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Libro N° 8606. El Gallo De Sócrates. Alas Clarin, Leopoldo.

 


© Libro N° 8606. El Gallo De Sócrates. Alas Clarin, Leopoldo. Emancipación. Mayo 15 de 2021.

Título original: ©  El Gallo De Sócrates. Leopoldo Alas Clarin

 

Versión Original: © El Gallo De Sócrates. Leopoldo Alas Clarin

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://www.elejandria.com/libro/el-gallo-de-socrates/alas-clarin-leopoldo/1601

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL GALLO DE SÓCRATES

Leopoldo Alas Clarin

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Gallo De Sócrates

Leopoldo Alas Clarin

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cubierta

 

Portada

Preliminares

El gallo de Sócrates

EL GALLO DE SÓCRATES. I

EL REY BALTASAR. II

TIRSO DE MOLINA. III

EL CRISTO DE LA VEGA. DE RIBADEO. IV

UN VOTO. V

LA MEDICA. VI

EL PECADO ORIGINAL. VII

EL SOMBRERO DEL SEÑOR CURA. VIII DOS SABIOS. IX

EN LA DROGUERIA. X

APRENSIONES. XI

EN EL TREN. XII

LA FANTASIA DE UN DELEGADO DE HACIENDA. XIII EL ENTIERRO DE LA SARDINA. XIV REFLEJO. XV

Notas

Acerca de esta edición

Enlaces relacionados

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Critón, después de cerrar la boca y los ojos al maestro, dejó á los demás discípulos en torno del cadáver, y salió de la cárcel, dispuesto á cumplir lo más pronto posible el último encargo que Sócrates le había hecho, tal vez burla burlando, pero que él tomaba al pie de la letra en la duda de si era serio ó no era serio. Sócrates, al espirar, descubriéndose, pues ya estaba cubierto para esconder á sus discípulos, el espectáculo vulgar y triste de la agonía, había dicho, y fueron sus últimas palabras:

 

—Critón, debemos un gallo á Esculapio, no te olvides de pagar esta deuda.—Y no habló más.

Para Critón aquella recomendación era sagrada: no quería analizar, no quería examinar si era más verosímil que Sócrates sólo hubiera querido decir un chiste, algo irónico tal vez, ó si se trataba de la última voluntad del maestro, de su último deseo. ¿No había sido siempre Sócrates, pese á la calumnia de Anito y Melito, respetuoso para con el culto popular, la religión oficial? Cierto que les daba á los mitos (que Critón no llamaba así, por supuesto) un carácter simbólico, filosófico muy sublime é ideal; pero entre poéticas y trascendentales paráfrasis, ello era que respetaba la fe de los griegos, la religión positiva, el culto del Estado. Bien lo demostraba un hermoso episodio de su último discurso, (pues Critón notaba que Sócrates á veces, á pesar de su sistema de preguntas y respuestas se olvidaba de los interlocutores, y hablaba largo y tendido y muy por lo florido).

 

Había pintado las maravillas del otro mundo con pormenores topográficos que más tenían de tradicional imaginación que de rigurosa dialéctica y austera filosofía.

 

Y Sócrates no había dicho que el no creyese en todo aquello, aunque tampoco afirmaba la realidad de lo descrito con la obstinada seguridad de un fanático; pero esto no era de extrañar en quien, aún respecto de las propias ideas, como las que había expuesto para defender la inmortalidad del alma, admitía con abnegación de las ilusiones y del orgullo, la posibilidad metafísica de que las cosas no fueran como él se las figuraba. En fin, que Critón no creía contradecir el sistema ni la conducta del maestro, buscando cuanto antes un gallo para ofrecérselo al dios de la Medicina.

Como si la Providencia anduviera en el ajo, en cuanto Critón se alejó unos cien pasos de la prisión de Sócrates, vió, sobre una tapia, en una especie de plazuela solitaria, un gallo rozagante, de espléndido plumaje. Acababa de saltar desde un huerto al caballete de aquel muro, y se preparaba á saltar á la calle. Era un gallo que huía; un gallo que se emancipaba de alguna triste esclavitud.

Conoció Critón el intento del ave de corral, y espero á que saltase

á  la plazuela para perseguirle y cogerle. Se le había metido en la cabeza (porque el hombre, en empezando á transigir con ideas y sentimientos religiosos que no encuentra racionales, no para hasta la superstición más pueril) que el gallo aquel, y no otro, era el que Esculapio, ó sea Asclepies, quería que se le sacrificase. La casualidad del encuentro ya lo achacaba Critón á voluntad de los dioses.

Al parecer, el gallo no era del mismo modo de pensar; porque en cuanto notó que un hombre le perseguía comenzó á correr batiendo las alas y cacareando por lo bajo, muy incomodado sin duda.

Conocía el bípedo perfectamente al que le perseguía de haberle visto no pocas veces en el huerto de su amo discutiendo sin fin acerca del amor, la elocuencia, la belleza, etc., etc.; mientras él, el gallo, seducía cien gallinas en cinco minutos, sin tanta filosofía.

«Pero buena cosa es, iba pensando el gallo, mientras corría y se disponía á volar, lo que pudiera, si el peligro arreciaba; buena cosa es que estos sabios que aborrezco se han de empeñar en tenerme por suyo, contra todas las leyes naturales, que ellos debieran

 

conocer. Bonito fuera que después de librarme de la inaguantable esclavitud en que me tenía Gorgias, cayera inmediatamente en poder de este pobre diablo, pensador de segunda mano y mucho menos divertido que el parlanchín de mi amo.»

 

Corría el gallo y le iba á los alcances el filósofo. Cuando ya iba á echarle mano, el gallo batió las alas, y, dígase de un vuelo, dígase de un brinco, se puso, por esfuerzo supremo del pánico, encima de la cabeza de una estatua que representaba nada menos que Atenea.

—Oh, gallo irreverente!—gritó el filósofo, ya fanático inquisitorial, y perdónese el anacronismo.—Y acallando con un sofisma pseudo-piadoso los gritos de la honrada conciencia natural que le decía: «no robes ese gallo,» pensó: «Ahora sí que, por el sacrilegio, mereces la muerte. Serás mío, irás al sacrificio.»

Y el filósofo se ponía de puntillas; se estiraba cuanto podía, daba saltos cortos, ridículos; pero todo en vano.

—¡Oh, filósofo idealista, de imitación!—dijo el gallo en griego digno del mismo Gorgias;—no te molestes, no volarás ni lo que vuela un gallo. ¿Qué? ¿Te espanta que yo sepa hablar? Pues ¿no me conoces? Soy el gallo del corral de Gorgias. Yo te conozco á tí. Eres una sombra. La sombra de un muerto. Es el destino de los discípulos que sobreviven á los maestros. Quedan acá, á manera de larvas, para asustar á la gente menuda. Muere el soñador inspirado y quedan los discípulos alicortos que hacen de la poética idealidad del sublime vidente una causa más del miedo, una tristeza más para el mundo, una superstición que se petrifica.

—¡Silencio, gallo! En nombre de la Idea de tu género, la naturaleza te manda que calles.»

—Yo hablo, y tú cacareas la Idea. Oye, hablo sin permiso de la Idea de mi género y por habilidad de mi individuo. De tanto oir hablar de Retórica, es decir, del arte de hablar por hablar, aprendí algo del oficio.

—¿Y pagas al maestro huyendo de su lado, dejando su casa, renegando de su poder?

—Gorgias es tan loco, si bien más ameno, como tú. No se puede vivir junto á semejante hombre. Todo lo prueba; y eso aturde, cansa. El que demuestra toda la vida, la deja hueca. Saber el por qué de

 

todo es quedarse con la geometría de las cosas y sin la substancia de nada. Reducir el mundo á una ecuación es dejarlo sin pies ni cabeza. Mira, vete, porque puedo estar diciendo cosas así setenta días con setenta noches: recuerda que soy el gallo de Gorgias, el sofista.

 

—Bueno, pues por sofista, por sacrílego y porque Zeus lo quiere, vas á morir. ¡Date!

—¡Nones! No ha nacido el idealista de segunda mesa que me ponga la mano encima. Pero, ¿á que viene esto? ¿Qué crueldad es esta? ¿Por qué me persigues?

—Porque Sócrates al morir me encargó que sacrificara un gallo á Esculapio, en acción de gracias porque le daba la salud verdadera, librándole por la muerte, de todos los males.

—¿Dijo Sócrates todo eso?

—No; dijo que debíamos un gallo á Esculapio.

—De modo que lo demás te lo figuras tú.

—¿Y qué otro sentido, pueden tener esas palabras?

—El más benéfico. El que no cueste sangre ni cueste errores. Matarme á mí para contentar á un dios, en que Sócrates no creía, es ofender á Sócrates, insultar á los Dioses verdaderos... y hacerme

 

á  mí, que si existo, y soy inocente, un daño inconmensurable; pues no sabemos ni todo el dolor ni todo el perjuicio que puede haber en la misteriosa muerte.

—Pues Sócrates y Zeus quieren tu sacrificio.

—Repara que Sócrates habló con ironía, con la ironía serena y sin hiel del genio. Su alma grande podía, sin peligro, divertirse con el juego sublime de imaginar armónicos la razón y los ensueños populares. Sócrates, y todos los creadores de vida nueva espiritual, hablan por símbolos, son retóricos, cuando, familiarizados con el misterio, respetando en él lo inefable, le dan figura poética en formas. El amor divino de lo absoluto tiene ese modo de besar su alma. Pero, repara cuando dejan este juego sublime, y dan lecciones al mundo, cuan austeras, lacónicas, desligadas de toda inútil imagen con sus máximas y sus preceptos de moral.

—Gallo de Gorgias, calla y muere.

—Discípulo indigno, vete y calla; calla siempre. Eres indigno de los de tu ralea. Todos iguales. Discípulos del genio, testigos sordos y

 

ciegos del sublime soliloquio de una conciencia superior; por ilusión suya y vuestra, creéis inmortalizar el perfume de su alma, cuando embalsamáis con drogas y por recetas su doctrina. Hacéis del muerto una momia para tener un ídolo. Petrificáis la idea, y el sutil pensamiento lo utilizáis como filo que hace correr la sangre. Sí; eres símbolo de la triste humanidad sectaria. De las últimas palabras de un santo y de un sabio sacas por primera consecuencia la sangre de un gallo. Si Sócrates hubiera nacido para confirmar las supersticiones de su pueblo, ni hubiera muerto por lo que murió, ni hubiera sido el santo de la filosofía. Sócrates no creía en Esculapio, ni era capaz de matar una mosca, y menos un gallo, por seguirle el humor al vulgo.

 

—Yo á las palabras me atengo. Date...

Critón busco una piedra, apunto á la cabeza, y de la cresta del gallo salió la sangre...

El gallo de Gorgias perdió el sentido, y al caer cantó por el aire, diciendo:

—¡Quiquiriquí! Cúmplase el destino; hágase en mí según la voluntad de los imbéciles.

Por la frente de jaspe de Palas Atenea resbalaba la sangre del gallo.

 

 

 

 

 

 

II

 

 

 

 

 

 

E( R   B      

 

 

 

 

 

 

I

 

 

 

 

 

 

Don Baltasar Miajas llevaba de empleado en una oficina de Madrid más de veinte años; primero había tenido ocho mil reales de sueldo, después diez, después doce y después... diez; porque quedó cesante, no hubo manera de reponerle en su último empleo, y tuvo que contentarse, pues era peor morirse de hambre, en compañía de todos los suyos, con el sueldo inmediato... inferior.— ¡Esto me rejuvenece!—decía con una ironía inocentísima; humillado, pero sin vergüenza, porque «él no había hecho nada feo» y á los Catones de plantilla que le aconsejaban renunciar el destino por dignidad, les contestaba con buenas palabras, dándoles la razón, pero decidido á no dimitir, ¡qué atrocidad! Al poco tiempo, cuando todavía algunos compañeros, más por molestarle que por espíritu de cuerpo, hablaban con indignación del «caso inaudito de Miajas,» el interesado ya no se acordaba de querer mal á nadie por causa del bajón de marras, y estaba con sus diez mil como si en la vida hubiese tenido doce.

 

Otras varias veces hubo tentativas de dejarle cesante, por no tener padrinos, aldabas, como decía él con grandísimo respeto; pero no se consumaba el delito; porque, á falta de recomendaciones de personajes, tenía la de ser necesario en aquella mesa que él

 

manejaba hacía tanto tiempo. Ningún jefe quería prescindir de él y esto le valió en adelante, no para ascender, que no ascendía, sino para no caer. Sin embargo, no las tenía todas consigo, y á cada cambio de ministerio se decía: «¡Dios mío! ¡Si me bajarán á ocho!»

Por lo demás, no pensaba en la cosa pública más que cuando había crisis. Hasta que los chicos anunciaban por las calles: «¡El extraordinario con la caída del Ministerio!» don Baltasar no se acordaba de que había Estado, ni gobierno, ni intereses públicos en el mundo. Y no era que no comprase todas las noches, al retirarse, su periódico. Pero no era por la política: era por las charadas, los acertijos, anagramas, etc., etc.

Se metía en casa, y rodeado de su mujer y de sus tres hijos, dos varones y una hembra, pequeñuelos todavía, se entregaba á las dulzuras del hogar, de las zapatillas suizas, y de la sección amena de su periódico. No aborrecía el mundo, no era misántropo; pero no estaba á gusto más que entre los suyos, que eran la familia de que va hecho mérito, y unos cincuenta tiestos con flores, y veinte pájaros que tenía y cuidaba en un estrechísimo terrado, á que le daba derecho su cuarto piso con honores de guardilla. Era en la calle de Ferraz; desde aquella altura disfrutaba la vista de un panorama que le parecía asombroso, sobre todo por el silencio, por la soledad, por la luz esplendorosa y por el aire puro. Allí no venía á interrumpirle en sus contemplaciones de anacoreta lego ó de bramán sin cavilaciones, más bicho viviente que éste ó el otro gato, que se le quedaba mirando, también perezoso, también soñador y amigo de aquella soledad en la altura.

Miajas bajaba al mundo pensando en sus flores, sus aves y sus hijos; se enfrascaba en los expedientes con la afición que le había ido dando el amor al cumplimiento exacto del deber, y de todo lo demás que le rodeaba allá abajo no se daba cuenta siquiera. Como donde él vivía de veras, con toda el alma, era en su cuarto piso, en su terrado principalmente, las calles, la oficina, los paseos, todo le parecía metido en un pozo rastrero, ahogado... in inferis—¡Sursum corda! le gritaba el pecho, aunque no en latín; y en cuanto podía, ¡arriba! ¡al terrado! La impureza del aire de abajo era para Miajas una preocupación constante; creía deber la salud al aire puro de su retiro empingorotado. Cuando oía hablar de las prevaricaciones y

 

manos puercas de muchos sujetos, algunos compañeros suyos, y pensaba con orgullo, en su inmaculada honradez, en su probidad segura, achacaba la diferencia por asociación de ideas, ó mejor de imágenes, á la impureza del aire que se respiraba allá abajo. Se le figuraba que aquellas pobres gentes que casi nunca se codeaban con los gatos allá por las nubes, que no recibían, horas y horas, los soplos del aire puro, cerca del cielo, bajo torrentes de luz, en atmósfera transparente, se iban llenando de microbios morales que producían aquellas debilidades de conciencia, aquellas tristes caídas. Pero, en general, pensaba muy poco en todo esto. No le importaba lo que hacían los demás, y tampoco dedicaba mucho tiempo á recordar los propios méritos y servicios. Así, que casi tenía olvidadas ciertas visitas que le habían hecho illo tèmpore, en su humilde guardilla disimulada, ilustres personajes de la política y del foro. Dos habían sido los señorones que habían venido á pedir algo al pobre Miajas á tales alturas.

 

La oficina de don Baltasar era muy importante porque en ella se despachaban asuntos de muchísimo dinero, y como, en último resultado, el que entendía y en realidad resolvía las arduas cuestiones de minas ó cosa así de que se trataba, era don Baltasar, y solo él; los que entendían de veras la aguja de marear querían y procuraban tenerlo de su parte; pues aún suponiendo que más arriba se quisiera atender más al favor que á la justicia y á la ley, mucho era, y en ocasiones indispensable, contar con el informe de aquel perito incorruptible. Una emperatriz ó cosa así, tenía grandísimos intereses en cierto negocio famoso, y era, abogado y principal agente de la ilustre dama un santón político de los primeros, muy popular, elocuente... y largo. No se anduvo en chiquitas; con sus aires democráticos, subió al cuarto piso de Miajas, y entre bromitas, confianzas, promesas y veladísimas amenazas procuró ganar el ánimo del modestísimo empleado de diez mil reales, de quien ¡oh, escándalo! en realidad dependía aquel asunto que importaba tantos millones.—Pero ¡ay, amigo! que el ilustre prócer no tenía razón; y Miajas, avergonzado, sintiéndolo infinito, como si cometiera un delito de lesa majestad ó por lo menos de lesa soberanía nacional... dijo nones, y el señor aquél, elocuentísimo, jefe de partido, casi árbitro de los destinos del país,

 

en ocasiones, tuvo que bajar el ciento y pico de escaleras, lo mismo que las había subido, sin sacar nada en limpio, porque allí no se podía hacer nada sucio.—Este triunfo no dejaba de halagar á don Baltasar, más que por el mérito de su honrada resistencia, por el honor de haber tenido en su casa, y suplicándole en vano y tratando de convencerle á tan conspicuo personaje. Sin embargo, se le mezclaba esta satisfacción con el remordimiento de no haber podido complacer á una eminencia como aquella, y también tenía cierto escozor que era así como vagos temores de que algún día aquel prócer se vengará dejándole cesante, ó por lo menos... bajándole á ocho.

 

La otra visita fué de otro santón no menos ilustre é influyente, también demócrata y que era un especialista en materias de conciencia. Cuando él, en un discurso decía: ¡Mi conciencia! Parecía decir: ¡Mis pergaminos! Pues él también andaba en cosas de minas, y también subió las cien escaleras y pico. Pero éste hizo ante todo grandes protestas de la pureza de sus intenciones; con toda sinceridad mostraba el gran disgusto que tenía solo con pensar que don Baltasar pudiera creer que venía á sobornarle, á deslumbrarle... Venía á convencerle; no tenía que esperar Miajas ni premio ni castigo, resolviese lo que quisiera. Se hablaba á su convicción y nada más. Y el señor de la conciencia sacó unos papelitos y los leyó; y discutieron él y Miajas, y después de dos horas, con la mayor naturalidad, don Baltasar declaró que aquel ilustre prohombre tenía razón, que la ley estaba con él y que el negociado informaría, si á el se le hacía caso, como pedía el insigne caballero, que de resultas se ganaría acaso millones. Y se fué el señor rectísimo, dejando á Miajas los papelitos aquellos, con su firma, y no volvió en la vida; ni el empleado de diez mil reales le debió jamás favor alguno ni se lo encontró cara á cara otra vez. No importaba: él guardaba como un tesoro los papelitos y sin decírselo

 

á  nadie, saboreaba el orgullo de haber tenido ante sí, tan fino, tan amable, al hombre más severo de España, al Catón más tieso de la Península. Pero después de algún tiempo fué olvidando la aventura y por fin ya disfrutaba de la contemplación de la propia honradez como de una cosa muy insípida, sin mérito grande, aunque indispensable. Estaba dispuesto á morir de hambre antes que á

 

prevaricar en lo más insignificante. Pero el placer de este estado de alma era ya para el muy inferior al que le proporcionaba la solución de un jeroglífico.

 

 

 

 

 

II

 

 

 

 

 

Si aquellos señorones ilustres jamás hicieron nada bueno ni malo á don Baltasar; si el prócer de la conciencia no tuvo la amabilidad de mandarle siquiera unos cartuchos de dulces á los hijos de Miajas, no se portaron así el año de gracia de   ... los dos ricachos americanos que habían sacado de pila, respectivamente, al hijo mayor Carlos y á la hija Pepilla.

 

El día de Reyes, muy tempranito, los chicos se encontraron en el terrado sendos juguetes de todo lujo; él, guerrero indomable, con uniforme de teniente de caballería, con todas las armas y galones que eran de ordenanza; ella, una casa puesta para un matrimonio de porcelana, con ama de cría y un chiquitín y dos criadas, una de ellas negra. Era una maravilla. El entusiasmo de aquellos niños pobres, que otros años se contentaban con una caja de pinturas de peseta y una pepona de precio semejante, no tuvo límites... ni entrañas. A Marcelo, el hijo segundo, el más cariñoso, más aplicado y más metido por los mimos de su padre, los Reyes... no le habían traído nada, porque nada era un cartucho de dulces que se encontró al lado de los soberbios juguetes. Pues bien, Pepilla y Carlos, no tuvieron lástima, ni siquiera delicadeza, y delante de su hermano, sin padrino rico, ni pobre, porque lo habían sido un su abuelo, ya difunto, hicieron alarde de su riqueza, de su suerte escandalosa, de su alegría insolente. Los niños son así, ya lo dijo Víctor Hugo pintando el tormento de un sapo. ¿Cómo á don Baltasar no se le ocurrió remediar aquella injusticia de la suerte? No supo nada á tiempo. El encargado de dar la sorpresa fué un muchacho, que, con el mayor sigilo, de parte de los ricachos americanos, dejó de noche,

 

con pretexto de una visita, en el terrado, los regalos aquellos con tarjetas en que se leía: «A Pepilla—Gaspar,» y «A Carlitos— Melchor.» El cartucho de dulces de Marcelo era uno de los tres que su madre había comprado, porque aquel año el presupuesto de los Miajas andaba apuradísimo, y la noche anterior, la del   al , el matrimonio, con profunda tristeza, resignado, había resuelto, después de melancólica deliberación, que era una locura gastar aquel año en juguetes, por modestos que fueran, cuando no había apenas para garbanzos ni para remendar botas de los chicos.

 

Cuando don Baltasar, muy temprano, subió al terrado, y vió á sus hijos en torno del portentoso hallazgo y se enteró de todo, y contempló la alegría loca, salvaje de los egoistas agraciados (¡inocentes de su alma!), y después miró á Marcelo que, pálido, sonreía, con una mueca dolorosa, chupando la cinta azul de seda de su cartucho de dulces, sintió una angustia dolorosa en el alma, una especie de agonía de todo lo bueno que tenía su corazón puro, de pobre resignado. «Aquello era lo mismo que una puñalada.» «Dios los perdonara, pero sus queridos compadres habían incurrido en una omisión grosera, de solterones sin delicadeza; muy ricos, esplendidos, pero que no sabían lo que eran hijos...» «Aquellos juguetes finísimos, de príncipes, valían uno con otro, lo menos...

 

treinta duros... ¡Virgen Santísima! Pues con treinta reales hubieran podido Melchor y Gaspar hacer feliz á toda la familia... y ahora, ahora... en tono de broma, él, Miajas, estaba pasando por una amargura... pueril... que era inexplicable, por lo fuerte, por lo profunda.

 

«Si hubiera sido Pepilla la desheredada, á grito pelado hubiera hecho constar la más enérgica protesta. Llanto y patadas por tres horas, lo menos. Carlos hubiera disputado á puñadas el odioso privilegio, á no ser el el privilegiado. Marcelo... sonreía, luchaba por vencerse, por disimular la tristeza, ¡y tenía ocho anos! ¡Angel de mi alma! ¡Qué culpa tiene él de que su pobre abuelo se le haya muerto y de que yo... deba aún al panadero todo el pan que hemos comido en Diciembre!»

 

Miajas no sabía que decir, ni que hacer, ni siquiera cómo mirar á su hijo segundo, que se quedaba sin juguete. Marcelo se fué hacia su padre, se le metió entre las rodillas y empezó á acariciarse las

 

mejillas frotando con ellas los raídos pantalones de su señor padre. Su papá era su juguete, de movimiento, de cariño; así parecía pensar el niño consolándose.

 

Aquellas caricias de resignación monstruosa, resignación á los ocho años, exaltaron más la sensibilidad paterna. Don Baltasar se creyó inspirado de repente, una inspiración mitad amor, mitad rebeldía; y ello fué que exclamó con voz nerviosa, enérgica, de fingida alegría:

—Observo, señores, que aquí falta un rey.

—¿Qué rey, qué rey?—gritaron Pepita y Carlos.

—Si, falta uno. A tí el rey Melchor te regaló eso; á tí eso el rey Gaspar... Falta Baltasar que es el que trae el regalo de Marcelín, ¡cosa rica! Pero, amigo; como el rey Baltasar viene de más lejos, de más lejos, de allá, de... (Miajas era muy mal orientalista) de... la Cochinchina... pues, viene retrasado... por las nieves, ¡como los trenes á veces! pero vendrá... ¡oh! ¡yo te lo fío que vendrá! ¡No pasa de mañana, Marcelín, cree á tu padre!

Marcelo, con lágrimas de inefable alegría en los ojos, sonriendo entre lágrimas, como Andrómaca, miraba á su padre extasiado, dudando de su felicidad futura... Creía y no creía en los reyes, era acaso dudoso aquello del milagro de los juguetes puestos en el balcón, por manos invisibles... pero ahora se inclinaba á pensar que su rey esta vez iba á ser su padre, y se lo agradecía ¡tanto! ¡tanto! Era mejor así. Pero ¿vendría el juguete?

—¿Y qué le va á traer?—preguntó Carlos entre incrédulo y envidioso de una dicha futura, de que ya no le tocaba nada.

—Eso... Dios lo sabe. Pero me parece á mí... que va á ser....¿Tú

qué opinas, Marcelo?

Marcelo era particularmente aficionado á las defensas de plazas fuertes, era el Vauban de la casa, y mientras Carlos se armaba hasta los dientes, él prefería construir murallas de cartón, y con un ingenio positivo improvisaba aspilleras, cañones, reductos, combinando los más heterogéneos desperdicios de la industria: dedales viejos, rodajas de pies de butacas rotos, capsulas vacías de escopeta, cajas de cerillas y otra porción de inutilidades que, bien combinadas y distribuidas, convertían la mesa del comedor en una fortaleza muy respetable.

 

Marcelo opinó que el rey Baltasar le traería, si era amigo de cumplir, soldados de latón, de artillería, con cañones y todo...

 

 

 

 

 

III

 

 

 

 

 

Don Baltasar se echó á la calle aturdido, como borracho por las emociones de amor, amargura, despecho y decisión violenta que le llenaban el alma; se le figuraba que llevaba si no en la mano, en el alma, en la intención una tea incendiaria que debía prender fuego á la moral pública que se debía al orden constituido, á los más altos principios; ¡que sabía él! En fin, ello era que salía dispuesto á cumplir su promesa temeraria de encontrar al rey Baltasar y, no ya traerlo de Cochinchina, sino sacarlo del centro de la tierra y hacerlo presentarse ante su Marcelo con un juguete verdaderamente regio, que no valiese menos que el de sus señores hermanos.

