© Libro N° 13579. América
Latina En La Geopolítica Del Imperialismo. Boron, Atilio
A. Emancipación. Marzo 8 de 2025
Título Original: © América Latina En La Geopolítica
Del Imperialismo. Atilio A. Boron
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Original: © América Latina En La
Geopolítica Del Imperialismo. Atilio A. Boron
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL IMPERIALISMO
Atilio A. Boron
América
Latina En La Geopolítica Del Imperialismo
Atilio A. Boron
América Latina en la geopolítica del
imperialismo
Atilio A. Boron
Premio Libertador al Pensamiento
Crítico
Buenos Aires, Argentina
Boron, Atilio A.
América Latina en la geopolítica del
imperialismo / Atilio A. Boron. - 2a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires :
Luxemburg, 2020.
Libro digital, PDF
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ISBN 978-987-1709-70-0
1.Geopolítica. 2. América Latina. 3.
Imperialismo. I. Título. CDD 327.101
América Latina en la geopolítica del
imperialismo
1º Edición digital, Ciudad Autónoma
de Buenos Aires, diciembre de 2020 1º Edición papel, 2012
2º Edición papel, marzo de 2013
3º Edición papel, julio de 2013
4º Edición papel, noviembre de 2014
© 2012-2020 Ediciones Luxemburg
© 2012-2020 Atilio A. Boron
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fotocopia u otros métodos, sin el permiso previo del editor.
Para Andrea y Sophia Luna, estímulos
distintos pero continuos en la interminable tarea de comprender y transformar
el mundo.
Para las y los antiimperialistas de
todos los partidos y movimientos, cuyas luchas han cambiado la correlación
mundial de fuerzas en Nuestra América.
|
Prefacio a la cuarta edición argentina |
8 |
|
Breve advertencia acerca de este libro |
26 |
|
Capítulo 1 |
|
|
La cuestión del imperialismo: pasado y presente |
29 |
|
Revisión y actualización teórica |
|
|
A modo de síntesis |
|
|
Capítulo 2 |
|
|
La crisis general del capitalismo y la situación |
|
|
del imperio americano |
46 |
|
La excepcionalidad de la crisis actual |
|
|
¿Auge o declinación del imperialismo norteamericano? |
|
|
Capítulo 3 |
|
|
La importancia estratégica de América Latina |
|
|
para los Estados Unidos |
68 |
|
Desajustes entre la percepción colonizada y la realidad: |
|
|
de la Doctrina Monroe al alca |
|
|
Capítulo 4 |
|
|
La militarización de la política exterior de los Estados Unidos |
|
|
y su impacto sobre América Latina |
84 |
|
Proyección global del poderío militar estadounidense |
|
|
Militarización internacional, criminalización nacional y |
|
|
resistencias populares |
|
|
Unas palabras a propósito de la creación de la celac |
|
|
Capítulo 5 |
|
|
Los recursos naturales en las relaciones hemisféricas |
104 |
|
Límites del pensamiento burgués y la alternativa ecosocialista |
|
|
Un inventario preliminar |
|
|
Capítulo 6 |
|
|
Los bienes comunes en América Latina: el debate |
|
|
“pachamamismo vs. extractivismo” |
117 |
|
Dilemas de política económica en el Sur global |
|
|
Organizando el saqueo: el proyecto iirsa |
|
|
Reacción “pachamamista” y los imperativos de |
|
|
la gestión gubernamental |
|
|
Capítulo 7 |
|
|
El “buen vivir” (sumak kawsay) y los dilemas de los gobiernos
de |
|
|
izquierda en América Latina |
136 |
|
La crítica al desarrollo |
|
|
Dos cuestiones cruciales |
|
|
¿Un nuevo modelo de desarrollo? |
|
|
Sobre las virtudes (y los riesgos) de la intransigencia |
|
|
Capítulo 8 |
|
|
El desenfreno militarista del imperio |
162 |
|
La “seguridad regional” |
|
|
Los múltiples lazos de la dominación militar |
|
|
Bases, misiones y ejercicios militares |
|
|
Capítulo 9 |
|
|
Geopolítica de los movimientos sociales y los bienes comunes |
189 |
|
Tres ciclos de resistencia popular |
|
|
Enseñanzas de la historia reciente |
|
|
Capítulo 10 |
|
|
La cuestión geopolítica: ¿comienzos de una nueva época? |
205 |
|
La respuesta imperial ante la crisis del viejo orden mundial |
|
|
La cacería de los bienes comunes y América Latina |
|
|
¿Transición hegemónica o fin del sistema hegemónico? |
|
|
Estados Unidos: de la república al imperio |
|
|
El vigor del antiimperialismo |
|
|
Una clase dominante que secuestró a la democracia |
|
|
Epílogo |
231 |
|
Apéndice |
|
|
Discurso pronunciado en Río de Janeiro por el |
|
|
Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz |
|
|
en la Conferencia de Naciones Unidas sobre |
|
|
Medio Ambiente y Desarrollo, 12 de junio de 1992 |
237 |
|
Bases militares extranjeras en América Latina |
|
|
y el Caribe. Un recuento provisorio y una amenaza infinita |
239 |
|
Las disputas sociopolíticas por los bienes comunes |
|
|
de la naturaleza: características, significación y |
|
|
desafíos en la construcción de Nuestra América |
|
|
José Seoane, Emilio Taddei y Clara Algranati |
248 |
|
Cartografía, colonialismo, imperialismo |
265 |
|
Agradecimientos |
277 |
Prefacio
a la cuarta edición argentina
Una nueva edición de este libro, la
cuarta, no puede ver la luz pública sin el añadido de algunas pocas páginas
destinadas a pasar revista a las vertigino-sas transformaciones que han
conmovido al sistema internacional desde el momento en que concluyera su
redacción original, en agosto de 2012.
Aspectos de la transición geopolítica global
El presidente ecuatoriano Rafael
Correa sintetizó elocuentemente este con-junto de fenómenos al decir que “no
vivimos una época de cambios sino un cambio de época”, algo totalmente
distinto. Un cambio de alcance global, que desencadena desajustes y reacomodos
en las turbulentas aguas del sistema internacional, en donde el injusto y
anacrónico (des)orden mundial y las anquilosadas jerarquías y prerrogativas
construidas por el imperialismo son desafiadas por la proliferación de inéditas
coaliciones y nuevos actores glo-bales –estatales y no estatales– y por los
antiguos anhelos de los pueblos de la periferia que irrumpen con fuerza
inusitada en el escenario de la historia. Épocas, como lo recordaba Antonio
Gramsci en sus estudios sobre la reali-dad política italiana, en las cuales lo
viejo no termina de morir y lo nuevo no acaba de nacer y que por eso mismo
pueden dar origen a toda clase de aberraciones. Una sobria lectura de los
acontecimientos mundiales en curso comprueba lo cierto en que estaba el fundador
del Partido Comunista Italia-no al formular sus observaciones acerca de las
monstruosidades que pueden ocurrir en esas fases de rápido viraje histórico,
especialmente en el siempre inestable, ferozmente hobbesiano, terreno de las
relaciones internacionales.
Desde la publicación de la edición
original de este libro una vertigi-nosa serie de cambios acentuó la volatilidad
y, peor aún, la peligrosidad del sistema internacional. De modo sintético y a
los efectos de proponer algunos ejes argumentativos, plantearemos dos tesis
principales: primera, la consta-tación del irreversible debilitamiento del
poderío global de Estados Unidos como centro organizador del imperio. Segunda,
y corolario de la anterior, la ratificación histórica de que en su fase de
descomposición los imperios se tornan aún más agresivos y sanguinarios que
durante sus períodos de ascen-so y consolidación.
En relación con la primera
proposición, un dato insoslayable es el evidente debilitamiento de la otrora
incontrastable primacía de los Estados Unidos en el sistema internacional,
reconocido no sólo por los pensadores y luchadores antiimperialistas sino, incluso,
por algunos de los más encum-brados intelectuales orgánicos del imperio como
Zbigniew Brzezinski y, en menor medida, Jospeh S. Nye Jr.1.
El derrumbe de la Unión Soviética y
la construcción de un orden uni-polar hicieron que algunas mentes afiebradas
cercanas a la Casa Blanca (y sus epígonos en América Latina y el Caribe)
creyeran que nos hallábamos en los umbrales de un “nuevo siglo americano”. Ese
ingenuo “superoptimismo”, como tiempo después lo caracterizaría Zbigniew
Brzezinski, era una mezcla de arro-gancia e ignorancia que estaba llamada a
durar por muy poco tiempo, tal como antes le ocurriera a las disparatadas tesis
del “fin de la historia” predicadas por Francis Fukuyama2. Pero los atentados del 11 de setiembre de 2001
derrumba-rían al unipolarismo norteamericano tan estrepitosa e irreparablemente
como a las Torres Gemelas. En el período abierto a partir de esa fecha el
sistema inter-nacional presenta un rasgo absolutamente anómalo: un creciente
policentris-mo en lo económico, político y cultural coexistiendo, con
progresiva dificultad, con el recargado unicentrismo militar estadounidense. En
otras palabras: en los últimos años surgieron nuevos actores y nuevas
realidades que hicieron del sistema internacional una arena más plural y
equilibrada pero, paradojal-mente, también más inestable que antes. Como
respuesta a estos procesos, la Casa Blanca se olvidó de los “dividendos de la
paz” –que según sus voceros se
1 La literatura sobre el “declinismo”
estadounidense ha crecido de manera extraordinaria en los últimos años. Entre
los que sostienen esta tesis ver, aparte de las obras ya citadas en nues-
tro libro, a Immanuel Wallerstein,
“The Curve of American Power” en New Left Review, Nº 40, jul-ago,
2006, pp. 77-94; Dilip Hiro, After Empire: The Birth of a Multipolar
World (Nueva York: Nation Books, 2010) pp. 147-185; Paula Cerni,
“Imperialism in the Twenty-First Century” en Theory and Science,
Vol. 8, Nº 1, 2006; Alfred W. McCoy, “The Decline and Fall of the Ame-rican
Empire: Four Scenarios for the End of the American Century by 2025” en Huffington
Post, 6/12/2014; Steve Chan, The US and the Power-Transition
Theory: A Critique (Londres: Routledge, 2008); Michael
Mann, “The First Failed Empire of the 21st Century” en Review of
International Studies, Vol. 30, Nº 4, 10/2004, pp. 631-653; Emmanuel
Todd, After the Empire: The Breakdown of the American Order (Nueva
York: Columbia University Press, 2003); Francis Shor, Dying
Empire: US Imperialism and Global Resistance (Nueva York: Routledge,
2010). Entre los intelectuales orgánicos del imperio que plantean, a su modo,
los problemas de la declinación norteamericana recomendamos muy especialmente
Zbigniew Brzezinski, Stra-tegic Vision. America and the
Crisis of Global Power (Nueva York: Basic Books, 2012). Joseph S.
Nye Jr., a su vez, no puede eludir el tratamiento del tema pero siempre lo hace
desde una perspectiva optimista que, en realidad, se parece mucho más a un
empecinado negacionis-mo de los duros e incómodos datos de la realidad
contemporánea; ver especialmente su The future of power (Nueva
York: Public Affairs, 2011) especialmente pp. 153-204.
2 Brzezinski, Strategic
Vision, op. cit., pág. 3.
derramarían sobre el planeta una vez
desaparecida la Unión Soviética– y en lugar de reducir su gasto militar lo
acrecentó desorbitadamente, convirtiendo a las fuerzas armadas estadounidenses
en una infernal maquinaria de destruc-ción y muerte que dispone de la mitad del
presupuesto militar mundial. No existen antecedentes históricos de tamaña
disparidad en el equilibrio militar de las naciones. No obstante, como lo ha
señalado en más de una oportunidad Noam Chomsky, este aterrador poderío militar
le permite a Washington des-truir países pero no puede ganar guerras. Así lo
demuestran la temprana expe-riencia de la guerra de Vietnam y, más
recientemente, los fiascos de la Guerra de Irak (2003-2011) y de la aún en
curso en Afganistán.
Factores endógenos de la decadencia
Según el ya aludido Brzezinski, hay
seis nudos problemáticos que, desde Estados Unidos, explican su declive3. Uno, el imparable crecimiento de la deuda pública
(que ya supera a la totalidad de su producto bruto interno) que según este
autor colocaría a ese país en una situación de crisis finan-ciera semejante a
la que en su momento sentenció el destino del imperio romano y, más
recientemente, en el siglo xx, del británico. Dos, la perniciosa gravitación
del capital especulativo y del mundo de las finanzas en general, causante de la
crisis estallada en 2008 cuyas consecuencias económicas y sociales –que aún hoy
se sienten con fuerza– han sido profundamente dele-téreas para el conjunto de
la población norteamericana. Tres, la creciente desigualdad económica y el
estancamiento del proceso de movilidad social ascendente, que junto al factor
antes mencionado deteriora el consenso democrático que garantiza la estabilidad
del sistema. El coeficiente de Gini, que mide la desigualdad en materia de
ingresos, sitúa a Estados Unidos en un nivel similar al de los países
subdesarrollados, y en una situación más desventajosa que Rusia, China, Japón,
Indonesia, India, Reino Unido, Fran-cia, Italia y Alemania. Cuatro, la
obsolescencia de la infraestructura nacio-nal: caminos, líneas férreas,
puentes, puertos, aeropuertos y energía son otras tantas áreas fuertemente
deficitarias y que comprometen seriamente la eficiencia global de la economía
estadounidense en un mundo cada vez más competitivo. Un ejemplo, entre los
muchos, es más que suficiente para corroborar este argumento: la
“superpotencia” norteamericana no ha sido capaz de construir una sola milla de
trenes de alta velocidad. China, en cambio, tenía construida al año 2012 una
red de trenes de alta veloci-dad de 10.000 kilómetros de extensión, y espera
llegar a 15.000 kilómetros hacia finales de 20154. Cinco, y conviene tomar nota de esto, el alto
nivel de
3 Brzezinski, Strategic Vision,
op. cit., pp. 46-55.
4 Ver Tomgram: “Pepe Escobar, Who’s
Pivoting Where in Eurasia?” en <www.tomdispatch.com/ blog/175845/tomgram%3A_pepe_escobar,_who’s_pivoting_where_in_eurasia/>.
ignorancia que el público
norteamericano tiene en relación con el mundo. Una encuesta tomada en 2006
comprueba que un 63% de los entrevistados no podía identificar a Irak en un
mapa; un 75% no hallaba a Irán y un 88% también fracasaba en su intento de localizar
a Afganistán en momentos en que Estados Unidos se encontraba fuertemente
involucrado en operativos militares en esa región y los medios de prensa
nacionales reportaban a diario los episodios bélicos que tenían lugar en esos
países. Lo anterior se explica –y también se agrava– por la ausencia de
información confiable en materia internacional y accesible al público en
general. Según Brzezinski sólo cinco de los principales diarios estadounidenses
ofrecen algo de infor-mación sobre asuntos del exterior, y ni los periódicos
locales ni la radio o la televisión brindan cobertura alguna de cuestiones
internacionales. La desinformación generalizada favorece la parálisis del
sistema de partidos, y este es el sexto factor, que impide adoptar políticas
creativas y eficaces para, por ejemplo, reducir el enorme déficit fiscal o
discutir temas urgentes y fundamentales como la reforma del sistema de salud,
la cuestión de la inmigración o la legislación relativa a la venta de armas.
El peso de los determinantes externos de la
decadencia
Va de suyo que esta declinación del
poderío norteamericano no se explica tan sólo por aquellos factores endógenos.
Hay un ambiente internacional que ha cambiado, y que acentúa la debilidad
relativa de Estados Unidos en la arena mundial ante el creciente poderío de
otros actores globales. Se han movido las “placas tectónicas” del sistema
internacional, y a raíz de ello la posición relativa de Estados Unidos como
potencia dominante se ha visto menoscaba-da. Sucintamente expresadas, las
principales manifestaciones de este cambio epocal son las siguientes.
a. El centro de gravedad de la economía
mundial se ha desplazado del Atlántico Norte hacia el Asia Pacífico, y junto
con él se ha producido un desplazamiento, si bien menos marcado del centro de
gravedad del poder político y militar mundial.
b. Se reconfiguran alianzas y
coaliciones que reemplazan, sólo en parte, a Estados Unidos como líder global.
Washington se encuentra ahora con aliados más débiles, vacilantes o amenazados
por fuertes impug-naciones “desde abajo” en Europa, Asia y Medio Oriente
respectiva-mente. Y debe vérselas con rivales más numerosos y poderosos, con
China y Rusia a la cabeza. Se trata de un listado cada vez más extenso de
díscolos o rebeldes, entre los cuales no puede obviarse Irán, dada su enorme
dotación de recursos energéticos de todo tipo; India, a su manera; Paquistán,
dueño de un formidable arsenal nuclear provisto por Washington; Indonesia,
Nigeria, Brasil y otras naciones que pug-nan por lograr un nuevo lugar bajo el
sol del sistema internacional.
c. A lo anterior hay que agregar las
devastadoras consecuencias de la actual crisis civilizatoria del capitalismo y
sus impactos sobre el medio ambiente, la integración social y la estabilidad
del orden político en el mundo de los capitalismos desarrollados, todo lo cual
ha contribuido a debilitar la primacía estadounidense.
d. Los avances en los procesos de
resistencia al imperialismo en América Latina y el Caribe –la derrota del alca
es emblemática en este senti-do– y el lento pero inexorable despertar político
del mundo árabe y, en general, de los pueblos de la periferia, cuestión esta
que un astuto observador (¡y protagonista!) como Brzezinski observa con mucha
preocupación porque constituye otro de los factores de desestabiliza-ción del
precario orden mundial actual5. Un orden mundial profunda-mente injusto y
predatorio que requiere cada vez más violencia para su sostenimiento en la
medida en que se produce la activación política de grandes contingentes, sobre
todo de jóvenes, que antaño mostra-ban una resignada aceptación del status quo.
Un documento del Departamento de
Defensa de Estados Unidos revela claramente la percepción dominante sobre estos
cambios al afirmar que “los Estados Unidos, nuestros aliados y socios
enfrentamos un amplio espectro de desafíos, entre los cuales se cuentan las
redes transnacionales de extremistas violentos, estados hostiles dotados de
armas de destrucción masiva, nuevos poderes regionales, amenazas emergentes
desde el espa-cio y el ciberespacio, desastres naturales y pandémicos, y
creciente com-petencia para obtener recursos”6. En ese mismo año, el del estallido de la nueva
crisis general del capitalismo, un documento del Consejo Nacional de
Inteligencia admitía por primera vez en su historia que el poder global de
Estados Unidos se hallaba transitando por una trayectoria declinante. En su
informe Global Trends 2025 afirmaba que “la transferencia de
la riqueza global y el poder económico actualmente en curso, gruesamente desde
el Oeste hacia el Este”, algo “sin precedentes en la historia moderna” ha sido
un factor principal en el declive del “poder relativo de Estados
5 Pocos le pueden disputar a Brzezinski
el título de principal estratega del imperio, con la posible excepción de Henry
Kissinger. Pero a diferencia del primero, su influencia en las últimas décadas
ha disminuido sensiblemente. Junto con Samuel P. Huntington, Brzezinski fue uno
de los principales animadores de la Comisión Trilateral, Chairman del Consejo
Nacional de Seguridad en los años de James Carter y a partir de ese momento
figura de consulta obligada y permanente miembro de diversas agencias,
comisiones y grupos de trabajo de todos los gobiernos que se sucedieron en la
Casa Blanca y sumamente activo en el mundo de los medios de comunicación, en
los que su presencia es un dato cotidiano de la vida pública estadounidense.
6 Departamento de Defensa, National
Defense Strategy (Washington) junio de 2008.
Unidos, aún en el terreno militar”7. No sorprende, por lo tanto, que un memorándum de
la Henry M. Jackson School of International Studies elevado a la Casa Blanca
afirme sin ambages que Estados Unidos está en guerra, y que seguirá estándolo
por muchos años más. Ese documento sintetiza elocuentemente los ominosos
alcances de la militarización de las relaciones internacionales promovidas por
un imperio amenazado cuando propone arrojar por la borda la diplomacia e
invertir el orden establecido por los usos y costumbres internacionales a la
hora de enfrentar un conflic-to que antaño establecían la siguiente secuencia:
primero la diplomacia, diálogo hasta el final y, si no hay más salida, apelar
al uso de la fuerza pero sin violar los convenios internacionales que, aun en
un conflicto armado, deben ser respetados (como por ejemplo los relativos al
tratamiento de los prisioneros o la población civil, el tipo de armas que
pueden utilizarse, etcétera). El documento enviado a la Casa Blanca revierte
esa secuencia al recomendar, en cambio, “usar la fuerza militar donde sea
efectiva; la diplo-macia, cuando lo anterior no sea posible; y el apoyo local y
multilateral, cuando sea útil”8. Si observamos lo ocurrido en los últimos diez o
quince años en Irak, Afganistán, Libia y ahora Siria, y el enorme despliegue de
bases militares norteamericanas en América Latina y el Caribe –amén de la IV
Flota– comprobaremos que los consejos del memorándum han sido seguidos al pie
de la letra por la Casa Blanca9.
Por supuesto, Estados Unidos
conserva, aun en este complejo y ame-nazante escenario, una gravitación
extraordinaria en la arena internacional, pero inferior a la que anteriormente
gozaba. Sigue siendo la mayor economía del planeta, aunque China está a punto
conquistar ese lugar en los próximos años; y a diferencia de cualquier otra
gran potencia internacional, Estados Unidos tiene fronteras seguras, muy
seguras, con Canadá y México, dos países en los cuales gracias al aspan
(Acuerdo de Seguridad y Prosperidad de América del Norte) los aparatos de
inteligencia y seguridad norteameri-canos actúan abiertamente y sin ninguna
clase de restricciones. Además su territorio está bañado por los dos mayores
océanos del planeta, el Atlántico y el Pacífico. Ni Rusia ni China, sus dos
principales contendores, pueden decir lo mismo: mantienen graves –si bien
latentes– conflictos fronterizos con sus vecinos y su acceso a las rutas
marítimas es mucho menos favorable que el que goza Estados Unidos. Por otra
parte, este país dispone también de un formidable sistema
científico-tecnológico, dueño de un enorme potencial a
7 Ver National Intelligence
Council, Global Trends 2025. A Transformed World (Washington
DC: noviembre de 2008) pág. vi.
8 Ver <https://digital.lib.washington.edu/researchworks/bitstream/handle/1773/4635/TF_ SIS495E_2009.pdf?sequence=1>.
9 El último recuento de bases militares
estadounidenses en América Latina y el Caribe, en agosto de 2014, indica que su
número ha ascendido a 78.
pesar de los signos que evidencian un
claro retroceso en los últimos tiempos, y a diferencia de los europeos, la
dinámica demográfica norteamericana se ha visto rejuvenecida por los torrentes
migratorios del último medio siglo. Pero aún así los síntomas de la decadencia
de su poderío en la escena global son inocultables.
Imágenes de la declinación
Si retornamos una vez más a
Brzezinski –y lo hacemos porque es el pensador mayor del imperio– es debido a
que en el libro ya citado este autor esboza un sugestivo paralelismo entre la
situación de la Unión Soviética en las dos décadas inmediatamente anteriores a
su derrumbe y la que prevalece en estos momentos en Estados Unidos10. En efecto, la Unión Soviética quedó prisionera de
un sistema político incapaz de revisar y corregir sus políticas, y lo mismo
ocurre hoy en Estados Unidos. Un ejemplo de los muchos: la obs-tinación con que
se ha mantenido la política del bloqueo en contra de Cuba durante 55 años, pese
a la incapacidad de dicha política para obtener el tan anhelado “cambio de
régimen” en la isla.
Dos: Moscú se embarcó en una brutal
expansión del gasto militar para competir con Estados Unidos cuando a comienzos
de los años ochen-ta Ronald Reagan lanzó la Iniciativa de Defensa Estratégica,
más conocida como la “Guerra de las Galaxias”. El resultado fue una
interminable sangría financiera que debilitó irreparablemente a la ya alicaída
economía soviética apresurando su derrumbe. No muy distinta es la situación de
Washington en estos días, lanzado como está a una desbocada carrera
armamentista que ha disparado su deuda pública y hecho que su presupuesto
militar sea equiva-lente al del conjunto de las demás naciones del globo,
habiendo superado una cifra considerada absolutamente inimaginable hace apenas
una década: un billón de dólares, o sea, un millón de millones de dólares11.
Tres, nuestro autor recuerda que a
partir de la Tercera Revolución Industrial (microelectrónica, informática,
telecomunicaciones, ingeniería genética, nanotecnologías, etc.) la economía
soviética comenzó a perder competitividad en áreas tecnológicas clave, al igual
que está ocurriendo en
10 Brzezinski, Strategic Vision,
op. cit., pp. 4-5.
11 Esta cifra surge cuando se suma al
presupuesto del Departamento de Defensa una serie de gastos necesariamente
relacionados con las actividades bélicas estadounidenses pero que no son
tenidos en cuenta como “gastos militares” por los publicistas del imperio. Dos
ejem-plos de ello son el gigantesco presupuesto de la Administración Nacional
de Veteranos, que tiene a su cargo la atención médica del personal militar
herido en combate o desquiciado psicológicamente en el teatro de operaciones, y
el destinado a las obras de “reconstrucción” de la infraestructura destruida
por los bombardeos norteamericanos y cuya reparación es exigida por las
autoridades militares en el terreno para viabilizar la ocupación del territorio
por las tropas invasoras y la exacción de sus riquezas.
Estados Unidos hoy. La Organización
para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (ocde) creó un programa –pisa–
para monitorear el aprendizaje de las matemáticas y otras disciplinas en
distintos países. Si bien el pisa ha sido objeto de fundadas críticas, sobre
todo cuando sus pruebas se aplican a las humanidades, en lo que hace a las
matemáticas sus resultados son razo-nablemente confiables. En el estudio
realizado en 2012 el puntaje obtenido por los estudiantes estadounidenses fue
de 481, ¡por debajo del promedio a nivel mundial que fue de 494! Los cinco
países cuyos estudiantes sacaron los mejores puntajes fueron todos asiáticos:
China, Singapur, Hong Kong (tam-bién parte de China), Corea del Sur y Japón.
Esto es apenas un indicio entre muchos otros (por ejemplo, que el famoso
Silicon Valley deba gran parte de su éxito a la masiva incorporación de
ingenieros e informáticos extranjeros; o que un número creciente de grandes
empresas norteamericanas desplacen sus actividades hacia países asiáticos, que cuentan
con una mano de obra tecnológicamente más sofisticada y barata). Datos más
“duros” sobre esto proceden de un informe de la Harvard Business School que
también confir-ma la pérdida de competitividad de la economía estadounidense y
asegura que esto obedece, entre otras razones, a la ineficacia de su sistema
político y a los graves problemas que afectan a su sistema educativo, “desde el
jardín de infantes hasta la escuela secundaria”, con excepción de un puñado de
universidades de elite12.
Cuatro, la precedente combinación de
políticas produjeron, en el caso de la Unión Soviética, el deterioro en los
estándares de vida de la población soviética ante la cínica insensibilidad de
la nomenklatura, cada vez más enri-quecida y que al producirse la
desintegración de la urss se apoderó de casi todas las empresas públicas de ese
país. Esta polarización económica reapa-rece dramáticamente en Estados Unidos,
con tanta fuerza que es motivo de reiterados lamentos presidenciales por las
perniciosas consecuencias para la integración social y la estabilidad del
consenso político. Un informe de las tendencias de casi treinta años relevadas
por la Oficina de Presupuestos del Congreso concluye que “el ingreso neto
(después del pago de impuestos) del 1% de hogares más ricos del país se
incrementó en un 275% entre 1979 y 2007 [mientras que para] el 60% de la
población que está en el nivel medio de los ingresos estos crecieron un 40%, al
paso que para el 20% de los hogares más pobres el aumento de sus ingresos apenas
fue del 18%”. La conclusión del estudio demuestra que la distribución del
ingreso en los hogares estadouni-denses “era sustancialmente más desigual en
2007 que en 1979, y que el 1% más rico acaparaba el 17% de todos los ingresos
frente al 8% de tres décadas atrás”13. Un par de años después, en julio de 2013, Obama
se lamentaba al
12 Ver “US economy losing competitive
edge: survey” en <www.reuters.com/article/2012/01/18/ us-corporate-competitiveness-idUSTRE80H1HR20120118>.
13 Ver <www.ieco.clarin.com/economia/ricos-Unidos-triplicaron-ingresos_0_ 580142165.html>.
comprobar que “el estadounidense
promedio ganaba [en 2013] menos que en 1999, mientras que las ganancias para un
alto ejecutivo habían aumentado un 40% en cuatro años14. Se entiende muy bien la razón por la cual el
movi-miento ‘Ocupa Wall Street’, que conmovió a tantas ciudades de Estados
Uni-dos, tenía como una de sus banderas la consigna “somos el 99%”15.
Cinco, finalmente, la urss
experimentó un progresivo aislamiento internacional impulsado por Occidente
desde que se produjera el asalto al Palacio de Invierno, en octubre de 1917. En
realidad, fue una abierta e implacable contraofensiva concebida para crear un
“cordón sanitario” (en la elocuente terminología de la época) destinado a
frenar la diseminación del virus revolucionario en Europa. El aislamiento se
quebró en parte con el auge del nazismo y con el heroísmo soviético en la
Segunda Guerra Mundial, pero renació con fuerza durante la Guerra Fría y,
especialmente, luego de la invasión a Afganistán y la feroz arremetida lanzada
por Estados Unidos en los años ochenta del siglo pasado. Esta contó con la
indispensa-ble colaboración del gobierno de Margaret Thatcher en el Reino Unido
y el Papa Juan Pablo II, constituyendo junto a Ronald Reagan un tridente
reac-cionario de una virulencia pocas veces vista en la historia. Y no son
pocos los ámbitos en los cuales Estados Unidos cae también en el aislamiento. Véase
si no como pierde las principales votaciones en la Asamblea General de la onu
sobre temas acerca del bloqueo a Cuba, los derechos del pueblo palestino y
tantos otros. Más recientemente, una iniciativa auspiciada por Washington y
formalmente planteada por Panamá en el seno de la oea, cuyo objetivo era
ordenar a esta organización que interviniera en la situa-ción política interna
de Venezuela, fue derrotada de manera aplastante por 29 votos contra 3 (de
Panamá, Estados Unidos y Canadá), otra muestra más del aislamiento político que
la superpotencia padece en su propio hemisfe-rio. Fuera de Nuestra América las
cosas no son mejores: por ejemplo, pese a que en el año 2008 la Casa Blanca
creó el africom, el Comando África de las fuerzas armadas estadounidenses (el
equivalente de nuestro conocido Comando Sur), no ha habido hasta el momento de
escribir estas líneas un solo país africano que se ofreciera para albergar los
cuarteles generales de esa institución, por lo cual su sede actual está en una
base estadounidense localizada en Stuggart, Alemania16.
14 Ver David Usborne, “Obama promete el
sueño americano”, en <www.pagina12.com.ar/ diario/elmundo/4-225212-2013-07-25.html>.
15 La feroz concentración del ingreso y
la riqueza producida en el seno de los capitalismos desarrollados es la tesis
central del libro de Thomas Piketty, Capital in the Twenty-First
Century (Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 2014). Ver
asimismo David Harvey, Seventeen contradictions and the end of
capitalism (Oxford: Oxford University Press, 2014) pp.
164-181.
16 Ver Nick Turse, “¿Qué diablos es el
africom?” en <http://yahel.wordpress.com/2014/06/20/ que-diablos-es-el-africom/>.
Esta analogía entre las realidades
socioeconómicas y el clima cultural y político que precedió a la implosión de
la urss y el que en la actualidad predomina en los Estados Unidos es sumamente
aleccionadora. El infun-dado “pesimismo” y el ingenuo “voluntarismo
antiimperialista” con el cual muchas veces se descalifica a quienes desde
Latinoamérica planteamos esta visión realista de la decadencia de la
superpotencia difícilmente podrían ser atribuidas al ex consejero de seguridad
nacional del presidente James Carter y miembro fundador de la Comisión
Trilateral. Por supuesto, Estados Unidos seguirá siendo un actor fundamental
del sistema internacional, pero sus poderes ya se encuentran recortados y cada
día que pasa lo serán más. Las bravuconadas de la Casa Blanca se quedaron en
eso. Repasemos unos pocos datos recientes. A principios del corriente año,
Obama había amenazado con iniciar el bombardeo de Siria; bastó una enérgica
advertencia de Moscú para que, afortunadamente, esos planes fuesen archivados.
El asilo diplomático garantizado a Julian Assange y Edward Snowden por Ecuador
y Rusia respec-tivamente habría sido impensable hace apenas una década. La
reintegración de Crimea al territorio ruso, al cual había pertenecido durante
casi dos siglos, desató un vendaval de protestas que en Washington y Bruselas
no trascen-dieron al plano de la retórica o el de unas inefectivas sanciones
económicas. Antes, las maniobras navales conjuntas llevadas a cabo en 2008
entre las armadas de Venezuela y Rusia en el Caribe, el mare nostrum del
Pentágono, habrían sido objeto de duras represalias cuando no de una explícita
y tajante prohibición. Nada de eso ocurrió. Ejemplos de este tipo, en asuntos
menos cruciales, se multiplican por doquier. Japón, principal aliado de Estados
Uni-dos en Asia, abandona el dólar en sus transacciones comerciales con Rusia y
China al paso que Moscú, pese a las presiones en contrario de Washington,
avanza en la recreación de un área económica euroasiática con las ex
repú-blicas soviéticas como Belarus, Kazakhstan, Armenia, Kirgiztan y
Tajikistan, y aun de otras, como Siria. Ante todos estos cambios, el imperio
sólo parece estar en condiciones de refunfuñar.
La extraordinaria importancia de América Latina y
el Caribe
Llegados a este punto conviene
preguntarse por el lugar que Nuestra América ocupa en el dispositivo económico,
político, cultural y militar del imperio en esta etapa de transición
geopolítica global. Cuestión esta tanto más impor-tante cuanto más insisten
gobernantes, funcionarios y académicos estadou-nidenses –y sus epígonos
latinoamericanos y caribeños– que nuestra región carece de importancia en el
tablero geopolítico mundial. Según esta opinión las prioridades del imperio
serían, en primer lugar Medio Oriente, por su enorme riqueza petrolera y porque
allí se encuentran su principal compinche regional, Israel, y quien hasta hace
pocos meses era su declarado enemigo, Irán; luego vendría Europa, aliada
incondicional, gran socia comercial y cómplice de cuantas aventuras
imperialistas haya lanzado la Casa Blanca; en tercer lugar asoma el Extremo
Oriente, por China, las dos Coreas y Japón; en cuarto lugar, Asia Central,
importante por su potencial petrolero y gasífero, y como espacio privilegiado
para crear un dique de contención del fundamen-talismo islámico. Finalmente,
disputando un intrascendente quinto lugar palmo a palmo con África aparecería
Nuestra América, mendigando compa-sión, caridad y buenos modales. Tal como se
demuestra en nuestro libro, este “relato oficial” del imperio constituye una de
las más colosales falacias de la historia diplomática universal.
Porque si las cosas fueran como lo
asegura esta torpe interpretación histórica, ¿cómo explicar la inquietante
paradoja de que una región como América Latina y el Caribe, tan irrelevante
según propios y ajenos, haya sido la destinataria de la primera doctrina de
política exterior elaborada por Estados Unidos en toda su historia? Esto
ocurrió tan tempranamente como en 1823, es decir, un año antes de la Batalla de
Ayacucho, que puso fin al imperio español en América del Sur. Naturalmente, se
trata de la Doctrina Monroe, que con sus circunstanciales adaptaciones y
actualizaciones –entre ellas, el infame Coro-lario Roosevelt– ha venido
orientando la conducta de la Casa Blanca hasta el día de hoy. Habría de
transcurrir casi un siglo para que Washington diera a luz, en 1918, una nueva
doctrina de política exterior, la Doctrina Wilson, esta vez referida al teatro
europeo convulsionado por el triunfo de la Revolución Rusa, la carnicería de la
Primera Guerra Mundial y el inminente derrumbe de dos imperios, el alemán y el
austro-húngaro, que junto al derrotado zarismo eran el baluarte de la reacción
en Europa. No es un dato anecdótico que esta doctrina para Europa haya sido
elaborada mucho después de otra relativa a un área “irrelevante” como América
Latina y el Caribe.
La tercera doctrina de política
exterior que elabora Washington es la de la “contención”, también conocida como
la Doctrina Truman, aunque su creador no fue el presidente Harry Truman sino
uno de los diplomáticos, politólogos e historiadores más importantes de Estados
Unidos a lo largo del siglo xx: George F. Kennan. Fue Kennan quien en 1946
envió el célebre “Largo Telegrama” al presidente Truman en su calidad de
embajador adjunto de los Estados Unidos en Moscú. En dicho documento,
aconsejaba a la Casa Blanca adoptar una política para contener lo que a su
juicio era un incontrolable expansionismo soviético, especialmente en las áreas
de mayor importancia estratégica para Estados Unidos. Un año más tarde
publicaría, sobre la base de aquel telegrama y con el título “Las fuentes de la
conducta soviética”, un artículo en Foreign Affairs, “la” revista
del establishment norteamericano, que influiría profunda y duraderamente en el
curso de la política exterior estadounidense. En 1948 Truman adopta las ideas
de Kennan y las hace suyas, dando lugar a una nueva doctrina de política
exterior: la “contención” y, su corolario, la Guerra Fría. Para erigir una
barrera a la expansión soviética en áreas de interés estratégico para
Washington, Truman apresura la firma de una serie de tratados militares en
diversas regiones: lo hace en abril de 1949 con Gran Bretaña, Francia, Canadá y
otros países europeos dando creación a la Organización del Tratado del
Atlántico Norte (otan). En 1952 firma el anzus, un tratado con Australia, Nueva
Zelandia para garantizar la presencia de Estados Unidos en el Pacífico, mismo
que, recargado, continúa en vigencia hasta el día de hoy; en 1954 lo hace con
una serie de países del Lejano Orien-te, el seato (South East Asia Treaty
Organization), disuelto en 1977; al año siguiente firma el cento (Central
Eastern Treaty Organization) que nuclea a varios países del Medio Oriente,
entre ellos Irán, Irak, Paquistán, Turquía e incluyendo asimismo al Reino
Unido. El cento fue desahuciado en 1979. Y con América Latina y el Caribe, ¿no
firmó Estados Unidos un tratado político-militar para contener al comunismo?
¡Claro que sí! Y como corresponde a un área tan poco prioritaria, como se dice
corrientemente, ¡fue el primer trata-do de todos cuantos firmara Washington! Lo
dejó plasmado en 1947 y es el tristemente célebre Tratado Interamericano de
Asistencia Recíproca (tiar) que en síntesis dice que cualquier ataque por parte
de una potencia externa a un país de las Américas sería respondido
solidariamente por todos ellos. Lo de “potencia externa” era un eufemismo para
referirse a la Unión Sovié-tica. Cuando ese ataque sobrevino, en 1982, con
ocasión de la Guerra de las Malvinas, Washington se olvidó del tiar y se puso
del lado de Gran Bretaña, suministrándole apoyo logístico y de inteligencia que
fueron cruciales para su victoria. Pero lo que prueba la secuencia de estos
tratados es que Estados Unidos siguió la regla de oro de first things
first, es decir, lo más importante se atiende primero. Y más importante que
controlar la expansión del comunis-mo en Europa era impedir su propagación en
América Latina y el Caribe. Por tanto, aseguraron primero entre nosotros su
retaguardia y recién después se preocuparon por la suerte de Europa.
Desde el punto de vista militar uno
podría agregar el ejemplo del Comando Sur de las fuerzas armadas de Estados
Unidos: fue organizado en 1963 mientras que el centcom, con jurisdicción en
Medio Oriente, Norte de África y Asia Central, y especialmente Afganistán e
Irak, fue creado recién en 1983 y que el africom recién, como ya se dijera, en
2008. Por último, cuando bajo el influjo de la inesperada y desafiante
Revolución Cubana el Pentágo-no se decide a utilizar todos los recursos humanos
e institucionales de las ciencias sociales para estudiar y prevenir conmociones
sociales y revueltas populares en distintas partes del mundo con un
multimillonario proyecto de investigación, la primera región escogida para el
estudio es América Latina, con el Proyecto Camelot17. Es decir, en cada una de estas iniciativas en el
terre-no diplomático o militar América Latina y el Caribe invariablemente toman
la delantera sobre cualquier otra región del mundo. Y esto por una razón bien
sencilla: más allá de la retórica y de las argucias diplomáticas, América
Latina es, para los Estados Unidos, la región más importante del planeta. Lo es
por
17 Ver Gregorio Selser, Espionaje
en América Latina, el Pentágono y las técnicas sociológicas (Buenos
Aires: Editorial Iguazú, 1966).
su valor estratégico, por su impacto
regional y por su extraordinaria dotación de recursos naturales. Es por ello
que desde sus primeros años como nación la preocupación de sus gobernantes fue
elaborar una postura política apro-piada ante esa enorme masa continental que
se extendía al sur de las trece colonias originarias. He ahí la génesis
profunda de la Doctrina Monroe y de la política coherentemente seguida en
relación con nuestros pueblos para perpetuar su sometimiento a los dictados
imperiales.
Una hoja de ruta hacia nuestra segunda y definitiva
Independencia
Dados estos antecedentes es evidente
la necesidad de fortalecer todas las ins-tancias de integración –y, como decía
el presidente Hugo Chávez Frías, más que de la integración de la unión– de
nuestros pueblos. Para ello será preciso que los gobiernos democráticos y los
movimientos populares de la región sean conscientes de cuáles son los objetivos
estratégicos de Estados Unidos en la coyuntura actual: primero, destruir a la
Revolución Bolivariana y acabar con su gobierno apelando a cualquier recurso,
como se hizo en Ucrania y como se está intentando hacer en Siria y, en Nuestra
América, en Venezuela en estos días. Segundo, garantizar el control excluyente
de la Amazonía. En relación con el primer objetivo, los estrategos del imperio
pensaron que la prematura y muy sentida muerte del presidente Hugo Chávez Frías
abriría rápidamente las puertas a una “reconquista” estadounidense de
Venezuela. Sin embargo, el formidable apoyo popular con que cuenta la
Revolución Bolivariana se ha erigido como un obstáculo hasta ahora insuperable
para las ambiciones de la Casa Blanca. El chavismo triunfó por escaso margen en
las elecciones presidenciales del 14 de abril de 2013 pero lo hizo por una
diferencia de casi diez puntos y un millón de votos en las municipales del 8 de
diciembre de ese año. Pese a ello la Casa Blanca todavía no reconoció el
triunfo de Nicolás Maduro, alentando de este modo las estrategias violentas y
sediciosas de un sector de la oposición que pretende instaurar un nuevo
gobierno tomando el poder por asalto. Estados Unidos alienta todas estas
maniobras y persistirá en su empeño porque sabe que la caída del chavismo
significaría un durísimo revés para Cuba y un muy rudo golpe para los
pro-yectos emancipatorios en curso –sobre todo en Bolivia y Ecuador– y para los
anhelos de todos los movimientos populares de la región. Venezuela es, por lo tanto,
en lo inmediato, un blanco estratégico fundamental y el primero que debe ser
atacado, desde afuera tanto como desde adentro, echando mano a los enemigos
históricos del pueblo venezolano que se desviven por conver-tirse en obedientes
peones del imperio.
En cuanto al segundo objetivo
estratégico, el control de la Amazonía, esto cae por su peso con el simple
recuento de los enormes bienes comunes que alberga la región: agua, minerales
estratégicos, biodiversidad, etc.; y en la periferia de esa cuenca, petróleo.
Los documentos oficiales del Pentágono, hacia, el Consejo Nacional de Seguridad
y el Departamento de Estado no ocultan que la segunda mitad de este siglo será
caracterizada por cruentas guerras del agua. Se puede vivir sin petróleo pero
no sin agua, y Nuestra América tiene una fenomenal cantidad de ese estratégico
e irreemplazable elemento, amén de los otros que reseñáramos más arriba18.
Por lo tanto, la unidad de América
Latina es el único camino para nuestra sobrevivencia como sociedades
civilizadas e independientes. Una unidad difícil, porque la región está lejos
de ser homogénea y si bien están los países del alba hay otros que simpatizando
con ellos aún no están integra-dos al proyecto, como Argentina, Brasil y
Uruguay. Pueden colaborar con las iniciativas del alba pero, al menos hasta
ahora, no forman parte del mismo. Y hay otros países, tanto en Sudamérica como
en el resto del continente, que han sido ganados por el imperio y que en
algunos casos podrían desempe-ñar el papel de dóciles proxies operando
a favor de Washington al interior de esquemas de integración como la unasur y
la celac.
De lo anterior se desprende la
necesidad de consolidar los procesos políticos de izquierda y progresistas en
marcha en la región, abroquelarnos en la defensa de Cuba, Venezuela, Bolivia y
Ecuador y detener la contraofen-siva restauradora lanzada por Estados Unidos
que, digámoslo claramente, pretende retrotraer la situación del hemisferio al
status quo imperante antes de la Revolución Cubana. Esto se realiza a través de
las técnicas del poder “blando” o “inteligente”, que se materializa en golpes
“judiciales o parla-mentarios” (casos de Honduras y Paraguay) que sustituyen al
viejo modelo del golpe militar19. O también apoyando la “modernización” de la
derecha
18 Un dato estadístico ilustra la
importancia que Washington le asigna al control de la Ama-zonía: mientras que
Venezuela está rodeada por 13 bases militares norteamericanas (o europeas, como
las holandesas de Aruba y Curaçao pero alquiladas a los estadounidenses),
Brasil está cercado por 26, si se cuentan las dos del Reino Unido y la otan
localizadas en las Islas Ascensión y Malvinas, pero pertrechadas con
equipamiento norteamericano y con presencia de militares de ese país. Entre
ambas locaciones se encuentra, ¡seguramente que por casualidad!, el enorme
yacimiento petrolífero brasileño del Presal. Recuérdese que esta ambición por
apoderarse de Brasil viene de larga data: documentos recientemente
desclasificados del presidente John F. Kennedy demuestran que el golpe militar
de abril de 1964 en contra de João Goulart fue planeado, por lo menos con dos
años de anticipación, por la Casa Blanca. Kennedy alentaba ese plan mientras
recibía en visita oficial a Goulart en Washington. Luego de su derrocamiento,
Goulart se exilió en la Argentina, y en diciembre de 1976 falleció
supuestamente víctima de un infarto. Hay quienes aseguran que su muerte fue
planeada y ejecutada en al marco del siniestro Plan Cóndor. Sobre las
revelaciones de Kennedy consultar <www2.gwu.edu/~nsarchiv/NSAEBB/NSAEBB465/>.
19 Sobre este tema ver los trabajos de
Eugene Sharp en el marco del Albert Einstein Institute, un think tank que
elaboró una serie de manuales para desestabilizar gobiernos considerados hostiles
al interés nacional norteamericano y, por lo tanto, satanizados como despóticos
o totalitarios. Ejemplos de estos gobiernos son los de Bolivia, Cuba, Ecuador y
Venezuela. Arabia Saudita, uno de los regímenes más despóticos y tiránicos del
planeta, no entra en esta categorización. Se trata de un buen amigo de Estados
Unidos. Uno de los principales
latinoamericana, reemplazando sus
arcaicos discursos, estilos y liderazgos por otros que casi la convierte en una
suerte de aggiornada socialdemocracia bajo la batuta de Mario
Vargas Llosa y sus compinches; el enorme impulso dado a la Alianza del
Pacífico, pérfido sustituto del alca que encuentra la complicidad de varios
gobiernos de la región; la tremenda ofensiva mediática coordinada desde
Washington por el gea, el Grupo de Editores de América, en el entendido que la
guerra antisubversiva de nuestros días se libra en el terreno de los medios; y,
por último, mediante la instalación de bases milita-res –ya son 78 las que se
encuentran en América Latina y el Caribe– que, junto con la IV Flota, cubren
todo el espacio regional. Exigir el retiro de las bases debería convertirse en
la voz de orden, lo mismo que la democratización de los medios de comunicación
y la adopción de políticas muy estrictas de condena para los países en donde se
viole la “cláusula democrática” contem-plada en el mercosur y la unasur.
Impedir o entorpecer la unión de las
naciones sometidas ha sido siempre una regla de oro de los imperios. “Divide y
vencerás” ha sido la norma invariable de todos ellos, y en el momento actual su
vigencia es mayor que nunca antes. Por eso Washington sabotea sin pausa
cualquier iniciativa integradora, sea directa como indirectamente, a través de
algunos de sus “caballos de Troya” latinoamericanos. Nada podría ser más
corrosivo para los intereses fundamentales del imperio que una unasur fuerte y
con cre-cientes capacidades de intervención en los asuntos regionales; o una
celac plenamente institucionalizada y dotada de eficaces mecanismos de defensa
de los intereses nuestroamericanos en el ámbito hemisférico. De hecho, el gran
debate, sordo todavía, al interior de ese organismo es si se debe o no
institucionalizar y, en caso de que así lo sea, hasta qué punto y cómo. Como
simple foro de cumbres anuales a nivel presidencial la celac traicionaría el
propósito con que la había investido su creador, el Comandante Hugo Chávez
Frías. No son bellos discursos lo que necesitan América Latina y el Caribe sino
agencias capaces de producir políticas que nos pongan a resguardo de los
apetitos del imperio. Otro tanto ocurre con la unasur, que en su corta
existencia ha tenido un papel sumamente valioso al desactivar tentativas
gol-pistas en Bolivia (2008) y Ecuador (2010), aunque no pudo hacer lo propio
en Paraguay, más por las vacilaciones del ex presidente Fernando Lugo que por
la inacción o impericia de los funcionarios de la unasur. Pocos días después
teóricos del “poder blando” como complemento, mas
no como sustitución, del “poder duro” basado en la fuerza militar es Joseph S.
Nye. Jr. Ver su Soft Power. The means to success in world politics (Nueva
York: Public Affairs, 2004) y su más reciente The future of power,
op. cit. La ex secretaria de Estado de Barack Obama, Hillary
Clinton, declaró en numerosas oportu-nidades que la “resolución” de la crisis
libia, con linchamiento de Gadaffi incluido, era un ejemplo de “poder
inteligente” (smart power). En resumen: se trata de un juego de palabras
que pretende escamotear el carácter profundamente violento de las actuales
estrategias de dominación imperialista.
del frustrado golpe de estado en
Ecuador, Chávez decía que “una vez más la unasur ha demostrado que no nació
para hacer política simbólica: supo actuar, en esta difícil coyuntura
ecuatoriana, con la misma voluntad política y la misma determinación que en
septiembre de 2008 para abortar el golpe de estado que estaba en desarrollo en
Bolivia. El hecho de que todos los pre-sidentes nos reuniéramos en Buenos Aires
en horas de la noche del mismo 30 de septiembre, para ofrecerle todo nuestro
respaldo al gobierno de Correa, es una clara señal, para la derecha, de que el
golpismo fascista ya no tiene vida en la América del Sur”20. La centralidad que la unasur le ha asignado al
estudio y a la elaboración de propuestas concretas sobre la candente cuestión
de los recursos naturales es otra prueba de la estratégica importancia que en
poco tiempo ha adquirido esa institución sudamericana.
Para resumir: la unión de los pueblos
y gobiernos de Nuestra América es condición sine qua non del
éxito en las luchas por la autodeterminación y soberanía nacionales. Prueba de
ello fue, como ya lo mencionáramos, lo ocurrido en el seno de la oea al
repudiar la iniciativa del gobierno de Panamá en nombre de Estados Unidos. Pero
el imperio nunca descansa, y en ocasión del secuestro que sufriera el
presidente Evo Morales durante su regreso de Rusia Washington movilizó sus
peones regionales para impedir que se convocara a una cumbre extraordinaria de
presidentes y jefes de estado para responder colectivamente a la agresión
incitada por Estados Unidos y perpetrada por sus peones europeos. Esa reunión
fue solicitada, en un gesto que lo enaltece una vez más, por el secretario
general de la unasur, Alí Rodríguez. Pero quien debía convocar dicha reunión era
el pre-sidente pro témpore de la unasur, Ollanta Humala, y no lo hizo.
¿Razones? El incondicional realineamiento del Perú con Estados Unidos, iniciado
por Alberto Fujimori, continuado por Alejandro Toledo, profundizado por Alan
García, llevado al extremo por el actual presidente, que ha abierto de par en
par las puertas de su país al Pentágono y al Comando Sur. En poco tiempo se
instalaron en el Perú diez bases militares estadounidenses, y los puertos
peruanos son los principales apostaderos donde se reabastece la IV Flota de los
Estados Unidos. Una oportuna llamada telefónica de la Casa Blanca seguramente
disuadió a Humala de hacer lo que estaba ética y legalmente obligado a hacer:
convocar de urgencia una cumbre extraordinaria de la unasur para salir en defensa
del presidente Evo Morales.
Para concluir: estamos en medio de
una sorda pero importantísima batalla. Tal como se enunciara al principio, una
tesis fundamental para enten-der la actualidad es la que sostiene que en estas
fases de descomposición los imperios se tornan más violentos y agresivos.
Sucedió con los imperios
20 Comandante Hugo Chávez Frías, “Las
líneas de Chávez: ¡Salve, oh Patria, mil veces! ¡Oh Patria!” en <www.cubadebate.cu/opinion/2010/10/03/ las-lineas-de-chavez-salve-oh-patria-mil-veces-oh-patria/>.
romano, otomano, español, portugués,
británico y francés. No hay lugar para dudas ni excepciones: lo mismo ocurrirá
con el imperio norteamericano21.
Como ya se mencionó, el objetivo
estratégico global de Estados Unidos es retrotraer las relaciones hemisféricas
a la condición prevaleciente antes del triunfo de la Revolución Cubana: un
continente totalmente sometido al mandato inapelable de Washington. La Casa
Blanca, la burguesía imperial y sus peones latinoamericanos trabajan
incansablemente en pos de esta restauración. Pero tropiezan con la creciente
madurez política de nuestros pueblos, su creciente capacidad organizativa y la
fortaleza de los gobiernos de izquierda de la región. Cuba, Venezuela, Bolivia
y Ecuador han dado muestras de resistir presiones de todo tipo tendientes a
derrocar sus gobier-nos y revertir sus procesos revolucionarios. Estados Unidos
fracasó en ese intento. Esto demuestra la verdad contenida en el famoso
discurso de Fidel en conmemoración del 60º aniversario de su ingreso a la
Universidad de La Habana cuando dijo que la Revolución Cubana (y su reflexión
alcanza tam-bién a los países arriba nombrados) no podrá ser destruida desde afuera,
por sus enemigos externos. “Esta Revolución –continuaba Fidel– puede
destruir-se, los que no pueden destruirla hoy son ellos; nosotros sí, nosotros
podemos destruirla, y sería culpa nuestra […] de nuestros defectos, de nuestros
errores, de nuestras desigualdades, de nuestras injusticias”22.
Hoy, más que nunca, la unidad de los
pueblos de Nuestra Améri-ca depende de continuar y profundizar el impulso
original que le diera el Comandante Hugo Chávez Frías a la unasur y la celac y
la capacidad de los gobiernos que se encuentran a la vanguardia de este proceso
para sortear los peligros a los que aludía Fidel. Esto significa un compromiso
permanente para mejorar día a día la calidad, eficiencia, transparencia y
honestidad adminis-trativa de la gestión gubernamental y de las instituciones
de la democracia participativa así como un compromiso igualmente fuerte para
empoderar a las clases y capas populares, promoviendo su organización y
estimulando su educación general y su formación política. Si así fuera, se
garantizaría el logro de los tres atributos que, según Simón Bolívar, hacen a
la perfección del gobierno: “la mayor suma de felicidad posible, la mayor suma
de seguridad
21 Las atrocidades de la Conquista
española empalidecen cuando se las compara con las per-petradas desde la
segunda mitad del siglo xviii en el desesperado intento de la Corona para
mantener en sujeción a sus dominios americanos. Los británicos exhibieron su
máxima crueldad cuando la India se despertó de su sopor e intentó sacudirse el
yugo colonial. Y nada iguala la violencia brutal del colonialismo francés como
el baño de sangre practicado en Argelia, en la fase final del imperio francés
en África, o la que aplicaran en Vietnam para reprimir las ansias de liberación
de su pueblo. El genocidio de los armenios tuvo lugar pre-cisamente cuando el
imperio otomano entraba en su irreversible ocaso.
22 Discurso pronunciado por Fidel Castro
Ruz en el sexagésimo aniversario de su ingreso a la Universidad, La Habana, 17
de noviembre de 2005. Reproducido en Rebelión, el 6 de diciem-bre
de 2005.
social y la mayor suma de estabilidad
política”. Si fracasáramos en el logro de estos objetivos, nuestro triste
futuro sería el de quedar para siempre someti-dos al dominio de un país,
Estados Unidos, que a juicio del Libertador, “parece destinado por la
Providencia a plagar la América toda de miserias en nombre de la libertad”.
Confiamos en que los años venideros demuestren que ni Bolí-var ni Chávez araron
en el mar.
Buenos Aires, 29 de agosto de 2014
25
Breve advertencia acerca de este
libro
Este libro es el imprevisto resultado
de dos actividades diferentes. La primera fue una invitación de la entidad
cubana Casa de las Américas para participar en un evento que organizó esa
prestigiosa institución, inconmovible baluarte de la cultura latinoamericana, a
finales de 2010 con el propósito de pasar revista al bicentenario de los
procesos independentistas en América Latina23. Para esa ocasión, preparé una breve ponencia que
resultó ser la semilla de la cual luego, con el paso del tiempo, surgiría este
libro24. La segunda actividad fue el dictado
de un curso sobre el tema, en el segundo semestre de 2011, en el Campus Virtual
del Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales
(pled). El interés que suscitó entre alumnos, colegas y militantes sociales con
quienes examinamos, en diversas apariciones públi-cas, ideas, hipótesis y datos
de diverso tipo sobre la problemática geopolítica de la región nos convenció de
la necesidad de transformar las clases del curso en un pequeño libro y, de este
modo, facilitar una más amplia difusión de sus contenidos. Esto exigió un
esfuerzo de adaptación del lenguaje, dado que una clase preparada para un curso
a distancia –donde un equipo de tutores trabaja en permanente contacto con el
estudiante para aclarar dudas o pro-fundizar algunos temas– tiene exigencias
distintas que un libro, en donde el
23 A lo largo de este libro, cuando
hablemos de América Latina o Latinoamérica estaremos refiriéndonos también al
Caribe, tanto al hispanohablante como al francófono y al anglófono. América
Latina o Latinoamérica serán, entonces, etiquetas a las cuales apelaremos por
razones de practicidad y para evitar tener que recargar innecesariamente el
texto. Por supuesto, cuando sea necesario establecer distinciones, estas serán
oportunamente especificadas para evitar confusiones. Del mismo modo, al
utilizar expresiones como Norteamérica y sus derivaciones, no nos estaremos
refiriendo a la región geográfica formada por Canadá, Estados Unidos y México,
sino, siguiendo un muy extendido uso coloquial, a los Estados Unidos de
América.
24 “La coyuntura geopolítica de América
Latina en 2010”, reproducido en Memorias del Bicentenario,
coordinado por Aurelio Alonso (La Habana: Fondo Editorial Casa de las Américas,
2011) pp. 28-54.
lector se enfrenta en soledad con el
autor. Además, existen otras cuestiones formales, pero importantes: si en la
clase es posible citar autores o fuentes con una cierta laxitud (no siendo
imprescindible, por ejemplo, citar la edi-torial que publicó un libro, o el año
exacto de su publicación, o la ciudad donde apareció, pues basta con dar a
conocer su autor y su título), no ocurre lo mismo con un libro. En
consecuencia, hemos procurado especificar las autoridades citadas o las fuentes
que sustentan algunas afirmaciones pero cuidando de no perder el carácter
coloquial de la clase y de asegurar una lectura ágil de un tema tan delicado
como el que será objeto de análisis en las páginas que siguen.
Por otra parte, es preciso también
decir que este libro es el corolario natural de otro, escrito conjuntamente con
Andrea V. Vlahusic, en donde se analizaron las múltiples y reiteradas
violaciones a los derechos humanos que Washington perpetra tanto dentro como
fuera de sus fronteras. Ese libro, El lado oscuro del imperio. La
violación de los derechos humanos por Estados Unidos25, aporta buena parte del andamiaje teórico y
empírico necesario para interpretar adecuadamente los contenidos
más globales incorporados en este libro.
Unas palabras, precisamente, sobre la
problemática geopolítica. Se trata de una cuestión que en general la izquierda
ha demorado más de lo conveniente en estudiar por una serie de razones que no
podemos sino ape-nas enunciar aquí: concentración en el examen de temas
“nacionales”; visión economicista del sistema internacional y del imperialismo;
y menosprecio de la geopolítica por la génesis reaccionaria de este pensamiento
y por la utilización que de ella hicieron las dictaduras militares
latinoamericanas de los años setenta y ochenta del siglo pasado. La
generalización del concepto y las teorías de la geopolítica se encuentra en la
obra de un geógrafo y gene-ral alemán, Karl Ernst Haushofer, quien propuso una
visión fuertemente determinista de las relaciones entre espacio y política, y
la inevitabilidad de la lucha internacional entre los diferentes Estados para
asegurarse lo que, en un concepto de su autoría, calificó como “espacio vital”
(Lebensraum). El desprestigio de esa teorización se relaciona con el hecho
de que fue este concepto de Lebensraum el empleado por Hitler
para justificar el expansio-nismo alemán que a la postre culminó con la
tragedia de la Segunda Guerra Mundial. Haushofer fundó en 1924 la Revista
de Geopolítica (Zeitschrift für Geopolitik) y en 1934 publicó
su obra fundamental: El poder y la tierra (Macht und Erde)
inspirado en la obra de un geógrafo y político británico, Halfor John Mackinder,
quien en 1904 escribió un muy influyente artículo: “El pivote geo-gráfico de la
historia”. El término, en realidad, había sido acuñado en 1899 por un político
conservador sueco, geógrafo y profesor de ciencia política: Johan Rudolf
Kjellén. De allí pasó a Gran Bretaña y luego a Alemania. En todo caso,
25 Publicado por Ediciones Luxemburg en
2009.
como asegura Gearóid Tuathail, su
nacimiento tuvo lugar en un momento histórico signado por el predominio del
pensamiento imperialista y racista de finales del siglo xix y comienzos del xx.
Si hoy reaparece, completamente resignificado en el pensamiento crítico, es
porque aporta una perspectiva imprescindible para elaborar una visión crítica
del capitalismo en una fase como la actual, signada por el carácter ya global
de ese modo de producción, su afiebrada depredación del medio ambiente y las
prácticas salvajes de desposesión territorial padecidas por los pueblos en las
últimas décadas. No debería sorprendernos entonces que dos de los principales
pensadores de nuestro tiempo sean geógrafos marxistas: David Harvey y Milton
Santos26. Es que la política y la lucha de
clases, tanto en lo nacional como en lo internacio-nal, no se desenvuelven en
el plano de las ideas o la retórica, sino sobre bases territoriales, y el
entrelazamiento entre territorio (con los “bienes públicos o comunes” que los
caracterizan), proyectos imperialistas de explotación y desposesión y
resistencias populares al despojo requiere inevitablemente un tratamiento en
donde el análisis de la geografía y el espacio se articule con la consideración
de los factores económicos, sociales, políticos y militares. En tiempos como
los actuales, en los que la devastación capitalista del medio ambiente ha
llegado a niveles desconocidos en la historia, una reflexión sistemática sobre
la geopolítica del imperialismo es más urgente y necesaria que nunca. Tal como
lo recordara el Comandante Fidel Castro en su profética intervención en la
Cumbre de la Tierra –en Río de Janeiro, junio de 1992–, “una importante especie
biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación
de sus condiciones naturales de vida: el hombre”. Confiamos en que este libro
se convierta, como lo aconsejaba el joven Marx, en “un arma de la crítica”, un
instrumento que al sensibilizar a los lectores y las lectoras ante estas
ominosas realidades impulse a los explotados y los dominados de Nuestra América
a involucrarse activamente en la crucial batalla de ideas de nuestro tiempo y
asumir el protagonismo necesario para evitar que un sistema tan inhumano como
el capitalismo termine sacrifican-do a la humanidad en el altar de la tasa de
ganancia del capital.
26 Harvey es autor, entre otras obras,
de Los límites del capitalismo y la teoría marxista (México
df: Fondo de Cultura Económica, 1990), Espacios del capital: hacia una
geografía crítica (Madrid: Akal, 2007), El nuevo imperialismo (Madrid:
Akal, 2004) y su más reciente The enigma of capital and the crises of
capitalism (Oxford: Oxford University Press, 2010). Al igual
que en el caso de Harvey, la producción de Milton Santos es enorme. Mencionemos
apenas dos libros, entre los más sobresalientes: Por otra
globalización. Del pensamiento único a la conciencia universal (Caracas:
Convenio Andrés Bello, 2006) y La naturaleza del espacio (Madrid/Barcelona:
Ariel, 2000). Para una discusión sobre los antecedentes y los
contenidos tradicionales y actuales de la geopolítica ver, a modo de
introducción, la antología compilada por Gearóid Tuathail, Simon Dalby y Paul
Routledge, The Geopolitics reader (Londres: Routledge, 1998).
28
La cuestión del imperialismo:
pasado y presente
El objeto de este primer capítulo es
analizar la situación actual del siste-ma imperialista para, posteriormente,
examinar la realidad geopolítica específica en que se encuentra inmersa América
Latina27. Esta necesidad de iniciar nuestra
tarea con un relevamiento de los rasgos principales de dicho sistema se funda
en la convicción de que en el mundo contempo-ráneo quien quiera hablar sobre
cuestiones como la guerra y la paz, la preservación del medio ambiente, la
justicia, la democracia, la libertad y la igualdad tiene obligadamente que
hablar del imperialismo. Quienes se abstienen de hacerlo, bajo el manto de una
supuesta neutralidad de factura tecnocrática, son apologistas abiertos o
encubiertos, conscientes o no, de un tipo de sociedad intrínsecamente perverso
y de un sistema internacional
27 Sobre el tema de la geopolítica
latinoamericana, ver Ana E. Ceceña, El Gran Caribe. Umbral de la
geopolítica mundial (Quito: fedaeps, 2010) y de esta misma autora,
“Geopolítica”, en Ivana Jinkings y Emir Sader (comps.) Enciclopedia
Contemporánea de América Latina (Madrid: Akal, 2009), y en
colaboración con Rodrigo Yedra y David Barrios, El águila despliega sus
alas de nuevo. Un continente bajo amenaza (Quito: fedaeps/Observatorio
Latinoamericano de Geopolítica, 2009). Un análisis puntual sobre un
plan internacional de exterminio, el Plan Cóndor, pero que abunda en materiales
interpretativos sobre la geopolítica de América Latina lo ofrece Stella Calloni
en su notable Operación Cóndor: pacto criminal (La Habana:
Editorial de Ciencias Sociales, 2006) y en los numerosos artículos de esta
autora sobre temas relacionados. Otra muy importante contribución se encuentra
en la obra de Rina Bertaccini, Militarización imperialista y búsqueda
de alternativas (Buenos Aires: Cartago, 2010) y, al igual que
en el caso anterior, en sus notas periodísticas y la documentación contenida en
el sitio web del mopassol, el Movimiento por la Paz, la Soberanía y la
Solidaridad entre los Pueblos <www.mopassol.com.ar/>. Una insoslayable referencia sobre
este asunto se encuentra en la obra de Luiz Alberto Moniz Bandeira, Geopolítica
e política exterior: Estados Unidos, Brasil e América do Sul (Brasilia:
Ministerio de Relaciones Exteriores del Brasil/Fundación Alexandre de
Gusmão, 2010). Cuando este libro estaba a punto de entrar en imprenta apareció
un notable texto de Telma Luzzani, Territorios vigilados. Cómo opera la
red de bases militares norteamericanas en Sudamérica (Buenos Aires:
Debate, 2012), el cual, aun cuando focalizado en la problemática de
las bases militares (ver Apéndice), arroja una esclarecedora luz sobre la
problemática geopolítica más amplia de nuestra región.
incorregiblemente injusto, que
empujan a la humanidad hacia el abismo. Comenzar por el análisis del
imperialismo también es necesario si se quie-ren contrarrestar los discursos
confusionistas con los cuales se bombardea permanentemente a nuestros pueblos,
y en especial al campo intelectual latinoamericano, para fomentar el
conformismo y la resignación ante un statu quo cada vez más peligroso e
intolerable. Uno de tales discursos es el de la globalización, concebida como
la interdependencia de todas las naciones, con desconocimiento de las
asimetrías económicas y políticas que definen las relaciones entre ellas y las
distintas posiciones que ocupan en el sistema; otro discurso, igualmente
pernicioso porque en este caso se manifiesta con un lenguaje de izquierda, es
el que se plasma en las tesis de autores como Michael Hardt y Antonio Negri
que, víctimas de una impre-sionante confusión teórica, llegan a sostener en su
libro Imperio que la edad del imperialismo ha concluido: hay
imperio pero, en la alucinada visión de estos autores, ya no hay más
imperialismo28.
Imperio sin imperialismo parece ser
un ingenioso e inocente juego de palabras. Sin embargo, es mucho más que eso,
porque el efecto político de ese argumento ha sido nada menos que la
desmoralización, la desmovi-lización y el desarme ideológico de las fuerzas
sociales y políticas ante una elaborada construcción teórica que proyecta la
falaz imagen de un imperio convertido en una entelequia, una inhallable y
vaporosa abstracción que, por eso mismo, aparece como inexpugnable e imbatible,
y que concibe al imperialismo como una reliquia del pasado, como algo que ya
desapareció de la faz de la Tierra y sobre lo cual es en vano preocuparse. El
único camino que quedaría abierto ante la omnipotencia de este inverosímil
imperio no imperialista es el de la resignada adaptación, con la esperanza de
que las multitudes nómadas invocadas por Hardt y Negri puedan encontrar en los
entresijos del sistema la falla geológica que, algún día, provoque mágica-mente
su estallido.
Curiosamente, estos autores hacen
pública su tesis en momentos en que el imperialismo redoblaba su agresividad.
No por casualidad la publi-cación de su libro (en el año 2000 en Estados
Unidos, con edición en lengua castellana en 2002) gozó de una extraordinaria
repercusión en la prensa burguesa de todo el mundo. El certero instinto de las
clases dominantes les hizo percibir de inmediato que una obra de ese tipo
fortalecería su domi-nación ideológica y su “dirección intelectual y moral”
entre masas cada vez más confundidas. Y en cuanto a la renovada agresividad del
imperio
28 Ver sobre este tema nuestro Imperio
& Imperialismo. Una lectura crítica de Michael Hardt y Antonio
Negri (Buenos Aires: clacso, 2004) (agotadas todas las ediciones; se
puede bajar libremente desde la web en <http://bit.ly/uEqKhQ>). El libro de Hardt y Negri Imperio fue
publicado en español por Paidós (Buenos Aires, 2002). La edición original, por
la Harvard University Press, es del año 2000.
“realmente existente” –tema sobre el
cual volveremos más adelante–, sólo basta con recordar antecedentes tales como
la reactivación de la IV Flota; el enjambre de bases militares instaladas en
América Latina; el desembozado apoyo a tentativas secesionistas y golpistas en
Bolivia y Ecuador en 2008 y 2010 respectivamente; el golpe militar en Honduras
en 2009 y su fraudu-lenta “legalización” a partir de la convalidación de las
ilegítimas elecciones presidenciales del 29 de noviembre de 2009 y hace apenas
unos meses, el golpe de estado “constitucional” en Paraguay en Junio de 2012;
la intensifi-cación del bloqueo integral en contra de Cuba y las permanentes
amenazas y provocaciones de Washington contra Venezuela, Ecuador y Bolivia; los
asesinatos selectivos de científicos nucleares iraníes y la imparable escalada
de sanciones y agresiones en contra de Irán; la complicidad ante la geno-cida
carnicería practicada por Israel en la Franja de Gaza y, más general-mente,
contra los palestinos; el martirio interminable de Irak; la redoblada presencia
militar norteamericana en Afganistán y la nueva “intervención humanitaria” en
Libia, bajo el paraguas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte
(otan), en medio de la imparable revuelta que conmueve al mundo árabe y la
perversa satisfacción con la que fue recibida la noticia del linchamiento de
Muammar el Gadaffi por una turba criminal, al igual que la escandalosa
operación librada contra Osama bin Laden, que terminó con su asesinato y
desaparición29.
Cabría preguntarse por las razones
que impulsan a muchos autores a ignorar o desestimar la existencia del
imperialismo. Sin ánimo de profun-dizar ahora en un tema harto complicado,
podría decirse que dicha actitud refleja la crisis ideológica en que se debate
la izquierda. Una izquierda que, sobre todo en el Norte, ha claudicado y
renunciado a la lucha por la cons-trucción de una buena sociedad. Basta con ver
el deprimente espectáculo de intelectuales, partidos y sindicatos, otrora
enrolados en la izquierda radi-cal, hoy convertidos en ardientes defensores del
ajuste salvaje propuesto por el Banco Central Europeo o el Fondo Monetario
Internacional (fmi) para enfrentar la crisis en Europa. O, cuando esto no
ocurre, constatar la incapacidad para siquiera plantear una crítica al
neoliberalismo rampante que se ha enseñoreado del viejo continente. Por
supuesto, muchos también hicieron lo mismo en América Latina, pero la
resonancia de los “conversos” y “renegados” del Norte es mucho mayor que la que
tienen sus homólogos de esta parte del mundo. Hay gente que viene de un pasado
de izquierda y que ahora dice que ya no hay más izquierda y derecha; según
ellos, ahora
29 Poco antes de concluir este libro se
filtró la noticia, que la prensa hegemónica procuró ocultar, de que el cuerpo
de Osama bin Laden no había sido arrojado al mar, sino enviado desde Pakistán a
una base aérea militar en Delaware. Esta y otras revelaciones forman parte de
los e-mails de la empresa de inteligencia Stratfor, interceptados por los hackers de
Anonymous y dados a conocer por WikiLeaks. Ver <www.pagina12.com.ar/diario/ elmundo/4-188870-2012-03-04.html>.
sólo habría “realistas” y
“dogmáticos”, en donde los primeros serían quie-nes no creen necesario detener
la locomotora que nos lleva al abismo, para usar la conocida metáfora de Walter
Benjamin. Tampoco existe el impe-rialismo, y lo que supuestamente habría sería
la “interdependencia de las naciones” y el definitivo ocaso del supuesto
causante de todas las guerras: el Estado-nación y su excrecencia, el
nacionalismo. Obviamente, para quienes sostienen tesis como estas el
imperialismo es un anacronismo, un molesto recuerdo del pasado que hoy carece
por completo de importancia.
Sin embargo, el imperialismo persiste
más allá de las confusiones teóricas o las alucinaciones discursivas de estos
sectores. ¿Por qué? Porque tal como precozmente lo señaló V.I. Lenin, se trata
de un rasgo esencial del –e inherente al– capitalismo contemporáneo, y si algo
ocurrió con la globalización neoliberal fue que la presencia del imperialismo
se extendió a lo largo y a lo ancho de todo el planeta, y su accionar se tornó
más opre-sivo y predatorio que nunca antes. Conviene recordar que desde finales
de los años ochenta el imperialismo había desaparecido no sólo como teoría
explicativa de la economía mundial, sino también como componente del discurso
político. El término simplemente había sido enviado al ostra-cismo por los
académicos, los comunicadores sociales, los políticos y los gobernantes. Recién
se comenzó a hablar nuevamente de imperialismo a comienzo del siglo actual,
sobre todo luego de la fulgurante aparición del ya mencionado libro de Hardt y
Negri y de la desafiante reafirmación del carácter imperialista de Estados
Unidos –se sobreentiende: un imperialis-mo benévolo– hecha por el tanque de
pensamiento ultraconservador New American Century o Nuevo Siglo Americano30.
La molesta y desagradable
supervivencia del imperialismo, inmu-ne a las modas intelectuales y
lingüísticas, hizo que en los ochenta y los noventa aquel se ocultara tras un
nuevo nombre: “globalización”. Ahora bien, ¿qué es la globalización sino una
suerte de nueva “fase superior” del imperialismo?31. La globalización no es el fin del imperialismo
sino un salto cualitativo del mismo, al cual nos referiremos a continuación.
Representa la transición del imperialismo clásico hacia otro de nuevo tipo,
basado en las actuales condiciones bajo las cuales se desenvuelve el modo de
producción capitalista. La palabra “imperialismo” había desaparecido, pero los
hechos son porfiados y tenaces, y a la larga este vocablo renació desde sus
cenizas.
30 Información sobre el New American
Century se puede obtener en <www.newamericancentury.org/>.
31 Ya en 1999, antes del resurgimiento
de la cuestión del imperialismo, planteábamos esta tesis en nuestro
“‘Pensamiento único’ y resignación política: los límites de una falsa coartada”
en Theorethikos (San Salvador: Universidad Francisco Gavidia)
Año III, N° 3, julio-septiembre de 2000. Ver Tiempos
violentos. Neoliberalismo, globalización y desigualdad en América Latina,
compilado por Atilio A. Boron, Julio Gambina y Naúm Minsburg (Buenos Aires: clacso/eudeba,
1999) pp. 239-242.
La razón es muy simple: casi todo el
mundo está sometido a los rigores de una estructura imperialista, y tal como
persuasivamente lo argumentan Leo Panitch y Sam Gindin en un par de notables
artículos publicados hace ya unos años, los Estados Unidos desempeñan un papel
esencial e irreem-plazable en el sostenimiento de esa estructura32. Nos guste o no nos guste, lo nombremos o no, el
animal existe. Y por eso, como la cosa estaba y no había desaparecido, el
hechizo de la palabra que pretendía ocultarlo, “glo-balización”, se desvaneció
y el viejo término reingresó triunfalmente en la esfera pública.
Ahora bien, alguien podría decir:
“¿por qué había desaparecido la palabra imperialismo?”. Lo hizo, primero, como
producto de cambios muy significativos –económicos, políticos e ideológicos–
que tuvieron lugar en la escena internacional, entre otras cosas porque en los
años ochenta y noven-ta el avance del neoliberalismo fue arrollador. Esto quedó
dramáticamente patentizado en 1989, cuando se derrumbó el Muro de Berlín, y un
par de años después, al desintegrarse la Unión Soviética. Es decir, uno de los
polos de la gran confrontación económica, política, ideológica, militar a lo
largo de gran parte del siglo xx: la Guerra Fría, se esfumó sin dejar rastros33. A par-tir de ahí, se llegó a la conclusión de que
una vez borrada del mapa la Unión Soviética, el imperialismo (que era, según la
equivocada opinión de algunos autores, un fenómeno eminentemente militar) no
tenía ya más razón de ser. Los hechos, en cambio, mostraron que sí tenía razón
de ser y que, tal como correctamente lo había señalado Lenin, las raíces del
imperialismo son eco-nómicas, si bien también se manifiestan en el terreno
político, en el militar e incluso en el de las ideas, donde el éxito de la
prédica neoliberal promo-vida por el imperialismo y sus aliados ha sido
extraordinario. Se debe tener presente, como una nota adicional, que en el
plano de las ideas el papel de los medios de comunicación es esencial, y estos
se encuentran concentra-dos en manos de grandes oligopolios en una proporción
aun mayor que la que encontramos, por ejemplo, en la banca internacional.
32 Ver “Capitalismo global e imperio
norteamericano”, de Leo Panitch y Sam Gindin, en Socialist Register
2004 (Buenos Aires: clacso, 2005) y la continuación de ese trabajo,
por los mismos autores, “Las finanzas y el imperio norteamericano”,
en Socialist Register 2005 (Buenos Aires: clacso, 2005).
33 Sobre esta cuestión existe una
inmensa literatura. Recomendaremos apenas, a modo de invitación a explorar el
tema, a Eric Hobsbawm, Historia del siglo xx [curiosa traducción del título
original: Extremes. The short twentieth century, 1914-1991] (Buenos
Aires: Crítica/ Grupo Mondadori, 1998); Años interesantes. Una vida en
el siglo xx (Barcelona: Crítica/ Grupo Mondadori, 2003) y Cómo cambiar
el mundo. Marx y el marxismo 1840-2011 (Buenos Aires: Crítica/Grupo
Mondadori, 2011). Ver asimismo La doctrina del shock. El auge del
capitalismo del desastre, de Naomi Klein (Barcelona: Espasa Libros, 2010),
principalmente los capítulos 11 y 12.
Revisión y actualización teórica
Decíamos más arriba que una serie de
cambios en el proceso de acumu-lación capitalista puso en cuestión algunos
preceptos de la teorización clásica del imperialismo desarrollada en la segunda
década del siglo xx, época en que se escribieron los textos canónicos de V.I.
Lenin, Rosa Luxemburgo, R. Hilferding, K. Kautsky y N. Bujarin sobre el tema.
En pri-mer lugar, porque según aquellos el imperialismo era un reflejo de la
crisis que se abatía sobre las economías metropolitanas, que por eso mismo
debían salir agresivamente a la conquista de mercados externos. Pero el período
posterior a la Segunda Guerra Mundial puso en cuestión esa premisa, porque si
algo caracterizó esta fase fue una tremenda expansión del imperialismo que se
producía no como respuesta a la crisis sino como producto de un auge económico
sin precedentes en la historia del modo de producción capitalista: el célebre
“cuarto de siglo de oro” del período 1948-1973, todo lo cual sumía en la
perplejidad a la teoría convencional. Segundo, las teorías clásicas
pronosticaban que como resultado de la competencia interburguesa las guerras
entre las potencias capitalistas serían inevitables. Nada de eso volvió a
ocurrir luego de 1945. Hubo gue-rras, por supuesto, pero estas han sido del
capital contra los pueblos de la periferia del sistema y no entre las potencias
metropolitanas. Tal como señalan Panitch y Gindin en los trabajos ya aludidos,
la penetración de los intereses de los oligopolios norteamericanos en todas las
burguesías del mundo desarrollado abortó cualquier posibilidad de un
enfrentamien-to militar entre las mismas y lo volvió impensable, por lo menos
hasta ahora. Tercero, las teorías clásicas sostenían que para la reproducción
del imperialismo se requería la presencia de vastas regiones atrasadas
(“agra-rias”, como se las denominaba en aquella literatura) o
“precapitalistas”, que proporcionaban el espacio para la acumulación que ya no
se podía encontrar en las metrópolis. Fue Rosa Luxemburgo quien insistió
fuer-temente sobre este asunto. Sin embargo, una vez que esos espacios de la
periferia fueron incorporados a las relaciones capitalistas de producción, el
imperialismo siguió avanzando más allá de los límites impuestos por la
geografía mediante la mercantilización de sectores de la vida económica y
social antaño preservados al margen de la dinámica predatoria de los mercados,
como los servicios públicos, los fondos de pensión, la salud, la educación, la
seguridad, las cárceles y otros por el estilo. Esta es, en buena parte, la
historia del último cuarto de siglo.
La respuesta de algunos autores ante
los desafíos que planteaban todos estos cambios fue el abandono de la noción de
imperialismo. De ahí el auge de teorías como la globalización, la
interdependencia y, posterior-mente, el imperio, entendidas como lo hacen Hardt
y Negri, como un etéreo e inofensivo “régimen de soberanía global”. Y en ese
régimen, en el cual no hay centro ni periferia y las clases se difuminan en
espectrales multitudes, no existe posibilidad alguna de relaciones
imperialistas. A nivel concep-tual, la ciencia política, ya en la década del
ochenta, adoptó la categoría de régimen político para el estudio de las
“transiciones democráticas”, haciendo a un lado al Estado, las fuerzas
políticas y la lucha de clases. El imperialismo fue concebido, por los diversos
exponentes del “posmarxis-mo”, como una perniciosa deriva del nacionalismo,
pero como según ellos ahora los Estados-nación están en un irreversible curso
de desaparición, el imperio se convierte en un espacio abierto en donde el
imperialismo pierde su razón de ser. La antigua soberanía estatal, que se
remonta a los tiempos de Maquiavelo, Hobbes y Bodino, se relocaliza rápidamente
y se desplaza hacia grandes organizaciones supranacionales gubernamentales o
privadas: la Unión Europea, el Banco Mundial (bm), la Organización para la
Cooperación y el Desarrollo Económicos (oecd), el Banco Central Euro-peo, el
fmi, las grandes empresas transnacionales, etcétera. En su ofusca-miento, los
posmarxistas (y los posmodernos en general) no alcanzan a visualizar que: (a)
todas estas supuestas organizaciones “globales” lo son sólo en apariencia, pues
responden en última instancia a los requerimien-tos de la “burguesía imperial”
y los Estados nacionales que se encargan de proteger sus negocios; y (b) esos
presuntos engendros posestatales repro-ducen la asimetría “inter-nacional” de
los mercados mundiales, en donde un puñado de naciones (bajo la supremacía de
Estados Unidos) domina a voluntad a aquellas organizaciones, mientras que el
resto está sometido a su opresiva influencia. A quien tenga dudas al respecto
le basta con ojear los diarios de los últimos meses para comprobar cuáles
Estados nacionales salieron ganando y perdiendo de la crisis europea, sobre
todo en países como Grecia, Irlanda, España, Portugal e Italia. Tampoco ven
aquellos teóricos que las así llamadas empresas transnacionales lo son sólo por
el alcance mundial de sus operaciones, pero que sus casas matrices se
locali-zan en un pequeño número de naciones, donde tienen su domicilio legal, y
hacia donde fluyen las ganancias obtenidas en todo el mundo, para lo cual se
aseguran la vigilancia de “perros guardianes” supuestamente interna-cionales,
como el Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones
(ciadi) o el Grupo de Acción Financiera en Contra del Lavado de Dinero (gafi),
cuya misión excluyente es defender los intereses del gran capital y garantizar
que la plusvalía se dirija sin tropiezos hacia las casas matrices de las
transnacionales34. En otras palabras, seguimos viviendo en un mundo de Estados
nacionales.
34 El ciadi es una institución del bm,
encargada de administrar un mecanismo para la solución de disputas entre
gobiernos y empresas pertenecientes a otros Estados. No se trata, por lo tanto,
de un tribunal arbitral regido por la legalidad internacional, sino que su
marco normativo lo ofrecen los distintos tratados bilaterales de protección de
inversiones (tbpi) firmados por los gobiernos. La radicalidad del experimento
neoliberal en la Argentina de los noventa se confirma, entre otras cosas,
también por el hecho
Pero, además, el imperio tiene un
centro, irreemplazable, que es Estados Unidos. Sin su estratégico papel, el
imperialismo se derrumba-ría como un castillo de naipes. Hagamos un simple
ejercicio mental y eliminemos a los Estados Unidos del tablero de la política
mundial: ¿de qué manera se sostendría una situación como la de Medio Oriente,
en donde un rosario de regímenes retrógrados perdura gracias a la entrega
incondicional de su riqueza petrolera a Estados Unidos? ¿Cuánto duraría el
predominio militar de Israel sin el costosísimo sostén económico que le
proporciona Washington? ¿Quién garantiza, en última instancia, el sometimiento
y la expropiación del pueblo palestino? ¿Quién es el gran promotor de todas las
políticas neoliberales en el Tercer Mundo, a tra-vés del manejo sin contrapesos
de instituciones como el fmi, el bm o la Organización Mundial del Comercio
(omc)? ¿Quién domina a su antojo al Consejo de Seguridad de la Organización de
las Naciones Unidas (onu), provocando la crisis de la organización? ¿Quién es,
según la formulación de Samuel P. Huntington, el “sheriff solitario” de la
política internacional? Sin el rol decisivo de Estados Unidos, no existe
respuesta posible para todas estas cuestiones. El mundo de hoy, el sistema
imperialista signado por el predominio del gran capital financiero, es
impensable al margen de
de que este país es uno de los que
más tbpi ha firmado y se encuentran en vigor (58), mientras que sólo tres aún
no han entrado en vigencia. Casi todos (54 de los 58) fueron firmados durante
la presidencia de Carlos Menem (1989-1999), mientras que los cuatro restantes
lo fueron por el gobierno de la Alianza, presidido por Fernando de la Rúa
(1999-2001). Prácticamente todos estos tbpi contemplan una duración de diez
años y su prórroga es automática, pese a lo cual ninguno ha sido denunciado por
los gobiernos que sucedieron al de Carlos Menem y continúan, por lo tanto, en
vigor. Brasil, en cambio, sólo ha firmado 16 tbpi, pero ninguno de ellos se
encuentra vigente. Este país, además, tampoco es miembro del ciadi. Una de las
críticas fundamentales que se le hacen al ciadi es su abierta predisposición a
favorecer los reclamos de las transnacionales en perjuicio de los países
anfitriones. La existencia delciadi y de los tbpi, por último, refuta las
especulaciones de algunos analistas –no pocos de ellos de izquierda– acerca del
carácter global, no nacional, de las empresas transnacionales. De hecho, todas
ellas se encuentran protegidas por un tratado bilateral firmado por sus
gobiernos con el gobierno del país anfitrión. Bolivia, Ecuador y
Venezuela abandonaron el ciadi, en ese orden, no así la Argentina. El gafi, a
su vez, es una institución intergubernamental creada en el año 1989 por el G-7,
cuyo declarado propósito es desarrollar políticas que ayuden a combatir el
lavado de dinero y el financiamiento al terrorismo. El gafi elaboró, en sus
años iniciales, una serie de cuarenta recomendaciones, pero luego de los
atentados del 11-S agregó otras más, que introdujeron controles muy estrictos
sobre las transferencias electrónicas de dinero, remesas y financiamientos a
organizaciones sin fines de lucro. En fechas recientes, el gafi presionó y
obtuvo de varios gobiernos, entre ellos el argentino, la sanción de una
legislación antiterrorista supuestamente encaminada a prevenir el
financiamiento del terrorismo internacional. Sin embargo, dada la laxitud de la
definición de “terrorista”, esa legislación puede ser aplicada –y en algunos
países como Chile ya ha sido puesta en marcha– para legalizar la represión de
la protesta social. Ver “Salir de la trampa”, de Eduardo Lucita, en Página/12 (Buenos
Aires) 15 de abril de 2012.
un Estado-nación muy poderoso, que
dispone de prácticamente la mitad del gasto militar del planeta y que impone
esas políticas a veces “por las buenas”, haciendo uso de su fabuloso arsenal
mediático y sus mecanismos de dominación ideológica y cultural; pero, si por
las buenas no convence, lo impone por la fuerza de las armas. Tanto el soft
power como el hard power están en manos de los
Estados Unidos. ¿Quién podría reemplazarlo en el vértice del
sistema imperialista a nivel mundial, con capacidad de intervención militar a
escala planetaria: Alemania, Francia, Japón, China, Rusia? Ninguno de ellos.
Desaparecidos los Estados Unidos, el sistema capitalista se desplomaría como un
castillo de naipes.
Consciente de esa realidad, a finales
del siglo pasado Huntington examinaba las responsabilidades de la superpotencia
solitaria y se pre-guntaba quién estaría en condiciones de remplazar a
Washington, que demostró haber sido capaz de “presionar a otros países para
adoptar valo-res y prácticas norteamericanas en temas tales como derechos
humanos y democracia; impedir que terceros países adquieran capacidades
militares susceptibles de interferir con la superioridad militar
norteamericana; hacer que la legislación norteamericana sea aplicada en otras
sociedades; califi-car a terceros países en función de su adhesión a los
estándares norteame-ricanos en materia de derechos humanos, drogas, terrorismo,
proliferación nuclear y de misiles y, ahora, libertad religiosa; aplicar
sanciones contra los países que no conformen a los estándares norteamericanos
en estas materias; promover los intereses empresariales norteamericanos bajo
los eslóganes del comercio libre y mercados abiertos y modelar las políticas
del fmi y el bm para servir a esos mismos intereses […]; forzar a otros países
a adoptar políticas sociales y económicas que beneficien a los intereses
eco-nómicos norteamericanos; promover la venta de armas norteamericanas e
impedir que otros países hagan lo mismo […]; categorizar a ciertos países como
‘Estados parias’ o delincuentes y excluirlos de las instituciones globa-les
porque rehúsan a postrarse ante los deseos norteamericanos”35.
La respuesta a la pregunta retórica
de Huntington tiene una única contestación: nadie. Por eso Estados Unidos es,
como lo recordara la secre-taria de Estado de Bill Clinton, Madeleine Albright,
“el país indispensable”, aunque no para la democracia y la libertad, como ella
cree, sino para soste-ner la estructura imperialista del actual (des)orden
mundial.
Ahora bien, cabría preguntarse: ¿cómo
es que algunas políticas del imperio continúan imponiéndose en nuestros países
una vez extinguidas las antiguas dictaduras de seguridad nacional? ¿Cómo es
posible dicha con-tinuidad cuando la propia derecha se ha visto obligada a
manejarse dentro de la institucionalidad democrática, si bien contando en
muchos casos con
35 Ver “The lonely superpower”, de
Samuel P. Huntington, en Foreign Affairs, Vol. 78, Nº 2,
marzo-abril de 1999, pág. 48.
presidentes surgidos de sus filas en países como
Colombia, México, Costa Rica, Guatemala, Honduras, Panamá, Chile?
Esta aparente paradoja confirma que
la eficacia práctica del impe-rialismo pasa inexorablemente por estructuras
nacional-estatales de mediación. Nada más erróneo que suponer al imperialismo
como un “factor externo”, que opera con independencia de las estructuras de
poder de los países de la periferia. Lo que hay es una articulación entre las
clases dominantes a nivel global, lo que hoy podríamos denominar una
“burgue-sía imperial” –es decir, una oligarquía financiera, petrolera e
industrial que se vincula y coordina trascendiendo las fronteras nacionales–,
que dicta sus condiciones a las clases dominantes locales en la periferia del
siste-ma, socias menores de su festín, pero que tienen la importante función de
viabilizar el accionar del imperialismo a cambio de obtener ventajas y
beneficios para sus propios negocios. Pero más allá de la coincidencia de
intereses entre los capitalistas locales –en realidad, una “burguesía
autóc-tona”, no nacional, como bien lo recordaba el Che Guevara– y la
“burgue-sía imperial”, lo decisivo es que los primeros controlan a los Estados
de la periferia del sistema y es a través de esa prevalencia que establecen las
condiciones políticas e institucionales que posibilitan el funcionamiento de
los mecanismos de exacción de excedentes y saqueo de recursos que caracterizan
al pillaje imperialista. Entre otros, el más importante es garan-tizar la
eficaz labor de los aparatos legales y represivos del Estado para, con los
primeros, someter a la fuerza de trabajo a las condiciones que requiere la
superexplotación capitalista (precarización y flexibilización laborales,
extensión de la jornada de trabajo, abolición de derechos sindicales,
etcé-tera), y con los segundos, reprimir a los descontentos y los revoltosos y,
de este modo, sostener un “orden social” escandalosamente injusto.
Como es evidente a partir de estos
razonamientos, la realidad del imperialismo contemporáneo nada tiene que ver
con la imagen divulgada por los teóricos de la globalización. El imperio tiene
un centro, Estados Unidos, lugar donde se concentran los tres principales
recursos de poder del mundo contemporáneo: Washington dispone de las armas y el
arsenal atómico más importante del planeta; Nueva York, del dinero; y Los
Ángeles tiene las imágenes y toda la fenomenal galaxia audiovisual. Más
importante aún, los tres actúan sincronizadamente y en línea con las
orientaciones estratégicas generales dispuestas por su estado mayor en la Casa
Blanca. ¿O es que Washington no está siempre, invariablemente, detrás del mundo
de los negocios, respaldando a cualquier precio a “sus” empresas, en cuyos
directorios además se verifica una permanente circulación entre los
funcio-narios gubernamentales que reemplazan a los ceo, mientras estos pasan a
ocupar elevados puestos en el gobierno de turno? ¿O alguien puede creer que Hollywood
produce sus películas, series de televisión y toda clase de productos
audiovisuales ignorando (para no hablar de contradiciendo) las prioridades
nacionales dictadas por la Casa Blanca y el Congreso?
A modo de síntesis
Quisiéramos concluir este capítulo
inicial planteando unas proposiciones que sintetizan nuestra visión del
imperialismo a comienzos del siglo xxi y a partir de las cuales será posible
elaborar un análisis de las condiciones geopolíticas que caracterizan a América
Latina36.
a) Pese a todos los discursos que
pretenden negar su existencia, el impe-rialismo continúa siendo la fase
superior del capitalismo. Una fase que por su insaciable necesidad de
acrecentar el pillaje y saqueo de los bienes comunes y las riquezas de todo el
mundo adquiere rasgos cada vez más pre-datorios, agresivos y violentos,
colocando objetivamente a la humanidad a las puertas de su propia destrucción
como especie. Criminalización de la protesta social; militarización de las
relaciones internacionales y del espa-cio exterior; guerras, extorsiones y
sabotajes por doquier; intensificación de la depredación medioambiental, y
sometimiento de pueblos enteros de la periferia y en la propia “periferia
interior” de las metrópolis son datos que caracterizan tenebrosamente la
actualidad del imperialismo. La historia de los imperios precedentes demuestra
que se tornan más agresivos e inmo-rales una vez iniciada su decadencia. El
caso de los Estados Unidos en la actualidad confirma plenamente esa tesis.
