx 364
776 Índice
10. LA REVOLUCIÓN
MARGINALISTA: LA TEORÍA SUBJE-
TIVA DEL VALOR
................................................................ 371
10.1. La «revolución
marginalista»: una perspectiva general .... 371
10.2. Los precursores:
equilibrio entre escasez y demanda .... 375
10.3.
William Stanley
Jevons................................................
380
10.4.
La revolución jevonsiana
.............................................
384
10.5.
Coste real y coste de oportunidad
...............................
389
10.6.
Philip Henry Wicksteed y Francis Ysidro Edgeworth ..
392
11. LA ESCUELA AUSTRÍACA
Y SU ENTORNO ...................
395
11.1.
Carl
Menger................................................................
395
11.2.
La
Methodenstreit.........................................................
402
11.3. Max
Weber.................................................................. 407
11.4.
Eugen von
Böhm-Bawerk............................................
410
11.5.
Knut Wicksell y la escuela
sueca..................................
414
11.6.
Friedrich von
Hayek....................................................
418
12. EQUILIBRIO ECONÓMICO
GENERAL...........................
427
12.1.
La mano invisible del mercado
....................................
427
12.2.
Léon Walras
................................................................
432
12.3. Vilfredo Pareto y
la escuela de Lausana ....................... 445
12.4.
Irving Fisher
................................................................
450
12.5.
El debate sobre la existencia, unicidad y estabilidad del
equilibrio.....................................................................
452
12.6.
La búsqueda de una economía axiomática...................
456
13. ALFRED MARSHALL
.........................................................
461
13.1.
Vida y escritos
.............................................................
461
13.2.
Antecedentes
...............................................................
465
13.3. Los Principios
.............................................................. 470
13.4.
La economía se convierte en una profesión .................
482
13.5.
Teoría monetaria: de la vieja a la nueva escuela de
Cambridge
..................................................................
485
13.6.
Maffeo Pantaleoni
.......................................................
486
13.7.
El marshallianismo en los Estados Unidos: de John
Bates Clark a
Jacob Viner ...........................................
489
13.8.
Thorstein Veblen y el institucionalismo ......................
492
13.9.
Economía del bienestar: Arthur Cecil Pigou ..............
495
13.10.
Competencia imperfecta
.............................................
498
Índice 777
13.11. La herencia de
Marshall en el pensamiento económico
contemporáneo 501
14. JOHN MAYNARD KEYNES 505
14.1. Vida y escritos 505
14.2. Probabilidad e
incertidumbre 511
14.3. El Tratado del
dinero 514
14.4. Del Tratado a la
Teoría general 519
14.5. La Teoría general 523
14.6. Defensa y
desarrollo 534
14.7. Las asimetrías de
la política económica en una econo-
mía abierta y las instituciones internacionales 536
14.8. Michal Kalecki 539
14.9. La nueva escuela de
Cambridge 541
15. JOSEPH SCHUMPETER 545
15.1. Vida 545
15.2. Método 550
15.3. De la estática a la
dinámica: el ciclo 552
15.4. La descomposición
del capitalismo 560
15.5. La trayectoria de
la ciencia económica 564
16. PIERO SRAFFA 569
16.1. Primeros escritos:
dinero y banca 569
16.2. Amistad con Gramsci 573
16.3. Crítica de la
teoría marshalliana 575
16.4. Competencia
imperfecta y crítica de la empresa repre-
sentativa 579
16.5. Cambridge:
Wittgenstein y Keynes 581
16.6. La edición crítica
de los escritos de Ricardo 587
16.7. Producción de
mercancías por medio de mercancías 590
16.8. Crítica del enfoque
marginalista 596
16.9. Las escuelas
sraffianas 601
17. LA ÉPOCA DE LA
FRAGMENTACIÓN 611
17.1. Introducción 611
17.2. La microeconomía
del equilibrio económico general 615
17.3. Las nuevas teorías
de la empresa 619
17.4. Instituciones y
teoría económica 625
778 Índice
17.5. La teoría
macroeconómica después de Keynes ............. 627
17.6. La teoría del
crecimiento ............................................. 636
17.7. Investigación
cuantitativa: el desarrollo de la econometría 640
17.8. Nuevas técnicas
analíticas: teoría de juegos repetidos,
teoría de
procesos estocásticos, teoría del caos .............
647
17.9.
Los problemas interdisciplinarios y los fundamentos de
la ciencia
económica: nuevas teorías de la racionalidad,
ética y nuevo
utilitarismo, crecimiento y desarrollo sos-
tenible,
democracia económica y globalización............
651
18. ¿A DÓNDE VAMOS?
ALGUNAS CONSIDERACIONES
(MUY PROVISIONALES)
....................................................
659
18.1.
¿Cuántos caminos ha seguido el pensamiento económico? 659
18.2. La división del
trabajo entre los economistas: ¿pode-
mos avanzar por
diferentes caminos? ...........................
663
18.3.
¿Por cuál de los diversos caminos apostaríamos? ..........
667
19. BIBLIOGRAFÍA
....................................................................
673
ÍNDICES.......................................................................................
743
Índice de materias
................................................................ 745
Índice
onomástico................................................................
757
Este libro se terminó de imprimir en los Talleres Editoriales
Cometa, S.A., de Zaragoza cuando se cumplen 85 años del encuentro de John M.
Keynes y Piero Sraffa en la Universidad de Cambridge
LA RIQUEZA DE LAS IDEAS
Una historia del pensamiento económico

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