© Libro N° 14039. Añoranzas Y
Pesares 2. La Roca Del Adiós. Williams, Tad.
Emancipación. Julio 12 de 2025
Título Original: © Stone of Farewell (Memory. Sorrow
and Thorn, Book 2)
Versión Original: © Añoranzas Y Pesares 2. La Roca Del Adiós. Tad Williams
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LA ROCA DEL ADIÓS
Tad Williams
Añoranzas Y
Pesares 2
La Roca Del
Adiós
Tad Williams
Añoranzas Y Pesares
2
La Roca Del Adiós
Tad Williams
Título original:
Stone of Farewell (Memory. Sorrow and Thorn, Book 2)
Este libro está
dedicado a mi madre, Barbara Jean Evans, que me inculcó un profundo cariño por
Toad Hall, los Bosques de Aker y Shire, así como por otros lugares y países
recónditos más allá de lo conocido. También inculcó en mí un inagotable deseo
de realizar mis propios des¬cubrimientos y de compartirlos con los demás.
Quisiera compartir este libro con ella.
NOTA DEL AUTOR
... De todas las
cosas cambiantes
que en triste danza
pasan entre revoloteos
al compás de la
entrecortada melodía de Cronos,
sólo las palabras
encierran cierto valor.
¿Dónde están ahora
los reyes en guerra,
burladores de la
palabra? ¡Por el Crucifijo!
¿Dónde están ahora
los reyes en guerra?
Una vana palabra es
hoy su gloria,
pronunciada por el
balbuciente colegial
cuando lee alguna
complicada historia:
Los reyes de antaño
están muertos;
puede que la propia
tierra en movimiento
sea sólo una súbita
palabra llameante,
percibida unos
momentos en el sonoro espacio
y que quebranta el
eterno ensueño.
William Butler
Yeats
(del Canto del
Pastor Feliz}
Mi agradecimiento a
Eva Cumming, Nancy Deming-Williams, Paul Hudspeth, Peter Stampfel y Doug Werner
por su colaboración en esta obra. Sus perspicaces comentarios y sugerencias
arraigaron en mí, y en algún caso dieron inesperado fruto. Además, y como de costumbre,
deseo expresar mi reconocimiento a mis valientes edito¬ras, Betsy Wollheim y
Sheila Gilbert, que trabajaron conmigo con¬tra viento y marea.
(Dicho sea de paso,
las personas mencionadas son justamente las que yo quisiera tener a mi lado si
un día me persiguieran las nornas. Esto podría ser interpretado como un honor
algo dudoso, pero lo digo con la mejor intención.)
Nota: Al final del
libro hay un índice de personajes, un glosario y una guía de pronunciación.
Prólogo
El viento barría
las almenadas murallas aullando como mil al¬mas condenadas que pidieran
misericordia. Pese al intenso frío que le sorbía el aire de los pulmones, antes
tan resisten¬tes, y le arrancaba la piel de la cara y de las manos, el hermano
Hengfisk encontraba cierto placer en aquel sonido.
«Sí, así es como
llorarán todos los pecadores que se burlaron del mensaje de la Madre Iglesia,
incluidos, por desgracia, los menos ri¬gurosos entre los hermanos de san
Hoderund. ¡Cómo se desespera¬rán ante la justa ira de Dios, suplicando
compasión cuando ya sea tarde, demasiado tarde...!»
De pronto se golpeó
la rodilla con una piedra desprendida de una pared y se dejó caer sobre la
nieve con un grito de dolor. El monje permaneció gimiendo unos instantes, pero
la mordedura de las lágrimas que se helaban en sus mejillas lo obligó a ponerse
nue-vamente en pie. Y siguió adelante, cojeando.
La calle principal,
que ascendía a través de la ciudad de Naglimund en dirección al castillo,
estaba cubierta por la nieve que traía el vendaval. Las casas y las tiendas de
ambos lados casi desaparecían bajo una asfixiante capa blanca, pero incluso
aquellos edificios to-davía no cubiertos estaban tan vacíos como los esqueletos
de anima¬les muertos tiempo atrás. En la calle no había nada más que Heng¬fisk
y la nieve.
Cuando el viento
cambió de dirección, el silbido producido en la crestería del castillo, allí en
lo alto de la colina, aumentó rápida¬mente de volumen. El monje miró de soslayo
las murallas con sus ojos saltones, y luego bajó la cabeza. Se abría paso con
trabajo a tra¬vés de la gris tarde, y el crujido de sus pisadas era un casi
silencioso toque de tambor que acompañaba al canto del viento.
«No es de extrañar
que la gente de la ciudad haya buscado refu¬gio en la fortaleza», pensó
tiritando.
A su alrededor todo
eran negras bocas de idiota, debajo de los tejados, y paredes hundidas bajo el
peso de la nieve. Dentro del castillo, en cambio, protegidos por la piedra y el
robusto maderaje, los habitantes de la villa estarían a salvo. Habría fuegos
encendidos, y los enrojecidos y joviales rostros —rostros de pecador, como
recordó Hengfisk con desdén: malditos y atolondrados rostros de pecador—se
reunirían para mirarlo, asombrados de que hubiese caminado tanto trecho en
medio de la espantosa tempestad.
Era el mes de
junen, ¿no? ¿Se habría deteriorado tanto su me¬moria, que ya no recordaba en
qué mes estaban?
Pero, desde luego,
era junen. Dos lunas llenas atrás había sido primavera, un poco fría quizá,
pero eso no significaba nada para un rimmerio como Hengfisk, criado en el crudo
clima del norte. No, lo extraño era que en pleno junen, el primer mes de verano,
hiciese un frío tan horrible y todo estuviera lleno de nieve y hielo.
¿No se había negado
el hermano Langrian a abandonar la aba¬día, después de todo cuanto él había
hecho para devolverle la salud? «Hace un tiempo de perros, hermano —había dicho
Langrian—. ¡Pa¬rece una maldición de Dios sobre la creación entera! ¡Es el día
de pesar nuestras acciones!»
Bueno..., si
Langrian prefería permanecer en las incendiadas ruinas de la abadía de San
Hoderund, alimentándose de bayas y otros frutos del bosque (¿y qué encontraría,
con un frío tan impro¬pio de !a estación?), ¡allá él! El hermano Hengfisk no
era tonto. Naglimund era el lugar adecuado para ir. El viejo obispo Anodis le
da¬ría la bienvenida, y además admiraría su agudeza por todo lo visto, así como
lo que Hengfisk contara sobre lo sucedido en la abadía y también referente al
temporal. Los de Naglimund se alegrarían de verlo, se encargarían de que
comiese, le harían preguntas, lo deja¬rían sentarse junto al fuego...
«Tienen que estar
enterados del mal tiempo que hace, ¿no?», pensó Hengfisk un poco atontado,
mientras se ceñía más el manto crujiente de hielo. Se hallaba ya en la sombra
proyectada por el muro. El blanco mundo que le había tocado atravesar durante
tan¬tos días y semanas parecía haber llegado a su término, como un pre¬cipicio
que desapareciera en una pétrea nada. «Sí, tienen que estar enterados de la
enorme cantidad de nieve, y de todo eso. No fue otro el motivo de que
abandonaran la ciudad en busca de refugio. Y es este infame y endemoniado
tiempo lo que aleja a los centinelas de sus puestos... ¿No es así?»
El monje se detuvo
a contemplar con extraordinario interés el montón de escombros cubiertos de
blanco que otrora había sido la gran puerta de Naglimund. Los grandes pilares y
macizos sillares parecían negros como el carbón, en contraste con la nieve acumu¬lada
encima. Aun así, el agujero abierto en la torcida pared era suficiente para
acoger a veinte Hengfisk, unos junto a otros, hombro con hombro, todos ellos
huesudos y temblorosos.
«¡Hay que ver cómo
se descuidaron! Pero... ¡de que manera chi¬llarán y chillarán cuando llegue el
momento de su juicio, y sin nin¬guna posibilidad ya de enmendarse...! Todo está
abandonado: la puerta, la ciudad, y hasta el tiempo.»
Alguien debía ser
castigado por semejante negligencia. Sin duda, el obispo Anodis estaba
sumamente ocupado intentando mantener sujeto a semejante rebaño. Él, Hengfisk,
ayudaría con mucho gusto al buen anciano a dominar a tanto haragán. Pero
pri-mero necesitaba sentarse al lado del fuego y comer algo caliente. Luego ya
vendría un poco de disciplina monacal, y pronto se arre¬glaría todo...
Hengfisk pasó con
cuidado por entre los astillados postes y las piedras ocultas bajo la blanca
capa.
La cosa era que,
como el monje se dio cuenta poco a poco, todo aquello encerraba cierta belleza.
Al otro lado de la puerta no había nada que no estuviese cubierto por una
delicada tracería de hielo, semejante a un encaje de telarañas. El sol del
crepúsculo embellecía con sus arroyuelos de oro las escarchadas torres y los
muros y patios rebozados de hielo.
En el recinto de la
fortaleza, el aullido del viento era un poco menos intenso. Hengfisk permaneció
parado durante un raro, asombrado ante la inesperada quietud. Cuando el ya
débil sol se hundió detrás de las murallas, el hielo se oscureció. Profundas som¬bras
de color violeta surgieron de los rincones del patio en que el monje se
hallaba, y se extendieron lateralmente a través de las facha¬das de las
ruinosas torres. Ahora, el viento recordaba los bufidos de un felino, y
Hengfisk, el de los ojos saltones, bajó la cabeza a guisa de cansado y
entumecido saludo.
Desierto. Naglimund
estaba vacío; ni una sola alma se había quedado en el castillo para dar la
bienvenida a un caminante ren¬dido a causa del temporal. Hengfisk había hecho
leguas y más le¬guas por aquel inmenso erial blanco para encontrarse con que el
lu¬gar al que había acudido estaba tan mudo y muerto como una piedra.
«Pero —se preguntó
de pronto—, si el castillo está vacío..., ¿qué significan esas luces azules que
parpadean en las ventanas de las to¬rres?»
¿Y qué eran
aquellas figuras que se le aproximaban por el desor¬denado patio, moviéndose
sobre las heladas piedras con la gracia de flores de cardo empujadas por el
aire?
El corazón le latía
con violencia. Primero, al ver sus hermosos y fríos rostros, así como sus
pálidos cabellos, Hengfisk creyó que eran ángeles. Pero luego, cuando descubrió
el cruel brillo de sus ojos ne¬gros y, sobre todo, la sonrisa de aquellos
seres, dio media vuelta, tambaleante, y quiso echar a correr.
Las nornas le
dieron alcance sin dificultad y lo arrastraron con¬sigo hacia las profundidades
del solitario castillo, debajo de las som¬brías torres, cubiertas de hielo, y
de aquellas luces que parpadeaban incesantemente. Y cuando las nuevas dueñas de
Naglimund le ha¬blaron en un susurro con sus misteriosas y musicales voces, los
gri¬tos del monje dominaron incluso los aullidos de! viento.
Primera Parte
El ojo del huracán
1
La música de las
alturas
Hasta en la
caverna, donde el crepitante fuego enviaba grises dedos de humo al agujero del
pétreo techo y la rojiza luz jugueteaba con las retorcidas serpientes y los
cuadrúpedos de grandes colmillos y ojos muy abiertos esculpidos en las paredes
de roca, el frío seguía royéndole los huesos a Simón. Cuando salía de su sueño
febril para volver a caer en él, ya fuera durante el pálido día o la gélida
noche, tenía la sensación de que un hielo gris crecía en su interior,
paralizándole los miembros. Se preguntaba si alguna vez experimentaría de nuevo
el calor.
El muchacho
escapaba de la horrible cueva y de su cuerpo en¬fermo por la senda de los
sueños, deslizándose indefenso de una fantasía a otra. Con frecuencia creía
haber regresado a Hayholt, el castillo que había sido su hogar pero que nunca
volvería a serlo: un lugar de prados bañados por el sol y de maravillosos y
som¬bríos escondrijos..., el caserón más enorme que uno pudiera ima¬ginarse,
lleno de bullicio y color y música. Paseaba por el Jardín de los Setos, y el
viento que aullaba fuera de la cueva donde yacía, cantaba también en sus
calenturientas fantasías, soplando delica¬damente entre las hojas para sacudir,
con cuidado, los tiernos ar¬bustos.
Un extraño sueño lo
llevó de nuevo a las estancias de Morgenes. Su estudio se hallaba ahora en lo
alto de una gran torre, desde cuyas ventanas ojivales se veían pasar las nubes.
El anciano, malhumo¬rado, se inclinaba sobre un voluminoso libro abierto. En su
actitud y su silencio había algo de preocupante. Morgenes parecía hacer caso
omiso de Simón, y no apartaba los ojos de las tres espadas que, toscamente
dibujadas, llenaban las páginas a la vista.
Simón se acercó al
alféizar de la ventana. Susurraba el viento, aunque no se notaba brisa alguna.
Miró al patio. Y allí, contem¬plándolo con unos ojos muy abiertos y serios,
había una niña, pe¬queña y de cabellos oscuros, que levantó una mano, como si
qui¬siera saludarlo, y luego desapareció.
La torre y el
atestado cuarto de Morgenes empezaron a diluirse bajo los pies de Simón, como
la marea descendente. El último en desvanecerse fue el mismo mago. Pero,
incluso mientras se esfu¬maba como una sombra ante la nueva luz del día,
Morgenes no diri-gió la mirada a Simón. Por el contrario, sus nudosos dedos
recorrían las páginas del libro, como si buscara ansioso unas respuestas.
Si¬món lo llamó, pero el mundo entero se había vuelto gris y frío, lleno de
remolineantes nieblas y jirones de otros sueños...
El muchacho
despertó, como tantas veces desde que había abandonado Urmsheim, para
encontrarse en la oscuridad nocturna de la cueva y ver a Haestan y Jiriki
acostados cerca de la pared cu¬bierta de runas. El erkyno dormía envuelto en su
capa, con la barba sobre el esternón, mientras que el sitha miraba fijamente
algo que tenía en la palma de su mano, de largos dedos, y parecía totalmente
absorto. Los ojos le centelleaban, como si lo que sostenía reflejara los
últimos rescoldos del fuego. Simón intentó decir algo. Estaba hambriento de
cordialidad y voces..., pero nuevamente tiraba de él el sueño.
«El viento suena
tan fuerte...»
Gemía en los
lejanos pasos de montaña como lo había hecho al¬rededor de las elevadas torres
de Hayholt..., como había aullado a través de los muros de Naglimund.
«¡Y tan triste...!
El viento está triste...»
Simón volvió a
quedar dormido. En la caverna no se oía nada más que el quedo respirar y la
solitaria música de las alturas.
No era más que un
agujero, pero resultaba suficiente como pri¬sión. Penetraba más de veinte codos
en el pétreo corazón de la mon¬taña de Mintahoq, y en ella podían permanecer
echados dos hom¬bres o cuatro gnomos. Los lados se veían tan pulidos como el mejor
mármol, de manera que hasta una araña hubiese tenido dificultades para
agarrarse. El suelo estaba oscuro, frío y húmedo como el de cualquier calabozo.
Aunque la luna
dominaba las nevadas cimas de los picos cercanos, sólo un débil resplandor
llegaba al fondo del pozo, donde rozaba dos formas inmóviles, pero sin
iluminarlas. Durante largo rato, desde la salida de la luna, había sido así:
sólo el pálido disco lunar — Sedda, como los gnomos llamaban al astro nocturno—
se movía en el mundo de las tinieblas, recorriendo lentamente los negros campos
del ciclo.
De repente, algo se
movió en la boca del pozo. Un pequeño indi¬viduo se asomó al hueco, tratando de
escudriñar las espesas sombras.
—Binabik... —dijo
al fin en la lengua gutural de los gnomos—. ¿Me oyes, Binabik?
Si una de las
sombras del fondo se movió, no hizo ningún ruido. Por último, la figurilla del
borde del pozo insistió:
—¡Binabik...!
Durante nueve veces nueve días, tu lanza estuvo delante de mi cueva, y yo te
esperé...
Esas palabras
habían sido pronunciadas en forma de canto ri¬tual, con voz temblorosa, y el
gnomo hizo una breve pausa antes de continúan
— Te esperé y grité
tu nombre en la Plaza de los Ecos. Pero sólo me fue devuelta mi propia voz.
¿Por qué no regresaste en busca de tu lanza?
Seguía sin obtener
respuesta.
—¿Binabik! ¿Por qué
no contestas? ¿No crees que me debes una explicación?
Por fin se movió un
poco la mayor de las dos sombras que había en el fondo del pozo. Unos pálidos
ojos azules atraparon un fugaz reflejo lunar.
—¿Qué significa ese
gimoteo? ¡Ya es bastante grave arrojar a un pozo a quien nunca te hizo daño!
¿Por qué tienes que venir a gritar tonterías cuando trata uno de dormir un
poco?
La doblada figura
quedó inmóvil por unos momentos, como un ciervo asustado por la luz de una
linterna, y luego desapareció.
—¡Bien...!
El rimmerio Sludig
volvió a arrebujarse en su húmeda capa.
—No sé qué diantre
te decía ese gnomo, Binabik, pero no me pa¬rece bien que uno de tu pueblo venga
a tomarte el pelo, y a mí de paso, aunque la verdad es que no me sorprende que
odien a los de mi raza.
El gnomo sentado
junto a él no dijo nada y se limitó a mirar al rimmerio con ojos oscuros y
preocupados. Al cabo de un rato, Sludig volvió a enroscarse, tiritando, e
intentó dormir.
—Pero... ¡Jiriki!
¡No puedes irte!
Simón, con las
piernas fuera de su yacija, se envolvía en su manta para protegerse de los
escalofríos que le sobrevenían. Apretó los dientes al sentir un vahído. En los
cinco días que llevaba des¬pierto, pocas veces se había levantado.
—Es preciso
—contestó el sitha con la mirada baja, como si no quisiera encontrarse con los
implorantes ojos Je Simón—. Ya envié a Sijandi y Ki’ushapo, pero exigen mi
propia presencia. No partiré antes de uno o dos días, Seomán; comprende que no
debo postergar por más tiempo el cumplimiento de mi deber
—¡Tienes que
ayudarme a libertar a Binabik! —protestó el mu¬chacho, a la vez que retiraba
sus pies del helado suelo de piedra para introducirlos de nuevo en la cama—.
Dijiste que los gnomos con¬fiaban en ti. ¡Haz que rescaten a Binabik! Luego nos
iremos todos juntos.
Jiriki emitió un
tenue silbido.
—¡No es tan
sencilla la cosa, joven Seomán! —dijo, casi con impa¬ciencia—. No tengo derecho
ni poder para mandar a los qanuc. Ade¬más recaen sobre mí otras
responsabilidades y obligaciones que tú no podrías entender. Si permanecí aquí
tanto tiempo, fue porque deseaba verte en pie de nuevo. Hace ya mucho que mi
tío Khendraja’aro regresó a Jao é-Tinuka’i, y mis deberes para con mi casa y mi
familia me fuerzan a seguirlo.
—¿Forzarte? ¡Pero
si eres un príncipe!
El sitha meneó la
cabeza.
—Esa palabra no
significa lo mismo en nuestra lengua que en la vuestra, Seomán. Pertenezco a la
casa reinante, pero no mando ni gobierno a nadie. Pero tampoco soy mandado, por
fortuna, excepto en algunas cosas y en ciertos momentos. Y mis padres han dispuesto
que éste sea uno de ellos.
A Simón le pareció
detectar un toque de enojo en la voz de Jiriki.
—De cualquier
forma, no te preocupes. Tú y Haestan no sois prisioneros. Los qanuc os
respetan, y os dejarán marchar cuando queráis.
—Pero yo no me iré
sin Binabik, ni sin Sludig —declaró el joven, retorciendo la tela de su capa
entre los puños.
Una pequeña figura
apareció en la entrada y tosió levemente, con educación. Jiriki miró hacia
atrás y la invitó a pasar con un gesto. La vieja qanuc dio unos pasos adelante
y colocó una humean¬te cazuela a los pies de Jiriki; luego abrió la capa de
piel de oveja, se-mejante a una tienda de campaña, y sacó tres cuencos que
distri¬buyó en semicírculo. Aunque sus diminutos dedos trabajaban con habilidad
y su arrugada y redonda cara no expresaba nada, Simón descubrió un centelleo de
temor en los ojos de la menuda mujer cuando sus miradas se encontraron por
espacio de unos instantes. Una vez terminada su tarea, la vieja se retiró a
toda prisa de la cueva y desapareció bajo la manta que cubría la puerta de
manera tan si¬lenciosa como había llegado.
«¿De qué tendrá
miedo? —se preguntó Simón—. ¿De Jiriki? ¡Pero si Binabik dijo que los qanuc y
los sitha siempre se habían enten¬dido más o menos bien!»
Súbitamente pensó
en sí mismo: el doble de alto que un gnomo, pelirrojo, con la primera barba del
hombre en su rostro, y... delgado como una caña, también, aunque la vieja qanuc
no podía saberlo, arrebujado como estaba en sus mantas... ¿Qué diferencia podía
ver la gente de Yiqanuc entre él y un odiado rimmerio? ¿No había guerreado el
pueblo de Sludig durante siglos enteros contra los gnomos?
—¿Quieres un poco,
Seomán? —dijo Jiriki, sacando caldo de la cazuela—. Hay un cuenco para ti.
Simón alargó la
mano.
—¿Más sopa?
—No. Es aka, como
lo llaman los qanuc, o té, como decís vo¬sotros.
—¡Té!
El muchacho agarró
el cuenco con avidez. Judit, jefa de cocina de Hayholt, era una entusiasta del
té. Al finalizar la larga jornada de trabajo, se sentaba a tomar un gran tazón
de esa infusión, y toda la cocina se llenaba del aroma de aquellas hierbas que
crecían en el sur de la isla. Cuando estaba de buen humor, invitaba a Simón.
¡Cuánto añoraba su hogar, Jesuris!
—Nunca pensé que...
—empezó y tomó un gran sorbo... para es¬cupirlo al momento en un acceso de
tos—. ¿Qué es esto? —preguntó, aún medio atragantado—. ¡No es té!
Jiriki quizá se
sonriera, pero era imposible de ver porque se ha¬bía llevado el cuenco a los
labios y bebía despacio.
—¡Claro que lo es!
—contestó el sitha—. Lo que ocurre, es que los qanuc emplean otras hierbas que
vosotros, los Sudhoda’ya ¿Cómo iba a ser de otra forma, cuando tienen tan pocos
tratos con vuestro pueblo?
Simón se enjuagó la
boca con una mueca.
—¡Pero si es
salado!
A continuación,
olió de nuevo el brebaje, e hizo otro mohín.
—Pues sí, le ponen
sal, y también mantequilla —respondió el sitha, tomando otro trago.
—¿Mantequilla?
—¡Ah, sí, chico!
«Maravillosas son las costumbres de los nietos de Mezumiiru, e infinitas en su
variedad...» —cantó Jiriki con solem¬nidad.
Simón dejó el
cuenco con un gesto de asco.
—¡Mantequilla! Que
Jesuris me asista... ¡Qué desagradable expe¬riencia!
Jiriki, en cambio,
acabó tranquilamente el té. La mención de Mezumiiru hizo pensar de nuevo a
Simón en su amigo el gnomo, que cierta noche había cantado, en el bosque, algo
referente a la luna. Y volvió a ponerse de mal humor.
—Pero... ¿qué
haremos para ayudar a Binabik? —insistió.
Jiriki levantó poco
a poco los ojos, semejantes a los de un gato.
—Mañana tendremos
ocasión de hablar en su defensa. Yo toda¬vía no he descubierto en qué consiste
su delito. Pocos qanuc hablan otra lengua que no sea la suya, y yo no domino la
de ellos. Además, son gente poco amiga de compartir sus opiniones con otros. Tu
compañero es un gnomo extraordinario de verdad.
—¿Qué pasa mañana?
—preguntó Simón, dejándose caer otra vez sobre el lecho.
Le dolía la cabeza.
¿Por qué tenía que sentirse aún tan débil?
—Supongo que se
celebrará un... juicio, en el que los jefes qanuc escucharán y decidirán.
—¿Y nosotros
intervendremos a favor de Binabik?
—No es eso, Seomán
—respondió Jiriki con amabilidad y, por es¬pacio de unos instantes, una extraña
expresión cruzó su flaco ros¬tro—. Vamos porque tú te enfrentaste al Dragón de
la Montaña... y sigues vivo. Los señores de los qanuc desean verte. No dudo de
que los delitos de tu amigo serán expuestos, también, ante la totalidad del
pueblo. Pero ahora descansa, porque después necesitarás todas tus energías.
Jiriki se puso de
pie y estiró sus delgados miembros a la vez que meneaba la cabeza de aquella
manera tan suya y desconcertante, con los ambarinos ojos fijos en la nada.
Simón sintió que un escalo¬frío le recorría todo el cuerpo, seguido de un
profundo cansancio.
«¡El dragón!»,
recordó casi mareado, con una mezcla de asom¬bro y horror. ¡Él había luchado
con un dragón! Él, Simón, un pin¬che de cocina despreciado por chapucero y
tonto, había desenvai¬nado la espada ante un dragón y vivía aún, pese a quedar
salpicado de su escaldante sangre... ¡Como en los cuentos!
Echó una mirada a
la centelleante espada Thorn, apoyada en la pared, cubierta a medias y
esperando como una hermosa serpiente de mordedura mortal. Hasta el propio
Jiriki parecía poco dispuesto a tocarla, e incluso a hablar de ella. El sitha
había desviado, sin alte¬rarse, todas las preguntas de Simón respecto de la
magia que, cual sangre, podía recorrer la misteriosa espada de Camaris. Los
helados dedos del muchacho se deslizaron mejilla arriba hasta encontrar la
todavía dolorosa cicatriz. ¿Cómo se había atrevido un simple mar¬mitón como él
a empuñar un arma tan potente?
Simón cerró los
ojos. Tenía la sensación de que el enorme y des¬preocupado mundo giraba con
gran rapidez debajo de él. Oyó los quedos pasos de Jiriki hacia la entrada, y
un débil crujido cuando el sitha apartó la cortina para salir. Luego, el sueño
volvió a apoderarse de él.
El chico soñó. El
rostro de una niña pequeña, de ojos oscuros, flotó una vez más delante de él.
Era una cara infantil, pero de mi¬rada vieja y profunda como un pozo en un
desierto cementerio. Pa¬recía querer decirle algo. Se movían sus labios en
silencio, mas cuando se desvanecía entre las lóbregas aguas del sueño creyó por
un momento haber percibido su voz.
Al despertar a la
mañana siguiente, Simón encontró a Haestan inclinado sobre él. El soldado
enseñaba los dientes en una fea son¬risa, y en su barba relucía la nieve a
medio derretir.
—¡Ya es hora de que
te levantes, amigo! Hay mucho que hacer en el día de hoy, ¡mucho!
Al joven le costó
un rato vestirse, pero pese a su considerable de¬bilidad lo consiguió. Haestan
lo ayudó a ponerse las botas, que no había llevado desde que había despertado
en Yiqanuc. Parecían de madera, una vez calzadas, y la tela de sus prendas le raspaban
la piel, extrañamente sensible. Sin embargo, se encontraba mejor de pie y
vestido. Dio un par de cautelosos paseos por la cueva, y poco a poco empezó a
sentirse nuevamente como un animal de dos patas.
—¿Dónde está
Jiriki? —preguntó mientras se echaba la capa sobre los hombros.
—Se ha adelantado.
Pero no tienes por que preocuparte. ¡Yo puedo llevarte, debilucho como aún
estás!
—Ya me trajeron
hasta aquí —replicó Simón, y en su voz hubo una inesperada frialdad—, pero eso
no significa que tenga que ser transportado siempre.
El fornido erkyno
soltó una breve risa, sin ofenderse.
—¡Para mí, mejor si
caminas! Esos gnomos ya hacen los senderos suficientemente estrechos. Será un
descanso no tener que cargar con nadie.
Simón se vio
forzado a aguardar un momento junto a la boca de la cueva, para acostumbrarse a
la claridad que penetraba por la puerta, cuya manta estaba ahora algo
levantada. Aun así, al salir al exterior, el brillante reflejo de la nieve,
incluso en una mañana nublada, resultó excesivo para él.
Se hallaban en una
especie de porche de piedra, muy amplio, que por ambos lados se extendía casi
más de veinte codos a partir de la cueva, como si quisiera abrazar la montaña.
Simón vio las humean¬tes bocas de otras cuevas a lo largo del camino, que se perdía
en una curva hacia las entrañas del Mintahoq. Había otros senderos igual de
anchos en la parte superior de la ladera, uno encima de otro, cu¬briendo la
cara de la montaña. De las cavernas más elevadas pendían escalas de mano, y,
allí donde las irregularidades de la pendiente ha¬cían imposible que los
caminos enlazaran, muchos porches queda¬ban conectados a través del vacío
mediante oscilantes puentes que casi parecían construidos con correas. Al mirar
Simón hacia ellos, vio cómo los chiquillos, de los qanuc, vestidos de piel,
correteaban por aquellas frágiles pasarelas, saltando como ardillas a pesar de
que una caída equivaldría a una muerte segura. A Simón se le revolvía el
estómago de verlos, de manera que miró hacia el otro lado.
Delante de él se
abría el gran valle de Yiqanuc. Más allá, los pé¬treos vecinos del Mintahoq
asomaban entre la nebulosa lejanía para penetrar en el cielo, gris y lleno de
nieve. Diminutos agujeros negros cubrían los remotos picachos, y unas
minúsculas formas, apenas dis¬tinguibles a través del oscuro valle, se movían
incesantemente por los retorcidos caminos que los unían.
Tres gnomos,
inclinados sobre sus sillas de cuero trabajado, ba¬jaban montados en sus
peludos moruecos. El muchacho dio un paso para apartarse de su camino y cruzó
lentamente el porche hasta hallarse a poca distancia del borde. Al mirar abajo
tuvo la misma momentánea sensación de vértigo que ya había sentido en Urmsheim.
La base de la montaña, poblada aquí y allá de retorcidos ar¬bustos, caía a pico
cruzada por otros porches con escalas de mano como aquel en que él estaba.
Simón notó un súbito silencio y se vol¬vió para mirar a Haestan.
Los tres individuos
montados en sendos moruecos se habían de¬tenido en medio del ancho camino y lo
contemplaban boquiabier¬tos. El soldado, casi escondido entre las sombras de la
boca de la cueva, le hizo un saludo de burla por encima de las cabezas de los
gnomos.
Dos de éstos
llevaban ralas barbas, todos lucían collares de gruesas cuentas de marfil sobre
sus pesadas capas e iban armados con lanzas talladas con el extremo en forma de
gancho, como los cayados de los pastores, con las que guiaban a sus monturas de
cuer¬nos en espiral. Eran más altos que Binabik. Los pocos días pasados en
Yiqanuc habían demostrado a Simón que Binabik era uno de los adultos más bajos
de su raza. Estos gnomos parecían más primitivos y peligrosos que su amigo.
Bien armados y de aspecto fiero, resulta¬ban amenazadores pese a su poca
estatura.
Simón miró
fijamente a los gnomos, y ellos no apartaron la vista de el.
—Todos han oído
hablar de ti —gritó Haestan, y los jinetes alza¬ron los ojos, asustados por la
potencia de su voz—, pero casi ninguno te había visto hasta ahora.
Los gnomos miraron
al soldado de arriba abajo; alarmados, es¬polearon a sus animales y salieron de
estampía, para desaparecer en¬seguida en la curva de la montaña.
—¡Ya tienen algo de
que hablar! —rió Haestan.
—Binabik me contaba
particularidades de su hogar —dijo Si¬món—, pero se me hacía difícil
entenderle. Las cosas nunca son como uno se las imaginaba, ¿verdad?
—Sólo Nuestro Señor
Jesuris conoce todas las respuestas —res¬pondió Haestan—. Y ahora, si quieres
ver a tu pequeño amigo, será mejor que nos pongamos en marcha. Camina con
cuidado, y no tan cerca del abismo.
Descendieron
despacio por el serpenteante sendero, que se estre¬chaba o ensanchaba a medida
que atravesaba la ladera. El sol estaba ya muy alto, pero escondido en un nido
de oscuras nubes, y un viento cortante barría toda la cara del Mintahoq, cuya
cima se ha¬llaba cubierta de hielo, al igual que los picos vecinos del otro
lado del valle. Más abajo, la nieve había caído de manera más desigual. Aquí y
allá, blancos montones cubrían la vereda o formaban nidos entre las aberturas
de las cuevas. No obstante, también abundaban las ro¬cas secas y la tierra al
descubierto. Simón ignoraba si tanta nieve era normal en los primeros días de
tiyagar, en Yiqanuc, pero lo que sí sa¬bía era que estaba harto de celliscas y
frío. Cada copo que le caía en el ojo era como un insulto; la cicatriz de la
mejilla le dolía a rabiar.
Ahora que al
parecer habían abandonado la parte más populosa de la montaña, apenas se veían
gnomos. Oscuras sombras atisbaban entre el humo de las bocas de algunas cuevas,
y otros dos grupos de jinetes pasaron en la misma dirección que ellos,
reduciendo la mar¬cha para mirar a Simón y, como los primeros, salir luego
disparados.
La pareja encontró
en su camino a un grupo de niños que jugaban en un montón de nieve. Los
pequeños gnomos, que apenas le llegaban a la rodilla a Simón, iban envueltos en
gruesas chaquetas y polainas de piel y parecían erizos. Abrieron mucho los ojos
al ver pasar a Simón y Haestan, y por unos momentos cesaron sus agudos
parloteos, mas no echaron a correr ni demostraron tener miedo. Eso le hizo
gracia a Simón, quien sonrió a pesar del dolor que sentía en la mejilla y los
saludó con la mano.
Cuando una vuelta
del camino los condujo hacia la parte norte de la montaña, llegaron a una zona
donde ya no se oía a los habitan¬tes del Mintahoq y se vieron solos con los
aullidos del viento y los remolinos de nieve.
—¡Esto no me gusta
nada! —gruñó Haestan.
—¿Qué es aquello?
—inquirió Simón, señalando la pendiente.
Encima de un porche
de piedra, a bastante altura, se alzaba una extraña construcción en forma de
huevo, hecha de bloques de nieve cuidadosamente ordenados. Despedía un ligero
resplandor, y los oblicuos rayos de sol le daban un suave color rosado. Delante
había una fila de silenciosos gnomos con lanzas en sus manos protegidas con
mitones y las capuchas muy hundidas sobre las caras.
—No los señales,
muchacho —murmuró Haestan y tiró suave¬mente de la manga de Simón.
¿Los habrían mirado
algunos de aquellos guardias?
—Según dijo tu
amigo Jiriki, es algo muy importante —agregó el soldado—. Se llama la Casa de
Hielo, todos los gnomos trabajaron en ella hasta este momento. Ni se por que,
ni me interesa saberlo.
—¿Casa de Hielo?
¿Vive alguien en ella?
Haestan se encogió
de hombros.
—Eso no lo dijo
Jiriki.
Simón miró
pensativo al compañero.
—¿Hablaste mucho
con Jiriki, desde que llegaste? Quiero decir... ¿cuando yo no podía oíros?
—Oh, pues... No
mucho, en realidad. El siempre parece estar pensando en algo grande, ¿me
entiendes? En algo muy importante. Pero, a su modo, es muy agradable. No como
una persona, diría yo, pero no es mal chico. No es como yo creía que sería un
mago... —añadió Haestan con una sonrisa después de reflexionar—. Te tiene en un
buen concepto. De la manera que habla, parece que te deba dinero.
Y rió dentro de su
barba.
Fue un camino largo
y fatigoso para un muchacho tan débil como Simón. Hacia arriba, primero, y
luego hacia abajo, un ir y venir constante por la ladera de la montaña. Aunque
Haestan lo soste¬nía por el codo con una mano cada vez que le flaqueaban las
piernas, Simón había empezado a preguntarse si podría seguir adelante cuando de
pronto rodearon un saliente que obstaculizaba en parte el camino, como una roca
en un río, y se hallaron ante la amplia en¬trada de la gran caverna de Yiqanuc.
La gran abertura,
que al menos medía cincuenta pasos de un ex¬tremo al otro, se abría en la
ladera del Mintahoq como una boca dispuesta a pronunciar un solemne juicio. En
la misma entrada ha¬bía una fila de enormes estatuas, desgastadas por el paso
del tiempo. Eran una figuras de aspecto humano y gorda barriga, grisáceas y
amarillentas como dientes podridos, y que con sus cargadas espal¬das sostenían
el peso del techo de la entrada. Sus lisas cabezas esta¬ban coronadas de
cuernos de carnero, y entre sus labios asomaban unos tremendos colmillos. Los
siglos y siglos de intemperie habían dejado sus caras sin facciones. Y eso, en
opinión de Simón, no les confería un aire de antigüedad, sino más bien de
rudimentaria no¬vedad..., como si, ahora, las estatuas se creasen a sí mismas a
base de la piedra original.
—Chidsik Ub Lingit
—dijo una voz a su lado—. La Casa del Ante¬cesor.
Simón se estremeció
ligeramente y dio media vuelta, sorpren¬dido, pero no era Haestan quien había
hablado. Junto a él se hallaba Jiriki, contemplando las ciegas caras de piedra.
—¿Cuánto rato
llevas aquí?
Simón, avergonzado
por haberse asustado, miró hacia la en¬trada. ¿Quién iba a imaginarse que los
diminutos gnomos fueran capaces de esculpir semejantes guardianes de roca?
—Salí para
encontrarte —dijo Jiriki—. ¡Se te saluda, Haestan!
El soldado gruñó
algo en respuesta. Simón volvió a preguntarse qué habría sucedido entre el
erkyno y el sitha durante los largos días de su enfermedad. En ocasiones, al
muchacho le costaba conversar con el enigmático y complicado príncipe Jiriki.
¿Cómo no iba a re¬sultar difícil para un hombre sincero como Haestan, pues, que
no había sido adiestrado en las exasperantes sinuosidades del doctor Morgenes?
—¿Es aquí donde
vive el rey de los gnomos? —preguntó Simón en voz alta.
—Y también la reina
—contestó Jiriki—, aunque en la lengua de los qanuc no se habla de reyes y
reinas. Es más acertado decir «pas¬tor» y «cazadora».
—Reyes, reinas,
príncipes... —refunfuñó Simón, cansado, dolo¬rido y muerto de frío—, y total,
nadie es lo que se hace llamar... ¿Por qué es tan grande la cueva?
El sitha emitió una
risa queda. Sus cabellos, de un pálido color lila, eran agitados por el fuerte
viento.
—Porque, de ser
menos amplia, amigo Simón, los gnomos hu¬biesen instalado su Casa del Antecesor
en otra parte. Pero ahora de¬bemos entrar, y no sólo para que puedas entrar en
calor.
Jiriki los condujo
por entre dos de las enormes estatuas, en di¬rección a una vacilante luz
amarilla. Al pasar entre aquellas piernas como pilares, Simón echó una mirada a
las caras sin ojos que coro¬naban las figuras de pulido y abombado vientre. Y
de nuevo re¬cordó las reflexiones del doctor Morgenes.
«Solía decir éste
que nadie sabe lo que le espera. "No hay que hacer demasiados
cálculos", era una de sus frases favoritas. ¿Y quién hubiese pensado que
yo habría de ver cosas como éstas y vivir seme¬jantes aventuras? Nadie sabe lo
que le aguarda, en realidad...»
Sintió una fuerte
punzada en el rostro, y luego un frío pinchazo en el cuerpo. El doctor, como
tantas otras veces, no había dicho más que la verdad.
La gran caverna
estaba llena de gnomos y de un denso olor agri¬dulce a aceite y grasa. Mil
luces amarillas resplandecían.
Alrededor de la
rugosa cavidad del elevado techo, ardían lámpa¬ras de aceite en hornacinas de
la pared y hasta en el mismo suelo. Centenares de esas lámparas, cada cual con
su flotante mecha seme¬jante a un delgado gusano blanco, daban a la cueva una
luz que, con mucho, eclipsaba la grisácea del exterior. Incontables qanuc
encha¬quetados de cuero llenaban el lugar, convirtiéndolo en un océano de
cabezas de negros cabellos, los niños pequeños, sentados a hom¬bros de sus
padres, parecían gaviotas que se mecieran plácidamente sobre las olas.
En medio de la
caverna, una isla de roca sobresalía de aquel mar de gnomos. Y allí, sobre una
plataforma de piedra esculpida en el mismo mineral del suelo, había dos
personajes chiquitos en medio de un charco de fuego.
No se trataba
exactamente de un charco de pura llama, como comprobó Simón momentos después,
sino de una delgada zanja abierta en la roca a su alrededor y llena del mismo
aceite que alimen¬taba las lámparas, las dos figuras situadas en el centro del
círculo de fuego se recostaban, una al lado de la otra, en una especie de
hamaca de cuero repujado sujeta mediante correas a un marco de marfil. La
pareja permanecía inmóvil sobre un montón de pieles blancas y roji¬zas, y en
sus redondos y plácidos rostros brillaban los grandes ojos.
—Ella es Nunuuika,
y él se llama Uammannaq —explicó Jiriki en voz baja—. Son los señores de los
qanuc.
Mientras hablaba,
uno de los dos pequeños personajes hizo un breve gesto con su báculo. La
apretujada masa de gnomos retrocedió por ambos lados y se estrechó todavía más
para formar un pasillo que se extendía desde la plataforma de piedra hasta el
punto donde se ha¬llaban Simón y sus compañeros. Varios centenares de menudas y
ex¬pectantes caras se volvieron hacia ellos. Los murmullos eran intensos. Simón
miró sonrojado el camino de piedra que se abría ante ellos.
—La cosa está
clara, ¿no? —gruñó Haestan, dándole un suave em¬pujón—. ¡Adelante, muchacho!
—Todos nosotros —
dijo Jiriki, y con uno de sus extraños gestos indicó a Simón que debía avanzar
en primer lugar.
Tanto el eco de los
susurros como el olor a cuero curtido pare¬cieron aumentar a medida que el
muchacho avanzaba hacia el rey y la reina...
«O, mejor dicho, el
pastor y la cazadora. O lo que sea», pensó Simón.
De pronto, el aire
de la caverna se hizo pesado y sofocante. Cuando el joven quiso respirar a
fondo, tropezó y hubiese caído de no agarrarlo Haestan por la capa. Alcanzado
el estrado, permaneció unos segundos con la vista fija en el suelo, luchando
contra el ma-reo, antes de mirar a los personajes instalados en la plataforma.
La luz de la curiosa lámpara se reflejaba en sus ojos. Simón estaba enojado,
aunque no sabía con quién. ¿Acaso no había abandonado aquel mismo día el lecho
por primera vez? ¿Qué esperaban de él? ¿Que se pusiera a dar saltos y a matar
dragones?
Lo sorprendente de
Uammannaq y Nunuuika, se dijo, era el enorme parecido entre ellos. Podían ser
gemelos. Sin embargo, re¬sultaba obvio quién era quién: Uammannaq, sentado a su
izquier¬da, llevaba una delgada barba que le partía del mentón y formaba una larga
trenza entretejida con finas correas rojas y azules. Tam¬bién tenía trenzados
los cabellos, y unas peinetas de reluciente pie¬dra negra sostenían la maraña
de lazos y cordones de pelo. Mientras con sus dedos cortos y regordetes se
atusaba la barba, con la otra mano sostenía su báculo de ceremonias, una gruesa
y muy tallada lanza semejante a las que utilizaban los que montaban los
carneros, curvada en un extremo.
Su esposa —si ésa
era la costumbre de Yiqanuc— llevaba en la mano una lanza recta, una delgada y
mortal vara con una punta de piedra afilada hasta la translucidez. Sus largos
cabellos negros estaban sujetos en lo alto de la cabeza mediante una serie de peinetas
de marfil. Los ojos de la soberana, brillantes detrás de sus oblicuos
pár¬pados, eran planos como la piedra pulida. Simón no se había en¬contrado
nunca con una mujer que lo mirase con tanta frialdad y arrogancia. Recordó
entonces que era llamada la Cazadora, y com-prendió que aquello estaba más allá
del límite de sus conocimien¬tos. Uammannaq, en cambio, parecía menos
amenazador. La gruesa cara del Pastor diríase hundida en una fláccida modorra,
pero aun así había un asomo de sagacidad en su mirar.
Pasado el breve
momento de mutua inspección, el rostro de Uammannaq se aclaró en una amplia y
amarillenta sonrisa, y sus ojos casi desaparecieron en un alegre guiño. Alzó
las palmas de las manos hacia los recién llegados, las juntó luego y dijo algo
en la gu¬tural lengua de los qanuc.
—Te da la
bienvenida a Chidsik Ub Lingit y a Yiqanuc, las mon¬tañas de los gnomos
—tradujo Jiriki,
Pero, antes de que
pudiese añadir nada más, habló Nunuuika. Sus palabras sonaban más moderadas que
las de Uammannaq, mas no por eso las entendió Simón mejor, Jiriki la escuchaba
con gran atención.
—También la
Cazadora te saluda. Dice que eres muy alto, pero, salvo que esté muy equivocada
con respecto a los utku, tú pareces joven para matar a un dragón, pese a lo
blondo de tus cabellos, Utku es como los gnomos llaman a los de las tierras
bajas —agregó en tono quedo.
Simón miró durante
unos instantes a la pareja real.
—Contéstales que
agradezco su bienvenida, o lo que convenga decir. Y explícales, por favor, que
yo no maté al dragón, sino que sólo lo herí, y que lo hice para proteger a mis
amigos, del mismo modo que Binabik de Yiqanuc lo hizo por mí en muchas otras oca¬siones.
Terminada la larga
frase, Simón quedó unos momentos sin aliento, sintiendo casi vértigo. El Pastor
y la Cazadora, que habían prestado gran atención a sus palabras, aunque no sin
fruncir ligera¬mente el entrecejo al oír mencionar el nombre de Binabik, se vol¬vieron
interesados hacia Jiriki.
El sitha tardó unos
segundos en hablar, pensativo, pero luego soltó una larga parrafada en la tosca
lengua de los gnomos. Uammannaq hizo un desconcertado gesto afirmativo.
Nunuuika, por su parte, escuchaba impasible. Cuando Jiriki hubo terminado, echó
una rápida mirada a su consorte, y a continuación habló de nuevo.
A juzgar por lo que
tradujo Jiriki, no había oído para nada el nombre de Binabik. Elogió a Simón
por su valor, diciendo que, du¬rante mucho tiempo, los qanuc habían tenido la
montaña de Urmsheim —Yijarjuk, como ella dijo— por un lugar que convenía evitar
a toda costa. Y que ahora quizás hubiese llegado el momento de vol¬ver a
explorar las montañas del oeste, ya que, aunque el dragón hu¬biese sobrevivido,
probablemente se hallara en la zona baja para cui¬dar sus heridas.
El discurso de
Nunuuika parecía impacientar a Uammannaq y, tan pronto como Jiriki acabó de
traducir sus palabras, el Pastor aña¬dió algunas frases, señalando que ahora,
recién pasado el terrible in¬vierno, no era época para tales aventuras, sobre
todo dada la malin¬tencionada actividad de los diabólicos croohokuq, que no
eran otros que los rimmerios. Y se apresuró a agregar que, desde luego, Simón y
sus compañeros, el otro abajeño y el estimado Jiriki, podían per¬manecer entre
ellos todo el tiempo que quisieran como huéspedes de honor, y que, si había
algo que él o Nunuuika pudiesen hacer para que su estancia resultara más
agradable, sólo tenían que pe¬dirlo.
Incluso antes de
que Jiriki acabase de verter sus palabras al idioma de las gentes del oeste,
Simón ya se apoyaba ora en un pie ora en el otro, ansioso de responder.
—¡Sí! —le dijo a
Jiriki—. Hay algo que pueden hacer. ¡Poner en li¬bertad a Binabik y Sludig,
nuestros compañeros! ¡Devolved la liber¬tad a nuestros amigos, si deseáis que
estemos contentos! —exclamó en voz bien alta, de cara a la real pareja envuelta
en pieles, que lo miró llena de incomprensión.
El tono de sus
palabras hizo que algunos de los gnomos amon¬tonados alrededor del estrado de
piedra murmurasen inquietos. Si¬món se preguntó aturdido si habría ido
demasiado lejos, pero de momento se había preocupado innecesariamente.
—Escucha, Seomán
—musitó Jiriki—. Me prometí a mí mismo no traducir mal lo que tú dijeras, ni
interferir en tus palabras a los seño¬res de Yiqanuc, pero ahora te pido, como
un favor personal, que no expreses ese ruego.
—¿Por qué no?
—Te lo suplico.
Hazme ese favor. Te lo explicaré más tarde. ¡Ten confianza en mí!
La indignada
protesta brotó de los labios de Simón antes de que este pudiera controlarse.
—¿Esperas que
abandone a un amigo como un favor a ti? ¿No salve ya tu vida? ¿No te arranqué
la flecha blanca? ¿Quien debe aquí favores?
Pero apenas dicho
eso se arrepintió, temeroso de haber levan¬tado una irrompible barrera entre él
y el príncipe sitha. Los ojos de Jiriki se clavaron en los suyos. La
muchedumbre empezó a agitarse y cuchichear, dándose cuenta de que algo sucedía.
El sitha bajó la
vista.
—Estoy avergonzado,
Seomán. Exijo demasiado de ti.
De repente, Simón
se sintió como una piedra que cayera en una charca fangosa. Todo ocurría
excesivamente deprisa. Tenía dema¬siadas cosas en que pensar. ¡Ojalá pudiera
acostarse y no saber nada de nada!
—¡No, Jiriki!
—jadeó—. El avergonzado soy yo. Estoy avergonzado de lo que he dicho. ¡Soy un
imbécil! Pregunta a los señores si puedo hablar con ellos mañana. Me siento
mal...
Súbitamente, el
mareo fue verdadero y terrible. Tuvo la sensa¬ción de que toda la caverna daba
vueltas, y que la luz de las lámparas de aceite fluctuaba como si la azotara un
vendaval. Se le doblaron las rodillas, y Haestan tuvo que sujetarlo por los brazos.
Jiriki se dirigió
enseguida a Uammannaq y Nunuuika. Un mur¬mullo de fascinada consternación
recorrió la multitud de gnomos allí reunidos. ¿Estaba muerto el joven de la
roja cresta, que parecía una cigüeña? A lo mejor, aquellas piernas tan largas y
delgadas no podían sostener el peso de la persona durante mucho tiempo, como
alguien sugirió. Pero... de ser así, ¿por qué continuaban de pie los otros dos
individuos de las tierras bajas? Numerosos qanuc menea¬ron la cabeza,
extrañados, y los susurros eran incesantes.
—¡Nunuuika, la más
maravillosa, y Uammannaq, inmejorable gobernante! El chico todavía está
enfermo, y muy débil —dijo Jiriki quedamente.
La multitud,
decepcionada por aquel tono, se acercó.
—Por la antigua
amistad de nuestro pueblo, pido una gracia —prosiguió Jiriki.
La Cazadora inclinó
la cabeza y esbozó una sonrisa.
—Habla, hermano
mayor.
—Sé que no tengo
derecho a interferir en vuestra justicia, y no es ésa mi intención. Sólo os
suplico que el juicio contra Binabik de Mintahoq no tenga efecto hasta que sus
compañeros, incluido este muchacho llamado Seomán, puedan declarar en su favor.
Y que lo mismo le sea concedido a Sludig, el rimmerio. Os lo ruego en nom¬bre
de la Luna, nuestra común raíz.
Jiriki hizo una
ligera reverencia, doblando únicamente la parte superior del cuerpo, sin que en
su gesto hubiese sumisión.
Uammannaq golpeó
suavemente el palo de su lanza, a la vez que miraba preocupado a la Cazadora.
Por fin hizo un gesto de asenti¬miento.
—No podemos negarte
el deseo, hermano mayor. Sea, pues. Es¬peraremos dos días a que el muchacho
esté más fuerte, pero ni el he¬cho de que ese extraño joven nos trajera en una
de sus alforjas la es¬camosa cabeza de Igjarjuk podrá cambiar lo que debe ser. Binabik,
aprendiz del Hombre Cantor, cometió un espantoso crimen.
—Así me lo dijeron
—replicó Jiriki—. Pero no fueron los bravos corazones de los qanuc lo único que
les valió la estima de los sitha. También apreciamos siempre la amabilidad de
los gnomos.
Dura la mirada,
Nunuuika se llevó una mano a las peinetas que sujetaban sus cabellos.
—La amabilidad de
unos seres nunca debe echar por tierra unas leyes justas, príncipe Jiriki, o
todos los frutos de Sedda, tanto los sitha como los mortales, volverían
desnudos a las nieves. Binabik será juzgado.
El príncipe Jiriki
hizo otra breve inclinación antes de retirarse. Haestan casi sostenía al
tambaleante Simón cuando retrocedieron a través de la cueva, abriéndose paso
entre los curiosos gnomos hasta salir de nuevo al frío aire.
2
Máscaras y sombras
El fuego chasqueaba
y escupía cuando los copos de nieve caían sobre las llamas para consumirse en
un instante. Los árboles de alrededor aún recibían pinceladas de color
anaranjado, pero la fogata del campamento se había reducido ya hasta quedar
sólo las ascuas. Más allá de esta frágil barrera de luz, la niebla, el frío y
la oscuridad esperaban con paciencia.
Deornoth acercó más
las manos a los rescoldos y trató de hacer caso omiso de la vasta presencia
viva del bosque de Aldheorte que los envolvía, con las enredadas ramas que
escondían las estrellas, los troncos ocultos por la boira que se balanceaba en
el gélido e ince¬sante viento... Josua se hallaba sentado frente a él, la
mirada apar¬tada de las llamas, en dirección a la hostil negrura. El angular
rostro del príncipe, teñido de rojo por el resplandor del fuego, estaba
con¬traído en una silenciosa mueca. A Deornoth le dolía en el alma, pero en
esos momentos era difícil mirarlo. Por eso apartó al vista, frotándose los
helados dedos como si con ello pudiera eliminar todo el sufrimiento: el suyo,
el de su amo y el del resto del lastimo¬sos y derrengado grupo.
Alguien gimió
cerca, pero Deornoth no hizo caso. Eran muchos de su partida los que sufrían, y
un par de ellos —la pequeña sirvienta, que tenía una espantosa herida en el
cuello, y Helmfest, uno de los hombres del condestable, mordido por las
infernales criaturas— no llegarían, probablemente, a la mañana siguiente.
Sus apuros no
habían terminado al escapar de la destrucción del castillo de Josua, en
Naglimund. Apenas bajado el grupo a trompi¬cones por los últimos y destrozados
escalones del portillo, habían sido azuzados. A escasos metros del bastión
exterior de Aldheorte, el suelo reventó a su alrededor, llenando de chirriantes
gritos la falsa noche cargada de tormenta.
Por todas partes
asomaban los excavadores o bukken, como el joven Isorn los llamaba, gritando
histérico el nombre cuando estaba encima de uno con la espada. Incluso en su
temor, el hijo del duque había dado muerte a muchos, aunque había recibido
también una docena de superficiales heridas de los afilados dientes de los
excava¬dores y de sus toscos cuchillos dentados. Y eso era algo a tener en
cuenta: en el bosque, hasta las heridas pequeñas podían enconarse.
Deornoth se movió
inquieto. Aquellas diminutas sombras se habían agarrado a su propio brazo cual
ratas. En su horror, había es¬tado a punto de cortarse la mano para sacarse de
encima a los re¬pelentes seres. Incluso ahora, el recuerdo lo hacía estremecer.
De nuevo se frotó los dedos.
La sitiada compañía
de Josua había logrado huir, al final, abriéndose paso hacia el bosque a base
de hachazos. Cosa extraña, los repulsivos árboles parecían constituir una
especie de santuario, porque la caterva de excavadores, demasiado numerosa para
ser de¬rrotada, no los siguió.
«¿Existe en este
bosque algún poder que se lo impidiera? —se preguntó Deornoth—. ¿O tal vez vive
aquí algo aún más temible que ellos mismos?»
Al escapar, habían
dejado atrás cinco tristes bultos que antes ha¬bían sido seres humanos. El
grupo de supervivientes del príncipe quizá sumase doce miembros, y a juzgar por
la estertorosa respira¬ción del soldado Helmfest, que yacía cerca del fuego
envuelto en su capa, pronto habría uno menos.
Vorzheva enjugaba
la sangre de la mortalmente pálida mejilla del herido.
Tenía ella el
aspecto distante y enajenado de un loco que Deor¬noth había visto una vez en la
plaza de Naglimund, vertiendo agua de una escudilla a otra durante horas
enteras, sin derramar nunca ni una gota. Curar a aquel moribundo era algo
igualmente inútil, en opinión de Deornoth, y así lo expresaban los oscuros ojos
de Vorzheva.
El príncipe Josua
no había prestado más atención a Vorzheva que a cualquier otro miembro de la
maltrecha compañía. A pesar del terror y el cansancio que ella compartía con el
resto de los super¬vivientes, resultaba evidente que la falta de deferencia del
hombre la ponía furiosa. Deornoth había sido testigo, en suficientes
ocasio¬nes, de la tormentosa relación entre Josua y Vorzheva, pero no sabía qué
opinar sobre ello. Había días en que temía que aquella mujer thrithinga
distrajese al hombre y constituyera un obstáculo para el cumplimiento de sus
deberes principescos; en otros momentos, en cambio, sentía compasión de
Vorzheva, cuyo sincero apasionamiento sobrepasaba con frecuencia su paciencia.
Josua podía ser desesperantemente inquieto y reservado, e incluso en sus
mejores horas tendía a la melancolía. Deornoth se decía que, para una mujer, el
príncipe debía de ser un compañero muy difícil.
Towser, el viejo
bufón, y el arpista Sangfugol conversaban cerca, en un tono de desaliento. El
odre de vino del bufón estaba vacío y flojo en el suelo. Era el último vino que
los supervivientes verían durante algún tiempo. Towser acababa de vaciarlo de un
par de tra¬gos, ganándose con ello algunas duras palabras de sus camaradas. Sus
lagrimosos ojos no habían cesado de parpadear mientras bebía, como un viejo
gallo irritado que quisiera ahuyentar del gallinero a un intruso.
Los únicos
dedicados en ese momento a una actividad útil eran la duquesa Gutrun, esposa de
Isgrimnur, y el padre Strangyeard, ar¬chivero de Naglimund. Gutrun había
abierto por delante y por de¬trás su falda de pesado brocado, y ahora cosía las
piezas para conver¬tirlas en un par de pantalones para ella, con los que iría
más cómoda para atravesar el breñal de Aldheorte. Strangyeard, al darse cuenta
de la buena idea de la duquesa, se rasgó la parte delantera de su há¬bito con
el embotado cuchillo de Deornoth.
El caviloso
rimmerio Einskaldir se hallaba sentado cerca del reli¬gioso, y entre ambos
yacía una forma quieta, un bulto oscuro bajo el resplandor del fuego. Era la
pequeña sirvienta cuyo nombre no lograba recordar Deornoth. Había huido con
ellos del castillo, sin dejar de llorar en silencio durante todo el camino.
Había llorado hasta
que los excavadores le dieron alcance. Se habían enganchado éstos a su cuello
como los perros a un jabalí, in¬cluso después que sus cuerpos hubiesen sido
despedazados por las espadas de quienes la iban a rescatar. Ahora, la muchacha
ya no llo-raba. Permanecía callada, muy callada, agarrándose a la poca vida que
le quedaba.
Deornoth sintió un
escalofrío de horror. Piadoso Jesuris..., ¿qué habían hecho ellos para merecer
tan espantoso castigo? ¿Qué abo¬minable pecado habían cometido, para verse
condenados a vivir la destrucción de Naglimund?
Trató de vencer el
miedo que asomaba claramente a su rostro, y miró a su alrededor. Nadie se
fijaba en él, gracias a Jesuris; nadie ha¬bía observado su vergonzoso estado de
ánimo. Semejante conducta no era propia de un caballero, al fin y al cabo.
Estaba orgulloso de haber sentido sobre su cabeza la manopla de su príncipe y
oído el honroso nombramiento. Ahora sólo deseaba sentir el limpio temor de la
batalla contra enemigos humanos, y no tener que luchar con aquellos diminutos y
chillones excavadores o con las horribles nor¬nas de rostro pétreo y tez blanca
como el pescado, que habían des¬truido el castillo de Josua. ¿Cómo era posible
pelear contra criaturas que parecían salidas de un cuento de miedo?
Tenía que haber
llegado el día del Juicio Final... Era la única ex¬plicación posible. Los seres
a los que ahora combatían podían ser vi¬vos —ya que sangraban y morían, cosa
que no cabía afirmar de los demonios—, pero aun así eran igualmente fuerzas de
la oscuridad. En efecto, había llegado el fin del mundo.
Cosa extraña, tal
idea proporcionó algo más de energía a Deornoth. ¿No era, acaso, la obligación
de todo caballero defender a su señor y a su país contra el enemigo, ya fuese
incorpóreo o material? ¿No había dicho eso mismo el sacerdote, antes de la vigilia
que pre-cedía a la investidura? Deornoth se obligó a alejar de sí aquellos
pensamientos. Siempre había estado orgulloso de su tranquila ex¬presión, de su
facilidad para contener y moderar el enojo. Precisa¬mente por eso, nunca se
había sentido incómodo a causa del reser¬vado carácter del príncipe. ¿Cómo iba
a desempeñar Josua el mando, sino gracias al dominio sobre su propia persona?
Al pensar en Josua,
Deornoth lo miró de reojo y volvió a experi¬mentar inquietud. Parecía que la
coraza de paciencia del príncipe empezaba a romperse, vencida por unas fuerzas
que ningún hombre podía soportar. Mientras su paladín lo observaba, Josua tenía
la vista perdida en la ventosa oscuridad, y movía los labios en silencio
hablando consigo mismo, fruncido el entrecejo en preocupada con¬centración.
La vigilancia se
hizo demasiado fatigosa.
—Príncipe Josua
—dijo finalmente Deornoth, con voz queda.
El príncipe dejó de
hablar a solas, mas no prestó mayor atención al joven caballero. Deornoth lo
intentó de nuevo.
—Josua...
—¿Sí, Deornoth?
—Mi señor —comenzó
éste, pero entonces se dio cuenta de que no tenía nada que decir—. Mi señor, mi
buen señor... —musitó
Cuando Deornoth se
mordió el labio inferior en espera de que la inspiración aclarase sus ideas,
Josua se inclinó de pronto hacia adelante, con los ojos fijos en el lugar que,
momentos antes, sólo había recorrido vagamente con la vista, como si quisiera perforar
la negrura que había detrás de los primeros árboles del bosque, enroje¬cidos
por los restos del fuego.
—¿Qué hay? —inquinó
Deornoth, alarmado.
Isorn, que
dormitaba a sus espaldas, se incorporó con un grito incoherente al oír la voz
del amigo.
Deornoth buscó a
tientas su espada y la desenvainó, medio de pie.
—¡Silencio!
—susurró Josua, con el brazo en alto.
Un estremecimiento
de temor recorrió el campamento. Du¬rante unos segundos interminables, no
sucedió nada. Después, los demás lo oyeron también: algo se abría paso
torpemente por la maleza junto al círculo de luz.
—¡Esas criaturas!
—dijo Vorzheva, y su voz pasó de ser un mur¬mullo a un grito titubeante.
Josua se volvió
para agarrarla por el brazo y darle una breve pero enérgica sacudida.
—¡Calla, por lo que
más quieras!
El ruido de las
ramas rotas se aproximaba. Isorn y los soldados estaban todos levantados, con
la mano en la empuñadura de la es¬pada. Sólo algunos miembros de la compañía
gemían y rezaban de manera reservada.
—Ningún habitante
de los bosques
sería tan escandaloso...—murmuró Josua.
Le costaba
disimular su nerviosismo. Extrajo a Naidel de su funda.
—¡Y camina sobre
dos piernas...! —añadió.
—¡Socorro! —resonó
en esto una voz, desde la oscuridad.
La noche pareció
hacerse todavía más impenetrable, como si las tinieblas fuesen a arrollarlos
para aplastar el débil fuego.
Instantes más
tarde, algo pasó a través del círculo de árboles y alzó los brazos ante los
ojos cuando el resplandor de los restos de la fogata los cegaron.
—¡Que Dios nos
asista! —exclamó Towser con voz ronca.
—¡Si es un hombre!
—jadeó Isorn—. ¡Por Aedón, si está cubierto de sangre!
El herido dio otros
dos vacilantes pasos hacia el fuego, hasta que se le doblaron las rodillas.
Tenía el rostro casi negro, de tanta sangre seca. Sólo destacaban los ojos que,
sin ver, miraban al grupo de gente boquiabierta.
—¡Ayudadme...!
—gimió con voz lenta y espesa.
Casi no parecía una
persona que hablara la lengua del oeste.
—¿Qué es esta
locura mi señora? —gruñó Towser, el viejo bufón, que tiraba de la manga a la
duquesa Gutrun, como podría haber he¬cho un niño—. ¡Decidme! ¿Es que nos han
lanzado una maldición?
—Creo que conozco a
este hombre —señaló Deornoth, y al mo¬mento sintió que lo abandonaba el
paralizante miedo.
Dio un salto para
asir al herido por su tembloroso codo y sostenerlo. El recién llegado iba
envuelto en harapos. Todo cuanto que¬daba de su cota de mallas era un fleco de
retorcidos aros que pen¬dían de un collar de cuero ennegrecido.
—¡Es el lancero que
venía con nosotros como centinela! —le dijo Deornoth a Josua—. Cuando
encontraste a tu hermano en la tienda, delante de las murallas...
El príncipe hizo un
lento gesto de afirmación. Su mirada era in¬tensa, y su expresión,
impenetrable.
—Ostrael... —musitó
Josua—. ¿No se llamaba así?
Y miró largamente
al ensangrentado lancero, hasta que los ojos se le llenaron de lágrimas y tuvo
que dar media vuelta.
—¡Toma, pobre hijo
mío, toma...!
El padre
Strangyeard se arrodilló junto al herido con un odre de agua. La cantidad que
les quedaba no sobrepasaba apenas a la del vino, pero nadie protestó. El agua
llenó la abierta boca de Ostrael y se derramó, cayendo por su barbilla. No
parecía poder tragar.
—Los excavadores lo
atraparon —dijo Deornoth—. Estoy seguro de haberlo visto en su poder, cuando
salíamos de Naglimund.
Notó cómo el hombro
del chucero se estremecía bajo su con¬tacto, y oyó la estertorosa respiración
del desdichado.
—¡Cuánto tiene que
haber sufrido, por Aedón! —agregó.
Los ojos de Ostrael
se alzaron hacia él, amarillentos y vidriosos pese a la poca luz, y su boca se
abrió de nuevo.
—¡Ayudadme...!
—jadeó con voz penosamente lenta, como si cada palabra tuviese que ser empujada
garganta arriba, hasta la boca, antes de caer de sus labios.
—Me... duele...
—musitó—. Es...
—¿Que podemos hacer
por él? —murmuró Isorn—. ¡A todos nos duele todo!
Ostrael abrió
todavía más la boca y levantó los ciegos ojos.
—Podemos vendarle
las heridas —dijo Gutrun, madre de Isorn, que recobraba su considerable
serenidad—. Traed una capa. Si vive hasta mañana, podremos hacer más por él.
Josua contemplaba
de nuevo al joven lancero y asintió.
—Como de costumbre,
la duquesa tiene razón. Mire si encuen¬tra una capa, padre Strangyeard. Quizás
uno de los menos maltre¬chos esté dispuesto a prescindir de la suya...
—¡No! —rugió
Einskaldir—. ¡Esto no me gusta nada!
Un confuso silencio
cayó sobre el grupo.
—No creo que te
moleste... —empezó a decir Deornoth, pero quedó horrorizado al ver que
Einskaldir daba un salto hacia el herido y, aga¬rrando al exhausto Ostrael por
los hombros, lo dejaba caer violenta¬mente contra el suelo. Luego se sentó
sobre el pecho del moribundo, y el largo cuchillo del barbudo rimmerio apareció
de pronto para apo¬yarse en el sangriento cuello de Ostrael como una
centelleante sonrisa.
—¡Einskaldir! —se
indignó Josua, pálido de ira—. ¿Qué es esta lo¬cura?
El rimmerio lo miró
por encima del hombro con una mueca de burla.
—¡No es un hombre
de verdad! —contestó—. No me importa que creáis haberlo visto antes.
Deornoth alargó una
mano hacia Einskaldir, pero la retiró ense¬guida porque el arma del rimmerio ya
atacaba sus dedos.
—¡Mentecatos!
¡Mirad!—señaló Einskaldir hacia el fuego, con la empuñadura.
Uno de los desnudos
pies de Ostrael alcanzaba los rescoldos del ruego. Su carne se consumía,
quemada y humeante, pero el chucero yacía casi plácidamente bajo el peso de
Einskaldir, respirando con un sonido sibilante.
Hubo un momento de
silencio. Sobre el calvero pareció exten¬derse una niebla sofocante, que
penetraba hasta los huesos. El mo¬mento era horriblemente extraño, pero
inalterable como una pesa¬dilla. Al huir de las ruinas de Naglimund podían
haberse internado en el impenetrable campo de la demencia.
—Tal vez sus
heridas... —comenzó Isorn.
—¡Imbécil! ¿No ves
que no nota el fuego? —gruñó Einskaldir—. Y en el cuello tiene un tajo que
hubiese matado a cualquier hombre. ¡Fijaos!
Y echó hacia atrás
la cabeza de Ostrael hasta que quienes lo ro¬deaban pudieron ver los
desgarrados y palpitantes labios de la heri¬da, que iba de un extremo del
carrillo al otro. El padre Strangyeard, que se inclinaba sobre el lancero,
sintió náuseas y se apartó.
—¡Ahora decidme si
no es un fantasma...! —prosiguió el rimme¬rio, pero por poco cayó al suelo al
empezar a agitarse debajo de él el cuerpo del lancero—. ¡Sujetadlo! —bramó
Einskaldir, intentando apartar su cara de la cabeza de Ostrael, que se movía de
un lado a otro y abría la boca como si quisiera atrapar el aire con los
dientes.
Deornoth se abrió
paso para agarrar uno de los delgados brazos del hombre. Se notaba frío y duro
como la piedra, pero aun así horriblemente flexible. Isorn, Strangyeard y Josua
también luchaban por poder asir aquella serpenteante y escurridiza forma. La semios¬curidad
estaba llena de espantosas maldiciones, Cuando Sangfugol se adelantó para
echarse encima del otro pie de Ostrael y lo agarró con ambos brazos, el cuerpo
quedó quieto durante un momento. Deornoth aún sentía el movimiento de los
músculos bajo la piel, cómo se tensaban y relajaban reuniendo fuerzas para otro
intento. El aire entraba y salía sibilante por la boca del lancero, abierta
como la de un idiota.
La cabeza de
Ostrael se alzó sobre el cuello extendido, y su enne¬grecida cara miró, por
turnos, a todos los presentes. Luego, de ma¬nera horriblemente repentina,
aquellos ojos parecieron oscurecerse y caer hacia dentro. Y, un instante
después, un vacilante fuego brotó de las vacías cuencas, y la dificultosa
respiración cesó. Alguien chi¬lló; un débil llanto que pronto se apagó en el
silencio.
Como la fría y
estrujadora garra de un gigante, una sensación de repugnancia y descarnado
miedo se apoderó de todo el campa¬mento cuando, de pronto, el prisionero habló.
—Bien... —dijo, y
en su tono no había ya nada de humano; sólo la horrible y gélida inflexión de
los espacios vacíos...
Su voz zumbaba y
soplaba como un viento negro y desatado.
—Eso hubiera sido
una forma mucho más fácil —jadeó ahora el diabólico ser—, pero a vosotros os
está negada una repentina muerte que llega en sueños.
A Deornoth se le
disparó el corazón como a un conejo atrapado. Tanto, que creyó que le iba a
saltar del pecho. Sintió, además, que la fuerza se le escapaba por los dedos,
al agarrar el cuerpo que antes ha¬bía sido Ostrael, el hijo de Firsfram. A
través de la harapienta ca¬misa notaba una carne fría como una lápida mortuoria
que, no obs¬tante, temblaba con escalofriante vitalidad.
—¿Qué eres? —gritó
Josua, luchando por dominar la inseguridad de su voz—. ¿Y qué le has hecho a
este pobre hombre?
El ser emitió una
risa que casi hubiese resultado agradable de no ser por lo cavernoso del
sonido.
—Yo no le hice nada
a esta criatura. Ya estaba muerta, desde luego, o casi... No fue difícil
encontrar cadáveres de mortales en las ruinas del castillo, príncipe de los
escombros.
Las uñas de alguien
se incrustaban en la piel del brazo de Deor¬noth, pero el destrozado rostro
atraía su mirada como una vela que centellease en el fondo de un túnel largo y
negro.
—¿Quién eres
tú?—inquirió Josua.
—Soy uno de los
dueños de tu castillo... y de la muerte que os aguarda —replicó el monstruo con
venenosa gravedad—. No debo nin¬guna respuesta a un mortal. Y, de no ser por el
astuto ojo del barbudo, esta noche os hubiésemos cortado el cuello en silencio,
ahorrándonos mucho tiempo y muchos problemas. Cuando vuestros espíritus vue¬len
por fin, entre chillidos, el infinito espacio del que nosotras mismas
escapamos, será por nuestra voluntad. Porque nosotras somos la Mano Roja,
amazonas del Rey de la Tormenta..., ¡y El es el señor de todo!
Con un sibilante
sonido que salió del rajado cuello, el cuerpo se dobló bruscamente como un
gozne, forcejeando con la espantosa fuerza de una serpiente abrasada. Deornoth
notó que estaba a punto de perder el equilibrio. Mientras el fuego, reanimado,
despe¬día mil chispas, oyó sollozar a Vorzheva por allí cerca. Otros llena¬ban
el aire nocturno de asustados gritos. Deornoth resbaló, Isorn, empujado, cayó
con todo su peso sobre él. El guerrero oyó los ate¬rrados gritos de sus
compañeros, entretejidos con sus propias e his¬téricas imploraciones para que
no le fallase la fuerza.
De repente, la
presión cedió. El cuerpo que Deornoth tenía de¬bajo continuó sacudiéndose de un
lado a otro durante un buen rato, como una anguila moribunda, pero al final
quedó inmóvil.
—¿Qué...? —pudo
jadear por último.
Einskaldir, aún sin
aliento, señaló el suelo con el codo, aunque sin soltar el inanimado cuerpo.
Cortada por el afilado cuchillo de Einskaldir, la cabeza de Ostrael había
rodado a un brazo de distan¬cia, casi fuera del alcance del resplandor del
fuego. Y, mientras los miembros del grupo la miraban con horror, los labios del
muerto se estiraron para emitir un gruñido. La luz de color carmesí se había
extinguido, y las cuencas de los ojos del cadáver eran sólo unos po¬zos vacíos.
La sombra de un sonido brotó de aquella boca rota, em¬pujado por un último
soplo de aire.
—No... podréis...
escapar... Las nornas os... encontrarán... No...
Y calló.
—¡Por el
arcángel...!
Ronco de espanto,
el bufón Towser había roto el silencio.
—Hemos de dar una
sepultura aedonita a esta víctima del demo¬nio —dijo el príncipe, con voz
firme, si bien era evidente que le cos¬taba un esfuerzo heroico. Y de cara a
Vorzheva, que tenía los ojos desmesuradamente abiertos y los labios convulsos
del susto, agre¬gó—: Es preciso huir, porque está claro que nos persiguen... Un
en¬tierro aedonita —repitió, mirando a Deornoth.
—En primer lugar
—intervino Einskaldir, agotado, mientras la sangre le manaba de un profundo y
largo arañazo que tenía en la cara—, voy a cortarle también los brazos y las
piernas.
Y, alzando el
hacha, se inclinó para llevar a cabo su horrible co¬metido. Los demás se
volvieron. En el bosque, la noche se cerró to¬davía más.
Gealsgiath el Viejo
avanzó despacio por la húmeda e inclinada cubierta de su barco, en dirección a
las dos figuras encapuchadas que se habían acurrucado junto a la borda de
estribor. Se volvieron hacia el cuando se acercaba, mas no apartaron las manos
de la regala.
—¡Maldito tiempo de
los infiernos! —gritó el capitán por encima de los aullidos del viento, sin que
los encapuchados le contestaran—. Esta noche, los hombres van a dormir en
lechos de kilpa, en la Verde Inmensidad —añadió en una especie de rugido, con
la erre fuertemente pronunciada de los hernystiros, que incluso fue
per¬ceptible a través de los aletazos y crujidos de las velas—. ¡Es un tiempo
como para ahogarse!
La más robusta de
las dos figuras se echó hacia atrás la capucha, y sus ojos parpadearon en la
rosada cara cuando la lluvia la azotó.
—¿Corremos peligro?
—preguntó el hermano Cadrach.
Gealsgiath soltó
una carcajada, y su atezado rostro se llenó de arrugas, pero la alegría que
vibraba en su voz fue absorbida por el vendaval.
—No, salvo que os
empeñéis en nadar un rato. Ya falta poco para llegar al resguardo de Ansis
Pelippe y su bocana.
Cadrach trató de
escudriñar el arremolinado crepúsculo, condensado de lluvia y niebla.
—¿Que ya estamos
cerca? —exclamó, dando media vuelta.
El capitán levantó
un dedo curvado para señalar una mancha más oscura a estribor, cerca de la
proa.
—Eso que veis es la
montaña de Perdruin, la Aguja de Stréawe, como algunos la llaman. Dejaremos
atrás la entrada del puerto an¬tes de que sea totalmente de noche, salvo que el
viento nos juegue una mala pasada. ¡Un tiempo maldito de Brynioch, para estar en
el mes de junen!
El menudo compañero
de Cadrach echó una fugaz mirada a la sombra de Perdruin, que asomaba a través
de la niebla, y bajó la ca¬beza de nuevo.
—De cualquier
forma, hermano —gritó Gealsgiath para vencer a los elementos—, esta noche
atracaremos para permanecer dos días en puerto. Supongo que vos pensáis
abandonarnos, ya que sólo pa¬gasteis pasaje hasta aquí. Quizás os apetezca
bajar al muelle conmigo y tomar algo..., si es que vuestra religión no os lo
impide.
El capitán hizo una
mueca. Todo el que pasara algún tiempo en las tabernas sabía que los monjes
aedonitas no eran contrarios a echar un buen trago.
El hermano Cadrach
alzó la vista por unos momentos a las pal¬pitantes velas, y luego dirigió una
extraña y fría mirada al nave¬gante. Una sonrisa arrugó su redonda cara.
—Gracias, capitán
—contestó—, pero no. El muchacho y yo aún seguiremos un rato a bordo, después
de anclar. No se encuentra bien, y no me urge sacarlo de aquí, tendremos que
caminar mucho, antes de llegar a la abadía, que queda un buen trecho cuesta
arriba.
El chico tiró
significativamente del codo de Cadrach, pero éste no le hizo caso.
Gealsgiath se
estremeció y se caló aún más el deforme sombrero de paño.
—Como queráis,
hermano. Pagasteis el pasaje y realizasteis vues¬tro trabajo a bordo, si bien
debo decir que el muchacho hizo la ma¬yor parte. Podéis desembarcar cuando os
plazca, antes de nuestra partida hacia Crannhyr. Pero... —agregó con un ademán
de su nu-dosa mano, apenas iniciado el regreso sobre las resbaladizas tablas—
si el chico no se siente bien, yo lo llevaría abajo.
—Sólo habíamos
salido a tomar un poco el aire —vociferó Ca¬drach tras de él—. Lo más probable
es que bajemos a tierra mañana por la mañana. ¡Gracias por todo, buen capitán!
Cuando Gealsgiath
desapareció cojeando bajo la cortina de llu¬via y niebla, el compañero del
monje se volvió hacia él y lo miró a la cara.
—¿Por qué tenemos
que continuar a bordo? —protestó Miriamele, con el enojo claramente reflejado
en su bonito y delgado ros¬tro—. ¡Quiero salir de este barco! ¡Cada hora que
pasa, es impor¬tante!
La lluvia había
empapado su gruesa capucha, emplastándole los cabellos teñidos de negro sobre
la frente, en forma de mojadas espigas.
—¡Psst, milady!
¡Chitón...! ¡Claro que saldremos! —dijo el her¬mano Cadrach con una sonrisa ya
más sincera—. Casi tan pronto como toquemos el muelle.
Miriamele estaba
enfadada.
—Entonces, ¿por qué
le dijisteis que...?
—Porque los marinos
hablan, y apuesto algo a que ningún otro habla tanto y un voz tan alta como
nuestro capitán. San Muirfath sabe que no habría manera de mantenerlo callado.
Y, de haberle dado dinero para que no se fuese de la lengua, aún se habría embo-rrachado
antes, y ¡quién sabe qué diría! De este modo, si alguien de¬sea tener noticias
nuestras, al menos creerá que seguimos a bordo, también cabe la posibilidad de
que vigilen hasta que el barco parta de nuevo hacia Hernystir. Entretanto,
nosotros estaremos tranqui¬lamente en Ansis Pelippe.
Cadrach hizo un
chasquido de satisfacción con la lengua.
—¡Ah! —dijo
Miriamele, después de considerar en silencio du¬rante unos instantes las
palabras del monje.
Una vez más lo
había tenido en menos de lo que merecía, Cadrach estaba sobrio desde que habían
subido al barco de Gealsgiath en Abaingeat, cosa que por otro lado no era
demasiado de extrañar, ya que durante el viaje se había mareado varias veces.
En cualquier caso, detrás de aquella cara regordeta había un cerebro astuto. De
nuevo se preguntó, y no por última vez, sin duda, qué pensaba Cadrach en
realidad.
—Lo siento —musitó
al fin—. Es una buena idea. ¿De veras creéis que alguien nos sigue la pista?
—Sería una
imprudencia suponer lo contrario, mi señora.
El monje la tomó
del brazo y emprendió el retorno al reducido camarote de la cubierta inferior.
Cuando, por fin,
Miriamele vio Perdruin, fue como si un gran buque hubiera surgido
repentinamente del inquieto océano para chocar contra su pequeña y frágil
embarcación. En un primer mo¬mento fue como una negrura más intensa, delante de
la proa; des¬pués, y como si una última cortina de entenebrecedora niebla
hu¬biera sido arrancada de pronto, apareció encima de ellos como la proa de un
barco inmenso.
Mil luces
centelleaban a través de la bruma, diminutas cual lu¬ciérnagas, haciendo
relucir en plena noche la enorme roca. Mien¬tras el carguero de Gealsgiath se
deslizaba por los canales del puerto, la isla continuaba creciendo ante ellos:
una gigantesca cuña de lobreguez que subía y subía hasta obstruir incluso el
cielo en¬vuelto en nieblas.
Cadrach había
decidido permanecer bajo cubierta, y Miriamele estaba totalmente satisfecha con
esa idea. Apoyada en la borda, es¬cuchaba las voces y risas de los marineros
que recogían las velas en la oscuridad perforada por fanales. Entonaron algunos
una deshilachada canción que terminó súbitamente en maldiciones y más
risotadas.
Allí, a sotavento
de los edificios del puerto, el viento era más suave. Miriamele sintió que un
agradable calorcillo le subía por la espalda hasta el cogote y, sin pensar,
supo lo que aquello significaba: ¡que era feliz! Era libre y podía ir a donde
quisiera, cosa que no ha¬bía sucedido desde que tenía uso de razón.
Hacía muchos años,
desde que era pequeña, que no había pi¬sado Perdruin, y sin embargo tuvo la
sensación de volver al hogar. Su madre, Hylissa, la había llevado allí de muy
niña, con ocasión de una visita a una hermana, la duquesa Nessalanta de Nabban,
y se habían detenido en Ansis Pelippe para cumplimentar al conde Stréawe.
Miriamele no recordaba muchos detalles, dada su corta edad de entonces, y en su
memoria no había quedado más que un amable anciano que le daba una mandarina,
así como un jardín rodeado de altas paredes, con un paseo embaldosado. Y que
había perseguido a un hermoso pájaro de cola muy larga, mientras la madre bebía
vino y charlaba y reía con otras personas adultas.
El amable anciano
debía de ser el conde, se dijo Miriamele. Desde luego, aquel jardín era el de
un hombre rico; un bien cui¬dado paraíso, escondido en el patio de un castillo.
Había en él árbo¬les florecientes y preciosos pececillos dorados y plateados nadando
en un estanque situado en medio del camino...
De pronto el viento
adquirió más fuerza y empezó a tirarle de la capa, y, como la borda se notaba
fría, Miriamele se introdujo las manos debajo de los brazos.
Poco después de la
visita a Ansis Pelippe, la madre emprendía otro viaje, esta vez sin la niña. Su
tío Josua la había llevado a reu¬nirse con Elías, padre de Miriamele, que se
hallaba en campaña con su ejército. En ese viaje había resultado lisiado Josua,
y Hylissa nunca regresó de él. Elías, casi mudo de dolor, demasiado disgus¬tado
para hablar de la muerte, sólo le había dicho a la niña que su madre ya no
volvería. Y, en su mente infantil, Miriamele imaginó a la madre cautiva en un
jardín amurallado y tan bonito como el de Perdruin, un hermoso lugar que
Hylissa ya nunca podría abando¬nar, ni siquiera para visitar a la hija que
tanto la echaba de menos...
Esa hija permanecía
despierta largas noches, después de que sus doncellas la hubiesen acostado, con
la mirada fija en la oscuridad, pensando en la forma de rescatar a la madre de
una floreciente pri¬sión, surcada de interminables caminos embaldosados...
Nada había ido bien
desde entonces. Era como si, a la muerte de la madre, el padre hubiese tomado
un veneno lento, un terrible veneno que le había hecho rezumar odio hasta
quedar convertido en piedra.
¿Dónde estaba
ahora, por cierro? ¿Qué hacía en esos momentos Elías, el Supremo Rey?
Miriamele contempló
la sombría y montañosa isla, y sintió que sus instantes de alegría desaparecían
del mismo modo que el viento podía arrancar un pañuelo de su mano. Ahora mismo,
su padre te¬nía sitiado Naglimund, desfogando así su terrible ira contra los
mu¬ros del castillo de Josua. Isgrimnur, el viejo Towser..., todos ellos
lu¬chaban por sus vidas mientras ella se deslizaba sobre la oscura y lisa
superficie del océano dejando atrás las luces del puerto.
Y Simón, el pinche
de cocina, el de los cabellos rojos y maneras desmañadas y espontáneas, con sus
azoramientos y sus afectos sin disimulo... Miriamele experimentó súbita pena al
pensar en él. Por¬que Simón y el pequeño gnomo se habían internado en las tierras
del norte, donde no existían los senderos, quizá para siempre...
la joven se
enderezó. El recuerdo de sus anteriores compañeros le había hecho recordar su
deber. Se hacía pasar por acólito del monje, enfermo además. Tendría que estar
dentro. El barco no tar¬daría en atracar.
