© Libro N° 8292.
La Venta De Los Gatos. Bécquer,
Gustavo Adolfo. Emancipación. Febrero 13 de 2021.
Título
original: © La Venta De Los Gatos. Gustavo
Adolfo Bécquer
Versión Original: © La Venta De Los Gatos. Gustavo Adolfo
Bécquer
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La
Venta De Los Gatos
Gustavo
Adolfo Bécquer
La Venta De Los Gatos
Gustavo Adolfo Bécquer
I
En Sevilla, y en mitad del camino que se dirige al
convento de San Jerónimo desde la puerta de la Macarena, hay entre otros
ventorrillos célebres uno que, por el lugar en que está colocado y las
circunstancias especiales que en él concurren, puede decirse que era, si ya no
lo es, el más neto y característico de todos los ventorrillos andaluces.
Figuraos una casita blanca como el ampo de la
nieve, con su cubierta de tejas rojizas las unas, verdinegras las otras, y
entre las cuales crecen un sinfín de jaramagos y matas de reseda. Un cobertizo
de madera baña en sombra el dintel de la puerta, a cuyos lados hay dos poyos de
ladrillo y argamasa. Empotradas en el muro que rompen varios ventanillos
abiertos a capricho para dar luz al interior, y de los cuales unos son más
bajos y otros más altos, éste en forma cuadrangular, aquél imitando un ajimez o
una claraboya, se ven de trecho en trecho algunas estacas y anillas de hierro
que sirven para atar las caballerías. Una parra añosísima, que retuerce sus
negruzcos troncos por entre la armazón de maderos que la sostienen,
vistiéndolos de pámpanos y hojas verdes y anchas, cubre como un dosel al
estrado, el cual lo componen tres bancos de pino, media docena de sillas de
anea desvencijadas y hasta seis o siete mesas cojas y hechas de tablas mal
unidas.
Por uno de los costados de la casa sube una
madreselva, agarrándose a las grietas de las paredes, hasta llegar al tejado,
de cuyo alero penden algunas guías que se mecen con el aire, semejando
flotantes pabellones de verdura. Al pie del otro corre una cerca de cañizo,
señalando los límites de un pequeño jardín que parece una canastilla de juncos
rebosando de flores. Las copas de dos corpulentos árboles que se levantan a
espaldas del ventorrillo forman el fondo oscuro sobre el cual se destacan sus
blancas chimeneas, completando la decoración los vallados de las huertas,
llenos de pitas y zarzamoras, los retamares que crecen a la orilla del agua, y
el Guadalquivir que se aleja arrastrando con lentitud su torcida corriente por
entre aquellas agrestes márgenes hasta llegar al pie del antiguo convento de
San Jerónimo, el cual se asoma por cima de los espesos olivares que lo rodean y
dibuja por oscuro la negra silueta de sus torres sobre un cielo azul y
transparente.
Figuraos este paisaje animado por una multitud de
figuras de hombres, mujeres, chiquillos y animales, formando grupos a cual más
pintorescos y característicos; aquí el ventero, rechoncho y coloradote, sentado
al sol en una silleta baja, deshaciendo entre las manos el tabaco para liar un
cigarrillo y con el papel en la boca; allí, un regatón de la Macarena que canta
entornando los ojos y acompañándose con una guitarrilla mientras otros le
llevan el compás con las palmas o golpeando las mesas con los vasos; más allá,
una turba de muchachas, con sus pañuelos de espumilla de mil colores y toda una
maceta de claveles en el pelo, que tocan la pandereta, y chillan, y ríen, y
hablan a voces en tanto que impulsan como locas el columpio colgado entre dos
árboles, y los mozos del ventorrillo que van y vienen con bateas de manzanilla
y platos de aceitunas, y las bandas de gentes del pueblo que hormiguean en el
camino; dos borrachos que disputan con un majo que requiebra al pasar a una
buena moza, un gallo que cacarea esponjándose orgulloso sobre las bardas del
corral, un perro que ladra a los chiquillos que le hostigan con palos y
piedras, el aceite que hierve y salta en la sartén donde fríen el pescado, el
chascar de los látigos de los caleseros que llegan levantando una nube de
polvo, ruido de cantares, de castañuelas, de risas, de voces, de silbidos y de
guitarras y
golpes en las mesas, y palmadas y estallidos de
jarros que se rompen, y mil y mil rumores extraños y discordes que forman una
alegre algarabía imposible de describir. Figuraos todo esto en una tarde
templada y serena, en la tarde de uno de los días más hermosos de Andalucía,
donde tan hermosos son siempre, y tendréis una idea del espectáculo que se
ofreció a mis ojos la primera vez que, guiado por su fama, fui a visitar aquel
célebre ventorrillo.
