© Libro N° 13467. Variaciones sobre la
melancolía. El tempo de lo inalcanzable. Villarreal, Rogelio. Emancipación.
Febrero 1 de 2025
Título Original: ©
Variaciones sobre la melancolía. El tempo de lo inalcanzable. Rogelio
Villarreal
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Variaciones sobre la melancolía. El tempo de lo inalcanzable. Rogelio
Villarreal
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VARIACIONES SOBRE LA MELANCOLÍA
El tempo de lo inalcanzable
Por Rogelio Villarreal
Variaciones Sobre La
Melancolía
El Tempo De Lo Inalcanzable
Rogelio Villarreal
Variaciones
sobre la melancolía
El tempo
de lo inalcanzable
Por Rogelio
Villarreal el 1 enero, 2025
Una
errática divagación sobre la melancolía me permite compartir con ustedes 24
piezas musicales relacionadas con este peculiar estado de ánimo —¿o condición
clínica?—, de Brahms a Harry Styles.
Escribir
es una forma de terapia. A veces me pregunto cómo se las arreglan los que no
escriben, o los que no pintan o componen música, para escapar de la locura, de
la melancolía, del terror pánico inherente a la condición humana.
—Graham Greene
I
La
melancolía es un hilo que teje una variedad de actividades, las artes, la
literatura, la música. En la pintura está presente en obras como “Melancolía
I” (1514)
de Durero o en la de Jacques
de Gheyn (arriba). Compositores como Chopin, Mahler o Satie canalizan este
sentimiento en piezas que dialogan con la nostalgia y lo inefable. La
melancolía también habita en la obra de poetas y escritores como Keats,
Baudelaire, Ajmátova, Plath o Borges.
Lejos de
ser sólo ese dulce dolor, la melancolía se convierte en una fuente de creación,
en un espacio en el que el ser humano reflexiona sobre su fragilidad y su lugar
en el mundo.
Se le
atribuye al poeta estadounidense Henry Wadsworth Longfellow la siguiente frase:
“La melancolía es una tristeza, un deseo sin nada de dolor, parecido a la
tristeza en la misma medida en que la neblina se parece a la lluvia”, aunque no
he podido averiguar en cuál de sus numerosos libros aparece, si es que él la
escribió. Es posible, pues, que sea una paráfrasis o una interpretación moderna
de sus pensamientos sobre la melancolía. Me parece, sin embargo, que la frase
describe a la perfección ese estado de emoción profundo y complejo que es una
mezcla de anhelo, contemplación y un tanto pesarosa, no necesariamente
vinculado a una causa específica —o acaso a un conjunto de ellas: amores,
lugares, épocas…—. Es una sensación de añoranza de algo ausente, perdido o
inalcanzable, de una belleza serena y reflexiva. Victor Hugo decía que es “la
alegría de estar triste”. Se diferencia de la tristeza porque no busca una
resolución: dejar atrás la tristeza para restaurar la felicidad; sería, más
bien, como un susurro que invita a la introspección y al goce de su propia
profundidad. Es diferente a la nostalgia, ese sentimiento de añoranza por el
pasado, que no es sino la evocación de recuerdos queridos y sensaciones
agradables como alegría, cariño, gratitud; la nostalgia se centra en el pasado
—como la saudade—, en tanto que la melancolía es un estado que
puede ser prolongado y, ya vimos, reflexivo —pero ¿quién soy yo para decir que
no puede haber una combinación de todos estos sentimientos a la vez?