36 Remitimos a los lectores al examen de
algunos textos entre la plétora de trabajos que examinan detalladamente los
cambios y la conformación de un nuevo sistema imperialista: David Harvey, en el
ya mencionado The enigma of capital and the crises of capitalism;
Claudio Katz, Bajo el imperio del capital (Buenos Aires:
Ediciones Luxemburg, 2012); Leo Panitch y Sam Gindin, “Capitalismo
global e imperio norteamericano”, op. cit., y su continuación, “Las finanzas y
el imperio norteamericano”, op. cit.; Ellen Meiksins Wood, Empire of
capital (Londres: Verso, 2003); Alex Callinicos, “La teoría marxista y
el imperialismo en nuestros días” en Razón y Revolución (Buenos
Aires, 2010) Nº 56; Theotonio dos Santos, Economía mundial, integración
regional y desarrollo sustentable: las nuevas tendencias y la integración
latinoamericana (Lima: Infodem, 2010), así como su texto
clásico, con un nuevo estudio introductorio de Carlos Eduardo Martins: Imperialismo
y dependencia (Caracas: Biblioteca Ayacucho de Clásicos Políticos de América
Latina/Banco Central de Venezuela, 2012) y su Del terror a la
esperanza. Auge y decadencia del neoliberalismo (Caracas: Monte Ávila,
2007); Carlos Eduardo Martins, Globalização, dependência e
neoliberalismo na América Latina (San Pablo: Boitempo,
2011); André Gunde Frank, ReOrient:
Global economy in the Asian age (Berkeley: University of California
Press, 1998); Samir Amin, El hegemonismo de los Estados Unidos y el
desvanecimiento del proyecto europeo (Madrid: El Viejo Topo,
2001), Más allá del capitalismo senil (Barcelona: El Viejo
Topo, 2003) y La crisis. Salir de la crisis del capitalismo o salir del
capitalismo en crisis (Barcelona: El Viejo Topo, 2009); Jorge
Beinstein, Crónica de la decadencia. Capitalismo global 1999-2009 (Buenos
Aires: Cartago, 2009); por último, Giovanni Arrighi, Adam
Smith en Pekín. Orígenes y fundamentos del siglo xxi (Madrid: Akal, 2007), El
largo siglo xx (Madrid: Akal, 1999) y, junto a Beverly J. Silver, Caos y
orden en el sistema-mundo moderno (Madrid: Akal, 2001).
b) Es posible por eso mismo afirmar que
los cinco rasgos fundamentales identificados por V.I. Lenin en su clásico
trabajo conservan su validez, aun-que su morfología no necesariamente repita la
que los caracterizaba un siglo atrás. Es decir: (i) la concentración de la
producción y el capital, y los oligopolios que ese proceso precipita, continuó
a ritmo acelerado, llegando a escalas inimaginables para el propio Lenin; (ii)
perdura también la fusión del capital bancario con el industrial, generando un
capital financiero cuyo volumen crece sin pausa hasta adquirir las descomunales
proporciones que exhibe en nuestros días. Con toda razón se dice que uno de los
procesos definitorios del capitalismo contemporáneo es la financiarización de
la economía37; (iii) se confirma asimismo el predominio de la exportación de
capitales sobre la exportación de mercancías, siendo la circulación de los
primeros de una magnitud incomparablemente mayor que el comercio de mercancías;
(iv) la puja por el reparto de los mercados a escala planetaria entre los
grandes oligopolios, respaldados por sus Estados, prosigue su devastadora
marcha. ¿Qué otra cosa si no es la ocupación militar de Irak y la expulsión de
los rivales de Washington; o lo que acaba de ocurrir en Libia, para no citar
sino los dos casos más flagrantes?; (v) por último, continúa también el reparto
territorial del mundo entre las grandes potencias. Estados Unidos quiso
apoderarse de América Latina y el Caribe mediante el Área de Libre Comercio de
las Américas (alca). Como su empeño no tuvo éxito, ahora trata de hacerlo por
otras vías: acuerdos comerciales de libre comercio (bilaterales, como los
celebrados con Chile, Perú y Colombia; o multilatera-les, como Centroamérica
más República Dominicana) y los tbpi ya mencio-nados mediante los cuales
Estados Unidos y los países desarrollados exigen a los de la periferia
protección para las inversiones de las empresas de su país y a cambio
garantizan la misma protección a las inversiones que pudieran hacer las
“transnacionales” argentinas, paraguayas o bolivianas que invier-tan en los
capitalismos metropolitanos; o por la vía militar, apoyándose en su control de
la infraestructura de comunicaciones y transporte a nivel glo-bal, la red de
bases militares, la IV Flota y la política guerrerista impulsada por la
administración Bush y profundizada por el inverosímil premio nobel de la paz y
actual ocupante de la Casa Blanca, Barack Obama.
c) Al ser la globalización la fase
superior del capitalismo, instituciones, reglas del juego e ideologías que el
capitalismo global impuso a la salida de la Segunda Guerra Mundial permanecen
en la escena. Lejos de desaparecer,
37 Algunos cálculos estiman en 370
billones de dólares (370 millones de millones de dólares) la circulación de los
derivados financieros en los mercados mundiales, 28 veces más que los 13
billones que constituyen el producto bruto interno (pbi) de Estados Unidos –ver
“Por una restructuración revolucionaria del sistema financiero estadounidense”
en El Argentino (Buenos Aires) 16 de noviembre de 2011, pág.
4–.
acentúan su gravitación: el bm, el
fmi, el Banco Central Europeo, la omc, la oecd, el Banco Interamericano de
Desarrollo (bid), la Organización de Estados Americanos (oea), la otan y otros
organismos por el estilo perma-necen firmes en sus puestos, redefiniendo sus
funciones y sus tácticas de intervención en la vida económica, social y
política de los pueblos, pero siempre invariablemente al servicio del capital.
Esto fue ratificado por el G-20 en su reunión de Londres, cuando les encargó,
sobre todo al fmi, que cumplieran el papel de “guía” intelectual e ideológico
para sacar al mundo de la profunda crisis en que se encuentra. Se debe observar
el nefasto rol que el fmi y el Banco Central Europeo están desempeñando en la
adminis-tración del “ajuste salvaje” al que varios países europeos fueron
sometidos a partir de 2011 y en virtud del cual muchos de ellos se convirtieron
en “protectorados” de aquellas instituciones, sin retener las más elementales
atribuciones relativas a la soberanía nacional. El liberalismo global, en su
versión actual “neoliberal” codificada en el Consenso de Washington, sigue
siendo la ideología del sistema. La “democracia liberal” y el “libre merca-do”
continúan siendo los fundamentos ideológicos últimos al actual orden mundial.
Pese a los esfuerzos retóricos de los “posmos”, nada de esto ha cambiado. Las
“recetas” que el fmi está administrando a Grecia, Irlanda, España, Portugal e
Italia para salir de la crisis son las mismas que provoca-ron el holocausto
social padecido por América Latina y están teniendo en esos países las mismas
consecuencias.
d) Contrariamente a lo que ocurría en su fase clásica,
el imperialismo actual tiene un centro indiscutido: Estados Unidos. Europa es
un socio menor del sistema imperialista, sin capacidad política, económica o
militar para impedir siquiera los abusos y los atropellos que Estados Unidos
hizo, y continúa haciendo, en la mismísima Europa. Basta recordar lo ocurrido
en los Balcanes con la ex Yugoslavia, o la aberrante “independencia” de
Koso-vo, o la absurda permanencia de bases militares en los principales países
europeos (y también en Japón) más de sesenta años después de finalizada la
Segunda Guerra Mundial, para comprobar que Europa es apenas un nombre que
designa a una zona geográfica de gran importancia económica pero sin unidad
política alguna. Y algo muy semejante ocurrió en 2011 con ocasión de la
intervención militar de los países europeos y Estados Unidos en Libia. Las
políticas del imperialismo han sido muy efectivas en acelerar el
desmembramiento de Europa en más de medio centenar de “naciones” independientes
y autónomas, la mayoría de ellas impotentes e insignifican-tes, y convirtiendo
a algunas, como Polonia y República Checa, en simples correas de transmisión de
los intereses norteamericanos en la región. Y Japón, apretado entre Rusia y
China, y amenazado económicamente por ambos e incluso por Corea del Sur y
Taiwán, ha optado por refugiarse en el paraguas militar y político
norteamericano, y de ninguna manera puede cumplir el papel de un socio
principal en el sistema imperialista. Las reformas de diversos artículos de la
constitución japonesa en 2005 –que prohibían las operaciones militares de sus
fuerzas armadas fuera de su pro-pio territorio–, exigidas por los Estados
Unidos a cambio de su protección, demuestran fehacientemente los escasísimos márgenes
de autonomía con que cuenta ese país dispuesto, aparentemente, a cumplir un
papel bélico regional para mantener el “orden mundial” en el Sudeste Asiático.
Pero las modificaciones en el tablero geopolítico global reducen cada vez más
el margen de maniobra del imperialismo, como veremos más adelante.
e) Tal como se señalaba anteriormente,
la concentración monopólica, uno de los rasgos centrales del imperialismo
clásico, no sólo se ha mantenido, sino que se ha profundizado en la fase
actual. Según plantea Samir Amin, son cinco los monopolios (en verdad, oligopolios)
que caracterizan al fun-cionamiento del capitalismo contemporáneo: el
tecnológico; el control de los mercados financieros mundiales; el acceso
oligopólico a los recursos naturales del planeta; el de los medios de
comunicación y, por último, el de las armas de destrucción masiva. ¿Es
concebible plantear el fin de las relaciones imperialistas ante la renovada
vigencia y protagonismo de los oligopolios en estas cinco áreas estratégicas de
la economía mundial?
f) En la etapa actual, el eje fundamental del proceso
de acumulación a esca-la mundial se encuentra en la financiarización de la
economía. Por algo se trata del sector en donde la desregulación y la
liberalización han avanzado con más fuerza y penetrado más profundamente en la
economía mundial. La gran crisis que estalló en 2008 es el resultado directo de
la escandalosa desregulación del sistema financiero, propuesta e impulsada
sobre todo por los Estados Unidos durante la “progresista” administración Clinton
y ejecu-tada por sus dos secretarios del Tesoro, Lawrence Summers y Robert
Rubin, actualmente asesores económicos de Barack Obama. Se debe recordar
tam-bién que en los capitalismos desarrollados el liberalismo financiero se
com-bina con el proteccionismo y la estricta regulación de los demás mercados
mediante subsidios, aranceles, trabas al comercio, políticas de promoción de
diverso tipo y, por supuesto, un muy estricto control de la movilidad de la
fuerza de trabajo mundial, para lo cual la supervivencia de los Estados
nacionales de la periferia es un elemento de decisiva importancia.
g) La financiarización acentúa los
rasgos más predatorios del capitalismo al imponer una “norma” de rentabilidad
que obliga a todos los demás sec-tores a incurrir en la superexplotación de la
fuerza de trabajo y los bienes naturales. Un solo dato basta para confirmarlo:
en el sistema financiero internacional, aproximadamente el 95% de todas las
transacciones se rea-liza en un período igual o inferior a siete días, en donde
además existen posibilidades de obtener tasas de ganancia muy significativas en
un muy corto plazo. Esto hace que los sectores no financieros del capital deban
extremar sus estrategias para succionar excedentes en la mayor cantidad y en el
menor tiempo posible, para compensar lo que de otro modo podrían obtener en el
sistema financiero. Este, por ser mucho más volátil, implica mayores riesgos,
pero ejerce una influencia muy grande sobre las estrate-gias de inversión en
todos los demás sectores de la economía. El capital ha ido transformando los
más diversos aspectos de la vida social en meras mercancías, expandiendo su
influencia hasta cubrir todo el planeta más allá de los avatares del ciclo
económico.
h) La supremacía militar de Estados
Unidos es incontestable pero no por ello deja de tener límites. Las
experiencias recientes demuestran que puede arrasar países enteros, como lo ha
hecho en Afganistán, Irak y Libia, pero no puede llegar a normalizar el funcionamiento
de sus víctimas para garantizar el eficaz saqueo de sus riquezas y el despojo
de sus recursos. Ganar una guerra es algo más que destruir la base territorial
del adversario. Significa recuperar ese territorio para provecho propio, cosa
que no puede hacer-se confiando tan sólo en la superioridad aérea o misilística
en el terreno militar. Noam Chomsky ha planteado que hasta ahora Estados Unidos
ha demostrado una fenomenal incapacidad para eso, algo que, por ejemplo, un
déspota infame como Hitler supo hacer en las condiciones mucho más complicadas
de la Europa ocupada de comienzos de la década del cuaren-ta. De ahí que la
idea de un imperio invencible sea falsa en grado extremo: es cierto que puede
arrasar con un territorio, pero no puede vencer mili-tarmente más allá de un
cierto punto muy elemental. Fue derrotado en Vietnam, en Cuba (Playa Girón), y
está siendo derrotado por las milicias de Afganistán e Irak. De todas maneras,
no se puede subestimar la importancia militar de los Estados Unidos: según los
expertos norteamericanos, dispone de más de mil bases militares dispersas por
los cuatro puntos cardinales del planeta y de un ejército imperial sin parangón
en la historia que amenaza sin precedentes a la paz y la seguridad mundiales.
Volveremos sobre este tema más adelante.
i) En el terreno económico, la situación del
imperialismo es más complica-da. No pudo imponer el Acuerdo Multilateral de
Inversiones, lo que habría significado institucionalizar la dictadura del
capital a escala mundial. En América Latina y el Caribe su proyecto insignia,
el alca, fue derrotado bochornosamente en 2005, si bien trata de reflotarlo,
metamorfoseado, como una inocente Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de
América del Norte (aspan), con la esperanza de extenderla hacia el sur. Las
rondas de la omc van de fracaso en fracaso, y la aparición de China como un
gran actor de la economía mundial, unida a los avances de la India, plantea
serios desafíos a la permanencia del sistema imperialista tal cual lo
conocemos. Los teóricos neoconservadores del New American Century, que soñaban
para los Estados Unidos con una hegemonía mundial de larguísimo plazo, manifiestan
ya su desilusión ante lo que perciben como claros signos de una decadencia. Lo
ocurrido con el dólar, cuya depreciación está llegan-do a niveles impensados
hasta hace apenas pocos años, y la incontenible escalada de la deuda pública de
Estados Unidos son apenas algunos de los componentes de esa decadencia. Es más:
Washington ha perdido autono-mía también para manejar las políticas económicas
que desee aplicar en el plano doméstico. Si las dos gigantescas firmas
especializadas en créditos hipotecarios, Fannie Mae y Freddie Mac, no quebraron
en septiembre de 2008, fue porque China era tenedora de bonos de esas empresas
por un valor de 595 mil millones de dólares, y las autoridades de Beijing
hicieron saber a Washington que de no ocurrir un rescate que preservase las
inver-siones del gigante asiático se verían obligados a tomar severas
represalias financieras en contra del dólar norteamericano38.
j) En el sistema político internacional,
el imperialismo se encuentra aún más debilitado. Sus gobiernos amigos están
cada vez más desprestigiados, cuando no irreparablemente deslegitimados: caso
de las dinastías teocrá-tico-feudales del Golfo Pérsico, o las del norte de
África (dos de las cuales, la de Mubarak en Egipto y la de Ben Alí en Túnez, ya
fueron derrocadas por masivas insurrecciones populares), de Álvaro Uribe en
Colombia durante los años finales de sus presidencias y Felipe Calderón en
México, para no hablar de Porfirio Lobo en Honduras; o debe acudir a personajes
como Silvio Berlusconi en Italia, Alan García en Perú, José M. Aznar en España,
o Hamid Karzai en Afganistán para sostener sus “esferas de influencia”. El
sur-gimiento de vigorosos movimientos de la alterglobalización, si bien todavía
no articulados a escala mundial, es otro ejemplo de una oposición que
cre-cientemente toma más cuerpo y que erige nuevos límites a la dominación
imperialista. El incendio que está abarcando toda África del Norte y Medio
Oriente está llamado a producir profundas y duraderas modificaciones en el
tablero geopolítico mundial, al igual que la impetuosa aparición de China y la
presencia cada vez más amenazante de la India. Todo lo cual conduce hacia una
espiral en donde el imperio acude más y más a la represión, que a su vez
potencia la resistencia de los pueblos, lo que a su turno requiere incrementar
la dosis represiva en una sucesión creciente de acontecimien-tos que no tiene
otro destino que el derrumbe final del sistema.
Terminamos este primer capítulo
reafirmando que el sostenimiento del gigantesco, planetario “desorden mundial”
que provoca el capitalismo en su actual fase imperialista exige la muerte
prematura por enfermedades perfectamente curables y prevenibles, o simplemente
a causa del hambre,
38 Ver “El poder mundial se desplaza”,
de Martine Bulard, en Le Monde diplomatique (Buenos Aires)
mayo-junio de 2012, pp. 6-8.
de 100 mil personas por día, en su
mayoría niños. Sostener este sistema, en donde unos pocos miles de
multimillonarios disponen de un ingreso equivalente al del 50% de la población
mundial; en donde mientras la quinta parte de la población mundial derrocha
energía de origen fósil y no renovable, el 20% más pobre prácticamente no tiene
posibilidad de consu-mir algún tipo de energía y sobrevive al borde de la
extinción; en donde los avances científicos y tecnológicos se concentran cada
día más en un puña-do de naciones. Toda esta auténtica barbarie, con sus
ganadores y perdedo-res claramente identificados sólo es posible porque el
imperialismo sigue teniendo su capacidad de aplastar a sus adversarios y
cooptar, engañar, chantajear a los dóciles o acomodaticios39. No se trata de un benévolo impe-rio virtual, sino
de un sistema de una infinita crueldad en donde el sacrificio de las dos
terceras partes de la población mundial se realiza, día a día, en la más
absoluta impunidad y a plena conciencia de sus perpetradores.
39 Estos datos están disponibles en
numerosos sitios web. Un resumen de los mismos se encuentra en nuestro “Sepa lo
que es el capitalismo”, en <www.atilioboron.com.ar/2010/05/ sepa-lo-que-es-el-capitalismo.html>.
45
La crisis general del capitalismo y la situación
del imperio americano
Han transcurrido ya más de cuatro
años del estallido de la nueva crisis general del capitalismo y no se perciben
todavía señales de sosiego. Es más, un balance, por somero que sea, sobre lo
acontecido a lo largo de 2011 y comienzos de 2012 pondría en evidencia la
acelerada profundización y extensión de la crisis. Ya no son sólo las regiones
marginales del capita-lismo metropolitano (Grecia, Islandia, Irlanda, Portugal)
las que padecen sus consecuencias, sino que sus efectos se sienten,
amenazadores, en el corazón del capitalismo metropolitano. Alemania y Francia
hacen esfuer-zos desesperados por evitar el contagio y para salvar a sus
banqueros, mientras en el Reino Unido los estallidos sociales del pasado verano
boreal adquirieron una intensidad no vista en los últimos cincuenta años.
Italia y sobre todo España, dos de las principales economías de Europa, crujen
bajo el peso de la crisis. Pulcros “golpes de mercado” concebidos, no ya por
rústicos militares, sino por sofisticados y perversos tecnócratas al servicio
del capital se suceden por doquier, desplazando del poder a gobiernos, sean de
izquierda (con todas las limitaciones que tiene este término en el contexto
europeo: caso de los gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero en España,
Sócrates en Portugal o Georgias Papandreu en Grecia) o de derecha (el inefable
Silvio Berlusconi en Italia). En Islandia, en cambio, la población tomó el
destino en sus manos y desahució la deuda pública generada por la estafa de los
banqueros. Los burócratas advirtieron desde Bruselas que si no modificaban su
postura se convertirían en la Cuba de Europa; los islan-deses replicaron que si
lo hacían se convertirían en la Haití de Europa, y que preferían lo primero.
Cruzando el Atlántico, Estados Unidos contempla asombrado la proliferación en
más de cincuenta grandes ciudades de gru-pos unidos bajo la consigna de “Occupy
Wall Street” o sus sucedáneos, a la vez que se arrogan el derecho de
representar al 99% de la población víctima de la inagotable voracidad del 1%
más rico.
Pese a los reiterados mensajes
supuestamente tranquilizadores de los aparatos de “manipulación de masas” de la
burguesía imperial y sus representantes políticos, los porfiados hechos siguen
proclamando a viva voz la inusitada gravedad de una crisis que estalla en el
corazón mismo del sistema imperialista mundial. A diferencia de las anteriores,
que se des-encadenaban en la periferia del sistema (como la crisis de la deuda
de los años ochenta en América Latina; o la del tequila en México en 1994-1995;
la del Sudeste Asiático en 1997; Rusia en 1998; Brasil en 1999; el colapso de
la convertibilidad en Argentina en 2001), la actual nace nada menos que en Wall
Street y desde allí reverbera sobre el conjunto de la economía mundial. La
recuperación, cuando y donde se produjo, ha sido esporádica, intermi-tente y,
en todo caso, siempre muy débil. No obstante, Ben Bernanke, el chairman de
la Reserva Federal de los Estados Unidos, hace ya tres años que
viene anunciando la supuesta aparición de “brotes verdes” en la eco-nomía
mundial que, según él, auguran la inminencia de la retomada del crecimiento
económico. Sin embargo, sus rosados pronósticos no se cum-plen; los “brotes
verdes” demoran en aparecer, y la situación –sobre todo en Europa– empeora a
medida que pasan los días.
Veamos algunos datos: en Estados
Unidos la tasa de desempleo real –no la que suele informarse– se sitúa
alrededor del 20%, si se toman en cuenta (cosa que no hacen los comunicados
oficiales de Washington) los desocupados que abandonaron la búsqueda de empleo;
los que traba-jando a tiempo parcial quieren hacerlo a tiempo completo; los
estudian-tes que deciden prolongar sus estudios (especializaciones, doctorados,
posdoctorados, etcétera) ante la falta de oportunidades de empleo, y los
trabajadores indocumentados, llegando así a un nivel de desocupación
desconocido desde los tiempos de la Gran Depresión. Para una economía como la
norteamericana, dependiente en un 70% del poder de compra de sus consumidores,
tal nivel de desempleo asociado, además, con una caída tan prolongada como
profunda en los salarios reales no puede sino presagiar escenarios económicos
cada vez más pesimistas. Se argumenta, a menudo, que la moderada suba en el
valor de las acciones registrada por el índice Dow Jones sería un síntoma claro
de la recuperación del crecimiento económico. Pero no es así: lo que hace ese
número es identificar el destino de los miles de millones de dólares que
Estados Unidos y la Unión Europea destinaron al salvataje de las empresas
acosadas por la crisis y que, ante la escandalosa ausencia de instancias
efectivas de regulación económica, terminaron en gran medida alimentando las
operaciones especulativas del mercado financiero internacional y solventando el
pago de los fabulosos sueldos de los ceo y gerentes de las grandes firmas
financieras. Por ejem-plo, el pago total a Thomas Montag, ceo del Bank of
America en 2009, fue de 29.930.431 dólares; uno de los ceo de Goldman Sachs,
principalísimo responsable de la crisis económica actual, fue penalizado y sólo
recibió como sueldo anual, en ese mismo año, la suma de 9.862.657 dólares. A
títu-lo de comparación: según la oficina de censos de Estados Unidos, el
ingreso medio de una familia norteamericana es de 50.740 dólares anuales. Es
decir que nuestro ejecutivo del Bank of America gana un equivalente a 600 veces
más que el hogar medio de Estados Unidos, y el especulador de Goldman Sachs,
“apenas” 200 veces más que el norteamericano medio40.
En línea con lo anterior hacemos
nuestras las tesis esbozadas por Edgardo Lander en un trabajo reciente cuando,
al hablar de la desigualdad económico-social en Estados Unidos, afirma, con
base en datos oficiales del gobierno de ese país, que “el ingreso familiar
promedio del 90% de la población se mantuvo constante durante los últimos
cuarenta años. Todo el aumento de la riqueza nacional desde el año 1970 ha
quedado en manos del 10% más rico de la población. Se ha producido una
creciente concentración de la riqueza en manos de las oligarquías ultra ricas”.
Esto queda de manifies-to sobre todo en los últimos años, cuando se comprueba
que entre los años “2002 y 2007, el 65% del incremento de la riqueza nacional
de los Estados Unidos quedó en manos del 1% de la población. De acuerdo con la
Oficina de Presupuesto del Congreso de los Estados Unidos, la brecha entre el
ingreso después de los impuestos del 1% más rico de la población y el de los
quintiles medios e inferiores de la distribución del ingreso se multiplicó por
más de tres entre los años 1979 y 2007, con lo cual la concentración del
ingreso en los estratos superiores es la mayor desde el año 1928”, lo que
explica la razón que le asiste a los “ocupantes” de Wall Street cuando decían,
en sus pancartas, que “somos el 99%”. Como consecuencia inevitable de estas
tendencias, concluye Lander, “de acuerdo con los datos de la Oficina del Censo
de los Estados Uni-dos, el número de pobres de dicho país pasó de 25 millones
en el año 1970 a 46,2 millones en el año 2010”41.
Estas cifras confirman lo que
numerosos autores –de izquierda, como François Chesnais, o de derecha, como
Peter Drucker– vienen denunciando desde hace por lo menos treinta años, en los
albores de la contrarrevolución neoliberal: el casi absoluto desacople entre la
economía real y las finanzas mundiales. Por lo tanto, la prosperidad de estas y
la bonanza que pueda mos-trar el índice Dow Jones no son síntomas de la salud
de la primera. Nuevas bancarrotas y quiebras sacuden día a día a las economías
capitalistas, inva-riablemente tergiversadas y distorsionadas por los grandes
medios de comu-nicación para ocultarlas ante los ojos de la opinión pública y
crear una falsa sensación de normalidad. En lugar de decir: “Quebró el banco
X”, la prensa miente diciendo que “el banco X fue absorbido por el banco Y”. En
suma, nos encontramos ante una crisis que está muy lejos de haber sido resuelta
y cuya forma nada tiene que ver con la de una “V” (caída e inmediato rebote al
cre-cimiento) sino con una “L” (caída y muy lenta recuperación, como en Japón,
40 El dato sobre los sueldos de los
gerentes de la banca se encuentra en <www.aflcio.org/ corporatewatch/paywatch/>.
Ver también “Wages in America. The rich get richer and the rest get less”, de
Jack Rasmus, en <www.kyklosproductions.com/articles/wages.html>.
41 Ver Edgardo Lander, “Un nuevo período
histórico”, Ponencia presentada en el Foro Social Temático, Porto Alegre, enero
de 2012.
a lo largo de los últimos veinte
años). Los acontecimientos que conmueven a Grecia en los últimos meses y la
profunda crisis en que se encuentran países como Portugal, Irlanda, España e
Italia –caracterizados con una abierta dosis de racismo como pigs por la
revistas y periódicos especializados como The Economist, Financial
Times y Wall Street Journal– comprueban lo que veni-mos
diciendo acerca de la “larga duración” que habrá de tener esta crisis42.
Los “brotes verdes”, por lo tanto,
cuando aparecen, son pocos y de escaso vigor. Los indicios de la crisis, en
cambio, proliferan por doquier y con fuerza: el dólar continúa su declinación
impactando fuertemente el desem-peño exportador de China, Japón y Alemania e
induciendo a la recesión en estas economías. Los déficits gemelos de la
principal economía del mundo, Estados Unidos, parecerían ser intratables. Es
posible, sin embargo, que ante la crisis que golpea a varios países europeos,
el euro se desvalorice consi-derablemente, inclusive podría hasta llegar a
desaparecer, según algunos analistas. En Estados Unidos, la deuda pública que
ascendía en 2009 a unos 13 billones de dólares (o sea, 13 millones de millones
de dólares), es decir, un 90% del pbi, prosiguió creciendo y en 2011 alcanzó
una cifra equivalente a la totalidad del pbi, obligando al presidente Barack
Obama a obtener –luego de una laboriosa negociación en el Congreso– una
autorización para elevar el monto de endeudamiento permitido que en 2012 deberá
volver a renegociar-se hacia el alza. La deuda externa del Reino Unido, según
el especialista Eric Toussaint, equivale a poco más de un 400% de su producto
bruto; la de Gre-cia, 162%; España, 169%; Portugal, 233%, y la de la otrora
perla más brillante del neoliberalismo europeo, Irlanda, a un 1.100%. Cifras
como estas –todas oficiales y sobre las cuales se basan los análisis del fmi y
el Banco Interna-cional de Pagos de Basilea– tienen una contundencia
inigualable a la hora de caracterizar la extrema gravedad de la crisis que hoy
sacude al capitalismo y, por extensión, al sistema imperialista en su conjunto43.
42 Ver “Esta crisis mundial va a durar
una o dos décadas”, de Eric Toussaint, en <www.cadtm. org/Eric-Toussaint-Esta-crisis-mundial> 20 de agosto de 2011. Del mismo
autor, consultar La crisis global (Buenos Aires: Ediciones
Madres de Plaza de Mayo, 2011). También ¿Crisis o Big Bang? La crisis
sistémica del capital: qué, cómo y para quién, de Luciano Vasapollo y
Joaquín Arriola (La Paz: cides/umsa, 2010), y nuestro Crisis
civilizatoria y agonía del capitalismo. Diálogos con Fidel Castro (Buenos
Aires: Ediciones Luxemburg, 2009).
43 Ver “Crisis internacional y desafíos
de la deuda en el Sur y en el Norte”, de Eric Toussaint, en Rebelión,
8 de noviembre de 2011. La enorme deuda externa británica, pública y privada,
no ha estallado, principalmente, por dos razones: primero, el Reino
Unido tiene moneda propia (la libra esterlina), mientras que otros países, como
España, por ejemplo, poseen una deuda menor que el Reino Unido, pero está
amarrada al euro, como en su momento la Argentina de la convertibilidad lo
estaba al dólar. Segundo, el Banco de Inglaterra, como la Reserva Federal de
Estados Unidos, otorga créditos al gobierno británico, mientras que el Banco
Central Euro-peo no lo hace con los gobiernos de la zona euro. Esto explica por
qué países con una relación deuda/pbi menos desfavorable que la del Reino Unido
entren en crisis mientras que este país no. Existen también otros factores,
pero estos dos son los principales.
La excepcionalidad de la crisis actual
La crisis actual, por lo tanto, es
única y sin precedentes. No es una crisis capi-talista, sino, como bien anota
Samir Amin, una crisis del capitalismo, una crisis del sistema capitalista.
Esto quiere decir que no habrá solución para ella dentro del sistema sino
saliéndose del mismo, estableciendo una nueva organización económica y social
de carácter resueltamente poscapitalista. De ahí la creciente importancia del
socialismo del siglo xxi como alternativa ante un sistema cuyos daños son
irreparables dentro de sus propios pará-metros y cuyas contradicciones son
insolubles. Lo que ha entrado en crisis, irreversible, es la civilización que
creó el capital y su modelo de producción, circulación y consumo. Una
civilización que desintegra sociedades, deslegi-tima democracias y destruye el
medio ambiente.
Una crisis que aún no termina y que,
probablemente, no ha desple-gado todavía todos sus rasgos más virulentos,
aunque sus proyecciones en el sistema internacional exhiben algunas
aberraciones (asesinato y poste-rior desaparición de Osama bin Laden; invasión
de Libia y linchamiento de Muammar el Gadaffi; asesinato serial de científicos
nucleares iraníes; holo-causto del pueblo palestino en la Operación Plomo
Fundido, en Gaza; etcéte-ra). En lo estrictamente económico, no cabe ninguna
duda de que la actual es mucho más grave que la crisis que afectó al sistema
capitalista en 1929, y cuya resolución se extendió hasta finales de la Segunda
Guerra Mundial; y que también es de una escala incomparablemente superior a la
llamada Larga Depresión de 1873-1896. Estamos pues en presencia de una crisis
integral, civilizatoria, multidimensional, cuya duración, profundidad y
alcances geo-gráficos el tiempo se encargará de demostrar que son de mayor
envergadura que todas las que le precedieron. Poco después del emblemático derrumbe
de Lehman Brothers, Immanuel Wallerstein sentenciaba en Madrid que el
capitalismo había entrado en una crisis terminal: una situación totalmente
descontrolada y caótica que había superado el punto de no retorno, porque era
inimaginable el hallazgo de un nuevo punto de equilibrio para un nume-roso
conjunto de variables que fluctúan locamente. Por eso, concluía, el
capi-talismo se acerca a su ocaso, aunque el derrumbe definitivo podría todavía
insumir veinte o treinta años más, pero no más que eso44.
La actual, además, es la primera
crisis realmente mundial del capita-lismo. Tanto la Larga Depresión de
1873-1896 como la Gran Depresión que estalló en 1929 afectaron a muchos países,
pero en aquellos tiempos el capita-lismo estaba lejos de haber cubierto con sus
relaciones de producción la tota-lidad del globo terráqueo. En la primera de
las nombradas, la subsunción real del trabajo al capital se concentraba en las
Islas Británicas, Estados Unidos y
44 “El capitalismo no existirá en 30
años”, entrevista a Immanuel Wallerstein de Carlos Prieto, en Público (Madrid)
31 de enero de 2009, en <www.publico.es/dinero/196245/ el-capitalismo-no-existira-en-30-anos>.
Canadá; algunos países de Europa
Occidental, dado que todavía persistían modos de producción precapitalistas en
la mayor parte de España y Portugal, el Mediodía italiano e inclusive el este
de Alemania, para no hablar de Grecia y lo que luego sería Yugoslavia; algunas
pocas áreas integradas a la economía mundial de América Latina –en su calidad
de enclaves minero-exportadores, plantaciones o regiones de clima templado
productoras de alimentos–, amén de un número reducido de pequeños enclaves
costeros localizados en África y Asia, algo más en la India pero no mucho; y un
poco en Japón. Ese era el mapa del capitalismo cuando se inició la crisis de
1873. No podía, por lo tanto, hablarse de una crisis mundial, porque su ámbito
de existencia era geográficamente muchísimo más acotado: todo el este europeo y
la enorme extensión asiática, así como el Medio Oriente, África y gran parte de
Amé-rica Latina y el Caribe estaban fuera de su alcance, regiones estas sumidas
en una diversidad de formas precapitalistas de producción45. Ya en 1929, el panorama había cambiado: el
desarrollo del capitalismo en América Latina y el Caribe había registrado
importantes avances, así como una vigorosa consolidación en Japón y algunas
regiones costeras en África y Asia. Pero la presencia de la Unión Soviética, el
débil y localizado impulso capitalista en China y en India, y la persistencia
de antiguas formaciones económico-socia-les en gran parte de Asia y África eran
formidables obstáculos a la expansión del capitalismo. Por eso, una vez más, la
Gran Depresión de los años treinta sólo en un sentido muy limitado pudo ser
considerada como “mundial”. En cambio, uno de los principales rasgos de la
crisis actual es que su cobertura es, por primera vez, planetaria: afecta, si
bien de distinto modo y con desigual intensidad, a todos los países, desde la
China regida por el Partido Comunis-ta Chino hasta los Estados Unidos de Barack
Obama, pasando por todas las gradaciones intermedias. Una crisis que afecta a
la totalidad de las naciones porque los arrolladores avances de la
globalización neoliberal hicieron que ninguna región de la Tierra estuviera
exenta, en nuestra época, de los influjos del ciclo capitalista. En nuestro
tiempo, finalmente, el capitalismo se convir-tió en un sistema universal tal
como lo pronosticaron Karl Marx y Friedrich Engels en el Manifiesto del
Partido Comunista. Por ese motivo, la crisis es también universal y no tan
sólo regional. Y las clásicas recetas para revitalizar al capitalismo mediante
su expansión a regiones precapitalistas (que en el terreno del pensamiento
marxista encontró en la obra de Rosa Luxemburgo su más acabada formulación) no
funcionan, porque si algo logró la globali-zación neoliberal fue llevar la ley
del valor hasta el último confín de la Tierra.
Otros rasgos también tipifican con
características muy marcadas la crisis actual. A diferencia de las anteriores,
esta se conjuga con una
45 Un dato bien significativo lo ofrece
el hecho de que Max Weber dedicase largos años de su vida al estudio de la
persistencia de formas precapitalistas de organización económica y social en el
este alemán.
profunda crisis de la matriz
energética predominante basada en el uso irracional y predatorio del
combustible fósil, un recurso finito y no renova-ble, lo que requiere
imperativamente su reemplazo46. La superposición del ineluctable agotamiento del
petróleo (como la fundamentalísima fuente de energía sobre el cual se construyó
la civilización del capital) con la crisis general del capitalismo agrava las
cosas al tornar impostergable el inicio de una onerosa y difícil transición
hacia una matriz energética alternativa basada en fuentes no fósiles y
renovables. Tarea enormemente costosa que, en condiciones normales, es
sumamente difícil de realizar; mucho más ahora, cuando urge hacerla bajo
condiciones tan desfavorables como las que imperan en nuestros días.
Un tercer componente de esta crisis,
habiendo ya señalado su carácter mundial y las restricciones que impone el
progresivo agotamiento del petró-leo, es el cambio climático, cuyas
catastróficas consecuencias recién ahora comienzan a ser percibidas por la
opinión pública. Al concebir a la natura-leza como una mercancía más, útil para
explotar y obtener una ganancia, el capitalismo ha depredado ecológicamente al
planeta. Degradado al rango de mercancía, el medio ambiente se convirtió en un
“recurso natural”, al igual que el trabajo se convirtió en fuerza de trabajo o
“recurso humano”. Por eso la agresión a la naturaleza se llevó a cabo con una
total irresponsabilidad, crean-do condiciones que colocan a la humanidad al
borde mismo de un cataclismo de fenomenales proporciones. Entre otras cosas
porque, tal como lo revelan estudios recientes, el cambio climático puede
ocurrir con rapidez e impedir la puesta en marcha de mecanismos de adaptación a
los nuevos desafíos. Hoy se están derritiendo los casquetes polares y
Groenlandia, pero no ya como producto de una causalidad natural, propia del
planeta, sino como conse-cuencia del efecto invernadero provocado por el
capitalismo. Un ascenso apenas moderado del nivel del mar producto de este
derretimiento bastaría para anegar gran parte de la península de Florida, el
enorme golfo de Bengala, habitado por 70 millones de personas de la India
(Calcuta, principalmente) y Bangladesh, gran parte de las zonas bajas de la
ciudad de Shanghai, en China, y el gran delta del Nilo y sus zonas aledañas,
donde está situada El Cairo, ade-más de la desaparición de parte del territorio
de Holanda (por algo también conocida por el nombre de Países Bajos) como
producto de esta verdadera
46 Algunas estimaciones dadas a conocer
a mediados de 2011 (por la British Petroleum Sta-tistical Review of
World Energy) indican que las reservas probadas de petróleo se agotarían en
46 años y las de gas, en 59. Claro está que existen dos incógnitas de difícil
resolución: (a) el pronóstico supone que el nivel de demanda de petróleo y gas
permanecerá constante a lo largo del tiempo, supuesto completamente equivocado,
ya que lo que se corrobora es el sistemático aumento del consumo de ambos
combustibles; (b) el nivel real de las reservas, manipulado por gobiernos y
empresas por igual a los efectos de regular el precio de esos productos. En
todo caso, es claro que esos recursos no renovables se encuentran ante un
horizonte de agotamiento que, en términos históricos, es breve.
hecatombe. En pocas palabras: el
cambio climático amenaza la supervivencia de la vida en el planeta y los
grandes cambios políticos, económicos y sociales que se requieren para revertir
esta situación implican significativos ajustes en la estructura económica que
decretarán la obsolescencia de algunas gigantes-cas empresas y promoverán el
surgimiento de nuevas unidades productivas. Esto acelerará y profundizará la
pugna interburguesa en el seno de las clases dominantes del sistema
imperialista para determinar quiénes ganan y quiénes pierden con este nuevo
arreglo. Por lo visto, era inevitable que la Cumbre de Copenhague de 2009
terminara en un fiasco, ratificando una vez más la inmo-ralidad e
irresponsabilidad de los gobiernos capitalistas para nada dispuestos a actuar
con la firmeza que se requiere para hacer frente a los extraordinarios desafíos
que plantea el cambio climático. Tal como decía en un grafiti escrito en las
paredes de esa ciudad, aludido en su brillante discurso por el presidente Hugo
Chávez Frías, “si el clima fuera un banco, ya lo habrían salvado”47.
Sin ánimo de exhaustividad, debemos
agregar, para delinear con total realismo el escenario de la crisis actual, dos
nuevos componentes. Por un lado, la crisis del agua, escasamente percibida por
el gran público, pero que se manifiesta en el hecho de que ya el 20% de la
población mundial carece de acceso a este elemento (y la proporción se
incrementa a diario) y una de cada tres personas no dispone de sistemas de
saneamiento adecuados, todo esto en el contexto de una feroz ofensiva destinada
a “privatizar” el agua poniéndola bajo el control de grandes oligopolios
transnacionales48. Por otro lado, la crisis alimentaria, agudizada por el empecinamiento
del capitalismo en mantener un irracional patrón de consumo que ha llevado a
reconvertir tierras aptas para la producción de alimentos en campos destinados
a la elaboración de agrocombustibles. El efecto de esta política ya ha sido
puesto de manifiesto en los grandes aumentos experimentados por algunos ítems
básicos de la canas-ta alimentaria de América Latina, como el maíz, que
provocaron una des-controlada alza de precios de la tortilla en México y otros
países. Son muchos los analistas que afirman que el estallido de las
revoluciones en el norte de África está íntimamente vinculado al acelerado
incremento en el precio de los alimentos en esa parte del mundo. Según la
Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura
(fao), en la primera década de
47 Le cabe al comandante Fidel Castro
haber sido el primero, con su habitual lucidez, en adver-tir en la Cumbre de
Río sobre la grave amenaza que significaba el cambio climático. Su breve
discurso, de apenas siete minutos (que era lo establecido para ese cónclave),
comenzó con esta frase: “Una importante especie biológica está en riesgo de
desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus condiciones naturales
de vida: el hombre”. Por su excepcional importancia, lo hemos incluido en el
apéndice al final de este libro.
48 Sobre la crisis del agua, ver Las
guerras del agua (I). Un recurso escaso en peligro (Buenos Aires:
Capital Intelectual, 2008); y Las guerras del agua (II). América, el
objetivo más codi-ciado (Buenos Aires: Capital Intelectual, 2008), de
Elsa Bruzzone. También “Water crisis”, de World Water Council,
en <www.worldwatercouncil.org/index.php?id=25>.
este siglo los precios de los
alimentos se duplicaron entre los años 2000 y 2010, pero en el caso de los
cereales, los precios prácticamente se triplicaron49.
En síntesis: estamos ante una crisis
cualitativamente distinta a todas las que le precedieron. Muchísimo más
profunda y estructural y, para colmo, articulada con otras: la del petróleo,
cambio climático, agua, alimentos, más allá de los aspectos propiamente
económicos y financieros, en una letal com-binación que jamás antes se había
presentado en la historia del capitalismo. Todo esto habla de una resolución
que, si se mantiene el sistema actual, sólo podrá ser un parche, lenta y, sobre
todo, insatisfactoria. La vieja alternativa socialismo o barbarie reaparece en
el horizonte con una sorprendente cla-ridad, toda vez que la perpetuación de un
agonizante capitalismo requiere la implacable destrucción de logros y
conquistas civilizatorias logradas por las fuerzas populares en los últimos 150
años. Es por eso que el capitalismo actual conforma un mundo crecientemente
violento, militarizado, excluyen-te, polarizado, inestable, cruel y predatorio:
en suma, la barbarie en toda su expresión. No hace falta demasiada imaginación
para comprobar en él los rasgos definitorios de un sistema que se encamina,
demencial e irresponsa-blemente, hacia su propia destrucción. La gran pregunta,
que sólo la historia resolverá, es si la única alternativa posible, el
socialismo, reúne las condicio-nes objetivas y subjetivas requeridas para, como
decía Marx, acabar con la prehistoria de la humanidad y comenzar a escribir la
historia de la emancipa-ción humana. Por supuesto, para este crucial
interrogante no hay respuesta posible desde la teoría. La respuesta la dará la
praxis histórica de los pueblos en su lucha por la autoemancipación.
Lo que sí sabemos es que será
imposible enfrentar seriamente esta crisis sin destruir al casino financiero
internacional o manteniendo en la intangibilidad a gigantes del mismo –Goldman
Sachs, por ejemplo, entre los más poderosos– que expresan como pocos los
intereses dominantes en la burguesía imperial y son los agentes concretos sobre
cuyas actividades se asienta el primado del neoliberalismo global. En fechas
recientes se ha descubierto que la mencionada empresa, de casi un siglo y medio
de vida, está involucrada en una gran cantidad de actividades fraudulentas de
la peor especie. L. Randall Wray, uno de los mayores especialistas en el
estudio de las corporaciones norteamericanas, ha escrito que la Securities
and Exchange Commission (sec, un organismo como la Comisión Nacional
de Valores de la Argentina) presentó una demanda civil contra
Goldman Sachs, acusándola de complicidad con las multimillonarias estafas que
se practicaban ante la
49 Ver El estado de la
inseguridad alimentaria en el mundo, de fao (Roma: fao, 2011) y “La fao
alerta sobre una crisis alimentaria” en El Universal (México
df) 6 de enero de 2011, en <www.eluniversal.com.mx/finanzas/83858.html>. Sobre la supuesta “alternativa” de
los agrocombustibles, ver Tanques llenos, estómagos vacíos, de
Fidel Castro Ruz (Buenos Aires: Ediciones Luxemburg, 2008).
vista y paciencia de los reguladores
de la sec, y cuyas dimensiones son de un orden varias veces superior al
conocido cuando estalló el escándalo de los savings and loans en
la época de Ronald Reagan, que culminó con casi un millar de
gerentes y corredores de Bolsa en la cárcel. Más importante aún: si el
presidente Barack Obama tiene intenciones serias de enfrentar la crisis debería
desembarazarse cuanto antes de los gerentes y altos funcionarios de Goldman
Sachs que pasaron a ocupar importantísimos cargos en su admi-nistración:
Timothy Geithner, como secretario del Tesoro; Mark Patterson, como jefe de
personal de la Secretaría del Tesoro; Robert Rubin y Lawrence Summers, como sus
principales asesores económicos. Goldman Sachs, entre otras cosas, colaboró con
las autoridades griegas en “dibujar” los números de su contabilidad nacional
que estafaron a los ahorristas y precipitaron la crisis en que hoy se debate
Grecia. No obstante, tal como lo prueban los aconteci-mientos recientes, dicha
empresa logró colocar a dos de sus ex funcionarios o gente de confianza en las
primeras magistraturas de Grecia e Italia: los nuevos primeros ministros
surgidos de los “golpes de mercado” descargados sobre esos países, Mario Monti
y Lukás Papademos50.
Dados estos antecedentes, ¿qué grado
de viabilidad tienen propues-tas como la del megaespeculador George Soros o el
economista de Harvard Jeffrey Sachs, que recomiendan moderar el afán consumista
del ciudadano norteamericano, reducir el poder de los grandes lobbies vinculados
a las industrias del petróleo y el automóvil y, además, regular estrictamente
al capital financiero que hegemoniza al conjunto de la clase capitalista y que
sale fortalecido luego de cada crisis, como un parásito que vive a expensas del
cuerpo sobre cuyas energías se desarrolla? ¿Todo esto no implica acaso ampliar
extraordinariamente las capacidades de participación y gestión directa del
Estado y cambiar la orientación y el propósito de sus intervencio-nes, poniendo
límites a la tiranía de los mercados? ¿Cuál será la base social y política
desde la cual la Casa Blanca y sus homólogos europeos podrían impulsar
proyectos como los arriba enunciados?
Lamentablemente, ni en Europa ni en
el caso norteamericano esa base social existe: detrás de él, Barack Obama no
tiene casi a nadie, y su situación
50 Sobre el protagonismo
de Goldman Sachs en ocultar la realidad fiscal de Gre-cia ver la nota publicada
por el New York Times en su edición del 13 de febrero de 2010:
“Wall St. Helped to Mask Debt Fueling Europe’s Crisis”, en <www.nytimes. com/2010/02/14/business/global/14debt.html?pagewanted=all>.
Monti fue asesor de The Coca-Cola
Company y de Goldman Sachs durante el período en que esta compañía ayudó a
ocultar el déficit del gobierno griego de Kostas Karaman-lis. Hace pocos meses,
un operador de la Bolsa londinense, Alessio Rastani, se burló, en una
entrevista que le hizo la bbc, de quienes creen que Obama o los gobiernos
gobier-nan el mundo. “Quien realmente gobierna el mundo –dijo con total
cinismo– es Gold-man Sachs”. Ver la breve pero muy instructiva entrevista
en <http://fortunaweb.com. ar/2011-09-27-65456-un-sincericidio-en-la-bbc-que-es-reflejo-de-la-crisis-financiera/>.
es incomparablemente más débil que la
de Franklin D. Roosevelt, con quien demasiado a menudo se lo compara, sin tener
en cuenta sus múltiples disi-militudes. A diferencia de Roosevelt, que arrasó
en las elecciones que siguie-ron a su ascenso a la presidencia en 1933, las
primeras de medio término que Obama tuvo que enfrentar, en noviembre de 2010,
fueron un balde de agua fría para el inquilino de la Casa Blanca. Ya en esos
dos primeros años de gestión, habían naufragado sus más audaces proyectos de
cambio: la reforma financiera y la del sistema de salud, que se diluyeron en
los pasillos del Con-greso al punto tal que poco o nada van a poder reformar y,
por eso mismo, por su pusilanimidad y falta de resolución, fue castigado por el
electorado. Una de las principales claves que permite entender por qué
Roosevelt pudo enfrentar exitosamente la Gran Depresión mientras que Obama no
puede con esta es que mientras el primero tenía detrás de sí un vigoroso
movimien-to obrero y sindicatos en alza –que él mismo ayudó a construir y
fortalecer, entre otras iniciativas, mediante la sanción de la Ley Nacional de
Relaciones Laborales de 1935– Obama sólo tiene detrás de sí los gorjeos
del Twitter o el “me gusta” del Facebook, dado que
fue incapaz de fortificar y movilizar a una muy debilitada estructura sindical
que ni por asomo tiene el poderío o la capacidad de acción de su antecesora de
las décadas del treinta y cuarenta. El sindicalismo norteamericano fue
brutalmente golpeado y desmantelado durante el período conservador iniciado
bajo el mandato de Ronald Reagan –al igual que en el de Margaret Thatcher en el
Reino Unido– y el interludio “progresista” de Bill Clinton no hizo
absolutamente nada por revertirlo. Al día de hoy, la intensidad y variedad de
la agresión “legal” en contra del sindi-calismo en Estados Unidos no tiene
paralelo en ningún país del capitalismo desarrollado y muy pocos equivalentes
entre las naciones más atrasadas del planeta51. Pero además, Roosevelt reconstruyó al Partido
Demócrata y movi-lizó a sus bases, mientras que Obama sólo logró contactarse
con millones de simpatizantes a través de Facebook, Twitter o
Internet, pero sin solidificar ese contacto en una estructura organizativa
duradera que pudiera servir como instrumento de lucha política contra una clase
dominante reaccionaria hasta la médula. Por eso, mientras que el primero
construyó una hegemonía política que lo trascendió y perduró a favor del
Partido Demócrata hasta los años ochenta, la gravitación de Obama se esfumó
–como corresponde con su ultramoderna tecnología de contacto con las masas– en
nanosegundos. Obama captó e interpretó un momento de la cambiante y veleidosa
opinión
51 Recientemente se reveló que la firma
Walmart dispone de un presupuesto especial para financiar una oficina destinada
a convencer a sus trabajadores de la inconveniencia de afi-liarse al sindicato.
Por otra parte, luego de Reagan, en Estados Unidos es legal que las empre-sas
contraten firmas de consultores en cuestiones de tipo gerencial, relaciones
industriales, derechos laborales y psicología industrial, y que las instalen en
sus oficinas con el objeto de “aconsejar” a los trabajadores que se abstengan
de incorporarse al sindicato o favorecer una negociación colectiva con su
asentimiento.
pública norteamericana, pero no
construyó poder. De ahí su extrema debi-lidad, que lo arroja a los brazos del
complejo militar-industrial y que, a comienzos de 2012, pone en cuestión su
capacidad para prevalecer en las elecciones presidenciales de noviembre.
Por otra parte, habría también que
decir que el contexto histórico no puede ser más diferente: en los años treinta
existía una polarización entre regímenes fascistas y experimentos
“frente-populares” o coaliciones key-nesianas de signo socialdemócrata apoyadas
sobre una fuerte movilización popular. En la primera década del siglo actual,
en cambio, la política antio-brera y desmovilizadora de las clases y capas
populares propia de la derecha radical es una labor ya concluida, y predominan
gobiernos neoliberales o socialdemócratas y comunistas que se
“neoliberalizaron” mientras que los que aún conservan alguna “preocupación
social” se enfrentan ante un uni-verso popular altísimamente fragmentado,
heterogéneo y con muy débiles e intermitentes expresiones organizativas y, por
eso mismo, no demasiado útiles a la hora de arremeter contra el despotismo del
capital, siendo las tumultuosas movilizaciones populares de Grecia e Islandia
dos honrosas excepciones a esta norma52.
Este cuadro, signado por una profunda
crisis, establece los límites dentro de los cuales se desenvuelve el sistema
imperialista y sus prioridades más inmediatas. La gravedad de la situación ha
desencadenado la afanosa búsqueda de una “solución militar” a los problemas que
acosan al sistema. El cada vez más complicado acceso seguro y previsible a los
“recursos natu-rales” –principalmente petróleo, pero también minerales
estratégicos– que exige el sostenimiento del patrón de consumo del capitalismo
avanzado ha endurecido las políticas del imperialismo. No es que antes hayan
sido blan-das, sino que en el pasado, aquel se enfrentaba con menores
dificultades. Hoy el “modo americano de vida”, y por extensión el modelo
consumista que pregona el capitalismo, se encuentra mortalmente amenazado por
la crisis ecológica y la conciencia que de ella han venido adquiriendo
crecientes sectores sociales que erigen obstáculos a la depredación del medio
ambien-te; amenazado también por la feroz competencia económica internacional,
agudizada por la emergencia de China como segunda economía mundial y el
surgimiento de una serie de naciones que gravitan cada vez más en las
rela-ciones económicas internacionales, como Brasil, India, Rusia, Sudáfrica; y
amenazado también por las resistencias populares que, primero en América Latina
y hoy en el mundo árabe y en Europa, toman las calles para desafiar, con
distinta suerte, las políticas y los intereses del gran capital.
52 Posteriormente surgió el movimiento
de los “indignados” en España y el Occupy Wall Street en Nueva
York, que repercutieron por un tiempo en el resto del mundo desarrollado. Pero
ninguno tuvo la fuerza suficiente como para descarrilar el proyecto del fmi, la
Comisión Europea y el Banco Central Europeo. Los únicos que lo lograron fueron
los islandeses.
Con la implosión de la Unión
Soviética y la fulminante disgregación del mal llamado “campo socialista” en
Europa del Este, proliferaron las teorías o los discursos que exaltaban la
constitución de un mundo “unipolar” en donde la hegemonía norteamericana aparecía
como establecida de una vez y para siempre. Sin embargo, a poco andar, la
historia demostró que esas construc-ciones ideológicas no tenían ningún asidero
en la realidad y que los desafíos que acechaban al imperialismo eran más
profundos y potencialmente peli-grosos que los que por décadas se derivaban de
la “coexistencia pacífica” con la difunta Unión Soviética. Algunos espíritus
optimistas pensaban que con el fin del bipolarismo y el equilibrio del terror
atómico la humanidad se beneficiaría con los “dividendos de la paz”, y un
torrente de inversiones, favo-recido por la supuesta reducción de los
presupuestos militares, se canalizaría hacia la periferia para promover el
desarrollo social. No obstante, la realidad demostró que la voracidad del imperialismo
es insaciable y que liberado de la amenaza que en su momento representó la
Unión Soviética, lejos de reducir sus colosales gastos en armamentos lo que
hizo Estados Unidos fue lanzar una vertiginosa carrera armamentista destinada a
cubrir de bases, misiones y operaciones militares la entera superficie del
planeta. Cálculos muy precisos publicados por el periódico digital TomDispatch concluyen
que al día de hoy Estados Unidos posee más de mil bases militares en más de 130
países del globo, y que su presupuesto anual en gastos militares ha superado
por primera vez, con la aprobación del premio nobel de la paz Barack Obama, la
barrera del billón de dólares (un millón de millones de dólares). A las guerras
abiertas y convencionales que está librando –hasta hace poco en Irak y ahora
abier-tamente en Afganistán–, concebidas para garantizar el acceso a las
inmensas riquezas petroleras que albergan esos países, se agregó a mediados del
año pasado la brutal ofensiva lanzada contra Libia y la defensa a rajatabla de
las satrapías de Medio Oriente, aplastando la insurrección en curso en Yemen y
Bahrein mediante la intervención de su principal Estado-cliente en el mundo
árabe, Arabia Saudita. Hoy, quienes están más amenazados son Irán, país que
cuenta con la tercera reserva mundial de petróleo y, entre nosotros, la
Vene-zuela bolivariana, cuyo territorio alberga –según las últimas mediciones
de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (opep)– la mayor reserva
petrolífera del planeta. ¿Será casualidad el ensañamiento de Washington
precisamente con estos dos países? Estamos en presencia de un imperio, en suma,
que se lanza a una alocada carrera hacia el control excluyente de bienes
comunes y que por ello precipita la militarización de las relaciones internacio-nales
y su reverso, la criminalización de la protesta social y de los movimientos y
fuerzas sociales que bregan para preservar los bienes que pertenecen a los
pueblos. Pero esto será tema que trataremos en otro capítulo53.
53 Según consigna la opep, los países
con las mayores reservas probadas de petróleo son: Venezuela, con 296.501
millones de barriles; Arabia Saudita, con 264.516; Irán, con 151.170;
¿Auge o declinación del imperialismo
norteamericano?
Un examen sobre la actual coyuntura
geopolítica latinoamericana (y mun-dial) no puede efectuarse sin al mismo
tiempo bosquejar algunas prospec-tivas sobre el curso futuro del imperialismo
norteamericano. Al inicio de la década del ochenta, había ganado creciente
gravitación, no sólo en América Latina, sino en buena parte del mundo, un
discurso que pregonaba con optimismo la decadencia del imperialismo
norteamericano54. Una serie de acontecimientos de significación histórico-universal, al
decir de Hegel, fun-damentaban ese pronóstico: en primer lugar, la catastrófica
e ignominiosa derrota de Estados Unidos en Vietnam luego de once años de
guerra; cuatro años más tarde, en 1979, el derrocamiento de las tiranías del
Sha de Irán y de la dinastía de los Somoza en Nicaragua, que privaron al
imperio de la inestimable colaboración de dos de sus principales gendarmes
regionales en Medio Oriente y Centro América respectivamente; años después, el
derrum-be, siguiendo el tan temido “efecto dominó” de los estrategas del Pentágono,
de las dictaduras que Washington había promovido o instalado directamente en
América Latina y el Caribe, y la impetuosa irrupción de una nueva ola
democratizadora que encontró en esta parte del mundo una de sus expre-siones
más acabadas. En el otro extremo del planeta, el lento pero irresistible
ascenso de China en el firmamento de la economía y la política mundiales le
prestaba aún más verosimilitud a las tesis decadentistas que, en la izquierda
latinoamericana, lograron amplia repercusión a lo largo de toda la década. No
fue sólo ésta quien tomó nota y elaboró argumentos sobre esta situación: en el
capitalismo desarrollado proliferaron también teorizaciones de diverso tipo que
pretendían dar cuenta del inexorable ocaso del imperialismo nor-teamericano.
Dos contribuciones sumamente significativas de aquellos años fueron los libros
del sociólogo e historiador francés Emmanuel Todd y del
e Irak, con 143.100 millones de barriles. Ver
su Annual Statistical Bulletin 2010/2011 (Viena:
opec, 2011) pág. 22.
54 Un excelente compendio de esas
discusiones se encuentra en ¿Una nueva era de hegemonía norteamericana?,
de Luis Maira (comp.) (Buenos Aires: Grupo Editor Latinoamericano, 1985).
En Estados Unidos, los principales contribuyentes a ese debate fueron Robert
Gilpin, The political economy of international relations (Princeton:
Princeton University Press, 1987); Paul Kennedy, The rise
and fall of the Great powers. Economic change and military conflict from 1500
to 2000 (Nueva York: Random House, 1987); Robert O. Keohane, After
hegemony. Cooperation and discord in the world political economy (Princeton:
Princeton University
Press, 1987); Henry R. Nau, The
myth of America’s decline (Nueva York/Oxford: Oxford Uni-versity
Press, 1990); Joseph S. Nye Jr., Bound to lead. The changing nature of
American power (Nueva York: Basic Books, 1990) y también su “The
changing nature of world power” en Political Science Quarterly (Nueva
York) Vol. 105, Nº 2, 1990; Bruce Russett, “The mysterious case of
vanishing hegemony; or is Mark Twain really dead?” en International
Organization (Cambridge) Vol. 39, 1985; Duncan Snidal, “Hegemonic
stability theory revisited” en Inter-national Organization (Cambridge)
Vol. 3, 1985; y Susan Strange, “The persistent myth of the lost
hegemony” en International Organization (Cambridge) Vol. 41,
1987.
historiador británico Paul Kennedy y
su teoría de la “sobreexpansión impe-rial” (imperial overstretching)55.
No obstante, más pronto que tarde las
cosas habrían de cambiar. En la inauguración de la presidencia de Ronald Reagan
(1981-1989) algunos analistas advirtieron una primera tentativa de
recomposición de la primacía imperial –obsesionada por dejar atrás el ominoso
legado del “síndrome de Vietnam”–, sobre todo luego de que la Casa Blanca lanzó
una brutal ofensiva militar en contra de la Unión Soviética (la “Guerra de las
Galaxias”), que obli-gó a este país a incurrir en un gasto militar de
fenomenales proporciones que, a la postre, aceleraría el catastrófico final del
ya desahuciado experimento soviético. Pero no sería sino hasta finales de esta
década y comienzos de la siguiente cuando, caída del Muro de Berlín (1989) e
implosión de la Unión Soviética (1991) mediante, amén del triunfo en la Guerra
del Golfo (2 de agos-to de 1990-28 de febrero de 1991), el discurso sobre la
decadencia imperial habría de ser archivado. En un vertiginoso desplazamiento
pendular, partir de ese momento se generalizó la tesis contraria: no sólo que
no había ni hubo decadencia imperial –se trató de apenas un momentáneo
tropiezo–, sino que, de hecho, el imperio se había “recargado” y aparecía en la
escena universal con renovados bríos. Algunos teóricos, como Charles
Krauthammer, por ejemplo, construyeron laboriosos argumentos para fundar su
tesis sobre la permanencia del llamado “momento unipolar”56. Este nuevo humor social, que permeaba los
distintos estratos de la opinión pública mundial y que, por supuesto,
prevalecía sin contrapesos en los círculos dirigentes del capitalis-mo,
atraería una pléyade de intelectuales y publicistas que conformarían este
estado de ánimo en una nueva y completa doctrina internacional. Hablamos
55 Ver Paul Kennedy, The rise…,
op. cit.; y Après l’empire. Essai sur la décomposition du système
américain, de Emmanuel Todd (París: Gallimard, 2002).
56 “The unipolar moment”, de Charles
Krauthammer, en Foreign Affairs (Nueva York) Vol. 70, Nº 1,
1990. Años después, esta disposición sería ratificada por la obra de quien en
esos momentos era el más radical teórico de la supremacía norteamericana,
Robert Kagan, Poder y debilidad: Europa y Estados Unidos en el nuevo
orden mundial (Madrid: Taurus, 2003). Una argumentación
más sutil de la “necesidad global” de la hegemonía norteamericana para un mundo
que anhela justicia, libertad y democracia la ofrece el experimentado
politólogo polaco-americano, asesor de varios gobiernos demócratas, uno de los
cerebros principales de la Comisión Trilateral y, nos atreveríamos a decir, el
pensador geopolítico más importan-te del imperio, Zbigniew Brzezinski. Ver su
recién aparecido Strategic vision. America and the crisis of global
power (Nueva York: Basic Books, 2012), en donde plantea un fuerte
alegato por una revalorización del papel de Europa en la alianza
con Estados Unidos y para hacer a un lado la obsesión con China. Ya antes había
escrito un texto muy influyente: El gran table-ro mundial. La
supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos (Buenos
Aires: Paidós, 1998). Para una crítica a esas interpretaciones ver,
entre otros, The decline of Ameri-can power. The us in a chaotic world (Nueva York/Londres: New Press,
2003), de Immanuel Wallerstein, y de Chalmers Johnson, The
sorrows of empire: militarism, secrecy, and the end of the republic (Nueva
York: Metropolitan Books, 2004).
de la obra de autores tales como
Thomas Friedman, Robert Kagan y Francis Fukuyama, entre otros, quienes en el
clima triunfalista de los nuevos tiempos se dieron a proclamar orgullosamente
el carácter imperialista de los Estados Unidos. Sólo que, a diferencia de sus
predecesores, el norteamericano sería un imperialismo benévolo, moral y
libertario, que descargaría sobre los hombros de la sociedad norteamericana la
dura tarea de crear un mundo seguro para la libertad, la democracia y, de paso,
los mercados. No hace falta demasiada erudición para corroborar las simetrías
entre este razonamiento y el que expresara Sir Cecil J. Rhodes, en la
Inglaterra victoriana, sobre la “pesada responsabilidad del hombre blanco” en
llevar la civilización a las salvajes poblaciones del África negra e
inculcándoles el amor por la justi-cia, la democracia, la libertad y… la
propiedad privada. Cabe anotar que esta visión idílica del imperio rebalsó con
creces el espacio ideológico de la derecha para penetrar profundamente en las
interpretaciones de una cierta izquierda manifiestamente incapacitada para
entender el significado de los nuevos tiempos.
Los atentados a las Torres Gemelas y
al Pentágono del 11 de septiem-bre de 2001 pusieron abrupto fin a esta dulce
ensoñación, y el imperialismo reafirmó urbi et orbi su
disposición a pelear con quien fuera necesario para preservar sus privilegios y
prerrogativas. Los dichos de George Bush Jr. son bien elocuentes al respecto:
“Buscaremos a los terroristas en cada rincón oscuro de la Tierra”57. El optimismo cedió su lugar a la crispación y a
la furia, y a un inusitado proceso de militarización cuyas funestas consecuencias
no tardaron en tornarse claramente visibles de inmediato.
En la actualidad, y como fiel reflejo
de los cambios registrados en la escena internacional, al finalizar la primera
década del siglo xxi ya son los propios estrategas del imperio quienes plantean
una visión “declinacionista” del futuro norteamericano. Los más diversos
documentos elaborados por
57 La frase fue pronunciada en un
discurso en ocasión de la graduación de los guardacostas estadounidenses el 21
de mayo de 2003. Ver <http://georgewbush-whitehouse.archives. gov/news/releases/2003/05/20030521-2.es.html>. No obstante, la invasión a Irak había
sido decidida por la Casa Blanca siete meses antes del ataque
a las Torres Gemelas y el Pentágo-no. O’Neill, secretario del Tesoro del primer
turno de la administración Bush, cuenta que esa decisión se había tomado luego
de examinar varios informes acerca de las crecientes acechanzas al seguro
abastecimiento de petróleo de los Estados Unidos. Cuando en una de las
reuniones del gabinete con el presidente alguien dijo: “¿Y por qué no
apropiarnos del petróleo de Irak?”, la respuesta de uno de los asistentes fue:
“Para ello necesitamos un buen pretexto”. El “pretexto” llegaría oportunamente
el 11-S. O’Neill describe a Bush en esas reuniones ministeriales como “un ciego
encerrado en un cuarto con un grupo de sordos”. Las notas de O’Neill
proporcionaron la evidencia requerida para la redacción del libro de Ron
Suskind, The price of loyalty: George W. Bush, the White House, and the
education of Paul O’Neill (Nueva York: Simon and Schuster, 2004). No
es casual que la literatura que desafía la historia oficial de la
Casa Blanca sobre la génesis de los atentados del 11-S haya crecido
extraordinariamente en los últimos años.
el Pentágono, el Departamento de
Estado y la propia cia sobre los escena-rios futuros (en torno al año 2020 o
2030) coinciden en señalar que Estados Unidos jamás volverá a disfrutar la
supremacía que supo tener en la segun-da mitad del siglo xx y que ese tiempo ya
se acabó. Es más, en un informe especial elaborado por el Pentágono se apunta
que en los próximos años Washington deberá prepararse para vivir en un mundo
mucho más hostil y competitivo, y que tendrá que lidiar con cinco categorías de
actores nacio-nales: amigos, aliados, competidores, adversarios y enemigos,
todos ellos midiendo sus fuerzas en la arena internacional. Los dos últimos
cuestionarán el predominio de Estados Unidos en todos los frentes, pero los
tres primeros, a su vez, tratarán de hacer valer sus intereses, de modo que no
siempre serán compatibles con la reafirmación de la primacía norteamericana. La
conclu-sión es que las guerras serán una condición permanente que los Estados
Unidos deberán enfrentar durante los próximos veinte o treinta años58.
Las razones de fondo que subyacen a
este pronóstico son bien cono-cidas. Por una parte, la relativa pérdida de
gravitación económica de Estados Unidos en comparación con la que gozaba a la
salida de la Segunda Guerra Mundial. Si en ese momento su contribución al pbi
mundial rondaba el 50%, en la actualidad es poco menos que la mitad de esa
proporción, y la tendencia es hacia la baja, suave pero hacia la baja. El país
sufre, además, de dos “déficits gemelos” (fiscal y de balanza comercial) que
han adquirido dimensiones extraordinarias. El dólar norteamericano, a su vez,
una vez suprimida unilateralmente su convertibilidad al oro por la
administración Nixon, ha visto declinar significativamente su valor en los
últimos años, y de ser la única moneda de reserva de valor se convirtió en una
divisa cada vez más sostenida –no sin importantes concesiones por parte de la
Casa Blanca– por sus propios rivales en la economía mundial, como China, Japón,
58 El documento del Departamento de
Defensa “National Defense Strategy” (Washington, junio de 2008), por ejemplo,
se abre con la siguiente afirmación: “Los Estados Unidos, nuestros aliados y
socios enfrentamos un amplio espectro de desafíos, entre los cuales se cuentan
las redes transnacionales de extremistas violentos, Estados hostiles dotados de
armas de destrucción masiva, nuevos poderes regionales, amenazas emergentes
desde el espacio y el ciberes-pacio, desastres naturales y pandémicos, y creciente
competencia para obtener recursos. El Departamento de Defensa debe
responder a estos desafíos y a la vez anticiparse y prepararse para los de
mañana” (pág. 1, énfasis propio). Y poco antes, en su mensaje introductorio, el
secretario Robert M. Gates decía que “estamos involucrados en un conflicto que
no tiene parangón alguno con lo que hemos enfrentado en el pasado”. Otro
documento, preparado por la Task Force 2009 de la Henry M. Jackson School of
International Studies para la Casa Blanca, titulado “Overview of United States
of America’s National Security Strategy 2009”, parte de la premisa de que
Estados Unidos está en guerra, y que seguirá en guerra por muchos años más. En
ese documento se recomienda “usar la fuerza militar, donde sea efectiva; la
diplomacia, cuando lo anterior no sea posible; y el apoyo local y multilateral,
cuando sea útil”. Ver <https://digital.lib.washington.edu/researchworks/bitstream/handle/1773/4635/ TF_SIS495E_2009.pdf?sequence=1>.
Corea del Sur y Rusia. Una economía,
en suma, en donde los hogares, las empresas y el propio Estado se encuentran
endeudados en grado extremo. Durante más de treinta años Estados Unidos vivió
artificialmente del ahorro y del crédito externo, consumiendo muy por encima de
sus posibilidades reales, y tanto uno como el otro no son entidades infinitas e
inagotables. El Estado se endeudó al lanzar varias guerras sin subir los
impuestos. No sólo eso, reduciendo los impuestos a los ricos y las grandes
corporaciones. Las familias también se endeudaron, impulsadas por una infernal
industria de la publicidad, que promueve patrones de consumo no sólo
irracionales, sino brutalmente agresivos con el medio ambiente. A mediados de
2007 un infor-me de la Reserva Federal de los Estados Unidos advertía sobre el
peligroso ascenso del endeudamiento de los hogares norteamericanos, que había
pasado de ser equivalente al 58% del ingreso de las familias en 1980 al 120% en
2006. Según un estudioso del tema, Eric Toussaint, esa proporción siguió
aumentando hasta situarse, poco después de estallada la crisis, en un 140% del
ingreso anual de las familias. El mismo autor señala que si se suman las deudas
de las familias, las empresas y el Estado, el monto total de la deuda llegaría
a un exorbitante 350% del pbi de los Estados Unidos. Situación insostenible
que, finalmente, hizo eclosión a mediados de 2008 precipitando la nueva crisis
general en la cual estamos inmersos59.
El resultado de este descalabro
económico del centro imperial es que, por primera vez en la historia, un país
situado en el vértice de la pirámide imperialista se convierte en el principal
deudor del planeta. Tradicionalmen-te, la situación era la inversa: eso fue lo
que ocurrió durante el largo reinado de Gran Bretaña en la economía mundial
(desde comienzos del siglo xix hasta la Gran Depresión de 1929) y eso también
aconteció durante un tiem-po en las primeras décadas de la hegemonía
norteamericana, entre 1945 y comienzos de los setenta. Sin embargo, en la
actualidad, la situación es com-pletamente distinta y Estados Unidos ostenta la
poco honorable condición de ser el mayor deudor del planeta.
Pero la reaparición de los
diagnósticos “declinacionistas” no sólo se fundamenta en el análisis económico.
El equilibrio sociopolítico y militar internacional también da muestras de la
creciente debilidad de Estados Unidos para preservar un “orden mundial”
congruente con sus intereses a corto y largo plazo. La situación en Medio
Oriente parece estar fuera de control a partir de las inesperadas rebeliones
populares que conmueven al mundo árabe, una de las cuales tumbó al segundo
gendarme regional que le quedaba a Washington: Hosni Mubarak en Egipto. De esa
manera, lo que antes era la mesa de tres patas
59 Ver “The rise in us household
indebtedness: causes and consequences”, de Karen E. Dynan
y Donald L. Kohn (Washington dc:
Federal Reserve Board of Washington, agosto, 2007) pág. 40. Agradecemos a Eric
Toussaint los datos suministrados en una comunicación personal del 26 de marzo
de 2009.
63
que garantizaba la estabilidad en la
región más importante del mundo desde el punto de vista de la producción
petrolera –trípode formado por Israel, Irán y Egipto– ahora se convierte en un
área profundamente inestable y desequili-brada sostenida por la acrecentada
presencia militar de Estados Unidos en el área, el desenfreno militarista de
Israel y la prepotencia obsecuente y genuflexa de Arabia Saudita. Pero es más
que evidente que con esta fórmula mal podrá estabilizarse la situación de una
región como Medio Oriente.
La situación en Asia Central y el
Extremo Oriente está lejos de gozar de la tranquilidad de otros tiempos. Rica
en recursos energéticos, la primera se encuentra profundamente convulsionada
desde que se produjo la invasión soviética a Afganistán. Las sucesivas
intervenciones de Washington para neutralizar esa iniciativa no hicieron sino
profundizar la crisis: la irresponsa-ble entrega de un importante arsenal
atómico a Pakistán fue justificada por dos razones: por un lado, la necesidad
de equilibrar lo que Estados Unidos percibía como un peligroso poderío nuclear
en manos de la India, siempre sospechada de tener inclinaciones prorrusas dado
su ancestral conflicto con China por la región de Cachemira; y por el otro, por
la ingenua, por no decir estúpida, creencia de que el régimen militar
prooccidental entonces impe-rante en Pakistán duraría para siempre. Lo cierto
es que los atropellos come-tidos por la Casa Blanca con ese país terminaron por
alienar profundamente a un socio diplomático que resultó no ser tan confiable
como se esperaba, y la humillante y escandalosa historia del asesinato de Osama
bin Laden no hizo sino agigantar el hiato que progresivamente se abrió entre
Washington e Islamabad. Uno de los desarrollos más significativos de esta
crisis radica nada menos que en el vigoroso empuje de un sentimiento
fuertemente antioccidental y el avance del fundamentalismo musulmán en las
filas del ejército, depositario del armamento nuclear cedido por los
norteamericanos. Los recientes incidentes protagonizados por las fuerzas de la
otan en la zona fronteriza entre Pakistán y Afganistán, precipitados por el
estancamiento y segura derrota de las tropas norteamericanas en este último
país, no hicieron sino atizar el fuego de la hoguera antinorteamericana que
está incendiando esa parte del mundo, lo que priva a Occidente de una salida
segura para las riquezas gasíferas y petroleras de algunos de los países de
Asia Central.
Más hacia el Oriente, el impetuoso
crecimiento de China y la prolon-gada recesión (que ya lleva más de veinte
años) de Japón son fuentes de grave preocupación para Estados Unidos. Hay
varios territorios en disputa en esa zona –algunos de ellos ricos en petróleo–
y si en el pasado una China débil y atrasada no suscitaba mayores problemas, el
reingreso del gigante asiático al primer plano de la economía mundial y el
paralelo fortalecimiento de su aparato militar obligaron a Washington a adoptar
una serie de medidas que tuvieron como resultado “calentar” el sordo
enfrentamiento con China. Men-cionemos apenas dos: haber presionado hasta
obtener una reforma consti-tucional en Japón para habilitar que las fuerzas
armadas de ese país puedan involucrarse en escenarios bélicos fuera de sus
fronteras, rompiendo así con
una tradición establecida luego de la
catastrófica derrota en la Segunda Gue-rra Mundial; y el pacto militar
recientemente firmado con Australia, que abre las puertas para un muy
significativo incremento de la presencia militar esta-dounidense en Oceanía, lo
que motivó la inmediata advertencia de China al decir que Australia podría
“verse atrapada en fuego cruzado” si Washington decidiera usar los recursos
militares estacionados en ese país para amenazar los intereses chinos.
Socia incondicional de Estados
Unidos, la Unión Europea se enfrenta a una serie de problemas que erosionan
significativamente su capacidad de intervenir con eficacia en los escenarios
“calientes” del sistema internacional. En primer lugar, se debe decir que la
política de alineamiento automático con Washington genera cada vez mayor
repulsa en crecientes sectores de la población, en buena medida debido a que
las muertes que esto ocasiona en el personal militar enviado a los distintos
teatros de operaciones tienen un impacto muy fuerte en la opinión pública, lo
que no es el caso en los Esta-dos Unidos. En segundo término, porque luego de
los atentados en Atocha (Madrid) y Londres se pone en evidencia que la política
del seguidismo tiene elevados costos, que los termina pagando la sociedad
civil. Esto, a su vez, genera intensas controversias dentro de los países y, en
algunos casos, pone en peligro coaliciones gobernantes que se sustentan sobre
una frágil e inesta-ble mayoría parlamentaria. En tercer lugar, Europa hoy, a
comienzos de 2012, es el epicentro de la crisis general del capitalismo en
donde la supervivencia del euro está en discusión, y destinar los escasos (y
muy disputados) recursos presupuestarios para colaborar en las aventuras
militares de la Casa Blanca sólo puede generar una oleada de protestas que
podrían comprometer la estabilidad de los gobiernos. Por otra parte, no es un
secreto para nadie que la Unión Europea es un gigante económico pero un enano
político y militar, y que sin “el nervio y el músculo” de Estados Unidos la
otan carecería por completo de eficacia para desenvolverse en su propia área
jurisdiccional. En síntesis: Europa puede ser un socio reluctante de las
intervenciones nor-teamericanas en el plano global, aportando más que nada una
fachada de cooperación internacional para tratar de disimular, sin conseguirlo,
que las decisiones relativas a la guerra y cómo se la conduce radican
exclusivamente en Washington y que las capitales europeas son apenas el coro
griego de una tragedia cuyo protagonista excluyente es Estados Unidos.
En una palabra, todos los sistemas de
alianzas que Washington elabo-ró a la salida de la Segunda Guerra Mundial se
hallan profundamente debi-litados y desprestigiados –tal es el caso de la
otan–, cuando no en una crisis terminal, como el Tratado Interamericano de
Asistencia Recíproca (tiar). Peor suerte aun corrió la ya extinta Organización
del Tratado del Sudeste Asiático (seato), con acta de nacimiento firmada en
Manila en 1954 (la del tiar se firmó en Río de Janeiro, en 1947), con idéntico
propósito de “contener la expansión comunista” en la región y en anticipación a
la Conferencia de Bandung que, al año siguiente, daría origen en esa ciudad de
Indonesia al
Movimiento de los No Alineados. La
seato se disolvió en 1977, víctima “cola-teral” de la derrota norteamericana en
Vietnam60.
El progresivo debilitamiento del
sistema de alianzas político-militares de los Estados Unidos se manifiesta
también en el interior de las Naciones Uni-das. A partir de mediados de los
años ochenta, cuando las reformas que estaba llevando a cabo Mijail Gorbachov
en la Unión Soviética habían producido la obsolescencia práctica de la Guerra
Fría, la menguada capacidad hegemónica de Washington lo obligó a recurrir, más
que ningún otro país, al derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la onu.
Entre 1986 y 2012, Estados Unidos ejerció ese derecho en 37 oportunidades,
contra 8 de la Unión Soviética (y Rusia, a partir de 1992), 8 también de Gran
Bretaña, 6 de China y 3 de Francia. En el período anterior fue la Unión
Soviética quien utilizó ese recurso en 119 ocasiones, sobre todo en el período
más candente de la Guerra Fría, los veinte años posteriores al fin de la
Segunda Guerra Mundial, cuando vetó 106 resolu-ciones del Consejo de Seguridad.
Entre 1966 y 1985, en cambio, apeló al veto sólo en 13 oportunidades, mientras
que en ese mismo período Estados Unidos lo hizo en 46 ocasiones, al tiempo que
sus aliados, Gran Bretaña y Francia, lo hicieron en 21 y 11 votaciones
respectivamente, y la República Popular China sólo recurrió a él 2 veces. Se
debe recordar aquí que este país fue admitido en las Naciones Unidas el 25 de
octubre de 1971, y que antes de esa fecha quien asumía la representación de
China era Taiwán. Con la Resolución 2758 se puso fin a tamaño absurdo,
originado en el triunfo de la Revolución China en 1949 – es decir, después de
la creación de la onu en 1945, en San Francisco–, y la terca oposición de
Estados Unidos y sus aliados a reconocer al nuevo gobierno enca-bezado por Mao
Tse Tung. La resolución fue aprobada por 76 votos contra 35 y 17 abstenciones.
Los votos aprobatorios provinieron fundamentalmente de los países que
integraban el bloque soviético, casi todos los europeos, la mayoría de los
africanos, Canadá, la India y, en América Latina, México, Cuba, el Chile de
Salvador Allende, el Perú de Juan Velasco Alvarado y el Ecuador de José M.
Velasco Ibarra, no por casualidad fueron estos tres últimos víctimas de sendos
golpes militares pocos años después. Encabezó el bloque contrario al ingreso de
China a las Naciones Unidas Estados Unidos, seguido por la racista Repúbli-ca
Sudafricana, Arabia Saudita, Japón, Australia y un puñado de países más. En
América Latina tuvo el acompañamiento de los cinco países centroamericanos más
la República Dominicana (Joaquín Balaguer), Haití (Jean-Claude Duva-lier), Venezuela
(Rafael Caldera, del copei), Brasil, Uruguay, Paraguay y Bolivia. Argentina y
Colombia se abstuvieron61.
60 El papel de América Latina con
relación a estos temas será objeto de tratamiento específico en los próximos
capítulos.
61 El representante de Estados Unidos en
la Asamblea General de 1971 era George H.W. Bush (padre), quien trató de evitar
la expulsión de Taiwán pero fracasó en su empeño al no obte-ner los dos tercios
de los votos de la Asamblea General.
Por último, otro dato muy
significativo sobre el deterioro del sistema de alianzas de Estados Unidos lo
aportó, de manera harto ilustrativa, el proceso de instauración del Consejo de
Derechos Humanos de las Naciones Unidas, organismo creado en 2006 para suceder
a la desprestigiada Comisión de Derechos Humanos. En esa oportunidad, la
Asamblea General tenía que ele-gir a los 47 Estados que lo constituirían por un
plazo de tres años, ¡y Estados Unidos no fue elegido para integrarlo! Recién en
2009, cuando se renovó su composición, Washington pudo acceder a un lugar en
ese organismo durante el período de tres años que establece el reglamento. El
extendido rechazo que genera el “doble estándar” de Estados Unidos en materia
de derechos humanos –sólo los rivales de Washington los violan, aunque los
mayores per-petradores sean algunos de sus más estrechos aliados, como Israel y
Arabia Saudita, por ejemplo, para no hablar, en el pasado, de las dictaduras
geno-cidas del Cono Sur, o el Plan Cóndor– fue responsable en gran medida de la
draconiana disolución de la Comisión, en la cual Washington jugaba un papel
fundamental. Por eso se opuso a su disolución y votó en contra de la creación
del Consejo, acompañado tan sólo por sus peones de siempre, los mismos que
también lo acompañan cada año en rechazar la resolución abrumadoramente
mayoritaria que condena el bloqueo norteamericano a Cuba: Israel, Palaos y las
Islas Marshall. Se entiende que, dados estos antecedentes, Estados Unidos no
hubiera sido votado para integrar la composición inaugural del Consejo. Como
hemos visto, la debilidad del imperio no es sólo económica: es también política
y militar, alimentando sus reflejos autoritarios y beligerantes, como lo
atestiguan sus múltiples aventuras militares y fechorías de todo tipo en los
más apartados rincones del planeta.
67
La importancia estratégica
de América Latina para
los Estados Unidos
En los dos primeros capítulos de esta
obra pasamos revista a una serie de cuestiones generales relativas a las
cambiantes facetas del imperialismo como sistema y al rol que desempeña Estados
Unidos en el marco de la crisis general del capitalismo. En el presente
capítulo abordaremos algunos aspec-tos relativos al papel de Latinoamérica en
el gran diseño de la política exterior del imperio62.
Una retrospectiva histórica revela
ciclos en donde este es visto como consolidado y en un irresistible ascenso, y
otras en que se lo percibe como enfrentado a su inexorable declinación. Basta
por ahora con decir que luego de un período en el cual prevaleció un
desorbitado optimismo acerca de la definitiva reafirmación del unipolarismo y
la consolidación de un “Nuevo Siglo Americano”, tal es el nombre del ya
mencionado tanque de pensamien-to cuyo objetivo es, precisamente, garantizar
que ese nombre se convierta en una realidad histórica, lo cierto es que en los
últimos años se abrió paso a un clima mucho menos triunfalista63. Las varias derrotas sufridas por la política
62 Ver sobre este tema Moniz
Bandeira, Geopolítica e política exterior, op. cit., pp. 43-76.
Referencias indispensables para entender esta relación desde una perspectiva
histórico-estructural son la monumental Cronología de las
intervenciones extranjeras en América Latina, de Gregorio Selser (México
df: Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y
Humanidades/Universidad Autónoma de la Ciudad de México/Centro Académico de la
Memoria de Nuestra América, s/f) y dos textos fundamentales de Luis Suárez
Salazar, Madre América. Un siglo de violencia y dolor (1898-1998) (La
Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 2003) y Un siglo de
terror en América Latina (La Habana: Ocean Sur, 2005), obras a cuya
consulta remitimos muy enfáticamente a nuestros lectores.
63 Los principales prohombres (y
“promujeres”) del grupo New American Century han sido, hasta el día de hoy,
destacadísimos funcionarios y gobernantes de los Estados Unidos, amén de
algunos de sus más poderosos empresarios. Sobresalen en este listado Elliott
Abrams; John R. Bolton; el vicepresidente de George W. Bush, Dick Cheney;
Francis Fukuyama; I. Lewis Libby; el secretario de Defensa Donald Rumsfeld; el
ex subsecretario de Defensa Paul Wolfowitz; y el presidente propuesto por Bush
para el bm, Robert B. Zoellick, quien en abril de 2012 continuaba en funciones.
exterior norteamericana desde el
estrepitoso naufragio del alca en Mar del Plata, en 2005, hasta el asordinado
revés sufrido por Estados Unidos en Irak (¡donde al retirar la mayoría de sus
tropas quedó en Bagdad un gobierno abiertamente antiestadounidense y proiraní!)
pasando por el empanta-namiento de sus fuerzas y su diplomacia en Afganistán y,
apenas ayer, la rebelión del mundo árabe están dando lugar a una nueva
percepción mucho menos optimista acerca del futuro del imperio. El ya
mencionado historiador británico (pero formado académicamente en Estados
Unidos) Paul Kennedy y el francés Emmanuel Todd ya habían dado la voz de alarma
en medio de tanta euforia. Dado que en el capítulo anterior nos hemos extendido
sobre estas consideraciones, nos parece innecesario repetir aquí ese argumento.
Las prudentes advertencias de estos
historiadores –para no hablar de las críticas de gentes como Noam Chomsky y
Howard Zinn, dentro de Estados Unidos– fueron desechadas por los ideólogos
del establishment, y la formida-ble maquinaria de la industria
cultural norteamericana, envalentonada por la caída del Muro de Berlín en 1989,
la desintegración de la Unión Soviética en 1991 y la fácil victoria en la
Guerra del Golfo contra un enemigo casi inerme, Saddam Hussein, en 1990-1991,
alimentó la ilusión de que este, el siglo xxi, sería efectivamente el siglo de
Estados Unidos. Uno de los beneficios secunda-rios que para la izquierda
mundial tuvo este nuevo clima de opinión imperan-te en la Roma americana, como
acertadamente José Martí denominaba a los Estados Unidos, fue que la naturaleza
imperialista de la superpotencia dejó de estar en cuestión y emergió orgullosa
a la plena luz del día. En este renovado ambiente cultural y político el
imperialismo dejó de ser una mala palabra, una caracterización vergonzante o un
baldón del que había que cuidarse y se con-virtió –al igual que el colonialismo
en la Inglaterra de la época victoriana– en un timbre de honor para una nación
que se había arrogado la responsabilidad mesiánica de llevar la libertad, la
justicia y la democracia por toda la superficie del orbe. En una palabra: de
civilizar a un mundo bárbaro que desconocía, o repudiaba, los valores del American
way of life.
Lo bueno de esta insólita apología
del imperialismo fue que liquidó para siempre las posturas de la derecha o de
los “bienpensantes” de todo pelaje que tercamente negaban la existencia del
imperialismo y que fustiga-ban a la izquierda acusándola de ser una colección
de espíritus alucinados que veían la mano del imperialismo por todas partes,
cuando lo que había ocurrido en el último cuarto del siglo xx había sido el
arrollador avance de una globalización que, en su neutralidad, estimulaba la
armoniosa interde-pendencia de las naciones. Gracias a la derecha radical
norteamericana esa discusión quedó zanjada y la palabra “imperialismo”, que
había sido deste-rrada por décadas en los tramos finales del siglo xx,
reapareció con fuerza a comienzos del actual.
Esta ilusión de un imperio perenne y
universal –un proyecto que Noam Chomsky no vacila en comparar con las
demenciales ambiciones de Adolf Hitler–, que cubriría al mundo entero merced a
su aplastante superioridad económica, tecnológica y militar, quedó sepultada el
11-S. No sorprende, por lo tanto, que en la actualidad sean los propios
estrategas del imperio quienes admiten, con indisimulada rabia, la tesis
“declinacionista”. Tal como se había visto en el capítulo anterior, los
principales expertos mili-tares y civiles de Estados Unidos coinciden en un
diagnóstico que subraya la presencia de cinco tipos de actores: los amigos
incondicionales de Estados Unidos (como Israel y Gran Bretaña); los aliados (en
buena parte por razones oportunísticas y, por lo tanto, inseguros); los
competidores; los adversarios; y los enemigos, constelación de la cual brotan
escenarios caracterizados por múltiples desafíos y cambiantes correlaciones de
fuerzas que impiden que Washington pueda controlar el sistema internacional con
la amplitud y profundidad habituales desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.
De ahí la necesidad de contar con una nueva doctrina militar apropiadamente
llamada “la Guerra Infinita”, tal cual la dio a conocer George W. Bush poco
después del 11-S. En suma, Estados Unidos se enfrenta a un mundo erizado de
peligros, de competidores desleales, de amigos débiles y vacilantes, y de
enemigos inescrupulosos que agigantan los gravísimos problemas econó-micos que
aquejan al país, que requiere de la captación de ahorros externos para
sobrevivir y mantener su patrón de consumo, cosa que hasta ahora ha logrado,
aunque a costos crecientes. Pero ¿durante cuánto tiempo?64.
Esta coyuntura por la que atraviesa
el imperio no podía dejar de tener significativas repercusiones en su ámbito
inmediato: el hemisferio america-no, el “patio trasero” de Estados Unidos según
los ideólogos imperialistas. La derrota del alca, que era a la vez la
actualización de la Doctrina Monroe y la constitucionalización del
neoliberalismo, frustró la realización de un proyecto apenas veladamente
anexionista y fue un doloroso toque de aten-ción a quienes, tanto en Estados
Unidos como en América Latina y el Caribe, creían que el imperio era una
maquinaria invencible. Algunos analistas de las relaciones internacionales y,
lamentablemente, muchos gobernantes y funcionarios gubernamentales de los
países latinoamericanos aseguran sin embargo que la derrota de Mar del Plata
carece de importancia, porque en el gran diseño de la política internacional de
la Casa Blanca nuestra región no cuenta, y el lugar que tiene en la agenda de
prioridades de la Oficina Oval la ubica muy por debajo de otras áreas o países
que sí concitan la atención de Washington. Dados estos antecedentes, lo más
sensato hubiera sido obede-cer mansamente las directivas norteamericanas e
integrarnos sin más trámite
64 Es la pregunta que se hizo la
consultora/calificadora de riesgos Standard & Poor’s, y al responderla
decidió por primera vez bajar la calificación de Estados Unidos de aaa a aaa-.
La evolución posterior de la economía norteamericana y la necesidad de expandir
ininterrumpidamente el monto de la deuda pública (que ya supera el tamaño del
pbi), logrando cada vez más difíciles compromisos con el Congreso, convencieron
a los analistas de s&p de que las explicaciones oficiales de la Casa Blanca
carecían de credibilidad y eran meros discursos retóricos dirigidos al
electorado, sin ningún anclaje en la realidad.
al alca. Según estos analistas, las
prioridades del imperio serían, en primer lugar Medio Oriente, por su enorme
riqueza petrolera; luego Europa, aliada incondicional, gran socia comercial y
compinche en cuanta aventura impe-rialista le venga en gana a la Casa Blanca;
en tercer lugar Asia Central, impor-tante por potencial petrolero y para crear
un dique de contención para frenar la expansión del fundamentalismo islámico;
después el Extremo Oriente, por China, las dos Coreas (la del Norte por su
potencial amenaza nuclear, la del Sur por su vibrante economía) y Japón; y
luego, disputando el quinto lugar palmo a palmo con África aparecería Nuestra
América, mendigando compa-sión, caridad y buenos modales.
Este discurso autodespreciativo,
profundamente arraigado en Améri-ca Latina y el Caribe, hunde sus raíces en la
larguísima experiencia de sumi-sión colonial de nuestro continente,
incomparablemente más extensa y más profunda que cualquier otra de su tipo en
cualquier región del planeta y que se edificó sobre un gigantesco genocidio
calculado en sesenta millones de personas. Pocas veces se repara en este
asunto, del que brota una diferencia fundamental al interior del universo
colonial. Y es que el colonialismo en África y Asia fue un sistema de saqueo y
opresión, al igual que el nuestro, pero a diferencia de lo ocurrido en estos
lares, en aquellos continentes no llegó a fundar nuevas sociedades como sí lo
hizo en Latinoamérica. Prueba de ello es que luego de casi dos siglos de
dominación británica en la India, cuyos inicios datan de 1757 cuando los
ingleses se apoderaron de la provincia de Bengala, el tradicional sistema de
castas hindú permaneció incólume ante los influjos británicos, hasta el punto
que cuando se proclamó la independencia de la India en 1947 su vigorosa
sobrevivencia fue uno de los problemas más acu-ciantes con los que tuvo que
vérselas el primer ministro Jawaharlal Nehru. China y Vietnam mantuvieron, pese
a los avatares del colonialismo, su orga-nización aldeana; y los pueblos del
África al norte y a sur del Sahara hicieron lo propio con sus identidades
tribales, con la probable excepción de Sudáfri-ca, en donde el colonialismo
europeo se montó sobre la perpetuación de las estructuras sociales originarias,
si bien redefiniendo los trazados territoriales en su afiebrado reparto del
continente. Pero en América Latina la conquis-ta ibérica arrasó y destruyó las
viejas formaciones sociales y estableció un nuevo tipo histórico de sociedad,
un híbrido producto del mestizaje entre lo precolombino y lo europeo, creando
una nueva y contradictoria identidad y, al mismo tiempo, produciendo un trauma
que cinco siglos más tarde todavía está a flor de piel y no termina de
cicatrizar65.
