© Libro N° 8159.
El Individuo Contra El Estado. Spencer,
Herbert. Emancipación. Enero 9 de 2021.
Título
original: © El Individuo Contra El
Estado. Herbert Spencer
Versión Original: © El Individuo Contra El Estado. Herbert
Spencer
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Herbert
Spencer
El Individuo Contra El
Estado
Herbert Spencer
INDICE
Presentación por Chantal López y Omar Cortés.
Prefacio de Herber Spencer.
El nuevo conservadurismo.
La esclavitud futura.
Los pecados de los legisladores.
La gran superstición política.
Post scriptum.
Presentación
La obra que aquí presentamos, El individuo contra
el Estado del famoso sociólogo británico Herbert Spencer (1820-1903), está
compuesta por una recopilación de ensayos que sería publicada en 1884 bajo el
sugestivo título deThe man versus the State.
Spencer expone en ella, el quid mismo de lo que en
la actualidad se conoce como neoliberalismo. En efecto, si existiese algún
texto en el que pudiesen rastrearse los orígenes o bases de la corriente
neoliberal, es precisamente esta compilación.
Herbert Spencer levanta su voz contra la excesiva,
en su opinión, reglamentación generada por los órganos estatales, en particular
por el poder legislativo. Así, Spencer, uno de los forjadores de la concepción
del evolucionismo social, lanza sus críticas hacia la por él considerada
gravísima desviación del liberalismo.
En efecto, estos ensayos no constituyen más que la
inmediata reacción de su autor, ante el acelerado ordenamiento social que el
órgano legislativo se ve impulsado a generar, obligado, en nuestra opinión, por
la propia dinámica social y no, como presupone Spencer, por el mero
diletantismo de los grupos de legisladores aferrados a la politiquería.
Ciertamente, y eso hay que reconocerlo, en algunos
momentos los órganos legislativos como que exageran la nota y se pasan en sus
funciones, sin embargo, es sumamente discutible la opinión de Spencer en el
sentido de que ese excesivo, absolutista y dictatorial criterio en pro de la
reglamentación, provenga de un sentir volitivo por parte de los legisladores
quienes, a decir del sociólogo británico, parten del erróneo concepto de que la
sociedad puede moldearse a voluntad. Lo repetimos, en nuestra opinión, la
excesiva reglamentación que le daba cólicos a Spencer, en lo fundamental
deviene del propio desarrollo social, del dinamismo generado por una sociedad
día a día más y más compleja. Así, la acción del órgano legislativo concrétase
a buscar garantizar el mantenimiento de mínimos criterios de igualdad capaces
de impedir que los núcleos o grupos sociales más fuertes despedacen,
exprimiéndoles, a los más débiles.
Ciertamente, y esto debemos de tenerlo en cuenta,
Herbert Spencer, se muestra, como buen neoliberal, partidario cuasi absoluto de
la corriente que a la historia ha pasado con el nombre de darwinismo social, y
que en resumidas cuentas presupone la supervivencia de los más fuertes o, si se
prefiere, de los más aptos. Así, bajo estos sumamente discutibles preceptos,
Spencer hace berrinche al ver emerger un conjunto de reglamentos y leyes cuya
finalidad no es otra que la de pretender la protección de los grupos sociales
más vulnerables. Nadie niega que en este punto ha habido, y de seguro seguirá
habiéndo, exageraciones que han generado no pocos problemas a las naciones,
pero de esto a descalificar, como lo pretende Spencer, totalmente esa labor en
pro de la reglamentación, o, para utilizar una frase más acorde con nuestros
tiempos, a desarrollar un concepto de libertad sensible a las necesidades
sociales, hay mucho trecho.
La gran superstición política del pasado -precisa
Spencer- fue el derecho divino de los reyes. La gran superstición política del
presente -concluye- es el derecho divino de los parlamentos.
La actualidad de lo expresado en esta obra, es para
nosotros evidente. Las bases de los criterios neoliberales, lo repetimos,
pueden ser aquí rastreadas. Esperamos, pues, que la presente edición virtual de
El individuo contra el Estado, sea de utilidad a quien se acerque a
consultarla.
Chantal López y Omar Cortés
PREFACIO
La Westminter Review de abril de 1860 contenía un
artículo titulado Reforma parlamentaria: los peligros y las defensas. En este
artículo me aventuré a predecir algunos resultados de los cambios políticos
propuestos entonces.
Reducida a su más simple expresión, la tesis
mantenida era que, a menos que se adoptaran las debidas precauciones, el
incremento de libertad en teoría sería seguido por un decrecimiento de libertad
en los hechos. Nada ha sucedido para hacerme alterar la creencia que expresé.
La tendencia de la legislación desde entonces, ha sido de la clase que predije.
Medidas dictatoriales multiplicadas con rapidez, han tendido continuamente a
estrechar las libertades de los individuos. Esto lo han hecho de dos maneras. Han
sido promulgadas reglamentaciones, en números anualmente crecientes,
restringiendo al ciudadano en esferas donde sus acciones eran anteriormente
libres y obligándolo a acciones que previamente podía realizar o no, según su
deseo. Al mismo tiempo, pesadas cargas públicas, principalmente locales, han
restringido más su libertad disminuyendo la parte de su salario que podía
gastar como quisiera y aumentando la parte que se le recauda para que dispongan
de ella los funcionarios.
Las causas de estos efectos predichos, entonces en
operación, siguen rigiendo, y es verosímil que se acentúen. Habiendo hallado
que las conclusiones inferidas con respecto a estas causas y efectos se han
probado como ciertas, me he visto inducido a expresar y subrayar conclusiones
semejantes relativas al futuro, y a hacer lo poco que puede hacerse para
despertar la atención hacia los males que nos amenazan.
Con este propósito fueron escritos los cuatro
ensayos siguientes originalmente publicados en la Contemporary Review de
febrero, abril, mayo, junio y julio de este año. Para hacer frente a
determinadas críticas y prevenir objeciones que verosímilmente pueden surgir.
he añadido un post scriptum.
EL NUEVO CONSERVADURISMO
La mayor parte de los que ahora se consideran como
liberales son conservadores de un nuevo tipo. He aquí una paradoja que me
propongo justificar. Para ello debo mostrar, en principio, lo que fueron los
dos partidos políticos en su origen; y debo pedir al lector que me soporte
mientras le recuerd? hechos con los que está familiarizado, pues así fijaré en
él la naturaleza intrínseca del conservadurismo y del liberalismo propiamente
dichos.
Volviendo a un período más antiguo que sus nombres,
al principio, los dos partidos políticos representaban dos tipos opuestos de
organización social, susceptibles de ser distinguidos, en términos generales,
como el militar y el industrial. Se caracterizan, el uno por el régimen de
Estado, casi universal en los tiempos antiguos, y el otro por el régimen de
contrato, que ha llegado a ser general en la actualidad, principalmente entre
las naciones occidentales, y en especial entre nosotros y los americanos. Si en
lugar de usar la palabra cooperación en un sentido limitado la usamos en uno
más amplio, como significando las actividades combinadas de ciudadanos bajo
cualquier sistema de regulación, entonces estos dos podrán definirse como el
sistema de la cooperación obligatoria y el sistema de la cooperación
voluntaria. La estructura típica del uno la vemos en un ejército formado por
hombres reclutados, donde las unidades, en sus diversos grados, tienen que
obedecer órdenes bajo pena de muerte, y reciben alimento, vestido y paga,
distribuidos arbitrariamente; mientras que la estructura típica del otro la
observamos en un cuerpo de productores o distribuidores, quienes acuerdan
recibir una recompensa especificada en devolución por servicios especificados,
y pueden, a voluntad, previo aviso, abandonar la organización si no les agrada.
Durante la evolución social en Inglaterra, la
distinción entre estas dos formas de cooperación, fundamentalmente opuestas,
hizo su aparición de un modo gradual; pero mucho tiempo antes de que los
nombres conservadores y liberales llegaran a usarse, se pudo seguir la huella
de los partidos y se mostraron vagamente sus conexiones respectivas con el
militarismo y el industrialismo. Es familiar la verdad que, tanto aquí como en
otras partes, fue en las ciudades populosas formadas de trabajadores y
comerciantes acostumbrados a cooperar bajo el régimen de contrato, donde se
hicieron resistencias a aquella reglamentación coercitiva que caracteriza la
cooperación bajo el Estado. Mientras, inversamente, la cooperación bajo el
Estado, debiendo su origen y ajustindose a una guerra crónica, siguió
sufriéndose en los distritos rurales poblados en principio por jefes militares
y sus subordinados, donde continuaban las ideas y tradiciones primitivas. No
obstante, este contraste mostrado en las tendencias políticas antes de que los
principios liberales y conservadores llegaran a distinguirse claramente,
continuaron mostrándose después. En el período de la revolución, mientras las
villas y los más pequeños pueblos fueron monopolizados por los conservadores,
las grandes ciudades, los distritos manufactureros y los puertos comerciales
constituían el baluarte de los liberales. Y que, a despecho de ciertas
excepciones, existe el mismo estado de cosas, no necesita ser probado.
Tales eran las naturalezas de los dos partidos que
les imponía su origen. Observamos ahora cómo estas naturalezas les fueron
impuestas por sus hechos y doctrinas primitivas. El liberalismo empezó con la
resistencia opuesta a Carlos II y su camarilla, en sus esfuerzos por
restablecer un poder monárquico sin restricciones. Los liberales consideraban
la monarquía como una institución civil establecida por la nación para
beneficio de todos sus miembros, mientras que para los conservadores el monarca
era el delegado del cielo. Estas doctrinas envolvían la creencia, para la una,
de que la sujeción de los ciudadanos al gobernante era condicional y, para la
otra, de que era incondicional.
Describiendo a los liberales y conservadores, tales
como se los concebía a finales del siglo diecisiete, cincuenta años antes de
que escribiera su >Disertación sobre los partidos, Bolingbroke, dice:
El poder y la soberanía del pueblo, un contrato
original, la autoridad e independencia del Parlamento, libertad, resistencia,
exclusión, deposición, abdicación, éstas eran ideas que se asociaban en aquel
tiempo al concepto de liberal, y se suponían por cada liberal que eran
inconciliables e incompatibles con el concepto de conservador.
Derecho divino, hereditario, inconmutable, sucesión
lineal, obediencia pasiva, prerrogativa, no resistencia, esclavitud, voto
negativo y, en ocasiones, también papismo, se asociaban por muchos al concepto
de conservador y se suponían incompatibles igualmente con la idea de liberal.
Disertación sobre los partidos, página 5.
Si comparamos estas descripciones, vemos que en un
partido existía el deseo de resistir y disminuir el poder coercitivo del
gobernante sobre el gobernado, y en el otro de mantener y aumentar este poder.
Esta distinción en sus intentos -distinción que trasciende en significación e
importancia a todas las demás distinciones políticas- se manifestó en las
primeras empresas. Los principios liberales se ejemplificaron en el Acta del
Habeas Corpus, y en la medida por la que los jueces fueron declarados independientes
de la Corona; en la derrota del Bill de No-resistencia, que proponía para los
legisladores y funcionarios el juramento obligatorio de que no resistirían al
rey por las armas, en ningún caso; y últimamente, en el Bill de Derechos
dirigido a asegurar a los gobernados contra las agresiones monárquicas. Estas
actas tenían la misma naturaleza intrínseca. El principio de la cooperación
obligatoria en la vida social fue debilitado por ellas, y vigorizado el de la
cooperación voluntaria. En un período posterior, la política del partido tuvo
la misma tendencia general, y esto se manifiesta muy bien en una nota de Mr.
Green sobre el poder liberal después de la muerte de la reina Ana:
Antes de transcurridos cincuenta años de su
reinado, los ingleses habían olvidado que era posible perseguir a alguien por
diferencias de religión, suprimir la libertad de prensa, cometer
arbitrariedades con la administración de justicia o gobernar sin Parlamento.
Compendio de historia, página 705.
Y ahora, pasando por alto el período de guerra que
cierra el siglo último y empieza éste, durante el cual la extensión de la
libertad individual previamente ganada se perdió y el movimiento retrógrado
hacia el tipo propio del militarismo se manifestó en toda clase de medidas
coercitivas, desde aquellas que se apoderaron por la fuerza de personas y
propiedades de ciudadanos para necesidades de guerra hasta las que suprimieron
las reuniones públicas e intentaron amordazar la prensa, recordemos los caracteres
generales de los cambios efectuados por los liberales después que el
restablecimiento de la paz permitió el resurgir del régimen industrial y volvió
a su peculiar tipo de estructura. Merced a la creciente influencia de los
liberales, se derogaron las leyes que prohibían las asociaciones entre
artesanos, así como las que entorpecían su libertad de viajar. Hubo otra
medida, de inspiración liberal, por la que se permitió a los disidentes
profesar sus creencias sin sufrIr determinadas penas civiles; e igualmente otra
disposición, dictada por los conservadores debido a la presión liberal, que
capacitó a los católicos para profesar su religión sin menoscabo de su
libertad. El área de la libertad se extendió por Actas que prohibían la trata
de negros y su mantenimiento en esclavitud. Se abolió el monopolio de la
compañía de las Indias Orientales y se abrió para todos el comercio con
Oriente. Por el Bill de la Reforma y el Bill de la Reforma municipal disminuyó
el número de Ios no representados, de forma que tanto en la nación como en el
municipio la mayoría dejó de estar bajo el poder de la minoría. Los disidentes
no fueron obligados por más tiempo a someterse al matrimonio eclesiástico, y se
les permitió casarse civilmente. Llegó más tarde la disminución y supresión de
restricciones para comprar mercancías extranjeras y para emplear barcos y
marineros extranjeros. También, después, la eliminación de la censura de prensa
que se había impuesto para impedir la difusión de las opiniones. Es evidente
que todos estos cambios, fueran debidos o no a los mismos liberales, se
hallaban en armonía con principios sostenidos y profesados por los liberales.
Pero, ¿por qué enumerar hechos tan bien conocidos
por todos? Sencillamente, porque como indiqué al principio, parece necesario
recordar lo que fue el liberalismo del pasado para que se comprenda su
diferencia con el del presente. Sería inexcusable citar todas estas medidas con
el propósito de indicar el carácter común a ellas, si no fuera porque hoy los
hombres han olvidado este carácter común. No recuerdan que, de un modo u otro,
todos estos cambios verdaderamente liberales disminuyen la cooperación obligatoria
en la vida social y aumentan la cooperación voluntaria. Han olvidado que, de
una forma u otra, disminuyen el alcance de la autoridad gubernamental y aumenta
el área dentro de la que cada ciudadano puede actuar libremente. Han perdido de
vista la verdad de que, en el pasado, el liberalismo representaba la libertad
individual contra el Estado coercitivo.
Y ahora, surge esta pregunta: ¿Cómo es que los
liberales han perdido de vista todo esto? ¿Cómo es que el liberalismo,
aumentando cada día su poder, ha llegado a ser cada día más coercitivo en su
legislación? ¿Cómo es que, ya directamente mediante sus propias mayorías o
indirectamente por la ayuda dada en tales casos a las mayorías de sus
adversarios, el liberalismo ha adoptado, de un modo creciente, la política de
dirigir las acciones de los ciudadanos, y como consecuencia ha disminuído la
esfera de sus libertades? ¿Cómo explicarnos esta difundida confusión de
pensamientos que ha conducido, persiguiendo lo que parecía ser el bien público,
a invertir el método mediante el cual en tiempos pasados se alcanzó este mismo
bIen?
Incomprensible, como a primera vista parece este
inconsciente cambio de política, veremos, empero, que ha surgido de un modo
completamente natural. Dado el pensamiento sintético que prevalece
corrientemente en cuestiones políticas y dadas las condiciones existentes, no
podía esperarse otra cosa. Para aclarar esto son necesarias algunas
explicaciones previas.
Desde las criaturas más bajas hasta las más altas,
la inteligencia progresa por actos de diferenciación, y así se verifica entre
los hombres desde el más ignorante hasta el más culto. Clasificar rectamente
-es decir, colocar en el mismo grupo cosas que son esencialmente de la misma
naturaleza, y en otros grupos cosas de naturaleza esencialmente diferente- es
la condición fundamental para actuar con orden. Empezando con la visión
rudimentaria, que nos avisa que algún cuerpo opaco está pasando cerca (como los
ojos cerrados vueltos hacia la ventana, al percibir la sombra causada por una
mano puesta ante ellos, nos dan noticia de algo que se mueve ante nosotros) se
llega hasta la visión desarrollada que por la exacta apreciación de las formas,
colores y movimientos idetifica objetos a gran distancia, como presas o
enemigos, y hace posible perfeccionar la conducta para asegurar el alimento o
escapar a la muerte. Esta progresiva percepción de diferencias y la mayor
exactitud de las clasificaciones, constituye en uno de sus principales aspectos
el desenvolvimiento de la inteligencia, y se observa también cuando pasamos de
la visión puramente física a la relativamente compleja visión intelectual,
mediante la cual cosas previamente agrupadas por ciertas semejanzas externas o
por ciertas circunstancias intrínsecas, se agrupan más rigurosamente según su
naturaleza o su estructura intrínseca. La visión intelectual no desarrollada
discrimina tan mal y tan erróneamente en sus clasificaciones como la visión
física no desarrollada. Citemos la clasificación primitiva de las plantas en
árboles, arbustos y hierbas: el tamaño, es decir, la característica más
significativa, constituía la base de la distinción. Esta clasificación agrupaba
muchas plantas totalmente distintas y separaba otras que eran muy semejantes.
Tomemos, mejor aún, la clasificación popular que ordena bajo el mismo nombre
general los peces y los mariscos, que incluyen los crustáceos y los moluscos, y
aún va más allá al considerar a los cetáceos como peces. En parte a causa de su
semejanza en sus modos de vida como habitantes de las aguas, en parte a causa
de alguna semejanza general en su sabor, seres que en su naturaleza esencial se
hallan aún más separados que un pez lo está de un pájaro se ordenan en las
mismas clase y sub clase.
Ahora bien: la verdad general así mostrada en
ejemplos, se aplica a las más elevadas esferas de la visión intelectual que
recae sobre cosas inaccesibles a los sentidos, como son las medidas y las
instituciones políticas.
También aquí los resultados de una facultad
intelectuaI inadecuada o de una cultura incompleta, o de ambas a la vez,
conducen a clasificaciones y conclusiones erróneas. Indudablemente, la
posibilidad de error es aquí mayor, puesto que las cosas con que el
entendimiento se ocupa no adniiten examen de un modo tan fácil. No se puede
tocar nl ver una institución política; sólo puede ser conocida por un esfuerzo
de la imaginación creadora. No se puede aprehender mediante una percepción
física una medida política: requiere, en no menor grado, un proceso de representación
mental que reúna los elementos en el pensamiento y en la naturaleza esencial de
la combinación concebida. Aqui, por lo tanto, más aún que en los casos
mencionados, la visión intelectual defectuosa se manifiesta agrupando las cosas
por caracteres externos o circunstancias extrínsecas. Que muchas instituciones
son erróneamente clasificadas debido a esta causa, lo observamos en la opinión
vulgar de que la República romana era una forma de gobierno popular. Si
examinamos las ideas primitivas de los revolucionarios franceses que pretendían
un estado ideal de libertad, hallamos que las formas y los actos políticos de
los romanos fueron sus modelos; y aun ahora podría citarse a un historiador que
pone como ejemplo la corrupción de la República romana para demostrarnos a qué
extremos conduce el gobierno democrático. Sin embargo, la semejanza entre las
instituciones de los romanos y las instituciones libres propiamente dichas fue
menor que la que existe entre un tiburón y un puerco marino: semejanza de
carácter puramente externo, acompañada de estructuras internas totalmente
distintas. El gobierno romano era una pequeña oligarquía dentro de una
oligarquía más extensa: los miembros de cada una eran autócratas arbitrarios.
Una sociedad, en la que relativamente pocos hombres poseían el poder político,
siendo libres en cierto modo y fueron mezquinos déspotas teniendo no sólo
esclavos y subordinados sino aun niños en esclavitud semejante a como poseían
el ganado, estuvo por su naturaleza intrínseca más cerca de un despotismo
vulgar que de una sociedad de ciudadanos políticamente iguales.
Pasando ahora a nuestra cuestión, podemos
comprender la clase de confusión en que ha caído el liberalismo, así como el
origen de estas clasificaciones erróneas de medidas políticas que lo han
extraviado, clasificaciones, como veremos, que obedecen a rasgos puramente
externos en lugar de a su naturaleza intrínseca. Pues, ¿cuál era el fin de los
cambios efectuados por los liberales en el pasado, tanto para el pueblo como
para los que los realizaban? Era la abolición de las injusticias sufridas por
el pueblo, o por parte de él; este rasgo común fue el que con más fuerza se
arraigó en los espíritus. Se extinguieron males que directa o indirectamente
habían actuado sobre grandes masas de ciudadanos, como causas de miseria y como
obstáculo para la felicidad. Y como, para el criterio de muchos, un mal
rectificado es equivalente a un bien conseguido, se llegaron a considerar estas
medidas como beneficios positivos, de tal forma que el bienestar de la mayoría
constituyó el objetivo de los hombres de Estado y de los electores liberales.
De aquí la confusión. Siendo el intento externo común a las medidas liberales
en sus primeros tiempos, la consecución del bien popular -consecución lograda
en cada caso aboliendo alguna restricción- ha sucedido que el bien popular se ha
llegado a buscar por los liberales, no como un fin indirecto resultante de la
supresión de restricciones, sino como un fín que ha de lograrse dírectamente.
Buscando ganarlo directamente han usado métodos íntrínsecamente opuestos a los
que usaron en un principío.
Y ahora, habiendo visto ya cómo ha surgido esta
inversíón del problema político -inversión parcíal, diría, pues las recientes
Actas sobre enterramientos y los esfuerzos para elíminar todas las restantes
desigualdades religiosas muestran una continuación de la polítíca oríginal en
ciertas dírecciones- pasemos a contemplar la extensión con que se ha aplicado
durante los tiempos actuales y la mayor extensión con que se aplicará en el
futuro, si los sentimientos e ideas reinantes siguen predominando.
Antes de continuar será conveniente advertir que no
intento condenar los motivos que sugirieron, una después de otra, estas
restricciones y mandatos. Estos motivos fueron buenos en casi todos los casos.
Debe admitirse que las restricciones impuestas por un Acta de 1870 acerca del
empleo de mujeres y niños en las tintorerías de rojo turcas fueron, en
intención, tan filantrópicas como las de Eduardo VI al prescribir el tiempo
mínimo en que puede ser empleado un jornalero. Sin duda, el Acta de 1880 sobre
el abastecimiento de semillas en Irlanda, que autorizó a los administradores
municipales a comprar semilla para los labradores pobres y observar si la
sembraban debidamente, fue movida por el deseo de bienestar público no inferior
a la del Acta que en 1533 prescribe el número de ovejas que puede poseer un
labrador; o a la de 1597, que ordena que sean reedificadas las granjas en
estado ruinoso. Nadie discutirá que las varias medidas tomadas en estos últimos
años para reducir la venta de bebidas alcohólicas la ha sido con vistas a la
moral pública, así como lo fueron las medidas adoptadas en tiempos antiguos
para evitar los peligros del lujo; por ejemplo, en el siglo XIV se
restringieron las comidas y los vestidos. Todos comprenderán que los edictos
publicados por Enrique VIII prohibiendo a las clases bajas jugar a los dados,
naipes, bolos, etcétera, se inspiraron en el deseo del bienestar general en no
menor grado que las Actas recientes sobre los juegos de envite. Más aún: no
intento discutir aquí la sabiduría de estas ingerencias modernas que liberales
y conservadores multiplican, como tampoco quiero discutir la sabiduría de las
antiguas, a las que en tantos casos se parecen. No examinaremos ahora si las
medidas últimamente adopt.adas para preservar las vidas de los marineros son
más juiciosas o no lo son, que la radical medida escocesa, de mediados del
siglo XV, que prohibía a los capitanes zarpar durante el invierno. Por el
momento no discutiremos si hay más derecho en conceder poderes a los empleados
de la policía sanitaria para buscar en determinados edificios alimentos en mal
estado, que hubo, por una ley de Eduardo III, para que los posaderos de los
puertos juraran que registrarían a sus huéspedes con el fin de evitar la
exportación de dinero. Daremos por sentado que no existe menos sentido en
aquella cláusula del Acta de los botes del Canal, que prohibe a un propietario
subir a bordo a los hijos de los barqueros, que la que hubo en las Actas de
Spitalfields, que hasta 1824 y para beneficio de los artesanos, prohibía a los
manufactureros establecer sus fábricas a más de diez millas de la Bolsa Real.
Excluimos, pues; estas cuestiones de motivos
filantrópicos y sabio juicio, dándolas ambas por concedidas; tenemos solamente
que ocuparnos de la naturaleza coercitiva de estas medIdas que, sea para bIen o
para mal, han sIdo puestas en vigor durante períodos de influencia liberal.
Para mostrar ejemplos recientes comenzaremos en
1860, durante la segunda administración de Lord Palmerston. En dicho año las
restricciones del Acta de las fábricas se extendieron a las industrias del
blanqueo y tinte; se concedió autorización para que se analizara el alimento y
la bebida, y que estos gastos se pagaran aparte de los gastos locales; un Acta
creaba los ínspectores del gas, a la vez que determinaba la calidad del gas y
su precio limite; otra que, además de fijar la inspección de las minas, penaba
emplear niños menores de doce años que no asistieran a la escuela y fueran
analfabetos. En 1861, las restricciones impuestas por el Acta de las fábricas
se extendieron a los trabajos de encaje; los tutores de ayuda a los pobres
fueron autorizados para hacer obligatoria la vacuna; los ayuntamientos
adquirieron la facultad de fijar el precio del alquiler de caballos, potros,
mulos, asnos y barcas; se concedió derecho a ciertos comités locales de imponer
un tributo con destino a los trabajos de avenamiento, rIego y dlstribución de
aguas para el ganado. En 1862 se aceptó un Acta que restringía el empleo de
mujeres y niños en trabajos de blanqueo al aire libre; otra, declarando ilegal
la explotación de minas de carbón con un solo pozo o con pozos separados por
menos de una distancia determinada; otra, otorgando al Consejo de Medicina el
derecho exclusivo de publicar una Farmacopea, cuyo precio fijaría el Tesoro. En
1863 se extendió la vacunación obligatoria a Escocia e Írlallda. Se autorizó a
ciertos ayuntamientos para solicitar empréstitos, pagaderos mediante las
contribuciones locales; se autorizó a las autoridades locales para incautarse
de terrenos abandonados para embellecimiento de la población e imponer tributos
a los habitantes para su conservación; se promulgó el Acta de regulación de
panaderías, que además de señalar la edad mínima de los empleados ocupados en
determinadas horas, prescribía el blanqueo periódico, tres capas de color en la
pintura, y limpieza con agua caliente y jabón una vez por lo menos cada seis
meses; otra Acta concediendo a los magistrados autoridad para decidir acerca
del buen o mal estado de los alimentos que los inspectores les presenten. Entre
las leyes coercitivas que datan de 1864 puede citarse la extensión del Acta de
Fábricas relativa a industrias adicionales, incluyendo disposiciones para
limpieza y ventilación, y especificando que los empleados en trabajos de
fósforo no podrán comer en los edificios, excepto en los talleres de cortar
madera. Hubo también un Acta de deshollinamiento de chimeneas; otra, regulando
la venta de cerveza en Irlanda; otra, disponiendo el ensayo obligatorio de
cables y áncoras; otra, adicional al Acta de obras públicas de 1863, y el Acta
de enfermedades contagiosas que facultó a la policía, en determinados lugares y
con respecto a cierta clase de mujeres, para anular muchas garantías de
libertad individual establecidas en tiempos. anteriores. El año 1865 se
expidieron disposiciones para el alojamiento y asistencia de vagabundos a
expensas de los contribuyentes; otra Acta cerrando tabernas; otra, haciendo
obligatorias las disposiciones para extinguir los fuegos en Londres. Más
adelante, durante el ministerio de Lord John Russell, en 1866, hemos de citar
un Acta que dicta reglas acerca de los cobertizos para el ganado en Escocia y
autoriza a las autoridades locales para inspeccionar las condiciones sanitarias
y fijar el número de cabezas que ha de alojarse en ellos; otra, que obliga a
los plantadores de lúpulo a colocar una etiqueta en los sacos con el año y el
lugar de la recolección y su peso exacto, facultando a la policía para
investigar su verdad; otra, que facilita la construcción de casas de
alojamiento en Irlanda y regula el número de inquilinos, fiscalizando su
limpieza; un Acta de bibliotecas públicas, por la cual una mayoría de personas
puede cobrar a una minoría para la compra de libros.
Pasando ahora a la legislación promulgada en el
primer ministerio de Mr. Gladstone, tenemos en 1869 el establecimiento del
telégrafo del Estado y la prohibición de telegrafiar por medio de otras
agencias; el haber facultado a un ministro para regular los transportes en
Londres; nuevas disposiciones para prevenir enfermedades del ganado y su
propagación; otra Acta de regulación de cervecerías; otra, para la protección
de aves marinas (que asegurará una mayor mortalidad de peces). En 1870 una ley
autorizando al Consejo de Obras Públicas para conceder anticipos a los
propietarios para que mejoren sus fincas, y a los arrendatarios para que puedan
adquirirlas; tenemos el Acta que capacita al Departamento de Educación para
formar comités que se cuiden de adquirir solares para crear escuelas, y ayuden
a las escuelas libres mediante impuestos locales, y también capacitando a los
comités para costear los gastos de instrucción de niños, obligar a los padres a
enviarlos a la escuela, etcétera; otra Acta de fábricas y talleres imponiendo
nuevas restricciones relativas al empleo de mujeres y niños en trabajos de
conservación de frutas y salazón de pescados. En 1871 encontramos un Acta sobre
la marina mercante, rectificada, que ordena a los empleados de la Cámara de
Comercio inscribir el calado de los buques antes de zarpar; existe otra Acta de
fábricas y talleres aumentando las restricciones; un Acta de Pedlar infligiendo
penas por ejercer la buhonería sin permIso y limitando el permIso dentro de un
radio determinado, así como facultando a la policía para registrar los fardos
de los buhoneros; más rnedidas para la vacunación obligatoria. En el año 1872
tenemos, entre otras Actas, una que prohibe a las nodrizas amamantar a más de
un niño, como no sea en establecimientos autorizados y siguiendo las
prescripciones legales con respecto al número de niños que pueden ser
admitidos; un Acta de licencias prohibiendo .la venta de alcoholes a los
menores de dieciséis años; otra Acta sobre barcos mercantes estableciendo un
reconocimiento de los buques que conduzcan pasajeros. Entonces, en 1873, el
Acta de niños ocupados en la agricultura, que penaba a los granjeros que
empleaban niños carentes del certificado de educación elemental y de asistencia
a la escuela; otra Acta sobre marIna mercante, exigiendo a cada barco una
escala mostrando la indicación de su calado y facultando a la Cámara de
Comercio para fijar el número de botes y salvavidas que deben llevar.
Volvamos ahora a las leyes liberales promulgadas
durante el actual ministerio. Tenemos, en 1880, una ley que prohibe hacer
anticipos a los marineros a cuenta de su sueldo; una ley que dicta ciertas
medidas para el transporte seguro de los cargamentos de grano; otra, aumentando
Ias atríbuciones de las autoridades locales sobre los padres para que envíen a
sus hijos a la escuela. En 1881 se publicó un Acta regulando la pesca de ostras
y la pesca con cebo, y otra hizo imposible la venta de cerveza el domingo, en
Gales. En 1882, se autorizó a la Cámara de Comercio a conceder licencias
relativas a la producción y venta de electricidad y se capacitó a los
ayuntamientos para recaudar impuestos destinados al alumbrado público; se
autorizaron nuevas exacciones de los contribuyentes para establecer más baños y
lavaderos, y se invistió a las autoridades locales de la facultad de dictar
leyes accesorias para asegurar un alojamiento decente a las personas empleadas
en la recolección de frutas y legumbres. De la legislación de 1883 podemos
citar el Acta relativa a los trenes económicos que, en parte por arrebatar a la
nación cuatrocientas mil libras al año (por la supresión del impuesto sobre
viajeros), en parte a costa de las empresas, permite a los trabajadores viajar
más económicamente. La Cámara de Comercio, representada por los comisarios de
ferrocarriles, está autorizada para procurar normales, buenas y rápidas
condiciones de viaje. También existe un Acta que prohibe, bajo muIta de diez
libras, pagar los jornales a los trabajadores en las tabernas; otra Acta de
fábricas y talleres ordena la inspección de los trabajos de albayalde (examinar
si existen trajes adecuados para colocárselos encima de la ropa diaria,
tragaluces, baños, bebidas ácidas, etcétera), y otra de panaderías regulando
las horas de trabajo en ambas y prescribiendo detalladamente observaciones
sobre algunas construcciones que se han de conservar en esta última en estado
satisfactorio, según exigirán los inspectores.
Pero estamos muy lejos de formarnos un concepto
adecuado, si atendemos solamente a la legislación coercitiva que ha sido
establecida en los últimos años. Debemos considerar también aquellas por las
que se aboga y que amenazan ser más radicales y estrictas. Hemos tenido
últimamente un ministro, de los que se llaman liberales más avanzados, que
despreció los planes del último gobierno para mejorar las viviendas
industriales considerándolos insuficientes, sosteniendo la necesidad de ejercer
una coacción efectiva sobre los propietarios de casas pequeñas, propietarios
rústicos y contribuyentes. Hay otro ministro que, dirigiéndose a sus electores,
habla ligeramente de las actividades de las sociedades filantrópicas y de los
comités religiosos de ayuda a los pobres y dice que el país en masa debería
considerar este trabajo como obra suya; es decir, solicitar una medida
gubernamental. También tenemos un miembro radical del Parlamento, que dirige
una agrupación fuerte y extensa, que intenta, con probabilidades de éxito cada
año mayores, imponer la sobriedad concediendo a las mayorías locales el derecho
de impedir la libertad de cambio con respecto a ciertos productos. Es verosímil
que la reglamentación de las horas de trabajo de ciertas clases, que hasta
ahora se ha generalizado más y más por ampliaciones sucesivas de las Actas
sobre fábricas, llegue a hacerse todavía más general. Se va a proponer una
medida que acogerá a todos los empleados de almacenes en esta reglamentación.