II
Robert
Burton, en su obra La anatomía de la melancolía (1621),
incluye
una variedad de disciplinas en las que la melancolía está presente, desde la
literatura hasta la doctrina religiosa y desde la disciplina militar hasta la
medicina y a la filosofía. La obra de Burton es fundamental para la formación
de la visión moderna sobre la melancolía, dado que él es el primero en sugerir
que la melancolía puede ser tanto un estado temporal de la mente como un
sentimiento de depresión independiente de cualquier circunstancia patológica o
fisiológica y que cada ser humano se ve afectado en algún momento de su vida
por las disposiciones melancólicas.[1]
“Escribo
sobre la melancolía para mantenerme ocupado y así evitar la melancolía”,
escribió este clérigo de la Iglesia Anglicana, bibliotecario y académico de la
Universidad de Oxford, en el prefacio satírico de su magna obra,[2] que
ha servido de inspiración para escritores y poetas. Aunque las personas pueden
escapar de la melancolía, decía Burton, siendo sociables y activas —“diversas
actividades físicas y mentales que ayudan a vencer la melancolía. De ellas, el
estudio se considera la más eficaz. Se recomiendan especialmente la
memorización de textos, la demostración de proposiciones geométricas y el
álgebra”—,[3] ésta
es congénita a la condición humana. A pesar de su tono médico, la obra
considera cuestiones más amplias, incluyendo la política de su tiempo.
Robert
Burton reflexionará sobre su propia tristeza y, tal vez sin proponérselo,
escribiría una obra cardinal no sólo para el barroco y el humanismo anglosajón,
sino una fuente de inspiración para los poetas románticos del siglo XIX como
John Keats (su poema “Lamia” está inspirado en una historia de la Anatomía…) y
escritores del XX como Jorge Luis Borges (que lo cita en su cuento “La
Biblioteca de Babel”).[4]
Al
parecer, Burton sufría depresión clínica, aunque su espíritu, como el de fray
Servando, era festivo. Por eso su obra no es oscura sino optimista. Aun así, el
25 de enero de 1640 Robert Burton decidió no salir de su recámara: lo
encontraron colgado de una viga del techo.
III
¿Es la
melancolía un estado de ánimo o una condición clínica? Sí
y no. En el ámbito de la psiquiatría la melancolía es un término que se
utiliza para describir un subtipo de depresión mayor. En este caso, la
melancolía se caracteriza por síntomas específicos, como pérdida significativa
de placer en casi todas las actividades, falta de reactividad a estímulos
positivos, sentimientos de culpa excesivos o inapropiados, y cambios
significativos en el apetito, el sueño o el movimiento —agitación o
aletargamiento—. La vieja bilis negra, la melancholia: melas (negro)
y kholes (bilis), uno de los cuatro fluidos vitales del cuerpo
humano —sangre, bilis negra, bilis amarilla y flema— de acuerdo con la teoría
humoral de Hipócrates (c. 460–c. 370 a.C.). “La melancolía se ha
convertido hoy en un mal generalizado, en un estado de ánimo que embarga a la
mayoría de los ciudadanos”, se lee en un texto atribuido a Aristóteles,[5] y
se preguntaba: “¿Por qué todos los que han sobresalido en filosofía, política,
poesía o las artes eran manifiestamente melancólicos?”
En el
Romanticismo se asoció la melancolía al genio artístico, al individuo
atormentado, a los poetas y pintores; la melancolía propia de las grandes
sensibilidades y del talento.
No fue
sino hasta el siglo XVIII cuando en el Romanticismo se asoció la melancolía al
genio artístico, al individuo atormentado, a los poetas y pintores; la
melancolía propia de las grandes sensibilidades y del talento. Fue en el siglo
XIX cuando pasó a entenderse como una dolencia tanto de origen psicológico como
corporal; véase, por ejemplo, de Sigmund Freud, Duelo y Melancolía, publicado
en 1917, año que “sirve para trazar el momento en el que la melancolía deja de
considerarse sinónimo de creatividad, imaginación e ingenio como lo fue durante
siglos, para convertirse en el equivalente de depresión y desequilibrio
emocional”.[6]
Aquí nos
interesa, sobre todo, la acepción que se le atribuye a Longfellow, esa
“tristeza, un deseo sin nada de dolor, parecido a la tristeza en la misma
medida en que la neblina se parece a la lluvia”, y no esa pesadumbre llorosa
como la que consumía a Camilo Sesto en su canción “Vivir así es morir de amor”:
“Siempre se apodera de mi ser/ Mi serenidad se vuelve locura/ Y me llena de
amargura”.
