© Libro N° 8606. El Gallo De Sócrates. Alas Clarin, Leopoldo. Emancipación. Mayo 15 de
2021.
Título
original: © El Gallo De Sócrates. Leopoldo
Alas Clarin
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Clarin
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Leopoldo Alas Clarin
El Gallo De Sócrates
Leopoldo Alas Clarin
Cubierta
Portada
Preliminares
El gallo de Sócrates
EL GALLO DE SÓCRATES. I
EL REY BALTASAR. II
TIRSO DE MOLINA. III
EL CRISTO DE LA VEGA. DE RIBADEO. IV
UN VOTO. V
LA MEDICA. VI
EL PECADO ORIGINAL. VII
EL SOMBRERO DEL SEÑOR CURA. VIII DOS SABIOS. IX
EN LA DROGUERIA. X
APRENSIONES. XI
EN EL TREN. XII
LA FANTASIA DE UN DELEGADO DE HACIENDA. XIII EL
ENTIERRO DE LA SARDINA. XIV REFLEJO. XV
Notas
Acerca de esta edición
Enlaces relacionados
Critón, después de cerrar la boca y los ojos al
maestro, dejó á los demás discípulos en torno del cadáver, y salió de la
cárcel, dispuesto á cumplir lo más pronto posible el último encargo que
Sócrates le había hecho, tal vez burla burlando, pero que él tomaba al pie de
la letra en la duda de si era serio ó no era serio. Sócrates, al espirar,
descubriéndose, pues ya estaba cubierto para esconder á sus discípulos, el
espectáculo vulgar y triste de la agonía, había dicho, y fueron sus últimas
palabras:
—Critón, debemos un gallo á Esculapio, no te
olvides de pagar esta deuda.—Y no habló más.
Para Critón aquella recomendación era sagrada: no
quería analizar, no quería examinar si era más verosímil que Sócrates sólo
hubiera querido decir un chiste, algo irónico tal vez, ó si se trataba de la
última voluntad del maestro, de su último deseo. ¿No había sido siempre
Sócrates, pese á la calumnia de Anito y Melito, respetuoso para con el culto
popular, la religión oficial? Cierto que les daba á los mitos (que Critón no
llamaba así, por supuesto) un carácter simbólico, filosófico muy sublime é
ideal; pero entre poéticas y trascendentales paráfrasis, ello era que respetaba
la fe de los griegos, la religión positiva, el culto del Estado. Bien lo
demostraba un hermoso episodio de su último discurso, (pues Critón notaba que
Sócrates á veces, á pesar de su sistema de preguntas y respuestas se olvidaba
de los interlocutores, y hablaba largo y tendido y muy por lo florido).
Había pintado las maravillas del otro mundo con
pormenores topográficos que más tenían de tradicional imaginación que de
rigurosa dialéctica y austera filosofía.
Y Sócrates no había dicho que el no creyese en todo
aquello, aunque tampoco afirmaba la realidad de lo descrito con la obstinada
seguridad de un fanático; pero esto no era de extrañar en quien, aún respecto
de las propias ideas, como las que había expuesto para defender la inmortalidad
del alma, admitía con abnegación de las ilusiones y del orgullo, la posibilidad
metafísica de que las cosas no fueran como él se las figuraba. En fin, que
Critón no creía contradecir el sistema ni la conducta del maestro, buscando
cuanto antes un gallo para ofrecérselo al dios de la Medicina.
Como si la Providencia anduviera en el ajo, en
cuanto Critón se alejó unos cien pasos de la prisión de Sócrates, vió, sobre
una tapia, en una especie de plazuela solitaria, un gallo rozagante, de
espléndido plumaje. Acababa de saltar desde un huerto al caballete de aquel
muro, y se preparaba á saltar á la calle. Era un gallo que huía; un gallo que
se emancipaba de alguna triste esclavitud.
Conoció Critón el intento del ave de corral, y
espero á que saltase
á la plazuela
para perseguirle y cogerle. Se le había metido en la cabeza (porque el hombre,
en empezando á transigir con ideas y sentimientos religiosos que no encuentra
racionales, no para hasta la superstición más pueril) que el gallo aquel, y no
otro, era el que Esculapio, ó sea Asclepies, quería que se le sacrificase. La
casualidad del encuentro ya lo achacaba Critón á voluntad de los dioses.
Al parecer, el gallo no era del mismo modo de
pensar; porque en cuanto notó que un hombre le perseguía comenzó á correr
batiendo las alas y cacareando por lo bajo, muy incomodado sin duda.
Conocía el bípedo perfectamente al que le perseguía
de haberle visto no pocas veces en el huerto de su amo discutiendo sin fin
acerca del amor, la elocuencia, la belleza, etc., etc.; mientras él, el gallo,
seducía cien gallinas en cinco minutos, sin tanta filosofía.
«Pero buena cosa es, iba pensando el gallo,
mientras corría y se disponía á volar, lo que pudiera, si el peligro arreciaba;
buena cosa es que estos sabios que aborrezco se han de empeñar en tenerme por
suyo, contra todas las leyes naturales, que ellos debieran
conocer. Bonito fuera que después de librarme de la
inaguantable esclavitud en que me tenía Gorgias, cayera inmediatamente en poder
de este pobre diablo, pensador de segunda mano y mucho menos divertido que el
parlanchín de mi amo.»
Corría el gallo y le iba á los alcances el
filósofo. Cuando ya iba á echarle mano, el gallo batió las alas, y, dígase de
un vuelo, dígase de un brinco, se puso, por esfuerzo supremo del pánico, encima
de la cabeza de una estatua que representaba nada menos que Atenea.
—Oh, gallo irreverente!—gritó el filósofo, ya
fanático inquisitorial, y perdónese el anacronismo.—Y acallando con un sofisma
pseudo-piadoso los gritos de la honrada conciencia natural que le decía: «no
robes ese gallo,» pensó: «Ahora sí que, por el sacrilegio, mereces la muerte.
Serás mío, irás al sacrificio.»
Y el filósofo se ponía de puntillas; se estiraba
cuanto podía, daba saltos cortos, ridículos; pero todo en vano.
—¡Oh, filósofo idealista, de imitación!—dijo el
gallo en griego digno del mismo Gorgias;—no te molestes, no volarás ni lo que
vuela un gallo. ¿Qué? ¿Te espanta que yo sepa hablar? Pues ¿no me conoces? Soy
el gallo del corral de Gorgias. Yo te conozco á tí. Eres una sombra. La sombra
de un muerto. Es el destino de los discípulos que sobreviven á los maestros.
Quedan acá, á manera de larvas, para asustar á la gente menuda. Muere el
soñador inspirado y quedan los discípulos alicortos que hacen de la poética idealidad
del sublime vidente una causa más del miedo, una tristeza más para el mundo,
una superstición que se petrifica.
—¡Silencio, gallo! En nombre de la Idea de tu
género, la naturaleza te manda que calles.»
—Yo hablo, y tú cacareas la Idea. Oye, hablo sin
permiso de la Idea de mi género y por habilidad de mi individuo. De tanto oir
hablar de Retórica, es decir, del arte de hablar por hablar, aprendí algo del
oficio.
—¿Y pagas al maestro huyendo de su lado, dejando su
casa, renegando de su poder?
—Gorgias es tan loco, si bien más ameno, como tú.
No se puede vivir junto á semejante hombre. Todo lo prueba; y eso aturde,
cansa. El que demuestra toda la vida, la deja hueca. Saber el por qué de
todo es quedarse con la geometría de las cosas y
sin la substancia de nada. Reducir el mundo á una ecuación es dejarlo sin pies
ni cabeza. Mira, vete, porque puedo estar diciendo cosas así setenta días con
setenta noches: recuerda que soy el gallo de Gorgias, el sofista.
—Bueno, pues por sofista, por sacrílego y porque
Zeus lo quiere, vas á morir. ¡Date!
—¡Nones! No ha nacido el idealista de segunda mesa
que me ponga la mano encima. Pero, ¿á que viene esto? ¿Qué crueldad es esta?
¿Por qué me persigues?
—Porque Sócrates al morir me encargó que
sacrificara un gallo á Esculapio, en acción de gracias porque le daba la salud
verdadera, librándole por la muerte, de todos los males.
—¿Dijo Sócrates todo eso?
—No; dijo que debíamos un gallo á Esculapio.
—De modo que lo demás te lo figuras tú.
—¿Y qué otro sentido, pueden tener esas palabras?
—El más benéfico. El que no cueste sangre ni cueste
errores. Matarme á mí para contentar á un dios, en que Sócrates no creía, es
ofender á Sócrates, insultar á los Dioses verdaderos... y hacerme
á mí, que si
existo, y soy inocente, un daño inconmensurable; pues no sabemos ni todo el
dolor ni todo el perjuicio que puede haber en la misteriosa muerte.
—Pues Sócrates y Zeus quieren tu sacrificio.
—Repara que Sócrates habló con ironía, con la
ironía serena y sin hiel del genio. Su alma grande podía, sin peligro,
divertirse con el juego sublime de imaginar armónicos la razón y los ensueños
populares. Sócrates, y todos los creadores de vida nueva espiritual, hablan por
símbolos, son retóricos, cuando, familiarizados con el misterio, respetando en
él lo inefable, le dan figura poética en formas. El amor divino de lo absoluto
tiene ese modo de besar su alma. Pero, repara cuando dejan este juego sublime, y
dan lecciones al mundo, cuan austeras, lacónicas, desligadas de toda inútil
imagen con sus máximas y sus preceptos de moral.
—Gallo de Gorgias, calla y muere.
—Discípulo indigno, vete y calla; calla siempre.
Eres indigno de los de tu ralea. Todos iguales. Discípulos del genio, testigos
sordos y
ciegos del sublime soliloquio de una conciencia
superior; por ilusión suya y vuestra, creéis inmortalizar el perfume de su
alma, cuando embalsamáis con drogas y por recetas su doctrina. Hacéis del
muerto una momia para tener un ídolo. Petrificáis la idea, y el sutil
pensamiento lo utilizáis como filo que hace correr la sangre. Sí; eres símbolo
de la triste humanidad sectaria. De las últimas palabras de un santo y de un
sabio sacas por primera consecuencia la sangre de un gallo. Si Sócrates hubiera
nacido para confirmar las supersticiones de su pueblo, ni hubiera muerto por lo
que murió, ni hubiera sido el santo de la filosofía. Sócrates no creía en
Esculapio, ni era capaz de matar una mosca, y menos un gallo, por seguirle el
humor al vulgo.
—Yo á las palabras me atengo. Date...
Critón busco una piedra, apunto á la cabeza, y de
la cresta del gallo salió la sangre...
El gallo de Gorgias perdió el sentido, y al caer
cantó por el aire, diciendo:
—¡Quiquiriquí! Cúmplase el destino; hágase en mí
según la voluntad de los imbéciles.
Por la frente de jaspe de Palas Atenea resbalaba la
sangre del gallo.
II
E( R B
I
Don Baltasar Miajas llevaba de empleado en una
oficina de Madrid más de veinte años; primero había tenido ocho mil reales de
sueldo, después diez, después doce y después... diez; porque quedó cesante, no
hubo manera de reponerle en su último empleo, y tuvo que contentarse, pues era
peor morirse de hambre, en compañía de todos los suyos, con el sueldo
inmediato... inferior.— ¡Esto me rejuvenece!—decía con una ironía inocentísima;
humillado, pero sin vergüenza, porque «él no había hecho nada feo» y á los Catones
de plantilla que le aconsejaban renunciar el destino por dignidad, les
contestaba con buenas palabras, dándoles la razón, pero decidido á no dimitir,
¡qué atrocidad! Al poco tiempo, cuando todavía algunos compañeros, más por
molestarle que por espíritu de cuerpo, hablaban con indignación del «caso
inaudito de Miajas,» el interesado ya no se acordaba de querer mal á nadie por
causa del bajón de marras, y estaba con sus diez mil como si en la vida hubiese
tenido doce.
Otras varias veces hubo tentativas de dejarle
cesante, por no tener padrinos, aldabas, como decía él con grandísimo respeto;
pero no se consumaba el delito; porque, á falta de recomendaciones de
personajes, tenía la de ser necesario en aquella mesa que él
manejaba hacía tanto tiempo. Ningún jefe quería
prescindir de él y esto le valió en adelante, no para ascender, que no
ascendía, sino para no caer. Sin embargo, no las tenía todas consigo, y á cada
cambio de ministerio se decía: «¡Dios mío! ¡Si me bajarán á ocho!»
Por lo demás, no pensaba en la cosa pública más que
cuando había crisis. Hasta que los chicos anunciaban por las calles: «¡El
extraordinario con la caída del Ministerio!» don Baltasar no se acordaba de que
había Estado, ni gobierno, ni intereses públicos en el mundo. Y no era que no
comprase todas las noches, al retirarse, su periódico. Pero no era por la
política: era por las charadas, los acertijos, anagramas, etc., etc.
Se metía en casa, y rodeado de su mujer y de sus
tres hijos, dos varones y una hembra, pequeñuelos todavía, se entregaba á las
dulzuras del hogar, de las zapatillas suizas, y de la sección amena de su
periódico. No aborrecía el mundo, no era misántropo; pero no estaba á gusto más
que entre los suyos, que eran la familia de que va hecho mérito, y unos
cincuenta tiestos con flores, y veinte pájaros que tenía y cuidaba en un
estrechísimo terrado, á que le daba derecho su cuarto piso con honores de
guardilla. Era en la calle de Ferraz; desde aquella altura disfrutaba la vista
de un panorama que le parecía asombroso, sobre todo por el silencio, por la
soledad, por la luz esplendorosa y por el aire puro. Allí no venía á
interrumpirle en sus contemplaciones de anacoreta lego ó de bramán sin
cavilaciones, más bicho viviente que éste ó el otro gato, que se le quedaba
mirando, también perezoso, también soñador y amigo de aquella soledad en la
altura.
Miajas bajaba al mundo pensando en sus flores, sus
aves y sus hijos; se enfrascaba en los expedientes con la afición que le había
ido dando el amor al cumplimiento exacto del deber, y de todo lo demás que le
rodeaba allá abajo no se daba cuenta siquiera. Como donde él vivía de veras,
con toda el alma, era en su cuarto piso, en su terrado principalmente, las
calles, la oficina, los paseos, todo le parecía metido en un pozo rastrero,
ahogado... in inferis—¡Sursum corda! le gritaba el pecho, aunque no en latín; y
en cuanto podía, ¡arriba! ¡al terrado! La impureza del aire de abajo era para
Miajas una preocupación constante; creía deber la salud al aire puro de su
retiro empingorotado. Cuando oía hablar de las prevaricaciones y
manos puercas de muchos sujetos, algunos compañeros
suyos, y pensaba con orgullo, en su inmaculada honradez, en su probidad segura,
achacaba la diferencia por asociación de ideas, ó mejor de imágenes, á la
impureza del aire que se respiraba allá abajo. Se le figuraba que aquellas
pobres gentes que casi nunca se codeaban con los gatos allá por las nubes, que
no recibían, horas y horas, los soplos del aire puro, cerca del cielo, bajo
torrentes de luz, en atmósfera transparente, se iban llenando de microbios morales
que producían aquellas debilidades de conciencia, aquellas tristes caídas.
Pero, en general, pensaba muy poco en todo esto. No le importaba lo que hacían
los demás, y tampoco dedicaba mucho tiempo á recordar los propios méritos y
servicios. Así, que casi tenía olvidadas ciertas visitas que le habían hecho
illo tèmpore, en su humilde guardilla disimulada, ilustres personajes de la
política y del foro. Dos habían sido los señorones que habían venido á pedir
algo al pobre Miajas á tales alturas.
La oficina de don Baltasar era muy importante
porque en ella se despachaban asuntos de muchísimo dinero, y como, en último
resultado, el que entendía y en realidad resolvía las arduas cuestiones de
minas ó cosa así de que se trataba, era don Baltasar, y solo él; los que
entendían de veras la aguja de marear querían y procuraban tenerlo de su parte;
pues aún suponiendo que más arriba se quisiera atender más al favor que á la
justicia y á la ley, mucho era, y en ocasiones indispensable, contar con el
informe de aquel perito incorruptible. Una emperatriz ó cosa así, tenía
grandísimos intereses en cierto negocio famoso, y era, abogado y principal
agente de la ilustre dama un santón político de los primeros, muy popular,
elocuente... y largo. No se anduvo en chiquitas; con sus aires democráticos,
subió al cuarto piso de Miajas, y entre bromitas, confianzas, promesas y
veladísimas amenazas procuró ganar el ánimo del modestísimo empleado de diez
mil reales, de quien ¡oh, escándalo! en realidad dependía aquel asunto que
importaba tantos millones.—Pero ¡ay, amigo! que el ilustre prócer no tenía
razón; y Miajas, avergonzado, sintiéndolo infinito, como si cometiera un delito
de lesa majestad ó por lo menos de lesa soberanía nacional... dijo nones, y el
señor aquél, elocuentísimo, jefe de partido, casi árbitro de los destinos del
país,
en ocasiones, tuvo que bajar el ciento y pico de
escaleras, lo mismo que las había subido, sin sacar nada en limpio, porque allí
no se podía hacer nada sucio.—Este triunfo no dejaba de halagar á don Baltasar,
más que por el mérito de su honrada resistencia, por el honor de haber tenido
en su casa, y suplicándole en vano y tratando de convencerle á tan conspicuo
personaje. Sin embargo, se le mezclaba esta satisfacción con el remordimiento
de no haber podido complacer á una eminencia como aquella, y también tenía
cierto escozor que era así como vagos temores de que algún día aquel prócer se
vengará dejándole cesante, ó por lo menos... bajándole á ocho.
La otra visita fué de otro santón no menos ilustre
é influyente, también demócrata y que era un especialista en materias de
conciencia. Cuando él, en un discurso decía: ¡Mi conciencia! Parecía decir:
¡Mis pergaminos! Pues él también andaba en cosas de minas, y también subió las
cien escaleras y pico. Pero éste hizo ante todo grandes protestas de la pureza
de sus intenciones; con toda sinceridad mostraba el gran disgusto que tenía
solo con pensar que don Baltasar pudiera creer que venía á sobornarle, á deslumbrarle...
Venía á convencerle; no tenía que esperar Miajas ni premio ni castigo,
resolviese lo que quisiera. Se hablaba á su convicción y nada más. Y el señor
de la conciencia sacó unos papelitos y los leyó; y discutieron él y Miajas, y
después de dos horas, con la mayor naturalidad, don Baltasar declaró que aquel
ilustre prohombre tenía razón, que la ley estaba con él y que el negociado
informaría, si á el se le hacía caso, como pedía el insigne caballero, que de
resultas se ganaría acaso millones. Y se fué el señor rectísimo, dejando á
Miajas los papelitos aquellos, con su firma, y no volvió en la vida; ni el
empleado de diez mil reales le debió jamás favor alguno ni se lo encontró cara
á cara otra vez. No importaba: él guardaba como un tesoro los papelitos y sin
decírselo
á nadie,
saboreaba el orgullo de haber tenido ante sí, tan fino, tan amable, al hombre
más severo de España, al Catón más tieso de la Península. Pero después de algún
tiempo fué olvidando la aventura y por fin ya disfrutaba de la contemplación de
la propia honradez como de una cosa muy insípida, sin mérito grande, aunque
indispensable. Estaba dispuesto á morir de hambre antes que á
prevaricar en lo más insignificante. Pero el placer
de este estado de alma era ya para el muy inferior al que le proporcionaba la
solución de un jeroglífico.
II
Si aquellos señorones ilustres jamás hicieron nada
bueno ni malo á don Baltasar; si el prócer de la conciencia no tuvo la
amabilidad de mandarle siquiera unos cartuchos de dulces á los hijos de Miajas,
no se portaron así el año de gracia de
... los dos ricachos americanos que habían sacado de pila,
respectivamente, al hijo mayor Carlos y á la hija Pepilla.
El día de Reyes, muy tempranito, los chicos se
encontraron en el terrado sendos juguetes de todo lujo; él, guerrero indomable,
con uniforme de teniente de caballería, con todas las armas y galones que eran
de ordenanza; ella, una casa puesta para un matrimonio de porcelana, con ama de
cría y un chiquitín y dos criadas, una de ellas negra. Era una maravilla. El
entusiasmo de aquellos niños pobres, que otros años se contentaban con una caja
de pinturas de peseta y una pepona de precio semejante, no tuvo límites... ni
entrañas. A Marcelo, el hijo segundo, el más cariñoso, más aplicado y más
metido por los mimos de su padre, los Reyes... no le habían traído nada, porque
nada era un cartucho de dulces que se encontró al lado de los soberbios
juguetes. Pues bien, Pepilla y Carlos, no tuvieron lástima, ni siquiera
delicadeza, y delante de su hermano, sin padrino rico, ni pobre, porque lo
habían sido un su abuelo, ya difunto, hicieron alarde de su riqueza, de su
suerte escandalosa, de su alegría insolente. Los niños son así, ya lo dijo
Víctor Hugo pintando el tormento de un sapo. ¿Cómo á don Baltasar no se le
ocurrió remediar aquella injusticia de la suerte? No supo nada á tiempo. El
encargado de dar la sorpresa fué un muchacho, que, con el mayor sigilo, de
parte de los ricachos americanos, dejó de noche,
con pretexto de una visita, en el terrado, los
regalos aquellos con tarjetas en que se leía: «A Pepilla—Gaspar,» y «A
Carlitos— Melchor.» El cartucho de dulces de Marcelo era uno de los tres que su
madre había comprado, porque aquel año el presupuesto de los Miajas andaba
apuradísimo, y la noche anterior, la del
al , el matrimonio, con profunda tristeza, resignado, había resuelto,
después de melancólica deliberación, que era una locura gastar aquel año en
juguetes, por modestos que fueran, cuando no había apenas para garbanzos ni
para remendar botas de los chicos.
Cuando don Baltasar, muy temprano, subió al
terrado, y vió á sus hijos en torno del portentoso hallazgo y se enteró de
todo, y contempló la alegría loca, salvaje de los egoistas agraciados
(¡inocentes de su alma!), y después miró á Marcelo que, pálido, sonreía, con
una mueca dolorosa, chupando la cinta azul de seda de su cartucho de dulces,
sintió una angustia dolorosa en el alma, una especie de agonía de todo lo bueno
que tenía su corazón puro, de pobre resignado. «Aquello era lo mismo que una
puñalada.» «Dios los perdonara, pero sus queridos compadres habían incurrido en
una omisión grosera, de solterones sin delicadeza; muy ricos, esplendidos, pero
que no sabían lo que eran hijos...» «Aquellos juguetes finísimos, de príncipes,
valían uno con otro, lo menos...
treinta duros... ¡Virgen Santísima! Pues con
treinta reales hubieran podido Melchor y Gaspar hacer feliz á toda la
familia... y ahora, ahora... en tono de broma, él, Miajas, estaba pasando por
una amargura... pueril... que era inexplicable, por lo fuerte, por lo profunda.
«Si hubiera sido Pepilla la desheredada, á grito
pelado hubiera hecho constar la más enérgica protesta. Llanto y patadas por
tres horas, lo menos. Carlos hubiera disputado á puñadas el odioso privilegio,
á no ser el el privilegiado. Marcelo... sonreía, luchaba por vencerse, por
disimular la tristeza, ¡y tenía ocho anos! ¡Angel de mi alma! ¡Qué culpa tiene
él de que su pobre abuelo se le haya muerto y de que yo... deba aún al panadero
todo el pan que hemos comido en Diciembre!»
Miajas no sabía que decir, ni que hacer, ni
siquiera cómo mirar á su hijo segundo, que se quedaba sin juguete. Marcelo se
fué hacia su padre, se le metió entre las rodillas y empezó á acariciarse las
mejillas frotando con ellas los raídos pantalones
de su señor padre. Su papá era su juguete, de movimiento, de cariño; así
parecía pensar el niño consolándose.
Aquellas caricias de resignación monstruosa,
resignación á los ocho años, exaltaron más la sensibilidad paterna. Don
Baltasar se creyó inspirado de repente, una inspiración mitad amor, mitad
rebeldía; y ello fué que exclamó con voz nerviosa, enérgica, de fingida
alegría:
—Observo, señores, que aquí falta un rey.
—¿Qué rey, qué rey?—gritaron Pepita y Carlos.
—Si, falta uno. A tí el rey Melchor te regaló eso;
á tí eso el rey Gaspar... Falta Baltasar que es el que trae el regalo de
Marcelín, ¡cosa rica! Pero, amigo; como el rey Baltasar viene de más lejos, de
más lejos, de allá, de... (Miajas era muy mal orientalista) de... la
Cochinchina... pues, viene retrasado... por las nieves, ¡como los trenes á
veces! pero vendrá... ¡oh! ¡yo te lo fío que vendrá! ¡No pasa de mañana,
Marcelín, cree á tu padre!
Marcelo, con lágrimas de inefable alegría en los
ojos, sonriendo entre lágrimas, como Andrómaca, miraba á su padre extasiado,
dudando de su felicidad futura... Creía y no creía en los reyes, era acaso
dudoso aquello del milagro de los juguetes puestos en el balcón, por manos
invisibles... pero ahora se inclinaba á pensar que su rey esta vez iba á ser su
padre, y se lo agradecía ¡tanto! ¡tanto! Era mejor así. Pero ¿vendría el
juguete?
—¿Y qué le va á traer?—preguntó Carlos entre
incrédulo y envidioso de una dicha futura, de que ya no le tocaba nada.
—Eso... Dios lo sabe. Pero me parece á mí... que va
á ser....¿Tú
qué opinas, Marcelo?
Marcelo era particularmente aficionado á las
defensas de plazas fuertes, era el Vauban de la casa, y mientras Carlos se
armaba hasta los dientes, él prefería construir murallas de cartón, y con un
ingenio positivo improvisaba aspilleras, cañones, reductos, combinando los más
heterogéneos desperdicios de la industria: dedales viejos, rodajas de pies de
butacas rotos, capsulas vacías de escopeta, cajas de cerillas y otra porción de
inutilidades que, bien combinadas y distribuidas, convertían la mesa del
comedor en una fortaleza muy respetable.
Marcelo opinó que el rey Baltasar le traería, si
era amigo de cumplir, soldados de latón, de artillería, con cañones y todo...
III
Don Baltasar se echó á la calle aturdido, como
borracho por las emociones de amor, amargura, despecho y decisión violenta que
le llenaban el alma; se le figuraba que llevaba si no en la mano, en el alma,
en la intención una tea incendiaria que debía prender fuego á la moral pública
que se debía al orden constituido, á los más altos principios; ¡que sabía él!
En fin, ello era que salía dispuesto á cumplir su promesa temeraria de
encontrar al rey Baltasar y, no ya traerlo de Cochinchina, sino sacarlo del centro
de la tierra y hacerlo presentarse ante su Marcelo con un juguete
verdaderamente regio, que no valiese menos que el de sus señores hermanos.