Existe una constante demanda para que la educación sea gratuita para todos. El
pago de la retribución escolar se empieza a denunciar como un mal. El Estado
debe hacerse cargo de todos los gastos. Muchas personas proponen que el Estado,
considerado como un juez absolutamente competente en lo que constituye una
buena educación para el pobre, emprenda la tarea de prescribir una buena
educación para la clase media también, fijando en los niños de ésta la
educación oficial de cuya bondad no tendrán más duda que la que tuvieron los
chinos cuando establecieron la suya. Se reclaman con energía en los últimos
años dotaciones de investigación. El Estado concede ya cuatro mil libras para
este propósito, que deben ser distribuidas por la Royal Society; y en ausencia
de los que poseen fuertes motivos para resistir la presión de los interesados,
respaldados por los que fácilmente se dejan persuadir, puede establecerse
pronto aquel valioso sacerdocio de la ciencia, preconizado hace largo tiempo
por Sir David Brewster. Una vez más se hacen plausibles proposiciones de que
debería organizarse un sistema de seguro obligatorio por el que los hombres, en
su primera juventud, tendrían que economizar para cuando estuvieran
incapacitados.
La enumeración de estas medidas coercitivas, que se
nos muestran unas muy lejanas y otras muy cerca, no es completa. No hemos
citado más que las que indican un aumento en la contribución general y local.
En parte para sufragarl os gastos de promulgar estas medidas coercitivas,
siempre crecientes, cada una de las cuales requiere un cuadro adicional de
funcionarios, en parte para pagar el desembolso que ocasionan nuevas
instituciones públicas, tales como escuelas, bibliotecas públicas, museos,
baños, lavaderos, lugares de recreo, etcétera, los impuestos locales crecen año
tras año, y las contribuciones generales aumentan debido a la protección que se
dispensa a la educación y a los departamentos de ciencia, arte, etcétera. Cada
uno de estos impuestos supone una nueva coacción, una limitación mayor de la
libertad del ciudadano. Implica las siguientes palabras: Hasta ahora has sido
libre para gastar esta parte de tu sueldo en lo que quisieras; de aquí en
adelante, no serás libre para hacerlo sino que la gastaremos nosotros para
beneficio general. De esta forma, ya directa o indirectamente, y en la mayoría
de los casos a la vez, el ciudadano, dentro de esta legislación obligatoria, se
ve privado de alguna libertad que antes tenía.
Tales son, pues, las acciones del partido que a sí
mismo se llama liberal, como si fuese el abogado de una progresiva libertad.
No dudo que muchos miembros del partido liberal
habrán leído las páginas precedentes con impaciencia, deseando indicarme una
omisión que, según piensan, destruye la validez del argumento. Olvidas -dirían-
la diferencia fundamental entre el poder que, en el pasado, estableció aquellas
restricciones que ha abolido el liberalismo, y el poder que, en el presente,
establece las restricciones que tú llamas antiliberales. Olvidas que aquél fue
un poder irresponsable y que éste es responsable. Olvidas que si por la
reciente legislación de los liberales se regula al pueblo, el cuerpo que lo
regula es su propio creador y está autorizado por el pueblo para actuar .
Mi respuesta es que no he olvidado esta diferencia
pero que estoy dispuesto a sostener que tal diferencia no afecta a nuestro
problema.
En primer lugar, la verdadera cuestión reside en
comprobar si las vidas de los ciudadanos se encuentran más limitadas que lo
estuvieron antes, y no en examinar la naturaleza del agente interventor. Veamos
un caso sencillo. Un miembro de las Trade Unions se ha unido a otros para
formar una organización de carácter puramente representativo. Pero si la
mayoría lo decide, tiene que declararse en huelga, y no puede aceptar trabajo
en condiciones distintas a las que se le indiquen. Se ve imposibilitado de obtener
de su mayor habilidad o energía un provecho que podría conseguir si fuera
totalmente libre. No puede desobedecer sin abandonar los beneficios pecuniarios
de la organización a la que pertenece, y se expondría a la persecución, y quizá
a la violencia, de sus compañeros. ¿Estará él menos cohibido porque la
organización que lo oprime está constituída de tal forma que su propia voz es
igual que la de los demás?
En segundo lugar, si se objeta que la analogía es
falsa porque el gobierno de una nación, como protector de la vida e intereses
nacionales al cual deben todos someterse so pena de desorganización social,
tiene una autoridad más alta sobre los cIudadanos que el gobIerno de una
organización privada puede tener sobre sus miembros, entonces la réplica es
que, concediendo la diferencia, la respuesta dada es válida. Si los hombres
utilizan su libertad de tal modo que ésta desaparezca, ¿son ellos, por esto, menos
esclavos? Si los pueblos, mediante un plebiscito, eligen un déspota,
¿permanecen libres porque el despotismo ha sido creación suya? ¿Son las medidas
coercitivas dictadas por éste legitimas porque son las consecuencias ultimas de
su voto? También podría argüirse que el indígena de Africa Oriental, al romper
una lanza en presencia de otro y llegar a ser de este modo su esclavo, retiene
así su libertad porque ha elegido libremente su dueño.
En fin, si algunos, no sin muestras de irritación,
como debo suponer, repudian este razonamiento diciendo que no existe verdadero
paralelismo entre la relación de pueblo a gobierno donde un dictador
irresponsable ha sido elegido permanentemente, y la relación donde se mantiene
un cuerpo representativo y reelegido de tiempo en tiempo, entonces surge una
última réplica -una réplica enteramente heterodoxa- que asombrará a muchos.
Esta respuesta es, que esta multitud de Actas restrictivas no pueden defenderse
sobre la base de que proceden de un organismo elegido por el pueblo; la
autoridad de un organismo tal no puede ser ilimitada, como tampoco puede serIo
la de un monarca; y de igual forma que el verdadero liberalismo luchó en el
pasado contra la suposición del poder absoluto de los reyes, así el verdadero
liberalismo en la actualidad luchará contra la admisión de una ilimitada
autoridad parlamentaria. No obstante, no Insistiré en esto, aunque lo dejo
indicado como una última respuesta.
Mientras tanto, satisface observar que hasta
recientemente el verdadero liberalismo se mostró en sus actos como tendiendo
hacia la teoría de una autoridad parlamentaria limitada. Todas estas
aboliciones de restricciones sobre creencias relig!osas y observancias,
comercio, libertad de viajar los artesanos, publicación de opiniones teológicas
o políticas, etcétera, etcétera, fueron tácitas afirmaciones de un deseo de
limitación. Del mismo modo que el abandono de las leyes suntuarias, o de las
que prohibían determinadas clases de diversiones, o de las que dictaban modos
de cultivo y muchas otras de semejante naturaleza fue una implícita admisión de
que el Estado no debía inmiscuirse en tales asuntos; de igual modo, aquellas
eliminaciones de obstáculos para las actividades individuales de una u otra
clase, que efectuó el liberalismo de la última generación, fueron prácticas
confesiones de que también en estas direcciones debía estrecharse la esfera de
acción gubernamental. Y este reconocimiento de la necesidad de restringir la
acción del gobierno era una preparación para limitarlo teóricamente. Una de las
más familiares verdades políticas es que en el curso de la evolución social, la
costumbre precede a la ley, y que cuando la costumbre ha sido bien establecida llega
a ser ley al recibir sanción oficial y forma definida. Manifiestamente,
entonces, el liberalismo en el pasado, mediante su práctica de limitación,
estaba preparando el camino para establecer el principio de limitación.
Pero volviendo de estas consideraciones generales a
nuestra cuestión especial, acentúo la respuesta de que la libertad de que un
cIudadano goza se ha de medir, no por la naturaleza del mecanismo gubernamental
bajo el que vive, sea o no representativo, sino por la relativa escasez de
restricciones que se le impongan; y si él ha participado o no en la creación de
este mecanismo, sus acciones no serán propiamente liberales si aumentan las
restricciones más de lo que es necesario para evitar una agresión directa o
indirecta de sus compañeros, necesidad que existe para evitar arbitrariedades.
Las limitaciones establecidas, por lo tanto, deben ser negativamente
coercitivas, no positivamente coercitivas.
No obstante; probablemente protestará el liberal, y
aún más su subespecie, el radical, quien más que ningún otro en estos últimos
días parece bajo la impresión de que mientras tenga un fin bueno en perspectiva
está autorizado a ejercer sobre los hombres toda la coacción de que es capaz.
Sabiendo que su objetivo es un bien público de alguna clase, que debe
conseguirse de algún modo, y creyendo que el conservador, contrariamente, se
mueve por interés de clase y por el deseo de retener el poder, considerará como
evidentemente absurdo que se les agrupe como pertenecientes al mismo género y
despreciará el razonamiento que se lo pretenda demostrar.
Quizá una analogía le enseñará a comprender su
validez. Si, en el Lejano Oriente, donde el gobierno personal es la única forma
de gobierno conocida, oye a los habitantes el relato de una lucha mediante la
que depusieron a un déspota vicioso y cruel y lo reemplazaron por otro cuyos
actos demostraron su afán por el bienestar común; si después de oírlos les
dijera que no habían cambiado esencialmente la naturaleza de su gobierno, los
asombraría grandemente, y con toda probabilidad tendría dificultad en hacerles
comprender que la sustitución de un déspota benévolo por otro malévolo, no
altera la forma despótica del gobierno. Ocurre igual con la doctrina
conservadora rectamente concebida. Representando la doctrina conservadora la
coacción del Estado contra la libertad del individuo, su esencia no varía sean
sus móviles interesados o desinteresados. Tan ciertamente como un déspota es
siempre un déspota, sean sus motivos para gobernar arbitrariamente buenos o
malos, de igual forma es el conservador siempre un conservador, tenga motivos
egoístas o altruístas al usar el poder del Estado para restringir la libertad
del ciudadano más de lo que se requiere para mantener las libertades de los
demás. El conservador egoísta y el altruísta pertenecen al mismo género conservador;
aunque forma una nueva especie del género el primero. Ambos están en marcado
contraste con el liberal, tal como se le definía en los días en que los
liberales merecían ese nombre, cuando la definición era: una persona que aboga
por una mayor libertad, sobre todo en cuestiones políticas.
Así, pues, está justificada la paradoja con que
comencé. Como hemos visto, el partido conservador y el liberal surgen
originariamente el uno del militarismo y el otro del industrialismo. El uno
representa el régimen de Estado, el otro el de contrato; el uno se caracteriza
por el sistema obligatorio de cooperación que acompaña a la desigualdad legal
de clases, y el otro por la cooperación voluntaria que acompaña a su igualdad
legal; e indisputablemente los primeros actos de los dos partidos se dirigen respectivamente
al mantenimiento de Ias instituciones que aseguran la cooperación obligatoria,
y a debilitarla o suprimirla. De todo lo enunciado se desprende que el fomento
del sistema coercitivo por el hoy llamado liberalismo no constituye sino una
nueva forma de conservadurismo.
La verdad de estas afirmaciones la veremos todavía
con más claridad en las páginas siguientes.
Nota: Varias publicaciones que comentaron este
ensayo cuando se publicó por vez primera, lo interpretaron en el sentido de que
los liberales y los conservadores se habían reemplazado mutuamente. Sin
cmbargo, esto no es cierto en modo alguno. Puede surgir una nueva especie de
conservador sin que esto signifique la desaparición de la especie original.
Cuando digo que en nuestros días conservadores y liberales multiplican sus
ingerencias, expreso claramente la creencia de que mientras los liberales han
adoptado una legislación coercitiva, los conservadores no la han abandonado. No
obstante, es cierto que las leyes promulgadas por los liberales son tan
restrictivas y obligatorias para los ciudadanos, que entre los conservadores,
que sufren sus consecuencias, crece una tendencia a resistirlas. Prueba de ello
es el hecho de que la Liga para la defensa de la propiedad y de la libertad
compuesta en su mayor parte de conservadores, ha adoptado como lema:
Individualismo contra Socialismo. De manera que si los hechos siguen el rumbo
actual, puede suceder muy pronto que los conservadores se conviertan en
defensores de las libertades que los liberales están hollando en seguimiento de
lo que ellos imaginan que constituye el bienestar público.
LA ESCLAVITUD FUTURA
La afinidad de la piedad con el amor se manifiesta,
entre otras cosas, en que ldealiza su objeto. La simpatía hacia el hombre que
sufre impide que, por el momento, se recuerden sus faltas. El sentimiento que
se expresa en la frase: ¡pobre hombre!, al ver a un hombre en desgracia,
excluye el pensamiento de mal hombre que en otro momento se nos podría ocurrir.
Entonces, como es natural, si los desgraciados son desconocidos, o conocidos
muy vagamente, se pasan por alto todos sus deméritos; así ocurre que cuando,
como hoy, se pintan las miserias del pobre, se piensan como las que
corresponden a un pobre virtuoso en lugar de pensarse, como en gran medida
debía ser, como pertenecientes a un pobre culpable. Aquellas personas cuyas
penalidades se exponen en folletos y se proclaman en sermones y discursos que
resuenan en toda la sociedad, son consideradas como muy valiosas, gravemente
perjudicadas; no se piensa que experimenten las consecuencias de sus propias
culpas.
Cuando se toma un coche en una calle de Londres, es
sorprendente observar con cuánta frecuencia es abierta la puerta por un hombre
que espera ganar algo por su molestia. La sorpresa disminuye, si vemos el gran
número de desocupados alrededor de las tabernas y la multitud de vagos que
atrae cualquier procesión, o representación callejera. Considerando lo
numerosos que son en tan poco espacio de terreno, se comprende que decenas de
millares deben pulular a través de todo Londres. No tienen trabajo, me dirán. Dígase
más bien que no quieren trabajar o que lo abandonan tan pronto como lo
empiezan. Son sencillamente parásitos que, de un modo u otro, viven a expensas
de la sociedad, vagos y borrachos, criminales y aprendices de criminales,
jóvenes que constituyen una carga para sus padres, hombres que se apropian el
dinero ganado por sus esposas, individuos que participan de las ganancias de
las prostitutas; y, menos visible y numerosa, existe una clase correspondiente
de mujeres.
¿Es natural que la felicidad sea el premio de tales
gentes, o es natural que atraigan la desgracia sobre sí mismos y cuantos los
rodean? ¿No es evidente que debe haber entre nosotros una gran cantidad de
miseria que es el resultado normal de la mala conducta y de la que nunca debía
separarse? Existe el concepto, que siempre prevalece más o menos y que hoy se
vocifera, de que todo sufrimiento social puede remediarse y que el deber de
todos es remediarlo. Ambas creencias son falsas. Separar la calamidad de la
mala conducta es luchar contra la constitución de las cosas, e intentarlo es
agravarlo. Para ahorrar a los hombres el castigo natural de una vida disoluta
es necesario muchas veces aplicarles castigos artificiales, como encerrarlos en
celdas solitarias, azotarlos o someterlos al tormento de la rueda. Existe una
máxima acerca de la que están acordes el saber popular y el científico, y que
puede considerarse como la autoridad más elevada. El mandamiento: comerás el
pan con el sudor de tu frente es sencillamente una enunciación cristiana de una
ley universal de la Naturaleza, y a la que debe la vida su progreso. Por esta
ley, una criatura incapaz de bastarse a sí misma debe perecer: la única
diferencia es que la ley que en un caso se impone artificialmente, en el otro
caso es una necesidad natural. Y sin embargo, este principio de la relígión que
la ciencia tan claramente justifica, es el que los cristianos parecen menos
dispuestos a aceptar. El sentir general es que el sufrimiento no debía existir
y que la sociedad es culpable de que exista.
Pero, ¿seremos nosotros responsables cuando el
sufrimiento recae sobre los más indignos?
Si el significado de la palabra nosotros se
extiende hasta nuestros antecesores y en especial a nuestros antecesores que
han legislado, estoy de acuerdo. Admito que los autores de la promulgación y
administración de la antigua Ley de pobres fueron responsables de la gran
desmoralización ocurrida y que necesitará más de una generación para que
desaparezca. Admito, también, la responsabilidad parcial de los legisladores de
nuestro tiempo por haber hecho posible con sus medidas la existencia de una
legión de vagabundos que van de una asociación a otra; e igualmente su
responsabilidad por una continua afluencia de criminales que regresan a la
sociedad desde la prisión en tales condiciones que casi se ven obligados a
cometer nuevos crímenes. No obstante, admito que los filántropos no son menos
partícipes de responsabilidad, puesto que, por favorecer a los hijos de
personas indignas, perjudican a los hijos de personas virtuosas, imponiendo a
éstos contribuciones cada día más elevadas. Incluso admito que ese enjambre de
vagos, alimentados y multiplicados por instituciones públicas y privadas,
sufren así más que sufrirían de otro modo, debido a los erróneos medios con que
se ha querido mejorar su situación.
¿Son éstas las responsabilidades a que se alude?
Sospecho que no.
Pero ahora, abandonando la cuestión de las
responsabilidades, de uno u otro modo concebidas, y considerando sólo el mal en
sí mismo, ¿qué diremos de ss tratamiento? Empezaré con un hecho.
Uno de mis, tíos, el reverendo Thomas Spencer,
titular durante veinte años de la vicaria de Hinton, cerca de Bath, tan pronto
como se hizo cargo de sus funciones parroquiales se mostró ansioso del
bienestar de los pobres, y fundó una escuela, una biblioteca, una sociedad para
proporcionarles vestidós y terrenos, además de edificar algunas casas de campo
modelo. Hasta 1833 fue amigo de los pobres, defendiéndolos siempre contra los
administradores. Sobrevinieron, sin embargo, los debates sobre la Ley de pobres
y comprendió los males del sistema en vigor. Aunque ardiente filántropo, no era
un tímido sentimental. El resultado fue que tan pronto como se promulgó la
nueva Ley de pobres procedió a aplicar sus disposiciones en su parroquia. Se
alzó contra él una oposición casi universal: no sólo fueron sus enemigos los
pobres, sino incluso los granjeros sobre quienes recaía el peso de las nuevas
contribuciones. Pues, aunque parezca extraño, el interés de éstos se había
identificado aparentemente con el mantenimiento del sistema que los gravaba tan
fuertemente.
La explicación es que existía la costumbre de
extraer de las contribuciones una parte de los sueldos de los jornaleros y
aunque los granjeros hubieran contribuido con la mayor parte de los fondos, sin
embargo, como también págaban los restantes contribuyentes, aquéllos parecían
ganar con el sistema. Mi tío, que no se amedrentaba fácilmente, se enfrentó con
sus oponentes e hizo cumplir la ley. El resultado fue que en dos años las
contribuciones redujeron: de 700 libras anuales a 200, en tanto que la situación
de la parroquia mejoró mucho. Los que hasta entonces holgazaneaban en las
esquinas de las calles o en las puertas de las cervecerías tuvieron algo que
hacer, y uno después de otro obtuvieron empleo. De forma que de una población
de 800 habitantes únicamente 15 tuvieron que ser enviados a la Asociación de
Bath (cuando ésta se formó)en lugar de los 100 que recibían socorro poco tiempo
antes. Si se me dice que el telescopio de 20 libras que pocos años más tarde
sus feligreses regalaron a mi tío significaba tan sólo la gratitud de los
contribuyentes, responderé que es un hecho que cuando años después murió,
víctima de un exceso de trabajo por el bienestar público, y fue llevado a
enterrar a Hinton, el cortejo que lo acompañó incluía no sólo a los acomodados sino
también a los pobres.
Varias razones me han inducido a referirles este
breve relato. Una, ha sido el deseo de probar que la simpatía hacia el pueblb y
los desinteresados esfuerzos por su bienestar no implican necesariamente la
aprobación de socorros gratuitos. Otra, el deseo de probar que el bien puede
provenir no de la multiplicación de remedios artificiales para mitigar dolores,
sino, contrariamente, de la disminución de ellos. Y he tenido en perspectiva un
propósito más: preparar el camino para una analogía.
Desde otro punto de vista y en una esfera
diferente, estamos cada año extendiendo un sistema que es idéntico en
naturaleza al antiguo mencionado de complemento de salarios bajo la antigua Ley
de pobres. Aunque los políticos no reconozcan el hecho es, sin embargo,
demostrable que las medidas públicas dictadas para el bienestar de la clase
trabajadora, y que proporcionan a expensas de los contribuyentes, son
íntrínsecamente de la misma naturaleza que aquellas que, en tiempos pasados,
consideraban al campesino medio campesino. medio pordiosero. En ambos casos el
trabajador recibe a cambio de su labor una cantidad para adquirir las cosas que
necesita, y para darle el resto se le facilita el dinero de un fondo común
nacido de las contribuciones. ¿Qué importa si las cosas que gratuitamente les
suministran los contribuyentes, en vez de retribuirlos por su trabajo un
patrono, son de una clase u otra? El principio es el mismo. Sustituyamos por
las sumas recibidas los géneros y beneficios conseguidos, y examinemos entonces
la cuestión. En tiempos de la antigua Ley de pobres, el granjero retribuía el
trabajo por lo equivalente, es decir, alquiler, pan, ropas y fuego, en tanto
que los contribuyentes facilitaban al individuo y a su familia calzado, té,
azúcar, alumbrado, un poco de tocino, etcétera. La división es, por supuesto,
arbitraria, pero no hay duda de que el granjero y los contribuyentes
proporcionaban en común estas cosas. Actualmente, el artesano recibe de su
patrono en forma de jornales el equivalente de los objetos de consumo que
necesita, en tanto que debe a la sociedad la satisfacción de otras necesidades
y deseos. A expensas de los contribuyentes tiene, en algunos casos, y las
tendrá cada día más, una casa a menos de su valor comercial. Porque, por
supuesto, cuando un ayuntamiento como el de Liverpool gasta cerca de doscientas
mil libras, y está a punto de gastarse otras tantas, para demoler y reedificar
viviendas para clases humildes, se deduce que los contribuyentes facilitan al
pobre un alojamiento más cómodo que el que tendrían con la renta que pagan. Los
artesanos reciben también para los gastos de educación de sus hijos más de lo
que pagan, y existe la posibilidad de que pronto la recibirán gratuitamente.
Les proporcionan libros y periódicos y lugares confortables para leerlos. En
algunos casos, como en Manchester, también gimnasios para niños de ambos sexos
y parques de recreo. Es decir, obtienen de un fondo creado con tasas locales,
determinados beneficios que con su salario no podrían procurarse. La única
diferencia, pues, entre este sistema y el antiguo de complemento de salarios
reside en las clases de satisfacciones recibidas; y esta diferencia no afecta
la naturaleza de la cuestión.
Además, los dos sistemas se hallan saturados de la
misma ilusión. Tanto en un caso como en otro, lo que parece un beneficio
gratuito no es tal realmente. La suma que, bajo la antigua Ley de pobres,
recibía de la parroquia el trabajador medio pordiosero para completar su
salario semanal, no constituía en rigor una gratificación, porque iba
acompañada de una rebaja equivalente de su jornal, como se comprobó bien pronto
cuando se abolió el sistema y los jornales se elevaron. Lo mismo ocurre con las
primas recibidas por los obreros en las ciudades. No me refiero sólo al hecho
de que ellos pagan sin darse cuenta esos beneficios, en parte abonando un
alquiler de casa más elevado (cuando no son verdaderos contribuyentes), sino
que me refiero al hecho de que los jornales que reciben son, igual que los de
los campesinos; disminuídos por las cargas públicas que pesan sobre los
patronos. Léanse los relatos procedentes de Lancashire sobre la huelga en las
fábricas de algodón, que contienen pruebas, dadas por los mismos artesanos, de
que el beneficio es tan escaso que los fabricantes menos hábiles y los que
poseen poco capital quiebran, y las mismas cooperativas que compiten con ellos
apenas pueden mantenerse. Así, pues, consideremos qué se deduce con respecto a
los salarios. Entre los gastos de producción hay que contar los impuestos
generales y locales. Si, como ocurre en nuestras grandes ciudades, los
impuestos municipales suman un tercio o más de la renta; si el patrono tiene
que pagar esto no sólo por su casa particular sino por su local de negocio,
fábricas, establecimientos, etcétera, resulta que el interés sobre su capital
se debe descontar de aquella cantidad, o del fondo de salarios, o de una y otra
parte. Y si la concurrencia entre los capitalistas en el mismo negocio, o en
otros, es causa de que el interés del capital se mantenga a un nivel tan bajo
que mientras unos ganan otros pierden, y no pocos se arruinan; si el capital,
no alcanzando un interés adecuado toma otro camino y deja al trabajador sin
empleo, entonces es evidente que al obrero se le ofrecen dos alternativas: o
disminuye la cantidad de horas de trabajo o cobra menos dinero por él. Además,
por numerosas razones estas cargas locales elevan el costo de los productos que
consume. Los precios exigidos por los distribuidores están determinados, por
término medio, por el porcentaje corriente de interés sobre el capital empleado
en los negocios, y los gastos extra de este comercio tienen que pagarse por
precios extra. De manera, que así como en el pasado el campesino perdía de un
modo lo que ganaba de otro, así ocurre con el obrero en la actualidad, teniendo
que añadir, en ambos casos, la pérdida que se le ocasiona por los gastos de
administración consiguientes. Quizá alguien pregunte: Pero; ¿qué tiene todo esto
que ver con la futura esclavitud? Directamente nada, pero indirectamente mucho,
como veremos después de otro párrafo- preliminar.
Se cuenta que cuando los ferrocarriles se
establecieron por vez primera en España los campesinos eran arrollados con
frecuencia, atribuyéndose la culpa a los maquinistas por no parar a tiempo. La
experiencia rural no concebía la fuerza adquirida por una gran masa, moviéndose
a gran velocidad.
Recuerdo este hecho al considerar las ideas del
sedicente político práctico, en cuya mente no entra la idea de un momento
político, y mucho menos la de un momento político que en lugar de disminuir o
permanecer constante, aumenta. La teoría, según la que obra habitualmente, es
que el cambio causado por su medida cesará cuando él lo desee. Contempla
atentamente los resultados de sus actos pero piensa poco sobre sus efectos
remotos, y menos aún de sus colaterales. Cuando en tiempo de guerra se
necesitaba carne de cañón, cuando Mr. Pitt dijo para alentar al pueblo:
Permitidnos facilitar socorros donde haya muchos niños, como un derecho y un
honor, en lugar de que sea un oprobio y un desprecio (1), entonces no se
esperaba que las contribuciones para los pobres se cuadruplicarían en un plazo
de cincuenta años, que mujeres con muchos hijos ilegítimos serían preferidas
como esposas a las honradas, a causa del socorro que recibían de la parroquia,
y que muchos contribuyentes engrosarían las filas de los pordioseros. Los
legisladores que en 1833 votaron veinte mil libras al año para fomentar la
edificación de escuelas, nunca supusieron que el paso que ellos habían dado
conduciría a aumentar las contribuciones locales y generales, sumando hoy seis
millones de libras. No intentaron establecer el principio de que A se haría
responsable para educar al hijo de B; no soñaron con que las viudas pobres
fueran privadas de la ayuda de sus hijos mayores, y mucho menos que sus
sucesores, requiriendo a los empobrecidos padres para dirigirse a las Cámaras
de administradores de los pobres para que éstos pagaran la retribución escolar
que la Cámara de escuelas no podía remitir, iniciarían el hábito de dirigirse a
dichos administradores y fomentarían el pauperismo (2).
Ninguno de los que en 1834 aprobaron el Acta
regulando el trabajo de mujeres y niños en determinadas fábricas, imaginó que
el sistema por ellos iniciado acabaría con la restricción e inspección del
trabajo en todas las clases de establecimientos de producción donde hubiera
empleadas más de cincuenta personas. No concibieron que la inspección llegaría
hasta el punto de que antes de ser empleado un joven en una fábrica, debía
certificar un médico, previo examen personal (al que no se señala límites) que
no padecía defecto ni enfermedad personal que lo incapacitara para el trabajo.
Su veredicto determinaría si podía o no ganar un salario (3). Menos aún,
repito, conciben los políticos que se envanecen con lo práctico de sus
aspiraciones, los resultados indirectos que seguirán a los resultados directos
de sus medidas. Así, para citar un ejemplo como otro ya enunciado, se pensó que
el sistema de retribuir por los resultados obtenidos sería un estímulo para los
profesores. No se pensó que el estímulo podía redundar en perjuicio de su
salud; no se esperaba que los conduciría a adoptar un sistema de enseñanza
indigesto y a ejercer sobre los niños embotados y débiles una presión a menudo
excesiva. No se previó que en muchos casos se podía causar una debilidad
corporal que ni la gramática ni la geografía pueden compensar. La necesidad de
licencias para abrir tabernas fue simplemente una medida de orden público, pero
los autores de esta medida nunca imaginaron que pudiese ejercer una poderosa
influencia en las elecciones y de un modo tan funesto. No se les ocurrió a los
políticos prácticos, que al señalar una línea de carga obligatoria a los barcos
mercantes, la competencia entre los armadores causaría la elevación de esta
línea al límite más elevado, y que de precedente en precedente, se elevaría de
un modo gradual en las mejores clases de barcos. Sé de muy buena tinta que así
ha ocurrido. Los legisladores que hace cuarenta años por un Acta del Parlamento
obligaron a las compañías de ferrocarril a facilitar billetes a precio
reducido, habrían ridiculizado la idea, si se hubiera expresado que su Acta
castigaría a las compañías que mejoraran sú disposición; sin embargo, esto
ocurrió cuando las compañías pusieron en servicio coches de tercera clase en
trenes rápidos: se impuso una multa por cada viajero de tercera que conducían.
A este ejemplo dado sobre ferrocarriles, añadamos otro más notable, que se nos
revela al comparar la política de ferrocarriles en Inglaterra y en Francia. Los
legisladores que han dictado medidas para la nacionalización de los
ferrocarriles franceses, no pensaron nunca que podría redundar en perjuicio de
los viajeros; no han previsto que el deseo de abaratar el valor de la propiedad
que pasará a poder del Estado, impediría la competencia de líneas y que en este
caso la locomoción sería costosa, lenta y poco frecuente. Como ha demostrado
ultimamente Sir Thomas Farrer, el viajero en Inglaterra posee grandes ventajas
sobre el francés en lo referente a economía, rapidez y frecuencia con que puede
viajar.
Pero el político práctico que, a despecho de tales
experiencias, repetidas generación tras generación; se cuida solamente de los
resultados próximos, naturalmente nunca piensa en los resultados más remotos;
más generales y más importantes que los anteriormente señalados. Repítiendo la
metáfora mencionada, nunca pregunta si el momento político establecido por su
medida, en algunos casos decreciendo pero en otros creciendo en gran escala,
tendrá o no la misma dirección general con otros momentos análogos y si no
puede unirlos en la actualidad produciendo una energía compuesta que origine
cambios que nunca pudo soñar. Considerando sólo los efectos de su particular
corriente de legislación, y no observando que existen otras corrientes, y aun
otras que seguirán su iniciativa, y que siguen todas el mismo curso medio,
nunca se le ocurrirá que pueden concurrir en un torrente arrollador que cambie
la faz de las cosas. Hablando sin metáforas: no tiene conciencia de que está
ayudando a construir un nuevo tipo de organización social y que medidas
análogas, efectuando cambios análogos de organización, tienden con fuerza
siempre creciente a generalizar este tipo, hasta que en un cierto momento la
tendencia llega a ser irresistible. Así como una sociedad aspira, cuando es posible,
a producir en otras sociedades una estructura análoga a la suya; así como entre
los griegos, los espartanos y los atenienses se luchó para extender sus
respectivas instituciones políticas, o como en tiempo de la revolución francesa
las monarquías absolutas europeas, intentaron restablecer la monarquía absoluta
en Francia, mientras la Repúbllca alentaba la formación de otras Repúblicas;
así, dentro de cada sociedad, tienden a propagarse las estructuras creadas.
Justamente como el sistema de cooperación volúntaria por compañías,
asociaciones, uniones con objeto de conseguir fines comerciales y de otra
especie, se generaliza en una comunidad, de igual forma se extiende el sistema
antagonista de cooperación obligatoria bajo el Estado, y cuanto más se extiende
mayor fuerza alcanza. La cuestión capital para todo político debería siempre
ser: ¿Qué tipo de estructura social tiendo yo a crear? Pero ésta es una
pregunta que nunca se plantea. Hagámoslo nosotros aquí por él. Observemos el
curso general de los cambios recientes, consus ideas correspondientes, y veamos
a dónde nos conducen.
La forma más simple de hacerse una pregunta es:
Hemos hecho esto ya; ¿por qué no haríamos aquello? Y la consideración que
sugiere impele siempre a una legislación de reglamentaciones. Comprendiendo
dentro de su esfera de operación negocios cada vez más numerosos, las Actas que
regulan las horas de trabajo y preceptúan el trato que ha de darse a los
obreros, han de aplicarse ahora a las tiendas. De inspeccionar las casas de
huéspedes, para limitar el número de ocupantes, y obligar a que reúnan las
condiciones sanitarias debidas, hemos pasado a inspeccionar aquellas bajo
determinada renta y en las que viven miembros de más de una familia, y
pasaremos ahora a una inspección análoga de todas las casas pequeñas (4). La
compra y explotación de los telégrafos por el Estado, se considera una razón
para exigir que también el Estado debería comprar y explotar los ferrocarriles.
