© Libro N° 9916. El Alquimista. Lovecraft, H.P. Emancipación. Mayo 14 de 2022.
Título
original: ©
The Alchemist, H.P. Lovecraft
(1890-1937)
Versión Original: © El Alquimista. H.P. Lovecraft
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Miranda
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H.P. Lovecraft
H.P. Lovecraft
Allá en lo alto, coronando la herbosa cima un montículo escarpado, de
falda cubierta por los árboles nudosos del bosque primordial, se levanta la
vieja mansión de mis antepasados. Durante siglos sus almenas han contemplado
ceñudas el salvaje y accidentado terreno circundante, sirviendo de hogar y
fortaleza para la casa altanera cuyo honrado linaje es más viejo aún que los
muros cubiertos de musgo del castillo. Sus antiguos torreones, castigados
durante generaciones por las tormentas, demolidos por el lento pero implacable
paso del tiempo, formaban en la época feudal una de las más temidas y
formidables fortalezas de toda Francia. Desde las aspilleras de sus parapetos y
desde sus escarpadas almenas, muchos barones, condes y aun reyes han sido
desafiados, sin que nunca resonara en sus espaciosos salones el paso del
invasor.
Pero todo ha cambiado desde aquellos gloriosos años. Una pobreza rayana
en la indigencia, unida a la altanería que impide aliviarla mediante el
ejercicio del comercio, ha negado a los vástagos del linaje la oportunidad de
mantener sus posesiones en su primitivo esplendor; y las derruidas piedras de
los muros, la maleza que invade los patios, el foso seco y polvoriento, así
como las baldosas sueltas, la madera corroída por gusanos y los deslucidos
tapices del interior, todo narra un melancólico cuento de perdidas grandezas.
Con el paso de las edades, primero una, luego otra, las cuatro torres fueron
derrumbándose, hasta que tan sólo una sirvió de abrigo a los tristemente
menguados vástagos de los olvidados poderosos señores del lugar.
Fue en una de las vastas y lóbregas estancias de esa torre que aún
seguía en pie donde yo, Antoine, el último de los desdichados y maldecidos
condes de C., vine al mundo, hace diecinueve años. Entre esos muros, y entre
las oscuras y sombrías frondas, los salvajes montes y las grutas de la ladera,
pasaron los primeros años de mi atormentada vida. Nunca conocí a mis
progenitores. Mi padre murió a la edad de treinta y dos, un mes después de mi
nacimiento, alcanzado por una roca de uno de los abandonados balcones del
castillo; y, habiendo fallecido mi madre al darme a luz, mi cuidado y educación
corrieron a cargo del único servidor que nos quedaba, un hombre anciano y fiel
de notable inteligencia, que recuerdo que se llamaba Pierre.
Yo no era más que un niño, y la carencia de compañía que eso acarreaba
se veía aumentada por el extraño cuidado que mi añoso guardián se tomaba para
privarme del trato de los muchachos campesinos, aquellos cuyas moradas se
desparramaban por los llanos circundantes en la base de la colina. Por
entonces, Pierre me había dicho que tal restricción era debida a que mi
nacimiento noble me colocaba por encima del trato con aquellos plebeyos
compañeros. Ahora sé que su verdadera intención era ahorrarme los vagos rumores
que corrían acerca de la espantosa maldición que afligía a mi linaje, cosas que
se contaban en la noche y eran magnificadas por los sencillos aldeanos según
hablaban en voz baja al resplandor del hogar en sus chozas.
Aislado de esa manera, librado a mis propios recursos, ocupaba mis horas
de infancia en hojear los viejos tomos que llenaban la biblioteca del castillo,
colmada de sombras, y en vagar sin sentido por el eterno crepúsculo del
espectral bosque que cubría la falda del monte. Fue quizás merced a tales
contornos el que mi mente adquiriera pronto tintes de melancolía. Esos estudios
y temas que tocaban lo oscuro y lo oculto de la naturaleza eran lo que más
llamaban mi atención.