Lo primero que hizo... fué lo que hace el gobierno,
pensar en los gastos, no en los ingresos; escoger el juguete monumental (así lo
llamaba para sus adentros), sin pensar en la mina ó en la lotería de donde
había de sacar el dinero necesario para pagarlo.
Se paró, en la calle de la Montera, ante un
escaparate de juguetes de lujo. Entre tanta monada de subido precio no vaciló
un momento: la elección quedó hecha desde el primer momento; nada de armaduras,
coches, velocípedos de maniquí, grandes pelotas, ni demás chucherías: lo que
había de comprar á Marcelín era aquella plaza fuerte que estaba siendo la
admiración de cuatro ó cinco granujas que rodeaban á Miajas junto al
escaparate.—¡Lo que puede la voluntad!—pensaba el humilde empleado;—estos
chicos cargarían con esa maravilla del arte de divertir á los niños, con no
menos placer que yo; en materia de posibles, allá nos vamos estos pilluelos y
yo, y sin embargo, ellos se quedan con el deseo, y yo entro ahora mismo en el
comercio y compro eso... y se lo llevo á Marcelín....¿En que esta el
privilegio, la diferencia? ¿En los cuartos?
¡No! ¡Mil veces no! En la voluntad. Es que yo
quiero de veras que ese juguete sea de mi hijo.
Y entró, y compró la plaza fuerte que le
deslumbraba con el metal de sus cañones, cureñas y cuantos pertrechos eran del
caso.
Cuando Marcelín viera aquellas torres y murallas,
casamatas, puentes, troneras, soldados, tremendas piezas de artillería, se
volvería loco; creería estar soñando. ¡Para él tanta hermosura!....
Al ir á pagar después que el juguete estuvo sobre
el mostrador, don Baltasar sintió un nudo en la garganta...
—Verán ustedes,—dijo;—no me lo llevo ahora
precisamente porque... naturalmente... no he de cargar con ese armatoste...
—Lo llevará un demandadero...
—No; no, señores; no se molesten ustedes. Déjenlo
ahí apartado; yo enviaré por el juguete... y entonces... traerán el dinero...
el precio...
Y salió aturdido y dando tropezones.
—Ya no hay más remedio,—iba pensando. El juguete es
mío; el contrato es contrato. Hay que buscar el dinero debajo de las
piedras.—Pero en vez de ponerse á desempedrar la calle, se fué, como siempre, á
la oficina.
Había grandes apuros por causa de arreglar asuntos
que pedían del Ministerio despachados, y el dí rector había dispuesto habilitar
aquel día festivo.
***
Gran marejada político-moral-administrativa había
por entonces en Madrid y en toda España; una de esas grandes irregularidades
que de vez en cuando se descubren, había puesto una vez más sobre el tapete la
cuestión de los cohechos, prevaricaciones y demás clásicas manos puercas de la
administración pública.
Los periódicos de circulación venían echando
chispas; se celebraban grandes reuniones públicas para protestar y
escandalizarse en colectividad; el Círculo Mercantil y una junta de abogados se
empeñaban en empapelar á un ministro y á muchos próceres, al parecer poco
delicados en materia de consumos y de ferrocarriles.
El Ministerio, amenazado con tanto ruído, se
agarraba al poder como una lapa, y en las oficinas de Madrid había una terrible
justicia
de Enero (del mes que iba corriendo) más ó menos
aparente.
Los subsecretarios, los directores, los jefes de
negociado, estaban hechos unos Catones, más ó menos serondos; no se hablaba más
que de revisiones de cuentas de expedientes, en fin, se quería que la moralidad
de los funcionarios brillara como una patena. Hacía mucho miedo.
—Siempre pagaremos justos por pecadores,—decían
muchos pecadores que todavía pasaban por justos.
Y á todo esto, don Baltasar Miajas sin enterarse de
nada. Oía campanas pero no sabía donde. El rum rum de las conversaciones
referentes á los chanchullos legales llegaba á él, sin sacarle de sus
habituales pensamientos; lo oía como quien oye llover. El cumplía con su
cometido y andando.
Cuando llegó aquel día ante la mesa de su cargo,
dispuesto á sacar el precio del juguete de debajo de las piedras, no soñaba con
que había en el mundo inmoralidad, empleados venales, etc., etc. Lo que él
necesitaba eran diez duros.
No sabía que estaba sobre un volcán, rodeado de
espías. Los pillos del negociado, que los había, estaban convertidos en Argos
de la honradez provisional y temporera que el director del ramo había decretado
dando puñetazos sobre un pupitre.
Y el diablo hizo, no la Providencia, como pensó don
Baltasar, que cierto contratista, interesado en un expediente que Miajas
acababa de despachar, de modo favorable para aquel señor, se le acercara, y
fingiendo sigilo, pero con ánimo de que pudieran otros oficinistas enterarse de
su generosidad, dejase entre unos papeles algunos billetes de banco.
Era un hombre tosco, acostumbrado á vencer así en
las oficinas de su pueblo; y como no conocía á Miajas y quería ir anunciando su
procedimiento expeditivo, para que se enterasen los que podían servirle el día
de mañana, hizo lo que hizo de aquella manera torpe, que comprometía al infeliz
covachuelista.
Don Baltasar, en el primer momento no se dió cuenta
de lo que acababa de suceder. Todavía no se había hecho cargo de tan
vituperable acción, y ya los espías del director se habían guiñado el
ojo (
). Cuando el contratista insistió en su torpeza,
llamando la atención de Miajas, éste... vió el cielo abierto, y equivocándose
sin
duda, atribuyó entonces á la Providencia aquella
oportunidad del diablo. En otra ocasión, sin escandalizarse, con mucha humildad
y modestia, hubiera devuelto al pillastre aquel su dinero, diciéndole con
buenos modos que él había cumplido con su conciencia y que ya estaba pagado por
el gobierno.
Pero... ahora... Marcelín... la plaza fuerte
comprada... la promesa de traer al rey Baltasar aunque fuese de los pelos... y
cierto profundo espíritu de rebelión... de protesta moral... En fin, ello fué
que don Baltasar, en voz baja, temblorosa, dijo:
—¡Oh! no, caballero; es demasiado; basta con un...
pequeño recuerdo... Guarde usted eso, guarde usted eso, pronto.—Y metió entre
unos papeles un billete de cincuenta pesetas,
***
A la mañana siguiente, en el terrado de la humilde
vivienda de Miajas, su hijo segundo, Marcelo, encontró, con una tarjeta firmada
por el rey Baltasar, el juguete pasmoso, la plaza fuerte que él había soñado.
Y por la tarde, el rey Baltasar recibió la noticia
de que estaba cesante.
Por hacerle un favor no se le formaba expediente.
Justicia de Enero.
No había perdido más que el pan y la honra.
III
TIRSO DE MOLINA
(FANTASÍA)
QUEVEDO
El siglo tan desmedrado,
¿Para qué nos resucita?
¿Momias no tiene infinitas?
¿Qué harán las nuestras en él?
(Album, al Conde de San Luís)
Nevaba sobre las blancas, heladas cumbres. Nieve en
la nieve, silencio en el silencio. Moría el sol invisible, como padre que muere
ausente. La belleza, el consuelo de aquellas soledades de los vericuetos
pirenáicos, se desvanecía, y quedaba el horror sublime de la noche sin luz,
callada, yerta, terrible imitación de la nada primitiva.
En la ceniza de los espesos nubarrones que se
agrupaban en rededor de los picachos, cual si fueran á buscar nido, albergue,
se hizo de repente más densa la sombra; y si ojos de ser racional hubieran
asistido á la tristeza de aquel fin de crepúsculo en lo alto del puerto,
hubieran vislumbrado en la cerrazón formas humanas, que parecían caprichos de
la niebla al desgarrarse en las aristas de las peñas, recortadas algunas como
alas de murciélago, como el ferreruelo negro de Mefistófeles.
En vez de ir deformándose, desvaneciéndose aquellos
contornos de figura humana, se fueron condensando, haciendo reales por el
dibujo; y si primero parecían prerrafaélicos, llegaron á ser después dignos de
Velázquez. Cuando la obscuridad, que aumentaba como ávida fermentación, volvió
á borrar las líneas, ya fué inútil para el misterio, porque la realidad se
impuso con una voz, vencedora de las tinieblas: misión eterna del Verbo.
—Hemos caído de pie, pero no con fortuna. Creo que
hemos equivocado el planeta. Esto no es la Tierra.
—Yo os demostraré, Quevedo, con Aristóteles en la
mano, que en la Tierra, y en tierra de España estamos.
—¿Ahí tenéis al Peripato y no lo decíais? Y en la
mano; dádmelo
á mí para
calentarme los pies metiéndolos en su cabeza, olla de silogismos.
—No os burléis del filósofo maestro de maestros.
—¡Ah, señor Cano, como estos vericuetos; ah, señor
Nieves, y qué atrasadilla me parece su teología, ahora que he viajado tanto por
otros mundos altos!
—No habléis de eso, y busquemos donde cenar.
—¡Ah, Tirso; ah, fraile! Como vuestro clerigón, ¿no
llamaréis á Dios bueno hasta que cenéis? Cenad ex nihilo, porque otra cosa no
hay por aquí, á lo que no veo.
—Señores, sin ser yo tan ilustre lógico cual esta
gloria de Trento, ni menos teólogo, como no sea en verso, creo que antes de la
cena, que no es idea simple, que no es categoría, debemos pensar en el sitio,
en el lugar, que si es categoría. Porque yo, por ahora, dudo que estemos en
parte alguna. Y donde no hay espacio, no hay cena.
—Pero hay frío, señor Calderón.
—Bien dice Lope. Procuremos orientarnos. Es decir,
oriente ahora no se puede buscar, pero según lo que yo pude colegir cuando
caímos, ya cerca de este globo, á la luz del Sol y antes de penetrar en las
nubes de nieve, dentro de España estamos, y sobre altísimas montañas, y del mar
no muy lejos; de modo que éstos deben de ser los Pirineos, y acaso los de mi
tierra, porque yo, señores míos, siento un no sé qué de bienestar de que no me
hablan vuestras mercedes.
—Natural me parece, insigne Jovellanos, que seáis
vos, de tiempos de mejor brújula que los nuestros, quien nos deje barruntar en
dónde estamos. Pero yo daría mi Buscón por una buscona que me hicíese topar
ahora, no con la madre Venus, sino con su digno esposo Vulcano, para que me
fabricase una cama donde dormir, menos fría que este suelo.
—Señores, yo vuelvo á mi Aristóteles, y digo...
—Teólogo, tenéis razón; seamos peripatéticos,
discurramos con los pies, y á ver si á fuerza de discurrir probamos algo...
algo caliente.
Una voz nueva resonó entonces en aquellas soledades
como suave música, y era la de fray Luis de León, también expedicionario, que
decía:
—Amigos queridos, esta noche más ha de ser de
penitencia, de ayuno, que de hartazgo; porque, si he de hablar con franqueza,
nuestra vuelta al mundo terrenal más me parece castigo que otra cosa. Pecamos,
pecamos; pequé yo á lo menos,—y si en buena teología esto no se puede llamar
pecado, llámelo D. Melchor como quiera ó convenga;—pequé, digo, deseando lo que
en soledades de mi dicha, de allá arriba, nunca creí que se podría desear. ¡Ay,
sí! El engaño, como siempre. El desengaño, igual. En esta tierra obscura,
sepultada en noche y en olvido, ¿qué me había quedado á mí? Si vivía en la alma
región luciente, ¿a qué querer, como quise, saber algo de la misera Tierra? fué
vanidad, sin duda. Movióme el apetito de saber si aquella larva que yo por acá
había dejado, y que el mundo llamó mi gloria, se había desvanecido, cual mis
despojos, ó algo había quedado de ella, aunque no fuera más que un soplo que
fuese callado por la montaña...
—¡Ay, señor fray Luis de León!—interrumpió Lope,—á
todos creo yo que nos escuece el mismo remordimiento. Yo, que al morir dije,
según cuentan, pues yo no me acuerdo, que daría todas mis comedias, que eran
humo, por un poco de gracia al entregar el alma
á Dios, ahora
me veo aquí desterrado del cielo, si así puedo decirlo, por la pícara vanidad
de oler si algo todavía se dice por el mundo del montón infinito de mis coplas.
Todos fueron confesando pecado semejante. A todos
aquellos ilustres varones les había picado la mosca venenosa de la
vanagloria cuando gozaban la gloria no vana, y
habían deseado saber algo de su renombre en la Tierra. ¿Se acordarían de ellos
aquí abajo? Y el castigo había sido dejarlos caer, juntos, en montón, de las
divinas alturas, sobre aquella nieve, en aquellos picachos, rodeados de la
noche, padeciendo hambre y frío.
****
Como pudieron, de mala manera, empezaron á caminar
sobre la nieve, procurando descender, por si encontraban más abajo rastro de
senda que los guiara á vivienda humana, ó por lo menos á lugar menos
desapacible donde aguardar el día y aguantar el hambre.
Porque es de advertir que aquellos desterrados del
cielo, en cuanto pisaron tierra volvieron á sentir todas las necesidades
propias de los que andamos vivos por estos valles de lágrimas.
Jovellanos, por varios signos topográficos, y más
por revelaciones del corazón, insistía en su idea de que estaban sobre alguna
montaña de Asturias. Los otros llegaron á creerle, y como práctico le tomaron,
y detrás de él marchaban dejándole guiar la milagrosa caravana por las
palpables tinieblas adelante.
—Para mí, señores, estamos en alguno de los puertos
que separan á León de mi tierra.
—Pues entonces, á fe de Quevedo, que ya se quién
nos va á dar posada. El oso de Favila.
—Ese no; pero otros no deben de andar lejos.
Notó Lope que el terreno que había llegado á pisar
apenas tenía ligera capa de nieve y era llano.
—¡No tan llano, por Cristo!—gritó Quevedo, que dió
un tropezón y tuvo que tocar la blanca alfombra con las manos. Sintió al tacto
cosa dura y que ofrecía una superficie convexa y pulida.—Señores,—
exclamó,—aquí hay trampa; con los pies tropecé en una barra, y entre los dedos
tengo otra.
Agachóse Jovellanos, y tras él los demás, y notaron
que bajo la nieve se alargaban dos varas duras como el hierro, paralelas...
—Esto ha de ser un camino,—dijo D. Gaspar;—tal vez
los modernos atraviesan estas montañas de modo que á nosotros nos parecería
milagroso si lo viéramos... Yo tengo escrito un viaje que llamo de Madrid á
Gijón, y en él expreso el deseo de que algún día...
—¡Jesús nos valga!...interrumpió Calderón;—entramos
en un antro, en una cárcel... aquí toco una pared fría que chorrea... y aquí
otra pared...
—Entramos, por lo visto, en la cueva de un oso. Ya
tenemos posada. Dios nos libre del huésped...
Interrumpió á Quevedo y pasmó á todos un quejido
terrible, intenso, que sonó lejos; un silbido ensordecedor y poderoso, de
monstruo desconocido... Y de repente vieron á gran distancia un punto rojo de
luz, que se acercaba; y oyeron estrépito de cadenas y mil infernales choques de
hierro contra hierro, bramidos horrísonos. Un monstruo inmenso, negro, que se
les echaba encima para devorarlos, les hizo, con el terror, caer en tierra.
Todos se pegaron, cuan largos eran, á la fría pared que sudaba una asquerosa humedad.
Los más cerraron los ojos; pero algunos, como fray Luis de León y Jovellanos,
tuvieron ánimo para contemplar el peligro, y vieron pasar, como un relámpago,
inmenso dragón negro, vomitando ascuas, rodeado de humo...
—No hemos caído en la Tierra, sino en el
infierno,—dijo Quevedo cuando todos estuvieron en pie, algo menos asustados, si
no tranquilos.
—Salgamos de esta cueva maldita, si
podemos,—propuso Tirso.
—Volvamos sobre nuestros pasos...
—Si, una honrosa retirada.
Salieron como pudieron de la cueva, antro ó lo que
fuese; y no teniendo en las tinieblas modo de orientarse mejor, procuraron
seguir la dirección que señalaban aquellas barras de hierro que de vez en
cuando sentían bajo los pies.
—Esto es un camino, señores; no me cabe duda,—dijo
el autor del Informe sobre la ley Agraria.
—Un camino infernal.
—No, D. Francisco, un camino... de hierro, pues
hierro es esto que pisamos.
—Bien, pero cosa del diablo. ¿Cómo creéis que
estemos en la Tierra? ¿Cría la Tierra monstruos como ése de fuego que por poco
nos aplasta?
—¿Quién sabe—dijo fray Luis—si los pecados de los
hombres han convertido el mundo en mansión de terribles fieras traídas del
Averno?
—¡Y aquí venimos á buscar gloria mundana! ¡Y
pensábamos que en la Tierra quedaría memoria de nosotros, y la Tierra es
vivienda de sierpes y vestiglos! ¡Oh! ¿quién nos sacará de aquí?
—Sigamos, sigamos,—dijo Tirso.
—Señores, atención—exclamó Lope, que iba delante
con Jovellanos.—O el miedo me hace ver las estrellas, ó una brilla enfrente de
nosotros.
—¿Estrella terrestre? Llámese candil.
—Sí, dijo Tirso;—allí una luz verde... y más abajo,
¿no ven ustedes otra rojiza?...
—Sí, y ésta parece que se mueve...
—¡Ya lo creo! hacia nosotros viene...¿Qué hacemos?
—Señores, á fe de Quevedo, que me canso de ser
cobarde; yo de aquí no me muevo; venga lo que viniere, más puede en mi el ansia
de saber qué mundo es éste y qué monstruos nos asustan, que el amor al
pellejo...
Nadie quiso ser menos valiente; y todos, á pie
quieto, esperaron el terrible peligro desconocido que se acercaba.
La luz, cerca del suelo, avanzaba, avanzaba... De
repente, un silbido estridente hizo temblar el aire; cien ecos de los montes
repitieron como un coro de quejidos prolongados el melancólico estrépito...
Aunque la obscuridad era tanta, pudieron nuestros heroes distinguir entre la
nieve una masa negra que con marcha lenta y uniforme á ellos se acercaba.
Nadie se echo á tierra, nadie tembló, nadie cerró
los ojos. Como inmenso gusano de luz, el monstruo tenía bajo la panza bastante
claridad para que por ella se pudiera distinguir la extraña figura. Era un
terrible unicornio, que por el cuerpo negro arrojaba chispas y una columna de
humo. Montado sobre el lomo de hierro llevaba un diablo, cuya cara negra
pudieron vislumbrar á la luz de un farolillo con que el tal demonio parecía
estar mirándole las pulgas á su cabalgadura infernal...
Paso la visión espantosa rozando casi con los
asombrados inmortales, que, para no ser atropellados, tuvieron que retroceder
un paso...
Quevedo, decidido á ser quien era, y Jovellanos con
ansia infinita de saber algo nuevo é inaudito, miraron con atención firme, cara
á cara, el endriago que se les echaba encima, y los dos á un tiempo, en alta
voz, sin darse cuenta de lo que hacían, exclamaron:
—«¡Tirso de Molina!»
—Presente—dijo el fraile.
—No es eso—exclamo el autor del Buscón.—Es que en
el lomo de ese monstruo de hierro que acaba de pasar, á la luz del farolillo de
aquel diablo, he leído en letras de oro... eso: Tirso de Molina.
—¿Mi nombre?
—Si—dijo D. Gaspar.—Tirso de Molina; en letras
doradas, grandes. Yo lo leí también.
—¿Y que debemos pensar?—pregunto Cano.
—Nada bueno—dijo Lope.
—Nada malo—dijo Quevedo.
En aquel momento, el monstruo, que se llamaba como
el Maestro Téllez, retrocedía deteniéndose pacifico, humilde, sin ruido, cerca
de los pasmados huéspedes celestiales. «Tirso de Molina, leyeron todos en el
costado del supuesto vestiglo. Un hombre cubierto con un capote pardo,
alumbrándose con una linterna, pasó cerca, y se detuvo á inspeccionar el raro
artefacto, que por tal lo empezó á tener Jovellanos, adivinando algo de lo que
era.
—Señores, dijo el desconocido en buen castellano,
al notar que varios caballeros, entre ellos clérigos, y frailes algunos por lo
visto, rodeaban la máquina;—señores, al tren, que aquí se pára muy poco.
—¿Al tren? ¿Y qué es eso?—preguntó Quevedo.
—Pero ¿dónde estamos?—dijo D. Gaspar.
—¿Pues no lo han oído? En Pajares.
Mediaron explicaciones. El mozo de estación creyó
que se las había con locos, y los dejó en la obscuridad; pero Jovellanos fué
atando cabos, y sobre poco más ó menos, aquellos ilustres varones supieron de
qué se trataba.
Estaban en la Tierra; los hombres atravesaban las
montañas en máquinas rapidísimas, movidas por el fuego, ¡y esas máquinas se
llamaban... como ellos! Aquella, Tirso de Molina, otras, de fijo, se llamarían
Jovellanos, Quevedo, Cervantes... como los demás hijos ilustres de España.
—Señores,—dijo D. Gaspar,—ya lo veis; el mundo no
está perdido, ni vosotros olvidados. Ilustre poeta mercenario, ¿qué dice
vuestra merced de esto? ¿Sábele tan mal que á este portento de la ciencia y de
la industria le hayan puesto los hombres de este siglo el seudónimo glorioso de
Tirso de Molina?
Sonrió Tirso, y con toda sinceridad se declaró
satisfecho al encontrarse con tal tocayo.
—Verdad es que no lo siento. Pero á mal mundo hemos
venido si queríamos para siempre curarnos de vanidades.
—¡Oh, quién sabe, quién sabe! Acaso no lo sean
advirtió don Gaspar.—La gloria que da el mundo no es gloria; pero agradecer el
recuerdo, el cariño de los míseros mortales, acaso no sea indigno de los
bienaventurados.
IV
E( C
V9 R
I
Nacio Facundo Cocañín, tan rollizo como hermoso, en
la Vega de Ribadeo. Su padre tenía una fábrica de manteca, y parecía que
Facundo había sido confeccionado en la fábrica: parecía un rollo de mantecá
destinado á sonsacar un premio, una medalla de oro en una exposición. Andando
el tiempo. Facundo se paso la vida, en efecto, presentándose en concursos, más
industriales que otra cosa, y solicitando medallas de oro y de plata y
diplomas, y cuanto puede acreditar oficialmente competencia académica,
científica, moral y religiosa.
Prosperaba la industria de los Cocañines que era
una bendición del cielo á Dios, principalmente, atribuía aquella piadosa
familia la corriente de plata que se les entraba por las puertas de la fábrica.
Así como la India antigua creyó muy de veras que la Ganga, el Ganges, bajaba
del cielo á fecundar la privilegiada tierra de los creyentes. Cocañín padre, y
su esposa y el hermano de Cocañín, don Ambrosio, rector del seminario de Lugo,
creían firmemente que toda aquella manteca, tan bien pagada, era gracia del
señor, que así premiaba las virtudes de varias generaciones de Cocañiques,
siempre mantequeros y siempre llenos de la fe del carbonero. Sí, tenían la fe
del carbonero decían, sin temor de manchar la manteca.
Les iba muy bien creyendo así, y además, el negocio
no hubiera dado siempre para otra cosa. ¡Creer!—Poco les faltaba para poner en
la tienda de Ribadeo, donde vendían algo al por menor, un rótulo que dijera: La
Nata, fábrica de mantecas. Proveedores de S. D. M. Lo consultaron con varios
teólogos y resultó que sería un sacrilegio. Que si no...
Facundo prosperó también, desde los primeros meses,
tanto como el producto industrial de sus mayores.
—Mire usted, decía la madre muy hueca: parece que
lo han hecho abajo (en la fábrica); y enseñaba al mundo entero los muslos, los
brazos y los lomos del futuro neo escolástico. Porque Facundo paró en eso, sin
adelgazar nunca, ni perder el color. Todo el era de rosa. Y todo en él redondo
con hoyos que eran redundancias de argollas de carne. Era un angelote de
Murillo retocado por un repostero. Por esto, no daban ganas de ponerlo en un
cuadro, sino en el escaparate de Lhardy.
Eso parecía principalmente, un gran bocado. Lo
mismo al año de nacer, que cuando ganó una canongía, digo una cátedra, en
público certamen al grito de ¡Santiago y á ellos, que son pocos! (los jueces
liberales).
La religiosidad de los Cocañines era tradicional y
estaba enlazada, como una yedra, á las sólidas murallas de la Iglesia... que
servían también de fortaleza al crédito del negocio. Porque, valga la verdad,
eran unos mercaderes, para quien ya no había un Cristo que los arrojase del
templo.
La clientela de frailes, cabildos, obispos, monjas,
clero suelto y familias timoratas, había venido poco á poco, al principio, por
la buena opinión ortodoxa de que gozaban los Cocañines; y había aumentado y se
conservaba gracias al piadoso temor de Dios y de esa clientela que era el dogma
de la fábrica. El más pequeño conato, no ya de heregía, de liberalismo, que
hubiera podido arrancar á la casa un solo parroquiano escrupuloso en materia de
fé, les hubiera parecido pecado que no se purgaría con todas las penas del
infierno.
¡El infierno! Esa era la gran guardia civil en que
los Cocañines, veían garantía eterna de las abundantes salidas.
Por un sórites, que inventó el Cocañín del
seminario, pero que ya había hecho su hermano, sin llamarlo así, llegaban desde
el mercado de su producto hasta el dogma de las penas eternas. La cosa era
fácil de entender; y cuando creció Facundo y fué filósofo escolástico, pero ya
de los que usan macferlan y prescinden de las formas silogísticas, el chico se
explicaba, y explicaba á los suyos, la necesidad... para la vida de la fábrica,
del dogma, del gran dogma del fuego eterno, diciendo algo por el estilo.
—«Son habas contadas: (le gustaban mucho las cosas
contadas y las habas contadas ó no, pero con morcilla). Nuestro crédito se
funda en nuestra religiosidad completamente correcta (hablaba con los
barbarismos que leía en los periódicos neos, puristas que no practicaban). Todo
Galicia y parte de Asturias, la de Occidente, y no poca parte de León y algo de
Portugal, se surten infaliblemente de manteca en nuestra casa; además, contamos
con la exportación para la Verde Erin, la católica Irlanda y para la Bretaña
siempre fiel. Los que nos compran no nos comprarían .°: si dejáramos de ser
ortodoxos; R.° si la fe se entibiara en los pueblos leales y esas dignísimas
personas que viven del altar y de otras cosas santas, no recaudaran lo mucho
que cobran, gracias á la piedad de pueblos y gobiernos. Pero ¿por qué se
conserva la fé en muchos pueblos, á pesar de la peste de la incredulidad que
infesta el mundo? ¡Ay! Preciso es confesarlo: por la atrición; por miedo á los
castigos terribles del infierno; por la eternidad de las penas. Suprimid el
infierno y la sociedad se viene abajo, y con ella la Nata, la mejor fábrica de
manteca.
