© Libro N° 7818.
Nelson Mandela, Dueño De Su Destino. Emancipación. Octubre 3 de 2020.
Título
original: ©
Nelson Mandela, Dueño De Su Destino
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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Dueño De Su Destino
Nelson Mandela
Dueño De Su Destino
UNA SEÑAL DE LA CERCANÍA que los sudafricanos
sienten con Nelson Mandela es que muchos lo llaman afectuosamente Madiba, el
nombre de su clan. Y es que en Sudáfrica aún lo ven como el patriarca sabio y
protector de una nación transformada, y como un líder político excepcional.
Mandela nació en 1918. Era hijo de un jefe de la tribu tembu, y asistió a
escuelas que seguían el sistema británico. En una ocasión dijo que lo educaron
para ser "un inglés negro"; sin embargo, por ser de raza negra,
sus libertades estaban estrictamente restringidas. Siendo un joven abogado se
unió al Congreso Nacional Africano (CNA), organización dedicada a acabar por
medios pacíficos con el apartheid, el sistema de segregación
racial. Pero ante la incesante y brutal represión del régimen blanco, a Mandela
le encomendaron formar un brazo armado del CNA. Luego de varios meses de vivir
y trabajar en la clandestinidad, lo arrestaron en 1962. Dos años después lo
enjuiciaron por traición y lo condenaron a cadena perpetua sin posibilidad de
ser puesto en libertad bajo palabra.
Recluido al principio en la prisión de máxima seguridad de la isla Robben,
frente a Ciudad del Cabo, bien pudo haber sucumbido a la desesperación, pero se
negó a permitir que le quebrantaran el espíritu. "Liberen a
Mandela" se convirtió en un reclamo en todo el mundo, y en 1990, tras
pasar 27 años en la cárcel, salió libre.
Pronto se ocupó de representar al CNA en las negociaciones con el gobierno que
condujeron a los primeros comicios abiertos en Sudáfrica y a la elección de
Mandela como presidente, en 1994. La capacidad que tuvo para superar la
amargura de la división racial en su país ayudó a la incipiente democracia a
sanar de las heridas del apartheid. Hoy día los sudafricanos de
todos los colores se enorgullecen de la transición pacífica de su país del
dominio de la minoría blanca a la democracia multirracial, y Mandela es
reconocido como el principal promotor de este cambio.
En 1999 concluyó su mandato, y hoy, a sus 86 años, mantiene un exigente ritmo
de vida que agotaría a cualquier hombre de la mitad de su edad. Además,
comparte tanto sus alegrías como sus penas. Por ejemplo, en enero pasado reveló
que su hijo Makgatho, del que pocos sabían que estaba enfermo, había muerto de
sida.
Reader's Digest entrevistó a Madiba en la oficina de la Fundación
Mandela/Rhodes, en Ciudad del Cabo.
Mandela con unos niños de guardería en las afueras
de Ciudad del Cabo.
SRD: Cuando, luego de tantos años de persecución y cárcel, recobró
la libertad, la gente habría comprendido que se volviera usted un líder
vengativo. Pero eligió el camino de la reconciliación. ¿Le sorprende lo
poderosa que ha resultado esta fuerza?
Mandela: Si uno trata a las personas con violencia, reaccionarán
con violencia, pero si les decimos que queremos la paz y la estabilidad,
entonces podemos hacer muchas cosas para contribuir al progreso de la sociedad.
SRD: Cuando era presidente, en varias ocasiones se refirió a
personajes de relatos de Reader's Digest, en especial a algunos
que, como usted, han triunfado sobre la adversidad. ¿Leía la revista en la isla
Robben?
Mandela: Sí. ¡Cuenta historias muy interesantes! Recuerdo una
acerca de un joven canadiense que tenía cáncer en una pierna y tuvieron que
amputársela. Pero él no se sentó en un rincón a llorar. Vivía en la costa
atlántica y decidió caminar hasta el Pacífico con la pierna que le quedó.
Esos relatos alientan a la gente. Aunque uno padezca un mal incurable, no gana
nada con echarse a llorar. Hay que disfrutar la vida y desafiar la enfermedad.
Y ejemplos como el de ese joven animan a muchas personas que afrontan problemas
similares.
SRD: ¿Ha desempeñado la religión un papel importante en su vida?
Mandela: Es fundamental respetar las creencias religiosas de la
gente, sean cristianas, hindúes o musulmanas. El respeto es esencial porque,
crea uno o no en la existencia de un ser superior, gran parte de la humanidad
sí cree. Si uno cuestiona la fe, termina aislado por completo y la gente no lo
considera capaz de guiar a la sociedad. La relación entre un hombre o una mujer
y su dios es un asunto personal; no se puede cuestionar la fe de la gente en un
ser superior.
SRD: ¿Considera que la religión ha desempeñado un papel positivo en
la historia del mundo?
Mandela: En general, así ha sido. Lo que yo desalentaría es la
rivalidad que hoy existe entre los diversos grupos religiosos. Pero la creencia
de que existe un ser superior que vigila nuestros actos es buena para la
humanidad.