De esto hace ya muchos años, diez o doce lo menos.
Yo estaba allí como fuera de mi centro natural. Comenzando por mi traje y
acabando por la asombrada expresión de mi rostro, todo en mi persona disonaba
en aquel cuadro de franca y bulliciosa alegría. Parecióme que las gentes, al
pasar, volvían la cara a mirarme con el desagrado que se mira a un importuno.
No queriendo llamar la atención ni que mi presencia
se hiciese objeto de burlas más o menos embozadas, me senté a un lado de la
puerta del ventorrillo, pedí algo de beber, que no bebí y, cuando todos se
olvidaron de mi extraña aparición, saqué un papel de la cartera de dibujo que
llevaba conmigo, afilé un lápiz y comencé a buscar con la vista un tipo
característico para copiarle y conservarle como un recuerdo de aquella escena y
de aquel día.
Desde luego, mis ojos se fijaron en una de las
muchachas que formaban un alegre corro alrededor del columpio. Era alta,
delgada, levemente morena, con unos ojos adormidos, grandes y negros, y un pelo
más negro que los ojos. Mientras yo hacía el dibujo, un grupo de hombres, entre
los cuales había uno que rasgueaba la guitarra con mucho aire, entonaba a coro
cantares alusivos a las prendas personales, los secretillos de amor, las
inclinaciones o las historias de celos y desdenes de las muchachas que se entretenían
alrededor del columpio, cantares a los que a su vez respondían éstas con otros
no menos graciosos, picantes y ligeros.
La muchacha morena, esbelta y decidora, que había
escogido por modelo, llevaba la voz entre las mujeres y componía las coplas y
las decía acompañada del ruido de las palmas y las risas de sus compañeras,
mientras que el tocador parecía ser el jefe de los mozos y el que entre todos
ellos despuntaba por su gracia y su desenfadado ingenio.
Por mi parte, no necesité mucho tiempo para conocer
que entre ambos existía algún sentimiento de afección, que se re velaba en sus
cantares, llenos de alusiones transparentes y frases enamoradas
Cuando terminé mi obra, comenzaba a hacerse noche.
Ya en la torre de la catedral se habían encendido los dos faroles del retablo
de las campanas, y sus luces parecían los ojos de fuego de aquel gigante de
argamasa y ladrillo que domina toda la ciudad. Los grupos se iban disolviendo
poco a poco y perdiéndose a lo largo del camino entre la bruma del crepúsculo
plateada por la luna que empezaba a dibujarse sobre el fondo violado y oscuro
del cielo. Las muchachas se alejaban juntas y cantando, y sus voces argentinas
se debilitaban gradualmente hasta confundirse con los otros rumores indistintos
y lejanos que temblaban en el aire. Todo acababa a la vez: el día, el bullicio,
la animación y la fiesta, y de todo no quedaba sino un eco en el oído, y en el
alma, como una vibración suavísima, como un dulce sopor parecido al que se
experimenta al despertar de un sueño agradable.
Luego que hubieron desaparecido las últimas
personas, doblé mi dibujo, lo guardé en la cartera, llamé con una palmada al
mozo, pagué el pequeño gasto que había hecho y ya me disponía a alejarme,
cuando sentí que me detenían suavemente por el brazo. Era el muchacho de la
guitarra que ya noté antes y que mientras dibujaba me miraba mucho y con cierto
aire de curiosidad, pero
que no había reparado que, después de concluida la
broma, se acercó disimuladamente hasta el sitio en que me encontraba con objeto
de ver qué hacía yo mirando con tanta insistencia a la mujer por quien él
parecía interesarse.
Señorito -me dijo, con un acento que él procuró
suavizar todo lo posible-, voy a pedirle un favor.
-¡Un favor! -exclamé yo sin comprender cuáles
podrían ser sus pretensiones-. Diga usted que, si está en mi mano, es cosa
hecha.