 

Lo primero que hizo... fué lo que hace el gobierno, pensar en los gastos, no en los ingresos; escoger el juguete monumental (así lo llamaba para sus adentros), sin pensar en la mina ó en la lotería de donde había de sacar el dinero necesario para pagarlo.

Se paró, en la calle de la Montera, ante un escaparate de juguetes de lujo. Entre tanta monada de subido precio no vaciló un momento: la elección quedó hecha desde el primer momento; nada de armaduras, coches, velocípedos de maniquí, grandes pelotas, ni demás chucherías: lo que había de comprar á Marcelín era aquella plaza fuerte que estaba siendo la admiración de cuatro ó cinco granujas que rodeaban á Miajas junto al escaparate.—¡Lo que puede la voluntad!—pensaba el humilde empleado;—estos chicos cargarían con esa maravilla del arte de divertir á los niños, con no menos placer que yo; en materia de posibles, allá nos vamos estos pilluelos y yo, y sin embargo, ellos se quedan con el deseo, y yo entro ahora mismo en el comercio y compro eso... y se lo llevo á Marcelín....¿En que esta el privilegio, la diferencia? ¿En los cuartos?

 

¡No! ¡Mil veces no! En la voluntad. Es que yo quiero de veras que ese juguete sea de mi hijo.

Y entró, y compró la plaza fuerte que le deslumbraba con el metal de sus cañones, cureñas y cuantos pertrechos eran del caso.

Cuando Marcelín viera aquellas torres y murallas, casamatas, puentes, troneras, soldados, tremendas piezas de artillería, se volvería loco; creería estar soñando. ¡Para él tanta hermosura!....

Al ir á pagar después que el juguete estuvo sobre el mostrador, don Baltasar sintió un nudo en la garganta...

—Verán ustedes,—dijo;—no me lo llevo ahora precisamente porque... naturalmente... no he de cargar con ese armatoste...

 

—Lo llevará un demandadero...

—No; no, señores; no se molesten ustedes. Déjenlo ahí apartado; yo enviaré por el juguete... y entonces... traerán el dinero... el precio...

Y salió aturdido y dando tropezones.

—Ya no hay más remedio,—iba pensando. El juguete es mío; el contrato es contrato. Hay que buscar el dinero debajo de las piedras.—Pero en vez de ponerse á desempedrar la calle, se fué, como siempre, á la oficina.

Había grandes apuros por causa de arreglar asuntos que pedían del Ministerio despachados, y el dí rector había dispuesto habilitar aquel día festivo.

***

Gran marejada político-moral-administrativa había por entonces en Madrid y en toda España; una de esas grandes irregularidades que de vez en cuando se descubren, había puesto una vez más sobre el tapete la cuestión de los cohechos, prevaricaciones y demás clásicas manos puercas de la administración pública.

 

Los periódicos de circulación venían echando chispas; se celebraban grandes reuniones públicas para protestar y escandalizarse en colectividad; el Círculo Mercantil y una junta de abogados se empeñaban en empapelar á un ministro y á muchos próceres, al parecer poco delicados en materia de consumos y de ferrocarriles.

El Ministerio, amenazado con tanto ruído, se agarraba al poder como una lapa, y en las oficinas de Madrid había una terrible justicia

 

de Enero (del mes que iba corriendo) más ó menos aparente.

 

Los subsecretarios, los directores, los jefes de negociado, estaban hechos unos Catones, más ó menos serondos; no se hablaba más que de revisiones de cuentas de expedientes, en fin, se quería que la moralidad de los funcionarios brillara como una patena. Hacía mucho miedo.

—Siempre pagaremos justos por pecadores,—decían muchos pecadores que todavía pasaban por justos.

Y á todo esto, don Baltasar Miajas sin enterarse de nada. Oía campanas pero no sabía donde. El rum rum de las conversaciones referentes á los chanchullos legales llegaba á él, sin sacarle de sus habituales pensamientos; lo oía como quien oye llover. El cumplía con su cometido y andando.

Cuando llegó aquel día ante la mesa de su cargo, dispuesto á sacar el precio del juguete de debajo de las piedras, no soñaba con que había en el mundo inmoralidad, empleados venales, etc., etc. Lo que él necesitaba eran diez duros.

No sabía que estaba sobre un volcán, rodeado de espías. Los pillos del negociado, que los había, estaban convertidos en Argos de la honradez provisional y temporera que el director del ramo había decretado dando puñetazos sobre un pupitre.

Y el diablo hizo, no la Providencia, como pensó don Baltasar, que cierto contratista, interesado en un expediente que Miajas acababa de despachar, de modo favorable para aquel señor, se le acercara, y fingiendo sigilo, pero con ánimo de que pudieran otros oficinistas enterarse de su generosidad, dejase entre unos papeles algunos billetes de banco.

Era un hombre tosco, acostumbrado á vencer así en las oficinas de su pueblo; y como no conocía á Miajas y quería ir anunciando su procedimiento expeditivo, para que se enterasen los que podían servirle el día de mañana, hizo lo que hizo de aquella manera torpe, que comprometía al infeliz covachuelista.

Don Baltasar, en el primer momento no se dió cuenta de lo que acababa de suceder. Todavía no se había hecho cargo de tan vituperable acción, y ya los espías del director se habían guiñado el

 

ojo (

). Cuando el contratista insistió en su torpeza, llamando la atención de Miajas, éste... vió el cielo abierto, y equivocándose sin

 

duda, atribuyó entonces á la Providencia aquella oportunidad del diablo. En otra ocasión, sin escandalizarse, con mucha humildad y modestia, hubiera devuelto al pillastre aquel su dinero, diciéndole con buenos modos que él había cumplido con su conciencia y que ya estaba pagado por el gobierno.

 

Pero... ahora... Marcelín... la plaza fuerte comprada... la promesa de traer al rey Baltasar aunque fuese de los pelos... y cierto profundo espíritu de rebelión... de protesta moral... En fin, ello fué que don Baltasar, en voz baja, temblorosa, dijo:

—¡Oh! no, caballero; es demasiado; basta con un... pequeño recuerdo... Guarde usted eso, guarde usted eso, pronto.—Y metió entre unos papeles un billete de cincuenta pesetas,

***

A la mañana siguiente, en el terrado de la humilde vivienda de Miajas, su hijo segundo, Marcelo, encontró, con una tarjeta firmada por el rey Baltasar, el juguete pasmoso, la plaza fuerte que él había soñado.

Y por la tarde, el rey Baltasar recibió la noticia de que estaba cesante.

Por hacerle un favor no se le formaba expediente.

Justicia de Enero.

No había perdido más que el pan y la honra.

 

 

 

 

 

 

III

 

 

 

 

 

TIRSO DE MOLINA

 

 

 

 

 

(FANTASÍA)

 

QUEVEDO

 

El siglo tan desmedrado,

 

¿Para qué nos resucita?

¿Momias no tiene infinitas?

¿Qué harán las nuestras en él?

(Album, al Conde de San Luís)

Nevaba sobre las blancas, heladas cumbres. Nieve en la nieve, silencio en el silencio. Moría el sol invisible, como padre que muere ausente. La belleza, el consuelo de aquellas soledades de los vericuetos pirenáicos, se desvanecía, y quedaba el horror sublime de la noche sin luz, callada, yerta, terrible imitación de la nada primitiva.

En la ceniza de los espesos nubarrones que se agrupaban en rededor de los picachos, cual si fueran á buscar nido, albergue, se hizo de repente más densa la sombra; y si ojos de ser racional hubieran asistido á la tristeza de aquel fin de crepúsculo en lo alto del puerto, hubieran vislumbrado en la cerrazón formas humanas, que parecían caprichos de la niebla al desgarrarse en las aristas de las peñas, recortadas algunas como alas de murciélago, como el ferreruelo negro de Mefistófeles.

 

En vez de ir deformándose, desvaneciéndose aquellos contornos de figura humana, se fueron condensando, haciendo reales por el dibujo; y si primero parecían prerrafaélicos, llegaron á ser después dignos de Velázquez. Cuando la obscuridad, que aumentaba como ávida fermentación, volvió á borrar las líneas, ya fué inútil para el misterio, porque la realidad se impuso con una voz, vencedora de las tinieblas: misión eterna del Verbo.

—Hemos caído de pie, pero no con fortuna. Creo que hemos equivocado el planeta. Esto no es la Tierra.

—Yo os demostraré, Quevedo, con Aristóteles en la mano, que en la Tierra, y en tierra de España estamos.

—¿Ahí tenéis al Peripato y no lo decíais? Y en la mano; dádmelo

á  mí para calentarme los pies metiéndolos en su cabeza, olla de silogismos.

—No os burléis del filósofo maestro de maestros.

—¡Ah, señor Cano, como estos vericuetos; ah, señor Nieves, y qué atrasadilla me parece su teología, ahora que he viajado tanto por otros mundos altos!

—No habléis de eso, y busquemos donde cenar.

—¡Ah, Tirso; ah, fraile! Como vuestro clerigón, ¿no llamaréis á Dios bueno hasta que cenéis? Cenad ex nihilo, porque otra cosa no hay por aquí, á lo que no veo.

—Señores, sin ser yo tan ilustre lógico cual esta gloria de Trento, ni menos teólogo, como no sea en verso, creo que antes de la cena, que no es idea simple, que no es categoría, debemos pensar en el sitio, en el lugar, que si es categoría. Porque yo, por ahora, dudo que estemos en parte alguna. Y donde no hay espacio, no hay cena.

—Pero hay frío, señor Calderón.

—Bien dice Lope. Procuremos orientarnos. Es decir, oriente ahora no se puede buscar, pero según lo que yo pude colegir cuando caímos, ya cerca de este globo, á la luz del Sol y antes de penetrar en las nubes de nieve, dentro de España estamos, y sobre altísimas montañas, y del mar no muy lejos; de modo que éstos deben de ser los Pirineos, y acaso los de mi tierra, porque yo, señores míos, siento un no sé qué de bienestar de que no me hablan vuestras mercedes.

 

—Natural me parece, insigne Jovellanos, que seáis vos, de tiempos de mejor brújula que los nuestros, quien nos deje barruntar en dónde estamos. Pero yo daría mi Buscón por una buscona que me hicíese topar ahora, no con la madre Venus, sino con su digno esposo Vulcano, para que me fabricase una cama donde dormir, menos fría que este suelo.

 

—Señores, yo vuelvo á mi Aristóteles, y digo...

—Teólogo, tenéis razón; seamos peripatéticos, discurramos con los pies, y á ver si á fuerza de discurrir probamos algo... algo caliente.

Una voz nueva resonó entonces en aquellas soledades como suave música, y era la de fray Luis de León, también expedicionario, que decía:

—Amigos queridos, esta noche más ha de ser de penitencia, de ayuno, que de hartazgo; porque, si he de hablar con franqueza, nuestra vuelta al mundo terrenal más me parece castigo que otra cosa. Pecamos, pecamos; pequé yo á lo menos,—y si en buena teología esto no se puede llamar pecado, llámelo D. Melchor como quiera ó convenga;—pequé, digo, deseando lo que en soledades de mi dicha, de allá arriba, nunca creí que se podría desear. ¡Ay, sí! El engaño, como siempre. El desengaño, igual. En esta tierra obscura, sepultada en noche y en olvido, ¿qué me había quedado á mí? Si vivía en la alma región luciente, ¿a qué querer, como quise, saber algo de la misera Tierra? fué vanidad, sin duda. Movióme el apetito de saber si aquella larva que yo por acá había dejado, y que el mundo llamó mi gloria, se había desvanecido, cual mis despojos, ó algo había quedado de ella, aunque no fuera más que un soplo que fuese callado por la montaña...

—¡Ay, señor fray Luis de León!—interrumpió Lope,—á todos creo yo que nos escuece el mismo remordimiento. Yo, que al morir dije, según cuentan, pues yo no me acuerdo, que daría todas mis comedias, que eran humo, por un poco de gracia al entregar el alma

 

á  Dios, ahora me veo aquí desterrado del cielo, si así puedo decirlo, por la pícara vanidad de oler si algo todavía se dice por el mundo del montón infinito de mis coplas.

Todos fueron confesando pecado semejante. A todos aquellos ilustres varones les había picado la mosca venenosa de la

 

vanagloria cuando gozaban la gloria no vana, y habían deseado saber algo de su renombre en la Tierra. ¿Se acordarían de ellos aquí abajo? Y el castigo había sido dejarlos caer, juntos, en montón, de las divinas alturas, sobre aquella nieve, en aquellos picachos, rodeados de la noche, padeciendo hambre y frío.

 

****

Como pudieron, de mala manera, empezaron á caminar sobre la nieve, procurando descender, por si encontraban más abajo rastro de senda que los guiara á vivienda humana, ó por lo menos á lugar menos desapacible donde aguardar el día y aguantar el hambre.

Porque es de advertir que aquellos desterrados del cielo, en cuanto pisaron tierra volvieron á sentir todas las necesidades propias de los que andamos vivos por estos valles de lágrimas.

Jovellanos, por varios signos topográficos, y más por revelaciones del corazón, insistía en su idea de que estaban sobre alguna montaña de Asturias. Los otros llegaron á creerle, y como práctico le tomaron, y detrás de él marchaban dejándole guiar la milagrosa caravana por las palpables tinieblas adelante.

—Para mí, señores, estamos en alguno de los puertos que separan á León de mi tierra.

—Pues entonces, á fe de Quevedo, que ya se quién nos va á dar posada. El oso de Favila.

—Ese no; pero otros no deben de andar lejos.

Notó Lope que el terreno que había llegado á pisar apenas tenía ligera capa de nieve y era llano.

—¡No tan llano, por Cristo!—gritó Quevedo, que dió un tropezón y tuvo que tocar la blanca alfombra con las manos. Sintió al tacto cosa dura y que ofrecía una superficie convexa y pulida.—Señores,— exclamó,—aquí hay trampa; con los pies tropecé en una barra, y entre los dedos tengo otra.

Agachóse Jovellanos, y tras él los demás, y notaron que bajo la nieve se alargaban dos varas duras como el hierro, paralelas...

—Esto ha de ser un camino,—dijo D. Gaspar;—tal vez los modernos atraviesan estas montañas de modo que á nosotros nos parecería milagroso si lo viéramos... Yo tengo escrito un viaje que llamo de Madrid á Gijón, y en él expreso el deseo de que algún día...

 

—¡Jesús nos valga!...interrumpió Calderón;—entramos en un antro, en una cárcel... aquí toco una pared fría que chorrea... y aquí otra pared...

 

—Entramos, por lo visto, en la cueva de un oso. Ya tenemos posada. Dios nos libre del huésped...

Interrumpió á Quevedo y pasmó á todos un quejido terrible, intenso, que sonó lejos; un silbido ensordecedor y poderoso, de monstruo desconocido... Y de repente vieron á gran distancia un punto rojo de luz, que se acercaba; y oyeron estrépito de cadenas y mil infernales choques de hierro contra hierro, bramidos horrísonos. Un monstruo inmenso, negro, que se les echaba encima para devorarlos, les hizo, con el terror, caer en tierra. Todos se pegaron, cuan largos eran, á la fría pared que sudaba una asquerosa humedad. Los más cerraron los ojos; pero algunos, como fray Luis de León y Jovellanos, tuvieron ánimo para contemplar el peligro, y vieron pasar, como un relámpago, inmenso dragón negro, vomitando ascuas, rodeado de humo...

—No hemos caído en la Tierra, sino en el infierno,—dijo Quevedo cuando todos estuvieron en pie, algo menos asustados, si no tranquilos.

—Salgamos de esta cueva maldita, si podemos,—propuso Tirso.

—Volvamos sobre nuestros pasos...

—Si, una honrosa retirada.

Salieron como pudieron de la cueva, antro ó lo que fuese; y no teniendo en las tinieblas modo de orientarse mejor, procuraron seguir la dirección que señalaban aquellas barras de hierro que de vez en cuando sentían bajo los pies.

—Esto es un camino, señores; no me cabe duda,—dijo el autor del Informe sobre la ley Agraria.

—Un camino infernal.

—No, D. Francisco, un camino... de hierro, pues hierro es esto que pisamos.

—Bien, pero cosa del diablo. ¿Cómo creéis que estemos en la Tierra? ¿Cría la Tierra monstruos como ése de fuego que por poco nos aplasta?

—¿Quién sabe—dijo fray Luis—si los pecados de los hombres han convertido el mundo en mansión de terribles fieras traídas del

 

Averno?

 

—¡Y aquí venimos á buscar gloria mundana! ¡Y pensábamos que en la Tierra quedaría memoria de nosotros, y la Tierra es vivienda de sierpes y vestiglos! ¡Oh! ¿quién nos sacará de aquí?

—Sigamos, sigamos,—dijo Tirso.

—Señores, atención—exclamó Lope, que iba delante con Jovellanos.—O el miedo me hace ver las estrellas, ó una brilla enfrente de nosotros.

—¿Estrella terrestre? Llámese candil.

—Sí, dijo Tirso;—allí una luz verde... y más abajo, ¿no ven ustedes otra rojiza?...

—Sí, y ésta parece que se mueve...

—¡Ya lo creo! hacia nosotros viene...¿Qué hacemos?

—Señores, á fe de Quevedo, que me canso de ser cobarde; yo de aquí no me muevo; venga lo que viniere, más puede en mi el ansia de saber qué mundo es éste y qué monstruos nos asustan, que el amor al pellejo...

Nadie quiso ser menos valiente; y todos, á pie quieto, esperaron el terrible peligro desconocido que se acercaba.

La luz, cerca del suelo, avanzaba, avanzaba... De repente, un silbido estridente hizo temblar el aire; cien ecos de los montes repitieron como un coro de quejidos prolongados el melancólico estrépito... Aunque la obscuridad era tanta, pudieron nuestros heroes distinguir entre la nieve una masa negra que con marcha lenta y uniforme á ellos se acercaba.

Nadie se echo á tierra, nadie tembló, nadie cerró los ojos. Como inmenso gusano de luz, el monstruo tenía bajo la panza bastante claridad para que por ella se pudiera distinguir la extraña figura. Era un terrible unicornio, que por el cuerpo negro arrojaba chispas y una columna de humo. Montado sobre el lomo de hierro llevaba un diablo, cuya cara negra pudieron vislumbrar á la luz de un farolillo con que el tal demonio parecía estar mirándole las pulgas á su cabalgadura infernal...

Paso la visión espantosa rozando casi con los asombrados inmortales, que, para no ser atropellados, tuvieron que retroceder un paso...

 

Quevedo, decidido á ser quien era, y Jovellanos con ansia infinita de saber algo nuevo é inaudito, miraron con atención firme, cara á cara, el endriago que se les echaba encima, y los dos á un tiempo, en alta voz, sin darse cuenta de lo que hacían, exclamaron:

 

—«¡Tirso de Molina!»

—Presente—dijo el fraile.

—No es eso—exclamo el autor del Buscón.—Es que en el lomo de ese monstruo de hierro que acaba de pasar, á la luz del farolillo de aquel diablo, he leído en letras de oro... eso: Tirso de Molina.

 

—¿Mi nombre?

—Si—dijo D. Gaspar.—Tirso de Molina; en letras doradas, grandes. Yo lo leí también.

—¿Y que debemos pensar?—pregunto Cano.

—Nada bueno—dijo Lope.

—Nada malo—dijo Quevedo.

En aquel momento, el monstruo, que se llamaba como el Maestro Téllez, retrocedía deteniéndose pacifico, humilde, sin ruido, cerca de los pasmados huéspedes celestiales. «Tirso de Molina, leyeron todos en el costado del supuesto vestiglo. Un hombre cubierto con un capote pardo, alumbrándose con una linterna, pasó cerca, y se detuvo á inspeccionar el raro artefacto, que por tal lo empezó á tener Jovellanos, adivinando algo de lo que era.

—Señores, dijo el desconocido en buen castellano, al notar que varios caballeros, entre ellos clérigos, y frailes algunos por lo visto, rodeaban la máquina;—señores, al tren, que aquí se pára muy poco.

—¿Al tren? ¿Y qué es eso?—preguntó Quevedo.

—Pero ¿dónde estamos?—dijo D. Gaspar.

—¿Pues no lo han oído? En Pajares.

Mediaron explicaciones. El mozo de estación creyó que se las había con locos, y los dejó en la obscuridad; pero Jovellanos fué atando cabos, y sobre poco más ó menos, aquellos ilustres varones supieron de qué se trataba.

Estaban en la Tierra; los hombres atravesaban las montañas en máquinas rapidísimas, movidas por el fuego, ¡y esas máquinas se llamaban... como ellos! Aquella, Tirso de Molina, otras, de fijo, se llamarían Jovellanos, Quevedo, Cervantes... como los demás hijos ilustres de España.

 

—Señores,—dijo D. Gaspar,—ya lo veis; el mundo no está perdido, ni vosotros olvidados. Ilustre poeta mercenario, ¿qué dice vuestra merced de esto? ¿Sábele tan mal que á este portento de la ciencia y de la industria le hayan puesto los hombres de este siglo el seudónimo glorioso de Tirso de Molina?

 

Sonrió Tirso, y con toda sinceridad se declaró satisfecho al encontrarse con tal tocayo.

—Verdad es que no lo siento. Pero á mal mundo hemos venido si queríamos para siempre curarnos de vanidades.

—¡Oh, quién sabe, quién sabe! Acaso no lo sean advirtió don Gaspar.—La gloria que da el mundo no es gloria; pero agradecer el recuerdo, el cariño de los míseros mortales, acaso no sea indigno de los bienaventurados.

 

 

 

 

 

 

IV

 

 

 

 

 

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I

 

 

 

 

 

Nacio Facundo Cocañín, tan rollizo como hermoso, en la Vega de Ribadeo. Su padre tenía una fábrica de manteca, y parecía que Facundo había sido confeccionado en la fábrica: parecía un rollo de mantecá destinado á sonsacar un premio, una medalla de oro en una exposición. Andando el tiempo. Facundo se paso la vida, en efecto, presentándose en concursos, más industriales que otra cosa, y solicitando medallas de oro y de plata y diplomas, y cuanto puede acreditar oficialmente competencia académica, científica, moral y religiosa.

 

Prosperaba la industria de los Cocañines que era una bendición del cielo á Dios, principalmente, atribuía aquella piadosa familia la corriente de plata que se les entraba por las puertas de la fábrica. Así como la India antigua creyó muy de veras que la Ganga, el Ganges, bajaba del cielo á fecundar la privilegiada tierra de los creyentes. Cocañín padre, y su esposa y el hermano de Cocañín, don Ambrosio, rector del seminario de Lugo, creían firmemente que toda aquella manteca, tan bien pagada, era gracia del señor, que así premiaba las virtudes de varias generaciones de Cocañiques, siempre mantequeros y siempre llenos de la fe del carbonero. Sí, tenían la fe del carbonero decían, sin temor de manchar la manteca.

 

Les iba muy bien creyendo así, y además, el negocio no hubiera dado siempre para otra cosa. ¡Creer!—Poco les faltaba para poner en la tienda de Ribadeo, donde vendían algo al por menor, un rótulo que dijera: La Nata, fábrica de mantecas. Proveedores de S. D. M. Lo consultaron con varios teólogos y resultó que sería un sacrilegio. Que si no...

 

Facundo prosperó también, desde los primeros meses, tanto como el producto industrial de sus mayores.

—Mire usted, decía la madre muy hueca: parece que lo han hecho abajo (en la fábrica); y enseñaba al mundo entero los muslos, los brazos y los lomos del futuro neo escolástico. Porque Facundo paró en eso, sin adelgazar nunca, ni perder el color. Todo el era de rosa. Y todo en él redondo con hoyos que eran redundancias de argollas de carne. Era un angelote de Murillo retocado por un repostero. Por esto, no daban ganas de ponerlo en un cuadro, sino en el escaparate de Lhardy.

Eso parecía principalmente, un gran bocado. Lo mismo al año de nacer, que cuando ganó una canongía, digo una cátedra, en público certamen al grito de ¡Santiago y á ellos, que son pocos! (los jueces liberales).

La religiosidad de los Cocañines era tradicional y estaba enlazada, como una yedra, á las sólidas murallas de la Iglesia... que servían también de fortaleza al crédito del negocio. Porque, valga la verdad, eran unos mercaderes, para quien ya no había un Cristo que los arrojase del templo.

La clientela de frailes, cabildos, obispos, monjas, clero suelto y familias timoratas, había venido poco á poco, al principio, por la buena opinión ortodoxa de que gozaban los Cocañines; y había aumentado y se conservaba gracias al piadoso temor de Dios y de esa clientela que era el dogma de la fábrica. El más pequeño conato, no ya de heregía, de liberalismo, que hubiera podido arrancar á la casa un solo parroquiano escrupuloso en materia de fé, les hubiera parecido pecado que no se purgaría con todas las penas del infierno.

¡El infierno! Esa era la gran guardia civil en que los Cocañines, veían garantía eterna de las abundantes salidas.

 

Por un sórites, que inventó el Cocañín del seminario, pero que ya había hecho su hermano, sin llamarlo así, llegaban desde el mercado de su producto hasta el dogma de las penas eternas. La cosa era fácil de entender; y cuando creció Facundo y fué filósofo escolástico, pero ya de los que usan macferlan y prescinden de las formas silogísticas, el chico se explicaba, y explicaba á los suyos, la necesidad... para la vida de la fábrica, del dogma, del gran dogma del fuego eterno, diciendo algo por el estilo.

 

—«Son habas contadas: (le gustaban mucho las cosas contadas y las habas contadas ó no, pero con morcilla). Nuestro crédito se funda en nuestra religiosidad completamente correcta (hablaba con los barbarismos que leía en los periódicos neos, puristas que no practicaban). Todo Galicia y parte de Asturias, la de Occidente, y no poca parte de León y algo de Portugal, se surten infaliblemente de manteca en nuestra casa; además, contamos con la exportación para la Verde Erin, la católica Irlanda y para la Bretaña siempre fiel. Los que nos compran no nos comprarían .°: si dejáramos de ser ortodoxos; R.° si la fe se entibiara en los pueblos leales y esas dignísimas personas que viven del altar y de otras cosas santas, no recaudaran lo mucho que cobran, gracias á la piedad de pueblos y gobiernos. Pero ¿por qué se conserva la fé en muchos pueblos, á pesar de la peste de la incredulidad que infesta el mundo? ¡Ay! Preciso es confesarlo: por la atrición; por miedo á los castigos terribles del infierno; por la eternidad de las penas. Suprimid el infierno y la sociedad se viene abajo, y con ella la Nata, la mejor fábrica de manteca.