El hecho de procurar alimento espiritual a los niños, por obra de la sociedad,
está siendo seguido, en muchos casos, por el de facilitarles también alimento
para sus cuerpos. Cuando esta costumbre se haya generalizado, anticipamos que
si ahora se propone que lo uno sea gratuito, se propondrá también que sea
gratuito lo otro. El argumento de que es necesario un cuerpo sano en un alma
sana para formar buenos ciudadanos, se invocará como una razón para que la
medida se extienda (5). Y entonces, invocando los precedentes de la iglesia, la
escuela y las salas de lectura, sostenidas todas públicamente, se afirmará que
el placer, en el sentido que hoy se admite generalmente, debe reglamentarse y
organizarse tanto, por lo menos como el trabajo (6).
Esta extensión de la reglamentación no se debe tan
sólo a lo señalado en lo precedente, sino también a la necesidad que surge de
corregir medidas ineficaces y de remediar los males artificiales que se causan
constantemente. El fracaso no destruye la fe en los medios empleados, sino que
sugiere un mejor uso o una más amplia extensión de ellos. No habiendo
conseguido lo que se esperaba de las leyes para impedir la intemperancia, leyes
que han llegado a nosotros desde tiempos antiguos, y cuando las restricciones
sobre la venta de bebidas alcohólicas son tema obligado de las sesiones de cada
noche en el Parlamento, se reclaman ya medidas más severas que prohiban su
venta en las localidades. Aquí, como en América, serán seguidas, sin duda, por
demandas de qúe la prohibición sea general. No habiendo tenido éxito todos los
remedios aplicados para extirpar las enfermedades epidémicas y prevenir las
fiebres, la sífilis, etcétera, se quiere que se conceda a la policía el derecho
de buscar en las casas a personas atacadas y que se autorice a los médicos
oficiales para examinar a cualquier persona que ellos crean que padece una
enfermedad infecciosa o contagiosa.
La Ley de pobres ha favorecido el hábito de la
imprevisión y ha multiplicado el número de imprevisores; y ahora, para remediar
los males causados por la caridad obligatoria, se invoca la necesidad del
seguro obligatorio.
La extensión de esta política, originando la
extensión de las ideas correspondientes, fomenta por doquier la opinión tácita
de que el gobierno debe intervenir en cuantas cosas no funcionan bien.
¡Seguramente no desearéis que continuen estos males!, exclamará alguien, si uno
se opone a la que ahora se dice y se hace. Obsérvese lo que implica esta
observación. En primer lugar concede como cierto que todo sufrimiento debe ser
evitado, lo cual no es verdad: muchos sufrimientos son curativos y evitarlos es
impedir un remedio. En segundo lugar, da por concedido que todos los males
pueden aliviarse, pero lo cierto es que con los defectos inherentes a la
naturaleza humana muchos males se pueden hacer camblar de forma o lugar, a
menudo exacerbándolos con el cambio. Aquella exclamación implica también la
firme creencia, que es la que realmente nos importa aquí; de que el Estado debe
remediar todos los males. No se formula la pregunta de si existen otros
organismos trabajando en este sentido y de si los males en cuestión no
conciernen precisamente a éstos. Y evidentemente, a medida que la intervención
del Estado aumenta, más se robustece en los ánimos la creencia de su necesidad
y con mayor insistencia se exige su intervención.
Cada aumento de la política regulativa, significa
un aumento de la burocracia y un creciente poder de los organismos
administrativos. Tomad una balanza con muchos perdigones en un platillo y pocos
en el otro. Quitad perdigones del más cargado y ponedlos en el menos cargado.
Llegará un momento en que se producirá un equilibrio, y si continuáis, la
posición de los platillos será la inversa. Suponed que el brazo de la balariza
está dividido en dos partes desiguales y que el platillo menos cargado pende de
la extremidad del brazo más largo; entonces, el traslado de cada perdigón
producirá un efecto mucho mayor y el cambio de posición se verificará antes.
Uso este ejemplo para mostrar lo que sucede al trasladar un individuo después
de otro desde la masa, de la comunidad administrada a las estructuras
gubernamentales. El traslado debilita a la una y fortalece a la otra en un
grado mucho mayor de lo que resultaría por el cambio relativo de números. Un
organismo administrativo relativamente pequeño, cooherente, teniendo intereses
comunes y actuando bajo una autoridad central, posee una ventaja inmensa sobre
otro publico, sin cohesión, y sin una política definida y que sólo llega a
actuar eficazmente por una fuerte presión externa. A esto se debe que las
organizaciones oficiales, alcanzada cierta fase de desenvolvimiento, llegan a
ser irresistibles, como podemos observar en las burocracias del continente.
El poder de resistencia de la clase gobernada no
sólo disminuye en la proporción geométrica en que aumenta la clase gobernante,
sino que los intereses privados de muchos individuos aceleran la razón de la
progresión. En todos los círculos sociales las conversaciones muestran que
ahora, cuando mediante oposiciones se puede llegar a los cargos públicos, los
jóvenes están siendo educados de tal modo que alcancen con éxito un empleo
oficial. La consecuencia es que algunos que reprobarían este sistema de excesiva
burocracia, lo consideran con tolerancia, si no favorablemente, porque ofrece
una posible carrera para sus allegados. Cualquiera que tenga presente el
elevado número de familias aristocráticas y de la clase media que desean
colocar a sus hijos, observará que ninguna oposición surgirá de ellos, como lo
harían si sus intereses personales estuvieran en juego.
Este apremiante deseo por tal clase de profesiones
aumenta por la preferencia que existe hacia los puestos que se consideran
prestigiosos. Aunque su sueldo sea pequeño, su ocupación será la de un
caballero, piensa el padre que desea obtener para su hijo un cargo público. Y
su relativa dignidad de empleado del Estado, comparada con la de los que se
ocupan de negocios, crece a medida que la organización administrativa adquiere
más importancia y se hace un elemento más poderoso en la sociedad, recabando un
puesto de honor. La ambición dominante en un joven francés es conseguir un
modesto cargo local en su pueblo, ser trasladado después a la capital de
provincia y, finalmente, a alguna Dirección de París. Y en Rusia, donde la
universidad del Estado reglamentado que caracteriza el tipo militar de la
sociedad, ha sido llevada a sus últimas consecuencias, esta ambición se
manifiesta de un modo exagerado. Dice Mr. Wallace, citando un pasaje de una
comedia: Todos los hombres, incluso los comerciantes y los zapateros remendones,
intentan llegar a ser funcionarios, y el hombre que se ha mantenido toda su
vida sin cargo oficial alguno, parece que no es un ser humano (7).
Estas varias infliuencias que actúan de arriba a
abajo se enfrentan con una creciente respuesta de ilusiones y esperanzas que
llegan de abajo a arriba. Las personas sometidas a trabajos rudos y excesivos,
que forman la mayoría, y más aún los incapaces que reciben continua ayuda,
adhieren confiadamente a las doctrinas que les prometen beneficios por la
intervención del Estado, y creen fácilmente a quienes les dicen que tales
beneficios pueden y aun deben darse. Escuchan con fe a los que forjan castillos
políticos en el aire, desde los graduados en Oxford hasta los irreconciliables
irlandeses. Cada nueva aplicación de fondos públicos en su ayuda les hace
concebir esperanzas de otras posteriores. Realmente, cuanto más se extiende la
acción estatal más se generaliza el concepto entre los individuos de que todo
ha de hacerse para ellos y nada por ellos. Cada generación está menos
familiarizada con la idea de que los fines deben ser realizados por acciones
individuales o asociaciones privadas, y más familiarizada con el pensamiento de
que ha de lograrse por la intervención del Estado, hasta que llegue a
considerarse la acción del gobierno como la única realmente valiosa. Este
resultado se hizo evidente en el reciente congreso de las Trade Union celebrado
en París. Refiriendo a sus electores lo ocurrido los delegados ingleses dijeron
que entre ellos y sus colegas extranjeros la única diferencia radicaba en la
cantidad de protección que se debía pedir al Estado para el trabajo, aludiendo
de este modo al hecho, evidente en las reseñas de las sesiones, de que los
delegados franceses siempre invocaron el poder gubernamental como el único
medio de satisfacer sus deseos.
La difusión de la educación ha obrado, y obrará
todavía más, en la misma dirección. Debemos instruir a nuestros maestros, es la
bien conocida frase de un liberal que se oponía a la última exención de
impuestos. En efecto, si la educación fuera digna de llamarse así y
proporcionara las luces políticas necesarias, se podría esperar mucho de ella.
Pero conocer las reglas de la sintaxis, sumar correctamente, poseer nociones
geográficas y memoria surtida con las fechas del advenimiento de los reyes y
las victorias de los generales, no implica la capacidad de discurrir bien en
política, como el conocimiento del dibujo no implica destreza para telegrafiar,
o la habilidad en jugar al cricket para tocar el violín. Seguramente, replicará
alguno, la facilidad de leer abre el camino para adquirir conocimientos
políticos. Sin duda, pero ¿se seguirá el camino? Las conversaciones de
sobremesa prueban que, de cada diez personas, nueve leen lo que les interesa o
divierte más que lo que les instruye, y que lo último que leen es aquello que
les dice verdades amargas o disipe esperanzas infundadas. Está más allá de toda
cuestión que la educación popular se forma leyendo publicaciones que fomenten
ilusiones agradables más que aquellas que insisten sobre la dura realidad. He
aquí lo que escribe Un mecánico en la Pall Mall Gazette del 3 de diciembre de
1833:
El mejoramiento de la educación despierta el deseo
de cultura, la cultura despierta el deseo de muchas cosas que se hallan fuera
del alcance de los trabajadores ...; en la furiosa competición en que vive la
edad actual, ambas son imposibles para las clases pobres; de aquí que estén
descontentos con el estado presente de cosas, y cuanto más educados más
descontentos. De aquí también el que Mr. Ruskin y Mr. Morris sean considerados
por muchos de nosotros como verdaderos profetas.
Y que la conexión de causa y efecto, alegados en
esta cita, es una conexión real, podemos observarlo bastante claramente en el
actual estado de Alemania.
Poseyendo el derecho de sufragio las masas que
ahora esperan obtener grandes beneficios de la reorganización social, resulta
que cualquiera que solicite sus votos debe abstenerse de exponerles lo erróneo
de sus creencias, y esto si no cede a la tentación de mostrarse de acuerdo con
ellos. Cada candidato parlamentario se ve inducido a proponer o a aceptar
alguna nueva ley ad captandum. Incluso los jefes de los partidos políticos
-unos para conservar el poder, otros para alcanzarlo- intentan ganar prosélitos
prometiendo cada uno más que su antagonista. Y como las divisiones en el
Parlamento nos muestran, la tradicional lealtad a los líderes impide las
preguntas acerca del valor intrínseco de las medidas propuestas. Los
representantes de la nación son bastante inconscientes para votar Bills que en
principio juzgan equivocados, porque las necesidades del partido y de la
próxima elección lo demandan. Y de este modo se vigoriza una política viciosa,
incluso por aquellos que comprenden sus vicios.
Mientras tanto, se continúa exteriormente una
activa propaganda de la que son auxiliares todas estas ínfluencias. Las teorías
comunistas, apoyadas en parte por el Parlamento, Acta tras Acta, y tácita si no
francamente favorecidas por numerosos hombres públicos que buscan partidarios,
son sostenidas cada día con más fuerza, bajo una u otra forma, por líderes
populares y solicitadas con insistencia por sociedades organizadas. Existe un
movimiento para la nacionalización de la tierra, que aspira a un sistema de
propiedad territorial equitativo en abstracto, pero que, como todo el mundo
sabe, quieren establecer Mr. George y sus amigos, a despecho de las protestas
de sus actuales propietarios, y como base de un proyecto que conduce al
socialismo de Estado. También va ganando terreno la Federación Democrática de
Mr. Hyndman y sus partidarios. Estos nos dicen que el puñado de merodeadores
que detentan el suelo no tienen ni pueden tener otro derecho que la fuerza
bruta contra las decenas de millones a quienes perjudican. Acusan ruidosamente
a los accionistas a quienes se ha permitido usurpar nuestros grandes
ferrocarriles. Condenan, sobre todo, a la activa clase capitalista, a los
banqueros, granjeros, explotadores de minas, empresarios, a la burguesía, a los
fabricantes, nuevos señores feudales que exigen un beneficio cada vez mayor de
los esclavos asalariados a quienes emplean. Y piensan que ha llegado la hora de
emancipar la industria del control de la codicia individual (8).
Resta todavía señalar que estas tendencias,
manifestadas de modos tan diversos, encuentran apoyo en la prensa de una forma
cada día más insistente. Los periodistas, siempre tímidos para decir lo que es
desagradable a sus lectores, se dejan arrastrar por la corriente y aumentan su
fuerza. Las ingerencias legislativas que en otro tiempo habrían condenado,
ahora las pasan en silencio, si es que no las defienden. Hablan del laissez
faire como de una doctrina desacreditada. El pueblo no se asusta ya del socialismo,
es lo que se oye cada día. Y otro, es objeto de mofa una ciudad que no adopta
el Acta sobre bibliotecas libres por asustarse ante una medida tan
moderadamente comunista. Y después, de acuerdo con las afirmaciones editoriales
de que está llegando una evolución económica y debe aceptarse, se concede
preferencia a las colaboraciones de sus defensores. Al mismo tiempo, los que
consideran el curso actual de la legislación como desastroso, y piensan que,
verosímilmente, el curso futuro lo será aún más, están siendo reducidos al
silencio por su creencia de que es inútil razonar con el pueblo en tal estado
de intoxicación política.
Véanse, pues, las muchas causas concurrentes que
amenazan continuamente acelerar la transformación que se está operando. Existe
una excesiva reglamentación causada por las precedentes, que adquiere más
autoridad a medida que avanza la política del partido. Existe progresiva
necesidad de restricciones y coacciones administrativas, necesidad originada
por males imprevistos y defectos de las anteriores medidas restrictivas.
Además, cada nueva ingerencia del Estado fortalece la tácita presunción de que
es un deber del gobierno ocuparse de todos los males y asegurar el mayor número
de bienes. El creciente poder de una organización administrativa, que se
robustece por momentos, va acompañado por una disminución de poder del resto de
la sociedad para resistir su supremacía. La multiplicación de carreras
oficiales, causada por el desenvolvimiento de la burocracia, incita a los
miembros de la clase gobernada por ella a favorecer su extensión porque brinda
puestos seguros y respetables para todos. El pueblo; habituado a considerar los
beneficios recibidos del Estado como gratuitos, alienta continuamente
esperanzas de recibir otros nuevos. La difusión de la enseñanza, facilitando la
propagación de errores agradables, más que mostrando verdades amargas, aviva y
fortalece tales esperanzas. Pero aun, éstas son alentadas por los candidatos al
Parlamento con objeto de aumentar sus posibilidades de triunfo. Los
periodistas, siempre atentos a la opinión pública, las propagan en sus
periódicos, en tanto los que opinan de otro modo encuentran pocas ocasiones de
hacerse oír.
Así, influencias de varias clases conspiran para
fortalecer la acción colectiva y debilitar la individual. Y este cambio se está
afianzando por la acción de intrigantes, cada uno de los cuales sólo piensa en
su propio provecho y no en la reorganización general por la que trabaja y en la
que debía colaborar. Se dice que la revolución francesa devoró a sus propios
hijos. No parece inverosímil ahora una catástrofe semejante. Las numerosas
transformaciones socialistas efectuadas por el Parlamento, unidas a otras
muchas que están en vías de realizarse, se fundirán pronto en un Estado
socialista, y desaparecerán en la inmensa ola que habrán levantado poco a poco.
Pero, ¿por qué presentarnos este cambio como la
esclavitud futura?, es una pregunta que se harán muchos. La respuesta es
sencilla: todo socialismo implica esclavitud.
¿En qué consiste esencialmente la esclavitud? En
principio, pensamos que es esclavo un hombre que es poseído por otro. Sin
embargo, para que la posesión no sea puramente nominal debe demostrarse en la
práctica por un control de las acciones del esclavo, control que se ejerce
habitualmente en beneficio del dueño. Lo que caracteriza fundamentalmente al
esclavo es el hecho de trabajar por mandato para satisfacer los deseos de otro.
Esta relación admite diversos grados. Recordando que originariamente el esclavo
es un prisionero cuya vida está a merced de su aprehensor, basta ver aquí que
existe una ruda forma de esclavitud en la que, tratado como un animal, tiene
que gastar todo su esfuerzo en ventaja de su amo. Bajo un sistema menos duro,
aunque ocupado en trabajar para su poseedor, se le concede un poco de tiempo
para trabajar para sí mismo, y alguna tierra para mejorar su alimentación.
Sucesivas mejoras le conceden el derecho de vender los productos que ha
cosechado y guardar las ganancias. Llegamos a otra forma, todavía más moderada,
que surge generalmente cuando un hombre que ha sido libre es reducido a
servidumbre por derecho de conquista. Tiene entonces que entregar a su señor
cada año determinada cantidad, en frutos o en trabajo, reservándose lo restante.
Finalmente, en algunos casos, como ha sucedido en Rusia hasta tiempos muy
recientes, se le permite abandonar la casa de su señor y trabajar en cualquier
otra parte a condición de satisfacer una suma anual. ¿Qué es lo que, en estos
casos, nos conduce a calificar la esclavitud de más o menos severa?
Evidentemente la mayor o menor cantidad de trabajo que se emplea en beneficio
de otro, en lugar de para sí mismo. Si todo el trabajo del esclavo es para el
dueño, la esclavitud es muy dura, y si es sólo una escasa parte, la esclavitud
es suave. Avancemos un paso más. Supongamos que el señor muere y que la
hacienda con los esclavos pasa a manos de los fideicomisarios, o bien,
supongamos que una compañía compra la hacienda y todo lo contenido en ella,
¿será mejor la condición del esclavo si la duración de su trabajo obligatorio
no se altera? Supongamos que sustituímos la compañía por una comunidad. ¿Supone
alguna diferencia para el esclavo si, como antes, el tiempo que ha de trabajar
para los otros es mucho y el que se le deja es muy poco? La cuestión esencial
es: ¿cuánto tiempo se le obliga a trabajar en beneficio de los demás y cuánto
puede trabajar en el suyo exclusivo? El grado de su esclavitud varía según la
razón entre lo que se le obliga a rendir y lo que se le permite retener. No
importa que su dueño sea una persona o una comunidad. Si, sin posible opción,
ha de trabajar para la sociedad y recibe del fondo común una parte, en este
caso llega a ser un esclavo de la sociedad. La organización socialista necesita
una esclavitud de esta clase, y hacia tal esclavitud nos están conduciendo
muchas medidas recientes, y aún más, otras por las que se aboga. Permítasenos
observar, primero, sus efectos próximos y después los últimos.
La política iniciada por las Actas para viviendas
industriales admite desarrollo y éste se llevará a cabo. Donde las
corporaciones municipales se han convertido en empresas constructoras de
edificios, inevitablemente descendió el valor de las casas edificadas y
dificultaron la construcción de otras. Cada medida relativa al modo de
construir, relaja el beneficio del constructor y lo induce a colocar su capital
donde le rinda más. Por otra parte, el propietario al comprobar que las casas
pequeñas acarrean demasiado trabajo y demasiadas pérdidas, se halla pronto a
venderlas, pues además están sometidas a inspección e ingerencias con los
gastos consiguientes. Como razones idénticas detienen a los compradores,tiene
que vender con pérdidas. Y cuando estas reglamentaciones que se multiplican
finalicen en una, y esto es posible, como ha propuesto Lord Grey, exigiendo al
propietario mantener la salubridad de sus casas desalojando a los inquilinos
sucios, y de esta forma agregando a sus responsabilidades la de inspector de
basuras, creciendo el deseo de vender y disminuyendo el de comprar, la
depreciación será mayor. ¿Qué sucederá? El paralizarse la multiplicación de
casas, especialmente pequeñas, ocasionará una creciente demanda a la autoridad
local para que supla esta deficiencia. De un modo acentuado, las corporaciones
municipales u otros organismos tendrán que edificar o adquirir casas, que han
llegado a ser invendibles, a personas privadas, lo que será más ventajoso que
construir otras nuevas puesto que valen poco. Este proceso se realizará en dos
sentidos, porque todo incremento de la contribución local origina una
depreciación en la propiedad (9). Y cuando en las ciudades este proceso haya
ido tan lejos que la autoridád local sea el principal propietario de las casas,
esto constituirá un buen precedente para extender tal medida a la población
rural, según se propone en el programa radical (l0) y exige la Federación
Democrática, que insiste sobre la construcción obligatoria de casas sanas para
los artesanos y viviendas para los campesinos proporcionalmente a la población.
Evidentemente, lo que se ha hecho, lo que se hace y lo que se hará nos aproxima
al ideal socialista, para el cual la única dueña de las casas es la comunidad.
Tal será también la consecuencia de la creciente
política sobre la posesión y explotación de la tierra. El aumento de beneficios
públicos, al ser conseguidos por numerosos organismos públicos, debe imponer
nuevos gravámenes sobre la tierra hasta que, cuando la depreciación llegue a
ser mayor, la resistencia para cambiar la posesión del suelo disminuirá. Como
se sabe, existe ya en muchos lugares dificultad para conseguir arrendatarios,
aun con la renta muy reducida. La tierra de escasa fertilidad, en algunos
casos, permanece sin cultivar, y cuando lo es por el granjero, con frecuencia
la cultiva con pérdidas. Realmente, la renta del capital rústico no es tal que
permita que se eleven las contribuciones locales y generales para extender aún
más la administración pública, que acabará por absorberla, y que inducirá a los
propietarios a vender para sacar el mejor partido posible del capital
realizado, emigrando y comprando tierra que no esté sujeta a tan pesadas
cargas. Indudablemente, así 1o están haciendo algunos. Este proceso ocasionará
que dejen de cultivarse las tierras de calidad inferior. Después podrá
extenderse la demanda solicitada por Mr. Arch, quien dirigiéndose a la
Asociación Radical de Brighton últimamente y sosteniendo que existen
terratenientes que no hacen producir a sus tierras lo necesario para el bien
público, dijo: Me gustaría que el actual gobierno votara un Bill sobre el
cultivo obligatorio. Esta proposición fue aplaudida y él la justificó con el
ejemplo de la vacunación obligatoria, ilustrando de este modo la influencia de
los precedentes. Y se insistirá en esta demanda, no sólo por la necesidad de
hacer productiva la tierra, sino también por la necesidad de emplear a la
población rural.
Después que el gobierno haya extendido la práctica
de emplear a los obreros sin trabajo en tierras abandonadas, o en tierras
adquiridas a precios bajos, no habrá más que un paso para adoptar el programa
que según la Federación Democrática ha de seguir a la nacionalización de la
tierra: la organización de ejércitos industriales y campesinos con el control
del Estado y según principios cooperativos.
Si alguien duda de que semejante revolución pueda
lograrse, se le citarán hechos que demuestran su posibilidad. En las Galias,
durante la decadencia del imperio romano, tan grande era el número de
acreedores en comparación con los recaudadores de contribución, y tan enorme el
peso de las cargas fiscales, que los labradores sucumbieron, las tierras
quedaron desiertas y se poblaron de bosques los lngares que antes surcó el
arado, (11). De igual forma, cuando ia revolución francesa se aproximaba, las
contribuciones habían llegado a ser tales que muchas granjas quedaron sin
cultivar y otras abandonadas. Una cuarta parte del suelo permanecía perdida, y
en algunas provincias la mitad eran páramos (12). No hemos estado nosotros sin
incidentes de naturaleza análoga. Además del hecho de que bajo la antigua Ley
de pobres los impuestos se habían elevado en algunas parroquias a la mitad de
la renta, y de que en diversos lugares las granjas permanecían incultas, existe
también un precedente en que los impuestos absorbieron todo el producto del
suelo.
En Cholesbury, en Buckinghamshire, en 1832, el
impuesto en favor de los pobres cesó repentinamente porque era imposible
cobrarlo, a cónsecuencia de que los propietarios renunciaron a sus rentas, los
granjeros a sus arriendos y el pastor a sus beneficios y diezmos. El pastor Mr.
Jeston, refiere que en octubre de 1832 los funcionarios de la parroquia
arrojaron sus libros, y los pobres agrupados ante su puerta mientrns él estaba
en la cama, le pedían alimentos y consejos. En parte con sus pequeños recursos,
en parte ayudado por la caridad de los vecinos y con los recargos impuestos a
las parroquias limítrofes, pudo sostenerlos durante algún tiempo (13).
Los comisionados añaden que el caritativo pastor
recomienda que la tierra sea dividida entre los pobres capaces de trabajar,
esperando que después de ayudarles durante dos años se bastarían a sí mismos.
Estos datos, ilustrando la profecía hecha en el Parlamento de que la vigencia
de la antigua Ley de pobres durante otros treinta años, conseguiría que todas
las tierras quedaran incultas, mostró con toda claridad que el aumento de las
cargas públicas puede conducir al cultivo obligatorio bajo el control público.
Volvamos, ahora, a hablar del Estado como
propietario de los ferrocarriles. Esto existe ya en el continente en gran
extensión. Nosotros hemos tenido una ruidosa defensa de ello hace cincuenta
años. Y ahora el lamento que levantaron muchos políticos y publicistas, es
recogido de nuevo por la Federación Democrática que propone una expropiación de
los ferrocarriles, con compensación o sin ella. Evidentemente, la presión de
arriba unida a la presión de abajo, es verosímil que produzca este cambio
dictado por la política predominante. Con éste vendrán otros muchos. Los
propietarios de los ferrocarriles, al principio poseedores y explotadores de
ellos solamente, han llegado a ser dueños de numerosos negocios relacionados
con los ferrocarriles, y estos negocios tendrán que ser adquiridos por el
gobierno cuando aquéllos lo sean. El Estado, que es ya el correo exclusivo, que
posee el telégrafo, no sólo será el que transporte pasajeros, minerales y
géneros sino que unirá a su comercio actual otros muchos. Aun hoy, además de
erigir establecimientos navales y militares y de construir puertos, docks,
diques, etcétera, fabrica barcos, cañones, fusiles y municiones, uniformes
militares y botas. Cuando los ferrocarriles, hayan sido expropiados con
compensación o sin ella, como dicen los Federacionistas Democráticos, tendrá
que fabricar locomotoras, vagones, lonas. impermeables y grasas, y será el
propietario de los buques de línea, minas de carbón, canteras, autobuses,
etcétera.
Entretanto, sus lugartenientes locales, los
ayúntamientos, muchos de los cuales son ya los abastecedores de agua,
fabricantes de gas, dueños y explotadores de tranvías, baños, etcétera,
emprenderán, sin duda, otros muchos negocios. Y cuando el Estado, directamente
o por delegación dirija o posea numerosos establecimientos para una producción
y distribución al por mayor, existirá un buen precedente para que extienda sus
funciones a la venta al menudeo, siguiendo el ejemplo del gobierno francés que
desde hace tiempo vende tabaco al por menor.
Es evidente, pues, que los cambios realizados, los
que están en vias de efectuarse y los que se exigen, nos conducirán, no
solamente hacia un Estado propietario de la tierra, de los edificios y de las
vías de comunicación, administradas y explotadas todas por organismos
estatales, siño a la usurpación de todas las industrias. Las industrias
privadas, incapaces de competir con el Estado, que puede disponer de todo según
su conveniencia, desaparecerán paulatinamente, como ha sucedido con muchas
escuelas libres en presencia de las oficiales. Y así, se habrá realizado el
ideal socialista.
Ahora bien: cuando se haya alcanzado este ideal,
intento en el que los políticos prácticos ayudan a los socialistas, y que es
tan tentador por el lado brillante en que éstos lo contemplan, ¿cuál será el
lado sombrío que ellos no miran? Es una observación corriente, hecha con
frecuencia ante una boda inminente, que aquellos que están poseídos por grandes
esperanzas se gozan más en los placeres que se prometen, que en pensar en los
sinsabores que les acompañan. Y un ejemplo más elocuente de esta verdad nos lo
facilitan estos políticos entusiastas y revolucionarios fanáticos.
Impresionados por 1as miserias que existen en nuestra organización actual, y no
considerando estas miserias como causadas por los defectos de la naturaleza
humana mal adaptada al estado social, imaginan que es posible remediarlas
mediante una nueva ordenación. Sin embargo, aunque sus planes tuvieran éxito
sería solamente a condición de sustituir unos males por otros. Una reflexión
sencilla nos muestra que, con la reorganización propuesta, sus libertades se
limitarían a medida que su bienestar material fuera en aumento. Ninguna forma
de cooperación, grande o pequeña, puede establecerse sin que implique sumisión
a los organismos reguladores. Cualquiera de sus propias organizaciones que
efectúan cambios sociales les proporciona la prueba: no pueden subsistir sin
tener sus Consejos, sus jefes locales y generales, sus autoritarios líderes, a
los que es preciso obedecer so pena de confusión y fracaso. Y la experiencia de
los que con más tesón han defendido un nuevo orden social, con el control
paternal del gobierno, nos muestra que aun en las sociedades privadas,
voluntariamente formadas, el poder de la organización regulativa llega a ser
grande, si no irresistible, produciendo, a veces, descontento e insubordinación
entre los miembros. Las Trade Union, que sostienen una especie de guerra
industrial en defensa de los intereses de los obreros contra los intereses de
los capitalistas, comprenden que una subordinación casi militar es necesaria
para asegurar una acción eficaz. La división de opiniones es funesta para el
buen éxito. Incluso en las sociedades cooperativas formadas para actividades
fabriles y de distribución -que no necesitan la clase de obediencia que se
requiere cuando existe una intención ofensiva o defensiva-, el organismo
administrativo consigue tal supremacía, que surgen lamentaciones acerca de la
tiranía de la organización. Júzguese pues lo que sucederá cuando en lugar de
asociaciones relativamente pequeñas, a las que los hombres pueden pertenecer o
no, según les plazca, tengamos una asociación nacional en la que cada ciudadano
se encuentre incorporado y de la que no pueda separarse sin abandonar el país.
Júzguese lo que llegará a ser bajo tales condiciones el despotismo de una
burocracia organizada y centralizada, teniendo en sus manos los recursos de la
comunidad y disponiendo de la fuerza que estime necesaria para ejecutar sus
derechos y mantener lo que llama orden. Es natural que el príncipe de Bismark
se manifieste favorable hacia el Estado socialista.
Y entonces, después de reconocer, como deben
hacerlo si piensan en las consecuencias de su sistema, el poder que posee el
gobierno en el nuevo orden social, tan atractivamente pintado, que se pregunten
para qué fines debe utilizarse este poder, No fijándose exclusivamente como
acostumbran, en el bienestar material y en las satisfacciones mentales que debe
proporcionarles una administración bienhechora, dejémosles que se fijen un poco
el precio que han de pagar. Los organismos oficiales no pueden crear los recursos
necesarios; sólo pueden distribuir entre los individuos lo que los mismos
individuos han producido conjuntamente. Si éstos recurren a los organismos para
que los asistan, los organismos les requerirán en reciprocidad que les
faciliten los medios. No puede haber, como en nuestro sistema actual, un
acuerdo entre el patrono y el obrero. El sistema lo excluye. En lugar de ello,
habrá un mandato de las autoridades locales sobre los trabajadores y una
sumisión de éstos a los que les mandan. Y ésta es, en rigor, la organización
claramente indicada, aunque inconscientemente sin duda, por los miembros de la
Federación Democrática. Proponen que la producción sea llevada a cabo por
ejércitos campesinos e industriales con el control del Estado, no recordando en
apariencia que los ejércitos presuponen una jerarquía de jefes y oficiales que
exigirían obediencia; pues de otro modo no puede ser asegurado, ni un orden ni
un trabajo eficiente. Por consiguiente, el individuo quedaría con respecto al
organismo gobernante en la relación de esclavo a dueño.
Pero el gobierno sería un amo que los individuos
habrían elegido y que estaría constantemente en jaque; un amo, por lo tanto,
que no contralaría a los hombres más de lo necesario para beneficio individual
y común.
A esta respuesta, mi primera contestación es que,
aun así, cada miembro de la comunidad en cuanto individuo sería un esclavo de
la comunidad en conjunto. Tal relación ha existido habitualmente en las
comunidades combativas, incluso bajo formas casi populares de gobierno. En la
antigua Grecia se admitía el principio de que el ciudadano no pertenecía ni a
sí mismo ni a su familia, sino a la ciudad, y la ciudad era entre los griegos
equivalente a comunidad. Y esta doctrina, propia de un estado de guerra constante,
la resucitan los socialistas inconscientemente en un estado puramente
industrial. Los servicios de cada uno pertenecerán a todos y estos servicios
serán recompensados por las autoridades como lo estimen oportuno. Por ranto,
aunque la autoridad fuera tan benéfica como se asegura, la esclavitud, aunque
mitigada, sería la consecuencia de la organización.
Una segunda respuesta es que la administración no
llegará a ser de la clase que se imagina, y que la esclavitud no será tan
mitigada como se piensa. La especulación socialista está viciada por una
hipótesis semejante a la que vicia la especulación del político práctico. Se
afirma que la burocracia trabajará como se desea, cosa que nunca ocurre. El
mecanismo del comunismo, como el mecanismo social existente, se hallará
constituido por individuos de naturaleza humana, y los defectos e
imperfecciones de éstos producirán los mismos males en un caso como en otro. El
amor al poder, el egoísmo, la injusticia, la deslealtad, que a menudo y a corto
plazo conduce a las organizaciones privadas al desastre, engendrarán donde sus
efectos se acumulan de generación en generación, males muy grandes y difíciles
de evitar, puesto que la organización administrativa, vasta, compleja y
provista de todos los recursos, una vez desarrollada y consolidada, llega a ser
irresistible. Y si se necesita una prueba de que el ejercicio periódico del
poder electoral fallaría en prevenirlo, basta el ejemplo del gobierno francés
que, popular en su origen y sujeto en cortos intervalos al juicio popular, no
obstante, atropella la libertad de los ciudadanos hasta tal punto que los
delegados ingleses dijeron en el último congreso de las Trade Union: Esto es
una desgracia y una anomalía en una nación republicana.