II
¿A qué destinarían los Cocañines aquel vástago tan
rollizo? No había que dudar. Había nacido canónigo. Aunque la fábrica ocupaba
territorio de Asturias, la familia tenía su abolengo, sus amores de
terruño, del otro lado del río, en Ribadeo. Además,
las relaciones eclesiásticas de los mantequeros ilustres eran principalmente
gallegas.—Facundo, como buen rayano, era más gallego que uno de la Coruña,
aunque civil y geográficamente era hijo de Pelayo. El siempre invocaba al
apóstol:¡Santiago y á ellos!—Fué, muy niño todavía, al lado de su tío el rector
del seminario de Lugo, que dejó este oficio por el de magistral de aquel
ilustre cabildo,—Facundo fué colegial, niño de coro, interno—en el seminario.
Aprendió muy bien latín; de memoria, se echó al cuerpo una porción de filosofía
de Balmes, Fray Ceferino González, todo en latín, y entró triunfante en la
teología desempedrando Santos Padres y doctores de la Iglesia, como si
dijéramos; y hasta los PP. griegos citaba de memoria, sin entender una palabra.
Uno de sus principales cuidados en estos estudios de retentiva era estar al
quite, como decía él, de las citas que se hicieran pretendiendo demostrar que
de la Patrología se reciben grandes argumentos de autoridad en pró de las ideas
socialistas y aún de las comunistas. Facundo deslumbraba al Verbo con las
contras teológicas, citando textos menos vulgares de los mismos santos autores
en los que se deshacía el efecto disolvente de las citas incendiarias. Para mayor
seguridad, añadía todo de memoria, por supuesto, los artificiosos comentarios
con que el clero burgués y sabio de nuestros días retorcía y mellaba las armas
temibles de aquellos textos alarmantes, convirtiéndolos en espadas de Bernardo.
¡No faltaba más! «La Iglesia no podía morir... ¡Pero La Nata tampoco!»
Cuando ya Facundo era redactor vergonzante de La
Atalaya espiritual, y desde ella, y desde seguro, despreciaba la ciencia de
todo liberal á partir de Kant y Fichte y el frenético Hegel (pronunciado como
se escribe) hasta Castelar y Pí; cuando ya había adquirido estilo propio, que
consistía en insultar y calumniar al enemigo, leerle, y condenarle al fuego
eterno, siempre con textos del Dante; cuando en fin, era ya una maza de Fraga
de todo sospechoso de relajamiento en materia de fé, moral ó disciplina, se consideró,
y le consideraron los suyos, en punto de caramelo para entrar en el sacerdocio
de una religión de paz y misericordia, por los pasos contados del derecho
canónico.
Pero quiso Dios, ó quien fuera que illo tempore,
por aquel tiempo, heredara una prima de Facundo un fortunón en prados y vacas
de leche. ¡Leche para la Nata!—No había más que hablar. El matrimonio también
era un sacramento. El caso era no ir á la cópula por concupiscencia, sino para
procreación y educación de los hijos y mútuo auxilio de los cónyuges.
Facundo puso el cerco á la plaza y la tomó, por el
valor del propio mérito plástico, en parte, y con la ayuda de dos párrocos, un
coadjutor y un cabecilla carlista. Estas influencias consiguieron que Facundo
pudiera criar hijos para el cielo y miles de vacas para las primeras materias
de la Nata.
¡Cuánta leche!
«Lacteos, virgíneos candores
gusto Bernardo ¡oh portento!
ya no es extraño lo dulce,
pues tan melifluo fué el premio».
Así dice una cuarteta, inscripción de una iglesia
de Madrid, aludiendo á la Virgen María y á San Bernardo. Pues, si no fuera
profanación, se podría decir que la Nata y sus propietarios, gozaron lacteos
candores gracias al matrimonio de Facundo.
III
Pero él no podía contentarse con dirigir una
fábrica de manteca. Aquella filosofía escolástica; aquella teología de perro
rabirabiado, aquel anhelo de dictar sentencias en primera instancia para mandar
precitos á los profundísimos infiernos, necesitaban horizontes más anchos de
los que ofrece la raya de Asturias y Galicia.
Voló Facundo fué periodista en Valladolid Neo
caliente hasta el blanco. Allí empezó á vestir con elegancia y á usar un
macferlan que ya no abandonó nunca.
¡Le parecía á el tan chic, tan picante, pensar y
sentir como un Torquemada y vestir como un currutaco de Valladolid! Acudió,
calada la visera y con cartas de recomendación subrepticias, á multitud de
certámenes de la Unión católica, de cofradías y del gay saber... ultramontano.
En prosa ó en verso siempre triunfo, gracias á su intransigencia; el argumento
Aquiles que siempre arrojaba sobre el enemigo, las penas eternas. Calumniaba,
insultaba, demostraba que el impio está fuera de la ley y que vale todo contra
el réprobo...
y se le llenaba la casa de pensamientos de oro, de
escribanías de plata, jarrones é imágenes sagradas. Pero á todos aquellos
crucifijos que le regalaban y que tenía tasados en lo mucho que valían, pesando
el metal precioso, sin menoscabo de la religiosidad;
á todos,
prefería un Cristo, que le había regalado su padre, antiguo recuerdo de
familia. Era una tosca imágen de talla, pero no era escultura; repitiéndose
aquí el milagro de otro Crucifijo que un célebre poeta español heredó de sus
mayores también; Crucifijo que tampoco es escultural, pero es de talla.
Milagro.
Cuando en la academia de Jurisprudencia (pues
Facundo pasaba meses en Madrid) discutía contra los liberales, nuestro paladín
divino, y los injuriaba y levantaba falsos testimonios como chichones, siempre
imaginaba él que su arma de combate era el crucifijo de tosca madera, que él.
Hercules cristiano, manejaba como una maza santa para aplastar hidras,
domesticar leones y acabar con otras calamidades liberales.
También hizo oposición á una cátedra y la gano,
como pudo haber ganado un Jubileo ó Indulgencia plenaria. Los ejercicios fueron
unos fervorines, varias novenas, y casi casi las misas de San Gregorio.
Esto en la parte positiva; en la negativa, que era
su fuerte, aquello fué las Navas de Tolosa, ó la batalla de Lepanto. ¡Pobre
Kant ¡Pobre Voltaire! (¡todavía!) pobre Hegel, pobre Jovellanos, pobre Sanz del
Río, pobre Pí y Margall ¡y pobre humanidad libre-pensadora ó por lo menos
liberal, ó amiga de la desamortización por lo mínimo! con todos aquellos
cientos de pensadores, estadistas, literatos, etc., etc. Facundo se portó como
un Vargas Machuca. El Cristo, el Crucifijo de encina, chorreaba sangre y tenía incrustaciones
de hueso, de esquirlas, adornadas con piel humeante de liberal y heterodoxo.
De los contrincantes, sospechosos de filosofía
alemana siquiera, no hay que hablar. Un portero tuvo que barrer sus restos. El
salón de actos quedó hecho un spolarium. Había dos jueces de la cáscara amarga,
y como eran minoría... se quedaron sin cáscara; Facundo les hundió el Cristo en
el cráneo ochenta veces. Era el diablo. Por lo menos, disponía del infierno
como si él mandase allí.
IV
Paso mucho tiempo. Tanto, que el día en que
volvemos á ver á nuestro héroe es... el día del Juicio por la tarde.
Cocañín se presenta en el valle de Josafat,
triunfante, alegre, seguro de sí mismo, con el mismo cuerpo que tuvo y con el
mismo macferlan de siempre. Sigue pareciendo un bocado exquisito del escaparate
de Lhardy; fresco, rechoncho, sonrosado. Avanza impaciente, dando codazos y
pisotones, como cuando iba á recojer un premio, por haber aplastado á media
docena de apóstatas ó réprobos. No duda ni un instante de que en el cielo le
pondrán muy cerca de los tronos y dominaciones, que son sus predilectos. El juicio
supremo para él es una ceremonia, como la de hacerse doctor. Está convencido de
que se salva, con los más favorables pronunciamientos.
Por fin, le llega la vez... «Facundo Cacañín.»
Adelante...Saluda con cierto aire de confianza...¿Qué ve enfrente de sí? Un
crucifijo clavado en una pared, cubierta de paño negro. El crucifijo es el
suyo, el de sus mayores; el Cristo de la Vega... de Rivadeo... Pero ha crecido.
Es de tamaño natural. De repente... sobre la encina de la cruz, la encina del
crucificado empieza á transformarse en carne...
¡pero, qué carne! Carne macerada, carne
atormentada... Todas las llagas á que reza la piedad, están sangrando, pero
además ¡cuántas otras! ¡Y qué de huesos rotos! un femur quebrado; la frente con
diez
agujeros, una mandíbula desencajada, un ojo
colgando... Y sangre...
sangre brotando de todo el cuerpo! ¡de sangre, un
río! —¡Facundo, mira como me has puesto!—exclama una voz de
agonía.
Un minuto después, Cocañín ingresaba, entre cuatro
del orden celestial... en el infierno. En el infierno, que no existía antes,
pero que se invento para Facundo, que tanto lo había deseado... para los demás.
V
El drama se hundía. Ya era indudable. Los amigos
que rodeaban
á Pablo Leal,
el autor, entre bastidores, ya no trataban de animarle, de hacerle tomar los
ruídos que venían de la sala por lo que no eran. Ya no se le decía: «Es que
algunos quieren aplaudir, y otros imponen silencio.» El engaño era inútil.
Callaban los fieles compañeros que le estaban ayudando á subir aquel que á
ellos les parecía calvario. El noble Suárez, el ilustre poeta, vencedor en cien
lides de aquel género... y derrotado en otras ciento, estaba pálido,
tembloroso. Quería á Leal de todo corazón; era su protector en las tablas; él
le había aconsejado llevar á la escena uno de aquellos cuadros históricos que
Pablo escribía con pluma de maestro, de artista, y con sólida erudición. Creía,
por ceguera del cariño, en el talento universal de su amigo, de su Benjamín,
como él le llamaba, porque veía en Pablo un hermano menor.
«¡Cuánto padecerá! pensaba Suárez. Es más nervioso
que yo, mucho mas; es primerizo, y ¡yo, que ya estoy hecho á las armas padezco
tanto cada vez que pierdo una de estas batallas!» Era verdad que él padecía
mucho. Conocía al público mejor que nadie; sabía que era un ídolo de barrio...
y le temía con un fetichismo artístico inexplicable, No era Suarez de los que
creen que cuarenta ó cuatro mil necios sumados pueden dar de sí una suma de
buen criterio; despreciaba en sus adentros, como nadie, la opinión vulgar; pero
creía que al teatro se va á gustar al público, sea como sea. Y transigía con
él, y procuraba engañarle con oropel que añadía al oro
fino de su ingenio; y como unas veces le aplaudían
el oro y le silbaban el oropel, y otras veces al revés, y otras se lo silbaban
todo por igual, ó todo se lo aplaudían, insistía, desorientado, en su afán de
vencer; pero daba mil tropiezos en aquella guerra indigna de su mérito, y á los
estrenos iba á ciegas siempre, esperando el fallo como si fuese la bola de una
ruleta que no se sabe dónde va á parar. Y padecía infinito las noches de
estreno. No comió aquel día; se le iba el santo al cielo; sentía náuseas,
inquietud de calentura, y deseaba con ardor, aún más que el triunfo, que volara
el tiempo, que pasara la crisis.
«¡Cuánto padecería aquel pobre Leal, que, más
pensador que literato, sincero, artista de austera religiosidad estética,
ignoraba las miserias y pequeñeces de los escenarios, las luchas de empresa,
las cábalas de camarillas y cenáculos!»
Suárez miraba á su amigo con disimulo, y le veía
sonreir, mientras se paseaba, entre aquellos lienzos arrumbados, en corto
espacio, como en una jaula.
«Es claro que disimula, pensaba Suárez; pero lo
hace muy bien. Si yo no supiera que es imposible no padecer en este trance,
creería que él estaba muy tranquilo. En sus ojos yo no veo inquietud, amargura;
no hay ningún esfuerzo en ese gesto plácido. Lo que es excitado, no lo está.»
Y luego preguntó á su amigo:
—¿No sientes nada... aquí, por encima del estómago?
Leal se rió y dijo:
—No; no siento nada. ¿Es eso lo que se siente?
—Yo sí; eso. Toda la noche.
—Pues yo sólo siento... que esto se lo lleva la
trampa. ¿No oyen ustedes? La dama grita, pero más gritan fuera...
En efecto, crecía el tumulto. Los amigos de Leal,
los leales, los que le rodeaban, protestaban entre bastidores; contestaban, sin
que desde fuera los oyesen, es claro, á los gritos del público.
—Conozco esa voz: es la de López, á quien Leal no
votó en la Academia de la Historia.
—Y ese otro que dice que bajen el telón es Minuta,
el director de El Gubernamental, el imitador de Campoamor...
Suárez callaba y observaba á Pablo, que volvía á
pasear, al parecer tranquilo.
En fin, se hundió el drama. Cayó el telón entre
murmullos. La dama, que se había destrozado la garganta, corrió á abrazar á
Pablo, llorosa, gritando:
—¡Imbéciles! ¡No han querido oir! ¡No han querido
enterarse!
Hubo que subir al saloncillo.
Ecce homo.
Allí había de todo. Amigos verdaderos, indignados
de verdad; amigos fasos, más indignados al parecer. Pero á estos Pablo les leía
en los ojos el placer inmenso, que sentían.
Se díscutió el drama, la competencia del público,
hasta las condiciones acústicas del teatro. El talento del autor nadie lo ponía
en tela de juicio. ¡Estaba él allí! Algunos, haciendo alarde de franqueza y
mirando con delicia el efecto de sus palabras, decían que la cosa era una joya
literaria pero acaso no era teatral. Otros gritaban: «Es teatral y es muy
humana... y muy nueva... ¡El público es un imbécil!»
—Eso no—decia un autor que ni en ausencia se
atrevía á ser irreverente con el público.
Un crítico, gran catador de salsas dramáticas y
filarmónicas, crítico del Real, vamos, de óperas, y constante lector de
Shakespeare, hizo la anatomía del drama y del estreno. El drama era demasiado
científico y pecaba de idealista. Suárez reparó que Leal, que todo lo había
oído sin dejar el gesto de placidez, miro un momento con ira al químico que
quería pincharle con disparates romos. El químico aborrecía á Leal, que le
había tenido que dar varias lecciones en las disputas de café.
La sesión del saloncillo venia á ser una capilla...
á posteriori, después del suplicio.
Pero paso también. Pasó todo. Leal, Suárez y los
demás íntimos salieron del teatro ya muy tarde; y como hacía buena noche de
luna, de templado ambiente, recorrieron calles y calles sin acordarse de que
habla camas en el mundo. Suárez era quien más hacia por mantener la
conversación; quería retrasar todo lo posible el momento de dejar á Leal á
solas con sus impresiones. Ya cerca del amanecer entraron en un café y cada
cual tomó lo que quiso. Leal
prefirió una copa de Jerez. ¡Cosa más rara! El
vinillo le puso alegre, pero de veras; era imposible que se pudiera fingir
aquel contento. Suárez acabo por sentir más curiosidad que lástima. ¿Por qué
demonio, siendo tan nervioso su amigo, y no siendo un santo, no padecía más con
la derrota de aquella noche y con los alfilerazos del saloncillo? Lo que hacía
Leal era procurar que no se hablase de su drama, ni del público, ni de la
crítica con mucha naturalidad llevó la conversación á cosas más elevadas; se
habló de la psicología de las multitudes, del altruismo, de la vida de familia,
y de si era compatible con las grandes empresas de abnegación, de reforma
social. Pablo opinaba que sí; que por el amor del hogar debían irse organizando
todos los amores superiores, para ser efectivos, para perder el carácter de
abstracción que generalmente revisten y les quita fuerza... Leal se exaltaba
hablando de aquello; de la necesidad de fundarlo todo en el cariño real de la
familia... Mucho hablaron, mucho. Pero al fin vino el sueño, y Suarez se
despidió del autor derrotado, seguro de que lo primero que haría Pablo al verse
en la cama... sería dormirse.
***
Pasó mucho tiempo, y Suarez no se atrevía á
preguntar á Leal de dónde había sacado fuerzas para pasar con tal serenidad por
las amarguras de aquella terrible noche.
Pero un día, hablando de teología y de religión,
Pablo se lo explicó todo espontáneamente, dándole la clave del misterio, por
vía de ejemplo de ciertas demostraciones.
Se trataba de varios artículos recientes de
filósofos extranjeros, acerca de legitimidad racional de la plegaria. Salieron
á relucir las novísimas teorías referentes á la creencia; se comentó la
filosofía de Renouvier; se habló de otros defensores de la tesis de la
contingencia, del autor de Las tres dialécticas, Gourd; y llegando Leal á decir
algo suyo, de experiencia personal, se explicó de esta manera:
—Yo perdono á los espíritus geométricos su
intransigencia esquinada, su inflexibilidad, su cristalización fatal,
congénita, y no me irrito cuando me dicen que me contradigo, y me llaman
místico, soñador, dilettante, etc., etc. No pueden ellos comprender esta
plasticidad del misterio; la seguridad con que se apoya, si no los
pies, las alas del espíritu, en la bruma de lo
presentido, de la intuición inspirada. No comprenderán, imposible, por ejemplo,
á Carlyle cuando nos habla de la adoración legítima del mito mientras es
sincera; no comprenderán, imposible, á Marillior cuando distingue el mito
racional de la última razón metafísica de la religión. Y, sin embargo, es una
pretensión ridícula querer elevarnos por encima de los límites de nuestra pobre
individualidad, y hacernos superiores á las influencias de raza, clima, civilización,
nacionalidad, tiempo, etc., etc., sin más fundamento que la idea de que el
conocimiento realmente científico necesita, para ser, prescindir de todas las
influencias históricas. ¿Quién se atreve á personificar en si el sujeto puro de
la ciencia pura? Pero otra cosa es la legitimidad de la creencia racional, no
incompatible con lo que la conciencia nos da como lo más conforme á verdad,
según el adelanto especulativo que alcanzamos. Así como en derecho positivo
nadie tiene por absurdas las formas residuales del primitivo ó antiquísimo
derecho simbólico, así estos nobles residuos, racionales, de creencias antiguas
pueden entrar en nuestra vida moral, no en calidad de ciencia, pero si de
creencia y culto y devoción personal, que nadie ha de imponer á nadie. Yo, V.
gr., soy de los que rezan, de los que adoran; y no por seguir al pie de la
letra la teología ortodoxa, ni por inclinarme á las teorías de que hablabamos,
relativas á la contingencia, á las voliciones divinas nuevas, al indeterminismo
primordial. Yo no pido á Dios que por mi cambie el orden del mundo; rezo
deseando que haya harmonía entre mi bien, el que persigo, y ese orden divino;
rezo, en fin, deseando que mi bien sea positivo, real, no una apariencia, un
engaño de mi corazón. Y con tal sentido, me animo á mejorar moralmente, á
hacerme menos malo, no sólo por la absoluta ley del deber, sino pensando en la
flaqueza de mi interesada pequeñez de alma; también por esa especie de pacto
místico, inofensivo por lo menos, en que ofrecemos á Dios el sacrificio de una
pasión, de un falso bien mundano, á cambio de que exista esa anhelada harmonía
entre el orden divino de las cosas y un deseo nuestro que tenemos por lícito.
Cualquier jurista podrá ver que no es esto imponer una condición para el
sacrificio, pues en buen derecho, la condición es acontecimiento futuro é
incierto, que
puede ser ó no ser... y esta harmonía que deseo
entre mi anhelo y el orden de las cosas no es contingente.
—Vamos,—dijo Suáres,—eso es la filosofía, más ó
menos ecléctica, del voto.
—Sí; yo hago votos,. Y no me avergüenzo. Algunas
veces me han servido para salir menos mal de situaciones difíciles. Oye un
ejemplo... del que no he hablado nunca á nadie....¿Te acuerdas del
naufragio de aquel drama histórico mío, que tú me
hiciste llevar al teatro?
—¡Pues no he de acordarme!...
—¿Y no te acuerdas de que yo estuve aquella noche
bastante sereno, con gran asombro tuyo?
—Sí, hombre; y por cierto que no pude explicarme
nunca...
—Pues vas á explicártelo ahora. Por aquellos días,
yo tenía á mi único hijo, de seis años, enfermo de algún cuidado, fuera de
Madrid, en una aldea del Norte, adonde le había llevado su madre por consejo
del médico. Yo me fuí con ellos. Mi drama se ensayó, como recordarás, durante
mi ausencia. Me llamaban desde Madrid, pero yo no quería separarme de mi hijo.
El medico del pueblo, hombre discretísimo, me aseguró que la enfermedad de mi
hijo no ofrecía peligro, y que de fijo sería larga; que en aquellos ocho días
que yo necesitaba para ir y volver, nada de particular podría pasar. Mi mujer
apoyaba al médico; lo mismo los demás parientes y los amigos; vosotros desde
Madrid me apurábais encareciendo la necesidad de mi presencia... Dejé á mi
hijo; pero es claro que de él tenía noticia telegráfica dos veces al día. En
cuanto estuve lejos de los míos, el dolor de la ausencia fué mi principal
sentimiento; lo del drama quedaba relegado á segundo término... Hasta me
remordía la conciencia, á ratos. Mil veces estuve tentado de volver al lado del
enfermo, echando á rodar todas las vanidades de artista... Las noticias del
pueblo eran satisfactorias, el niño mejoraba.. Pero el telegrama que recibí la
noche anterior á la del estreno me alarmó; la madre, veladamente, me indicaba
un retroceso, el ansia de que yo volviera pronto. Todos los que leían el
telegrama me aseguraban que no había en el motivo para tristes
presentimientos... Pero yo los tenía tales, que eran una angustia indecible.
Mientras vosotros, en casa, en el teatro, me hablabais, entre bromas cariñosas,
de las
emociones del autor, de la capilla... yo pensaba en
lo otro, en la otra crisis; y cuando no me veía nadie apoyaba la cabeza en una
pared para descansar; porque me abrumaba el peso de mi agonía, el plomo de
tantas ideas siniestras que me llenaban el cerebro... Dolor y
remordimiento....¿Por qué no huí? ¿Por qué no os dejé con
vuestro estreno dichoso y no eché á correr al lado
de los míos...? No lo sé. Porque me daba vergüenza; por falta de fuerzas para
toda resolución; porque, en buena lógica, yo también juzgaba irracionales mis
temores... Acaso, y esto aún me avergüenza, porque, sin darme yo cuenta de
ello, me retenía la vanidad del autor, aquella miseria...
Lo que hice para calmar mis remordimientos, por
acto también de amor puro á mi hijo, y, valga la verdad, con fe y esperanza
realmente religiosas, fué ofrecer á Dios un voto, un voto en el sentido que te
be explicado antes. «Señor, venía á ser mi pensamiento, yo ofrezco en cambio de
un telegrama que me anuncie una gran mejoría de mi hijo enfermo, de una noticia
que me quite esta horrible incertidumbre, este tormento de presentir vagamente
una desgracia superior á mi resistencia, yo ofrezco los viles despojos de un
naufragio de mi pobre vanidad; juro con todas las veras de mi alma, que á
cambio de la salud de mi hijo, deseo vivamente la derrota de mi amor propio, la
muerte de este otro hijo del ingenio, hijo metafórico, que no tiene mi sangre,
que no es alma de mi alma. Muera el drama... y que baje por lo menos á y unas décimas la temperatura de mi
Enriquín... Que Dios quiera que esto deba ser así, que esté en el orden que
sea... y prometo recibir la silba con toda la serenidad que pueda, pensando en
cosas más altas, de piedad, de caridad, de filosofía...»
A las ocho y cuarto de la noche terrible... recibí
un telegrama en que se me daba la enhorabuena en nombre del médico, porque el
niño experimentaba una mejoría que tenía trazas de ser definitiva, anuncio de
franca y pronta curación... Mi alegría fué inmensa; mi enternecimiento
inefable; mi fe, de granito. Noté que á los demás el telegrama les hacia poco
efecto, porque no habían creído en el peligro... y porque no eran los demás
padres de Enriquín. En aquel éxtasis de reposo moral, de emoción religiosa, me
cogió como un torbellino la realidad brutal del estreno... No sé cómo llegué al
teatro; me vi rodeado de gente... La dama me preguntó si estaba bien
caracterizado el personaje con aquella ropa,
aquellas arrugas... ¡qué sé yo! Aquel infierno de las vanidades me arrancó por
algunos momentos el recuerdo de mi felicidad, de la gran noticia que me habían
mandado desde mi hogar querido... No volví á pensar en la dicha de tener á mi
hijo fuera de cuidado... hasta que me dieron el primer susto las señales de
desagrado que empezaron á venir de la sala, que yo no veía... Yo no esperaba un
descalabro; esperaba un buen éxito; sobre todo creía en mi drama. Llegaba, por
lo visto, el momento de cumplir el voto; había que alegrarse, desear la
derrota... Era el precio de la salud de mi hijo. Saque fuerzas de flaqueza....
elevé cuanto pude el corazón y las ideas.... y aunque
tropezando y cayendo en el camino de aquel
Calvario... de menor cuantía, al fin creo que conseguí no hacerme indigno del
premio de mi promesa. Si no con perfección, al cabo cumplí mi voto.
Te aseguro, mi querido poeta, que representándome
las sonrisas de mi hijo redivivo; la dicha que me aguardaba en sus primeras
caricias; la felicidad de llorar de placer juntos y de dar gracias á Dios la
madre, el padre y el hijo...; las injurias de aquella noche horrible no me
llegaban á lo más hondo de las entrañas... No era yo del todo el que recibía
aquellos agravios. Yo, más que el autor de mi pobre drama, era el padre de mi
pobre hijo. Este no podían matármelo los morenos. Dios quería librarlo de las garras
de la fiebre; un enemigo mucho más serio que el público de los lunes clásicos.
VI
Era D. Narciso un enfermo de mucho cuidado;
entendámonos, porque la frase es de doble sentido. No digo que estuviera
enfermo de mucho cuidado.... Tampoco esto va bien. Si estaba enfermo de
mucho cuidado, ya lo creo; muy grave; sobre todo
porqué empeoraba, empeoraba y no se podía acertar con el remedio, ni había
seguridad alguna en el diagnóstico. Pero lo que yo quería decir primero no se
refiere á la gravedad y rareza del mal, sino á la condición personal de D.