 

 

 

 

 

II

 

 

 

 

 

 

¿A qué destinarían los Cocañines aquel vástago tan rollizo? No había que dudar. Había nacido canónigo. Aunque la fábrica ocupaba territorio de Asturias, la familia tenía su abolengo, sus amores de

 

terruño, del otro lado del río, en Ribadeo. Además, las relaciones eclesiásticas de los mantequeros ilustres eran principalmente gallegas.—Facundo, como buen rayano, era más gallego que uno de la Coruña, aunque civil y geográficamente era hijo de Pelayo. El siempre invocaba al apóstol:¡Santiago y á ellos!—Fué, muy niño todavía, al lado de su tío el rector del seminario de Lugo, que dejó este oficio por el de magistral de aquel ilustre cabildo,—Facundo fué colegial, niño de coro, interno—en el seminario. Aprendió muy bien latín; de memoria, se echó al cuerpo una porción de filosofía de Balmes, Fray Ceferino González, todo en latín, y entró triunfante en la teología desempedrando Santos Padres y doctores de la Iglesia, como si dijéramos; y hasta los PP. griegos citaba de memoria, sin entender una palabra. Uno de sus principales cuidados en estos estudios de retentiva era estar al quite, como decía él, de las citas que se hicieran pretendiendo demostrar que de la Patrología se reciben grandes argumentos de autoridad en pró de las ideas socialistas y aún de las comunistas. Facundo deslumbraba al Verbo con las contras teológicas, citando textos menos vulgares de los mismos santos autores en los que se deshacía el efecto disolvente de las citas incendiarias. Para mayor seguridad, añadía todo de memoria, por supuesto, los artificiosos comentarios con que el clero burgués y sabio de nuestros días retorcía y mellaba las armas temibles de aquellos textos alarmantes, convirtiéndolos en espadas de Bernardo. ¡No faltaba más! «La Iglesia no podía morir... ¡Pero La Nata tampoco!»

 

Cuando ya Facundo era redactor vergonzante de La Atalaya espiritual, y desde ella, y desde seguro, despreciaba la ciencia de todo liberal á partir de Kant y Fichte y el frenético Hegel (pronunciado como se escribe) hasta Castelar y Pí; cuando ya había adquirido estilo propio, que consistía en insultar y calumniar al enemigo, leerle, y condenarle al fuego eterno, siempre con textos del Dante; cuando en fin, era ya una maza de Fraga de todo sospechoso de relajamiento en materia de fé, moral ó disciplina, se consideró, y le consideraron los suyos, en punto de caramelo para entrar en el sacerdocio de una religión de paz y misericordia, por los pasos contados del derecho canónico.

 

Pero quiso Dios, ó quien fuera que illo tempore, por aquel tiempo, heredara una prima de Facundo un fortunón en prados y vacas de leche. ¡Leche para la Nata!—No había más que hablar. El matrimonio también era un sacramento. El caso era no ir á la cópula por concupiscencia, sino para procreación y educación de los hijos y mútuo auxilio de los cónyuges.

 

Facundo puso el cerco á la plaza y la tomó, por el valor del propio mérito plástico, en parte, y con la ayuda de dos párrocos, un coadjutor y un cabecilla carlista. Estas influencias consiguieron que Facundo pudiera criar hijos para el cielo y miles de vacas para las primeras materias de la Nata.

¡Cuánta leche!

«Lacteos, virgíneos candores

gusto Bernardo ¡oh portento!

ya no es extraño lo dulce,

pues tan melifluo fué el premio».

Así dice una cuarteta, inscripción de una iglesia de Madrid, aludiendo á la Virgen María y á San Bernardo. Pues, si no fuera profanación, se podría decir que la Nata y sus propietarios, gozaron lacteos candores gracias al matrimonio de Facundo.

 

 

 

 

 

III

 

 

 

 

 

Pero él no podía contentarse con dirigir una fábrica de manteca. Aquella filosofía escolástica; aquella teología de perro rabirabiado, aquel anhelo de dictar sentencias en primera instancia para mandar precitos á los profundísimos infiernos, necesitaban horizontes más anchos de los que ofrece la raya de Asturias y Galicia.

 

Voló Facundo fué periodista en Valladolid Neo caliente hasta el blanco. Allí empezó á vestir con elegancia y á usar un macferlan que ya no abandonó nunca.

 

¡Le parecía á el tan chic, tan picante, pensar y sentir como un Torquemada y vestir como un currutaco de Valladolid! Acudió, calada la visera y con cartas de recomendación subrepticias, á multitud de certámenes de la Unión católica, de cofradías y del gay saber... ultramontano. En prosa ó en verso siempre triunfo, gracias á su intransigencia; el argumento Aquiles que siempre arrojaba sobre el enemigo, las penas eternas. Calumniaba, insultaba, demostraba que el impio está fuera de la ley y que vale todo contra el réprobo...

 

y se le llenaba la casa de pensamientos de oro, de escribanías de plata, jarrones é imágenes sagradas. Pero á todos aquellos crucifijos que le regalaban y que tenía tasados en lo mucho que valían, pesando el metal precioso, sin menoscabo de la religiosidad;

á  todos, prefería un Cristo, que le había regalado su padre, antiguo recuerdo de familia. Era una tosca imágen de talla, pero no era escultura; repitiéndose aquí el milagro de otro Crucifijo que un célebre poeta español heredó de sus mayores también; Crucifijo que tampoco es escultural, pero es de talla. Milagro.

Cuando en la academia de Jurisprudencia (pues Facundo pasaba meses en Madrid) discutía contra los liberales, nuestro paladín divino, y los injuriaba y levantaba falsos testimonios como chichones, siempre imaginaba él que su arma de combate era el crucifijo de tosca madera, que él. Hercules cristiano, manejaba como una maza santa para aplastar hidras, domesticar leones y acabar con otras calamidades liberales.

También hizo oposición á una cátedra y la gano, como pudo haber ganado un Jubileo ó Indulgencia plenaria. Los ejercicios fueron unos fervorines, varias novenas, y casi casi las misas de San Gregorio.

 

Esto en la parte positiva; en la negativa, que era su fuerte, aquello fué las Navas de Tolosa, ó la batalla de Lepanto. ¡Pobre Kant ¡Pobre Voltaire! (¡todavía!) pobre Hegel, pobre Jovellanos, pobre Sanz del Río, pobre Pí y Margall ¡y pobre humanidad libre-pensadora ó por lo menos liberal, ó amiga de la desamortización por lo mínimo! con todos aquellos cientos de pensadores, estadistas, literatos, etc., etc. Facundo se portó como un Vargas Machuca. El Cristo, el Crucifijo de encina, chorreaba sangre y tenía incrustaciones de hueso, de esquirlas, adornadas con piel humeante de liberal y heterodoxo.

 

De los contrincantes, sospechosos de filosofía alemana siquiera, no hay que hablar. Un portero tuvo que barrer sus restos. El salón de actos quedó hecho un spolarium. Había dos jueces de la cáscara amarga, y como eran minoría... se quedaron sin cáscara; Facundo les hundió el Cristo en el cráneo ochenta veces. Era el diablo. Por lo menos, disponía del infierno como si él mandase allí.

 

 

 

 

 

IV

 

 

 

 

 

Paso mucho tiempo. Tanto, que el día en que volvemos á ver á nuestro héroe es... el día del Juicio por la tarde.

 

Cocañín se presenta en el valle de Josafat, triunfante, alegre, seguro de sí mismo, con el mismo cuerpo que tuvo y con el mismo macferlan de siempre. Sigue pareciendo un bocado exquisito del escaparate de Lhardy; fresco, rechoncho, sonrosado. Avanza impaciente, dando codazos y pisotones, como cuando iba á recojer un premio, por haber aplastado á media docena de apóstatas ó réprobos. No duda ni un instante de que en el cielo le pondrán muy cerca de los tronos y dominaciones, que son sus predilectos. El juicio supremo para él es una ceremonia, como la de hacerse doctor. Está convencido de que se salva, con los más favorables pronunciamientos.

Por fin, le llega la vez... «Facundo Cacañín.» Adelante...Saluda con cierto aire de confianza...¿Qué ve enfrente de sí? Un crucifijo clavado en una pared, cubierta de paño negro. El crucifijo es el suyo, el de sus mayores; el Cristo de la Vega... de Rivadeo... Pero ha crecido. Es de tamaño natural. De repente... sobre la encina de la cruz, la encina del crucificado empieza á transformarse en carne...

¡pero, qué carne! Carne macerada, carne atormentada... Todas las llagas á que reza la piedad, están sangrando, pero además ¡cuántas otras! ¡Y qué de huesos rotos! un femur quebrado; la frente con diez

 

agujeros, una mandíbula desencajada, un ojo colgando... Y sangre...

 

sangre brotando de todo el cuerpo! ¡de sangre, un río! —¡Facundo, mira como me has puesto!—exclama una voz de

agonía.

Un minuto después, Cocañín ingresaba, entre cuatro del orden celestial... en el infierno. En el infierno, que no existía antes, pero que se invento para Facundo, que tanto lo había deseado... para los demás.

 

 

 

 

 

 

V

 

 

 

 

 

 

      

 

 

 

 

 

 

El drama se hundía. Ya era indudable. Los amigos que rodeaban

 

á  Pablo Leal, el autor, entre bastidores, ya no trataban de animarle, de hacerle tomar los ruídos que venían de la sala por lo que no eran. Ya no se le decía: «Es que algunos quieren aplaudir, y otros imponen silencio.» El engaño era inútil. Callaban los fieles compañeros que le estaban ayudando á subir aquel que á ellos les parecía calvario. El noble Suárez, el ilustre poeta, vencedor en cien lides de aquel género... y derrotado en otras ciento, estaba pálido, tembloroso. Quería á Leal de todo corazón; era su protector en las tablas; él le había aconsejado llevar á la escena uno de aquellos cuadros históricos que Pablo escribía con pluma de maestro, de artista, y con sólida erudición. Creía, por ceguera del cariño, en el talento universal de su amigo, de su Benjamín, como él le llamaba, porque veía en Pablo un hermano menor.

«¡Cuánto padecerá! pensaba Suárez. Es más nervioso que yo, mucho mas; es primerizo, y ¡yo, que ya estoy hecho á las armas padezco tanto cada vez que pierdo una de estas batallas!» Era verdad que él padecía mucho. Conocía al público mejor que nadie; sabía que era un ídolo de barrio... y le temía con un fetichismo artístico inexplicable, No era Suarez de los que creen que cuarenta ó cuatro mil necios sumados pueden dar de sí una suma de buen criterio; despreciaba en sus adentros, como nadie, la opinión vulgar; pero creía que al teatro se va á gustar al público, sea como sea. Y transigía con él, y procuraba engañarle con oropel que añadía al oro

 

fino de su ingenio; y como unas veces le aplaudían el oro y le silbaban el oropel, y otras veces al revés, y otras se lo silbaban todo por igual, ó todo se lo aplaudían, insistía, desorientado, en su afán de vencer; pero daba mil tropiezos en aquella guerra indigna de su mérito, y á los estrenos iba á ciegas siempre, esperando el fallo como si fuese la bola de una ruleta que no se sabe dónde va á parar. Y padecía infinito las noches de estreno. No comió aquel día; se le iba el santo al cielo; sentía náuseas, inquietud de calentura, y deseaba con ardor, aún más que el triunfo, que volara el tiempo, que pasara la crisis.

 

«¡Cuánto padecería aquel pobre Leal, que, más pensador que literato, sincero, artista de austera religiosidad estética, ignoraba las miserias y pequeñeces de los escenarios, las luchas de empresa, las cábalas de camarillas y cenáculos!»

Suárez miraba á su amigo con disimulo, y le veía sonreir, mientras se paseaba, entre aquellos lienzos arrumbados, en corto espacio, como en una jaula.

«Es claro que disimula, pensaba Suárez; pero lo hace muy bien. Si yo no supiera que es imposible no padecer en este trance, creería que él estaba muy tranquilo. En sus ojos yo no veo inquietud, amargura; no hay ningún esfuerzo en ese gesto plácido. Lo que es excitado, no lo está.»

Y luego preguntó á su amigo:

—¿No sientes nada... aquí, por encima del estómago?

Leal se rió y dijo:

—No; no siento nada. ¿Es eso lo que se siente?

—Yo sí; eso. Toda la noche.

—Pues yo sólo siento... que esto se lo lleva la trampa. ¿No oyen ustedes? La dama grita, pero más gritan fuera...

En efecto, crecía el tumulto. Los amigos de Leal, los leales, los que le rodeaban, protestaban entre bastidores; contestaban, sin que desde fuera los oyesen, es claro, á los gritos del público.

—Conozco esa voz: es la de López, á quien Leal no votó en la Academia de la Historia.

—Y ese otro que dice que bajen el telón es Minuta, el director de El Gubernamental, el imitador de Campoamor...

 

Suárez callaba y observaba á Pablo, que volvía á pasear, al parecer tranquilo.

En fin, se hundió el drama. Cayó el telón entre murmullos. La dama, que se había destrozado la garganta, corrió á abrazar á Pablo, llorosa, gritando:

—¡Imbéciles! ¡No han querido oir! ¡No han querido enterarse!

Hubo que subir al saloncillo.

Ecce homo.

Allí había de todo. Amigos verdaderos, indignados de verdad; amigos fasos, más indignados al parecer. Pero á estos Pablo les leía en los ojos el placer inmenso, que sentían.

Se díscutió el drama, la competencia del público, hasta las condiciones acústicas del teatro. El talento del autor nadie lo ponía en tela de juicio. ¡Estaba él allí! Algunos, haciendo alarde de franqueza y mirando con delicia el efecto de sus palabras, decían que la cosa era una joya literaria pero acaso no era teatral. Otros gritaban: «Es teatral y es muy humana... y muy nueva... ¡El público es un imbécil!»

—Eso no—decia un autor que ni en ausencia se atrevía á ser irreverente con el público.

Un crítico, gran catador de salsas dramáticas y filarmónicas, crítico del Real, vamos, de óperas, y constante lector de Shakespeare, hizo la anatomía del drama y del estreno. El drama era demasiado científico y pecaba de idealista. Suárez reparó que Leal, que todo lo había oído sin dejar el gesto de placidez, miro un momento con ira al químico que quería pincharle con disparates romos. El químico aborrecía á Leal, que le había tenido que dar varias lecciones en las disputas de café.

La sesión del saloncillo venia á ser una capilla... á posteriori, después del suplicio.

Pero paso también. Pasó todo. Leal, Suárez y los demás íntimos salieron del teatro ya muy tarde; y como hacía buena noche de luna, de templado ambiente, recorrieron calles y calles sin acordarse de que habla camas en el mundo. Suárez era quien más hacia por mantener la conversación; quería retrasar todo lo posible el momento de dejar á Leal á solas con sus impresiones. Ya cerca del amanecer entraron en un café y cada cual tomó lo que quiso. Leal

 

prefirió una copa de Jerez. ¡Cosa más rara! El vinillo le puso alegre, pero de veras; era imposible que se pudiera fingir aquel contento. Suárez acabo por sentir más curiosidad que lástima. ¿Por qué demonio, siendo tan nervioso su amigo, y no siendo un santo, no padecía más con la derrota de aquella noche y con los alfilerazos del saloncillo? Lo que hacía Leal era procurar que no se hablase de su drama, ni del público, ni de la crítica con mucha naturalidad llevó la conversación á cosas más elevadas; se habló de la psicología de las multitudes, del altruismo, de la vida de familia, y de si era compatible con las grandes empresas de abnegación, de reforma social. Pablo opinaba que sí; que por el amor del hogar debían irse organizando todos los amores superiores, para ser efectivos, para perder el carácter de abstracción que generalmente revisten y les quita fuerza... Leal se exaltaba hablando de aquello; de la necesidad de fundarlo todo en el cariño real de la familia... Mucho hablaron, mucho. Pero al fin vino el sueño, y Suarez se despidió del autor derrotado, seguro de que lo primero que haría Pablo al verse en la cama... sería dormirse.

 

***

Pasó mucho tiempo, y Suarez no se atrevía á preguntar á Leal de dónde había sacado fuerzas para pasar con tal serenidad por las amarguras de aquella terrible noche.

Pero un día, hablando de teología y de religión, Pablo se lo explicó todo espontáneamente, dándole la clave del misterio, por vía de ejemplo de ciertas demostraciones.

Se trataba de varios artículos recientes de filósofos extranjeros, acerca de legitimidad racional de la plegaria. Salieron á relucir las novísimas teorías referentes á la creencia; se comentó la filosofía de Renouvier; se habló de otros defensores de la tesis de la contingencia, del autor de Las tres dialécticas, Gourd; y llegando Leal á decir algo suyo, de experiencia personal, se explicó de esta manera:

—Yo perdono á los espíritus geométricos su intransigencia esquinada, su inflexibilidad, su cristalización fatal, congénita, y no me irrito cuando me dicen que me contradigo, y me llaman místico, soñador, dilettante, etc., etc. No pueden ellos comprender esta plasticidad del misterio; la seguridad con que se apoya, si no los

 

pies, las alas del espíritu, en la bruma de lo presentido, de la intuición inspirada. No comprenderán, imposible, por ejemplo, á Carlyle cuando nos habla de la adoración legítima del mito mientras es sincera; no comprenderán, imposible, á Marillior cuando distingue el mito racional de la última razón metafísica de la religión. Y, sin embargo, es una pretensión ridícula querer elevarnos por encima de los límites de nuestra pobre individualidad, y hacernos superiores á las influencias de raza, clima, civilización, nacionalidad, tiempo, etc., etc., sin más fundamento que la idea de que el conocimiento realmente científico necesita, para ser, prescindir de todas las influencias históricas. ¿Quién se atreve á personificar en si el sujeto puro de la ciencia pura? Pero otra cosa es la legitimidad de la creencia racional, no incompatible con lo que la conciencia nos da como lo más conforme á verdad, según el adelanto especulativo que alcanzamos. Así como en derecho positivo nadie tiene por absurdas las formas residuales del primitivo ó antiquísimo derecho simbólico, así estos nobles residuos, racionales, de creencias antiguas pueden entrar en nuestra vida moral, no en calidad de ciencia, pero si de creencia y culto y devoción personal, que nadie ha de imponer á nadie. Yo, V. gr., soy de los que rezan, de los que adoran; y no por seguir al pie de la letra la teología ortodoxa, ni por inclinarme á las teorías de que hablabamos, relativas á la contingencia, á las voliciones divinas nuevas, al indeterminismo primordial. Yo no pido á Dios que por mi cambie el orden del mundo; rezo deseando que haya harmonía entre mi bien, el que persigo, y ese orden divino; rezo, en fin, deseando que mi bien sea positivo, real, no una apariencia, un engaño de mi corazón. Y con tal sentido, me animo á mejorar moralmente, á hacerme menos malo, no sólo por la absoluta ley del deber, sino pensando en la flaqueza de mi interesada pequeñez de alma; también por esa especie de pacto místico, inofensivo por lo menos, en que ofrecemos á Dios el sacrificio de una pasión, de un falso bien mundano, á cambio de que exista esa anhelada harmonía entre el orden divino de las cosas y un deseo nuestro que tenemos por lícito. Cualquier jurista podrá ver que no es esto imponer una condición para el sacrificio, pues en buen derecho, la condición es acontecimiento futuro é incierto, que

 

puede ser ó no ser... y esta harmonía que deseo entre mi anhelo y el orden de las cosas no es contingente.

—Vamos,—dijo Suáres,—eso es la filosofía, más ó menos ecléctica, del voto.

—Sí; yo hago votos,. Y no me avergüenzo. Algunas veces me han servido para salir menos mal de situaciones difíciles. Oye un ejemplo... del que no he hablado nunca á nadie....¿Te acuerdas del

naufragio de aquel drama histórico mío, que tú me hiciste llevar al teatro?

—¡Pues no he de acordarme!...

—¿Y no te acuerdas de que yo estuve aquella noche bastante sereno, con gran asombro tuyo?

—Sí, hombre; y por cierto que no pude explicarme nunca...

—Pues vas á explicártelo ahora. Por aquellos días, yo tenía á mi único hijo, de seis años, enfermo de algún cuidado, fuera de Madrid, en una aldea del Norte, adonde le había llevado su madre por consejo del médico. Yo me fuí con ellos. Mi drama se ensayó, como recordarás, durante mi ausencia. Me llamaban desde Madrid, pero yo no quería separarme de mi hijo. El medico del pueblo, hombre discretísimo, me aseguró que la enfermedad de mi hijo no ofrecía peligro, y que de fijo sería larga; que en aquellos ocho días que yo necesitaba para ir y volver, nada de particular podría pasar. Mi mujer apoyaba al médico; lo mismo los demás parientes y los amigos; vosotros desde Madrid me apurábais encareciendo la necesidad de mi presencia... Dejé á mi hijo; pero es claro que de él tenía noticia telegráfica dos veces al día. En cuanto estuve lejos de los míos, el dolor de la ausencia fué mi principal sentimiento; lo del drama quedaba relegado á segundo término... Hasta me remordía la conciencia, á ratos. Mil veces estuve tentado de volver al lado del enfermo, echando á rodar todas las vanidades de artista... Las noticias del pueblo eran satisfactorias, el niño mejoraba.. Pero el telegrama que recibí la noche anterior á la del estreno me alarmó; la madre, veladamente, me indicaba un retroceso, el ansia de que yo volviera pronto. Todos los que leían el telegrama me aseguraban que no había en el motivo para tristes presentimientos... Pero yo los tenía tales, que eran una angustia indecible. Mientras vosotros, en casa, en el teatro, me hablabais, entre bromas cariñosas, de las

 

emociones del autor, de la capilla... yo pensaba en lo otro, en la otra crisis; y cuando no me veía nadie apoyaba la cabeza en una pared para descansar; porque me abrumaba el peso de mi agonía, el plomo de tantas ideas siniestras que me llenaban el cerebro... Dolor y remordimiento....¿Por qué no huí? ¿Por qué no os dejé con

 

vuestro estreno dichoso y no eché á correr al lado de los míos...? No lo sé. Porque me daba vergüenza; por falta de fuerzas para toda resolución; porque, en buena lógica, yo también juzgaba irracionales mis temores... Acaso, y esto aún me avergüenza, porque, sin darme yo cuenta de ello, me retenía la vanidad del autor, aquella miseria...

 

Lo que hice para calmar mis remordimientos, por acto también de amor puro á mi hijo, y, valga la verdad, con fe y esperanza realmente religiosas, fué ofrecer á Dios un voto, un voto en el sentido que te be explicado antes. «Señor, venía á ser mi pensamiento, yo ofrezco en cambio de un telegrama que me anuncie una gran mejoría de mi hijo enfermo, de una noticia que me quite esta horrible incertidumbre, este tormento de presentir vagamente una desgracia superior á mi resistencia, yo ofrezco los viles despojos de un naufragio de mi pobre vanidad; juro con todas las veras de mi alma, que á cambio de la salud de mi hijo, deseo vivamente la derrota de mi amor propio, la muerte de este otro hijo del ingenio, hijo metafórico, que no tiene mi sangre, que no es alma de mi alma. Muera el drama... y que baje por lo menos á   y unas décimas la temperatura de mi Enriquín... Que Dios quiera que esto deba ser así, que esté en el orden que sea... y prometo recibir la silba con toda la serenidad que pueda, pensando en cosas más altas, de piedad, de caridad, de filosofía...»

 

 

 

 

A las ocho y cuarto de la noche terrible... recibí un telegrama en que se me daba la enhorabuena en nombre del médico, porque el niño experimentaba una mejoría que tenía trazas de ser definitiva, anuncio de franca y pronta curación... Mi alegría fué inmensa; mi enternecimiento inefable; mi fe, de granito. Noté que á los demás el telegrama les hacia poco efecto, porque no habían creído en el peligro... y porque no eran los demás padres de Enriquín. En aquel éxtasis de reposo moral, de emoción religiosa, me cogió como un torbellino la realidad brutal del estreno... No sé cómo llegué al teatro; me vi rodeado de gente... La dama me preguntó si estaba bien

 

caracterizado el personaje con aquella ropa, aquellas arrugas... ¡qué sé yo! Aquel infierno de las vanidades me arrancó por algunos momentos el recuerdo de mi felicidad, de la gran noticia que me habían mandado desde mi hogar querido... No volví á pensar en la dicha de tener á mi hijo fuera de cuidado... hasta que me dieron el primer susto las señales de desagrado que empezaron á venir de la sala, que yo no veía... Yo no esperaba un descalabro; esperaba un buen éxito; sobre todo creía en mi drama. Llegaba, por lo visto, el momento de cumplir el voto; había que alegrarse, desear la derrota... Era el precio de la salud de mi hijo. Saque fuerzas de flaqueza.... elevé cuanto pude el corazón y las ideas.... y aunque

 

tropezando y cayendo en el camino de aquel Calvario... de menor cuantía, al fin creo que conseguí no hacerme indigno del premio de mi promesa. Si no con perfección, al cabo cumplí mi voto.

Te aseguro, mi querido poeta, que representándome las sonrisas de mi hijo redivivo; la dicha que me aguardaba en sus primeras caricias; la felicidad de llorar de placer juntos y de dar gracias á Dios la madre, el padre y el hijo...; las injurias de aquella noche horrible no me llegaban á lo más hondo de las entrañas... No era yo del todo el que recibía aquellos agravios. Yo, más que el autor de mi pobre drama, era el padre de mi pobre hijo. Este no podían matármelo los morenos. Dios quería librarlo de las garras de la fiebre; un enemigo mucho más serio que el público de los lunes clásicos.