-¿Me quiere usted dar esa pintura que ha hecho?
Al oír sus últimas palabras no pude por menos de
quedarme un rato perplejo. Extrañaba, por una parte, la petición, que no dejaba
de ser bastante extraña, y por otra, el tono, que no podía decirse a punto fijo
si era de amenaza o de súplica. Él hubo de comprender mi duda, y se apresuró en
el momento a añadir:
-Se lo pido a usted por la salud de su madre, por
la mujer que más quiera en este mundo, si quiere a alguna. Pídame usted en
cambio todo lo que yo pueda hacer en mi pobreza.
No supe qué contestar para eludir el compromiso.
Casi, casi hubiera preferido que viniese en son de quimera, a trueque de
conservar el bosquejo de aquella mujer, cuya vista tanto me había impresionado;
pero, sea sorpresa del momento, sea que yo a nada sé decir no, ello es que abrí
mi cartera, saqué el papel y se lo alargué sin decir una palabra.
Referir las frases de agradecimiento del muchacho,
sus exclamaciones al mirar nuevamente el dibujo a la luz del reverbero de la
venta, el cuidado con que lo dobló para guardárselo en la faja, los
ofrecimientos que me hizo y las alabanzas hiperbólicas con que ponderó la
suerte de haber encontrado lo que él llamaba un señorito templao y neto, sería
tarea dificilísima, por no decir imposible. Sólo diré que como entre unas y
otras se había hecho completamente de noche, que quise que no, se empeñó en
acompañarme hasta la puerta de la Macarena, y tanto dio en ello que por fin me
determiné a que emprendiésemos el camino juntos. El camino es bien corto; pero
mientras duró encontró forma de contarme del pe al pa toda la historia de sus
amores.
La venta donde había tenido lugar la función era de
su padre, el cual le tenía prometido, para cuando se casase, una huerta que
lindaba con la casa y que también le pertenecía. En cuanto a la muchacha objeto
de su cariño, que me pintó con los más vivos colores y las frases más
pintorescas, me dijo que se llamaba Amparo, que se había criado en su casa
desde muy pequeñita y se ignoraba quiénes fuesen sus padres. Todo esto y cien
otros detalles de más escaso interés me refirió durante el camino. Cuando llegamos
a las puertas de la ciudad, me dio un fuerte apretón de manos, tornó a
ofrecérseme y se marchó entonando un cantar cuyos ecos se dilataban a lo lejos
en el silencio de la noche. Yo permanecí un rato viéndole ir. Su felicidad
parecía contagiosa y me sentía alegre, con una alegría extraña y sin nombre,
con una alegría, por decirlo así, de reflejo. Él siguió cantando a más no
poder. Uno de sus cantares decía así:
Compañerillo del alma,
mira qué bonita era:
que se parecía a la Virgen
de Consolación de Utrera.
Cuando su voz comenzaba a perderse, oí en las
ráfagas de la brisa otra delgada y vibrante que sonaba más lejos aún. Era ella,
que le aguardaba impaciente...
Pocos días después abandoné a Sevilla, y pasaron
muchos años sin que volviese a ella, y olvidé muchas cosas que allí me habían
sucedido; pero el recuerdo de tanta y tan ignorada y tranquila felicidad no se
me borró nunca de la memoria.
II
Como he dicho, transcurrieron muchos años después
que abandoné a Sevilla, sin que olvidase del todo aquella tarde, cuyo recuerdo
pasaba algunas veces por mi imaginación como una brisa bienhechora que refresca
el ardor de la frente.
Cuando el azar me condujo de nuevo a la ciudad que
los poetas en su hiperbólico lenguaje llaman Reina de la Andalucía, una de las
cosas que más vivamente me impresionaron fue sin duda la completa
transformación que había sufrido en el espacio de tiempo que duró mi ausencia.
Yo dejé una Sevilla y encontraba otra muy diferente. Yo dejé una ciudad grande,
hermosa sin afectación, tal vez con abandono, llena de un encanto propio, con
un aspecto y una fisonomía originales y característicos, y la hallé tan mudada que
sólo puedo comparar el efecto que me hizo al verla con el que experimentaría un
entusiasta de nuestras costumbres y nuestros trajes típicos al tropezar una
cigarrera del barrio de Triana con una crinolina a la emperatriz, un sombrero
de tope alto y el pelo a la Fuoco. Tan extraño, tan antiarmónico, y perdóneme
la civilización, encontré la mezcla de carácter andaluz y barniz francés que
veía en todo lo que me rodeaba.
