© Libro N° 7817.
Hijos Del Mañana. Anderson, Poul. Emancipación. Octubre 3 de 2020.
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original: ©
Hijos Del Mañana. Poul Anderson
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Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Poul Anderson
Hijos Del Mañana
Poul Anderson
I
A diez millas de altura, apenas si se mostraba cómo
era. La Tierra aparecía como un resplandor marrón y una nube verdosa, con la
bóveda de la estratosfera alargándose hasta el infinito. Más allá del ronronear
de los motores del aparato, sólo existía el silencio y la serenidad que ningún
hombre pudo tocar jamás. Mirando hacia abajo, Hugh Drummond pudo ver el
Mississippi brillar como un hilo de plata, con sus suaves curvas contorneando
su largo curso. Las colinas, el mar, el sol, el viento y la lluvia no habían
cambiado. No, al menos en un millón de largos años. El género humano sólo era
un breve soplo en la eternidad para la Naturaleza. Pero más abajo, no obstante,
allá donde habían existido las ciudades...
El hombre que viajaba en el estratocohete lanzó un sordo juramento en voz baja
y amarga. Era un hombretón, estrujado pesadamente en la diminuta cabina a
presión, alto y esbelto que no llegaría a los cuarenta años. Pero sus oscuros
cabellos ya estaban marcados con mechones grises y sus hombros molestos por la
continuada presión del traje espacial. Su rostro sencillo aparecía cansado y
ojeroso. Sus ojos estaban ribeteados por las señales del insomnio y la fatiga y
sumidos en el fastidio más intenso. Había visto demasiadas cosas, vivido
demasiado también, hasta que empezó a tener el aspecto de muchas otras personas
en el mundo. «Heredero de las edades», pensó sombríamente.
Mecánicamente, siguió su ruta de regreso. Las marcas naturales del terreno
estaban allí, disponiendo de unos poderosos binoculares para ayudarse en su
labor de reconocimiento. Le mostraron demasiados cráteres, cuyo vítreo
resplandor se asemejaba al brillo del ojo de las serpientes, y la calcinada y
espantosa desolación del terreno a sus alrededores. La zona de la ruina total
era aún más triste: árboles sin hojas, retorcidos; arenas ardientes arrastradas
por el viento y esqueletos deshechos y esparcidos por doquier, que tal vez
durante la noche dispersaran un leve resplandor azul fosforescente... Las
bombas habían sido como una pesadilla espantosa, esparciendo el fuego y el
horror, sacudiendo al planeta con la muerte de las ciudades. Pero el polvo
radioactivo era algo más todavía que una pesadilla.
Pasó sobre pueblos y pequeñas ciudades. Algunas de ellas aparecían desiertas,
el polvo radiactivo, la epidemia, o la catástrofe económica las habían hecho
insostenibles. Otros poblados parecían sostener aún una débil vida.
Especialmente en el Medio Oeste existía una lucha patética para volver a la
agricultura; pero los insectos y la roya...
Drummond se encogió de hombros. Tras dos años de aquello, sobre las cicatrices
del mutilado planeta, estaba acostumbrado a todo. Los Estados Unidos habían
tenido todavía suerte, Europa, entonces...
«Spengler —pensó sombríamente— y los demás habían pronosticado el colapso de
una civilización llegada a la cima. Pero lo que no pronosticaron fueron las
bombas atómicas, las bombas de polvo radiactivo, las bombas microbianas, las
que esparcían plagas vegetales..., bombas que volaban como insectos ciegos
sobre un mundo estremecido por la agonía. Nunca pudieron imaginar qué
significaría realmente aquel colapso...» 2[2]
Deliberadamente, arrojó tales pensamientos de su mente consciente. No quería
que continuasen alojados en ella. Vivió con ellos durante dos años espantosos,
que resultaron dos eternidades demasiado largas. Y de todas formas, entonces se
hallaba cerca del hogar.
La capital de los Estados Unidos se encontraba bajo él en aquel momento,
haciendo que su estratocohete comenzase a descender en círculos con un largo
tronar de sus motores hacia las montañas. No quedaba mucho de aquella hermosa
capital; lo que de ella subsistía se alojaba en una falda de las Cascadas, pero
las aguas del río Potomac habían cubierto la inmensa tumba de Washington.
Estrictamente hablando, todavía no había en ella ningún núcleo de Gobierno,
todo lo que oficialmente sobrevivía se hallaba esparcido sobre el país,
manteniéndose en precario contacto por avión o radio. Taylor, en Oregón, se
estaba convirtiendo ya en un centro neurálgico.
Dio la señal con el transmisor, conociendo con un ligero escalofrío que le
recorrió la espina dorsal, que las baterías de cohetes tierra-aire le estaban
ya apuntando desde las verdes colinas de aquellas montañas. Cuando un avión
llegaba a una ciudad, la fuerza aérea se colocaba inmediatamente a la
expectativa. No es que nadie del exterior supusiera que aquella pequeña e
innocua ciudad fuese importante. Pero nunca se sabía a qué atenerse. La guerra
no se había terminado oficialmente. Podría ser que nunca terminara, mientras
existiera personal viviente en constante alerta.
A su aparato llegó un prudente y precavido aviso.
—Está bien. ¿Puede aterrizar en la calle?
Era un sendero polvoriento y estrecho, entre dos filas de casas de madera; pero
Drummond era un buen piloto y llevaba un magnífico aparato.
—Sí —contestó, con alterada voz, por la poca costumbre de hablar.
Cortó la velocidad y trazó una espiral de descenso hasta encontrarse
deslizándose, sólo con el murmullo del viento contra la estructura del avión.
Tomó contacto con el tren de aterrizaje y los frenos, deteniéndose.
El total silencio del entorno le golpeó como un golpe físico. El aparato en
silencio, el sol cayendo sin piedad desde un cielo abrasador sobre aquel
panorama de viviendas «temporales» y la total ausencia de personal viviente
bajo aquellas montañas... ¡El hogar! Hugh Drummond soltó una risa seca y
nerviosa, sin el menor humor en ella y se deslizó de la cabina de piloto del
avión. Apreció que apenas si había gente que observara desde puertas y
ventanas. Las pocas que vio daban la impresión de estar bien vestidas y
alimentadas, con algún propósito y esperanza. Aquélla era la capital de los
Estados Unidos, el país más afortunado del mundo.
—¡Salga pronto de ahí! ¡Rápido!
La perentoria voz sacó a Drummond del estado de introspección que muchos meses
de soledad le habían creado como hábito. Miró a un grupo de hombres vestidos
con uniforme de mecánicos, conducidos por un hombre de aspecto cansado y con
insignias de capitán.
—Oh, sí, por supuesto. Querrán ustedes esconder el aparato y suprimir la
apariencia de un campo regular de aterrizaje.
—¡Vamos, de prisa, idiota infernal! ¡Cualquiera, cualquiera podría venir por
aquí y verlo!
—Nadie notaría que todavía existe un efectivo sistema de detección —respondió
Drummond, prudente—. De todas formas, no se producirán más ataques. La guerra
ha terminado.
—Me gustaría creerlo; pero..., ¿quién es usted para decir tal cosa? ¡Vamos,
apártese!
Los mecánicos empujaron el aparato calle abajo. Drummond observó cómo se
alejaba el estratocohete de su lado, con un sentimiento de desamparo. Después
de todo, había sido su único hogar..., ¿por cuánto tiempo?
El avión fue alojado en un caserón disimulado como hangar subterráneo. Una
rampa de cemento conducía hasta un enorme espacio cavernoso del subsuelo. Las
luces interiores iluminaron una fila de aparatos guardados en el interior.
—No está mal —admitió—. No es que importe ya mucho. Quizá ya nunca más vuelva a
importar. El infierno entero marcha finalmente sobre cohetes-robot... Bien. —Y
se sacó la pipa de su chaqueta de aviador. La insignia de coronel brilló por un
instante a la luz del sol.
—¡Oh..., lo siento, señor! —exclamó el capitán, turbado—. No sabía...
—Está bien, no se preocupe. He perdido la costumbre de vestirme con el uniforme
regular. He estado en muchos sitios, y los norteamericanos no somos muy
populares. — Drummond cargó la pipa. Odiaba pensar, entonces, con qué
frecuencia tuvo que utilizar el Colt que llevaba a la cintura, o las
ametralladoras del aparato, para salvar la piel. Dio unas chupadas a la pipa
con verdadero placer. Le pareció que, de algún modo, se sacaba de su interior
un amargo gusto de las cosas.
—El general Robinson ordenó que le condujera a su presencia cuando llegara,
señor —dijo el capitán—. Sígame, por favor.
Continuaron calle abajo, levantando con las botas pequeñas nubecillas de polvo
acre. Drummond las miró con curiosidad. Se había desvanecido pronto, tras la
lucha inicial. Durante los dos primeros meses, ambos bandos, bien organizados,
se habían bombardeado sin piedad; hasta que resultó imposible mantener el orden
a través del hambre y la pestilencia, cuando ambas comenzaron su trágico golpe
sobre la faz de la Tierra.
Por aquel tiempo, los Estados Unidos eran un país sin ciudades, un anárquico
tumulto, con apenas un escaso intercambio de radio. Desde entonces, parecía que
se habían conseguido progresos notables. No supo en qué medida se pudo haber
conseguido; pero la simple existencia de algo que pareciese capital era
suficiente prueba.
El general Robinson... La arrugada faz de Drummond se retorció con un gesto. No
conocía a aquel hombre. Había esperado ser recibido por el Presidente, quien le
había enviado a él y a otros en una misión exterior. A menos que los demás...
No, él había sido el único hombre que había estado en la Europa oriental y en
el occidente de Asia. De eso estaba bien seguro.
Dos centinelas guardaban la entrada de lo que era, sin duda alguna, un antiguo
almacén de mercancías convertido en Cuartel General. Pero ya no existían
almacenes. No había mercancías que depositar en ellos.