IV
En una
parte importante de la obra de Borges la melancolía se relaciona con la memoria
y el olvido —sus tres grandes temas—, y se profundiza
cuando el olvido polariza los efectos de la memoria. En un pasaje de “El Aleph”
un indudable sentimiento melancólico brota del vano intento de abarcar lo
inabarcable, de comprender la vastedad de la experiencia humana y del mundo. Se
percibe ahí un sentimiento de pérdida, de imposibilidad de asir plenamente el
tiempo, los recuerdos y las cosas que nos rodean:
¿Cómo
transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas
abarca? […] Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de
América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un
laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en
mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó.
En su
poema “1964” dice: Sólo me queda el goce de estar triste,/ esa vana costumbre
que me inclina/ al sur, a cierta puerta, a cierta esquina”.
A su vez,
la filósofa española María Zambrano parece complementarlo:
En la
ausencia que las cosas dejan hay una manera de presencia; en su hueco está
aleteando todavía su forma. La melancolía es una manera, por tanto, de tener;
es la manera de tener no teniendo, de poseer las cosas por el palpitar del
tiempo, por su envoltura temporal. Algo así como una posesión de su esencia,
puesto que tenemos de ellas lo que nos falta, o sea lo que ellas son
estrictamente.
María
Zambrano aborda la melancolía en Claros del bosque (1977), en
el que aparece como una experiencia íntima ligada al vacío, la pérdida y la
reflexión, pero también como un estado que permite una apertura a lo
trascendente y a lo esencial de la existencia. Para ella la melancolía no es un
estado propiamente de sufrimiento, sino una vía hacia la contemplación y la
reconciliación con la vida: “La melancolía es el despertar a lo que no está, a
lo ausente que se presiente como irremediable. Es, pues, la más alta forma del
conocimiento lírico, conocimiento que, sin embargo, no redime, sino que
abisma”.[7]
El
filólogo jalisciense Antonio Alatorre respondió así a una pregunta de Jean
Meyer: “Pertenezco más bien a la especie de los memorialistas, los que se ponen
a escribir a los setenta años y hablan de su madre o de su padre, o de alguien
que conocieron a los dieciséis años, y al hacerlo comprueban que están
melancólicos o alegres por dentro”.[8] Más
recientemente, Roger Bartra reflexiona en La
melancolía moderna «sobre algunos personajes de la historia que
se han visto envueltos por esta dolencia: Lincoln, Kierkegaard, Munch,
Baudelaire, Goethe. Síntoma del cambio, la crisis y el absurdo, la melancolía
ha sido un malestar, una dolencia presente en el alma humana que fluye
persistentemente desde la Antigüedad. La melancolía ha devastado y desolado la
vida de quienes ha habitado, pero a su vez ha gestado magníficas expresiones
artísticas que afirman la vida —y la tensión en ella».
V
En marzo
de 2009 publiqué este artículo, “Notas tristes”,[9] que
reproduzco pues con éste entro de lleno al tema que me interesa: la melancolía
en la música.
Cuando mi
padre murió fui a su casa en Torreón y tomé, de entre sus modestas
pertenencias, un pequeño búho de yeso, algunos libros gastados y un casete que
se llama Música de La Laguna. La canción cardenche, que editó
el INAH en 1990. Nunca había escuchado ese antiguo género que aún cantan a
capella un puñado de ancianos en los ejidos de La Flor de Jimulco y
Sapioriz, cerca de Lerdo. Con la muerte de Antonio Valles, Genaro Chavarría y
Guadalupe Salazar —entre unos pocos más— se apagarán también decenas de esas
bellísimas melodías de amor a la mujer, a Dios y aun a los fieles difuntos,
aunque también las hay pícaras y de doble sentido.
“Ahora nos tiran de locos”, dijo don Lupe, “no les gusta oír eso ya, la música
que está entrando está quitando todo lo antiguo”. La canción
cardenche —nombre tomado de un espinosa cactácea del desierto— consta de
tres o cuatro voces cansadas que se distribuyen de acuerdo con la tesitura del
cantante: la grave es el fundamental, también conocida
como la marrana o el arrastre; la segunda o
intermedia es la que lleva la melodía, y a la más aguda se le llama contralta,
arrequinte o requinto. Suele haber en medio de algunas de
estas piezas largos silencios que acentúan la emotividad.