Poco fue lo que me permitieron saber de mi propia ascendencia, y lo poco
que supe me sumía en profundas depresiones. Quizás, al principio, fue sólo la
clara renuencia mostrada por mi viejo preceptor a la hora de hablarme de mi
línea paterna lo que provocó la aparición de ese terror que yo sentía cada vez
que se mencionaba a mi gran linaje, aunque al abandonar la infancia conseguí
fragmentos inconexos de conversación, dejados escapar involuntariamente por una
lengua que ya iba traicionándolo con la llegada de la senilidad, y que tenían
alguna relación con un particular acontecimiento que yo siempre había
considerado extraño, y que ahora empezaba a volverse turbiamente terrible. A lo
que me refiero es a la temprana edad en la que los condes de mi linaje encontraban
la muerte. Aunque hasta ese momento había considerado un atributo de familia el
que los hombres fueran de corta vida, más tarde reflexioné en profundidad sobre
aquellas muertes prematuras, y comencé a relacionarlas con los desvaríos del
anciano, que a menudo mencionaba una maldición que durante siglos había
impedido que las vidas de los portadores del título sobrepasasen la barrera de
los treinta y dos años.
En mi vigésimo segundo cumpleaños, el anciano Pierre me entregó un
documento familiar que, según decía, había pasado de padre a hijo durante
muchas generaciones y había sido continuado por cada poseedor. Su contenido era
de lo más inquietante, y una lectura pormenorizada confirmó la gravedad de mis
temores. En ese tiempo, mi creencia en lo sobrenatural era firme y arraigada,
de lo contrario hubiera hecho a un lado con desprecio el increíble relato que
tenía ante los ojos.
El papel me hizo retroceder a los tiempos del siglo XIII, cuando el
viejo castillo en el que me hallaba era una fortaleza temida e inexpugnable. En
él se hablaba de cierto anciano que una vez vivió en nuestras posesiones,
alguien de no pocos talentos, aunque su rango apenas rebasaba el de campesino;
era de nombre Michel, de usual sobrenombre Mauvais, el malvado, debido a su
siniestra reputación. A pesar de su clase, había estudiado, buscando cosas
tales como la piedra filosofal y el elixir de la eterna juventud, y tenía fama
de experto en los terribles arcanos de la magia negra y la alquimia.
Michel Mauvais tenía un hijo llamado Charles, un mozo tan experimentado
como él mismo en las artes ocultas, habiendo sido por ello apodado Le Sorcier,
el brujo. Ambos, evitados por las gentes de bien, eran sospechosos de las
prácticas más odiosas. El viejo Michel era acusado de haber quemado viva a su
esposa, a modo de sacrificio al diablo, y, en lo tocante a las incontables
desapariciones de hijos pequeños de campesinos, se tendía a señalar su puerta.
Pero, a través de las oscuras naturalezas de padre e hijo brillaba un rayo de
humanidad y redención; el malvado viejo quería a su hijo con fiera intensidad,
mientras que el mozo sentía por su padre una devoción más que filial.
Una noche, el castillo de la colina se encontró sumido en la más
tremenda de las confusiones por la desaparición del joven Godfrey, hijo del
conde Henri. Un grupo de búsqueda, encabezado por el frenético padre, invadió
la choza de los brujos, hallando al viejo Michel Mauvais mientras trasteaba en
un inmenso caldero que bullía violentamente. Sin más demora, encendido de ira y
desesperación desbocadas, el conde puso sus manos sobre el anciano mago y, al
aflojar su abrazo mortal, la víctima ya había expirado. Entretanto, los alegres
criados proclamaban el descubrimiento del joven Godfrey en una estancia lejana
y abandonada del edificio, anunciándolo muy tarde, ya que el pobre Michel había
sido muerto en vano. Al dejar el conde y sus amigos la mísera cabaña del
alquimista, la figura de Charles Le Sorcier hizo acto de presencia bajo los
árboles. La charla excitada de los domésticos más próximos le reveló lo
sucedido, aunque pareció indiferente en un principio al destino de su padre.
Luego, yendo lentamente al encuentro del conde, pronunció con voz apagada pero
terrible la maldición que, en adelante, afligiría a la casa de C.
«Nunca sea que un noble de tu linaje homicida
Viva para alcanzar mayor edad de la que ahora posees».
proclamó cuando, repentinamente, saltando hacia atrás al negro bosque,
sacó de su túnica una redoma de líquido incoloro que arrojó al rostro del
asesino de su padre, desapareciendo al amparo de la negra cortina de la noche.
El conde murió sin decir palabra y fue sepultado al día siguiente, con apenas
treinta y dos años. Nunca descubrieron rastro del asesino, aunque implacables
bandas de campesinos batieron las frondas cercanas y las praderas que rodeaban
la colina.