Drummond entró en la fría antecámara. El tecleo de una máquina de escribir le
llamó poderosamente la atención. Le parecía imposible. Máquinas de escribir y
se¬cretarias..., ¿no se había perdido todo aquello en el mundo, hacía ya dos
años? Si otra nueva Baja Edad Media había vuelto sobre la Tierra, las máquinas
de escribir eran un extraño anacronismo. No caían bien al ambiente. Vio que el
capitán le había abierto la puerta de acceso interior. Al entrar, se dio cuenta
de lo cansado que estaba. Cuando saludó al hombre que se sentaba tras la mesa,
su brazo le pesaba una tonelada.
—Descanse, descanse —dijo la voz de Robinson afectuosamente.
A pesar de las cinco estrellas, no llevaba corbata, ni chaqueta. Su redonda
cara aparecía sonriente. No obstante, daba la impresión de competencia y
autoridad. Para haber llevado las cosas adelante en aquellas circunstancias,
tenía que serlo, sin duda alguna.
—Siéntese, coronel Drummond. —Y el general le señaló una silla cerca de la
suya, donde el aviador cayó desplomado, estremeciéndose. Inspeccionó vivamente
el interior de la oficina. Estaba casi tan bien dotada como antes de la guerra.
¡Antes de la guerra! Unas palabras que, como una espada, habían dividido la
Historia, dejando a un lado el vago resplandor de una época dorada y al otro el
rojo estallido de los explosivos que llevaron la muerte y la destrucción a
todas partes. ¡Sólo en dos años! El hallarse cuerdo era casi como una palabra
sin sentido en aquella pesadilla. Apenas si podía recordar a Bárbara y a los
niños... Sus rostros se habían sumergido en una ola de otros rostros perdidos
en la monstruosa marea de la destrucción universal... Rostros de muertos de
hambre, rostros humanos transformados en bestiales por el dolor y el odio. Su
pena se había sumergido en el dolor de todo un mundo deshecho, y, en cierta
forma, se había convertido a sí mismo en una máquina sin corazón y sin alma.
—Parece usted extenuado —dijo Robinson.
—Sí..., sí, señor.
—Suprima las formalidades. No tenemos tiempo, ni valen para nada. Tendremos que
trabajar ahora juntos, no vale la pena perderlo en diplomacias.
—Pues bien, fui hasta el Polo Norte y después giré hacia el oeste. No he
dormido..., bien, desde hace mucho tiempo. Pero, si puedo preguntarle...,
usted. —Y Drummond vaciló.
—¿Yo? Supongo que soy el Presidente ahora. De oficio y temporalmente, o algo
parecido. Tenga, necesita un trago. —Robinson tomó una botella y un vaso de una
vitrina. El licor hizo un extraño ruido a los oídos de Drummond.
—Es un buen whisky de diez años. Lo beberemos mientras dure. Gambai.
Drummond pensó que el general debió haber tomado parte en la Segunda Guerra
Mundial, para recordar aquel brindis. Aquello tuvo que haber ocurrido hacía ya
mucho tiempo, cuando él era un chico, en que todavía era posible ganar una
guerra.
El ardiente fuego del licor escocés hizo a Drummond despertar de su
abatimiento. Su cálida presencia, le probó bien en su estómago vacío. Oyó la
voz del general Robinson con una agudeza surrealista.
—Sí, me encuentro ahora a la cabeza de los destinos del país. Mis predecesores
cometieron el error de mantenerse juntos y viajar mucho para tratar de colocar
al país en camino de su reconstrucción. Así, la enfermedad abatió por igual al
Presidente y al Jefe del Gabinete, como a muchos otros. Por supuesto, no existe
forma de llevar a cabo unas elecciones. Las fuerzas armadas habían casi perdido
toda su organización; por tanto, hemos tenido que empezar a cero en todo.
Berger se había encargado de la tarea; pero se suicidó al haber respirado polvo
radiactivo. Entonces, el mando recayó en mí. Desde aquel momento, he tenido
suerte.
—Ya veo, señor. —Aquello no establecía mucha diferencia. Unas cuantas docenas
de muertes no eran gran cosa, añadidas a los incontables millones que habían
ocurrido ya—. ¿Espera usted..., seguir teniendo suerte?
Una pregunta brutal, seguramente; pero las palabras no eran bombas.
—Así es. —Robinson parecía firme en su convicción—. Hemos aprendido muchas
cosas, mucho por la experiencia. Hemos esparcido el ejército, situándolo en
pequeños grupos en los puntos clave de todo el país. Durante algún tiempo,
hemos cesado de viajar, excepto por alguna inexcusable urgencia, y aun así, con
unas precauciones muy elaboradas previamente. Esto reducirá las epidemias. Los
microbios se alimentan mejor y tienen su buen campo de acción en áreas muy
pobladas, ya sabe usted. Resultaban ya inmunes a las técnicas médicas
conocidas; pero sin huéspedes donde vivir, acabaron por desaparecer. Confío en
que las bacterias naturales los acaben de devorar. Todavía seguimos teniendo
precauciones para viajar; pero, por ahora, creemos hallarnos bastante seguros.
—¿Volvió alguno más de los otros? Hubo muchos como yo, a quienes se envió al
mundo exterior a ver lo ocurrido.
—Sí, uno volvió de Sudamérica. Su situación es similar a la nuestra, aunque
carecen de nuestra organización y se inclinan más bien hacia la anarquía.
Ninguno más volvió, excepto usted.
No era sorprendente. En realidad, lo sorprendente es que alguno hubiese vuelto.
Drummond se había prestado voluntario tras haber sido San Luis destruido por
las bombas y aniquilada su familia, no esperando sobrevivir y sin importarle lo
más mínimo el hacerlo. Quizá por ello, se encontraba allí presente.
—Puede tomarse el tiempo que necesite para hacerme un informe detallado —dijo
Robinson—, pero en general, ¿cómo están las cosas por ahí?
Drummond se encogió de hombros.
—La guerra ha terminado. Todo está destruido. Europa ha vuelto a un estado de
completo salvajismo. Fueron atrapados entre Norteamérica y Asia y las bombas
les llegaron de una y otra parte. Destruidas las cosechas y desorganizado todo
sistema, la superpoblación hizo el resto. No quedan muchos supervivientes, y
los que quedan son bestias que se mueren de hambre. Rusia, por lo que yo he
apreciado, se las ha arreglado para sobrevivir en forma parecida a como usted
lo hace aquí, repartiéndose el territorio en cuatro regiones independientes,
aunque se encuentran mucho peor que nosotros. No pude descubrir mucho allá. No
conseguí nada de India y China; pero he oído rumores. No, el mundo está
demasiado desintegrado para que la guerra pueda continuar.
—Creo, entonces, que podremos salir a campo abierto —opinó el general—. Podemos
comenzar realmente a reconstruir. No creo que jamás pueda haber otra guerra,
Drummond. Creo que la memoria de ésta se quedará grabada de tal forma, que
nunca pueda olvidarse.
—¿Podrá usted quitársela de encima tan fácilmente?
—No, por supuesto que no. Nuestra cultura no ha perdido su continuidad; pero
sufrirá un espantoso retroceso. Creo que nunca podremos recobrarnos totalmente.
Pero..., debemos seguir hacia adelante nuestro camino.
El general se levantó, consultó su reloj y dijo:
—Es la hora. Vamos, Drummond, vamos a casa.
—¿A casa?
—Sí, se quedará usted conmigo. Tiene usted necesidad de dormir durante un mes
seguido en sábanas limpias, comer buena comida casera y sentir un aire
hogareño. Mi esposa quedará encantada con su presencia. Apenas si vemos una
cara nueva. Deseo tenerle cerca. La escasez de hombres competentes resulta
aterradora.
Siguieron calle abajo, con un ayudante de escolta. Drummond comenzó a sentir de
nuevo el doloroso cansancio que le tenía destrozado. Un hogar..., tras años de
ciudades fantasmales, ruinas esparcidas sobre la nieve y de contemplar
constantemente el hambre y la muerte.
—Su aparato podrá sernos extremadamente útil, también —dijo el general—. Esos
aparatos atómicos, como el suyo, están más escasos que los dientes de las
gallinas — dijo sonriendo, con intención de agradar a Drummond—. Supongo que
habrá volado todas esas distancias sin necesidad de combustible. Y a propósito,
¿tuvo algún apuro?
—Pues, sí, general, alguno se presentó; pero pude arreglármelas con piezas de
repuesto. —No era preciso mencionar en aquel momento las horas de frenético
trabajo e incluso días de esclavizante y desesperada improvisación, con las
plagas y el hambre rodeándole por todas partes. Había sufrido apuros para
conseguir alimento, naturalmente, a despecho de las provisiones que en
abundancia se llevó al partir. Había luchado por desperdicios de comida durante
el invierno, entre maníacos que le hubieran asesinado por un pájaro cazado de
un tiro o los restos de cualquier caballo, que se desenterraba hasta comerse
los huesos. Pero tenía una misión que cumplir y aquella misión era cuanto le
quedaba en la vida, el único punto adonde asirse para sobrevivir; por tanto se
había aferrado a ella para llevarla a cabo a cualquier precio.
Entonces, el trabajo había terminado, y comprobó que podría descansar. No se
atrevía a pensarlo. El descanso le daría tiempo para recordar. Quizá
encontraría otro motivo para seguir viviendo en el gigantesco esfuerzo que se
precisaba para la Reconstrucción. Tal vez.
—Ya hemos llegado —advirtió el general.
Drummond se quedó atónito de sorpresa. Allí había un coche camuflado bajo los
árboles, con un chofer militar... ¡Un coche! Y de muy bella manufactura,
además.
—Tenemos algunos pozos de petróleo que funcionan de nuevo y una pequeña
refinería medio remendada —explicó el general Robinson—. Provee suficiente
carburante para el tráfico oficial que necesitamos por el momento.
Subieron a los asientos traseros. El ayudante se sentó delante, con el rifle
puesto sobre las rodillas. El coche arrancó y tomó la carretera de las
montañas.