 

 

 

 

 

 

VI

 

 

 

 

 

 

        

 

 

 

 

 

 

Era D. Narciso un enfermo de mucho cuidado; entendámonos, porque la frase es de doble sentido. No digo que estuviera enfermo de mucho cuidado.... Tampoco esto va bien. Si estaba enfermo de

 

mucho cuidado, ya lo creo; muy grave; sobre todo porqué empeoraba, empeoraba y no se podía acertar con el remedio, ni había seguridad alguna en el diagnóstico. Pero lo que yo quería decir primero no se refiere á la gravedad y rareza del mal, sino á la condición personal de D. Narciso, que era un enfermo de mucho cuidado.... como hay toros de mucho cuidado también, ante los

 

cuales el torero necesita tomar bien las medidas á las distancias, y á los quiebros, y al tiempo, para no verse en la cuna. El médico era á don Narciso lo que el torero á esos toros; porque don Narciso, hombre nerviosísimo, filósofo escéptico y aficionado á leer de todo, y por contera aprensivo, como todos los muy enamodos de la propia, preciosa existencia, le ponía las peras á cuarto al doctor, discutía con él, le exigía conocimientos exactos á lo que á el le pasaba por dentro, conocimientos que el doctor estaba muy lejos de poseer; y con las voces técnicas más precisas le combatía, le presentaba objeciones, y, en fin, le desesperaba. Lo peor era que, acostumbrado don Elenterio, el médico, á la mala manía de hablar delante de sus enfermos legos en los términos del arte, porque así ni él mentía ocultando la gravedad del mal, ni los enfermos se alarmaban demasiado, porque no le entendían, á veces se le escapaba delante de D. Narciso alguna de esas palabrotas poco

 

tranquilizadoras para quien las entiende; y el paciente, erudito, siquiera fuese á la violeta, ponía el grito en el cielo, se alborotaba, y si no pedía la Extremaunción no era por falta de miedo había que tranquilizarle, mentir, establecer distingos, en fin, sudar ciencia y paciencia; y no para curarle, sino para que se volviese á sus casillas. Don Eleuterio aguantaba todas estas impertinencias porque el parroquiano ó cliente era de oro por lo bien que pagaba, y, además, hombre influyente y de mucho viso; en fin, no se le podía plantar, pese á todas sus....cosas ,como las llamaba el médico por no insultar al otro.

 

Y no valía que las palabras terminadas en itis ó en algia, y otras no menos bárbaras, fuesen de uso completamente nuevo, acabadas de componer por un sabio, autor de libro ó artículo de revista, ó de laboratorio; todo lo comprendía el entrometido, porque como picaba también en las lenguas sabias, no era manco en la griega, ó mejor, no era deslenguado; y en seguida, anhelante, preocupadísimo, analizaba los componentes del terminacho flamante, y sea con ayuda del léxico, ó sin ella, sacaba en limpio....que él tenía el hígado

mechado, como dice un personaje de Zaragüeta, ó el riñón cubierto... de úlceras, ó cualquier otra barbaridad.

Aquello era un purgatorio. La familia de don Narciso pagaba el suplemento de las pejigueras que tenía que aguantar el facultativo. Al cual le costaba más trabajo hacerse respetar, en nombre de la autoridad de la ciencia, porque, cuando estaba sano el amigo D. Narciso, solían convenir, sobre todo si tomaban juntos á la sazón café y copa, en que la Medicina está en la edad de piedra, y puede que nunca alcance la de oro. Los dos hacían alarde de su escepticismo terapéutico; el médico muy vano porque creía que era un acto de imparcialidad sublime y de abnegación el confesar el semejante bancarrota (palabra de moda en las ciencias), contra lo que le aconsejaban sus intereses; y el otro muy hueco porque lucía su erudición trayendo á cuento á los ilustres varones que habían renegado de médicos y medicinas. «Cómo dijo Moliére....Según

 

Montaigne....Dijo Quevedo», etc., etc.

Y claro, cuando había que agarrarse á un clavo ardiendo, recurrir

á  la Medicina, porque D. Narciso se iba por la posta, ¿con qué cara le hablaba don Eleuterio de la eficacia de las recetas ni aún de la

 

probabilidad de los diagnósticos? ¿No habían convenido en que el juego fatal de los fenómenos naturales era demasiado complejo para que el hombre pudiera tener la pretensión de penetrar en su enmarañada urdimbre? Todo iba á dar á la química... y la verdadera química estaba en mantillas.

 

No se sabía si existían los átomos; lo probable era que no; y sin embargo, los átomos; eran indispensables para la química....y ni aún

esto era ya muy seguro, según las recientes disputas de Ostwald, Cornu, etc. De modo que todo estaba en el aire.... todo se reducía á

conjeturas, á hipótesis.... ¡y á don Narciso le llevaban los demonios,

porque no quería que el importantísimo negocio de su rápida curación dependiese de nada hipotético.... «O ji ó ja,» gritaba él; ji

era la muerte y ja la salud. Y aunque decía ji ó ja, al médico no le permitía decir más que ja. Y la decía D. Eleuterio á regañadientes, porque le gustaba ser claro. Pero en diciendo él ja (la salud, sin duda), se irritaba el otro, y exclamaba;

—¿Usted que sabe? á mi no se me engaña. Tanto cree usted en esas pócimas como yo; ni usted ni nadie sabe lo que yo tengo en el bazo, ni lo que puede sobrevenir en el hígado.... — ¡Todo es farsa! Usted me lo ha confesado mil veces.

Y así se pasaba la vida, haciéndola más miserable y menos apetecible de tanto apetecer prolongarla y de tanto temer la muerte.

***

Un día D. Eleuterio se puso muy serio, á la cabecera de la cama de D. Narciso; sacó el reloj, tomó el pulso, examinó detenidamente al enfermo, y con un tono autoritario que, por de pronto, sorprendió y sobrecogió al paciente, impuso su voluntad y declaró que iba á recetar una cosa que estaba indicadísima para evitar complicaciones serias que podían sobrevenir, de que ya había indicios. Y no dió más explicaciones; no dijo qué cosa era aquella. Don Narciso asustado, débil, no pudo mostrar la energía de otras veces para ponerse al cabo de lo que se iba á hacer con el.

A sus tímidas indicaciones, el médico, con voz seca, contestó (seguro de ejercer en aquella ocasión cierto poder sugestivo):

 

—No puede usted entender la fórmula de esto: es cosa nueva; esta noche he estudiado la cuestión, y resuelvo que esto es lo que conviene; se trata de algo muy complejo, que usted, profano al fin,

 

no comprenderla. Y no hay que andarse con bromas, podrá el

 

remedio no servir; pero sin él..... es seguro....

—¿El qué?

—Es seguro que estamos....mal.

Cada vez más acoquinado, dijo D. Narciso, por decir algo:

—Bueno; pues... que traigan pluma y papel.... ó pase usted al

despacho...

—No: no hace falta; tengo prisa. Aquí mismo; traigo yo papel y lápiz....Y esas plumas de usted nunca parecen....y eso que es usted escritor.

Y diciendo y haciendo, sacó de un bolsillo interior una cartera, buscó en ella un papel y un lápiz, y en pie, apoyando el papel en la cartera misma, escribió rápidamente la receta. Quería aprovechar aquel momento de dominio sugestivo sobre el enfermo, y no quería dilaciones por causa de pormenores materiales. Nervioso, pero con aspecto de triunfo, guardo sus chismes de escribir, se despidió con pocas palabras y salió, después de entregar á uno de la familia el papelito, símbolo de su victoria sobre el empecatado D. Narciso.

Vino la medicina, la tomó el enfermo, como un doctrino, en la forma que al salir había detallado el médico, y no hubo más.

***

Así, como media hora después de tragarse la pócima, D. Narciso, revolviendo impaciente los pliegues del arrugado embozo del lecho, tropezó con un papel escrito.

—¿Qué es esto? pensó. ¿Quién ha dejado esto aquí? !Ah! ya caigo. Este papel se cayó de la cartera de D. Eleuterio.—Como no era carta, ni cosa por el estilo, su curiosidad no encontró resistencia cuando le pidió que leyera aquel documento.

Y leyó. ¡Cosa más rara! Eran unos apuntes que podían llamarse reflexiones sueltas acerca de la Medicina en general. ¡Pero qué reflexiones (No sólo eran incoherentes, sino que subvertían todo el orden de la terapéutica, tomaban á contrapelo la patología, y suponían un criterio de escepticismo caprichoso, respeto de la ciencia tradicional; y en cambio se veía clara una tendencia á admitir la eficacia de lo maravilloso, á suponer en la realidad, en el fondo de la química, según palabras que se leían allí, misteriosas relaciones, virtudes cuasimorales de los llamados simples con que no contaba

 

ni podía contar la Medicina, porque desconocía la naturaleza, y aún la existencia, de tales elementos de la vida natural, y nadie podía decir de sus causas ni de sus efectos. Se exageraba en aquel papel la autosugestión; se suponía que, siendo el hombre microcosmos, tenía, por autarquía y autonomía de la vida universal-individual, un mundo aparte, individual, de leyes naturales, diferentes para cada cual. Así como Protágoras había dicho que «el hombre era la medida de todo» con relación al conocimiento, significando que la verdad para cada cual era diferente, allí se aseguraba que las enfermedades y los remedios en cada ser individual eran diferentes también. Después venían burlas sangrienta, sarcasmos feroces contra médicos, escuelas, hipótesis científicas, etc., todo en estilo nerviosísimo, entre paradojas é hipérboles, incongruencias, imágenes alambicadas y extravagantes....

 

—No cabe duda,—pensó D. Narciso;—este hombre está loco; ¡quién lo había de decir! Aquí tengo el pensamiento secreto de mi médico: este papel se le ha caído de la cartera cuando la sacó para escribir la receta; este papel representa el íntimo pensar de mi médico....y esto es obra de un loco ilustrado, de un doctor....á quién

 

se le han hecho los sesos caldo. ¡Dios mío....y yo estoy en manos

de este demente, á merced mi salud de los caprichos de una vesania!

Y siguió leyendo, y de repente dió un grito espantado. Porque había leído esto:

«El único médico bueno del mundo no es médico, es médica: la Casualidad.»

»Sólo podéis curar vuestros males jugando á la lotería. Una receta debe ser algo así como un décimo ó muchos decimos. El motivo es obvio. No es cierto que la ignorancia en que estamos del fondo virtual de la esencia de las cosas aconseje la abstención de medicamentos. El mal, por lo común, no desaparece por sí solo. Lo que hay que hacer es.... jugar á la lotería el mayor número posible

de billetes, para aumentar las probabilidades de curar.... y las de

reventar. («¡Loco rematado!» gritaba al llegar aquí D. Narciso.) El que no se aventura no pasa la mar. El médico y el enfermo deben de ser valientes, jugar el todo por el todo. La receta debe contener la mayor cantidad posible de principios curativos que no se

 

neutralicen, todos de positiva eficacia en su género. De este modo, si no se ha dado en el clavo, sino en la herradura, se puede matar al paciente, es verdad; pero también puede suceder que su mal no tenga relación ni con el efecto nocivo ni con el benéfico del resultado de la combinación compleja de agentes. Puede también suceder que ésta resulte inofensiva para todo temperamento y para todos los órganos, en todos los estados. Y, por último, puede suceder que la acción de alguno de los componentes, ó de la reunión de varios, ó de la total, sea la que se buscaba á ciegas. Y entonces tenemos la receta modelo....a posteriori. La firma.... la médica única, la

 

Casualidad. Jugad muchos billetes y podréis tener más probabilidades de sanar.... ó de reventar.»

—¡Reventar, reventar de seguro!—gritaba don Narciso fuera de sí, casi decidido á saltar de la cama, víctima del pánico.

Se colgó del cordón de la campanilla; pedía socorro. «¡Envenenado! ¡Estoy envenenado!» decía lleno de terror á los parientes y criados que rodearon el lecho....

—¡Lo que me habrá dado ese loco! ¡Dios mío! ¡qué números, qué serie de la loteria me habré tragado yo!

—¿Pero estás loco?...—le preguntaban.

—No, yo no; el médico.... Pronto, á escape, un contraveneno....un

vomitivo.....

—Irán á la botica....

—No, no, es tarde; corre prisa....Aceite, ¡todo el aceite que haya

en casa!... ¡Venga aceite!

Bebió no sé que cantidad fabulosa de aceite. Por aquella boca salio á poco.... lo que no puede decirse. Debió de haberse quedado

 

hueco. Le venció la debilidad y se quedó entre aletargado y dormido.

Se llamo á D. Eleuterio. Cuando despertó don Narciso lo tenía inclinado sobre su cabeza, observándole.

—Pero ¿qué hace aquí ese hombre?

Don Eleuterio creyó que deliraba. En fin, después de muchos despropósitos, hubo explicaciones. Don Narciso sintió que se sentía muy bien.

—¡La medicina!—dijo D. Eleuterio.

—Nó, el aceite.

 

El médico se echó á reir, y dijo:

 

—Puede.

Aquel papelito que tanto había alarmado al enfermo no era cosa de su médico; éste, por curiosidad lo había recogido entre otros muchos que había dejado un pobre estudiante de Medicina que había muerto loco en el hospital.

A los pocos días del susto y de desfondarse, don Narciso se paseaba ya por casa y comía con apetito.

Y una tarde, D. Eleuterio, que había estudiado muy bien la rápida y milagrosa curación espontánea del inaguantable cliente, le dijo:

 

—Pues hay que confesarlo; el loco del hospital... acertó con ese testamento científico. Quien le ha curado á usted ha sido la médica, la Casualidad. Reconozco, sé positivamente, que lo que usted necesitaba, y yo no caía en ello, no era lo que yo le dí, sino lo que usted tomó para arrojar lo otro.

—¿Aceite?

—Si no aceite por necesidad, algo que surgiera el mismo efecto. La cosa parece muy grosera; pero la verdad es que usted tenía dentro algo que no sabemos lo que era; y que le hacía falta librarse de ello, y se libró....por creer que yo estaba chiflado. Le han curado

á  usted entre un demente y la Fortuna. Dos locos. —Sobre todo me ha curado..... la médica.

 

 

 

 

 

 

VII

 

 

 

 

 

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Ya iban á darle garrote, cuando extendió una mano hacia el público, indicando que quería hablar.

 

El verdugo no tuvo inconveniente en suspender por un momento su penosa tarea, porque aquel pobre señor no le había dado nada que hacer, y le era simpático, como al pueblo entero que presenciaba la ejecución, y como lo había sido al Tribunal y á cuantos habían intervenido en la causa famosa que le llevaban al suplicio.

Era un ilustre sabio naturalista, que había descubierto infinidad de cosas útiles para la humanidad y para la ciencia, sin meterse jamás en honduras metafísicas sobre lo que era ó no era la materia, ni en si había alma ó dejaba de haberla. Había matado á su mujer y á la nodriza de su unigénito en un momento de alucinación. Los médicos se habían empeñado en demostrar que había obrado como un loco, por un impulso irresistible. Pero don Atanasio, el sabio, se puso furioso con esta interpretación y publicó un manifiesto, desde la cárcel, poniendo de vuelta y media á los doctores y á la escuela antropológica italiana y á cuantos fisiólogos se meten en honduras de derecho y á tergiversarlo todo. «No, señor; venía á decir el manifiesto: he dado muerte á mi cara mitad y al ama de cría en el pleno uso de mis facultades, con toda la libertad, ó lo que por tal entendemos vulgarmente, con que se pueden hacer estas cosas. Me estaban distrayendo con una disputa acerca de unos pañales que había robado ó no la lavandera; yo tenía en la mano un frasco

 

de una materia, invención mía, capaz de prender fuego á medio mundo; se me había olvidado cierta fórmula con la cual yo convertía aquella mezcla terrible en un elixir que aseguraba á la humanidad una salud de miles de años; y cuando ya volvía la fórmula á la punta de la lengua, al recuerdo, la disputa de los pañales me llevó el santo al cielo, huyó la fórmula... y arrojé el frasco sobre las hembras viles que así robaban á la humanidad la dicha asegurada.—No hubo más que eso; no soy criminal nato, ni estoy loco, ni me coje ninguna eximente ni atenuante; y en cambio deben de cojerme por el medio varias agravantes. Con que al palo. Pero que no me den matraca con juicios orales y pamplinas. Tengo más que hacer que defenderme. Voy á pasar los pocos días que me dejen de vida discurriendo, á ver si vuelvo á dar con la fórmula que asegura tantos años de existencia al ser humano. Y dicho y hecho don Atanasio no volvió á pensar en otra cosa. Ni se acordaba de haber asistido al juicio, ni de haber oído la sentencia, ni de haber estado en capilla.

 

Cuando le sentaron y sintió en la garganta el frío del corbatín de hierro, se estremeció... y en vez de ver las estrellas, vió en el aire, de repente, con los ojos de la imaginación... una fórmula; pero otra, otra mucho mejor, ¡qué fórmula!

***

—¡Ya la encontré! ¡Albricias, señores!—gritó adelantándose hacia el público por el tablado adelante.—Que no me maten de ninguna manera; sería una atrocidad: es decir, por ahora. Que me dejen ensayar mi descubrimiento, y después que hagan de mí lo que quieran.

—Pero ¿qué ha descubierto usted?—preguntó el verdugo, que empezaba á temer que aquello fuese una treta.

—¡Pues nada, hijo; he descubierto la inmortalidad del hombre! Pero no la inmortalidad del alma, no; la del cuerpo y el alma juntos; vamos, que he encontrado lo que perdió Adán. ¡Claro! La otra fórmula... era floja, insuficiente; me faltaba... lo del pentóxido de fósforo, y no había pensado en la forma cristalina de la betaméthylnaftalina, y en cambio había metido el ácido amidosulfónico donde no toca pito. ¡Pero, señor, cómo me había yo olvidado de las propiedades cristalográficas de los dos estereoisomeros ácidos alfa-methyl-beta-clorocrotónico, del ácido

 

alfa-dicloro-sigma-dimethylsuccinico! ¡Ve usted qué cabeza la mía... señor... justicia mayor!

El verdugo se dijo;—«Vaya, se ha vuelto loco de miedo.» Y no sabía qué hacer, si matarlo ó dejarlo. Pero intervino el

 

público, la fuerza, la autoridad, y de explicación en explicación se llegó á telegrafiar al gobierno, consultando lo que se hacía con aquel hombre que juraba haber descubierto la inmortalidad de la vida... mortal, ó ci devant mortal, como diría un corresponsal de París.

El gobierno accedió á lo que don Atanasio pedía; á saber, que le oyera una junta de sabios, y que si no les convencía de que era infalible su descubrimiento, se le diese, no ya garrote, sino los mayores tormentos de la inquisición, y que le descuartizaran si querían.

A los pocos días, las Academias de todas las ciencias, menos las morales y políticas, reunidas, publicaban su informe. En efecto, don Atanasio había descubierto el modo de preservar al hombre de la muerte, de toda clase de muerte; pero...

***

Pero no al hombre, así, en general; no á todos los hombres, sino

á  uno solo. A uno solo entre los vivos; pero los que éste engendrara serían ya inmortales también.

La idea se le había ocurrido á don Atanasio por la sugestión de ciertas teorías del malogrado filósofo Guyau, que, medio en serio, medio en broma, había hablado de la posibilidad de llegar á tal progreso, que hubiera medios de mantener el equilibrio de los elementos vitales en el organismo en constante renovación. Si la humanidad, pensaba don Atanasio, no ha hecho hasta ahora nada por su inmortalidad, ha sido culpa del apriorismo metafísico, y después por la dichosa teoría de la evolución, también metafísica, que dice que todo lo que nace muere. «Dejad las preocupaciones tradicionales; dejad á Spencer y demás sabios evolucionistas; empapáos en el profundo sentido de esa biblia natural que se llama el Origen de las especies de Darwin, y estaréis en el noviciado de la gran Orden de la inmortalidad; esto decía don Atanasio.—No hay tiempo para explicar aquí por qué lo decía. Tampoco lo hay para dar razón detallada de por qué no podía inmortalizarse más que á un hombre y su descendencia. Ello era que los polvos de la madre

 

Celestina, digámoslo así, merced á los cuales se podía conseguir la vida inmortal, eran de tan esmeradísima, difícil y delicada fabricación, que la humanidad entera tenía que consagrarse, en sacrificio, á producir el elixir misterioso, que era una quinta esencia de cierto jugo vital descubierto por don Anastasio. Se calculó que se necesitaba que todos los millones de hombres que forman los pueblos civilizados y á medio civilizar se dejasen hacer cierta operación dolorosiíima, aunque no peligrosa, para sacar la substancia necesaria á producir la inmortalidad de un solo individuo. Además, la tal operación exigía gastos exorbitantes de los Estados en materias químicas, estudios, hospitales ad hoc, viajes, comisiones, etc., etc. En fin, un dineral. Cada nación tenía que empeñarse para mucho tiempo.

 

No importaba; todo se daba por bien empleado. ¿Qué sacrificio no se haría por reconquistar la vida inmortal, perdida á las puertas del Paraíso? La humanidad civilizada y á medio civilizar decidió ganar la inmortalidad para el hombre, costase lo que costase; pero...»

***

¿A que gato se le ponía el cascabel? ¿Quién iba á ser el único inmortal entre los vivos, el Nuevo Adán, fundador de la raza de los inmortales?—Algunos sabios empezaron á protestar, diciendo que la cosa no era tan ventajosa como se creía; que era una inmortalidad ontogénica; no filogènica.

—¡Mentira!—replicó don Anastasio,—no se salva sólo un individuo, sino la especie, mediante los descendientes de un individuo.

—Bueno; pero, ¿quién va á ser el afortunado... inmortal? —¡El Papa!—dijeron unos.

—El Emperador de la China,—dijeron los chinos.

—El Rey de Inglaterra,—dijeron los ingleses.

—Nuestro amo...—gritaron los alemanes.

—El Presidente de la República,—exclamaron los franceses: et sic de cæteris.

Los españoles se creyeron llamados á escojer el inmortal, pues don Atanasio, por pura distracción, se había dejado parir en España.

Y aparecieron mil candidatos. ¡Don Alfonso! ¡Don Carlos!

¡Cánovas! ¡Guerrita! ¡Irún! ¡Pablo Cruz!

 

—Señores,—dijo Ferreras desde El Correo;—de no ser Sagasta, que casi nos lo había prometido... que sea... el mismo don Atanasio... el inventor.

 

—¡De ningún modo!—protestó el tribunal de derecho.—Don Atanasio está condenado á muerte y la inmortalidad sería demasiado indulto.

Algunos hombres sinceros que había esparcidos por el mundo, uno aquí y otro en Pekin, se hicieron oir.

—Seamos francos,—decían;—un bien tan grande, tan impensado, tan incalculable como la inmortalidad nadie lo quiere para otro, nadie quiere sacrificarse, sufrir esa terrible operación, gastar su hacienda... para conseguir el tormento de morir sabiendo que pudo ser inmortal. Llegado el instante de la operación salvadora... nadie se dejaría operar para inmortalizar á otro.

¡Es verdad, pensó la humanidad en silencio!

Algunos hipócritas sacaron á relucir el sofisma paradógico de que el mayor suplicio sería una vida sin fin...

Ahora que se tocaba su posibilidad nadie creía eso; la sed de la vida inmortal se apoderó de todos; se suspendieron los suicidios, callaron los pesimistas, los místicos no pedian la muerte.

 

—¡A votar! ¡A votar!—gritó el mundo entero.

Se votó por razas, por naciones, por provincias por municipios, por barrios, por calles, por casas, por familias. Y cada raza se votaba á sí propia, y nada más, y cada nación lo mismo, y cada provincia igual; y así hasta llegar al seno de la familia... donde cada cual quería la inmortalidad para sí mismo. Todo fué inútil. En último resultado, cada hombre tuvo un voto: el suyo.

—¡Hay que recurrir á la lotería!—declaró el Congreso de las naciones.

—¡Esa es la fija! la quién Dios se la dé!...—gritó á coro el infinito vulgo.

—¡Inútil!—interrumpieron los pocos hombres sinceros que había en la tierra.

—Inútil la lotería... porque ese premio gordo no se le entregará al agraciado: la humanidad faltara á su palabra: no sufrirá nadie la operación para que se salve un afortunado...

 

—¡Verdad! ¡Verdad!—reconoció el mundo.—Nadie padecerá martirio por dar á otro la vida inmortal segura, visible, palpable,

 

—No se piense más en ello; ha sido un sueño. ¡O yo, ó nadie!— declaro cada cual.

Y entonces el tribunal de derecho, que había condenado á don Atanasio, exigió la ejecución de la sentencia.

—Como no ha habido tal descubrimiento, pues no hay modo de llevarlo á la práctica, no hay nada de lo dicho, señor mío...—dijo la autoridad.

Y dieron garrote al inventor de la inmortalidad.

Y los hombres siguieron siendo mortales por la misma causa que la otra vez: por el pecado original.

Porque el pecado original, el que priva al hombre de vivir sin morir, es el egoísmo, el desamor, la envidia.

Y no el comer fruta verde.

 

 

 

 

 

 

VIII

 

 

 

 

 

 

E( S6       D         C  

 

 

 

 

 

 

El señor obispo de la diócesis, por razones muy dignas de respeto, prohibió, hace algunos anos, que el clero rural anduviera por prados y callejas, costas y montañas, luciendo el levitón de anchos faldones y el sombrero de copa alta, demasiado alta muchas veces. Hoy, todos los curas de mi Verde Erin, de mi católica y pintoresca Asturias, usan traje talar, sombrero de teja, de alas sueltas y cortas; y á fuerza de humildad y con prodigios de obediencia consiguen montar á caballo con sotana ó balandrán, sin hacer la triste figura, y sortear las espinas de los setos, sin dejar entre las zarzas girones del paño negro.

 

Pero en los tiempos á que me refiero, no lejanos, el cura de aldea ordinariamente parecía un caballero particular vestido de luto, con alzacuello de seda ó de abalorios menudos y con levita y chistera, de remotísima moda las más veces.

***

El diputado Morales, cacique desde Madrid, de una gran porción del territorio de la corte, lo menos, del que abarca dos ó tres arciprestazgos, pasa los veranos, en su magnífica posesión de la Matiella en lo más alto de una colina cercaña al mar. Desde el palacio, que así lo llaman los aldeanos, de los Morales se ve el cabo de Peñas, que avanza sobre el Cantábrico con gallardía escultórica; y del otro lado, al Oriente, se domina la costa accidentada, verde y alegre, hasta el cabo del Olivo. Y por la parte de tierra asisten los pasmados ojos, por un momento, á la sesión permanente que en

 

augusto cónclave celebran, por siglos de siglos, los gigantes de Asturias, de la Asturias de piedra; el Sueve, los Picos de Europa, el Aramo... y tantas otras moles venerables, que el buen hijo de esta patria llega á conocer y amar como á sacras imágenes de un augusto misterioso abolengo geológico... De barro somos, y no es mucho pensar con respeto y cariño en la tierra abuela...

 

***

Pero Morales no pensaba en eso, ni se paraba á contemplar el gran paisaje (panorama le llamaba el constantemente), que se podía admirar desde la Matiella. Sabía Morales que aquellas vistas valían mucho dinero, que por un capricho, un indiano poderoso ó un banquero arrogante darían muchos miles de duros, encima de lo que por sí valía la quinta, nada más que por pagar las vistas soberbias... que tampoco se pararían á contemplar banqueros soberbios ni soberbios indianos.

