© Libro N° 7816.
El Espía Que Surgió Del Frío. Le Carré, John. Emancipación. Octubre 3 de 2020.
Título
original: ©
El Espía Que Surgió Del Frío. John Le Carré
Versión Original: © El Espía Que Surgió Del Frío. John Le
Carré
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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EL ESPÍA QUE SURGIÓ DEL
FRÍO
John Le Carré
El Espía Que Surgió Del
Frío
John Le Carré
Presentación
«Las novelas de espionaje son suspense y misterio más acción y política», según
ha dicho recientemente un escritor italiano, en una fórmula que por lo menos
tiene las virtudes de la claridad y la sencillez. Se trata, desde el punto de
vista histórico, de una derivación de la novela policíaca, con cuyos
procedimientos tiende a menudo a confundirse, pero que posee unas
particularidades que han sido el secreto de la fascinación que ejerce sobre el
público lector.
De un lado, el hecho de injertarse, aunque sea como pretexto, en la Historia
con mayúscula, con lo cual la amenaza que se conjura, el miedo que se nos
despierta artificialmente, pasa del ámbito privado al colectivo, los afectados
no son unas cuantas personas, sino un país entero, y muy pronto, por qué no, la
civilización occidental o la Humanidad; esa tremenda coacción para que nos
tomemos en serio lo que nos cuentan queda además fácilmente barnizada de
actualidad casi periodística, que es en nuestro siglo el mejor aval de
verosimilitud novelesca.
Pero el relato de espías no sólo moviliza todas las formas del miedo y de la
curiosidad, sino que cuenta con un aliciente excepcional que algo debe a la
«novela negra», pero que aquí tiene su perfectísima justificación: todo vale,
todo está permitido, las canalladas más monstruosas reciben la tácita bendición
de una causa superior; en la guerra -fría o caliente- como en la guerra, no hay
limitaciones morales, jurídicas, sociales para el agente secreto, dada la
trascendencia de lo que se supone en juego, y el lector flota así en una
vertiginosa sensación de impunidad a la que los vulgares detectives, en un
ámbito de intereses mucho más reducido, no pueden aspirar.
La novela policíaca -excepto cuando descarrila a fuerza de violencia y se
convierte en otra cosa- huele siempre un poco a cuarto cerrado, a intriga
delimitada por unos cuantos datos concretos que trazan un pequeño círculo en el
que el lector tiene que entrar. En la novela de espionaje el campo de acción
empieza ya por incluirnos a todos, y lo que se ventila es tan descomunal que
obliga a prescindir de las reglas del juego; todo queda autorizado, y tal vez
psicológicamente hablando no haya válvula de escape más atractiva que esa
libertad total, con la ética anestesiada por la altura de los fines, que nos
ofrece el libro.
Sin echar mano de vanas pedanterías que buscan remotos antecedentes del género,
las historias de espías pueden datarse en torno a la Primera Guerra Mundial;
antes se había utilizado el tema del espionaje político como soporte de una
narración detectivesca (como en el cuento La carta robada, de Poe), pero es a
partir de 1914 cuando las noticias, las fantasías y las leyendas sobre las
redes de espionaje, cuyos servicios empiezan a organizarse de un modo moderno,
atraen la atención del gran público y nace esta nueva modalidad.
Al principio como una prolongación novelada de experiencias propias, con mucho
color patriótico, inevitable en aquellas circunstancias. El escocés John
Buchan, director de información del gobierno de la Gran Bretaña, escribe en
plena guerra el primer gran clásico del género. Los treinta y nueve escalones
(1915), obra popularizada por la genial adaptación al cine de Hitchcock (1935),
quien se tomó toda clase de libertades con el original; y un antiguo oficial
del Deuxième Bureau francés, con el seudónimo de «Pierre Nord», algo más tarde
se hará famoso en su país con la estupenda historia de Doble crimen en la línea
Maginot (1936). Entre un británico y un francés la novela de espías nace así
antialemana, con una aguda xenofobia, que años después podrá diversificarse
pulsando las teclas del peligro bolchevique, el peligro nazi, el peligro
amarillo o, para que nadie se enfade, el de los grandes traficantes de armas.
En la etapa de entreguerras, buenos escritores de oficio, además de Buchan y
Nord, son otro inglés, Eric Ambler, y otro francés, Jean Bommart, el creador de
«el pez chino», cuyas enrevesadas peripecias se basan en hechos reales; aunque
ese tipo de profesionales del espionaje palidece ante el atractivo humano de
los protagonistas de Buchan y de Ambler, que son hombres corrientes que se ven
mezclados a pesar suyo en estas aventuras. Y algún escritor de más fuste, como
Somerset Maugham en su Mister Ashenden (1928), da un poco más de altura al
género, que pronto abordarán ocasionalmente un Priestley y un Graham Greene (El
agente secreto, 1939, con fondo de la guerra civil española).
Pero fue la Segunda Guerra Mundial lo que dio un impulso decisivo a la
narrativa del espionaje, primero con carácter antinazi y en seguida
anticomunista. Más que la guerra, con los imperativos de su propaganda (pese a
lo cual en 1943 Greene publicó El ministerio del miedo), fue la posguerra la
que dio un extraordinario auge a las novelas de espías, cada vez más
directamente políticas, mucho más ideológicas. Secuestros de sabios, sabotajes
de bases militares, robo de secretos atómicos (la bomba atómica, su terror
mítico y su regusto de apocalipsis serán desde ahora un pretexto ideal) pasan
al primer plano.
Ingleses y franceses siguen teniendo el monopolio del género, que se
industrializa con exotismo, brutalidad, extravagancia y un estilo contundente,
a la manera de un cómic para adultos. En Francia, Antoine Dominique con su
«Gorila», Paul Kenny con Francis Copian, G. de Villiers con su aristocrático
S.A.S., Jean Bruce con el agente O.S.S. 117; y al otro lado del Canal, Peter
O’Donnel con Modesty Blaise, que en 1966 Losey hizo famosa en el cine, Peter
Cheyney, próximo a la «novela negra», y otros. Algún norteamericano, como
Donald Hamilton, completa el cuadro de una narrativa popular y desbocada de la
que no faltan parodias, como las del francés Charles Exbrayat y el divertido
Nuestro hombre en La Habana (1958) de Greene.
Pero en los años cincuenta la gran figura es, claro está, Ian Fleming, que
vende medio millón de ejemplares apenas aparece en Inglaterra su primera
novela, Casino Royale (1953). Es la locura universal de James Bond, 007, que
tiene «licencia para matar», y que el cine potencia y magnifica
espectacularmente. Fleming, que había trabajado durante siete años en el
servicio secreto de la Marina inglesa, inventó un arquetipo formidable de
valor, insolencia y donjuanismo, siempre entre refinados productos de lujo, de
los que parece hacer una publicidad indirecta, y entre odiosos personajes que
traman las más inverosímiles y perversas conjuras contra la paz mundial. Bond
es un símbolo muy simplista, pero arrebatador, y con la ayuda del cine borra
del mapa a los demás espías literarios, pero anquilosa el género en un montón
de tics y de tópicos.
Llegamos así a los primeros años sesenta. Se estrena el primer James Bond
cinematográfico (Doctor No, 1961), la guerra fría se templa, aunque con
sobresaltos, Fleming está publicando sus últimas novelas y morirá en 1965. Es
entonces cuando en la misma Inglaterra hay como un impulso de humanizar la
novela de espías, de poner vida, realidad y sufrimiento en esa máquina
implacable y segura de millar y de hacer el amor que era 007. En 1962 Len
Deighton publica Ipcress, un buen relato muy distinto de Fleming, y un año
antes otro inglés había publicado Llamada para el muerto, aunque su primer gran
éxito no llegó hasta 1963: El espía que surgió del frío. Acababa de entrar en
la historia John Le Carré.
Su verdadero nombre es David Cornwell y nació en Poole, condado de Dorset, en
el sur de Inglaterra, el 19 de octubre de 1931. A los cinco años su madre
abandonó a la familia, y crece así en una situación de semihuérfano, junto a un
padre, hombre de negocios al parecer no muy afortunados, empeñado en que se
sitúe en un escalón social superior al que le corresponde por su nacimiento.
Pasa por varias escuelas y sobresale en criquet, en rugby y en idiomas, sobre
todo en alemán.
Después de la guerra, en 1947, prefiere salir al extranjero y elige estudiar en
la Universidad de Berna. Visita por primera vez la Alemania arrasada, compone
versos en inglés y alemán, lee a Hermann Hesse, dibuja muy bien y piensa
incluso dedicarse profesionalmente a la pintura; sus escritores británicos
predilectos son modelos de claridad, como Graham Greene, Orwell, Evelyn Waugh.
En 1948 el servicio militar en Austria, con una experiencia directa de los
campos de refugiados, y también de secretos militares, porque había sido
adscrito al Servicio de Información del Ejército.
Una vez licenciado vuelve a Gran Bretaña e ingresa en la Universidad de Oxford
para estudiar lenguas, profundizar el alemán y entusiasmarse con los poetas
barrocos alemanes de comienzos del xvii, pasión que hará compartir a su héroe
George Smiley. Al mismo tiempo se politiza y está al borde del Partido
Comunista, aunque luego sus ideas se irán diluyendo en un izquierdismo más bien
vago. Mientras estudia gana algún dinero como profesor de una escuela privada
(que servirá de modelo para la Thursgood de El topo) y se casa.
Desde 1956, dos años de profesor en Eton, de donde sale con el propósito, muy
pronto fallido, de vivir de la pintura, y en 1960 consigue superar las pruebas
de ingreso en el Foreign Office; un sueldo anual de ochocientas cincuenta
libras y durante seis meses trabajo en el mismo Londres, en el departamento de
la Europa Occidental. Como vivía en las afueras, aprovechaba las horas pasadas
diariamente en el tren de cercanías tomando unas notas que se convertirían en
una novela. Llamada para el muerto (Call for the dead), que el editor Victor
Gollancz publica en 1961 con una tirada de tres mil quinientos ejemplares.
Tratándose de un funcionario era preferible no usar su verdadero nombre, y de
ahí el seudónimo de «John Le Carré».
La crítica es alentadora, y mientras se le destina como segundo secretario a la
Embajada de Bonn, según algunos como cobertura de agente secreto, al parecer
con funciones mucho más apacibles como hacer resúmenes de la política interior
alemana y servir de intérprete con motivo de las visitas de Macmillan, Wilson y
Heath. Publica su segundo libro. Asesinato de calidad (Murder of quality, 1962)
y la crisis alemana de estos años -la erección del muro de Berlín que hace
temer el estallido inminente de una guerra- le proporciona la idea de una
novela que será El espía que surgió del frío (The spy who came in from the
cold, 1963).
Ascendido a primer secretario, David Cornwell ha sido trasladado a Hamburgo,
donde recibe las primeras noticias del éxito de su última obra, muy pronto
best-seller en los países anglosajones y luego en todo el mundo (en España se
publicó en 1964). Recibe el premio Somerset Maugham y en 1965 una película de
Martin Ritt, con Richard Burton como protagonista, multiplica su popularidad.
El espía que surgió del frío, del que hasta hoy se han vendido unos veinte
millones de ejemplares, le hace en poco tiempo rico y célebre, y en 1964
gracias a «John Le Carré» David Cornwell presenta su dimisión en el Foreign
Office y se dedica a escribir.
El espía que surgió del frío es como una deliberada inversión de los recursos
novelescos de Fleming; en vez de lo excepcional y vistoso, lo vulgar y anodino;
en vez de la brillantez ambiental, un decorado sucio y deprimente; en vez de la
deportiva exaltación del eterno triunfador, el cansancio desengañado y la
derrota íntima del que sabe que perderá; en vez de la fanfarria del erotismo,
un amor triste y patético entre dos almas solitarias; en vez del
espía-espectáculo, la anatomía moral de un hombre del oficio; en vez del
colorido suntuoso, una atmósfera perennemente agrisada.
Todo el libro está bañado en una luz indecisa, con amaneceres, nieblas,
crepúsculos, medias luces, o bien reina una oscuridad que rasga de pronto un
resplandor amenazante y brutal; así, cuando empieza y termina la novela, de
noche, con los reflectores que persiguen a los fugitivos, y el muro berlinés,
«una cosa fea y sucia de bloques de cemento perforado y cabos de alambre de
espino». El gris y el frío -que se anuncia metafóricamente desde el mismo
título-, un universo inhóspito y lleno de asperezas con una luz extraña y casi
irreal, que a veces es la vulgaridad cotidiana y otras, cuando estalla en medio
de las sombras, la mensajera de la muerte.
El suspense y la emoción se sirven, pues, de unos materiales modestísimos, y el
uso que hace John Le Carré de esos elementos pobres tal vez sea lo mejor de la
novela. Prosaísmo de casi todos los personajes, de las casas, el mobiliario,
las palabras que dicen, las reacciones que tienen, distintas pero igualmente
triviales y a menudo de una gran chabacanería mental a uno y otro lado del
telón de acero. Y sin embargo, de todo eso surge una intriga apasionante, con
la consabida sorpresa final, y vemos moverse, sufrir, matar y morir a seres de
carne y hueso, con una fuerza dramática que estriba en el contraste de su
adocenamiento y de lo crueles y mortíferos que pueden llegar a ser.
El escenario, soberbiamente descrito -que produce la desazón de lo visto mil
veces sin darle importancia, y que de pronto cobra valor de testigo de la
tragedia-, y esas figuras zarandeadas por una lucha que les rebasa, son los
grandes aciertos del autor. Personas y cosas se imponen como evidencias, tienen
un enorme poder sugestivo. Y si a esto se añade una prosa de una singular
eficacia para retener nuestra atención, habrá que convenir que John Le Carré
escribió una obra maestra del género de espionaje.
La salsa moral que adereza el relato, y que suele ser la que conmueve más al
lector impresionable, es más sencillita. Se elude la división en buenos y
malos, pero se resbala hacia una filosofía un tanto primaria, y la idea del
individuo como un resorte ciego que mueven unos intereses superiores
monstruosos e inhumanos hubiera tenido que perfilarse más. Ese complicado juego
de las alturas (en esta esfera Control, con su cortés «sonrisa de leche aguada»
y su aire de «clérigo sanguinario», está mejor intuido que su equivalente
alemán) a veces roza la puerilidad.
En la guerra de los servicios secretos todos compiten en maquiavelismo, los
ingleses con una gelidez distante y un poco irónica no exenta de cinismo, los
comunistas alemanes con una terca brutalidad no menos despiadada, aunque un
poco más primitiva. Entre unos y otros, sin más moral que la del «buen
funcionamiento», la máquina, empujada por planes de una tortuosidad diabólica,
tritura a los peones de esas jugadas de ajedrez internacional. Los más sinceros
y simpáticos de esos peones, un alemán y una inglesa, ambos judíos y como
predestinados por ello al sacrificio, estarán del lado de las víctimas
absurdas, como innumerables comparsas de ambos lados que mueren sin grandeza ni
razón.
El planteamiento, que se sale de unos moldes convencionales para caer en otros
casi igual de previsibles, cuidando de pegar equitativamente a derecha e
izquierda, hubiese podido ser más sutil y está por debajo del soberbio dominio
de la narrativa que muestra el autor. Como en el mismo oficio de espía, aquí la
habilidad cuenta muchísimo más que la causa a la que se sirve.
Está finalmente un magnifico protagonista. Alec Leamas, muy bien dibujado y
humanizado; sin la juventud, el atractivo y la seguridad de los héroes de la
epopeya moderna, cincuentón, algo plebeyo y rudo, divorciado (otra vida
matrimonial deshecha, como la de su compañero George Smiley, que cruza
fugazmente por este libro), solo y sin muchas ilusiones después de haber vivido
la realidad de su trabajo; no poco escéptico por lo que respecta a los fines,
pero tenaz y expertísimo en los medios, también con su corazoncito, aunque un
poco acorazado. Ni guapo ni joven, ni rico ni infalible, ni siquiera feliz.
Leamas, un comediante que representa su propio papel, porque lo que le hacen
fingir es tal vez su verdad más íntima, más que secretos políticos o técnicos,
nos mostrará lo que le pasa por dentro; con él, la novela de espías, después de
cumplir admirablemente con todas las reglas del género, nos deja frente a una
reflexión que lo desborda: el hombre, su soledad y su desesperanza en un mundo
demasiado cruel.
Carlos Pujol
I. Puesto de control
El americano ofreció a Leamas otra taza de café, y
dijo:
—¿Por qué no se vuelve a dormir? Podemos telefonearle si aparece.
Leamas no dijo nada: se quedó mirando absorto por la ventana del puesto de
control, a lo largo de la calle vacía.
—No irá a quedarse esperando aquí para siempre. Quizás venga en algún otro
momento. Podemos conseguir que la Polizei se ponga en contacto con la Agencia,
y usted estaría aquí de vuelta en veinte minutos.
—No -dijo Leamas-. Ya ha anochecido casi del todo.
—Pero no irá a quedarse esperando aquí siempre; ya lleva nueve horas de
retraso.
—Si quiere irse, váyase. Se ha portado usted muy bien -añadió Leamas-; le diré
a Kramer que se ha portado estupendamente.
—Pero ¿hasta cuándo va a esperar?
—Hasta que llegue.
Leamas se acercó a la ventana de observación y se situó entre los dos policías
inmóviles, que apuntaban sus gemelos hacia el puesto de control oriental.
—Esperará a que oscurezca -murmuró Leamas-; lo sé muy bien.
—Esta mañana dijo usted que pasaría con los trabajadores.
Leamas se volvió hacia él.
—Los agentes no son aviones: no tienen horarios. Este está perdido, viene
huyendo: está aterrorizado. Mundt va en su busca, ahora, en este mismo
instante. No le queda más que una probabilidad. Que elija su momento.
El otro -más joven- vaciló, queriendo irse, pero sin encontrar un momento
oportuno para hacerlo.
Sonó un timbre en la caseta. Se quedaron esperando, súbitamente alertados. Un
policía dijo en alemán:
—Un «Opel Rekord» negro, matrícula federal.
—No puede verlo a tanta distancia y tan a oscuras: lo dice a voleo -susurró el
americano, y luego añadió-: ¿Cómo llegó a saberlo Mundt?
—Cierre el pico -dijo Leamas desde la ventana.
Uno de los policías salió de la caseta y avanzó hasta la barrera de sacos de
arena, a sólo un paso de la señal blanca que cruzaba el camino, como la línea
limite en un campo de tenis. El otro esperó hasta que su compañero estuvo
acurrucado en la barrera detrás del catalejo; entonces bajó los gemelos,
descolgó el casco negro de la percha detrás de la puerta y se lo encajó
cuidadosamente en la cabeza. No se sabía dónde, en lo alto, por encima del
puesto de control, los focos adquirieron vida de repente, lanzando
espectaculares haces a la carretera que tenían delante.
El policía empezó sus comentarios. Leamas se los sabía de memoria.
—El coche se detiene en el primer control. Sólo un ocupante, una mujer.
Acompañada a la caseta de los «vopos» para la comprobación de documentos.
Esperaron en silencio.
—¿Qué es lo que dice? — preguntó el americano.
Leamas no contestó. Levantando los gemelos, miró fijamente hacia los controles
de los alemanes orientales.
—Concluida la revisión de documentos. Pasa al segundo control.
—Señor Leamas, ¿es ése su hombre? — insistía el americano-. Tengo que llamar a
la Agencia.
—Espere.
—¿Dónde está ahora el coche? ¿Qué hace?
—Control de moneda, aduana -cortó Leamas con brusquedad.
Leamas observó el coche. Había dos «vopos» junto a la puerta del conductor, uno
entretenido en charlar y el otro algo apartado y esperando. Un tercer «vopo»
vagaba en torno al auto. Se detuvo junto al portaequipajes, y luego volvió al
lado del conductor. Quería la llave. Abrió el portaequipajes, miró dentro; lo
cerró, devolvió la llave y caminó unos treinta metros hasta la carretera,
donde, a medio camino entre los dos puestos de control enfrentados, estaba
quieto un solitario centinela alemán oriental; una silueta agazapada, con botas
y amplios pantalones en bolsa. Los dos se reunieron para hablar, conscientes de
mismos en el resplandor de los focos.
Con ademán rutinario, hicieron señal con la mano al coche, se apartaron y
volvieron a hablar. Por fin, casi de mala gana, dejaron que siguiera cruzando
la línea hasta el sector occidental.
—¿Es un hombre al que espera, Leamas? — preguntó el americano.
—Sí, es un hombre.
Levantándose el cuello de la chaqueta, Leamas salió fuera, al frío viento de
octubre. Entonces se acordó del grupo. Era algo que se le olvidaba aun dentro
de la caseta; ese grupo de caras desconcertadas. La gente cambiaba, pero la
expresión era la misma. Era como esa multitud inerme que se reúne en torno a un
accidente de circulación, sin que nadie sepa cómo ha ocurrido, y sí habría que
retirar el cadáver. Humo o polvo se elevaba a través de los haces de los
reflectores; un velo que se mecía constantemente entre los márgenes de luz.
Leamas anduvo hasta el coche y preguntó a la mujer.
—¿Dónde está?
—Fueron a por él, y echó a correr. Se llevó la bicicleta. No es posible que
hayan sabido nada de mí.
—¿Dónde fue?
—Teníamos un cuarto junto a Brandenburgo, encima de un bar. Allí guardaba unas
pocas cosas, dinero, papeles. Supongo que habrá ido allí. Luego se pasará.
—¿Esta noche?
—Dijo que vendría esta noche. A los demás, les han cogido a todos: Paul,
Viereck, Ländser, Salomon. No ha durado mucho.
Leamas, pasmado, la miró un momento en silencio.
—¿Ländser también?
—Anoche.
Un policía se situó junto a Leamas.
—Tendrán que marcharse de aquí -dijo-. Está prohibido obstruir el punto de
cruce.
Leamas se volvió a medias.
—¡Al demonio! — replicó bruscamente.
El alemán se puso rígido, pero la mujer dijo:
—Suba. Nos pondremos en marcha hasta la esquina.
Él subió a su lado, y se movieron lentamente por la carretera adelante hasta
una bocacalle.
—No sabía que tuviera usted coche -dijo él.
—Es de mi marido -contestó ella con indiferencia-. Karl no le dijo nunca que yo
estaba casada, ¿verdad? — Leamas se quedó silencioso-. Mi marido y yo
trabajamos para una empresa de óptica. Nos mandan a que crucemos para hacer
negocios. Karl sólo le dijo mi nombre de soltera. No quería que me mezclara
con... con ustedes.
Leamas sacó una llave del bolsillo.
—Necesitará algún sitio donde quedarse... -dijo. Su voz sonaba sorda-. Hay un
apartamento en Albrecht-Dürer-Strasse, junto al Museo, número 28 A. Encontrará
todo lo que necesite. La telefonearé cuando llegue allí.
—Me quedaré aquí con usted.
—Yo no me voy a quedar aquí. Váyase al piso. La llamaré. De nada sirve esperar
ahora aquí.
—Pero él vendrá a este punto de cruce.
Leamas la miró sorprendido.
—¿Le dijo eso?
—Sí. Conoce a uno de esos «vopos», al casero. Quizá le ayude. Por ello eligió
esta ruta.
—¿Y eso se lo dijo a usted?
—Confía en mí. Me lo contó todo.
—¡Demonios!
Le dio la llave y volvió a la caseta del puesto de control, resguardándose del
frío. Los policías estaban musitando entre sí cuando él entró: el más
corpulento le volvió la espalda ostensiblemente.
—Lo siento -dijo Leamas-, siento haberle pegado ese grito.
Abrió una cartera desgastada y hurgó en ella hasta que encontró lo que buscaba:
una media botella de whisky. Con una cabezada, el de más edad aceptó; llenó
hasta la mitad las tazas de café y las completó con café negro.
—¿Adónde ha ido el americano? — preguntó Leamas.
—¿Quién?
—El chico de la Intelligence americana; el que estaba conmigo.
—Era ya hora de acostarse -dijo el de más edad, y todos se rieron.
Leamas dejó la taza en la mesa y preguntó:
—¿Cuáles son sus instrucciones en cuanto a disparar para proteger a uno que se
pase, a un hombre que huya corriendo?
—Sólo podemos hacer fuego para protegernos si los «vopos» disparan dentro de
nuestro sector.
—¿Eso quiere decir que no pueden disparar hasta que el hombre haya pasado la
divisoria?
El de más edad dijo:
—No podemos hacer fuego para protegernos, señor...
—Thomas -contestó Leamas-, Thomas.
Se estrecharon las manos, y los dos policías pronunciaron sus nombres al
hacerlo.
—No podemos hacer fuego para protegernos. Esa es la verdad. Nos dijeron que
habría guerra si lo hiciéramos.
—Estupideces -dijo el policía más joven, envalentonado por el whisky-. Si no
estuvieran aquí los aliados, a estas horas ya no habría muro.
—Tampoco habría Berlín -susurró el más viejo.
—Tengo un hombre que se pasa esta noche -dijo Leamas.
—¿Aquí? ¿En este punto de cruce?
—Es muy importante que salga. Los hombres de Mundt le persiguen.
—Todavía hay sitios por donde uno puede trepar -dijo el policía más joven.
—Él no es de ésos. Se abrirá paso con algún truco: tiene documentos, si es que
todavía son válidos. Tiene una bicicleta.
Había sólo una luz en el puesto de control, una lámpara de lectura con pantalla
verde, pero el fulgor de los reflectores llenaba la caseta como un claro de
luna artificial. Había caído la oscuridad, y con ella, el silencio. Hablaban
como si tuvieran miedo de que les oyesen. Leamas se acercó a la ventana a
esperar: ante él estaba la carretera, y a ambos lados el muro, una cosa fea y
sucia de bloques de cemento perforado y cabos de alambre de espino, alumbrada
con una barata luz amarilla, como un telón de fondo que representase un campo
de concentración. A oriente y occidente del muro quedaba la parte sin restaurar
de Berlín, un mundo a medias, un mundo de ruina, dibujado en dos dimensiones;
despeñaderos de guerra.
«Esta condenada mujer -pensó Leamas-, y ese loco de Karl, que me mintió sobre
ella...» Mintió por omisión, como hacen todos, todos los agentes del mundo
entero. Uno les enseña a hacer trampas, a borrar sus huellas, y le hacen
también trampas a uno. Sólo la había dejado ver una vez, después de aquella
comida en la Schürzstrasse el año pasado. Karl acababa de alcanzar su gran
éxito, y Control había querido conocerle. Control siempre aparecía cuando había
éxito. Habían comido juntos, Leamas, Control y Karl. A Karl le gustaban esas
cosas. Se presentó con un aspecto como de niño de escuela dominical, cepillado
y reluciente, dando sombrerazos y todo respetuoso. Control le había estrechado
la mano durante cinco minutos y había dicho:
—Quiero que sepa qué contentos estamos, Karl, y cuánto nos alegra su éxito.
Leamas lo había observado, pensando: «Esto nos costará otras doscientas al
año.» Cuando acabaron de comer, Control volvió a estrecharles la mano, hizo un
significativo gesto con la cabeza, dando a entender que tenía que ponerse en
camino para jugarse la vida en algún otro lugar, y se dirigió a su coche con
chofer. Entonces Karl se echó a reír, y Leamas se rió con él, y se acabaron el
champaña, sin dejar de reírse de Control. Después se fueron al Alter Fass: Karl
se había empeñado, y allí estaba esperándoles Elvira, una rubia de unos
cuarenta años, fuerte como el acero.
—Alec, éste es el secreto que mejor he guardado -había dicho Karl, y Leamas se
puso furioso. Después tuvieron una pelea.
—¿Cuánto sabe ella? ¿Quién es? ¿Cómo la conoció?
Karl se enfurruñó y rehusó decírselo. Lugo las cosas se complicaron. Leamas
trató de variar los métodos, y cambiar los sitios de encuentro y las
contraseñas, pero a Karl no le gustó. Sabía lo que había detrás de eso, y no le
gustó.
—Si no se fía de ella, ya es demasiado tarde, de todos modos -repetía, y Leamas
recogió la insinuación y cerró el pico.
Pero después de eso se anduvo con mucho más cuidado, contó a Karl muchas menos
cosas y recurrió más a todos los trucos de la técnica del espionaje. Y ahí
estaba ella, ahí fuera, en el coche, conociéndolo todo, la red entera, la casa
segura, todo; y Leamas juró, sin que fuera la primera vez, que jamás se
volvería a fiar de un agente.
Se acercó al teléfono y mareó el número de su piso. Contestó Frau Martha.
—Tenemos huéspedes en Dürer-Strasse... -dijo Leamas-, un hombre y una mujer.
—¿Casados? — preguntó Martha.
—Casi -dijo Leamas, y ella se rió con aquella risa terrible.
Cuando él colgaba, uno de los policías se volvió hacia él.
—¡Herr Thomas! ¡De prisa!
Leamas corrió a la ventana de observación.
—Un hombre, Herr. Thomas -susurró el policía más joven-, con una bicicleta.
Leamas enfocó los gemelos. Era Karl; su figura era inconfundible incluso a
aquella distancia, envuelta en el viejo impermeable de la Wehrmacht, empujando
su bicicleta. «Lo ha conseguido -pensó Leamas-, debe haberlo conseguido; ha
pasado el control de documentos; sólo le quedan por pasar el control de moneda
y la aduana.» Leamas observó que Karl apoyaba la bicicleta contra la cerca, y
andaba despreocupadamente hacia la caseta de la Aduana. «No lo hagas demasiado
bien», pensó. Por fin Karl salió, agitó la mano alegremente hacia el hombre de
la barrera, y el poste rojo y blanco osciló subiendo lentamente. Había pasado,
venía hacia ellos, lo había conseguido. Sólo el «vopo» en medio de la
carretera, la línea, y a salvo.
En ese momento, a Karl le pareció oír algún ruido, presentir algún peligro;
volvió la mirada por encima del hombro y empezó a pedalear furiosamente,
agachándose sobre el manillar. Quedaba aún el centinela solitario en el puente:
éste se había vuelto y observaba a Karl. Entonces, de modo completamente
inesperado, los reflectores se movieron, blancos y brillantes, capturando a
Karl y reteniéndole en su fulgor como a un conejo frente a los faros de un
coche. Surgió el gemido oscilante de una sirena, el ruido de órdenes
salvajemente gritadas.
Delante de Leamas, los dos policías se pusieron de rodillas, atisbando por las
aspilleras entre los sacos de arena y encajando hábilmente la rápida carga en
sus rifles automáticos.
El centinela alemán oriental disparó, muy cuidadosamente, lejos de ellos,
dentro de su propio sector. El primer disparo pareció empujar a Karl hacia
delante; el segundo, tirar hacia atrás de él. No se sabe cómo, seguía
moviéndose, todavía en la bicicleta, al pasar junto al centinela, y el
centinela siguió disparándole. Luego se dobló, rodó por el suelo, y se oyó
claramente el golpe de la bicicleta al caer. Leamas puso toda su esperanza en
que estuviera muerto.
II. Cambridge Circus
Observó cómo la pista de Tempelhof se hundía por
debajo de él.
Leamas no era hombre reflexivo, sobre todo nada filosófico. Sabía que estaba
eliminado: era un hecho de la vida con el que tenía que apechugar en adelante,
como quien debe vivir con cáncer o en prisión. Sabía que no había ninguna clase
de preparación que pudiera tender un puente sobre el abismo entre el antes y el
ahora. Había encontrado el fracaso como un día encontraría la muerte,
probablemente con resentimiento clínico y con la valentía de un solitario.
Había durado más que la mayoría; ahora, estaba derrotado. Se dice que un perro
vive tanto tiempo como sus dientes: metafóricamente, a Leamas le habían
arrancado los dientes, y era Mundt quien se los había arrancado.
Diez años atrás hubiera podido tomar otro camino: en aquel anónimo edificio
gubernamental, en Cambridge Circus, había empleos burocráticos que Leamas
hubiera podido desempeñar y conservar hasta muy viejo; pero Leamas no estaba
hecho para estas cosas. Tan infructuoso hubiera sido pedir a un jockey que
abandonara todo para hacerse empleado de apuestas, como suponer que Leamas
abandonaría la vida militante a cambio del tendencioso teorizar y el
clandestino interés egoísta de Whitehall. Se había quedado en Berlín,
consciente de que Personal había señalado su expediente para revisarlo al final
de cada año; terco, obstinado, despectivo con las instrucciones, diciéndose que
ya saldría algo. El trabajo de espionaje tiene una sola ley moral: se justifica
por los resultados. Incluso los sofistas de Whitehall rendían homenaje a esa
ley, y Leamas se beneficiaba. Hasta que llegó Mundt.
Era extraña la rapidez con que se había dado cuenta que Mundt se interponía en
su destino.
Hans-Dieter Mundt, nacido hacía cuarenta y dos años en Leipzig. Leamas conocía
su expediente, conocía la fotografía en el interior de la tapa; el rostro
vacío, duro, bajo el pelo de lino; sabía de memoria la historia de la subida de
Mundt al poder como segundo hombre de la Abteilung y jefe efectivo de
operaciones. Leamas lo sabía por las declaraciones de desertores, y por
Riemeck, que, como miembro del Presidium del Partido Socialista Unificado de
Alemania Oriental, se reunía en comités de seguridad con Mundt, y le temía. Con
razón, según parece, pues Mundt le mató.
Hasta 1959, Mundt había sido un funcionario poco importante de la Abteilung,
que actuaba en Londres bajo la cobertura de la Misión Siderúrgica de Alemania
Oriental. Volvió a Alemania a toda prisa después de matar a dos de sus propios
agentes para salvar su pellejo, y no se oyó hablar de él en más de un año. De
repente, reapareció en el cuartel general de la Abteilung en Leipzig como jefe
del Departamento de Rutas y Medios, responsable de la distribución de dinero,
equipos y personal para tareas especiales. Al final de ese año se produjo la
gran lucha por el poder dentro de la Abteilung. El número y la influencia de
los oficiales de enlace soviéticos disminuyeron drásticamente; varios de la
vieja guardia fueron despedidos por razones ideológicas, y emergieron tres
hombres: Fiedler, como jefe del contraespionaje; Jahn, que sustituyó a Mundt
como jefe de medios, y el propio Mundt, que se llevó la palma, como
vicedirector de operaciones, a la edad de cuarenta y un años.
Entonces empezó el nuevo estilo. El primer agente que perdió Leamas fue una
muchacha. Era tan sólo un pequeño eslabón en la red; se la utilizaba para
trabajos de enlace. La mataron a tiros en la calle cuando salía de un cine en
Berlín occidental. La policía no pudo encontrar nunca al asesino, y Leamas, al
principio, se inclinó a eliminar el incidente como si no tuviera ninguna
conexión con su trabajo. Un mes después, un maletero de la estación de Dresde,
agente despedido de la red de Peter Guillam, fue hallado muerto y mutilado
junto a unos raíles del tren. Leamas comprendió que no era ya una mera
coincidencia. Poco después de eso, dos miembros de otra red que estaba bajo el
control de Leamas fueron detenidos y sentenciados sumariamente a muerte. Y así
siguió: sin remordimientos, enervante.
Y ahora habían cazado a Karl, y Leamas se marchaba de Berlín igual como había
llegado: sin un solo agente que valiera un penique. Mundt había ganado.
Leamas era bajo, con un tupido pelo gris hierro, y con el físico de un nadador.
Era muy fuerte. Esa fuerza se le notaba en la espalda y los hombros, en el
cuello, y en la conformación nudosa de las manos y los dedos.
Acerca de la ropa, tenía una opinión utilitaria, como en casi todas las demás
cosas; hasta las gafas que llevaba a veces tenían cerco de acero. La mayor
parte de sus trajes eran de fibra artificial y ninguno tenía chaleco. Le
gustaban las camisas a la americana, con botones en las puntas del cuello, y
los zapatos de ante, con suela de goma.
Tenía un rostro atractivo, musculoso, con una línea de terquedad en su boca
delgada. Sus ojos eran oscuros y pequeños; irlandeses, decían algunos. Era
difícil clasificar a Leamas. Si llegaba a un club de Londres, era seguro que el
portero no le confundiría con un miembro; en las salas de fiesta de Berlín
solían darle la mejor mesa. Parecía un hombre que podía traer problemas, un
hombre que cuidaba de su dinero, un hombre que no era precisamente un
caballero.
La azafata pensó que era interesante. Supuso que era del Norte, como de hecho
hubiera podido serlo, y que rico no lo era. Le echó unos cincuenta años de
edad, con lo que casi estaba en lo cierto. Supuso que era soltero, lo que era
cierto a medias. En alguna parte, hacía mucho, había habido un divorcio: en
algún sitio había hijos, ahora entre diez y veinte años, que recibían su
pensión de un Banco particular bastante raro de la City.
—Si quiere otro whisky -dijo la azafata- será mejor que se dé prisa. Dentro de
veinte minutos estaremos en el aeropuerto de Londres.
—No, gracias.
No la miró: contemplaba por la ventanilla los campos verdegrises de Kent.
Fawley le recibió en el aeropuerto y le llevó en coche a Londres.
—Control esté muy irritado por lo de Karl -dijo, mirando de soslayo a Leamas.
Leamas asintió.
—¿Cómo ocurrió? — preguntó Fawley.
—A tiros. Mundt le localizó.
—¿Muerto?
—Yo diría que sí, a estas horas. Más vale. Casi lo consiguió. No hubiera tenido
que darse prisa; no podían estar seguros. La Abteilung llegó al puesto de
control inmediatamente después que acababan de dejarle pasar. Pusieron en
marcha la sirena y un «vopo» le disparó a veinte pasos de la línea. Se movió en
el suelo un momento, y luego se quedó quieto.
—Pobre hijo de...
—Exactamente -dijo Leamas.
A Fawley no le gustaba Leamas, y a Leamas, aunque lo sabía, no le importaba.
Fawley era un hombre que pertenecía a varios clubs y llevaba corbatas
representativas, que dogmatizaba sobre los méritos de los deportistas y
desempeñaba un alto rango burocrático en la correspondencia de la oficina.
Consideraba sospechoso a Leamas, y Leamas le consideraba un tonto.
—¿En qué sección está usted? — preguntó Leamas.
—Personal.
—¿Le gusta?
—Fascinante.
—¿Por dónde voy ahora? ¿Resbalando?
—Mejor será que se lo diga Control, amigo mío.
—¿Lo sabe usted?
—Por supuesto.
—Entonces, ¿por qué demonios no me lo dice?
—Lo siento, amigo -replicó Fawley, y de repente Leamas casi perdió el dominio.
Luego reflexionó que, de todas maneras, probablemente Fawley mentía.
—Bueno, dígame una cosa, ¿le importa? ¿Tengo que buscar un condenado piso en
Londres?
Fawley se rascó la oreja.
—Creo que no, amigo, no.
—¿No? Gracias a Dios.
Aparcaron junto a Cambridge Circus, ante un parquímetro, y entraron juntos en
el vestíbulo.
—No tendrá pase, ¿verdad? Mejor será que rellene un impreso, amigo.
—¿Desde cuándo tenemos pases? MacCall me conoce tanto como a su propia madre.
—No es más que un procedimiento nuevo. Cambridge Circus va creciendo, ya sabe.
Leamas no dijo nada, dio una cabezada hacia MacCall y se metió en el ascensor
sin pase.
Control le estrechó la mano más bien cuidadosamente, como un médico que le
palpara los huesos.
—Debe de estar terriblemente cansado -dijo, en tono de excusa-; siéntese.
La misma voz funesta, el rebuzno profesoral; Leamas se sentó en una butaca
frente a una estufa eléctrica verdeoliva con un cacharro de agua en equilibrio
encima.
—¿Lo encuentra frío? — preguntó Control.
Se inclinaba sobre la estufa frotándose las manos. Llevaba un jersey debajo de
la chaqueta negra, un ajado jersey pardo. Leamas se acordó de la mujer de
Control, una mujercita estúpida llamada Mandy que parecía creer que su marido
estaba en la Dirección de Carbones. Supuso que ella se lo habría tricotado.
—Está muy seco, eso es lo malo -continuó Control-. Si se vence el frío, se
reseca la atmósfera. Es igual de peligroso.
Se acercó a la mesa y apretó un botón.
—Vamos a probar a ver si conseguimos café -le dijo-. Ginnie está de permiso,
eso es lo malo. Me han dado una chica nueva. Realmente, eso está mal.
Era más bajo de lo que recordaba Leamas; en lo demás, lo mismo. El mismo
afectado despego, los mismos conceptos profesorales, el mismo horror a las
corrientes; cortés, conforme a una fórmula infinitamente lejana de la
experiencia de Leamas. La misma sonrisa de leche aguada, la misma reticencia
estudiada, la misma fidelidad, pidiendo excusas, a un código de conducta que
fingía encontrar ridículo: la misma banalidad.
Sacó de la mesa un paquete de cigarrillos y le dio uno a Leamas.
—Encontrará éstos más caros -dijo, y Leamas asintió con la cabeza, cumpliendo
con su obligación.
Control se sentó, metiéndose los cigarrillos en el bolsillo. Hubo una pausa, y
al fin, Leamas dijo:
—Riemeck ha muerto.
—Sí, así es -afirmó Control, como si Leamas hubiera tenido un buen acierto-. Es
una gran desgracia. Lo más... ¿Supongo que esa chica, Elvira, le hizo volar?
—Eso supongo.
Leamas no iba a preguntarle cómo sabía lo de Elvira.
—Y Mundt hizo que le pegaran unos tiros -añadió Control.
—Sí.
Control se levantó y fue dando vueltas por el cuarto en busca de un cenicero.
Encontró uno y lo puso torpemente en el suelo entre las dos butacas.
—¿Cómo se sintió usted? Quiero decir, cuando le mataron a Riemeck. Usted lo
vio, ¿no?
Leamas se encogió de hombros.
—Me molestó terriblemente -dijo.
Control ladeó la cabeza y entornó los ojos.
—Seguramente sintió algo más que eso, seguramente se quedó trastornado, ¿no?
Eso sería más normal.
—Me quedé trastornado. ¿Quién no se iba a quedar?
—¿Le era simpático Riemeck... como hombre?
—Me parece que sí -dijo Leamas. Y añadió-: Me parece que no sirve de mucho
meterse en eso.
—¿Cómo pasó la noche, lo que quedaba de noche, después que mataron a Riemeck?
—Oiga, ¿qué es esto? — preguntó Leamas, acalorado-; ¿adónde quiere ir a parar?
—Riemeck ha sido el último -reflexionó Control-; el último de una serie de
muertes. Si la memoria no me falla, todo empezó con la muchacha, la que mataron
en Wedding, al salir del cine. Luego el hombre de Dresde, y las detenciones de
Jena. Como en el cuento de los diez negritos. Ahora Paul, Viereck y Ländser...
todos muertos. Y finalmente Riemeck. — Sonrió como esbozando una súplica-. Eso
desgasta mucho. Me preguntaba si tendría usted bastante.
—¿Qué quiere decir con «bastante»?
—Me preguntaba si estaría usted cansado. Consumido.
Se produjo un largo silencio.
—Eso ha de decidirlo usted -dijo por fin Leamas.
—Hemos de vivir sin simpatías, ¿no? Desde luego, eso es imposible. Fingimos
unos con otros toda esta dureza, pero realmente no somos así. Quiero decir...
uno no puede estar todo el tiempo fuera, al frío; uno tiene que retirarse,
ponerse al resguardo de ese frío... ¿entiende lo que quiero decir?
Leamas entendía. Veía la larga ruta saliendo de Rotterdam, la larga carretera
recta junto a las dunas, y el torrente de refugiados moviéndose a lo largo de
ella; veía el pequeño avión a varias millas, la procesión que se paraba a
mirarlo, y el avión que se acercaba, elegantemente, sobre las dunas; veía el
caos, el infierno sin sentido, cuando las bombas dieron en la carretera.
—No puedo hablar así, Control -dijo por fin Leamas-. ¿Qué quiere que haga?
—Quiero que siga un poco más en el frío, fuera.
Leamas no dijo nada, de modo que Control siguió:
—Nuestra ética profesional se basa en un solo supuesto: esto es, que nunca
vamos a ser agresores. ¿Cree usted que eso es equitativo?
Leamas dio una cabezada. Cualquier cosa para evitar hablar.
—Así hacemos cosas desagradables, pero somos... defensivos. Eso, me parece,
sigue siendo equitativo. Hacemos cosas desagradables para que la gente
corriente, aquí y en otros sitios, puedan dormir seguros en sus camas por la
noche. ¿Es eso demasiado romántico? Desde luego, a veces hacemos cosas
auténticamente malvadas -hacía muecas como un colegial-. Y, al contrapesar
asuntos morales, más bien nos metemos en comparaciones indebidas: al fin y al
cabo, no se pueden comparar los ideales de un bando con los métodos del otro,
¿no es verdad?
Leamas se sentía perdido. Otras veces le había oído decir a aquel hombre un
montón de vulgaridades antes de pinchar a fondo, pero jamás le había oído decir
nada semejante.
—Quiero decir que hay que comparar método con método, ideales con ideales. Yo
diría que, después de la guerra, nuestros métodos -los nuestros y los de los
adversarios- se han vuelto muy parecidos. Quiero decir que uno no puede ser
menos inexorable que los adversarios simplemente porque la «política» del
gobierno de uno es benévola, ¿no le parece? — Se rió silenciosamente para
adentro-. Eso no serviría nunca -dijo.
«¡Dios mío! — pensó Leamas-, es como trabajar para un clérigo sanguinario.
¿Adónde irá a parar?»
—Por eso -continuó Control-, creo que deberíamos intentar eliminar a Mundt...
Pero, bueno -dijo, volviéndose con irritación hacia la puerta-, ¿dónde está ese
maldito café?
Control atravesó hasta la puerta, la abrió y habló con alguna invisible
muchacha en el cuarto de afuera. Al volver dijo:
—De veras creo que tendríamos que eliminarle, si lo podemos arreglar.
—¿Por qué? No hemos dejado nada en Alemania Oriental, nada en absoluto. Usted
lo acaba de decir; Riemeck era el último. No hemos dejado nada que proteger.
Control se sentó y se miró las manos un rato.
—Eso no es del todo serio -dijo al fin-, pero me parece que no debo aburrirle
con los detalles.
Leamas se encogió de hombros.
—Dígame -continuó Control-, ¿está usted cansado de espiar? Perdone que repita
la pregunta. Quiero decir que ése es un fenómeno que comprendemos bien, ya lo
sabe. Como los constructores de aviones..., «fatiga del metal», creo que se
dice así. Diga si está cansado.
Leamas se acordó del vuelo de regreso, aquella mañana, y quedó interrogándose a
sí mismo.
—Si estuviera cansado -añadió Control-, tendríamos que encontrar algún otro
modo de ocuparnos de Mundt. Lo que pienso ahora está un poco fuera de lo
normal.
Entró la muchacha con el café. Puso la bandeja sobre la mesa y sirvió dos
tazas. Control esperó a que se marchara del cuarto.
—Qué chica tan tonta -dijo, casi para sí mismo-. Parece muy raro que ya no
puedan encontrarlas buenas. Me gustaría que Ginnie no se fuera de vacaciones en
ocasiones como ésta.
Removió con desconsuelo el café durante un rato.
—Realmente, tenemos que desacreditar a Mundt -dijo-. Dígame, ¿usted bebe mucho?
¿Whisky y esas cosas?
Leamas había llegado a creer que estaba acostumbrado a Control.
—Bebo un poco. Más que la mayoría, supongo.
Control asintió comprensivamente.
—¿Qué sabe usted de Mundt?
—Es un asesino. Estuvo aquí un año o dos con la Misión Siderúrgica de Alemania
Oriental. Entonces teníamos aquí un consejero: Maston.
—Así es.
—Mundt tenía en marcha un agente, la mujer de uno del Foreign Office. La mató.
—Trató de matar a George Smiley. Y, desde luego, mató a tiros al marido de esa
mujer. Es un hombre muy desagradable. Fue de las Juventudes Hitlerianas y todas
esas cosas. En absoluto el tipo de intelectual comunista. Un profesional de la
guerra fría.
—Como nosotros -observó secamente Leamas.
Control no sonrió.
—George Smiley conocía bien el caso. Ya no está con nosotros, pero creo que
tendría usted que sonsacarle algo. Hace cosas sobre la Alemania del siglo
xvii... Vive en Chelsea, detrás mismo de Sloane Square Calle Bywater, ¿sabe
cuál es?
—Sí.
—Y Guillam estaba metido también en el asunto. Está en Satélites Cuatro, primer
piso. Me temo que todo habrá cambiado desde sus tiempos.
—Sí.
—Pase un día o dos con ellos. Ellos saben lo que proyecto. Luego, no sé si le
gustaría pasar conmigo el fin de semana. Mi mujer -añadió apresuradamente -está
cuidando a su madre, según creo. Estaremos solos usted y yo.
—Gracias. Me gustaría.
—Entonces podremos hablar de nuestras cosas cómodamente. Sería muy simpático.
Creo que usted podría sacarle al asunto un montón de dinero. Puede quedarse
todo lo que saque.
—Gracias.
—Esto, desde luego, si usted está seguro de que le apetece..., sin «fatiga del
metal» ni algo así, ¿eh?
—Si es cuestión de matar a Mundt, estoy dispuesto.
—¿De veras que se siente así? — preguntó cortésmente Control. Y luego, después
de mirar reflexivamente a Leamas durante unos momentos, indicó-: Sí, de veras
creo que sí. Pero no tiene por qué pensar que sea necesario que se lo diga.
Quiero decir que en nuestro mundo enseguida nos salimos del registro del odio,
o del amor..., como esos sonidos que un perro no puede oír. Al final, no queda
más que una especie de náusea: uno jamás desea volver a causar sufrimiento
alguno. Perdóneme, pero ¿no fue propiamente eso lo que sintió cuando mataron a
Karl Riemeck? Ni odio a Mundt, ni afecto a Karl, sino una sacudida mareante,
como un puñetazo en un cuerpo embotado... Me han dicho que estuvo toda la noche
andando..., nada menos que dando vueltas por las calles de Berlín. ¿Es cierto?
—Es cierto que salí a dar un paseo.
—¿Toda la noche?
—Sí.
—¿Qué ha sido de Elvira?
—Dios sabe... Me gustaría darle una metida a Mundt -dijo.
—Bueno..., bueno. Por cierto, si se encuentra algún viejo amigo mientras tanto,
no crea que sirve de algo tratar de esto con ellos. En realidad -añadió
Control, al cabo de un momento-, yo me mostraría más bien seco con ellos. Que
piensen que le hemos tratado mal a usted. Está bien empezar del mismo modo como
se piensa seguir, ¿no es cierto?
III. Decadencia
A nadie le sorprendió demasiado el que metieran en
conserva a Leamas. En general, decían, Berlín llevaba varios años siendo un
fracaso, y alguno tenía que recibir la reprimenda. Además, estaba viejo para el
trabajo activo, en el que hay que tener unos reflejos tan rápidos como los de
un profesional del tenis.
Leamas había trabajado bien en la guerra, todos lo sabían. En Noruega y en
Holanda, no se sabe cómo, se había mostrado notablemente vivo, y al final le
habían dado una medalla y le dejaron marchar. Después, desde luego, le hicieron
volver.
Hubo mala suerte con lo de su paga, realmente mala suerte. La Sección de
Contabilidad lo dejó escapar, en la persona de Elsie. Elsie dijo en el
restaurante que el pobre Alec Leamas sólo recibiría cuatrocientas libras al año
para vivir, por culpa de su interrupción en el servicio. Elsie pensaba que era
un reglamento que realmente habría que cambiar: después de todo, el señor
Leamas había cumplido su servicio, ¿no? Pero allí estaban, con los de Hacienda
a la espalda, muy distintos a los de los viejos tiempos, y ¿qué podían hacer?
Aun en los malos tiempos de Maston habían arreglado mejor las cosas.
Leamas, según les dijeron a los nuevos, era de la antigua escuela: sangre,
tripas sólidas, cricket y Diploma de Francés de la escuela. En el caso de
Leamas, esto no se adecuaba con él, porque era bilingüe en alemán e inglés, y
su holandés era admirable; además, no le gustaba el cricket. Pero la verdad es
que no tenía título universitario.
Al contrato de Leamas le faltaban unos pocos meses para quedar rescindido, y le
pusieron en Bancaria para completar el tiempo. La Sección Bancaria era
diferente de Contabilidad: se ocupaba de pagos en el extranjero, de financiar
agentes y operaciones. La mayor parte de los trabajos de Bancaria los podría
haber hecho un botones, a no ser por el alto grado de secreto requerido, y por
eso Bancaria era una de las varias secciones del Servicio que se consideraban
como dependencias apropiadas para apartar a los empleados que pronto se iban a
enterrar.
Leamas pasó a «quedar para simiente».
El proceso de «quedar para simiente» generalmente se considera como muy largo,
pero en el caso de Leamas no fue así. A la vista de todos sus colegas, pasó de
ser un hombre honrosamente desplazado a un lado, a ser un náufrago resentido y
borracho; y todo ello en pocos meses. Hay un tipo de estupidez entre los
borrachos, especialmente cuando no están bebidos; un tipo de desconexión que
los que son poco observadores interpretan como vaguedad, y que Leamas pareció
contraer con rapidez poco natural. Adquiría pequeñas deshonestidades, pedía
prestadas cantidades insignificantes a las secretarias y olvidaba devolverlas,
llegaba tarde o se marchaba pronto mascullando algún pretexto. Al principio,
sus compañeros le trataron con indulgencia; quizá su decaimiento les asustaba
del mismo modo que nos asustan los tullidos, los mendigos y los inválidos,
porque tememos que podemos llegar a ser uno de ellos; pero al final le aislaron
su descuido y su malignidad brutal y sin razones.
Con cierta sorpresa de la gente, a Leamas no parecía importarle que le hubieran
metido en conserva. Su voluntad, de pronto, parecía haberse desplomado. Las
nuevas secretarias, reacias a creer que los Intelligences Services están
poblados por mortales normales y corrientes, se alarmaban al notar que Leamas
se había vuelto francamente putrefacto. Se cuidaba apenas de su aspecto y se
fijaba menos en lo que le rodeaba, almorzaba en el restaurante, que normalmente
era coto reservado a los empleados más jóvenes, y se rumoreaba que bebía. Se
volvió un solitario, perteneciente a esa trágica clase de hombres activos
prematuramente privados de actividad; nadadores alejados del agua o actores
desterrados del escenario.
Algunos decían que había cometido un error en Berlín, y por eso su red había
sido suprimida; nadie sabía nada cierto. Todos estaban de acuerdo en que le
habían tratado con una dureza desacostumbrada, incluso por parte de una
dirección de Personal que no tenía fama de filantrópica. Le señalaban con
disimulo cuando pasaba, como señalan los hombres a un atleta de tiempos
pasados, y decían: «Es Leamas. Le fue mal en Berlín. Es lamentable la manera
como se ha dejado ir.»