—¿Adónde, general? —preguntó Drummond admirado. Robinson sonrió levemente.
—Personalmente, creo que soy el hombre más afortunado de la Tierra. Teníamos
una casita de campo para pasar allí los otoños en Lake Taylor a unas cuantas
millas de aquí. Mi esposa se encontraba en ella, cuando llegó la guerra y allí
continuó. Nadie vino a buscarnos hasta que me traje la oficina aquí a la
ciudad. Ahora me encuentro con toda una casa para mí.
—Oh, sí. Es usted muy afortunado, general —dijo Drummond. Miró por la ventanilla,
advirtiendo apenas los bosques bañados por la luz del sol. Se dirigió
nuevamente al general, con voz sombría—. ¿Qué tal va el país? ¿Qué es lo que se
hace, realmente?
—Durante bastante tiempo, las cosas fueron muy mal —repuso Robinson—. Algo
espantoso. Cuando desaparecieron las ciudades, nuestros transportes y sistemas
de comunicación quedaron literalmente barridos del mapa. De hecho, la totalidad
de la economía desapareció por completo. Después llegó el polvo radiactivo y
las plagas del campo. La gente se marchó y se produjeron luchas terribles allí
donde los lugares superpoblados rehusaban tomar más refugiados. La policía
intervino y el Ejército tuvo también que patrullar. Tuvimos que luchar
especialmente contra las tropas enemigas que volaron sobre el Polo para
invadirnos. Aún no las hemos cazado del todo. Hay un cierto número de bandas
dispersas por todo el país. Existen numerosos grupos de hambrientos fuera de la
ley y muchos norteamericanos que se echaron a la vida del bandidaje, cuando
todo fracasó. Esa es la razón para que lleve esta guardia con nosotros, aunque
desde hace mucho tiempo nadie ha asomado las narices por aquí. Los insectos y
las plagas agrícolas arrojados con bombas por el enemigo arrasaron nuestras
cosechas, y aquel invierno todo el mundo estuvo muriéndose de hambre. Pudimos
contrarrestar las plagas con métodos modernos, aunque el daño fue muy
considerable; sin embargo, esperamos para el año próximo buenas cosechas de
productos alimenticios. Ni que decir tiene, que habiéndonos fallado todo medio
de transporte, ha sido imposible salvar a muchísimas personas. Desearía contar
con un Centro de Investigaciones bien equipado para ayudar a esta horrible
situación. No obstante, vamos ganando, poco a poco.
—Distribución —murmuró Drummond frotándose una mejilla—. ¿Qué tal los
ferrocarriles? ¿Y los vehículos de tracción animal?
—Contamos con algunos ferrocarriles que funcionan; pero el enemigo se preocupó
de destrozarlos, más de lo que nosotros hicimos con los suyos. En cuanto a los
caballos, apenas si quedan para poder utilizarlos, casi todos fueron comidos en
el último invierno. Yo tengo en casa cerca de una docena de ellos y estamos
viendo la forma de cruzarlos para poder utilizar esta fuente de energía
primitiva, aunque supongo que para cuando po¬damos servirnos de ella, las
fábricas ya habrán producido cosas modernamente más útiles.
—¿Y por el momento?
—Estamos acabando la peor fase. Excepto los proscritos, tenemos actualmente la
población bastante bien controlada. La gente civilizada está comiendo más o
menos bien, y cuenta con cierta comodidad de alojamiento. Tenemos comercios
mecanizados, pequeñas ciudades industriales para mantener una modesta economía.
Ahora queremos expandirla, empezando a incrementar la que tenemos. Dentro de
unos cinco años, supongo, el país estará bastante bien integrado como para
suprimir la ley marcial y convocar unas elecciones generales. Un enorme trabajo
que hacer; pero que vale la pena, Drummond.
El coche se detuvo ante una vaca que obstruía el camino con un ternerillo
pegado a sus patas traseras. El animal parecía delgado y nervioso, mirando
hacia los matorrales.
—En estado salvaje —explicó el general—. La mayor parte de los animales
verdaderamente silvestres fueron muertos en los últimos dos años para
comérselos; sin embargo, muchos animales domésticos se escaparon de las
granjas, cuando sus dueños murieron o huyeron, y se encuentran ahora en tal
estado.
Robinson advirtió la fija mirada de Drummond en el animalito que seguía a la
madre. Sus patas tenían la mitad de la longitud.
—Es una vaca mutante —dijo el general—. Encontrará muchos de esos animales. La
radiación de las áreas bombardeadas y el polvo radiactivo. Existe incluso una
gran cantidad de criaturas nacidas anormalmente. Y éste es, realmente, el peor
problema con que tenemos que encararnos.
El coche emergió de los bosques de la montaña, a ambos lados del camino en la
orilla de un pequeño lago. Era una escena de paz y de serenidad. Las quietas
aguas daban el aspecto de oro fundido, con los árboles bordeándolo y las
montañas alrededor. Bajo la copa de un gigantesco pino, aparecía una casita de
campo y una mujer en el porche.
Era como un verano con Bárbara..., acudió a la mente de Drummond, mientras
seguía al general Robinson hacia el pequeño edificio campestre. Pero no era
así, no lo era, no podía ser. Ni lo sería nunca más. Había soldados guardando
el lugar de los riesgos de asaltantes fuera de la Ley. A sus pies vio varias
flores singulares; eran margaritas; pero enormes y rojas, irregularmente
conformadas.
Una ardilla chilló desde un árbol. Drummond comprobó, al mirar hacia arriba,
que la cara del animalito aparecía tan áspera, casi como si fuese humana.
Después, se encontró en el porche y Robinson presentó a la mujer, como «mi
esposa, Elaine». Era una mujer joven, de agradable aspecto, con unos bellos
ojos que fueron con mirada llena de simpatía a la exhausta cara de Drummond.
Se dio cuenta que estaba embarazada, notándose en la bella mujer una aureola de
felicidad, con la esperanza de alumbrar al mundo una nueva vida.
Fue conducido en seguida al interior, invitándole a tomar un baño caliente.
Después siguió la cena; pero antes que ésta llegara, se hallaba tan
profundamente dormi¬do, que apenas si se dio cuenta cuando el general Robinson
le metió en la cama.
II
La reacción natural de depresión nerviosa se
produjo, y, durante una semana, apenas si hizo otra cosa que dormir y
alimentarse. Resultó sorprendente qué cantidad de sueño y de alimento fue capaz
de tomar. Una tarde, al fin, Robinson, al llegar, le vio escribiendo en un
paquete de cuartillas.
—Arreglando y disponiendo mis recuerdos y notas, general —explicó Drummond— .
Tendré dispuesto el informe general de aquí a un mes.
—Oh, está bien. Pero no hay demasiada prisa —le respondió Robinson, descansando
fatigado sobre una butaca—. El resto del mundo sigue su curso. Creo que sería
mejor que mi personal le ayudase en la tarea principal.
—De acuerdo. Pero, ¿qué haré yo?
—De todo. La especialización ha desaparecido: apenas si sobreviven unos pocos
especialistas con muy escaso equipo. Pienso que su principal tarea será la de
realizar un censo y ponerse a la cabeza de esta oficina.
—¿Cómo?
—Usted será la propia oficina del censo, excepto por los pocos auxiliares que
pueda proporcionarle. —Se adelantó hacia él y le dijo animadamente—: Se trata
de uno de los más importantes trabajos a realizar. Hará usted por este país, lo
que hizo por la Eurasia Central, sólo que con mucho más detalle. Drummond, es
preciso que sepamos.
Tomó un mapa de un librero, y lo extendió a todo lo ancho.
—Mire, aquí están los Estados Unidos. He marcado las regiones inhabitables en
rojo. —Y con el dedo fue señalando los lugares condenados—. Demasiados, amigo
mío, y sin duda tiene que haber otros muchos que aún no hayamos descubierto.
Los lugares marcados con una X azul son puestos militares. —Los lugares a que
se refería el general se hallaban diseminados por todo el país, próximos a los
mayores núcleos de población.
—No tenemos suficientes —continuó Robinson—. Es todo lo que podemos hacer para
controlar a la población más o menos ordenada. Los bandidos, las tropas
enemigas, refugiados sin hogar y gente así, aún están vagabundeando en estado
salvaje, ocultos entre los desiertos, y en los bosques, atacando donde pueden.
Esta gente extiende las plagas. No las habremos terminado definitivamente hasta
que se establezcan de una vez, lo que será un gran problema a resolver.
Drummond, no disponemos todavía de suficientes soldados para hacer funcionar un
sistema feudal. La plaga se extiende como una pradera incendiada en esas
concentraciones de hombres incontrolados.
»Tenemos que estar bien informados. Debemos saber cuánta gente sobrevive, si es
la mitad de la población, una tercera o una cuarta parte, sea la que fuere.
Debemos conocer adónde van, cómo se las arreglan para procurarse provisiones, y
así podremos imaginar un sistema de distribución adecuado. Debemos encontrar
cuantos laboratorios, comercios de pequeñas ciudades y bibliotecas quedan aún
en pie, y rescatar estos objetos valiosos, antes que acaben siendo destruidos
por el tiempo o por esos bandidos. Debemos localizar a los médicos e ingenieros
y a otros profesionales útiles y ponerlos en seguida a trabajar en la
reconstrucción del país. Y acorralar a los fuera de la Ley para detenerlos. Y
debemos..., al diablo, no se acabaría nunca con esta letanía. Una vez que
dispongamos de tales informaciones, podremos instrumentar un plan principal
para redistribuir la población, la agricultura, la industria y todo lo demás,
eficientemente, para colocar al país bajo una autoridad civil, para abrir los
transportes regulares y los canales de comunicación; en una palabra: para poner
en pie a toda la nación.
—Ya comprendo. Hasta aquí sólo se ha mirado al simple sobrevivir, dejando a un
lado todo lo demás. Ahora se está en condiciones de expandirse, si se conoce
hasta dónde puede llegar tal expansión.