65 Un penetrante análisis de este
proceso en el caso mexicano se lo debemos a Octavio Paz, quien en sus mejores
tiempos (antes de ser cooptado por el pri y convertirse en un furibundo
publicista del neoliberalismo), escribió un par de textos notable: El
laberinto de la soledad (México df: Fondo de Cultura Económica,
múltiples ediciones) y Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe (Madrid:
Seix Barral, 1982). Por supuesto, este tema recorre como un río, a
veces subterráneo y por momentos a cielo abierto, casi todas sus obras.
El colonialismo y su reflejo
intelectual, la colonialidad del pensa-miento, dejaron una impronta que se
extiende hasta nuestros días, alimen-tada, sin duda, por la astuta política de
Washington hacia nuestros países. Convencidos de nuestra minusvalía, cuando los
gobernantes o funcionarios de la región peregrinan a Washington lo hacen
aceptando de antemano nuestra condición de incurable inferioridad e
irrelevancia económica y geopolítica. De esa manera, cualquier negociación con
el imperio está con-denada a acordar lo que este quiera exactamente acordar66.
Desajustes entre la percepción colonizada y la
realidad: de la Doctrina Monroe al alca
Pregunta: ¿es realista esta actitud?
Respuesta (enfática): no, surge de una apreciación que poco o nada tiene que
ver con la realidad67. Tal como lo hemos venido diciendo desde hace mucho tiempo, ¿cómo
comprender el hecho paradojal de que una región como América Latina y el
Caribe, tan irre-levante según propios y ajenos, haya sido la destinataria de
la primera doctri-na de política exterior elaborada por Estados Unidos en toda
su historia? Esto ocurrió tan tempranamente como en 1823, es decir, un año
antes de la Batalla de Ayacucho, que puso fin al imperio español en América del
Sur. Natural-mente, se trata de la Doctrina Monroe, que con sus
circunstanciales adapta-ciones y actualizaciones ha venido orientando la
conducta de la Casa Blanca hasta el día de hoy. Habría de transcurrir casi un
siglo para que Washington diera a luz, en 1918, una nueva doctrina de política
exterior, la Doctrina Wil-son, esta vez referida al teatro europeo
convulsionado por la Primera Guerra Mundial y el estallido de la Revolución Rusa.
No es un dato anecdótico que
66 El tema de la colonialidad del saber
y del poder en nuestras repúblicas “independientes” ha sido examinado por
numerosos autores latinoamericanos. Cabe destacar, en primer lugar, a Roberto
Fernández Retamar y su soberbio libro titulado Todo Calibán (Buenos
Aires: clacso, 2004). Consultar también a Aníbal Quijano, Edgardo Lander,
Enrique Dussel y Walter Mignolo, entre otros. Varios trabajos de estos autores
fueron reunidos por Lander en La colonialidad del saber: eurocentrismo
y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas (Buenos Aires:
clacso, 2000). Existen varios ejemplos, pero nos parece que la
apoteosis de esta actitud genuflexa y obsecuente, tan extendida en nuestro
continente, la ofrece el gobierno peronista de Carlos Saúl Menem, que no se
limitó a superar viejas discordias para tener buenas relaciones con Estados
Unidos, sino que propuso, además, tener “relaciones carnales” con el imperio,
ensalzando las ventajas que para la Argentina traería el “alineamiento
automático” con cualquier política fijada por Washington. Otros gobernantes
pueden ser, o haber sido, igualmente de obsecuentes, pero al menos tuvieron el
elemental decoro de no proclamarlo a los cuatro vientos como lo hizo Menem.
67 Bosquejamos una argumentación sobre
este tema en “La mentira como principio de política exterior de Estados Unidos
hacia América Latina”, en Foreign Affairs en Español (México
df) Vol. 6, N° 1, 2006, pp. 61-68.
esta doctrina haya sido elaborada
prácticamente un siglo después de otra relativa a un área “irrelevante” como
América Latina y el Caribe.
La doctrina debe su nombre al quinto
presidente de Estados Unidos, James Monroe (1817-1825), pero su creador fue su
secretario de Estado (y posteriormente presidente), John Quincy Adams, hijo a
su vez del segundo presidente de ese país, John Adams (1797-1801). John Quincy
Adams acuñó una frase memorable, que deberían memorizar muchos gobernantes de
Nuestra América y de otras partes del mundo también: “Estados Unidos no tiene
amistades permanentes; tiene objetivos e intereses permanentes”. En línea con ello,
la Doctrina Monroe estableció como principio la conocida fórmula de “América
para los americanos”, que en realidad quiere decir para los (norte)americanos,
porque ello convenía a sus intereses. Con ella, Esta-dos Unidos sentaba
tempranamente sus reales en el hemisferio en contra de las pretensiones
hegemónicas de las potencias europeas, tanto España y Portugal como Gran
Bretaña, Francia y Holanda, amén de otras de menor gravitación en esta parte
del mundo. La aplicación de la doctrina siempre estuvo condicionada por la
identificación de los intereses permanentes de Washington. Por eso la Casa
Blanca no pudo, o no quiso, traducir en hechos concretos esta doctrina ante
reiteradas incursiones de las potencias europeas en esta parte del mundo, como
cuando Gran Bretaña ocupó las Islas Malvinas en 1833 o ante el bloqueo
anglo-francés al Río de la Plata entre 1845 y 1850. Tampoco reaccionó ante dos
episodios que tuvieron lugar mientras Estados Unidos se desangraba en la Guerra
Civil: la transitoria restauración colonial española en la República Dominicana
entre 1861 y 1865 y la intervención francesa en México en 1862, decretada por
Napoleón III e imponiendo al aus-tríaco Maximiliano como emperador de ese país.
Tampoco reaccionó para impedir el asentamiento británico en la Costa Mosquitia
de Nicaragua y, en 1895, la ocupación de la Guayana Esequiba. Mucho después, en
1982, ocurri-ría lo propio con el tiar, el Tratado Inter-Americano de
Asistencia Recíproca (1947), un derivado del monroísmo según el cual Washington
debía alinearse con cualquier país del hemisferio que sufriera un ataque de
cualquier poten-cia extracontinental. Pero a lo que entrelíneas se refería el
tiar era a la Unión Soviética, no a una potencia aliada. Por eso, cuando Gran
Bretaña envía una poderosa fuerza expedicionaria en reacción ante la insensata
e improvisada ocupación de las islas dispuesta por la dictadura cívico-militar
argentina, Washington primero trató de mediar para luego ponerse decididamente
del lado del colonialismo inglés, sepultando en los hechos al Tratado. La
Doctri-na Monroe fue “perfeccionada” por Theodore Roosevelt en el Discurso del
Estado de la Unión de 1904 elevado al Congreso, al establecer que si un país de
las Américas amenazaba o atacaba la propiedad de ciudadanos o empre-sas
estadounidenses, o cercenaba sus derechos, Washington se vería obliga-do a
intervenir en los asuntos internos del país en cuestión para restablecer el orden
y el imperio de la ley68. Nace así la política del “gran garrote”. Coherente con ese principio, en
1905 Roosevelt se apropió del control de las aduanas de la República Dominicana
para pagar con sus ingresos la deuda externa de ese país. Como veremos más
adelante, esta bravuconada sentó un precedente que para desgracia de Nuestra
América se repetiría en innumerables ocasio-nes. Un par de años antes, a
finales de 1902, Alemania y Gran Bretaña, a las que se unió poco después
Italia, habían dispuesto un bloqueo naval en contra de Venezuela en represalia
por la negativa del presidente Cipriano Castro a pagar la deuda externa de este
país. Roosevelt interviene en el conflicto y mediante los Protocolos de
Washington, del 13 de febrero de 1903, logra un acuerdo en virtud del cual el
país sudamericano pagaría gradualmente su deuda con los acreedores externos.
Pero la brutalidad con la cual estos plantearon sus exigencias motivó la
respuesta del por entonces canciller de la Argentina, Luis María Drago, quien
sentó una doctrina que llevaría su nombre y según la cual se consagra la
insanable ilegalidad de cualquier tentativa de apelar a la fuerza para el cobro
de las deudas contraídas por las naciones latinoamericanas o caribeñas. Drago
señaló que ante la renuncia de Washington a aplicar la Doctrina Monroe debía
apelarse a un argumento jurídico más general como el contenido en su propia
doctrina. La interpreta-ción oficial, explicitada durante la administración
Roosevelt, fue que aquella doctrina no se aplicaba a casos en los cuales los
países del área rehusaren a “honrar sus deudas”. Lo que el monroísmo quería era
frustrar las tentativas de las potencias europeas de recuperar sus viejas
colonias o establecer otras nuevas, pero de ninguna manera atentar en contra de
los sagrados derechos del capital usurario, cosa que no había sido comprendida
por Drago69.
La doctrina Wilson fue hecha pública
también en un discurso pronun-ciado ante el Congreso de la Unión, el 8 de enero
de 1918. En él se establecían 14 puntos que se suponía debían servir como guías
para la reconstrucción
68 Textualmente, el Corolario dice lo
siguiente: “Si una nación demuestra saber como actuar con eficiencia y decencia
razonables en asuntos políticos y sociales, y si mantiene el orden y cumple con
sus obligaciones no tiene por qué temer una interferencia de los Estados
Unidos. Sin embargo, un crónico mal proceder, o una impotencia que conduce al
debilitamiento de los lazos de una sociedad civilizada pueden, en América, o
donde sea, exigir la intervención de algún país civilizado; y en el Hemisferio
Occidental en casos flagrantes de mal proceder o impotencia, la adhesión de
Estados Unidos a la Doctrina Monroe puede forzar a Estados Unidos, a pesar de
su reluctancia, a ejercer un poder de policía internacional. […] En la medida
en que nuestros vecinos del Sur obedezcan las leyes primarias de una sociedad
civilizada pueden estar seguros de que serán tratados por nosotros con un
espíritu de cordial y colaborativa simpatía”. Tomado del original en <http://pinzler.com/ushistory/ corollarysupp.html> (traducción propia).
69 Sobre la Doctrina Monroe y el
Corolario Roosevelt consultar la obra ya mencionada de Luis Suárez
Salazar, Madre América, un texto de referencia imprescindible para
el estudio de las tropelías del imperialismo en Nuestra América. Sobre el tema
puntual que nos ocupa, ver pp. 26-51.
de la Europa de posguerra. Desde su
aparición fue caracterizada como una doctrina “idealista”, y hablar del
“idealismo wilsoniano” se ha vuelto un lugar común en las ciencias sociales.
Claro que en lo que hace a América Latina y el Caribe el “idealismo” de Wilson
no impidió que ordenara toda clase de agresiones hacia nuestros pueblos. A
diferencia de Theodore Roosevelt, Wil-son trató de ser amable con sus vecinos
del Sur. Por eso negoció un tratado con Colombia en el cual Estados Unidos
“lamentaba” –no presentaba sus disculpas sino que “lamentaba”– haber impulsado
la secesión de la provin-cia de Panamá y ofrecía 25 millones de dólares como
compensación por lo ocurrido, pero a instancias del todavía muy influyente
Roosevelt el Congreso lo rechazó. Sólo lo aprobaría una vez que Wilson
terminara su mandato, en 1921, ¡y después de retirar la expresión “lamentaba”!
Wilson estaba imbuido de un espíritu mesiánico que lo llevó a decir, en 1913,
en línea con el Corola-rio Roosevelt, que “le voy a enseñar a las repúblicas
sudamericanas a elegir buenos hombres”. Contradiciendo en los hechos el
“idealismo” de su teoría, intervino militarmente en México, Haití, Cuba y
Panamá, y mantuvo tropas en Nicaragua durante toda su estancia en la Casa
Blanca para forzar la elección de un presidente amigo que firmara el leonino
Tratado Bryan-Chamorro. El mismo expediente lo utilizó para forzar a la
legislatura haitiana a elegir al can-didato que Wilson quería como presidente,
y luego sus tropas permanecieron en ese país entre 1915 y 1934. El idealista
invadió la República Dominicana en 1916 para aplastar la guerrilla campesina,
permaneciendo sus fuerzas en ese país hasta 1924. En México, Wilson ordenó a
sus tropas ocupar el puerto de Veracruz, donde se establecieron durante siete
meses en 1914. Entre marzo de 1916 y febrero de 1917 militares norteamericanos
penetraron en territorio mexicano en una infructuosa persecución de Pancho
Villa, “el Centauro del Norte”, cometiendo toda clase de tropelías. Otras
operaciones de menor cuan-tía fueron también dispuestas por Wilson contra
México en 1918 y 1919. En relación con Cuba, mandó a los marines que
ocuparan partes de su territorio para garantizar la propiedad de las empresas
norteamericanas, amenazadas por una oleada de movilizaciones populares. La
ocupación se extendió entre 1917 y 1923, y las tropas estadounidenses fueron
utilizadas, con la complicidad del gobierno títere del imperialismo, para
aplastar un impresionante torrente de huelgas desatadas entre 1918 y 1919 y
liquidar el fermento insurreccional de los patriotas cubanos, mientras un
“procónsul” enviado por Wilson, Enoch H. Crowder, se hacía cargo del manejo de
las finanzas de Cuba. Abierto simpa-tizante del Ku Klux Klan, Wilson fue
galardonado en 1919 con el Premio Nobel de la Paz por su contribución a la
firma del Tratado de Versalles, que puso fin a la Primera Guerra Mundial, y su
propuesta de creación de la Sociedad de las Naciones, infausta predecesora de
las Naciones Unidas70.
70 Ver Madre América, de
Luis Suárez Salazar, donde se desmontan los mitos urdidos en torno al
“idealismo” wilsoniano (pp. 61-89).
Suficiente con relación a Wilson.
Pero ¿cómo comprender que un área irrelevante, marginal, sin importancia
hubiera sido la primera para la cual la dirigencia estadounidense pensó que era
necesario fijar orientaciones de política? ¿O que el tristemente célebre tiar
haya visto la luz en el año 1947 antecediendo en dos años nada menos que la
creación de la otan en 1949? ¿O que el Comando Sur (southcom) de las fuerzas
armadas estadouniden-ses haya sido puesto en funcionamiento en 1963, mientras
que el Comando Central (centcom), con jurisdicción en Medio Oriente, norte de
África y Asia Central, y especialmente en Afganistán e Irak, fuese creado
recién en 1983 y el Comando para África (africom) en 2008?
La respuesta es evidente: la razón de
esta precoz atención es que, más allá de la retórica y de argucias
diplomáticas, América Latina es, para los Estados Unidos, la región del mundo
más importante. Es por eso que desde sus primeros años como nación su preocupación
fue elaborar una postura política apropiada ante esa enorme masa continental
que se extendía al sur de las trece colonias originarias. John Adams, el ya
mencionado segundo presidente de Estados Unidos, declaró tan tempranamente como
en junio de 1783 que “Cuba es una extensión natural del continente
norteamericano, y la continuidad de los Estados Unidos a lo largo de ese
continente torna necesa-ria su anexión”. Como vemos, la enfermiza
obsesión yankee con la Isla tiene antiguas raíces. Más de un
siglo después, el presidente William Howard Taft, no contento con querer
apoderarse de Cuba, profetizó para Estados Unidos la anexión de todo el
continente. En 1912 dijo que “no está lejano el día en que tres banderas de
Estados Unidos delimiten nuestro territorio: una en el Polo Norte, otra en el
Canal de Panamá y la tercera en el Polo Sur. La totalidad del hemisferio será
de hecho nuestro, como ya lo es moralmente en virtud de la superioridad de
nuestra raza”71.
En suma: la prioridad estratégica de
América Latina reconoce varios factores causales. En primer lugar es su vecina,
atravesada por profundas injusticias y en permanente fermento
prerrevolucionario. Una vecina a la cual, como ocurriera en México, le ha arrebatado
buena parte de su territorio. Es, además, su frontera con el Tercer Mundo, con
el subdesarrollo. Es tam-bién su hinterland, su área de seguridad
militar, la zona con la cual comparte la ocupación de la gran isla americana
que se extiende desde Alaska hasta Tierra del Fuego, separada de las demás
masas geográficas terrestres y, más todavía, depósito de inmensos recursos
naturales, tema que veremos en los próximos capítulos. Todo eso hace que
Nuestra América sea una periferia sometida al insaciable apetito del imperio,
que saquea y domina a pueblos y
71 Como se ve, en este tema no hay
absolutamente nada nuevo. Y si nos remontáramos aún más en el pasado,
encontraríamos sin mayor esfuerzo referencias tan claras como las de Taft. ¿Qué
otra cosa era el alca sino esta pretensión de enarbolar las tres banderas de
Taft a lo largo del hemisferio?
naciones, generando con ello una
vasta zona de crónica inestabilidad y tur-bulencias políticas que brotan de su
condición de ser una riquísima región lindera con el centro imperial y, a la
vez, la que exhibe la peor y más injusta distribución de ingresos y riquezas
del planeta. Esas y no otras son las razones de la temprana formulación de la
Doctrina Monroe; son también los factores que explican las causas estructurales
(no ocasionales) de más de un centenar de intervenciones militares
norteamericanas en la región; de innumerables “golpes de mercado”; de tantos
asesinatos políticos, sobornos, campañas de desestabilización y desquiciamiento
de procesos democráticos y reformistas perpetrados contra una región, ¿carente
por completo de importancia? En tal caso, ¿no hubiera sido más razonable una
política de indiferencia ante vecinos revoltosos pero insignificantes? Es
precisamente a causa de su excepcional relevancia que Washington se sobresalta
ante el surgimiento de cualquier gobierno siquiera mínimamente reformista, aun
en países tan pequeños como la isla caribeña de Granada (¡de 344 km2 –menos del doble que la superficie de la
ciudad de Buenos Aires– y 60 mil habitantes en el momento de su invasión por
los marines en 1983!). La simple prolongación de una pista
destinada a facilitar la llegada de aviones de mayor porte para transportar el
turismo que acudía a la isla bastó para que tal iniciativa fuese calificada por
Washington como una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos. El resto
es bien sabido: Ronald Reagan, según Noam Chomsky uno de los más sanguinarios
criminales de guerra de toda la historia de Estados Unidos, orde-nó la invasión
de Granada y la captura de su gobernante izquierdista Maurice Bishop, quien
poco después fue ejecutado junto con su mujer. Fue Zbigniew Brzezinski quien,
al promediar la década del ochenta y en plena “Guerra de las Galaxias”, declaró
con una alta dosis de realismo que la Unión Soviética era un problema
transitorio para Estados Unidos, pero que América Latina constituía un desafío
permanente, arraigado en las inconmovibles razones de la geogra-fía. De ahí la
persistencia del criminal bloqueo contra Cuba durante más de medio siglo; la
excepcional “ayuda militar” prestada a Colombia, país que es el tercer receptor
mundial sólo superado por Israel y Egipto; y la predisposición a intervenir,
militarmente o de cualquier otra forma, para controlar los procesos políticos
internos de los países de la región, por más pequeños y débiles que sean. Tal
como se hizo en Nicaragua, minando sus puertos y armando a los “contras”; en El
Salvador, organizando a los escuadrones de la muerte contra la guerrilla del
Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (fmln), en la ya mencionada
Granada y, poco después, en Panamá y más recientemente en Honduras. Para el
imperialismo no existen países o regiones irrelevantes, mucho menos cuando la
realidad de la geografía nos condena a una inescapa-ble vecindad. En vista de
todo lo anterior, ¿a quién se podría engañar hablan-do de la irrelevancia de
América Latina?
Son muchos los motivos por los que
Estados Unidos desea apode-rarse de América Latina, apelando a diversas
estratagemas. Y si tal cosa fuera imposible, el objetivo de mínima es controlar
el acceso a los ingentes recursos naturales que tiene la región y que
despiertan la insaciable voraci-dad del imperio. Fue Colin Powell quien, entre
tantos otros, planteó la impor-tancia de América Latina y el Caribe en sus
desesperados intentos por lograr la aprobación del alca. Según el ex secretario
de Estado de George W. Bush, nuestra región es un gigantesco mercado para las
empresas estadounidenses, un lugar que ofrece grandes oportunidades de
inversión con fabulosas expec-tativas de rentabilidad, posibilitadas por el
control político que Washington ejerce sobre casi todos los gobiernos de la
región, y todo esto en un territorio que albergaba un repertorio casi infinito
de recursos naturales de todo tipo.
Pero además de ello la nuestra podría
ser, en función de los desarrollos tecnológicos de la industria petrolera, la
región que cuente con las mayores reservas petroleras del mundo habida cuenta
del ya mencionado informe de la opep que coloca a Venezuela en el primer lugar
mundial en materia de reservas certificadas y la promesa de los megayacimientos
submarinos des-cubiertos en 2008 por Petrobras en el litoral paulista. En todo
caso, Nuestra América es la región del planeta que puede ofrecer un suministro
más cerca-no, previsible y seguro a Estados Unidos, dato harto significativo
cuando las reservas del centro imperial no alcanzan para más de diez años y las
fuentes alternativas de aprovisionamiento son cada vez más lejanas,
problemáticas e inciertas, toda vez que el Medio Oriente y Asia Central han
entrado en un ciclo de creciente inestabilidad política. El petróleo venezolano
puede llegar a Houston en cuatro o a lo sumo cinco días de navegación,
transitando por el Caribe –que el Pentágono y los estrategas del imperio
definen como un “mar interior” de Estados Unidos– completamente monitoreado y
controla-do por un rosario de bases navales que lo convierten en la ruta marina
más segura del planeta. El proveniente del Medio Oriente, en cambio, emplea más
de treinta, casi siempre unos treinta y cinco días para llegar a destino, y
debe sortear obstáculos de todo tipo (por ejemplo, atravesar el Estrecho de
Ormuz o, al dar la vuelta por el Cuerno de África, enfrentarse a los piratas
somalíes) y transitar por una ruta mucho más larga y de fletes más costosos que
la que se origina en Venezuela. El derrumbe de los gobiernos del norte de
África –principalmente Egipto pero también Túnez–; la situación crítica por la
que atraviesa Libia luego del traumático derrocamiento de Muammar el Gadaffi;
la situación preinsurreccional que existe en Yemen y Bahrein unida a la
gravísima crisis en Siria, de incierto desenlace; la agitación popular que se
extiende como un reguero de pólvora en Marruecos, Jordania, los emira-tos y la
propia Arabia Saudita; y las ciénagas en que se han convertido Irak y
Afganistán revalorizan extraordinariamente la importancia del acceso rápido y
seguro al cercano petróleo sudamericano.
Pero Sudamérica no sólo posee
petróleo. Tiene también grandes reser-vas de gas, dispone de casi la mitad del
total de agua potable del planeta, y es el territorio donde se encuentran tres
grandes cuencas hidrográficas: la mayor, la del Río Amazonas, y la del Orinoco
y la del Río de la Plata. El Amazonas es a su vez el río más caudaloso del
mundo, que arroja al Atlántico 14.185.500
metros cúbicos de agua por segundo,
más o menos lo que hace el Támesis… ¡en un año! Tiene además dos muy
importantes acuíferos: el Guaraní y el de Chiapas. El primero no es el mayor
del mundo, que es el Siberiano, pero sí es el que posee mayor capacidad de
recarga, lo que le asegura una duración prácticamente indefinida. Y el de
Chiapas ya ha sido apreciado como un muy significativo aporte para enfrentar el
inexorable agotamiento del suministro de agua que afecta al suroeste de Estados
Unidos y que compromete el acceso al vital líquido de poblaciones como Los
Ángeles y San Diego72. Si como dicen los expertos en cuestiones militares las guerras del
siglo xxi serán guerras del agua, ¿cómo podría ser irrelevante un área que
concentra en su territorio casi la mitad de tan vital elemento?73. En el gráfico que sigue se señalan las zonas
críticas, a nivel mundial, en términos del suministro de agua. Ninguna de ellas
se localiza en América del Sur.
Fuente: “Dawn of a Thirsty century”, de Alex Kirby,
en <http://news.bbc.co.uk/2/hi/science/ nature/755497.stm>.
América Latina también es rica en
minerales estratégicos. Un trabajo recien-te de María José Rodríguez Rejas en
relación con el tema demuestra que “desde mitad de la década de los noventa,
cuando se dispara esta actividad, América Latina cuenta con una parte
importante de la producción y reservas
72 Ver los dos tomos de la ya mencionada
obra de Elsa Bruzzone, Las guerras del agua I y II,
op. cit. Una visión histórica y global sobre la crisis del agua se encuentra
en <www. worldwater.org/conflict/map/>.
73 Michel Chossudovsky ha llamado la
atención sobre el tema cuando escribió que el agua, los alimentos y los
combustibles son tres necesidades que se hallan en peligro y que bien podrían
ser las causas de situaciones muy conflictivas, inclusive guerras, por
supuesto, en un futuro próximo. América Latina, como es sabido, es altamente
excedentaria en estos tres vitales elementos. Ver su “La crisis global:
alimento, agua y combustibles”, en Rebelión, 10 de junio de 2008.
79
de varios minerales cuya principal
fuente de destino es Estados Unidos”. Prosigue esta autora recordando que
“entre los diez primeros países mineros del mundo hay seis sudamericanos: Perú,
Chile, Brasil, Argentina, Bolivia y Venezuela”, a lo que se debe agregar México
en lo que geográficamente sería Norteamérica; y que los países de la región se
cuentan “entre los principales productores mundiales de minerales estratégicos
y metales preciosos –son catalogados como tales el oro, la plata, el cobre y el
zinc–, así como por las reservas probadas de minerales estratégicos con alto
precio en el mercado como el antimonio, bismuto, litio, niobio, torio, oro,
zinc y uranio, entre otros. En varios, el principal receptor de la producción
es Estados Unidos, especialmente en el caso del bismuto (88%), zinc (72%),
niobio (52%) y en menor medida la fluorita (45%) y el cobre (45%)”74. En línea con este análisis, John Saxe-Fernández
sostiene que la agenda militar/empresarial de los Estados Unidos en esta
materia se refiere a los abastecimientos de petróleo, gas y el resto de los
metales y minerales, “de la A de alúmina a la Z de zinc”. Y para sustanciar
esta afirmación, señala que ya desde 1980 uno de los principales expertos de la
fuerza aérea de Estados Unidos había adver-tido al Congreso que, amén de la
fuerte dependencia de las importaciones petroleras, este país carecía “de al
menos cuarenta minerales esenciales para una defensa adecuada y una economía
fuerte”. De esto se desprende la necesidad de que esos minerales puedan ser
aportados por los países lati-noamericanos, sustituyendo fuentes de
abastecimiento mucho más incier-tas y lejanas75. De acuerdo con informaciones proporcionadas por
el Mineral Information Institute de Estados Unidos, este país debe importar el
100% del arsénico, columbo, grafito, manganeso, mica, estroncio, talantium y
trium que requiere, y el 99% de la bauxita y alúmina, 94% del tungsteno, 84%
del estaño, 79% del cobalto, 75% del cromo y 66% del níquel. Como asegura esa
institución, cada estadounidense que nace consumirá a lo largo de su vida
1.315.000 kilogramos de minerales, metales y combustibles76: 415 kilogra-mos de cobre, 544 de zinc, 14.530 de
mineral de hierro, 5,93 millones de pies cúbicos de gas, 272.597 litros de
petróleo, 244.335 kilogramos de carbón, y así sucesivamente. Estos datos
ilustran con elocuencia el enorme peso que ejerce sobre el planeta Tierra el
sostenimiento del patrón de consumo
74 María José Rodríguez Rejas, “La
centralidad de América Latina en la estrategia de seguridad hemisférica de
Estados Unidos”, en Rebelión, 3 de noviembre de 2010, en <www.rebelion. org/noticia.php?id=115986>.
75 Ver John Saxe-Fernández, “América
Latina: reserva estratégica de Estados Unidos” en osal
(Buenos Aires: clacso) Año X, Nº 25, abril de 2009.
También “América Latina como reserva
minera: dependencia y deuda ecológica
de eua”, de Gian Carlo Delgado Ramos, en Memoria (México df)
Nº 238, noviembre de 2009, y, del mismo autor, “Recursos naturales, seguridad y
los Lily Pods del Pentágono: el caso de América Latina”
en Periferias (Buenos Aires) Año 14, Nº 19, 2010, pp. 145-159.
76 Ver Mineral Information
Institute <www.mii.org>.
establecido por el capitalismo
norteamericano tan sólo en Estados Unidos. Huelga añadir que los países
latinoamericanos son grandes productores de la mayoría de estos minerales,
metales y combustibles requeridos por el consumidor estadounidense77.
Pero la riqueza de América Latina no
se agota allí. Miremos la biodi-versidad, ¿cómo podría ser irrelevante una
región que cuenta con algo más del 40% de todas las especies animales y
vegetales existentes en el planeta? Según informa un documento del Programa de
Naciones Unidas para el Medio Ambiente (pnuma)78, América Latina y el Caribe albergan cinco de los
diez países con mayor biodiversidad del planeta: Brasil, Colombia, Ecuador,
México y Perú, así como la mayor área de biodiversidad del mundo: la cuen-ca
amazónica, que se extiende a partir de las estribaciones orientales de los
Andes y avanza hacia el este y hacia el sur. Esta región contiene la mitad de
las selvas tropicales del planeta, un tercio de todos sus mamíferos y algo más
de sus especies reptiles, el 41% de sus pájaros y la mitad de sus plantas. Es
también la región de más rápida deforestación a nivel mundial. Los Andes, por
último, son el hogar del 90% de los glaciares tropicales, fuentes del 10% del
agua potable del planeta. La cuarta parte de la riqueza ictícola existente en
los ríos interiores de todo el orbe se encuentra en esta parte del mundo. La
mitad de las especies vegetales del Caribe, a su vez, son exclusivas de esa
región y no se hallan en ninguna otra. Esta exuberante riqueza en materia de
biodiversidad constituye un imán poderosísimo para las grandes trans-nacionales
estadounidenses, dispuestas a imprimir –mediante los avances de la ingeniería
genética– el sello de su copyright a todas las formas de vida
animal o vegetal existentes, y a partir de ello, dominar por entero la economía
mundial, como lo están haciendo, en buena medida, con las semillas
transgé-nicas del trigo, el maíz y la soja. Por algo el tema de los derechos de
propiedad intelectual tiene tanta prioridad para Washington, como lo atestiguan
las durísimas negociaciones en el seno de la omc.
Por último, desde el punto de vista
territorial, América Latina es una retaguardia militar de crucial importancia.
Obviamente, los funcionarios del Departamento de Estado lo niegan rotundamente,
pero los expertos del Pen-tágono saben que esto es así. De ahí el
empecinamiento de Washington por saturar nuestra geografía con bases y misiones
militares –tema sobre el cual
77 Uno de los más completos y
exhaustivos trabajos sobre esta materia ha sido producido por Mónica Bruckmann.
Ver su “Recursos naturais e a geopolítica da integraçâo sul-americana”, en
André Rego Viana, Pedro Silva Barros y André Bojikian Calixtre (comps.) Governança
global e integração da América do Sul (Brasilia: ipea, 2011) pp.
208-214, en <www.ipea.gov. br/agencia/images/stories/PDFs/livros/livros/livro_governancaglobal.pdf>. Ver también su tesis doctoral, “Ou
inventamos ou erramos. A nova conjuntura latino-americana e o pensamento
crítico” (Niteroi: Universidad Federal Fluminense, 2011) cap. 5-8, en <www.uff. br/dcp/wp-content/uploads/2011/01/Tese-de-2011-Monica-Bruckmann.pdf>.
78 Ver “State of Biodiversity in Latin
America and the Caribbean” (Panamá: pnuma, 2010).
volveremos más adelante– y su
obstinación en garantizar la inmunidad del per-sonal involucrado en las mismas.
Si somos tan poco importantes, tan irrelevan-tes como se nos dice, ¿por qué la
Casa Blanca se desvive proponiendo políticas de control y desposesión que
suscitan el repudio casi universal en la región?
Para concluir: hemos visto los
intereses en juego en la relación de Estados Unidos con América Latina y, a
partir de allí, la enorme atracción que sobre Washington ejercen los
formidables recursos naturales de la región. Esto nos permite entender las razones
por las cuales ante las crecientes difi-cultades para acceder a ellos en otras
partes del mundo, Estados Unidos ha redoblado la presión sobre América Latina.
Es preciso tener en cuenta que la historia del siglo xx demuestra que cada vez
que el imperio cede posiciones en otras áreas del planeta procura hacerse
fuerte en lo que sus gobernantes y su clase dominante consideran como su
entorno natural y exclusivo. Ocurrió durante los años de la Gran Depresión de
la década del treinta; luego, en la Guerra Fría una vez finalizada la Segunda
Guerra Mundial; volvió a suceder cuando a comienzos de los setenta era evidente
que la posición norteame-ricana en el Sudeste Asiático se debilitaba hasta
terminar en la catástrofe de Vietnam; y está ocurriendo en estos últimos años,
bajo el peso combinado de un escenario geopolítico internacional más complicado
y menos amigable, la nueva crisis general del capitalismo estallada en 2008, y
los gravísimos pro-blemas ecológicos que hoy enfrenta nuestro planeta y que
obligan a poner ciertos límites a las prácticas predatorias de la explotación
de la naturaleza y al despilfarro de los recursos naturales. El rostro de este
renovado interés por las riquezas de nuestra región no es el de un juvenil
empresario políticamen-te correcto y ecológicamente consciente, sino el de
un marine, o un Rambo, dispuestos a tomar por asalto aquello que el
imperio considera necesario para el sostenimiento de su irracional patrón de
consumo. En la medida en que se profundice la dependencia externa de Estados
Unidos de ciertos sumi-nistros estratégicos y en cuanto estos se encuentren en
nuestra región, mayor será la ofensiva que desencadenará el imperio para
asegurarse un acceso privilegiado –y excluyente, para más datos– a los mismos.
Es a causa de esto que se ha
producido en los últimos años una vigorosa militarización de las relaciones
hemisféricas. Si hace cincuenta años Washing-ton lanzaba, para fracasar poco
tiempo después (como pronosticó con gran precisión el Che Guevara en la Conferencia
de Punta del Este) la Alianza para el Progreso, los proyectos que hoy maneja
Estados Unidos son variantes del Plan Colombia, es decir, un programa
supuestamente destinado a combatir al narcotráfico y la guerrilla colombiana,
pero cuyo objetivo real es posicionarse en la región con tropas y equipos a la
espera del momento oportuno para pasar a la ofensiva79. El Plan Puebla-Panamá es una variedad de aquel, y
los acuerdos
79 Un examen en profundidad del Plan
Colombia puede verse en El Plan Colombia y la intensificación de la
guerra, de Jaime Caycedo Turriago (Bogotá: Universidad Nacional de
aspan implican una
formidable cesión de soberanía de México y Canadá a favor de Estados Unidos sin
que, dada la naturaleza de tales acuerdos –que se ha premeditadamente evitado
que asuman la forma de tratados internaciona-les–, deban ser discutidos por los
respectivos Congresos. Por ejemplo, como cualquier viajero lo comprueba a
simple vista, la vigilancia fronteriza tanto en México como en Canadá está en
buena parte en manos de los Estados Unidos, y lo mismo puede decirse en
relación con el entrenamiento militar y equipa-miento de las fuerzas armadas y
policiales de esos países. En suma: la diploma-cia mantiene su papel, en
apariencia importante, pero hoy día la relación pasa fundamentalmente por un
filtro militar en función de la prioridad absoluta que en Estados Unidos se les
ha asignado, luego del 11-S, a las cuestiones de la mal llamada “seguridad
nacional”80. Y esto explica que, en el momento actual, el número total del personal
civil del Comando Sur –entiéndase: excluyendo a oficiales, suboficiales y soldados–,
cuya sede se encuentra en Miami, asciende a 1.600 funcionarios, lo que duplica
el número total de servidores públicos destinados a monitorear o intervenir en
las relaciones con América Latina de todas las demás agencias y secretarías del
gobierno federal, incluyendo los departamentos de Estado, Agricultura y
Comercio. Se trata de una situación que no tiene precedentes en la historia de
las relaciones interamericanas pero que, sin duda, constituye un signo ominoso
de los nuevos tiempos81. De hecho, si hasta hace poco más de una década la política exterior de
Estados Unidos se elaboraba en –y era conducida por– el Departamento de Estado,
en la actuali-dad ambas funciones las ha absorbido el Pentágono, con un obvio
resultado: la militarización de las relaciones internacionales. Como declaró un
alto oficial de las fuerzas armadas de los Estados Unidos no hace mucho tiempo,
apelando a un viejo aforismo inglés: “Si el único instrumento que tienes es un
martillo, todos tus problemas lucirán como un clavo”82.
Colombia, 2002) y en Plan
Colombia. Ensayos críticos, de Jairo Estrado (Bogotá: Universidad Nacional
de Colombia, 2001). Desde fuera de Colombia, ver “Las verdades ocultas detrás
del Plan Colombia”, de Elsa Bruzzone, en <www.cemida.com.ar/conversion%20 pdf/LASVERDADESOCULTASDETRASDELPLANCOLOMBIA.pdf>. La visión oficial del gobierno
colombiano sobre el Plan Colombia está disponible en <www.derechos.org/ nizkor/colombia/doc/planof.html>. La visión oficial de Washington se
encuentra en <www. state.gov/www/regions/wha/colombia/fs_000328_plancolombia.html>.
80 Un minucioso recuento del proceso
histórico por el cual la diplomacia fue reemplazada por la funesta elocuencia
de las armas se encuentra en el ya citado libro de Telma Luzzani, Territorios
vigilados.
81 Cabe destacar que la jurisdicción del
Comando Sur abarca toda América Latina y el Caribe, con excepción de México,
dato harto significativo, país integrado a la jurisdicción del Comando Central
de las fuerzas armadas de Estados Unidos.
82 Una precoz detección de este tránsito
de la diplomacia al belicismo está magníficamente bien descripta en la obra del
ex presidente de República Dominicana Juan Bosch. Ver su El
Pentagonismo, sustituto del imperialismo (La Habana: Editorial de
Ciencias Sociales, 2007). La primera edición del libro vio la luz
en 1967.
83
La militarización de la política
exterior de los Estados Unidos y su impacto sobre América Latina
En el capítulo anterior hemos tratado
de demostrar la excepcional impor-tancia que nuestro continente reviste para
los Estados Unidos. Examinemos ahora el reverso de la medalla: la desorbitada
militarización de la política exterior de Estados Unidos, tanto más acentuada
cuanto más imprescindi-bles son los bienes comunes que alberga nuestra región.
Aclaremos primeramente que este
proceso –que entraña un severo cercenamiento de las libertades públicas– no
sólo se verifica en el ámbito interamericano sino que también tiene su
contrapartida en el interior mismo de Estados Unidos. Son muchas las denuncias
que se han levantado en con-tra del progresivo recorte de los derechos civiles
y las libertades individua-les en ese país a consecuencia de aquel proceso,
tema que ya ha suscitado numerosas protestas por parte de distintas
organizaciones defensoras de las libertades y los derechos humanos. Es que la
militarización de las relacio-nes internacionales de la superpotencia
difícilmente podría reposar en un ambiente signado por la expansión de los
derechos ciudadanos y el proceso democrático. Inevitablemente, una política
guerrerista hacia afuera tiene como corolario el deterioro de la libertad, el
derecho y la democracia puertas adentro, como ya lo observó, hace más de un
siglo y medio, Alexis de Tocque-ville en su influyente libro La
democracia en América (1957)83.
Si bien el proceso de militarización
tiene su origen en los años ini-ciales de la Guerra Fría (1948-1991), su
aceleración ya había despertado la profunda preocupación del presidente Dwight
Eisenhower, quien, en su célebre discurso de despedida –el 17 de enero de 1961
y a punto de entre-garle las insignias presidenciales a John F. Kennedy–
formuló un vibrante alegato dirigido a la sociedad norteamericana denunciando
la existencia
83 Respecto de los derechos humanos
hemos estudiado detalladamente el tema en El lado oscuro del imperio,
op. cit. Para ver un caso sobre la sistemática y “legal” violación de los derechos
individuales, ir al sitio web de la American Civil Liberties Union <www.aclu.org/ national-security/nsa-unchained-infographic>.
84
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
de un “complejo militar-industrial”
cuyos influjos ya se hacían sentir, según Eisenhower, en todas las ramas y en
todos los niveles de la administración pública, desde los municipios hasta los
estados y el propio gobierno federal. En uno de los pasajes más ominosos de su
discurso sostenía que el exponen-cial crecimiento de la influencia del complejo
militar-industrial conduciría a la usurpación del poder por parte de ese
sector, poniendo en serio riesgo las libertades individuales y los procesos
democráticos de la sociedad norteame-ricana. Pocos años más tarde, sería nada
menos que un ministro de la Corte Suprema de Estados Unidos, William O.
Douglas, quien en un texto breve pero luminoso denunciaría con más fuerza aún
esta verdadera excrecencia de la vida estadounidense, y se preguntaba dónde
estaría la fuerza capaz de controlar al Pentágono y qué presidente tendría el
coraje para oponérsele. Douglas no sólo tenía en cuenta la enorme gravitación
económica y financie-ra del complejo militar-industrial, sino también su
capacidad de moldear a la opinión pública norteamericana. Su pesimista
conclusión era que “el pueblo [de Estados Unidos] sería incesantemente empujado
en la dirección deseada por el Pentágono”84. Ahora bien, lo que Eisenhower y Douglas
presentaban con preocupación distaba de ser un fenómeno enteramente nuevo: ya
en su campaña presidencial de 1912 Woodrow Wilson reconocía aprobatoriamente
que “los dueños del gobierno de los Estados Unidos son sus capitalistas y
manufactureros combinados”. Medio siglo más tarde la cosa había empeo-rado,
como lo comprobaron Eisenhower y Douglas, y un siglo después, en nuestros días,
escapado totalmente de control85.
Como era de esperar, la denuncia
formulada por Eisenhower fue insu-ficiente para detener ese proceso, que
adquirió renovados bríos hacia finales de la década del sesenta y comienzos del
setenta con la Guerra de Vietnam y el involucramiento de Estados Unidos en una
serie de conflictos en el Sudeste Asiático, especialmente en países como Laos y
Camboya. Con la presidencia de Ronald Reagan (1981-1989) y su programa de la
“Guerra de las Galaxias” se desata una fenomenal escalada del gasto militar
–pergeñada para satisfa-cer las necesidades del complejo y para poner a la
Unión Soviética de rodillas, incapaz de seguir ese ritmo de la carrera
armamentista– y la militarización de la política exterior alcanzó nuevos
impulsos. Con la primera Guerra del Golfo, precipitada por la inesperada
invasión a Kuwait perpetrada por un antiguo y leal lacayo de Washington ahora
en rebeldía, Saddam Hussein, se produciría una nueva escalada, hasta llegar, a
partir de los acontecimientos del 11-S, a niveles sin precedentes en la historia
no solamente de Estados Unidos, sino también mundial. En la actualidad, el
presupuesto militar total de Estados
84 William O. Douglas, Points of
rebellion (Nueva York: Random House, 1969) pág. 18.
85 El discurso completo de Eisenhower
puede leerse en <www.asesoresdecomunicacionpubli-ca.com/images/stories/despeisenhower.pdf>. La afirmación de Wilson se encuentra
en su
libro The New freedom (Nueva
York: Doubleday Page, 1913) pág. 57.
85
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Unidos supera ampliamente el billón
de dólares, es decir, un millón de millo-nes de dólares, una vez que a los
gastos ordinarios de equipamiento, sueldos y armamentos se le suman los que se
originan en las bases en el exterior, contratación de mercenarios, proyectos de
investigación y desarrollo, apoyo a nuevos emprendimientos tecnológicos en el
sector privado, amén de gastos anexos como los derivados del cuidado de los
heridos y mutilados a cargo de la Administración de Veteranos de Guerra y
“gastos de reconstrucción” vía contratos con Halliburton y otras
megacorporaciones para reconstruir lo que las armas estadounidenses destruyeron
en países como Irak, por ejemplo86.
Proyección global del poderío militar
estadounidense
Como lo certifica la bibliografía
sobre el tema, y sobre todo en el Documento Santa Fe IV y en los trabajos de
Rina Bertaccini, Stella Calloni, Ana Esther Ceceña y Telma Luzzani, la
preocupación por controlar militarmente Améri-ca Latina es un rasgo decisivo de
la política del imperio hacia esta parte del mundo. Tal cosa no sólo es
evidente ante el desorbitado despliegue de bases militares y diversos programas
de “ayuda” militar que Estados Unidos man-tiene con casi todos los países del
área sino también por el desplazamiento del Departamento de Estado en el diseño
e implementación de la política exterior de Estados Unidos a favor del
Pentágono. Por supuesto, esto no es algo que haya ocurrido de la noche a la
mañana: se trata de un proceso y no de un acontecimiento que irrumpe de súbito.
En todo caso, si hubiera que fijar un momento emblemático en donde esta
tendencia adquiere un ritmo vertiginoso, el 11 de septiembre de 2001 sería sin
duda alguna la fecha más indicada. Luego de esto, el estallido de la Guerra de
Irak vendría a acentuar aún más esta orientación así como la significativa
marginación de Colin Powell, quien, en su carácter de secretario de Estado,
aconsejó a la Casa Blanca no entrar en guerra con Irak y ocupar su territorio,
dado que luego de ello Estados Unidos no podría retirarse del teatro de
operaciones. Su tesis fue vapuleada por la intervención del vicepresidente de
Estados Unidos, Dick Cheney; por el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld; y
por la presidenta
86 El sitio web del Department of
Veteran Affairs informa que el presupuesto aprobado para 2013 y que corre por
cuerda separada al Departamento de Defensa es de 140.300 millones de dólares,
ver <www.va.gov/budget/products.asp> y <www.va.gov/budget/products.asp>. Un Informe del Inspector
General para la Reconstrucción de Irak elevado al Congreso de Estados Unidos,
de fecha 30 de octubre de 2011, afirma que la cuenta por la reconstrucción de
Irak (“tercerizada” a favor de numerosas empresas norteamericanas, como la
menciona-da Halliburton) llegaba en septiembre de 2011 a la friolera de 182.270
millones de dólares. Ninguno de estos dos ítems son considerados en el
presupuesto ordinario del Departa-mento de Defensa, los que por lo tanto
aparece en las comunicaciones oficiales de la Casa Blanca fuertemente
subestimado. Ver <www.sigir.mil/files/quarterlyreports/October2011/ Section2_-_October_2011.pdf>.
86
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
del Consejo Nacional de Seguridad,
Condoleezza Rice, ninguno de los cuales, al decir de Powell, tenía el más
mínimo conocimiento de las cuestiones mili-tares y eran incapaces de
diferenciar un simple revólver de una pistola. Pese a ello, sus opiniones prevalecieron
sobre las del secretario de Estado.
Tal como se señaló más arriba, esta
marginación del Departamento de Estado ha sido acompañada por un fenomenal
aumento del presupuesto militar, para lo cual se apeló a pretextos tan
remanidos como la necesidad de librar una batalla frontal en la “guerra contra
el terrorismo”, o la “guerra contra el narcotráfico”, todo lo cual, además,
desde el 11-S dio pie para la elaboración de una nueva doctrina militar y
estratégica: la “guerra infinita”87. Una rápida ojeada a la progresión del gasto
militar norteamericano revela los descomunales alcances del proceso. En 1992,
el presupuesto militar de la superpotencia equivalía al de los 12 países que le
seguían en la carrera armamentista; cuando en 2003 se decidió la invasión y
posterior ocupación de Irak, el gasto norteamericano ya era equivalente al de
los 21 países que le seguían en ese rubro. Las complicaciones de esa guerra
sumadas a la inten-sificación de las operaciones en Afganistán hicieron que,
para 2008, el gasto militar de los Estados Unidos sólo pudiera ser igualado si
se sumaban los presupuestos militares de 191 países. Para el año 2010, ya fue
superior a la totalidad del gasto militar de todos los países del planeta
superando, como ya se mencionó, la barrera psicológica –¡y no sólo esa!– del
billón de dólares (un millón de millones de dólares), pese a que en sus
comunicados oficiales la Casa Blanca hablaba de una cifra poco superior a los
750 mil millones de dólares88. Un dato adicional, en línea con lo que venimos
formulando:
87 Sobre la “guerra infinita” ver
nuestro artículo “De la guerra infinita a la crisis infinita” en Crisis
civilizatoria y agonía del capitalismo. Diálogos con Fidel Castro, op.
cit., primera parte; Terror e imperio, de John
Saxe-Fernández (México df: Arena, 2006); La guerra infinita. Hegemonía
y terror mundial, de Ana Esther Ceceña y Emir Sader (comps.) (Buenos
Aires: clacso, 2002); “Where’s the security in Bush’s National Security
Strategy”, de Noam Chomsky, en <www.chomsky.info/talks/20031021.htm>;
y America’s “war on terrorism”, de Michel Chossudovsky (Montreal:
crg, 2005). Las declaraciones de George W. Bush en las cuales
expone algunos aspectos de esta doctrina (y asegura que “buscaremos a los
terroristas en cada oscuro rincón de la Tierra”) pueden leerse en <http://georgewbush-whitehouse.archives.gov/news/releases/2003/05/20030521-2. es.html>. Por último, su discurso en la Academia Militar de
West Point se encuentra en <www.nytimes.com/2002/06/01/international/02PTEX-WEB.html?pagewanted=all>.
88 Es que la cifra provoca escándalo en
algunos sectores de la sociedad norteamericana, razón por la cual la Casa
Blanca excluye del presupuesto militar los multimillonarios gastos del
Department of Veterans Affairs (dva) que también es gasto militar, ya que se
encarga de atender y sanar a los heridos y mutilados en las múltiples guerras
del imperio. Los 140.300 millones de dólares de este dva supera al segundo
presupuesto militar del mundo, el de China, que en el año 2010 ascendía a 119
mil millones de dólares; y no demasiado inferior al presupuesto combinado de
los países ubicados en el tercer, cuarto y quinto lugar del fatídico ranking
del gasto militar: Reino Unido, Francia y Rusia que en su total ascendían a
unos 180 mil millones de dólares. Los datos sobre los presupuestos del años
2011 fueron tomados del
87
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
la proyección global del poderío
militar de cualquier país se mide por la calidad y cantidad de sus fuerzas
navales. Según informó el secretario de Defensa de Estados Unidos, la marina de
guerra de ese país (la us Navy, no confundir con los marines) es de
lejos la mayor del mundo: su flota de guerra despliega un tonelaje de naves de
combate superior al que reúnen los 13 países que le siguen en orden de
importancia89. Todo este enorme crecimiento del poderío militar estadounidense –que
se verifica con mayor o menor intensidad en todas las ramas de sus fuerzas
armadas– sólo adquiere sentido en el marco de un proyecto de dominación mundial
que, como lo recuerda reiteradamente Noam Chomsky, empequeñece hasta los mismos
delirios de grandeza de Adolf Hitler. Es debido a ese despótico proyecto,
dulcificado a menudo bajo la consigna del Destino Manifiesto o solapado tras la
autoasignada misión de llevar la libertad, el bienestar y la justicia a las
demás naciones, que el gasto militar no ha cesado de crecer desde la Segunda
Guerra Mundial hasta nuestros días.
Permítasenos detenernos brevemente en
el tema de la renovada opción a favor del poderío naval. Esto de ninguna manera
debería ser sor-prendente si se recuerda la decisiva contribución que a finales
del siglo xix hizo a la estrategia militar norteamericana un alto oficial de la
armada de ese país –y riguroso historiador también–: nos referimos a Alfred T.
Mahan, que, tal como lo señalara el historiador Horacio López, fue quien
tradujo en el plano de la geopolítica las implicaciones prácticas que se desprendían
de la Doctrina Monroe. Mahan fue un muy serio estudioso del imperio británico y
tomó buena nota de las enseñanzas que brotaban del indiscutible predo-minio
que, durante el siglo xix, disfrutó el Reino Unido en la política y la economía
mundiales. De su estudio concluyó que la primacía de la Inglaterra victoriana
en el sistema internacional se asentaba sobre su, por ese enton-ces,
incontestable superioridad marítima. Esta se manifestaba tanto por el creciente
número de navíos y el tonelaje de su marina mercante, condición esencial del
tráfico comercial, como por la potencia de su armada, capaz de proteger las
rutas marítimas y las naves que recorrían el mundo entero lle-vando y trayendo
mercancías. Por otra parte, ambas flotas requerían bases marítimas capaces de
garantizar los suministros necesarios de los navíos, el combustible y los
talleres que pudieran reparar sus averías, y, por supuesto, una amplia red de
naciones con las cuales organizar el tráfico comercial
Anuario del Stockholm International
Peace Research Institute (sipri) que pese a su fama subestima el gasto militar
estadounidense al no incluir en el total, por ejemplo, las cifras de del dva,
gastos de mercenarios y de espionaje. Ver “sipri Yearbook 2011. The 15
countries with the highest military expenditure in 2010” en <www.sipri.org/research/armaments/ milex/resultoutput/milex_15>.
89 El dato referido a la Flota de Guerra
de Estados Unidos lo aporta el ex secretario de Defensa Robert Gates en “A
Balanced strategy: reprogramming the Pentagon for a New age”, en Cou-ncil
On Foreign Relations, Retrieved 8, diciembre de 2008.
88
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
convergente en el nuevo centro
imperial. La Guerra Hispano-Americana de 1898 que culminó, en el Caribe, con la
práctica anexión –si bien bajo dos modalidades diferentes– de Cuba y Puerto
Rico a los Estados Unidos movió a Mahan a concebir el Mar Caribe en términos
geopolíticos como el Mare Nostrum de Estados Unidos, como
veremos en el mapa que se exhibe más adelante. Contrariando las
visiones geopolíticas dominantes en su época, que privilegiaban el control de
las grandes masas terrestres y sobre todo de Eurasia, Mahan sostenía que la
extensión y consolidación del poder conti-nental de su país pasaba por el
control global de los océanos y las líneas de comunicaciones marítimas, lo que
exigía la conformación de una poderosa flota militar y mercantil de proyección
mundial.
A partir de estas premisas, Mahan
dedujo la necesidad de construir un canal en el istmo centroamericano para
facilitar el tráfico comercial y garan-tizar, en caso de conflictos, el
traslado de la flota de guerra estadounidense de una costa a la otra, dado que
la travesía por el Estrecho de Magallanes insumía, en esa época, más de sesenta
días de navegación. Una vez que se construyera el canal –cuya inauguración tuvo
lugar en agosto de 1914, previa secesión de la norteña provincia colombiana de
Panamá convertida, desde noviembre de 1903, en Estado “independiente” debido a
las presiones de Estados Unidos y su presidente Theodore Roosevelt–, el
problema que se sus-citaría sería evitar que esa crucial ruta bioceánica cayera
en manos enemigas. López cita al sociólogo puertorriqueño Ramón Grosfoguel,
quien afirma que “como una manera de asegurar la defensa del futuro canal,
Mahan recomen-dó que antes de construirlo Estados Unidos debía adquirir Hawai y
controlar militarmente las cuatro rutas marítimas caribeñas al noreste del
canal: el Paso de Yucatán (entre Cuba y México); el Paso de los Vientos (la
principal ruta norteamericana de acceso al canal entre Cuba y Haití); el Paso
de la Mona (entre Puerto Rico y la República Dominicana) y el Paso de Anegada
(cerca de St. Thomas, en las aguas orientales de Puerto Rico). Mahan reco-mendó
a las elites norteamericanas la construcción de bases navales en estas zonas
como paso previo a la construcción de un canal y como paso indispen-sable para
transformar a los Estados Unidos en una superpotencia”90.
Si se examina el itinerario de la
política exterior de Estados Unidos se podrá comprobar que las recomendaciones
de Mahan no cayeron en saco roto: Washington se apoderó de Cuba y Puerto Rico,
y sometió a su tutela a las pequeñas naciones del Caribe y Centroamérica; hizo
lo propio con
90 Mahan publicó en 1890 una obra de
gran trascendencia, The influence of sea power upon history, 1660-1783,
en la cual exponía sus concepciones geopolíticas basadas en la primacía del
poder naval (sea power theory). Fue, sin duda, el más importante
estratega norteameri-cano del siglo xix y cuya influencia, doctrinaria a la vez
que práctica, recorre todo el siglo xx y llega hasta nuestros días. Ver,
asimismo, Secesionismo, anexionismo, independentismo en Nuestra
América: herramientas de la dominación, de Horacio López (Caracas: El Perro
y la Rana, 2008) pág. 21.
89
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
el archipiélago de Hawai en 1898 y al
poco tiempo se adueñó de las Filipi-nas, las Islas Marianas y otras posesiones
en el Pacífico Occidental. Todo este esfuerzo se vio coronado con la
cuidadosamente planeada secesión de Panamá, en 1903, y la inmediata firma de un
tratado que permitiría la construcción del canal. En esa oportunidad, las
autoridades “independien-tes” de Panamá concedieron a Estados Unidos los
derechos a perpetuidad del canal y una amplia zona de ocho kilómetros a cada
lado del mismo a cambio de la irrisoria suma de 10 millones de dólares y una
renta anual de 250 mil dólares. Esta situación sería modificada gracias al
Tratado Carter-Torrijos, firmado en 1977, que devolvería el canal a la
soberanía panameña el 31 de diciembre de 1999.
La formidable expansión de las bases
y misiones militares de los Esta-dos Unidos por todo el mundo es otra de las
facetas de este proceso de tene-brosa militarización de las relaciones
internacionales impulsado por Estados Unidos. Un recuento de hace un par de
años arrojaba un número de 872 bases diseminadas por 128 países, pero el
periodista especializado en temas militares Nick Turse escribía hace poco en el
diario digital TomDispatch que el número real, contando
también aquellas bases o destacamentos no siem-pre declarados por el Pentágono,
ascendía a comienzos de 2011 a más de mil, probablemente a 1.18091.
En meses recientes, la Casa Blanca
aumentó su presencia en nuestra región: por lo menos cuatro nuevas bases fueron
concedidas motu proprio por el gobierno de Ricardo Martinelli en Panamá, dos en
el litoral caribeño y otras dos en el Pacífico92; y una o dos bases aeronavales que el gobierno de
Alan García habría puesto a disposición de las tropas norteamericanas en el
Perú con el objeto de compensar la pérdida producida por el cierre de la base
de Manta en Ecuador. Es preciso aclarar, de todos modos, que la Corte
Constitucional de Colombia sentenció que el Acuerdo Obama-Uribe –por el cual se
concedía a Estados Unidos el uso de por lo menos siete bases militares y el
país anfitrión renunciaba a cualquier tipo de control sobre armamentos, equipos
o personal ingresados al territorio colombiano– es inconstitucional; en
realidad, el dictamen fue más allá, pues la sentencia establece que el tratado
de marras es “inexistente” dado que no cumplió con los requisitos fundamentales
que lo constituyan como tal. Esta sen-tencia podría, en principio, obstaculizar
la implementación de los planes bélicos del Pentágono en esa región. Pero
decimos “en principio” porque el débil espesor de la legalidad colombiana no
permite asegurar que la
91 “America’s shadowy base world”, de
Nick Turse, en <www.tomdispatch.com/blog/175204/ tomgram:_nick_turse,_america%27s_shadowy_base_world/>.
92 En relación con el caso especialmente
preocupante de Panamá, de lejos la principal ruta de comunicación biocéanica a
nivel mundial, ver “La remilitarización de Panamá”, de Marco Gan-dásegui (h),
en Alainet, 19 de enero de 2011, en <http://alainet.org/active/43678>.
90
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
sentencia del máximo tribunal vaya a
ser efectivamente aplicada. Numero-sos informes procedentes de Colombia señalan
que la actividad de las fuer-zas armadas de los Estados Unidos prosigue
haciendo caso omiso de lo que establece la sentencia del alto tribunal. Otro
tanto ocurre con la legislación aprobada por la Asamblea Nacional de Costa Rica
que autoriza el ingreso de un elevado número de marines a ese
país (entre 6 y 14 mil) y de 46 naves de guerra del más diverso tipo. A fines
de noviembre de 2010 tal legislación fue recurrida y existen indicios de que el
Tribunal Constitucional de ese país podría llegar a declarar la
inconstitucionalidad de esa pieza legislativa. Claro está que, al igual que en
el caso de Colombia, esto no significa que no puedan apelarse a argucias
especiales en virtud de las cuales se pueda burlar la sentencia de los jueces.
Para no abundar en mayores detalles, una simple mirada al mapa regional
bastaría para comprobar que América Lati-na y el Caribe se encuentran rodeados
de bases militares, la gran mayoría de las cuales fueron instaladas –o acordado
su uso– en los últimos años. Como puede comprobarse en los mapas que incluimos
en el Apéndice, elaborados por Telma Luzzani, la cuenca del Gran Caribe se ha
convertido en un “mar interior” de Estados Unidos, vigilado milimétricamente
por sus fuerzas armadas. No es un detalle anecdótico recordar que a través de
ese mar el imperio puede acceder, a salvo de cualquier contingencia o
interfe-rencia, al país que al día de hoy cuenta con las mayores reservas
probadas de petróleo del mundo: Venezuela. Igualmente rodeada se encuentra la
Amazonía, donde un cinturón de acero la recorre por los cuatro puntos
cardinales: al Norte, por las bases instaladas en Colombia y las Antillas
Holandesas (Aruba y Curaçao); al Sur, por las dos localizadas en Paraguay; al
Oeste, por las que se establecieron en el Perú; y al Este por las radicadas en
Guyana, Surinam y la Guayana Francesa. A esto debe agregársele el con-trol
satelital que el imperio ejerce sobre todo el hemisferio y la proyección del
poderío norteamericano que puede desplegarse desde la Isla Ascensión hacia el
litoral brasileño, a la altura de Recife, trayecto que un buque de guerra puede
cubrir en poco más de dos días y un avión militar en unas tres horas. Además,
la base de la Isla Ascención no sólo puede respaldar logísti-camente a la
máquina militar norteamericana para sus operaciones en Sud-américa sino que
también puede servir como plataforma de intervención desde nuestro continente,
para operaciones en el África Occidental, sede de los principales campos
petroleros africanos: Nigeria, Angola y Guinea Ecuatorial, y para proyectar la
fuerza de los Estados Unidos y los países de la otan para controlar las aguas
del Atlántico Sur. Remitimos al lector al Apéndice de este libro para
visualizar los mapas y el listado completo de las bases instaladas.
Pero lo anterior no es todo: a un
cuadro tan amenazante y ominoso como el que se desprende de la existencia de
tantas bases habría que agregar la reactivación de la IV Flota, que no se había
movilizado ni siquiera durante la Crisis de los Misiles, de octubre de 1962,
cuando el mundo estuvo al borde
91
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
de una guerra termonuclear
desencadenada por la reacción de Washington ante la instalación de cohetería
soviética en Cuba. Mantenida en sus apos-taderos aun en tan crítica ocasión, la
flota se reactivó a mediados de 2008 en sugestiva coincidencia con el anuncio
formulado por el presidente Lula relativo al descubrimiento de un enorme manto
petrolífero submarino en el litoral paulista. No es un dato menor el hecho de
que la movilización de la IV Flota se produjo sin que mediara una comunicación
oficial de Washing-ton a los jefes de Estado de América Latina y el Caribe.
Quienes recibieron la noticia fueron los jefes de los estados mayores de las
fuerzas armadas de nuestros países, quienes luego a su vez informaron sobre el
asunto a los presi-dentes y los Congresos de la región. Esto habla con suma
elocuencia del tipo de relacionamiento que Estados Unidos procura tener en el
área: múltiples andariveles de comunicación para evitar que la renuencia de un
presiden-te díscolo con los dictados del imperio o la intromisión de
parlamentarios desafectos con las políticas de Washington pueda afectar la
estabilidad y la solidez de los vínculos con los militares de la región. Se
cumple una vez más con lo que parecería ser una “ley de hierro de los
imperios”: su agresividad y belicosidad se acrecienta en su fase de decadencia
y descomposición. Allí están, para probarlo, las escaladas belicistas de Roma,
el imperio otomano, los imperios de España, Portugal, Gran Bretaña, Francia,
Bélgica y Holanda, y, ahora, el norteamericano.
Para resumir: descontrolada expansión
del gasto militar, de las bases militares, del personal dedicado a monitorear y
controlar a la región en el marco del Comando Sur, la movilización de la IV
Flota: ¿hace falta alguna evidencia más para concluir que el imperio se ha
lanzado con todas sus fuerzas a recuperar el terreno perdido y a “corregir” el
curso de los aconte-cimientos regionales en la primera década del siglo xxi
para adecuarlo a sus intereses? Y no cabe duda alguna de cuáles son los
objetivos estratégicos de tamaña reacción. En lo inmediato, desalojar a Chávez
del poder, apostando a tres vías: su enfermedad, su altamente improbable por no
decir impo-sible (al menos hasta ahora, septiembre de 2012) derrota electoral
y, en tercer lugar, la construcción de un escenario “modelo Libia”, en donde
una región (¿Zulia?) rechace el desfavorable veredicto de las urnas, se declare
en rebeldía y, repitiendo lo ocurrido en Bengasi, reclame la solidaridad
militante de los “países democráticos” de la región para derrocar a Chávez.
Desaparecido el bolivariano de la escena, se aceleraría el estrangulamiento
económico-financiero y el aislamiento político de Cuba, Bolivia y Ecuador, y se
disciplinaría a los pequeños países de Centroamérica y el Caribe que
sucumbieron ante lo que sus detractores denominan el engañoso señuelo de
Petrocaribe y la Alianza Bolivariana de las Américas (alba)93. Pero el
93 Al 27 de febrero de 2012 los países
integrantes del alba eran Venezuela, Cuba, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, San
Vicente y Las Granadinas, Dominica y Antigua y Barbuda. Se debe
92
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
objetivo estratégico supremo, más
allá de lo inmediato y circunstancial, es posicionar a los Estados Unidos en
una situación tal que le permita controlar el acceso a las enormes riquezas
concentradas en el corazón de Sudamérica, ignorando la jurisdicción que sobre
ese vasto territorio tienen los países del área, comenzando por Brasil.
La insaciable sed de recursos
naturales que ofusca y enardece al imperio está inevitablemente llamada a
desencadenar la frenética expan-sión de su presencia militar al sur del Río
Bravo, coto privilegiado de su pillaje. Derrotado su gran proyecto estratégico,
el alca, en la Cumbre de Presidentes de las Américas de Mar del Plata
(noviembre de 2005), bajo el liderazgo de Hugo Chávez y el acompañamiento de
Luiz Inácio Lula da Silva y Néstor Kirchner, la Casa Blanca sólo retrocedió
para cobrar nuevos bríos y lanzarse de lleno a la reconquista de su influencia
perdida. Los cambios que se habían sucedido desde finales del siglo pasado: la
rebelión zapatis-ta el 1 de enero de 1994, la elección de Hugo Chávez el 6 de
diciembre de 1998, el auge del Foro Social Mundial en el primer quinquenio del
presente siglo y la fuerza que adquirieron las movilizaciones antineoliberales
en toda la región, las elecciones de Lula en 2002 y Kirchner en 2003 en Brasil
y Argentina respectivamente y, más tarde, los triunfos de Evo Morales en
Bolivia, Rafael Correa en Ecuador y, en menor medida, del sandinismo en
Nicaragua convencieron a la burguesía imperial que el reordenamiento de la
díscola y vasta región que se extiende hacia el sur difícilmente podría
lograrse apelando a los mecanismos tradicionales o alguna variante de la
política del “buen vecino”. Pese a que el creciente papel de los (muy
concentrados) medios de comunicación y el financiamiento privado de la
actividad política favorecen de manera sistemática los intereses y las prefe-rencias
de la derecha y sus amos imperiales, los procesos de descomposi-ción del orden
neocolonial han recorrido un largo trecho: la resistencia de Cuba ante el
bloqueo y una aberrante campaña de agresiones y sabotajes la hicieron aparecer
ante los ojos de millones de latinoamericanos como un faro cuya luz se volvía
más resplandeciente con el transcurso del tiempo. Y la llegada de nuevos
liderazgos radicales, como el de los ya mencionados Chávez, Morales y Correa, y
de otros que sin serlo facilitaban sus iniciati-vas –como Lula, Kirchner y
Vázquez en Uruguay y, en circunstancias muy especiales, Bachelet en Chile–
exigían correctivos que obligaban a arrojar por la borda los escasos escrúpulos
democráticos de la derecha latinoa-mericana y estadounidense. De ahí la súbita
reaparición de las tentativas golpistas en Venezuela en 2002, Haití en 2004,
Bolivia en 2008, Honduras en 2009, Ecuador en 2010 y Paraguay en 2012, no por
casualidad casi todos
recordar que Honduras era miembro del
alba, pero el 15 de diciembre de 2009 Roberto Micheletti, el presidente surgido
del golpe hondureño-norteamericano de ese año, decretó la desafiliación de ese
país de la Alianza.
93
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
ellos (con la excepción de Haití y
Paraguay) países integrantes del alba. Si bien tres de estas seis tentativas
fueron desbaratadas, en Haití, Honduras y Paraguay el desenlace favoreció los
planes del imperialismo. En este último país, el presidente José Manuel “Mel”
Zelaya fue derrocado, el régimen gol-pista fue amparado por la abierta
complicidad de Washington y el gobierno fraudulento de Porfirio Lobo fue
inmediatamente reconocido por la Casa Blanca y su peón sudamericano, Álvaro
Uribe94. Con ligeras variantes, el mismo
libreto se aplicó en el Paraguay, donde el papel de la Embajada de Estados
Unidos, Monsanto y la minera Río Tinto fueron de importancia decisiva para
montar el golpe de estado fraguado en contra de Fernando Lugo. Ambos derrocamientos,
ilegales e ilegítimos hasta la médula, fue-ron sin embargo considerados como
“recambios constitucionales” por Washington. Es de estricta justicia señalar
que dos de las tres tentativas frustradas (Bolivia y Ecuador) lo fueron gracias
a la rápida intervención de los países de la Unión de Naciones Suramericanas
(unasur), cuya eficacia en la resolución de conflictos y para hacer frente a
estos ataques al orden democrático probó ser infinitamente mayor que la
demostrada por la lan-guideciente oea.
Un aspecto poco examinado de la
militarización de las relaciones hemisféricas, y que convendría monitorear más
cuidadosamente, es el siguiente. Si bien es cierto que la Escuela de las
Américas (School of the Americas, soa), el nido en el cual se criaron los
militares terroristas que asolaron la región, ya no posee la importancia de
antaño, lo cierto es que persisten todavía numerosas ligazones que vinculan
estrechamente al Pentágono con las fuerzas armadas de América Latina y el
Caribe. Fun-dada en 1946 y establecida en Panamá en ese mismo año, en 1984
debió reiniciar sus actividades en territorio continental norteamericano, en
Fort Benning, Georgia. La relocalización de la Escuela de las Américas fuera
del suelo latinoamericano había sido uno de los puntos contemplados en las
negociaciones del Tratado Carter-Torrijos en 197795. Atenta a los cambios
94 bbc Mundo informó el 12 de marzo de
2012 que con el asesinato a machetazos de Fausto Hernández, de la Radio Alegre,
se elevó a 18 el número de periodistas asesinados en ese país desde la asunción
de Porfirio Lobo a la presidencia de Honduras. Todos ellos han quedado impunes,
y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, organismo dependiente de la
oea, demuestra estar mucho más preocupada por el supuesto acoso a la prensa en
países como Ecuador, Bolivia, Venezuela y Argentina que por la serie interminable
de asesinatos perpetra-dos por el gobierno “pronorteamericano” de Lobo. Ver la
noticia en <www.bbc.co.uk/mundo/ ultimas_noticias/2012/03/120312_ultnot_periodista_asesinado_honduras_bd.shtml>.
95 La Escuela de las Américas instruyó,
hasta su transformación, a unos 64 mil integrantes de las fuerzas armadas
latinoamericanas. Entre ellos sobresalen algunos de los más siniestros tiranos
y asesinos de la región: Leopoldo F. Galtieri y Roberto Viola (Argentina),
Manuel Contreras (Chile), Vladimiro Montesinos (Perú), Manuel Noriega (Panamá),
Hugo Banzer (Bolivia) y Roberto d’Aubuisson, jefe del “escuadrón de la muerte”
que tuvo a su cargo la matanza de los jesuitas en El Salvador y de monseñor
Oscar Arnulfo Romero.
94
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
de los vientos políticos que soplaban
en la región en 2001, esta siniestra ins-titución cambió de nombre y pasó a
denominarse Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación de
Seguridad Western Hemisphere Institute for Security Cooperation (whisc,
por sus sigles en inglés). El cambio es mero maquillaje, porque la
institución continúa en el mismo sitio, con el mismo edificio, los mismos
instructores y enseñando las mismas técnicas de tortura y represión. Lo más
grave es que, salvo pocas excepciones, prác-ticamente la totalidad de los
países del área, Colombia, Chile, Perú, Nica-ragua, República Dominicana,
Ecuador, Panamá, Honduras, El Salvador, Guatemala, Costa Rica, Paraguay,
México, Jamaica, Belice, Brasil, Canadá, Barbados, Granada y St. Kitts,
continuaban enviando, en 2009, a sus oficia-les de las fuerzas armadas a la
Escuela de las Américas, mientras que Argen-tina, Venezuela, Bolivia y Uruguay
dejaron de hacerlo. En otras palabras, el siniestro Plan Cóndor mediante el
cual se coordinaron las fuerzas represi-vas del Cono Sur para “aniquilar la
subversión” no ha desaparecido, sino que continúa, sólo que en estado latente.
Para decirlo con la terminología de la “guerra contra el terrorismo”, la
Escuela de las Américas es una “célula dormida”, capaz de despertarse en
cualquier momento.
Para resumir: pese a los cambios
sociopolíticos existentes en la región todavía subsisten múltiples vínculos
entre las fuerzas armadas latinoameri-canas con las agencias militares del
imperio. Por eso le asiste plenamente la razón a la especialista argentina Elsa
Bruzzone cuando asegura que “debe-mos deshacernos de la oea, del tiar, de la
Junta Interamericana de Defensa, en resumen, de todo el sistema interamericano
de defensa elaborado por Estados Unidos desde el año 1948”96. Que así sea.
Militarización internacional, criminalización
nacional y resistencias populares
Como ya señalamos, el proceso de
militarización de las relaciones interame-ricanas está lejos de ser un
resultado accidental del nuevo escenario interna-cional, sino que es
consecuencia de las apremiantes necesidades del imperio para asegurarse el
control excluyente de los recursos naturales necesarios para mantener su
irracional y despilfarrador patrón de consumo. Por supuesto, esto tiene su
contrapartida doméstica en la fuerte tendencia hacia la criminaliza-ción de la
protesta social en numerosos países del área, en una dinámica que no es
independiente, sino estrechamente relacionada con la que prevalece en el plano
internacional. Tal como lo han observado numerosos estudiosos del tema, la
criminalización de la protesta social es inherente al modelo de desarrollo
extractivista, a la acumulación por desposesión (David Harvey) y al
96 Ver “Sistema ‘interamericano’ o
soberanía regional”, entrevista a Elsa Bruzzone de Nata-lia Brite, en <www.prensamercosur.com.ar/apm/nota_completa.php?idnota=4610>.
95
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
saqueo de los pueblos originarios y
las masas campesinas latinoamericanas97. Según estos autores, no existe extractivismo sin
represión, como no existen relaciones interamericanas sin militarización. La
nueva legislación antiterro-rista aprobada recientemente en numerosos países de
América Latina y el Caribe, entre ellos Honduras, Chile, Paraguay y la
Argentina, es una prueba del carácter sistemático de esta política represiva
que, no se debe olvidar, no es para nada novedosa, sino que refleja una
tendencia estructural del modo de producción capitalista. Por tanto sería un
error pensar que la criminaliza-ción de la protesta social es un fenómeno
reciente, pues es tan viejo como el propio capitalismo: fue por eso que desde
su mismísima aparición toda forma de protesta social fue reprimida y puesta al
margen de la ley. Basta con recor-dar la ferocidad con que ya en los albores
del capitalismo inglés se sometía a los revoltosos (algo que Tomás Moro se
encargó de subrayar en su luminoso ensayo Utopía) o que recién a
inicios del siglo xx los sindicatos obreros y los partidos de izquierda
comenzaron a ser admitidos como expresiones legales de la vida social, y eso no
sin importantes regresiones y excepciones. Hasta finales del siglo xix casi
todas las noticias referidas a aquellas organizaciones eran publicadas en la
sección policial de los periódicos de la burguesía. Por lo tanto, el
capitalismo siempre criminalizó la protesta social.
Dadas estas condiciones, no sorprende
el respaldo y abierto auspicio que Washington les está otorgando a las diversas
“ofensivas destituyentes” en curso en la región. El caso de Honduras es sin
duda el más citado y, tal vez, el más descarado. Allí fue el propio embajador
de Estados Unidos en Tegucigalpa quien advirtió, en un cable ahora revelado por
las filtraciones de WikiLeaks, que “las Fuerzas Armadas, el Poder Judicial y el
Congreso Nacional conspi-raron contra el ex presidente Manuel Zelaya”, y que lo
que allí ocurrió fue un golpe de estado y no, como aseguró la secretaria de
Estado Hillary Clinton, un prolijo y legal recambio presidencial precipitado
por las supuestas transgresio-nes cometidas por el presidente Zelaya. Esto no
es nada novedoso, sino, por el contrario, la ratificación de una tendencia
permanente de la política exterior de Estados Unidos hacia nuestra región y que
se manifiesta también en la brutal ofensiva lanzada contra los gobiernos de
izquierda como el de Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa y, en menor
medida, a quienes son considerados como sus “cómplices”: tal es el caso de
Cristina Fernández en Argentina. La intensificación de la campaña en contra de
Cuba puesta de manifiesto en los renovados recursos destinados a financiar las
actividades de presuntos “disidentes” y que se ha venido intensificando con la
asunción de algunos miembros de la derecha fascista en algunos cargos claves
del Congreso (caso de la representante de la mafia anticubana de Miami, Ileana
Ros, por ejemplo,
97 Remitimos a los lectores al trabajo
de José Seoane, Emilio Taddei y Clara Algranati “Las dis-putas sociopolíticas
por los bienes comunes de la naturaleza: características, significación y
desafíos en la construcción de Nuestra América”, en el Apéndice de este libro.
96
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
a la jefatura de la Comisión de
Relaciones Exteriores de la Cámara de Repre-sentantes) así como el explícito
reconocimiento del apoyo financiero y político brindado por la Casa Blanca a
las oposiciones en los países del alba son claros indicios de que nuestra
región deberá estar muy alerta para evitar que sus gobiernos progresistas
terminen sucumbiendo ante el feroz contraataque de la Roma americana como ya
ocurriera en Honduras y Paraguay98.
Una última reflexión con relación a
este asunto: contrariamente a las ilusiones que brotaron al calor de la
“Obamamanía”, la presidencia del insó-lito premio nobel de la paz Barack Obama
no se apartó un ápice de la senda trazada por sus reaccionarios predecesores.
No sólo fue él quien estampó su firma junto a la de Álvaro Uribe al pie del
tratado mediante el cual Colombia cedía el uso de siete bases militares a los
Estados Unidos –en una movida que equivale a la explícita conversión de ese
país sudamericano en un pro-tectorado norteamericano–, sino que también
continuó sin revisión alguna con el aspan que, en los hechos, significa
extender dentro de los territorios de México y Canadá (pero no a la inversa; si
bien esto no está explícitamente prohibido, es absolutamente inverosímil en la
práctica) la jurisdicción de las fuerzas armadas estadounidenses y de algunas
de sus agencias federales como la cia, la dea y el fbi a costa de la menguada
soberanía de sus vecinos del norte y del sur. No es un dato menor señalar el
hecho de que, pese a su enorme importancia y su carácter lesivo para la
soberanía de México, el aspan no sea un tratado, sino simplemente un
“compromiso político” o un “acuerdo de cooperación” pactado entre los
Ejecutivos de Estados Unidos, Canadá y México, el que, dada su informalidad, no
está sujeto al control del Poder Legislativo de los países signatarios del
acuerdo, lo cual configura una aberrante anomalía para esta clase de
entendimientos. Tal como manifestó la canciller mexicana Patricia Espinosa, no
existe ningún documento que especifique los términos de este acuerdo: por
ejemplo, qué armas podrán ser introducidas en México, el tamaño de la fuerza
norteamericana, el ámbito territorial de su intervención, si existen o no
inmunidades diplomáticas para los involucrados en esta operación. Agregó, para
despejar toda duda, que “no hay documento firmado. No es un tratado
internacional; es un documento que refleja el compromiso de ambos gobiernos de
trabajar de manera con-junta”. El único documento escrito es, según la
canciller, apenas el comunica-do conjunto emitido por los gobiernos de los tres
países, ¡nada más! El aspan tiene por objetivo coordinar los esfuerzos de lucha
contra lo que se han dado
98 Según Mark Feierstein, administrador
adjunto para América Latina y el Caribe de la Agencia de Estados Unidos para el
Desarrollo Internacional (usaid), Washington prioriza el apoyo a las fuerzas
opositoras que “están luchando por los derechos humanos y la democracia” en
esas naciones, según lo recogió Prensa Latina y otros medios internacionales.
Los Estados Unidos reiteraron su disposición para financiar a grupos opositores
en algunos países del alba. Ver <www.telegrafo.com.ec/index. php?option=com_zoo&task=item&item_id=43329&Itemid=2>.
97
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
en llamar las “amenazas comunes”, que
fueron identificadas como “las orga-nizaciones transnacionales del crimen
organizado, el narcotráfico, el tráfico de armas, las actividades financieras
ilícitas, el tráfico de divisas y la trata de personas”. Gracias a este
“compromiso”, las fuerzas ocupantes pueden ignorar la normativa internacional
en la materia, porque no existe ningún vínculo formal que las obligue a ello.
Pocas veces se constató tan flagrante e ignomi-niosa cesión de soberanía como
el aspan, iniciativa llevada a cabo de manera solapada, arbitraria y
antidemocrática, lo que arroja un ominoso manto de sospecha sobre los gobiernos
signatarios y carcome insanablemente sus pre-tendidas credenciales
democráticas. Obama convalidó esta monstruosidad, lo cual retrata nítidamente
su total sujeción a las directivas establecidas por la clase dominante en
Estados Unidos –en cuyo núcleo hallamos al complejo militar–industrial– y al
“Estado profundo” al que se refiere Peter D. Scott, un gobierno secreto, paralelo,
gestionado por el establishment militar y los ser-vicios de
inteligencia. ¡Menos mal que Obama era tenido por “progresista”!99.
No obstante todo lo expuesto, es
preciso subrayar que a pesar de las for-midables presiones de todo tipo
ejercidas por Estados Unidos, Washington no pudo neutralizar la creciente
influencia comercial y económica de China, y en algunos casos, como Rusia, la
influencia también ejercida en la órbita militar. Este acelerado proceso de
multipolarización económica y política, que con-trasta abiertamente con el
indisputado predominio militar de Estados Unidos, ha abierto un importante
espacio para afianzar la autonomía y autodetermi-nación de Nuestra América.
Países como Rusia han recuperado su gravitación en el área y otros como China,
Irán, India y Sudáfrica juegan un papel cada vez más importante en los
delicados equilibrios geopolíticos de la región.
Una prueba del menguado poderío
norteamericano en el área la ofrece la sola enumeración de algunas derrotas que
Estados Unidos experimen-tó en años recientes en esta parte del mundo. Sin
ánimo de exhaustividad
99 La producción de Peter Dale Scott
sobre el tema del “gobierno secreto” de Estados Unidos es a la vez
impresionante e importante porque refuta los lugares comunes sobre la
“democracia norteamericana” cultivados con fruición tanto por los politólogos
estadounidenses como por sus epígonos de ultramar. Este diplomático y académico
canadiense ha venido traba-jando sobre este asunto desde hace cuarenta años.
Entre sus libros principales se cuentan Deep politics and the death of jfk (1993); Deep politics
II: essays on Oswald, Mexico, and Cuba (1996); Cocaine politics:
drugs, armies, and the cia in Central America (1998); Drugs, oil, and
war: the United States in Afghanistan, Colombia, and Indochina (2003); The
road to 9/11: wealth, empire, and the future of America (2008) y, el
más reciente, American war machine: deep politics, the cia Global drug connection, and the
road to Afghanistan (2010). Hasta donde pudimos indagar, no existe
traducción al castellano de ninguna de estas obras, lo que no nos parece para
nada casual. Agreguemos que pese al aspan, o mejor dicho, tal vez debido a él,
si hay algo que ha desaparecido en México es la seguridad y la prosperidad que
promete la Alianza. Se calcula que sólo bajo el sexenio de Fernando Calderón se
produjeron unos 50 mil homicidios como producto de las acciones del crimen
organizado y el narcotráfico, algo que supuestamente el aspan combatiría.
98
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
podríamos citar el desplante sufrido
en la elección del secretario general de la oea, en mayo de 2005, cuando por
primera vez fue electo para ese cargo un candidato que no contaba con el apoyo
de Estados Unidos. Poco después Washington sufrió una nueva derrota en Mar del
Plata, cuando en noviembre de 2005 naufragó el alca. Estados Unidos experimentó
también un duro revés al fracasar el golpe de estado en Venezuela, en 2002, y
similares tentativas en Bolivia (2008) y Ecuador (2010). Lo mismo ocurrió en junio
de 2009, en San Pedro Sula, Honduras, cuando contrariando las explícitas
posturas de Estados Unidos y sobreponiéndose a sus intensas presiones, la
Asamblea General de la oea derogó la resolución adoptada en Punta del Este, en
1962, que había expulsado a Cuba del seno de la organización. Washington
tampoco pudo impedir la realización de ejercicios navales conjuntos entre las
marinas rusa y venezolana en el Mar Caribe (el Mare Nostrum de
Estados Unidos para Mahan y los estrategas actuales del Pentágono) en noviembre
de 2008, en coinciden-cia con la visita del presidente de Rusia, Dimitri
Medvédev, a la República Bolivariana de Venezuela. Tampoco triunfó la Casa
Blanca en sus empeños por impedir la liberación de rehenes de las Fuerzas
Armadas Revolucionarias de Colombia (farc), pese a los denodados esfuerzos
realizados por su peón Álvaro Uribe Vélez. No corrió mejor suerte el intento de
evitar que el gobierno de Rafael Correa en Ecuador ordenara la inmediata
evacuación de la base de Manta, ni tampoco pudo ser desestabilizado ese
gobierno por el ataque de las fuerzas armadas de Colombia, con apoyo logístico
de personal y equipo localizado en Manta, a un campamento de las farc
establecido al sur de la frontera colombo-ecuatoriana. Tampoco tuvo éxito en
precipitar la caída de Correa mediante una abortada intentona de golpe de
Estado en septiembre de 2010, ni en impedir que el gobierno de Evo Morales
expulsara al embajador de Estados Unidos en ese país, Philip Goldberg, un
agente provocador de tene-brosa participación en la partición de la ex
Yugoslavia y la creación de Kosovo. Pese a sus presiones, la Casa Blanca no
pudo frustrar el proyecto de creación de la unasur, que suplantó exitosamente a
la oea en desbaratar los golpes de estado en contra de Evo Morales y Rafael
Correa, y la puesta en marcha de un Consejo de Defensa Suramericano, creado
poco después de que Estados Uni-dos decidiera reactivar la IV Flota.
Finalmente, tampoco pudo Estados Unidos imposibilitar la creación de la
Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (celac). Derrotas
significativas todas ellas, mas el imperio no se da por vencido. Vuelve a la
carga y, tal como lo señalamos anteriormente, en su fase de decadencia se torna
más virulento y agresivo.
Unas palabras a propósito de la creación de la celac
Sin duda que la creación de la celac
ha sido uno de los principales acon-tecimientos que tuvieron lugar en el plano
regional en muchos años, razón por la cual amerita que le dediquemos este
apartado. La sola idea de una organización que reúna a los países
latinoamericanos y caribeños sin la
99
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
asfixiante presencia de Estados
Unidos y Canadá es una muy buena noticia y permite abrigar esperanzas de que la
tradicional prepotencia con que la Casa Blanca manejaba los asuntos del área
tropezará de ahora en más con crecientes obstáculos. No obstante, la
“presunción hegemónica” del imperio no se desvanecerá por la creación de esta
organización, pero sus mandatos ya no tendrán el automático asentimiento del
pasado, cuando un úkase de Washington producía eventos tales
como, en 1961, el destierro de Cuba del sistema interamericano, o precipitaba
la invasión de Santo Domingo en 1965. De todos modos, convendría dejar de lado
excesivos entusiasmos, porque poner en marcha efectivamente la celac, esto es,
convertirla en la protago-nista que se haga merecedora de las grandes
esperanzas en ella depositadas, no será tarea sencilla. Su creación es un logro
importantísimo, pero por ahora es apenas un proyecto que, para ser eficaz,
deberá ser capaz de transformarse en una organización; es decir, en un sujeto
dotado de suficientes capacidades de intervención en el ámbito regional. Pero,
como veremos más adelante, no es ese el proyecto que proponen los gobiernos de
la derecha latinoamericana con la indisimulada bendición de la Casa Blanca.
La inusitada gravedad de la crisis
capitalista en curso hizo que hasta los gobiernos más derechistas de la región
consintieran en unirse a la celac. Es un gesto importantísimo y sería tan
errado minimizar su trascendencia y el mal trago que esto significó para
Washington como exagerar el impacto inmediato que habrá de tener esta nueva
institución. No es un misterio para nadie que la extrema heterogeneidad
sociopolítica del continente (desde la Revolución Cubana hasta los regímenes
títeres de Porfirio Lobo en Honduras o Federico Franco en Paraguay, pasando por
toda una gama de situaciones intermedias como las de Juan M. Santos, Sebastián
Piñera, Felipe Calderón, Ricardo Martinelli, Laura Chinchilla, Cristina
Fernández, Dilma Rousseff, José “Pepe” Mujica, Ollanta Humala hasta llegar a
Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa) habrá de constituirse en un muy serio
obstáculo a la hora de pasar del inconsecuente plano de los discursos a las
acciones concretas en candentes asuntos regionales. Pongamos un par de ejemplos:
como veía-mos más arriba Washington dispone de grandes partidas presupuestarias
así como de “asesores” y otros recursos para “ayudar” a actores locales que en
diversos países hostigan o procuran desestabilizar (cuando no derrocar) a
gobiernos que no son de su agrado. Bolivia, Ecuador y Venezuela, además de
Cuba, son blancos favoritos de estas políticas. Si en muchos casos esta
inje-rencia imperial se procesa a través de organizaciones de pantalla, en
otros el involucramiento en la política de los países latinoamericanos se
realiza de forma abierta, directa e inmediata por las agencias u organismos
federales como la dea, la cia y la usaid, para mencionar apenas a los más
impor-tantes. ¿Será posible que la celac condene esas prácticas
intervencionistas del imperio y tome las decisiones requeridas para
neutralizarlas, habida cuenta de su carácter violatorio de la legalidad
internacional y su naturale-za profundamente antidemocrática? El silencio de la
celac ante el caso de
100
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Julian Assange es sumamente
significativo, y contrasta llamativamente con la postura solidaria con el
Ecuador de la unasur y, por supuesto, el alba, lo que ratifica el vigor de las
resistencias ante el avance imperial en Nuestra América. Parece muy poco probable
una conducta semejante por la celac, si bien bajo algunas circunstancias
extremas podría tal vez haber excepciones. ¿Habrá unanimidad en respaldar una
política de ese tipo u otras –y estos son casos aún más delicados– que
exigieran poner fin al bloqueo estadounidense a Cuba o al estatus colonial de
Puerto Rico? No parece; tal vez haya sido por eso que varios gobiernos –entre
ellos Chile, Colombia y México– insistieron en que todas las decisiones de la
celac debían adoptarse por unanimidad, temerosos de que los gobiernos más
radicales de la región pudieran llegar a constituir una circunstancial mayoría
que promoviera políticas que podrían disgustar a los ocupantes de la Casa
Blanca y entorpeciera las “amigables relaciones” que varios países
latinoamericanos y caribeños mantienen con Washington. Por algo los gobiernos
que quieren que la celac sea un organis-mo efectivo y no un periódico torneo de
discursos están viendo la forma de instituir una normativa que exija una
mayoría calificada (en qué proporción es algo que todavía no ha sido decidido)
para adoptar las decisiones de la ins-titución. La unanimidad es lo mismo que
conceder el poder de veto a Estados Unidos, actuando a través de los
muchos proxis que tiene en América Latina y el Caribe, siempre
dispuestos a satisfacer los menores deseos del emperador.
En relación con este tema, el
canciller chileno Alfredo Moreno expre-só con absoluta claridad la postura del
imperialismo cuando dijo que “la celac será un foro y no una organización, que
no tendrá sede, secretariado, burocracia ni nada de eso”. Para Moreno,
representativo de la derecha radical latinoamericana, de lo que se trata es de
esterilizar un proyecto, de castrarlo a poco de nacer, para reducirlo a una
intrascendente sucesión de “cumbres presidenciales” (2012 en Chile, 2013 en
Cuba, 2014 probablemente en Costa Rica). Por eso, quien preside la celac en
2012 es Sebastián Piñera. No es necesario aguzar demasiado la vista para
percibir que un proyecto de este tipo, “descafeinado”, es el que respaldará la
derecha latinoamericana, cuya carta de identidad es el servilismo y la
genuflexión ante los dictados del imperio. Pero existe otro proyecto para la
celac, en línea con el programa bolivariano del Congreso Anfictiónico de 1826 y
con los anhelos de Artigas, San Martín, Sucre, Bilbao, Martí, Morazán, Sandino
y tantos otros patriotas latinoamericanos y caribeños100. Un proyecto que hace medio siglo
fue bri-
100 Sería objeto de otro libro
exponer en detalle la claridad con que los padres fundadores de Nuestra América
advirtieron el peligro del imperialismo norteamericano. Martí, en su célebre
carta inconclusa a su amigo Manuel Mercado, decía el 18 de mayo de 1895: “Ya
estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber
–puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo– de impedir a tiempo
con la independencia de Cuba que se extien-dan por las Antillas los Estados
Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto
hice hasta hoy, y haré, es para eso”. Bolívar ya antes había sentenciado
101
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
llantemente sintetizado en la
“Segunda Declaración de La Habana”, impul-sada por Fidel, Raúl y el Che. Por
eso la disputa entre los dos proyectos será inevitable, y las circunstancias
históricas (profundización de la crisis general del capitalismo, intervencionismo
norteamericano en la región, maduración de la conciencia política de nuestros
pueblos, etcétera) irán moviendo el fiel de la balanza, ojalá que en un sentido
positivo. Se debe recordar que los baluartes de la influencia norteamericana en
la región, Piñera, Santos y Cal-derón, se encuentran sentados sobre un polvorín
que los disuade de realizar movimientos políticos demasiado bruscos.
La actitud de Washington hasta ahora
ha sido la de esperar a que se desenvuelvan los acontecimientos. El lanzamiento
de la celac ha sido una muy mala noticia para el imperio, pero sabe que todavía
cuenta con múlti-ples cartas en sus manos. Sabe, por ejemplo, que tiene varios
“caballos de Troya” dentro de la incipiente organización, y que en cuanto lo
considere oportuno se pondrán dócilmente a su servicio para implementar las
órdenes emanadas desde la Casa Blanca. Sabe también que su incansable labor de desestabilización
de los gobiernos más radicales puede debilitarlos, y crear-les dificultades que
afecten su protagonismo en el marco de la celac. Sabe, por último, que sus
cantos de sirena hacia los gobiernos de la así llamada “centroizquierda”
(Argentina, Brasil, Uruguay) pueden tentar a algún gober-nante a desertar del
proyecto emancipador que se encuentra en las raíces históricas de la celac y
que fueron actualizadas por Fidel, Raúl, Chávez, Evo y Correa, para no nombrar
sino las principales figuras. Los gestos reconci-liatorios de Obama con el
gobierno de Cristina Fernández y la permanente labor de seducción que la Casa
Blanca ejerce sobre Brasilia son inequívocas piezas de esta estrategia que
consiste en separar a la Argentina y el Brasil del proyecto radical de la
celac, aislar a Chávez, Evo y Correa, y de paso, ajustar más el torniquete del
bloqueo contra la Revolución Cubana. El imperio no dejará nada librado al azar.
El premio es muy grande: 20 millones de kilóme-tros cuadrados, un mercado de
600 millones de habitantes, siete de los diez principales productores de
minerales estratégicos del mundo, casi la mitad del agua dulce y de la
biodiversidad del planeta Tierra, además de petróleo, gas, energéticos de todo
tipo y alimentos como para saciar el hambre de más de mil millones de personas.
Y, como lo recordaba el Che, “América Latina es la retaguardia estratégica de
Estados Unidos”, y bajo las actuales condiciones de crisis económica
internacional y acelerada descomposición del precario “orden mundial” creado
por Washington desde la posguerra, esa retaguardia adquiere un valor supremo.