El resultado final sería la resurrección del
despotismo. Un ejército disciplinado de funcionarios civiles, como un ejército
de militares, confiere el poder supremo a su jefe. Este poder ha conducido con
frecuencia a la usurpación, como ocurrió en la Europa medieval, y aún más en el
Japón, e incluso entre nuestros vecinos durante nuestra época. Las recientes
declaraciones de M. de Maurepas demuestran con qué rapidez un jefe
constitucional elegido por el pueblo y con su entera confianza, puede paralizar
la acción del organismo representativo y convertirse en dictador con la simple
ayuda de unos cuantos colabordores sin escrúpulos. Poseemos buenas razones para
creer que los que se elevaran a los primeros puestos en la organización
socialista no tendrían escrúpulos en llevar a cabo sus intentos a toda costa.
Cuando se oye decir al Consejo de la Federación Democrática que los accionistas
-que unas veces ganan pero otras también pierden, y que han fomentado los
ferrocarriles mediante los que ha aumentado tanto la prosperidad nacional- han
puesto las manos sobre los medios de comunicación, podemos inferir con cuánta
perversidad interpretarían los deseos de los individuos y de las clases bajo su
dominio, los directores de una organización comunista. Y cuando, más adelante,
hallamos miembros de este mismo Consejo exigiendo que el Estado expropie los
ferrocarriles con compensación o sin ella, sospechamos que los jefes de esta
sociedad ideal no se detendrían ante consideraciones de equidad para llevar a
efecto la política que juzgan necesaria: política que siempre se identificaría
con su propia supremacía. Bastaría una guerra con un país vecino o cualquier
descontento interno que exigiera una represión, para que se transformara una
administración socialista en una tiranía espantosa, como la del antiguo Perú, y
bajo la cual las masas controladas por jerarquías de funcionarios y
constantemente vigiladas, trabajarían en beneficio exclusivo de la organización
que los regulaba y no les quedaría sino los recursos precisos para una
miserable existencia. Y entonces, habría resucitado completamente con diferente
forma, aquel sistema de cooperación obligatoria cuya decadente tradición está
representada por el antiguo conservadurismo y hacia el que nos conducen los
nuevos conservadores.
Pero estaremos en guardia contra todo esto,
tomaremos precauciones para evitar tales desastres, dirán los entusiastas sin
duda alguna. Sean los políticos prácticos con sus nuevas medidas regulativas o
los comunistas con sus proyectos de reorganización del trabajo, su respuesta es
siempre la niisma: Es cierto que planes de semejante naturaleza han fracasado,
debido a causas imprevistas o accidentes adversos o por las deslealtades de los
ejecutores; pero esta vez aprovecharemos las experiencias pasadas y triunfaremos.
El pueblo parece no comprender la verdad, que no obstante es evidente, de que
el bienestar de una sociedad y lo justo de su organización dependen
fundamentalmente del carácter de sus miembros, y que ninguna mejora puede
lograrse sin un perfeccionamiento del carácter, resultante del ejercicio de una
industria pacífica con las restricciones impuestas por una ordenada vida
social.
La creencia, no sólo de los socialistas sino
también de los sedicentes liberales que les están preparando el camino, es que
mediante hábiles medidas una humanidad defectuosa puede transformarse en una
humanidad con instituciones bien organizadas. Esto es una ilusión. Cualquiera
que sea la estructura social en que vivan, se manifestarán igualmente en
acciones perniciosas las defectuosas naturalezas de los ciudadanos.
Nota: Desde la aparición de este ensayo, los
socialistas han publicado dos respuestas: Socialismo y esclavitud, por H. M.
Hyndman, y Herbert Spencer habla del socialismo, por Frank Fairman. Me limitaré
a decir que, como es costumbre con los adversarios, me atribuyen opiniones que
no sostengo. De que desapruebe el socialismo no se deduce, como asegura Mr.
Hyndman, que apruebe las organizaciones existentes. Reprueba cosas que yo
también repruebo, pero disiento del remedio que propone. El caballero que escribe
con el seudónimo de Frank Fairman me reprocha haber retrocedido desde que
escribí en Estática social lo que él llama una simpática defensa de las clases
trabajadoras. Yo no tengo conciencia del cambio que alega. El hecho de mirar
con ojos indulgentes las irregularidades de las personas cuya vida es dura, no
implica por ningún medio una tolerancia hacia los vagos.
Notas
(1) Hansard: Parliamentary History, 32, pág. 710.
(2) Fortnightly Review, enero 1884, pág. 17.
(3) Factories and Workshops Act, 41 y 42 vic, cap.
16.
(4) Véase la carta de Local Government Board,
Times, 2 de enero de 1884.
(5) Los hechos han venido a comprobarlo antes de lo
que yo esperaba. Este ensayo estaba escrito ya el 30 de enero, y mientras tanto
a saber, el 13 de marzo, la London School Board pidió autorización para usar
fondos de beneficencia con objeto de proporcionar gratis comidas y ropas a
niños pobres. Actualmente se ampliará el concepto de esta palabra, se incluirán
más niños y se solicitará más dinero.
(6) Fortnightly Review, enero de 1884, pág. 21.
(7) Russia, I., 422.
(8) Socialism made Plane. Reeves 185, Fleet Stret.
(9) Si alguien piensa que tales temores son
infundados juzgue el hecho de que, desde 1867-8 a 1880-1, nuestros gastos
locales por año se han elevado en el Reino Unido desde 36.132,834 libras a
63.276,283 libras, y que durante estos trece años los gastos municipales en
Inglaterra y Gales solamente han aumentado de 13 a ¡30 millones anuales! Que el
incremento de las cargas públicas se unirá a otras causas para conducirnos a la
propiedad pública, se confirma leyendo lo que ha dicho Mr. W. Rathbone, M. P., de
lo que he tenido noticia después de dadas a la imprenta mis palabras. Dijo: En
los años que alcanza mi experiencia, la contribución local en Nueva York se ha
elevado de 12 chelines, 6 peniques por ciento a 2 libras, 12 chelines, 6
peniques por ciento sobre el capital de sus ciudadanos, carga que absorbería
toda la renta del propietario medio inglés, Febrero, 1883, Nineteenth Century.
(10) Fortnlghtly Revlew. NovIembre, 1883, págs.
619-20.
(11) Lactante, De M. Persecut, cr. 7, 23.
(12) L´Ancien Regime, pág. 337-8.
(13) Repori of Commisioners for lnquiry Into the
Administration and Practical Operation of the Poor Law, pág, 87, 20 febrero
1884.
LOS PECADOS DE LOS LEGISLADORES
Sea verdad o no, que el hombre es hijo de la
iniquidad y está concebido en el pecado, es indudablemente cierto que el
gobierno está engendrado por la agresión y para la agresión. En pequeñas
sociedades no desarrolladas, en las que durante siglos ha existido una completa
paz, nada parecido existe a lo que nosotros llamamos gobierno: no hay ningún
organismo coercitivo sino, todo lo más, mera supremacía honoraria.
En estas comunidades excepcionales, que no son
agresivas y que por causas especiales tampoco son agredidas, son tan raras las
desviaciones de las virtudes de veracidad, honestidad, justicia y generosidad,
que no es necesario para que se exprese la opinión pública más que una asamblea
de ancianos (1). Inversamente, hallamos pruebas de que la autoridad de un jefe,
reconocida al principio de un modo temporal durante la guerra, se establece
permanentemente por continuación de ella. Se robustece cuando una agresión
afortunada finaliza con la sumisión de las tribus vecinas. Ejemplos ofrecidos
por todas las razas ponen fuera de duda la verdad de que el poder coercitivo
del jefe, convertido en rey y rey de reyes (título frecuente en el antiguo
Oriente) aumenta en proporción a sus conquistas y al número de pueblos que
somete (2). Las comparaciones nos muestran otra verdad que deberíamos tener
siempre presente: la agresividad del poder reinante dentro de una sociedad
aumenta con su agresividad fuera de ella. De igual forma que, para conseguir un
ejército eficaz, los soldados deben subordinarse a un jefe, así, para lograr
una combatiente y eficaz comunidad, los ciudadanos se deben subordinar al poder
dirigente. Deben proporcionar los recursos en hombres y dinero que se les
exija.
La consecuencia obvia es que la ética del gobierno,
originariamente idéntica con la ética de la guerra, debe permanecer durante
mucho tiempo similar para ellos, y disentirá de ellos en la medida en que
disminuyan las actividades y los preparativos bélicos. La evídencia nos la
muestra. Hoy, en el continente, el ciudadano es libre cuando ya no se le exigen
sus servicios como soldado, pero durante el resto de su vida está esclavizado
para sostener la organización militar. Aun entre nosotros mismos una guerra grave,
imponiendo el reclutamiento, suspendería las libertades de gran número de
ciudadanos y restringiría las de los demás imponiéndoles las contribuciones que
se necesitaran, es decir, obligándolos a trabajar cierto número de días para el
Estado. Inevitablemente, el modo de conducta del gobierno con los ciudadanos
debe ir unido con el modo de conducta de los ciudadanos entre sí.
No debo tratar en este ensayo de los transgresores
ni de las represalias ejercidas sobre ellos. Su relato constituye la mayor
parte de la historia. Tampoco voy a investigar las iniquidades internas que
siempre acompañaron a las externas. No me propongo catalogar aquí los crímenes
de los legisladores irresponsables, comenzando por los del rey Khufu, cuya
tumba fue construida con el sangriento sudor de decenas de millares de esclavos
trabajando afanosamente bajo el látigo durante largos años; continuando con los
cometidos por los conquistadores egipcios, asirios, persas, macedonios,
romanos, etcétera, y concluyendo con los de Napoleón, cuya ambición por
prosternar al mundo civilizado costó dos millones de vidas (3). No me propongo
enumerar los pecados de los legisladores responsables que se observan en la
extensa lista de leyes dictadas en favor de las clases dominantes, lista que
comienza en nuestro propio país con las leyes que mantuvieron la esclavitud y
la trata de negros, torturando cerca de cuarenta mil anualmente, hacinados en
los barcos durante las travesías tropicales, matando un gran porcentaje de
ellos, y finalizando con la ley de los cereales por la que, dice Sir Erskine
May, para asegurar altas rentas se decretó que las multitudes pasaran hambre (4).
Indudablemente, no carecería de utilidad la
enumeración de las manifiestas malas acciones de los legisladores, tanto
responsables como irresponsables. Sería muy útil, sobre todo con respecto a la
verdad que ya he mencionado. Aclararía más que la identidad de la ética del
gobierno con la ética militar que existe necesariamente durante los tiempos
primitivos, cuando el ejército es simplemente la sociedad movilizada y la
sociedad el ejército en reposo, continúa durante largos períodos e incluso
afecta en gran escala a nuestros procedimientos jurídicos y a nuestra vida
cotidiana. Habiendo mostrado, por ejemplo, que en numerosas tribus salvajes la
función judicial del jefe no existe, o es puramente nominal, y que en general
durante épocas antiguas de la civilización europea cada hombre tenía que
defenderse a sí mismo y reparar sus males como podía; habiendo mostrado que en
los tiempos medievales se abolió el derecho de guerrear entre sí los miembros
de una misma organización militar, no porque el jefe supremo creyese su deber
recurrir a un arbitraje, sino porque las guerras internas constituían un
obstáculo para lá eficacia de las guerras externas; habiendo mostrado que la
administración de justicia conservaba todavía su carácter primitivo en las
pruebas judiciales sostenidas ante el rey o su representante como árbitro, y
que entre nosotros continuaron constituyendo una forma de duelo hasta 1819,
podríamos apuntar que todavía subsisten pruebas judiciales bajo otra forma;
aquellas en que son los campeones los abogados y las armas el dinero. En los
pleitos civiles el Estado no cuida mucho más que antes de rectificar los males
de los lesionados, pero prácticamente su delegado atiende tan sólo a que se
observen las reglas del combate, y el resultado es más una cuestión pecuniaria
y de habilidad forense que de equidad. Además, el poder se preocupa tan poco de
la administración de justicia, que cuando a causa de un conflicto legal
sostenido en presencia de su delegado, los litigantes se hallan tan
económicamente exhaustos que han llegado a la postración absoluta, y cuando la
apelación de uno de ellos triunfa, el litigante vencido debe pagar los errores
del delegado o de su predecesor. Y con frecuencia el individuo perjudicado que
buscaba protección o restitución se arruina al acabar el pleito.
Trazado con exactitud el cuadro de los defectos de
comisión y omisión del gobierno, probado que uná parte de los principios éticos
vigentes surgen en estado de guerra, se desvanecerán quizá las esperanzas de
los que están ansiosos de extender el control gubernamental. Después de
observar que de acuerdo con los caracteres de la estructura primitiva política
que produce el militarismo subsisten todavía restos de sus primitivos
principios, el reformador y el filántropo deberían ilusionarse menos con respecto
al bien logrado por la intervención del Estado y confiar más en los organismos
no estatales.
Pero prescindiendo de la mayor parte de la gran
tesis comprendida bajo el título de este ensayo, me propongo ocuparme sólo de
la parte restante, comparativamente pequeña: de los pecados de los legisladores
que no son producidos por sus ambiciones personales o intereses de clases, sino
que son el resultado de una carencia de estudio para el que están moralmente
obligados a prepararse.
Si un dependiente de farmacia, después de oír la
descripción de ciertos dolores que atribuye erróneamente a un cólico, pero que
realmente son causados por inflamación del caecum, prescribe una purga enérgica
y el paciente muere, se le considerará culpable de homicidio por imprudencia.
No se admitirá como atenuante el hecho de que no intentaba hacer daño, sino
todo lo contrario. El pretexto de que simplemente cometió un error de
diagnóstico, no es válido. Se le dirá que tenía derecho de exponer al enfermo a
consecuencias desastrosas por inmiscuirse en un asunto en el que sus
conocimientos eran tan precarios. El hecho de que él no comprendía siquiera la
magnitud de su ignorancia no se acepta en el juicio. Se determina tácitamente
que la experiencia enseña a todos que, incluso la persona competente, y más aún
la que no lo es, comete errores en el diagnostico de las enfermedades y en su
debido tratamiento, y que habiendo desatendido la advertencia que se deriva de
la experiencia común, él es responsable de las consecuencias.
Medimos las responsabilidades de los legisládores
por los errores que cometen, de un modo mucho más indigente. En la mayor parte
de los casos, lejos de creer que merecen castigo por los desastres que acarrean
al promulgar leyes careciendo de capacidad para ello, apenas creemos que
merecen reprobación. Se admite que la experiencia común debería haber enseñado
al dependiente de farmacia, poco instruído como es, a no recetar, pero no se
admite que debería haber enseñado al legislador a no intervenir en los asuntos
para los que no está capacitado. Aunque multitud de hechos de la legislación de
nuestro país, y de otros, deben hacerle conocer los inmensos males causados por
erróneos procedimientos, sin embargo, no se le censura por olvidar estas
advertencias contra los proyectos temerarios. Por el contrario, se le acredita
como un mérito -quizá recién salido del colegio, quizá acabando de dejar una
jauría que le hizo popular en su comarca, quizá surgiendo de una ciudad de
provincia donde se hizo rico, tal vez del foro donde se distinguió como
abogado- cuando entra en el Parlamento, y en seguida, temerariamente, comienza
a ayudar a impedir este o aquel modo de operar sobre el cuerpo político. En
este caso, no es menester alegar la excusa de que él no sabe lo poco que sabe,
porque el público en general está conforme con él en que no es necesario saber
más de lo que los debates sobre las medidas propuestas le pueden enseñar.
Pese a esto, los males producidos por legisladores
sin instrucción, enormes como son, en comparación con los causados por
tratamientos médicos inadecuados, son notorios a quienes arrojen una mirada
sobre la historia. Los lectores deben perdonarme si les recuerdo unos ejemplos
familiares. Siglo tras siglo, los estadistas promulgaron leyes contra la usura
que sólo dieron como resultado, empeorar la condición del deudor, elevándose el
porcentaje de interés de cinco a seis, cuando se intentaba reducirlo a cuatro
(5), como sucedió durante el reinado de Luis XV, produciendo indirectamente
males imprevistos de todas clases, como el de impedir el empleo improductivo
del capital ahorrado e imponer a los pequeños propietarios multitud de cargas
perpetuas (6). De igual manera, las medidas adoptadas en Inglaterra durante
quinientos años para evitar el acaparamiento, y las que en Francia, como
atestigua Arthur Young, impidieron que se compraran más de dos fanegas de trigo
en el mercado (7), aumentaron de generación en generación la miseria y la
mortalidad debidas a la carestía, pues como todo el mundo sabe, el negociante
al por mayor, al que en el estatuto De Pistoribus se le vitupera como franco
opresor del pobre (8), es simplemente un hombre cuya función consiste en equilibrar
el abastecimiento de las mercancías impidiendo un consumo demasiado rápido. De
idéntica naturaleza fue la medida que en 1315, para disminuir el hambre, tasó
los precios de los alimentos, y que fue rápidamente rechazada porque causó la
total desaparición de ciertos alimentos del mercado. También otras
disposiciones que rigieron durante más tiempo, como las que determinaban las
ganancias razonables de los avitualladores (9). Del mismo espíritu y seguidas
de iguales errores, fueron las tentativas para fijar los jornales, que
empezaron con el Estatuto de los Trabajadores en la época de Eduardo III y
cesaron sólo hace sesenta años, cuando las Cámaras de los Lores y de los
Comunes desistieron de señalar los salarios de los tejedores de la seda por
decisión de los magistrados, después de haber galvanizado en Spitalfields una
industria decadente, originando una gran miseria.
Preveo aquí una impaciente interrupción. Sabemos
todo eso, la historia es vieja. Se nos han repetido hasta la saciedad los daños
causados por la intervención en la industria y el comercio. No necesitamos
aprender la lección de nuevo. En primer término, respondo que la lección no fue
nunca debidamente aprendida por la mayoría, y que muchos de los que la
aprendieron la han olvidado. Los pretextos que hoy se invocan para justificar
estas medidas son los mismos que se mvocaron antes. En el Estatuto 35 de Eduardo
III, cuyo objeto era mantener a bajo precio los arenques (pero que se derogó
porque fue contraproducente), se quejaba el legislador de la gente que viniendo
al mercado ... regateaba el precio de los arenques, y cada uno de ellos, por
envidia o malicia, pujaban, y si uno ofrece cuarenta chelines, otro ofrece diez
más, y un tercero sesenta chelines y de esta forma cada uno excede la oferta
del anterior (10). Hoy también se condena este pujar en el mercado y se
atribuye a malicia y envidia.
Los daños de la competencia han sido siempre la
queja fundamental de los socialistas, y el Consejo de la Federación Democrática
denuncia la continuación de los cambios bajo el control de la codicia y el
provecho individual. Mi segunda respuesta es que las interferencias con la ley
de la oferta y la demanda, que hace una generación se consideraban
perjudiciales, se están extendiendo en nuevos campos por Actas del Parlamento.
Según demostraré más adelante, están acrecentando en estos campos los males que
hay que curar, y produciendo otros nuevos.
Entre paréntesis, creo del caso explicar que las
Actas citadas pueden recordar al lector cómo los legisladores ignorantes han
aumentado, en tiempos pasados, los sufrimientos humanos, en sus intentos para
mitigarlos. Y añadiré que si estos males, legislativamente intensificados o
creados, se multiplicaran por diez o más, se formaría una cabal concepción de
todos los males causados por los legisladores que desconocían la ciencia
social. En una comunicación leída ante la Sociedad de Estaidística en mayo de
1873, Mr. Janson, vicepresidente de la Sociedad Jurídica, declara que desde el
Estatuto de Merton (Enrique III) hasta fines de 1872, se habían dictado 18.110
Actas públicas, de las que, estima, cuatro quintas partes fueron total o
parcialmente abolidas. Declara también que el número de Actas públicas
abolidas, o rectificadas, total o parcialmente, durante los años 1870, 1871 y
1872 fueron 3.532, de las cuales 2.759 han sido totalmente derogadas. Para ver
si estas derogaciones continuaban en la misma proporción, he consultado los
volúmenes que se publican anualmente de los Estatutos Públicos Generales, de
las tres últimas legislaturas. Prescindiendo de las numerosas Actas
modificadas, el resultado es que en las tres últimas legislaturas fueron
abolidas totalmente, en grupos o de un modo separado, 650 Actas
correspondientes al reinado actual, además de otras muchas que corresponden a
reinados anteriores. Esto, por supuesto, excede al término medio que he
mencionado, pues últimamente se ha expurgado la Colección Legislativa. Pero
teniendo en cuenta las circunstancias, debemos inferir que en nuestros propios
días las derogaciones suman muchos miles. Indudablemente, gran número de ellas
eran anticuadas. La derogación de otras la exigieron las circunstancias que han
cambiado (aunque el número de éstas no debe ser muy crecido); otras eran ya
absolutamente inoperantes, y la abolición de muchas ha sido debida a su
refundición en una sola. Pero indudablemente, en muchos casos la abolición
proviene de que las Actas producían malos resultados. Hablamos superficialmente
de tales cambios, pensando con indiferencia en la legislación anulada.
Olvidamos que antes de que las leyes fueran abolidas infligieron males de mayor
o menor importancia, unas durante pocos años, otros durante decenas y otras a
través de siglos. Precisad la idea de una ley nociva considerándola como una
causa que opera sobre la vida de las personas y veréis en cuánto dolor se
traduce, en cuánta enfermedad, en cuánta mortalidad. Una forma viciosa de
procedimiento judicial por ejemplo, que esté promulgada o tolerada, ocasiona a
los litigantes pérdida de tiempo y dinero. ¿Qué resulta de esto? Dilapidación
del dinero; grande y prolongada ansiedad, seguida a veces de enfermedades;
desgracias de familia; niños privados de ropa y alimento; en una palabra:
miserias que acarrean consigo nuevas mlsenas. Añádase a esto los numerosos
casos de personas que careciendo de medios o de valor para empeñarse en un
pleito, se resignan al engaño y se empobrecen, teniendo que padecer física y
moralmente los daños ocasionados. Incluso con sólo decir que una ley ha sido un
obstáculo, se comprende que há causado pérdida de tiempo, molestias y enojos, y
en las personas sobrecargadas esto implica un debilitamiento de la salud con
los sufrimientos consiguientes. Observando, pues, que una mala legislación
significa ataques contra la vida de los hombres, juzguese lo que debe ser la
suma total de angustia mental, de dolor físico y de muertes prematuras que
representan los millares de Actas abolidas. Para demostrar de una vez que los
legisladores carentes de conocimientos adecuados ocasionan males inmensos,
citaré un caso especial que me recuerda una ocasión del día.
Ya he expresado que las interferencias con la
conexión entre la oferta y la demanda, abandonadas en determinados campos
después de haber ocasionado inmensos perjuicios durante muchos siglos, están
ocurriendo ahora en otras esferas. Se supone que esta conexión es válida
únicamente donde ha sido demostrada por los efectos producidos. Tan débil es la
creencia de los hombres en ella. No parece sospechoso que en los casos donde
aparenta fallar, la causación natural ha sido alterada por obstáculos
artificiales. Y sin embargo; en el caso a que me refiero (el de la construcción
de casas para los pobres), basta preguntar por el sentido de las leyes que se
promulgan desde hace tiempo para comprender que los terribles males que se
deploran son producto de las mismas.
Hace una generación, se discutió acerca de las
deficiencias e insalubridad de lás casas para obreros, y tuve ocasión de
participar en la cuestión. He aquí un pasaje que escribí entonces:
Un arquitecto e inspector la describe (El Acta de
Construcción) explicando que ha producido los siguientes efectos: en los
barrios de Londres, donde existen casas mal construidas, y que la nueva Acta de
Construcción se propone evitar, se obtenía una renta media suficientemente
remuneradora para los dueños cuyas casas subían de precio antes de que fuera
dictada la Nueva Acta de Construcción. Esta renta media existente fija la que
se debe cargar en estos distritos para las nuevas casas de la misma capacidad que
las antiguas, pues los inquilinos para quienes se edifican no aprecian la
seguridad de vivir en casas con muros consolidados por barras de hierro. Pero
las casas construidas de acuerdo con estas condiciones, y con un alquiler
determinado, no constituyen una buena inversión. Los constructores se han
limitado, pues, a edificar en mejores distritos (donde la posibilidad de una
provechosa concurrencia con las casas preexistentes muestra que éstas eran
bastante importantes) y han cesado de construir para las masas, excepto en los
suburbios, donde no se prescriben tantas medidas sanitarias. Mientras tanto, en
los distritos pobres descriptos, se ha aglomerado la población, viviendo media
docena de familias en una casa y una veintena de inquilinos en una habitación.
Pero no es esto solo. El estado de miserable ruina a que se ha permitido que
lleguen las casas de los pobres es debido a la falta de competencia con nuevas
casas. Los propietarios saben que sus inquilinos no las abandonarán para buscar
mejor acomodo. No se hacen reparaciones porque no harían aumentar el alquiler
... ¡Realmente, un gran porcentaje de los horrores que nuestros agitadores en
materia sanitaria están intentando curar por medio de leyes, tenemos que
agradecérselos a anteriores agitadores de la misma escuela! (Estática Social,
pág. 384, edición de 1851).
No fue ésta la única legislación causa de tantos
males. Como mostramos en el siguiente párrafo, se reconocieron otras varias:
Antes de la derogación del impuesto sobre los
ladrillos The Builder escribía: Se supone que la cuarta parte del costo de una
vivienda que se alquila en dos chelines y medio o tres por semana, corresponde
a gastos de contrato y al impuesto sobre la madera y los ladrillos que se
utilizan en la construcción. Por supuesto, el propietario debe desquitarse de
esto, y por tanto, hace pagar siete peniques y medio o nueve semanales para
cubrir estas cargas. Mr. C. Gatliff, secretario de la Sociedad para el mejoramiento
de viviendas de las clases trabajadoras, describiendo el efecto del impuesto
sobre las ventanas, dice: La Sociedad paga ahora en sus locales de St. Pancras
la suma de 162 libras con dieciséis chelines por el impuesto sobre las
ventanas, es decir, un uno por ciento del desembolso inicial. La renta media
pagada por los arrendatarios de la Sociedad es de cinco chelines con seis
peniques por semana, y el impuesto sobre ventanas absorbe siete peniques y
medio semanales. (Times, 31 de enero, 1850. Estática Social, pág. 385, edición
de 1851).
La prensa de aquellos días ofrece otros
testimonios. En el Times del 7 de diciembre de 1850 (demasiado tarde para que
yo pudiera utilizar el trabajo en la obra que publiqué la última semana de
1850) se publicó una carta fechada en el Reform Club y firmada por Arquitecto
que contenía los siguientes conceptos:
Lord Kinnaird recomienda en su diario de ayer la
construcción de casas modelo, reuniendo dos o tres en una sola.
Permítaseme sugerir a su Señoría, y a su amigo Lord
Ashley, a quien él se refiere, que si:
1. El impuesto sobre las ventanas fuera abolido;
2. Se derogara el Acta de Construcción (exceptuando
las cláusulas que preceptúan que las paredes interiores y exteriores estén a
prueba de fuego);
3. Se igualaran o anulasen los derechos sobre las
maderas, y;
4. Se dictase una ley para facilitar el traspaso de
la propiedad, no habría necesidad de más casas modelo como no hay para barcos
modelo, telares modelo o máquinas de vapor modelo.
La primera, limita el número de ventanas a siete en
las casas de los pobres;
La segunda, limita la extensión de las casas de los
pobres a veinticinco pies por dieciocho (aproximadamente el tamaño del comedor
de una buena casa) dentro de cuyo espacio se debe construir la escalera, un
pequeño portal, una sala y una cocina (incluidas las paredes y tabiques);
La tercera, obliga al constructor a edificar la
casa del pobre con madera inadecuada, pues el impuesto sobre la buena madera
(de los países bálticos) es quince veces mayor que el impuesto sobre la mala
(del Canadá). Además; el gobierno excluye esta última de todos sus contratos.
La cuarta, tendría gran influencia sobre el
miserable estado actual de las viviendas de los pobres. Facilitaría tanto la
venta de los pequeños solares como su arrendamiento. El hecho de edificar casas
de alquiler ha sido un incentivo para construir mal.
Para precaverme de errores y exageraciones, he
consultado a un contratista con cuarenta años de experiencia, Mr. C. Forrest,
el que, como miembro del Consejo de construcciones y de la benefícencia, une a
su extenso conocimiento de los asuntos públicos locales un gran conocimiento de
los negocios de construcción. Mr. Forrest, que me ha autorizado a dar su
nombre; confirma las apreciaciones precedentes, excepto una, que acentúa. Dice
que Arquitecto comprende el mal ocasionado por las casas de cuarta clase, puesto
que las dimensiones son todavía menores de lo que él indica (quizá más de
acuerdo con las disposiciones de otra reciente Acta de Construcción). Mr.
Forrest expresa aún más. Aparte de mostrar los malos efectos del gran
incremento del impuesto sobre la propiedad urbana (en sesenta años, de una
libra a ocho libras con diez chelines para una casa de cuarta clase) que,
juntamente con otras causas, lo han obligado a renunciar a sus proyectos de
construcción de casas baratas; además de coincidir con Arquitecto en que este
mal ha aumentado por las dificultades de transferir la propiedad, debido al
sistema legislativo de fideicomisos y sustituciones, manifiesta que aún existe
otro gravamen sobre la construcción de casas pequeñas (impuesto prohibitivo lo
llama él): al coste de cada nueva casa hay que añadir el coste de pavimento,
aceras y alcantarilla, que se pagan según la longitud de la fachada y que, por
consiguiente, resulta más gravoso sobre el valor de una casa pequeña que sobre
el de una grande.
De estos males producidos por la legislación, que
eran grandes hace una generación y que desde entonces han aumentado, pasemos a
otros más recientes. La miseria, la enfermedad, la mortalidad en casas que son
verdaderas colmenas, continuamente empeorando por los impedimentos que se
oponen al aumento de casas de cuarta clase, y por el hacinamiento de personas
en las que existen, ha llegado a constituir tal escándalo que se ha reclamado
al gobierno para que ataje el mal. Respondió con el Acta de viviendas para
obreros, concediendo a las autoridades locales poderes para derruir casas en
mal estado y construir otras mejores. ¿Cuáles han sido los resultados? Un
resumen de las operaciones de la Cámara Metropolitana de Obras Públicas,
fechado el 21 de diciembre de 1883, muestra que hasta septiembre último,
costándole un millón y cuarto a los contribuyentes, habían dejado sin casa a
veinte mil personas edificando sólo para doce mil. En adelante se proveerá a
los ocho mil restantes, que mientras tanto se encuentran sin albergue. No es
esto todo. Otra representación local del gobierno, la Comisión de Alcantarillas
para la City, trabajando en el mismo sentido, por prescripción legislativa, ha
derruido en Golden Lane y en Petticoat Square manzanas de pequeñas casas denunciadas,
donde vivían 1, 734 pobres, y de los espacios así abiertos hace cinco años uno
se ha vendido para instalar una estación de ferrocarril y otro está siendo
cubierto con viviendas para obreros que acomodará eventualmente a la mitad de
la población desalojada. El resultado es, hasta hoy, que sumados a los
desalojados por la Cámara Metropolitana de Obras Públicas, forman un total de
¡cerca de once mil personas sin hogar que han de buscar refugio en lugares
miserables y que, para colmo, estaban ya abarrotados!
Véase, pues, lo que ha conseguido la legislación.
Por una mala aplicación de los impuestos, elevaron el precio de los ladrillos y
de la madera aumentando el costo de las casas, e indujeron, por razones de
economía, a que se utilizaran malos materiales en cantidades insuficientes.
Para impedir la construcción consiguiente de malas viviendas, establecieron
reglamentos que, a la manera medieval, señalaban la calidad de la mercancía que
se había de emplear. No comprendieron que insistiendo en una mejor calidad y,
por tanto, en un precio más alto, limitarían la demanda y disminuirían la
oferta. Por la creación de otros gravámenes locales la legislación ha
dificultado aún más la construcción de casas pequeñas. En fin, después de haber
sido causa, mediante sucesivas disposiciones, de la construcción de casas en
malas condiciones y de la falta de otras mejores, han querido evitar el
hacinamiento de los pobres, artificialmente creado, ¡disminuyendo la capacidad
de las viviendas que no podían contenerlos!
¿Quién tiene, entonces, la culpa de la miseria de
los barrios pobres? ¿Contra quién debe levantarse el amargo clamor de los
proscritos de Londres?
El antropólogo alemán Bastian, nos cuenta que si un
enfermo indígena de Guíhea no se cura, desvirtuando así la eficacia del fetiche
que lo toca, es estrangulado (11). Debemos suponer razonablemente que si
cualquier persona de Guinea fuera bastante audaz como para poner en duda el
poder del fetiche, sería sacrificado. En los días en que la autoridad
gubernamental estaba sostenida por severas medidas, existió un peligro parecido
si se decía algo irrespetuoso de los fetiches políticos. Hoy, sin embargo, el
peligro peor que puede temer quien dude de su omnipotencia es ser considerado
un reaccionario que habla de laissez faire. No debe confiar en que los hechos
que él pueda aportar disminuirán la fe establecida, pues vemos diariamente que
esta fe desafía a todas las evidencias. Veamos algunas de estas pruebas
numerosas que pasan inadvertidas.
Una oficina del gobierno es como un filtro
invertido: se envían las cuentas claras y salen embrolladas. Tal fue la
comparación que oí hace muchos años al difunto Sir Charles Fox que, a causa de
sus negocios, tenía una gran experiencia con respecto a las oficinas públicas.