—Exactamente —confirmó el general, quien se dispuso a liar a mano un
cigarrillo— . No ha quedado mucho tabaco. El que tengo es bastante malo.
¡Señor, esta guerra fue una espantosa locura!
—Todas las guerras lo son —confirmó Drummond desapasionadamente—. La tecnología
ha avanzado hasta el punto de entregarnos un cuchillo con el cual poder
de¬gollarnos. Y antes de esto, todos estábamos dándonos de cabeza contra la
pared. General, no podemos volver a los antiguos tiempos..., debemos encontrar
un nuevo camino..., un camino hacia la cordura y el buen sentido.
—Sí. Y éste lleva a...
Su interlocutor miró hacia la puerta de la cocina. Estaba prestando atención al
alegre tintineo de los platos y oliendo algo delicioso que le hacía agua la
boca. Robinson bajó la voz para decir:
—Podría también decirle esto; pero no quiero que Elaine lo sepa: es preciso que
no se preocupe por ello. Drummond, ¿se fijó usted en nuestros caballos?
—¿El otro día? Ah, sí... Los potros.
—Hum... Han nacido cinco potros de once yeguas durante el año pasado. Dos de
ellos estaban tan deformados que murieron a la semana y otro a los pocos meses.
De los dos que quedaron, uno tiene los cascos hendidos y casi sin dientes. Sólo
uno parece normal. Uno de once yeguas, Drummond...
—¿Estuvieron esos caballos en las cercanías de un área radiactiva?
—La radiación cuenta adonde quiera que llega, por supuesto —respondió
Robinson—. Si quiere usted decir una violenta emisión de radiaciones en una
región determinada, creo que, en efecto, deben haberla recibido. Fueron
capturados en tal lugar y traídos aquí. Según tengo entendido, el semental fue
traído desde Portland. Pero si fuese el único con genes mutantes, se hubieran
mostrado difícilmente en la primera generación, ¿no es cierto? Se viene
observando que casi todas las mutaciones son rece¬sivas, del tipo mendeliano.
Incluso si una fuese dominante, debería haberse mostrado en todos los potros;
en tres cuartas partes de ellos, quiero decir; pero ninguno parece haber
seguido esa pauta.
—Hum..., yo no sé mucho de genética —dijo Drummond; pero sí sé que una
radiación pesada, o más bien las partículas secundarias cargadas, lo produce y
puede causar mutaciones. Pero los individuos mutantes son cosa más bien rara, y
tienden a caer dentro de ciertas pautas biológicas. De acuerdo con las
experiencias hechas antes de la guerra, incluso una gran dosis de
radiactividad, no parecía afectar demasiado a los mamíferos en este respecto.
—Así lo creían..., ¡ellos! —Repentinamente Robinson adoptó un aire sombrío y un
frío resplandor asomó a sus ojos—. ¿No se ha fijado en los animales y en las
plantas? Hay muchos menos que antes y..., bien, aunque no he guardado la
cuenta, al menos la mitad de los que son sacrificados tienen alguna anormalidad
interna o externa.
Drummond fumó unos instantes de su pipa bien cargada de tabaco. Respondió con
calma:
—Si recuerdo bien la biología que estudié en el Instituto, me explicaron que
una vasta mayoría de las mutaciones no son siempre desfavorables. Hay muchas
más formas de no hacer algo, que de hacerlo. La radiación podría esterilizar a
un animal, o producir diversos grados de cambio genético. Se podría tener una
mutación tan violentamente letal que el poseedor nunca nacería o moriría
pronto. Se tienen todas las clases de factores más o menos desventajosos, o
puede ser que una mutación por azar no haga mucha diferencia en un sentido u
otro. O en algunos pocos casos raros, podría obtenerse algo favorable; pero sin
que pudiera afirmarse que el poseedor de tal mutación fuese un verdadero
miembro de la especie. Las mutaciones favorables, en sí mismas, usualmente implican
pagar el precio de la parcial o total pérdida de algunas otras funciones
biológicas normales.
—Así es —aprobó Robinson—. Uno de sus trabajos en el censo que debe emprender
será el de localizar a todos o a cualesquiera de los geneticistas, y traerlos
aquí. Aunque la tarea real y verdadera, la fundamental, la cual sólo
conoceremos usted y yo, y quizá pocos otros miembros de confianza del Cuartel
General, será la de encontrar todos los mutantes humanos que se hayan
producido.
A Drummond se le secó la garganta.
—¿Supone que habrá muchos de ellos?
—Sí. Pero todavía ignoramos cuántos y dónde se encuentran. Sólo conocemos a
esas gentes que viven cerca de los puestos militares o tienen alguna relación
periódica con nosotros, que en total sólo suman unos cuantos miles. Entre ellos
el coeficiente de natalidad ha descendido a la mitad de la anteguerra. Creo que
en la mitad de nacimientos deben hallarse anormalidades...
—La mitad...
—Sí. Por supuesto que los diferentes en forma violenta, mueren pronto, o se
llevan a una institución que hemos establecido en las Montañas Allegany. Pero,
¿qué podemos hacer con los demás, si sus padres desean retenerlos? Un muchacho
con órganos deformados, perdidos o abortados, con inversión interna de órganos,
una cola animal o algo peor aún..., bien, le espera un duro trance en la vida;
pero puede, generalmente, sobrevivir. ¡Y propagarse!
—También puede darse el caso que otro con apariencia normal lleve dentro de sí
alguna característica mutante, que no se mostrará durante años. O incluso uno
normal, puede portar caracteres recesivos y transmitirlos... ¡Dios! —La
exclamación de Drummond implicaba una medio blasfemia y otra mitad de
plegaria—. Pero, ¿cómo pudo ocurrir? La gente no estuvo toda cerca de las áreas
bombardeadas con bombas atómicas o de polvo radiactivo.
—Tal vez no —dijo Robinson—, aunque sí mucha escapada a las mismas fronteras.
Pero existió el espantoso primer año, con todo el mundo enloquecido de un lugar
a otro. No era difícil pasar por una región infectada, sin notarlo en absoluto.
Y ese maldito polvo radiactivo, arrastrado por el viento... Tiene una larga
vida media por lo general. Puede ser activo durante décadas. La promiscuidad se
hizo cosa común, todavía lo es, de hecho, y no se disponía de anticonceptivos.
¡Oh, las mutaciones se han esparcido por sí mismas, imposible haberlo evitado!
—Todavía no comprendo por qué se han extendido tanto —dijo Drummond—. Incluso
aquí...
—Bien, no sé por qué se muestra por aquí. Supongo que la flora y la fauna
vienen, desde otras partes, con las semillas impulsadas por el viento. Este
lugar es seguro, de todos modos. La zona infectada de polvo radiactivo se
encuentra a trescientas millas de distancia, con una cadena montañosa por
medio. Los biólogos me han informado que la radiactividad que se aprecia por
aquí, aunque alta todavía, no es suficiente para cambiar en pautas de
mutaciones apreciables. Los experimentos anteriores a la guerra mostraron ese
razonamiento bastante bien. Tienen que existir muchos espacios aislados de
parecidas condiciones a éstas. Debemos hallarlos también.
—La cena está dispuesta, caballeros —anunció Elaine, saliendo de la cocina y
dirigiéndose al comedor con una bandeja bien cargada de apetitosos alimentos.
Los dos hombres se pusieron en pie. Drummond miró al general y dijo en voz
neutral:
—Está bien. Conseguiré esa información para usted. Haremos un mapa general con
las áreas mutantes y las seguras, comprobaremos nuestra población y recursos y,
eventualmente, todos los hechos que desea, general. Pero..., ¿qué irá a hacer
después?
—Eso es lo que ahora mismo quisiera saber, querido Drummond...
III
El invierno se había abatido pesadamente sobre el
norte, un cielo que parecía un sólido manto helado recubría la vastedad de las
ondulantes llanuras blancas de aquella zona del país. Los últimos tres
inviernos habían llegado pronto y permanecido demasiado tiempo, con la
constante solar reducida por el polvo coloidal de las bombas suspendido en la
atmósfera.
Se produjeron algunos terremotos, ocurridos en las partes inestables del globo
por bombas caídas precisamente en el sitio adecuado. Media California había
sido devastada por una bomba de sabotaje, situada en la falla geológica de San
Andrés. La consecuencia fue el aumento del polvo radiactivo.
La mente de Drummond se sumergió en el mito. «El último invierno del mundo...,
el castigo de los dioses... Pero no, estamos sobreviviendo..., aunque tal vez
no como hombres...»
La mayor parte de las gentes se habían marchado al sur, produciendo con ello el
amontonamiento y sus horribles consecuencias: la muerte por el hambre, la
enfermedad y las guerras intestinas de una parte normal de la vida. Algunos de
los que pudieron mantenerse e ir progresando con parte de sus cosechas
agrícolas atacadas por las plagas, lo pasaron mucho mejor.
El estratocohete de Drummond se deslizaba por encima de las deshechas ruinas de
las Ciudades Gemelas. Aún existía la suficiente radiactividad como para fundir
la nieve, el inmenso cráter parecía una calavera con las cuencas vacías, sin
ojos... Drummond dejó escapar un suspiro, aunque ya se había endurecido a la
vista de la muerte. Había demasiada a su alrededor...
Siguió volando en aquel crepúsculo siniestro, a baja altura, sobre los campos
sin fin. Esqueletos de granjas calcinadas, ruinas fantasmales de las ciudades
antes pictóricas de vida, una tierra muerta por el polvo radiactivo... No
obstante, había oído hablar a algunos viajeros, de una comunidad regularmente
poderosa allá cerca de la frontera del Canadá. Allí se dirigió en su busca.
Muchas cosas le habían ocurrido ya en los últimos seis meses. Había tenido que
inventar literalmente los medios para investigar y para organizar a sus pocos
auxiliares, sobrecargados de trabajo, para convertirlos en un grupo eficiente,
y disponer de tiempo para salir en una larga búsqueda personal con su aparato
movido por energía atómica.