Por eso es tan importante librar la batalla por la
que “los Estados Unidos parecen
predestinados por la providencia a plagar de miserias a las Américas en nombre
de la libertad”. Sobre el tema de los precursores del antimperialismo en
América Latina es imprescindible acudir a Roberto Fernández Retamar y su Pensamiento
de nuestra América. Autorreflexiones y propuestas (Buenos Aires:
clacso, 2006).
102
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
celac, para que el proyecto
emancipador que le dio nacimiento sea quien finalmente prevalezca y abra
aquellas grandes alamedas de las que habló Salvador Allende en su último
discurso, y por las cuales transitarían nuestros pueblos en su larga marcha
hacia la justicia, la libertad, la autodetermina-ción nacional y la democracia.
Los obstáculos a vencer serán formidables. En su momento, José Martí recordaba
algo que viene a cuento en la actua-lidad: decía que los norteamericanos “creen
en el derecho bárbaro como único derecho: ‘esto es nuestro, porque lo
necesitamos’”. Y ahí arremeten contra los pueblos que tienen aquello que excita
el apetito del imperio. O las advertencias del Che, cuando en las Naciones
Unidas sentenciaba que “no se puede confiar en el imperialismo, pero ni tantito
así, nada”. Y, por último, las de Fidel, cuando aconsejaba:
No subestimar al enemigo
imperialista. […] ¡El enemigo imperialista cometió el error de subestimarnos a
nosotros! […] Nuestra patria se enfrenta al imperio más feroz de los tiempos
contemporáneos, […] que
[…] no descansará en sus esfuerzos por tratar de
destruir la Revolución […], crearnos obstáculos […] por tratar de impedir el
progreso y el desa-rrollo de nuestra patria […]. Ese imperialismo nos odia con
el odio de los amos contra los esclavos que se rebelan. […] A ello se unen las
circuns-tancias de que ven sus intereses en peligro; no los de aquí, si no los
de todo el mundo101.
101 Fidel Castro Ruz, discurso en el
acto por el 50º aniversario de los Comités de Defensa de la Revolución (cdr),
en el antiguo Palacio Presidencial, La Habana, 28 de septiembre de 2010,
en <www.cubadebate.cu/fidel-castro-ruz/2010/09/28/hemos-cumplido-y-ustedes-seguiran-cumpliendo-la-promesa-de-aquella-eterna-noche/>. La famosa frase del Che, pronunciada
en un discurso en homenaje al asesinado líder congoleño Patrice Lumumba, se
encuentra en <www.youtube.com/watch?v=MsUv7UohLds>.
103
Los recursos naturales en las relaciones
hemisféricas
Hemos analizado hasta ahora el gran
marco dentro del cual se desenvolvie-ron las relaciones entre Estados Unidos y
América Latina. En los próximos capítulos avanzaremos en el examen del papel
que los recursos naturales juegan en esas relaciones. Tal como planteamos
anteriormente, América Latina es una región depositaria de inmensos recursos
naturales. Agua, petróleo, gas, minerales estratégicos, biodiversidad,
agricultura y ganadería se encuentran altamente representados en nuestra
región, frontera entre el Tercer Mundo y la mayor economía del planeta, Estados
Unidos, cuya voracidad consumista convierte a nuestra región en un poderoso
imán que suscita el insaciable apetito del imperio.
Una primera aclaración se relaciona
con la utilización de la expresión “recursos naturales”, que ha venido cayendo
en desuso y siendo progresiva-mente reemplazada por “bienes naturales” o
“bienes comunes”, para señalar con esta última formulación que la naturaleza,
más que un “recurso” capaz de ser valorizado mercantilmente, es un patrimonio
universal imprescindible para hacer posible la vida humana en este planeta. El
cambio de léxico refleja una postura ideológica diferente, ajena al
“productivismo” y el economicis-mo con que este tema ha sido tradicionalmente
abordado inclusive, y no se debe por qué negar, desde posturas teóricas y
políticas de izquierda.
Hecha esta aclaración, digamos que
una primera diferenciación que debe hacerse en cualquier análisis es la que
distingue entre bienes renova-bles y no renovables. Esta diferenciación se basa
en un razonamiento que toma en cuenta variables tales como la disponibilidad en
el tiempo del bien en cuestión y los ritmos –rara vez congruentes– de
generación (o regenera-ción) y de explotación del mismo. A partir de este
conjunto de criterios, un bien sería renovable cuando el proceso de su
regeneración o renovación es más rápido que el de su explotación. De donde se
desprende que la renova-bilidad o no de un recurso no es un dato fijo e
inmutable, sino que tiene que ver con las relaciones que se establecen entre el
hombre y la naturaleza. Así, la descontrolada explotación de un recurso que
podría ser renovable puede fácilmente culminar en su extinción: la destrucción
de bosques y selvas para
104
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
convertir a esas tierras en aptas
para la agricultura o la ganadería es un caso; otro, la sobreexplotación de la
pesca y de la caza. Ahora bien, existen bienes renovables que no tienen esas
limitaciones, como la luz solar, los vientos y, hasta cierto punto, el torrente
de los ríos que pueden ser aprovechados para producir energía solar, eólica o
hidráulica. Los recursos no renovables, en cambio, son bienes que existen en
una cantidad fija (por ejemplo, los minerales o metales que se encuentran en
nuestras montañas) o cuyos ciclos de regeneración son de un plazo muchísimo más
largo, medido en edades geológicas, que los de su extracción y explotación,
como es el caso de los hidrocarburos. Conviene, llegados a este punto, recordar
la sobria adverten-cia del economista norteamericano Kenneth Boulding cuando
escribiera que “cualquiera que crea que el crecimiento puede continuar
indefinidamente en un mundo de recursos finitos es un loco o un economista”.
En tiempos recientes ha surgido una
amplia discusión en torno a este tema debido a la acelerada tasa de explotación
de muchos bienes comunes y la certeza de su inexorable agotamiento. Un caso
paradigmático es el del petróleo, insumo fundamental para el modelo
civilizatorio construido por el capitalismo, pero cuya disponibilidad no es
ilimitada. Por el contrario, si bien existe un debate muy intenso sobre la
cuantía de las reservas petrolíferas que alberga el planeta (cuya estimación
precisa se ve entorpecida por las propias empresas petroleras, los grandes
países consumidores, el precio del barril del crudo y la especulación
financiera en torno a él, la evolución mundial de la demanda de petróleo,
etcétera), lo cierto es que no caben dudas de que en algún momento el petróleo
se agotará. Lo único que está en discusión es cuándo. La “civilización”
capitalista, fundada en la exacerbación irracional del consumo, en el
despilfarro, en la obsolescencia planificada de bienes y productos que podrían
ser de utilidad por muchísimo más tiempo (piensen en la acelerada tasa de
renovación de las computadoras) y en la depredación del medio ambiente,
concebido como una mercancía más, ya requiere para su sostenimiento los bienes
naturales de un planeta Tierra y medio. Con uno ya no le alcanza, como podemos
observar en la gráfica siguiente. Por eso, el ecologismo capitalista es un
oxímoron al igual que el “capitalismo verde”, puesto que ambos soslayan la
cuestión fundamental: que en el capitalismo la tasa de explotación de los bienes
naturales está dictada por el imperativo de la ganancia, el “motor inmóvil” de
ese modo de producción. Por lo tanto, sólo construyendo un ordenamiento
económico poscapitalista (utilizamos esta expresión para evitar innecesarias
discusiones sobre la caracterización pre-cisa del mismo), decididamente no
consumista y cuya dinámica económica repose sobre los valores de uso y no sobre
los valores de cambio, se puede dar respuesta a la “sobrecarga ecológica” que
hoy soporta la Tierra102.
102 Sobre la “sobrecarga ecológica”
ver El límite de la civilización industrial. Perspectivas
lati-noamericanas sobre el postdesarrollo, de Edgardo Lander (Caracas:
faces, 1996), en <http://
105
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
|
3,0 |
1960-2008 |
|
|
Huella ecológica |
|
2,5 |
2008-2050, escenarios posibles |
|
|
Explotación actual sin cambios |
|
|
Reducción rápida de la explotación |
|
2,0 |
|
|
1,5 |
|
|
1,0 |
|
|
0,5 |
|
0,0
1960 1970 1980 1990 2000 2010 2020 2030 2040 2050
Eje y: número de planetas Tierra
Eje x: años
Fuente: <www.footprintnetwork.org/en/index.php/GFN/page/world_footprint/>.
La gráfica precedente, elaborada por
los expertos del Global Footprint Net-work de California, ahorra mayores
comentarios. En una sección especial de su muy ilustrativo sitio web se
preguntan si “todos cabemos en el planeta”. La respuesta es la siguiente: en el
momento actual, la humanidad ya está utili-zando el equivalente a 1,5 planetas
para suministrar los recursos que usamos y para absorber los desechos que
originamos. Se debe notar que apenas medio siglo atrás, en la década del
sesenta, esto no era así. Pero entonces el auge del neoliberalismo desencadenó
un proceso de sobreexplotación de los recursos naturales que al llegar a 1980
ya sobrepasaba el metabolismo ecoló-gico del planeta y este necesitaba un año y
medio para regenerar los bienes de la naturaleza que habían sido
desaprensivamente utilizados. La vertigi-nosa globalización del capitalismo,
convertido por primera vez en la historia en un sistema efectivamente mundial,
y la incorporación de grandes masas de la población (sobre todo, mas no exclusivamente,
en China e India) a los patrones de consumo estadounidenses otorgaron renovados
ímpetus a esta demencial carrera. De ahí que tal como lo muestra el gráfico
precedente, los
bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/venezuela/faces/landereditor.rtf>. Una fuente impor-tante para dar
seguimiento a este tema se encuentra en el sitio web, en lengua castellana, del
World-Watch Institute <www.nodo50.org/worldwatch/>.
106
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
estudios prospectivos elaborados por
diversos organismos de las Naciones Unidas –por cierto que muy moderados y
alejados de cualquier catastrofis-mo– establecen que si las tendencias
demográficas y de consumo mantienen su ritmo actual, en la década de 2030 será
necesario disponer del equivalente a dos planetas Tierra para sustentar
nuestras vidas y, por añadidura, la de buena parte de las especies vivientes.
Para 2050 ya necesitaríamos tres, ¡y sólo tenemos uno! Cuando la humanidad, ¡y
muy concretamente, la “humanidad” creada por el capitalismo!, transforma los
recursos en desechos más rápido de los que estos vuelven a convertirse en
recursos, las condiciones que hacen posible la vida en el planeta Tierra se
extinguen. La buena noticia es que esta deprimente trayectoria no es fatal o
inexorable: si se procede a una rápida reducción del ritmo de explotación de
los bienes comunes para mediados de este siglo, podría regresarse a un cierto
punto de equilibrio, como el que existía a comienzos de la década del sesenta
del siglo pasado. Pero que la trayectoria no sea inexorable no significa que
sea sencilla de revertir, por-que para ello será necesario ir acotando cada vez
más las áreas de actividad económica en que prima la lógica del capitalismo e
instituir, en su lugar, una dinámica económica claramente poscapitalista, como
veremos en los capítu-los finales de este libro. Si tal cosa no ocurre y si,
por el contrario, se afianzan las tendencias actuales, el resultado concreto de
este proceso involutivo –visi-ble ya a simple vista– será el acelerado
agotamiento de las reservas ictícolas, la destrucción de selvas y bosques, la
desertificación, la creciente escasez de agua potable y el crecimiento de las
emisiones de dióxido de carbono, cau-santes, entre otros, de problemas tales
como el cambio climático global. Las consecuencias de esta sobreexplotación de
los bienes comunes son también ya claramente perceptibles: las cada vez más
frecuentes guerras por los recur-sos (agua, petróleo, etcétera), masivas
migraciones ocasionadas por la crisis ecológica, hambrunas, enfermedades y
otras tragedias humanas, todas las cuales tienen un impacto
desproporcionadamente grande sobre los pobres y sobre las naciones de la
periferia del sistema capitalista103.
103 Ver “Do we fit on the planet?”,
de Global Footprint Network, en <www.footprintnetwork.org/ en/index.php/GFN/page/world_footprint/>. Una palabra apenas sobre los
“refugiados ambientales”: según una especialista, “en los últimos años, los
desastres naturales han producido, por primera vez en la historia, más
refugiados que las guerras y los conflictos armados. […] Aunque las estimaciones
varían enormemente, se calcula en 25 millones las personas desplazadas
forzosamente de sus hogares por sequías, desertificación, erosión de los
suelos, accidentes industriales y otras causas medioambientales”. Algunos
autores plantearon que en 2010 el número de “refugiados ambientales” orillaba
los 50 millones de personas. Ver “Refugiados ambientales: el nuevo desafío del
derecho internacional del medio ambiente”, de Susana Borrát Pentinát, en Revista
de Derecho (Tarragona) Vol. xix, Nº 2, diciembre de 2006, pp. 85-108.
Las Naciones Unidas estiman que para el año 2050 habrá 200 millones de personas
en esa condición. La expansión de la frontera agropecuaria, la deforestación,
las inundaciones, las sequías, la desertificación, entre otras, son todas
cau-sas que van en aumento y producen tan desastrosos resultados.
107
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Un ejemplo concreto, de los
muchísimos que podríamos seleccionar para ilustrar este punto, es el siguiente.
Como es bien sabido en las últimas décadas se produjo un formidable aumento en
el consumo de papel: para la prensa, para fabricar cartón para embalajes, para
el packaging de productos de consumo casero adquiridos en
cualquier supermercado, etcétera. El papel se produce a partir de la pasta de
celulosa, extraída de los árboles. Buena parte de la deforestación que sufre el
planeta se origina en este gran aumento en el consumo de papel. Pero no todos
consumen por igual: en Estados Uni-dos es de 270 kilogramos por persona/año, y
en Europa Occidental de 230. Pero en Rusia es de 45 kilogramos por persona/año,
35 en Indonesia y Brasil, y ¡5 kilogramos por persona/año en la India y el
África Subsahariana! La China tiene un consumo de 60 kilogramos por
persona/año, pero gran parte de ese consumo se reexporta como embalajes y packaging de
los produc-tos manufacturados en el nuevo “taller industrial” del planeta. El
bajísimo consumo de papel de los países africanos y de la India se relaciona
con las enfermedades derivadas del defectuoso, cuando no inexistente,
empaqueta-miento de productos alimenticios, causantes de toda clase de
enfermedades gastrointestinales. Ahora bien: africanos e indios consumen 54
veces menos papel que los estadounidenses, y los chinos no llegan a la cuarta
parte, pese a lo cual el planeta se está desforestando. Si el patrón de consumo
del capitalis-mo norteamericano se universalizara y los 7 mil millones de
habitantes de la Tierra consumiesen tanto papel como los estadounidenses,
¿cuánto tiempo demoraría la total desaparición de los árboles en el planeta
Tierra, con las catastróficas consecuencias que de ella se derivarían?104.
Límites del pensamiento burgués y la alternativa
ecosocialista
Por lo tanto, el tema de los bienes
naturales debe ser examinado desde una óptica totalizadora que rechace el
economicismo de los enfoques típicos del pensamiento burgués y la perversa idea
de que la naturaleza es una mercancía como cualquier otra. De una tesitura como
esta se desprende una conclusión inexorable: quien no esté dispuesto a hablar
de revolución debe callar a la hora de hablar del medio ambiente, porque sólo
mediante una profunda revolución económica, política y social que nos permita
fundar una nueva sociabilidad poscapitalista será posible restablecer una
relación armoniosa entre sociedad y medio ambiente. Tal cosa es absolutamente
imposible bajo el capitalismo, porque la lógica de ese sistema es implacable en
su tendencia a mercantilizar todos los componentes de la vida social,
incluyendo la propia naturaleza. Tal como lo señalábamos más arriba, el
ecologismo capitalista es un oxímoron,
104 Peter Dauvergne, comunicación personal del 10 de
noviembre de 2010. Posteriormente publi-có junto con Jane Lister un libro
titulado Timber (Cambridge: Polity Press, 2011) cap. 3-4.
108
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
una contradictio in adjectio,
como decían los antiguos. De ahí la importancia del ecosocialismo como
propuesta anticapitalista, que no sólo toma en cuenta la contradicción entre
burguesía y proletariado (definidos ambos términos en un sentido muy amplio,
apto para dar cuenta de las características de estas clases en el mundo actual,
que no son las mismas que tenían hace un siglo), sino también lo que un
pensador marxista pionero en el análisis de estas cues-tiones, James O’Connor,
denominó “la segunda contradicción del capitalismo”, esto es, la contradicción
entre el modo de producción y el medio ambiente105.
En un texto que publicamos hace unos
diez años, Tras el búho de Minerva, nos referimos precisamente a la
posibilidad de desarrollar una perspectiva crítica sobre la
cuestión medioambiental desde el marxismo106. O’Connor y otro autor, Manuel Sacristán Luzón,
abrieron el camino al cues-tionar muchas críticas que se dirigían en contra de
Marx y Engels por su “pro-ductivismo prometeico” y la glorificación que ambos
autores habrían hecho –a tono con los prejuicios de su época– de la “conquista”
de la naturaleza. Tal como señala un marxista de nuestros días, John Bellamy
Foster, el marxismo aparece ante los ojos de algunos de sus críticos “verdes”
–por cierto que no todos– como el paroxismo de la modernidad, en donde la otra
cara de una supuesta exaltación ilimitada de la máquina sería una
correspondiente indi-ferencia ante los costos ecológicos del progreso
económico.
105 Ver Natural causes.
Essays in Ecological marxism, de James O’Connor (Nueva York: The Guilford
Press, 1998). Incluye su famoso artículo “The Second contradiction of
capitalism”. Ver asimismo Ecosocialismo. La alternativa radical a la
catástrofe ecológica capitalista, de Michael Löwy (Buenos Aires:
Herramienta, 2011) y también, “Manifiesto ecosocialista”, de Michael Löwy et
al., en <www.manueltalens.com/lecturas/manifiesto.htm>. Otros textos importantes son Saber
ambiental. Sustentabilidad, racionalidad, complejidad, poder, de Enrique
Leff (Buenos Aires: SigloXXI, 2007), así como su Ecología y capital:
racionalidad ambiental, democracia participativa y desarrollo sustentable (México
df: Siglo XXI, 1986); The future of the market. An essay on the
regulation of money and nature after the collapse of the “really existing
socialism”, de Elmar Altvater (Londres: Verso, 2003), así como su “¿Existe un
marxismo ecológico?” en La teoría marxista hoy, de Atilio A. Boron,
Javier Amadeo y Sabrina González (comps.) (Buenos Aires: clacso, 2006) y su
“The Social and Natural envi-ronment of Fossil capitalism”, en Socialist
Register 2007. Coming to terms with nature (Lon-dres: Merlin Press,
2007) y en este mismo número del Register, los artículos “Social
metabo-lism and Environmental conflicts”, de Joan Martínez Allier, y
“Eco-socialism and democratic planning”, de Michael Löwy. De Martínez Allier
ver también El ecologismo de los pobres: conflictos ambientales y
lenguajes de valoración (Barcelona: Icaria, 2011) y en coautoría con Arcadi
Oliveras, ¿Quién debe a quién? Deuda ecológica y deuda externa (Barcelona:
Icaria/ Más Madera, 2003). Por último, en un listado que dista de ser
conclusivo, La ecología de Marx. Materialismo y naturaleza, de John
Bellamy Foster (Madrid: El Viejo Topo, 2000) y su más reciente, en
colaboración con Brett Clark y Richard York, The Ecological rift:
capitalism’s war on the Earth (Nueva York: Monthly Review Press,
2010). No deberíamos olvidar aquí, entre las fuentes a consultar,
la revista Ecología Política, fundada por Martínez Allier y que
tiene más de 22 años de existencia ininterrumpida.
106 Atilio A. Boron, Tras el búho
de Minerva. Mercado contra democracia en el capitalismo de fin de siglo (Buenos
Aires: Fondo de Cultura Económica, 2000) disponible en <http://bit.ly/rHHKj6>.
109
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Es indiscutible que las posturas de
Marx y Engels –y también la de sus continuadores hasta bien entrado el siglo
xx, Lenin, Trotsky, Rosa Luxem-burgo y el propio Gramsci– en esta materia
podrían cuestionarse por su ambigüedad. Como advierten entre otros el propio
Foster y Ellen Meiksins Wood, esa ambivalencia manifiesta la tensión, por
momentos muy fuerte, entre los dos rostros de Prometeo: uno, el que representa
el dominio de la naturaleza simbolizado en la entrega del fuego a los hombres;
otro, “el que resiste la servidumbre y el gobierno despótico tanto como la
tiranía de Zeus y se burla del servilismo de su mensajero, Hermes”107. Pero sería injusto argumentar que
la problemática del medio ambiente hubiese estado por completo soslayada en sus
análisis. Nada menos que en El Capital, Marx por ejemplo afirma:
“Ni siquiera todas las naciones, consideradas simul-táneamente, son las dueñas
del planeta. Ellas sólo lo poseen, son sus usu-fructuarias, y como boni
patres familias deben transmitírselo a las sucesivas generaciones en
mejores condiciones que aquellas en que lo recibieron”108. Ya en el primer tomo de El
Capital (¡nada menos que en el capítulo “Maqui-naria y gran
industria”!), Marx aporta una interesante reflexión acerca de la forma en que
la producción capitalista socava y deteriora “las fuentes originales de toda
riqueza: el suelo y el trabajador”. Y poco después, citando a uno de los grandes
fundadores de la economía política clásica, William Petty, sostiene que la
riqueza de las naciones tiene un padre: el trabajo; y una madre: la tierra. De
ahí que el ecosocialismo contemporáneo tenga un antiguo linaje marxista en el
cual se inspiran autores como los ya mencio-nados, y a los que habría que
agregar a Elmar Altvater, Michel Löwy, Kate Soper, William Leiss, David Harvey,
Enrique Leff, Héctor Alimonda y tantos otros. Lo que el ecosocialismo plantea
es que las raíces profundas de la cri-sis ecológica no se encuentran en la
naturaleza, sino en la sociedad y, más específicamente, en el modo de
producción capitalista. Por consiguiente, resolver la crisis ecológica sólo
será posible mediante la superación histó-rica del capitalismo.
Así planteadas las cosas, no
sorprende que haya sido en América Latina donde con más fuerza se presentó la
cuestión medioambiental. La extraordinaria dotación de bienes naturales de
nuestra región tornaba impo-sible su ausencia en el debate mundial sobre el
tema. Antes de entrar en esos detalles quisiéramos sugerir a nuestros lectores
consultar el mapa de las “áreas de riqueza natural estratégica”, elaborado por
Ana Esther Ceceña y su
107 Ver Peasant-citizen and
slave, de Ellen Meiksins Wood (Londres: Verso, 1988) pág. 144. También
“Marx and the environment”, de John Bellamy Foster, en In defense of
history, de Ellen Meiksins Wood y John Bellamy Foster (comps.) (Nueva York:
Monthly Review Press, 1997) pág. 151.
108 Karl Marx, El Capital.
Crítica de la Economía Política (México df: Fondo de Cultura
Econó-mica, 2000) Tomo III, pág. 720.
110
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
equipo de investigadores de la
Universidad Nacional Autónoma de México, la unam, que sintetizan la situación
de nuestra región109.
Un inventario preliminar
En dicho mapa se distinguen
básicamente tres tipos de recursos: el agua, el petróleo y la biodiversidad110. El mapa fue elaborado unos años
atrás y si bien al día de hoy precisaría algunas actualizaciones aun así es de
suma utilidad. Entre las modificaciones que sugeriríamos una se refiere al área
de la biodiversidad, que se extiende mucho más hacia el sur de lo que plantea
el mapa y que abarca en su conjunto a la gran cuenca del Amazonas así como a
los ríos que desaguan en el sur, en el Río de la Plata, y que confluyen en la
zona donde están instaladas las grandes represas de Itaipú y Yacyretá, en las
inmediaciones de la Triple Frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay. Zona,
además, atravesada subterráneamente por el Acuífero Guaraní. Por otra parte, en
lo que al petróleo respecta, el mapa no registra (no podía registrar en ese
momento) el descubrimiento de los enormes yacimientos de petróleo off
shoreen el litoral paulista brasileño, cuya representación gráfica es muy inferior
a la que corresponde. Pero más allá de estas precisiones, el mapa es de
utilidad para visualizar las zonas en donde se concentran gran parte de
nuestros recursos.
El mapa elaborado por Ceceña y su
equipo adquiere mayor elocuencia cuando se lo superpone con otro, accesible en
la misma fuente, en el que se identifica la militarización registrada
precisamente en las regiones donde se localizan los principales recursos
naturales. Se debe notar cómo estas se encuentran encerradas por numerosas
bases militares y bajo el monitoreo de importantísimas iniciativas promovidas
por Washington: el Plan Puebla-Panamá, que se extiende entre el centro de
México y Panamá, y que cubre el estratégico istmo centroamericano, capaz de
abrir nuevas rutas de nave-gación, además del Canal de Panamá, con una amplitud
suficiente para el paso de los grandes supertanqueros transportadores de
petróleo; y el Plan Colombia, cuya jurisdicción se extiende entre ese país y
Perú, pasando por Ecuador. El mapa incluye las más importantes bases militares
de esa época (2003), pero, tal como lo viéramos en el trabajo de Telma Luzzani,
en la actua-lidad hay muchas más establecidas por Estados Unidos en años recientes.
La base de Alcántara, en el nordeste brasileño, que correctamente figura en el
mapa como cancelada, ha sido sustituida gracias al permiso otorgado por
109 Los análisis del equipo dirigido
por Ana Esther Ceceña, “América Latina en la geopolítica del poder”, pueden
consultarse en el Observatorio Latinoamericano de Geopolítica, en <www.geopolitica.ws/leer.php/88>.
110 No repetiremos aquí lo que ya
dijéramos a propósito del agua y la biodiversidad en el capí-tulo 3 de este
libro.
111
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
el gobierno francés para que Estados
Unidos pueda utilizar la base que ese país tiene en la Guayana Francesa. Como
se puede observar, la estrategia de Washington ha sido la de hacerse fuerte en
el litoral del Pacífico latinoameri-cano, donde cuenta con gobiernos que, salvo
poquísimas excepciones (Ecua-dor y Nicaragua), responden –en algunos casos,
incondicionalmente; en otros, con un mínimo de decoro– a los dictados de la
Casa Blanca. Hablamos de México, Panamá, Colombia, Perú (si se tiene en cuenta
el viraje de Ollanta Humala hacia posiciones proimperialistas) y por supuesto
Chile. En el área centroamericana, Guatemala cayó en manos de la derecha
radical pocos meses atrás y sustituyó al gobierno moderadamente socialdemócrata
de Álvaro Colom; Honduras es un protectorado estadounidense; El Salvador de
Mauricio Funes no dio muestra alguna de indocilidad ante las órdenes
pro-cedentes de Washington, al paso que Laura Chinchilla, presidenta de Costa
Rica y antigua empleada de la usaid, no ha hecho sino abrir de par en par las
puertas de ese país al ingreso de los marines y su flota de
apoyo. No se debe olvidar que los gobiernos de Centroamérica y el Caribe son
extremadamente vulnerables ante el chantaje norteamericano –insinuado o
ejercido perma-nentemente– en relación con el tema de los migrantes, las
remesas y el acceso al mercado estadounidense. A causa de esto, la capacidad
que estos países tienen de hacer caso omiso de las presiones de Washington es
casi nula. El problema, para los estrategas del Pentágono, se localiza en el
litoral atlántico de América del Sur, sede de la mayor economía de América
Latina (Brasil) y la tercera en importancia en la región (Argentina), usina de
una serie de innovaciones bien significativas en materia política y económica
(como la unasur, el Consejo de Defensa Suramericano y, antes, el Mercado Común
del Sur, mercosur) y área en la cual el gobierno bolivariano de Venezuela ha
encontrado importantísimos aliados para su proyecto antiimperialista, cuyo
clímax se alcanzó en Mar del Plata en noviembre de 2005 con la derrota del
proyecto imperial del alca111.
Obviamente que este control sobre el
corazón de América del Sur es algo más que un capricho de las fuerzas armadas
estadounidenses. Respon-de a una lógica económica que encuentra su fundamento
en la creciente vulnerabilidad externa de Estados Unidos en lo tocante a
ciertos suministros estratégicos, indispensables para su economía y, sobre
todo, para su aparato militar. En este sentido, el cuadro presentado por la
investigadora peruana
111 Cuando este libro estaba a punto de
ser entregado a la imprenta el golpe de Paraguay creó las condiciones que
hicieron posible formalizar el ingreso de Venezuela al mercosur, proceso que
fue –y sigue siendo– virulentamente resistido y criticado por la derecha
latinoamericana y los sedicentes sectores centristas de nuestros países en un
innoble concurso en donde el actual vicepresidente del Uruguay, Danilo Astori,
y el ex presidente del país oriental, Julio M. Sanguinetti, se llevan las
palmas. Un análisis sobre la enorme significación de esta iniciativa se
encuentra en nuestro “Derrota del imperio. Venezuela ingresó al mercosur”,
en <www. atilioboron.com.ar/2012/07/derrota-del-imperio-venezuela-ingreso.html>.
112
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Mónica Bruckmann (en su ya mencionado
excelente informe sobre el tema) es de una elocuencia tal que ahorra cientos de
palabras112. En el Gráfico 1 de su trabajo se demuestra la elevadísima dependencia
de Estados Unidos en relación con un grupo de minerales estratégicos. La
investigadora distin-gue tres situaciones: (a) total vulnerabilidad, formado
por 21 minerales que representan un tercio de los 63 más importantes que
Estados Unidos consu-me y cuyo abastecimiento depende entre el 99% y el 100% de
importación de otros países; (b) alta vulnerabilidad, conformado por 17
minerales que dependen entre el 50% y el 98% de importaciones; y (c) un tercer
grupo, de vulnerabilidad moderada, formado por 25 minerales cuyo consumo
depende en hasta el 49% de importaciones. Los minerales específicos
correspondien-temente a cada grupo son los siguientes:
|
Total vulnerabilidad |
|
Alta
vulnerabilidad |
|
99/100% |
50/98% |
|
|
|
|
|
|
Arsénico, asbesto, bauxita, |
|
Antimonio, bismuto, |
|
cesio, fluorita, grafito, |
|
germanio, platino, barita, |
|
indio, manganeso, mica, |
|
estaño, renio, diamante, |
|
niobio (o columbio), cristal |
|
piedras dimensionadas, |
|
de cuarzo, tierras raras, |
|
zinc, cobalto, potasio, |
|
rubidio, estroncio, tantalio, |
|
concentrados de mineral |
|
talio, torio, vanadio, litrio, |
|
de titanio, titanio (esponja), |
|
galio, piedras preciosas |
|
plata, tungsteno, turba |
|
|
|
|
Vulnerabilidad
moderada
hasta 49%
Paladio, nitrógeno, cromo, vermiculita, diamante
(polvo y arena), metal de magnesio, compuestos de magnesio, silicio
(ferrosilicio), cobre, perlita, yeso, sal, aluminio, níquel, mica (residuos y
escamas), cemento, hierro y acero, azufre, piedra pómez, berilio, cal (lime),
piedras (molida), fosfato de roca
No todos ellos proceden de América
Latina, pero algunos muy importantes sí. Por ejemplo, Bruckmann señala que “los
minerales con relación a los cuales Estados Unidos depende en mayor proporción
de América Latina son: estroncio (93%); litio (66%); fluorita (61%); plata
(59%); renio (56%); estaño (54%) y platino (44%)”. Con respecto al litio
(concentrado principalmente en Bolivia y, en menor medida, Argentina y Chile),
nuestra autora señala que este mineral se utiliza en casi todos los
dispositivos electrónicos portátiles que se producen actualmente, como
teléfonos celulares, computadoras, cámaras fotográficas y de video. Dice además
que entre “1996 y 2005 […] el consumo de litio (para teléfonos celulares) se
multiplicó por 94 veces”. Y el utilizado para el uso de baterías de
computadoras portátiles se incrementó en un 3.000%. A la vista de estos
antecedentes Bruckmann concluye que “7 de
112 Nos referimos a su “Recursos naturais e a
geopolítica da integraçâo sul-americana”, op. cit.
113
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
los 21 minerales que pertenecen al
grupo que hemos denominado de total vulnerabilidad son importados
principalmente desde Brasil y México. En el caso del segundo grupo, de alta
vulnerabilidad, de los 17 minerales que per-tenecen a esta categoría, 8 registran
como principales fuentes de importación México, Perú, Bolivia, Brasil y Chile.
Con relación al último grupo, mediana vulnerabilidad, podemos observar que 11
de los 25 minerales tienen como principal fuente de importación a Venezuela,
Chile, México, Perú, Brasil y Trinidad y Tobago”113.
Se debe tener en cuenta, además, que
existen otros recursos estratégi-cos que hoy día Estados Unidos importa de
nuestra región, pero su ambición es mucho mayor. Un caso concreto es el
petróleo que importa a diario de Venezuela que, según los años, puede ser el
segundo, tercer o cuarto pro-veedor de ese país. En el año 2010 Estados Unidos
consumió 19,1 millones de barriles por día (mbd) de productos derivados del
petróleo ratificando de lejos su condición de mayor consumidor mundial de
petróleo. Sin embargo, su producción local alcanzó los 5,5 mbd lo cual habla de
la enorme vulnera-bilidad de la economía estadounidense ante las fluctuaciones
del mercado petrolero mundial. Según la Administración de Información sobre
energía de Estados Unidos, el 49% de las importaciones de crudo y productos
derivados del petróleo provinieron en su mayoría del hemisferio occidental
(Norte, Sur y Centroamérica y el Caribe, incluyendo territorios de los Estados
Unidos). Del África provino el 23% de las importaciones y un 18% del Golfo
Pérsico (Bahrein, Irak, Kuwait, Qatar, Arabia Saudita y Emiratos Árabes
Unidos), el resto teniendo por origen diferentes países. En ese año el
principal proveedor de Estados Unidos fue Canadá, con un 25% del total del
suministro externo, seguido de Arabia Saudita con 12%, Nigeria 11%, Venezuela
10% y México 9%114. Si Canadá y México abaratan los costos del suministro petrolero
gracias a su red de oleoductos que lo comunican directamente con su gran
compra-dor, Venezuela puede hacerlo en virtud de la cercanía que tiene con
Estados Unidos y la seguridad del transporte marítimo al rigurosamente vigilado
Mar Caribe. Regularmente, Venezuela aporta tanto como Arabia Saudita y unas
tres veces más que Irak, prueba rotunda del fracaso del proyecto de apo-derarse
del petróleo iraquí y explotarlo intensivamente debido a las críticas
condiciones sociales, económicas y políticas existentes en ese país. Estados
Unidos pudo destruir a Irak pero no lo pudo reconstruir, ni material ni mucho
menos políticamente, como para normalizar la producción y exportación de sus
inmensas riquezas hidrocarburíferas. Por eso Washington se vería grandemente
beneficiado si –ante el declive de la producción petrolera en México, con
reservas muy cercanas a su agotamiento, y el estancamiento de
113 “Recursos naturais e a geopolítica da
integraçâo sul-americana”, op. cit.
114 Ver <www.americaeconomia.com/negocios-industrias/estados-unidos-importa-el-49-del-petroleo-que-consume>.
114
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
la producción de Canadá– pudiera
contar incondicionalmente y a su volun-tad con las inmensas reservas de
Venezuela. Sin embargo, Washington no está dispuesto a aumentar su dependencia
del petróleo venezolano mientras Chávez permanezca en el poder. Sabe además que
Colombia puede hacer un aporte, pero insuficiente; y que Brasil utilizará sus
enormes reservas sobre todo para abastecer su creciente demanda interna y
manejar sus exceden-tes privilegiando sus relaciones con China, segundo
importador mundial de crudo y sus derivados. Si se interrumpiesen los
suministros foráneos y Estados Unidos mantuviera el ritmo actual de consumo,
supuesto altamente discutible porque la tendencia es hacia el alza, este país
agotaría sus reservas en poco más de doce años. La importación de petróleo
procedente de Áfri-ca Occidental (Nigeria y Angola) se ve dificultada por
niveles crecientes de inestabilidad política (movimientos guerrilleros,
bandolerismo social) preci-pitados por la crisis económica y la corrupción
gubernamental, con lo cual el abastecimiento desde esa parte del mundo es poco
confiable en el mediano –para no hablar del largo– plazo. Y la crítica
situación por la que atraviesa Medio Oriente, especialmente luego del inicio de
las grandes rebeliones del mundo árabe, ha erosionado la confianza que
Washington tenía acerca de la capacidad de la dinastía saudita para perpetuarse
en el poder. Ergo: si hubiera un “cambio de régimen” en Venezuela y se
constituyera un gobierno “amigo” de Estados Unidos, como el de Colombia y Chile,
el abastecimiento petrolero sería mucho más seguro y no habría necesidad de
tocar las reser-vas propias. De ahí la excepcional importancia que Washington
le asigna a la desestabilización y el desplazamiento de Hugo Chávez del poder,
por las urnas o por cualquier otro medio.
Esta somera revisión de los bienes
naturales de que dispone América Latina y la elevada dependencia que tiene
Estados Unidos en relación con hidrocarburos y minerales estratégicos desmiente
de raíz la letanía –frecuen-temente entonada por los funcionarios del
Departamento de Estado y repeti-da ad náuseam por el
desafinado coro de los colonizados latinoamericanos, tanto gobernantes como
expertos y académicos– de la irrelevancia de nuestra región. Por el contrario,
esta cuenta, y mucho, y en no pocas coyunturas su relevancia eclipsa a todas
las demás. Tal como fue señalado repetidamente, en la década del ochenta del
siglo pasado la atención preferencial de la Casa Blanca se localizaba en
Centroamérica y no en Medio Oriente o Asia Central. Era más importante impedir
la “expansión del comunismo” invadiendo la diminuta isla de Granada o llegando
al extremo de pergeñar operaciones ile-gales de tráfico de armas y
estupefacientes para financiar a la “contra” nicara-güense que lo que en ese
momento podía estar ocurriendo en Jerusalén o la Franja de Gaza. Se deben
agregar a lo anterior cuestiones tales como el narco-tráfico que prospera a
ambos lados del Río Grande; la contigüidad territorial y su relación con las
cuestiones de la seguridad nacional y las migraciones, y se comprenderá muy
fácilmente las razones por las cuales Latinoamérica es, para Estados Unidos,
una región de excepcional importancia. Y, asimismo,
115
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
aquellas por las cuales la astuta
diplomacia imperial tradicionalmente se ha esmerado en ocultar esa realidad y,
de ese modo, situarse en una posición muy favorable en cualquier negociación
con los países de la periferia. Una premisa de toda dominación es convencer al
dominado de su impotencia y su irrelevancia.
A la vista de lo antes expuesto,
plantearemos a continuación los tér-minos en los cuales se desenvuelve el
actual debate en torno a la explotación de los recursos naturales en América
Latina. Como es sabido, en el plano internacional nuestra región marcha a la
cabeza en lo tocante al reconoci-miento a los derechos de la naturaleza. Las
constituciones de Bolivia y Ecua-dor han marcado nuevos rumbos en lo que hace a
la protección del medio ambiente. En el caso del último país, el avance ha
llegado tan lejos como para sostener constitucionalmente que la naturaleza es
un sujeto de derecho, una innovación radical que hace estallar las limitaciones
del derecho burgués y que, entre otras cosas, faculta a cualquier persona a
asumir la defensa de la naturaleza ante una agresión ocasionada por
cualesquiera causas. Va de suyo que en la casi totalidad de los casos esta
agresión es causada por empresas empeñadas en explotar, sin ninguna clase de
reparos, los así llamados “recur-sos naturales”.
Este avance en el terreno legal y
constitucional fue producto de ini-ciativas tomadas por gobiernos de izquierda,
los cuales, sin embargo, más pronto que tarde se vieron asediados por una cruel
paradoja: ¿cómo mejorar la suerte de las clases populares –devastadas y
empobrecidas desde épo-cas remotas, acentuados sus padecimientos por las
políticas neoliberales impuestas, a su costo, desde los años ochenta–
promoviendo políticas socia-les activas y redistribuyendo la renta sin, al
mismo tiempo, intensificar la explotación de los recursos naturales e
insertarse, por esa vía, en la dinámica de la economía internacional? Todo esto
puede resumirse en una polémica que sitúa, en un extremo, al así llamado
“pachamamismo” (una postura que privilegia el respeto a la Madre Tierra por
encima de cualquier otra conside-ración) y, en el otro, al “extractivismo” (la
política de aprovechar la deman-da que se origina en los principales países de
la economía mundial y que potencia las exportaciones de bienes naturales). Pero
este será el tema que abordaremos en el próximo capítulo.
116
Los bienes comunes en
América Latina: el debate
“pachamamismo vs. extractivismo”
Analicemos ahora el debate en curso
acerca de las políticas que deberían seguir los gobiernos progresistas
latinoamericanos en lo concerniente al aprovechamiento de sus bienes comunes.
Pero antes de introducirnos de lleno en el tema, pasemos rápida revista al
escenario global de los bienes naturales, a los efectos de poder calibrar la
gravedad de la situación que hoy enfrenta la humanidad.
El investigador colombiano Renán Vega
Cantor escribió un breve pero enjundioso artículo sobre el interminable saqueo
de la naturaleza y el que padecen los parias del sur del mundo115. En su trabajo demuestra con mucha
elocuencia el impacto predatorio que ha tenido la globalización capitalista,
con la apertura incondicional de los países de la periferia a la voracidad de
las grandes transnacionales, impulsadas por las perspectivas de obtener enormes
ganancias en los negocios que hacen en nuestros países. Ahora bien, esto ocurre
debido a la persistencia –y a la extensión geográfica y la profundización– de
un modelo de consumo basado en el despilfarro, y a la irracional e
irresponsable utilización de los bienes de la naturaleza que, tal como vimos
anteriormente, es absolutamente insostenible, no ya en el largo plazo, sino
también en el mediano.
Este saqueo de la Madre Tierra fue
legitimado por las políticas neoli-berales de estabilización y ajuste
estructural, con el argumento de que consti-tuían un aporte decisivo para
“insertar” a las economías latinoamericanas en los mercados mundiales116. En línea con este modelo de
“crecimiento impul-sado por las exportaciones” (export led growth), los
gobiernos de la región
115 Ver “Crisis y contraofensiva
imperialista de Estados Unidos en América Latina”, de Renán Vega Cantor,
en <www.herramienta.com.ar/herramienta-web-5/crisis-y-contraofensiva-imperialista-de-estados-unidos-en-america-latina>.
116 Quienes sustentan estas tesis
parecen desconocer que Nuestra América fue “insertada” mediante un baño de
sangre en la economía mundial a partir de la Conquista, desde 1492 en adelante,
si bien con ritmos y variantes diferentes según los países y las regiones.
117
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
(la mayoría con entusiasmo, algunos
pocos con resignación) aceleraron la mercantilización de los bienes naturales y
se introdujeron en una desaforada competencia internacional, en la que los
países pobres fueron empujados a una demencial y suicida “carrera hacia abajo”
(race to the bottom) en virtud de la cual abandonaron cualquier
pretensión de establecer mecanismos de control y protección del medio ambiente
y de sus propias poblaciones, dejando también de lado la posibilidad de aplicar
un régimen tributario que permitiera, al menos en parte, reparar los pasivos
ecológicos generados por esas políticas, para no hablar de una política de
ingresos que defendiera el salario de los trabajadores. De lo que se trataba
era de atraer al inversionista extranjero –casi invariablemente una gigantesca
transnacional– reduciendo los costos laborales y ambientales a un mínimo
absoluto.
La intensificación de la explotación
de los bienes de la naturaleza es una de las facetas de la depredación
medioambiental. La otra, que va de la mano con ella y es su compañera
inseparable, es la fenomenal producción de dese-chos y desperdicios que a ritmo
creciente se origina principalmente en el cora-zón del capitalismo: Estados
Unidos/Canadá, la Unión Europea y Japón, por la irracionalidad de un patrón de
consumo que estimula el cambio incesante, la rápida renovación de los bienes y
su planificada y acelerada obsolescencia, lo que plantea de inmediato el
problema de qué hacer y cómo disponer de los millones de automóviles, teléfonos
celulares, computadoras, equipos de todo tipo, pilas y baterías que entran en
desuso continuamente. ¿Dónde deposi-tarlos sin poner en riesgo la salud de la
población o el medio ambiente, dado que muchos de ellos contienen materiales
potencialmente muy dañinos? Vega Cantor cita en apoyo de su tesis al precursor
del “ecosocialismo”, el biólogo norteamericano Barry Commoner, quien afirmó que
son los países pobres del sur, que no logran –¡ni jamás lograrán!– acceder a la
riqueza o los niveles de consumo del norte, los obligados a cargar con los
costes ambientales inheren-tes a ese modelo civilizatorio. Y esto por partida
doble. Por un lado, aceptando metodologías de explotación de los bienes
naturales que están prohibidas en el mundo desarrollado: por ejemplo, en la
minería del oro, la separación de ese metal utilizando cianuro, cosa que se
practica con total impunidad en América Latina; por el otro, convirtiéndose en
receptores de desechos tóxicos, radioac-tivos (o cuando menos insalubres) de
todo tipo, que los países desarrollados quieren trasladar lo más lejos posible
de sus territorios. Este “imperialismo ecológico”, como lo denomina Vega
Cantor, pone en peligro la supervivencia de la especie humana. Como ya se ha
mencionado, en pocas décadas más el ritmo de explotación de la naturaleza
propio del capitalismo requerirá no de un planeta Tierra, sino de dos, y no
hay. Además, necesitaríamos un tercer planeta para alojar allí los desechos de
esta mal llamada civilización117.
117 El tema de los desechos tóxicos
preocupa también al bm. Su ex economista en jefe y posterior secretario del
Tesoro de Bill Clinton, Lawrence Summers, propuso en 1991 la adopción de
118
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
En la base de este argumento se
encuentran las célebres cuatro leyes de la ecología que Commoner explicitó en
un libro publicado en 1971: El círculo que se cierra. En él
este autor sostenía que (1) hay una sola ecosfera en la cual
habitan todos los seres vivos. Por lo tanto, lo que afecta a uno de ellos
afecta a todos los demás; (2) no se hallan “residuos” en la naturaleza, ni un
lugar que esté “afuera” donde los desechos y desperdicios puedan ser arrojados
sin alterar el funcionamiento de la exosfera; (3) los “avances tecno-lógicos”
para mejorar la naturaleza no hicieron otra cosa que perjudicarla; (4) no
existe el “almuerzo gratis” en la naturaleza: cada beneficio que se obtiene de
ella tiene un costo y, más importante aún, en la naturaleza las deudas siempre
se pagan. ¡Puede haber morosidad –lo cual ya de por sí es un grave problema–
pero no hay default!118.
Un concepto clave para entender esta
problemática es el de “ecosiste-mas”. Los ecosistemas han sido “los conjuntos o
escenarios en que se repro-duce la vida. Un ecosistema determinado está
definido por ‘el medio abiótico físico-químico y las manifestaciones bióticas a
las que sirve de soporte: micro-bios y bacterias, plantas, animales’. Para las
sociedades, los ecosistemas han sido fuentes de riqueza y bienestar, en la
medida en que no solamente son ensamblajes de especies, sino de ‘sistemas
combinados de materia orgánica e inorgánica y fuerzas naturales que interactúan
y se transforman’. La energía que permite el funcionamiento del sistema
proviene del sol”119.
Ahora bien: el grave problema que
enfrenta la humanidad en el momento actual es el de la destrucción de los
ecosistemas. Estos se for-maron a lo largo de millones de años y son
insustituibles: ni la ciencia ni la tecnología pueden reemplazarlos o repararlos.
No se puede “inventar” el agua, o el petróleo, o los minerales. La destrucción
de los ecosistemas es
una política que forzara a los países
pobres a aceptar desechos tóxicos. En un célebre memo dijo que “la lógica
económica por detrás de alojar residuos tóxicos en países de bajos salarios es
impecable. […] Siempre pensé que los países con poca población de África se
encuentran ampliamente subcontaminados”. Diversas investigaciones demuestran
que la mafia está fuertemente involucrada en el tráfico ilegal de residuos
tóxicos, de los que suele disponer apelando al hundimiento de barcos cargados
con esa clase de materiales. También, que el gobierno de Estados Unidos
presionó a países como Haití, Guatemala y Somalia a aceptar en sus territorios
desechos tóxicos. Ver <www.otrasalternativas.com.ar/2009/10/residuos-toxicos-la-basura-mas-cara-del.html>.
118 Commoner expuso estas cuatro
leyes en The closing circle: nature, man, and technology (Nueva
York: Knopf, 1971). Existe traducción en lengua castellana. John Bellamy Foster
ana-lizó en detalle la contradicción entre esas cuatro leyes y otras tantas del
modo de producción capitalista en The vulnerable planet: a short
economic history of the environment (Nueva York: Monthly Review Press,
1999).
119 Ver Renán Vega Cantor, “El
imperialismo ecológico. El interminable saqueo de la natura-leza y de los
parias del sur del mundo”, en Herramienta, Nº 31, marzo de 2006,
en <www. herramienta.com.ar/revista-herramienta-n-31/el-imperialismo-ecologico-el-interminable-saqueo-de-la-naturaleza-y-de-los->.
119
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
causada por la explotación
desmesurada de los recursos que ellos ofrecen y que hacen posible la vida en
este planeta. Conviene recordar que en la medida en que la especie humana
utiliza los bienes de la naturaleza para su mantención –aun cuando quienes lo
hacen sean poblaciones originarias completamente aisladas de la “civilización”
capitalista– esto provoca inevita-blemente una alteración en los ecosistemas.
Lo que origina la crisis actual no es la interacción “hombre-naturaleza”, sino
la escala y la velocidad en que se utilizan los bienes naturales y se produce
la degradación medioambiental a partir de la lógica del capital. El frenesí del
consumo capitalista destruye en pocas décadas ecosistemas que se crearon a lo
largo de cientos de miles de años –en ocasiones, millones de años– y que fueron
utilizados para sustentar la vida humana durante milenios. Más grave todavía es
el hecho de que esta depredación se lleva a cabo en la totalidad del globo
terráqueo. Según Vega Cantor, el deterioro sufrido por los principales
ecosistemas del planeta puede resumirse de la siguiente manera:
El 75% de las principales pesquerías
marinas está agotado por el exceso de pesca o ha sido explotado hasta su límite
biológico; la tala indiscriminada de árboles ha reducido a la mitad la cubierta
forestal del mundo; el 58% de los arrecifes coralinos está amenazado por
des-tructivas prácticas de pesca, por el turismo y por la contaminación; el 65%
de los casi 1.500 millones de hectáreas de tierras de cultivo que hay en todo
el mundo presenta algún nivel de degradación del suelo; y el bombeo excesivo de
aguas subterráneas por parte de los grandes agricultores en todo el mundo
excede las tasas naturales de reposición en por lo menos 160 mil millones de
metros cúbicos por año120.
Apoyándose en las investigaciones de
Michael Klare, nuestro autor concluye que entre los albores de la Revolución
Industrial (aproximadamente 1770) y finales del siglo xx, el planeta Tierra
“perdió más de un tercio de los recursos existentes
[…] un 70% del bosque tropical seco ha
desaparecido, junto con un 60% de los bosques de la zona templada y el 45% de
la selva tropical húmeda (la mayor parte de la cual se sitúa en América del
Sur)”121.
En una nota complementaria a su
libro, Klare observa que “la era de las guerras por los recursos está próxima.
En una importante declaración pública, el secretario de Defensa del Reino
Unido, John Reid, advirtió que la combinación entre los efectos del cambio
climático global y los mermados recursos naturales incrementa la posibilidad de
conflictos violentos por tie-rras, agua y energía. El cambio climático, indicó,
“hará más escasos los recur-sos y el agua limpia, y la tierra agrícola en buen
estado será más escasa”. Esto
120 Vega Cantor, “El imperialismo ecológico”, op.
cit.
121 Ver Guerra por los recursos. El futuro
escenario del conflicto global, de Michael Klare (Barce-lona:
Urano/Tendencias, 2003).
120
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
generará que la “emergencia por
conflictos violentos sea más probable”122. Y, podríamos agregar, si Reid dijo tal cosa
hablando en términos generales, en el ámbito interamericano la intensidad y
violencia de esos conflictos puede ser de extrema gravedad. Tal como lo afirma
el Documento Santa Fe IV para los Estados Unidos, con su exacerbado consumismo
y su hipertrofia en materia de utilización de materias primas y combustibles,
el acceso privilegiado a estos recursos no sólo es un asunto importante desde
el punto de vista eco-nómico, sino una cuestión que hace a la seguridad
nacional. Y cuando esto es lo que está en juego, la respuesta de Estados Unidos
difícilmente transite por los carriles de la negociación diplomática. Máxime
si, tal como lo demuestra abundantemente el ya mencionado trabajo de Mónica
Bruckmann, el papel de China y –en menor medida, por ahora– el de la India como
grandes com-petidores mundiales por el acceso a recursos naturales cada vez más
difíciles de conseguir está destinado a tensar aún más la cuerda de las
relaciones entre los países de América Latina y la superpotencia imperial.
¿Tolerará Washing-ton cruzado de brazos que China compita por los recursos que
considera indispensables para garantizar la seguridad nacional estadounidense?123.
Dilemas de política económica en el Sur global
Para los países del Sur la
explotación de los recursos naturales y los bienes que ofrece la Madre Tierra
hoy plantean gravísimos dilemas de política eco-nómica. Esto se encuentra en la
base de los trabajos de distinguidos activistas y académicos, como Alberto
Acosta, del Ecuador, y Eduardo Gudynas y Raúl Zibechi, ambos del Uruguay124. A lo largo de los años, los dos
últimos han escrito numerosos trabajos dedicados a cuestionar el extractivismo
de los gobiernos de izquierda de la región, y, en el caso de Gudynas, a
criticar las ausencias de una reflexión sobre la problemática ecológica en
propuestas
122 Ver “Se avecinan guerras por los recursos”, de
Michael Klare, en Rebelión, 21 de marzo de
2006, en <www.rebelion.org/noticia.php?id=28574>.
123 Sobre estos asuntos y los riesgos de una crisis
bélica, ver Michel Chossudovsky (nota al pie
73, pág. 91).
124 La obra de estos autores es
sumamente extensa. Los escritos de Eduardo Gudynas se encuentran en <www.gudynas.com/publicaciones/index.html>. Ver especialmente su El
mandato ecológico. Derechos de la naturaleza y políticas ambientales en la
nueva Consti-tución (Quito: Abya Yala, 2009). Aparte de sus numerosos
artículos periodísticos, algunos de los principales textos de Raúl
Zibechi son Política & miseria. La relación entre el modelo
extractivo, los planes sociales y los gobiernos progresistas (Buenos
Aires: Lavaca, 2011); Améri-ca Latina: contrainsurgencia y pobreza (Bogotá:
Desde Abajo, 2010); y Territorios en resisten-cia. Cartografía política
de las periferias latinoamericanas (Buenos Aires: Lavaca, 2008). De la
extensa producción bibliográfica de Alberto Acosta Espinosa, ver una de sus más
recientes contribuciones: La maldición de la abundancia (Quito:
Abya Yala, 2009). Véase asimismo el dossier sobre El capitalismo y la lucha
ambiental en Latinoamérica publicado por la revista Herramienta (julio
de 2012) Nº 50.
121
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
sobre el “socialismo del siglo xxi”,
como las esbozadas por el autor de estas líneas en un libro dedicado al asunto125.
Tal como se señaló anteriormente, le
cabe a nuestra región la honra de haber sido el territorio del mundo en el cual
la problemática de la Madre Tierra y sus derechos adquirió rango
constitucional. Pero la cosa no quedó sólo allí, sino que, como producto de
numerosas y antiguas demandas de los pueblos originarios y los movimientos
campesinos, se fue cristalizando una ideología, el pachamamismo, que radicalizó
los planteamientos de protec-ción y resguardo de la naturaleza126. En algunas versiones, este pachamamis-mo
llegó tan lejos como para exigir a los gobiernos de los países de izquierda el
abandono de cualquier pretensión de explotar los recursos naturales, colo-cando
a aquellos ante un cruel y difícil dilema: ¿cómo conciliar la necesidad de
responder a las renovadas demandas de justicia distributiva –elevadas por
poblaciones que han sufrido siglos de opresión y miseria– con la
intangi-bilidad de la naturaleza? Se trata de una contradicción que antes no
existía, debido al atraso de la conciencia ecológica de tiempos pasados. Por
ejemplo, el presidente chileno Salvador Allende solía decir que “el cobre es el
sueldo de Chile”, y tenía toda la razón. Claro está que para el imaginario de
la época la existencia de una gran minería a cielo abierto –la enorme mina de
cobre de Chuquicamata, con su depredación ambiental– no constituía un
proble-ma. El avance de una conciencia ecológica y socialista hace de tal
postura un planteo insostenible, como lo prueban en carne propia gobiernos como
los de Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia, Cristina Fernández en
Argentina y, en otras cuestiones (sobre todo en energía hidroeléctrica), los
sucesivos gobiernos del Brasil.
Esta discusión se tornó más intensa
que nunca en los últimos años debido a la preocupación suscitada entre los
gobiernos de la región por el desencadenamiento de la nueva crisis general
capitalista, a la cual ya nos hemos referido en los primeros capítulos de esta
obra. ¿Por qué? La razón
125 Se trata de mi Socialismo siglo xxi. ¿Hay vida después del
neoliberalismo? (Buenos Aires:
Ediciones Luxemburg, 2008).
126 Sobre el pachamamismo ha surgido
un intenso debate. Uno de los disparadores fue dos artículos del por entonces
director de Le Monde diplomatique en Bolivia, Pablo Stefanoni.
Ver su “¿Adónde nos lleva el pachamamismo?” en Rebelión, 28 de
abril de 2010, e “Indianismo y pachamamismo”, en <www.rebelion.org/noticia.php?id=105233>. Stefanoni contestó la airada
respuesta de sus críticos en “Pachamamismo ventrílocuo”, en
<www.sinpermiso.info/ textos/index.php?id=3351>. Entre sus principales
críticos se encuentran Raúl Prada Alcoreza, “Más allá del capitalismo y
modernidad” en Bolivian Research Review/RevistaE, Vol. 8, Nº
2, octubre-noviembre de 2010; y Arturo Escobar, “Pachamámicos versus
modérnicos” en Línea de Fuego, 6 de marzo de 2012, en <http://lalineadefuego.info/2012/03/06/pachamamicos-versus-modernicos-por-arturo-escobar/>. Ver también, en una línea más bien
coincidente con Stefanoni, “Preguntas que el pachamamismo debería responder”,
de Andrés Solís Rada, en Línea de Fuego, 29 de noviembre de 2011,
en <http://lalineadefuego.info/2011/11/29/ preguntas-que-el-pachamamismo-deberia-responder-andres-soliz-rada/>.
122
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
es bien sencilla: a los efectos de
paliar el impacto de la crisis, los gobiernos progresistas fueron aguijoneados
a redoblar el impulso exportador. Ya antes de la crisis nuestros países habían
sido presionados, bajo el influjo del neo-liberalismo y las condicionalidades
del bm y el fmi, a adoptar un patrón de desarrollo cuyo dinamismo se fundaba en
el desempeño exportador más que en el vigor de la demanda interna. Y como los
países de América Latina y el Caribe, sin excepción, se han desindustrializado y
reprimarizado, el colo-fón ha sido acentuar la dependencia de los saldos
exportables de materias primas, alimentos, minerales e hidrocarburos, para
equilibrar la balanza comercial y financiar las políticas sociales y el proceso
de desarrollo. Esto vale tanto para Brasil y México como para Bolivia y
Ecuador, pasando por todos los demás127. En algunos casos, esto desencadenó un
desenfrenado extractivismo, causante de innumerables problemas de todo orden:
socia-les, económicos, ecológicos e inclusive políticos, al deslegitimar
gobiernos progresistas pero atrapados por el dilema crecimiento-distribución.
Según autores como Gudynas y Zibechi, el extractivismo puede asumir dos
varian-tes: una, el modelo clásico, centrado en la producción minera y los
hidrocar-buros, y caracterizado por un papel relativamente secundario del
Estado, que simplemente deja las manos libres a la inversión extranjera para
que haga y deshaga a su antojo. Casos de Chile y la Venezuela previa a la
Revolución Bolivariana; o puede ser de nuevo tipo, como el que se está
desarrollando en estos días en países como Argentina, Bolivia, Ecuador, Brasil,
Colombia y Venezuela, con nuevas explotaciones mineras (litio, mercurio y otras
además del cobre y el zinc) y, especialmente, con la desorbitada expansión del
cultivo de la soja. En estos casos, el extractivismo está caracterizado por una
presen-cia mucho mayor del Estado nacional como promotor, regulador y
financia-dor (al menos en parte) de estos emprendimientos. Esta intensificación
del modelo extractivista tiene profundos impactos ambientales: agravamiento de
la deforestación, deterioro de los ecosistemas, pérdidas en la biodiversidad,
contaminación de suelos, aguas y aire, inundaciones, incendios forestales y
cambio climático.
Según Gudynas, los estragos del
extractivismo se explican por varias razones: (a) la inexistencia o la
debilidad de los controles fiscales en materia ambiental, potenciados por la
flexibilidad exigida –o lograda mediante pre-siones extorsivas por las transnacionales–
para invertir en nuestros países;
(b) la falacia de una “contabilidad
ecológica” que, contrariando una de las leyes de Commoner, supone que en la
relación con la naturaleza todo puede ser ganancia y que no existen costos. No
se toman en cuenta en esos cálculos el deterioro producido por la irracional
explotación de la naturaleza y los impactos sociales de la degradación
medioambiental, desde catástrofes mal
127 El caso de México ha sido magníficamente
examinado en La compra-venta de México, de John Saxe-Fernández
(Barcelona: Plaza & Janés, 2002).
123
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
llamadas “naturales” (porque en
realidad son creadas por la depredación capitalista, como las inundaciones y
las sequías) hasta las múltiples enfer-medades de las que son víctimas las
poblaciones afectadas. Además, como si esto fuera poco, las pérdidas ocasionadas
por el descontrolado extracti-vismo se trasladan a los gobiernos locales o
provinciales, con lo cual quedan relativamente invisibilizados ante la opinión
pública; (c) el hecho de que en la mayoría de los casos la explotación
intensiva de los recursos naturales se realice en regiones apartadas, de
difícil acceso y sobre las cuales la prensa difícilmente informa. Aparte de
eso, los lobbies que defienden los intereses vinculados con el
extractivismo son muy eficaces a la hora de ocultar los estragos de esas
actividades ante el resto de la población, situación que se agrava por el
desconocimiento de quienes son las víctimas directas e inme-diatas de la
degradación de los ecosistemas y, peor aún, de quienes podrían ser las víctimas
en el largo plazo; (d) por último, los altos precios de las com-modities ejercen
una influencia incontrastable en gobiernos agobiados por la crisis
económica internacional, endeudados y necesitados de recursos para solventar
las políticas sociales requeridas para contrarrestar las consecuen-cias
estructurales de largos años de políticas neoliberales, sobre los cuales se
sobrepone la crisis actual. Por ello, relajan los controles ambientales y
laborales, ofrecen subsidios, garantizan protección y “estabilidad jurídica” a
las transnacionales –entre otras cosas, comprometiéndose por décadas a no
modificar los impuestos aplicables a la actividad, o las actuales alícuotas de
los impuestos existentes–, a la vez que autorizan la irrestricta remesa de las
utilidades y les otorgan, al mismo tiempo, ventajas en relación con la
liqui-dación de las divisas producto de sus exportaciones en el mercado local.
Va de suyo que este abanico de políticas gubernamentales no sólo perjudica la
sustentabilidad medioambiental, sino que también favorece el drenaje de
recursos financieros fuera del país y profundiza el subdesarrollo de nuestras
naciones. Tomando el caso particular de Chile, Gudynas ha demostrado que si
durante la presidencia de Ricardo Lagos las transnacionales mineras remi-tieron
a sus casas matrices utilidades por valor de 3.500 millones de dólares, bajo su
sucesora Michelle Bachelet esta cifra ascendió a 25.000 millones de dólares. ¡Y
eso que Chile es uno de los países de la región en donde la orga-nización
estatal tiene antigua tradición y se encuentra más desarrollada!128. En el caso argentino, la minería de
oro a cargo de la Barrick Gold goza de toda clase de preferencias y subsidios,
y paga nominalmente una regalía del 3% sobre el valor de sus exportaciones de
oro. No sólo se trata de una proporción ridícula, sino que, además, la empresa
exporta también lo que se denomina “escombro”, y que contiene minerales
valiosísimos que son
128 “Diez tesis urgentes sobre el nuevo
extractivismo. Contextos y demandas bajo el progresismo sudamericano actual”,
de Eduardo Gudynas, en <www.ambiental.net/publicaciones/Gudy-nasNuevoExtractivismo10Tesis09x2.pdf> pág. 199.
124
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
vendidos al exterior sin dejar
contraparte alguna para nuestro país. Todo esto, por supuesto, sin ninguna
clase de fiscalización pública que revise lo que se exporta, ya que los únicos
datos al respecto son los que aportan las muy poco confiables “declaraciones
juradas” de la empresa.
No obstante, cualquier análisis sobre
esta problemática no puede soslayar el hecho de que los ingresos por las
exportaciones extractivistas han servido para financiar amplios programas de
políticas sociales, tanto más necesarios en momentos como el actual. El caso de
Bolivia es una excelente muestra de lo que venimos diciendo, ya que
aproximadamente la tercera parte de la población de ese país percibe algún tipo
de transferen-cia de parte del gobierno nacional a través de programas como el
Juancito Pinto, Juana Azurduy o la Renta Dignidad para los ciudadanos de la
tercera edad; en Argentina, los ingresos derivados de la aplicación de un
impuesto a la exportación de soja (un 35% por concepto de “retenciones”) han
sido fundamentales para financiar un amplio programa de prestaciones sociales.
No muy diferente ha sido la situación de otros países: en el caso del Brasil,
la laxitud imperante en relación con la problemática ecológica motivó la sonora
renuncia de Marina Silva al Ministerio del Medio Ambiente durante la gestión de
Lula, su renuncia al Partido de los Trabajadores y su adhesión al Partido
Verde, con el cual obtuvo casi el 20% de los votos en la primera vuelta de las
elecciones presidenciales brasileñas de 2010. Si bien estos programas
financiados por la bonanza exportadora de bienes naturales sirven como
paliativos para la angustiosa situación social que caracteriza a los países del
área (recordar que América Latina es el continente de mayor desigualdad de
ingresos del mundo), lo cierto es que el frenesí extractivista genera nuevos
costos sociales y ambientales que requieren la urgente atención de nuestros
gobiernos. Sin exagerar, podría decirse que estamos en presencia de un
auténtico círculo vicioso.
Organizando el saqueo: el proyecto iirsa
Antes de examinar la reacción ante la
ofensiva extractivista convendría dedi-car unas pocas líneas a la Iniciativa
para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana (iirsa). Se
trata de un proyecto que tuvo su partida de nacimiento en el marco de la
reunión de presidentes sudamericanos convocada por el presidente Fernando H.
Cardoso en Brasilia entre el 31 de agosto y el 1 de septiembre de 2000. En esa
ocasión, el bid, cuya absoluta fidelidad a las políticas del Consenso de
Washington nos exime de cualquier esfuerzo argumentativo, presentó a pedido de
Cardoso un Plan de Acción para la Integración de la Infraestructura de
Sudamérica. Dicho plan era un ambicioso programa concebido para ejecutar
proyectos de infraestructura física y favorecer cambios en las legislaciones,
normas y reglamentos nacio-nales, con el objeto de facilitar el comercio
regional y global. La iirsa es, en consecuencia, un proyecto que no surge como
respuesta a las necesidades
125
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
sociales y económicas de la región,
ni de la demanda de la sociedad civil, movimientos sociales y fuerzas
políticas, sino que fue concebido por el bid con la intención de desarrollar e
integrar las infraestructuras de transporte, energía y telecomunicaciones para
consolidar la orientación exportadora de las economías latinoamericanas en un
plazo de diez años. Se busca, de este modo, organizar el espacio geográfico
sudamericano basado en el desarrollo de un complejo sistema regional de
transporte terrestre, aéreo y fluvial; de oleoductos, gasoductos, hidrovías,
puertos marítimos y fluviales, y tendidos eléctricos y de fibra óptica, entre
los más destacados; todo esto, por supuesto, absolutamente dentro de la lógica
del neoliberalismo. Estas obras deberían materializarse en “diez ejes de
integración y desarrollo”, corredores que concentrarán las inversiones para
incrementar el comercio y crear cadenas productivas conectadas con los mercados
del mundo, principalmente Asia, América del Norte y Europa. Lo que brilla por
su ausencia en este proyecto es una tentativa seria de integrar efectivamente a
los países sudamericanos con iniciativas como las propuestas por el presidente
Hugo Chávez del Gasoducto del Sur, orientada principalmente a la satisfacción
de las grandes mayorías nacionales, las empresas pequeñas y medianas, las
cooperativas, los campe-sinos, las comunidades indígenas y los productores
independientes que en su gran mayoría carecen de abastecimiento de gas
domiciliario, en lugar de hacerlo, como es el caso de los proyectos de la
iirsa, en beneficio exclusivo del pequeño sector exportador de nuestras
economías. No sorprende constatar, dadas estas condiciones, que el
financiamiento para la iirsa provenga princi-palmente del bid, la Corporación
Andina de Fomento (caf) y el Fondo Finan-ciero para el Desarrollo de la Cuenca
del Plata (fonplata), además de los importantes aportes del Banco Nacional de
Desarrollo Económico y Social de Brasil (bndes) y, aparentemente, también del
bm, con lo que está todo dicho en lo concerniente a la filosofía que impregna
sus emprendimientos. Como si lo anterior no fuera suficiente, se debe recordar
que la iirsa había sido, desde su creación, un activo promotor del difunto alca
y que apoya activamente las propuestas conocidas como el Plan Puebla-Panamá y
el Plan Colombia, ambas tendientes a facilitar la apropiación de los recursos
naturales de esas regiones por parte de las grandes transnacionales
estadounidenses129.
129 Información sumamente
autocomplaciente a propósito de esta iniciativa se encuentra en <www.iirsa.org//>. Las cifras que maneja la iirsa son
sumamente contradictorias, en fun-ción de la propia información oficial de ese
organismo. En fin, se trata de una iniciativa muy poco transparente, sin un
adecuado control público de las grandes sumas que, en todos los casos,
engrosarán la deuda externa que deberán pagar nuestros pueblos. Análisis
críticos de esta iniciativa se encuentran en Territorialidad de la
dominación, de Ana Esther Ceceña, Paula Aguilar y Carlos Motto (México df:
Observatorio Latinoamericano de Geopolítica, 2007); “Integración (silenciosa)
de la Infraestructura Regional Sudamericana (iirsa)”, de fobomade, en Rebelión,
17 de septiembre de 2003; y “alca/iirsa, Plan Colombia y el Eje del Desarrollo
Occidental”, de Lusbi Portillo, en Rebelión, 15 de abril de 2004.
126
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
El plan aprobado por los presidentes
en la reunión de Brasilia fue auspiciado, promovido y desarrollado conceptual y
técnicamente por el bid y la caf, ambas instituciones acérrimas opositoras al
alba. Según se informa en el propio sitio web de la iirsa, los gobiernos han
conformado una cartera consensuada de 507 proyectos de infraestructura de
transporte, energía y comunicaciones, que se encuentran reunidos en 47 grupos
de proyectos y que representan una inversión estimada de 69 mil millones de
dólares que, con el correr de los años, se transformarán en una suma mucho
mayor, que acrecentará la deuda externa latinoamericana y beneficiará a las
grandes transnacionales que se harán cargo de las obras requeridas por el
proyecto. Aparentemente, las propuestas ya en grado de ejecución inicial
estarían demandando algo más de la mitad de esa cifra, es decir, 37 mil
millones de dólares, pero no existe una confirmación oficial de la misma y,
además, será muy difícil de obtener, por los grandes márgenes de discrecionalidad
y secre-to con que se maneja el proyecto.
Dados estos antecedentes, no
sorprende comprobar las reacciones y protestas que han surgido a lo largo y
ancho del continente en contra de la iirsa. Lo anterior obedece a varias
causas: en primer lugar, porque tal como ocurrió con el abortado Acuerdo Multilateral
de Inversiones (mia, por sus siglas en inglés) –negociado en secreto y
descubierto gracias a un error informático por una ong canadiense que, al
publicitar los contenidos de los borradores del mia, precipitó un fenomenal
aluvión de mensajes y quejas de todo tipo que obligaron a cancelar la
iniciativa– los proyectos de la iirsa se diseñan y desarrollan sin la menor
participación, no sólo de las sociedades civiles involucradas o afectadas por
sus megaemprendimientos, sino que los mismos ni siquiera son ventilados en los
organismos públicos, agencias estatales y poderes del Estado, como el
Legislativo y el Judicial, y se ejecutan siempre en el mayor secreto,
contribuyendo de este modo a deslegitimar aún más a las desprestigiadas
democracias de la región. En segundo lugar, el trazado de los “ejes” se
preocupa exclusivamente por interconectar áreas en donde se encuentran grandes
reservas de recursos naturales o núcleos de producción orientados hacia los
mercados internacionales. Los ejes que aparecen en el sitio web de la iirsa son
los siguientes:
• Eje Andino (Venezuela, Colombia,
Ecuador, Perú, Bolivia).
• Eje Andino del Sur (Argentina,
Bolivia, Chile).
• Eje Interoceánico Capricornio
(Antofagasta, Chile; Jujuy, Argentina; Asunción, Paraguay; Porto Alegre,
Brasil).
• Eje de la Hidrovía Paraguay-Paraná.
• Eje del Amazonas (Colombia, Ecuador,
Perú, Brasil).
• Eje del Escudo Guayanés (Venezuela,
Brasil, Surinam, Guyana).
• Eje del Sur (Talcahuano-Concepción,
Chile; Neuquén-Bahía Blanca, Argentina).
• Eje Interoceánico Central (Perú,
Chile, Bolivia, Paraguay, Brasil).
127
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
• Eje mercosur-Chile (Brasil, Uruguay,
Argentina, Chile).
• Eje Perú-Brasil-Bolivia.
Para resumir, según Marcel Achkar y
Ana Domínguez, existe una íntima relación y una sutil división de tareas entre
el alca y la iirsa: mientras que el primero se preocupaba por establecer el
marco jurídico, administrati-vo y político de la globalización neoliberal, la
iirsa se encarga de proveer la infraestructura necesaria para concretar ese
proyecto de liberalización comercial impulsado por Estados Unidos, cuyos
beneficiarios excluyentes serán las grandes transnacionales. En otras palabras,
la iirsa es una especie de “alca silencioso” que facilitaría de facto la
apropiación de las riquezas naturales y la dominación del continente americano,
ya que, de esta forma, tanto el alca como el Tratado de Libre Comercio para
América del Norte (tlcan) les permitirán a Estados Unidos y a las transnacionales
ejercer un control de todos los recursos naturales (energéticos, mineros, agua,
bosques, suelos, ríos, etcétera) de los países americanos y el usufructo
ilimitado de los mismos por parte de esta nación130. El control de estos recursos es el
objetivo supremo de las corporaciones multinacionales, y es el motivo por el
cual se propone llevar a cabo la iniciativa de integración física de nuestros
territorios, lo que constituye, precisamente, la misión de la iirsa131. Se debe recordar que la
construcción de dicha infraestructura era uno de los objetivos fundamen-tales
del alca, y que todo esto tiene una lógica muy clara. El tlcan (inaugu-rado el
1 de enero de 1994), la propuesta del alca (lanzada por Bill Clinton en
diciembre 1994), el Plan Colombia (propuesto en 1999), el proyecto iirsa
(lanzado en Brasilia el 1 de septiembre de 2000) y el Plan Puebla-Panamá
(puesto en marcha en marzo de 2001) forman un conjunto coherente de
dis-positivos e instrumentos diseñados para consolidar la dominación integral de
los Estados Unidos en América Latina y el Caribe. Más específicamente: con el
Plan Puebla-Panamá los Estados Unidos procuran crear la infraestruc-tura física
para consolidar su indisputado control sobre Mesoamérica; con la iirsa, buscan
los mismos resultados en el vasto escenario sudamericano. Es por eso que este
constituye el supuesto necesario para que se pueda concre-tar el alca, con o
sin la firma de un tratado explícito, cosa que ya fue rechaza-da en Mar del
Plata. Al fin de cuentas, como lo recuerda uno de los estudiosos del tema, “el
alca y la iirsa son dos caras de la misma moneda”132.
130 Un ejemplo de cómo combatir al
alca lo ofrece la política exterior de la Venezuela boliva-riana. Ver Petroamérica
vs. alca. Conversaciones con Luis Bilbao, de Alí Rodríguez (Buenos Aires: Capital
Intelectual, 2004).
131 Ver iirsa. Integración de Infraestructura
Regional Sudamericana. Otro paso en la explotación de los pueblos y territorios
sudamericanos, de Marcel Achkar y Ana Domínguez (coords.) (Montevideo:
Programa Uruguay Sustentable/Redes Amigos de la Tierra del Uruguay, 2006).
132 Ver el mencionado artículo de Luisbi Portillo,
“alca/iirsa…”, op.cit.
128
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Reacción “pachamamista” y los imperativos de la
gestión gubernamental
Ante los desquicios provocados por el
extractivismo ha surgido la reacción “pachamamista”. Evo Morales, uno de los
presidentes más atacados por esta corriente, lo planteó con total claridad
cuando preguntó “¿Y de qué va a vivir Bolivia si no explota sus recursos
naturales? ¿Cómo superaremos un retraso que viene de siglos si carecemos de los
más elementales recursos para inver-tir en desarrollo social?”. De ahí que su
propuesta haya sido nada menos que “industrializar la naturaleza”, cosa que por
otra parte es una obligación esti-pulada en la Constitución Política del
Estado. En el caso uruguayo, la campa-ña electoral que consagró el triunfo del
presidente José “Pepe” Mujica irritó sobremanera a los ecologistas de ese país,
porque en el programa del Frente Amplio/Encuentro Progresista no existía
absolutamente ninguna cláusula referida al medio ambiente. No sólo eso: una vez
asumido el poder, Mujica produjo una serie de gestos muy claros para atraer la
inversión extranjera garantizando, en los hechos, un conjunto de prerrogativas
y una libertad de movimientos para las empresas pocas veces vistos en la
historia del Uruguay. De hecho, una de las mayores, sino la mayor inversión en
megaminería de hierro, estaría por concretarse –si es que no lo hizo ya– en ese
país. En el Ecuador, el presidente Correa desarrolló ingeniosos esquemas para,
por ejemplo, abstenerse de extraer petróleo del Parque Nacional Yasuní-itt (una
bellísima y estratégica reserva ecológica ecuatoriana) a cambio de una
com-pensación parcial por los ingresos petroleros caídos, que debería ser
aporta-da por un fideicomiso de países desarrollados, supuestamente interesados
en disminuir la contaminación atmosférica. La negociación, que había
desper-tado muchas expectativas, finalmente se frustró ante la previsible
mezquin-dad y desinterés de los gobiernos capitalistas poco dispuestos a poner
dinero detrás de sus falsas declaraciones de amor por la naturaleza. Es
innecesario señalar el muy negativo impacto que esto tuvo en la situación
interna del Ecuador, en donde cierta dirigencia de los movimientos indígenas se
montó sobre esta frustración para lanzar una andanada de críticas sobre el
gobierno de Correa que continúa hasta el día de hoy.
No está demás aclarar, en relación
con lo anterior, que no pocas ong que proliferan en el mundo andino, en
apariencia inofensivas y sólo preo-cupadas por el bienestar de los pueblos
originarios y la defensa del medio ambiente, son en realidad organizaciones
pantalla de la cia, la National Endowment for Democracy (ned) o la Fundación
para el Análisis y los Estu-dios Sociales (faes). La ned es una organización
establecida en 1983 por el Congreso de Estados Unidos a solicitud del
presidente Ronald Reagan. Agrupa en su seno a los representantes de los dos
partidos principales de ese país, y su talante y sus proyectos llevan el claro
signo de su reacciona-rio inspirador. Financia fuertemente a organizaciones
sociales y políticas pronorteamericanas en casi un centenar de países,
desembolsando más de
129
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
mil donativos por año siendo uno de
los vehículos predilectos del interven-cionismo de Washington en la región y
reemplazando algunas de las labores que antes hacía la cia. La ned está
particularmente activa en Venezuela y, con menor visibilidad pero igual
vocación, en Bolivia, Ecuador, Nicaragua y la mayoría de los países del área.
En América Latina sus principales objetivos son lograr el “cambio de régimen”
en Cuba, bregar por mejorar la situación de los derechos humanos presuntamente
pisoteados en la isla y colaborar con “socios locales” para poner fin a las
“experiencias populistas” en curso en Sudamérica. Un párrafo de su sitio web
nos exime de mayores comentarios: “Reformas institucionales muy innovadoras
para promover la efectividad y transparencia del gobierno en países como
Brasil, Colombia, México y Perú corren en paralelo con reformas regresivas
aprobadas para recortar los dere-chos civiles y políticos, extender las
atribuciones del Ejecutivo y promover la caprichosa intervención del Estado en
los países que abrazan el así llamado ‘Socialismo del siglo xxi”133. La faes es un engendro del Partido
Popular de España y su presidente es José María Aznar, que se mantiene en el
cargo desde su creación, en 1989. Sus objetivos reflejan nítidamente los de la
ned, y actúan incluso con mayor agresividad que aquella, pero en Latinoaméri-ca134. Como decíamos anteriormente, no
pocas ong que se desempeñan en nuestros países son brazos ejecutores de la cia,
la ned y la faes. De hecho, su involucramiento en las luchas políticas internas
llama poderosamente la atención. En Bolivia y Ecuador se ha comprobado que esas
ong y varias iglesias evangélicas penetran profundamente en algunas comunidades
ori-ginarias y convencen a los nuevos adeptos de que deben dejar de lado las
tradicionales prácticas sociales basadas en la reciprocidad y los lazos
comu-nitarios y organizar su vida priorizando por encima de cualquier otra cosa
sus intereses individuales. El argumento usado por esas organizaciones es que
el atraso secular de los pueblos originarios habría sido causado por la
persis-tencia de esas formas arcaicas y colectivistas de organización económica
y social, y que la envidiable pujanza de países como Estados Unidos es hija del
individualismo. No es necesario avanzar demasiado en esta línea para com-probar
las derivaciones políticas de este proceso de recolonización cultural.
Las opciones extractivistas –surgidas
tal vez más de la necesidad que de la elección– de los gobiernos de izquierda y
centroizquierda latinoameri-canos vinieron de alguna manera a revertir un
sentido común muy estable-cido en nuestra región (entre otras cosas, gracias a
la obra de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, cepal, en los
años cincuenta y sesenta), según el cual el desarrollo estaba asociado con la
industrialización, el mercado interno y las exportaciones manufactureras. Eso era
“progresis-ta” en aquellos años, y la influencia de esta cosmovisión era tan
fuerte que
133 Sobre la ned ver: <www.ned.org/where-we-work/latin-america-and-caribbean>.
134 Ver <www.fundacionfaes.org/es/groups/pensamiento>.
130
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
aun gobiernos de facto y
dictatoriales, como el de los militares brasileños y argentinos de la década
del sesenta, no dejaron de estar influidos por ella. La situación comenzó a
cambiar con el desencadenamiento de la contrarre-volución neoliberal de la década
del setenta, liderada por Pinochet en Chile, Videla en la Argentina y seguida,
poco después, por Margaret Thatcher en el Reino Unido y Ronald Reagan en
Estados Unidos. A partir de allí, y con un fundamento pseudocientífico en la
teoría de la división internacional del trabajo (magníficamente refutada, entre
otras cosas, en un reciente libro del presidente Rafael Correa), la
especialización productiva en materias primas y alimentos y el abandono de una
política industrial pasaron a ser la marca distintiva de esos gobiernos y,
lamentablemente, de sus sucesores constitu-cionales pero sólo parcialmente
democráticos135.
En consecuencia, si antes el
progresismo era industrialista, hoy es extractivista, primarizador y
exportador. Nuestros países están exportando naturaleza, algo que se puede
comprobar muy fácilmente calculando la proporción que suman las materias primas
sin elaborar, los alimentos y los hidrocarburos sobre el total de las
exportaciones. Para colmo de males, la misma creciente integración económica
entre los países de la región (sobre todo en el caso del mercosur, el esquema
integracionista más avanzado del área) si bien favoreció el intercambio de
productos manufacturados, no logró revertir la ascendente gravitación de la
economía mundial sobre la composi-ción de las exportaciones latinoamericanas136.
A esta altura de nuestra exposición
se torna evidente que la discu-sión acerca del pachamamismo como política
radical de conservación de la naturaleza, de su práctica intangibilidad, coloca
a los gobiernos de izquierda y centroizquierda ante un callejón sin salida. Lo
mismo puede decirse en
135 Digo “constitucionales” y no
“democráticos” porque, según mi entender, los países que ameritan esa
calificación en América Latina son Venezuela, Bolivia y Ecuador, dado que sus
constituciones y marcos institucionales contemplan y viabilizan la frecuente
participación de la población mediante referendos constitucionales, asambleas
constituyentes, referendos revocatorios, etcétera. Se debe tener en cuenta, por
ejemplo, que, según lo plantea Juan Carlos Gómez Leyton, ¡ninguna de las tres
constituciones establecidas en el Chile republi-cano (1833, 1925 y 1980) surgió
de una asamblea constituyente o fue ratificada por el voto popular! Hay que
añadir a los tres países anteriores el caso de Cuba, con un modelo político muy
distinto pero con un democratismo de base que llevó al propio Robert Dahl, la
figura consular de la teoría norteamericana del liberalismo democrático, a
admitir la necesidad de ampliar la categoría de democracia para dar cuenta de
la especificidad del caso cubano. Más antecedentes de esto en mi Aristóteles
en Macondo (Córdoba: Espartaco Córdoba, 2009). El libro de Correa
lleva por título Ecuador: de Banana Republic a la No República (Buenos
Aires: Sudamericana, 2010).
136 Sobre el papel de China y –en menor
medida, la India– en relación con los procesos de inte-gración de América
Latina, ver “Recuperando el espíritu de Bandung: China y la integración
latinoamericana”, de Mónica Bruckmann, en Comunicação & Politica (Río:
Centro Brasileiro de Estudos Latinoamericanos) Vol. 29, Nº 2, mayo-agosto de
2001, pp. 125-158.
131
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
relación con el resurgimiento
nostálgico de pretendidas ilusiones basadas en las potencialidades de una
“economía familiar/campesina” para poner coto a las injusticias y depredaciones
causadas por el auge del agronego-cio en los países del área. Si bien la
preservación de la agricultura familiar es un objetivo encomiable, lo cierto es
que la presión que el crecimiento demográfico plantea a nuestros países condena
irremisiblemente al fracaso cualquier tentativa de retornar a tecnologías
tradicionales cuya producti-vidad por hectárea es, en algunos casos y en
algunos cultivos, equivalente a la de Francia… ¡en la época del imperio romano!
Bolivia, por ejemplo, ha enfrentado graves problemas para lograr una
alimentación adecuada para su población. Se deben recordar los incidentes
estallados a finales de 2010 causados por el “gasolinazo”, pero también por la
carestía de los alimentos y el crítico faltante de azúcar, esencial para
afrontar los rigores que imponen las alturas del altiplano. Hay quienes afirman
–equivocadamente, según nuestro entender– que Bolivia podría alimentar a su
población de casi 10 millones de habitantes recurriendo a las técnicas de
cultivo de los pueblos originarios (algo, entre paréntesis, ¡que José Carlos
Mariátegui había descartado ya en la década del veinte del siglo pasado!). Y
decimos “equivocadamente” porque Bolivia posee mucho más de 10 millones de
habitantes, si se cuentan los casi 3 millones de bolivianos que cálculos
conservadores estiman viven fuera de su país (en Argentina y España,
principalmente), debido precisamente a la pobreza, la exclusión social y la
imposibilidad de acceder a un tenor de vida adecuado y digno. Una Bolivia
dispuesta a alimentar a 13 millones de habi-tantes no tiene otra alternativa
que la de utilizar las más eficientes y produc-tivas tecnologías agrícolas, que
garanticen un alto rendimiento por hectárea y una producción que permita
abastecer sin problemas a toda la población. Claro está que esas modernas
fuerzas productivas operan sobre un paisaje agrario definido, entre otras
cosas, por su gran extensión, lo cual requeriría un proceso de concentración de
las pequeñas parcelas campesinas en unida-des –tal vez bajo la forma de
cooperativas– que alcancen una escala tal que justifique el empleo de las
maquinarias y las sofisticadas técnicas productivas de hoy en día. Se trata de
una opción muy compleja y de resultado incierto, porque no es tan sencillo
separar las fuerzas productivas de las relaciones sociales de producción137. Pero así como Lenin planteó en su tiempo
que el socialismo era igual a “soviets + electricidad”, y procuró arrebatar esa
nueva fuente de energía del control de las empresas capitalistas, en el momento
actual el socialismo también implica algún tipo de “soviets” (entendido como
137 En todo caso, y a los efectos de
aportar una mirada sobria a esta cuestión, es necesario evi-tar caer en
triunfalismos tecnologicistas porque, al fin y al cabo, la masiva introducción
de refinadas tecnologías en la explotación agraria no pudo resolver el problema
del hambre a nivel mundial. Más que con el desarrollo de las fuerzas
productivas, este tiene que ver con la naturaleza de las relaciones sociales
existentes en una sociedad en un momento determina-do de su desenvolvimiento.
132
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
alguna forma de estructuración del
poder popular, más allá de lo permitido o consentido por la institucionalidad
burguesa) unido a la apropiación de la más moderna tecnología que hoy reposa en
manos de las transnacionales. Por eso, más allá de su evidente fuerza moral, el
pachamamismo no puede ser entendido como una solución viable a los problemas y
desafíos que plan-tea el mundo actual. Su llamado a respetar la naturaleza, por
sensato que sea, no logra ocultar la necesidad de también respetar al género
humano y de procurarse razonablemente su sustento mediante la utilización
racional y responsable de los bienes naturales. Cuando el pachamamismo afirma,
con razón, que la preservación de una especie animal es un objetivo loable y
digno de ser perseguido sin desmayos, mucho más debe serlo la protección de la
especie humana. Y si el capitalismo se posiciona en contra de la natura-leza
para superexplotarla sin otro objetivo que el de maximizar su ganancia, no se
puede adoptar una lógica que sea su simétrico reverso, argumentando que la
única manera posible de existir y la ruta para el “buen vivir” de los pueblos
originarios sólo podrá ser alcanzada custodiando la intangibilidad de la
naturaleza. Se debe recordar, además, que los modos tradicionales de producción
campesina también alteran a la Madre Tierra y que cualquier intervención
humana, cualquiera sea su dispositivo tecnológico, lo hace. Claro, nadie de
manera tan brutal y dañosa como en el capitalismo con su criminal megaminería a
cielo abierto o la desenfrenada expansión del monocultivo de la soja; o en el
productivismo pseudosocialista, basado en los mismos principios que el
capitalismo. De lo que se trata es de buscar un punto de equilibrio, siendo
conscientes, asimismo, de que ningún gobierno, y mucho menos de izquierda,
puede hacer oídos sordos a la necesidad de promover el desarrollo de su
economía, sin la cual no podrá haber escuelas, universidades, hospitales,
jardines infantiles, programas sociales, carreteras, puentes y la
infraestructura necesaria para que el “buen vivir” sea algo más que una
entelequia y se convierta en una palpable realidad.
Por otra parte, no es posible
soslayar el hecho de que si la construc-ción del socialismo en un solo país ha
demostrado ser una empresa, si no imposible, por lo menos plagada de
dificultades, no menos difícil sería tratar de implementar el “pachamamismo en
un solo país”, es decir, una política de respeto a la naturaleza, mientras el
conjunto de la comunidad internacional no aúne esfuerzos en pos de este ideal.
Esto supone la inmensa tarea de modificar los patrones de consumo irracionales,
derrochistas e irresponsa-bles del capitalismo avanzado. ¿Podrá lograrse tal
cosa en ausencia de una profunda revolución social? Una de las críticas que
pueden formularse a quienes (como Eduardo Gudynas y tantos otros) pregonan la
necesidad de llegar primero a un extractivismo “sensato” –es decir, que para
2020 no supe-re el 30% de las exportaciones de nuestros países– reside
precisamente en la debilidad de una argumentación a favor de una racional y
cuidadosa apro-piación de los recursos naturales liberada de los condicionamientos
y limi-taciones que plantea el capitalismo, y su modelo de consumo, en su
actual
133
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
fase imperialista. Estamos de acuerdo
en la meta, pero para ello nos parece que es necesario hablar de –¡y hacer!–
una revolución socialista. Dentro del capitalismo tal solución es inviable. La
automoderación en el consumo y la adopción de un estilo de vida signado por la
austeridad sólo son posibles si se pone fin a la dominación del capital.
En otras palabras, ¿qué es lo que
propone el pachamamismo? ¿Un modelo alternativo de desarrollo o, como dicen
algunos, de abandonar por completo el objetivo del desarrollo? Quienes
sostienen esta segunda postura exhortan a la “desmaterialización” de las economías,
a la reducción a lo míni-mo indispensable del uso de las materias primas y la
energía y a la concentra-ción de los esfuerzos en el “buen vivir” y en la
calidad de la vida de nuestras poblaciones. Pero ¿es razonable proponer estos
fines, este “no desarrollo”, en poblaciones en las cuales todavía el hambre
hace estragos, la desnutrición es rampante, las enfermedades curables y
prevenibles se cobran miles de víctimas cada día, el analfabetismo sume en la
ignorancia y la superstición a millones de latinoamericanos que, además, viven
en chozas construidas en sitios de extremo riesgo, como laderas de montañas que
se derrumban o a la vera de ríos que, en sus crecidas, arrasan con todo? ¿Es
posible acceder al “buen vivir” proclamado por los pueblos originarios en
condiciones de tremenda escasez y privación? Tal como lo veremos en el próximo
capítulo, desde nuestro punto de vista tal cosa es imposible; pero aun si no lo
fuera, tal estrategia suscitaría importantísimos problemas éticos. Porque
¿hasta qué punto podríamos estar autorizados a exigirles a los países que, no
por propia voluntad, sino a causa de la dominación imperialista quedaron
sumidos en el atraso y el subdesarrollo, que se resignen a permanecer en esa
situación, o tal vez a conformarse con un módico progreso, pero a años luz de
los niveles de vida de los países que se beneficiaron durante siglos del
despojo colonial? ¿Tiene sentido construir un modelo sustentable ecológicamente
pero que congele las asimetrías internacionales creadas por el imperialismo?
Recapitulando: la crítica al
pachamamismo no debe ser interpretada como un aval al extractivismo. El primero
es inviable y el segundo es una alternativa difícilmente soslayable en el corto
plazo, aun para los gobiernos de izquierda. Pero es imprescindible neutralizar
sus desastrosos impactos, para lo cual será preciso construir minuciosos
mecanismos de fiscalización de las actividades ligadas al extractivismo,
imponer normas rígidas y contro-les sobre las mismas, y buscar aceleradamente
la coordinación internacional –al menos en el marco de América del Sur– de este
tipo de políticas frente a las transnacionales extractivistas, porque de lo
contrario, estas utilizarán su enorme poderío para chantajear a algunos
gobiernos y dar por tierra cual-quier tentativa de monitoreo y control de sus
actividades. Además, habrá que diseñar una adecuada política tributaria que
permita captar una parte signi-ficativa de las superganancias y/o la renta
extraordinaria de la cual se apro-pian esas compañías. Como se ve, son todas
medidas transitorias mientras nuestros pueblos construyen un nuevo orden
económico, político y social
134
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
claramente poscapitalista a partir de
la premisa de que no hay solución para estos problemas dentro del capitalismo.
En el capítulo siguiente estudiaremos
más en profundidad algunos aspectos relacionados con el tema del “buen vivir” o
el “vivir bien” y su relación con los procesos de transformación actualmente en
curso en América Latina.
135
El “buen vivir” (sumak kawsay)
y los dilemas de los gobiernos de izquierda en América Latina
En años recientes, América Latina ha
realizado un crucial aporte filosófico y ético-político al instituir, en dos
nuevas constituciones del mundo andino, Bolivia y Ecuador, una nueva concepción
doctrinaria superadora de los clá-sicos derechos y garantías establecidos en el
marco del constitucionalismo liberal. Se trata del sumak kawsay,
convencionalmente traducido como “buen vivir” o el “vivir bien”. Uno de los
aspectos fundamentales de este nuevo concepto es la postulación de una relación
entre sociedad, individuo y medio ambiente completamente distinta –y hasta
podría decirse antagóni-ca– de la que se plasmó con el advenimiento de la
Modernidad. En la actual formulación constitucional de Ecuador y Bolivia, el
medio ambiente se pre-senta como la Madre Tierra y, en virtud del nuevo marco
normativo, como un inédito y novísimo sujeto de derecho138.