Narciso, que era un enfermo de mucho cuidado.... como hay toros de mucho
cuidado también, ante los
cuales el torero necesita tomar bien las medidas á
las distancias, y á los quiebros, y al tiempo, para no verse en la cuna. El
médico era á don Narciso lo que el torero á esos toros; porque don Narciso,
hombre nerviosísimo, filósofo escéptico y aficionado á leer de todo, y por
contera aprensivo, como todos los muy enamodos de la propia, preciosa
existencia, le ponía las peras á cuarto al doctor, discutía con él, le exigía
conocimientos exactos á lo que á el le pasaba por dentro, conocimientos que el
doctor estaba muy lejos de poseer; y con las voces técnicas más precisas le
combatía, le presentaba objeciones, y, en fin, le desesperaba. Lo peor era que,
acostumbrado don Elenterio, el médico, á la mala manía de hablar delante de sus
enfermos legos en los términos del arte, porque así ni él mentía ocultando la
gravedad del mal, ni los enfermos se alarmaban demasiado, porque no le
entendían, á veces se le escapaba delante de D. Narciso alguna de esas
palabrotas poco
tranquilizadoras para quien las entiende; y el
paciente, erudito, siquiera fuese á la violeta, ponía el grito en el cielo, se
alborotaba, y si no pedía la Extremaunción no era por falta de miedo había que
tranquilizarle, mentir, establecer distingos, en fin, sudar ciencia y
paciencia; y no para curarle, sino para que se volviese á sus casillas. Don
Eleuterio aguantaba todas estas impertinencias porque el parroquiano ó cliente
era de oro por lo bien que pagaba, y, además, hombre influyente y de mucho viso;
en fin, no se le podía plantar, pese á todas sus....cosas ,como las llamaba el
médico por no insultar al otro.
Y no valía que las palabras terminadas en itis ó en
algia, y otras no menos bárbaras, fuesen de uso completamente nuevo, acabadas
de componer por un sabio, autor de libro ó artículo de revista, ó de
laboratorio; todo lo comprendía el entrometido, porque como picaba también en
las lenguas sabias, no era manco en la griega, ó mejor, no era deslenguado; y
en seguida, anhelante, preocupadísimo, analizaba los componentes del terminacho
flamante, y sea con ayuda del léxico, ó sin ella, sacaba en limpio....que él tenía
el hígado
mechado, como dice un personaje de Zaragüeta, ó el
riñón cubierto... de úlceras, ó cualquier otra barbaridad.
Aquello era un purgatorio. La familia de don
Narciso pagaba el suplemento de las pejigueras que tenía que aguantar el
facultativo. Al cual le costaba más trabajo hacerse respetar, en nombre de la
autoridad de la ciencia, porque, cuando estaba sano el amigo D. Narciso, solían
convenir, sobre todo si tomaban juntos á la sazón café y copa, en que la
Medicina está en la edad de piedra, y puede que nunca alcance la de oro. Los
dos hacían alarde de su escepticismo terapéutico; el médico muy vano porque
creía que era un acto de imparcialidad sublime y de abnegación el confesar el
semejante bancarrota (palabra de moda en las ciencias), contra lo que le
aconsejaban sus intereses; y el otro muy hueco porque lucía su erudición
trayendo á cuento á los ilustres varones que habían renegado de médicos y
medicinas. «Cómo dijo Moliére....Según
Montaigne....Dijo Quevedo», etc., etc.
Y claro, cuando había que agarrarse á un clavo
ardiendo, recurrir
á la
Medicina, porque D. Narciso se iba por la posta, ¿con qué cara le hablaba don
Eleuterio de la eficacia de las recetas ni aún de la
probabilidad de los diagnósticos? ¿No habían
convenido en que el juego fatal de los fenómenos naturales era demasiado
complejo para que el hombre pudiera tener la pretensión de penetrar en su
enmarañada urdimbre? Todo iba á dar á la química... y la verdadera química
estaba en mantillas.
No se sabía si existían los átomos; lo probable era
que no; y sin embargo, los átomos; eran indispensables para la química....y ni
aún
esto era ya muy seguro, según las recientes
disputas de Ostwald, Cornu, etc. De modo que todo estaba en el aire.... todo se
reducía á
conjeturas, á hipótesis.... ¡y á don Narciso le
llevaban los demonios,
porque no quería que el importantísimo negocio de
su rápida curación dependiese de nada hipotético.... «O ji ó ja,» gritaba él;
ji
era la muerte y ja la salud. Y aunque decía ji ó
ja, al médico no le permitía decir más que ja. Y la decía D. Eleuterio á
regañadientes, porque le gustaba ser claro. Pero en diciendo él ja (la salud,
sin duda), se irritaba el otro, y exclamaba;
—¿Usted que sabe? á mi no se me engaña. Tanto cree
usted en esas pócimas como yo; ni usted ni nadie sabe lo que yo tengo en el
bazo, ni lo que puede sobrevenir en el hígado.... — ¡Todo es farsa! Usted me lo
ha confesado mil veces.
Y así se pasaba la vida, haciéndola más miserable y
menos apetecible de tanto apetecer prolongarla y de tanto temer la muerte.
***
Un día D. Eleuterio se puso muy serio, á la
cabecera de la cama de D. Narciso; sacó el reloj, tomó el pulso, examinó
detenidamente al enfermo, y con un tono autoritario que, por de pronto,
sorprendió y sobrecogió al paciente, impuso su voluntad y declaró que iba á
recetar una cosa que estaba indicadísima para evitar complicaciones serias que
podían sobrevenir, de que ya había indicios. Y no dió más explicaciones; no
dijo qué cosa era aquella. Don Narciso asustado, débil, no pudo mostrar la
energía de otras veces para ponerse al cabo de lo que se iba á hacer con el.
A sus tímidas indicaciones, el médico, con voz
seca, contestó (seguro de ejercer en aquella ocasión cierto poder sugestivo):
—No puede usted entender la fórmula de esto: es
cosa nueva; esta noche he estudiado la cuestión, y resuelvo que esto es lo que
conviene; se trata de algo muy complejo, que usted, profano al fin,
no comprenderla. Y no hay que andarse con bromas,
podrá el
remedio no servir; pero sin él..... es seguro....
—¿El qué?
—Es seguro que estamos....mal.
Cada vez más acoquinado, dijo D. Narciso, por decir
algo:
—Bueno; pues... que traigan pluma y papel.... ó
pase usted al
despacho...
—No: no hace falta; tengo prisa. Aquí mismo; traigo
yo papel y lápiz....Y esas plumas de usted nunca parecen....y eso que es usted
escritor.
Y diciendo y haciendo, sacó de un bolsillo interior
una cartera, buscó en ella un papel y un lápiz, y en pie, apoyando el papel en
la cartera misma, escribió rápidamente la receta. Quería aprovechar aquel
momento de dominio sugestivo sobre el enfermo, y no quería dilaciones por causa
de pormenores materiales. Nervioso, pero con aspecto de triunfo, guardo sus
chismes de escribir, se despidió con pocas palabras y salió, después de
entregar á uno de la familia el papelito, símbolo de su victoria sobre el empecatado
D. Narciso.
Vino la medicina, la tomó el enfermo, como un
doctrino, en la forma que al salir había detallado el médico, y no hubo más.
***
Así, como media hora después de tragarse la pócima,
D. Narciso, revolviendo impaciente los pliegues del arrugado embozo del lecho,
tropezó con un papel escrito.
—¿Qué es esto? pensó. ¿Quién ha dejado esto aquí?
!Ah! ya caigo. Este papel se cayó de la cartera de D. Eleuterio.—Como no era
carta, ni cosa por el estilo, su curiosidad no encontró resistencia cuando le
pidió que leyera aquel documento.
Y leyó. ¡Cosa más rara! Eran unos apuntes que
podían llamarse reflexiones sueltas acerca de la Medicina en general. ¡Pero qué
reflexiones (No sólo eran incoherentes, sino que subvertían todo el orden de la
terapéutica, tomaban á contrapelo la patología, y suponían un criterio de
escepticismo caprichoso, respeto de la ciencia tradicional; y en cambio se veía
clara una tendencia á admitir la eficacia de lo maravilloso, á suponer en la
realidad, en el fondo de la química, según palabras que se leían allí, misteriosas
relaciones, virtudes cuasimorales de los llamados simples con que no contaba
ni podía contar la Medicina, porque desconocía la
naturaleza, y aún la existencia, de tales elementos de la vida natural, y nadie
podía decir de sus causas ni de sus efectos. Se exageraba en aquel papel la
autosugestión; se suponía que, siendo el hombre microcosmos, tenía, por
autarquía y autonomía de la vida universal-individual, un mundo aparte,
individual, de leyes naturales, diferentes para cada cual. Así como Protágoras
había dicho que «el hombre era la medida de todo» con relación al conocimiento,
significando que la verdad para cada cual era diferente, allí se aseguraba que
las enfermedades y los remedios en cada ser individual eran diferentes también.
Después venían burlas sangrienta, sarcasmos feroces contra médicos, escuelas,
hipótesis científicas, etc., todo en estilo nerviosísimo, entre paradojas é
hipérboles, incongruencias, imágenes alambicadas y extravagantes....
—No cabe duda,—pensó D. Narciso;—este hombre está
loco; ¡quién lo había de decir! Aquí tengo el pensamiento secreto de mi médico:
este papel se le ha caído de la cartera cuando la sacó para escribir la receta;
este papel representa el íntimo pensar de mi médico....y esto es obra de un
loco ilustrado, de un doctor....á quién
se le han hecho los sesos caldo. ¡Dios mío....y yo
estoy en manos
de este demente, á merced mi salud de los caprichos
de una vesania!
Y siguió leyendo, y de repente dió un grito
espantado. Porque había leído esto:
«El único médico bueno del mundo no es médico, es
médica: la Casualidad.»
»Sólo podéis curar vuestros males jugando á la
lotería. Una receta debe ser algo así como un décimo ó muchos decimos. El
motivo es obvio. No es cierto que la ignorancia en que estamos del fondo
virtual de la esencia de las cosas aconseje la abstención de medicamentos. El
mal, por lo común, no desaparece por sí solo. Lo que hay que hacer es.... jugar
á la lotería el mayor número posible
de billetes, para aumentar las probabilidades de
curar.... y las de
reventar. («¡Loco rematado!» gritaba al llegar aquí
D. Narciso.) El que no se aventura no pasa la mar. El médico y el enfermo deben
de ser valientes, jugar el todo por el todo. La receta debe contener la mayor
cantidad posible de principios curativos que no se
neutralicen, todos de positiva eficacia en su
género. De este modo, si no se ha dado en el clavo, sino en la herradura, se
puede matar al paciente, es verdad; pero también puede suceder que su mal no
tenga relación ni con el efecto nocivo ni con el benéfico del resultado de la
combinación compleja de agentes. Puede también suceder que ésta resulte
inofensiva para todo temperamento y para todos los órganos, en todos los
estados. Y, por último, puede suceder que la acción de alguno de los
componentes, ó de la reunión de varios, ó de la total, sea la que se buscaba á
ciegas. Y entonces tenemos la receta modelo....a posteriori. La firma.... la
médica única, la
Casualidad. Jugad muchos billetes y podréis tener
más probabilidades de sanar.... ó de reventar.»
—¡Reventar, reventar de seguro!—gritaba don Narciso
fuera de sí, casi decidido á saltar de la cama, víctima del pánico.
Se colgó del cordón de la campanilla; pedía
socorro. «¡Envenenado! ¡Estoy envenenado!» decía lleno de terror á los
parientes y criados que rodearon el lecho....
—¡Lo que me habrá dado ese loco! ¡Dios mío! ¡qué
números, qué serie de la loteria me habré tragado yo!
—¿Pero estás loco?...—le preguntaban.
—No, yo no; el médico.... Pronto, á escape, un
contraveneno....un
vomitivo.....
—Irán á la botica....
—No, no, es tarde; corre prisa....Aceite, ¡todo el
aceite que haya
en casa!... ¡Venga aceite!
Bebió no sé que cantidad fabulosa de aceite. Por
aquella boca salio á poco.... lo que no puede decirse. Debió de haberse quedado
hueco. Le venció la debilidad y se quedó entre
aletargado y dormido.
Se llamo á D. Eleuterio. Cuando despertó don
Narciso lo tenía inclinado sobre su cabeza, observándole.
—Pero ¿qué hace aquí ese hombre?
Don Eleuterio creyó que deliraba. En fin, después
de muchos despropósitos, hubo explicaciones. Don Narciso sintió que se sentía
muy bien.
—¡La medicina!—dijo D. Eleuterio.
—Nó, el aceite.
El médico se echó á reir, y dijo:
—Puede.
Aquel papelito que tanto había alarmado al enfermo
no era cosa de su médico; éste, por curiosidad lo había recogido entre otros
muchos que había dejado un pobre estudiante de Medicina que había muerto loco
en el hospital.
A los pocos días del susto y de desfondarse, don
Narciso se paseaba ya por casa y comía con apetito.
Y una tarde, D. Eleuterio, que había estudiado muy
bien la rápida y milagrosa curación espontánea del inaguantable cliente, le
dijo:
—Pues hay que confesarlo; el loco del hospital...
acertó con ese testamento científico. Quien le ha curado á usted ha sido la
médica, la Casualidad. Reconozco, sé positivamente, que lo que usted
necesitaba, y yo no caía en ello, no era lo que yo le dí, sino lo que usted
tomó para arrojar lo otro.
—¿Aceite?
—Si no aceite por necesidad, algo que surgiera el
mismo efecto. La cosa parece muy grosera; pero la verdad es que usted tenía
dentro algo que no sabemos lo que era; y que le hacía falta librarse de ello, y
se libró....por creer que yo estaba chiflado. Le han curado
á usted entre
un demente y la Fortuna. Dos locos. —Sobre todo me ha curado..... la médica.
VII
E( P3
O
Ya iban á darle garrote, cuando extendió una mano
hacia el público, indicando que quería hablar.
El verdugo no tuvo inconveniente en suspender por
un momento su penosa tarea, porque aquel pobre señor no le había dado nada que
hacer, y le era simpático, como al pueblo entero que presenciaba la ejecución,
y como lo había sido al Tribunal y á cuantos habían intervenido en la causa
famosa que le llevaban al suplicio.
Era un ilustre sabio naturalista, que había
descubierto infinidad de cosas útiles para la humanidad y para la ciencia, sin
meterse jamás en honduras metafísicas sobre lo que era ó no era la materia, ni
en si había alma ó dejaba de haberla. Había matado á su mujer y á la nodriza de
su unigénito en un momento de alucinación. Los médicos se habían empeñado en
demostrar que había obrado como un loco, por un impulso irresistible. Pero don
Atanasio, el sabio, se puso furioso con esta interpretación y publicó un manifiesto,
desde la cárcel, poniendo de vuelta y media á los doctores y á la escuela
antropológica italiana y á cuantos fisiólogos se meten en honduras de derecho y
á tergiversarlo todo. «No, señor; venía á decir el manifiesto: he dado muerte á
mi cara mitad y al ama de cría en el pleno uso de mis facultades, con toda la
libertad, ó lo que por tal entendemos vulgarmente, con que se pueden hacer
estas cosas. Me estaban distrayendo con una disputa acerca de unos pañales que
había robado ó no la lavandera; yo tenía en la mano un frasco
de una materia, invención mía, capaz de prender
fuego á medio mundo; se me había olvidado cierta fórmula con la cual yo
convertía aquella mezcla terrible en un elixir que aseguraba á la humanidad una
salud de miles de años; y cuando ya volvía la fórmula á la punta de la lengua,
al recuerdo, la disputa de los pañales me llevó el santo al cielo, huyó la
fórmula... y arrojé el frasco sobre las hembras viles que así robaban á la
humanidad la dicha asegurada.—No hubo más que eso; no soy criminal nato, ni
estoy loco, ni me coje ninguna eximente ni atenuante; y en cambio deben de
cojerme por el medio varias agravantes. Con que al palo. Pero que no me den
matraca con juicios orales y pamplinas. Tengo más que hacer que defenderme. Voy
á pasar los pocos días que me dejen de vida discurriendo, á ver si vuelvo á dar
con la fórmula que asegura tantos años de existencia al ser humano. Y dicho y
hecho don Atanasio no volvió á pensar en otra cosa. Ni se acordaba de haber
asistido al juicio, ni de haber oído la sentencia, ni de haber estado en
capilla.
Cuando le sentaron y sintió en la garganta el frío
del corbatín de hierro, se estremeció... y en vez de ver las estrellas, vió en
el aire, de repente, con los ojos de la imaginación... una fórmula; pero otra,
otra mucho mejor, ¡qué fórmula!
***
—¡Ya la encontré! ¡Albricias, señores!—gritó
adelantándose hacia el público por el tablado adelante.—Que no me maten de
ninguna manera; sería una atrocidad: es decir, por ahora. Que me dejen ensayar
mi descubrimiento, y después que hagan de mí lo que quieran.
—Pero ¿qué ha descubierto usted?—preguntó el
verdugo, que empezaba á temer que aquello fuese una treta.
—¡Pues nada, hijo; he descubierto la inmortalidad
del hombre! Pero no la inmortalidad del alma, no; la del cuerpo y el alma
juntos; vamos, que he encontrado lo que perdió Adán. ¡Claro! La otra fórmula...
era floja, insuficiente; me faltaba... lo del pentóxido de fósforo, y no había
pensado en la forma cristalina de la betaméthylnaftalina, y en cambio había
metido el ácido amidosulfónico donde no toca pito. ¡Pero, señor, cómo me había
yo olvidado de las propiedades cristalográficas de los dos estereoisomeros
ácidos alfa-methyl-beta-clorocrotónico, del ácido
alfa-dicloro-sigma-dimethylsuccinico! ¡Ve usted qué
cabeza la mía... señor... justicia mayor!
El verdugo se dijo;—«Vaya, se ha vuelto loco de
miedo.» Y no sabía qué hacer, si matarlo ó dejarlo. Pero intervino el
público, la fuerza, la autoridad, y de explicación
en explicación se llegó á telegrafiar al gobierno, consultando lo que se hacía
con aquel hombre que juraba haber descubierto la inmortalidad de la vida...
mortal, ó ci devant mortal, como diría un corresponsal de París.
El gobierno accedió á lo que don Atanasio pedía; á
saber, que le oyera una junta de sabios, y que si no les convencía de que era
infalible su descubrimiento, se le diese, no ya garrote, sino los mayores
tormentos de la inquisición, y que le descuartizaran si querían.
A los pocos días, las Academias de todas las
ciencias, menos las morales y políticas, reunidas, publicaban su informe. En
efecto, don Atanasio había descubierto el modo de preservar al hombre de la
muerte, de toda clase de muerte; pero...
***
Pero no al hombre, así, en general; no á todos los
hombres, sino
á uno solo. A
uno solo entre los vivos; pero los que éste engendrara serían ya inmortales
también.
La idea se le había ocurrido á don Atanasio por la
sugestión de ciertas teorías del malogrado filósofo Guyau, que, medio en serio,
medio en broma, había hablado de la posibilidad de llegar á tal progreso, que
hubiera medios de mantener el equilibrio de los elementos vitales en el
organismo en constante renovación. Si la humanidad, pensaba don Atanasio, no ha
hecho hasta ahora nada por su inmortalidad, ha sido culpa del apriorismo
metafísico, y después por la dichosa teoría de la evolución, también metafísica,
que dice que todo lo que nace muere. «Dejad las preocupaciones tradicionales;
dejad á Spencer y demás sabios evolucionistas; empapáos en el profundo sentido
de esa biblia natural que se llama el Origen de las especies de Darwin, y
estaréis en el noviciado de la gran Orden de la inmortalidad; esto decía don
Atanasio.—No hay tiempo para explicar aquí por qué lo decía. Tampoco lo hay
para dar razón detallada de por qué no podía inmortalizarse más que á un hombre
y su descendencia. Ello era que los polvos de la madre
Celestina, digámoslo así, merced á los cuales se
podía conseguir la vida inmortal, eran de tan esmeradísima, difícil y delicada
fabricación, que la humanidad entera tenía que consagrarse, en sacrificio, á
producir el elixir misterioso, que era una quinta esencia de cierto jugo vital
descubierto por don Anastasio. Se calculó que se necesitaba que todos los
millones de hombres que forman los pueblos civilizados y á medio civilizar se
dejasen hacer cierta operación dolorosiíima, aunque no peligrosa, para sacar la
substancia necesaria á producir la inmortalidad de un solo individuo. Además,
la tal operación exigía gastos exorbitantes de los Estados en materias
químicas, estudios, hospitales ad hoc, viajes, comisiones, etc., etc. En fin,
un dineral. Cada nación tenía que empeñarse para mucho tiempo.
No importaba; todo se daba por bien empleado. ¿Qué
sacrificio no se haría por reconquistar la vida inmortal, perdida á las puertas
del Paraíso? La humanidad civilizada y á medio civilizar decidió ganar la
inmortalidad para el hombre, costase lo que costase; pero...»
***
¿A que gato se le ponía el cascabel? ¿Quién iba á
ser el único inmortal entre los vivos, el Nuevo Adán, fundador de la raza de
los inmortales?—Algunos sabios empezaron á protestar, diciendo que la cosa no
era tan ventajosa como se creía; que era una inmortalidad ontogénica; no
filogènica.
—¡Mentira!—replicó don Anastasio,—no se salva sólo
un individuo, sino la especie, mediante los descendientes de un individuo.
—Bueno; pero, ¿quién va á ser el afortunado...
inmortal? —¡El Papa!—dijeron unos.
—El Emperador de la China,—dijeron los chinos.
—El Rey de Inglaterra,—dijeron los ingleses.
—Nuestro amo...—gritaron los alemanes.
—El Presidente de la República,—exclamaron los
franceses: et sic de cæteris.
Los españoles se creyeron llamados á escojer el
inmortal, pues don Atanasio, por pura distracción, se había dejado parir en
España.
Y aparecieron mil candidatos. ¡Don Alfonso! ¡Don
Carlos!
¡Cánovas! ¡Guerrita! ¡Irún! ¡Pablo Cruz!
—Señores,—dijo Ferreras desde El Correo;—de no ser
Sagasta, que casi nos lo había prometido... que sea... el mismo don Atanasio...
el inventor.
—¡De ningún modo!—protestó el tribunal de
derecho.—Don Atanasio está condenado á muerte y la inmortalidad sería demasiado
indulto.
Algunos hombres sinceros que había esparcidos por
el mundo, uno aquí y otro en Pekin, se hicieron oir.
—Seamos francos,—decían;—un bien tan grande, tan
impensado, tan incalculable como la inmortalidad nadie lo quiere para otro,
nadie quiere sacrificarse, sufrir esa terrible operación, gastar su hacienda...
para conseguir el tormento de morir sabiendo que pudo ser inmortal. Llegado el
instante de la operación salvadora... nadie se dejaría operar para inmortalizar
á otro.
¡Es verdad, pensó la humanidad en silencio!
Algunos hipócritas sacaron á relucir el sofisma
paradógico de que el mayor suplicio sería una vida sin fin...
Ahora que se tocaba su posibilidad nadie creía eso;
la sed de la vida inmortal se apoderó de todos; se suspendieron los suicidios,
callaron los pesimistas, los místicos no pedian la muerte.
—¡A votar! ¡A votar!—gritó el mundo entero.
Se votó por razas, por naciones, por provincias por
municipios, por barrios, por calles, por casas, por familias. Y cada raza se
votaba á sí propia, y nada más, y cada nación lo mismo, y cada provincia igual;
y así hasta llegar al seno de la familia... donde cada cual quería la
inmortalidad para sí mismo. Todo fué inútil. En último resultado, cada hombre
tuvo un voto: el suyo.
—¡Hay que recurrir á la lotería!—declaró el
Congreso de las naciones.
—¡Esa es la fija! la quién Dios se la dé!...—gritó
á coro el infinito vulgo.
—¡Inútil!—interrumpieron los pocos hombres sinceros
que había en la tierra.
—Inútil la lotería... porque ese premio gordo no se
le entregará al agraciado: la humanidad faltara á su palabra: no sufrirá nadie
la operación para que se salve un afortunado...
—¡Verdad! ¡Verdad!—reconoció el mundo.—Nadie
padecerá martirio por dar á otro la vida inmortal segura, visible, palpable,
—No se piense más en ello; ha sido un sueño. ¡O yo,
ó nadie!— declaro cada cual.
Y entonces el tribunal de derecho, que había
condenado á don Atanasio, exigió la ejecución de la sentencia.
—Como no ha habido tal descubrimiento, pues no hay
modo de llevarlo á la práctica, no hay nada de lo dicho, señor mío...—dijo la
autoridad.
Y dieron garrote al inventor de la inmortalidad.
Y los hombres siguieron siendo mortales por la
misma causa que la otra vez: por el pecado original.
Porque el pecado original, el que priva al hombre
de vivir sin morir, es el egoísmo, el desamor, la envidia.
Y no el comer fruta verde.
VIII
E( S6
D C
El señor obispo de la diócesis, por razones muy
dignas de respeto, prohibió, hace algunos anos, que el clero rural anduviera
por prados y callejas, costas y montañas, luciendo el levitón de anchos
faldones y el sombrero de copa alta, demasiado alta muchas veces. Hoy, todos
los curas de mi Verde Erin, de mi católica y pintoresca Asturias, usan traje
talar, sombrero de teja, de alas sueltas y cortas; y á fuerza de humildad y con
prodigios de obediencia consiguen montar á caballo con sotana ó balandrán, sin
hacer la triste figura, y sortear las espinas de los setos, sin dejar entre las
zarzas girones del paño negro.
Pero en los tiempos á que me refiero, no lejanos,
el cura de aldea ordinariamente parecía un caballero particular vestido de
luto, con alzacuello de seda ó de abalorios menudos y con levita y chistera, de
remotísima moda las más veces.
***
El diputado Morales, cacique desde Madrid, de una
gran porción del territorio de la corte, lo menos, del que abarca dos ó tres
arciprestazgos, pasa los veranos, en su magnífica posesión de la Matiella en lo
más alto de una colina cercaña al mar. Desde el palacio, que así lo llaman los
aldeanos, de los Morales se ve el cabo de Peñas, que avanza sobre el Cantábrico
con gallardía escultórica; y del otro lado, al Oriente, se domina la costa
accidentada, verde y alegre, hasta el cabo del Olivo. Y por la parte de tierra
asisten los pasmados ojos, por un momento, á la sesión permanente que en
augusto cónclave celebran, por siglos de siglos,
los gigantes de Asturias, de la Asturias de piedra; el Sueve, los Picos de
Europa, el Aramo... y tantas otras moles venerables, que el buen hijo de esta
patria llega á conocer y amar como á sacras imágenes de un augusto misterioso
abolengo geológico... De barro somos, y no es mucho pensar con respeto y cariño
en la tierra abuela...
***
Pero Morales no pensaba en eso, ni se paraba á
contemplar el gran paisaje (panorama le llamaba el constantemente), que se
podía admirar desde la Matiella. Sabía Morales que aquellas vistas valían mucho
dinero, que por un capricho, un indiano poderoso ó un banquero arrogante darían
muchos miles de duros, encima de lo que por sí valía la quinta, nada más que
por pagar las vistas soberbias... que tampoco se pararían á contemplar
banqueros soberbios ni soberbios indianos.
—¡Mire usted, mire usted, qué panorama!—decía
Morales á cualquier huésped de la Matiella, y apuntaba con el dedo al
horizonte, mientras él le miraba al amigo la cadena del reloj, los guantes ó la
corbata.