El tiempo y la falta de recordatorios aminoraron la idea de la maldición
de la mente de la familia del conde muerto; así que cuando Godfrey, causante
inocente de toda la tragedia y ahora portador de un título, murió traspasado
por una flecha en el transcurso de una cacería, a la edad de treinta y dos
años, no hubo otro pensamiento que el de pesar por su deceso. Pero cuando, años
después, el nuevo joven conde, de nombre Robert, fue encontrado muerto en un
campo cercano y sin mediar causa aparente, los campesinos dieron en murmurar
acerca de que su amo apenas sobrepasaba los treinta y dos cumpleaños cuando fue
sorprendido por su temprana muerte. Louis, hijo de Robert, fue descubierto
ahogado en el foso a la misma fatídica edad, y, desde ahí, la crónica ominosa
recorría los siglos: Henris, Roberts, Antoines y Armands privados de vidas
felices y virtuosas cuando apenas rebasaban la edad que tuviera su infortunado
antepasado al morir.
Según lo leído, parecía cierto que no me quedaban sino once años. Mi
vida, tenida hasta entonces en tan poco, se me hizo ahora más preciosa a cada
día que pasaba, y me fui progresivamente sumergiendo en los misterios del
oculto mundo de la magia negra. Solitario como era, la ciencia moderna no me
había perturbado y trabajaba como en la Edad Media, tan empeñado como
estuvieran el viejo Michel y el joven Charles en la adquisición de saber
demonológico y alquímico. Aunque leía cuanto caía en mis manos, no encontraba
explicación para la extraña maldición que afligía a mi familia.
En los pocos momentos de pensamiento racional, podía llegar tan lejos
como para buscar alguna explicación natural, atribuyendo las tempranas muertes
de mis antepasados al siniestro Charles Le Sorcier y sus herederos; pero
descubriendo tras minuciosas investigaciones que no había descendientes
conocidos del alquimista, me volví nuevamente a los estudios ocultos y de nuevo
me esforcé en encontrar un hechizo capaz de liberar a mi estirpe de esa
terrible carga. En algo estaba plenamente resuelto. No me casaría jamás, y, ya
que las ramas restantes de la familia se habían extinguido, pondría fin conmigo
a la maldición.
Cuando yo rozaba los treinta, el viejo Pierre fue reclamado por el otro
mundo. Lo enterré sin ayuda bajo las piedras del patio por el que tanto gustara
de deambular en vida. Así quedé para meditar en soledad, siendo el único ser
humano de la gran fortaleza, y en el total aislamiento mi mente fue dejando de
rebelarse contra la maldición que se avecinaba para casi llegar a acariciar ese
destino con el que se habían encontrado tantos de mis antepasados. Pasaba mucho
tiempo explorando las torres y los salones ruinosos y abandonados del viejo
castillo, que el temor juvenil me había llevado a rehuir y que, al decir del
viejo Pierre, no habían sido hollados por ser humano durante casi cuatro
siglos. Muchos de los objetos hallados resultaban extraños y espantosos. Mis
ojos descubrieron muebles cubiertos por polvo de siglos, desmoronándose en la
putridez de largas exposiciones a la humedad. Telarañas en una profusión nunca
antes vista brotaban por doquier, e inmensos murciélagos agitaban sus alas
huesudas e inmensas por todos lados en las, por otra parte, vacías tinieblas.
Guardaba el cálculo más cuidadoso de mi edad exacta, aun de los días y
horas, ya que cada oscilación del péndulo del gran reloj de la biblioteca
desgranaba una pizca más de mi condenada existencia. Al final estuve cerca del
momento tanto tiempo contemplado con aprensión. Dado que la mayoría de mis
antepasados fueron abatidos poco después de llegar a la edad exacta que tenía
el conde Henri al morir, yo aguardaba en cualquier instante la llegada de una
muerte desconocida. En qué extraña forma me alcanzaría la maldición, eso no
sabía decirlo; pero estaba decidido a que, al menos, no me encontrara
atemorizado o pasivo. Con renovado vigor, me apliqué al examen del viejo
castillo y cuanto contenía.
El suceso culminante de mi vida tuvo lugar durante una de mis
exploraciones más largas en la parte abandonada del castillo, a menos de una
semana de la fatídica hora que yo sabía había de marcar el límite final a mi
estancia en la tierra, más allá de la cual yo no tenía siquiera atisbos de
esperanza de conservar el hálito. Había empleado la mejor parte de la mañana
yendo arriba y abajo por las escaleras medio en ruinas, en uno de los más
castigados de los antiguos torreones. En el transcurso de la tarde me dediqué a
los niveles inferiores, bajando a lo que parecía ser un calabozo medieval o
quizás un polvorín subterráneo, más bajo. Mientras deambulaba lentamente por
los pasadizos llenos de incrustaciones al pie de la última escalera, el suelo
se tornó sumamente húmedo y pronto, a la luz de mi trémula antorcha, descubrí
que un muro sólido, manchado por el agua, impedía mi avance.