Y luego, un día, desapareció. No dijo adiós a nadie, ni por lo visto a Control.
La cosa, por sí sola, no era sorprendente. El carácter del Servicio excluía
despedidas formales y regalos de relojes de oro, pero incluso con esos
criterios, la marcha de Leamas pareció brusca. Por lo que parecía, su marcha
tuvo lugar antes de que concluyera el término de su contrato. Elsie, de la
Sección de Contabilidad, ofreció una o dos migajas de información: Leamas había
cobrado en metálico toda la cuantía de su paga, lo cual, si es que Elsie
entendía algo, quería decir que tenía dificultades con su Banco. La
gratificación se le pagaría a fin de mes; ella no podía decir cuánto, pero no
llegaba a cuatro cifras; pobre chico. Se había mandado su ficha al Seguro
Nacional. Personal tenía una dirección suya, añadió Elsie con un resoplido,
pero desde luego no eran quiénes, los de Personal, para revelarla.
Luego estaba la historia del dinero. Se supo por indiscreción -como de
costumbre, nadie sabía de dónde salía eso- que la marcha repentina de Leamas
tenía que ver con irregularidades en las cuentas de la Sección Bancaria.
Faltaba una cantidad bastante regular (no de tres cifras, sino de cuatro, según
una señora de pelo azul que trabajaba en la centralita telefónica), y la habían
recobrado casi toda, y le impusieron un embargo sobre su pensión. Otros dijeron
que no lo creían: en el caso de que Alec hubiese querido robar el cajón,
decían, conocía medios más apropiados para hacerlo que enredar en las cuentas
de la Central. No es que no fuera capaz: sólo que lo habría hecho mejor. Pero
los menos convencidos de las posibilidades delictivas de Leamas aludían a su
gran consumo de alcohol, a los gastos que acarreaba mantener una familia
separada, a la fatal diferencia entre la paga en el país y los gastos
permitidos en el extranjero, y, sobre todo, a las tentaciones que se le ponen
por delante a un hombre que maneja grandes sumas de dinero contante y sonante,
cuando sabe que sus días en el Servicio están contados.
Todos se mostraron de acuerdo en que si Alec se había manchado las manos,
estaba liquidado para siempre: los de Reinstalación ni le mirarían, y Personal
no querría dar referencias sobre él, o las daría de un modo tan frío como el
hielo, y aun el patrono más entusiástico sentiría un escalofrío al verlas. El
desfalco era el único pecado que los de Personal no dejaban que nadie olvidase
y que ellos mismos no olvidaban jamás. Si era cierto que Alec había robado a
Cambridge Circus, iba a llevarse consigo a la tumba la cólera de Personal, y
Personal no pagaría ni la mortaja.
Durante una semana o dos después de su marcha, unos cuantos se preguntaron qué
habría sido de él. Pero sus viejos amigos ya sabían que tenían que evitarle. Se
había vuelto un molesto resentido, que atacaba constantemente al Servicio y a
su administración, y lo que él llamaba «los chicos de Caballería» que, según
decía, llevaban sus asuntos como si fuera el club de oficiales de un
regimiento. Nunca perdía la oportunidad de meterse con los americanos y sus
servicios de espionaje. Parecía odiarles más que a la Abteilung, a la que
aludía rara vez, o casi nunca. Sugería que eran ellos los que habían puesto en
peligro su red: esto parecía una obsesión en él, la mala manera con que
recompensaba cualquier intento de consolarle.
Así se volvió una compañía desagradable, de modo que los que le conocían, e
incluso los que le concedían silenciosamente su simpatía, acabaron por
eliminarle. La marcha de Leamas causó tan sólo una ondulación en el agua; con
otros vientos y con el cambio de estaciones, pronto quedó olvidada.
Su piso era pequeño y destartalado, pintado de color pardo y con fotografías de
Clovelly. Daba enfrente mismo de las grises traseras de tres almacenes de
piedra, con ventanas que, por razones estéticas, habían sido dibujadas con
creosota. Encima de los almacenes vivía una familia italiana, que se peleaba
cada noche y sacudía las alfombras durante el día.
Leamas tenía pocas cosas con que alegrar los cuartos. Compró unas pantallas
para tapar las bombillas, y dos pares de sábanas para sustituir las fundas de
tela basta proporcionadas por el casero. El resto, Leamas lo toleró: las
cortinas estampadas con flores, sin forro ni dobladillo, los oscuros
revestimientos rozados del suelo, y el tosco mobiliario de madera parda, algo
así como de un hostal de marineros. Un grifo amarillo resquebrajado le
proporcionaba agua caliente por un chelín.
Necesitaba un empleo. No tenía dinero, nada en absoluto. De modo que tal vez
fuese cierto lo que se contaba del desfalco A Leamas le parecieron tibios y
peculiarmente inadecuados los ofrecimientos de nueva colocación que le hizo el
Servicio. Primero, trató de obtener trabajo en el comercio. Una empresa de
fabricantes de adhesivos industriales se mostró interesada por su aspiración al
puesto de subdirector y jefe de personal. Sin hacer caso a la referencia poco
útil que el Servicio había dado de él, no le exigieron ni requisitos ni títulos
y le ofrecieron seiscientas al año. Se quedó una semana, al cabo de la cual la
hedionda pestilencia del aceite de pescado rancio se le había metido en el pelo
y la ropa, adhiriéndosele en las narices como el olor de la muerte. No había
lavado que lo suprimiera, de modo que Leamas se rapó el pelo al cero y tuvo que
tirar dos de sus mejores trajes.
Pasó otra semana intentando vender enciclopedias a las amas de casa de las
zonas residenciales, pero no era hombre a quien éstas comprendieran o vieran
con buenos ojos, no querían a Leamas, o al menos a sus enciclopedias. Noche
tras noche volvía fatigado a su piso, con su ridícula muestra bajo el brazo. Al
fin de la semana telefoneó a la empresa y les dijo que no había vendido nada.
Sin manifestar sorpresa, le recordaron su obligación de devolver la muestra si
dejaba de actuar en su representación, y colgaron. Leamas salió de la cabina
telefónica dando furiosas zancadas, se dejó olvidada la muestra, fue a un bar y
se emborrachó perdidamente gastándose veinticinco chelines, que no podía pagar.
Le echaron por chillar a una mujer que trataba de llevársele. Le dijeron que no
volviera jamás, pero una semana más tarde lo habían olvidado todo. Empezaban a
conocer allí a Leamas.
También en otros sitios empezaron a conocer a esa figura gris y bamboleante. No
decía ni una mísera palabra: no tenía ni un amigo, hombre, mujer o animal.
Adivinaban que estaba en un apuro: probablemente había abandonado a su mujer.
Nunca sabía el precio de nada, nunca lo recordaba cuando se lo decían. Se
palpaba todos los bolsillos siempre que necesitaba dinero suelto, nunca se
acordaba de llevar una cesta, siempre compraba bolsas para llevarse lo que
compraba.
En su calle no le tenían simpatía, pero casi le compadecían. Además, pensaban
que estaba muy sucio, con aquel modo de no afeitarse los fines de semana, y con
las camisas todas desaliñadas.
Una tal señora Mac Caird, de Sudbury Avenue, le hacía la limpieza todas las
semanas, pero como nunca recibió de él ni una palabra amable, abandonó su
trabajo. Ella era una importante fuente de información en aquella calle, donde
los tenderos se contaban unos a otros lo que necesitaban saber en caso de que
él pidiera crédito. La opinión de la señora Mac Caird era adversa al crédito.
Leamas nunca recibía cartas, decía ella, y llegaron al acuerdo de que eso era
grave. No tenía cuadros y sólo unos pocos libros; ella creía que uno de los
libros era indecente, pero no podía estar segura porque estaba escrito en un
idioma extranjero. Su opinión era que tendría alguna rentilla de que vivir, y
se le estaba acabando. Sabía que los jueves iba a cobrar subsidio de paro. Todo
Bayswater estaba advertido y no había necesidad de más avisos. Se enteraron por
la señora Mac Caird que bebía como un pez: el de la taberna lo confirmó. Los
taberneros y las mujeres de la limpieza no están en situación como para
conceder crédito a sus clientes, pero su información es muy valiosa para los
que sí lo están.
IV. Liz
Por fin, aceptó el trabajo en la Biblioteca. La
Agencia de Colocaciones se lo había puesto delante de las narices todos los
jueves por la mañana cuando cobraba su subsidio de paro, pero él lo había
rechazado siempre.
—La verdad es que no es lo que mejor le va -dijo el señor Pitt-, pero la paga
es buena y el trabajo es fácil para un hombre instruido.
—¿Qué clase de biblioteca es? — preguntó Leamas.
—Es la Biblioteca Bayswater de Investigaciones Psicológicas. Es una fundación:
tienen miles de libros, y les han hecho un legado de muchos más. Necesitan otro
ayudante.
Leamas cogió el óbolo y la tira de papel.
—Son gente rara -añadió el señor Pitt-, pero, por otra parte, usted tampoco es
de los que se quedan fijos, ¿no? Me parece que ya es hora de que les pusiera a
prueba, ¿no cree?
Había algo raro en Pitt. Leamas estaba seguro de haberle visto antes en algún
otro sitio. En Cambridge Circus, durante la guerra.
La Biblioteca era como la nave de una iglesia y, además muy fría. Las negras
estufas de petróleo, en los extremos, daban un olor a parafina. En medio del
local había una cabina, como la de los testigos en un tribunal, y dentro estaba
sentada la señorita Crail, la bibliotecaria.
Nunca se le había ocurrido a Leamas que hubiera de trabajar a las órdenes de
una mujer. En la Agencia de Colocaciones, nadie le había dicho nada de eso.
—Soy el nuevo ayudante -dijo-, me llamo Leamas.
La señorita Crail levantó la vista bruscamente de su fichero, como si hubiera
oído una grosería.
—¿Ayudante? ¿Qué quiere decir con eso de «ayudante»?
—Asistente. De parte de la Agencia de Colocaciones, del señor Pitt.
Alargó a través del mostrador un impreso hecho en multicopista con sus datos
anotados con letra inclinada. Ella lo cogió y lo examinó.
—Usted es el señor Leamas.
No era una pregunta, sino la primera fase de una investigación para averiguar
los hechos.
—Y es usted de la Agencia de Colocaciones.
—No, me ha mandado la Agencia de Colocaciones. Me han dicho que necesitaban
ustedes un asistente.
—Ya entiendo.
Una sonrisa adusta. En ese momento sonó el teléfono: ella cogió el auricular y
empezó a discutir ferozmente con alguien. Leamas adivinó que discutían siempre,
que no había preliminares. Ella elevó el tono de voz, simplemente, y empezó a
discutir sobre unas entradas para un concierto. Él escuchó un par de minutos, y
luego se dirigió hacia las estanterías. En uno de los compartimientos, observó
que había una muchacha, de pie en una escalera, ordenando unos grandes
volúmenes.
—Soy el nuevo -dijo-, me llamo Leamas.
Ella bajó de la escalera y le dio la mano un tanto ceremoniosamente.
—Yo soy Liz Gold. Encantada. ¿Ha conocido a la señorita Crail?
—Sí, pero en este momento está hablando por teléfono.
—Discutiendo con su madre, imagino. ¿Qué va a hacer usted?
—No sé. Trabajar.
—Ahora estamos poniendo signaturas; la señorita Crail ha empezado un nuevo
fichero.
Era una muchacha alta, desgarbada, de larga cintura y piernas largas. Llevaba
zapatos bajos, de «ballet», para reducir su estatura. En su cara, como en su
cuerpo, había algo que parecía oscilar entre la fealdad y la belleza. Leamas
supuso que tendría veintidós o veintitrés años, y que sería judía.
—Se trata sólo de comprobar que todos los libros estén en los estantes. Esta es
la tira de referencia, ya ve. Cuando lo haya comprobado, apunte en lápiz la
nueva signatura y la tacha en el fichero.
—¿Y que ocurre luego?
—Sólo la señorita Crail está autorizada a pasar a tinta la signatura. Es el
reglamento.
—¿El reglamento de quién?
—De la señorita Crail. ¿Por qué no empieza por la arqueología?
Leamas asintió y marcharon juntos al compartimiento siguiente, en cuyo suelo
había una caja de zapatos llena de fichas.
—¿Ha hecho usted alguna vez cosas de este tipo?
—No -se agachó a recoger un puñado de fichas y las sopló-. Me envió el señor
Pitt. De la Agencia.
Volvió a poner en su sitio las fichas.
—La señorita Crail es la única persona que puede pasar a tinta las signaturas,
¿no?
—Sí.
Ella le dejó allí. Leamas, tras un momento de vacilación, sacó un libro y miró
la portadilla. Se titulaba «Descubrimientos arqueológicos en Asia Menor»,
Volumen Cuarto. Al parecer, sólo tenían el volumen cuarto.
Era la una, y Leamas tenía mucha hambre, así que se acercó hacia donde estaba
Liz Gold clasificando y dijo:
—¿Qué pasa con el almuerzo?
—Ah, yo traigo bocadillos -pareció un poco cohibida- Puede coger alguno de los
míos, si lo desea. No hay café en varias millas a la redonda.
Leamas movió la cabeza.
—Gracias, saldré. Tengo que hacer unas compras.
Ella observó como se abría paso de un empujón por las puertas oscilantes.
Eran las dos y media cuando regresó. Olía a whisky. Traía la bolsa llena de
verduras y otra conteniendo diversos comestibles. Las dejó en una esquina del
compartimiento y fatigosamente volvió a empezar con los libros de arqueología.
Llevaba unos diez minutos poniéndoles signaturas cuando se dio cuenta de que la
señorita Crail le observaba.
—«Señor» Leamas.
Él estaba a medio subir en la escalera, de modo que miró abajo por encima del
hombro y dijo:
—¿Qué?
—¿Sabe usted de dónde han salido estas bolsas de comestibles?
—Son mías.
—Ya entiendo. Son suyas. — Leamas esperó-. Lamento -continuó ella por fin- que
no permitamos meter la compra en la Biblioteca.
—¿Dónde puedo ponerla, si no? No hay otro sitio donde pueda ponerla.
—En la Biblioteca, no -contestó ella.
Leamas no le hizo caso y volvió a dirigir su atención a la sección de
arqueología.
—Si solamente se tomara el tiempo necesario para el almuerzo -continuó la
señorita Crail-, no tendría tiempo para hacer la compra. Ninguna de nosotras lo
tiene, ni la señorita Gold ni yo misma, no tenemos tiempo para compras.
—Entonces, ¿por qué no se toman media hora más? — preguntó Leamas-; así
tendrían tiempo. Si tanto les urge pueden trabajar otra media hora por la
tarde; si les apremian.
Ella se detuvo unos momentos, sin hacer otra cosa más que mirarle y pensando,
evidentemente, algo que decirle. Por fin anunció:
—Lo discutiré con el señor Ironside -y se marchó.
A las cinco y media, la señorita Crail se puso el abrigo, y con un enfático
«buenas noches, señorita Gold», se fue. Leamas adivinó que se había pasado toda
la tarde cavilando sobre las bolsas de la compra. Pasó al compartimiento
contiguo, donde Liz Gold estaba sentada en el peldaño más bajo de su
escalerilla, leyendo algo que parecía un folleto. Al ver a Leamas, lo dejó caer
con aire culpable en su bolso y se puso en pie.
—¿Quién es el señor Ironside? — preguntó Leamas.
—Creo que no existe -contestó ella-. Es su mejor recurso cuando no sabe
encontrar una respuesta. Una vez le pregunté quién era. Se puso toda elusiva y
misteriosa y me dijo: «No se preocupe.» Creo que no existe.
—Tampoco estoy seguro de que exista la señorita Crail -dijo Leamas, y Liz Gold
sonrió.
A las seis, ella cerró y dio las llaves al conserje, un hombre muy viejo que en
la Primera Guerra había sufrido un shock explosivo y que, según Liz, se pasaba
toda la noche despierto por si los alemanes realizaban un contraataque. Fuera,
hacía un frío terrible.
—¿Tiene que ir muy lejos? — preguntó Leamas.
—Veinte minutos a pie. Siempre voy andando. ¿Y usted?
—No estoy lejos -dijo Leamas-. Buenas noches.
Volvió al piso andando despacio. Abrió y dio al interruptor de la luz. No pasó
nada. Probó la luz de la cocinita, y por último la estufa eléctrica enchufada
junto a la cama. En la estera de la puerta había una carta. La recogió y la
sacó a la pálida luz amarillenta de la escalera. Era de la compañía eléctrica,
lamentando que el jefe de zona no tuviera más alternativa que cortarle la luz
hasta que se pagara la cuenta pendiente de nueve libras, cuatro chelines y ocho
peniques.
Se había convertido en un enemigo de la señorita Crail, y a la señorita Crail
lo que le gustaba eran los enemigos. O le miraba ceñuda o fingía no verle, y
cuando él se acercaba, ella empezaba a temblar, mirando a derecha e izquierda,
quizá en busca de algo con qué defenderse, o de una línea de escapatoria. A
veces sentía un inmenso resentimiento, como cuando él colgó su impermeable en
la percha «de ella» y ésta se quedó delante temblando durante sus buenos cinco
minutos, hasta que Liz la observó y llamó a Leamas. Leamas se acercó y le dijo:
—¿Qué le disgusta, señorita Crail?
—Nada -contestó ella, en un tono jadeante y cortado-, nada en absoluto.
—¿Pasa algo malo con mi impermeable?
—Nada en absoluto.
—Muy bien -contestó él, y se volvió a su compartimiento.
Ella se pasó el día temblando, y durante media mañana estuvo con una llamada
telefónica en susurro teatral.
—Se lo está contando a su madre -dijo Liz-. Siempre se lo cuenta a su madre.
También le cuenta cosas de mí.
La señorita Crail llegó a sentir un odio tan intenso hacia Leamas, que encontró
imposible comunicarse con él. Los días de cobro, cuando él volvía de almorzar,
encontraba un sobre en el tercer peldaño de su escalerilla con su nombre fuera,
escrito con mala ortografía. La primera vez ocurrió que él le llevó el dinero
con el sobre y dijo:
—Es L-E-A, señorita Crail, y sólo una S.
Debido a esto, ella sufrió un verdadero ataque de epilepsia, revolviendo los
ojos y enredando confusamente con el lápiz hasta que Leamas se marchó. Después,
estuvo conspirando por teléfono durante horas seguidas.
Al cabo de tres semanas que Leamas había empezado a trabajar en la Biblioteca,
Liz le invitó a cenar. Fingió que era una idea que se le había ocurrido de
repente aquella misma tarde a las cinco; parecía darse cuenta de que si le
invitaba para mañana o pasado, él se olvidaría o no iría, simplemente, así que
le invitó a las cinco. Leamas pareció reacio a aceptar, pero al fin aceptó.
Fueron andando hasta su piso a través de la lluvia, y podrían haber estado en
cualquier sitio, Berlín, Londres, cualquier ciudad donde las piedras del
pavimento se convirtieran en lagos de luz bajo la lluvia del atardecer, y el
tráfico resoplara desesperadamente a través de las calles mojadas.
Fue la primera de muchas cenas que Leamas tomó en su piso. Iba cuando ella se
lo pedía, y ella le invitaba a menudo. Él nunca hablaba mucho. Cuando ella
descubrió que sí iría, se acostumbró a poner la mesa por la mañana antes de
salir para la Biblioteca. Incluso preparaba por adelantado la ensalada, y ponía
velas en la mesa, porque le gustaba la luz de las velas. Siempre sabía que en
Leamas había algo en lo más profundo que iba mal, y que algún día, por razones
que ella no podía comprender, estallaría y nunca le volvería a ver. Trató de
decirle que lo sabía; una noche le dijo:
—Puedes marcharte cuando quieras; nunca te seguiré, Alec -y los ojos oscuros de
él descansaron en ella durante un momento.
—Ya te diré cuándo -contestó.
El piso no tenía más que un cuarto de estar, a la vez alcoba, y la cocina. En
el cuarto había dos butacas, un sofá-cama y una estantería llena de libros en
rústica, sobre todo clásicos, que ella no había leído jamás.
Después de cenar, ella le hablaba; él se tumbaba a fumar en el diván. Nunca
sabía ella hasta qué punto la oía, ni le importaba. Se arrodillaba junto a la
cama y le cogía la mano, apretándola contra su propia mejilla, mientras
hablaba.
Una noche le dijo:
—Alec, ¿en qué crees? No te rías, dímelo.
Ella esperó un momento y por fin él dijo:
—Yo creo que el autobús once me lleva a Hammersmith. No creo que lo conduzca
Papá Noel.
Ella se quedó pensativa y por fin volvió a preguntar:
—Pero ¿en qué crees?
Leamas se encogió de hombros.
—Tienes que creer en algo -insistió ella-; en algo como Dios. Sé que crees,
Alec; a veces pones una cara como si tuvieras algo especial que hacer, igual
que un cura. Alec, no te rías, es verdad.
Él movió la cabeza.
—Lo siento, Liz, lo has entendido mal. No me gustan los yanquis ni las public
schools. No me gustan los desfiles militares ni la gente que juega a los
soldados -sin sonreír, añadió-: Y no me gustan las conversaciones sobre cuál es
el sentido de la vida.
—Pero, Alec, es como si dijeras...
—Debería haber añadido -interrumpió Leamas- que no me gusta la gente que me
dice lo que debería pensar.
Ella sabía que se estaba irritando, pero ya no podía contenerse.
—¡Eso es porque no quieres pensar, no te atreves! Hay algún veneno en tu alma,
algún odio. Eres un fanático. Alec, sé que lo eres, pero no sé de qué. Eres un
fanático que no quiere convertir a la gente, y eso es cosa peligrosa. Eres como
un hombre que... ha jurado venganza, o algo así.
Los ojos oscuros se posaron en ella. Al hablar, ella se asustó de la amenaza
que había en su voz.
—Si yo estuviera en tu lugar -dijo ásperamente-, me ocuparía de mis propios
asuntos.
Y luego sonrió, con una pícara sonrisa de irlandés. Nunca había sonreído así, y
Liz comprendió que estaba fingiendo ese encanto.
—¿En qué cree Liz? — preguntó.
Y ella contestó:
—No se puede sacar tan fácilmente.
Después, esa noche, volvieron a hablar de ello. Leamas lo planteó; le preguntó
si era religiosa.
—Me has entendido mal -dijo-, al revés. Yo no creo en Dios.
—Entonces ¿en qué crees?
—En la historia.
Él la miró un momento con asombro, y luego se echó a reír.
—Ah, Liz..., ¡ah, no! ¿No serás una maldita comunista?
Ella asintió con la cabeza, ruborizándose como una niña ante las risas de
Leamas, irritada y aliviada de que a él no le importara.
Esa noche le retuvo y se hicieron amantes. Él se marchó a las cinco de la
mañana. Liz no podía entenderlo: ella estaba muy orgullosa, y él parecía
avergonzado.
Leamas salió del piso y bajó por la calle desierta en dirección al parque.
Había niebla. Un poco más abajo, en la calle -no lejos de allí, a unos treinta
pasos, quizá algo más- se destacaba la figura de un hombre con impermeable,
bajo y más bien rechoncho. Apoyado contra la verja del parque, se recortaba
entre la niebla cambiante. Cuando se acercó Leamas, la niebla pareció espesarse
y cerrarse en torno a la figura de la verja, y cuando se disipó, el hombre ya
se había ido.
V. Crédito
Poco después, alrededor de una semana más tarde,
Leamas dejó de ir un día a la Biblioteca. La señorita Crail se sintió
encantada; a las once y media se lo había contado a su madre, y al volver del
almuerzo se quedó parada ante las estanterías de arqueología donde él había
trabajado desde que llegó. Se quedó mirando, con una fijeza teatral, las
hileras de libros, y Liz comprendió que fingía averiguar si Leamas había robado
algo.
Liz prescindió completamente de ella durante el resto del día, dejando de
contestar cuando ella le preguntaba, y trabajando con asidua aplicación. Al
llegar la noche, volvió a casa a pie y se durmió llorando.
A la mañana siguiente llegó pronto a la Biblioteca. Sin saber por qué, pensaba
que cuanto antes llegase, antes podría acudir Leamas; pero a medida que pasaba
lentamente la mañana, sus esperanzas se extinguían, y comprendía que él no
llegaría jamás. Aquel día se había olvidado de prepararse unos bocadillos, de
modo que decidió coger un autobús que la llevase a Bayswater Road para ir a
comer a A.B.C. Se sentía mareada y vacía, pero sin hambre. ¿Y si fuera a
buscarle? Había prometido no seguirle nunca, pero él le prometió contárselo
todo. ¿Iría a buscarle?
Hizo señas a un taxi y dio la dirección de Alec.
Subió por la deslucida escalera y apretó el timbre de su puerta. El timbre
parecía roto: no oyó nada. Había tres botellas de leche en la estera de la
puerta y una carta de la compañía eléctrica. Vaciló un momento; luego golpeó la
puerta y oyó el leve gemido de un hombre. Se precipitó por las escaleras al
piso de abajo, aporreó la puerta y tocó el timbre. No recibió respuesta, de
modo que bajó corriendo otro tramo y se encontró en la trastienda de un
comercio de comestibles. En un rincón había una vieja sentada, meciéndose hacia
delante y atrás en su butaca.
—En el piso de arriba -casi gritó Liz- hay alguien que se encuentra muy mal.
¿Quién tiene una llave?
La vieja la miró durante un momento, y luego dirigió su mirada hacia donde
estaba la tienda.
—Arthur, entra aquí; Arthur, ¡hay una chica aquí!
Un hombre con peto pardo y un sombrero tirolés gris asomó la cabeza por la
puerta y dijo:
—¿Una chica?
—Hay alguien gravemente enfermo en el piso de arriba -dijo Liz-, no puede
llegar a la puerta de la escalera y abrirla. ¿Tiene usted una llave?
—No -contestó el tendero-, pero tengo un martillo.
Y se precipitaron escaleras arriba juntos; el tendero, siempre con su
sombrerito, llevando un gran destornillador y un martillo. Él golpeó reciamente
la puerta, y esperaron conteniendo el aliento alguna respuesta. Pero ésta no
llegó.
—Antes oí un gemido, le aseguro que lo oí -susurró Liz.
—¿Pagará usted esta puerta si la echo abajo?
—Sí.
El martillo hizo un ruido terrible. Con tres golpes arrancó un trozo del marco,
y la cerradura saltó con ella. Liz entró delante, y el tendero la siguió. El
cuarto estaba terriblemente frío y oscuro, pero en la cama del rincón pudieron
distinguir la figura de un hombre.
«Ay, señor -pensó Liz-, si está muerto, creo que no puedo tocarle.»
Pero se acercó a él, y aún estaba vivo. Descorrió las cortinas y se arrodilló
junto a la cama.
—Ya le llamaré si le necesito, gracias -dijo.
Y el tendero asintió y se fue escaleras abajo.
—Alec, ¿qué es eso? ¿Qué te ha puesto malo? ¿Qué es esto, Alec?
Leamas movió la cabeza en la almohada. Sus ojos hundidos estaban cerrados. La
barba oscura resaltaba en la palidez de su cara.
—Alec, tienes que decírmelo, por favor, Alec.
Apretaba una de sus manos entre las suyas, mientras las lágrimas le caían por
las mejillas. Desesperadamente, pensó qué podía hacer; luego se levantó y
corrió hacia la cocina para poner agua a hervir. No sabía claramente qué debía
hacer, pero le consolaba hacer algo. Después de poner el agua en el gas,
recogió el bolso, se llevó la llave de Leamas de la mesilla, bajó corriendo los
cuatro tramos hasta la calle, y cruzó a la farmacia de enfrente. Compró
gelatina de ternera, extracto de carne y aspirinas. Cuando estaba a punto de
llegar a la puerta, se volvió atrás y compró un paquete de galletas. En total
le costó dieciséis chelines, lo que la dejó con cuatro chelines en el bolso y
once libras en la libreta de la caja de ahorros, pero hasta el día siguiente no
podía sacar nada. Cuando volvió al piso, el agua había empezado a hervir.
Hizo el té con el extracto de carne, como lo hacía su madre, en un vaso con una
cucharilla dentro para que no se resquebrajara, todo el tiempo mirándole como
temiendo que estuviera muerto.
Tuvo que ponerle algún apoyo para lograr que se bebiese el té. Sólo tenía una
almohada y no había en el cuarto almohadones, de modo que descolgó el abrigo
que había detrás de la puerta, hizo con él un lío y lo arregló detrás de la
almohada. Le asustaba tocarle; estaba tan empapado de sudor, que su corto pelo
gris se había puesto húmedo y resbaloso. Poniendo la taza junto a la cama, le
sostuvo la cabeza con una mano y le dio el té con la otra. Después de hacerle
tomar unas cuantas cucharadas, aplastó dos aspirinas y se las dio en la
cuchara. Le hablaba como si fuera un niño, sentada en el borde de la cama,
mirándole, pasándole a veces los dedos por la cabeza y la cara, y susurrando su
nombre una y otra vez:
—Alec. Alec.
Poco a poco, su respiración se hizo más regular y su cuerpo se ablandó, al
pasar del tenso dolor de la fiebre a la calma del sueño. Liz, observándole,
comprendió que lo peor había pasado. De pronto se dio cuenta de que casi había
oscurecido.
Entonces se sintió avergonzada, porque sabía que debería limpiar y ordenar. Se
incorporó de un salto busco la escoba y un plumero en la cocina, y se puso a
trabajar con energía febril. Encontró un mantel de tela limpio, lo extendió
bien sobre la mesilla y fregó las tazas y platos sueltos que había por la
cocina. Cuando acabó, miró el reloj y vio que eran las ocho y media. Puso a
hervir más agua y volvió junto a la cama.
—Alec, no lo tomes a mal, por favor -dijo- me iré, te lo prometo; pero deja que
te haga una comida decente. Estás mal, no puedes seguir así, es... ¡oh, Alec!
Y se derrumbó llorando, con las manos en la cara, y las lágrimas corriendo por
entre sus dedos, como las lágrimas de un niño. Él la dejó que llorase,
mirándola con sus oscuros ojos, las manos aferradas a la sábana.
Ella le ayudó a lavarse y afeitarse, y encontró ropa de cama limpia. Le dio
gelatina de ternera del tarro que había comprado en la farmacia. Sentada en la
cama, miraba cómo comía y pensaba que jamás había sido tan feliz.
Pronto se quedó dormido; ella le remetió la manta por los hombros y se acercó a
la ventana. Separando las ajadas cortinas, levantó el bastidor y se asomó.
Había otras dos ventanas con luz en el patio. En una veía la centellante
silueta azul de una pantalla de televisión, con las figuras a su alrededor,
inmovilizadas por su hechizo; en la otra, una mujer muy joven se arreglaba unos
rizadores en el pelo. Liz sintió deseos de llorar por el áspero engaño de sus
sueños.
Se quedó dormida en la butaca y no despertó hasta que casi fue de día,
sintiéndose rígida y fría. Se acercó a la cama: Leamas se movió algo cuando
ella le miró, y ella le tocó los labios con la punta de los dedos. No abrió los
ojos, pero extendió suavemente el brazo y la atrajo a la cama, y de repente
ella le deseó terriblemente, y nada importaba, y le volvió a besar una y otra
vez. Cuando le miró, él parecía sonreír.
Durante seis días, ella fue día tras día. Él nunca le hablaba mucho, y una vez
que ella preguntó si la quería, contestó que no creía en cuentos de hadas. Ella
se tumbaba en la cama, apoyándole la cabeza en el pecho, y a veces él le pasaba
sus recios dedos entre el pelo, apretándoselo fuertemente, y Liz se reía y
decía que le hacía daño. El viernes por la tarde le encontró vestido, pero sin
afeitar, y le extrañó que no se hubiera afeitado. Por alguna razón
inexplicable, se sentía alarmada. Faltaban del cuarto algunas pequeñas cosas:
el reloj y la barata radio portátil que estaba en la mesa. Ella quiso hacerle
una pregunta, pero no se atrevió. Había comprado huevos y jamón, y los preparó
de cena, mientras Leamas, sentado en la cama, fumaba un cigarrillo tras otro.
Cuando estuvo todo dispuesto, fue a la cocina y volvió con una botella de vino
tinto.
Él apenas habló durante la cena, y ella le observó con un temor creciente,
hasta que no pudo soportarlo más y exclamó de repente:
—Alec..., oh, Alec..., ¿qué es eso? ¿Es la despedida?
Él se levantó de la mesa, le cogió las manos y la besó de un modo como no lo
había hecho nunca, hablándole suavemente durante mucho tiempo de cosas que ella
sólo entendía oscuramente y que sólo oía a medias, porque durante todo el
tiempo supo que era el final y ya nada le importaba.
—Adiós, Liz -dijo-. Adiós.
Y luego:
—No me sigas. No lo vuelvas a hacer.
Liz asintió, murmurando:
—Como acordamos.
Agradeció el mordiente frío de la calle y la oscuridad que ocultaba sus
lágrimas.
A la mañana siguiente, sábado, fue cuando Leamas pidió al tendero que le fiara.
Lo hizo sin mucho arte, de un modo que no era el más apropiado para lograrlo.
Encargó media docena de cosas -no sumaban más de una esterlina-, y cuando
estuvieron envueltas y metidas en la bolsa, dijo:
—Sería mejor que me mandara esta cuenta.
El tendero sonrió con dificultad y dijo:
—Me temo que no podré hacerlo.
Faltaba claramente la palabra «señor».
—¿Por qué diablos no? — preguntó Leamas, y la cola de clientes detrás de él se
removió con inquietud.
—No le conozco a usted -contestó el tendero.
—No sea majadero -dijo Leamas-. Llevo cuatro meses viniendo aquí.
El tendero enrojeció.
—Siempre pedimos la referencia de un banco antes de conceder cualquier crédito
-dijo, y Leamas perdió la compostura.
—No me venga con chulerías imbéciles -gritó-, la mitad de sus clientes no han
entrado nunca en un banco, ni entrarán en su asquerosa vida.
Eso era una herejía inaudible, porque era verdad.
—No le conozco a usted de nada -repitió el tendero, estropajosamente-, ni es
una persona de mi agrado. Ahora váyase de mi tienda.
Y trató de recuperar el paquete que, por desgracia, Leamas ya había agarrado.
Después hubo diferentes opiniones sobre lo que ocurrió a continuación. Unos
dijeron que el tendero, tratando de recuperar la bolsa, empujó a Leamas; otros
dijeron que no. Lo hiciera o no, Leamas le golpeó -la mayoría de la gente creía
que dos veces-, sin abrir la mano derecha, con la que seguía sosteniendo la
bolsa. Pareció lanzar el golpe, no con el puño, sino con el canto de la mano
izquierda, y luego, en el mismo movimiento, asombrosamente rápido, con el codo
izquierdo. El tendero se desplomó al instante y quedó inmóvil como una piedra.
Después se dijo ante el tribunal, y no lo negó la defensa, que el tendero había
recibido dos lesiones: un pómulo fracturado en el primer golpe, y una mandíbula
dislocada en el segundo. Las noticias en la prensa diaria fueron precisas, pero
no muy detalladas.
VI. Contacto
Por la noche, estaba tumbado en su litera oyendo
los ruidos de los presos. Había un muchacho que sollozaba y un viejo
reincidente que cantaba On Ilkley Moor bar t’at, llevando el compás con la lata
de la comida. Había un carcelero que gritaba: «Cierra el pico, George,
miserable zoquete», después de cada verso, pero nadie le hacía caso. Había un
irlandés que cantaba canciones sobre el Ejército Republicano Irlandés, aunque
los demás decían que estaba allí por una violación.
Leamas, durante el día, hacía todo el ejercicio que podía, con la esperanza de
poder dormir por la noche, pero era inútil. De noche, uno sabía que estaba en
la cárcel; de noche no había nada, no había truco de visiones o autoengaño que
le salvara a uno del encierro nauseabundo de la celda. No podía uno cerrar el
paso al sabor de la prisión, al olor del uniforme de la prisión, al hedor de
las instalaciones sanitarias de la prisión, intensamente desinfectadas, a los
ruidos de los presos. Entonces, de noche, era cuando la indignidad del
cautiverio se hacía apremiantemente insufrible; entonces era cuando odiaba la
grotesca jaula de acero que le retenía, y había de refrenar a la fuerza el afán
de lanzarse contra los barrotes con los puños desnudos, de partirles el cráneo
a los carceleros y lanzarse a la libertad, al espacio libre de Londres. A veces
pensaba en Liz. Fijaba su mente en ella brevemente, como el objetivo de una
cámara; recordaba por un momento el contacto ligeramente duro de un cuerpo
largo, y luego la apartaba de su memoria. Leamas no era un hombre acostumbrado
a vivir de sueños.
Despreciaba a sus compañeros de celda, y ellos le odiaban. Le odiaban porque
lograba ser lo que todos ellos, en el fondo de su corazón, anhelaban ser: un
misterio. Él preservaba de la comunidad una parte visible de su personalidad: a
él no se le podía impulsar a que, en momentos sentimentales, hablara de su
muchacha, de su familia o de sus hijos. No sabían nada de Leamas; esperaban,
pero él no se acercaba hacia ellos. Los presos nuevos son, generalmente, de dos
especies: unos, por vergüenza, miedo o trastorno esperan con fascinado horror a
que les inicien en las astucias de la vida de la prisión, y otros comercian con
su mísera condición de novatos para hacerse querer por la comunidad. Leamas no
hacía ninguna de esas dos cosas. Parecía satisfecho con despreciarles a todos,
y ellos le odiaban porque, como el mundo exterior, no tenía necesidad de ellos.
Al cabo de unos diez días, se sintieron satisfechos. Los grandes no recibieron
homenaje alguno, los pequeños no obtuvieron ningún consuelo, de modo que le dieron
un «apretón» en la cola de la comida. El «apretón» es un ritual carcelario
semejante a la costumbre dieciochesca del «empujón». Simula ser un accidente,
tan sólo aparente en el que se vuelca el plato de estaño del preso, vertiéndole
el contenido sobre el uniforme. A Leamas le empujaron por un lado, mientras una
mano oportuna bajaba sobre su antebrazo, y la cosa quedó hecha. Leamas no dijo
nada, miró pensativamente a los dos hombres que tenía al lado y aceptó en
silencio los sucios insultos de un carcelero que sabía muy bien lo que había
pasado.
Cuatro días después, mientras trabajaba con una azada en los macizos de flores
de la cárcel, pareció tropezar. Llevaba sujeta la azada con las dos manos a
través del cuerpo, con el extremo del mango sobresaliendo unas seis pulgadas
del puño derecho. Cuando se esforzó por recobrar el equilibrio, el prisionero
que estaba a su derecha se dobló con un gruñido de angustia, los brazos
cruzados en el vientre. Después de eso ya no hubo más «apretones».
Quizá la cosa más extraña de todo lo de la cárcel fue lo del paquete de papel
de estraza cuando salió. Con una asociación ridícula, le recordó la ceremonia
de la boda: con este anillo te caso, con este paquete de papel de estraza te
devuelvo a la sociedad. Se lo entregaron, haciéndole firmar un recibo, y
contenía todo lo que poseía en el mundo.
Parecía un preso tranquilo. No se produjeron quejas contra él. El director de
la cárcel, que estaba vagamente interesado en su caso, lo atribuía todo a la
sangre irlandesa que juraba notar en Leamas.
—¿Qué va a hacer -preguntó- cuando se vaya de aquí?
Leamas contestó, sin asomos de sonrisa, que le parecía que iba a empezar otra
vez por el principio, y el director de la cárcel dijo que le parecía excelente.
—¿Y qué hay de su familia? — preguntó-. ¿No podría arreglarse con su mujer?
—Lo intentaré -contestó Leamas, con indiferencia-. Pero se ha vuelto a casar.
El funcionario que se ocupaba de la libertad bajo vigilancia le pidió que se
hiciera enfermero en un manicomio de Buckinghamshire, y Leamas estuvo de
acuerdo en solicitarlo. Incluso, anotó la dirección y apuntó el horario de los
trenes, que salían de Marylebone.
—Ahora hay tren electrificado hasta Great Missenden -añadió el funcionario, y
Leamas dijo que eso le vendría bien. Y así, le dieron el paquete y se marchó.
Cogió un autobús hasta Marble Arch, y se echó a pasear. Tenía en el bolsillo un
poco de dinero y pensaba regalarse con una comida decente. Pensó en ir paseando
por Hyde Park hasta Piccadilly, luego, a través de Green Park y St. Jame’s
Park, hasta Parliament Square, y después erraría por Whitehall abajo, hasta el
Strand, donde podía ir al gran café cercano a la estación de Charing Cross y
tomarse un buen bistec por seis chelines.
Londres estaba hermoso ese día. La primavera había llegado con cierto retraso y
los parques se hallaban llenos de narcisos y azafranes. Soplaba del sur un
viento frío limpiador; podría haberse pasado todo el día paseando. Pero seguía
con el paquete encima y tenía que librarse de él. Los cestos de desperdicios
eran demasiado pequeños; su aspecto hubiera parecido absurdo intentando meter a
empujones su paquete en uno de ellos. Recordó que había un par de cosas que
tenía que sacar; sus miserables papeles, la tarjeta del Seguro Nacional, el
carnet de conducir y su E.93 -fuera lo que fuera-, en un sobre amarillento de
Servicio Oficial, pero de repente, se le fueron las ganas de hacerlo. Se sentó
en un banco y tiró el paquete a un lado, no demasiado cerca, y se alejó un poco
de él. Al cabo de un par de minutos se volvió por la vereda, dejando el paquete
donde estaba. Acababa de entrar por la vereda, cuando oyó un grito: se volvió,
quizá con cierta brusquedad, y vio a un hombre con impermeable militar que le
hacía señas con una mano, sosteniendo el paquete de papel de estraza con la
otra.
Leamas tenía las manos en los bolsillos, y no las sacó; se quedó quieto,
mirando por encima del hombro al del impermeable. El hombre vaciló;
evidentemente, esperaba que Leamas se le acercara o hiciera alguna señal de
interés, pero Leamas no la hacía. Al contrario, se encogió de hombros y siguió
por la vereda adelante. Oyó otro grito y no hizo caso, aunque notó que el
hombre le seguía. Oyó sus pasos en la grava, medio corriendo, que se acercaban
de prisa, y luego una voz, un poco jadeante, un poco ofendida:
—¡Eh, oiga..., usted, a ver!
Y después se dirigió a él a quemarropa, de modo que Leamas se detuvo, se volvió
y le miró.
—¿Qué?
—Este paquete es suyo, ¿no?, se lo dejó en el banco. ¿Por qué no se detuvo
cuando le llamé?
Alto, con el pelo oscuro bastante rizado; corbata naranja y camisa verde
pálido: un poquito presumido, un poquito afeminado, pensó Leamas. Podía ser un
maestro de escuela, un graduado de la Escuela de Economía de Londres, y dirigir
un grupo dramático de barrio.
—Déjelo donde estaba -dijo Leamas-. No lo quiero.
El hombre enrojeció.
—No lo puede dejar ahí así como así -dijo-. Es basura.
—Sí que puedo, demonios -contestó Leamas-. Alguien encontrará en qué usarlo.
Iba a seguir adelante, pero el desconocido seguía plantado ante él, sosteniendo
el paquete con los brazos como si fuera un niñito.
—No me quite la luz -dijo Leamas-. ¿Le importa?
—Mire usted -dijo el desconocido, y su voz había subido de tono-: estoy
tratando de hacerle un favor: ¿por qué se muestra tan grosero?
—Si tanto empeño tiene usted en hacerme un favor -replicó Leamas-, ¿por qué me
viene siguiendo desde hace media hora?
«Está muy bien -pensó Leamas-, no ha acusado el golpe, pero hay que pegarle
hasta dejarle tieso.»
—Creía que era usted uno que conocí en Berlín, si se empeña en saberlo.
—¿Y por eso me ha seguido durante media hora?
La voz de Leamas estaba cargada de sarcasmo; sus ojos oscuros no abandonaban
por un momento la cara del otro.
—Nada de hace media hora. Le vi en Marble Arch y pensé que era Alec Leamas, un
hombre que me prestó dinero. Yo estaba en la BBC en Berlín, y allí estaba ese
hombre que me prestó dinero. Lo tengo en la conciencia desde entonces, y por
eso le he seguido. Quería convencerme.
Leamas siguió mirándole y pensó que no estaba tan bien, pero que estaba
suficientemente bien. Su cuento era apenas creíble... eso no importaba. Lo
importante es que había sacado algo nuevo y se aferró a ello después que Leamas
hubo echado a perder lo que prometía ser un arranque clásico.
—Soy Leamas -dijo por fin-, ¿quién demonios es usted?
Dijo que se llamaba Ashe, con e, añadió rápidamente, y Leamas comprendió que
mentía. Fingió no estar muy seguro de que Leamas fuera realmente Leamas, de
modo que mientras almorzaban abrieron el paquete y miraron la tarjeta del
Seguro Nacional, según pensó Leamas, como un par de maricas miran una postal
indecente. Ashe pidió el almuerzo con un poco menos del cuidado debido por el
precio, y bebieron «Frankenwein» para recordar los viejos tiempos. Leamas,
desde un principio, se empeñó en que no era capaz de recordar a Ashe, y Ashe
dijo que le sorprendía. Lo dijo en un tono como dando a entender que le
ofendía. Se habían conocido en una reunión, dijo, que dio Derek Williams en su
piso junto a Ku-Damm (en eso acertaba), y todos los periodistas habían estado allí:
seguro que Leamas lo recordaba, ¿no? No, Leamas no se acordaba. Bueno,
seguramente se acordaría de Derek Williams, el del Observer, aquel tan
simpático, que daba unas reuniones tan estupendas a base de «pizza». Leamas
tenía una memoria catastrófica para los nombres; al fin y al cabo, hablaban del
año cincuenta y cuatro; desde entonces, había llovido mucho... Ashe se acordaba
(su nombre de pila, por cierto, era Williams, pero casi todos le llamaban
Bill); Ashe lo recordaba de un modo «vívido». Habían bebido combinados, coñac y
crema de menta, y estaban todos bastante «trompas», y Derek había llevado unas
chicas realmente estupendas, medio cabaret de Malkasten: seguro que ahora sí se
acordaría Alec, ¿no? Leamas pensó que probablemente volvería a caer en ello, si
Bill seguía un poco adelante con el asunto.
Bill siguió adelante, improvisando, sin duda, pero lo hacía bien, exagerando un
poco el lado picante; cómo habían acabado en un cabaret con tres de aquellas
chicas; Alec, un tipo de la oficina del consejero político y Bill; y Bill se
había visto tan apurado porque no llevaba dinero encima, y Alec había pagado, y
Bill se había querido llevar una chica a su casa, y Alec le había prestado otro
de diez...
—Demonios -dijo Leamas-: ahora sí que me acuerdo.
—Ya sabía yo que sí se acordaría -dijo Ashe, feliz, asintiendo con la cabeza
hacia Leamas, mientras bebía-. Mire, vamos a bebernos la otra media; es muy
divertido.
Ashe era un ejemplar típico de ese estrato de la humanidad que actúa en las
relaciones humanas conforme a un principio de acción y reacción. Donde había
blandura, avanzaba; donde encontraba resistencia, se retiraba. Sin tener él
mismo ninguna opinión ni gusto especial, se atenía a lo que les fuera bien a
los que acompañara. Estaba tan dispuesto a tomar té en Fortnum como cerveza en
el Prospect de Whitby; escuchaba música militar en St. Jame’s Park lo mismo que
jazz en algún sótano de Compton Street; su voz temblaba de identificación
cuando hablaba de Sharpeville o de indignación ante el crecimiento de la
población de color en Gran Bretaña. A Leamas este papel notoriamente pasivo le
resultaba repelente, y hacía que aflorase lo que había en él de chulo, de modo
que llevaba al otro cautamente a alguna posición comprometedora y luego se
retiraba él mismo, con lo que Ashe continuamente tenía que retirarse de algún
callejón sin salida donde Leamas le había metido con algún cebo. Hubo momentos
durante aquella tarde en que Leamas fue tan descaradamente perverso que Ashe
tenía motivos para poner fin a su charla; razón de más ya que pagaba él, pero
no lo hizo. El hombrecillo con gafas, sentado solo a una mesa de al lado y
sumergido en un libro sobre la fabricación de rodamientos de bolas, hubiera
podido deducir que Leamas se entregaba a un juego sádico, o quizá (si era
hombre de especial sutileza) que Leamas estaba demostrando para su propia
certidumbre que sólo un hombre que guardase una verdadera razón secreta podía aguantar
tal clase de tratamiento.
Eran casi las cuatro cuando pidieron la cuenta; Leamas se empeñó en pagar su
parte. Ashe no quería ni oír hablar de ello: pagó la cuenta y sacó su talonario
para ajustar su deuda con Leamas.
—Veinte de las buenas -dijo, y rellenó la fecha en el cheque.
Luego levantó la vista hacia Leamas, todo acomodaticio y con los ojos muy
abiertos.
—Supongo que le parecerá bien un cheque, ¿no?
Enrojeciendo un poco, Leamas contestó:
—En este momento, no tengo Banco... acabo de regresar de fuera; tengo un asunto
que arreglar. Mejor déme un talón y lo cobraré en su Banco.
—Mi querido amigo, ¡ni hablar de eso! Tendría usted que ir hasta Rotherhithe
para cobrar éste.
Leamas se encogió de hombros y Ashe se echó a reír, y luego acordaron en
reunirse en el mismo sitio al día siguiente, a la una, y Ashe le llevaría el
dinero al contado.
Ashe cogió un taxi en la esquina de Compton Street, y Leamas agitó su mano
hasta que se perdió de vista. Cuando se hubo marchado, miró el reloj. Eran las
cuatro. Sospechó que todavía debían seguirle, de modo que bajó a pie hasta
Fleet Street y tomó una taza de café solo en el «Black and White». Miró unas
librerías, leyó los periódicos de la tarde que estaban expuestos en los
escaparates de las oficinas de los periódicos, y luego, de repente, como si se
le hubiera ocurrido la idea en el último instante, subió de un salto a un
autobús. El autobús llegó hasta Ludgate Hill, donde quedó bloqueado en un
atasco de circulación junto a una estación del Metro: Leamas bajó y cogió un
Metro. Había sacado un billete de seis peniques: se situó en el extremo del
vagón y se apeó en la estación siguiente. Allí cogió otro tren hacia Euston, y
emprendió la vuelta a Charing Cross. Eran las nueve cuando alcanzó la estación,
y había aumentado bastante el frío. Una camioneta estaba esperando allí
delante; el conductor se había dormido. Leamas lanzó una ojeada a la matrícula,
se acercó y llamó por la ventanilla:
—¿Viene de parte de Clements?
El conductor despertó sobresaltado y preguntó:
—¿El señor Thomas?
—No -contestó Leamas-. Thomas no pudo venir. Soy Amies, de Hounslow.
—Suba, señor Amies -contestó el conductor, abriendo la puerta.
Marcharon hacia el oeste, hacia King’s Road. El conductor conocía el camino.
Abrió la puerta Control.
—George Smiley está fuera -dijo-. Me ha prestado la casa. Adentro.
Sólo cuando Leamas estuvo dentro y cerró la puerta de la casa, Control encendió
la luz del vestíbulo.
—Me siguieron hasta la hora del almuerzo -dijo Leamas.
Entraron a una salita. Había libros por todas partes. Era un cuarto muy bonito:
alto, con molduras dieciochescas, largas ventanas y una chimenea.
—Fueron a buscarme esta mañana. Un tal Ashe -encendió un cigarrillo-. Un
mariquita. Mañana nos reuniremos otra vez.
Control escuchó atentamente el relato de Leamas, paso a paso, desde el día en
que golpeó a Ford, el tendero, hasta su encuentro de esa mañana con Ashe.
—¿Qué tal encontró la cárcel? — preguntó Control. Lo mismo hubiese podido
preguntar si Leamas había pasado bien sus vacaciones-. Lamento no haber podido
mejorar las condiciones de su estancia y proporcionarle algunas comodidades
especiales, pero eso no hubiera sido conveniente.
—Claro que no.
—Uno debe ser coherente. En todas las coyunturas, uno debe ser coherente.
Además, estaría mal romper el encanto. Tengo entendido que estuvo usted
enfermo. ¿Qué tuvo?
—Un poco de fiebre.
—¿Cuánto tiempo estuvo en cama?
—Unos diez días.
—¡Qué trastorno! Y nadie que le cuidara, desde luego.
Hubo un silencio muy largo.
—Usted sabe que ella es del Partido, ¿no? — preguntó sosegadamente Control.
—Sí -contestó Leamas. Otro silencio-. No quiero que se la meta en esto.
—¿Por qué habría que meterla? — preguntó Control con vivacidad, y por un
momento, un momento tan sólo, Leamas creyó haber perforado su revestimiento de
despego académico-. ¿Quién dice que ha de ser así?
—Nadie -contestó Leamas-; sólo quiero dejarlo bien claro. Sé cómo evolucionan
esas cosas, todas las operaciones son ofensivas. Tienen derivaciones entran en
giros repentinos, en direcciones inesperadas. Uno piensa haber pescado un pez,
y se encuentra que ha atrapado otro. Quiero que ella quede al margen de todo.
—Ah, por supuesto, por supuesto.
—¿Quién es ese hombre de la Agencia de Colocaciones... Pitt? ¿No estaba en
Cambridge Circus durante la guerra?
—No conozco a nadie que se llame así. ¿Pitt, dice usted?
—Sí.
—No, ese nombre no me dice nada. ¿En la Agencia de Colocaciones?
—Ah, vamos, ya está bien -masculló sonoramente Leamas.
—Lo siento -dijo Control, poniéndose en pie-. Descuido mis deberes de anfitrión
sustituto. ¿Quiere algo de beber?
—No. Quiero marcharme esta noche, Control. Ir al campo y hacer un poco de
ejercicio. ¿Está abierta la casa?
—He preparado un coche... -dijo él-. ¿A qué hora verá a Ashe mañana? ¿A la una?
—Sí.
—Llamaré a Haldane y le diré que necesita usted pasta. Además, le iría bien que
visitara a algún médico. Por eso de la fiebre.
—No necesito ningún médico.
—Como quiera.
Control se sirvió un whisky y empezó a mirar distraídamente los libros de las
estanterías de Smiley.
—¿Por qué no está aquí Smiley? — preguntó Leamas.
—No le gusta la operación -contestó Control con indiferencia-. La encuentra
desagradable. Ve su necesidad, pero no quiere tomar parte en ella. Su fiebre
-añadió Control con sonrisa caprichosa- es intermitente.
