© Libro N° 9915. El Alma De Laploshka. Hugh Munro -Saki, Hector. Emancipación. Mayo 14 de
2022.
Título
original: ©
El Alma De Laploshka. Hector Hugh Munro
-Saki
Versión Original: © El Alma De Laploshka. Hector Hugh
Munro -Saki
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Miranda
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Hector Hugh Munro -Saki
El Alma
De Laploshka
Hector
Hugh Munro -Saki
Laploshka fue uno de los tipos más mezquinos que yo haya conocido, y uno
de los más divertidos. Decía cosas horribles de la otra gente, con tal encanto
que uno le perdonaba las cosas igualmente horribles que decía de uno por
detrás. Puesto que odiamos caer en nada que huela a maledicencia, agradecemos
siempre a quienes lo hacen por nosotros y lo hacen bien. Y Laploshka lo hacía
de veras bien.
Naturalmente, Laploshka tenía un vasto círculo de amistades; y como
ponía cierto esmero en seleccionarlas, resultaba que gran parte de ellas eran
personas cuyos balances bancarios les permitían aceptar con indulgencia sus
criterios, bastante unilaterales, sobre la hospitalidad. Así, aunque era hombre
de escasos recursos, se las arreglaba para vivir cómodamente de acuerdo a sus
ingresos, y aún más cómodamente de acuerdo a los de diversos compañeros de
carácter tolerante.
Pero con los pobres o los de estrechos fondos como él, su actitud era de
ansiosa vigilancia. Parecía acosarlo el constante temor de que la más mínima
fracción de un chelín o un franco, o cualquiera que fuera la moneda de turno,
extraviara el camino de su bolso o provecho y cayera en el de algún compañero
de apuros. De buen grado ofrecía un cigarro de dos francos a un rico protector,
bajo el precepto de obrar mal para lograr el bien; pero me consta que prefería
entregarse al paroxismo del perjurio antes que declararse en culpable posesión
de un céntimo cuando hacía falta dinero suelto para dar propina a un camarero.
La moneda le habría sido debidamente restituida a la primera oportunidad -él
habría tomado medidas preventivas contra el olvido de parte del prestatario-,
pero a veces ocurrían accidentes, e incluso una separación temporal de su
penique o sou era una calamidad que debía evitarse.
El conocimiento de esta amable debilidad daba pie a la perpetua
tentación de jugar con el miedo que Laploshka tenía de cometer un acto de
largueza involuntaria. Ofrecerse a llevarlo en un coche de alquiler y fingir no
tener dinero suficiente para pagar la tarifa, o confundirlo pidiéndole
prestados seis peniques cuando tenía la mano llena de monedas de vuelta, eran
algunos de los menudos tormentos que sugería el ingenio cuando se presentaba la
ocasión. Para hacer justicia a la habilidad de Laploshka, hay que admitir que,
de una forma u otra, solucionaba los dilemas más embarazosos sin comprometer en
absoluto su reputación de decir siempre "No". Pero, tarde o temprano,
los dioses brindan una ocasión a la mayoría de los hombres, y la mía me llegó
una noche en que Laploshka y yo cenábamos juntos en un barato restaurante de
bulevar. (A no ser que estuviera expresamente convidado por alguien de renta
intachable, Laploshka acostumbraba refrenar su apetito por la vida lujosa; y
sólo en tan felices ocasiones le daba rienda suelta). Al final de la cena
recibí aviso de que se requería mi presencia con cierta premura y, sin hacer
caso a las agitadas protestas de mi compañero, alcancé a gritarle, con sevicia:
"¡Paga lo mío; mañana arreglaremos!" Temprano en la mañana, Laploshka
me atrapó por instinto mientras yo caminaba por una callejuela que casi nunca
frecuentaba. Tenía cara de no haber dormido.
-Me debes los dos francos de anoche -fue su saludo jadeante.
Le hablé evasivamente de la situación en Portugal, donde al parecer se
fermentaban más conflictos. Pero Laploshka me escuchó con la abstracción de una
víbora sorda y pronto volvió al tema de los dos francos.
-Me temo que quedaré debiéndotelos -le dije, con tanta ligereza como
brutalidad-. No tengo ni un centavo.
Y añadí, falsamente:
-Me marcho por seis meses, si no más.
Laploshka no dijo nada, pero sus ojos se abultaron un poco y sus
mejillas adquirieron los abigarrados colores de un mapa etnográfico de la
península balcánica. Ese mismo día, al ocaso, falleció. "Ataque al
corazón", dictaminó el doctor. Pero yo, que estaba más al tanto, supe que
había muerto de aflicción.
Surgió el problema de qué hacer con sus dos francos. Una cosa era haber
matado a Laploshka; pero haberme quedado con su dinero habría sido muestra de
una dureza de sentimiento de la que soy incapaz. La solución usual de dárselo a
los pobres de ningún modo se habría acomodado a la presente situación, ya que
nada habría afligido más al difunto que semejante malbaratamiento de sus
posesiones. Por otra parte, la donación de dos francos a los ricos era una
operación que requería cierto tacto. No obstante, una manera fácil para salir
de apuros pareció presentarse al domingo siguiente, estando yo apiñado entre la
multitud cosmopolita que atestaba la nave lateral de una de las más populares
iglesias parisinas. Un bolso de limosnas, para "los pobres de Monsieur le
Curé", bregaba por cumplir su tortuoso derrotero a través de la
aparentemente impenetrable marejada humana; y un alemán que había frente a mí y
que evidentemente no deseaba que el pedido de una contribución le estropeara el
disfrute de la sublime música, expresaba en voz alta a un compañero sus
críticas sobre la validez de dicha caridad.