Cuando volví a casa puse el casete. Apenas unos segundos después esos
dulcísimos lamentos bucólicos y esas letras ingenuas, arcaicas, me habían
provocado un copioso llanto que duró toda la tarde. No lo he puesto más de tres
veces porque en un instante las lágrimas escapan tan abundantes como un
sorpresivo chubasco en aquellas áridas tierras.
Hace unos días Luis González de Alba[10] me
envió un escueto mensaje que decía: “¿Ya habías visto esta maravilla? No logro
dejar de llorar…” A esa frase seguía el link en YouTube que lleva a la hermosa
canción “Stand by me” (B. E. King, J. Leiber y M. Stoller, 1961), de la cual
las más famosas interpretaciones son las que hicieron Cassius Clay en 1966 y
John Lennon casi diez años después, en 1975. Esta nueva versión, que es parte
de Playing for Change: Song
Around the World, “un movimiento multimedia creado para inspirar, conectar
y ofrecer paz al mundo por medio de la música” […].
“¿Por qué lloraste tanto?”, le pregunté a Luis. Me respondió que la canción le
gusta y hacía años que no la escuchaba, y que al ver a todos esos músicos tan
expresivos y reflexionar sobre la intención y la tecnología que hizo posible
ese coro mundial las lágrimas brotaron de manera irresistible.
Las canciones nos hacen sentir alegres, tristes o tranquilos porque las
asociamos con recuerdos o experiencias, pero hay piezas musicales que son
tristes en sí, como las que están compuestas en tonos menores, las cuales
probablemente estimulan o detonan algo en planos subliminales. Puede ser la
“Rapsodia de un tema de Paganini” de Rachmaninoff o una simplona balada
comercial. “Un amigo mío”, dice Luis, “me dijo que las canciones griegas, aun
sin entender la letra, le causan una profunda melancolía”. Me gustaría saber
con qué música lloraba mi padre.
VI
La música
melancólica, independientemente de su género, se caracteriza por evocar un
estado emocional introspectivo, relacionado con la nostalgia, la tristeza o el
anhelo. Esto se logra mediante una combinación de elementos musicales y
estéticos que trascienden las barreras estilísticas, como la melodía: las
líneas melódicas suelen ser suaves, descendentes o repetitivas, lo que produce
una sensación de resignación o reflexión, y a menudo exploran tonalidades
menores, que evocan emociones profundas.
En la
armonía los acordes y las progresiones tienden a ser sombríos, con resoluciones
ambiguas o incompletas que sugieren incertidumbre o pérdida.
Sea en un
nocturno de Chopin, un tango de Gardel, un blues de B. B. King o una balada
indie contemporánea, la música melancólica nos ofrece consuelo y belleza en el
acto de recordar lo que fue o, simplemente, de imaginar.
En el
ritmo es común un tempo lento o moderado, con lo que se enfatiza el peso
emocional, mientras que los timbres cálidos y resonantes, como el de las
cuerdas, los pianos o voces suaves, refuerzan la intimidad y el tono reflexivo.
En los géneros electrónicos los sintetizadores suelen ser, digamos, etéreos.
La música
melancólica a menudo juega con contrastes sutiles en la intensidad, desde
pasajes delicados y silenciosos hasta crescendos emocionales que parecen brotar
de un lugar de vulnerabilidad.
En los
géneros con letra éstas abordan temas como, valga repetirlo, la pérdida, la
soledad, el tiempo o los recuerdos.
Sea en un
nocturno de Chopin, un tango de Gardel, un blues de B. B. King o una balada
indie contemporánea, la música melancólica nos ofrece consuelo y belleza en el
acto de recordar lo que fue o, simplemente, de imaginar.
VII
Aquí, una
breve selección, arbitraria y personal, de piezas melancólicas que
me han acompañado en algunos momentos, a veces desde hace muchos años. Al
escucharlas me invade lo que llamo «el efecto Proust», es decir, la sensación
que me produce escucharlas de nuevo y, al mismo tiempo, la evocación del tiempo
en que las escuché por primera vez.