—¡Mire usted, mire usted, qué panorama!—decía Morales á cualquier huésped de la Matiella, y apuntaba con el dedo al horizonte, mientras él le miraba al amigo la cadena del reloj, los guantes ó la corbata.

Para el cacique de la Matiella, diputado por juro de heredad, la naturaleza, es decir, el campo, no era más que un marco para hacer resaltar el lujo de verano.

A sus ojos, mucho más tenían que admirar las porquerías de escayola con que él habla adornado la quinta, que el Sueve y Peña Mayor, que él confundía vilmente.

Sí; la naturaleza era un buen marco para sus vanidades veraniegas... pero había que pulirlo, dorarlo... echarle arena y cal hidráulica. La arena era su manía. Aborrecía los senderos en que se vé la tierra que se pisa. Senda sin arena, para Morales era vergonzosa desnudez. Le encantaba también el pérfido engaño del cemento que parece piedra, y oportune atque inoportune, el cacique interrumpía la vida lozana de aquellos verdores con obras de cal hidráulica.

***

Otro adorno de sus dominios era... el clero rural; los párrocos, coadjutores, ecónomos y capellanes sueltos de aquellos contornos.

 

Morales, naturalmente, creía en Dios, ó mejor, en la necesidad de inventarlo; un Dios personal, por supuesto, especie de freno automático para contener las pasiones de la multitud y conservar las venerandas instituciones... y el papel en alza, cuando convenía. La impiedad le parecía á Morales una falta de respeto al jefe del gobierno. Era, pues muy propio de un conservador incondicional rodearse de toda la clerecía de aquellos arciprestazgos de que el venia á ser el brazo secular por mediación de alcaldes, jueces municipales, etc., etc.

 

Si, quería el freno religioso, el triunfo de la Iglesia... pero con el Concordato. Daba mucha importancia á las regalías. Le encantaba una Iglesia que fuese como la religión romana antigua, la de los paganos, una rueda de la administración pública... Miraba, dígase todo, en el fondo... muy en el fondo... dudaba... creía que el progreso... en fin, él había leído un artículo en que se extractaba la doctrina de Taine... y... se atenía á los hechos. Quería el dogma para evitar que el mundo volviera á la barbarie; guardaba muchas consideraciones á los señores curas... pero... ¡estaban tan atrasados! ...¡Aquella teología! ¡Aquellos sombreros!—El verdadero dios de Morales, sin saberlo él, era una diosa: la moda. La moda en todo. En la ropa, en el arte, en las enfermedades, en los barbarismos y en la filosofía. ¡Y aquel respetable clero que se reunía en la Matiella vestía de una manera! Morales era muy amigo de repetir que él, gracias al progreso, sabía más que Aristóteles. Excuso decir que sabía mucho menos también sabía más que Santo Tomás. Se reía, en el seno de la confianza, de la forma silogística. Aborrecía la rima en el verso; quería que las casas fueran de hierro, y filosofaba á lo jónico moderno, asegurando que todo era electricidad.

 

Llamaba neurastenia á todo lo que excedía de los alcances de su mísero espíritu, y creía bajo su palabra á la gente nueva cada vez que ésta le anunciaba que todo lo conocido caducaba, y que estaba para brotar el nuevo genio, el de la gran regeneración á pesar de todo, era conservador en política, porque no había otra manera de conservar el distrito y la influencia en todos aquellos Ayuntamientos del contorno. Pero, en el fondo, era él lo más avanzado, lo más modernista! ... Y todo esto le venía de su real y espontánea afición,

 

el último figurín, en materia de trapos. En fin, el gran villano, cuando hablaba á solas con su mujer, ¡llamaba cursi al cura de la Matiella!

 

***

Era un sacerdote alto, moreno, de cara larga, no mucho, bien proporcionadas facciones, dientes limpios y sanos, labios frescos, cuello fuerte, buen torso, pierna larga, majestuoso sin afectación en los andares, pulcro y sencillo en el vestir. También usaba levita larga, pero no mucho; y el sombrero...

—¡Verán ustedes qué sombrero!—nos dijo Morales, una tarde de Agosto, en que tomábamos café en la glorieta central del parque de la Matiella.

Un criado acababa de anunciar al señor cura de la parroquia. Morales y el cura, por quisquillas de Morales y dignidad del

párroco, habían estado sin verse dos ó tres años; pero le había convenido al cacique una reconciliación, y el clérigo se había apresurado á admitirla, por caridad y espíritu sinceramente humilde. La tarde anterior Morales había visitado al cura, le había invitado á tomar café al día siguiente, y el cura no tenía sobre la cabeza más que un humildísimo gorro negro.

—¡Verán ustedes qué sombrero!—repitió Morales pensando en la chistera que usaba el cura tres ó cuatro años antes. No recordaba el sombrero, sino la impresión que á el le había hecho; no recordaba sino que era de modelo antiquísimo, de figura antediluviana...

 

Por un sendero en zis-zás, de resplandeciente arena amarillenta, se fué acercando una figura negra, esbelta. Veinte ojos fisgones, seis de ellos de mujer, ojos de gente madrileña, se habían clavado en el buen clérigo, y parecía que le estaban examinando de la ciencia de andar por un parque de gente rica como se debe. Largo era el exámen, porque larga era la distancia, pero el cura no se daba gran prisa á abreviar el trance, que para él por lo visto no era amargo, ni siquiera molesto. Casi todos estábamos cubiertos, porque en aquellas alturas soplaba con fuerza el Nordeste y cubierto venía el cura. Al llegar á la glorieta, echó mano al sombrero, hizo muy airosa cortesía y se volvió á cubrir. Puestos en pie nosotros, imitamos su gesto.

¿Y....el sombrero? ¿El sombrero del señor cura?

 

El sombrero del señor cura no tenía nada de particular. No era nuevo, sin duda, pero estaba limpio y sin abolladuras; el pelo teníalo bastante bien conservado, y no nos pareció ni demasiado alto ni demasiado bajo, ni de alas sobrado anchas, ni muy estrechas; y la forma de la copa ni demasiado curva nos pareció, ni de cilindro desairado ni de tronco de cono; era un sombrero de copa alta aproximadamente como los que nosotros habíamos dejado en casa.

 

Todos nos volvimos hacia Morales, como pidiéndole cuenta de aquella decepción.

Morales encogio los hombros.

Mientras el cura saludaba particularmente al amo de la casa, un pollo de Madrid, gente nueva, pregunto á Morales en voz baja:

—¿Pero es el mismo?

—¡Eso sí; el mismo!

—¿Y entonces? ¿..

—Sin duda....como no lo he visto en tres años... y entonces era

tan diferente la moda...

—Eso es, me atreví yo á decir: el tiempo ha hecho otra vez de moda el sombrero antediluviano del señor cura.

Morales, el pollo gente nueva, y algunos otros, se turbaron un poco por culpa de mis palabras.

—¿Por qué?

—Ya nos lo explicará con la mayor inocencia el señor cura de la Matiella, el del sombrero.

Gracias á los buenos puros, los buenos licores y al calor y la gracia de la conversación, se fué animando la gente, y á poco de haber entrado en el corro el cura de la Matiella, ya le tratábamos como á conocido antiguo; y el, seguro de haber parecido simpático, hablaba con gran soltura, alegre, sin dejar de medir las palabras, aunque salían abundantes y espontaneas.

—¡El progreso, el progreso!—decía el señor cura.—Yo también creo en el progreso... pero no como ustedes, que ven en él un ídolo, un fetiche, que tiene por símbolo una línea recta. El progreso no es un dios, y es una curva sinuosa. Vean ustedes,—y al decir esto colocó el sombrero que tanto habíamos mirado sobre las rodillas.— Vean ustedes: este sombrero me ha enseñado á mi mucho acerca del cambio de las cosas. Nuestro ilustre diputado el señor Morales,

 

á  cuya salud bebo esta copita, cree que en cuestión de ropa, de música, de jardinería, de filosofía y hasta de teología, lo mejor es lo de ultima moda, y que debemos andar siempre á la ultima. Yo creo que lo mejor es lo racional, lo prudente, que unas veces está de moda y otras no.

 

Yo he leido un poquillo, poco; y recuerdo que Descartes en el Discurso del método dice, sobre poco más ó menos, algo como esto: que lo mejor es colocarse en el medio, á igual distancia de los extremos, porque aunque la verdad esté en un extremo, á él se ira más pronto desde el medio que desde el otro extremo.

Cuando compré este sombrero, hace muchísimos años, lo escogí

á  mi gusto. El sombrerero me puso delante otros muchos que eran de moda, diciéndome: Ese que usted escoge ya no se lleva.—Pues me lo llevo yo, repuse. Entonces se estilaban las chisteras con alas muy recortadas y pegaditas á la copa, que era muy alta. Mi sombrero, este, tenía las alas algo anchas, para que diesen un poco de sombra al rostro, y no dejaran desairada la copa por la desproporción. Pero claro, comparadas aquellas alas con las de moda, parecían anchísimas; y la copa, regular, muy baja, al lado de las que estaban en uso. Pero yo salía tan contento con mi compra en la cabeza, tranquila la conciencia, porque sabía que llevaba una prenda útil para su empleo y de proporciones regulares. Más los caballeros y señoras con que tuve que tratar en la ciudad no lo veían como yo, porque sin duda encontraban anticuado aquel inocente pedazo de fieltro.

Pasaron años, volví á la ciudad con mi sombrero y también noté que llamaba la atención. Cuando fuí á plancharlo, el sombrerero me explicó el motivo: la copa era escandalosa por lo alta, y las alas ridículas por lo estrechas... El sombrero de moda era de anchísimas alas y de copa tan baja que no era digna de una verdadera canoa. Valga la verdad, hasta los chiquillos se reían, más ó menos disimuladamente, de este pobre veterano (dando golpecitos sobre el sombrero) que les parecía una torre de Babel.

Pero las modas pasan, y mi sombrero dura; así que después de algún tiempo volví con él á la ciudad, y noté que la bimba de este cura no llamaba la atención; por casualidad y por poco tiempo, la moda coincidió con mi gusto, sobre poco más ó menos, los

 

sombreros de copa de los caballeros que veía pasar junto á mi eran de tamaño y figura del mío.

 

Volví á planchar el vejete este, y al sombrerero no se le ocurrió proponerme que lo reformara. Estaba bien. Aquella forma era la corriente. Como las rechiflas de antaño no me habían dado frío, no me daba calor esto de andar á la moda por una temporada, de pelos arriba. Yo seguí contento con mi vetusta cobertera, no porque fuese de moda, sino porque era útil, conforme con su destino y las leyes constantes de la proporción. Otra vez volvió á estar mi sombrero anticuado, y volví yo á no incomodarme por eso. En el presente momento histórico, como dicen en el Congreso, mi chapeau vuelve

á  ser como los que se usan, ¿no es así, caballeros? Vuelvo á la moda... pero no me alegro; como no me dará pena que otra vez la moda se separe de mí.

Larga pausa.

Pues lo que digo del sombrero, lo digo de la cabeza... y del corazón. Cuando escogí estado, cuando seguí mi vocación, cuando me aferré á mis ideas, á mi fe y á mis amores cristianos... no estaban de moda, no, la religión, la fe, ni el cristianismo. Ahora parece que entre la gente de más aristocrático pensamiento soplan aires místicos, ó que así llaman; yo algo he leído de eso, y no todo me olio á farsa, aunque si mucho. Bien venidos sean esos nuevos cristianos, si vienen solos, es decir, si no vienen con el diablo de la hipocresía ó de la vanidad. Me temo, sin embargo, que esa ola favorable pasará, que la barca, que ustedes saben, seguirá luchando con las tempestades del mundo... Como quiera que sea, yo siempre tendré sabido que para Dios no hay evoluciones ni progresos; su gloria es eterna... et nunc et semper. Perseguidos ó respetados, nosotros siempre los mismos.

Y poniéndose en pie, terminó diciendo:

—Quien ve mi sombrero me ve á mí. Según mi razón escogí este chisme, según mi fe y mi conciencia seguí la bandera de Jesús, y aunque hay muchas cosas que cambian y mejoran, no pueden variar las condiciones principales que debe tener un sombrero de copa alta, ni puede haber moda que eclipse la gloria de Cristo. ¡Ay del que le siga mirando si muchos ó pocos le acompañan! A la moda, señores, en conclusión, le pasa lo que á la Academia, según

 

la célebre sentencia de un crítico agudo: la moda es también una autoridad... cuando tiene razón.

Hubo un momento de silencio.

El amo de la casa se atrevió á romperlo, exclamando. —Usted saca el Cristo, señor Cura, y eso no vale. Dejemos las

cosas de tejas arriba; en este bajo mundo...

—¿Negará usted que la evolución es una ley universal demostrada hasta la saciedad?

—El devenir.

—Hegel...

—Darwin...

—Spencer.

Mientras aquellos señores abrumaban al pobre cura de la Matiella con alardes de erudición filosófica de segunda ó tercera mano, queriendo imponerle como leyes racionales las preocupaciones del propio psitacismo, yo le estaba agradeciendo al buen clérigo, en el fondo del alma, aquella lección sencilla y edificante que venía á sancionar mis pensares más íntimos y mi conducta en la modesta cátedra, donde años y años llevo diciendo á mis queridos discípulos que procuren ser buenos ante todo, y además, y si tienen tiempo, que procuren encontrar por el camino que me parece más racional, menos expuesto á engaños, una ciencia que yo no tengo y que, por lo mismo, no puedo enseñarles.

Hace tres lustros, yo me presenté en mi cátedra con un sombrero que no estaba de moda; tenía, es claro, buen cuidado de explicar siempre porque en punto á filosofía hay que atender poco á los sombreros que lleven los demás; pero con todo, por conciencia, también advertía siempre que lo corriente entonces no era pensar así.

El positivismo (¡y qué positivismo el que llega á las masas de los ateneos, academias, cátedras, foros, congresos, clubs, anfiteatros y laboratorios!) era en aquellos días, aquí en España, la última palabra. Yo combatía con toda la fuerza de mi convicción las teorías capitales del positivismo, sin negar sus méritos, sus servicios, sus verdades particulares, ni el genio y el talento de tales ó cuales positivistas.

Era yo joven y parecía en cátedra un viejo, un rezagado.

 

Pasaron años... y mi sombrero, como el del cura de la Matiella, está por esos mundos del pensamiento, de moda; á la última....¿Por

 

qué no decirlo á los discípulos? Se lo digo con cierta satisfacción contenida, hasta algo melancólica...

Mis ideas son novísimas, mi tendencia la de los jóvenes maestros de Europa y de América... pero yo no parezco un joven, porque voy siendo viejo de veras.

Y como para el viejo, aunque no sea perro, no hay tus, tus; sin que deje de halagarme el ver en autores flamantes confirmadas mis opiniones, no siento por ello demasiado calor.

Y, como el cura de la Matiella, aunque pase la moda de mi sombrero, pienso conservarlo hasta que me muera... y acaso después. Et nunc et semper.

 

 

 

 

 

 

IX

 

 

 

 

 

 

         

 

 

 

 

 

 

En el balneario de Aguachirle, situado en lo más frondoso de una región de España muy fértil y pintoresca, todos están contentos, todos se estiman, todos se entienden, menos dos ancianos venerables, que desprecian al miserable vulgo de los batistas y mutuamente se aborrecen.

 

¿Quiénes son? Poco se sabe de ellos en la casa. Es el primer año que vienen. No hay noticias de su procedencia. No son de la provincia, de seguro; pero no se sabe si el uno viene del Norte y el otro del Sur, ó viceversa,... ó de cualquier otra parte. Consta que uno dice llamarse D. Pedro Pérez y el otro D. Alvaro Alvarez. Ambos reciben el correo en un abultadísimo paquete, que contiene multitud de cartas, periódicos, revistas, y libros muchas veces. La gente opina que son un par de sabios.

Pero ¿qué es lo que saben? Nadie lo sabe. Y lo que es ellos, no lo dicen. Los dos son muy corteses, pero muy fríos con todo el mundo é impenetrables. Al principio se les dejó aislarse, sin pensar en ellos; el vulgo alegre desdeñó el desdén de aquellos misteriosos pozos de ciencia, que, en definitiva, debían de ser un par de chiflados caprichosos, exigentes en el trato domestico y con berrinches endiablados, bajo aquella capa superficial de fría buena crianza. Pero, á los pocos días, la conducta de aquellos señores fué la comidilla de los desocupados bañistas, que vieron una graciosísima comedia en la antipatía y rivalidad de los viejos.

 

Con gran disimulo, porque inspiraban respeto y nadie osaría reirse de ellos en sus barbas, se les observaba, y se saboreaban y comentaban las vicisitudes de la mutua ojeriza, que se exacerbaba por las coincidencias de sus gustos y manías, que les hacían buscar lo mismo y huir de lo mismo, y sobre ello, morena.

 

***

Pérez había llegado á Aguachirle algunos días antes que Alvarez. Se quejaba de todo; del cuarto que le habían dado, del lugar que ocupaba en la mesa redonda, del bañero, del pianista, del médico, de la camarera, del mozo que limpiaba las botas, de la campana de la capilla, del cocinero, y de los gallos y los perros de la vecindad, que no le dejaban dormir. De los batistas no se atrevía á quejarse, pero eran la mayor molestia. «¡Triste y enojoso rebaño humano! Viejos verdes, niñas cursis, mamas grotescas, canónigos egoistas, pollos empalagosos, indianos soeces y avaros, caballeros sospechosos, maníacos insufribles, enfermos repugnantes, ¡peste de clase media! ¡Y pensar que era la menos mala! Porque el pueblo... ¡uf! ¡el pueblo! Y aristocracia, en rigor, no la había. ¡Y la ignorancia general! ¡Qué martirio tener que oir, á la mesa, sin querer, tantos disparates, tantas vulgaridades que le llenaban el alma de hastío y de tristeza!»

Algunos entrometidos, que nunca faltan en los balnearios, trataron de sonsacar á Pérez sus ideas, sus gustos; de hacerle hablar, de intimar en el trato, de obligarle á participar de los juegos comunes; hasta hubo un tontiloco que le propuso bailar un rigodón con cierto dueña... Pérez tenía un arte especial para sacudirse estas moscas á los discretos los tenía lejos de si á las pocas palabras; á los indiscretos, con más trabajo y alguna frialdad inevitable; pero no tardaba mucho en verse libre de todos.

Además, aquella triste humanidad le estorbaba en la lucha por las comodidades; por las pocas comodidades que ofrecía el establecimiento. Otros tenían las mejores habitaciones, los mejores puestos en la mesa; otros ocupaban antes que el los mejores aparatos y pilas de baño; y otros, en fin, se comían las mejores tajadas.

El puesto de honor en la mesa central, puesto que llevaba anejo

el mayor mimo y agasajo del jefe de comedor y de los dependientes,

 

y puesto que estaba libre de todas las corrientes de aire entre puertas y ventanas, terror de Pérez, pertenecía á un señor canónigo, muy gordo y muy hablador; no se sabía si por antigüedad ó por odioso privilegio.

Pérez, que no estaba lejos del canónigo, le distinguía con un particular desprecio; le envidiaba, despreciándole, y le miraba con ojos provocativos, sin que el otro se percatara de tal cosa. Don Sindulfo, el canónigo, había pretendido varias veces pegar la hebra con Pérez; pero éste le había contestado siempre con secos monosilabos. Y D. Sindulfo le había perdonado, porque no sabía lo que se hacía, siendo tan saludable la charla á la mesa para una buena digestión.

Don Sindulfo tenía un estómago de oro, y le entusiasmaba la comida de fonda, con salsas picantes y otros atractivos; Pérez tenía el estómago de acíbar, y aborrecía aquella comida llena de insoportables galicismos. Don Sindulfo soñaba despierto en la hora de comer; y D. Pedro Pérez temblaba al acercarse el tremendo trance de tener que comer sin gana.

—¡Ya va un toque!—decía sonriendo á todos don Sindulfo, y aludiendo á la campana del comedor.

—¡Ya han tocado dos veces!—exclamaba á poco, con voz que temblaba de voluptuosidad.

Y Pérez, oyéndole, se juraba acabar cierta monografía que tenía comenzada proponiendo la supresión de los cabildos catedrales.

 

Fué el sabio díscolo y presunto minando el terreno, intrigando con camareras y otros empleados de más categoría, hasta hacerse prometer, bajo amenaza de marcharse, que en cuanto se fuera el canónigo, que sería pronto, el puesto de honor, con sus beneficios, sería para él, para Pérez, costase lo que costase también se le ofreció el cuarto de cierta esquina del edificio, que era el de mejores vistas, el más fresco y el más apartado del mundanal y fondil ruído. Y para tomar café, se le prometió cierto rinconcito, muy lejos del piano, que ahora ocupaba un coronel retirado, capaz de andar á tiros con quien se lo disputara. En cuanto el coronel se marchase, que no tardaría, el rinconcito para Pérez.

***

 

En esto llego Álvarez. Aplíquesele todo lo dicho acerca de Pérez. Hay que añadir que Álvarez tenía el carácter más fuerte, el mismo humor endiablado, pero más energía y más desfachatez para pedir golilleras.

 

También le aburría aquel rebaño humano, de vulgaridad monótona; también se le puso en la boca del estómago el canónigo aquel, de tan buen diente, de una alegría irritante y que ocupaba en la mesa redonda el mejor puesto. Alvarez miraba también á don Sindulfo con ojos provocativos, y apenas le contestaba si el buen clérigo le dirigía la palabra. Alvarez también quiso el cuarto que solicitaba Pérez y el rincón donde tomaba café el coronel.

A la mesa notó Alvarez que todos eran unos majaderos y unos charlatanes... menos un señor viejo y calvo, como él, que tenía enfrente y que no decía palabra, ni se reía tampoco con los chistes grotescos de aquella gente.

«No era charlatán, pero majadero también lo sería. ¿Por qué no?» Y empezó á mirarle con antipatía. Notó que tenía mal genio, que era un egoísta y maniático por el afaá de imposibles comodidades.

«Debe de ser un profesor de instituto ó un archivero lleno de presunción. Y él, Alvarez, que era un sabio de fama europea, que viajaba de incógnito, con nombre falso, para librarse de curiosos ó impertinentes admiradores, aborrecía ya de muerte al necio pedantón que se permitía el lujo de creerse superior á la turbamulta del balneario. Además, se le figuraba que el archivero le miraba á el con ira, con desprecio; ¡habríase visto insolencia!»

Y no era eso lo peor: lo peor era que coincidían en gustos, en preferencias que les hacían muchas veces incompatibles.

No cabían los dos en el balneario. Alvarez se iba al corredor en cuanto el pianista la emprendía con la Rapsodia húngara... Y allí se encontraba á Pérez, que huía también de Listz adulterado. En el gabinete de lectura nadie leía el Times... más que el archivero, y justamente á las horas en que él, Alvarez el falso, quería enterarse de la política extranjera en el único periódico de la casa que no le parecía despreciable.

«El archivero sabe inglés. ¡Pedante!»

A las seis de la mañana, en punto, Alvarez salía de su cuarto con la mayor reserva, para despachar las más viles faenas con que su

 

naturaleza animal pagaba tributo á la ley más baja y prosaica... ¡Y Pérez, obstruccionista odioso, tenía, por lo visto, la misma costumbre, y buscaba el mismo lugar con igual secreto... y ¡aquello no podía aguantarse!

No gustaba Alvarez de tomar el fresco en los jardines ramplones del establecimiento, sino que buscaba la soledad de un prado de fresca hierba, y en cuesta muy pina, que había á espaldas de la casa... Pues allá, en lo más alto del prado, á la sombra de su manzano... se encontraba todas las tardes á Pérez, que no soñaba con que estaba estorbando.

Ni Pérez ni Alvarez abandonaban el sitio; se sentaban muy cerca uno de otro, sin hablarse, mirándose de soslayo con rayos y centellas.

***

Si el archivero supuesto tales simpatías merecía al fingido Alvarez, Alvarez á Pérez le tenía frito, y ya Pérez le hubiera provocado abiertamente si no hubiera advertido que era hombre enérgico y, probablemente, de más puños que él.

Pérez, que era un sabio hispano-americano del Ecuador, que vivía en España muchos anos hacía, estudiando nuestras letras y ciencias y haciendo frecuentes viajes á París, Londres, Rusia, Berlín y otras capitales; Pérez, que no se llamaba Pérez, sino Gilledo, y viajaba de incógnito, á veces, para estudiar las cosas de España, sin que estas se las disfrazara nadie al saberse quien él era; digo que Gilledo ó Pérez habla creído que el intruso Alvarez, era alguna notabilidad de campanario, que se daba tono de sabio con extravagancias y manías que no eran más que pura comedia. Comedia que á él le perjudicaba mucho, pues, sin duda por imitarle, aquel desconocido, boticario probablemente, se le atravesaba en todas sus cosas: en el paseo, en el corredor, en el gabinete de lectura y en los lugares menos dignos de ser llamados por su nombre.

Pérez había notado también que Álvarez despreciaba ó fingía despreciar á la multitud insípida y que miraba con rencor y desfachatez al canónigo que presidía la mesa.

La antipatía, el odio se puede decir, que mutuamente se profesaban los sabios incógnitos crecía tanto de día en día, que los

 

disimulados testigos de su malquerencia llegaron á temer que el sainete acabara en tragedia, y aquellos respetables y misteriosos vejetes se fueran á las manos.

 

***

Llegó un día crítico. Por casualidad, en el mismo tren se marcharon el canónigo, el bañista que ocupaba la habitación tan apetecida, y el coronel que dejaba libre el rincón más apartado del piano. Terrible conflicto. Se descubrió que el amo del establecimiento había ofrecido la sucesión de D. Sindulfo, y la habitación más cómoda, á Pérez primero, y después á Alvarez.

Pérez tenía el derecho de prioridad, sin duda; pero Alvarez... era un carácter. ¡Solemne momento! Los dos, temblando de ira, echaron mano al respaldo. No se sabía si se disputaban un asiento ó un arma arrojadiza.

No se insultaron, ni se comieron la figura más que con los ojos. El amo de la casa se enteró del conflicto, y acudió al comedor

 

corriendo.

—¡Usted dirá!—exclamaron á un tiempo los sabios.

Hubo que convenir en que el derecho de Pérez era el que valía. Alvarez cedió en latín, es decir, invocando un texto del Derecho

 

romano que daba la razón á su adversario. Quería que constase que cedía á la razón, no al miedo.