-No necesitan el dinero -dijo-; ya tienen demasiado. Y no tienen pobres.
Están ahítos.
Si en realidad eso era cierto, mi camino se hallaba despejado. Dejé caer
los dos francos de Laploshka en el bolso y musité una bendición para los ricos
de Monsieur le Curé.
Al cabo de unas tres semanas el azar me había llevado a Viena, en donde
me deleitaba yo una noche en una modesta pero excelente Gasthaus en el barrio
de Wäringer. El decorado era algo primitivo, pero las chuletas de ternera, la
cerveza y el queso eran inmejorables. La buena mesa traía buena clientela y, a
excepción de una mesita junto a la puerta, todos los puestos estaban ocupados.
A mitad de la cena miré por casualidad en dirección de la mesa vacía y descubrí
que ya no lo estaba. La ocupaba Laploshka, que estudiaba el menú con el absorto
escrutinio del que busca lo más barato de lo más barato. Reparó en mí una sola
vez, abarcó de un vistazo mi convite como si quisiera decir: "Te estás
comiendo mis dos francos", y desvió rápidamente la mirada. Evidentemente,
los pobres de Monsieur le Curé eran pobres auténticos. Las chuletas se me
volvieron de cuero en la boca, la cerveza se me hizo insulsa; no toqué el
Emmenthaler. Sólo se me ocurrió alejarme del recinto, alejarme de la mesa donde
eso estaba sentado; y al huir sentí la mirada de reproche que Laploshka dirigió
a la suma que le di al piccolo... sacada de sus dos francos. Al día siguiente
almorcé en un costoso restaurante, en donde estaba seguro de que el Laploshka
vivo jamás habría entrado por cuenta propia. Tenía la esperanza de que el
Laploshka muerto observara las mismas restricciones. No me equivoqué; pero al
salir lo encontré leyendo con rostro miserable el menú pegado en el portón. Y
luego echó a andar lentamente hacia una lechería. Por vez primera fui incapaz
de experimentar la alegría y encanto de la vida vienesa.
De allí en adelante, en París, en Londres o dondequiera que estuviese,
seguí viendo con frecuencia a Laploshka. Si estaba sentado en el palco de un
teatro, tenía la permanente sensación de que me echaba vistazos furtivos desde
un oscuro rincón de la galería. Al entrar a mi club en una tarde de lluvia, lo
alcanzaba a ver precariamente guarecido en un portal de enfrente. Incluso si me
daba el modesto lujo de alquilar una silla en el parque, él por lo general me
confrontaba desde uno de los bancos públicos, sin fijar nunca en mí la vista
pero en actitud de estar siempre al tanto de mi presencia. Mis amigos empezaron
a comentar lo desmejorado de mi aspecto y me aconsejaron olvidarme de montones
de cosas. A mí me hubiera gustado olvidar a Laploshka.
Cierto domingo -probablemente de Resurrección, pues el hacinamiento era
peor que nunca- me encontraba otra vez apiñado entre la multitud que escuchaba
la música en la iglesia parisina de moda, y otra vez el bolso de limosnas se
abría paso a través de la marejada humana. Detrás de mí había una dama inglesa
que en vano trataba de hacer llegar una moneda al apartado bolso, de modo que
tomé la moneda a petición suya y le ayudé a alcanzar su destino. Era una pieza
de dos francos. Se me ocurrió de pronto una idea brillante: dejé caer sólo mi
sou en el bolso y deslicé la moneda de plata en mi bolsillo. Les quité así los
dos francos de Laploshka a los pobres, que nunca debieron haber recibido ese
legado. Mientras retrocedía para alejarme de la multitud, oí una voz femenina
que decía: "No creo que haya puesto mi dinero en el bolso. ¡París está
repleto de gente así!". Pero salí con la conciencia más liviana que había
tenido en mucho tiempo. Todavía quedaba por delante la delicada misión de donar
la suma recuperada a los ricos que la merecían. Otra vez puse mi confianza en
la inspiración del momento y otra vez el destino me sonrió.
Un aguacero me obligó, dos días después, a refugiarme en una de las
iglesias históricas de la orilla izquierda del Sena, en donde me encontré,
dedicado a escudriñar las viejas tallas de madera, al barón R., uno de los
hombres más ricos y más zarrapastrosos de París. O era ahora, o nunca. Dándole
un fuerte acento americano al francés que yo solía hablar con inconfundible
acento británico, interrogué al barón sobre la fecha de construcción de la
iglesia, las dimensiones y demás pormenores que con seguridad desearía conocer
un turista americano. Tras recibir la información que el barón estuvo en
condiciones de suministrar sin previo aviso, con toda seriedad le puse la
moneda de dos francos en la mano y, afirmándole cordialmente que era pour vous,
di media vuelta y me marché. El barón se quedó un poco desconcertado, pero
aceptó la situación de buen talante. Caminó hasta una cajita adosada a la pared
y echó por la ranura los dos francos de Laploshka. Encima de la caja había un
letrero: Pour les pauvres de M. le Curé. Aquella noche, en el hervidero de la
esquina del Café de la Paix, avisté fugazmente a Laploshka. Me sonrió, alzó un
poco el sombrero y se esfumó. No volví a verlo nunca. Después de todo, el
dinero había sido donado a los ricos que lo merecían, y el alma de Laploshka
descansaba en paz.
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Hector Hugh Munro -Saki- (1870-1916)

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