No habían conseguido cubrir la nación entera. Resultaba imposible. Los pocos
aparatos habían ido a zonas más o menos escogidas al azar, tratando de
conseguir lo mejor posible. Habían penetrado en lo intrincado de las colinas,
los bosques y las llanuras, estableciendo contacto con los esparcidos y
desmoralizados vagabundos que huían del terror puro por todas partes. Era la
labor más dificultosa de todo el plan. Algunas personas aparecían patéticamente
contentas de ver algún símbolo de la Ley y lo que llamaban ya «los tiempos
antiguos».
Aquí y allá se producían disturbios inevitables, al encontrar a grupos
hostiles, sospechosos del hecho que cualquier cosa parecida al «Gobierno»
estaba relacionada con el desastre, teniendo incluso que haber librado una
verdadera batalla con un grupo de individuos al margen de toda ley. Pero no
obstante, el trabajo había seguido adelante y los preliminares podían
considerarse terminados.
Preliminares... Resultaba el más terrible de los trabajos descubrir exactamente
qué es lo que se mantenía en pie, para que la totalidad del país estuviese en
condiciones de apoyarlo a partir de entonces. Drummond y sus colaboradores ya
habían obtenido muchos y valiosos datos y los estaban relacionando íntimamente.
Mediante preguntas, observación, buscando y hallando lo preciso, por cualquier
medio disponible directa e in¬directamente, habían rellenado sus cuadernos de
notas. Y poco a poco, la verdad se iba abriendo paso en aquel verdadero
jeroglífico trazado sobre las ruinas de tan colosal catástrofe.
«Sólo este lugar y volveré a casa», se dijo Drummond, como se lo había dicho ya
por la..., ¿milésima vez? Su cerebro se había canalizado por un laberinto sin
fin, en¬volviéndose con la tela de araña que parecía no tener ninguna salida.
En un momento dado, habló en voz alta, sin advertirlo: «Bárbara, tal vez tú y
los niños se marcharon de la mejor forma, rápidamente, limpiamente, sin tener
tiempo para sufrir ni pensar... Esto ya no es un mundo... Nunca volverá a serlo
más...»
Encontró al fin el lugar que buscaba, un racimo de casas próximas a las heladas
orillas del Lago de los Bosques y su aparato zumbó en aquella dirección. Los
relatos que había oído contar sobre aquella comunidad le habían dado ánimos.
Los otros tenían los datos precisos sobre la localización, lo demás no
importaba.
En el momento en que tomó tierra en un claro al exterior del pueblo, utilizando
los esquís del avión, la mayor parte de sus habitantes ya estaban allí
esperándole. Entre el polvo y la suciedad, se hallaba presente un grupo de
gente desarrapada, cubriéndose las carnes con cuantos trapos y trozos de cuero
habían podido tener en la mano. Aquellos barbudos individuos estaban armados
con palos, cuchillos y algunas armas de fuego. Al salir Drummond del aparato y
aproximarse, tuvo buen cuidado de mantener las manos bien alejadas de sus armas
a la cintura.
—Hola, amigos —saludó—. Vengo amistosamente.
—Es mejor que sea así —gruñó el hombretón barbudo que parecía ser el jefe—.
¿Quién eres, de dónde vienes y por qué?
—Lo primero —dijo Drummond sin alterarse— es que quiero que sepas que hay otro
hombre con aeroplano que sabe donde estoy. Si no vuelvo en un tiempo
de¬terminado, vendrá aquí con bombas. Pero no intentamos hacer ningún daño a
nadie ni interferimos en vuestros asuntos. Esto es una especie de ayuda social.
Soy Hugh Drummond, del Ejército de los Estados Unidos.
Aquellos individuos fueron digiriendo tales palabras lentamente. En un abierto
sentido, no estaban dispuestos a querer saber nada de ningún Gobierno; pero la
presencia del avión atómico y del armamento les impedía manifestarse
hostilmente. El jefe escupió.
—¿Cuánto vas a quedarte aquí?
—Sólo por una noche, si quieren darme albergue. Les pagaré por ello. —Y sacó un
paquete de tabaco.
Los ojos de aquellos hombres brillaron de deseo. El jefe dijo:
—Te quedarás conmigo. Ven.
Drummond le entregó el soborno y se fue con el grupo. No le gustaba malgastar
aquel lujo sin precio que era el poco tabaco existente; pero el objetivo lo
requería. El jefe del poblado estaba oliéndolo con los ojos entornados de
gusto.
—Hemos estado fumando cortezas y hierba. Terrible.
—Peor que eso todavía —convino Drummond, quien se subió el cuello de pieles de
su cazadora de aviador. El viento que comenzaba a soplar era terriblemente
frío.
—¿Por qué has venido? —preguntó el cabecilla.
—Bien, sólo para ver cómo van las cosas. Estamos empezando nuevamente a tener
un Gobierno en condiciones y arreglando que las cosas vayan bien de nuevo. Es
preciso que sepamos cuánta gente queda, qué es lo que necesita.
—No querernos nada con el Gobierno —murmuró una mujer—. Ellos nos trajeron
esto.
—Vamos, mujer, no diga eso. Nosotros no solicitamos que nos atacaran. —
Mentalmente, Drummond cruzó los dedos como el que miente. Lo cierto es que no
sabía, ni le preocupaba tampoco, a quién reprochar lo ocurrido. En ambos
bandos, dejándose llevar su mutuo temor y fricción hasta la histeria, se había
producido aquella espantosa guerra... De hecho, no estaba seguro del hecho que
los Estados Unidos hubieran sido los primeros en lanzar cohetes atómicos. Nadie
de los vivientes estaba en condiciones de saberlo.
—Es el juicio de Dios por todos nuestros pecados —dijo una voz de entre la
media luz del crepúsculo. El crujido de la nieve bajo las botas acompañaban sus
palabras como si la tierra riese a carcajadas—. Las plagas, la muerte por el
fuego, los cohetes, ¿no está todo eso previsto en la Biblia? ¿No estamos acaso
viviendo los últimos días del mundo?
—Tal vez. —Drummond se alegró de detenerse por fin delante de una cabaña, larga
y de bajo techo. El argumento religioso era sensible al máximo entre aquellas
gentes, y con un grupo relativamente numeroso en aquellas condiciones, era
dinamita.
Entraron en la casa rudamente construida y arreglada, aunque bastante
confortable en el interior. Con ellos, entraron bastantes personas más, todas
curiosas y deseosas de saber algo, ya que aquel forastero con un avión era un
acontecimiento fantástico.
Drummond miró discretamente por el interior de la casa, en busca de detalles.
Tres mujeres..., aquello significaba el retorno al concubinato, hecho sólo
esperado en una época de pocos hombres con brazo fuerte que imponían sus
fuertes leyes. Ornamentos y utensilios, herramientas y armas de buena
calidad... Sí, aquello confirmaba los relatos oídos. Aquello no era exactamente
un pueblo de bandidos; pero sí de individuos viajeros que se aprovechaban de
los saqueos de otros lugares abandonados, construyendo así una especie de
puesto de hegemonía sobre el país colindante. La cosa era demasiado común.
Por el suelo, había una perra dando de mamar a una camada de cachorros. Tenía
tres perritos, uno de los cuales aparecía totalmente pelado, a otro le faltaban
las orejas y el restante con más dedos en las patas que lo acostumbrado. Entre
los chiquillos presentes, asombrados por la presencia de Drummond y con sus
grandes ojos abiertos de sorpresa, había muchos que habían sido concebidos
después de la guerra y una buena cuarta parte de ellos aparecían claramente
monstruosos.
Drummond suspiró profundamente y se sentó. En cierta forma, aquello remachaba
su sospecha. Había estado reuniendo tal evidencia durante mucho tiempo y al
encontrar allí tales mutaciones, al igual que en alejados lugares donde
directamente habían caído las bombas atómicas, suponía hallar en definitiva la
prueba que necesitaba. Era preciso conducirse en términos amistosos, o
renunciar en absoluto a descubrir nada de lo que se proponía. Era preciso
conocer sus métodos de producción, sus recursos y cuanto hubiera de útil en
conocer. Forzando una sonrisa, se sacó una botella del chaquetón de aviador.
—Whisky de verdad, amigos —dijo—. ¿Quién quiere un trago?
—¡Vamos! —clamaron a coro una docena diferente de voces exaltadas.
La botella circuló de mano en mano como un regalo divino. El jefe gritó una
orden y una de sus mujeres se apresuró a trajinar en la estufa.
—Vamos, haznos algo de comer —dijo—. Me llamo Sam Buckman —concluyó,
dirigiéndose al coronel Drummond.
—Me alegro de conocerle, Sam —repuso Drummond, estrechándole la velluda mano,
dando a entender que no era un presumido señorito de la ciudad.
—¿Qué es lo que pasa por el mundo? —preguntó uno de los presentes—. Hace mucho
tiempo que no sabemos nada de lo que ocurre.
—Pues no se han perdido mucho —respondió Drummond, atacando la comida que
habían puesto ante él. La comida era bastante buena, considerando las
circunstancias—. Ustedes se encuentran mejor que la mayoría.
—Sí, quizá sí —dijo Sam, rascándose la poblada barba—. ¡Lo que daría por una
navaja de afeitar! Pero no es fácil conseguirse una... El primer año, no
estábamos mejor que el resto. Yo soy granjero. Había guardado algún grano,
maíz, trigo y cebada en el invierno, aunque estábamos pasando hambre. Un puñado
de evacuados y hambrientos asaltaron mi granja y pude venir hasta aquí. El
próximo año volveré por allá para empezar de nuevo, con todo vacío...
Drummond dudó mucho que la hubiera abandonado; pero se calló. El profundo
sentido de la supervivencia desafía todas las leyes humanas.
—Después vinieron otros y se establecieron también aquí —continuó Sam—.