Miriamele sonrió
con amargura. ¡Cuántos engaños! Por fin ha¬bía sido liberada de la corte de su
padre, pero aún seguía fingiendo. Cuando tan triste se sentía en Nabban y
Meremund, de chiquilla, con frecuencia había simulado estar contenta. Era mejor
mentir que contestar a las bienintencionadas preguntas, para las que no ha¬bía
respuesta. Y, cuando su padre se había apartado de ella, había hecho ver que no
le importaba, pese a tener la sensación de que algo la devoraba desde dentro.
¿Dónde estaba
Dios?, se había preguntado la pequeña Miria¬mele... ¿Dónde estaba, si el amor
se transformaba poco a poco en indiferencia, y la solicitud en una obligación?
¿Dónde estaba Dios cuando su padre, Elías, pedía respuestas al cielo mientras
la hija es¬cuchaba desalentada entre las sombras, detrás de la puerta?
«Tal vez creyera
mis mentiras —se dijo con amargura, al mismo tiempo que descendía los escalones
de madera, pulidos por la lluvia, que conducían a la cubierta inferior—.
También es posible que qui¬siera creerlas, para así poder dedicarse a cosas más
importantes...»
La ciudad apoyada
en la ladera de la colina estaba muy iluminada, y la lluviosa noche, llena de
parranderos enmascarados. En Ansis Pelippe celebraban las fiestas del Solsticio
de Verano, y, a pesar del poco apropiado tiempo, las estrechas y tortuosas calles
estaban ates¬tadas de gente bulliciosa.
Miriamele dio un
paso atrás cuando media docena de hombres disfrazados de monos encadenados
cruzaron por delante de ella, haciendo eses con un ruido estridente. Al verla
en la sombría entrada de una de las cerradas casas, un actor ebrio se volvió,
empapada su piel con agua de lluvia, y se paró como si fuese a decirle algo.
Pero todo cuanto hizo el hombre mono fue eructar, disculparse con una sonrisa a
través de la torcida boca de la máscara y, luego, dirigir la afligida mirada a
los desiguales adoquines que tenía delante.
Cuando los
tambaleantes monos se hubieron alejado, Cadrach reapareció de repente a su
lado.
—¿Dónde os habíais
metido? —preguntó Miriamele—. ¡Tardasteis casi una hora en volver!
—¡No tanto, milady!
—replicó el monje—. Estuve averiguando cier¬tas cosas que nos resultarán
útiles, ¡muy útiles! Qué noche de juerga, ¿no? —comentó a continuación, después
de mirar a su alrededor.
La joven princesa
tiró de Cadrach hacia la calle.
—Nadie diría que en
el norte hay guerra, y que muere tanta gente —dijo con desaprobación—, ni que
Nabban se halla al borde del conflicto, y eso que está al otro lado de la
bahía.
—Desde luego que no
se nota, señora —gruñó el monje, adap¬tando en lo posible sus cortos pasos a
los de ella—. Es el modo que los perdruineses tienen de olvidar tales cosas.
Así es como permane¬cen tan tranquilos y alegres, sin intervenir en la mayor
parte de los líos. Se las arreglan para armar y enviar suministros a ambas
partes, tanto al vencedor como a los que finalmente resulten derrotados, y de
todo sacan buen provecho. Sin embargo, algo hay por lo que el pueblo de
Perdruin iría a la guerra —señaló con una risita, a la vez que se secaba los
ojos—. ¡Para defender sus beneficios!
—Lo que me extraña,
es que nadie haya invadido este lugar.
La princesa no
acababa de entender por qué la despreocupación de los ciudadanos de Ansis
Pelippe la irritaba hasta tal punto, pero aun así estaba excesivamente
nerviosa.
—¿Invadirlo? ¿Y
enturbiar el agua de la que todos beben? —ex¬clamó Cadrach, con expresión de
asombro—. Mi querida Miria¬mele... ¡Oh, perdón, mi querido Malaquías! Debo
tenerlo presente, ya que pronto nos moveremos en unos círculos donde vuestro
ver¬dadero nombre no es desconocido... Mi querido Malaquías, pues... ¡Tenéis
que aprender mucho sobre el mundo!
Hizo una pausa
mientras, en un torbellino, pasaba un nuevo grupo de máscaras, enzarzadas todas
en una sonora discusión acerca de la letra de cierta canción.
—¡Ahí lo tenéis!
—murmuró Cadrach luego—. Es un ejemplo de por qué no sucederá nunca lo que vos
decíais. ¿Escuchasteis el pe¬queño debate?
Miriamele se bajó
aún más la capucha para protegerse de la llu¬via que caía al sesgo.
—En
parte—respondió—. ¿Y eso qué importancia tiene?
—No es el tema de
la discusión lo que importa, sino el método. Salvo que mi buen oído para los
acentos se haya perdido con los ru¬gidos del océano, todos eran perdruineses.
No obstante, hablaban en la lengua del oeste.
—¿Sí?
Cadrach estrechó
los ojos como si buscara algo en la abarrotada calleja iluminada por farolas,
mas no cesó de hablar.
—Vos y yo hablamos
en westerling, la lengua del oeste, pero, ex¬ceptuando a vuestros compatriotas
erkynos, y ni siquiera a todos, nadie más la utiliza entre su propia gente. Los
rimmerios de Elvritshalla se expresan en rimmerspakk; nosotros, los hernystiros,
nos servimos de nuestro propio idioma cuando estamos en Crannhyr o en
Hernysadharc. Sólo los perdruineses adoptaron la lengua univer¬sal de vuestro
abuelo, el rey Juan, y para ellos es ahora su verdadero idioma.
Miriamele se detuvo
en medio de la resbaladiza calle, dejando que la muchedumbre de festejantes la
rodease. Miles de lámparas de aceite producían una falsa aurora por encima de
los tejados.
—Estoy cansada y
hambrienta, hermano Cadrach, y no entiendo qué os proponéis hacer.
—Simplemente esto.
Los perdruineses son lo que son porque se esfuerzan en complacer o, dicho con
más claridad, saben muy bien de qué lado sopla el viento, y ellos corren
entonces en la dirección conveniente, para tener siempre viento de popa. Si
nosotros, los hernystiros, fuésemos un pueblo conquistador, los mercaderes y
marinos de Perdruin se apresurarían a practicar nuestra lengua. No en vano
dicen los nabbanos que, «si un rey quiere manzanas, Perdruin planta huertos».
Cualquier otra nación estaría loca, si atacase a tan complaciente amigo y útil
aliado.
—¿Significa eso que
los habitantes de Perdruin están a la venta? —inquirió Miriamele—. ¿Qué sólo
son leales para con los fuertes?
Cadrach son rió.
—Vuestras palabras
suenan a desdén, señora, pero en resumidas cuentas así es.
—En tal caso, no
son mejores que... —y miró cautamente a su al¬rededor, dominando su enojo—,
que... ¡prostitutas!
El atezado rostro
del monje adquirió un aspecto frío y distante, y su sonrisa fue mera
formalidad.
—No todo el mundo
puede mantenerse en pie y ser un héroe, princesa —dijo de manera sosegada—. Hay
quien preveré rendirse a lo inevitable y salvar la conciencia con el don de la
supervivencia.
Mientras reanudaban
la marcha, Miriamele reflexionó sobre la obvia verdad de lo dicho por Cadrach,
pero no comprendía por qué eso la entristecía tanto.
Las callejas de
Ansis Pelippe, empedradas con guijarros, no sólo eran tortuosas, sino que, en
muchos puntos, ascendían en forma de escalones de piedra por la ladera de la
colina para descender luego en espiral, torciéndose hacia aquí y allá y
cruzándose del modo más complicado, como un nido de serpientes. A cada lado,
las casas se alzaban pegadas unas a otras, casi todas con las ventanas cerradas
como los párpados de una persona dormida; otras, en cambio, lle¬nas de luz y
música. Los cimientos de las casas parecían inclinados hacia arriba, vistos
desde la calle, y cada construcción estaba preca¬riamente adosada a la ladera,
con lo que los pisos superiores pare¬cían encorvarse sobre los angostos
callejones. Cuando el hambre y la fatiga empezaron a marearla, Miriamele creyó
estar, a ratos, bajo las entrelazadas copas de los árboles de los bosques de
Aldheorte.
Perdruin era un
grupo de colinas alrededor de Sta Mirore, la mon¬taña central. Sus desiguales
lomos surgían casi directamente de los ro¬cosos bordes de la isla, mirando
hacia la bahía de Emettin. En conse¬cuencia, la silueta de Perdruin recordaba
la de una cerda rodeada de sus lechones. Con excepción de los estrechos valles,
había poco terreno plano allí donde las elevadas colinas se codeaban, de manera
que las al¬deas y ciudades de Perdruin se agarraban a las laderas como nidos de
gaviotas. Incluso Ansis Pelippe, gran puerto de mar y sede del Conde Stréawe,
se apoyaba en las empinadas cuestas de un promontorio al que la gente daba el
nombre de Peña del Puerto. En muchos lugares de la ciudad, sus habitantes
podían saludar, desde una de las calles que trepaban a las alturas, a sus
vecinos de una vía situada más abajo.
—Necesito comer
algo —dijo la joven princesa al fin, respirando con fatiga.
Se hallaban en una
vuelta de una de las retorcidas callejas, lugar desde donde, por entre dos
edificios, podían distinguir las luces del nebuloso puerto. La borrosa luna
asomaba en el nublado cielo como si fuera una astilla de hueso.
—Pues yo también
estoy maduro para un descanso —jadeó Cadrach.
—¿Queda muy lejos
la abadía?
—No existe tal
abadía o, por lo menos, nosotros no vamos a ella.
—Pero vos le
dijisteis al capitán que... —objetó Miriamele bajo el peso de sus empapadas
prendas—. Ah, claro... ¿Adonde vamos, pues?
Cadrach miró a la
luna y rió quedamente.
—A donde queramos,
amiga. Creo que hay una taberna de cierto prestigio en lo alto de esta calle.
Debo confesar que os conducía en esa dirección, y no porque me gusten estas
malditas subidas.
—¿Una taberna? ¿Y
por qué no una posada, para disponer de un lecho después de comer?
—Porque, y con
vuestro perdón, no estoy pensando ahora en la comida. No quiero ni recordar los
interminables días pasados a bordo de ese barco abominable. Me concederé un
descanso cuando haya saciado mi sed —respondió el monje con una picara sonrisa,
después de pasarse el dorso de la mano por la boca.
A Miriamele no le
hizo ninguna gracia la expresión que vio en sus ojos.
—¡Pero si más abajo
había una taberna cada dos pasos! —protestó la joven.
—Exactamente.
Tabernas llenas de transeúntes chismosos, de¬masiado interesados en los asuntos
ajenos. Y yo no puedo saborear mi bien merecido descanso en un lugar semejante.
Se volvió de
espaldas a la luna y continuó camino arriba.
—¡Ven, Malaquías!
Estoy seguro de que ya no falta mucho.
Parecía ser que,
durante las fiestas del Solsticio de Verano, no exis¬tía taberna que no
estuviera atestada, pero en el Delfín Rojo, al me¬nos, los bebedores no se
veían tan comprimidos como en los locales próximos a los muelles. Allí estaban
sólo codo con codo. Miriamele se dejó caer, agradecida, sobre un banco colocado
contra la pared más apartada, donde llovían sobre ella los jirones de
conversación y de cantos. Después de depositar en el suelo su saco y el bastón,
Cadrach fue en busca de una jarra de cerveza. No tardó nada en regresar.
—¡Ay, mi buen
Malaquías! —exclamó—. Había olvidado lo pobre que quedé después de pagar
nuestros pasajes... ¿No tienes tú un cintis o dos, que yo pueda emplear en
apagar mi terrible sed?
Miriamele introdujo
la mano en su bolsa y sacó un puñado de monedas de cobre.
—A mí, traedme algo
de pan con queso —dijo, a la vez que echaba el dinero en la derecha que el
monje alargaba.
Cuando la joven
pensaba en lo agradable que resultaría qui¬tarse la mojada capa para celebrar
que por fin estaba a resguardo de la lluvia, por la puerta entró un nuevo grupo
de tambaleantes más¬caras, y pidieron cerveza a gritos mientras el agua
chorreaba de sus prendas. Uno de los más ruidosos llevaba una careta en forma
de sabueso de roja lengua. Al golpear una mesa con el puño, su ojo derecho se
posó en Miriamele por unos instantes y pareció vacilar. Ella sintió una oleada
de temor al recordar de pronto otra máscara de perro... y llameantes flechas
que surcaban las sombras del bos¬que. Mas aquel sabueso volvió rápidamente
junto a sus compañe¬ros y, con un gesto de broma, echó la cabeza atrás entre
carcajadas, sacudiendo sus grandes orejas de trapo.
Miriamele se llevó
una mano al pecho, como si quisiera calmar los latidos de su corazón.
«Tengo que dejarme
puesta la capucha —se dijo—. Es una noche de fiesta, y... ¿quién va a mirarme
dos veces? Mejor parecer disfra¬zada que exponerme a que alguien reconozca mi
cara, por muy im¬probable que eso pueda parecer.»
Era sorprendente
que Cadrach tardase tanto en regresar esta vez. Miriamele empezaba a
impacientarse, sin saber si debía ir en su busca, cuando por fin volvió con una
jarra de cerveza en cada mano y, sujeta entre ellas, media hogaza de pan, así
como un trozo de queso.
—Esta noche, uno
podría morir de sed mientras espera que le sir¬van la cerveza —dijo el monje.
Miriamele se puso a
comer con ansia, y luego tomó un gran sorbo de la oscura cerveza, que tenía un
gusto amargo. Dejó el resto de la jarra para Cadrach, que desde luego no
protestó.
Cuando la joven se
hubo lamido las últimas migajas de los de¬dos y se preguntaba si aún sería
capaz de dar buena cuenta de una empanada de pichón, sobre el banco que
compartía con el monje cayó una sombra.
La huesuda faz de
la Muerte los miraba desde una negra cogulla.
Miriamele quedó
boquiabierta, y Cadrach se manchó de cer¬veza la ropa, pero el individuo
disfrazado de calavera no se movió.
—Una broma muy
original, amigo —gruñó el monje, de mal hu¬mor—; ¡que tengas unas buenas
fiestas de solsticio!
Y con una mano
trató de secarse la capa.
La boca de la
máscara no se movió, pero una voz fría y a la vez categórica salió desde detrás
de los desnudos clientes.
—¡Vosotros venís
conmigo!
Miriamele notó que
se le ponía la carné de gallina, y que lo que acababa de comer constituía un
peso en el estómago.
Cadrach miró de
soslayo al desconocido, y la princesa observó la tensión que había en sus dedos
y su nuca.
—¿Y quién eres tú,
horrible máscara? De ser realmente la Her¬mana Muerte, creo que irías mejor
vestida.
El monje señaló,
con mano ligeramente temblorosa, la raída tú¬nica con que el tipo se cubría.
—Levantaos y venid
conmigo —ordenó la aparición—. Tengo un cuchillo. Si gritáis, peor para
vosotros.
Cadrach miró a
Miriamele con una mueca. Los dos se alzaron; la princesa, sobre unas piernas
bastante inseguras. La Muerte les in¬dicó seguir adelante a través del
apiñamiento de clientes de la ta¬berna.
Miriamele pensaba
desordenadamente en la manera de escapar de un salto, cuando otras dos figuras
se separaron con discreción del gentío que casi obstruía la salida. Uno de
ellos llevaba careta azul y un estilizado traje de marinero; el otro iba
disfrazado de rústico campesino, con un enorme sombrero. Los sombríos ojos de
esos dos individuos no encajaban con sus alegres atavíos.
Escoltados por los
extraños personajes, Cadrach y Miriamele si¬guieron a la calle a la negra
Muerte. Antes de dar tres docenas de pa¬sos, la pequeña caravana torció hacia
un callejón y, por un tramo de escalera, bajó al pasaje inferior. Miriamele
resbaló en uno de los gas¬tados y húmedos peldaños y sintió verdadero horror
cuando su apresador de cara de clavera alargó una mano para sostenerla. El
contacto fue fugaz y ella no podía rechazarlo sin caer, de modo que lo soportó
en silencio. Momentos después, la escalera quedaba atrás, y rápidamente se
internaron por otra callejuela para subir luego una rampa y doblar una esquina.
Si bien lucía una
débil luna y las voces de los parranderos llega¬ban desde la taberna de arriba
y también del distrito portuario. Miriamele perdió pronto la orientación.
Descendían por angostos ca¬llejones como un grupo de gatos al acecho,
introduciéndose en escondidos patios y senderos casi ocultos entre parras. De
vez en cuando percibían murmullos procedentes de alguna casa a oscuras, y en
cierto momento oyeron también un llanto de mujer.
Por último
alcanzaron una puerta arqueada, abierta en un alto muro de piedra. La Muerte
extrajo una llave del bolsillo y abrió la cerradura. Entraron entonces en un
enorme patio, techado con in¬clinados sauces de cuyas ramas goteaba
pacientemente la lluvia so¬bre los gastados guijarros del suelo. El jefe se
volvió hacia los demás, hizo un breve gesto con la llave e indicó a Miriamele y
Cadrach que caminasen delante de él hacia una oscura entrada.
—Hasta ahora te
hemos seguido, hombre —dijo el monje, susu¬rrando como si también él fuera un
conspirador—. Pero no creo que a nosotros nos convenga meternos en una trampa,
¿Por qué no nos dejas luchar aquí fuera y morir al aire libre, si ése es
nuestro destino?
La Muerte se
inclinó hacia adelante sin más palabras. Cadrach dio un paso atrás, pero el
individuo de la calavera llamó a la puerta con los enguantados nudillos, sin
hacerle caso, y luego la empujó hacia adentro. La puerta, de goznes bien
engrasados, se abrió sin ha¬cer ruido.
En el interior
resplandecía una tenue y cálida luz. Miriamele en¬tró detrás del monje, quien
murmuraba algo ininteligible. La cala¬vera iba en último lugar y cerró la
puerta tras de sí.
Se hallaban en una
pequeña estancia cuya única iluminación consistía en el fuego del hogar y en
una vela que ardía en un plato, junto a una garrafa de vino que había sobre la
mesa. Las paredes es¬taban cubiertas de pesados tapices de terciopelo, pero sus
dibujos parecían sólo remolinos de color a la luz de las llamas. Detrás de la
mesa, sentado en un sillón de gran respaldo, aguardaba un perso¬naje tan
extraño como sus acompañantes. Vestía una prenda de un marrón rojizo, y su
careta imitaba los afilados rasgos de una zorra.
El animal hizo una
inclinación y, con un gracioso ademán de su mano enguantada de terciopelo,
indicó dos sillas.
—Sentaos —dijo con
voz tenue pero melodiosa—. Tomad asiento, princesa Miriamele. Me levantaría con
gusto, pero mi pierna invá¬lida no me lo permite.
—¡Esto es absurdo!
—protestó Cadrach, aunque sin apartar la vista del espectro de cara de
calavera—. Cometéis un error, señor... Este muchacho es mi monaguillo...
—Por favor
—insistió la zorra, amablemente—. Ha la llegado la hora de que os desprendáis
de vuestros disfraces. ¿Acaso no es así como termina siempre la noche del
Solsticio de Verano?
Él se quitó la
careta de zorra, mostrando una mata de pelo blanco y un rostro arrugado por la
edad. Cuando sus ojos relucieron bajo el resplandor del fuego, una sonrisa
recorrió sus marchitos labios.
—Ahora que sabéis
quién soy... —comenzó, pero Cadrach lo inte¬rrumpió.
—No lo sabemos,
señor, y estáis equivocado.
El anciano soltó
una risa seca.
—¡Bah! Puede que
vos y yo no nos hayamos visto antes, pero la princesa y yo somos viejos amigos.
En realidad fue incluso mi invi¬tada, hace de esto ya muchos, muchos años.
—¿Sois el... conde
Stréawe?—jadeó Miriamele.
—El mismo —asintió
el viejo.
Su sombra resaltaba
contra la pared que tenía a sus espaldas. El conde se inclinó de nuevo y tomó
la húmeda mano de la joven entre su garra enguantada de terciopelo.
—El señor de
Perdruin —agregó—. Y... a partir del momento en que vosotros dos pisasteis la
roca sobre la que yo gobierno, también lo soy vuestro.
3
El Perjuro
Avanzado el día de
su encuentro con el Pastor y la Cazadora, cuando el sol ya estaba en lo alto
del cielo, Simón se sintió lo suficientemente fuerte para salir al exterior y
sentarse en el soportal de piedra que había delante de su cueva. Se echó sobre
los hombros parte de su manta y, con el resto de la pesada pieza de lana, formó
una especie de almohadón con que protegerse de la as¬pereza de la rocosa
corteza del monte. A juzgar por el asiento real de Chidsik Ub Ungir, no existía
ni una silla en todo Yiqanuc.
Hacía horas que los
pastores habían sacado sus ovejas de los pro¬tegidos valles donde pasaban la
noche para conducirlas montaña abajo en busca de forraje. Jiriki le había
contado que los retoños de primavera que en general servían de alimento a los
animales estaban destruidos por el pertinaz invierno. Simón vio cómo uno de los
re¬baños pacía en una lejana ladera. Parecía un enjambre de hormigas. Hasta él
llegaba un débil golpeteo... El que producían los carneros machos con los
cuernos, cuando luchaban por el dominio sobre el rebaño.
Las mujeres de los
gnomos, cargadas con sus morenos rorros a la espalda, donde iban protegidos por
bolsas de cuero artísticamente bordado, habían empuñado unas delgadas lanzas
para dar caza a marmotas y otros animales cuya carne ayudaría a tener que sacrifi¬car
menos carneros. Binabik había dicho con frecuencia que el ga¬nado lanar
constituía la verdadera riqueza de los qanuc, que sólo se comían a aquellos
animales que ya no servían para nada más: los viejos y estériles.
Pero las marmotas,
los conejos y demás caza menor no eran la única razón para que las mujeres de
los gnomos fuesen armadas de lanzas. Una de las pieles que Nunuuika lucía con
ostentación, había pertenecido a un leopardo de las nieves, cuyas garras afiladas
como cuchillos todavía relucían. Recordando la fiera mirada de la Caza¬dora,
Simón no dudó de que la propia Nunuuika había obtenido la presa.
Mas no eran sólo
las mujeres quienes se exponían. La tarea de los pastores era igualmente
peligrosa, dado que eran muchos y gran¬des los depredadores que había que
alejar de las preciosas ovejas. Binabik le había contado, en cierta ocasión,
que los lobos y los leopar¬dos, pese a constituir una amenaza, apenas eran
comparables a los enormes osos blancos, ya que podían llegar a pesar tanto como
dos docenas de gnomos. Más de un pastor qanuc, según Binabik, había encontrado
una rápida y horrible muerte entre las garras y los dien¬tes de un oso blanco.
Simón contuvo un
estremecimiento de desasosiego, al pensar en ello. ¿No se había enfrentado él
al dragón Igjarjuk, mucho mayor y mortal que cualquier otro animal corriente?
La mañana dio paso
a la tarde mientras el muchacho contem¬plaba la vida de Mintahoq, activa y
organizada como la de una col¬mena. Los gnomos de edad, que ya no cazaban ni
hacían de pasto¬res, charlaban de una vivienda a otra o se acurrucaban al sol
para tallar huesos o astas, igual que cortaban y cosían el cuero para
con¬feccionar los más diversos objetos. Los niños demasiado crecidos para ser
llevados de caza a la espalda de sus madres jugaban mon¬taña arriba y abajo,
siempre vigilado por los medio atontados viejos. ¡Había que verlos trepar por
las delgadas escaleras de mano y balancearse o dar volteretas en los oscilantes
puentes construidos a base de correas, sin tener en cuenta las tremendas
distancias que ha¬bía entre ellos! A Simón le costaba un esfuerzo observar
aquellas pe¬ligrosas diversiones, pero a lo largo de toda la tarde ni un solo
chi¬quillo gnomo se hizo daño. Aunque los detalles de aquel mundo le resultaban
extraños, el chico se dio cuenta del orden reinante. El rít¬mico pulso de la
vida de los qanuc parecía ser tan firme y equili¬brado como la propia montaña.
Aquella noche,
Simón volvió a soñar con la gran rueda.
Pero ahora, como en
una cruel parodia de la pasión de Jesuris, el Hijo de Dios, él se hallaba atado
a la rueda, con una extremidad en cada cuarto del aro. Y no sólo lo ponía
cabeza abajo al dar la vuelta, como Jesuris había tenido que sufrirlo en el
Árbol, sino que lo hacía girar y girar en el inmenso vacío del cielo nocturno.
El gélido brillo de las estrellas palpitaba ante él como las colas de los
cometas. Y algo más, algo sombrío y helado cuya risa era semejante a un hueco
zumbido de moscas, danzaba burlonamente delante de sus ojos.
Simón quiso dar un
grito, como solía hacer cuando lo atormen¬taba uno de sus sueños, pero no
produjo ningún sonido. Intentó forcejear, pero los miembros no le obedecían.
¿Dónde estaba Dios, que según los sacerdotes lo veía todo? ¿Por qué tenía Él
que abandonarlo en las garras de tan espantosas oscuridades?
Algo pareció surgir
lentamente de las pálidas y extenuadas estre¬llas, y el corazón de Simón se
llenó de angustiosa expectación. Pero lo que emergió del rodante vacío no fue
aquel horror de ojos colora¬dos, sino un pequeño rostro muy serio: la
muchachita morena que ya había visto en otros sueños.
Ella abrió la boca.
El loco girar del cielo se calmó un poco.
Y la niña pronunció
su nombre.
Llegaba hasta él
como a través de un largo corredor, y Simón comprendió que ya la había visto en
alguna parte. Conocía aquella cara, pero... ¿de dónde?
—Simón —dijo de
nuevo la pequeña, ahora de forma más clara, con voz llena de urgencia.
Pero otra cosa, más
cercana, alargaba una mano hacia él... Algo muy cercano. El muchacho despertó.
Alguien lo miraba.
Simón se incorporó en su yacija, atento a cualquier ruido, pero, aparte de los
eternos aullidos del viento de la montaña y del débil roncar de Haestan,
envuelto en su pesada capa cerca de las brasas del fuego del anochecer, la
cueva estaba en silencio.
Jiriki había
salido. ¿Podrían haberlo llamado los sitha desde fuera? ¿O se trataba sólo de
los restos de la pesadilla? Simón tembló de frío y estuvo a punto de volver a
cubrirse la cabeza con la man¬ta de piel. Su aliento era una tenue nube a la
luz de los rescoldos.
Alguien aguardaba
fuera. No sabía cómo estaba tan seguro de ello, pero era indudable. Algo
semejante a una cuerda de arpa vibró en su persona. La noche parecía cada vez
más cerrada.
¿Qué, si alguien lo
esperaba de verdad? Quizá fuese alguien o algo de lo que más valía esconderse.
Poco importaba. Se
le había metido en la cabeza que tenía que salir. Era una necesidad imposible
de desoír.
«La mejilla me
duele de manera horrible —se dijo Simón—. De cualquier forma, tardaría mucho en
conciliar el sueño...»
Sacó los calzones
de debajo de la manta, donde se mantenían calientes en la dura noche de
Yiqanuc, y se los puso de la forma más silenciosa posible. Por último se calzó
las botas en los helados pies. Pensó brevemente en protegerse con la cota de
mallas, pero pudo más el miedo al frío que le produciría el metal que la
seguridad que tal prenda representaba, y se decidió en contra. Se arrebujó bien
en su capa, pasó en silencio junto al dormido Haestan y apartó la piel que
hacía las veces de cortina para salir al frío de la noche.
las estrellas que
relucían en el cielo de Mintahoq eran despiada¬damente claras. Cuando Simón
alzó la vista, maravillado, sintió su enorme distancia, la imposible inmensidad
del firmamento noc¬turno. La luna, no llena del todo, asomaba por detrás de los
lejanos picachos. Bañada por su tímida luz, la nieve de las alturas
cente¬lleaba, pero todo lo demás yacía envuelto en sombras.
Acababa de bajar la
vista y dar unos pasos hacia la derecha de la boca de la cueva, cuando un sordo
gruñido lo hizo detenerse. Una extraña silueta se hallaba acurrucada delante de
él, en el camino; ro¬zados por la luna sus bordes, y totalmente negro en la
parte central. De nuevo se oyó el profundo sonido, y unos ojos verdes
resplande¬cieron cuando un rayo de luna dio en ellos.
Simón quedó unos
instantes sin aliento, hasta que hizo memoria.
—¿Qantaqa?
—murmuró.
Aquella especie de
rugido se transformó en un singular gimo¬teo. La loba ladeó la cabeza.
—¿Eres tú, Qantaqa?
—insistió el muchacho, esforzándose en re¬cordar alguna de las palabras de los
gnomos empleadas por Binabik, pero no se le ocurrió nada.
—¿Estás herida?
—agregó, y se maldijo en silencio.
Ni siquiera una vez
había pensado en la loba, desde que lo ha¬bían bajado de la montaña del dragón,
pese a haber sido ella una compañera y, a su modo, una amiga.
«¡Egoísta!», se
riñó a sí mismo.
¿Quién sabía lo que
Qantaqa había hecho, con Binabik prisio¬nero? Le habían arrebatado al amigo y
maestro, como a Simón le habían quitado al doctor Morgenes... De pronto, la
noche resultó aún más gélida y vacía, a la par que llena de la despreocupada
cruel¬dad del mundo.
—¿Tienes hambre,
Qantaqa?
Simón dio un paso
hacia ella, y el animal retrocedió gruñendo de nuevo, aunque parecía hacerlo
más por excitación que por te¬mor. Dio unos pasos caprichosos; el tenue
resplandor de su grisácea piel era casi invisible... Y de pronto emitió otro
gruñido antes de alejarse de un salto. Simón la siguió.
Mientras andaba con
cuidado por los mojados senderos de pie¬dra, se dijo que cometía una
insensatez. Los serpenteantes caminos de la parte alta del Mintahoq no eran
lugar para un paseo nocturno, y menos aún sin una antorcha. Los nativos lo
sabían: las bocas de las cuevas estaban a oscuras y en silencio; las calles,
desiertas. Era como si hubiese despertado de un sueño para caer en otro, que
era ese te¬nebroso peregrinaje bajo la lejana e indiferente luna.
Qantaqa parecía
saber adonde iba. Si Simón se rezagaba en ex¬ceso, trotaba un poco hacia atrás,
deteniéndose donde justamente quedaba fuera de alcance, y su aliento dibujaba
plumas en el aire. Cuando el muchacho se hallaba a un brazo de distancia de
ella, arrancaba de nuevo. Como un espíritu de un mundo futuro, la loba lo
apartaba del infortunio de los de su especie.
Sólo cuando habían
andado durante cierto rato, siguiendo la curva de la montaña, Qantaqa volvió
saltando junto a Simón. Y no se detuvo delante de él, sino que su gran cuerpo
se lanzó sobre el jo¬ven de forma tan súbita que, si bien el choque fue suave,
Simón cayó sentado, la loba, encima de él por unos momentos, hundió el frío
hocico en su cogote y le hizo cosquillas en la oreja. Simón se in¬corporó para
acariciarla también e, incluso a través de la gruesa piel, notó el temblor del
animal. Instantes después, como si la necesidad de afecto estuviese satisfecha,
Qantaqa se alejó de un salto y perma¬neció allí entre quedos gemidos hasta que
el chico se levantó frotán¬dose la rabadilla y la siguió.
Parecía que Qantaqa
lo condujese alrededor de medio Mintahoq. Ahora se detuvo en el borde de una
gran negrura y lanzó unos aullidos de excitación. Simón avanzó cauteloso, sin
apartar la mano derecha de la áspera pared de roca. Qantaqa se movía de un lado
a otro, cada vez más impaciente.
La loba estaba en
el canto de un profundo abismo, que se abría desde el lado del sendero hasta la
misma montaña. La luna, que se deslizaba lentamente por el cielo como un barco
viejo y sobrecar¬gado, sólo iluminaba la piedra que rodeaba el agujero. Qantaqa
vol¬vió a ladrar con un entusiasmo apenas contenido.
Para asombro de
Simón, desde el fondo le llegó el eco de una débil voz.
—¡Márchate,
loba...! Ni siquiera dormir puedo, ¡maldita sea...!
Simón se arrojó a
tierra y reptó sobre la fría grava con las rodillas y los codos, sin detenerse
hasta que su cabeza se asomó a la negra nada.
—¿Quién anda ahí?
—gritó, y sus palabras retumbaron como si recorriesen una gran distancia—.
¿Eres Sludig?
Una pausa.
—¡Simón! ¿Eres tú
quien llama?
—¡Sí, Sludig, soy
yo! Qantaqa me ha traído, ¿Está Binabik contigo? ¡Binabik...! ¡Soy yo, Simón!
Transcurrió un
momento de silencio, y después volvió a hablar Sludig. Simón percibió
claramente el esfuerzo en la voz del rimmerio.
—El gnomo no quiere
hablar. Está aquí, pero tampoco quiere hablar conmigo, ni lo hizo con Jiriki,
cuando vino, ni con nadie.
—¿Está enfermo?
¡Soy Simón, Binabik! ¿Por qué no me contestas?
—Creo que tiene
enfermo el corazón —dijo Sludig—. Su aspecto es el de siempre..., quizás haya
adelgazado, como yo también..., pero él se comporta como si ya estuviera
muerto.
En las
profundidades sonó un ruido como si alguien escarbara. Sludig u otra persona
debía de haberse movido.
—Jiriki dice que
nos matarán —añadió el rimmerio al cabo de un momento con voz resignada—. El
sitha habló en favor nuestro..., no acaloradamente ni con enojo, como pude
deducir, pero nos defen¬dió. Dijo que el pueblo de los gnomos no estaba de
acuerdo con sus argumentos y exigía justicia. ¡Vaya justicia, la de matar a un
hombre que jamás les hizo daño! —exclamó con una risa amarga—. ¡Y dar muerte a
uno de los suyos, también, cuando los dos han sufrido mucho por el bien de todo
el mundo, incluso de los gnomos! Einskaldir tenía razón. Pero, para este
compañero tan silencioso que tengo al lado, todos son unos engendros del
infierno.
Simón se sentó,
sosteniéndose la cabeza con las manos. El viento soplaba indiferente alrededor
de los picachos. El muchacho se sintió invadido por la indefensión.
—¡Binabik! —gritó,
asomándose otra vez—. ¡Qantaqa te espera! Sludig sufre a tu lado... ¡Nadie
puede ayudarte, si tú no te ayudas a ti mismo! ¿Porqué no quieres hablarme?
Fue sólo Sludig
quien respondió.
—Ya te digo que es
inútil. Tiene los ojos cerrados. No te oye, ni hablará.
Simón golpeó la
roca con la mano y soltó un reniego. A sus ojos asomaron las lágrimas.
—Yo te ayudaré,
Sludig—voceó al fin—. No sé cómo, pero lo haré. Se levantó, y la loba restregó
la nariz contra él y gimoteó.
—¿Puedo bajarte
algo? ¿Comida? ¿Agua?
Sludig soltó una
risa sorda.
—No. Nos alimentan,
aunque lo que nos traen no es como para reventar. Te pediría un poco de vino,
pero no sé cuándo me vendrán a buscar, y no quiero ir con la cabeza atontada
por la bebida. Lo único que te pido, es que reces por mí. Y también por el gnomo.
—Haré algo más que
eso, Sludig. ¡Te lo juro!
—Fuiste muy
valiente en la montaña, Simón —dijo Sludig con tranquilidad—. Estoy contento de
haberte conocido.
Las estrellas
centelleaban fríamente sobre el abismo cuando Si¬món se alejó, luchando por
mantenerse firme y no llorar más.
Caminó un rato a la
luz de la luna, perdido en la vorágine de sus pensamientos, antes de darse
cuenta de que nuevamente seguía a Qantaqa. La loba, que no había dejado de
moverse ansiosa al lado del pozo mientras Simón hablaba con Sludig, ahora
trotaba deci-dida por el sendero delante de el. No le daba oportunidad de
alcan¬zarla, igual que había hecho a la ida, y el muchacho se veía obligado a
mantener el paso.
La claridad
esparcida por la luna era justamente la necesaria para que Simón viese dónde
pisaba, y el camino tenía la anchura su¬ficiente para recobrar el equilibrio,
si tropezaba. De cualquier forma, el joven se sentía francamente débil. En más
de una ocasión se preguntó si no sería mejor sentarse a esperar al amanecer,
cuando alguien pudiese encontrarlo y conducirlo sano y salvo a la cueva, pero
Qantaqa seguía adelante, llena de determinación. Y Simón hizo lo posible por ir
detrás de ella, consciente de que le debía una cierta lealtad.
Pronto se dio
cuenta, con bastante alarma, de que trepaban por encima del camino principal,
montaña arriba, utilizando un atajo más empinado y angosto. La loba lo llevaba
incesantemente hacia las alturas y, cuando cruzaron más de un sendero
horizontal, el aire pareció enrarecerse. A Simón le constaba que no habían
subido tanto como para eso, y que la sensación era debida a que le fallaba la
respiración, mas aun así notó que pasaba de las regiones seguras a las grandes
alturas. Las estrellas parecían muy próximas.
¿Serían acaso las
inaccesibles cumbres de otras montañas, situa¬das a enorme distancia, inmensos
cuerpos perdidos en la oscuridad, cabezas de nívea capucha que relucían bajo
los reflejos de la luna? Pero no; eso era absurdo. ¿Dónde podían estar para que
durante el día, a la plena luz del sol, no fueran visibles?
En realidad, el
aire podía no estar enrarecido, pero era cierto que el frío iba en aumento y
penetraba a través de su pesada capa. Tembloroso, decidió dar media vuelta y
descender al camino gene¬ral, por muy atractivo que Qantaqa considerase aquel
juego a la luz de la luna. Pero al momento se descubrió a sí mismo siguiendo a
la loba a un estrecho banco que sobresalía en la ladera.
El rocoso porche,
salpicado de manchas de nieve que relucían de manera tenue, se hallaba delante
de una gran grieta negra. Qantaqa se acercó a ella para olfatearla. Se volvió
luego para mirar a Si¬món, ladeada la hirsuta cabeza, y después de un ladrido se
introdujo en la negrura. Simón supuso que, entre las sombras, se abría una
cueva. Mas no sabía si debía seguir al animal. Una cosa era dejar que la loba
lo llevara por absurdas sendas a lo largo de la montaña, y otra muy distinta
dejarse introducir en una oscura caverna en plena no¬che... Pero entonces
surgió de las tinieblas un trío de pequeñas y os¬curas sombras, y tal fue el
susto de Simón que por poco cayó del porche.
«¡Excavadores!»,
pensó, alarmado, buscando alguna arma en el árido suelo.
Una de las sombras
se adelantó, a la vez que dirigía hacia él una delgada lanza en son de
advertencia. Desde luego se trataba de un gnomo, aunque —bien mirado— bastante
más alto que los bukken subterráneos. Simón estaba asustado. Esos qanuc eran
menudos pero disponían de buenas armas, mientras que él no era más que un
extraño que paseaba de noche, tal vez por algún lugar sagrado.
El gnomo más
cercano se empujó hacia atrás la capucha ribe¬teada de piel, y la pálida luz de
la luna iluminó el rostro de una mu¬jer joven. Simón apenas pudo distinguir, de
su cara, más que el blanco de los ojos, pero tuvo la certeza de que su
expresión era fiera y peligrosa. Los otros dos gnomos se colocaron junto a ella
sin dejar de refunfuñar algo con voces que parecían muy enojadas. El mu¬chacho
retrocedió un paso hacia el camino, con cuidado de no per¬der el equilibrio.
—Lo siento. Ahora
mismo me voy —dijo, dándose cuenta de que aquellos seres no le entendían.
Simón se maldijo a
sí mismo por no haber pedido a Binabik o a Jiriki que le enseñasen algunas
palabras de la lengua de los gnomos. ¡Siempre lo lamentaba todo demasiado
tarde! ¿No dejaría nunca de ser tan tonto? Ya estaba harto de semejante
situación. ¡Que otro car-gase ahora con el problema...!
—Ahora mismo me voy
—repitió—. Seguía a la loba. Seguía... a... la... loba...
Hablaba despacio,
intentando que, pese a la tensión que había en su garganta, la voz le sonase
amable. Una mala interpretación, y quizá tuviera que arrancarse del estómago
una de esas diabólicas lanzas.
La mujer no dejaba
de observarlo. Dijo algo a uno de sus com¬pañeros, y éste dio unos pasos hacia
la sombría boca de la cueva. Qantaqa gruñó amenazadora desde alguna parte de
las profundida¬des, y el gnomo retrocedió a toda prisa.
Simón dio un paso
más camino abajo. Los gnomos lo vigilaban en silencio, atentos y a punto de
actuar, mas no le impidieron mo¬verse. El muchacho les dio la espalda, poco a
poco, y descendió con cautela, buscando el sendero entre las plateadas rocas.
Momentos más tarde, los tres gnomos, Qantaqa y la misteriosa cueva habían
quedado atrás.
El joven bajó por
la ladera iluminada por la fantasmal luz de la luna. A medio camino de la vía
principal tuvo que sentarse, y apoyó los codos en las temblorosas rodillas.
Sabía que el agotamiento e in¬cluso el miedo acabarían por ceder, pero no veía
remedio para su soledad.
—Lo siento de
veras, Seomán, pero no podemos hacer nada. La noche pasada, la estrella Reniku,
a la que nosotros damos el nombre de Farol del Verano, apareció encima del
horizonte a la hora del cre¬púsculo. He permanecido aquí demasiado tiempo. No
puedo que¬darme más.
Jiriki estaba
sentado con las piernas cruzadas encima de una roca, en el amplio porche de la
cueva, a la vez que contemplaba el valle tapizado de niebla. Al contrario que
Simón y Haestan, no lle¬vaba ropa de abrigo, y el viento tiraba de las mangas
de su reluciente camisa.
—Pero... ¿qué
haremos para ayudar a Binabik y Sludig? —exclamó Simón, al mismo tiempo que
arrojaba una piedra a las profundida¬des, casi confiando en que le diera en la
cabeza a algún gnomo es¬condido bajo la niebla—. ¡Si no intervienes, los
matarán!
—Yo no puedo hacer
nada en absoluto —contestó Jiriki tranquila¬mente—. Los qanuc tienen derecho a
practicar su justicia, y no sería correcto que yo interfiriese en sus cosas.
—¿Correcto? ¡Al
diablo la corrección! Binabik es incapaz de ha¬blar. ¿Cómo va a defenderse a sí
mismo, pues?
El sitha suspiró,
pero su rostro aguileño permaneció impasible.
—Quizá no haya tal
defensa. Es posible que Binabik sepa que ha causado perjuicio a su pueblo.
Haestan lanzó un
resoplido de disgusto.
—¡Si ni siquiera
sabemos qué delito cometió el hombrecillo!
—Me dijeron que
estaba acusado de perjurio —intervino Jiriki sin alzar la voz, y de cara a
Simón agregó—: Debo irme, Seomán. La no¬ticia de que el cazador de la reina de
las nornas había atacado a los Zida’ya, alarmó mucho a los míos. Quieren que
vuelva junto a ellos. Tenemos mucho de que hablar. Además —dijo apartándose un
me¬chón de pelo de la frente—, cuando mi pariente An'nai murió y fue enterrado
en Urmsheim, cayó sobre mí una responsabilidad. Aho¬ra, su nombre tiene que ser
incluido con todos los honores en el li¬bro de la Danza del Año. Y soy yo el
que menos puede rehuir esa responsabilidad. Al fin y al cabo fue Jiriki
i-Sa'onserei, y no otro, quien lo condujo al lugar de su muerte..., y tuvo
mucho que ver conmigo y con mi terquedad que él fuese. ¿Es que no lo
compren¬des? —exclamó con voz dura, apretando su oscuro puño—. ¡No puedo volver
la espalda al sacrificio de An’nai!
Simón estaba
desesperado.
—No sé nada acerca
de ese libro de la danza, pero tú dijiste que nos permitirían hablar a favor de
Binabik. ¡Así te lo prometieron!
Jiriki levantó la
cabeza.
—Sí. El Pastor y la
Cazadora accedieron a ello.
—¿Y cómo lo
conseguiremos ahora, si tú te vas? No hablamos la lengua de los gnomos, y no
nos entenderán.
A Simón le pareció
que por el rostro impasible del sitha pasaba un momentáneo aturdimiento, pero
fue algo tan fugaz que no pudo tener la certeza. Los centelleantes ojos dorados
de Jiriki sostuvieron su mirada, y ambos permanecieron así durante un buen rato.
—Tienes razón,
Seomán —dijo Jiriki al fin, lentamente—. El ho¬nor y la herencia ya me habían
tenido atenazado antes, pero nunca de manera tan intensa...
Bajó la vista y se
contempló las manos. Luego, muy despacio, miró al gris cielo.
—An’nai y mi
familia tendrán que perdonarme. ¡J’asu pra-peroibin! El libro de la Danza del
Año tendrá que registrar mi deshon¬ra —dijo, respirando profundamente—. Estaré
aquí cuando Binabik de Yiqanuc sea juzgado.
Simón tendría que
haber experimentado una gran alegría, pero en cambio sintió sólo un vacío.
Hasta para un mortal, el padeci¬miento del príncipe sitha era bien visible,
Jiriki hacía un terrible sa¬crificio que Simón no podía comprender. Pero...
¿qué otra cosa ca¬bía hacer? Estaban todos recluidos en aquella elevada roca,
más allá del mundo conocido, prisioneros... al menos de las circunstancias.
Eran héroes ignorantes, amigos de perjuros...
Un escalofrío
recorrió la espina dorsal de Simón.
—¡Jiriki! —jadeó, a
la vez que agitaba las manos como si quisiera abrir camino a una súbita
inspiración.
¿Resultaría eficaz?
Y, si lo era, ¿Daría buen resultado?
—Jiriki...
—repitió, más tranquilo—. Creo que se me ha ocurrido algo que te permitirá
hacer lo que necesitas y, además, ayudar a Binabik y a Sludig.
Haestan, atento a
la tensión que había en la voz de Simón, dejó el bastón que estaba tallando y
se inclinó hacia adelante. Jiriki alzó una ceja, interesado.
—Sólo tendrás que
hacer una cosa —dijo Simón—. ¡Venir con¬migo a ver a los reyes, el Pastor y la
Cazadora!
Después de haber
hablado con Nunuuika y Uammannaq, que finalmente, y aunque entre refunfuños,
accedieron a su propuesta, Simón y Jiriki regresaron de la Casa del Antecesor
bajo la luz del anochecer. El sitha sonreía débilmente.
—No cesas de
sorprenderme, joven Seomán. Es un golpe audaz. No sé si servirá para salvar a
tu amigo, pero al menos es un comienzo.
—Nunca se habrían
declarado conformes, de no preguntárselo tú. ¡Gracias, Jiriki!
El sitha hizo un
complicado gesto con sus largos dedos.
—Todavía existe un
cierto respeto entre los Zida’ya y algunos de los Hijos del Crepúsculo...,
principalmente entre los hernystiros y los qanuc. Cinco desoladores siglos no
pueden borrar del todo los milenios de amistad. No obstante, las cosas han
cambiado. Voso¬tros, los mortales..., hijos de Lingit, como os llaman los
gnomos..., aumentáis de poder. Este mundo ya no es el de mi pueblo. Pero
existen unos lazos entre tú y yo, Seomán, y eso no lo olvido —añadió al mismo
tiempo que, mientras caminaban, apoyaba ligeramente una mano en el brazo de
Simón.
Y éste, que andaba
pesadamente al lado del inmortal, no supo dar respuesta.
—Sólo pido que
entiendas esto: mis gentes y yo somos ahora muy pocos. Yo te debo la vida. Dos
veces, para mi gran pesar. Pero mis obligaciones para con mi pueblo sobrepasan
en mucho el valor de mi propia vida. Hay cosas que no pueden ser olvidadas,
joven mortal. Desde luego, confío en que Binabik y Sludig sobrevivan..., pero
soy zida’ya. Tengo que referir la historia de lo sucedido en la montaña del
dragón: la traición de los esbirros de Utuk'ku y la muerte de An'nai.
Se detuvo de
repente y dio media vuelta para mirar a Simón. Bajo las sombras del anochecer,
teñida de violeta, y con los cabellos revueltos por el viento, parecía un
espíritu de las montañas selváti¬cas. Por espacio de unos segundos, Simón
percibió en los ojos de Jiriki su incalculable edad, y casi pudo palpar lo
impalpable: la enorme duración de la raza del príncipe, los años de su
historia, que quizá fuesen tantos como los granos de arena de una playa.
—Las cosas no
terminan tan fácilmente, Seomán —dijo Jiriki, despacio—, aunque yo me vaya.
Algo, que nada tiene de mágico, me asegura que volveremos a vernos. Las deudas
de los zida’ya calan profundo, y arrastran consigo la sustancia del mito. Y yo
estoy en deuda contigo, Simón.
Jiriki volvió a
flexionar los dedos de forma peculiar, los introdujo en la delgada camisa y
extrajo de ella un objeto plano y circular.
—Ya viste esto
antes, Seomán —indicó—. Es mi espejo... Una es¬cama del Gran Gusano, según reza
la leyenda.
Simón lo tomó de la
extendida mano del sitha y se sorprendió de su poco peso. El trabajado marco
tenia un tacto frío. En una oca¬sión, ese espejo le había mostrado la imagen de
Miriamele; en otro momento, Jiriki hacía asomar a su misteriosa superficie la
ciudad de Enki-e-Sha'osaye. Ahora, Simón no vio más que su propia imagen,
oscura a consecuencia de la semioscuridad reinante.
—Te lo doy. Fue un
talismán de mi familia desde que Jenjiyana de los Ruiseñores creó fragantes
jardines a la sombra de Sení Anzi’in. Apartado de mí, ya no será más que un
simple espejo... Aun¬que no es del todo cierto. Si deseas hablar conmigo o me
necesitas de verdad, díselo al espejo. Yo me enteraré a través de él.
Jiriki señaló al
boquiabierto Simón con un severo dedo.
—Pero no vayas a
creer que surgiré dentro de una nube, como en uno de vuestros cuentos
populares. Yo no dispongo de semejantes poderes. Ni siquiera puedo prometerte
que acudiré, pero, si recibo aviso de tu problema, haré todo cuanto me sea
posible para ayu¬darte. Los zida’ya no estamos totalmente privados de amigos,
in¬cluso en este joven y audaz mundo de los mortales.
Simón movió la boca
durante unos momentos, sin hablar.
—¡Gracias! —dijo
finalmente, y el pequeño cristal gris pareció pe¬sar mucho, de pronto—.
¡Gracias, Jiriki!
El sitha sonrió,
mostrando una sarta de blancos dientes. De nuevo parecía lo que era entre los
de su raza: un joven.
—Además tienes tu
sortija. —Señaló la otra mano de Simón, en la que éste lucía un delgado aro de
oro con el signo del pez—. ¡Ríete de las historias de duendes, Seomán! La
Flecha Blanca, la espada negra, un aro de oro y un espejo sitha... Irás tan
cargado con tu importante botín, que todo te rechinará cuando camines.
El príncipe rió, y
fue lo suyo como un gorjeo.
Simón contempló la
sortija, salvada para él de los restos de los aposentos del doctor y enviada a
Binabik como uno de los actos fínales de Morgenes. Tiznada del aceite de los
guantes que Simón ha¬bía llevado, ahora lucía poco en su sucio y ennegrecido dedo.
—Todavía no sé qué
significa lo que lleva grabado dentro —dijo, y en un arranque se quitó el
anillo y se lo entregó al sitha—. tampoco Binabik supo descifrarlo, si bien vio
que se refería a dragones y muerte. ¡Oye! —exclamó entonces—. ¿Puede ayudar a
matar drago¬nes a la persona que lo lleve?
La idea resultaba
extrañamente deprimente, sobre todo consi¬derando que él no creía haber matado
de verdad al dragón de hielo. ¿Y si todo hubiera sido sólo cosa de hechizo? A
medida que reco¬braba las fuerzas, se sentía cada vez más orgulloso de su valentía
ante el terrible Igjarjuk.
—Lo sucedido en
Urmsheim, fue entre tú y el hijo del viejo Hidohebhi, Seomán. No intervino en
ello la magia.
La sonrisa de
Jiriki había desaparecido. El sitha meneó la ca¬beza, de forma solemne, y
devolvió el anillo a Simón.
—Pero no puedo
explicarte nada más sobre esta sortija —declaró—. Si el sabio Morgenes no se
ocupó de que lo entendieses, cuando te la envió, yo no me tomaré la libertad de
explicarte nada. Tal vez ya te he hecho cargar con demasiado peso, durante el
breve trato que tuvimos. Hasta los más valerosos mortales enferman ante un
exceso de verdad.
—¿Tú sabes leer lo
que dice?
—Sí. Está escrito
en una de las lenguas de los zida’ya, aunque, cosa interesante en una joya de
mortales, una de las más oscuras. Sin embargo, te diré una cosa. Si entiendo
bien su significado, ahora no te concierne a ti de manera directa, y tampoco te
servirá de nada saber lo que dice.
—¿Y eso es todo
cuanto vas a explicarme?
—De momento, sí.
Quizá, si volvemos a vernos, comprenda yo mejor por qué te fue entregada a ti
esta pieza —contestó el sitha, con cara de preocupación—. ¡Buena suerte,
Seomán! Eres un chico sin¬gular, incluso para ser mortal...
En ese instante
oyeron la voz de Haestan y vieron al erkyno, que avanzaba a grandes zancadas
hacia ellos, agitando algo en el aire. Había cazado una liebre blanca y
anunciaba, satisfecho, que el fue¬go estaba a punto para asarla.
Pese a tener el
estómago lleno de carne sazonada con hierbas, Si¬món tardó mucho en dormirse
aquella noche. Tendido en su yacija mientras observaba las vacilantes sombras
rojas proyectadas en el te¬cho de la cueva, la cabeza le daba vueltas con todo
lo sucedido... ¡En qué enloquecedor lío se veía metido!
«Formo parte de una
historia, tal como dijo Jiriki... De una histo¬ria como las que Shem solía
contar... ¿O se trata de la Historia que Morgenes me enseñaba...? Pero nadie me
dijo nunca lo espantoso que re¬sultaba verse en medio de una aventura, sin saber
cómo terminará...»
Por fin se durmió,
pero sólo para despertarse poco después con un sobresalto. Haestan, como de
costumbre, roncaba y soltaba al¬guno que otro suspiro por entre la barba,
sumido en el más pro¬fundo de los sueños. De Jiriki no había ni rastro. El raro
vacío que se notaba en la cueva hizo comprender a Simón que el sitha se había
ido definitivamente, montaña abajo, para reunirse con los suyos.
Atormentado por la
soledad a pesar del soldado que resollaba con tanta sonoridad cerca de él, el
muchacho se sorprendió llo¬rando. Lo hacía de manera callada, avergonzado de su
poca hom¬bría, pero tan incapaz de contener el río de lágrimas como de car¬garse
el Mintahoq sobre las espaldas.
Simón y Haestan
llegaron a Chidsik Ub Lingit una hora des¬pués de amanecer, tal como había
dicho Jiriki. El frío había empeo¬rado. Las escaleras de mano y los puentes
construidos con correas se balanceaban en el gélido viento, sin que nadie los
utilizase. En mu¬chos puntos, los rocosos atajos del Mintahoq estaban cubiertos
de una delgada capa de hielo, con lo que resultaban todavía más peli¬grosos que
de costumbre.
Cuando los dos
forasteros se abrieron paso a través de un en¬jambre de chachareantes gnomos,
Simón se apoyó cuanto pudo en el codo de Haestan, cubierto de piel. Apenas
había dormido desde la marcha del sitha, y sus sueños habían estado poblados
por las sombras de unas espadas y la habitual pero inexplicable presencia de la
niña de los ojos oscuros.
Los gnomos que los
rodeaban parecían ataviados para una fiesta, muchos de ellos con collares del
colmillo y hueso tallado, y las mujeres con los negros cabellos sujetos por
peinetas confeccio¬nadas con los cráneos de pájaros y peces. Hombres y mujeres
se pa¬saban odres llenos de cierto licor de las montañas, sin dejar de reír y
gesticular mientras bebían. Haestan los observaba ceñudo.
—Pedí a uno de
ellos que me diera a probar un sorbo —dijo el guardia—, pero sabe a meados de
caballo. ¡No sé qué daría por una gota de vino tinto de Perdruin!
En medio de la
estancia, rodeados por el foso de aceite sin en¬cender, Simón y Haestan
hallaron cuatro taburetes de hueso, de complicado dibujo y con asientos de
cuero muy tenso, que estaban situados de cara al vacío estrado. Dado que los
sonrientes gnomos se habían acomodado alrededor, dejando libres esos asientos,
los forasteros supusieron que dos de las sillas eran para ellos. Apenas
sen¬tados, todos los Yiqanuc se pusieron en pie.
Se produjo entonces
un ruido extraño, cuyo eco arrojaban las paredes de la cueva. Un canto sonoro,
semejante a un zumbido. In¬comprensibles palabras qanuc asomaban a la
superficie como aban¬donados maderos que flotaran en un inquieto mar, para
luego desa¬parecer de nuevo entre el constante gemir. Era un sonido extraño y
estremecedor.
Por unos instantes,
Simón creyó que los misteriosos cantos tenían algo que ver con la llegada de
ellos dos, pero enseguida notó que los oscuros ojos de los gnomos allí reunidos
estaban enfocados hacia una abertura que había en el otro extremo de la gruta.
Por esa puerta no
entraron al fin los señores de Yiqanuc, como Simón había esperado, sino un
personaje todavía más exótico que la gente que lo rodeaba. Era un gnomo o, por
lo menos, tenía su ta¬maño. Su pequeño y musculoso cuerpo había sido engrasado,
de modo que relucía a la luz de las lámparas. Llevaba una falda de cue¬ro, con
flecos, y su cara se escondía detrás de una máscara hecha con el cráneo de un
carnero, cuidadosamente tallado y vaciado hasta formar casi una filigrana, un
delicado antifaz alrededor de los oscu¬ros ojos. Dos enormes cuernos curvados,
rebajados hasta quedar prácticamente translúcidos, le caían sobre los hombros.
Un manto de plumas blancas y amarillas y un collar de terribles garras negras
completaban su atavío.
Simón no supo si se
trataba de un sacerdote, de un danzante o, simplemente, de un heraldo de la
real pareja. Cuando golpeó el suelo con su resplandeciente pie, la multitud
bramó de entusiasmo. Luego se tocó las puntas de los cuernos y alzó las palmas
de las manos al cielo, con lo que el pueblo de los gnomos emitió unos sonidos
entre¬cortados antes de reanudar sus cantos. Durante largo rato, el hombre hizo
cabriolas en el estrado, tan atento a su actuación como cual¬quier artista
serio. Por fin se detuvo como si escuchara. Cesaron los murmullos de la gente,
y otras cuatro figuras aparecieron en la puerta: tres del tamaño de los gnomos,
y otra más alta.
Binabik y Sludig
fueron conducidos hacia adelante con un guardia a cada lado, cuyas afiladas
lanzas no se apartaban del espinazo de los prisioneros. Simón quiso levantarse
y gritar, pero la an¬cha mano de Haestan se apoyó en su brazo, obligándolo a
permane¬cer sentado.
—¡Quieto, muchacho!
Vienen hacia aquí. Espero. No vamos a ofrecer un espectáculo a esta chusma.
Tanto el gnomo como
el rubio rimmerio estaban bastante más delgados que cuando Simón los había
visto por última vez. El bar¬budo rostro de Sludig se veía enrojecido y medio
pelado, como si hubiese tomado el sol en exceso. Binabik tenía peor color que
antes; su bronceada tez de otros días tenía ahora el aspecto de las gachas, y
sus ojos, rodeados de sombras, estaban hundidos.
Los dos avanzaban
despacio. El gnomo, con la cabeza baja, Slu¬dig, mirando desafiante a su
alrededor hasta que por fin vio a Simón y Haestan, a los que dedicó una amarga
sonrisa.
Cuando pasaron por
encima del foso para alcanzar el círculo in¬ferior, el rimmerio alargó el brazo
y le dio una palmada en el hombro a Simón, pero enseguida emitió un gruñido de
dolor cuando unos de los soldados que los conducían lo pinchó en el brazo con
la punta de la lanza.
—¡Si yo tuviera una
espada...! —murmuró Sludig, dando un paso adelante para sentarse cauteloso en
uno de los taburetes.
Binabik tomó
asiento en el otro extremo. Aún no había levan¬tado la vista para encontrarse
con la mirada de sus compañeros.
—¡Algo más que
espadas necesitas, amigo! —susurró Haestan—. Pueden ser pequeños, pero duros...
¡Y mira cuántos suman esos in¬dividuos, malditos de Jesuris!
—¡Binabik! —dijo
Simón con urgencia, inclinándose por delante de Sludig—. ¡Binabik! ¡Hemos
venido a defenderos!
El gnomo alzó los
ojos. Por espacio de unos segundos pareció que fuese a contestar algo, pero su
mirada era distante. Hizo un gesto amable y casi imperceptible con la cabeza,
pero luego volvió a fijar la vista en el suelo de la cueva. Simón sintió que se
apoderaba de él la rabia. ¡Era preciso que Binabik luchara por su vida! En
cam¬bio, permanecía sentado como Rim, el viejo caballo de tiro, en es¬pera de
recibir el golpe mortal.
El creciente
murmullo de las excitadas voces cesó abruptamente. En la puerta apareció otro
trío de personajes que se aproximaba poco a poco: Nunuuika, la Cazadora, y
Uammannaq, el Pastor, vestidos de gran ceremonial con pieles, marfil y piedras
preciosas. Otro gnomo los seguía con pasos silenciosos, ya que calzaba botas
muy fi¬nas. Era una mujer joven, de grandes ojos inexpresivos y boca de rasgos
firmes. Su vaga mirada recorrió la fila de asientos, y después se desvió. El
hombre de los cuernos de carnero danzó delante de los tres hasta que alcanzaron
el estrado y se instalaron en su diván de cuero y pieles. La desconocida joven
se sentó delante mismo de la pareja, a un paso debajo de ellos.
El siempre
bailoteante heraldo —o lo que fuese, ya que Simón no acababa de entenderlo—
introdujo una bujía en una de las lám¬paras de la pared y la acercó al cerco de
aceite, con lo que éste se en¬cendió con un llameante bufido. El fuego se
extendió furioso por todo el círculo, arrastrando consigo el negro humo. Un
momento después, el humo se había disipado entre las sombrías anfractuosi¬dades
del techo de la cueva. Simón y los demás se hallaron rodeados de un aro de
llamas.
El Pastor se
inclinó hacia adelante, a la vez que alzaba su encor¬vada lanza, y la agitó en
dirección a Binabik y Sludig. Cuando habló, la muchedumbre cantó de nuevo,
aunque calló después de unas cuantas palabras, mientras que Uammannaq seguía
pero¬rando. Su esposa y la joven miraban a la gente. Los ojos de la Caza¬dora
le parecieron a Simón de una penetrante antipatía, la actitud de la otra era
más difícil de percibir.
El discurso se
prolongó durante un rato. Simón ya se pregun¬taba si los señores de Yiqanuc
habrían roto su promesa a Jiriki, cuando el Pastor se interrumpió y señaló con
su espada a Binabik, gesticulando luego enojado de cara a los compañeros de
éste. Simón miró a Haestan, que levantó una ceja como queriendo decir: «Es¬pera
a ver qué pasa».
—Es algo muy
extraño. Simón.
Era Binabik quien
había hablado, sin apartar la vista del suelo. La voz del gnomo le sonó a Simón
tan suave como el canto de un pájaro o el ruido de la lluvia sobre un tejado.
El muchacho pensó que su súbita sonrisa tenia que parecer la de un tonto, pero
en aquel instante no le importó.
—Creo ver
—prosiguió Binabik con voz rasposa de no utilizarla— que tú y Haestan sois
huéspedes de mis amos, y que debo traducir todo el proceso a una lengua que
vosotros entendáis, ya que no hay nadie más que hable los dos idiomas.
—No podemos hablar
en tu favor, si nadie nos ha de entender —murmuró Haestan.
—¡Te ayudaremos,
Binabik! —exclamó Simón en tono solemne—. Pero tu silencio no va a favorecer a
nadie.
—Todo esto es muy
extraño —manifestó Binabik con voz rasposa—. Se me condena por deshonor. Sin
embargo, y por el honor, debo traducir mis errores a los forasteros, ya que
éstos son huéspe¬des de honor.
El asomo de una
amarga sonrisa apareció en las comisuras de sus labios.
—Estimado huésped,
matador de dragones, que se entremete en los asuntos ajenos... —continuó—.
Intuyo tu mano en esto, Simón... Por cierto que llevas una buena cicatriz,
amigo —observó, después de mirar al joven con ojos estrechos y alargar un dedo
corto y grueso, como si fuera a tocarle la mejilla.
—¿Qué es lo que
hiciste, Binabik? ¿O qué creen ellos que hiciste?
La sonrisa del
hombrecillo se desvaneció.
—Violé mi
juramento.
Nunuuika dijo algo
cortante. Binabik alzó la vista e hizo un gesto afirmativo.
—La Cazadora indica
que he tenido tiempo suficiente para expli¬carme. Y que, ahora, mis delitos han
de ser sacados a la luz para su examen.
Con la traducción
de sus delitos a la lengua de los westerlings o gentes del oeste por parte de
Binabik, todo pareció suceder mu¬cho más deprisa. A veces diríase que repetía
lo ya dicho, palabra tras palabra. En otros momentos, en cambio, soltaba largos
y rápi¬dos discursos. Aunque Binabik iba recobrando parte de su acos¬tumbrada
energía mientras traducía, era evidente la peligrosidad de su situación.
—Binabik, discípulo
del gran Ookequk, el Hombre Cantor... Se te acusa de perjurio.
Uammannaq el Pastor
se inclinó hacia adelante, al mismo tiem¬po que se retorcía inquieto la barba,
como si encontrara desconcer¬tante aquel proceso.
—¿Lo niegas?
Hubo un largo
silencio después de que Binabik terminó de tra¬ducir la pregunta del Pastor.
—No tengo nada que
negar —declaró por fin—. No obstante, y si tú quieres escucharla, Ojo Avizor y
Firme Gobernador, le explicaré toda la verdad.
Nunuuika se reclinó
en sus almohadones.
—Ya habrá tiempo
para eso —dijo, de cara a su marido—. ¡No lo niega!
—Bien, pues...
—contestó Uammannaq, cansado—. Binabik es declarado culpable. Y a ti, croohok
—agregó volviendo su redonda cabeza hacia Sludig—, se te acusa de pertenecer a
una raza de bandidos que ha atacado y dañado a nuestro pueblo desde tiempos
inmemo¬riales. Nadie puede negar que eres un rimmerio. En consecuencia, tu
condena queda en pie.
Cuando las palabras
del Pastor fueron traducidas, Sludig se puso a replicar con enojo, pero Binabik
levantó una mano para ha¬cerlo callar. Cosa sorprendente, Sludig obedeció.
—Parece que no
puede haber verdadera justicia entre viejos ene¬migos —le musitó el norteño a
Simón, y la fiereza de su mirada se transformó en un ceño de infelicidad—. No
obstante, hay gnomos que tienen menos posibilidades en manos de mis congéneres
de las que yo tengo aquí.
—¡Que hablen ahora
quienes tienen motivo para una acusación! —dispuso Uammannaq.
Un silencio
expectante llenó la cueva. El heraldo dio un paso adelante, con fuerte
matraqueo de sus collares. A través de los ojos de su cráneo de carnero miró
con marcado desprecio a Binabik. Luego alzó la mano y dijo con voz áspera y
gruesa:
—Qangolik, el
Invocador del Espíritu, dice que Ookequk, el Hombre Cantor, no apareció en la
Casa de Hielo el Ultimo Día del Invierno, como es ley en nuestro pueblo desde
que Sedda nos dio estas montañas —tradujo Binabik, y su propia voz había
adquirido algo del desagradable tono de su acusador—. Qangolik dice que
Bi¬nabik, discípulo del Hombre Cantor, tampoco se presentó en la Casa de Hielo.
Simón sintió, casi,
el odio que fluía entre el amigo y el gnomo enmascarado. No había duda de que
entre ellos existía una antigua rivalidad o una enemistad que databa de mucho
tiempo atrás.
El Invocador del
Espíritu prosiguió:
—Dado que el
discípulo de Ookequk no cumplió con su deber de entonar el Canto de la
Vivificación perteneciente al rito, la Casa de Hielo aún no se ha fundido. Y,
por no haberse fundido la Casa de Hielo, el invierno se niega a abandonar
Yiqanuc. Por su traición, el pueblo de Binabik se ve condenado a un clima
amargo. El verano no vendrá, y mucha gente morirá.
»Qangolik lo llama
perjuro.
Una oleada de
enojados murmullos recorrió la cueva. El Invoca¬dor del Espíritu había vuelto a
agacharse antes de que Binabik pu¬diese terminar la traducción.
Nunuuika miró a su
alrededor con ritual premeditación.
—¿Hay alguien más
que acuse a Binbiniqegabenik?
La desconocida
joven, olvidada por Simón ante la furia de las palabras de Qangolik, se levantó
despacio de su asiento en la grada más alta. Tenía la mirada modestamente baja
y su voz sonó queda cuando habló durante unos momentos.
Binabik no explicó
enseguida sus palabras, a pesar de que éstas habían despertado un intenso
susurro entre los gnomos que estaban allí reunidos. En su rostro había una
expresión nunca vista antes por Simón en el amigo: la de total y suma desdicha.
Binabik miró a la joven con torva fijeza, como si contemplara algún terrible
suceso que, aun así, tuviera obligación de recordar y luego referir de forma
detallada.
Y, cuando Simón
creía que a Binabik lo habían hecho callar de nuevo, ahora quizá para siempre,
el gnomo habló de manera inex¬presiva, como si se tratara de referir la
historia de una vieja herida, ahora ya sin importancia.
—Sisqinanamook,
hija menor de Nunuuika la Cazadora y Uammannaq el Pastor, también acusa a
Binabik de Mintahoq —anunció—. Pese a haber colocado la espada delante de su
puerta, había desaparecido cuando, después de nueve veces nueve días, llegó el
día fijado para el enlace. Ni siquiera envió noticia o mandó dar ninguna
explicación. Y, cuando por fin regresó a nuestras mon¬tañas, no fue al hogar de
su familia adonde se dirigió sino que em¬prendió el camino del rehuido pico de
Yijarjuk en compañía del croohok el utku. Con ello hizo caer la vergüenza sobre
la Casa del Antecesor y su prometida. Sisqinanamook lo acusa de romper la
promesa de matrimonio.
Anonadado, Simón
contempló el abatido rostro de Binabik cuando el gnomo traducía estas últimas
frases. ¡Promesa de matri¬monio...! Mientras él y el hombrecillo se abrían paso
hacia Naglimund, caminando a través del Yermo Blanco, la gente de Binabik lo esperaba
para cumplir la palabra dada... De modo que su prometida era nada menos que una
hija del Pastor y la Cazadora..., ¡y él no lo había mencionado en absoluto!
Simón miró con
mayor atención a la acusadora de Binabik. Si bien, a sus ojos, era tan menuda
como todos los de su pueblo, pare¬cía un poco más alta que Binabik. Llevaba los
relucientes cabellos negros recogidos a ambos lados de la cara, en dos trenzas
que, de-bajo de la barbilla, se unían en una sola, muy gruesa y entretejida con
cinta de color azul celeste. Lucía escasas joyas, sobre todo en comparación con
su formidable madre, la Cazadora. Una sola piedra preciosa de un intenso tono
azul centelleaba en su frente, soste-nida por una fina correa de cuero negro.
Tenía arreboladas
las cobrizas mejillas y, aunque su mirada es¬taba nublada, ya fuera por enojo o
temor, Simón se dijo que su mentón indicaba fuerza de voluntad y un cierto
desafío, y que en sus ojos había firmeza. No la expresión cortante de la madre,
pero sí la de alguien decidido a hacer su propia voluntad. Por espacio de unos
momentos, Simón creyó verla como la verían los de su raza: no era una belleza
amable y dócil, sino una joven gentil e inteligente cuya admiración no sería
fácil de conseguir.
Pero entonces se
dio cuenta de que era la misma que estaba la noche anterior delante de la cueva
de Qantaqa..., ¡la que lo había amenazado con la lanza! Algo indefinible en el
ángulo de su rostro se lo hizo comprender. Y Simón intuyó que, al fin y al cabo,
era una cazadora, como su madre.
¡Pobre Binabik! Su
admiración podría no ser fácil de lograr, pero el amigo de Simón la había
conseguido; al menos, eso parecía. De cualquier forma, la agudeza y esa
determinación que tanto parecían haber atraído a Binabik, se volvían ahora
contra el.
—No existe una
desavenencia con Sisqinanamook, hija de la Lí¬nea de La Luna —declaró
finalmente Binabik—. Me sorprendió que aceptara la lanza de alguien tan indigno
de ella como el discípulo del Hombre Cantor.
Sisqinanamook
frunció los labios con un mohín de disgusto, pero a Simón no le pareció que su
desprecio fuera muy convin¬cente.
—Grande es mi
vergüenza —prosiguió Binabik—. Es verdad que mi lanza permaneció nueve veces
nueve noches delante de su puerta, y que yo no vine a contraer matrimonio al
termino de ese tiempo. Nada puedo decir para disminuir la ofensa, o para
reducir mi culpa. Tuve que tomar una decisión, como sucede cuando uno ha
realizado ya el camino para verse convertido en un hombre o una mujer. Yo me
hallaba en un país extraño, y mi maestro había muerto. Hice mi elección y, si
tuviera que elegir de nuevo, debo confesar, aunque lo lamente, que volvería a
tomar la misma deter¬minación.
La muchedumbre
murmuraba todavía, de asombro y descon¬cierto, cuando Binabik acabó de traducir
para sus compañeros lo que había dicho. Por último se volvió de cara a la joven
dama y le susurró algo, rápidamente y con voz tranquila, llamándola Sisqi en vez
de emplear su nombre completo. Ella apartó enseguida el rostro, como sí no
soportara mirarlo. Binabik no tradujo esas palabras finales, pero se volvió de
nuevo hacia sus reales padres.
—¿Y acerca de qué
tuviste que tomar una decisión? —inquirió Nunuuika, airada—. ¿Qué pudo ser lo
que te convirtió en un per¬juro? ¿A ti, Binabik de Mintahoq, que ya habías
subido hasta mucho más allá de las nieves a las que tan acostumbrado estabas, y
cuya lanza de compromiso matrimonial había sido elegida por alguien si¬tuado
muy por encima de ti?
—Mi maestro Ookequk
le hizo una promesa al doctor Morgenes, de Hayholt, un gran sabio de
Erkynlandia. Muerto mi maes¬tro, me considere obligado a cumplir la promesa
hecha por él.
Uammannaq se
inclinó hacia adelante. La barba le temblaba de sorpresa y rabia.
—¿Y tú creíste más
importante la promesa hecha a un utku, un individuo de las tierras bajas, que
el matrimonio con una princesa de la Casa del Antecesor, o que la llamada del
verano? ¡En efecto, Binabik, quienes afirman que perdiste la razón, dependiendo
sólo del grueso Ookequk, tienen razón! Volviste la espalda a tu pueblo por...
¿un utku?
Binabik meneó la
cabeza, indefenso.
—Fue algo más que
eso, Uammannaq, Pastor de los Qanuc. Mi maestro temía grandes peligros, y no
únicamente para Yiqanuc sino también para quienes viven al pie de las montañas.
Ookequk temía la llegada de un invierno mucho peor de lo que hayamos pasado nunca,
de uno que dejaría la Casa de Hielo dura como una piedra por espacio de mil
años. Y Ookequk predijo algo mucho peor que el mal tiempo. Morgenes, el anciano
erkyno, compartía sus temo¬res. Esos peligros me hicieron considerar importante
la promesa. En consecuencia, y por creer que las preocupaciones de mi maestro
estaban justificadas, volvería a quebrantar mi compromiso si no tu¬viera otra
solución.
Sisqinanamook
miraba nuevamente a Binabik. Simón confió en descubrir en ella una expresión
más dulce, pero la boca de la jo¬ven era, como antes, una severa línea. Su
madre golpeó el extremo de su lanza con la palma de la mano.
—¡Esto no es una
excusa! —exclamó—. ¡Nada de historias! Si yo tuviera miedo de que la nieve se
desprendiera en los pasos más altos, ¿podría permanecer en mi cueva, dejando
morir de hambre a mis hijos? Eso es como decir que tu pueblo y la montaña que
te dio ali¬mento no significan nada para ti. Eres peor que un borracho, que al
menos reconoce que no debiera beber, aunque dada su debilidad vuelve a caer en
el vicio. Tú te atreves a decirnos a la cara, con la osa¬día de un salteador de
caminos, que lo harías de nuevo, y que tu promesa no tiene ningún valor para
ti...
Nunuuika agitó
furiosa su lanza, y el gentío allí reunido expresó sibilante su acuerdo.
—Deberías ser
ejecutado inmediatamente. Si tu locura contagia a otros, el viento aullará en
nuestras vacías cuevas antes de que transcurra una generación.
Mientras Binabik
acababa de traducir las últimas palabras de Nunuuika, Simón se puso de pie,
temblando de indignación. Le dolía la cicatriz que le atravesaba la mejilla, y
cada latido le hacía re¬cordar a su amigo Binabik agarrado al lomo del dragón
de hielo gri-tándole a él que escapara y se pusiese a salvo mientras luchaba
solo contra el monstruo.
—¡No! —gritó Simón,
furioso, con lo que sorprendió incluso a Haestan y Sludig, que habían escuchado
boquiabiertos todos los detalles del acontecimiento—. ¡No!
El muchacho
procuraba mantenerse con toda la firmeza posi¬ble, pese a que la cabeza le daba
vueltas.
Binabik se volvió
hacia sus señores y su prometida, como era su obligación, y empezó a traducir
las palabras del pelirrojo joven.
—Vos no entendéis
lo que sucede —dijo éste—, ni lo hecho por Bi¬nabik. Para los de estas
montañas, el mundo queda lejos... Pero existe un peligro que os puede alcanzar.
En el castillo donde yo vi¬vía, pensaba que el mal era sólo algo de lo que
hablaban los sacerdo-tes, y que ni siquiera ellos lo creían del todo. Ahora
estoy mejor en¬terado. Por doquier nos acechan los peligros, y cada día se
hacen mayores. ¿No os dais cuenta? Binabik y yo fuimos perseguidos por ese mal
a través del gran bosque y de los campos de nieve que se ex-tienden al pie de
estas montañas. ¡Incluso nos siguió a la montaña del dragón!
Simón hizo una
breve pausa, mareado y con la respiración en¬trecortada... Tenía la sensación
de que algo serpenteante quería es¬capársele de las manos.
«¿Qué más puedo
decir? Debo de parecer un loco... Binabik les traduce lo que yo he dicho, y
ellos me miran como si mis palabras fuesen los ladridos de un perro... ¡Sólo
conseguiré que maten a Bi¬nabik!»
Simón gimió
quedamente y habló de nuevo, procurando orde¬nar sus indómitos pensamientos.
—Todos estamos en
peligro. Un terrible poder se ha desatado en el norte... Mejor dicho, no...
Nosotros ya estamos en el norte... Me refiero al norte, pero también al oeste
de aquí —agregó, después de detenerse a reflexionar durante unos instantes—.
Allí hay una enorme montaña de hielo, donde vive el Señor de la Tormenta...
Pero no está vivo... Su nombre es Ineluki. ¿No habéis oído hablar de él? ¿De
Ineluki? ¡Es espantoso!
Simón se inclinó
hacia adelante, a punto de perder el equilibrio, y miró con ojos
desmesuradamente abiertos a los alarmados sobera¬nos y a su hija Sisqinanamook.
—¡Es horrible...!
—volvió a decir, ahora sin apartar la vista de la joven.
«Binabik la llamó
Sisqi —pensó Simón de súbito, de manera in¬coherente—. ¡Tuvo que haberla
amado...!»
Algo pareció
agarrar su mente y sacudirla, como un sabueso ha¬ría con una rata. Y de pronto
avanzó tambaleante... Los oscuros ojos de Sisqinanamook se hicieron más
profundos y grandes, para luego cambiar. Momentos después, la muchacha había
desapare¬cido, así como sus padres y los amigos de Simón, y todo Chidsik Ub
Lingit se desvaneció también. Sin embargo quedaron los ojos, con¬sistentes
ahora en una grave mirada que, poco a poco, llenaba su campo visual. Aquellos
ojos castaños pertenecían a alguien de su pro¬pio mundo..., a la criatura que
había embrujado sus sueños..., y a la que al fin reconoció.
«Leleth —pensó—. La
niña a la que dejamos en la casa del bosque, dada la gravedad de sus heridas...
La niña que quedó con...»
Simón—dijo ella, y
su voz resonó de forma extraña en la cabeza del joven—. Está es mi última
oportunidad. Mi casa no tardará en derrumbarse, y yo huiré al bosque… Pero
antes debo contarte algo…
Simón nunca había
oído hablar a Leleth. El tono agudo de su voz era propio de una chiquilla de su
edad. No obstante, había algo en esa voz que no encajaba. Resultaba demasiado
solemne, dema¬siado articulada y segura. El ritmo y el fraseo eran propios de una
mujer adulta, como...
¿Geloë?, preguntó
Simón y, aunque no creyó haber hablado de verdad, oyó el eco de su propia voz a
través de algún lugar vacío.
Sí, No me queda
tiempo. Yo no podría haberte encontrado, pero la pequeña Leleth posee ciertos
poderes… Es como un espejo ustorio a través del cual puedo concentrar mi
voluntad. Es una extraña criatura, Simón.
Realmente, el
infantil rostro —casi carente de expresión— que pronunciaba aquellas palabras
parecía distinto, en algo, al de cualquier otra niña mortal. Sus ojos tenían
una forma especial de mirar, que lo atravesaba como si él fuese tan
insustancial como la niebla.
¿Dónde estás?
En mi casa, pero no
por mucho tiempo. Han derribado mis vallas y el lago está lleno de cosas
oscuras. Los poderes que están delante de mi puerta son demasiado fuertes y,
antes que resistir semejantes vendavales, prefiero escapar y seguir la lucha.
Lo que debo notificarte es esto: Naglimund cayó. Elías gano la batalla, pero el
verdadero vencedor es Aquel que ambos conocemos, el oscuro ser del norte. Lo
más importante es, sin embargo, que Josua está vivo.
Simón sintió que el
estómago se le contraía al inquirir:
¿Y Miriamele?
¿La que era Marya,
y también Malaquías? Sólo sé que se marchó de Naglimund. Los ojos y oídos
amistosos no pudieron decirme nada más. Y ahora debo decirte otra cosa: has de
recordarlo y pensar en ello, ya que Binabik de Yiqanuc se cerró a mí. Tienes
que ir a la Roca del Adiós. Es el único lugar donde estarás a salvo de la
creciente tormenta. Al menos, por un tiempo. ¡Encamínate a la Roca del Adiós!
¿Qué? ¿Y dónde está
esa roca? ¡Dime dónde se encuentra, Geloë!
¿Naglimund, caído?
Simón sintió que el desespero se apoderaba de él. En tal caso, todo estaba
perdido...
Sin previo aviso,
una negra ola golpeó su interior con la fuerza de un puño gigante. Se
desvaneció el rostro de la niña, sin dejar más que un vacío gris. Las últimas
palabras de Geloë flotaban en su ca¬beza.
Es el único lugar
seguro… ¡Huye…! Se acerca la tormenta…
Y la sombra gris se
disipó como las aguas se retiran de la playa cuando llega la marea baja.
El muchacho se
halló mirando fijamente la tremulante luz ama¬rilla de una pileta de aceite
encendido. Estaba de rodillas en la cueva de Chidsik Ub Lingit. La preocupada
cara de Haestan se arrimaba a la suya.
—¿Qué diablos te
sucede, chico? —preguntó ofreciendo a éste su hombro, como apoyo, al ayudarlo a
sentarse.
Simón tuvo la
sensación de que su cuerpo se componía de hara¬pos y leña menuda.
— Geloë ha
dicho..., ha dicho que... se acerca una tormenta... y que... la Roca del
Adiós... Que tenemos que ir a esa Roca del...
Simón se movió con
dificultad y, cuando alzó la vista, vio a Binabik arrodillado delante del
estrado.
—¿Qué hace?
—murmuró.
—Esperando la
sentencia —contestó Haestan, ceñudo—. Al per¬der tú el sentido, Binabik declaró
no querer luchar más. Los reyes deliberaron durante un rato, y él aguarda ahora
su decisión.
—¡Pero eso no es
justo! —exclamó Simón tratando de alzarse, mas las piernas se le doblaron y la
cabeza le zumbaba como una olla de hierro golpeada con un martillo—. ¡No es
justo...!
—Es la voluntad de
Dios —gruñó Haestan con tristeza.
Uammannaq volvió a
mirar al arrodillado Binabik después de conversar en un susurro con su mujer.
Dijo algo en la gutural len¬gua qanuc, y sus palabras produjeron un clamor en
los espectado¬res. El Pastor se llevó las manos a la cara y se cubrió lentamente
los ojos en un gesto significativo; la Cazadora lo imitó con toda solem¬nidad.
Simón sintió que un escalofrío le recorría la espalda, más he¬lado que el rigor
del invierno. Ya no cabía duda de que su amigo ha¬bía sido condenado a muerte.
4
Una escudilla de té
de calamento
La luz del sol se
filtró a través de las espesas nubes y cayó en si¬lencio sobre un numeroso
grupo de caballos y hombres cu¬biertos de armaduras que ascendía por el camino
general en dirección a Hayholt. La luminosidad de sus multicolores estandar¬tes
se veía apagada por las irregulares sombras, y el golpeteo de los cascos se
ahogaba entre el barro del suelo, como si la hueste cabal¬gase por el fondo del
mar. Muchos de los soldados iban con la vista baja, y otros miraban
cautelosamente por debajo de sus yelmos, como si temieran ser reconocidos.
Mas no todos
parecían tan desanimados. El conde Fengbald, que pronto sería duque, marchaba a
la cabeza del real destacamento entre la insignia de Elías —verde y negra, con
un dragón— y la suya propia, consistente en un halcón plateado. Los negros
cabellos le caían sobre la espalda, sujetos sólo con una cinta escarlata a la
altura de las sienes. El conde sonrió y agitó en el aire su enmanoplada mano,
lo que despertó el entusiasmo de los centenares de especta¬dores que bordeaban
la carretera.
Guthwulf de
Utanyeat, que cabalgaba a poca distancia de él, contuvo un gesto de hosquedad.
También él ostentaba el título de conde —y probablemente contaba con el favor
del rey—, pero sabía, sin duda, que el sitio de Naglimund lo había cambiado
todo.
Siempre se había
imaginado el día en que su viejo camarada Elías reinaría, con él a su lado.