—No me recibió precisamente con los brazos abiertos.
—Eso es. No quiere tomar parte en ello. Pero ¿le ha hablado de Mundt, le ha
dado las referencias esenciales?
—Sí.
—Mundt es un hombre muy duro -reflexionó Control-. No deberíamos olvidarlo
nunca. Y un buen agente de espionaje.
—¿Sabe Smiley el motivo de la operación, el interés especial?
Control asintió con la cabeza y tomó un sorbo de whisky.
—¿Y sigue sin gustarle?
—No es cuestión de moral. Es como el cirujano que se ha cansado de la sangre.
Le parece bien que otros operen.
—Dígame -continuó Leamas-, ¿cómo está usted tan seguro de que esto nos llevará
a donde queremos? ¿Cómo sabe usted que son los alemanes orientales quienes
están metidos en ello, y no los checos o los rusos?
—Esté tranquilo -dijo Control, con cierta pomposidad-, ya se ha pensado en eso.
Cuando llegaron a la puerta, Control apoyó suavemente la mano en el hombro de
Leamas.
—Este es su último trabajo -dijo-. Luego puede retirarse del frío. En cuanto a
esa chica..., ¿quiere que hagamos algo por ella, dinero o lo que sea?
—Cuando se acabe todo. Entonces, yo mismo me ocuparé de ello.
—Muy bien... Sería muy arriesgado hacer algo ahora.
—Sólo quiero que se quede sola -repitió con empeño Leamas-; no quiero que la
compliquen en esto. No quiero que tenga ni ficha ni nada. Quiero que la
olviden.
Movió la cabeza hacia Control y se deslizó saliendo hacia el aire de la noche.
Hacia el frío.
VII. Kiever
Al día siguiente, Leamas llegó con veinte minutos
de retraso a su almuerzo con Ashe, y con el aliento que olía a whisky. Sin
embargo, no por eso fue menor el placer de Ashe al ver a Leamas. Afirmó que él
también acababa de llegar en ese momento; se había retrasado un poco yendo al
banco. Entregó a Leamas un sobre.
—De una -dijo Ashe-. Espero que estará bien, ¿no?
—Gracias... -contestó Leamas-, vamos a beber algo.
No se había afeitado y tenía el cuello de la camisa sucio. Llamó al camarero y
pidió de beber, un whisky grande para él y una ginebra con angostura para Ashe.
Cuando llegaron las bebidas, a Leamas le tembló la mano al echar el seltz en el
vaso, estando a punto de volcarlo.
Comieron bien, y bien rociado. Ashe llevaba la voz cantante. Tal como Leamas
había supuesto, empezó por hablar de sí mismo: un viejo truco, y no demasiado
malo.
—A decir verdad, últimamente me he metido en una cosa bastante buena -dijo
Ashe-; reportajes ingleses, de corresponsales independientes, para la prensa
extranjera. Después de Berlín, al principio se me complicaron bastante las
cosas, la BBC no me quiso renovar el contrato, y acepté un empleo, la dirección
de un horrible semanario de quiosco, dedicado a pasatiempos para los ancianos.
¿Puede imaginarse usted algo más espantoso? Se hundió a la primera huelga de
impresores; no le sabría decir qué alivio sentí. Luego me fui a vivir con mi
madre a Cheltenham durante una temporada; ella lleva una tienda de
antigüedades, y se las arregla muy bien, cómo no, a decir verdad. Más tarde
recibí una carta de un viejo amigo, se llama Sam Kiever, por cierto, que ponía
en marcha una nueva agencia para pequeños reportajes sobre la vida inglesa
especialmente apropiados para periódicos extranjeros. Ya sabe cómo es eso:
seiscientas palabras sobre bailes folklóricos, etc. Sin embargo, Sam tenía un
nuevo truco, vendía el material ya traducido, y, como sabe, eso hace una
diferencia tremenda. Uno se imagina siempre que cualquiera puede pagar un
traductor o hacerlo él mismo, pero si uno busca rellenar media columna con un
reportaje sobre el extranjero, no le apetece desperdiciar tiempo y dinero en
traducciones. La jugada de Sam fue ponerse en contacto personal con los
directores de periódicos: dio vueltas por toda Europa como un gitano, el pobre,
pero esto se paga a tocateja.
Ashe se detuvo, esperando que Leamas aceptara la invitación a hablar de sí
mismo, pero Leamas no hizo caso. Se limitó a asentir aturdidamente y a decir:
—Fenomenal.
Ashe hubiera querido pedir vino, pero Leamas dijo que seguiría con el whisky, y
a la hora del café ya se había tomado cuatro de los grandes. Parecía estar en
mala forma; tenía la costumbre de los bebedores, de alargar la boca hacia el
borde del vaso antes de beber, como si fuese a fallarle la mano y la bebida se
le fuera a escapar. Ashe se quedó callado un momento.
—Usted conoce a Sam, ¿no? — preguntó.
—¿Sam?
Una nota de irritación apareció en la voz de Ashe.
—Sam Kiever, mi jefe; el tipo del que le hablaba.
—¿También estaba en Berlín?
—No. Conoce bien Alemania, pero nunca ha vivido en Berlín. Hizo un poco de
«negro» en Bonn, reportajes independientes. Quizá le haya conocido. Es muy
simpático.
—No creo.
Una pausa.
—¿Qué hace usted ahora, amigo? — le preguntó Ashe.
Leamas se encogió de hombros.
—Estoy en conserva -contestó, sonriendo un tanto estúpidamente-. Retirado de la
circulación y en conserva.
—No me acuerdo de lo que hacía en Berlín. ¿No era usted uno de esos misteriosos
«guerreros fríos»?
«Dios mío -pensó Leamas-; están avanzando las cosas un poco.» Vaciló, luego
enrojeció y dijo furiosamente:
—Un botones de oficinas para los asquerosos yanquis, como todos nosotros.
—Fíjese -dijo Ashe, como si llevara algún tiempo dando vueltas a la idea-;
debería conocer a Sam. Le gustaría. — Y luego, preocupado-: Por cierto, ni
siquiera sé dónde se le puede encontrar, Alec.
—No se puede -replicó Leamas con descuido.
—No lo entiendo, amigo. ¿Dónde para?
—Por ahí. Tengo algunos problemas. No tengo trabajo. Esos hijos de perra no me
quisieron dar una pensión decente.
Ashe pareció horrorizado.
—Pero, Alec, eso es espantoso: ¿por qué no me lo dijo? Mire, ¿por qué no viene
y se queda donde estoy yo? Es pequeño, pero hay sitio para uno más si no le
importa una cama de campaña. No se puede vivir entre los árboles, mi querido
amigo.
—Estoy bien para una temporada -replicó Leamas, golpeándose el bolsillo que
contenía el sobre-. Voy a buscar un trabajo -asintió decidido con la cabeza-;
lo encontraré en una semana o así. Entonces estaré perfectamente.
—¿Qué clase de trabajo?
—Ah, no sé, cualquier cosa.
—Pero no se puede echar a la cuneta así como así, Alec. Usted habla alemán como
un alemán, recuerdo que sí. Tiene que haber muchas cosas que pueda hacer.
—He hecho toda clase de cosas. Vender enciclopedias para una maldita empresa
americana; clasificar libros en una biblioteca de psicología, perforar fichas
de trabajo en una hedionda fábrica de pegamentos. ¿Qué demonios puedo hacer?
No miraba a Ashe, sino a la mesa que tenía delante, y sus temblorosos labios se
movían de prisa. Ashe respondió a su animación, inclinándose hacia delante
sobre la mesa, y hablando con énfasis, casi triunfalmente.
—Pero, Alec, usted necesita contactos, ¿no lo ve? Sé lo que es eso, yo también
he hecho cola para comer. Entonces es cuando le hace falta conocer gente. No sé
qué hacía usted en Berlín, ni quiero saberlo, pero no era el tipo de trabajo en
el que podía encontrar gente que le interesara, ¿verdad? Yo, si no hubiera
conocido a Sam en Poznan hace cinco años, aún seguiría haciendo cola. Mire,
Alec, venga a vivir conmigo una semana o así. Invitaremos a Sam a que vaya, y
quizá a uno o dos de aquellos viejos periodistas de Berlín, si hay alguno en la
ciudad.
—Pero yo no sé escribir -dijo Leamas-. No sabría escribir ni la cosa más
tirada.
Ashe apoyó la mano en el brazo de Leamas.
—Vamos, no se preocupe -dijo apaciguador-; vamos a tomar las cosas una a una.
¿Dónde tiene sus bártulos?
—¿Mis qué?
—Sus cosas: ropa, equipaje y todo eso.
—No tengo. He vendido lo que tenía... excepto el paquete.
—¿Qué paquete?
—El paquete de papel de estraza que usted recogió en el parque. El que yo
trataba de abandonar.
Ashe tenía un piso en Dolphin Square. Era exactamente lo que Leamas había
esperado: pequeño y anónimo, con unos pocos recuerdos de Alemania reunidos
aprisa y corriendo: latas de cerveza, una pipa de campesino y unas piezas de
Nymphenburg de segunda categoría.
—Paso los fines de semana con mi madre en Cheltenham -dijo-. Este sitio lo uso
sólo entre semana. Me viene muy a mano -añadió como excusándose.
Arreglaron la cama de campaña en la diminuta salita. Eran cerca de las cuatro y
media.
—¿Cuánto tiempo lleva aquí? — preguntó Leamas.
—Ah..., alrededor de un año o más.
—¿Lo encontró fácilmente?
—Estos pisos, ya sabe, vienen y van. Uno se apunta, y un día le llaman a uno y
le dicen que ya lo ha conseguido.
Ashe hizo té y bebieron. Leamas huraño, como un hombre no acostumbrado a la
comodidad. El mismo Ashe parecía un poco apagado. Después del té, Ashe dijo:
—Tengo que salir a hacer unas compras antes de que cierren las tiendas, luego
decidiremos qué vamos a hacer sobre todas las cosas. Podría llamar a Sam por
teléfono esta noche; creo que cuanto antes se conozcan los dos, mejor. ¿Por qué
no echa un sueño? Parece muy cansado.
Leamas asintió.
—Es usted tremendamente amable... -hizo un torpe gesto con la mano- por todo
esto.
Ashe le dio un golpecito en el hombro, cogió su impermeable militar y se fue.
Tan pronto como Leamas calculó que Ashe había salido de sobra del edificio,
dejó entornada cuidadosamente la puerta de entrada y bajó las escaleras hasta
el vestíbulo central, donde había dos cabinas telefónicas. Marcó un número en
Maida Vale, y preguntó por la secretaria del señor Thomas. Inmediatamente dijo
una voz de muchacha:
—Aquí la secretaria del señor Thomas.
—Llamo de parte del señor Sam Kiever -dijo Leamas-; ha aceptado la invitación y
espera entrar en contacto personal con el señor Thomas esta noche.
—Se lo haré saber al señor Thomas. ¿Sabe él dónde ponerse en contacto con
usted?
—Dolphin Square -contestó Leamas, y dio la dirección-. Adiós.
Después de hacer unas averiguaciones en la portería, volvió al piso de Ashe y
se sentó en la cama de campaña, mientras se observaba las manos entrelazadas.
Al cabo de un rato se tumbó. Decidió seguir el consejo de Ashe y descansar un
poco. Al cerrar los ojos, recordó a Liz, tendida a su lado, en el piso de
Bayswater, y se preguntó vagamente qué habría sido de ella.
Le despertó Ashe, acompañado por un hombre bajo, más bien gordo, con largo pelo
gris peinado hacia atrás y una chaqueta cruzada. Hablaba con ligero acento
centroeuropeo; quizá alemán, era difícil saberlo. Dijo que se llamaba Kiever;
Sam Kiever.
Bebieron ginebra con agua tónica; Ashe era el que más hablaba. Como en los
viejos tiempos, dijo, en Berlín: los muchachos reunidos con la noche a su
disposición. Kiever dijo que no quería quedarse hasta demasiado tarde; tenía
trabajo al día siguiente. Acordaron comer en un restaurante chino que conocía
Ashe: estaba enfrente de la comisaría de Limehouse, y uno tenía que llevar su
propio vino. Curiosamente, Ashe tenía algo de borgoña en la cocina, y se lo
llevó en el taxi.
La cena fue muy buena y se bebieron dos botellas de vino. Kiever se franqueó un
poco con la segunda; acababa de volver de una gira por Alemania Occidental y
Francia. Francia estaba metida en un lío de mil demonios. De Gaulle subía y
sólo Dios sabía lo que sería de ellos. Con cien mil colonos desmoralizados
regresando de Argelia, suponía que el fascismo era inminente.
—¿Y qué hay de Alemania? — preguntó Ashe, dándole la entrada.
—Todo es cuestión de saber si los yanquis pueden sujetarles.
Kiever miró a Leamas como invitándole.
—¿Qué quiere usted decir? — preguntó Leamas.
—Lo que digo. Dulles les dio con una mano una política internacional; Kennedy
se la quita con la otra. Se están irritando.
Leamas asintió bruscamente y dijo:
—Es típico de esos asquerosos yanquis.
—Parece que a Alec no le gustan nuestros parientes de América -dijo Ashe,
jugando fuerte.
Y Kiever murmuró con absoluto desinterés:
—¿Ah, sí?
Kiever jugaba muy despacio, reflexionó Leamas. Como si estuviera acostumbrado a
los caballos, permitía que uno se le acercara. Representaba a la perfección al
hombre que sospecha que se le va a pedir un favor, y no se deja ganar
fácilmente.
Después de cenar, dijo Ashe:
—Conozco un sitio en Wardour Street; ya has estado allí, Sam. Lo hacen todo muy
bien. ¿Por qué no llamamos un taxi y vamos allá?
—Un momento -dijo Leamas, y hubo algo en su voz que hizo que Ashe le mirara con
viveza-. Díganme simplemente una cosa, ¿quieren? ¿Quién paga esta juerga?
—Yo -dijo Ashe rápidamente-; Sam y yo.
—¿Lo han tratado?
—Pues... no.
—Porque no tengo ni el más asqueroso dinero: ya lo sabe, ¿no? No tengo nada que
tirar.
—Por supuesto, Alec. Le he cuidado hasta ahora, ¿no?
—Sí -contestó Leamas-; sí, es verdad.
Pareció estar a punto de decir algo más, y luego cambió de idea. Ashe parecía
preocupado, no ofendido, y Kiever tan inescrutable como antes.
Leamas rehusó hablar en el taxi. Ashe intentó alguna frase conciliatoria, y él
se limitó a encogerse de hombros irritado. Llegaron a Wardour Street y bajaron,
sin que Leamas ni Kiever hicieran ningún ademán de pagar el taxi. Ashe les
condujo por delante de un escaparate lleno de revistas eróticas, entrando por
un estrecho callejón en cuyo extremo brillaba un rótulo de neón muy chillón:
«Pussywillow Club. Reservado a los socios». A ambos lados de la puerta había
fotografías de chicas, a través de las cuales habían sujetado una estrecha tira
de papel escrita a mano, que decía: «Estudio de Naturaleza. Reservado a los
socios».
Ashe apretó el timbre. Abrió enseguida la puerta un hombre muy corpulento de
camisa blanca y pantalones negros.
—Soy socio -dijo Ashe-. Estos dos caballeros vienen conmigo.
—¿Me enseña su tarjeta?
Ashe sacó de la cartera una tarjeta amarillenta y se la entregó.
—Sus invitados pagan un pavo por cabeza como socios temporales. Con su
recomendación, ¿de acuerdo?
Blandió la tarjeta, y mientras lo hacía, Leamas se estiró por delante de Ashe y
se la arrebató. La miró durante un momento y luego se la devolvió a Ashe.
Leamas sacó dos libras del bolsillo interior, y las puso en la expectante mano
del portero.
—Dos pavos -dijo- por los invitados.
Y sin hacer caso de las asombradas protestas de Ashe, les guió a través de la
puerta acortinada hacia el vestíbulo en penumbra del club. Se dirigió al
portero.
—Búsquenos una mesa -dijo Leamas-, y una botella de whisky. Y procure que nos
dejen solos.
El portero vaciló un momento, decidió no discutir y les acompañó escaleras
abajo. Al bajar, oyeron el apagado gemido de una música ininteligible. Les
dieron una mesa para ellos solos al fondo de la sala. Tocaba un dúo, y había
chicas sentadas en grupos de dos y de tres. Cuando ellos entraron, se
levantaron, pero el corpulento portero movió la cabeza. Ashe lanzó algunas
miradas inquietas a Leamas mientras esperaban el whisky. Kiever parecía
ligeramente aburrido. El camarero trajo una botella y tres vasos, y ellos
observaron en silencio cómo vertía un poco de whisky en cada uno. Leamas le
quitó la botella al camarero y añadió otro tanto a cada vaso. Hecho esto, se
inclinó sobre la mesa y dijo a Ashe:
—Ahora tal vez me dirá usted qué diablos está pasando aquí.
—¿Qué quiere decir? — la voz de Ashe parecía insegura-. ¿Qué quiere usted
decir, Alec?
—Me ha seguido desde la cárcel el día que me soltaron -empezó tranquilamente-,
con el cuento asquerosamente idiota de que me había conocido en Berlín. Me dio
dinero que no me debía. Me ha convidado a comidas caras y me está instalando en
su piso.
—Si es así como... -empezó a decir Ashe.
—No me interrumpa -dijo Leamas con ferocidad-. Espere sin rechistar hasta que
yo acabe, ¿le importa? Su tarjeta de socio en este sitio está hecha para un tal
Murphy. ¿Es ése su nombre?
—No, no lo es.
—Supongo que algún amigo llamado Murphy le prestó su tarjeta de socio.
—No, no es así, en realidad. Debe saber que de vez en cuando vengo aquí a
buscar alguna chica. Usé un nombre falso para apuntarme en el club.
—Entonces -insistió inexorablemente Leamas-, ¿por qué Murphy está inscrito como
inquilino de su piso?
Fue Kiever quien habló por fin.
—Tú corre a casa -dijo a Ashe-. Yo me ocuparé de esto.
Una chica hacía strip-tease, una chica joven, incolora, con una mancha oscura
en el muslo. Tenía esa desnudez heroica y zanquilarga que resulta inquietante,
porque no es erótica, porque es sencilla y sin deseo. Daba vueltas lentamente,
con sacudidas intermitentes de los brazos y piernas, como si oyera la música de
un modo intermitente, y todo el tiempo les miraba con el interés precoz de un
niño en compañía de los mayores. El ritmo de la música aceleró bruscamente, y
la chica respondió como un perro al silbato, huyendo de un lado para otro. Al
quitarse el sostén en la última nota, lo elevó sobre la cabeza, exhibiendo el
flaco cuerpo con sus tres chillones parches de papel de estaño colgando de él
como viejos adornos de un árbol de Navidad. Leamas y Kiever observaban en
silencio.
—Supongo que me va a decir que en Berlín las hemos visto mejores -sugirió por
fin Leamas, y Kiever vio que seguía muy irritado.
—Espero que «usted» sí -contestó Kiever en tono placentero-. Yo he estado
muchas veces en Berlín, pero me temo que los night-clubs no son para mí.
Leamas no dijo nada.
—No es que yo sea pacato, fíjese, sino, al contrario, racional. Si necesito una
mujer conozco medios más baratos de encontrarla; si quiero bailar, conozco
mejores sitios donde hacerlo.
Parecía como si Leamas no le escuchara.
—Quizá usted me diga por qué me ha recogido ese mariquita -sugirió.
Kiever asintió.
—Por supuesto. Se lo dije yo.
—¿Por qué?
—Usted me interesa. Quiero hacerle una proposición, una proposición
periodística.
Hubo una pausa.
—Periodística -repitió Leamas-. Ya veo.
—Tengo una agencia, un servicio internacional de reportajes. Paga bien, muy
bien, el material interesante.
—¿Quién publica el material?
—Paga tan bien, en realidad; que un hombre con su experiencia en... la escena
internacional, un hombre con su base, ya me entiende, que proporcione material
convincente y fáctico, podría quedar libre en tiempo relativamente breve, de
más preocupaciones financieras.
—¿Quién publica el material, Kiever?
En la voz de Leamas hubo un filo de amenaza, y por un momento, un momento sólo,
una sombra de temor pareció cruzar la lisa cara de Kiever.
—Clientes internacionales. Tengo un corresponsal en París que despacha buena
parte de mi material. Muchas veces ni siquiera sé quién lo publica, y confieso
-añadió con una sonrisa que desarmaba- que me importa un pito. Pagan y piden
más. Esa es la clase de gente, ya ve, Leamas, que no crean más complicaciones
con detalles incómodos; pagan al contado, y les encanta pagar a través de
Bancos extranjeros, donde nadie se preocupa por cosas como los impuestos.
Leamas no dijo nada. Sostenía el vaso con las dos manos, mirándole pasmado.
«Diablos, se están lanzando al ataque -pensó Leamas-. Es indecente.» Se acordó
de un estúpido chiste de cabaret: «Esa es una oferta que ninguna chica decente
aceptaría... y además, no sé cuánto vale.» «Tácticamente -reflexionó- hacen
bien en precipitarse. Yo llevo ventaja, con la experiencia carcelaria aún
fresca, y el resentimiento social bien fuerte. Soy un buen jamelgo, no necesito
ceremonias, no tengo que fingir que han ofendido mi viejo honor de caballero
inglés.» Por otro lado, ellos esperarían objeciones «prácticas». Esperarían que
Leamas tuviera miedo; pues su Intelligence Service perseguía a los traidores
como el ojo de Dios seguía a Caín a través del desierto.
Y, finalmente, ellos sabrían que era un juego de azar. Habrían de saber que la
inconsistencia en las decisiones humanas puede convertir en insensatez el
planeamiento de espionaje mejor organizado; que los tramposos, los embusteros y
los delincuentes a veces resisten a toda incitación, mientras que respetables
caballeros han sido inducidos a horrendas traiciones por turbias sisas en algún
restaurante de Departamento.
—Tendrían que pagar una burrada -murmuró por fin Leamas.
Kiever le dio más whisky.
—Ofrecen un pago al contado de quince mil libras. El dinero ya ha sido
ingresado en la Banque Cantonale de Berna. Puede retirarlo presentando su
identificación adecuada, que mis clientes le proporcionarán. Mis clientes se
reservan el derecho de hacerle más preguntas durante el término de un año
pagándole otras cinco mil libras. Le ayudarán en cualquier... problema de nueva
instalación que se pueda presentar.
—¿Cuándo necesita tener la respuesta?
—Ahora. Nadie espera que usted ponga por escrito cuanto recuerde. Usted se
encontrará con mi cliente y él arreglará las cosas para recibir el material...
escrito por un «negro».
—¿Cuándo se entiende que debo encontrarle?
—Por el bien de todos, nos ha parecido que sería más sencillo entrevistarnos
fuera del Reino Unido. Mi cliente sugirió Holanda.
—No tengo pasaporte -dijo Leamas sordamente.
—Me he tomado la libertad de obtenérselo -contestó Kiever con suavidad. No
había en su voz o en sus ademanes nada que indicara que hubiera hecho otra cosa
más que negociar un adecuado arreglo de negocios-. Saldremos en avión para La
Haya mañana por la mañana a las nueve cuarenta y cinco. ¿Vamos a mi piso a
discutir cualquier otro detalle?
Kiever pagó y cogieron un taxi hacia una dirección muy elegante, no lejos de
St. Jame’s Park.
El piso de Kiever era lujoso y caro, pero su contenido, no se sabía por qué,
daba la impresión de haber sido reunido a toda prisa. Se dice que en Londres
hay tiendas que venden libros encuadernados por metros, y decoradores que
armonizan el colorido de las paredes con el de un cuadro. A Leamas, que no era
especialmente sensible a tales sutilezas, le resultó difícil recordar que
estaba en un piso particular y no en un hotel.
Cuando Kiever le llevó a su cuarto -que daba a un lóbrego patio interior y no a
la calle-, Leamas le preguntó:
—¿Cuánto tiempo lleva aquí?
—Oh, no hace mucho -contestó con ligereza Kiever-, unos pocos meses, nada más.
—Debe costar una locura. Sin embargo, supongo que usted se lo merece.
—Gracias.
En su cuarto había una botella de whisky y un sifón en una bandeja plateada.
Una entrada con cortinas, al fondo del cuarto, daba a un cuarto de baño y a un
lavabo.
—Un verdadero nidito para el amor. ¿Todo pagado por el gran Estado de los
Trabajadores?
—Cierre el pico -dijo Kiever, furioso, y añadió-: Si me necesita para algo, hay
un teléfono interior que comunica con mi cuarto. Estaré despierto.
—Creo que ya sé abrocharme -replicó Leamas.
—Entonces, buenas noches -dijo Kiever secamente, y salió del cuarto.
«Éste también está en vilo», pensó Leamas.
El teléfono junto a la cama despertó a Leamas. Era Kiever.
—Son las seis -dijo-; el desayuno es a la media.
—Muy bien -contestó Leamas, y colgó.
Le dolía la cabeza.
Kiever debía haber telefoneado pidiendo un taxi, porque a las siete en punto
sonó el timbre de la puerta y Kiever preguntó:
—¿Lo tiene todo?
—No tengo equipaje -contestó Leamas-, salvo un cepillo de dientes y una máquina
de afeitar.
—Eso ya está resuelto. Por lo demás, ¿está dispuesto?
Leamas se encogió de hombros.
—Supongo que sí. ¿Tiene cigarrillos?
—No -contestó Kiever-, pero puede encontrarlos en el avión. Mejor sería que
mirara esto -añadió, dando a Leamas un pasaporte británico.
Estaba extendido a su nombre, con su propia fotografía, marcada por el sello en
hueco del Foreign Office que la cruzaba por la esquina. No era ni viejo ni
nuevo; describía a Leamas como empleado, y su estado civil, soltero. Al tenerlo
en la mano por primera vez, Leamas se puso un poco nervioso. Era como casarse:
pasara lo que pasara, las cosas nunca volverían a ser lo mismo.
—¿Y dinero? — preguntó Leamas.
—No lo necesitará. Va todo a cargo de la empresa.
VIII. Le Mirage
Hacía frío esa mañana; la leve niebla era húmeda y
gris, y picaba en la piel. A Leamas, el aeropuerto le recordó la guerra:
máquinas, medio ocultas en la neblina, esperando pacientemente a sus amos; las
voces resonantes y sus ecos, el grito súbito y el incongruente golpeteo de unos
tacones de muchacha en el pavimento de piedra; el rugido de un motor que podía
estar al lado mismo de uno. En todas partes, ese aire de conspiración que se
produce entre la gente que está levantada desde el amanecer, casi de superioridad,
nacida de la experiencia común de haber visto desaparecer la noche y llegar la
mañana. Los empleados tenían ese aspecto que produce el misterio del alba y que
el frío estimula, y trataban a los pasajeros y a su equipaje con el aire remoto
de hombres regresados del frente; el resto de los mortales no les decían nada
esa mañana.
Kiever le había proporcionado equipaje a Leamas. Era un detalle fino; Leamas lo
admitió. Los pasajeros sin equipaje llaman la atención, y eso no entraba en los
planes de Kiever. Se presentaron en la oficina de la línea aérea y siguieron
las señalizaciones hasta el control de pasaportes. Hubo un momento difícil
cuando se extraviaron y Kiever se puso grosero con un mozo de equipajes. Leamas
supuso que Kiever estaba preocupado por el pasaporte: no tenía por qué estarlo,
pensó Lamas, no le pasaba nada malo.
El funcionario de pasaportes era un hombrecillo juvenil con corbata del
Intelligence Corps y una misteriosa insignia en la solapa. Llevaba un bigotillo
de mal gusto y un acento del Norte que era el enemigo de su vida.
—¿Se va para mucho tiempo, señor? — preguntó a Leamas.
—Un par de semanas -contestó Leamas.
—Tendrá que recordarlo, señor. Ha de renovar el pasaporte el día treinta y uno.
—Ya lo sé -dijo Leamas.
Entraron juntos a la sala de espera. Por el camino, Leamas dijo:
—Es usted un tipo suspicaz, ¿verdad, Kiever?
El otro se rió en silencio.
—No podemos dejar que se escape usted, ¿verdad? — contestó-. No forma parte del
contrato.
Tenían que esperar veinte minutos. Se sentaron a una mesa y pidieron café.
—Y llévese esas cosas -añadió Kiever al camarero, señalando las tazas, platos y
ceniceros usados que había en la mesa.
—Ahora vendrá un carrito -replicó el camarero.
—Lléveselo -repitió Kiever otra vez, irritado-. Es desagradable dejar ahí
cacharros sucios como ésos.
El camarero no hizo más que volverse de espaldas y marcharse. No se acercó al
mostrador de servicio ni encargó el café. Kiever se puso blanco, enfermo de
ira.
—Por amor de Dios -masculló Leamas-, déjelo. La vida es demasiado corta.
—Un descarado hijo de perra, eso es lo que es -dijo Kiever.
—Muy bien, muy bien, arme una escena; ha elegido un buen momento. Nunca nos
olvidarán aquí.
Los trámites en el aeropuerto de La Haya no presentaron ningún problema. Kiever
parecía haberse recuperado de sus inquietudes. Se volvió animado y locuaz
cuando recorrieron la breve distancia entre el avión y los cobertizos de la
Aduana. El joven empleado holandés echó una ojeada rutinaria a su equipaje y
pasaportes, y declaró en un inglés torpe y gutural:
—Espero que tengan una agradable estancia en Holanda.
—Gracias -dijo Kiever, con gratitud casi excesiva-; muchas gracias.
Por el pasillo marcharon desde el local de la Aduana hasta la sala de
recepción, al otro lado del edificio del aeropuerto. Kiever se abrió camino
hasta la puerta principal, entre los grupitos de viajeros que miraban vagamente
absortos los quioscos con escaparates de perfumes, cámaras fotográficas y
frutas. Al abrirse paso de un empujón por la puerta giratoria, Leamas miró
hacia atrás. De pie junto al puesto de periódicos, sumergido en un ejemplar del
Daily Mail continental, había una corta figura, con aspecto de rana y con
gafas; un hombrecito serio y preocupado. Parecía un funcionario inglés, o algo
así.
Un coche les esperaba en el aparcamiento, un «Volkswagen» de matrícula
holandesa, conducido por una mujer que no les hizo caso. Conducía despacio,
parándose siempre si las luces estaban en ámbar, y Leamas supuso que la habían
instruido para que condujera así porque, sin duda, les debía seguir otro coche.
Miró el espejo retrovisor de fuera, tratando de reconocer el coche, pero sin
éxito. Por un instante vio un «Peugeot» negro con matrícula diplomática, pero
cuando doblaron la esquina sólo había detrás de ellos una camioneta de muebles.
A causa de la guerra, conocía La Haya muy bien, y trató de adivinar adónde le
llevaban. Le pareció que viajaban hacia el noroeste, hacia Scheveningen. Pronto
dejaron atrás las afueras y se acercaron a una colonia de chalets que bordeaban
las dunas a lo largo del mar.
Se detuvieron allí. La mujer salió, dejándoles en el coche, y llamó al timbre
de un pequeño «bungalow» color crema que quedaba en un extremo de la fila. En
el porche colgaba un letrero de hierro forjado con las palabras «Le Mirage»,
escritas con letra gótica azul pálido. En la ventana había un rótulo indicando
que todas las habitaciones estaban alquiladas.
Abrió la puerta una amable mujer regordeta, que miró, más allá de la
conductora, hacia el coche. Sin dejar de mirarlo, bajó por el sendero hacia
ellos, sonriendo gustosamente. A Leamas le recordó una vieja tía que una vez le
pegó por desperdiciar cordel.
—¡Qué bien que hayan venido! — afirmó-. ¡Cuánto nos alegra que hayan venido!
La siguieron al «bungalow», yendo Kiever por delante. La conductora se volvió
al coche. Leamas lanzó una ojeada a la carretera por donde acababan de llegar:
unos trescientos pasos más allá, un coche negro, quizá un «Fiat» o un
«Peugeot», había aparcado. De su interior salía un hombre con impermeable. Una
vez en el vestíbulo, la mujer estrechó cálidamente la mano a Leamas.
—Bien venidos, bien venidos a «Le Mirage». ¿Han tenido buen viaje?
—Estupendo -contestó Leamas.
—¿Han venido en avión o en barco?
—En avión -dijo Kiever-; ha sido un vuelo muy confortable.
Hablaba como si fuera el dueño de la línea aérea.
—Les prepararé el almuerzo -afirmó ella-, un almuerzo especial. Les haré algo
especialmente bueno. ¿Qué les traigo?
—Ah, por favor -dijo Leamas en voz baja, y sonó el timbre de la puerta. La
mujer se fue rápidamente a la cocina; Kiever abrió la puerta delantera.
Llevaba un impermeable con botones de cuero. Era tan alto como Leamas, pero
mayor que él. Leamas le echó unos cincuenta y cinco años. Su cara tenía una
tonalidad dura y gris, con marcados surcos; podía haber pasado por un soldado.
Extendió la mano.
—Me llamo Peters -dijo. Los dedos eran finos y pulidos-. ¿Han tenido buen
viaje?
—Sí -dijo Kiever rápidamente-, sin nada de particular.
—El señor Leamas y yo tenemos mucho que tratar, creo que no necesitamos
retenerle, Sam. Puede coger el «Volkswagen», de vuelta a la ciudad.
Kiever sonrió. Leamas observó el alivio que reflejaba su sonrisa.
—Adiós, Leamas... -dijo Kiever, con voz de bromista-; buena suerte, amigo.
Leamas dio una cabezada, como si no viera la mano que le tendía Kiever.
—Adiós -repitió Kiever, y se marchó silenciosamente por la puerta de delante.
Leamas siguió a Peters a un cuarto trasero. Pesadas cortinas de encaje colgaban
en la ventana, con muchos pliegues y drapeados ornamentales. El alféizar estaba
cubierto de tiestos con plantas; grandes cactus, plantas de tabaco y un curioso
árbol con anchas hojas gomosas. El mobiliario era pesado, falsamente antiguo.
En medio del cuarto había una mesa con dos sillas talladas. La mesa estaba
cubierta con un mantel color de herrumbre, parecido más bien a un linóleo;
sobre ella, delante de cada silla, había un bloc de papel y un lápiz. Al lado,
en un aparador, whisky y seltz. Peters fue hacia él y sirvió de beber para los
dos.
—Mire -dijo Leamas, de repente-, a partir de ahora puedo comportarme sin
ceremonias, ¿me entiende? Los dos sabemos en qué andamos, los dos somos
profesionales. Usted tiene un desertor pagado; buena suerte para usted. Por el
amor de Dios, no finja que se ha enamorado de mí.
Parecía en vilo, inseguro de sí mismo. Peters asintió.
—Kiever me ha dicho que era usted un hombre orgulloso -observó
desapasionadamente. Luego añadió sin sonreír-: Después de todo, ¿por qué, si
no, ataca un hombre a los tenderos?
Leamas imaginó que era ruso, pero sin llegar estar seguro de ello. Su inglés
era casi perfecto y tenía la tranquilidad y los aires de un hombre acostumbrado
desde hacía mucho a las comodidades de la civilización. Se sentaron a la mesa.
—¿Le ha dicho Kiever lo que le voy a pagar? — preguntó Peters.
—Sí. Quince mil libras, a cobrar en un Banco de Berna.
—Eso es.
—Dijo que podrían hacerme preguntas sucesivamente durante todo el año
siguiente... -dijo Leamas-, y me pagarían otras cinco mil si me mantenía al
alcance.
Peters asintió.
—No acepto esa condición -continuó Leamas-. Usted sabe tan bien como yo que no
funcionaría. Quiero sacarme las quince mil y desaparecer. Vuestra gente trata
mal a los agentes que desertan: lo mismo hace mi gente. No me voy a quedar
sentado sobre el rabo en Saint Moritz mientras ustedes van desplegando todas
las redes que les haya dado. Ellos no son tontos; sabrían a quién buscar. Ya
nos persiguen, como usted y yo bien sabemos.
Peters asintió:
—Desde luego, podría venir a algún sitio... más seguro, ¿no?
—¿Al otro lado del Telón?
—Sí.
Leamas no hizo más que mover la cabeza y continuó:
—Calculo que usted necesitará unos tres días para un interrogatorio preliminar.
Después necesitará volver atrás para preparar un informe detallado.
—No es indispensable -contestó Peters.
Leamas le miró con interés.
—Ya veo -dijo-, han mandado al experto. ¿O no está metido en esto el Centro de
Moscú?
Peters se quedó callado; no hacía más que mirar a Leamas, como tomándole las
medidas. Por fin, cogió el lápiz que tenía delante y dijo:
—¿Empezamos con su servicio en la guerra? Charlando solo.
—Me alisté en los Ingenieros en 1939. Estaba acabando mi instrucción cuando
pasaron un aviso invitando a los que supieran idiomas a solicitar un trabajo
especializado en el extranjero. Yo sabía holandés y alemán y bastante francés,
y estaba harto de ser soldado, así que lo solicité. Conocía bien Holanda; mi
padre tenía una agencia de máquinas-herramientas en Leyden. Yo viví allí unos
nueve años. Pasé las entrevistas de costumbre, y fui luego a una escuela, cerca
de Oxford, donde me enseñaron las monerías acostumbradas.
—¿Quién dirigía esa instalación?
—No lo supe hasta después: luego conocí a Steed-Asprey y a un profesor de
Oxford llamado Fielding. Ellos la dirigían. El año cuarenta y uno me dejaron
caer en Holanda y aquí me quedé unos dos años. Perdíamos agentes más de prisa
de lo que podíamos encontrarlos en aquellos días; era puro asesinato. Holanda
es un mal país para ese tipo de trabajo; no tiene campo abierto de verdad,
ningún sitio a trasmano donde se pueda tener la central o una radio. Siempre
moviéndose, siempre escapando. Resultaba un juego muy sucio. Salí el año
cuarenta y tres y pasé un par de meses en Inglaterra; y luego hice una
incursión por Noruega. Aquello, en comparación, fue una gira campestre. El año
cuarenta y cinco me licenciaron y vine otra vez aquí a Holanda, a ver si me
ponía al día en el antiguo negocio de mi padre. No resultó; así que me asocié
con un viejo amigo que llevaba una agencia de viajes en Bristol. Eso duró dieciocho
meses; luego nos hundimos. Entonces, como llovida del cielo, recibí una carta
del Departamento: ¿me gustaría volver? Pero yo había tenido bastante de todo
eso, pensé, así que dije que lo pensaría y alquilé una casita en Lundy Island.
Allí me quedé un año mirándome el ombligo, hasta que me harté de nuevo y les
escribí. A fines del año cuarenta y nueve había vuelto a estar en nómina. Desde
luego, servicio interrumpido..., con reducción de los derechos de pensión y las
mezquindades de siempre. ¿Voy demasiado de prisa?
—Por ahora, no -contestó Peters, sirviéndole más whisky-. Desde luego, lo
volveremos a tratar, con nombres y fechas.
Llamaron a la puerta y entró la mujer con el almuerzo: una gran cantidad de
carne fría, pan y sopa. Peters apartó las notas y comieron en silencio. Había
empezado el interrogatorio.
Retiraron todo lo del almuerzo.
—Así que volvió a Cambridge Circus -dijo Peters.
—Sí. Durante algún tiempo me dieron un trabajo burocrático, tramitar informes
que daban noticias sobre fuerzas militares en países tras el Telón de Acero,
señalando posiciones de unidades y toda esa clase de cosas.
—¿En qué sección?
—Satélites Cuatro. Estuve allí desde febrero del cincuenta hasta mayo del
cincuenta y uno.
—¿Quiénes eran sus compañeros?
—Peter Guillam, Brian de Grey y George Smiley. Smiley nos dejó a principios del
cincuenta y uno y pasó a Contraespionaje. En mayo del cincuenta y uno fui
enviado a Berlín como subjefe de Área. Eso quería decir todo el trabajo de
operaciones.
—¿A quién tenía a sus órdenes?
Peters escribía velozmente. Leamas supuso que manejaba alguna taquigrafía
casera.
—Hackett, Sarrow y De Jong. Murió en un accidente de circulación el año
cincuenta y uno. Pensamos que lo habían asesinado, pero nunca pudimos
demostrarlo. Todos ellos dirigían redes y yo estaba al mando. ¿Quiere detalles?
— preguntó con sequedad.
—Desde luego, pero después. Siga.
—A fines del cincuenta y cuatro fue cuando pescamos nuestro primer pez gordo en
Berlín: Fritz Feger, segundo de a bordo del Ministerio de Defensa de Alemania
Oriental. Hasta entonces, la cosa había ido dura, pero en noviembre del cincuenta
y cuatro alcanzamos a Fritz. Duró casi exactamente dos años, y luego, un día,
no volvimos a oír hablar de él. Me han dicho que murió en la cárcel. Tardamos
otros tres años en encontrar a alguien que se pusiera en contacto con él.
Luego, en 1959, salió Karl Riemeck. Karl estaba en el Presidium del Partido
Socialista Unificado de Alemania Oriental. El mejor agente que he conocido en
mi vida.
—Ya está muerto -observó Peters.
Una sombra de algo parecido a la vergüenza cruzó la cara de Leamas.
—Yo estaba allí cuando le pegaron los tiros -murmuró-. Él tenía una amante, que
se pasó un momento antes de que él muriera. Él se lo contó todo; ella conocía
toda la maldita red. No es extraño que le hicieran volar.
—Luego volveremos a Berlín. Dígame esto: cuando murió Karl, usted volvió en
avión a Londres. ¿Se quedó en Londres durante el resto del servicio?
—Mientras duró, sí.
—¿Qué trabajo tenía en Londres?
—Sección Bancaria, supervisión de los sueldos de los agentes, pagos en el
extranjero para servicios clandestinos. Un niño podría haberlo llevado.
Recibíamos nuestras órdenes y firmábamos los pagos. De vez en cuando había
algún quebradero de cabeza por cuestiones de seguridad.
—¿Trataba directamente con agentes?
—¿Cómo íbamos a hacerlo nosotros? El delegado en un determinado país hacía una
petición; la autoridad le ponía la huella de la pezuña y nos lo pasaba a
nosotros para hacer el pago. En la mayor parte de los casos, transferíamos el
dinero a algún Banco extranjero conveniente, de donde el propio delegado podía
sacarlo y dárselo al agente.
—¿Cómo se señalaba a los agentes? ¿Con nombres falsos?
—Con cifras. Los de Cambridge Circus las llaman combinaciones. A cada red se le
daba una combinación: cada agente se indicaba con un prefijo unido a la
combinación. La combinación de Karl era «A guión Uno».
Leamas sudaba. Peters le observaba fríamente, admirándole como a un jugador
profesional, al otro lado de la mesa. ¿Cuánto valía Leamas? ¿Qué le haría
rendirse, qué le atraería o le asustaría? ¿Qué odiaba y, sobre todo, qué sabía?
¿Guardaría hasta el final su mejor carta y la vendería cara? Peters no lo creía
así: Leamas ya estaba muy lanzado para andarse con tonterías. Era un hombre en
conflicto consigo mismo; un hombre que no tenía más que una vida, una profesión
de fe, y las había traicionado. Peters lo había visto otras veces. Lo había
visto, incluso en hombres que habían sufrido un cambio ideológico completo, y
que en las horas más secretas de la noche encontraron un nuevo credo, y ellos
solos, impulsados por la fuerza interna de sus convicciones, habían traicionado
a su vocación, a sus familias, a sus países: incluso ellos, llenos como estaban
de nuevo celo y nueva esperanza, tuvieron que luchar contra el estigma de la
traición: ellos incluso luchaban contra la angustia casi física de decir
aquello con lo que se les había educado para no confesar nunca jamás. Como
apóstatas que temieran quemar la Cruz, vacilaban entre lo instintivo y lo
material, y Peters, atrapado en la misma polaridad, tenía que proporcionarles
consuelo y destruir su orgullo. Era una situación de la que se daban cuenta
ambos: así, Leamas rechazó forzosamente un trato más humano con Peters, pues su
orgullo lo excluía. Peters no ignoraba que, por esas razones, Leamas mentiría;
quizá mentiría sólo por omisión, pero mentiría de todas maneras, por orgullo,
por desafío o por la pura perversidad de su profesión; y él, Peters, se vería
forzado a descubrir las mentiras. Sabía también que el hecho mismo de que
Leamas fuera un profesional acaso redundara contra sus intereses, pues Leamas
elegiría cuando Peters no querría que se eligiera; Leamas sabría por adelantado
el tipo de información que necesitaba Peters, y al hacerlo así, podría dejar a
un lado algún jirón casual que podría ser de interés vital para los
valorizadores. A todo eso, Peters sumaba la caprichosa vanidad de un náufrago
alcoholizado.
—Creo -dijo- que ahora vamos a anotar con algún detalle su servicio en Berlín.
Esto sería desde mayo de 1951 hasta marzo de 1961. Tómese otro whisky.
Leamas observó cómo sacaba un cigarrillo del paquete que había en la mesa y lo
encendía. Advirtió dos cosas: que Peters era zurdo, y que, por segunda vez, se
había puesto el cigarrillo en la boca con la marca hacia fuera, para que se
quemara antes. Fue un gesto que le gustó a Leamas: indicaba que Peters, como
también él, había estado perseguido.
Peters tenía una cara extraña, gris y sin expresión. El color debió haberla
abandonado mucho tiempo atrás -quizá en alguna prisión, en los primeros días de
la Revolución- y ahora sus rasgos estaban ya bien formados y Peters tendría esa
cara hasta que se muriera. Solamente el hirsuto pelo gris podría volverse
blanco, pero su rostro no cambiaría. Leamas se preguntó vagamente cuál era el
verdadero nombre de Peters, y si estaba casado. Había en él algo muy ortodoxo
que a Leamas le gustaba; era la ortodoxia de la fuerza, de la confianza. Si
Peters mentía, debía tener una razón. Su mentira seria una mentira calculada,
necesaria, muy lejana de la tornadiza falta de honradez de Ashe.
Ashe, Kiever, Peters; había un avance en la calidad, en la autoridad, que para
Leamas señalaba la jerarquía en una red de espionaje. También era, según
sospechaba, un avance en la ideología. Ashe, el mercenario; Kiever, el
compañero de viaje, y ahora Peters, para quien el fin y los medios eran
idénticos.
Leamas empezó a hablar de Berlín. Peters rara vez interrumpía, rara vez hacía
una pregunta o un comentario, pero cuando los hacía, manifestaba una curiosidad
técnica y una altura de experto que iban enteramente de acuerdo con el propio
temperamento de Leamas. Leamas incluso parecía responder al desapasionado
profesionalismo de su interrogador: era algo que los dos tenían en común.
Había llevado largo tiempo organizar desde Berlín una red decente en la Zona
Oriental, explicó Leamas. Al principio, por toda la ciudad pululaban los
agentes de segundo orden; el espionaje estaba desacreditado y formaba una parte
tan importante de la vida diaria de Berlín que se podía reclutar un hombre en
un cóctel, instruirle durante la cena y a la hora del desayuno ya había saltado
por los aires. Para un profesional, era una pesadilla: docenas de agencias, la
mitad de ellas infiltradas por el otro bando, miles de cabos sueltos:
demasiadas pistas, demasiadas fuentes, demasiado poco espacio para actuar. Bien
es verdad que en 1954 pudieron abrirse paso con Feger. Pero para el año 56,
cuando todos los departamentos del Service pedían a gritos informadores de alta
calidad, ellos se habían calmado. Feger les había malacostumbrado dándoles
material de segunda que iba sólo un poco por delante de las noticias.
Necesitaban meterse de veras hasta el fondo, y tuvieron que esperar otros tres
años antes de lograrlo.
Entonces, un día, De Jong fue a hacer una merienda en los bosques, al borde del
Berlín oriental. Llevaba matricula militar británica en su coche, que aparcó,
cerrado, en una carretera a medio construir junto al canal.
Después de la merienda, sus niños corrieron por delante, llevando el cesto.
Cuando llegaron al coche, se detuvieron, vacilaron, dejaron caer el cesto y
volvieron corriendo. Alguien había forzado la puerta del coche: la manilla
estaba rota y la puerta ligeramente abierta. De Jong lanzó un juramento,
recordando que había dejado la cámara fotográfica en el compartimiento de los
guantes. Se acercó a examinar el coche. La manilla había sido forzada: De Jong
calculó que lo habían hecho con un pedazo de tubo de acero, ese tipo de cosa
que se puede llevar en la manga. Pero la cámara seguía allí, y lo mismo el
abrigo, y unos paquetes de su mujer. En el asiento del conductor había una
cajetilla de tabaco, y en su interior un pequeño cartucho de níquel. De Jong
sabía exactamente lo que contenía: era el cartucho de la película de una cámara
de miniatura, probablemente una «Minox».
De Jong se puso en marcha camino hacia su casa y reveló la película. Contenía
las actas de la última reunión del Presidium del Partido Socialista Unificado
de la Alemania Oriental. Por alguna extraña coincidencia, había una información
paralela por otra fuente; las fotografías eran auténticas.
Leamas se ocupó entonces del asunto. Necesitaba desesperadamente el éxito. No
había presentado prácticamente nada desde que llegó a Berlín, y estaba pasando
el acostumbrado limite de edad para el pleno trabajo activo. Una semana
después, exactamente, llevó el coche de De Jong al mismo lugar y se fue a
pasear.
Era un lugar desolado el que De Jong había elegido para su merienda: un trecho
de canal, con un par de casamatas destrozadas por la artillería, unos campos
resecos y arenosos, y al lado del Este, un pinar ralo, que se extendía a unos
doscientos pasos desde la carretera con grava que bordeaba el canal. Pero tenía
la virtud de la soledad, algo difícil de encontrar en Berlín, y era imposible
ser vigilado. Leamas se fue a pasear por el bosque. Ni siquiera intentó vigilar
el coche porque no sabía en qué dirección podía venir el acercamiento. Si le
veían vigilando el coche desde el bosque, se echaban a perder las
probabilidades de conservar la confianza de su informador. No tenía por qué
preocuparse.
Cuando volvió, no había nada en el coche, de modo que volvió a Berlín Oeste,
dándose golpes a sí mismo por ser un maldito imbécil: el Presidium no iba a
reunirse hasta dentro de una quincena. Tres semanas más tarde, pidió prestado
el coche a De Jong, y metió mil dólares, en billetes de veinte, en una cesta de
merienda. Dejó el coche sin cerrar durante dos horas y cuando volvió había una
cajetilla de tabaco en el compartimiento de los guantes. La cesta para la
merienda había desaparecido.
Las películas estaban llenas de material documental de primer orden. En las
seis semanas siguientes lo hizo dos veces más, y ocurrió lo mismo.
Leamas comprendió que había dado con una mina de oro. Dando a la fuente el
nombre convencional de «Mayfair», envió una carta pesimista a Londres. Leamas
sabía que si destapaba a medias las cosas a Londres, ellos se ocuparían
directamente del caso, lo que estaba deseoso de evitar a toda costa. Esa era
sin duda la única clase de operación que podía salvarle de ser retirado del
servicio, y era precisamente una de esas cosas lo bastante importantes como
para que los de Londres quisieran ocuparse de ella por sí mismos. Aunque
guardara las distancias, seguía existiendo el peligro de que Cambridge Circus
tuviera teorías, hiciera sugerencias, encargara precaución, pidiera acción.
Querrían que diera sólo billetes nuevos de un dólar, con la esperanza de
seguirles la pista; querrían que los cartuchos de película fuesen enviados a
Londres para ser examinados, planearían torpes operaciones de rastreo y se lo
contarían a los Departamentos. Sobre todo, querrían contárselo a los
Departamentos y eso, decía Leamas, hincharía la cosa hasta el cielo. Trabajó
como un loco durante tres semanas. Repasó las fichas personales de todos los
miembros del Presidium. Estableció una lista de todo el personal de oficina que
podía haber tenido acceso a las actas. Por la lista de distribución en la
última página de los facsímiles, extendió el total de posibles informadores
hasta treinta y uno, incluyendo personal de oficinas y secretarias.
Al enfrentarse con la tarea casi imposible de identificar a un informador
partiendo de informes incompletos de treinta y un candidatos, Leamas volvió al
material original, lo que, como se dijo, era algo que hubiera debido hacer
antes. Le desconcertó que en ninguna de las copias fotográficas de las actas
que había recibido hasta entonces estuvieran numeradas las páginas, que ninguna
estuviera sellada con una referencia de seguridad, y que en la segunda y la
cuarta copias hubiera palabras tachadas con lápiz o pluma. Llegó por fin a una
importante conclusión: que las copias fotográficas no eran de los documentos
mismos, sino de los borradores de los documentos. Esto situaba la fuente en el
Secretariado, y el Secretariado era muy reducido. Los borradores de las actas
estaban bien fotografiados y con cuidado: eso hacía pensar que el fotógrafo
había tenido tiempo y un cuarto para él solo.
Leamas volvió al índice de datos personales. Había en el Secretariado un hombre
llamado Karl Riemeck, antiguo cabo del cuerpo médico, que había estado tres
años como prisionero de guerra en Inglaterra. Su hermana había vivido en
Pomerania cuando los rusos la invadieron, y él no había vuelto a saber nada de
ella. Estaba casado y tenía una hija llamada Carla.
Leamas decidió afrontar un riesgo. Averiguó por Londres el número de prisionero
de guerra de Riemeck, que era 29012, y su fecha de liberación, que era el 10 de
noviembre de 1945. Compró un libro infantil de ficción científica de Alemania
Oriental y escribió en las guardas, en alemán, con letra adolescente: «Este
libro es de Carla Riemeck, nacida el 10 de noviembre de 1945, en Bideford,
North Devon. Firmado. Astronauta Lunar 29012», y debajo añadió: «Los candidatos
a vuelos espaciales han de presentarse en persona a C. Riemeck para recibir
instrucción. Se incluye un impreso de solicitud. ¡Viva la República Popular del
Espacio Democrático!»
Trazó con una regla varias líneas en una hoja de papel de escribir, hizo unas
columnas para el nombre, dirección y edad, y escribió al pie de la página:
«Todos los candidatos serán personalmente entrevistados. Escriban a la
dirección acostumbrada indicando cuándo y dónde desean ser encontrados. Las
solicitudes serán estudiadas dentro de siete días. C.R.»
Metió la hoja de papel dentro del libro. Leamas fue al sitio de costumbre,
siempre en el coche de De Jong, y dejó el libro en el asiento de pasajeros con
cinco billetes usados de quinientos dólares dentro de la tapa. Cuando volvió
Leamas, el libro había desaparecido, y en su lugar había una cajetilla de
tabaco. Contenía tres rollos de película. Leamas los reveló esa noche: una
película contenía, como de costumbre, las actas de la última reunión del
Presidium, la segunda mostraba un borrador sobre la revisión de las relaciones
de Alemania Oriental con el COMECON; y la tercera, un esquema del servicio de
espionaje de Alemania Oriental, completo, con funciones de departamentos y
detalles de personalidades.