Para el cacique de la Matiella, diputado por juro
de heredad, la naturaleza, es decir, el campo, no era más que un marco para
hacer resaltar el lujo de verano.
A sus ojos, mucho más tenían que admirar las
porquerías de escayola con que él habla adornado la quinta, que el Sueve y Peña
Mayor, que él confundía vilmente.
Sí; la naturaleza era un buen marco para sus
vanidades veraniegas... pero había que pulirlo, dorarlo... echarle arena y cal
hidráulica. La arena era su manía. Aborrecía los senderos en que se vé la
tierra que se pisa. Senda sin arena, para Morales era vergonzosa desnudez. Le
encantaba también el pérfido engaño del cemento que parece piedra, y oportune
atque inoportune, el cacique interrumpía la vida lozana de aquellos verdores
con obras de cal hidráulica.
***
Otro adorno de sus dominios era... el clero rural;
los párrocos, coadjutores, ecónomos y capellanes sueltos de aquellos contornos.
Morales, naturalmente, creía en Dios, ó mejor, en
la necesidad de inventarlo; un Dios personal, por supuesto, especie de freno
automático para contener las pasiones de la multitud y conservar las venerandas
instituciones... y el papel en alza, cuando convenía. La impiedad le parecía á
Morales una falta de respeto al jefe del gobierno. Era, pues muy propio de un
conservador incondicional rodearse de toda la clerecía de aquellos
arciprestazgos de que el venia á ser el brazo secular por mediación de alcaldes,
jueces municipales, etc., etc.
Si, quería el freno religioso, el triunfo de la
Iglesia... pero con el Concordato. Daba mucha importancia á las regalías. Le
encantaba una Iglesia que fuese como la religión romana antigua, la de los
paganos, una rueda de la administración pública... Miraba, dígase todo, en el
fondo... muy en el fondo... dudaba... creía que el progreso... en fin, él había
leído un artículo en que se extractaba la doctrina de Taine... y... se atenía á
los hechos. Quería el dogma para evitar que el mundo volviera á la barbarie;
guardaba muchas consideraciones á los señores curas... pero... ¡estaban tan
atrasados! ...¡Aquella teología! ¡Aquellos sombreros!—El verdadero dios de
Morales, sin saberlo él, era una diosa: la moda. La moda en todo. En la ropa,
en el arte, en las enfermedades, en los barbarismos y en la filosofía. ¡Y aquel
respetable clero que se reunía en la Matiella vestía de una manera! Morales era
muy amigo de repetir que él, gracias al progreso, sabía más que Aristóteles.
Excuso decir que sabía mucho menos también sabía más que Santo Tomás. Se reía,
en el seno de la confianza, de la forma silogística. Aborrecía la rima en el
verso; quería que las casas fueran de hierro, y filosofaba á lo jónico moderno,
asegurando que todo era electricidad.
Llamaba neurastenia á todo lo que excedía de los
alcances de su mísero espíritu, y creía bajo su palabra á la gente nueva cada
vez que ésta le anunciaba que todo lo conocido caducaba, y que estaba para
brotar el nuevo genio, el de la gran regeneración á pesar de todo, era
conservador en política, porque no había otra manera de conservar el distrito y
la influencia en todos aquellos Ayuntamientos del contorno. Pero, en el fondo,
era él lo más avanzado, lo más modernista! ... Y todo esto le venía de su real
y espontánea afición,
el último figurín, en materia de trapos. En fin, el
gran villano, cuando hablaba á solas con su mujer, ¡llamaba cursi al cura de la
Matiella!
***
Era un sacerdote alto, moreno, de cara larga, no
mucho, bien proporcionadas facciones, dientes limpios y sanos, labios frescos,
cuello fuerte, buen torso, pierna larga, majestuoso sin afectación en los
andares, pulcro y sencillo en el vestir. También usaba levita larga, pero no
mucho; y el sombrero...
—¡Verán ustedes qué sombrero!—nos dijo Morales, una
tarde de Agosto, en que tomábamos café en la glorieta central del parque de la
Matiella.
Un criado acababa de anunciar al señor cura de la
parroquia. Morales y el cura, por quisquillas de Morales y dignidad del
párroco, habían estado sin verse dos ó tres años;
pero le había convenido al cacique una reconciliación, y el clérigo se había
apresurado á admitirla, por caridad y espíritu sinceramente humilde. La tarde
anterior Morales había visitado al cura, le había invitado á tomar café al día
siguiente, y el cura no tenía sobre la cabeza más que un humildísimo gorro
negro.
—¡Verán ustedes qué sombrero!—repitió Morales
pensando en la chistera que usaba el cura tres ó cuatro años antes. No
recordaba el sombrero, sino la impresión que á el le había hecho; no recordaba
sino que era de modelo antiquísimo, de figura antediluviana...
Por un sendero en zis-zás, de resplandeciente arena
amarillenta, se fué acercando una figura negra, esbelta. Veinte ojos fisgones,
seis de ellos de mujer, ojos de gente madrileña, se habían clavado en el buen
clérigo, y parecía que le estaban examinando de la ciencia de andar por un
parque de gente rica como se debe. Largo era el exámen, porque larga era la
distancia, pero el cura no se daba gran prisa á abreviar el trance, que para él
por lo visto no era amargo, ni siquiera molesto. Casi todos estábamos cubiertos,
porque en aquellas alturas soplaba con fuerza el Nordeste y cubierto venía el
cura. Al llegar á la glorieta, echó mano al sombrero, hizo muy airosa cortesía
y se volvió á cubrir. Puestos en pie nosotros, imitamos su gesto.
¿Y....el sombrero? ¿El sombrero del señor cura?
El sombrero del señor cura no tenía nada de
particular. No era nuevo, sin duda, pero estaba limpio y sin abolladuras; el
pelo teníalo bastante bien conservado, y no nos pareció ni demasiado alto ni
demasiado bajo, ni de alas sobrado anchas, ni muy estrechas; y la forma de la
copa ni demasiado curva nos pareció, ni de cilindro desairado ni de tronco de
cono; era un sombrero de copa alta aproximadamente como los que nosotros
habíamos dejado en casa.
Todos nos volvimos hacia Morales, como pidiéndole
cuenta de aquella decepción.
Morales encogio los hombros.
Mientras el cura saludaba particularmente al amo de
la casa, un pollo de Madrid, gente nueva, pregunto á Morales en voz baja:
—¿Pero es el mismo?
—¡Eso sí; el mismo!
—¿Y entonces? ¿..
—Sin duda....como no lo he visto en tres años... y
entonces era
tan diferente la moda...
—Eso es, me atreví yo á decir: el tiempo ha hecho
otra vez de moda el sombrero antediluviano del señor cura.
Morales, el pollo gente nueva, y algunos otros, se
turbaron un poco por culpa de mis palabras.
—¿Por qué?
—Ya nos lo explicará con la mayor inocencia el
señor cura de la Matiella, el del sombrero.
Gracias á los buenos puros, los buenos licores y al
calor y la gracia de la conversación, se fué animando la gente, y á poco de
haber entrado en el corro el cura de la Matiella, ya le tratábamos como á
conocido antiguo; y el, seguro de haber parecido simpático, hablaba con gran
soltura, alegre, sin dejar de medir las palabras, aunque salían abundantes y
espontaneas.
—¡El progreso, el progreso!—decía el señor cura.—Yo
también creo en el progreso... pero no como ustedes, que ven en él un ídolo, un
fetiche, que tiene por símbolo una línea recta. El progreso no es un dios, y es
una curva sinuosa. Vean ustedes,—y al decir esto colocó el sombrero que tanto
habíamos mirado sobre las rodillas.— Vean ustedes: este sombrero me ha enseñado
á mi mucho acerca del cambio de las cosas. Nuestro ilustre diputado el señor
Morales,
á cuya salud
bebo esta copita, cree que en cuestión de ropa, de música, de jardinería, de
filosofía y hasta de teología, lo mejor es lo de ultima moda, y que debemos
andar siempre á la ultima. Yo creo que lo mejor es lo racional, lo prudente,
que unas veces está de moda y otras no.
Yo he leido un poquillo, poco; y recuerdo que
Descartes en el Discurso del método dice, sobre poco más ó menos, algo como
esto: que lo mejor es colocarse en el medio, á igual distancia de los extremos,
porque aunque la verdad esté en un extremo, á él se ira más pronto desde el
medio que desde el otro extremo.
Cuando compré este sombrero, hace muchísimos años,
lo escogí
á mi gusto.
El sombrerero me puso delante otros muchos que eran de moda, diciéndome: Ese
que usted escoge ya no se lleva.—Pues me lo llevo yo, repuse. Entonces se
estilaban las chisteras con alas muy recortadas y pegaditas á la copa, que era
muy alta. Mi sombrero, este, tenía las alas algo anchas, para que diesen un
poco de sombra al rostro, y no dejaran desairada la copa por la desproporción.
Pero claro, comparadas aquellas alas con las de moda, parecían anchísimas; y la
copa, regular, muy baja, al lado de las que estaban en uso. Pero yo salía tan
contento con mi compra en la cabeza, tranquila la conciencia, porque sabía que
llevaba una prenda útil para su empleo y de proporciones regulares. Más los
caballeros y señoras con que tuve que tratar en la ciudad no lo veían como yo,
porque sin duda encontraban anticuado aquel inocente pedazo de fieltro.
Pasaron años, volví á la ciudad con mi sombrero y
también noté que llamaba la atención. Cuando fuí á plancharlo, el sombrerero me
explicó el motivo: la copa era escandalosa por lo alta, y las alas ridículas
por lo estrechas... El sombrero de moda era de anchísimas alas y de copa tan
baja que no era digna de una verdadera canoa. Valga la verdad, hasta los
chiquillos se reían, más ó menos disimuladamente, de este pobre veterano (dando
golpecitos sobre el sombrero) que les parecía una torre de Babel.
Pero las modas pasan, y mi sombrero dura; así que
después de algún tiempo volví con él á la ciudad, y noté que la bimba de este
cura no llamaba la atención; por casualidad y por poco tiempo, la moda
coincidió con mi gusto, sobre poco más ó menos, los
sombreros de copa de los caballeros que veía pasar
junto á mi eran de tamaño y figura del mío.
Volví á planchar el vejete este, y al sombrerero no
se le ocurrió proponerme que lo reformara. Estaba bien. Aquella forma era la
corriente. Como las rechiflas de antaño no me habían dado frío, no me daba
calor esto de andar á la moda por una temporada, de pelos arriba. Yo seguí
contento con mi vetusta cobertera, no porque fuese de moda, sino porque era
útil, conforme con su destino y las leyes constantes de la proporción. Otra vez
volvió á estar mi sombrero anticuado, y volví yo á no incomodarme por eso. En
el presente momento histórico, como dicen en el Congreso, mi chapeau vuelve
á ser como
los que se usan, ¿no es así, caballeros? Vuelvo á la moda... pero no me alegro;
como no me dará pena que otra vez la moda se separe de mí.
Larga pausa.
Pues lo que digo del sombrero, lo digo de la
cabeza... y del corazón. Cuando escogí estado, cuando seguí mi vocación, cuando
me aferré á mis ideas, á mi fe y á mis amores cristianos... no estaban de moda,
no, la religión, la fe, ni el cristianismo. Ahora parece que entre la gente de
más aristocrático pensamiento soplan aires místicos, ó que así llaman; yo algo
he leído de eso, y no todo me olio á farsa, aunque si mucho. Bien venidos sean
esos nuevos cristianos, si vienen solos, es decir, si no vienen con el diablo
de la hipocresía ó de la vanidad. Me temo, sin embargo, que esa ola favorable
pasará, que la barca, que ustedes saben, seguirá luchando con las tempestades
del mundo... Como quiera que sea, yo siempre tendré sabido que para Dios no hay
evoluciones ni progresos; su gloria es eterna... et nunc et semper. Perseguidos
ó respetados, nosotros siempre los mismos.
Y poniéndose en pie, terminó diciendo:
—Quien ve mi sombrero me ve á mí. Según mi razón
escogí este chisme, según mi fe y mi conciencia seguí la bandera de Jesús, y
aunque hay muchas cosas que cambian y mejoran, no pueden variar las condiciones
principales que debe tener un sombrero de copa alta, ni puede haber moda que
eclipse la gloria de Cristo. ¡Ay del que le siga mirando si muchos ó pocos le
acompañan! A la moda, señores, en conclusión, le pasa lo que á la Academia,
según
la célebre sentencia de un crítico agudo: la moda
es también una autoridad... cuando tiene razón.
Hubo un momento de silencio.
El amo de la casa se atrevió á romperlo,
exclamando. —Usted saca el Cristo, señor Cura, y eso no vale. Dejemos las
cosas de tejas arriba; en este bajo mundo...
—¿Negará usted que la evolución es una ley
universal demostrada hasta la saciedad?
—El devenir.
—Hegel...
—Darwin...
—Spencer.
Mientras aquellos señores abrumaban al pobre cura
de la Matiella con alardes de erudición filosófica de segunda ó tercera mano,
queriendo imponerle como leyes racionales las preocupaciones del propio
psitacismo, yo le estaba agradeciendo al buen clérigo, en el fondo del alma,
aquella lección sencilla y edificante que venía á sancionar mis pensares más
íntimos y mi conducta en la modesta cátedra, donde años y años llevo diciendo á
mis queridos discípulos que procuren ser buenos ante todo, y además, y si tienen
tiempo, que procuren encontrar por el camino que me parece más racional, menos
expuesto á engaños, una ciencia que yo no tengo y que, por lo mismo, no puedo
enseñarles.
Hace tres lustros, yo me presenté en mi cátedra con
un sombrero que no estaba de moda; tenía, es claro, buen cuidado de explicar
siempre porque en punto á filosofía hay que atender poco á los sombreros que
lleven los demás; pero con todo, por conciencia, también advertía siempre que
lo corriente entonces no era pensar así.
El positivismo (¡y qué positivismo el que llega á
las masas de los ateneos, academias, cátedras, foros, congresos, clubs,
anfiteatros y laboratorios!) era en aquellos días, aquí en España, la última
palabra. Yo combatía con toda la fuerza de mi convicción las teorías capitales
del positivismo, sin negar sus méritos, sus servicios, sus verdades
particulares, ni el genio y el talento de tales ó cuales positivistas.
Era yo joven y parecía en cátedra un viejo, un
rezagado.
Pasaron años... y mi sombrero, como el del cura de
la Matiella, está por esos mundos del pensamiento, de moda; á la última....¿Por
qué no decirlo á los discípulos? Se lo digo con
cierta satisfacción contenida, hasta algo melancólica...
Mis ideas son novísimas, mi tendencia la de los
jóvenes maestros de Europa y de América... pero yo no parezco un joven, porque
voy siendo viejo de veras.
Y como para el viejo, aunque no sea perro, no hay
tus, tus; sin que deje de halagarme el ver en autores flamantes confirmadas mis
opiniones, no siento por ello demasiado calor.
Y, como el cura de la Matiella, aunque pase la moda
de mi sombrero, pienso conservarlo hasta que me muera... y acaso después. Et
nunc et semper.
IX
En el balneario de Aguachirle, situado en lo más
frondoso de una región de España muy fértil y pintoresca, todos están
contentos, todos se estiman, todos se entienden, menos dos ancianos venerables,
que desprecian al miserable vulgo de los batistas y mutuamente se aborrecen.
¿Quiénes son? Poco se sabe de ellos en la casa. Es
el primer año que vienen. No hay noticias de su procedencia. No son de la
provincia, de seguro; pero no se sabe si el uno viene del Norte y el otro del
Sur, ó viceversa,... ó de cualquier otra parte. Consta que uno dice llamarse D.
Pedro Pérez y el otro D. Alvaro Alvarez. Ambos reciben el correo en un
abultadísimo paquete, que contiene multitud de cartas, periódicos, revistas, y
libros muchas veces. La gente opina que son un par de sabios.
Pero ¿qué es lo que saben? Nadie lo sabe. Y lo que
es ellos, no lo dicen. Los dos son muy corteses, pero muy fríos con todo el
mundo é impenetrables. Al principio se les dejó aislarse, sin pensar en ellos;
el vulgo alegre desdeñó el desdén de aquellos misteriosos pozos de ciencia,
que, en definitiva, debían de ser un par de chiflados caprichosos, exigentes en
el trato domestico y con berrinches endiablados, bajo aquella capa superficial
de fría buena crianza. Pero, á los pocos días, la conducta de aquellos señores
fué la comidilla de los desocupados bañistas, que vieron una graciosísima
comedia en la antipatía y rivalidad de los viejos.
Con gran disimulo, porque inspiraban respeto y
nadie osaría reirse de ellos en sus barbas, se les observaba, y se saboreaban y
comentaban las vicisitudes de la mutua ojeriza, que se exacerbaba por las
coincidencias de sus gustos y manías, que les hacían buscar lo mismo y huir de
lo mismo, y sobre ello, morena.
***
Pérez había llegado á Aguachirle algunos días antes
que Alvarez. Se quejaba de todo; del cuarto que le habían dado, del lugar que
ocupaba en la mesa redonda, del bañero, del pianista, del médico, de la
camarera, del mozo que limpiaba las botas, de la campana de la capilla, del
cocinero, y de los gallos y los perros de la vecindad, que no le dejaban
dormir. De los batistas no se atrevía á quejarse, pero eran la mayor molestia.
«¡Triste y enojoso rebaño humano! Viejos verdes, niñas cursis, mamas grotescas,
canónigos egoistas, pollos empalagosos, indianos soeces y avaros, caballeros
sospechosos, maníacos insufribles, enfermos repugnantes, ¡peste de clase media!
¡Y pensar que era la menos mala! Porque el pueblo... ¡uf! ¡el pueblo! Y
aristocracia, en rigor, no la había. ¡Y la ignorancia general! ¡Qué martirio
tener que oir, á la mesa, sin querer, tantos disparates, tantas vulgaridades
que le llenaban el alma de hastío y de tristeza!»
Algunos entrometidos, que nunca faltan en los
balnearios, trataron de sonsacar á Pérez sus ideas, sus gustos; de hacerle
hablar, de intimar en el trato, de obligarle á participar de los juegos
comunes; hasta hubo un tontiloco que le propuso bailar un rigodón con cierto
dueña... Pérez tenía un arte especial para sacudirse estas moscas á los
discretos los tenía lejos de si á las pocas palabras; á los indiscretos, con
más trabajo y alguna frialdad inevitable; pero no tardaba mucho en verse libre
de todos.
Además, aquella triste humanidad le estorbaba en la
lucha por las comodidades; por las pocas comodidades que ofrecía el
establecimiento. Otros tenían las mejores habitaciones, los mejores puestos en
la mesa; otros ocupaban antes que el los mejores aparatos y pilas de baño; y
otros, en fin, se comían las mejores tajadas.
El puesto de honor en la mesa central, puesto que
llevaba anejo
el mayor mimo y agasajo del jefe de comedor y de
los dependientes,
y puesto que estaba libre de todas las corrientes
de aire entre puertas y ventanas, terror de Pérez, pertenecía á un señor
canónigo, muy gordo y muy hablador; no se sabía si por antigüedad ó por odioso
privilegio.
Pérez, que no estaba lejos del canónigo, le
distinguía con un particular desprecio; le envidiaba, despreciándole, y le
miraba con ojos provocativos, sin que el otro se percatara de tal cosa. Don
Sindulfo, el canónigo, había pretendido varias veces pegar la hebra con Pérez;
pero éste le había contestado siempre con secos monosilabos. Y D. Sindulfo le
había perdonado, porque no sabía lo que se hacía, siendo tan saludable la
charla á la mesa para una buena digestión.
Don Sindulfo tenía un estómago de oro, y le
entusiasmaba la comida de fonda, con salsas picantes y otros atractivos; Pérez
tenía el estómago de acíbar, y aborrecía aquella comida llena de insoportables
galicismos. Don Sindulfo soñaba despierto en la hora de comer; y D. Pedro Pérez
temblaba al acercarse el tremendo trance de tener que comer sin gana.
—¡Ya va un toque!—decía sonriendo á todos don
Sindulfo, y aludiendo á la campana del comedor.
—¡Ya han tocado dos veces!—exclamaba á poco, con
voz que temblaba de voluptuosidad.
Y Pérez, oyéndole, se juraba acabar cierta
monografía que tenía comenzada proponiendo la supresión de los cabildos
catedrales.
Fué el sabio díscolo y presunto minando el terreno,
intrigando con camareras y otros empleados de más categoría, hasta hacerse
prometer, bajo amenaza de marcharse, que en cuanto se fuera el canónigo, que
sería pronto, el puesto de honor, con sus beneficios, sería para él, para
Pérez, costase lo que costase también se le ofreció el cuarto de cierta esquina
del edificio, que era el de mejores vistas, el más fresco y el más apartado del
mundanal y fondil ruído. Y para tomar café, se le prometió cierto rinconcito,
muy lejos del piano, que ahora ocupaba un coronel retirado, capaz de andar á
tiros con quien se lo disputara. En cuanto el coronel se marchase, que no
tardaría, el rinconcito para Pérez.
***
En esto llego Álvarez. Aplíquesele todo lo dicho
acerca de Pérez. Hay que añadir que Álvarez tenía el carácter más fuerte, el
mismo humor endiablado, pero más energía y más desfachatez para pedir
golilleras.
También le aburría aquel rebaño humano, de
vulgaridad monótona; también se le puso en la boca del estómago el canónigo
aquel, de tan buen diente, de una alegría irritante y que ocupaba en la mesa
redonda el mejor puesto. Alvarez miraba también á don Sindulfo con ojos
provocativos, y apenas le contestaba si el buen clérigo le dirigía la palabra.
Alvarez también quiso el cuarto que solicitaba Pérez y el rincón donde tomaba
café el coronel.
A la mesa notó Alvarez que todos eran unos
majaderos y unos charlatanes... menos un señor viejo y calvo, como él, que
tenía enfrente y que no decía palabra, ni se reía tampoco con los chistes
grotescos de aquella gente.
«No era charlatán, pero majadero también lo sería.
¿Por qué no?» Y empezó á mirarle con antipatía. Notó que tenía mal genio, que
era un egoísta y maniático por el afaá de imposibles comodidades.
«Debe de ser un profesor de instituto ó un
archivero lleno de presunción. Y él, Alvarez, que era un sabio de fama europea,
que viajaba de incógnito, con nombre falso, para librarse de curiosos ó
impertinentes admiradores, aborrecía ya de muerte al necio pedantón que se
permitía el lujo de creerse superior á la turbamulta del balneario. Además, se
le figuraba que el archivero le miraba á el con ira, con desprecio; ¡habríase
visto insolencia!»
Y no era eso lo peor: lo peor era que coincidían en
gustos, en preferencias que les hacían muchas veces incompatibles.
No cabían los dos en el balneario. Alvarez se iba
al corredor en cuanto el pianista la emprendía con la Rapsodia húngara... Y
allí se encontraba á Pérez, que huía también de Listz adulterado. En el
gabinete de lectura nadie leía el Times... más que el archivero, y justamente á
las horas en que él, Alvarez el falso, quería enterarse de la política
extranjera en el único periódico de la casa que no le parecía despreciable.
«El archivero sabe inglés. ¡Pedante!»
A las seis de la mañana, en punto, Alvarez salía de
su cuarto con la mayor reserva, para despachar las más viles faenas con que su
naturaleza animal pagaba tributo á la ley más baja
y prosaica... ¡Y Pérez, obstruccionista odioso, tenía, por lo visto, la misma
costumbre, y buscaba el mismo lugar con igual secreto... y ¡aquello no podía
aguantarse!
No gustaba Alvarez de tomar el fresco en los
jardines ramplones del establecimiento, sino que buscaba la soledad de un prado
de fresca hierba, y en cuesta muy pina, que había á espaldas de la casa... Pues
allá, en lo más alto del prado, á la sombra de su manzano... se encontraba
todas las tardes á Pérez, que no soñaba con que estaba estorbando.
Ni Pérez ni Alvarez abandonaban el sitio; se
sentaban muy cerca uno de otro, sin hablarse, mirándose de soslayo con rayos y
centellas.
***
Si el archivero supuesto tales simpatías merecía al
fingido Alvarez, Alvarez á Pérez le tenía frito, y ya Pérez le hubiera
provocado abiertamente si no hubiera advertido que era hombre enérgico y,
probablemente, de más puños que él.
Pérez, que era un sabio hispano-americano del
Ecuador, que vivía en España muchos anos hacía, estudiando nuestras letras y
ciencias y haciendo frecuentes viajes á París, Londres, Rusia, Berlín y otras
capitales; Pérez, que no se llamaba Pérez, sino Gilledo, y viajaba de
incógnito, á veces, para estudiar las cosas de España, sin que estas se las
disfrazara nadie al saberse quien él era; digo que Gilledo ó Pérez habla creído
que el intruso Alvarez, era alguna notabilidad de campanario, que se daba tono
de sabio con extravagancias y manías que no eran más que pura comedia. Comedia
que á él le perjudicaba mucho, pues, sin duda por imitarle, aquel desconocido,
boticario probablemente, se le atravesaba en todas sus cosas: en el paseo, en
el corredor, en el gabinete de lectura y en los lugares menos dignos de ser
llamados por su nombre.
Pérez había notado también que Álvarez despreciaba
ó fingía despreciar á la multitud insípida y que miraba con rencor y
desfachatez al canónigo que presidía la mesa.
La antipatía, el odio se puede decir, que
mutuamente se profesaban los sabios incógnitos crecía tanto de día en día, que
los
disimulados testigos de su malquerencia llegaron á
temer que el sainete acabara en tragedia, y aquellos respetables y misteriosos
vejetes se fueran á las manos.
***
Llegó un día crítico. Por casualidad, en el mismo
tren se marcharon el canónigo, el bañista que ocupaba la habitación tan
apetecida, y el coronel que dejaba libre el rincón más apartado del piano.
Terrible conflicto. Se descubrió que el amo del establecimiento había ofrecido
la sucesión de D. Sindulfo, y la habitación más cómoda, á Pérez primero, y
después á Alvarez.
Pérez tenía el derecho de prioridad, sin duda; pero
Alvarez... era un carácter. ¡Solemne momento! Los dos, temblando de ira,
echaron mano al respaldo. No se sabía si se disputaban un asiento ó un arma
arrojadiza.
No se insultaron, ni se comieron la figura más que
con los ojos. El amo de la casa se enteró del conflicto, y acudió al comedor
corriendo.
—¡Usted dirá!—exclamaron á un tiempo los sabios.
Hubo que convenir en que el derecho de Pérez era el
que valía. Alvarez cedió en latín, es decir, invocando un texto del Derecho
romano que daba la razón á su adversario. Quería
que constase que cedía á la razón, no al miedo.