Trabajamos las tierras en comunidad; un hombre solo no puede vivir por sí
mismo, sobre todo rodeado de bichos y plagas y con vagabundos y bandidos a su
alrededor. Por aquí apenas si hay, aunque el año pasado tuvimos que batirnos a
tiros con tropas enemigas. —Los ojos de Sam resplandecieron con el orgullo de
su hazaña; pero Drummond no pareció impresionarse mucho. Un puñado de
proscritos, muertos de hambre, perdidos en una tierra extraña y sin ninguna
esperanza de volver a sus hogares, no debería ser nada formidable—. Las cosas
van ahora algo mejor —continuó Sam—. Aquí vamos progresando lo mejor que
podemos. Estaríamos mejor..., de no ser por los niños que nacen ahora...
—Sí, los nuevos chicos..., al igual que las plantas —dijo un viejo de los de la
reunión, en cuyos ojos brillaba algo parecido a la locura—. Es la marca de la
Bestia. Satán está suelto por el mundo.
—¡Cierra la boca! —exclamó Sam. Poniéndose en pie y echando fuego por los ojos,
tomó por la garganta al viejo que había hablado, dispuesto a ahogarlo—. ¡Calla
o te corto la cabeza! ¡Ningún hijo mío está marcado por el diablo!
—¡Ni mío!
—¡Ni mío tampoco...!
Un coro de voces surgió repitiendo la misma frase entre los hoscos individuos
allí reunidos, en cuyos rostros se pintaba el miedo.
—¡Es el juicio de Dios, yo te lo digo! —chilló una vieja—. El fin del mundo
está cerca. Prepárense para la segunda venida...
—¡Cállate tú también, Mag Schmidt! —tronó Sam dirigiéndose hacia ella—. Procura
tener la boca cerrada o vete al diablo. Soy aquí el jefe y si no te gusta
puedes largarte adonde quieras.
La mujer dio un paso atrás y permaneció en silencio como un animal acorralado.
La habitación se llenó con un completo silencio, dejando oírse en el exterior
el bramido del viento. Uno de sus chiquillos comenzó a llorar. La desgraciada
criatura tenía dos cabezas.
Lenta y pesadamente, Buckman se volvió a Drummond, que seguía sentado inmóvil
pegado a la pared.
—¿Ve usted? —preguntó sombríamente—. ¿Se fija usted cómo es? Quizá será la
maldición de Dios, yo no lo sé. Quizá el mundo estará acabándose. Lo que sé es
que hay muy pocos niños, y la mayor parte de ellos, deformados. ¿Podrá esto
seguir así? ¿Serán monstruos todos nuestros hijos? ¿Deberíamos..., matarlos con
la esperanza de volver a tener criaturas humanas? ¿Qué es esto? ¿Qué es lo que
debemos hacer?
Drummond se puso en pie. Sintió el peso de todos los siglos sobre sus hombros y
el desamparo terrible y total de haber presenciado ya aquel pánico incoercible
en las gentes y oído la desesperada llamada con demasiada frecuencia.
—No los maten —dijo—. Es la peor forma de asesinato que puede cometerse, y, de
todas formas, ningún bien harán con eso. Eso procede de las bombas, y ustedes
no han podido remediarlo. Han hecho bien con tener tales criaturas, y pronto se
acostumbrarán a ellas.
IV
Para un estratocohete atómico no había distancia
entre Minnesota y Oregón, y Drummond pudo tomar tierra nuevamente en Taylor
hacia el mediodía del día siguiente. En aquella ocasión, no había que darse
prisa para esconder el aparato bajo ninguna cubierta. Allá arriba, en las
montañas, existía un trozo de tierra a propósito en donde se estaba
construyendo un nuevo aeropuerto. Los hombres comenzaron a ir abandonando poco
a poco su terror al cielo abierto. Había otro temor más grande con el que
enfrentarse y para tal temor no valía esconderse.
Drummond recorrió la helada calle principal hasta la oficina central de la
ciudad. Hacía un frío terrible, de tal intensidad que le calaba las ropas y los
huesos. No se estaba mucho mejor en el interior de cualquier edificio. La
escasez de combustible hacía del sistema de calefacción una broma pesada de
recordar.
—¡Ya está de vuelta, por fin! —le saludó el general Robinson en la antesala de
su oficina, galvanizado por la impaciencia. Drummond le pareció hallarlo más
delgado y más nervioso, con aspecto de diez años más viejo—. ¡Cuénteme! ¿Cómo
están las cosas? ¿Qué tal?
Drummond le mostró un grueso paquete de notas.
—Todo está aquí —dijo el coronel—. Todos los hechos que necesitábamos. No están
formalmente relacionados todavía; pero la imagen precisa es bastante correcta.
El general le tomó del brazo y entró con él en su oficina. Notó que temblaba la
mano de Robinson; pero tomó asiento y ya tenía una bebida ante sí antes de
comenzar a hablar de los asuntos más urgentes.
—Ha realizado usted un buen trabajo, Hugh —dijo el general cálidamente—. Cuando
el país se encuentre de nuevo organizado, le conseguiré una valiosa
conde¬coración por esto. Sus hombres en los demás aviones aún no han vuelto.
—No, tendrán que inspeccionar todavía bastante tiempo. El trabajo, en realidad,
durará años. Yo he conseguido un somero perfil con este trabajo mío; pero será
suficiente.
Robinson se sintió turbado al encontrarse con la triste y sombría mirada de
Drummond. Murmuró vacilante:
—¿Es muy malo?
—Lo peor, general. Físicamente, el país se está recuperando. Pero
biológicamente, hemos llegado a una encrucijada, habiendo elegido la peor
desviación.
—¿Qué quiere usted decir? Drummond lo explicó de forma directa y dura como un
golpe de bayoneta.
—El coeficiente de natalidad es la mitad que el anterior a la guerra —dijo—.
Casi aproximadamente el setenta y cinco por ciento de los niños son mutantes,
de los cuales posiblemente los dos tercios serán útiles y presumiblemente
fértiles. Por supuesto, esto no incluye las características de maduración
tardía o las indetectables a simple vista, o las mutaciones de genes recesivos
que debemos llevar forzosamente todos nosotros. Eso está por todas partes. No
existen lugares de seguridad.
—Comprendo —dijo el general lentamente, tras un angustioso silencio. Después,
como al hombre que le golpean brutalmente y aún no se ha dado cuenta, dijo
—La razón...
—Es obvia, general.
—Sí, el ir de las gentes a través de las áreas radiactivas...
—Creo que no es eso. Esto podría aplicarse a unos pocos, de haber sucedido.
Recuerde los viejos resultados experimentales. La radiación temporal no produce
una mutación a tan gran escala.
—No importa, es igual. Los hechos están ahí y eso es lo que cuenta. Tenemos que
decidir como actuar.
—Y pronto —respondió Drummond apretando las mandíbulas—. Nuestra civilización
está naufragando. Nosotros, al menos, hemos preservado nuestra continuidad
cultural; pero aun eso está desapareciendo. La gente está volviéndose loca ante
la vista de un monstruo tras otro. Es el miedo de lo desconocido, que golpea la
mente todavía enferma por el horror de la guerra y sus consecuencias. La
frustración de los padres, quizás el más básico instinto que existe. Esto
conduce al infanticidio, a la deserción, a la desesperación; es un cáncer en
las propias raíces de la sociedad. Es preciso actuar.
—¿Cómo, cómo? —dijo el general extendiendo las manos en un gesto de verdadero
desamparo.
—No lo sé. Usted es el Jefe supremo. Quizás una campaña educacional, aunque eso
es poco factible de poder realizarse. Quizá también, la aceleración de su
programa de reintegración del país. Tal vez..., no lo sé.
Drummond llenó la pipa con un poco de tabaco. Sus provisiones estaban ya casi
exhaustas; pero mejor sería dar unas cuantas chupadas para disipar sus
profundas preocupaciones.
—Por supuesto —dijo pensativamente—, es probable que esto no sea el fin de
todas las cosas. No se sabrá por una o dos generaciones; pero más bien me
siento inclinado a creer que los mutantes podrán vivir y desarrollarse en la
sociedad: lo harán mejor así, puesto que sobrepasarán en número a los humanos
normales. Ésta situación no tiene precedentes. Podemos acabar como una cultura
de variaciones especializadas, lo que sería un mal asunto desde un punto de
vista evolucionista. Pueden existir luchas entre los tipos mutantes, con los
humanos. El cruce podría producir malos resultados, especialmente cuando
empezasen a manifestarse los factores recesivos acumulados. General Robinson,
si queremos anteponernos a lo que debe suceder en los próximos siglos de la existencia
humana, debemos actuar rápidamente. De otra forma, esto es una bola de nieve
fuera de control.
—Sí, sí, Drummond, debemos actuar de prisa. Y con mano dura. —Robinson se pasó
la mano por sus cabellos grises. Una expresión de firme decisión se observaba
en su rostro; pero sus ojos miraban fijamente—. Estamos movilizados —dijo—.
Disponemos de armas y de organización. No serán capaces de resistir.
Drummond sintió de pronto un estremecimiento de temor recorrerle la espina
dorsal.
—¿Qué es lo que se propone, general? —exclamó.
—La muerte racial. Todos los mutantes y sus progenitores deben ser
esterilizados dondequiera que se hallen y allí donde sean detectados.
—¡Está usted loco! —gritó Drummond saltando de su asiento, tomando las solapas
del general y sacudiéndole sin contemplaciones—. Usted..., ¡pero eso es
imposible! ¡Traerá con ello la revuelta, la guerra civil, el colapso final!
—No, si actuamos en la debida forma. —El sudor perlaba la frente del general—.
No me gusta la medida más que a usted; pero debe hacerse o la raza humana habrá
terminado. Los nacimientos normales son ya una cosa rara. —Se puso en pie
respirando fatigosamente, excitado—. He estado pensando en esto mucho tiempo.