Peters interrumpió:
—Un momento -dijo-. ¿Quiere decir que toda esa información procedía de Riemeck?
—¿Por qué no? Ya sabe cuánto veía él.
—Apenas es posible -observó Peters, casi para sí mismo-; debe haber tenido
quien le ayudara.
—Lo tuvo después; a eso voy.
—Ya sé lo que me va a decir. Pero ¿nunca tuvo la sensación de que recibía ayuda
desde arriba, tanto como por parte de los agentes que luego adquirió?
—No. No; nunca; nunca se me ocurrió.
—Volviendo a considerarlo ahora, ¿parece probable?
—No mucho.
—Cuando envió todo ese material a Cambridge Circus, ¿no le sugirieron nunca
que, incluso para un hombre de la posición de Riemeck, la información era
fenomenalmente completa?
—No.
—¿Preguntaron alguna vez de dónde había sacado Riemeck su cámara fotográfica, y
quién le había enseñado a fotografiar documentos?
Leamas vaciló.
—No... Estoy seguro de que nunca preguntaron.
—Es curioso -observó Peters con sequedad-. Perdón, siga; no quería adelantarme
a lo que va a decir.
Una semana más tarde, continuó Leamas, volvió en coche al canal. Esta vez se
puso nervioso. Al dar la vuelta en la carretera a medio construir, vio tres
bicicletas tumbadas en la hierba, y, doscientos metros más abajo, en el canal,
tres hombres pescando. Salió del coche como de costumbre y empezó a andar hacia
la línea de árboles del otro lado del campo. Había recorrido unos veinte metros
cuando oyó un grito. Volvió los ojos y vio que uno de los hombres le hacía
señas. Los otros dos se habían vuelto y también le miraban. Leamas llevaba un
impermeable viejo, tenía las manos en los bolsillos y ya era demasiado tarde
para sacarlas. Sabía que los hombres que estaban a los lados protegían al de en
medio, y que si sacaba las manos de los bolsillos, probablemente dispararían
contra él: iban a creer que llevaba un revólver en el bolsillo. Leamas se
detuvo a diez metros del hombre de en medio.
—¿Quiere algo? — preguntó Leamas.
—¿Es usted Leamas?
Era un hombre bajo, regordete, muy sólido. Hablaba en inglés.
—Sí.
—¿Cuál es el número de su documento de identidad británico?
—PRT guión L 58003 guión uno.
—¿Dónde pasó usted la noche de la victoria sobre los japoneses?
—En Leyden, en Holanda, en el taller de mi padre, con unos amigos holandeses.
—Vamos a dar un paseo, señor Leamas. No va a necesitar el impermeable.
Quíteselo y déjelo en el suelo, donde está. Mis amigos cuidarán de él.
Leamas vaciló, se encogió de hombros y se quitó el impermeable. Luego caminaron
juntos rápidamente.
—Usted sabe tan bien como yo quién era -dijo Leamas fatigosamente-: el tercer
hombre en el Ministerio del Interior, secretario del Presidium del Partido
Socialista Unificado de Alemania Oriental, jefe del Comité de Coordinación para
la Protección del Pueblo. Supongo que por eso sabía cosas de mí y de De Jong:
habría visto nuestras fichas de contraespionaje en la Abteilung. Tenía tres
cuerdas para su arco: el Presidium, la política estrictamente interna, con los
informes económicos, y acceso a las fichas del Servicio de Seguridad de
Alemania Oriental.
—Pero sólo un acceso limitado. Nunca iban a dejarle a uno de fuera recorrer
todas sus fichas -insistió Peters.
Leamas se encogió de hombros.
—Sí que le dejaron -dijo.
—¿Qué hizo con su dinero?
—Después de esa tarde, no le di más. Cambridge Circus se ocupó enseguida de
eso. Se le pagó por medio de un Banco de Alemania Occidental. Incluso me
devolvió lo que yo le había dado. Londres se lo ingresó en un Banco.
—¿Cuánto contó usted a Londres?
—Todo, después de eso. Tenía que hacerlo: entonces Cambridge Circus se lo contó
a los Departamentos. Luego -añadió Leamas venenosamente-, fue sólo cuestión de
tiempo hasta que la cosa estalló. Con los Departamentos en la espalda, Londres
se puso ávido. Empezaron a apremiarnos pidiendo más, y querían que le diéramos
más dinero. Por último, tuvimos que sugerir a Karl que reclutara otras fuentes
y las tomamos para formar una red. Era algo asquerosamente estúpido: puso tenso
a Karl, le creó peligros y minó su confianza en nosotros. Fue el principio del
fin.
—¿Cuánto le sacó usted?
Leamas vaciló.
—¿Cuánto? Demonios, no sé. Duró un tiempo excesivamente largo. Creo que ya le
habían hecho saltar antes de cazarle. El nivel bajó los últimos meses: creo que
empezaron a sospechar de él y lo alejaron del buen material.
—En total, ¿qué le dio? — insistió Peters.
Por partes, Leamas volvió a contar en todo su alcance el trabajo de Karl
Riemeck. Peters comprobó gratamente que su memoria era sorprendentemente
exacta, considerando lo mucho que bebía. Era capaz de dar fechas y nombres, de
recordar las reacciones de Londres, el modo de confirmación cuando lo había.
Era capaz de recordar las sumas de dinero pedido y pagado, las fechas de
reclutamiento de otros agentes de la red.
—Lo siento -dijo Peters por fin-, pero no creo que un solo hombre, por muy alto
que estuviese, por cuidadoso e industrioso que fuera, pudiese haber adquirido
un conocimiento tan detallado en ese campo. Por otra parte, aun suponiéndolo,
nunca habría sido capaz de fotografiarlo.
—Sí que era capaz -insistió Leamas, irritado de pronto- lo hacía fenomenalmente
bien, y eso es todo.
—¿Y Cambridge Circus nunca le dijo que averiguara de él exactamente cuándo y
cómo veía todo este material?
—No -cortó Leamas-; Riemeck era suspicaz en eso, y Londres se contentó con
dejar marchar la cosa.
—Bueno, bueno -caviló Peters. Al cabo de un momento dijo-: A propósito, ¿ha
oído hablar de esa mujer?
—¿Qué mujer? — preguntó con vivacidad Leamas.
—La amante de Karl Riemeck, la que se pasó a Berlín Oeste la noche que mataron
a Riemeck.
—Bueno, ¿y qué?
—La encontraron muerta hace una semana. Asesinada. Le dispararon desde un coche
cuando salía de su piso.
—Era mi piso -dijo Leamas maquinalmente.
—Quizá -sugirió Peters- ella sabía más que usted de la red de Riemeck.
—¿Qué demonios insinúa? — preguntó Leamas.
Peters se encogió de hombros.
—Es todo muy raro -precisó-. No sé quién pudo matarla.
Cuando hubieron agotado el caso Karl Riemeck, Leamas pasó a hablar de otros
agentes menos espectaculares, y luego de los procedimientos de su oficina de
Berlín, sus comunicaciones, su personal, sus ramificaciones secretas: pisos,
transporte, equipo fotográfico y sonoro. Hablaron hasta altas horas de la noche
y durante todo el día siguiente, y cuando por fin Leamas se fue a la cama
tropezando, sabía que había traicionado todo lo que conocía del espionaje
aliado en Berlín y que se había bebido dos botellas de whisky en dos días.
Una cosa le desconcertaba: la insistencia de Peters en que Karl Riemeck debió
de haber tenido alguna ayuda, un colaborador de alto nivel. Control le había
hecho la misma pregunta, ahora lo recordaba; Control había preguntado sobre los
accesos de que disponía Riemeck. ¿Cómo podían entonces estar tan seguros de que
Karl no se las arregló solo? Había tenido auxiliares, desde luego, como los que
le protegían junto al canal el día en que Leamas se encontró con él. Pero eran
de poca monta: Karl le había hablado de ellos. Sin embargo, Peters -y Peters,
después de todo, sabría con exactitud en qué pudo Karl meter las manos- se negó
a creer que Karl se las había arreglado solo. En este punto, Peters y Control
estaban evidentemente de acuerdo.
Tal vez fuese cierto. Quizá había alguien más. Acaso era ése el Interés
Especial a quien Control estaba tan empeñado en proteger de Mundt. Eso
significaría que Riemeck había colaborado con ese Interés Especial,
proporcionando lo que los dos juntos habían obtenido. Tal vez eso era de lo que
Control le había hablado a Karl, a solas, aquella noche, en el piso de Leamas
en Berlín.
De cualquier modo, mañana se vería. Mañana jugaría sus cartas.
Se preguntó quién habría matado a Elvira. Y se preguntó «por qué» la habrían
matado. Desde luego, — ahí había un punto de apoyo, una explicación posible-,
Elvira, por conocer la identidad del colaborador especial de Riemeck, había
sido asesinada por ese colaborador... No, eso era demasiado arriesgado. Pasaba
por alto la dificultad de cruzar del Este al Oeste: al fin y al cabo, Elvira
había sido asesinada en Berlín occidental.
Se preguntó por qué Control no le dijo que Elvira había sido asesinada. ¿Para
que pudiera reaccionar debidamente cuando Peters se lo dijera? Eran
especulaciones inútiles. Control tendría sus motivos: solían ser tan
condenadamente tortuosos que se tardaba una semana en averiguarlos.
Al dormirse, murmuró:
—Karl era un idiota; esa mujer le hundió, estoy seguro.
Ahora Elvira había muerto, y bien que lo merecía. Se acordó de Liz.
IX. El segundo día
Peters llegó a las ocho a la mañana siguiente, y,
sin ninguna ceremonia, se sentaron a la mesa y empezaron.
—Así que volvió a Londres. ¿Qué hizo allí?
—Me pusieron en conserva. Comprendí que estaba liquidado cuando aquel burro de
Personal me recibió en el aeropuerto. Tuve que ir derecho a Control para
informarle sobre Karl. Había muerto; ¿qué más quedaba por decir?
—¿Qué hicieron con usted?
—Al principio me dijeron que podía quedarme en Londres y esperar hasta que
estuviera en condiciones para una pensión adecuada. Fueron tan asquerosamente
escrupulosos con eso que me irrité: les dije que si tanto afán tenían de
echarme dinero encima, por qué no hacían lo más naturalmente posible y me
contaban todo el tiempo, en vez de gruñir tanto sobre el servicio interrumpido.
Entonces, cuando les dije eso, lo tomaron a mal. Me metieron en la Sección
Bancaria, con mujeres. De eso no puedo recordar mucho... empecé a empinar el
codo un poco. Pasé una temporada bastante mala.
Encendió un cigarrillo. Peters asintió.
—Por eso me dieron la patada, realmente. No les gustó que bebiera.
—Dígame todo lo que recuerde sobre la Sección Bancaria -sugirió Peters.
—Era un montaje lamentable... Nunca me sentí hecho para un trabajo burocrático,
ya lo sabía. Por eso me aferraba a Berlín. Sabía, cuando me llamaron, que me
pondrían en conserva, pero ¡demonios...!
—¿Qué hacía usted?
Leamas se encogió de hombros.
—Sentarme sobre mi trasero, en el mismo cuarto que un par de mujeres, Thursby y
Larrett. Yo las llamaba Thursday y Friday, Jueves y Viernes.
Sonrió de modo bastante estúpido. Peters miraba sin entender.
—No hacíamos más que remover papel. Bajaba una carta de Finanzas: «Se autoriza
un pago de setecientos dólares a Fulano con cargo a Zutano. Sírvanse
realizarlo», ése era el meollo de todo. Jueves y Viernes le daban unas cuantas
vueltas, lo archivaban, lo sellaban, y yo firmaba un cheque o hacía que el
Banco lo transfiriera.
—¿Qué Banco?
—Blatt y Rodney, un pequeño Banco muy distinguido en la City. En Cambridge
Circus existe la teoría de que los etonianos son discretos.
—En realidad, entonces, ¿usted sabía los nombres de todos los agentes del
mundo?
—No exactamente. En eso consistía la astucia. Yo firmaba el cheque, ya ve, o la
orden al Banco, pero dejábamos un espacio para el nombre del destinatario. La
carta de cobertura, o lo que fuera, quedaba toda firmada, y entonces el
expediente volvía a los del Despacho Especial.
—¿Quiénes son ésos?
—Los que tienen todos los datos de los agentes. Ellos ponían los nombres de los
agentes y enviaban la orden. Condenadamente astuto, tengo que decirlo.
Peters parecía decepcionado.
—¿Quiere decir que no podía enterarse de los nombres de los que recibían los
pagos?
—Habitualmente, no.
—Pero ¿de vez en cuando?
—De vez en cuando andábamos muy cerca del asunto. Todos los enredos entre
Bancaria, Finanzas y el Despacho Especial llevaban a escapes. Era demasiado
complicado. Además, algunas veces nos metíamos en material especial que nos
iluminaba un poco la vida.
Leamas se levantó.
—He hecho una lista -dijo- de todos los pagos que puedo recordar. Está en mi
cuarto. La voy a buscar.
Salió del cuarto, con los andares más bien arrastrados que había tomado desde
su llegada a Holanda. Cuando volvió, llevaba en la mano un par de hojas de
papel rayado arrancadas de una agenda barata.
—Los apunté anoche -dijo-; pensé que eso nos ahorraría tiempo.
Peters cogió las notas y las leyó despacio y con cuidado. Parecía impresionado.
—Bien -dijo-, muy bien.
—Además, lo que mejor recuerdo es una cosa llamada Piedra Movediza. Hice un par
de excursiones por ella. Una a Copenhague y otra a Helsinki. Nada más que meter
dinero en Bancos.
—¿Cuánto?
—Diez mil dólares en Copenhague, cuarenta mil marcos en Helsinki.
Peters dejó el lápiz.
—¿Para quién? — preguntó.
—Dios sabe. Manejábamos Piedra Movediza con un sistema de cuentas en depósito.
El Service me dio un pasaporte británico falso; fui al Banco Real Escandinavo,
en Copenhague, y al Banco Nacional de Finlandia, en Helsinki deposité el dinero
y saqué un talonario de cuenta indistinta: para mí, con mi nombre falso, y para
alguien más; el agente, supongo, con su nombre falso. Yo di a los Bancos una
muestra de la firma del otro titular, que había recibido de la Oficina de
Jefatura. Después le daban al agente el talonario y un pasaporte falso que
enseñaba en el Banco cuando sacaba el dinero. Lo único que sabía yo era su
nombre falso.
Todo aquello le sonaba ridículamente inverosímil al oírse hablar a sí mismo.
—¿Era corriente ese procedimiento?
—No. Era un pago especial. Eso tenía una lista de acceso limitado.
—¿Qué es eso?
—Tenía un nombre convencional que muy pocos conocían.
—¿Cuál era ese nombre?
—Ya se lo dije: Piedra Movediza. La operación cubría pagos no regulares de diez
mil dólares en diferentes divisas y distintas capitales.
—¿Siempre en capitales?
—Que yo sepa, sí. Recuerdo haber leído en la ficha que había habido otros pagos
de Piedra Movediza antes de que yo entrara en la Sección, pero en esos casos la
Sección Bancaria se lo encargaba al delegado local.
—Esos otros pagos que tuvieron lugar antes de que llegara usted, ¿dónde se
hicieron?
—Uno en Oslo. No puedo recordar dónde fue el otro.
—¿El nombre falso del agente era siempre el mismo?
—No. Ésa era otra precaución adicional de seguridad. Después oí decir que
habíamos copiado toda esa técnica de los rusos. Era el procedimiento de pago
más complicado que encontré. Del mismo modo, yo usaba un nombre falso
diferente, y, por supuesto, un pasaporte distinto en cada viaje.
—Eso debía gustarle; ayudarle a llenar los huecos.
»Esos pasaportes falsos que les daban a los agentes para que pudieran sacar el
dinero, ¿sabía usted algo sobre ellos, cómo se hacían y cómo se entregaban?
—No. Ah, salvo que tenían que tener visados para el país donde estaba
depositado el dinero. Y sellos de entrada en el país.
—¿Sellos de entrada?
—Sí. Yo supuse que los pasaportes no se usaban nunca en la frontera, sino que
solamente se presentaban en el Banco para la identificación. El agente debía de
haber viajado con su propio pasaporte, entrando de modo totalmente legal en el
país donde estaba situado el Banco, y después usaba el pasaporte en el Banco.
Esa era mi hipótesis.
—¿Sabe usted algún motivo por el que los pagos anteriores se hicieran por medio
de los delegados, y los pagos posteriores por alguien que viajara desde
Londres?
—Sé el motivo. Pregunté a las mujeres de la Sección Bancaria, Jueves y Viernes.
Control estaba muy preocupado...
—¿Control? ¿Quiere decir que el propio Control manejaba el asunto?
—Sí, lo llevaba él. Temía que al delegado le pudieran reconocer en el Banco, de
modo que usó un cartero: yo.
—¿Cuándo hizo esos viajes?
—A Copenhague, el quince de junio. Volví en avión esa misma noche... A
Helsinki, a fines de setiembre. Me quedé allí dos noches, y volví en avión
hacia el veintiocho. Me divertí un poco en Helsinki.
Sonrió, pero Peters no se fijó.
—¿Y los otros pagos, cuándo se hicieron?
—No puedo recordarlo. Lo siento.
—¿Pero uno fue con seguridad en Oslo?
—Sí, en Oslo.
—¿Cuánto tiempo hubo entre los dos primeros pagos, los pagos hechos por los
delegados?
—No sé. No mucho, creo. Quizá un mes. Tal vez un poco más.
—¿Tuvo la impresión de que el agente llevaba algún tiempo actuando antes de que
se hiciera el primer pago? ¿Lo indicaba el expediente?
—Ni idea. El expediente señalaba sólo los pagos efectivos. Primer pago, a
principios del cincuenta y nueve. No había más datos en él. Ese es el principio
que se aplica cuando se tiene una referencia limitada. Los diversos expedientes
se refieren a diferentes aspectos de un solo caso. Sólo quien tenga el
expediente general podrá reunirlo todo.
Peters escribía ahora continuamente. Leamas supuso que habría un magnetófono
escondido en alguna parte del cuarto, pero la trascripción sucesiva requeriría
tiempo. Lo que Peters anotaba ahora proporcionaría lo esencial para el
telegrama de aquella tarde a Moscú, mientras en la Embajada soviética de La
Haya las chicas pasarían toda la noche telegrafiando la trascripción verbal,
relevándose en sus horarios.
—Dígame -dijo Peters-. Esas son grandes cantidades de dinero. Los
procedimientos para pagarlas eran muy complicados y muy caros. ¿Qué pensaba
usted?
Leamas se encogió de hombros.
—¿Qué podía pensar yo? Pensaba que Control debía de tener alguna fuente
fenomenal, pero nunca vi el material, así que no sé. No me gustaba el modo de
hacerlo: era demasiado potente, demasiado complicado, demasiado astuto. ¿Por
qué no se encontraban simplemente con él y le daban el dinero al contado?
¿Realmente le dejaban cruzar fronteras con su propio pasaporte, llevando otro
falso en el bolsillo? Lo dudo -dijo Leamas.
Ya era hora de nublar el asunto, de echarle a perseguir una liebre.
—¿Qué quiere decir?
—Quiero decir que, por lo que yo sé, el dinero nunca se retiraba del Banco.
Suponiendo que fuera un agente de elevada posición detrás del Telón, el dinero
estaría en depósito para él cuando pudiera alcanzarlo. Eso es lo que imaginé,
por lo menos. No pensaba gran cosa sobre ello. ¿Por qué habría de pensar? Forma
parte de nuestro trabajo conocer sólo una parte del conjunto entero. Usted lo
sabe. Si uno es curioso, Dios le proteja.
—Si el dinero no se cobraba, como sugiere usted, ¿por qué toda esa molestia con
los pasaportes?
—Cuando yo estaba en Berlín, hicimos un arreglo para Karl Riemeck por si alguna
vez necesitaba escaparse y no podía encontrarnos. Le guardábamos un pasaporte
falso de Alemania Occidental en una dirección de Düsseldorf. En cualquier
momento lo podía recoger siguiendo un procedimiento previamente establecido. No
caducaba nunca: la Sección especial de Viajes renovaba el pasaporte y los
visados conforme caducaban. No sé... es sólo una suposición.
—¿Cómo sabe usted con seguridad que se extendían los pasaportes?
—Había notas sobre la ficha entre la Sección Bancaria y la Sección especial de
Viajes. Viajes es la Sección que preparaba documentos de identidad y visados
falsos.
—Ya entiendo.-Peters pensó un momento y luego preguntó-: ¿Qué nombres usó usted
en Copenhague y Helsinki?
—Robert Lang, ingeniero electricista, de Derby. Eso fue en Copenhague.
—Dígame con exactitud cuándo estuvo en Copenhague.
—Ya se lo dije, el quince de junio. Llegué por la mañana a eso de las once y
media.
—¿Qué Banco usó?
—Caramba, Peters -dijo Leamas súbitamente irritado-, el Real Escandinavo. Ya lo
tiene apuntado.
—Sólo quería estar seguro -contestó el otro con calma, y siguió escribiendo-. Y
para Helsinki, ¿qué nombre?
—Stephen Bennett, ingeniero naval de Plymouth. Estuve allí -añadió en tono
sarcástico- a fines de setiembre.
—¿Fue al Banco el día que llegó?
—Sí. Era el veinticuatro, o el veinticinco, no puedo estar seguro, como ya le
dije.
—¿Llevaba usted mismo el dinero desde Inglaterra?
—Por supuesto que no. Simplemente, lo transferíamos en cada caso a la cuenta
del delegado. El delegado lo sacaba, me recibía en el aeropuerto con el dinero
en una cartera y yo lo llevaba al Banco.
—¿Quién es el delegado en Copenhague?
—Peter Jensen, un vendedor de la librería de la Universidad.
—¿Y cuáles eran los nombres que habían de usar los agentes?
—Horst Karlsdorf, en Copenhague. Creo que era eso, sí, sí que era, lo recuerdo:
Karlsdorf. Yo me empeñaba en decir Karlshorst.
—¿Datos?
—Director de empresa, de Klagenfurt, Austria.
—¿Y el otro? ¿El nombre del de Helsinki?
—Fechtmann, Adolf Fechtmann, de Saint Gall, Suiza. Tenía un título... sí, eso
es: doctor Fechtmann, archivero.
—Ya veo; los dos de lengua alemana.
—Sí, ya me fijé en eso. Pero no podía ser un alemán.
—¿Por que no?
—Yo había sido jefe de la organización de Berlín, ¿no? Habría estado metido en
ello. Un agente de alto nivel en Alemania Oriental tendría que ser dirigido
desde Berlín. Yo lo habría conocido.
Leamas se levantó, se acercó al aparador y se sirvió whisky. No se preocupó de
Peters.
—Dijo usted que había precauciones especiales, procedimientos especiales en
este caso. Acaso ellos pensaban que no hacía falta que usted estuviera
enterado.
—No sea idiota -replicó terminantemente Leamas-, por supuesto que lo habría
sabido.
Ese era el punto a que se tenía que aferrar, por las buenas o por las malas;
les haría sentir que ellos estaban mejor informados, daría credibilidad al
resto de su información. «Querrán hacer deducciones “a pesar” de usted -había
dicho Control-. Debemos darles el material y permanecer escépticos respecto a
sus conclusiones. Confiar en su inteligencia y en su presunción, en sus
sospechas mutuas... eso es lo que debemos hacer.»
Peters asintió como si confirmara una verdad melancólica.
—Es usted un hombre muy orgulloso, Leamas -señaló una vez más.
Peters se marchó poco después. Se despidió de Leamas y se fue andando por la
carretera que bordeaba el mar. Era hora de almorzar.
X. El tercer día
Peters no apareció esa tarde, ni a la mañana
siguiente. Leamas se quedó en la cama, esperando, con irritación creciente,
algún recado, pero no llegó ninguno. Preguntó al ama de la casa, pero ella se
limitó a sonreír y a encoger sus pesados hombros. A eso de las once y media de
la mañana, decidió salir a pasear por la orilla del mar, compró unos
cigarrillos y se quedó mirando absorto al mar.
Había una muchacha, de pie en la playa, echando pan a las gaviotas. Le daba la
espalda. El viento marino jugaba con su largo pelo negro y tiraba de su abrigo,
convirtiendo su cuerpo en un arco tenso hacia el mar. Supo entonces qué era lo
que le había dado Liz: lo que tendría que volver a encontrar si regresaba
alguna vez a Inglaterra: era el preocuparse de las cosas pequeñas, la fe en la
vida corriente, la sencillez que le hace a uno partir un pedazo de pan en una
bolsa de papel, bajar a la playa y echárselo a las gaviotas. Era ese respeto
por lo sencillo que nunca le habían permitido tener: fuera pan para las
gaviotas o fuera amor, fuera lo que fuera, volvería para encontrarlo; haría que
Liz se lo encontrara. Una semana, dos semanas quizá, y estaría de vuelta.
Control había dicho que se podía quedar con lo que le pagaran, y ya sería
bastante. Con quince mil libras, una gratificación y una pensión de Cambridge
Circus, uno puede permitirse -como decía Control- retirarse del frío.
Dio un rodeo y volvió a la casa a las doce menos cuarto. La mujer le hizo
entrar sin decir una palabra, pero cuando volvió al cuarto de atrás, la oyó
descolgar el teléfono y marcar un número. Sólo habló unos segundos A las doce y
media le trajo el almuerzo y, para su complacencia, unos periódicos ingleses,
que leyó satisfecho, hasta las tres. Leamas, que normalmente no leía nada, leía
los periódicos despacio y concentrándose. Aprendía detalles, como los nombres y
direcciones de la gente que aparecían en las pequeñas noticias. Lo hacía casi
inconscientemente, como una especie de ejercicio de mnemotécnica personal, que
le absorbía por entero.
A las tres llegó Peters, y tan pronto como le vio Leamas, comprendió que pasaba
algo. No se sentaron a la mesa: Peters no se quitó el impermeable.
—Traigo malas noticias para usted -dijo-; le buscan en Inglaterra. Lo he sabido
esta mañana. Vigilan los puertos.
Leamas respondió impasible.
—¿Bajo qué acusación?
—Oficialmente, por no presentarse en una comisaría pasado el intervalo
reglamentario después de salir de la cárcel.
—¿Y en realidad?
—Corre el rumor de que se le busca por algún delito contra la ley de Secretos
Oficiales. Viene su fotografía en todos los periódicos de la tarde de Londres.
Los pies de foto son muy ambiguos.
Leamas permanecía muy tranquilo. Había sido Control. Control había hecho
circular el rumor. No había otra explicación. Aunque hubieran agarrado a Ashe o
Kiever, aunque hubieran hablado... incluso entonces, la responsabilidad del
rumor seguía siendo de Control. «Un par de semanas -había dicho-; supongo que
le llevarán a algún sitio para el interrogatorio, tal vez al extranjero. Sin
embargo, en un par de semanas debería estar en paz. Luego, la cosa marchará por
sí sola. Tendrá que agazaparse por aquí mientras la reacción llega a su término
por sí misma. Pero no le importará, estoy seguro. He decidido conservarle con
subsidio de operaciones hasta que eliminen a Mundt.» Esto parecía lo más
decente.
Y ahora esto. Esto no formaba parte del acuerdo; esto era diferente. ¿Qué
demonios tenía que hacer? Si abandonaba ahora, si rehusaba seguir adelante con
Peters, arruinaba la operación. No era imposible que Peters mintiera, que ésta
fuera la prueba; una razón más para que él estuviera de acuerdo en marchar.
Pero si iba, si accedía a ir al Este, a Polonia, a Checoslovaquia, a Dios sabe
dónde, no había ninguna buena razón para que le dejaran escapar nunca; y
tampoco resultaba razonable que él mismo quisiera escaparse, puesto que
oficialmente era un hombre perseguido en Occidente.
Control era el causante; estaba seguro. Las condiciones habían sido demasiado
generosas; lo había notado durante todo el tiempo. No tiraban el dinero por ahí
de esa manera por nada, a no ser que pensaran que le podían perder a uno. Un
dinero así era un consuelo para los posibles peligros e incomodidades que
Control no quería reconocer francamente. Una tal cantidad de dinero era una
señal de aviso; Leamas no había hecho caso de esa señal.
—Pero ¿cómo diablos -preguntó sosegadamente- han podido llegar a eso? — Un
pensamiento pareció cruzar por su ánimo, y dijo-: Su amigo Ashe ha podido
contárselo, desde luego, o Kiever...
—Es posible -contestó Peters-. Usted sabe igual que yo que tales cosas son
siempre posibles. No hay seguridades en nuestro trabajo. El hecho es -añadió
con algo parecido a la impaciencia- que a estas horas en todos los países de
Europa Occidental le estarán buscando.
Leamas parecía no haber oído lo que decía Peters.
—Ahora me tiene en el anzuelo..., ¿eh, Peters? — dijo-. Su gente se debe estar
muriendo de risa. ¿O han hecho la denuncia ellos mismos?
—Exagera usted su propia importancia -dijo Peters, agriamente.
—Entonces, ¿por qué me han seguido, dígame? Salí a dar un paseo esta mañana.
Dos hombrecitos de traje oscuro, uno a veinte metros detrás del otro, me
siguieron a lo largo de la orilla del mar. Cuando volví, la dueña de la casa le
telefoneó.
—Atengámonos a lo que sabemos -sugirió Peters-. Cómo las autoridades de su país
han averiguado lo suyo, no nos importa excesivamente en este momento. El hecho
es que lo saben.
—¿Ha traído usted consigo los periódicos de la tarde de Londres?
—Por supuesto que no. Aquí no se encuentran. Hemos recibido un telegrama de
Londres.
—Eso es mentira. Usted sabe perfectamente que a su tinglado sólo se le permite
comunicar con el Centro.
—En este caso, se ha permitido una conexión directa entre dos puntos
periféricos -replicó colérico Peters.
—Bueno, bueno -dijo Leamas, con una sonrisa torcida-, debe ser usted realmente
un pez gordo. O -pareció ocurrírsele una idea-, ¿no andará metido en esto el
Centro?
Peters hizo caso omiso de la pregunta.
—Ya sabe la alternativa. O nos deja que cuidemos de usted, prometiéndonos
prepararle un paso seguro, o se abre camino por sí mismo, con la seguridad de
ser capturado al final. No tiene documentos falsos, ni dinero, ni nada. Su
pasaporte británico habrá caducado dentro de diez días.
—Hay una tercera posibilidad. Déme un pasaporte suizo y algo de dinero, y
déjeme correr. Yo puedo cuidar de mí mismo.
—Me temo que eso no sería deseable.
—Quiere decir que no ha terminado el interrogatorio. ¿Y hasta que termine no se
me puede dejar en circulación?
—Más o menos, ése es el caso.
—Cuando haya acabado el interrogatorio, ¿qué harán conmigo?
Peters se encogió de hombros.
—¿Qué insinúa usted?
—Una nueva identidad. Pasaporte escandinavo, tal vez. Dinero.
—Es muy académico -contestó Peters-, pero se lo sugeriré a mis superiores.
¿Viene usted conmigo?
Leamas vaciló, luego sonrió con un poco de incertidumbre, y preguntó:
—Si no voy, ¿qué hará usted? Después de todo, tengo una historia que contar,
¿no?
—Las historias de este tipo son difíciles de poner en claro. Yo me voy esta
noche. Ashe y Kiever... -se encogió de hombros-, ¿qué suman en total?
Leamas se acercó a la ventana. Una tormenta se estaba formando sobre el
grisáceo mar del Norte. Miró las gaviotas dando vueltas ante las oscuras nubes.
La muchacha se había ido.
—Muy bien -dijo por fin-. Arréglelo.
—No hay avión al Este hasta mañana. Hay un vuelo para Berlín dentro de una
hora. Tomaremos ése. Tenemos el tiempo muy justo.
El papel pasivo de Leamas durante aquella tarde le permitió, una vez más,
admirar la eficacia sin adornos de los preparativos de Peters. El pasaporte
debía de estar confeccionado hacía tiempo: el Centro debía de haberse ocupado
de ello. Estaba extendido a nombre de Alexander Thwaite, agente de viajes, y
lleno de visados y sellos de control de aduana; el viejo y manoseado pasaporte
del viajero profesional. En el aeropuerto, el guardia fronterizo holandés no
hizo más que asentir con la cabeza y sellarlo por pura rutina. Peters estaba
tres o cuatro puestos más atrás que él en la cola y no se interesó por los
trámites.
Al entrar en el recinto «Sólo pasajeros», Leamas vio un quiosco de libros. Se
exhibía una selección internacional de periódicos: Le Figaro, Le Monde, Neue
Zürcher Zeitung, Die Welt, y media docena de diarios y semanarios ingleses.
Mientras él miraba, la muchacha se acercó a la parte delantera del quiosco y
metió en la alambrera un Evening Standard. Leamas cruzó apresuradamente hacia
el puesto y sacó el periódico de la alambrera.
—¿Cuánto? — preguntó.
Al meter la mano en el bolsillo, se dio cuenta de repente de que no llevaba
moneda holandesa.
—Treinta centavos -contestó la muchacha. Era bastante bonita, morena y
graciosa.
—Sólo tengo dos chelines ingleses, hacen un «guilder». ¿Los acepta?
—Sí, cómo no -contestó ella, y Leamas le dio el florín.
Volvió la mirada; Peters seguía en la oficina de pasaportes, de espaldas a
Leamas. Sin vacilación, se fue derecho al retrete. Allí miró rápidamente, pero
con atención todas las páginas, luego tiró el periódico al cesto de
desperdicios y volvió a salir. Era verdad; allí estaba su fotografía con la
ambigua frasecita debajo. Se preguntó si lo habría visto Liz. Salió pensativo a
la sala de espera. Diez minutos después subieron al avión para Hamburgo y
Berlín. Por primera vez desde que todo había empezado, Leamas estaba asustado.
XI. Amigos de Alec
Los hombres fueron a ver a Liz aquella misma tarde.
El cuarto de Liz Gold estaba en el extremo norte de Bayswater. Tenía dos camas
individuales, y una estufa de gas, bastante bonita, de color gris carbón, que
lanzaba un moderno silbido en vez del burbujeo pasado de moda. A veces, ella la
miraba cuando Leamas estaba allí, mientras la estufa de gas daba la única luz
al cuarto. Él se tendía en la cama, en la de ella; la más alejada de la puerta,
y Liz se sentaba a su lado y le besaba, o miraba la estufa de gas, apretando la
cara contra la de Leamas. Ahora le daba miedo pensar demasiado en él, porque
entonces se olvidaba de cómo era, de modo que sólo permitía a su mente pensar
en él durante breves momentos, como recorriendo con los ojos un vago horizonte,
y luego se acordaba de alguna cosa sin importancia que él había dicho o hecho,
del modo como la había mirado, o, más a menudo, cómo no la había hecho caso.
Eso era lo terrible, cuando su imaginación se detenía en ello: no tenía nada
con que recordarle, ni una fotografía, ni un objeto, nada. Ni siquiera una amistad
en común; sólo la señorita Crail en la Biblioteca, cuyo odio contra él había
quedado satisfecho con su partida espectacular.
Liz había ido una vez por casa de Leamas a ver al dueño. No sabía en absoluto
por qué lo hacía, pero reunió todo su valor y fue. El dueño estuvo muy amable
hablando de Alec; el señor Leamas había pagado puntualmente su alquiler como un
caballero; luego había quedado pendiente una semana, o dos, pero se había
presentado un amigo del señor Leamas que pagó todo decentemente, sin
reclamaciones ni nada. Siempre lo había dicho del señor Leamas, y siempre lo
diría, que era un verdadero caballero. En fin, no había ido a una
public-school, no sería nada empingorotado, pero sí un caballero de veras. De
vez en cuando le gustaba enfurruñarse un poco, y, desde luego, bebía un poco
más de lo que le convenía, aunque nunca se portaba como un borracho cuando
llegaba a casa. Pero aquel imbécil que se presentó, un tipejo muy gracioso y
tímido, con gafas, dijo que el señor Leamas había encargado muy especialmente,
muy especialmente, que se arreglara el alquiler que se le debía. Y si eso no
era de caballeros, y el dueño sabría qué cosa lo era, que el diablo se lo
llevara. Dios sabe de dónde sacaba el dinero, pero ese señor Leamas era un tipo
muy serio, segurísimo. A Ford el tendero le hizo solamente lo que muchos tenían
ganas de hacerle desde la guerra. ¿El cuarto? Sí, el cuarto lo había tomado un
caballero llegado de Corea, dos días después que se llevaron al señor Leamas.
Probablemente por eso Liz siguió trabajando en la Biblioteca; porque allí, por
lo menos, él seguía existiendo; las escalerillas, los estantes, los libros, el
fichero, eran cosas que él había conocido y tocado, y algún día podría volver a
ellas. Había dicho que jamás volvería, pero ella no lo creía. Era como decir
que uno jamás iba a estar mejor, creer una cosa como ésa. La señorita Crail
pensaba que volvería: descubrió que le debía algún dinero -salarios pagados de
menos- y le enfurecía que su monstruo hubiera sido tan poco monstruoso como
para no cobrarlo.
Desde que se marchó Leamas, Liz nunca dejó de hacerse la misma pregunta: ¿por
qué había pegado al señor Ford? Sabía que su carácter era terrible, pero
aquello fue diferente. Había pensado hacerlo desde el comienzo, tan pronto como
se libró de su fiebre. ¿Por qué, si no, se despidió de ella la noche anterior?
Él sabía que al día siguiente pegaría al señor Ford. Liz rehusaba aceptar la
única otra alternativa posible; que, cansado de ella, se había despedido, y al
día siguiente, todavía bajo la tensión emotiva de su separación, perdió el
dominio con el señor Ford y le había pegado. Ella sabía, lo supo siempre, que
allí había algo que Alec tenía que hacer. Incluso se lo hubiera dicho él mismo.
Qué era ello, Liz no podía más que suponerlo.
Al principio, pensó que había tenido una riña con el señor Ford, por algún odio
contraído desde hacía años. Algo en relación con una chica, o quizá con la
familia de Alec. Pero no había más que mirar al señor Ford, y eso parecía
ridículo. Era el arquetipo del pequeño burgués, cauto, complaciente, vil. Y de
todos modos, aunque Alec tuviera una venganza pendiente contra el señor Ford,
¿por qué había ido a la tienda, un sábado, en medio de la aglomeración de las
compras para el fin de semana, cuando todos podían verle?
Hablaron de ello en la reunión de su sección del Partido. George Hanby, el
tesorero de la sección, pasaba efectivamente ante la tienda de Ford cuando
ocurrió; no había visto mucho por la gente, pero habló con un imbécil que lo
había visto todo. Hanby quedó tan impresionado que telefoneó al Daily Worker, y
habían enviado un periodista al juicio: por eso el Worker le dedicó un
reportaje en la página central como algo natural. Era un mero caso de protesta,
de repentina conciencia social y de odio contra la clase de los jefes, como
decía el Worker. Aquel idiota con el que habló Hanby (no era más que un tipejo
corriente, con gafas, tipo empleado) dijo que había sido muy repentino
-espontáneo, quería decir-, y para Hanby eso demostraba una vez más qué
inflamable era el tejido del sistema capitalista. Liz se había quedado muy
callada mientras hablaba con Hanby: ninguno de ellos, desde luego, sabía nada
acerca de lo de ella y Leamas. En aquel momento se dio cuenta de que odiaba a
George Hanby: era un hombrecillo pomposo, de ánimo desagradable, que siempre le
estaba haciendo muecas y tratando de tocarla.
Entonces llegaron de visita los hombres.
Ella pensó que eran un poco demasiado elegantes para ser policías; venían en un
pequeño coche negro con antena. Uno era bajo y más bien regordete. Llevaba
gafas y vestía de modo extraño y caro; era un hombrecito bondadoso y
preocupado, y Liz se fió de él sin saber por qué. El otro era más suave, pero
sin ser untuoso: con cierto aire de muchacho, aunque ella supuso que no tendría
menos de cuarenta años. Dijeron que venían de la Sección Especial, y mostraron
sus carnets protegidos con fundas de celofán. El gordo era quien hablaba casi
siempre.
—Creo que usted tenía amistad con Alec Leamas -empezó.
Ella se disponía a enfurecerse, pero el hombre gordo lo tomaba tan en serio que
le pareció que iba a cometer una estupidez.
—Sí -dijo Liz-. ¿Cómo lo sabían ustedes?
—Lo averiguamos por casualidad el otro día. Cuando uno va... a la cárcel, tiene
que decir quién es su pariente más cercano. Leamas dijo que no tenía a nadie.
En realidad, eso era mentira. Le preguntaron a quién tenían que informar si le
ocurría algo en la cárcel. Dijo que a usted.
—Ya entiendo.
—¿Tenía amistad con él alguien más que usted conozca?
—No.
—¿Fue usted al juicio?
—No.
—¿No la han visitado periodistas, acreedores, nadie en absoluto?
—No, ya se lo he dicho. Nadie más lo sabía. Ni mis padres siquiera, nadie.
Trabajábamos juntos en la Biblioteca, desde luego, la Biblioteca de
Investigaciones Psicológicas, pero sólo lo podría saber la señorita Crail, la
bibliotecaria. No creo que se le ocurriera que hubiese nada entre nosotros. Es
muy extraña -añadió Liz con sencillez.
El hombrecito la escudriñó muy atentamente durante un momento, y luego
preguntó:
—¿Le sorprendió que Leamas pegara al señor Ford?
—Sí, claro.
—¿Por qué pensó usted que lo hizo?
—No sé. Porque Ford no le quería fiar, supongo. Pero creo que siempre había
pensado hacerlo.
Se preguntó si estaría diciendo demasiado, pero tenía ganas de hablar con
alguien de ello, estaba muy sola y no parecía haber nada malo en eso.
—Pero esa noche, la noche antes de que ocurriera, hablamos juntos. Habíamos
cenado, una cena especial; Alec dijo que debíamos hacerlo y yo sabía que era
nuestra última noche. Había traído de no sé dónde una botella de vino tinto; a
mí no me gustaba mucho, y Alec se bebió la mayor parte. Y luego le pregunté:
«¿Es la despedida?», si todo se había acabado...
—¿Él qué dijo?
—Dijo que tenía que hacer un trabajo. Yo no lo entendí bien todo, de veras.
Se produjo un largo silencio y el hombrecillo parecía más preocupado que nunca.
Por fin le preguntó:
—¿Lo cree usted?
—No sé.
De repente sintió terror por Alec, sin saber por qué. El hombre preguntó:
—Leamas tiene dos hijos de su matrimonio: ¿se lo había dicho? — Liz no dijo
nada-. A pesar de eso, dio su nombre como parienta más cercana. ¿Por qué cree
que lo hizo?
El hombrecillo parecía cohibido por su propia pregunta. Se miraba las manos
gordinflonas, apretadas en el regazo. Liz enrojeció.
—Yo estaba enamorada de él -contestó.
—¿Estaba él enamorado de usted?
—Quizá. No lo sé.
—¿Sigue usted enamorada de él?
—Sí.
—¿Dijo alguna vez que volvería? — preguntó el más joven.
—No.
—Pero ¿se despidió de usted? — preguntó el otro rápidamente.
—¿Se despidió de usted? — el hombrecillo repitió la pregunta despacio,
bondadosamente-. Le prometo que ya no le puede ocurrir nada más a él. Pero
queremos ayudarle, y si usted tiene alguna idea de por qué pegó a Ford, si
tiene la más leve idea de algo que hubiera dicho, aunque fuera casualmente, o
algo que hiciera, entonces díganoslo, por el bien de Alec.
Liz movió la cabeza.
—Por favor, váyanse -dijo-; por favor, no hagan más preguntas. Por favor,
váyanse ya.
Al llegar a la puerta, el de más edad vaciló, luego sacó una tarjeta de la
cartera y la dejó en la mesa, con viveza, como si fuera a hacer ruido. Liz
pensó que era un hombrecito muy tímido.
—Si alguna vez necesita ayuda..., si ocurre alguna vez algo a propósito de
Leamas, o..., llámeme por teléfono -dijo-. ¿Entiende?
—¿Quién es usted?
—Soy un amigo de Alec Leamas -vaciló-. Otra cosa -añadió-, una última pregunta.
¿Sabía Alec que usted era..., sabía Alec lo del Partido?
—Sí -contestó ella, desesperadamente-. Se lo dije yo.
—¿Y el Partido sabe lo de usted y Alec?
—Ya les dije: nadie lo sabía -Luego, con la cara pálida, gritó de repente-:
¿Dónde está...? Díganme dónde está. ¿Por qué no me quieren decir dónde está? Yo
le puedo ayudar, ¿no ven? Yo le cuidaré..., aunque se haya vuelto loco, no me
importa, les juro que no... Le escribí cuando estaba en la cárcel: no debía
haberlo hecho, ya lo sé. No le decía otra cosa sino que podía volver en cualquier
momento. Que siempre le esperaría...
No pudo hablar más; no hizo más que sollozar y sollozar, quieta allí, en medio
del cuarto, con el rostro sofocado hundido entre sus manos, mientras el
hombrecillo la observaba.
—Se ha ido al extranjero -dijo amablemente-. No sabemos bien dónde está. No
está loco, pero no debía haberle dicho todo eso. Fue una lástima.
El más joven dijo:
—Ya nos preocuparemos por usted, en cuanto al dinero y esa clase de cosas.
—¿Quiénes son ustedes? — volvió a preguntar Liz.
—Amigos de Alec -repitió el más joven-; buenos amigos.
Les oyó bajar con calma por las escaleras, hasta la calle. Desde su ventana les
vio meterse en su pequeño coche negro y ponerse en marcha hacia el parque.
Luego recordó la tarjeta. Se acercó a la mesa, la recogió y la puso frente a la
luz. Era cara, pensó, más de lo que se podía permitir un policía. En relieve.
Sin titulo delante del nombre, sin comisaría ni nada. Sólo el nombre..., ¿y
quién ha oído hablar nunca de un policía que viva en Chelsea?
«George Smiley. 9 Bywater Street, Chelsea.» Y el número del teléfono debajo.
Era muy raro.
XII. En el este
Leamas se desabrochó el cinturón del asiento.
Se dice que los condenados a muerte pasan por momentos repentinos de júbilo;
como si, igual que las mariposas en el fuego, su destrucción coincidiera con el
alcance de sus deseos. Al seguir derecho su decisión, Leamas notó una sensación
semejante: un alivio, breve pero consolador, le sostuvo durante algún tiempo.
Le sucedieron el miedo y el hambre.
Leamas se iba haciendo más lento. Tenía razón Control.
Lo había advertido durante el caso Riemeck, a principios del año pasado. Karl
había mandado un mensaje: tenía algo especial para él y hacía una de sus raras
visitas a Alemania Oriental, alguna conferencia legal en Karlsruhe. Leamas se
las había arreglado para lograr un billete de avión para Colonia, y había
cogido un coche en el aeropuerto. Era todavía muy pronto, y esperaba no
encontrar la mayor parte del tráfico en la autopista a Karlsruhe, pero los
pesados camiones ya estaban en marcha. Recorrió setenta kilómetros en media
hora, entretejiéndose entre la circulación, arriesgándose para ganar tiempo,
cuando un coche pequeño, probablemente un «Fiat», se abrió paso a la pista
interior, a unos cuarenta metros por delante de él. Leamas pisó fuerte el
freno, encendiendo los faros y tocando el claxon, y, por misericordia de Dios,
lo evitó, lo evitó por una fracción de segundo. Al adelantar el coche vio con
el rabillo del ojo cuatro niños en la parte de atrás, riendo y agitando la
mano, y la cara estúpida y asustada de su padre en el volante. Siguió adelante,
maldiciendo, y de repente ocurrió: de pronto, las manos le temblaron
febrilmente, la cara le ardía, el corazón le palpitaba locamente. Se las
arregló para apartarse de la autopista a un desvío, salió revolviéndose del
coche, y se quedó respirando pesadamente y mirando pasmado el violento torrente
de los gigantescos camiones. Tuvo una visión con su coche aprisionado entre
ellos, aplastado y destrozado, hasta no quedar nada, nada más que el frenético
gruñido de los cláxones, y las luces azules centelleando, y los cuerpos de los
niños, despedazados como aquellos refugiados que mataron en la carretera entre
las dunas.
Condujo lentamente el resto del camino y llegó tarde a la cita con Karl.
Nunca volvió a conducir sin que algún rincón de su memoria evocase los niños
despeinados que le saludaban con la mano desde el asiento de atrás de ese
coche, y su padre agarrado al volante como un labrador a la mancera del arado.
Control lo llamaría fiebre.
Estaba sentado, aturdido, en su asiento sobre el ala. A su lado había una
americana que llevaba zapatos de tacón alto enfundados en plástico. Tuvo una
idea momentánea de pasarle una nota para los de Berlín, pero enseguida la
descartó. Ella pensaría que estaba queriendo conquistarla, y Peters lo vería.
Además, ¿de qué serviría? Control sabía lo que había pasado: Control había
hecho que pasara. No había nada que decir.
Se preguntó qué sería de él. Control no había hablado de eso, sino sólo de la
técnica.
«No se lo dé todo de una vez, haga que trabajen para obtenerlo. Confúndales con
detalles, deje cosas pendientes, vuelva atrás sobre sus pasos. Póngase
testarudo, maldiciente, difícil. Beba como una esponja; no se meta con la
ideología, no se fiarán de eso. Quieren tratar con un hombre que han comprado;
quieren el entrechocar de los contrarios, Alec, no un convertido vergonzante.
Sobre todo, ellos quieren deducir. El terreno está preparado: lo hicimos hace
mucho tiempo, cositas, claves difíciles. Usted es la última fase de la caza del
tesoro.»
Había tenido que acceder a hacerlo: no se puede uno retirar de la gran lucha
cuando le han dejado resueltos todos los preliminares de la pelea.
«Una cosa puedo asegurarle: que vale la pena. Vale la pena para nuestro interés
especial, Alec. Consérvese vivo y habremos logrado una gran victoria.»
No se creía capaz de aguantar la tortura. Recordaba un libro de Koestler en que
el viejo revolucionario se había preparado para la tortura sosteniendo cerillas
encendidas contra los dedos. No había leído mucho, pero eso si lo leyó y lo
recordaba.
Casi había oscurecido cuando aterrizaron en Tempelhof. Leamas observó cómo las
luces de Berlín subían a su encuentro, sintió el porrazo del avión al tocar
tierra, y vio a los funcionarios de la Aduana y de pasaportes que se
adelantaban en la media luz.
Por un momento, a Leamas le preocupó que algún conocido de antes, por
casualidad, le viera en el aeropuerto. Al avanzar, al lado de Peters, por los
interminables corredores a través del inevitable control de la Aduana y de
pasaportes, sin que ninguna cara conocida se volviera a saludarle, se dio
cuenta de que su preocupación había sido en realidad una esperanza; esperanza
de que, sin saber cómo, su tácita decisión de seguir adelante fuera revocada
por las circunstancias.
Le interesó que Peters ya no se preocupara de fingir que él no era cosa suya:
era como si Peters considerara Berlín occidental como terreno seguro, donde la
vigilancia y la seguridad podían relajarse, un mero punto técnico en su etapa
hacia el Este.
Andaban a través de la gran sala de recepción hacia la puerta principal, cuando
de repente Peters pareció cambiar de idea; cambió de dirección bruscamente y
llevó a Leamas a una pequeña entrada lateral que daba a un aparcamiento con
parada de taxis. Allí Peters vaciló un segundo, parándose bajo la luz de la
puerta, luego dejó la maleta en el suelo, a su lado, sacó deliberadamente el
periódico de debajo del brazo, lo dobló, se lo metió en el bolsillo izquierdo
del impermeable, y volvió a cargar con la maleta. Inmediatamente, desde el
aparcamiento, los faros de un coche cobraron vida, y luego bajaron y se
apagaron.
—Vamos allá -dijo Peters, y echó a andar con viveza a través del asfalto,
mientras Leamas le seguía más despacio.
Al alcanzar enseguida la primera fila de coches, se abrió desde dentro la
puerta trasera de un «Mercedes» negro, y se encendió la luz del interior.
Peters, a diez metros por delante de Leamas, se acercó de prisa al coche, habló
en voz baja con el conductor, y luego llamó a Leamas.
—Aquí está el coche. Dese prisa.
Era un viejo «Mercedes 180». Entró sin decir palabra, y Peters se sentó a su
lado, en el asiento de atrás. Al arrancar, adelantaron a una pequeña «DKW» con
dos hombres delante. Veinte metros más abajo, junto a la carretera, había una
cabina telefónica. Un hombre hablaba por teléfono, y les vio pasar sin dejar de
hablar mientras tanto. Leamas miró por la ventanilla de atrás y vio que la
«DKW» les seguía. «Un gran recibimiento», pensó.
Avanzaban bastante despacio. Leamas estaba sentado con las manos en las
rodillas, mirando fijamente hacia delante. No quería ver Berlín esa noche. Esta
era su última ocasión, lo sabía. Tal como estaba sentado, podía lanzar
lateralmente la mano derecha a la garganta de Peters y aplastarle el
promontorio de la nuez. Podría salir y echar a correr, haciendo eses para
evitar las balas del coche de detrás. Estaría libre; en Berlín había gente que
se cuidaría de él. Podía escaparse.
No hizo nada.
Fue muy fácil cruzar el límite de sector. Leamas nunca hubiera imaginado que
fuese tan fácil. Durante diez minutos estuvieron dando vueltas, y Leamas supuso
que tenían que cruzar en una hora prefijada. Al acercarse al puesto de control
alemán occidental, la «DKW» aceleró y les adelantó con el ostentoso ruido de un
motor forzado, deteniéndose en la caseta de la policía. El «Mercedes» esperó
treinta metros detrás. Dos minutos después, el poste rojo y blanco se elevó
para dejar paso a la «DKW», y al hacerlo así, los dos coches pasaron juntos, el
motor del «Mercedes» gruñendo enseguida, y el conductor apretándose contra el
respaldo y conduciendo con los brazos extendidos.
Al cruzar los cincuenta metros que separaban los dos puestos de control, Leamas
advirtió vagamente las nuevas fortificaciones en el lado oriental del muro;
dientes de dragón, torres de observación y triple tendido de alambre de espino.
Las cosas se habían puesto tensas.
El «Mercedes» no se detuvo en el segundo puesto de control: las barreras ya
estaban levantadas y pasaron directamente hacia adelante, sin que los «vopos»
hicieran otra cosa que mirarles con gemelos. La «DKW» había desaparecido, y
cuando Leamas la avistó diez minutos después, iba otra vez detrás de ellos.