Ahora, Elías era ya el rey, pero en el resto de la historia algo había ido mal.
Sólo un necio como el joven Fengbald podía ser lo suficientemente ignorante
para no darse cuenta de la situación, o... demasiado ambicioso para que eso le
preocupara.
Guthwulf se había
cortado mucho los entrecanos cabellos antes del inicio del asedio, y el casco
no se le ajustaba bien. Pese a ser un hombre fuerte, todavía en la plenitud de
sus energías, tenía la ex¬traña sensación de encogerse dentro de su armadura y reducirse
más y más.
Y se preguntó si
era él el único que experimentaba inquietud. Quizá se hubiese debilitado y
hasta cierto punto afeminado en los largos años pasados alejado del campo de
batalla.
Pero eso no podía
ser. Era verdad, sí, que durante el asedio, dos semanas atrás, su corazón había
latido de manera muy acelerada, pero no a consecuencia del temor, sino del
entusiasmo. Incluso se había reído de los enemigos que se arrojaban sobre él.
Había roto el espinazo de un hombre de un solo golpe de su espadón, y recibido
también buen número de acometidas sin caer de su montura, ma¬nejando al noble
bruto como hubiese hecho veinte años antes, si no mejor. No; no se había vuelto
blandengue. No hasta ese punto.
Asimismo le
constaba que no era él la única persona que sentía una corroedora
intranquilidad. Aunque una gran multitud los vito¬reara, se componía casi
exclusivamente de jóvenes camorristas y ebrios de la ciudad. Buen número de las
ventanas que daban a la ca¬lle principal de Erchester estaban cerradas. Otras
habían sido sólo entreabiertas, y desde ellas fisgaban aquellos ciudadanos no
intere¬sados en bajar a vitorear al rey.
Guthwulf volvió la
cabeza para mirar a Elías, y casi sintió un es¬calofrío al descubrir que el rey
lo miraba a él con sus ojos verdes y extasiados. Casi contra su voluntad,
Guthwulf hizo una inclinación de cabeza. El monarca devolvió el gesto con
tiesura, y seguidamente contempló con expresión agria al aclamador pueblo de
Erchester. Elías, que se hallaba indispuesto aunque su enfermedad no tenía
im¬portancia, no había abandonado su carro cubierto para montar en su negro
corcel hasta poco antes de alcanzar las puertas de la ciudad. Sin embargo
disimulaba bien cualquier molestia que sintiera. Estaba más delgado que varios
años antes, y la firme línea de su mandí¬bula se veía perfectamente. Con
excepción de su palidez —no tan evidente a la rojiza luz del anochecer como
otras veces— y la distraída mirada de sus Ojos, Elías parecía esbelto y
vigoroso, como correspon¬día a un rey guerrero que regresaba triunfal de un
difícil asedio.
Guthwulf echó un
preocupado vistazo a la gris espada doble¬mente guarnecida que saltaba en su
vaina contra la cadera del rey. ¡Maldita arma! Ojalá Elías la arrojase al fondo
de un pozo. Guthwulf tenía la certeza de que había algo malo en ella. Incluso
entre la muchedumbre hubo quien, obviamente, notó el desasosiego que la espada
engendraba, mas sólo él había estado suficientes veces en presencia de Dolor
para reconocer el verdadero origen del peligro.
Pero la espada no
era lo único que preocupaba al pueblo de Erchester. Del mismo modo que el
orgulloso rey de la tarde había sido sólo un enfermo en su carro a media
mañana, la destrucción de Naglimund había constituido algo menos que una
gloriosa victoria sobre un hermano usurpador. A Guthwulf le constaba que,
incluso lejos del escenario de los sucesos, los ciudadanos de Erchester y de
Hayholt habían tenido noticias de la absurda y terrible suerte del castillo de
Josua y de sus gentes. Y, a aquellos que no lo supieran, la expresión algo
enfermiza y la encorvada postura de los hombres delataba que no todo había ido
bien en la aparente y bri¬llante victoria.
Lo que él y los
soldados experimentaban era algo más que ver¬güenza y que un simple desánimo,
se dijo Guthwulf. Lo que todos tenían era miedo, y no podían esconderlo.
¿Estaba loco el rey? ¿Ha¬bía acarreado el mal sobre todos ellos? Cierto
filósofo había dicho en una ocasión, como el conde sabía, que Dios no temía una
lucha o un poco de sangre..., y que en esa tinta estaban escritas sus
inten¬ciones. Pero ¡por Jesuris! Esto era diferente.
Echó una nueva
mirada al rey, y el estómago se le revolvió. Elías escuchaba atentamente a su
consejero Pryrates, vestido de rojo. La calva cabeza del sacerdote se meneaba
como un huevo junto a la oreja del soberano.
Guthwulf había
considerado la posibilidad de matar a Pryrates y decidido, al fin, que eso no
haría más que empeorar las cosas, como quien da muerte al amo de los perros
cuando los animales es¬tán a punto de saltarle al cuello. Quizá fuese Pryrates
el único capaz de controlar al rey... Salvo que, como el conde de Utanyeat
sospe¬chaba a veces, fuera el propio y entremetido sacerdote quien condu¬jera a
Elías a la perdición. ¿Quién podía saberlo, diantre? ¿Quién?
Posiblemente en
respuesta a algo dicho por Pryrates, el rey des¬nudó sus dientes en una sonrisa
al echar un vistazo a aquella multitud —no demasiado densa— que aún lo
aplaudía. No fue la suya, como Guthwulf pudo comprobar, la expresión de un
hombre feliz.
—Estoy muy enojado.
Su ingratitud agota mi paciencia.
El rey se había
dirigido a su sitial, el gran Trono de Huesos de Dragón de su padre, Juan.
—Vuestro monarca
regresa de la guerra, trayéndoos la noticia de una importante victoria, y todo
cuanto sale a darle la bienvenida es una despreciable chusma.
Elías arrugó los
labios sin dejar de mirar al padre Helfcene, sa¬cerdote de delicada complexión
que era, a su vez, canciller del pode¬roso Hayholt.
Helfcene estaba
arrodillado a los pies del rey, con la coronilla de su pelada cabeza frente al
trono, cual escudo lamentablemente pobre.
—¿Por qué no salió
nadie a darme la bienvenida?
—¡Pero si ya
fuimos, señor..., ya fuimos...! —tartamudeó el canci¬ller—. ¿Acaso no os esperé
yo en la Puerta de Nearulagh con toda vuestra casa real que quedó en Hayholt?
¡Estamos emocionados de tener a Vuestra Majestad aquí de nuevo, con buena
salud, impresio¬nados por vuestro triunfo en tierras del norte!
—Pues mis rastreros
súbditos de Erchester no parecían muy emocionados ni preocupados por mi suerte.
Elías alargó la
mano para pedir la copa, y el siempre vigilante Pryrates se la entregó con
cuidado, para no derramar ni una sola gota del oscuro líquido. El rey bebió un
largo sorbo e hizo una mueca por lo amarga que era la pócima.
—¡Guthwulf!
¿Opináis vos que los vasallos del rey le rindieron el debido homenaje?
El conde respiró
profundamente, antes de decir despacio:
—Quizás
estuviesen... Quizás habían oído rumores...
—¿Rumores? ¿De qué?
¿Acaso no derribamos el castillo de mi traidor hermano en Naglimund?
—¡Desde luego, mi
señor! —se apresuró a contestar Guthwulf, que tenía la sensación de haberse
aventurado por una rama excesi¬vamente delgada. Los verdes ojos de Elías lo
miraban con la insana curiosidad de un búho—. Desde luego —repitió el conde—.
Pero nuestros... aliados... estaban expuestos a los rumores...
El rey se volvió
hacia Pryrates. Sus pálidas cejas estaban frunci¬das como si una sincera
sorpresa se hubiese apoderado de él.
—Contamos ahora con
amistades poderosas... ¿No es así, Pryrates?
El sacerdote
asintió con obsecuencia.
—Unas amistades muy
poderosas, majestad.
—Y sin embargo, han
hecho lo que nosotros queríamos. ¿O no? ¿No lo han hecho?
—En la exacta
medida de vuestros deseos, rey Elías. Todos hicie¬ron vuestra voluntad —agregó
Pryrates con una torva mirada a Guthwulf.
—¡Bien, pues!
—exclamó Elías, satisfecho, fijándose de nuevo en el padre Helfcene—. Vuestro
rey se fue a la guerra y destruyó a sus enemigos, y regresa tras haber
conseguido la lealtad de un reino más antiguo todavía que el remoto imperio de
Nabban. ¿Por qué, pues, mis súbditos se esconden como perros azorados?
—Son campesinos
ignorantes, señor —dijo Helfcene, a la vez que una gota de sudor le resbalaba
por la nariz.
—Sospecho que
alguien estuvo aguijoneando al pueblo durante mi ausencia —indicó Elías con
temible deliberación—. Me gustaría saber quién sembró ciertas historias. ¿Me
oyes, Helfcene? Debo ave¬riguar quién cree saber mejor que su Supremo Rey lo
que conviene a Osten Ard. Id ahora, y procurad tener algo que explicarme cuando
vuelva a veros. Algunos de estos malditos nobles palaciegos necesitan ver la
sombra de la horca —añadió furioso, llevándose una mano a la cara—. Eso puede
recordarles quién gobierna en este país.
La gota de sudor se
desprendió finalmente de la nariz de Helfcene para estrellarse contra el suelo.
El canciller hizo un brusco mo¬vimiento afirmativo, y varias gotas más,
sorprendentes en una tarde tan fresca, le brotaron del rostro.
—Desde luego,
señor... ¡Estamos tan contentos, tan contentos de teneros otra vez aquí...!
Helfcene se alzó a
medias, hizo una nueva reverencia y, después, salió apresuradamente del salón
del trono.
El ruido de la gran
puerta al cerrarse produjo un eco entre las vi¬gas y los apretados estandartes.
Elías se reclinó en el amplio sitial de huesos amarillentos, frotándose los
ojos con el dorso de sus forzu¬das manos.
—Venid aquí,
Guthwulf —dijo entonces con voz sorda.
El conde de
Utanyeat dio unos pasos adelante, presa de un ex¬traño pero insistente impulso
de huir de allí. Pryrates posó una mano en el codo de Elías. Su rostro era liso
y tan carente de emo¬ción como el mármol.
Cuando Guthwulf
alcanzó el Trono de Huesos de Dragón, Elías dejó caer las manos sobre su
regazo. Las azuladas ojeras causa¬ban la impresión de que los ojos del rey se
habían introducido más en la cabeza. Por un momento, al conde le pareció que
Elías lo ob-servaba desde algún agujero oscuro, desde una trampa en la que él
había caído.
—Tenéis que
protegerme de la traición, Guthwulf—habló el so¬berano, y en sus palabras hubo
un asomo de desesperación—. Ahora soy vulnerable, pero se aproximan grandes
cosas. Este país vivirá una Edad de Oro como la soñaron los filósofos y los
sacerdotes... Pero yo debo sobrevivir. ¡Necesito sobrevivir, o todo se hundirá!
Todo quedará convertido en cenizas...
Elías se inclinó
hacia adelante y agarró la callosa mano de Guth¬wulf con unos dedos fríos como
colas de pez.
—¡Tenéis que
ayudarme, Guthwulf! —insistió, y en su forzada voz hubo un cierto brío.
Por espacio de unos
instantes, el conde creyó oír al compañero de tantas batallas y también muchas
tabernas, lo que aún hizo más dolorosas las palabras del rey.
—Fengbald, Godwig y
los demás son unos memos —prosiguió Elías—. Helfcene no es más que un conejo
asustado. Vos sois la única persona en el mundo de la que me puedo fiar. Aparte
de Pryrates, sin duda... Vosotros sois los únicos cuya lealtad hacia mí es total.
El rey se hundió en
su trono y volvió a cubrirse los ojos, apre¬tando los dientes como si algo le
doliese. Con un débil gesto de la mano indicó a Guthwulf que podía retirarse.
El conde echó una mi¬rada a Pryrates, pero el sacerdote vestido de rojo se limitó
a llenar de nuevo la copa de Elías.
Una vez en el
pasillo iluminado con lámparas, Guthwulf sintió en su interior un terrible
peso. El peso del miedo. Poco a poco se puso a considerar lo impensable.
Miriamele retiró su
mano de la del conde Stréawe. Dio un sú¬bito paso atrás y cayó sentada en un
sillón que el hombre disfrazado de esqueleto había preparado para ella. Y allí
quedó la joven, atra¬pada.
—¿Cómo supisteis
que era yo? —preguntó al fin—. ¿Y que yo venía?
El conde rió entre
dientes, al mismo tiempo que extendía uno de sus delgados dedos para señalar la
careta de zorra que se había quitado.
—Los fuertes
confían en la fuerza— dijo—. Los no tan fuertes tienen que ser listos y
rápidos.
—No habéis
contestado a mi pregunta.
Stréawe alzó una
ceja.
—¿Ah, no? —Y, de
cara a su ayudante de cara de calavera, agregó—: Puedes irte, Lenti. Aguarda
fuera con tus hombres.
—Llueve —replicó
Lenti en tono de lamento, y sus ojos miraban a través de las negras cuencas.
—¡Entonces esperad
arriba, en lo alto de la escalera, imbécil! —lo riñó el conde, malhumorado—. Si
te necesito, tocaré la campanilla.
Lento se inclinó,
miró de reojo a Miriamele y salió.
—Ese —suspiró
Stréawe— se comporta a veces como un chiquillo. Pero hace lo que se le manda. Y
eso es más de lo que puedo decir de muchos de mis servidores.
El conde empujó la
garrafa de vino hacia Cadrach, que la olis¬queó con aire de sospecha,
visiblemente atormentado.
—¡Bebed tranquilo!
—gruñó el conde—. ¿Creéis que iba a cargar con todo este trabajo y arrastraros
a través de Ansis Pelippe para en¬venenaros en una de mis propias residencias?
De haberos querido muerto, ya habríais caído de narices contra el suelo en el
puerto, an¬tes de alcanzar el extremo de la pasarela.
—Eso no me calma en
absoluto —intervino Miriamele, que vol¬vía a ser ella misma y sentía aumentar
su indignación—. Si vuestras intenciones son tan honorables, conde, ¿por qué
nos condujeron hasta aquí amenazados con cuchillos?
—¿Os dijo Lenti que
llevaba cuchillo? —inquirió Stréawe.
—¡Naturalmente!
—respondió Miriamele de manera acre—. ¿Su¬ponéis que no era así?
El anciano lanzó
una exclamación.
—¡Elysia bendita!
Claro que los lleva. Y a docenas, de todas las formas y todos los tamaños,
algunos de doble filo, otros ahorquilla¬dos... Lenti posee más cuchillos que
dientes tenéis vos en la boca... Lo que sucede —agregó Stréawe con una nueva
risita— es que ya no sé cómo decirle que no alardee de ello. En toda la ciudad
lo llaman Lenti Avi Stetto
Stréawe dejó de
reír por unos momentos y jadeó ligeramente.
Miriamele miró a
Cadrach en espera de una explicación, pero el monje seguía absorto en su copa
de vino, que por lo visto conside¬raba de confianza.
—¿Qué significa eso
de Avi Stetto? —quiso saber Miriamele.
—En la lengua
perdruinesa «yo tengo un cuchillo» —contestó Stréawe afectuosamente—. En cuanto
a Lenti, sabe cómo utilizar sus juguetes, aunque...
—¿Cómo os
enterasteis de nuestra llegada, señor? —inquirió Cadrach, a la vez que se
limpiaba los labios con el dorso de la mano.
—¿Y qué os
proponéis hacer con nosotros? —preguntó Miria¬mele.
—Respecto del
primer punto —dijo Stréawe—, ya os indiqué que los débiles han de tener sus
recursos... Mi Perdruin no es un país que pueda hacer temblar a otros. En
consecuencia, necesitamos muy buenos espías. Cada puerto de Osten Ard es un
mercado su¬mamente útil para enterarse de cosas, y los mejores agentes son
míos. Supe que habíais abandonado Naglimund antes de que llega¬seis al río
Vadoverde. Desde entonces, mis hombres tomaron nota de todos vuestros
movimientos.
Eligió una fruta
rojiza del cuenco que había sobre la mesa y se puso a pelarla con dedos
temblorosos.
—Referente al
segundo punto... ¡Es una buena pregunta, Miriamele!
El conde tenía
dificultad para mondar la fruta, de corteza dura. De pronto, la joven sintió
una repentina e inesperada simpatía ha¬cia él y, con delicadeza, se hizo cargo
de la tarea.
—Permitid que lo
haga yo —dijo.
Stréawe no pudo
disimular su sorpresa.
—¡Gracias, querida!
Sois muy amable. Pasemos, pues, a la segun¬da pregunta. Debo admitir que, al
tener la primera noticia de vuestra situación temporal... pensé que más de uno
estaría dispuesto a pagar por una indicación de vuestro paradero. Luego, cuando
resultó evi¬dente que cambiaríais de barco en Ansis Pelippe, comprendí que
quien diese valor a saber dónde estabais, pagaría todavía más por una verdadera
princesa. Vuestro padre o el tío, por ejemplo...
furiosa, Miriamele
dejó caer la fruta en el cuenco, a medio pelar.
—¿Me entregaríais a
mis enemigos?
—¡Calma, calma,
querida! —trató de amansarla el conde—. ¿Quién ha dicho nada de eso? ¿Y a quién
consideráis un enemigo, en cualquier caso? ¿A vuestro padre, el rey? ¿O a
vuestro tío Josua, que tanto os aprecia? No se trata de entregaros a los
mercaderes de esclavos de Nascadu, a cambio de unas cuantas monedas. Además
—añadió deprisa—, esa alternativa queda descartada.
—¿Qué queréis
decir?
—Que no voy a
venderos a nadie —declaró Stréawe—. Por favor, no os preocupéis más por eso.
Miriamele volvió a
coger la fruta. Ahora era su mano la que tem¬blaba.
—¿Qué nos ocurrirá,
pues?
—Es posible que el
conde se vea forzado a encerrarnos en sus profundas y oscuras bodegas, para
nuestra propia protección —dijo Cadrach, a la vez que miraba con cariño la
garrafa casi vacía. Parecía hecho una cuba—. ¡Ay! ¿No sería ésa una suerte
terrible?
El conde tomó la
resbaladiza fruta de mano de la princesa y la mordió con cuidado.
—Decidme una
cosa... ¿Ibais a Nabban?
Miriamele vaciló,
en lucha con sus pensamientos, pero al fin respondió:
—Sí. Me dirigía
allí.
—¿Por qué?
—¿Por qué habría de
contároslo? No nos habéis hecho daño, pero tampoco habéis demostrado ser un
amigo, por ahora.
Stréawe la miró
fijamente. Por la parte inferior de su rostro se extendió despacio una sonrisa.
En cambio, los ojos ribeteados de rojo conservaron su dureza.
—Me gusta una joven
que sabe lo que quiera —dijo—. Osten Ard está repleto de conceptos e ideas
imprecisas... No es un pecado, desde luego, pero sí un modo de pensar que hace
lamentarse con desespero a los ángeles. Vos, en cambio, ya de niña teníais el
aspecto de alguien dispuesto a hacer algo en esta vida, Miriamele...
Apartó de Cadrach
la garrafa de vino y llenó de nuevo su propia copa. El monje siguió el
recipiente con la mirada, de manera casi cómica, como un perro al que le
hubiesen robado el hueso.
—Dije que nadie os
vendería —declaró el conde por último—, si bien eso no es del todo cierto...
¡No me miréis de esa forma, señora! Esperad a oír lo que voy a decir. Tengo
un... amigo, como segura¬mente diríais vos, aunque nada nos une de modo
especial. Es un hombre religioso, pero que también se mueve en otros círculos.
El mejor tipo de amigo que podría encontrar, dado que sus conoci¬mientos son
amplios, y grande su influencia. El único problema consiste en que es hombre de
una rectitud moral casi irritante. En cualquier caso, nos ayudó a Perdruin y a
mí en numerosas ocasiones y, dicho con claridad, le debo unos cuantos favores.
Ahora bien... No soy yo el único enterado de vuestra partida de Naglimund. Ese
hombre tuvo conocimiento de ello por medio de sus fuentes de in¬formación
particulares...
—¿También él?
—preguntó Miriamele, que se volvió enojada ha¬cia Cadrach—. ¿Acaso enviasteis
un pregonero para que divulgara la noticia al son de trompetas?
—Ni una palabra
salió de mis labios, milady —se apresuró a afir¬mar el monje.
Y Miriamele
sospechó que no estaba tan borracho como apa¬rentaba.
—Por favor,
princesa... —prosiguió Stréawe, alzando una temblo¬rosa mano—. Como decía, ese
amigo es una persona influyente. Ni siquiera quienes lo rodean se imaginan el
alcance de su influencia. Su red de información, aunque menor que la mía, es de
una profun¬didad y una extensión que a veces me llena de asombro. Pero lo que
yo quería decir, es esto: cuando mi amigo me envió el aviso... (am¬bos tenemos
una pequeña bandada de aves adiestradas que trans¬portan nuestra
correspondencia), en él ya me hablaba de vos. Yo ya conocía la noticia. Lo que
él no sabía era qué proyectos tenía yo con respecto a vos... Los planes de que
hablé antes.
—Los de venderme.
Stréawe carraspeó
en tono de disculpa, y por unos momentos tuvo tos de verdad. Luego, cuando hubo
recobrado el aliento, con¬tinuó:
—Y, como ya
indiqué, debo unos cuantos favores a esa persona. Por consiguiente, cuando me
pidió que impidiera vuestra llegada a Nabban, no me quedó otra solución...
—¿Os pidió qué?
Miriamele no podía
dar crédito a sus oídos. ¿Nunca tendría ma¬nera de escapar de los manejos y las
interferencias de otros?
—No quiere que vos
vayáis a Nabban. No es el momento ade¬cuado.
—¿Ah, no? ¿Quién es
esa persona, y qué derecho tiene sobre mí?
—Es un buen
hombre... Uno de los pocos que merecen ese adje¬tivo. Yo, la verdad, no tengo
en demasiada estima a ese tipo de per¬sona, pero lo que intenta, según él, es
salvar vuestra vida. O, por lo menos, vuestra libertad.
La princesa notó
que los cabellos se le pegaban a la frente. La pieza estaba caliente y húmeda,
y el desconcertante anciano sentado al otro lado de la mesa volvía a sonreír,
feliz como un chiquillo que hubiese aprendido un truco nuevo.
—¿Vais a retenerme
aquí? —inquirió Miriamele despacio—. ¿Me encarceláis para proteger mi libertad?
El conde Stréawe
alargó una mano y tiró de un oscuro cordón, casi invisible, que pendía junto a
un arrugado cortinaje. En alguna parte del edificio sonó débilmente una
campanilla.
—lamento que así
sea, querida —admitió—. Debo reteneros aquí hasta que mi amigo disponga lo
contrario. Una deuda es una deuda, y los favores han de ser devueltos. Y
realmente es en vuestro bien, princesa, aunque ahora no lo creáis.
Fuera sonaron los
quedos pasos de unas botas.
Miriamele estaba
furiosa.
—¡Soy yo quien debe
juzgar la situación! —protestó—. ¿Cómo po¬déis permitiros semejante cosa?
¿Ignoráis que se fragua una guerra? ¿Y que yo tengo importantes noticias para
el duque Leobardis?
Precisaba alcanzar
al duque para convencerlo de que se uniera a Josua. De otro modo, su padre
destruiría Naglimund del todo, y su locura no tendría fin.
El conde emitió una
especie de cacareo.
—¡Ay, pero... hija
mía, los caballos son mucho más lentos que las aves...! Incluso que las que
cargan con el peso de importantes noticias. Leobardis y su ejército partieron
hacia el norte hará cosa de un mes. De no haber pasado vos de manera tan rápida
y secreta por las ciudades de Hernystir, y si hubieseis hablado con alguien,
estaríais enterada.
Cuando Miriamele se
hundió en su sillón, trastornada, el conde golpeó la mesa con los nudillos. Se
abrió la puerta, y Lenti y sus dos escuderos, todavía disfrazados, entraron en
la habitación. Lenti se había quitado la careta de calavera, y sus hoscos ojos
miraban desde un rostro que, si bien más rosado, no resultaba mucho más vivo
que la máscara.
—Instálalos de
manera cómoda —ordenó Stréawe—. Luego cierra la puerta tras de ti y vuelve para
ayudarme a acostar.
En el momento en
que el cabeceante Cadrach fue arrancado de su asiento, Miriamele se volvió
hacia el conde.
—¿Cómo pudisteis
hacer algo semejante? —le gritó—. ¡Yo siempre os había recordado con agrado...!
¡A vos y vuestro traidor jardín!
—¡Ah, el jardín!
—exclamó Stréawe—. Os gustaría volver a verlo, ¿no? No os disgustéis, princesa.
Hablaremos más. Tengo mucho que contaros. Me encanta veros de nuevo. ¡Pensar
que la pálida y tí¬mida Hylissa tuvo una hija tan vehemente!
Cuando Lenti y sus
hombres los hicieron salir a la lluvia a em¬pujones, Miriamele echó una última
mirada a Stréawe. El conde contemplaba la puerta de la fortaleza, a la vez que
movía de arriba abajo, lentamente, su nívea cabeza.
La condujeron a una
gran casa llena de polvorientas colgaduras y viejas sillas chirriantes. El
castillo de Stréawe, situado en lo alto de un risco de Sta Mirore, sólo estaba
habitado por un puñado de sir¬vientes y un par de mensajeros de aspecto
nervioso que entraban y salían cual comadrejas por un agujero de la cerca.
Miriamele disponía
de su propia habitación, que en su día, largo tiempo atrás, habría sido bonita.
Ahora, los descoloridos tapi¬ces sólo mostraban opacas sombras de personas y
lugares, y la paja de su colchón era tan vieja, quebradiza y seca que parecía susurrar
durante toda la noche.
Cada mañana se
vestía con ayuda de una mujer de cara triste, que apenas sonreía y hablaba
todavía menos. Cadrach era mante¬nido en cualquier otra parte, de manera que la
joven no tenía con quien conversar a lo largo de los interminables días, ni
apenas nada que hacer, como no fuese leer en el antiguo Libro de Aedón, cuyas
ilustraciones habían palidecido hasta el extremo de que los corve¬teantes
animales no eran ya más que siluetas, como si estuvieran tallados en cristal.
Desde el momento en
que la llevaron a casa de Stréawe, Miriamele no había hecho más que pensar en
el modo de escapar, pero, a pesar de toda su sofocante atmósfera de lugar en
desuso, el deca¬dente palacio del conde constituía un encierro más seguro que las
más profundas y húmedas mazmorras de Hayholt. La puerta de en¬trada al ala del
edificio donde ella había sido alojada, estaba siempre firmemente cerrada. Y
los cuartos que daban al pasillo, igual. La mujer que la vestía, así como los
demás criados, eran acompañados al entrar y al salir por un huesudo guardia de
aspecto muy serio. De todas las posibilidades potenciales de escapar, sólo
cabía tener en cuenta la puerta del otro extremo del largo corredor, siempre
abierta. Detrás de ella se extendía el amurallado jardín de Stréawe, y allí era
donde Miriamele pasaba la mayor parte del día.
El jardín era menor
de lo que ella recordaba, pero eso no la sor¬prendió. Contaba aún muy pocos
años cuando lo había visto por última vez. También el jardín parecía haber
envejecido, como si las relucientes flores y la verde vegetación creciesen
ahora un poco can¬sadas.
El jardín estaba
rodeado de arriates de rosas amarillas y rojas, pero gradualmente iban siendo
reemplazados por exuberantes y re¬torcidas enredaderas, cuyas hermosas flores
en forma de campanilla tenían el color de la sangre y un aroma casi empalagoso
que se mez¬claba con un sinnúmero de otros olores dulzones y tristes. La planta
llamada aguileña trepaba por los muros y los marcos de las puertas, y sus
capullos semejantes a espuelas parecían estrellas de tenue res¬plandor a la
hora del crepúsculo. Aquí y allá, trazos de colores aún más intensos asomaban
entre las ramas de los árboles y los florecien¬tes arbustos: las colas de
pequeños pájaros de estridente voz y ojos que parecían de ónice, procedentes de
las islas del sur.
El jardín sólo
estaba abierto al cielo por arriba. La primera ma¬ñana, Miriamele había
intentado escalar la pared, pero había desis¬tido de su empeño al comprobar que
la piedra era demasiado lisa para agarrarse con las manos, y las enredaderas
excesivamente débi-les para sostenerla. Como si quisieran recordarle la
cercanía de la li¬bertad, unos diminutos pajarillos de las colinas descendían
frecuen¬temente en espiral por esa ventana al cielo, saltando de una rama a
otra hasta que algo los asustaba y desaparecían de nuevo en el aire. En
ocasiones, una gaviota llegaba desde el mar para pasear y pavonearse ante los
coloridos moradores del jardín, sin perder de vista cualquier resto que pudiese
haber de las comidas de Miriamele. Y, aunque el cielo sin cercas estuviese
cubierto de arremolinadas nu¬bes, las aves de las islas, de brillante plumaje,
permanecían donde estaban, protestando resentidas entre las verdes sombras.
Algunas tardes,
Stréawe se reunía con ella en el jardín, transpor¬tado por el ceñudo Lenti y
acomodado en un sillón de respaldo muy alto, cubiertas las inútiles piernas por
una manta especial¬mente confeccionada. Desgraciada por su cautiverio,
Miriamele le hacía poco caso cuando él intentaba distraerla con historias
diverti¬das, chismes de los marinos o rumores llegados del puerto. No
obs¬tante, la princesa se sentía incapaz de odiar de veras al anciano.
Cuando la joven
comprendió que nunca conseguiría huir y pa¬saron los días, lo peor de su
amargura cedió y Miriamele empezó a experimentar un inesperado alivio en sus
horas de jardín, mientras la tarde daba paso al anochecer. Al término de cada
día, cuando el cielo que veía arriba perdía lentamente su intenso azul para
adquirir un color plomizo y luego una negrura absoluta, y las velas se
consu¬mían en sus candelabros de pared, Miriamele zurcía las ropas estro¬peadas
en su viaje hacia el sur. Y, mientras las aves nocturnas lanza¬ban sus primeras
notas vacilantes, bebía té de calamento y fingía no escuchar los relatos del
viejo conde. Al esconderse el sol, se cubría con su capote. El mes de junen
había sido extraordinariamente frío, e incluso en el protegido jardín eran
frescas las noches.
Llevaba Miriamele
casi una semana prisionera en el castillo de Stréawe, cuando el conde acudió a
verla, entristecido, y le comu¬nicó la muerte de su tío, el duque Leobardis, en
un combate ante los muros de Naglimund. El hijo mayor del duque, Benigaris —un
primo por el que ella nunca había sentido gran afecto—, había regre¬sado para
gobernar Nabban desde el trono de Sancellan Mahistrevis, anterior palacio
imperial. Sin duda, supuso Miriamele, con la ayuda de su madre, Nessalanta,
otra parienta que nunca había figu¬rado entre sus familiares favoritos. La
noticia la consternó. Leobardis era un hombre bondadoso, y su muerte
significaba que Nabban había abandonado el campo, dejando sin aliados a Josua.
Tres días después,
al atardecer del primer día del mes de tiyagar, Stréawe le sirvió un cuenco de
té con sus propias y temblorosas ma¬nos y le notificó que Naglimund había
caído. Y que, según los ru¬mores, eran muchos los muertos y pocos los
supervivientes.
El conde sostuvo
torpemente entre sus débiles brazos a Miria¬mele, al romper ésta en sollozos.
La luz se
debilitaba. Los trozos de cielo que asomaban a través del oscuro tapiz de hojas
tenían el malsano color azul de la carne quemada.
Deornoth tropezó
con una raíz oculta, y Sangfugol e Isorn caye¬ron al suelo junto a él; Isorn
por haber perdido el apoyo del arpista al que se agarraba, al desplomarse éste.
Sangfugol rodó por tierra hasta detenerse entre gemidos. El vendaje que le
ceñía la pantorrilla, formado por tiras de fina tela de la enagua de una de las
damas, se enrojecía con sangre fresca.
—¡Pobre hombre!
—exclamó Vorzheva, cojeando hacia el herido.
Se agachó, extendió
la falda de su desgarrado vestido y tomó la mano de Sangfugol. Los ojos del
arpista miraban agónicos las ramas de los árboles que se cruzaban encima de él.
—Hemos de
detenernos, mi señor—dijo Deornoth—. Se hace de¬masiado oscuro para ver.
Josua se volvió
despacio. Tenía desordenados los ralos cabellos y una expresión de
aturdimiento.
—Debiéramos avanzar
hasta que sea totalmente de noche, Deor¬noth. Cada momento de relativa luz es
precioso.
Deornoth tragó
saliva. Le dolía mucho contradecir a su sobe¬rano.
—Es preciso
encontrar un lugar seguro para el descanso, mi prín¬cipe, y una vez anochecido
será difícil. Y nuestros heridos correrán aún mayor riesgo, si seguimos
adelante.
Josua miró a
Sangfugol con expresión distante. A Deornoth no le agradaba el cambio que veía
en su señor. Josua siempre había sido un hombre reposado y, aunque muchos lo
consideraban raro, reconocían en él al jefe decidido, incluso en las terribles
semanas precedentes a la caída de Naglimund. Ahora, en cambio, parecía incapaz
de hacer nada, tanto si se trataba de cosas nimias como im¬portantes.
—Como queráis —dijo
al fin—. Si vos creéis que es lo mejor, Deor¬noth...
—Perdón, pero...
¿no podríamos andar un poco más, desfiladero arriba? —preguntó el padre
Strangyeard—. Sólo son unos pasos, y pa¬rece más seguro que acampar en el fondo
de un barranco, ¿no?
Miró expectante a
Josua pero, al ver que el príncipe se limitaba a gruñir, el archivero se volvió
hacia Deornoth.
—¿No opináis vos
igual?
Deornoth recorrió
con la vista el derrengado grupo, los blancos y asustados ojos en las sucias
caras...
—Es una buena idea,
padre —asintió—. Eso haremos.
Encendieron un
pequeño fuego en un hoyo abierto a toda prisa y rodeado de piedras, más para
tener luz que para otra cosa. El calor les hubiera sentado a todos muy bien, ya
que, de noche, el aire del bosque se hacia terriblemente frío, pero no podían
exponerse tanto. Además, no tenían nada que comer. La acelerada huida no les
había dado tiempo para cazar.
Entre el padre
Strangyeard y la duquesa Gutrun limpiaron la herida de Sangfugol y renovaron el
vendaje. La flecha de plumas blancas y negras que la tarde anterior había
derribado al arpista, parecía haber tocado el hueso y, pese a todo el cuidado
puesto en la extracción, no había salido toda la punta. Cuando Sangfugol podía
hablar, se quejaba de que casi no se sentía la pierna, pero en ese momento el
arpista estaba sumido en un ligero e inquieto sueño. Vorzheva permanecía cerca,
con aspecto preocupado. Había esqui¬vado sutilmente a Josua, a quien no parecía
importarle mucho su actitud.
Deornoth maldijo en
silencio su delgada capa. «Si llego a saber que íbamos a recorrer a pie los
bosques —se dijo—, me habría llevado el redingote con capucha forrada de piel.»
Se rió con amargura de sus propios pensamientos y, de pronto, soltó una breve carcajada,
una especie de ladrido que llamó la atención de Einskaldir, agaza¬pado cerca de
él.
—¿Qué hay de
divertido? —gruñó el rimmerio, muy ceñudo mientras afilaba su hacha, de arriba
abajo, con una pequeña piedra de aguzar.
La mantenía en
alto, probando la hoja con su calloso pulgar, y luego volvía a su quehacer.
—Nada, en realidad.
Simplemente pensaba en lo tontos que he¬mos sido, y en lo mal preparados que
estamos.
—Pero es inútil
lamentarse—rezongó Einskaldir, cuyos ojos no se apartaban del hacha cuando la
alzaba para mirarla a la roja luz del fuego—. ¡Lucha y vive, lucha y muere, que
Dios vela sobre todos...!
—No es eso.
Deornoth se detuvo
a reflexionar unos segundos. Lo que había empezado como un ocioso pensamiento,
era ahora algo distinto. De pronto temió perder el dominio de sí mismo.
—Fuimos empujados y
arrastrados, echados de aquí para allá. Nos dieron caza durante tres días
seguidos, desde que escapamos de Naglimund, sin dejarnos ni un momento libres
de angustia...
—¿Y qué hemos de
temer? —murmuró Einskaldir, tirándose de la oscura barba—. Si nos atrapan, nos
matarán. Pero hay cosas peores que morir.
—¡Pues eso es,
justamente! —exclamó Deornoth, con el corazón latiéndole fuertemente—. ¡Eso!
Miró a su alrededor
al darse cuenta de que había levantado de¬masiado la voz. Einskaldir había
dejado de afilar su hacha para exa¬minarlo con curiosidad.
—Eso es lo que me
pregunto —prosiguió Deornoth, ya más cal¬mado—. ¿Por qué no nos han matado?
Einskaldir gruñó al
cabo de unos instantes:
—¡Ya lo intentaron!
—No —replicó
Deornoth, y súbitamente estuvo seguro—. Los ex¬cavadores..., bukken, como
vuestra gente los llama..., bien que lo in¬tentaron. Las nornas, en cambio, no.
—¡Estás loco,
erkyno! —contestó Einskaldir, malhumorado.
Deornoth se tragó
una respuesta mordaz y, poco a poco, rodeó el fuego para acercarse a Josua.
—Mi príncipe...
Necesito hablar con vos.
Josua no reaccionó.
De nuevo se hallaba en uno de sus ensimis¬mamientos. Sentado, no apartaba la
vista de Towser. El viejo bufón dormía con la espalda apoyada en un árbol, con
la calva cabeza osci¬lando sobre su pecho. Deornoth no vio nada particularmente
inte-resante en el sueño del viejo, de manera que se colocó entra el prín¬cipe
y el objeto de su atención. El rostro de Josua resultaba casi invisible, pero
el resplandor de unas llamas hizo creer a Deornoth que había visto cómo Josua
levantaba las cejas con ligera sorpresa.
—¿Qué hay,
Deornoth?
—Mi príncipe,
vuestro pueblo os necesita. ¿Por qué actuáis de forma tan extraña?
—Mi pueblo consiste
en muy pocas personas, ¿no?
—Aun así,
constituyen vuestro pueblo, y os necesitan más que nunca, dado el peligro que
corremos.
Deornoth oyó
respirar a Josua, como si estuviera sorprendido o se preparase para hacer una
enojada observación. Pero, cuando el príncipe habló, lo hizo con voz tranquila.
—Pasamos por malos
tiempos, Deornoth. Cada cual se enfrenta a ellos a su modo. ¿Era esto lo que
queríais hablar conmigo?
—No, mi señor.
Deornoth se acercó
un poco más, hasta sentarse al alcance del príncipe, y añadió:
—¿Qué pretenden las
nornas, príncipe Josua?
El soberano emitió
una risa queda y triste.
—Creía que eso
resultaba suficientemente evidente. ¡Matarnos!
—¿Por qué no lo han
hecho, pues?
Hubo un momento de
silencio.
—¿Qué queréis
decir?
—Lo que acabo de
preguntar. ¿Por qué no nos han eliminado ya? No les faltaron ocasiones.
—Huimos de ellas...
Deornoth agarró el
brazo de Josua, impetuoso. El príncipe es¬taba muy delgado.
—¿De veras creéis,
señor, que las nornas, secuaces del Señor de la Tormenta, las que destruyeron
Naglimund, no podían atrapar a una docena de personas hambrientas y heridas?
Notó cómo se tensó
el brazo de Josua.
—¿Y eso
significa...?
—No lo sé —dijo
Deornoth soltando al príncipe, a la vez que co¬gía una pequeña rama del suelo y
empezaba a arrancar nerviosa¬mente la corteza con las uñas—. Pero no entiendo
cómo no nos aco¬rralaron, de querer hacerlo.
—¡Jesuris en el
Árbol! —suspiró Josua—. Siento vergüenza de que tuvieseis que cargar con la
responsabilidad que me correspondía sólo a mí, Deornoth. Tenéis razón. Carece
de sentido.
—Quizás haya algo
más importante que nuestras muertes —se¬ñaló Deornoth, pensativo—. Si desean
matarnos, ¿por qué no nos cercan? Si hasta un cadáver andante podría echársenos
encima antes de que nos diésemos cuenta, ¿por qué no las nornas?
Josua reflexionó
brevemente.
—Tal vez nos
teman...
Y después de otro
silencio, el príncipe dijo:
—Llamad a los
demás. El asunto es demasiado serio para mante¬nerlo entre nosotros dos.
Cuando todos se
hubieron reunido alrededor del pequeño fuego, Deornoth los recorrió con la
vista y meneó la cabeza. Josua, el mismo, Einskaldir e Isorn, Towser —todavía
atontado de sueño— y la duquesa Gutrun; con Strangyeard buscando un sitio, y
Vorzheva al cuidado de Sangfugol...; ésos eran todos. Sólo quedaban nueve.
¿Sería posible? Habían enterrado a Helmfest y a la joven sirvienta dos días
atrás. Gamwold, un viejo soldado de bigote gris, había muer¬to a consecuencia
de una caída durante el ataque en que había sido herido Sangfugol. El cuerpo de
Gamwold no había podido ser reti¬rado, y mucho menos sepultado. Aunque con
profundo disgusto, habían tenido que dejarlo en un borde rocoso del barranco,
entre¬gado a la acción del viento y la lluvia.
«Quedan nueve
—pensó Deornoth—. Josua tiene razón. Desde luego es un reino muy pequeño.»
El príncipe había
terminado su explicación. Strangyeard dijo entonces, indeciso:
—Odio expresarme de
esta forma—comenzó—, pero..., pero quizá sólo jueguen con nosotros como...,
como el gato con el ratón.
—¡Qué idea tan
horrible! —exclamó Gutrun—. Pero como ellas son paganas, todo es posible.
—Son peor que
paganas, duquesa—replicó Josua—. ¡Son inmorta¬les! Muchas de ellas viven desde
antes que Jesuris Aedón pisara las colinas de Nabban.
—Me consta que
pueden morir—objetó Einskaldir.
—Pero son terribles
—contestó Isorn, y un estremecimiento reco¬rrió su robusta persona—. Ahora se
que eran ellas las que llegaron del norte cuando nos mantenían cautivos en
Elvritshalla. Hasta sus sombras son frías... Como el viento de Huelheim, el
país de los muertos.
—¡Un momento! —dijo
Josua—. Me habéis recordado algo. Vos, Isorn, comentasteis que, cuando estabais
prisionero, algunos de vuestros compañeros sufrieron tortura.
—Sí. No lo olvidaré
jamás.
—¿Y quién hizo eso?
—Los rimmerios
negros, aquellos que viven a la sombra del Pico de las tormentas. Eran aliados
de Skali, el de Kaldskryke, aunque... como ya os dije, príncipe Josua, no creo
que los hombres de Skali consiguieran aquello por lo que habían pactado. Al fin
y al cabo, es¬taban casi tan asustados como nosotros los prisioneros.
—Sin embargo,
fueron los rimmerios negros los que os tortura¬ron. ¿Qué me decís de las
nornas?
Isorn reflexionó
unos instantes, pensativa su ancha cara.
—No... —respondió
despacio—. No creo que las nornas tengan nada que ver con esto. Simplemente
eran negras sombras de manto con capucha, que entraban y salían de
Elvritshalla. No parecían in¬teresarse por nada, si bien es cierto que no las
veíamos mucho, cosa de la que yo me alegraba.
—Así pues, no crees
que las nornas fueran partidarias de la tortura—dijo Josua.
—Al menos, tengo la
impresión de que no les preocupaba —gruñó Einskaldir—. Y Naglimund demostró que
no nos quieren.
—En cualquier caso,
yo no creo que nos persiguieran a través de todo el bosque de Aldheorte como
simple diversión —señaló el príncipe, ceñudo—. Me cuesta pensar que puedan
temernos, cuando sólo somos un grupo mísero y extraviado. ¿Que otra cosa pueden
querer de nosotros?
—Encerrarnos en
jaulas —graznó Towser, al mismo tiempo que se trotaba las doloridas piernas, ya
que la caminata del día había resul¬tado más dura para él que para los demás,
con excepción de Sangfugol—. Querrán que bailemos para ellas.
—¡Calla, viejo!
—refunfuñó Einskaldir.
—Dejadlo en paz
—intervino Isorn, con una intencionada mirada a Einskaldir, cosa difícil en una
ya casi completa oscuridad.
—Creo que Towser
tiene razón —dijo Strangyeard, con su habi¬tual tono reposado y humilde.
—¿Qué queréis
decir? —preguntó Josua.
El archivero
carraspeó.
—Parece razonable
—empezó—. No que nos quieran hacer bailar, pero sí que piensen encerrarnos en
jaulas —y esbozó una triste son¬risa—. Pueden querer capturarnos.
Deornoth estaba
excitado.
—¡Creo que
Strangyeard ha dado en el clavo! No nos mataron cuando podían hacerlo. Sin duda
les interesamos vivos.
—O, al menos,
algunos de nosotros—indicó Josua con cuidado—. Tal vez por eso utilizaron el
cadáver de aquel pobre lancero... Para introdu¬cirse entre nosotros sin peligro
y llevarse luego a uno o más de nosotros.
—¡No! —protestó
Deornoth, cuya excitación había desaparecido de repente—. ¿Por qué no nos
rodearon, en tal caso, cuando tenían la ocasión? Ya me lo pregunté antes, pero
no hallo respuesta.
—Si querían
capturar a... uno de nosotros —intervino Strangyeard de nuevo—, quizá temiesen
que muriera en la lucha.
—De ser así —dijo
la duquesa Gutrun—, resulta evidente que no es a mí a quien buscan. Poca
utilidad tengo yo, incluso para mí misma. A quien quieren apresar es al
príncipe Josua.
Erchester hizo la
señal del Árbol sobre su pecho.
—Desde luego
—asintió Isorn, rodeando los hombros de su ma¬dre con el forzudo brazo—. Elías
las envió detrás de nosotros con el fin de capturar a Josua. Os quiere vivo, mi
señor.
El príncipe pareció
incómodo.
—Es posible. Pero,
en tal caso, ¿por qué disparan flechas sobre nosotros?
Y señaló a
Sangfugol, cuya cabeza era sostenida por Vorzheva mientras le daba de beber.
—Parece ser que aún
hay más peligro de que nos maten acciden¬talmente, ahora que avanzamos —añadió.
Nadie supo qué
responder. Permanecieron todos sentados du¬rante un buen rato, bastante
incómodos, atentos a los ruidos de la húmeda noche.
Finalmente dijo
Deornoth:
—Escuchadme. Nos
estamos aturdiendo a nosotros mismos. ¿Cuándo fuimos atacados por las nornas?
—A primera hora de
la mañana, después de aquella noche en que el pobre lancero llegó a nuestro
fuego —recordó Isorn.
—¿Hubo algún herido
entre nosotros?
—No —contestó
Isorn, haciendo memoria—. Pero tuvimos suerte de escapar. Muchas de las flechas
no dieron en el blanco por milagro.
—¡Una se llevó mi
sombrero! —se quejó Towser—. ¡Mi mejor som¬brero...!
—¡Lástima que no
fuese tu mejor cabeza! —le soltó Einskaldir.
—Sin embargo, las
nornas son muy buenas arqueras —prosiguió Deornoth, haciendo caso omiso del
rimmerio y el viejo bufón—. ¿Y cuándo fue herido alguien más?
—Ayer —respondió
Isorn con un meneo de cabeza—. Deberíais saberlo. Gamwold resultó muerto, y
Sangfugol gravemente herido.
—Pero nadie disparó
contra Gamwold.
Todos se volvieron
hacia Josua. En la voz del príncipe había una súbita energía que hizo sentir un
escalofrío a Deornoth.
—Gamwold cayó
—declaró Josua—. Todas las bajas de nuestro grupo se produjeron en nuestras
luchas con los excavadores, menos la de Gamwold. Deornoth está en lo cierto.
Las nornas nos persi¬guieron durante tres días enteros, disparando con
frecuencia sobre nosotros. No obstante, sólo Sangfugol fue herido.
El príncipe se puso
de pie, y su rostro quedó fuera del resplan¬dor del fuego. Los demás lo oyeron
dar unos pasos.
—Pero... ¿por qué?
¿Por qué arriesgaron una flecha, entonces? Hacíamos algo que las asustó.
Hacíamos algo... ¡o íbamos algún sitio...!
—¿Qué queréis
decir, príncipe Josua? —inquinó Isorn.
—Girábamos hacia el
este..., hacia el corazón del bosque.
—¡Es verdad!
—intervino Deornoth—. Habíamos avanzado hacia el sur desde que salimos de
Naglimund por el portillo. Fue la primera vez que intentamos ir hacia el este,
hacia la parte más profunda del bosque. Entonces, cuando el arpista fue herido
y Gamwold cayó, nos retiramos colina abajo y continuamos caminando en dirección
sur por los limites de Aldheorte.
—Somos conducidos
como animales ignorantes —dijo Josua len¬tamente.
—Pero eso fue
porque intentamos hacer algo que preocupó a nuestras perseguidoras —señaló
Deornoth—. Procuran impedir que avancemos hacia el este.
—Y todavía no
sabemos con qué objeto —gruñó Isorn—. ¿Nos empujan hacia el cautiverio?
—Más probablemente,
al matadero —concretó Einskaldir—. Lo que ocurre, es que quieren liquidarnos en
casa, para celebrarlo con sus invitados.
Josua sonreía
cuando volvió a sentarse, y el Fuego arrancó un fu¬gaz resplandor a sus
dientes.
—Pues yo he
decidido declinar su invitación —dijo.
Una hora o dos
antes del amanecer, el padre Strangyeard se acercó a Deornoth para darle una
palmada en el hombro. Deornoth había oído moverse en la oscuridad al archivero.
Aun así, el golpecillo en el hombro lo hizo estremecerse.
—Sólo soy yo, sir
Deornoth —susurró Strangyeard deprisa—. Es mi turno de guardia.
—No hace falta. De
todos modos, no creo poder dormir...
—Como queráis, pero
en ese caso podríamos... compartir la guardia. Siempre que mi conversación no
os moleste.
Deornoth sonrió
para sus adentros.
—En absoluto,
padre. Y no necesitáis llamarme «sir». Será agra¬dable disfrutar de una hora
tranquila... Pocas son las que hemos te¬nido últimamente.
—La verdad es que
también me alivia no tener que montar guar¬dia solo —confesó Strangyeard—. Ya
sabéis que mi vista no es buena, ¡con un único ojo, además! —se excusó con una
pequeña risa—. Nada hay más alarmante que comprobar que cada día veo más débiles
las letras en mis amados libros.
—¿Nada más
alarmante? —inquirió Deornoth con delicadeza.
—Nada —respondió
Strangyeard con firmeza—. Oh, no es que no me den miedo otras cosas, pero la
muerte, por ejemplo... El Señor me llamará cuando sea mi hora. Pero eso de
pasar mis últimos años en la oscuridad, sin poder ver los escritos que
constituyen mi tra¬bajo en este mundo...
El archivero se
interrumpió, turbado.
—Lo siento,
Deornoth —continuó—. No hagáis caso de mis tri¬vialidades. Es consecuencia de
esta hora de la noche. En mi casa de Naglimund, con frecuencia despertaba en
este momento, antes de la salida del sol...
El sacerdote hizo
una nueva pausa, y ambos hombres pensaron callados en lo sucedido en el lugar
donde vivían.
—Cuando estemos a
salvo, Strangyeard —dijo Deornoth de pronto—, yo leeré para vos, si no podéis
hacerlo. Mis ojos no son tan ágiles como los vuestros, ni tampoco lo es mi
mente, pero soy más testarudo que una mula. Con la práctica, mejoraré. ¡Ya
veréis cómo leo para vos!
El archivero
suspiró.
—Sois muy amable
—respondió un poco más tarde—. Pero ten¬dréis otras cosas que hacer, cuando de
nuevo estemos a salvo y Josua ocupe el gran trono de Osten Ard..., cosas más
importantes que la de leerle a un viejo ratón de biblioteca.
—No opino así,
Strangyeard.
Durante un rato
permanecieron atentos a los aullidos del viento.
—De manera que...
¿nos abriremos paso hacia el este, hoy? —pre¬guntó el archivero.
—Si, y no creo que
a las nornas les guste nuestro plan. Temo que sufriremos nuevas bajas, pero es
preciso que agarremos nuestro des¬tino con ambas manos. Gracias al buen Dios,
Josua lo reconoce.
Strangyeard volvió
a suspirar.
—¿Sabéis una cosa?
—dijo al fin—. He estado pensando y, casi re¬sulta ridículo expresarlo, pero...
—¿Pero qué?
—Que tal vez no sea
Josua a quien quieren capturar, sino... ¡a mí!
—¡Padre
Strangyeard!—exclamó Deornoth, sorprendido—. ¿Y por qué?
El sacerdote bajó
la cabeza, avergonzado.
—Se que suena
absurdo, pero necesitaba decirlo. Recordad que fui yo quien estudió el
manuscrito de Morgenes sobre las Tres Grandes Espadas..., y que ahora lo llevo
encima —indicó, palpando el bolsillo de su voluminosa capa—. Lo examiné en
compañía de Jarnauga, con objeto de averiguar el paradero de la espada Minneyar
del rey Fingil. Ahora que él está muerto... No quisiera que mis pala¬bras
sonaran petulantes, pero...
Se interrumpió para
mostrar algo pequeño que pendía de una cadena y apenas se veía a la aún débil
luz.
—El me dio este
colgante, emblema de su Alianza, y eso puede haberme hecho peligroso para el
resto del grupo. Si yo me rindiese, quizás os dejaran en paz a los demás.
Deornoth soltó una
carcajada.
—Si sois vos a
quien quieren vivo, padre, entonces es una suerte que os tengamos entre
nosotros. De otro modo, ya nos habrían ba¬rrido y degollado como palomos. ¡No
os vayáis a ninguna parte!
Strangyeard no
parecía muy convencido.
—Si vos lo decís,
Deornoth...
—¡Desde luego! Eso,
sin contar ya que os necesitamos más que a nadie, por vuestro talento..., con
excepción del príncipe.
El archivero sonrió
con timidez.
—Sois muy amable
—repitió.
—Claro que, si
queremos sobrevivir al día de hoy —señaló Deor¬noth, y su humor empeoró de
súbito—, nos hará falta algo más que inteligencia... Será preciso que nos
acompañe la suerte, y de verdad.
Después de seguir
un rato junto al archivero, Deornoth decidió buscar un rincón más confortable
para dormir una hora antes de que rompiera el día. Tocó ligeramente a
Strangyeard, cuya cabeza descansaba sobre el pecho.
—Os dejo terminar
la guardia solo, padre.
—Hmmm... ¿Qué? ¡Ah,
sí, claro, sir Deornoth! —contestó el sa¬cerdote, moviendo afirmativamente la
cabeza con energía, para de¬mostrar su atención—. ¡No faltaba más! Descansad un
poco.
—El sol no tardará
en salir, padre.
—Así es, en efecto.
Deornoth sólo se
apartó unas docenas de pasos hasta encontrar un lugar plano, protegido por un
árbol caído. Un gélido viento ba¬tía el suelo del bosque como si buscara
cuerpos calientes. Deornoth se arrebujó en su capa y trató de hallar una
posición más o menos cómoda. Después de unos interminables momentos de tremendo
frío, el caballero decidió que las posibilidades de conciliar el sueño eran muy
escasas, y refunfuñando de manera queda, para no des¬pertar a los demás que
dormían cerca, se levantó y se abrochó el cinto a la espada. Poco después
estaba nuevamente en el puesto de guardia de Strangyeard.
—Soy yo, padre
—murmuró al salir al reducido calvero.
Pero se detuvo,
pasmado. Un rostro asombrosamente blanco lo miró con ojos estrechos, el
sacerdote yacía hundido en los brazos de su atacante vestido de oscuro, dormido
o inconsciente. La hoja de un cuchillo, semejante a la espina de una gran rosa
de ébano, se apoyaba en el desnudo cuello de Strangyeard.
Al arrojarse
Deornoth hacia adelante, vio entre las sombras noc¬turnas otras dos pálidas
caras de ojos rasgados, y llamó a aquellos se¬res por su antiguo nombre.
—¡Zorras Blancas!
—gritó—. ¡Las nornas! ¡Nos atacan!
Con un rugido de
furia golpeó al cerúleo ser y lo asió con las dos manos.
Cayeron todos por
tierra, el archivero entre ellos, de forma que, por unos instantes, Deornoth se
vio enredado en una maraña de piernas y brazos. Notó que el ser quería cogerlo
con sus miembros llenos de resbaladiza fuerza. Unas manos le agarraron la cara
y em¬pujaron hacia atrás su barbilla para que el cuello quedara al
descu¬bierto. Deornoth lanzó un puñetazo que golpeó algo tan duro como el
hueso, y en medio de la lucha le satisfizo oír un grito de do¬lor. En esto
percibió crujidos y voces entre los árboles que los rodea¬ban. Se preguntó,
medio atontado, si eran más enemigas o si sus amigos habían despertado al fin.
«¡La espada!
—pensó—. ¿Dónde tengo mi espada?»
Pero el arma estaba
enganchada en la vaina, torcida alrededor de su propia cintura. La luz de la
luna pareció deshacerse en un inten¬so brillo. Y una vez más apareció ante él
el blanco rostro, de labios estirados hacia atrás y dientes como un perro estrangulado.
Aquellos ojos que se clavaban en los suyos eran tan inhumanos como piedras del
mar. Deornoth buscó su daga a tientas. La norna lo agarró por el cuello con una
mano, mientras que la otra, un bulto blanquecino, se liberaba.
«¡Tiene un
cuchillo!»
Cosa extraña,
Deornoth tuvo la sensación de flotar en un ancho río, arrastrado por una lenta
y generosa corriente. Al mismo tiempo, por su cabeza revoloteaban cual
mosquitos unos pensa¬mientos alarmantes.
«¡Maldita sea!
¡Olvidé su cuchillo!»
Durante otro
momento sin fin miró a la norna que tenía de¬lante, observando sus facciones
propias de otro mundo, los blancos cabellos en forma de telarañas que caían
greñudos hasta las cejas, los delgados labios apretados contra las rojas
encías... De repente, Deornoth golpeó con su cabeza la frente del cadavérico
rostro y, antes de sentir el primer choque, volvió a lanzarse hacia adelante
para azotar algo colorado... Una gran sombra creció rápidamente en su interior.
Los gritos y el viento de la noche se redujeron a un sordo murmullo, y la luna
quedó cubierta de pegajosa oscuridad.
Cuando por último
pudo pensar de nuevo, alzó la vista para en¬contrarse con Einskaldir, que
parecía nadar en dirección a él, mo¬viendo los brazos como aspas de molino. Su
hacha de guerra no era más que una centelleante mancha. La boca del rimmerio
estaba abierta como si gritara, pero Deornoth no oía nada. Josua iba de¬trás. Y
los dos se arrojaron contra otro par de tenebrosas figuras. Hojas de espada
remolinaban relucientes, cortando la oscuridad con el reflejo de los rayos de
luna. Deornoth ansiaba levantarse y ayudarlos, pero tenía un peso encima, algo
amorfo y que no podía apartar de sí. El caballero se preguntaba qué había sido
de su fuerza, cuando aquella carga cayó finalmente al suelo y él quedó expuesto
al cortante viento.
Josua y Einskaldir
se movían aún delante de él, y sus caras no eran más que misteriosas máscaras
en la noche azul. Entre las som¬bras del bosque empezaban a surgir otras formas
bípedas, pero Deornoth no pudo distinguir con claridad si se trataba de amigos
o enemigos. Parecía habérsele nublado la vista... Algo había en sus ojos; algo
que le escocía. Deornoth se llevó las manos a la cara, a fin de averiguar qué
era. La tenía húmeda y pringosa. Cuando alzó los dedos para verlos mejor,
comprobó que estaban negros, manchados de sangre.
Un largo y húmedo
túnel conducía ladera abajo, y por él des¬cendía una escalera iluminada con
antorchas: medio millar de mus¬gosos y centenarios peldaños que serpenteaban a
través del mismí¬simo corazón de Sta Mirore, desde la gran casa del conde
Stréawe hasta un pequeño y escondido embarcadero. Miriamele supuso que aquel
túnel había sido la salvación de más de un noble, obligado a abandonar su
residencia oficial cuando los campesinos se volvían inesperadamente audaces o
se producían disputas sobre los dere¬chos de los privilegiados.
Al término de una
agotadora caminata bajo la estrecha vigilan¬cia de Lenti y otros siervos fieles
al conde, Miriamele y Cadrach se vieron en un muelle de piedra bajo un saliente
arco natural. Ante ellos se extendían, como una deshilachada alfombra, las pizarrosas
aguas del puerto. Debajo mismo de donde estaban, un pequeño bote de remos se
balanceaba en el extremo de su amarra.
Momentos después
apareció el propio Stréawe por otro camino, transportado en su tallada y
encortinada litera por cuatro musculosos hombres vestidos de marinero. El viejo
conde se protegía de la niebla nocturna con un pesado abrigo y una bufanda.
Miriamele se dijo que la pálida luz del amanecer lo hacía parecer todavía más
anciano.
—Bueno... Nuestro
tiempo juntos ha llegado a su fin —anunció tristemente, indicando al mismo
tiempo a sus portadores que lo ba¬jasen a la pétrea plataforma—. Siento mucho
dejaros ir... El vencedor de Naglimund, vuestro amado padre Elías, pagaría una
sabrosa can¬tidad a cambio de recobraros sana y salva. No obstante, soy persona
honorable —agregó con una ligera tos—, y una obligación incum¬plida es un
fantasma inconfesado, como decimos aquí en Perdruin. Saludad a mi amigo cuando
lo veáis. ¡Transmitidle mi afecto!
—No nos habéis
dicho quién es ese «amigo» —replicó Miriamele, tensa—. Ese al que nos
entregáis.
El conde Stréawe
quitó importancia al asunto con un gesto de la mano.
—Si tiene interés
en que conozcáis su nombre verdadero, él mismo os lo revelará.
—Y vos nos hacéis
cruzar el mar hasta Nabban en esta diminuta Isgbahta—gruñó Cadrach—. ¡Es una
barca de pesca!
—Nabban queda a un
tiro de piedra de aquí —declaró el conde—. Y Lenti y Alespo os protegerán del
kilpa y cosas semejantes.
Con su temblorosa
mano señaló a los dos sirvientes. Lenti mas¬ticaba algo, muy ceñudo.
—No creeríais que
iba a dejaros marchar solos —habló de nuevo Stréawe, sonriente—, ¿Cómo podía
tener la certeza de que llegaríais ante mi amigo, para así pagar mi deuda?
Otro movimiento de
la mano, y los criados alzaron la litera. Miriamele y Cadrach fueron
trasladados al inclinado bote, donde tu¬vieron que sentarse, apretujados en la
minúscula proa.
—No penséis mal de
mí, Miriamele y Padreic, ¡os lo suplico! —ex¬clamó Stréawe mientras sus hombres
lo llevaban escaleras arriba—. Mi pequeña isla tiene que mantener un delicado
equilibrio... ¡Un equilibrio muy delicado! Algunas veces, las medidas pueden parecer
crueles.
Y cerró la cortina.
El individuo a
quien Stréawe había llamado Alespo desató la soga, y Lenti apartó el pequeño
bote del muelle con el remo. Cuando empezaron a alejarse poco a poco de las
luces del embarcadero, Miriamele experimentó un profundo desánimo. Se dirigían
a Nabban, lugar que encerraba pocas esperanzas para ella. Cadrach, su único
aliado, había estado callado y cejijunto desde que se ha¬bían reunido. Y...
¿qué nombre le había dado Stréawe? ¿Dónde lo había oído ella antes? Ahora, ella
misma era enviada a un descono¬cido amigo del conde, sin duda como prenda en
algún negocio ex¬traño. Y todos, desde los nobles locales hasta el más humilde
de los campesinos, parecían estar mejor enterados que ella misma de su
si¬tuación. ¿Qué más podía salir mal?
Miriamele dejó
escapar un suspiro de pena y frustración.
Lenti, sentado
frente a ella, se atiesó.
—No intentéis
nada—gruñó—. ¡Tengo un cuchillo!
5
La casa del Hombre
Cantor
Simón golpeó con la
mano la fría pared de roca de la cueva, y el dolor le produjo una extraña
satisfacción. —¡Jesuris sangrante! —renegó—. Jesuris sangrante! ¡Jesuris
sangrante en el Árbol!
Levantó el brazo
para golpear la pared de nuevo, pero en vez de eso lo dejo caer y se tiró
furioso de la pernera con las uñas.
—¡Cálmate,
muchacho! —dijo Haestan—. No sirvió de nada lo que hicimos.
—¡Pues yo no
permitiré que lo maten! —protestó Simón, mirando implorante a Haestan—. Y Geloë
explicó que debíamos ir a la Roca del Adiós, ¡y yo no siquiera sé dónde está!
Haestan sacudió la
cabeza con pena.
—Esté donde esté
esa roca, yo no te entiendo desde que esta tarde te caíste y te diste en la
cabeza. Hablas de manera rara, como un lunático. Pero en cuanto al gnomo y al
rimmerio..., ¿qué pode¬mos hacer?
—¡No lo sé! —bramó
Simón, y alargó la dolorida mano para apo¬yarla en la pared. el viento silbaba
al otro lado de la manta que ha¬cía de puerta—. ¡Hemos de liberar a los dos! ¡A
Binabik y a Sludig!
Las lágrimas que
había estado conteniendo, se secaron, y el jo¬ven se sintió súbitamente
imperturbable y lleno de energía.
Haestan iba a decir
algo, pero se contuvo. Sus ojos recorrieron los nerviosos puños del chico y la
pálida cicatriz que le marcaba el rostro.
—¿Y cómo?
—preguntó—. ¿Nosotros dos contra una montaña?
—¡Tiene que haber
un camino! —replicó Simón, desesperado.
—Los gnomos se
llevaron las únicas sogas en el fardo de Binabik. Binabik y Sludig están en el
fondo de un agujero muy profundo, muchacho, y con guardias alrededor.
Pasado un largo
raro, Simón dio media vuelta, se dejó caer sen¬tado en el suelo de la cueva y
empujó lejos de sí la alfombra de piel de oveja para arrimarse lo más posible a
la implacable pared rocosa.
—No podemos
dejarlos morir así como así, Haestan. ¡No pode¬mos! Binabik dijo que los de su
pueblo los arrojarían precipicio abajo. ¿Cómo pueden ser tan..., tan
endemoniados?
Haestan extendió y
removió las brasas con su cuchillo.
—Yo no entiendo
nada de idólatras y cosas por el estilo —refun¬fuñó el hombre barbudo—. Son
gentes taimadas. ¿Por qué han de encerrarlos a ellos y dejarnos en libertad a
nosotros, dejándonos además las armas?
—Porque nosotros no
llevamos cuerdas —contestó Simón con amargura, a la vez que lo sacudía un
escalofrío, ya que empezaba a sentir el efecto de la roca desnuda—. Y aunque
matásemos a los guardias, ¿de qué nos serviría? También nosotros seríamos
despeña¬dos, y nadie podría devolver Espina a Josua... Pero quizás haya ma¬nera
de robar algo de soga.
Haestan puso cara
de duda.
—¿En la oscuridad?
¿En un lugar desconocido? ¡Como si no des¬pertáramos con ello a los centinelas,
y no nos fuesen a atravesar con sus espadas!
—¡Maldición! Hemos
de hacer algo, Haestan... ¿O es que somos unos cobardes? ¡No podemos permanecer
inactivos!
Una intensa ráfaga
de viento penetró a través de la cortina. Si¬món se rodeó el pecho con los
brazos.
—En el peor de los
casos —prosiguió—, le corto la cabeza a ese ca¬nalla de Pastor. Que me
degüellen entonces a mí, si quieren, porque ya no me importará.
El soldado sonrió
con tristeza.
—¡Qué palabras tan
tontas, chico! Tú mismo dices que alguien debe devolverle esa espada negra al
príncipe Josua... —le recordó a Simón, indicando la envuelta Espina, situada
junto a la pared—. Si la espada no vuelve a manos del príncipe, Ethelbearn y
Grimmric habrán muerto inútilmente. Y eso sería vergonzoso. Demasiadas son las
esperanzas puestas en esa dichosa hoja, por muy hábiles que fuésemos
nosotros... Además, amigo, ¿crees que perdonarían al uno si el otro había
matado a su rey? Me harían morir a mí tam¬bién. No, no... Estás aún muy verde y
no entiendes el mundo —dijo mientras atizaba nuevamente el fuego—. No estuviste
en ninguna guerra, como yo, ni presenciaste lo que yo vi. ¿Acaso no murieron
dos de mis compañeros, desde que dejamos Naglimund? El buen Dios reserva su
justicia y todo eso para el día del juicio Final. Hasta entonces, cada cual
tiene que cuidar de sí mismo —añadió, animándose con el tema—. Sí, chico. Cada
uno tiene que actuar lo mejor posible, pero las cosas no pueden ha¬cerse siempre
bien, Simón...
Calló de repente y
miró hacia la entrada. Al descubrir la expre¬sión de asombro en la redonda cara
del soldado, Simón se volvió también. Alguien había apartado la cortina.
—¡La hija del rey
gnomo! —susurró Haestan, como si temiese asustarla y que desapareciera como un
cervatillo.
Sisqinanamook tenía
los ojos muy abiertos, y en ellos había te¬mor, pero Simón también vio
determinación en sus firmes mandí¬bulas, y se dijo que parecía más dispuesta a
pelear que a huir.
—¿Venís a
deleitaros con el daño ajeno? —preguntó enojado.
Sisqinanamook le
devolvió una mirada muy resuelta.
—¡Ayúdame! —suplicó
al fin.
—¡Elysia, Madre de
Dios! —jadeó Haestan—. ¡Sabe hablar!
La joven gnomo
retrocedió un poco ante la exclamación del sol¬dado, pero enseguida pisó
nuevamente terreno firme. Simón gateó hasta ponerse de rodillas delante de
ella. Aun así, resultaba más alto que la ex prometida de Binabik.
—¿Habláis nuestra
lengua?
Sisqinanamook lo
miró unos instantes como si se extrañara, pero luego hizo una señal con los
dedos cruzados.
—Un poco
—respondió—. Unas palabras. Binabik enseñarme.
—Debiera habérmelo
figurado —dijo Simón—. Desde que nos co¬nocimos, Binabik estuvo tratando de
meterme cosas en la cabeza.
Haestan soltó un
bufido. Simón hizo señal a Sisqinanamook para que entrara. La joven se deslizó
hacia el interior, aunque se acu¬rrucó cerca de la puerta con la espalda pegada
a la pared. Una ser¬piente de la nieve, esculpida en relieve en la piedra, se enroscaba
al¬rededor de su cabeza como un halo de santo.
—¿Por qué hemos de
ayudaros? —exclamó Simón—. ¿Y a qué, ade¬más?
Ella lo miró sin
comprenderlo. El repitió despacio las palabras.
—Ayudar a
Binbiniqegabenik —explicó por fin—. Ayudar a mí, ayudar a Binabik.
—¿Ayudar a Binabik?
—repitió Haestan, asombrado—. ¡Si sois vos la que lo metisteis en ese lío!
—¿Y cómo? —quiso
saber Simón—. ¿Ayudarlo ahora?
—Vosotros marchar
—contestó Sisqinanamook—. Binabik mar¬charse Mintahoq.
Se introdujo una
mano debajo de la gruesa chaqueta, y Simón llegó a temer que se tratara de un
truco... ¿Habría entendido ella lo suficiente de su conversación para
comprender que hablaban de la posibilidad de un rescate? Pero cuando su pequeña
mano reapareció, sostenía un rollo de fina soga gris.
—Ayudar a Binabik
—insistió—. Vosotros ayudar, yo ayudar.
—¡Aedón
misericordioso! —exclamó Simón.
Rápidamente
reunieron todo lo que poseían e hicieron con ello dos paquetes, sin preocuparse
de ordenar las cosas. Cuando estuvie¬ron listos y se hubieron puesto sus capas
forradas de piel, Simón se dirigió al rincón donde yacía Espina, la espada
negra, objeto de tan¬tas esperanzas, ya dieran fruto o no, como Haestan había
dicho. A la escasa luz del fuego no era más que un negro agujero, en forma de
espada, entre las pieles que lo envolvían. Simón estrechó entre sus dedos la
fría superficie, recordando cómo había sentido el arma al alzarla para contener
la embestida de Igjarjuk. Por espacio de unos instantes, le pareció calentarla
con su mano.
Alguien lo tocó en
la espalda.
—No, no matar —dijo
Sisqinanamook señalando la espada con gesto sombrío, y después tiró
delicadamente de su brazo.
Simón rodeó con la
mano la empuñadura de Espina, envuelta en cordón, y sopesó la espada. Era
demasiado pesada para levantarla sin usar los dos brazos. Mientras se ponía de
pie, miró a la joven gnomo.
—No pienso matar a
nadie con la espada. Es la razón por la que fuimos a la montaña del dragón. No
matare.
Ella hizo un
movimiento afirmativo.
—Deja que la lleve
yo, chico —propuso Haestan—. Estoy descan¬sado.
Simón calló una
respuesta malhumorada y permitió que el compañero se hiciera cargo de la
espada. No parecía menos pesada en las ásperas manos de Haestan, pero tampoco
más. El soldado le¬vantó el arma por encima de su cabeza y, con cuidado, la
introdujo en todo su largo a través de un par de gruesos nudos hechos en la
parte posterior de su fardo.
«No es mi espada
—se recordó Simón a sí mismo—. Esto ya lo sa¬bía. Y Haestan ha hecho bien en
cargar con ella. Yo estoy demasiado débil...» Sus pensamientos vagaban. «No
pertenece a nadie. Fue de sir Camaris, en su día, pero está muerto. La espada
parece poseer un espíritu propio...»
Pues bien, si
Espina quería abandonar aquella montaña maldita de Dios, tendría que ir con
ellos.
Apagaron el fuego
y, en silencio, abandonaron la cueva. Fuera, el frío era tan intenso que a
Simón le latieron las sienes. Se paró junto a la puerta y dijo en un murmullo:
—Tienes que
prometerme una cosa, Haestan.
—¿Qué es, muchacho?
—No me siento
muy... fuerte. El camino va a ser largo, vayamos a una u otra parte. ¡Y con
tanta nieve, además! En consecuencia, si algo me sucediera... —musitó—, si algo
me sucediera, entiérrame en un lugar caliente, por favor —y tiritó—. ¡Estoy
harto de tanto frío!
Por unos instantes,
Simón tuvo la embarazosa impresión de que Haestan iba a llorar. El barbudo
rostro del soldado se contrajo en una extraña mueca cuando se inclinó hacia el
muchacho para mi¬rarlo más de cerca. Pero al momento sonrió, aunque de manera
un poco forzada, y rodeó con uno de sus osunos brazos los convulsos hombros del
joven compañero.
—¡No digas
semejantes cosas! —protestó—. Será una marcha larga y con mucho frío, de eso no
cabe duda... Pero quizá no tan terrible como tú temes. ¡Ya lo superaremos!
—afirmó, y después de echarle una mirada de reojo a Sisqinanamook, que los
observaba impaciente desde el porche, le susurró a Simón—: Jiriki nos dejó
caballos. Al pie de la montaña, en una cueva que sirve de cuadra. Me dijo
dónde. Así pues, no temas nada, chico. Aunque no sepamos bien adonde va¬mos,
antes de darnos cuenta estaremos a mitad de camino.
Salieron al pétreo
sendero estrechando los ojos para protegerlos del furioso viento que azotaba la
ladera del Mintahoq como una navaja. Las nieblas habían sido barridas. Un gajo
de la amarilla luna, semejante a un ojo de gato, brillaba sobre el monte y el
valle cubierto de sombras. Vacilantes bajo su propia carga, siguieron a la
pequeña silueta que era Sisqinanamook.
Fue un largo
recorrido por el borde del Mintahoq, avanzando a trompicones contra el
vendaval. Apenas dados cien pasos, Simón se dio cuenta de que comenzaba a andar
más despacio. ¿Cómo logra¬ría descender toda la montaña? ¿Y por qué no se
sacaba de encima esa maldita debilidad?
Al final, la joven
gnomo les hizo una señal para que se detuvie¬ran, y luego los condujo a una
grieta apartada del camino y envuelta en sombras. Les fue difícil introducirse
en ella a causa de sus fardos, pero con ayuda de las menudas manos de
Sisqinanamook lo logra-ron. Segundos más tarde, ella había desaparecido. Los
dos se encon¬traron allí presos, y su aliento, que casi resplandecía a la luz
de la luna, llenaba la boca de la grieta.
—¿Dónde crees que
habrá ido? —murmuró Haestan.
—No sé.
El mero hecho de
poder apoyarse en la pared de roca representó un alivio para Simón. Al abrigo
del viento, se sentía repentinamente exhausto y mareado. La Flecha Blanca que
le había dado Jiriki se clavaba en su espina dorsal a través de la gruesa tela
de su fardo.
—Nos tienen
atrapados aquí como dos conejos... —gruñó Haes¬tan, pero el sonido de unas
voces en el sendero lo hizo callar.
Cuando las voces
fueron más fuertes, Simón contuvo incluso la respiración.
tres gnomos bajaban
por el camino, al otro lado de la grieta, arrastrando sin cuidado por la piedra
los extremos de sus afiladas lanzas al mismo tiempo que hablaban en su queda y
ronca lengua. Los tres llevaban escudos de cuero estirado. Del cinturón de uno
de ellos pendía un cuerno de carnero. Simón no puso en duda que una llamada con
ese instrumento haría salir de sus cuevas, cual hormi¬gas espantadas, a
incontables gnomos bien armados.
El que tenía el
cuerno dijo algo, y el grupo se paró delante mis¬mo del escondrijo. Simón
procuró contener el aire y notó que la ca¬beza le daba vueltas. Al cabo de un
momento, los gnomos prorrum¬pieron en calladas risas cuando la historia hubo
llegado a su fin, y seguidamente prosiguieron su marcha alrededor de la
montaña. Poco después, su charla se perdía en la lejanía.
Simón y Haestan
tardaron un buen rato en sacar la nariz de su grieta. La senda pintada por la
luna se extendía por ambos lados, to¬talmente desierta. Haestan salió como pudo
del angosto lugar, y luego ayudó a Simón a hacer lo mismo.
La luna se había
deslizado más allá de la boca del pozo, hun¬diendo a los prisioneros en una
oscuridad casi absoluta. Sludig res¬piraba tranquilamente, pero no dormía.
Binabik yacía de espaldas, estiradas sus cortas piernas, contemplando las
estrellas mientras el viento soplaba ruidoso a través de la entrada de su
prisión.
Una cabeza apareció
en el borde del pozo. Instantes después, un rollo de cuerda arrojado desde
arriba chocó contra el suelo. Binabik quedó tenso pero no se movió, fija la
vista en la oscura forma asomada.
—¿Qué ocurre?
—gruñó Sludig—. ¿Es que ni siquiera esperan al amanecer, en este mundo de
bárbaros? ¿Han de matamos a media¬noche para esconder del sol sus actos? ¡Aun
así, Dios bien lo sabrá!
Alargó la mano y
tiró de la cuerda.
—¿Para que hemos de
subir? ¡Quedémonos aquí! Quizá manden un par de tipos en nuestra búsqueda
—agregó el rimmerio con una risa fea—. En tal caso, yo me encargaré de desnucar
a unos cuantos, tendrán que alancearnos como a los osos de su guarida.
—¡Por los ojos de
Qinkipa! —dijo una voz sibilante en el lenguaje de los gnomos.
Binabik se
incorporó en el acto.
—¡Agarra la cuerda,
imbécil!
—¿Sisqi? —jadeó
Binabik—. ¿Qué haces?
—Algo que nunca me
perdonaré..., pero que tampoco me perdo¬naría, si no lo hiciera. ¡Ahora cállate
y sube!
Binabik tiró
cautelosamente de la soga.
—¿Cómo puedes
sujetarla? No hay nada a qué atarla, y el borde es muy resbaladizo.
—¿Con quién hablas?
—preguntó Sludig, desconcertado ante aquellas palabras qanuc.
—He traído aliados
—dijo Sisqinanamook, sin alzar la voz—. ¡ Trepa! ¡Los guardias volverán a pasar
cuando Sedda roce el pico de Sikkihoq!
Tras una breve
explicación, Binabik envió arriba a Sludig. El rimmerio, debilitado por el
cautiverio, alcanzó despacio el borde y desapareció en la oscuridad, pero
Binabik no lo seguía.
Sisqi se asomó de
nuevo al pozo.
—¡Sube antes de que
me arrepienta de mi disparate! ¡Date prisa!
—No puedo. No
quiero escapar de la justicia de mi pueblo —con¬testó Binabik, y se sentó.
—¿Estás loco? ¡No
te entiendo! ¡Los guardias no tardarán en vol¬ver! —exclamó Sisqi, y en su voz
temblaba el miedo—. ¡Lo único que conseguirás con tu terquedad es que maten a
tus amigos de las tie¬rras bajas!
—No, Sisqi.
Llévatelos. Ayúdalos a escapar. Te ganarás mi grati¬tud. Ya la tienes, mejor
dicho.
La joven gnomo se
movía inquieta.
—¡Eres una
maldición para mí, Binabik! Primero me humillas delante de mi pueblo, y ahora
no haces más que decir locuras desde el fondo de un pozo. ¡Sal de una vez!
—No quiero romper
otro juramento.
Sisqinanamook miró
a la luna.
—Qinkipa de las
Nieves, ¡sálvame! ¿Por qué eres tan tozudo, Binbiniqegabenik? ¿Vas a morir para
demostrar que tenías razón?
Sorprendentemente,
Binabik se echó a reír.
—¿Salvarías mi
vida, sólo para probar que yo estaba en un error?
Otras dos cabezas
aparecieron en el borde del agujero.
—¡Diantre, gnomo!
—rugió Sludig—. ¿Por qué esperas? ¿Estás he¬rido?
El rimmerio se
arrodilló como si se dispusiera a descender por la soga.
—¡No! —gritó
Binabik en la lengua del oeste—. ¡No me esperes! Sisqinanamook podrá llevarte a
lugar seguro, desde donde iniciar tu camino hacia abajo. Cuando salga el sol,
puedes estar más allá de la frontera de Yiqanuc.
—¿Y que demonios te
retiene aquí? —replicó Sludig, desconcertado.
—Fui condenado por
mi pueblo —declaró Binabik—. Violé mi ju¬ramento. Y no pienso violarlo por
segunda vez.
Sludig murmuró
algo, confuso y disgustado.
La figura que había
a su lado se inclinó hacia adentro.
—Soy yo, Binabik:
Simón. Tenemos que irnos. Es preciso encon¬trar la Roca del Adiós. Así lo dijo
Geloë. Hemos de llevar allá la es¬pada Espina.
El gnomo rió de
nuevo, pero esta vez de forma más hueca.
—¿Y sin mí no vais
en busca de la Roca del Adiós?
—¡No! —afirmó Simón
con evidente desesperación, ya que el tiempo pasaba—. No sabemos dónde está.
Geloë dijo que tú tenías que conducirnos. Naglimund ha caído, y ésa puede
constituir la única esperanza de Josua, ¡y también de tu pueblo!
Binabik permaneció
sentado en el fondo del pozo, pensativo. Finalmente agarró la cuerda colgante y
empezó a trepar por la escar¬pada pared. Una vez arriba, cayó en los brazos de
Simón, que lo es¬trechó con toda fuerza contra sí. Sludig golpeó en el hombro
al pe¬queño amigo, de manera amistosa, pero por poco lo manda otra vez al pozo.
Haestan le echó una rápida mirada y con sus grandes ma¬nos se puso a recoger la
soga a toda prisa.
Binabik se apartó
un poco de Simón.
—No tienes muy buen
aspecto, chico. Aún te causan problemas las heridas, ¿verdad? ¡Ay, qué cosa más
cruel! No puedo dejarte a merced de mi pueblo, pero tampoco deseo violar de
nuevo un jura¬mento. ¡No sé qué hacer!
Y se volvió de cara
a la cuarta figura.
—Me has rescatado
—dijo en la lengua de los gnomos—. O, al me¬nos, a mis compañeros... ¿Por qué
cambiaste de parecer?
Sisqinanamook lo
miró con los brazos fuertemente apretados al propio cuerpo.
—Yo no estoy segura
de haber cambiado —respondió . Oí lo que dijo ese desconocido de la cicatriz —y
señaló a Simón, que guardaba un aturdido silencio—. Sonaba a verdad, y... creí
que realmente ha¬bía algo que para ti era más importante que nuestro compromiso.
No estoy tan loca de amor como para perdonarte nada —agregó ce¬ñuda—, pero
tampoco soy un demonio vengativo. Eres libre. ¡Y ahora vete!
Binabik hizo un
movimiento inquieto.
—Lo que me separa
de ti —dijo— no sólo es importante para mí, sino para todos. Se aproxima un
peligro terrible. Poca es la esperanza de una resistencia, pero, por pequeña
que sea, hay que alimentarla.
Binabik bajó la
vista, volvió a alzarla y miró abiertamente a Sisqi.
—Mi amor hacia ti
es tan fuerte como los huesos de piedra de la montaña. Así ha sido desde que te
vi por primera vez el día de tu ele¬vación a la categoría de mujer...,
encantadora y graciosa como una nutria blanca bajo las estrellas del monte
Chugik. Pero ni siquiera por ese amor puedo permanecer inactivo mientras el
mundo entero se marchita bajo un interminable y negro invierno. Dime ahora...
—y Binabik la cogió del enchaquetado brazo—; ¿qué vas a hacer tú, Sisqi?
Despistaste a los guardias para que los prisioneros pudieran escapar. Sólo te
falta escribir en la nieve las runas de tu nombre.
—Eso es cosa a
arreglar con mis padres —protestó la joven, soltán¬dose enojada—. He hecho lo
que tú querías. Eres libre. ¿Por qué pierdes ahora el tiempo tratando de
convencerme de tu inocencia? ¿Y para qué me hablas del monte Chugik? ¡Lárgate!
Sludig no hablaba
su lengua, pero entendió perfectamente los gestos de Sisqi.
—Si insiste en que
nos vayamos, Binabik, tiene razón. ¡Por Aedón! Hemos de damos prisa.
—Vete tú; yo te
alcanzaré pronto—contestó Binabik.
Sus amigos no se
movieron cuando él se volvió de nuevo hacia la que había sido su prometida.
—Me quedo —dijo—.
Sludig es inocente, y has sido muy bonda¬dosa al ayudarlo. Pero yo permaneceré
aquí para cumplir la volun¬tad de mi pueblo. Ya contribuí bastante en la lucha
contra el Rey de la Tormenta... —declaró mirando hacia el oeste, donde la luna
se ha¬bía introducido en un cúmulo de negras nubes— Ahora pueden lle¬var ellos
mi carga. Tú y yo confundiremos a los guardias para que mis amigos puedan huir.