He estudiado profundamente la cuestión. Sus hechos registrados no hacen más que
venir a confirmar mis sospechas. ¿No lo ve usted claro? La evolución tiene que
producirse lentamente. La vida no está dispuesta para cambios bruscos. A menos
que no podamos salvar el remanente sano de la humanidad, éste será absorbido y
los cambios continuarán y continuarán, sin saber su meta. O tendrían que
producirse muchísimas recesiones mortales. En una extensa población, pueden
acumularse inadvertidos hasta que casi todas las personas las tengan, y
entonces surgir inmediatamente. Esto podría barrernos definitivamente del mapa.
Ya ha ocurrido antes con los ciclos de población entre las ratas y los
«lemings». Si eliminamos ahora a los mutantes que existen, aún podríamos salvar
la raza. Podría hacerse sin crueldad. Podríamos esterilizarlos, lo que apenas
causaría dife¬rencias, excepto que esas gentes estarían incapacitadas para
tener hijos. Es preciso hacerlo. —Su voz estalló en un grito desesperado—. ¡Es
preciso hacerlo!
Drummond avanzó hacia el general y volvió a sacudirle con fuerza por los
hombros. Robinson dejó escapar un fuerte suspiro y comenzó a llorar, lo que, de
cierta forma, parecía en él lo más horrible de ver.
—¡Está loco! —le gritó Drummond—. Está usted perdiendo el sentido, rumiando en
solitario tales ideas durante seis meses, sin saber o ser capaz de poder actuar
en la debida forma. ¡Ha perdido usted todo sentido de la perspectiva!
Tras unos momentos, continuó:
—No podemos usar la violencia. En primer lugar, sería la quiebra o el completo
trastorno de la civilización, sería algo así como comenzar una lucha entre
perros enloquecidos. Ni siquiera podríamos vencer de modo alguno. Estamos
desbordados en número, y sería absolutamente imposible luchar contra todo un
continente y ni que decir nada con respecto a todo el planeta. Recuerde lo que
dijimos una vez sobre la forma salvaje de arreglar las cosas. Nunca da el menor
resultado. No es posible provocar el suicidio de la raza, por el simple hecho
que estemos asustados para vivir en tales cir¬cunstancias.
El general se mantuvo silencioso y Drummond continuó con calma:
—Se mire como se mire, no proporcionaría el más mínimo bien. Los mutantes
continuarán naciendo. El veneno está repartido por todas partes. Padres
normales, darán al mundo hijos mutantes. Es preciso, entonces, aceptar el hecho
real tal y como es, general. La nueva raza humana, tendrá que seguir así.
—Lo siento, Drummond —murmuró el general, pasándose una mano por la frente como
apartando el fantasma de la angustia de su mente. En su expresión ya aparecía
una cierta calma—. Yo..., estaba a punto de volverme loco. Sí, tiene usted
razón. He estado pensando en todo esto, preocupándome y dándole constantes
vueltas a la imaginación, en incontables noches de pesadilla, y cuando
finalmente he conseguido dormir un poco ha sido para seguir soñando con ello.
Yo..., sí, comprendo su punto de vista. Y tiene usted razón.
—Está bien. Está y ha estado usted bajo un peso abrumador. Tres años sin el
menor descanso y con la responsabilidad de toda una nación... Es cierto, todo
el mundo está desequilibrado en mayor o menor medida. Pero, de todos modos,
elaboraremos una solución.
—Por supuesto que sí. —Robinson se tomó el último trago del vaso que tenía al
alcance de la mano y se levantó—. Veamos..., la eugenesia, naturalmente... Si
trabajamos de firme, podremos tener a la nación bastante bien organizada dentro
de diez años. Entonces..., bien, supongo que no podremos evitar que los
mutantes se crucen; pero sí que será posible establecer leyes que protejan a
los humanos normales, dándoles alientos para su propagación. Puesto que los
mutantes radicales, deberán ser estériles, casi con seguridad lo son la mayor
parte de ellos, en desventaja de una u otra forma, en el aspecto genético, tras
unas cuantas generaciones, podrá verse a los humanos nuevamente como raza
dominante.
Drummond frunció el entrecejo. Se sentía preocupado. No parecía fácil que el
general se mostrase razonable. De algún modo, había adquirido una ciega y
obsesiva visión de dónde radicaba el problema humano. Con la misma calma,
respondió al general:
—Eso no funcionará tampoco, general. Primero, será muy difícil imponerse por la
fuerza. Segundo, no haríamos más que repetir la falacia del Herrenvolk3[3]. Si
los mu¬tantes son inferiores, deben ser conservados en el lugar que ocupan;
forzar esta situación, especialmente en la mayoría, sólo podría hacerse
disponiendo de un Estado totalitario. Tercero: No iría de ningún modo todo eso,
ya que el resto del mundo, sin casi excepción ninguna, no se encuentra bajo
nuestro control. No estaríamos tampoco en condiciones de gobernarles durante
mucho tiempo, generaciones, probablemente. Antes de tal cosa, los mutantes
dominarán todo y en todas partes y si se resienten de la forma en que son
tratados en nuestro país los de su misma especie, creo que no habría sitio donde
correr y ocultarse.
—En eso creo que va usted demasiado lejos. ¿Cómo sabe usted que esos cientos o
miles de diferentes tipos de mutantes se unan para colaborar juntos? Son mucho
menos parecidos entre sí de lo que nosotros lo somos. Seguramente cada uno de
ellos estará más bien aislado del resto de los demás, e incluso incitarles a
luchar entre ellos mismos.
—Puede ser. Pero eso conduciría de nuevo al viejo camino de la traición y la
violencia, al camino del Infierno. Por el contrario, si cada uno de los
individuos no completamente humanos es llamado «mutante» como si se tratase de
una raza separada, el individuo pensará que lo es y actuará contra lo que
considerará como mayor enemigo suyo, el «humano». No, el único camino prudente
(el de la supervivencia) es abandonar el prejuicio de clases y el odio de
razas, en bloque, y de una vez para siempre y considerar todos los individuos
como tales individualidades. Todos somos terrestres..., y cualquier
subclasificación es fatal. Debemos vivir todos juntos, y sería lo mejor de todo
lo imaginable. —Drummond sonrió con cierto rasgo de humor y añadió—: Fin del
sermón.
—Sí, sí..., también creo que tiene usted razón en esto.
—Vuelvo a repetir, de todos modos —continuó el coronel Drummond— que tales
intentos serían absolutamente inútiles. Toda la Tierra está plagada del mismo
fenómeno, de la mutación. Y seguirá por mucho tiempo. La raza humana más pura
continuará produciendo todavía monstruosidades.
V
—Sí..., eso es cierto también. Creo que lo mejor
que pueda hacerse es encontrar a la reserva puramente humana y llevarla a un
nuevo y seguro lugar, en las áreas que aún quedan sin contaminación. Ello
significaría una población pequeña: pero humana.
—¡Vuelvo a decirle que eso es imposible! —restalló Drummond—. No existen
lugares seguros. Ni uno siquiera.
Robinson detuvo sus nerviosos paseos por la habitación y miró a Drummond como
si se tratase de un real y verdadero enemigo físico.
—¿De modo que ésas tenemos? —refunfuñó encolerizado—. ¿Por qué?
Drummond le repuso lo que ya sabía por su viaje general de inspección por todo
el territorio, añadiendo incrédulamente.
—Seguramente que usted sabía ya esto. Sus físicos han medido bien el problema.
Sus doctores, sus ingenieros, esos geneticistas que yo he ido desenterrando
para usted, también lo conocen. Y es preciso que conozca mucho de esas técnicas
especializadas a fuerza de leer sus informes. ¡Tienen que haberlo dicho todo y
repetir la misma cosa que yo!
Robinson sacudió la cabeza obstinadamente.
—No puede ser. No es razonable. Esa concentración no será bastante
considerable.
—Bien, general, ¿por qué no dirige usted una mirada a su alrededor? ¡Las
plantas, los animales, todo está igualmente afectado! ¿Acaso no se han
producido aquí precisamente nacimientos anormales?
—No, ésta es una pequeña ciudad todavía, aunque ya haya muchas criaturas que
esperan nacer. —El rostro de Robinson se retorció en una mueca—. Elaine está
esperando dar a luz en cualquier momento, también. Está en el hospital. Ya sabe
usted, nuestros otros hijos murieron todos al principio. Éste será el único que
tengamos ahora. Deseamos que crezca del lado normal de la raza humana..., y no
de la otra. Usted y yo estamos ya en el declive de la vida. Somos la vieja
generación, la que ha hecho naufragar al mundo entero en la mayor catástrofe
conocida en la Historia. Estamos obligados a rehacer de nuevo la humanidad y
procurar que la disfruten nuestros hijos. Y debemos conseguir que se consiga
cuanto antes, ¿no es cierto?
En el interior de Drummond surgió un agudo sentimiento de piedad, de
comprensión y de misericordia, y una singular gentileza asomó a su huesuda
cara.
—Sí —murmuro—, sí, general. Para eso está usted trabajando con todos sus
medios, para reconstruir un futuro más saludable. Por eso estuvo a punto de
volverse loco, cuando apareció la amenaza. Por eso se encuentra incapaz de
comprender otra cosa distinta.
Puso el brazo alrededor de los hombros del viejo general y le empujó
cariñosamente hacia la salida.
—Vamos —dijo—. Vayamos a ver cómo está su esposa. Tal vez encontremos algunas
flores en el camino.
Un frío cortante y despiadado les mordió la carne conforme avanzaban calle
abajo. La nieve crujía bajo sus zapatos. Era ya el atardecer y la ciudad
aparecía recubierta con una suave neblina y el humo de las chimeneas de las
casas; pero el cielo estaba increíblemente limpio y azul. El ruido que formaban
los hombres que trabajan en las montañas les llegó claramente.
—No sería posible emigrar a otro planeta, ¿verdad? —preguntó Robinson,
contestándose en seguida a sí mismo—: No, nos falta organización y recursos.