Ahora marchaban de prisa. Leamas había pensado que se pararían en el Berlín
oriental, quizá a cambiar de coches y a felicitarse por el éxito de la
operación, pero marcharon hacia el este a través de la ciudad.
—¿Adónde vamos? — preguntó a Peters.
—Ya estamos en la República Democrática Alemana. Aquí le han preparado acomodo.
—Creí que iríamos más al este.
—Iremos. Primero vamos a pasar aquí un día o dos. Pensamos que los alemanes
deberían tener una conversación con usted.
—Ya entiendo.
—Después de todo, la mayor parte de su trabajo ha sido en el lado alemán. Les
envié detalles de su declaración.
—¿Y ellos han pedido verme?
—Nunca han tenido nada parecido a usted, nada tan... cercano a las fuentes. Mi
gente estuvo de acuerdo en que deberían tener la oportunidad de conocerle.
—¿Y desde aquí? ¿Adónde vamos desde Alemania?
—Otra vez al Este.
—¿A quién voy a ver en el lado alemán?
—¿Importa algo?
—No mucho. Conozco de nombre a la mayor parte de la gente de la Abteilung, eso
es todo. Me lo preguntaba, simplemente.
—¿A quién esperaría encontrar?
—A Fiedler -contestó enseguida Leamas-, subjefe de seguridad; el hombre de
Mundt. Es el que hace los grandes interrogatorios. Es un hijo de perra.
—¿Por qué?
—Un hijo de perra salvaje. He oído hablar de él. Capturó a un agente de Peter
Guillam y casi le mató del modo más asqueroso.
—El espionaje no es una partida de cricket -observó agriamente Peters, y
después de eso se quedaron en silencio.
«Así que es Fiedler», pensó Leamas.
Leamas conocía muy bien a Fiedler. Le conocía por las fotografías de la ficha y
por los informes de sus anteriores subordinados. Un hombre esbelto, correcto,
muy joven, de rostro liso. Pelo oscuro, brillantes ojos oscuros; inteligente y
salvaje, como había dicho Leamas. Un cuerpo delgado y vivaz que contenía una
mente paciente, retentiva; un hombre, al parecer, sin ambición personal, pero
inexorable en la destrucción de los demás. Fiedler era una rareza en la
Abteilung: no tomaba parte en sus intrigas, parecía contento viviendo a la
sombra de Mundt, sin perspectivas de ascenso. No se le podía poner ninguna
etiqueta de miembro de esta pandilla o de aquella; incluso los que habían
trabajado cerca de él en la Abteilung no podían decir dónde estaba en su complejo
de fuerzas. Fiedler era un solitario; temido, odiado y recelado. Cualesquiera
que fueran sus motivos, se ocultaban bajo una capa de sarcasmo destructivo.
«Fiedler es nuestra mejor apuesta», había explicado Control. Habían estado de
sobremesa, Leamas, Control y Peter Guillam, en aquella lamentable casa como la
de los siete enanitos, en Surrey, donde Control vivía con su mujer, siempre
cargada de bisutería, entre mesas indias talladas, con tableros de cobre.
«Fiedler es el acólito que un día apuñalará por la espalda al gran sacerdote.
Es el único hombre que está a la altura de Mundt -aquí Guillam había asentido-,
y le odia a fondo. Fiedler es judío, desde luego, y Mundt es lo contrario. En
absoluto es una buena mezcla. Nuestro trabajo ha sido -afirmó, señalando a
Guillam y a él mismo- dar a Fiedler el arma con que destruir a Mundt. A usted
le toca, mi querido Leamas, animarle a usarla. Indirectamente, desde luego,
porque nunca se encontrará con él. Por lo menos, espero con seguridad que nunca
se encuentren.»
Entonces todos habían reído, incluso Guillam. Había parecido una buena broma en
ese momento; en todo caso, buena para el nivel de Control.
Debió de ser después de medianoche.
Llevaban algún tiempo avanzando por una carretera a medio hacer, en parte a
través de un bosque y en parte a través de campo abierto. Luego se detuvieron,
y un momento después la «DKW» se colocó a su lado. Leamas observó, al bajar con
Peters, que ahora había tres hombres en el otro coche. Dos salían ya. El
tercero estaba sentado en el asiento de atrás, mirando unos papeles a la luz
del techo del coche, una figura ligera medio en sombra.
Habían aparcado junto a unos establos en desuso; el edificio quedaba a unos
treinta metros. Con los faros del coche, Leamas había atisbado una granja baja,
con tapias de madera y de ladrillo enjalbegado. Salieron. La luna había
ascendido, y brillaba con tanta claridad que las colinas con bosques, atrás, se
recortaban nítidas contra el pálido cielo de la noche. Caminaron hacia la casa:
Peters y Leamas abrían la marcha, y los dos hombres iban detrás. El otro hombre
del segundo coche no había hecho ademán de moverse; se había quedado allí,
leyendo.
Al llegar a la puerta, Peters se detuvo, esperando a que los otros dos les
alcanzaran. Uno de ellos llevaba un manojo de llaves en la mano izquierda, y
mientras las probaba, el otro se apartó, con las manos en los bolsillos,
protegiéndole.
—No se arriesgan... -indicó Leamas a Peters-. ¿Quién creen que soy?
—No les pagan para que piensen -contestó Peters, y volviéndose hacia uno de
ellos, le preguntó en alemán-; ¿Viene él?
El alemán se encogió de hombros y volvió los ojos hacia el coche.
—Ya vendrá -dijo-; le gusta venir solo.
Entraron en la casa; el hombre abría la marcha. Estaba dispuesta como un
pabellón de caza, en parte vieja y en parte nueva. Había una mala iluminación
de luces pálidas en el techo. El lugar tenía un aire descuidado, mohoso, como
si lo hubieran abierto para esa ocasión. Aquí y allá había pequeños toques
oficiales, un aviso de qué hacer en caso de incendio, la pintura verde de
reglamento en la puerta, y pesadas cerraduras de resorte; y en el salón, que
estaba puesto con mucha comodidad, había un mobiliario oscuro, pesado, con
muchos arañazos, y las inevitables fotografías de los jefes soviéticos. Para
Leamas, esas desviaciones de lo anónimo significaban la identificación
involuntaria de la Abteilung con la burocracia. Eso era algo a lo que se había
acostumbrado en Cambridge Circus.
Peters se sentó, y Leamas hizo lo mismo. Durante diez minutos, acaso más,
aguardaron; entonces, Peters habló a uno de los dos hombres que se habían
quedado de pie, cohibidos, en el otro lado del cuarto.
—Vaya a decirle que estamos esperando. Y búsquenos algo de comer, tenemos
hambre. — Cuando el hombre se dirigía a la puerta, Peters le llamó-: Y
whisky...; dígales que traigan whisky y unos vasos.
El hombre encogió sus pesados hombros con poco aire de cooperación, y salió
dejando abierta la puerta.
—¿Ha estado usted alguna otra vez aquí? — preguntó Leamas.
—Sí -contestó Peters-; varias veces.
—¿Para qué?
—Esta clase de cosas. No precisamente lo mismo, pero nuestro tipo de trabajo.
—¿Con Fiedler?
—Sí.
—¿Vale mucho?
Peters se encogió de hombros.
—Para ser judío, no está mal -contestó, y Leamas, al oír un ruido desde el otro
lado del cuarto, se volvió y vio a Fiedler de pie en la puerta. En una mano
traía una botella de whisky, y en la otra, vasos y agua mineral. No mediría más
de un metro sesenta y cinco. Llevaba un traje azul oscuro de un solo corte; la
chaqueta era demasiado larga. Era un animal sinuoso y flexible: sus ojos eran
oscuros y brillantes. No les miraba a ellos, sino al policía que estaba junto a
la puerta.
—Váyase -dijo. Tenía un leve deje sajón-. Váyase y diga al otro que nos traiga
de comer.
—Se lo he dicho -avisó Peters-, ya lo saben. Pero no han traído nada.
—Son unos exquisitos -observó Fiedler con sequedad, en inglés-. Piensan que
tendríamos que tener criados para la comida.
Fiedler había pasado la guerra en el Canadá. Leamas lo recordó ahora, al notar
su acento. Sus padres habían sido refugiados judíos alemanes, marxistas, y
hasta 1946 no volvió la familia a la patria, ansiosos de tomar parte, a
cualquier precio, en la construcción de la Alemania de Stalin.
—Hola -añadió hacia Leamas, casi en camino-, me alegro de verle.
—Hola, Fiedler.
—Ha llegado al término del camino.
—¿Qué demonios quiere decir? — preguntó vivamente Leamas.
—Quiero decir que, en contra de cualquier cosa que le haya dicho Peters, no va
a ir más hacia el este. Lo siento.
Parecía divertido. Leamas se volvió hacia Peters.
—¿Es eso cierto? — su voz temblaba de cólera-. ¿Es cierto? ¡Dígame!
Peters asintió.
—Sí. Yo soy el intermediario. Teníamos que hacerlo así. Lo siento -añadió.
—¿Por qué?
—Fuerza mayor -intervino Fiedler-. Su interrogatorio inicial tuvo lugar en
Occidente, donde sólo una embajada podía ofrecer el enlace que necesitáramos.
La República Democrática Alemana no tiene embajadas en los países occidentales,
todavía no. Por consiguiente, nuestra Sección de Enlaces nos organizó el que
disfrutásemos de facilidades, comunicaciones e inmunidades que ahora se nos
niegan.
—¡Hijo de perra! — chilló Leamas-; ¡piojoso hijo de perra! Sabía que no me
habría fiado de su asqueroso Servicio; ésa fue la razón, ¿no? Por eso han
utilizado a un ruso.
—Hemos utilizado la Embajada soviética en La Haya. ¿Qué otra sosa podíamos
hacer? Hasta entonces fue una operación nuestra. Eso es perfectamente
razonable. Ni nosotros ni nadie más podía saber que su propia gente en
Inglaterra se iban a lanzar tan pronto contra usted.
—¿No? ¿Ni siquiera cuando ustedes mismos los lanzaron contra mí? ¿No es eso lo
que ha pasado, Fiedler? Bueno, ¿no es eso?
«Acuérdese siempre de serles odioso -había dicho Control-. Entonces
considerarán como un tesoro lo que le saquen.»
—Es una sugerencia absurda -replicó con brevedad Fiedler.
Lanzando una ojeada hacia Peters, añadió algo en ruso. Peters asintió y se
levantó.
—Adiós -dijo a Leamas-. Buena suerte.
Sonrió fatigosamente, dio una cabezada hacia Fiedler, y se encaminó hacia la
puerta. Puso la mano en el cierre, luego se volvió y dijo otra vez a Leamas:
—Buena suerte.
Parecía querer decir algo a Leamas, pero Leamas quizá no lo habría oído. Se
había puesto muy pálido, y había cruzado flojamente las manos sobre el cuerpo,
con los pulgares para arriba, como si fuese a luchar. Peters se quedó de pie en
la puerta.
—Debía haberlo previsto -dijo Leamas, y su voz tenía el acento extraño y
quebrado del hombre muy furioso-, debía haber supuesto que ustedes nunca
tendrían tripas para hacer su propio trabajo sucio, Fiedler. Es típico de su
asqueroso medio país y de su escuálido pequeño Servicio que tengan que meter a
su tío el gordo para que les haga de celestino. No son un país en absoluto, no
son un gobierno; son una dictadura de quinta fila, de políticos neuróticos.
Apuntando con el dedo a Fiedler, gritó:
—Le conozco, sádico hijo de perra; es típico de usted. Estaba en el Canadá
durante la guerra, ¿verdad? Un sitio asquerosamente bueno para estar entonces,
¿no? Apuesto a que metía la cabezota en el delantal de mamaíta cada vez que un
avión volaba por encima. ¿Ahora qué es? Un pequeño acólito rastrero de Mundt y
de veintidós divisiones rusas sentadas en el umbral de mamá. Bueno, le
compadezco, Fiedler, el día que se despierte y encuentre que se han ido.
Entonces habrá una matanza, y ni mamaíta ni el tío gordo le salvarán de recibir
lo que merece.
Fiedler se encogió de hombros.
—Imagínese que es una visita al dentista, Leamas. Cuanto antes se acabe, antes
podrá volver a casa. Coma algo y vaya a acostarse.
—Sabe perfectamente que no puedo volver a casa -replicó Leamas-. Ya se ha
ocupado de ello. Me ha hecho saltar por los aires en Inglaterra; lo tenían que
hacer los dos. Sabía condenadamente bien que yo nunca hubiera venido aquí si
hubiera tenido otro remedio.
Fiedler se miró los dedos, finos y fuertes.
—No es ahora momento para filosofar -dijo-, pero ya sabe que realmente no se
puede quejar. Todo nuestro trabajo -el suyo y el mío- está basado en la teoría
de que el conjunto es más importante que el individuo. Por eso, un comunista
considera su servicio secreto como la prolongación natural de su brazo, y por
eso en su país el espionaje está envuelto en una especie de pudeur anglaise. La
explotación de los individuos sólo se puede justificar por la necesidad
colectiva, ¿no? Encuentro algo ridículo que se indigne tanto. No estamos aquí
para observar las leyes éticas de la vida rural inglesa. Después de todo
-añadió sedosamente-, su propia conducta, desde el punto de vista de un
purista, no ha sido irreprochable.
Leamas miraba a Fiedler con expresión de asco.
—Ya conozco su plan. Usted es el perrito de Mundt, ¿verdad? Dicen que desea su
puesto. Supongo que ahora lo conseguirá. Ya es hora de que se acabe el reinado
de Mundt; quizá es eso.
—No comprendo -replicó Fiedler.
—Yo soy su gran éxito, ¿no? — dijo burlonamente Leamas.
Fiedler pareció reflexionar un momento, luego se encogió de hombros y dijo:
—La operación ha tenido éxito. Qué valga usted, es discutible. Ya veremos. Pero
ha sido una buena operación. Ha cumplido la única exigencia de nuestra
profesión: ha funcionado.
—Supongo que usted se llevará la alabanza -insistió Leamas, con una mirada
dirigida a Peters.
—Aquí no hay cuestión de alabanza -replicó tensamente Fiedler-; en absoluto.
Se sentó en el brazo del sofá, miró pensativo a Leamas por un momento y luego
dijo:
—Sin embargo, tiene razón en indignarse de una cosa. ¿Quién le dijo a su gente
que nos lo habíamos llevado nosotros? Nosotros, no. Quizá no me crea, pero da
la casualidad de que es cierto. No se lo dijimos. Ni siquiera queríamos que lo
supieran. Entonces teníamos la idea de lograr que usted trabajara más adelante
para nosotros; idea que ahora me doy cuenta de que era ridícula. Así que,
¿quién se lo dijo? Usted estaba perdido, a la deriva, no tenía dirección, ni
relaciones, ni amigos. Entonces, ¿cómo diablos supieron que se había ido?
Alguien se lo dijo; difícilmente Ashe o Kiever, porque los dos ahora están
detenidos.
—¿Detenidos?
—Eso parece. No precisamente por su trabajo en el caso de usted, pero había
otras cosas...
—Bueno, bueno.
—Es verdad lo que decía ahora mismo. Nos habríamos contentado con el informe de
Peters desde Holanda. Podría haber recibido su dinero y marcharse. Pero no nos
lo había dicho todo, y quiero saberlo todo. Después de todo, su presencia aquí
también nos crea problemas, ya sabe.
—Bueno, se equivoca. Maldito lo que yo sé... y que le aproveche.
Hubo un silencio, durante el cual Peters, con una cabezada brusca, nada
amistosa dirigida a Fiedler, se marchó silenciosamente del cuarto. Fiedler
cogió la botella de whisky y echó un poco en cada vaso.
—Me temo que no tenemos seltz -dijo-. ¿Le parece bien el agua? Pedí seltz, pero
han traído una miserable limonada.
—Ah, váyase al demonio -dijo Leamas. De repente se sentía muy cansado.
Fiedler movió la cabeza.
—Es usted un hombre muy orgulloso -indicó-, pero no importa. Tome la cena y
váyase a la cama.
Entró uno de los policías con una bandeja de comida; pan negro, salchichas y
ensalada, verde y fría.
—Es un poco tosco -dijo Fiedler-, pero llena mucho. No hay patatas, me temo.
Pasamos una escasez temporal de patatas.
Empezaron a comer en silencio; Fiedler con mucho cuidado, como un hombre que
cuenta sus calorías.
Los guardias condujeron a Leamas a su alcoba. Le dejaron que llevara su propio
equipaje -el mismo equipaje que le había dado Kiever antes de salir de
Inglaterra-, y avanzó entre ellos por el ancho pasillo central que cruzaba la
casa hasta la puerta principal. Llegaron a una gran puerta doble, pintada de
verde oscuro, y uno de los policías abrió con llave; hicieron una señal a
Leamas para que entrara delante. Él abrió la puerta de un empujón y se encontró
en un pequeño dormitorio de cuartel con dos literas, una silla y una mesa
rudimentaria. Era como en un campo de concentración. En las paredes había fotos
de chicas, y las ventanas tenían las contraventanas cerradas. En el otro
extremo del cuarto había otra puerta. Le hicieron de nuevo otra señal para que
siguiera adelante. Él, dejando su equipaje, fue y abrió la puerta. El segundo
cuarto era idéntico al primero, pero había una sola cama. Y las paredes estaban
desnudas.
—Traigan esas maletas -dijo-, estoy cansado.
Se echó en la cama, vestido, y al cabo de unos minutos estaba completamente
dormido.
Un centinela le despertó con el desayuno: pan negro y sucedáneo de café. Se
levantó de la cama y se acercó a la ventana.
La casa estaba en un alto cerro. El suelo se hundía bruscamente al pie de su
ventana, con las copas de los pinos visibles por encima de la pendiente, más a
lo lejos, con una simetría espectacular, se extendían interminables cerros,
repletos de árboles. Acá y allá, una zanja para sacar leña o un cortafuegos
formaba una sutil divisoria oscura entre los árboles, pareciendo separar
milagrosamente, como la vara de Aarón, enormes mares de bosque circundante. No
había ningún rastro humano: ni casa, ni iglesia, ni siquiera las ruinas de
alguna vivienda anterior; sólo el camino, el camino amarillo a medio hacer,
como una línea de lápiz a través de la hondonada del valle. No se oía ningún
ruido. Parecía increíble que algo tan vasto pudiera estar tan silencioso. El día
era frío, pero claro. Debía de haber llovido por la noche; el suelo estaba
húmedo, y todo el paisaje tan nítidamente recortado contra el cielo blanco, que
Leamas podía distinguir los árboles, uno a uno, en los cerros más remotos.
Se vistió despacio, bebiendo mientras tanto el ácido café. Casi había acabado
de vestirse y estaba a punto de empezar a comerse el pan, cuando Fiedler entró
en el cuarto.
—Buenos días -dijo alegremente-. No quiero interrumpirle el desayuno.
Se sentó en la cama. Leamas tuvo que reconocérselo a Fiedler: tenía valor. No
es que hubiera nada valiente en venir a verle: los centinelas, según suponía
Leamas, seguían en el cuarto de al lado. Pero había una firmeza, una voluntad
definida en sus ademanes, que Leamas percibía y admiraba.
—Nos ha planteado un problema intrigante -observó.
—Les he dicho todo lo que sé.
—Ah, no. — Sonrió-. Ah, no nos lo ha dicho. Nos ha dicho todo lo que tiene
conciencia de saber.
—Muy listo -murmuró Leamas, empujando a un lado el desayuno y encendiendo un
cigarrillo, el último que le quedaba.
—Permítame hacerle una pregunta -sugirió Fiedler, con la exagerada campechanía
de uno que propone un juego de salón-. Como experto funcionario de espionaje,
¿qué haría usted con la información que nos ha dado?
—¿Qué información?
—Mi querido Leamas, sólo nos ha dado una parte de la información. Nos ha
hablado de Riemeck: ya sabíamos de Riemeck. Nos ha contado la estructura de su
organización en Berlín, sus personalidades y sus agentes. Eso, si puedo decirlo
así, es una antigualla. Exacta, sí. Buena base, lectura fascinante, aquí y allá
buenas confirmaciones, aquí y allá algún pececillo que hemos de sacar del
estanque. Pero no..., si me permite ser grosero..., no son quince mil libras
esterlinas de información. No -volvió a sonreír-, según los precios actuales.
—Oiga -dijo Leamas-, yo no propuse ese trato. Fueron ustedes. Usted, Kiever y
Peters. Yo no fui arrastrándome a esos amigos suyos maricas, chalaneando con
buenas informaciones. Ustedes organizaron la persecución, Fiedler; ustedes
dijeron el precio y aceptaron el riesgo. Aparte de eso, no he recibido ni un
asqueroso penique. Así que no me eche la culpa si la operación es un fracaso.
«Haga que se le acerquen», recordó Leamas.
—No es un fracaso -replicó Fiedler-, no ha terminado. No puede haber terminado.
No nos ha dicho lo que sabe. Dije que nos había dado sólo parte de la
información. Habló de Piedra Movediza. Permítame preguntarle qué haría usted si
yo, o Peters, o alguien parecido, le hubiera contado una historia semejante.
Leamas se encogió de hombros.
—Me sentiría incómodo -dijo-; eso ha pasado otras veces. Recibe usted una
indicación, quizá varias, de que hay un espía en un departamento o a cierto
nivel. ¿Y qué? No puede uno detener a todo el servicio gubernamental. No se
pueden tender trampas a todo un departamento. Uno se sienta al acecho y espera
más. No lo olvide. Con Piedra Movediza ni siquiera se puede saber en qué país
está actuando.
—Usted es un realizador, Leamas -observó Fiedler con una carcajada-, no un
evaluador. Eso está claro. Permítame hacerle algunas preguntas elementales.
Leamas no dijo nada.
—El expediente..., el expediente que se usa en la operación Piedra Movediza,
¿de qué color era?
—Gris con una cruz roja; eso indica que es de acceso limitado.
—¿Había algo sujeto por fuera?
—Sí, la señal de precaución: es la etiqueta de acceso limitado; con una
inscripción que decía que cualquier persona no autorizada, que no esté nombrada
en esa etiqueta, si encuentra el expediente en su posesión debe devolverlo sin
abrir a la Sección Bancaria.
—¿Quién estaba en la lista de acceso limitado?
—¿Para Piedra Movediza?
—Sí.
—Pues el personal de Control, el propio Control, la secretaria de Control; la
Sección Bancaria, la señorita Bream, de Registro Especial, y Satélites Cuatro.
Eso es todo, me parece. Y Despacho Especial, supongo..., no estoy seguro de
éstos.
—¿Satélites Cuatro? ¿Qué hacen?
—Los países del Telón, excluyendo la Unión Soviética y China. La Zona.
—¿Quiere decir Alemania Oriental?
—Quiero decir la Zona.
—¿No es un poco raro que una sección entera esté en la lista de acceso
limitado?
—Sí, probablemente. No sabría decir..., nunca había manejado antes material de
acceso limitado. Salvo en Berlín, desde luego; allí todo era diferente.
—¿Quién estaba entonces en Satélites Cuatro?
—Ah, vaya; Guillam, Haverlake, De Jong, creo. De Jong acababa de volver de
Berlín.
—¿A todos ellos se les permitía ver ese expediente?
—No sé, Fiedler... -dijo Leamas, irritado-; y si fuera usted...
—Entonces, ¿no es extraño que toda una sección esté en la lista de acceso
limitado, mientras el resto de los indicados son individuos?
—Ya le digo que no lo sé, ¿cómo iba a saberlo? Yo no era más que un burócrata
en todo esto.
—¿Quién llevaba el expediente desde uno de los autorizados a otro?
—Las secretarias, supongo..., no puedo recordarlo. Hace ya muchos meses desde
entonces...
—Entonces, ¿por qué no estaban las secretarias en la lista? La secretaria de
Control sí estaba.
Hubo un momento de silencio.
—No, tiene razón; ahora me acuerdo -dijo Leamas, con una nota de sorpresa en la
voz-; la pasábamos a mano.
—¿Quién más de Bancaria manejaba esos expedientes?
—Nadie. Fue mi tarea especial cuando me incorporé a la Sección. Una de las
mujeres lo había hecho antes, pero cuando yo llegué, me ocupé de ello, y a
ellas las quitaron de la lista.
—Entonces, ¿usted solo entregaba el expediente en mano al siguiente que lo
leía?
—Sí..., sí, supongo que sí.
—¿A quién se lo pasaba?
—Yo... no puedo recordarlo.
—¡«Piense»!
La voz de Fiedler no se había elevado de tono, pero contenía un apremio
repentino que cogió por sorpresa a Leamas.
—Creo que al personal de Control, para hacer ver qué resolución habíamos tomado
o recomendado.
—¿Quién traía el expediente?
—¿Qué quiere decir?
La voz de Leamas sonó como si le hubieran sorprendido en desventaja.
—¿Quién le traía a usted el expediente para verlo? Alguno de la lista tenía que
traérselo.
Leamas se tocó la mejilla con los dedos un momento, con involuntario gesto
nervioso.
—Sí, tenía que ser uno de ellos. Es difícil, ya ve, Fiedler; en aquel tiempo yo
bebía mucho -su tono era extrañamente conciliatorio-: no se da cuenta usted de
lo difícil que es...
—Se lo vuelvo a decir: piense. ¿Quién le traía el expediente?
Leamas se sentó a la mesa y movió la cabeza.
—No puedo recordarlo. Quizá me venga a la memoria. Por el momento no puedo
recordar, de veras que no. Es inútil intentarlo.
—No podía ser la secretaria de Control, ¿verdad que no? Usted siempre devolvía
el expediente al personal de Control. Lo ha dicho así. De modo que los de la
lista debían de haberlo visto antes que Control.
—Si, supongo que así es.
—Luego está además el Registro Especial, la señorita Bream.
—Ésa no era sino la mujer que llevaba la sala de cajas fuertes con los ficheros
de listas de acceso limitado.
—Entonces -dijo Fiedler, sedoso-, debía de ser Satélites Cuatro quien se lo
trajera.
—Sí, supongo que sí -dijo Leamas, inerme, como si no estuviera a la altura de
la brillantez de Fiedler.
—¿En qué piso trabajaba Satélites Cuatro?
—En el segundo.
—¿Y Bancaria?
—En el cuarto. Junto a Registro Especial.
—¿Recuerda quién se lo traía? ¿O recuerda, por ejemplo, haber bajado las
escaleras alguna vez para ir a recoger el expediente de ellos?
—¡Sí, sí, claro que sí! ¡Yo lo recibía de Peter! — Leamas parecía haber
despertado: tenía la cara sofocada, excitada-. Eso es: una vez recogí el
expediente en el despacho de Peter. Charlamos sobre Noruega. Habíamos servido
juntos allí, ya ve.
—¿Peter Guillam?
—Sí, Peter: me había olvidado de él. Había vuelto de Ankara unos meses antes.
¡Él estaba en la lista! Peter estaba, ¡por supuesto! Eso es. Era Satélites
Cuatro, y P. G. entre paréntesis, las iniciales de Peter. Alguien lo había
hecho antes que él, y Registro Especial había pegado un papelito blanco encima
del nombre antiguo, poniendo las iniciales de Peter.
—¿Qué territorio tenía a su cargo Guillam?
—La Zona. Alemania Oriental. Asuntos económicos; dirigía una pequeña sección,
una especie de charca inmóvil. Él era el tipo; él me subió el expediente
también una vez, ahora lo recuerdo. Pero él no dirigía agentes: no sé bien cómo
se había metido en eso... Peter y un par más hacían alguna investigación sobre
la escasez de alimentos. Valoraciones, en realidad.
—¿No lo discutía usted con él?
—No, eso es tabú. No se hace, con los expedientes de acceso limitado. Recibí un
sermón acerca de eso, de la mujer de Registro Especial, Bream; nada de
discusión, ni preguntas.
—Pero, si se tienen en cuenta las complicadas precauciones de seguridad que
rodeaban lo de Piedra Movediza, ¿no es probable realmente que el presunto
trabajo de investigación de Guillam incluyera el manejo parcial de ese agente,
Piedra Movediza?
—Ya se lo dije a Peters -casi gritó Leamas, golpeando la mesa con el puño-; es
una majadería imaginar que se pudiera hacer ninguna operación contra Alemania
Oriental sin que lo supiera yo, sin el conocimiento de la organización de
Berlín. Yo lo habría sabido, ¿no comprende? ¿Cuántas veces tengo que decirlo?
¡Yo lo hubiera sabido!
—Desde luego -dijo Fiedler suavemente-, por supuesto que lo hubiera sabido.
Se puso en pie y se acercó a la ventana.
—Debería ver esto en otoño -dijo, asomándose-. Es espléndido cuando las hayas
cambian de color.
XIII. Alfileres o grapas
A Fiedler le gustaba hacer preguntas. A veces, por
ser abogado, las hacía sólo por el placer de mostrar la discrepancia existente
entre las declaraciones y la verdad absoluta. Poseía, sin embargo, esas
persistentes ganas de averiguar que son un fin en sí mismas entre los
periodistas y abogados.
Aquella tarde salieron a dar un paseo, siguiendo el camino de grava hasta el
valle, y luego desviándose hacia el bosque a lo largo de un ancho sendero
hundido, bordeado de troncos cortados.
Mientras tanto, Fiedler hacía probaturas, sin conceder nada: sobre el edificio
de Cambridge Circus y la gente que trabajaba en él. «¿De qué clase social
procedían, en qué barrios de Londres vivían?» «¿Trabajaban matrimonios en los
mismos departamentos? Le preguntó sobre el salario, la jubilación, la moral, el
restaurante; le preguntó sobre su vida amorosa, sus cotilleos, su ideología.
Para Leamas, ésa era la pregunta más difícil de todas.
—¿Qué quiere decir con ideología? — replicó-. No somos marxistas, no somos
nada. Gente, sencillamente.
—Entonces, ¿son cristianos?
—No muchos, diría yo. No sé de muchos que lo sean.
—Entonces, ¿qué les ha incitado a meterse en esto? — insistió Fiedler-; deben
de tener alguna ideología.
—¿Por qué han de tenerla? Quizá no lo saben; incluso, ni les importa. No todo
el mundo tiene una ideología -contestó Leamas, un poco inerme.
—Entonces, dígame: ¿cuál es su ideología?
—Bueno, ya está bien, caramba -cortó Leamas, y caminaron un rato en silencio.
Pero Fiedler no se dejaba desanimar.
—Si no saben lo que quieren, ¿cómo pueden estar tan seguros de que tienen
razón?
—¿Quién demonios ha dicho que lo están? — replicó Leamas, irritado.
—Pero entonces, ¿cuál es la justificación? ¿Cuál es? Para nosotros es fácil,
como le decía anoche. La Abteilung y demás organizaciones son la extensión
natural del brazo del Partido. Están en la vanguardia de la lucha por la Paz y
el Progreso. Son respecto al Partido lo que el Partido es respecto al
socialismo: son la vanguardia. Ya lo dijo Stalin -sonrió secamente-; no está de
moda citar a Stalin, pero una vez dijo «Medio millón de liquidados es una
estadística- un hombre muerto en accidente de circulación es una tragedia
nacional.» Se reía, ya ve, de las sensiblerías burguesas de la masa. Era un
gran cínico. Pero lo que quería decir sigue siendo verdad: un movimiento que se
protege de la contrarrevolución difícilmente puede detenerse ante la
explotación (o la eliminación, Leamas) de unos pocos individuos. Es la misma
cosa; nunca hemos pretendido estar por completo metidos en el proceso de
racionalizar la sociedad. Algún romano lo dijo, ¿no?, en la Biblia cristiana:
«Es conveniente que muera un hombre por el bien de muchos.»
—Eso me imagino -contestó Leamas, fatigado.
—Entonces, ¿qué piensa? ¿Cuál es su ideología?
—Creo que todos ustedes son una pandilla de hijos de perra -dijo Leamas,
furioso.
Fiedler asintió:
—Ese punto de vista lo comprendo. Es primitivo, negativo y muy estúpido; pero
es un punto de vista, existe. Pero ¿y qué sobre los demás de Cambridge Circus?
—No sé. ¿Cómo iba a saberlo?
—¿Ha discutido alguna vez de ideología con ellos?
—No. No somos alemanes. — Vaciló, y luego añadió con vaguedad-: Supongo que no
les gusta el comunismo.
—¿Y eso justifica, por ejemplo, suprimir vidas humanas? ¿Eso justifica la bomba
en el restaurante atestado..., eso justifica su proporción de agentes
eliminados... y todo eso?
Leamas se encogió de hombros.
—Supongo que sí.
—Ya ve, para nosotros sí -continuó Fiedler-; yo mismo pondría una bomba en un
restaurante sieso nos permitiera avanzar en el camino. Después sacaría el
saldo: tantas mujeres, tantos niños, y tanto hemos avanzado en el camino. Pero
los cristianos -y su sociedad es cristiana- no deben de sacar ese saldo.
—¿Por qué no? Tienen que defenderse, ¿no?
—Pero creen en la santidad de la vida humana. Creen que cada persona tiene un
alma que puede salvarse. Creen en el sacrificio.
—No sé. Ni me importa mucho -añadió Leamas-. A Stalin tampoco le importaba,
¿verdad?
Fiedler sonrió.
—Me gustan los ingleses -dijo, casi para sí-; a mi padre también le gustaban.
Quería mucho a los ingleses.
—Eso me da una sensación muy grata de calor -replicó Leamas, y volvió a
sumergirse en el silencio.
Se detuvieron mientras Fiedler le daba a Leamas un cigarrillo y se lo encendía.
Ahora subían una cuesta pronunciada. A Leamas le gustaba el ejercicio, avanzar
a largos pasos, con los hombros echados hacia delante. Fiedler le seguía ligero
y ágil, como un perrito detrás de su amo. Debían de llevar una hora andando,
quizá más, cuando de repente se abrieron los árboles ante ellos y apareció el
cielo. Habían alcanzado la cima de una colina, y veían allá abajo la masa
continua de pinares, interrumpida sólo, acá y allá, por espesuras grises de
hayas. Al otro lado del valle, Leamas distinguía el pabellón de caza,
encaramado al pie de la cima de la colina de enfrente, bajo y oscuro entre los
árboles. En medio del claro había un tosco banco junto a un montón de leños y
los húmedos restos de un fuego para hacer carbón.
—Nos sentaremos un momento -dijo Fiedler-; luego tenemos que volver.-Hizo una
pausa-. Dígame: ese dinero, esas grandes cantidades en Bancos extranjeros,
¿para qué cree que eran?
—¿Qué quiere decir? Ya le he dicho que eran pagos para un agente.
—¿Un agente de detrás del Telón de Acero?
—Sí, me parece que sí -contestó Leamas, fatigado.
—¿Por qué lo cree así?
—Ante todo, era una burrada de dinero. Luego, las complicaciones de pagarlo,
las seguridades especiales. Y, desde luego, el que Control anduviera mezclado
en ello.
—¿Qué cree que hacía el agente con el dinero?
—Mire, ya se lo he dicho: no lo sé. Ni siquiera sé si lo cobró. No sé nada...,
yo no era más que un maldito recadero.
—¿Qué hacía con los talonarios de las cuentas?
—Los entregaba tan pronto como volvía a Londres, junto con mi falso pasaporte.
—Los Bancos de Copenhague y Helsinki, ¿le escribieron alguna vez a Londres,
quiero decir, a su nombre falso?
—No sé. Supongo que cualquier carta habría pasado directamente a Control.
—Las firmas falsas que usaba para abrir las cuentas, ¿tenía Control muestra de
ellas?
—Sí, yo las había ensayado mucho, y ellos tenían muestras.
—¿Más de una?
—Sí. Páginas enteras.
—Ya veo. Entonces, podían haber mandado cartas a los Bancos después que abriera
las cuentas. No hacía falta que usted lo supiera. Las firmas podían ser falsas,
y las cartas se podían mandar sin que usted lo supiera.
—Sí. Eso es verdad. Supongo que eso es lo que pasó. También firmé un montón de
hojas en blanco. Siempre suponía que alguien se ocupaba de la correspondencia.
—Pero ¿nunca supo efectivamente nada sobre tal correspondencia?
Leamas sacudió la cabeza.
—Lo coge todo al revés -dijo-: lo ha desproporcionado. Había mucho papel dando
vueltas: eso era solamente parte del trabajo diario. No era cosa que me
preocupara mucho. ¿Por qué habría de preocuparme? Todo iba en secreto, pero me
he pasado toda la vida en asuntos en que uno sabía sólo un poco y otro sabía lo
demás. Además, el papeleo me aburre mucho. Yo no perdía el sueño por ello. Me
gustaban los viajes, desde luego, sacaba subvenciones de operación que me
venían bien. Pero yo no me pasaba todo el día sentado a la mesa meditando sobre
Piedra Movediza. Además -añadió con cierta vergüenza-, yo me estaba abandonando
un poco a la bebida.
—Ya lo ha dicho -comentó Fiedler-, y, desde luego, le creo.
—Me importa un pito que me crea o no -replicó Leamas, acalorado.
Fiedler sonrió.
—Me alegro. Ésa es su virtud -dijo-, ésa es su gran virtud. Es la virtud de la
indiferencia. Un poco de resentimiento por aquí, un poco de orgullo por allá,
pero eso no es nada: las deformaciones del sonido en su magnetófono. Es usted
objetivo. Se me había ocurrido -continuó Fiedler, después de una leve pausa-
que podría ayudarnos a averiguar si se ha cobrado alguna vez algo de ese
dinero. No hay nada que le impida escribir a cada uno de esos Bancos pidiendo
el estado de las cuentas. Podríamos decir que está usted en Suiza, y dar una
dirección transitoria. ¿Ve alguna objeción a eso?
—Podría dar resultado. Depende de si Control ha mantenido correspondencia con
el Banco independientemente, con mi firma falsa. Quizá no concordaría.
—No creo que tengamos mucho que perder.
—¿Qué tiene que ganar?
—Si el dinero se ha cobrado (lo cual estoy de acuerdo en que es dudoso),
sabremos dónde estaba el agente en un día determinado. Saber eso me parece muy
útil.
—Está soñando, Fiedler. Nunca le encontrará con esa clase de información. Una
vez que esté en Occidente, él puede ir a cualquier consulado, incluso en una
ciudad pequeña, y obtener un visado para otro país. ¿Cómo se va a enterar? Ni
siquiera sabe si ese hombre es un alemán oriental. ¿Qué persigue?
Fiedler no contestó enseguida: miraba distraídamente al otro lado del valle.
—Dijo que estaba acostumbrado a saber sólo un poco, y no puedo responder a su
pregunta sin decirle algo que no debería saber. — Vaciló-. Pero Piedra Movediza
era una operación contra nosotros, se lo puedo asegurar.
—¿Nosotros?
—La República Democrática Alemana. La Zona, si prefiere; no soy tan picajoso.
Observaba ahora a Fiedler, con sus ojos oscuros posados reflexivamente en él.
—Pero, y de mí, ¿qué? — preguntó Leamas-. Suponga que no escribo las cartas -su
voz se iba elevando-. ¿No es hora de hablar de mí, Fiedler?
Fiedler asintió.
—¿Por qué no? — contestó conciliatorio.
Hubo un momento de silencio, y luego Leamas dijo:
—Yo he cumplido mi parte, Fiedler. Usted y Peters, entre los dos, tienen todo
lo que sé. Nunca convine en escribir cartas a Bancos: podría ser terriblemente
peligroso un asunto así. Ya sé que eso no le preocupa. En lo que a usted toca,
estoy para que saque partido de mí.
—Ahora permítame que le sea franco -contestó Fiedler-. Usted sabe que hay dos
fases en el interrogatorio de un desertor. La primera fase, en su caso, casi
está completada: nos ha dicho todo lo que podemos anotar razonablemente. No nos
ha dicho si su Servicio prefiere alfileres o grapas para sujetar los papeles
porque no se lo hemos preguntado y porque usted no ha considerado que la
respuesta mereciera darse espontáneamente. Por ambas partes hay un proceso de
selección inconsciente. Ahora, siempre es posible (y eso es lo que me preocupa,
Leamas), siempre es por completo posible, que dentro de un mes o dos, de modo
inesperado y desesperado, tengamos que saber lo de los alfileres y las grapas.
De eso se trata normalmente en la segunda fase: la parte del acuerdo que usted
rehusó aceptar en Holanda.
—¿Eso quiere decir que me van a conservar en hielo?
—La profesión de desertor -observó Fiedler, con una sonrisa- requiere mucha
paciencia. Muy pocos resultan convenientemente adecuados.
—¿Cuánto tiempo? — insistió Leamas.
Fiedler quedó en silencio.
—¿Eh?
Fiedler habló con súbito apremio:
—Le doy mi palabra de que tan pronto como pueda, le daré la respuesta a su
pregunta. Mire, podría mentirle, ¿no? Podría decir que un mes, o meses, sólo
para tenerle tranquilo. Pero le digo que no lo sé porque ésa es la verdad. Nos
ha dado algunas indicaciones: hasta que las hayamos aprovechado hasta la raíz
no puedo oír hablar de dejarle suelto, pero después, si las cosas son como yo
creo, necesitará usted un amigo, y ese amigo seré yo. Le doy mi palabra de
alemán.
Leamas quedó tan sorprendido que guardó silencio un momento.
—Muy bien -dijo por fin-. Haré el juego, Fiedler, pero si me engaña, le cortaré
el cuello, no sé cómo.
—Tal vez no haga falta -contestó Fiedler, con calma.
Un hombre que representa un papel, no delante de otros, sino a solas, está
expuesto a evidentes peligros psicológicos. En sí mismo, el ejercicio del
engaño no es especialmente fatigoso; es cuestión de experiencia de práctica
profesional; es una facultad que la mayor parte de nosotros puede adquirir.
Pero mientras que el que engaña en confianza, el actor de teatro o el jugador,
puede regresar de su actuación a las filas de sus admiradores, el agente
secreto no disfruta de tal alivio. Para él, engañar es ante todo una cuestión
de defensa propia. Debe protegerse no sólo desde fuera, sino desde dentro, y
contra los impulsos más naturales; aunque gane una fortuna, su papel le puede
prohibir comprarse una hoja de afeitar; aunque sea un sabio, le puede tocar no murmurar
más que trivialidades; aunque sea un padre y marido cariñoso, debe ser
reservado en todas las circunstancias con aquellos en quienes debería confiar
por naturaleza.
Dándose cuenta de las abrumadoras tentaciones que asaltan a un hombre
permanentemente aislado en su engaño, Leamas recurrió al procedimiento que le
proporcionaba mejores armas, incluso estando solo, se obligó a convivir con la
personalidad que había asumido. Se dice que Balzac, en su lecho de muerte,
preguntaba preocupado por la salud y prosperidad de los personajes que había
creado. De un modo semejante, Leamas, sin abandonar la capacidad de invención,
se identificó con lo que había inventado. Las cualidades que exhibía ante
Fiedler, la incertidumbre constante, la arrogancia protectora para ocultar la
vergüenza, no eran aproximaciones, sino ampliaciones de cualidades que
efectivamente poseía, de ahí también el leve arrastrar de pies, el descuido del
aspecto personal, la indiferencia a la comida, y una creciente entrega al
alcohol y al tabaco. Cuando estaba solo, seguía fiel a esas costumbres. Incluso
las exageraba un poco, murmurando para sí sobre las iniquidades de su Servicio.
Sólo muy raramente, como entonces, al acostarse esa noche, se permitía el
peligroso lujo de admitir la gran mentira en que vivía.
Control había acertado espléndidamente. Fiedler andaba como un hombre llevado
de la mano en su sueño, hasta la red que Control le había tendido. Era pavoroso
observar la creciente identidad de intereses entre Fiedler y Control: era como
si se hubieran puesto de acuerdo en el mismo plan, y Leamas hubiera sido
enviado para llevarlo a cabo.
Quizá era ésa la respuesta. Quizá era Fiedler el interés especial que Control
luchaba tan desesperadamente por conservar. Leamas no reflexionaba sobre esa
posibilidad. No quería saberlo. En asuntos de este tipo no preguntaba en
absoluto: sabía que de sus deducciones no podía resultar ningún provecho
imaginable. Sin embargo, ponía su más profunda esperanza en que fuera cierto.
Era posible, sólo posible en ese caso, que volviera a casa.
XIV. Carta a un cliente
Leamas estaba todavía en la cama, a la mañana
siguiente, cuando Fiedler le llevó las cartas para que las firmase. Una estaba
escrita en el fino papel azul de cartas del «Seiler Hotel Alpenblick», Lago
Spiez, Suiza; y la otra desde el «Palace Hotel», Gstaad.
Leamas leyó la primera carta:
Sr. Director del
Banco Real Escandinavo,
Copenhague.
Muy señor mío:
Llevo unas semanas viajando y no he recibido correo de Inglaterra. Por
consiguiente, no he recibido respuesta a mi carta del 13 de marzo solicitando
un estado de las cuentas que tengo juntamente con Herr. Karlsdorf. Para evitar
mayores demoras, le ruego que tenga la amabilidad de enviarme una nota por
duplicado a la siguiente dirección, donde permaneceré dos semanas a partir del
21 de abril:
c/o Madame Y. de Sanglot,
13 Avenue des Colombes,
Paris XII, Francia.
Excusándome por la molestia, les saluda atentamente,
Robert Lang.
—¿Qué es todo eso de la carta del 3 de marzo? — preguntó-. Yo no les he escrito
ninguna carta.
—No, no la ha escrito. Que nosotros sepamos, nadie la ha escrito. Eso
preocupará al Banco. Si hay algún desacuerdo entre la carta que les mandamos
ahora y las cartas que hayan recibido de Control, supondrán que la solución se
ha de encontrar en la carta perdida del 3 de marzo. Su reacción más natural
será enviarle el estado de cuentas que pide, con una nota adjunta lamentando no
haber recibido su carta del día 3.
La segunda era igual que la primera, sólo que los nombres eran diferentes. La
dirección de París era la misma. Leamas cogió un pedazo de papel en blanco y la
estilográfica y escribió media docena de veces en letra muy suelta «Robert
Lang»; entonces firmó la primera carta. Echando la pluma hacia atrás, ensayó
luego la segunda firma hasta que quedó satisfecho de ella, y entonces escribió
«Stephen Bennett» al pie de la segunda carta.
—Admirable -observó Fiedler-, admirable.
—¿Qué hacemos ahora?
—Las echarán al correo mañana, en Interlaken y Gstaad. Nuestra gente de Paris
me telegrafiará las respuestas tan pronto lleguen. Tendremos respuesta dentro
de una semana.
—¿Y hasta entonces?
—Tendremos que hacernos compañía constantemente. Sé que eso le resulta
desagradable, y me excuso. Pensaba que podríamos dar paseos, salir en coche un
poco por los montes, matar el tiempo. Quiero que repose y hable; que hable de
Londres, de Cambridge Circus y del trabajo en el Departamento que me cuente los
cotilleos, que me hable de los salarios, los permisos, los cuartos, el papeleo
y la gente. Los alfileres y las grapas para el papel. Quiero saber todas las
cositas sin importancia. Por cierto... -Un cambio de tono.
—¿Qué?
—Aquí tenemos comodidades para la gente que... para la gente que pasa el tiempo
con nosotros. Comodidades de diversión, y cosas así.
—¿Me ofrece una mujer? — preguntó Leamas.
—Sí.
—No, gracias. A diferencia de usted, no he llegado aún al punto de necesitar un
celestino.
Fiedler pareció indiferente a la respuesta. Continuó de prisa:
—Pero en Inglaterra tenía una mujer, ¿no? ¿La chica de la Biblioteca?
Leamas se volvió hacia él, con las manos abiertas a los lados.
—¡Una cosa!... -gritó-. Sólo ésta: no vuelva a mencionar eso, ni de broma, ni
como amenaza, ni para apretarme los tornillos, Fiedler, porque no dará
resultado, jamás. Me dejaré consumir, ya verá; nunca me sacarán otra maldita
palabra mientras viva, Fiedler, dígaselo a Mundt y a Stammberger, o a cualquier
gato de callejón que le dijera que hablase de eso. Dígales lo que he dicho.
—Se lo diré -contestó Fiedler-; se lo diré. Quizá sea tarde.
Después del almuerzo, salieron otra vez a pasear. El cielo estaba oscuro y
pesado, y el aire caliente.
—Sólo he estado en Inglaterra una vez -indicó Fiedler de paso-, fue de paso
hacia el Canadá, con mis padres, antes de la guerra. Estuvimos dos días.
Leamas asintió.
—Ahora se lo puedo decir -continuó Fiedler-. Estuve a punto de ir allá hace
pocos años. Iba a sustituir a Mundt en la Misión Siderúrgica; ¿sabía usted que
él estuvo una vez en Londres?
—Lo sabía -contestó Leamas, con aire reservado.
—Siempre me pregunté qué habría sido ese trabajo.
—El juego acostumbrado de mezclarse con otras misiones del Bloque, supongo.
Algún contacto con los negocios ingleses..., poco de eso.
Leamas parecía aburrido.
—Pero Mundt se las arregló muy bien: lo encontró muy fácil.
—Eso he oído decir -dijo Leamas-, incluso se las arregló para matar a un par de
personas.
—¿De modo que también había oído decir eso?
—A través de Peter Guillam. Él se ocupó de eso, con George Smiley. Mundt casi
mató a George también.
—El caso Fennan -reflexionó Fiedler-. Fue sorprendente que Mundt se las
arreglara para escapar de algún modo, ¿no?
—Supongo que sí.
—Uno pensaría que un hombre cuya fotografía y detalles personales estaban
fichados por el Foreign Office como miembro de una misión extranjera, no tenía
grandes probabilidades contra toda la Seguridad británica.
—De todas maneras, por lo que yo he oído decir -dijo Leamas-, no tuvieron
demasiado empeño en cazarle.
Fiedler se detuvo bruscamente.
—¿Qué ha dicho usted?
—Peter Guillam me dijo que él no contaba con que quisieran cazar a Mundt; eso
es todo lo que dijo. Entonces teníamos una organización diferente (un Consejero
en vez de un Control de Operaciones), un hombre llamado Maston. Maston había
enredado lamentablemente el caso Fennan desde el principio, eso es lo que dijo
Guillam. Peter suponía que si cazaban a Mundt, la cosa se pondría muy
maloliente, le procesarían y le ahorcarían probablemente. Los asuntos sucios
que iban a salir en el proceso acabarían con la carrera de Maston. Peter nunca
supo muy bien lo que pasó, pero estaba completamente seguro de que no se buscó
a fondo a Mundt.
—¿Está usted seguro de eso? ¿Está seguro de que Guillam se lo dijo con esas
palabras? ¿No se le buscó a fondo?
—Claro que estoy seguro.
—¿No sugirió nunca Guillam otra razón por la que hubieran dejado escapar a
Mundt?
—¿Qué quiere decir?
Fiedler movió la cabeza y siguieron andando por el sendero.
—La Misión Siderúrgica se cerró después del caso Fennan... -observó Fiedler, un
momento después-; por eso no fui yo.
—Mundt debía de estar loco. Uno puede salir adelante con asesinatos en los
Balcanes, o aquí, pero no en Londres.
—Sin embargo, salió adelante, ¿no? — intervino rápidamente Fiedler-. Y también
hizo un buen trabajo.
—¿Como reclutar a Kiever y a Ashe? ¡Dios le guarde!
—Ellos se aprovecharon bastante tiempo de la mujer de Fennan.
Leamas se encogió de hombros.
—Dígame algo más sobre Karl Riemeck -empezó otra vez Fiedler-. Una vez conoció
a Control, ¿no?
—Sí, en Berlín, hace cerca de un año, tal vez un poco más.
—¿Dónde se reunieron?
—Nos reunimos todos en mi piso.
—¿Por qué?
—A Control le gustaba meterse en mi éxito. Habíamos recibido un montón de buen
material de Karl... Supongo que la cosa había caído muy bien en Londres. Vino
en un viaje rápido a Berlín y me pidió que les arreglara una reunión.
—¿Le importó?
—¿Por qué había de importarme?
—Era agente suyo. Hubiera podido disgustarle que conociera a otros
organizadores.
—Control no es un operador; es el jefe del Departamento. Karl lo sabía y eso le
picaba la vanidad.
—¿Estuvieron juntos los tres todo el tiempo?
—Sí. Bueno, no todo. Les dejé solos un cuarto de hora, aproximadamente. No más.
Control lo quiso así, quería estar unos minutos a solas con Karl, Dios sabe por
qué..., de modo que salí del piso con una excusa, no recuerdo qué. Ah, sí, ya
sé; fingí que se nos había acabado el whisky. En realidad fui a ver a De Jong y
le pedí una botella.
—¿Sabe qué pasó entre ellos mientras usted estaba fuera?
—¿Cómo podía saberlo? No estaba tan interesado, por otra parte.
—¿Se lo contó después Karl?
—No se lo pregunté. Karl era un tipo insolente en muchas cosas, siempre
comportándose como si tuviera algo por encima de mí. No me gustaba el modo como
andaba con risitas a propósito de Control. Bueno, tenía pleno derecho a las
risitas; fue un número bastante ridículo. Lo echamos a risa juntos, en
realidad. No venía a qué picarle la vanidad a Karl; la reunión no tenía otra
finalidad que darle más ánimos.
—¿Estaba deprimido Karl entonces?
—No, muy al contrario. Ya estaba echado a perder: se le pagaba demasiado, se le
quería demasiado, se confiaba en él demasiado. En parte fue culpa mía, en parte
de Londres. Si no le hubiéramos mimado tanto, no habría hablado de su red a
aquella maldita mujer.
—¿Elvira?
—Sí.
Caminaron un rato en silencio, hasta que Fiedler interrumpió su cavilación para
indicar:
—Empieza usted a resultarme simpático. Pero hay algo que me desconcierta. Es
extraño..., no me preocupaba antes de conocerle.
—¿Qué es?
—Por qué ha venido, simplemente. Por qué ha desertado.
Leamas iba a decir algo, cuando Fiedler se echó a reír.
—Me temo que no he sido muy delicado, ¿eh? — dijo.
Pasaron esa semana paseando por los cerros. Al atardecer volvían a la casa,
tomaban una mala comida acompañada con una botella de vino blanco agrio, y
luego se quedaban sentados interminablemente con su Steinläger delante del
fuego. Lo del fuego parecía ser una idea de Fiedler, al principio no lo tenían,
y luego, un día, Leamas le oyó que mandaba a un policía para que trajeran
troncos. A Leamas, entonces, no le importaba el anochecer; después de todo el
día al aire libre, con el fuego y el licor fuerte, hablaba sin que se lo
sugirieran, charlando de modo disperso sobre su Servicio. Leamas suponía que
tomaban nota. No le importaba.