El sumak kawsay impugna
radicalmente las concepciones coaguladas en las antiguas constituciones
latinoamericanas (y en todo un denso apara-to normativo construido a lo largo
de la historia de los Estados nacionales
138 En el caso de Ecuador, la
Constitución de la República de 2008 establece: “Nosotras y noso-tros, el
pueblo soberano del Ecuador […]. Reconociendo nuestras raíces milenarias,
forjadas por mujeres y hombres de distintos pueblos […]. Celebrando a la
naturaleza, la Pacha Mama, de la que somos parte y que es vital para nuestra
existencia […] decidimos construir […] una nueva forma de convivencia
ciudadana, en diversidad y armonía con la naturaleza, para alcanzar el buen
vivir, el sumak kawsay”. Por su parte, la Constitución del Estado
Plurina-cional de Bolivia de 2007 dice que “el pueblo boliviano, de composición
plural, desde la profundidad de la historia, inspirado en las luchas del
pasado, en la sublevación indígena anticolonial, en la independencia, en las
luchas populares de liberación, en las marchas indígenas, sociales y
sindicales, en las guerras del agua y de octubre, en las luchas por la tierra y
territorio, y con la memoria de nuestros mártires, construimos un nuevo Estado
[…] basado en el respeto e igualdad entre todos, con principios de soberanía,
dignidad, complementariedad, solidaridad, armonía y equidad en la distribución
y redistribución del producto social, donde predomine la búsqueda del vivir
bien; con respeto a la pluralidad económica, social, jurídica, política y
cultural de los habitantes de esta tierra; en convivencia colectiva con acceso
al agua, trabajo, educación, salud y vivienda para todos”.
136
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
latinoamericanos), tributarias todas
ellas de la tradición liberal. Propone, en cambio, una cosmovisión que hunde
sus raíces en las culturas de las etnias oprimidas del continente y muy
especialmente de sus pueblos originarios, idea que fue emergiendo con fuerza en
el último cuarto de siglo. Es por esto que tiene razón Boaventura de Sousa
Santos cuando afirma que más que un debate sobre el desarrollo, el crecimiento
o el medio ambiente, lo que se ha instalado en la política latinoamericana –con
mayor fuerza en países como Ecuador o Bolivia, con menos en los demás– es una
profunda controversia civilizatoria139.
Esta radical innovación no fue un
rayo que cayó en un día sereno, sino el producto de antiguas luchas,
elocuentemente reconocidas en los preám-bulos de las nuevas constituciones de
Bolivia y Ecuador, que comenzaron a fructificar en el nuevo contexto sociopolítico
regional inaugurado por el triunfo de la Revolución Bolivariana en Venezuela y
el debilitamiento del poderío estadounidense en la región, lo que dio lugar a
un significativo des-plazamiento del péndulo político sudamericano hacia
posturas de izquierda. Si esas innovaciones pudieron cristalizarse en el nuevo
contexto sociopolítico de nuestra región, fue, por una parte, por el vigor y la
riqueza de antiguas tradiciones del mundo andino que sobrevivieron a cinco
siglos de barbarie supuestamente civilizatoria; por la otra, por el progresivo
holocausto ecológi-co, social y cultural desencadenado por el capitalismo en su
etapa neoliberal, la más agresiva y predatoria de toda su historia, que
conmovió la conciencia de nuestra época y puso seriamente en cuestión la
cosmovisión que giraba en torno a la dupla conceptual de progreso y desarrollo.
Como suele ocurrir con todas las
tradiciones populares, no existe un significado unívoco para el sumak
kawsay. Máxime cuando se trata de un amplio universo de valores, ideas y
prácticas más o menos institucionali-zadas que han ido transmitiéndose de
generación en generación, las más de las veces, gracias a la tradición oral. No
obstante, traer al debate actual esta propuesta implica, en su núcleo esencial,
una doble redefinición: de la relación de los hombres y mujeres con la
naturaleza y de la relación de los hombres y mujeres entre sí. Por supuesto,
el sumak kawsay no se agota en eso. Un trabajo elaborado por
algunas organizaciones populares bolivianas comprometidas con el “buen vivir”
incluye un amplísimo catálogo temático que contiene cuestiones relativas a la
identidad de los pueblos y etnias origi-narias tanto como otras relacionadas
con el agua, el calentamiento ambien-tal, la crisis alimentaria, el paradigma
energético, los agrocombustibles, la industrialización, el desarrollo, el
consumismo y la soberanía popular140. Por
139 Ver “El socialismo del buen
vivir”, de Boaventura de Sousa Santos, en <http://caminosocia-lista.wordpress.com/2010/04/09/hablamos-del-socialismo-del-buen-vivir/>.
140 Ver “El buen vivir como respuesta
a la crisis global”, del Ministerio de Relaciones Exteriores del Estado
Plurinacional de Bolivia (La Paz: s/f).
137
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
su parte, el “Plan Nacional para el
Buen Vivir” de Ecuador no le va en zaga en lo tocante a la amplitud de
contenidos y proposiciones comprendidos en el sumak kawsay. Entre
los principios constitutivos de esta cosmovisión, se incluyen temas tales como
la unidad en la diversidad; el deseo de vivir en sociedad; la igualdad, la
integración y la cohesión social; los derechos uni-versales y la potenciación
de las capacidades humanas; la relación armónica con la naturaleza; la
convivencia solidaria, fraterna y cooperativa; el trabajo y el ocio como
liberadores; la reconstrucción de lo público; la construcción de una democracia
representativa, participativa y deliberativa; y un Estado democrático,
pluralista y laico141.
La complejidad, amplitud e
iconoclastia del sumak kawsay sumió en la perplejidad y el
desconcierto a muchos de los asambleístas reunidos en Montecristi para elaborar
la nueva constitución ecuatoriana. Según uno de sus protagonistas, “la
propuesta del buen vivir […] fue motivo de diver-sas interpretaciones en la
Asamblea Constituyente y en la sociedad. En un debate, que en realidad recién
empieza, primó el desconocimiento e incluso el temor en ciertos sectores.
Algunos asambleístas, contando con el eco per-turbador de gran parte de una
prensa mediocre e interesada en el fracaso de la Constituyente, acostumbrados a
verdades indiscutibles, clamaban por concreciones definitivas. Para otros, el
buen vivir, al que lo entendían inge-nuamente como una despreocupada y hasta
pasiva dolce vita, les resultaba inaceptable. No faltaron algunos,
temerosos de perder sus privilegios, que no dudaron en anticipar que con el
buen vivir se proponía el retorno a la época de las cavernas. Inclusive algunos
que alentaron con su voto este principio fundacional de la Constitución de
Montecristi al parecer no tenían clara la trascendencia de esta decisión. […] Y
unos cuantos, opuestos desde una izquierda autista, se aferraron a
tradicionales conceptos de cambio, en rea-lidad huecos, carentes de
trascendencia al no haber sido cristalizados en la práctica de las luchas
sociales”142.
Para los fines de nuestro trabajo,
por cierto que mucho más acotados, centraremos el análisis en las implicaciones
del sumak kawsay sobre la pro-blemática del desarrollo y las
estrategias de los movimientos sociales en la reafirmación del “buen vivir”
como principio refundacional de la vida social. Esto nos invita no sólo a
examinar las concepciones del desarrollo, sino tam-bién a reflexionar sobre sus
agentes sociales (clases, movimientos sociales, fuerzas políticas, gobiernos)
y, de manera especial, sobre las tensiones resul-tantes entre la nueva
postulación doctrinaria, los sujetos que las encarnan y las duras realidades
cotidianas con las que debe enfrentarse cualquier
141 Ver “Plan Nacional para el Buen
Vivir 2009-2013: construyendo un Estado Plurinacional e Intercultural”, del
Plan Nacional de Desarrollo, República del Ecuador (Quito, 2009) pp. 33-43.
142 Alberto Acosta, “El buen vivir, una utopía por
(re)construir”, en Boletín ecos (cip-Ecosocial:
Madrid) Nº 11, abril-junio de 2010.
138
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
gestión gubernamental. El asunto
adquiere especial relevancia dado que los gobiernos de Rafael Correa en Ecuador
y Evo Morales en Bolivia no sólo son blanco de la crítica implacable de la
derecha vernácula y el imperialismo, sino también de sectores de izquierda que,
con diferentes énfasis, los acusan de haber traicionado los principios
del sumak kawsay.
La crítica al desarrollo
Es indudable que esta cosmovisión
cuestiona severamente las concepciones dominantes sobre el tema del desarrollo.
No sorprende, por lo tanto, encon-trar toda una serie de autores que han venido
planteando que el supuesto desarrollo es en realidad un “maldesarrollo”. Según
José María Tortosa, uno de los que más ha trabajado sobre el tema, este
concepto sintetiza la refuta-ción práctica –es decir, a partir de una
constatación empírica– de lo indesea-ble y lo perverso que, en los hechos, ha
resultado ser el desarrollo143.
Podría argüirse con razón que esta
crítica, pese a ser correcta, dista mucho de ser novedosa. De hecho, desde la
década del sesenta el marxis-mo latinoamericano (Theotonio dos Santos, Aníbal
Quijano, el Fernando H. Cardoso de aquella época, Agustín Cueva y Pablo
González Casanova, entre tantos otros), pero no sólo el de esta parte del mundo
(como lo atestigua la contribución de gentes como Samir Amin, André Gunder
Frank, desde los capitalismos centrales), ha venido formulando durísimas
críticas a la noción de desarrollo tal cual se utiliza en las ciencias
sociales, en los organismos internacionales y en casi todos los gobiernos. A
ella no son ajenas las reflexio-nes de grandes personalidades del mundo de la
política, como el Fidel Castro de la “Segunda Declaración de La Habana”
(febrero de 1962), el Che Guevara en sus numerosos discursos (y muy
especialmente el pronunciado en Punta del Este, en agosto de 1961) y los
diversos escritos del presidente dominicano Juan Bosch. El hilo conductor de
todas estas interpretaciones era el señala-miento del carácter deformante y
predatorio del desarrollo en una economía capitalista, y su condición de ser un
proceso incapaz de mejorar el bienestar de los pueblos, que, para colmo,
tropezaba con límites infranqueables en los capitalismos periféricos144.
143 Ver “El futuro del maldesarrollo”, de José
María Tortosa, en Revista Obets (Alicante) N° 4,
2009, pág. 68.
144 El Che participó, como ministro
de Industrias de Cuba, en la Conferencia del Consejo Inte-ramericano Económico
y Social (cies), un organismo dependiente de la oea, que sesionó en Punta del
Este entre el 5 y el 18 de agosto de 1961, a escasos cuatro meses de la fallida
inva-sión a Playa Girón. En su primera intervención en la Conferencia,
pronunció un vibrante ale-gato denunciando los modestísimos alcances de un
supuesto programa de desarrollo eco-nómico auspiciado por los Estados Unidos,
la fallida Alianza para el Progreso, representado en la Conferencia por su
secretario del Tesoro, Douglas Dillon, que, por su énfasis en la cons-trucción
de redes cloacales, el revolucionario argentino-cubano denominó sarcásticamente
139
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
El texto canónico del pensamiento
ortodoxo sobre el desarrollo en los tempranos sesenta fue el libro de Walter W.
Rostow, cuyo título era Las etapas del crecimiento económico, y
cuyo subtítulo, privado de toda sutileza, era Un manifiesto no
comunista. El libro ejerció una influencia arrolladora sobre las ciencias
sociales latinoamericanas de aquellos años y, no hablar, sobre los gobiernos y
expertos en asuntos económicos, todos ellos enmarcados, de una manera u otra,
en la telaraña de la Alianza para el Progreso145.
La idea básica del argumento
rostowiano era que existía un solo proce-so de desarrollo y que este era
lineal, acumulativo e igual para todos los países. La palabra “capitalismo”
había sido cuidadosamente desterrada del texto, con el obvio propósito de
reforzar la naturalización de este modo de producción: al describir sus leyes
de desarrollo, el supuesto era que cualquier economía, sin excepción, debía
enfrentarse a lo largo de una sucesión ordenada de eta-pas con una serie de
imperativos técnicos, no políticos. La consecuencia de todo esto era que había
un solo modo de enfrentar los problemas económi-cos, y que este modo estaba
dictado por cuestiones técnicas que no admitían transgresión alguna. Hacerlo
significaba caer en la ciénaga del “populismo”. El proceso de desarrollo
capitalista –con sus luchas, despojos y saqueos, que lo hacen llegar al mundo
“chorreando sangre y barro por todos sus poros”, como Marx escribiera en El
Capital– es sublimado y descontextualizado por Rostow, hasta llegar a
convertirse en un despliegue ahistórico, formal y lineal de potencialidades
presentes en cada una de las formaciones sociales del pla-neta. Por eso, para
esta tradición de pensamiento, los países hoy desarrollados fueron, en un
tiempo no demasiado remoto, naciones pobres y subdesarrolla-das. Este
razonamiento se asentaba sobre dos falsos supuestos: primero, que al evaporarse
todas las determinaciones histórico-estructurales las socieda-des localizadas
en ambos extremos del continuo “desarrollo-subdesarrollo” se convertían en
verdaderas entelequias, en vaporosas esencias incontaminadas por las prosaicas
realidades de su tiempo y de su espacio. Segundo supues-to: la organización de
los mercados internacionales carecía de asimetrías estructurales (o si
existían, eran irrelevantes) que pudieran afectar las chan-ces de desarrollo de
las naciones de la periferia. Para Rostow y sus discípulos
como “la letrinización de América
Latina”. Los tímidos objetivos que se proponía la Alianza, que ni siquiera
fueron alcanzados por ningún país, contrastaban llamativamente con las grandes
realizaciones que Cuba había logrado en dos años y medio de Revolución y que la
habían convertido, entre otras cosas, en el primer territorio libre de
analfabetos de las Amé-ricas. Sobre estos temas ver nuestro “Teorías de la
dependencia” en Realidad Económica (Buenos Aires), Nº 238, 16
de agosto/30 de septiembre de 2008. Un dato, si se quiere, “de color”: el
primer país “democrático” (¡no como Cuba, Washington dixit!) que
recibió fondos de la Alianza para el Progreso fue el democrático Paraguay de
Stroessner.
145 Para un análisis sobre la naturaleza
y el impacto de las ideas de Rostow, ver “Entrevista a Samir Amin”, de Graciela
Roffinelli y Néstor Kohan, 1 de octubre de 2003, en <www.paginadigital. com.ar/articulos/2003/2003sept/noticias6/24530-9.asp>.
140
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
latinoamericanos, términos tales como
“dependencia” o “imperialismo” no servían para describir las realidades del
sistema y eran antes que nada un tributo a “enfoques políticos”, y por lo
tanto, no científicos, con los cuales mal se podían comprender los problemas
del desarrollo económico146. En con-secuencia, los llamados “obstáculos” al desarrollo no poseían
fundamentos estructurales o restricciones ancladas en la economía mundial, sino
que eran el producto de torpes decisiones políticas, elecciones desafortunadas
de los gobernantes o de lastres sociohistóricos inerciales que debían ser
removidos. Las implicaciones conservadoras de este razonamiento, que descartaba
aprio-rísticamente cualquier otra forma de organización económica alternativa
al capitalismo y que ignoraba olímpicamente la realidad del imperialismo y la
dependencia, son tan evidentes que no requieren de ninguna demostración más
allá de su sola enunciación. Como se ve, el “pensamiento único” no es tan
novedoso como se supone. Y su impacto sobre el pensamiento supuestamen-te
contestatario fue tan deletéreo ayer como hoy147.
Pero había algo más: tanto el
pensamiento ortodoxo como el de sus críticos marxistas compartían, en aquella
época (no hoy, por cierto), un silencioso supuesto no sometido a discusión:
lejos de ser un riquísimo depó-sito de “bienes comunes”, la naturaleza
aparecía, en el pensamiento conven-cional y en el de los críticos de izquierda
como un “recurso natural” más, que no merecía privilegio alguno y que, por
consiguiente, debía explotarse aplicando las técnicas productivas desarrolladas
por el capitalismo, si bien con un difuso “sentido social”. Un antecedente
lejano de esta actitud puede remontarse hasta los años iniciales de la
Revolución Rusa, cuando Lenin dijo que “socialismo = soviets + electricidad”.
De esta manera, aun para las fuerzas
146 No deja de ser asombrosa la
coincidencia de perspectivas entre la obra de un teórico con-servador como
Walter W. Rostow y la de quienes, desde una perspectiva presuntamente crítica,
se inspiran en la obra de Hardt y Negri. En una entrevista concedida al
matutino argentino Página/12, Cocco y Negri descalifican el
concepto de imperialismo y juzgan como lamentable al “antiimperialismo”. No
podrían haber estado más de acuerdo con el teórico preferido de la
administración Kennedy. Ver “América Latina está viviendo el momento de una
ruptura”, de Verónica Gago, en Página/12, 14 de agosto de 2006,
en <www.pagina12. com.ar/diario/dialogos/21-71388-2006-08-14.html>.
147 Un ejemplo de nuestros días lo ofrece
la obra de Hardt y Negri Imperio, en la cual se asegura que países
como Bangladesh y Haití se encuentran en el interior del imperio, puesto que
este todo lo abarca. Pero ¿se hallan por eso en una posición comparable a la de
Estados Unidos, Francia, Alemania o Japón? Si bien admiten que no son idénticos
desde el punto de vista de la producción y circulación capitalistas, Hardt y
Negri concluyen, para estupor de los estudiosos, que entre “Estados Unidos y
Brasil, Gran Bretaña y la India no hay diferencias de naturaleza, sólo
diferencias de grado”, tesis esta que suscribiría con entusiasmo el propio
Rostow (ver Imperio, Hardt y Negri, op. cit., pág. 307). Como bien
recuerda Amin, las peri-ferias del sistema mundial no son tan sólo “formaciones
desigualmente desarrolladas”, sino que se trata de formaciones sociales
interdependientes precisamente en función de esa des-igualdad. Para una crítica
a la visión radicalmente equivocada y funcional al imperialismo de Hardt y Negri,
ver Boron, Imperio & Imperialismo, op. cit.
141
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
contestatarias del capitalismo, el
modelo de relacionamiento entre sociedad, economía y medio ambiente permanecía
inalterado y seguía siendo el que había instaurado la modernidad capitalista.
Lo que cambiaba era tan sólo el destinatario de los frutos del progreso
económico. No era un cambio menor, pero como mucho tiempo después lo anotarían
el nuevo pensamiento crítico latinoamericano y el sumak kawsay, ese
supuesto ya resultaba inaceptable para la renovada conciencia social y
ecológica de nuestros pueblos. Los estra-gos ambientales y sociales producidos
por el desenfrenado productivismo desarrollista y extractivista conmovieron
profundamente a las sociedades latinoamericanas, acelerando la conformación de
una nueva cultura cada vez más escéptica ante las supuestas bondades del
“desarrollo”.
No sorprende constatar, por lo tanto,
que una de las críticas más severas –y, agregaríamos, injustas– enderezadas en
contra de los actuales gobiernos de Bolivia y Ecuador sea la que los acusa de
estar incurriendo en el mismo patrón de relacionamiento sociedad-naturaleza que
los convierte, de hecho, en prisioneros de la lógica predatoria e inhumana del
capitalismo. En ese sentido, la acusación es que debido a numerosos factores
(necesidades económico-financieras, desequilibrios del comercio exterior, debilidades
políticas, flaque-zas ideológicas, indiferencia ante los reclamos populares,
etcétera) tanto La Paz como Quito han promovido, para frustración de sus
iniciales partidarios, el mismo tipo de políticas económicas “desarrollistas” y
“extractivistas” que sus adversarios neoliberales. Ricardo Verdum lo afirma con
todas las letras: “Lo que llama la atención de algunos analistas es que sean
precisamente los gobiernos progresistas y de izquierda, elegidos por su
plataforma política con-traria a ese modelo (y que se autonombran
posneoliberales), los que ahora reafirman la función de región proveedora de
recursos naturales, y que hoy gobiernan aproximadamente cuatro quintos de la
población y unas tres cuar-tas partes del territorio sudamericano”148. Volveremos sobre este tema más
adelante, porque antes es necesario examinar algunas cuestiones previas.
Dos cuestiones cruciales
La intransigente defensa del sumak
kawsay, atizada por los horrores del “desarrollo” que legitiman ampliamente
aquella cosmovisión, suele no hacer espacio para dar cuenta de trascendentes
interrogantes: ¿cuál es el arco temporal al cual remite el sumak kawsay como
proyecto civilizatorio?; ¿qué relación existe entre el “buen vivir” de nuestros
pueblos originarios y el ecologismo, en sus distintas variantes, incluyendo el
“ecosocialismo”?; y, en simultáneo, ¿cuál sería la relación entre el sumak
kawsay y el socialismo y comunismo?
148 Ver su “El nuevo extractivismo desarrollista en
Sudamérica” (Quito: caap), en <www.extracti-vismo.com/noticias/verdum-extractivismo-desarrollista-sudamerica.html>.
142
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Problemas del sumak kawsay en un
solo país
En efecto, tanto los teóricos como
los partidarios del sumak kawsay parecen haber subestimado los
requisitos temporales de este proyecto. Cabe apli-carles la misma crítica que
muchos formulaban, desde dentro y fuera del marxismo, a la ardiente impaciencia
de los revolucionarios comunistas en tiempos de la Primera Guerra Mundial y la
Revolución Rusa, y en virtud de la cual la instauración del socialismo aparecía
ante sus ojos como un proyecto de inmediata realización, y cuya ejecución no
plantearía obstáculos que una firme voluntad de cambio fuera incapaz de doblegar.
Fue Lenin uno de los primeros en advertir el error de esa concepción al
observar que, en las con-diciones imperantes en Rusia, el carácter arcaico de
la formación social rusa se convertiría en una formidable muralla contra la
cual se estrellarían los proyectos transformadores del socialismo. Por ello,
Lenin preveía una muy larga batalla para doblegar esos grilletes del atraso,
cosa que, por supuesto, no ocurriría en los países de Occidente a la hora de
construir el socialismo. Allí, recordaba el revolucionario ruso, la
construcción del socialismo sería tan fácil “como levantar una pluma”.
Nos parece que con el sumak
kawsay podría estar ocurriendo algo similar, y que revela una cierta
contradicción en el propio discurso. Por una parte, se asegura, con razón, que
se trata de una contribución filosó-fica fundamental que impugna los supuestos
básicos de la Modernidad y de la civilización capitalista. Sin embargo, la
superación de cinco siglos de historia (¡y qué historia!, habida cuenta de los
horrores del colonialismo, el neocolonialismo, el imperialismo, el racismo, las
guerras, los genocidios, los terrorismos de Estado, la depredación salvaje de
la naturaleza, etcétera) es concebida por algunos movimientos sociales y
fuerzas políticas como un proyecto que pueden realísticamente encarar dos o
tres gobiernos del mundo andino y obtener significativos resultados casi de
inmediato. Así como el “socialismo en un solo país” tenía un carácter
intrínsecamente con-tradictorio que lo condenaba al fracaso, ¿por qué
deberíamos pensar que el “sumak kawsay en un solo país” satisface
las condiciones necesarias que aseguran su victoria? Si la Unión Soviética y
China, para hablar de los ejem-plos más rotundos, fueron incapaces de construir
el socialismo al margen de la ecuación internacional que plantearon Marx y
Engels desde sus primeros escritos, ¿podrían países mucho más débiles como
Bolivia y Ecuador tener éxito en su proyecto de refundación civilizatoria en un
corto período de años y en un ambiente tan desfavorable como el signado por la
agresiva deca-dencia del poder imperial? ¿Podrían estos países avanzar resueltamente
en una propuesta que, desde el punto de vista civilizatorio, es más radical aun
que el socialismo productivista encarado por la Unión Soviética y China, al
margen de una sintonía con los demás países de la región, o por lo menos de su
entorno geopolítico inmediato? René Ramírez Gallegos reconoce la gravedad del
desafío cuando escribe que “nosotros no podemos construir
143
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
desde Ecuador, solos, esta sociedad
de la que hablamos”149. Es obvio que la respuesta a los interrogantes planteados más arriba no
brotará de la teoría, sino de la praxis histórica de los pueblos. Mientras
tanto, creemos que las preguntas son legítimas y deben ser tenidas en cuenta.
Esto en cuanto a las necesidades de
contar con un entorno geopolítico favorable. Por otra parte, no menos
significativo es el hecho de que un pro-yecto de semejante radicalidad
difícilmente logre imponerse de la noche a la mañana, o en uno o dos turnos presidenciales
encabezados por mandatarios –como Rafael Correa y Evo Morales– resueltamente
identificados con ese programa. Es obvio que existen pasos que pueden darse de
inmediato, pero la cuestión es calcular con esperanzado realismo y sin
abandonar para nada los ideales cuánto es lo que se puede avanzar en la
correlación de fuerzas que define los marcos de lo posible para gobiernos como
los de Bolivia y Ecuador.
Claro está que es preciso no
confundir el realismo necesario para transformar el mundo (y no sólo para
estudiarlo o interpretarlo) con el “posi-bilismo”. El primero obliga a las
fuerzas sociales empeñadas en tal proyecto a calcular cuidadosamente sus pasos,
para evitar caer en las trampas que le tiende el enemigo. Mientras el realismo
reconoce el carácter dialéctico, siem-pre cambiante y en movimiento de la
coyuntura, y el papel de la voluntad política para modificar la correlación de
fuerzas en un momento dado, el “posibilismo” es la aceptación resignada de lo
existente y un tributo a la pro-pia incapacidad de responder creativamente ante
los desafíos de la historia. El realista es un general que sabe que si actúa
correctamente puede vencer a fuerzas en principio superiores a las propias; el
“posibilista” es alguien que ya fue derrotado ideológicamente y que, en
consecuencia, da la batalla por perdida y sólo trata de acomodarse a las
desafortunadas circunstancias del presente. El realista tiene su mirada puesta
en el presente y el futuro; el “posi-bilista” está atrapado en el hoy y no
tiene ni imaginación ni voluntad para pensar al futuro como algo distinto de la
prolongación sine die del presente.
Si el “posibilismo” es una trampa en
la que naufragaron numerosos proyectos transformadores en América Latina, el
otro riesgo es el utopis-mo. Conviene recordar que una cosa es tener un
horizonte utópico como guía imprescindible y no negociable de la acción
política –por ejemplo, la construcción de una sociedad comunista, decididamente
poscapitalista– y otra bien distinta es caer en el utopismo que Marx y Engels
condenaron en el Manifiesto Comunista, porque sus sueños se
limitaban a señalar bellas sociedades futuras pero sin identificar los sujetos
que encarnarían esos proyectos y las complejas mediaciones –¡y quien dice
mediaciones dice contradicciones!– políticas, económicas, culturales e
internacionales que, a través de la lucha de clases, son las que necesitan
ponerse en movimiento
149 René Ramírez Gallegos, “Izquierda
postsocialista” (Quito: senplades), Discurso Nº 2, noviembre de 2010.
144
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
para convertir aquellos sueños en
vibrantes realidades. No estamos dicien-do que una reflexión sobre estos
problemas se encuentre por completo ausente en las discusiones en torno
al sumak kawsay. Pero sí nos parece que asuntos de tan excepcional
importancia como estos no han merecido, al menos hasta ahora, la atención que a
nuestro juicio se merecen.
En línea con estas preocupaciones, el
“Plan Nacional para el Buen Vivir” del Ecuador propone una transición desde una
economía primario-exportadora a otra basada en la producción de servicios
ecoturísticos y bio-conocimiento que se mide en décadas, lo cual expresa un
prudente realismo en lo tocante al ritmo de avance del cambio civilizacional,
cuyo inexorable correlato político es una política de compromisos. Esto
significa que habrá un período más o menos prolongado (dependiendo de numerosos
factores que no es posible determinar apriorísticamente, desde la teoría) en
donde coexistirán la vieja organización económica (que sustenta los recursos de
que dispone el Estado para su propio sostenimiento, y para financiar el costoso
y complicado proceso de transición hacia una nueva economía y una nueva
sociabilidad, congruentes con las estipulaciones del sumak kawsay)
con el nuevo ordenamiento económico “pos-extractivista”. Ni lo viejo puede
desa-parecer de la noche a la mañana sin provocar traumáticas conmociones, ni
lo nuevo puede, aunque sería bueno que así fuera, aparecer con la velocidad de
un relámpago. No obstante, este sobrio diagnóstico no es compartido por algunos
movimientos sociales tanto en Bolivia como en Ecuador, convenci-dos de que ese
tránsito puede efectuarse a la medida de su impaciencia.
El sumak kawsay, el ecologismo y la
sociedad poscapitalista
Vinculado con lo anterior se halla el
segundo elemento que señalamos más arriba, esto es, la relación entre el sumak
kawsay y el ecologismo. Esta cues-tión nos parece importantísima dado
el estratégico papel que en aquel dis-curso teórico desempeña la Madre Tierra y
la relación sociedad-naturaleza. Ahora bien: lo que habría que examinar, con
mucho cuidado, es hasta qué punto la defensa irrestricta e intransigente de la
Madre Tierra es consistente sin una crítica igualmente radical e intransigente
al capitalismo como modo de producción y, por ende, como civilización150.
De ahí la falacia de las diversas
propuestas de “economía verde” o de un “capitalismo verde”, auspiciadas por el
pnuma, que parten de la premisa de que se podrá construir un nuevo orden
económico “amigable” con el medio ambiente apelando a “mecanismos de mercado y
soluciones tecno-lógicas, sin alterar las relaciones de poder, ni la lógica de
la acumulación del capital, ni las profundas desigualdades actuales”, lo que
tornaría “posible
150 Este tema ha sido brillantemente
tratado en un reciente texto de Elmar Altvater, Los límites del
capitalismo. Acumulación, crecimiento y huella ecológica (Buenos
Aires: Mardulce, 2011).
145
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
un mundo ambientalmente sustentable,
con crecimiento económico más acelerado, con empleo y bienestar para todos”151.
Como puede observarse, sobre este
asunto prevalece una preocupan-te ambigüedad toda vez que la defensa de los
bienes comunes de la humani-dad se formula en abstracto o, en el mejor de los
casos, con impugnaciones puntuales al capitalismo, pero sin plantear, como
debería hacerse, la abso-luta imposibilidad de defender los derechos de la
Madre Tierra sin que al mismo tiempo se elabore un argumento, teórico y
práctico a la vez, acerca de la necesidad histórica de fundar una nueva
sociabilidad inequívocamente poscapitalista. Si tal cosa no ocurre, el sumak
kawsay podría ser fácilmente asimilado a alguna de las tantas
corrientes del ecologismo contemporáneo que se lamentan de la destrucción del
medio ambiente, pero sin reparar que sólo se podrá poner fin al ecocidio cuando
los pueblos envíen el capi-talismo al museo de la historia, junto con el hacha
de bronce y la rueca de hilar, como en su momento lo recordó Engels en un
luminoso pasaje de El origen de la familia, la propiedad privada y el
Estado. Por lo tanto, un sumak kawsay digno de ese nombre
sólo puede serlo en la medida en que sea radicalmente
anticapitalista, dado que sólo la consumación del proyecto socialista –que
implica la socialización del poder, de la riqueza y de la cul-tura y, por ende,
la desmercantilización de la sociedad y la naturaleza– hará que sea posible
salvar a la Madre Tierra. Al decir socialización aclaramos que ese proceso no
debe identificarse con la estatización de la economía, la sociedad, la política
y la cultura. Al hablar de socialización nos referimos al “empoderamiento
popular” o, en el lenguaje del marxismo clásico, a un proyecto por el cual se
acaba con el despotismo del capital mientras se va instituyendo el autogobierno
de los productores. Nos parece que este es un segundo gran tema a discutir y
que, a nuestro juicio, tampoco parece haber tenido la atención que se merece.
Como se desprende del punto anterior,
sólo un “buen vivir socia-lista” podría ofrecer una salida de la trampa en la
que nos ha encerrado la lógica del capital. No habrá redención para la Madre
Tierra si no se consigue la salvación de las mujeres y hombres que pueblan este
plane-ta. Y dentro del capitalismo, no hay salvación para la humanidad, como lo
ha venido repitiendo desde hace largos años Fidel Castro. Por lo tanto, un
genuino proyecto de “buen vivir” implica redefinir, de algún modo, el programa
socialista para el siglo xxi. El problema es que esta es una tarea
eminentemente práctica, toda vez que la teoría –como el célebre búho de Minerva
mencionado por Hegel– siempre despliega sus alas al anoche-cer, es decir,
cuando la praxis histórica de los pueblos resuelve (o trata de resolver) los
desafíos que enfrenta la sociedad. Hoy el gran reto es superar el capitalismo
antes de que este acabe con la vida en el planeta Tierra. La
151 Edgardo Lander, “Un nuevo período histórico”,
op. cit., pp. 2-3.
146
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
tarea está recién en sus comienzos,
razón por la cual, la reflexión teórica acerca del nuevo socialismo del siglo
xxi y su proyecto está apenas en sus etapas iniciales152. En otras palabras, no sólo el sumak
kawsay debe darse una identidad socialista, sino que el propio
socialismo está a la búsqueda de una nueva identidad, convencido de que las
dolorosas (pero también sumamente instructivas y en ciertos aspectos positivas)
experiencias del siglo xx exigen imperativamente repensar el proyecto en su
integralidad. Tal como lo afirmamos en otro lugar, el mejor método para errar
el camino es tratar de copiar un experimento político. Si Cuba, Venezuela,
Bolivia y Ecuador siguen siendo ejemplos de significativos procesos de profunda
transformación social, es, entre otras cosas, porque ninguno se copió del otro
y cada uno de ellos es una creación original, única e irrepetible de sus
propios pueblos. Por eso tenía razón Simón Rodríguez al decir que “o
inven-tamos o erramos”. En este sentido, “vale parafrasear nuevamente la poesía
de Antonio Machado diciendo algo así como ‘socialista no hay modelo, se hace el
modelo al andar’. Se lo hace en la praxis histórica concreta de la construcción
del socialismo y en las condiciones irrepetibles –originales, como dijo
Rodríguez en el crepúsculo del orden colonial– bajo las cuales cada uno de
estos procesos tiene lugar”153.
Uno de los nuevos componentes del proyecto
socialista para el siglo
xxi (negado en los del pasado siglo)
tiene precisamente que ver con la Madre Tierra, sacrificada en aras de un
productivismo que no fue menos nocivo para el medio ambiente que el practicado
por las economías capitalistas. Refiriéndose a este tema, René Ramírez Gallegos
expresa en el texto ya citado que “nosotros apuntamos, en el modelo económico,
a construir la biópolis, es decir, superar la economía del viejo conocimiento,
y dar el paso de la manu-factura a la mentefactura, así como empezar a
considerar la producción de bienes relacionales. ¿Cuál es el modelo económico?
Justamente es ese bioso-cialismo, del que hablaré más adelante; y el poder
político se sustentará en el poder popular. Pero esto no se hace de la noche a
la mañana”154. E insistiendo sobre la difícil transición de un modelo basado en la
exportación de materias primas a uno claramente apartado de la lógica
capitalista, este mismo autor señala que “salir de tal modelo de la noche a la
mañana es inviable, y es nece-sario por tanto trazar una hoja de ruta de
mediano y largo alcance”155.
152 Hemos incursionado en el análisis de este tema y
propuesto algunas orientaciones bibliográ-ficas en nuestro Socialismo
siglo xxi, op. cit.
153 Socialismo siglo xxi, op. cit., pág. 114.
154 Ramírez Gallegos, “Izquierda postsocialista”, op.
cit., pág. 10.
155 Ver Documento de Trabajo Nº 2, “Socialismo
del sumak kawsay o biosocialismo republica-no”, de René
Ramírez Gallegos, senplades, Quito, pág. 36.
147
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
¿Un nuevo modelo de desarrollo?
Retomemos ahora un tema que habíamos
dejado apenas esbozado: la cues-tión del extractivismo y el neodesarrollismo.
Son muchos los autores que nutren esta perspectiva crítica, de modo tal que,
dadas las restricciones de espacio con que nos enfrentamos, lo que haremos a
continuación será sim-plemente presentar una versión muy estilizada de sus
principales argumen-tos. Según esta perspectiva, el extractivismo aparece como
la reintroducción, adaptada a las nuevas circunstancias, de una vieja
estrategia de desarrollo basada en la explotación intensiva de ciertos bienes
comunes, principalmen-te en la minería y la agricultura. Este proceso tiene
lugar en el marco de la reorganización mundial del capitalismo a partir de las
dos últimas décadas del siglo pasado, en donde el relanzamiento de la vieja
división internacional del trabajo condujo a la creciente polarización entre el
mundo desarrolla-do y el subdesarrollado forzando a quienes forman parte de
este último a maximizar sus esfuerzos en la producción y exportación de commodities,
postergando para un futuro incierto los viejos proyectos industrializadores.
Esto se pudo constatar no sólo en países con un perfil productivo típicamente
agro o minero exportador, sino también en los procesos desindustrializado-res
padecidos por Argentina, Brasil y México en los últimos treinta años. El
estallido de la actual crisis general del capitalismo no hizo sino potenciar
esta tendencia que venía desde antes, justificada ahora por la imperiosa
necesidad de contar con saldos exportables para neutralizar el impacto de la
crisis, y anteriormente para hacer frente al pago de la deuda externa. En uno
de los textos más importantes de esta tradición teórica y política, Eduar-do
Gudynas explica que “existe un neoextractivismo progresista, ya que se observan
algunas diferencias, que en ciertos casos son sustanciales, con las prácticas
realizadas en otros países y las que tenían lugar en el pasado. Bajo este nuevo
extractivismo se mantiene un estilo de desarrollo basado en la apropiación de la
Naturaleza, que alimenta un entramado productivo esca-samente diversificado y
muy dependiente de una inserción internacional como proveedores de materias
primas, y que si bien el Estado juega un papel más activo, y logra una mayor
legitimación por medio de la redistribución de algunos de los excedentes
generados por ese extractivismo, de todos modos se repiten los impactos
sociales y ambientales negativos. Se utiliza el rótulo de extractivismo en
sentido amplio para las actividades que remueven gran-des volúmenes de recursos
naturales, no son procesados (o lo son limitada-mente), y pasan a ser
exportados”156. Según este autor, algunos de los efectos indeseables de estas
políticas son la deforestación, los incendios forestales, la
156 Eduardo Gudynas, “Diez tesis
urgentes sobre el nuevo extractivismo”, en aa.vv. Extractivis-mo,
política y sociedad (Quito: caap/claes, 2009) pág. 188. Este mismo
argumento lo plan-tea también en “Si eres tan progresista, ¿por qué destruyes
la naturaleza? Neoextractivismo, izquierda y alternativas” en Ecuador
Debate (Quito: caap) Nº 79, abril de 2010, pp. 61-82.
148
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
fragmentación de ambientes naturales,
la pérdida de biodiversidad, la conta-minación de los suelos y las aguas,
sequías, inundaciones y otras catástrofes erróneamente etiquetadas como
“naturales”, cuando en realidad son creadas por los hombres o, mejor, por los
sistemas económicos157.
De acuerdo con los teóricos de esta
corriente, el neoextractivismo es una plaga que también a hecho estragos entre
los gobiernos de izquierda o progresistas de la región. Según sus mentores,
Hugo Chávez intensifica la explotación del petróleo; Evo Morales hace lo propio
en Bolivia con el hierro, el litio, el petróleo, el gas y también el mercurio;
Rafael Correa en Ecuador avanza con la explotación del petróleo y promueve la
minería de cielo abier-to; el gobierno uruguayo del Frente Amplio aprueba un
gigantesco programa para la explotación del mineral de hierro, con una
inversión superior a la de la pastera Botnia; Argentina ampara la minería a
cielo abierto, permite la destrucción de los glaciares y alienta la sojización
de su agricultura, mientras que Brasilia convalida la deforestación de la
Amazonía y promueve la cons-trucción de grandes represas que terminarán por
destruir el vital pulmón de oxígeno del planeta Tierra.
Para estos autores, el auge del
extractivismo y el impulso a una estrategia neodesarrollista son estimulados
por la necesidad de facilitar el equilibrio, o el superávit, de la balanza
comercial, dato fundamental para países altamente vulnerables ante –cuando no
abiertamente dependientes de– los avatares de la economía mundial. Pero también
contribuyen a ello los débiles, inefectivos o inexistentes controles
ambientales; la necesidad de atraer inversiones extranjeras relajando las
regulaciones en materias labo-ral y medioambiental; la manipulación de los
gobiernos que publicitan los beneficios de esas políticas pero nunca
cuantifican los inmensos costos de la deforestación, la contaminación, la
degradación de tierras arables, entre otras calamidades. Además, las pérdidas
no entran en el libro de la contabili-dad nacional, sino que van a parar a los
registros de las apartadas localidades o los gobiernos provinciales, en donde
se concentran esas actividades, lejos de los reflectores de la prensa nacional.
Por último, las víctimas inmediatas de estos flagelos suelen ser sectores
sociales marginados, desorganizados y con escasas posibilidades de hacer oír
sus protestas. Un elemento central de este nuevo extractivismo en que han caído
los gobiernos progresistas de la región es la utilización de parte de las
rentas generadas por la explotación de la naturaleza para financiar ambiciosos
programas sociales, como el Bolsa Familia de Brasil o los varios programas
sociales auspiciados por los gobier-nos mencionados158.
157 Un texto pionero en analizar el
carácter “no natural” de las así llamadas “catástrofes natura-les” es Nature
pleads not guilty, de Rolando V. García, Joseph Smagorinsky y Michael
Ellman (Oxford/Nueva York: Pergamon Press, 1981).
158 Eduardo Gudyas, “Diez tesis urgentes…”, op.
cit., pp. 209 y ss.
149
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Según los críticos del
neoextractivismo, el balance económico es tan desastroso como el ecológico:
nuestros países se convierten en “exportadores de naturaleza” por la vía
de commodities con escaso o nulo valor agregado. Las empresas
que explotan esos rubros gozan de inmensos beneficios fiscales y generosísimos
subsidios inalcanzables, por ejemplo, para empresas de capital nacional o las
pymes. En la Argentina y bajo el paraguas jurídico ofrecido por el Tratado
Minero Argentino-Chileno (firmado el 29 de diciembre de 1997, en Antofagasta y
San Juan, por dos de los mayores adalides del neoliberalismo latinoamericano:
los presidentes Eduardo Frei de Chile y Carlos Saúl Menem de la Argentina), el
gobierno de Néstor Kirchner mantuvo “las muy favorables normas mineras
provenientes de años anteriores, tales como regalías que apenas llegan al 3%,
se asegura una estabilidad fiscal por treinta años, lo que impide modificarles
la carga tributaria, con deducibles muy generosos (hasta el 100% del monto
invertido, incluyendo desde las obras de infraestructura hasta los gastos de
comercialización, aun si estos ocurrieran en otros países), exoneraciones de
aranceles y tasas aduaneras, y libre transferencia de sus ganancias […]. El
cálculo del valor del mineral extraído lo realizan las propias empresas, y el
Estado no lo fiscaliza adecuadamente (una situación que tam-bién se ha
denunciado en Brasil), y por lo tanto esas corporaciones terminan haciendo
pagos casi voluntarios. Gutman ofrece como ejemplo la explotación de Barrick
Gold en la mina Veladero (provincia de San Juan, Argentina), donde el valor
estimado del mineral extraído y procesado era de 12 mil millones de dólares,
mientras que las regalías que recibirá el gobierno provincial donde se localiza
el emprendimiento alcanzarán un total de 70 millones de dólares, pagados a lo
largo de 20 años”159. No es casualidad, por consiguiente, que esas multinacionales se
conviertan en exportadoras de fabulosos volúmenes de ganancias que, en otras
condiciones, podrían quedarse en nuestros países. En Chile, “las ganancias
remesadas al exterior por las empresas extranjeras pasaron de 4.438 millones
dólares al inicio del gobierno de Ricardo Lagos, a más de 13 mil millones al
finalizar su mandato, y de allí volvieron a crecer bajo Michelle Bachelet a más
de 25 mil millones de dólares”160.
Ahora bien: no es un dato menor
consignar que en general las evi-dencias más rotundas de las lacras del
neoextractivismo surgen en países caracterizados por muy moderados gobiernos de
“centroizquierda”, como la Argentina, Brasil, Uruguay y Chile hasta el triunfo
de Sebastián Piñera. Se trata de gobiernos que, a diferencia de Ecuador,
Bolivia y Venezuela, no han manifestado la menor intención de avanzar hacia un
horizonte
159 Gudynas remite al texto de N.
Gutman, “La conquista del Lejano Oeste” en Le Monde diplomatique (Buenos
Aires) mayo de 2007, pp. 12-14. Cabe aclarar que bajo la legislación argentina
sólo el Estado provincial –en el caso de Veladero, la provincia de San Juan–
está facultado para percibir regalías de las empresas mineras.
160 Eduardo Gudynas, “Diez tesis urgentes…”, op.
cit., pp. 199-200.
150
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
poscapitalista, cosa que sí han hecho
los tres últimos. Mientras los gobiernos de Argentina, Brasil, Uruguay y Chile
creen que la solución a las injusticias y aberraciones del mundo actual se
encuentra en el interior de los límites fijados por la sociedad capitalista,
Quito, Caracas y La Paz consideran que tal cosa es imposible dentro del
capitalismo y tratan de escapar de la “jaula de hierro” del sistema, avanzando
en dirección a un socialismo de nuevo tipo. Para los críticos de estos
gobiernos, parecería ser un dato nimio la nacio-nalización de los recursos
petroleros efectuada por las administraciones de Hugo Chávez y Evo Morales.
También subestiman, en el caso del Ecuador, la importancia de la iniciativa
Yasuní-itt como un clarísimo ejemplo de implementación de políticas
antiextractivistas, a pesar de la mezquindad o la incomprensión de la
dirigencia de los países desarrollados. En ese yacimien-to se encuentra la
quinta parte de las reservas petrolíferas comprobadas del Ecuador. Un gobierno
que se ajustara a la caracterización de los críticos del neoextractivismo no
habría dudado un minuto en propiciar su explotación, cosa que no ha ocurrido.
Ese gesto, todavía no plenamente correspondido del gobierno del Ecuador, no
sólo es un sacrificio que hace ese país a los efectos de honrar el mandato de
la constitución de 2008 y los preceptos del sumak kawsay, sino que
es una importante contribución a la lucha contra la conta-minación, porque
mantener ese petróleo sin explotar significa que se evita lanzar a la atmósfera
407 millones de toneladas de dióxido de carbono. En línea con esta tesitura,
debe también destacarse el hecho de que el gobierno ecuatoriano recuperó para
el país la explotación que antes estaba en manos de empresas transnacionales y
debió, para ello, abonar una cifra que oscila en torno a 830 millones de
dólares.
Algo similar podría decirse en
relación con el gobierno de Evo Mora-les, acerbamente criticado por relanzar la
explotación de las grandes reservas de hierro de El Mutún. Se lo acusa de no
haber renunciado a la explotación de esa riqueza, sino de haberla pasado de
manos de una transnacional brasileña a otra de la India, ofreciendo “ventajas
tributarias, acceso carretero, y hasta la provisión de gas para la generación
energética”161. ¿Qué pretenden estos críticos? ¿Que los gobiernos de Bolivia y Ecuador
esperen que llueva el maná del cielo para que les aporte todos los recursos
imprescindibles para la cons-trucción de una buena sociedad, pautada sobre las
orientaciones del “buen vivir”? ¿De dónde obtendrían los dineros que exige
cualquier programa de reforma social? Los críticos se rasgan las vestiduras
cuando citan aquella frase del presidente Rafael Correa que decía: “No podemos
sentarnos como mendigos en el saco de oro”. El problema es que ninguno de ellos
dice de dónde saldrán los recursos para financiar la construcción de la nueva
socie-dad, como si tal cosa pudiera emprenderse a costo cero, y esto le resta
mucha seriedad a sus argumentos.
161 Eduardo Gudynas, “Diez tesis urgentes…”, op.
cit., pág. 207.
151
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Ahora bien, dado que el desarrollo y
el desarrollismo se convirtieron en malas palabras, ¿qué es lo que proponen
estos críticos? ¿Otro desarrollo? No. Lo que quieren no es un “desarrollo
alternativo”, sino algo mucho más amplio y a la vez más difuso: una
“alternativa al desarrollo”, superadora de la racionalidad establecida por la
Modernidad con respecto al progreso, la explotación de la naturaleza y las
relaciones entre los hombres. Salirse del chaleco de fuerza del progreso
concebido en los términos tradicionales supone avanzar en la progresiva
desmaterialización de las economías, esto es, promover un funcionamiento
económico en donde se utilicen menores cantidades de materia y energía; se
impulsen nuevas formas de sociabilidad más generosas, solidarias y altruistas;
y se enfatice menos el “crecimiento” económico y mucho más la calidad de vida.
Todo esto supone discutir cómo se produciría el pasaje a la nueva estrategia
alternativa al desarrollo. La res-puesta de los teóricos de este modelo es que
esto ocurriría no mediante una ruptura revolucionaria, sino a través de
transiciones que, paulatinamente, vayan imponiendo este nuevo sentido común
alternativo al progreso y al desarrollo162. Pocos podrían estar en desacuerdo con tan nobles
propósitos. La cuestión, sin embargo, es: ¿cómo avanzar en estas pacíficas
transiciones en sociedades como las del capitalismo actual, dominadas por
completo por la rapacidad de la lógica de la ganancia y “acorazadas”, para usar
la expresión gramsciana, por un aparataje coercitivo y mediático que se erige
como un formidable obstáculo ante cualquier tentativa de cambio?163.
En consecuencia, son varios los
problemas que afectan a los críticos del “desarrollo”. Si bien el objetivo de
la estrategia es generar una alternativa al desarrollo, existe sin embargo la
impresión de que sus mentores quedan atrapados en las dos falsas disyuntivas
que identificó el “Plan Nacional para el Buen Vivir”: a) conservación versus
satisfacción de necesidades, y
b) eficiencia versus distribución. Si
hay conservación del medio ambiente, no podrán satisfacerse las necesidades de
la población; y si se instaura un esquema económico eficiente, necesariamente
se convertirá en un freno a toda política redistributiva164. Pero aparte de estos, ocurren otros
problemas: se propone una crítica abstracta al desarrollo para quedar luego en
silencio a la hora de explicitar lo que sería, en términos concretos, la
“alternativa al desarrollo”. Para comenzar, cualquiera que sea esta alternativa,
¿sería
162 “Caminos para las transiciones
post-extractivistas”, de Eduardo Gudynas, en Alejandra Ala-yza y Eduardo
Gudynas (eds.) Transiciones. Postextractivismo y alternativas al
extractivismo en el Perú (Lima: RedGE/cepes, 2011) pág. 193.
163 A propósito de Gramsci, sería
conveniente leer un pasaje de su Cuadernos de la cárcel, en donde
establece una distinción entre “progreso” y “devenir”. Entre otras cosas, allí
señala que “en la idea de progreso se halla sobreentendida la posibilidad de
una medición cuantitativa y cualita-tiva: más es mejor” (México df: Era, 1986)
Tomo 4, pág. 213.
164 Ver Plan Nacional de Desarrollo, República del
Ecuador, 2009.
152
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
razonable concebirla con
independencia de los serios desafíos que presenta el crecimiento económico en
el capitalismo tanto como en el socialismo? ¿O es que la “alternativa al
desarrollo” es apenas otro nombre para una política de “crecimiento cero” que sentenciaría
definitivamente a los países del sur global al atraso y la pobreza? ¿Sería
posible, en esas condiciones, instituir un proyecto de “buen vivir”? Inspirado
en las confusas y erróneas (cuando dejan de ser confusas) reflexiones de
Amartya Sen sobre el crecimiento económico, uno de los proponentes de esta
política, Alberto Acosta, escribió en un traba-jo reciente que “cabría incluso
recuperar aquellas propuestas que propician el decrecimiento o el crecimiento
estacionario, como las planteadas por Enrique Leff, Serge Latouche y otros
tantos. Son aleccionadoras las palabras de un partidario temprano del
crecimiento ‘cero’ como John Stuart Mill”165.
Ahora bien, ¿cuáles serían las
consecuencias a mediano plazo de un “crecimiento cero” en la economía, si un
país como Ecuador registra un cre-cimiento de un 2% anual en la población? Tal
vez este sea un cálculo propio de un “pastelero”, para usar una expresión que
Alberto Acosta reserva a sus oponentes, pero lo cierto es que para los
movimientos sociales, las fuerzas populares y los gobiernos progresistas, el
asunto está bien lejos de ser una cuestión de pastelería. Según lo prueban
diversas proyecciones estadísticas, de mantenerse una tasa de crecimiento
demográfico del 2,1% anual la pobla-ción ecuatoriana se duplicaría en
veinticinco años y llegaría a una cantidad estimada en 28 millones de
habitantes.
Obviamente que desde el punto de
vista de la distribución de la riqueza esto plantea dos posibilidades: (a) que
ante esa realidad todos sin excepción admitan ser un 50% más pobres, porque
habrá la misma cantidad de bienes a repartir, pero en una población el doble de
tamaño (digamos: 200 lápices que antes se repartían entre 100 ecuatorianos, a
razón de dos lápices por habitante, y ahora deberán ser repartidos entre 200),
apoteosis esta del igualitarismo jamás visto en la historia de la humanidad; o,
lo más probable, (b) que los ricos defiendan más eficazmente sus riquezas
haciendo que los no ricos se empobrezcan mucho más del 50%, y en lugar de
recibir cada uno un lápiz –caso del inverosímil igualitarismo perfecto–,
algunos seguirán recibiendo dos, o más, y otros recibirán uno o ninguno. Esto
con una moderada tasa de crecimiento demográfico y, sobre todo, para un
perío-do de veinticinco años. Proyectemos este experimento a cincuenta años y
llegaríamos a un escenario cuyas “pujas distributivas” evocarían la brutal
ferocidad del estado de naturaleza hobbesiano o las tenebrosas imágenes
de Blade Runner. Por consiguiente, y a riesgo de abreviar una
discusión que no podemos soslayar pero que no compete elaborarla
aquí, la propuesta de los
165 Alberto Acosta, “Sólo imaginando
otros mundos, se cambiará este. Reflexiones sobre el Buen Vivir” en Revista
Sustentabilidades, Nº 2, 2010, en <www.sustentabilidades.org/revista/publica-cion-02/solo-imaginando-otros-mundos-se-cambiara-este-reflexiones-sobre-el-buen-vivir>.
153
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
teóricos del “crecimiento cero” sólo
comenzaría a transitar por un sendero de racionalidad si al mismo tiempo se
postulara un “crecimiento cero” de la población, introduciendo draconianas
medidas de control de la natalidad que ni siquiera China, con la omnipotencia
de su Estado, pudo garantizar. O, si admitieran que el crecimiento económico
debería ser igual al crecimiento demográfico, con lo cual tendrían que vérselas
con el tema del crecimiento de la economía. Pero aun así quedaría un problema
pendiente, como vere-mos a continuación.
Dado que este supuesto de
“crecimiento demográfico cero” es com-pletamente inviable, en términos
prácticos, entonces los teóricos de la “alternativa al desarrollo” no tienen
más remedio que enfrentarse al espinoso problema de la distribución de un stock de
bienes que permanece inalterado. Alberto Acosta lo plantea en estos términos:
La reducción sustantiva de la pobreza
y la inequidad, el logro de cre-cientes grados de libertad y la vigencia de los
derechos ciudadanos pasarían, entonces, por una redistribución a favor de los
pobres y marginados, en detrimento de la excesiva concentración de la riqueza y
el poder en pocas manos. Una opción que no implica propiciar la búsqueda de
crecientes niveles de opulencia, para entonces provocar la
redistribución. Por lo contrario hay que erradicar la pobreza y la opulencia,
pues esta última sólo se explica por la existencia de una masiva pobreza166.
Acosta cita en apoyo a su
razonamiento un elocuente pasaje de La riqueza de las naciones, de
Adam Smith. Sin embargo, provocar esa aparentemente inocente e
indolora redistribución de la riqueza exige algo que no se insi-núa, siquiera
marginalmente, en su texto y tampoco aparece en la amplia producción teórica de
los que comparten su punto de vista: nada menos que una revolución socialista y
la destrucción del Estado burgués, temas estos soslayados por los críticos del
extractivismo. No con menos se podrá derrotar la formidable coalición de la
burguesía imperial con las clases dominantes locales. Dado que las distintas
variantes del reformismo burgués –incluyendo su versión más radical, el
keynesianismo– fueron incapaces de llevar a fondo la política redistributiva y
resolver el problema de la pobreza incluso en los capitalismos desarrollados,
la única alternativa que aparece en el horizon-te es una revolución
anticapitalista. Pero tal cosa trasciende los límites del modelo teórico de los
críticos del neoextractivismo. Al soslayar esta espinosa cuestión, sus
argumentos quedan reducidos a una atractiva retórica pero desprovista de reales
capacidades de transformación social.
El “Informe de Desarrollo Humano”
revela que en Bolivia, por ejem-plo, siglos de opresión y explotación,
agravados en décadas recientes por
166 Ver “Sólo imaginando otros mundos…”, op. cit.
154
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
las políticas neoliberales, dieron
como resultado que el 14% de la población no tenga acceso seguro a agua
potable, un 22,7% a la electricidad, y que la tasa de mortalidad infantil sea
del 46 por mil nacidos vivos. Para Ecuador, las cifras son: 6% sin acceso a
agua potable, 8% sin energía eléctrica, y una tasa de mortalidad del 21 por mil
nacidos vivos167. ¿Cómo harían los parti-darios del “crecimiento cero” para acercar
estos índices a los que exhiben países como Cuba, Suecia o Noruega, por
ejemplo, sin promover el creci-miento de la economía? Esa misteriosa
“alternativa al desarrollo” tendrá la capacidad para obrar el milagro de
multiplicar las fuentes de energía eléctrica, las cañerías para transportar el
agua potable y eliminar los dese-chos cloacales, construir hospitales y
aumentar el número de médicos y enfermeros para asistir las necesidades de
salud de la población sin que crezca la economía. Se debe recordar, además, que
precisamente a causa de la pobreza países como Bolivia y Ecuador han obligado a
una significativa fracción de su población a emigrar involuntariamente al
extranjero, y que idealmente debería estar en condiciones de retornar a sus
países. Pese a que la bibliografía de estos críticos es amplísima, ninguno de
estos interro-gantes encuentra respuestas.
Sobre las virtudes (y los riesgos) de la
intransigencia
Por supuesto, esta crítica no
significa de ninguna manera adherir sin reservas al patrón de crecimiento
propio del capitalismo, que arrasa la naturaleza, destruye los bienes comunes
de la humanidad y las propias sociedades. Pero una cosa es criticar ese patrón
de crecimiento y otra bien distinta es cuestio-nar el crecimiento en sí. Lo que
habría que hacer es garantizar, mediante un estricto control público (que no
sólo quede en manos de la burocracia esta-tal), que las actividades económicas
respeten los derechos de la Madre Tierra y que reduzcan a un mínimo los
procesos que podrían afectar negativamente tanto a la naturaleza como a la
sociedad. Algunos teóricos del sumak kawsay anuncian que el
mundo del futuro no será de la abundancia, como postulaba la ideología del
progreso indefinido, sino de la escasez: habrá cada vez menos petróleo hasta el
punto de extinguirse; los recursos no renovables culminarán en su agotamiento,
más pronto que tarde; la tierra arable será una propor-ción cada vez menor de
la superficie terrestre; el agua será un bien cada vez más escaso, y así
sucesivamente. Y si la utopía comunista reposaba sobre un supuesto, la
superabundancia de bienes, lo cierto es que esta premisa debe ser reexaminada a
la luz de las condiciones prevalecientes en la época actual y las posibilidades
abiertas por nuevos desarrollos científico-técnicos.
167 Ver “Informe de Desarrollo
Humano”, del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, pnud (Nueva York)
2010. Los datos corresponden al año 2008 y se encuentran en las Tablas 7, 14 y
16 del Informe. Ver <http://hdr.undp.org/en/media/HDR_2010_ES_Tables_reprint.pdf>.
155
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Demás está decir que estamos de
acuerdo con buscar una alternativa al “desarrollo” tal cual lo concibe el
capitalismo. Es más: creemos firmemente en la necesidad de inventar –conviene
aquí recordar la máxima de Simón Rodríguez– una nueva concepción teórico-práctica
del desarrollo distinta a la que surge de la idea del “progreso”. Pero
cualquiera que sea el producto final de esta invención (que ciertamente será
obra de la lucha de los pueblos y no de la ingeniosidad de los teóricos), uno
de sus componentes esenciales será el crecimiento económico, requerido para que
haya más agua, servicios cloacales, electricidad, hospitales, médicos,
etcétera. El rechazo que ciertas formulaciones del “buen vivir” manifiestan en
torno a este criterio cuantitati-vo sólo podría ser razonable frente a una
concepción reduccionista que agote su imaginación en las cuestiones numéricas.
Pero desde el marxismo, el tema crucial en la construcción de la buena sociedad
no es ni el crecimiento ni el desarrollo, sino el proceso de emancipación
humana, tal cual lo manifestara el joven Marx desde sus primeros escritos y lo
ratificara en las obras de su madurez. Ese proceso está signado por los rasgos
cualitativos que hablan de la autodeterminación de los sujetos, su libertad
efectiva, la riqueza de su vida espiritual, la justicia social, la satisfacción
de sus necesidades materiales y el pleno despliegue de las potencialidades de
las personas. Se trata de un pro-ceso eminentemente cualitativo pero que de
todos modos remite, en algunos casos y tal como lo planteamos más arriba, a una
dimensión cuantitativa incompatible con las peligrosas fantasías del
“crecimiento cero”.
En la América Latina de hoy,
gobiernos como los de Venezuela, Boli-via y Ecuador han registrado algunos
importantes avances en esta empresa emancipatoria. Por supuesto, queda
muchísimo por hacer, pero lo que se ha hecho no es poco, y como tal debe ser valorado.
Sin embargo, contemplamos con mucha
preocupación que, en coin-cidencia con la virulenta contraofensiva
estadounidense destinada a revertir los avances registrados en la primera
década de este siglo –y entre los cuales la derrota del alca en Mar del Plata
fue un hecho traumático para el impe-rio–, se está abriendo una preocupante
brecha entre esos gobiernos y algu-nos movimientos sociales y fuerzas políticas
que, en sus inicios, fueron sus entusiastas bases sociales de sustentación.
Como decíamos al principio de este trabajo, una de las denuncias más rotundas
de sus críticos alude a una supuesta “traición” a los ideales contenidos en
el sumak kawsay, y la corre-lativa capitulación ante la lógica del
capital y los dictados de las transnacio-nales. De ahí la acusación de
“neoextractivistas” o “neodesarrollistas” que se lanza en contra de Hugo
Chávez, Evo Morales y Rafael Correa. Congruentes con esta caracterización, los
críticos proponen una política de “ortodoxia (o dogmatismo) intransigente” para
oponerse al “pragmatismo inconsistente” (términos ambos utilizados por el Che
Guevara en crítica a los manuales de economía, esos “ladrillos soviéticos” de
la Academia de Ciencias de la urss) de los gobiernos de izquierda en América
del Sur. Y el colofón de ese enfrentamiento es muy claro: ¡ninguna concesión
que resienta la integralidad
156
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
del programa del sumak kawsay!
Caracas, Quito y La Paz se convierten, para algunos movimientos sociales y
fuerzas políticas, en los enemigos a vencer, a menudo en estrecha asociación
con organizaciones abierta o veladamente instrumentales a la política
imperialista en la región.
Una rápida ojeada a la historia de
las revoluciones en el siglo xx arro-jaría sobrias enseñanzas en relación con
los peligros encarnados en una postura integrista del “buen vivir”. Entre los
que hicieron concesiones que comprometieron, en la vida práctica de las
revoluciones, la pureza de la doc-trina se encuentran Lenin, que adoptó la
Nueva Política Económica desan-dando el camino inicial adoptado luego del
triunfo de la Revolución; Trotsky, que en su carácter de comisario para las
Relaciones Exteriores de la joven república soviética convalidó la paz de
Brest-Litovsk en 1918, que mutilaba partes muy significativas del territorio
soviético; Deng Xiao Ping, en momen-tos en que la sobrevivencia económica de la
Revolución China era amenaza-da por hambrunas, protestas populares y el fracaso
del modelo copiado de la experiencia soviética; el gobierno vietnamita, que
luego de derrotar al ejérci-to de los Estados Unidos e imponer el modelo
económico ultracentralizado de la Unión Soviética tuvo que efectuar un radical
viraje para evitar que los frutos de su colosal victoria fuesen birlados por el
imperialismo como resul-tado del derrumbe económico; Fidel, que asfixiado por
más de tres décadas de criminal bloqueo norteamericano y el estrepitoso
desplome de la Unión Soviética tuvo que enfrentar el “período especial” de
comienzos de los años noventa efectuando importantes concesiones para
desarrollar la industria turística que Cuba no tenía, avanzar en la explotación
del níquel, instituir un doble sistema monetario y admitir el ingreso de
capitales extranjeros porque, de lo contrario, la sobrevivencia de la
Revolución estaba en peligro.
Estas experiencias pueden y deben ser
discutidas y analizadas, extra-yéndose de todas ellas las conclusiones que sean
pertinentes. Estas, por supuesto, serán bien diferentes según los analistas:
habrá quienes se refugien en una caracterización, “la revolución traicionada”,
para clausurar con fiereza el debate que, entonces, no aportará ninguna nueva
enseñanza. Nosotros creemos que es importante ver los matices y alejarse de tan
rotundas etique-taciones: es cierto que la Unión Soviética se apartó de la ruta
idealmente tra-zada, pero su historia no es tan sólo la de los horrores del
estalinismo como pretende la derecha y convalida una izquierda muy confundida.
También forman parte de esa historia los logros en materia de
industrialización, desa-rrollo científico-tecnológico, y la contención y
derrota del nazismo, magna tarea que sólo culminó con éxito gracias al
imprescindible protagonismo de la urss. En ese sentido, podría decirse que
aquellas “concesiones”, tan fusti-gadas por los críticos de ayer y de hoy, tuvieron
algunos resultados positivos que sería absurdo negar. Lo mismo cabe decir de
las experiencias de China y Vietnam, que algunos se empeñan en descalificar con
la consigna facilista de que ambos países “retornaron al capitalismo”, pasando
por alto el detalle –seguramente nimio para estos críticos– de que a diferencia
de los países
157
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
capitalistas donde son los grandes
capitales los que controlan a los Estados y manipulan a sus gobiernos, en los
casos de China y Vietnam son estos los que controlan y someten a aquellos. En
ambos, la corrección de un rumbo que desembocaba en una tremenda derrota
permitió salvar algunas conquistas que pueden ser de suma trascendencia en la
actual recomposición interna-cional de fuerzas sociales y políticas. Puede que
la izquierda dogmática no se haya percatado de ello, pero los intelectuales,
estrategas y gobernantes del imperio han tomado buena nota de este asunto y su
aguzado instinto no se equivoca al calificar a China y Vietnam como enemigos. Y
lo mismo podría decirse de nuestra entrañable Revolución Cubana, obligada a dar
un paso atrás para luego tener la posibilidad de dar dos hacia delante. ¿Quién
podría negar que, pese a estas rectificaciones y los nuevos “lineamientos”
recien-temente acordados, La Habana sigue siendo un faro que arroja potente luz
sobre las luchas emancipatorias de Nuestra América? ¿Y cómo subestimar el
impacto desmoralizador y desmovilizador que tendría la implosión, a causa de
los problemas económicos, de la Revolución Cubana?
En síntesis: esas concesiones
permitieron consolidar ciertos impor-tantísimos avances y mantener las
esperanzas de nuevos pasos hacia el frente en un futuro no muy lejano, sobre
todo teniendo en cuenta la crítica situación en que se debate el capitalismo a
nivel mundial. Pero hubo también quienes no hicieron concesiones. En primer
lugar, y dentro de la propia experiencia soviética, Stalin. La colectivización
forzosa de la agricultura es tal vez el ejemplo más rotundo del “dogmatismo
intransigente” del que hablaba el Che. Lanzada en diciembre de 1929 tenía como
objetivo liquidar a los kulaks (campesinos ricos) y
racionalizar, bajo la égida del Estado, la producción agrícola y transferir
ingresos desde la agricultura a la industria para facilitar la acelerada
industrialización de la república soviética. El ritmo de la colec-tivización agraria
fue uno de los pocos en los que genuinamente la dinámica real de los
acontecimientos superó las previsiones del plan, pero este avance no estuvo
exento de ocasionales retrocesos en donde la “campesinización” reemergía con
fuerza sólo para ser combatida por Stalin con renovada feroci-dad. El balance
final de esta política, medido en términos de vidas humanas, está todavía por
hacerse. Pero son pocos quienes objetan que la cifra se mide en varios millones
de muertos168.
Otro que no hizo concesiones fue Kim
Il Sung, en Corea del Norte, que terminó aislando por completo a ese país e
instaurando un totalitarismo
168 Comentando esta tragedia, el filósofo
Adolfo Sánchez Vázquez escribía que el terror resultante “no es simplemente el
fruto de una mente enferma, sino la práctica en que culmina –cierta-mente en la
forma bárbara que ni Lenin ni Trotsky podían imaginar– el intento de construir
el socialismo desde el poder en condiciones históricas adversas, sin la
participación consciente de las masas trabajadoras y sin la adhesión de la
mayoría de la sociedad”. Ver su notable “Des-pués del derrumbe. Estar o no a la
izquierda” en Dialéctica (México df) Nº 23-24, invierno de
1992-primavera de 1993, pág. 66.
158
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
colectivista en consonancia con las
“positivas enseñanzas” que, según el “Gran Líder” (y luego de su muerte,
“Presidente Eterno”), brotaban de la experiencia estalinista. Huelga aclarar
que la distancia que separa a Corea del Norte del socialismo imaginado por Marx
y Engels es tan grande como la que separa las enseñanzas de quien nació en un
pesebre en Belén y pronun-ció el sermón de la montaña de la opulencia del boato
de la Iglesia Católica. La radical intransigencia de Kim Il Sung terminó por
provocar una catástrofe económica de enormes proporciones, que salió a la
superficie una vez que asumió la primera magistratura del país su hijo, Kim
Jong Il –conveniente-mente exaltado por la nomenclatura como el “Amado Líder”–,
inaugurando con este paroxismo del nepotismo un modelo político dinástico que
se sitúa en las antípodas de la filosofía política del marxismo.
El tercer y último caso que queremos
brevemente mencionar en estas páginas es el del Khmer Rouge (Jemer
Rojo) de Camboya. Fundado por Pol Pot, líder del Partido Comunista Camboyano,
en 1975 y en coincidencia con la derrota norteamericana en Vietnam, derribó al
gobierno títere, proameri-cano, de Lon Nol. Enemigo acérrimo de Occidente, el
Jemer Rojo ordenó el éxodo masivo de los habitantes de las ciudades, a las que
concebía como una de sus más perversas y satánicas creaciones. Tal iniciativa
fue cruelmente instrumentada en poco más de una semana, lo que provocó una
gigantesca dislocación económica, una de cuyas manifestaciones fue la súbita
obliga-ción de los citadinos deportados de realizar labores propias del
campesina-do. En su desenfreno “maoísta”, el régimen decretó la prohibición del
dinero y la propiedad privada, a la vez que se fiscalizaban celosamente los
movi-mientos de la población y se reformaba radicalmente la educación, con una
vuelta a los valores tradicionales de la antigua sociedad agraria camboyana. La
agricultura fue colectivizada de manera aún más brutal que en la Unión
Soviética, y la completa desarticulación de la economía tuvo un costo esti-mado
en cerca de 4 millones de personas que perecieron a causa de ella y el
totalitarismo político del nuevo régimen. La derrota sufrida por el Jemer Rojo
a manos de Vietnam marcó el principio del fin de tan horrendo experimento
político, económico y social.
Las lecciones que pueden extraerse de
estos ejemplos son muchas y muy variadas. Pretendemos aquí apenas resaltar
apenas dos: los peligros del fundamentalismo y del mesianismo, y los enormes
riesgos que implica asumir posturas de “dogmática intransigencia” que hacen
caso omiso de las enormes dificultades que conlleva la creación de un nuevo
orden econó-mico, político y social. Y que el camino hacia la buena sociedad
–sea esta el sumak kawsay o cualquier otra– jamás es
rectilíneo o una flecha que asciende ininterrumpidamente hacia las
diáfanas alturas del orden deseado. Por el contrario, siempre se trata de un
complejo y muchas veces áspero y violento proceso en el cual se producen
avances y retrocesos no contemplados en la prístina hoja de ruta de la doctrina.
Sería una desgracia que una propuesta tan bella como la del “buen vivir” se
viera frustrada no sólo por la oposición
159
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
del imperialismo y sus aliados, sino
también por la ardiente impaciencia de quienes creen que el mundo puede crearse
en siete días y se exceden en sus críticas a los gobiernos que procuran avanzar
–lentamente, con vacilacio-nes– por ese camino. En otras palabras, sería de
lamentar que el obcecado utopismo de la acción política postergue
indefinidamente la realización de una bella y necesaria utopía. Para América
Latina, la sustentabilidad de los procesos en curso en Venezuela, Bolivia y
Ecuador es la mayor importancia. Lo ocurrido con Salvador Allende y la Unidad
Popular en Chile, donde los sectores más intransigentes y radicalizados
confluían, a pesar de ellos, con la derecha autóctona y el imperialismo en
obstaculizar la acción del gobierno, no puede y no debe volver a ocurrir. El
predominio táctico de la consigna “avanzar sin transar”, propuesta por los
sectores más radicalizados de la Uni-dad Popular, fue una victoria efímera y
pírrica, cuyo resultado más duradero fue sumergir al gobierno chileno en un cúmulo
de contradicciones y enfren-tamientos que muy rápidamente terminaron por
erosionar su legitimidad y desalentar a sus bases sociales de apoyo, dejándolo
poco menos que inerme ante la reacción fascista.
Cuando los intelectuales y
movimientos sociales más profundamente identificados con el sumak
kawsay hablan de “transición” están reconocien-do la imposibilidad de
concebir la fulminante implantación de ese programa mediante un úkase administrativo
emitido desde Caracas, Quito o La Paz. Por consiguiente, si se trata de un
proceso que puede durar varios años, hasta décadas, sólo espíritus muy cegados
pueden dejar de reconocer que hasta que este se consuma habrá una difícil pero inevitable
coexistencia entre lo viejo que no termina de morir y lo nuevo que no acaba de
nacer, para usar la expresión gramsciana. Un nuevo ordenamiento social que
tendrá la nada sencilla tarea de producir distribuyendo y distribuir
produciendo. Pero mien-tras esta novísima forma de organizar la vida económica
y social de los pue-blos se instaure y consolide, la convivencia de un
capitalismo extractivista en retirada con un nuevo orden económico
poscapitalista o “socialismo biocén-trico” será inevitable. Este no surgirá por
generación espontánea, sino que será producto de prolongadas luchas populares y
una férrea determinación gubernamental. Y a lo largo de este proceso no podrá
evitarse la necesidad de establecer compromisos, los que seguramente
impacientarán a una vanguar-dia desprendida de su propia base, que parecería
ignorar que el inmediato desmantelamiento del viejo orden y la abrupta salida
de los países arriba mencionados de los circuitos del comercio internacional
producirían una debacle económica que privaría al gobierno de los recursos
financieros exigi-dos por la progresiva construcción del anhelado nuevo orden.
Son dignos de todo encomio los esfuerzos de los expertos y científicos sociales
que denun-cian la depredación producida por el capitalismo y plantean una
defensa intransigente de los derechos de la Madre Tierra. Pero si bien
compartimos plenamente esta perspectiva crítica desde la teoría, también
creemos que la reflexión teórica no puede prescindir del análisis concreto de
las relaciones
160
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
de fuerza que, en la vida práctica,
atraviesan el campo de la política en los procesos de transformación en curso
en América Latina, y principalmente en Ecuador, Bolivia y Venezuela. Relaciones
de fuerza que impiden marchar en pos de los objetivos del sumak kawsay con
rapidez, y sin las fricciones y contradicciones que caracterizan la tersa
dialéctica del reino de las ideas.
De lo que se trata, por lo tanto, es
de asegurar que los gobiernos tenga muy claro el objetivo, transiten por el
rumbo correcto y actúen con firme-za, conscientes de las acechanzas que anidan
en cada recodo del camino. Peligros contrapuestos pero recíprocamente
potenciados: desde el infantil ultraizquierdismo de quienes creen que por haber
conquistado algunos centros de estudiantes saben lo que es la revolución y
desean la “revolución ya”, como un rayo que cae del cielo, hasta el pérfido
imperialismo de mil tentáculos que trabaja incansablemente para sabotear el
proceso de cambios organizando, financiando y movilizando a sus peones locales
con consignas sólo en apariencia democráticas y humanistas. Este libro se ha
escrito con la esperanza de llamar la atención acerca de estos peligros y, de
este modo, contribuir a llevar a buen término los difíciles procesos de
transformación actualmente en marcha en Sudamérica, en un escenario histórico
signado por la creciente beligerancia del imperialismo, tema que será objeto
del próximo capítulo.
161
El desenfreno militarista
del imperio
Venimos señalando, la combinación
entre el desorbitado consumismo que exige la acelerada rotación del capital y
la realización de la mercancía –pro-ceso incentivado por una de las industrias
más poderosas de los Estados Unidos, la de la publicidad (advertising)–,
y la creciente escasez de recursos naturales imprescindibles para sostener el
irracional patrón de consumo de los capitalismos desarrollados ha tenido como
consecuencia inevitable la vigorosa militarización de la política exterior de
los Estados Unidos. Tal como observa uno de sus principales estudiosos, Michael
Klare, los estrategas nor-teamericanos están mirando mucho más allá de la
inmediatez de las guerras libradas en Irak y Afganistán, y están preocupados
por la planificación de los combates futuros169.
Es debido a ello que gran parte de
los documentos elaborados por el Pentágono, el Departamento de Estado y la
propia cia sobre los escenarios internacionales futuros (en torno a 2020 o
2030) coinciden en señalar que Estados Unidos jamás volverá a disfrutar la
supremacía que supo tener en la segunda mitad del siglo xx, y que esa época ya
pertenece a un pasado que no tiene retorno. Como afirmamos en el capítulo 2 de
este libro, uno de los informes más importantes elaborado por el Pentágono, el
ya citado “National Defense Strategy” de 2008, asegura que en los próximos años
Washington deberá prepararse para vivir en un mundo mucho más hostil y
competitivo, y se las tendrá que ver con cinco distintos tipos de actores
inter-nacionales: amigos, aliados, competidores, adversarios y enemigos, cada
uno de ellos midiendo sus fuerzas en la arena internacional170. Los dos últimos
169 Ver “La nueva geopolítica de la energía”, de
Michael Klare, en Rebelión, 2 de julio de 2008, en <www.rebelion.org/noticia.php?id=69727>.
170 A comienzos de este año hubo dos
declaraciones muy importantes en este sentido: el discurso de Barack Obama ante
ambas Cámaras del Congreso de Estados Unidos sobre el Estado de la Unión,
pronunciado el 24 de enero, y en el cual las pocas referencias a países del
extranjero puntualizaron la rivalidad existente con China en las cinco
oportunidades en
162
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
cuestionarán el predominio de Estados
Unidos en todos los frentes, pero los tres primeros, a su vez, tratarán de
hacer valer sus intereses, de suerte tal que no siempre estarán dispuestos a
acompañar complacientemente la reafirma-ción de la primacía norteamericana. La
conclusión es que las guerras serán una condición permanente que Estados Unidos
deberá enfrentar durante los próximos veinte o treinta años, y para eso,
recomienda el informe, se debe estar muy bien preparado. El optimismo que
brotaba de las primeras formu-laciones del tanque de pensamiento del Nuevo
Siglo Americano a comienzos de siglo cedió su lugar a la crispación y a la
furia, y a un inusitado proceso de militarización cuyas funestas consecuencias
no tardaron en tornarse clara-mente visibles171.
En línea con lo anterior, Klare
señala que ante esta nueva realidad los principales estrategas y analistas de
política (policy analysts) del imperio llegaron a la conclusión de que
era necesario reconfigurar sus doctrinas, equipos y fuerzas operacionales para
seguir prevaleciendo en un entorno cada vez más desfavorable, cuando no
abiertamente hostil, mejorando la planificación estratégica y la capacidad de
combate de las fuerzas estadouni-denses. Según este autor, existe un cierto
número de indicadores que apoyan esta inferencia. Por ejemplo, en sucesivos
informes anuales del Pentágono, desde 2006, se insiste en señalar el enorme
crecimiento de la capacidad militar de China y su alarmante proyección
internacional, aguijoneada por la necesidad de acceder a los recursos naturales
y suministros requeridos para sostener su elevado ritmo de crecimiento
económico y la ascendente deman-da de un enorme país de más de 1.300 millones
de personas172. En la edición
las que este país o sus nacionales
fueron mencionados; y las declaraciones de Mitt Romney, precandidato
republicano a la presidencia de Estados Unidos, quien afirmó el 27 de marzo de
2012 que “Rusia es el enemigo público número 1 de Estados Unidos”. El discurso
comple-to de Obama puede leerse en <www.nytimes.com/interactive/2012/01/24/us/politics/state-of-the-union-2012-video-transcript.html> y las declaraciones de Romney se
encuentran en <http://rt.com/news/romney-russia-enemy-obama-532/>.
171 Como producto de ese clima
ideológico, el presidente Barack Obama emitió una sorpren-dente Orden Ejecutiva
el 16 de marzo de 2012, llamada “Preparación de recursos para la defensa
nacional”, mediante la cual la Casa Blanca queda autorizada para controlar y
dirigir toda la maquinaria económica de Estados Unidos, tanto en tiempos de
guerra como en la paz. Una reflexión sobre este asunto se encuentra en nuestro
“Obama prepara a Estados Unidos para la guerra”, en <www.rebelion.org/noticia.php?id=147396>.
172 Según el ya mencionado informe
del sipri (ver nota al pie 88, pág. 101), el gasto militar de China en 2010
equivalía al del Reino Unido y Francia combinados, que se situaban en el tercer
y cuarto lugar de la estadística. La revista The Economist ha
manifestado, en reiteradas ocasiones, que el pbi de China sobrepasará al de
Estados Unidos en algún momento entre 2019 y 2026. Según la Rand Corporation,
para el año 2025 el gasto militar de China equival-drá a la tercera parte del
de Estados Unidos. En 2010 era la sexta parte, y antes de esa fecha, una
proporción ínfima en relación con el de la superpotencia. Pero las cosas han
cambiado, y muy significativamente, lo que preocupa muchísimo a los halcones de
Washington.
163
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
de 2008 de ese informe, se señala que
China ha mejorado su capacidad para proyectar su poderío “en las zonas que le
proporcionan materias primas, especialmente combustibles fósiles, y que
semejantes esfuerzos supondrían una significativa amenaza para los intereses de
la seguridad estadounidense”. Objeto especial de preocupación lo constituye la
situación de África, conver-tida en una región de crucial importancia
geoestratégica y en la cual la pene-tración de los intereses chinos en la
última década ha sido particularmente intensa. Si en América Latina la
influencia del gigante asiático puede ser contrabalanceada, al menos en parte y
no en todos los países, por el influjo norteamericano, en África la situación
es bien distinta, lo que suscita gran inquietud en los círculos gobernantes de
Estados Unidos173. Rusia es otro de los países que motiva la preocupación del Pentágono,
no tanto por su papel en la competición mundial de recursos –dado que la
heredera de la Unión Soviética tiene enormes reservas de petróleo y gas
natural–, pero sí por su capacidad para extorsionar a Europa Occidental,
grandemente dependiente de estos energéticos abastecidos por Moscú, lo que
debilitaría el sistema de alianzas que Washington procura sostener con sus
aliados del otro lado del Atlántico. Por otra parte, las estimaciones de
crecimiento del gasto militar ruso son apenas un poco menos preocupantes que
las de China, y ello segu-ramente debe haber estado en la mente de Romney
cuando caracterizó a Rusia como la enemiga pública número uno de Estados
Unidos. En suma: si se tiene en cuenta que, tal como asegura Klare, “las
reservas mundiales de petróleo, gas natural, uranio y minerales industriales
clave como el cobre y el cobalto empiezan a disminuir y la demanda de esos
mismos recursos se está disparando”, se podrá comprender las razones por las
cuales el Pentágono ha colocado “la competencia por los recursos en el centro
mismo de su planifi-cación estratégica”174. Es a causa de estos críticos determinantes que lo
que el ex presidente George W. Bush denominó como la “guerra contra el
terroris-mo” y los “Estados canallas” pueden ser concebidos como las
equivalencias contemporáneas de anteriores “enemigos” de los Estados Unidos,
como el fascismo en los años treinta y cuarenta y, posteriormente, ya en el
marco de la Guerra Fría, el comunismo. Pero lo que subyace a estos “enemigos”
siempre
173 No es un dato menor en relación
con esto que en el reparto de los Comandos de las fuerzas armadas de los
Estados Unidos, el africom, o sea, el Comando para África, esté radicado en el
Cuartel Kelley que las tropas de ocupación norteamericanas mantienen en…
¡Stuttgart! La posibilidad de instalarlo en un país africano suscitó unánime
rechazo a partir de su creación, en 2008. Marruecos se propuso como sede, pero
su iniciativa fue repudiada por Estados afri-canos, y el pésimo récord en
materia de derechos humanos hacía inconveniente, para Estados Unidos, tener a
ese país como anfitrión; no era una alternativa atractiva. Se espera que luego
del derrocamiento de Muammar el Gadaffi el africom pueda radicarse en Libia.
Sin embargo, el sitio web del africom informaba el 21 de septiembre de 2012 que
su cuartel general perma-necería en Stuttgart y que no existían planes para
trasladarlo a ningún país africano.
174 Ver Michael Klare, “La nueva geopolítica de la
energía”, op. cit.
164
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
tan necesarios para el imperialismo
(y para la bonanza económica del “com-plejo militar-industrial”, eje de un
keynesianismo perverso cuyos negocios prosperan en relación directa con las
guerras y la destrucción y/o renovación tecnológica de equipos y armas) es el
control de recursos crecientemente escasos y de acceso cada vez más complicado175.
Uno de los más importantes
“enemigos”, Osama bin Laden, fue abatido el año pasado en una operación cuya
naturaleza violatoria de los derechos humanos no puede escapar a la
consideración de ningún observador. Esto no significa, naturalmente, que el
fundamentalismo islámico y sus tácticas terroristas de lucha vayan a
desaparecer, dado que aquel obedece a causas muy profundas, entre las que
sobresale el despojo colonial practicado por Occidente en el mundo árabe.
¿Seguirá siendo el radicalismo islámico uno de los “enemigos” designados por
Washington? Muy probablemente sí, pero junto a él emergen otros candidatos a
sucederlo, y entre ellos los más nota-bles son Mahmud Ahmadineyad y Hugo Chávez
Frías, figuras que la gran prensa imperialista mundial ha venido satanizando
desde hace largos años. Además, dado que una de las razones aducidas para
invadir Irak y Afganistán era la presencia de Bin Laden y Al Qaeda, ahora que
aquel ha sido eliminado, ¿qué pretextos utilizará la Casa Blanca para mantener
su presencia militar en aquellos dos países?176.
La “seguridad regional”
En relación con América Latina y el
Caribe, la preocupación por la “seguridad regional”, comprendida en un sentido
estrictamente unilateral (“seguridad” para Estados Unidos, se entiende) y
militar, viene de muy lejos y se remon-ta, sin duda, a la Doctrina Monroe. Pero
el desarrollo más reciente de esa concepción podría fecharse en 1963, cuando
Washington decidió crear el Comando Sur y le confirió, bajo la Secretaría de
Defensa, la responsabilidad de planificar y ejecutar operaciones militares en
Centro y Sudamérica y el
175 En relación con este punto, el
investigador brasileño Renato Dagnino, profesor de la Univer-sidad de Campinas,
sostiene que en los últimos tiempos más de las dos terceras partes de la
inversión en investigación y desarrollo de Estados Unidos se realizan en las
empresas privadas de ese país. Y si para los años de la Primera Guerra Mundial
el 20% de la industria estadouni-dense dependía de los contratos del Pentágono,
en la actualidad esa proporción llega al 80%. La conclusión es fácil de
extraer: cuantas más guerras mayores ganancias (comunicación personal con el
autor, 14 de agosto de 2010).
176 Una reciente revelación de
WikiLeaks informa que en realidad el cadáver de Bin Laden no fue arrojado al
mar, sino enviado a Estados Unidos para efectuar registros dactiloscópicos y de
todo tipo. El diario británico The Telegraph informaba el 6 de
marzo de 2012 “WikiLeaks: Stratfor bosses thought Osama bin Laden body was
flown to us”, en <www.telegraph.co.uk/ news/worldnews/al-qaeda/9126159/Wikileaks-Stratfor-bosses-thought-Osama-bin-Laden-body-was-flown-to-US.html>.
165
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Caribe, tanto en tierra firme como en
sus aguas territoriales177. Sorprenden-temente, México fue excluido de la jurisdicción del Comando
Sur y pasó a quedar en el ámbito del Comando Central de las fuerzas armadas de
Estados Unidos. Tal como fuera visto en un capítulo anterior, el cuartel
general del Comando Sur, localizado en Miami, reúne a un personal civil
permanente de 1.600 funcionarios, aparte por supuesto de la tropa. De acuerdo
con algunos estudiosos, el internacionalista Juan Gabriel Tokatlian entre
ellos, el número de empleados civiles del Comando Sur ya supera al conjunto de
los funcio-narios del gobierno federal que, en sus diferentes agencias y
secretarías, tiene a su cargo la gestión de las relaciones entre Estados Unidos
y América Latina y el Caribe, lo que es otra forma de demostrar los inéditos
alcances de la militarización de las relaciones hemisféricas. El accionar del
Comando Sur se inscribe dentro de los lineamientos generales establecidos por
la nueva estra-tegia de seguridad adoptada por Washington con posterioridad a
los aconte-cimientos del 11-S y que se sintetizan en el documento titulado “La
Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos de América”, publicado
en sep-tiembre de 2002. Tal como lo anotan las autoras del estudio antes
citado, en dicho documento se les asigna total prioridad a la batalla contra el
terrorismo y el narcotráfico –estrechamente vinculados entre sí, según la Casa
Blan-ca– y la defensa de la “democracia”, los “derechos humanos” y la
“libertad”, entendida antes que nada como la libertad de comercio y de mercado.
Esta postura estratégica introduce también la concepción de una “guerra
infinita” y la necesidad de “guerras preventivas” para atacar al enemigo
terrorista allí donde se encuentre, sin prestar atención a los compromisos
derivados del derecho internacional o el multilateralismo. Conviene aquí
recordar una frase de la ex secretaria de Estado de Bill Clinton, Madeleine
Albright, cuando declaró que en su intervención en los asuntos internacionales,
Estados Uni-dos debe guiarse por el siguiente principio: “El multilateralismo
cuando sea posible, el unilateralismo cuando sea necesario”178. En línea con ese axioma,
177 Ver “Estrategia militar de
Estados Unidos en América Latina”, de Sonia Winer, Mariana Carroli, Lucía López
y Florencia Martínez (Buenos Aires: Centro Cultural de la Cooperación, 2006)
Cuaderno de Trabajo Nº 66.
178 Existen otras versiones de este
axioma, que se expresan al revés y que, tal vez, captan mejor el sentido de lo
que una diplomática como Albright pensaba pero no podía decir: “El
mul-tilateralismo cuando sea necesario, el unilateralismo cuando sea posible”.
Este ha sido, y en buena medida todavía es, el debate en Washington. El primero
sería las “palomas”; el segun-do, los “halcones”. En ambos casos, la postura
implica que Estados Unidos está por encima de cualquier expresión de la
legalidad internacional y que el sistema de Naciones Unidas es apenas un
elemento decorativo de la política del poder y la fuerza. En la vieja polémica
entre Hobbes y Kant, entre la violencia y el derecho, la primera tiene la razón
de su lado. Al menos en lo que hace al sistema internacional estamos muy cerca
de Hobbes y muy lejos de Kant, sobre todo cuando aquel decía que “las palabras
sin la espada son tan sólo pala-bras”, jugando con la cuasihomofonía de words (palabras)
y swords (espadas) en el idioma inglés. Las expresiones de
Albright fueron vertidas en numerosas ocasiones en su calidad
166
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
el accionar del Comando Sur se
despliega en torno a cuatro ejes: (a) coope-ración en materia de seguridad
regional; (b) asistencia militar para mejorar la capacidad de combate de las
fuerzas armadas de la región; (c) lucha contra el narcotráfico, y (d) flexibilidad
organizativa y operativa del Comando Sur para responder con rapidez y eficacia
a los desafíos de la coyuntura, siendo “desafíos” un término por lo menos
enigmático y que nunca queda aclarado.
Para tales efectos, el Comando Sur
contempla la periódica realiza-ción de ejercicios militares, la instalación de
numerosas bases militares en la región y la puesta en marcha de un conjunto de
planes, entre los cuales sobresalen el Plan Colombia, el Plan Puebla-Panamá, la
Iniciativa Andina y el aspan, la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de
América del Norte, todos los cuales deberían haberse articulado en el alca
abortado en noviem-bre de 2005 en Mar del Plata.
Recordemos el ya mencionado caso del
aspan, que es la iniciativa más reciente y aquella que contiene más nítidamente
todos los elementos que configuran este proceso de militarización de las
relaciones hemisféricas y las ambiciones de control jurisdiccional de los
Estados Unidos. El aspan es un pacto establecido en 2005 a instancias de
Estados Unidos, en vísperas del naufragio del alca en Mar del Plata, que
consagra una extraordinaria expan-sión de las fronteras estadounidenses, que ya
no se localizan en los límites territoriales de Estados Unidos con Canadá y con
México respectivamente. La novedad es que ahora las fronteras de facto de
Estados Unidos, ¡no las que figuran en los mapas!, se localizan en el sur, a
pocos cientos de kilómetros al norte de la Ciudad de México, con las fuerzas
militares y policiales mexi-canas puestas al servicio de la “seguridad
nacional” de los Estados Unidos para detener a los migrantes procedentes del
sur de México, Guatemala, El Salvador, Nicaragua y otros países sureños, e impedir
que se aproximen al muro fronterizo de la infamia construido por Estados Unidos
en sus límites formales con México. En términos prácticos, con el aspan la
jurisdicción de las fuerzas armadas estadounidenses, así como la de algunas de
sus agencias federales –la cia, la dea y el fbi, entre otras–, penetra
profundamente dentro de los territorios de México y, hacia el norte, Canadá,
recortando significa-tivamente la soberanía de los países linderos de los
Estados Unidos179. Por
de embajadora de Estados Unidos ante las Naciones
Unidas y, después, como secretaria de Estado de Bill Clinton.
179 De hecho, en un viaje emprendido
hace unos años entre Guadalajara y México, una de mis maletas fue retenida por
una dependencia de la Homeland Security Department de los Estados Unidos, la
Transportation Security Administration (tsa), que opera abiertamente en los
aeropuertos mexicanos e intercepta materiales sospechosos en un trayecto aéreo
realizado entre esas dos ciudades. La maleta, que contenía documentos, libros y
papeles que había reunido en una escala anterior de ese viaje –¡por pura
casualidad: La Habana!–, me fue devuelta sólo meses después en Buenos Aires, y
al abrirla noté que no faltaba nada. Sólo se había agregado un pequeño volante
en donde la tsa lamentaba los inconvenientes
167
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
supuesto, según este “acuerdo” o
“compromiso político” (pues no existe un “tratado” que lo regule), nada impide
teóricamente que las tropas o agencias de México y Estados Unidos extiendan su
jurisdicción en el interior de los Estados Unidos, sólo que tal cosa es
inconcebible en el mundo real. Dada su informalidad, el aspan es presentado
como un simple acuerdo entre los gobiernos de los tres países involucrados, lo
cual lo coloca más allá de cual-quier clase de investigación o monitoreo a
cargo de los Congresos de Estados Unidos, México y Canadá. Por la enorme
importancia de este “compromiso político”, que en los hechos significa cesión
de soberanía, estamos en presen-cia de una aberrante anomalía para esta clase
de acuerdos internacionales. Tal como demostramos en un capítulo anterior, no
existe ningún documento que especifique los términos de un acuerdo de esta
envergadura, que no atravesó las instancias de los Congresos de los países
involucrados y mucho menos fue dado a conocer a la opinión pública.