El temor animó el
redondo rostro de Sisqi.
—¡Me harás volver
loca, Binbiniqegabenik! ¡Vete de una vez! ¡No quiero verte muerto! —exclamó con
lágrimas de disgusto en los ojos—. Si eso te ha de satisfacer, confesaré que
aún siento algo por ti, pese a haberme roto el corazón...
Binabik dio un paso
hacia ella y, tomándola de nuevo por los brazos, la acercó a él.
—¡Entonces ven
conmigo! —dijo, súbitamente lleno de ánimos—. No quiero volver a separarme de
ti. Escápate conmigo y... ¡al diablo mi juramento! Conocerás mundo... Incluso
en estos oscuros días, más allá de nuestras montañas hay cosas que te dejarán
maravillada.
Sisqi se separó un
poco y le dio la espalda. Parecía llorar.
Al cabo de bastante
rato, Binabik se dirigió a los otros.
—Suceda lo que
sea—dijo en el idioma del oeste, el rostro ilumi¬nado por una extraña y
vacilante sonrisa—, nos quedemos o parta¬mos, huyamos o luchemos, primero que
nada debemos ir a la cueva de mi maestro.
—¿Por qué?
—inquirió Simón.
—No tenemos mis
tabas, ni otras cosas. Probablemente las arroja¬ron a la cueva que yo compartía
con Ookequk, mi gran maestro, ya que nadie de mi pueblo se atrevería a destruir
cosas que pertenecie¬ron al Hombre Cantor. Pero lo más importante es que, si no
con¬sulto los rollos de pergamino, pocas probabilidades tengo de encon¬trar
vuestra Roca del Adiós.
—¡Date prisa, pues,
gnomo! —rezongó Haestan—. No sé cómo tu amiga supo engañar a los guardias, pero
lo cierto es que volverán.
— Tienes razón
—admitió Binabik—. Ven, Simón; hemos de co¬rrer de nuevo. Por lo visto, es el
destino de nuestra confraternidad.
Llamó con un gesto
a la joven gnomo, y ésta acudió sin una pa¬labra y los condujo camino arriba.
Siguieron el camino
principal hacia atrás, pero sólo habían reco¬rrido unas docenas de anas cuando
Sisqi abandonó esa vía para in¬troducirlos por una senda tan angosta que ni en
pleno día debía de penetrar en ella la luz: un desfiladero que atravesaba la
parte ancha del Mintahoq formando un marcado ángulo ascendente. Era poco más
que una ranura que discurría entre altas rocas, y, aunque abun¬daban los puntos
donde agarrarse, adelantaban de modo angustio¬samente lento en la casi total
oscuridad. Simón se golpeó las espini¬llas contra más de una piedra.
El sendero conducía
hacia arriba, a través de otros dos atajos que cruzaban el camino principal,
pero luego torcía hacia atrás, siempre muy inclinado. Sedda, la diosa celeste,
se deslizaba por el cielo en di¬rección al negro bulto de una de las montañas vecinas
del Mintahoq, y Simón se preguntó que verían cuando la luna se hubiese
desvane¬cido definitivamente. Resbaló, logró recobrar el equilibrio agitando
los brazos, y de pronto recordó que trepaban por un estrecho atajo de una
montaña muy oscura. Agarrado a un saliente, cerró los ojos y, durante un
segundo, se creyó envuelto en las tinieblas, pero entonces percibió detrás de
él la fatigosa respiración de Haestan. Todavía ex¬perimentaba la debilidad que
lo había martirizado a lo largo de su viaje por Yiqanuc. ¡Qué agradable sería
echarse a dormir! Pero eso era una ilusión inútil. Hizo la señal del Árbol y
siguió adelante.
Llegaron por fin a
terreno llano: el porche de una pequeña cueva escondida en una profunda grieta
de la montaña. Simón tuvo la impresión de que tanto la luz de la luna como las
formas de las piedras le resultaban familiares. Cuando recordó que Qantaqa lo
había conducido una vez a ese mismo lugar, un ser blanco grisáceo saltó de la
boca de la gruta.
—¡Ven, Qantaqa! —la
llamó Binabik, tranquilo.
Un segundo más
tarde fue derribado por una avalancha de es¬pesa piel. Sus compañeros quedaron
boquiabiertos al ver que la loba lo lamía con su humeante lengua.
—Muqang, amiga,
¡basta...! —jadeó finalmente el gnomo—. Estoy seguro de que guardaste muy bien
la casa de Ookequk —y se puso de pie mientras el animal se retiraba un poco,
con el cuerpo temblo¬roso de alegría—. ¡Caramba, si corro más peligro con los
saludos de los amigos que con las lanzas del enemigo! —rió—. Hemos de correr
hacia la cueva. Sedda avanza muy deprisa en dirección al oeste.
Y se introdujo en
la caverna, seguido por Sisqi. Simón y los de¬más tuvieron que agacharse para
penetrar por la pequeña entrada. Qantaqa, decidida a no ser dejada fuera, se
abrió paso entre las piernas de Simón y Haestan con tal energía que poco faltó
para que cayeran.
Permanecieron unos
momentos en una oscuridad llena del al¬mizcleño olor de Qantaqa y de otros más
extraños. Binabik produjo chispas con trozos de pedernal y pronto apareció una
diminuta flor de amarillo fuego, que enseguida fue aplicada al extremo de una
an¬torcha empapada de aceite.
La cueva del Hombre
Cantor era un sitio muy singular. En con¬traste con la puerta, tan baja, el
curvado techo se alzaba hasta tal punto que resultaba imposible disipar las
sombras que lo cubrían. Al estilo de una colmena, las paredes estaban divididas
en mil cáma¬ras que parecían abiertas en la roca. Cada concavidad se hallaba
ocupada por algo. Una contenía sólo los mustios restos de una flor; otras, en
cambio, aparecían repletas de estacas y huesos y potes ta¬pados. Pero en su
mayoría las llenaban una pieles enrolladas; tantas, a veces, que los rollos
sobresalían de las hornacinas como si fuesen implorantes dedos de mendigos.
1.a semana de
permanencia de Qantaqa en la cueva había dejado sus marcas. En medio del suelo,
cerca del amplio hoyo para el fuego, se encontraban los restos de lo que en su
día había sido un complejo mosaico circular, totalmente confeccionado con
piedrecillas de colores. Por los visto, la loba lo había hecho servir para
ras¬carse el lomo, dado que el dibujo presentaba señales de haber sido
revuelto. Todo cuanto quedaba era parte del borde, formado a base de runas, y
un trozo de algo blanco bajo un cielo lleno de rotantes estrellas rojas.
Muchos otros
objetos delataban la atención despertada en Qan¬taqa, que había reunido un gran
montón de ropas en el último rin¬cón de la cueva para formar con ellas un lecho
cómodo, junto a él había una serie de cosas masticadas, incluso los restos de
unas cuan¬tas pieles enrolladas, cubiertas de una escritura que Simón no
cono¬cía, y el bastón de Binabik.
—Hubiese preferido
que eligieras otras cosas para masticar, Qan¬taqa —gruñó el gnomo, al recoger
aquellos objetos.
La loba ladeó la
cabeza y gimió inquieta. Luego se acercó a Sisqi, que examinaba una de las
hornacinas y que, distraída, empujó hacia atrás la gran cabeza del animal.
Qantaqa cayó de lado y se puso a rascarse con desconsuelo. Binabik aproximó su
bastón a la luz de la antorcha. Las marcas de los dientes no eran profundas.
—Mordido más por el
consuelo del olor a Binabik que otra cosa —sonrió el gnomo—. ¡Por suerte!
—¿Puede saberse que
buscas? —intervino Sludig—. ¡Nos conviene adelantarnos mientras esté oscuro!
—Sí; tienes razón
—reconoció Binabik, colgándose el bastón en el cinto—. Ven, Simón. Ayúdame a
hacer un rápido registro.
Con la colaboración
de Haestan y Sludig, Simón bajó aquellos rollos que Binabik no podía alcanzar.
Eran de cuero sumamente pu¬lido y tan engrasado que resultaban pegajosos al
tacto. Las runas que los llenaban habían sido grabadas al fuego, directamente, como
si el autor hubiese utilizado un hierro candente. Simón entregó a Bina¬bik un
rollo tras otro, y el gnomo leía cada uno con atención, antes de arrojarlo a
uno de los diversos montones que iban creciendo.
Contemplando la
inmensa colmena abierta en la roca y el gran número de rollos, Simón quedó
maravillado ante el ímprobo trabajo que había tenido que significar crear
semejante biblioteca, comparable al archivo del padre Strangyeard en Naglimund
o al estudio de Morgenes, tan repleto de volúmenes, si bien éstos eran rollos
de cuero, escritos al fuego en vez de con tinta.
Finalmente, Binabik
encontró una docena de piezas —más o me¬nos— que parecían interesantes. Las
extendió y volvió a enrollarlas juntas en una sola, muy pesada, que introdujo
en su saco.
—¿Podernos irnos
ya? —preguntó Sludig.
Haestan se frotaba
las manos en un intento de calentárselas. Se había quitado los toscos guantes
para ayudar a Binabik.
—Tan pronto como
hayamos devuelto esos rollos a su sitio —con¬testó el gnomo, indicando un
respetable montón de piezas descar¬tadas.
—¿Estás loco?
—protestó Haestan—. ¿Para qué perder un tiempo tan precioso?
—Se trata de
objetos raros y muy valiosos —respondió Binabik con calma— y, si los dejásemos
en este suelo tan frío, pronto estarían arruinados. «Quien no recoge de noche
su rebaño, regala carneros», solemos decir los qanuc. Será cosa de un momento.
—¡Por el dichoso
Árbol! —renegó Haestan—. Échame una mano, chico —agregó dirigiéndose a Simón—.
De lo contrario, estaremos aquí hasta que se haga de día.
Binabik le dijo a
Simón cómo debía ir llenando algunas de las hornacinas vacías. Sludig los miró
impaciente por espacio de unos segundos, antes de unir su esfuerzo al de los
demás. Sisqi había es¬tado explorando de manera sosegada las diversas celdas
hasta for-mar su propia pila de pieles enrolladas, que luego había guardado
dentro de su chaqueta de cuero, pero de repente se volvió y habló algo en un
rápido qanuc. Binabik se abrió paso entre un montón de desordenadas pieles para
colocarse a su lado.
La joven sostenía
un rollo atado con una correa negra, que no sólo sujetaba la parte central,
sino también ambos extremos. Bina¬bik lo tomó, al mismo tiempo que se llevaba
dos dedos a la frente, en un gesto de aparente respeto.
—Es el nudo de
Ookequk —le susurró a Simón—. No cabe duda de ello.
—¿No es ésta la
cueva de Ookequk? —replicó Simón, extrañado—. ¿Por qué te ha de sorprender
encontrar aquí su nudo?
—Porque este nudo
delata que se trata de algo importante —ex¬plicó Binabik—. Además es algo que
no había visto nunca, algo que nadie me enseñó o que mi maestro hizo el mismo
día en que emprendimos el viaje en que murió. Me imagino que un nudo como este
sólo se emplearía para cosas de gran poder, mensajes y encanta¬mientos
únicamente destinados a ciertos ojos.
Pasó nuevamente los
dedos por el nudo, con expresión pensa¬tiva. Sisqi, por su parte, contemplaba
el rollo con ojos brillantes.
—Bueno..., que sea
esto lo último —refunfuñó Haestan—. Si real¬mente es algo que deseas,
llévatelo. Pero no tenemos más tiempo que perder.
Binabik vaciló
mientras acariciaba el nudo y echaba una última mirada a la cueva, y por último
se introdujo el rollo en la manga.
—Es hora,
sí—admitió.
E indicó a los
demás que se adelantaran. Luego los siguió, no sin antes apagar la antorcha
situada en una depresión de la roca.
El grupo se había
detenido delante de la cueva como un rebaño de ovejas asustadas por el viento.
Sedda, la luna, acababa de desapa¬recer por el oeste, detrás de Sikkihoq, pero
la noche aparecía súbita¬mente llena de luz.
Una numerosa tropa
de gnomos avanzaba hacia ellos. De mi¬rada torva bajo las capuchas, y con
lanzas y teas en las manos, los hombrecillos se habían desplegado alrededor de
la cueva de Ookequk y les cerraban el paso por ambos lados.
—¡Por las piedras
de Chukku! —musitó Binabik.
Sisqi retrocedió
para agarrarlo por el brazo. Sus ojos brillaban como estrellas a la luz de las
antorchas, y sus labios no eran más que una línea firme y crispada.
Uammannaq el Pastor
y Nunuuika la Cazadora conducían sus moruecos hacia adelante. Ambos llevaban
ceñidas ropas y botas. Sus sueltos cabellos negros demostraban que se habían
vestido a toda prisa. Cuando Binabik avanzó para salirles al encuentro, unos
gnomos armados se colocaron detrás de él, y cercaron a sus compa¬ñeros con las
lanzas. Sisqinanamook salió de aquel acorralamiento para unirse a él, y a su
lado permaneció con la barbilla en alto, desa¬fiante. Uammannaq esquivó la
mirada de la hija, clavando en cam-bio la vista en Binabik.
—Binbiniqegabenik
—dijo—. ¿No eres capaz de dar la cara y acep¬tar la justicia de tu pueblo?
Había esperado más de ti, pese a tu hu¬milde cuna.
—Mis amigos son
inocentes —contestó Binabik—. Yo mantenía como rehén a vuestra hija hasta que
el rimmerio Sludig hubiese po¬dido escapar con los otros.
Nunuuika hizo
adelantar su montura hasta estar junto a la de su marido.
—No nos creas tan
tontos, Binabik, aunque no seamos tan inte¬ligentes como lo era tu maestro.
¿Quién despistó a los guardias?
La soberana dirigió
la vista a Sisqi. En su rostro había frialdad, poro aun así expresaba un cierto
orgullo.
—Hija, creía que
cometías un disparate cuando decidiste con¬traer matrimonio con este aprendiz
de brujo... Sin embargo, debo reconocer que, al menos, eres fiel.
Y se volvió hacia
Binabik.
—No esperes escapar
a tu sentencia, por haber vuelto a conquis¬tar a mi hija. La Casa del Hielo no
se ha derretido. El invierno ha matado a la primavera. El Canto de la
Vivificación no pudo tener efecto y, encima, tú nos vienes con cuentos
pueriles. Ahora volviste a la cueva de tu maestro, guardada por tu loba, en
busca de trucos endemoniados —gritó, cada vez más enojada—. ¡Ya fuiste juzgado,
miserable perjuro! Serás conducido a los riscos de hielo del abismo de Ogohak y
arrojado al vacío.
—Y tú, hija, vuelve
a casa —bramó Uammannaq—. Cometiste un grave error.
—¡No! —se rebeló
Sisqi, y su exclamación conmovió a los gnomos guardias— Escuché la voz de mi
corazón, sí, pero también adquirí una gran sabiduría. La loba nos mantenía
apartados de la casa de Ookequk, pero eso no fue en beneficio de
Binbiniqegabenik.
Extrajo el bien
atado rollo de la manga de Binabik y lo presentó.
—¡Esto es lo que
encontré! Nadie de nosotros esperaba ver lo que Ookequk había dejado...
—Sólo una imbécil
corre a revolver las cosas de un Hombre Can¬tor —dijo Uammannaq, pero su
expresión había cambiado.
—¡Pero Sisqi!
—intervino Binabik, perplejo—. ¡Si no sabemos lo que contiene el rollo! Podría
ser un hechizo de gran peligro, o...
—Tengo una buena
idea —señaló Sisqi, ceñuda—. ¿Reconocéis este nudo? —le preguntó a su madre,
entregándole el rollo.
La Cazadora le echó
un vistazo e hizo un gesto de desprecio al pasárselo al esposo.
—Es el nudo de
Ookequk, sí...
—¡Y vos sabéis qué
clase de nudo es, madre! —insistió Sisqi, antes de volverse hacia su padre—.
¿Ha sido abierto?
—No... —respondió
Uammannaq.
—¡Bien, padre mío!
Abridlo vos y leedlo, por favor.
—¿Ahora?
—Si no ahora,
¿cuándo? ¿Cuando el hombre al que estoy prome¬tida haya sido ejecutado?
El aliento de Sisqi
quedó prendido en el aire, después de su fu¬riosa respuesta. Uammannaq deshizo
el nudo con todo cuidado y retiró la negra correa; luego desenrolló despacio la
hoja de cuero, in¬dicando a uno de los porteadores de antorchas que se acercara.
—Binabik —gritó
Simón desde el cerco de lanzas—. ¿Qué ocurre?
—¡Quietos todos, y
no hagáis nada, de momento! —le contestó Binabik en la lengua del oeste—. Os lo
diré cuando pueda.
—«Sabed esto —leyó
Uammannaq—: que soy Ookequk, el Hom¬bre Cantor de Mintahoq, del Chugik, del
Tutusik, del Rinsenatuq, del Sikkihoq y del Namyet, así como de todas las demás
montañas de Yiqanuc.»
El Pastor leía
despacio, con largas pausas en las que estrechaba los ojos en su esfuerzo por
descifrar el sentido de las ennegrecidas runas.
—«Emprendo un largo
viaje, y en semejantes tiempos no sé si voy a regresar. En consecuencia, dejo
en este lugar mi canto de muerte, para que pueda ser mi voz cuando yo ya no
esté...»
—¡Qué lista eres,
Sisqi! —susurró Binabik mientras tronaba la voz del padre—. Tendrías que haber
sido tú la discípula de Ookequk, y no yo. ¿Cómo lo descubriste?
Ella quitó
importancia a la cosa con un gesto de la mano.
—Soy una hija de
Chidsik Ub Lingit, adonde llegan las deman¬das de juicio de todas las montañas.
¿Supones que no iba a recono¬cer el nudo empleado para un testamento?
—«... Debo advertir
a quienes quedan —continuó Uammannaq la lectura del texto de Ookequk— que vi
venir una gran oscuridad muy fría, como nunca la vio antes mi pueblo. Desde las
sombras del Vihyuyaq, el monte de los inmortales Hijos de las Nubes, vi que el
invierno que se acerca será terrible. Barrerá las tierras de Yiqanuc cual negro
viento del Mundo de los Muertos, estrujando la mismí¬sima piedra de nuestras
montañas con crueles dedos...»
Cuando el Pastor
leyó estas palabras, varios de los gnomos que lo escuchaban lanzaron gritos,
roncas voces que hallaron eco en la parte de la montaña envuelta en negrura.
Otros se tambalearon del susto, con lo que la luz de sus antorchas vaciló.
—«Mi discípulo,
Binbiniqegabenik, me acompañará en mi viaje. En el tiempo que me queda, lo
instruiré en las pequeñas cosas y en las largas historias que pueden ayudar a
mi pueblo en estos malos tiempos. Otras gentes, más allá de Yiqanuc, también
han preparado lámparas para la oscuridad que se avecina. Yo voy a unir mi luz a
la de ellos, por muy pequeña que parezca en comparación con la tor¬menta que
nos amenaza. Si no puedo volver, el joven Binbiniqegabenik lo hará en mi lugar.
Os ruego que lo honréis como haríais conmigo, porque tiene avidez de aprender.
Puede llegar el día en que sea mejor Hombre Cantor que yo.
»Y ahora termino mi
canto de muerte. Me despido de la mon¬taña y del cielo. Fue bueno vivir. Fue
bueno ser uno de los hijos de Lingit, y vivir mi vida en la hermosa montaña de
Mintahoq.»
Uammannaq bajó el
escrito, parpadeante. Un quedo lamento brotó de entre todos los presentes, en
respuesta al último canto de Ookequk.
—No tuvo tiempo
suficiente —murmuró Binabik, con lágrimas en los ojos—. Murió demasiado pronto
y no pudo explicarme nada... Al menos, no lo necesario. ¡Ay, Ookequk, cómo te
vamos a echar en falta! ¿Cómo pudiste dejar a tu pueblo sin más defensa ante el
Rey de la Tormenta que un jovenzuelo mal preparado como soy yo?
Cayó de rodillas y
tocó la nieve con la frente.
Se produjo un
embarazoso silencio, sólo horadado por los aulli¬dos del viento.
—Traed a los
hombres de las tierras bajas —dijo Nunuuika a los lanceros, y luego dirigió una
seria y preocupada mirada a su hija—. Vamos a ir todos a la Casa del Antecesor.
Hay mucho que pensar y hablar.
Simón despertó
lentamente, y contempló largo rato las incons¬tantes sombras del desigual techo
de Chidsik Ub Lingit, mientras trataba de recordar dónde estaba. Se sentía un
poco mejor, con la ca¬beza más clara, pero la cicatriz de la mejilla le escocía
terriblemente.
Se incorporó.
Sludig y Haestan se hallaban apoyados en la pa¬red, no lejos de él,
compartiendo un odre de alguna bebida a la vez que conversaban en voz baja.
Simón apartó de sí su capa y buscó a Binabik con la vista. Su amigo estaba en
el centro de la pieza, aga¬chado ante el Pastor y la Cazadora como si les
hiciese una súplica. De momento, Simón se asustó, pero entonces se fijó en que
tam¬bién otros habían adoptado la misma postura, entre ellos la propia
Sisqinanamook. Al prestar más atención al modo en que subían y bajaban sus
guturales voces, se dijo que aquello se parecía más a un consejo que a un
juicio. Aquí y allá, entre las profundas sombras, se distinguían otros pequeños
grupos de gnomos, acurrucados en re¬ducidos círculos repartidos entre la vasta
cueva. Unas cuantas luces muy esparcidas ardían cual estrellas en un cielo
lleno de nubes de tormenta.
Simón se enroscó de
nuevo, y se revolvió para encontrar un sitio liso en el suelo. ¡Qué extraño le
resultaba hallarse en esa cueva! ¿Vol¬vería a tener algún día un hogar, una
casa donde despertar cada ma–ana en la misma cama, sin que ello le sorprendiera?
Poco a poco cayó de
nuevo en un sueño ligero, en el que vio he¬lados pasos de montaña y ojos
colorados.
—¡Amigo Simón!
Era Binabik, que le
daba suaves palmadas.
El gnomo tenía
aspecto de agotamiento, e incluso en aquella semioscuridad se le notaban las
profundas ojeras. Sin embargo, sonreía.
—¡Es hora de
levantarse. Simón!
—¿Qué..., qué pasa,
Binabik? —balbució el muchacho.
—te traigo un
cuenco de té y buenas noticias. Parece ser que ya no me espera tan triste
suerte —bromeó el gnomo—. Ni Sludig ni yo vamos a ser arrojados al precipicio
de Oganak.
—¡Pero eso es
maravilloso! —exclamó Simón.
Tal era el alivio
que sentía, que le dolió el corazón. Dio un salto para abrazar al hombrecillo,
y lo hizo con tal entusiasmo que lo de¬rribó. El té se vertió sobre la piedra.
—Pasaste demasiado
tiempo en compañía de Qantaqa —rió Binabik, soltándose del abrazo—. Aprendiste
de ella esos saludos tan vehementes.
Varias cabezas se
volvieron para ver el extraño espectáculo, y fueron muchos los qanuc que se
asombraron ante aquel larguirucho y loco joven de las tierras bajas que
abrazaba a un gnomo como si perteneciera a ellos.
Simón vio las
miradas y agachó la cabeza, avergonzado.
—¿Qué han dicho?
—preguntó—. ¿Podemos irnos?
—Dicho en pocas
palabras: sí, podemos irnos —respondió Binabik, al mismo tiempo que se sentaba
a su lado.
Llevaba su bastón
de hueso, recuperado en la cueva de Ookequk, y mientras hablaba lo examinó, un
poco ceñudo ante las nu¬merosas señales dejadas por los dientes de la loba.
—Sin embargo,
todavía hay mucho por decidir —añadió—. El es¬crito de Ookequk ha convencido al
Pastor y la Cazadora de la ver¬dad de mis palabras.
—¿Qué es lo que hay
que decidir?
—Muchas cosas. Si
voy contigo para devolverle a Josua su Espina, mi pueblo queda nuevamente sin
Hombre Cantor. No obstante, opino que debo acompañarte. Si de veras ha caído
Naglimund, de¬biéramos seguir las indicaciones de Geloë. Es, sin duda, la
última gran sabia que nos queda. Además parece cada vez más cierto que nuestra
única esperanza es la de conseguir las otras dos espadas, Minneyar y Dolor. No
pudo ser en balde tu valentía en la montaña del dragón.
Binabik señaló la
espada llamada Espina, apoyada en la pared cerca de Haestan y Sludig.
—Si el resurgir del
Rey de la tormenta es irrefrenable —dijo—, de nada servirá que permanezca en el
Mintahoq, dado que ninguna de las artes que me enseñó Ookequk podrá mantener
alejado el in¬vierno que tanto tememos. Por consiguiente, «si el alud de nieve
cu-bre tu casa», como decimos los gnomos, «no te detengas a recoger cacharros».
He dicho a mi gente que debiera trasladarse a la parte baja de la montaña, a
los cazaderos de primavera, aunque ésta no llegue, y alimentarse de animales
pequeños.
Binabik se puso en
pie, tirándose del dobladillo de la gruesa chaqueta.
—Quería comunicarte
que ya no hay peligro para Sludig, ni para mí. Fue como una broma pesada. Desde
luego, es evidente que to¬dos nosotros estamos en peligro, pero la amenaza ya
no proviene de mi propio pueblo. Duerme un poco más, si puedes —dijo, apoyando
su pequeña mano en el hombro de Simón—. Probablemente partire¬mos al amanecer.
Ahora voy a hablar con Haestan y Sludig, porque aún hay mucho en que pensar,
esta noche.
Y con esto se
alejó. Simón siguió su menuda figura con la vista, hasta que se perdió en las
sombras.
«Gran parte del
plan ha sido decidido ya —pensó el muchacho, quejoso—, sin que a mí me hayan
invitado a participar en nada. Siem¬pre hay alguien que tiene un plan, y yo
siempre concluyo haciendo lo que cualquier otra persona decide. Me siento como
un vagón..., como un vagón viejo y desvencijado. ¿Cuándo podré tomar mis
pro¬pias decisiones?»
Reflexionando sobre
esto, esperó a que lo venciera el sueño.
Resultó que el sol
ya estaba muy alto en el grisáceo cielo antes de que estuvieran ultimados los
preparativos. Un espacio de tiempo que Simón estuvo más que contento de haberlo
pasado dormido.
Simón, sus
compañeros y gran número de gnomos salieron a los caminos del Mintahoq detrás
del Pastor y la Cazadora en el desfile más extraño que el chico hubiese visto
jamás. Cuando atravesaron las partes más populosas de la montaña, centenares de
gnomos se detuvieron en los balanceantes puentes o salieron de sus cuevas para
ver pasar la comitiva, y permanecieron boquiabiertos bajo las arre¬molinadas
volutas de humo de los fuegos en que cocinaban su co¬mida. Muchos descendieron
por sus escaleras y se unieron a la pro¬cesión.
Gran parte del
recorrido era montaña arriba, y la muchedumbre se extendía a lo largo del
estrecho sendero, de modo que avanzaba despacio. Pareció pasar mucho rato antes
de que llegaran a la cara norte del Mintahoq. Simón sintió que, poco a poco, lo
envolvía el entumecimiento. La nieve danzaba en el vacío que se abría mas allá
del camino, y los demás picos de Yiqanuc asomaban cual dientes al otro lado del
extenso valle.
Finalmente, la
columna se detuvo ante un amplio porche de piedra situado sobre un promontorio
que dominaba la zona norte del valle de Yiqanuc. Otro sendero abrazaba la
ladera de la mon¬taña más abajo de donde estaban ellos, y a escasa distancia
caían a pico las paredes de roca del Mintahoq hasta desaparecer en una blanca
densidad salpicada de manchas de sol. Al mirar hacia abajo, Simón recordó el
sueño en que había visto una oscura torre en¬vuelta en llamas. Apartó la vista
de aquel impresionante espec¬táculo para encontrarse con que sobre la
plataforma de piedra en que se hallaba, descollaba la gran casa de nieve en
forma de huevo que ya había descubierto el primer día desde la cueva. Al
tenerla ahora más cerca, pudo distinguir claramente el increíble cuidado con
que los triangulares bloques de nieve habían sido cortados y ajustados de
manera que las audaces piezas parecían encajadas unas dentro de otras, con lo
que la Casa de Hielo tenía tantas face¬tas como un diamante tallado y, gracias
a los escondidos ángulos interiores que producían reflejos azules y rosados,
sus paredes ad¬quirían una vida sorprendente.
La fila de gnomos
armados que vigilaba la Casa de Hielo se hizo a un lado, respetuosamente,
cuando Nunuuika y Uammannaq fue¬ron a colocarse entre los pilares de apretada
nieve que enmarcaban la puerta. Lo único que Simón pudo ver del interior de la
maravi¬llosa construcción fue un hueco azulgrís. Binabik y Sisqi tomaron
asiento en el peldaño de hielo que había debajo, enlazadas sus ma¬nos
protegidas por mitones. Qangolik, el Invocador del Espíritu, se situó junto a
ellos. Pese a que el rostro de Qangolik quedaba escon¬dido por su máscara de
morueco, Simón tuvo la impresión de que el fornido gnomo se sentía derrotado,
el Invocación del Espíritu, que antes del juicio en Chidsik Ub Lingit se había
pavoneado como un pájaro enamorado, ahora parecía tan cabizbajo como un cansado
agostero.
Cuando el Pastor
alzó su encorvada lanza y empezó a hablar, Binabik hizo de intérprete para sus
compañeros de las tierras bajas.
—Extraños tiempos
nos esperan —dijo Uammannaq con cara ojerosa—. Sabíamos que algo iba mal.
Vivimos demasiado estrecha¬mente unidos a la montaña, que constituye el
esqueleto de nuestro mundo, para no darnos cuenta de la inquietud que nos
rodea. La Casa de Hielo sigue en pie. No se ha derretido...
El viento se
levantó silbante, como si quisiera subrayar sus pa¬labras.
—El invierno
—prosiguió el Pastor— no quiere ceder. Primero le echamos la culpa a Binabik.
El Hombre Cantor o su discípulo siempre cantaron el Rito de la Vivificación, y
el verano nunca dejó de llegar. Pero ahora sabemos que no es por falta de
realizar el rito que el verano permanece escondido. Extraños días, como digo.
Todo ha cambiado.
Y Uammannaq bajo la
cabeza, temblorosa la barba.
—Hay que romper con
la tradición —agregó Nunuuika la Caza¬dora—. El mundo de los sabios debe ser
ley para quienes saben me¬nos. Ookequk ha hablado como si estuviese entre
nosotros. Ahora conocemos más acerca de lo que temíamos pero no podíamos
nom-brar. Mi esposo dice la verdad: nos esperan tiempos extraños. La tradición
nos servía, pero ahora nos encadena. Así pues, la Caza¬dora y el Pastor
declaran que Binbiniqegabenik queda libre de todo castigo. Seríamos unos
insensatos si matásemos a quien tanto luchó para protegernos de la tormenta
anunciada por Ookequk. Seríamos peor que insensatos, corno ahora comprendemos
claramente, si ma¬tásemos al único que conocía a fondo el corazón de Ookequk.
Nunuuika hizo una
pausa para que Binabik terminara su tra¬ducción y, después de pasarse la mano
por la frente con algún gesto ritual, continuó:
—El rimmerio Sludig
constituye un problema todavía más ex¬traño. No es qanuc, de modo que no se lo
podía acusar de perjurio, como hicimos con Binabik. Pero pertenece a un pueblo
enemigo y, si es cierto lo que explican aquellos cazadores nuestros que llegaron
más lejos, los rimmerios del este se han hecho aún más salvajes que antes. Sin
embargo, Binabik nos asegura que Sludig es distinto, y que su lucha es la de
Ookequk. No tenemos la certeza, pero en estos días de locura tampoco podemos
negar que así sea. Por consi¬guiente, también Sludig queda libre de castigo y
puede abandonar Yiqanuc si es su deseo. Será el primer croohok perdonado de
esta forma desde la batalla del valle de Huhinka, en tiempos de mi bisa¬buela,
cuando las nieves se enrojecieron de sangre. Rogamos a los espíritus de las
alturas, a la pálida Sedda y a Qinkipa de las Nieves, a Morag Sin Ojos, al
valiente Chukku y a todos los demás que prote¬jan a nuestro pueblo, si con este
juicio cometemos un error.
Cuando la Cazadora
hubo terminado de hablar, Uammannaq se acercó a ella e hizo un amplio gesto,
como si partiese algo en dos y lo arrojara lejos de sí. Los gnomos allí
presentes entonaron una aguda sílaba, y luego murmuraron excitados. Simón se
volvió y es¬trechó la mano de Sludig. El hombre del norte sonrió tensamente
detrás de su rubia barba.
—La gente pequeña
habla bien —dijo—. ¡En realidad son unos tiempos extraños!
Uammannaq levantó
la mano para acallar el rumor de las con¬versaciones.
—¡Que los de las
tierras bajas se vayan ahora! Binbiniqegabenik, que si regresa será nuestro
próximo Hombre Cantor, es libre de acompañarlos a llevar este raro objeto
mágico —y señaló la espada llamada Espina, que Haestan mantenía apoyada en el
suelo delante de él— a los hombres de las tierras bajas, que según él pueden
utili¬zarla para ahuyentar el invierno.
»Irá con ellos un
grupo de cazadores dirigido por nuestra hija Sisqinanamook, que será su escolta
hasta que abandonen territorio qanuc. A continuación, los cazadores se
encaminarán a nuestra ciu¬dad de la primavera, que se halla a orillas del lago
del Lodo Azul, para preparar la llegada del resto de nuestros clanes.
Uammannaq hizo una
señal, y uno de los gnomos se adelantó hacia él con un saco de cuero cubierto
casi por completo de delica¬dos bordados multicolores.
— Tenemos unos
regalos que deseamos daros —anunció el sobe¬rano.
Binabik invitó a
avanzar a sus amigos. La Cazadora entregó a Si¬món una vaina de piel flexible,
muy trabajada y tachonada además con cuentas de piedra del color de una luna de
primavera. El Pastor, por su parte, le obsequió con un cuchillo para ponerlo dentro.
Era una bonita hoja muy pálida, hecha de un solo trozo de hueso. En la
empuñadura tenía artísticos pájaros tallados.
—Una espada mágica
de las gentes de las tierras bajas puede ser muy buena para dragones de hielo,
pero un modesto cuchillo qa¬nuc resulta más fácil de esconder y de emplear en
lugares cerrados.
Simón les dio las
gracias cortésmente y se apartó. A Haestan le entregaron un hermoso odre de
cuero, decorado con bordados y cintas, llenado hasta el tapón de licor qanuc.
El soldado, que en la tarde precedente había bebido suficiente cantidad de ese
ácido licor para encontrarle por fin el gusto, hizo una reverencia, musitó
algu¬nas palabras de gratitud y se retiró.
Sludig, que había
llegado a Yiqanuc como prisionero y ahora lo iba a abandonar más o menos como
invitado de honor, recibió una lanza de punta terriblemente afilada, hecha de
brillante piedra ne¬gra. El mango no tenia adornos por haber sido preparado a
toda prisa (los gnomos no usaban lanzas de la medida apropiada), pero estaba
bien equilibrado y podía servir también de bastón.
—Confiamos en que
también apreciéis el regalo de vuestra vida —señaló Uammannaq—, y que recordéis
que la justicia de los qanuc es severa, mas no cruel.
Sludig los asombró
al apoyar rápidamente una rodilla en tierra.
—Lo recordaré —fue
todo lo que dijo.
—Binbiniqegabenik
—comenzó entonces Nunuuika—, tú ya has obtenido el mayor regalo que nosotros
podíamos darte. Si ella toda¬vía te quiere, nosotros renovamos nuestro
consentimiento para que te cases con nuestra hija menor. Cuando el Rito de la
Vivificación pueda ser realizado el año próximo, os uniréis en matrimonio.
Binabik y Sisqi
enlazaron sus manos y se inclinaron ante el Pastor y la Cazadora mientras éstos
pronunciaban unas palabras de bendi¬ción. El Invocador del Espíritu, con su
máscara de morueco, se ade¬lantó sin cesar de cantar al mismo tiempo que ungía
sus frentes con aceite, aunque al hacerlo ponía cara de disgusto, según le
pareció a Si¬món. Así que Qangolik hubo terminado y descendido entre gruñidos
los peldaños de la Casa de Hielo, el noviazgo fue de nuevo oficial.
La Cazadora y el
Pastor despidieron personalmente al grupo, y Binabik hizo de intérprete. Pese a
que Nunuuika sonreía y estrechó su mano con sus dedos pequeños y enérgicos,
Simón tuvo la impre¬sión de que era fría y dura como la piedra, tajante y
peligrosa como la punta de su lanza. Tuvo que esforzarse para devolver la
sonrisa y retroceder despacio cuando la soberana hubo concluido.
Qantaqa los
esperaba enroscada en un nido de nieve en las afue¬ras de Chidsik Ub Lingit. El
sol del mediodía había desaparecido detrás de la creciente niebla, y el viento
le produjo castañeteo de dientes a Simón.
—Tenemos que ir
montaña abajo, amigo —le dijo Binabik—. Qui¬siera que tú, Haestan y Sludig no
fueseis tan altos, ya que no hay carneros suficientemente grandes para
llevaros, y esto nos hará avanzar más lentamente de lo que yo desearía.
—¿Adonde vamos?
—preguntó Simón—. ¿Dónde está esa Roca del Adiós?
—Cada cosa en su
momento —respondió el gnomo—. Consultaré mis mapas cuando descansemos este
noche, pero es preciso que partamos lo antes posible. Los pasos de montaña son
traidores, y yo noto olor a nieve en el aire.
—¡Más nieve!
—refunfuñó Simón, echándose su saco a la es¬palda—. ¡Aún más nieve!
6
Los muertos sin
nombre
Así la halló
Drukhi...,
Maegwin empezó a
cantar.
Amada Nenais'u,
danzarina de pies alados,
tendida sobre la
verde hierba, muda como la piedra.
Sus oscuros ojos
miraban al cielo,
y sólo su
reluciente sangre le dio respuesta.
Nada acunaba su
cabeza,
y revueltos estaban
sus negros cabellos.
Maegwin posó una
mano sobre sus ojos para protegerlos del cortante viento, y luego se inclinó
hacía adelante para ordenar las flores colocadas sobre la tumba de su padre. El
viento había espar¬cido las violetas por las piedras de alrededor. Sólo unos
cuantos pé¬talos mustios quedaban junto a la sepultura de Gwythinn. ¿Adonde
había ido el traidor verano? ¿Y cuándo volverían a brotar las flores, para
poder cuidar los lugares de reposo de los seres queridos, como éstos merecían?
Cuando el viento sacudió los abedules, Maegwin
cantó de nuevo:
Largo tiempo la
sostuvo
a través de la
tarde de sombras grises,
bajo la vergonzosa
noche,
tantas horas como
había yacido ella sola.
Sin que pestañearan
sus ojos,
Drukhi cantó
canciones sobre la eterna luz de oriente,
y le susurró que
aguardarían juntos la salida del sol.
La aurora, de manos
doradas,
acarició mas no
pudo animar a la hija del ruiseñor.
El ágil espíritu de
Nenais'u había abandonado el cuerpo.
Drukhi la estrechó
contra sí,
y su voz resonó a
través de bosques y sotos.
Donde dos corazones
habían palpitado, ahora sólo latía uno...
Maegwin interrumpió
la canción, preguntándose de manera ausente si alguna vez había sabido las
palabras restantes. Recordaba que su aya se la cantaba de niña, una triste
balada referente al pue¬blo de los sitha, «los Pacíficos», como sus antecesores
los habían lla¬mado. Maegwin no conocía el final de la leyenda, y dudaba de que
su vieja aya lo hubiese sabido. No era más que eso: una triste can¬ción de
tiempos más felices, de su infancia en el Taig..., antes de que su padre y su
hermano muriesen.
La joven se alzó,
se sacudió el polvo de la negra falda y esparció las últimas y mustias flores
entre los esbeltos tallos de hierba que crecían sobre la tumba de Gwythinn.
Cuando regresó al camino, ciñéndose la capa contra el penetrante viento, se
preguntó una vez más por qué no había de descansar junto a su hermano y a su
padre, Lluth, en la paz de las montañas. ¿Qué le ofrecía la vida?
Le constaba lo que
Eolair diría. El conde de Nad Mullach argu¬mentaría que su pueblo sólo la tenía
a ella para inspirarlos y guiarlos.
—La esperanza
—solía decir Eolair, con su modo reposado pero zorruno— es como la correa que
ciñe el vientre del rey en su silla de montar: muy fina, pero..., si se parte,
el mundo queda cabeza abajo.
Pensando en el
conde, Maegwin experimentó una rara oleada de enojo. ¿Qué podía saber él, qué
podía saber sobre la muerte cual¬quiera que estuviese tan vivo como Eolair,
para quien la vida era un regalo de los dioses? ¿Cómo podía comprender el
terrible peso que significaba despertar cada mañana, consciente de que casi
todos los seres queridos se habían ido, que su pueblo estaba desarraigado y sin
amigos, condenado a una lenta y humillante extinción? ¿Qué re¬galo de los
dioses valía la pena, si había que cargar con el gris peso de la tristeza y
seguir el interminable y yermo camino de lacerantes pensamientos?
Eolair de Nad
Mullach la visitaba con frecuencia esos días, y le hablaba como si fuera una
niña. Mucho tiempo atrás, Maegwin ha¬bía estado enamorada de él, pero nunca se
había hecho la ilusión de que Eolair, a su vez, se interesara por ella. Era
alta como un hombre, desmañada y áspera en sus palabras, más semejante a la
hija de un granjero que a una princesa... ¿Quién iba a poder amar a Maegwin?
Ahora, sin embargo, cuando de la casa de Lluth ubh-Llythinn sólo quedaban ella
y su aturdida y joven madrastra Inahwen, Eolair se mostraba interesado.
No por motivos
ruines, empero. Maegwin rió en voz alta, y su propio sonido no le gustó. ¡Por
Dios! ¿Motivos ruines? No el hono¬rable conde Eolair. Era precisamente eso lo
que odiaba más en su persona: su inalterable amabilidad y rectitud. Estaba
harta de tanta compasión.
Además, aunque
—cosa del todo imposible— él hubiese pensado en aprovecharse en semejante
momento, ¿cómo iba a favorecerlo unir su suerte a la de ella? Maegwin era la
última hija de una casa destrozada, la gobernadora de una nación hecha trizas.
Los hernystiros se habían convertido en seres salvajes que vivían en las zonas
selváticas de las montañas de Grianspog, obligados a ocupar de nuevo sus cuevas
primitivas por el remolino de destrucción oca¬sionado por Elías, Supremo Rey, y
su secuaz rimmerio, Skali de Kaldskryke.
Quizá tuviera razón
Eolair. Posiblemente, ella debería dedicar su vida al pueblo. Era la última de
la estirpe de Lluth... Un débil lazo con un pasado más dichoso, pero el único
que les quedaba a sus supervivientes de Hernysadharc. Viviría, pues, pero... ¡quién
hu¬biese imaginado que el simple hecho de vivir representara una carga tan
pesada!
Cuando Maegwin
continuó su ascenso por la empinada senda, algo húmedo tocó su cara. La joven
levantó la vista. Multitud de puntitos blancos pululaban frente al plúmbeo
cielo. Otro copo le cayó encima.
¡Nieve! Tal
comprobación enfrió aún más su ya frío corazón. ¡Nieve en pleno verano, en el
mes de tiyagar! «Brynioch de los Cie¬los y todos los demás dioses le han vuelto
la espalda a los hernystiros», pensó.
Un solo centinela,
un muchacho que no contaría más de diez veranos y cuya enrojecida nariz
goteaba, saludó a Maegwin al entrar ésta en el campamento. Unos niños vestidos
con pieles jugaban en las musgosas rocas que había delante de la cueva,
tratando de atra¬par con la lengua los ahora ya abundantes copos de nieve. Los
pequeñuelos retrocedieron con los ojos muy abiertos al verla pasar con la negra
falda azotada por el viento.
«Creen que su
princesa está loca —pensó Maegwin con amar¬gura—. Cualquiera lo creería. La
princesa habla sola. En cambio, no le dirige la palabra a nadie durante días
enteros... La princesa no tiene otro tema que el de la muerte. ¡Desde luego, la
princesa está loca!»
Maegwin se dijo que
convendría dirigirles una sonrisa a aque¬llos asustados niños, pero, al mirar
sus sucios rostros y los harapos con que se cubrían, pensó que tal esfuerzo por
su parte aún los ate¬morizaría más. En consecuencia, pasó de largo para introducirse
en la cueva.
«¿Estaré loca de
verdad? —se preguntó de pronto—. ¿Acaso la lo¬cura se manifiesta con esta
terrible sensación de carga? ¿O por medio de unos pensamientos tan agobiantes,
que me parece tener en la ca¬beza los brazos de alguien que se ahogue,
luchando, rendido ya...?»
La gran caverna
estaba bastante vacía. El viejo Craobhan, que se reponía lentamente de las
heridas recibidas en la inútil defensa de Hernysadharc, yacía junto al fuego,
debidamente cercado, conver¬sando de manera apacible con Arnoran, que había
sido uno de los arpistas favoritos de su padre. Los dos levantaron la vista al
aproxi¬marse ella, y Maegwin notó que la observaban tratando de adivinar su
humor. Cuando Arnoran quiso ponerse de pie, la princesa le in¬dicó que
continuara sentado.
—Nieva—dijo.
Craobhan se
estremeció. El anciano caballero estaba casi calvo. Sólo le quedaban un par de
mechones blancos, y el resto era una maraña de finas venas azules.
—Eso no es bueno,
señora... Tenemos pocas cabezas de ganado, pero estamos hacinados en estas
pocas cuevas, como los animales, y eso que la mayoría de nosotros permanece
fuera durante el día.
—¡Pues sólo nos
falta más gente dentro! —gruñó Arnoran, que, pese a ser bastante más joven que
Craobhan, tenía un aspecto muy frágil—. ¡Aún más gente malhumorada!
—¿Conocéis La
despedida? —preguntó súbitamente Maegwin al arpista—. Es una vieja canción
referente a los sitha, que trata de la muerte de una tal Nenais'u.
—Creo que la sabía;
muchos años atrás —contestó Arnoran, a la vez que estrechaba los ojos mirando
al fuego. Procuraba hacer me¬moria—. Es una canción muy, muy antigua.
—No es preciso que
recordéis la letra —dijo Maegwin, y se sentó con las piernas cruzadas al lado
del músico, con la falda tan tirante como un tambor entre ambas rodillas—.
Basta con que toquéis la melodía.
Arnoran buscó su
arpa e intentó unas notas.
—No estoy seguro de
acertarla...
—No importa.
Probadlo —lo animó, ansiosa de encontrar algo que, aunque sólo por unos
instantes, produjera una sonrisa en sus rostros, ya que su pueblo no merecía
verla siempre tan afligida—. Nos hará bien —agregó al fin— pensar en otros
tiempos.
Arnoran asintió y
se puso a tañer brevemente el instrumento con los ojos cerrados, como si a
oscuras le costase menos dar con la melodía. Por último inició un delicado tema
lleno de extrañas notas que vibraban al borde de la disonancia, pero sin caer
nunca en ella. También Maegwin cerró los ojos. De nuevo le pareció escuchar la
voz de su aya de antaño, cuando le contaba la historia de Drukhi y Nenais’u...
¡Qué nombres tan raros tenían los personajes de las anti¬guas haladas! La
historia hablaba del amor de la pareja, de cómo murieron los dos, y de sus
familias en constante enemistad...
La música duró
largo rato. En la mente de Maegwin se arremo¬linaban imágenes del pasado,
lejanas y más recientes. Se figuró a un pálido Drukhi, desconsolado y jurando
vengarse..., pero tenía el an¬gustiado rostro de su hermano Gwythinn. Y
Nenais'u, tendida exá¬nime sobre el césped, ¿no era ella misma?
Arnoran había
cesado de tocar. Maegwin abrió los ojos, sin sa¬ber cuánto hacía que ya no
sonaba la música.
—Cuando Drukhi
murió vengando a su mujer —dijo, como si prosiguiera una conversación
anterior—, su familia ya no pudo se¬guir viviendo con la de Nenais'u.
Arnoran y Craobhan
intercambiaron miradas. Ella continuó, sin hacerles caso.
—Ahora recuerdo la
historia. Mi aya siempre me la cantaba. La familia de Drukhi huyó de sus
enemigos y se fue lejos... ¿Cuándo regresarán Eolair y los demás de su
expedición? —inquirió de pron¬to, dirigiéndose a Craobhan.
El anciano se puso
a contar con los dedos.
—Tendrían que
volver cuando haya luna nueva, un poco antes de dos semanas.
Maegwin se levantó.
—Algunas de estas
cuevas se adentran hasta el corazón de la montaña, ¿no? —preguntó.
—Siempre hubo
cavernas muy profundas en el Grianspog —res¬pondió Craobhan despacio,
procurando entenderla—. Y algunas fueron abiertas todavía más, para explotarlas
como minas.
—En tal caso, las
inspeccionaremos mañana, de madrugada. Cuando el conde y sus hombres regresen,
estaremos en condiciones de efectuar el traslado.
—¿El traslado?
—exclamó Craobhan, sorprendido—. ¿Adonde, princesa?
—Penetraremos más
en las montañas —dijo Maegwin—. Se me ocurrió mientras Arnoran cantaba.
Nosotros, los hernystiros, somos como la familia de Drukhi en la canción. No
podemos seguir habi¬tando aquí. El rey Elías destruyó a su hermano Josua
—añadió, fro-tándose las manos como si con ello pudiese ahuyentar el frío de la
cueva—. Allí ya no queda nada, ni nadie que pueda expulsar a Skali.
—Pero... ¡señora
mía! —protestó Arnoran, asustado ante su auda¬cia de interrumpirla—. Todavía
queda Eolair, y con él van muchos bravos hernystiros...
—Pero no hay quien
arroje a Skali —lo corrigió ella, severa—, y, sin duda, el caballero de
Kaldskryke considerará los prados de los hernystiros más acogedores, en este
verano tan gélido, que sus pro¬pias tierras de Rimmersgardia. De continuar
aquí, acabaríamos atrapados y muertos como conejos delante de nuestras cuevas.
En cambio —señaló con voz más firme—, si penetramos más en la mon¬taña, nunca
nos descubrirán. De ese modo, Hernystir sobrevivirá a pesar de la demencia de
Elías y de Skali y todos los demás.
El viejo Craobhan
la miró preocupado. Maegwin comprendió que se preguntaba lo mismo que todos: si
se habría desequilibrado a consecuencia de las perdidas sufridas...
«Tal vez sea así
—pensó—, pero no estoy equivocada en esto... En esto, estoy segura de tener
razón.»
—Pero... ¡señora!
—objetó el viejo consejero—. ¿Qué vamos a co¬mer? ¿Y de dónde sacaremos las
ropas y el grano...?
—Vos mismo lo
dijisteis —respondió Maegwin—. Las montañas están perforadas en todas
direcciones. Si exploramos bien los túne¬les y aprendemos a sacar partido de
ellos, podemos vivir en las pro¬fundidades, a salvo de Skali, y salir a la
superficie siempre que que¬ramos..., para cazar, reunir provisiones e incluso
hacer incursiones en los campamentos de Kaldskryke, si se nos antoja.
—Oh, pero...
—balbució el anciano, buscando el apoyo de Arno¬ran, mas este no pudo dárselo—.
Pero... ¿qué dirá vuestra madre Inahwen de semejante plan? —preguntó
finalmente.
Maegwin lanzó una
exclamación de desprecio.
—Mi madrastra se
pasa el día sentada con las demás mujeres, la¬mentándose de lo hambrienta que
está, Inahwen es de menos utili¬dad que una niña.
—¿Y Eolair, qué
pensará? ¿Cuál será la opinión del valiente conde?
Maegwin se fijó en
las temblorosas manos de Craobhan y en sus ojos lagrimeantes. El hombre le dio
pena, mas no por eso dismi¬nuyó su enfurecimiento.
—Lo que el conde de
Nad Mullach piense, me tiene sin cuidado. No olvidéis, Craobhan, que él no me
manda. Prestó juramento de fidelidad a la casa de mi padre, ¡y Eolair hará lo
que yo diga!
Y Maegwin se alejó,
dejando a los dos hombres cuchicheando junto al fuego. El tremendo frío del
exterior no logró refrescar su encendido rostro, a pesar de que la mujer
permaneció largo rato bajo el nevoso vendaval.
El conde Guthwulf
de Utanyeat despertó al oír la campanada de medianoche de Hayholt, situada en
lo alto de la Torre del Ángel Verde, que resonó en el silencio.
Guthwulf cerró los
ojos, esperando que el sueño lo venciese de nuevo, pero no bahía manera. Una
escena tras otra pasaban por su martirizada mente, cuadros de batallas y
torneos, de frías escenas de la etiqueta en la corte, del caos de las cazas...
Y casi siempre aparecía el rostro del rey Elías: el destello de alivio,
disimulado enseguida, al ver cómo Guthwulf se abría paso entre un cerco de
atacantes para rescatar a su amigo durante la guerra con los thrithingos; la
vacía y oscura mirada con que Elías había recibido confirmación de la muerte de
su esposa Hylissa, y... lo peor de todo, la reservada y di-vertida mirada, a la
vez que avergonzada, que el rey presentaba ahora cada vez que se encontraba con
Guthwulf.
El conde se
incorporó entre reniegos. El sueño le rehuía, y tar¬daría en volver.
No encendió la
lámpara, sino que se vistió a oscuras y, guiado por la débil luz de las
estrellas, que entraba por la estrecha ventana, pasó con cuidado por encima de
su criado, que dormitaba en el suelo, al pie del lecho de Guthwulf. Se había
echado una capa sobre el camisón; se calzó unas zapatillas y salió al corredor.
Atormentado por tan inútiles e inquietantes pensamientos, decidió pasear
durante una hora.
Los salones y
zaguanes de Hayholt estaban vacíos, sin un solo guardia o sirviente a la vista.
Aquí y allá, las antorchas ardían vaci¬lantes en sus soportes de la pared,
consumidas casi hasta el mango. Sólo desde lejos, a través de los oscuros
pasadizos, llegaron hasta Guthwulf las voces de los centinelas, sin duda los de
las murallas, a quienes la distancia hacía incorpóreos y fantasmagóricos.
Guthwulf se
estremeció. «Lo que yo necesito es una mujer —se dijo—. Un cuerpo caliente en
el lecho, una voz que parlotee, para mandarla callar cuando yo quiera y llenar
el vacío cuando me ape¬tezca. ¡Esta vida frailesca es capaz de afeminar a
cualquiera!»
Dio media vuelta y
se encaminó hacia el alojamiento de los cria¬dos. Allí había una camarera,
descaradilla y de cabellos muy rizados, que no diría que no... ¿No le había
explicado ella que su prometido había muerto en la colina de Bullback y que
estaba completamen¬te sola?
«Si esa chica está
de luto... ¡Ah, entonces yo me convertiré en monje!»
La gran puerta del
alojamiento de los criados estaba cerrada. Guthwulf gruñó y tiró de ella, pero
el pestillo había sido corrido por dentro. Estuvo tentado de golpear con el
puño la pesada madera de roble, hasta que alguien acudiese a abrirle —alguien
que se diese cuenta de la furia de Utanyeat—, pero desistió de ello. El
silencioso ambiente de los pasillos de Hayholt le aconsejaba no llamar la
aten¬ción. Además, reflexionó, aquella moza no valía la pena de que uno
anduviese hundiendo puertas.
Se alejó, pues,
frotándose la rasposa barbilla, y vio algo pálido que se movía en un ángulo del
salón, allí donde ya apenas alcanzaba su vista. Miró con más atención, pero no
distinguió nada. Dio unos pasos en aquella dirección y se asomó al rincón. También
el otro sa¬lón se hallaba vacío. Sin embargo, unos jadeantes murmullos
reco¬rrían la galería... Una queda voz de mujer, que parecía expresar
su¬frimiento. Guthwulf dio media vuelta para regresar a su cuarto.
«¡Bah, trucos de la
noche! —se dijo—. Puertas cerradas, pasillos desiertos, horrible todo junto...
¡Por el Árbol de Jesuris! ¡Quizás está vacío todo el castillo!»
Y se detuvo de
repente, mirando a su alrededor. ¿Qué corredor era aquél? No reconocía las
pulidas baldosas, ni las insignias de ex¬traña forma que pendían entre las
sombras de la oscura pared. Salvo que se hubiera extraviado, aquello tenía que
ser el camino de la ca¬pilla. Retrocedió hasta la bifurcación del salón y
avanzó en el otro sentido. Aunque el nuevo corredor nada tenía de
característico, con excepción de unas cuantas ventanas largas y estrechas,
Guthwulf creyó haber dado de nuevo con su camino.
Se agarró al
alféizar de una de esas ventanas y se alzó con sus ro¬bustos brazos. Fuera
tendría que ver la fachada o un lado del patio de la capilla...
Alarmado por lo que
veía, el conde se soltó de su agarre. No obstante la corta distancia, las
rodillas se le doblaron y lo hicieron caer al suelo. Rápidamente, Guthwulf
volvió a ponerse de pie. El corazón le latía con violencia cuando se encaramó
otra vez para mi¬rar por la estrecha ventana.
Delante tenía el
patio de la capilla, como debía ser. Sumido en la oscuridad de la noche.
Pero... ¿qué habla
visto la primera vez? Paredes blancas y un bosque de misteriosos chapiteles que
en un primer momento había tomado por árboles, para comprender enseguida que se
trataba de torres... ¡Un bosque de esbeltos minaretes, de finas agujas de mar¬fil,
que atraían la luz de la luna y parecían encendidas por ella! ¡Hayholt nunca
había tenido semejantes torres!
La segunda mirada
le confirmó que todo era normal. Allí esta¬ban el patio, la puerta de la
capilla y el toldo. Los arbustos que ribe¬teaban los senderos parecían ovejas
soñolientas. A lo lejos distinguía la silueta bañada en luna de la Torre del
Ángel Verde, solitario dedo que señalaba el cielo allí donde, poco antes,
hubiese jurado ver una docena de manos elevadas en actitud de súplica.
Descendió
nuevamente y buscó apoyo en la fría piedra. ¿Qué había sido lo de antes?
¿Trucos de la noche? No; era algo más. En¬fermedad o locura... ¡o brujería!
Guthwulf no tardó
en serenarse. «¡Basta, imbécil! —se dijo, sacu¬diendo la cabeza—. ¡Lo que
acabas de ver no son frutos de la locura, sino de demasiado cavilar, de
excesivas preocupaciones impropias de un hombre! Mi amo solía permanecer
sentado junto al fuego, de noche, con los ojos muy abiertos, y afirmaba ver
fantasmas. Aun así, tenía la cabeza bien clara cuando murió, y eso que había
llegado a los setenta veranos bien cumplidos. No; es la inquietud por el rey lo
que se apodera de mí. Bien puede ser que nos rodee la magia negra. ¡Sabe Dios
que seré el último en discutir esa posibilidad, después de lo visto este año!
Aunque no aquí, en Hayholt...»
Guthwulf estaba
enterado de que, muchos siglos atrás, el casti¬llo había pertenecido a los
duendes, pero ahora estaba tan protegido por encantamientos y talismanes contra
ellos, que ciertamente no habría otro lugar en el mundo donde fuesen peor
recibidos.
«No —pensó—. Es el
cambio producido en el rey lo que llena mi mente de extrañas ideas. Cómo Elías
varía de un momento a otro, pasando de una cólera lunática a una ansiedad
pueril.»
Se dirigió a la
puerta que había en el extremo del pasillo y salió al patio. Todo estaba tal
como acababa de verlo. En una de las ven¬tanas del otro lado del jardín, donde
tenía sus aposentos privados el rey, brillaba una luz.
«Elías está
despierto —se dijo—. Desde que Josua empezó a cons¬pirar contra él, no duerme
bien.»
Guthwulf cruzó el
patio en dirección a la residencia real. Un airecillo muy impropio de la
estación le soplaba alrededor de los des¬nudos tobillos. Hablaría con su viejo
amigo Elías en las vacías horas de la noche en que los hombres decían la
verdad. Pediría que le informase sobre Pryrates y el horrible ejército que él,
el rey, había reunido, las huestes que habían caído sobre Naglimund como una
plaga de langostas blancas. Guthwulf y el soberano habían sido compañeros de
armas durante demasiados años para que el conde permitiera que su amistad se
desmoronase como una armadura he¬rrumbrosa. Esa noche hablarían, y él
averiguaría por qué espantosos motivos actuaba Elías de modo tan extraño. Sería
la primera oca¬sión de conversar a solas, sin que Pryrates rondara por ahí,
atento a cada palabra y vigilándolos con sus negros ojos de hurón.
La puerta se
hallaba cerrada, pero Guthwulf todavía llevaba, colgada del cuello con un
cordón, la gran llave que Elías le había dado al suceder a su padre en el
trono. El sentido práctico que tenía como soldado no le había permitido
quitársela pese a haber trans¬currido muchos meses desde que Elías lo había
llamado para con¬fiarle una misión secreta.
Las cerraduras no
habían sido cambiadas, y la pesada puerta se abrió hacia adentro sin el menor
ruido. Guthwulf lo agradeció, aun¬que no sabía bien por qué. Al subir la
escalera que conducía a la resi¬dencia del rey, le sorprendió no ver ni un solo
guardia delante de la puerta interior. ¿Tan seguro se sentía Elías de su poder,
que ni siquiera temía ser asesinado? Eso, desde luego, no encajaba con su
comporta¬miento desde que había regresado del asedio de Naglimund.
Una vez arriba,
Guthwulf percibió unas voces ahogadas. Súbita¬mente lleno de recelo, se inclinó
para acercar la oreja al ojo de la cerra¬dura.
«Tendría que
haberlo supuesto —pensó con desagrado—. En cual¬quier parte reconocería la voz
de chacal de Pryrates. ¡Maldito sea ese bastardo desnaturalizado! ¿Es que no
puede dejar en paz al rey?»
Cuando se
preguntaba si debía llamar o no, oyó un quedo mur¬mullo de Elías. Una tercera
voz dejó helada la mano de Guthwulf en el aire, cuando sus nudillos estaban ya
a punto de tocar la puerta.
Esa última voz era
aguda y dulce, pero había algo extraño en su tono, algo inhumano en su melodía.
Actuó sobre los sentidos del conde como un jarro de agua fría. El vello de los
brazos se le erizó, y su respiración se volvió jadeante. creyó entender las palabras
«espada» y «montaña» antes de que se apoderase de él un miedo parali¬zante. Se
apartó tan precipitadamente de la puerta que poco le faltó para caer escalera
abajo.
«¿Han llegado hasta
aquí esos seres infernales? —se preguntó, al mismo tiempo que se enjugaba las
sudorosas manos en el camisón y descendía un peldaño—. ¿Acaso es obra del
diablo? ¿Ha perdido Elías la razón? ¿O... el alma?
Las voces
aumentaron de volumen, y la puerta chirrió como si alguien hubiese alzado el
pestillo por dentro. Abandonada ya toda idea de dialogar con el rey, el conde
de Utanyeat sólo supo que no quería ser descubierto escuchando, ni tampoco
tropezar con aquel ser que hablaba de forma tan rara. Buscó con la vista un
rincón donde esconderse, pero la escalera era estrecha. Bajó en un vuelo, pues,
y apenas había alcanzado la puerta exterior cuando percibió pasos en el rellano
superior. Al oír crujir los peldaños, Guthwulf se acurrucó en el sombrío hueco
que formaba el arran¬que de la escalera. Dos figuras, una distinta de la otra,
se pararon en la entrada.
—Al rey le
satisfacen estas noticias —dijo Pryrates.
La sombra más
oscura que había a su lado no contestó. Una mancha blanca relució en las
profundidades de su negra capucha. Pryrates salió afuera, y sus vestimentas de
color escarlata adquirie¬ron un tono azul violeta a la luz de la luna cuando
volvió la calva ca-beza para mirar con cautela a su alrededor. La sombra lo
siguió al jardín.
El enojo se adueñó
de Guthwulf y pudo incluso más que sus te¬mores. ¡Que el señor de Utanyeat
tuviera que esconderse debajo de la escalera y ocultarse de ese misterioso algo
al que el condenado sa¬cerdote trataba tan amablemente como si fuese un tío
llegado del campo...!
—¡Pryrates! —gritó
por eso, abandonando su escondrijo—. Quiero tener unas palabras con vos...
Los pies del conde,
sólo calzados con zapatillas, rechinaron con¬tra la grava. El sacerdote se
había detenido delante de él, en medio del camino. El viento silbaba entre los
setos vivos, pero no se oía nada más, aparte del susurro de las hojas.
—¡Conde Guthwulf!
—exclamó Pryrates, alzando sus ralas cejas con evidente sorpresa—. ¿Qué hacéis
aquí? ¡Y a estas horas! —agregó, observando de arriba abajo al caballero—.
¿Acaso no podíais dormir?
—Sí..., no... ¡Eso
no tiene importancia, diantre! Venía a visitar al rey.
—¡Ah, bien! Pero yo
acabo de dejar a Su Majestad. Ahora mismo ha tomado su somnífero, de manera que
deberéis relegar hasta ma¬ñana el deseo de hablar con él.
Guthwulf miró a la
burlesca luna y, luego, alrededor de todo el patio. Se sentía aturdido,
traicionado por sus propios sentidos.
—¿Estuvisteis a
solas con el rey? —inquirió.
El sacerdote clavó
en él los ojos.
—Con excepción del
nuevo escanciador, sí. Y de unos cuantos criados en las habitaciones
exteriores. ¿Porqué lo preguntáis?
El conde notó que
perdía pie.
—¿Escanciador? Sólo
quería saberlo... Pensé que... —respondió Guthwulf con un gran esfuerzo por
recuperar la serenidad—. No hay ningún centinela delante de esa puerta.
—Con un bravo
guerrero como vos en los jardines —sonrió Pryrates—, difícilmente hacen falta
guardias. Pero tenéis razón. Hablaré de ello con el encargado de la vigilancia.
Y ahora excusadme, señor. Me llama mi angosto lecho. Tuve un día largo y
pesado. ¡Buenas noches!
El sacerdote dio
media vuelta con un remolineo de sus amplias ropas y se alejó, para desaparecer
luego entre un cúmulo de sombras en el otro extremo del patio.
El espíritu viajero
volvió a él cuando cabalgaba por las intermi¬nables nieves, mas no su nombre.
No podía recordar cómo había montado el noble bruto, ni si le pertenecía.
Tampoco sabía dónde había estado, ni cuál era la causa del terrible dolor que
torturaba su cuerpo, retorciendo y atronando sus miembros. De lo único que
te¬nía conciencia era de que tenía que alcanzar un punto más allá del
horizonte, y para ello seguía una curva línea de estrellas que ardía de noche
en los cielos del noroeste. No había forma de que hiciese me-moria del lugar
que allí encontraría.
Era raro que se
detuviera para dormir. La marcha en sí era una especie de duermevela, un largo
túnel blanco de viento y hielo, que parecía no tener fin. Los fantasmas lo
acompañaban, un gran nú¬mero de muertos sin hogar que caminaban junto a sus
estribos. Al¬gunos de ellos eran fruto de su propia imaginación, o así parecía
por el reproche que llevaban escrito en sus pálidos rostros. Otros eran los
molestos espíritus de aquellos a quienes había matado él. Pero ninguno de ellos
tenía ahora poder sobre su persona. Sin su nom¬bre, era tan fantasma como
ellos.
Así pues, iban
juntos: el hombre anónimo y los muertos también sin nombre, un solitario jinete
y una susurrante horda insus¬tancial que lo acompañaba como la espuma a una ola
del mar.
Cada vez que el sol
moría y la luna creciente asomaba al relu¬ciente cielo del noroeste, hacia un
corte con su cuchillo en el cuero de la silla de montar. En ocasiones, el sol
se escondía, el viento lle¬naba el ambiente de aguanieve y las estrellas no aparecían.
Él, sin embargo, hacía una marca en su silla. Ver las claras señales en el
cuero oscurecido por la grasa lo animaba, por demostrar que algo podía cambiar
en aquella eterna monotonía de montañas y rocas y llanos nevados, y que él no
daba simples vueltas en redondo como un insecto ciego por el borde de una copa.
Otra manera de medir el tiempo consistía en el hambre, que ahora resultaba peor
que todas las demás terribles molestias. Pero eso, por otro lado, era un
extraño consuelo. Pasar hambre significaba estar vivo. La muerte lo conde¬naría
a unirse al tropel de susurrantes sombras que lo rodeaba, obli¬gado a
revolotear y lanzar suspiros para siempre en aquel mundo desolado. Mientras
viviese, existía una lejana y fría esperanza, si bien no tenía ni idea de lo
que podría hallar en su destino.
Llevaba efectuadas
once marcas en la silla de montar cuando mu¬rió el caballo. Un momento antes,
los dos avanzaban animosos, ha¬ciendo frente a una nueva oleada de nieve; al
momento siguiente, la montura caía lentamente de rodillas, entre
estremecimientos. Por úl¬timo se derrumbó entre una nube blanca. El hombre
tardó unos mi¬nutos en librarse del cuerpo muerto, sin hacer caso del dolor,
que pa¬recía tan distante como las estrellas por las que se guiaba. Se puso de
pie como pudo y empezó a andar sobre unas piernas harto inseguras.
Otros dos soles
salieron y se pusieron, y él seguía caminando. Hasta los fantasmas
desaparecieron al fin, barridos por la aullante tempestad. El hombre se dijo
que el frío podía hacerse aún más in¬tenso, aunque no se daba verdadera cuenta
del que ya imperaba.
Cuando apareció el
nuevo sol, fue para introducirse en un cielo glacial, de color de pizarra. El
viento había cedido, y los remolinos de nieve formaban ahora plumosas lomas.
Delante de él, severa y escarpada como un diente de tiburón, se alzaba la
montaña contra el horizonte. Una impresionante corona de cenicientas nubes
ro¬deaba el sombreado pico, alimentada por los humos y vapores que surgían de
las grietas formadas en las laderas cubiertas de hielo. Ante aquel espectáculo,
el hombre cayó de rodillas y murmuró una oración de gracias. Seguía sin saber
su nombre, pero sabía que había hallado lo que buscaba.
Pasadas de nuevo
las horas de oscuridad y de luz, estuvo ya más cerca de la montaña, caminando
por un mundo de heladas colinas y sombríos valles, donde vivían hombres y
mujeres mortales de cabe¬llos claros y mirada recelosa, amontonados en casas de
clanes, cons¬truidas con piedras y barro, y sostenidas por pesadas vigas
negras. Pero aunque aquellos inhóspitos poblados le resultaban vagamente
familiares, no los cruzó. Y, si sus habitantes lo saludaban aproxi¬mándose,
bien que no más de lo que la superstición permitía, él ha¬cía caso omiso y
continuaba su camino.
Otro día de penoso
avanzar lo llevó más allá de las moradas de aquella gente de pelo descolorido.
Allí, la montaña ocultaba el cielo hasta el punto de que incluso el sol parecía
pequeño y remoto y un perpetuo atardecer cubría la tierra. Unas veces a gatas,
otras tamba¬leándose, el hombre escaló los peldaños del viejísimo camino que
atravesaba los cerros del pie de la montaña, dejando atrás las ruinas,
revestidas de escarcha, de una ciudad muerta hacía largo tiempo. Unos pilares
semejantes a huesos rotos traspasaban la corteza de nieve, y diversos arcos que
recordaban las vacías cuencas de calave¬ras permitían ver detrás la oscura
forma de la montaña.
finalmente, al
hombre le fallaron las fuerzas cuando tan cerca estaba de su meta. El difícil y
helado camino terminaba ante una gran puerta en la ladera de la montaña, una
puerta mayor que una to¬rre, hecha de cuarzo de calcedonia, brillante alabastro
y madera no¬ble, con goznes de granito negro y grabados de extrañas formas y
runas todavía más raras. Se detuvo delante de esa puerta cuando el último resto
de vida abandonaba su torturado cuerpo. Y la enorme puerta se abrió en el
momento en que la negrura final empezaba a descender sobre él. Numerosas
figuras blancas salieron del interior, bellas como el hielo a la luz del sol,
pero terribles como el invierno. Lo habían visto llegar; habían seguido cada
uno de sus vacilantes pasos a través del níveo páramo. Satisfecha ahora, de
algún modo, su insondable curiosidad, aquellos seres lo trasladaron a la
seguri¬dad de la montaña.
El viajero sin
nombre despertó en un gran aposento de techo sostenido por columnas, en pleno
corazón de la montaña, donde todo lo iluminaba una luz azul. El humo y el vapor
que emergían del enorme pozo situado en el centro de la pieza se mezclaban con
la nieve que formaba remolinos bajo el techo, de increíble altura. El hombre
pasó un rato sin poder apartar la vista de aquellas revueltas nubes. Cuando al
fin se vio con energía para apartar los ojos de allí, descubrió un gran trono
de roca negra, cubierto de una pátina de escarcha. Lo ocupaba una figura
envuelta en una ropa blanca, cuya máscara plateada centelleaba como una llama
de color azul claro, reflejando la luz que esparcía el gran pozo. Una gran
excitación se apoderó de él, pero también una horrible vergüenza.
—¡Señora! —gritó al
volverle la memoria—. ¡Destruidme, señora! ¡Destruidme, porque os fallé!
La máscara de plata
se inclinó hacia él. Un canto sin palabras se alzó entre las sombras del
aposento, desde donde multitud de ojos lo vigilaban, como si los fantasmas que
lo habían acompañado a tra¬vés del desierto estuviesen allí para juzgarlo y ser
testimonios de su ineptitud.
—¡Calla! —dijo
Utuk'ku, y su escalofriante voz lo agarró con ma¬nos invisibles, produciéndole
un escalofrío que penetró hasta lo más hondo de su corazón y lo dejo
petrificado—. Ya averiguaré yo lo que deseo saber.
Después de las
tremendas heridas sufridas y de la penosa mar¬cha por las nieves, sus
padecimientos se habían hecho tan generales que había olvidado que pudiera
existir otra sensación. Llevaba su tormento con tanta indiferencia como su
falta de nombre, pero eso era sólo un problema físico. Ahora, en cambio,
recordaba —como casi todos los que visitaban el Pico de las Tormentas— que
existían unas agonías muy superiores a cualquier daño material, y que para
semejantes sufrimientos no había muerte que liberara de ellos.
Utuk'ku, la señora
de la montaña, era de una edad inimaginable y había aprendido muchas cosas.
Quizás hubiera podido extraer de el los conocimientos que quería sin necesidad
de infligirle tan es¬pantoso suplicio. Si tal clemencia estaba dentro de sus
posibilidades, Utuk'ku había decidido no ponerla en práctica.
Él gritaba y
gritaba. El gran aposento le devolvía los ecos.
Los gélidos
pensamientos de la reina de las nornas penetraron en su interior, retorciéndole
las entrañas con frías garras. Era aque¬llo una agonía más allá del miedo o de
la imaginación. Utuk’ku lo vaciaba, y él tenía que soportarlo indefenso. Todo
lo sucedido, to¬das sus experiencias cayeron de él; sus pensamientos más
íntimos y el más privado yo salieron a la superficie y quedaron al descubierto.
Tenía la sensación de que lo habían abierto de arriba abajo, como un pescado,
para arrancarle el alma, que se resistía...
Vio de nuevo la
persecución Urmsheim arriba, su descubrimiento de la espada que habían estado
buscando, su propia lucha con los mortales y los sitha... Vio acercarse una vez
más al dragón de hielo, y volvió a sufrir su terrible herida. Y sintió también
cómo, maltrecho y ensangrentado, quedaba sepultado bajo el hielo de si¬glos.
Luego, como si observara a un extraño, siguió con la vista a una criatura
moribunda que se tambaleaba por la nieve, en dirección al Pico de las
Tormentas, un desventurado que había perdido a su presa y a su compañía, y que
incluso había extraviado el yelmo de sabueso que lo señalaba como el primer
mortal nombrado Montero de la Reina. Finalmente palidecieron las imágenes de
tanta vergüenza.
Utuk'ku hizo otro
gesto de afirmación, y su máscara de plata pa¬reció contemplar el tumulto de
nieblas formado encima del Pozo del Arpa Respirante.
—No es cosa tuya
decir si me fallaste o no, mortal —dijo por fin—. Pero entérate de esto: no
estoy descontenta. Hoy he aprendido mu¬chas cosas útiles. El mundo sigue
girando, pero ahora gira hacia no¬sotros.
Levantó una mano, y
el canto aumentó de volumen en las som¬bras de la estancia. Algo grande pareció
agitarse en las profundida¬des del pozo, haciendo danzar los velos de vapor.
—Te devuelvo tu
nombre, Ingen Jegger —anunció Utuk'ku—. ¡Y todavía eres el Montero de la Reina!
Y de su regazo alzó
un nuevo y resplandeciente yelmo blanco en forma de sabueso buscador. Los ojos
y la lengua colgante eran de piedras preciosas rojas, y dagas de marfil las
apretadas filas de dien¬tes en las abiertas fauces.
—¡Esta vez, además,
te proporcionaré una caza como nunca per¬siguió mortal alguno! —añadió.
En el Pozo del Arpa
se produjo una oleada radiante, que salpicó las columnas. Un estruendo
semejante al de un trueno retumbó en el aposento, tan profundo que pareció
sacudir incluso la base de la montaña. Ingen Jegger sintió que su espíritu
renacía, y le hizo mil promesas silenciosas a su maravillosa señora.
—Pero antes
—prosiguió la máscara de plata— necesitas dormir mucho y curarte, porque
penetraste en el reino de la muerte hasta mucho más allá de lo que los mortales
consiguen, si han de volver, te reforzaremos, porque la misión que después te
aguardará será dura.
La luz se
desvaneció de pronto, como si la hubiese cubierto una negra nube.
El bosque seguía
sumido en la noche más oscura. Después de la gritería, el silencio parecía
zumbar en los oídos de Deornoth cuando el corpulento Einskaldir lo ayudó a
ponerse de pie.
—¡Por el Árbol de
Jesuris! —exclamó jadeante el rimmerio.
Todavía aturdido,
Deornoth miró a su alrededor y se preguntó qué habría hecho para que Einskaldir
pusiera aquella cara.
—¡Josua! —gritó el
rimmerio—. ¡Venid acá!
El príncipe volvió
a introducir su espada Naidel en la vaina, y avanzó hacia ellos. Deornoth
observó que los demás miembros de la compañía se acercaban también.
—Por una vez, no
han atacado para desvanecerse enseguida —gruñó Josua— ¿Estáis bien, Deornoth?
El caballero
sacudió la cabeza, aún medio atontado.
—Me duele
—contestó, llevándose una mano a la frente. ¿Por qué lo miraban todos?
—Por poco me corta
el cuello —intervino el padre Strangyeard, extrañado—. Sir Deornoth me salvó.
Josua se inclinó
hacia Deornoth, pero para sorpresa de éste continuó el movimiento hasta apoyar
una rodilla en tierra.
—¡Que Aedón nos
proteja! —murmuró.
Deornoth miró al
suelo. Allí, junto a sus pies, estaba la con¬traída y oscura forma de la norna
con la que había peleado. La luz de la luna recorrió el cadavérico rostro lleno
de manchas de sangre que eran como negros relieves sobre la blanca piel. La cerúlea
mano de la norna aún asía un cuchillo perversamente fino.
—¡Dios mío!
—suspiró Deornoth, tambaleante.
Josua se acercó aún
más al cuerpo.
—Le asestasteis un
buen golpe, amigo —dijo, pero entonces abrió mucho los ojos y se levantó de un
salto. Naidel asomó nuevamente de su vaina.
—Se ha movido
—susurró Josua—. La norna está viva.
—No por mucho
tiempo —afirmó Einskaldir, alzando su hacha.
Josua alargó
inmediatamente la mano, de modo que la espada quedó entre el rimmerio y su
posible víctima.
—¡No! —dijo el
príncipe, haciendo apartar a los demás—. Sería una locura matarla.
—¡Trato de matarnos
a nosotros! —replicó Isorn, que acababa de regresar con una antorcha encendida
con un pedernal—. ¡Pensad en lo que hicieron con Naglimund!
—No hablo de tener
compasión —aclaró Josua, a la vez que apun¬taba al cuello de la norna con la
punta de su espada—. Pero me inte¬resa la oportunidad de interrogar a una
prisionera.
La norna se agitó
como si la hubiesen pinchado. Varios miem¬bros de la compañía emitieron sonidos
entrecortados.
—¡Estáis demasiado
cerca, Josua! —exclamó Vorzheva—. ¡Apar¬taos!
El príncipe le
dirigió una fría mirada, pero no se movió. Lo que hizo fue bajar la punta de
Naidel para apretarla contra el esternón de la prisionera. Los ojos de la norna
se abrieron entre parpadeos, mientras aspiraba el aire con sus labios
sangrientos.
—¡Ai,
Nakkiga!—balbució la norna, encorvando sus arácneos de¬dos—. O’do ‘tke stazbo…
—Es pagana,
príncipe Josua —señaló Isorn—. No habla una len¬gua humana.
Josua no contestó,
pero punzó de nuevo. Los ojos de la norna retuvieron unos instantes la luz de
la antorcha, devolviendo un ex¬traño reflejo violeta, y luego se deslizaron
espada arriba hasta po¬sarse en el príncipe.
—La hablo, sí —dijo
la norna despacio, con voz aguda y fría, que¬bradiza como una flauta de
cristal—, pero pronto será utilizada úni¬camente por los muertos.
La misteriosa
criatura se incorporó y volvió la cabeza, mirando atentamente a su alrededor.
La espada del príncipe seguía todos sus movimientos. La norna parecía tener las
articulaciones en puntos sorprendentes, y sus gestos eran de una fluidez
increíble donde los de un mortal hubiesen resultado torpes, pero aun así
estaban llenos de inesperadas sacudidas. Algunos de los hombres que
presenciaban la escena se retiraron, temerosos de que aquel ser tuviera
suficiente fuerza para moverse sin demostrar dolor, a pesar de la sangrienta
ruina que poco antes fuera su nariz, y de las numerosas cicatrices dejadas por
otras heridas.
—Gutrun,
Vorzheva...—dijo Josua sin apartar la vista de la prisio¬nera, asombrado de
que, debajo de un tejido de sangre ya casi seca, el rostro de la norna
resplandeciera como una luna—, También tú, Strangyeard... El arpista y Towser
están solos. Id a verlos y encended un fuego. Luego preparaos para la marcha.
Ya no necesitamos es¬condernos.
—Nunca lo
necesitasteis, mortal —intervino el ser sentado en el suelo.
Vorzheva se mordió
el labio para no oponerse a la orden de Jo¬sua. Las dos mujeres se alejaron, y
el padre Strangyeard fue detrás de ellas, no sin hacer la señal del Árbol y
refunfuñar algo ininteligible.
—¡Ahora habla,
aborto del infierno! ¿Porqué nos persigues?
Y, aunque su tono
era duro, Deornoth creyó adivinar en la cara del príncipe una especie de
fascinación.
—No os explicaré
nada —replicó la norna con una fea sonrisa—. ¡Que lamentable, hombres de poca
vida! ¿todavía no os habéis acostumbrado a morir sin obtener respuesta a
vuestras preguntas?
Enfurecido,
Deornoth dio un paso adelante y golpeó el costado de la norna con la bota. La
diabólica criatura hizo una mueca, pero no dio otra muestra de dolor.
—Eres un producto
de los demonios, y los demonios son maes¬tros en el arte de la mentira —gruñó
Deornoth.
Le dolía la cabeza
de manera terrible, y la presencia de aquel ser huesudo y burlón era más de lo
que podía soportar. Recordó cómo las de su índole habían invadido Naglimund
como gorgojos y sintió profundo asco.
—Deornoth... —le
advirtió Josua, y se dirigió nuevamente a la prisionera—. Si sois tan
poderosas, ¿por qué no nos degüellan tus compañeras, y listo? ¿Por qué perder
tanto tiempo con unos seres tan interiores como nosotros?
—No temáis; no
esperaremos mucho más —respondió la norna, en cuya despectiva voz había una
nota de satisfacción—. Me apresas¬teis, pero mis congéneres averiguaron ya todo
lo que nos conviene saber. Ya podéis rezarle cuanto queráis a ese hombrecillo
en un palo en el que creéis. ¡Ahora, nada nos detendrá!
Fue Einskaldir
quien avanzó hacia la norna con un rugido.
—¡Perra! ¡Perra
blasfema!
—¡Calla! —lo cortó
Josua—. Lo hace expresamente.
Deornoth apoyó una
cauta mano en el musculoso brazo de Einskaldir. Uno no asía descuidadamente al
rimmerio, que era frío pero de temperamento vivo.
—¿A qué te referías
al decir que tus congéneres habían averi¬guado todo lo que os convenía saber?
—inquirió Josua, dirigiéndose otra vez a la infernal criatura—. ¿Que puede ser
eso? ¡Habla, o te pondré en manos de Einskaldir!
La norna rió con un
sonido semejante al del viento entre las ho¬jas secas, pero Deornoth hubiese
jurado descubrir un cambio en los purpúreos ojos ante las palabras de Josua.
Diríase que el príncipe había tocado alguna fibra delicada.
—Matadme, pues. De
manera rápida o lenta —respondió la pri¬sionera, provocativa—. Yo no diré nada
más. Vuestro tiempo, el de los mortales, fugaces y fastidiosos como insectos,
está a punto de terminar. ¡Matadme! Los Sin Luz me ensalzarán con sus cantos en
las más humildes cámaras de Nakkiga. Mis hijos recordarán mi nombre con
orgullo.
—¿Hijos? —exclamó
Isorn con evidente sorpresa.
La prisionera
dirigió una mirada de gélido desprecio al rubio guerrero del norte, mas no
habló.
—Pero... ¿por qué?
—preguntó Josua—. ¿Por qué habríais de alia¬ros con los mortales? ¿Y qué
amenaza constituimos para vosotras, tan lejos en vuestro hogar del norte? ¿Qué
gana el Rey de la Tor¬menta con esta locura?
La norna lo miró
sin pronunciar palabra.
—¡Habla! ¡Al
infierno con tu alma!
Nada.
Josua suspiró.
—¿Que hacemos con
ella, pues? —murmuró el príncipe, casi para sus adentros.
—¡Esto!
Einskaldir se soltó
de la mano de Deornoth y alzó su hacha. La norna clavó la vista en él por
espacio de un silencioso segundo, con su angulosa cara semejante a una máscara
de marfil embadurnada de sangre, antes de que el rimmerio blandiera el hacha y
se la hun-diese en el cráneo, aplastando a la prisionera contra el suelo. La
del¬gada figura de la norna empezó a retorcerse y contraerse, hasta que de
repente se enderezó para doblarse otra vez hacia adelante, como si tuviese el
cuerpo engoznado por la mitad. Una fina llovizna de sangre partió de su cabeza.