Pero llegó lo del aposento disputado. ¡Allí fué
ella! También Pérez era el primero en el tiempo... pero Alvarez declaró que lo
que es absurdo desde el principio, y nulo, por consiguiente, tractu temporis
convalescere non potest, no puede hacerse bueno con el tiempo; y como era
absurdo que todas las ventajas, por gollería, se las llevase Pérez, él se
atenia á la promesa que había recibido.... y se instalaba
desde luego en la habitación dichosa; donde, en
efecto, ya había metido sus maletas.
Y plantado en el umbral, con los puños cerrados
amenazando al mundo, gritó:
—In pari causa, melior est conditio possidentis.
Y entró y se cerró por dentro.
Pérez cedió, no á los textos romanos, sino por
miedo.
En cuanto al rincón del coronel, se lo disputaban
todos los días, apresurándose á ocuparlo el que primero llegaba y protestando
el
otro con ligeros refunfuños y sentándose muy cerca
y á la misma mesa de mármol. Se aborrecían, y por la igualdad de gustos y
disgustos, simpatías y antipatias, siempre huían de los mismos sitios y
buscaban los mismos sitios.
***
Una tarde, huyendo de la Rapsodia húngara, Pérez se
fué al corredor y se sentó en una mecedora, con un lío de periódicos y cartas
entre las manos.
Y á poco llego Alvarez con otro lío semejante, y se
sentó, enfrente de Pérez, en otra mecedora. No se saludaron, por supuesto.
Se enfrascaron en la lectura de sendas cartas.
De entre los pliegues de la suya saco Álvarez una
cartulina, que contempló pasmado.
Al mismo tiempo, Pérez contemplaba una tarjeta
igual con ojos de terror.
Alvarez levantó la cabeza y se quedó mirando
atónito á su enemigo.
El cual también, á poco, alzó los ojos y contempló
con la boca abierta al infausto Alvarez.
El cual, con voz temblona, empezando á incorporarse
y alargando una mano, llegó á decir:
—Pero... usted, señor mío..., ¿es... puede usted
ser... el doctor...
Gilledo? ...
—Y usted... ó estoy soñando... ó es... parece
ser... es... el ilustre Fonseca? ...
—Fonseca el amigo, el discípulo, el admirador... el
apóstol del maestro Gilledo... de su doctrina...
—De nuestra doctrina, porque es de los dos: yo el
iniciador, usted el brillante, el sabio, el profundo, el elocuente reformador,
propagandista... á quien todo se lo debo.
—¡Y estábamos juntos! ...
—¡Y no nos conocíamos! ...
—Y á no ser por esta flaqueza... ridícula... que
partió de mí, lo confieso, de querer conocernos por estos retratos...
—Justo, á no ser por eso...
Y Fonseca abrió los brazos, y en ellos estrechó á
Gilledo, aunque con la mesura que conviene á los sabios.
La explicación de lo sucedido es muy sencilla. A
los dos se les había ocurrido, como queda dicho, la idea de viajar de
incógnito. Desde su casa Fonseca, en Madrid, y desde no se dònde Gilledo, se
hacían enviar la correspondencia al balneario, en paquetes dirigidos á Pérez y
Alvarez, respectivamente.
Muchos años hacía que Gilledo y Fonseca eran uña y
carne en el terreno de la ciencia. Iniciador Gilledo de ciertas teorías muy
complicadas acerca del movimiento de las razas primitivas y otras baratijas
prehistóricas, Fonseca había acogido sus hipótesis con entusiasmo, sin envidia;
había hecho de ellas aplicaciones muy importantes en lingüstica y sociología,
en libros más leídos, por más elocuentes, que los de Gilledo. Ni éste envidiaba
al apóstol de su idea el brillo de su vulgarización, ni Fonseca dejaba de
reconocer la supremacía del iniciador, del maestro, como llamaba al otro
sinceramente. La lucha de la polémica que unidos sostuvieron con otros sabios,
estrecho sus relaciones; si al principio, en su ya jamás interrumpida
correspondencia, sólo hablaban de ciencia, el mutuo afecto, y algo también la
vanidad mancomunada, les hicieron comunicar más íntimamente, y llegaron á
escribirse cartas de hermanos más que de colegas.
Alvarez, ó Fonseca, más apasionado, había llegado
al extremo de querer conocer la vera effigies de su amigo; y quedaron, no sin
confesarse por escrito la parte casi ridícula de esta debilidad, quedaron en
enviarse mutuamente su retrato con la misma fecha...
Y la casualidad, que es indispensable en esta clase
de historias, hizo que las tarjetas aquellas, que tal vez evitaron un crimen,
llegaran á su destino el mismo día.
Más raro parecerá que ninguno de ellos hubiera
escrito al otro lo de la ida á tal balneario, ni el nombre falso que
adoptaban... Pero tales noticias se las daban precisamente (¡claro!) en las
cartas que con los retratos venían.
***
Mucho, mucho se estimaban Alvarez y Pérez, á
quienes llamaremos así por guardarles el secreto, ya que ellos nada de lo
sucedido quisieron que se supiera en la fonda.
Tanto se estimaban, y tan prudentes y
verdaderamente sabios eran, que depuestos, como era natural, todas las
rencillas y odios
que les habían separado mientras no se conocían, no
sólo se trataron en adelante con el mayor respeto y mutua consideración, sin
disputarse cosa alguna.... sino que, al día siguiente de su gran
descubrimiento, concidieron una vez más en el
propósito de dejar cuanto antes las aguas y volverse por donde habían venido.
Y, en efecto, aquella misma tarde Gilledo tomó el tren ascendente, hacia el
sur, y Fonseca el descendente, hacia el norte.
Y no se volvieron á ver en la vida.
Y cada cual se fué pensando para su coleto que
había tenido la prudencia de un Marco Aurelio, cortando por lo sano y
separándose cuanto antes del otro. Porque ¡oh miseria de las cosas humanas! la
pueril, material antipatía que el amigo desconocido le había inspirado... no
había llegado á desaparecer después del infructuoso reconocimiento.
El personaje ideal, pero de carne y hueso, que
ambos se habían forjado cuando se odiaban y despreciaban sin conocerse, era el
que subsistía; el amigo real, pero invisible, de la correspondencia y de la
teoría común, quedaba desvanecido... Para Fonseca el Gilledo que había visto
seguía siendo el aborrecido archivero; y para Gilledo, Fonseca, el odioso
boticario.
Y no volvieron á escribirse sino con motivo
puramente científico. Y al cabo de un año, un Jahrbuch alemán publicó un
artículo de
sensación para todos los arqueólogos del mundo.
Se titulaba Una disidencia.
Y lo firmaba Fonseca. El cual procuraba demostrar
que las razas aquellas no se habían movido de Occidente á Oriente, como él
había creído, influído por sabios maestros, sino más bien siguiendo la marcha
aparente del sol... de Oriente á Occidente...
X
El pobre Bernardo, carpintero de aldea, á fuerza de
trabajo, esmero, noble ambición, había ido afinando, afinando la labor; y D.
Benito el droguero, ricacho de la capital, á quien Bernardo conocía por haber
trabajado para él en una casa de campo, le ofreció nada menos que emplearle,
con algo más de jornal, poco, en la ciudad, bajo la dirección de un maestro, en
las delicadezas de la estantería y artesonado de la droguería nueva que D.
Benito iba á abrir en la Plaza Mayor, con asombro de todo el pueblo y ganancia
segura para él, que estaba convencido de que iría siempre viento en popa.
Bernardo, en la aldea, aún con tanto afán, ganaba
apenas lo indispensable para que no se muriesen de hambre los cinco hijos que
le había dejado su Petra, y aquella queridísima y muy anciana madre suya,
siempre enferma, que necesitaba tantas cosas y que le consumía la mitad del
jornal misérrimo.
Su madre era una carga, pero él la adoraba; sin
ella la negrura de su viudez le parecería mucho más lóbrega, tristísima.
Bernardo, con el cebo del aumento de jornal, no
vaciló en dejar el campo y tomar casa en un barrio de obreros de la ciudad,
malsano, miserable.
—Por lo demás,—decía,—de los aires puros de la
aldea me río yo; mis hijos están siempre enfermuchos, pálidos; viven entre
estiércol, comen de mala manera y el aire no engorda á nadie. Mi madre, metida
siempre en su cueva, lo mismo se ahogará en un
rincón de una casucha de la ciudad que en su rincón
de la choza en que vivimos.
Tenía razón. Y se fué á la ciudad. Pero en la aldea
no conocía una terrible necesidad que en el pueblo echaron de ver él y su
madre, por imitación, por el mal ejemplo: el médico y sus recetas. Los demás
obreros del barrio tenían, por módico estipendio, asistencia facultativa y
ciertas medicinas, gracias á una Sociedad de socorros mutuos. En el campo, cada
año, ó antes si había peligro de muerte, veían al médico del Concejo que
recetaba chocolate.
Ramona, la madre, con aquel refinamiento de la
asistencia médica, empezó á acariciar una esperanza loca, de puro lujo: la de
sanar, ó mejorar algo á lo menos, gracias á dar el pulso á palpar y enseñarle
la lengua al doctor, y gracias, sobre todo, á los jarabes de la botica.
Bernardo llegó á participar de la ilusión y de la pasión de su madre. Soñó con
curarla á fuerza de médicos y cosas de la botica. El doctor, chapado á la
antigua, era muy amigo de firmar recetas; no era de estos que curan con higiene
y buenos consejos. Creía en la farmacopea, y era ademas aristócrata en materia
médica; es decir, que las medicinas caras, para ricos, le parecían superiores,
infalibles. Metía en casa de los pobres el infierno de la ambición; el anhelo
de aplacar el dolor con los remedios que á los ricos les costaban un dineral.
El tal Galeno, después de recetar, limitándose á
los cortos alcances que la Sociedad le permitía, respiraba recio, con cierta
lástima desdeñosa, y daba á entender bien claramente que aquello podía ser la
carabina de Ambrosio: que la verdadera salud estaba en tal y cual tratamiento,
que costaba un dineral; pues entraban en el viajes, cambios de aire, baños,
duchas, aparatos para respirar, para sentarse, para todo, brevajes
reconstituyentes muy caros y de eso muy prolongado... en fin, el paraíso
inasequible del enfermo sin posibles...
Bernardo tenía el alma obscurecida, atenaceada por
una sorda cólera contra los ricos que se curaban á fuerza de dinero; entre los
suspiros, las quejas y sugestiones de su madre, y aquella constante tentación
de las palabras del médico que le enseñaba el cielo de la salud de su madre...
allá, en el abismo inabordable, le habían cambiado el humor y las ideas; ya no
era un trabajador resignado,
sino un esclavo del jornal, que oía pálido y
rencoroso las predicaciones del socialismo que en derredor suyo vagaban como
rumor de avispas en conjura. No envidiaba los palacios, los coches, las galas;
envidiaba los baños, los aparatos, las medicinas caras. Ahí estaba la
injusticia: en que unos, por ricos, se curaran, y los pobres, por pobres, no.
Para echar más leña al fuego, vino la amistad con
el droguero D. Benito. Terminada la obra de los lujosos anaqueles, abierta
solemnemente al público la nueva tienda, conforme á los últimos adelantos, de
manera que, según frase que corrió mucho, nada tenía que envidiar al mejor
establecimiento de París, en su clase. Bernardo tomó la costumbre de pasar
algún rato, después del trabajo, en la droguería, conversando con los
dependientes de D. Benito y con el mismo D. Benito. Bernardo se creía un poco
partícipe de la gloria de aquel gran palacio de la salud, puesto que había
trabajado en toda la obra de ebanistería. Además, le atraían los cacharros,
aquella luciente porcelana con letreros de oro, que encerraba, como en urnas
sagradas, el misterio de la salud, á precios fabulosos, imposibles para un
jornalero.
Ante los escaparates, Bernardo se extasiaba.
Admiraba, primero, una especie de Apolo, de barro barnizado, que sonreía frente
á la plaza, tras los cristales, rodeado de vendas, como una momia egipcia, con
un brazo en cabestrillo y una pierna rota, sujeta por artísticos rodrigones
ortopédicos. Admiraba las grandes esponjas, que curaban con chorros de agua;
los aparatos de goma, para cien usos, para mil comodidades de los enfermos; los
frascos transparentes, llenos de píldoras que costaban caras, como perlas; las
botellas elegantes, aristocráticas, bien lacradas y envueltas en vistosos
papeles, como damas abrigadas con ricos chales; botellas de vinos de los
dioses, todos dulzura y fuerza, la salud, la vida en cuatro gotas.
Todo lo admiraba, porque en todo creía; porque el
médico de su madre le había hecho supersticioso de la religión de los
específicos, de las curas infalibles, pero lentas, carísimas. Y D. Benito, y su
gente, por la cuenta que les tenía, y por amor al arte, y por ver al pobre
carpintero pasmado ante tanto prodigio, remachaban el clavo describiéndole las
curas maravillosas de estas y las otras drogas,
del vino tal, de los granos cuál y del extracto X.
Pero... lo de siempre: todo era muy caro, todo exigía perseverancia, uso
continuo durante mucho tiempo...; es decir, todo exigía que Bernardo, para
curar á su madre con aquellos portentos, gastase en un mes lo que ganaba en un
año...
Y el infeliz se contentaba con mirar, palpar á
veces, tomar en peso paquetes, frascos, botellas, etc., etcétera... y suspirar
y resignarse. Su pobre madre no curaría; porque él podía comprarle, con gran
sacrificio, la medicina cara una vez, dos veces... pero luego, ¿qué? El mal
vendría más fiero y el dinero se habría acabado y hasta el crédito... y...
imposible, imposible.
La prueba de que todo aquello era para ricos, muy
caro, estaba en lo rico que se habla hecho don Benito; tenía ya millones... Era
un trato: el daba la salud y á el le pesaban en oro... los que podían.
***
Una tarde vió Bernardo entrar en la droguería á un
anciano que parecía un difunto; un difunto de muy mal humor, con un ceño que
era mueca de condenado; encorvado, como si estuviese herido por una maldición
del cielo, con la respiración anhelante, irregular, los pómulos salientes, los
ojos brillantes y angustiosos de modo siniestro. Vestía traje de muy buen
corte, de riquísimo paño, pero muy descuidadamente. Entró sin saludar, se sentó
en un sillón que solía, ocupar D. Benito, y al momento le rodearon, con grandes
muestras de respeto, todos los dependientes.
A poco se presentó el amo, gorra en mano, y
haciendo reverencias.
—¡Oh, D. Romualdo! Cuánta honra... después de
siglos...
—Perdona, Benito; pero si vengo por aquí de tarde
en tarde es... porque... ya sabes que todo esto me revienta. Si tuvieras tienda
de juguetes no faltaría una tarde... de las pocas que el condenado mal me deja
salir de casa. Pero estas porquerías (y señalaba á los cacharros de los
anaqueles) me repugnan... ¡Qué farsa! ¡Los médicos! ¡Mal rayo! Cada receta un
pecado mortal...
D. Benito y los suyos sonrieron; no osaron
contradecir al D.
Romualdo, que parecía un muerto muy bien vestido.
Por la conversación que siguió, fué Bernardo
enterándose de cosas que le vino muy bien saber.
D. Romualdo era el primer ricachón del pueblo,
protector illo tempore de D. Benito; enfermo crónico, desesperado, sin
resignación, furioso, con un achaque por cada millón, inútil para curar sus
males. Muchos años hacía, también aquel millonario había creído, como el
jornalero Bernardo, en el misterioso prestigio de la medicina infalible, en el
don de salud de la receta cara; con vanidad, con orgullo, casi contento con
tener que poner á prueba el poder mágico del dinero, creyendo que hasta
alcanzaba á dar vida, energía, buenas carnes y buen humor, el Fúcar aquel había
derrochado miles y miles en toda clase de locuras y lujos terapéuticos; conocía
mejor, y por cara experiencia, las termas célebres de uno y otro país que el
famoso Montaigne, tan perito en aguas saludables; no había aparato costoso,
útil para sus males, que el no hubiera ensayado; en elíxires, extractos y vinos
nutritivos había empleado caudales... y al cabo, viejo, desengañado, hasta con
remordimientos por haber creído y predicado tanto aquella religión de la salud
á la fuerza y á costa de oro, confesaba con rabia de condenado la impotencia de
la riqueza, la inutilidad de las invenciones humanas para impedir las
enfermedades necesarias y la muerte.
De tarde en tarde, y como por el placer de ir á
insultar á las engañosas drogas, en su casa, cara á cara, se presentaba D.
Romualdo en la lujosa tienda de D. Benito, donde tanto gasto habla hecho, donde
ya no gastaba ni un real. Su tema era repetir á su antiguo protegido:—¿Por qué
no te deshaces de toda esta farsa, de toda esta porquería, y pones almacén de
juguetes? No es menos serio y es más sincero; así no se engaña á nadie:
venderías los cañones, los sables de mentirijillas por lo que son; no dirías:
esto es de verdad, sino, es broma.
Notó Bernardo que allí nadie se atrevía á
contradecir aquel dogma de la inutilidad de drogas y recetas, caras ó baratas;
todos decían amen á los desprecios del ricacho; nadie le proponía tal ó cual
específico para ninguno de los infinitos dolores de que se quejaba. En cambio,
se tomaban muy en serio las últimas esperanzas de curación que D. Romualdo
ponía: .° en un apóstol que acababa de llegar al pueblo y curaba con agua de la
fuente y falsos latines... y en un viaje á Lourdes.
***
Cuando se marcho D. Romualdo de la droguería,
lanzando furiosas miradas de ira y de desprecio á estantes y escaparates,
Bernardo, que no había dicho palabra, se levanto, dió las buenas tardes y salió
á la calle. Respiró con fuerza.
Se fué á dar un paseo hacia las afueras, al campo.
Ya obscurecía. Las estrellas le dijeron algo de igualdad en lo inmenso, de
igualdad en la pequeñez de la miseria humana. Su madre no sanaba...
porque hay que morir.... no por pobre... D.
Romualdo no sanaba
tampoco... El dinero... las medicinas caras...
ilusiones. Todos iguales, pensaba, todos nada. Y, entre triste y satisfecho,
sentía un consuelo.
XI
La hermosísima Amparo vivía, durante el invierno,
en una ciudad no muy alegre del centro de España; y por el verano, dejando á su
marido atado á su empleo, se marchaba como una golondrina á buscar tierra
fresca, alegría, allá al Norte. Vivía entonces con su madre, cuya benevolencia
excesiva había pervertido, sin querer, el alma de aquella moza garrida, desde
muy temprano. La pobre anciana, que había empezado por madre descuidada, de
extremada tolerancia, acababa por ser poco menos que la trotaconventos de las
aventuras galantes de su hija, loca, apasionada y violenta. Amparo, que había
sido refractaria al matrimonio, porque prefería la flirtation cosmopolita á que
vivía entregada viajando por Francia, Suiza, Bélgica, Italia y España, acabó,
porque exigencias económicas la obligaron á escoger uno entre docenas de
pretendientes, por jugar el marido á cara y cruz, como quien dice. Era
supersticiosa y pidió consejo á no sé qué agüeros pseudopiadosos para elegir
esposo. Y se casó con el que la suerte quiso, aunque ella achacó la elección á
voluntad ó diabólica, ó divina: no estaba segura. Por supuesto que á su marido,
á quien dominaba por la seducción carnal y por la energía del egoismo ansioso
de placeres, le impuso la obligación de mimarla como su madre había hecho; de
tratarla á lo gran señora; y según ella, las grandes señoras tenían que vivir
con gran independencia y muy por encima de ciertas preocupaciones morales,
buenas para las cursis de la clase media provinciana. Por culpa de este
tratado,
bochornoso para el pobre director de la sucursal
del Banco de la ciudad de X, Amparo dedicaba el verano á la vida menos propia
de una casada honesta. Guardaba, es claro, ciertas formas... pero otras no; no
era casta, pero era cauta á veces á su madre le exigía tolerancia para sus
devaneos como antes le había exigido muñecas, viajes, sombreros, cintas,
teatros, bailes, lujo y alegría. La vieja infeliz de buen grado hubiera puesto
coto á las locuras de su hija (locuras: nunca les dió peor nombre) pero ya era tarde:
su debilidad física ayudaba á su debilidad moral á ceder, á transigir, á hacer
la vista gorda. Una escena con Amparo la horrorizaba; estaba segura de que
precipitaría su muerte; la de la madre infeliz, enferma del corazón, sin
saberlo la hija.
Llego un año en que Amparo, en vez de adelantar el
viaje al Norte algunos días, como era ya costumbre, lo retrasó unas cuantas
semanas. ¡Cosa más rara!, pensaba la madre. ¿Qué es lo que detiene á esa loca
en X? Por fin llegó Amparo. Se divirtió aquel año en las playas de lujo y
elegancia como otras veces, pero con menos afán; y, más hubo; no tuvo ninguna
aventura seria, como las llamaba la madre, siempre amiga del eufemismo.
Al mediar Septiembre Amparo anunció que se volvia á
sus cuarteles de invierno. Otros años tomaba por verano gran parte de Otoño.
¡Cosa más rara!, pensaba la madre, dejándola partir...
¿Qué era ello? Era que Amparo había encontrado en X
lo que nunca hubiera podido sospechar que existía allí... Un género de
adoración completamente nuevo, picante por lo extraño; en fin, una manera de
flirtation del todo desconocida para ella. Es de advertir que Amparo usaba con
poca exactitud el barbarismo flirtation pues seguía denominando así la aventura
más pecaminosa. Se trataba de una especie de Josef que ni dejaba la capa ni se
entregaba. Amparo no concebía que un hombre á quien ella quisiera volver loco,
se le resistiera. Menos concebía que se le resistiera un hombre
á quien ella,
por relaciones íntimas de amistad entre las respectivas familias, tenía ocasión
frecuente de poner en graves apuros con tentaciones de la soledad más
insinuante... Y, por último, lo que le parecía rematadamente imposible, era...
la realidad que estaba tocando, que no se le declarase, arrojándose á sus pies,
loco, furioso de pasión, un hombre que la veía todos los días, á quien ella
ponía el más apretado cerco... y del que podía
asegurar que la deseaba con todas las potencias del alma concupiscente. Y este
era el caso; y por este caso extraordinario encontraba ya Amparo más interés y
atractivo en su vida invernal de X que en las alegrías locas del verano.
Se trataba del interventor del mismo
establecimiento que el marido de Amparo dirigía. Era Emilio Serrano joven
todavía, casado, con tres ó cuatro hijos, regular de figura, no descuidado en
el vestir; madrileño que se aburría en una provincia de tercer orden; hombre de
vida espiritual, amigo de libros, artes, filosofías y aún teologías, que en X
no tenía con quien hablar apenas de aquellas cosas superiores.
Amparo, aunque no tenía de Jorge Sand nada más que
el latitudinarismo ético, que en ella no ofrecía las explicaciones que había
para el de la ilustre escritora, se creía mujer algo superior, capaz de
comprender cosas hondas y raras, si acababan, apurada la cuenta, en placer y
apasionamiento materiales.
Emilio Serrano era de los que opinan que la única
tentación seria es la Mujer. Fuera del Arte, de la Filosofía, que en X no se
podían cultivar más que á lo solitario, no había más que la Mujer. Lástima que
en la mayor parte de las circunstancias, el amor fuera fruta prohibida. Amparo
le pareció muy bien desde el primer día que la vió
á la segunda
visita los dos comprendieron que entre ellos tenía que haber algo, aunque ese
algo acabara por no ser nada. Esto de acabar así no era Amparo quien lo suponía
posible, sino Emilio, que había tenido muchos amoríos de cabeza, por el estilo.
Su imaginación necesitaba mucho más de esta clase de recreos que su corazón y
sus sentidos. Amparo no estaba acostumbrada á tener adoradores tan escogidos,
por lo que toca á los refinamientos espirituales. La novedad de aquellas cosas
que había en el mundo de las almas, de las ideas, la atraía; hasta en lo moral,
en el sacrificio, en la abstinencia reconocía ya que podía haber algo
distinguido, chic. ¡Y qué hombre era aquel Serrano! Era un predicador, sin
parecerlo; no era un hipócrita, pues no escondía sus debilidades, pero daba á
entender que para el había pecados y que había que resistir las tentaciones.
Esto último era de la más alta novedad para Amparo, y por nuevo le gustaba. En
fin, que aunque
lo hubiera hecho apropósito, según arte, Emilio no
hubiera podido inventar nada mejor que aquel ten con ten, para engolosinar á la
señora del director del Banco.
Llegaron á tratarse con gran intimidad; siempre
estaban hablando en tercera persona de asuntos de amor, de relaciones de
mujeres casadas, de lo que podía la naturaleza y de lo que podía el deber,
etcétera, etc á veces, es claro, la cosa se ponía seria, se empezaba
á prescindir
de la tercera persona... pero Emilio siempre se detenía
á tiempo.
De sobra sabía ella que él la deseaba; mil
insinuaciones, miles y miles de miradas, gestos, entonaciones, lo habían dicho
todo; hasta contactos rápidos; pero cargados de sensaciones fuertes, los tenían
como ligados implícitamente; más declararse, lo que se llama declararse jamás.
Hasta había dado á entender el interventor que á eso no llegaría nunca. Y era
el paso de chancillería indispensable, según Amparo, para llegar á donde
naturalmente, en su opinión, tenían que llegar esta clase de asuntos.
«¡Hombre más raro!—Nó; pero él caería.»—Unas veces,
coqueterías demasiado atrevidas: otras veces conversaciones verdes, con
pimienta; otras desdenes, indiferencia, frialdad! todo inútil. Emilio ni huía
del peligro ni perecía en él.
Al cabo Amparo supo en qué consistía el talismán de
aquella resistencia; por qué Emilio, que no era santo, ni casto, ni asceta, ni
cosa que lo valga, constantemente volaba alrededor de la llama sin quemarse las
alas.
Hablaban de las corazonadas, de las supersticiones.
Amparo desde su vida de colegiala, era supersticiosa, creía en agüeros; se
hacía echar las cartas, daba crédito á las mesas giratorias; y todo esto lo
mezclaba ella con la fe religiosa, con los avisos providenciales y otras cosas
muy dignas de respeto.
Y con este motivo, hablando de las aprensiones de
cada cual, Emilio le dijo muy serio, devorándola con los ojos, el secreto de
aquella fortaleza con que él sabia huir del abismo, al llegar á sus bordes.
«No, no es que sea un santo; ni siquiera un hombre
completamente honrado, pues éste no peca ni siquiera con la intención; es otra
cosa: es que vivo condenado al tormento de sentir
muy vivamente las tentaciones, de amar el pecado...
y no poder caer en él de una vez; ni gozo las delicias de la virtud, ni las del
crimen. Cuando usted se burla de mi dándome á entender que me tiene por frío, ó
por inocente, ó por tímido... ó hasta por algo peor...
¡Qué mal me entiende! ¡que injusta es conmigo! Lo
que otros desean, yo lo deseo con más fuerza que nadie; yo sabría gozar del
fruto prohibido con más intenso placer que cualquiera... pero... hay una
barrera... moral... y al mismo tiempo así... como... si dijéramos mecánica,
infranqueable. Tengo la seguridad de que no pasare por encima de esta
dificultad, de este obstáculo, nunca, aunque después de pasada la ocasión, me
irrite y desespere.»