Que su opinión no era una opinión aislada, aunque lo fuera su comparación, todo
el mundo lo sabe. Las revelaciones de la prensa y las críticas expuestas en el
Parlamento, nos muestran los vicios de la rutina oficial. Su lentitud, motivo
de perpetuas quejas, y que en tiempos de Mr. Fox, Maule llegaba al extremo de
que los haberes de los oficiales del ejército se pagaban generalmente con dos
años de atraso, ha sido de nuevo evidenciada por la aparición del primer
volumen del Censo detallado de 1881, dos años después de verificada la
inscripción. Si buscamos la explicación de tales retrasos veremos que se ha
originado en una confusión apenas creíble. Con motivo de las relaciones
estadísticas del Censo, el Registrador General nos dice que la dificultad
reside no sólo en la gran multitud de áreas que se han de tener en cuenta sino
todavía más en la asombrosa complejidad de sus límites. Hay, en efecto, 39.000
circunscripciones administrativas de veintidós clases diferentes: cantones,
parroquias, municipios, distritos, juzgados de paz, provincias; distritos
sanitarios rurales y urbanos, diócesis, etcétera. Y como Mr. Rathbone M. P.
(l2) indica, todas estas circunscripciones superpuestas con límites que se
entrecruzan tienen sus respectivos organismos administrativos con autoridades
que chocan con las de otros distritos. Alguien preguntará: ¿Por qué el
Parlamento ha establecido una nueva serie de divisiones para cada
administración adicional? La respuesta surge por sí sola: para mantener la
consistencia del método. Esta confusión organizada se adecua perfectamente con
lo que el Parlamento fomenta cada año arrojando al montón de sus antiguas Actas
un centenar de otras nuevas, cuyas prescripciones modifican de mil modos las
leyes a que se refieren. La responsabilidad de determinar cuál es la ley, queda
a cargo de los particulares, quienes pierden su fortuna intentando alcanzar una
interpretación judicial. Y por otra parte, este sistema de cruzar unas redes de
distrito con otras, con sus conflictos de autoridades entre sí, es
absolutamente compatible con el método según el cual al lector del Acta de
Salud Pública de 1872 que desee conocer qué poderes se ejercen sobre él, se le
remite a 26 Actas precedentes de distintas clases y épocas diversas (13). Otro
tanto ocurre con la inercia administrativa. Constantemente ocurren casos que
demuestran la resistencia de la burocracia al progreso; un ejemplo es el del
Almirantazgo que, al serle propuesto el uso del telégrafo eléctrico, contestó:
Tenemos un excelente sistema de semáforos; otro, el de Correos que, como el
difunto Sir Charles Siemens dijo hace pocos años, obstruyó la adopción de los
métodos más perfectos de la telegrafía y que después ha impedido el uso del
teléfono. Otros casos análogos a los de las viviendas industriales muestran de
vez en cuando cómo el Estado aumenta con una mano los males que con la otra
intenta disminuir. Así, cuando impone un derecho sobre los seguros contra
incendios y luego reglamenta el modo de extinguirlos, o dicta normas de construcción
que, como nos demuestra el capitán Shaw, aumentan los riesgos (14). Por otra
parte, los absurdos de la rutina oficial, rígida cuando no necesita serlo y
laxa cuando debiera ser rígida, llegan a veces a ser tan claros que causan
escándalo. Esto ocurrió con el caso de un importante documento de Estado que
debía ser secreto y que fue hecho público por un oficinista mal retribuido y
que ni siquiera desempeñaba un puesto permanente. Igualmente sucedió en lo
referente al modo de fabricar mechas Moorson en que se guardó el secreto para
los más altos oficiales de artillería y finalmente se lo enseñaron los rusos, a
quienes se había permitido aprenderlo. También, con un diagrama que muestra las
distancias a que los blindajes ingleses y extranjeros pueden ser perforados por
nuestros cañones de largo alcance, que fue comunicado por una potencia attaché
a su gobierno y pronto llegó al conocimiento de todos los gobiernos de Europa,
mientras que los oficiales ingleses permanecían ignorantes de los hechos (15).
Igual ocurre con la supervisión estatal. Se ha mostrado que es innecesario
garantizar la calidad de la plata mediante inspección, y además su comercio ha
disminuido con ello (16). En otros casos ha bajado la cálidad por establecer un
tipo que no es posible exceder. Un ejemplo de esto es el caso de la mantequilla
Cork, que ha puesto en franca desventaja a las mejores al no poder obtener unas
adecuadas ganancias por su mejor calidad (17). Otro es el de la salazón de
arenques (ahora potestativa) cuyo efecto fue equiparar a los industriales, que
apenas alcanzaban el nivel establecido, con los mejores, con el consiguiente
desaliento de estos últimos. Pero no se aprenden esas lecciones. Incluso,
cuando el fracaso de la inspección es más patente no se advierte, como ocurrió
con la terrible catástrofe en la que un tren lleno de personas desapareció al
hundirse el puente de Tay. Se levantaron violentas denuncias contra la empresa
y el ingeniero, pero nada se dijo del funcionario que aprobó oficialmente la
construcción. Igual sucedió con la prevención de las enfermedades. No importa
que ocurran graves males por la desidia de agentes del gobierno, como cuando
murieron 87 esposas e hijos de soldados en el barco Accrington (18), o cuando
se propagaron la fiebre tifoidea y la difteria en Edimburgo al construir un
sistema de desagüe obligatorio (19); igual cuando las medidas sanitarias
ordenadas por el Estado aumentan los males que querían disminuir (20).
Verdaderas montañas de evidencias de ésta clase no abaten la confianza con que
se invoca la inspección sanitaria, y hoy más que nunca, como lo demuestra la
petición de que todas las escuelas públicas se hallen bajo la vigilancia de
médicos oficiales. Incluso aunque el Estado sea evidentemente la causa de todos
los males que se lamentan, la fe en su bienhechora intervención no disminuye,
como lo observamos en el hecho de que habiendo autorizado, hace una generación,
o más bien, requerido a los municipios para que establecieran un sistema de
alcantarillas que desaguaran en los ríos y habiéndose contaminado las fuentes,
se elevó un gran clamor público contra las compañías de agua por la impureza de
ésta. Las reclamaciones no cesaron hasta que los municipios fueron obligados, a
costa de mucho dinero, a revolucionar el sistema de alcantarillado. Y ahora,
como único remedio se pide que el Estado, por medio de sus apoderados locales,
emprenda todo el trabajo. Los errores del Estado han llegado a ser, lo mismo
que en el caso de las viviendas para obreros, motivo para rogarle que cometa
otros. Esta adoración del poder legislativo es menos excusable que la adoración
del fetiche al que lo he comparado. El salvaje tiene la ventaja de que su
fetiche es mudo, por tanto, no confiesa su incapacidad. El hombre civilizado se
empeña en adscribir al idolo que ha forjado, poderes que él mismo confiesa que
no tiene. No aludo sólo a los debates que diariamente nos hablan de medidas
legislativas que han producido un mal en lugar de un bien, ni de millares de
Actas del Parlamento que aboliendo leyes precedentes constituyen tácitas
admisiones de fracaso. No me re{iero únicamente a las confesiones casi
gubernamentales que se contienen en el informe de los comisionados para la Ley
de pobres, que dicen: De un lado hallamos, que apenas existe un estatuto
referente a la administración de la beneficencia publica que haya producido el
efecto perseguido por la legislación, y que la mayoría de ellos han creado
nuevos males y agravado los que intentaban abolir (21).
Me refiero ante todo a las confesiones hechas por
hombres de Estado y por departamentos estatales. Leo, por ejemplo, en una
memoria dirigida a Mr. Gladstone y adoptada en una reunión de personas muy
influyentes celebrada con la presidencia del difunto Lord Lyttelton:
Los abajo firmantes, miembros de las Cámaras de los
Lores y de los Comunes, contribuyentes y habitantes de la metrópoli,
reconocemos toda la verdad de su afirmación en la Cámara de los Comunes, en
1866, de que existe todavía un lamentable estadó en nuestras disposiciones
sobre obras publicas: vacilación, incertidumbre, despilfarro, extravagancia,
mezquindad y todos los vicios que se puedan enumerar están unidos en nuestro
actual sistema, etcétera, etcétera. (22).
He aquí otro ejemplo que nos proporciona un Acta
reciente de la Cámara de Comercio (noviembre de 1883), en la que consta que
desde 1836 no ha transcurrido ninguna sesion del Comité de Naufragios sin que
se adopte alguna medida tomada por la legislación o por el gobiernó con este
objeto (prevención de naufragios) y que la multiplicidad de Estatutos que se
fundieron en uno solo, el de 1854, han llegado a constituir un escándalo y un
reproche siendo aprobada cada medida por el fracaso de las anteriores. Se declara
a continuación que las pérdidas de vidas y barcos han sido más elevadas desde
1876 que lo fueron anteriormente. Mientras tanto, los gastos de administración
se han elevado de 17 millones de libras anuales a 73 (23). Es sorprendente
cómo, a despecho de un mejor conocimiento, la imaginación se excita con los
medios artificiales que se emplean de tantos modos. Lo observamos a través de
toda la historia humana, desde el tatuaje con que los salvajes asustan a sus
enemigos hasta las ceremonias religiosas y procesiones regias, desde las
vestiduras que ostenta el Speaker. (24), hasta el bastón de un ujier revestido
de uniforme. Recuerdo a un niño que contemplaba con bastante calma una horrible
careta mientras se la tenía en la mano, pero que se alejaba gritando cuando se
la ponía su padre. Semejante cambio de sentimientos se opera en los electores
cuando sus elegidos pasan de los municipios y provinciás a la Cámara
Legislativa. Mientras eran candidatos se les escarnecía y trataba con
desprecio. Tan pronto como se reúnen en Westminster, los que antes eran
acusados de incompetencia y necedad, y acusados por oradores y periodistas,
inspiran una fe ilimitada. A juzgar por las peticiones que se les dirigen, nada
existe que ellos no puedan alcanzar con su poder y su sabiduría.
Se responderá, sin duda, a estas observaciones,
diciendo que no existe nada mejor que guiarse por la sabiduría colectiva, es
decir, que los hombres más selectos de la nación, conducidos por un grupo de
los mejores, apliquen su inteligencia, iluminada por la ciencia actual, a la
resolución de los asuntos con los que se enfrentan. ¿Qué más se quiere?,
preguntarán muchos.
Responderé sosteniendo que esa ciencia con la cual
los legisladores dicen hallarse preparados para cumplir con sus deberes,
constituye un conocimiento en su mayor parte claramente irrelevante y que, por
lo tanto, son culpables de no comprender la clase de conocimiento que podría
aprovecharles. La sabiduría filológica, por la que muchos de ellos se
distinguen, no les ayudará en sus juicios, así como tampoco sus conocimientos
literarios. Las experiencias políticas y las especulaciones procedentes de
pequeñas sociedades antiguas, a través de filósofos que afirman que la guerra
es el estado normal, la esclavitud necesaria y justa, y que las mujeres deben
permanecer en continua tutela, poca ayuda puede proporcionarles en juzgar los
efectos de las leyes parlamentarias en las naciones modernas. Pueden meditar en
las acciones de todos los grandes hombres que, según la teoría de Carlyle, han
formado la sociedad, y pasar años enteros leyendo historias de conflictos
internacionales, traiciones e intrigas, sin estar por esto mucho más cerca de
comprender el cómo y el por qué de las acciones y, de las estructuras sociales
y los modos en que las leyes las afectan. Los conocimientos adquiridos en la
fábrica, en la Bolsa o en el foro, no les proporcionan la preparación necesaria.
Lo que realmente se necesita es un estudio
sistemático de la causación natural, tal como se manifiesta entre los seres
humanos reunidos en sociedad. Aunque una conciencia distinta de la causación es
la última característica que aporta el progreso intelectual; aunque el salvaje
no concibe como tal una sencilla causa mecánica; aunque aun entre los griegos
el vuelo de la fecha se pensara que estaba guiado por los dioses; aunque desde
entonces hasta ahora se han considerado habitualmente las epidemias como de orígen
sobrenatural, y aunque entre los fenómenos sociales, los más complejos de
todos, las relaciones causales tarden más tiempo en conocerse, empero en
nuestros días la existencia de tales relaciones causales ha llegado a ser
bastante clara para infundir en el ánimo de todos los hombres que piensan, el
convencimiento de que antes de intervenir en ellas deben estudiarlas con
cuidado. Los simples hechos, hoy familiares, de que existe una conexión entre
el numero de nacimientos, muertes y matrimonios y el precio del trigo, y que en
la misma sociedad y durante la misma generación la proporción entre el número
de crímenes y la población varía dentro de estrechos límites, debería bastar
para hacer comprender a todos que los deseos humanos, guiados por la inteligencia,
actúan con aproximada uniformidad. Debería deducirse que entre las causas
sociales las iniciadas por la legislación, operando igualmente con una
regularidad media, no deben cambiar las acciones de los hombres solamente sino
sus naturalezas, probablemente de forma no prevista. Debería reconocerse el
hecho de que la causación natural, más que todas las otras, es muy fecunda, y
debería observarse que los efectos indirectos y remotos no son menos
inevitables que los efectos próximos. No quiero decir que se nieguen estas
premisas e inferencias. Pero hay mucha distancia de unas creencias a otras;
unas son sostenidas nominalmente, algunas influyen muy poco en la conducta,
otras influyen irresistiblemente en todas las círcunstancias. Desgraciadamente,
las creencias de los legisladores con respecto a la causación en asuntos
sociales son de una clase superficial. Veamos algunas de las verdades que
admiten todos tácitamente y de las que se hace caso omiso al legislar.
Es un hecho indiscutible que todo ser humano es
susceptible de modificación, tanto física como intelectualmente. Todas las
teorías educativas, todas las disciplinas, desde la del matemático hasta la del
luchador, todas las recompensas para la virtud, todos los castigos infligidos
al vicio, implican la creencia, expresada en multitud de proverbios, de que el
uso o désuso de una facultad corporal o mental, va seguido de un cambio de
adaptación con pérdida o ganancia de fuerza, según los casos.
Existe el hecho, también reconocido universalmente
en sus más extensas manifestaciones, de que las modificaciones de la
Naturaleza, producidas de uno u otro modo, son hereditarias. Nadie niega que la
constitución de los seres se adapta a determinadas condiciones, mediante
sucesivos cambios operados generación tras generación. Un clima que es fatal a
unas razas en nada perjudica a la raza adaptada. Nadie niega que pueblos del
mismo origen que se han desperdigado por regiones distintas y han vivido de un modo
diferente, hayan adquirido en el transcurso del tiempo aptitudes y tendencias
diferentes. Ni que bajo nuevas condiciones se han moldeado nuevos caracteres
nacionales, como lo atestigua el ejemplo de los americanos. Y si nadie niega la
existencia de este proceso de adaptación constante y universal, se concluye
evidentemente en que cada cambio en las condiciones sociales va acompañado de
modificaciones en la adaptación.
Como corolario, puede agregarse que toda ley que
contribuye a alterar las actividades de los hombres -obligándolos,
restringiéndolos o ayudándoles de nuevos modos- los afecta de tal forma, que en
el curso del tiempo su naturaleza se adapta a ellos. Más allá del efecto
inmediato surgido se encuentra el remoto, ignorado por la mayoría, y reformador
del carácter medio. Esta reforma puede ser o no de la clase que se desea, pero
en cualquier caso es el resultado más importante que hay que considerar.
Otras verdades generales que el ciudadano, y aún
más el legislador, deben meditar hasta asimilárselas por completo, se nos
revelan cuando nos preguntamos cómo se produce las actividades sociales, y
cuando reconocemos la evidente respuesta e que son el resultado colectivo de
los deseos individuales y que cada cual procura satisfacer siguiendo el camino
que, según sus hábitos y pensamientos interiores, le parece más fácil, es
decir, siguiendo la línea de menor resistencia. Las verdades de la Economía
política son consecuencia de esta ley.
No es necesario probar que las acciones y
estructuras sociales son el resultado de las emociones humanas guiadas por las
ideas, bien de los ascendientes o de los contemporáneos. La recta
interpretación de los fenómenos sociales se ha de hallar en la cooperación de
tales factores, que se trasmiten de generación en generación. Esto es lo que se
deduce de un modo inevitable.
Esta interpretación nos hace inferir que de los
resultados colectivos de los deseos humanos, han sido más valiosos para el
desenvolvimiento social los deseos que fomentaron la actividad privada y la
cooperación espontánea que los que impulsaron a obrar por medio de la
intervención gubernamental. Si crecen hoy abundantes cosechas donde antes sólo
se recogían bayas silvestres, se debe al intento de lograr satisfacciones
individuales, a través de muchos siglos. El progreso que existe desde una gruta
a una casa confortable, es la consecuencia de los deseos de aumentar el
bieriestar personal. Las ciudades se han creado debido a los mismos estímulos.
La organización comercial, ahora tan extensa y compleja, comenzó en las
reuniones que se celebraban con ocasión de las fiestas religiosas, y se ha
creado enteramente mediante los esfuerzos de los hombres para conseguir sus
fines privados. Los gobiernos han perturbado y entorpecido constantemente su
crecimiento, no favoreciéndolo nunca, exceptó desempeñando las funciones que
les son propias y manteniendo el orden público. Igual ocurre con los avances de
las ciencias y sus aplicaciones, por las que han sido posibles los cambios de
estructura y el aumento de las actividades. No es al Estado a quien se debe la
multitud de inventos útiles, desde la azada al teléfono; no es el Estado quien
ha hecho posible un aumento de la navegación desarrollando la astronomía; no ha
sido el Estado el autor de los descubrimientos en física, química, etcétera,
que sirven de guía a los fabricantes modernos; como tampoco quien ideó las
máquinas para fabricar objetos de todas clases, para transportar a los hombres
y a las cosas de un lugar a otro y para aumentar de mil modos nuestro
bienestar. Las transacciones mercantiles que se extienden al mundo entero, el
abigarrado tránsito que llena nuestras calles, el comercio que pone a nuestro
alcance cuanto necesitamos y nos entrega a domicilio cuanto es preciso para la
vida diaria, no son de origen gubernamental. Son resultado de las actividades
espontáneas de los ciudadanos, separados o en grupos. A estas actividades
espontáneas deben los gobiernos los medios de realizar sus deberes. Prívese al
mecanismo político de estas ayudas que le han prestado la ciencia y el arte;
déjeselo solo con lo que han inventado los funcionarios del Estado, y su vida
cesará pronto. El lenguaje mismo en que manifiesta sus leyes y se dan las
órdenes de sus agentes, no es, ni remotamente, un instrumento que se deba al
legislador. Ha nacido mediante las relaciones de los hombres que perseguían
satisfacciones personales.
Y ahora, una verdad a la que nos introduce la
anterior es que esta organización social espontáneamente formada, se halla tan
ligada en sus partes que no se puede actuar en una sin actuar, más o menos, en
las otras. Se observa esto claramente cuando la escasez de algodón paraliza
primero ciertos distritos industriales, después afecta las operaciones de los
negociantes al por mayor y al detalle en todo el reino así como a los clientes,
y afecta también posteriormente a los fabricantes, distribuidores y compradores
de otros artículos de lana, lino, etcétera. ¡Lo vemos también cuando un alza en
el precio del carbón, además de influir en la vida cotidiana doméstica,
paraliza la mayor parte de nuestras industrias, eleva el precio de los géneros
producidos, restringe su consumo y cambia los hábitos de los consumidores. Lo
que se percibe en los casos citados sucede en todos los demás, sensible o
insensiblemente. Indudablemente, las Actas del Parlamento se hallan entre
aquellos factores que, aparte de sus efectos directos, producen otros efectos
de diferentes clases. Oí decir a un profesor eminente, a quien sus estudios le
dan amplios medios de juzgar en estas cuestiones: Cuando se interfiere el orden
de la Naturaleza, nadie sabe cuál será el resultado definitivo. Y si esto es
cierto en el orden infrahumano de la Naturaleza a que él se refiere, aun lo es
más en el orden de la Naturaleza que existe en las relaciones sociales creadas
por seres humanos.
Y ahora, para fundamentar la conclusión de que el
legislador debería tener en sus asuntos una clara conciencia de éstas y de
otras verdades sobre la sociedad, me permitiré presentar de un modo más
completo, una de ellas que todavía no he mencionado.
La subsistencia de una especie superior de criatura
depende de su adaptación a dos principios radicalmente opuestos. Sus miembros
tienen que ser tratados de modo diverso en su infancia y en su edad adulta. Los
contemplaremos en su orden natural.
Uno de los hechos más familiares es que los
animales de tipo superior, relativamente lentos en alcanzar la madurez, se
hallan más capacitados cuando llegan a ella para ayudar a sus hijos que los
animales inferiores. Los adultos alimentan a sus crías durante períodos más o
menos largos, es decir, mientras éstas son incapaces de bastarse a sí mismas, y
es evidente que la permanencia de la especie sólo puede aségurarse mediante un
cuidado paternal adaptado a las consiguientes necesidades de los hijos. No es
necesario demostrar que el pichón ciego y sin plumas o el cachorrillo, poco
después de haber abierto los ojos, morirían en seguida si tuvieran que obtener
el alimento y calentarse por sí mismos. La ayuda de los padres debe estar en
proporción a la capacidad que el hijo tenga para ayudarse a sí mismo o a los
demás, disminuyendo a medida que, por su desarrollo, adquiere medios de
bastarse a sí mismo primero, y de sustentar a los demás después. Es decir,
durante la infancia los beneficios recibidos están en razón inversa de la
fuerza o destreza del que los recibe. Evidentemente, si durante esta época de
la vida los beneficios estuvieran en proporción a los méritos, o la recompensa
a las cualidades, las especies desaparecerían en una generación.
De este régimen del grupo familiar pasemos a aquel
más extenso formado por los miembros adultos de la especie. Nos preguntamos qué
sucede cuando el nuevo individuo, después de haber adquirido completo uso de
sus fuerzas y cesado la ayuda paterna, es abandonado a sí mismo. Ahora entra en
juego un principio que es opuesto al descrito anteriormente. Durante el resto
de su vida cada adulto consigue beneficios en proporción a su mérito;
recompensas en proporción a sus cualidades. Por cualidades y méritos se entiende
la habilidad para satisfacer todas las necesidades de la vida: conseguir
alimento, asegurarse refugio y escapar de los enemigos. En competencia con los
miembros de su propia especie y en antagonismo con los de otras, degenera y
sucumbe, o prospera y se multiplica, según esté dotado. Evidentemente, un
régimen contrario, si pudiera mantenerse, sería fatal a la especie en el curso
del tiempo. Si los beneficios recibidos por cada individuo fueran
proporcionales a su inferioridad; si, como consecuencia, se favoreciese la
multiplicación de los inferiores y la de los superiores se entorpeciera,
resultaría una progresiva degeneración y estas especies desaparecerían ante
otras más fuertes.
El hecho elocuente, pues, que debe notarse, es que
los procedimientos de la Naturaleza dentro y fuera de la familia, son
diametralmente opuestos unos de otros y que la intromisión del uno en la esfera
del otro sería fatal a las especies, inmediatamente o en el futuro. ¿Cree
alguien que esto no es aplicable a la especie humana? No podrá negar que dentro
de la familia humana, así como dentro de las familias de especies inferiores,
sería desastroso proporcionar los beneficios a los méritos. ¿Puede él asegurar que
fuera de la familia, entre los adultos, no existe una proporción de los
beneficios a los méritos?, ¿pretenderá que no resultará ningún daño si los
individuos mal dotados son puestos en condiciones de prosperar y multiplicarse
tanto o más que los individuos mejor dotados? La sociedad humana, estando con
otras sociedades en relación de lucha o competencia, puede considerarse como
una especie o más literalmente, como la variedad de una especie, y debe ser
cierto de ella, como de otras especies o variedades, que será incapaz de
conservarse en lucha con otras sociedades si se halla en una situación
desventajosa. Nadie puede dejar de ver que si se adoptara y aplicase totalmente
a la vida social el principio de la vida familiar, si los berlefkios obtenidos
estuvieran en razón inversa de los servicios prestados, las consecuencias
serían fatales para la sociedad rápidamente. Y si es así, entonces una
intrusión parcial del régimen de familia en el régimen del Estado debe producir
a la larga resultados funestos. La sociedad, considerada en conjunto, no puede,
sin exponerse a un desastre más o menos lejano, interponerse en la acción de
estos principios opuestos bajo los que cada especie ha alcanzado la aptitud
para el modo de vida que posee y bajo los que la mantiene. He dicho
deliberadamente la sociedad considerada en conjunto porque no intento excluir o
condenar la ayuda que la especie superior presta a la inferior en la esfera
individual. Aunque esta ayuda, concedida con tan poco discernimiento que
fomenta la multiplicación de las especies inferiores, significa daño, sin
embargo, en ausencia de ayuda social, la individual, reclamada en mayor número
de casos que ahora, y asociada a un sentido mayor de la responsabilidad, puede
en general recaer en beneficio de las personas infortunadas en lugar de
favorecer a las que no la merecen, dando lugar también a las ventajas
resultantes del desarrollo de los sentimientos delicados. Pero todo esto puede
admitirse mientras se asegure que debe mantenerse la distinción radical entre
la ética de la familia y la ética del Estado, y que mientras la generosidad
debe ser el principio esencial de aquélla, la justicia debe serlo de ésta. El
mantenimiento riguroso de las relaciones normales entre los ciudadanos, en el
que cada uno gana por su trabajo, especializado o no, físico o intelectual,
tanto como merece, les permitirá prosperar y educar a sus hijos en armonía con
sus aptitudes y merecimientos.
Y sin embargo, no obstante la evidencia de estas
verdades que saltan a la vista de cuantos abandonando sus preocupaciones
contemplan el orden de las cosas en que vivimos, y al que es fuerza someterse,
se aboga continuamente por un gobierno paternal. La intrusión de la ética de la
familia en la ética del Estado, en lugar de ser considerada como socialmente
injuriosa se reclama como el único medio eficaz que conduce al bienestar
público. A tal punto llega hoy esta ilusión que vicia las creencias de los que
deberían estar a salvo de ella. En el ensayo que premió el Cobden Club en 1880,
se dice que la verdad del libre cambio está oscurecida por la falacia del
laissez faire, y se nos dice que necesitamos más intervención de un gobierno
paternal, ese espantajo de los viejos economistas (25).
Vitalmente importante como es la verdad mencionada,
puesto que su aceptación o repulsa afecta a la estructura total de las
conclusiones políticas formadas, se me excusará si insisto aquí citando ciertos
pasajes contenidos en un libro que publiqué en 1851. Sólo ruego al lector que
no me considere ligado a las implicaciones teológicas que contiene. Después de
describir el estado de guerra general que existe entre las especies inferiores
y de demostrar que ocasiona algunos beneficios, continúo:
Nótese, además, que sus enemigos carniceros no sólo
hacen desaparecer de los rebaños de herbívoros a los que están ya torpes por la
edad, sino que también eliminan a los enfermos, a los mal conformados y a los
menos ágiles y fuertes. Merced a este proceso depurativo y a la lucha general
que entre ellos se entabla en la época del celo, se evitan todos los vicios de
la raza por la multiplicación de sus inferiores y se asegura el mantenimiento
de una constitución completamente adaptada al medio, y por consiguiente, la más
apropiada para un mayor bienestar.
El desenvolvimiento de los seres superiores es un
progreso hacia una forma de vida susceptible de una felicidad no limitada por
estos obstáculos. La raza humana debe realizar este fin. La civilización
constituye la última etapa de su cumplimiento. El hombre ideal es aquel en el
que todas las condiciones de esta realización están llenas. Mientras tanto, el
bienestar de la humanidad actual y su progreso hacia la perfección final están
asegurados por esta misma disciplina, benéfica aunque severa, a la que está
sujeta toda la creación animada; disciplina que es implacable cuando se trata
de la consecución del bien; ley en busca de la felicidad que no economiza en
ningún caso sufrimientos temporales y parciales. La pobreza del incapaz, las
angustias que asedian al imprudente, la miseria del holgazán y la derrota del
débil por el fuerte que deja a tantos en las sombras y en la miseria, son los
decretos de una benevolencia inmensa y previsora.
Para acomodarse al estado social, el hombre no sólo
tiene que perder su naturaleza salvaje sino que debe adquirir las facultades
que la vida civilizada exige. Debe desenvolver su poder de aplicación,
modificar su inteligencia en relación con las nuevas tareas que le esperan, y
sobre todo, poseer habilidad para sacrificar pequeñas satisfacciones inmediatas
ante la perspectiva de otras mayores, aunque remotas. El estado de transición
no será, por supuesto, feliz. La miseria es el resultado inevitable de la incongruencia
entre las constituciones y las condiciones. Todos estos males que nos afligen y
que parecen a los ignorantes consecuencia clara de esta o aquella causa fácil
de eliminar, son la secuela inevitable de la adaptación ahora en curso. La
humanidad está siendo comprimida contra las necesidades inexorables de su nueva
posición, está siendo moldeada de acuerdo con ellas y tiene que soportar lo
mejor que pueda los resultados adversos. Debemos sufrir el proceso y aguantar
los sufrimientos. Ningún poder sobre la Tierra, ninguna sagaz medida
legislativa de los hombres de Estado, ningún proyecto para rectificar la
humanidad, ni las panaceas comunistas, ni las reformas que los hombres traen o
traerán a colación, pueden disminuirlas un ápice. Sin embargo, pueden
intensificarlas, y de hecho lo hacen, y al evitar su intensificación el
filántropo hallará amplia esfera para su empeño. Pero el cambio lleva consigo
una cantidad normal de sufrimiento que no se puede reducir sin alterar las
mismas leyes de la vida.
Por supuesto, si la severidad de este proceso puede
mitigarse por la simpatía espontánea de unos hombres por otros, naturalmente
debe hacerse, aunque es incuestionable que sobrevienen daños cuando se
manifiesta esta simpatía sin tener en cuenta las últimas consecuencias. Pero
los inconvenientes que de aquí surgen no significan nada comparados con los
beneficios obtenidos. Solamente cuando la simpatía induce a actos de iniquidad;
cuando ocasiona una intrusión prohibida por la ley de igual libertad para todos;
cuando, por hacerlo así, suspende en alguna dirección particular de la vida la
relación entre las constituciones y las condiciones, en este caso constituye un
mal. Entonces, no obstante, ella misma derrota su propio fin. En lugar de
disminuir el sufrimiento, eventualmente lo aumenta. Favorece la propagación de
aquellos a quienes la vida ocasionará más dolor y cierra sus puertas para los
que traerá más placer. Inflige una miseria real e impide una felicidad
positiva. (Estática social, págs. 322-5 y 380-1, edición de 1851).
El tercio de siglo transcurrido desde que se
publicaron estas páginas no ha dado motivo para que me retracte de la posición
que adopté. Por el contrario, las ha confirmado de manera evidente. Los
favorables resultados de la supervivencia de los más aptos se ha demostrado que
son mucho mayores de lo que yo indicaba. El proceso de la selección natural,
como lo llama Mr. Darwin, cooperando con la tendencia a la variación y a la
herencia de las variaciones, ha mostrado ser la causa principal (aunque yo no creo
que la única) de esa evolución por la que todos los seres vivientes, comenzando
por los más bajos, y desarrollándose en direcciones distintas a medida que
evolucionan, han alcanzado su actual estado de organización y de adaptación a
sus formas de vida. Tan familiar ha llegado a ser esta verdad, que parece
superfluo citarla. Y, sin embargo, es extraño decirlo, ahora que se reconoce
esta verdad por las personas más cultas, ahora que definitivamente han
comprendido los eficaces resultados de la supervivencia de los más aptos, más
que se comprendía en tiempos pasados, ahora, mucho más que nunca en la historia
del mundo, ¡están haciendo todo lo que pueden para favorecer la supervivencia
de los menos aptos!
Pero el postulado de que los hombres son seres
racionales, continuamente incita a deducir consecuencias que a la larga prueban
ser demasiado ambiciosas (26).
Sí, ciertamente; su principio se deriva de la vida
de los brutos , y es un principio brutal. No me persuadiéis de que los hombres
deben vivir bajo la misma disciplina que los animales. No me importan sus
argumentos de historia natural. Mi conciencia me enseña que se debe ayudar al
débil y al desgraciado, y si las personas egoístas no les ayudan, la ley debe
obligarlos. No me digáis que las dulzuras de la amabilidad humana se han de
reservar para las relaciones entre los individuos y que el gobierno debe ser
solamente el administrador de una justicia rigurosa. Todo hombre caritativo
siente que deben evitarse el hambre, el dolor y la miseria, y que si las
instituciones privadas no bastan, se deben establecer organismos públicos.
Tal es la clase de respuesta que espero me den
nueve de cada diez individuos. En algunos de ellos, este modo de pensar es la
consecuencia de un sentimiento de fraternidad tan agudo que no pueden
contemplar las miserias humanas sin una impaciencia que excluye toda
consideración de los resultados remotos. Respecto de la susceptibilidad de los
demás podemos ser, no obstante, un tanto escépticos. Aquellas personas que, hoy
por una cosa y mañana por otra, se irritan si, para mantener nuestros supuestos
intereses nacionales o prestigio nacional, la autoridad no envía rápidamente
unos miles de hombres para ser destruidos o pata que destruyan a otros tantos
de cuyas intenciones sospechamos, o cuyas instituciones juzgamos peligrosas
para nosotros, o cuyo territorio codician nuestros colonos, no pueden ser tan
delicados de sentimientos que el espectáculo de las miserias de los pobres les
sea intolerable. Poca admiración merece la caridad de las personas que exigen
una política destructora de sociedades en vías de progreso y que consideran con
cínica indiferencia la lamentable confusión que acarrea con las consiguientes
muertes y sufrimientos. Los mismos que cuando los boers defendían contra
nosotros su independencia con éxito, se hallaban coléricos porque el honor británico
no se mantenía para vengar una derrota, a costa de una gran mortalidad y
miseria de nuestros soldados y de los contrarios, no es posible que tengan
tanto amor por la humanidad como parece deducirse de sus vivas protestas.