Los horrores de la agonía eran de una monotonía tan espantosa como las
contorsiones de un grillo aplas¬tado. Después de unos momentos, Deornoth tuvo
que dar media vuelta.
—¡Al diantre
contigo, Einskaldir! —dijo al fin Josua con voz en¬ronquecida por el enojo—.
¿Cómo te atreviste? ¡Yo no te mandé que hicieras eso!
—Y de no haberlo
hecho, ¿qué? —replicó Einskaldir—. ¿íbamos a llevarla con nosotros? ¿Para
despertar cualquier noche con la bur¬lona cara de ese cadáver encima?
El rimmerio parecía
menos seguro de lo que hubiese querido aparentar, y la rabia entorpecía sus
palabras.
—¡Por el buen Dios,
rimmerio! ¿Es que nunca puedes esperar, antes de lanzarte al ataque? Si yo no
te infundo respeto, ¿qué me di¬ces de Isgrimnur, que te ordenó obedecerme?
El príncipe se
inclinó hasta que su angustiado rostro quedó sólo a una mano de distancia de la
oscura e hirsuta barba de Einskaldir. El príncipe sostuvo la mirada del
rimmerio, como si intentase des¬cubrir en ella algo escondido. Ni uno ni otro
habló.
Atento al perfil de
su príncipe, al rostro pintado por la luna y a la vez tan fiero y atormentado,
Deornoth recordó una pintura que representaba a sir Camaris dirigiéndose a la
primera batalla de los thrithingos. El más grande caballero del rey Juan tenía
un aspecto semejante: orgulloso y desesperado como un halcón hambriento.
Deornoth meneó la cabeza como si quisiera ahuyentar las sombras. ¡Qué noche de
locura!
Einskaldir fue el
primero en desviar la mirada.
—Era un monstruo
—gruñó—. Ahora está muerta. Dos de sus compañeras cayeron heridas y las
rechazamos. Voy a limpiar mi es¬pada de esa endemoniada sangre.
—Antes enterrarás
el cuerpo —dijo Josua—. Isorn, ¡ayuda a Eins¬kaldir! Repasad las ropas de la
norna en busca de algo interesante. ¡Sabemos tan poco acerca de ellas!
—¿Enterrar el
cadáver? —inquirió Isorn, no sin respeto pero en tono de duda.
—No debemos
despreciar nada que pueda sernos beneficioso, in¬formación incluida —contestó
Josua, obviamente cansado de hablar—. Si las congéneres de la norna no
encuentran el cuerpo, quizá no crean en su muerte, y tal vez se pregunten qué
ha podido revelarnos.
Isorn hizo un gesto
afirmativo, aunque sin demasiada convic¬ción, y se dispuso a iniciar la
desagradable tarea. Josua se volvió y tomó del brazo a Deornoth.
—Venid —murmuró—.
Es preciso que conversemos.
Se apartaron un
poco del calvero, pero permaneciendo dentro del alcance del oído de los demás.
Los retazos del cielo nocturno vi¬sibles entre los gruesos árboles habían
adquirido un intenso color azul oscuro, ahora que se aproximaba la aurora. En
alguna parte gorjeó un solitario pájaro.
—Einskaldir obra de
buena fe, príncipe Josua —dijo Deornoth, rompiendo el silencio de ambos—. Es
fiero e impaciente, pero no un traidor.
Josua lo miró
sorprendido.
—¡Que el cielo nos
asista, Deornoth! ¿Acaso creéis que no lo sé? ¿Por qué os figuráis que no
protesté más? Pero Einskaldir actuó de forma excesivamente rápida. Yo hubiese
querido escuchar más cosas de boca de la norna, aunque el final habría sido el
mismo. Odio dar muerte a sangre fría, pero... ¿qué otra cosa hubiésemos tenido
que hacer con tal infame criatura? No obstante, en opinión de Einskaldir soy
demasiado pensador para ser buen guerrero. Y probable¬mente está en lo cierto
—agregó con una risa melancólica.
El príncipe alzó
una mano para impedir que Deornoth contestara.
—Pero no es esto lo
que quería hablar a solas con vos. Einskaldir es asunto mío. No; lo que deseo
saber es qué pensáis de las palabras de la norna.
—¿Qué palabras,
alteza?
Josua suspiró.
—Dijo que sus
compañeras habían encontrado lo que buscaban, o aprendido lo que deseaban
saber. ¿Qué pudo significar eso?
Deornoth se encogió
de hombros.
—La cabeza todavía
me da vueltas, príncipe Josua.
—Vos mismo
dijisteis que tenía que haber un motivo para que aún no nos hubiesen matado.
El príncipe tomó
asiento en el musgoso tocón de un árbol derri¬bado e hizo señal al caballero
para que hiciera lo mismo. La bóveda celeste adquiría un color liláceo.
—Echaron sobre
nosotros a un muerto caminante; disparan fle¬chas, pero sin matarnos... Lo que
quieren es impedir que avance¬mos hacia el este, y ahora nos envían unas
cuantas de sus criaturas para que penetren en nuestro campamento como furtivos
ladrones. ¿Que quieren?
Por mucho que
Deornoth pensara, no halló respuesta. Era inca¬paz de alejar de su memoria la
horrible sonrisa burlona de la norna. Pero además había en su mirada algo
distinto: un momentáneo res¬plandor de inquietud.
—Temen... —musitó
Deornoth, dándose cuenta de que acer¬taba—, temen...
—Las
espadas—completó Josua la frase—. ¡Claro! ¿De qué otra cosa podrían tener
miedo?
—Sin embargo,
nosotros no tenemos ninguna espada mágica —señaló Deornoth.
—Es posible que lo
ignoren —replicó Josua—. Quizás una de las virtudes de Espina y Minneyar
consista en que son invisibles para la magia de las nornas. ¡Naturalmente!
—añadió, golpeándose el muslo—. Eso debe de ser, ya que, en caso contrario, el
Rey de la tor¬menta las hubiese descubierto y destruido. ¿Cómo, si no, podrían
existir aún armas mortales para él?
—¿Y por qué quieren
impedir que avancemos en dirección este?
—No lo sé. ¿Quién
puede averiguarlo? Tenemos que reflexionar más sobre este asunto, pero me
imagino que hemos dado con la res¬puesta. Temen que ya poseamos una de esas
espadas, o las dos, y las asusta arrojarse sobre nosotros mientras no tengan la
certeza.
Deornoth sintió que
se le encogía el corazón.
—Pero vos oísteis
lo dicho por la espantosa criatura. Ahora ya lo saben...
La sonrisa de Josua
se desvaneció.
—Es cierto. O, por
lo menos, deben de estar bastante seguras. En cualquier caso, es algo que aún
puede favorecernos... ¡Supongo! Desde luego, ya no tienen miedo de acercarse a
nosotros. Es preciso que nos movamos con más rapidez. ¡Venid!
Preguntándose cómo
una compañía tan maltrecha y desani¬mada podría darse más prisa, Deornoth
siguió a su príncipe de re¬greso al campamento bajo las primeras luces del
amanecer.
7
Fuegos que se
difunden
Las gaviotas que
revoloteaban en el plomizo cielo matutino parecían imitar tristemente el
chirrido de las chumaceras. El rítmico rechinar de los remos era como un dedo
insistente que le pinchara el costado. Miriamele sintió crecer su enojo.
Final¬mente se volvió furiosa hacia Cadrach.
—¡Traidor!—le
espetó.
El monje abrió
desmesuradamente los ojos, y el susto lo hizo pa¬lidecer.
—¿Que?
Cadrach parecía
desear poder marcharse, y deprisa, pero los dos se hallaban apretujados en la
estrecha popa. Lenti, el ceñudo servi¬dor de Stréawe, los vigilaba irritado
desde la bancada, donde él y su compañero tiraban de mala gana de los remos.
—Mi señora—comenzó
Cadrach—, yo no...
Su débil protesta
todavía enfadó más a la joven.
—¿Creéis que soy
tonta? —replicó—. Puedo ser lenta de compren¬sión, pero, si reflexiono lo
suficiente sobre algo, llego a una conclu¬sión clara. El conde os llamó
Padreic, ¡y no es él el primero en daros ese nombre!
—Es una confusión,
señora. El otro era un hombre moribundo, si hacéis memoria... Un hombre loco de
dolor, cuya vida se agotaba en el Inniscrich...
—¡Cerdo! Supongo
que también fue una coincidencia que Stréawe supiera que yo había abandonado el
castillo, prácticamente antes de que yo misma lo supiese. Lo pasasteis bien,
¿no? ¡Atando ambos ca¬bos de la soga! ¡Eso es lo que hicisteis! Primero,
aceptando oro de Vorzheva para acompañarme, después tomasteis el mío, cuando
es¬tábamos en camino, pidiendo prestado para una jarra de cerveza, aquí, o para
una comida allá...
—No soy más que un
pobre hombre de Dios —dijo Cadrach en tono lastimero.
—¡Callad...,
borracho desleal! Además aceptasteis dinero de Stréawe, ¿o no? Vos le
avisasteis de que yo llegaba... No en vano me preguntaba yo por qué os hacíais
el perdidizo en Ansis Pelippe. Y mientras yo estaba prisionera, ¿por dónde
andabais vos? ¿Ha¬bíais escapado del castillo? ¿O cenabais con el conde? Y lo
más probable —añadió Miriamele tan agitada que apenas podía ha¬blar—, lo más
probable es que hayáis enviado noticia, a quien sea, de que ahora voy hacia
allá. ¡Seguro! ¿Cómo podéis ir vestido de religioso? ¿Por qué..., por qué no os
manda Dios la muerte, en cas¬tigo a vuestra blasfemia? ¿Por qué no os veo
envuelto en llamas, ahora mismo?
Y la joven calló,
luchando contra sus lágrimas de indignación y para dominar el aliento.
—¡Basta! —bramó
Lenti en tono siniestro, al mismo tiempo que su única ceja se inclinaba hacia
la nariz—. ¡Basta ya de lloriquear! Y no os atreváis a intentar ningún truco...
—¡Vos no tenéis
nada que decir! —lo increpó Miriamele.
Cadrach creyó
llegada su oportunidad.
—¡Es verdad!
—intervino—. ¡No sois quién para insultar a la se¬ñora! ¡Por san Muirfath! No
entiendo cómo...
Pero el monje no
pudo terminar la frase. Con una inarticulada exclamación de furia, Miriamele le
dio un fuerte empujón. Cadrach quedó sin aliento, agitó brevemente los brazos
en un intento de mantener el equilibrio y al fin cayó entre las verdes olas de la
bahía de Emettin.
—¿Estáis loca?
—rugió Lenti, dejando su remo para levantarse de un salto.
Cadrach desapareció
bajo la superficie de color de jade.
Miriamele se puso
en pie, para gritarle. El bote se balanceó, y Lenti se vio sentado de nuevo.
Uno de sus cuchillos le resbaló de las manos y fue a parar al agua como un
plateado pez.
—¡Maldito bellaco!
—le chilló Miriamele al monje, invisible de momento—. ¡Idos al infierno!
Cadrach salió a la
superficie, vomitando un penacho de agua sa¬lada.
—¡Me ahogo...!
—gorgoteó—. ¡Me ahogo...! ¡Ayudadme...!
—¡Ahógate pues,
renegado!—contestó la princesa, y protestó airada cuando Lenti la agarró por un
brazo para forzarla a sentarse, retor¬ciéndoselo cruelmente.
—¡Maldita bruja!
—bramó.
—¡Dejadlo morir!
—jadeó ella, luchando por desasirse—. ¿Qué os importa?
Lenti la golpeó
entonces en un lado de la cabeza, lo que le arrancó nuevas lágrimas.
—El amo me encargó
trasladar dos personas a la orilla de Nabban, mal bicho, y si aparezco con una
sola ¡estoy listo!
Entretanto, Cadrach
había emergido otra vez, sin dejar de escu¬pir agua y producir sonidos que
realmente parecían proceder de un hombre a punto de morir ahogado. El otro
criado de Stréawe había continuado remando con los ojos muy abiertos, con lo
que, por fortuna, la pequeña barca daba ahora la vuelta hacia donde Cadrach
chapaleaba y lanzaba voces.
El monje los vio
acercarse con el pánico reflejado en sus promi¬nentes ojos e intentó salirles
al encuentro, pero sus incontrolados movimientos hicieron que la cabeza se le
hundiese otra vez entre las olas. Instantes más tarde volvía a asomar, con
todavía más horror en la mirada.
—¡Socorro...!
—aulló exhausto, moviendo los brazos en un paro¬xismo de horror—. ¡Aquí...
hay... algo! Algo que...
—¡Por Aedón y todos
los santos! —rugió Lenti, asomándose a la borda al mismo tiempo que luchaba por
mantener el equilibrio—. ¿Qué pasa ahora? ¿Tiburones?
Miriamele
permanecía acurrucada en la proa, sollozando, sin interesarse por Cadrach.
Lenti asió el cabo de amarre y se lo echó al monje. Cuando la soga golpeó
fieramente el agua, Cadrach no la vio, pero su brazo no tardó en quedar
enganchado en una de las vueltas.
—¡Agarra el cabo,
imbécil! —gritó Lenti—. ¡Sujétate!
Al fin lo hizo el
monje con ambas manos y fue arrastrado hacia el bote mientras pataleaba como
una rana. Así que Lenti lo hubo aproximado lo suficiente, el otro criado soltó
su remo y se puso a ayudar. Después de un par de intentos frustrados, al fin
consiguie¬ron subir al bote al empapado monje. La barca se ladeó de manera
peligrosa, pero Cadrach ya estaba en su fondo, vomitando agua de la bahía y
sacudiéndose.
—Secadlo con
vuestra capa —ordenó Lenti a Miriamele cuando el monje se hubo calmado hasta el
punto de respirar fatigosamente—. Si se muere, os haré nadar hasta la orilla.
Y ella obedeció,
aunque de muy mala gana.
las colinas
marrones y leonadas de la costa nordeste de Nabban se alzaban invariables ante
ellos. El sol ascendía ya camino de su cenit, bruñendo la superficie de la
bahía, confiriéndole un resplandor cobrizo. Los dos hombres remaban, el bote se
balanceaba sin cesar y los remos chirriaban y chirriaban.
Miriamele seguía
furiosa, pero su enojo era ahora débil y sin es¬peranza. La erupción había
pasado; ya no quedaban de la indigna¬ción más que los rescoldos.
«¿Cómo pude ser tan
tonta? —se preguntó—. Confiaba en él..., mejor dicho, incluso empezaba a
tenerle afecto. Me gustaba su compañía, pese a que siempre estaba medio
borracho...»
Sólo unos momentos
antes, al cambiar de postura en el asiento, había percibido un tintineo en la
ropa de Cadrach, que resultó ser una bolsa con el sello del conde Stréawe,
medio llena de monedas de plata, entre las que centelleaban un par de
emperadores de oro. Esta indiscutible prueba de la traición del monje le
produjo una nueva oleada de rabia. Incluso consideró la posibilidad de volver a
arrojarlo por la borda y soportar el castigo de Lenti, si era preciso, pero
después de breve reflexión decidió que su ira no era suficiente para matarlo.
En realidad, Miriamele estaba un poco sorprendida de que su anterior cólera la
hubiese llevado a semejante extremo.
Miró al monje, que
yacía enroscado en un inquieto sueño de exhaustión, apoyada la cabeza a su
lado, en el banco. Cadrach tenía la boca abierta, y su respiración era
entrecortada, como si hasta en sueños luchara por obtener aire. Su rosado
rostro estaba todavía más rosado que de costumbre. Miriamele alzó una mano y
miró parpadeante al sol a través de los dedos. Había sido un verano frío, pero,
en medio del agua, el sol pegaba sin compasión.
Sin pensarlo mucho,
se quitó la raída capa y la dobló sobre la frente de Cadrach para
proporcionarle sombra. Lenti, que la ob¬servaba en silencio desde su banco,
frunció el entrecejo y meneó la cabeza. Por encima del hombro. Miriamele vio
cómo algo liso sur¬caba las aguas para deslizarse luego sinuoso hacia las
profundi¬dades.
Durante un rato se
dedicó a mirar las gaviotas y los pelícanos que revoloteaban por el aire y
regresaban luego a las rocas de la orilla para aterrizar con fuerte aleteo. Los
gritos de las gaviotas le recorda¬ban Meremund, su hogar de niña en la costa de
Erkynlandia.
«Desde la muralla
que daba al sur, podía mirar cómo los nave¬gantes subían y bajaban por el río
Gleniwent. Por el lado oeste, en cambio, veía el océano. Era una princesa,
prisionera por mi condi¬ción de tal, pero tenía cuanto deseaba. Ahora, en
cambio...», se dijo.
Soltó un resoplido
de furor, y con ello se ganó otro encaro de Lenti.
«Ahora soy libre de
vivir aventuras —pensó—, y estoy más prisio¬nera que nunca. Voy disfrazada,
pero gracias a este monje traidor se me conoce más que antes en la corte.
Personas a las que apenas conozco me pasan de mano en mano como una joya
favorita. Y he perdido para siempre a Meremund, salvo que...»
El viento revolvió
sus cortos cabellos. Miriamele se sentía total¬mente vacía.
«¿Salvo que? ¿Salvo
que mi padre cambie? ¡Nunca cambiará! Destruyó al tío Josua... ¡y lo mató! ¿Por
qué había de volver atrás? Nada será nunca como fue. La única esperanza de que
las cosas me¬joraran, murió con Naglimund. Todos sus proyectos, las antiguas
leyendas del rimmerio Jarnauga, la historia de las espadas mágicas... y toda la
gente que vivía allí..., exterminada o dispersa. ¿Qué queda, pues? Salvo que mi
padre cambie o muera, seré una fugitiva para siempre...
»Pero mi padre
jamás cambiará. Y si muere... ¿qué será de mí? También moriré...»
Contemplando el
metálico resplandor de la bahía de Emettin, recordó cómo había sido su padre
años atrás. Tres años contaba ella cuando él la montó por vez primera en un
caballo. Miriamele pudo evocar aquel momento con tanta claridad como si sólo
hiciera días de ello, en vez de tanto tiempo. Elías había reído lleno de
orgullo al verla agarrada, medio muerta de miedo, al lomo de lo que parecía un
monstruo. No se había caído, aunque no había dejado de llorar hasta que el
padre la bajó.
«¿Cómo puede una
persona, incluso un rey, permitir que sobre su país se desate semejante horror?
Hubo un día en que me amaba. Y quizás aún me quiera..., pero ha emponzoñado
toda mi vida. Y ahora busca envenenar el mundo entero.»
Las olas
chapaleteaban a medida que las rocas bañadas por el sol estaban más cerca.
Lenti y el otro
hombre desmontaron los remos con objeto de utilizarlos para guiar el bote entre
las escarpadas rocas que surgían por doquier. A poca distancia de la orilla,
cuando el agua fue más translúcida, Miriamele volvió a ver algo que rompía la
superficie casi junto a la barca. Brevemente resplandeció algo gris antes de
de¬saparecer entre grandes salpicaduras, para asomar de nuevo al otro lado del
bote, a cosa de un largo tiro de piedra.
Lenti siguió la
mirada de Miriamele y se volvió para ver qué ha¬bía en el mar. Su impasible
rostro adquirió expresión de espanto. Después de murmurar entre ellos, los
hombres redoblaron sus esfuerzos para impulsar la barca hacia tierra.
—¿Es un tiburón?
—preguntó la princesa.
Lenti no levantó la
vista.
—Un kilpa
—respondió, muy seco, remando todo lo aprisa que podía.
Miriamele escudriñó
las aguas, más sólo vio las pequeñas olas que se estrellaban contra las rocas.
—¿Un kilpa en la
bahía de Emettin? —exclamó incrédula—. ¡Nunca se había acercado tanto a tierra
un kilpa! Suelen habitar en las profundidades.
—No siempre
—replicó Lenti—. Andan persiguiendo a los barcos a lo largo de toda la costa.
Hasta los tontos lo saben. ¡Y ahora estaos quieta!
Jadeante, tiró
nuevamente de los remos. La princesa continuó examinando la superficie del mar,
pero nada alteraba su placidez.
Cuando la quilla
rozó la arena, Lenti y el otro remero saltaron del bote y enseguida lo
arrastraron playa arriba, juntos alzaron a Cadrach y lo dejaron caer al suelo
sin ceremonias, donde el monje quedó tendido emitiendo quedos gemidos. A
Miriamele la dejaron apañarse sola, y le tocó vadear la media docena de pasos
con la capa del monje en alto.
Un hombre de sotana
negra descendía a la playa por el empi¬nado sendero de los acantilados. Una vez
abajo, avanzó rápida¬mente hacia ellos.
—Supongo que es el
mercader de esclavos a quien debéis entre¬garme —dijo Miriamele con el tono más
gélido que pudo, mirando de reojo al desconocido que se aproximaba.
Lenti y su
compañero, con los ojos fijos en las aguas, no respon¬dieron.
—¡Eh, vosotros!
—gritó el individuo de la sotana negra, cuya po¬tente y alegre voz cubrió el
soñoliento rugir de las olas.
Miriamele lo miró,
asombrada, y volvió a mirarlo otra vez, dando un par de pasos hacia el recién
llegado.
—¿Padre Dinivan?
—inquirió, cojeando—. ¿Es posible que seáis vos?
—¡Princesa
Miriamele! —contestó él con alegría—. Aquí me te¬néis. ¡Qué feliz me hace
veros!
Su amplia y
familiar sonrisa le daba el aspecto de un chico jo¬ven, aunque los rizados
cabellos que rodeaban su afeitado cuero ca¬belludo presentaban ya hebras
grises. El sacerdote hincó una rodilla en la arena antes de examinar a la joven
con gran atención.
—Nunca os hubiese
conocido desde más lejos. Me dijeron que viajabais disfrazada de muchacho...
¡Buena idea! Además os habéis teñido el pelo de negro.
La mente de
Miriamele era un torbellino, pero a la vez le pareció que su espíritu se
libraba de un gran peso. De todos los que habían visitado las casas reales de
su padre en Meremund y Hayholt, Dinivan había sido uno de los pocos amigos
verdaderos, que le ofrecían sinceridad donde otros no hacían más que adularla
y, aparte de con¬tarle lo que se comentaba en otros países, tenía siempre algún
buen consejo para ella. El padre Dinivan era secretario jefe del lector
Ranessin, cabeza de la Madre Iglesia, pero siempre se había mostrado tan
humilde y asequible que a Miriamele le costaba, a veces, recor¬dar el cargo tan
destacado que ostentaba.
—Pero... ¿qué
hacéis aquí? —preguntó la princesa finalmente—. ¿Para qué..., para qué habéis
venido? ¿A rescatarme de los mercade¬res de esclavos?
Dinivan se echó a
reír.
—El mercader de
esclavos soy yo, princesa —contestó con una ex¬presión que quería ser más
seria, pero sin conseguirlo—. ¡Mercader de esclavos...! ¡Loado sea Jesuris!
¿Qué os contó el viejo Stréawe? —Y, dirigiéndose a los captores de Miriamele,
añadió—: ¡Eh, vosotros dos! Aquí tenéis el sello de vuestro amo —y alzó un
pergamino que llevaba una «S» de cera roja al pie—. Ya podéis marcharos, y
transmi¬tidle mi agradecimiento al conde.
Lenti inspeccionó
el sello por encima. Parecía preocupado.
—¿Qué ocurre?
—quiso saber el sacerdote, impaciente—. ¿Hay al¬gún problema?
—Hay un kilpa por
ahí fuera —declaró Lenti con desánimo.
—En estos malos
tiempos hay kilpas por todas partes —repuso Dini¬van, y sonrió bondadoso—. Pero
es mediodía y sois dos hombres forzu¬dos. Creo que no tenéis mucho que temer.
¿Vais armados?
El sirviente de
Stréawe se enderezó en toda su estatura y miró arrogante al sacerdote.
—¡Tengo un
cuchillo! —declaró severamente.
—Ohé, vo
stetto—agregó su compañero en lengua perdruinesa.
—Pues entonces
estoy seguro de que no tropezaréis con dificulta¬des. ¡Que Aedón os proteja!
Hizo una distraída
señal del Árbol en dirección a ellos, y des¬pués se volvió otra vez a
Miriamele.
—Vayámonos.
Pasaremos la noche aquí, pero mañana tendre¬mos que darnos prisa. Hay dos días
de viaje o más hasta el Sancellan Aedonitis, donde el lector Ranessin nos
aguarda, ansioso de escu¬char vuestras noticias.
—¿El lector?
—repitió ella, sorprendida—. ¿Qué tiene que ver él con esto?
Dinivan levantó una
mano con gesto tranquilizador, a la vez que miraba a Cadrach, que yacía de lado
con la cara escondida bajo la empapada capucha.
—Pronto hablaremos
de todo eso, y de muchas otras cosas. Por lo visto, Stréawe os explicó aún
menos de lo que yo le dije a él. No es que eso me extrañe. Es un viejo chacal.
Pero..., ¿qué le sucede a vues¬tro acompañante? —inquirió con ojos estrechos—.
Porque es éste, ¿no? Stréawe me anunció que viajaríais acompañada de un monje.
—Por poco se ahoga
—confesó Miriamele llanamente—. Yo lo eché al agua.
Una de las gruesas
cejas de Dinivan se disparó hacia arriba.
—¿De veras? ¡Pobre
hombre! En tal caso, vuestra obligación como aedonita es la de ayudarlo a
ponerse en pie de nuevo. Quizás esos hombres quieran echarnos una mano.
Y se volvió hacia
los dos individuos, que recorrían a toda prisa el trecho que los separaba de la
barca.
—No podemos
—replicó Lenti, ceñudo como siempre—. Hemos de regresar antes de la noche.
¡Antes de que oscurezca!
—Lo suponía. Bueno,
pues... Jesuris nos manda cargas porque nos ama.
Y Dinivan se agachó
para agarrar a Cadrach por los sobacos. Su sotana se tensó en su ancha y
muscular espalda cuando sentó al monje.
—Venid ahora,
princesa —dijo, pero se interrumpió al lanzar Cadrach un débil quejido.
Una expresión
indefinible asomó entonces a las toscas facciones de Dinivan.
—Es..., es
Padreic—murmuró sin excitarse.
—¿También vos? —estalló Miriamele—.
¿Qué hizo este
idiota? ¿Acaso envió un pregonero a cada ciudad entre Nascadu y
Warinsten?
El sacerdote seguía
con la vista fija en Cadrach, boquiabierto.
—¿Qué?
—O sea que Stréawe
ya lo conocía... ¡Fue este Cadrach quien me vendió al conde! ¿De modo que
también a vos os comunicó mi sa¬lida de Naglimund?
—¡Nada de eso,
princesa! Ahora me entero de que está con vos. Hace años que no lo veía.
Muy pensativo, hizo
el signo del Árbol.
—La verdad es que
lo creía muerto.
—¡Por la Pasión de
Jesuris! —exclamó Miriamele—. ¿Voy a ente¬rarme por fin de lo que ocurre aquí?
—Tenemos que
refugiarnos y gozar de un poco de retiro. El faro que hay en lo alto de los
acantilados es nuestro por esta noche —dijo Dinivan, indicando la construcción
que se elevaba en el cabo, al oeste de donde ellos estaban—. Pero no va a
resultar nada divertido llegar allí si el monje no puede caminar.
—¡Yo le haré
despabilar! —prometió Miriamele con aspereza.
Y entre los dos
pusieron de pie a Cadrach, que no paraba de murmurar.
La torre era de
dimensiones menores de lo que parecía desde la playa: una achaparrada pila de
albañilería, con una simple barandi¬lla de madera alrededor del piso superior.
La puerta estaba hinchada a causa del aire marino, pero Dinivan la forzó y
pudieron entrar, sosteniendo entre ambos al monje. En la circular pieza no
había más que una mesa y una silla, todo muy tosco, y una raída alfombra
enrollada y atada, que alguien había dejado al pie de la escalera de piedra. El
aire penetraba a través de la ventana abierta. Cadrach, que no había dicho ni
una palabra durante el escarpado camino, dio unos pasos y cayó al suelo de
madera. Apoyada la cabeza en la al¬fombra, reanudó rápidamente su sueño.
—El pobre está
exhausto —señaló Dinivan.
Tomó una lámpara
que había encima de la mesa y, encendién¬dola en otra ya prendida, la acercó al
monje para observarlo.
—Ha cambiado
—comentó—, pero quizá sea consecuencia del percance.
—Estuvo mucho rato
en el agua —admitió Miriamele, que se sen¬tía un poco culpable.
—En tal caso... lo
dejaremos dormir mientras nosotros perma¬necemos arriba. Tenemos mucho de que
hablar. ¿Habéis comido? —preguntó a la vez que se levantaba.
—¿Yo? ¡Nada desde
anoche! —contestó Miriamele, súbitamente hambrienta a más no poder—. También
tengo sed.
—Habrá de todo,
princesa. Subid. Yo, entretanto, quitaré las em¬papadas ropas a vuestro
compañero. Luego me reuniré con vos.
La habitación de
arriba estaba mejor amueblada. Contenía un lecho, dos sillas y un arcón
colocado junto a la pared. Una puerta, que se abría y cerraba suavemente,
conducía al balcón. Encima del arcón había una fuente cubierta con un pañuelo.
Miriamele lo alzó y vio queso, fruta y tres hogazas redondas de pan moreno.
—Las uvas que
crecen en las colinas de Teligure son realmente buenas —dijo el sacerdote desde
la entrada—. ¡Servios!
Miriamele no
necesitó que la invitaran dos veces. Agarró una hogaza entera y un buen trozo
de queso. Luego desprendió un gran racimo de uvas y se retiró a una de las
sillas. Satisfecho, Dinivan la miró comer durante un rato. Después bajó de
nuevo la escalera para volver a subir al poco rato con una jarra de la que se
derramaba el agua.
—El pozo está casi
vacío, pero su agua es buena —dijo—. Pues bien... ¿Por dónde empezamos? Ya
tenéis noticia de lo sucedido en Naglimund, ¿no?
Miriamele, con la
boca llena, hizo un gesto de afirmación.
—Pero puede haber
algo que aún no sepáis. Josua y algunos otros escaparon con vida.
La excitación fue
la causa de que la princesa se atragantara con una corteza de pan. Dinivan la
ayudó a sostener la jarra para que pudiese beber.
—¿Quién iba con el?
—inquirió Miriamele cuando fue capaz de hablar—. ¿El duque Isgrimnur?
¿Vorzheva?
—Lo ignoro
—respondió Dinivan con un movimiento de ca¬beza—. La destrucción fue terrible,
y pocos sobrevivieron. Todo el norte está lleno de rumores. Resulta difícil
extraer una verdad de ellos, pero lo que me consta es que Josua pudo huir.
—¿Cómo lo
averiguasteis?
—Lamento no poder
facilitaros ciertos detalles... Al menos de momento. Os ruego que creáis que es
mejor así. El lector Ranessin me manda, y yo le soy fiel. Sin embargo, hay
cosas que ni a Su San¬tidad le explico. Y así debe ser —agregó con una risita—.
El secretario de un gran hombre debe actuar con discreción en todo, incluso
frente a una personalidad tan destacada.
—Pero... ¿por que
me ha enviado el conde Stréawe a vos?
—No sé hasta qué
punto estáis informada. Supe, eso sí, que ibais al Sancellan Mahistrevis para
hablar con vuestro tío, el duque Leobardis, y yo no podía permitir que
fueseis... ¿Sabéis que Leobardis murió?
—Stréawe me lo
dijo.
Miriamele se acercó
nuevamente a la fuente de comida y eligió un melocotón. Después de un segundo
de vacilación, se llevó tam¬bién otro pedazo de queso.
—¿Y estabais
enterada de que Leobardis fue matado a traición? ¿Y de manos de su propio hijo?
—¿De Benigaris?
—exclamó la princesa, horrorizada—. Pero... ¿ha ocupado el lugar del duque? ¿No
se resistieron los nobles?
—Su traición no es
del dominio público, pero en todas partes co¬rre el rumor. Y su madre,
Nessalanta, es su mayor defensora, aun¬que tengo el convencimiento de que, al
menos, sospecha lo que hizo el hijo.
—Y si vos lo
sabéis, ¿por qué no hacéis algo? ¿Por qué no ha inter¬venido en nada el lector?
Dinivan bajó la
cabeza con expresión de dolor.
—Porque es una de
las cosas que no le dije. Sin embargo, estoy seguro de que lo ha oído comentar.
Miriamele dejó el
plato sobre la cama.
—¡Elysia, Madre de
Dios...! ¿Por qué no le pusisteis en antece¬dentes?
—No puedo probarlo
ni, tampoco, revelar mi fuente de informa¬ción. Y él no podría emprender nada
sin pruebas, señora, excepto alterar una situación ya de por sí tensa. Tenemos
otros problemas serios en Nabban, princesa.
—¡Os lo suplico!
—insistió la joven moviendo la mano con im¬paciencia—. Me veo aquí vestida de
monje, con el pelo cortado como un chico, y todos son mis enemigos menos vos...
O eso pa¬rece, por lo menos. Llamadme Miriamele y contadme lo que ocu¬rre en Nabban.
—Algo os explicaré,
sí, pero la mayor parte tendrá que esperar. No olvido del todo mis deberes de
secretario: mi jefe, el lector, desea que lo visitéis en el Sancellan
Aedonitis, y durante el camino nos so¬brará tiempo para hablar... Básteos
saber, por ahora, que el pueblo es desgraciado, y que los pregoneros de la
fatalidad, que antes eran objeto de desprecio en las calles de Nabban,
súbitamente son objeto de gran atención. La Madre Iglesia está asediada
—continuó, con¬templándose las grandes manos mientras buscaba palabras
adecua¬das—. La gente cree tener el peso de una sombra encima y, aunque no
saben qué nombre darle, oscurece su mundo. La muerte de Leo¬bardis..., y
vuestro tío era persona muy querida, Miriamele..., ha roto sus esquemas, pero
lo que de veras los asusta son los rumores de cosas peores que la guerra en el
norte, mucho peores que cual¬quier contienda entre príncipes.
Dinivan abrió del
todo la puerta para dejar que entrara la brisa. El mar que tenían a sus pies se
veía llano y reluciente.
—Los que anuncian
la catástrofe afirman que se alza una fuerza dispuesta a derribar al santo
Jesuris Aedón y a los reyes de los hom¬bres. En las plazas públicas gritan que
todos deben prepararse para hacer reverencias ante un nuevo soberano, el que
por derecho lo es de Osten Ard.
Dinivan volvió
atrás para colocarse junto a Miriamele, y la jo¬ven descubrió en su rostro las
señales de su profunda preocupación.
—En algunas partes
se susurra incluso un nombre: el de esa cala¬midad que se acerca. El nombre que
circula en voz baja es el del Rey de la tormenta.
Miriamele emitió un
largo suspiro. Ni siquiera el brillante sol del mediodía era capaz de dispersar
las sombras que parecían intro¬ducirse en la habitación del faro.
—En Naglimund
hablaban de esas cosas —dijo luego Miriamele, cuando los dos estaban en el
balcón, contemplando el mar—. El anciano Jarnauga parecía creer, incluso, que
se acerca el fin del mundo. Sin embargo, yo no me enteraba de todo —agregó
volvién-dose a Dinivan, con expresión de pesar en el delgado rostro—. Por el
hecho de ser una chica, me escondían muchas cosas... Y eso no es justo, porque
soy más despierta que la mayoría de los hombres que conozco.
Dinivan no sonrió.
—De eso no me cabe
duda, Miriamele. Pero creo que debierais ambicionar algo más alto que,
simplemente, ser más inteligente que los hombres.
—Si dejé Naglimund,
fue precisamente para hacer algo —prosi¬guió ella con tristeza—. Y creo que
actué con inteligencia, ¿o no? Pensaba poner a Leobardis de parte de mi tío,
pero resulta que ya lo estaba. Entonces lo mataron, de modo que... ¿de qué le
sirvió a Josua?
Caminó un poco más
alrededor de la torre hasta dominar el es¬tribo del acantilado y la vertiente
que daba a un verde valle. Más allá se extendían redondas colinas cubiertas de
hierba mecida por el viento. La joven trató de imaginarse el fin del mundo, y no
pudo.
—¿Cómo es que
conocéis a Cadrach? —inquirió al fin.
—No había oído el
nombre de Cadrach hasta que vos lo mencio¬nasteis—contestó el sacerdote—. Yo lo
conocía bajo el nombre de Padreic, hace ya largos años.
—¿Cuántos? —quiso
saber Miriamele, con una sonrisa—. Porque vos no sois tan viejo...
Dinivan meneó la
cabeza.
—Tengo la cara
joven, supongo, pero ya me acerco a los cua¬renta... No soy mucho mas joven que
vuestro tío Josua.
—Bien. Digamos que
hace muchos años... ¿Dónde lo cono¬cisteis?
—Aquí y en otras
partes. Eramos miembros de la misma... or¬den, como os expresaríais vos. Pero
algo le sucedió a Padreic. Se alejó de nosotros y, cuando más adelante oí
hablar de él, lo que de¬cían no era bueno. Parece ser que se había
desencaminado mucho.
—Es lo que yo diría
—señaló Miriamele con una mueca. Dinivan le dirigió una mirada llena de
curiosidad.
—¿Y cómo fue que le
disteis tan inesperado y... poco deseado baño?
Miriamele le relató
el viaje realizado juntos, las pequeñas trai¬ciones que ella ya sospechaba, y
la confirmación de la última, más grave. Cuando hubo terminado, Dinivan la
invitó a entrar de nuevo, y Miriamele se dio cuenta de que volvía a tener
hambre.
—No se portó bien
con vos, desde luego —opinó el sacerdote—. Sin embargo, tampoco se portó mal
del todo. Puede haber una es¬peranza, respecto de él, y no solamente la de la
salvación de su alma, que todos compartimos. Quiero decir que tal vez logre
apartarse de las sendas del crimen y de la bebida.
Dinivan bajó unos
cuantos escalones para mirar desde arriba a Cadrach. Envuelto en una basta
manta, el monje todavía dormía, ahora con los brazos extendidos, como si
acabaran de sacarlo de las peligrosas aguas. Sus mojadas ropas pendían de las
vigas.
El sacerdote
regresó a la habitación.
—De no haber
remedio para él, ¿por qué había de permanecer a vuestro lado, una vez recibida
la plata de Stréawe?
—Para venderme a
alguien —replicó ella con amargura—. A mi pa¬dre, a mi tía o a los naraxi
mercaderes de niños... ¿Quién lo sabe?
—Quizás —admitió el
secretario del lector—, pero no lo creo. Más bien me figuro que sentía una
cierta responsabilidad respecto de vos, aunque esa responsabilidad no le
impidiera aprovecharse allí donde, en su opinión, no os perjudicaba, como en el
caso del sobe¬rano de Perdruin. Pero, salvo que el Padreic conocido por mí no
exista ya en absoluto y esté más allá de toda redención, pienso que no os haría
daño ni permitiría voluntariamente que nadie os lo hiciera.
—¿Ah, sí? Pues yo
sólo volveré a fiarme de él cuando las estrellas brillen al mediodía.
Dinivan la miró con
atención, y luego hizo la señal del Árbol en el aire.
—Hemos de ser
cautos con semejantes manifestaciones en estos extraños tiempos, señora
—contestó él, ahora de nuevo con una son¬risa—. En cualquier caso, la
referencia que habéis hecho a las estrellas me recuerda que tenemos algo que
hacer. Cuando busqué este lugar para reunirme con vos, le prometí al torrero
que esta noche encen¬deríamos la luz. Los marineros que navegan por la zona
esperan verlo como advertencia del peligro que representan las rocas y para
poder llegar al puerto de Bacea-sá-Repra, que queda más al éste. Debemos
encenderla ahora, antes de que oscurezca. ¿Venís con¬migo?
Descendió
ruidosamente la escalera y subió de nuevo con la lámpara. Miriamele lo siguió
al balcón.
—Fue en Wentmouth
donde una vez vi encender el Hayefur —dijo—. ¡Resultaba impresionante!
—Sería bastante más
grande que nuestra modesta candela —reco¬noció Dinivan—. Tened cuidado con esta
escala de mano. Es muy vieja.
La pieza superior
de la torre sólo tenía sitio, prácticamente, para el faro, consistente en una
gran lámpara de aceite colocada en me¬dio del suelo. En el techo había un
agujero para la salida del humo y, alrededor de la mecha, una defensa de
pantallas metálicas para qui¬tarle fuerza al viento. En la pared de detrás de
la lámpara, una gran pieza de metal curvado miraba hacia el mar.
—¿Por qué tiene
esta forma? —preguntó Miriamele, recorriendo la pulida superficie con un dedo.
—Para que la luz
llegue más lejos —explicó Dinivan—. ¿Veis que forma una curva hacia adentro,
como un cuenco? Con ello recoge la luz de la lámpara y la arroja a través de la
ventana. Padreic podría describirlo mejor.
—¿Cadrach?
—preguntó Miriamele, sorprendida.
—Sí. En otros
tiempos, por lo menos. Era muy hábil para las co¬sas mecánicas, como poleas y
palancas y demás. Había estudiado mucha física, antes de... cambiar.
Dinivan arrimó la
lámpara de mano a la larga mecha.
—Sólo Aedón sabe
cuánto aceite ha de quemar esto —dijo.
Momentos más tarde,
la mecha prendió y brotó una llama. La pieza metálica de la pared la hizo
resplandecer más, pese a que por las amplias paredes aún penetraba a raudales
el sol del crepúsculo.
—De la pared
cuelgan apagafuegos —añadió el sacerdote, señalando un par de largas varillas
con una especie de copa en su ex¬tremo—. No debemos olvidar extinguir el fuego
por la mañana.
De nuevo en el piso
anterior, Dinivan sugirió que bajasen a ver qué hacía Cadrach. Miriamele fue en
busca de la jarra de agua y unas cuantas uvas. Realmente no tenía sentido
dejarlo morir de hambre.
El monje se había
sentado en la única silla y contemplaba, a tra¬vés de la ventana, la bahía que
a aquella hora del día presentaba un color azul pizarroso. Estaba ensimismado,
y primero no contestó al ofrecimiento de comida por parte de Miriamele, pero finalmente
bebió un sorbo de agua y, luego, aceptó también las uvas.
—Padreic —dijo el
sacerdote acercándose a él—, ¿No me recordáis? Soy Dinivan. En otra época
fuimos amigos.
—Os reconozco, sí
—respondió Cadrach, pasados unos instan¬tes, y su ronca voz producía un extraño
eco en la pequeña pieza redonda—. Pero Padreic-ec-Crannhyr murió hace muchos
años. Ahora sólo queda Cadrach.
El monje rehuía la
mirada de Miriamele. Dinivan lo observaba con toda atención.
—¿No deseáis
hablar? —preguntó—. Nada de lo que hayáis podido hacer me haría pensar mal de
vos.
Cadrach alzó la
vista con una sonrisa boba en su redonda cara, pero en sus grises ojos había
temor.
—¿Es cierro eso?
¿No hice nada tan malo como para que la Ma¬dre Iglesia y... nuestros demás
amigos... no vuelvan a aceptarme? —exclamó con una risa amarga, al mismo tiempo
que agitaba la mano con un gesto de disgusto—. ¡Mentís, hermano Dinivan!
Co¬metí delitos para los que no hay perdón, y existe un lugar especial para
quien los perpetró...
Volvió la cabeza,
atribulado, y ya no habló más.
Fuera, las olas
murmuraban al chocar contra la rocosa costa y retirarse de nuevo..., cual
mitigadas voces que parecían dar la bien¬venida a la apaciguante noche.
Tiamak vigilaba a
Mogahib el Viejo, a Roahog el Alfarero y a las demás personas de edad cuando
subían a la tambaleante chalana. Todos tenían el rostro muy serio, como
correspondía a tan solemne ocasión. Los rituales collares de plumas pendían
marchitos a causa del húmedo calor.
Mogahib se hallaba
inquieto en la popa de la embarcación y miró hacia atrás.
—¡No nos falles,
Tiamak, hijo de Tugumak! —graznó.
El anciano se puso
ceñudo y se apartó de los ojos las hojas de su gorro.
—Diles a los de las
tierras secas que nosotros, los wran, no somos sus esclavos. Tu pueblo ha
depositado en ti la máxima confianza.
Mogahib el Viejo
fue ayudado a sentarse por uno de sus sobrinonietos. La sobrecargada chalana se
abrió paso río abajo.
Tiamak puso cara de
pocos amigos y miró el Bastón Convoca¬dor que le habían regalado. Estaba
totalmente cubierto de graba¬dos. Los wran estaban preocupados porque
Benigaris, nuevo señor de Nabban, había exigido mayor cantidad de grano y
joyas, así como la entrega de jóvenes de las casas de los wran para que
sirvieran en los palacios de los nobles nabbanos. Los ancianos querían que
Tiamak fuese a hablar en su nombre, para protestar por seme¬jante imposición de
los habitantes de las tierras secas sobre las vidas de los wran.
Así pues, una nueva
responsabilidad pesaba sobre los delgados hombros de Tiamak. ¿Acaso alguien de
su pueblo le había dirigido nunca una palabra de respeto, por su saber? ¡Al
contrario! Lo trata¬ban poco menos que como a un loco, como a alguien que les hu¬biese
vuelto la espalda a los wran y a su pueblo para seguir los siste¬mas de las
gentes de las tierras secas... hasta que necesitaban una persona que supiera
escribir o hablar a los nabbanos o a los perdruineses en su propia lengua.
Entonces le decían: «¡Tiamak, cumple con tu deber!».
El joven estudioso
escupió desde el porche de su casa y contem¬pló el paso de las rizadas y verdes
aguas. Desmontó su escalera y, en vez de enrollarla cuidadosamente como era
costumbre, la dejó ti¬rada formando un montón. Lo invadía una gran amargura.
Pero luego,
mientras el agua de su pote llegaba a la ebullición, decidió que el asunto
tendría su lado bueno. Si se dirigía a Nab¬ban, tal como querían los miembros
de su tribu, tendría ocasión de visitar al sabio amigo que allí vivía y
averiguar si había forma de en-tender mejor la extraña nota del doctor
Morgenes. Llevaba sema¬nas enteras pensando en ello, pero sin acercarse a una
solución. Las aves mensajeras enviadas al grueso Ookequk, de Yiqanuc, habían
regresado con las misivas sin abrir. Y eso era alarmante, también hablan vuelto
las aves mandadas al doctor Morgenes, pero eso, aunque desilusionador le
preocupaba menos que el silencio de Ookequk, ya que el doctor le había escrito,
en su última nota, que quizá no pudiera comunicarse con el durante algún
tiempo. Asimismo quedaban sin responder sus mensajes a la bruja que habi¬taba
en el bosque de Aldheorte, y los despachos a su amigo de Nabban. Pero como sólo
hacía varias semanas del envío de estas últimas aves, Tiamak aún confiaba en
recibir contestación.
«Si ahora me voy a
Nabban —comprendió—, no veré las respues¬tas hasta dentro de dos meses o más.»
Y de paso, Tiamak
se preguntó qué iba a hacer con sus aves... No tenía suficientes semillas para
mantenerlas encerradas en sus jaulas hasta que volviera, y desde luego no era
cuestión de llevarlas a todas consigo. Tendría que dejarlas sueltas para que se
alimentaran solas, en la confianza de que no se alejaran de su pequeña casa del
árbol, para poder capturarlas de nuevo a su retorno. Pero... ¿y si escapaban y
no volvían, qué haría? Tendría que amaestrar más, sencillamente.
El suspiro de
Tiamak quedó ahogado por el silbido del vapor que escapaba por debajo de la
tapadera del pote. Cuando echó den¬tro un poco de raíz amarilla para hacerse
una infusión, el menudo erudito trató de recordar la oración por un buen viaje
que debía di-rigirse a El Que Siempre Camina Sobre Arena, pero sólo le venía a
la memoria el rezo de «Muéstranos los escondrijos de los peces», que no era muy
apropiado. Tiamak suspiró de nuevo. Aunque ya no creía en los dioses de su
pueblo, nunca sería malo rezar, si bien había que buscar la oración adecuada.
Mientras pensaba en
esas cosas, se preguntó también qué debía hacer con aquel dichoso pergamino del
que Morgenes hablaba en su carta o, al menos, parecía hablar, porque... ¿cómo
podía saber el viejo doctor que Tiamak lo tenía? ¿Debía llevarlo consigo y correr
el riesgo de extraviarlo? Sin embargo, era necesario si quería mos¬trárselo a
su amigo de Nabban y pedirle consejo.
¡Ay, cuántos
problemas! Parecían remolinar por su cabeza como un enjambre de zumbantes
moscas negras. Era preciso que reflexio¬nara bien sobre todo ello,
principalmente si tenía que partir de ma¬ñana hacia Nabban. Habría de examinar
bien cada pieza de ese rompecabezas.
Primero, el mensaje
de Morgenes, que había leído y releído do¬cenas de veces durante las cuatro
lunas que, aproximadamente, ha¬bían transcurrido desde que lo había recibido.
Lo cogió de encima del arca de madera y lo alisó, manchándolo con sus manos
sucias de raíz amarilla. Sabía su contenido de memoria.
El doctor Morgenes
expresaba sus temores de que estuviese a punto de sobrevenirles «la época del
Astro Conquistador», ya qui¬siera decir una cosa u otra, y que haría falta la
ayuda de Tiamak si había que evitar «... ciertas horribles cosas insinuadas en el
infame libro perdido del sacerdote Nisses...». Pero ¿qué cosas? «El infame
li¬bro perdido» se refería a la obra titulada Du Svardenvyrd, de Nisses, como
toda persona culta sabía.
Tiamak introdujo la
mano en el arca, sacó de ella un lío en¬vuelto en hojas y lo desenrolló para
extraer el valioso pergamino, que extendió en el suelo junto a la carta de
Morgenes. Esa página de pergamino, que Tiamak había encontrado por casualidad
en el mercado de Kwanitupul, era de una calidad muy superior a cual¬quier cosa
que él hubiese podido adquirir. La herrumbrosa tinta marrón formaba las
norteñas runas de Rimmersgardia, pero el len¬guaje empleado era el arcaico
nabbaneo de cinco siglos atrás.
... Traed del
rocoso jardín de Nuanni
al hombre que,
aunque ciego, puede ver
y descubrir la hoja
de espada que entrega la rosa
al pie del gran
árbol de los rimmerios,
y hallar la llamada
cuya petición
pronuncia el nombre
del portador de la señal
en un barco que
navega por el mar menos profundo.
Cuando la espada,
la señal y el hombre
lleguen a la justa
mano del Príncipe,
el prisionero
estará libre de nuevo...
Al pie de tan
incomprensible poema se hallaba impreso el nom¬bre de «NISSES».
¿Qué tenía que
pensar Tiamak, pues? Morgenes no podía saber que él había descubierto una
página de aquel libro casi mítico, ya que el wran no se lo había dicho a
nadie... Aun así, el doctor decía que Tia¬mak tendría una importante labor que
cumplir, algo relacionado con Du Svardenvyrd.
Sus indagaciones
acerca de Morgenes y los demás no habían dado resultado. Ahora tenía que ir a
Nabban para defender la causa de su pueblo ante los de las tierras secas,
aunque todavía ignoraba lo que todo eso podía significar.
Tiamak se sirvió el
té en el tercero de sus cuencos favoritos. Se le había roto el segundo aquella
misma mañana, al ponerse a rebuznar debajo de su ventana Mogahib el Viejo y los
demás. Rodeó el ca¬liente cuenco con sus delgados dedos y sopló encima.
«Día caliente, té
caliente», solía decir su madre. Y hoy era un día realmente caluroso. El aire
era tan quieto y opresivo que casi le daba la sensación de poder dar un salto y
nadar a través de él. No era sólo el calor lo que le molestaba, dado que, cuando
la temperatura era muy alta, tenía menos apetito, pero hoy había algo
desconcertante en el aire, como si los wran fuesen una barra de hojalata que
ardía sin fuego sobre el yunque del mundo, con un gigantesco martillo temblando
sobre ella, dispuesto a aplastarla y cambiarlo todo.
Aquella mañana,
aprovechando un momento para charlar mientras Mogahib el Viejo era ayudado a
subir por la escalera de mano, Roahog el Alfarero le había contado que una
colonia de ghants construía un nuevo nido a un par de estadios de distancia de
Arbo¬leda del Pueblo, río abajo. Los ghants nunca se habían acercado tanto a
las casas humanas, y aunque Roahog se había reído al co¬mentar que los wran no
tardarían en pegarle fuego al nido, la noti¬cia dejó intranquilo a Tiamak, como
si una ley indefinida pero re¬conocida hubiese sido violada.
Ahora que la
sofocante tarde avanzaba hacia el crepúsculo, Tia¬mak continuó pensando en las
posibles exigencias del duque de Nabban y en la carta de Morgenes, pero en su
mente se entremez¬claban las imágenes de los ghants construyendo su nido... Sus
par¬duscas mandíbulas que trabajaban industriosas, sus pequeños y lo¬cos ojos
centelleantes... Y Tiamak no podía librarse de la absurda impresión de que todo
estaba misteriosamente relacionado entre sí.
«Es efecto del
calor —se dijo—. Si tuviera una jarra de fresca cer¬veza de helecho, estas
ideas tan desordenadas desaparecerían.»
Pero ni siquiera le
quedaba suficiente raíz amarilla para prepa¬rarse otra taza de té, de manera
que... ¡ni soñar con cerveza! Tenía el corazón atribulado, y en el extenso y
caluroso Wran no había nada que le proporcionara paz.
Tiamak se levantó
con las primeras luces del alba. Cuando hubo preparado y comido un bizcocho de
harina de arroz y bebido un poco de agua, el pantano estaba ya envuelto en un
calor insoporta¬ble. El estudioso hizo una mueca al empezar a hacer su equipaje.
Era un día apropiado para chapotear y nadar en uno de los seguros estanques,
pero no para salir de viaje.
Poco era lo que
tenía que empaquetar, en realidad. Eligió unos calzones de repuesto, una túnica
y un par de sandalias para llevar en Nabban. No hacía falta reforzar la triste
opinión que del atraso de su pueblo tenía la mayoría de los nabbanos. En este viaje,
sin em-bargo, no necesitaría su tablilla de escribir, confeccionada con
cor¬teza estirada; ni su arca de madera, ni ninguna otra de sus escasas
pertenencias. No se atrevía a llevar consigo sus preciosos libros y pergaminos,
ya que era más que probable que acabaran en el agua más de una vez, antes de
alcanzar el las ciudades de los habitantes de las tierras secas.
En cambio había
decidido llevarse el pergamino de Nisses, de modo que lo envolvió en una
segunda capa de hojas y lo metió todo en un saco de cuero engrasado que le
había entregado el doctor Morgenes cuando vivía en Perdruin. Colocó el saco, el
Bastón Convocador y sus prendas de vestir en su barca de fondo plano, así como
el cuenco que prefería en tercer lugar, unos cuantos utensilios para cocinar y
una honda con una hoja bien doblada y llena de pie¬dras redondas. Del cinturón
se colgó el cuchillo y una bolsa llena de monedas. Y por fin, después de
esperar todo el rato posible, trepó a la copa del árbol para poner en libertad
a sus aves.
Mientras atravesaba
el tejado de hojas, Tiamak oyó el soño¬liento y sordo parloteo de los pájaros
en su casita. Había puesto en un cuenco —el cuarto, por orden de predilección,
y el último— las se¬millas restantes, y lo había dejado en el alféizar de la ventana
de abajo. Así, por lo menos, permanecerían cerca de la casa durante un tiempo,
después de su marcha.
Introdujo la mano
en la pequeña jaula techada con corteza de ár¬bol y, con delicadeza, sacó de su
interior a una de sus palomas, de bo¬nito plumaje blanco y gris y llamada Tan
Veloz. La arrojó al aire, y ella agitó vivamente las alas antes de posarse en una
rama que quedaba en¬cima de la cabeza de su amo. Poco acostumbrada a tan
extraordinaria actitud, el ave emitió un arrullo interrogante. Tiamak sintió la
pena de un padre cuya hija tuviera que ser enviada a manos desconocidas. Pero
era imprescindible quitar de allí a las aves, y la puerta de su casita, que
sólo se abría hacia adentro, tenía que quedar bien cerrada. De otra forma,
estas palomas u otras ahora ausentes entrarían y quedarían atrapadas. Y sin un
Tiamak que las sacara, morirían de hambre.
Con mucha pena sacó
a Ojos Colorados, Patas de Cangrejo y Amor Meloso. No tardó en producirse un
coro de protestas en las al¬turas. Dándose cuenta de que algo raro sucedía, las
aves que todavía quedaban dentro de su casita se habían refugiado espantadas en
un rincón, de forma que Tiamak tuvo que alargar el brazo para alcan¬zarlas. Y,
al tratar de coger a esas últimas recalcitrantes, sus manos rozaron un pequeño
y frío montón de plumas que se hallaba entre las sombras de la parte trasera.
Súbitamente
preocupado, Tiamak cerró la mano alrededor del objeto y lo sacó. Enseguida vio
que era una de sus palomas mensajeras. Estaba muerta. El estudioso la examinó
con ojos muy abier¬tos. Era Pintada de Tinta, una de las aves enviadas a Nabban
varios días atrás. Resultaba evidente que había sido herida por algún ani¬mal.
Le faltaban muchas plumas y presentaba manchas de sangre seca. Tiamak estaba
seguro de que Pintada de Tinta no estaba el día anterior en el palomar, así que
había tenido que llagar durante la noche, volando pese a sus heridas... para
llegar a casa y morir.
Tiamak notó que el
mundo nadaba ante sus ojos antes de que de ellos brotaran las lágrimas. ¡Pobre
Pintada de Tinta! Había sido un ave excelente, una de sus más veloces
mensajeras, y muy valiente además. No había parte del animal donde, debajo de
las maltrechas plumas, no hubiese sangre. ¡Pobre paloma!
Alrededor de la
pata, semejante a una diminuta rama, el ave lle¬vaba una delgada tira de
pergamino. Tiamak dejó por un momento el cuerpo yerto y sacó al aire libre las
dos últimas palomas antes de cerrar la pequeña puerta con una madera. A
continuación, descen¬dió hasta la ventana y penetró en su vivienda con la pobre
paloma en la mano. Allí desprendió de su pata el pergamino y lo extendió sobre
el suelo entre las puntas de los dedos, esforzando la vista para leer aquella
letra minúscula. El mensaje procedía de su sabio amigo de Nabban, cuya forma de
escribir reconoció pese al tamaño de la misiva, que—cosa inexplicable— no iba
firmada.
«Ha llegado el
momento —decía—. Y haces una falta terrible. Morgenes no te lo puede pedir,
pero yo lo hago en su nombre. Encamínate a Kwanitupul, alójate en la posada de
la que ya hablamos y espera allí a que yo pueda enviarte más noticias. Parte
inmediatamente y no te extravíes. De ti puede depender más que la vida de
muchas personas.»
Al pie había
garrapateado un dibujo circular a pluma: el sím¬bolo de la Alianza del
Pergamino.
Tiamak quedó
boquiabierto ante el mensaje. Lo leyó dos veces más como si esperara que, por
milagro, dijese algo diferente, pero las palabras no cambiaban. «¡Encamínate a
Kwanitupul!» Sus mayo¬res, en cambio, le habían ordenado ir a Nabban. No había
nadie más en su tribu que hablara las lenguas de las tierras bajas de ma¬nera
suficiente para servir de emisario. ¿Qué les diría a los suyos? ¿Qué cierta
persona de las tierras bajas, a la que ellos no conocían, lo mandaba ir a
Kwanitupul en espera de instrucciones, y que eso era razón sobrada para hacer
caso omiso de los deseos de su pueblo? ¿Qué significaba la Alianza del
Pergamino para los wran? ¿Un círculo de estudiosos de las tierras bajas donde
se hablaba de viejos libros y de acontecimientos todavía más antiguos? ¡Nunca
lo compren-derían!
Al mismo tiempo,
¿cómo podía hacer oídos sordos a tan urgente y seria llamada? Su amigo de
Nabban había sido explícito, diciendo incluso que eso es lo que Morgenes
hubiese querido. Sin Morgenes, Tiamak nunca habría sobrevivido a aquel año
pasado en Perdruin, ni mucho menos entrado a formar parte de la estupenda
comunidad en la que el doctor lo había introducido. ¿Cómo podía hacer caso
omiso, ahora, del único favor que le había pedido Morgenes?
El caluroso aire
penetraba por las ventanas como una bestia ham¬brienta. Tiamak dobló la nota y
se la guardó. Primero debía ocuparse de Pintada de Tinta. Luego se dedicaría a
pensar. Quizá refrescara un poco, al acercarse el anochecer. Y posiblemente pudiera
esperar un día más, antes de partir, dondequiera que fuera... ¿De veras?
Tiamak envolvió el
cuerpecillo de la paloma en hojas de palma y lo ató con un trozo de cordel.
Atravesó seguidamente el esguazo hasta llegar a un banco de arena que había
detrás de la casa, donde depositó el paquete sobre una roca y lo rodeó de
corteza de árbol y preciosas tiras de pergamino vejo, hecho esto, murmuró una
ora¬ción por el alma de Pintada de Tinta a La Que Espera Para Llevar¬nos A
Todos, diosa de la muerte de los wran, y utilizó su pedernal y el acero para
encender la minúscula pira.
Cuando el humo
ascendió en espiral, Tiamak se dijo que, al fin y al cabo, las costumbres
antiguas tenían su sentido. Al menos pro¬porcionaban algo que hacer cuando la
mente estaba fatigada y triste. Durante unos momentos, incluso logró apartar de
sí los per¬turbadores problemas del día, experimentando por el contrario una
extraña sensación de paz al contemplar cómo el humo de la paloma remontaba
hasta fundirse con el bochornoso cielo gris.
Muy pronto, sin
embargo, el humo se desvaneció y las cenizas quedaron esparcidas sobre las
verdes aguas.
Cuando Miriamele y
sus dos acompañantes descendieron por el empinado sendero para enfilar la
carretera que conducía a la costa norte, Cadrach empujó a su montura hacia
adelante, cabalgando a cierta distancia de Dinivan y la princesa. El sol de la
mañana les daba en la espalda. Los caballos traídos por el sacerdote trotaban
con las crines flameantes y los ollares muy abiertos para aspirar los aromas de
la brisa matutina.
—¡Eh, Padreic!
—gritó Dinivan, pero el monje no respondió.
Los redondos
hombros de Cadrach danzaban arriba y abajo, y su cabeza casi desaparecía en la
capucha.
—¡Cadrach, si lo
prefieres! —agregó el sacerdote—. ¿Por qué no vais a nuestro lado?
El monje, que pese
a su volumen y sus cortas piernas era un ágil jinete, refrenó su caballo. Y,
cuando los otros dos le hubieron dado alcance, él se volvió.
—Eso de los nombres
es un problema, hermano —dijo, mostrando los dientes en una sonrisa airada—. Me
llamáis por uno que pertenece a un hombre ya muerto, y la princesa me puso
otro, el de «traidor», y luego me bautizó en la bahía de Emettin para dejarlo bien
revalidado. Por consiguiente, y como podéis ver, esto que po¬dríamos llamar una
multiplicidad de nombres podría resultar dema¬siado confusa. —Con una irónica
inclinación de cabeza, el monje hincó los talones en las costillas de su
montura y tiró adelante de nuevo, y sólo redujo la marcha para adaptarse al
paso de los otros cuando llevaba una delantera de una buena docena de metros.
—Está muy amargado
—comentó Dinivan con la vista puesta en los encogidos hombros de Cadrach.
—¿Y qué motivo
tiene para estarlo? —preguntó Miriamele.
El sacerdote meneó
la cabeza.
—Dios lo sabe
—respondió.
Procedente de un
sacerdote era difícil, en opinión de la prin¬cesa, saber lo que esa frase
significaba.
La carretera de la
costa septentrional de Nabban serpenteaba entre los cerros y la bahía de
Emettin, abriéndose paso hacia el inte¬rior, a veces, de forma que las
acanaladas colinas quedaban a su de¬recha, impidiendo por completo la vista del
agua. Más adelante, los cerros desaparecían durante un breve trecho, y de nuevo
surgía la rocosa línea de la costa. Cuando el trío se aproximaba a Teligure, la
carretera empezó a llenarse de tráfico: carros de labranza, de los que se
desbordaba el heno; buhoneros que llevaban sus mercancías col¬gadas de una
vara, pequeños grupos de guardias locales que iban oficiosos de un lugar a
otro. Muchos viajeros inclinaban la cabeza o se hacían en el pecho la señal del
Árbol al ver el símbolo de oro que Dinivan lucía colgado sobre la negra sotana
y el frailesco atuendo de sus compañeros. Los mendigos corrían al lado del
caballo del sacer¬dote, gritando:
—¡Padre, padre!
¡Una caridad, por amor a Aedón!
Si de veras
parecían inválidos, Dinivan sacaba un cintis de sus ro¬pas y se lo echaba.
Miriamele observó que pocos mendigos, por de¬formes o cojos que fueran,
permitían que la moneda llegase al suelo.
Al mediodía se
detuvieron en Teligure, extensa villa situada en la falda de las colinas, donde
recobraron nuevas fuerzas con la fruta y el duro pan comprado en los puestos de
la plaza del mercado. Entre los apretujones del movimiento comercial, poca atención
llama-ban tres religiosos viajeros.
Miriamele tomaba el
sol con la capucha hacia atrás, para que el calorcillo le diese en la frente. A
su alrededor todo eran voces de buhoneros y protestas de compradores engañados.
Cadrach y Dini¬van estaban cerca, el sacerdote discutiendo con un vendedor de
huevos duros mientras su ceñudo compañero echaba miradas de sos¬layo a la
vinatería de enfrente. La princesa descubrió no sin sor¬presa, que en aquel
momento se sentía feliz.
«¿Sólo con esto?»,
se riñó a sí misma, pero el sol era demasiado agradable para tratarse con
severidad.
Estaba bien
alimentada y había cabalgado toda la mañana tan li¬bre como el viento, sin que
nadie le prestara la más mínima aten¬ción. Al mismo tiempo, se sentía
extrañamente protegida.
De súbito pensó en
Simón, el pinche de cocina, y su buen hu¬mor abarcó también el recuerdo del
muchacho. Tenía una sonrisa bonita, y no fingida como la de los cortesanos de
su padre. Igual¬mente era franca la de Dinivan, pero nunca parecía llena de
sorpresa de sí misma, mientras que el rostro de Simón siempre producía esa
sensación.
Cosa curiosa, los
días pasados camino de Naglimund con Si¬món y Binabik el gnomo, habían figurado
entre los mejores de su vida. Miriamele rió en silencio ante semejante idea, y
se estiró con la pereza de un gato en el alféizar de una ventana. Habían tenido
que enfrentarse al terror y a la muerte, habían sido perseguidos por el
horrible cazador Ingen y sus sabuesos, y poco faltó para que mu¬rieran a manos
de un hunë, peludo y asesino gigante. Pero aun así se había sentido libre en
todo momento. Haciéndose pasar por un siervo, era más ella que nunca antes.
Porque Simón y Binabik veían en ella a una persona, sin pensar en el título que
ostentaba ni en el poder de su padre o en sus propias esperanzas de obtener
recom¬pensas o ventajas.
Los echaba de menos
mucho a los dos, y experimentó una fuerte y repentina punzada al pensar en el
pequeño gnomo y en el pobre, desgarbado y pelirrojo Simón... ¿Andarían
errabundos por el nevado yermo? Casi los había olvidado, por culpa de la
frustrante reclusión en Perdruin. ¿Dónde estarían? ¿Los acechaba quizás algún
peligro? Miriamele se preguntó, incluso, si seguirían vivos...
Una sombra cayó
sobre su cara. La joven echó la cabeza hacia atrás, asustada.
—No creo poder
apartar durante mucho rato de las tabernas a nuestro amigo —dijo Dinivan—.
¿Dormíais?
—No. Simplemente,
pensaba —respondió la princesa, empujándo¬se la capucha hacia adelante al mismo
tiempo que se ponía en pie.
El duque Isgrimnur
se hallaba sentado jadeante delante del fuego, pensando de manera muy seria en
romper algo o golpear a alguien. Le dolían los pies, la cara le escocía
infernalmente desde que se había afeitado la barba —¿por qué había sido tan
tonto de ave-nirse a tal cosa?— y no había avanzado ni un ápice en la busca de
la princesa Miriamele desde su partida de Naglimund. Todo eso era
suficientemente preocupante, pero ahora, las cosas habían empeo¬rado todavía
más.
De cualquier forma,
Isgrimnur tenía la certeza de ir reduciendo la distancia que los separaba.
Después de seguirle la pista a Miriamele hasta Perdruin y confirmar, a través
del viejo capitán Gealsgiath, que ella y el criminoso monje Cadrach habían
desembarcado en Ansis Pelippe, el duque estaba seguro de que todo era sólo
cues¬tión de tiempo. Aunque obstaculizado por su disfraz de religioso,
Isgrimnur conocía a fondo Ansis Pelippe y podría introducirse en todos sus
barrios y arrabales más míseros. Pronto tendría a la prin¬cesa en su poder, sin
duda, para devolvérsela a su tío Josua, de Na¬glimund, donde la joven estaría a
salvo de las dudosas pruebas de amor de su padre, Elías.
Pero entonces
habían llegado los dos golpes. El primero, más lento en sus efectos, era la
culminación de muchas horas infructuo¬sas y de una pequeña fortuna gastada en
sobornos, con la noticia de que Miriamele y su acompañante habían desaparecido
de Ansis Pelippe como si le hubiesen nacido alas. Ni un solo contrabandista o
ratero, ni una sola meretriz de las que pululaban por las tabernas ha¬bía visto
a la pareja desde la noche del Solsticio de Verano. Y eso que la princesa y
Cadrach formaban un conjunto muy difícil de pasar por alto: dos monjes que iban
juntos, uno grueso y otro jovencito y delgado. Sin embargo, habían
desaparecido. Ni un solo barquero había sido testigo de que alguien se los
llevara, o de que ellos trataran de conseguir pasaje en los muelles. ¡No había
ni rastro de Miriamele y Cadrach!
El segundo golpe,
llegado aparte de su fracaso personal, cayó so¬bre Isgrimnur como una gran
piedra. No llevaba en Perdruin ni dos semanas, cuando por las tabernas de la
zona del puerto empezaron a correr rumores acerca de la destrucción de
Naglimund. Los marine¬ros repetían alegremente lo que habían oído comentar,
hablando de la carnicería causada entre los habitantes del castillo por un
miste¬rioso segundo ejército de Elías como si gozaran con la emoción de una
vieja historia contada junto al fuego.
«¡Oh, mi Gutrun!
—había rezado Isgrimnur, contraídas sus vísceras por el temor y la rabia—. ¡Que
Jesuris te proteja de todo mal! Que te permita salir sana y salva de ello,
esposa mía, y prometo construirle una catedral con mis propias manos...! Y que
os proteja también a ti, Isorn, mi valiente hijo, y a Josua y todos los
demás...»
La primera noche
había dado rienda suelta a su llanto en un os¬curo callejón donde nadie pudiera
ver sollozar al corpulento monje y donde, por lo menos durante un rato, no
necesitaba fingir. Nunca había estado tan asustado en su vida.
«¿Cómo pudo
suceder, y de manera tan rápida? —se pregun¬taba—. ¡Si ese dichoso castillo
había sido edificado para resistir un asedio de diez años enteros! ¿Acaso hubo
una traición desde den¬tro?»
¿Y cómo, aunque su
familia estuviese a salvo por milagro y pu¬diera reunirse de nuevo con sus
seres queridos, cómo recuperaría las tierras que Skali Nariz Afilada le había
robado con ayuda del Su¬premo Rey? Con Josua derrotado, Leobardis y Lluth
muertos, nada obstruía ya el camino a Elías.
En cualquier caso
tenía que encontrar a Miriamele, arrancarla de las manos de ese traidor de
Cadrach y conducirla a un lugar se¬guro. Al menos evitaría que Elías tuviera
esa satisfacción.
Vencido como de
momento se sentía, había llegado por fin a El Sombrero y el Ave Fría, una
fonducha de ínfima categoría, que era lo que su atormentado espíritu
necesitaba. Tenía a su lado, intacta, la sexta jarra de cerveza. E Isgrimnur
cavilaba.
Tal vez echara
alguna cabezada, porque había paseado todo el día arriba y abajo por el puerto,
y estaba muy fatigado. El hombre que ahora se alzaba delante de él podía llevar
ya rato allí. A Isgrim¬nur no le gustó su mirada.
—¿Qué queréis de
mí? —gruñó.
Las cejas del
desconocido se juntaron. Una sonrisa estúpida y despectiva se extendió por su
ancha cara. El individuo era alto y vestía de negro, pero el duque de
Elvritshalla no lo encontró tan im¬presionante como aquel tipo creía obviamente
resultar.
—¿Sois vos el monje
que anduvo haciendo preguntas por toda la ciudad? —inquirió el hombre.
—¡Largaos! —replicó
Isgrimnur, asiendo la jarra de cerveza para tomar un sorbo.
Y, al comprobar que
lo despejaba un poco, echó otro trago.
—¿Sois vos quien se
interesaba por los otros monjes? —insistió el desconocido—. ¿Por el alto y el
bajo?
—Quizá, pero...
¿quién sois vos, y qué tenéis que ver conmigo? —refunfuñó Isgrimnur, pasándose
el dorso de la mano por la boca.
Le dolía la cabeza.
—Me llamo Lenti
—dijo el individuo—. Mi amo desea hablar con vos.
—¿Y quién es
vuestro amo?
—No importa. Venid.
Isgrimnur eructó.
—No tengo ningún
interés en hablar con personas desconocidas. ¡Que venga vuestro amo aquí, si
quiere! Y ahora marchaos.
Lenti se inclinó
hacia adelante con los ojos fijos en Isgrimnur. En la barbilla tenía muchos
barrillos.
—Vendréis conmigo
ahora mismo, viejo gordo, si no deseáis re¬sultar herido —susurró el hombre con
violencia—. Llevo un cuchillo.
El puñetazo que le
arreó Isgrimnur allí donde se le juntaban las cejas a Lenti, hizo que éste, de
pronto, se tambaleara y cayera como un muñeco de trapo, como si el golpe
hubiera sido dado con un enorme martillo. Algunos otros parroquianos de la
taberna rieron divertidos, antes de volver a sus chabacanas conversaciones.
Al cabo de unos
momentos, el duque le echó un chorro de cer¬veza en la cara al tipo vestido de
negro.
—¡Venga, levántate!
—dijo—. He decidido ir contigo a ver a tu amo.
Isgrimnur esbozó
una sonrisa perversa al ver que Lenti escupía espuma.
—Antes no me sentía
muy bien —añadió—. Pero, gracias a Aedón, ya me encuentro mucho mejor.
Teligure
desapareció detrás de los tres jinetes, que continuaron hacia el oeste por la
carretera de la costa, siguiendo su retorcido curso a través de varias ciudades
densamente pobladas. En las laderas de las colinas y en el valle se efectuaba
con gran prisa la recogida del heno, y en todos los campos se alzaban los
pajares cual cabezas de durmientes que despertaran. Miriamele escuchaba la
cantinela de los labradores y las joviales voces de las mujeres cuando se
internaban en los leonados pastos con botellas y bolsas que contenían la
me¬rienda de los trabajadores. Aquélla parecía una vida feliz, y así se lo dijo
la princesa a Dinivan.
—Si opináis que
trabajar cada día desde el amanecer hasta que oscurece, derrengándose la
espalda, es una tarea feliz y sencilla, tal vez... —contestó el sacerdote,
guiñando los ojos a causa del sol—. Pero esa gente descansa poco y, si el año
es malo, poca cosecha ob¬tiene. Y —agregó con maliciosa sonrisa— la mayor parte
de lo que re¬coge se le va en diezmos para el barón. Pero parece ser que esa es
la voluntad de Dios. Desde luego, mejor es un trabajo honesto que una vida de
mendicidad o robo, al menos a los ojos de la Madre Iglesia, aunque no creen lo
mismo los pordioseros y la mayoría de ladrones.
—¡Padre Dinivan!
—exclamó Miriamele, un poco sorprendida—. No se... Pero supongo que eso suena
un poco... herético.
El sacerdote rió.
—El Altísimo me dio
una naturaleza herética, señora, de modo que, si se arrepiente de ese don, me
llamará de nuevo a su seno y todo estará arreglado. Pero mis viejos maestros
estarían de acuerdo con vos. Con frecuencia me decían que mis preguntas eran obra
de una lengua del diablo que había en mi cabeza. Ranessin, cuando me ofreció el
cargo de secretario, afirmó que era preferible una lengua endemoniada que
discutiera y preguntara, que una lengua silen¬ciosa y una cabeza hueca. Algunos
de los sacerdotes más escrupulo¬sos de la Iglesia consideran a Ranessin un jefe
difícil —murmuró Di¬nivan—, pero lo desconocen por completo. Es el mejor hombre
de la tierra.
Durante la larga
tarde, Cadrach permitió que la distancia entre él y los compañeros de viaje se
redujera gradualmente, hasta que por fin cabalgaron casi juntos. Tal concesión
no aflojó sus labios, empero, y aunque el monje parecía escuchar las preguntas de
Miriamele y lo que Dinivan explicaba sobre el país que atravesaban, no se unió
en absoluto a la conversación.
El cielo sembrado
de nubes había adquirido un color anaran¬jado, y el sol les daba de lleno en
los ojos cuando se aproximaban a la ciudad amurallada de Granis Sacrana, lugar
elegido por Dinivan para pasar la noche. Se alzaba sobre un escarpado risco que
dominaba la carretera de la costa, y las colinas que la rodeaban, doradas por
el crepúsculo, estaban totalmente cubiertas de viñas.
Para sorpresa de
los tres viajeros, en la amplia puerta de la ciu¬dad aguardaba una patrulla que
interrogaba a quienes querían en¬trar en la ciudad. No se trataba de soldados
reclutados en la pobla¬ción, sino de hombres armados que lucían el plateado martín
pescador que era el emblema de la casa real de Benidrivine. Cuando Dinivan dio
sus nombres —empleando el de Cadrach para el monje y el de Malaquías para la
princesa—, les anunciaron que tendrían que buscar albergue en otra parte.
—¿Y por
que?—inquirió Dinivan.
El guardia, hombre
muy corto, se limitó a repetir la orden.
—Dejadme hablar con
vuestro sargento.
Apareció el
suboficial, pero fue sólo para decir lo mismo que el soldado.
—¿Por que, hombre?
—preguntó al sacerdote, excitado—. ¿Quién lo ha dispuesto? ¿Acaso tenéis aquí
una epidemia o algo por el estilo?
—Algo por el estilo
—respondió el sargento, rascándose nervioso la larga nariz—. Son órdenes del
propio duque Benigaris, o así lo creo. Llevan su sello.
—¡Y yo llevo el
sello del lector Ranessin! —exclamó Dinivan, a la vez que sacaba una sortija de
su bolsillo y le pasaba por delante de la nariz el rubí rojo como la sangre—.
Sabed que viajamos por encargo del Sancellan Aedonitis. ¿Se ha desencadenado
aquí la peste, o qué? Si no soplan en la ciudad unos aires peligrosos y las
aguas no están contaminadas, pernoctaremos aquí.
El sargento se
quitó el caso y miró de reojo el sello. Cuando le¬vantó la vista, su basta cara
delataba preocupación.
—Como ya dije,
eminencia —empezó torpemente—, es algo seme¬jante a una plaga. Se trata de esos
locos, los Danzarines del Fuego.
—¿Qué son esos
danzarines? —preguntó Miriamele, sin olvidar la imitación de la áspera voz de
un muchacho.
—Los que predicen
la catástrofe —explicó Dinivan, ceñudo.
—¡Y si todo fuera
eso! —prosiguió el sargento con un amplio gesto de las manos.
Era un hombre alto,
de anchos hombros y piernas macizas, pero aun así resultaba poco maduro.
—Están todos locos
—agregó—. El duque Benigaris ha ordenado que..., que los vigilemos. No debemos
meternos con ellos, pero yo pensé que convendría impedir que entren más
forasteros.
Y el sargento hizo
un movimiento torpe, sin perder de vista el anillo de Dinivan.
—Nosotros no somos
extranjeros y, en mi calidad de secretario del lector, corro poco riesgo de
dejarme convencer por las exhortaciones de esa gente —dijo Dinivan, muy serio—.
Dejadnos pasar, pues, para que podamos encontrar albergue para esta noche. He-mos
cabalgado mucho y estamos cansados.
—Como queráis,
eminencia —respondió el sargento, haciendo una señal a sus hombres para que
abrieren la puerta—. Pero entonces declino toda responsabilidad...
—Todos cargamos con
responsabilidades en este mundo... —re¬plicó el sacerdote, con sequedad, para
luego dulcificar su expre¬sión—. Pero Nuestro Señor Jesuris conoce esas cargas.
E hizo la señal del
Árbol al dejar atrás a los desconcertados guar¬dias.
—Ese soldado
parecía muy trastornado —comentó Miriamele mientras avanzaban por el camino
principal. Muchas de las casas es¬taban cerradas, pero unos pálidos rostros se
asomaban curiosos a las puertas para mirar a los viajeros. Para una ciudad de
las dimensio¬nes de Granis Sacrana, las calles estaban sorprendentemente
vacías. Reducidos grupos de soldados venían de las puertas o iban hacia ellas,
pero eran muy escasas las personas que transitaban por la pol¬vorienta vía,
echando inquietas miradas de sospecha a Miriamele y sus acompañantes, antes de
bajar la vista y seguir adelante con prisa.
—El sargento no es
el único —dijo Dinivan cuando cabalgaban a la sombra de las casas y tiendas—.
El miedo barre todo Nabban como una plaga, estos días.
—El miedo acude
allí donde lo invitan —gruñó Cadrach, aunque apartando los ojos de sus
camaradas.
Llegados por fin a
la plaza del mercado, situada en el centro de la ciudad, descubrieron el motivo
de que las calles de Granis Sa¬crana estuvieran tan desiertas. Una extraña
muchedumbre rodeaba la plaza, agrupada en media docena de filas, murmurando y
riendo. Si bien los últimos destellos de la tarde aún avivaban el horizonte,
las antorchas ya ardían en sus soportes alrededor de la explanada y arrojaban
temblorosas sombras sobre los espacios oscuros entre las casas, iluminando las
blancas túnicas de los Danzarines del Fuego, que se mecían y gritaban en medio
de la plaza.
—Tienen que ser
cien o más —susurró Miriamele, asombrada.
La cara de Dinivan
reflejaba intranquilidad. Entre la multitud había quien lanzaba voces de burla
o tiraba piedras y basura a los cimbreantes bailarines. Otros, en cambio, los
contemplaban aten¬tos, incluso temerosos, como si se tratara de animales a los
que no convenía dar la espalda.
—¡Demasiado tarde
para el arrepentimiento! —chilló uno de los vestidos de blanco, apartándose de
sus cofrades para brincar delante de la primera fila de espectadores como un
muñeco de resorte.
La gente se
retiraba de él como si temiera contagiarse.
—¡Demasiado tarde!
—bramó, y su rostro, el de un joven aún casi imberbe, adquirió una expresión de
extraño júbilo—. ¡Demasiado tarde! —repitió—. Los sueños nos lo han advertido.
¡Se acerca el maes¬tro!
Otra de esas
figuras vestidas de blanco subió a una piedra si¬tuada en el centro de la plaza
e indicó a sus compañeros danzarines que guardaran silencio. Un murmullo
recorrió el público cuando el que había hablado se echó hacia atrás una amplia
capucha y quedó al aire la rubia cabeza de una mujer. Podría haber resultado
muy bo¬nita de no ser por sus ojos de mirada fija, ribeteados de blanco a la
luz de las antorchas, y por su desgarrada y fantasmal sonrisa.
—¡Viene el fuego!
—gritó.
Los demás
danzarines hicieron extraños movimientos y emitie¬ron agudas voces antes de
callar. Hubo entre la muchedumbre algu¬nas personas que lanzaron insultos, pero
enseguida enmudecieron cuando la mujer volvió hacia ellas sus ojos quemantes.
—No creáis que
vosotros os vais a librar —dijo, y su voz resonó clara en medio de la súbita
quietud—. El fuego llegará para todos... El fuego y el hielo que traerán
consigo el Gran Cambio. El maestro no perdonará a nadie que no esté preparado
para recibirlo.
—¡Blasfemas contra
nuestro verdadero Redentor, servidora del diablo! —tronó de repente Dinivan, de
pie sobre los estribos de su montura—. ¡Mientes a esa gente!
Algunos de los allí
presentes repitieron sus palabras, y los mur¬mullos fueron en aumento. La mujer
vestida de blanco se volvió e hizo una señal a los suyos. Varios habían estado
arrodillados junto a la piedra, a sus pies, como si rezaran. Uno se levantó y
cruzó la plaza mientras ella miraba hacia fuera con gesto imperioso, fija la
vista en el crepuscular cielo. El hombre volvió momentos después con una
antorcha arrancada de uno de los soportes, que ella tomó y alzó por encima de
su cabeza.
—¿Qué es Jesuris
Aedón —chilló—, sino un hombrecillo de ma¬dera en un pequeño árbol, también de
madera? ¿Que son los reyes y las reinas de los hombres, sino monos elevados muy
por encima de su condición real? ¡El maestro derribará todo lo montado por voso¬tros,
y su majestad se alzará por encima de todos los océanos y países de Osten Ard!
¡Llega el Rey de la tormenta! Y trae consigo hielo su¬ficiente para helar los
corazones, truenos ensordecedores y... ¡fuego purificador!
Arrojó al suelo la
tea, y una furiosa cortina de llamas rodeó la piedra. Algunos de los danzarines
gritaron cuando sus ropas se in¬cendiaron. La muchedumbre reculó entre alaridos
de horror al caer¬le encima una pared de calor.
—¡Elysia, madre de
Dios! —exclamó Dinivan con voz llena de horror.
—¡Así sea! —jadeó
la mujer cuando las llamas lamían ya sus ropas y sus cabellos, coronándola de
fuego y humo.
Incluso entonces
sonreía, pero era la suya una sonrisa perdida y de maldición.
—¡El habla en
sueños! ¡Se acerca el fin del mundo! —añadió cuando la fogata ya la envolvía,
oscureciendo su figura, y sus últi¬mas palabras lo dominaron todo—. ¡Llega el
maestro! ¡Llega el maestro!
Miriamele se
inclinó sobre el cuello de su caballo para no vomi¬tar. Dinivan se adelantó y
desmontó para atender a quienes habían sido derribados y pisoteados al
retirarse alarmado el gentío. Finalmente, la princesa se enderezó para respirar
a fondo.