La cacería de recursos naturales en
la cual está vitalmente comprome-tido el imperio no podía sino desencadenar la
desorbitada expansión de su presencia militar al sur del Río Bravo, coto
privilegiado de su pillaje. Derro-tado su gran proyecto estratégico, el alca,
la Casa Blanca sólo retrocedió para cobrar nuevos bríos y lanzarse de lleno a
la reconquista de su influencia perdida, en una sucesión de medidas que
continúan sin pausa hasta el día de hoy. La más reciente es la creación en Lima
del llamado Acuerdo del Pacífico, firmado por el presidente del país anfitrión,
Alan García, y sus pares de Méxi-co, Colombia y Chile, y cuyo propósito
manifiesto es “avanzar progresivamen-te en el objetivo de alcanzar la libre
circulación de bienes, servicios, capitales y personas” entre sus miembros. En
otras palabras, construir una suerte de “corredor contrainsurgente o
reaccionario” para contrabalancear el influjo de la izquierda, radical o
moderada, sobre la vertiente del Atlántico. Panamá, país gobernado por un mandatario
totalmente sometido a los dictados de la Casa Blanca (al punto que, motu
proprio, ofreció varias bases militares para uso exclusivo de Estados
Unidos, como veremos más adelante), se encuentra ligado al grupo en calidad de
observador, al igual que Costa Rica, cuya pre-sidenta, Laura Chinchilla, fue
durante largos años empleada del gobierno de los Estados Unidos en la usaid. Si
aquellos son los objetivos manifiestos, los fines latentes del Acuerdo son bien
diferentes. Tal como observa en una nota reciente Raúl Zibechi, ese pacto
“pretende revivir los objetivos de la extinta alca con base en los Tratados de
Libre Comercio (tlc) que Estados Unidos tiene firmados con los miembros del
Acuerdo180. En realidad se trata de un pacto contra el mercosur y la integración
regional, y de modo más explícito
que me había ocasionado al inspeccionar mi maleta y
me agradecía por colaborar con el cumplimiento de su misión.
180 Ver su “Ética, geopolítica y razón de estado”,
en <http://lahistoriadeldia.wordpress.
com/2011/06/01/etica-geopolitica-y-razon-de-estado/#more-15599>.
168
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
contra el Consejo de Defensa
Suramericano de la unasur, que, lamentable-mente, favorece los planes de sus
enemigos al avanzar con mucha lentitud. Es también un modo de frenar a Brasil y
sus aspiraciones de convertirse en un jugador global, y el mejor camino para
remachar la vocación de exportadores de minerales de esos países, que los
convierte en campos de operaciones de las grandes multinacionales mineras y,
por lo tanto, en sociedades extrema-damente desiguales y polarizadas, sin
industria ni ampliación del mercado interno”. A similares conclusiones también
arriba otro especialista en el tema, Norberto Emmerich181.
En otras palabras, el objetivo es
crear una relación de fuerzas que debi-lite al mercosur y a las nacientes
instituciones regionales arriba indicadas, incluyendo, por supuesto, la celac182. Huelga aclarar que el control del
litoral del Pacífico latinoamericano ha sido un área prioritaria de interés de
Estados Unidos, habida cuenta de la desigual situación con que se enfrenta en
la ver-tiente atlántica del subcontinente, dominada por el protagonismo de
Brasil y el acompañamiento de la Argentina y Venezuela y, con más recaudos
debi-do a su mayor vulnerabilidad externa, de países como Uruguay, Paraguay y
Bolivia. Tal como señala Mónica Bruckmann, la IV Flota de Estados Unidos se
abastece y tiene sus apostaderos en una serie de puertos peruanos, ya que este
país ofrece unas ventajas inigualables para, desde la ceja oriental de los
Andes, asomarse a las nacientes del Amazonas y monitorear gran parte del
riquísimo hinterland sudamericano. No lo puede hacer en
Ecuador, porque Correa obligó el retiro de la base de Manta; y tampoco puede
hacerlo desde Chile, pues se encuentra demasiado alejado de ese gran teatro de
operacio-nes183. De ahí la centralidad que adquieren, en tierra firme, las bases
conce-didas a las fuerzas estadounidenses en Colombia.
Es difícil estimar la estabilidad y
eficacia que podría llegar a tener el Acuerdo del Pacífico, dado que los
gobiernos que lo integran están sometidos a intensas presiones. En México,
violencia desatada a escala desconocida desde los más sangrientos períodos de
la Revolución de 1910 y amenazas de desintegración nacional debido a que el
narcotráfico controla extensos terri-torios de ese país. No mucho mejor es la
situación en Colombia, donde un conflicto armado de más de medio siglo ha
socavado la legitimidad y la efi-cacia práctica de los más diversos gobiernos184. En Perú, a su vez, el viraje del
181 Ver “Ética, geopolítica y razón de estado”, de
Norberto Emmerich, en La Jornada (México df) 6 de mayo de
2011, y su “El imperio contraataca” en Rebelión, 9 de mayo de 2011.
182 Sobre estas iniciativas consultar El
rediseño de América Latina. alca, mercosur y alba, de Claudio Katz (Buenos Aires:
Ediciones Luxemburg, 2006).
183 Entrevista del autor a Mónica Bruckmann, en Buenos
Aires, 2 de marzo de 2012.
184 No está de más recordar aquí que,
después de Ruanda, Colombia es el país que tiene el mayor número de
“desplazados” a causa de la guerra. Se calcula que unas 4.500.000 perso-nas se
cuentan en esa situación, equivalente al 10% de la población colombiana.
169
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
gobierno de Ollanta Humala,
incumpliendo específicas promesas electorales en relación con la gran minería a
cielo abierto, ha desencadenado una ola de protestas masivas que ponen en jaque
a su gobierno; más al sur, en Chile, el presidente Sebastián Piñera se debate
con un nivel de apoyo del 33% en el mes de febrero de 2012, frente a un 58% de
desaprobación de su gestión. Por su parte, los índices de aceptación de
Martinelli en Panamá y Chinchilla en Costa Rica no son mejores, con lo cual la
estabilidad de este conjunto de líde-res es, por lo menos, problemática, y
dista mucho de ofrecer una firme base de acción como la que Estados Unidos supo
gozar en otros tiempos en la región.
Los múltiples lazos de la dominación militar
Más allá de estas consideraciones, lo
que salta a la vista es la necesidad de desmontar el enjambre de lazos
institucionales con los cuales Washington ha controlado América Latina y el
Caribe. La especialista argentina Elsa Bruzzone ha sintetizado esta situación
al afirmar que la condición de posibilidad de los nuevos organismos regionales
latinoamericanos y caribeños (que excluyen a Estados Unidos y Canadá) exige que
nuestros países abandonen masivamente la oea; desahucien el tiar, cuya absoluta
inutilidad en el caso de la agresión de una potencia extracontinental, el Reino
Unido, a un país de la región, Argen-tina, quedó patentemente demostrada en la
infausta Guerra de las Malvinas de 1982; rechacen la Junta Interamericana de
Defensa y todo el entramado elaborado por Estados Unidos desde la época de la
Guerra Fría; renuncien también a participar en ejercicios militares conjuntos
con las fuerzas armadas de los Estados Unidos, y, por último, aceleren la
creación y la efectiva puesta en marcha de la celac185. Agregaríamos nosotros, como otro
ítem de estratégica importancia, remplazar el armamento de origen
estadounidense que utilizan nuestras fuerzas armadas por otro equivalente pero
procedente de países con los cuáles no exista una hipótesis de conflicto como
la que hoy potencialmente contrapone América Latina y el Caribe con los Estados
Unidos. El veto a la venta de repuestos y partes a países que Washington
considere como enemi-gos, o adversarios (cosa que ha hecho con Venezuela, sin
ir más lejos) puede dejar a quienes han confiado el equipamiento de su defensa
en manos de la industria militar norteamericana completamente indefensos186.
185 Ver “Sistema ‘interamericano’ o
soberanía regional”, entrevista a Elsa Bruzzone de Natalia Brite, en <www.prensamercosur.com.ar/apm/nota_completa.php?idnota=4610>. Como una muestra más de las
contradicciones en que repetidamente incurre el gobierno argentino, en la
segunda mitad del año se llevará a cabo, en aguas del Atlántico Sur, un
ejercicio conjunto denominado “Gringo-Gaucho” entre las armadas de Estados
Unidos y la Argentina. Ver la información correspondiente en un incisivo
artículo de Jorge Ubertalli publicado en nuestro blog: <www.atilioboron.com.ar/2012/03/de-videla-y-la-operacion-gringo-gaucho.html>.
186 Un ejemplo de las múltiples presiones
que se ejercen en torno a este tema es la extensa y deli-cada negociación del
gobierno brasileño en torno a la renovación de su fuerza aérea. Hasta
170
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Este es el marco en el cual se puede
comprender más cabalmente el sentido de la estrategia norteamericana de rodear
a América Latina –y fun-damentalmente su corazón sudamericano, fuente de
incalculables bienes naturales de todo tipo– con una serie de bases militares
desperdigadas por toda la región. Según la investigadora mexicana Ana Esther
Ceceña, la idea subyacente a la instalación de bases militares –o la
autorización para usar las existentes en la región– es la de crear “capas
envolventes” con capacidad de controlar el acceso y los modos de uso y de
explotación de los territorios y, a la vez, neutralizar las iniciativas que
pudieran impulsar los movimientos sociales y fuerzas políticas opuestas a las
políticas de “desposesión” promo-vidas por el capital. De esa manera, se
procura simultáneamente garantizar el franco acceso a los recursos naturales
estratégicos y contener, disuadir y/o eliminar la resistencia ante las
políticas hegemónicas o la insurgencia de los pueblos afectados. En pocas
palabras: garantizar la reapropiación territorial por la vía militar como
complemento de la masiva desposesión territorial que están llevando a cabo: (a)
las grandes corporaciones mineras que se han abalanzado sobre el continente y
(b) el agronegocio, que produce la ace-lerada desnacionalización del campo al
desplazar al campesinado y trans-nacionalizar la tierra, las semillas, el agua,
los agroquímicos, agudizando la dependencia externa de nuestros países187. De las investigaciones llevadas a
cabo por Ana Esther Ceceña y Telma Luzzani, ya mencionadas en este texto, se
infiere que Estados Unidos ha logrado establecer dos áreas de control: una, un
círculo que cubre el Caribe, el Golfo de México –con su prolonga-ción hasta el
extremo norte del subcontinente sudamericano– y los países de Centroamérica,
donde se encuentran los yacimientos petroleros más impor-tantes de la región, y
que tiene como puntales las bases de Guantánamo (en el oriente de Cuba); Hato
Rey en Curaçao; Reina Beatriz en Aruba (estas dos últimas dependientes del
Reino de Holanda pero utilizadas por Estados Unidos); Lempira y Soto Cano
(Palmerola) en Honduras; Comalapa en El Salvador; y Arauca, Larandia y Tres
Esquinas en Colombia. A estas habría que agregarle la autorización concedida en
2010 por la presidenta de Costa Rica, Laura Chinchilla, para el ingreso al
territorio nacional de hasta 16 mil mari-nes y 46
embarcaciones, presumiblemente para ser utilizadas para combatir el
narcotráfico. Se debe aclarar, con todo, que tanto las bases de Colombia
abril de 2012 prevalecía una
preocupante indecisión (¡de casi cinco años!), al punto tal que el secretario
de Defensa, León Panetta, procuraba convencer a los militares brasileños de la
conveniencia de adquirir el F-18 estadounidense en lugar del Dassault-Rafale
francés. Ver Raúl Zibechi, “La nueva estrategia de Estados Unidos amenaza
América Latina”, en <www.surysur. net/2012/05/la-nueva-estrategia-de-eeuu-amenaza-america-latina/>. Esta indecisión refleja la enorme
influencia ideológica de Estados Unidos en las fuerzas armadas del Brasil.
187 Ver su “Los paradigmas de la
militarización en América Latina” en Realidad Econó-mica, 16 de
mayo de 2008, Nº 258, en <www.iade.org.ar/modules/noticias/article. php?storyid=2374>.
171
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
como el dispositivo planeado en Costa
Rica se encuentran en estos momen-tos recurridos ante los tribunales superiores
de ambos países. No obstante, los expertos aseguran que aun cuando se emitiera
una sentencia contraria a esas instalaciones, las tropas de Estados Unidos
seguirían operando de facto en ambos territorios, como ya lo hacen en muchas
otras locaciones. A este primer “cordón sanitario” con centro en el Caribe se
agrega un segundo, que rodea la gran cuenca amazónica y que se apoya en las
nuevas bases conce-didas por Panamá; las de Caño Limón, Marandúa, Río Hacha y
Palanquero en Colombia; Iquitos y Nanay, en Perú; Mariscal Estigarribia y Pedro
Juan Caballero en Paraguay, amén de las bases establecidas en el Perú y, al
oriente, en Guyana, Surinam y la Guayana Francesa.
Cabe consignar las dificultades que
plantea el conocimiento exacto del número de bases norteamericanas (y, además,
europeas, porque la otan reconoce como “su músculo y nervio”, según la opinión
unánime de los expertos, al poderío militar estadounidense) por dos razones
principales: por un lado, porque se trata de un fenómeno muy dinámico, en
continua expansión; y en segundo lugar, porque la nueva tecnología militar
cambió significativamente el sentido de lo que constituye una base militar. En
rela-ción con lo primero, digamos que los cálculos más recientes consignados
por Luzzani arrojan un número de 72 bases militares norteamericanas (o de
países de la otan, o de la otan, pero controladas por Estados Unidos) en la
región, pero ya son 75188. Se debe notar que en el marco de los nuevos “acuer-dos de seguridad”
se ha producido una acelerada proliferación de este tipo de unidades militares
en Centroamérica y el Caribe y, muy especialmente, en el
188 Setenta y dos es el recuento que
realizara Luzzani al concluir su libro. Sin embargo, con pos-terioridad a esa
fecha, otra de las ya mencionadas especialistas en el tema, Rina Bertaccini,
identificó tres nuevas bases estadounidenses en Honduras, situadas en Mocorón,
El Aguacate y Puerto Castilla. Para acceder a la valiosa información del
mopassol consultar <www.mopas-sol.com.ar>. Puede ser mera coincidencia, pero resulta al menos
sospechoso que también en estos días el gobierno de Honduras haya anunciado la
creación de tres ciudades privadas con capacidad para “dictar sus propias
leyes, su sistema tributario, su política de inmigración y su policía; será una
especie de isla dentro de un país soberano”, como afirma el cable de bbc Mundo
reproducido por el matutino argentino La Nación el 11 de
septiembre de 2012. La oposición al gobierno títere de Porfirio Lobo puso el
grito en el cielo ante esta enajenación del territorio y la soberanía
nacionales, a las cuales no puede ser ajena la decisión de autorizar
precisamente la instalación de tres nuevas bases militares estadounidenses. Una
de ellas, la de Puerto Castilla, se encuentra en una de las tres zonas donde se
instalará una ciudad privada, a ser construida, como las otras, por una
corporación inmobiliaria de Estados Unidos. Ver <www.lanacion.com.ar/1507511-honduras-da-luz-verde-a-las-ciudades-privadas>. Un infor-me de la prensa hondureña
puede consultarse en <www.laprensa.hn/Secciones-Principales/ Honduras/Apertura/En-un-mes-arrancan-obras-en-primera-ciudad-modelo-en-Honduras#. UFzWhOjB-Qo>. Radio Progreso, una de las principales del país,
recogió la repulsa popular a la iniciativa en su sitio web <http://radioprogresohn.com/contentrp/index.php?option=com_con tent&view=article&id=2826:crece-descontento-y-rechazo-contra-ciudades-modelo&catid=42
:noticias&Itemid=99>.
172
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
extremo norte de Sudamérica: Panamá y
Colombia. El caso panameño revis-te particular interés debido a la enorme
relevancia geopolítica del Canal de Panamá, recuperado para ese país en virtud
de los Tratados Carter-Torrijos, que hicieron posible, entre otras cosas, el
cierre de todas las bases militares que Washington había establecido en Panamá.
Sin embargo, luego de que Ricardo Martinelli asumiera en 2009 la presidencia de
ese país, Estados Uni-dos fue invitado por el flamante mandatario a reocupar
varias de sus antiguas bases o a instalar otras nuevas189.
Hablábamos antes de los cambios en lo
que constituye una base mili-tar (o naval, o aeronaval) y las dificultades que
brotan a la hora de calcular el número de bases instaladas en América Latina.
Muy a menudo se piensa que una base militar norteamericana es un enorme
complejo de construccio-nes y edificios que alberga a un gran contingente de
personal militar y civil (expertos, técnicos, médicos, etcétera), que debe ser
costosamente abasteci-do y alimentado, resolviendo complejos problemas de
logística. Esto era así en el pasado, pero ya no más (si bien quedan todavía
algunas bases de ese tipo, sobre todo en países como Japón, Alemania e Italia,
instaladas luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial). En realidad, más que
de bases físicas de lo que se trata es de fol –la sigla en inglés de Forward
Operating Locations–, es decir, Sitio de Operaciones de Avanzada donde las
fuerzas de despliegue rápido de Estados Unidos –las afectadas a América Latina
y el Caribe, casi todas ellas estacionadas en el sur del territorio
norteamericano– pueden acudir e instalarse en pocas horas cuando así se lo
requiera190. Para ello, es necesaria una buena pista de aterrizaje suficientemente
larga y con el espesor adecuado para hacer posible su utilización por los
gigantescos C-17
189 Ver el artículo ya mencionado de
Marco Gandásegui. Martinelli es un típico producto de la estrategia de
penetración económica y cultural de Estados Unidos en América Latina: educado
primero por los sacerdotes lasalleanos de Panamá, su grado universitario lo
obtuvo nada menos que en la Staunton Military Academy de Virginia, un nido de
ultraderechistas, racistas y nostálgicos del Ku Klux Klan y uno de cuyos
exponentes más notables fue el ex can-didato presidencial de Estados Unidos por
el Partido Republicano en 1964, Barry Goldwater, cruzado reaccionario a quien
muchos le atribuyen el renacimiento del conservadorismo radical en Estados
Unidos. Martinelli realizó sus estudios de Maestría en la incae Business
School, un programa de formación de cuadros gerenciales promovido por el
mismísimo presidente John F. Kennedy en el marco de la Alianza para el Progreso
e instalado en Costa Rica en 1964, un año después que el ya por entonces
extinto presidente visitó ese país. No sorprende, por lo tanto, su obsequiosidad
para con sus mentores espirituales y, ¿por qué no?, también materiales.
190 Ver Luzzani, Territorios
vigilados, op. cit., pp. 175-191. Los extraordinarios avances de la
avia-ción no son ajenos a este cambio en el modelo de la base militar. Como
señala esta autora: “En 1942 […] un transporte aéreo de armas desde Estados
Unidos a Medio Oriente incluía el uso de doce bases. El avión partía de Florida
y hacía escalas en Guantánamo, Puerto Rico, Barbados, Trinidad, Guinea
Británica, isla Fernando de Noronha (Brasil), Takoradi (hoy Ghana), Lagos, Kano
(Nigeria), Jartum hasta llegar a Egipto […]. Hoy es un vuelo directo” (pág.
176).
173
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Globemaster que transportan tropas,
equipos pesados, helicópteros, aviones caza, tanques y camiones a cualquier
rincón del planeta. El Comando Sur, cuyo cuartel general se localiza en Miami,
puede hacer llegar un pequeño ejército, fuertemente pertrechado, a cualquier
lugar de América Latina en cuestión de horas191. Además de la pista, las instalaciones y los
elementos necesarios para albergar y aprovisionar a la tropa, se requiere un
equipo de comunicaciones –garantizado por la impresionante red de satélites con
que cuenta Estados Unidos, que cubren el planeta entero–, radares de última
generación y un aprovisionamiento confiable de combustible. La “base”, en
consecuencia, es simplemente una estructura vacía, que cuando las
circuns-tancias lo requieren, se convierte en el lugar donde convergen todos
los dis-positivos de guerra listos para el combate. Una vez finalizado este,
las tropas vuelven a sus cuarteles en territorio norteamericano a la espera de
una nueva intervención. En síntesis: las técnicas de la guerra moderna no
precisan nada más. La idea de una enorme base donde se estaciona
indefinidamente a un gran número de hombres y pertrechos que aguardan el
comienzo de las hostilidades corresponde al pasado de la ciencia y el arte
militares. América Latina ofrece, con su gran número de instalaciones que
reúnen aquellas con-diciones, una estructura ideal de apoyo para asegurar el
control territorial del imperialismo a lo ancho y a lo largo de nuestra vasta
geografía192.
No menor importancia –política,
ideológica, técnica– tiene la larga serie de ejercicios militares conjuntos a
los cuales ya nos hemos referido. No se trata de acciones circunstanciales y
episódicas, sino, como lo demuestra una inspección más o menos detallada,
actividades que tienen lugar en locaciones estratégicas así definidas por su
proximidad a grandes depósitos
191 El apoyo logístico en bases
colombianas es fundamental, porque los grandes cargueros militares de Estados
Unidos pueden recorrer, con carga máxima, entre 4.400 y 5.200 kiló-metros en
las versiones más actuales. Para poder desplazar tropas y equipos hacia el sur
del continente, deben efectuar escalas técnicas a mitad de camino, pues de lo
contrario su autonomía de vuelo les impediría llegar a destino. El C-17 puede
transportar a 102 paracai-distas totalmente equipados, amén de helicópteros,
transportes terrestres, cohetería y toda la parafernalia bélica de que dispone
Estados Unidos.
192 No está de más agregar aquí que las
embajadas de los Estados Unidos cumplen una función que, en cierto sentido,
sería similar a la de las bases convencionales. Las gigantescas dimen-siones de
algunas de ellas exceden con creces lo necesario para el manejo de las
cuestiones diplomáticas. La embajada más grande de los Estados Unidos es la de
Bagdad, que ocupa un territorio equivalente a la ciudad-Estado del Vaticano, y
dispone de 21 edificios a lo largo
de 104 hectáreas (seis veces la
superficie del complejo de la onu en Nueva York), 5.500 fun-cionarios y un
parque de vehículos valuado en 116 millones de dólares. Parecería ser, más que
una representación diplomática de un país extranjero, la verdadera sede del
gobierno del país anfitrión. Una embajada también muy grande, pero menor a la
de Bagdad, se está construyendo en Islamabad, Paquistán. Se dice, incluso, que
cuando esté finalizada, la embajada en Haití será la cuarta más importante por
su tamaño y desplazará a las que al día de hoy figuran como las dos más
importantes en la región: Colombia y México. Ver <www. globalresearch.ca/index.php?context=va&aid=4579>.
174
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
de recursos naturales clave: la
región del Caribe y el norte de América del Sur, Colombia y desde allí su
proyección sobre toda la región de la cuenca amazónica y, por último, Paraguay,
país que, según reporta Ceceña en su ya mencionado trabajo, “ha sido convertido
en base militar, con implicaciones regionales de primera importancia”, dado que
sus propias fuerzas armadas están íntimamente ligadas al ejército de Colombia
(que es lo mismo que decir “ligadas al Pentágono”), y las dos grandes bases
localizadas en Paraguay per-miten “cerrar” desde el sur la cuenca amazónica193. Estos operativos fomen-tan en las
fuerzas armadas y los sectores dominantes de nuestros países la ilusión de que
Estados Unidos es nuestro aliado y amigo, y que podemos contar con su
incondicional protección. Además, esos ejercicios conjuntos que sistemáticamente
el Pentágono organiza con cada uno de los países de la región refuerzan la
dependencia tecnológica de las fuerzas armadas latinoamericanas de la industria
armamentística norteamericana y sirven de excelentes carriles de transmisión de
la ideología imperial, debilitando con ello la capacidad de concebir una
política de defensa regional (como la que trata de impulsar el Consejo de
Defensa Suramericano de la unasur), construida a partir de otras hipótesis de
conflicto más realistas194. Como por ejemplo, que Estados Unidos ha rodeado la región de bases
militares porque, en un futuro impredecible en su fecha pero seguro en su
realización, inten-tará apoderarse de nuestros bienes naturales y no, como dice
el Pentágono, combatir al narcotráfico o al terrorismo internacional. Pero de
esa hipótesis de conflicto raramente se habla.
Bases, misiones y ejercicios militares
Tomando en cuenta los antecedentes
expuestos hasta ahora, veamos los detalles específicos que asume en América
Latina y el Caribe este proceso de redefinición, en clave belicista y agresiva,
de la política exterior del imperio.
Decio Machado ha llamado la atención
sobre el nuevo consenso acer-ca de los cambios registrados en la doctrina
militar estadounidense195. Según este autor, el Pentágono modificó sus tradicionales escenarios
bélicos, donde se enfrentaban dos Estados con similares recursos militares; el
caso paradig-mático fue la competencia bélica entre Estados Unidos y la Unión
Soviética
193 Ana Esther Ceceña, “Los paradigmas de
la militarización en América Latina”, en Pensamiento y Acción por el
Socialismo. Rosa Luxemburgo. América Latina en el siglo xxi, de autores varios (Buenos
Aires: fisyp/frl, 2006).
194 Sobre el Consejo de Defensa Suramericano ver Miguel
A. Barrios, Consejo Sudamericano de Defensa: desafíos geopolíticos y
perspectivas continentales (Buenos Aires: Biblos, 2011).
195 Ver “Las siete bases en Colombia,
muestra de la nueva estrategia estadounidense. Los planes militares de Estados
Unidos en Latinoamérica”, de Decio Machado, en Diagonal, 24 de
octubre de 2009, en <www.diagonalperiodico.net/Los-planes-militares-de-EE-UU-en. html>.
175
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
en el marco de la Guerra Fría. Bajo
la nueva concepción, precipitada luego de los traumáticos sucesos del 11-S, el
Pentágono, bajo la dirección de Donald Rumsfeld, comenzó a privilegiar una
confrontación entre las fuerzas arma-das regulares de Estados Unidos contra
organizaciones no estatales como Al Qaeda o, en Latinoamérica, las farc
colombianas. Subyacen a este cambio dos consideraciones de suma importancia:
(a) los diferenciales de poder de fuego entre un ejército regular y un grupo
privado, no estatal, son enormes, y
(b) las normativas establecidas en los
Convenios de Ginebra –y sus protoco-los adicionales de 1949 y 1977– tendientes
a “humanizar la guerra” carecen por completo de aplicación.
No obstante, lo que la nueva doctrina
militar estadounidense mucho se cuida de ocultar es que no sólo del lado de las
fuerzas enemigas se ha pro-ducido el surgimiento de grupos privados que se
desempeñan en la guerra apelando a recursos violatorios de las Convenciones de
Ginebra; también del lado norteamericano se ha originado un fenómeno similar,
si se repara en el creciente papel que desempeñan los mercenarios contratados
especialmen-te por el Pentágono para llevar adelante cierto tipo de tareas,
operaciones y actividades de inteligencia sin las restricciones que imponen las
propias leyes de Estados Unidos. Según datos oficiales, el número de militares
en estado de servicio activo al 31 de enero de 2012 ascendía a 1.458.219, a los
cuales se deben agregar unos 225 mil “contratistas”196. Es decir, los mercenarios
constituyen aproximadamente el 15% del total del personal militar “formal” de
Estados Unidos, y sus actividades se desenvuelven en una suerte de vacío legal,
en donde normas y comportamientos expresamente prohibidos por las Convenciones
ginebrinas son completamente dejados de lado. Torturas, asesinatos selectivos,
vuelos ilegales, cárceles secretas, prisioneros fantasmas en barcos de guerra y
toda clase de atrocidades imaginables pasan a formar parte de la rutina de una
guerra que, al privatizar y tercerizar un creciente número de sus operaciones,
coloca a la Casa Blanca a salvo de cualquier clase de impugnación legal, a la
vez que amplía su discrecionalidad en materias bélicas al conducir gran parte de
esas operaciones en el mayor secreto y sin tener que lidiar con la
interferencia de la prensa o el Congreso197.
196 La cifra del personal militar
procede de un informe del Pentágono titulado “Armed Forces Strength Figures for
January 31, 2012”, en <http://siadapp.dmdc.osd.mil/personnel/ MILITARY/ms0.pdf>. La estimación sobre el número de “contratistas”,
eufemismo para referirse a los mercenarios, la aporta el periodista
especializado Tim Shorrock en “America’s New mercenaries”, en <www.thedailybeast.com/articles/2010/12/15/counterinsurgency-outsourcing-americas-new-mercenaries-in-afghanistan-middle-east-africa.html>.
197 Sobre esto, ver nuevamente Shorrock.
También Blackwater: the rise of the world’s most
powerful mercenary army, de Jeremy Scahill (Nueva York:
Nation Books, 2007); Merchant
of death: money, guns, planes and the man who makes
war possible, de Douglas Farah
y Stephen Braun (Nueva York: John Wiley & Sons,
2007); y Licensed to kill: hired guns in
the war on terror, de Robert Young Pelton (Nueva York:
Three Rivers Press, 2006). Estuvo
176
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Pero hay algo más, cuidadosamente
ocultado por los personeros del imperio. La discrecionalidad y el secreto
requeridos para las operaciones de “lucha antiterrorista” originaron un
verdadero monstruo burocrático encar-gado de vigilar minuciosamente las actividades
de los ciudadanos en Estados Unidos, que viola los derechos y las libertades
consagrados en la constitución. Edgardo Lander comenta los resultados de una
investigación realizada por el diario Washington Post después
del ataque a las Torres Gemelas, en donde se concluye que “se ha creado en el
país un aparato secreto de seguridad de tan enormes proporciones que nadie sabe
cuánto cuesta, cuántos programas incluye, ni cuántas personas están
involucradas. Entre los resultados de esta investigación destacan que se trata
de un entramado de 1.271 organizaciones gubernamentales y 1.931 empresas
privadas que trabajan en actividades de inteligencia y contraterrorismo,
empleando a 854 mil personas que cuentan con un estatuto de ‘seguridad
certificada’ en 10 mil localizaciones diferentes a través de la nación, y
produce unos 50 mil informes de inteligencia al año”. Y remata su argumentación
recordando que “en diciembre de 2011, como parte de la ley del presupuesto de
defensa de los Estados Unidos para el año 2012, el Congreso de dicho país
autorizó a las fuerzas armadas para asumir investiga-ciones e interrogatorios
sobre terrorismo nacional, permitiendo la detención de cualquier persona que el
gobierno califique de terrorista –incluso ciudada-nos de los Estados Unidos–
por un tiempo indefinido, sin derecho a juicio. En contra de severas
oposiciones de muy diversos sectores, que incluso califica-ron esta norma como
un paso en la dirección de un Estado policial, el presi-dente Obama firmó la
ley, a pesar de asegurar que tenía ‘serias reservas’”198.
Toda esta parafernalia, que corroe
internamente a la democracia, está fundamentalmente destinada a vigilar (y
castigar, siguiendo a Foucault) las novedosas amenazas “no estatales” que
atribulan al imperio. Dentro del nuevo escenario de enemigos “no estatales”, el
Pentágono incluye, por supuesto, al narcotráfico –que en la visión de los
ideólogos de Washington no sería sino “la pata financiera” de los movimientos
contestatarios–; los “Esta-dos fallidos”, definidos según los criterios que
maneja Washington y según los cuales estos serían los santuarios que brindarían
protección al terrorismo internacional. Tal como asevera Machado, si existe un
Estado fallido en este continente –¡y no en consonancia con la definición
propuesta por Wash-ington!–, es Haití por razones históricas, entre las cuales
la complicidad de
muy atinado Tom Engelhardt cuando tituló su más
reciente libro The United States of Fear (Chicago: Haymarket
Books, 2011).
198 Edgardo Lander, “Un nuevo período
histórico”, op. cit., pág. 17. El autor cita en apoyo a su trabajo a Dana
Priest y William M. Arkin, “Top-Secret America: a Hidden world, growing beyond
control”, en The Washington Post, 20 de julio de 2010; “National
Defense Authorization Act for Fiscal Year 2012”, en <http://thomas.loc.gov/cgi-bin/query/z?c112:S.1867> y un artículo de Julie Pace, “Obama
signs defense bill despite ‘serious reservations’”, en The Christian
Science Monitor, 1 de enero de 2012.
177
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
las potencias “democráticas” con el
saqueo imperialista practicado durante siglos en ese desdichado país es el
principal factor determinante.
Pero en la obsesión de la Casa
Blanca, cuando se habla de “Estados fallidos” se piensa erróneamente en
Venezuela, Bolivia y Ecuador, que para nada lo son, mientras que tal categoría
no se aplica a dos países “amigos” de Washington y en los que la violencia,
para usar la clásica formulación weberiana, hace tiempo dejó de ser
monopolizada por el Estado y ejercida de modo legítimo, para ser practicada por
numerosos actores, uno de los cuales, y no necesariamente el más importante, es
el Estado. Casos concretos: Méxi-co, donde, según un destacado investigador,
debería rechazarse la tesis según la cual ese país sería un “Estado fallido”,
aunque revela cautela al fundamen-tar su rechazo diciendo que tal
caracterización no le cuadra, “porque el Esta-do todavía controla la mayor
parte del territorio. Sin embargo, la situación se empaña cuando se piensa en
ciudades e instituciones en donde la presencia del Estado es testimonial porque
quienes controlan los hilos del poder son los narcos”199. No obstante, analistas bien
informados aseguran que poco más de la mitad del territorio mexicano está bajo
el control fáctico de los narcos, al punto tal que en muchas ciudades pequeñas
o medianas del norte de México no se encuentran candidatos para asumir la
jefatura de las fuerzas policiales, o los propios presidentes municipales
(“alcaldes” en otros países) por razo-nes de seguridad deciden mudar sus
hogares al otro lado de la frontera200. Otro ejemplo es Colombia, en donde desde hace
décadas la guerrilla, los narcos y los paramilitares controlan importantes
porciones de su territorio. Esto es tan así que, como reiteradamente lo ha
declarado el presidente Rafael Correa, se aseguraba que “Ecuador no limita en
el norte con Colombia, sino con las farc”. El caso colombiano se traduce en un
mosaico en el que cuatro organizaciones, el Estado, la guerrilla, los narcos y
los “paracos”, son quienes detentan el ejercicio de la violencia en el país.
Pero para la bizca mirada de Washington, ni México ni Colombia son Estados
fallidos, pese a que en nin-guno de los dos países existe monopolio de la
violencia por parte del Estado. Y si se habla de actores no estatales en la
alucinada visión norteamericana –compartida, huelga aclararlo, por las clases
dominantes latinoamericanas–, muchos movimientos sociales de América Latina y
el Caribe son también considerados “terroristas”, asimilados a Al Qaeda y
convenientemente cri-minalizados: tal cosa ocurre con los Sem Terra en Brasil y
los mapuche en Chile, acosados en este último caso por un Estado que utiliza la
legislación antiterrorista para perseguirlos y reprimirlos. La reciente
aprobación de una
199 Sergio Aguayo Quezada, “¿México fallido?”
en El País (Madrid), 6 de febrero de 2009.
200 Según el fundador del Centro de
Investigaciones de Seguridad Nacional (cisen), Jorge Carrillo Olea, “el Estado
ha perdido territorialidad y, por ende, gobernabilidad
[…] en más del 50% del país”. Ver <http://laprimeraplana.com.mx/2011/08/25/ el-narcotrafico-controla-la-mitad-del-territorio-mexicano-experto/>.
178
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
nueva legislación antiterrorista en
varios países latinoamericanos tiene por objeto, en línea con las directivas
estratégicas de Estados Unidos, facilitar la represión de los movimientos
contestatarios estigmatizándolos a todos como terroristas o, en el mejor de los
casos, como cómplices del terrorismo201.
Bajo los lineamientos de esta nueva
doctrina de “lucha global contra el terrorismo” y los enemigos que ella
construye, el emplazamiento de fuer-zas militares norteamericanas en la región
adquiere renovada importancia y debe ser considerado al margen de los cánones
tradicionales. Ya hemos hablado del aspan; veamos ahora la intervención que se
produce a través de las bases militares.
Tal como habíamos anticipado, la
concepción tradicional de las bases militares ha cambiado, porque ya no se
trata de luchar contra un enemigo como la extinta Unión Soviética, lo cual
exigía la instalación de gigantescas bases militares con una enorme dotación de
personal civil y militar, sino de combatir a organizaciones no estatales
desterritorializadas y que pueden operar en cualquier lugar del planeta, lo que
requiere un número mucho mayor de pequeñas instalaciones –sin excluir algunas
pocas de gran tamaño, pero claramente minoritarias– al mando de un reducido
plantel capaz de manejar una tecnología de última generación en materia de
detección, uti-lizando radares de amplia cobertura, gigantescas antenas
satelitales, aviones espías (Orion C-130 y Awacs), aviones no tripulados de
vigilancia (drones) y otros elementos por el estilo. En línea con lo anterior,
Machado señala la existencia de cuatro tipos de bases, a saber:
a. Las convencionales, como las de
Guantánamo, que son complejas instalaciones militares dotadas de todos los
equipos necesarios para entrar en acción de inmediato, con un gran número de
tropas de com-bate y personal civil especializado acantonados en sus instalaciones
durante largos períodos de servicio.
b. Bases de mediano tamaño, como la de
Soto Cano (Palmerola, en Hon-duras), que cuentan con instalaciones que permiten
afrontar misiones de largo alcance y duración, pero con efectivos que se
renuevan perió-dicamente, cada seis meses.
c. Las fol (a veces también llamadas
Foreign Operating Locations, en lugar de Forward), o sea, bases de operación a
distancia que en realidad son pistas aéreas adecuadas para la operación de
grandes aeronaves, un ultrasofisticado sistema de comunicaciones (apoyado
satelitalmente y por una red de radares) y garantías para el seguro
201 La Argentina aprobó, poco después
de la inauguración del segundo mandato de la presi-denta Cristina Fernández de
Kirchner, una ley antiterrorista que, si bien en su letra parece excluir
expresamente de su ámbito de aplicación las protestas sociales, en los hechos
está inspirando el accionar represivo de la justicia en distintas
jurisdicciones provinciales, en su afán por neutralizar las protestas en contra
de la megaminería a cielo abierto.
179
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
aprovisionamiento de combustible. La
ex base de Manta (Ecuador) y las de Curaçao o Comalapa, en El Salvador, entran
en esta categoría. Estas instalaciones cuentan con muy poco personal, pero son
suma-mente eficientes a la hora de facilitar las operaciones de enormes
avio-nes de transporte C-17, o los Awacs, y de reunir informaciones y llevar a
cabo actividades de inteligencia muy detalladas sobre un amplio espacio
regional, a partir de las cuales el Pentágono decidirá el curso de acción
militar más recomendable.
d. Pequeñas bases o establecimientos
militares que permiten pasar de una a otra para enviar suministros, equipos,
combustible y, de ese modo, monitorear y controlar un área muy amplia. Un
ejemplo para-digmático: la base de Iquitos, en el Perú.
Tanto Ceceña como Luzzani afirman que
la devolución del Canal de Panamá a este país en virtud del Tratado
Carter-Torrijos, firmado en 1977 y en vigencia desde 1999, precipitó la
instalación de nuevas bases en El Salvador, Ecuador, Aruba y Curaçao. Se debe
recordar que, debido a la guerra civil en El Salvador, Guatemala y Nicaragua,
las fuerzas armadas de Estados Unidos desplegaron numerosos equipos en el área,
abrieron, en principio con carácter transitorio, bases militares de diferentes
características y establecieron estrechas rela-ciones con las fuerzas armadas
de esos países. Desde comienzos de siglo, el Plan Colombia acelera la
instalación de fol en territorio colombiano “a cargo del Comando Sur del
ejército estadounidense con acceso restringido para el personal local. […]
Dentro de Colombia las bases se han multiplicado, colo-cándose estratégicamente
para cubrir el área colombiana desde el Oriente y, al mismo tiempo, la
frontera con Venezuela. Estas se complementan con la base fol en Aruba-Curaçao
para controlar el paso del Darién que conecta Colombia con Panamá, la entrada a
la selva amazónica y la salida de petróleo venezolano hacia el oeste”202. En resumen, se trata menos de bases
nortea-mericanas –salvo casos notables como la de Guantánamo en Cuba– que de
instalaciones ya existentes en los países anfitriones (si bien construidas en
muchos casos a pedido de Washington y con su financiación), supuestamen-te
administradas por personal local, pero donde las fuerzas estadounidenses hacen
y deshacen a su antojo y gozan de total autonomía.
En el caso del Acuerdo de Cooperación
Militar firmado por Obama y Uribe, mediante el cual se concede la utilización
de al menos siete bases mili-tares colombianas a fuerzas de Estados Unidos, se
cede también a este país la decisión de incrementar el número de bases a ser
utilizadas sin otra obligación más que la de formalizar el pedido por escrito;
se garantiza asimismo la inmu-nidad diplomática para todo el personal que
ingrese a Colombia amparado
202 Ana Esther Ceceña, “Subjetizando
el objeto de estudio, o de la subversión epistemológica como emancipación”, en
su compilación Los desafíos de las emancipaciones en un contexto
militarizado (Buenos Aires: clacso, 2006).
180
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
por ese acuerdo (esto es, pueden
robar, asesinar, violar y traficar sin temor a ser llevados ante la justicia
colombiana), para lo cual se autoriza la entrada a cualquier estadounidense que
presente un documento de identificación que contenga una foto del ingresante,
al tiempo que el gobierno colombiano se abstiene de revisar cualquier
cargamento que entre o salga de Colombia bajo las normas establecidas en el
Acuerdo Obama-Uribe. Es decir, Colombia bien podría ser hoy un país en el que
Estados Unidos instaló armamento nuclear en abierta violación al acuerdo
internacional regional, mediante el cual nuestros países se comprometieron a
mantener América Latina como una desnucleari-zada zona de paz. Y si bien es
preciso reiterar lo ya dicho, en el sentido de que este tratado entre Obama y
Uribe fue declarado como “no existente” por el Tribunal Supremo Constitucional
de Colombia, lo cierto es que este tropiezo legal no ha impedido que Estados
Unidos haya proseguido operando militar-mente en ese país. Mediante este
acuerdo, Estados Unidos se asegura el acceso permanente a tres bases de la
fuerza aérea colombiana (Palanquero, Apiay y Malambo), dos bases navales
(Cartagena y Málaga) y dos bases del ejército (Tolemaida y Larandia), si bien,
como se acaba de mencionar, le permite inclu-so la utilización de otras bases e
instalaciones militares en Colombia a solicitud de Estados Unidos sin necesidad
de firmar un nuevo acuerdo.
Va de suyo que todo este despliegue
militar norteamericano encontró en el ascenso y consolidación del gobierno
bolivariano de Hugo Chávez Frías nuevos pretextos para justificar su presencia
en estas latitudes. En un breve pero completo artículo, Ignacio Ramonet resumió
magistralmente lo ocurri-do203. Poco después de la llegada al poder del líder
bolivariano, el 2 de febrero de 1999, Estados Unidos debía clausurar su
principal instalación militar en la región, la base Howard, situada en Panamá,
dando cumplimiento a lo pacta-do en los Tratados Carter-Torrijos de 1977. Luego
de una infructuosa tentati-va de trasladar tropas y equipos a la base de
Roosevelt Roads que Washington posee en Puerto Rico, imposibilitada por las
protestas surgidas en la isla, unas y otros terminaron instalándose en Texas y
Florida. Para compensar esta situación, el Pentágono optó por desplegar sus
bases en cuatro locaciones estratégicas: Manta, sobre el Pacífico ecuatoriano;
Comalapa, en El Salvador y, justo enfrente del litoral venezolano, Aruba y
Curaçao, islas pertenecientes al Reino de Holanda204. Como observa Ramonet, a las
misiones tradicionales de espionaje se les agregaron nuevas funciones tales
como la de vigilar y
203 Ver “Cercando a Venezuela”, de Ignacio Ramonet,
en <www.aporrea.org/tiburon/a93104.html>.
204 En el citado artículo, Ramonet anota que “en
represalia contra el gobierno de Caracas que
ha puesto fin, en mayo de 2004, a
medio siglo de presencia militar estadounidense en Vene-zuela, el Pentágono
renueva en 2005 un contrato con el gobierno de los Países Bajos para ampliar el
uso de sus bases militares en las islas de Aruba y Curaçao, situadas muy cerca
de las costas venezolanas y donde últimamente se habrían incrementado las
visitas de buques de guerra estadounidenses”.
181
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
desbaratar las redes del narcotráfico
y obstaculizar, cuando no impedir, la inmigración clandestina hacia Estados
Unidos. Pero, observa nuestro autor con razón, las tareas más importantes son
otras: colaborar en la lucha contra la insurgencia colombiana, controlar –o por
lo menos monitorear– las rutas del petróleo y los minerales, los recursos en
agua dulce y la biodiversidad. Y, como veremos más adelante, asegurar el logro
de dos objetivos estratégicos: el más inmediato, desestabilizar a la Revolución
Bolivariana y, de ser posible, lograr el derrocamiento de Chávez, que es lo que
señala Ramonet. Sin des-merecer para nada la importancia de lo anterior,
añadimos que el objetivo estratégico mediato, nos parece, es cercar también a
Brasil y tener un control exclusivo a las inmensas riquezas que yacen en el
corazón de la gran cuenca amazónica-paranaense. Ante la reelección de Chávez en
2006, la respuesta de Washington fue embargar la venta de armas a Venezuela, so
pretexto de falta de colaboración en la “guerra contra el terrorismo”.
Equipados íntegramente con componentes estadounidenses, los aviones F-16 de la
fuerza aérea se quedaron sin piezas de repuesto. Chávez selló un acuerdo con
Rusia para contar con aviones de combate, a lo que Washington respondió denunciando
el “rearmamento masivo” del gobierno bolivariano, haciendo caso omiso de que,
como veremos más adelante, Brasil, Colombia y Chile son los países de mayor
gasto militar en la región y de que, en el caso colombiano, este país recibe,
formalmente y cada año, en el marco del Plan Colombia, 630 millones de dólares
en “ayuda militar”, sin contar la que percibe por otros más sinuosos y poco
visibles circuitos. Cuando a causa del involucramiento de personal y equipo
aéreo norteamericano estacionado en la base de Manta en el bom-bardeo realizado
por el ejército colombiano en Sucumbíos, Ecuador, el 1 de marzo de 2008, el
gobierno de ese país resolvió no renovar el acuerdo sobre la base de Manta que
vencía en noviembre de 2009, y cuando apenas unas semanas después, el
presidente Luiz Inácio Lula da Silva anunció el descubri-miento de un enorme
manto submarino de petróleo frente al litoral paulista, la Casa Blanca decidió
reactivar la IV Flota205. Tal como señala Ramonet, “un mes más tarde, los Estados suramericanos,
reunidos en Brasilia, replican creando la unasur, y en marzo de 2009 el Consejo
de Defensa Suramericano. Unas semanas después, el embajador de Estados Unidos
en Bogotá anuncia que la base de Manta será relocalizada en Palanquero,
Colombia. En junio, con el apoyo de la base estadounidense de Soto Cano, se
produce el golpe de estado en Honduras contra el presidente José Manuel “Mel”
Zelaya, quien había conseguido integrar su país en el alba. En agosto, el
Pentágono anun-cia que dispondrá de siete nuevas bases militares en Colombia. Y
en octubre,
205 Sobre el ataque perpetrado en
Sucumbíos, ver lo que hasta ahora constituye el mejor y más documentado estudio
sobre el tema: El ataque de Colombia en territorio ecuatoriano: detrás
de las palabras y los hechos, de Horacio López y Margarita Vallejo (Buenos
Aires: Centro Cultural de la Cooperación, 2009).
182
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
el presidente conservador de Panamá,
Ricardo Martinelli, admite que ha cedido a Estados Unidos el uso de cuatro
nuevas bases militares”206.
Dados los antecedentes expuestos,
conviene insistir en algo que decía-mos más arriba: si bien el objetivo
estratégico inmediato de este despliegue militar norteamericano es promover la
desestabilización del gobierno boli-variano, el más mediato e importante es
rodear por completo la gran cuenca amazónica para, cuando sea necesario,
garantizar el acceso exclusivo hacia una zona que, al igual que la Antártida,
los estrategas de Estados Unidos con-sideran de jurisdicción universal y, en
consecuencia, disponible para quienes cuenten con los instrumentos logísticos y
tecnológicos necesarios para su adecuada explotación. Por supuesto, nada de
esto se dice en los documentos oficiales, pero es fácil de advertir si se lee
entrelíneas. En este sentido, no deja de llamar la atención la asombrosa
ineptitud puesta en evidencia por la Can-cillería brasileña que, mientras era
entretenida en inconducentes conversa-ciones con Estados Unidos y los miembros
con derecho a veto del Consejo de Seguridad de la onu reclamando para Brasil un
asiento permanente en dicho órgano, Washington iba pacientemente anudando un
rosario de bases militares que rodean por completo al gigante sudamericano. No
es necesa-rio ser un diplomático muy esclarecido para percatarse de que esta
falta de reacción de Itamaraty facilitó en gran medida los planes de Estados
Unidos. Tampoco para imaginar cómo habría reaccionado este país si –figurémoslo
por un momento– China hubiera sembrado de bases militares las zonas
fron-terizas de Canadá y México. ¿Se habría sentido amenazado Estados Unidos?
Sin duda. ¿Cómo habría reaccionado? Rechazando la instalación de esas bases
como un gesto hostil, como una velada declaración de guerra. La gran
interrogante es: ¿por qué Brasil no reaccionó del mismo modo, sobre todo después
de escuchar lo que tantas veces repitió Madeleine Albright cuando, en 1993, le
decía a Colin Powell: “¿De qué sirve tener un poderío militar tan
extraordinario si no podemos utilizarlo?”. ¿O es que alguien piensa que esas
bases fueron adquiridas para observar las costumbres de las aves, para
prac-ticar un inofensivo bird-watching en la foresta
amazónica?
La importancia de estas funciones
“latentes” de las bases quedó puesta en evidencia con las actividades de
inteligencia realizadas desde la base de Manta durante el golpe de estado del
11 de abril de 2002 en contra de Chávez, el ya mencionado bombardeo de
Sucumbíos o, por último, en el crucial papel de la base Soto Cano (Palmerola)
en efectivizar el golpe de estado contra el
206 Concluye Ignacio Ramonet diciendo
que “Venezuela y la Revolución Bolivariana se ven rodeadas por nada menos que
trece bases estadounidenses situadas en Colombia, Panamá, Aruba y Curaçao, así
como por los portaviones y navíos de guerra de la IV Flota. El presidente Obama
parece haber dejado manos libres al Pentágono. Todo anuncia una agresión”. A la
fecha de terminación de este libro, la agresión todavía no se había producido,
pero la inten-cionalidad es inocultable.
183
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
presidente Zelaya en Honduras, en
2009207. En coincidencia con esas
opera-ciones militares, Washington ha venido intensificando una virulenta
campaña de acusaciones acerca de la existencia de células de terroristas
islámicas como Hamas, Hezbollah y hasta la propia Al Qaeda, localizadas, según
las autorida-des norteamericanas, en la Triple Frontera entre Argentina, Brasil
y Paraguay.
La presión en contra del gobierno
bolivariano no se limita tan sólo a establecer nuevas bases. Producida la
derrota del golpe de 2002, habiendo sido expulsadas las últimas misiones
militares norteamericanas de Venezuela en mayo de 2004 y sido reelecto Chávez
como presidente en 2006, la respuesta de la Casa Blanca fue la suspensión de la
venta de armas a Venezuela acusán-dola de “no colaborar suficientemente en la
guerra contra el terrorismo”. Vene-zuela, que hasta entonces tenía su fuerza
aérea compuesta por aviones F-16 de fabricación estadounidense, quedó de la
noche a la mañana desprovista de partes y repuestos, lo que obligó a ese país a
buscar nuevos abastecedores. Allí comenzó la relación militar con Rusia, que le
proporciona aviones de última generación y –lo que preocupa a Washington más
que los aviones y las lanchas rápidas– 100 mil fusiles de asalto Kalashnikov
(AK-47), el mejor del mundo en su tipo y especialmente apto para repeler el
avance de la infantería enemiga. Este redireccionamiento de Venezuela para
lograr un suministro no condicio-nado de armamento para uso defensivo, teniendo
en cuenta que se trata de un país que se encuentra rodeado de bases militares
enemigas con intenciones no precisamente amigables, acentuó aún más la ofensiva
mediática que, en medio de toda una serie de difamaciones y mentiras, afirmaba
que con su trasnochado antiamericanismo Caracas estaba precipitando una
irracional e imprudente carrera armamentística en América Latina.
Por cierto que las usinas del imperio
se empeñan en ocultar el hecho de que, amparado por el Plan Colombia, este país
recibe por año una suma mínima en concepto de ayuda militar directa de 630
millones de dólares, lo que lo convierte de lejos en el primer receptor de
ayuda en América Latina y el Caribe, sólo superado a nivel mundial por Israel y
Egipto, los dos gendarmes regionales que Washington tenía en Medio Oriente (con
Egipto ahora poco dispuesto a seguir cumpliendo ese papel). Cifras oficiales
del total de la ayuda
207 En el caso de Manta, el jefe
estadounidense del fol de Manta, Javier Delucca, afirmó en declaraciones
periodísticas que “Manta es muy importante dentro del Plan Colombia. Esta-mos
muy bien ubicados para operar en esta área. Pero debo aclarar que nosotros, en
Manta, sólo somos un apoyo a las misiones que se deciden en Key West (Florida),
que es donde se toman las decisiones estratégicas”. Estos dichos motivaron una
enérgica protesta del gobier-no del Ecuador, dado que no participa, ni admite,
al Plan Colombia en su territorio. Ya para la fecha de las declaraciones de
Delucca se sabía que militares colombianos ingresaban a la base de Manta y
participaban en los vuelos que realizan los militares estadounidenses. Los
trágicos sucesos de Sucumbíos no hicieron sino confirmar estas sospechas. Ver
“Militares de Estados Unidos en Manta: esperando que se vayan”, de Eduardo
Tamayo G., en <http:// movimientos.org/noalca/no-bases/show_text.php3?key=9243>.
184
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
militar y policial de Estados Unidos
a los países de América Latina se instalan en la misma tendencia. La ong
norteamericana Just the Facts, encargada de monitorear el gasto militar de ese
país en el exterior, informa que desde 1996 hasta 2010 Colombia ha recibido
6.820 millones de dólares contra 2.015 millones destinados a México y 909
millones a Perú. Y si de militares y policías preparados por Estados Unidos se
trata, mientras en el período 1999-2010 Colombia entrenó a 75.503 efectivos,
quien le sigue en la región, México, sólo hizo lo propio con unos 13 mil
miembros de sus fuerzas de seguridad. Todo esto, sucintamente planteado, demuestra
el carácter excepcional que en la estrategia norteamericana de control sobre la
región desempeña Colombia, y en menor medida, Perú. Por cierto, no podría ser
Colombia el país de mayor gasto militar, porque por sus extraordinarias
dimensiones, tanto demográfi-cas como geográficas, Brasil va a la cabeza de
este rubro y el año 2010 gastó 33.500 millones de dólares –un gasto súbitamente
acrecentado luego de la agresiva movilización de la IV Flota de Estados Unidos
poco después que se anunció el descubrimiento de un gran yacimiento petrolífero
submarino en el litoral paulista–. Lo siguen Colombia, con 6.746 millones y
Chile, con 5.395 millones. Venezuela, acusada de ser la promotora de la carrera
armamentista en la región, se ubica en el cuarto lugar, con unos 5 mil millones
de dólares208.
No sorprende, por lo tanto, que en
función de estos antecedentes Colombia sea presentada, en algunos análisis,
como la “Israel latinoame-ricana”, es decir, como una gigantesca base de
operaciones desde la cual se proyecta hacia todo el ámbito regional el poderío
militar de los Estados Unidos. El gobierno ecuatoriano, directamente afectado
por el avance de la militarización regional, hizo pública su incredulidad en
relación con los fun-damentos del Acuerdo Obama-Uribe al señalar que “bases de
las caracterís-ticas de las que se quieren articular en Colombia carecen de
efectividad para los objetivos que se indican. Antes de que Ecuador recuperase
la soberanía de la base de Manta, suceso que se dio el mes pasado, en los
últimos cinco años de control estadounidense se produjo un incremento del
tráfico de dro-gas en el Pacífico, a pesar del patrullaje que diariamente se
realizaba desde allí”209. De este modo, Quito ratificó lo manifestado por numerosos analistas
que han comprobado cómo ha sido precisamente en las zonas de mayor con-trol
militar norteamericano (Colombia y Afganistán) donde se produjeron los más
importantes aumentos en el cultivo y la exportación de estupefacien-tes y
sustancias psicotrópicas210. Una inspección cuidadosa de los equipos
208 Ver sipri (nota al pie 88, pág. 101).
209 Ver <www.diagonalperiodico.net/Los-planes-militares-de-EE-UU-en.html> 22 de octubre de 2009.
210 Conclusión que se fundamenta en
documentos oficiales de la Oficina de las Naciones Uni-das contra la Droga y el
Delito (onudc) y que examinamos en detalle en Boron y Vlahusic, El lado
oscuro..., op. cit., pp. 72 y ss.
185
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
bélicos con que cuentan esas bases
–desde aviones de combate hasta naves y submarinos, pasando por toda clase de
armamento pesado– basta para concluir que el objetivo que persiguen va mucho
más allá del narcotráfico e inclusive de la guerrilla colombiana, y que su
finalidad es mucho más ambi-ciosa: constituirse como una base de operaciones de
alcance continental, al igual que Israel lo es para toda la región del Medio
Oriente. Según algunos expertos consultados en el ya mencionado trabajo de
Decio Machado, “el problema real es Palanquero, madre de las bases colombianas,
ya que es el centro operativo de las fuerzas armadas colombianas y pasará a ser
el eje del control estadounidense en Sudamérica”. Esa base “tiene una pista de
más de tres kilómetros de longitud, desde ella pueden despegar tres aviones de
combate al mismo tiempo cada dos minutos, tiene una infraestructura de hangares
para centenar y medio de aviones y puede albergar a 2 mil efectivos militares”.
Pero esto no termina allí: en su trabajo este autor señala que, según los
expertos de la unasur, Palanquero es una “base expedicionaria, tiene la
capacidad de albergar C-17, aviones de transportes, y para 2025 se prevé que
esta base tenga la capacidad de movilizar a 175 mil militares con sus
pertre-chos en apenas 72 horas”211.
Todo este proceso de militarización
internacional, cuyo rostro interno es la criminalización de la protesta social,
se encuentra altamente institucio-nalizado en una serie de acuerdos, tratados y
planes. Ya nos hemos referido al firmado por Obama y Uribe, dando continuidad a
una iniciativa muy cara al ex presidente George W. Bush. Seguidamente nos
limitaremos a enunciar muy brevemente a otros dos instrumentos de la expansión
militar de Estados Unidos en América Latina: el Plan Colombia y el Plan Puebla-Panamá.
El Plan Colombia, también llamado
Plan para la Paz, la Prosperidad y el Fortalecimiento del Estado, es un acuerdo
firmado en 1999 por los gobiernos de Andrés Pastrana en Colombia y Bill Clinton
en Estados Unidos, con el explícito propósito de combatir al narcotráfico,
poner punto final al conflicto armado con la guerrilla colombiana y,
subsidiariamente, promover el desarrollo económico y social de Colombia. Se
debe recordar que el año 1999 fue particularmente negativo para Estados Unidos:
tuvo que devolver el Canal de Panamá y tolerar que asumiera la presidencia de
Venezuela, un país tradicionalmente cautivo de Estados Unidos, un candidato
indeseable para el delicado paladar de Washington como Hugo Chávez Frías. El
Plan contó con el generoso aporte del Tesoro de los Estados Unidos y, no bien
se puso en marcha, recibió una partida inicial de 1.300 millones de dólares
para financiar las actividades contempladas en el acuerdo. Desde ese momen-to,
como lo observamos más arriba, Colombia se convirtió en uno de los principales
receptores de la ayuda militar norteamericana, sólo superado por Israel, Egipto
y, en algunas pocas ocasiones, Corea del Sur. Por supuesto: uno
211 Ver el ya mencionado artículo de Decio Machado.
186
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
de los objetivos del Plan también era
la promoción del “libre comercio” y el fortalecimiento de las decrépitas
instituciones democráticas de Colombia. En relación con el primer punto, un tlc
fue firmado por los presidentes George W. Bush y Álvaro Uribe, pero sólo fue
ratificado por el Congreso de los Esta-dos Unidos cinco años más tarde, en
octubre de 2011. El premio nobel de la paz Barack Obama no tuvo empacho alguno
en promulgar la ley remitida por el Congreso, haciendo caso omiso de las
gravísimas (y probadas) denuncias sobre las violaciones a los derechos humanos
que a diario se perpetran en ese país: desde fosas comunes hasta “falsos
positivos” y matanza de dirigen-tes sindicales y activistas sociales, pasando
por toda suerte de atrocidades. Además, el Congreso de Estados Unidos y la Casa
Blanca hicieron a un lado las comprobadas vinculaciones de Álvaro Uribe con el
narcotráfico y los paramilitares, hechas públicas con la desclasificación de
ciertos materiales de la dea y el fbi, y que constan en los National
Archives de Washington. Pese a todo ello, insistimos, ni los
congresistas de Estados Unidos ni la oficina del presidente encontraron razón
ética alguna para frustrar la ratificación del tlc entre Colombia y Estados
Unidos. ¡Toda una lección acerca de lo que realmente le importan los derechos
humanos a Washington!
El Plan Puebla-Panamá, inicialmente
impulsado por el ex presidente mexicano Vicente Fox, se amplió desde sus
coberturas iniciales hasta abarcar un espacio geográfico que, aparte de México
y Colombia, incluye a Belice, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras,
Nicaragua y Panamá. Un plan supuestamente orientado hacia la promoción del
desarrollo y el libre comercio, y convenientemente disimulado bajo el pretexto
de combatir al narcotráfico y a la inseguridad. En el caso de México, objeto
preferencial de este acuerdo son los estados del sur y del sureste: Campeche,
Chiapas, Gue-rrero, Quintana Roo, Tabasco, Veracruz y Yucatán. Por detrás de
todas sus altruistas fundamentaciones, el objetivo central del Plan y su
ampliación bajo el nombre de la Iniciativa Mérida es facilitar la creación de
la infraestructura física y política requerida para dar rienda suelta al saqueo
de los recursos naturales existentes en Mesoamérica212. No se debe olvidar que el segundo
acuífero en importancia en las Américas, después del Guaraní, es el de
Chia-pas. Por otra parte, no es un dato menor que en el marco de este proyecto,
que cuenta también con generoso apoyo de la Casa Blanca, se contempla la
eventual construcción de un nuevo canal que conecte ambos océanos. Otro
elemento importante es el control del flujo migratorio que se dirige hacia la
frontera norteamericana, algo que ha sido reforzado en fechas recientes con
212 Ver la postura oficial del
gobierno mexicano sobre la Iniciativa Mérida en <www.iniciativamerida.gob.mx/>. Posturas críticas pueden verse en
“Obama y la Ini-ciativa Mérida”, de Maureen Meyer, en <www.seguridadcondemocracia.org/crimen_ organizado_e_iniciativa_merida/cap3.pdf> y de Elsa Bruzzone en <www.cemida.com. ar/files/lainiciativademeridaysuscomplementos.pdf>.
187
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
el “acuerdo” del aspan y que, como
vimos anteriormente, convierte a México en un gendarme territorial de los
Estados Unidos. Toda esta parafernalia de iniciativas belicistas no podía dejar
de provocar la respuesta de las capas y grupos sociales afectados, tema que
veremos en el siguiente capítulo.
188
Geopolítica de los movimientos
sociales y los bienes comunes
Tal como hemos comprobado en páginas
anteriores, existe una sugestiva superposición geográfica entre las áreas de
intensa actividad extractivista (sobre todo minera y, en menor medida,
agraria), los movimientos sociales de resistencia y combate a la desposesión, y
la presencia militar estadou-nidense, sea bajo la forma de bases, misiones y
ejercicios conjuntos. En este capítulo abordaremos de forma sintética la
cuestión de las resistencias populares desencadenadas por la ofensiva
imperialista. Y subrayamos lo de “sintética” porque su tratamiento más
detallado lo hallará el lector en el Apéndice de este libro, en un texto
especialmente preparado por un equipo de especialistas en la materia213.
Hechas las clarificaciones
pertinentes, es hora de ir al grano. Mónica Bruckmann y Theotonio dos Santos
han escrito recientemente un trabajo que ofrece una sugerente visión panorámica
e histórica de la cuestión de los movimientos sociales en su articulación con
las luchas políticas de la época. Raúl Zibechi, a su vez, ha elaborado una
serie de tesis sobre el papel y las características de los movimientos sociales
en la América Latina contempo-ránea, con cuya revisión queremos dar comienzo a
este capítulo214.
213 Resulta indispensable mencionar aquí
el significativo aporte efectuado para el conocimiento de esta temática por el
Observatorio Social de América Latina (osal), creado en el año 2000 duran-te
nuestra gestión al frente de la Secretaría Ejecutiva de clacso. El osal, que no
por casualidad vio la luz durante el lanzamiento de la ofensiva extractivista
que está asolando la región, tiene por propósito llevar a cabo un seguimiento
pormenorizado de las luchas y resistencias popu-lares. A partir de 2007 se
introdujeron numerosos cambios en el proyecto original del osal que
perjudicaron en buena medida la continuidad de la obra iniciada en 2000 y la
comparabilidad de los datos pacientemente recogidos en aquellos años. No
obstante, sigue siendo una valiosa fuente de información para el estudio de los
movimientos sociales de la región. La colección completa puede ser consultada
en línea en <www.clacso.org.ar/institucional/1h3.php>.
214 “Los movimientos sociales en América
Latina: un balance histórico”, de Mónica Bruckmann y Theotonio dos Santos,
en Revista Prokla, Nº 142, en <www.medelu.org/Los-movimientos-sociales-en>; y “Los movimientos sociales latinoamericanos: tendencias y
desafíos”, de Raúl Zibechi, en osal (Buenos Aires: clacso) N° 9,
enero de 2003.
189
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Según este autor, los movimientos
sociales más importantes de la región brotaron de tres principales fuentes
sociopolíticas e ideológicas: “las comunidades eclesiales de base vinculadas a
la teología de la liberación; la insurgencia indígena portadora de una
cosmovisión distinta de la occidental; y el guevarismo inspirador de la
militancia revolucionaria”. Dicho de modo sucinto, Zibechi plantea con razón
que estos movimientos –entre los cuales sobresalen los Sin Tierra y, en menor
medida, los seringueiros en Brasil; los indígenas ecuatorianos
y bolivianos, amén de los mapuche en Chile; los zapatistas mexicanos; los
guerreros del agua y los cocaleros también de Boli-via; los piqueteros
argentinos y ciertos movimientos de mujeres en algunos países de la región– son
creaciones originales de las luchas sociales latinoa-mericanas y que por esa
misma razón se diferencian claramente de sus aná-logos en Europa o Estados
Unidos. Señala que esos movimientos comparten una serie de rasgos comunes, a
saber:
e. Base territorial, en gran parte
precipitada por la destrucción que las políticas neoliberales ocasionaron en
sus clásicos locus de con-centración: la fábrica (por la
apertura económica indiscriminada, la desregulación, la precarización laboral,
etcétera) y la hacienda tradi-cional (arrollada por el dinamismo del
agronegocio), y los procesos de restructuración capitalista desencadenados
desde los años ochenta, todo lo cual dejó sin una sólida base de sustentación a
las formas tradicionales de representación de los trabajadores urbanos, los
sindi-catos, y de los emergentes movimientos campesinos en el agro.
Des-plazadas de sus lugares de inserción laboral, las masas desposeídas se
replegaron sobre su territorio y desde allí relanzaron sus propias organizaciones.
f. Autonomía de los movimientos, tanto
de los Estados como de los partidos políticos, así como la apelación a
distintas estrategias para garantizar su subsistencia mediante comedores
comunitarios, ollas populares, campamentos, cooperativas informales de trabajo
y otras alternativas semejantes.
g. Revalorización de la identidad y la
cultura de los pueblos y los diversos sujetos sociales, en abierta oposición a
las posturas “eurocéntricas” o “noratlántico-céntricas”, con todas sus cargas
racistas tendientes a fomentar la autoinculpación de los pobres, los indios y
en general todos los excluidos por su miserable inserción social.
h. Capacidad para formar sus propios
intelectuales, a partir de la exten-sión de los procesos de escolarización y
educación universal que per-mitió a los sectores oprimidos hacerse de las
herramientas que antes sólo eran utilizadas por los grupos dominantes (si bien
con el peligro de que junto a este proceso se produjese una inconsciente
asimilación al ethos cultural y las categorías intelectuales
de la clase dominante). Zibechi señala, como prueba de la importancia de este
asunto, a la
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AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
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Universidad Intercultural de los
Pueblos y Nacionalidades Indígenas –que recoge la experiencia de la educación
intercultural bilingüe en las casi 3 mil escuelas dirigidas por los pueblos
indígenas en Ecuador–, y a los Sin Tierra de Brasil, que llevan adelante 1.500
escuelas en sus asentamientos, y múltiples espacios de formación de docentes,
profe-sionales y militantes215.
i. Nuevo papel de las mujeres, que
asumen a plenitud roles no tradicio-nales reservados hasta hace muy poco tiempo
exclusivamente a los varones: diputadas, comandantes, dirigentes sociales entre
la infinidad de movimientos sociales latinoamericanos. Agregaría: en el caso
del mst brasileño, la representación absolutamente igualitaria en todos los
cargos de conducción: 50% de varones y otro tanto de mujeres.
j. Reorganización del trabajo,
rechazando los modelos capitalistas y conscientes de que la propiedad social de
los medios de producción no resuelve automáticamente sus problemas. Se puede
tener la tierra, pero sin créditos para semillas, herramientas y maquinarias,
el man-tenimiento de esa propiedad no es viable. Además, los movimientos buscan
promover “relaciones igualitarias y horizontales con escasa división del
trabajo, asentadas por lo tanto en nuevas relaciones téc-nicas de producción
que no generen alienación ni sean depredadoras del ambiente”.
k. Apelación a nuevas formas de lucha,
dado que la huelga, por ejemplo, deja de surtir efecto cuando quienes la
utilizan son desocupados. Pre-ferencia por las tomas de tierras, cortes de
caminos, reapropiación de espacios concebidos como públicos (como hicieron las
Madres con la Plaza de Mayo), o como “ajenos”, en el caso de espacios privados
usurpados por las clases adineradas para construir residencias de alto precio,
caminos, etcétera.
Ahora bien, todos estos rasgos unidos
a la vitalidad y eficacia reivindicativa de los movimientos sociales y la
inocultable crisis que corroe a los partidos políticos y los sistemas
partidarios dieron origen a una actitud celebratoria –y en buena medida idealizada–
de aquellos en la medida en que, con justa razón, se les reconoce a los
movimientos sociales el haber reintroducido “la calle y las plazas” en la
acartonada vida política de nuestros países, ahogadas muy a menudo por una
hiperinstitucionalización pseudodemocrática que mal puede ocultar el
vaciamiento sustantivo sufrido por el proceso demo-crático. Esta imprevista (y
no precisamente bienvenida) presencia de las masas en la calle –un hecho que,
conviene recordarlo, había sido valorado por Maquiavelo en sus observaciones
sobre la república romana como una
215 Ver “Los movimientos sociales
como espacios educativos”, de Raúl Zibechi, Ponencia ante el Congreso
Internacional de Sociología de la Educación, Buenos Aires, 25-28 de agosto de
2004.
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vigorosa muestra de salud cívica–
refleja la incapacidad de los dispositivos legales e institucionales de las
“democracias” latinoamericanas para resolver las crisis sociopolíticas dentro
de los procedimientos establecidos constitu-cionalmente. Reaparece así el
fantasma de un “país real” divorciado del “país legal”, no sólo ajeno al
primero, sino incapaz siquiera de contener sus más elementales
reivindicaciones. Debido a esta escisión, la realidad de la vida política
latinoamericana se mueve en una ambigua esfera en donde las fron-teras de lo
legal y lo ilegal se diluyen peligrosa y arbitrariamente. Por ejemplo, en los
procesos de toma de decisiones sobre importantes cuestiones econó-micas, la
gravitación de los lobbies y los grupos de presión de las
distintas fracciones de las clases dominantes o de los representantes del
imperio con-vierte a las instituciones de la “democracia representativa”, a la
presidencia y sobre todo al Parlamento, en un anodino ornamento estatal carente
por com-pleto de eficacia para resguardar el interés público y contener la
voracidad de los sectores burgueses. Eso no sólo es ilegítimo, sino que también
es ilegal, y sin embargo la oligarquía mediática los consideran una saludable
muestra de “sensatez y realismo”, dado que según aquellos cualquier gobierno
intere-sado en garantizar la “gobernabilidad” de la economía y la política
tiene que saber escuchar lo que le reclama la “sociedad civil”, aunque quienes
lo hagan no sean sino un grupo minoritario de esta caracterizado por su riqueza
y su poderío. Pero la aplaudida ilegitimidad e ilegalidad de “los de arriba” se
convierten en una afrenta intolerable cuando son las masas las que salen a la
calle a presionar a las autoridades para defender sus intereses al margen de
las instituciones mal llamadas “representativas”. En tal caso, no se ahorran
epítetos y descalificaciones dirigidos a las “hordas insubordinadas”, mientras
que la frágil y antidemocrática legalidad de las instituciones se derrite al
calor de la crisis política permanente y el protagonismo de las masas.
Fue a causa de esta situación que
revueltas populares derrocaron gobiernos reaccionarios en Ecuador en 1997, 2000
y 2005; y que en Bolivia sublevaciones de grandes masas de campesinos,
indígenas y pobres urba-nos hayan destronado a gobiernos derechistas en 2003 y
2005, abriendo paso a la formidable victoria electoral de Evo Morales a finales
de 2005. La dictadura “constitucional” de Alberto Fujimori en Perú fue
derrocada por una impresionante movilización de masas durante el año 2000, y en
2001, el presidente de la supuesta “centroizquierda” de Argentina, Fernando de
la Rúa, que había traicionado sus promesas electorales de abandonar las
políticas neoliberales, fue desalojado del poder por uno de los mayores
levantamientos populares de la Argentina contemporánea.
Más allá de la fragilidad del
entramado institucional, lo que estas rebe-liones populares –amén de otras, de
las cuales no podemos dar cuenta aquí– comprueban es que este largo período de
gobiernos neoliberales, con todo su bagaje de tensiones, rupturas, exclusiones
y niveles crecientes de explotación y degradación social, creó las condiciones
objetivas para la movilización política de grandes sectores de las sociedades
latinoamericanas. Cabe pues
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AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
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preguntarse: ¿son estas revueltas
plebeyas meros episodios aislados, gritos de rabia y furia popular, o reflejan
una dialéctica histórica tendencialmen-te orientada hacia la reinvención de la
democracia, de “otra” democracia, genuina y no el simulacro con el que muchas
veces se la confunde en estos días? Una mirada sobria a la historia del período
abierto a comienzos de los años ochenta revela que no existe nada accidental en
la creciente moviliza-ción de las clases populares ni en el final tumultuoso de
tantos gobiernos democráticos en la región. Es por eso que entre 1985 y 2009
diecinueve pre-sidentes –casi todos ellos obedientes clientes de Washington–
tuvieron que apartarse del poder antes de la expiración de sus mandatos,
depuestos por arrolladoras rebeliones populares216.
Como si lo anterior no bastara, los
plebiscitos convocados para lega-lizar la privatización de empresas estatales o
servicios públicos invariable-mente defraudaron las expectativas neoliberales:
tal fue el caso de Uruguay (obras sanitarias y terminales portuarias) y los
convocados para resolver la cuestión del abastecimiento de agua en Bolivia y
Perú. También hubo gran-des movilizaciones populares en diversos países para
oponerse al alca o a la firma de tlc; para pedir la nacionalización del
petróleo y el gas en Bolivia; resistir a políticas de privatización –del
petróleo en Ecuador, la compañía telefónica en Costa Rica y los sistemas de
salud en varios países–; poner fin al saqueo de los bancos, principalmente
extranjeros, como en Argentina; y terminar con los programas de erradicación de
coca en Bolivia y Perú. En los últimos años, se observa un relanzamiento de los
movimientos sociales, que luego de 2005 habían padecido un proceso de
desmovilización a nivel regional, con una sola gran excepción: el movimiento
magisterial de Oaxaca, México, que llevó a cabo una heroica lucha contra el
contubernio formado por el gobierno priísta del estado de Oaxaca y el nacional,
en manos del Partido Acción Nacional (pan). Pero recién a finales de la primera
década del siglo xxi reaparecerían con renovado vigor nuevas protestas y
resistencias populares: grandes movilizaciones estudiantiles en Chile primero y
luego en Colombia; los movimientos de resistencia a los proyectos
hidroeléctricos de la Amazonía y del sur de Chile; la lucha contra la
megaminería a cielo abierto en el cordón andino, desde Colombia hasta
Argentina, pasando por Perú, Ecuador y Bolivia, y, en este último país, las
protestas masivas ocasionadas por el “gasolinazo” de diciembre de 2009 (que
obligaron al gobierno a rever su decisión) y la más reciente desencadenada a
propósito de la construcción de una carretera que transitaría por un territorio
ancestral de los indígenas, el
216 “Las consecuencias sobre el
régimen de las interrupciones presidenciales en América Lati-na”, de Leiv
Marsteintredet, en América Latina Hoy (Universidad de
Salamanca) Nº 49, 2008, pág. 38. El autor cuenta 18, pero con posterioridad a
la publicación de su artículo se produjo, en 2009, la destitución del
presidente José Manuel “Mel” Zelaya en Honduras, con lo que la cifra asciende a
19, lo que arroja un promedio de casi un presidente derrocado por año.
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IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Territorio Indígena Parque Nacional
Isiboro Sécure, o tipnis, aún en debate en medio de fuertes protestas populares217.
Tres ciclos de resistencia popular
A la luz de este breve racconto sería
posible postular la existencia de tres ciclos demarcatorios de las resistencias
y las luchas populares en los últimos veinte años, aproximadamente: un ciclo de
ascenso de la lucha de masas, cuyo inicio podría datarse, con la inevitable
subjetividad de este tipo de evaluaciones, el 1 de enero de 1994 con el
levantamiento zapatista218. Esto continuó y se expandió internacionalmente en la Batalla de
Seattle (30 de noviembre de 1999), y se consolidó con la realización del Foro
Social Mun-dial de Porto Alegre, en sus múltiples ediciones, a partir de 2001219. Este ciclo ascendente impulsaría un
significativo desplazamiento hacia la izquierda del centro de gravedad de la
política latinoamericana: consolidación de la Revolución Bolivariana en
Venezuela, elección de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil (2002), de Néstor
Kirchner en la Argentina (2003), Tabaré Vázquez y el Frente Amplio en Uruguay
(2004), Evo Morales en Bolivia (2005) y Rafael Correa en Ecuador y Daniel
Ortega en Nicaragua, ambos en 2006, y Fernando Lugo en Paraguay, en 2008. Este
impulso ascensional llegaría a su apogeo con la derrota del alca en la Cumbre
de Presidentes de las Américas de Mar del Plata, en noviembre de 2005.
El reverso dialéctico de este ciclo
expansivo de las luchas populares está dado por la paralela implementación de
una legislación antiterrorista destinada a ampliar el rango de comportamientos
caracterizados como “terroristas” y a endurecer considerablemente las penas
aplicadas a quie-nes, según la muy laxa definición de estas nuevas leyes
promovidas por
217 Ver antecedentes más puntuales sobre
este tema en “Las disputas sociopolíticas por los bienes comunes de la
naturaleza: características, significación y desafíos en la construcción de
Nuestra América”, op. cit.
218 No se podrían desconocer por lo menos
dos antecedentes de importancia: el Caracazo de febrero de 1989 y las grandes
revueltas populares que conmovieron a la Argentina a finales de junio y
principios de julio de ese mismo año, las que precipitaron la entrega
anticipada del mando al ganador de las elecciones presidenciales de mayo de ese
año, Carlos S. Menem. Pero, en ambos casos, se trató de reacciones espontáneas
producto de la desesperación, carentes de organicidad, y que, por eso mismo, no
lograron alterar significativamente la situación preexistente. En el caso de
Venezuela, se puede argumentar, razonablemente, que las traumáticas
características de la represión fueron decisivas para la fracasada tentativa de
golpe de estado liderada por el entonces teniente coronel Hugo Chávez Frías en
1992 y la posterior fundación del movimiento bolivariano, que instalaría a su
líder en el poder en 1999.
219 Este nuevo “clima político” queda
elocuentemente reflejado en el conjunto de trabajos incluidos en Resistencias
sociales. De Seattle a Porto Alegre, de José Seoane y Emilio Taddei
(comps.) (Buenos Aires: clacso, 2001).
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Washington, puedan ser acusados de
tales. Una especialista norteamericana, Beth Elise Whitaker, comprobó que desde
la sanción de la Ley Patriótica en Estados Unidos (promulgada el 24 de octubre
de 2001), al menos 33 países habían introducido una legislación antiterrorista,
y que la presión ejercida por Washington para aprobar esas leyes había sido
considerable. Según esta autora, existen notables paralelismos entre estas
leyes, principalmente en países del Tercer Mundo, con la Ley Patriótica, en el
sentido de que en todos los casos se expanden considerablemente los poderes
coercitivos del Estado, se procura optimizar el intercambio de información
entre las diferentes ramas y agencias del aparato represivo, y se establecen
plazos más largos de detención para los sospechosos, a la vez que se endurecen
las sentencias para quienes sean condenados220. En línea con lo anterior, un estupendo análisis
de Stella Calloni sobre la Ley Patriótica promovida por la administración Bush
afirma que “la lista de violaciones a los derechos huma-nos que escenifica la
‘Patriot Act’ es inmensa. No sólo significó poner bajo control y vigilancia
–con impunidad total– a la población estadounidense, con posibilidad para los
servicios de inteligencia de invadir la propiedad pri-vada, anular las
autonomías universitarias, permitir las cárceles secretas, los jueces sin
rostro, la detención y desaparición por tiempo indeterminado de sospechosos,
pasibles de ser interrogados con los métodos que sus captores crean necesarios.
También autorizaba […] mantener campos de concen-tración como los de
Guantánamo, el secuestro de cualquier persona tanto en Estados Unidos como en
todo el mundo, su traslado ilegal de un país a otro, sin posibilidad de
defensa”221. En ese mismo texto, Calloni observa que en marzo de 2005, ya bajo la
presidencia de Néstor Kirchner, la Cámara de Diputados de la Argentina “aprobó
dos leyes contra el terrorismo reclamada por Estados Unidos abriendo un camino
oscuro, porque el conjunto de las normas pueden favorecer la instalación de
formas dictatoriales o gobiernos de facto”. La autora destaca con razón que la
aprobación de esas leyes tuvo lugar bajo la fuerte presión de la Casa Blanca,
que incluyó una gira por la región de Donald Rumsfeld, quien por entonces se
desempeñaba como secretario de Defensa. Mediante la primera se habilitaba la
aplicación en la Argentina de lo establecido por la Convención Interamericana
contra el Terrorismo de la oea, aprobada en Barbados en 2002. Por la segunda,
se con-validaba el Convenio Internacional para la Represión de la Financiación
del Terrorismo, votado por la onu el 9 de diciembre de 1999. Pero, al igual que
en el resto de América Latina, la aprobación de esas dos leyes no sació los
apetitos del imperio. Como recuerda Emilio Marín, luego vino una tercera,
220 Ver su “Exporting the Patriot Act? Democracy and
the ‘war on terror’ in the Third World” en Third World Quarterly,
Vol. 28, Nº 5, 2007, pp. 1017-1032.
221 Ver “El tablero de la intervención de Estados
Unidos en América Latina”, de Stella Calloni, 3 de noviembre de 2008, en <http://cetedo.org/leer.php/7137735>.
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y posteriormente una cuarta, aprobada
prácticamente a libro cerrado y sin debate serio en diciembre de 2011222. Como concluye Calloni, con estas
leyes –¡y las que todavía vendrán!– Washington diseña una estrategia similar a
la que “se impuso durante el reinado de la Doctrina de Seguridad Nacional (de
Estados Unidos) en el marco de la llamada ‘Guerra Fría’ y que sembró de
dictaduras el continente”223.
Por supuesto, lo que hemos descripto
para la Argentina se aplica por igual, y a veces con rasgos aún más marcados, a
la mayoría de los países de América Latina; Colombia, Chile y Perú, por ejemplo224. En todo caso, y retomando el hilo
de nuestra argumentación, durante la segunda mitad de la primera década de este
siglo la resistencia popular perdió buena parte de su impulso original, dando
inicio a un ciclo de desmovilización y reflujo. No quiere esto decir que
hubieran cesado las luchas, protestas y resistencias de los pueblos en contra
de la renovada agresividad militar, económica y comer-cial del imperialismo.
Pero aquellas carecían de la fuerza, la organicidad y la gravitación que
exhibían apenas unos años antes. Vista en perspectiva, la segunda mitad de la
primera década del siglo es una etapa de estancamien-to, cuando no de abierto
retroceso, de los movimientos en la mayoría de los países de la región. Sin
embargo, ese ciclo fue de corta duración, porque las tentativas golpistas,
fracasadas en Bolivia y Ecuador, desgraciadamente exi-tosa en Honduras y
Paraguay, o desestabilizadoras, como las de Argentina a partir de 2008, junto
con las tensiones originadas por la exacerbación de la crisis general del
capitalismo en ese mismo año y –en algunos países de Sudamérica– la
conmemoración del bicentenario de la independencia pre-cipitaron el
relanzamiento de la movilización política, la conflictividad social y el
activismo de los movimientos sociales. Sin los bríos de antaño, tal vez, pero
como indicación clara de que se estaba iniciando un nuevo período, en donde las
grandes movilizaciones estudiantiles en Chile y Colombia y las luchas contra la
megaminería a todo lo largo de la cordillera de los Andes tomarían
decisivamente el papel de la vanguardia.
Estos indicios parecerían señalar
que, en el 2012, estaríamos en la fase inicial de un nuevo ciclo ascendente,
cuya duración, intensidad y consecuen-cias políticas es imposible por ahora de
pronosticar. Pese a los recaudos que exige el asunto, podría decirse que la
gran mayoría de estas recientes movili-zaciones tienen un signo similar: son
claramente opuestas al neoliberalismo y, en no pocos casos, también al
capitalismo, lo cual es sumamente alentador.
222 Ver “Por pedido de Washington,
sale la cuarta ley antiterrorista”, de Emilio Marín, en <www.laarena.com.ar/opinion-por_pedido_de_washington__sale_la_cuarta_ley_antiterroris-ta-68625-111.html>.
223 Stella Calloni , “El tablero”, op. cit.
224 Al respecto, ver <http://ecomapuche.com/ecomapuche/index.php?option=com_content&vie w=article&id=153:redazione-adital&catid=43:noticias-espanol&Itemid=59>.
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IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Esta tendencia es congruente con los
resultados que periódicamente arrojan las encuestas de opinión pública en
América Latina, y que demuestran que apenas poco más de un cuarto de la
población se declara satisfecho con el funcionamiento de la economía de
mercado, una cifra claramente minoritaria que, sin embargo, no mueve a ningún
gobierno a convocar a un plebiscito para oír la voz del pueblo, tomar nota de
su mandato y actuar en consecuencia225.
No obstante –más allá del heroísmo
tantas veces demostrado y de su abnegación militante–, se debe evitar el
endiosamiento de los movimientos sociales o caer postrados ante su
representatividad o democratismo interno. Los males que aquejan a muchos partidos
de izquierda también los padecen los movimientos, si bien no de igual manera o
con la misma intensidad. Pero allí también pueden encontrarse vicios tan
perniciosos como el verticalismo, el burocratismo, el sectarismo, los
personalismos, etcétera. Por eso no se trata de caer en una actitud maniquea,
del tipo: movimientos sociales = lo bueno, lo noble, lo sano versus los
partidos políticos = lo malo, lo innoble, la patolo-gía. Hoy es más que nunca
necesario superar ese esquematismo y enfrentar la realidad sin vendas en los
ojos.
Enseñanzas de la historia reciente
De acuerdo con lo que hemos señalado
en reiteradas oportunidades, exis-ten varias lecciones que se desprenden de
este abrupto renacimiento de las insurgencias populares en América Latina. En
primer lugar, la impostergable necesidad que tienen los partidos políticos,
animados por su afán de conso-lidar un proyecto emancipatorio, de concebir e
implementar una estrategia de poder que trascienda los estrechos límites de la
mecánica electoral. La evidencia de estos años, y no sólo en América Latina,
enseña que no se puede pretender transformar radicalmente un orden social
estructuralmente injusto y predatorio con las solas armas disponibles en la
escena electoral226.
225 Ante la pregunta específica sobre
cuán satisfecho se encuentra el entrevistado con el fun-cionamiento de la
economía de mercado, las cifras de los que manifestaban estar “más bien
satisfechos” o “muy satisfechos” fueron del 24% en 2002, 16% en 2003, 19% en
2004 y 27% en 2005. Ver “Informe 2005”, de Latinobarómetro (Santiago:
Latinobarómetro, 2005) pág. 63. Los redactores del Informe a lo largo del
tiempo no llegaban a ocultar su decepción por tan baja legitimidad de la
economía de mercado. En los últimos años la pregunta sencillamente fue
eliminada, al paso que se mantuvo otra, sumamente dirigida e inductora de
respuestas positivas por parte de los entrevistados, que con aparente
neutralidad solicitaba su opinión acerca de la siguiente frase: “La economía de
mercado es el único sistema con el que [país] puede llegar a ser desarrollado”.
Quienes estaban “muy de acuerdo” o “de acuerdo” (¡ante una pregunta tan sesgada
e inductora como esa!) sumaban el 56% en la medición de 2011. Ver el “Informe
2011” (Santiago: Latinobarómetro, 2011) pág. 92.
226 Sobre el tema de “cambiar el
mundo” ver la propuesta de John Holloway, ¿Cómo cambiar el mundo sin
tomar el poder? (Buenos Aires: Herramienta, 2002), y la que se
encuentra en sus antípodas, en la obra de Eric Hobsbawm, Cómo
cambiar el mundo (Barcelona: Crítica, 2011).
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IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Subrayamos eso de “transformar
radicalmente” porque no se debe olvidar que nuestra región es la que presenta
la más injusta distribución de ingresos y riquezas del planeta. Por lo tanto,
no será con medias tintas ni con políticas tibias como se resolverá esta
situación. La burguesía, por otro lado, jamás obra con tal ingenuidad y nunca
despliega una táctica única y, mucho menos, en un solo escenario de lucha como
el electoral.
Por el contrario, su presencia en ese
terreno se combina con otras ini-ciativas desplegadas en diferentes ámbitos
institucionales: huelgas de inver-siones, fuga de capitales, lock-outs,
presiones sobre los dirigentes estatales, articulación con aliados
internacionales que refuerzan su gravitación local, control de los medios de
comunicación y, más generalmente, de los “aparatos ideológicos”, mediante los
cuales pueden lanzar efectivas “campañas de terror” para intimidar o atemorizar
votantes, contubernios con las fuerzas armadas, cooptación de dirigentes
populares, corrupción de funcionarios públicos y legisladores, lobbies de
diverso tipo, movilización de masas; todo lo cual con-figura una estrategia
integral de acumulación y conservación del poder que ni remotamente se
circunscribe, como suele ocurrir con los partidos populares, a lo que pueda
acontecer en la arena electoral. Es cierto que para desplegar una estrategia
tan omnicomprensiva como esta se requiere de una serie de recur-sos
–materiales, organizacionales y simbólicos– que ninguna fuerza popular tiene
fácilmente a su disposición. Pero también es cierto que si los partidos de
izquierda quieren cambiar el mundo, y no sólo dar un lastimero testimonio de su
injusticia y perversión, tendrán que demostrar que son capaces de concebir y
aplicar estrategias más integrales que combinen, junto con la electoral, otras
tácticas y formas de lucha227.
Este es precisamente el terreno en el
cual los movimientos sociales han demostrado una creatividad superior a la
exhibida por las organizaciones polí-ticas. Los acontecimientos de los últimos
años en la región enseñan que aque-llos han adquirido una inédita capacidad
para desalojar del poder a gobiernos antipopulares, soslayando los mecanismos
establecidos constitucionalmente que, no por casualidad, se caracterizan por su
fuerte prejuicio elitista y por un ethos que, a falta de mejor
palabra, podríamos llamar como fuertemente “demofóbico”, es decir,
caracterizado por una intensa fobia al pueblo. Para la
Hemos examinado este tema y criticado las tesis de
Holloway en nuestro Reflexiones sobre el poder, el Estado y la
revolución (Córdoba: Espartaco Córdoba, 2007).
227 El tema de las formas de lucha y las
vías de la revolución es un clásico de la tradición marxis-ta. En América
Latina, Rodney Arismendi fue quien realizó un minucioso trabajo de exégesis del
pensamiento de Marx, Engels y Lenin, y lo volcó en su Lenin, la
revolución y América Latina (México df: Grijalbo, 1974) pp. 95-262.
Ver asimismo La estrategia y táctica socialista: de Marx y Engels a
Lenin, de Theotonio dos Santos y Vania Bambirra (México df: Era, 1980). Hemos
abordado esta temática también en sendos estudios introductorios al ¿Qué
hacer?, de Vladimir I. Lenin (Buenos Aires: Ediciones Luxemburg, 2004)
y ¿Reforma social o revolu-ción?, de Rosa Luxemburgo (Buenos Aires:
Ediciones Luxemburg, 2010).
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cultura política dominante en las así
llamadas democracias latinoamericanas de clara inspiración liberal, la política
es un asunto de elites y de instituciones, no de pueblos movilizados y de
gentes en las calles, y la ciudadanía no debe inmiscuirse en las transacciones
y componendas realizadas por los caballeros en cuyas manos descansa el
gobierno. Por eso, la legitimidad de la democracia es tan baja en nuestros
países. No es que, como algunos equivocadamente piensan, producto del atraso
los latinoamericanos no valoremos la democracia. Lo que ocurre es que aquello
que las clases dominantes y sus representantes políticos pretenden hacer pasar
por democracia no es sino una perversa pluto-cracia, a la que designan con el
nombre de democracia con la vana pretensión de ocultar que es un gobierno de
los ricos, por los ricos y para los ricos228.
Pero existe una segunda lección que
también es preciso tener en cuen-ta y que nos enseña que esta activación
saludable de las masas fracasó a la hora de construir una alternativa política
propositiva, es decir, que no sólo fuera reactiva y pudiera derrocar a
gobiernos antipopulares, sino que tam-bién condujera a la superación del
neoliberalismo y la inauguración de una etapa posneoliberal. La insurgencia de
las clases subalternas adoleció de un talón de Aquiles fatal que frustró esa
posibilidad, resultante de la convergen-cia de tres fenómenos íntimamente
relacionados: (a) la fragilidad organiza-tiva; (b) la inmadurez de la
conciencia política, y (c) el predominio absoluto del espontaneísmo como modo
normal de intervención política.
(a) En efecto, la indiferencia suicida
frente a los problemas de la organización popular, la conciencia y la
estrategia y la táctica de lucha plantea numerosos interrogantes. Para los
clásicos del marxismo –especialmente Lenin y Rosa Luxemburgo, más allá de sus
diferencias–, el asunto de la organización era una cuestión política de
extraordinaria importancia para el movimiento popular. El primero escribió más
de una vez que la organización “es la única arma de que dispone el
proletariado”. Cabe preguntarse, entonces: ¿cuáles serían las formas
organizativas más apropiadas que requiere la lucha popular en el contexto del
capitalismo contemporáneo y en la coyuntura particular de cada uno de nuestros
países? ¿Cómo se articulan esas formas entre sí, para potenciar la eficacia de
los proyectos emancipadores? ¿Cuál es el papel que les cabe a los partidos, los
sindicatos, la gran diversidad de movimientos sociales, asambleas populares,
piquetes, “juntas de buen gobierno” zapatistas, u otras formas precolombinas –importantes
en países como Bolivia, Ecuador y Perú– de organización como las que aún
existen en el mundo andino? ¿Cómo
228 Sobre este particular consultar
nuestro ya citado Aristóteles en Macondo. Sobre la baja
legiti-midad de las democracias realmente existentes en la región, no de la
idea democrática, ver también los sucesivos informes de Latinobarómetro. No es
casual, por último, que publica-
ciones del establishment como The
Economist y The Atlantic hayan comenzado a mostrar su
preocupación por el vigor de las tendencias plutocráticas evidenciadas en los
capitalismos democráticos en fechas recientes.