Sinfonía
No. 3 en fa mayor, Op. 90 – III. Poco allegretto, de Johannes
Brahms (1833–1897). “Hablo a través de mi música”, decía el compositor
alemán. Uno de los motivos principales de esta obra está basado en la
transposición musical de las iniciales de una frase suya: “Frei aber froh”
(libre pero feliz: fa–la–fa, aunque la segunda nota es la bemol).
Rapsodia
sobre un tema de Paganini, Opus 43, variación XVIII,
de Sergei Rachmaninoff (1873–1943). Muy popular a partir de su
inclusión en la banda sonora de Pide al
tiempo que vuelva (Somewhere in Time, 1980).
En 1897, después de las críticas negativas a su Sinfonía núm. 1, cayó
en una depresión de cuatro años, hasta que la terapia le permitió completar
su Concierto para piano núm. 2, el que fue muy bien recibido
en 1901.
Gimnopedias, de
Erik Satie (1866–1925). Al parecer, el compositor francés solamente tuvo una
relación amorosa en toda su vida, con la pintora Suzanne Valadon, muy breve, de
apenas seis meses… Satie fue «un precursor
del minimalismo y el impresionismo musical. Es decir, hacía
mucho con poco y exploraba una paleta de recursos ligados a la temporalidad y a
la percepción tímbrica».
“Les
feuilles mortes” (Las hojas muertas), Yves Montand. Célebre
canción francesa de 1945, con letra de Jacques Prévert y música de Joseph
Kosma. Popularizada por Yves Montand, la música del estribillo se convirtió en
un estándar del jazz, con el título de “Autumn leaves”, al ser traducida al
inglés por Johnny Mercer.
“Ne me
quitte pas”, Jacques Brel (1929–1978). Cuando Edith Piaf la escuchó
dijo: “¡Un hombre no debería cantar cosas como éstas!” ¿Acaso Piaf se
escandalizaba por la manera en que Brel mostraba sus sentimientos como una
versión musical del Marqués de Sade o por la obscenidad de componer una canción
que narra el daño que se le hizo a un ser querido? Brel grabó la primera
versión en 1959, y otra en 1972.
“You’ll
never walk alone”, Gerry and the Pacemakers. Una canción compuesta por
Richard Rodgers (música) y Oscar Hammerstein (letra) para el musical Carousel, estrenado
en Broadway en 1945. La versión más exitosa de esta canción fue lanzada en
octubre de 1963 por Gerry and the Pacemakers, en el tercer sencillo de este
grupo de Liverpool, apadrinado por Brian Epstein. Grabada en los Abbey Road
Studios de Londres, bajo la dirección de George Martin, alcanzó el número uno
en la listas de éxitos británicas.
“Like a
rolling stone”, Bob Dylan. Según varios de sus biógrafos, esta canción trata
sobre la pérdida de la inocencia y la crudeza de la experiencia. Los mitos, los
patrones y las viejas creencias se desmoronan para revelar una realidad muy
difícil. De acuerdo con Mike
Marqusee, “La canción adquiere plena intensidad cuando uno cae en la cuenta de
que está dirigida, al menos en parte, al mismo Dylan: es él quien no tiene el
rumbo a casa”.
“For no
one”, The Beatles. Una canción notable por su sonido pop barroco y
un contenido nostálgico, en el que Paul McCartney narra el previsible final de
una relación amorosa. Incluida en el álbum Revolver, de 1966.
“Many
rivers to cross”, Jimmy Cliff. Músico jamaiquino, nacido en
1944, es famoso por canciones como “Sittin’ in Limbo”, “You Can Get It If You
Really Want”, “I Can See Clearly Now” —su versión de la canción de Johnny
Nash—, “Reggae Night” y por la extraordinaria película The
Harder They Come, cuya banda sonora ayudó a
introducir el reggae en los mercados de buena parte del mundo. “Many Rivers to
Cross”, de 1969, la compuso en Londres. En una
entrevista dijo: “Cuando llegué al Reino Unido todavía era un adolescente.