Sin tener en cuenta
la presencia de la joven, Cadrach contem¬plaba boquiabierto la espantosa
escena. Su rostro, escarlata bajo el oscilante resplandor, adquirió una
expresión desdichada pero ham¬brienta..., como si algo importante y terrible
hubiese acontecido, algo temido desde hacía tanto tiempo que la espera había
resultado todavía peor que el miedo en sí.
8
En el Sikkihoq
Adonde vamos,
Binabik? —preguntó Simón, inclinado hacia el fuego para calentarse las
enrojecidas manos. Sus guantes humeaban, abandonados encima de un cercano
tronco de abeto.
Binabik apartó la
vista del pergamino que él y Sisqi estudiaban.
—De momento,
montaña abajo. Después necesitaremos quien nos conduzca. Pero ahora déjame
pensar en esa posibilidad de guía, por favor.
Simón venció el
pueril deseo de sacarle la lengua, aunque el de¬saire del gnomo no le
preocupaba en exceso. Estaba de buen humor.
El muchacho
recobraba fuerzas. Estas habían ido en aumento durante los dos días de camino
que llevaban desde su partida del Mintahoq, principal montaña de Trollfells,
para cruzar la ladera del Sikkihoq, el picacho gemelo. Esa noche, por vez
primera. Simón no había sentido el irrefrenable deseo de echarse a dormir
cuando el grupo hizo un alto para acampar. Por el contrario, había ayudado a
reunir suficiente leña para encender el fuego y a limpiar de nieve, con el
azadón, la poco profunda cueva en la que pensaban pernoc¬tar. Le hacía bien
volver a ser él. Aún le dolía la cicatriz de la mejilla, pero era un dolor
quedo y, más que nada, lo ayudaba a recordar.
Simón se daba
cuenta de que la sangre del dragón lo había cam¬biado. No de manera mágica,
como en una de las viejas historias de Shem, el mozo de cuadra del castillo...
El no entendía el lenguaje de los animales ni podía ver hasta una distancia
enorme, aunque eso tampoco era del todo cierto, porque al cesar de nevar un
rato, du¬rante el día, los blancos valles del erial habían adquirido una
increí¬ble claridad que los hacía parecer tan cercanos como los pliegues de una
manta, aunque sin cesar de extenderse hacia la borrosa mancha azulada del
lejano bosque de Aldheorte. Por espacio de unos segun¬dos, mientras él
permanecía inmóvil como una estatua pese al viento que le mordía el cuello y la
cara, había creído poseer real¬mente una visión mágica. Y cuando, en otros
tiempos, subía a la Torre del Ángel Verde para contemplar toda Erkynlandia,
exten¬dida a sus pies cual inmensa alfombra, le parecía que, con sólo extender
una mano, podría cambiar el mundo.
Pero no era el
encuentro con el dragón lo que le había propor¬cionado instantes como ese. Miró
pensativo a Binabik y Sisqi, mientras se secaban sus guantes, y comprobó el
modo en que am¬bos se tocaban sin tocarse, así como las largas conversaciones
que había entre ellos con sólo una breve mirada. Simón se dio cuenta de que
sentía y veía las cosas de manera diferente, en comparación con la época
anterior a lo de Urmsheim. La gente y los aconteci¬mientos parecían estar más
claramente relacionados entre sí, como si cada cosa formara parte de un gran
rompecabezas, tal como su¬cedía con Binabik y Sisqi. Se amaban profundamente,
pero su mundo de dos estaba, a la vez, entrelazado con muchos otros mun¬dos: el
de Simón, el de sus congéneres, el del príncipe, el de Geloë... Simón se dijo
que era realmente asombroso descubrir que cada cosa resultaba ser una pieza de
un todo mucho mayor. Y que, pese a la vastedad del mundo, imposible de
comprender, cada mota de vida luchaba por continuar su existencia. ¡Cada mota
te¬nía su importancia!
Eso era lo que, en
cierto modo, le había enseñado la sangre del dragón. El no era grande. De
hecho, era algo muy pequeño. Al mismo tiempo, no obstante, era importante,
igual que cualquier punto de luz en el cielo podía ser la estrella que
condujese a la salva¬ción a un navegante, o la estrella contemplada por un niño
solitario en una noche de insomnio...
Simón se sopló en
las heladas manos. Las ideas se le escapaban, correteando cual ratones sueltos
en una despensa. Los guantes toda¬vía no estaban secos. Se introdujo las manos
en los sobacos y se aproximó un poco más al fuego.
—¿Estás seguro de
que Geloë dijo «la Roca del Adiós», Simón? —preguntó Binabik—. Llevo dos noches
leyendo los pergaminos de Ookequk, y no encuentro nada.
—Te repetí todo
cuanto ella había dicho —contestó Simón, mi¬rando hacia la boca de la cueva,
donde los moruecos, atados, se gol¬peaban como un ventisquero ambulante—. No
podría olvidarlo. Hablaba a través de la niña a la que salvamos, Leleth, y sus
palabras fueron éstas: «Id a la Roca del Adiós. Es el único lugar seguro ante
la tempestad que se avecina... Seguro por algún tiempo, al menos».
Binabik frunció los
labios, frustrado, y dirigió unas rápidas pa¬labras en qanuc a Sisqi, quien
hizo un solemne gesto de afirmación.
—No dudo de ti,
Simón. Hemos vivido demasiadas cosas juntos. Tampoco puedo dudar de Geloë, la
mujer más sabia que conozco. El problema es mi escaso entendimiento. Tal vez no
traje los rollos debidos —agregó señalando la piel extendida ante sí.
—Piensas demasiado,
hombrecillo —intervino Sludig desde el otro lado de la cueva—. Haestan y yo
enseñamos a tus amigos a jugar al Conquistador. Va tan bien con vuestras
piedras de los gnomos como con dados verdaderos. ¡Ven a jugar y olvídate de
esas cosas durante un rato!
Binabik alzó la
vista y sonrió.
—¿Por qué no juegas
tú, Simón? —le dijo a éste—. Sin duda sería más interesante que estar atento a
mi confusión.
—También yo pienso
—respondió Simón—. Recordaba Urmsheim y lo sucedido con Igjarjuk.
—No fue como tú te
lo habías imaginado, ¿eh? —replicó Binabik, de nuevo absorto en la cuidadosa
lectura del pergamino—. Las cosas no siempre son como en las antiguas
baladas..., sobre todo si se re¬fieren a dragones. Pero tú, Simón, actuaste con
tanta valentía como sir Camaris o Tallistro.
Simón se sonrojó de
satisfacción.
—No sé... No creo
que fuese valor. ¿Qué otra cosa podía hacer? Pero no era eso en lo que pensaba,
sino en la sangre del dragón, que me hizo más que esto...
Y señaló su mejilla
y la blanca cicatriz que penetraba bajo su cuero cabelludo. Binabik no levantó
la vista para ver su gesto, Sisqi, en cambio, sí. Sonrió con timidez, fijos los
negros ojos en él como si se tratase de un animal amistoso pero quizá también
peligroso. Un momento después, la doncella gnomo se alejaba.
—Me hizo cambiar de
modo de pensar sobre algunas cosas —con¬tinuó Simón, siguiendo a Sisqi con la
mirada—. No cesé de pensar y soñar mientras tú permanecías en aquel agujero.
—¿Y cuáles eran tus
pensamientos?
—Es difícil de
explicar. Reflexionaba sobre el mundo, y lo viejo que es. Sobre lo
insignificante que soy yo... Incluso el Rey de la Tor¬menta es pequeño, en
cierto sentido.
Binabik estudió el
rostro del amigo, muy serios los oscuros ojos.
—Si; quizá sea
pequeño en comparación con las estrellas, Simón, del mismo modo que una montaña
es pequeña si la comparas con el mundo. Pero una montaña es mucho más grande
que nosotros y, si nos cae encima, moriremos aunque nos encontremos en una
cueva muy espaciosa.
Simón agitó la
mano, impaciente.
—Lo sé, lo sé... No
digo que no esté asustado. Lo que ocurre, es que... resulta difícil de decir...
—murmuró, en busca de las palabras adecuadas—. Es como si la sangre del dragón
me hubiese enseñado otro lenguaje, otra forma de ver las cosas... ¿Cómo puedes
expli¬car otro modo de hablar a alguien?
Binabik quiso
replicar algo, pero se contuvo y miró por encima del hombro de Simón.
El muchacho se
volvió, alarmado, pero no vio nada, aparte de la oblicua roca de la caverna y
un trozo de cielo gris, manchado de blanco.
—¿Qué pasa? ¿te
sientes mal, Binabik?
—No. ¡Ya lo tengo!
—exclamó el gnomo, sencillamente—. Sabía que había algo familiar en ello. Pero
era una confusión del lenguaje. Ya sabes que ellos traducen de otra manera.
Se puso en pie de
un salto y trotó en dirección a su saco. Algu¬nos de los demás gnomos alzaron
la vista. Uno iba a decir algo, pero se dominó, acobardado por la expresión de
Binabik. Poco después, el hombrecillo regresaba con un brazado de rollos.
—¿Qué ocurre?
—quiso saber Simón.
—Hablábamos de
lenguaje, ¿no? De la diferencia entre ellos. Tú dijiste «Roca del Adiós».
—Ese fue el nombre
empleado por Geloë —contestó Simón, a la defensiva.
—Desde luego. Pero
los pergaminos de Ookequk no están escri¬tos en la lengua que tú y yo hablamos
ahora. Algunos fueron copia¬dos del nabbaneo original, otros están en idioma
qanuc, y otros más en el habla de los sitha. Yo buscaba «Roca del Adiós», pero en
len¬gua sitha se diría «Roca de la Despedida». Una pequeña diferencia, pero que
cuesta encontrar. ¡Ahora espera!
Binabik se puso a
repasar rápidamente los pergaminos, y sus la¬bios se movían siguiendo el
regordete dedo de una línea a otra. Sisqi volvió con dos cuencos de sopa y dejó
uno al lado de Binabik, que estaba demasiado preocupado para darle las gracias.
El otro era para Simón que, sin saber qué hacer, dedicó una inclinación de
cabeza a Sisqi.
—Muchas gracias
—agregó, preguntándose si debía llamar a la joven por su nombre.
Sisqinanamook
inició una respuesta, pero calló al no encontrar las palabras adecuadas.
Durante unos segundos, ella y Simón se mi¬raron y, si su amistad no avanzó más
por el momento, fue debido a su incapacidad para conversar. Finalmente, Sisqi
hizo también una inclinación y tomó asiento junto a Binabik para formularle una
pre¬gunta en voz baja.
—Chash— contestó
él—. Es correcto.
Y prosiguió su
busca en silencio, hasta que, de pronto, se golpeó con la palma de la mano el
pantalón de cuero y exclamó:
—¡Aquí está la
respuesta! ¡La hemos encontrado!
—¿Qué?
Simón se acercó. El
pergamino estaba cubierto de extraños trazos y dibujos, semejantes a las patas
de los pájaros y al rastro de los caracoles. Binabik señalaba un símbolo: un
cuadrado de ángulos re¬dondeados, lleno de puntos y rayas.
—Sesuad’ra—jadeó el
hombrecillo, estirando la palabra como si examinara un tejido fino—.
Sesuad’ra... ¡Roca de la Despedida! O, como Geloë dijo. Roca del Adiós. Es algo
sitha, como yo suponía.
—¿Pero qué es?
—inquirió Simón sin apartar la vista de aquellas runas, aunque no acertaba a
entender su significado como lo hu¬biese entendido en la escritura de las
tierras bajas.
Binabik miró el
rollo con ojos estrechos.
—Es el lugar, según
dice esto, donde se rompió el pacto entre los zida’ya y los hikeda’ya..., entre
los sitha y las nornas..., y cada cual siguió su propio camino. Es un lugar
lleno de poderes y profundo pesar.
—Pero... ¿dónde
está? ¿Cómo podemos llegar hasta allí, si no co¬nocemos el sitio?
—En otros tiempos
formó parte de Enki-e-Sha'osaye, la Ciudad de Verano de los sitha.
—Jiriki me habló de
eso —dijo Simón, súbitamente excitado—. Me enseñó ese lugar en el espejo... En
el espejo que me dio. ¡A lo mejor podemos descubrirlo ahí!
Y removió el
contenido de su saco en busca del regalo de Jiriki.
—¡No hace falta,
Simón! ¡No hace falta! —rió Binabik—. Tonto sería, y el más desgraciado
aprendiz que Ookequk hubiera podido tener, si no conociese Enki-e-Sha'osaye.
Era de las Nueve Ciuda¬des, grande en belleza y ciencia.
—¿Entonces sabes
dónde está la Roca del Adiós?
—Enki-e-Sha'osaye
se encontraba en el extremo sudeste del gran bosque de Aldheorte —contestó
Binabik, con el entrecejo frun¬cido—. Desde luego, no queda nada cerca. Nos
tocará viajar durante semanas enteras. La ciudad se hallaba al otro lado del
bosque, en la meseta del Alto Thrithing —añadió con expresión más risueña—.
Pero ahora sabemos cuál es nuestro destino, y eso es lo bueno. Sesuad'ra
—repitió el nombre, saboreándolo—. Nunca estuve allí, pero recuerdo las
palabras de Ookequk al respecto. Es un lugar extraño y poco acogedor, según
reza la leyenda.
—¿Por qué lo
elegiría Geloë?
—Posiblemente no
viese otro camino —dijo Binabik, y dedicó su atención a la sopa ya fría.
Como era natural, a
los moruecos no les hacía ninguna gracia avanzar con Qantaqa detrás de ellos.
Incluso después de varios días los inquietaba profundamente el olor de la loba,
de modo que Bina¬bik decidió continuar a la cabeza. Qantaqa escogía con habilidad
los empinados y estrechos senderos, y los gnomos montados en sus moruecos la
seguían conversando y cantando en voz baja, ya que no querían despertar a
Makuhkuya, diosa de los aludes. Simón, Haestan y Sludig cabalgaban detrás, con
cuidado de no pisar las marcas de los cascos y, de este modo, impedir que la
nieve les entrase por el borde de las bien engrasadas botas.
Así como el
Mintahoq tenía una forma redondeada, como un viejo encorvado por la edad, el
Sikkihoq era todo aristas y precipi¬cios. Los caminos de los gnomos se
agarraban al lomo de la mon¬taña, serpenteando audaces alrededor de heladas
columnas de roca para abandonar la parte soleada e internarse en las propias
sombras del Sikkihoq, siguiendo la línea interior de una grieta que caía a pico
para perderse entre la niebla y la nieve.
Después de abrirse
paso penosamente, hora tras hora, por los an¬gostos senderos, teniéndose que
enjugar de manera constante los co¬pos de nieve de los ojos, Simón se encontró
rezando para que llegaran pronto al valle. Recobradas sus fuerzas o no, era evidente
que no estaba hecho para la vida en la montaña. El aire enrarecido le producía
dolor en los pulmones, y las piernas le pesaban y parecían débiles como
ho¬gazas de pan empapadas de agua. Cuando al término de la jornada in¬tentaba
dormir, tenía los músculos tan tensos que casi zumbaban.
Las grandes alturas
por las que viajaban lo inquietaban, además. Siempre se había considerado un
escalador audaz, pero eso era antes de tener que abandonar Hayholt y empezar a
correr mundo. Ahora, a Simón le resultaba mucho más fácil mirar la parte posterior
de las pardas botas de Sludig, que subían y bajaban, que dirigir la vista
ha¬cia otra parte. Cuando sus ojos se desviaban hacia las torcidas masas de
piedra que había encima de ellos o hacia los vacíos espacios de abajo, le
costaba recordar cómo era un terreno llano. En alguna parte, se decía a sí
mismo, había sitios donde uno podía volverse y caminar en cualquier dirección
sin correr el riesgo de despeñarse. Él había vivido en una zona semejante, de
modo que aún tenía que existir. Y en algún lugar, después de un kilómetro llano
tras otro, habría una tupida alfombra esperando a sus pies.
Se habían detenido
a descansar en un calvero. Simón ayudó a Haestan a desmontar su saco, y luego
vio cómo el soldado se dejaba caer sobre un pedrusco húmedo de nieve,
respirando tan fatigosa¬mente que pronto estuvo envuelto en una nube de vapor.
Haestan se quitó la capucha por un momento, pero se estremeció al ser azo¬tado
por el viento del monte. Cuando enseguida se la volvió a po¬ner, tenía
centelleantes cristales de hielo en la oscura barba.
—¡Qué frío, chico!
—tiritó—. Es tremendo. De repente se lo veía viejo.
—¿Tienes familia,
Haestan? —preguntó Simón.
El amigo hizo una
pausa, como si lo hubiese cogido de impro¬viso, y seguidamente se echó a reír.
—Más o menos...
Tengo mujer, mi esposa, pero no hijos. Nues¬tro primer hijo murió de muy
pequeño, y no nos han nacido más. No la he visto a ella desde antes del
invierno... De todos modos, está a salvo. Se fue a vivir con sus parientes de
Hewenshire, porque le dije que Naglimund era demasiado expuesto, ya que venía
la gue¬rra... Ahora, si tu bruja dice la verdad, esa guerra terminó y el
prín¬cipe Josua resultó derrotado.
—¡Pero Geloë afirmó
que había escapado! —se apresuró a recor¬darle Simón.
—Bueno; eso ya es
algo.
Permanecieron en
silencio por espacio de un rato, escuchando el aullido del viento entre las
rocas. Simón contempló la espada lla¬mada Espina, que descansaba sobre el fardo
de Haestan. Relucía de forma casi milagrosa, salpicada de copos de nieve medio
fundidos.
—¿Pesa demasiado
para ti la espada? Puedo llevarla yo durante un tiempo.
Haestan lo estudió
brevemente, antes de esbozar una risita.
—¡Está a tu
disposición, muchacho! Ahora que ya te crece la pri¬mera barba, necesitarías
una espada. La cosa es que no sé si te servi¬ría mucho como arma..., si te
interesa mi opinión.
—Ya sé..., ya sé
cómo cambia.
Simón recordó a
Espina en sus propias manos. Al principio ha¬bía resultado fría y pesada como
un yunque. Pero luego, cuando recobró el equilibrio en el borde de la roca, a
la vez que miraba fija¬mente a los ojos del dragón, de un azul lechoso, la
espada se volvió ligera como una vara de abedul. La resplandeciente hoja
parecía res¬pirar, poseer un espíritu propio.
—Es casi como si
estuviese viva —dijo—. Como un animal o algo semejante. ¿Se te hace pesada,
ahora?
Haestan meneó la
cabeza y contempló las ráfagas de nieve.
—No, hijo. Parece
querer ir a donde vamos nosotros. Quizá crea que vuelve a casa.
Simón sonrió al
pensar que ambos hablaban de una espada como si se tratara de un perro o un
caballo. Sin embargo, en aquel objeto existía una tensión innegable, como la de
una araña todavía en su tela, o la de un pez atrapado por el anzuelo en la
profunda os-curidad del fondo de un río. Y volvió a mirar el arma. Esa espada
tenía vida; era algo salvaje. Su negrura devoraba la luz, sin dejar más que un
débil reflejo, chispeantes migas en la barba de un avaro... Algo fiero, algo
tenebroso.
—Vamos a donde
vamos —dijo Simón, pero luego reflexionó du¬rante unos segundos—. Pero no a
casa. Por lo menos, no a la mía.
Cuando aquella
noche estaba acostado en una angosta cueva que era poco más que una muesca en
la muscular espalda de piedra del Sikkihoq, Simón soñó con un tapiz colgado de
una pared de ab¬soluta negrura. Y el tapiz se movía. En el había un gran árbol
que al¬zaba los brazos al cielo, como en las pinturas religiosas de la capilla
de Hayholt. Pero este árbol era blanco y liso como el mármol de Harcha. Y de él
pendía cabeza abajo el príncipe Josua, como el pro¬pio Jesuris Aedón en su
pasión.
Delante de Josua se
alzaba una figura borrosa, que hundía cla¬vos en su carne con un gran martillo
gris. Josua no hablaba ni emi¬tía lamentos, mientras que sus seguidores,
situados a su alrededor, daban rienda suelta a su aflicción. El príncipe tenía
los ojos muy abiertos y llenos de paciente sufrimiento, como la tallada cara
del Jesuris colgado de la pared del cuarto de mozuelo de Simón, en los
alojamientos para el servicio.
El muchacho no pudo
soportar más. Se arrojó a través del tapiz para atacar a la nebulosa figura. Al
correr, notó que algo pesado pendía de su mano. Levantó el brazo para
blandirlo, pero el oscuro ser le agarró la mano y le arrebató el arma, que
resultó ser un mar¬tillo negro que, salvo por su color, era idéntico al otro
martillo gris.
—Mejor —dijo el
ser, y asió el negro mazo con la otra borrosa mano, volviendo a hundir clavos
en el cuerpo de Josua. Esta vez, el príncipe sí que gritaba a cada golpe.
Gritaba desesperadamente...
Simón despertó de
súbito y se halló tiritando en medio de la os¬curidad. Junto a él, los
compañeros de viaje respiraban con un ruido áspero, emulando al viento que
gemía al recorrer los cercanos pasos de montaña.
Hubiese querido
despertar a Binabik, a Haestan o a Sludig, a al¬guien que pudiera hablar con él
en su propia lengua, pero en la os¬curidad no logró distinguir a ninguno, y a
pesar de su miedo com¬prendía que no debía alarmar a los demás.
Así pues, se acostó
de nuevo, atento a los aullidos del vendaval. Temía caer otra vez en sueños,
porque le espantaba la idea de volver a oír los horribles gritos. Se esforzó
por ver en la oscuridad, para te¬ner la certeza de que sus ojos seguían
abiertos, pero no había nada...
Poco antes de que
empezase a clarear, la fatiga pudo más que su inquieta mente, y Simón se durmió
al fin. Y, al despabilarse unas horas después, no recordó que lo hubiesen
martirizado otros sueños.
Tuvieron que pasar
tres días más en aquellos senderos glaciales antes de abandonar las alturas del
Sikkihoq. En las laderas de la montaña ya no necesitaban avanzar uno detrás de
otro, y, cuando llegaron a una plataforma de granito salpicado de nieve, la compa¬ñía
se detuvo para celebrarlo. Era una poco frecuente hora de sol vespertino. La
luz se había abierto camino a través de la telaraña de nubes y, por una vez, el
viento parecía juguetón en vez de agresivo.
Binabik exploró el
terreno montado en Qantaqa, y luego soltó a la loba para que cazara. Al cabo de
un instante había desaparecido entre una confusión de rocas cubiertas de
blanco. Binabik volvió junto a los compañeros con una amplia sonrisa.
—¡Es bueno vernos
fuera de las alturas por algún tiempo! —ex¬clamó sentándose junto a Simón, que
se había quitado las botas y se frotaba los descoloridos dedos de los pies para
hacer circular la san¬gre por ellos—. Poco tiempo hay para pensar en otra cosa
que no sea mantener el equilibrio cuando uno cabalga por senderos tan
estre¬chos y peligrosos.
—O si uno camina
por ellos —señaló Simón, al mismo tiempo que echaba una critica mirada a sus
pies.
—O si uno camina,
en efecto —asintió Binabik—. Vuelvo ense¬guida.
El hombrecillo
cruzó la plataforma de roca, ligeramente com¬bada, y se encaminó hacia donde
casi todos los gnomos estaban sentados en forma de círculo, pasándose un odre.
Algunos se habían desprendido de sus chaquetas para que el débil sol les diera
en el moreno pecho, cubierto de tatuajes en forma de pájaros, osos y si¬nuosos
peces. Los moruecos, desensillados, pacían sueltos, co¬miendo lo poco que
encontraban, principalmente el musgo y los pobres matorrales que habían
arraigado en las grietas de la montaña. Uno de los gnomos hacía de pastor,
aunque no parecía gus¬tarle aquella tarea, ya que pinchaba el suelo con su
curvada lanza mientras, por el rabillo del ojo, vigilaba cómo el odre pasaba de
mano en mano. Uno de sus compañeros, que descubrió riendo su mal humor, acabó
por ir a su lado para compartir la bebida con él.
Binabik se acercó a
Sisqi, sentada junto a varias de las doncellas cazadoras. Se inclinó hacia ella
para decirle algo y, luego, frotó su cara con la suya. Ella rió, apartándolo de
un empujón, pero sus me¬jillas se habían arrebolado. Simón, que lo había observado,
sintió algo de celos ante la dicha del amigo, pero se contuvo. Quizá tam¬bién
él encontrase un día a alguien... Pensó en la princesa Miriamele, inalcanzable
para un pobre marmitón. Sin embargo, era sólo una muchacha como aquellas con
las que él bromeaba en Hayholt en lo que parecía una eternidad atrás. Cuando él
y Miriamele se ha¬llaban uno al lado del otro en el puente de Da’ ai Chikiza, o
frente al gigante, no había habido diferencia entre ellos. Eran unos amigos que
se enfrentaban juntos y de manera igual al peligro.
«Pero entonces yo
ignoraba que ella estuviera tan por encima de mí. Ahora lo sé, y en eso está la
diferencia. Pero... ¿por qué? ¿Soy yo diferente? ¿Lo es ella? No, en realidad.
¡Y Miriamele me besó, des¬pués de volver a ser princesa!»
Simón sintió una
curiosa mezcla de alborozo y frustración. ¿Quién podía decir lo que era justo,
al fin y al cabo? El orden del mundo parecía estar cambiando, y... ¿dónde se
hallaba escrita la ley de que un heroico pinche de cocina no podía hacer un
buen papel ante una princesa? ¿Y quién estaba en guerra con su propio padre, si
no?
Siguió un momento
de ensueño. Simón se vio a sí mismo en¬trando en una gran ciudad como héroe,
montado en un brioso cor¬cel y empuñando la espada llamada Espina, como había
visto una vez en un retrato de sir Camaris. Sabía que Miriamele se hallaba
es¬perando, admirada, en alguna parte... La fantasía se desvaneció cuando el
muchacho se preguntó, de pronto, en qué ciudad iba a entrar él de manera tan
triunfal. Según Geloë, Naglimund había caído. Hayholt, el único hogar que él
conocía, era un lugar total¬mente prohibido para él. Espina estaba tan distante
de pertenecerle como él de ser sir Camaris, el más célebre poseedor de la
espada, y lo que todavía era mis importante, como se dio cuenta al comprobar
los talones llenos de ampollas, ¡ni siquiera tenia caballo!
—¡Eh, tú, amigo
Simón! —dijo Binabik, arrancándolo de su embelesamiento—. Te he reservado un
trago de vino.
Y le tendió un odre
menor del que se pasaban un circulo los gnomos.
—Ya bebí en una
ocasión —contestó Simón, olfateando con aire sospechoso— Sabía a... Haestan
opinaba que sabía a meados de ca¬ballo, y creo que tiene razón.
—¿Ah, sí? Pues
parece ser que Haestan ha cambiado de opinión con respecto al kangkang—rió
Binabik, señalando con la cabeza a los demás gnomos reunidos.
El erkyno y Sludig
se habían unido a los hombrecillos y en ese momento, precisamente, Haestan se
echaba entre pecho y espalda un buen trago.
—Pero esto no es
kangkang—añadió Binabik, poniendo en ma¬nos de Simón el pequeño odre—. Es un
vino especial para los días de caza. Los hombres de mi pueblo no están
autorizados para to¬marlo..., excepto quienes, como yo, lo beben a veces como
medica¬mento. Nuestras cazadoras se sirven de el cuando tienen que pasar toda
la noche despiertas y a la intemperie. Es especialmente eficaz para combatir el
cansancio y el dolor de las piernas, por ejemplo.
—Yo me encuentro
bien —replicó Simón, mirando el odre con aire de sospecha.
—No te he traído el
vino por ese motivo —dijo Binabik, ya un poco exasperado—. Entérate de que
conseguir este vino es algo muy especial. Ahora celebramos la buena suerte que
nos ha permitido superar la dificultosa jornada sin bajas ni heridos. También
celebra¬mos este poco de sol y confiamos en tener un poco más de suerte en el
resto del camino. Acéptalo como un regalo, Simón. Es Sisqinanamook quien te lo
manda.
Simón miró a la
doncella, que charlaba y reía con sus compañe¬ras, las cazadoras. Sisqi sonrió
y alzó su lanza a guisa de saludo.
—Lo siento —musitó
el muchacho—. No lo había entendido.
Empinó el odre y
tomó un largo trago. El dulce y oleoso líquido resbaló por su garganta. Tosió,
pero enseguida notó un confortante calorcillo en el estómago. Bebió otro sorbo
y conservó un poco en la boca, para saber qué le recordaba aquel sabor.
—¿De qué está
hecho? —preguntó.
—De bayas de los
altos prados del lago del Lodo Azul, adonde se dirigirán los hombres de mi
tribu. De bayas y dientes.
Simón creyó haberlo
entendido mal.
—¿Bayas y qué?
—Dientes —repitió
Binabik, enseñando los propios, bastante amarillentos—. Dientes de oso blanco.
Molidos, desde luego. Pro¬porcionan bríos y tranquilidad durante la caza.
—¡Dientes...!
—balbució Simón, pero recordó que se trataba de un regalo y calló a tiempo.
Realmente no había
nada de malo en los dientes. El mismo te¬nia la boca lleno de ellos. El vinillo
no tenía mal sabor, y le producía una sensación agradable en la barriga.
Levantó de nuevo el odre y tomó un sorbo final.
—Bayas y dientes...
—dijo, devolviendo el recipiente—. ¡Muy
bueno! ¿Cómo dais las gracias en qanuc?
Binabik se lo
explicó.
—¡Guyop!—exclamó
Simón de cara a Sisqi, quien sonrió e hizo un gesto afirmativo a la vez que sus
compañeras estallaban de nuevo en agudas risas y escondían la cara entre la
piel de sus capuchas.
Durante un rato,
Simón y Binabik permanecieron sentados junto al sol, que era un deleite. Simón
sintió que el vino corría ani¬moso por sus venas, tanto que incluso las
impresionantes laderas del Sikkihoq que todavía les quedaban por vencer le
parecieron bené¬volas. La montaña descendía bruscamente para formar abajo una
arrugada manta de nevadas colinas, que al fondo daba paso a la mo¬notonía
salpicada de árboles del páramo.
Cuando se volvió
para estudiar el terreno, llamó la atención de Simón el pico llamado Namyet,
una de las montañas gemelas del Sikkihoq, que en la sorprendente claridad de la
tarde parecía alzarse a sólo un tiro de piedra, por su izquierda. La falda de
Namyet estaba surcada de largas y azuladas sombras verticales, y su blanca
corona centelleaba a la luz del sol.
—¿Allí también
viven gnomos? —preguntó.
—Sí —contestó
Binabik, después de mirar en aquella dirección—. Namyet es una de las montañas
de Yiqanuc. El Mintahoq, el Chugik, el Tutusik, el Rinsenatuq, el Sikkihoq y el
Namyet, el Yamok y las Huudika, que significa Hermanas Grises, todos esos
montes for¬man el país de los gnomos. Yamok, que quiere decir Pequeña Nariz, es
el lugar donde murieron mis padres. Es aquel picacho que asoma detrás del
Namyet, ¿lo ves?
Y señaló una
afilada forma angular iluminada por el sol.
—¿Cómo murieron?
—En la nieve del
dragón, que es como la llamamos en el Techo del Mundo... Una nieve que se hiela
en la cumbre y luego se abre sin previo aviso, para cerrar luego rápidamente
las mandíbulas. Igual que se cierran las mandíbulas de un dragón. Como tú ya
sa¬bes...
Simón arañó el
suelo con una piedra, y después contempló la fina línea del Yamok con ojos
estrechos.
—¿Lloraste?
—Desde luego que
sí, pero en mi rincón secreto. ¿Y tú? Pero no..., tú no conociste a tus padres,
¿verdad?
—No. El doctor
Morgenes me hablaba de ellos. De vez en
cuando. Mi padre era pescador, y mi madre, camarera.
Binabik sonrió.
—Unos progenitores
pobres, pero honorables. ¿Quién puede pedir más que un buen punto de partida?
¿Quién nace en la ce¬rrada restricción de los círculos de sangre real? ¿Y quién
puede encontrar su propio yo en un mundo de reverencias y arrodilla¬mientos?
Simón pensó en
Miriamele e incluso en la prometida de Binabik, pero no dijo nada.
Al cabo de un rato,
el gnomo alargó el brazo y acercó su fardo. Rebuscó en él por espacio de unos
momentos, y por fin extrajo una tintineante bolsa de cuero.
—Mis tabas —explicó
mientras extendía las piezas con cuidado sobre la piedra—. Veamos si esta vez
son una guía más fidedigna que la última vez.
Y luego se puso a
zumbar algo en voz baja, al mismo tiempo que observaba una taba tras otra en la
palma de sus manos. Sostuvo el puñado de huesecillos delante de su rostro, a la
vez que tenía los ojos cerrados con gran concentración y murmuraba una canción.
Cuando hubo terminado, dejó caer las tabas al suelo. Simón no dis¬tinguió nada
especial en aquella mezcla.
—Círculo de
Piedras—musitó Binabik tan tranquilamente como si estuviese escrito en la
amarillenta superficie de los huesos—. Esto representa el lugar en que nos
hallamos, por así decirlo. Y significa, según creo, una reunión... Buscamos
sapiencia y, además, ayuda en nuestro viaje.
—¿Y esos
huesecillos a los que pides ayuda te dicen que tú buscas ayuda? —gruñó Simón—.
Pues no le veo la gracia.
—¡Calla, memo de
las tierras bajas! —contestó Binabik, en broma y en serio a la vez—. Los huesos
indican mucho más de lo que tú te imaginas. Descifrar lo que expresan no es tan
sencillo.
De nuevo entonó un
zumbido y echó las tabas.
—Antorcha a la
Entrada de la Cueva—dijo, pero volvió a tirar los huesecillos sin detenerse a
dar ninguna explicación. Binabik frun¬ció el entrecejo y se mordió los labios
al estudiar las piezas—. La Grieta Negra—añadió—. Es la segunda vez en mi vida
que veo esta forma, y siempre estando contigo... ¡Un lance ominoso. Simón!
—¡Explícate, por
favor! —suplicó el muchacho, y empezó a cal¬zarse las botas moviendo los dedos
de los pies.
—La segunda tirada,
Antorcha a la Entrada de la Cueva, significa que hemos de procurar tener
ventaja en el lugar adonde nos dirigi¬mos, que es Sesuad'ra o, como me imagino,
la Roca del Adiós indi¬cada por Geloë. Esto no demuestra que allí encontremos
la suerte, pero constituye nuestra posibilidad de alcanzar una ventaja. En
cuanto a La Grieta Negra, mi última jugada, ya te hice antes un co¬mentario. La
tercera hace referencia a aquello que debiéramos te¬mer, o a algo a lo que hay
que prestar atención. La Grieta negra es una forma extraña que podría
significar traición o algo que viene de otra parte…
Binabik se
interrumpió, contempló ausente las esparcidas tabas, y después las metió
nuevamente en la bolsa.
—En resumidas
cuentas, ¿qué quiere decir todo eso?
—¡Ay, amigo Simón!
—suspiró e! gnomo—. Los huesos no con¬testan así como así a las preguntas; ni
siquiera en los buenos tiem¬pos. En horas difíciles, como las que ahora
vivimos, la interpreta¬ción resulta todavía más difícil. Necesito reflexionar
mucho sobre las jugadas. Quizá necesite entonar una canción algo distinta y
vol¬ver a arrojar las tabas. Es la primera vez, desde hace largo tiempo, que no
me sale El Camino de las Sombras, aunque no por eso creo que nuestro sendero
sea menos umbrío. Existe el peligro de tratar de obtener respuestas demasiado
simples de las tabas.
Simón se puso de
pie.
—No acabo de
entender lo que dices, pero me gustaría conseguir algunas contestaciones
claras. Eso simplificaría mucho las cosas.
Binabik sonrió al
acercarse uno de los suyos.
—¿Respuestas claras
a los interrogantes de la vida? ¡Eso constitui¬ría una magia superior a lo
nunca visto!
El nuevo gnomo, un
pastor rechoncho y de greñuda barba, a quien Binabik presentó como Snenneq,
lanzó una mirada llena de desconfianza a Simón, como si ya su estatura fuese
una afrenta para su civilización. Habló brevemente con Binabik en lengua qanuc,
de forma muy excitada, y luego se alejó. Binabik se levantó de un salto y llamó
a Qantaqa con un silbido.
—Snenneq dice que
los moruecos se comportan de forma rara —le explicó a Simón—. Quería saber
dónde estaba Qantaqa, por si andaba rondando a las monturas.
Un momento más
tarde, la gris forma de la loba apareció junto a un despeñadero, a un par de
centenares de metros de distancia, con la cabeza ladeada en actitud
interrogante.
—Está en dirección
opuesta al viento —dijo el hombrecillo—. Si los moruecos están inquietos, no es
porque les llegue el olor de Qantaqa.
La loba saltó del
saliente de roca y, poco después, llegaba junto a su amo y frotaba su alargada
y ancha cabeza contra las costillas de Binabik.
—Ella misma parece
nerviosa —señaló el gnomo, que se arrodilló para rascar la barriga del animal.
Sus brazos desaparecieron hasta el hombro entre la espesa piel.
En efecto, Qantaqa
estaba excitada, ya que sólo permaneció quieta unos segundos, antes de oliscar
la brisa con el hocico alzado. Sus orejas se movían como las alas de un pájaro
en descenso. Emitió un sordo gruñido al mismo tiempo que de nuevo daba un golpecito
con la cabeza a Binabik.
—Tal vez se trate
de un oso blanco —opinó el gnomo—. Esos ani¬males tienen que pasar hambre...
Nos convendría trasladarnos a un lugar más bajo, para no correr tanto peligro
cuando abandonemos el Sikkihoq.
Llamó a Snenneq y
al resto de sus compañeros, y comenzaron a desmontar el campamento provisional
y a ensillar a los carneros, en los que cargaron los odres y las bolsas de
comida.
Sludig y Haestan se
aproximaron.
—¡Ah, chico!
—exclamó Haestan dirigiéndose a Simón—. Otra vez con las botas puestas, ¿no?
Ahora sabes lo que significa ser soldado. Marchas interminables, hasta que los
pies se te hielan y los pulmo¬nes se niegan a trabajar.
—Yo nunca quise ser
soldado de infantería —rezongó Simón, car¬gando con su fardo.
El buen tiempo no
se mantuvo. Cuando por fin acamparon aquella noche al borde de la extensa
meseta, las estrellas habían desaparecido. Los fuegos encendidos para preparar
la cena constituían la única luz bajo un amenazador cielo cargado de nieve.
El alba clareó el
oscuro horizonte para conferirle un tono gris pétreo que se reflejaba
extrañamente en el granito que tenían bajo sus pies. La compañía descendió con
cuidado de la meseta para inter¬narse por una nueva serie de angostos senderos
que iban y venían serpenteantes por la ladera de la montaña en un continuo y
empi¬nado zigzag.
Al mediodía
llegaron a otro sitio relativamente plano, un cerro alargado y de escaso
desnivel; un enorme montón de rocas y piedras de menos tamaño que debió de
dejar el paso de un antiguo glaciar. Andar resultaba traicionero; hasta los
moruecos tenían que elegir con cautela su camino, y a veces preferían saltar de
una roca grande a otra para no tener que abrirse paso entre tanto cascajo
suelto. Simón, Haestan y Sludig formaban la retaguardia. Sus trabajosas pisadas
causaban, en ocasiones, el desprendimiento de alguna piedra del ta¬maño de un
puño, que, al caer vertiente abajo, producían balidos de susto y miradas de
desconfianza en los ensillados carneros. Seme¬jante terreno también era malo
para las rodillas y los tobillos. Antes de haber descendido mucho, Simón y sus
compañeros tuvieron que pararse para envolver en trapos sus botas y darles así
más apoyo.
Los remolinos de
nieve llenaban el aire. No se trataba de una ne¬vada intensa, pero sí lo
suficiente para cubrir de un polvillo blanco la parte superior de las piedras
grandes y llenar las grietas existentes en¬tre las de menor tamaño.
Cuando Simón miró
la larga y desordenada ladera que dejaban atrás, la parte alta del Sikkihoq
asomaba detrás de la niebla y la cerra¬zón como una oscura sombra en una
puerta. Le maravillaba compro¬bar cuánto habían avanzado, pero al mismo tiempo
le desilusionaba ver lo que todavía les quedaba por descender, antes de llegar
a la du¬dosa comodidad de la Marca Helada.
Haestan se fijó en
su expresión y le ofreció el encintado odre de vino que los soberanos de los
gnomos le habían regalado.
—Sólo nos faltan
dos días para pisar terreno llano, muchacho —dijo con una agria sonrisa—. ¡Bebe
un poco!
Simón tomó un trago
de kangkang para calentarse, antes de pa¬sarle el odre a Sludig, en cuyo rostro
de rubia barba apareció una mueca de satisfacción al levantar hasta su boca el
pellejo.
—¡Bien...!
—exclamó—. No es el aguamiel que yo conozco, ni el vino de las tierras del sur,
pero más vale esto que nada.
—¡Que la maldición
de Dios caiga sobre mí si eso no es cierto! —agregó Haestan, que tomó a su vez
el odre para saborear de nuevo el kangkang antes de volver a colgárselo del
cinturón.
A Simón le pareció
que la voz del soldado sonaba un poco es¬pesa, y comprendió que Haestan había
pasado el día bebiendo. Pero... ¿qué otra cosa tenían para poder combatir el
dolor de las piernas y la monótona e incesante nevada? Más valía un poco de
embriaguez para ayudar a vencer el frío, que horas y más horas de padecimiento.
Simón guiñó los
ojos ante el aguanieve que le volaba a la cara. Veía las figuras de los gnomos
que cabalgaban justamente delante de él y daban sacudidas encima de sus
carneros, pero más allá sólo distinguía unas sombras confusas. Adelantándose
incluso a los que iban a la cabeza del grupo, Binabik y Qantaqa buscaban el
mejor camino posible para dejar pronto atrás la bajada. Las guturales
ex¬clamaciones de los jinetes de los moruecos le llegaban a Simón con el
viento, incomprensibles pero muy consoladoras.
Una piedra pasó
saltando por delante de su pie y se detuvo unos cuantos codos más allá, apagado
su ruido por el aullido del viento. Simón se preguntó alarmado qué sucedería si
en las alturas se des¬prendía un pedrusco y les caía encima. ¿Lo oirían, en medio
del fra-gor de los elementos? ¿O se verían aplastados por él sin más, como
cuando una mosca que toma el sol en el alféizar de una ventana es aplastada por
una mano? Entonces miró hacia atrás, ansioso, y le pareció distinguir una cosa
redonda y formidable que aumentaba de tamaño..., una piedra que, sin duda, los
dejaría triturados a to¬dos en el camino.
No era una piedra,
pero sí se movían unas sombras por la parte alta de la ladera. Boquiabierto,
Simón se preguntó desconcertado si era la ceguera causada por el reflejo de la
nieve lo que le hacía ver co¬sas que no podían ser reales, enormes alucinaciones
que se agitaban en la incierta luz. Guiado por la mirada de Simón, Sludig
también puso cara de susto.
—¡Hunën! —gritó el
rimmerio—. ¡Vaer Hunën! ¡Nos persiguen unos gigantes!
Más abajo,
invisible en medio de la tempestad de nieve, uno de los gnomos repitió la
alarma de Sludig con un alarido.
Unas confusas
figuras descendían dando saltos por la pendiente sembrada de rocalla. Gran
cantidad de pedruscos desprendidos ro¬daban delante de ellos y pasaron junto a
Simón y sus compañeros cuando los hombrecillos trataron por todos los medios de
apartar y dar vuelta a sus moruecos a fin de hacer frente al inesperado
peligro. Perdida la ventaja que una sorpresa hubiese supuesto, los gigantes
soltaron unos bramidos tan profundos que parecían poder hundir toda la montaña.
Algunos seres descomunales surgieron de entre la niebla, blandiendo unas porras
semejantes a nudosos troncos de ár¬bol. Sus negras caras, de torcida boca,
parecían flotar sin cuerpo en¬tre la cortina de nieve. No obstante, Simón
conocía la fuerza que encerraban esas formas hirsutas. Reconoció el rostro de
la Muerte en las coriáceas máscaras y su ineludible garra en los anchos
tendo¬nes y los latigueantes brazos, el doble de largos que los de cualquier
hombre.
—¡Binabik! —chilló
Simón—. ¡Llegan los gigantes!
Uno de los hunën
agarró una roca y la tiró vertiente abajo, ha¬ciéndola rodar y rodar con el
mismo empuje de un vagón descarri¬lado. Mientras una ráfaga de lanzas de los
gnomos surcaba el aire en dirección a los atacantes, la gran piedra pasó con
tremendo crujido por delante de Simón y luego fue a chocar contra las primeras
filas de los hombrecillos. Los estridentes y aterrorizados balidos de los
carne¬ros y los gritos de los destrozados y moribundos gnomos resonaron a
través de la neblinosa ladera. El propio Simón se encontró jadeante e
inmovilizado por la sorpresa cuando delante de él apareció un ser co¬losal a
punto de arrojar la porra como si fuera el proyectil de una ca¬tapulta. En el
momento en que la negra barra de sombra pasó sil¬bando hacia abajo, Simón oyó
que alguien lo llamaba, pero entonces se vio empujado hacia un lado y cayó de
narices entre las piedras y la nieve.
Al instante se puso
de pie y retrocedió tambaleante a través de la niebla hacia las crispadas
figuras en lucha. Los hunën asomaban y desaparecían, enormes y escalofriantes
sombras que, según en qué momentos, resultaban casi invisibles.
Una voz interior,
histérica y aterrorizada, le gritaba a Simón que escapara de allí y se
escondiese, pero esa voz sonaba sorda, como si toda la cabeza del muchacho
estuviera rellena de plumas. En sus manos había sangre, pero... ¿de quién era?
Simón se frotó las manos contra su camisa, con gesto ausente, antes de extraer
de la vaina el cuchillo qanuc. El fragor lo dominaba ahora todo.
Un grupo de gnomos
había enristrado sus lanzas y espoleaba a sus moruecos ladera arriba. Su
aullante blanco agitó un velludo brazo, de las dimensiones de un tronco de
árbol, y barrió de sus si¬llas a los primeros hombrecillos. Éstos y sus
monturas rodaron cuesta abajo en una sangrienta maraña hasta que los detuvo la
ma¬leza. Pero sus compañeros de detrás recogieron media docena de lanzas, con
lo que provocaron un tosigoso y babeante rugido en el gigante sitiado.
Simón vio a Binabik
en la parte baja de la ladera. El gnomo des¬montó de Qantaqa, que salió
disparada hacia las confusas sombras de otra refriega. Binabik introdujo luego
saetas en la parte hueca de su bastón —flechas de punta envenenada, como Simón
bien sabía—, pero, antes de que el muchacho pudiera dar ni un solo paso hacia
el amigo, otro cuerpo chocó contra él y cayó a sus pies.
Era Haestan, que
yacía boca abajo entre las piedras con Espina aún enganchada a su fardo. Cuando
Simón lo miró más de cerca, algo aulló con tanta fuerza que eliminó de su mente
y sus oídos todo el atontamiento. Se volvió y vio a Sludig, que descendía la desigual
cuesta de espaldas a él, estoqueando con su larga lanza de gnomo a un gigante
del que se retiraba, y cuyos gritos de rabia ha¬cían retumbar el cielo. El
blanco vientre y los brazos del gigante es¬taban cubiertos de rojas manchas de
sangre, pero también Sludig sangraba. Su brazo izquierdo parecía haber sido
sumergido en un recipiente de pintura carmesí.
Simón se inclinó,
agarró la capa de Haestan y lo sacudió, pero el soldado estaba totalmente
fláccido. Entonces, el muchacho asió la negra empuñadura de Espina y, poco a
poco, tiró de ella para libe¬rarla del lazo que la sujetaba al fardo de
Haestan. Estaba más fría que la escarcha y resultaba tan pesada como la
armadura de un ca¬ballo. Renegando de exasperación y angustia, intentó
levantarla con todas sus fuerzas, mas no pudo separar la punta del suelo. Y,
pese a su esfuerzo cada vez más intenso y desesperado, ni siquiera logró al¬zar
la empuñadura por encima de la cintura.
—¿Dónde estás,
Jesuris? —exclamó, dejando caer pesadamente la hoja a tierra, como si fuera un
trozo de albañilería derrumbado—. ¡Ayúdame! ¿Qué utilidad tiene esta maldita
espada?
Y nuevamente trató
de levantar el arma, pero Espina no se mo¬vía del suelo, y él no tenía fuerza
para más.
—¡Simón! —gritó
entonces Sludig, jadeante—. ¡Huye! Yo... no puedo...
El gigante alargó
de pronto su blanco y velludo brazo, y el rimmerio se tambaleó hacia atrás, lo
justo para no ser alcanzado. Abrió la boca para llamar a Simón una vez más,
pero tuvo que dejarse caer hacia un lado para esquivar un tremendo golpe. La
sangre ensu¬ciaba la pálida barba del norteño y pegoteaba sus amarillentos
cabe¬llos. El yelmo se le había caído en alguna parte.
Simón miró ansioso
en derredor, y al fin descubrió una lanza de gnomo entre las piedras. La cogió
y dio vueltas alrededor del gigante, cuyos enrojecidos ojos se fijaban sólo en
Sludig. Las ventanas de la na¬riz del monstruo aleteaban agitadas, y su peluda
espalda se alzaba ante él como una pared blanca. Momentos después, y sin que
tuviera tiempo de sorprenderse de sí mismo, Simón saltó por encima de las
resbaladizas rocas y hundió la lanza con toda su fuerza en la sucia piel del
gigante.
El impacto hizo que
al muchacho se le levantasen los brazos y le castañetearan los dientes. Por
espacio de unos instantes cayó agota¬do contra las anchas espaldas del
monstruo. El hunë alzó la cabeza con un aullido, braceando hacia un lado y otro
mientras Sludig lo atacaba por delante con su lanza. Simón vio que el rimmerio
desapa¬recía y, a continuación, la bestia se dobló temblorosa, y derribó al
suelo a Sludig.
El gigante estaba
encima de Sludig, tosiendo sangre, a la vez que con un brazo buscaba su porra
y, con la otra mano, se sujetaba el es¬tómago, del que manaba un rojo chorro.
Con un grito de furia, ho¬rrorizado de que ese espantoso ser atacara a sus
amigos, pero sin im¬pórtale que su propia vida corriese peligro, Simón se
agarró a la piel del gigante con una mano al tiempo que aferró con la otra el
osci¬lante extremo de lanza que sobresalía de la espalda del titán, y montó en
ella.
Apestando a piel
húmeda, almizcle y carne en descomposición, el grandioso y trémulo corpachón se
enderezó debajo de él. Unas colosales garras empezaron a dar ciegas manotadas
en busca del mo¬lesto insecto, al mismo tiempo que Simón hundía la daga qanuc hasta
la empuñadura en el cuello del gigante, debajo mismo de la mandíbula. Al
instante, se sintió apresado y desenganchado por unos dedos del grueso de una
muñeca.
Hubo un segundo de
ingravidez total. El cielo no era más que un enloquecedor torbellino de grises,
blancos y un azul muy oscuro. Finalmente, Simón sintió que caía.
Miraba con fijeza
una piedra redonda, del ancho de una mano, que había delante de su nariz. No
notaba sus extremidades, y su cuerpo estaba tan flojo como un pescado sin
espinas, y lo único que percibía era un débil rugido y unos lejanos chillidos
que podían ser voces. La piedra seguía delante, esférica y sólida, inmóvil. Era
un fragmento de granito gris, veteado de blanco, que podía hallarse allí desde
que el mismísimo tiempo era joven. la piedra no tenía nada de especial.
Constituía sólo una pieza del suelo, y sus bordes habían sido limados por
milenios de viento y agua.
Simón no podía
moverse, aunque sí podía contemplar aquella piedra, inanimada y magnífica en su
nula importancia. Permane¬ció inmóvil, con la mirada posada en ella durante
largo rato, sin sentir nada donde había estado su cuerpo, hasta que, de pronto,
la piedra comenzó a fulgurar y reflejó la débil luminosidad rosada del
anochecer.
Fueron a buscarlo
cuando apareció Sedda, la luna, cuya pálida faz asomaba entre la niebla y el
ocaso. Unas manos pequeñas pero amables lo alzaron para tenderlo sobre una
manta. Sintió luego un suave balanceo cuando lo condujeron cuesta abajo y lo
acostaron junto a un vivo fuego. Simón siguió con la mirada a la luna,
mien¬tras ésta ascendía en el cielo. Binabik se acercó a él y dijo muchas
co¬sas tranquilizadoras en voz baja, pero sus palabras parecían no tener
sentido.
Cuando, después,
otros ayudaron a vendar sus heridas y le pu¬sieron sobre la frente trapos
frescos, empapados de agua, Binabik entonó unos extraños cantos y,
seguidamente, le dio a beber un cuenco de algo caliente, sosteniendo la cabeza
del amigo mientras el ácido caldo resbalaba por su garganta.
«Debo de estar
moribundo», pensó Simón, y tal idea le produ¬cía una cierta sensación de paz.
Parecía que su alma hubiese aban¬donado ya el cuerpo, dado que notaba muy poca
conexión con la propia carne. «Hubiese querido salir de las nieves, primero...
Me habría gustado volver a casa...»
Recordó entonces
otro silencio tan grande como el de ahora: el momento en que se había visto
frente a Igjarjuk. Era un silencio que parecía envolver el mundo entero;
aquellos momentos intempora¬les, antes de atacar con la espada, antes de que
brotara como un sur¬tidor la negra sangre.
«Pero, esta vez, la
espada no me sirvió...» ¿Habría perdido algo de su valor, desde que había
dejado Urmsheim? ¿O era Espina tan inconstante como el viento y el tiempo?
Simón se acordó
entonces de una cálida tarde de verano en Hayholt, cuando la luz del sol
penetraba en ángulo por las altas ven¬tanas de los aposentos del doctor
Morgenes y daba el aspecto de movedizas chispas a las motas de polvo que de
forma perezosa flota-ban en el aire.
«Nunca establezcas
tu hogar en un sitio —le había dicho el an¬ciano aquella vez—. El hogar debe
estar en la propia mente. Encon¬trarás lo que necesites para equiparlo:
memoria, amigos en quienes confiar, amor al estudio y otras cosas por el
estilo. Y eso irá contigo a donde tú vayas...»
«¿Así es la muerte?
—se preguntó Simón—. ¿Significa un retomo al hogar? ¡Pues no es algo tan malo!»
Binabik cantaba de
nuevo, produciendo un sonido semejante al del agua de un torrente. Simón se
dejó llevar y volvió a caer en el sueño.
Cuando despertó al
día siguiente, ya bastante tarde, no supo en un primer momento si aún estaba en
este mundo. Los supervivien¬tes habían cambiado de sitio, transportando a Simón
y a los demás heridos a una cueva situada bajo un saliente de roca. Al principio,
el muchacho no vio más que una abertura que daba al cielo gris. Fue¬ron los
pajarracos negros que pasaban volando por delante de la cueva lo que le
demostró que, en efecto, todavía vivía. Los pajarra¬cos, y el dolor que notaba
en todos sus miembros.
Permaneció un rato
probando dónde tenía las heridas y si podía mover las articulaciones, una tras
otra. Eso dolía, pero empezaba a adquirir agilidad. Estaba maltrecho... pero
entero.
No tardó en
aparecer Binabik con otro cuenco lleno de la po¬ción curativa. Tampoco el gnomo
había salido ileso de la lucha, como demostraban los arañazos que tenía en la
mejilla y el cuello. Su mirada era solemne, pero no pareció dar demasiada
importancia a las heridas del amigo.
—Hemos sufrido
muchas bajas —dijo el gnomo—. Quisiera no te¬ner que decírtelo, pero... Haestan
está muerto.
—¿Haestan? —exclamó
Simón, incorporándose a pesar de sus do¬loridos músculos—. ¿Haestan?
El muchacho tuvo la
impresión de que se le hundía el estómago.
—Sí... Y de mis dos
docenas de compañeros, nueve resultaron muertos y gravemente heridos otros
seis.
—¿Qué le ocurrió a
Haestan? —preguntó Simón, presa de una mareante sensación de irrealidad.
¿Cómo podía estar
muerto Haestan? ¡Si habían hablado unos momentos antes..., antes de...!
—¿Y Sludig?
—Herido, también,
pero no de gravedad. Salió con mi gente a cortar leña para los fuegos. Es
importante que los heridos no pasen frío, ¿entiendes? Respecto a Haestan...
—prosiguió Binabik, gol¬peándose el pecho con el pulpejo de la mano, gesto
empleado por los qanuc para protegerse del mal, como Simón había visto. El
gnomo estaba visiblemente afligido—. La clava de uno de los gigantes le aplastó
la cabeza. Oí decir que te había apartado del peligro poco antes de que lo
mataran.
—¡Dios mío,
Haestan...! —gimió Simón.
Esperaba que se le
saltaran las lágrimas, pero no fue así. Tenía el rostro extrañamente
entumecido, y su pena era sorda. El muchacho apoyó la cabeza en las manos. ¡El
alto soldado irradiaba tanta vida, era tan cordial! Era injusto que una
existencia pudiera ser borrada tan rápidamente... El doctor Morgenes, Grimmric
y Ethelbearn, An'nai, y ahora Haestan... Todos muertos, y sólo porque habían
in¬tentado obrar de manera justa. ¿Dónde estaban esos poderes que defendían a
los inocentes?
—¿Y Sisqi? —quiso
saber Simón, recordando de pronto a la don¬cella, al mismo tiempo que estudiaba
con ansia la cara de Binabik, pero éste sólo esbozó una sonrisa.
—Ha sobrevivido, y
apenas sufrió heridas.
—¿Podemos trasladar
al valle el cuerpo de Haestan? Él no hu¬biese querido que lo dejáramos aquí.
Pero Binabik meneó
la cabeza con disgusto.
—No es posible,
Simón. Nuestros moruecos son muy pequeños para cargar con un hombre tan
corpulento. Y en la llanura todavía nos queda un peligroso camino que recorrer.
Debe permanecer aquí, pues, pero sus huesos yacerán con todos los honores junto
a los de los gnomos caídos. Estará acompañado de otros valientes y nobles
guerreros. Creo que esto sí que le gustará. Pero ahora debie¬ras dormir un poco
más... Aunque antes quiere verte alguien.
Binabik dio un paso
atrás, y Simón pudo ver, en la entrada de la cueva, a Sisqi y al pastor
Snenneq, quienes se acercaron al lecho. La prometida de Binabik habló en la
lengua de los gnomos. Sus oscu¬ros ojos expresaban gran seriedad, y Snenneq
parecía incómodo, ya que se apoyaba ora en un pie, ora en otro.
—Sisqinanamook dice
que lamenta la pérdida de tu amigo, y que tú te mostraste muy valeroso. Dice,
también, que ahora han podido ver todos el arrojo que en aquella otra ocasión
tuviste en la montaña del dragón.
Simón la miró
turbado, Snenneq carraspeó y, por su parte, em¬pezó a pronunciar unas palabras.
El muchacho aguardó con pacien¬cia hasta que Binabik se las hubo traducido.
—Snenneq, jefe de
pastores del Bajo Chugik, dice que también él lo lamenta. Ayer perdimos muchas
preciosas vidas. Y que desea de¬volverte algo que se te perdió.
El pastor presentó
el cuchillo de Simón, de mango de hueso, y se lo entregó con una pequeña
reverencia.
—Fue extraído del
cuello de un gigante muerto —explicó Binabik con voz tranquila—. El regalo de
los qanuc fue ensangrentado en defensa de las vidas de los qanuc. ¡Eso
significa mucho para mi pueblo!
Simón aceptó el
cuchillo y lo devolvió a la decorada vaina que pendía de su cinto.
—Guyop—contestó—.
Diles, por favor, que estoy contento de ha¬berlo recuperado. En realidad no sé
qué significa eso de la «defensa de las vidas de los qanuc», ya que todos
combatíamos al mismo ene¬migo... Pero ahora no deseo hablar de matanzas.
—Desde luego.
Binabik se volvió
hacia Sisqi y el pastor, y les dirigió unas breves palabras. Ellos asintieron.
Sisqi se inclinó para tocar el brazo de Si¬món en muda conmiseración. A
continuación condujo fuera de la cueva al desgarbado Snenneq.
—Sisqi indicará a
los demás cómo formar las tumbas a base de piedras—explicó Binabik—. En cuanto
a ti, amigo Simón, hoy ya no tienes nada que hacer. ¡Duerme!
Después de tapar
atentamente a Simón con su capa, Binabik abandonó la cueva pisando con sumo
cuidado para no molestar a los demás heridos, que dormían. Simón no podía dejar
de pensar en Haestan y el resto de los muertos. ¿Caminaban ahora todos hacia
aquella quietud absoluta que él había entrevisto?
Cuando finalmente
quedó dormido, creyó ver las anchas espaldas de su amigo erkyno alejándose por
un corredor que desembocaba en un blanco silencio. Y el muchacho pensó que
Haestan no parecía un hombre apesadumbrado..., pero al fin y al cabo se trataba
sólo de un simple sueño.
Al día siguiente,
el sol del mediodía ahuyentó la niebla, arro¬jando intensa luz sobre las
orgullosas laderas del Sikkihoq. Las mo¬lestias de Simón eran menores de lo que
había temido, y con ayuda de Sludig pudo bajar cojeando desde la cueva hasta la
plataforma de roca donde los túmulos estaban ya casi terminados. Eran diez;
nueve pequeños y uno grande, con las piedras apiladas de modo que ningún
temporal se las pudiera llevar.
Simón vio el pálido
rostro de Haestan, estriado de rojo, antes de que Sludig y los gnomos que lo
ayudaban acabasen de envolverlo en su capa. Haestan tenía los ojos cerrados,
pero sus heridas eran tan terribles que Simón no pudo hacerse ninguna ilusión
de que su compañero de tanto tiempo estuviese simplemente dormido. Ha¬bía sido
asesinado por los brutales esbirros del Rey de la tormenta, y eso no se podía
olvidar. Haestan era un hombre sencillo, que apre¬ciaría la idea de la
venganza.
Cuando el guerrero
estuvo en su tumba y encajaron sobre ella las últimas piedras, los nueve
congéneres de Binabik fueron intro¬ducidos en sus propios sepulcros, cada cual
con algo que le hubiese pertenecido, como Binabik indicó a Simón. Hecho esto y
cerradas las nueve tumbas, Binabik dio un paso adelante y alzó una mano. Los
demás gnomos entonaron un canto. Las lágrimas asomaban a muchos ojos, tanto de
mujeres como de hombres, y en la propia mejilla de Binabik relució una. Pasado
un rato, el canto concluyó. Entonces avanzó Sisqi con una antorcha y una
pequeña bolsa, que entregó a Binabik. Éste esparció algo de su contenido sobre
cada tum¬ba, y luego acercó la llama. Una helada espiral de humo se levantó de
cada túmulo, aunque el viento de la montaña lo dispersó enseguida. Cuando
Binabik hubo terminado, le pasó la antorcha a Sisqi y em¬pezó a cantar una
larga balada en qanuc. La melodía hacía pensar en la propia voz del viento,
porque subía y bajaba, subía y bajaba.
La canción llegó a
su fin. Después, el gnomo tomó la antorcha y el saquito y también sobre la
tumba de Haestan produjo un pena¬cho de humo. A continuación, cantó en la
lengua de los westerlings:
Sedda dijo a sus
hijos,
Lingit y Yana,
que eligiesen su
camino,
fuese éste el de un
pájaro o el de la luna.
Elegid ahora,
dispuso.
El del pájaro es el
del huevo
y desemboca en la
muerte.
Los hijos quedan
mientras que padres
y madres fenecen.
¿Elegís esto?
El camino de la
luna no es de muerte.
Viviréis siempre
bajo las estrellas
pasando por puertas
sin sombra
y sin hallar nueva
tierra más allá.
¿Elegís esto?
Yana, de sangre
ligera,
cabellos rubios y
ojos risueños,
dijo: « Yo elijo el
camino de la luna.
No busco otras
puertas.
Este mundo es mi
hogar».
Lingit, su hermano,
de paso lento y
oscuros ojos,
dijo: « Yo tomaré
el camino del pájaro,
Quiero desligarme
bajo desconocidos cielos
y dejarles el mundo
a mis hijos».
Nosotros, los
descendientes de Lingit,
compartimos por
igual su don.
Pasamos una sola
vez por el mundo
de piedras, y luego
Lo abandonamos
por la puerta.
Partimos en busca
de estrellas en el
cielo,
recorremos las
cuevas pasada la noche,
remotos países y
distintas luces,
mas no volvemos.
Cuando hubo
terminado su canto, Binabik se inclinó sobre la tumba de Haestan.
—Adiós, hombre
valiente. Los gnomos recordarán tu nombre. Durante cien primaveras a partir de
ahora, te cantaremos en el Mintahoq.
A continuación se
volvió hacia Simón y Sludig, que asistían a la ceremonia con gesto solemne.
—¿Queréis decir
algo, vosotros?
Simón movió la
cabeza, abatido.
—Sólo... ¡que Dios
te bendiga, Haestan! También en Erkynlandia te dedicaremos cantos, si yo vuelvo
allí.
Entonces avanzó
Sludig.
—Yo quisiera decir
una oración aedonita —dijo—. Tu canto fue muy hermoso, Binabik del Mintahoq,
pero Haestan era aedonita y debe tener sus rezos.
—Me parece muy bien
—contestó Binabik—. Vosotros escuchas¬teis nuestra ceremonia.
El rimmerio extrajo
su Árbol de madera de debajo de su camisa y se colocó a la cabecera del túmulo
de Haestan. El humo conti¬nuaba ascendiendo Sludig comenzó a rezar:
Que Nuestro Señor
te proteja,
y que Jesuris, su
único Hijo, te eleve a Él.
Que te veas
conducido a los verdes valles
de Sus dominios,
donde las almas y
los buenos y justos cantan desde las cumbres
y en los árboles
hay ángeles
que proclaman su
alegría con la voz de Dios.
Que el Redentor te
proteja
de todo mal,
y tu alma halle
eterna paz
y sosiego sin igual
tu corazón.
Sludig depositó su
Árbol sobre las piedras y se acercó a Simón.
—Dejadme pronunciar
unas últimas palabras —dijo Binabik en¬tonces, y repitió lo mismo en qanuc,
siendo escuchado con toda atención por los suyos—. Es la primera vez, desde
hace un millar de años, que los qanuc y los Utku, gnomos y hombres de las
tierras ba¬jas, han luchado, sangrado y caído juntos. Es el inmenso odio de
nuestro enemigo lo que nos echó esto encima, pero si nuestros pue¬blos pueden
continuar juntos frente a la batalla que viene..., la peor, pero también quizá
la última..., la muerte de todos nuestros amigos no habrá sido en vano.
Se volvió entonces
hacia los de su raza y tradujo lo ya dicho. Muchos fueron los gnomos que
hicieron un gesto de afirmación, golpeando el suelo con el extremo de sus
lanzas. Desde alguna parte¬ en lo alto de la pendiente aulló Qantaqa. Su
lúgubre voz resonó en toda la montaña.
—No los olvidemos,
Simón — agregó Binabik mientras sus com¬pañeros montaban—. Ni a éstos, ni a los
demás que perdieron la vida. ¡Saquemos fuerza del sacrificio de sus vidas,
porque, si fracasa¬mos, quizá parezcan ellos los afortunados... ¿Puedes
caminar, Si-món?
—Durante un rato,
sí—contestó el joven—. Sludig irá conmigo.
—Hoy no llegaremos
muy lejos, ya que la tarde está muy avan¬zada —señaló el gnomo, mirando con un
guiño la blanca mancha del sol—. Sin embargo, es preciso que nos demos prisa.
Hemos per¬dido casi la mirad de la compañía para dar muerte a cinco gigantes. Las
montañas del Rey de la Tormenta que quedan más al oeste es¬tán llenas de
criaturas semejantes, y no sabemos si no hay algunas más cerca.
—¿Cuánto falta para
que tus gnomos emprendan su propio ca¬mino para ir a ese lago del Lodo Azul del
que tanto hablaron tus so¬beranos? —inquirió Sludig.
—Ese es otro
problema —admitió Binabik, muy serio—. Un día o dos más, y seremos sólo tres en
la Marca Helada.
Y dio media vuelta
cuando una gran forma gris frotó el hocico contra su codo, jadeante. Era
Qantaqa, llena de impaciencia.
—¡Cuatro, seremos,
y espero que me perdones! —se excusó.
Simón se sentía
vacío cuando emprendieron el descenso final del Sikkihoq, tanto que tenía la
sensación de que, si se paraba, el viento soplaría a través de él. Otro amigo
se había ido, y el hogar era sólo una palabra.
9
Frío y maldiciones
La tarde se
acercaba a su fin. Los maltrechos seguidores del príncipe Josua se hallaban
tendidos todos juntos bajo una maraña de sauces y cipreses en una zanja
cubierta de musgo que en su día habría sido el lecho de un río. Un pequeño y
fangoso arroyuelo fluía por su parte central. Era lo único que quedaba de la
corriente. Ante ellos se alzaba un cerro cuya parte alta escondían los
apretados árboles.
El grupo había
confiado en alcanzar la cumbre antes de la puesta del sol, con lo que hubiesen
conseguido una posición defen¬siva superior a todo lo que podrían encontrar en
el valle cubierto de niebla, pero el ocaso se les echaba encima y el progreso
de los hom¬bres era cada vez más lento.
0 bien su
suposición había sido correcta, como se dijo Deornoth, y las nornas intentaban
mantenerlos reunidos como un re¬baño, más que matarlos, o habían tenido una
suerte extraordina¬ria. Durante todo el día habían sido atacados por enjambres
de mordientes flechas, algunas de las cuales habían dado en el blanco, pero sin
causar heridas mortales. A Einskaldir le habían dado en el yelmo, y le habían
producido un corte encima del ojo que no ce¬saba de sangrar desde la tarde.
Isorn había resultado herido en el cogote por otra flecha, y lady Vorzheva
presentaba un oscuro y largo corte en el antebrazo.
Cosa sorprendente,
Vorzheva no parecía afectada por el flechazo recibido, que había vendado con
una tira de su desgarrada falda para seguir adelante sin una palabra de queja.
Deornoth estaba impresio¬nado por esta demostración de valor, pero asimismo se preguntaba
si no era también señal de una peligrosa y desesperante indiferencia. Porque
era evidente que la mujer y el príncipe Josua no se hablaban. El rostro de
Vorzheva se ponía ceñudo cada vez que él estaba cerca.
El príncipe, el
padre Strangyeard y la duquesa Gutrun no ha¬bían sufrido daño, por ahora. Desde
que la reducida compañía en fuga había alcanzado la musgosa zanja, aprovechando
la escasa protección que ofrecía para que todos se dejaran caer exhaustos, la pri¬mera
ocupación había sido la de curar a los heridos. En aquel mo¬mento, el sacerdote
atendía a Towser, caído enfermo durante la marcha, y los otros dos se ocupaban
de los saetazos de Sangfugol.
«Aunque las nornas
no tengan el propósito de matarnos, sí que quieren detenernos —pensó Deornoth,
frotándose la dolorida pierna—. Quizá ni siquiera les importe ya que tengamos
las Grandes Espadas o no, o tal vez sus espías les hicieron saber que no están
en nuestro poder. Pero... ¿por qué no nos dan muerte, entonces? ¿Quieren
capturar a Josua? Tratar de comprender a las nornas, es enloquecedor... ¿Qué
pode¬mos hacer, en cualquier caso? ¿Es preferible ser hechos trozos y luego
capturados, o dar la cara y luchar hasta la muerte?»
Pero... ¿acaso
tenían ellos la posibilidad de elegir? Las nornas eran meras sombras en el
bosque. Mientras les quedaran flechas que disparar, sus perseguidoras de rostro
blanquecino podrían hacer lo que les viniera en gana. ¿Qué les cabía hacer a
las gentes de Josua para obligarlas a huir?
En el húmedo suelo
se formaba rápidamente la niebla, que en¬volvía por igual árboles y piedras,
como si los seguidores de Josua se hallaran atrapados en algún mundo intermedio
entre la vida y la muerte. Un búho revoloteó en silencio por encima de sus cabezas
cual fantasma gris.
Deornoth se puso de
pie y fue a ayudar a Strangyeard. También se unió a ellos el príncipe y observó
cómo el sacerdote humedecía la febril frente de Towser con su pañuelo.
—Es una pena...
—dijo Strangyeard sin levantar la cabeza—, una verdadera pena que la niebla lo
cubra todo, mientras que nosotros tenemos tan poca agua limpia. Hasta el suelo
está empapado, y eso nada tiene de bueno.
—Si esta noche es
tan húmeda y fría como la pasada —dijo Deor¬noth, estrechando la mano de Towser
mientras el anciano se aga¬rraba inquieto al pañuelo—, podremos escurrir
nuestras ropas y lle¬nar el Kynslagh.
—No nos conviene
pasar la noche aquí —respondió Josua—. Es preciso que alcancemos terreno más
elevado.
Deornoth lo miró
interesado. No había en el príncipe signos de su anterior languidez. Por el
contrario, sus ojos brillaban. Ahora que todos los de su alrededor morían, él
parecía cobrar nueva vida.
—Pero... ¿cómo, mi
príncipe? —preguntó Deornoth—. ¿Cómo va¬mos a arrastrar colina arriba nuestros
maltrechos cuerpos? Ni si¬quiera sabemos cómo es de alta.
—En efecto
—respondió Josua—, pero hemos de subir como sea antes de que se haga
completamente de noche. La escasa posibilidad de resistencia que todavía
tenemos, no serviría de nada si nos atacan desde arriba.
Einskaldir llegó
con el ceñudo rostro manchado de sangre seca, y se acuclilló junto a ellos.
—¡Ojalá se nos
pusieran a tiro! —exclamó, a la vez que acariciaba su hacha y emitía una risa
agria—. Si nos dejamos ver, nos harán pe¬dazos. En la oscuridad lo distinguen
todo mejor que nosotros.
—Tenemos que subir
juntos —dijo el príncipe—, como un rebaño asustado. Los de los extremos deberán
envolverse las piernas y los brazos en las ropas más gruesas que encuentren. De
este modo, si las nornas temen errar el disparo, se atreverán menos cuanto más
com¬pacto sea nuestro grupo, donde una flecha errada en la vanguardia puede
causar una muerte en la retaguardia.
Einskaldir gruñó:
—Y de esa manera
nos convertimos en un blanco seguro... ¡No pueden herir a uno sin tocar a
varios! Es una locura.
Josua se volvió
bruscamente hacia él.
—¡No sois vos el
responsable de las vidas de esta compañía, Eins¬kaldir, sino yo! Si preferís
pelear a vuestro modo, allá vos. Pero, si decidís seguir con nosotros, callaos
y haced lo que yo diga.
Varios miembros de
la compañía, que habían estado charlando, callaron interesados. El rimmerio
miró durante unos segundos a Josua con desconcierto, contraídos nerviosamente
los barbudos carri¬llos. Luego sonrió con gesto áspero.
—Haja. Sí, príncipe
Josua— fue todo cuanto dijo Einskaldir.
Josua apoyó una
mano en el hombro de Deornoth.
—Aunque poca
esperanza nos quede, no podemos hacer otra cosa que seguir luchando...
—¡Todavía hay
esperanza, si queréis oirme!
Deornoth dio media
vuelta, esperando ver junto a sí a la du¬quesa Gutrun, ya que le había parecido
que se trataba de la voz de una mujer ya mayor, profunda y ronca, pero Gutrun
atendía al ar¬pista Sangfugol y se hallaba demasiado apartada para que tales pala-bras
procediesen de ella.
—¿Quién habla?
—inquirió Josua, con la vista fija en el bosque, al mismo tiempo que
desenvainaba su fina espada.
Los que lo rodeaban
callaron de súbito, dándose cuenta de su alarma.
—¿Quién habla, he
dicho?
—Yo —contestó la
voz con aplomo, y su acento parecía no corres¬ponder a una persona nativa de
las tierras bajas—. No quise cogeros desprevenidos. Afirmo que existe una
esperanza. Vengo como amiga.
—¡Trucos de nornas!
—bramó Einskaldir, empuñando el hacha a la vez que ladeaba la cabeza para
localizar el origen de la voz.
Josua levantó la
mano para contenerlo y exclamó:
—Si sois una amiga,
¿por qué no dejáis que os veamos?
—Porque no he
terminado mi transformación y no deseo espantaros. Vuestros amigos son los
míos; Morgenes, Hayholt, y Binabik, de Yiqanuc.
Deornoth sintió que
se le ponían los pelos de punta ante las pa¬labras de aquel ser invisible. ¡Oír
esos nombres, en medio del desco¬nocido bosque de Aldheorte!
—¿Quien sois?
—gritó.
Entre la umbría
maleza se oyó un crujido, y una figura de extraña forma avanzó hacia ellos a
través de la creciente niebla. No; eran dos figuras, como Deornoth pudo
comprobar. Una alta y otra baja.
—En esta parte del
mundo —dijo la de más estatura, con algo que casi podía interpretarse como
diversión en la rasposa voz—, me co¬nocen como Geloë.
—¡Valada Geloë!
—jadeó Josua— . La mujer sabia. Binabik nos ha¬bló de vos.
—Algunos me
consideran sabia; otros, bruja —contestó la mu¬jer—. Binabik es menudo pero
cortes. Pero de eso ya hablaremos más tarde. Ahora se hace de noche.
En realidad, Geloë
no era alta ni especialmente corpulenta, pero en su postura había algo que
denotaba energía. En sus cortos cabellos predominaba el gris, y la nariz era
prominente y afilada, curvada ha¬cia abajo. Lo más notable de Geloë eran sus
ojos: grandes y de pesa¬dos párpados, pero que captaban el sol crepuscular con
un peculiar resplandor ambarino, que a Deornoth le recordaba a un búho o un
halcón. Eran unos ojos tan sorprendentes que pasó algún tiempo an¬tes de que se
diese cuenta de que Geloë llevaba de la mano a una niña.
Esta era pequeña,
de unos ocho o nueve años, y tenía la carita pálida. Sus ojos, aunque de un
excepcional tono castaño oscuro, en¬cerraban una curiosa intensidad muy
semejante a la de la ya madura mujer. Pero así como la mirada de Geloë atraía
la atención como una flecha temblando en una cuerda tensa, la de la pequeña
resul¬taba vaga..., perdida como la de un mendigo ciego.
—Leleth y yo
estamos aquí para unirnos a vosotros —dijo Geloë— y conduciros, si lo permitís.
Al menos durante un breve espacio de tiempo. Si intentáis subir a esa colina,
algunos de vosotros moriréis, y ninguno alcanzará la cumbre.
—¿Cómo lo sabéis?
—inquirió Isorn, desconcertado.
Y no era el único
que lo estaba.
—Las nornas se
resisten a mataros; eso es evidente. De otra forma, un grupo de caminantes como
vosotros no habría avanzado en este bosque ni la décima parte del trecho. Pero,
si cruzáis esa co¬lina, os habréis adentrado en un territorio al que no podrán seguiros
las hikeda’ya. Si entre vosotros hay alguno al que ellas no necesiten vivo...,
y sin duda no todos sois de importancia para las nornas, si es que ésa es la
razón por la que os han dejado llegar tan lejos..., corre¬rán el riesgo de
eliminar a los prescindibles con el fin de impedir que los demás se atrevan a
subir.
—¿Qué pretendéis
decirnos, pues? —intervino Josua, dando un paso adelante, y sus ojos se
encontraron—. Según vos, al otro lado de la colina está la salvación. Sin
embargo, no debemos atrevernos a pasar por ella. ¿Qué hacer, pues? ¿Rendirnos y
morir?
—No —contestó Geloë
sin perder la calma—. Sólo dije que no de¬bíais subir a ese cerro... Hay otros
caminos.
—¿Queréis que
volemos? —gruñó Einskaldir.
—Algunos bien lo
hacen —replicó Geloë con una sonrisa, en son de broma—. Pero vosotros sólo
necesitáis seguirnos.
Volvió a tomar de
la mano a la niña y echó a andar con ella por el borde de la zanja.
—¿Adonde vais?
—exclamó Deornoth, y lo atenazó el temor de que aquella extraña pareja, que
empezaba a desaparecer entre las sombras de la anochecida, pudiese dejarlos
atrás.
—¡Seguidnos! —dijo
Geloë por encima del hombro—. La oscuri¬dad va en aumento.
Deornoth miró de
nuevo al príncipe, pero Josua ya estaba ocu¬pado en ayudar a levantarse a la
duquesa Gutrun. Cuando los res¬tantes se apresuraron a recoger sus escasas
pertenencias, Josua se acercó súbitamente a Vorzheva y le tendió una mano. Ella
hizo caso omiso de él y se puso sola de pie; luego avanzó por el seco le¬cho
del río con la cabeza muy alta, como una reina ante su cortejo. Los demás la
siguieron cojeando mientras cuchicheaban, cansados, entre sí.
Geloë se detuvo
para esperar a los más rezagados. A su lado, Leleth contemplaba desconcertada
la espesura, como si temiera que de ella saliese alguien.
—¿Adonde vamos?
—preguntó Deornoth cuando él e Isorn se detuvieron y quitaron de las botas el
pegajoso barro.
El arpista
Sangfugol, que no podía caminar si no lo sostenía al¬guien por cada lado, se
había sentado pesadamente y respiraba con fatiga.
—No dejamos el
bosque —explicó la hechicera, a la vez que ins¬peccionaba el pequeño espacio de
purpúreo cielo que podían ver entre las ramas de los sauces—. Pero pasaremos
por debajo de la co¬lma hacia una parte de los viejos bosques conocidos en su
día por Shisae’ron. Como ya dije, no es probable que las hikeda’ya nos si¬gan
hasta allá.
—¿Pasar por debajo
de la colina? ¿Qué significa eso? —quiso saber Isorn.
—Caminamos por el
lecho de Re Suri’ eni, un antiguo río —contestó Geloë—. Cuando yo llegué aquí
por primera vez, el bos¬que era un mundo lleno de vida; no la fosca maraña que
es hoy. Este río era uno de los muchos que surcaban los grandes bosques, transportando
toda suerte de cosas y toda suerte de gentes desde Da'ai Chikiza hasta el
elevado Asu'a.
—¿Asu'a? —exclamó
Deornoth—. ¿No era el nombre que daban los sitha a Hayholt?
—Asu’a era más de
lo que Hayholt será nunca —dijo Geloë muy seria, y sus ojos buscaron el final
de la fila—. A veces, los hombres sois como lagartos que tomaran el sol en las
ruinas de una casa, pen¬sando: «¡Qué rinconcito más agradable me ha preparado alguien!».
Estáis en medio del barro de lo que un día fue un amplio y hermoso río, donde
se deslizaban las barcas de los antiguos y crecían las flores.
—¿Era un río
encantado?
La atención de
Isorn había volado lejos.
Y ahora, con el
asombro retratado en su ancho rostro, miró a su alrededor como si el propio
lecho de la corriente mostrara señales de traición.
—¡Idiota! —le soltó
Geloë con desdén—. Era un «río encantado», sí. Todos estos contornos eran, como
vos lo expresaríais, un país en¬cantado. ¿Qué clase de criaturas suponéis que
os persiguen?
—Ya..., ya lo sabía
—musitó Isorn, avergonzado—. Pero no había pensado en ello de este modo. Todo
lo que yo veía era que sus fle¬chas y espadas eran reales.
—Como lo fueron las
flechas y las espadas de vuestros antepasa¬dos, rimmersmannë, lo que explica la
mala sangre entre vuestro pue¬blo y el suyo. La diferencia reside en que, si
bien los bandidos del rey Fingil mataron a muchos sitha con sus hojas de negro
hierro, Fingil y vuestros demás antepasados envejecieron y al fin murieron. Las
criaturas de este no mueren..., al menos, no como vosotros podéis en¬tender...,
ni olvidan viejos agravios. Si son viejas, todavía tienen más paciencia.
Geloë se puso de
pie y miró a su alrededor en busca de Leleth, que se había alejado.
—¡Vayámonos!
—dispuso—. Ya habrá tiempo para atender a las heridas cuando hayamos pasado.
—Cuando hayamos
pasado ¿por dónde? —inquirió Deornoth—. ¿Y cómo? No nos lo habéis dicho.
—Ni necesito
desperdiciar ahora mi aliento —replicó Geloë—. Pronto estaremos allí.
La luz se
debilitaba rápidamente y el suelo resultaba peligroso, pero Geloë era una guía
infatigable. Había acelerado el paso, y sólo se detenía lo necesario para que
le diesen alcance los primeros reza¬gados, antes de seguir adelante.
El cielo había
adquirido los iniciales matices nocturnos cuando el lecho del río marcó una
nueva curva. Y, de repente, ante ellos se alzó una sombra más oscura, tan alta
como los árboles y más negra que la oscuridad que la rodeaba. Los caminantes se
pararon en seco, gimiendo de fatiga.
Geloë sacó de su
bolsa una tea y se la dio a Einskaldir. El áspero comentario que el hombre iba
a hacer se ahogó en su garganta ante los estrechos ojos ambarinos de ella.
—Tomad esto y
encendedlo con pedernal y acero —dijo—. Necesi¬taremos algo de luz donde ahora
nos internamos.
Más o menos a un
estadio de donde se hallaban, el lecho del río desaparecía en la oscuridad al
introducirse en un enorme agujero que había en la ladera de la colina, una
arqueada boca cuyas labra¬das piedras estaban cubiertas casi del todo por una
capa de musgo.
Einskaldir dio un
golpe con su hacha; saltó una chispa y se en¬cendió la antorcha. Su creciente
luz amarillenta permitió distinguir entonces otras piedras que relucían pálidas
entre la espesura de la cara delantera. Árboles de gran tamaño y edad sobresalían
de la ver¬tiente, encima del arco, apartando lo que les estorbaba para buscar
algo de sol.
—¿Un túnel a través
de la colina? —exclamó Deornoth.
—Los antiguos eran
destacados arquitectos —dijo Geloë—, pero nunca se lucían tanto como cuando
construían alrededor de las cosas creadas por la tierra, de modo que una ciudad
convivía estrecha¬mente con el bosque o la montaña.
Sangfugol tosió.
—Parece un... antro
de fantasmas— murmuró.
Geloë dio un
resoplido.
—Aunque así sea, no
son precisamente los muertos a quienes de¬béis temer.
Iba a decir algo
más cuando se produjo un sonido sibilante y un ruido. De pronto, una flecha se
clavó en el tronco de un ciprés muy próximo a la cabeza de Einskaldir.
—Vosotros, que
queríais huir…—habló una voz fría, que resonaba de tal forma que era imposible
saber de dónde procedía—, ¡os tenéis que rendir ahora! Hasta aquí evitamos
haceros daño, pero no estamos dispuestas a dejaros escapar por ese túnel.
¡Todos vais a ser destruidos!
—¡Que Aedón nos
proteja! —sollozó la duquesa Gutrun, cuyo va¬lor se desmoronaba al fin—.
¡Sálvanos, Señor! Y se dejó caer sobre la húmeda turba.