Tampoco resultan habitables, de todos modos. Tendremos que seguir viviendo aquí
en la Tierra. Unos cuantos lugares seguros, como éste..., sí, tiene que haber
otros más, donde poder alojar a los verdaderos humanos hasta que termine el
período de las mutaciones. Sí, creo que podremos conseguirlo.
—No hay lugar seguro en ninguna parte, general —insistió Drummond, y para
cambiar de tema, continuó—: A propósito, ¿qué piensa de todo esto su
geneticista? Biológicamente hablando, claro está...
—No lo sabe. En esta especialidad, existen inmensas lagunas. Puede hacer una
inteligente suposición, eso es todo.
—Sí. De todas formas, nuestro problema radica en aprender a vivir con los
mutantes, aceptarlos a todos como..., como terrestres, sin importar la
presencia que tengan y dejar de pensar en cualquier cosa que presuponga el uso
de la violencia. Es divertido —añadió el coronel Drummond con una triste
sonrisa—, cómo las virtudes nunca practicadas se han convertido ahora en una
necesidad de supervivencia. Tal vez, ello fue siempre cierto; pero ha sido
preciso que llegue el momento para que lo veamos como un hecho sencillo. Ahora
tenemos que convencer de esto mismo al resto del mundo. Trato de imaginarme si
podremos hacerlo...
Encontraron en el camino algunas flores, criadas en el interior de una casa y
Robinson las adquirió a cambio del resto del tabaco que le quedaba en el
bolsillo. Cuando llegó al hospital, estaba sudando. El sudor se le helaba en el
rostro conforme caminaba.
El centro médico era el mayor edificio de la ciudad, hallándose bastante bien
equipado. Una enfermera les salió al encuentro.
—Estaba a punto de enviar a llamarle, general Robinson —dijo—. La criatura está
a punto de nacer.
—¿Cómo..., cómo está ella?
—Muy bien, señor. Tenga la bondad de esperar, por favor.
Drummond se dejó caer en un sillón, observando el febril ir y venir de
Robinson, mientras aguardaban el acontecimiento. «Pobre hombre..., pobre
hombre... ¿Por qué sonreirán a los padres que se encuentran en tales
circunstancias? Es como reírse de un hombre que está en el potro del
tormento... Yo lo sé, Bárbara...»
—Han conseguido algunos anestésicos —murmuró el general—. Ellos..., Elaine no
ha sido nunca muy fuerte...
—Todo irá bien, general, no se preocupe.
«Lo que viene detrás es lo que a mí me preocupa...», pensó sombríamente
Drummond.
—Sí, ya veremos. ¿Cuánto tiempo se llevará?...
—Pues eso depende. Vamos, señor, tómelo con calma.
Drummond sacrificó su más valioso resto de tabaco, cargó una pipa y se la
ofreció al general.
—Aquí tiene, señor. Necesita fumar un poco. Esto le sentará bien.
—Oh, gracias, Drummond.
Los minutos pasaron lentos e interminables, se fueron poco a poco convirtiendo
en horas, y Drummond no cesaba de preguntarse qué haría cuando ello sucediese.
No debería ocurrir nada de malo para Elaine. Pero las oportunidades estaban
todas contra tan fácil solución. No era él un psiquiatra. Mejor dejar de
preocuparse y que las cosas ocurrieran como tuviesen que ocurrir.
La terrible espera llegó a su fin. Un médico irrumpió frente a ellos,
inescrutable bajo su mascarilla de cirugía. Robinson permaneció frente al
doctor, inmóvil.
—Es usted un hombre magnífico —dijo el médico—. Ahora necesitará hacer acopio
de todo su valor —concluyó, al quitarse la máscara del quirófano.
—Ella... —Y su voz sonó apenas a voz humana.
—Su esposa se encuentra bastante bien. La criatura...
Una enfermera trajo en seguida a la criaturita recién nacida. Era un niño. Pero
sus miembros eran unos flexibles tentáculos más parecidos al caucho que a unos
miembros humanos. Robinson miró fascinado y pareció como si algo de su vida se
escapase de él. Tenía el rostro de un cadáver.
—Es usted un hombre afortunado —le dijo Drummond, con la convicción del que
siente lo que dice—. Después de todo, aprenderá a usar esos..., esos brazos.
Quizás, a su debido tiempo, la cirugía le ayude. Vivirá y lo hará bien. Puede
que tenga cierta ventaja para determinados tipos de trabajo. No es una
deformidad, realmente. Si no hay otra cosa más, tendrá usted un muchacho
magnífico.
—Sí... —susurró Robinson—. ¿Cómo puede usted decir eso?
—Nadie puede hacerlo aún. Pero usted tiene arrestos y Elaine también. Tienen
que tenerlos juntos. Sí, juntos. Ahora veo por qué usted no comprendía el
problema, general. No quería entenderlo. Era como un bloqueo psicológico, en el
que suprimía un hecho al que no se atrevía a mirar cara a cara. Este niño
constituía la esperanza de toda su vida. Usted no podía pensar la verdad acerca
de él y los riesgos que se correría al nacer, y, por tanto, su subconsciente
rehusaba permitirle a usted pensar racionalmente en la cuestión de la mutación,
en absoluto.
»Ahora lo verá usted. Ahora comprenderá, general, que no existe ni un solo
lugar escondido en ninguna parte del mundo. La tremenda incidencia de los
nacimientos de criaturas mutantes en la primera generación, se lo explica todo
por sí mismo. La mayor parte de esos rasgos serán recesivos, lo que significa
que ambos progenitores tienen que tenerlos para que se manifiesten en la
criatura. Pero los cambios genéticos son azarosos, como los albinos, o el
trébol de cuatro hojas, por ejemplo. Piense qué grande tiene que ser el número
total de tales cambios, para producir las correspondientes alteraciones en el
macho y la hembra, durante estos tres años pasados. Piense en cuántos,
cuantísimos recesivos tiene que haber, solamente en los esquemas de los genes
hasta que se manifiestan. Debemos tomar nuestras disposiciones sobre algo que
está acumulándose. No podrá conocerse hasta demasiado tarde.
—El polvo radiactivo... —farfulló el general Robinson.
—Así es —confirmó Drummond—. Es coloidal. Incontables otros radiocoloides se
formaron al estallar las bombas; la suciedad y el polvo corriente, con la ayuda
del aire, lo tomaron en forma de isótopos inestables en la proximidad de los
cráteres formados por las explosiones. El peligro se halla extendido por todo
el mundo, sin excepción, impulsado y transportado por el viento. La
concentración no es suficientemente alta para la vida en general, se encuentra
bastante cerca del límite de seguridad; y lo más seguro es que se propague el
cáncer de forma impresionante. Pero es igual por todas partes. En cada bocanada
de aire que respiramos, en cada bocado de alimento que ingerimos, en el agua,
en cada lugar en que ponemos el pie al caminar, allí se encuentra la radiación.
Se encuentra allá arriba en la estratosfera, y en todas partes. No hay escape
posible, el daño ya lo tenemos en nuestro organismo.
»Las mutaciones fueron raras antes, porque una partícula cargada tiene que
hallarse muy cerca de los genes y moverse rápidamente antes que sus efectos
elec- tromagnéticos causen daño y el cambio químico correspondiente, y que,
después, el cromosoma particular entre en reproducción. Pero ahora, las
partículas cargadas de radiación y los rayos gamma, que producen aún mayor
efecto, están por todas partes. Muchísimos genes contienen en sí mismos átomos
radiactivos. Incluso a concentración comparativamente baja, las condiciones son
tales para un organismo dado con gran cantidad de células cambiadas, que al
menos una dé oportunidad a un mutante, cuando se reproduce. Existen, no
obstante, oportunidades para que haya un gran número de fac- tores recesivos en
la primera generación. Pero nadie está libre, no hay lugar seguro.
—El geneticista —dijo Robinson, casi mecánicamente—, cree que continuarán, a
pesar de todo, bastantes humanos verdaderos y normales.
—Creo que serán muy pocos, probablemente. Después de todo, la radiactividad no
está demasiado concentrada y va consumiéndose lentamente. Pero se llevará de
cincuenta a cien años hasta quedar reducida a un valor insignificante, y para
entonces la reserva «pura» se hallará de todas formas en la completa minoría.
Sin contar con los factores recesivos, que esperan a manifestarse.
—Tiene usted razón. Nunca debimos haber impulsado a la Ciencia. Nos ha traído
el fin de la raza.
—Yo nunca dije eso, general. La raza trajo su
propia destrucción con el abuso de la ciencia. Nuestra cultura era de todas
formas científica, en todo, excepto en una base psicológica. Nos corresponde a
nosotros dar este último y más duro paso. Si lo hacemos, el hombre (o los
descendientes del hombre) pueden sobrevivir todavía.
Drummond empujó gentilmente al viejo general hacia la entrada de la habitación.
—Está usted deshecho, general —dijo—. Mañana lo verá de forma distinta. Vaya y
quédese con Elaine. Dele mis recuerdos más cariñosos y después descanse
bastante antes de recomenzar el trabajo. Sigo creyendo que tendrán ustedes un
chico magnífico.
Mecánicamente, el Presidente de los Estados Unidos, de facto, dejó la
habitación. Hugh Drummond se le quedó mirando un momento y salió a la calle,
levantándose el cuello de pieles de su chaquetón para protegerse del intenso
frío.
Fin
2[2] La cita corresponde al famoso libro de Spengler. Der Untergang des
Abendlandes (La decadencia de Occidente). (N. del T.)
3[3] Herrenvolk. Una palabra alemana que significa «pueblo de señores»,
expresión que simboliza la trágica y fanática discriminación de la supremacía
de la raza aria que Hitler pretendía, consecuencia de la filosofía del
«superhombre» de Federico Nietzsche y que condujo a los horrores cometidos
contra el pueblo judío en la Segunda Guerra Mundial. En alemán en el original.
(N. del T.)

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