Amparo, anhelante, oía; comprendía, es claro, todo
lo que Emilio quería decir. ¿Qué obstáculo era aquel? Por que se hablaba de él
con motivo de las aprensiones, de la superstición, de miedo á los castigos
providenciales? A ver, á ver; quería ella conocer aquel enemigo para luchar con
él cara á cara. Un obstáculo que podía más que su hermosura, sus
insinuaciones... su amor propio! ¿Qué podría ser?
Lo supo; Emilio con absoluta sinceridad y tono
sencillo, que la encantaba, se lo explicó: era esto, en resúmen:
Se le había metido en la cabeza... y en el corazón,
que él no gozaría jamás de un gran placer, de una gloria deslumbrante, del amor
de una mujer muy apetecida, de una inmensa riqueza, de un poderío enorme; pero
que, en cambio, jamás tampoco, padecería el tormento de una de esas desgracias
terribles que hacen maldecir la existencia. Tenía mucho miedo á los grandes
dolores morales, porque sabia por experiencia que su sensibilidad para esta
clase de males era refinada, carne viva. Ahora, decía, lo que me horroriza más
es la muerte de un hijo. Solo pensando en la agonía de uno de mis
churumbeles... me pongo malo. Pues bien, como si lo supiera por revelación
particular, directa, creo firmemente que la Providencia me propone este pacto:
no perderás ningún hijo si no cometes ningún gran pecado; si no matas, si no
robas, si no engañas, si no ofendes el honor de un padre, de un marido. Si te
dejas vencer, si sucumbes, por gozar las delicias de la pasión victoriosa, á
una gran tentación... como otros muchos han sucumbido, perderás un hijo, como
otros muchos lo han perdido. Los he tenido enfermos, muy
enfermitos: y en los trances apurados siempre sentí
el remordimiento de no huir del mal, de no romper con la tentación...
pero ofrecí siempre á Dios el sacrificio de las
grandes delicias del crimen; ofrecí vencerme siempre al llegar á poner por obra
mis ansias concupiscentes... y los hijos no se me han muerto; han llegado al
borde del sepulcro... pero siempre han vuelto á la vida. ¡Oh, no hay dogma para
mí tan claro, tan cierto como éste: si yo gozo de lo que más deseo, que es una
mujer, de que no sé, de que no puedo huir; si llega á ser mía... delicia
infinita... se me muere un hijo, dolor infinito. Estoy seguro... vendrá la enfermedad
y no se dejara vencer como otras veces... no... vencerá ella... morirá el hijo;
porque satisfizo su pasión el padre.
—¡Qué aprensiones! ¡Qué raro es usted!,—dijo
Amparo, triste de repente, fría, seca. La habían hecho entrever el mundo de las
penas que son castigo; mundo que la horrorizaba, en que jamás había querido
pensar. ¡Qué cosas imaginaba aquel hombre! Si la pasión pecaminosa, satisfecha,
debía traer consigo una desgracia inmensa, qué infierno la aguardaba á ella!
Pero además, la muerte de otros á ella no le parecía tan inmenso dolor. ¡Hombre
más raro!
Pasó algún tiempo. Aquella especie de impedimento
dirimente que se había descubierto aparto un poco de Emilio á Amparo, que
necesitaba, en amor, sacar las consecuencias, una vez sentadas las premisas.
Sin embargo, ni uno ni otro daban por concluida aquella extraña manera de
relaciones que los acercaba... uno á otro... pero no los juntaba. Cuando más
conocían que algo seguía habiendo entre ellos, era en las largas ausencias. Se
echaban mucho de menos; y el primer apretón de manos al volver á verse, hablaba
de esto.
A Serrano se le murió un hijo. El padre, con el
dolor, cayó enfermo. Ya convaleciente, Amparo fué á verle, con su marido.
Quedaron solos aquellos buenos amigos, un momento. Los dos callaban. Amparo,
aprovechando una mirada de Emilio sonrió de esa manera que anuncia palabras
solemnes, confianzas íntimas:
—Pobre Emilio,—dijo,—ya ve usted... de todas
maneras... se le ha muerto á usted uno. No se puede creer en aprensiones.
Emilio poniéndose en pie, con voz dulce, pero que á
ella le pareció agria, helada, contestó:
—Amparo, sí: he perdido un hijo. Como los pierden
los malos... y los buenos. El pacto que yo creía un dogma... era impío. Mi
dolor es muy grande. Pero sabe usted lo que mitiga mi pena? Pensar que no
padezco el suplicio infernal que sería haber caído en la tentación y creer que
era yo, por mi pecado, quien mataba á mi hijo. Lo que Dios me da á cambio de no
gozar el crímen, no es la vida de mis hijos, que no puede ser mía; sino la paz
de mi conciencia... que es lo único mío.
XII
El duque del Pergamino, marqués de Numancia, conde
de Peñasarriba, consejero de ferrocarriles de vía ancha y de vía estrecha, ex
ministro de Estado y de Ultramar... está que bufa y coge el cielo... raso del
coche de primera con las manos; y á su juicio nene razón que le sobra.
Figúrense ustedes que él viene desde Madrid solo, tumbado cuan largo es en un
reservado, con que ha tenido que contentarse, porque no hubo á su disposición,
por torpeza de los empleados, ni coche-cama, ni cosa parecida, Y ahora, á lo mejor
del sueño, á media noche, en mitad de Castilla, le abren la puerta de su
departamento y le piden mil perdones...
porque tiene que admitir la compañía de dos
viajeros nada menos: una señora enlutada, cubierta con un velo espeso, y un
teniente de artillería.
¡De ninguna manera! No hay cortesía que valga; el
noble español es muy inglés cuando viaja y no se anda con miramientos
medioevales, defiende el home de su reservado poco menos que con el sport que
ha aprendido en Eton, en Inglaterra, el noble duque castellano, estudiante
inglés.
¡Un consejero, un senador, un duque, un
ex-ministro, consentir que entren dos desconocidos en su coche, después de
haber consentido en prescindir de una berlina-cama, á que tiene derecho!
¡Imposible! ¡Allí no entra una mosca!
La dama de luto, avergonzada, confusa, procura
desaparecer, buscar refugio en cualquier furgón donde pueda haber perros más
finos... pero el teniente de artillería le cierra
el paso ocupando la salida, y con mucha tranquilidad y finura defiende su
derecho, el de ambos.
—Caballero, no niego el derecho de usted á reclamar
contra los descuidos de la Compañía... pero yo, y por lo visto esta señora
también, tengo billete de primera; todos los demás coches de esta clase vienen
llenos; en esta estación no hay modo de aumentar el servicio... aquí hay
asientos de sobra, y aquí nos metemos.
El jefe de la estación apoya con timidez la
pretensión del teniente; el duque se crece, el jefe cede... y el artillero
llama á un cabo de la Guardia civil, que, enterado del caso, aplica la ley
marcial al reglamento de ferrocarriles, y decreta que la viuda (él la hace
viuda) y su teniente se queden en el reservado del duque, sin perjuicio de que
éste se llame á engaño ante quien corresponda.
Pergamino protesta; pero acaba por calmarse y hasta
por ofrecer un magnífico puro al militar, del cual acaba de saber,
accidentalmente, que va en el expreso á incorporarse á su regimiento, que se
embarca para Cuba.
—¿Con que va usted á Ultramar á defender la
integridad de la patria?
—Si señor, en el último sorteo me ha tocado el
chinazo.
—¿Cómo chinazo?
—Dejo á mi madre y á mi mujer enfermas y dejo dos
niños de menos de cinco anos.
—Bien, sí; es lamentable... ¡Pero la patria, el
país, la bandera! Ya lo creo, señor duque. Eso es lo primero. Por eso voy. Pero
siento separarme de lo segundo. Y usted, señor duque, ¿á dónde
bueno?
—Phs.. por de pronto á Biarritz, después al Norte
de Francia... pero todo eso está muy visto; pasaré el Canal y repartiré el mes
de Agosto y de Septiembre entre la isla de Wight, Cowes, Ventnor, Ryde y
Osborn...
La dama del luto y del velo, ocupa silenciosa un
rincón del reservado. El duque no repara en ella. Después de repasar un
periódico, reanuda la conversación con el artillero, que es de pocas palabras.
—Aquello está muy malo. Cuando yo, allá en mi
novatada de ministro, admití la cartera de Ultramar, por vía de aprendizaje, me
convencí de que tenemos que aplicar el cauterio á la administración
ultramarina, si ha de salvarse aquello.
—¿Y usted no pudo aplicarlo?
—No tuve tiempo. Pasé á Estado, por mis méritos y
servicios. Y además... ¡hay tantos compromisos! Oh, pero la insensata rebelión
no prevalecerá; nuestros héroes defienden aquello como leones; mire usted que
es magnífica la muerte del general Zutano... víctima de su arrojo en la acción
de Tal... Zutano y otro valiente, un capitán... el capitán... no sé cuántos,
perecieron allí con el mismo valor y el mismo patriotismo que los más
renombrados mártires de la guerra. Zutano y el otro, el capitán aquél, merecen estatuas;
letras de oro en una lápida del Congreso... Pero de todas maneras, aquello está
muy malo... No tenemos una administración...
—Conque ¿usted se queda aquí para tomar el tren que
le lleve á Santander?Pues ea; buena suerte, muchos laureles y pocos balazos...
Y si quiere usted algo por acá... ya sabe usted, mi teniente, durante el
verano, isla de Wight, Cowes, Ryde, Ventnor y Osborn...
El duque y la dama del luto y el velo quedan solos
en el reservado. El ex-ministro procura, con discreción relativa, entablar
conversación.
La dama contesta con monosílabos, y á veces con
señas.
El de Pergamino, despechado, se aburre. En una
estación, la enlutada mira con impaciencia por la ventanilla.
—¡Aquí, aquí!—grita de pronto;—Fernando, Adela,
aquí...
Una pareja, también de luto, entra en el reservado:
la enlutada del coche los abraza, sobre el pecho de la otra mujer llora,
sofocando los sollozos.
El tren sigue su viaje. Despedida, abrazos otra
vez, llanto...
Quedaron de nuevo solos la dama y el duque.
Pergamino, muerto de impaciencia, se aventura en el
terreno de las posibles indiscreciones. Quiere saber á toda costa el origen de
aquellas penas, la causa de aquel luto... Y obtiene fría, seca, irónica, entre
lágrimas, esta breve respuesta:
—Soy la viuda del otro... del capitán Fernández.
XIII
L
D D H
Don Sinibaldo de Rentería había llegado por sus
pasos contados, y sin deber los ascensos á intrigas ni aldabas, á ocupar el
puesto de jefe en las oficinas de Hacienda en una provincia de primera clase.
No había mejor empleado en el ramo, y nada tenía
que ver con su aptitud para el cargo la acalorada fantasía que Dios le había
concedido. Dividía la vida en dos partes: de un lado los expedientes con toda
su horrible realidad, apremios y embargos inclusive: de otro lado la loca de la
casa, que hacía vivir á D. Sinibaldo en perpetua novela interior, en contínua
hipótesis histórica. Porque él llamaba así á su manía invencible.
«En la hipótesis,—empezaba á pensar,—de que yo
fuera esto y lo otro, y me sucediera tal cosa...»
Y seguía imaginando aventuras, incidentes,
episodios, lugares, diálogos, actitudes; en fin, creando un mundo en que se
enfrascaba, y á poco, ya tomaba por el único positivo. Esta transformación de
la hipótesis en soñada realidad era involuntaria. En esto se parecía el
Delegado de Hacienda á no pocos sabios que empiezan inventando también
modestamente una hipótesis, y al cabo juran que es la verdad pura y que «no le
mana, cañalla infame...», con todo lo demás que D. Quijote aseguraba de
Dulcinea ó de la modesta Madasima. De su embelesamiento, de su universo
fantástico, solía sacarle á D. Sinibaldo algún encuentro brusco con... una
esquina, ó un pisotón de un mozo de cordel; y el soñador volvía al triste mundo
de los demás, exclamando:
—Animal, ¡mire Ud. por dónde anda!
Sin ver que, por andar él por los espacios
imaginarios, era por lo que le pisaba un humilde gallego. De esto hay mucho en
la vida, y también en el don Quijote, al que la vida tanto se parece.
***
Veraneaba D. Sinibaldo Rentería en un puertecillo
del mar Cantábrico, de playa hermosa, pero pérfida como la onda, y precisamente
pérfida por las ondas y las disimuladas corrientes; peligrosa por el mal abrigo
del Oeste, por donde, á veces, de pronto, venía bonitamente la galerna con
todos sus horrores, sin anunciarse, y llegando con su furia casi á tierra, pues
no había obstáculo que lo estorbase.
Más que en estas condiciones de la playa, había
reparado Rentería, que si era gallo, no se le podía desechar por duro y viejo,
en la hermosura de una señora, compañera de fonda y casada con un caballero que
se pasaba la vida metido, no sé si en todo, pero por lo menos en los charcos, y
que amaba el peligro, aunque todavía no había perecido en él. Aquel señor creía
que no se era buen bañista si no se pasaba la temporada hecho un anfibio, y un
esquimal por lo que toca á la comida. Todo el santo día, y madrugaba mucho, se
lo pasaba descalzo de pie y pierna, metido en el agua, entre las peñas, ó bien
en la playa corriendo sobre la arena, pero algo mar adentro como él decía.
Pescaba todo lo que podía, arrancaba de las peñas las pobres lapas, con
crueldad y constancia de hambriento, y como si no tuviera que meter en la boca
en su casa, pasaba mil afanes por chuparle el jugo al mar, en forma de
mariscos.
Este señor, una tarde se decidió á aventurarse y á
pasar la mar, ó por lo menos darse por ella un paseo de algunas millas. Era
toda una hazaña para aquellos bañistas de tierra adentro, que solían hacer
personalmente del Océano, que en frente tenían, el mismo uso que del mar
pintado en el foro de un escenario.
—No le aconsejaba D. Sinibaldo al Sr. Arenas,
apellido del osado argonauta, que se lanzase al mar tenebroso aquel día, porque
había oído él no sé que de contraste y turbonada y otros términos alarmantes.
El Sr. Arenas se embarcó, sin embargo, provisto de
aparatos de pesca, de cien clases, y no oyó las súplicas de su mujer, á quien
dejó, como una Ariadna de cabotaje, en poder, ó al cuidado, de aquellos señores
que quedaban en la playa admirando el valor, no cívico, como dijo uno de ellos,
sino....marítimo del pescador.....de cangrejos, no de perlas.
Rentería, con la imaginación loca de costumbre,
hizo en seguida su novela correspondiente sobre el tema de cierto recóndito y
pecaminoso deseo.
«En la hipótesis,—comenzó pensando,—de que ese Sr.
Arenas se ahogue, aunque sea en poca agua; de que venga la galerna, y á él, con
todos esos atrevidos nautas, los tumbe y sepulte en las amargas olas...» Y así
prosiguió inventando mil peripecias, trágicas unas, otras altamente galantes,
en que el se veía ya enamorando á la viuda, después de haber lamentado juntos
la catástrofe...
Unos quince minutos llevarií D. Sinibaldo de soñar
así, sentado en el suelo, junto á la orilla, cuando, no un pisotón de gallego,
sino la furia del viento, cargado de agua y arena, vino á sacarle, en parte de
su idilio elegíaco y criminal, derribándole cuan largo era. Levantóse, sintió
que el sombrero se lo llevaba el aire, vióse envuelto por incómodo torbellino,
y mirando en torno, vió solo una espesa niebla; y por la parte del mar, entre
aquella obscuridad, distinguió rayas blancas y negras, que eran las olas
lejanas, encrespadas: en la espuma de la cresta, como nieve, más abajo como
tinta, ó por lo menos como obscurísima pizarra.
Oyó después, cerca, grandes gritos, lamentos, voces
de socorro; y, cuando huyó aquella ráfaga y algo se aclaró el ambiente,
distinguió Rentería, en el mar, la barca del temerario pescador próxima á
zozobrar, allá, muy lejos, y por el viento y las olas impelida con fuerza y
prisa hacia el Sudeste, esto es, hacia tierra; pero á gran distancia, en
dirección de un paraje de la playa, que distaba no poco del sitio en que se
había embarcado el mal aconsejado, es decir, bien aconsejado, pero testarudo
náufrago .Vió D. Sinibaldo que una dama corría por la playa hacia la parte á
que la lancha podía llegar, si antes no daba la tremenda voltereta, que parecía
segura á cada brinco sobre el lomo de cada ola. Rentería, sin pensar lo que
hacia, y volviendo á su novela, o, por lo menos, sin
volver del todo al mundo real, echo á correr tras
la dama aquella, que no era otra que la viuda, como ya la llamaba el Delegado
para sus adentros.
Toda la gente que había en la playa, ó los más, se
encaminaron en la misma dirección, pero con menos prisa; de modo que la Sra. de
Arenas sacó gran ventaja á todos muy pronto: y no poca les sacó D. Sinibaldo,
que corría, corría, y medio aturdido por el viento, la fatiga, los torbellinos
cargados de arena, iba soñando como si tuviese calentura, mezclando realidades
y visiones.
Y mientras, con la lengua fuera, corría el buen
señor, iba fraguando todo esto: Ya el tal Arenas había perecido allá, en la
playa de tal (aquella en que estaban), mucho tiempo hacia; él, Rentería había
recogido el cadáver del náufrago, había consolado á la viuda, la había obligado
á agradecerle infinitos servicios, inestimables en los primeros momentos de
apuro; su buena amistad había continuado, y pasado el año de luto, la viuda de
Arenas y D. Sinibaldo contraían justas nupcias. Pero, como el cansancio y el
viento llevaban medio reventado y molido al buen gallo, se sentía mal
corriendo; fué á respirar fuerte y una punzada de dolor agudo en un lado le
hizo exclamar: «¡Adios! Rosa (nombre de su señora ) ¿ves? ¡ya la pesqué,
pulmonía segura!» Se ahogaba, «¡La disnea! ¡Este Madrid! ¿Por qué te empeñaste
en que dejara mi vida de provincia y me viniera al Ministerio? ¡Vaya, pues,
adiós, hija, porque ya ves... no respiro... me ahogo... sudo... se me doblan
las piernas...
adiós... adiós... me muero... acuérdate de mí; no
profanen la memoria de nuestro amor nuevas, para mí ilícitas relaciones...
adiós, mi Rosa! ...» Y se moría... Ya se había
muerto; la prueba era que no se podía mover, que estaba en tierra mascando
polvo ó arena... Sí, aquello era la tumba, el otro mundo... Pero, ¡oh terrible
realidad! Se veía desde el otro mundo este pícaro que dejamos... Y se incorporó
indignado, furioso, porque acababa de ver á su viuda, en persona, sin esperar á
que pasara el año de luto, abrazando á otro hombre, sin duda al que escogía por
tercer marido...
Y la pareja, unidos del brazo y haciendo extremos
de alegría, se acercaba sonriente á D. Sinibaldo, para agradecerle la carrera
que había dado por venir en socorro del Sr. Arenas, cuando el Delegado,
incorporándose... como delirando, exclamó:
—¡Aparta, mujer pérfida! Has echado dos al hoyo, y
todavía, sin recato, haces alarde de tus nuevos desvaneos, me presentas á tu
tercer marido...
—Pero, ¿qué dice este hombre?—preguntó la dama.
El Sr. Arenas, lleno de caridad y prudencia,
influído sin duda por el susto que acababa de pasar, pues había visto la muerte
de cerca, dijo cortésmente:
—Sin duda la emoción que le ha causado nuestro
peligro le ha transtornodo por un momento... Yo no soy el tercer marido de mi
mujer, don Sinibaldo; míreme usted bien; soy Arenas, que se ha salvado de
milagro...
—¿De modo... que... todos estamos vivos? Que sea
enhorabuena. Dispensen ustedes: ¡esta pícara fantasía! ... ¡Qué barbaridad!
...¿Pues no creí... haberme muerto... de una pulmonía? ...
—Y reparando en sus indiscretas revelaciones, se
puso muy colorado.
—¡Pero que novelero es Ud!—le dijo la ex viuda,
también colorada; porque, menos atenta ya á otras cosas, ó más lista que su
esposo, lo había comprendido todo.—Y como le estaba muy agradecida por el
interés que había mostrado en el lance, miróle la señora de Arenas con ojos muy
compasivos.—Sí, miró de arriba á abajo, sin disgusto, á su... segundo difunto.
No hay novela, por idealista que sea, que no tenga
algo real.
XIV
E(
Rescoldo, ó mejor, la Pola de Rescoldo, es una
ciudad de muchos vecinos; está situada en la falda Norte de una sierra muy
fria, sierra bien poblada de monte bajo, donde se prepara en gran abundancia
carbón de leña, que es una de las principales riquezas con que se industrian
aquellos honrados montañeses. Durante gran parte del año, los polesos dan
diente con diente, y muchas patadas en el suelo para calentar los pies; pero
este rigor del clima no les quita el buen humor cuando llegan las fiestas en
que la tradición local manda divertirse de firme. Rescoldo tiene obispado,
juzgado de primera instancia, instituto de segunda enseñanza agregado al de la
capital; pero la gala, el orgullo del pueblo, es el paseo de los Negrillos,
bosque secular, rodeado de prados y jardines que el Municipio cuida con
relativo esmero. Allí se celebran por la primavera las famosas romerías de
Pascua, y las de San Juan y Santiago en el verano. Entonces los árboles,
vestidos de reluciente y fresco verdor, prestan con el sombra á las cien meriendas
improvisadas, y la alegría de los consumidores parece protegida y reforzada por
la benigna temperatura, el cielo azul, la enramada poblada de pájaros siempre
garrulos y de francachela. Pero la gracia está en mostrar igual humor, el mismo
espíritu de broma y fiesta, y, más si cabe, allá, en Febrero, el miércoles de
Ceniza, á media noche, en aquel mismo bosque, entre los troncos y las ramas
desnudas, escuetas, sobre un terreno endurecido por la escarcha, á la luz
rojiza de antorchas pestilentes. En general, Rescoldo es
pueblo de esos que se ha dado en llamar levíticos;
cada día mandan allí más curas y frailes; el teatrillo que hay casi siempre
está cerrado, y cuando se abre le hace la guerra un periódico ultramontano, que
es la Sibila de Rescoldo. Vienen con frecuencia, por otoño y por invierno,
misioneros de todos los hábitos, y parecen tristes grullas que van cantando lor
guai per l'aer bruno.
Pasan ellos, y queda el terror de la tristeza, del
aburrimiento que siembran, como campo de sal, sobre las alegrías é ilusiones de
la juventud polesa. Las niñas casaderas que en la primavera alegraban los
Negrillos con su cáchara y su hermosura, parece que se han metido todas en el
convento; no se las ve como no sea en la catedral ó en las Carmelitas, en
novenas y más novenas. Los muchachos que no se deciden á despreciar los
placeres de esta vida efímera cogen el cielo con las manos y calumnian al clero
secular y regular, indígena y transeunte, que tiene la culpa de esta desolación
de honesto recreo.
Mas como quiera que esta piedad colectiva tiene
algo de rutina, es mecánica, en cierto sentido; los naturales enemigos de las
expansiones y del holgorio tienen que transigir cuando llegan las fiestas
tradicionales; porque así como por hacer lo que siempre se hizo, las familias
son religiosas á la manera antigua, así también las romerías de Pascua y de San
Juan y Santiago se celebran con estrépito y y alegría, bailes, meriendas,
regocijos al aire libre, inevitables ocasiones de pecar, no siempre vencidas
desde tiempo inmemorial. No parecen las mismas las niñas vestidas de blanco,
rosa y azul, que rien y bailan en los Negrillos sobre la fresca hierba, y las
que en otoño y en invierno, muy de obscuro, muy tapadas, van á las novenas y
huyen de bailes, teatros y paseos.
Pero no es eso lo peor, desde el punto de vista de
los misioneros; lo peor es Antruejo. Por lo mismo que el invierno esta
entregado á los levitas, y es un desierto de diversiones públicas, se toma el
Carnaval como un oasis, y allí se apaga la sed de goces con ansia de
borrachera, apurando hasta las heces la tan desacreditada copa del placer, que,
según los frailes, tiene miel en los bordes y veneno en el fondo. En lo que
hace mal el clero apostólico es en hablar á las jóvenes polesas del hastío que
producen la alegría mundana, los goces materiales; porque las pobres muchachas
siempre se quedan
á media miel.
Cuando más se están divirtiendo llega la ceniza... y, adiós concupiscencia de
bailes, máscaras, bromas y algazara. Viene la reacción del terror... triste, y
todo se vuelve sermones, ayunos, vigilias, cuarenta horas, estaciones,
rosarios...
En Rescoldo, Antruejo dura lo que debe durar, tres
días: domingo, lunes y martes; el miércoles de Ceniza nada de máscaras... se
acabó Carnaval, memento homo, arrepentimiento y tente tieso...
¡pobres niñas polesas! Pero ¡ay! amigo, llega la
noche... el último relámpago de locura, la agonía del pecado que da el último
mordisco á la manzana tentadora, ¡pero qué mordisco! Se trata del entierro de
la sardina, un aliento póstumo del Antruejo; lo más picante del placer, por lo
mismo que viene después del propósito de enmienda, después del desengaño; por
lo mismo que es fugaz, sin esperanza de mañana; la alegría en la muerte.
No hay habitante de Rescoldo, hembra ó varón que no
confiese, si es franco, que el mayor placer mundano que ofrece el pueblo está
en la noche del miércoles de Ceniza, al enterrar la sardina en el paseo de los
Negrillos. Si no llueve ó nieva, la fiesta es segura. Que hiele no importa.
Entre las ramas secas brillan en lo alto las estrellas; debajo, entre los
troncos seculares, van y vienen las antorchas, los faroles verdes, azules y
colorados; la mayor parte de las sábanas limpias de Rescoldo circulan por allí,
sirviendo de ropa talar á improvisados fantasmas que, con largos cucuruchos de
papel blanco por toca, miran al cielo empinando la bota. Los señoritos que
tienen coche y caballos los lucen en tal noche, adornando animales y vehículos
con jaeces fantásticos y paramentos y cimeras de quimérico arte, todo más
aparatoso que precioso y caro, si bien se mira. Más á la luz de aquellas
antorchas y farolillos, todo se transforma; la fantasía ayuda, el vino
transporta, y el vidrio puede pasar por brillante, por seda el percal, y la
ropa interior sacada al fresco por mármol de Carrara y hasta por carne del otro
mundo. Tiembla el aire al resonar de los más inarmónicos instrumentos, todos
los cuales tienen pretensiones de trompetas del Juicio final; y, en resumen, sirve
todo este aparato de Apocalipsis burlesco, de marco extravagante para la
alegría exaltada, de fiebre, de placer que se acaba, que se escapa. Somos
ceniza, ha dicho por la mañana el cura, y... ya lo sabemos, dice Rescoldo en
masa por la
noche, brincando, bailando, gritando, cantando,
bebiendo, comiendo golosinas, amando á hurtadillas, tomando á broma el dogma
universal de la miseria y brevedad de la existencia...