Girando para volver sobre mis pasos, observé una pequeña trampa con
anillo, directamente bajo mis pies. Deteniéndome, logré alzarla con dificultad,
descubriendo una negra abertura de la que brotaban tóxicas humaredas que
hicieron chisporrotear mi antorcha, a cuyo titubeante resplandor vislumbré una
escalera de piedra. Tan pronto como la antorcha, que yo había abatido hacia las
repelentes profundidades, ardió libre y firmemente, emprendí el descenso. Los
peldaños eran muchos y llevaban a un angosto pasadizo de piedra que supuse muy
por debajo del nivel del suelo. Este túnel resultó de gran longitud y
finalizaba en una masiva puerta de roble, hedionda por la humedad del lugar,
que resistió firmemente cualquier intento mío de abrirla. Cesando tras un
tiempo en mis esfuerzos, me había vuelto un trecho hacia la escalera, cuando
sufrí de repente una de las impresiones más profundas y enloquecedoras que
pueda concebir la mente humana.
Sin previo aviso, escuché crujir la pesada puerta a mis espaldas,
girando lentamente sobre sus oxidados goznes. Mis inmediatas sensaciones no son
susceptibles de análisis. Encontrarme en un lugar tan completamente abandonado
como yo creía que era el viejo castillo, ante la prueba de la existencia de un
hombre o un espíritu, provocó a mi mente un horror de lo más agudo que pueda
imaginarse. Cuando al fin me volví y encaré la fuente del sonido, mis ojos
debieron desorbitarse ante lo que veían. En un antiguo marco gótico se
encontraba una figura humana.
Era un hombre vestido con un casquete y una larga túnica medieval de
color oscuro. Sus largos cabellos y frondosa barba eran de un negro intenso y
terrible, de increíble profusión. Su frente, más alta de lo normal; sus
mejillas, consumidas, llenas de arrugas; y sus manos largas, semejantes a
garras y nudosas, eran de una mortal y marmórea blancura como nunca antes viera
en un hombre. Su figura, enjuta hasta asemejarla a un esqueleto, estaba
extrañamente cargada de hombros y casi perdida dentro de los voluminosos
pliegues de su peculiar vestimenta. Pero lo más extraño de todo eran sus ojos,
cavernas gemelas de negrura abisal, profundas en saber, pero inhumanas en su
maldad. Ahora se clavaban en mí, lacerando mi alma con su odio, manteniéndome
sujeto al sitio.
Finalmente, la figura habló con una voz grave que me hizo estremecer
debido a su honda impiedad e implícita malevolencia. El lenguaje empleado en su
discurso era el decadente latín usado por los menos eruditos durante la Edad
Media, y pude entenderlo gracias a mis prolongadas investigaciones en los
tratados de los viejos alquimistas y demonólogos. Esa aparición hablaba de la
maldición suspendida sobre mi casa, anunciando mi próximo fin, e hizo hincapié
en el crimen cometido por mi antepasado contra el viejo Michel Mauvais,
recreándose en la venganza de Charles le Sorcier. Relató cómo el joven Charles
había escapado al amparo de la noche, volviendo al cabo de los años para matar
al heredero Godfrey con una flecha, en la época en que éste alcanzó la edad que
tuviera su padre al ser asesinado; cómo había vuelto en secreto al lugar,
estableciéndose ignorado en la abandonada estancia subterránea, la misma en
cuyo umbral se recortaba ahora el odioso narrador. Cómo había apresado a
Robert, hijo de Godfrey, en un campo, forzándolo a ingerir veneno y dejándolo
morir a la edad de treinta y dos, manteniendo así la loca profecía de su
vengativa maldición.
Entonces me dejó imaginar cuál era la solución de la mayor de las
incógnitas: cómo la maldición había continuado desde el momento en que, según
las leyes de la naturaleza, Charles le Sorcier hubiera debido morir, ya que el
hombre se perdió en digresiones, hablándome sobre los profundos estudios de
alquimia de los dos magos, padre e hijo, y explayándose sobre la búsqueda de
Charles le Sorcier del elixir que podría garantizarle el goce de vida y
juventud eternas.
