© Libro N° 8893. El Abuelo. Vargas Llosa, Mario. Emancipación. Julio 31 de 2021.
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El Abuelo. Mario Vargas Llosa
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Mario
Vargas Llosa
El Abuelo
Mario Vargas Llosa
Cada vez que crujía una ramita, o croaba una rana, o vibraban los
vidrios de la cocina que estaba al fondo de la huerta, el viejecito saltaba con
agilidad de su asiento improvisado, que era una piedra chata, y espiaba
ansiosamente entre el follaje. Pero el niño aún no aparecía. A través de las
ventanas del comedor, abiertas a la pérgola, veía en cambio las luces de la
araña, encendida hacía rato, y bajo ellas, sombras movedizas y esbeltas, que se
deslizaban de un lado a otro con las cortinas lentamente. Había sido corto de
vista desde joven, de modo que eran inútiles sus esfuerzos por comprobar si ya
cenaban, o si aquellas sombras inquietas provenían de los árboles más altos.
Regresó a su asiento y esperó. La noche pasada había llovido y la tierra
y las flores despedían un agradable olor a humedad. Pero los insectos pululaban
y los manoteos desesperados de don Eulogio en torno del rostro no conseguían
evitarlos: a su barbilla trémula, a su frente, y hasta las cavidades de sus
párpados llegaban cada momento lancetas invisibles a punzarle la carne. El
entusiasmo y la excitación que mantuvieron su cuerpo dispuesto y febril durante
el día habían decaído y sentía ahora cansancio y algo de tristeza. Tenía frío,
le molestaba la oscuridad del vasto jardín y lo atormentaba la imagen,
persistente, humillante, de alguien, quizá la cocinera o el mayordomo, que de
pronto lo sorprendía en su escondrijo. “¿Qué hace usted en la huerta a estas horas,
don Eulogio?”. Y vendrían su hijo y su hija política, convencidos de que estaba
loco. Sacudido por un temblor nervioso, volvió la cabeza y adivinó entre los
bloques de crisantemos, de nardos y de rosales, el diminuto sendero que llegaba
a la puerta falsa esquivando el palomar. Se tranquilizó apenas, al recordar
haber comprobado tres veces que la puerta estaba junta, con el pestillo
corrido, y que en unos segundos podía escurrirse hacia la calle sin ser visto.
“¿Si hubiera venido ya?”, pensó intranquilo. Porque hubo un instante, a
los pocos minutos de haber ingresado cautelosamente en su casa por la entrada
casi olvidada de la huerta, en que perdió la noción del tiempo y permaneció
como dormido. Sólo reaccionó cuando el objeto que ahora acariciaba sin saberlo
se desprendió de sus manos y le golpeó el muslo. Pero era imposible. El niño no
podía haber cruzado la huerta todavía, porque sus pasos asustados lo habrían
despertado, o el pequeño, al distinguir a su abuelo encogido y dormitando
justamente al borde del sendero que debía conducirlo a la cocina, habría
gritado.
Esta reflexión lo animó. El soplido del viento era menor, su cuerpo se
adaptaba al ambiente, había dejado de temblar. Tentando los bolsillos de su
saco, encontró el cuerpo duro y cilíndrico de la vela que compró esa tarde en
el almacén de la esquina. Regocijado, el viejecito sonrió en la penumbra:
rememoraba el gesto de sorpresa de la vendedora. Él permaneció muy serio,
taconeando con elegancia, batiendo levemente y en círculo su largo bastón
enchapado en metal, mientras la mujer pasaba bajo sus ojos cirios y velas de
sebo de diversos tamaños. “Esta”, dijo él con un ademán rápido que quería
significar molestia por el quehacer desagradable que cumplía. La vendedora
insistió en envolverla, pero don Eulogio se negó y abandonó la tienda con
premura. El resto de la tarde estuvo en el Club, encerrado en el pequeño salón
de rocambor donde nunca había nadie. Sin embargo, extremando las precauciones
para evitar la solicitud de los mozos, echó llave a la puerta. Luego,
cómodamente hundido en el confortable de insólito color escarlata, abrió el
maletín que traía consigo y extrajo el precioso paquete. La tenía envuelta en
su hermosa bufanda de seda blanca, precisamente la que llevaba puesta la tarde
del hallazgo.
A la hora más cenicienta del crepúsculo había tomado un taxi, indicando
al chófer que circulara por las afueras de la ciudad: corría una deliciosa
brisa tibia y la visión entre grisácea y rojiza del cielo sería más enigmática
en medio del campo. Mientras el automóvil flotaba con suavidad por el asfalto,
los ojitos vivaces del anciano, única señal ágil en su rostro fláccido,
descolgado en bolsas, iban deslizándose distraídamente sobre el borde del canal
paralelo a la carretera, cuando de pronto, casi por intuición, le pareció
distinguirla.
“¡Deténgase!”—dijo, pero el chófer no le oyó—. “¡Deténgase! ¡Pare!”