—¡Es la antorcha!
—dijo Josua en el acto—. ¡Apagadla, Einskaldir!
—No —intervino
Geloë— .Nunca encontraríais el camino, a oscuras. Hikeda’yei!— agregó en un
grito—. ¿Sabéis quién soy?
—¡Lo sabemos,
vieja, sí!—respondió la voz—. Pero todo respeto que tú pudieses merecer quedó
eliminado al unirte a esos mortales. El mundo podría haber seguido rodando,
dejándote tranquila en tu solitaria casa, pero por lo visto no estabas a gusto.
Ahora te encuentras sin hogar y tienes que andar desnuda como una gamba sin
caparazón. ¡Y también puedes morir!
—¡Moja la antorcha,
Einskaldir! —ordenó Josua, harto—. Encen¬deremos otra cuando estemos en sitio
seguro.
El rimmerio miró
durante unos momentos al príncipe. Había llegado la noche y, de no ser por la
vacilante llama, Josua habría sido incapaz de ver su sonrisa.
—No aguardéis
demasiado a seguirme —fue todo cuanto dijo Einskaldir, y avanzó por el lecho
del río en dirección al gran arco con la flameante tea sostenida en alto. Una
saeta pasó silbando junto a sus compañeros cuando el rimmerio, ahora sólo una
móvil mancha de luz, se desvió y desapareció.
—¡Deprisa! ¡Corred!
—chilló Josua— .Ayudad al que tengáis más cerca. ¡Deprisa!
Alguien gritaba
algo en una lengua desconocida. El bosque en¬tero parecía haber adquirido
extraña vida. Deornoth se agachó para agarrar a Sangfugol por un brazo, ayudó a
ponerse de pie al arpista herido, y juntos se introdujeron en la oscura maraña,
detrás del menguante resplandor de la antorcha de Einskaldir.
Las ramas les
golpeaban el rostro y les arañaban los ojos con sus puntiagudas garras. Otra
exclamación de dolor, delante de ellos, y los estridentes gritos se redoblaron.
Deornoth miró brevemente por encima de su hombro. Una bandada de pálidas
sombras se deslizaba hacia adelante sobre el neblinoso suelo; sus caras de
negros ojos lo llenaban de desesperación, incluso desde lejos.
Algo chocó
violentamente con el lado de la cabeza de Deornoth y lo hizo tambalearse. Y oyó
plañir de dolor a Sangfugol cuando éste le tiró del codo. Hubo un momento en
que el caballero creyó que sería mejor permanecer tendido en el suelo.
—¡Dame paz, piadoso
Aedón! —se oyó rezar—. En Tus brazos quiero dormir, en Tu regazo hallaré
reposo...
Pero Sangfugol no
cesaba de tirar de él. Aturdido e irritado, se puso de pie una vez más y vio
una dispersión de estrellas que cente¬lleaban a través de las copas de los
árboles.
«No habrá
suficiente luz para distinguir nada en las profundida¬des de la montaña»,
pensó, y de pronto se dio cuenta de que corría de nuevo. Pero, por mucha prisa
que se diesen, él y Sangfugol ade¬lantaban poco. La negra mancha de la ladera
no parecía aproxi-marse nunca. Deornoth bajó la vista y se miró los pies, unas
borro¬sas formas que resbalaban sobre el fangoso lecho.
«¡Mi cabeza! He
vuelto a hacerme daño...»
Lo siguiente que
Deornoth supo, fue que había caído en las ti¬nieblas de manera tan abrupta como
si alguien le hubiese echado un saco encima. Notó más manos que lo cogían por
los codos y lo ayu¬daban a avanzar. Tenía la cabeza extrañamente ligera y vacía.
—¡Allí delante está
la antorcha! —dijo una voz cerca de él.
«Suena como la voz
de Josua —pensó Deornoth—. ¿También él está dentro del saco?»
Tras caminar unos
pasos, tambaleante, distinguió una luz. Y miró hacia abajo como si buscara el
sentido que tenía todo aquello. Einskaldir estaba sentado en el suelo, apoyado
en una pared de roca que se combaba a cierta altura, encima de su cabeza. El rimmerio
sostenía una antorcha, y en su barba había sangre.
—Tomad esto...
—dijo, sin dirigirse a nadie en concreto—. Me... dio una flecha en., la...
espalda...
Y se desplomó
lentamente sobre la pierna de Josua. Aquello re¬sultaba tan sorprendente que
Deornoth estuvo a punto de reír, pero no pudo. La sensación de vacío iba en
aumento. Se inclinó para echarle una mano a Einskaldir, mas en lugar de
ayudarlo se encon¬tró a sí mismo en un profundo agujero negro.
—¡Que Jesuris nos
salve! —exclamó alguien—. ¡Mirad la cabeza de Deornoth!
El herido no
reconoció la voz, y se preguntó por qué estaban tan alarmados... Pero la
oscuridad se hizo todavía más intensa y a Deornoth le costaba pensar. El pozo
en que había caído parecía real¬mente muy hondo.
Raquel el Dragón,
encargada de las sirvientas de Hayholt, se su¬bió más sobre los hombros el
fardo de mojada ropa blanca, tratando de encontrar equilibrio sin que le
doliera tanto la espalda. Pero era inútil, claro: no terminarían sus
sufrimientos hasta que Dios Padre se la llevara al cielo.
No se sentía un
dragón en absoluto. Las camareras que tanto tiempo atrás le habían puesto ese
sobrenombre, cuando la energía de Raquel era todo lo que había entre el antiguo
Hayholt y la deca¬dencia, quedarían boquiabiertas si la viesen ahora: una
anciana en¬corvada y quejumbrosa. Ella misma estaba sorprendida. Un reflejo
casual en una bandeja de plata le había mostrado, unos días atrás, a un feo
vejestorio de profundas ojeras. Hacía largos años que no se preocupaba por su
físico, pero, aun así, la transformación resultaba horrible.
¿Hacía sólo cuatro
meses de la muerte de Simón? ¡Parecía que fuesen años! Aquél había sido el día
en que las cosas empezaron a escahullírsele de las manos... Siempre había
dirigido la complicada casa real de Hayholt como un tiránico sargento y, pese a
las quejas que murmuraban quienes estaban bajo su mando, el trabajo nunca dejó
de realizarse. Las sediciosas protestas jamás habían preocupado en exceso a
Raquel: sabía que la vida no era más que una larga lucha contra el desorden, y
que éste vencía inevitablemente. Pero, en lu¬gar de hacerle aceptar la
inutilidad de su papel, tal convencimiento había animado a Raquel a una mayor
resistencia. La apasionada re¬ligiosidad de sus padres, aedonitas convencidos,
le había enseñado que, cuanto más infructuosa una lucha, más importante era
pelear con valentía. No obstante, parte de su vida se le había escurrido al
morir Simón en aquel infierno de humo que hasta poco antes ha¬bían sido los
aposentos del doctor Morgenes.
Y no era que Simón
fuera precisamente un chico bien educado. ¡Al contrario! Era testarudo y
desobediente, distraído y atontado. Pero aun así había aportado una cierta e
irritante vida a su existencia. Incluso habría recibido con alegría las
chisporroteantes rabietas que el muchacho provocaba en ella, con tal de tenerlo
a su lado.
Resultaba duro
creer que Simón había muerto. Pero nadie po¬día haber sobrevivido al incendio
causado en las habitaciones del doctor al arder alguna de sus diabólicas
pociones. Al menos, eso era lo dicho por los guardias erkynos del rey. Los
fundidos restos y las destrozadas vigas hacían imposible suponer que alguien
hubiese re¬sistido allí dentro más de unos momentos. Sin embargo, algo le
de¬cía que Simón no estaba muerto. Había sido casi una madre para el chico,
¿no?, criándolo —aunque con ayuda de las demás camareras— desde su primera
hora, al morir la madre de parto pese a todos los esfuerzos del doctor
Morgenes. En consecuencia, ¿no tendría que saberlo Raquel, si el muchacho se
hubiese ido de veras para siem¬pre? ¿No notaría ella la rotura final del cordón
que la había unido a aquel chiquillo estúpido, vacuo y tan papanatas?
«¡Oh, piadosa
Rhiap! —pensó—. ¿Ya lloras de nuevo, vieja? Tu ce¬rebro se está reblandeciendo
como un dulce...»
Raquel conocía a
otras sirvientas que habían perdido a sus pro¬pios hijos y aún hablaban de
ellos como si estuvieran vivos. ¿Por qué, pues, no había de sentir ella lo
mismo respecto de Simón? Pero eso no cambiaba nada. El chico estaba
indiscutiblemente muerto, víctima de su afición a acompañar a ese loco
alquimista de Morge¬nes en sus experimentos, y no había que darle más vueltas
al asunto.
Empero, las cosas
parecían haber ido mal desde entonces. Una nube había descendido sobre su amado
Hayholt y llenado todos los rincones con una niebla de malestar. La batalla
contra el desaliño y la suciedad se había vuelto contra ella hasta constituir
una total de¬rrota. Todo eso, a pesar del hecho de que el castillo parecía más
va-cío que nunca, al menos de noche. Durante el día, cuando el nu¬blado sol
penetraba por los altos ventanales e iluminaba los jardines y los campos,
Hayholt era aún un hormiguero de actividad. En rea¬lidad, con todos los
mercenarios thrithingos y los isleños del sur que llegaban para reemplazar a
los soldados perdidos por Elías en Naglimund, los alrededores del castillo
resultaban más ruidosos que nunca. Algunas de las chicas, asustadas por los
thrithingos tan lle¬nos de cicatrices y tatuajes, así como por sus bruscos
modos, habían abandonado Hayholt para vivir con sus familiares del campo. Y,
para disgusto y creciente desánimo de Raquel —y a pesar de las hor¬das de
hambrientos mendigos que vagaban por Erchester e incluso acampaban alrededor de
las murallas de Hayholt—, era imposible sustituir a las sirvientas que se iban.
Pero a Raquel le
constaba que no eran sólo los fieros nuevos habitantes del castillo lo que
hacía tan difícil encontrar nuevas muchachas. Mientras que, de día, Hayholt
estaba repleto de al¬borotadores soldados y desdeñosos nobles, de noche parecía
tan deshabitado como el cementerio situado más allá de los muros de Erchester.
Ecos y extrañas voces flotaban por los corredores. Y, por donde nadie caminaba,
sonaban pasos. Cuando se hacía os¬curo, la propia Raquel y las criadas que
todavía quedaban, co¬rrían a encerrarse. Raquel les decía que era para
protegerse de la soldadesca borracha, pero tanto ella como las jóvenes sabían
que tanta precaución y las oraciones en común, antes de acostarse, no eran
debidas a algo tan fácil de nombrar como un embrutecido thrithingo.
Cosa más misteriosa
todavía era —aunque nunca lo admitiría de¬lante de las sirvientas, ¡y que Rhiap
las guardase de todo peligro!— que Raquel se había hallado perdida un par de
veces, en las últimas semanas, en unos pasillos que no reconocía. ¡Ella misma,
sí! Ella, que había recorrido el castillo con tanta libertad como cualquier
go¬bernante durante décadas, ahora se veía perdida en su propio hogar. Eso
podía ser una perturbación, o demencia senil o... la maldición de algún
demonio.
Raquel dejó en el
suelo el saco lleno de sábanas húmedas y se apoyó en una pared. Tres sacerdotes
ya entrados en años se cruzaron con ella, conversando muy excitados en
nabbaneo, pero no le pres¬taron más atención de la que para ellos hubiese
merecido un perro muerto en la carretera. La mujer los siguió con la mirada,
mientras luchaba por recobrar el aliento. ¡Pensar que, a su edad y después de
tantos años de servicio, le tocaba cargar con ropa de cama empa¬pada, como la
más humilde de las criadas! Pero alguien tenía que hacerlo. Alguien tenía que
llevar la lucha adelante.
Sí; las cosas
habían ¡do de mal en peor desde el día de la muerte de Simón, y nada parecía
indicar que fuesen a mejorar. Raquel frunció el entrecejo y alzó de nuevo el
considerable peso.
Raquel había
terminado de colgar las sábanas mojadas y, al ver cómo se movían en la brisa de
últimas horas de la tarde, le extrañó que el tiempo fuera tan frío. Estaban en
el mes de tiyagar, en pleno verano, y los días parecían más propios de
principios de primavera. Desde luego era preferible a la mortal sequía que
habían padecido el año anterior, pero aun así añoraba los días calurosos y las
templadas noches del verano. Le dolían las articulaciones, y el helado viento
de las mañanas no le hacían ningún bien. La humedad parecía intro¬ducirse poco
a poco en sus huesos.
Cruzó los campos
comunales de regreso, preguntándose adonde habrían ido sus ayudantes. Estarían
sentadas en alguna parte, en alegre conversación, mientras ella, la encargada,
trabajaba como loca. Raquel estaba más que dolorida, pero aún quedaba suficiente
fuerza en su brazo derecho para empujar al trabajo a un par de mozas.
Era una lastima, se
dijo cuando atravesaba lentamente el patio exterior, que no hubiera nadie capaz
de regentar el castillo con mano firme. Elías parecía la persona adecuada, tras
la muerte del viejo rey Juan, de bendita memoria, pero luego había resultado
de¬cepcionante. La manzana, pensó, había caído bastante más lejos del árbol de
lo que cualquiera hubiese podido imaginar. Pero eso no era de extrañar, en
realidad. Se trataba de hombres, sencillamente. De hombres fanfarrones y
vanidosos que, bien mirado, actuaban como niños pequeños, y los adultos no se
conducían de manera más inte-ligente que el memo de Simón. No sabían cómo
desenvolverse. Y el rey Elías no constituía ninguna excepción.
Si no, ahí estaba
esa loca idea acerca de su hermano. No era que a Raquel le hubiese gustado
nunca demasiado el príncipe Josua. Re¬sultaba en exceso inteligente y solemne
para ella; una persona que, obviamente, estaba muy convencida de su propio
valor. Pero de allí a creerlo un traidor... ¡Eso no era más que una insensatez,
y cual¬quiera le daría la razón! Josua era demasiado aficionado a los libros y
magnánimo para semejante cosa, pero... ¿qué había hecho su her¬mano Elías?
Partir a toda prisa hacia el norte con un ejército y, me¬diante alguna
artimaña, destruir el castillo de Josua en Naglimund e incendiar y asesinar a
mansalva. ¿Y por qué? ¡Por algún estúpido or¬gullo por parte de Elías! A
consecuencia de tantas barbaridades, muchas mujeres erkynas eran viudas, la
cosecha era un desastre, y Hayholt con todos sus habitantes iría a parar al
infierno. ¡Que Jesuris la perdonara por tales pensamientos, pero era la pura
verdad!
La parte posterior
de la Puerta de Nearulagh se alzaba delante de ella, y su alargada sombra
pintaba de oscuro las paredes de ambos lados. Pájaros en continua riña, milanos
y cuervos, se peleaban por los escasos restos de las diez calaveras clavadas en
picas en lo alto de la puerta.
Raquel no pudo
evitar estremecerse al hacer la señal del Árbol. ¡Otra cosa que había cambiado!
Nunca, en los largos años que le ha¬bía llevado la casa al rey Juan, se había
visto tanta crueldad como la empleada por Elías para con los traidores, que
habían sido azotados y descuartizados en la plaza de la Batalla de Erchester
ante una im¬paciente y ansiosa multitud. No porque los nobles ejecutados
hu¬bieran sido especialmente populares —el barón Godwig, sobre todo, era muy
odiado por su mal gobierno de Cellodshire—, pero la gente se había dado cuenta
de la sutileza de las acusaciones del rey. Godwig y los demás habían ido a la
muerte consternados, sin dejar de protestar de su inocencia hasta que el
garrote de los verdugos erkynos les arrancó la vida. Ahora, sus cabezas
llevaban dos semanas en¬teras encima de la Puerta de Nearulagh, donde las aves
carroñeras, cual menudos y expertos escultores, habían dejado pulidas, poco a
poco, las calaveras. Casi nadie de los que pasaban por allí las miraba con
detención. En general, la gente volvía rápidamente la cabeza, como si hubiese
visto algo prohibido en vez de aprender la abyecta lección que el rey les
quería dar.
Elías los llamaba
traidores, y como traidores habían muerto. Ra¬quel pensó que poca gente los
echaría de menos, pero, aun así, aquellas condenas hacían descender todavía más
la niebla de deses¬peración que todo lo envolvía.
Cuando Raquel pasó
de largo apartando la mirada, poco le faltó para ser derribada por un joven
escudero que avanzaba por el fan¬goso camino conduciendo un caballo. Así que la
mujer se hubo apretado contra la pared exterior para ponerse a salvo, siguió con
la vista a los jinetes.
Todos menos uno
eran soldados. Los hombres vestían las verdes túnicas de la guardia real
erkyna, y el otro iba de flamante color rojo y se cubría con una negra capa de
viaje, calzando además altas botas negras.
¡Pryrates! Raquel
se estremeció. ¿Adonde iba ese diablo con su guardia de honor?
El sacerdote
parecía flotar por encima de sus compañeros. Mientras los soldados reían y
charlaban, Pryrates no miraba hacia la derecha ni hacia la izquierda, tiesa la
calva cabeza como una punta de lanza, y los negros ojos fijos en la puerta que
tenía delante.
En realidad, las
cosas habían empezado a ir mal desde la llegada del rojo sacerdote, como si su
presencia arrojara un hechizo malé¬fico sobre Hayholt. Raquel se había
preguntado, incluso, si ese Pryrates, del que sabía que no tragaba a Morgenes,
podía haber incen¬diado los aposentos del doctor. Pero... ¿era posible que un
hombre de la Madre Iglesia hiciera tal cosa? ¿Era capaz de matar a personas
inocentes —como a su pobre Simón— por odio o resentimiento? Sin embargo,
corrían rumores de que el padre del sacerdote era demonio; y la madre, una
bruja. Raquel volvió a hacer la señal del Árbol, puesta la vista en las anchas
espaldas del personaje, cuando el grupo paso hablando.
¿Podía un hombre
causar el mal a todo el mundo? ¿Y por qué? ¿Sólo por trabajar para el diablo?
Miró la mujer a su alrededor, te¬merosa, y luego escupió en el barro para
alejar el peligro. Mas... ¿qué conseguiría con ello? Nada podía hacer una vieja
como ella...
Vio cómo Pryrates y
los soldados pasaban por la Puerta de Nearulagh, y luego dio media vuelta en
dirección a los alojamientos, pensando sin cesar en las maldiciones y en el
frío que hacia.
El último sol de la
tarde se filtraba a través de los árboles, confi¬riendo a las menudas hojas un
dorado resplandor. Por fin se había consumido la niebla del bosque. Unos
cuantos pájaros gorjeaban en las copas de los árboles. Deornoth notó que cedía
su dolor de ca¬beza y se levantó.
La sabia Geloë
había pasado la mañana curando las terribles he¬ridas de Einskaldir, antes de
dejarlo en manos de la duquesa Gutrun e Isorn. El rimmerio, febril y delirante
mientras Geloë le aplicaba em¬plastos en los impactos de flecha que tenía en la
espalda y el costado, ahora yacía tranquilo. La maga no supo decir si
sobreviviría o no.
Geloë había
dedicado el resto del día a los demás miembros de la compañía, atendiendo a la
emponzoñada herida en la pierna de Sangfugol y a los numerosos daños sufridos
por el resto de los hom¬bres. Su conocimiento de las hierbas curativas era
amplio, y además llevaba los bolsillos llenos de cosas útiles. Parecía segura
de que to¬dos, con excepción del rimmerio, mejorarían pronto.
El bosque de
aquella parte del túnel no era muy diferente del que habían dejado al otro
lado. Al menos, y a juzgar por su aspecto, eso le pareció a Deornoth. También
aquí crecían muy apretados los robles y los saúcos, y el suelo estaba cubierto
del polvillo dejado por árboles muertos mucho tiempo atrás, pero su corazón era
distinto, como si hubiese en él una lánguida gracia o una extraña vida
inte¬rior. Diríase, incluso, que el aire era más ligero y el sol esparcía más
calor. Probablemente, como se dijo Deornoth, toda aquella sensa¬ción era sólo
debida a que él y los demás miembros de la partida del príncipe Josua habían
vivido un día más de lo que esperaban.
Geloë estaba
sentada en un tronco con el príncipe. Deornoth dio un paso adelante, pero
entonces vaciló. No sabía si sería bien acogido. Pero Josua esbozó una débil
sonrisa y le hizo señas de que se acercara.
¡Venid, Deornoth, y
sentaos! ¿Cómo va la cabeza?
—Me duele, alteza.
—Fue un mal
golpe—respondió Josua.
Geloë alzó la vista
y examinó brevemente a Deornoth. Antes ya había explorado la sangrienta herida
que el guerrero tenía en el cuero cabelludo, donde la rama de árbol le había
dado, y la había definido de «no grave».
—Deornoth es mi
mano derecha —explicó Josua—. Conviene que oiga todo lo que estamos hablando,
por si acaso me sucediera algo a mí.
Geloë se encogió de
hombros.
—Nada de lo que yo
diga es un secreto. Al menos, no es nada que debamos escondernos unos a otros.
Volvió un momento
la cabeza para mirar a Leleth. La niña es¬taba tranquilamente sentada en el
regazo de Vorzheva, pero tenía los ojos fijos en algo no visible, y ni las
palabras ni las caricias de la mujer lograban despertar su atención.
—¿Adonde pensáis
ir, príncipe Josua? —preguntó Geloë al fin—. Habéis escapado de la venganza de
las nornas, al menos por un tiempo. ¿Adonde os dirigiréis?
El príncipe frunció
el entrecejo.
—No he pensado en
nada que no sea nuestra salvación, por el momento. Si este lugar constituye un
refugio contra los demonios, como vos decís, podemos permanecer aquí.
La hechicera meneó
la cabeza.
—Tenemos que estar
en este bosque hasta que todos estén en condiciones de caminar, pero... ¿y
después?
—No lo sé todavía
—confesó Josua y miró a Deornoth como si es¬perara una sugerencia de él—. Mi
hermano domina todas las tierras del Supremo Rey. Ignoro quién podría darme
cobijo, dado el peli¬gro del enojo de Elías —murmuró, a la vez que con la mano
iz¬quierda se golpeaba el muñón derecho—. Todas nuestras posibilida¬des parecen
haberse desvanecido. Salió mal la cosa.
—No formulé la
pregunta porque sí—dijo entonces Geloë, aco¬modándose mejor sobre el tronco.
Llevaba botas de
hombre, como comprobó Deornoth, y bas¬tante usadas por cierto.
—Dejad que os
explique algunas cosas importantes, y de ese modo veréis más posibilidades
—continuó la hechicera—. En primer lugar, antes de la caída de Naglimund
habíais enviado un destaca¬mento en busca de algo... ¿No es así?
Josua estrechó los
ojos.
—¿Cómo lo
supisteis?
Geloë hizo un gesto
de impaciencia.
—Cuando nos
encontrarnos, os dije que conocía a Morgenes y Binabik de Yiqanuc. Asimismo
conocía a Jarnauga de Tungoldyr. Estábamos en contacto cuando él se hallaba en
vuestro castillo, y me contó muchas cosas.
—¡Pobre Jarnauga!
—exclamó Josua—. Murió como un valiente.
—Muchos hombres
sabios perdieron la vida, y pocos quedan —respondió Geloë—. Y la valentía no es
exclusiva de los soldados y los nobles. Pero, dado que el círculo de los sabios
se reduce cada vez más, con tantas muertes, resulta de suma importancia que compar¬tamos
nuestros conocimientos y los hagamos llegar a los demás. Así fue como Jarnauga
me hizo saber todo lo que había hecho desde su llegada a Naglimund, procedente
de su lejano hogar en el norte. ¡Ah...! —agregó—. Recuerdo algo. ¡Padre
Strangyeard! —llamó al sa¬cerdote en voz más alta.
El religioso la
miró inseguro.
—¡Venid! —dijo
ella, y Strangyeard dejó al malherido Sangfugol para acercarse.
—Jarnauga os tenía
en un gran concepto —comentó Geloë, y una sonrisa le recorrió el curtido
rostro—. ¿Os dio algo, antes de dejaros?
—Sí —contestó
Strangyeard, y extrajo de debajo de su sotana un lustroso colgante—. Esto —dijo
sencillamente.
—Eso es lo que yo
suponía. Bien... Vos y yo hablaremos más tarde de ello, pero, como miembro de
la Alianza del Pergamino, de¬bierais formar parte de nuestros concilios.
—¿Yo, un miembro
de...? —exclamó el sacerdote—. ¿Yo, de la Alianza...?
Geloë sonrió de
nuevo.
—Desde luego.
Conociendo a Jarnauga, estoy convencida de que fue una cuidadosa elección.
Pero, como decía, hablaremos de eso más tarde... —Y, volviéndose hacia el
príncipe y Deornoth, añadió—: Como veis, estoy enterada de vuestra busca de las
Grandes Espadas. Ignoro si Binabik y los demás tuvieron éxito en sus pesquisas
para dar con Espina, la espada de Camaris, pero lo que sí puedo confir¬maros,
es que, hace un día o dos, el gnomo y el muchacho llamado Simón seguían con
vida.
—¡Aedón sea loado!
—respiró Josua con alivio—. ¡Qué buena noti¬cia! ¡Y con lo escasos que andamos
últimamente de buenas noticias! Tenía el corazón muy angustiado, desde que
partieron. ¿Dónde están?
—Supongo que en
Yiqanuc, entre los gnomos. La cosa es difícil de explicar con pocas palabras,
de manera que sólo diré esto: mi contacto con el joven Simón fue breve y no
permitió mucha discu¬sión. Además tenía un mensaje muy importante que darles.
—¿De qué se
trataba? —inquirió Deornoth.
Por mucho que le
alegrase la llegada de la hechicera, el caballero se sentía un poco picado por
haberle arrebatado ella la iniciativa al príncipe. Era una inquietud tonta y
presuntuosa, pero Deornoth deseaba sinceramente ver convertido a Josua en un
caudillo como él sabía que podía ser.
—Voy a daros el
mismo mensaje que di a Simón —respondió Geloë—, pero antes tenemos que hablar
de otras cosas... ¿Que habéis averiguado referente a las otras dos espadas?
El sacerdote
carraspeó.
—Pues... —comenzó—.
Todos conocemos de sobra el paradero de Dolor. El rey Elías la lleva. Fue un
regalo del Rey de la Tormenta, si lo que oímos es cierto, y va con él a todas
partes. Espina parece en¬contrarse en algún punto del norte. Si el gnomo y los demás
viven todavía, creo que hay esperanzas de que den con ella. La última es¬pada,
Minneyar, que un día perteneció al rey Fingil, lo que ya debéis de saber,
parece ser que nunca salió de Hayholt. En consecuencia, dos..., dos...
—Dos de esas
espadas se hallan en poder de mi hermano —ter¬minó Josua la frase—, y la
tercera está siendo buscada en el nor¬te, donde no hay caminos, por un gnomo y
un muchacho. Difícil se presenta el juego, en efecto... —agregó el príncipe,
con triste sonrisa.
Geloë clavó en él
la fiera mirada de sus ambarinos ojos y dijo con sequedad:
—Un juego, sí,
príncipe Josua, pero en el que no cabe la alterna¬tiva de rendirse; un juego
que hemos de jugar con las piezas que he¬mos movido. Y las apuestas son muy
grandes.
El príncipe se
enderezó y levantó una mano para impedir que Deornoth dijera una
inconveniencia.
—Habéis hablado
bien, Valada Geloë. Es el único juego que po¬demos jugar. Y en él no debemos
exponernos a perder. Pero vos queríais decirnos algo más.
—Ya es mucho lo que
sabéis o, al menos, os imagináis. Hernystir, en el oeste, cayó. El rey Lluth
murió, y su pueblo buscó refugio en las montañas. Mediante una traición, Nabban
es ahora el ducado de Benigaris, aliado de Elías. Skali de Kaldskryke gobierna
Rimmersgardia en lugar de Isgrimnur. Ahora, Naglimund está destruido y las
nornas lo ocupan cual fantasmas.
Mientras hablaba,
Geloë tomó su bastón y trazó un mapa en el polvo, señalando cada lugar
mencionado.
—El bosque de
Aldheorte se halla libre, pero no es sitio donde los hombres deban reunirse
para una resistencia, salvo quizás en un caso extremo, cuando ya no quede otra
posibilidad.
—¿Y cuál es nuestra
situación, si no? —declaró el príncipe Josua—. Esto que veis es mi reino,
Geloë; todos mis súbditos apiñados en lo que abarca un tiro de piedra. Podemos
escondernos, sí, pero ¿cómo desafiar a Elías siendo tan pocos, si además tiene
una alianza con el Rey de la Tormenta?
—Ahora llegamos al
punto que yo quise reservar para más tarde —contestó Geloë—, en el que también
hablaremos de cosas peores que guerras humanas.
Sus nudosas y
morenas manos se movían rápidas, dibujando de nuevo junto a sus botas.
—¿Por qué estamos a
salvo en esta parte del bosque? —prosiguió—. Porque está bajo la protección de
los sitha, y las nornas no se atreven a atacarlos. Entre ambas familias existe
desde hace incontables años una frágil paz. Creo que ni siquiera el desalmado
Rey de la Tor¬menta se atrevería a poner en movimiento a los restantes sitha.
—¿Habéis dicho que
se trata de familias? —preguntó Deornoth, y Geloë posó en él sus enérgicos
ojos.
—¿Acaso no
prestasteis atención a lo que Jarnauga os dijo en Na¬glimund? —replicó—. ¿De
qué sirve que los sabios sacrifiquen sus vi¬das, si aquellos por quienes lo
hacen no los escuchan?
—Jarnauga nos
explicó que Ineluki, Rey de la Tormenta, había sido príncipe de los sitha en su
día —se apresuró a intervenir Strangyeard, moviendo las manos como si quisiera
ahuyentar la discu¬sión—. Eso sí que lo sabemos.
—Durante evos
enteros, las nornas y los sitha constituyeron un solo pueblo —dijo Geloë—.
Cuando por fin tomaron caminos distin¬tos, dividieron Osten Ard entre ellos y
prometieron no introducirse en los respectivos campos sin previa autorización.
—¿Y de qué nos
sirve saber eso a los pobres mortales? —inquinó Deornoth.
—Si estamos seguros
aquí, es porque las nornas tienen buen cui¬dado de no traspasar los límites de
las tierras sitha. Incluso en estos cortos días— existe en tales lugares
semejante poder que las hace vaci¬lar. ¿No lo habíais notado? —agregó, mirando
fijamente a Deornoth—. Pero el problema consiste en que nosotros, que sólo
somos el diez u once, no podríamos plantarles cara. Es preciso que encontre¬mos
un sitio a salvo de las nornas, pero donde también puedan hallarnos quienes no
están conformes con la manera de gobernar de vuestro hermano Elías. Si el rey
estrecha su control sobre Osten Ard, si Hayholt se convierte en una
inexpugnable plaza fuerte, nunca recuperaremos la Gran Espada que nos consta
que posee, o la otra que quizá también tenga. No nos enfrentamos únicamente a
la brujería, sino asimismo a una guerra en toda regla.
—¿Qué decís?
—preguntó Josua, con los ojos puestos en el rostro de la hechicera.
Geloë Indicó el
mapa dibujado en el suelo con su bastón.
—Allá fuera, pasado
el bosque que da al este, se encuentran las praderas del Alto Thrithing. Y
cerca de donde un día se alzó la anti¬gua ciudad de Enki-e-Sha'osaye, a lo
largo del límite entre los bos¬ques y los campos, está el lugar donde las
nornas y los sitha se sepa-raron para siempre. Se llama Sesuad'ra, la Roca del
Adiós.
—Y... ¿allí
estaríamos a salvo? —quiso saber Strangyeard, excitado.
—Durante algún
tiempo, sí—respondió Geloë—. Es un lugar lleno de poder, de modo que, de
momento, allí no podrían darnos alcance los esbirros del Rey de la Tormenta.
Pero eso es suficiente, porque lo que más necesitamos es tiempo: tiempo para
reunir a todos los dis¬puestos a luchar contra Elías, tiempo para juntar a
nuestros dispersos aliados. Pero sobre todo necesitamos tiempo para resolver el
misterio de las tres Grandes Espadas y hallar la forma de eliminar la amenaza
del Rey de la Tormenta.
Josua contempló las
líneas dibujadas en el polvoriento suelo.
—Puede ser un
comienzo —murmuró al fin—. Dentro de toda la desesperación, se enciende una
pequeña llama de esperanza.
—Por eso me uní a
vosotros —dijo la hechicera—. Y por eso, tam¬bién, encargué al joven Simón que
viniera aquí, cuando pudiese, trayendo consigo a quienes estuvieran con él.
El padre
Strangyeard tosió con discreción.
—Siento no
entenderlo, señora... ¿Cómo le hablasteis al mucha¬cho? Si se encuentra en el
distante norte, vos no habríais podido ve¬nir a tiempo aquí... ¿Os servís de
las aves mensajeras, como hacía Jarnauga con frecuencia?
—No. Yo le hablé a
través de la niña, Leleth. Resulta difícil de ex¬plicar, pero la pequeña me dio
fuerzas para llegar hasta Yiqanuc e indicarle al chico la existencia de la Roca
del Adiós.
Se puso a borrar el
mapa con la punta de la bota.
—No seria muy
inteligente dejar un mensaje indicando dónde estamos —añadió con una risa
ronca.
—Pero... ¿cómo
pudisteis hablar con alguien de esa forma? —pre¬guntó Josua, interesado.
—Conocí a Simón y
lo toqué. Estuvo en mi casa. No creo que pudiera encontrar a quien no conociera
ya, y conversar con él.
—También mi sobrina
Miriamele estuvo en vuestra casa, o al me¬nos eso me dijeron —señaló enseguida
el príncipe—. Me tiene profun¬damente preocupado la suerte que pueda haber
corrido. ¿Tendríais manera de descubrir su paradero y establecer contacto con
ella?
—Ya lo intenté.
La hechicera se
levantó de nuevo, buscando con la mirada a Leleth.
La niña caminaba
sin rumbo fijo por el borde del calvero, y sus pálidos labios se movían como si
cantara en silencio.
—Hay algo o alguien
muy próximo a Miriamele que me impide alcanzarla... Una especie de pared...
Pero como yo andaba escasa de fuerzas y disponía de poco tiempo, no lo probé
por segunda vez.
—¿Volveríais a
hacerlo? —preguntó Josua.
—Quizá —contestó
Geloë mirándolo otra vez—. Pero tengo que utilizar mis fuerzas con precaución.
Nos aguarda un prolongado es¬fuerzo... —Y, volviéndose hacia el padre
Strangyeard, añadió—: Y ahora venid conmigo. Tenemos cosas de que hablar. Os
han dado una responsabilidad que puede constituir una pesada carga.
—Lo sé —dijo
Strangyeard sin alterarse.
Los dos se
alejaron, dejando sumido en cavilaciones a Josua. Deornoth observó a su
príncipe durante unos momentos y luego volvió junto a su capa.
Towser, tendido al
lado, se movía y hablaba en una angustiosa pesadilla.
—Caras blancas...
Manos que quieren agarrarme..., manos...
Los dedos del viejo
parecían rascar el aire y, por unos instantes, cesó el canto de los pájaros.
—De manera que
existe una chispa de esperanza... —concluyó Jo¬sua—. Si Valada Geloë cree que
podemos encontrar refugio en ese lugar...
—... y arrearle un
golpe al rey... —gruñó Isorn, ceñudo su rosado rostro.
—Eso, y preparar la
lucha —prosiguió Josua—. Tenemos que ha¬cerlo, sí. En cualquier caso, tampoco
nos queda otro sitio adonde ir. Cuando todos puedan caminar, saldremos del
bosque para atravesar el Alto Thrithing en dirección a la Roca del Adiós, que
está en el este.
Vorzheva, pálida de
enojo, abrió la boca como si quisiera decir algo, pero la que habló fue Gutrun.
—¿Por qué abandonar
el bosque, príncipe Josua? ¿Por qué tomar un camino tan largo y exponernos
tanto en las llanuras?
Geloë, que
nuevamente se había sentado junto a Josua, hizo un gesto afirmativo.
—¡Buena pregunta!
—admitió—. Una de las razones es que podre¬mos avanzar con doble rapidez por el
campo abierto, y el tiempo es precioso para nosotros. Además hemos de dejar el
bosque porque la misma prohibición que mantiene a distancia a las nornas, actúa
también sobre nosotros. Estamos en tierras sitha. Vinimos aquí porque nuestras
vidas corrían peligro, pero permanecer demasiado en este lugar significaría
llamar su atención, y los sitha no aman a los mortales.
—¿No nos
perseguirán las nornas?
—Conozco unos
senderos que nos conducirán a través del bos¬que hasta que alcancemos las
praderas que se extienden más allá —respondió la hechicera—. Referente al Alto
Thrithing, dudo de que las nornas se sientan lo suficientemente seguras para
salir a campo abierto en pleno día. Son destructivas al máximo, pero suman
mu¬chas menos que los humanos. El Rey de la Tormenta ha esperado durante
siglos. Creo, por consiguiente, que tendrá suficiente pa¬ciencia para esconder
de los mortales, por algún tiempo, sus verda¬deros poderes. No; lo que por
ahora debe preocuparnos son los ejér¬citos de Elías y los thrithingos... —Y se
volvió hacia Josua—. Vos lo sabéis mejor que yo, quizá. ¿Sirven ahora ésos a
Elías?
El príncipe meneó
la cabeza.
—Son imprevisibles.
Viven allí muchos de sus clanes, y su fideli¬dad a sus propios caballeros de
las Marcas es relativa. Además, si no nos apartamos mucho del lindero del
bosque, posiblemente no vea¬mos ni un alma. Los thrithingos son vastos.
Cuando terminó de
hablar, Vorzheva se levantó y desapareció entre un grupo de abedules que crecía
al borde del calvero. Josua la miró alejarse y luego se alzó también, dejando
para Geloë la res¬puesta a las preguntas de quienes no habían oído su anterior
expli¬cación acerca de Sesuad’ra.
Vorzheva estaba
apoyada en un tronco de abedul, del que arran¬caba trozos de corteza, parecida
al papel, Josua se detuvo unos momentos a contemplarla. Su falda no era más que
un harapo, roto hasta por encima de las rodillas. También su enagua había sido utilizada
para hacer vendas. La joven estaba tan sucia como los demás componentes del
grupo; tenía los espesos cabellos negros llenos de broza, y tanto sus brazos
como sus piernas aparecían cubiertos de arañazos. La herida producida en su
antebrazo por una flecha estaba envuelta en un trapo sangriento.
—¿Por qué estás
enfadada? —preguntó él con voz suave.
Vorzheva se volvió
y lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Qué por qué estoy
enfadada? ¿Por qué? ¡Eres tonto!
—Me esquivas desde
que nos arrojaron de Naglimund —dijo Josua, dando un paso hacia ella—. Cuando
me acuesto a tu lado, te po¬nes más rígida que un sacerdote que huela de cerca
el pecado... ¿Es ésa la forma de actuar de una amante?
Vorzheva alzó una
mano como si fuese a abofetearlo, pero Josua estaba demasiado lejos.
—¿Hablas de amor?
—exclamó, y su acento convirtió la palabra en algo pesado y penoso—. ¿Quién
eres tú para hablarme de amor? Lo perdí todo por ti, y ahora me dices esto...
Y se frotó la cara,
dejando en ella un tiznajo.
—Las vidas de todos
están en mis manos —dijo el príncipe, des¬pacio—, y también pesan sobre mi
alma. Hombres, mujeres, ni¬ños... ¡Cientos de muertos entre las ruinas de
Naglimund! Quizá me haya mostrado distante desde la caída del castillo, pero es
a causa de lo negros que son mis pensamientos, de los fantasmas que me
persiguen.
—Desde la caída del
castillo, dices —replicó en tono sibilante—. Desde la caída del castillo me has
tratado como a una ramera. No me hablas, aunque conversas con todos los demás.
En cambio, de noche, bien que te acercas a tocarme... ¿Crees, acaso, que me
com¬praste en un mercado, como si fuera un caballo? Vine contigo para verme
libre de las tierras planas... y para amarte. Nunca me trataste bien, y ahora
quieres hacerme volver allá... Sí, hacerme volver y avergonzarme delante de
todo el mundo.
Vorzheva rompió a
llorar de rabia y rápidamente se fue al otro lado del árbol para que el
príncipe no pudiera verle la cara.
Josua estaba
asombrado.
—¿Qué quieres
decir? ¿Delante de quién quiero avergonzarte?
—¡Delante de mi
pueblo, imbécil! —sollozó la mujer, y su voz produjo un apagado eco entre la
maleza—. ¡De mi pueblo, sí!
—Te refieres a los
thrithingos, ¡claro! —dijo Josua despacio.
Vorzheva salió de
detrás del árbol como un espíritu enfurecido, brillantes los ojos.
—Pero no iré. Coge
tú a los tuyos y lárgate a donde quieras, pero yo no pienso volver a mi
tierra... ¡de esta manera! —chilló, señalán¬dose indignada los harapos que la
cubrían.
Josua sonrió con
pena.
—¡No seas tonta!
¡Mírame a mí, el hijo del Supremo Rey, el Preste Juan! Parezco un
espantapájaros, pero... ¿eso qué importa? Dudo de que veamos a nadie de tu
pueblo, pero, aunque así fuera, ¿qué importa, repito? ¿Eres tan obstinada que
prefieres morir en el bosque, antes que permitir que alguien de tu gente de los
carroma¬tos te vea así de andrajosa?
—¡Pues sí! —chilló
ella—. ¡Sí! Me tomas por tonta, ¿no? ¡Y tienes razón, porque abandoné mi hogar
por ti y huí de las tierras de mi padre! ¿Pretendes que ahora regrese como un
perro apaleado? ¡Pre¬fiero morir mil veces antes que eso! Perdí todo cuanto poseía,
y... ¿ahora quieres verme arrastrada, además?
Vorzheva se dejó
caer al suelo, y sus rodillas se hundieron en el blanquecino barro.
—Entonces te lo
suplicaré —agregó—. ¡No vayamos al Alto Thrithing! Y, si tú quieres ir, déjame
suficiente comida para algún tiem¬po, y yo seguiré un camino a través del
bosque.
—Eso sería una
locura irremediable —gruñó Josua—. ¿No oíste lo que dijo Geloë? Si los sitha no
te matan por cruzar sus terrenos, te atraparían las nornas para hacerte algo
todavía peor.
—¡Mátame tú, pues!
—dijo Vorzheva y alargó una mano para aga¬rrar la espada Naidel, que Josua
llevaba envainada—. ¡Antes morir que volver con los thrithingos!
Josua la asió por
la muñeca y la hizo levantarse. Ella luchó por desprenderse y le golpeó las
tibias con sus raídas chancletas, empa¬padas de lodo.
—Eres una chiquilla
—contestó Josua, enfadado, y se echó hacia atrás cuando la mano libre de la
joven le azotó la cara—. ¡Una chiqui¬lla con garras!
Y la sujetó de
forma que quedase de espaldas a él, y así la em¬pujó hasta que llegaron a un
árbol caído. El príncipe se sentó y la arrastró consigo hasta dejarla presa en
su regazo, con los brazos suje¬tos como si le hubiese puesto esposas.
—Si te empeñas en
portarte como una niña obstinada, yo te tra¬taré como tal —dijo él entre
dientes y movió la cabeza para evitar el golpe que ella iba a darle con la
suya.
—¡Te odio! —jadeó
Vorzheva.
—En este momento,
también te odio yo —respondió él, aferrán¬dola con más fuerza todavía—. Pero...
eso ya pasará.
Finalmente, la
lucha de Vorzheva se redujo hasta quedar fláccida en sus brazos, exhausta.
—Eres más fuerte
que yo —gimió—, pero en algún momento ten¬drás que dormir y, entonces, te
mataré y me daré muerte a mí tam¬bién.
El propio Josua
respiraba con fatiga. Vorzheva no era una mujer débil, y el disponer de una
sola mano no le facilitaba el forcejeo, precisamente.
—Somos demasiado
pocos para que muera alguien más —mu¬sitó—. Pero, si es preciso, te mantendré
sujeta hasta el momento de partir. Por poco que yo pueda, iremos a esa
Sesuad'ra y llegaremos todos vivos.
Vorzheva intentó de
nuevo desasirse, pero renunció al compro¬bar que Josua no aflojaba. Entonces
permaneció quieta durante un rato, mientras su respiración se calmaba y
disminuía el temblor de sus labios.
Las sombras se
alargaron. Un grillo se anticipó al crepúsculo empezando su chirriante
concierto.
—Si tú me amases
—susurró ella al fin, con la vista fija en el bos¬que, cada vez más oscuro—, yo
no necesitaría matar a nadie.
—Estoy cansado de
hablar, señora —contestó el príncipe.
La princesa
Miriamele y sus compañeros religiosos dejaron la carretera de la costa avanzada
la mañana, para descender al valle de Commeis, camino de la ciudad de Nabban.
Cuando seguían la em¬pinada bajada en zigzag, a Miriamele le costaba mirar el
suelo que pisaban los cascos de su montura. Hacía tiempo que no había visto el
verdadero rostro de Nabban, patria de su madre, y la tentación de fijarse en
todo de manera casi imprudente era muy grande. Aquí, los campos de cultivo
empezaban a dar paso al ensanchamiento de la ciudad otrora imperial. El fondo
del valle estaba lleno de caseríos y aldeas; hasta en las empinadas laderas de
las colinas de Commeis se apiñaban las casas de enjalbegadas paredes, que
resaltaban como dientes.
El humo de
incontables fuegos se elevaba del valle, formando una grisácea nube que lo
cubría todo como un toldo. Como Miriamele bien sabía, los vientos del mar
solían mantener limpio el azul cielo. Hoy, en cambio, no se notaba brisa
alguna.
—¡Cuánta
gente!—exclamó maravillada—. ¡Y todavía habrá más en la ciudad!
—En cierto aspecto,
sin embargo —señaló el padre Dinivan—, eso significa poco. Erchester no llega
ni a la quinta parte y, no obstante, Hayholt es la capital del mundo conocido.
La gloria de Nabban es sólo un recuerdo, excepto en lo que respecta a la Madre
Iglesia. Nabban es ahora su ciudad.
—¿No resulta
curioso, entonces, que quienes dieron muerte a Nuestro Señor Jesuris lo
estrechen ahora contra su pecho? —inter¬vino Cadrach, un poco más abajo en el
camino—. Uno siempre tiene más amigos cuando está muerto.
—No entiendo el
sentido de vuestras palabras, Cadrach —con¬testó Dinivan con seriedad en su
vulgar rostro—, pero me suenan más a amargura que a perspicacia.
—¿De veras?
—replicó Cadrach—. Me refiero a la utilidad de los héroes que no están
presentes para hablar por sí mismos. —Y añadió ceñudo—: ¡Que Dios me asista! Lo
que ahora necesito, es un poco de vino.
Dicho esto, se
apartó de la mirada interrogante de Dinivan sin más comentarios.
Los penachos de
humo hicieron recordar algo a Miriamele.
—¿Cuántos de esos
Danzarines del Fuego que vimos en Teligure existen? ¿Los hay en cada ciudad?
Dinivan hizo un
gesto negativo.
—Supongo que
proceden de las distintas poblaciones, y que se juntan para viajar de un lado a
otro, divulgando su vil mensaje. No es su número lo que debe asustarnos, sino
la desesperación que arrastran consigo como una plaga. Por cada uno que se une
a ellos y los sigue a la ciudad siguiente, hay una docena que acoge el mensaje
en su corazón y pierde la fe en Dios.
—La gente cree en
lo que ve—dijo Cadrach, súbitamente atento al sacerdote—. Oyen el mensaje del
Rey de la Tormenta y ven lo que la mano de ese rey puede inspirar. Esperan que
Dios azote a los he¬rejes, pero Dios no hace nada.
—¡Eso es mentira,
Padreic! —respondió vivamente Dinivan—. O Cadrach, o lo que prefiráis. Porque
lo que importa es lo que uno elija. Dios da libertad de elección a hombres y
mujeres, pero no obliga al amor.
El monje soltó un
bufido de disgusto, aunque continuó mi¬rando fijamente a Dinivan.
—¡Eso, desde luego
que no!
Miriamele se dijo
que Cadrach parecía querer discutir con el sa¬cerdote como si intentase
demostrarle al secretario del lector algo que éste no estaba dispuesto a
reconocer.
—Dios desea...
—comenzó el sacerdote.
—Pero si Dios no
engatusa ni fuerza, ni responde a los desafíos del Rey de la Tormenta o de
otros —lo interrumpió Cadrach con voz ronca de la contenida emoción—, ¿por qué,
por qué os sorprende que la gente crea que no hay tal Dios, o que carece de
poder?
Dinivan le devolvió
la mirada y replicó:
—¡Para eso existe
la Madre Iglesia! Para transmitir la palabra de nuestro Dios, de manera que el
pueblo pueda tomar su decisión.
—El pueblo sólo
cree en aquello que ve —insistió Cadrach con su habitual tristeza, y volvió a
su silencio anterior mientras descendían despacio al fondo del valle.
A mediodía
alcanzaron la muy transitada carretera de Anitullean. Un verdadero río de gente
avanzaba en cada dirección, y los carros iban al mercado o venían de él, de
modo que Miriamele y sus compañeros de viaje apenas llamaron la atención. Al
ponerse el sol habían cubierto una considerable distancia valle arriba.
Una vez anochecido
se detuvieron en Bellidan, una ciudad de la cadena de poblaciones que se habían
enlazado a lo largo de la carre¬tera hasta el punto de que resultaba imposible
saber dónde termi¬naba una y empezaba otra. Durmieron en el priorato local, donde
el anillo con el sello del lector que lucía Dinivan y su elevada posición los
convirtieron en el centro de un gran interés. Miriamele desapare¬ció pronto en
la pequeña celda que le habían destinado, ya que no quería exponerse a que
descubrieran su identidad de mujer. Dinivan explicó a los monjes que su joven
compañero estaba enfermo, y pro¬curó a la princesa una nutritiva cena a base de
pan y sopa de cebada. Cuando la muchacha apagó de un soplo la vela, para
dormir, surgió de nuevo ante sus ojos la rara imagen de los Danzarines del
Fuego y volvió a ver la figura envuelta en llamas de la mujer vestida de
blanco, pero dentro de las macizas paredes del priorato no la asus¬taba tanto
aquel cuadro. Simplemente, había constituido un angus¬tioso incidente en medio
de un mundo lleno de cosas angustiosas.
A última hora del
día siguiente habían llegado al punto en que la carretera de Anitullean
empezaba a ascender hacia los pasos que conducían al Nabban propiamente dicho.
Encontraron docenas de peregrinos y mercaderes que permanecían sentados,
exhaustos, al borde de la carretera, abanicándose con sus sombreros de ancha
ala. Había quien sólo se había parado para descansar un poco y beber agua, pero
muchos otros eran frustrados baratilleros cuyos burros se negaban a tirar de
los sobrecargados carros camino arriba.
—Si nos detenemos
antes de que oscurezca —dijo Dinivan—, po¬dremos pasar la noche en uno de los
pueblos de las colinas. Entonces, por la mañana ya nos quedará poco trecho
hasta la ciudad. No obstante, y por cierto motivo, me resisto a retrasar el
viaje más de lo necesario. Si proseguimos después de cenar, podríamos alcanzar
el Sancellan Aedonitis antes de la medianoche.
Miriamele miró
hacia atrás y luego hacia adelante, donde la ca¬rretera se perdía de vista
entre las secas y doradas colinas.
—A mí no me
importaría descansar —dijo—. Estoy más que do¬lorida.
Dinivan puso cara
de preocupación.
—Lo comprendo. Yo
todavía estoy menos acostumbrado que vos a montar, princesa, y también me
escuece la rabadilla —dijo con sonrojo, riéndose a la vez—. Lo siento, señora,
pero tengo la sensa¬ción de que, cuanto antes lleguemos junto al lector, tanto
mejor.
Miriamele echó una
mirada a Cadrach, para ver si el monje te¬nía algo que agregar, pero éste se
hallaba sumido en sus propios pensamientos, tambaleándose de un lado a otro
mientras su caballo se esforzaba en seguir colina arriba.
—Si creéis que vale
la pena —contestó Miriamele al fin—, cabal¬guemos toda la noche, si es
necesario. La verdad es que no sé qué voy a contarle yo al lector..., o qué
puede decirme él a mí..., que no pueda esperar un día más.
—Hay muchas cosas
que cambian, Miriamele —respondió Dini¬van bajando la voz, aunque en ese
momento no pasaba por la carre¬tera más que un chirriante carro, y aun ése a
cierta distancia—. En tiempos como los actuales, cuando todo es incierto y
quedan por conocer a fondo muchos peligros, uno puede arrepentirse de no ha¬ber
aprovechado una ocasión de adelantar. Hasta ahí llega mi sen¬tido común. Y, con
vuestro permiso, confiaré en él.
Cabalgaron durante
todo el atardecer, sin interrumpir su ca¬mino cuando las primeras estrellas
aparecieron encima de las coli¬nas. La carretera serpenteaba entre los pasos
para descender luego y dejar atrás más aldeas y caseríos, hasta que finalmente
alcanzaron los suburbios de la gran ciudad, tan iluminada que eclipsaba el
res¬plandor del cielo.
Las calles de
Nabban estaban atestadas pese a aproximarse la medianoche. En cada rincón ardía
una antorcha. Volatineros y dan¬zarines actuaban en islas de vacilante luz, en
espera de que algún transeúnte ebrio les arrojara una o dos monedas. Las
tabernas, abiertos los postigos de las ventanas a la fresca noche de estío,
ver¬tían la claridad y el ruido sobre las empedradas vías públicas.
Miriamele cabeceaba
de cansancio cuando abandonaron la ca¬rretera de Anitullean y subieron por el
pintoresco Sendero de las Fuentes hacia la colina Sancellina. El Sancellan
Aedonitis se alzaba imponente ante ellos. Su ramoso chapitel era sólo un fino
hilo de oro a la luz artificial, pero un centenar de ventanas despedían una
cálida luz.
—En la casa de Dios
siempre hay alguien despierto —dijo Dinivan, tranquilo.
Guando prosiguieron
el ascenso por las estrechas callejas, ca¬mino de la gran plaza, Miriamele pudo
distinguir las pálidas y cur¬vas formas de las torres del Sancellan
Mahistrevis, que asomaban por el lado oeste, justamente detrás del Sancellan
Aedonitis. El cas¬tillo ducal se hallaba encima del promontorio de roca, en el
extremo de Nabban, dominando la vista sobre el mar como, en otros días, Nabban
había dominado las tierras de los hombres.
«Los dos
Sancellanes —pensó Miriamele—: uno para gobernar el cuerpo y otro para gobernar
el alma. El Sancellan Mahistrevis ya ha caído en manos del parricida Benigaris,
pero el lector es un hombre de Dios, y muy bueno, además, según afirma Dinivan,
que no es tonto. Y eso significa una esperanza...»
En alguna parte de
la oscuridad graznó una gaviota. La princesa sintió súbita pesadumbre. De no
haberse casado su madre con Elías, ella, Miriamele, habría crecido y vivido
ahí, a gran altura so¬bre el océano... Ese habría sido su hogar, y ahora
volvería al lugar al que pertenecía.
«Pero, de no haber
contraído matrimonio mi madre con Elías —pensó adormilada— yo no estaría en
este mundo. ¡Que estúpi¬da soy!»
Su llegada a las
puertas del palacio lectoral fue sólo una empa¬ñada escena para Miriamele, a la
que cada vez costaba más mante¬nerse despierta. Varias personas saludaron
calurosamente a Dini¬van, que parecía tener muchos amigos, y lo siguiente que
supo era que la conducían a un cuarto donde había un lecho cómodo y ca¬liente.
Lo único que se entretuvo en quitarse, fueron las botas, ya que se acostó con
capa y capucha. Unas quedas voces conversaban en el corredor. Poco después,
Miriamele percibió el toque de una lejana campana, que daba más horas de las
que ella pudo contar. Con aquel distante y musical sonido se durmió.
El padre Dinivan la
despertó por la mañana con una bandeja en la que había bayas, pan y leche. La
princesa empezó a dar cuenta de todo ello sentada en la cama mientras el
sacerdote encendía las velas y caminaba de un lado a otro en aquella pieza sin
ventanas.
—Su Santidad se
levantó muy temprano, esta mañana. Cuando fui a sus habitaciones, ya se había
marchado. Cuando necesita refle¬xionar sobre algo, con frecuencia sale a
caminar por los pasillos, y no le importa hacerlo en camisón. Y no quiere que
nadie lo acom¬pañe, excepto yo, si estoy a su alcance... —explicó Dinivan con
una sonrisa muchachil—. Este lugar es casi tan grande como Hayholt, y Su
Santidad podría hallarse en cualquier parte.
Miriamele se enjugó
unas gotas de leche de su barbilla con una de las anchas mangas.
—¿Nos recibirá?
—¡Desde luego! Tan
pronto como regrese. Estoy seguro de ello. Me pregunto cuáles serán sus
cavilaciones. Ranessin es un hombre pro¬fundo, tan profundo como el mar y,
también como sucede con el mar, a veces resulta difícil saber qué se esconde
bajo una plácida superficie.
Miriamele se
estremeció al recordar el kilpa de la bahía de Emettin. Dejó el cuenco y
preguntó.
—¿Debo llevar ropa
de hombre?
—¿Cómo? —exclamó
Dinivan, sorprendido por aquellas pala¬bras—. ¡Ah, para ver al lector, queréis
decir...! Creo que, de mo¬mento, nadie debe saber que estáis aquí. Me gustaría
poder afirmar que tengo absoluta confianza en mis compañeros sacerdotes, y supongo
que puedo tenerla, pero he vivido y trabajado aquí lo su¬ficiente como para no
confiar en que nadie va a mover la lengua... Os traje algunas prendas más
limpias —añadió señalando un hato de ropa que había sobre una silla, junto a
una jofaina de agua que humeaba ligeramente—. Cuando estéis lista, saldremos.
Y permaneció allí,
esperando.
Miriamele contempló
la ropa por espacio de unos segundos, y después le dijo al padre Dinivan, en
cuyo rostro había una expre¬sión de perplejidad:
—¿Podríais
volveros, al menos? Para que pueda cambiarme... El padre Dinivan abrió la boca
y, para secreta diversión de Mi¬riamele, se sonrojó de manera terrible.
—¡Oh, princesa,
perdonadme! ¿Cómo puedo ser tan incorrecto? Perdonadme... Me voy ahora mismo.
Volveré pronto en vuestra busca. Aceptad mis disculpas. ¡Tengo tanto en qué
pensar esta ma–ana...!
Y abandonó la
pieza, cerrando la puerta tras de sí.
Cuando se hubo
marchado, Miriamele rió y saltó de la cama. Se quitó la ropa sucia por la
cabeza y se aseó, comprobando con más interés que consternación lo bronceadas
que tenía las manos y las muñecas. Parecían las de un barquero, como se dijo
con cierta satis¬facción. ¡Cómo se sobresaltarían sus doncellas, si la vieran!
El agua estaba
caliente, pero la habitación resultaba helada, de modo que, cuando estuvo
lista, se puso más que deprisa las prendas limpias. Al pasarse los dedos por
los cortos cabellos, tuvo la tenta¬ción de lavárselos también, pero desistió de
ello al recordar la co¬rriente de aire que había en los pasillos. Aquel frío le
hizo pensar en el joven Simón, que ahora se encontraría en cualquier parte del
gé¬lido norte. En un momento impulsivo le había dado su bufanda fa¬vorita, de
color azul, hecho que ahora parecía muy poco adecuado. En cualquier caso, su
intención había sido buena. Era demasiado delgada para abrigarlo, pero quizá lo
ayudase a recordar el espan¬toso viaje al que habían sobrevivido juntos. Tal
vez le diese ánimos.
Encontró a Dinivan
en el salón más próximo. Era evidente que se esforzaba en no parecer
impaciente. De nuevo en su ambiente, el sacerdote tenía el aspecto de un
caballo de batalla en espera del combate, lleno de ansiedad por emprender ya la
marcha y hacer algo... Dinivan tomó a la princesa por el codo y la condujo
gentil¬mente corredor abajo.
—¿Dónde está
Cadrach? —preguntó Miriamele—. ¿Vendrá con nosotros a ver al lector?
—Ya no estoy seguro
de él en ningún aspecto —contestó el sacer¬dote—. Dije que lo considero
bastante inofensivo, pero también opino que se rinde demasiado pronto ante las
debilidades. Y eso es triste, porque el hombre que en otros días fue, hubiese
constituido un valioso consejero. De modo que es mejor no exponerlo a
tenta¬ciones. Ahora está almorzando plácidamente con algunos de mis compañeros.
Tengo constancia de que lo vigilan de manera dis¬creta.
—¿Qué era Cadrach?
—inquirió ella, echando la cabeza hacia atrás para admirar los tapices que
cubrían todas las paredes hasta el techo: escenas de la Elevación de Aedón, de
la renuncia de san Vilderivis, el castigo del emperador Crexis...
La joven pensó en
todas esas frías figuras, de grandes ojos ribe¬teados de blanco, y en cuántos
siglos llevaban colgadas mientras el mundo seguía girando. ¿Serian su tío y su
padre objeto de pinturas murales y tapices, cuando ella y todas las personas conocidas
se hu¬biesen convertido ya en polvo?
—¿Cadrach? En su
día fue un santo varón, y no sólo por su so¬tana —respondió Dinivan, y pareció
vacilar un poco antes de conti¬nuar—. Ya hablaremos de vuestro compañero en
otra ocasión, prin¬cesa, si perdonáis mi descortesía... Creo que sería mejor
que pensaseis en lo que vais a decirle al lector.
—¿Que le interesa
saber?
—Le interesa todo
—sonrió el sacerdote con voz menos cortante—. El lector quiere saberlo todo
acerca de todo. Dice que eso es porque sobre sus hombros pesa toda la
responsabilidad de la Madre Iglesia, y porque sus decisiones han de tener una
base firme... Pero yo creo que, además, es muy curioso —añadió riéndose—. Sabe
más de tene¬duría de libros que la mayoría de sacerdotes contables de la
cancille¬ría del Sancellan, y también lo oí conversar durante horas enteras con
un campesino de la zona de los lagos acerca del ordeño de las vacas. Pero éstos
son tiempos muy difíciles —continuó, ya más se¬rio—. Como decía antes, ni
siquiera al lector puedo revelarle algunas de mis fuentes de información, de
modo que vuestras palabras y el testimonio de vuestros propios ojos serán de
gran ayuda para expli¬carle cosas que necesita saber. No tenéis por qué
temerlo. Ranessin es un hombre sabio. Sabe más de lo que mueve el mundo que
cual¬quier otra persona que yo conozca.
A Miriamele le
pareció que la caminata por los oscuros corredo¬res del Sancellan Aedonitis no
acababa nunca. De no ser por los ta¬pices y por alguna que otra grey de
sacerdotes con que se cruzaban, todos los pasillos le habrían parecido iguales,
con lo que la princesa no tardó en sentirse perdida. Los grandes pasillos de
piedra estaban húmedos, además, y pobremente iluminados. Cuando al fin
llega¬ron a una monumental puerta de madera delicadamente trabajada, en la que
se veía un Árbol de extensos brazos, respiró con alivio.
Dinivan interrumpió
su movimiento cuando ya iba a abrir la puerta.
—Es preciso que
prosigamos con nuestra precaución —murmuró, llevándola a una puerta de menores
dimensiones que quedaba un poco más allá.
Esta sí que la
abrió, y entraron en una pequeña pieza con corti¬najes de terciopelo. En un
brasero próximo a la pared ardía un fuego. La amplia mesa que ocupaba gran
parte de la habitación estaba cubierta de pergaminos y pesados libros. El
sacerdote dejó sola a Miriamele para que se calentara las manos sobre el fuego.
—Yo volveré dentro
de un momento —dijo, apartando una cor¬tina que cubría parte de la pared junto
a la mesa.
Cuando la cortina
cayó de nuevo en su sitio, Dinivan se había ido.
No bien empezó a
sentir un agradable hormigueo en los dedos, Miriamele dejó el brasero para
examinar algunos de los pergaminos desenrollados sobre la mesa. No parecían
nada interesantes, llenos como estaban de números y descripciones de límites y
propiedades. Los libros eran todos de tema religioso, con excepción de un
ex¬traño volumen que contenía grabados en madera que representa¬ban chocantes
figuras y arcanas ceremonias, y estaba abierto encima de los demás. Al recorrer
cuidadosamente las páginas, encontró una señalada con una cinta, y en ella
halló una tosca ilustración de un hombre con astas, grandes ojos fijos y manos
negras. Gente aterro¬rizada se acurrucaba a sus pies, y encima de la cabeza
brillaba una estrella en medio de un cielo negro. Los ojos parecían salirse de
la página para penetrar en los de la joven.
Sa Asdridan
Condiquilles, leyó ella al pie de la imagen. La Estre¬lla del Conquistador.
Un estremecimiento
recorrió a Miriamele. Aquella ilustración la helaba más que todos los húmedos
corredores del Sancellan. Le parecía algo visto en una pesadilla, o un relato
que le hubiesen con¬tado de pequeña y cuyo horror sólo ahora reconocía. La princesa
se apresuró a devolver el libro a su posición original y se alejó estregán¬dose
los dedos contra la capa, como si acabase de tocar algo impuro.
Unas quedas voces
se acercaban por detrás del tapiz que cubría la puerta por donde había salido
Dinivan. Ella aguzó el oído, pero no logró enterarse de nada. Cautamente apartó
la colgadura, y de la pieza contigua llegó un resquicio de luz.
Probablemente se
trataba de la sala de audiencias del lector, ya que era lo mejor decorado que
veía desde que la noche anterior ha¬bía pasado muerta de sueño por el amplio
recibidor. Los techos eran altos, y en ellos habían pintado centenares de
escenas del Libro de Aedón. Las ventanas eran tajadas del grisáceo cielo
matutino. De¬trás de un sillón colocado en el centro de la estancia pendía una
gran bandera azul celeste, en la que estaban pintados el Pilar y el Árbol de la
Madre Iglesia.
El lector Ranessin,
hombre enjuto y tocado con un gran som¬brero, se hallaba sentado en el sillón
escuchando a un grueso individúo que vestía el dorado ropón de un escritor,
semejante a una tienda de campaña. Dinivan permanecía a un lado, restregando
con impaciencia los pies en la mullida alfombra.
—¡Pero de eso se
trata, Santidad! —dijo el hombre grueso, de cara reluciente, en un tono
bellamente mesurado—. Si en todo momento conviene evitar que el Supremo Rey se
sienta ofendido..., ahora no se muestra especialmente receptivo. Hemos de tener
muy en cuenta nuestra elevada posición, así como el bienestar de todos los que
es¬peran de la Madre Iglesia una moderación y buena influencia.
Extrajo de su manga
una pequeña caja y se metió algo en la boca. Sus regordetas mejillas se
hundieron por unos instantes cuando lo chupó.
—Lo comprendo,
Velligis —contestó el lector, alzando la mano con amable sonrisa—. Vuestros
consejos siempre son buenos. Agra¬dezco infinitamente que Dios nos haya
juntado.
Velligis inclinó su
redonda cabeza en un gesto de reconoci¬miento.
—Y ahora, si sois
tan amable —continuó Ranessin—, debo dedicar algún tiempo a este pobre Dinivan.
Cabalgó durante días y estoy ansioso de escuchar sus noticias.
El escritor cayó de
rodillas, lo que no fue fácil para un hombre de su volumen, y besó el borde de
la túnica del lector.
—Si me necesitáis
para algo, Santidad, estaré en la cancillería hasta la tarde.
Luego se puso de
pie y abandonó la estancia con un gracioso anadeo, a la vez que tomaba otro
caramelo de su cajita.
—¿Realmente estáis
agradecido de que Dios os reuniera? —pre¬guntó Dinivan, risueño.
El lector hizo un
gesto de afirmación.
—¡Desde luego!
Velligis constituye una viva advertencia para mí de por qué los hombres no
debieran tomarse a sí mismos tan en se¬rio. Su intención es buena, pero... ¡el
pobre es tan pomposo!
Dinivan no estuvo
de acuerdo.
—Acepto que
Velligis actúe de buena voluntad, pero su consejo es de una gran imprudencia.
Si hay un momento en que la Madre Iglesia tiene que demostrar que es
decididamente una fuerza viva, ¡ése es ahora!
—Conozco vuestro
modo de sentir, Dinivan —respondió el lec¬tor, con gentileza—. Mas no estamos
en una época en que las deci¬siones puedan tomarse de forma precipitada, para
que luego nos arrepintamos. ¿Trajisteis a la princesa?
—Si, Santidad. Voy
en su busca. La dejé en mi cuarto de trabajo.
Miriamele dejó caer
enseguida la cortina y, cuando Dinivan en¬tró en la pieza, la halló de nuevo
junto al brasero.
—Venid conmigo
—dijo el sacerdote—. El lector está libre.
Llegada ante el
sillón, Miriamele hizo una reverencia y besó el borde de la vestidura de
Ranessin. El anciano la ayudó a levantarse con una mano sorprendentemente
firme.
—Tomad asiento a mi
lado, por favor —dijo, al mismo tiempo que indicaba a Dinivan que le acercara
una silla—. Y traed también una para vos.
Mientras Dinivan
obedecía, Miriamele tuvo la primera ocasión de mirar al lector. Hacía más de un
año que no lo veía, pero no pa¬recía haber cambiado apenas. Los ralos cabellos
grises le caían por los lados de la pálida y distinguida cara. Sus ojos eran despiertos
como los de un niño, casi con un aire de escondida travesura. La princesa no
pudo evitar compararlo con el conde Stréawe, señor de Perdruin. El arrugado
rostro de Stréawe encerraba astucia, mientras que Ranessin parecía más
inocente, pero Miriamele no necesitó la afirmación de Dinivan para comprender
que detrás del manso as¬pecto del lector había una gran energía.
—Bien, mi querida
princesa—comenzó Ranessin cuando estuvie¬ron sentados—. No os había visto desde
el funeral de vuestro abuelo. ¡Cómo habéis crecido! Pero... ¡y qué ropas tan
raras vestís, señora! —exclamó con una sonrisa—. ¡Bienvenida a la casa de Dios!
¿Os hace falta algo?
—No con respecto a
la comida o a la bebida, Santidad.
Ranessin frunció el
entrecejo.
—Yo no soy amigo de
los títulos, y el mío suena particularmente embarazoso. De joven, cuando estaba
en Stanshire, nunca me hu¬biese imaginado que terminaría mi vida en el lejano
Nabban, siendo llamado «Santidad» y «Sublime», sin volver a oír mi verda¬dero
nombre.
—¿Acaso no es
Ranessin?—preguntó Miriamele.
El lector se rió.
—¡Oh, no! Nací
erkyno, y mi nombre era Oswine. Pero, dado que los erkynos raramente alcanzan
tales cumbres, pareció político adoptar un nombre nabbano... —y alargó una mano
para dar una suave palmada en la de la princesa—. Y ahora, hablando de nombres
supuestos, Dinivan me cuenta que viajasteis mucho y visteis mu¬chas cosas desde
la partida de casa de vuestro padre. ¿No queréis contarme algo de todo eso?
El sacerdote la
animó con un gesto, de modo que Miriamele respiró hondo e inició el relato.
Al observar la
atención del lector, la muchacha habló de la cre¬ciente demencia de su padre y
de cómo esa circunstancia la había hecho escapar de Hayholt, de los malos
consejos de Pryrates y también del encarcelamiento sufrido por Josua. Por los
altos ventanales empezó a entrar un sol brillante. Dinivan salió de la pieza
para en¬cargar algo de comida, ya que se aproximaba el mediodía.
—Resulta fascinante
—dijo el lector mientras aguardaban el re¬greso del secretario—, y confirma
muchos rumores que llegaron a mis oídos. El Señor nos concede inteligencia
—agregó, frotándose con un dedo un lado de la fina nariz—. Me pregunto por qué
no pueden contentarse los hombres con lo que ya poseen...
Dinivan volvió
pronto, seguido de un sacerdote cargado con una pesada bandeja llena de queso y
frutas, así como con una jarra de vino caliente con especias. Miriamele reanudó
el relato. Mientras hablaba y comía, y cuando Ranessin le formuló una serie de pre¬guntas
amables pero picaras, tuvo casi la sensación de estar conver¬sando con un viejo
y cariñoso abuelo. Le contó también la persecu¬ción que ella y Leleth habían
sufrido por parte de las nornas, y cómo habían sido rescatadas por Simón y
Binabik. Al llegar luego a las revelaciones en casa de la hechicera Geloë y a
las terribles adver¬tencias de Jarnauga en Naglimund, Dinivan y el lector
intercambia¬ron significativas miradas.
Así que hubo
terminado, el lector se encasquetó bien el alto sombrero —que le había
resbalado varias veces en el transcurso de la audiencia—y se reclinó en su
asiento con un suspiro. Sus relucientes ojos expresaban tristeza.
—¡Ay, Dios mío...!
—suspiró—. ¡Cuántas cosas en que pensar, y tantas tremendas preguntas sin
respuesta! El Señor ha considerado conveniente probar duramente a sus hijos. Y
yo tengo la premoni¬ción de que se acerca algo espantosamente malo...
Y, volviéndose
hasta Miriamele, prosiguió:
—Gracias por
vuestras noticias, princesa. Ninguna de ellas es buena, pero sólo un imbécil
desea ignorar las verdades, y yo trato de no serlo. Ésta es mi carga más
pesada... Lo que acabo de saber, Dini¬van —dijo por último—, añade un aspecto
aún más ominoso a las no¬ticias que obtuve ayer.
—¿De qué noticias
se trata, Santidad? —inquirió Dinivan—. Tuvi¬mos poca ocasión de hablar desde
mi retorno.
El lector tomó un
sorbo de vino.
—Elías me envía a
Pryrates. Su barco llega mañana, procedente de Hayholt. Según el mensaje, viene
a cumplir una importante misión del Supremo Rey.
—¿Qué viene
Pryrates? —exclamó Miriamele, alarmada—. ¿Sabe mi padre que estoy aquí?
—No, no. No temáis
—intentó calmarla el lector, acariciándole nuevamente la mano— Es con la Madre
Iglesia con la que quiere ne¬gociar. Nadie conoce vuestra presencia aquí, salvo
Dinivan y yo.
—¡Es un demonio!
—jadeó la princesa—. ¡No os fiéis de él!
—Agradezco vuestra
advertencia —respondió Ranessin—, pero en ocasiones es mi deber hablar con
demonios.
Bajó la vista para
contemplarse las manos, como si en ellas espe¬rase encontrar una solución a
todos sus problemas. Cuando Dini¬van se llevó a Miriamele de la estancia, el
lector los despidió cortésmente, pero se lo veía sumido en la melancolía.
10
El espejo
Simón se sentía
presa de un tenaz enojo que no quería dejarlo. Mientras él y Sludig seguían
montaña abajo a los gnomos montados en sus moruecos, dejando atrás las
impresionantes agujas de desnuda roca que parecían querer perforar el cielo, el
mu¬chacho sentía que la rabia embotaba todos sus pensamientos, de manera que
apenas podía reflexionar más de un momento sobre sus problemas.
Caminaba
tiesamente, porque el maltrecho cuerpo le dolía aún y la ira le revolvía el
estómago. Descendía muy caviloso. Haestan había muerto. Otro amigo perdido. No
podía hacer nada para cam¬biar esos hechos. Incluso era incapaz de llorar. Y
eso era lo que más le enfurecía: ¡no poder hacer nada, nada!
Sludig, paliducho y
ojeroso, no parecía tener intención de rom¬per el silencio. Los dos compañeros
avanzaban despacio en direc¬ción al valle por las amplias extensiones de
granito desgastado por el tiempo, siguiendo entre la ventisca las huellas de
los moruecos, que formaban en la nieve una especie de espuma.
Los montículos de
nieve parecían salirles al encuentro, y en cada curva del sendero asomaban
nuevas colinas cubiertas de blanco, cada vez más grandes. El Sikkihoq, por su
parte, parecía alejarse ha¬cia el cielo, detrás de ellos, cada vez más colosal,
como si la montaña hubiese abandonado sus asuntos con los mortales y ahora
buscase de nuevo la más compatible y encumbrada compañía del mundo de las
nubes.
«No te olvidaré»,
advirtió Simón al Sikkihoq al volverse para mirar aquel enorme puñal de piedra.
Le venían ganas de gritarlo. Y, si estrechaba los ojos, creía distinguir aún el
lugar donde se hallaban las sepulturas. «Nunca olvidaré que mi amigo está enterrado
en tus laderas. ¡Nunca!»
La tarde
transcurrió deprisa. Avanzaban con mayor facilidad a medida que la falda de la
montaña se hacía más ancha y los caminos eran más llanos, con largos trechos
entre los diversos zigzagueos. Si¬món observó detalles de la vida en el monte
que no había visto más arriba: una familia de conejos blancos y pardos que
rozaba entre las manchas de nieve, grajos y ardillas que reñían en los
achaparrados árboles, inclinados por la fuerza del viento. Esta evidencia de
vida en lo que había parecido una roca estéril y cruel tendría que haberle
hecho sentir mejor; sin embargo, sólo sirvió para acrecentar su irra¬cional
furor. ¿Qué razón de existir tenían todos aquellos menudos e insignificantes
seres, cuando otros morían? Llegó a preguntarse por qué habían de temer que, en
cualquier momento, un halcón o una serpiente, o la flecha de un cazador pusiera
fin a sus vidas. La idea de aquella escarabajeante actividad bajo la sombra de
la muerte lo llenaba de absurdo y extraño disgusto.
Al llegar el
anochecer, la compañía eligió para montar el campa¬mento una extensión de roca
sólo ligeramente inclinada, donde cre¬cían algunos matorrales. El gigantesco
cuerpo del Sikkihoq los pro¬tegería, como era de suponer, de los peores azotes
del gélido viento cargado de nieve. Simón se desprendió de su hato y empezó a
bus¬car leña para el fuego, aunque se detuvo unos instantes para ver cómo el
sol se ponía detrás de las montañas del oeste..., una de las cuales, como bien
sabía, era Urmsheim, la montaña del dragón. El horizonte estaba veteado de unos
tonos tan ricos como las rosas que crecían en los jardines de Hayholt.
An'nai, el pariente
sitha de Jiriki, que había muerto luchando por salvar a sus compañeros, estaba
enterrado en Urmsheim, y el soldado Grimmric, hombre tranquilo y flaco pero
fuerte, había sido sepultado junto a él. Simón recordó cómo silbaba Grimmric mien¬tras
se dirigían hacia el norte desde Naglimund, produciendo un pequeño trino que
tan pronto resultaba aburrido como animoso. Ahora permanecería en eterno
silencio. El y An'nai ya no volverían a ver una puesta de sol como la que
pintaba el cielo delante de Si-món, hermosa e increíble a la vez.
¿Dónde estarían los
dos? ¿En el cielo? ¿Cómo podían ir al cielo los sitha, si no creían en nada,
y... dónde suponían que iban a parar después de la muerte? Eran paganos, se
dijo Simón, lo que signifi¬caba que eran distintos. En cualquier caso, An'nai
había sido leal y valiente. Más que eso: había sido bueno con él, muy amable al
ex¬traño modo de los sitha. Así pues, ¿cómo podía no ir al cielo An'nai? ¡El
cielo no podía ser un lugar tan ilógico!
Volvió a él la
furia dominada por unos momentos. Simón arrojó con toda su fuerza unas de las
ramas encontradas, que voló por los aires para luego rodar por la pedregosa
pendiente hasta desaparecer entre la maleza del fondo.
—¡Ven, Simón! —le
gritó Sludig entonces—. ¡Necesitamos la leña para el fuego! ¿Acaso no tienes
hambre?
El muchacho hizo
caso omiso de él y siguió con la vista fija en el enrojecido cielo al mismo
tiempo que, tremendamente frustrado, hacía rechinar los dientes.
—¡Ven, por favor!
—insistió amablemente el rimmerio—. Pronto estará hecha la cena.
—¿Dónde se
encuentra Haestan? —musitó Simón entre dientes.
—¿Qué quieres
decir? —preguntó Sludig con la cabeza ladeada—. ¡De sobra sabes dónde lo
dejamos, Simón!
—Me refiero adonde
está Haestan... ¡El verdadero Haestan!
—¡Ah...! —dijo
Sludig, cuya barba había crecido mucho, con una sonrisa—. Su alma está en el
cielo, con Jesuris y Dios Padre.
—No.
Simón volvió a
contemplar el firmamento, que ahora ya se os¬curecía con los primeros tonos
azules de la noche.
—¿Qué? ¿Por que
dices eso?
—Porque él no está
en el cielo. No existe el cielo. ¿Cómo puede haber un cielo, si cada cual lo
imagina diferente?
—¡Eso son sandeces!
—protestó Sludig, intentando hallar un sen¬tido para las palabras de Simón—.
Quizá vaya cada cual a su propio cielo... Dios sabe cómo será. Pero ahora ven y
siéntate —agregó, a la vez que posaba una mano en el hombro del amigo.
—¿Cómo puede
permitir Dios que las personas mueran sin mo¬tivo? —replicó Simón,
estrechándose el propio cuerpo con los bra¬zos, como si quisiera impedir que
algo interior escapara—. Si Dios hace eso, es cruel. Y si no es cruel, pues...,
pues en tal caso es que no puede hacerlo todo. Como un viejo sentado junto a la
ventana, pero que no puede salir... ¡Es viejo y estúpido!
—No hables así de
Dios Nuestro Señor—contestó Sludig con voz fría—. Un chiquillo desagradecido no
puede ridiculizar a Dios. ¡Piensa que te dio todo cuanto tienes!
—¡Mentira! —gritó
Simón, y los ojos del soldado se abrieron de la sorpresa—. ¡Es una mentira, sí,
una mentira! ¿Qué nos da Dios? ¡Una vida de arrastrarnos de un lado a otro,
buscando algo que comer y un rincón donde dormir..! Y, encima, sin previo aviso
algo te aplasta... ¿Qué don del cielo es ése? Obrar bien y... pelear contra el
mal, como dice el Libro de Aedón... Y, si lo haces, mueres. ¡Como Haestan!
¡Como Morgenes! En cambio, los malos siguen con vida y se enriquecen y, por si
fuera poco, se ríen de los buenos... ¡Todo junto no es más que una mentira!
—¡Eso es horrible,
Simón! —le reprochó Sludig, alzando también la voz—. ¡Es la locura y el dolor
lo que te hace pronunciar semejantes palabras...!
—No... ¡Es una
mentira, y tú eres idiota si crees en ello! —chilló Simón, arrojando la leña a
los pies del compañero.
Luego echó a correr
montaña abajo con una pena tan intensa en el corazón que casi le quitaba el
aliento, y siguió el serpenteante sendero hasta que hubo perdido de vista el
campamento. Los au¬llidos de Qantaqa le llegaban a través del viento, débiles y
percu¬cientes como si alguien diera golpes secos en una habitación con¬tigua.
Finalmente se dejó
caer sobre una piedra del borde y empezó a frotarse las manos en la raída tela
de sus pantalones. La piedra es¬taba cubierta de un pardusco musgo quemado por
las heladas y el viento, que, sin embargo, encerraba vida. Simón lo miró pregun¬tándose
por qué no podía llorar y si en realidad lo deseaba.
Al cabo de un rato
percibió un chasquido y, cuando alzó la vista, vio a Qantaqa que se acercaba a
él por las inclinadas rocas que más arriba bordeaban el camino. La loba iba con
el hocico bajo, olfa¬teando el suelo. Saltó luego al sendero y lo contempló con
curiosi-dad durante unos segundos, ladeando la cabeza, para luego estre¬garse
contra su pierna. Simón le pasó los dedos por la hirsuta piel del costado, y
Qantaqa continuó el descenso hasta ser sólo una dé¬bil sombra gris en la
creciente oscuridad.
Binabik apareció
entonces en una curva del camino.
—Amigo Simón
—dijo—, Qantaqa ha salido de caza. Para una loba resulta muy duro andar todo el
día por donde yo le mando. Demuestra ser muy buena compañera al hacer tal
sacrificio por mí.
Cuando vio que
Simón no contestaba, el gnomo se acuclilló junto a él y balanceó el bastón
sobre sus rodillas.
—Estás muy
trastornado —señaló.
Simón respiró
profundamente y luego dio rienda suelta a sus negros pensamientos.
—¡Todo es mentira!
—suspiró.
Binabik levantó una
ceja.
—¿Qué es «todo»? ¿Y
por qué es mentira?
—No creo que
podamos hacer nada. Nada para que las cosas nos vayan mejor. Todos moriremos.
—En algún momento,
desde luego —asintió el gnomo.
—Moriremos en la
lucha contra el Rey de la Tormenta. Es men¬tira que afirmemos lo contrario, y
Dios no nos salvará ni nos ha de ayudar —dijo Simón, y cogió una piedra suelta,
que arrojó a través del camino, donde rodó hasta perderse en la oscuridad—. Yo ni
si¬quiera pude arrancar a Espina. ¿De qué ha de servirnos una espada si no hay
forma de utilizarla? ¿Cómo puede dar muerte una espada, o aunque sean las tres
Grandes Espadas, o como las llamen..., a se¬mejante enemigo? ¿Cómo se mata a
quien ya está muerto?
—Estas preguntas
requieren una respuesta —replicó el hombreci¬llo—. Y yo no la tengo. ¿Cómo
sabes que la espada ha de servir para matar? Y, si es para eso, ¿qué te hace
pensar que haya de ser uno de nosotros quien lo haga?
Simón eligió otra
piedra y la tiró.
—Tampoco yo sé
nada. No soy más que un pinche de cocina, Binabik —declaró, compadeciéndose de
sí mismo—. Lo único que ansío es volver a casa.
Y esta palabra le
encogió la garganta.
El gnomo se levantó
y se sacudió los fondillos.
—Pero dejaste de
ser un chiquillo, Simón. Ahora eres un hombre hecho y derecho. Joven, desde
luego, pero ya un hombre.
—En cualquier caso,
no importa —contestó Simón—. Yo pensaba que... No sé... Pensaba que sería igual
que un cuento. Que encontra¬ríamos la espada y sería un arma poderosa, con la
que destruiríamos a los enemigos y todo sería como antes. No se me ocurrió que
pudie¬sen morir otras personas. ¿Cómo puede existir un Dios que permite que la
gente muera aunque no haya hecho nada malo?
—Otra pregunta a la
que no sé responder —dijo Binabik con afec¬tuosa sonrisa, consciente del
sufrimiento de Simón—. Tampoco puedo decirte qué debemos creer. Los sucesos que
se convirtieron en nuestras historias de dioses pertenecen a un pasado muy
remoto. Ni siquiera los sitha, que viven durante eones, saben cómo empezó el
mundo, ni quién lo creó. Al menos, no con certeza, según tengo entendido. Sin
embargo, puedo explicarte algo importante...