Indudablemente, unida con esa sensibilidad que poseen y que no les permite
mirar con paciencia los dolores ocasionados por la lucha por la vida que se
libra en torno suyo, parecen tener tal endurecimiento, que les hace no sólo
tolerar sino gozarse en el espectáculo de dolores o batallas verdaderas. Así se
observa en la demanda de revistas y periódicos que narran sucesos sangrientos y
en la avidez con que se leen detalles de verdadera carnicería. Podemos
razonablemente dudar de los hombres cuyos sentimientos no pueden soportar las miserias
sufridas, especialmente por los vagos e imprevisores, y que no obstante han
agotado treinta y una ediciones de Las quince batallas decisivas del mundo y en
cuyas descripciones de matanzas se gozan. Aún más extraordinario es el
contraste entre la ternura aparente y la dureza real de los que quisieran
torcer el curso normal de las cosas para evitar un mal inmediato, a costa de
mayores males en el futuro. En otras ocasiones se les oye decir, a despecho de
la muerte y de la efusión de sangre, que en interés de la humanidad se debería
exterminar a las razas inferiores y reemplazarlas por las superiores. De forma,
cosa rara, que ellos no pueden pensar con calma en los males que acompañan a la
lucha por la existencia y que sucede sin violencia entre los individuos en la
sociedad, y sin embargo, contemplan con absoluta impasibilidad esos mismos
males en sus más terribles formas, infligidos por el fuego y la espada, en
comunidades enteras. Me parece que no es muy digna de respeto esta generosa
consideración respecto de los inferiores en nuestro país, acompañada del
sacrificio sin escrúpulos de los inferiores en el extranjero.
Aún menos respetable parece ese interés por
nuestros compatriotas, que contrasta con la absoluta indiferencia hacia quienes
no lo son, cuando observamos sus métodos. Si impulsara a esfuerzos personales
para aliviar a los que sufren sería acreedor a reconocimiento. Merecerían
nuestra entera admiración, si los que alardean de piedad se parecieran a las
personas que, día tras día, y año tras año, dedican gran parte de su tiempo a
ayudar, a aliviar, y ocasionalmente a divertir, a los que por mala suerte, por
incapacidad o mala conducta viven en la miseria. Cuanto mayor sea el número de
hombres y mujeres que contribuyan a que el pobre se ayude a sí mismo, cuanto
mayor sea el número de los que demuestren su caridad directamente y no
recurriendo aun tercero, más nos alegraremos. Pero la mayoría de las personas
que desean mitigar mediante leyes la miseria de los desgraciados e
imprevisores, se proponen llevarlo a cabo, muy poco a costa de sí mismos, en
mayor grado a costa de los demás, y unas veces con su asentimiento pero la
mayor parte sin él. Hay más todavía: las personas a las que se quiere obligar a
que ayuden a los desgraciados, muy a menudo necesitan ellas mismas socorro. Los
pobres que realmente merecen protección se hallan sometidos a gravámenes que
sirven para atender a los pobres que no la merecen. De igual forma que bajo la
antigua Ley de pobres el trabajador previsor y diligente tenía que pagar para
mantener al vago, hasta que finalmente a consecuencia del exceso de impuestos
sucumbía y tenía que refugiarse también en un asilo; así como hoy se admite que
las contribuciones recaudadas en las grandes ciudades para necesidades públicas
se han elevado tanto que no es posible aumentarlas sin imponer grandes
privaciones a los pequeños comerciantes e industriales que a duras penas se
conservan libres del pauperismo (27), así, en todos los casos, la política que
se sigue es tal que intensifica los dolores de la mayor parte de los que
merecen piedad y mitiga los sufrimientos de los que no lo merecen. En suma, los
hombres tan caritativos que no pueden permitir que la lucha por la existencia
acarree sobre las personas despreciables los sufrimientos debidos a su
incapacidad o mala conducta, son tan poco caritativos que pueden, sin dudarlo,
hacer más dura la lucha por la existencia para los hombres de valía e ¡infligir
sobre ellos y sus hijos, males artificiales añadidos a los naturales que tienen
que soportar!
Y volvemos a nuestro tema: los pecados de los
legisladores. Aparece claramente ante nosotros la más corriente de las
trasgresiones que cometen los legisladores, una transgresión tan común y tan
santificada por la costumbre que nadie estima que sea tal. Vemos, como hemos
indicado al principio, que el gobierno nacido de la agresión y para la
agresión, descubre siempre su naturaleza primitiva por su agresividad. Aunque a
primera vista parezca benéfico, sin embargo, existe en él algo de maldad, o
mejor dicho, es bondadoso a fuerza de ser cruel. Pues, ¿no es crueldad aumentar
los sufrimientos de los mejores para evitar los de los peores?
Es realmente maravilloso cómo nos dejamos engañar
por palabras y frases que nos sugieren un aspecto de los hechos dejando en la
oscuridad el opuesto. Un buen ejemplo de esto, y muy pertinente para la
cuestión inmediata, se observa en el uso de las palabras protección y
proteccionismo en contra del libre cambio, y en la tácita admisión por los
librecambistas de la propiedad con que sé utiliza. Uno de los partidos ha
ignorado habitualmente, y el otro no lo ha sabido subrayar, la verdad de que la
así llamada protección siempre significa agresión, y que el nombre de
agresionismo debería sustituirse por el de proteccionismo. Nada es más cierto
que si para mantener la ganancia de A se le prohibe a B comprar a C, o se
impone a B una multa en forma de derechos de entrada si compra a C, es evidente
que se comete una agresión contra B para proteger a A. Indudablemente el título
de agresionismo es más apropiado a los adversarios del libre cambio que el
eufemismo de proteccionismo, puesto que para que un productor gane se defrauda
a diez consumidores.
Ahora bien: la misma confusión de ideas causada por
mirar sólo un aspecto de la transacción, puede observarse en toda la
legislación que se apodera por la fuerza de la propiedad de éste para
proporcionar beneficios gratuitos a aquél. Habitualmente, cuando se discute una
de las numerosas medidas así caracterizadas; el pensamiento dominante es que
debe protegerse al pobre Juan contra cualquier mal. No se piensa que de esta
forma se lastima al infatigable Pedro, a menudo mucho más digno de piedad. Se
exige dinero al revendedor (bien directamente, bien elevándole el alquiler) que
apenas puede vivir, al albañil despedido a causa de una huelga, al mecánico
cuyas economías se están agotando durante una enfermedad, a la viuda que lava y
cose día y noche para mantener a sus hijos. ¡Y todo esto para que no pase
hambre el disoluto, para que los niños de personas menos pobres reciban
lecciones casi gratuitas, y para que muchas personas, generalmente en buenas
condiciones, puedan leer gratis novelas y periódicos! Un error de nombre es en
este caso más funesto que permitir que se llame proteccionismo al agresionismo,
porque como ya hemos demostrado, la protección del pobre vicioso implica la
agresión contra el pobre virtuoso. Sin duda es cierto que la mayor parte del
dinero exigido procede de quienes gozan relativamente de algún bienestar. Sin
embargo, esto no es un consuelo para los desgraciados que aportan lo restante.
Si la comparación se hace entre los gravámenes que soportan las dos clases
respectivamente, el caso es todavía peor de lo que parecía al principio, puesto
que mientras para el rico la exacción signifíca una pérdida de cosas
superfluas, para el pobre significa una pérdida de lon necesario.
Y veamos ahora la Némesis que amenaza seguir este
pecado crónico de los legisladores. Ellos y sus clases, juntamente con todos
los propietarios, se hallan en peligro de sufrir la radical aplicacion del
principio general que se afirma en cada Acta de confiscación del Parlamento.
Pues, ¿cuál es la presunción tácita de que se parte en tales Actas? La
presunción de que ninguno tiene derecho a su propiedad ni aun a lo que gana con
el sudor dé su frente, excepto por permiso de la comunidad. Esta puede restringir
ese derecho, en la medida que estime conveniente. Ningún medio existe de
justificar esta apropiación de lo que pertenece a A para el beneficio exclusivo
de B, a menos de que se admita el postulado de que la sociedad, considerada en
conjunto, posee absoluto derecho sobre las propiedades de cada uno de sus
miembros. Esta doctrina, que hoy se admite tácitamente, está siendo proclamada
de manera abierta. Mr. George y sus amigos, Mr. Hyndman y sus partidarios, la
llevan a sus últimas consecuencias. Se les ha enseñado con ejemplos, cuyo
número aumenta cada año, que el individuo no tiene derechos que la comunidad no
pueda atropellar. Y dicen ahora: La obra será difícil pero mejoraremos la
lección. Y se disponen a atropellar enteramente los derechos individuales.
Los errores legislativos mencionados anteriormente
se explican en gran medida, y su reprobación se atenúa, cuando nos remontamos a
su origen. Tienen su raíz en la errónea creencia de que la sociedad es un
producto fabricado, cuando en realidad es una continua evolución. Ni la cultura
del pasado ni la del presente ha proporcionado a muchas personas una concepción
científica de la sociedad, es decir, una concepció que patentice su estructura
natural en la que todas sus instituciones gubernamentales, religiosas,
industriales, comerciales, etcétera, son interdependientes, estructura que, en
cierto sentido, es orgánica. Si se sostiene esta concepción nominalmente, se
sostiene de un modo insuficiente para que influya en la conducta. Por el
contrario, se piensa generalmente que la humanidad es una especie de masa a la
que el cocinero puede moldear como quiera, en forma de pastel, bollo o tarta.
El comunista cree que el cuerpo político puede ser modelado a voluntad. Muchas
medidas legislativas suponen que las sociedades a las que se impone ésta o
aquella organización las conservarán en lo sucesivo.
Puede indudablemente decirse que incluso no
teniendo en cuenta esta errónea concepción de la sociedad como una materia
plástica, en vez de como un cuerpo organizado, los hechos que a cada hora se
imponen a nuestra atención nos forzarían a ser escépticos con respecto al éxito
de las experiencias con las que se quieren variar las acciones humanas. La
experiencia diaria facilita pruebas, tanto al ciudadano como al legislador, de
que la conducta de los seres humanos engaña a todos los cálculos. Ha renunciado
al pensamiento de gobernar a su mujer y se deja gobernar por ella. Sus hijos a
los que reprende, castiga, persuade, premia, no responden satisfactoriamente a
ningún método, y no puede evitar que la madre los trate de un modo que él juzga
pernicioso. Le ocurre igual en sus relaciones con los criados. Si les riñe o
razona, muy rara vez tiene éxito durante mucho tiempo: la falta de atención, de
puntualidad, de limpieza o, de sobriedad produce cambios constantes. Pese a
esto, las dificultades que encuentra para tratar con cada uno de los miembros
de la sociedad, no las halla para regir a la humanidad en conjunto. Está
completamente seguro de que los ciudadanos, de los que no conoce ni a una
milésima parte ni ha visto a una centésima, y toda la gran masa de los que
pertenecen a clases con hábitos y modos de pensamiento que desconoce, actuarán
como él prevé y cumplirán los fines que desea. ¿No existe una asombrosa
incongruencia entre las premisas y la conclusión?
Podría esperarse que si observaran las
implicaciones de estos fracasos domésticos, o si contemplaran a través de los
periódicos las complicaciones de una vida social demasiado vasta, demasiado
variada incluso para imaginársela, los hombres vacilarían antes de convertirse
en legisladores. No obstante, en esto más que en ninguna otra cosa, muestran
una confianza sorprendente. En ninguna esfera existe tan asombroso contraste
entre la dificultad de la tarea y la escasa preparación de los que la
emprenden. lndudablemente, entre las creencias monstruosas, una de las mayores
es la de que mientras para una sencilla habilidad manual, tal como la de
zapatero, se necesita un largo aprendizaje, ¡éste no es necesario para hacer
las leyes de una nación!
Resumiendo los resultados de la discusión: ¿no
podemos afirmar razonablemente que el legislador tiene ante sí varios
misterios, que no obstante, son tan conocidos que no debieran ser secretos para
quienes han emprendido la vasta y terrible responsabilidad de imponer leyes a
millones y millones de hombres, que si no contribuyen a su felicidad aumentarán
sus miserias y acelerarán sus muertes?
Existe, en primer término, la innegable verdad,
evidente y sin embargo ignorada, de que todos los fenómenos sociales tienen su
origen en los fenómenos de la vida individual humana cuya raíz, a su vez, se
encuentra en los fenómenos vitales en general, de donde resulta que a menos que
estos fenómenos vitales, corporales y mentales, sean caóticos en sus relaciones
(suposición que excluye la continuación de la vida) los fenómenos resultantes
no pueden ser totalmente caóticos. Debe haber algún orden en los fenómenos de
la vida social. Evidentemente, pues, cuando algulen que no ha estudiado este
orden emprende la tarea de regular la sociedad, se halla expuesto a producir
males.
En segundo lugar, y aparte de todo razonamiento a
priori, esta misma conclusión debería imponerse al legislador al comparar las
distintas sociedades. Debería estar claro que antes de intervenir en
particularidades de la vida social, debería investigarse si la organización
social no tiene, acaso, una historia natural, y que para responder a esta
pregunta sería conveniente observar, comenzando por las sociedades más
sencillas, en qué aspectos concuerdan las estructuras sociales. Tal sociología
comparada, muestra una uniformidad sustancial de origen. La existencia habitual
de un caudillo y el origen de su autoridad en la guerra; la aparición en todas
partes del curandero y el sacerdote; la presencia de un culto con idénticos
caracteres fundamentales; los indicios de división del trabajo, visibles desde
antiguo, que se han acentuado gradualmente, y las diversas combinaciones
políticas, eclesiásticas, industriales que aparecen a medida que los grupos se
componen y recomponen por la guerra, prueban rápidamente a quien compara las
sociedades, aparte de diferencias particulares, que poseen semejanzas generales
en los modos como se originan y desenvuelven. Todas presentan rasgos de
estructura que muestran que la organización social tiene leyes superiores a los
deseos individuales y cuyo desconocimiento se paga con el desastre.
En tercer lugar, existe una abundante información
contenida en las recopilaciones legislativas de nuestro propio país, y de
otros, que reclaman más detenidamente nuestra atención. Las tentativas de
diversas clases realizadas, tanto aquí como en otros sitios, por reyes y
hombres de Estado para conseguir el bien que prometían, no sólo han fracasado,
sino que por el contrario han dado lugar a males inesperados. Siglo tras siglo,
medidas semejantes a las antiguas, y otras parecidas en principio, defraudaron
esperanzas y ocasionaron desastres. Y sin embargo, ni los electores ni los
elegidos piensan que haya necesidad de estudiar sistemáticamente las leyes que
en tiempos pasados labraron la desgracia del pueblo intentando conseguir su
bienestar. Ciertamente no posee competencia para ejercer las funciones de
legislador quien carezca de un conocimiento profundo de las experiencias
legislativas que nos ha legado el pasado.
Volviendo ahora a la analogía establecida al
principio, diremos que el legislador será culpable o no culpable moralmente,
según esté informado o no, de estas varias clases de hechos. Un médico que
después de muchos años de estudio ha adquirido una gran competencia en
fisiología, patología y terapéutica, no es criminalmente responsable si se le
muere un enfermo: se ha preparado lo mejor que ha podido y ha actuado con la
mayor buena voluntad. De la misma forma, el legislador cuyas medidas ocasionan
daños en lugar de bienes, no obstante lo extenso y metódico de los
conocimientos que le ayudaron a decidir, sólo puede ser acusado de haber
cometrdo un error de juicio. Contrariamente, el legislador que está muy poco o
totalmente mal informado sobre la gran cantidad de hechos que debe examinar
para que su opinión sobre una ley determinada tenga algún valor; y que no
obstante, contribuye a promulgarla, no puede ser absuelto si dicha ley aumenta
la miseria y la mortalidad, como no puede serlo el mancebo de botica que ocasiona
una muerte con la medicina que por ignorancia prescribe.
Notas
(1) Political Institution, §§ 437. 573.
(2) Ibid. §§ 471-3.
(3) Lanfrey. Véase también: Study of sociology,
pág. 42 y apéndice.
(4) Constitutional History of England, pág. 617.
(5) Lecky, Rationalism, pág. 293-4.
(6) De Tocqueville, The State of Society in France
before the Revolution, pág. 421.
(7) Travels, Young, pàg. 128-9.
(8) History of British Commerce, I., 134.
(9) Ibid, 136-7.
(10) Craik, loc. cit., pág. 317.
(11) Mensch, pág. 225.
(12) The Nineteenth Century, febrero 1883.
(13) The Statistics of Legislation. Bi F.H. Janson,
Esq., F.L.S. Vicepresident of the Incorporated Law Society. (Leído ante la
Society en mayo, 1873).
(14) Fire Surveys; or, a Summary of the Principles
to be observed in Estimating the Risk of Buildings.
(15) Véase el Times del 6 de octubre de 1874, donde
se dan más ejemplos.
(16) The State in its Relation to Trade, por Sir
Thomas Farrer, pág.147.
(17) Ibid, pág. 149.
(18) Hansard, Vol. VI., pág. 718, y Vol. VI., pág.
4464.
(19) Carta de un médico de Edimburgo en el Times
del 17 de enero de 1876, que aduce otros testimonios. Uno que ya había yo
citado sobre Windsor donde, como en Edimburgo, no existía fiebre tifoidea en
los lugares sin alcantarillado, mientras que era fatal en los que habia.
Estudios de sociologia, cap I, notas.
(20) Hablo así, en parte, por experiencia propia:
tengo ahora ante mí, notas tomadas hace veinticinco años sobre resultados que
yo mismo observé. Hechos análogos han sido publicados recientemente por Sir
Richard Cross en The Nineteenth Century de enero de 1884, pág. 155.
(21) Nicholl, History of English Poor Law, pág.
252.
(22) Véase el Times del 31 de marzo de 1873.
(23) En estos párrafos se contienen unos cuantos
ejemplos. Se hallarán gran número de ellos en Social Statics (1851); Over
Legislation (1853); Representative Governement (1857); Specialized
Administration (1871); Study ot Sociology (1873), en el Post scriptum al mismo,
y en otros ensayos más cortos.
(24) Se refiere al funcionario que pretende en la
Cámara de los Comunes. El ritual le impone determinadas vestiduras. Su símbolo
es la maza, llevada por el sergeant at arms cuando entra y sale de la Cámara.
(25) A. N. Cumning, On the Value of Polilical
Economy to Mankind, págs. 47, 48.
(26) La frase de Emerson de que muchas personas no
pueden comprender un principio sino mediante un ejemplo, me induce a citar uno
que convencerá a quienes, en su forma abstracta, no lo entiendan. Raras veces
sucede que se estime el mal causado por alimentar el vicio y la vagancia. Pero
en América, en un congreso celebrado por la State Charities Aid Association el
18 de diciembre de 1874, se citó un elocuente ejemplo por el Dr. Harris.
Ocurrió en un Estado del Hudson superior, notable por el gran número de criminales
y pobres entre la población. Generaciones antes vivió allí una cierta hija del
arroyo, como aquí se la llamaba, conocida por Margaret, que fue la madre
fecunda de una raza prolífica. Además de gran número de idiotas, imbéciles,
borrachos, lunáticos, depauperados y prostitutas el Registro del condado cita
doscientos de sus descendientes que han sido criminales. ¿Existió crueldad o
bondad en permitir que se multiplicaran, generación tras generación, y que
llegaran a constituir una calamidad para la sociedad? -Para más detalles véase
The Jukes: A Stude in Crime, Pauperism, Disease and Heredity. R. L. Dugdale,
Nueva York, Putnams.
(27) Mr. Joseph Chamberlain en, Fortnighthy Review.
Diciembre 1883, pág. 772.
LA GRAN SUPERSTICIÓN POLÍTICA
LA gran superstición política del pasado fue el
derecho divino de los reyes. La gran superstición política del presente es el
derecho divino de los parlamentos. Los santos óleos parecen haber pasado
inadvertidamente de la cabeza de uno a la de muchos, santificándolos a ellos y
también a sus decretos.
No obstante lo absurda que consideremos la más
antigua de estas creencias, debemos admitir que fue más consecuente que la
última. Si retrocedemos al tiempo en que se consideraba al rey como a un dios,
o al que se le creía hijo de un dios, o cuando se le suponia un representante
divino, se comprende que fueran obedecidos sus deseos pasivamente. Cuando, como
durante el reinado de Luis XIV, teólogos de la talla de Bossuet enseñaban que
los reyes eran dioses y participaban, en cierta manera, de la independencia
divina, o cuando se enseñaba, como nuestro propio partido conservador en
tiempos lejanos, que el monarca era el delegado del cielo, es evidente que,
concedida la premisa, la conclusión inevitable era que el poder gubernamental
no tiene límites. Pero para las creencias modernas no existe tal garantía. No,
pretendiendo tener un origen ni una misíón divina el cuerpo legislativo no
puede ofrecernos una justificación sobrenatural, en sus intentos de conseguir
una autoridad ilimitada. Por otra parte, no ha intentado nunca una
justificación natural. Por consiguiente, la creencia en su autoridad ilimitada
carece del carácter lógico que caracterizaba la creencia en el poder absoluto
de los reyes.
Es curioso observar cuan frecuentemente los hombres
continúan sosteniendo de hecho doctrinas que han rechazado en teoría,
conservando su esencia después de haber abandonado la forma. Caryle nos
proporciona un ejemplo de esto en teología, cuando en sus días de estudiante,
abandonando según entonces pensaba, las creencias paternas, arroja la concha y
conserva el contenido. Esto lo prueba el hecho de que por su concepción del
universo, del hombre, y por su conducta continuó siendo uno de los más
fervientes calvinistas escoceses. La ciencia nos facilita igualmente otro
ejemplo en un hombre que fue naturalista en geología y sobrenaturalista en
biología: Sir Charles Lyell. Como principal expositor de la teoría uniformista
en geología prescindió de la cosmogonía de Moisés, y defendió durante largo
tiempo la creencia en especiales creaciones de tipos orgánicos, a las que no se
puede asignar otra fuente que la misma cosmogonía de Moisés. Sólo al final de
su vida se rindió a los argumentos de Mr. Darwin. En política, como se deduce
de lo dicho, tenemos un caso análogo. La doctrina, tácitamente aceptada, común
a los conservadores, a los liberales y a los radicales, de que la autoridad
gubernamental es ilimitada, se remonta a los tiempos en que se suponía que el
legislador era un delegado de Dios. Pervive todavía aunque la admisión de esta
última parte ha desaparecido. ¡Oh, un Acta del Parlamento todo lo puede!, es la
respuesta que se da a un ciudadano que discute la legitimidad de alguna abusiva
interferencia del Estado; el ciudadano enmudece. No se le ocurre preguntar
dónde, cuándo y cómo ha nacido esta pretendida omnipotencia sólo limitada por
imposibilidades físicas. Aquí, nos permitiremos discutirlo. A falta de una
justificación una vez válida lógicamente, de que al dictador en la tierra
siendo un delegado del cielo se le debe sumisión absoluta, permítasenos
preguntar qué razón existe para asegurar el deber de una sumisión absoluta al
poder reinante, ya sea constitucional o republicano, que no deriva su
supremacía del cielo. Es evidente que esta pregunta nos conduce a una crítica
de las teorías pasadas y presentes sobre la autoridad política. El hecho de
renovar cuestiones que se suponen zanjadas desde hace tiempo, parece necesitar
una justificación, pero es suficiente la afirmación ya desenvuelta de que la
teoría comúnmente aceptada está mal fundada o carece de fundamento.
La noción de soberanía es la que primero se nos
presenta, y el examen crítico de esta noción tal como es comprendida por los
que no admiten el origen sobrenatural de la soberanía, nos conduce a los
argumentos de Hobbes.
Admitamos como cierto el postulado de Hobbes de que
durante el tiempo que los hombres viven sin un poder común que los mantenga
atemorizados se hallan en ese estado que se llama guerra ... de uno contra otro
(1), aunque esto no es verdad, puesto que existen pequeñas sociedades no
civilizadas en las que sin un poder común que los mantenga atemorizados los
hombres viven en paz y armonía y mucho mejor que en las sociedades donde existe
tal poder. Supongamos que es también cierto que el poder gubernamental tiene
por origen mantener el orden en la sociedad, aunque habitualmente nazca de la
necesidad de subordinarse a un jefe en la guerra, ya sea ofensiva o defensiva,
y no indique, originaria, necesaria y a menudo ni actualmente ninguna relación
respecto del mantenimiento del orden entre los individuos. Admitamos la
indefendible hipótesis de que para huir de los males de los conflictos
crónicos, que en otros respectos deben continuar entre ellos, los miembros de
una comunidad formen un pacto o contrato por el que se obligan a renunciar a su
primitiva libertad de acción y subordinarse a la voluntad del poder reinante
con el que están de acuerdo (2); y convengamos en que los descendientes se
hallan ligados también para siempre por el contrato de sus antecesores. No objetemos
nada a las premisas de Hobbes, pero pasemos a las conclusiones que deduce.
Dice:
Donde no existe contrato, falta la trasmisión de
derecho y cada hombre tiene derecho a todo; por consiguiente, ninguna acción
puedé ser injusta. Pero cuando se ha pactado un contrato, romperlo es injusto,
y la definición de injusticia no es otra sino: la no ejecución del contrato ...
Por esto, antes de que puedan usarse los nombres de justo e injusto debe
existir algún poder coercitivo que obligue a los hombres al cumplimiento de sus
contratos mediante el temor a un castigo superior al bien que pueden esperar si
rompen la infracción (3).
¿Eran realmente los hombres tan perversos en
tiempos de Hobbes para justificar su hipótesis de que nadie cumpliría sus
compromisos en ausencia de un poder coercitivo y de penas inminentes? En
nuestros días los nombres de justo e injusto se aplican independientemente de
todo poder coercitivo. Podría citar media docena entre mis amigos, que
cumplirían sus compromisos aunque no existiera temor al castigo y para quienes
los mandatos de la justicia serían imperativos, tanto en ausencia de un poder
coercitivo como en su presencia. Notando, sin embargo, que esa hipótesis
injustificada vicia el argumento de Hobbes a favor de la autoridad del Estado y
aceptando sus premisas y conclusiones, hemos de observar dos consecuencias
importantes: una es que la autoridad del Estado así expuesta constituye un
medio para un fin y sólo se justifica por la consecución de éste; si el fin no
se logra, la autoridad, por hipótesis, no existe; la otra es que el fin para el
que existe la autoridad, consiste en la imposición de la justicia, en el
mantenimiento de relaciones equitativas. Ninguna coacción puede ser legitima
sino la que se requiere para evitar agresiones directas y las indirectas que
violan el contrato. Si a esto añadimos la protección contra los enemigos
externos, se comprende en toda ss plenitud la función de la autoridad soberana
implicada por derivación de la teoría de Hobbes.
Hobbes razonaba a favor de la monarquía absoluta.
Su admirador moderno, Austin, intentaba derivar la autoridad de la ley, de la
soberanía ilimitada de un hombre, o de un número de hombres, pequeño o grande
comparado con la comunidad. Austin estuvo primero en el ejército y se ha notado
que pueden observarse permanentes huellas de ello en su libro Province of
Jurisprudence. Cuando sin descorazonarnos por las desesperantes pedanterías,
distinciones, definiciones y repeticiones sin fin, que sólo sirven para velar
la esencia de su doctrina, comprobamos lo que es ésta, se nos hace evidente que
identifica la autoridad civil a la militar, partiendo del principio de que
ambas, respecto de su origen y alcance, son indiscutibles. Para justificar la
ley positiva nos remonta a la soberanía, absoluta del poder que la impone: un
monarca, una aristocracia o la mayoría de hombres que poseen voto en las
democracias, pues también da el nombre de soberano a un cuerpo político de esta
naturaleza, en contraste con el resto de la comunidad que por incapacidad u
otra causa permanece en estado de sujeción. Al afirmar, o más bien, conceder la
autoridad ilimitada del cuerpo político, simple o compuesto, grande o pequeño,
al que llama soberano, no tiene dificultad en deducir la validez legal de sus
decretos, que él llama leyes positivas. Pero así no ha resuelto el problema,
simplemente lo ha hecho retroceder un paso. La verdadera cuestión es ésta: ¿de
dónde proviene la soberanía? ¿En qué se funda la supremacía que asume sobre ios
demás una persona, una minoría o una mayoría? Un crítico diría con razón: No
hay necesidad de ningún razonamiento para derivar la ley positiva de la
soberanía ilimitada: la consecuenciá es bastante clara. Pero primero demostrad
la soberanía absoluta.
No hay respuesta a esta pregunta. Analizad su punto
de partida y la doctrina de Austin demuestra ser tan infundada como la de
Hobbes. En ausencia de un origen divino o de una delegación celestial, ningún
gobernante, esté constituído por una sola persona o por muchas, posee títulos
bastantes para justificar el poder absoluto.
Pero seguramente, se me contestará al punto, existe
el derecho indiscutible de la mayoría, que lo transmite al Parlamento que
elige. Investiguemos el fondo del problema.
El derecho divino de los parlamentos significa el
reconocimiento del derecho divino de las mayorías. La presunción fundamental
que hacen los legisladores y el pueblo, es que la mayoría posee poderes que no
pueden limitarse. Esta es la teoría corriente que todos aceptan sin prueba,
como se acepta un axioma. No obstante, yo creo que la crítica demostrará que
esta teoría necesita una modificación radical.
En un ensayo sobre ética y política de
ferrocarriles, publicado en Edinbutg Review en octubre de 1884, tuve ocasión de
tratar la cuestión relativa a los poderes de la mayoría tomando como ejemplo la
conducta de las compañías públicas, y nada mejor para preparar el camino a las
conclusiones que pretendo deducir, que citar el siguiente párrafo:
En cualesquiera circunstancias, o para cualquier
fin que los hombres cooperen, se sostiene que si surgen diferencias de
opiniones entre ellos, la justicia exige que prevalezca la opinión de la
mayoría. Esta regla se supone uniformemente aplicable sin tener en cuenta lo
que se discute. Tan grande es esta convicción y tan poco se ha meditado sobre
su ética, que a la mayoría causaría asombro la simple expresión de una duda.
Sin embargo, basta un breve análisis para demostrar que tal opinión no es, en
suma, más que una superstición política. Es fácil hallar ejemplos que prueban,
por reductio ad absurdum que el derecho de la mayoría es un derecho puramente
condicional, válido únicamente dentro de determinados límites. Citemos algunos.
Supongamos que en la sesión general de una asociación filantrópica se acuerda
no sólo auxiliar a los pobres, sino costear propaganda anticatólica. ¿Podrían
utilizarse para este fin los fondos de los católicos que se han unido a la
organización con intenciones puramente caritativas?
Supongamos que la mayoría de los socios de una
biblioteca, pensando que en las actuales circunstancias el ejercicio del tiro
es más importante que la lectura, decide cambiar el propósito de la asociación
y aplicar los fondos existentes a la adquisición de balas, pólvora y blancos.
¿Ligaría esta resolución a la minoría?
Imaginemos que bajo la impresión de noticias
llegadas de Australia la mayoría de una Sociedad de propietarios agrícolas,
determinara no sólo partir todos para buscar oro sino utilizar sus capitales
reunidos para la compra del equipo necesario. ¿Seria justa para la minoría esta
usurpación de la propiedad? ¿Deberían unirse a la expedición? Acaso ni una sola
persona respondería afirmativamente a la primera de estas cuestiones, y mucho
menos a las otras. ¿Por qué? Porque todo el mundo comprende que por el mero hecho
de asociarse a otros, nadie puede con justicia ser obligado a actos enteramente
extraños al propósito para el que se unieron. Cada una de estas minorías podría
decir a los que intentan coaccionarlos: Nos hemos asociado con vosotros para un
fin definido; damos dinero y tiempo para su realización; en todas las
cuestiones que han surgido nos hemos sometido a la decisión de la mayoría pero
respecto de otras cuestiones no estamos de acuerdo y no nos conformaremos. Si
nos inducís a unirnos a vosotros con un fin determinado y después acometéis
otro distinto, obtenéis nuestro apoyo falsamente, pues excedéis los límites del
pacto para el que nos unimos. Desde este momento no nos consideramos ligados a
vuestras resoluciones. Ciertamente, ésta es la única interpretación racional
del asunto. El principio general en que descansa el recto gobierno de toda
asociacion, es que sus miembros se obligan recíprocamente a someterse a la
voluntad de la mayoría en todos los asuntos concernientes a la realización del
objeto para que se unieron, pero no en otros. Sólo dentro de estos límites
puede mantenerse el contrato. Como implica su misma naturaleza, las partes
contratantes deben saber sus obligaciones, y como los que se asocian para un
objeto determinado no pueden tener presentes todos los fines no especiticados
que a la sociedad le es dado proseguir, se sigue que el contrato suscrito no
puede extenderse a tales fines. Y si no existe coptrato, tácito o expreso,
entre la asociación y sus miembros con respecto a fines no específicos,
entonces la coerción de la mayoría sobre la minoría para emprenderlos no es
sino una burda tiranía.
Naturalmente, si existe tal confusión de ideas
respecto de los poderes de la mayoría donde un contrato previo limita
tácitamente aquellos poderes, todavía debe ser mayor la confusión donde no ha
habido tal contrato. No obstante, los principios son los mismos. Insisto otra
vez en la proposición según la cual los miembros de una sociedad se hallan
ligados, severamente a someterse a la voluntad de la mayoría en todos los
asuntos concernientes a la realización del objeto para el que se unieron, pero
no para otros. Y sostengo que esto es aplicable lo mismo a una nación que a una
compañía.
Sí, pero como no existe contrato -se replicará- por
el que los miembros de una nación se han unido, como tampoco hay una
especificación de propósitos para los que se formara, ni nunca la hubo, por
consiguiente no existen límites y el poder de la mayoría es absoluto.