199
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
asegurar que las reivindicaciones
canalizadas por estas diversas estructuras organizativas se sinteticen en un
proyecto global que les otorgue coherencia y eficacia? Obviamente, es imposible
ofrecer una respuesta positiva desde la teoría. Lo que sí se puede afirmar, en
cambio, es que el “culto a la espontanei-dad” verificado en algunas situaciones
nacionales, como la Argentina de las jornadas de diciembre de 2001 y su
consigna “¡Que se vayan todos!”, demostró ser de una previsible esterilidad. La
fulminante irrupción de las masas, en la noche del 19 de diciembre, y los
fieros combates escenificados, sobre todo, mas no exclusivamente, en la Ciudad
de Buenos Aires y que tuvieron un costo de 38 vidas precipitaron la renuncia
del presidente De la Rúa. No obstante, poco tiempo después “las cosas volvieron
a su lugar”: se restableció casi intacto el sistema de dominación, obra que
demostró la consumada habilidad para esa clase de tareas del por entonces
presidente Eduardo A. Duhalde; la clase política, enterrada en las catacumbas
durante los sucesos de diciembre, comenzó a ensayar un cauteloso retorno en los
meses posteriores; y la política económica prosiguió su curso, con leves, muy
leves modificaciones. La mode-rada y prolija gestión del ministro de Economía
de Duhalde, Roberto Lavagna, es una prueba irrefutable de la continuidad del
proyecto neoliberal, si bien con algunos retoques marginales. El resultado más
perdurable de la insur-gencia popular fue una reconfiguración del sistema de
partidos, en la que la Unión Cívica Radical dejó de ser una fuerza nacional y
quedó convertida en un partido político con presencia en unas pocas provincias,
pero sin la menor posibilidad de volver a constituir por sí sola una opción
política en el plano nacional; el Frente País Solidario (frepaso), que de la
mano de Carlos “Cha-cho” Álvarez había sido el principal artífice de la
Alianza, desapareció de la escena política sin dejar rastros, y el peronismo se
convirtió en una laxa confe-deración de caudillos regionales pero que, frente a
la disgregación imperante, prevalece sin contrapesos en la política nacional.
Esto es así en virtud de tres factores: primero, la enorme gravitación de la
figura presidencial en un país hiperpresidencialista y de asfixiante
centralismo como la Argentina; segundo, la capacidad del Ejecutivo nacional
para –mediante variables combinaciones de persuasión y coerción, aceitadas por
una discrecional utilización de los recursos del Tesoro– disciplinar a sus
aliados y someter a sus enemigos; y finalmente, la persistencia de una vieja
tradición peronista, el “verticalismo”, que se traduce en un impulso
irresistible a someterse al liderazgo del jefe, sin importar para nada el rumbo
y la orientación de las políticas que lleve a cabo. Si Menem reconvierte al
peronismo en un neoliberalismo plebeyo, la tradi-ción del verticalismo le
asegura la fidelidad de sus seguidores; si luego Cristina Fernández de Kirchner
exalta las virtudes del neokeynesianismo, la respuesta será la misma. Esta
configuración de factores le otorga al peronismo una ven-taja prácticamente
imbatible en las urnas. Por consiguiente, si antes de 2001 el sistema
partidario argentino giraba en torno a la bipolaridad “peronismo-Alianza” y,
antes aún, “peronismo-radicalismo”, después de este año el sistema ha adquirido
una fisonomía claramente unipolar que no es amenazada, hasta
200
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
hoy al menos, ni por izquierda ni por
derecha. Si la revuelta popular amagó por momentos hacer saltar por el aire al
modelo neoliberal, con el paso del tiempo esa expectativa demostró ser
totalmente ilusoria, porque los funda-mentos profundos del neoliberalismo
–incapacidad (o falta de voluntad) del Estado para regular los mercados,
extranjerización de la economía, regresivi-dad tributaria, hegemonía del sector
financiero, pobreza, desigualdad socioe-conómica, vulnerabilidad externa,
etcétera– mantienen su plena vigencia, algo que pretende ser negado por el
“relato oficial”, que vanamente trata de escamotearlos de la vista del público.
Vale aquí la clásica observación de Lam-pedusa en El gatopardo:
“Algo tiene que cambiar para que nada cambie”229.
(b) En relación con el tema de la
conciencia radical y emancipatoria, por no decir revolucionaria, el problema
que se plantea es el de cómo lograr que los movimientos desarrollen un tipo de
conciencia que les permita trascender los límites que les impone la inmediatez
espontaneísta. No está de más recor-dar, una vez más, la vigencia del
clásico dictum de Lenin, cuando afirmó que “sin teoría
revolucionaria no hay práctica revolucionaria”. Los estómagos más delicados
pueden sustituir la palabra “revolucionaria” por otra menos indi-gesta, como
“emancipatoria”, pero la conclusión es la misma. Puede parecer demasiado
iluminista pero no importa: en ausencia de tal teorización, difí-cilmente podrá
haber prácticas de masas emancipatorias o revolucionarias. Sólo una teoría que
diga y demuestre que otro mundo es posible persuadirá a las masas a actuar;
ante la ausencia de una tal teoría la respuesta ha sido la resignación y la
desesperanza.
Por supuesto, tampoco aquí existen
respuestas rotundas por lo posi-tivo. Si, como suele decirse, el mal llamado
“modelo kautskiano” de la con-ciencia radical introducida presuntamente “desde
afuera” por intelectuales revolucionarios profundamente imbricados en las
luchas revolucionarias ha fracasado, ¿podría afirmarse que la estrategia
gramsciana de construcción de contrahegemonía desde las trincheras mismas de la
sociedad civil ha triunfado? Se trata, como puede verse, más que de
certidumbres, de preo-cupaciones abiertas y grandes interrogantes, cuyo
tratamiento es impres-cindible a la hora de encarar un proyecto de refundación
democrática. Este difícilmente podrá triunfar si es que antes no se prevalece
en aquello
229 Sobre los elementos de continuidad
del kirchnerismo con el modelo neoliberal, implantado por la dictadura genocida
de 1976 y profundizado por el menemismo en la infausta década del noventa, ver
mi “Néstor Kirchner y las desventuras del ‘centro-izquierda’ en la Argen-tina”,
cuya versión completa se encuentra en <http://biblioteca.universia.net/html_bura/ ficha/params/title/nestor-kirchner-desventuras-centro-izquierda-argentina/id/53239837. html>. Sobre la coyuntura, ver varias de mis notas, entre ellas, “Argentina,
2012: ¿qué hacer, y cuándo? Los desafíos de Cristina”, “Cristina recargada:
notas sobre las elecciones primarias en Argentina”, “¡Harto de escuchar que
‘hay que profundizar el modelo’!” y “Más sobre la exhortación a ‘profundizar el
modelo’”, todos ellos en <www.atilioboron.com.ar>.
201
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
que, siguiendo a Martí, Fidel ha dado
en llamar “la batalla de ideas”. En el crepúsculo de su corta vida, el primero
había dicho que “de pensamiento es la guerra que se nos libra. Ganémosla a
fuerza de pensamiento”. Toda la concepción gramsciana de la construcción de la
contrahegemonía guarda un notable parentesco con las primeras intuiciones
martianas. En efecto, ¿cómo hacer que las masas populares se lancen a la
conquista del poder estatal sin estar previamente convencidas de que tal
empresa es posible? Que, como en sus mejores momentos decía el Foro Social
Mundial, otro mundo es posible, además de necesario. Convencidas, además de la
importancia estratégica de la conquista del poder que, a juicio de todos los
grandes revolucionarios –desde Marx y Engels hasta Fidel y el Che, pasando por
Lenin, Rosa, Trotsky, Gramsci, Mao, Ho Chi Minh–, es el problema central de la
revolución. Pero tal convencimiento no es automático ni fácilmente adquirible.
Es por eso que pese al resonante fracaso de las fórmulas económicas del
neoliberalismo –que ni hicieron crecer nuestras economías como cuando estas
transitaban por los “rumbos equivocados” del estatismo y el dirigismo de los
años de la posguerra, ni demostraron tener la menor capacidad de redistribuir
la rique-za acumulada por las clases propietarias–, la persistencia del
neoliberalismo encuentra uno de sus factores explicativos en la fenomenal
victoria ideológi-ca obtenida a partir de la década del ochenta del siglo
pasado, cuyo impulso llega hasta nuestros días. Victoria en la crucial “batalla
de ideas”, que instaló en el imaginario popular la convicción de que el Estado
es fuente de todo tipo de ineficiencias y corruptelas, que la empresa privada
es la depositaria de las virtudes técnicas y morales, y que la mejor manera de
garantizar el progreso económico es desmantelando al primero por la vía de las
privatizaciones, la desregulación, la apertura comercial, la reducción del
tamaño y funciones del Estado, y fortaleciendo, en cambio, los mercados,
ámbitos privilegiados de la racionalidad económica y honestos e imparciales
asignadores de ganancias y pérdidas. El papel de los grandes medios de
comunicación, electrónicos e impresos, controlados casi absolutamente por los
bloques dominantes de nuestros países, fue de fundamental importancia para
consolidar la credibi-lidad del dogma neoliberal. Si a ello se le agrega la
confusión existente en las filas de la izquierda, oscilando entre una
reivindicación nostálgica y absolu-tamente acrítica del pasado y un derrotismo
disfrazado de falso “realismo” que conducía a la resignación política frente a
los embates de la globalización neoliberal, en el plano de la conciencia
popular los resultados difícilmente podrían haber sido mejores.
(c) Por último, en relación con la
cuestión de la estrategia y táctica, digamos que pese a la reconfiguración de
los sujetos sociales –producto, entre otras cosas, de las transformaciones
sufridas por las relaciones capitalistas de producción que pulverizaron y
desorganizaron el campo popular a la vez que homogeneizaron y organizaron a las
clases dominantes–, la adopción de una estrategia y una táctica adecuadas sigue
siendo un asunto de primordial
202
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
importancia. Esta divergencia entre
lo ocurrido a “los de arriba” y “los de abajo” puede sintetizarse, de manera
muy esquemática, en la contraposición entre el Foro Social Mundial nacido en
Porto Alegre y el Foro Económico Mundial que se reúne anualmente en Davos.
Mientras que el primero exhibe toda la riqueza de las “diferencias” –de
nacionalidades, género, etnias, len-guas, ocupaciones y profesiones,
religiones, educación, ideologías políticas, formatos organizativos, etcétera,
que constituyen el conglomerado popular mundial–, la reunión en la pequeña
ciudad de los Alpes suizos hace de la uniformidad de posiciones y coherencia de
perspectivas un culto cuidadosa-mente preservado. Y mientras en 2003 el Foro
Social Mundial, por ejemplo, fue incapaz de pronunciarse formalmente condenando
la inminente agresión que el imperialismo norteamericano perpetraría en Irak,
so pretexto de que una declaración política de ese tipo convertiría al fsm en
una nueva Interna-cional Comunista, con la indeleble marca del estalinismo en
sus entrañas, la Cumbre de Davos seguía convocando a gobernantes de todo el
mundo para “bajarles línea” y hacerles saber que los gigantescos oligopolios
allí reunidos esperaban de su parte la continuación y profundización de las
políticas del Consenso de Washington. Por último, mientras que el Foro Social
Mundial rechazaba explícitamente cualquier tentativa de siquiera pensar en un
mode-lo organizativo que potenciara la gravitación de los movimientos populares
en el escenario internacional, o al menos una elemental coordinación de los
numerosos frentes de lucha ¡contra los mismos enemigos: las transnacio-nales!,
el Foro Económico Mundial de Davos perfeccionaba sus diagramas organizativos
para reforzar aún más la gravitación de sus intereses a lo ancho y largo del
planeta.
En otras palabras, en el campo de los
movimientos sociales, las cuestiones de la estrategia y la táctica no gozan del
favor de la época, pues son erró-neamente percibidas como asuntos que sólo
revisten interés para algo tan anacrónico, según sus intelectuales orgánicos,
como los partidos políticos. Esto se percibe con toda nitidez en el plano
teórico si se examina la obra de Hardt y Negri, Imperio, que supo
tener un momento de gloria (afortunada-mente efímero) hace algunos años atrás
en las primeras versiones del Foro Social Mundial. En Imperio, los
movimientos sociales son concebidos como expresiones infinitas de la multitud y
esta, por su carácter descentrado, des-territorializado, molecular y nomádico,
es radicalmente incompatible con cualquier planteamiento de estrategia y
táctica. Para Hardt y Negri, tales pre-ocupaciones corresponden a una forma de
actuación política perteneciente a una época históricamente superada, la época
de los Estados nacionales y las clases sociales. Por lo tanto, se hace un culto
a la supuesta rebeldía de las multitudes nómades, algo que debería ser sometido
a cierta forma de corroboración práctica o empírica, y se abandona por completo
toda pre-ocupación por la organización, la estrategia y las tácticas de lucha,
con los resultados previsibles. Algo similar acontece con la obra de John
Holloway,
203
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
que, además, nos invita a dejar de
lado toda pretensión de conquistar el poder, de lo cual se desprende la
superfluidad de cualquier discusión sobre estrategia y táctica encaminada a ese
fin. Es preciso señalar que, a diferencia de Hardt y Negri, Holloway sigue
siendo un crítico implacable del capitalismo y un férreo proponente de la
sociedad comunista. Hemos criticado reitera-damente estas versiones
contemporáneas del romanticismo político –que desembocan en la impotencia
política, la resignación y la claudicación–, de modo que no insistiremos en
ello aquí. Digamos simplemente que, contraria-mente a estas teorizaciones de
moda, el problema de la estrategia y la táctica de las clases subalternas está
indisolublemente unido a las perspectivas de su propia emancipación, algo
impensable al margen de una correcta estrategia encaminada hacia la conquista
del poder. Esta no ocurrirá por una casuali-dad histórica, o como una concesión
graciosa de las clases dominantes. Por lo tanto, se trata de una cuestión fundamental.
Pero la victoria ideológica del neoliberalismo, que también se ha sentido en
las filas de la intelectualidad de izquierda, ha suprimido todas estas
cuestiones de la agenda de los partidos y movimientos interesados en la
emancipación social, dando origen a una serie interminable de frustraciones230.
230 Sobre el tema de la estrategia y
la táctica de las luchas populares hemos escrito un breve texto: “Strategy and
Tactics in Popular Struggles in Latin America”, en Socialist Register
2013 (Londres: Merlin Press, 2012). Próximamente daremos a conocer la
versión en castellano de este trabajo.
204
La cuestión geopolítica:
¿comienzos de una nueva época?
A los efectos de concluir este libro,
conviene que volvamos a nuestro punto de partida, tomar nota del camino
recorrido y recapitular a grandes rasgos qué fue lo que tratamos de demostrar.
Comenzamos examinando un con-junto de rasgos que caracterizan la decadencia del
imperio, cuyo centro, Estados Unidos, enfrenta inéditos desafíos. Ese país es
el foco de una crisis estallada en sus entrañas, en Wall Street, que aún no ha
sido resuelta pese a los fenomenales costos del “rescate” de los oligopolios, y
cuyas reales impli-caciones y consecuencias todavía no han salido plenamente a
la luz del día. Los problemas estructurales en su economía, evidenciados en los
déficits fis-cal y comercial, parecerían ya haberse vuelto incontrolables. Su
desorbitado endeudamiento público, que rebasa el volumen de su producto bruto,
con-tinúa creciendo de modo incontenible, lo que se plantea la pregunta, nada
académica sino eminentemente práctica, de hasta cuándo podrá Estados Unidos
seguir viviendo a costas del ahorro de los otros países. No sólo eso: se ha
profundizado su vulnerabilidad externa ante su alta dependencia de suministros
clave –especialmente petróleo y minerales estratégicos–, impres-cindibles para
mantener no sólo su superioridad militar, sino también su desaforado e
irracional patrón de consumo, mientras que el debilitamiento del dólar es
incontrastable y parecería no tener retorno.
El historiador Paul Kennedy sostuvo,
en un sugestivo aunque breve artículo, que “quedaron atrás los tiempos en los
que el 85% o más de las reservas de divisas internacionales consistían en
billetes verdes; las estadís-ticas fluctúan enormemente, pero la cifra actual
se aproxima más al 60%”. De ahí que concluya que, pese a los problemas que
enfrentan la Unión Europea y China, ya no resulta fantasioso imaginar un mundo
en el que haya tres grandes monedas de reserva –el dólar, el euro y el yuan–231. En relación con este punto se debe
ponderar un hecho que, a nuestro entender, no ha sido
231 “¿Hemos entrado en una nueva era?”, de Paul
Kennedy, en El País (Madrid) 3 de noviembre de 2011, en <http://elpais.com/diario/2011/11/03/opinion/ 1320274813_850215.html>.
205
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
adecuadamente integrado en muchos
análisis: en el momento actual no sólo las reservas internacionales se están
alejando del dólar, sino que también lo está haciendo el comercio mundial.
Pocos meses atrás Raúl Zibechi publi-có un artículo que aporta antecedentes muy
importantes para calibrar los alcances de esta progresiva pérdida de
gravitación del dólar en el comercio mundial y el papel que en este proceso
juegan los países que constituyen el brics. Según este autor, en diciembre de
2011 “China y Japón acordaron eliminar gradualmente el dólar en los pagos
mutuos para utilizar las mone-das nacionales (yen y yuan) en el comercio
bilateral. Más importante aún, Japón decidió comprar bonos chinos nominados en
yuanes”. Pero eso no es todo: China también estableció acuerdos similares con
Rusia, Bielorrusia y Australia, todo lo cual redundará en un fortalecimiento de
los lazos econó-micos entre esos países. Otra iniciativa de política económica
apunta en la misma dirección: si en 2006 el 74% de sus reservas –más de 3,2
millones de millones de dólares– estaban denominadas en dólares, a partir de
ese año comenzaron a descender lentamente, hasta caer, en 2011, al 54%. En
síntesis: una creciente proporción del comercio mundial ya se efectúa al margen
del dólar y apelando a otras monedas. Esquemas similares se han ensayado en
América Latina, dentro del mercosur –especialmente en las transacciones entre
sus dos socios mayores, Brasil y Argentina–, y con el Sistema Unitario de
Compensación Regional (sucre), en el marco de los países del alba232.
El presidente Rafael Correa en más de
una oportunidad ha dicho que la nuestra no es una “época de cambios, sino que
vivimos en un cambio de época”. Antes, Eric Hobsbawm había ya planteado su
original tesis acerca del “corto siglo xx”: este habría comenzado con el
estallido de la Primera Gue-rra Mundial, en 1914, para derrumbarse
estrepitosamente junto al Muro de Berlín en 1989, con lo cual, ciertamente,
empezó a cerrarse toda una época. La implosión de la Unión Soviética en 1991
fue el tiro de gracia que puso fin al siglo corto. Lo que siguió fueron casi
dos décadas de incertidumbre en donde los ideólogos del imperialismo
norteamericano anunciaron al mundo el amanecer de una nueva era unipolar que
duraría cien años. Ya hemos
232 “Los brics y la caída de otro
muro”, de Raúl Zibechi, en <http://alainet.org/active/53794>. Ver también “Exigen los brics
más influencia global” en La Nación (Buenos Aires) 15 de abril
de 2011, en <www.lanacion.com.ar/1365640-exigen-los-bric-mas-influencia-global>. Se incluyen en el brics a
Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. Estos países ya representan un 41% de
la población del planeta, casi el 20% del pbi global, una proporción en ascenso
del comercio mundial, y la mitad de la reservas en divisas y oro de la economía
mundial. Queda para otra ocasión el examen de hasta qué punto el brics
representa un bloque económico-político capaz de llevar adelante una estrategia
concertada en ciertos temas fundamentales. Adelanto nuestra opinión negativa,
lo cual, sin embargo, no significa negar la gravitación relativa que como grupo
posee en el sistema internacional y la economía mundial. Más sobre el
desplazamiento del dólar en la economía mundial en un cable de Russian TV:
“China no paga con la misma moneda”, en <http://actualidad.rt.com/economia/view/52753-se-echa-yuan-sorpresa-dolar-china-eeuu#.UEJskt7Ifg8.blogger> 1 de septiembre de 2012.
206
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
hablado del lobby y think
tank del Nuevo Siglo Americano y no volveremos a hacerlo ahora.
Digamos, en cambio, que sus rosadas profecías no soportaron las duras réplicas
de la historia y que el optimismo imperial se hizo trizas poco después. Ya en
2001 los atentados del 11-S demostrarían trágicamente que el corazón del
sistema estaba lejos de ser inexpugnable233. A su vez, la presión que venía acumulando la
caldera económica norteamericana comenzaría a emitir signos de inminente
peligro en 2007, para culminar con un tremendo estallido al año siguiente y
desencadenar la más grave crisis en la historia del capitalismo. Crisis, dicho
sea al pasar, en la cual aún nos debatimos y de la que difícilmente podamos
salir, a no ser apelando a fórmulas no capitalistas de gestión macroeconómica234. Por último, el fracaso de la guerra
imperialista en Irak, de donde Estados Unidos se retiró sin haber logrado sus
objetivos de apoderarse del petróleo iraquí, normalizar su explotación y
garantizar su acceso exclusivo al mismo, unido al empantanamiento –y segura
derrota– de sus fuerzas en Afganistán terminan por configurar un cuadro que
justifica con creces la tesis de que hemos ingresado a una nueva etapa
histórica.
En el ya mencionado artículo de Paul
Kennedy, el autor señala cuatro indicadores de esta transición epocal: el
primero es la irreversible erosión del dólar, símbolo idiosincrático del
imperio, hoy desafiado por otras monedas como veíamos más arriba y, más
importante, por inéditas realidades econó-micas, por lo tanto, políticas, como
la irrupción de China como la segunda economía del planeta; segundo, la erosión
y parálisis del proyecto europeo, carente de la visión y voluntad política
requeridas, debilitado por el estallido de los antiguos Estados nacionales, que
da origen a una ingobernable Unión Europea de 27 Estados (y a una “nueva
Europa” de 45 países), y desgarrado por las insalvables contradicciones entre
una pretendida moneda única, el euro, y la diversidad de políticas fiscales
nacionales, como lo demuestran sobradamente los casos de Grecia y otros países;
tercero, el incontenible ascenso económico pero también militar y político de
China y, detrás, de toda Asia, produciendo un significativo desplazamiento del
centro de gra-vedad de la economía y la política mundiales; el cuarto y último
indicador es “la lenta, firme y creciente decrepitud de Naciones Unidas, en
especial de su órgano más importante, el Consejo de Seguridad”, prueba más que
evidente del completo divorcio entre un “orden mundial” diseñado según la
correlación de fuerzas y los actores existentes a la salida de la Segunda
233 Esto, con independencia de si se
trató de un atentado o de un “autoatentado”, tesis que ha venido ganando
terreno en los últimos años. El grupo Académicos por la Verdad del 9-11 tiene
un sitio web en lengua castellana, con mucha información e interesantes enlaces
con los cuales el lector hallará sorprendentes datos que avalan la tesis del
autoatentado. Ver <www.argentina911truth.blogspot.com.ar/>.
234 Como se recordará, hemos abordado
este tema en nuestro Crisis civilizatoria y agonía del capitalismo.
Diálogos con Fidel Castro, op. cit.
207
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Guerra Mundial y la realidad
contemporánea, en la cual tanto la primera como los segundos han variado
considerablemente235. Sincronizar el “orden mundial” –concebido como el entramado de
instituciones, normas legales y reglas del juego establecidos para organizar el
flujo incesante de relaciones internacionales de todo tipo y de los más
diversos actores– con el “sistema internacional” (es decir, con la miríada de
vínculos que lo constituyen y sus múltiples jerarquías) será uno de los grandes
desafíos de estos próximos años. Tarea tanto más difícil si se tiene en cuenta
que en los últimos 20 años el “sistema internacional” experimentó tres
significativas mutaciones: hasta 1991, implosión de la urss mediante, era un
orden bipolar basado en el equi-librio del terror atómico coagulado a la salida
de la Segunda Guerra Mundial entre Estados Unidos y la Unión Soviética; entre
1991 y 2001, atentados del 11 de septiembre de ese año, el formato del sistema
internacional fue clara-mente unipolar; y a partir de 2002, de modo acelerado,
comienza la era del policentrismo, impulsado por un acelerado proceso de
multipolarización económica y política que convive con el unipolarismo
exclusivamente res-tringido al ámbito militar. Desde la conformación del
sistema internacional de Estados nacionales, luego de la Paz de Westfalia de
1648, las mutaciones en el orden mundial se medían prácticamente en siglos.
Ahora, tres signi-ficativas transformaciones se registraron en apenas dos
décadas. De ahí la inédita volatilidad –y peligrosidad– de la situación actual.
La respuesta imperial ante la crisis del viejo
orden mundial
No obstante, y retomando el análisis
de la crítica situación del centro impe-rial, ante este significativo proceso
de cambios la clase dominante estadou-nidense, aglutinada en torno al “complejo
militar-industrial”, no ofreció hasta ahora la menor indicación de que esté
dispuesta a sacrificar una mínima fracción de sus intereses y sus exorbitantes
ganancias con tal de apartar al país de un rumbo que lo lleva hacia una crisis
de incalculables proporciones. La actitud imperante es business as
usual. La respuesta reaccionaria ante estas funestas tendencias se revela
en dos planos. En lo internacional, por la acentuada militarización de la
política exterior estadounidense y, de hecho, de las relaciones internacionales
a lo largo y ancho del planeta, habida cuen-ta de la inigualable gravitación
que Estados Unidos continúa ejerciendo a nivel global. El corolario de esta
situación ha sido el endurecimiento de las políticas públicas exigidas por el
imperio en sus neocolonias, protectorados y países formalmente independientes
pero fuertemente condicionados por las directivas y presiones que se originan
en Washington: programas de ajus-te estructural, liberalizaciones, campañas
para desestabilizar y reemplazar –mediante letales “golpes de mercado”– a
gobiernos dignos y patrióticos con
235 Paul Kennedy, “¿Hemos entrado …”, op. cit.
208
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
coaliciones derechistas y sumisas a
los dictados del imperio, y la imposición de legislaciones antiterroristas son
algunos de los rasgos que tipifican estos impactos internacionales de la
militarización del imperio sobre los países de la periferia. En el plano
propiamente doméstico, Estados Unidos ha sufrido un notable retroceso en
materia económico-social, reconcentrando fenome-nalmente la renta y la
propiedad; en términos culturales, por el avance de expresiones políticas e
ideológicas profundamente reaccionarias (desde el Tea Party hasta la
abominación de la teoría evolucionista –considerada como una mera hipótesis sin
sustento empírico– y su reemplazo por las “certezas” que se desprenden de la
Biblia); y en lo político, por el endurecimiento de su gobernanza,
introduciendo legislaciones y restricciones cada vez mayores al ejercicio y
disfrute de los derechos civiles y las libertades democráticas236.
Tal como lo señalamos anteriormente,
la posición relativa de Esta-dos Unidos en la economía-mundo, para usar la
expresión de Immanuel Wallerstein, constituye una aberrante anomalía. Jamás
antes en la historia de los imperios el centro imperial era a su vez el deudor
de sus colonias (o neocolonias). Un vistazo a lo ocurrido en el pasado
comprobaría que los centros imperiales (Roma, Madrid, Lisboa, Amsterdam, París,
Londres) eran invariablemente grandes acreedores de sus “provincias
exteriores”. No ocurre lo mismo con el imperio actual, cuyo centro no cesa de
debilitarse al paso que se endeuda exponencialmente, lo que lo impulsa a
preservar su predo-minio apelando cada vez más a la fuerza, si bien –y esta es
una particularidad de este imperio, a diferencia de los que lo precedieron–
combinada con un enorme esfuerzo desplegado en el campo de la lucha ideológica
a través de su poderosa industria cultural. Cuando se inició esta parábola
descendente, hace un cuarto de siglo, Wallerstein diagnosticó precozmente estas
tenden-cias al decir que “los Estados Unidos han perdido su ventaja en el
terreno productivo […]; y su poderío político y militar ya no es el que era
antes. Su capacidad para dictar sus condiciones a sus aliados (Europa y Japón),
inti-midar a sus enemigos y avasallar a los débiles se encuentra grandemente
disminuida. Compárese, si no, la forma en que Estados Unidos intervino en la
crisis de República Dominicana en 1965 con las enormes dificultades para
intervenir en la guerra civil en El Salvador en los años ochenta”237. Para no hablar, agregaríamos
nosotros, de la total impotencia del imperio para
236 Temas estos que hemos examinado
en un libro ya citado, El lado oscuro del imperio. La vio-lación de los
derechos humanos por Estados Unidos. Más recientemente, la American Civil Liberties
Union denunciaba que cada día la Agencia Nacional de Seguridad (National
Secu-rity Agency) “intercepta 1.700 millones de correos electrónicos, textos,
llamadas telefónicas y todo tipo de comunicaciones electrónicas”, lo que en
virtud de la nueva legislación en la materia puede hacerse sin previa
autorización de un juez y de manera absolutamente arbi-traria e irresponsable.
Ver <www.aclu.org/national-security/nsa-unchained-infographic>.
237 Immanuel Wallerstein, The politics of
the world-economy. The states, the movements and the civilizations (Cambridge:
Cambridge University Press, 1984).
209
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
derrocar a los legítimos gobiernos de
Venezuela, Bolivia y Ecuador, y los ele-vados costos que tuvo que pagar para
destituir a José Manuel “Mel” Zelaya en Honduras, un país que anteriormente la
Casa Blanca dominaba a su antojo.
Ahora bien, la decadencia
imperialista plantea serias amenazas a la humanidad porque, también a
diferencia de casos anteriores, el hundimiento del centro imperial y del
sistema en su conjunto ahora pone en peligro a la humanidad, a la propia
supervivencia de nuestra especie. Se estima que exis-ten alrededor de 20 mil
ojivas nucleares en manos de ocho países (Estados Unidos, Rusia, Francia, Reino
Unido, China, Israel, India y Pakistán), además de un número indeterminado de
otras que quedaron en poder de mafias u organizaciones armadas de carácter
privado al desintegrarse la Unión Sovié-tica, o que fueron adquiridas en el
vibrante mercado negro de armamentos en el cual participan todos los demás
países. El peligro que entraña tan impresionante arsenal nuclear es un tema
recurrente en las “Reflexiones” del comandante Fidel Castro Ruz, que alerta con
sensatez sobre los riesgos sin precedentes que corre la supervivencia de la
vida en el planeta Tierra. Se le atribuye a Albert Einstein haber dicho, poco
después de Hiroshima y Nagasaki, que “no sé cómo será la Tercera Guerra
Mundial, pero sí la Cuarta: se luchará con piedras y palos”, ilustrando de este
modo su convicción de que una nueva guerra mundial, con la tecnología
disponible en aquella época –mucho menos letal que la actual–, regresaría a la
humanidad a la Edad de Piedra. Y eso, diría con su refinado humor negro el
filósofo húngaro István Mészáros, “¡a la Edad de Piedra si tenemos suerte!”.
La gravedad de la situación no pasa
desapercibida para la clase domi-nante de Estados Unidos, y el tema del control
de los bienes comunes sobre-sale claramente en la agenda. Tal como observa el
historiador colombiano Renán Vega Cantor, algunos representantes políticos
expresan con evidente nerviosismo su preocupación. Spencer Abraham, quien se
desempeñó bajo el gobierno de George W. Bush como secretario de Energía,
declaró que Esta-dos Unidos “enfrenta una mayor crisis de suministro de energía
durante las próximas dos décadas”. Y advertía que, como consecuencia, “el
fracaso para encarar este desafío amenazará la prosperidad económica de nuestra
nación, comprometerá nuestra seguridad nacional y literalmente alterará la
forma en que nosotros llevamos nuestras vidas”. Representantes del establishment mili-tar
hicieron oír idénticas inquietudes: algunas de ellas fueron dadas a conocer ya
en estas páginas, de modo que no las reiteraremos ahora aquí. Añadimos, eso sí,
una declaración de Ralph Peters, un teniente coronel retirado del ejército de
Estados Unidos y actual columnista de New York Post, quien ya en un
artículo de 1997 advertía que “no habrá paz. En cualquier momento durante el
resto de nuestras vidas habrá múltiples conflictos, bajo formas mutantes, en
todo el globo. Los conflictos violentos dominarán los titulares de la prensa,
pero las luchas culturales y económicas serán más constantes y, en última
instancia, más decisivas. El rol de facto de las fuerzas armadas de Estados
Unidos será hacer del mundo un lugar seguro para nuestra economía
210
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
y abierto a nuestro asalto cultural.
Con esos objetivos, mataremos a una con-siderable cantidad de gente”. Una
versión posterior de ese mismo artículo reconocía, en línea con los postulados
del grupo del Nuevo Siglo Americano, que “el próximo siglo ciertamente será
americano, pero también muy convul-sionado. Estaremos envueltos en permanentes
conflictos, la mayoría de ellos violentos”. Y en un trabajo más reciente, de
2009, afirmaba que en la guerra sólo la victoria cuenta. Y que si no se puede
ganar “con métodos limpios, hay que ganar apelando a los sucios”, y que “aunque
ahora pueda parecer impensable, las guerras futuras podrían requerir censura de
prensa y, en caso extremo, ataques militares a la prensa partisana”238.
La cacería de los bienes comunes y América Latina
Ante esta situación, los países de
América Latina adquieren una renovada importancia. Ya la tenían en el pasado,
como lo recordamos al comienzo de este texto. Pero en la actual carrera hacia
el control de los recursos, aquella se ha acrecentado aún más. La riqueza,
principalmente de América del Sur, en materia energética (petróleo, gas,
hidroelectricidad), en minerales estra-tégicos, en biodiversidad, en agua, en
alimentos convierte a esta región en un imán irresistible para los apetitos del
imperio. La emergencia de una nueva potencia económica global como China, que
en pocos años no sólo está llamada a superar en tamaño el pbi de Estados
Unidos, sino que lo cuadru-plica en población, ha conmovido profundamente a la
economía mundial. Sumados, los países del corazón del capitalismo avanzado
(Estados Unidos, Alemania, Japón, Francia y Gran Bretaña) apenas llegan a ser
el 9,4% de la población del planeta. La irrupción de China en esta carrera por
los recursos ha agregado en apenas veinte años un 19,5% más de potenciales
demandan-tes, a los que es preciso añadir el 17,5% que añade la India, cuya
participa-ción en la cacería mundial de los bienes comunes será inexorable,
como su creciente activismo internacional lo demuestra. Si bien no toda la
población de estos dos países participa de esta febril corrida, no cabe duda de
que esa
238 Ver Renán Vega Cantor, “Crisis y
contraofensiva imperialista…”, op. cit. El artículo de 1997, titulado “Constant
conflict”, fue publicado enParameters, una revista del Colegio de Guerra
del Ejército de Estados Unidos. El titulado “Wishful thinking and indecisive
wars” se publicó en Journal of International Security Affairs, Nº
16, primavera de 2009, una publicación del Instituto Judío de Asuntos de
Seguridad Nacional, con sede en Washington. Por supuesto, hay quienes aseguran
que estas opiniones no reflejan sino la patológica idiosincrasia de su autor.
Sin embargo, reproducen con claridad una actitud que nos atrevemos a decir es
mayoritaria en el establishment militar norteamericano, la
derecha estadounidense y, por supuesto, los principales beneficiarios de los
pingües negocios del complejo militar-indus-trial. Sobre el tema de la
contraofensiva, ver asimismo el penetrante ensayo de Narciso Isa Conde, Los
halcones atacan. Estrategia de eu en el siglo xxi y alternativa revolucionaria (Santo Domingo: Tropical,
2002).
211
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
será la tendencia dominante en los
próximos años239. Ergo, si ya hoy no hay agua para todos (según un informe conjunto de
fao/unicef del año 2008, 884 millones de personas –¡tres veces la población de
Estados Unidos!– no tienen acceso a agua potable), menos la habrá cuando
millones y millones más necesiten acceder a ese vital elemento; si ya hoy no
existen suficientes alimentos (porque una parte creciente de ellos se reorienta
hacia la produc-ción de agrocombustibles), menos lo habrá mañana; si ya hoy el
petróleo es preciso extraerlo de campos cada vez más lejanos o profundos (o
como recor-daba Fidel en su conversación con los intelectuales en febrero de
2012, Wash-ington tiene planes de contingencia para hacer que Arabia Saudita
extraiga hasta 20 millones de barriles por día, indiferente ante lo que ocurra
con ese país cuando sus pozos se sequen), peor será la situación en las
próximas décadas cuando el petróleo se agote. Máxime cuando la industria
cultural del capitalismo, y más específicamente la publicidad, impulsa a
grandes masas de la población al consumo indiscriminado e irresponsable de toda
clase de productos, con el consiguiente despilfarro de recursos naturales.
Tal como señalamos antes, la “carga
ecológica” que soporta el planeta Tierra ya ha sido sobrepasada. Se necesita
más de uno, pero no lo tenemos. De ahí las ominosas resonancias del diagnóstico
de Elmar Altvater:
Las otrora ingentes reservas de
petróleo barato, “convencional” están agotándose, el punto de inflexión (peak
oil) de los combustibles fósiles ya fue alcanzado. Con una demanda
creciente y una oferta en baja
[…]muchos países se ven obligados a
recurrir de nuevo a las reservas de carbón cuya combustión produce mayor efecto
invernadero que el gas o el petróleo. […] El crudo tradicional ya es
reemplazado por arenas alquitranadas, lodos bentoníticos, alquitranes y también
por el combustible que se obtiene de costosas perforaciones en el mar. La
combustión de estos derivados emite mucho más gases tóxicos que los
hidrocarburos convencionales240.
La conclusión a la que llega este
autor es que el agotamiento de un régimen de energía fósil, o de una matriz
energética, plantea obstáculos insalvables a las nociones tradicionales de
progreso y desarrollo. A su juicio, existen dos ejemplos recientes que
respaldan su aserto: el derrame de petróleo en el Golfo de México y la
explosión de los reactores nucleares de Fukushima. Según
239 Suponiendo que apenas un tercio de la
población total de China e India acceda al patrón de consumo estadounidense eso
significa incorporar a la carrera por los (escasos y finitos) bie-nes públicos
del planeta a unos 800 millones de personas, es decir, una población mayor que
la de toda Europa (cuya incorporación al modelo de consumo norteamericano se
produjo a lo largo de un siglo) o más de dos veces la población de Estados
Unidos. ¡Y todo en apenas una generación!
240 Elmar Altvater, Los límites del capitalismo,
op. cit.
212
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Altvater, ambas adversidades
“demostraron de manera dramática que la com-binación de energía fósil y energía
nuclear ha llegado a una etapa terminal”241.
Para resumir: la matriz energética de
la “civilización” capitalista (para llamarla de alguna manera)242 basada en la energía fósil ha
entrado en una irreversible pendiente declinante y los sustitutos disponibles
en el momento no sólo tienen un mayor impacto contaminante, sino que el daño
que inmediatamente provocan al medio ambiente es aún más grave243. El mundo no resiste otro siglo de
depredación ambiental como el que conoci-mos en los últimos cien años. Hace
pocos meses, el periódico británico The Guardian publicó una
nota sobre los “seis recursos naturales más deman-dados por los 7 mil millones
de habitantes del planeta”. Su respuesta fue la siguiente: en primer lugar, el
agua, sin la cual no hay vida. Pero en diversos estudios la fao viene advirtiendo
que “para 2025, 1.800 millones de per-sonas vivirán en países o regiones
padeciendo escasez absoluta de agua”. Segundo, petróleo: las predicciones más
optimistas (por ejemplo, las que subestiman la expansión de la demanda)
aseguran que no duraría más allá de 2056. Otros pronósticos acortan
significativamente este plazo. Tercero, gas natural, que se agotaría alrededor
del año 2070. Cuarto, fosfatos, esen-ciales para acelerar el crecimiento de las
plantas y, por ende, para alimentar a la creciente población mundial. Se
produce principalmente en tres países: Estados Unidos, China y Marruecos. Las
estimaciones sobre la duración de las reservas probadas oscilan entre 50 y 100
años. Quinto: carbón, que es la reserva más grande entre los combustibles
fósiles. Podría durar 188 años, pero ocasionando un devastador empeoramiento
del “efecto invernadero”. Sexto, tierras raras, un conjunto de 17 minerales de
uso muy extendido, desde superimanes en turbinas para la aviación hasta
circuitos electróni-cos. El problema es que el 97% de las reservas probadas de
tierras raras se encuentra en China, aunque podría haber más en otros países,
lo que aún no ha sido confirmado244.
241 Elmar Altvater, Los límites del
capitalismo, op. cit.
242 Interrogado por un periodista
acerca de qué pensaba sobre la civilización occidental, Mahatma Gandhi
respondió, con un dejo de ironía: “Podría ser una buena idea”.
243 El especialista Michael Klare
advierte que en la medida en que se continúe la temeraria bús-queda de “energía
extrema” –petróleo, gas natural, carbón y uranio extraídos de áreas insegu-ras
desde el punto de vista geológico, ambiental y político– habrá que estar
preparados para admitir la ocurrencia de un número creciente de catástrofes
como la ocasionada por British Petroleum en el Golfo de México. En su artículo
menciona cuatro posibles, no inexorables pero sí dotadas de un alto grado de
probabilidad, una de las cuales podría escenificarse en los yacimientos
submarinos de petróleo de Brasil. Ver su “BP-style Extreme energy nightmares to
come: four scenarios for the next energy mega-disaster”, 22 de junio de 2010,
en <www.tomdis-patch.com/blog/175264/michael_klare_the_coming_era_of_energy_disasters>.
244 Ver <www.guardian.co.uk/environment/blog/2011/oct/31/six-natural-resources-population?intcmp=122>.
213
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Que el mundo no resiste más otro
siglo de capitalismo, y tal vez menos, cincuenta años, lo prueba
concluyentemente la gráfica que insertamos a continuación. Elaborada por la New
Economics Foundation, un tanque de pensamiento progresista de Gran Bretaña, demuestra
inequívocamente los límites de la ya mencionada “segunda contradicción del
capitalismo”.
La generalización universal del American
way of life, promocionada mundialmente por la industria de la publicidad y
las propias agencias de los Estados capitalistas, desafía la más elemental
aritmética de los recursos y conduce a la humanidad a un abismo. Si el nivel de
consumo de los Estados Unidos se generalizase a toda la población del globo
necesitaríamos cinco planetas y un cuarto para disponer de las materias primas,
minerales, com-bustibles y alimentos requeridos para sustentarlo. Si lo que se
generalizara fuera el patrón dominante en el Reino Unido o Francia,
necesitaríamos tres planetas, dos para el caso de Brasil, y así sucesivamente.
Mientras, el modelo de consumo de la India podría generalizarse sin grandes
problemas, pues para sostenerlo sólo necesitaríamos algo menos de la mitad de
los recursos que ofrece la Madre Tierra. En otras palabras, este irresoluble
desequilibrio demuestra la inviabilidad del capitalismo como sistema mundial.
Para sobre-vivir se requiere instituir un sistema –mezcla de manipulación
ideológica, masivos lavados de cerebro y un formidable aparato militar– que
haga posi-ble que los ricos sobreexploten y se apropien de los bienes comunes,
de los cuales habrá que privar a la inmensa mayoría de la población del
planeta, comenzando por el agua. Esto se traduce en una infame ley de hierro:
para que aquel 20% más rico de la población mundial continúe consumiendo como
lo hace será preciso que el 80% restante sobreviva al borde de la indi-gencia,
siendo frustrados testigos y víctimas de intensas campañas publici-tarias que
los incitan a imitar un estilo de vida y consumir bienes que jamás podrán estar
a su alcance.
214
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Número de planetas requeridos hoy para sostener al
mundo si extrapolamos el consumo de cada país al resto del mundo
Estados Unidos
Reino Unido
Francia
Alemania
Rusia
Brasil
Mauricio
China
India
Malawi
Fuente: Wim Dierckxsens (comp.) Siglo xxi: crisis de una civilización (Quito: Editorial del iaen,
2011) pág. 102.
Dados estos antecedentes, la lucha
por apropiarse de los bienes comunes que ofrece el planeta se tornará cada vez
más feroz. Y América Latina, especial-mente Sudamérica, por sus enormes
riquezas, se encuentra en el medio de ese combate. Los estrategas del imperio
lo saben muy bien, pero ¿también lo saben nuestros gobiernos y nuestros
pueblos?245.
245 Un ejercicio interesante sería
ver nuevamente el film Blade Runner, película basada en una obra
escrita en 1968 que propone una distopía estremecedora, cuyo telón de fondo es
el
215
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Hablábamos antes de la decadencia
imperial. Recordemos que en su fase de descomposición, los imperios se tornan
más agresivos y brutales. Lejos de aceptar resignadamente su ocaso, imponen
crueles escarmientos a los pueblos que luchan por emanciparse del yugo imperial
y arremeten con más violencia en el saqueo de los bienes comunes. Esta
agresividad se potencia cuando, simultáneamente, emergen otros centros
internaciona-les de poder que, con sus intereses, ponen en cuestión sino su
predominio global al menos su pasada apropiación de los recursos que necesitan
para su mantenimiento. Por eso resulta inevitable volver a hablar de China. Si
la recuperación europea y japonesa luego de la Segunda Guerra Mundial pudo
realizarse a la sombra del predominio norteamericano y en función de sus
intereses, muy distinta es la historia de China. Esta no sólo pareciera estar
pudiendo amortiguar (no neutralizar, sino amortiguar) el impacto de la crisis
–movilizando su inmenso mercado interno y gracias a las políticas realizadas
para fortalecerlo, precisamente en prevención de un shock de
la economía mundial–, sino que agrega un elemento que complica aún más al ya de
por sí enrevesado tablero geopolítico mundial. En pocos años más, China será la
primera economía del mundo pero atribulada por una serie de problemas de
difícil solución que conmoverán la escena internacional: tiene serios déficits
alimentarios, energéticos, de materias primas y de agua, todo lo cual posee en
exceso América del Sur y en cierta medida África. Esto explica la creciente
presencia del país asiático en Nuestra América, toda vez que el crecimiento
futuro de China se encuentra trabado por aquellas falencias, algo que su enorme
inversión en ciencia y tecnología, así como el impetuoso desarrollo de su sistema
universitario (¡China contempla la creación de varias centenas de nuevas
universidades en los próximos años!), no alcanza a compensar.
De ahí la importancia de América
Latina: una región que si se desarro-lla y tiene éxito en su proceso de
integración económica y política, se conver-tiría, con su pbi combinado cercano
a los 6 billones (6 millones de millones) de dólares, en la cuarta economía del
planeta, luego de la Unión Europea, Estados Unidos y China, y superior a Japón,
Alemania e India. Como decía-mos más arriba, esto coloca a nuestra región en
una situación muy especial, convertida en un coto de caza fragorosamente
disputado en un sistema internacional sometido a profundas mutaciones y en
donde la carrera hacia los recursos materiales es cada vez más vertiginosa246. Del cuadro que hemos presentado:
declinación relativa de Estados Unidos, estancamiento en
agotamiento del petróleo. Escenificada en Los
Ángeles en el año 2019, la práctica desapari-ción de ese combustible da origen
a truculentas batallas y a las mayores atrocidades.
246 Con la incorporación de Venezuela al
mercosur el producto bruto combinado de los países que lo integran equivale a
unos 3,4 millones de millones de dólares, lo que convierte a este acuerdo
comercial en la quinta economía del mundo, detrás de Estados Unidos, China,
Japón y Alemania. Datos tomados del World Factbook (Washington
dc: cia, 2012).
216
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Europa y Japón, recuperación del
protagonismo de Rusia en la arena mun-dial, creciente gravitación de países
como la India, Indonesia, Sudáfrica y Brasil, y, sobre todo, el incontenible
ascenso económico y, por consecuencia, también político de China retratan un
panorama caracterizado por una muy significativa redistribución del poder
mundial que, como recuerda la historia, jamás transcurrió pacíficamente.
¿Transición hegemónica o fin del sistema
hegemónico?
Para calibrar los alcances de este
proceso habría que recordar que se trata de una transformación más profunda que
la que aconteció, en las primeras décadas del siglo xx, con el desplazamiento
del Reino Unido como poten-cia integradora del sistema imperialista y su
reemplazo por Estados Unidos. Serían varios los factores que diferenciarían un
caso del otro. Mencionemos apenas que el ascenso norteamericano y la hegemonía
de Estados Unidos se produjeron a expensas de un aliado incondicional como el
Reino Unido, con el cual compartía una tradición política, una identidad
cultural y una postura común frente al resto del mundo. China, la nación más
favorecida por la redis-tribución del poder mundial, no comparte con Estados
Unidos ninguno de aquellos atributos. Es más, si con el declinar de su
hegemonía el Reino Unido pudo transformarse en un socio menor del nuevo hegemón
norteamericano, China es su rival y, en el lenguaje de algunos estrategas del
Pentágono, el enemigo a derrotar. Sería temerario minimizar estas diferencias
esgrimiendo el argumento, poco convincente, de que “China es hoy tan
capitalista como Estados Unidos”, lo que superficialmente parecería ser cierto
pero que vistas las cosas en profundidad se convierte en algo mucho más
problemático.
Sin embargo, estas comparaciones
carecen de sentido una vez que se toma nota de un rasgo decisivo que tipifica
la presente recomposición del poder mundial, a saber: el hegemonismo como la
forma política global del sistema imperialista ha tocado a su fin, habiendo
sido sustituido por un deli-cado e inestable equilibrio de fuerzas entre una
potencia declinante pero aún sumamente poderosa –Estados Unidos– y varias en
alza –China y los países arriba mencionados–, pero sin que ninguna de ellas
esté en condiciones de ocupar el trono que Washington dejaría vacante, entre
otras cosas porque ese trono, el ápice de un sistema hegemónico, ha
desaparecido en la medida en que también lo hizo el sistema sobre el cual se
asentaba. Estados Unidos, claro está, sigue prevaleciendo en el sistema
internacional, pero lo hace más por la fuerza y la coacción (económica,
financiera, política, militar) que por su hege-monía. Parafraseando la clásica
formulación de Antonio Gramsci, podríamos decir que el predominio
norteamericano descansa cada vez más en las ame-nazas proferidas –a veces
aparatosamente, otras con mayor discreción– por Washington que en su capacidad
de dirección y en el reconocimiento que supo gozar otrora de su papel como
“vanguardia” de las energías mundiales. Pero, y esto es lo decisivo, aquel
predominio tropieza ahora con formidables
217
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
obstáculos y debe ser negociado paso
a paso, situación que antes era inimagi-nable habida cuenta de la abrumadora
hegemonía que Estados Unidos ejercía a partir de su superioridad económica,
financiera, política, militar e ideológi-ca. Ni China ni ningún otro país puede
reeditar la excepcional –si bien tran-sitoria– combinación de factores de poder
que Estados Unidos concentró en sus manos desde fines de la Segunda Guerra
Mundial. Y esto por un cúmulo de razones, pero principalmente porque el sistema
internacional se ha recon-figurado siguiendo un patrón más coherente con el que
rigió buena parte de su historia desde el Renacimiento, el llamado “concierto
de naciones”, un frágil y cambiante equilibrio en donde el primus inter
pares disponía de algunas prerrogativas, pero muy lejos de poder
imponer su voluntad sin efectuar signi-ficativas concesiones a los demás
“concertantes”. Tal como hemos demostrado en otros trabajos, la “hegemonía” es
una configuración excepcional –rara y de corta duración– en la historia del
sistema internacional de “Estados-nación”, que arranca desde la Paz de Westfalia
en 1648. El declivio, inexorable y cada vez más acelerado, de la hegemonía
estadounidense así lo comprueba247. Por lo tanto, estamos en presencia de un cuadro
global en donde la decadencia estadounidense se combina con la descomposición
del sistema hegemónico desde el cual Washington ejercía su supremacía. Ergo,
vacancia hegemónica sin remplazo del hegemón porque ese lugar ya no existe.
En la sesión inaugural del Centro de
Estudios Estratégicos de la Defen-sa de la unasur, que tuvo lugar en Buenos
Aires a finales de mayo de 2011, el analista de relaciones internacionales Juan
Gabriel Tokatlian planteó con claridad las dos principales dimensiones de este
proceso de redistribución del poder en el plano internacional, en parte
coincidente con las tesis de Paul Kennedy. En primer lugar, un desplazamiento
desde Occidente a Oriente; en segundo lugar, desde el Norte hacia el Sur. De su
análisis se desprendía la convicción de que el desplazamiento del centro de
gravedad del sistema internacional hacia Oriente tenía como dato alentador el
hecho de que, al menos en los últimos 150 años, esa región del planeta había
demostrado ser menos belicosa que Occidente, si bien esto debe ser
relativizado. El avance de los países del sur, no obstante, tiene menos relieve
que la transición que
247 Examinamos este asunto en un texto de
mediados de la década del noventa: “Towards a post-hegemonic age. The end of
Pax Americana?” en Security Dialogue, Vol. 25, Nº 2, 1 de junio de
1994, pág. 211, en <www.deepdyve.com/lp/sage/towards-a-post-hegemonic-age-the-end-of-pax-americana-D5YwplqFpL>. Algunos de esos temas fueron
retomados, casi una década después, en “Hegemonía e imperialismo en el sistema
internacional”, Ponencia de cierre de la xxi Asamblea General de clacso
(Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales), que tuvo lugar en La Habana,
del 27 al 31 de octubre de 2003. El trabajo se encuentra en Nueva
hegemonía mundial. Alternativas de cambio y movimientos sociales, de Atilio
A. Boron (comp.) (Buenos Aires: clacso, 2004) pp. 133-155. Ver
asimismo un par de textos recientes que aportan a la mejor comprensión de la
decadencia imperial: Chalmers Johnson, Dismantling the empire.
America’s last best hope (Nueva York: Metropolitan Books, 2010) y
Morris Berman, Why Ame-rica failed. The roots of imperial decline (Hoboken:
John Wiley & Sons, 2012).
218
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
tuvo lugar en la dimensión
Oriente-Occidente: ni Brasil ni India, para tomar los casos más ilustrativos,
han logrado hasta ahora gravitar decisivamente en el tablero geopolítico
mundial. Su radio de acción ha sido eminentemente regional y cuando alguno de
ellos trató de incursionar más allá de sus espa-cios “naturales” –como Brasil,
procurando mediar junto a Turquía en el con-trovertido tema del programa
nuclear iraní–, fue rápidamente desairado por la reacción imperial248.
Claro está que estos desplazamientos
no están exentos de problemas: para comenzar, porque la historia de las
hegemonías internacionales –asunto que Immanuel Wallerstein ha estudiado con
sumo detalle– estuvo siempre signada por guerras. La transición de la hegemonía
holandesa a la española, de esta a la británica y, posteriormente, a la
norteamericana transcurrió en medio de cruentos enfrentamientos, y no existen
razones para suponer que esta vez, en un mundo frenéticamente lanzado a la
cacería de recursos natu-rales, las cosas se desenvolverán siguiendo las reglas
de los que algunos libe-rales del siglo xviii llamaban “el dulce comercio”,
eficaz y civilizado sustituto de la barbarie bélica. En segundo lugar, porque
el desplazamiento del péndu-lo del sistema internacional hacia el mundo
asiático, y principalmente hacia China, lo instala en una región signada por
múltiples rivalidades, de muy hondas raíces históricas, que con creciente
fuerza se agitan en el continente asiático y que podrían eclosionar en cualquier
momento. Tercero, porque Asia es un continente, además, que cuenta con varias
naciones que disponen de significativos arsenales nucleares, cuyo efectivo
control por parte de las autoridades es, por lo menos en el caso de Pakistán,
dudoso. El conjunto de estas circunstancias no permite augurar una transición
pacífica y tranquila hacia un nuevo orden mundial post-hegemónico, es decir,
carente de un árbitro inapelable como en su tiempo lo fue Estados Unidos. Lo
más proba-ble serán las guerras, la inestabilidad política y las tensiones
internacionales. Este es, conviene recordarlo, también el diagnóstico de los
expertos militares de Estados Unidos, aunque no sean muchos los que como Ralph
Peters se atrevan a decirlo explícitamente.
Pese a este complejo conjunto de
condiciones, el papel de Estados Unidos seguirá siendo crucial. Antes que nada
porque es el garante último del capitalismo global y de todas las clases
dominantes del mundo que, enfrentadas ante cualquier tipo de amenaza, interna o
externa, buscan la protección del gendarme imperial249. Las contradicciones alimentadas por
la
248 Se debe agregar a lo anterior que
Brasil, pese a su creciente importancia internacional, no pudo neutralizar la
agresiva política estadounidense de rodear su rico territorio con bases
militares allí dispuestas para, cuando llegue el momento oportuno, abalanzarse
sobre la Amazonía.
249 Este tema es desarrollado in
extenso por Claudio Katz, Bajo el imperio del capital, op. cit.,
cap. 3.
219
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
lógica capitalista hacen que el
sistema pase a depender cada vez más de la aplicación de la violencia, tanto
para preservar el orden interno en las atri-buladas metrópolis imperiales
(recordar la forma en que fueron reprimidas las manifestaciones de los “indignados”
y los “okupas” en Europa y Estados Unidos pocos meses atrás) como para
garantizar el saqueo de los países de la periferia, cuyas fuerzas populares
están cada vez menos dispuestas a soportar las exacciones del imperio. Y aquí
aparece otra de las aberraciones del sistema: no sólo porque tiene un centro
debilitado económica y finan-cieramente, como ya vimos, sino también porque el
avance de un vigoroso y creciente multipolarismo económico y el policentrismo
político, impensa-bles hasta hace diez o quince años, coexisten con un grado de
unipolarismo militar que no tiene precedentes en la historia de la humanidad250. Y América Latina es una presa
especialmente atractiva, por ser la zona inmediata de protección militar del
centro imperial. Razón por la cual, y esto lo hemos venido diciendo desde hace
ya mucho tiempo, si Washington impuso manu militari la reforma
agraria para destruir las oligarquías latifundistas en Japón y
Corea del Sur, simultáneamente organizaba y financiaba a un ejército
mer-cenario para que invadiera y derrocara al presidente Jacobo Arbenz porque
estaba impulsando… ¡una moderada reforma agraria en Guatemala! Lo expresamos
muchas veces pero conviene reiterarlo aquí: en la retaguardia del imperio, como
tantas veces lo recordó el Che, no existe lugar siquiera para un reformismo
moderado, y a cualquier proceso de este tipo se le responde con el baño de
sangre de la contrarrevolución.
Estas constataciones, producto no de
una elucubración teórica, sino de las sobrias enseñanzas de la historia,
tropezaron en los últimos tiempos con las ilusorias expectativas despertadas
por el acceso a la presidencia imperial de Barack Obama, tema que hemos
analizado extensamente en El
250 Conviene aquí introducir una
breve aclaración: el multipolarismo actual poco tiene que ver con el que
existió, por ejemplo, a lo largo del siglo xviii y la primera parte del xix.
Allí los actores casi exclusivos eran los Estados (aunque la Iglesia desempeñaba
en algunos países un papel muy importante y en menor medida también lo hacía la
masonería). En la actualidad, como recuerda Richard Haass con preocupación,
“hay muchos más centros de poder, y muchos de estos polos no son
Estados-nación. De hecho, una de las características fundamentales del sis-tema
internacional contemporáneo es que los Estados-nación han perdido el monopolio
del poder y, en algunos casos, incluso su superioridad. Los Estados están
siendo desafiados desde arriba, por organizaciones regionales y globales; desde
abajo, por milicias; y por los costados, por una diversidad de ong y
corporaciones. El poder ahora se encuentra en muchas manos y en muchos sitios”.
No concordamos con el tono y lo categórico de su análisis porque obnubila la visión
de que en el multipolarismo actual existen notables concentraciones de poder
militar, económico y comunicacional en manos de un puñado de naciones, sobre
todo, aunque no exclusivamente, en Estados Unidos. Pero vale la pena tomar en
cuenta su comentario por pro-venir de un destacadísimo miembro del establishment político
y diplomático estadounidense, que refleja la visión del mundo de la clase
dominante imperial: Haass es actualmente director del influyente Council of
Foreign Relations. Ver su “La edad de la no polaridad: qué seguirá a la
dominación de Estados Unidos” en Foreign Affairs en Español,
mayo-junio de 2008.
220
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
lado oscuro del imperio. En efecto, en las últimas páginas
de ese libro afir-mábamos que la expansión de las bases y del gasto militar,
lejos de haberse atenuado con el reemplazo de Bush por Obama, se acentuó, y que
la reac-tivación de la amenazante IV Flota –preparada para navegar en las
“aguas azules” de los océanos, las “verdes” de los litorales, y las “marrones”
de los ríos interiores– no fue revertida por quien ostenta, para eterno
deshonor del Parlamento noruego, un título de Premio Nobel de la Paz. Y si en
los últimos años la “embajada” había participado activamente en distintos
golpes de Estado de la región (Haití desde el triunfo de Aristide, Venezuela en
2002) o en tentativas frustradas, como la de secesión y golpe de estado en
Bolivia de 2008, con Obama y ya no con Bush en la Oficina Oval se perpetra otro
en Honduras, esta vez exitoso y bendecido rápidamente por Washington. Al año
siguiente, otra tentativa, esta vez frustrada, estuvo a punto de derro-car al
presidente Rafael Correa en Ecuador, también con el beneplácito de Estados
Unidos que, a través de su subsecretario de Estado para Asuntos
Interamericanos, Arturo Valenzuela, minimizó el incidente caracterizándo-lo
como un simple episodio de “indisciplina policial”251. Todo esto no hizo otra cosa que
ratificar nuestro radical pesimismo acerca de los cambios que se podían esperar
de la nueva administración estadounidense252. Por otra parte, fue Obama quien firmó el acuerdo
con Álvaro Uribe que facilita a las fuerzas armadas de Estados Unidos la
utilización de por lo menos siete nuevas bases militares en Colombia, acción
que representa un atropello a la soberanía de ese país y una grave amenaza para
toda la región, sólo posible gracias a la incondicional sumisión del gobierno
de Uribe a los dic-tados del imperio. Y ha sido Obama quien ante el asesinato
de Osama bin Laden declaró que “se había hecho justicia”, afirmación que, si es
insólita en labios de una persona común y corriente, se convierte en algo
repugnante cuando el que la emite es un Premio Nobel de la Paz. Y fue la
secretaria de Estado de Obama, Hillary Clinton, quien estalló en carcajadas al
enterar-se del linchamiento de Muammar el Gadaffi. Episodios, todos estos, que
hablan de la irresistible vocación imperial de apuntalar un mundo que se
251 Refutando la versión de
Valenzuela y su jefa, Hillary Clinton, la misión de la onu que inves-tigó los
hechos ocurridos en septiembre de 2010 en Ecuador determinó que los mismos
fueron “un intento de desestabilización política”. Oscar Fernández, quien encabezó
un grupo de expertos de Naciones Unidas que llegó a Ecuador tras un pedido del
presidente Rafael Correa al secretario general de la organización, Ban Ki-moon,
sostuvo que el evento fue “un intento de desestabilización y una amenaza al
orden constitucional y democrático” de esta nación sudamericana. En otras
palabras, un intento golpe de estado. Ver <www.infonews. com/2012/01/21/mundo-7576-ecuador-la-onu-dice-que-fue-un-intento-de-golpe.php>.
252 A punto de ingresar este libro a
la imprenta se produjo el “golpe institucional” que derrocó al presidente
Fernando Lugo, del Paraguay, en un proceso en donde los intereses de algunas
grandes transnacionales norteamericanas y de la propia “embajada” fueron más
que eviden-tes. Sobre esto ver los varios artículos dedicados al tema en <www.atilioboron.com.ar>.
221
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
desploma a cualquier precio y
pisotear todos los escrúpulos morales que sean necesarios253.
En el marco de esta transición de un
imperialismo basado en un sistema internacional regido por una constelación
hegemónica, con un hegemón indiscutido e inapelable, a otro sustentado en el
multilateralismo y el concierto entre las naciones, la cuestión de la IV Flota
es de fundamen-tal importancia. ¿Por qué? Porque en función de los cambios
ocurridos en la doctrina militar de Estados Unidos, que obedecen a una atenta
lectura sobre las modificaciones ocurridas en el plano internacional, la marina
de guerra ha sido promovida al rango de arma principal de las fuerzas armadas
de Estados Unidos. Y esto es así porque es la única que asegura la proyec-ción
global del músculo militar de Estados Unidos requerido para proteger sus
intereses en el escenario mundial. En momentos en que se intensifica la disputa
por bienes comunes crecientemente inaccesibles o de costosa extracción, bienes
dispersos por toda la superficie del planeta, el control de los mares y de las
líneas marítimas de transporte retoma su condición prioritaria, tal como
ocurrió en la historia de viejos imperios coloniales como España, Portugal e
Inglaterra. Como observa Michael Klare en un trabajo reciente, la concentración
del foco de atención militar en la región Asia-Pacífico y, especialmente, en el
Mar de la China hizo que Washington reconfigure sus fuerzas reduciendo las
tropas de tierra y aumentando el presupuesto y el personal de la armada. Los
estrategas militares norteame-ricanos estiman que una tarea esencial de esa
fuerza será contrarrestar las estrategias de “antiacceso” y de “zona de
exclusión” que pudieran tratar de imponer sus enemigos potenciales para impedir
el flujo de los suministros que necesita Estados Unidos. ¿Antiacceso a dónde,
prohibición en dónde? La respuesta es inequívoca: allí donde existan recursos
que Estados Unidos considere imprescindibles para su seguridad nacional o para
preservar el estilo (norte)americano de vida. Esa es la misión que deberá
cumplir la IV Flota en aguas de América Latina y el Caribe254.
De lo anteriormente expuesto se
desprende una conclusión: desde los tiempos de William McKinley (1896-1901) –el
presidente que le arrebató a los patriotas cubanos la derrota y posterior
expulsión del colonialismo español en la isla mediante una tramposa operación
urdida en 1898, que, más tarde, en una fraudulenta interpretación histórica,
sería conocida como la Guerra Hispano-Americana– hasta nuestros días, el
imperialismo norteamericano
253 Bien distinta fue la reacción de
Obama y Hillary Clinton cuando se enteraron del asesinato de Christopher
Stevens, embajador estadounidense en Libia y otros tres diplomáticos
desta-cados en ese país. El que a hierro mata…
254 Ver “China es el enemigo”, de
Michael Klare, en Le Monde diplomatique, Nº 153, marzo de 2012, pp.
22-23, y F. William Engdahl, “China en la mira del Pentágono”, Frankfurt, 6 de
septiembre de 2012, en <www.voltairenet.org/_F-William-Engdahl_?lang=es>.
222
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
no hizo sino acentuar su dominio
sobre esta parte del mundo255. Pasaron presidentes demócratas y republicanos; estudiosos, cultos y
políglotas como Wilson, Franklin D. Roosevelt o Kennedy, o ignorantes,
semianalfabetos y rústicos como Reagan o Bush Jr.; civiles casi todos ellos o
militares como Eisenhower; “progresistas” en política nacional (liberals,
en la jerga estadou-nidense) como Kennedy, los dos Roosevelt (Theodore y
Franklin D.), Carter o Clinton; o conservadores como los Bush, padre e hijo,
Truman y el propio Eisenhower; honestos como Wilson o bandidos como Nixon. Pero
todos, sin excepción, trabajaron arduamente para someter a Latinoamérica y
expandir los límites del imperio norteamericano a lo largo y a lo ancho del
orbe256.
Estados Unidos: de la república al imperio
Ahora bien, ¿cómo explicar la
persistencia de las criminales políticas del imperialismo, más allá de los
cambios producidos en los ocupantes de la Oficina Oval? La tesis fundamental
planteada en El lado oscuro del imperio es que, detrás de los
transitorios personajes que se instalan en la Casa Blanca, existe un “gobierno
permanente” consolidado a partir de la finalización de la Segunda Guerra
Mundial y que, con el transcurso del tiempo, ha adquirido una casi total independencia
respecto de los avatares y fluctuaciones que caracterizan la escena electoral,
además de haber neutralizado por completo la voluntad popular. Es ese gobierno
el que, desde las sombras y a través de una densa cadena de mediaciones y
echando mano a numerosos agentes y estructuras organizacionales, establece las
principales directivas y orienta-ciones de política a ser implementadas tanto
dentro como fuera de Estados Unidos, en la república y, simultáneamente, en el
imperio. Por eso los datos idiosincrásicos relativos al ocupante de la Casa
Blanca tienen escasa impor-tancia. En todo caso, podemos decir que, cuando este
amaga con distanciarse de las políticas establecidas por los poderes fácticos
permanentes –que el presidente Dwight Eisenhower denominó “el complejo
militar-industrial”–, se ingresa en una zona de inestabilidad y de conflictos
que puede, en algunos casos, culminar con el asesinato del presidente, tal como
ocurrió con John F. Kennedy, o con la completa neutralización de la iniciativa
considerada
255 Se debe recordar que el 6 de
septiembre de 1901 McKinley sufrió un atentado cometido por el militante
anarquista norteamericano León Czolgosz, hijo de inmigrantes polacos. McKinley
falleció una semana después a causa de los disparos recibidos. Arrestado y
llevado a la justicia, el proceso en contra de Czolgosz apenas insumió ocho
horas, desde la siempre compleja selección del jurado hasta el dictado de la
sentencia, que lo condenó a morir en la silla eléctrica. Todo un récord que
hace honor a aquello de que la justicia lenta no es justicia pero, en su
extraordinaria rapidez ¿no se parece esta “justicia” a un linchamiento?
256 Un aporte esclarecedor sobre este
tema, desde una visión centrada en la dinámica interna de Estados Unidos, la
ofrece Howard Zinn en A people’s history of the United States (Nueva
York: Harper and Row, 1980).
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AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
inaceptable y su responsable
condenado a una especie de limbo político, algo que Bill Clinton sufrió en
carne propia cuando naufragaron sus intentos de reformar el sistema de salud
durante los primeros meses de su administra-ción. No muy distinta fue la suerte
corrida por James Carter, aplastado por la reacción neoconservadora encolumnada
detrás de Ronald Reagan, furiosa-mente opuesta a su política de derechos
humanos y la devolución del Canal de Panamá. Y lo mismo ha ocurrido en nuestros
días con los muy tímidos intentos de reforma financiera y del sistema de salud
propuestos por Barack Obama, que terminaron introduciendo algunos cambios
meramente cosmé-ticos pero completamente alejados del fondo de los problemas257.
Desde el punto de vista de la
interpretación teórica global, la historia estadounidense en el siglo xx es la
historia de una transición desde la repú-blica al imperio. Se trata, como se
recordará, de un viejo tema que suscitó numerosos escritos a partir de la
experiencia de Roma, pionera en este tipo de mutaciones y en donde ya pudo
advertirse cómo esta transición ponía en crisis las instituciones fundamentales
de la república. En otras palabras, el imperio no sólo no las precisaba sino
que las debilitaba casi hasta su práctica extinción. La tradición
filosófico-política considera ese pasaje también como un tránsito que conlleva
la degeneración de los usos y las costumbres preva-lecientes en los tiempos de
la república y en los más diversos ámbitos de la vida social. Es por eso que
en El Príncipe Maquiavelo bucea en las profun-didades de la
república y no del imperio romano en su búsqueda de la virtú necesaria
para que las dispersas comunidades italianas del Renacimiento puedan expulsar a
los bárbaros que las tienen sojuzgadas y realizarse plena-mente como nación.
Un atento observador de este tránsito
es un teólogo protestante nor-teamericano, Jim Garrison, quien en un libro
dedicado al tema constata que la mayor parte del planeta considera a los
Estados Unidos no más como un líder global sino como un poder canalla o rufián
(rogue power). Fundada como una república democrática e igualitaria,
dice Garrison (aunque en esto se equivoca, porque en su fundación no aspiraba a
ser ni lo uno ni lo otro, como lo demuestran los múltiples recaudos
constitucionales contra
257 En el caso de la política
exterior y, especialmente, del golpe de estado en Honduras, esta disonancia
entre las políticas impulsadas por el “gobierno permanente” y aquellas
promovi-das por la Casa Blanca se puso claramente de manifiesto. Ver el
artículo “¿Quién manda en la política exterior de Obama?”, de Mark Weisbrot, en alai, América Latina en Movimiento, 21 de julio de 2009, en <http://alainet.org/active/31844>. Este autor señala correctamente las
flagrantes contradicciones entre las declaraciones de Obama –quien dijo que lo
que había ocurrido en Honduras era un golpe de estado– y las de su secretaria
de Estado, Hillary Clinton, que calificó al hecho como una legítima sucesión
institucional ante la violación de la ley por parte del presidente José Manuel
“Mel” Zelaya. A los pocos días, la línea política adoptada por Washington puso
en evidencia que la postura que había prevalecido era la de la secretaria de
Estado, totalmente alineada con el “complejo militar-industrial”, y no la del
presidente, un transitorio inquilino de la Casa Blanca.
224
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
la eventual “dictadura de la
mayoría”, la participación de la plebe en la vida política y la persistencia
del esclavismo y la segregación racial hasta media-dos del siglo xx), con el
paso del tiempo se convirtió en un formidable imperio global. Si antes Estados
Unidos representaba a la libertad, concluye este autor, hoy representa al poder258. Tal como advirtieron los
editorialistas de The Nation, si se piensa, junto con Charles
Krauthammer y toda la tribu conservadora, que con el fin de la Guerra Fría se concretó
la tan esperada bendición de un mundo unipolar dominado por una superpotencia,
sin rivales que puedan enfrentar su dominio en cada rincón del planeta, y si,
además, alguien se deleita al contemplar que ese nuevo Leviatán es el propio
país, entonces las reglas de la república se convierten en algo vene-noso que
debe ser cuidadosamente neutralizado. Lo que sigue, según este razonamiento, es
toda la panoplia de campañas de cambio de régimen, descontrolados ejércitos
mercenarios y secretos, operaciones encubiertas, centros de tortura en el
exterior, escalofriante crecimiento del gasto militar, asesinatos políticos y
guerras conducidas por robots y drones, todo lo cual exige archivar
definitivamente cualquier forma de deliberación democráti-ca o supervisión
parlamentaria259.
En el plano doméstico, el tránsito de
república a imperio tiene conno-taciones eminentemente antidemocráticas,
algunas de las cuales ya fueron señaladas en este libro. Entre otras, la de
suprimir, o reducir significativa-mente, la distancia entre las supuestas
“alternativas” políticas corporizadas en los partidos Demócrata y Republicano.
Esta tan celebrada (especialmente por los politólogos latinoamericanistas)
confluencia en el centro del espec-tro político significa, en palabras llanas,
que donde se suponía debía haber alguna elección no hay elección porque las
opciones que se ofrecen al elec-torado representan básicamente lo mismo. Cuando
a Noam Chomsky le pre-guntaron acerca de la política exterior de Barack Obama
se limitó a expresar que era “una continuación de las mismas políticas [de su
predecesor]”.
258 Ver su America as empire: Global leader
or Rogue power (San Francisco: Berrett-Koehler, 2004).
259 “Empire or republic” en The Nation, 18-25 de julio de 2011, en <www.thenation.com/arti-cle/161732/empire-or-republic>. El artículo de Krauthammer al que se
refieren los editoria-listas es al ya citado “The Unipolar moment”. Otro de los
más ardientes defensores de esta tesis es Robert Kagan, autor de un provocador
–y por momentos insolente– texto traducido como Poder y debilidad:
Europa y Estados Unidos en el nuevo orden mundial, op. cit. Huelga aclarar
que la literatura sobre esta fatídica transición de república a imperio es
enorme, pero no es este el lugar para proceder a su minucioso examen. La
extensa producción de Noam Chomsky y Howard Zinn son referencias
imprescindibles sobre estos temas. Agreguemos tan solo la brillante obra de
Sheldon Wolin, Democracia Sociedad Anónima (Buenos Aires: Katz
Editores, 2009). Quien precozmente advirtió este tránsito fue José Martí. Ver,
por ejem-plo, la colección de breves ensayos sobre el tema reunidos en América
para la humanidad (La Habana: Centro de Estudios Martianos, 2001) y
que cuenta además con un enjundioso epílogo a cargo de Fidel Castro Ruz. Ver,
asimismo, el sugerente estudio de Rodrigo Quesada Monge, El legado de
la guerra hispano-antillano-norteamericana (San José: euned, 2001).
225
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Según el lingüista norteamericano, en
fechas recientes Condoleezza Rice “escribió un artículo en el cual predijo que
‘la política exterior de la adminis-tración de Obama sería como la segunda
administración Bush […]. No hay indicación alguna de que Obama va a cambiar
estas políticas. De hecho en algunas instancias él ha tomado una posición más
agresiva, como con Afga-nistán y Pakistán’”260. Otros analistas hablan inclusive de un “tercer
turno” de Bush o de las grandes similitudes que existen entre los dos mandatarios.
De hecho, es altamente significativo que Barack Obama haya anunciado que
Washington se sumaría a las criminales operaciones militares lanzadas por el
Reino Unido y Francia bajo el paraguas de la otan en contra del régimen libio
mientras se hallaba de visita en Brasil. Fue una forma de manifestar su
absoluto desprecio por nuestra región, y un desplante para con su anfitrio-na,
la presidente Dilma Rousseff, al mejor estilo de lo que hubiera hecho George W.
Bush Jr.
Esto significa que Obama, como
cualquier otro ocupante de la Casa Blanca, posee un escaso (si algún) control
sobre las distintas agencias que componen el aparato estatal norteamericano.
Rafael Correa lo dejó clara-mente establecido cuando afirmó: “Yo confío en
Obama, creo es un buen hombre, pero creo que no controla los Estados Unidos, ni
que conozca lo que haga el Pentágono, o la cia”261. Agregaríamos nosotros: tampoco
parece con-trolar lo que hace el Departamento de Estado ni las políticas que
impulsan su embajador y el personal militar destacados en Tegucigalpa, para
volver al ejemplo que motivaba la reflexión del presidente Correa.
La sedición de los militares
hondureños, que no es de ninguna manera casual, marcó, según nuestro entender,
el comienzo de la segunda etapa de la contraofensiva imperial, cuya señal de
largada fue la movilización de la IV Flota en abril de 2008. Los oficiales de
aquel país fueron alumnos predilectos de la tenebrosa Escuela de las Américas
desde los años setenta, cuando Hon-duras se convirtió en una impresionante
plataforma contrarrevolucionaria de Estados Unidos desde la cual se
desestabilizó al gobierno sandinista en Nicaragua, se apoyó el accionar de los
“contra” y se logró frustrar la casi segu-ra derrota del ejército salvadoreño a
manos del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional. Esos mismos
militares, teledirigidos desde la base norteamericana de Soto Cano (ex
Palmerola), son los que en un operativo comando secuestraron al presidente
legítimo de Honduras y, previa escala en esa guarnición militar, lo desterraron
del país.
260 Ver la entrevista de Miguel Vera
a Noam Chomsky titulada “La política exterior de Obama será como la segunda
administración Bush” en Rebelión, 11 de agosto de 2009.
261 Declaraciones formuladas el 21 de julio de 2009
a la Radio Marejada de la ciudad de Manta.
Ver <http://newsgroups.derkeiler.com/Archive/Soc/soc.culture.cuba/2009-07/msg00745.
226
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
El vigor del antiimperialismo
El golpe en esa nación
centroamericana puso fin a las ilusiones, acunadas por muchos, que sostenían
que el imperialismo había cambiado y que la rapiña desenfrenada de los recursos
naturales y los métodos brutales de domina-ción eran cosa del pasado. Quienes
así piensan se olvidan del activo rol que Washington jugó en el golpe militar
venezolano de abril de 2002, y del no menos protagónico papel desempeñado en
el lock-out petrolero de finales de ese mismo año también en
Venezuela; o subestiman (o ignoran) lo que hicieron diversas agencias del
gobierno norteamericano junto con ong de ese país, supuestamente
independientes, para desestabilizar la Revolución Bolivariana o el gobierno de
Evo Morales y provocar la secesión de la Media Luna Oriental; o desconocen el
modo en que se está fomentando el renaci-miento del separatismo del Guayas, en
Ecuador, y el apoyo a la intentona gol-pista de 2010, para no hablar de la
incesante campaña mundial de mentiras y calumnias lanzada en contra de Hugo
Chávez Frías. Se olvidan también de la desorbitada expansión de las bases
militares que rodean con un cinturón de hierro toda la región; de la imposición
–ante gobiernos que consienten en resignar soberanía– de una legislación
“antiterrorista” diseñada para reprimir y desactivar la protesta social; de la
tremenda ofensiva mediática internacio-nal, concertada hasta en sus mínimos
detalles, y que convirtió a los grandes oligopolios mediáticos de la región en
los “estados mayores” de una derecha política cada vez menos gravitante sin la
ayuda de aquellos.
Los señalamientos precedentes hablan
con elocuencia de la virulencia de la contraofensiva norteamericana pero,
también y dialécticamente, de la fortaleza de las resistencias sociales que se
oponen a sus designios262. Nada sería más pernicioso en la coyuntura actual que la aceptación de
una cierta opinión que concibe a los Estados Unidos como una potencia
inexpugnable e invencible. Si bien su poderío sigue siendo formidable, no es
menos cierto que, como señaláramos más arriba, varias de sus iniciativas fueron
frustradas por la tenaz resistencia que opusieron los pueblos de la región. Sus
aventuras golpistas en Venezuela fueron desbaratadas, al igual que sus planes
sediciosos
262 Un dato que conviene recordar: Cuba
no sólo resistió –y resiste– el criminal bloqueo impuesto por el imperio y
combate la flagrante injusticia cometida contra “Los 5” luchadores
antite-rroristas enviados a la cárcel y con escandalosas sentencias precisamente
por eso, por luchar contra el terrorismo apañado, promovido y financiado por
Washington, sino que también pasa a la ofensiva combatiendo la presencia de
Estados Unidos en América Latina con médi-cos, enfermeros, dentistas,
entrenadores deportistas y educadores, y, cuando fue necesario, también con las
armas, como ocurrió en Angola. Hoy cualquier analista sabe que de no haber
mediado la intervención cubana en Angola, el apartheid sudafricano,
sostenido durante déca-das por Estados Unidos y los colonialistas europeos,
seguiría gobernando en Sudáfrica. Le cabe a Cuba el inmenso honor de haber
contribuido decisivamente a acabar con esa lacra de la humanidad. Por lo tanto,
no sólo se ha resistido: también se han creado nuevas opciones y, en diversos
escenarios, se le han infligido serias derrotas al imperio.
227
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
en Bolivia y Ecuador. Washington
vetó, pero sin éxito, la realización de ejerci-cios navales conjuntos entre las
armadas de Rusia y Venezuela en el Mar Cari-be, que muchos estrategas de
Estados Unidos conciben como un lago o un “mar interior”. Esto era impensable
hace apenas diez años, pero hoy es una realidad. El rechazo al alca, impulsado
por una multitudinaria movilización continental, se inscribe en esta misma
línea, así como la creciente inoperan-cia de las “Cumbres” de las Américas
lanzadas en 1994, cuando otro era el clima que imperaba y Bill Clinton ponía en
marcha el dispositivo que supues-tamente finalizaría con la aprobación del
alca, culminando así el proceso de anexión económica y política de América
Latina y el Caribe al imperio. Una tras otras las Cumbres terminaron en un
revés para Washington: la de Trini-dad-Tobago, en 2009, reincorporó a Cuba al
sistema interamericano pese al veto estadounidense. Y la más reciente, con 32
jefes de Estado que declara-ron que era la última reunión que se haría sin Cuba
y que exigieron el fin del criminal bloqueo que el imperio impuso a la isla
rebelde. Adicionalmente habría que agregar otra derrota, que no por haberse
producido en el seno de una institución moribunda como la oea deja de tener
importancia. En 2005 y contra la militante preferencia de Estados Unidos, los
países de la región eli-gieron como nuevo secretario general a José Miguel
Insulza, quien había sido prominente funcionario del gobierno de Salvador
Allende en su Chile natal y, posteriormente, de distintos gobiernos de la
Concertación. Insulza fue, en la historia de la oea, el primer secretario
general electo contrariando la volun-tad de Washington. En otro orden de cosas,
Estados Unidos no pudo impedir el cierre de la base de Manta, en Ecuador;
frustrar la política de liberación de rehenes de las farc en Colombia, y
escarmentar a Evo Morales por haber expulsado de Bolivia al embajador
norteamericano (y consuetudinario gol-pista y secesionista, “inventor” de
Kosovo en los Balcanes) Philip Goldberg. Tampoco pudo impedir la creación de la
unasur y su Consejo de Defensa Suramericano, y la formación, en febrero de
2010, de la celac, cuya primera Cumbre se celebró en Caracas en diciembre de
2011. En suma: la resistencia de los pueblos –y de algunos gobiernos– ha sido
formidable y ha cosechado no pocos éxitos. Algunos logros, ya referidos en este
libro, se dieron en la esfera económica, frustrando la aplicación de políticas
neoliberales como las privatizaciones. Otros, como los que acabamos de mencionar,
erigiendo obstáculos a la política de dominación del imperio.
Una clase dominante que secuestró a la democracia263
Lo anterior abre algunos
interrogantes sobre el papel del Ejecutivo nortea-mericano en la formulación de
la política exterior de Estados Unidos y, sobre
263 Fue el dramaturgo norteamericano Gore Vidal
quien dijo una frase que inspira este título:
“En Estados Unidos, los mercados secuestraron a la
democracia”.
228
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
todo, de los factores reales de poder
que operan en la escena política de la superpotencia. Que el poder del
“gobierno permanente” de Estados Unidos no radica tan sólo en su control sobre
la Casa Blanca y la administración federal lo prueban numerosas investigaciones
sobre el rol de los principales lobbies norteamericanos en el
proceso legislativo de los Estados Unidos. Un trabajo reciente de
Greg Gordon demuestra que los diversos planes estable-cidos en Estados Unidos
para reactivar la economía devastada por la nueva crisis general del
capitalismo fueron concebidos e impuestos al Congreso por quienes resultaron
sus principales beneficiarios. Senadores y representantes responsables de
supervisar la economía de Estados Unidos han recibido donativos en el orden de
millones de dólares de las principales empresas de Wall Street. Según consigna
Gordon, desde 2001, ocho de las compañías más debilitadas por la crisis han
donado nada menos que 64,2 millones de dólares a los candidatos del Congreso, a
los candidatos presidenciales y a los partidos Republicano y Demócrata.
Senadores como Barack Obama y el derrotado candidato presidencial de los
republicanos John McCain reci-bieron entre los dos un total de 3,1 millones de
dólares de esas empresas, entre las que sobresalen bancos de inversión como
Bear Stearns, Goldman Sachs, Lehman Brothers, Merrill Lynch y Morgan Stanley;
la principal com-pañía de seguros del mundo, la American International Group
(aig); y los gigantes hipotecarios Fannie Mae y Freddie Mac. Ni lerdos ni
perezosos, los miembros del Comité del Senado sobre Actividades Bancarias,
Vivienda y Asuntos Urbanos, del Comité de Finanzas del Senado y del Comité de
Ser-vicios Financieros de la Cámara de Representantes recibieron donativos de
campaña por valor de 5,2 millones de dólares de los principales beneficiarios
del “operativo rescate” acordado por Bush con Obama en el ciclo electoral
2007-2008. Prosigue ese informe diciendo que “el presidente Obama recogió por
lo menos 4,3 millones de estas compañías para su campaña presidencial. Casi
todos los miembros del Comité de Servicios Financieros de la Cámara de
Representantes, que en febrero de 2009 supervisaron en audiencias públicas cómo
serían gastados los 700 mil millones de dólares del tarp aprobado con urgencia,
recibieron contribuciones asociadas a estas corporaciones finan-cieras durante
el ciclo de elecciones de 2008”264.
264 Ver “Cómo el Congreso de Estados
Unidos se ha vendido a Wall Street”, de Greg Gordon, en Red Voltaire
(California) 14 de enero de 2011. Además, en fechas recientes, la Corte Suprema
de Justicia de Estados Unidos emitió una sentencia fundamental (motivada por el
caso Citi-zens United versus Federal Election Commission, 558 us 50, del año
2010), según la cual se prohíbe al gobierno imponer cualquier clase de
restricción al financiamiento que empresas, sindicatos y otras organizaciones
podrían hacer a un candidato en épocas de campaña elec-toral, dado que, según
la Corte, tal restricción violaría la Primera Enmienda constitucional que
garantiza la libertad de palabra. Resultado: la elección la ganará el candidato
que reciba mayor cantidad de dinero. Lo que algunos norteamericanos llaman, con
evidente sarcasmo, “la democracia del dólar”.
229
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
En línea con lo anterior, un informe
sobre las fortunas de los “repre-sentantes del pueblo” en el Congreso de
Estados Unidos arroja resultados escandalosos: “La mediana de la fortuna de los
senadores era de 1.700.000 dólares en 2006, el año más reciente para el cual
existen informaciones disponibles, y el 58% de los miembros del Senado podrían
ser considerados millonarios. En la Cámara de Representantes la mediana de la
fortuna de sus miembros era de 675 mil dólares, con 44% de sus integrantes
siendo poseedo-res de activos estimados en por lo menos 1 millón de dólares.
Por contraste, sólo el 1% de todos los adultos norteamericanos son propietarios
de activos de 1 millón de dólares o más en ese mismo año”265. En ese mismo informe se establece
que 151 miembros del Congreso, es decir, poco menos de un tercio del total,
poseen acciones en grandes empresas vinculadas con la defensa (y receptoras de
multimillonarios contratos de parte del gobierno federal) por montos que
oscilan entre 78 y 195 millones de dólares. Se trata de compañías, recuerda el
informe, que sólo en el año 2006 habían sido beneficiadas con acuerdos
gubernamentales (¡aprobados por el Congreso!) por valor de 275 mil millones de
dólares o, si se prefiere, a razón de 755 millones de dólares por día. Quienes
votan afirmativamente son, a su vez, algunos de sus prin-cipales accionistas.
Por ejemplo: el senador John Kerry junto con muchos demócratas exigía en
aquellos años la retirada de las tropas de Estados Uni-dos en Irak, pero al
mismo tiempo poseía acciones en algunas empresas del sector defensa cuyo monto
se estimaba entre un mínimo de 28,9 y un máxi-mo de 38,2 millones de dólares.
En esos mismos años, embolsó utilidades de al menos 2,6 millones de dólares.
Esto es democracy American style!266.
Podríamos seguir con otros ejemplos,
en donde los “desinteresados donantes” son otras grandes ramas de la economía y
del mundo de las finan-zas. Con sus sobornos legales (porque no son otra cosa)
y sus extorsiones, la burguesía imperial tiene en sus manos los destinos de
Estados Unidos, ante lo cual las elecciones y la pseudocompetencia electoral no
son sino rituales vacíos, espectáculos hollywoodenses desprovistos de toda
eficacia práctica. Vale aquí también la célebre sentencia del El
gatopardo: “Algo tiene que cam-biar para que nada cambie”. Cambian los
personajes, puede cambiar en algo el discurso y la retórica. Pero el fondo de
la política, su matriz fundamental, permanece inalterada, inmune ante cualquier
impulso popular proveniente del electorado.
265 Ver “Congress has wealth to
weather economic downturn”, en <www.opensecrets.org/ news/2008/03/congress-has-wealth-to-weather.html>.
266 Ver “Strategic Assets”, de
Lindsay Renick Mayer, en Center for Responsive Politics, en <www. opensecrets.org/news/2008/04/strategic-assets.html>. Debemos a una nota de Juan Gelman,
“Cuestión de pesos”, en Página/12 (Buenos Aires) 13 de abril
de 2006, el haber llamado la aten-ción sobre el informe del Center for
Responsive Politics.
230
Ha llegado el momento de poner punto
final a este escrito. A lo largo de sus páginas confiamos en que nuestros
lectores hayan encontrado no sólo una interpretación sobre el crucial papel que
América Latina y el Caribe juegan en el diseño geopolítico del imperialismo.
Aspiramos también a que el mate-rial documental y la evidencia empírica
aportada pueda ser de utilidad para afrontar los combates ideológicos y
políticos que deben librar las fuerzas políticas y sociales empeñadas en
conquistar nuestra segunda y definitiva independencia. Si hemos insistido en
concentrar nuestro estudio en un lado de la ecuación: el imperialismo y sus
políticas, fue porque consideramos que el conocimiento detallado y minucioso
del enemigo es condición necesaria para poder enfrentarlo exitosamente. Pese a
ello no hemos omitido el análisis –necesariamente más acotado– de las
resistencias populares que se oponen a sus planes. El vigor del
antiimperialismo en Nuestra América es bien conoci-do y tiene raíces profundas,
que se remontan a las primeras décadas del siglo
xix. Simón Bolívar es una referencia
insoslayable, punto de partida de una tradición política que encuentra en los
nombres de Martí, Mella, Sandino, Ponce, Mariátegui y, ya en nuestro tiempo,
Fidel y el Che los grandes hitos de una corriente que llega hasta hoy y que se
corporiza en las figuras de Raúl Castro, Chávez, Correa y Evo Morales. No por
casualidad América Latina y el Caribe es la región del mundo en donde la
resistencia al imperialismo norteamericano ha sido más prolongada y tenaz. De
ahí que la inapelable rigurosidad de los hechos históricos le confiera a
nuestra región el carácter de vanguardia de las luchas antiimperialistas a
nivel mundial.
No obstante, resistir es una cosa y
doblegar es otra. Para ello, el conoci-miento del imperialismo, de Estados
Unidos como centro imperial del siste-ma y de la sociedad, la economía y la
cultura norteamericanas son elementos indispensables de cualquier estrategia
emancipatoria. En el marco de esta nueva y más profunda crisis económica
integral en que se encuentra sumido el capitalismo a escala global, la
exuberancia de bienes comunes de que dis-pone Nuestra América suscita la
insaciable voracidad del imperio, algo que numerosos observadores de la vida
económica de la región dieron en llamar
231
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
“la maldición de la abundancia”. Por
tanto, la lucha de nuestros pueblos por la autodeterminación nacional y la
construcción de una genuina democracia será ardua y prolongada. Pero tal como
lo recordara el comandante Fidel Cas-tro Ruz en su reunión con los
intelectuales el 10 de febrero de 2012, “aunque nos dijeran que al mundo le
quedan pocas semanas de vida nuestro deber sería luchar, seguir luchando hasta
el fin”267. Sabemos que los imperialistas jamás se darán por vencidos, pues su
derrota no sólo sería política sino que también haría sonar las campanadas de
la muerte para un “modelo civiliza-torio” basado en la explotación de miles de
millones de hombres y mujeres de todo el mundo; en el derroche y el despilfarro
irresponsable de los bienes comunes y en la criminal agresión a la naturaleza
que, como lo recordaba Fidel, amenaza con destruir las condiciones que hicieron
posible la apari-ción de la especie humana sobre la Tierra. Defenderán sus
conquistas y sus privilegios con uñas y dientes, y nada los detendrá; cualquier
crimen, atro-cidad o acto de barbarie será justificado apelando a los gastados
pretextos y las racionalizaciones tradicionales: la defensa de la libertad, la
democracia, la justicia, los derechos humanos. Excusas que ocultan lo esencial y
es que detrás de esta máquina de destrucción y muerte en manos del Pentágono,
la más letal en la historia de la humanidad, se oculta la supremacía de la
ganancia del capital por encima de cualquier otro principio o valor. El
“com-plejo militar-industrial”, el corazón de la burguesía imperial, late al
ritmo de sus negocios. Pocos textos pueden sintetizar con mayor nitidez el
espíritu de esa clase, y el de sus representantes políticos, que aquel
magnífico pasaje del Manifiesto Comunista cuando señala que la
burguesía “ha ahogado el sagra-do éxtasis del fervor religioso, el entusiasmo
caballeresco y el sentimentalis-mo del pequeño burgués en las aguas heladas del
cálculo egoísta. […] En una palabra, en lugar de la explotación velada por
ilusiones religiosas y políticas, ha establecido una explotación abierta,
descarada, directa y brutal”268. Esta explotación, agregaríamos, se ha tornado hoy
mucho más “abierta, desca-rada, directa y brutal”, habiendo llegado a extremos
inconcebibles para los jóvenes redactores del Manifiesto. Si el
retrato que ese venerable texto trazó a mediados del siglo xix era correcto, lo
es hoy en muchísimo mayor grado. Fue el propio Marx quien, veinte años más
tarde, completaría la semblanza ética de la clase burguesa con unas líneas que
no podrían ser más elocuentes para interpretar la crisis actual del capitalismo
y las fuentes más profundas de la rapiña imperialista que se abate sobre
América Latina y el Caribe. Decía en su magna obra que “al capital le horroriza
la ausencia de beneficio. Cuando
267 Las intervenciones de Fidel y los
intelectuales han sido recogidas en un libro titulado Nuestro deber es
luchar, en <www.cubadebate.cu/wp-content/uploads/2012/03/nuestro-deber-es-luchar-internet1.pdf>.
268 Karl Marx y Friedrich Engels, Obras
Escogidas en dos tomos (Moscú: Editorial Progreso 1966) Tomo I, pág.
22.
232
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
siente un beneficio razonable, se
enorgullece. Al 20%, se entusiasma. Al 50% es temerario. Al 100% arrasa todas
las leyes humanas y al 300%, no se detiene ante ningún crimen”269. Efectivamente, tal como lo recuerda
Marx, la nece-sidad de apropiarse de nuestras riquezas y las perspectivas de
las fabulosas superganancias que se obtienen de su explotación harán que el
imperialismo no se detenga ante ningún crimen.