Visité los edificios más notables; torné a vagar y
a perderme entre las revueltas del antiguo barrio de Santa Cruz; en el curso de
mis paseos extrañé muchas cosas nuevas que se han levantado no sé cómo; eché de
menos muchas cosas viejas que han desaparecido, no sé por qué y, por último, me
dirigí a la orilla del río. La orilla del río ha sido siempre en Sevilla el
lugar predilecto de mis excursiones.
Después que hube admirado el magnífico panorama que
ofrece en el punto por donde une sus opuestas márgenes el puente de hierro;
después que hube recorrido con la mirada absorta los mil detalles a cual más
pintorescos de sus curvas riberas, bordadas de jardines, palacios y blancos
caseríos; después que pasé revista a los innumerables buques surtos en sus
aguas, que desplegaban al aire los ligeros gallardetes de mil colores, y oí el
confuso hervidero del muelle, donde todo respira actividad y movimiento, remontando
con la imaginación la corriente del río, me trasladé hasta San Jerónimo.
Me acordaba de aquel paisaje tranquilo, reposado y
luminoso, en que la vegetación de Andalucía despliega sin aliño sus galas
naturales. Como si hubiera ido en un bote, corriente arriba, vi desfilar otra
vez, con ayuda de la memoria, por un lado, la Cartuja con sus arboledas y sus
altas y delgadas torres, por el otro, el barrio de los Humeros, los antiguos
murallones de la ciudad, mitad árabes, mitad romanos, las huertas con sus
vallados cubiertos de zarzas, y las norias que sombrean algunos árboles aislados
y corpulentos y, por último, San Jerónimo.
Al llegar aquí, con la imaginación, se me
representaron con más viveza que nunca los recuerdos que aún conservaba de la
famosa venta y me figuré que asistía de nuevo a aquellas fiestas
populares y oía cantar a las muchachas, meciéndose
en el columpio, y veía los corrillos de gentes del pueblo vagar por los prados,
merendar unos, disputar los otros, reír éstos, bailar aquéllos, y todos
agitarse rebosando juventud, animación o alegría. Allí estaba ella, rodeada de
sus hijos, lejos ya del grupo de las mozuelas que reían y cantaban, y allí
estaba él, tranquilo y satisfecho de su felicidad, mirando con ternura,
reunidas a su alrededor y felices a todas las personas que más amaba en el mundo:
su mujer, sus hijos, su padre, que estaba entonces como hacía diez años sentado
a la puerta de su venta, liando impasible su cigarrillo de papel sin más
variación que tener blanca como la nieve la cabeza que era gris.
Un amigo que me acompañaba en el paseo, notando la
especie de éxtasis en que estuve abstraído con estas ideas durante algunos
minutos, me sacudió al fin del brazo, preguntándome:
-¿En qué piensas?
-Pensaba -le contesté- en la Venta de los Gatos y
revolvía aquí dentro de la imaginación todos los agradables recuerdos que
guardo de una tarde que estuve en San Jerónimo... En este instante concluía una
historia que dejé empezada allí, y la concluía tan a mi gusto que creo no puede
tener otro final que el que yo le he hecho. Y a propósito de la Venta de los
Gatos -proseguí, dirigiéndome a mi amigo-, ¿cuándo nos vamos allá una tarde a
merendar y a tener un rato de jarana?
-¡Un rato de jarana! -exclamó mi interlocutor con
una expresión de asombro que yo no acertaba a explicarme entonces-. ¡Un rato de
jarana! ¡Pues digo que el sitio es aparente para el caso!
-¿Y por qué no? -le repliqué admirándome a mi vez
de sus admiraciones.
-La razón es muy sencilla -me dijo, por último-,
porque a cien pasos de la venta han hecho el nuevo cementerio.
Entonces fui yo quien lo miró con ojos asombrados y
permanecí algunos instantes en silencio antes de añadir una sola palabra.