SRD: Usted se ha referido a la epidemia de sida como la peor crisis
de salud pública de la historia y ha iniciado una cruzada personal en favor de
los enfermos porque piensa que hace falta hacer más por ellos. ¿No es así?
Mandela: En efecto. Entre otras cosas, tenemos que acabar con el
estigma que pesa sobre estas personas, dejar de evitar a toda costa el contacto
con ellas. Debemos recordar que la princesa Diana visitó hospitales para
enfermos de sida, se sentó a su lado, les estrechó la mano y acabó con el mito
de que es un peligro estar en el mismo cuarto con un enfermo de sida.
En 2000 asistí a la inauguración de una escuela rural en la provincia de
Limpopo (en el norte de Sudáfrica). La gente del lugar me contó que en una casa
cercana había muerto una pareja y había dejado niños, de los cuales el mayor
tenía ocho años. Les pregunté si podía ir a verlos, y me acompañaron gustosos
entonando cánticos. Entré solo a la casa y estuve allí unos 25 minutos. Cuando
salí, esa misma multitud echó a correr. Al principio no entendí por qué huían.
Aceleré el paso y ellos hicieron lo mismo para alejarse de mí. Cuando me di
cuenta de lo que pasaba, me limité a regresar a mi auto.
En una visita a su celda de prisión en la isla
Robben.
SRD: Entonces es tarea de los líderes como usted ayudar a acabar
con la ignorancia que origina ese estigma.
Mandela: Por supuesto. En la región de Ciskei (en la provincia del
Cabo Oriental) había una mujer seropositiva. Era valiente: se presentó en una
reunión a la que asistí y admitió que tenía sida. La abracé y les dije a los
concurrentes: "No aíslen a las personas que padecen enfermedades
incurables porque el aislamiento mata aun más que la enfermedad". Cuando
alguien se da cuenta de que ya no lo consideran ser humano, pierde la voluntad
de luchar, mientras que si recibe apoyo, en especial de sus amigos y de las
personas en quienes confía, lucha por seguir viviendo.
Conozco a algunos enfermos de sida. Si los visitamos y les hablamos, se arman
de valor. Les decimos: "No te aísles, no tienes por qué ocultar que
tienes sida". Y les hablo de cuando yo enfermé de tuberculosis en la
cárcel. Me lo dijeron en el hospital y fui a contárselo a mi amigo Walter
Sisulu (otro líder del CNA y preso político en la isla Robben). Walter me
aconsejó que no hablara de eso, que era algo personal. Le
respondí: "¿Cómo que es personal? ¡Todo el hospital lo
sabe!" Años después, cuando contraje cáncer de próstata, convoqué a
una conferencia de prensa y bromeé sobre el asunto. A la gente le gusta que uno
sea así, que discuta estos temas sin demasiada seriedad.
SRD: Además del sida, ¿cuál es el problema más apremiante que
afronta el mundo hoy día?
Mandela: La pobreza y la falta de educación. Es muy importante
asegurarnos de que la educación llegue a todos los estratos sociales.
SRD: A través de los años usted ha dedicado mucho tiempo a los
niños. En su opinión, ¿cuáles son las lecciones más importantes que los padres
de familia deben recordar mientras crían a sus hijos?
Mandela: Sin educación, los niños jamás podrán encarar los retos
que se les presenten en la vida. Por eso es indispensable educarlos y
explicarles que deben hacer algo por su país. Yo lo hago con mis hijos y mis
nietos, pero me doy cuenta de que ahora mis nietos saben más que yo.
SRD: ¿Qué ha aprendido de los niños?
Mandela: En vez de hacernos volar, los niños nos ayudan a poner los
pies en la tierra; ésa es una ventaja de convivir con ellos. Además, suelen ser
muy francos: nos recuerdan los errores que cometimos en el pasado y nos obligan
a corregir algunos de ellos.
Encuentro solidario con el Dalai Lama en agosto de
1996.
SRD: Usted criticó a los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña
por intervenir en Irak sin la aprobación de las Naciones Unidas. En los últimos
meses, gente de todo el mundo ha exigido a la ONU que tome medidas enérgicas en
contra del exterminio étnico en la provincia sudanesa de Dafur, pero la
organización no ha querido o no ha podido hacerlo. ¿No es esto una muestra de
debilidad?
Mandeia: No hay en el mundo ninguna institución sin debilidades. Lo
que debemos hacer es tratar de asegurar que esas instituciones alcancen los
objetivos para los que fueron creadas. Tenemos que luchar dentro de ellas.
Cuando existe una organización que representa a todo el mundo, no es correcto
abandonarla y actuar de manera unilateral.
SRD: Usted dice que las acciones unilaterales que infringen los
mandatos de la ONU en países como Irak son indebidas, pero ahora que la
intervención de fuerzas extranjeras es común, ¿cuál es el mejor camino para
resolver los conflictos?