Evidentemente, debe admitirse que la hipótesis de
un contrato social, en la forma ideada por Hobbes y Rousseau carece de
fundamento. Es más, hay que admitir que aun suponiendo realizado tal contrato
no podría obligar a los descendientes de los contratantes. Por otra parte, si
alguien dice que en ausencia de las limitaciones de poderes que podría implicar
un contrato no hay nada que impida a la mayoría imponer su voluntad a la
minoría por la fuerza, debemos asentir a condición de admitir a su vez que si la
justificación de la mayoría es la fuerza, entonces la superior fuerza de un
déspota respaldado por un gran ejército también está justificada. Pero nos
desviamos del problema. Lo que aquí buscamos es una garantía más alta, para que
la minoría se subordine a la mayoría, que la que surge de la incapacidad de
resistir a la coacción material. Incluso Austin, a pesar de sus deseos para
establecer la autoridad indiscutible de la ley positiva, y de asumir como
fuente de esta autoridad una soberanía absoluta de cualquier clase, monárquica,
aristocrática, constitucional o popular, se ve obligado en último término a
reconocer un límite moral a su acción sobre la comunidad. Mientras insiste,
desenvolviendo su teoría, en que un cuerpo soberano originándose en el pueblo es
legalmente libre para reducir su libertad política voluntariamente; concede que
un gobierno puede ser dificultado por moralidad positiva al redutir la libertad
política que deja o concede a sus súbditos (4). De aquí, pues, que tengamos que
hallar, no una justificación material sino una justificación moral para el
supuesto poder absoluto de la mayoría.
En seguida se me objetará: Por supuesto; en
ausencia de cualquier acuerdo, con las limitaciones que implica, el gobierno de
la mayoría es ilimitado porque es más justo que prevalezca el criterio de la
mayoría que el de la minoría. Esta objeción parece muy razonable hasta que se
la refuta. Podemos oponerle la proposición irrebatible de que, en ausencia de
acuerdo, la supremacía de la mayoría sobre la minoría no existe en absoluto. La
cooperación de cualquier género es la fuente de estos poderes y obligaciones de
mayoría y minoría, y en ausencia de cualquier acuerdo para cooperar, tales
poderes y obligaciones no existen.
En apariencia, el argumento nos lleva aun callejón
sin salida. En las actuales condiciones no parece posible asignar ningún origen
moral a la soberanía de la mayoría o a la limitación de su soberanía. Pero
reflexionando, podemos resolver la dificultad. Pues si, prescindiendo de todo
acuerdo hipotético para cooperar, nos preguntamos cuál es el que conseguiría
hoy en la práctica completa unanimidad, obtendremos una respuesta categórica y
una justificación suficientemente clara para el gobierno de la mayoría dentro
de cierta esfera, pero no más allá de ésta. Observemos, ante todo, algunas
limitaciones que aparecen inmediatamente.
Si se preguntara a todos los ingleses si estarían
de acuerdo en cooperar para la enseñanza de la religión y conceder a la mayoría
el derecho de fijar las creencias y la forma de culto, se contestaría con un
enérgico ¡No! por la mayor parte de ellos. Si, proponiéndose restablecer las
antiguas leyes suntuarias, se preguntara si se someterían respecto de la moda y
calidad de sus vestidos a la voluntad de la mayoría, casi todos ellos
contestarían negativamente. De igual forma, si (veamos una cuestión actual) se
consultara al pueblo acerca de si aceptaría la resolución de la mayoría con
respecto a las bebidas que había de tomar, la mitad o tal vez más, diría que
no. Análogamente con respecto a otras muchas acciones que la mayor parte de los
hombres consideran hoy día como puramente privadas. Cualquier deseo de cooperar
para ejecutar o regular tales acciones estaría lejos de ser unánime.
Evidentemente, pues, si la cooperación social tuviera que comenzar por nosotros
mismos y fuera preciso especificar previamente los fines comunes, habría una
gran parte de la conducta humana respecto de la que se declinaría la
cooperación, y en esta esfera, por consiguiente, sería ilegítima cualquier
autoridad que la mayoría quisiera ejecutar sobre la minoría.
Volvamos ahora a la cuestión contraria. ¿Para qué
fines estarían de acuerdo todos los hombres en cooperar? ¿Cuáles son las
aspiraciones de la sociedad y de sus miembros? ¿Son universalmente válidos los
derechos de la comunidad contra los individuales? Por el contrario, ¿posee el
individuo derechos válidos contra la comunidad? El juicio formado sobre estos
puntos, fundamenta toda la estructura de las convicciones políticas formadas y
más especialmente de las que conciernen a la esfera propia del gobierno. Aquí,
pues, me propongo resucitar una antigua controversia con la esperanza de lograr
una conclusión diferente de la que está de moda.
Dice el profesor Jevonsen su obra The State in
relation to Labour: El primer paso que debemos dar, consiste en desembarazar
nuestra mente de la idea de que en materias sociales existen derechos
ábstractos. De igual carácter es la creencia expresada por Mr. Metthew Arnold
en su artículo sobre la propiedad literaria: Un autor no tiene derecho natural
a la propiedad de su producción. Pero entonces tampoco lo tiene a cualquier
otra cosa que pueda producir o adquirir (5). También leí, hace poco, en un
semanario, de gran reputación, que explicar una vez más que no existe cosa tal
como derecho natural sería un alarde de filosofía. Y el punto de vista
expresado en estos extractos lo es corrientemente por estadistas y
jurisconsultos en tales términos, que sólo las masas inconscientes son capaces
de otro tanto. Quizá se hablaría con menos dogmatismo si se reflexionase que
existe en el continente toda una escuela de juristas que mantiene una creencia
diametralmente opuesta a la de la escuela inglesa. La idea del Natur-recht
(derecho natural), es la idea base de la jurisprudencia alemana. Ahora bien:
sea cualquiera la opinión que se tenga sobre la filosofía alemana en conjunto,
nadie puede considerarla como superficial. Una doctrina corriente en un pueblo
que se distingue entre todos los demás por sus infatigables investigadores, no se
debería eliminar como si sólo fuera una ilusión popular. Pero no insistimos.
Junto con la proposición negada en las citas hechas, se afirma una
contraproposición. Veamos cuál es y lo que resulta cuando se examinan e
investigan sus fundamentos.
Retrotrayéndonos a Bentham, hallamos esta
contraproposición claramente expresada. Nos dice que el gobierno cumple su
misión creando derechos que confiere a los individuos: derechos de seguridad
personal, de protección al honor, de propiedad, etcétera (6). Si esta doctrina
se afirmara como consecuencia del derecho divino de los reyes, no existiría en
ella nada manifiestamente ilógico. Si procediera del antiguo Perú donde el Inca
era la fuente de donde todo mana (7); o de Shoa, Abisinia, donde el rey es dueño
absoluto de bienes y personas (8); o de Dahomey, donde todos los hombres son
esclavos del rey (9), estaria justificada. Pero Bentham, lejos de ser un
absolutista como Hobbes, escribió en favor del gobierno popular. En su
Constitutional Code (10), establece que la soberanía reside en el pueblo,
arguyendo que es mejor conceder el poder soberano a la mayor parte posible de
aquellos cuya felicidad constituye su propio objeto porque esta proporción es
más adecuada que cualquier otra que se pueda proponer para la consecución del
fin que se persigue.
Obsérvese ahora lo que sucede cuando combinamos
estas dos doctrinas. El pueblo soberano designa a sus representantes y crea al
gobierno; el gobierno así creado, crea, a su vez, derechos y los confiere a los
miembros del pueblo soberano que le dió origen. ¡He aquí una obra mestra de
sofistería política! Mr. Matthew Arnold, sosteniendo en el artículo ya citado
que la propiedad es creación de la ley nos previene del fantasma metafísico de
la propiedad en sí. Seguramente, entre los fantasmas metafísicos el más espectral
es éste que supone que ¡se puede obtener una cosa creando un agente que crea la
cosa y después la confiere a su propio creador! Desde cualquier punto de vista
que la consideremos, la proposición de Bentham es incomprensible. El gobierno,
dice, cumple su misión creando derechos. Dos significados se pueden dar a la
palabra crear. Puede entenderse como la producción de algo de la nada, o bien
proporcionar forma y estructura a algo preexistente. Hay muchos que piensan que
la producción de la nada es imposible, incluso para un ser omnipotente.
Probablemente nadie asegurará que la creación de algo de la nada está dentro de
la competencia de un gobierno humano. La segunda alternativa es que el gobierno
crea solamente en el sentido de modelar algo que ya existía. En este caso la
cuestión es: ¿Que es lo preexistente que modela? Evidentemente, la cuestión
gira por entero sobre la pa1abra crear, que produce una ilusión en el lector
poco atento. Bentham era muy escrupuloso en la propiedad de sus expresiones, y en
su Book of Fallacies dedica un capítulo a los términos equívocos. Es curioso
que él mismo nos muestre un ejemplo de la extraviada creencia a que puede dar
lugar un término equívoco.
Pero ahora prescindamos de estas imposibilidades
intelectuales y busquemos una interpretación más seria del punto de vista de
Bentham.
Puede decirse que la totalidad de poderes y
derechos existen originariamente como un todo indiviso en el pueblo soberano y
que este todo indiviso se confía, como diría Austin, al poder reinante nombrado
por el pueblo para que los distribuya. Si, como hemos visto, la afirmación de
que los derechos se crean es simplemente una figura retórica, entonces el único
sentido inteligible de la opinión de Bentham es que una multitud de individuos
que quieren satisfacer sus deseos y poseen todos los medios de satisfacerlos,
así como autoridad sobre las acciones individuales, nombra un gobierno, el cual
declara los modos y condiciones en que se debe actuar para obtener lo que se
apetece. Veamos lo que esto implica. Existen en cada hombre dos aspectos. Como
individuo está sometido al gobierno, y como miembro de la sociedad es parte del
pueblo soberano que nombra al gobierno. Es decir, en el primer caso se le
conceden derechos y en el segundo los concede él, por medio del gobierno que ha
contribuído a nombrar. Concretemos esta exposición abstracta en una concreta y
veamos lo que significa. Supongamos que la comunidad consiste de un millón de
hombres que, por hipótesis, no sólo son copartícipes propietarios de la región
que habitan sino también de todas las libertades de acción y apropiación, no
reconociéndose otro derecho a todo, que el de la misma comunidad. ¿Qué se sigue
de esto? Cada individuo, no poseyendo nada del producto de su propio trabajo,
posee, como una unidad en el cuerpo soberano, una millonésima parte del prodUcto
del trabajo de los demás. Esta es una conclusión inevitable. Como el gobierno,
según la teoría de Bentham, no es más que un agente, los derechos que confiere
son los que le han sido confiados por el pueblo soberano. Siendo esto así, el
pueblo soberano debe poseer estos derechos en block antes de que el gobierno,
para cumplir su mandato, los confiera a los ciudadanos, y cada individuo tendrá
una millonésíma parte de estos derechos como miembro de la sociedad, mientras
que carecerá de ellos como persona privada. Estos derechos sólo los alcanza el
individuo cuando el millón de personas se unen para concedérselos, ¡en tanto
que él ha de unirse a los demás para concedérselos a cada miembro del millón!
De manera que, de cualquier modo que lo
interpretemos, la proposición de Bentham nos sume en un cúmulo de absurdos.
Pero los discípulos de Bentham, aun ignorando la
opinión opuesta de los juristas alemanes, e incluso sin un análisis que les
hubiera mostrado lo insostenible de su propia doctrina, deberían haber tratado
con menos ligereza la teoría de los derechos naturales. En efecto, diferentes
grupos de fenómenos sociales unidos, prueban que esta doctrina está bien
fundamentada, y no así la suya.
Existen tribus en varias partes del mundo, que
muestran que antes de la aparición del gobierno, la conducta era regulada por
la costumbre. Los Bechuanas obedecen a costumbres conocidas desde tiempo
inmemorial (11). Entre los hotentotes koranna que solamente toleran a sus jefes
más que obedecerlos (12), cuando los antiguos usos no lo prohiben, cada hombre
actúa como es justo según su criterio (13). Los araucanos se guían por
costumbres antiguas o convenciones tácitas (14). Entre los Kirghizes, los
juicios de los ancianos se basan en costumbres universalmente reconocidas (15).
De los Dyaks, Rajah Brooke nos dice que la costumbre parece simplemente haberse
convertido en ley: la violación de la costumbre se castiga con una multa (16).
Tan sagradas son las costumbres inmemoríales para el hombre primitivo, que
nunca sueña con discutir su autoridad, y cuando aparece el gobierno, su poder
es limitado por ellas. En Madagascar, la palabra del rey sólo es admitida
cuando no existe ley, costumbre o algún precedente (17).
Raffles nos dice que en Java las costumbres del
país restringen (18) la voluntad del soberano. También en Sumatra el pueblo no
permite a sus jefes alterar sus antiguas costumbres (19). Ocasionalmente, como
ocurrió entre los Ashantee, el intento de modificar ciertas costumbres
determinó el destronamiento del rey (20). Ahora bien: entre las costumbres que
consideramos pregubernamentales y a las que se subordina el mismo poder
gubernamental, se encuentran las que reconocen ciertos derechos individuales,
derechos para actuar de cierto modo y para poseer ciertas cosas. Incluso donde
el reconocimiento de la propiedad está menos desarrollado, existen propietarios
de armas, herramientas y objetos de adorno personal, y generalmente este
reconocimineto se extiende a más objetos. Entre los indios norteamericanos
Snakes, que no poseen gobierno, existe propiedad privada de caballos. Los
Chippewayans, que no poseen gobierno regular, la caza apresada en trampas
particulares la consideran propiedad privada (21). Hechos análogos sobre
cabañas, utensilios y otros objetos personales podrìamos citar como prueba
entre los Ahts, comanches, esquimales e indios brasileños. En varios pueblos
incivilizados, la costumbre ha establecido el derecho a la cosecha crecida en
el campo que se ha roturado, aunque no al campo mismo. Los Todas, que carecen
de organización política, hacen una distinción semejante entre la posesión del
ganado y de la tierra. Las palabras de Kolff respecto de los pacíficos Arafuras
aumentan la evidencia. Los Arafuras reconocen el derecho de propiedad en el más
completo sentido de la palabra, sin que exista más autoridad entre ellos que
las decisiones de sus mayores, de acuerdo con las costumbres de sus antepasados
(22).
Pero aun sin buscar pruebas entre los pueblos
salvajes, nos bastan las que nos proporcionan las primeras etapas de los
civilizados. Bentham y sus seguidores, parecen olvidar que nuestro derecho
común es principalmente una fusión de las costumbres del reino. No se ha hecho
sino dar forma definitiva a lo que ya existía. Así, el hecho y la ficción se
oponen exactamente a lo que ellos alegan. El hecho es que se reconocía la
existencia de la propiedad antes de la aparición de la ley. La ficción es que
la propiedad es creación de la ley.
Consideraciones de otro orden habrían bastado a
detenerlos si hubieran estudiado definitivámente lo que significaban. Si fuera
cierto, como alega Bentham, que el gobierno cumple su cometido creando derechos
que confiere a sus miembros, entonces no se observaría uniformidad en los
derechos conferidos por gobiernos distintos. En ausencia de una causa
determinante que regulase sus decisiones habría muchas probabilidades contra
una de que no correspondiesen entre sí. Ahora bien: existe una gran
correspondencia. Dondequiera que miremos, observamos que los gobiernos prohiben
las mismas clases de agresiones y reconocen idénticos derechos. Prohiben el
homicidio, el robo y el adulterio, manifestando con ello que los ciudadanos
deben poseer determinadas garantías. A medida que la sociedad progresa; se
protegen derechos individuales menos importantes y se imponen castigos por la
violación de contratos, difamación, falso testimonio, etcétera. En una palabra,
las comparaciones nos prueban que los diversos códigos difieren en detalles
mientras se elaboran, pero concuerdan en sus fundamentos. ¿Qué prueba esto? No
puede atribuírse a la casualidad esta coincidencia. Concuerdan, porque la
pretendida creación de derechos consiste únicamente en la sanción formal, y en
una mejor definición de los derechos y reconocimientos de derechos que se
originan de los deseos individuales de los hombres que viven en sociedad.
La sociología comparada revela otro grupo de hechos
que implican lo mismo. Con el desenvolvimiento social llega a ser un deber del
Estado no sólo sancionar formalmente los derechos individuales sino también
defenderlos contra los agresores. Antes de que exista un gobierno permanente, y
en muchos casos, después que se ha desarrollado, los derechos del individuo son
afirmados y mantenidos por él mismo o por su familia. Como entre las tribus
salvajes de hoy, entre los pueblos civilizados del pasado y aún en ciertas
regiones poco adelantadas de la Europa actual, el castigo de un asesinato es
asunto privado: el deber sagrado de vengar la sangre derramada se trasmite a
los parientes. Del mismo modo, el individuo o su familia, reivindican
personalmente en las sociedades primitivas las agresiones sobre la propiedad y
demás ofensas de cualquier clase que sean. Pero a medida que la organización
social avanza, el poder ccentral asegura de un modo más efectivo la seguridad
personal de sus miembros, de sus posesiones y, hasta cierto punto, el
cumplimiento forzoso de las obligaciones contraídas. Exclusivamente ocupado en
su origen de defender la sociedad contra otras, o en atacarlas, el gobierno ha
venido a desempeñar, cada día más, la función de defender a los individuos unos
contra otros. Basta recordar los días en que los hombres habitualmente llevaban
armas, o tener en cuenta la mayor seguridad conseguida para la persona y la
propiedad, merced a la mejor organización policíaca, en nuestro propio tiempo,
o notar la facilidad con que se cobran las deudas pequeñas, para observar que
cada día se considera más obligado al gobierno a garantizar a cada individuo la
libre persecución de los fines de la vida, dentro de los límites que le imponen
las aspiraciones de los demás hombres. En otras palabras, simultáneamente con
el progreso social no sólo existe un reconocimiento más completo de lo que
llamamos derechos naturales, sino también una más eficaz protección de ellos
por el Estado: el gobierno está llegando a ser, de un modo cada día más
acentuado, un servidor de estos prerrequisitos esenciales para el bienestar
individual.
Otro cambio más significativo ha acompañado a éste.
En las primeras épocas, al mismo tiempo que el Estado fracasaba en proteger a
los individuos contra la agresión, se convierte él mismo en agresor por muchos
conceptos. Las sociedades antiguas que progresaron lo suficiente para dejar
recuerdos, y que fueron conquistadoras, nos muestran por todas partes las
huellas de su régimen militar. Así como para organizar debidamente un ejército,
los soldados, absolutamente disciplinados, deben actuar con independencia sólo
cuando se lo ordenen, del mismo modo para una efectiva organización de la
sociedad los ciudadanos deben subordinarse individualmente. Los derechos
privados desaparecen ante el interés público, y el individuo pierde gran parte
de su libertad de acción. Una consecuencia es que el sistema de regimientos,
organizándose en la sociedad, lo mismo que en el ejército, causa una
reglamentación minuciosa de la conducta. Las prescripciones del jefe, sagradas
porque las atribuyen a un antecesor divino, no están limitadas por ninguna
concepción de la libertad individual, y regulan las acciones de los hombres
incluso en los menores detalles, desde la clase de alimentos que se han de
comer y el modo de prepararlos hasta los adornos de los vestidos, la forma de
la barba, recolección de los granos, etcétera. Este absoluto control que se
observa en las antiguas naciones orientales, existió también en gran medida
entre los griegos y fue llevado a su punto culminante en la militarizada
Esparta. Análogamente, durante los tiempos medievales en Europa, época
caracterizada por un continuo estado de guerra y determinadas formas e ideas
políticas, apenas existió límite alguno a la interferencia gubernamental.
Estuvieron regulados detalladamente el comercio, la agricultura, las manufacturas;
se impusieron prácticas y creencias religiosas, y los gobernantes decían
quiénes podían llevar pieles, usar plata, publicar libros, poseer palomares,
etc., etc. Pero unido al incremento de las actividades industriales y la
implícita sustitución del régimen de contrato por el régimen de Estado y con la
acentuación del espíritu de solidaridad, hubo (hasta la reciente reacción hacia
el Estado militar) una disminución de la interferencia en los actos
individuales. La legislación cesó gradualmente de regular las labores del
campo, de dictar la proporción entre el ganado y la cantidad de tierra, de
especificar los modos de fabricación y los materiales que debían usarse, de
establecer precios y jornales, de interferir los vestidos y juegos (excepto los
de envite), de poner trabas y multas a las importaciones y exportaciones,
prescribir las creencias de los hombres, políticas o religiosas, de prohibir
las asociaciones y la libertad de viajar. Es decir, que el derecho del
ciudadano para obrar libremente se impuso a las pretensiones del Estado para
controlarlo. En tanto que el gobierno ha aumentado la ayuda al individuo para
impedir intrusiones en su vida privada, él mismo se ha retirado de esta esfera,
o en otros términos, ha restringido su intervención.
Pero todavía no hemos observado todas las clases de
hechos que revelan la misma verdad. Lo evidencian las mejoras y reformas de la
misma ley, así como las admisiones y afirmaciones de sus autores. Ya en el
siglo XV, dice el profesor Pollock, hallamos un juez declarando que en un caso
no previsto por las ordenanzas conocidas, jurisconsultos y canonistas señalan
una nueva regla de acuerdo con la ley de naturaleza que es el fundamento de
todas las leyes: el Tribunal de Westminster puede y hará lo mismo (23). Por
otra parte, nuestro sistema de equidad, introducido y desenvuelto para suplir
las deficiencias de la ley común, o para rectificar sus injusticias, se funda
en un reconocimiento de los derechos individuales que existen aparte de toda
garantía legal. Los cambios que hoy experimenta la ley de vez en cuando, a
pesar de cierta resistencia, lo son en el sentido de conseguir mayor justicia
según las ideas corrientes, ideas que en lugar de derivarse de la ley son
opuestas a la ley. Por ejemplo, el Acta reciente que reconoce a la mujer casada
la propiedad de sus ganancias, se originó evidentemente en el convencimiento de
que la conexión natural entre el trabajo y el beneficio debe mantenerse en
todos los casos. La ley reformada no creó el derecho, sino que el reconocimiento
del derecho ha originado la reforma de la ley.
De manera, que evidencias históricas de cinco
clases diferentes nos enseñan que aun confusas como son las nociones populares
sobre el derecho, e incluyendo una gran parte que debería excluirse, sin
embargo, proyectan la sombra de una verdad.
Réstanos ahora considerar la fuente original de
esta verdad. Hablé anteriormente de un secreto conocido, y es que todos los
fenómenos sociales, si los analizamos a fondo, nos conducen a las leyes de la
vida, siendo imposible comprenderlos si no nos referimos a dichas leyes.
Traslademos, pues, esta cuestión de los derechos naturales, de la política a la
ciencia, a la ciencia de la vida. El lector no necesita alarmarse: nos bastarán
sus hechos más sencillos y claros. Contemplaremos primero las condiciones generales
de la vida individual y luego las condiciones generales de la vida social. De
unas y otras se deduce el mismo veredicto.
La vida animal implica pérdida; la pérdida debe
compensarse; esta compensación requiere nutrición. A su vez la nutrición
presupone obtención de alimentos. El alimento no puede obtenerse sin facultades
de aprehensión y para que estas facultades puedan lograr sus fines debe existir
libertad de movimiento. Si se encierra a un mamífero en un espacio reducido, o
se atan sus miembros o se le quita el alimento que pueda procurarse, se causará
su muerte, si se persiste en cualquiera de estos procedimientos. Pasado cierto
punto, la imposibilidad de satisfacer estas necesidades es fatal. Todo esto que
se sostiene acerca de los animales en general, se puede aplicar también al
hombre.
Si adoptamos el pesimismo como un credo y con él la
consecuencia que implica de que siendo la vida en general un mal se debería
poner fin a ella, entonces no existe garantía ética para los actos mediante los
cuales se mantiene la vida. Toda la cuestión se derrumba. Pero si aceptamos el
punto de vista optimista, o del progreso; si decimos que la vida proporciona
más placer que dolor, o que está en vías de que así ocurra, entonces estas
acciones por las que se mantiene la vida están justificadas y la libertad de
cumplirlas tiene razón de ser. Los que sostienen que la vida es valiosa,
sostienen implícitamente que no debe entorpecerse a los hombres en el ejercicio
de las actividades necesarias a su sostenimiento. En otras palabras, si se dice
que es justo que las ejecuten, entonces, recíprocamente, tenemos que admitir
que poseen derecho para ejecutarlas. Evidentemente, la concepción de los
derechos naturales se origina en el reconocimiento de la verdad de que si la
vida es justificable debe existir una justificación para el cumplimiento de los
actos esenciales a su conservación, y por consiguiente, una justificación para
las libertades y derechos que hacen tales actos posibles.
Pero ésta es una proposición carente de carácter
ético, siendo cierta de las criaturas distintas del hombre. Carácter ético
surge sólo con la distinción entre lo que el individuo puede hacer al ejecutar
las actividades precisas para el sostenimiento de su vida y lo que no puede
hacer. Esta limitación resulta evidentemente de la presencia de otros hombres.
Entre los que están en contacto inmediato, o incluso separados, los actos de
los unos pueden interferirse con los de los otros, y si es imposible demostrar
que alguien puede hacer lo que desee sin limitación y en cambio otros no, hay
que admitir necesariamente una limitación mutua. La forma no ética del derecho
para lograr fines se convierte en forma ética cuando se reconoce la diferencia
entre los actos que pueden realizarse sin transgredir estos límites y los que
no pueden realizarse.
Esta conclusión que es cierta a priori, se ve
confirmada a posteriori cuando estudiamos los actos de los pueblos no
civilizados. En su forma más vaga, la limitación mutua de las esferas de acción
y las ideas y sentimientos consiguientes, se observa en las relaciones de unos
grupos con otros. Habitualmente se establecen ciertos límites al territorio
dentro del cual cada tribu obtiene su modo de vida y estos límites, cuando no
son respetados, se defienden. Entre los Wood-Veddahs, que carecen de organización
política, los clanes pequeños poseen sus respectivas porciones de selva y estas
demarcaciones convencionales son siempre respetuosamente reconocidas (24). De
las tribus sin gobierno de Tasmania se nos dice que sus terrenos de caza
estuvieron siempre delimitados y a los invasores se les atacaba (25). Y, de un
modo manifiesto, las luchas causadas entre las tribus por mutuas intrusiones en
los territorios acaban a la larga por fijar límites precisos y sancionarlos. Lo
que ocurre con cada territorio, sucede con cada grupo de habitantes. Un
asesinato cometido en uno, atribuido erróneamente o con razón a alguien en
otro, exige el sagrado deber de lavarlo con sagre y aunque las represalias se
perpetúen, evitan, sin embargo, nuevas agresiones. Causas semejantes han
producido efectos análogos en las primeras épocas de las sociedades civilizadas
en las que las familias o clanes fueron, más que los individuos, las unidades
políticas y durante las cuales cada familia o clan tenía que defenderse y
defender sus posiciones contra los demás. Estas mutuas restricciones que surgen
entre pequeñas comunidades, aparecen igualmente entre los individuos en cada
comunidad y las ideas y costumbres que son propios de la una lo son también de
la otra. Aunque dentro de cada grupo exista siempre la tendencia por parte del
más fuerte a agredir al débil, sin embargo, en la mayoría de los casos sirve de
freno la conciencia de los males resultantes de una conducta agresiva.
En todas partes, entre los pueblos primitivos, a
las ofensas se responde con ofensas. Turner dice de los Tanneses: El adulterio
y otros crímenes se contienen por miedo a la ley del más fuerte (26). Fitzroy
nos cuenta que los patagones si no molestan ni ofenden a sus vecinos no tienen
que temer nada de los otros (27). La venganza personal es el modo de castigar
la injuria. Leemos de los Uaupes que poseen muy pocas leyes pero que se atienen
estríctamente a la de ojo por ojo, diente por diente (28). Y es obvio, que la
lex talionis tiende a establecer una distipción entre lo que cada miembro de la
comunidad puede ejecutar sin riesgo y lo que no puede; y consecuentemente a dar
sanciones para algunos de estos actos aunque no para otros. Schoolcraft dice
que los Chippewayans: Aunque no tienen un gobierno regular, como cada hombre es
señor de su propia familia, se hallan más o menos influídos por ciertos
principios que redundan en beneficio general (29). Uno de los principios
mencionados es el reconocimiento de la propiedad privada.
Que la limitación mutua de actividades origina las
ideas y sentimientos que implica la frase derechos naturales, se nos muestra
distintamente por las pocas tribus pacíficas que sólo tienen un gobierno
nominal o ninguno en absoluto. Además de los hechos que manifiestan el
escrupuloso cuidado que se guarda hacia los derechos ajenos entre los Todas,
Santals, Lepchas, Bodo, Chakmas, Jakuns, Arafuras, etcétera, puede citarse que
los salvajes Wood-Veddahs, carentes totalmente dé organización social,
consideran inconcebible que alguien pueda apoderarse de lo que no le pertenece,
herir a su compañero, o decir algo que no es verdad (30). Resulta, pues, claro
del análisis de las causas y de la observación de los hechos, que mientras el
elemento positivo del derecho de efectuar las actividades necesarias para el
sostenimiento de la vida se origina en las leyes de la vida, el elemento
negativo que le da carácter ético se origina de las condiciones creadas por la
agregación social.
Tan distante se halla de la verdad, indudablemente,
la pretendida creación de derechos por el gobierno que, por el contrario,
habiendo precedido más o menos claramente los derechos al gobierno, el
reconocimiento del derecho se oscurece a medida que el gobierno se desenvuelve
paralelamente a la actividad militar, que por la captura de esclavos y el
establecimiento de jerarquías produce el Estado. El reconocimiento de derechos
adquiere precisión a medida que el régimen militar cesa de ser permanente y el poder
gubernamental declina.
Cuando volvemos de la vida de los individuos a la
sociedad, se nos ofrece la misma enseñanza.
Aunque el mero instinto de sociabilidad induce a
los hombres primitivos a vivir en grupos, sin embargo, el impulso principal
nace de la experiencia de las ventajas que se derivan de la cooperación. ¿En
qué condiciones surge la cooperación exclusivamente? Es evidente que a
condición de que los que unen sus esfuerzos alcancen ventajas por hacerlo así.
Si, como en los casos más sencillos, se unen para conseguir algo que cada uno
por si mismo no puede, o que puede lograrlo con menos facilidad, debe ser bajo
el tácito supuesto de que partirán el beneficio (como cuando un grupo se dedica
a la caza), o que si uno recoge todo el beneficio ahora (como si se construye
una choza o se rotura un terreno) los otros alcanzarán beneficios equivalentes
a su debido tiempo. Cuando en lugar de unir sus esfuerzos para ejecutar la
misma cosa, efectúan diferentes (cuando nace la división del trabajo con el
consiguiente cambio de productos), el acuerdo implica que cada uno, en
devolución de lo que posee con exceso, logre un equivalente aproximado de lo
que necesita. Si él entrega lo uno y no alcanza lo otro, rechazará las futuras
proposiciones de cambio que se le hagan. Habrá un retroceso a aquel estado
primitivo en que cada cual lo hace todo por sí mismo. De aquí que la posibilidad
de la cooperación depende del cumplimiento del contrato, tácito o expreso.
Ahora bien: todo esto que observamos que se debe
mantener desde el primer paso hacia la organización industrial por la que la
vida social se sostiene, debe mantenerse, con más o menos intensidad, durante
su desarrollo. Aunque el tipo militar de organización, con su sistema de status
creado por la guerra permanente, oscurece en grado sumo estas relaciones de
contrato, sin embargo, deben subsistir por necesidad. Se respetan entre los
hombres libres y entre los jefes de aquellos pequeños grupos que forman las unidades
de las sociedades primitivas, y en cierta medida se mantienen dentro de los
mismos grupos, puesto que su supervivencia como tales implica el reconocimiento
de las aspiraciones de sus miembros, incluso siendo esclavos, a que en
devolución por su trabajo se les proporcione alimento, vestidos y protección. Y
cuando con la decadencia de la guerra y el crecimiento del comercio la
cooperación voluntaria reemplaza cada vez más a la obligatoria, el desarrollo
de la vida social fundada en cambios estipulados, suspendida durante cierto
tiempo, se restablece gradualmente. Este restablecimiento hace posible la
extensión y el perfeccionamiento de la vida industrial por los que se sostiene
una gran nación.
El progreso es grande y la vida social activa
cuando no se dificultan los contratos y se cumplen escrupulosamente. Los
perniciosos efectos de la violación de un contrato no se experimentan sólo por
uno u otro de los individuos que lo contraen. En las sociedades avanzadas, las
consecuencias alcanzan a clases enteras de productores y distribuidores que se
han formado a causa de la división del trabajo, y en ocasiones las sufren
todos. Pregúntese bajo qué condición se dedica Birmingham a fabricar quincalla,
o parte de Staffordshire a la cerámica, o Lancashire al tejido de algodón.
Pregúntese cómo la población rural que aquí cultiva los cereales y allí
apacienta los ganados halla posible ocuparse con su especial tarea. Estos
grupos pueden actuar así, sólo si alcanzan de los otros, a cambio de sus
productos excedentes, determinadas materias que necesitan. Cuando no se
efectúan estos cambios directamente se hacen indirectamente por medio del
dinero y si examinamos cómo se procura cada uno el dineto que necesita, hallamos
que por medio de contrato. Si Leeds fabrica lanas y no recibe, por cumplimiento
de contrato, los medios de obtener de los distritos agrícolas la cantidad de
alimentos que necesita, morirá de hambre y cesará de producir lanas. Si el sur
de Gales funde hierro y no puede procurarse las telas indispensables para
vestir, su industria cesará. Y así siempre, en general y en particular. Esta
mutua dependencia de las partes que se observa en la organización social y en
la individual, es sólo posible a condición de que mientras cada parte ejecuta
la clase particular de trabajo a que se adapta, reciba una parte proporcional
de las materias que necesita para rehacerse y prosperar, materias que son
producidas por las otras partes. Esta proporción se establece mediante pacto.