***
Celso Arteaga era uno de los hombres más formales
de Rescoldo; era director de un colegio, y á veces juez municipal; de su
seriedad inveterada dependía su crédito de buen pedagogo, y de éste dependían
los garbanzos. Nunca se le veía en malos sitios; ni en tabernas, que
frecuentaban los señoritos más finos, ni en la sala de juegos prohibidos en el
casino, ni en otros lugares nefandos, perdición de los polesos concupiscentes.
Su flaco era el entierro de la sardina. Aquello de
gozar en lo obscuro, entre fantasmas y trompeteo apocalíptico, desafiando la
picadura de la helada, desafiando las tristezas de la Ceniza; aquel contraste
del bosque seco, muerto, que presencia la romeria inverniza , como algunos
meses antes veia, cubierto de verdor, lleno de vida, la romería del verano,
eran atractivos irresistibles, por lo complicados y picantes, para el espíritu
contenido, prudente, pero en el fondo apasionado, sonador, del buen Celso.
Solían agruparse los polesos, para cenar fuerte, el
miércoles de Ceniza; familias numerosas que se congregaban en el comedor de la
casa solariega; gente alegre de una tertulia que durante todo el invierno
escotaban para contribuir á los gastos de la gran cena, traida de la fonda; solterones
y calaveras viudos, casados ó solteros, que celebraban sus gaudeamus en el
casino ó en los cafés; todos estos grupos, bien llena la panza, con un poquillo
de alegría alcohólica en el cerebro, eran los que después animaban el paseo de
los Negrillos, prolongando al aire libre las libaciones, como ellos decían, de
la colación de casa. Celso, en tal ocasión, cenaba casi todos los años con los
señores profesores del Instituto, el registrador de la propiedad y otras
personas respetables. Respetables y serios todos, pero se alegraban que era un
gusto; los más formales eran los más amigos de jarana en cuanto tocaban á
emprender el camino del bosque, á eso de las diez de la noche, formando parte
del cortejo del entierro de la sardina.
Celso, ya se sabía, en la clásica cena se ponía á
medios pelos, pronunciaba veinte discursos, abrazaba á todos los comensales,
predicando la paz universal, la hermandad universal
y el holgorio universal. El mundo, según él, debiera ser una fiesta perpetua,
una semiborrachera no interrumpida, y el amor puramente electivo, sin trabas
del orden civil, canónico ó pena ¡Viva la broma!—Y este era el hombre que se
pasaba el año entero grave como un colchón, enseñando á los chicos buena
conducta moral y buenas formas sociales, con el ejemplo y con la palabra.
***
Un año, cuando tendría cerca de treinta Celso,
llegó el buen pedagogo á los Negrillos con tan solemne semiborrachera (no
consentía él que se le supusiera capaz de pasar de la semi á la entera), que
quiso tomar parte activa en la solemnidad burlesca de enterrar la sardina. Se
vistió con capuchón blanco, se puso el cucurucho clásico, unas narices como las
del escudero del Caballero de los Espejos y pidió la palabra, ante la
bullanguera multitud, para pronunciar á la luz de las antorchas la oración
fúnebre del humilde pescado que tenía delante de sí en una caja negra. Es de
advertir que el ritual consistía en llevar siempre una sardina de metal blanco
muy primorosamente trabajada; el guapo que se atrevía á pronunciar ante el
pueblo entero la oración fúnebre, si lo hacía á gusto de cierto jurado de gente
moza y alegre que le rodeaba, tenía derecho á la propiedad de la sardina
metálica, que allí mismo regalaba á la mujer que más le agradase entre las
muchas que le rodeaban y habían oído.
Gran sorpresa causó en el vecindario allí reunido
que don Celso, el del colegio, pidiera la palabra para pronunciar aquel
discurso de guasa, que exigía mucha correa, muy buen humor, gracia y sal, y
otra porción de ingredientes. Pero no conocía la multitud á Celso Arteaga.
Estuvo sublime, según opinión unánime; los aplausos frenéticos le interrumpían
al final de cada periodo. De la abundancia del corazón hablaba la lengua. Bajo
la sugestión de su propia embriaguez, Celso dejó libre curso al torrente de sus
ansias de alegría, de placer pagano, de paraíso mahometano; pintó con luz y
fuego del sol más vivo la hermosura de la existencia según natura, la
existencia de Adán y Eva antes de las hojas de higuera: no salía del lenguaje
decoroso, pero sí de la moral escrupulosa, convencional, como él la llamaba,
con que tenían abrumado á
Rescoldo frailes descalzos y calzados. No citó
nombres propios ni colectivos; pero todos comprendieron las alusiones al clero
y á sus triunfos de invierno.
Por labios de Celso hablaba el más recóndito anhelo
de toda aquella masa popular, esclava del aburrimiento levítico. Las niñas
casaderas y no pocas casadas y jamonas, disimulaban á duras penas el entusiasmo
que les producía aquel predicador del diablo. ¡Y lo más gracioso era pensar que
se trataba de don Celso el del colegio, que nunca había tenido novia ni
trapichoos!
Como á dos pasos del orador, le oía arrobada, con
los ojos muy abiertos, la respiración anhelante, Cecilia Pla, una joven
honestísima, de la más modesta clase media, hermosa sin arrogancia, más dulce
que salada en el mirar y en el gesto; una de esas bellas que no deslumbran,
pero que pueden ir entrando poco á poco alma adelante. Cuando llegó el momento
solemnísimo de regalar el triunfante Demóstenes de Antruejo la joya de pesca á
la mujer más de su gusto, á Cecilia se le puso un nudo en la garganta, un volcán
se le subió á la cara; porque, como en una alucinación, vió que, de repente,
Celso se arrojaba de rodillas á sus pies, y, con ademanes del Tenorio, le
ofrecía el premio de la elocuencia, acompañado de una declaración amorosa
ardiente, de palabras que parecían versos de Zorrilla... en fin, un encanto.
Todo era broma, claro; pero burla, burlando, ¡qué
efecto le hacía la inesperada escena á la modestísima rubia, pálida, delgada y
de belleza así, como recatada y escondida!
El público rió y aplaudió la improvisada pasión del
famoso don Celso, el del colegio. Allí no había malicia, y el padre de Cecilia,
un empleado del almacén de máquinas del ferrocarril, que presenciaba el lance,
era el primero que celebraba la ocurrencia, con cierta vanidad, diciendo al
público, por si acaso:
—Tiene gracia, tiene gracia... En Carnaval todo
pasa. ¡Vaya con don Celso!
A la media hora, es claro, ya nadie se acordaba de
aquello; el bosque de los Negrillos estaba en tinieblas, á solas con los
murmullos de sus ramas secas; cada mochuelo en su olivo. Broma pasada, broma
olvidada. La Cuaresma reinaba; el Clero, desde los
púlpitos y los confesonarios, tendía sus redes de
pescar pecadores, y volvía lo de siempre: tristeza fría, aburrimiento sin
consuelo.
***
Celso Arteaga volvió el jueves, desde muy temprano,
á sus habituales ocupaciones, serio, tranquilo, sin remordimientos ni alegría.
La broma de la víspera no le dejaba mal sabor de boca, ni bueno. Cada cosa en
su tiempo. Seguro de que nada había perdido por aquella expansión de Antruejo,
que estaba en la tradición más clásica del pueblo; seguro de que seguía siendo
respetable á los ojos de sus conciudadanos, se entregaba de nuevo á los
cuidados graves del pedagogo concienzudo.
Algo pensó durante unos días en la joven á cuyos
pies había caído inopinadamente, y á quien había regalado la simbólica sardina.
¿Qué habría hecho de ella? ¿La guardaría? Esta idea no desagradaba al señor
Arteaga. «Conocía á la muchacha de vista; era hija de un empleado del
ferrocarril; vestía la niña de obscuro siempre y sin lujo; no frecuentaba, ni
durante el tiempo alegre, paseos, bailes ni teatros. Recordaba que caminaba con
los ojos humildes.» «Tiene el tipo de la dulzura», pensó. Y después: «Supongo
que no la habré parecido grotesco», y otras cosas así. Pasó tiempo, y nada. En
todo el año no la encontró en la calle más que dos ó tres veces. Ella no le
miró siquiera, á lo menos cara á cara. «Bueno, es natural. En Carnaval como en
Carnaval, ahora como ahora.» Y tan tranquilo.
Pero lo raro fué que, volviendo el entierro de la
sardina, el público pidió que hablara otra vez don Celso, porque no había quien
se atreviera á hacer olvidar el discurso del año anterior. Y Arteaga, que
estaba allí, es claro, y alegre y hecho un hedonisia temporero, como decía el,
no se hizo rogar... y habló, y venció, y... ¡cosa más rara! al caer, como el
año pasado, á los pies de una hermosa, para ofrecerle una flor que llevaba en
el ojal de la americana, porque aquel año la sardina (por una broma de mal
gusto) no era metálica, sino del Océano, vió que tenía delante de sí á la
mismísima Cecilia Pla de marras. «¡Qué casualidad! ¡pero qué casualidad! ¡pero
qué casualidad!» repetían cuantos recordaban la escena del año anterior.
Y si era casualidad, porque ni Cecilia había
buscado á Celso, ni Celso á Cecilia. Entre las brumas de la semi-borrachera
pensaba él: «Esto ya me ha sucedido otra vez; yo he estado á los pies de esta
muchacha en otra ocasión...»
***
Y al día siguiente, Arteaga, sin dejo amargo por la
semi-orgia de la víspera, con la conciencia tranquila, como siempre, notó que
deseaba con alguna viveza volver á ver á la chica de Pla, el del ferrocarril.
Varias veces la vió en la calle, Cecilia se inmutó,
no cabía duda; sin vanidad de ningún género, Celso podía asegurarlo. Cierta
mañana de primavera, paseando en los Negrillos, se tuvieron que tocar al pasar
uno junto al otro; Cecilia se dejó sorprender mirando á Celso; se hablaron los
ojos, hubo como una tentativa de sonrisa, que Arteaga saboreó con deliciosa
complacencia.
Sí, pero aquel invierno Celso contrajo justas
nupcias con una sobrina de un magistrado muy influyente, que le prometió plaza
segura si Arteaga se presentaba á unas oposiciones á la judicatura. Pasaron
tres años, y Celso, juez de primera instancia en un pueblo de Andalucía, vino á
pasar el verano con su señora é hijos á Rescoldo.
Vió á Cecilia Pla algunas veces en la calle: no
pudo conocer si ella se fijó en el ó no. Lo que sí vió que estaba muy delgada,
mucho más que antes.
***
El juez llegó poco á poco á magistrado, á
presidente de sala; y ya viejo, se jubiló. Viudo, y con los hijos casados,
quiso pasar sus últimos años en Rescoldo, donde estaba ya para él la poca
poesia que le quedaba en la tierra.
Estuvo en la fonda algunos meses; pero cansado de
la cocina pseudo francesa, decidió poner casa, y empezó á visitar pisos que se
alquilaban, En un tercero, pequeño, pero alegre y limpio, pintiparado para él,
le recibió una solterona que dejaba el cuarto por caro y grande para ella.
Celso no se fijó al principio en el rostro de la enlutada señora, que con la
mayor amabilidad del mundo le iba enseñando las habitaciones.
Le gustó la casa, y quedaron en que se vería con el
casero. Y al llegar á la puerta, hasta donde le acompañó la dama, reparó en
ella; le pareció flaquísima, un espíritu puro; el pelo le relucía como plata,
muy pegado á las sienes.
—Parece una sardina,—pensó Arteaga, al mismo tiempo
que detrás de él se cerraba la puerta.
Y como si el golpe del portazo le hubiera
despertado los recuerdos, don Celso exclamó:
—¡Caramba! ¡Pues si es aquella... aquella del
entierro! ¿Me habrá conocido? ... Cecilia... el apellido era... catalán...
creo... sí, Cecilia Prast... ó cosa así.
Don Celso, con su ama de llaves, se vino á vivir á
la casa que dejaba Cecilia Pla, pues ella era en efecto; sola en el mundo.
Revolviendo una especie de alacena empotrada en la
pared de su alcoba, Arteaga vió relucir una cosa metálica. La cogió... miró...
era una sardina de metal blanco, muy amarillenta ya, pero muy limpia.
—¡Esa mujer se ha acordado siempre de mí!—pensó el
funcionario jubilado con una íntima alegría que á él mismo le pareció ridícula,
teniendo en cuenta los años que habían volado.
Pero como nadie le veía pensar y sentir, siguió
acariciando aquellas delicias inútiles del amor propio retroactivo.
—Sí, se ha acordado siempre de mí; lo prueba que ha
conservado mi regalo de aquella noche... del entierro de la sardina.
Y después pensó:
—Pero también es verdad que lo ha dejado aquí,
olvidada sin duda de cosa tan insignificante... O ¿quién sabe si para que yo
pudiera encontrarlo? Pero... de todas maneras... Casarnos, no, ridículo sería.
Pero... mejor ama de llaves que este sargento que tengo, había de serlo...
Y suspiro el viejo, casi burlándose del prosaico
final de sus románticos recuerdos.
¡Lo que era la vida! Un miércoles de Ceniza, un
entierro de la sardina... y después la Cuaresma triunfante. Como Rescoldo, era
el mundo entero. La alegría un relámpago; todo el año hastío y tristeza.
***
Una tarde de lluvia, fría, obscura, salía el
jubilado don Celso Arteaga del Casino, defendiéndose como podía de la
intemperie, con chanclos y paraguas.
Por la calle estrecha, detrás de él, vió que venía
un entierro. —¡Maldita suerte!—pensó, al ver que se tenía que descubrir la
cabeza, á pesar de un pertinaz catarro.—¡Lo que voy
á toser esta noche!—se dijo mirando distraído el féretro. En la cabecera leyó
estas letras doradas: C. P. M. El duelo no era muy numeroso. Los viejos eran
mayoría. Conoció á un cerero, su contemporáneo, y le preguntó el señor Arteaga:
—¿De quién es?
—Una tal Cecilia Pla... de nuestra época...¿no
recuerda usted? —¡Ah, si!—dijo don Celso.
Y se quedó bastante triste, sin acordarse ya del
catarro. Siguió andando entre los señores del duelo.
De pronto se acordó de la frase que se le había
ocurrido la última vez que había visto á la pobre Cecilia.
«Parece una sardina.»
Y el diablo burlón, que siempre llevamos dentro, le
dijo:
—Si, es verdad, era una sardina. Este es, por
consiguiente, el entierro de la sardina. Ríete, si tienes gana.
XV
Voy muy pocas veces á Madrid, entre otras razones,
porque le tengo miedo al clima. Después de tantos años de ausencia, he perdido
ya en la corte la ciudadanía... climatológica (si vale hablar así, que lo
dudo), bien ganada, illo tempore, en la alegre y descuidada juventud. Además....¿por
qué negarlo? La presencia de
Madrid, ahora que me acerco á la vejez, me hace
sentir toda la melancolía del célebre non bis in idem. No; no se es joven dos
veces. Y Madrid era para mí la juventud; y ahora me parece otro...
que ha variado muy poco, pero que ha envejecido
bastante. Marcos Zapata, ausente de Madrid también muchos anos, al volver hizo
ya la observación de lo poquísimo que la corte varía. Es verdad; todo está
igual... pero más viejo. Apolo y Fornos pueden ser símbolos de esta impresión
que quiero expresar. Están lo mismo que entonces, pero, ¡qué ahumados!...
Hay una novela muy hermosa de Guy de Maupassant, en
que un personaje, infeliz burgués vulgar, que no hace más que sentarse á la
misma mesa de un café años y años, deja pasar así la vida, siempre igual. Pero
un día se le ocurre mirarse en uno de aquellos espejos...
y es el mismo de siempre, pero ya es un pobre
viejo. No pasó nada más... que el tiempo.
Madrid tiene para mí algo del personaje de
Maupassant. Desde
luego reconozco que en esto habrá mucho de
subjetivo...
***
Una de las cosas que más me entristecen en Madrid
es la falta de los antiguos amigos. Han muerto algunos, pero no muchos; otros
están ausentes; pero, los más, en Madrid residen. ¿Por qué no se les ve? Porque
ya no son las golondrinas que alborotan en la plaza y que interrumpen á San
Francisco; ya no son los peripatéticos que discuten á voces, azotacalles
perennes del estrecho recinto en que se encierra el Madrid espiritual
propiamente dicho. Algunos son personajes políticos, y tienen que darse cierto
tono; otros se han refugiado en el hogar, desengañados de la Agora...Ello es
que no los veo por ningún lado.
Y los antiguos maestros, aquellas lumbreras en que
nuestra juventud creía, porque entonces no se había inventado esta división
absurda y grosera de jóvenes y viejos; los grandes poetas, los grandes
oradores, críticos, moralistas, eruditos, ¿dónde están.
Olvidados del gobierno del mundo y sus monarquias;
calentando el cuerpo achacoso al calor de buena chimenea: rodeados de cien
precauciones higiénicas: haciendo la vida monástica en un despacho, á que la
edad nos irá condenando á todos. ¡Infeliz del viejo que no haya aprendido,
antes de serlo, á estar solo muy á su gusto!
Sí; casi todos los maestros son ya viejos; salen
poco... ¡Qué tristeza!
Una de las mayores.
Mas, para mí, un consuelo visitarlos.
Cuando hago examen de conciencia y veo mi pequeñez,
mis defectos, una de las cosas menos malas que veo en mí, una de las poquísimas
que me inclinan á apreciarme todavía un poco, moralmente, es el arraigo de la
veneración sincera que siento y he sentido siempre respecto de los hombres
ilustres á quienes debe algo mi espíritu.
Como á mis lugares sagrados, solía yo ir, al verme
en Madrid, peregrino siempre triste, á casa de Campoamor... que ya no gusta de
visitas; de Castelar (que hemos perdido), de Giner, de Valera, de Balart...
***
Y de este otro señor, el señor X, que no es nadie y
es quien ustedes quieran. Otro maestro. Vivía en un barrio allá muy lejos, casi
más cerca de Toledo ó de Guadalajara que de la puerta del Sol.
Quiero hablar de las últimas visitas que le hice.
Fué de noche. No me esperaba. Es soltero; vive con una doncella de su madre,
que es hoy una anciana muy sorda y que debe considerar á los discípulos de su
amo como enemigos que no quiere en su casa. Antonia, así la llama, es como
Zarathustra, según Nietzsche, recelosa respecto de los que piensan entrar en el
apostolado de su amo de ella; amo pero no maestro, porque Antonia no debe de
tener escuela filosófica ni literaria.
Sabe Antonia, vagamente, que su señor vale mucho,
por cosas que ella no puede comprender; sabe que los papeles le han puesto mil
veces en los cuernos de la luna; que ha sacado de su cabeza unos libros muy
buenos que le han dado algunas pesetas, pocas... y mucha honra y muchos
disgustos. Y sabe que todo ello no le ha servido para medrar, para hacerse
rico, ni para tener influencia en la política, ni con el obispo, ni en Palacio,
ni en parte alguna de esas donde se hacen los favores gordos. Visitas, antiguamente,
muchas, pero de gente de poco pelo, que traían libros de regalo,—¡libros!— que
es lo mismo que si la trajeran á Antonia polvo y lodo de la calle. ¡Libros! Lo
que sobra en la casa, lo que á ella la tiene loca, porque no sabe ya donde
ponerlos. Ya no hay sitio en mesas, armarios y hasta sillas más que para los
libros; y ellos atraen los ratones, y crían polvo, telarañas... ¡horror! Y
después, la gracia de que el amo no lee casi nunca esos tomos que le regalan,
sino otros muchos que el compra muy caros. «Los que hacen los libros que á mí
me estorban y que el señor no lee», estos son para Antonia la mayor parte de
los señoritos que se cuelgan del timbre. ¡Deben ser tan poca cosa! Además,
cuando el amo se guarda de ellos, y miente, como si no hubiera Dios, para
disculparse y no recibirlos, por algo será... No; ni los libros ni los que los
traen le dan alegría ni nada bueno al señor... Está triste, sale poco, cada vez
menos. Si escribe, ella le ve la cara llena de angustia; si medita, lo mismo.
Sólo cuando lee con afán algunos de aquellos libros caros, que él compra, es
cuando le nota, á veces, sereno, de veras entretenido, á veces casi
casi sonriente. ¿Qué dirán aquellos señores, que
hasta al amo le gusta lo que dicen? Deben de ser gente lista, de buen trato,
sí; pero esos... son justamente los que nunca le vienen á ver.
***
Más ¡oh contrasentidos misteriosos del corazón
humano que ni siquiera Antonia se explica! La buena ama de llaves nota de
algunos años acá, sin querer dar importancia al hecho, que las visitas
importunas van escaseando; que cada día se olvidan más aquellos discípulos,
antes pegajosos, del pobre maestro: y Antonia, á regañadientes, siente el
desaire; ve en él no sabe que síntoma de vejez, de abandono. También comprende,
por muchas señales, que poco á poco el amo se va apartando más de aquella vida
de impresiones que le traían los papeles y los amigos y sus salidas frecuentes
y á deshora... Y no hay disgustos de aquellos que él se comía, pero que ella
adivinaba. Calma, eso sí; mucha, demasiada; así como de mal agüero.
Y á pesar de esto, Antonia, así como por tesón, por
orgullo de artista—que tiene ella por su amo,—cuando llega á la puerta algún
raro admirador, lo recibe con ceño, disimulando la simpatía y el agradecimiento
que le inspira la fidelidad de aquel hombre, á quien sin embargo trata con el
mismo rigor de que antes usaba espontáneamente.
El ceño y los malos modos de Antonia quieren decir
en el fondo: «Ya sabemos que se nos olvida. ¿Y qué? Poco nos importan las
vanidades de la gloria; aquí no necesitamos á nadie... Gracias, de todos modos,
por la atención; pero conste que ya no nos da frío ni calor nada de cuanto
pueda llegar por esa puerta...»
***
¿Cómo pude yo averiguar todos estos pensares de
Antonia? Hablando con ella, largo y tendido, una tarde en que fuí á ver á X,
cuando él, positivamente, no estaba en casa. La criada me recibió al, como á
todos; pero cuando dije mi nombre, cambio de humor de repente. El amo le había
anunciado una visita, y la necesidad de tratarme con amabilidad excepcional,
porque yo no era uno que llevaba libros, sino un amigo verdadero. En fin, mucho
bueno le debió decir de mi el amo á la criada, porque ella me hizo entrar en el
despacho, me obligó á esperar al señor media hora, que llenamos
con amable, intima conversación. El cariño de
Antonia á su señor le hizo comprender que yo le quería también como ella, y que
también me daba pena verle aislarse, huir de la actividad exterior, dejar que
el mundo frívolo le olvidara, porque él no lo buscaba con reclamos.
Y así fué que la noche que X me recibió en su casa,
ya sabía yo mucho de su estado de alma por el reflejo de Antonia.
***
No me hizo pasar X á su despacho, sino á una
modesta habitación cuadrada, sin pintura ni libros, ni bibelots, ni más muebles
que los necesarios. El único lujo allí consistía en murallas de telas y paño
para no dejar que entrase el frío. Silencio y calor parecía ser el ideal á que
se aspiraba allí dentro. En una butaca, más echado que sentado, con los piés
envueltos en una manta, que casi se quemaba en un brasero de bronce, metido en
caja de roble, X leía un tomo de La leyenda de los siglos, de Víctor Hugo.
—¿Eh, qué atrasado verdad?—me dijo.—¡Si me viera un
modernista! ¡Víctor Hugo!—y sonreía, con ironía muda, venenosa.—
No,—prosiguió.—Ya sé que usted no es de esos; cuando estuve en su pueblo, y en
su casa, ausente usted, ví que en su gabinete de trabajo no tenía usted más que
tres retratos; el de la torre de la catedral de su ciudad querida, el de su
hijo... y el de Víctor Hugo...
La moda... la moda, en Arte, muchas veces no es más
que una frialdad y una ingratitud. Nuestra gente modernísima, por tendencia
materialista en parte, y en parte para disimular su ignorancia, hace alarde de
no tener memoria. Y... ya lo sabe usted; un gran filósofo moderno—no
modernista—por la memoria nos revela el espíritu. Lo presente es del cuerpo, el
recuerdo del alma. Doctrina profunda...
Después, creyendo que todo aquello era hablar de sí
mismo, en el fondo, quiso cambiar de asunto y hablar de mis cosas.
—Ya veo, ya veo que usted sigue luchando en veinte
periódicos... Hace usted bien... Eso supone cierta fe. En cambio no hace usted
libros... también hace usted bien. Yo tampoco hago libros son inútiles. No los
leen. No los saben leer. Los artículos sí; se leen...
pero tampoco se entienden. Ya no los escribo yo
tampoco... porque no creo en su eficacia. Y buena falta me hace cobrar unas
cuantas pesetas... pero ni por esas. No escribo. Mire usted; entre enseñar
cosas del alma á gente que no la tiene y empeñar un colchón,
prefiero empeñar el colchón. Gasta menos el
espíritu... aunque algo lo gasta también... Hasta hace poco, en vez de
artículos escribía cartas á los amigos íntimos, capaces de entender; tres ó
cuatro. Ahora ya, ni eso; porque, por las contestaciones, veía que no les
enseñaba nada nuevo; pensaban lo mismo, sentían lo mismo. Me devolvían mis
tristezas en otro estilo y con otra clase de erudición...
Así es que ahora, ni cartas. Nada... Nada más que
leer... y calentarme los piés, no los cascos... ¿Ha leído usted los versos de
Taine á sus gatos? ¡Pocas veces fué tan filósofo de veras el gran crítico como
en esos versos!... Ya sé, ya sé que ciertos gusanos literarios me ponen en la
lista de sus muertos y me entierran con Valera, Balart, Campoamor... ¡No es mal
panteón!... pero sepan los tales modernistas que yo no soy un muerto de ellos,
sino mio. Me he pagado el entierro. Y no soy un enterrado de actualidad. ¡No;
soy un Ramsés II, todo un Sesostris! Este ya es mi único orgullo; ser un muerto
antiguo, una momia... y mi derecho... el de la muerte también... ¡Que no me
anden con los huesos!...
Y al despedirme, incorporándose, me decía:
—Adiós, buen amigo. Dígale usted al mundo que ha
visto la momia de Sesostris... en la actitud en que le sorprendió la muerte,
hace miles de anos...¡leyendo á Víctor Hugo!
***
Cuando salí, en el recibimiento, la sonrisa triste
y benévola de
Antonia me repitió, á su modo, cuanto su amo
acababa de decirme.
En rigor, todo lo que me dijo X no fué más que
cuanto yo había
adivinado la tarde anterior hablando con su ama de
llaves.
Con otro estilo y otra erudición, como decía, las
mismas tristezas.

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