Pero llegó lo del aposento disputado. ¡Allí fué ella! También Pérez era el primero en el tiempo... pero Alvarez declaró que lo que es absurdo desde el principio, y nulo, por consiguiente, tractu temporis convalescere non potest, no puede hacerse bueno con el tiempo; y como era absurdo que todas las ventajas, por gollería, se las llevase Pérez, él se atenia á la promesa que había recibido.... y se instalaba

 

desde luego en la habitación dichosa; donde, en efecto, ya había metido sus maletas.

Y plantado en el umbral, con los puños cerrados amenazando al mundo, gritó:

—In pari causa, melior est conditio possidentis.

Y entró y se cerró por dentro.

Pérez cedió, no á los textos romanos, sino por miedo.

En cuanto al rincón del coronel, se lo disputaban todos los días, apresurándose á ocuparlo el que primero llegaba y protestando el

 

otro con ligeros refunfuños y sentándose muy cerca y á la misma mesa de mármol. Se aborrecían, y por la igualdad de gustos y disgustos, simpatías y antipatias, siempre huían de los mismos sitios y buscaban los mismos sitios.

 

***

Una tarde, huyendo de la Rapsodia húngara, Pérez se fué al corredor y se sentó en una mecedora, con un lío de periódicos y cartas entre las manos.

Y á poco llego Alvarez con otro lío semejante, y se sentó, enfrente de Pérez, en otra mecedora. No se saludaron, por supuesto.

 

Se enfrascaron en la lectura de sendas cartas.

De entre los pliegues de la suya saco Álvarez una cartulina, que contempló pasmado.

Al mismo tiempo, Pérez contemplaba una tarjeta igual con ojos de terror.

Alvarez levantó la cabeza y se quedó mirando atónito á su enemigo.

El cual también, á poco, alzó los ojos y contempló con la boca abierta al infausto Alvarez.

El cual, con voz temblona, empezando á incorporarse y alargando una mano, llegó á decir:

—Pero... usted, señor mío..., ¿es... puede usted ser... el doctor...

Gilledo? ...

—Y usted... ó estoy soñando... ó es... parece ser... es... el ilustre Fonseca? ...

—Fonseca el amigo, el discípulo, el admirador... el apóstol del maestro Gilledo... de su doctrina...

—De nuestra doctrina, porque es de los dos: yo el iniciador, usted el brillante, el sabio, el profundo, el elocuente reformador, propagandista... á quien todo se lo debo.

—¡Y estábamos juntos! ...

—¡Y no nos conocíamos! ...

—Y á no ser por esta flaqueza... ridícula... que partió de mí, lo confieso, de querer conocernos por estos retratos...

—Justo, á no ser por eso...

Y Fonseca abrió los brazos, y en ellos estrechó á Gilledo, aunque con la mesura que conviene á los sabios.

 

La explicación de lo sucedido es muy sencilla. A los dos se les había ocurrido, como queda dicho, la idea de viajar de incógnito. Desde su casa Fonseca, en Madrid, y desde no se dònde Gilledo, se hacían enviar la correspondencia al balneario, en paquetes dirigidos á Pérez y Alvarez, respectivamente.

 

Muchos años hacía que Gilledo y Fonseca eran uña y carne en el terreno de la ciencia. Iniciador Gilledo de ciertas teorías muy complicadas acerca del movimiento de las razas primitivas y otras baratijas prehistóricas, Fonseca había acogido sus hipótesis con entusiasmo, sin envidia; había hecho de ellas aplicaciones muy importantes en lingüstica y sociología, en libros más leídos, por más elocuentes, que los de Gilledo. Ni éste envidiaba al apóstol de su idea el brillo de su vulgarización, ni Fonseca dejaba de reconocer la supremacía del iniciador, del maestro, como llamaba al otro sinceramente. La lucha de la polémica que unidos sostuvieron con otros sabios, estrecho sus relaciones; si al principio, en su ya jamás interrumpida correspondencia, sólo hablaban de ciencia, el mutuo afecto, y algo también la vanidad mancomunada, les hicieron comunicar más íntimamente, y llegaron á escribirse cartas de hermanos más que de colegas.

Alvarez, ó Fonseca, más apasionado, había llegado al extremo de querer conocer la vera effigies de su amigo; y quedaron, no sin confesarse por escrito la parte casi ridícula de esta debilidad, quedaron en enviarse mutuamente su retrato con la misma fecha...

Y la casualidad, que es indispensable en esta clase de historias, hizo que las tarjetas aquellas, que tal vez evitaron un crimen, llegaran á su destino el mismo día.

Más raro parecerá que ninguno de ellos hubiera escrito al otro lo de la ida á tal balneario, ni el nombre falso que adoptaban... Pero tales noticias se las daban precisamente (¡claro!) en las cartas que con los retratos venían.

***

Mucho, mucho se estimaban Alvarez y Pérez, á quienes llamaremos así por guardarles el secreto, ya que ellos nada de lo sucedido quisieron que se supiera en la fonda.

Tanto se estimaban, y tan prudentes y verdaderamente sabios eran, que depuestos, como era natural, todas las rencillas y odios

 

que les habían separado mientras no se conocían, no sólo se trataron en adelante con el mayor respeto y mutua consideración, sin disputarse cosa alguna.... sino que, al día siguiente de su gran

descubrimiento, concidieron una vez más en el propósito de dejar cuanto antes las aguas y volverse por donde habían venido. Y, en efecto, aquella misma tarde Gilledo tomó el tren ascendente, hacia el sur, y Fonseca el descendente, hacia el norte.

Y no se volvieron á ver en la vida.

Y cada cual se fué pensando para su coleto que había tenido la prudencia de un Marco Aurelio, cortando por lo sano y separándose cuanto antes del otro. Porque ¡oh miseria de las cosas humanas! la pueril, material antipatía que el amigo desconocido le había inspirado... no había llegado á desaparecer después del infructuoso reconocimiento.

El personaje ideal, pero de carne y hueso, que ambos se habían forjado cuando se odiaban y despreciaban sin conocerse, era el que subsistía; el amigo real, pero invisible, de la correspondencia y de la teoría común, quedaba desvanecido... Para Fonseca el Gilledo que había visto seguía siendo el aborrecido archivero; y para Gilledo, Fonseca, el odioso boticario.

Y no volvieron á escribirse sino con motivo puramente científico. Y al cabo de un año, un Jahrbuch alemán publicó un artículo de

sensación para todos los arqueólogos del mundo.

Se titulaba Una disidencia.

Y lo firmaba Fonseca. El cual procuraba demostrar que las razas aquellas no se habían movido de Occidente á Oriente, como él había creído, influído por sabios maestros, sino más bien siguiendo la marcha aparente del sol... de Oriente á Occidente...

 

 

 

 

 

 

X

 

 

 

 

 

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El pobre Bernardo, carpintero de aldea, á fuerza de trabajo, esmero, noble ambición, había ido afinando, afinando la labor; y D. Benito el droguero, ricacho de la capital, á quien Bernardo conocía por haber trabajado para él en una casa de campo, le ofreció nada menos que emplearle, con algo más de jornal, poco, en la ciudad, bajo la dirección de un maestro, en las delicadezas de la estantería y artesonado de la droguería nueva que D. Benito iba á abrir en la Plaza Mayor, con asombro de todo el pueblo y ganancia segura para él, que estaba convencido de que iría siempre viento en popa.

 

Bernardo, en la aldea, aún con tanto afán, ganaba apenas lo indispensable para que no se muriesen de hambre los cinco hijos que le había dejado su Petra, y aquella queridísima y muy anciana madre suya, siempre enferma, que necesitaba tantas cosas y que le consumía la mitad del jornal misérrimo.

Su madre era una carga, pero él la adoraba; sin ella la negrura de su viudez le parecería mucho más lóbrega, tristísima.

Bernardo, con el cebo del aumento de jornal, no vaciló en dejar el campo y tomar casa en un barrio de obreros de la ciudad, malsano, miserable.

—Por lo demás,—decía,—de los aires puros de la aldea me río yo; mis hijos están siempre enfermuchos, pálidos; viven entre estiércol, comen de mala manera y el aire no engorda á nadie. Mi madre, metida siempre en su cueva, lo mismo se ahogará en un

 

rincón de una casucha de la ciudad que en su rincón de la choza en que vivimos.

Tenía razón. Y se fué á la ciudad. Pero en la aldea no conocía una terrible necesidad que en el pueblo echaron de ver él y su madre, por imitación, por el mal ejemplo: el médico y sus recetas. Los demás obreros del barrio tenían, por módico estipendio, asistencia facultativa y ciertas medicinas, gracias á una Sociedad de socorros mutuos. En el campo, cada año, ó antes si había peligro de muerte, veían al médico del Concejo que recetaba chocolate.

Ramona, la madre, con aquel refinamiento de la asistencia médica, empezó á acariciar una esperanza loca, de puro lujo: la de sanar, ó mejorar algo á lo menos, gracias á dar el pulso á palpar y enseñarle la lengua al doctor, y gracias, sobre todo, á los jarabes de la botica. Bernardo llegó á participar de la ilusión y de la pasión de su madre. Soñó con curarla á fuerza de médicos y cosas de la botica. El doctor, chapado á la antigua, era muy amigo de firmar recetas; no era de estos que curan con higiene y buenos consejos. Creía en la farmacopea, y era ademas aristócrata en materia médica; es decir, que las medicinas caras, para ricos, le parecían superiores, infalibles. Metía en casa de los pobres el infierno de la ambición; el anhelo de aplacar el dolor con los remedios que á los ricos les costaban un dineral.

El tal Galeno, después de recetar, limitándose á los cortos alcances que la Sociedad le permitía, respiraba recio, con cierta lástima desdeñosa, y daba á entender bien claramente que aquello podía ser la carabina de Ambrosio: que la verdadera salud estaba en tal y cual tratamiento, que costaba un dineral; pues entraban en el viajes, cambios de aire, baños, duchas, aparatos para respirar, para sentarse, para todo, brevajes reconstituyentes muy caros y de eso muy prolongado... en fin, el paraíso inasequible del enfermo sin posibles...

Bernardo tenía el alma obscurecida, atenaceada por una sorda cólera contra los ricos que se curaban á fuerza de dinero; entre los suspiros, las quejas y sugestiones de su madre, y aquella constante tentación de las palabras del médico que le enseñaba el cielo de la salud de su madre... allá, en el abismo inabordable, le habían cambiado el humor y las ideas; ya no era un trabajador resignado,

 

sino un esclavo del jornal, que oía pálido y rencoroso las predicaciones del socialismo que en derredor suyo vagaban como rumor de avispas en conjura. No envidiaba los palacios, los coches, las galas; envidiaba los baños, los aparatos, las medicinas caras. Ahí estaba la injusticia: en que unos, por ricos, se curaran, y los pobres, por pobres, no.

 

Para echar más leña al fuego, vino la amistad con el droguero D. Benito. Terminada la obra de los lujosos anaqueles, abierta solemnemente al público la nueva tienda, conforme á los últimos adelantos, de manera que, según frase que corrió mucho, nada tenía que envidiar al mejor establecimiento de París, en su clase. Bernardo tomó la costumbre de pasar algún rato, después del trabajo, en la droguería, conversando con los dependientes de D. Benito y con el mismo D. Benito. Bernardo se creía un poco partícipe de la gloria de aquel gran palacio de la salud, puesto que había trabajado en toda la obra de ebanistería. Además, le atraían los cacharros, aquella luciente porcelana con letreros de oro, que encerraba, como en urnas sagradas, el misterio de la salud, á precios fabulosos, imposibles para un jornalero.

Ante los escaparates, Bernardo se extasiaba. Admiraba, primero, una especie de Apolo, de barro barnizado, que sonreía frente á la plaza, tras los cristales, rodeado de vendas, como una momia egipcia, con un brazo en cabestrillo y una pierna rota, sujeta por artísticos rodrigones ortopédicos. Admiraba las grandes esponjas, que curaban con chorros de agua; los aparatos de goma, para cien usos, para mil comodidades de los enfermos; los frascos transparentes, llenos de píldoras que costaban caras, como perlas; las botellas elegantes, aristocráticas, bien lacradas y envueltas en vistosos papeles, como damas abrigadas con ricos chales; botellas de vinos de los dioses, todos dulzura y fuerza, la salud, la vida en cuatro gotas.

Todo lo admiraba, porque en todo creía; porque el médico de su madre le había hecho supersticioso de la religión de los específicos, de las curas infalibles, pero lentas, carísimas. Y D. Benito, y su gente, por la cuenta que les tenía, y por amor al arte, y por ver al pobre carpintero pasmado ante tanto prodigio, remachaban el clavo describiéndole las curas maravillosas de estas y las otras drogas,

 

del vino tal, de los granos cuál y del extracto X. Pero... lo de siempre: todo era muy caro, todo exigía perseverancia, uso continuo durante mucho tiempo...; es decir, todo exigía que Bernardo, para curar á su madre con aquellos portentos, gastase en un mes lo que ganaba en un año...

 

Y el infeliz se contentaba con mirar, palpar á veces, tomar en peso paquetes, frascos, botellas, etc., etcétera... y suspirar y resignarse. Su pobre madre no curaría; porque él podía comprarle, con gran sacrificio, la medicina cara una vez, dos veces... pero luego, ¿qué? El mal vendría más fiero y el dinero se habría acabado y hasta el crédito... y... imposible, imposible.

La prueba de que todo aquello era para ricos, muy caro, estaba en lo rico que se habla hecho don Benito; tenía ya millones... Era un trato: el daba la salud y á el le pesaban en oro... los que podían.

***

Una tarde vió Bernardo entrar en la droguería á un anciano que parecía un difunto; un difunto de muy mal humor, con un ceño que era mueca de condenado; encorvado, como si estuviese herido por una maldición del cielo, con la respiración anhelante, irregular, los pómulos salientes, los ojos brillantes y angustiosos de modo siniestro. Vestía traje de muy buen corte, de riquísimo paño, pero muy descuidadamente. Entró sin saludar, se sentó en un sillón que solía, ocupar D. Benito, y al momento le rodearon, con grandes muestras de respeto, todos los dependientes.

A poco se presentó el amo, gorra en mano, y haciendo reverencias.

—¡Oh, D. Romualdo! Cuánta honra... después de siglos...

—Perdona, Benito; pero si vengo por aquí de tarde en tarde es... porque... ya sabes que todo esto me revienta. Si tuvieras tienda de juguetes no faltaría una tarde... de las pocas que el condenado mal me deja salir de casa. Pero estas porquerías (y señalaba á los cacharros de los anaqueles) me repugnan... ¡Qué farsa! ¡Los médicos! ¡Mal rayo! Cada receta un pecado mortal...

D. Benito y los suyos sonrieron; no osaron contradecir al D.

Romualdo, que parecía un muerto muy bien vestido.

Por la conversación que siguió, fué Bernardo enterándose de cosas que le vino muy bien saber.

 

D. Romualdo era el primer ricachón del pueblo, protector illo tempore de D. Benito; enfermo crónico, desesperado, sin resignación, furioso, con un achaque por cada millón, inútil para curar sus males. Muchos años hacía, también aquel millonario había creído, como el jornalero Bernardo, en el misterioso prestigio de la medicina infalible, en el don de salud de la receta cara; con vanidad, con orgullo, casi contento con tener que poner á prueba el poder mágico del dinero, creyendo que hasta alcanzaba á dar vida, energía, buenas carnes y buen humor, el Fúcar aquel había derrochado miles y miles en toda clase de locuras y lujos terapéuticos; conocía mejor, y por cara experiencia, las termas célebres de uno y otro país que el famoso Montaigne, tan perito en aguas saludables; no había aparato costoso, útil para sus males, que el no hubiera ensayado; en elíxires, extractos y vinos nutritivos había empleado caudales... y al cabo, viejo, desengañado, hasta con remordimientos por haber creído y predicado tanto aquella religión de la salud á la fuerza y á costa de oro, confesaba con rabia de condenado la impotencia de la riqueza, la inutilidad de las invenciones humanas para impedir las enfermedades necesarias y la muerte.

 

De tarde en tarde, y como por el placer de ir á insultar á las engañosas drogas, en su casa, cara á cara, se presentaba D. Romualdo en la lujosa tienda de D. Benito, donde tanto gasto habla hecho, donde ya no gastaba ni un real. Su tema era repetir á su antiguo protegido:—¿Por qué no te deshaces de toda esta farsa, de toda esta porquería, y pones almacén de juguetes? No es menos serio y es más sincero; así no se engaña á nadie: venderías los cañones, los sables de mentirijillas por lo que son; no dirías: esto es de verdad, sino, es broma.

Notó Bernardo que allí nadie se atrevía á contradecir aquel dogma de la inutilidad de drogas y recetas, caras ó baratas; todos decían amen á los desprecios del ricacho; nadie le proponía tal ó cual específico para ninguno de los infinitos dolores de que se quejaba. En cambio, se tomaban muy en serio las últimas esperanzas de curación que D. Romualdo ponía: .° en un apóstol que acababa de llegar al pueblo y curaba con agua de la fuente y falsos latines... y en un viaje á Lourdes.

 

***

 

Cuando se marcho D. Romualdo de la droguería, lanzando furiosas miradas de ira y de desprecio á estantes y escaparates, Bernardo, que no había dicho palabra, se levanto, dió las buenas tardes y salió á la calle. Respiró con fuerza.

Se fué á dar un paseo hacia las afueras, al campo. Ya obscurecía. Las estrellas le dijeron algo de igualdad en lo inmenso, de igualdad en la pequeñez de la miseria humana. Su madre no sanaba...

 

porque hay que morir.... no por pobre... D. Romualdo no sanaba

tampoco... El dinero... las medicinas caras... ilusiones. Todos iguales, pensaba, todos nada. Y, entre triste y satisfecho, sentía un consuelo.

 

 

 

 

 

 

XI

 

 

 

 

 

 

          

 

 

 

 

 

 

La hermosísima Amparo vivía, durante el invierno, en una ciudad no muy alegre del centro de España; y por el verano, dejando á su marido atado á su empleo, se marchaba como una golondrina á buscar tierra fresca, alegría, allá al Norte. Vivía entonces con su madre, cuya benevolencia excesiva había pervertido, sin querer, el alma de aquella moza garrida, desde muy temprano. La pobre anciana, que había empezado por madre descuidada, de extremada tolerancia, acababa por ser poco menos que la trotaconventos de las aventuras galantes de su hija, loca, apasionada y violenta. Amparo, que había sido refractaria al matrimonio, porque prefería la flirtation cosmopolita á que vivía entregada viajando por Francia, Suiza, Bélgica, Italia y España, acabó, porque exigencias económicas la obligaron á escoger uno entre docenas de pretendientes, por jugar el marido á cara y cruz, como quien dice. Era supersticiosa y pidió consejo á no sé qué agüeros pseudopiadosos para elegir esposo. Y se casó con el que la suerte quiso, aunque ella achacó la elección á voluntad ó diabólica, ó divina: no estaba segura. Por supuesto que á su marido, á quien dominaba por la seducción carnal y por la energía del egoismo ansioso de placeres, le impuso la obligación de mimarla como su madre había hecho; de tratarla á lo gran señora; y según ella, las grandes señoras tenían que vivir con gran independencia y muy por encima de ciertas preocupaciones morales, buenas para las cursis de la clase media provinciana. Por culpa de este tratado,

 

bochornoso para el pobre director de la sucursal del Banco de la ciudad de X, Amparo dedicaba el verano á la vida menos propia de una casada honesta. Guardaba, es claro, ciertas formas... pero otras no; no era casta, pero era cauta á veces á su madre le exigía tolerancia para sus devaneos como antes le había exigido muñecas, viajes, sombreros, cintas, teatros, bailes, lujo y alegría. La vieja infeliz de buen grado hubiera puesto coto á las locuras de su hija (locuras: nunca les dió peor nombre) pero ya era tarde: su debilidad física ayudaba á su debilidad moral á ceder, á transigir, á hacer la vista gorda. Una escena con Amparo la horrorizaba; estaba segura de que precipitaría su muerte; la de la madre infeliz, enferma del corazón, sin saberlo la hija.

 

Llego un año en que Amparo, en vez de adelantar el viaje al Norte algunos días, como era ya costumbre, lo retrasó unas cuantas semanas. ¡Cosa más rara!, pensaba la madre. ¿Qué es lo que detiene á esa loca en X? Por fin llegó Amparo. Se divirtió aquel año en las playas de lujo y elegancia como otras veces, pero con menos afán; y, más hubo; no tuvo ninguna aventura seria, como las llamaba la madre, siempre amiga del eufemismo.

Al mediar Septiembre Amparo anunció que se volvia á sus cuarteles de invierno. Otros años tomaba por verano gran parte de Otoño. ¡Cosa más rara!, pensaba la madre, dejándola partir...

¿Qué era ello? Era que Amparo había encontrado en X lo que nunca hubiera podido sospechar que existía allí... Un género de adoración completamente nuevo, picante por lo extraño; en fin, una manera de flirtation del todo desconocida para ella. Es de advertir que Amparo usaba con poca exactitud el barbarismo flirtation pues seguía denominando así la aventura más pecaminosa. Se trataba de una especie de Josef que ni dejaba la capa ni se entregaba. Amparo no concebía que un hombre á quien ella quisiera volver loco, se le resistiera. Menos concebía que se le resistiera un hombre

á  quien ella, por relaciones íntimas de amistad entre las respectivas familias, tenía ocasión frecuente de poner en graves apuros con tentaciones de la soledad más insinuante... Y, por último, lo que le parecía rematadamente imposible, era... la realidad que estaba tocando, que no se le declarase, arrojándose á sus pies, loco, furioso de pasión, un hombre que la veía todos los días, á quien ella

 

ponía el más apretado cerco... y del que podía asegurar que la deseaba con todas las potencias del alma concupiscente. Y este era el caso; y por este caso extraordinario encontraba ya Amparo más interés y atractivo en su vida invernal de X que en las alegrías locas del verano.

 

Se trataba del interventor del mismo establecimiento que el marido de Amparo dirigía. Era Emilio Serrano joven todavía, casado, con tres ó cuatro hijos, regular de figura, no descuidado en el vestir; madrileño que se aburría en una provincia de tercer orden; hombre de vida espiritual, amigo de libros, artes, filosofías y aún teologías, que en X no tenía con quien hablar apenas de aquellas cosas superiores.

Amparo, aunque no tenía de Jorge Sand nada más que el latitudinarismo ético, que en ella no ofrecía las explicaciones que había para el de la ilustre escritora, se creía mujer algo superior, capaz de comprender cosas hondas y raras, si acababan, apurada la cuenta, en placer y apasionamiento materiales.

Emilio Serrano era de los que opinan que la única tentación seria es la Mujer. Fuera del Arte, de la Filosofía, que en X no se podían cultivar más que á lo solitario, no había más que la Mujer. Lástima que en la mayor parte de las circunstancias, el amor fuera fruta prohibida. Amparo le pareció muy bien desde el primer día que la vió

á  la segunda visita los dos comprendieron que entre ellos tenía que haber algo, aunque ese algo acabara por no ser nada. Esto de acabar así no era Amparo quien lo suponía posible, sino Emilio, que había tenido muchos amoríos de cabeza, por el estilo. Su imaginación necesitaba mucho más de esta clase de recreos que su corazón y sus sentidos. Amparo no estaba acostumbrada á tener adoradores tan escogidos, por lo que toca á los refinamientos espirituales. La novedad de aquellas cosas que había en el mundo de las almas, de las ideas, la atraía; hasta en lo moral, en el sacrificio, en la abstinencia reconocía ya que podía haber algo distinguido, chic. ¡Y qué hombre era aquel Serrano! Era un predicador, sin parecerlo; no era un hipócrita, pues no escondía sus debilidades, pero daba á entender que para el había pecados y que había que resistir las tentaciones. Esto último era de la más alta novedad para Amparo, y por nuevo le gustaba. En fin, que aunque

 

lo hubiera hecho apropósito, según arte, Emilio no hubiera podido inventar nada mejor que aquel ten con ten, para engolosinar á la señora del director del Banco.

 

Llegaron á tratarse con gran intimidad; siempre estaban hablando en tercera persona de asuntos de amor, de relaciones de mujeres casadas, de lo que podía la naturaleza y de lo que podía el deber, etcétera, etc á veces, es claro, la cosa se ponía seria, se empezaba

á  prescindir de la tercera persona... pero Emilio siempre se detenía

á  tiempo.

De sobra sabía ella que él la deseaba; mil insinuaciones, miles y miles de miradas, gestos, entonaciones, lo habían dicho todo; hasta contactos rápidos; pero cargados de sensaciones fuertes, los tenían como ligados implícitamente; más declararse, lo que se llama declararse jamás. Hasta había dado á entender el interventor que á eso no llegaría nunca. Y era el paso de chancillería indispensable, según Amparo, para llegar á donde naturalmente, en su opinión, tenían que llegar esta clase de asuntos.

«¡Hombre más raro!—Nó; pero él caería.»—Unas veces, coqueterías demasiado atrevidas: otras veces conversaciones verdes, con pimienta; otras desdenes, indiferencia, frialdad! todo inútil. Emilio ni huía del peligro ni perecía en él.

Al cabo Amparo supo en qué consistía el talismán de aquella resistencia; por qué Emilio, que no era santo, ni casto, ni asceta, ni cosa que lo valga, constantemente volaba alrededor de la llama sin quemarse las alas.

Hablaban de las corazonadas, de las supersticiones. Amparo desde su vida de colegiala, era supersticiosa, creía en agüeros; se hacía echar las cartas, daba crédito á las mesas giratorias; y todo esto lo mezclaba ella con la fe religiosa, con los avisos providenciales y otras cosas muy dignas de respeto.

Y con este motivo, hablando de las aprensiones de cada cual, Emilio le dijo muy serio, devorándola con los ojos, el secreto de aquella fortaleza con que él sabia huir del abismo, al llegar á sus bordes.

«No, no es que sea un santo; ni siquiera un hombre completamente honrado, pues éste no peca ni siquiera con la intención; es otra cosa: es que vivo condenado al tormento de sentir

 

muy vivamente las tentaciones, de amar el pecado... y no poder caer en él de una vez; ni gozo las delicias de la virtud, ni las del crimen. Cuando usted se burla de mi dándome á entender que me tiene por frío, ó por inocente, ó por tímido... ó hasta por algo peor...

 

¡Qué mal me entiende! ¡que injusta es conmigo! Lo que otros desean, yo lo deseo con más fuerza que nadie; yo sabría gozar del fruto prohibido con más intenso placer que cualquiera... pero... hay una barrera... moral... y al mismo tiempo así... como... si dijéramos mecánica, infranqueable. Tengo la seguridad de que no pasare por encima de esta dificultad, de este obstáculo, nunca, aunque después de pasada la ocasión, me irrite y desespere.»