En la hora actual debemos estar
preparados para enfrentar lo que algunos especialistas llaman “el escenario del
peor caso” (worst case scena-rio). Si este finalmente no se concreta,
tanto mejor. Pero la larga historia de las atrocidades y tropelías
perpetrada por Estados Unidos; su absoluto des-precio por la legalidad
internacional y los derechos humanos; sus cárceles secretas, sus vuelos no
registrados, sus asesinatos selectivos y sus manuales de torturas legalizados
por el Congreso y la Casa Blanca; sus financiamientos a cuanto grupo,
terrorista o no, se oponga a los gobiernos democráticos y progresistas de la
región; el mantenimiento del criminal bloqueo a Cuba y la injusta e ilegal
detención de “Los 5”, confinados en las mazmorras del imperio por luchar contra
el terrorismo; las infames cárceles de Guantánamo y Abu Ghraib; el permanente
acoso a la Revolución Bolivariana, a la Revolución Ciudadana en Ecuador, al
gobierno de Evo Morales en Bolivia y los intermi-nables chantajes y extorsiones
sobre los demás gobiernos de la región; y la fenomenal expansión de sus bases
militares en América Latina y el Caribe, amén de la reactivada IV Flota; todo
presagia el desencadenamiento de una brutal contraofensiva que no habrá
escrúpulo moral capaz de detener-lo. Como decíamos anteriormente en este libro,
sólo se está esperando el momento oportuno para poner esa infernal maquinaria
de destrucción y muerte en movimiento. Nadie despliega un dispositivo militar
tan impor-tante como el que hoy agobia a Nuestra América si no tiene la
intención de, llegado el momento, utilizarlo.
Dentro de Estados Unidos hay
condiciones que favorecen el desen-lace bélico. Ya señalamos las necesidades
materiales y los imperativos de la mal llamada “seguridad nacional”. Pero hay
más. Si –hipocresías aparte– la burguesía imperial y el “gobierno permanente”
de Estados Unidos no tienen el menor respeto por la religión, disuelta en las
gélidas aguas del análisis “costo-beneficio”, gran parte de sus representantes
políticos y sectores mayo-ritarios de la sociedad norteamericana creen a pie
juntillas en lo que dijera George Bush: “Dios me ordenó que invadiera Irak y
Afganistán para acabar con sus tiranías”. Palabras que, a comienzos de este año
fueron reiteradas por el candidato republicano a la presidencia, Mitt Romney
cuando revelara nada menos que “Dios creó a los Estados Unidos para liderar al
mundo”. Varian-tes, todas ellas, de la doctrina del Destino Manifiesto que,
entre otras cosas, legitimó el robo de un 55% del territorio mexicano en la
guerra de 1846-1848.
269 Karl Marx, El Capital, op. cit.,
Tomo I, Vol. 3, pp. 950-951.
233
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
La misma doctrina amparó
ideológicamente la expansión colonial por el Caribe (Cuba y Puerto Rico) y en
el Pacífico (Filipinas). Esta absurda jus-tificación teológica se articula muy
bien con las exigencias materiales del “modo americano de vida” y las doctrinas
geopolíticas de la “guerra infinita”. En El Capital Marx
observa que la generalización de las relaciones sociales capitalistas hizo que
la ley del valor adquiriese la “solidez de una creencia popular”. Gramsci
continúa este razonamiento y en sus Cuadernos concluye que “la
granítica solidez fanática de las ‘creencias populares’ […] poseen la misma
energía que las ‘fuerzas materiales’”. Esto es lo que, a nuestro juicio, ha
ocurrido con la doctrina del Destino Manifiesto y la noción de Estados Unidos como
pueblo elegido por Dios. Para comprender este notable proceso involutivo es
necesario reconocer que Estados Unidos es una sociedad mani-pulada como ninguna
otra por una perversa industria cultural, uno de cuyos más funestos logros
–según lo reporta la cadena noticiosa abc News– es que un 70% de los
norteamericanos creen que el Demonio es un ser real, cifra que en algunos
países europeos oscila apenas en torno al 5%. Es obvio que para los planes de
dominación mundial del imperialismo una configuración de creencias tan
primitivas como estas (“Destino Manifiesto, pueblo elegido por Dios, el Demonio
como un ser real y concreto) son elementos que facilitan enormemente la
belicosidad imperial: si un adversario es “satanizado” y si un país parece
sumido en el desorden, regido por un régimen denunciado como despótico e
injusto, la respuesta instintiva de gran parte de la población será acompañar
al gobierno en sus intentos de reparar el daño y expulsar a los agentes del mal
mediante cruentas operaciones guerreristas270.
El análisis efectuado en los
capítulos anteriores unido a estas últi-mas reflexiones demuestran que, al
igual que en las novelas policiales, para investigar un crimen es preciso
identificar los móviles, el arma y el autor. Si bien esta comparación no es demasiado
alentadora y reconozco que puede intranquilizar a nuestros lectores, lo cierto
es que el imperialismo es la per-sonificación más acabada y tenebrosa del
crimen, y caben en su análisis las reglas señaladas anteriormente. Hay un
motivo: el saqueo de los recursos que existen en Nuestra América, una región
absolutamente estratégica para el mantenimiento del “modo americano de vida” y
la seguridad nacional de Estados Unidos; está el arma homicida: la IV Flota y
las bases militares dispersas a lo largo y a lo ancho de la región en un número
apabullante y que sólo esperan el momento oportuno para lanzarse con todo su
potencial a apropiarse de nuestras riquezas; y está el autor del crimen: la
burguesía imperial y el Estado que la representa, Estados Unidos, que dispone
de los instrumentos para perpetrar el crimen y de la justificación –política,
econó-mica y hasta religiosa– para suscitar el consenso de su población.
270 Ver el programa de la abc
dedicado al tema en <http://abcnews.go.com/Nightline/video/ part-satan-exist-7185499>.
234
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Se vienen tiempos muy duros para
nuestros pueblos. América Latina y el Caribe, regiones de suprema importancia
estratégica para el imperio, serán aquellas donde su belicosidad se despliegue
de manera más brutal. Aquí se han venido librando sus primeros combates y
también se librará el último, el final y decisivo. Los primeros, porque los
imperialistas pueden resignarse a perder África, Asia, inclusive Europa, pero
jamás América Latina. En estas tie-rras descargarán todo su infernal aparato
militar sobre quienes se opongan a sus designios o sean percibidos como
planteando los más elementales cues-tionamientos a su opresión. El último
combate porque, destruidas sus bases de sustentación en otras regiones del
mundo, buscarán refugio en nuestros países, haciéndose fuertes en la
insularidad americana que, supuestamente, pondría al imperio a salvo de
cualquier incursión terrestre de fuerzas enemi-gas extracontinentales. Por eso
tanto Fidel como el Che hablan de Nuestra América como la retaguardia
estratégica de Estados Unidos, algo que jamás hay que olvidar. La lucha debe
continuar sin pausa alguna, y los preparati-vos para futuros enfrentamientos no
deben demorarse ni un segundo más. Sabemos por nuestra experiencia histórica
que los imperios decadentes se vuelven más sanguinarios. Así lo recuerda una de
las estrofas –suprimidas de la versión oficial por el gobierno de Marcelo T. de
Alvear en 1924– del Himno Nacional Argentino, escrito en 1813 por Vicente López
y Planes a instancias de la Asamblea del Año XIII, cuando decía de los
ejércitos españoles:
¿No los veis sobre México y Quito
arrojarse con saña tenaz,
y cuál lloran bañados en sangre
Potosí, Cochabamba y La Paz?
¿No los veis sobre el triste Caracas
luto y llanto y muerte esparcir?
¿No los veis devorando cual fieras
todo pueblo que logran rendir?
Esos versos retrataban con precisión
la fiereza y brutalidad de la represalia de los colonialistas sobre las
incipientes naciones libres de América del Sur. Nada hace pensar que la actual
contraofensiva del imperialismo norteame-ricano sobre nuestros pueblos vaya a
prescindir de los métodos brutales denunciados por la vibrante poesía de López
y Planes. Más bien, todo lo contrario. Nos espera una cruenta lucha que se
librará en varios frentes: el político, el militar, el económico y también el
ideológico. La “batalla de ideas” es uno de los teatros donde se escenifica esa
lucha. No es el único, pero es tre-mendamente importante. Con este libro hemos
querido aportar una modes-ta contribución a esa lucha. Ojalá que hayamos sido
lo suficientemente útiles y persuasivos en esta empresa.
235
Apéndice
Río de Janeiro por el Comandante
en Jefe Fidel Castro Ruz en la
Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo, 12 de junio
de 19921
Sr. Presidente de Brasil, Fernando Collor de Mello.
Sr. Secretario General de Naciones Unidas, Butros
Ghali.
Excelencias.
Una importante especie biológica está
en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus
condiciones naturales de vida: el hombre.
Ahora tomamos conciencia de este
problema cuando casi es tarde para impedirlo.
Es necesario señalar que las
sociedades de consumo son las responsa-bles fundamentales de la atroz
destrucción del medio ambiente. Ellas nacie-ron de las antiguas metrópolis
coloniales y de políticas imperiales que, a su vez, engendraron el atraso y la
pobreza que hoy azotan a la inmensa mayoría de la humanidad. Con sólo el 20% de
la población mundial, ellas consumen las dos terceras partes de los metales y
las tres cuartas partes de la energía que se produce en el mundo. Han
envenenado los mares y ríos, han conta-minado el aire, han debilitado y
perforado la capa de ozono, han saturado la atmósfera de gases que alteran las
condiciones climáticas con efectos catas-tróficos que ya empezamos a padecer.
Los bosques desaparecen, los
desiertos se extienden, miles de millo-nes de toneladas de tierra fértil van a
parar cada año al mar. Numerosas espe-cies se extinguen. La presión poblacional
y la pobreza conducen a esfuerzos desesperados para sobrevivir aun a costa de
la naturaleza. No es posible cul-par de esto a los países del Tercer Mundo,
colonias ayer, naciones explotadas y saqueadas hoy, por un orden económico
mundial injusto.
La solución no puede ser impedir el
desarrollo a los que más lo nece-sitan. Lo real es que todo lo que contribuya
hoy al subdesarrollo y la pobreza constituye una violación flagrante de la
ecología. Decenas de millones de
1 Versión
taquigráfica, Consejo de Estado.
237
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
hombres, mujeres y niños mueren cada
año en el Tercer Mundo a conse-cuencia de esto, más que en cada una de las dos
guerras mundiales. El inter-cambio desigual, el proteccionismo y la deuda
externa agreden la ecología y propician la destrucción del medio ambiente.
Si se quiere salvar a la humanidad de
esa autodestrucción, hay que distribuir mejor las riquezas y tecnologías
disponibles en el planeta. Menos lujo y menos despilfarro en unos pocos países
para que haya menos pobreza y menos hambre en gran parte de la Tierra. No más
transferencias al Ter-cer Mundo de estilos de vida y hábitos de consumo que
arruinan el medio ambiente. Hágase más racional la vida humana. Aplíquese un
orden econó-mico internacional justo. Utilícese toda la ciencia necesaria para
un desarro-llo sostenido sin contaminación. Páguese la deuda ecológica y no la
deuda externa. Desaparezca el hambre y no el hombre.
Cuando las supuestas amenazas del
comunismo han desaparecido y no quedan ya pretextos para guerras frías,
carreras armamentistas y gastos militares, ¿qué es lo que impide dedicar de
inmediato esos recursos a pro-mover el desarrollo del Tercer Mundo y combatir
la amenaza de destrucción ecológica del planeta?
Cesen los egoísmos, cesen los
hegemonismos, cesen la insensibilidad, la irresponsabilidad y el engaño. Mañana
será demasiado tarde para hacer lo que debimos haber hecho hace mucho tiempo.
Gracias.
(Ovación)
238
Bases militares extranjeras en América Latina y el Caribe
Un recuento provisorio y una amenaza infinita
Los dos mapas que se incluyen a
continuación fueron elaborados por la escritora y periodista Telma Luzzani,
quien muy amablemente nos autorizó –junto con la Editorial Debate, que
publicara su obra Territorios vigilados– su reproducción en nuestro
libro. En su exhaustiva investigación, enviada para su publicación en julio de
2012, Luzzani consignaba la existencia de 72 bases militares estadounidenses
instaladas en Nuestra América. Sin embar-go, al momento de enviar a la imprenta
nuestro libro se habían instalado cuatro nuevas bases. Tal como me lo informara
Rina Bertaccini, quien en el mopassol dirige un proyecto de monitoreo y
seguimiento permanente de las bases militares extranjeras en América Latina,
tres nuevas se instalaron en Honduras en Mocorón, El Aguacate y Puerto
Castilla. A estas hay que agregar un harto sospechoso “Centro de Operaciones de
Emergencia Regional”, insta-lado en Piura, Perú, justo sobre la frontera con la
República del Ecuador1. De modo que en el momento en que este manuscrito entra a imprenta ya
son 76 las bases norteamericanas operando en Latinoamérica y el Caribe. A lo
ante-rior habría que agregar otras formas de presencia militar de Washington en
la región: ejercicios conjuntos, cursos de adiestramiento para fuerzas armadas
y, sobre todo, policiales, reuniones continentales de altos mandos y toda una
maraña de redes, contactos, programas e instituciones que proyectan el poder
militar estadounidense sobre nuestros países, todo lo cual entraña un enorme
peligro para los procesos emancipatorios en curso y las aspiraciones de todos
los pueblos de la región.
1 Para una permanente actualización del
tema se recomienda visitar el sitio web del Movi-miento por la Paz, la
Soberanía y la Solidaridad entre los Pueblos (mopassol): <www.mopas-sol.com.ar>.
239
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
240
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Argentina
1. Malvinas: Monte Agradable, isla Soledad.
Colombia
2. Apiay: base aérea Luis Fernando Gómez
Niño, ubicada en las inme-diaciones de la ciudad de Villavicencio, Departamento
de Meta.
3. Malambo: base aérea Alberto Pauwels
Rodríguez, localizada cerca del municipio de Malambo, Departamento del
Atlántico, 700 km al norte de Bogotá, vecina a la ciudad de Barranquilla.
4. Palanquero: base aérea Capitán Germán Olano, en
el municipio de Puerto Salgar, Departamento de Cundinamarca, 190 km al norte de
Bogotá.
5. Tolemaida: base aérea José Inocencio Chincá,
en Melgar, Departamen-to de Tolima, en el centro del país, 100 kilómetros al
sur de Bogotá.
6. Larandia: base militar conjunta del Ejército,
la Fuerza Aérea y la Armada, a la que también tienen acceso la Policía
Nacional. Se encuentra en el Departamento de Caquetá.
7. Bahía Málaga: base naval que aloja parte de la
Fuerza Naval del Pacífico. Está ubicada a 20 km de Buenaventura en la costa de
ese océano, en un punto equidistante entre Ecuador y Panamá.
8. Cartagena: base naval que aloja parte de la
Fuerza Naval del Caribe. Estaba ubicada cerca de esa histórica ciudad pero fue
trasladada a la isla Tierrabomba.
9. Tres Esquinas: base aérea Capitán Ernesto Esguerra
Cubides, ubica-da en el municipio de Solano, Departamento de Caquetá, cerca de
la confluencia de los ríos Orteguaza y Caquetá.
10. Puerto de Turbo: ubicada en el Departamento de
Antioquia, sobre el Atlántico, y muy próximo a la frontera con Panamá.
Chile
11. Fuerte Aguayo: en Concón, cerca de Valparaíso. El
Comando Sur de Estados Unidos construyó en esta base instalaciones para
“ejecutar operaciones de mantención de la paz o de estabilidad civil” de los
Cascos Azules.
Guayana Francesa
12. Kourou: base aeroespacial francesa a 60 km
al noroeste de Cayena (otan).
241
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Guyana
13. Base para el lanzamiento de cohetes y
satélites en Esequibo (territo-rio en conflicto disputado por Venezuela),
construida por la empre-sa Beal Aerospace Technologies.
Paraguay
14. Mariscal Estigarribia: base Luis María Argaña, en el Chaco
para-guayo, a 525 km de Asunción. Su localización es estratégica en el Cono Sur
por estar a 200 km de la frontera con Bolivia y Argentina, y a 320 de Brasil,
muy cerca de la Triple Frontera.
15. Pedro Juan Caballero: Aeropuerto Internacional Dr.
Augusto Rober-to Fuster, ubicado en el Departamento de Amambay, al noreste de
Asunción y en zona limítrofe con Brasil.
Perú
16. Iquitos (Amazonas) y Santa
Lucía (Alto Huallaga), de esta última falta información reciente.
17. Pucallpa: en Ucayali (Amazonas).
18. Mazamari: base del Ejército.
19. Palmapampa: en el distrito de Ayahuanco,
Departamento de Ayacucho.
20. Ancón: puerto marítimo en el norte de Lima
que ha servido para el adiestramiento de fuerzas de todo el Cono Sur por parte
del Coman-do Sur.
21. Puerto de El Callao.
22. Santa Clotilde: base naval próxima a Iquitos, en la
margen izquier-da del río Nanay, en plena Amazonia peruana, región de Loreto.
23. Teniente Clavero: base naval en Iquitos, en la
frontera con Colombia. Comprende una serie de destacamentos.
24. El Estrecho: base naval ubicada en el distrito
de San Antonio del Estrecho, en Iquitos, a orillas del río Putumayo.
Surinam
25. El Pentágono estableció una base para
probar nuevos vehículos militares desarrollados por la General Dynamics Combat
System.
242
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
243
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Antigua y Barbuda
26. Base militar ubicada a 8 km de la
capital Saint John’s. Pertenece a la Comunidad Británica de Naciones (otan).
Aruba
27. Reina Beatrix: Estados Unidos tiene un Sitio de
Operaciones de Avanzada (fol) ubicado en esta isla caribeña, cuyo territorio de
ultramar pertenece a Holanda.
Bahamas
28. Mayaguana Army Airfield: base militar ubicada en Mayaguana.
29. Isla Andros: base aeronaval donde se encuentra
el Centro de Pruebas y Evaluación Submarina del Atlántico (autec), utilizado
para probar nuevas armas de guerra.
Belice
30. Calabash Caye: espacio para entrenamiento de
efectivos de Gran Bretaña (otan). El 23 de marzo de 2010 se inauguró allí un
fol de Estados Unidos.
Costa Rica
31. Liberia: a 280 km de San José, sobre el
océano Pacífico. Hay una esta-ción de radar.
32. Caldera: según el diario La Nación de
ese país, el Comando Sur estaría construyendo una base naval en la localidad de
Caldera, provincia de Puntarenas, donde funcionaría una escuela naval para el
adiestramiento de oficiales.
Cuba
33. Guantánamo: centro de
detención, interrogación y tortura.
Curaçao
34. Hato Rey: fol con idénticas
condiciones que el de Aruba.
El Salvador
35. Comalapa: ubicada a 34 km al sureste de la
capital San Salvador, sobre la costa del Pacífico y cercana al Aeropuerto
Internacional.
244
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Granada
36. Isla ubicada al sureste del mar
Caribe que pertenece a la Comunidad Británica de Naciones. Esta base tiene una
estación de radar (otan).
Guadalupe
37. Territorio de ultramar de Francia.
Allí se encuentran por lo menos dos bases de la otan.
Guatemala
No hay información sobre bases
militares extranjeras pero está incluida en el Plan Mérida de combate militar
contra las drogas.
Haití
El país se encuentra militarizado por
Francia y Estados Unidos. Después del terremoto de enero de 2010, fue ocupado
por las fuerzas de la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití
(minustah) que com-ponen varios países, entre ellos, Argentina.
Honduras
38. Soto Cano: ubicada en Palmerola, opera la
Fuerza de Tarea Conjunta Bravo del Comando Sur.
39. Puerto Lempira: acuerdo para instalar un fol (no
confirmado ofi-cialmente). La base estaría instalada sobre la laguna Caratasca,
Departamento Gracias a Dios, territorio de la Mosquitia. El puerto ubicado
sobre el Atlántico está pegado a la frontera con Nicaragua.
40. Guanaja: ubicado en el Departamento Islas de
la Bahía, en el Caribe hondureño.
Jamaica
41. Pertenece a la Comunidad Británica de
Naciones. Tiene una esta-ción de radar y una base aérea de la otan.
Martinica
Territorio de ultramar de Francia, posee por lo
menos dos bases:
42. Fort Saint Louis: base francesa (otan) responsable de
la Fuerza Aérea y Naval para el mar Caribe, situada en la capital Fort de
Fran-ce. Allí se encuentra el Ejército francés, incluyendo el 33º Regimien-to
de Infantería y la Marina de Guerra.
43. Pointe des Sables: estación de radar (otan).
245
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
México
44. Chicomuselo: base militar en el Estado de
Chiapas, en la frontera con Guatemala.
45. Jiquipilas: ubicada en el Estado de Chiapas.
46. Las Encinas: ubicada en San Salvador de
Chachapa, al oriente de la capital del Estado de Puebla. Este lugar, destinado
para reserva eco-lógica, será en adelante una reserva militar.
Panamá
Sobre el Pacífico:
47. Quebrada de Piedra: ubicada en la provincia de
Chiriquí.
48. Isla de Coiba: se encuentra en la provincia de
Veraguas.
49. Mensabé: se ubica en el distrito Las Tablas,
en la provincia Los Santos.
50. Isla de Chapera.
51. Punta Coco: ubicada en el archipiélago Las
Perlas.
52. Isla Galera.
53. Bahía o Puerto Piña: base naval en la provincia de
Darién.
Sobre el Caribe:
54. Rambala: en la provincia de Bocas del Toro.
55. Fort Sherman: en Colón.
56. El Porvenir: base aeronaval en Kuna Yala.
57. Puerto Obaldía: en Kuna Yala.
58. San Vicente: en Metetí, provincia de Darién,
cercana a la frontera con Colombia.
Puerto Rico
Estados Unidos lo considera su territorio.
59. Lajas: en este municipio la Fuerza Aérea
de Estados Unidos cuenta con un sitio de radar (Lajas Radar Site) y la
presencia del Departa-mento de Seguridad Interna.
60. Aguada: municipio que conecta con la costa
atlántica. Allí la Marina de Guerra cuenta con sistema de control submarino.
61. Borinquén: en el municipio de Aguadilla, en el
aeropuerto Rafael Hernández, hacia el océano Atlántico, la Marina de Guerra de
Esta-dos Unidos estableció un fol.
246
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
62. Isabela: en este municipio la Fuerza Aérea
de Estados Unidos cuenta con un centro de investigación (Ramey Solar
Observatory Research Site) y la Marina, con un centro transmisor (Naval Radio
Transmiting Facility).
63. Sabana Seca: en el municipio de Toa Baja, hacia
el océano Atlántico, la Marina de Guerra tiene las instalaciones conocidas como
Naval Radio Facility.
64. Fuerte Buchanan: en la capital San Juan se encuentra
la policía militar adscrita al Departamento de la Defensa (conocida como
dodep).
65. El Yunque: radares de la Marina de Guerra.
66. Naguabo: en la localidad Cabeza de Perro de
este municipio la Mari-na de Guerra de Estados Unidos posee un fol.
67. Roosevelt Roads: en esta antigua fortaleza militar
del municipio de Ceiba se encuentran las instalaciones del navact (actividad
naval).
68. Isla Piñero: en las cercanías de lo que fue
Roosevelt Roads, la Marina de Guerra de Estados Unidos tiene un fol.
69. Vieques: la Marina de Guerra de Estados
Unidos cuenta con un transmisor del Radar Relocalizable Más Allá del Horizonte
(rothr), cuyo cuerpo receptor se ubica en el Fuerte Allen, localizado en el
municipio de Juana Díaz. También cuenta con instalaciones electró-nicas
localizadas en Monte Pirata, en la porción occidental de la isla.
70. Salinas: en este municipio orientado hacia
el mar Caribe, la Marina de Guerra de Estados Unidos tiene instalado el Salinas
Receiver Site.
República Dominicana
71. Base militar de la isla Saona.
Turcos y Caicos
72. Base de Operaciones para el Apoyo de
Esfuerzos Internacionales (opbat): fuerza combinada de guardacostas y la dea.
247
Las disputas sociopolíticas por los bienes comunes de la naturaleza:
características, significación y desafíos en la construcción de Nuestra América1
José Seoane, Emilio Taddei y Clara Algranati2
Los conflictos sociales alrededor de
los bienes comunes de la naturale-za –aquellos bautizados por el pensamiento
económico tradicional como “recursos naturales”– no han dejado de crecer en
número y significación en Nuestra América latina y caribeña de las últimas
décadas. Diversas y, a veces, contradictorias, expresándose en terrenos
variados de la acción colectiva o respecto de bienes comunes distintos, estas
disputas han ganando una pro-gresiva visibilidad y relevancia tanto a nivel
nacional como regional. Desde el ciclo de las resistencias al neoliberalismo y
las políticas imperiales iniciado a mediados de los años noventa hasta los
conflictos sobre el rumbo de los procesos de cambio y las alternativas
“posneoliberales” de la última década, estas luchas han supuesto también
intensos procesos de radicalización y movilización social, así como la
emergencia de significativos movimientos sociales y de espacios de articulación
y coordinación continental y global.
En esta dirección, por ejemplo, la
lucha contra la expansión de la minería a cielo abierto en Perú dio nacimiento
a la Confederación Nacional de Comunidades del Perú Afectadas por la Minería
(conacami) en 1999, expresión de un movimiento indígena campesino que confluyó
a su vez en la fundación de la Coordinadora Andina de Organizaciones Indígenas
(caoi) en 2006. Por otro lado, los cuestionamientos a la expansión del
agronegocio y el nuevo latifundio motivó la aparición de nuevos movimientos
campesinos –los Sin Tierra–, entre los que se destacan el Movimiento de
Trabajadores Rurales Sin Tierra (mst) en 1985 en Brasil y la fundación de la
Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo (cloc) en 1994.
Incluso los conflictos por los bienes comunes se
convirtieron en puntos de articulación sociopolítica nacional (rural-urbano) de
los cuestionamientos
1 Este artículo presenta una versión
reducida elaborada sobre la base de dos clases virtuales preparadas para el
curso sobre Geopolítica de América Latina dictado en el Campus Virtual del
Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales (pled).
2 Grupo de Estudios sobre América
Latina y el Caribe (geal).
248
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
al régimen neoliberal, como graficó
la experiencia boliviana con el ciclo que va de la llamada “Guerra del Agua” de
Cochabamba (2000) a la “Guerra del Gas” (2003), y la agenda de octubre que
orientó el proceso de luchas y cam-bios en el primer mandato de Evo Morales
(2006-2010). En igual sentido, la reforma petrolera impulsada por el gobierno
de Hugo Chávez fue uno de los motivos del golpe de estado fallido de 2002 y uno
de los centros de la disputa social –particularmente en relación con la empresa
petrolera estatal pdvsa– en el período de confrontación social que le siguió.
Asimismo, la conflictividad social
por los bienes comunes siguió teniendo un peso creciente en aquellos países
donde, resultado de movi-lizaciones y cuestionamientos sociales, acontecieron
cambios políticos gubernamentales que, con distinta intensidad, se alejaron de
las recetas de la ortodoxia neoliberal de los noventa. En esta dirección
apunta, por ejemplo, el crecimiento de los conflictos rurales en la Amazonía
brasileña o las luchas contra la megaminería en Argentina; y también la
ascendente contraposición entre la Confederación de Nacionalidades Indígenas
del Ecuador (conaie) y el gobierno de Rafael Correa alrededor de las políticas
adoptadas en relación con la minería, los hidrocarburos y el agua.
Finalmente, en el plano
internacional, el reciente ciclo de incremento de los precios de los alimentos
(2010-2011) ha despertado intensas revueltas sociopolíticas en África del Norte
y el Medio Oriente, que iniciaron una serie de cambios que auguran rediseñar el
mapa geopolítico de la región, mien-tras los efectos de la crisis climática
–resultado de la emisión de los llamados “gases invernadero”–, que ya se dejan
sentir sobre pueblos y territorios, ha convocado a una de las campañas
internacionales de movimientos sociales más significativas de los últimos años.
En todos estos terrenos, y
ciertamente en otros más, la disputa por el uso de los bienes comunes de la
naturaleza se transformó en punto clave de las resistencias, de la crisis y de
las alternativas enarboladas frente al capita-lismo neoliberal.
Esta contribución tiene por objeto
presentar, alrededor de cinco pun-tos, algunos señalamientos sobre las razones
estructurales que dan cuenta de la relevancia política de estas disputas y los
procesos en los cuales estas se inscriben, así como referir a las
características de los movimientos popu-lares que emergen de los mismos y los
distintos proyectos de salida que se plantean ante la crisis de legitimidad del
neoliberalismo en relación con los bienes naturales. Por último, concluimos con
una reflexión acerca de las formas particulares que adopta la gobernabilidad
del modelo extractivista bajo los proyectos neodesarrollistas, para cerrar con
una breve exposición de las alternativas y desafíos que afrontan los
movimientos sociales en Nuestra América. Veamos.
249
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Las plagas de la mundialización neoliberal:
desposesión, recolonización y catástrofe ambiental
Los pueblos de la América latina y
caribeña habitan un territorio en el que crecen el 22% de los bosques y el 40%
de la biodiversidad del globo; casi un tercio de las reservas mundiales de
cobre, bauxita y plata son parte de sus riquezas, y guarda en sus entrañas el
27% del carbón, el 24% del petróleo, el 8% del gas y el 5% del uranio –sin
contar las nuevas reservas en exploración–; alberga uno de los mayores
depósitos de litio y niobio a nivel mundial y sus cuencas acuíferas contienen
el 35% de la potencia hidroenergética global3. Esta significativa disposición de estos bienes
naturales ha sido considera-da muchas veces como una verdadera maldición por
las lógicas del pillaje imperial que despierta. Sin embargo, lejos de implicar
una condena de la naturaleza, es importante comenzar reconociendo que ello
resulta de las características propias del capitalismo y, en la historia
próxima, de las par-ticularidades de su fase neoliberal y de la división
internacional del trabajo promovida y construida a lo largo de las últimas
cuatro décadas.
Habitualmente, los cambios impulsados
por este nuevo ciclo de mundialización capitalista se refieren a los procesos
de financiarización o de valorización financiera. Pero otro aspecto de esta
mundialización, menos promocionado, es el papel cumplido por la llamada
“acumulación por desposesión”4; es decir, por aquel proceso de acumulación de
capital basado en la apropiación privada de bienes o recursos que se
encontraban hasta ese momento, por lo menos relativamente, fuera del mercado; o
lo que es lo mismo, que no eran o no habían sido transformados en mercancías.
Esta acu-mulación por desposesión refiere, de este modo, al proceso de
apropiación privada –en gran medida transnacional– tanto de los llamados
“bienes comu-nes sociales” (por ejemplo, las empresas y servicios que fueron
transforma-dos en públicos-estatales, especialmente desde mediados del siglo
xx) como de los denominados “bienes comunes de la naturaleza” (el agua, la
tierra, el territorio, la biodiversidad, los hidrocarburos y minerales, la atmósfera).
Si las contrarreformas neoliberales de primera generación supusieron la
privatiza-ción de buena parte de los primeros bajo las recomendaciones del
Consenso de Washington de principios de los noventa, las siguientes
generaciones de políticas neoliberales profundizaron la mercantilización de los
segundos bajo el nuevo “Consenso de las commodities”. De esta
manera, la acumulación por desposesión –en el marco de procesos más amplios de
desestatización de la regulación social, desdemocratización y desnacionalización–
implicó
3 Ver “Movimientos sociales y recursos
naturales en América Latina: resistencias al neolibera-lismo, configuración de
alternativas” de José Seoane, publicado en la revista del osal (Buenos Aires: clacso) Año VI,
Nº 17, mayo-agosto de 2005.
4 Ver El nuevo imperialismo de
David Harvey (Madrid: Akal, 2004).
250
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
una combinación de políticas
públicas, reformas legislativas y cambios ins-titucionales, impulsados por la
ofensiva de las grandes corporaciones, las asociaciones empresarias y los
organismos internacionales, que supuso, en definitiva, el uso creciente de la
violencia estatal-legal y paraestatal-ilegal. Un multiforme proceso dirigido a
garantizar: (a) la efectiva desposesión de estos bienes a las sociedades,
pueblos y comunidades que hasta entonces eran sus usufructuarios o cuidadores;
(b) su transformación en mercancía al permitir su explotación capitalista; (c)
formas intensivas –en la mayoría de los casos, con control transnacional– y
orientadas a la exportación de las mercancías obtenidas para su comercio en el
mercado mundial. Es este proceso en toda su amplitud el que recibe el nombre de
“saqueo”.
En el marco de la mundialización
neoliberal, este saqueo tomó la forma de un proyecto de recolonización de la
periferia. En particular en nues-tra región, bajo la renovada aplicación de las
Doctrinas Monroe y del Destino Manifiesto5, las elites estadounidenses defendieron en la
competencia inte-rimperialista el derecho al control sobre todo el continente y
sus recursos. Así, a poco de cumplirse el bicentenario de los procesos
independentistas en muchos de nuestros países, la fase del capitalismo
neoliberal amenazaba –y amenaza aún– con transformar la subordinación económica
al mercado mundial en control político y militar de los territorios de Nuestra
América. En ello el alca y los Tratados de Libre Comercio cristalizaron en el
terreno económico lo que una nueva estructura de acuerdos y despliegue
castrense lo hacía en el terreno militar y los pactos de las Cumbres de las
Américas lo hacen en el plano político. Pero este proceso de recolonización
imperial y reorganización de las soberanías de los Estados-nación no sólo
supuso estos acuerdos interestatales de integración, sino también un conjunto
de iniciativas promovidas por corporaciones, ong, think tanks y
organismos internacionales que, sea bajo las banderas de la defensa del
patrimonio de la humanidad o de la racionalidad empresaria, buscaron asegurar
el control político de los territorios donde se encuentran dichos bienes
naturales. Una larga lista, entre las que se cuentan proyectos tales como el
Corredor Biológi-co Mesoamericano (cbm), los acuerdos de protección
internacional del Ama-zonas y del Acuífero Guaraní hasta la promoción de una
mentada “República de la Soja” en el corazón de América del Sur.
Por último, la fase neoliberal
exasperó también los procesos de dete-rioro ambiental propios del capitalismo,
cuyo aspecto más publicitado es el de la contaminación. Así, la devastación de
los territorios donde se realiza
5 En la historia larga son las dos
doctrinas que han guiado la política de las clases dominantes estadounidenses
hacia América Latina. La doctrina del Destino Manifiesto, cuyo origen es
contemporáneo a la llamada Doctrina Monroe pero que fue revitalizada y
profundizada desde finales del siglo xix, parte de sustentar que el destino de
los Estados Unidos es expan-dirse por toda América. Algo de esto fue referido
anteriormente al hablar de las doctrinas elaboradas por la fundación del Nuevo
Siglo Americano.
251
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
la primera etapa de la acumulación
por desposesión (por ejemplo, con la contaminación o monopolización de las
fuentes de aguas y la consecuente destrucción de la economía campesina y
comunal) se sumó al incremento de los efectos contaminantes del conjunto de las
actividades económicas, resultado de los procesos de desregulación y
privatización, hasta alcanzar las dimensiones de la amenaza de una catástrofe
ecológica de proporciones mundiales con la llamada “crisis climática”
resultante de la contaminación de la atmósfera y el quiebre de la capacidad de
sobrecarga y procesamiento ambiental del planeta.
De esta manera, la particular
configuración del neoliberalismo capi-talista en América Latina aparece
cristalizada, especialmente en las últimas décadas, bajo la expansión de esta
lógica social de desposesión, saqueo, catástrofe ambiental y recolonización de
los territorios.
Corporaciones vs. movimientos sociales: luchas
contra la mercantilización del territorio y la vida
Las luchas contra estos procesos de
despojo y devastación ambiental se han expresado, entre otras dimensiones, en
un conjunto de prácticas colectivas, demandas y programáticas orientadas hacia
la desmercantilización de los bienes en disputa que han tomado diferentes
formas según los contextos. De distintas maneras, este horizonte aparece de
modo reiterado en las luchas que tienen como centro al agua6, la tierra y el territorio7, la biodiversidad8,
6 En sus variados aspectos, entre
ellos: (a) por el acceso al agua para la agricultura campesina y las
comunidades locales y contra la contaminación de estas cuencas hídricas; (b)
por el acceso al servicio de agua corriente en el mundo urbano y los cuestionamientos
a la calidad y tarifas; (c) contra las represas y emprendimientos
hidroeléctricos; (d) contra la apropiación y comercio del agua
(hidropiratería), y (e) por la preservación de las fuentes estructurales de
agua (glaciares, acuíferos subterráneos, etcétera).
7 Principalmente la lucha contra el
agronegocio que motoriza la expansión de la frontera agra-ria, el
desplazamiento de las poblaciones originarias y el deterioro ambiental del
territorio (con el uso masivo de agrotóxicos, introducción de organismos genéticamente
modificados, y pérdida de la diversidad biológica, el equilibrio ambiental y el
deterioro de los suelos). En esta disputa se mezclan tanto los cuestionamientos
al cultivo industrial de la soja transgéni-ca como al de los bosques
artificiales para la producción de celulosa, lo que ha sido llamado la lucha
contra los “desiertos verdes”.
8 La defensa de la biodiversidad ha
adoptado históricamente dos direcciones diferentes. Por un lado, frente a la
devastación ambiental que implica el desarrollo de las actividades
industrial-extractivas ya mencionadas. Pero, por otro, también se han cuestionado
los pro-yectos e iniciativas orientados a la apropiación y mercantilización de
la biodiversidad, y de su conocimiento y uso tradicional por las comunidades
locales, generalmente presentados bajo el interés científico o protectivo del
medio ambiente, y que son llamados habitualmente de bioprospección o, desde la
perspectiva de los movimientos sociales, de biopiratería.
252
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
los minerales9, los hidrocarburos10, y la vida-ambiente en general (ver en las notas
al pie de página el significado particular de las luchas en relación con cada
uno de estos bienes naturales).
De este modo, la propia noción de
bienes comunes ha sido adoptada en los últimos años por los movimientos
sociales, para contraponerla a la de recursos naturales, acuñada por la
economía clásica y generalizada por la modernidad capitalista, y se encuentra
actualmente en proceso de populari-zación y debate. En el mismo sentido, la
visión capitalista de la naturaleza ha sido confrontada y reformulada desde las
referencias a la Madre Tierra y la Pacha Mama. En similar dirección, la lucha
por la tierra ha ido mutando en los últimos años en lucha por el territorio.
Así también las nociones de desa-rrollo, progreso y crecimiento económico han
sido rebatidas desde la revalo-rización de nociones como “buen vivir” o sumak
kawsay. Alrededor de todas estas cuestiones, sea que se expresen en el
orden de la construcción colectiva como de los horizontes de acción y de
transformación, aparece reflejado en realidad una creciente impugnación a la
oposición entre sociedad y natura-leza, consolidada bajo la modernidad
capitalista, y a la racionalización de la relación entre ambos términos bajo
las ideas de la explotación económica y el afán de lucro de la primera sobre la
segunda. En los cuestionamientos a esta dualidad y a las prácticas que legitima
y promueve, se entremezclan las cosmovisiones de los movimientos indígenas, de
los movimientos eco-logistas-ambientalistas, de la nueva izquierda
“ecosocialista” y de la propia experiencia popular del despojo y la destrucción
de la vida.
Por otra parte, esta lucha contra la
mercantilización se expresó también en las resistencias a las políticas de
privatización y liberalización económica, en una serie que une los conflictos
frente a la privatización de empresas y ser-vicios públicos de la década del
noventa con los luchas actuales, donde adquie-ren mayor relevancia las
resistencias a la mercantilización de los territorio y sus riquezas. En esta
dirección, los conflictos locales frente al despojo se tradujeron también en el
plano nacional e internacional en el reclamo por el reconoci-miento del
carácter público-común de estos bienes, expresado muchas veces bajo la
consagración legislativa de su uso y acceso como derecho humano. Estas luchas
por la desmercantilización también supusieron una programática
9 La dinámica de la megaminería bajo la
fase neoliberal capitalista se ha caracterizado por la expansión de la
explotación minera a cielo abierto de gravosos impactos sobre el ambiente y
voraz consumidora de agua y energía, y la disputa por el control de las fuentes
de los nuevos minerales vinculados con los nuevos desarrollos
productivo-tecnológicos.
10 El anunciado agotamiento de las
fuentes energéticas de la matriz productiva actualmente hegemónica (petróleo y
gas) ha implicado la valorización de depósitos no explotados y la
intensificación de la explotación de los existentes, así como la búsqueda de nuevas
reservas. En este caso, el proceso de mercantilización estuvo muy asociado a la
privatización de las empresas públicas que, originarias de la fase capitalista
de la segunda mitad del siglo xx, habían presidido la
estatización-nacionalización de estos recursos.
253
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
orientada no sólo a la reconstrucción
del control público-estatal de estos bie-nes (por ejemplo, con la mentada
nacionalización), sino también a la búsque-da de nuevas formas de gestión de la
autoridad pública que expresara la crítica a la matriz liberal colonial del
Estado y su concepción de la democracia.
De esta manera, estos procesos de
lucha y organización popular implica-ron, de manera creciente, una intensa
experimentación de organización comu-nitaria y de democracia participativa. Por
ejemplo, en el caso de la lucha contra la megaminería a cielo abierto, la
iniciativa desarrollada en la ciudad de Tam-bogrande, Perú, donde tuvo lugar en
2002 el primer referendo comunal a nivel regional sobre un proyecto minero
propagó su ejemplo hacia el sur y el norte del continente. Así, en la ciudad
argentina de Esquel en 2003 se realizó una consulta similar y, unos años
después (2005), la experiencia se repetió en el municipio guatematelco de
Sipakapa, abriendo un proceso que lleva al día de hoy más de 25 consultas
similares en dicho país. Por otra parte, el masivo rechazo a estos
emprendimientos hizo que corporaciones y gobiernos procuraran restringir,
prohibir o manipular estas consultas, aun cuando las mismas se amparen en el
Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (oit), de 198911.
Además de estas características, las
luchas en defensa de los bienes comunes de la naturaleza se han destacado
también por la construcción de convergencias más amplias en el ámbito nacional,
regional e internacional, orientadas a intercambiar información y unificar
acciones frente a similares corporaciones transnacionales o problemáticas. Una
intensa construcción en esta dirección ha tenido lugar en Nuestra América, que
se cristalizó en el surgimiento en los últimos años de diferentes
coordinaciones y movimientos nacionales12, y redes13 y foros14 regionales y continentales.
Sin duda, la radicalidad de las
acciones emprendidas por las poblaciones afectadas por estos emprendimientos
(por ejemplo: los bloqueos de las rutas de acceso, los sabotajes o las tomas de
las instalaciones de las compañías) y las iniciativas de construcción de redes
a nivel nacional e internacional resultan una respuesta frente a una relación
de fuerzas extremadamente asimétrica, repre-sentada por poderosas corporaciones
transnacionales o sectores que tienen un peso sustancial en la estructura
económica local y del país donde se encuentran.
11 De este modo, por ejemplo, en
Argentina las corporaciones megamineras han logrado inva-lidar diferentes
consultas locales e incluso bloquear la aplicación de la legislación nacional
(como acontece hoy con la recientemente sancionada Ley de Protección de Glaciares),
gra-cias a la complicidad de gobiernos y la justicia de las provincias mineras.
12 Además de los ya mencionados, por
ejemplo, la Unión de Asambleas Ciudadanas surgida en Argentina en 2006, que
reúne decenas de asambleas ambientales locales (contra las mineras, las
pasteras, las represas, etcétera), así como otras organizaciones sociales y
políticas.
13 Por ejemplo, entre tantas, la Red
Latinoamericana contra Represas y por los Ríos, sus Comu-nidades y el Agua.
14 Por ejemplo, el Foro Mesoamericano y
el Foro Social Américas.
254
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Desde el otro lado, estas
corporaciones empresarias invierten ingentes recursos en el desarrollo de
“estrategias de gobernabilidad social” que, con dis-tintas modalidades –incluso
bajo los llamados programas de responsabilidad social empresaria–, se orientan
a garantizar el control y neutralización política de las poblaciones locales
que habitan los territorios donde se asientan, así como de la opinión pública y
los movimientos populares a nivel más general. Una parte de estos esfuerzos
está orientada a promover y consolidar su influen-cia e intervención sobre la
definición de las políticas públicas y las estructuras de la autoridad
público-estatal a nivel local, regional y nacional (gobiernos, legislativos,
justicia, burocracia). Con iguales objetivos, desarrollan una polí-tica de
construcción de hegemonía en la búsqueda de promover corrientes de opinión
favorables a las actividades extractivistas intensivas, que suele abrevar en
las bondades generales del progreso y el desarrollo y los beneficios particulares
en términos de empleo y crecimiento económico. En este terreno, ciertamente
tiene un papel importante el financiamiento de centros de investi-gación y
universidades públicas y privadas, que permite tanto la “colonización” de la
producción científica y de la opinión de los “expertos” como el control de los
estudios de impacto ambiental y socioeconómico que, en general, son
indispensables para la habilitación legal requerida para la puesta en marcha de
estos emprendimientos. Tales iniciativas se complementan con los aportes
empresarios al desarrollo local, moderna forma de la beneficencia bautizada hoy
como “responsabilidad social”. En este somero menú de las estrategias
corporativas no está ausente el recurso a la violencia, sea bajo el uso de la
coerción estatal o bajo el empleo de grupos ilegales o con una combinación de
ambos. A manera de ejemplo, valga mencionar que la minera británico-sudafricana
AngloGold Ashanti ha sido responsabilizada por el asesinato de líderes
comunitarios y el uso de paramilitares en Colombia, donde desarrolla el
emprendimiento La Colosa, así como la corporación brasileña La Vale –antigua
gran empresa estatal privatizada durante el gobierno de Fernando H. Cardoso– ha
sido acusada por utilizar personal armado encapuchado para proteger sus
instalaciones en Cajamarca (Perú) y promover, con el auspicio del gobierno
nacional, la formación de grupos de seguridad entre la población, a quienes
suministra armamentos y apoyo económico15.
Los proyectos de salida a la crisis
del neoliberalismo y la centralidad de las disputas por los bienes comunes de
la naturaleza
Las luchas sociales desplegadas en Nuestra América
desde mediados de los años noventa, de la mano de la emergencia de
significativos movimientos
15 Ver el Dossiê dos impactos e
violáceos da Vale no mundo, I Encontro Internacional dos Atin-gidos pela
Vela (Río de Janeiro, 2010).
255
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
sociales, condensaron un nuevo ciclo
de conflictividad y resistencia socio-política al régimen neoliberal en el
continente. Sin embargo, no fue sino su combinación con los efectos de la
recesión económica que se proyectó, a partir de 1999, sobre casi toda la región
la condición de posibilidad para el inicio de un nuevo período de la
confrontación social marcado por la crisis de legitimidad del neoliberalismo.
El quiebre de la hegemonía neoliberal capitalista abrió paso así a un panorama
latinoamericano mucho más hete-rogéneo signado por los diferentes proyectos que
encarnaron en los países de la región las distintas salidas a esta crisis del
modelo neoliberal.
En parte de nuestra región, debe
recordarse, las fuerzas conserva-doras derrotaron o neutralizaron las
aspiraciones de cambio y se impuso la continuidad del recetario neoliberal
ahora bajo renovadas características. Bautizado como “neoliberalismo armado”,
este proyecto supuso la profundi-zación de la matriz extractiva exportadora
bajo control transnacional y de los procesos de recolonización
político-económicos16, y buscó en la recreación del estado de naturaleza hobbesiano nuevas
legitimidades para promover un proceso de militarización de las relaciones
sociales orientado a criminalizar y conducir la vida y la acción de las clases
y sectores subalternos, en particular de aquellos más castigados por la
intensificación del patrón de acumulación en curso. Ejemplo de ello es el
gobierno fraudulento de Felipe Calderón en México y su “exitosa guerra contra
el narcotráfico”, que desencadenó un cír-culo de violencia y militarización
creciente con un saldo de más de 30 mil muertos en casi cuatro años, y la
pública promoción estadounidense de un
16 El más claro ejemplo del alcance de
dicho proceso de recolonización resulta la firma y puesta en vigencia de
Tratados de Libre Comercio entre diferentes países y regiones de América Latina
y el Caribe y los Estados Unidos entre 2003 y 2009 que, sumados al tlcan que
integra México, abarcan a Colombia, Costa Rica, Chile, El Salvador, Guatemala,
Honduras, Nicaragua, República Dominicana, Panamá y Perú, y que en su conjunto
representan casi el 45% del pbi total de la región, según datos de 2009. Ver
“Anuario estadístico de América Latina y el Caribe”, de cepal (2009),
disponible en <www.eclac.org/cgi-in/getProd.asp?xml=/publicaciones/ xml/6/38406/P38406.xml&xsl=/deype/tpl/p9f.xsl&base=/tpl/top-bottom.xslt>. Este proceso de recolonización
comprende también la profundización de la intervención estadounidense en el
control militar-policial de los territorios donde se realiza la
explotación-exportación de estos bienes comunes, viabilizado, entre otros
dispositivos, a través del creciente despliegue de fuerzas, asesores y nuevas
doctrinas militares y de seguridad. Haití es un caso paradigmático en relación
con ello. El país caribeño se encuentra ocupado militarmente desde 2004 por la
Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización en Haití (minustah, por
sus siglas en francés), conformada por tropas de varios países latinoamericanos
(Argentina, Brasil, Chile, Uruguay, entre otros). El proceso de militarización
de la sociedad haitiana estuvo marcado así por la participación de la minustah
en acciones represivas contra protestas populares. Luego del trágico terremoto
que asoló a dicho país en enero de 2010, Estados Unidos aprovechó la
desesperante situación y envió también tropas regulares cuya presencia ha sido
legitimada bajo el pretexto de la “ayuda humanitaria”. La presencia militar
estadounidense y latinoameri-cana contrasta con la ayuda internacional brindada
por Cuba, que se materializa a través de la presencia de médicos y
profesionales cubanos en Haití.
256
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Plan Colombia para este país; aunque,
claro, su modelo más consagrado a nivel internacional siga siendo el régimen
colombiano.
En otros casos emergió un proyecto de
corte “neodesarrollista”: afir-mado como orientación hegemónica en las
experiencias de Argentina y Bra-sil, el mismo se caracterizó por reconstruir
cierta intervención estatal en la regulación socioeconómica. Ello no implicaba
cuestionar o revertir el peso de la acumulación por desposesión ni el proceso
de primarización de la econo-mía y la inserción fundamental en el mercado
mundial. Por el contrario, estos aspectos del régimen socioeconómico incluso,
en algunos casos, se profun-dizaron. Pero sí suponía la apropiación
público-estatal de parte de las rentas extraordinarias devenidas de la
explotación de los bienes naturales para promover y sostener otras actividades
económicas (sector industrial, obras de infraestructura) y una nueva generación
de políticas sociales compensato-rias. Este proyecto ambicionaba también una
mejor inserción internacional en el marco de la mundialización capitalista, y
en lo interno, aspiraba a la res-titución del monopolio de la política al
Estado y las mediaciones partidarias de la democracia representativa.
Por otra parte, un tercer proyecto se
delineó en el escenario socio-político regional. Conocido bajo las referencias
al “socialismo del siglo xxi” o al “socialismo comunitario”, nos remite a un
proyecto popular de cam-bio social que bien puede visualizarse en los trazos de
las experiencias venezolana, boliviana y, hasta cierto punto, ecuatoriana, pero
que está presente, con mayor o menor fuerza, en todos nuestros países, aunque
su cristalización es a la vez menos y más abarcativa que un gobierno, unas políticas
públicas o un Estado, en la medida en que su fuerza reside en la praxis de los
sectores subalternos, y su horizonte, en la transformación de la matriz
societal. Este proyecto, en su sentido más transformador, implicó un proceso de
nacionalización de las principales actividades vinculadas con la explotación de
los bienes naturales (e incluso de otros sectores eco-nómicos considerados como
estratégicos), que ofreció la base fundamental de los recursos para sostener
las políticas de redistribución del ingreso y la riqueza. Ello fue acompañado
también por iniciativas orientadas a cues-tionar la matriz liberal-colonial del
Estado-nación bajo las banderas de la democracia participativa y los objetivos
de una democratización radical de la vida social.
Estos tres proyectos que delinearon
las salidas a la crisis de legitimidad del neoliberalismo entre 2005 y 2009
comparten un elemento en común: se sostienen en gran medida con base en la
explotación y exportación de bienes comunes de la naturaleza; claro que uno lo
hace en beneficio casi exclusivo del capital transnacional y sus asociados,
otro apelando a mayor regulación pública y a la apropiación estatal de una
parte de la renta extraordinaria, y el tercero promoviendo la propiedad pública
de los mismos y un proceso de redistribución del ingreso y la riqueza. También
se diferencian en las iniciati-vas que promueven en el plano internacional;
mientras el primero se inscribe
257
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
en la expansión del librecomercio y
sus acuerdos con la tríada imperial17 y el segundo ha estimulado la ampliación del
mercosur, el tercero ha dado vida al alba18, y la combinación de los esfuerzos de estos dos
últimos fructificó en la puesta en marcha de la unasur y, posteriormente, de la
Comunidad de Estados de América Latina y el Caribe (celac).
En este sentido, la delimitación de
estos tres proyectos y de quien detenta la hegemonía de los procesos
sociopolíticos a nivel nacional facilita la comprensión y el análisis de los
diferentes escenarios, fuerzas y progra-máticas que aparecen desplegadas
alrededor de los conflictos por los bienes comunes de la naturaleza a lo largo
y ancho del continente.
La construcción de las legitimidades del modelo
extractivista: la cuestión social justifica el costo ambiental
Por último, en relación con estas
experiencias, queremos proponer una reflexión sobre las formas que adopta la
construcción de la gobernabilidad del modelo extractivo exportador que hemos
señalado en las líneas prece-dentes. En particular, nos referimos a las
estrategias de legitimación que se despliegan respecto de dicho modelo en el
marco de los proyectos neodesa-rrollistas y que se hacen visibles en la
discursividad reproducida por gobier-nos, funcionarios, intelectuales, expertos
y periodistas, como así también en los espacios de la militancia social que
acompañan dichas experiencias.
En este sentido, el proyecto del
“desarrollo” en la región enfatiza la centralidad que tienen el “crecimiento
económico”, las políticas sociales y la creación de empleo para asegurar la
superación de los efectos de la concentración del ingreso impuesta por el
neoliberalismo. Estas metas son privilegiadas para la superación de la aguda
situación social heredada y, en términos más generales, de la situación de
“subdesarrollo”. El aprove-chamiento de las ventajas “naturales” comparativas
del capitalismo latino-americano en la favorable coyuntura internacional es un
elemento central de este enfoque. En la retórica neodesarrollista, las
consideraciones de tipo ambiental quedan de esta forma subsumidas en la
prioridad asignada al fortalecimiento de un modelo que, como ya señalamos,
asume la forma de una inusitada intervención destructiva de las fuerzas del
capital sobre la naturaleza. El “sacrificio” de los bienes naturales y del
ambiente en pos de
17 Nos referimos a los tres centros del
capitalismo desarrollado que conforman la habitualmen-te llamada tríada; es
decir, los Estados Unidos, la Unión Europea y las potencias asiáticas
(anteriormente Japón y actualmente China).
18 Su propuesta de una integración
basada en la reciprocidad, la complementariedad y la cooperación, que no se
restringe al intercambio de bienes ni a los acuerdos interestatales, se
constituyó en la experiencia de integración más avanzada de un proyecto de
transformación social y construcción de Nuestra América.
258
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
un crecimiento económico, que parece
sentar las bases indispensables para el mejoramiento de las condiciones de
vida, tiende a primar sobre cualquier otra consideración. Ciertamente, la
capacidad de interpelación social de este enfoque encuentra su explicación en
las devastadoras consecuencias de las políticas neoliberales de los noventa en
términos de empobrecimiento, des-empleo y desocupación de millones de
latinoamericanas y latinoamericanos. En esta perspectiva, la posibilidad
experimentada por vastas franjas de los sectores populares de un mejoramiento
de las condiciones de vida, aun si este es relativo y limitado, no debe
subestimarse desde la defensa cerrada de un “ambientalismo” abstracto. Sin
embargo, es preciso subrayar que se trata de una falsa dicotomía: lo “social” y
lo “ambiental” no son excluyentes. El riesgo de consagrar esta dualidad como
una “ley de hierro” del desarrollo capitalista actual es altísimo. La
experiencia en curso demuestra que la apro-piación de los beneficios
resultantes de la creciente depredación ambiental está concentrada en pocas
manos. En este sentido, el actual ciclo económico de depredación de bienes
naturales no ha modificado la matriz de acumula-ción neoliberal, más bien la
resignifica y actualiza en una nueva coyuntura histórica provocando nuevos
problemas sociales, ambientales, políticos y culturales que agudizan las
lógicas de desposesión.
Estos señalamientos deben servir para
relativizar una visión optimista respecto de las capacidades del
“neodesarrollismo” para resolver efectiva-mente la “cuestión social”, que
también ha sabido ganar predicamento entre organizaciones sindicales del mundo
urbano industrial. Es preciso entender que no existe una resolución de la
“cuestión social” escindida de la “cuestión ambiental” en la medida en que las
dos dimensiones son constitutivas de la experiencia secular del actual patrón
de poder mundial. Ambas estuvieron históricamente vinculadas y continúan
estándolo hoy más que nunca. La comprensión de ello es decisiva en la
posibilidad de promover convergen-cias solidarias entre los llamados mundos
“rural” y “urbano”, que interpelen radicalmente el modelo societal de consumo y
de producción organizado en torno a la rentabilidad del capital. La superación
de la falsa dicotomía entre “lo social” y “lo ambiental” no es un ejercicio de
especulación intelectual. Su realización efectiva se inscribe en la experiencia
histórica concreta de las luchas, los debates y las acciones de los oprimidos y
explotados de Nues-tra América latina y caribeña. El “buen vivir” formulado
desde las luchas y resistencias de las comunidades indígenas andinas es en este
sentido una importante contribución al debate sobre esta dicotomía. Volveremos
sobre esta cuestión más adelante.
Si bien estos señalamientos remiten
particularmente a lo acontecido en los países del Cono Sur, su consideración
resulta importante también para analizar las experiencias andinas de
transformación estatal en Bolivia, Venezuela y particularmente en Ecuador,
donde los proyectos de cambio están tensionados por la evolución de la
coyuntura regional e internacio-nal y donde bajo las banderas del “socialismo
del siglo xxi” o “socialismo
259
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
comunitario” se propuso avanzar en el
sentido de la descolonización política, social, económica y cultural. En este
sentido, hay que recordar que estos pro-cesos de transformación social y
estatal se inscribieron, en mayor o menor medida según los casos, en ciclos de
intensa movilización popular y debate político. En estas dinámicas tuvieron
lugar iniciativas de nacionalización y/o renegociación de contratos en sectores
vinculados con la explotación de bienes naturales. Estas y otras medidas
supusieron un mejoramiento y demo-cratización de las condiciones de vida de
amplios sectores sociales, toda vez que permitieron un incremento de la renta
estatal que fue reorientada al financiamiento de importantes políticas sociales
de carácter universal. El incipiente andar de estos procesos, que en los tres
casos mencionados per-mitieron aprobar reformas constitucionales que
consagraron, en el caso de Bolivia y Ecuador, el carácter plurinacional de
estos Estados y los derechos de la Pacha Mama, se enfrentó sin embargo a partir
de 2008 con el cambio de la coyuntura internacional marcado por el inicio de un
nuevo ciclo de la crisis capitalista.
Como ya señalamos, las presiones
sistémicas que la crisis actual des-carga sobre el llamado Tercer Mundo se
expresan en América Latina en el marco de las estrategias que pretenden
intensificar los procesos de mercan-tilización de la vida y ejercer un control
militar creciente sobre los territorios nacionales. Estas dinámicas se ciernen
como verdaderas amenazas ante la necesaria profundización de la transformación
social en dichos países19. En este sentido, la fallida tentativa de golpe de estado contra Rafael
Correa en 2010 puso de manifiesto de forma brutal la pretensión de fracciones
domi-nantes locales y de los centros imperiales de poder de poner límite a
cual-quier orientación en esta dirección y de desmontar las conquistas
populares obtenidas en los últimos años. La profundización de algunas políticas
públi-cas en relación con la gestión de los “recursos naturales” promovidas por
el gobierno de la coalición Alianza País tiende a reforzar, sin embargo, este
modelo extractivo –sin alterar sustancialmente el peso del sector privado– y a
acrecentar así el enfrentamiento con organizaciones indígenas de dicho país, en
particular la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuadro (conaie).
De manera similar a lo ocurrido en el caso de la aprobada ley de minería en
2008 o de la ley de aguas en 2009, también la política de explota-ción petrolera
supuso –y supone– tensión y conflicto reiterados del gobierno con las
comunidades originarias y el movimiento indígena. La prolongación y agudización
de este enfrentamiento como consecuencia de la equívoca posición asumida por la
confederación indígena durante la tentativa destitu-yente son un obstáculo de
riesgosas consecuencias para las perspectivas de democratización y cambio
social en Ecuador.
19 Ver Recolonización, bienes
comunes de la naturaleza y alternativas desde los pueblos de José Seoane, Emilio Taddei y
Clara Algranati (Río de Janeiro: ibase, 2010).
260
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Por otra parte, el ciclo de
transformaciones abierto en Bolivia con la elección de Evo Morales en 2005
encuentra dos momentos que por su sig-nificación simbólica marcaron el ciclo de
intensas disputas protagonizado por el “bloque popular” en pos de la transformación
social. El 1 de mayo de 2006 el presidente Morales firmó el decreto de
nacionalización que avanzaba respecto de las medidas adoptadas en el último
tramo del gobierno anterior. Este proceso implicó además la recuperación, en
2008, de la mayoría accio-naria estatal en las petroleras “capitalizadas”
–privatizadas de forma parcial– en los noventa20. La derrota en 2008 de la estrategia destituyente
callejera impulsada por las elites de la llamada región de la Media Luna
boliviana tras el abortado levantamiento que culminó en la Masacre de Pando
cerró, al menos provisoriamente, la situación de “empate catastrófico” entre
las clases y bloques sociales. A partir de ese momento, parece haberse abierto
un nuevo período que estuvo condicionado por los efectos regionales de la
crisis internacional. Esta situación trasladó al seno de la propia coalición
gobernante algunas de las tensiones y disputas en torno a la orientación de las
políticas públicas como respuesta a la crisis. Conscientes de la dimensión ambiental
y climática de la misma y frente a la necesidad de construir una alternativa
popular a las propuesta esgrimidas por las potencias imperiales en relación con
la cuestión del cambio climático, el gobierno boliviano y numerosos movimientos
sociales de ese país organizaron, en abril de 2010 en Cochabamba, la
Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de
la Madre Tierra, para construir estrategias e iniciativas “desde abajo” para
influir en el curso de las negociaciones de la Cumbre de Cambio Climático
organizada por las Naciones Unidas. Dicho encuentro, que contó con una
importante participación de movimientos lati-noamericanos y de otros
continentes, selló un acuerdo de las organizaciones participantes con la
perspectiva de promover un movimiento internacional contra los responsables de
la crisis climática y por alternativas efectivas frente a la misma que
contempla, entre otras cuestiones, el impulso a referéndums y consultas sobre
la cuestión.
La evolución de la situación nacional
marcada por los efectos de la crisis en el país andino llevó, no obstante, al
presidente Evo Morales a fines de 2010 a anunciar el aumento de los
combustibles debido a la decisión de eliminar los subsidios estatales. Este
incremento fue justificado con el argumento del perjuicio causado por el
contrabando de carburantes a la economía nacional y promovía el aumento del
precio de los combustibles en un 80%. Rápidamente la decisión presidencial se
reveló como altamente antipopular. Las protestas, movilizaciones y bloqueos de
ruta protagoniza-dos por distintas organizaciones sociales e indígenas pusieron
de manifiesto la amplitud del repudio popular y obligaron al presidente
boliviano a dar
20 Seoane, Taddei y Algranati, Recolonización…,
op. cit.
261
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
marcha atrás con la medida. Esta
rectificación del rumbo gubernamental exigida por los propios movimientos
comprometidos en el proceso de cam-bio manifiesta la capacidad aún existente en
las organizaciones populares para incidir en el rumbo de las decisiones
gubernamentales y la respuesta permeable del gobierno a la opinión popular. Sin
embargo, el anuncio rea-lizado no permitió revertir, en gran parte, el
incremento de los precios de productos alimenticios y de otros insumos de
consumo popular provocado tras la tentativa del “gasolinazo”. Posteriormente,
en enero de 2011 el propio presidente Morales anunció la promoción de una nueva
Ley Minera para Bolivia que pretende dinamizar el proceso de industrialización
y redefinir al mismo tiempo los porcentajes de las utilidades que las empresas
privadas del sector deberán reinvertir en dicho país. Distintos sectores
sindicales y orga-nizaciones indígenas y campesinas, como el Consejo Nacional
de Ayllus y Markas del Qullasuyu (conamaq), la Confederación de Pueblos Indígenas
de Bolivia (cidob), la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesi-nos
de Bolivia (csutcb) y la Confederación Nacional de Mujeres Campesinas Indígenas
Originarias de Bolivia Bartolina Sisa (cnmciob-bs), alertaron sobre el riesgo
de que dicha ley fuera exclusivamente discutida con las empresas mineras y
cooperativas, y formularon la necesidad de que la misma recogiera la visión de
las naciones originarias y contemplara los derechos colectivos de las
comunidades.
La evolución reciente de las
experiencias de “cambio constituyente” en la región andina permite vislumbrar
así las disyuntivas y tensiones que enfrentan estos procesos como resultado de
los efectos de la crisis capitalista y la tendencia a trasladar sus “costos”
hacia la periferia del sistema-mundo. Esta situación es una amenaza para la
profundización de los procesos de cambio. Ante este contexto, el debate y la
acción en torno a la construcción de nuevas alternativas societales asumen unas
particulares relevancia y urgen-cia. Los pueblos y comunidades indígenas y
campesinas contribuyen a este debate y construcción desde su experiencia
histórica. La propuesta del “buen vivir” o sumak kawsay es en
este sentido un aporte a la necesaria reflexión sobre los horizontes
emancipatorios y de liberación. La idea del “buen vivir” se funda en una aguda
crítica al concepto y a las políticas de desarrollo, asociados con el “mal
vivir” del presente, a la concepción productivista del capitalismo y a su afán
de acumulación de riquezas como fundamento de la experiencia humana. La
recuperación de las cosmovisiones indígenas y el respeto a la Pacha Mama como
fuente de defensa de la vida son cuestiones fundantes de esta idea, lo que no
implica postular una “defensa romántica” y ahistórica de las experiencias
organizativas y de las culturas indígenas. Por el contrario, la necesidad de
vivir en armonía con la “naturaleza” enfatiza el desafío de construir formas
colectivas y solidarias de organización societal que reflejen la complejidad y
diversidad de la experiencia social y de la pro-pia transformación del mundo
indígena y campesino como resultado de su inscripción en los procesos de
socialización contemporáneos. Asume que la
262
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
descolonización en un marco
intercultural implica necesariamente aceptar la complejidad y diversidad de
voces, proyectos y lugares producidos por la reacción social frente a los
núcleos de desigualdad existentes. Recupera la experiencia de autogobierno comunitario
y la concepción de pluralismo económico, y defiende el reconocimiento de la
plurinacionalidad como principio fundante de nuevas y necesarias formas de
organización política de los territorios de Nuestra América. Estas y otras
cuestiones conforman los nudos problemáticos y del “buen vivir” que es
entendido y postulado no como programática ya resuelta sino como un proceso
abierto, diverso y en construcción en la lucha contra la desmercantilización de
la vida.
Bienes comunes naturales y proyectos populares:
presente y futuro de las alternativas emancipadoras
Si el ciclo de crecimiento económico
desplegado en la región a partir de 2003 acentuó dramáticamente las
consecuencias de la acumulación por despose-sión de los bienes naturales, el
estallido y la evolución de la crisis económica internacional a partir de fines
de 2008 abrieron un nuevo escenario que, por lo menos inicialmente, fue
aprovechado con mejor suerte por las fuerzas conservadoras. La amenaza de la
crisis pareció favorecer en algunos casos las opciones más sistémicas; la
profundización de la explotación intensiva de los bienes de la naturaleza
creció en predicamento ante la incertidumbre; y el crecimiento de los precios
de algunas commodities (particularmente los alimentos) fomentó
la opción exportadora y la fuerza de estas fracciones económicas.
En este contexto, Nuestra América
afrontó una ofensiva restauradora promovida por los poderes imperiales y por
las fracciones y fuerzas más retrógradas del bloque dominante y las elites
políticas en el ámbito nacional de la que no era ajeno el control de estos
bienes. En esta dirección, el golpe de estado en Honduras de mediados de 2009
resultó una señal indudable del relanzamiento de la iniciativa estadounidense
en el continente orientada a neutralizar y abatir los procesos de cambio en
curso y reconquistar el control sobre un territorio que considera su área de
influencia natural, ahora bajo la nueva legitimidad que ostentaba la
presidencia de Obama.
En contrapartida, los caminos de la
construcción de un proyecto popular de cambio social están también
estrechamente vinculados con las alternativas en relación con el uso y gestión
de los bienes comunes de la naturaleza. Y similar cuestión se plantea en el
plano internacional, en la batalla contra los verdaderos responsables del
cambio climático que está modificando, a golpes de catástrofes e inclemencias,
la vida en el planeta y amenazándola con su extinción. Entonces, la consigna
adoptada reciente-mente por muchos de los movimientos y organizaciones que se
movilizan por una efectiva respuesta ante la crisis climática se nos vuelve tan
propia: “Cambiemos el capitalismo, no el clima”.
263
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Ciertamente, los movimientos sociales
y los pueblos de Nuestra América y del mundo afrontan la magnitud de una crisis
que en sus dife-rentes aspectos (económico, ambiental, alimentario, energético,
de guerra y militarización, etcétera) tiene la profundidad de una crisis
civilizatoria. No es sólo el horizonte lejano de las luchas, sino también y
especialmente la interpelación urgente de la coyuntura. Hace casi cuatro
décadas, Eduardo Galeano popularizó la imagen de América Latina con sus venas
abiertas, hoy trágicamente esas venas están siendo sangradas aún más
profusamente, y una “sociedad con fines de lucro” de poderosos y canallas,
locales y extranje-ros, se enriquece a sus costillas. Pero en las disputas por
los bienes comunes de la naturaleza también se tejen las resistencias, las
alternativas y los sueños de nuestros pueblos. Enarbolan las programáticas y
los horizontes emancipa-torios surgidos, discutidos, explorados en estas
últimas décadas de luchas y organización de los movimientos sociales y populares,
de las clases y grupos subalternos. Ofician de brújula estratégica frente a los
desafíos que se abren hacia adelante.
264
imperialismo
Un libro como este no podría darse
por terminado sin examinar, siquiera someramente, una cuestión que, pese a no
estar situada en el centro de nuestras preocupaciones, es de capital
importancia: la cartografía, es decir, “el arte de trazar mapas o cartas
geográficas”, tal como lo define el diccionario de la lengua española de Julio
Casares. Se trata, ¿qué duda cabe?, de un arte de gran trascendencia no sólo
por su utilidad práctica en la vida económica y social, sino también en la
administración general del Estado y, sobre todo, en las cuestiones de índole
militar. No obstante, algo sobre lo cual no se insiste lo suficiente es el
papel de la cartografía también como vehículo mediante el cual una clase
dominante proyecta su visión del mundo, graficando y promo-viendo, en términos
claros y sencillos, una cosmovisión que tiene que ver con localizaciones
geográficas, tamaños, distancias, vecindades y lejanías pero, particularmente,
con el poder y la dominación en el plano internacional y la “clasificación” de
los pueblos y naciones sometidas al poder imperial.
En un brillante trabajo escrito a
comienzos de la década del noventa, Boaventura de Sousa Santos advertía sobre
la gran importancia de la carto-grafía y confiaba –como el autor de estas
líneas– en “despertar en ustedes el interés por el mundo fascinante de los
mapas”, entendidos como manifesta-ciones de las relaciones de dominación existentes
en el plano internacional1. Pese a que el sentido común le adjudica a los mapas la cualidad de ser
un fiel reflejo de la realidad, lo cierto es que, como sostiene el sociólogo y
jurista portugués, aquellos no dejan de ser representaciones distorsionadas de
la realidad. La referencia al famoso cuento de Jorge Luis Borges sobre la
obsesión del emperador por construir un mapa que fuera la exacta repro-ducción
de su imperio es introducida tanto por De Sousa Santos como por otro autor
contemporáneo, Franz Hinkelammert, en un libro que se llama,
1 Ver su “Una cartografía simbólica de
las representaciones sociales”, en Nueva Sociedad, Nº 116,
noviembre-diciembre de 1991. Boaventura hace referencia a “Museo”, cuento de
Jorge Luis Borges incluido en El Hacedor, publicado en 1960.
265
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
no por casualidad, El mapa
del emperador. En él este autor afirma que un mapa, “para ser tal, necesita
ser relativo”2. De lo contrario, como ocurrió con el mapa elaborado por los diligentes
cartógrafos del emperador, su extensión sería idéntica a la del imperio y
terminaría, como en el cuento de Borges, abandonado por inútil. Asumida esta
insalvable limitación de cualquier mapa, De Sousa Santos sostiene que su
inevitable distorsión se produce a través de tres mecanismos principales: la
escala, la proyección y la simboli-zación. La escala fija la proporción que
existe entre las distancias de la reali-dad y las que figuran en su
representación cartográfica. Cuanto mayor sea la escala tanto mayor será el
nivel de detalle y de información que podrá ofrecer el mapa. Fiel a una de las
leyes de la dialéctica, en este caso la cantidad se convierte en calidad. La
proyección es el segundo mecanismo distorsivo de los mapas, toda vez que se
trata de representar en un planisferio las super-ficies curvadas de la esfera
terrestre. Como señalan los cartógrafos críticos, no hay mapas perfectos porque
no hay solución plenamente satisfactoria a este desafío. Pero existen algunos
mapas que, como veremos más adelante, son mucho menos perfectos que los demás.
De Sousa Santos observa con razón que las distorsiones de la proyección (sus
formas y sus grados) no son impredecibles, sino que obedecen a un patrón y a
reglas muy precisas. Por otra parte, cualesquiera que hayan sido los criterios
utilizados para la proyec-ción, todos los mapas tienen un centro, un “lugar”
desde el que se ordena el mundo: Roma, Jerusalén, La Meca, Greenwich,
Washington, Beijing, etcétera. Los planisferios chinos, por ejemplo, colocan a
la China en el lugar central del mapa, con lo que Estados Unidos y el continente
americano quedan situa-dos en el Oriente, al paso que Europa pasa a ser una
península de la masa terrestre euroasiática situada en el extremo de Occidente.
Todo esto revela la extrema relatividad del “sentido común” y hasta del léxico
especializado que utilizan expertos, académicos y políticos en nuestros días,
al menos en esta porción del mundo autodenominada “Occidental”, que no parece
ser consciente de lo cuestionable de esta clase de calificaciones. En la misma
línea, ¿por qué suponer que el hecho de que el meridiano cero pase por la
pequeña localidad de Greenwich sea simplemente una cuestión técnica y no un
reflejo del papel de Inglaterra en una determinada fase de constitución del
sistema internacional? ¿Acaso esa arbitraria decisión no “ordena” el mundo,
dividiéndolo en dos hemisferios e instalando subrepticiamente a Inglaterra en
el centro del escenario mundial como si fuera un hecho de la naturaleza?3.
2 Ver El mapa del emperador,
de Franz Hinkelammert (San José: Departamento Ecuménico de Investigaciones,
1986).
3 La localización del meridiano cero en
Greenwich –suburbio localizado al sudeste de Lon-dres, donde se encuentra un
Observatorio Real– fue el resultado de una Conferencia Inter-nacional reunida
en Washington en 1884 y a la cual asistieron representantes de 25 países.
Francia se abstuvo de votar la resolución y por varias décadas mantuvo en sus
mapas al
266
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Como puede verse en el mapa que
exhibimos a continuación, elabo-rado en China, los criterios de “Oriente” y
“Occidente” cambian completa-mente de sentido.
Por último, la simbolización sería el
tercer elemento distorsivo de los mapas: estos deben tener señales gráficas
para identificar las características de la realidad espacial en cuestión. No es
lo mismo un mapa político, en donde simplemente se identifiquen los límites
nacionales (o provinciales, interde-partamentales en mapas de un país), que
otro en donde se haga lo mismo con las actividades económicas predominantes, la
concentración urbana y otras variables de este tipo.
De lo anterior se desprende que las
distorsiones mencionadas (escala, proyección, simbología) no son cuestiones
meramente técnicas, sino que obedecen a decisiones esencialmente políticas e
ideológicas vinculadas con el ejercicio del poder. Por algo la confección de
los mapas está rigurosamente controlada por los gobiernos, y casi siempre en
manos de agencias u oficinas pertenecientes a las fuerzas armadas. Los mapas
son una cuestión de Estado. Tal como asegura J. Brian Harley, “monarcas,
ministros, instituciones estata-les, la Iglesia, todos han iniciado programas
de mapeo para fines particulares.
meridiano cero pasando por París. Si
la hegemonía del sistema internacional hubiese estado en manos de Alemania, el
meridiano cero habría pasado por Berlín. ¡No hay nada natural en todo esto,
mucho menos un “hecho” de la geografía!
267
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
En la sociedad occidental moderna,
los mapas rápidamente se volvieron cru-ciales para la conservación del poder
del Estado (para sus fronteras, comercio, administración interna, control de
población y fuerza militar). El Estado con-serva su conocimiento celosamente,
los mapas han sido universalmente cen-surados, mantenidos en secreto y
falsificados”4. En relación con esto último, la falsificación de los mapas fue uno de
los más eficaces recursos utilizados por la Unión Soviética para desorientar a
los invasores nazis. A mediados de 1988, el jefe de los cartógrafos de ese país
reveló que desde los años treinta, bajo Stalin, la urss había premeditadamente
falsificado todos los mapas públicos, desplazando ríos y rutas, distorsionando
límites y omitiendo datos de relieve a los efectos de dificultar ataques de
fuerzas enemigas, bombardeos de ciuda-des y operaciones de inteligencia
llevadas a cabo por fuerzas enemigas5.
El descubrimiento de América y la
expansión de la navegación a partir del comienzo del siglo xvi requirieron la
elaboración de nuevos y mejores mapas, capaces de servir de confiables guías
para la navegación oceánica y de reflejar con precisión un mundo que todavía el
saber dominante de la época, férreamente controlado por la Iglesia en Europa,
se resistía a concebirlo como una esfera celeste. Le cupo a Gerardus Mercator
el mérito de haber resuelto este problema, creando un planisferio basado en una
proyección cilíndrica del planeta que fue de gran utilidad para los navegantes
y que aún se emplea en nuestros días. Su mapa vio la luz pública en 1569 y,
desde ese entonces y a pesar de sus distorsiones, es “la representación”
establecida de nuestro pla-neta, con su configuración socialmente aceptada de
distancias, países y regio-nes. Cuando se piensa en la imagen del mundo, lo que
viene a nuestros ojos es el mapa creado por Mercator. La abrumadora mayoría de
los planisferios en circulación, y que se encuentran en libros de texto,
manuales especializados, atlas y mapas de todo tipo, continúan basándose en la
proyección del brillante cartógrafo flamenco, que es la que se inserta a
continuación.
4 J. Brian Harley, “Hacia una
deconstrucción del mapa”, en La nueva naturaleza de los mapas (México
df: Fondo de Cultura Económica, 2005) pp. 185-207.
5 Ver “Soviet aide admits maps were
faked for 50 years”, de Bill Keller, en The New York Times, 3 de
septiembre de 1988, en <www.nytimes.com/1988/09/03/world/soviet-aide-admits-maps-were-faked-for-50-years.html?pagewanted=all&src=pm> y “Faked Russian maps gave the
Germans fits”, una carta de lectores publicada el 11 de septiembre de 1988 en
el mismo diario, en <www.nytimes.com/1988/09/11/opinion/l-faked-russian-maps-gave-the-ger-mans-fits-923888.html>.
268
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Fuente: Wikipedia.
Ahora bien, ¿por qué cuestionar este
mapa? Técnicamente adolece de varios defectos que no viene al caso examinar
aquí, salvo dos, que nos importan por sus claras implicaciones políticas.
Primero, la proyección de Mercator acrecienta el tamaño de los territorios
situados en las cercanías a los polos del planeta, a la vez que disminuye el de
aquellos que se encuentran próximos al ecuador. Segundo, la línea ecuatorial
que divide en mitades idénticas la esfe-ra terrestre contiene en su hemisferio
norte una masa terrestre muy superior a la que aparece en el hemisferio
meridional. Podríamos agregar además, pero esto ya nos llevaría demasiado lejos
dado los limitados objetivos de este breve texto, que también existe un acto de
arbitrariedad (de la cual no están exentos otros mapas alternativos) al colocar
al norte en el sector superior del mapa, cuando sería igualmente razonable
situarlo en la parte inferior.
Pero más allá de estas críticas,
aparecidas en fechas recientes, el mapa de Mercator transitó durante cuatro
siglos sin que haya sido seria-mente impugnado. Surgido en –y altamente
funcional a– la Edad de los Descubrimientos, como suele llamarse a gran parte
del siglo xvi, el mapa proyectaba la imagen de un mundo nor-atlántico de
enormes proporciones situado por encima de un conjunto de países y pueblos
atrasados poblando territorios comparativamente mucho más pequeños. Era una
proyección ideal para ratificar en el terreno de la geografía y del “sentido
común” la existencia de pueblos colonizadores y pueblos colonizados, de
naciones
269
AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
que estaban “arriba” y de otras que
quedaban “abajo”. Pero en 1974, apenas cinco años después del cuarto centenario
de su creación, un historiador, cineasta y ensayista alemán, Arno Peters,
conmovió a la academia y a la opinión pública interesada al presentar un mapa
con una nueva proyección que tenía la virtud de preservar la homogeneidad de
los tamaños de países y regiones con independencia de su localización en el
globo terráqueo. Como decíamos más arriba, con la proyección de Mercator los
tamaños de las áreas aumentaban a medida que se acercaban a los polos, cosa que
no ocurre con la proyección de Peters, que preserva la equivalencia de las
superficies cualquiera que sea su localización en el globo terráqueo. Esta
concepción tenía un importante precedente, oscurecido por el “pensa-miento
único” dominante en este tema: la propuesta de un pastor protes-tante escocés,
James Gall, quien en 1855 había presentado en una reunión de la Asociación
Británica para el Progreso de la Ciencia, en Glasgow, una proyección semejante
a la que más de un siglo después exhibiría Peters. Un dato revelador de las
resistencias que despertó aquella concepción, crítica de la ortodoxia
mercatoriana, en los círculos dominantes de la época es que la ponencia de Gall
sólo sería publicada en el Scottish Geographical Magazine ¡treinta
años más tarde, en 1885! Pero si en la mitad del siglo xix, durante
el apogeo del colonialismo, las clases dominantes y los mandarines del sistema
enquistados en sus universidades y medios de comunicación pudieron acallar la
herejía cartográfica del pastor escocés, un siglo después, procesos de
descolonización mediante y en el nuevo clima ideológico abier-to con las
insurrecciones globales de 1968 y las luchas antiimperialistas en África, Asia
y América Latina, el anuncio de Peters tuvo un enorme impacto. Las grandes
movilizaciones mundiales y las luchas de liberación nacional en auge desde el
fin de la Segunda Guerra Mundial que reclamaban la cons-trucción de un mundo
mejor encontraron en el mapa de Gall-Peters, o sim-plemente en el mapa de
Peters, un arma de formidable importancia para las batallas que debían librar
en el terreno ideológico: una imagen del planeta que, a diferencia de la
convencional, reflejaba el enorme potencial de los pueblos sometidos a siglos
de expoliación colonial y que redimensionaba, reduciéndolos a sus justas
proporciones, los territorios de las potencias colonialistas agigantadas por la
proyección de Mercator.
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IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Fuente: Wikipedia.
Si bien Peters no pudo ser ninguneado
como el clérigo Gall, la aceptación de su nuevo mapa fue un proceso en extremo
laborioso y conflictivo. Presentado con su simbología y referencias en alemán
en 1974, debie-ron transcurrir nueve años antes que su mapa viera la luz, en
1983, en la lengua del imperio, el inglés. Y tal cosa ocurrió en medio de una
impre-sionante contraofensiva de los custodios del saber establecido, que
con-sideraron como “política” o “demagógica” la propuesta de Peters, ¡al paso
que juzgaban como puramente técnica y privada de toda implicación política la
proyección de Mercator! Pese a ello, el nuevo mapa fue ganando importantes
adeptos, especialmente en algunas agencias de las Naciones Unidas (como la
unesco, el pnud, la unicef, etcétera) y organizaciones internacionales no
gubernamentales de ayuda a los pueblos del Tercer Mundo, como oxfam y muchas
otras, hasta alcanzar una enorme difusión en nuestros días.
Peters fue un personaje notable, un
pensador radical que sostuvo cosas tales como que “el eurocentrismo comienza en
los mapas”. O que “siempre son los países del Tercer Mundo […] los países de
los anteriores pueblos colonizados, de los pueblos no-blancos, quienes son
secundarios en el mapa de Mercator”. Su mapa, continuó diciendo, “es la
expresión de la europeización del mundo, de la época de dominación mundial del
hombre blanco, de la explotación colonial del planeta por parte de una minoría
de pueblos blancos, dominantes, bien armados, técnicamente superiores y
bru-tales”. Y concluyó afirmando que “esa época no ha de eternizarse mediante
la
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AMÉRICA LATINA EN LA GEOPOLÍTICA DEL
IMPERIALISMO Atilio A. Boron
insistencia en la imagen geográfica
mundial creada por esa minoría y perte-neciente a ella”6.
El sesgo colonialista e imperialista
de los mapas tradicionales, inspi-rados en la proyección Mercator, resulta
evidente a simple vista cuando se examinan las siguientes imágenes.
a. El fenomenal sobredimensionamiento
del tamaño de Europa en com-paración con Sudamérica, cuya superficie es casi el
doble.
Europa: 10.530.751 km²; América del Sur: 17.870.218
km².
b. La Unión Soviética, convenientemente
agigantada –de especial impor-tancia en la época de la Guerra Fría– ante una
África empequeñecida escandalosamente pese a que su territorio es mayor que el
de la urss.
6 Ver su “Der Europa-Zentrische
Charackter unseres Geographischen Weltbildes und seine Überwindung”,
reproducido en Revista América. La Patria Grande, Nº 8, 1990. El
libro fun-
damental de Peters es The New
cartography (Nueva York: Friendship Press, 1983).
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IMPERIALISMO Atilio A. Boron
Antigua urss: 22.402.200 km²; África: 30.272.922
km².
c. El Norte comparado con el Sur, que se
ve como si fuera mayor en el mapa, aunque su área es casi exactamente la mitad.
Una representa-ción gráfica insanablemente mentirosa pero ideológicamente
impor-tantísima para el imperialismo.
Norte: 48.900.000 km²; Sur: 99.900.000 km².
d. Groenlandia comparada
con África, otro ejemplo del persistente menosprecio de este continente y de la
simétrica sobrevalorización de un territorio administrado por Dinamarca. ¡Se
debe notar que África tiene un territorio diez veces más grande que
Groenlandia!
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IMPERIALISMO Atilio A. Boron
África: 30.272.922 km²; Groenlandia: 3.071.990 km².
e. Groenlandia comparada con China se ve
mucho mayor, pero en reali-dad no llega a tener siquiera la tercera parte de la
superficie territorial del gigante asiático.
Groenlandia: 3.071.990 km²; China: 9.582.900 km2.
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IMPERIALISMO Atilio A. Boron
f. ¿Dos mundos distintos?
Mapa Mercator
Mapa Peters
Estados Unidos, con 9.826.675 km2, aparece en el mapa de Mercator con una superficie
(incluyendo Alaska, naturalmente) más de dos veces superior a Brasil, pese a
que este tiene un territorio de un orden de magnitud similar al de Estados
Unidos: 8.514.877 km2. Por otra parte, Sudamérica, con una super-ficie de 17.870.210 km²,
casi el doble de la de Estados Unidos, aparece como significativamente menor
(especialmente si se toma en cuenta, como corres-ponde, Alaska), a la vez que
México, con casi 2 millones de kilómetros cua-drados (exactamente 1.964.375
km², una cifra equivalente a la quinta parte de Estados Unidos), casi
desaparece del mapa en la proyección Mercator. África, aplastada por Europa, en
el mapa y en su historia, revela en cambio toda su
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IMPERIALISMO Atilio A. Boron
verdadera dimensión en la proyección
de Peters. La India, con poco más de 3 millones de kilómetros cuadrados, es
insignificante en el mapa tradicional, no sólo si se la compara con
Groenlandia, que tiene casi la misma superficie, sino con la superficie aparente
del Reino Unido, su amo colonial, que con sus 243.610 km² tiene un área que no
llega a ser la décima parte de la India. Sin duda, la representación
cartográfica “oficial”, basada en la proyección de Mercator, es la fiel
expresión del sistema imperialista. El mapa de Peters, en cambio, al ser
“área-equivalente”, pone de relieve la superficie real de cada uno de los
países y continentes, y respalda con los datos duros de la geografía el clamor
de los pueblos del Tercer Mundo en pos de la justicia, la igualdad y la
autodeterminación nacional. En momentos en que, como demostramos en este libro,
el imperialismo repotencia sus políticas de control territorial y saqueo y
exacerba su proyecto de desposesión de las inmensas riquezas que alberga en
Nuestra América, contar con un mapamundi que refleje exacta-mente las
dimensiones de nuestros territorios constituye un instrumento de lucha política
y militar de enorme utilidad práctica. Pero no nos quedemos ahí. Después de
todo, ¿por qué no animarse a mirar el mundo de otra mane-ra, como lo ilustra la
siguiente imagen? Aun manteniendo la proyección de Mercator, el sistema
internacional luce distinto, y los poderes hegemónicos del Norte más débiles
cuando se los sitúa en la parte inferior del mapa.
Una obra como esta es invariablemente
el resultado de un esfuerzo colec-tivo. Un escritor, cualquiera que sea el
género que cultive –poesía, ensayo o novela– siempre es el vocero de muchas
voces que en el momento de plasmar el escrito se llaman a silencio. Tanto más
en un ensayo como el que el lector ahora tiene en sus manos, producto de
numerosas conferencias, clases, mesas redondas, entrevistas radiofónicas o
televisivas en donde los interlocutores, ya sea con sus preguntas, disensos o
afirmaciones aportaron una masa de conocimientos que fue decisiva a la hora de
desarrollar el argu-mento central de este libro y la evidencia empírica que lo
sustenta.
Dado lo anterior sería una empresa
condenada al fracaso tratar de agradecer a todas y cada una de esas
multitudinarias voces silentes. No obstante, y asumiendo el riesgo de incurrir
en algún involuntario e injusto olvido, hay algunos nombres que no puedo dejar
de mencionar. Por ejemplo, a mis amigos y colegas del periodismo: Santiago
O’Donnell y Mercedes López San Miguel, quienes desde la sección Internacionales
de Página/12 estimu-laron mi interés por una problemática como
la geopolítica, siempre mirada con recelo por la izquierda por razones que
expondremos más adelante. La misma deuda tengo con Pedro Brieger y con quien
durante mucho tiempo fuera su compañera de equipo en Visión 7
Internacional: Hinde Pomeraniec, así como con su sucesora en ese programa,
Telma Luzzani, quien además me permitió utilizar sus magníficos mapas de las
bases militares de Estados Unidos y la otan en Nuestra América que incorporamos
en el Apéndice de este libro. A ella y a la casa editorial Debate, que
publicara su magnífico Terri-torios vigilados, mi más sincero
agradecimiento. Mi gratitud también con los amigos de Ediciones
Luxemburg, y en especial a Ivana Brighenti, Marcelo F. Rodríguez y Miguel
Santángelo por su colaboración en las distintas tareas que permiten que un
manuscrito se convierta en un bello libro. La misma gratitud cabe expresar para
con la Facultad de Ciencias Sociales de la Uni-versidad de Buenos Aires en el
marco de cuyo proyecto ubacyt se hizo posi-ble la investigación que hoy
sometemos a la consideración pública; y para el conicet, que al incorporarme
hace ya muchos años como investigador científico me permitió dedicarme al
estudio con una sistematicidad que hubiera sido imposible sin su apoyo. Rina
Bertaccini, Mónica Bruckmann, Elsa Bruzzone, Ana Esther Ceceña, Miguel
Montserrat, Robinson Salazar y Luis Suárez Salazar fueron a lo largo de los
años permanentes fuentes de consulta e información sobre un tema acerca del
cual mis conocimientos eran apenas rudimentarios. Mis colaboradores en el pled
–el Programa Lati-noamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales del
Centro Cul-tural de la Cooperación “Floreal Gorini”– Pablo Balcedo, Florencia
Gosparini y Sonia Winer dieron muestras de una enorme paciencia y generosidad
en momentos en que parecía que la interminable redacción de este libro esta-ba
destinada a convertirse en una versión contemporánea –y desesperante, para
ellos– del mito de Sísifo. El riesgo no dependía tanto de algún incurable
núcleo obsesivo del autor de estas líneas como del interminable torrente de
novedades, informaciones y elaboraciones teóricas que día a día apor-taban
nuevos antecedentes o interpretaciones sobre el inestable equilibrio
geopolítico mundial, señal inequívoca de que la dominación imperialista había
entrado en una fase de profundas convulsiones que hacían muy difícil decidir el
momento en el cual podía ponerse punto final a la investigación. Similar deuda
de gratitud guardo para con Andrea Vlahusic, quien no sólo es mi colega sino
también mi compañera, con la cual conversé a diario de todos los temas tratados
en este libro a lo largo de los últimos dos años y quien en no pocas ocasiones
aportó interesantes sugerencias o materiales documen-tales. Adolfo Pérez
Esquivel y su saludable empecinamiento en denunciar los criminales planes del
imperialismo y Noam Chomsky, apropiadamente caracterizado como el Bartolomé de
las Casas de nuestro tiempo por Roberto Fernández Retamar, contribuyeron decisivamente
a educarme en los com-plejos y a menudo subterráneos meandros de la geopolítica
del imperio. Mis agradecimientos son también extensivos a Alí Rodríguez, actual
Secretario General de la unasur, quien en sucesivas conversaciones tuvo la
amabilidad de compartir algo de su riquísima experiencia práctica en estos
asuntos. La misma gratitud guardo para con Harry Tamayo Villegas, más conocido
como “Pombo”, el inseparable compañero de Fidel y del Che en Sierra Maestra y
en las campañas del combatiente heroico en el Congo y Bolivia, quien en pocas
horas de conversación pudo transmitirme un acervo de sabiduría sobre temas
militares y geopolíticos que difícilmente podría haber asimilado con la lectura
de centenares de libros.
Un párrafo aparte, finalmente, para
manifestar mi más profundo agradecimiento por lo mucho que pude aprender sobre
los temas centrales examinados en este libro gracias a varias conversaciones
sostenidas con los Comandantes Fidel Castro Ruz y Hugo Chávez Frías en los
últimos años. Esta inmerecida fortuna que me ha tocado en suerte me convenció
de la necesi-dad de estudiar a fondo la geopolítica del imperialismo y, a la
vez, de la ínti-ma conexión existente entre la ciencia militar y el arte de la
revolución, algo que ya había sido sagazmente advertido por Friedrich Engels en
su tiempo y luego de él por Karl Marx y, más tarde, por V.I. Lenin y Antonio
Gramsci. Sin embargo, esta relación se fue desdibujando con el paso del tiempo,
tal vez por obra de eso que Perry Anderson denominara “el marxismo occidental”,
una re-elaboración filosófica, por momentos esotérica, de la tradición
mar-xista que luego fue impugnada por una crítica, brotada desde dentro de esta
tradición, pero caracterizada por un erróneo sesgo economicista. Fidel, como el
gran estratega de las luchas por la segunda y definitiva independencia de
Nuestra América, supo sintetizar en su pensamiento y en su praxis
revolu-cionarias estos hilos dispersos del legado marxista articulando en un
solo núcleo su componente filosófico y humanista, sus principios económicos y
sus concepciones político-militares, reinstalando en el pensamiento crítico
latinoamericano las candentes cuestiones de la estrategia y las tácticas de la
revolución y también de la contrarrevolución, ya que el enemigo imperialista
jamás renunciará a su proyecto de dominación mundial. Un proyecto que, huelga
aclararlo, se resume en sus doctrinas geopolíticas y en las prácticas
político-militares que de ellas se desprenden. Lo mismo cabe decir del
Comandante Hugo Chávez Frías, el gran mariscal de la derrota del alca en Mar
del Plata, quien supo asimilar como nadie las enseñanzas de Fidel. Gra-cias a
su desbordante protagonismo, el líder bolivariano no solamente reins-taló,
rompiendo una inercia de casi veinte años, la cuestión y la actualidad del
socialismo en América Latina sino que también ha venido ejerciendo una ejemplar
pedagogía para sensibilizar a las fuerzas sociales antimperialistas acerca de
la importancia y complejidad de la problemática geopolítica den-tro de la cual
nuestros pueblos libran las batallas por su emancipación. Una vez más,
muchísimas gracias a todas y todos, exceptuados como están, por supuesto, de
los errores e imprecisiones que podrían subsistir en este libro a pesar de su
muy valiosa y desinteresada colaboración.
Buenos Aires, 24 de septiembre de 2012

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