A cada día que pasaba de ese modo, Leamas notaba una creciente tensión en su
compañero. Una vez salieron en la «DKW»; estaba anocheciendo ya y se pararon
junto a una cabina telefónica. Fiedler le dejó en el coche con las llaves para
hacer una larga llamada. Cuando volvió, Leamas dijo:
—¿Por qué no llamó desde la casa?
Pero Fiedler se limitó a mover la cabeza.
—Hemos de tener cuidado -contestó-; y usted también debe tener cuidado.
—¿Por qué? ¿Qué pasa?
—El dinero que metió en el Banco de Copenhague... Escribimos, ¿se acuerda?
—Claro que me acuerdo.
Fiedler no quiso decir nada más, sino que siguió avanzando hacia los cerros.
Allí se detuvieron. Al pie de las elevaciones, medio cubiertas por el entramado
fantasmal de los altos pinos, quedaba el punto de unión de dos grandes valles.
Las abruptas colinas con árboles, a ambos lados, difuminaban poco a poco sus
colores en la oscuridad que se espesaba, hasta parecer grises y sin vida en la
penumbra.
—Pase lo que pase -dijo Fiedler-, no se preocupe. Todo saldrá bien, ¿entiende?
— su voz era enfática, y su delgada mano se apoyó en el brazo de Leamas-. Es
posible que tenga que cuidarse de sí mismo un poco, pero no durará mucho,
¿entiende? — volvió a preguntar.
—No. Y puesto que no me lo dice, tendré que esperar a ver qué pasa. No se
preocupe demasiado por mi pellejo, Fiedler.
Apartó el brazo, pero la mano de Fiedler seguía sujetándole. A Leamas le
molestaba que le tocaran.
—¿Conoce a Mundt? — preguntó Fiedler-. ¿Sabe algo de él?
—Hemos hablado de Mundt.
—Sí -repitió Fiedler-, hemos hablado de él... Empieza por disparar y luego hace
las preguntas. El principio del «deterrente». Es un extraño sistema en una
profesión en la que se entiende que las preguntas son siempre más importantes
que los disparos. — Leamas sabía lo que Fiedler quería decirle-. Es un extraño
sistema, a no ser que uno tenga miedo a las respuestas -continuó Fiedler en voz
muy baja.
Leamas aguardó. Un momento después, Fiedler dijo:
—Nunca ha hecho hasta ahora un interrogatorio. Siempre me lo ha dejado a mí.
Solía decirme: «Interrógales tú, Jens, nadie sabe hacerlo como tú. Yo les cazo
y tú les haces cantar.» Decía que la gente que se dedica al contraespionaje son
como los pintores: necesitan a alguien con un martillo, detrás de ellos, para
golpearles cuando han interrumpido su trabajo: si no, se olvidan de lo que
tratan de conseguir. «Yo seré tu martillo», solía decirme. Era una broma entre
nosotros, al principio; luego se convirtió en una cosa seria; cuando empezó a
matarles, a matarles antes que cantaran, como decía usted: uno por aquí, otro
por allá, a tiros o a traición, yo le pregunté, le pedí: «¿Por qué no
detenerles? ¿Por qué no me dejas que los tenga yo un mes o dos? ¿De qué te
sirven cuando están muertos?» No hacía más que mover la cabeza, y decir que hay
una ley según la cual se tienen que cortar los cardos antes de que florezcan.
Yo tenía la sensación de que había preparado la respuesta antes de que le
preguntara. Es un buen organizador, muy bueno. Ha hecho milagros con la
Abteilung; ya lo sabe. Tiene teorías sobre ello; he hablado con él hasta altas
horas de la noche. Bebe café, nada más; sólo café, todo el tiempo. Dice que los
alemanes son demasiado introspectivos para hacer buenos espías de ellos, y todo
eso sale en contraespionaje. Dice que la gente del contraespionaje son como
lobos que roen huesos resecos: hay que quitarles los huesos y hacerles
encontrar nuevas presas. Yo veo todo eso, ya sé qué quiere decir. Pero ha ido
demasiado lejos. ¿Por qué mató a Riemeck? ¿Por qué le alejó de mí? Riemeck era
carne fresca, ni siquiera habíamos arrancado la carne del hueso, ya ve.
Entonces, ¿por qué le alejó? ¿Por qué, Leamas, por qué?
La mano en el brazo de Leamas apretaba fuerte en la oscuridad absoluta del
coche, Leamas se daba cuenta de la aterradora intensidad de la emoción de
Fiedler.
—Lo he pensado día y noche. Desde que mataron a tiros a Riemeck, me he
preguntado el motivo. Al principio parecía fantástico. Me dije a mí mismo que
tenía celos, que el trabajo se me subía a la cabeza, que veía traiciones detrás
de cada árbol; nos ponemos así la gente de nuestro mundo. Pero no podía
contenerme, Leamas, tenía que averiguarlo... Ha habido otras cosas antes. Él
tenía miedo..., ¡tenía miedo de que cazáramos a alguien que hablara demasiado!
—¿Qué dice usted? No está en su juicio -dijo Leamas, y en su voz había señales
de miedo.
—Todo concuerda, ya ve. Mundt escapó muy fácilmente de Inglaterra; usted mismo
me lo ha dicho. ¿Y qué le dijo Guillam a usted? ¡Dijo que no querían cazarle!
¿Por qué no? Yo le diré por qué... Era el hombre de ellos; le habían lanzado,
le habían detenido, ¿no lo ve?, y ése era el precio de su libertad... Ese, y el
dinero que le pagaron.
—¡Le digo que no está en su juicio! — siseó Leamas-. Le matará a usted si
piensa alguna vez que se le ocurren esas cosas. Es pan comido, Fiedler. Cierre
el pico y póngase en camino hacia casa.
Por fin se aflojó el acalorado apretón en el brazo de Leamas.
—Ahí es donde se equivoca. Usted ha proporcionado la respuesta, usted mismo,
Leamas. Por eso nos necesitamos el uno al otro.
—¡No es verdad! — gritó Leamas-. Se lo he dicho muchas veces: no podrían
haberlo hecho. Cambridge Circus no podría haberle puesto en movimiento contra
la Zona sin que yo lo supiera. No había posibilidad administrativa; usted
pretende decirme que Control dirigía personalmente al subjefe de la Abteilung
sin que lo supiera el puesto de Berlín. ¡Está loco, Fiedler, está fuera de su
juicio! — De pronto se echó a reír suavemente-. Quizá quiere su puesto, pobre
hijo de perra; no sería cosa rara, ya sabe. Pero este asunto ha resultado muy
estrepitoso.
—Ese dinero -dijo Fiedler- de Copenhague. El Banco ha contestado a su carta. El
director está muy preocupado por si ha habido algún error. El dinero fue
retirado por el otro titular de la cuenta indistinta exactamente una semana
después de que usted lo ingresara. La fecha de cobro coincide con una visita de
dos días que hizo Mundt a Dinamarca en febrero. Fue allí, con un nombre falso,
a encontrarse con un agente americano que tenemos, que asistía a una
conferencia mundial de científicos. — Fiedler vaciló, y luego dijo-: Supongo
que debería usted escribir al Banco y decirles que todo está en regla, ¿no?
XV. Venga al baile
Liz miró la carta del Centro del Partido y se
preguntó de qué se trataba. La encontraba un poco desconcertante. Tenía que
admitir que le halagaba, pero ¿por qué no la habían consultado antes? ¿Había
presentado su nombre el Comité de Distrito, o era elección del propio Centro?
Pero nadie del Centro la conocía, que ella supiera. Desde luego, había conocido
a algún que otro orador, y en el Congreso del Distrito había estrechado la mano
del organizador del Partido. Acaso aquel hombre de Relaciones Culturales se
había acordado de ella: aquel hombre rubio y afeminado, tan lisonjero. Ashe, se
llamaba. Se había interesado un poco por ella, y Liz suponía que él habría
presentado su nombre, o se habría acordado de ella al ofrecerse la beca. Un
tipo raro sí que era: la llevó al «Black and White» a tomar café y le preguntó
si tenía novio. No se había puesto en plan amoroso ni nada -la verdad es que
ella había pensado que era un poco mariquita-, pero le había hecho muchas
preguntas sobre sí misma. ¿Cuánto tiempo llevaba en el Partido? ¿No sentía
nostalgia de vivir lejos de sus padres? ¿Tenía muchos adoradores, o había
alguno especial de su devoción? Ella no le hizo mucho caso, pero él siguió
hablando muy bien: el Estado trabajador, en la República Democrática Alemana,
el concepto de poeta trabajador, y todo ese asunto. Desde luego, lo sabía todo
sobre la Europa Oriental, debía de haber viajado mucho. Ella supuso que era un
maestro de escuela: tenía ese aire didáctico y elocuente. Hicieron después una
colecta para el Fondo de Lucha, y Ashe echó una libra: ella se quedó
absolutamente pasmada. Eso era, ahora estaba segura: era Ashe quien se había
acordado de ella. Le habría hablado a alguien en el Distrito de Londres, y el
Distrito se lo había dicho al Centro, o algo así. Sin embargo, no dejaba de
parecerle una manera curiosa de abordar las cosas. Pero, además, el Partido
siempre se andaba con secretos: eso entraba en ser un partido revolucionario,
según suponía ella. El secreto no le atraía mucho a Liz, lo consideraba poco honrado.
Pero suponía que era necesario, y vaya usted a saber; había muchos a quienes
les encantaba. Volvió a leer la carta. Estaba escrita en el papel con membrete
del Centro, con el emblema rojo en lo alto, y empezaba: «Camarada.» A Liz le
pareció muy militar, y no le gustó: nunca se acostumbraría a lo de «camarada».
«Camarada:
»Recientemente hemos tenido discusiones con nuestros camaradas del Partido
Socialista Unificado de la República Democrática Alemana sobre la posibilidad
de efectuar intercambios entre miembros del partido de aquí y nuestros
camaradas de la Alemania democrática. La idea es crear una base de intercambio
al nivel de los simples militantes entre nuestros partidos. El Partido
Socialista Unificado se da cuenta de que las presentes medidas discriminatorias
del Home Office británico imposibilitan que sus delegados puedan ir al Reino
Unido en un futuro inmediato, pero entienden que por ello mismo es más
importante un Intercambio de experiencias, y nos han invitado generosamente a
seleccionar cinco secretarios de Sección con buena experiencia y buen expediente
de estímulo de acción masiva a nivel de la calle. Cada camarada seleccionado
pasará tres semanas asistiendo a discusiones de Sección, estudiando el progreso
de la industria y la seguridad social, y observando de primera mano la
evidencia de la provocación fascista por parte de Occidente. Es una gran
oportunidad dada a nuestros camaradas para beneficiarse de la experiencia de un
joven sistema socialista.
»Por consiguiente, hemos solicitado al Distrito que presentara los nombres de
jóvenes militantes de cuadro de vuestras zonas que pudieran obtener mayor
beneficio del viaje, y tu nombre ha sido presentado. Deseamos que vayas si te
es posible, realizando la segunda parte del proyecto, que es establecer
contacto con una sección del Partido en la República Democrática Alemana cuyos
miembros tengan semejante ambiente industrial y al mismo tipo de problemas que
vosotros. La Sección Sur de Bayswater ha sido puesta en paralelo con
Neuenhagen, un suburbio de Leipzig. Freda Lüman, secretaria de la Sección de
Neuenhagen, prepara una gran bienvenida. Estamos seguros de que eres la
camarada más adecuada para ese trabajo, y que tendrás un éxito espléndido.
Todos los gastos serán pagados por la Oficina Cultural de la República
Democrática Alemana.
»Estamos seguros de que comprendes qué gran honor es éste, y confiamos en que
no permitirás que ninguna consideración personal te impida aceptar. Las visitas
deben tener lugar a fines del mes que viene, hacia el 23, pero los camaradas
seleccionados viajarán por separado, ya que sus invitaciones no son
convergentes. Te rogamos nos hagas saber cuanto antes si puedes aceptar, y te
haremos saber nuevos detalles.
Cuanto más la leía, más raro le parecía. Tan poco tiempo para ponerse en
marcha: ¿cómo sabían que se podía marchar de la Biblioteca? Entonces, para su
sorpresa, recordó que Ashe le había preguntado qué hacía en sus vacaciones, y
si avisaba con mucha antelación para pedir tiempo libre. ¿Por qué no le habían
dicho quiénes eran los demás seleccionados? Acaso no habría ninguna razón
especial para que se lo dijeran, pero, sin saber por qué, parecía raro que no
se lo hubiesen dicho.
Además, era una carta muy larga. Estaban tan escasos de personal de secretaría
en el Centro que solían hacer que las cartas fueran muy cortas, o pedían a los
camaradas que llamaran por teléfono. Esta era tan eficiente y estaba tan bien
mecanografiada que no podían haberla escrito en el Centro, en absoluto. Pero sí
que estaba firmada por el organizador cultural: era su firma, de veras, no
había duda. La había visto montones de veces al pie de al pie de avisos
ciclostilados. Y la carta tenía ese estilo torpe, semiburocrático,
semimesiánico, a que se había acostumbrado sin gustarle nada. Era una estupidez
decir que ella tenía un buen expediente de acción masiva a nivel de la calle.
No lo tenía. En realidad, detestaba ese aspecto de la labor del Partido: los altavoces
a las puertas de la fábrica, vender el Daily Worker en la esquina, ir de puerta
en puerta en las elecciones locales. El trabajo de la Paz no le importaba
tanto: significaba algo para ella, tenía sentido. Se podía mirar a los niños de
la calle al pasar, a las madres que empujaban sus cochecitos, y a los viejos
parados en las puertas, y se podía decir: «Lo hago por ellos.» Eso era de veras
luchar por la paz.
Nunca había mirado con los mismos ojos la lucha por obtener votos y la lucha
por vender. Acaso eso era porque les reducía a lo que eran de veras, pensaba.
Era fácil, cuando había alrededor de una docena en una reunión de Sección,
reedificar el mundo, marchar en la vanguardia del socialismo y hablar de la
inevitabilidad de la historia. Pero luego tenía que salir a la calle con una
brazada de Daily Worker, a menudo esperando una hora o dos para vender un
ejemplar. A veces hacía trampas, como los demás, y pagaba una docena de su
bolsillo sólo para salir del paso y marcharse a casa.
En la siguiente reunión presumían de ello, olvidando que también los habían
comprado ellos mismos: «¡La camarada Gold vendió dieciocho ejemplares el sábado
por la noche; dieciocho!» Entonces salían en las actas, y también en el boletín
de la Sección. El Distrito se frotaba las manos, y quizá la mencionaban en
aquel pequeño espacio de la primera página sobre el Fondo de Lucha. Era un
mundo muy pequeño y ella deseaba que fueran más honrados. Pero también se
mentía sobre todo aquello. Tal vez todos se mentían. O quizá los otros
entendían mejor por qué uno tenía que mentirse tanto. Le parecía muy raro que
la hubieran hecho secretaria de Sección.
Fue Mulligan quien la propuso: «Nuestra joven, vigorosa y atractiva
camarada...» Pensaba que dormiría con él si conseguía que la hicieran
secretaria. Los otros habían votado a favor de ella porque les era simpática, y
porque sabía escribir a máquina: porque haría de veras el trabajo sin intentar
que ellos fueran a hacer encuestas por las casas los fines de semana. No
demasiado a menudo, de todos modos. Habían votado por ella porque querían un
club decentito, agradable y revolucionario, sin complicaciones. Fue un
verdadero fraude.
Alec parecía haberlo comprendido: simplemente, no lo había tomado en serio.
«Unos crían canarios, otros se apuntan al Partido», había dicho una vez, y era
verdad. En todo caso, era verdad en Bayswater South, y el Distrito lo sabía
perfectamente. Por eso resultaba tan curioso que la hubieran designado: por eso
se resistía mucho a creer que el Distrito hubiera intervenido en ello. Estaba
segura de que la explicación era Ashe. Quizá se había vuelto loco por ella,
quizá no era afeminado, sino que sólo lo parecía.
Liz se encogió de hombros exageradamente, esa clase de ademán violento que hace
la gente cuando está emocionada a solas. En todo caso, iría al extranjero,
gratis, y le parecía interesante. Nunca había estado en el extranjero, y desde
luego que no podría pagarse el viaje. Bien es verdad que tenía reservas
respecto a Alemania. Sabía, le habían dicho que Alemania Occidental era
militarista y revanchista, y que Alemania Oriental era democrática y pacifista.
Pero dudaba que todos los buenos alemanes estuvieran en un lado y todos los
malos en el otro. Y los malos eran los que habían matado a su padre. Acaso por
eso el Partido la había elegido, como un generoso acto de reconciliación.
Quizá era eso en lo que pensaba Ashe cuando le había hecho todas aquellas
preguntas. Desde luego; ésa era la explicación. De repente, se llenó de un
sentimiento de calor y gratitud hacia el Partido. Se acercó a la mesa y abrió
el cajón donde, en una vieja cartera escolar, guardaba el papel de cartas de la
Sección y los sellos correspondientes. Metió una hoja de papel en su vieja
máquina «Underwood» (se la habían mandado del Distrito al enterarse de que
sabía escribir a máquina: saltaba un poco, pero por lo demás estaba bien), y
escribió una bonita carta de agradecimiento, aceptando. El Centro era una cosa
estupenda: severo, benévolo, impersonal, perpetuo. ¡Eran buena gente, muy
buena. Gente que luchaba por la Paz!
Al cerrar el cajón vio la tarjeta de Smiley.
Recordó al hombrecito con la cara seria y fruncida, parado en la puerta de su
cuarto. diciendo: «¿Sabía el Partido lo de usted y Alec?» Qué tonta era. Bueno,
esto la distraería del asunto.
XVI. Detención
Fiedler y Leamas recorrieron en silencio todo el
camino de vuelta. En medio de la oscuridad, las colinas eran negras y enormes y
los puntos de luz luchaban con la oscuridad espesada como las luces de barcos
lejanos en el mar.
Fiedler aparcó el coche bajo un cobertizo que se encontraba al lado de la casa
y caminaron junto a la puerta principal. Iban a entrar en la casa cuando oyeron
un grito desde los árboles, seguido por el nombre de Fiedler, gritado por
alguien. Se volvieron, y Leamas distinguió en la oscuridad, a unos veinte
metros, a tres hombres en pie, que al parecer estaban esperando la llegada de
Fiedler.
—¿Qué quieren? — gritó Fiedler.
—Queremos hablar con usted. Venimos de Berlín.
Fiedler vaciló.
—¿Dónde está ese maldito guardia? — preguntó a Leamas-. Debería haber un
guardia en la puerta principal.
Leamas se encogió de hombros.
—¿Por qué no están encendidas las luces del vestíbulo? — volvió a preguntar. Y
luego, aún indeciso, empezó a caminar lentamente hacia los hombres.
Leamas aguardó un momento; luego, no oyendo nada, caminó a través de la casa
con las luces apagadas hasta el anejo de detrás. Era una destartalada barraca
unida a la parte posterior del edificio y oculta, por todos sus lados, por
apretadas plantaciones de pinos jóvenes. La caseta estaba dividida en tres
dormitorios comunicantes: no había pasillo. El cuarto del medio era el que le
habían dado a Leamas, y el cuarto más cercano al edificio estaba ocupado por
dos guardias. Leamas nunca supo quién ocupaba el tercero. Una vez había tratado
de abrir la puerta de comunicación entre ese cuarto y el suyo, pero estaba
cerrada con llave. Atisbando por una estrecha grieta entre las cortinas de
encaje, una mañana, al salir a pasear, había descubierto que sólo era un dormitorio.
Los dos guardias, que le seguían a todas partes a unos cincuenta metros,
todavía no habían doblado la esquina de la caseta cuando él miró por la
ventana. El cuarto contenía una sola cama, hecha, y un pequeño escritorio con
papeles encima. Supuso que alguien le estaría observando desde ese cuarto con
lo que suele llamarse meticulosidad alemana. Pero Leamas era perro viejo para
permitirse alguna preocupación por esa vigilancia. En Berlín había formado
parte de su vida: si no se podía localizar, peor: sólo quería decir que tomaban
mayor cuidado, o que uno perdía su dominio.
Por lo regular, siendo tan hábil en ese tipo de cosas y tan buen observador y
con tan buena memoria -en resumen, valiendo tanto en su profesión-, les
localizaba de todos modos. Sabía las formaciones que suele adoptar un grupo que
sigue a alguien; conocía los trucos, las debilidades, las caídas momentáneas
que les podían denunciar. No significaba nada para Leamas ser vigilado, pero al
pasar a través de la improvisada puerta hasta la casa y la barraca, y detenerse
en el dormitorio de los guardias, tuvo la certeza de que había algo que no iba
bien.
Las luces de la barraca se controlaban desde algún punto central: alguna mano
invisible las encendía y apagaba. Por las mañanas le despertaba el súbito
fulgor de la única luz en el techo de su cuarto. Por la noche, le daban prisa
para acostarse con un oscurecimiento ritual.
Eran sólo las nueve cuando entró en la barraca, y las luces ya estaban
apagadas. Generalmente esperaban hasta las once, pero ahora habían apagado la
luz y bajado las persianas. Estaba abierta la puerta de comunicación con la
casa, así que llegaba la pálida penumbra de la entrada, pero sin entrar casi en
el dormitorio de los guardias, dejándole ver escasamente las dos camas vacías.
Al quedarse allí escudriñando el cuarto, le sorprendió encontrarlo vacío, y
cerrada la puerta detrás de él. Quizá se había cerrado sola, pero Leamas no
intentó abrirla. Estaba totalmente a oscuras. Ningún ruido había acompañado el
cerrarse de la puerta, ningún chasquido ni pisada.
Para Leamas, con su instinto súbitamente alerta, fue como si la banda sonora de
la película se hubiese detenido. Luego olió a cigarrillo. El olor debía de
estar en el aire, pero no se había dado cuenta de él hasta ahora. Como un
ciego, su tacto y su olfato se aguzaban en la oscuridad.
Llevaba cerillas en el bolsillo, pero no las usó. Dio un paso hacia un lado,
apretó la espalda contra la pared y se quedó inmóvil. Para Leamas sólo podía
haber una explicación: estaban esperando a que pasara del cuarto de los
guardias al suyo, de modo que decidió quedarse donde estaba. Luego, desde el
edificio principal de donde había llegado, oyó claramente ruido de pasos.
Alguien probó la puerta que él acababa de cerrar, y echó la llave. Leamas
siguió sin moverse. Todavía no. No cabía fingir otra cosa: estaba prisionero en
la barraca. Muy lentamente, Leamas se agachó entonces acurrucándose, y se metió
la mano en el bolsillo lateral de la chaqueta. Estaba tranquilo, casi aliviado
con la perspectiva de la acción, pero por su mente cruzaban veloces recuerdos.
«Casi siempre tiene uno un arma: un cenicero, un par de monedas, una
estilográfica..., cualquier cosa que pinche o corte.» Era el dicho favorito del
benévolo sargento galés de aquella casa, junto a Oxford, en la guerra: «Nunca
usen las dos manos a la vez, ni con un cuchillo, bastón o pistola: mantengan
libre el brazo izquierdo, y pónganselo sobre la tripa. Si no encuentran nada
con que golpear, conserven las manos abiertas y los pulgares rígidos.»
Con la caja de cerillas en la mano derecha, la apretó a lo largo y la aplastó
poco a poco, de modo que los pequeños filos de madera astillada le salieron por
entre los dedos. Hecho esto, se movió a lo largo de la pared hasta que llegó a
una silla que sabía que estaba en el rincón del cuarto. Sin importarle ya el
ruido que hiciera, empujó la silla al centro del cuarto. Contando los pasos al
apartarse de la silla, se situó en el ángulo de las dos paredes. Al hacerlo
así, oyó que se abría de golpe la puerta de su propio dormitorio. En vano trató
de distinguir la figura que debía de estar en la puerta, pero tampoco salía luz
de su cuarto. La tiniebla era impenetrable. No se atrevía avanzar para atacar,
pues ahora la silla estaba en medio del cuarto: era su ventaja táctica, pues
sabía dónde estaba, y ellos no. Debían venir a por él, a la fuerza; y no podía
dejarles esperar hasta que su ayudante de fuera alcanzara el interruptor
general y encendiera las luces.
—Adelante, hijos de perra presumidos -siseó en alemán-; estoy aquí, en el
rincón. Venid a buscarme, ¿sois capaces?
Ni un movimiento, ni un sonido.
—Estoy aquí, ¿no me veis? ¿Qué pasa, entonces? ¿Qué os pasa? Venid, ¿no sois
capaces?
Y entonces oyó que alguien avanzaba, y que otro le seguía; luego el juramento
de un hombre al tropezar con la silla, y ésa fue la señal que esperaba Leamas.
Tirando a un lado la caja de cerillas, se deslizó hacia delante, lenta y
cuidadosamente, paso a paso, con el brazo izquierdo extendido en el ademán de
quien aparta ramas en un bosque, hasta que, muy suavemente, tocó un brazo y
notó el paño caliente y rasposo de un uniforme militar. Con la misma mano
izquierda, Leamas golpeó cuidadosamente dos veces el brazo -dos golpes
distintos-, y oyó una asustada voz junto a su oído, en alemán:
—¿Eres tú, Hans?
—Cierra el pico, imbécil -susurró Leamas, en respuesta.
Y en el mismo instante extendió la mano, agarró al hombre por el pelo,
sacudiéndole la cabeza hacia delante y hacia abajo, y luego, en un terrible
golpe en corte, le dio con el lado de la mano derecha en la nuca, le volvió a
incorporar por el brazo, le golpeó en la garganta con un mero impulso hacia
arriba del puño abierto, y después le dejó caer donde le llevara la fuerza de
la gravedad. Cuando el cuerpo del hombre golpeó el suelo, las luces se
encendieron.
En la puerta había un joven capitán de la Policía Popular fumando un cigarro, y
detrás de él, dos hombres. Uno iba de paisano, y era muy joven. Tenía una
pistola en la mano. Leamas pensó que era de esas armas checas con peine sobre
la culata. Todos miraron al hombre que estaba en el suelo. Alguien abrió la
puerta de fuera y Leamas se volvió a ver quién era. Cuando se volvía, se oyó un
grito -Leamas pensó que era el capitán- ordenándole que se estuviera quieto. Se
volvió lentamente mirando a los tres hombres.
Tenía todavía las manos en los costados cuando llegó el golpe. Pareció
aplastarle el cráneo. Al caer, derivando tibiamente a la inconsciencia, se
preguntaba si le habrían golpeado con un revólver de tipo antiguo, uno de
aquellos con perno en el extremo de la culata.
Le despertó el viejo reincidente cantando y el carcelero aullándole que se
callara. Abrió los ojos y, como una luz brillante, el dolor irrumpió en su
cerebro. Se quedó inmóvil rehusando cerrarlos, observando los vivaces
fragmentos coloreados que corrían por su campo de visión. Trató de darse cuenta
de sí mismo: tenía los pies fríos como el hielo, y notaba el olor acre de un
uniforme de recluso. El canto se había detenido, y de repente Leamas deseó
intensamente que volviera a empezar, aunque sabía que nunca sería así. Trató de
levantar la mano para tocar la costra de sangre que notaba en la mejilla, pero
tenía las manos sujetas detrás. También debía de tener atados los pies; la
sangre los había abandonado, y por eso estaban fríos.
Dolorosamente miró a su alrededor, tratando de levantar la cabeza una pulgada o
dos del suelo. Para su sorpresa, vio delante de él sus propias rodillas.
Instintivamente trató de estirar las piernas, y al hacerlo, todo su cuerpo fue
invadido por un dolor tan súbito y terrible que lanzó un sollozante grito de
angustiada compasión hacia sí mismo, como el último grito de un hombre en el
tormento. Se quedó jadeando, intentando dominar el dolor; y luego, por pura
perversidad de su naturaleza, intentó de nuevo, muy despacio, estirar las
piernas. Enseguida volvió el dolor, pero Leamas había encontrado la causa:
tenía las manos y los pies encadenados detrás de la espalda. En cuanto
intentaba estirar las piernas la cadena se tensaba, apretando los hombros y la
maltratada cabeza contra el suelo de piedra. Debían de haberle pegado mientras
estaba inconsciente: todo su cuerpo estaba rígido y arañado, y le dolían los
riñones. Se preguntó si habría matado al guardia. Esperó que ojalá fuera así.
Encima de él brillaba la luz, grande, clínica y feroz. No había muebles, sólo
paredes enjalbegadas, muy cerca, en torno suyo, y la puerta de acero gris, un
elegante gris carbón, ese color que se ve en las casas de Londres bien puestas.
No había más. Nada en absoluto: sólo el terrible dolor. Debía de llevar tendido
allí horas enteras antes de que llegaran. La luz daba calor; tenía sed, pero
rehusó gritar. Por fin se abrió la puerta y allí estaba Mundt. Supo que era
Mundt por los ojos. Smiley le había hablado de ellos.
XVII. Mundt
Le desataron y le dejaron que intentara ponerse en
pie. Por un momento casi lo consiguió; luego, al volver la circulación a las
manos y los pies, y al quedar sus muñecas libres de la contracción a que habían
estado sujetas, se desplomó. Le dejaron allí tendido, observándole con la
indiferencia de unos niños que miran un insecto. Uno de los guardias se
adelantó bruscamente a Mundt y chilló a Leamas que se pusiera en pie.
Leamas fue a gatas hasta la pared y apoyó las palmas de sus palpitantes manos
en el ladrillo blanqueado. Estaba a medio levantar cuando el guardia le dio una
patada haciéndole caer otra vez. Probó de nuevo, y esta vez el guardia le dejó
ponerse en pie con la espalda contra la pared. Vio apoyar al guardia su peso en
el pie izquierdo y comprendió que le iba a dar una patada. Con el resto de sus
fuerzas, Leamas se lanzó hacia delante, lanzando la cabeza gacha contra la cara
del guardia.
Cayeron juntos, Leamas encima. El guardia se levantó y Leamas se quedó tendido,
esperando el castigo. Pero Mundt dijo algo al guardia y Leamas notó que le
levantaban por los hombros y los pies, y oyó cerrarse la puerta de la celda
mientras le llevaban por el pasillo adelante. Tenía una sed terrible.
Le llevaron a un cuartito cómodo, decentemente amueblado con una mesa
escritorio y unas butacas. Unas persianas suecas cubrían a medias las ventanas
enrejadas. Mundt se sentó a la mesa, y Leamas en una butaca, con los ojos medio
cerrados. Los guardias se quedaron de pie junto a la puerta.
—Denme de beber -dijo Leamas.
—¿Whisky?
—Agua.
Mundt llenó una jarra en un depósito que había en el rincón, y la puso en la
mesa con un vaso al lado.
—Tráiganle de comer -ordenó, y uno de los guardias salió del cuarto, y volvió
con un tazón de sopa y una salchicha en rebanadas. Comió y bebió, mientras
ellos le miraban en silencio.
—¿Dónde está Fiedler? — preguntó Leamas por fin.
—Detenido -replicó Mundt con sequedad.
—¿Por qué?
—Por conspirar para sabotear la seguridad del pueblo.
Leamas asintió lentamente.
—Así que ha ganado usted -dijo-. ¿Cuándo le detuvo?
—Anoche.
Leamas esperó un momento, tratando de concentrar otra vez su atención en Mundt.
—¿Y qué hay de mí? — preguntó.
—Usted es un testigo implicado en el asunto. Desde luego, a usted se le juzgará
después.
—Así que yo formo parte de un trabajo de Londres para fingir una traición de
Mundt, ¿no?
Mundt asintió, encendió un cigarrillo, y se lo dio a uno de los centinelas para
que se lo pasara a Leamas.
—Eso es -dijo.
El centinela se acercó, y con un ademán de solicitud de mala gana, puso el
cigarrillo entre los labios de Leamas.
—Una operación muy bien cuidada -observó Leamas, y añadió estúpidamente-: Tipos
Listos, esos chinos.
Mundt no dijo nada. Leamas se fue acostumbrando a sus silencios en el
desarrollo de la entrevista. Mundt tenía una voz bastante agradable; eso era
algo que Leamas no había esperado, pero raramente hablaba. Quizá la
extraordinaria confianza de Mundt en sí mismo hiciera que no hablase a no ser
que deseara hacerlo de modo muy específico, estando dispuesto a conceder que se
produjeran largos silencios en vez de intercambiar palabras inútiles. En esto
se diferenciaba de los interrogadores profesionales que se apoyan en la
iniciativa, en la evocación de situaciones y en la explotación de esa
dependencia psicológica de un prisionero respecto a su inquisidor. Mundt
despreciaba la técnica: era hombre de hechos y acción. Leamas lo prefería.
El aspecto de Mundt estaba completamente de acuerdo con su temperamento. Tenía
aire de atleta. Su pelo rubio era muy corto, mate y bien arreglado. Su joven
rostro tenía unas facciones duras y claras, y una inmediatez aterradora;
carecía de humor o fantasía. Parecía joven, pero no juvenil: los hombres de más
edad le tomaban en serio. Estaba bien formado. La ropa le iba bien porque era
hombre fácil de vestir. Leamas no encontró dificultad en recordar que Mundt era
un asesino: había una frialdad en él, una autosuficiencia rigurosa, que le
equipaban perfectamente para el oficio del crimen. Mundt era un hombre muy
duro.
—La otra acusación por la que se le procesará, si es necesario -añadió Mundt
tranquilamente-, es por asesinato.
—Así que murió el centinela, ¿eh?... -contestó Leamas.
Una ola de intenso dolor pasó por su cabeza.
Mundt asintió.
—Siendo así -dijo-, procesarle por espionaje es algo académico. Yo propongo que
la causa contra Fiedler sea pública. Ese es también el deseo del Presidium.
—¿Y necesita mi confesión?
—Sí.
—Es decir, que no tiene ninguna prueba.
—Tendremos pruebas. Tendremos su confesión.
No había amenaza en la voz de Mundt. No había estilo ni inflexión teatral.
—Por otra parte, podría haber clemencia en su caso... A usted le sometió a
chantaje la Intelligence británica; le acusaron de robar dinero y le obligaron
a preparar una trampa de venganza contra mí. El Tribunal tendría simpatía hacia
tal declaración.
Leamas pareció sorprenderse, desprevenido.
—¿Cómo ha sabido que me acusaban de robar dinero?
Pero Mundt no contestó.
—Fiedler ha sido bastante estúpido... -observó Mundt-. En cuanto leí el informe
de nuestro amigo Peters supe por qué le habían mandado, y supe que Fiedler
caería en la trampa. Fiedler me odia mucho. — Mundt afirmó con la cabeza como
para acentuarla verdad de su observación-. Su gente lo sabía, por supuesto. Ha
sido una operación muy inteligente. Dígame quién la preparó. ¿Fue Smiley? ¿Lo
hizo él?
Leamas no dijo nada.
—Yo quería ver el informe de Fiedler sobre el interrogatorio que le hizo a
usted, ya comprende. Le dije que me lo mandara. El se retrasó, y comprendí que
acertaba. Luego, lo hizo circular ayer entre los miembros del Presidium y no me
mandó un ejemplar. Alguien de Londres ha sido muy listo.
Leamas no dijo nada.
—¿Cuándo vio por última vez a Smiley? — preguntó Mundt, como de pasada.
Leamas vaciló, inseguro de sí mismo. La cabeza le dolía terriblemente.
—¿Cuándo le vio por última vez? — repitió Mundt.
—No recuerdo -dijo Leamas por fin-: en realidad él ya no estaba en la
organización. De vez en cuando aparecía por allí.
—Es muy amigo de Peter Guillam, ¿no?
—Creo que sí.
—Guillam, según creía usted, estudiaba la situación económica en la República
Democrática Alemana. Una pequeña sección extraña de su Servicio; usted no
estaba muy seguro de lo que hacía.
—Así es.
El sonido y la visión se volvían confusos en el loco latir de su cerebro. Tenía
los ojos calientes y doloridos. Se sentía mareado.
—Bueno, ¿cuándo vio por última vez a Smiley?
—No recuerdo... No recuerdo.
Mundt movió la cabeza.
—Usted posee una memoria muy buena... para cualquier cosa que me acuse. Todos
podemos recordar la última vez que vimos a alguien. Por ejemplo, ¿le vio
después de volver de Berlín?
—Sí, creo que sí. Me tropecé con él... una vez en Cambridge Circus, en Londres.
Leamas había cerrado los ojos y sudaba.
—No puedo seguir adelante, Mundt..., no mucho tiempo más, Mundt; estoy mareado
-dijo.
—Después que Ashe le recogió, después que se metió en la trampa que le habían
tendido, almorzaron juntos, ¿no?
—Sí. Almorzamos juntos.
—El almuerzo acabó hacia las cuatro. ¿Adónde fue usted entonces?
—Fui a la City, creo. No lo recuerdo con seguridad... Por amor de Dios, Mundt
-dijo, sujetándose la cabeza con la mano-: no puedo seguir. Mi maldita
cabeza...
—Y después de eso, ¿adónde fue? ¿Por qué se quitó de encima a los que le
seguían, por qué tuvo tanto empeño en quitárselos?
Leamas no dijo nada: respiraba con jadeos cortos.
—Conteste a esta pregunta, si puede. Tendrá una cama. Puede dormir si quiere.
Si no, tendrá que volver a su celda, ¿entiende? Le volverán a atar y le darán
de comer en el suelo como a un animal, ¿entiende? Dígame adónde fue.
El loco latir de su cerebro aumentó de pronto, el cuarto bailaba: oyó voces a
su alrededor y ruido de pasos; formas espectrales pasaron y volvieron a pasar;
alguien gritaba, pero no hacia él; la puerta se había abierto, estaba seguro,
estaba seguro de que alguien había abierto la puerta. El cuarto estaba lleno de
gente, todos gritando ahora, y luego se iban, les oía marcharse, el ruido de
sus pasos era como el latir de su cabeza; el eco se extinguió y se hizo el
silencio. Luego, como el contacto de la propia misericordia, le pusieron un
paño fresco en la frente, y unas manos cariñosas se lo llevaron.
Despertó en una cama de hospital: al pie de ella estaba Fiedler, fumando un
cigarrillo.
XVIII. Fiedler
Leamas pasó revista: una cama con sábanas, una
habitación individual sin rejas en las ventanas, sino solamente cortinas y
cristal escarchado. Paredes verde pálido, linóleo verde oscuro, y Fiedler
mirándole y fumando.
Una enfermera le sirvió de comer: un huevo, una sopa ligera y fruta. Se sentía
como para morir, pero supuso que haría bien en comerlo. Así lo hizo, mientras
Fiedler le miraba.
—¿Cómo se encuentra? — preguntó.
—Horriblemente mal -contestó Leamas.
—Pero ¿mejor?
—Creo que sí -vaciló-. Esas bestias me dieron una paliza.
—Mató a un centinela, ¿lo sabe?
—Suponía... ¿Qué esperan ésos, si montan una operación tan estúpida? ¿Por qué
no se nos llevaron a los dos a la vez? Si ha habido algo demasiado organizado,
ha sido eso.
—Me temo que, como nación, tendemos a organizar demasiado. En el extranjero,
eso pasa por eficacia.
Hubo otra pausa.
—¿A usted qué le pasó? — preguntó Leamas.
—Ah, a mí también me ablandaron para el interrogatorio.
—¿Los hombres de Mundt?
—Los hombres de Mundt y Mundt. Fue una sensación peculiar.
—Es un modo como otro cualquiera de decirlo.
—No, no; físicamente, no. Físicamente fue una pesadilla, pero ya comprende:
Mundt tenía un interés especial en darme una paliza. Aparte de la confesión.
—Porque imaginó aquella historia sobre...
—Porque soy judío.
—¡Cristo! — dijo Leamas a media voz.
—Por eso recibí tratamiento especial. Durante todo el tiempo me lo susurraba.
Era muy raro.
—¿Qué decía?
Fiedler no contestó. Por fin musitó:
—Esto se ha terminado.
—¿Por qué? ¿Qué pasó?
—El día que nos detuvieron yo había pedido al Presidium una orden para detener
a Mundt como enemigo del pueblo.
—Pero usted está loco..., ya se lo dije, loco de atar, Fiedler. Él jamás...
—Había otras declaraciones contra él aparte de la suya. Se habían ido
acumulando acusaciones desde hace tres años, prueba por prueba. La suya nos
proporcionó la prueba que necesitábamos; eso es todo. Tan pronto como estuvo
claro, preparé un informe y se lo mandé a todos los miembros del Presidium
excepto a Mundt. Lo recibieron el mismo día en que yo hice mi petición para que
lo detuvieran.
—El día en que nos detuvieron.
—Sí. Yo sabía que Mundt lucharía. Sabía que tenía amigos en el Presidium, o por
lo menos, incondicionales, gente bastante asustada como para correr junto a él
tan pronto como recibieran mi informe. Y al fin, yo sabía que él perdería. El
Presidium tenía el arma que necesitaba para destruirle; tenían el informe, y en
esos pocos días en que a usted y a mí nos interrogaban, ellos lo leyeron y
releyeron hasta que comprendieron que era verdad, y todos supieron que los
demás lo sabían. Reunidos por su miedo común, su debilidad común y su
conocimiento común, se volvieron contra él y mandaron constituir un tribunal.
—¿Un tribunal?
—Secreto, desde luego. Se reúne mañana. Mundt está detenido.
—¿Cuáles son las otras acusaciones? ¿Las declaraciones que ha reunido usted?
—Espere y verá -contestó Fiedler con una sonrisa-. Mañana lo verá.
Fiedler se quedó callado un rato, viendo comer a Leamas.
—Ese Tribunal -preguntó Leamas-, ¿cómo funciona?
—Eso depende del presidente. No es un Tribunal Popular: es importante
recordarlo. Es más bien algo así como una investigación; un comité de
investigación, eso es, nombrado por el Presidium para informar sobre un
determinado... tema. El informe contiene una recomendación. En un caso como
éste, la recomendación equivale a un veredicto, pero permanece secreto, como
parte de la actuación del Presidium.
—¿Cómo funciona? ¿Hay abogados y jueces?
—Hay tres jueces -dijo Fiedler- y, en efecto, hay abogados. Mañana, yo mismo
presentaré la acusación contra Mundt, y Karden le defenderá.
—¿Quién es Karden?
Fiedler vaciló.
—Un hombre muy duro -dijo-. Parece un médico rural, pequeño y benévolo. Estuvo
en Buchenwald.
—¿Por qué no puede Mundt defenderse él mismo?
—Ha sido un deseo de Mundt. Se dice que Karden llamará a un testigo.
Leamas se encogió de hombros.
—Eso es asunto suyo -dijo.
Otra vez hubo silencio. Por fin, Fiedler dijo reflexivamente:
—A mí no me habría importado..., no creo que me hubiera importado, en todo
caso, no tanto... que me hubiera hecho daño a mí mismo, por odio o celos.
¿Entiende usted esto? Ese dolor largo, interminable, y en el que todo el tiempo
uno deja de decirse: «O me desmayo, o me acostumbro a sobrellevar el dolor: la
naturaleza se ocupará de eso», y el dolor no hace más que crecer, como un
violinista que sube por la prima. Uno cree que no puede subir más alto, y sube:
así es el dolor, y todo lo que hace la naturaleza es pasarle a uno de nota en
nota, como a un niño sordo al que le enseñan a oír. Y durante todo el tiempo
susurraba: «Judío..., judío.» Yo le podría entender, estoy seguro de que
podría, si él lo hubiera hecho por la idea, por el Partido, si usted quiere, o
si me hubiera odiado a mí. Pero no era eso: él odiaba...
—Muy bien -dijo Leamas, con sequedad-. Usted debería saberlo. Es un hijo de
perra.
—Sí -dijo Fiedler-, es un hijo de perra.
Parecía excitado. «Quiere presumir ante alguien», pensó Leamas.
—Pensé mucho en usted -añadió Fiedler-. Pensé en aquella conversación que
tuvimos, ya se acuerda, sobre el motor.
—¿Qué motor?
Fiedler sonrió.
—Perdone, es una traducción directa: quiero decir «motor», la fuerza motriz, el
espíritu, el impulso: como quiera que lo llamen los cristianos.
—Yo no soy cristiano.
Fiedler se encogió de hombros.
—Ya sabe lo que quiero decir. — Volvió a sonreír-. Eso que tan incómodo le
pone... Lo diré de otra manera. Supongamos que Mundt tiene razón. Me pidió que
confesara, ya sabe: yo tenía que confesar que estaba de acuerdo con espías
británicos que conspiraban para asesinarle. Ya ve la cuestión: que toda la
operación estaba montada por la Intelligence británica para incitarnos -para
incitarme, si usted quiere- a liquidar al mejor hombre de la Abteilung: para
volver contra nosotros nuestra propia arma.
—También lo probó conmigo -dijo Leamas, con indiferencia. Y añadió-: Como si yo
hubiera guisado toda la maldita historia.
—Pero lo que quiero decir es esto: suponga que lo hubiera hecho, suponga que
fuera verdad: estoy poniendo un ejemplo, ya me entiende, una hipótesis:
¿mataría usted a un hombre, a un hombre inocente...?
—Mundt también es un asesino.
—Suponga que no lo fuera. Suponga que fuera yo a quien querían matar: ¿lo haría
Londres?
—Depende..., depende de la necesidad...
—Ah -dijo Fiedler, satisfecho-, depende de la necesidad. Como Stalin, en
realidad. El accidente de circulación y las estadísticas. Es un gran alivio.
—¿Por qué?
—Tiene que dormir un poco -dijo Fiedler-. Pida la comida que quiera. Le traerán
lo que le haga falta. Mañana podrá hablar. — Al alcanzar la puerta, miró hacia
atrás y dijo-: Somos todos lo mismo, ya sabe, ésa es la broma.
Leamas pronto se durmió, satisfecho de saber que Fiedler era su aliado y que
dentro de poco enviarían a Mundt a la muerte. Era algo que esperaba desde hacía
mucho tiempo.
XIX. Reunión de sección
Liz era feliz en Leipzig. La austeridad le
complacía, le daba el consuelo del sacrificio. La casita donde estaba era
oscura y pobre, la comida era mala y la mayor parte tenía que ser para los
niños. Hablaban de política en todas las comidas, ella y Frau Ebert, secretaria
de Sección en la Sección de Barriada de Leipzig Hohengrün, una mujercita gris
cuyo marido dirigía una cantera de grava en las afueras de la ciudad. Era como
vivir en una comunidad religiosa, pensaba Liz; un convento, o un «kibbutz», o algo
así. Uno sentía que el mundo estaba mejor por su estómago vacío. Liz sabía un
poco de alemán que había aprendido de su tía, y le sorprendió ver con cuánta
rapidez podía practicarlo. Los niños, al principio, la trataron de una manera
rara, como si fuera una persona de gran importancia o de valiosa rareza, y al
tercer día uno de ellos se armó de valor y le preguntó si había traído
chocolate de «drüben», de «allá». No se le había ocurrido, y se sintió
avergonzada. Después de eso, parecieron olvidarla.
Al atardecer, había trabajo del Partido. Distribuían propaganda, visitaban a
miembros de la Sección que no habían pagado las cuotas o que se habían
descuidado en la asistencia a las reuniones, iban de visita al distrito para
una discusión sobre «Problemas relacionados con la distribución centralizada de
los productos agrícolas», en que estaban presentes todos los secretarios
locales de Sección, y asistía a una reunión del Consejo Consultivo de
Trabajadores de una fábrica de máquinas herramientas en las afueras de la
ciudad.
Por fin, el cuarto día, el jueves, llegó la reunión de su propia Sección. Esa
iba a ser, al menos para Liz, la experiencia más animadora de todas: sería un
ejemplo de todo lo que podía ser algún día su propia Sección de Bayswater.
Habían elegido un titulo maravilloso para las discusiones de esa tarde:
«Coexistencia después de dos guerras», y esperaban una asistencia como nunca.
Se habían distribuido circulares por toda la barriada, y ocupado de que no
hubiera reunión rival en los alrededores aquella tarde: no era un día para
hacer compras a última hora.
Acudieron siete personas.
Siete personas, y Liz y la secretaria de la Sección, y el delegado del
Distrito. Liz puso cara valiente, pero se sintió terriblemente trastornada.
Apenas podía concentrar su atención en el orador, y cuando lo intentaba, él
usaba largas palabras alemanas compuestas, que de ningún modo podía ella
descifrar. Era como las reuniones en Bayswater, era como las devociones de
entre semana cuando acostumbraba ir a la iglesia: el mismo grupito cumplidor de
caras perdidas, la misma meticulosa conciencia de sí mismos, la misma sensación
de una gran idea en manos de gente insignificante. Siempre sentía lo mismo: era
terrible, de veras, pero lo sentía: deseaba que no apareciera nadie, porque eso
sería algo definitivo y sugeriría persecución, humillación, algo ante lo que se
podía reaccionar.
Pero siete personas no era nada: era peor que nada, porque evidenciaba la
inercia de la masa imposible de capturar. Le destrozaba a uno el alma.
El cuarto era mejor que el aula de Bayswater, pero tampoco eso era un consuelo.
En Bayswater había resultado divertido tratar de encontrar un local. Al
principio, habían fingido ser otra cosa, absolutamente nada de Partido. Habían
ocupado cuartos traseros en bares, una sala de reunión en el «Café Ardena», o
se habían reunido clandestinamente unos en casa de otros. Luego se les había
unido Bill Hazel, de la Escuela Secundaria, y habían usado su aula. Incluso eso
era peligroso: el director creía que Bill dirigía un grupo teatral, así que, al
menos en teoría, podían todavía echarles a la calle.
Con todo, eso iba mejor que esta Sala de la Paz, en hormigón pretensado, con
grietas en los rincones y el retrato de Lenin. ¿Por qué tenían ese estúpido
marco alrededor del retrato? Se veían manojos de tubos de órgano saliendo por
los rincones, y colgaduras polvorientas. Tenía algo de funeral fascista. A
veces pensaba que Alec tenía razón, uno creía en las cosas porque necesitaba
creer, lo que uno creía no tenía valor propio, no tenía función. Lo que él
decía: «Un perro se rasca donde le pica. A cada perro le pica en un sitio
diferente.» No, no tenía razón. Alec no tenía razón; era una perversidad decir
eso. La paz y la libertad y la igualdad eran hechos, desde luego que lo eran. Y
lo de la historia... todas esas leyes que demostraba el Partido. No, Alec no
tenía razón: la verdad existía fuera de la gente, se demostraba en la historia,
los individuos tenían que inclinarse ante ella siendo aplastados si fuese
necesario. El Partido era la vanguardia de la historia, la punta de lanza en la
lucha por la Paz... Recorrió la rúbrica con cierta inseguridad. Ojalá hubiera
acudido más gente. Siete eran muy pocos. Parecían malhumorados; malhumorados y
hambrientos.
Terminada la reunión, Liz esperó a que Frau Ebert recogiera los folletos sin
vender que había en la pesada mesa junto a la puerta, llenara su libro de
asistencias y se pusiera el abrigo, pues hacía frío esa noche. El orador se
había marchado -bastante groseramente, pensó Liz -antes de que empezara la
discusión general. Frau Ebert estaba en la puerta con la mano en el interruptor
de la luz, cuando salió de la tiniebla un hombre, recortándose en la entrada.
Por un momento, Liz pensó que era Ashe. Era alto y rubio y llevaba uno de esos
impermeables con botones de cuero.
—¿Camarada Ebert? — preguntó.
—¿Sí?
—Vengo buscando a una camarada inglesa, Gold. ¿Está viviendo con usted?
—Yo soy Elizabeth Gold -intervino Liz, y el hombre entró en la sala y cerró la
puerta detrás de él, de modo que la luz le dio de lleno en la cara.
—Soy Holten, de parte del Distrito.
Mostró un papel a Frau Ebert, que seguía parada junto a la puerta, y que
asintió, mirando un poco preocupada hacia Liz.
—Me han encargado entregar un mensaje a la camarada Gold de parte del Presidium
-dijo-. Se refiere a una alteración en su programa; es una invitación para
asistir a una reunión especial.
—¡Oh! — dijo Liz, bastante aturdida. Parecía fantástico que el Presidium
hubiera recibido alguna noticia acerca de ella.
—Es un gesto -dijo Holten-; un gesto de buena voluntad.
—Pero yo..., pero Frau Ebert... -empezó Liz, desvalida.
—Camarada Ebert, estoy seguro de que usted me perdonará, en estas
circunstancias.
—Desde luego -dijo rápidamente Frau Ebert.
—¿Dónde se va a celebrar esa reunión?
—Será preciso que se marche esta noche -contestó Holten-. Tenemos mucho camino
que recorrer. Casi hasta Görlitz.
—Görlitz... ¿Dónde está eso?
—Al este -dijo Frau Ebert, de prisa-. En la frontera polaca.
—La podemos llevar ahora a casa en coche. Recogerá sus cosas y emprenderemos
enseguida el viaje.
—¿Esta noche? ¿Ahora?
—Sí.
Holten no parecía pensar que a Liz le quedaran alternativas.
Les esperaba un gran coche negro. Con chofer y un asta de banderín en el capó.
Parecía un coche militar.
XX. El tribunal
La sala no era mayor que un aula. A un lado, en los
escasos cinco o seis bancos disponibles, estaban sentados guardias y
carceleros, y, acá y allá, entre ellos, espectadores: miembros del Presidium y
funcionarios seleccionados. En el otro lado de la sala estaban sentados los
tres miembros del Tribunal en butacas de alto respaldo, ante una mesa de roble
sin pulir. Por encima de ellos, colgada del techo por tres alambres, había una
gran estrella roja de madera contrachapada. Las paredes de la sala eran blancas
como las paredes de la celda de Leamas.
A ambos extremos de la mesa, con las sillas un poco arrimadas y vueltas hacia
dentro para darse la cara mutuamente, había dos hombres: uno era de cierta
edad, quizá de sesenta años, con traje negro y corbata gris, el tipo de traje
que se lleva para ir a la iglesia en las comarcas rurales alemanas. El otro era
Fiedler.
Leamas estaba sentado al fondo, con un guardia a cada lado. Por entre las
cabezas de los espectadores veía a Mundt, también rodeado de policías, con su
pelo rubio muy bien cortado, y los anchos hombros cubiertos por el conocido
gris del uniforme de la prisión. A Leamas le pareció digno de un curioso
comentario al estado de ánimo de la sala -o a la influencia de Fiedler-, el
hecho de que él vistiera su propia ropa, mientras que Mundt llevaba el uniforme
de la prisión.