Amparo, anhelante, oía; comprendía, es claro, todo lo que Emilio quería decir. ¿Qué obstáculo era aquel? Por que se hablaba de él con motivo de las aprensiones, de la superstición, de miedo á los castigos providenciales? A ver, á ver; quería ella conocer aquel enemigo para luchar con él cara á cara. Un obstáculo que podía más que su hermosura, sus insinuaciones... su amor propio! ¿Qué podría ser?

Lo supo; Emilio con absoluta sinceridad y tono sencillo, que la encantaba, se lo explicó: era esto, en resúmen:

Se le había metido en la cabeza... y en el corazón, que él no gozaría jamás de un gran placer, de una gloria deslumbrante, del amor de una mujer muy apetecida, de una inmensa riqueza, de un poderío enorme; pero que, en cambio, jamás tampoco, padecería el tormento de una de esas desgracias terribles que hacen maldecir la existencia. Tenía mucho miedo á los grandes dolores morales, porque sabia por experiencia que su sensibilidad para esta clase de males era refinada, carne viva. Ahora, decía, lo que me horroriza más es la muerte de un hijo. Solo pensando en la agonía de uno de mis churumbeles... me pongo malo. Pues bien, como si lo supiera por revelación particular, directa, creo firmemente que la Providencia me propone este pacto: no perderás ningún hijo si no cometes ningún gran pecado; si no matas, si no robas, si no engañas, si no ofendes el honor de un padre, de un marido. Si te dejas vencer, si sucumbes, por gozar las delicias de la pasión victoriosa, á una gran tentación... como otros muchos han sucumbido, perderás un hijo, como otros muchos lo han perdido. Los he tenido enfermos, muy

 

enfermitos: y en los trances apurados siempre sentí el remordimiento de no huir del mal, de no romper con la tentación...

pero ofrecí siempre á Dios el sacrificio de las grandes delicias del crimen; ofrecí vencerme siempre al llegar á poner por obra mis ansias concupiscentes... y los hijos no se me han muerto; han llegado al borde del sepulcro... pero siempre han vuelto á la vida. ¡Oh, no hay dogma para mí tan claro, tan cierto como éste: si yo gozo de lo que más deseo, que es una mujer, de que no sé, de que no puedo huir; si llega á ser mía... delicia infinita... se me muere un hijo, dolor infinito. Estoy seguro... vendrá la enfermedad y no se dejara vencer como otras veces... no... vencerá ella... morirá el hijo; porque satisfizo su pasión el padre.

—¡Qué aprensiones! ¡Qué raro es usted!,—dijo Amparo, triste de repente, fría, seca. La habían hecho entrever el mundo de las penas que son castigo; mundo que la horrorizaba, en que jamás había querido pensar. ¡Qué cosas imaginaba aquel hombre! Si la pasión pecaminosa, satisfecha, debía traer consigo una desgracia inmensa, qué infierno la aguardaba á ella! Pero además, la muerte de otros á ella no le parecía tan inmenso dolor. ¡Hombre más raro!

Pasó algún tiempo. Aquella especie de impedimento dirimente que se había descubierto aparto un poco de Emilio á Amparo, que necesitaba, en amor, sacar las consecuencias, una vez sentadas las premisas. Sin embargo, ni uno ni otro daban por concluida aquella extraña manera de relaciones que los acercaba... uno á otro... pero no los juntaba. Cuando más conocían que algo seguía habiendo entre ellos, era en las largas ausencias. Se echaban mucho de menos; y el primer apretón de manos al volver á verse, hablaba de esto.

A Serrano se le murió un hijo. El padre, con el dolor, cayó enfermo. Ya convaleciente, Amparo fué á verle, con su marido. Quedaron solos aquellos buenos amigos, un momento. Los dos callaban. Amparo, aprovechando una mirada de Emilio sonrió de esa manera que anuncia palabras solemnes, confianzas íntimas:

—Pobre Emilio,—dijo,—ya ve usted... de todas maneras... se le ha muerto á usted uno. No se puede creer en aprensiones.

Emilio poniéndose en pie, con voz dulce, pero que á ella le pareció agria, helada, contestó:

 

—Amparo, sí: he perdido un hijo. Como los pierden los malos... y los buenos. El pacto que yo creía un dogma... era impío. Mi dolor es muy grande. Pero sabe usted lo que mitiga mi pena? Pensar que no padezco el suplicio infernal que sería haber caído en la tentación y creer que era yo, por mi pecado, quien mataba á mi hijo. Lo que Dios me da á cambio de no gozar el crímen, no es la vida de mis hijos, que no puede ser mía; sino la paz de mi conciencia... que es lo único mío.

 

 

 

 

 

 

XII

 

 

 

 

 

 

         

 

 

 

 

 

 

El duque del Pergamino, marqués de Numancia, conde de Peñasarriba, consejero de ferrocarriles de vía ancha y de vía estrecha, ex ministro de Estado y de Ultramar... está que bufa y coge el cielo... raso del coche de primera con las manos; y á su juicio nene razón que le sobra. Figúrense ustedes que él viene desde Madrid solo, tumbado cuan largo es en un reservado, con que ha tenido que contentarse, porque no hubo á su disposición, por torpeza de los empleados, ni coche-cama, ni cosa parecida, Y ahora, á lo mejor del sueño, á media noche, en mitad de Castilla, le abren la puerta de su departamento y le piden mil perdones...

 

porque tiene que admitir la compañía de dos viajeros nada menos: una señora enlutada, cubierta con un velo espeso, y un teniente de artillería.

¡De ninguna manera! No hay cortesía que valga; el noble español es muy inglés cuando viaja y no se anda con miramientos medioevales, defiende el home de su reservado poco menos que con el sport que ha aprendido en Eton, en Inglaterra, el noble duque castellano, estudiante inglés.

¡Un consejero, un senador, un duque, un ex-ministro, consentir que entren dos desconocidos en su coche, después de haber consentido en prescindir de una berlina-cama, á que tiene derecho! ¡Imposible! ¡Allí no entra una mosca!

La dama de luto, avergonzada, confusa, procura desaparecer, buscar refugio en cualquier furgón donde pueda haber perros más

 

finos... pero el teniente de artillería le cierra el paso ocupando la salida, y con mucha tranquilidad y finura defiende su derecho, el de ambos.

 

—Caballero, no niego el derecho de usted á reclamar contra los descuidos de la Compañía... pero yo, y por lo visto esta señora también, tengo billete de primera; todos los demás coches de esta clase vienen llenos; en esta estación no hay modo de aumentar el servicio... aquí hay asientos de sobra, y aquí nos metemos.

 

El jefe de la estación apoya con timidez la pretensión del teniente; el duque se crece, el jefe cede... y el artillero llama á un cabo de la Guardia civil, que, enterado del caso, aplica la ley marcial al reglamento de ferrocarriles, y decreta que la viuda (él la hace viuda) y su teniente se queden en el reservado del duque, sin perjuicio de que éste se llame á engaño ante quien corresponda.

Pergamino protesta; pero acaba por calmarse y hasta por ofrecer un magnífico puro al militar, del cual acaba de saber, accidentalmente, que va en el expreso á incorporarse á su regimiento, que se embarca para Cuba.

—¿Con que va usted á Ultramar á defender la integridad de la patria?

—Si señor, en el último sorteo me ha tocado el chinazo.

—¿Cómo chinazo?

—Dejo á mi madre y á mi mujer enfermas y dejo dos niños de menos de cinco anos.

—Bien, sí; es lamentable... ¡Pero la patria, el país, la bandera! Ya lo creo, señor duque. Eso es lo primero. Por eso voy. Pero siento separarme de lo segundo. Y usted, señor duque, ¿á dónde

bueno?

—Phs.. por de pronto á Biarritz, después al Norte de Francia... pero todo eso está muy visto; pasaré el Canal y repartiré el mes de Agosto y de Septiembre entre la isla de Wight, Cowes, Ventnor, Ryde y Osborn...

La dama del luto y del velo, ocupa silenciosa un rincón del reservado. El duque no repara en ella. Después de repasar un periódico, reanuda la conversación con el artillero, que es de pocas palabras.

 

—Aquello está muy malo. Cuando yo, allá en mi novatada de ministro, admití la cartera de Ultramar, por vía de aprendizaje, me convencí de que tenemos que aplicar el cauterio á la administración ultramarina, si ha de salvarse aquello.

—¿Y usted no pudo aplicarlo?

—No tuve tiempo. Pasé á Estado, por mis méritos y servicios. Y además... ¡hay tantos compromisos! Oh, pero la insensata rebelión no prevalecerá; nuestros héroes defienden aquello como leones; mire usted que es magnífica la muerte del general Zutano... víctima de su arrojo en la acción de Tal... Zutano y otro valiente, un capitán... el capitán... no sé cuántos, perecieron allí con el mismo valor y el mismo patriotismo que los más renombrados mártires de la guerra. Zutano y el otro, el capitán aquél, merecen estatuas; letras de oro en una lápida del Congreso... Pero de todas maneras, aquello está muy malo... No tenemos una administración...

—Conque ¿usted se queda aquí para tomar el tren que le lleve á Santander?Pues ea; buena suerte, muchos laureles y pocos balazos... Y si quiere usted algo por acá... ya sabe usted, mi teniente, durante el verano, isla de Wight, Cowes, Ryde, Ventnor y Osborn...

El duque y la dama del luto y el velo quedan solos en el reservado. El ex-ministro procura, con discreción relativa, entablar conversación.

La dama contesta con monosílabos, y á veces con señas.

El de Pergamino, despechado, se aburre. En una estación, la enlutada mira con impaciencia por la ventanilla.

—¡Aquí, aquí!—grita de pronto;—Fernando, Adela, aquí...

Una pareja, también de luto, entra en el reservado: la enlutada del coche los abraza, sobre el pecho de la otra mujer llora, sofocando los sollozos.

El tren sigue su viaje. Despedida, abrazos otra vez, llanto...

Quedaron de nuevo solos la dama y el duque.

Pergamino, muerto de impaciencia, se aventura en el terreno de las posibles indiscreciones. Quiere saber á toda costa el origen de aquellas penas, la causa de aquel luto... Y obtiene fría, seca, irónica, entre lágrimas, esta breve respuesta:

—Soy la viuda del otro... del capitán Fernández.

 

 

 

 

 

 

XIII

 

 

 

 

 

 

L                 D        D  H      

 

 

 

 

 

 

Don Sinibaldo de Rentería había llegado por sus pasos contados, y sin deber los ascensos á intrigas ni aldabas, á ocupar el puesto de jefe en las oficinas de Hacienda en una provincia de primera clase.

 

No había mejor empleado en el ramo, y nada tenía que ver con su aptitud para el cargo la acalorada fantasía que Dios le había concedido. Dividía la vida en dos partes: de un lado los expedientes con toda su horrible realidad, apremios y embargos inclusive: de otro lado la loca de la casa, que hacía vivir á D. Sinibaldo en perpetua novela interior, en contínua hipótesis histórica. Porque él llamaba así á su manía invencible.

«En la hipótesis,—empezaba á pensar,—de que yo fuera esto y lo otro, y me sucediera tal cosa...»

Y seguía imaginando aventuras, incidentes, episodios, lugares, diálogos, actitudes; en fin, creando un mundo en que se enfrascaba, y á poco, ya tomaba por el único positivo. Esta transformación de la hipótesis en soñada realidad era involuntaria. En esto se parecía el Delegado de Hacienda á no pocos sabios que empiezan inventando también modestamente una hipótesis, y al cabo juran que es la verdad pura y que «no le mana, cañalla infame...», con todo lo demás que D. Quijote aseguraba de Dulcinea ó de la modesta Madasima. De su embelesamiento, de su universo fantástico, solía sacarle á D. Sinibaldo algún encuentro brusco con... una esquina, ó un pisotón de un mozo de cordel; y el soñador volvía al triste mundo de los demás, exclamando:

 

—Animal, ¡mire Ud. por dónde anda!

 

Sin ver que, por andar él por los espacios imaginarios, era por lo que le pisaba un humilde gallego. De esto hay mucho en la vida, y también en el don Quijote, al que la vida tanto se parece.

***

Veraneaba D. Sinibaldo Rentería en un puertecillo del mar Cantábrico, de playa hermosa, pero pérfida como la onda, y precisamente pérfida por las ondas y las disimuladas corrientes; peligrosa por el mal abrigo del Oeste, por donde, á veces, de pronto, venía bonitamente la galerna con todos sus horrores, sin anunciarse, y llegando con su furia casi á tierra, pues no había obstáculo que lo estorbase.

Más que en estas condiciones de la playa, había reparado Rentería, que si era gallo, no se le podía desechar por duro y viejo, en la hermosura de una señora, compañera de fonda y casada con un caballero que se pasaba la vida metido, no sé si en todo, pero por lo menos en los charcos, y que amaba el peligro, aunque todavía no había perecido en él. Aquel señor creía que no se era buen bañista si no se pasaba la temporada hecho un anfibio, y un esquimal por lo que toca á la comida. Todo el santo día, y madrugaba mucho, se lo pasaba descalzo de pie y pierna, metido en el agua, entre las peñas, ó bien en la playa corriendo sobre la arena, pero algo mar adentro como él decía. Pescaba todo lo que podía, arrancaba de las peñas las pobres lapas, con crueldad y constancia de hambriento, y como si no tuviera que meter en la boca en su casa, pasaba mil afanes por chuparle el jugo al mar, en forma de mariscos.

Este señor, una tarde se decidió á aventurarse y á pasar la mar, ó por lo menos darse por ella un paseo de algunas millas. Era toda una hazaña para aquellos bañistas de tierra adentro, que solían hacer personalmente del Océano, que en frente tenían, el mismo uso que del mar pintado en el foro de un escenario.

—No le aconsejaba D. Sinibaldo al Sr. Arenas, apellido del osado argonauta, que se lanzase al mar tenebroso aquel día, porque había oído él no sé que de contraste y turbonada y otros términos alarmantes.

 

El Sr. Arenas se embarcó, sin embargo, provisto de aparatos de pesca, de cien clases, y no oyó las súplicas de su mujer, á quien dejó, como una Ariadna de cabotaje, en poder, ó al cuidado, de aquellos señores que quedaban en la playa admirando el valor, no cívico, como dijo uno de ellos, sino....marítimo del pescador.....de cangrejos, no de perlas.

 

Rentería, con la imaginación loca de costumbre, hizo en seguida su novela correspondiente sobre el tema de cierto recóndito y pecaminoso deseo.

«En la hipótesis,—comenzó pensando,—de que ese Sr. Arenas se ahogue, aunque sea en poca agua; de que venga la galerna, y á él, con todos esos atrevidos nautas, los tumbe y sepulte en las amargas olas...» Y así prosiguió inventando mil peripecias, trágicas unas, otras altamente galantes, en que el se veía ya enamorando á la viuda, después de haber lamentado juntos la catástrofe...

Unos quince minutos llevarií D. Sinibaldo de soñar así, sentado en el suelo, junto á la orilla, cuando, no un pisotón de gallego, sino la furia del viento, cargado de agua y arena, vino á sacarle, en parte de su idilio elegíaco y criminal, derribándole cuan largo era. Levantóse, sintió que el sombrero se lo llevaba el aire, vióse envuelto por incómodo torbellino, y mirando en torno, vió solo una espesa niebla; y por la parte del mar, entre aquella obscuridad, distinguió rayas blancas y negras, que eran las olas lejanas, encrespadas: en la espuma de la cresta, como nieve, más abajo como tinta, ó por lo menos como obscurísima pizarra.

Oyó después, cerca, grandes gritos, lamentos, voces de socorro; y, cuando huyó aquella ráfaga y algo se aclaró el ambiente, distinguió Rentería, en el mar, la barca del temerario pescador próxima á zozobrar, allá, muy lejos, y por el viento y las olas impelida con fuerza y prisa hacia el Sudeste, esto es, hacia tierra; pero á gran distancia, en dirección de un paraje de la playa, que distaba no poco del sitio en que se había embarcado el mal aconsejado, es decir, bien aconsejado, pero testarudo náufrago .Vió D. Sinibaldo que una dama corría por la playa hacia la parte á que la lancha podía llegar, si antes no daba la tremenda voltereta, que parecía segura á cada brinco sobre el lomo de cada ola. Rentería, sin pensar lo que hacia, y volviendo á su novela, o, por lo menos, sin

 

volver del todo al mundo real, echo á correr tras la dama aquella, que no era otra que la viuda, como ya la llamaba el Delegado para sus adentros.

 

Toda la gente que había en la playa, ó los más, se encaminaron en la misma dirección, pero con menos prisa; de modo que la Sra. de Arenas sacó gran ventaja á todos muy pronto: y no poca les sacó D. Sinibaldo, que corría, corría, y medio aturdido por el viento, la fatiga, los torbellinos cargados de arena, iba soñando como si tuviese calentura, mezclando realidades y visiones.

Y mientras, con la lengua fuera, corría el buen señor, iba fraguando todo esto: Ya el tal Arenas había perecido allá, en la playa de tal (aquella en que estaban), mucho tiempo hacia; él, Rentería había recogido el cadáver del náufrago, había consolado á la viuda, la había obligado á agradecerle infinitos servicios, inestimables en los primeros momentos de apuro; su buena amistad había continuado, y pasado el año de luto, la viuda de Arenas y D. Sinibaldo contraían justas nupcias. Pero, como el cansancio y el viento llevaban medio reventado y molido al buen gallo, se sentía mal corriendo; fué á respirar fuerte y una punzada de dolor agudo en un lado le hizo exclamar: «¡Adios! Rosa (nombre de su señora ) ¿ves? ¡ya la pesqué, pulmonía segura!» Se ahogaba, «¡La disnea! ¡Este Madrid! ¿Por qué te empeñaste en que dejara mi vida de provincia y me viniera al Ministerio? ¡Vaya, pues, adiós, hija, porque ya ves... no respiro... me ahogo... sudo... se me doblan las piernas...

adiós... adiós... me muero... acuérdate de mí; no profanen la memoria de nuestro amor nuevas, para mí ilícitas relaciones...

 

adiós, mi Rosa! ...» Y se moría... Ya se había muerto; la prueba era que no se podía mover, que estaba en tierra mascando polvo ó arena... Sí, aquello era la tumba, el otro mundo... Pero, ¡oh terrible realidad! Se veía desde el otro mundo este pícaro que dejamos... Y se incorporó indignado, furioso, porque acababa de ver á su viuda, en persona, sin esperar á que pasara el año de luto, abrazando á otro hombre, sin duda al que escogía por tercer marido...

Y la pareja, unidos del brazo y haciendo extremos de alegría, se acercaba sonriente á D. Sinibaldo, para agradecerle la carrera que había dado por venir en socorro del Sr. Arenas, cuando el Delegado, incorporándose... como delirando, exclamó:

 

—¡Aparta, mujer pérfida! Has echado dos al hoyo, y todavía, sin recato, haces alarde de tus nuevos desvaneos, me presentas á tu tercer marido...

 

—Pero, ¿qué dice este hombre?—preguntó la dama.

El Sr. Arenas, lleno de caridad y prudencia, influído sin duda por el susto que acababa de pasar, pues había visto la muerte de cerca, dijo cortésmente:

—Sin duda la emoción que le ha causado nuestro peligro le ha transtornodo por un momento... Yo no soy el tercer marido de mi mujer, don Sinibaldo; míreme usted bien; soy Arenas, que se ha salvado de milagro...

—¿De modo... que... todos estamos vivos? Que sea enhorabuena. Dispensen ustedes: ¡esta pícara fantasía! ... ¡Qué barbaridad! ...¿Pues no creí... haberme muerto... de una pulmonía? ...

—Y reparando en sus indiscretas revelaciones, se puso muy colorado.

—¡Pero que novelero es Ud!—le dijo la ex viuda, también colorada; porque, menos atenta ya á otras cosas, ó más lista que su esposo, lo había comprendido todo.—Y como le estaba muy agradecida por el interés que había mostrado en el lance, miróle la señora de Arenas con ojos muy compasivos.—Sí, miró de arriba á abajo, sin disgusto, á su... segundo difunto.

No hay novela, por idealista que sea, que no tenga algo real.

 

 

 

 

 

 

XIV

 

 

 

 

 

 

E(                      

 

 

 

 

 

 

Rescoldo, ó mejor, la Pola de Rescoldo, es una ciudad de muchos vecinos; está situada en la falda Norte de una sierra muy fria, sierra bien poblada de monte bajo, donde se prepara en gran abundancia carbón de leña, que es una de las principales riquezas con que se industrian aquellos honrados montañeses. Durante gran parte del año, los polesos dan diente con diente, y muchas patadas en el suelo para calentar los pies; pero este rigor del clima no les quita el buen humor cuando llegan las fiestas en que la tradición local manda divertirse de firme. Rescoldo tiene obispado, juzgado de primera instancia, instituto de segunda enseñanza agregado al de la capital; pero la gala, el orgullo del pueblo, es el paseo de los Negrillos, bosque secular, rodeado de prados y jardines que el Municipio cuida con relativo esmero. Allí se celebran por la primavera las famosas romerías de Pascua, y las de San Juan y Santiago en el verano. Entonces los árboles, vestidos de reluciente y fresco verdor, prestan con el sombra á las cien meriendas improvisadas, y la alegría de los consumidores parece protegida y reforzada por la benigna temperatura, el cielo azul, la enramada poblada de pájaros siempre garrulos y de francachela. Pero la gracia está en mostrar igual humor, el mismo espíritu de broma y fiesta, y, más si cabe, allá, en Febrero, el miércoles de Ceniza, á media noche, en aquel mismo bosque, entre los troncos y las ramas desnudas, escuetas, sobre un terreno endurecido por la escarcha, á la luz rojiza de antorchas pestilentes. En general, Rescoldo es

 

pueblo de esos que se ha dado en llamar levíticos; cada día mandan allí más curas y frailes; el teatrillo que hay casi siempre está cerrado, y cuando se abre le hace la guerra un periódico ultramontano, que es la Sibila de Rescoldo. Vienen con frecuencia, por otoño y por invierno, misioneros de todos los hábitos, y parecen tristes grullas que van cantando lor guai per l'aer bruno.

 

Pasan ellos, y queda el terror de la tristeza, del aburrimiento que siembran, como campo de sal, sobre las alegrías é ilusiones de la juventud polesa. Las niñas casaderas que en la primavera alegraban los Negrillos con su cáchara y su hermosura, parece que se han metido todas en el convento; no se las ve como no sea en la catedral ó en las Carmelitas, en novenas y más novenas. Los muchachos que no se deciden á despreciar los placeres de esta vida efímera cogen el cielo con las manos y calumnian al clero secular y regular, indígena y transeunte, que tiene la culpa de esta desolación de honesto recreo.

Mas como quiera que esta piedad colectiva tiene algo de rutina, es mecánica, en cierto sentido; los naturales enemigos de las expansiones y del holgorio tienen que transigir cuando llegan las fiestas tradicionales; porque así como por hacer lo que siempre se hizo, las familias son religiosas á la manera antigua, así también las romerías de Pascua y de San Juan y Santiago se celebran con estrépito y y alegría, bailes, meriendas, regocijos al aire libre, inevitables ocasiones de pecar, no siempre vencidas desde tiempo inmemorial. No parecen las mismas las niñas vestidas de blanco, rosa y azul, que rien y bailan en los Negrillos sobre la fresca hierba, y las que en otoño y en invierno, muy de obscuro, muy tapadas, van á las novenas y huyen de bailes, teatros y paseos.

Pero no es eso lo peor, desde el punto de vista de los misioneros; lo peor es Antruejo. Por lo mismo que el invierno esta entregado á los levitas, y es un desierto de diversiones públicas, se toma el Carnaval como un oasis, y allí se apaga la sed de goces con ansia de borrachera, apurando hasta las heces la tan desacreditada copa del placer, que, según los frailes, tiene miel en los bordes y veneno en el fondo. En lo que hace mal el clero apostólico es en hablar á las jóvenes polesas del hastío que producen la alegría mundana, los goces materiales; porque las pobres muchachas siempre se quedan

 

á  media miel. Cuando más se están divirtiendo llega la ceniza... y, adiós concupiscencia de bailes, máscaras, bromas y algazara. Viene la reacción del terror... triste, y todo se vuelve sermones, ayunos, vigilias, cuarenta horas, estaciones, rosarios...

En Rescoldo, Antruejo dura lo que debe durar, tres días: domingo, lunes y martes; el miércoles de Ceniza nada de máscaras... se acabó Carnaval, memento homo, arrepentimiento y tente tieso...

 

¡pobres niñas polesas! Pero ¡ay! amigo, llega la noche... el último relámpago de locura, la agonía del pecado que da el último mordisco á la manzana tentadora, ¡pero qué mordisco! Se trata del entierro de la sardina, un aliento póstumo del Antruejo; lo más picante del placer, por lo mismo que viene después del propósito de enmienda, después del desengaño; por lo mismo que es fugaz, sin esperanza de mañana; la alegría en la muerte.

No hay habitante de Rescoldo, hembra ó varón que no confiese, si es franco, que el mayor placer mundano que ofrece el pueblo está en la noche del miércoles de Ceniza, al enterrar la sardina en el paseo de los Negrillos. Si no llueve ó nieva, la fiesta es segura. Que hiele no importa. Entre las ramas secas brillan en lo alto las estrellas; debajo, entre los troncos seculares, van y vienen las antorchas, los faroles verdes, azules y colorados; la mayor parte de las sábanas limpias de Rescoldo circulan por allí, sirviendo de ropa talar á improvisados fantasmas que, con largos cucuruchos de papel blanco por toca, miran al cielo empinando la bota. Los señoritos que tienen coche y caballos los lucen en tal noche, adornando animales y vehículos con jaeces fantásticos y paramentos y cimeras de quimérico arte, todo más aparatoso que precioso y caro, si bien se mira. Más á la luz de aquellas antorchas y farolillos, todo se transforma; la fantasía ayuda, el vino transporta, y el vidrio puede pasar por brillante, por seda el percal, y la ropa interior sacada al fresco por mármol de Carrara y hasta por carne del otro mundo. Tiembla el aire al resonar de los más inarmónicos instrumentos, todos los cuales tienen pretensiones de trompetas del Juicio final; y, en resumen, sirve todo este aparato de Apocalipsis burlesco, de marco extravagante para la alegría exaltada, de fiebre, de placer que se acaba, que se escapa. Somos ceniza, ha dicho por la mañana el cura, y... ya lo sabemos, dice Rescoldo en masa por la

 

noche, brincando, bailando, gritando, cantando, bebiendo, comiendo golosinas, amando á hurtadillas, tomando á broma el dogma universal de la miseria y brevedad de la existencia...