Volvimos a la ciudad, y pasó aquel día, y pasaron
algunos otros más, sin que yo pudiese desechar del todo la impresión que me
había causado una noticia tan inesperada. Por más vueltas que le daba, mi
historia de la muchacha morena no tenía ya fin, pues el inventado no podía
concebirlo, antojándoseme inverosímil un cuadro de felicidad y alegría con un
cementerio por fondo.
Una tarde, resuelto a salir de dudas, pretexté una
ligera indisposición para no acompañar a mi amigo en nuestros acostumbrados
paseos, y emprendí solo el camino de la venta. Cuando dejé a mis espaldas la
Macarena y su pintoresco arrabal y comencé a cruzar por un estrecho sendero
aquel laberinto de huertas, ya me parecía advertir algo de extraño en cuanto me
rodeaba.
Bien fuese que la tarde estaba un poco encapotada,
bien que la disposición de mi ánimo me inclinaba a las ideas melancólicas, lo
cierto es que sentí frío y tristeza y noté un silencio que me recordaba la
completa soledad, como el sueño recuerda la muerte.
Anduve un rato sin detenerme, acabé de cruzar las
huertas para abreviar la distancia y entré en el camino de San Lázaro, desde
donde ya se divisa en lontananza el convento de San Jerónimo.
Tal vez será una ilusión; pero a mí me parece que
por el camino que pasan los muertos hasta los
árboles y las hierbas toman al cabo un color
diferente. Por lo menos allí se me antojó que faltaban tonos calurosos y
armónicos, frescura en la arboleda, ambiente en el espacio y luz en el terreno.
El paisaje era monótono; las figuras, negras y aisladas. Por aquí, un carro que
marchaba pausadamente, cubierto de luto, sin levantar polvo, sin chasquido de
látigo, sin algazara, sin movimiento casi; más allá, un hombre de mala catadura
con un azadón en el hombro, o un sacerdote con su hábito talar y oscuro o un
grupo de ancianos mal vestidos y de aspecto repugnante, con cirios apagados en
las manos, que volvían silenciosos, con la cabeza baja y los ojos fijos en la
tierra.
Yo me creía transportado no sé adónde, pues todo lo
que veía me recordaba un paisaje cuyos contornos eran los mismos de siempre,
pero cuyos colores se habían borrado por decirlo así, no quedando de ellos sino
una media tinta dudosa. La impresión que experimentaba sólo puede compararse a
la que sentimos en esos sueños en que, por un fenómeno inexplicable, las cosas
son y no son a la vez y los sitios en que creemos hallarnos se transforman en
parte de una manera estrambótica e imposible
Por último llegué al ventorrillo. Lo recordé más
por el rótulo, que aún conserva escrito con grandes letras en una de sus
paredes, que por nada, pues en cuanto al caserío, se me figuró que hasta había
cambiado de forma y proporciones. Desde luego, puedo asegurar que estaba mucho
más ruinoso, abandonado y triste. La sombra del cementerio, que se alzaba en el
fondo, parecía extenderse hasta él, envolviéndole en su oscura proyección como
en un sudario.
El ventero estaba solo, completamente solo. Conocí
que era el mismo de hacía diez años, y lo conocí no sé por qué pues, en este
tiempo, había envejecido hasta el punto de aparentar un viejo decrépito y
moribundo, mientras que cuando le vi no representaba apenas cincuenta, y
rebosaba salud, satisfacción y vida.
Sentéme en una de las desiertas mesas, pedí algo de
beber, que me lo sirvió el ventero, y de una en otra palabra suelta vinimos al
cabo a entrar en una conversación tirada acerca de la historia de amores cuyo
último capítulo ignoraba aún, aunque había intentado adivinarlo varias veces.
-Todo -me dijo el pobre viejo-, todo parece que se
ha conjurado contra nosotros desde la época que usted me recuerda. Ya lo sabe
usted: Amparo era la niña de nuestros ojos; se había criado aquí desde que
nació, casi; era la alegría de la casa. Nunca pudo echar de menos el suyo,
porque yo la quería como un padre. Mi hijo se acostumbró también a quererla
desde niño, primero como un hermano; después, con un cariño más grande todavía.