Cuando el auto se detuvo y en retroceso llegó al montículo de piedras,
don Eulogio comprobó que se trataba efectivamente de una calavera. Teniéndola
entre las manos, olvidó la brisa y el paisaje, y estudió minuciosamente, con
creciente ansiedad, esa dura, terca y hostil forma impenetrable, despojada de
carne y de piel, sin nariz, sin ojos, sin lengua. Era pequeña, y se sintió
inclinado a creer que era de un niño. Estaba sucia, polvorienta, y hería su
cráneo pelado una abertura del tamaño de una moneda, con los bordes astillados.
El orificio de la nariz era un perfecto triángulo separado de la boca por un
puente delgado y menos amarillo que el mentón. Se entretuvo pasando un dedo por
las cuencas vacías, cubriendo el cráneo con la mano en forma de bonete, o hundiendo
su puño por la cavidad baja, hasta tenerlo apoyado en el interior: entonces,
sacando un nudillo por el triángulo y otro por la boca a manera de una larga e
incisiva lengüeta, imprimía a su mano movimientos sucesivos y se divertía
enormemente imaginando que aquello estaba vivo.
Dos días la tuvo oculta en el cajón de la cómoda, abultando el maletín
de cuero, envuelta cuidadosamente, sin revelar a nadie su hallazgo. La tarde
siguiente a la del encuentro se mantuvo en su habitación, paseando
nerviosamente entre los muebles opulentos y lujosos de sus antepasados. Casi no
levantaba la cabeza: se diría que examinaba con devoción profunda los
complicados dibujos, entre sangrientos y mágicos, del círculo central de la
alfombra, pero ni siquiera los veía. Al principio estuvo indeciso, preocupado:
podrían ocurrir imprevistas complicaciones de familia, tal vez se reirían de
él. Esta idea lo indignó y tuvo angustia y deseos de llorar. A partir de ese
instante, el proyecto se apartó sólo una vez de su mente, fue cuando de pie
ante la ventana vio el palomar oscuro lleno de agujeros, y recordó que en una
época cercana aquella casita de madera con innumerables puertas no estaba
vacía, sin vida, sino habitada por animalitos pardos y blancos que picoteaban
con insistencia cruzando la madera de surcos, y que a veces revoloteaban sobre
los árboles y las flores de la huerta. Pensó con nostalgia en lo débiles y
cariñosos que eran: confiadamente venían a posarse en su mano, donde siempre
les llevaba algunos granos, y cuando hacía presión entornaban los ojos y los
sacudía un débil y brevísimo temblor. Luego no pensó más en ello. Cuando el
mayordomo vino a anunciarle que estaba lista la cena, ya lo tenía decidido. Esa
noche durmió bien. A la mañana siguiente olvidó haber soñado que una perversa
fila de grandes hormigas rojas invadía sorpresivamente el palomar y causaba
desasosiego entre los animalitos, mientras él, en su ventana, miraba la escena
con un catalejo.
Había imaginado que limpiar la calavera sería un acto sencillo y rápido,
pero se equivocó. El polvo, lo que había creído que era polvo y tal vez era
excremento por su aliento picante, se mantenía soldado a las paredes internas y
brillaba como una lámina de metal en la parte posterior del cráneo. A medida
que la seda blanca de la bufanda se cubría de lamparones grises, sin que
disminuyera la capa de suciedad, iba creciendo la excitación de don Eulogio. En
un momento, indignado, arrojó la calavera, pero antes de que esta dejara de
rodar se había arrepentido y estaba fuera de su asiento, gateando por el suelo
hasta alcanzarla y levantarla con precaución. Supuso entonces que la limpieza
sería posible utilizando alguna sustancia grasienta. Por teléfono encargó a la
cocina una lata de aceite y esperó en la puerta al mozo, a quien arrancó con
violencia la lata de las manos, sin prestar atención a la mirada inquieta con
que aquel intentó recorrer la habitación por sobre su hombro. Lleno de zozobra
empapó la bufanda en aceite y, al comienzo con suavidad, después acelerando el
ritmo, raspó hasta exasperarse. Pronto comprobó entusiasmado que el remedio era
eficaz: una tenue lluvia de polvo cayó a sus pies durante unos minutos,
mientras él ni siquiera notaba que se humedecían sus dedos y el borde de los
puños. De pronto, puesto en pie de un brinco, admiró la calavera que sostenía
sobre su cabeza: limpia, resplandeciente, inmóvil, con unos puntitos como de
sudor sobre la ondulante superficie de los pómulos. La envolvió de nuevo
amorosamente; cerró su maletín y salió del Club. El automóvil que ocupó en la
puerta lo dejó a la espalda de su casa. Había anochecido. En la fría
semioscuridad de la calle se detuvo un momento, temeroso de que la puerta
estuviese clausurada. Enervado estiró su brazo y dio un respingo de felicidad
al notar que giraba la manija y la puerta cedía con un corto chirrido.