Leamas no llevaba mucho tiempo en su sitio cuando el presidente del Tribunal,
sentado en el centro de la mesa, cogió la campanilla. El sonido atrajo su
atención, y un escalofrío le recorrió al darse cuenta de que el presidente era
una mujer. Apenas se le podía reprochar que no se hubiera dado cuenta antes:
tenía unos cincuenta años, y era morena y de ojos pequeños. Llevaba el pelo
corto, como el de un hombre, y usaba ese tipo de chaquetón militar, funcional y
oscuro, tan frecuente entre las mujeres soviéticas. Miró penetrantemente por
toda la sala, hizo una señal con la cabeza a un centinela para que cerrara la
puerta, y se dirigió inmediatamente, sin ceremonia alguna, a la sala.
—Ya saben todos ustedes por qué estamos aquí. Este acto es secreto,
recuérdenlo. Es un tribunal convocado expresamente por el Presidium. Oiremos
las declaraciones que nos parezcan oportunas -señaló con gesto rutinario a
Fiedler-. Camarada Fiedler, sería mejor que empezara.
Fiedler se levantó. Después de dar una breve cabezada hacia la mesa, sacó de la
cartera que tenía al lado un manojo de papeles sujetos, en una esquina, con un
cordón negro.
Hablaba de modo sosegado y tranquilo, con una reserva que Leamas nunca había
visto en él. Leamas lo consideró como una buena actuación, bien ajustada al
papel de un hombre que, lamentándolo mucho, ahorca a su jefe.
—Deben saber, ante todo, si no lo saben ya -empezó Fiedler-, que el mismo día
que el Presidium recibió mi informe sobre las actividades del camarada Mundt,
fui detenido, junto con el desertor Leamas. Ambos fuimos apresados, y ambos...
invitados a confesar muy violentamente que toda esta terrible acusación era una
conspiración fascista contra un camarada leal.
»Por el informe que les he dado ya, pueden ver cómo nos fijamos en Leamas:
nosotros mismos le buscamos, le inducimos a desertar y, finalmente, le trajimos
a la Alemania Democrática. Nada podría demostrar más claramente la
imparcialidad de Leamas que esto: sigue rehusándose, por razones que explicaré,
a creer que Mundt era un agente británico. Por tanto, es grotesco sugerir que
Leamas esté enviado por ellos: la iniciativa fue nuestra, y las declaraciones,
fragmentadas pero vitales, de Leamas, no hacen más que proporcionar la prueba
final de una larga cadena de indicaciones que alcanza hasta hace tres años.
»Tienen delante de ustedes el informe escrito sobre este caso. No necesito
hacer otra cosa que interpretarles unos hechos de que ustedes ya se dan cuenta.
»La acusación contra el camarada Mundt afirma que es un agente de una potencia
imperialista. Podría yo haber hecho otras acusaciones: que entregó
informaciones al Servicio Secreto británico, que convirtió su Departamento en
el inconsciente lacayo de un estado burgués, que escudó deliberadamente a
grupos anti-Partido y aceptó en recompensa sumas en moneda extranjera. No hay
un delito más grave en nuestro código penal, no hay ninguno que exponga a
nuestro Estado a un mayor peligro ni que exija más vigilancia por parte de los
órganos del Partido.
Aquí dejó los papeles.
—El camarada Mundt tiene cuarenta y dos años. Es subjefe del Departamento para
la Protección del Pueblo. Es soltero. Siempre se le ha considerado hombre de
capacidad excepcional, incansable en el servicio de los intereses del Partido,
inexorable en su protección.
»Permítanme que les cuente algunos detalles de su carrera. Fue reclutado para
el Departamento a la edad de veintidós años, y pasó por la instrucción
acostumbrada. Después de terminar su periodo de prueba, asumió tareas
especiales en países escandinavos, especialmente Noruega, Suecia y Finlandia,
donde logró establecer una red de espionaje que dio la batalla contra los
agitadores fascistas en el campo enemigo. Realizó bien esta tarea, y no hay
razón para suponer que en ese tiempo fuera otra cosa que un diligente miembro
de su Departamento. Pero, camaradas, no han de olvidar su temprana conexión con
Escandinavia. Las redes establecidas por el camarada Mundt poco después de la
guerra sirvieron de pretexto, muchos años después, para que viajara a Finlandia
y Noruega, donde sus misiones se convirtieron en una cobertura que le permitió
cobrar miles de dólares de bancos extranjeros como pago de su conducta
traicionera. No se equivoquen: el camarada Mundt no ha caído como víctima de
los que intentan refutar los argumentos de la historia. Primero, la cobardía;
luego, la debilidad; luego, la codicia, fueron sus motivos, el logro de una
gran riqueza fue su sueño. Irónicamente, el complicado sistema con que se
satisfizo su afán de dinero fue lo que puso en su pista a las fuerzas de la
justicia.
Fiedler hizo una pausa, y miró a su alrededor, a toda la sala, con los ojos
súbitamente encendidos de fervor. Leamas observaba, fascinado.
—¡Que esto sea una lección -gritó Fiedler- para aquellos otros enemigos del
Estado cuyo delito es tan turbio que deben conspirar en las horas más secretas
de la noche!
Un murmullo de aprobación se elevó entre el reducido grupo de espectadores que
había al fondo de la sala.
—¡No escaparán a la vigilancia del pueblo cuya sangre tratan de vender!
Fiedler parecía dirigirse a una gran multitud, más bien que al puñado de
funcionarios y guardias reunidos en la pequeña sala de blancas paredes.
Leamas se dio cuenta en ese momento de que Fiedler se protegía contra los
peligros: la actuación del Tribunal, el fiscal y los testigos habían de ser
políticamente impecables. Fiedler, sabiendo sin duda que en tales casos iba
implicado el peligro de la contraacusación, defendía sus espaldas: la polémica
quedaría en acto, y tendría que ser un valiente quien se pusiera a refutarla.
Fiedler abrió entonces el expediente que tenía ante él en la mesa.
—A fines de 1956, Mundt fue enviado a Londres como miembro de la Misión
Siderúrgica de Alemania Oriental. Se le había encomendado además la tarea
especial de emprender medidas antisubversivas contra grupos de exiliados. En el
transcurso de su trabajo se expuso a grandes peligros -no cabe duda de ello-, y
obtuvo resultados muy positivos.
A Leamas le llamaron la atención otra vez las tres figuras en el centro de la
mesa. A la izquierda de la presidente había un hombre moreno, juvenil. Sus ojos
parecían medio cerrados. Tenía el pelo lacio, desordenado, y el aspecto
descolorido y delgado de un asceta. Sus finas manos jugueteaban incansables con
el manojo de papeles que tenía delante. Leamas supuso que era el representante
de Mundt; le hubiera resultado difícil decir por qué. Al otro lado de la mesa
había un hombre ligeramente mayor, con tendencia a la calvicie, y de rostro
abierto y agradable. A Leamas le pareció más bien un asno. Supuso que si el
destino de Mundt estaba en vilo, el joven le defendería y la mujer le atacaría.
Pensó que el otro hombre se sentiría cohibido por diferir en opinión y bando
respecto a la presidente.
Fiedler hablaba otra vez:
—Al término de su servicio en Londres fue cuando tuvo lugar su reclutamiento.
Ya he dicho que se expuso a grandes peligros: al hacerlo así, chocó con la
policía secreta británica, que dio orden de detenerle. Mundt, que no tenía
inmunidad diplomática (Gran Bretaña, por pertenecer a la NATO, no reconoce
nuestra soberanía), se escondió. Se vigilaron los puertos; su fotografía y su
descripción se distribuyeron por las Islas Británicas. Sin embargo, al cabo de
dos días de escondido, el camarada Mundt tomó un taxi al aeropuerto de Londres
y salió volando hacia Berlín. «Muy brillante», dirán ustedes, y así fue. Con
todo el contingente de la policía británica en estado de alerta; con las
carreteras, ferrocarriles y rutas aéreas y marítimas bajo constante vigilancia,
el camarada Mundt toma un avión desde el aeropuerto de Londres. Brillante,
desde luego. O quizá les parecerá, camaradas, con la ventaja de la experiencia
posterior, que la escapatoria de Mundt desde Inglaterra fue un poco demasiado
brillante, un poco demasiado fácil, y que sin la connivencia de las autoridades
británicas jamás habría sido posible.
Otro murmullo, más espontáneo que el primero, se elevó desde el fondo de la
sala.
—La verdad es ésta: Mundt fue hecho prisionero por los ingleses: en una
entrevista histórica, le ofrecieron la alternativa clásica. ¿Iba a quedarse
durante años enteros en una prisión imperialista, acabando una brillante
carrera, o iba a volver dramáticamente a su país natal, contra todo lo
esperado, para cumplir las promesas que había hecho concebir? Los ingleses,
desde luego, pusieron como condición de su regreso que él les habría de
proporcionar información, ellos le pagarían grandes cantidades de dinero. Con
la zanahoria delante y el palo detrás, Mundt fue reclutado.
»Ahora interesaba a los ingleses estimular la carrera de Mundt. Todavía no
podemos demostrar que el éxito de Mundt al liquidar agentes occidentales
secundarios fuera obra de sus amos imperialistas traicionando a sus propios
colaboradores -a aquellos que valía la pena consumir-, para realzar el
prestigio de Mundt. No podemos demostrarlo, pero es una suposición creíble por
lo evidente que resulta.
»Desde 1960 (el año en que el camarada Mundt llegó a ser jefe de la Sección de
Contraespionaje de la Abteilung) nos han llegado indicaciones desde todas las
partes del mundo de que había un espía de elevada posición en nuestras filas.
Ya sabéis todos que Karl Riemeck era un espía: cuando él fue eliminado, creímos
que el mal estaba liquidado. Pero los rumores continuaron.
»A fines de 1960, un antiguo colaborador nuestro se acercó a un inglés del
Líbano que se sabía estaba en contacto con el Intelligence Service, y le
ofreció -poco después lo averiguamos- una descripción completa de las dos
secciones de la Abteilung, para la que había trabajado antes. Su oferta,
después de ser transmitida a Londres, fue rechazada. Eso fue una cosa muy
curiosa. Sólo podía significar que los ingleses ya poseían la información que
se les ofrecía, y que estaba al día.
»Desde mediados de 1960 en adelante, perdimos colaboradores en el extranjero en
una proporción alarmante. A menudo eran detenidos pocas semanas después de
ponerles en acción. A veces el enemigo intentó volver contra nosotros a
nuestros propios agentes, pero no con frecuencia; era como si apenas se
quisieran molestar.
»Y entonces -a principios de 1981, si no me falla la memoria- tuvimos un golpe
de suerte. Por medios que no describiré, obtuvimos un sumario de la información
que tenía el Intelligence Service inglés sobre la Abteilung. Era completa,
exacta y asombrosamente puesta al día. Se lo enseñé a Mundt, claro está: era mi
superior. Me dijo que para él no era una sorpresa: tenía entre manos ciertas
indagaciones y que yo no debía emprender acción alguna, no fuera a ponerlas en
peligro. Confieso que en ese momento me cruzó por la mente el pensamiento, aun
fantástico y remoto como era, de que el propio Mundt hubiera proporcionado la
información. Había también otros indicios.
»Apenas necesito decirles que la última persona, la última en absoluto, de
quien se puede sospechar de espionaje es el jefe del Contraespionaje. La idea
es tan tremenda, tan melodramática, que pocos la abrigarían, cuanto más para
expresarla. Confieso que yo mismo he sido culpable de excesiva resistencia a
llegar a una deducción tan aparentemente fantástica. Eso fue un error.
»Pero, camaradas, la prueba definitiva ha llegado a nuestras manos. Propongo
ahora que se pida esta declaración.
Se volvió, lanzando una mirada al fondo de la sala.
—Hagan avanzar a Leamas.
Los guardias, a sus dos lados, se levantaron, y Leamas se abrió paso al borde
de la fila hasta el tosco pasillo, que no tenía mas de sesenta centímetros de
ancho, en medio de la sala. Un guardia le indicó que debía ponerse de cara a la
pared. Fiedler estaba apenas a un par de metros de él. Ante todo, le dirigió la
palabra la presidente.
—Testigo, ¿cómo se llama usted? — preguntó.
—Alec Leamas.
—¿Edad?
—Cincuenta años.
—¿Casado?
—No.
—Pero lo ha estado.
—Ahora no soy casado.
—¿Profesión?
—Auxiliar bibliotecario.
Fiedler intervino irritadamente.
—Antes estuvo empleado por la Intelligence inglesa, ¿no? — dijo con brusquedad.
—Es verdad. Hasta hace un año.
—El Tribunal ha leído los informes de su interrogatorio -Fiedler continuó-.
Quiero que les hable otra vez de la conversación que tuvo con Peter Guillam
hacia mayo del año pasado.
—¿Quiere decir cuando hablamos de Mundt?
—Sí.
—Ya se lo he dicho. Fue en Cambridge Circus, la oficina de Londres, nuestro
cuartel general. Yo me tropecé con Peter por el pasillo. Sabía que había andado
metido en el caso Fennan, y le pregunté qué había sido de George Smiley. Luego
nos pusimos a hablar de Dieter Frey, que murió, y de Mundt, que andaba mezclado
en el asunto. Peter dijo que él creía que Maston (efectivamente, Maston estaba
entonces encargado del asunto) no había querido que cogieran a Mundt.
—¿Cómo interpretó eso? — preguntó Fiedler.
—Yo sabía que Maston había enredado demasiado el caso Fennan. Supuse que no
quería revolver el fango con la aparición de Mundt en el Juzgado criminal.
—Si hubieran detenido a Mundt, ¿le habrían acusado legalmente? — intervino la
presidente.
—Eso depende de quien le detuviera. Si le detenía la policía, había que
informar al Ministerio del Interior. Después de todo, no hay poder en el mundo
que le impidiera ser acusado.
—¿Y si le hubiera detenido su Servicio? — preguntó Fiedler.
—Ah, ése es un asunto diferente. Supongo que le habrían interrogado y luego
habrían tratado de canjearle por alguno de nuestra gente que estuviera detenido
aquí; o si no, le habrían dado billete.
—¿Qué quiere decir eso?
—Que se lo habrían quitado de encima.
—¿Le habrían liquidado?
Ahora todas las preguntas las hacía Fiedler, y los miembros del Tribunal
escribían diligentemente en los papeles que tenían delante.
—No sé lo que hacen. Yo nunca he estado mezclado en ese juego.
—¿No podían haber intentado reclutarlo como agente suyo?
—Si, pero no lo consiguieron.
—¿Cómo lo sabe?
—Ah, demonios, ya se lo he dicho muchas veces. No soy una maldita foca
amaestrada... He sido jefe del comando de Berlín durante cuatro años. Si Mundt
hubiera sido de nuestra gente, yo lo hubiera sabido. No habría podido dejar de
saberlo.
—Claro.
Fiedler pareció contentarse con esa respuesta, quizá confiando en que el resto
del Tribunal no se contentara. Entonces dirigió su atención hacia la Operación
«Piedra Movediza», e hizo pasar otra vez a Leamas por las especiales
complicaciones de seguridad que se aplicaban en la circulación del expediente,
las cartas a los bancos de Estocolmo y Helsinki, y la única respuesta que había
recibido Leamas. Dirigiéndose al tribunal, Fiedler comentó:
—No tuvimos respuesta desde Helsinki. No sé por qué. Pero permítanme que les
recapitule esto. Leamas depositó dinero en Copenhague el quince de junio. Entre
los papeles que tienen delante está la fotocopia de una carta del Banco Real
Escandinavo dirigida a Robert Lang. Robert Lang era el nombre que usó Leamas
para abrir la cuenta en depósito en Copenhague. Por esa carta (es el duodécimo
documento en su expediente) verán que la suma total -diez mil dólares- fue
retirada una semana después por el otro signatario de la cuenta. Imagino
-continuó Fiedler, señalando con la cabeza la figura inmóvil de Mundt, en la
fila de delante- que el acusado no discutirá que estuvo en Copenhague el
veintiuno de junio, nominalmente ocupado en actividades secretas a favor de la
Abteilung.
Hizo una pausa y luego siguió:
—La visita de Leamas a Helsinki (la segunda visita que hacía para depositar
dinero) tuvo lugar hacia el veinticuatro de setiembre -elevando la voz, se
volvió para mirar de frente a Mundt-. El tres de octubre, el camarada Mundt
hizo un viaje clandestino a Finlandia: una vez más, pretendidamente, por
intereses de la Abteilung.
Hubo un silencio. Fiedler se volvió lentamente, dirigiéndose de nuevo al
Tribunal. Con una voz al mismo tiempo contenida y amenazadora, preguntó:
—¿Se quejan ustedes de que las pruebas son circunstanciales? Permítanme
recordarles algo más.
Se volvió a Leamas:
—Testigo, durante sus actividades en Berlín, usted entró en asociación con Karl
Riemeck, que fue secretario del Presidium del Partido Socialista Unificado.
¿Cuál fue el carácter de esa asociación?
—Era agente mío, hasta que le mataron a tiros los hombres de Mundt.
—Muy bien. Le mataron los hombres de Mundt. Uno de los varios espías que fueron
liquidados sumariamente por el camarada Mundt antes que pudieran ser
interrogados. Pero, antes de que le mataran los hombres de Mundt, ¿fue agente
del Servicio Secreto británico?
Leamas asintió.
—Tenga la bondad de describir la reunión de Riemeck con el hombre a quien llama
Control.
—Control llegó a Berlín desde Londres a ver a Karl. Karl era uno de los agentes
más productivos que teníamos, creo, y Control quería conocerle.
Fiedler intervino:
—Entonces, ¿era también uno de los de más confianza?
—Sí, oh, sí. Londres quería mucho a Karl; nada de lo que él hiciera estaría
mal. Cuando llegó Control, yo me las arreglé para que Karl viniera a mi piso, y
cenamos los tres juntos. La verdad es que a mí no me gustó que Karl fuera allí,
pero no se lo podía decir a Control. Es difícil explicarlo, pero en Londres se
forman ideas raras; están muy lejos de ello, y a mí me asustaba que encontraran
alguna excusa para ocuparse ellos mismos de Karl; son muy capaces.
—Así que se las arregló para que se reunieran los tres -intervino Fiedler con
sequedad-. ¿Qué pasó?
—Control me pidió de antemano que me ocupara de dejarle un cuarto de hora a
solas con Karl, de modo que durante la reunión fingí que se me había acabado el
whisky. Salí del piso y fui a ver a De Jong. Tomé un par de tragos allí, le
pedí prestada una botella y volví.
—¿Cómo les encontró?
—¿Qué quiere decir?
—¿Seguían hablando Control y Riemeck? Y en ese caso, ¿de qué hablaban?
—No hablaban en absoluto cuando volví.
—Gracias. Puede sentarse.
Leamas volvió a su asiento al fondo de la sala. Fiedler se volvió hacia los
tres miembros del Tribunal y empezó:
—Quiero hablar primero del espía Riemeck, muerto a tiros; Karl Riemeck. Tienen
ustedes delante una lista de toda la información que Riemeck pasó a Alec Leamas
en Berlín, en lo que puede recordar Leamas. Es un formidable expediente de
traición. Permítanme que se lo resuma. Riemeck dio a sus amos una descripción
detallada del trabajo y las personalidades de la Abteilung entera. Fue capaz,
si hemos de creer a Leamas, de describir las actuaciones de nuestras sesiones
más secretas. Como secretario del Presidium, dio copias de sus deliberaciones
más secretas.
»Eso le fue fácil; él mismo redactaba el acta de todas las reuniones. Pero el
acceso de Riemeck a los asuntos secretos de la Abteilung es un asunto
diferente. ¿Quién, a fines de 1959, presentó a Riemeck en coopción para el
Comité para la Protección del Pueblo, ese vital subcomité del Presidium que
coordina y discute los asuntos de nuestros organismos de seguridad? ¿Quién
propuso que Riemeck tuviera el privilegio del acceso a los expedientes de la
Abteilung? ¿Quién, en todas las etapas de la carrera de Riemeck, «desde 1959»
(el año en que Mundt volvió de Inglaterra, ya recuerdan), le eligió para
puestos de responsabilidad excepcional? Yo se lo diré -proclamó Fiedler-: el
mismo hombre que tenía una posición única para defenderle en sus actividades de
espionaje: Hans Dieter Mundt. Recordemos cómo Riemeck entró en contacto con las
agencias occidentales de información en Berlín; cómo buscó el coche de De Jong,
cuando merendaba en el campo, y le puso dentro la película. ¿No les sorprende
el conocimiento previo que tenía Riemeck? ¿Cómo podía haber sabido dónde
encontrar ese coche, y en ese día preciso? Riemeck no tenía coche no podía
haber seguido a De Jong desde su casa de Berlín occidental. Había sólo un modo
de que pudiera saberlo por mediación de nuestra propia policía de seguridad,
que informaba sobre la presencia del coche de De Jong, siguiendo la costumbre,
en cuanto el coche pasaba el puesto de control del Sector Internacional. Este
conocimiento estaba disponible para Mundt, y Mundt lo ponía a disposición de Riemeck.
Esta es la acusación contra Hans Dieter Mundt: ¡les digo que Riemeck era su
personaje, el eslabón entre Mundt y sus amos imperialistas!
Fiedler hizo una pausa, y luego añadió tranquilamente:
—Mundt-Riemeck-Leamas: ésa era la cadena de mando, y es axiomático en la
técnica del espionaje, en el mundo entero, que cada eslabón de la cadena debe
ignorar, mientras sea posible, a los demás. Así está bien que Leamas afirme que
no sabe nada contra Mundt; esto es sólo la prueba de una buena seguridad por
parte de sus jefes en Londres.
»Se les ha dicho también cómo todo el asunto conocido por “Piedra Movediza” se
llevaba en condiciones de secreto especial, y cómo Leamas sabía, en términos
vagos, que había una sección informativa, a cargo de Peter Guillam, que fingía
ocuparse de la situación económica de nuestra República: una sección que,
sorprendentemente, estaba en la lista de acceso limitado de “Piedra Movediza”.
Permítanme recordarles que ese mismo Peter Guillam fue uno de los varios
funcionarios de la Seguridad británica que intervinieron en la investigación
sobre las actividades de Mundt mientras estaba en Inglaterra.
El hombre juvenil, en la mesa, levantó el lápiz, y mirando a Fiedler con sus
ojos fríos y duros bien abiertos, le preguntó:
—Entonces, ¿por qué Mundt liquidó a Riemeck, si Riemeck era su agente?
—No tenía otra alternativa. Riemeck era sospechoso. Su amante le había
traicionado con indiscreciones jactanciosas. Mundt dio la orden de tirar contra
él a vista, mandó recado a Riemeck de que escapara corriendo, y quedó eliminado
el peligro de traición. Después, Mundt asesinó a la mujer.
»Quiero disertar un momento sobre la técnica de Mundt. Después de volver a
Alemania en 1959, el Intelligence Service británico jugó a la espera. Todavía
estaba por demostrar que Mundt estuviera dispuesto a cooperar con ellos, de
modo que le dieron instrucciones y esperaron, satisfechos con pagar su dinero y
tener esperanzas de que todo fuera bien. Por aquel entonces, Mundt no era un
alto funcionario de nuestro Servicio -ni de nuestro Partido-, pero veía mucho,
y lo que veía le servía para informar. Desde luego, se comunicaba con sus amos
sin tener ayuda. Hemos de suponer que se encontraban con él en el Berlín
occidental, y que en sus breves viajes al extranjero, a Escandinavia y a otros
sitios, entraban en contacto con él para interrogarle. Los ingleses al
principio debieron de mostrarse desconfiados -¿quién no? — : sopesaron con
mucho cuidado lo que él les daba, comparándolo con lo que ya sabían. Temían que
hiciera un doble juego. Pero poco a poco se dieron cuenta de que habían
encontrado una mina de oro. Mundt se aplicó a su traicionera labor con esa
eficacia sistemática tan celebrada en él. Al principio -es una suposición mía,
camaradas, pero se basa en una larga experiencia en este trabajo y en las
declaraciones de Leamas-, en los primeros meses, no se atrevieron a establecer
ninguna clase de red que incluyera a Mundt. Le dejaron como lobo solitario; le
atendieron, le pagaron y le instruyeron aparte de su organización de Berlín.
Establecieron en Londres, a cargo de Guillam (pues fue él quien reclutó a Mundt),
una pequeña sección de cobertura cuya función no se conocía siquiera dentro del
Servicio, salvo en un círculo muy selecto. Pagaron a Mundt por un sistema
especial que llamaron “Piedra Movediza”, y no cabe duda de que trataron con
enorme precaución la información que él les daba. Esto, ya lo ven, está de
acuerdo con la insistencia de Leamas de que la existencia de Mundt le era
desconocida, aunque -como verán- no sólo le pagaba, sino que al fin, recibía
efectivamente de Riemeck y pasaba a Londres la información que obtenía Mundt.
»A finales de 1959, Mundt informó a sus amos de Londres que había encontrado en
el Presidium a un hombre que actuaría como intermediario entre él y Leamas. Ese
hombre era Karl Riemeck.
»¿Cómo encontró Mundt a Riemeck? ¿Cómo se atrevió a averiguar si Riemeck estaba
dispuesto a cooperar? Deben recordar la excepcional posición de Mundt: tenía
acceso a todos los expedientes de seguridad, podía controlar teléfonos, abrir
cartas, emplear vigilantes; podía interrogar a cualquiera con derecho
indiscutido, y tenía ante él el cuadro más detallado de su vida privada. Sobre
todo, podía silenciar las sospechas en un momento volviendo contra el pueblo la
misma arma -la voz de Fiedler temblaba de furia- que debía servir para su
protección.
Volviendo sin esfuerzo a su anterior estilo racional, continuó:
—Ahora pueden ver lo que hicieron los de Londres. Conservando siempre en
secreto la identidad de Mundt, estuvieron de acuerdo en alistar a Riemeck e
hicieron posible que se estableciera contacto indirecto entre Mundt y el
comando de Berlín. Esa es la importancia del contacto de Riemeck con De Jong y
Leamas. Así es como se habrían de interpretar las declaraciones de Leamas; así
es como se habría de medir la traición de Mundt.
Se volvió y, mirando cara a cara a Mundt, gritó:
—¡Ahí está vuestro saboteador, vuestro terrorista! ¡Ahí está el hombre que ha
vendido los derechos del pueblo!
»Casi he terminado. Sólo falta por decir una cosa. Mundt conquistó fama de leal
y astuto protector del pueblo, e hizo callar para siempre a las lenguas que
podían traicionar su secreto. Así mató en nombre del pueblo para proteger su
traición fascista y hacer avanzar su carrera dentro de nuestro Servicio. No es
posible imaginar un crimen más terrible que éste. Por eso, al fin, después de
haber hecho todo lo que podía para proteger a Karl Riemeck de las sospechas que
poco a poco le rodeaban, dio la orden de disparar contra él a vista. Por eso
dispuso el asesinato de la amante de Riemeck. Cuando hayáis de dar vuestro
veredicto al Presidium, no temáis reconocer toda la bestialidad del crimen de
este hombre. Para Hans Dieter Mundt, la muerte es una pena misericordiosa.
XXI. El testigo
La presidente se volvió hacia el hombrecillo
vestido de negro que se sentaba enfrente mismo de Fiedler.
—Camarada Karden, usted habla en representación del camarada Mundt. ¿Desea
interrogar al testigo Leamas?
—Sí, sí, me gustaría hacerlo dentro de un momento -contestó él, poniéndose
laboriosamente de pie y pasando sobre las orejas las patillas de sus gafas con
cerco de oro. Era una figura amable, un poco rústica, con el pelo blanco.
—La afirmación del camarada Mundt -empezó, con su benigna voz gratamente
modulada- es que Leamas miente, que el camarada Fiedler, por su intención o por
su mala suerte, ha sido atraído a una conspiración para destrozar la Abteilung
y hacer caer en descrédito los organismos de defensa de nuestro Estado
socialista. No discutimos que Karl Riemeck fuera un espía británico: está
demostrado. Pero discutimos que Mundt estuviera en alianza con él, o aceptara
dinero por traicionar a nuestro Partido. Decimos que no se puede demostrar
objetivamente esta acusación, y que el camarada Fiedler está envenenado por
sueños de poder y cegado al pensamiento racional. Afirmamos que Leamas, desde
el momento en que volvió de Berlín a Londres, vivió fingiendo un papel, que
simuló una rápida caída en la degeneración, en el alcoholismo y el
endeudamiento; que atacó a un tendero a plena vista de la gente y ostentó
sentimientos antiamericanos, todo ello únicamente para atraer la atención de la
Abteilung. Creemos que la Intelligence británica ha tejido deliberadamente en
torno al camarada Mundt una madeja de indicios circunstanciales: el pago de
dinero a bancos extranjeros, retirado en coincidencia con la presencia de Mundt
en los países en cuestión; la casual indicación de oídas, por parte de Peter
Guillam; la reunión secreta entre Control y Riemeck, en que se discutieron
asuntos que Leamas no podía escuchar: todas estas cosas han proporcionado una
falsa cadena de pruebas, aceptada por el camarada Fiedler, con cuyas ambiciones
contaban con tanta seguridad los ingleses; y así entró a formar parte de una
conspiración monstruosa para hundir -para asesinar, en realidad, pues Mundt
ahora está en riesgo de perder su vida- a uno de los más celosos defensores de
nuestra República.
»El hecho de que los ingleses discurrieran esta conspiración, ¿no está de
acuerdo con su historia de sabotajes, subversión y tráfico humano? ¿Qué otro
camino les queda, ahora que se ha construido el bastión a través de Berlín, y
se ha controlado el flujo de espías occidentales? Hemos sido víctimas de su
conspiración; el camarada Fiedler, en el mejor de los casos, es culpable de un
error muy grave: en el peor de los casos, de connivencia con espías
imperialistas para minar la seguridad del Estado de los trabajadores y verter
sangre inocente.
»Tenemos también un testigo -inclinó la cabeza amablemente hacia el tribunal-.
Sí, también nosotros tenemos un testigo. Pues ¿suponen ustedes realmente que
durante todo ese tiempo el camarada Mundt ha ignorado la febril conspiración de
Fiedler? ¿Lo suponen de veras? Durante meses, se ha dado cuenta del cambio de
ánimo de Fiedler. Fue el propio camarada Mundt quien autorizó el acercamiento a
Leamas en Inglaterra... ¿Creen ustedes que se hubiera arriesgado tanto si él
mismo hubiera de estar implicado?
»Y cuando llegaron al Presidium los informes del primer interrogatorio de
Leamas en La Haya, ¿suponen que el camarada Mundt tiró el suyo sin leerlo? Y
después que Leamas llegó a nuestro país y Fiedler se embarcó en el
interrogatorio por su cuenta, ¿creen ustedes que el camarada Mundt, al ver que
no llegaban más informes, fue tan tonto que no comprendió lo que incubaba
Fiedler?
»Cuando llegaron de La Haya los primeros informes de parte de Peters, Mundt no
tuvo más que mirar las fechas de las visitas de Leamas a Copenhague y Helsinki
para darse cuenta de todo el asunto para colocar pruebas falsas; pruebas para
desacreditar al propio Mundt. En efecto, esas fechas coincidían con las visitas
de Mundt a Dinamarca y a Finlandia: las habían elegido en Londres por esa misma
razón. Mundt había conocido esas “tempranas indicaciones”, igual que Fiedler;
recuérdenlo. También Mundt buscaba un espía entre los altos cargos de la
Abteilung...
»Y así, cuando Leamas llegó a la Alemania Democrática, Mundt observó con
fascinación cómo Leamas alimentaba las sospechas de Fiedler con sugerencias e
indicaciones oblicuas: jamás exageradas, ya entienden, jamás acentuadas, sino
dejadas caer acá y allá con pérfida sutileza. Y para entonces, el terreno ya
estaba preparado; el hombre del Líbano, con el milagroso “pisotón” a sus
noticias, pareciendo confirmar la presencia de un espía en un alto puesto de la
Abteilung...
»Se hizo maravillosamente bien. Podría haber convertido -podría convertir
todavía- en notable victoria la derrota que sufrieron los ingleses con la
pérdida de Karl Riemeck.
»El camarada Mundt tomó una sola precaución, mientras los ingleses, con ayuda
de Fiedler, planeaban asesinarle.
»Mandó que se hicieran escrupulosas averiguaciones en Londres. Examinó todos
los pequeños detalles de esa doble vida que llevaba Leamas en Bayswater.
Buscaba, ya comprenden, algún error humano en un proyecto de sutileza casi
sobrehumana. En algún sitio, pensaba, en la larga permanencia de Leamas en el
desierto, habría quebrantado la fidelidad a su juramento de pobreza, embriaguez
y degeneración, y sobretodo, de soledad. Necesitaría algún compañero, una
amante, quizá: anhelaría el calor del contacto humano, anhelaría mostrar una
parte de la otra alma que guardaba en el pecho.
»El camarada Mundt tuvo razón, ya lo verán. Leamas, ese agente hábil y experto,
cometió un error tan elemental, tan humano, que... -Sonrió-. Oirán al testigo.
Pero todavía no. El testigo está aquí: lo ha traído el camarada Mundt. Fue una
precaución admirable. Después llamaré... a ese testigo -hizo una expresión un
poco maliciosa, como diciendo que había que permitírsele una bromita-. Mientras
tanto, si puedo, me gustaría hacer una pregunta o dos a este acusador de mala
gana, el señor Alec Leamas.
—Dígame -empezó-, ¿es usted hombre de medios?
—No venga con majaderías -dijo Leamas, con brusquedad-; ya sabe cómo me
recogieron.
—Sí, desde luego -afirmó Karden-, aquello fue magistral. ¿Quiere decir eso,
entonces, que no tiene dinero en absoluto?
—En efecto.
—¿Tiene usted amigos que le presten dinero, que se lo den quizá, que paguen sus
deudas?
—Si los tuviera, no estaría aquí.
—¿No los tiene? ¿Podemos imaginar que algún benévolo bienhechor, acaso alguien
de quien se ha olvidado usted, se preocupara tal vez de ponerle en pie...
pagando las deudas a los acreedores y toda esa clase de cosas?
—No.
—Gracias. Otra pregunta: ¿conoce a George Smiley?
—Claro que sí. Estaba en Cambridge Circus.
—¿Se ha marchado ahora de la Intelligence británica?
—Hizo el petate después del caso Fennan.
—Ah, sí..., el caso en que estuvo implicado Mundt. ¿Le ha visto usted alguna
otra vez?
—Una vez o dos.
—¿Le ha visto después de marcharse usted de Cambridge Circus?
Leamas vaciló.
—No -dijo.
—¿No le visitó en la cárcel?
—No. Nadie me visitó.
—¿Y antes de entrar en la cárcel?
—No.
—Después de salir de la prisión, concretamente el día que le pusieron en
libertad, ¿no es verdad que se lo llevó consigo uno llamado Ashe?
—Sí.
—Almorzó con él en Soho. Después de separarse de él, ¿adónde fue usted?
—No lo recuerdo. Probablemente fui a un bar. Ni idea.
—Permítame que le ayude. Acabó por ir a Fleet Street y cogió un autobús. A
partir de allí, parece haber ido en zigzag, en autobús, en metro y en coche
particular, de un modo un tanto inexperto para un hombre de su experiencia,
hasta Chelsea. ¿Lo recuerda? Le puedo mostrar el informe si quiere: lo tengo
aquí.
—Probablemente tiene razón. ¿Y qué?
—George Smiley vive en Bywater Street, casi en la esquina con King’s Road, eso
es lo que quiero decir. Su coche se metió por Bywater Street, y nuestro agente
ha informado que se bajó en el número 9. Da la casualidad de que ésa es la casa
de Smiley.
—Eso son bobadas -dijo Leamas-. Yo creo más bien que iría al «Ocho Campanas»;
es uno de mis bares favoritos.
—¿En coche particular?
—Eso también es una tontería. Seguramente fui en taxi, supongo. Cuando tengo
dinero, lo gasto.
—Pero ¿por qué todo ese correr dando vueltas, antes?
—Eso es una idiotez. Seguramente se habrían equivocado y seguirían a otro. Eso
sería típico.
—Volviendo a mi pregunta del principio, ¿no puede imaginar que Smiley se
hubiera tomado algún interés por usted, después de marcharse usted de Cambridge
Circus?
—No, demonios.
—¿Ni en su bienestar, después que le metieron en la cárcel, ni que gastara
dinero por sus familiares, ni que quisiera verle después de encontrar a Ashe?
—No. No tengo la menor idea de lo que trata de decir, Karden, pero la respuesta
es que no. Si hubiera conocido a Smiley, no lo preguntaría. Somos lo más
diferentes que pueda imaginarse.
Karden pareció más bien contento con esto, y sonrió y asintió para sí mismo
mientras se ponía las gafas y consultaba despacio su expediente.
—Ah, sí -dijo, como si hubiera olvidado algo-; cuando le pidió al tendero que
le fiara, ¿cuánto dinero tenía?
—Nada... -dijo Leamas, despreocupadamente-. Llevaba una semana en bancarrota.
Más, creo yo.
—¿De qué había vivido?
—De restos y trozos. Había estado malo: un poco de fiebre. Llevaba una semana
casi sin comer... Supongo que eso también me puso nervioso..., volcó la
balanza.
—Desde luego, todavía le debían dinero en la Biblioteca, ¿no?
—¿Cómo lo ha sabido? — preguntó Leamas bruscamente-. ¿Ha estado...?
—¿Por qué no fue a cobrarlo? Entonces no habría tenido que pedir crédito, ¿no
es cierto, Leamas?
Él se encogió de hombros.
—No lo recuerdo. Quizá porque la Biblioteca estuviera cerrada los sábados por
la mañana.
—Ya veo. ¿Está usted seguro de que estaba cerrada los sábados por la mañana?
—No. Es sólo una suposición.
—Muy bien. Gracias, eso es todo lo que tengo que preguntar.
Leamas se iba a sentar, cuando se abrió la puerta y entró una mujer. Era grande
y fea, vestida de mono gris con insignias en una mano. A su lado estaba Liz.
XXII. La presidente
Entró en la sala despacio, mirando a su alrededor,
con los ojos muy abiertos, como un niño a medio despertar entrando en un cuarto
muy iluminado. Leamas había olvidado qué joven era. Ella, cuando le vio sentado
entre dos guardias, se detuvo.
—¡Alec!
El guardia que había a su lado le puso la mano en el brazo y la guió hasta al
punto donde había estado antes Leamas. Había un gran silencio en la sala.
—¿Cómo se llama? — le preguntó bruscamente la presidente.
Las largas manos de Liz colgaban a sus lados, con los dedos rectos.
—¿Cómo se llama? — repitió, esta vez con voz fuerte.
—Elizabeth Gold.
—¿Es miembro del Partido Comunista británico?
—Sí.
—¿Y ha estado pasando unos días en Leipzig?
—Sí.
—¿Cuándo entró en el Partido?
—En 1955. No, en el 54, me parece que fue...
Le interrumpió el ruido del movimiento, el rechinar de unos muebles apartados a
la fuerza, y la voz de Leamas, áspera, aguda, fea, llenando la sala:
—¡Hijos de perra! ¡Dejadla en paz!
Liz se volvió aterrorizada y le vio en pie, con la cara blanca manchada de
sangre y la ropa revuelta; vio que un guardia le pegaba casi derribándole;
entonces cayeron los dos guardias sobre él y le levantaron, sujetándole los
brazos detrás de la espalda. Leamas dejó caer la cabeza sobre el pecho, con
sacudidas laterales como de dolor.
—Si se mueve otra vez, llévenselo -ordenó la presidente, y movió la cabeza en
señal de amonestación, diciendo-: Usted puede volver a hablar después si lo
desea. Espere. — Luego, volviéndose a Liz, dijo con brusquedad-: ¿Seguramente
sabe cuándo entró en el Partido?
Liz no dijo nada, y la presidente, después de esperar un momento, se encogió de
hombros. Luego, inclinándose hacia adelante y mirando fijamente a Liz,
preguntó:
—Elizabeth, ¿le han hablado alguna vez en su Partido de la necesidad del
secreto?
Liz asintió.
—¿Y le han dicho alguna vez que no pregunte jamás a otro camarada sobre la
organización y disposiciones del Partido?
Liz volvió a asentir.
—Sí -dijo-, desde luego.
—Hoy se la pondrá severamente a prueba en ese aspecto. Es mejor para usted,
mucho mejor, que no sepa nada. Nada -añadió con énfasis repentino-. Baste esto:
los tres de esta mesa tenemos un puesto muy alto en el Partido. Actuamos con
conocimiento de nuestro Presidium, en interés de la seguridad del Partido.
Hemos de hacerle algunas preguntas, y sus respuestas son de gran importancia.
Contestando con veracidad y con valentía, ayudará a la causa del socialismo.
—Pero ¿quién... -susurró Liz-, quién ha sido acusado? ¿Qué ha hecho Alec?
La presidente miró hacia Mundt, por encima de ella, y dijo:
—Quizá nadie sea el acusado. Ése es el asunto -añadió-, es una garantía de su
imparcialidad que no lo sepa.
El silencio cayó por un momento sobre la pequeña sala; y entonces, con una voz
tan suave hasta el punto que la presidente inclinó instintivamente la cabeza
hasta oír sus palabras, Liz preguntó:
—¿Es Alec? ¿Es Leamas?
—Ya le digo -insistió la presidente-, más le vale, mucho más, que no lo sepa.
Tiene que decir la verdad y marcharse. Es lo más prudente que puede hacer.
Liz debió de hacer alguna señal o susurrar algunas palabras que los demás no
pudieron captar, pues la presidente se inclinó hacia delante y dijo con gran
intensidad:
—Escuche, muchacha, ¿quiere volver a casa? Haga lo que le digo y basta. Pero si
usted... -se interrumpió, señalando a Karden con la mano y añadiendo
enigmáticamente-: Este camarada quiere hacerle unas preguntas, no muchas. Luego
se marchará. Diga la verdad.
Karden se volvió a levantar y sonrió con su amable sonrisa eclesiástica.
—Elizabeth... -preguntó-. Alec Leamas era su amante, ¿verdad?
Ella asintió con la cabeza.
—¿Le conoció en la Biblioteca de Bayswater, donde trabaja?
—Sí.
—¿No le había conocido antes?
Ella movió la cabeza.
—Nos conocimos en la Biblioteca -dijo.
—¿Ha tenido usted muchos amantes, Elizabeth?
Contestara Liz lo que contestara, se perdió bajo el grito de Leamas:
—¡Karden, cerdo!
—No, Alec, se te llevarán de aquí.
—Sí -observó secamente la presidente-: eso es.
—Dígame -continuó suavemente Karden-, ¿era comunista Alec?
—No.
—¿Sabía que usted era comunista?
—Sí, se lo dije.
—¿Qué dijo él cuando se lo dijo entonces, Elizabeth?
Ella no sabía si mentir, eso era lo terrible. Las preguntas llegaban tan de
prisa que ella no tenía ocasión de pensar. Durante todo el tiempo, ellos
escuchaban, observaban, esperaban una palabra, un gesto, quizá, que pudiera
hacer terrible daño a Alec. No podía mentir si no sabía de qué se trataba;
seguiría adelante balbuciendo y Alec moriría, pues no había duda en su ánimo de
que Leamas estaba en peligro.
—¿Qué dijo él entonces? — repitió Karden.
—Se rió. Él estaba por encima de todo ese tipo de cosas.
—¿Cree usted que estaba por encima de ello?
—Claro.
El joven de la mesa de los jueces habló por segunda vez:
—¿Lo considera como un juicio válido sobre un ser humano: que esté por encima
del curso de la historia y de las necesidades de la dialéctica?
—No sé. Eso es lo que yo creía, nada más.
—No se preocupe -dijo Karden-; dígame, ¿era un hombre feliz, siempre riendo y
todas esas cosas?
—No. No se reía a menudo.
—Pero se rió cuando usted le dijo que era del Partido. ¿Sabe por qué?
—Creo que despreciaba al Partido.
—¿Cree que lo odiaba? — preguntó Karden, como de pasada.
—No sé -contestó Liz, patéticamente.
—¿Era hombre de fuertes simpatías y antipatías?
—No..., no, no lo era.
—Pero atacó a un tendero. Ahora, ¿por qué hizo eso?
De repente, Liz ya no se fió nada de Karden. No se fió de la voz acariciadora y
la cara de geniecillo bondadoso.
—No sé.
—¿Pero usted pensó sobre eso?
—Sí.
—Bueno, ¿a qué conclusión llegó?
—A ninguna -dijo Liz, de plano.
Karden la miró pensativamente, quizá un poco decepcionado, como si ella se
hubiera olvidado del catecismo.
—Usted -preguntó, como si fuera la más obvia de las preguntas-, ¿usted sabía
que Leamas iba a pegar al tendero?
—No -contestó Liz, acaso con demasiada rapidez, de tal modo que en la pausa que
vino después, la sonrisa de Karden dejó paso a un aire de curiosidad divertida.
—Hasta ahora..., hasta hoy -preguntó al fin-, ¿cuándo fue la última vez que vio
a Leamas?
—No le volví a ver después que entró en la cárcel -contestó Liz.
—Entonces, ¿cuándo fue la última vez que le vio? — la voz era amable, pero
insistente.
A Liz le molestaba dar la espalda a la sala: hubiera deseado volverse y ver a
Leamas, verle quizá la cara, leer en ella alguna guía, alguna señal que le
dijera cómo contestar. Empezaba a asustarse por ella misma, con esas preguntas
que se referían a acusaciones y sospechas de que ella no sabía nada. Debían
saber que ella quería ayudar a Alec, que tenía miedo, pero nadie la ayudaba...,
¿por qué no la ayudaba nadie?
—Elizabeth, ¿cuándo fue su último encuentro con Leamas, hasta hoy? — ah, esa
voz, cómo la odiaba, cómo odiaba esa voz sedeña.
—La noche antes que ocurriera eso -contestó-, la noche antes de la pelea que
tuvo con el señor Ford.
—¿La pelea? No fue una pelea, Elizabeth. El tendero no respondió en absoluto,
no tuvo ocasión. ¡Poco deportivo!
Karden se echó a reír, y lo más terrible es que nadie se rió con él.
—Dígame, ¿dónde se reunió con Leamas esa última noche?
—En su piso. Él había estado malo, sin trabajar. Estuvo en cama, y yo había ido
a hacerle la comida.
—¿Y a comprarle de comer? ¿Le hacía la compra?
—Sí.
—Qué amable. Le debió costar mucho dinero... -Karden la observó con
comprensión-. ¿Podía usted mantenerle?
—Yo no le mantenía. Lo recibía de Alec. Él...
—Ah -dijo Karden, con rapidez-, así que él tenía algún dinero, ¿eh?
«Dios mío -pensó Liz-, Dios mío, mi buen Dios. ¿Qué he dicho yo?»
—No mucho -dijo Liz de prisa-, no mucho, lo sé. Una libra o dos, nada más. No
tenía más que eso. No podía pagar las cuentas, la luz eléctrica y el alquiler;
ya ve, las pagó un amigo cuando él se fue. Tuvo que pagarlas un amigo, no Alec.
—Claro -dijo Karden, tranquilamente-, un amigo las pagó. Fue especialmente a
pagar las cuentas. Algún viejo amigo de Leamas. Alguien que él conocería quizá
antes de ir a Bayswater. ¿Conoció usted alguna vez a ese amigo, Elizabeth?
Ella movió la cabeza.
—Ya veo. ¿Qué otras cuentas pagó ese amigo? ¿Lo sabe?
—No..., no.
—¿Por qué vacila?
—He dicho que no sé -replicó con dureza Liz.
—Pero ha vacilado -explicó Karden-. Me preguntaba si pensaría otra cosa.
—No.
—¿Le habló alguna vez Leamas de ese amigo? ¿Un amigo con dinero, que sabía
donde vivía Leamas?
—Nunca mencionó a ningún amigo. No creo que tuviera amigos.
—Ah.
Se produjo un terrible silencio en la sala, más terrible para Liz porque, como
un niño ciego entre videntes, estaba aislada de todos los que la rodeaban:
ellos podían medir sus respuestas con algún patrón secreto mientras que ella,
por ese temible silencio, no podía saber lo que habían averiguado.
—¿Cuánto dinero gana, Elizabeth?
—Seis libras por semana.
—¿Tiene ahorros?
—Unos pocos; unas libras.
—¿Cuál es el alquiler de su piso?
—Cincuenta chelines por semana.
—Es mucho, ¿no, Elizabeth? ¿Ha pagado el alquiler hace poco?
Ella movió la cabeza, desvalida. En un susurro, contestó:
—Tenía un arrendamiento. Alguien compró el piso y me mandó el título.
—¿Quién?
—No sé -le corrían las lágrimas por la cara-. No sé... Por favor, no me
pregunten más. No sé quién fue..., lo mandaron hace seis semanas, un banco de
la City..., alguna beneficencia lo había hecho..., mil libras. Les juro que no
sé quién..., un donativo de una beneficencia, decían. Ustedes lo saben todo;
díganme quién...
Sepultando la cara entre las manos, lloró, de espaldas a la sala, con los
hombros moviéndose a causa de la agitación de sus sollozos. Nadie se movía; al
fin, ella bajó las manos, pero sin levantar la mirada.
—¿Por qué no hizo averiguaciones? — preguntó Karden con sencillez-. ¿O está
usted acostumbrada a recibir donaciones anónimas de mil libras?
Ella no dijo nada, y Karden continuó:
—No hizo averiguaciones porque lo supuso. ¿No es verdad?
Ella asintió, volviendo a aproximar la mano a su cara.
—Supuso que venía de Leamas, o del amigo de Leamas, ¿no?
—Sí -se las arregló para decir ella-; oí decir en la calle que el tendero había
recibido algún dinero, un montón de dinero, de algún sitio, después del juicio.
Se habló mucho de ello, y yo comprendí que debía de ser el amigo de Alec...
—Qué extraño -dijo Karden, casi para sí-; qué raro. — Y luego-: Dígame,
Elizabeth, ¿alguien se puso en contacto con usted después que Leamas fue a la
cárcel?
—No -mintió ella.
Ahora sabía, ahora estaba segura de que querían demostrar algo contra Alec,
algo sobre el dinero o sus amigos, algo sobre el tendero.
—¿Está usted segura? — preguntó Karden, con las cejas levantadas sobre los
cercos de oro de las gafas.
—Sí.
—Pero su vecino, Elizabeth -objetó Karden, con paciencia-, dijo que vinieron a
verla unos hombres, dos hombres, poco después de la sentencia de Leamas, ¿o
eran simplemente amantes, Elizabeth? ¿Amantes de paso, como Leamas, que le
dieron dinero?
—Alec no era un amante de paso -gritó ella-; ¿cómo puede...?
—Pero le dio dinero. ¿También los hombres le dieron dinero?
—¡Por Dios! — sollozó Liz-. No me haga más preguntas.
—¿Quiénes eran?
Ella no contestó, y entonces Karden gritó de repente: era la primera vez que
elevaba la voz.
—¿Quiénes?
—No sé. Vinieron en un coche. Amigos de Alec.
—¿Más amigos? ¿Qué querían?
—No sé. Me estuvieron preguntando lo que él me decía..., me dijeron que me
pusiera en contacto con ellos si...
—¿Cómo? ¿Cómo ponerse en contacto con ellos?
Ella, por fin, contestó:
—Él vivía en Chelsea..., se llamaba Smiley, George Smiley... Yo tenía que
llamarle...
—¿Y le llamó?
—¡No!
Karden había dejado el expediente. Un silencio de muerte había caído sobre la
sala. Señalando a Leamas, dijo Karden, con voz perfectamente contenida:
—Smiley quería saber si Leamas le había contado demasiado a ella. Leamas había
hecho una cosa que la Intelligence británica nunca esperó que hiciera: se buscó
una amante y le había llorado en el hombro.
Entonces Karden se echó a reír suavemente, como si todo eso fuera una broma
estupenda:
—Igual que Karl Riemeck: la misma equivocación.
—¿Hablaba alguna vez Leamas sobre sí mismo? — continuó Karden.
—No.
—¿No sabe nada de su pasado?
—No. Sabía que había hecho algo en Berlín. Algo para el Gobierno.
—Entonces hablaba de su pasado, ¿no? ¿Le dijo que había estado casado?
Hubo un largo silencio. Liz asintió.
—¿Por qué no le fue a ver después que le metieron en la cárcel? Podría haberle
visitado.
—Me pareció que él no quería.
—Ya veo. ¿Le escribió usted?
—No. Sí, una vez..., sólo para decirle que le esperaría. No creí que le
importara.
—¿No creyó que tampoco lo desearía?
—No.
—Y cuando él cumplió su condena, ¿no trató usted de entrar en contacto con él?
—No.
—Adondequiera que fuera, ¿tenía un trabajo esperándole, amigos que le
recibirían?
—No sé..., no sé.
—En realidad, había terminado con él, ¿verdad? — preguntó Karden con una mueca
burlona-. ¿Se había buscado usted otro amante?
—¡No! Yo le esperaba..., siempre le esperaré -se dominó-. Yo quería que
volviera.
—Entonces, ¿por qué no le había escrito? ¿Por qué no trató de averiguar dónde
estaba?
—Él no quería, ¿no ve? Me había hecho prometer... no seguirle nunca...,
nunca...
—Así que él esperaba ir a la cárcel, ¿eh? — preguntó Karden triunfante.
—No..., no sé. ¿Cómo puedo decirle lo que no sé?
—Y en esa última noche -insistió Karden, con voz áspera e intimidatoria-, la
noche antes de pegar al tendero, ¿le hizo renovar su promesa? Bueno, ¿sí?
Con infinita fatiga, ella asintió en un gesto patético de capitulación.
—Sí.
—¿Y se despidieron?
—Nos despedimos.
—Después de cenar, desde luego. Era muy tarde. ¿O pasó la noche con él?
—Después de cenar. Me fui a casa..., no directamente a casa... Primero fui a
dar un paseo, no sé por dónde. A pasear, sola.
—¿Qué motivo le dio él para romper su relación?
—No la rompió -dijo-. Nunca. Dijo solamente que había algo que tenía que hacer:
algo que tenía que arreglar, costara lo que costara, y después, quizá algún
día, cuando todo hubiera pasado..., él... volvería, si yo seguía allí y...
—Y usted dijo -sugirió Karden con ironía- que siempre le esperaría, sin duda,
¿no?; que siempre le querría.
—Sí -contestó Liz, con sencillez.
—¿Dijo que le mandarria dinero?
—Dijo..., dijo que las cosas no estaban tan mal como parecían..., que... que ya
se cuidarían de mí.
—Y por eso no preguntó después, ¿no es verdad?, cuando una beneficencia de la
City le dio por casualidad mil libras.
—Sí, sí, eso es... Ahora ya lo saben todo..., ya lo sabían todo. ¿Por qué me
hicieron venir, si ya lo sabían?
Imperturbablemente, Karden esperó que se detuvieran sus sollozos.