Llegué lleno de energía: voy a triunfar, voy a estar a la altura de los Beatles
y los Stones. Y no fue así, estaba de gira por clubes, sin lograr abrirme paso.
Luchaba con el trabajo, la vida, mi identidad, no podía encontrar mi lugar; la
frustración alimentó la canción”.
“Wish you
were here”, Pink Floyd. Canción de 1975, es un homenaje a Syd Barrett,
exintegrante del grupo, que refleja la pérdida y la añoranza. La guitarra
acústica y la voz emotiva de David Gilmour crean una atmósfera introspectiva y
profundamente conmovedora.
“I’m not
in love”, 10cc. Eric Stewart compuso esta canción en 1975,
después de que su esposa le preguntara por qué no le decía que la amaba.
Stewart pensaba que si repetía esa frase acabaría por despojarla de
significado. “Eso me llevó a tratar de encontrar otra forma de
decirlo, y el resultado fue que elegí decir ‘no estoy enamorado’ mientras le
daba, sutilmente, las razones por las que nunca podría dejar esta relación”.
Merry
Christmas, Mr. Lawrence, Ryūichi Sakamoto (1952–2023).
Músico, escritor y actor japonés, comenzó su carrera en 1978 con la banda
pionera de música electrónica Yellow Magic Orchestra. Empezó a actuar y a
componer música para cine con Merry Christmas Mr. Lawrence (Nagisa
Oshima, 1983), en la que interpretó uno de los personajes principales, con
David Bowie, y compuso la banda sonora. El papel de Sakamoto es el del capitán
Yonoi, que impone valores como una férrea disciplina, el honor y la gloria, al
más puro estilo japonés, pero su celo oculta una homosexualidad reprimida.
“Hallelujah”,
Leonard Cohen. Una canción publicada originalmente en el
álbum Various Positions, de 1984, y casi pasó sin pena ni
gloria. La versión de John Cale de 1991 animó a Jeff Buckley a grabarla en
1994, y en 2004 ocupó el puesto número 259 en la lista de Rolling Stone de
“Las 500 mejores canciones de todos los tiempos”. Se han realizado más de 300
versiones, y a la muerte de Cohen en noviembre de 2016 volvió a las listas
internacionales, incluido el ingreso al Billboard Hot 100 estadounidense.
“With or
without you”, U2. Del álbum The Joshua Tree (1987),
combina una instrumentación minimalista con la emotiva intensidad de la voz de
Bono, que transmite una sensación de conflicto interno, pérdida y amor
imposible. Su progresión lenta, repetitiva, junto con la atmósfera etérea
creada por el uso del infinite sustainer en la guitarra de The
Edge, amplifica su melancolía.
«Petit
Pays», Cesaria Évora (1941–2011). Cantante de Cabo Verde, conocida
con el sobrenombre de «la reina de la morna» (un género musical y de danza de
ese país, relacionado con el fado portugués, la modinha brasileña, el tango
rioplatense y el lamento angoleño). La letra de esta canción refleja un
profundo sentimiento de amor y nostalgia por su país, pequeño y humilde, pero
vasto en cultura y tradiciones musicales.
“En
Barranquilla me quedo”, Joe Arroyo (1955–2011). Entrañable homenaje
del cantante colombiano y su orquesta La Verdad a la ciudad de Barranquilla,
donde residió desde los catorce años hasta su muerte. Está incluida en el
álbum Fuego en mi mente, grabado en los estudios de Discos
Fuentes y publicado el 11 de abril de 1988.
“Mexican
Moon”, Concrete Blond. Composición de Johnette Napolitano, del álbum
homónimo de 1993, en el que cuenta la historia de un romance fallido y la huida
a México de la protagonista, desde donde rememora la historia entre tequilas y
Tecates.
“Take a
picture”, Filter. Sencillo del segundo álbum, Title of
Record, de 1999. El líder de este grupo estadounidense, Richard
Patrick, dijo que la canción habla de él mismo cuando se emborrachó en un avión
y se despojó de toda la ropa, después dijo no recordar nada.