Mandela: Mi condena de las acciones de ciertos países en Irak
obedece a mi profundo compromiso con el multilateralismo, en este caso con la
ONU. No dije que me opusiera a las acciones en contra de Saddam Hussein per
se, sino que me preocupa mucho lo que ocurrió en Irak a raíz de la
intervención estadounidense. He perdido la cuenta de la cantidad de personas
que han muerto desde el final de la guerra. Pienso que el mejor camino para
remediar los conflictos debe ser, ante todo, reforzar el principio del
multilateralismo y la función de la ONU.
SRD: Entonces, ¿le gustaría ver una ONU más fuerte?
Mandela: No estoy seguro de si tiene o no la fuerza suficiente,
pero hay casos en los que uno esperaría que actuara y no lo hace.
SRD: Usted se encargó de organizar el brazo armado del CNA cuando
se hizo evidente que la resistencia pacífica no bastaría para acabar con la
opresión en Sudáfrica. ¿Hoy día hay lugares en el mundo donde se justifique la
lucha armada?
Mandela: Tuvimos que crear esa ala militar debido a la obstinación
del gobierno del apartheid, que no estaba preparado para discutir
nada con nosotros ni para comprender nuestros sentimientos. De modo que
decidimos adoptar métodos para obligarlos a hacerlo, y tuvimos éxito. Es claro
que las decisiones que uno toma dependen de las circunstancias reales a las que
se enfrenta.
El joven Mandela practicando el boxeo en
Johanesburgo. Foto: Mayibuye Archive.
La admiración y simpatía del líder por la princesa Díana se hicieron evidentes
en una recepción oficia en Ciudad del Cabo.
SRD: Para usted, ¿cuál es la línea que separa el terrorismo de la
lucha legítima por la libertad?
Mandela: Creo firmemente en que siempre debemos buscar soluciones
racionales para los conflictos, y confío en la capacidad de los seres humanos
para concretar esa búsqueda.
SRD: Usted ejerció el cargo de presidente sólo durante un periodo,
y en una ocasión dijo que "algunos gobernantes no saben cuándo
retirarse". Robert Mugabe ha gobernado Zimbabue durante 25 años, en los
cuales ha aumentado la represión y disminuido la libertad de su pueblo. ¿Llegó
el momento de que se jubile?
Mandela: No es bueno para ninguna democracia que un gobernante
permanezca tanto tiempo en el poder. Sin embargo, éste es un asunto que los
ciudadanos del país en cuestión deben decidir.
SRD: ¿Hay algún personaje de renombre internacional al que no
conozca y desee conocer?
Mandela: Existen muchos hombres y mujeres que, sin ocupar un puesto
importante, han contribuido enormemente al progreso de la sociedad. Algunos de
ellos son desconocidos hasta en sus propios países, pero cuando uno llega a
conocerlos se queda impresionado. Ellos son los héroes y las heroínas que no
debernos olvidar. Por sus servicios a la sociedad, uno no puede evitar
admirarlos.
SRD: ¿Así que son las acciones, y no la fama de quien las realiza,
lo que verdaderamente cuenta?
Mandela: Sí. Lo valioso de una persona, sea cual sea su origen o su
condición, es cómo contribuye al progreso de la sociedad.
Con el arzobispo sudafricano Desmond Tutu, su
compañero de lucha, en 1999.
SRD: Durante todos esos años en que estuvo preso en la isla Robben
y en otros sitios, ¿hubo algo que recordara o tuviera siempre en mente, un
mensaje o un fragmento de un libro, una canción, algo que le ayudara a resistir
y a conservar la moral?
Mandela: Sí, un poema llamado "Invicto", de William
Henley, un autor inglés. La última estrofa dice: No importa si es
estrecha la entrada, / ni que haya castigos al final del camino; / yo soy el
capitán de mi alma, / soy el dueño de mi propio destino.
SRD: ¿Cuál es su mayor fortaleza y cuál su mayor debilidad?
Mandela: A decir verdad, tengo muchas debilidades, y no me
reconozco ninguna fortaleza.
SRD: Algunos observadores piensan que usted habría sido un buen
boxeador profesional si no hubiera tenido que enfrascarse en la lucha por la
libertad. ¿A qué otra actividad le habría gustado dedicarse?
Mandela: Me hubiera gustado ser un jornalero ordinario y abrir
zanjas. Disfrutaba mucho el boxeo, pero tal vez habría resultado difícil (como
profesión). Un pugilista a quien admiré mucho fue Mohamed Alí. Recibía el
castigo sin responder; sólo aguantaba y aguantaba. En su pelea con George
Foreman (en Zaire en 1974), luego de varios asaltos, dijo: "¡Tanto
pleito y ni siquiera he empezado a tirar golpes!" Como ve, uno no
puede limitarse a aguantar. Todos tenemos un límite; después, hay que pelear.
SRD: ¿Cómo le gustaría que la gente lo recordara?
Mandela: No quiero que me consideren un personaje mítico. Me
gustaría que me recordaran como un ser humano común y corriente, con virtudes y
defectos.
Vestido con una camisa estampada con su viejo
número de prisionero, Mandela ayudó a organizar un concierto en 2003 para
fomentar la conciencia sobre la pandemia de sida. Foto: Shelly Christians/Oryx
Media Archive.
Fotografías de Benny Gool

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