Además, el cumplimiento del contrato establece el equilibrio entre los
productos y las necesidades, haciendo que se fabriquen muchos cuchillos y pocas
lancetas., se produzca mucho trigo y poca mostaza. Sirve de freno a una
producción excesiva la consideración de que pasada cierta cantidad nadie querrá
aceptar más, debiendo entregar la cantidad equivalente de dinero. De esta
manera se evita un gasto inútil de trabajo, dejando de producir lo que la
sociedad no necesita.
Por último, debemos notar el hecho todavía más
significativo de que la única condición mediante la que un grupo de
trabajadores puede aumentar los productos de su industria cuando la comunidad
los necesita, es que los contratos sean libres y se garantice su cumplimiento.
Si, cuando por falta de materias, Lancashire no pudo proporcionar la cantidad
acostumbrada de géneros de algodón, se hubiera intervenido en los contratos, de
tal modo que hubiera impedido a Yorkshire exigir un precio más elevado por la lana
que debía fabricar a causa de la gran demanda, no habría habido estímulo para
acrecentar el capital dedicado a las fábricas, ni el número de máquinas y
obreros empleados, ni la fabricación. La consecuencia habría sido que la
comunidad sufriría por no poder reemplazar el deficiente algodón por la lana
extra. Los graves perjuicios que se pueden ocasionar a una nación si se impide
a sus miembros contratar entre sí libremente, se han visto bien en el contraste
entre Inglaterra y Francia con respecto a los ferrocarriles. En Inglaterrá,
aunque al principio se levantaron obstáculos por las clases predominantes en la
legislatura, sin embargo, estos obstáculos no pudieron impedir a los
capitalistas que invirtieran su dinero, a los ingenieros que ofrecieran una dirección
eficaz, a los contratistas que emprendieran obras; y el alto interés que
alcanzarow las acciones, las grandes ganancias que lograron los contratistas y
las elevadas remuneraciones recibidas por los ingenieros produjeron una
corriente de dinero, energía y habilidad mediante la cual prosperó en grado
sumo nuestro sistema de ferrocarriles, dando lugar a un gran desarrollo de
nuestra prosperidad nacional. Cuando M. Thiers, entonces ministro de Obras
Públicas, vino a examinar nuestros ferrocarriles, dijo a Mr. Vignoles al
despedirse: No creo que los ferrocarriles convengan a Francia (31). Como
consecuencia, se siguió una política de obstrucción de los libres contratos y
esto originó un retraso de ocho o diez años en el progreso material que
experimentó Francia cuando se construyeron los ferrocarriles.
¿Qué significan todos estos hechos? Significan que
para una actividad próspera de las industrias, ocupaciones y profesiones que
mantengan y ayuden la vida de la sociedad, deben existir, en primer lugar,
pocas restricciones sobre las libertades individuales para celebrar contratos,
y en segundo lugar, que su cumplimiento sea obligatorio.
Como hemos visto, las restricciones que surgen
naturalmente a cada una de las acciones de los hombres cuando se asocian, son
tan sólo las que resultan de su limitación mutua, y como consecuencia no pueden
resultar restricciones en los contratos que libremente acuerdan. Interferirlos
es interferir los derechos de la libertad de acción que corresponde a cada uno
cuando se reconocen los derechos de los otros totalmente. Y entonces, como
hemos visto, la garantía de sus derechos implica el cumplimiento forzoso de los
acuerdos contraídos, puesto que un rompimiento de contrato es una agresión
indirecta. Cuando un comprador pide al comerciante del otro lado del mostrador
un objeto que vale un chelín, y mientras éste vuelve la espalda aquél
desaparece con el objeto sin dejar el chelín que tácitamente se comprometió a
entregar, su acto no, difiere esencialmente del robo. En cualquier caso
semejante, el individuo lesionado se ve privado de algo que poseía sin recibir
el equivalente convenido. Ha gastado su trabajo sin obtener beneficio, y ha
sido infringida una condición esencial para el mantenimiento de la vida.
Resulta, pues, que reconocer y hacer cumplir los derechos de los individuos, es
al mismo tiempo reconocer y garantizar las condiciones para una normal vida social.
En ambos casos se trata de una necesidad vital.
Antes de pasar a los corolarios que tienen
aplicaciones prácticas, observemos cómo las conclusiones especiales deducidas
convergen en una conclusión general prefigurada originariamente, examinadas en
orden inverso.
Hemos hallado que el prerrequisito para la vida
individual es, en un doble sentido, el prerrequisito para la vida social. La
vida de una sociedad, en cualquiera de los dos sentidos que se conciba, depende
del maritenimiento de los derechos individuales. Si no es nada más que la suma
de las vidas de los ciudadanos, esta implicación es obvia. Si consiste en la
multiplicidad de actividades váriadas que los ciudadanos llevan a cabo en mutua
dependencia, esta vida compuesta e impersonal será más o menos intensa según
los derechos individuales sean reconocidos o negados.
El estudio de las ideas y de los sentimientos
éticopoliticos de los hombres conduce a conclusiones análogas. Los pueblos
primitivos de tipos diferentes nos muestran que antes que exista el gobierno,
costumbres inmemoriales reconocen los derechos privados y justifican su
mantenimiento. Los códigos nacionales, que se han desenvuelto con independencia
unos de otros, están de acuerdo en prohibir ciertas transgresiones de personas,
bienes y libertades de los ciudadanos, y sus concordancias implican, no una fuente
artificial de los derechos individuales, sino una fuente natural. Junto con
este desenvolvimiento social la ley formula de un modo cada vez más elaborado y
preciso los derechos preestablecidos por la costumbre. Al mismo tiempo, el
gobierno tiende a aumentar los medios de que se ejecuten con todas las
garantías. A medida que ha llegado a ser un protector más eficaz, el gobierno
es menos agresivo, y ha disminuido de modo cada día más acentuado su intrusión
en la esfera de los actos humanos privados. En conclusión, así como en tiempos
pasados se modificaron las leyes para adaptarlas a las ideas normales de
equidad, así hoy los reformadores legislativos se inspiran también en ideas de
equidad que no se derivan de la ley sino a las que la ley tiene que acomodarse.
Aquí, pues, tenemos una teoría políticoética
comprobada por el análisis y la historia. ¿Qué tenemos contra ella? Una
contrateoría a la moda que demuestra ser injustificada. Por una parte, mientras
hallamos que la vida individual y social implica un mantenimiento de la
relación natural entre el trabajo y el beneficio, encontramos también que esta
relación natural, reconocida antes de la existencia del gobierno, se ha
afirmado y reafirmado a sí misma recibiendo plena sanción de los códigos y
sistemas éticos. Por otra parte, las personas que negando los derechos
naturales afirman que estos derechos son creados artificialmente por la ley, no
sólo son desmentidos rotundamente por los hechos sino que su aserción se
destruye a sí misma: las tentativas para fundamentar esta teoría, cuando se les
pide una prueba, los envuelve en toda clase de absurdos.
No es esto todo. El restablecimiento de una
concepción popular vaga, en una forma definida de base científica, nos conduce
a un punto de vista racional entre los deseos de las mayorías y las minorías.
Resulta claro que las cooperaciones en las que todos pueden unirse
voluntariamente, y en cuya ejecución el deseo de la mayoría debe prevalecer,
son cooperaciones para mantener las condiciones que se requieren para 1a vida
individual y social. La defensa de la sociedad en conjunto contra un enemigo
externo, tiene por fin remoto mantener a cada ciudadano en posesión de los
medios que precisa para satisfacer sus deseos y de garantizar su libertad para
aumentarlos. Y la defensa de cada ciudadano contra enemigos internos, desde los
asesinos hasta los que causan molestias a sus vecinos, persigue claramente el
mismo fin, un fin deseado por todos, excepto por el criminal y el
revolucionario. Se sigue de aquí que para la defensa de este principio vital,
tanto de la vida social como de la individual, es legítima la subordinación de
la minoría a la mayoría, y en tanto no implique nada más, es un requisito
indispensable para una mejor protección de la propiedad y la libertad humana.
Al mismo tiempo se sigue que tal subordinación no es legítima más allá de este
límite, puesto que si implica una agresión mayor sobre el individuo de lo que
se requiere para protegerlo, significa una violación del principio vital que
trata de defender.
Volvemos otra vez a la proposición de que el
pretendido derecho divino de los parlamentos, y el supuesto derecho divino de
las mayorías, son supersticiones. En tanto que los hombres han abandonado la
vieja teoría respecto de la fuente de la autoridad estatal, han conservado la
creencia en lo ilimitado de esta autoridad que era inherente a la antigua
teoría pero que lógicamente no acompaña a la nueva. El poder absoluto sobre los
súbditos, atribuído razonablemente al gobernante cuando se le creía un representante
de Dios, se atribuye ahora a todo el cuerpo gubernativo al que nadie concede
que posea esta delegación divina.
Se nos opondrá probablemente que las discusiones
sobre el origen y los límites de la autoridad gubernamental son meras
pedanterías. El gobierno, tal vez digan, está obligado a utilizar todos los
medios que tiene, o pueda tener, para conseguir una mayor felicidad general. Su
fin debe ser la utilidad y está autorizado para emplear las medidas que sean
precisas para conseguir fines útiles. El bienestar del pueblo es la ley
suprema, y los legisladores no deben desobedecer esta ley en virtud de
consideraciones sobre el origen y la extensión de su poder. ¿Es esto una razón,
o por el contrario, se puede refutar?
La cuestión esencial que surge es la relativa a la
verdad de la teoría utilitaria tal como se sostiene corrientemente, y la
respuesta que daremos es que, como vulgarmente se sostiene, es falsa. Las
máximas de los moralistas utilitarios y los actos de los politicos, que
consciente o inconscientemente se inspiran en ellas, suponen que la utilidad ha
de determinarse directamente por una sencilla inspección de los hechos
inmediatos y la estimación de los resultados probables. Mientras que el
utilitarismo, rectamente entendido, implica que se adopten como guía las
conclusiones generales que ofrece el análisis de la experiencia. Los resultados
buenos y malos no pueden ser accidentales sino que deben ser las consecuencias
necesarias de la constitución de las cosas. Y es cuestión de la Ciencia Moral
deducir, de las leyes de la vida y de las condiciones de la existencia, qué
clases de actos tienden necesariamente a producir felicidad, y cuáles a
producir desgracia (32). La especulación utilitaria común, como la política
práctica común, demuestra una inadecuada conciencia de la causación natural. El
pensamiento habitual es que en ausencia de algún impedimento claro, las cosas
se pueden hacer de este u otro modo; nadie se pregunta si al obrar así se está
en acuerdo o conflicto con la marcha natural de las cosas.
Las discusiones precedentes han mostrado, según
creo, que los dictados de la utilidad, y por consiguiente los propios actos de
los gobiernos no pueden fundarse en un exámen superficial de los hechos y en lo
que prima facie parezcan significar. Han de establecerse por deducción y
referencia a hechos fundamentales. Estos hechos fundamentales a los que todos
los juicios racionales de utilidad deben volver, son los hechos en que consiste
la vida y las determinadas actividades que la mantienen. Entre los hombres
reunidos en sociedad, estas actividades llegan a limitárse mutuamente de un
modo necesario y se ejecutan por todos dentro de los límites naturales y no más
allá. La conservación de estos límites se convierte en la función del agente
que regula la sociedad. Se mantiene el principio de la vida individual y de la
vida social cuando cada uno, teniendo libertad para usar sus facultades dentro
de los límites que le imponen las de los otros, obtiene de sus asociados por
sus servicios tanto como es merecedor en comparación con los servicios de los
otros, naturalmente si los contratos normalmente cumplidos proporcionan a cada
uno su parte determinada y se les asegura en sus bienes y personas para
satisfacer sus necesidades con sus ganancias. Además, se mantiene el principio
vital del progreso social de tal modo, que en tales condiciones los individuos
más valiosos prosperan y se multiplican más que los menos valiosos. Resulta,
pues, que la utilidad, no como empíricamente se estima sino como se determina
racionalmente, prescribe este mantenimiento de los derechos individuales y
prohibe los que puedan contrariarlos.
Alcanzamos, pues, el término supremo de la
intervención legislativa. Reducida a su más baja forma, cada proposición para
interferir las actividades de los ciudadanos, más que para garantizar sus
limitaciones mutuas, significa la pretensión de mejorar la vida violando las
condiciones fundamentales de ella. Cuando se impide a algunos comprar cerveza
por temor de que otros se embriaguen, los legisladores prejuzgan que resultará
más bien que mal con esta intervención en la relación normal entre la conducta y
las consecuencias, lo mismo a los pocos intemperantes que a los numerosos
morigerados. Un gobierno que destina parte de las rentas de la mayoría del
pueblo a enviar a las colonias a los que no han prosperado en Inglaterra, o a
edificar mejores viviendas para obreros, o a fundar bibliotecas públicas y
museos; etcétera, admite que no sólo próximamente, sino en el futuro, resultará
un aumento en la felicidad general por el hecho de transgredir un requisito que
le es esencial: la facultad de que cada uno goce de los medios de felicidad que
sus actos le procuren pacíficamente. En otros casos no permitimos que la
inmediato nos ciegue con respecto a lo remoto. Cuando instituimos el carácter
sagrado de la propiedad privada contra los ladrones, no atendemos a si el beneficio
que obtiene un hombre hambriento robando pan de una tienda, es más grande o no
que el daño causado al panadero. Consideramos, no los efectos especiales sino
los efectos generales que se producirían si la propiedad estuviera insegura.
Pero cuando el Estado impone más cargas a los ciudadanos, o restringe aún más
sus libertades, consideramos sólo los efectos próximos y directos e ignoramos
los indirectos y remotos que se originan cuando se multiplican estos atropellos
de los derechos individuales. No vemos que por acumulación de pequeñas
infracciones, las condiciones necesarias de la vida, tanto individual como
social, se cumplen tan imperfettamente que la vida decae.
La decadencia es visible cuando se llevan las cosas
al extremo. Cualquiera que estudie, en las obras de MM. Taine y de Tocqueville,
el estado de cosas que precedió a la revolución francesa, observará que la
tremenda catástrofe procedió de tan excesiva reglamentación de las acciones de
los hombres en todos sus detalles, y de tan enorme aprovechamiento del producto
de sus actos para sostener al gobierno, que la vida llegó a ser imposible. El
utilitarismo empírico de aquel tiempo, como el de hoy, difiere del utilitarismo
racional en que cada caso sucesivo contemplaba únicamente los efectos de
interferencias particulares en las acciones de clases particulares de hombres,
e ignoraba los efectos producidos por la multiplicidad de tales ingerencias en
la vida de los hombres en general. Y si preguntamos qué causa hizo posible este
error, entonces y ahora, encontraremos que es la superstición política de que
el poder del gobierno está sujeto a límites.
Cuando aquella divinidad que rodeaba al rey, y que
ha dejado un reflejo en torno de la corporación que ha heredado su poder, haya
desaparecido; cuando se empiece a ver claramente que, en una nación gobernada
por el pueblo, el gobierno es simplemente un organismo administrativo, se verá
también que tal organismo carece de intrínseca autoridad. La conclusión
inevitable será que la autoridad le es dada por los que lo nombran y posee los
límites que ellos le imponen. De acuerdo con esto se deduce que las leyes promulgadas
no son en sí mismas sagradas, sino que todo el carácter sagrado que tienen se
debe enteramente a una sanción ética, sanción ética que, como vemos, se deriva
de las leyes de la vida humana que se desarrollan dentro de las condiciones
sociales. Surge como corolario, que cuando no tienen esta sanción ética carecen
de carácter sagrado y pueden rectamente ser discutidas.
La función del liberalismo en el pasado consistió
en limitar el poder de los reyes. La función del verdadero liberalismo en el
futuro será limitar al poder de los Parlamentos.
Notas
(1) Hobbes, Collected Works, vol. III., págs.
112-13.
(2) Ibíd., pág. 159.
(3) Ibid., págs. 130-1.
(4) The Province of Jurisprudence Determined
(segunda edición), pág.241.
(5) Fortnightly Review, 1880, vol. XXVII, pág. 322.
(6) Bentham's Works (Bowring's edition), vol. I.,
pág. 301.
(7) Prescott, Conquest of Peru, bk. I., ch.I.
(8) Harris, Highlands of Aetiopia, II., 94.
(9) Burton, Mission to Gelele, King of Dahome, I.,
pág. 226.
(10) Bentham´s Works, vol. IX., pág. 97.
(11) Burchel, W. J., Travels into Interior of
Southern Africa, Vol. 1, pág. 544.
(12) Arbousset and Daumas, Voyage of Exploration,
pág. 27.
(13) Thompson, G. A., Travels and Adventures in
Southern Africa, Vol. II, pág. 30.
(14) Thompson, G. A., Alcedo´s Geographical and
Historical Dictionary of America, Vol. I, pág. 405.
(15) Mitchell, Alex, Siberiam Overland Route, pág.
248.
(16) Brooke, Ten years in Sarawak, Vol. I, pág.
129.
(17) Ellis, History of Madagascar, Vol. I, pág.
277.
(18) Raffles, Sir T. S., History of Java, Vol. I,
pág. 274.
(19) Marsden, W., History olf Sumatra, pág. 217.
(20) Beecham, J., Ashantee and the Gold Coast, pág.
90.
(21) Schoolcraf, H. R., Expedition to the sources
of the Mississipi River, Pág. 177.
(22) Earl´s Kolff´s Voyage of the Dogma, pág. 161.
(23) The Methods of Jurisprudence: An lntroductory
Lecture at University College, London, 31 de octubre de 1882.
(24) Tennant, CeyJon, An Account ot the Island,
pág. 440.
(25) Bonwick, J., Daily Life and Origin of the
Tasmanians, pág. 83.
(26) Polynesia, pág. 86.
(27) Voyages of the Adventure and Beagle, pág. 167.
(28) Wallace, A. R., Travels on Amazon and Río
Negro, pág. 499.
(29) Schoolcraft, Expedition to the Sources of the
Mississipi, Cap. V.
(30) B. F. Hartshorne, Fortnightly Review, marzo de
1876. Véase también: H. C. Sirr, Ceylon and the Ceylonese, pág. 210.
(31) Addres of C. B. Vignoles, Esq., F.R.S. on his
Election as President of the lnstitution of Civil Engineers, Session 1869-70.
(32) Data of Ethics, 21. Véase también 56-62.
POST SCRIPTUM
¿Debo esperar que estas doctrinas encuentren
considerabIe aceptación? Deseo decir que sí, pero desgraciadamente varias
razones me obligan a pensar que solamente aquí o allí algún solitario ciudadano
modificará su credo político. De estas razones existe una que da origen a todas
las otras.
Esta razón esencial es que las restricciones del
poder gubernamental, dentro de los límites asignados, e incompatible totalmente
con el tipo militar de sociedad es parcialmente incompatible con el
semiindustrial, semimilitar que caracteriza hoy a todas las naciones avanzadas.
En cada estadío de la evolución social debe existir un acuerdo sustancial entre
las prácticas y las creencias -creencias reales, quiero decir, no meramente
nominales-. La vida puede avanzar solamente por la armonía entre los pensamientos
y los actos. O la conducta obligada por las circunstancias modifica las
creencias de modo que dicha armonía exista, o las creencias transformadas
modificarán al fin la conducta.
De aquí que si el mantenimiento de la vida social
bajo una serie de condiciones exige extrema subordinación a un jefe y entera fe
en él, se establecerá la teoría de que la subordinación y la fe son
convenientes, incluso obligatorias. Inversamente si, bajo otras condiciones, no
es necesario durante más tiempo la sujeción de los ciudadanos al gobierno para
la existencia de la vida nacional; si por el contrario, la vida nacional gana
en extensión y calidad a medida que los ciudadanos ganan en libertad de acción,
ocurrirá una progresiva modificación de su teoría política con el resultado de
disminuir su fe en la acción del gobierno y aumentar su tendencia a discutir la
autoridad gubernamental y conduciéndolos en la mayoría de los casos a resistir
el poder del gobierno: implicando, eventualmente, la establecida doctrina de la
limitación.
Por consiguiente, no debe esperarse que la opinión
vulgar sobre la autoridad gubernamental se modifique en gran extensión, en la
actualidad. Pero tratemos más profundamente la cuestión.
Evidentemente, el éxito de un ejército depende en
grado sumo de la fe de los soldados en su general: la desconfianza en su
capacidad los paralizará en la batalla. Una absoluta confianza en él les hará
cumplir su cometido con energía y coraje. Si, como en el tipo militar de
sociedad normalmente desarrollado, el jefe en la paz y el líder en la guerra
son una y la misma persona, esta confianza en él se extiende desde la acción
militar a la civil, y la sociedad, en gran medida identificada con el ejército,
aceptará de buena gana sus decretos como legislador. Aun donde el jefe civil,
cesando de ser jefe militar, ejerce su generalato por medio de un
representante, no desaparece la fe tradicional que en él se tiene. Ocurre igual
con la buena voluntad para obedecer. En igualdad de circunstancias, un ejército
de soldados insubordinados fracasa ante otro mas disciplinado. Es mas verosímil
que alcancen el triunfo en la batalla los soldados cuya obediencia a su jefe es
perfecta y rápida, que los que desatienden las órdenes que se les encomiendan.
Igual que en el ejército ocurre en la sociedad; el éxito en la guerra depende
en gran parte de la sumisión a la voluntad del jefe, que reúne hombres y dinero
cuando se necesitan y ajusta toda conducta a sus necesidades.
Por supervivencia del más apto, el tipo militar de
sociedad se caracteriza por una fe profunda en el poder gobernante, unida a una
leal sumisión a él en todos los aspectos. Así, pues, se tiende por los que
especulan sobre asuntos políticos en una sociedad militar a establecer una
teoría que formule las ideas y sentimientos necesarios y que afirme a la vez
que el legislador, si no de naturaleza divina, está dirigido por Dios y que la
obediencia absoluta que se le debe está ordenada por la divinidad.
Un cambio en las ideas y en los sentimientos que
han llegado a ser característicos de la forma militar de organización, puede
producirse solamente donde las circunstancias favorecen el desarrollo de la
forma industrial de organización. Fundada en la cooperación voluntaria, en
lugar de la obligatoria, la vida industrial como la conocemos nosotros, habitúa
a los hombres a obrar con independencia, los impulsa a hacer respetar sus
propias libertades a la vez que ellos respetan las ajenas, fortalece la conciencia
de los derechos personales y los induce a resistir los excesos del control
gubernamental. Pero como las circunstancias que convierten las guerras en menos
frecuentes se desenvuelven con lentitud, y como las modificaciones de
Naturaleza, causadas por la transición de una vida predominantemente militar a
una vida predominantemente industrial, se producen poco a poco, sucede que los
antiguos sentimientos e ideas dan lugar a otros nuevos pero solamente por
pequeños grados. Y hay muchas razones que explican por qué la transición no
solamente es, sino que debe ser, gradual. He aquí algunas:
En el hombre primitivo y en el hombre poco
civilizado no existe el carácter preciso para una extensa cooperación
voluntaria. Los esfuerzos voluntariamente unidos con los de otros para lograr
mayores ventajas, implican, si la empresa es vasta, una perseverancia que no
posee. Además, cuando los beneficios que han de conseguirse son remotos y poco
comunes, como sucede con muchos para los que los hombres combinan hoy sus
esfuerzos, se necesita una fuerza de imaginación creadora que no es posible
hallar en el hombre no civilizado. Más todavía: las vastas asociaciones
privadas para la producción en grandes cantidades, grandes empresas y otros
propósItos, requieren una subordinación jerárquica de los trabajadores
asociados, semejante a la que existe en el ejército. En otras palabras: el
camino para el desarrollo de tipo industrial, como nosotros lo conocemos, es el
de tipo militar, el cual por disciplina origina a la larga la persistencia de
esfuerzos, el deseo de acatar voluntariamente una dirección (no ya impuesta
sino aceptada por contrato) y el hábito de organizarse para conseguir grandes
resultados.
Por consiguiente, durante largos estadios de la
evolución social se necesita para la dirección de todos los asuntos, excepto
para los más sencillos, un poder gubernamental fuerte y extenso que goce de
confianza y sea obedecido. De aquí que, como nos muestran los recuerdos de las
civilizaciones antiguas, y hoy en Oriente, las grandes empresas solamente
pueden ser llevadas a cabo por la acción del Estado. De lo cual se desprende el
hecho de que sólo poco a poco puede reemplazar la cooperación voluntaria a la obligatoria,
y legítimamente acarreando una disminución de fe en la autoridad y capacidad
gubernamental.
El mantenimiento de esta fe, sin embargo, es
necesario principalmente para conservar la aptitud en la guerra. Implica la
continuación de tal confianza en el organismo director, y tal subordinación a
él que éste se sienta capacitado para manejar todas las fuerzas de la sociedad
ofensiva o defensivamente, y debe establecerse una teoría política que
justifique esta fe y esta obediencia, En tanto que las ideas y sentimientos de
los hombres pongan en peligro la paz, es necesario que tengan suficiente
confianza en la autoridad del gobierno para otorgarle poder coercitivo sobre
ellos por razones de guerra. Esta confianza en su autoridad proporcionará
inevitablemente al gobierno, al mismo tiempo, poder coercitivo sobre los
ciudadanos en las demás esferas.
De modo, pues, que como he dicho al principio, la
razón fundamental para no esperar que la doctrina expuesta tenga mucha
aceptación es que procedemos hoy de un regimen militar y estemos entrando
parcialmente en el régimen industrial del cual es propia esta doctrina. Tanto
tiempo como la religión de la enemistad predomine sobre la de la amistad,
prevalecerá la superstición política vulgar. Mientras que en toda Europa la
educación de las clases directoras consista en exponer a la admiración a los
que en tiempos antiguos realizaron las más grandes hazañas bélicas, y solamente
en domingo cumplan el precepto de deponer la espada; mientras que estas clases
directoras estén sometidas a una disciplina moral en que los ejemplos paganos
constituyen seis séptimas partes y un séptimo el precepto cristiano, no es
verosímil que las relaciones internacionales revistan tal carácter que hagan
posible una disminución del poder gubernamental y aceptable una modificación
correspondiente de la teoría política. Mientras entre nosotros mismos la
administración de los asuntos coloniales es de tal clase que las tribus que se
vengan de los ingleses por los que han sido ofendidos, son castigadas, y no
según el salvaje principio de una vida por otra, sino por el más perfecto y
civilizado de matanza en masa por un único asesinato, existen pocas
posibilidades de que se difunda una doctrina política sólo compatible con el
respeto a los derechos ajenos. Mientras que la creencia que se profesa sea
interpretada de manera que el que en Inglaterra pronuncia sermones, cuando se
halla en el extranjero fomenta las luchas con los pueblos vecinos que desea
subyugar y recibe honores públicos después de su muerte, no es verosímil que
las relaciones de nuestra sociedad con otras permita la extensión de la
doctrina que limita las funciones gubernamentales, con su consecuencia, la
reducción de su autoridad a lo adecuado a un Estado pacífico. Una nación que,
interesada en disputas eclesiásticas sobre las ceremonias del culto, cuida tan
poco de la esencia de este culto, pues los filibusteros en sus colonias reciben
más aplauso que reprobación y ni siquiera son denunciados por los sacerdotes de
una religión de amor, es una nación que debe seguir sufriendo agresiones
internas, lo mismo de unos individuos contra otros que del Estado contra los
individuos. Es imposible obtener beneficios equitativos en nuestro país, cuando
se cometen iniquidades en el extranjero.
Por supuesto, surgirá la pregunta: ¿Por qué, pues,
enunciar y sostener con tanto ahínco una doctrina que se halla en desacuerdo
con la adaptada a nuestro estado actual? Además de la respuesta general de que
es deber de cada uno que considera una doctrina verdadera e importante hacer lo
que pueda para difundirla, sin preocuparse de los resultados, existen otras
varias respuestas especiales, cada una de ellas suficientemente satisfactoria.
En primer lugar, se necesita siempre como guía legítima un ideal, por distante
que aparezca su realización. Si, en medio de todos los compromisos que las
circunstancias de los tiempos exigen, o se piensa que exigen, no existe una
verdadera concepción de lo que es mejor y peor en la orgaruzación social; si no
se atiende a nada, mas allá de las exigencias del momento, y el bien inmediato
se identifica habitualmente con el bien último, entonces no puede haber
verdadero progreso. No obstante lo lejana que pueda estar la meta y aunque
frecuentemente los obstáculos interpuestos nos desvíen en nuestra marcha hacia
ella, es evidentemente indispensable saber dónde se encuentra.
Además, aunque parezca preciso el actual sistema de
sujeción del individuo al Estado, y la teoría política común adaptada en vista
de las relaciones internacionales existentes, no es por ningún medio necesario
que se aumente esta sujeción y se robustezca la doctrina. En nuestra época de
activa filantropía, multitud de personas deseosas de conseguir beneficios para
sus menos afortunados compañeros por los medios más rápidos, se ocupan en
desarrollar afanosamente una organización administrativa apropiada a un tipo
inferior de sociedad. Pretendiendo avanzar no hacen sino retroceder. Las
dificultades normales hacia el progreso son ya suficientemente grandes y es
lamentable que las aumenten. De aquí que sea muy útil mostrar a los filántropos
que, en muchos casos, están preparando la desgracia de los hombres en el futuro
mientras persiguen con ahínco su bienestar actual.
No obstante, es muy importante inculcar en todos la
gran verdad, muy poco reconocida en el presente, de que las medidas políticas
internas y externas de la sociedad están tan estrechamente unidas que no puede
existir una mejora esencial de la una sin una mejora esencial de la otra.
Debemos habituarnos a establecer un nivel de justicia más elevado en nuestras
relaciones con los extraños, antes de lograrlo en nuestras organizaciones
nacionales. La convicción de que existe una dependencia de esta clase, una vez
difundida entre los pueblos civilizados, reprimiría grandemente la conducta
agresiva de los unos hacia los otros, y por hacerlo así disminuiría la
coercitividad de sus sistemas gubernamentales, produciendo cambios en sus
teorías políticas.
Nota: En algunas de las críticas sobre esta obra,
ha reaparecido la errónea inferencia hecha antes varias veces, de que la
doctrina de la evolución aplicada a los asuntos sociales impide el ejercicio de
la filantropía. Que esto no es cierto, lo demostré ya en la Fortnightly Review
de febrero de 1875. Reproduzco aquí la parte esencial de lo que dije entonces.
Me interesa repudiar, no obstante, la conclusión de
que las acciones privadas de los ciudadanos son innecesarias o carecen de
importancia porque el curso de la evolución social está determinado por la
naturaleza de los ciudadanos trabajando en las condiciones en que viven.
Asegurar que cada cambio social está así determinado, es asegurar que todas las
actividades egoístas y altruístas de los hombres son factores del cambio, y es
afirmar tácitamente que en ausencia de cualquiera de ellas -quiero decir las aspiraciones
políticas o los intentos de la filantropía- el cambio no será el mismo. Lejos
de suponer que los esfuerzos de cada hombre para lograr lo que él imagina mejor
carecen de importancia, la doctrina implica que tales esfuerzos, resultantes
algunos de la naturaleza de los individuos, son fuerzas indispensables. El
deber consiguiente se acentúa así en el § 34 de los First Principies:
No carece de motivo que él profese simpatías a
determinados principios y sienta repugnancia por otros. Con todas sus
capacidades, aspiraciones y creencias, él no es un accidente sino un producto
del tiempo. Debe recordar que si bien es descendiente del pasado es también
origen del futuro, y que sus pensamientos son como hijos propios a los que no
puede dejar morir abandonados. El, como todo otro hombre, puede considerarse
propiamente como uno de los millares de intermediarios a través de los cuales
labora la Causa Incognoscible, y cuando ésta produce en él cierta fe está de
ese modo autorizado a profesarla, para interpretar en su más alto sentido las
palabras del poeta:
... Nature is made better no mean,
But Nature makes that mean: over that art
Which you say adds o Nature, is an art
That nature makes.
(La Naturaleza no se perfecciona por ningún medio
que ella misma no produzca: el arte que dices se añade a la Naturaleza es un
arte que la Naturaleza crea).
Que no me he retractado de este punto de vista en
la obra que critica el profesor Cairnes, lo demuestra suficientemente este
párrafo final:
Así, admitiendo que para el fanático es necesaria
como estímulo una ansiosa esperanza y reconociendo la utilidad de su ilusión,
propia de su función y naturaleza particular, el hombre de tipo más alto debe
conformarse con ilusiones moderadas mientras persevera con crecientes
esfuerzos. Ha de considerar lo poco que puede hacerse, comparativamente, y sin
embargo, hallar valioso ejecutar este poco. Debe unir una energía filantrópica
con una calma filosófica.
No comprendo cómo el profesor Cairnes concilia con
estos pasajes su afirmación de que según Mr. Spencer el futuro de la raza
humana puede confiarse con toda seguridad a acciones de clase personal y
privada, es decir, a motivos como los que operan en la producción y
distribución de la riqueza, o en el desarrollo del lenguaje. Dice esto para
subrayar que yo ignoro la acción de motivos de una clase más alta. Pero no
solamente no los incluyo en la totalidad de los motivos sino que insisto
repetidamente en que son factores esenciales. Soy el más sorprendido de esta
errónea interpretación, porque en el ensayo sobre Specialized Administration al
que se refiere el profesor Cairnes (véase Fortnightly Review, de dicjembre de
1871), he escrito extensamente sobre los sentimientos altruistas y las
actividades sociales que producen, a causa de que no fueron debidamente tenidos
en cuenta por el profesor Huxley.
Como el profesor Cairnes indica al final de su
primer ensayo, la dificultad reside en reconocer las acciones humanas, en un
aspecto como voluntarias y en otro como predeterminadas. Ya he dicho en otra
parte cuanto tengo que decir sobre este punto. Aquí deseo únicamente sugerir que
la conclusión que él deduce de mis premisas es completamente distinta de la que
yo deduzco. Pero sobre este tema debo renunciar a las explicaciones
consiguientes, para ocuparme de ellas a su debido tiempo.

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