“Efta
fores” (Siete veces), Giorgos Dalaras. El más famoso de los cantantes
griegos contemporáneos, con unos noventa álbumes. Nacido en 1949, Dalaras ha
cantado numerosos estilos diferentes de música griega, como el rebético y el
laïkó, además de música árabe y religiosa. “Aunque caigas sietes veces, debes
levantarte otras ocho”, dice esta canción, una de las favoritas de Luis
González de Alba. Del álbum Sta Tragoudia Pou Sou Grafo (En
las canciones que escribo para ti), de 2003.
“Postcards
from Italy”, Beirut. Ah, el recuerdo de esos tiempos ya pasados, que
se compartieron con alguien amado… quizá con malos momentos, pero que a la
distancia se aceptan con cierto arrepentimiento. La canción de este grupo folk
de Nuevo México es del álbum Gulag Orkestar, de 2006. La
peculiar voz de Zach Condon es irremediablemente melancólica.
“The
District sleeps alone tonight”, Birdy. Una reflexión sobre la soledad
y el descubrimiento personal en medio de la soledad de la urbe, una vez que los
bares han cerrado y los autos se pierden en la noche. Canción original de The
Postal Service (2004), la versión de esta cantante británica es muy superior.
Está incluida en su álbum debut Birdy, de 2011.
“Holocene”,
Bon Iver. Una reflexión que explora la pequeñez del ser humano frente a la
inmensidad del mundo. La era geológica llamada Holoceno comenzó hace unos
11,700 años y continúa hasta el presente. Aparece en el segundo álbum de la
banda, Bon Iver, de 2011.
“Solitaire”,
Mark Lanegan (1964–2022). Lanegan,
también escritor, abandonó Los Ángeles para instalarse en Killarney, Irlanda,
en 2020, donde “conectó con los fantasmas de sus antepasados y encontró una
nueva y refrescante inspiración junto a su mujer, Shelley Brien”. Murió en
2022, un año después de haber contraído covid–19. “Solitaire” es una vieja
canción de Philip Cody y Neil Sedaka, grabada por Los Carpenters y Elvis
Presley, entre otros. Lanegan la incluyó en su álbum Imitations en
2013. “There was a man, a lonely man/ Who lost his love, through his
indifference”.
“As it
was”, Harry Styles. Sencillo del album Harry’s House, de 2022, evoca
las canciones de la década de los ochenta y sus teclados electrónicos. ¿De qué
habla? Vamos, de qué va a ser… de cambio y del desamor, entre otros asuntos.
Uno de sus versos dice: “Harry, no estás bien solo. ¿Por qué estás en tu casa
sentado en el suelo? ¿Qué pastillas estás tomando?” ®
[1] Véase
Alexandru Oravițan, “Una
lectura de la melancolía en los textos de Jorge Luis Borges”. Colindancias:
Revista de la Red Regional de Hispanistas de Europa Central, 5:
195–204, 2014.
[2] El
título completo es The Anatomy of Melancholy, What it is: With all the
Kinds, Causes, Symptomes, Prognostickes, and Several Cures of it. In Three
Maine Partitions with their several Sections, Members, and Subsections.
Philosophically, Medicinally, Historically, Opened and Cut Up.
[3] Borges
Center, “Anatomy of
Melancholy, The”. University of Pittsburgh.
[4] Santiago
Trinchero, “Robert
Burton, anatomista de los tristes”. La Izquierda Diario, 25
de enero de 2019.
[5] Hernán
Urbina J. “Del
problema XXX de Aristóteles. La melancolía, la llaga y la oportunidad”. Revista
Nova et Venera, Vol. 4, núm, 36, abril de 2018.
[6] Ainhoa
Suárez Gómez, “En
defensa de la melancolía”. Nexos, 23 de julio de 2015.
[7] María
Zambrano, Claros del bosque, Madrid: Alianza Editorial, 1977.
[8] Jean
Meyer, “Antonio
Alatorre”. Egohistorias, Centro de Estudios Mexicanos y
Centroamericanos.
[9] En
la desaparecida revista Milenio Semanal, que dirigía Roberta
Garza, aunque la rescaté para Milenio
Diario unos años después.
[10] Luis
González de Alba se suicidó el 2 de octubre de 2015.

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