—Ésta -dijo finalmente ante el Tribunal que tenía delante- es la prueba de la
defensa. Lamento que una muchacha cuya percepción está nublada por sus
sentimientos y cuya vigilancia está embotada por el dinero, sea considerada por
nuestros camaradas ingleses como persona adecuada para un cargo en el Partido.
Mirando primero a Leamas y luego a Fiedler, añadió con brutalidad:
—Es una tonta. Sin embargo, ha sido una suerte que la conociera Leamas. No es
la primera vez que una conspiración revanchista se ha descubierto por la
debilidad de sus organizadores.
Con una pequeña pero precisa inclinación hacia el Tribunal, Karden se sentó.
Al hacerlo así, Leamas se puso en pie, y esta vez los guardias le dejaron en
paz.
En Londres debían de haberse vuelto locos de atar. Se lo había dicho, eso era
lo peor, les había dicho que la dejaran en paz. Y ahora estaba claro que desde
ese momento, desde el mismo momento en que salió de Inglaterra, antes de eso,
incluso, en cuanto fue a la cárcel, algún maldito idiota había ido dando
vueltas a ponerlo todo en orden, a pagar las cuentas, a indemnizar al tendero,
y sobre todo, a ver a Liz. Era de locos, era fantástico. ¿Qué trataban de
hacer, matar a Fiedler, matar a su propio agente? ¿Sabotear su propia
operación? ¿Era sólo Smiley? ¿Su desgraciada conciencia le había impulsado a
eso? Había sólo una cosa que hacer: sacar del bote a Liz y a Fiedler, y cargar
con el lío. Probablemente, él de todas maneras ya estaba liquidado. Si podía salvarle
el pellejo a Fiedler, si podía hacerlo, quizá habría una probabilidad de que
escapara Liz.
¿Cómo demonios sabían tanto? Estaba seguro, estaba absolutamente seguro de que
no le habían seguido hasta la casa de Smiley aquella tarde. Y el dinero..., ¿de
dónde habían sacado la historia de que él robaba dinero en Cambridge Circus?
Aquello estaba pensado para consumo interior... Entonces, ¿cómo? Por amor de
Dios, ¿cómo?
Agitado, furioso y horriblemente avergonzado, bajó despacio por la pasarela,
rígido, como alguien que va al patíbulo.
XXIII. Confesión
—Muy bien, Karden.
Su cara estaba blanca y dura como la piedra; tenía la cabeza un poco echada
hacia atrás, en la actitud de un hombre que escucha un sonido lejano, había en
él una espantosa calma, no de resignación, sino de dominio sobre sí mismo, de
tal modo que todo su cuerpo parecía estar bajo la férrea presión de su
voluntad.
—Muy bien, Karden, déjela que se vaya.
Liz le miraba fijamente, con la cara arrugada y afeada, y los oscuros ojos
llenos de lágrimas.
—No, Alec..., no -dijo.
No había nadie más en la sala: sólo Leamas, alto y erguido como un soldado.
—No se lo digas -dijo ella, elevando la voz-, sea lo que sea, no se lo digas
sólo por mi culpa... A mí ya no me importa, Alec: te aseguro que no.
—Calla, Liz -dijo Leamas, torpemente-. Ya es tarde.
Volvió los ojos a la presidente.
—Ella no sabe nada. Nada en absoluto. Sáquenla de aquí y mándenla a casa. Yo
les diré lo demás.
La presidente lanzó una breve mirada a los hombres que estaban a ambos lados de
ella. Deliberó y luego dijo:
—Puede salir de la sala, pero no puede volver a su casa hasta que acaben las
declaraciones. Entonces ya veremos.
—Ella no sabe nada, se lo digo yo -gritó Leamas-. Karden tiene razón, ¿no ven?
Ha sido una operación, una operación planeada. ¿Cómo podía saberlo ella? Ella
no es más que una chiquilla frustrada en una Biblioteca absurda: ¡no les sirve
para nada!
—Es un testigo -replicó la presidente, con brevedad-. Quizá Fiedler quiera
interrogarla.
Ya no era el «camarada Fiedler». Al oír mencionar su nombre, Fiedler pareció
despertar de la abstracción en que había caído, y Liz le miró conscientemente
por vez primera. Los profundos ojos oscuros de Fiedler se posaron en ella un
momento y sonrió muy ligeramente, como reconociendo su raza. Fiedler -pensó
ella- era una pequeña figura abandonada, extrañamente en calma.
—Ella no sabe nada -dijo Fiedler-. Leamas tiene razón; déjenla marchar. — Su
voz estaba fatigada.
—¿Se da cuenta de lo que dice? — preguntó la presidente-. ¿Se da cuenta de lo
que eso significa? ¿No tiene preguntas que hacerle?
—Ella ha dicho lo que tenía que decir.
Fiedler había cruzado las manos sobre las rodillas y las observaba como si le
interesaran más que lo que ocurría en la sala.
—Se ha hecho todo de un modo muy astuto -asintió-. Déjenla marchar. No nos
puede decir lo que no sabe.
Con un cierto formalismo burlón, añadió:
—No tengo preguntas que hacer a la testigo.
Un guardia abrió la puerta y gritó hacia el pasillo lateral. En el silencio
absoluto de la sala, oyeron la voz de una mujer que contestaba, y sus pesados
pasos acercándose. Fiedler se puso en pie repentinamente y, tomando del brazo a
Liz, la condujo a la puerta. Ella, al alcanzarla, se volvió a mirar a Leamas,
pero él tenía la mirada fijamente desviada, como uno que no puede soportar ver
sangre.
—Vuélvase a Inglaterra -le dijo Fiedler-. Vuélvase a Inglaterra.
De pronto, Liz empezó a sollozar inconteniblemente. La guardiana le echó un
brazo por el hombro, más como apoyo que como consuelo, y la sacó de la sala. El
guardia cerró la puerta. El rumor de su llanto fue disipándose poco a poco.
—No hay mucho que decir -empezó Leamas-; Karden tiene razón. Ha sido un trabajo
de simulación. Cuando perdimos a Karl Riemeck, perdimos a nuestro único agente
decente en la Zona. Todos los demás ya habían desaparecido. No podíamos
entenderlo: Mundt parecía localizarles casi antes de que los reclutáramos.
Volví a Londres y vi a Control. Peter Guillam estaba allí, y George Smiley.
George, en realidad, estaba retirado, haciendo algo muy interesante, filología
o algo así.
»En cualquier caso, a ellos se les ocurrió esta idea. Hacer que un hombre se
meta él mismo en la trampa, eso es lo que dijo Control. Fingirlo, a ver si
pican. Entonces lo organizamos hacia atrás, por decirlo así. “Inductivo” lo
llamó Smiley. Si Mundt fuera agente nuestro, cómo le habríamos pagado, cómo
estarían los expedientes, etc. Peter se acordó de que un árabe había tratado de
vendernos una descripción de la Abteilung, hacía un año o dos, y le habíamos
mandado al cuerno. Luego advertimos que nos habíamos equivocado. Peter tuvo la
idea de encajarlo dentro; como si lo hubiéramos rechazado porque ya lo
sabíamos. Eso fue astuto.
»Ya se pueden imaginar lo demás. La ficción de estar haciéndome pedazos: la
bebida, los apuros de dinero, los rumores de que Leamas había robado el cajón.
Todo iba de acuerdo. Hicimos que Elsie, en Contabilidad, ayudara las chácharas,
y uno o dos más. Lo hicieron muy bien -añadió, con un toque de orgullo-. Luego
elegí una mañana..., un sábado por la mañana, con mucha gente alrededor..., y
estallé. Salió en la prensa local..., hasta en el Daily Worker, creo; y para
entonces ustedes ya se habían fijado. A partir de entonces -añadió con
desprecio- excavaron sus propias tumbas.
—La de usted -dijo Mundt, con calma. Miraba pensativo a Leamas con sus ojos
pálidos, pálidos-. Y quizá la del camarada Fiedler.
—Poca culpa le pueden echar a Fiedler -dijo Leamas, con indiferencia-, dio la
casualidad de que él era quien estaba en el lugar, no es el único hombre de la
Abteilung que le ahorcaría de buena gana, Mundt.
—De todas maneras, a usted le ahorcaremos -dijo Mundt, para tranquilizarle-. Ha
asesinado a un guardia. Ha tratado de asesinarme a mí.
Leamas sonrió secamente.
—De noche, todos los gatos son pardos, Mundt... Smiley siempre dijo que podía
salir mal. Dijo que acaso pondría en marcha una reacción que no pudiéramos
detener. Ha perdido fuerza..., usted ya lo sabe. No ha vuelto a ser el mismo
desde el caso Fennan..., desde el caso Mundt en Londres. Dicen que entonces le
pasó algo..., que por eso dejó Cambridge Circus. Eso es lo que no puedo
comprender, por qué pagaron las cuentas, la chica y todo eso. Debe de haber
sido que Smiley echó a perder adrede la operación, eso debe de haber sido. Sin
duda tuvo una crisis de conciencia, pensando que es malo matar, o algo así. Fue
una locura, después de tanta preparación, tanto trabajo, echar a perder de ese
modo una operación.
»Pero Smiley le odiaba, Mundt. Todos también, creo, aunque no lo decíamos.
Planeamos la cosa como si fuera un juego..., es difícil explicarlo ahora.
Sabíamos que estábamos entre la espada y la pared; habíamos fracasado contra
Mundt y ahora íbamos a tratar de matarle. Pero no dejaba de ser un juego.
Volviéndose hacia el Tribunal, añadió:
—Se equivocan ustedes sobre Fiedler; no es de los nuestros: ¿por qué Londres
iba a tomarse esa clase de riesgo con un hombre de la posición de Fiedler?
Admito que contaban con él. Sabían que odiaba a Mundt, ¿por qué no iba a
odiarle? Fiedler es judío, ¿no? Ya saben, deben de saberlo todos, lo que piensa
él de los judíos.
»Les voy a decir algo que no les dirá nadie más, así que lo haré yo: Mundt
había dado una paliza a Fiedler, y todo el tiempo, mientras lo hacía, Mundt le
insultaba y se burlaba de él porque era judío. Todos ustedes saben qué clase de
hombre es Mundt, pero le toleran porque vale mucho en su trabajo. Pero...
-Vaciló un momento, y luego continuó-: Pero, por Dios, ya se ha enredado
bastante gente en todo esto sin que caiga al cesto la cabeza de Fiedler.
Fiedler está muy bien, se lo digo yo..., ideológicamente sano, ¿no es ésa la
expresión, eh?
Miraba al Tribunal. Ellos le observaban impasibles, casi con curiosidad, con la
mirada fija y fría. Fiedler, que había vuelto a su silla y escuchaba con
despego bastante afectado, miró por un momento a Leamas con aire ausente.
—Y usted lo enredó todo, Leamas, ¿es así? — preguntó-. Un perro viejo como
Leamas, empeñado en la operación que ha de coronar su carrera, ¿cae por... cómo
la ha llamado..., una chiquilla frustrada en una Biblioteca absurda? Londres
debe de haberlo sabido: Smiley no podría haberlo hecho solo. — Fiedler se
volvió hacia Mundt-: Aquí hay una cosa rara, Mundt; ellos debían de haber
sabido que usted iba a comprobar todas las partes del relato de Leamas. Por eso
Leamas vivió esa vida. Pero después mandaron dinero al tendero, pagaron el
alquiler y le compraron el piso a la chica. De todas las cosas extraordinarias
que pueda hacer..., gente de la experiencia que tienen ellos..., ¡pagar mil
libras a una chica, «miembro del Partido», que tenía que hacer creer que él
estaba en bancarrota! No me diga que la conciencia de Smiley llega hasta ahí...
Londres tiene que haberlo hecho. ¡Qué riesgo!
Leamas se encogió de hombros.
—Smiley tuvo razón. No pudimos detener la reacción. Nunca esperamos que me
trajeran aquí: a Holanda, sí, pero aquí no. — Quedó un momento en silencio, y
luego continuó-: Y nunca pensé que traerían a la chica. He sido un maldito
idiota.
—Pero Mundt no lo ha sido -intervino Fiedler rápidamente-. Mundt sabía de qué
tenía que ocuparse: muy listo, debo decirlo yo por Mundt. Incluso estaba
enterado de lo del piso; realmente sorprendente. Quiero decir, cómo podría él
averiguarlo: ella no se lo había dicho a nadie. Conozco a esa chica, la
comprendo..., ella no era capaz de decírselo a nadie. — Lanzó una ojeada hacia
Mundt-. ¿Quizá Mundt nos puede decir cómo lo sabía?
Mundt vaciló; un segundo más de lo debido, pensó Leamas.
—Fue por su suscripción -dijo-; hace un mes aumentó su cuota del Partido en
diez chelines al mes. Yo lo supe. Y traté de averiguar cómo podía permitírselo.
Tuve éxito.
—Una explicación magistral -respondió fríamente Fiedler.
Se produjo un silencio.
—Creo -dijo la presidente, lanzando una ojeada a sus dos colegas- que el
Tribunal ahora está en situación de hacer su informe al Presidium. Mejor dicho
-añadió, volviendo hacia Fiedler sus ojos pequeños y crueles-, a no ser que
tenga algo más que decir.
Fiedler movió la cabeza. Parecía que le seguía divirtiendo algo.
—En ese caso -continuó la presidente-, mis colegas están de acuerdo en que el
camarada Fiedler quede separado de sus obligaciones hasta que el comité
disciplinario del Presidium haya considerado su situación. Leamas ya está
detenido. Deseo recordarles a todos que este Tribunal no tiene poderes
ejecutivos. El fiscal del pueblo, en colaboración con el camarada Mundt,
considerará sin duda qué acción se ha de tomar contra un agente provocador
inglés, un asesino.
Miró hacia Mundt, más allá de Leamas. Pero Mundt miraba a Fiedler con la
consideración desapasionada de un verdugo que toma la medida a su víctima para
la cuerda.
Y de repente, con la tremenda lucidez de un hombre a quien se ha engañado
demasiado tiempo, Leamas comprendió todo el diabólico plan.
XXIV. La comisario
Liz estaba junto a la ventana, de espaldas a la
guardiana, y miraba con pasmo vacío el diminuto patio de fuera. Suponía que los
presos hacían ejercicio allí. Estaba en el despacho de alguien; había alimentos
en la mesa junto a los teléfonos, pero ella no podía tocarlos. Se sentía
mareada y muy cansada, físicamente cansada. Le dolían las piernas notaba la
cara áspera y rígida a causa de las lágrimas. Se sentía sucia y le apetecía un
baño.
—¿Por qué no come? — volvió a preguntar la mujer-. Todo ha pasado ya.
Lo decía sin compasión, como si la muchacha fuera tonta por no comer estando
allí la comida.
—No tengo hambre.
La guardiana se encogió de hombros.
—Quizá tenga que realizar un largo viaje -observó-, y no hay mucho que comer en
el otro lado.
—¿Qué quiere decir?
—Los trabajadores se mueren de hambre en Inglaterra -afirmó ella con
complacencia-. Los capitalistas les hacen morirse de hambre.
Liz estuvo a punto de decir algo, pero parecía inútil. Además, quería saber;
tenía que saber, y esa mujer se lo podía decir.
—¿Qué lugar es éste?
—¿No sabe? — se rió la guardiana-. Tendría que preguntárselo a los del otro
lado -señaló con la cabeza hacia la ventana-. Ellos le pueden decir qué es.
—¿Quiénes son ésos?
—Presos.
—¿Qué clase de presos?
—Enemigos del Estado -contestó ella con prontitud-. Espías, agitadores.
—¿Cómo sabe que son espías?
—El Partido lo sabe. El Partido sabe de la gente más que ellos mismos. ¿No se
lo han dicho? — La guardiana la miró, movió la cabeza y observó-: ¡Los
ingleses! Los ricos se les han comido el porvenir y ustedes los pobres les han
dado la comida: eso es lo que les ha pasado a los ingleses.
—¿Quién se lo ha dicho?
La mujer sonrió y no dijo nada. Parecía contenta de sí misma.
—¿Y ésta es una cárcel para espías? — insistió Liz.
—Es una cárcel para los que no son capaces de reconocer la realidad socialista,
para los que creen que tienen derecho a errar, para los que retardan la marcha.
Traidores -concluyó con brevedad.
—Pero ¿qué han hecho?
—No podemos edificar el comunismo sin eliminar el individualismo. No se puede
planear un gran edificio si algún cerdo construye su pocilga en su terreno.
Liz la miró asombrada.
—¿Quién le ha dicho todo eso?
—Soy comisario aquí -dijo con orgullo-. Trabajo en la prisión.
—Es usted muy lista -indicó Liz, abordándola.
—Soy una trabajadora -contestó agriamente la mujer-. El concepto de los
intelectuales como categoría superior ha de ser destruido. No hay categorías,
sino sólo trabajadores; no hay antitesis entre el trabajo mental y el físico.
¿No ha leído a Lenin?
—Entonces, ¿la gente de esta cárcel son intelectuales?
La mujer sonrió.
—Sí -dijo-, son reaccionarios que se llaman Progresivos: defienden al individuo
contra el Estado... ¿Sabe lo que dijo Kruschev sobre la contrarrevolución en
Hungría?
Liz movió la cabeza. Debía mostrar interés, debía hacer hablar a la mujer.
—Dijo que no habría sucedido nunca si se hubiera fusilado a tiempo a un par de
escritores.
—¿Ahora a quién fusilarán -preguntó rápidamente Liz- después del proceso?
—A Leamas -respondió ella con indiferencia-, y a ese judío, Fiedler.
Liz creyó por un momento que se iba a caer, pero encontró con la mano el
respaldo de una silla, y se las arregló para sentarse.
—¿Qué ha hecho Leamas? — susurró.
La mujer la miró con sus ojillos astutos. Era muy corpulenta, de pelo escaso,
estirado por la cabeza hasta reunirse en un moño sobre su gruesa nuca. Tenía
cara pesada y aspecto fláccido y aguanoso.
—Mató a un guardia -dijo.
—¿Por qué?
La mujer se encogió de hombros.
—En cuando al judío -continuó-, hizo una acusación contra un camarada leal.
—¿Por eso van a fusilar a Fiedler? — preguntó Liz, incrédula.
—Los judíos son todos iguales -comentó la mujer-. El camarada Mundt sabe muy
bien lo que hay que hacer con esa gente. No necesitamos a nadie así. Si entran
en el Partido, creen que es propiedad suya. Si se quedan fuera, piensan que
todo es conspirar contra ellos. Se dice que Leamas y Fiedler conspiraron juntos
contra Mundt... ¿Se va a comer esto? — preguntó, señalando la comida en la
mesa.
Liz sacudió la cabeza.
—Entonces tendré que comérmelo yo -dijo, con una grotesca muestra de que lo
haría de mala gana-. Le han dado patatas. Debe de tener un amante en la cocina.
El humor de esa observación la animó hasta que acabó del todo la comida de Liz.
Liz se volvió a la ventana.
En la confusión de ánimo de Liz, en su torbellino de vergüenza, dolor y miedo,
predominaba el recuerdo aterrador de Leamas tal como le había visto por última
vez en la sala, sentado rígidamente en la silla y con los ojos apartados de los
suyos. Ella le había fallado y él no se atrevía a mirarla antes de morir: no
quería dejarle ver el desprecio, el miedo quizá, que estaba escrito en su cara.
Pero ¿qué otra cosa hubiera podido hacer? Si por lo menos Leamas le hubiera
dicho lo que él iba a hacer -ni siquiera ahora le resultaba claro a Liz-
hubiera mentido y hecho trampas por él, cualquier cosa, con tal de que se lo
hubiera dicho. Seguro que él lo comprendía: seguro que la conocía lo bastante
bien como para darse cuenta de que al fin ella haría todo lo que él dijera; de
que ella asumiría su forma y su ser, su voluntad, su vida, su imagen, su dolor,
si pudiera: de que sólo rezaba por tener ocasión de hacerlo. Pero, si no se lo
decía, ¿cómo iba a saber contestar a esas preguntas veladas e insidiosas?
Parecía no tener fin la ruina que le había causado.
Recordaba, en la situación febril de su ánimo, que de niña la había horrorizado
llegar a saber que con cada paso que daba, millares de pequeñas criaturas
quedaban destruidas bajo sus pies; y ahora, tanto si mentía como si decía la
verdad -o incluso, estaba segura, si se callaba-, se había visto obligada a
destruir un ser humano; quizá dos, pues, ¿no estaba también el judío, Fiedler,
que había sido amable con ella, cogiéndola del brazo y diciéndole que volviera
a Inglaterra? Fusilarían a Fiedler, eso es lo que decía la mujer. ¿Por qué
tenía que ser Fiedler? ¿Por qué no el viejo que hacía las preguntas, o el rubio
de la fila de delante entre los guardias, el que sonreía todo el tiempo?
Adondequiera que se volviese observaba su cabeza rubia y lisa y su rostro liso
y cruel, sonriendo como si fuera una broma estupenda. La consoló que Leamas y
Fiedler estuvieran del mismo bando. Se volvió otra vez a la mujer y preguntó:
—¿Por qué esperamos aquí?
La guardiana apartó el plato y se puso de pie.
—Esperamos instrucciones -contestó-. Están decidiendo si debe usted quedarse.
—¿Quedarme? — repitió Liz con aire vacío.
—Es cuestión de declaraciones. Quizá sometan a juicio a Fiedler. Ya se lo dije:
sospechan una conspiración entre Fiedler y Leamas.
—Pero ¿contra quién? ¿Cómo podía conspirar en Inglaterra? ¿Cómo vino aquí? Él
no es del Partido.
La mujer movió la cabeza.
—Es secreto -replicó-. Es sólo asunto del Presidium. Tal vez el judío le trajo
aquí.
—Pero usted sí lo sabe -insistió Liz, con una nota de halago en la voz-; usted
es comisario en la prisión. Seguramente se lo han dicho.
—Quizá -contestó la mujer, ufana-. Es un asunto muy secreto -repitió.
Sonó el teléfono. La mujer lo cogió y escuchó. Al cabo de un momento, lanzó una
ojeada a Liz.
—Sí, camarada. Enseguida -dijo, y colgó.
—Se va a quedar -añadió con brusquedad-. El Presidium va a considerar el caso
de Fiedler. Mientras tanto, se quedará aquí. Ése es el deseo del camarada
Mundt.
—¿Quién es Mundt?
La mujer puso cara astuta.
—Es el deseo del Presidium -dijo.
—No quiero quedarme -gritó Liz-. Quiero...
—El Partido sabe de nosotros más que nosotros mismos -replicó la mujer-. Debe
quedarse aquí. Es el deseo del Partido.
—¿Quién es Mundt? — le volvió a preguntar Liz, pero la otra siguió sin
contestar.
Lentamente, Liz la siguió a lo largo de pasillos interminables, a través de
verjas vigiladas por centinelas, pasando ante puertas de hierro de las que no
salía ningún ruido, bajando escaleras inacabables, cruzando campos enteros muy
por debajo de la tierra, hasta que creyó haber llegado a las entrañas del mismo
infierno: nadie le diría cuándo habría muerto Leamas.
No tenía idea de qué hora era cuando oyó los pasos en el corredor de fuera de
su celda. Podrían ser las cinco de la tarde; podría ser medianoche. Estaba
despierta, mirando fijamente la tiniebla negra, ansiando un ruido. Nunca había
imaginado que el silencio pudiera ser tan terrible. Había gritado una vez, y no
había recibido ni el eco, nada. Solo el recuerdo de su propia voz. Se había
imaginado el sonido rompiendo contra la oscuridad maciza como un puño contra
una roca. Había movido las manos a su alrededor, sentada en la cama, y le había
parecido que la oscuridad las hacía pesadas, como si fuera a tientas por el
agua. Sabía que la celda era pequeña, que contenía la cama en que estaba
sentada, una palangana sin grifos y una tosca mesa: lo había visto al entrar.
Luego la luz se había apagado, y ella echó a correr locamente adonde sabía que
estaba la cama, golpeándose las espinillas con ella, y se había quedado allí,
con escalofríos de miedo. Hasta que oyó los pasos, y la puerta de su celda se
abrió de repente.
Le reconoció enseguida, aunque sólo podía discernir su silueta contra la pálida
luz azul del pasillo: la figura esbelta y ágil, la línea clara de la mejilla y
el corto pelo rubio, apenas acariciados por la luz de atrás.
—Soy Mundt -dijo-. Venga conmigo, enseguida.
Su voz era despectiva, pero contenida, como si estuviera afanoso de que no le
oyera nadie más.
Liz, de repente, se sintió aterrada. Recordó lo de la guardiana: «Mundt sabe
qué hay que hacer con los judíos.» Se quedó de pie junto a la cama, mirándole
pasmada, sin saber qué hacer.
—De prisa, tonta -Mundt se adelantó y la agarró por la muñeca-; de prisa.
Ella dejó que la sacara al pasillo. Desconcertada, observó cómo Mundt volvía a
cerrar silenciosamente la puerta de su celda. Él la cogió rudamente del brazo y
la obligó a avanzar con rapidez por el primer pasillo, medio corriendo, medio
andando.
Liz oía el zumbido lejano de los acondicionadores de aire; y, de vez en cuando,
el ruido de otros pasos desde pasillos que desembocaban en el de ellos. Se dio
cuenta de que Mundt vacilaba, e incluso se echaba atrás, al llegar a otros
pasillos; luego seguía adelante, se aseguraba de que no viniese nadie, y
entonces le hacía señal de continuar. Parecía suponer que ella querría seguir,
que sabría el motivo. Era como si la tratara igual que a un cómplice.
Y de repente se detuvo y metió una llave en la cerradura de una sucia puerta de
metal. Liz aguardó, con pánico. Él empujó brutalmente la puerta hacia afuera, y
el aire dulce y fresco de un atardecer de invierno sopló contra la cara de Liz.
Él le hizo otra vez señas, siempre con la misma urgencia, y Liz le siguió
bajando dos escalones hasta un sendero de grava que se prolongaba a través de
un descuidado huertecillo.
Siguieron el camino hasta una complicada puerta gótica que daba a la carretera,
atrás. Ante la puerta había aparcado un coche, y a su lado, de pie, estaba Alec
Leamas.
—Manténgase a distancia -la avisó Mundt cuando Liz empezaba a adelantarse-.
Espere aquí.
Mundt se adelantó, y durante lo que le pareció un siglo, observó a los dos
hombres de pie, juntos, hablando tranquilamente entre ellos. El corazón le
latía locamente; todo su cuerpo era un puro escalofrío de miedo y frío. Por fin
volvió Mundt.
—Venga conmigo -dijo, y la llevó a donde estaba Leamas.
Los dos hombres se miraron un momento.
—Adiós -dijo Mundt, con indiferencia-. Es usted tonto, Leamas -añadió-. Ésta no
es más que basura, como Fiedler.
Y se volvió sin decir una palabra más, para desaparecer rápidamente en la luz
crepuscular.
Ella extendió la mano y le tocó, y él se volvió a medias, apartándole la mano
al abrir la puerta del coche. Leamas le hizo señal con la cabeza para que
entrara, pero ella vaciló.
—Alec -susurró-, Alec, ¿qué haces? ¿Por qué te deja ir?
—¡Calla! — siseó Leamas-. No pienses siquiera en eso, ¿oyes? Entra.
—¿Qué es lo que ha dicho de Fiedler? Alec, ¿por qué nos deja marchar?
—Nos deja marchar porque hemos hecho nuestro trabajo. ¡Métete en el coche, de
prisa!
Bajo la sugestión de su extraordinaria voluntad, ella se metió en el coche y
cerró la puerta. Leamas entró a su lado.
—¿Qué pacto has hecho con él? — insistió, con la sospecha y el miedo elevándose
en su voz-. Dijeron que habíais tratado de conspirar contra él, tú y Fiedler.
Entonces, ¿por qué te deja marchar?
Leamas había puesto en marcha el coche y pronto avanzaba rápido por la estrecha
carretera. A ambos lados, campos desnudos; a lo lejos, oscuras colinas
monótonas se mezclaban con la oscuridad que se espesaba. Leamas miró el reloj.
—Estamos a cinco horas de Berlín -dijo-. Tenemos que llegar a Köpenick a la una
menos cuarto. Deberíamos hacerlo fácilmente.
Durante algún tiempo, Liz no dijo nada; miró pasmada por el parabrisas la
carretera vacía, confusa y perdida en un laberinto de pensamientos. Una luna
llena había surgido y la escarcha se posaba en largos sudarios a través de los
campos. Desembocaron en una autopista.
—¿Me tenías en la conciencia, Alec? — dijo ella, por fin-. ¿Por eso hiciste que
Mundt me dejara marchar?
Leamas no dijo nada.
—Tú y Mundt sois enemigos, ¿no?
Él siguió sin decir nada. Ahora corría de prisa: la aguja marcaba ciento veinte
por hora; la autopista estaba llena de baches y jorobas. Ella observó que
Leamas llevaba las luces largas, sin molestarse en cambiarlas ante la
circulación que venia por el otro lado. Conducía rudamente, inclinado hacia
adelante, casi con los codos en el volante.
—¿Qué le pasará a Fiedler? — preguntó de repente.
Y esta vez Leamas contestó:
—Le fusilarán.
—Entonces, ¿por qué no te fusilan a ti? — continuó Liz, de prisa-. Tú conspiras
con Fiedler contra Mundt, eso es lo que dicen. Mataste a un guardia. ¿Por qué
te ha dejado marchar Mundt?
—¡Muy bien! — gritó Leamas, de repente-. Te lo diré. Te diré lo que no tenías
que saber nunca, nunca, ni yo tampoco. Escucha: Mundt es el hombre de Londres,
su agente: le compraron cuando estaba en Inglaterra. Somos testigos del
asqueroso final de una asquerosa y sucia operación para salvarle el pellejo a
Mundt; para salvarle de un pequeño judío listo, de su propio Departamento, que
había empezado a sospechar la verdad. Nos han obligado a matarle, ya lo ves,
matar al judío. Ahora ya lo sabes, y que Dios nos ayude a los dos.
XXV. El muro
—Si así es, Alec -dijo Liz por fin-, ¿cuál fue mi
papel en todo esto?
Su voz era tranquila, casi normal.
—Sólo lo puedo suponer, Liz, por lo que sé y por lo que me dijo Mundt antes de
separarnos. Fiedler sospechaba de Mundt: pensaba que Mundt hacía el doble
juego. Le odiaba, desde luego -¿por qué no iba a odiarle? — , pero tenía razón
también: Mundt era un agente de Londres. Fiedler era demasiado poderoso para
que Mundt lo eliminara por sí solo, de modo que Londres decidió hacerlo por él.
Aún me parece que les estoy viendo: tan condenadamente académicos como son. Les
estoy viendo alrededor del fuego en uno de sus asquerosos clubs elegantes.
Sabían que no bastaba con eliminar sólo a Fiedler: podría haber hablado con
amigos, publicado acusaciones: tenían que eliminar la sospecha. Una
rehabilitación pública, eso es lo que le organizaron a Mundt.
Pasó a la izquierda para adelantar a un camión con remolque. Al hacerlo así, el
camión le cerró inesperadamente, de modo que tuvo que frenar con violencia
sobre unos baches para evitar ser lanzado contra la valla divisoria de setos a
su izquierda.
—Me dijeron que le preparara la trampa a Mundt -dijo con sencillez-, dijeron
que había que matarle, y yo acepté. Iba a ser mi último trabajo. Así que me
«dejaron para simiente», y le pegué al tendero... Ya sabes todo eso.
—¿Y también hiciste el amor? — preguntó Liz en voz baja.
Leamas movió la cabeza.
—Pues ésa es la cuestión, ya ves -continuó-, Mundt lo sabía todo: conocía el
plan; él me hizo recoger, él y Fiedler. Luego dejó a Fiedler que se ocupara del
asunto, porque sabía que al fin Fiedler se haría ahorcar. Mi trabajo era
hacerles pensar lo que en realidad era verdad: que Mundt era un espía inglés. —
Vaciló-. Tu trabajo consistía en hacer que no me creyeran. Fiedler será
fusilado y Mundt se habrá salvado, providencialmente librado de una
conspiración fascista. Es el viejo principio del amor de rebote, el éxito por
carambola.
—Pero ¿cómo podían saber de mí, cómo podían saber que íbamos a estar juntos? —
gritó Liz-. Por Dios, Alec, ¿saben incluso predecir cuándo la gente se va a
enamorar?
—Eso no importaba: no dependía de eso. Te eligieron porque eras joven y bonita
y del Partido, porque sabían que vendrías a Alemania si te enviaban una
invitación. El hombre de la Agencia de Colocaciones, Pitt, fue quien me envió
allá: sabían que yo había de trabajar en la Biblioteca. Pitt estuvo en el
Service durante la guerra y supongo que se habían puesto de acuerdo con él. No
tenían más que ponernos a ti y a mí en contacto, aunque fuera por un día, no
importaba; luego podían ir a verte después, mandarte el dinero, hacer que
pareciera un asunto amoroso aunque no lo fuera, ¿no ves? Quizá hacer que
pareciera un antojo. El único punto vulnerable era que después de reunirnos te
habrían de mandar dinero como si fuera a petición mía. En realidad, se lo
presentamos demasiado fácil...
—Sí, demasiado. — Y luego añadió-: Me siento sucia, Alec, como si me hubiera
revolcado en el estiércol.
Leamas no dijo nada.
—¿Eso le tranquilizó la conciencia a tu Departamento: explotar... a alguien del
Partido, en vez de a cualquier otra persona? — continuó Liz.
Leamas contestó:
—Quizá. Realmente, ellos no piensan en tales términos. Fue una conveniencia
personal.
—Me podría haber quedado en esa prisión, ¿no? Eso es lo que quería Mundt, ¿no?
No veía motivo para asumir el riesgo: tal vez habría oído demasiado, adivinado
demasiado. Después de todo, Fiedler era inocente, ¿no? Pero, claro, es un
judío. — Añadió excitada-: Así que no importa mucho, ¿verdad?
—Ah, demonios -exclamó Leamas.
—De todos modos, parece raro que Mundt me deje ir, aun como parte del trato
contigo -caviló-. Ahora soy un peligro, ¿no? Cuando vuelva a Inglaterra, un
miembro del Partido que sepa todo esto... No parece lógico que me dejara
marchar.
—Espero -contestó Leamas- que utilice nuestra escapatoria para demostrar al
Presidium que hay otros Fiedlers en su Departamento, a los que hay que cazar.
—¿Y otros judíos?
—Eso le resulta una oportunidad inmejorable para consolidar su posición
-contestó Leamas, con sequedad.
—¿Matando más gente inocente? No parece preocuparte mucho...
—Claro que me preocupa. Me pone enfermo de vergüenza y de rabia y... Pero a mí
me han educado de otro modo, Liz; yo no puedo ver en blanco y negro. La gente
que juega a esto acepta sus riesgos. Fiedler ha perdido y Mundt ha ganado.
Londres ha ganado... ésa es la cuestión. Ha sido una operación sucia, muy
sucia. Pero ya está saldada, y ésa es la única regla.
Al hablar fue elevando la voz, hasta que al fin casi gritaba.
—Tratas de convencerte a ti mismo -gritó Liz-. Has hecho una cosa mala. ¿Cómo
puedes matar a Fiedler? Era bueno, Alec: sé que lo era. Y Mundt...
—¿De qué diablos te quejas? — preguntó ásperamente Leamas-. Tu Partido siempre
está en guerra, ¿no? Sacrificando el individuo a las masas. Eso es lo que dice.
La realidad socialista: luchar día y noche, la batalla infatigable; eso es lo
que dice, ¿no? Por lo menos, tú has sobrevivido. Nunca he oído decir que los
comunistas respetaran la dignidad de la vida humana; acaso lo he entendido mal
-añadió sarcásticamente-. Sí, de acuerdo, sí, podrías haber quedado destruida.
Eso era lo normal. Mundt es un cerdo maligno, no le veía el sentido a dejarte
sobrevivir. Su promesa -suponiendo que prometiera hacer lo mejor por ti- no
valía gran cosa. Así, podrías haber muerto -hoy, el año que viene, o dentro de
veinte años- en una prisión del paraíso de los trabajadores. Y yo también. Pero
me parece recordar que el Partido tiende a la destrucción de toda una clase. ¿O
lo he entendido mal?
Sacando un paquete de cigarrillos de la chaqueta, le alargó dos, junto con una
caja de cerillas. Los dedos de Liz temblaban cuando los encendió y le devolvió
uno a Leamas.
—Lo has pensado bien todo, ¿no? — preguntó Liz.
—Por casualidad, encajábamos en el molde -insistió Leamas-, y lo lamento. Lo
lamento también por los demás, los demás que encajan en el molde. Pero no te
quejes de las condiciones, Liz; son condiciones del Partido. Un pequeño precio
por un gran beneficio. Uno sacrificado por muchos. No es agradable, ya lo sé,
elegir quién va a ser, convertir el plan en personas.
Ella escuchaba en la oscuridad, sin darse cuenta de nada, durante un momento,
de nada que no fuera la carretera que se desvanecía ante ellos y del sordo
horror en su ánimo.
—Pero me han permitido quererte -dijo Liz por fin-. Y tú me dejas creer en ti y
quererte.
—Nos han utilizado -replicó Leamas, despiadado-. Nos han estafado a los dos
porque era necesario. Fiedler ya estaba condenadamente cerca del blanco, ¿no
ves? Habrían cazado a Mundt, ¿no puedes comprenderlo?
—¿Cómo puedes volver del revés el mundo? — gritó Liz de repente-. Fiedler era
amable y decente: no hacía más que su trabajo, y ahora le has matado. Mundt es
un espía y un traidor, y le proteges. Mundt es un nazi, ¿lo sabes? Odia a los
judíos... ¿De qué lado estás tú? ¿Cómo puedes...?
—Hay sólo una ley en este juego -replicó Leamas-. Mundt es su agente: les da lo
que necesitan. Es bastante fácil de entender, ¿no? Leninismo: la conveniencia
de las alianzas transitorias. ¿Qué te imaginas que son los espías: sacerdotes,
santos y mártires? Son una lamentable procesión de memos vanidosos, y
traidores, además; sí: maricas, sádicos, borrachos, gente que juega a pieles
rojas y cow-boys para iluminar sus putrefactas vidas. ¿Crees que están sentados
como monjes, en Londres, sopesando el bien y el mal? Yo habría matado a Mundt
si hubiera podido; le odio; pero ahora no. Da la casualidad de que le
necesitan. Le necesitan para que la gran masa de imbéciles que admiras pueda
dormir tranquilamente en sus camas por la noche. Le necesitan para la seguridad
de la gente corriente y moliente como tú y como yo.
—Pero, y de Fiedler, ¿qué? ¿No sientes nada por él?
—Es una guerra -contestó Leamas-. Es desagradable y demasiado visible porque se
lucha en pequeña escala, de cerca; se lucha a veces, lo admito, desperdiciando
alguna vida inocente. Pero eso no es nada, nada en absoluto, al lado de otras
guerras..., la pasada o la próxima.
—Dios mío -dijo Liz, suavemente-. No entiendes. No quieres entender. Tratas de
convencerte a ti mismo. Es mucho más terrible lo que hacen éstos: encontrar la
humanidad en la gente, en mí o en cualquiera a quien usen, y usarla como un
arma en sus manos, y usarla para herir y matar...
—¡Válgame Dios!... -gritó Leamas-. ¿Qué otra cosa han hecho los hombres desde
que empezó el mundo? Yo no creo en nada, ¿no ves?; ni siquiera en la
destrucción o la anarquía. Estoy harto, harto de ver matar, pero no veo qué
otra cosa pueden hacer. No hacen prosélitos, no se suben a púlpitos ni a
tribunas del Partido a decirnos que luchemos por la Paz o por Dios o por lo que
sea. Son los pobres zoquetes que tratan de evitar que los predicadores se hagan
volar unos a otros por los aires.
—Te equivocas -afirmó Liz desesperada-, son peores que todos nosotros.
—¿Porque te hice el amor cuando creías que yo era un vagabundo? — preguntó
Leamas con ferocidad.
—Por el desprecio que tienen ellos -replicó Liz- ¡desprecio por todo lo
verdadero y lo bueno; desprecio por el amor, desprecio...!
—Sí -asintió Leamas, de repente fatigado-; ése es el precio que pagan:
despreciar a Dios y a Karl Marx en la misma frase. Si es eso lo que quieres
decir.
—Os hace ser a todos lo mismo -continuó Liz-; lo mismo que Mundt y todos los
demás... Yo debería saberlo; yo he sido la que ellos han hecho dar vueltas a
patadas, ¿no? Por ellos, por ti, porque no te importa. Sólo a Fiedler le
importó... Pero a todos los demás..., todos me habéis tratado como si fuera...
nada..., solamente moneda con que pagar... Sois todos lo mismo, Alec.
—Ah, Liz -dijo él, desesperadamente-; por Dios, créeme. Lo odio, lo odio todo
completamente; estoy cansado. Pero es el mundo, es la humanidad que se ha
vuelto loca. Somos un precio pequeño que pagar... pero en todas partes es lo
mismo; la gente estafada y extraviada; vidas enteras tiradas por ahí: gente
fusilada y en la cárcel, clases y grupos enteros de hombres eliminados por
nada. Y tú, tu Partido... Dios sabe si está construido sobre los cadáveres de
gente corriente. Tú nunca has visto morir a los hombres como yo, Liz...
Oyéndole, Liz recordó el patio gris de la prisión, y la guardiana que decía:
«Es una prisión para los que retardan la marcha..., para los que creen tener
derecho a errar.»
De repente, Leamas se puso tenso, escudriñando a través del parabrisas. En las
luces del coche, Liz distinguió una figura de pie en la carretera. Tenía en la
mano una pequeña luz que encendía y apagaba cuando se acercó el coche.
—Es él -murmuró Leamas; quitó el contacto de los faros y el motor, y se dejó ir
silenciosamente adelante. Al llegar a su lado, Leamas se echó atrás y abrió la
puerta trasera.
Liz no se volvió a mirarle cuando entró. Miraba rígidamente hacia delante, la
lluvia que caía por la calle.
—Marche a treinta por hora -dijo el hombre. Su voz estaba tensa y asustada-. Le
diré el camino... Cuando lleguemos al sitio, tiene que salir y correr al muro.
El reflector estará encendido en el punto en que tiene que trepar. Póngase en
la luz del reflector. Cuando la luz empiece a girar, apartándose, empiecen a
trepar. Tendrán noventa segundos para pasarse. Usted vaya delante -dijo a
Leamas-, y que la chica le siga. Hay salientes de hierro en la parte baja:
después de eso, tiene que subir como puedan. Tendrá usted que sentarse encima y
tirar de la chica para arriba. ¿Comprendido?
—Comprendido -dijo Leamas-. ¿Cuánto tenemos que andar aún?
—Si marcha a treinta estaremos allí dentro de unos nueve minutos. El reflector
estará en el muro a la una y cinco exactamente. Le pueden dar noventa segundos.
Nada más.
—¿Qué pasa después de noventa segundos? — preguntó Leamas.
—Sólo le pueden dar noventa segundos -repitió el hombre-, si no, es demasiado
peligroso. Sólo se han dado instrucciones a un destacamento. Creen que le
mandan a infiltrarse en Berlín occidental. Les han dicho que no lo hagan
demasiado fácil. Noventa segundos son suficientes.
—Espero que sí, demonios -dijo Leamas, secamente-. ¿A qué hora lo pone?
—He confrontado mi reloj con el del sargento que manda el destacamento
-contestó el hombre. Una luz se encendió y se apagó rápidamente en la parte de
atrás del coche-. Son las doce cuarenta y ocho. Debemos salir a la una menos
cinco. Siete minutos que esperar.
Quedaron en silencio total, salvo por la lluvia que golpeaba el techo. La
carretera de adoquines se extendía derecha ante ellos, cortada cada cien metros
por sucios faroles. No había nadie por allí. Por encima de ellos, el cielo
estaba iluminado por la luz artificial de los reflectores. De vez en cuando, el
foco de un reflector centelleaba en lo alto y desaparecía. Muy a la izquierda,
Leamas observó una luz que fluctuaba por encima del horizonte, cambiando
constantemente de intensidad, como el reflejo de un fuego.
—¿Eso qué es? — preguntó, señalándolo.
—El Servicio de Información -contestó el hombre-. Un andamiaje de luces. Envían
noticias breves a Berlín Este.
—Claro -murmuró Leamas.
Estaban muy cerca del final de la carretera de adoquines.
—No es posible volver atrás -continuó el hombre-. ¿No se lo dijo él? No hay
segunda oportunidad.
—Lo sé -contestó Leamas.
—Si algo va mal, si se caen o se hacen daño, no vuelvan atrás. Les dispararán a
vista en el terreno del muro. «Tienen» que pasar.
—Lo sabemos -repitió Leamas-; él me lo dijo.
—Desde el momento en que salgan del coche están en el terreno del muro.
—Ya lo sabemos. Ahora cállese -replicó Leamas. Y luego añadió-: ¿Se vuelve
atrás con el coche?
—En cuanto bajen del coche, me lo llevaré. Es peligroso para mí también
-contestó el hombre.
—Lástima -dijo secamente Leamas.
Hubo otro silencio; luego, Leamas preguntó:
—¿Tiene pistola?
—Sí -dijo el hombre-, pero no se la puedo dar: él dijo que no debería
dársela..., que era seguro que usted la pediría.
Leamas se rió sin hacer ruido.
—Sí que lo habrá dicho -dijo.
Leamas se puso en camino: el coche avanzó lentamente con un ruido que parecía
llenar la calle.
Habían avanzado unos trescientos metros, cuando el hombre susurró excitado:
—Tuerza a la derecha, y luego a la izquierda.
Se metieron en una estrecha bocacalle. Había puestos vacíos de mercado a un
lado y a otro, de manera que el coche pasaba justamente entre ellos.
—¡A la izquierda aquí, ahora!
Torcieron otra vez, de prisa, esta vez entre dos altos edificios, por lo que
parecía un callejón sin salida. Había ropa tendida a través de la calle, y Liz
se preguntó si pasarían por debajo. Al acercarse a lo que parecía el final sin
salida, el hombre dijo:
—Otra vez a la izquierda: siga el camino.
Leamas se metió por la acera, cruzó el pavimento y siguieron un sendero ancho,
bordeado por una tapia derrumbada a la izquierda, y un edificio alto y sin
ventanas a la derecha. Oyeron un grito desde no se sabía dónde, por encima de
ellos, una voz de mujer, y Leamas masculló:
—Ah, cierra el pico -mientras torcía torpemente en ángulo recto por un recodo
del sendero, entrando inmediatamente en una calle importante-. ¿Por dónde? —
preguntó.
—Cruce derecho: más allá de la farmacia, entre la farmacia y la oficina de
correos... ¡ahí!
El hombre se inclinaba tanto hacia delante que tenía la cara casi a la altura
de la de ellos. Señaló ahora, por delante de Leamas, con la punta del dedo
apretada contra el parabrisas.
—Échese atrás -siseó Leamas-. Quite la mano. ¿Cómo diablos voy a ver, si agita
la mano por ahí de ese modo?
Cambiando ruidosamente de velocidad, avanzó cruzando de prisa la ancha
carretera. Echando una mirada a la izquierda, le asombró distinguir la maciza
silueta de la puerta de Brandenburgo, a unos trescientos metros, con el
siniestro grupo de vehículos militares.
—¿Adónde vamos? — preguntó Leamas de repente.
—Casi hemos llegado. Vaya despacio ahora... ¡Ala izquierda, a la izquierda! —
gritó, y Leamas dio una sacudida al volante en el último momento; por una
estrecha entrada, penetraron en un patio. La mitad de las ventanas faltaban o
estaban clausuradas con tablas: las puertas vacías les miraban como ciegas, con
la boca abierta. En el otro extremo del patio había una salida abierta.
—Por allí -llegó la orden susurrada, apremiante en la oscuridad-; luego todo
derecho. Ver a la derecha un farol, quite el contacto al motor y siga hasta que
vea una bomba de agua. Ése es el sitio.
—¿Por qué demonios no ha llevado el coche usted mismo?
—Él ha dicho que lo llevara usted: dijo que era más seguro.
Pasaron por la salida y volvieron bruscamente a la derecha. Estaban en una
calle estrecha, en una oscuridad absoluta.
—¡Apague las luces!
Leamas apagó, y avanzó lentamente hacia el primer farol. Delante, veían apenas
el segundo farol. Quitando el contacto, siguieron impulsados lentamente hacia
delante, hasta que, a unos veinte metros de él, distinguieron la confusa
silueta de una boca de incendios. Leamas frenó y el coche acabó quedándose
quieto.
—¿Dónde estamos...? — susurró Leamas-. Hemos cruzado la Leninallee, ¿no?
—En Greifswalderstrasse. Luego hemos doblado al norte. Estamos al norte de
Bernauerstrasse.
—¿En Pankow?
—Por ahí. Mire.
El hombre señaló una bocacalle a la izquierda. En el extremo vieron un breve
trecho de muro, pardo gris en la fatigada luz de los focos. Por encima corría
una triple barrera de alambre de espino.
—¿Cómo va a pasar la chica por encima del alambre?
—Ya ha sido cortado por donde van a trepar. Hay una pequeña abertura. Tienen un
minuto para alcanzar el muro. Adiós.
Salieron del coche, los tres. Leamas cogió del brazo a Liz, y ella se
sobresaltó como si le hubiera hecho daño.
—Adiós -dijo el alemán.
Leamas susurró solamente.
—No ponga en marcha ese coche hasta que hayamos pasado.
Liz miró un momento al alemán en la pálida luz. Tuvo la breve impresión de una
cara joven, preocupada: la cara de un muchacho que trata de ser valiente.
—Adiós -dijo Liz.
Se desprendió del brazo y siguió a Leamas a través de la calle y por el
estrecho callejón que llevaba al muro.
Al entrar en el callejón oyeron que el coche se ponía en marcha detrás de
ellos, daba la vuelta y se marchaba rápidamente en la dirección por donde
habían venido.
—Nos dejas en la estacada, hijo de perra -murmuró Leamas, volviendo los ojos
hacia el coche que se retiraba.
Liz apenas le oyó.
XXVI. Noventa segundos
Caminaban de prisa: Leamas lanzaba ojeadas de vez
en cuando por encima del hombro para asegurarse de que ella le seguía. Al
llegar al final del callejón, se detuvo, se metió en el hueco de una puerta y
miró el reloj.
—Dos minutos -susurró.
Ella no dijo nada. Miraba fijamente adelante, hacia el muro y las negras ruinas
que se elevaban detrás.
—Dos minutos -repitió Leamas.
Ante ellos quedaba una franja de unos treinta metros, que bordeaba el muro en
ambos sentidos. A unos setenta metros quizá, a la derecha, había una torre de
vigilancia: el haz del reflector se movía por esa franja. La lluvia fina
parecía suspensa en el aire, de modo que la luz de los reflectores era lívida y
como de yeso, haciendo de pantalla ante el mundo de más allá. No se veía a
nadie; no se oía un ruido. Un escenario vacío.
El reflector de la torre de vigilancia empezó a moverse como a tientas por el
muro, hacia ellos, vacilante: cada vez que se detenía, veían los ladrillos
separados y las descuidadas líneas de mortero puesto a toda prisa. Mientras
ellos observaban, el haz del reflector se detuvo delante mismo de ellos. Leamas
miró el reloj.
—¿Preparada?
Ella asintió.
Cogiéndola del brazo, él empezó a andar cuidadosamente a través de la franja.
Liz quería correr, pero él la sujetaba tan fuertemente, que no pudo hacerlo. Ya
estaban a medio camino del muro, y el brillante semicírculo de luz les atraía
hacia delante, con el haz por encima mismo de ellos. Leamas estaba decidido a
conservar a Liz muy cerca de él, como si tuviera miedo de que Mundt no
cumpliera su palabra, y de algún modo se la arrebatara en el último momento.
Casi estaban junto al muro cuando el foco se disparó hacia el norte, dejándoles
momentáneamente en la oscuridad total. Sin soltar el brazo de Liz, Leamas la
guió hacia adelante a ciegas, con la mano izquierda avanzada hasta que de
repente notó el contacto áspero y fuerte del ladrillo ceniciento. Ahora podía
distinguir el muro, y, mirando hacia arriba, el triple tendido de alambre y los
crueles ganchos que lo sostenían. En el ladrillo había curvas de metal clavadas
como clavos de alpinista. Agarrándose al más alto, Leamas se encaramó
rápidamente hasta lo alto del muro. Dio un fuerte tirón a la barrera inferior
de alambre, que cedió hacía él, ya cortada.
—Adelante -susurró con urgencia-, empieza a trepar.
Tendiéndose, echó la mano hacia abajo, agarró la que ella le tendía y empezó a
tirar de ella lentamente hacia arriba, cuando Liz encontró con el pie el primer
saliente de metal.
De repente, el mundo entero pareció estallar en llamas: de todas partes, de
arriba y de los lados, convergían macizas luces, abalanzándose contra ellos con
feroz precisión.
Leamas quedó cegado, volvió la cabeza, tirando locamente del brazo de Liz. Ella
ya se estaba soltando: él creyó que Liz había resbalado y la llamó
frenéticamente, sin dejar de tirar de ella hacia arriba. No podía ver nada:
sólo una loca confusión de colores bailando en sus ojos.
Entonces se oyó el aullido histérico de las sirenas, y órdenes vociferadas
furiosamente. Medio arrodillado, sobre el muro, agarró con un brazo los dos de
ella, y empezó a izarla poco a poco, a punto de caer él mismo.
Entonces dispararon; disparos sueltos, tres o cuatro, y él la sintió
estremecerse. Sus delgados brazos se le escapaban a Leamas de la mano. Oyó una
voz en inglés desde el lado occidental del muro:
—¡Salta, Alec! ¡Salta, hombre!
Ahora todos gritaban, en inglés, en francés y en alemán mezclados; oyó desde
muy cerca la voz de Smiley:
—La chica, ¿dónde está la chica?
Haciéndose visera en los ojos, miró al pie del muro y por fin consiguió verla,
inmóvil. Vaciló un momento, luego volvió a bajar lentamente por los mismos
salientes de metal, hasta que quedó de pie a su lado. Estaba muerta: tenía la
cara vuelta a un lado, con el pelo negro a través de la mejilla como para
protegerla de la lluvia.
Parecieron vacilar antes de disparar otra vez: alguien gritó una orden, nadie
disparaba. Por fin, dispararon contra él, dos o tres balas. Él se quedó quieto,
lanzando ojeadas alrededor, como un toro herido en la plaza. Al caer, Leamas
vio un coche pequeño aplastado entre grandes camiones, y los niños agitando la
mano alegremente por la ventanilla.
Fin

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