En ese momento escuchó voces en la pérgola. Estaba tan ensimismado que
incluso había olvidado el motivo de ese trajín febril. Las voces, el
movimiento, fueron tan imprevistos que su corazón parecía el balón de oxígeno
conectado a un moribundo. Su primer impulso fue agacharse, pero lo hizo con
torpeza, resbaló de la piedra y se cayó de bruces. Sintió un dolor agudo en la
frente y en la boca un sabor desagradable de tierra mojada, pero no hizo ningún
esfuerzo por incorporarse y continuó allí, medio sepultado en las hierbas,
respirando fatigosamente, temblando. En la caída había tenido tiempo de elevar
la mano que conservaba la calavera, de modo que esta se mantuvo en el aire, a
escasos centímetros del suelo, todavía limpia.
La pérgola estaba a unos cincuenta metros de su escondite, y don Eulogio
oía las voces como un delicado murmullo, sin distinguir lo que decían. Se
incorporó trabajosamente. Espiando, vio entonces en medio del arco de los
grandes manzanos cuyas raíces tocaban el zócalo del comedor, una silueta clara
y esbelta y comprendió que era su hijo. Junto a él había otra, más nítida y
pequeña, reclinada con cierto abandono. Era la mujer. Pestañeando, frotando sus
ojos trató angustiosamente, pero en vano, de distinguir al niño. Entonces lo
oyó reír: una risa cristalina de niño, espontánea, integral, que cruzaba el
jardín como un animalito. No esperó más. Extrajo la vela de su saco, a tientas
juntó ramas, terrones y piedrecitas y trabajó rápidamente hasta asegurar la vela
sobre la piedra y colocar a esta como un obstáculo en el sendero. Luego, con
extrema delicadeza para evitar que la vela perdiera el equilibrio, colocó
encima la calavera. Presa de gran excitación, uniendo sus pestañas al macizo
cuerpo aceitado, se alegró. La medida era justa; por el orificio del cráneo
asomaba el puntito blanco de la vela como un nardo. No pudo continuar
observando. El padre había elevado la voz y aunque sus palabras eran todavía
incomprensibles supo que se dirigía al niño. Hubo como un cambio de palabras
entre las tres personas: la voz gruesa del padre, cada vez más enérgica; el
rumor melodioso de la mujer, los cortos grititos destemplados del nieto. El
ruido cesó de pronto. El silencio fue brevísimo. Lo fulminó el nieto,
chillando: “Pero conste: hoy acaba el castigo. Dijiste siete días y hoy se
acaba. Mañana ya no voy.” Con las últimas palabras escuchó pasos precipitados.
¿Venía corriendo? Era el momento decisivo. Don Eulogio venció el ahogo
que lo estrangulaba y concluyó su plan. El primer fósforo dio sólo un fugaz
hilito azul. El segundo prendió bien. Quemándose las uñas, pero sin sentir
dolor, lo mantuvo junto a la calavera, aún segundos después de que la vela
estuviera encendida. Dudaba porque lo que veía no era exactamente la imagen que
supuso, cuando una llamarada sorpresiva creció entre sus manos con brusco
crujido, como de un pisotón en la hojarasca, y entonces quedó la calavera
iluminada del todo, echando fuego por las cuencas, por el cráneo, por la nariz
y por la boca. “Se ha prendido toda”, exclamó maravillado. Había quedado
inmóvil, repitiendo como un disco: “Fue el aceite, fue el aceite”, estupefacto,
embrujado ante la fascinante calavera enrollada por las llamas.
Justamente en ese instante escuchó el grito. Un grito salvaje, un
alarido de animal recién atravesado por muchísimos venablos. El niño estaba
delante de él con las manos alargadas frente al cuerpo y los dedos crispados.
Lívido, estremecido, tenía los ojos y la boca muy abiertos y estaba ahora mudo
y rígido pero su garganta, independiente, hacía unos extraños ruidos, roncaba.
“Me ha visto, me ha visto”, se decía don Eulogio con pánico. Pero al mirarlo
supo de inmediato que no lo había visto, que su nieto no podía ver otra cosa
que aquel llameante rostro de huesos. Sus ojos estaban inmovilizados, con un
terror profundo y eterno retratado en ellos, firmemente prendidos al fuego.
Todo había sido simultáneo: la llamarada, el aullido espantoso, la visión de
esa figura de pantalón corto súbitamente poseída de horror. Pensaba,
entusiasmado, que los hechos habían sido más perfectos incluso que su plan,
cuando sintió cerca voces y pasos que avanzaban y entonces, ya sin cuidarse del
ruido, dio media vuelta y a saltos, apartándose del sendero, destrozando con
sus pisadas los macizos de crisantemos y rosales que entreveía en la carrera a
medida que lo alcanzaban los reflejos de la llama, cruzó el espacio que lo
separaba de la puerta. La atravesó junto con el grito de la mujer, estruendoso
también, pero menos puro que el de su nieto. No se detuvo, no volvió la cabeza.
En la calle, un viento frío hendió su frente y sus escasos cabellos, pero no lo
notó y siguió caminando despacio, rozando con el hombro el muro de la huerta, sonriendo
satisfecho, respirando mejor y más tranquilo.
Mario Vargas Llosa

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