 

***

Celso Arteaga era uno de los hombres más formales de Rescoldo; era director de un colegio, y á veces juez municipal; de su seriedad inveterada dependía su crédito de buen pedagogo, y de éste dependían los garbanzos. Nunca se le veía en malos sitios; ni en tabernas, que frecuentaban los señoritos más finos, ni en la sala de juegos prohibidos en el casino, ni en otros lugares nefandos, perdición de los polesos concupiscentes.

Su flaco era el entierro de la sardina. Aquello de gozar en lo obscuro, entre fantasmas y trompeteo apocalíptico, desafiando la picadura de la helada, desafiando las tristezas de la Ceniza; aquel contraste del bosque seco, muerto, que presencia la romeria inverniza , como algunos meses antes veia, cubierto de verdor, lleno de vida, la romería del verano, eran atractivos irresistibles, por lo complicados y picantes, para el espíritu contenido, prudente, pero en el fondo apasionado, sonador, del buen Celso.

Solían agruparse los polesos, para cenar fuerte, el miércoles de Ceniza; familias numerosas que se congregaban en el comedor de la casa solariega; gente alegre de una tertulia que durante todo el invierno escotaban para contribuir á los gastos de la gran cena, traida de la fonda; solterones y calaveras viudos, casados ó solteros, que celebraban sus gaudeamus en el casino ó en los cafés; todos estos grupos, bien llena la panza, con un poquillo de alegría alcohólica en el cerebro, eran los que después animaban el paseo de los Negrillos, prolongando al aire libre las libaciones, como ellos decían, de la colación de casa. Celso, en tal ocasión, cenaba casi todos los años con los señores profesores del Instituto, el registrador de la propiedad y otras personas respetables. Respetables y serios todos, pero se alegraban que era un gusto; los más formales eran los más amigos de jarana en cuanto tocaban á emprender el camino del bosque, á eso de las diez de la noche, formando parte del cortejo del entierro de la sardina.

 

Celso, ya se sabía, en la clásica cena se ponía á medios pelos, pronunciaba veinte discursos, abrazaba á todos los comensales,

 

predicando la paz universal, la hermandad universal y el holgorio universal. El mundo, según él, debiera ser una fiesta perpetua, una semiborrachera no interrumpida, y el amor puramente electivo, sin trabas del orden civil, canónico ó pena ¡Viva la broma!—Y este era el hombre que se pasaba el año entero grave como un colchón, enseñando á los chicos buena conducta moral y buenas formas sociales, con el ejemplo y con la palabra.

***

Un año, cuando tendría cerca de treinta Celso, llegó el buen pedagogo á los Negrillos con tan solemne semiborrachera (no consentía él que se le supusiera capaz de pasar de la semi á la entera), que quiso tomar parte activa en la solemnidad burlesca de enterrar la sardina. Se vistió con capuchón blanco, se puso el cucurucho clásico, unas narices como las del escudero del Caballero de los Espejos y pidió la palabra, ante la bullanguera multitud, para pronunciar á la luz de las antorchas la oración fúnebre del humilde pescado que tenía delante de sí en una caja negra. Es de advertir que el ritual consistía en llevar siempre una sardina de metal blanco muy primorosamente trabajada; el guapo que se atrevía á pronunciar ante el pueblo entero la oración fúnebre, si lo hacía á gusto de cierto jurado de gente moza y alegre que le rodeaba, tenía derecho á la propiedad de la sardina metálica, que allí mismo regalaba á la mujer que más le agradase entre las muchas que le rodeaban y habían oído.

 

Gran sorpresa causó en el vecindario allí reunido que don Celso, el del colegio, pidiera la palabra para pronunciar aquel discurso de guasa, que exigía mucha correa, muy buen humor, gracia y sal, y otra porción de ingredientes. Pero no conocía la multitud á Celso Arteaga. Estuvo sublime, según opinión unánime; los aplausos frenéticos le interrumpían al final de cada periodo. De la abundancia del corazón hablaba la lengua. Bajo la sugestión de su propia embriaguez, Celso dejó libre curso al torrente de sus ansias de alegría, de placer pagano, de paraíso mahometano; pintó con luz y fuego del sol más vivo la hermosura de la existencia según natura, la existencia de Adán y Eva antes de las hojas de higuera: no salía del lenguaje decoroso, pero sí de la moral escrupulosa, convencional, como él la llamaba, con que tenían abrumado á

 

Rescoldo frailes descalzos y calzados. No citó nombres propios ni colectivos; pero todos comprendieron las alusiones al clero y á sus triunfos de invierno.

 

Por labios de Celso hablaba el más recóndito anhelo de toda aquella masa popular, esclava del aburrimiento levítico. Las niñas casaderas y no pocas casadas y jamonas, disimulaban á duras penas el entusiasmo que les producía aquel predicador del diablo. ¡Y lo más gracioso era pensar que se trataba de don Celso el del colegio, que nunca había tenido novia ni trapichoos!

Como á dos pasos del orador, le oía arrobada, con los ojos muy abiertos, la respiración anhelante, Cecilia Pla, una joven honestísima, de la más modesta clase media, hermosa sin arrogancia, más dulce que salada en el mirar y en el gesto; una de esas bellas que no deslumbran, pero que pueden ir entrando poco á poco alma adelante. Cuando llegó el momento solemnísimo de regalar el triunfante Demóstenes de Antruejo la joya de pesca á la mujer más de su gusto, á Cecilia se le puso un nudo en la garganta, un volcán se le subió á la cara; porque, como en una alucinación, vió que, de repente, Celso se arrojaba de rodillas á sus pies, y, con ademanes del Tenorio, le ofrecía el premio de la elocuencia, acompañado de una declaración amorosa ardiente, de palabras que parecían versos de Zorrilla... en fin, un encanto.

Todo era broma, claro; pero burla, burlando, ¡qué efecto le hacía la inesperada escena á la modestísima rubia, pálida, delgada y de belleza así, como recatada y escondida!

El público rió y aplaudió la improvisada pasión del famoso don Celso, el del colegio. Allí no había malicia, y el padre de Cecilia, un empleado del almacén de máquinas del ferrocarril, que presenciaba el lance, era el primero que celebraba la ocurrencia, con cierta vanidad, diciendo al público, por si acaso:

—Tiene gracia, tiene gracia... En Carnaval todo pasa. ¡Vaya con don Celso!

A la media hora, es claro, ya nadie se acordaba de aquello; el bosque de los Negrillos estaba en tinieblas, á solas con los murmullos de sus ramas secas; cada mochuelo en su olivo. Broma pasada, broma olvidada. La Cuaresma reinaba; el Clero, desde los

 

púlpitos y los confesonarios, tendía sus redes de pescar pecadores, y volvía lo de siempre: tristeza fría, aburrimiento sin consuelo.

 

***

Celso Arteaga volvió el jueves, desde muy temprano, á sus habituales ocupaciones, serio, tranquilo, sin remordimientos ni alegría. La broma de la víspera no le dejaba mal sabor de boca, ni bueno. Cada cosa en su tiempo. Seguro de que nada había perdido por aquella expansión de Antruejo, que estaba en la tradición más clásica del pueblo; seguro de que seguía siendo respetable á los ojos de sus conciudadanos, se entregaba de nuevo á los cuidados graves del pedagogo concienzudo.

Algo pensó durante unos días en la joven á cuyos pies había caído inopinadamente, y á quien había regalado la simbólica sardina. ¿Qué habría hecho de ella? ¿La guardaría? Esta idea no desagradaba al señor Arteaga. «Conocía á la muchacha de vista; era hija de un empleado del ferrocarril; vestía la niña de obscuro siempre y sin lujo; no frecuentaba, ni durante el tiempo alegre, paseos, bailes ni teatros. Recordaba que caminaba con los ojos humildes.» «Tiene el tipo de la dulzura», pensó. Y después: «Supongo que no la habré parecido grotesco», y otras cosas así. Pasó tiempo, y nada. En todo el año no la encontró en la calle más que dos ó tres veces. Ella no le miró siquiera, á lo menos cara á cara. «Bueno, es natural. En Carnaval como en Carnaval, ahora como ahora.» Y tan tranquilo.

Pero lo raro fué que, volviendo el entierro de la sardina, el público pidió que hablara otra vez don Celso, porque no había quien se atreviera á hacer olvidar el discurso del año anterior. Y Arteaga, que estaba allí, es claro, y alegre y hecho un hedonisia temporero, como decía el, no se hizo rogar... y habló, y venció, y... ¡cosa más rara! al caer, como el año pasado, á los pies de una hermosa, para ofrecerle una flor que llevaba en el ojal de la americana, porque aquel año la sardina (por una broma de mal gusto) no era metálica, sino del Océano, vió que tenía delante de sí á la mismísima Cecilia Pla de marras. «¡Qué casualidad! ¡pero qué casualidad! ¡pero qué casualidad!» repetían cuantos recordaban la escena del año anterior.

 

Y si era casualidad, porque ni Cecilia había buscado á Celso, ni Celso á Cecilia. Entre las brumas de la semi-borrachera pensaba él: «Esto ya me ha sucedido otra vez; yo he estado á los pies de esta muchacha en otra ocasión...»

***

Y al día siguiente, Arteaga, sin dejo amargo por la semi-orgia de la víspera, con la conciencia tranquila, como siempre, notó que deseaba con alguna viveza volver á ver á la chica de Pla, el del ferrocarril.

Varias veces la vió en la calle, Cecilia se inmutó, no cabía duda; sin vanidad de ningún género, Celso podía asegurarlo. Cierta mañana de primavera, paseando en los Negrillos, se tuvieron que tocar al pasar uno junto al otro; Cecilia se dejó sorprender mirando á Celso; se hablaron los ojos, hubo como una tentativa de sonrisa, que Arteaga saboreó con deliciosa complacencia.

Sí, pero aquel invierno Celso contrajo justas nupcias con una sobrina de un magistrado muy influyente, que le prometió plaza segura si Arteaga se presentaba á unas oposiciones á la judicatura. Pasaron tres años, y Celso, juez de primera instancia en un pueblo de Andalucía, vino á pasar el verano con su señora é hijos á Rescoldo.

Vió á Cecilia Pla algunas veces en la calle: no pudo conocer si ella se fijó en el ó no. Lo que sí vió que estaba muy delgada, mucho más que antes.

***

El juez llegó poco á poco á magistrado, á presidente de sala; y ya viejo, se jubiló. Viudo, y con los hijos casados, quiso pasar sus últimos años en Rescoldo, donde estaba ya para él la poca poesia que le quedaba en la tierra.

Estuvo en la fonda algunos meses; pero cansado de la cocina pseudo francesa, decidió poner casa, y empezó á visitar pisos que se alquilaban, En un tercero, pequeño, pero alegre y limpio, pintiparado para él, le recibió una solterona que dejaba el cuarto por caro y grande para ella. Celso no se fijó al principio en el rostro de la enlutada señora, que con la mayor amabilidad del mundo le iba enseñando las habitaciones.

 

Le gustó la casa, y quedaron en que se vería con el casero. Y al llegar á la puerta, hasta donde le acompañó la dama, reparó en ella; le pareció flaquísima, un espíritu puro; el pelo le relucía como plata, muy pegado á las sienes.

—Parece una sardina,—pensó Arteaga, al mismo tiempo que detrás de él se cerraba la puerta.

Y como si el golpe del portazo le hubiera despertado los recuerdos, don Celso exclamó:

—¡Caramba! ¡Pues si es aquella... aquella del entierro! ¿Me habrá conocido? ... Cecilia... el apellido era... catalán... creo... sí, Cecilia Prast... ó cosa así.

Don Celso, con su ama de llaves, se vino á vivir á la casa que dejaba Cecilia Pla, pues ella era en efecto; sola en el mundo.

Revolviendo una especie de alacena empotrada en la pared de su alcoba, Arteaga vió relucir una cosa metálica. La cogió... miró... era una sardina de metal blanco, muy amarillenta ya, pero muy limpia.

 

—¡Esa mujer se ha acordado siempre de mí!—pensó el funcionario jubilado con una íntima alegría que á él mismo le pareció ridícula, teniendo en cuenta los años que habían volado.

Pero como nadie le veía pensar y sentir, siguió acariciando aquellas delicias inútiles del amor propio retroactivo.

 

—Sí, se ha acordado siempre de mí; lo prueba que ha conservado mi regalo de aquella noche... del entierro de la sardina.

Y después pensó:

—Pero también es verdad que lo ha dejado aquí, olvidada sin duda de cosa tan insignificante... O ¿quién sabe si para que yo pudiera encontrarlo? Pero... de todas maneras... Casarnos, no, ridículo sería. Pero... mejor ama de llaves que este sargento que tengo, había de serlo...

Y suspiro el viejo, casi burlándose del prosaico final de sus románticos recuerdos.

¡Lo que era la vida! Un miércoles de Ceniza, un entierro de la sardina... y después la Cuaresma triunfante. Como Rescoldo, era el mundo entero. La alegría un relámpago; todo el año hastío y tristeza.

***

 

Una tarde de lluvia, fría, obscura, salía el jubilado don Celso Arteaga del Casino, defendiéndose como podía de la intemperie, con chanclos y paraguas.

 

Por la calle estrecha, detrás de él, vió que venía un entierro. —¡Maldita suerte!—pensó, al ver que se tenía que descubrir la

cabeza, á pesar de un pertinaz catarro.—¡Lo que voy á toser esta noche!—se dijo mirando distraído el féretro. En la cabecera leyó estas letras doradas: C. P. M. El duelo no era muy numeroso. Los viejos eran mayoría. Conoció á un cerero, su contemporáneo, y le preguntó el señor Arteaga:

—¿De quién es?

—Una tal Cecilia Pla... de nuestra época...¿no recuerda usted? —¡Ah, si!—dijo don Celso.

Y se quedó bastante triste, sin acordarse ya del catarro. Siguió andando entre los señores del duelo.

De pronto se acordó de la frase que se le había ocurrido la última vez que había visto á la pobre Cecilia.

«Parece una sardina.»

Y el diablo burlón, que siempre llevamos dentro, le dijo:

—Si, es verdad, era una sardina. Este es, por consiguiente, el entierro de la sardina. Ríete, si tienes gana.

 

 

 

 

 

 

XV

 

 

 

 

 

 

      

 

 

 

 

 

 

           

 

 

 

 

 

 

Voy muy pocas veces á Madrid, entre otras razones, porque le tengo miedo al clima. Después de tantos años de ausencia, he perdido ya en la corte la ciudadanía... climatológica (si vale hablar así, que lo dudo), bien ganada, illo tempore, en la alegre y descuidada juventud. Además....¿por qué negarlo? La presencia de

Madrid, ahora que me acerco á la vejez, me hace sentir toda la melancolía del célebre non bis in idem. No; no se es joven dos veces. Y Madrid era para mí la juventud; y ahora me parece otro...

 

que ha variado muy poco, pero que ha envejecido bastante. Marcos Zapata, ausente de Madrid también muchos anos, al volver hizo ya la observación de lo poquísimo que la corte varía. Es verdad; todo está igual... pero más viejo. Apolo y Fornos pueden ser símbolos de esta impresión que quiero expresar. Están lo mismo que entonces, pero, ¡qué ahumados!...

Hay una novela muy hermosa de Guy de Maupassant, en que un personaje, infeliz burgués vulgar, que no hace más que sentarse á la misma mesa de un café años y años, deja pasar así la vida, siempre igual. Pero un día se le ocurre mirarse en uno de aquellos espejos...

 

y es el mismo de siempre, pero ya es un pobre viejo. No pasó nada más... que el tiempo.

 

Madrid tiene para mí algo del personaje de Maupassant. Desde

 

luego reconozco que en esto habrá mucho de subjetivo...

***

Una de las cosas que más me entristecen en Madrid es la falta de los antiguos amigos. Han muerto algunos, pero no muchos; otros están ausentes; pero, los más, en Madrid residen. ¿Por qué no se les ve? Porque ya no son las golondrinas que alborotan en la plaza y que interrumpen á San Francisco; ya no son los peripatéticos que discuten á voces, azotacalles perennes del estrecho recinto en que se encierra el Madrid espiritual propiamente dicho. Algunos son personajes políticos, y tienen que darse cierto tono; otros se han refugiado en el hogar, desengañados de la Agora...Ello es que no los veo por ningún lado.

Y los antiguos maestros, aquellas lumbreras en que nuestra juventud creía, porque entonces no se había inventado esta división absurda y grosera de jóvenes y viejos; los grandes poetas, los grandes oradores, críticos, moralistas, eruditos, ¿dónde están.

Olvidados del gobierno del mundo y sus monarquias; calentando el cuerpo achacoso al calor de buena chimenea: rodeados de cien precauciones higiénicas: haciendo la vida monástica en un despacho, á que la edad nos irá condenando á todos. ¡Infeliz del viejo que no haya aprendido, antes de serlo, á estar solo muy á su gusto!

Sí; casi todos los maestros son ya viejos; salen poco... ¡Qué tristeza!

Una de las mayores.

Mas, para mí, un consuelo visitarlos.

Cuando hago examen de conciencia y veo mi pequeñez, mis defectos, una de las cosas menos malas que veo en mí, una de las poquísimas que me inclinan á apreciarme todavía un poco, moralmente, es el arraigo de la veneración sincera que siento y he sentido siempre respecto de los hombres ilustres á quienes debe algo mi espíritu.

Como á mis lugares sagrados, solía yo ir, al verme en Madrid, peregrino siempre triste, á casa de Campoamor... que ya no gusta de visitas; de Castelar (que hemos perdido), de Giner, de Valera, de Balart...

 

***

 

Y de este otro señor, el señor X, que no es nadie y es quien ustedes quieran. Otro maestro. Vivía en un barrio allá muy lejos, casi más cerca de Toledo ó de Guadalajara que de la puerta del Sol.

 

Quiero hablar de las últimas visitas que le hice. Fué de noche. No me esperaba. Es soltero; vive con una doncella de su madre, que es hoy una anciana muy sorda y que debe considerar á los discípulos de su amo como enemigos que no quiere en su casa. Antonia, así la llama, es como Zarathustra, según Nietzsche, recelosa respecto de los que piensan entrar en el apostolado de su amo de ella; amo pero no maestro, porque Antonia no debe de tener escuela filosófica ni literaria.

Sabe Antonia, vagamente, que su señor vale mucho, por cosas que ella no puede comprender; sabe que los papeles le han puesto mil veces en los cuernos de la luna; que ha sacado de su cabeza unos libros muy buenos que le han dado algunas pesetas, pocas... y mucha honra y muchos disgustos. Y sabe que todo ello no le ha servido para medrar, para hacerse rico, ni para tener influencia en la política, ni con el obispo, ni en Palacio, ni en parte alguna de esas donde se hacen los favores gordos. Visitas, antiguamente, muchas, pero de gente de poco pelo, que traían libros de regalo,—¡libros!— que es lo mismo que si la trajeran á Antonia polvo y lodo de la calle. ¡Libros! Lo que sobra en la casa, lo que á ella la tiene loca, porque no sabe ya donde ponerlos. Ya no hay sitio en mesas, armarios y hasta sillas más que para los libros; y ellos atraen los ratones, y crían polvo, telarañas... ¡horror! Y después, la gracia de que el amo no lee casi nunca esos tomos que le regalan, sino otros muchos que el compra muy caros. «Los que hacen los libros que á mí me estorban y que el señor no lee», estos son para Antonia la mayor parte de los señoritos que se cuelgan del timbre. ¡Deben ser tan poca cosa! Además, cuando el amo se guarda de ellos, y miente, como si no hubiera Dios, para disculparse y no recibirlos, por algo será... No; ni los libros ni los que los traen le dan alegría ni nada bueno al señor... Está triste, sale poco, cada vez menos. Si escribe, ella le ve la cara llena de angustia; si medita, lo mismo. Sólo cuando lee con afán algunos de aquellos libros caros, que él compra, es cuando le nota, á veces, sereno, de veras entretenido, á veces casi

 

casi sonriente. ¿Qué dirán aquellos señores, que hasta al amo le gusta lo que dicen? Deben de ser gente lista, de buen trato, sí; pero esos... son justamente los que nunca le vienen á ver.

 

***

Más ¡oh contrasentidos misteriosos del corazón humano que ni siquiera Antonia se explica! La buena ama de llaves nota de algunos años acá, sin querer dar importancia al hecho, que las visitas importunas van escaseando; que cada día se olvidan más aquellos discípulos, antes pegajosos, del pobre maestro: y Antonia, á regañadientes, siente el desaire; ve en él no sabe que síntoma de vejez, de abandono. También comprende, por muchas señales, que poco á poco el amo se va apartando más de aquella vida de impresiones que le traían los papeles y los amigos y sus salidas frecuentes y á deshora... Y no hay disgustos de aquellos que él se comía, pero que ella adivinaba. Calma, eso sí; mucha, demasiada; así como de mal agüero.

Y á pesar de esto, Antonia, así como por tesón, por orgullo de artista—que tiene ella por su amo,—cuando llega á la puerta algún raro admirador, lo recibe con ceño, disimulando la simpatía y el agradecimiento que le inspira la fidelidad de aquel hombre, á quien sin embargo trata con el mismo rigor de que antes usaba espontáneamente.

El ceño y los malos modos de Antonia quieren decir en el fondo: «Ya sabemos que se nos olvida. ¿Y qué? Poco nos importan las vanidades de la gloria; aquí no necesitamos á nadie... Gracias, de todos modos, por la atención; pero conste que ya no nos da frío ni calor nada de cuanto pueda llegar por esa puerta...»

***

¿Cómo pude yo averiguar todos estos pensares de Antonia? Hablando con ella, largo y tendido, una tarde en que fuí á ver á X, cuando él, positivamente, no estaba en casa. La criada me recibió al, como á todos; pero cuando dije mi nombre, cambio de humor de repente. El amo le había anunciado una visita, y la necesidad de tratarme con amabilidad excepcional, porque yo no era uno que llevaba libros, sino un amigo verdadero. En fin, mucho bueno le debió decir de mi el amo á la criada, porque ella me hizo entrar en el despacho, me obligó á esperar al señor media hora, que llenamos

 

con amable, intima conversación. El cariño de Antonia á su señor le hizo comprender que yo le quería también como ella, y que también me daba pena verle aislarse, huir de la actividad exterior, dejar que el mundo frívolo le olvidara, porque él no lo buscaba con reclamos.

Y así fué que la noche que X me recibió en su casa, ya sabía yo mucho de su estado de alma por el reflejo de Antonia.

***

No me hizo pasar X á su despacho, sino á una modesta habitación cuadrada, sin pintura ni libros, ni bibelots, ni más muebles que los necesarios. El único lujo allí consistía en murallas de telas y paño para no dejar que entrase el frío. Silencio y calor parecía ser el ideal á que se aspiraba allí dentro. En una butaca, más echado que sentado, con los piés envueltos en una manta, que casi se quemaba en un brasero de bronce, metido en caja de roble, X leía un tomo de La leyenda de los siglos, de Víctor Hugo.

—¿Eh, qué atrasado verdad?—me dijo.—¡Si me viera un modernista! ¡Víctor Hugo!—y sonreía, con ironía muda, venenosa.— No,—prosiguió.—Ya sé que usted no es de esos; cuando estuve en su pueblo, y en su casa, ausente usted, ví que en su gabinete de trabajo no tenía usted más que tres retratos; el de la torre de la catedral de su ciudad querida, el de su hijo... y el de Víctor Hugo...

 

La moda... la moda, en Arte, muchas veces no es más que una frialdad y una ingratitud. Nuestra gente modernísima, por tendencia materialista en parte, y en parte para disimular su ignorancia, hace alarde de no tener memoria. Y... ya lo sabe usted; un gran filósofo moderno—no modernista—por la memoria nos revela el espíritu. Lo presente es del cuerpo, el recuerdo del alma. Doctrina profunda...

Después, creyendo que todo aquello era hablar de sí mismo, en el fondo, quiso cambiar de asunto y hablar de mis cosas.

—Ya veo, ya veo que usted sigue luchando en veinte periódicos... Hace usted bien... Eso supone cierta fe. En cambio no hace usted libros... también hace usted bien. Yo tampoco hago libros son inútiles. No los leen. No los saben leer. Los artículos sí; se leen...

 

pero tampoco se entienden. Ya no los escribo yo tampoco... porque no creo en su eficacia. Y buena falta me hace cobrar unas cuantas pesetas... pero ni por esas. No escribo. Mire usted; entre enseñar cosas del alma á gente que no la tiene y empeñar un colchón,

 

prefiero empeñar el colchón. Gasta menos el espíritu... aunque algo lo gasta también... Hasta hace poco, en vez de artículos escribía cartas á los amigos íntimos, capaces de entender; tres ó cuatro. Ahora ya, ni eso; porque, por las contestaciones, veía que no les enseñaba nada nuevo; pensaban lo mismo, sentían lo mismo. Me devolvían mis tristezas en otro estilo y con otra clase de erudición...

 

Así es que ahora, ni cartas. Nada... Nada más que leer... y calentarme los piés, no los cascos... ¿Ha leído usted los versos de Taine á sus gatos? ¡Pocas veces fué tan filósofo de veras el gran crítico como en esos versos!... Ya sé, ya sé que ciertos gusanos literarios me ponen en la lista de sus muertos y me entierran con Valera, Balart, Campoamor... ¡No es mal panteón!... pero sepan los tales modernistas que yo no soy un muerto de ellos, sino mio. Me he pagado el entierro. Y no soy un enterrado de actualidad. ¡No; soy un Ramsés II, todo un Sesostris! Este ya es mi único orgullo; ser un muerto antiguo, una momia... y mi derecho... el de la muerte también... ¡Que no me anden con los huesos!...

Y al despedirme, incorporándose, me decía:

—Adiós, buen amigo. Dígale usted al mundo que ha visto la momia de Sesostris... en la actitud en que le sorprendió la muerte, hace miles de anos...¡leyendo á Víctor Hugo!

***

Cuando salí, en el recibimiento, la sonrisa triste y benévola de

Antonia me repitió, á su modo, cuanto su amo acababa de decirme.

 

En rigor, todo lo que me dijo X no fué más que cuanto yo había

adivinado la tarde anterior hablando con su ama de llaves.

Con otro estilo y otra erudición, como decía, las mismas tristezas.

 

 

 

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