Por un instante su entusiasmo pareció desplazar de aquellos ojos
terribles el odio mostrado en un principio, pero bruscamente volvió el
diabólico resplandor y, con un estremecedor sonido que recordaba el siseo de
una serpiente, alzó una redoma de cristal con evidente intención de acabar con
mi vida, tal como hiciera Charles le Sorcier seiscientos años antes con mi
antepasado. Llevado por algún protector instinto de autodefensa, luché contra
el encanto que me había tenido inmóvil hasta ese momento, y arrojé mi antorcha,
ahora moribunda, contra el ser que amenazaba mi vida. Escuché cómo la ampolla
se rompía de forma inocua contra las piedras del pasadizo mientras la túnica
del extraño personaje se incendiaba, alumbrando la horrible escena con un
resplandor fantasmal. El grito de espanto y de maldad impotente que lanzó el
frustrado asesino resultó demasiado para mis nervios, ya estremecidos, y caí
desmayado en suelo fangoso.
Cuando por fin recobré el conocimiento, todo estaba espantosamente a
oscuras y, recordando lo ocurrido, temblé ante la idea de tener que soportar
aún más; pero fue la curiosidad lo que acabó imponiéndose. ¿Quién, me
preguntaba, era este malvado personaje, y cómo había llegado al interior del
castillo? ¿Por qué podía querer vengar la muerte del pobre Michel Mauvais y
cómo se había transmitido la maldición durante el gran número de siglos pasados
desde la época de Charles le Sorcier?
El peso del espanto, sufrido durante años, desapareció de mis hombros,
ya que sabía que aquel a quien había abatido era lo que hacía peligrosa la
maldición, y, viéndome ahora libre, ardía en deseos de saber más del ser
siniestro que había perseguido durante siglos a mi estirpe, y que había
convertido mi propia juventud en una interminable pesadilla. Dispuesto a seguir
explorando, me tanteé los bolsillos en busca de eslabón y pedernal, y encendí
la antorcha de repuesto. Enseguida, la luz renacida reveló el cuerpo retorcido
y achicharrado del misterioso extraño. Esos ojos espantosos estaban ahora
cerrados. Desasosegado por la visión, me giré y accedí a la estancia que había
al otro lado de la puerta gótica. Allí encontré lo que parecía ser el
laboratorio de un alquimista.
En una esquina se encontraba una inmensa pila de reluciente metal
amarillo que centelleaba de forma portentosa a la luz de la antorcha. Debía de
tratarse de oro, pero no me detuve a cerciorarme, ya que estaba afectado de
forma extraña por la experiencia sufrida. Al fondo de la estancia había una
abertura que conducía a uno de los muchos barrancos abiertos en la oscura
ladera boscosa. Lleno de asombro, aunque consciente ahora de cómo había logrado
ese hombre llegar al castillo, me volví. Intenté pasar con el rostro vuelto
junto a los restos de aquel extraño, pero, al acercarme, creí oírle exhalar
débiles sonidos, como si la vida no hubiera escapado por completo de él.
Horrorizado, me incliné para examinar la figura acurrucada y abrasada del
suelo.
Entonces esos horribles ojos, mas oscuros que la cara quemada donde se
albergaban, se abrieron para mostrar una expresión imposible de identificar.
Los labios agrietados intentaron articular palabras que yo no acababa de
entender. Una vez capté el nombre de Charles le Sorcier y en otra ocasión pensé
que las palabras años y maldición brotaban de esa boca retorcida. A pesar de
todo, no fui capaz de encontrar un significado a su habla entrecortada. Ante mi
evidente ignorancia, los ojos como pozos relampaguearon una vez más
malévolamente en mi contra, hasta el punto de que, inerme como veía a mi
enemigo, me sentí estremecer al observarlo.
Súbitamente, aquel miserable, animado por un último rescoldo de energía,
alzó su espantosa cabeza del suelo húmedo y hundido. Entonces, recuerdo que,
estando yo paralizado por el miedo, recuperó la voz y con aliento agonizante
vociferó las palabras que en adelante habrían de perseguirme durante todos los
días y las noches de mi vida.
—¡Necio! —gritaba— ¿No puedes adivinar mi secreto? ¿No tienes la
sabiduría para reconocer la voluntad que durante seis largos siglos ha
perpetuado la espantosa maldición sobre los tuyos? ¿No te he hablado del gran
elixir de la eterna juventud? ¿No sabes quién descubrió el secreto de la
alquimia? ¡Pues fui yo! ¡Yo! ¡Yo! ¡Yo que he vivido durante seiscientos años
para perpetuar mi venganza, PORQUE YO SOY CHARLES LE SORCIER!
__________________________
H.P. Lovecraft (1890-1937)

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