Ya estaban en vísperas de casarse Yo les había ofrecido lo mejor de mi poca hacienda,
pues con el producto de mi tráfico me parecía tener más que suficiente para
vivir con desahogo, cuando no sé qué diablo malo tuvo envidia de nuestra
felicidad y la deshizo en un momento. Primero comenzó a susurrarse que iban a
colocar un cementerio por esta parte de San Jerónimo: unos decían que más acá,
otros que más allá; y mientras todos estábamos inquietos y temerosos, temblando
de que se realizase este proyecto, una desgracia mayor y más cierta cayó sobre
nosotros.
»Un día llegaron aquí en carruaje dos señores. Me
hicieron mil y mil preguntas acerca de Amparo, a la cual saqué yo cuando
pequeña de la Casa de Expósitos; me pidieron los envoltorios con que la
abandonaron y que yo conservaba, resultando al fin que Amparo era hija de un
señor muy rico, el cual trabajó con la justicia para arrancárnosla. Y trabajó
tanto que logró conseguirlo. No quiero recordar siquiera el día que se la
llevaron. Ella lloraba como una Magdalena, mi hijo quería hacer
una locura, yo estaba como atontado sin comprender
lo que me sucedía. ¡Se fue! Es decir, no se fue, porque nos quería mucho para
irse; se la llevaron, y una maldición cayó sobre esta casa. Mi hijo, después de
un arrebato de desesperación espantosa, cayó como en un letargo. Yo no sé decir
qué me pasó. Creí que se me había acabado el mundo.
»Mientras esto sucedía, comenzóse a levantar el
cementerio. La gente huyó de estos contornos. Se acabaron las fiestas, los
cantares y la música, y se acabó toda la alegría de estos campos, como se había
acabado toda la de nuestras almas. Y Amparo no era más feliz que nosotros.
Criada aquí, al aire libre, entre el bullicio y la animación de la venta,
educada para ser dichosa en la pobreza, la sacaron de esta vida y se secó como
se secan las flores arrancadas de un huerto para llevarlas a un estrado. Mi hijo
hizo esfuerzos increíbles por verla otra vez, para hablarla un momento. Todo
fue inútil; su familia no quería. Al cabo la vio, pero la vio muerta; por aquí
pasó su entierro. Yo no sabía nada, y no sé por qué me eché a llorar cuando vi
el ataúd. El corazón, que es muy leal, me decía a voces: «Esa es joven como
Amparo. Como ella, sería también hermosa. ¿Quién sabe si será?» Y era. Mi hijo
siguió el entierro, entró en el patio y, al abrirse la caja, dio un grito, cayó
sin sentido en tierra y así me lo trajeron. Después se volvió loco y loco
está».
Cuando el pobre viejo llegaba a este punto de su
narración, entraron en la venta dos enterradores de siniestra figura y aspecto
repugnante. Acabada su tarea, venían a echar un trago «a la salud de los
muertos», como dijo uno de ellos acompañando el chiste con una estúpida
sonrisa. El ventero se enjugó una lágrima con el dorso de la mano y fue a
servirles.
La noche comenzaba a cerrar, oscura y tristísima.
El cielo estaba negro, y el campo, lo mismo. De los brazos de los árboles
pendía aún, medio podrida, la soga del columpio agitada por el aire. Me pareció
la cuerda de una horca oscilando aun después de haber descolgado un reo. Sólo
llegaban a mis oídos algunos rumores confusos: el ladrido lejano de los perros
de las huertas, el chirrido de una noria, largo, quejumbroso y agudo como un
lamento, las palabras sueltas y horribles de los sepultureros, que concertaban
en voz baja un robo sacrílego. No sé. En mi memoria no ha quedado, lo mismo de
esta escena fantástica de desolación que de la otra escena de alegría, más que
un recuerdo confuso, imposible de reproducir. Lo que me parece escuchar tal
como lo escuché entonces es este cantar que entonó una voz plañidera, turbando
de repente el silencio de aquellos lugares.
El carrito de los muertos
pasó por aquí,
como llevaba la manita fuera
yo la conocí.
Era el pobre muchacho que estaba encerrado en una
de las habitaciones de la venta, donde pasaba los días contemplando inmóvil el
retrato de su amante, sin pronunciar una palabra, sin comer apenas, sin llorar,
sin que se abriesen sus labios más que para cantar esa copla tan sencilla y tan
tierna, que encierra un poema de dolor que yo aprendí a descifrar entonces.
El Contemporáneo
28 y 29 de noviembre, 1862

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