El gnomo se inclinó
hacia adelante y tocó el brazo de Simón, en espera de que su joven amigo
volviera a apartar la vista del musgo.
—Los dioses de los
cielos o de las piedras están lejos, y sólo nos cabe imaginar lo que se
proponen... Pero tú y yo vivimos en una época en que un dios vuelve a pisar la
tierra. No es un dios bonda¬doso. Los hombres pueden luchar y morir; pueden
construir muros y derribar piedras, pero Ineluki murió y luego vino de nuevo. Y
eso es algo que nadie había hecho antes, ni siquiera vuestro Jesuris Aedón.
Perdóname, porque no quiero blasfemar, pero ¿no es propio de un dios lo que
hizo Ineluki? Es celoso y terrible, y el mundo por él creado será espantoso
—añadió Binabik, a la vez que sacudía un poco a Simón y lo miraba a los ojos—.
Nos aguarda una tarea de gran¬des peligros y dificultades. Quizá no tengamos
ninguna posibilidad de éxito, mas no es algo que podamos rehuir.
Simón apartó la
vista de Binabik.
—Pues es lo que yo
digo. ¿Cómo combatir a un dios? ¡Si nos aplastará como si fuésemos hormigas!
Y arrojó otra
piedra a la oscuridad.
—Tal vez. Pero si
no lo intentamos, únicamente nos quedará eso de ser aplastados como hormigas,
de manera que no podemos per¬manecer inactivos. Incluso después del peor de los
tiempos hay algo. Quizá muramos, pero ten en cuenta que la muerte de algunos puede
significar vida para otros. No tenemos mucho a que agarrar¬nos, la verdad, pero
en cualquier caso es algo verdadero.
El gnomo dio unos
pasos sendero abajo y se sentó en otra pie¬dra. El cielo se oscurecía
rápidamente.
—Rezarles a los
dioses puede ser, o no, una tontería; lo que desde luego carece de sentido, es
maldecirlos.
Simón calló. Ambos
guardaron silencio. Por último, Binabik desenroscó el cuchillo que había en el
extremo de su bastón, y en su lugar apareció la flauta de hueso. El gnomo
produjo unas cuantas notas de prueba, y seguidamente empezó a tocar una melodía
lenta y melancólica. Ea disonante música, que hallaba su eco en la negra
ladera, parecía cantar con la voz de la propia soledad de Simón. El muchacho
tiritó cuando el viento penetró a través de su ajada capa. La cicatriz de la
herida causada por el dragón le escocía vivamente.
—¿Todavía eres mi
amigo, Binabik? —dijo al fin.
El gnomo retiró la
flauta de sus labios.
—¡Hasta la muerte y
todavía más allá, amigo Simón!
Y se puso a tocar
de nuevo.
Cuando hubo
finalizado la pieza, Binabik llamó a Qantaqa de un silbido e inició el regreso
hacia el campamento. Simón lo siguió.
El fuego estaba
casi consumido y el odre de vino hacía la última de muchas rondas por el
círculo de hombres sentados, cuando Si¬món reunió por fin el coraje necesario
para dirigirse a Sludig. El rimmerio afilaba la punta de su lanza qanuc con una
piedra aguza¬dera, y continuó haciéndolo cuando Simón se colocó delante de él.
Tardó un poco en levantar la vista.
—¿Qué quieres?
—gruñó.
—Lo siento, Sludig.
No debí decir eso. Tú sólo procurabas ser amable.
El rimmerio lo miró
brevemente y con cierta frialdad. Luego, su expresión se dulcificó.
—Tú puedes pensar
como quieras. Simón, pero delante de mí no volverás a blasfemar contra el Dios
Único.
—Lo siento, digo.
No soy más que un pinche de cocina.
—¡Un pinche de
cocina! —rió Sludig con aspereza, y miró fijamente a los ojos de Simón, para
luego reír de mejor humor—. ¡Eso crees de veras! ¿No? ¡Eres tonto, Simón! ¡Un
pinche de cocina...! Un marmitón que ataca a dragones y mata a gigantes...
¡Mírate! Eres más alto que yo, y Sludig no es bajo...
Simón miró
sorprendido al rimmerio. Era cierto. Le llevaba me¬dio palmo.
—¡Pero tú eres
fuerte! —protestó el joven—. ¡Un hombre adulto!
—Como bien pronto
lo serás tú del todo, Simón. Y eres más fuerte de lo que te figuras. Has de ver
las cosas como son. Ya dejaste de ser un chiquillo. En consecuencia, no puedes
actuar como si to¬davía lo fueses. En realidad es peligroso no entrenarte mejor
—conti¬nuó Sludig después de contemplarlo durante unos momentos—. Tu¬viste la
suerte de sobrevivir a varias luchas muy peligrosas, pero la suerte es voluble.
Necesitas que te enseñen a manejar la espada y la lanza. Yo lo haré. Así lo
hubiese querido Haestan, y eso nos propor¬cionará una ocupación en el largo
camino hacia tu Roca del Adiós.
—¿Me perdonas,
entonces? —musitó Simón, un poco azorado ante aquella conversación de hombres.
—Si no me queda
otro remedio... —contestó el rimmerio—. Pero ahora procura dormir. Mañana nos
espera una dura jornada, y, cuando acampemos, tú y yo nos ejercitaremos un
rato.
Simón se sintió
bastante ofendido de que lo enviaran a la cama, mas no quiso arriesgarse a más
discusiones. Ya le había costado un esfuerzo regresar al campamento y cenar con
los demás. Sabía que todos lo miraban preguntándose si tendría otro arrebato.
Se retiró al lecho
preparado con suaves ramas y hojas, y se arre¬bujó en su capa. Le hubiese
gustado estar en una cueva o totalmente al pie de la montaña, donde no se
vieran tan expuestos al viento.
Las frías y
brillantes estrellas parecían temblar en el cielo. Simón las contempló a través
de la insondable distancia, y los pensamien¬tos se dieron caza por su cabeza
hasta que lo venció el sueño.
El canto de los
gnomos a sus moruecos sacó a Simón de una pesa¬dilla. Confusamente recordaba un
pequeño gato gris y revivía la sen¬sación de que algo o alguien lo atrapaba,
pero enseguida volvió a la realidad. Abrió los ojos a la débil claridad de la
madrugada, y los cerró de nuevo. No le apetecía levantarse y tener que
enfrentarse al día.
Continuaban los
cantos, acompañados del chacoloteo de los arneses. Simón había presenciado
tantas veces ese rito desde que ha¬bían abandonado el Mintahoq que podía
reproducirlo en su mente de forma tan viva como si lo estuviese viendo. Los
gnomos apre-taban las cinchas a los animales y llenaban las alforjas mientras
sus guturales y a la vez agudas voces no cesaban en su canto al parecer
interminable. De cuando en cuando hacían una pausa, daban pal¬madas a sus
monturas y almohazaban su lanuda piel, acercándose a los animales para
cantarles dulcemente mientras éstos parpadeaban y casi cerraban los amarillos
ojos. Pronto habría llegado la hora del té salado y del tasajo, acompañado todo
ello de una tranquila y pla¬centera conversación.
Excepto que ese
día, naturalmente, no habría muchas risas. Era la tercera mañana desde la
terrible batalla con los gigantes. El pue¬blo de Binabik solía ser alegre, pero
ahora también parecía que lo hubiese rozado la escarcha que anidaba en el
corazón de Simón. Una gente que solía reírse del frío y de los escalofriantes
despeñade¬ros que aparecían en cada recodo de cada camino, había quedado helada
por una sombra que nadie entendía... Y no era que Simón la comprendiese
tampoco.
Había sido sincero
con Binabik: en cierto modo, había esperado que las cosas les saliesen mejor
desde el hallazgo de la gran espada llamada Espina. El poder y la magnificencia
de la hoja resultaban tan palpables que parecía imposible que no produjesen un
cambio en la lucha contra el rey Elías y su oscuro aliado. Pero quizá no fuera
suficiente la espada sola. Tal vez, lo anunciado por la poesía no su¬cediera
hasta que las tres espadas estuviesen juntas.
Simón gimió. Aún
peor... Posiblemente, la extraña poesía del li¬bro de Nisses no significase
nada. ¿No decía la gente que Nisses es¬taba loco? Ni siquiera Morgenes había
sabido lo que en realidad quería decir.
Cuando la escarcha
se pose en la campana de Claves
y las sombras
avancen por el camino,
cuando el agua se
ennegrezca en el pozo,
tendrán que
reaparecer tres espadas.
Cuando los
excavadores salgan de la tierra
y los hunën
desciendan de las alturas,
cuando la pesadilla
estropee el placentero sueño,
tendrán que
reaparecer tres espadas.
Para darle la
vuelta al aciago destino,
para aclarar las
espesas nieblas del tiempo,
si lo temprano
resiste al demasiado tarde,
tendrán que
reaparecer tres espadas...
En efecto, los
excavadores habían surgido de la tierra, pero el re¬cuerdo de esos individuos
de voz chillona no era grato. Desde la no¬che de su ataque contra el campamento
de Isgrimnur, cerca de la abadía de San Hoderund, Simón no había vuelto a
sentir la seguri-dad que antes le proporcionaba la sólida tierra bajo sus pies.
Era la única ventaja que ofrecía caminar por el duro y pedregoso suelo del
Sikkihoq.
En cuanto a la
mención de los gigantes, con la muerte de Haestan tan reciente, le parecía una
broma de mal gusto. Los monstruos ni siquiera habían necesitado descender de
las alturas, ya que Si¬món y sus amigos habían sido lo suficientemente
insensatos como para penetrar en su territorio de la montaña. Sin embargo, los
hunën sí que habían dejado sus elevados refugios, como Simón y todos sabían. El
y Miriamele —el mero recuerdo de la joven le pro¬dujo un súbito anhelo— se
habían enfrentado a uno en el bosque de Aldheorte, a sólo una semana de camino
de las puertas de Erchester.
El resto no tenía
mucho sentido para él, aunque nada parecía imposible. Simón ignoraba quién era
Claves, o dónde podía estar su campana. En cambio, parecía que no tardaría en
llegar la escarcha a todas partes. De cualquier modo, ¿qué tendrían que ver las
tres es¬padas con todo eso?
«Yo empuñé a Espina
—pensó, y por espacio de un instante vol¬vió a experimentar la fuerza que el
arma contenía—. En esos mo¬mentos fui un gran caballero, ¿no?»
Pero era mérito de
Espina, o... ¿simplemente se había despren¬dido él de sus temores? De hacer lo
mismo con una espada menos poderosa, ¿habría sido él menos valiente? Claro que
hubiese muerto, sin duda... Como Haestan, como An'nai, Morgenes, Grimmric... Mas,
¿qué significaba eso, al fin y al cabo? ¿No morían también los grandes héroes?
¿Acaso Camaris, verdadero dueño de Espina, no ha¬bía perdido la vida en los
enfurecidos mares?
Los pensamientos de
Simón vagaban. Sentíase deslizar de nuevo hacia el sueño. Y casi se dejó ir,
aunque sabía que faltaba poco para que Binabik o Sludig lo sacudieran para
despertarlo. La noche ante¬rior, ambos habían afirmado que él ya era un hombre,
o casi. En consecuencia, y por una vez, no quiso que lo despertaran el último,
como un niño al que se le permitiera dormir mientras los adultos hablaban entre
sí.
Abrió los ojos a la
luz, pues, y suspiró otra vez. Desprendiéndose de la capa, se quitó de la ropa
varias ramitas sueltas y numerosas ho¬jas de pino, y sacudió fuertemente la
prenda antes de ponérsela de nuevo. Poco dispuesto a separarse de sus pobres pertenencias
aun¬que fuese por poco rato, tomó el hato que le había servido de almo¬hada y
lo llevó consigo.
La mañana era
gélida, y en el aire revoloteaban algunos copos de nieve. Después de
desperezarse, Simón se acercó despacio al fuego, donde Binabik conversaba con
Sisqi. La pareja estaba sentada delante de las suaves y translúcidas llamas,
cogida de las manos. Espina se ha¬llaba apoyada en un tocón, cerca de ellos:
una hoja mate, que no refle¬jaba la luz. Vistos por detrás, los dos gnomos
parecían niños que hablasen muy en serio de un juego que pensaban jugar, o de
algún misterioso agujero que explorar, y Simón experimentó de pronto la
necesidad de protegerlos. Pero al momento, cuando comprendió que,
probablemente, consideraban la manera de mantener viva a su gente, si el
invierno no cedía, o lo que convenía hacer si se producía un nuevo encuentro
con los gigantes, la ilusión de Simón se redujo hasta desva¬necerse. No eran
niños y, de no ser por su valentía, él ya estaría muerto.
Binabik se volvió y
descubrió su presencia. El hombrecillo lo sa¬ludó con una sonrisa al mismo
tiempo que escuchaba muy atento las rápidas palabras en qanuc de Sisqi. Simón
murmuró algo y se in¬clinó para tomar el trozo de queso y el cacho de pan que
Binabik le señalaba; luego se sentó en una piedra próxima al fuego.
El sol, todavía
escondido detrás del Sikkihoq, no se veía. La gran sombra de la montaña cubría
el campamento, mientras que las cumbres de los macizos que se alzaban al oeste
resplandecían a la luz del sol naciente. El Yermo Blanco que se extendía a sus
pies estaba todavía sumido en la gris nebulosidad del amanecer. Simón dio un
bocado a su seco pan y lo masticó con la vista fija en la lejana línea del
bosque, al otro lado del erial, que parecía una franja de crema oscura en un
cubo de blanca leche.
Qantaqa, que había
permanecido echada al lado de Binabik, se levantó, estiró los miembros y, sin
hacer ruido, se encaminó hacia Simón. Tenía el hocico manchado de la sangre de
cualquier desdi¬chado animal que le había servido de desayuno, pero la loba se
lo limpiaba ahora con su larga lengua rosada. Se aproximó a Simón con toda
rapidez, tiesas las orejas, como si fuese a cumplir un man¬dado, mas al llegar
sólo permitió que el joven le rascara un poco la piel y se enroscó junto a él.
Simplemente había cambiado un lugar de descanso por otro. Y su volumen era tal
que, al apoyarse en la pierna de Simón, por poco lo hizo caerse del pétreo
asiento.
El chico terminó su
comida y abrió su fardo en busca de la bote¬lla de agua. Con ella salió un
embrollo azul, sujeto al cordón del que se colgaba el hato.
Era la bufanda que
Miriamele le había regalado, la que había lle¬vado alrededor del cuello cuando
subía a la montaña del dragón. Jiriki se la había quitado luego para cuidarle
las heridas, y la había guardado previsor entre las demás escasas pertenencias
de Simón. Ahora la tenía en las manos como un trozo de cielo y, al
contem¬plarla, casi se le saltaron las lágrimas. ¿Dónde se encontraría ahora
Miriamele? Geloë, con la que había tenido un breve contacto, no lo sabía. ¿Por
qué parte de Osten Ard andaría la princesa? ¿Se acorda-ría de él? Y, si lo
hacía, ¿cuáles serían sus pensamientos?
Probablemente se
diría: «¿Por qué le daría yo mi bonita bufanda a un sucio pinche de cocina?». Y
casi disfrutó el breve momento de autocompasión. Pero en realidad no era un
marmitón cualquiera sino, como decía Sludig, un pinche de cocina que atacaba a
drago¬nes y destruía gigantes, aunque en ese momento hubiese preferido no ser
más que un marmitón en una acogedora cocina de Hayholt.
Simón se ciñó al
cuello la bufanda de Miriamele e introdujo los extremos bajo el cuello de su
rasgada camisa. Bebió un sorbo de agua y después removió nuevamente el
contenido de su fardo, pero sin encontrar lo que buscaba. De pronto recordó que
lo había me¬tido en el bolsillo de su capa y tuvo un susto. ¿Cuándo aprendería
a ser más cuidadoso? ¡Se le podía haber caído cien veces! Pero respiró
tranquilo cuando notó su forma a través de la tela. Poco después sa¬caba el
objeto a la luz del día.
El espejo de Jiriki
estaba helado. Lo frotó contra la manga y lo alzó para mirarse en él. Tenía la
barba más espesa que la última vez. El rojizo pelo, casi castaño a la débil
claridad, empezaba a oscurecer la línea de su mandíbula, pero por encima de la barba
asomaba la misma nariz de siempre, y también los azules ojos eran los de antes.
Convertirse en un hombre no significaba más que ser un Simón un poco distinto,
lo que casi lo entristeció.
La barba escondía
prácticamente todas sus pecas, y eso, al me¬nos, era buena cosa. Salvo una o
dos manchas que se descubrió en la frente, se dijo que constituía una aceptable
aproximación a un hombre joven. Inclinó luego un poco el espejo con la intención
de observar mejor la blanca cicatriz de la quemadura producida por la sangre
del dragón y que penetraba bajo sus rojizos bucles. ¿Lo hacía parecer mayor?
¿Más varonil? Resultaba difícil decirlo. Pero los ca¬bellos le llegaban hasta
los hombros. Debía pedir a Sludig o a otro que se los cortara, como los
llevaban muchos de los caballeros del rey. Por otro lado, ¿para qué
preocuparse? Era de temer que todos acabaran muertos a manos de los gigantes, y
entonces poco impor¬taban los cabellos.
Se colocó el espejo
en el regazo y lo miró como si fuese un dimi¬nuto charco. Finalmente, el marco
empezaba a calentarse bajo sus dedos. ¿Qué le había dicho Jiriki? ¿Que el
espejo no sería más que una superficie bruñida mientras Simón no lo necesitara?
¡Eso era, sí! Jiriki había dicho que podría hablar con él... a través del
espejo! Pero ¿cómo? No lo comprendía del todo, aunque en aquel momento hu¬biese
querido llamar a Jiriki. La idea surgió espontánea, y le costó apar¬tarla de
sí. Llamaría a Jiriki y le diría que necesitaban ayuda, sí... El Rey de la
Tormenta era un enemigo al que los mortales solos no podían de-rrotar.
«Pero el Rey de la
Tormenta no está aquí —pensó Simón—, y Ji¬riki conoce todo lo que conviene
saber. ¿Qué podría decirle yo? ¿Que debe venir corriendo a través de las
montañas porque un pin¬che de cocina está asustado y desea volver a casa?»
El muchacho
contempló el espejo, recordando que una vez le había mostrado a Miriamele. La
princesa iba en un barco, asomada a la borda, y miraba el cielo gris y
nuboso...
Cuando luego volvió
a verse él, le pareció de pronto que podía admirar nuevamente aquel cielo
tétrico, y que por la superficie del espejo flotaban jirones de nubes que
oscurecían sus propias faccio¬nes. Tuvo la sensación de que lo envolvía la
niebla y no pudo sepa¬rarse ya de la imagen que tenía delante. La vio oscilar,
mareado, como si fuese a caer en aquel reflejo. Disminuyeron los sonidos
pro¬cedentes del campamento y cesaron del todo cuando la niebla se transformó
en una sólida e informe cortina gris que lo rodeaba por completo, cerrando el
paso a la luz...
La calina se
disolvió lentamente, como el vapor que escapa por debajo de la tapadera de un
pote, pero, al aclararse, Simón com¬probó que el rostro del espejo no era ya el
suyo, sino el de una mujer que lo miraba con ojos estrechos. Una hermosa mujer
que era, a la vez, vieja y joven. Y las líneas de su cara fluctuaban, como si
estu¬viera debajo de unas rizadas aguas. Sus cabellos relucían blancos bajo una
corona de flores semejantes a piedras preciosas. Su mirada quemaba como el oro
fundido, y los ojos eran brillantes y reflexivos como los de un gato. Simón
supo, de alguna manera, que aquella mujer era vieja, muy vieja, aunque poco
había en su rostro que reve¬lara la edad. Si acaso, una cierta tirantez en los
carrillos y en la boca, una extraña fragilidad de las facciones, como si la
piel estuviese pe¬gada a los huesos. Los ojos resultaban gloriosos de antigua
sabiduría y recuerdos aprisionados. Sus altos pómulos y la lisa frente le
confe¬rían el aspecto de una estatua.
«¿Una estatua...?»
Los pensamientos del joven eran confusos. No obstante, él recordaba haber visto
una estatua parecida a esa mujer... Había visto ese rostro en..., en...
—Contéstame— dijo
ella de repente—. Vengo a ti por segunda vez ¡No vuelvas a desoír mi llamada!
Te ruego que olvides los pasados agravios, por muy justificas que estuvieran.
Demasiado tiempo ha existido la mala voluntad entre nuestra casa y la de Ruyan
Vé. Ahora tenemos un enemigo común. ¡Necesito vuestra ayuda!
La voz resonaba
débil en su cabeza, como si llegase a él por un largo corredor, mas aun así
vibraba en ella algo dominante, como cuando le había hablado Valada Geloë, pero
quizá más profundo y suave, sin las asperezas de la hechicera, que al mismo
tiempo resul-taban confortadoras. Este ser era tan diferente de Geloë como ésta
lo era de Simón.
—No tengo la fuerza
que antes poseía—declaró la mujer—. Y la poca que me queda puede hacer falta
para combatir a las sombras del norte. Y tú, sin duda, conoces esas sombras.
¡Timukeda’ yei! Hijos del Jardín, ¡responde , por favor!
La voz de la mujer
se redujo a una débil imploración. Hubo un largo silencio, pero, si alguien dio
una respuesta. Simón no la oyó. De pronto, los ojos que diríanse hechos de
laminillas de oro se fija¬ron por primera vez en él, y aquella voz musical
adquirió enseguida un tono de sospecha y preocupación.
—¿Quién es? ¿Una
criatura mortal?
Simón, helado de la
impresión, no dijo nada. La cara del espejo lo miraba con fijeza y, de repente,
Simón notó que algo le llegaba a través de la niebla, una fuerza tan difusa
pero vigorosa como la del sol escondido detrás de las nubes.
—Dime… ¿Quién eres?
Simón trató de
responder, no porque quisiera, sino porque era imposible no hacerlo ante las
apremiantes palabras que retumbaban en su mente. Sin embargo, algo lo prevenía
contra ello.
—Caminas por
lugares que no te corresponden—dijo la voz—. No perteneces aquí. ¿Quién eres?
Simón quiso
resistirse, pero se dio cuenta de que algo le arran¬caba las respuestas, del
mismo modo que unos dedos agarrados a su garganta ahogarían sus palabras. El
rostro que tenía delante osciló cuando una pálida luz azul empezó a brillar a
través de él, deshilachando la imagen de la hermosa anciana. Una ola de frío
sacudió al muchacho, que tuvo la sensación de que todas sus vísceras se
con¬vertían en un negro hielo.
Ahora habló otra
voz, dura y cortante.
—¿Quién es? ¡Un
entrometido, Amerasu!
La primera faz no
se había retirado del todo. Un resplandor pla¬teado se deslizó hacia arriba
sobre las grises profundidades del es¬pejo. Apareció entonces un rostro de
brillo metálico, inmóvil y sin expresión. Simón había visto aquella cara en el
Camino de los Sue-ños y había sentido entonces el mismo horrible temor que
ahora. Conocía el nombre: era Utuk'ku, reina de las nornas. Y, por mucho que
intentase apartar la vista, no podía. Se hallaba inexplicable¬mente sujeto. Los
ojos de Utuk'ku eran invisibles en las negras pro-fundidades de la máscara. No
obstante, Simón sentía su mirada como un gélido aliento.
—El muchacho humano
es un entrometido— la oyó decir el, y cada pa¬labra sonaba afilada y fría como
un témpano—. Como lo eres tu, nieta. Y los entrometidos no prosperarán cuando
llegue el Rey de la Tormenta…
Lo que había en la
máscara de plata se rió. Simón sintió marti¬llazos de escarcha en su corazón.
Un frío venenoso empezaba a su¬birle inexorable por los dedos y las manos, para
seguir brazos arriba. Pronto alcanzaría su cara, como el mortal beso de unos labios
ar¬génteos y centelleantes de escarcha...
Simón dejó caer el
espejo y se desplomó sobre él. El suelo pare¬cía muy lejano, y el
derrumbamiento, interminable. Alguien grita¬ba. Él gritaba.
Sludig ayudó a
levantarse a Simón, que jadeaba mareado. Un momento después, sin embargo, se
sacudió de encima las manos del rimmerio. Se sentía inseguro, pero quería
mantenerse por sí mismo. Los gnomos se habían reunido a su alrededor y
murmuraban entre sí, evidentemente confusos.
—¿Qué te ha pasado?
—preguntó Binabik, abriéndose paso entre los compañeros—. ¿Estás herido?
Sisqi, siempre de
la mano de Binabik, contemplaba al extran¬jero de las tierras bajas como si
intentara descubrir su enfermedad en los ojos.
—He..., he visto
caras en el espejo de Jiriki —contestó Simón, presa de unos temblores
incontrolables.
Sisqi le entregó su
capa, que el muchacho asió agradecido.
—Una de ellas era
la de la reina de las nornas... Y creo que ella también me vio.
Binabik habló con
los demás jinetes de los moruecos, gesticu¬lando con las manos, y todos
regresaron junto al fuego. El rechon¬cho Snenneq agitó su lanza mirando al
cielo, como si quisiera vili¬pendiar a un enemigo.
Binabik observó
ceñudo a Simón.
—Explícamelo.
El muchacho refirió
todo lo ocurrido desde el momento en que alzó el espejo. Binabik oyó con gran
atención la descripción del pri¬mer rostro, pero una vez terminado el relato se
limitó a menear la cabeza.
—Conocemos
sobradamente a la reina de las nornas —gruñó—. Fueron sus cazadoras las que me
asaetaron en Da'ai Chikiza, y to¬davía no lo he olvidado. En cambio, no estoy
seguro con respecto a la otra cara. ¿Dices que Utuk’ku la llamó «nieta»?
—Eso creo. Y la
reina de las nornas también le dio otro nombre... La llamó... No lo recuerdo.
Algunos de los
detalles no permanecían tan seguros en su me¬moria, cuando tuvo que expresarlos
en voz alta.
—Debe de tratarse
de alguien de una de las casas reinantes, ya sean sitha o nornas. Si Jiriki
estuviera con nosotros, sabría en el acto quién era y lo que significaban sus
palabras. En tu opinión parecía discutir con alguien, ¿no?
—Eso me pareció,
sí. Pero, Binabik, Jiriki me había dicho que, ahora, el espejo no era más que
eso, ¡un espejo! Explicó que ya no había magia en él, salvo que yo deseara
llamarlo... Y no lo intenté. ¡Te lo aseguro!
—Procura conservar
la calma, Simón. No dudo de lo que me di¬ces. El propio Jiriki pudo estar
confundido respecto de los poderes del espejo... O también cabe la posibilidad
de que las cosas estén cambiando desde que Jiriki nos dejó. En cualquier caso,
conside¬ro mejor que dejes el espejo o, al menos, que no lo uses más. Sólo es
una sugerencia, porque desde luego puedes hacer lo que quieras con el regalo,
pero no olvides que puede significar un peligro para todos.
Simón miró el
espejo, que estaba boca abajo sobre la roca. Lo re¬cogió y limpió su superficie
sin poner la vista en ella, y luego se lo guardó en el bolsillo de la capa.
—No lo dejaré
—decidió—, porque es un regalo. Además podemos necesitar algún día a Jiriki —y
tocó el marco, que aún estaba ca¬liente—. Pero no lo utilizaré hasta ese
momento.
Binabik se encogió
de hombros.
—La determinación
es tuya. Ven junto al fuego y entra en calor. Mañana partiremos con el alba.
Después de haber
salido temprano, el andrajoso grupo alcanzó el lago del Lodo Azul a última hora
de la tarde del día siguiente. En¬marcado entre las colinas del pie del
Sikkihoq, el lago parecía un es¬pejo azul oscuro, tan liso como el que Simón
llevaba en el bolsillo, y era alimentado por dos cataratas que caían desde las
heladas alturas. El estruendo que producían era profundo y sonoro como la
respira¬ción de los dioses.
Cuando la partida
cruzó el último paso situado encima del lago y se hizo más intenso el rugido de
las aguas, los gnomos sujetaron las riendas de sus monturas. El viento se había
reducido, y el aire es¬taba lleno del vaho del aliento de los anímales y sus
jinetes. Simón vio el temor escrito en los rostros de los gnomos.
—¿Qué sucede?
—inquirió nervioso, esperando percibir en cual¬quier momento las horribles
voces de los gigantes.
—Me figuro que
esperaban que Binabik estuviese equivocado —dijo Sludig—. Quizá confiasen en
hallar escondida aquí la prima¬vera.
Simón no vio nada
anormal. Las protectoras colinas estaban cu¬biertas de nieve, y muchos de los
árboles que bordeaban el lago ha¬bían perdido sus hojas. Las siemprevivas
presentaban un abrigo blanco y parecían lanzas de algodón.
Muchos de los
gnomos se llevaron la mano al pecho, como si lo que tenían ante sus ojos
expresara los problemas de manera más elo¬cuente que todas las palabras de
Binabik o de su maestro Ookequk. Cuando espolearon a sus moruecos sendero
adelante, Simón y Slu¬dig echaron a andar de nuevo, siguiendo las huellas de
los animales en dirección al valle del lago. Del Sikkihoq les llegó una nueva
rá¬faga de nieve.
Acamparon en una
gran cueva de la orilla noroeste del lago, rodeada de gastadas veredas. El
macizo hoyo de piedra para el fuego, lleno casi hasta los bordes de ceniza
helada, era testimonio de las ge¬neraciones de gnomos que habían acampado allí.
Pronto ardió en la orilla un gran fuego, el mayor que habían hecho desde su
partida del Mintahoq. Al caer la noche y empezar a parpadear las estrellas, las
llamas arrojaron locas sombras sobre las rocosas laderas de las colinas.
Simón estaba
sentado cerca del fuego, engrasando sus botas, cuando Binabik lo encontró. A
ruegos del gnomo, dejó su tarea, co¬gió una tea de la fogata y siguió a Binabik
a la oscuridad. Caminaron por el borde del cerro cosa de un estadio, siguiendo
luego la orilla hasta otra caverna, cuya amplia boca quedaba casi escondida por
un grupo de abetos. Del interior salía un extraño sonido sibilante que llenó de
aprensión a Simón, pero Binabik sonrió y, haciéndole señas de que fuese detrás
de el, apartó con el bastón una rama baja. De este modo, el alto muchacho pudo
entrar sin que su antorcha se engan¬chara en los árboles.
La cueva olía
intensamente a animales, pero aquello resultaba familiar. Simón lenvantó la tea
para que la luz inundara los más apar¬tados rincones, y seis caballos lo
miraron relinchando nerviosos. El suelo de la caverna estaba lleno de hierba
seca.
—¡Qué bien!
—exclamó Binabik, acercándose a él—. Temía que los caballos hubiesen escapado,
o que el pasto no hiera suficiente.
—¿Son los nuestros?
—preguntó Simón.
El más próximo de
los nobles brutos resopló y dio un paso atrás. Simón dejó que le oliese la
mano.
—Supongo que así
es, ¿no? —agregó.
—¡Claro! —rió
Binabik—. Nosotros, los qanuc, no somos asesinos de caballos. Mi gente los dejó
aquí para su seguridad, cuando a to¬dos nos llevaron montaña arriba. También
conservamos este lugar para cuando los carneros dan a luz en época fría. En
adelante, Si¬món, no necesitarás andar más.
Después de
acariciar al mismo caballo, que sólo aceptó el gesto de mala gana pero no se
retiró, Simón descubrió a la yegua gris y ne¬gra que había montado desde
Naglimund. Avanzó hacia ella, sin¬tiendo no tener nada que ofrecerle.
—¡Toma! —le gritó
entonces Binabik.
Y Simón se volvió a
tiempo para recibir algo pequeño y duro que se desmigajó ligeramente cuando lo
tuvo en la mano.
—¡Sal! —dijo
Binabik—. La traje del Mintahoq. Tengo
una bola para cada caballo. A los carneros les gusta mucho, y supongo que
también a vuestras monturas.
Simón ofreció la
sal a la yegua gris y negra, que la tomó y lamió la mano del muchacho. El, por
su parte, le acarició el poderoso cue¬llo y lo notó temblar debajo de sus
dedos.
—No recuerdo su
nombre —murmuró, entristecido—. Haestan me lo dijo, pero lo olvide.
Binabik se encogió
de hombros y empezó a distribuir la sal entre los demás caballos.
—Me alegra verte de
nuevo —le susurró Simón a la yegua—. Te pondré otro nombre. ¿Qué te parecería
Hogareña?
Pero los nombres no
tenían mucha importancia para ella, por lo visto. Agitó la cola y oliscó los
bolsillos de Simón en busca de más sal.
Cuando Simón y
Binabik regresaron junto al fuego, el kangkang fluía que era un gusto y los
gnomos cantaban meciéndose de un lado a otro delante de la hoguera. Al
acercarse a ellos, Sisqi se separó del grupo, tomó a Binabik de la mano y apoyó
silenciosa la encapu¬chada cabeza en el hombro del amado. Desde una cierta
distancia, los gnomos parecían divertirse mucho, pero al llegar donde ellos
es¬taban, comprobó que su expresión no era precisamente de alegría.
—¿Por qué se los ve
tan tristes, Binabik?
—En el Mintahoq
tenemos el dicho de que «los lamentos son para casa» —explicó el hombrecillo—.
Si perdemos a uno de los nues¬tros durante el camino, lo enterramos allí pero
contenemos las lá¬grimas hasta que estamos a salvo en una de nuestras cuevas.
En el Sikkihoq murieron nueve...
—Dices que «los
lamentos son para casa», pero esta gente aún no ha vuelto a su hogar.
Binabik meneó la
cabeza y contestó a una queda pregunta de Sisqi antes de volver a dedicar su
atención a Simón.
—Estos cazadores y
pastores se preparan para recibir al resto del pueblo de Yiqanuc. La noticia
vuela de una montaña a otra: las tie¬rras altas no son lugar seguro, y la
primavera no llega. Podemos de¬cir que están en su hogar, amigo Simón.
El gnomo dio una
palmada en la mano a Simón y luego él y Sisqi regresaron al fuego para unirse
al coro. La hoguera lanzaba unas llamas muy altas, de forma que todo el valle
del lago resplan¬decía en una luz anaranjada. Los cantos fúnebres de los qanuc
reso¬naban por encima de las quietas aguas, predominando incluso so¬bre la
amarga voz del viento y el estruendo de las cascadas.
Simón fue en busca
de Sludig. Encontró al rimmerio enfun¬dado en su capa, a poca distancia del
fuego. Había tomado asiento en una roca y tenía entre las rodillas un odre
lleno de kangkang. Si¬món se acomodó a su lado y tomó un largo trago del
pellejo que el compañero le ofrecía, para abrir luego la boca en busca de aire
fresco. Al final se enjugó la boca con la manga y le devolvió el odre a Sludig.
—¿Te hable de
Skipphawen, Simón? —preguntó Sludig, de cara al fuego y a los bamboleantes
gnomos—. No sabrás lo que es la be¬lleza mientras no hayas visto a las
doncellas que recogen el muér¬dago del mástil de Sotfengsel, el barco enterrado
de Elvrit —añadió, y después de echar un trago volvió a pasarle el kangkang al
joven—. ¡Ay, dulce Dios! Confío en que Skali de Kaldskryke tenga al menos
suficiente orgullo rimmerio para cuidar de las tumbas de barcos de Skipphawen.
¡Así se pudra en los infiernos!
Simón tomó otros
dos largos sorbos del odre, aunque luego se volvió para que Sludig no viese sus
muecas. Le había prestado de¬masiada atención al odre.
—Lo es, sí. Un
hombre de corazón negro, traicionero hijo de un perro y una corneja. ¡Que se
pudra en los infiernos, repito! Hay un feudo de sangre en todo el mundo, estos
días.
Simón alzó la vista
al mismo tiempo que Sludig y descubrió una línea de oscuras nubes que avanzaba
desde el noroeste oscureciendo las estrellas en el horizonte. Por un momento
creyó ver la negra mano del Rey de la tormenta, extendida para suprimir la luz
y el calor. El muchacho tembló y se arrebujó más en su capa, pero el frío no se
iba. Sludig seguía mirando hacia arriba.
—Somos
insignificantes—dijo Simón entre dos tragos.
El kangkang parecía
fluir por sus venas como la sangre.
—También lo son las
estrellas, kundë-mannë—murmuró Sludig—. Pero cada una brilla todo lo que puede.
¡Bebe un poco más!
Más tarde —en
realidad, Simón no sabía exactamente cuánto rato había transcurrido, ni qué
había sido de Sludig—, Simón se en¬contró sentado en un tronco, junto al fuego,
con Sisqi a un lado y el barbudo pastor Snenneq al otro. Todos se cogían las
manos. El mu-chacho se dijo que debía estrechar de manera suave las pequeñas y
ásperas palmas dobladas en las suyas. A su alrededor, los gnomos se
balanceaban, y él se balanceaba con ellos. Cantaban, y, si bien él no entendía
las palabras, añadió su voz a las de los menudos amigos, atento a la animosa
gritería armada bajo el cielo nocturno, y el cora¬zón le latió en el pecho como
un tambor.
—¿Realmente hemos
de irnos hoy? —preguntó Simón, luchando por poner la silla en su sitio mientras
Sludig sujetaba la cincha.
La única antorcha
no esparcía mucha luz por la oscura cueva que servía de cuadra. Al otro lado de
la pared de abetos empezaba a clarear.
—Me parece una
buena idea —dijo Binabik con voz ahogada, ya que una faldilla de cuero le
cubría la cabeza mientras inspeccionaba las alforjas—. ¡Las piedras de Chukku!
¿Por qué no espero hasta que estemos fuera, donde sea claro? ¡Esto es como
buscar comadrejas blancas en medio de la nieve!
—A mí me hubiese
gustado descansar un día entero —gruñó Si¬món, que pese a todo el kangkang
bebido la noche anterior se en¬contraba relativamente bien, con excepción de un
débil martilleo en las sienes y una cierta flojedad en las articulaciones.
—¡Toma, y a mí! Y
también a Sludig, me figuro... —replicó el gnomo—. ¡Ah, Kikkasut! Aquí dentro
hay algo puntiagudo...
—¡Aguanta este
maldito trasto! —rugió Sludig cuando la silla de montar se le escapó de las
manos a Simón.
El caballo
relinchó, irritado, y dio un salto hacia un lado antes de que el muchacho
pudiese agarrar de nuevo la silla.
—Comprende
—continuó Binabik— que no sabemos cuánto tarda¬remos en cruzar el Yermo Blanco.
Si el invierno se extiende, cuanto antes lo hayamos atravesado, mejor. Puede
haber quien lleve noticias de nosotros a unos oídos poco amigos. Ignoramos
quién, de los caza¬dores, sobrevivió a lo de Urmsheim. Creo que vieron a
Espina.
Y dio unas palmadas
a la espada, ahora envuelta en cueros y su¬jeta a la parte posterior de la
silla de montar de Simón.
La alusión a Ingen
Jegger revolvió el estómago del muchacho, ya un poco molesto por el desayuno a
base de pescado seco. No le gus¬taba recordar al terrible cazador de la reina,
de yelmo en forma de ho¬cico regañante, que lo había perseguido como un fantasma
vengador.
«Dios mío —pensó
Simón—, ¡haz que esté muerto en la montaña del dragón! ¡No nos convienen más
enemigos, y menos todavía uno como él!»
—Supongo que tienes
razón —admitió en voz alta, despacio—, pero no me hace gracia la idea.
—¿Qué era lo que
solía decir Haestan? —intervino Sludig, ende¬rezándose—. ¿Sabes ahora lo que
significa ser soldado?
—Eso era lo que
solía decir, sí—sonrió Simón con tristeza.
Sisqinanamook y su
pueblo se reunieron alrededor de Simón y sus compañeros cuando se sacaron sus
caballos ya ensillados. Los hombres y las mujeres qanuc parecían aturdidos con
las ceremonias de la marcha y la fascinación que sobre ellos ejercían los caballos,
cuyas patas eran más largas que altos eran los pastores y las cazado¬ras.
Primero, los animales intentaban esquivar nerviosos a aquellos seres pequeños
que los acariciaban y daban golpecillos, pero los gnomos parecían haber
aprendido bastante a través de sus genera¬ciones de pastoreo. Los caballos no
tardaron en mostrarse mansos, lanzando penachos de aliento al gélido aire
mientras los qanuc los admiraban.
Por último, Sisqi
hizo una señal y luego dijo algo rápidamente en la lengua de los gnomos a Simón
y Sludig.
Binabik sonrió y
tradujo:
—Sisqinanamook se
despide de vosotros en nombre de los qanuc de Mintahoq y de nuestro Pastor y
nuestra Cazadora. Dice que el pueblo qanuc ha visto muchas cosas nuevas en los
últimos días y que, aunque el mundo cambia para mal, no todo es calamitoso.
Binabik hizo un
gesto hacia ella, y Sisqi prosiguió, ahora mi¬rando a Sludig.
—Adiós, rimmerio
—tradujo nuevamente el gnomo—. Eres el croohok más amable del que haya oído
hablar, y ya nadie de los aquí reunidos te teme. Di a tu Pastor y a tu Cazadora
—ella lanzó aquí una risita, quizás imaginándose que el duque Isgrimnur
correspondería a uno de esos títulos— que también los qanuc somos un pueblo
va¬liente, pero asimismo un pueblo justo, al que no le gusta guerrear sin
sentido.
—Lo haré—respondió
Sludig.
Entonces, Sisqi se
volvió hacia Simón.
—Y tú, Rizos
Nevados, no tengas miedo. Sisqinanamook expli¬cará a todos los qanuc que se
quedaron en el Mintahoq, y a los que sorprende la historia de tu lucha con el
dragón, el valor que ella misma tuvo ocasión de presenciar. Y otros de los que
están aquí, ha¬rán lo mismo.
Simón escuchó
atentamente la traducción de Binabik.
—Te ruega
—prosiguió el gnomo— que cuides bien de su prome¬tido, que soy yo, y emplees
toda tu valentía para mantenerlo a salvo. Esto es lo que Sisqinanamook te pide
en el nombre de una nueva amistad.
Simón estaba
emocionado.
—Dile tú —respondió
despacio— que protegeré a su prometido que también es mi amigo, hasta la muerte
y más allá.
Cuando Binabik
vertía la respuesta a su lengua, Sisqi miró a Si¬món con ojos penetrantes y
senos. Finalizada la traducción, la joven hizo una rígida y solemne inclinación
hacia los dos amigos. Simón y Sludig contestaron de la misma forma. Los demás
qanuc avanzaron empujándose unos a otros para tocar a los que se iban, como si
qui¬sieran enviar algo con ellos. Simón se vio rodeado de pequeñas ca¬bezas de
cabellos negros, y de nuevo tuvo que recordarse que los gnomos no eran niños,
sino hombres y mujeres mortales que ama¬ban y luchaban y morían tan valiente y
seriamente como cualquier caballero de Erkynlandia. Muchos dedos callosos
estrecharon su mano, y oyó muchas cosas que sonaban amables, en una lengua que
al no entendía.
Sisqi y Binabik se
habían separado de los otros para dirigirse a la cueva que servía de
dormitorio. Una vez allí, la joven gnomo se aga¬chó para entrar y volvió a
salir un momento más tarde con una larga lanza en las manos, de mango muy
trabajado.
—¡Ten! —dijo—.
Necesitarás esto allí donde vas, mi amado, y pa¬sarán más de nueve veces nueve
días antes de que regreses. Tómalo. Sé que volveremos a estar juntos, si los
dioses son benévolos.
—¡Y aunque no lo
sean! —contestó Binabik con un intento de sonrisa que fracasó, y después tomó
la lanza y la apoyó en la entrada de la cueva—. Cuando nos reunamos de nuevo,
espero que ya no nos amenace ninguna sombra. Te llevaré siempre en mi corazón,
Sisqi.
—Abrázame ahora
—dijo ella en voz baja, y ambos se estrecharon uno contra otro—. El lago del
Lodo Azul está muy frío, este año.
—Volveré... —musitó
Binabik.
—No hablemos más.
Tenemos poco tiempo. Se unieron sus rostros y desaparecieron bajo las capuchas
que se tocaban, y así permanecieron largo rato. Los dos temblaban.
Segunda Parte
El poder de la
tormenta
11
Los huesos de la
tierra
Se decía con
frecuencia que, de todos los países de Osten Ard habitados por el hombre, los secretos penetraban más en
Hernystir. No era que aquella tierra estuviese escondida como el legendario
Trollfells, situado más allá del glacial Yermo Blanco, o como el territorio de
los wran, rodeado de traidores pantanos. Los secretos guardados por Hernystir
estaban guardados en el corazón del pueblo, o debajo de sus soleadas praderas,
a gran profundidad dentro de la tierra.
De todos los
mortales, eran los hernystiros quienes un día ha¬bían conocido y querido más a
los sitha, aprendiendo mucho de ellos, si bien ahora sólo lo mencionaban en la
antiguas baladas. Asi¬mismo habían comerciado con los sitha y se llevaban a sus
herbosas tierras artículos de artesanía que ni los mejores artífices de la
impe¬rial Nabban eran capaces de producir. A cambio, los hernystiros ofrecían a
sus inmortales aliados los frutos de la tierra: malaquita negra como la noche,
ilenita y reluciente ópalo, zafiros, cinabrio y fino y centelleante oro, todo
ello cuidadosamente extraído de los miles de galerías que surcaban las montañas
de Grianspog.
Los sitha ya no
estaban; habían desaparecido totalmente de la tie¬rra, según creía la gente, a
quien poco le importaba, en realidad. Pero algunos de los hernystiros estaban
mejor enterados. Hacía siglos que la Bella Raza había huido de su castillo de
Asu’a, abandonando la úl¬tima de las Nueve Ciudades accesibles a los mortales.
Estos, en su ma-yoría, habían olvidado por completo a los sitha, y sólo los
recordaban a través del retorcido velo de las viejas historias. Entre los
hernystiros, por el contrario, que eran un pueblo generoso y, no obstante,
reser¬vado, aún había quien miraba los negros agujeros que acribillaban las
Grianspog y se acordaba...
A Eolair no le
gustaban especialmente las cuevas. Había pasado la niñez en los herbazales y
prados de la parte occidental de Hernystir, en la confluencia de los ríos
Inniscrich y Cuimhne, y más tarde había gobernado ese territorio como conde de
Nad Mullach. Más adelante, y al servicio del su rey Lluth ubh-Llythinn, había
recorrido todas las grandes ciudades y cortes de Osten Ard para exponer los
deseos de Hernystir a la luz de incontables lámparas y bajo los cielos de cada
nación.
En consecuencia —y
aunque nadie dudaba de su valentía, y su juramento al rey Lluth significaba que
seguiría a la hija de este, Maegwin, hasta los infiernos si fuera preciso—, no
le satisfacía un absoluto verse viviendo con su pueblo en las profundidades de
los enormes montes.
—¡Por lo dientes de
Bagba! —renegó Eolair.
Una gota de pez
ardiente había caído sobre su manga y le había quemado el brazo a través de la
delgada tela en los instantes que ha¬bía necesitado para apartarla de la piel.
La antorcha fluctuaba y no duraría ya mucho más. Eolair consideró la
posibilidad de encender la segunda, pero eso quería decir que era hora de
volver atrás, y él no estaba dispuesto a ello. Brevemente sopesó los riesgos de
quedarse sin luz en un desconocido túnel de las entrañas de la tierra, y soltó
una nueva imprecación, aunque en voz baja. De no haber sido por su estúpida
prisa, habría pensado en llevar consigo el pedernal. A Eolair le enojaba
cometer ese tipo de errores. Muchas equivocacio¬nes como aquélla, y se acabaría
su suerte.
Apagada la manga,
dedicó nuevamente su atención a la bifurca¬ción del túnel y escudriñó el suelo
con la vana esperanza de descu¬brir algo que lo ayudara a decidir qué dirección
debía tomar. Al no ver nada, emitió un exasperado sonido sibilante.
—¡Maegwin! —gritó,
oyendo cómo su voz resonaba en la oscuri¬dad y provocaba el eco en los
túneles—. ¿Dónde estáis, señora?
Los ecos murieron.
Eolair permaneció en silencio con su mori¬bunda antorcha, y se preguntó qué
debía hacer.
Resultaba
dolorosamente evidente que Maegwin conocía mu¬cho mejor que él aquel laberinto
subterráneo. Por consiguiente, quizá fuese innecesaria su preocupación. Era de
suponer que en esas profundidades no había osos ni otros animales; en caso
contrario, ya habrían aparecido. El maltrecho resto de los habitantes de
Hernysadharc había pasado ya dos semanas en las profundidades de la montaña,
construyendo un nuevo hogar, entre los huesos de la tie¬rra, para un pueblo que
había perdido el suyo. Pero allí había otras cosas que temer, aparte de
animales salvajes. Eolair no podía descar¬tar, así como así, la posibilidad de
nuevos peligros. Extrañas criaturas andaban por las cumbres, y se habían
producido misteriosas muertes y desapariciones por todo el país mucho antes de
que el ejercito de Skali de Kaldskryke llegara por orden del rey Elías para
sofocar la re¬belión de los hernystiros.
También podían
acechar otros peligros más prosaicos: por ejemplo, que Maegwin se fracturase
una pierna a consecuencia de una caída, o se ahogara en un río o lago
subterráneo... O que se fiara demasiado de su buen conocimiento de las galerías
y se perdiera, sin luz, hasta morir de hambre.
No tenía otra
solución que la de seguir adelante. Caminaría un trecho más, pero daría media
vuelta antes de que la antorcha estu¬viese medio consumida. De aquella manera,
cuando lo envolviese la oscuridad, tendría que estar al alcance de la voz de
los hernystiros en el exilio, ahora refugiados en su mayoría en las cuevas.
Eolair encendió la
segunda antorcha con los restos de la pri¬mera, y después utilizó el humeante y
ya casi apagado extremo de la anterior para hacer una marca en la pared, allí
donde se bifurcaban los túneles, con las runas de la firma de Nad Mullach. Tras
una breve vacilación, eligió la más ancha de las galerías y echó a andar.
Aquel túnel, como
el que acababa de dejar, había formado parte, en su día, de las minas que
cruzaban en todas las direcciones las Grianspog. A gran profundidad en el
interior de las montañas, la galería se abría paso entre la sólida roca. Por
espacio de unos instan¬tes, Eolair pensó en el ímprobo trabajo que habría
significado abrirla. Las vigas que la sostenían eran anchas como los troncos de
los árboles más grandes. Eolair no pudo dejar de admirar el meticu¬loso pero
heroico trabajo de los obreros ya desaparecidos —sus ante-pasados y los de
Maegwin—, que habían abierto aquellos caminos en la misma médula del mundo con
objeto de devolver a la luz del día cosas preciosas.
El viejo túnel
descendía, y la vacilante antorcha iluminaba unas paredes cubiertas de confusos
y extraños garrapatos. Hacía tiempo que las galerías estaban desiertas, mas en
ellas parecía haber cierto aire expectante, como si aguardaran el inminente
regreso de al-guien. El choque de las botas de Eolair contra la piedra era tan
so¬noro como pudieran serlo los latidos del corazón de un dios, de modo que el
conde de Nad Mullach tuvo que pensar en el Negro Cuamh, señor de las
profundidades. De repente, el dios de la tierra parecía muy real y muy cercano
en ese lugar donde el sol nunca ha¬bía llegado desde el comienzo de los
tiempos.
Al reducir el paso
para observar mejor los superficiales graba¬dos, Eolair descubrió de súbito que
muchas de aquellas curiosas for¬mas dibujadas en las paredes representaban
toscos sabuesos. Y en¬tonces lo entendió. El viejo Craobhan le había explicado,
en cierta ocasión, que los mineros de años atrás llamaban «perro de tierra» al
Negro Cuamh y le dejaban ofrendas en los más apartados túneles para asegurarse
así su protección contra el desprendimiento de ro¬cas o el aire tóxico.
Aquellos grabados significaban, pues, retratos de Cuamh rodeados de nombres de
mineros, todo ello para invocar el favor del dios. Otras ofrendas imploraban la
ayuda de los siervos de Cuamh, enanos cavadores y seres sobrenaturales de los
que se decía que concedían favores y proporcionaban ricas vetas de mineral a
al¬gunos obreros.
Eolair empuñó la
antorcha ya apagada y volvió a poner sus ini¬ciales debajo de un sabueso de
ojos redondos.
«¡Oh, Cuamh!
—pensó—. Si todavía vigilas estos túneles, haz que Maegwin y nuestro pueblo se
salven. ¡Estamos en un gran apuro!»
Maegwin... El
recuerdo de ese nombre le produjo desasosiego. ¿Acaso no tenía ella conciencia
de sus responsabilidades? Su padre y su hermano habían muerto. E Inahwen,
esposa del rey difunto, contaba pocos años más que la propia Maegwin y era
mucho menos capaz. La herencia de Lluth estaba en manos de la princesa, y...
¿que hacía ella ahora?
Eolair no había
hecho muchas objeciones a la idea de penetrar más en las cavernas. Durante el
verano, ni el frío ni los ejércitos de Skali les habían dado respiro, y las
vertientes de las Grianspog no eran lugar adecuado para resistir un asedio de
una u otra clase. Los hernystiros que habían sobrevivido a la guerra estaban
diseminados por las agrestes boscosidades de Hernystir y la Marca Helada, pero
gran parte de ellos se hallaba aquí, con lo que quedaba de la casa real. Y de
esto dependía que el reino siguiera existiendo o se hun-diese: era hora de
convertir el refugio en algo más permanente y de¬fendible.
Lo que había
preocupado a Eolair, era lo fascinada que Maeg¬win se mostraba ante las
profundidades de la tierra y la posibilidad de penetrar más y más en ellas.
Durante días enteros, mucho des¬pués de haber terminado el traslado de los
campamentos, Maegwin había estado errando de un lado a otro con un propósito
indetermi¬nado. A lo mejor desaparecía durante horas en remotas e inexplora¬das
cuevas para volver, a la hora de dormir, con la cara y las manos sucias y los
ojos llenos de una preocupación rayana en la locura. El viejo Craobhan y los
demás le pedían que no emprendiese tales ex¬cursiones, pero ella se mostraba
inflexible y contestaba, fríamente, que no tenían derecho a censurar lo que
hiciera la hija de Lluth. Si hacía falta para conducir a su pueblo en defensa
de su nuevo hogar, decía, o para atender a los heridos o tomar cualquier
decisión, esta¬ría a su disposición. Pero que el tiempo restante era suyo, y lo
utili¬zaría como creyese conveniente.
Intranquilo por su
seguridad, también Eolair quería saber adonde iba, advirtiéndole que no debía
caminar sola por las profun¬didades sin su compañía o la de otros. Maegwin,
inflexible, sólo ha¬blaba misteriosamente de la «ayuda de los dioses» y de los
«túneles que los llevarían de nuevo a los días de los Pacíficos», como si
qui¬siera darles a entender que personas de tan pocos alcances como el conde de
Nad Mullach no debían ocuparse de cosas que, de cual¬quier forma, no podían
entender.
Eolair creía que la
princesa estaba perdiendo la razón. Padecía por Maegwin y por su pueblo, pero
también por él. El conde había observado su lento declive. La herida mortal de
Lluth y el asesinato a traición de su hermano Gwythinn habían constituido un tre¬mendo
golpe para ella, pero su dolor estaba en una parte de su ser adonde Eolair no
llegaba, y sus continuos esfuerzos por ayudar a Maegwin parecían estropearlo
todo aún más. No comprendía por qué sus intentos de aliviar su pena la
molestaban tanto, si bien se daba cuenta de que la hija del rey temía más la
compasión que la muerte.
Incapaz de mitigar
su sufrimiento o el suyo propio al verla pade¬cer, lo menos que podía hacer
ahora era mantenerla con vida. Pero... ¿cómo le cabía ni siquiera esa
posibilidad, si la princesa no quería ser salvada?
Aquel día había
sido el peor de todos. Levantada antes de que el primer resplandor de la aurora
sangrara a través de la grieta del te¬cho de la caverna, Maegwin se había
provisto de antorchas, sogas y otras cosas preocupantes antes de desaparecer en
los túneles. A úl¬tima hora de la tarde aún no había regresado. Después de
cenar, Eolair —también cansado de rondar durante todo el día por los bos¬ques
de Circoille— decidió ir en su busca. Si no la encontraba pronto, volvería para
formar una patrulla de rescate.
Pasó casi una hora
siguiendo los serpenteantes túneles que des¬cendían montaña adentro, dejando
señales en las paredes mientras veía cómo se consumía su antorcha. Había
llegado más allá del punto en que hubiera podido pretender volver atrás con
luz. Se resistía a abandonar su empresa, pero si aguardaba demasiado se vería
perdido en aquellas catacumbas, y... ¿a quién beneficiaría con ello?
Por fin se detuvo
en un punto donde el camino daba a una cá¬mara toscamente trabajada, de la que
partían tres bocas de túnel en distintas direcciones. Eolair lanzó un reniego y
se dijo que ya había llegado el momento de dejar de hacer el tonto. Maegwin podía
ha¬llarse en cualquier parte; incluso, a lo mejor, había pasado por de¬lante de
ella sin verla. Tendría que regresar y soportar las chanzas de los demás, si es
que la princesa había vuelto una hora antes. Eolair sonrió con cierta amargura
y se sujetó la cola de caballo de negros cabellos, deshecha la trenza mientras
andaba. No le importaban de¬masiado las bromas. Más valía una pequeña
humillación que...
Una débil voz llegó
a la cámara de roca, el eco de una melodía tan fina como un viejo recuerdo.
…Su voz se repetía
a través de los bosques y montes,
donde dos corazones
latían como uno solo…
Eolair sintió
emoción. Se colocó en el centro de la pieza y se llevó las manos a la boca, en
forma de bocina.
—¡Maegwin! —gritó—.
¿Dónde estáis, señora? ¡Maegwin!
El eco retumbó en
las paredes. Cuando el estruendo cesó, el conde aguzó el oído a! máximo, mas no
obtuvo respuesta.
—¡Maegwin...! ¡Soy
Eolair...! —insistió.
De nuevo esperó a
que se callara el coro de voces. Esta vez, el si¬lencio fue roto por otra tenue
canción.
…Sus oscuros ojos
miraban al cielo;
sólo su reluciente
sangre le dio respuesta.
Rígida yacía su
cabeza, deshecha tenía la negra melena…
El conde movió la
cabeza de un lado a otro, decidiendo por fin que el canto parecía proceder de
la abertura izquierda. Agachó la ca¬beza para entrar y dio un grito de sorpresa
cuando por poco se pre¬cipita en la absoluta negrura. Se sujetó como pudo en las
ásperas pa¬redes y luego se agachó para recoger la antorcha que se le había
caído, pero, en aquel momento, la llama produjo un chirrido y se apagó. La mano
del hombre notó agua junto al mango de la antor¬cha, y un vacío detrás. Ante
sus cegados ojos danzaba lo último que había visto antes de quedar a oscuras:
una tosca escalera que bajaba abruptamente desde el empinado túnel: una
sucesión de peldaños que parecía conducir al mismo centro de la tierra.
Tinieblas...
Atrapado en una total oscuridad... Eolair compren¬dió que se iba a apoderar de
él el miedo, y se hizo fuerte. Aquélla ha¬bía sido la voz de Maegwin; de eso
estaba casi seguro. ¡Claro que lo era! ¿Quién, sino ella, cantaría antiguas
baladas hernystiras en las si¬mas de la creación?
Un leve e infantil
temor a algo que pudiera esconderse en la ne¬grura y atrajese a su presa
mediante voces familiares iba a dominar¬lo nuevamente. Pero... ¡por el ganado
de Bagba! ¿Qué clase de hom¬bre era?
Palpó las paredes
de ambos lados. Estaban húmedas. El primer escalón, que inspeccionó con los
dedos, arrodillado, formaba una concavidad en medio, y en él había agua. A una
razonable distancia, más abajo, estaba el segundo peldaño. Y tanteando con el
pie descu¬brió Eolair un tercero.
—¿Maegwin? —volvió
a llamar, pero ahora no percibió ningún canto.
Con toda
precaución, y llevando las manos en lo alto para poder agarrarse a las paredes,
el conde empezó a bajar por la rústica esca¬lera. El último destello de luz y
la pintura que ésta había iluminado habían desaparecido de su vista. Por mucho
que se esforzase, sólo pudo ver oscuridad. Y lo único que oía —aparte de sus
propias y sor¬das pisadas— era el sonido del agua que goteaba sin cesar de la
roca.
Después de
numerosos escalones bajados con gran cautela y lo que pudieron ser horas
enteras, la escalera terminó. Por lo que tan¬teaba con el pie, el suelo parecía
plano. Eolair dio un par de cuida¬dosos pasos, maldiciéndose a sí mismo por no
haber llevado con-sigo el pedernal. ¿Quién hubiese dicho que la breve busca de
la princesa se iba a convertir en una lucha por la vida? ¿Y a quién per¬tenecía
aquella voz que cantaba antes? ¿A Maegwin o a algún habi¬tante de las cavernas,
quizá menos amigo?
El túnel parecía
llano. Eolair avanzó despacio, siguiendo las vueltas de aquella galería con una
mano apoyada en la pared y la otra delante, palpando las tinieblas. Después de
unos cien pasos, el túnel hacía otra curva y, para inmenso alivio del hombre, allí
ya ha¬bía cierta claridad: un débil resplandor perfilaba el interior del
tú¬nel, y en la curva siguiente, a cosa de una docena de anas más allá, la
claridad era ya mayor.
Cuando dobló hacia
allá, Eolair fue sorprendido por un chorro de luz que entraba por una abertura
en la pared de la pétrea galería, que continuaba hasta torcer hacia la derecha
y volver a ser engullida por la oscuridad. Pero lo que le interesaba ahora era
el agujero. Aunque el recelo le aceleraba el corazón, el conde se puso de
rodillas y miró a tra¬vés de el; se levantó de manera tan brusca que su cabeza
rozó el techo. Momentos después introducía las piernas por el hueco y se dejaba
caer en el interior. Una vez que se encontró dentro dobló las rodillas para no
golpearse con violencia y, poco a poco, se puso de pie.
Se hallaba en una
amplia cueva cuyos estriados techos, adorna¬dos con espigas de roca, parecían
oscilar a la luz de dos vacilantes lámparas de aceite. En el apartado extremo
de la caverna había una gran puerta, el doble de alta que un hombre,
perfectamente adap-tada a la superficie de la piedra, tanto que se diría que la
puerta se había formado allí y que las poderosas bisagras estaban sujetas en la
misma roca. Sentada con la espalda apoyada en la puerta y en me¬dio de un
desorden de sogas y herramientas, estaba...
—¡Maegwin!—exclamó
Eolair, corriendo hacia ella a trompico¬nes, dada la desigualdad del suelo.
La cabeza de la
princesa descansaba sobre sus rodillas y no se movió.
—Maegwin, ¿es
que...?
Por fin alzó ella
la vista. Pero algo en sus ojos sorprendió al conde.
—Princesa...
—Dormía —contestó
ella y se pasó las manos por los oscuros ca¬bellos—. Dormía y soñaba...
Maegwin hizo una
pausa y miró al hombre. Tenía el rostro casi negro de suciedad, y en sus ojos
había una luz misteriosa.
—¿Quién...? —musitó
después—. Eolair... He tenido un sueño muy extraño... Vos me llamabais...
El avanzó y se
acuclilló junto a la mujer. Maegwin no parecía herida. Aun así, el conde palpó
cuidadosamente la cabeza de la princesa, para cerciorarse de que no había
sufrido daño.
—¿Qué hacéis aquí?
—preguntó ella, aunque no parecía impor¬tarle en exceso—. ¿Aquí, precisamente?
Eolair se inclinó
para poder verle bien la cara.
—Soy yo quien debe
formularos esta pregunta —dijo—. Vuestro pueblo está tremendamente preocupado.
Maegwin esbozó una
perezosa sonrisa.
—Sabía que lo
encontraría... —respondió la princesa—. Lo sabía...
—¿De qué habláis?
—gruñó Eolair, molesto—. Venid, es preciso que regresemos. ¡Gracias a los
dioses que tenéis lámparas! De otro modo, quedaríamos atrapados aquí dentro
para siempre.
—¿Queréis decir que
no trajisteis una antorcha? ¡Que loco de Eolair! Yo me traje muchas cosas,
porque sé que el camino de vuelta a las cuevas es muy largo —y señaló las cosas
esparcidas por el suelo—. Creo que también tengo pan... ¿Sentís hambre?
El conde se apoyó
en sus talones, desconcertado. ¿Era eso lo que sucedía cuando uno había perdido
irreparablemente la razón? la princesa parecía muy feliz en aquel agujero de
las entrañas de la tie¬rra. ¿Qué le pasaba?
—Os lo pregunto de
nuevo —dijo con toda la calma posible—. ¿Qué hacéis aquí?
Maegwin rió.
—Explorar. Al menos
de momento. Sabéis que es nuestra única esperanza. Me refiero a la conveniencia
de penetrar más en la mon¬taña. Si no tomamos esa precaución, el enemigo nos
encontrará.
Eolair lanzó un
sonido sibilante de exasperación.
—Ya cumplimos
vuestro deseo, princesa. La gente está en las cuevas, tal como vos ordenasteis.
Pero ahora se pregunta dónde se ha metido la hija del rey.
—Sabía, asimismo,
que descubriría esto —continuó ella, como si el conde no hubiese hablado, y su
voz se redujo a un susurro—. Los dio¬ses no nos han abandonado —añadió mirando
a su alrededor, como si temiera ser escuchada por alguien—, porque acaban de hablarme
en sueños. ¡Siguen protegiéndonos! Y también nuestros antiguos aliados, los
sitha... Y eso es lo que necesitamos, ¿verdad, Eolair? ¡Aliados! —ex¬clamó con
ojos brillantes—. Estuve cavilando sobre todo ello hasta devanarme los sesos,
pero ahora sé que estoy en lo cierto. Hernystir necesita ayuda en esta terrible
hora, y... ¿qué mejores aliados que los sitha, que ya estuvieron una vez a
nuestro lado? Todo el mundo cree que los Pacíficos desaparecieron de la tierra,
pero no es así. Estoy convencida de que, simplemente, buscaron lugares más
profundos.
—Eso ya es más de
lo que puedo admitir —declaró el conde, to¬mándola del brazo—. Es una locura,
señora, y me desgarra el cora¬zón veros así. Y ahora venid. Regresemos.
Maegwin se desasió
furiosa.
—¡Sois vos quien
dice locuras, conde! ¿Regresar? Cortar el ce¬rrojo me costó más horas de las
que podría contar. Incluso tuve que dormir un poco, cuando hube terminado, pero
ya está hecho... Está hecho, y entraré por la puerta. ¡No me habléis, pues, de
retroceder!
Eolair alzó la
vista y comprobó que la princesa decía la verdad. El pasador, grueso como la
muñeca de un hombre, había sido par¬tido. Un martillo y un escoplo eran
testimonios de ello.
—¿Qué es esta
puerta? —preguntó él, desconfiado—. Sin duda forma parte de las antiguas minas.
—Ya os lo dije
—replicó Maegwin con frialdad—. Es la puerta que da al pasado... La puerta que
conduce a los Pacíficos. ¡A los sitha!
Y, al mirar al
hombre, su férrea expresión pareció suavizarse y hasta enternecerse. Otra
emoción se abría paso hasta la superficie, reflejando confusión y anhelo en el
rostro de la joven. El conde de Nad Mullach sintió una honda e indefensa pena.
—¿Es que no os dais
cuenta, Eolair? —insistió ella, casi en tono de súplica—. ¡Podemos estar a
salvo! Ayudadme ahora... Ya sé que me tomáis por loca, Eolair, y por un
marimacho, pero vos amabais a mi padre. Os lo ruego: ¡ayudadme a abrir la
puerta!
Eolair no tuvo
valor para enfrentarse a su mirada. Apartó la vista para estudiar la gran
puerta mientras las lágrimas brotaban de sus ojos. ¡Infeliz muchacha! ¿Que era
lo que la atormentaba de tal forma? ¿La muerte del padre y de un hermano? Una
tragedia, sí, pero otras personas que habían sufrido la misma desgracia no
caían en tan penosas ideas. Era cierto que los sitha habían existido, y que en
sus tiempos eran tan reales como la lluvia o la piedra. Pero ha¬bían
transcurrido cinco largos siglos desde que a los hernystiros les llegara el
último rumor acerca de la supervivencia de ese pueblo. Y la idea de que, ahora,
los dioses condujesen a Maegwin a donde se hallaban los sitha, tanto tiempo
desaparecidos... El propio Eolair, con su respeto hacia lo desconocido, veía en
ello la confirmación de que la princesa había enloquecido.
Se limpió la cara
con la manga. El pétreo marco de la puerta es¬taba cubierto de extraños e
intrincados símbolos y minuciosos gra¬bados que representaban caras y figuras,
todo ello bastante gastado por el agua que goteaba constantemente. Desde luego
se trataba de una obra de una gran finura, muy superior a lo que habían
conse¬guido los más ambiciosos artífices hernystiros. ¿Qué habría sido ese
lugar? ¿Un templo de los más remotos tiempos, quizá? ¿Ha¬brían ofrecido aquí
misteriosos ritos al Negro Cuamh, lejos de los simples altares dedicados a
otros dioses y que salpicaban la faz de la tierra?
Eolair respiró
hondo y se preguntó si cometía un disparate.
—No quiero ver por
más tiempo cómo os martirizáis, princesa, ni tampoco deseo haceros regresar a
la fuerza. Os ayudaré a abrir la puerta —dijo despacio, sin atreverse a
comprobar la penosa expre¬sión de esperanza que asomaría sin duda a su cara—,
pero... ¿volve¬réis después conmigo?
—¡Haré lo que
queráis! —exclamó ella con el afán de una chiquilla—. ¡Os dejaré decidir a vos,
sí, porque sé que, cuando tengáis de¬lante el mundo donde todavía viven los
sitha, no tendréis ganas de regresar a ninguna de esas hollinientas grutas!
¡Si...!
—De acuerdo. Tengo
vuestra palabra, Maegwin. El conde se levantó y tiró con energía de la manija
de la puerta. Pero no se produjo el menor movimiento.
—Eolair... —dijo
ella con dulzura.
El lo intentó de
nuevo, con más fuerza aún, hasta hinchársele las venas del cuello, pero fue
inútil.
—Conde Eolair...
El hombre probó
otra vez, sin éxito, y entonces se volvió hacia la princesa.
—¿Qué?
Ella señaló la
puerta con un dedo de uña rota.
—Serré la pieza,
pero los trozos aún están dentro. ¿Los sacamos?
—Sería igual...
—empezó a decir él, y entonces miró la cerradura con más detención.
Parte del pasador
cortado había caído dentro de la cerradura y, en efecto, impedía abrir la
puerta. Eolair dio un vigoroso tirón, y las piezas cayeron tintineando al
húmedo suelo.
Esta vez, los
goznes respondieron al esfuerzo de Eolair con un chirrido de protesta. Maegwin
se acercó para sujetar el tirador con ambas manos, al lado de las del conde,
con lo que añadió su energía a la de él. Los goznes se quejaron de manera más
sonora. Al aumen¬tar la presión, Eolair observó distraídamente los músculos que
la jo¬ven tenía en sus antebrazos. Era una mujer robusta; en realidad, nunca
había sido débil ni retraída. Excepto con él, con quien fre¬cuentemente
contenía su afilada lengua.
En su tensión, el
conde se llenó el pecho de aire y no pudo dejar de notar el aroma de Maegwin.
Sudorosa y cubierta de polvo, la princesa no podía oler como una perfumada dama
de la corte de Nabban. Sin embargo, emanaba de ella un olor natural, caliente y
vivo que no resultaba nada desagradable. Eolair se quitó de la ca¬beza tales
pensamientos y redobló sus esfuerzos, sin apartar la vista del rostro de
Maegwin a medida que el ruido de los goznes iba en aumento hasta llegar a un
chirrido. La puerta empezó a abrirse. Un centímetro, primero. Luego varios
centímetros más, y después cosa de un palmo, sin dejar de chirriar. Cuando por
fin tuvieron ante sí un codo de negrura, hicieron un alto para respirar
apoyados en la pesada madera.
Maegwin se agachó
para coger una lámpara, y se introdujo por la abertura mientras Eolair todavía
jadeaba.
—¡Princesa! —dijo
sin aliento, y luego entró detrás de ella—. ¡Espe¬rad! El aire puede ser malo.
Pero ya al hablar
se dio cuenta de que no era peligroso, aunque si un poco pesado.
—Sólo es que...
—comenzó, pero se detuvo junto al hombro de Maegwin, cuya lámpara iluminaba lo
que tenían delante.
—¡Os lo había
dicho! —exclamó la princesa con emoción—. ¡Aquí es donde viven nuestros amigos!
—¡Bryonoch de los
cielos...! —murmuró Eolair, pasmado.
Ante ellos se
extendía una gran ciudad que ocupaba el fondo de un amplio cañón. Se detuvieron
en el borde de éste y miraron hacia abajo. La vasta extensión de edificios
parecía arrancada directa¬mente del corazón de la montaña, como si toda la
ciudad fuese una sola cosa, una inmensa pieza de piedra viva. Cada ventana y
cada puerta estaba abierta en la firme roca, cada torre esculpida en pilares de
piedra preexistente, pilares que superaban con mucho el techo de la caverna.
Pese a sus dimensiones, la ciudad parecía sorprenden¬temente cercana, como si
en realidad se tratara sólo de una minia¬tura creada para engañar a la vista.
Desde donde ellos estaban, que era el extremo superior de una amplia escalinata
que descendía en forma de caracol hacia el cañón, se diría que casi con sólo
extender la mano habrían de poder tocar los abovedados tejados.
—¡La ciudad de los
Pacíficos! —exclamó Maegwin, feliz.
Si de veras era una
población sitha, se dijo Eolair, entonces sus habitantes tenían que haber
decidido pasar sus años de decadencia a la luz del sol, porque aquel alarde de
construcción en piedra estaba vacío o, por lo menos, eso parecía. Perturbado
por el descubri¬miento de tan misterioso lugar, el conde se encontró deseando
fer¬vientemente que, en efecto, estuviese tan desierto como aparentaba.
La pequeña celda
estaba fría. El duque de Isgrimnur soltó un re¬soplido de desesperación a la
vez que se frotaba las manos.
«Valdría más que la
Madre Iglesia utilizara unas cuantas de las dichosas ofrendas que recibe para
calentar un poco su más esplén¬dida casa —pensó—. Los tapices y los candelabros
de oro son muy bo¬nitos, pero... ¿quien puede admirarlos cuando se pela de frío?»
Había permanecido
varias horas en la sala común, la noche an¬terior, sentado en silencio delante
del gran hogar mientras escu¬chaba las historias de otros monjes viajeros,
llegados en su mayoría al Sancellan Aedonitis para solucionar algún asunto con
el organismo electoral. Si le dirigían preguntas, aunque amistosas, Isgrimnur
res¬pondía de forma concisa e incluso infrecuente, ya que tenia muy claro que
allí —entre otros del mismo gremio, por así decirlo— el pe¬ligro de que se
descubriera su disfraz era máximo.
Ahora, en espera de
que la campana de Clavean llamase a la ora¬ción matutina, sentía la tentación
de volver a la sala común. El riesgo a que se exponía era grande, pero... ¿de
qué otro modo podría obtener las noticias que tanto necesitaba?
«¿Por qué no
hablaría más claro ese endemoniado del conde Stréawe? ¿Por qué me hizo pasar
por Ansis Pelippe, sólo para de¬cirme que Miriamele se encontraba en el
Sancellan Aedonitis? ¿Y cómo estaba enterado? ¿Y por qué me lo explicó a mí
quien sólo sabía que buscaba información sobre dos monjes, uno viejo y otro muy
joven?»
Isgrimnur consideró
brevemente la posibilidad de que Stréawe conociera su identidad y, lo que era
todavía peor, que el conde le hubiese hecho iniciar expresamente una loca caza,
cuando Miriamele no se hallaba para nada en las proximidades del palacio del
lec¬tor. Pero... de ser así, ¿por qué tenía que hablarle personalmente el
soberano de Perdruin? Habían permanecido juntos el conde y el duque disfrazado
de monje, bebiendo vino en el gabinete del pri¬mero. ¿Sabía entonces Stréawe
quién era el? ¿Qué ganaba el conde enviando a Isgrimnur al Sancellan Aedonitis?
Al duque llegó a
dolerle la cabeza de tanto pensar en el posible juego de Stréawe. ¿Y qué otra
elección tenía, por otra parte, sino la de aceptar como buena la palabra del
señor de Perdruin? En ese mo¬mento había llegado a un callejón sin salida,
recorriendo inútil¬mente los pasajes y angostillos de la ciudad en busca de la
princesa acompañada por el monje Cadrach. Aquí estaba pues ahora, un monje
mendicante que recibía un poco de caridad en el seno de la Madre Iglesia,
confiando en que Stréawe tuviese razón.
Isgrimnur golpeó el
suelo con los pies. Las suelas de sus bolas es¬taban ya muy gastadas, y el frío
del húmedo suelo de piedra parecía penetrar hasta las plantas de sus pies. Era
absurdo permanecer es¬condido en esa celda. De nada le serviría en sus averiguaciones.
Era preciso que se uniera al enjambre que llenaba el Sancellan. Además, si
estaba demasiado rato solo, se le aparecían los rostros de su esposa Gutrun y
de sus hijos, lo que lo sumía en la desesperación y en una impotente ira.
Recordó la alegría con que Isorn había regresado de su cautiverio, reventando
de orgullo por las angustias superadas.
¿Viviría para poder
reunirse de nuevo con todos ellos? ¡Ojalá lo qui¬siera Dios! Era toda su
esperanza, aunque ésta parecía tan débil como una telaraña que, manoseada
innecesariamente, se rompería sin remedio.
En cualquier caso,
sin embargo, la esperanza solo no constituía suficiente alimento para un
caballero, incluso para quien, como el duque, había dejado atrás sus mejores
días. Tenía también un deber que cumplir. Caído Naglimund y desperdigado el
pueblo de Isgrimnur por Dios sabía dónde, el único deber a cumplir era ahora
con Miriamele, así como con Josua, que lo había enviado en su busca. En
realidad agradecía que le quedase algo que hacer.
Isgrimnur se
hallaba en el corredor frotándose el mentón. Gra¬cias a Jesuris, la cerdosa
barba que empezaba a crecerle no se veía de¬masiado. Aquella mañana no había
podido tomar la determinación de afeitarse. El agua de la jofaina estaba casi
helada y, después de va¬rias semanas de viajar vestido de monje, aún no se
había avenido a pasarse cada día por la cara la cortante navaja. Desde su
primer año de hombre había llevado barba, y ahora la echaba de menos tanto como
si le faltase una mano o un pie.
Se preguntaba el
duque la dirección que debía tomar para volver a la sala común —y al intenso
fuego— cuando notó una mano en el brazo. Se volvió en el acto, asustado, y se
vio rodeado por tres mon¬jes. El que lo había tocado, un anciano de labio
leporino, sonrió.
—¿No os vi anoche
en la sala, hermano? —preguntó en una esme¬rada lengua westerling, aunque con
marcado acento nabbaneo—. Acabáis de llegar del norte, ¿no? Venid con nosotros
a almorzar. ¿No tenéis hambre?
Isgrimnur se
encogió de hombros e hizo un gesto afirmativo.
—¡Bien! —dijo el
viejo, dándole una palmada en el brazo—. Soy el hermano Septes, y éstos son
Rovalles y Neylin, de mi mismo orden. ¿Venís con nosotros, pues?
—Gracias —sonrió
Isgrimnur, sin saber si existía entre los monjes alguna fórmula de cortesía que
sólo conociesen los iniciados—. Dios os bendiga —agregó.
—Y a vos —contestó
Septes, a la vez que conducía a Isgrimnur pa¬sillo arriba.
Los otros dos
monjes, más jóvenes, los siguieron conversando en voz baja.
—¿Habéis visto ya
la capilla de Elysia? —preguntó ahora Septes.
—No. Llegué anoche
—añadió.
—Es hermosa. ¡Muy
hermosa! Nuestra abadía está cerca del lago Myrme, al este, pero yo procuro
venir una vez al año, y siempre traigo conmigo a algunos de los jóvenes, para
que vean la maravilla que Dios construyó aquí para nosotros.
Caminaron en
silencio durante un rato, y a ellos se unían otros monjes y sacerdotes que
convergían en el corredor principal proce¬dentes de los pasillos laterales,
mezclándose entre sí como un banco de peces que una corriente arrastrara hacia
el refectorio.
La migración en
masa redujo el paso al alcanzar las grandes puertas de la pieza. Cuando
Isgrimnur y sus nuevos compañeros se hubieron unido a la muchedumbre, Septes
formuló una pregunta al duque. El clamor de voces impidió que Isgrimnur la
oyera, de modo que el anciano se puso de puntillas para repetírsela a la oreja.
—Preguntaba cómo
andan las cosas en el norte —dijo Septes, casi a gritos—. Cuentan cosas
terribles... Que hay hambre, lobos feroces y espantosos temporales...
Isgrimnur le dio la
razón.
—Sí; todo va muy
mal —respondió.
Mientras hablaba,
él y los demás fueron empujados a través de la puerta como un tapón de botella
disparado y se vieron metidos casi a presión en el comedor. El Fragor de la
conversación parecía su¬ficiente para sacudir las vigas del techo.
—Creía que era
costumbre callar durante las comidas —gritó Is¬grimnur.
Los jóvenes
seguidores de Septes, igual que el duque, miraban boquiabiertos las líneas de
mesas que se extendían de un extremo al otro del gran refectorio. Había quizás
una docena de hileras, y cada mesa de cada hilera estaba repleta de encorvadas
espaldas de hom¬bres vestidos de hábito. Sus cabezas tonsuradas formaban una
pro¬fusión de manchas rosadas, que hicieron pensar a Isgrimnur en las uñas de
un ogro de cien manos. Todos los hombres parecían enzar¬zados en una viva
conversación con sus compañeros de mesa, y al¬gunos empuñaban sus cucharas para
llamar la atención. El ruido era tan intenso como el océano que bañaba a
Nabban.
Septes rió, aunque
el sonido que produjo se hundió en el es¬truendo.
—En nuestra abadía
reina el silencio, como en muchas otras..., lo que sin duda sucede en vuestros
monasterios de Rimmersgardia, ¿no? Pero aquí, en el Sancellan Aedonitis, están
quienes se ocupan de los asuntos de Dios, y tienen que hablar y escuchar como
comer¬ciantes.
—¿Especulando sobre
el precio de las almas? —replicó Isgrimnur con una sonrisa agria, pero el viejo
no lo oyó.
—Si preferís el
silencio —recomendó Septes—, debéis bajar a los archivos. Allá, los sacerdotes
permanecen silenciosos como tumbas, y cualquier murmullo suena como un trueno.
¡Venid! Nos darán pan y sopa, allí donde está aquella puerta, y luego podréis
expli-carme con más detalle lo que ocurre en el norte, ¿verdad?
Isgrimnur trató de
no fijarse en el viejo cuando comía, pero era difícil. A causa de su labio
leporino, a Septes se le caía la sopa cons¬tantemente, y pronto le resbaló un
arroyuelo por la parte delantera de su sotana.
—Lo siento —musitó
el sacerdote al final, mientras mascujaba una corteza de pan, ya que no parecía
tener muchos dientes—. Por cierto, no os pregunté vuestro nombre. ¿Cómo os
llamáis?
—Isbeorn —contestó
el duque.
Era el nombre de su
padre y, además, bastante común.
—¿Isbeorn? Ah,
bien... Yo soy Septes. Pero ya os lo dije, ¿no? Habladnos más de lo que pasa en
el norte. Es otra razón por la que vine a Nabban..., porque a nosotros, los de
las tierras de los lagos, no nos llegan noticias.
Isgrimnur le contó
algo de lo sucedido al norte de la Marca He¬lada, de las mortales tormentas y
los malos tiempos. Dominando su amargura, explicó también la usurpación de su
propio poder en Elvritshalla por parte de Skali de Kaldskryke, y la devastación
y los asesinatos familiares...
—Oímos decir que el
duque de Isgrimnur había traicionado al Supremo Rey—comentó Septes, recogiendo
los restos de la sopa con una corteza de pan—. Según unos viajeros, Elías
descubrió que el duque estaba de acuerdo con Josua, el hermano del rey, para
arreba-tarle el trono.
—¡Eso es mentira!
—protestó Isgrimnur, golpeando la mesa con tal fuerza que por poco vuelca el
cuenco de sopa del joven Neylin.
Muchas cabezas se
volvieron hacia él.
Septes levantó una
ceja.
—Perdonad —dijo—,
ya que sólo repetimos rumores que corren por ahí. Quizás haya tocado un tema
delicado... ¿Acaso era Isgrim¬nur el patrón de vuestra orden?
—El duque es hombre
honesto —respondió el caballero disfra¬zado de monje, maldiciéndose al mismo
tiempo por haberse dejado arrastrar—. Me molesta que lo calumnien.
—Es lógico —asintió
Septes con tanta suavidad como pudo en medio del general alboroto—. Pero
también oímos otras cosas referentes al norte, y muy escalofriantes por cierto.
Cuéntale tú lo que te explicó aquel hombre, Rovalles...
El joven monje
empezó a hablar, pero tuvo un acceso de tos al atragantarse con un trozo de
pan. Neylin, el otro acólito, le dio gol¬pes en la espalda hasta que el
compañero recobró el aliento, y conti¬nuó haciéndolo aun cuando éste ya se
había recobrado, tal vez por la excitación que le producía estar por vez
primera en Nabban.
—Era un hombre al
que encontramos cuando veníamos —prosi¬guió Rovalles al fin, cuando a Neylin le
hubieron llamado la aten¬ción—. Procede de Hewenshire o de otro sitio de nombre
parecido, allá en Erkynlandia.
Rovalles no se
expresaba tan bien en la lengua del oeste como Septes. Necesitaba detenerse a
pensar, antes de elegir las palabras.
—Dijo —prosiguió—
que, como el asedio de Elías no lograba de¬rribar el castillo de Josua, el
Supremo Rey hizo surgir unos demo¬nios blancos de la tierra y, por arte de
magia, matar a todos sus ocu¬pantes. Juró que era así, y que lo había visto con
sus propios ojos.
Septes, que trataba
de limpiarse el hábito mientras Rovalles ha¬blaba, se inclinó hacia adelante.
—Sin duda sabéis
tan bien como yo lo llena de supersticiones que está la gente, ¿no, Isbeorn? Si
la historia hubiese sido explicada sólo por ese hombre, lo tomaría por loco y
basta. Pero también aquí en Sancellan se murmura... Muchos afirman que Elías trafica
con demonios y espíritus del mal.
Septes tocó la mano
de Isgrimnur con sus encorvados dedos, y el duque contuvo el imperioso deseo de
retirarla.
—Tenéis que haber
oído hablar del fin del asedio —agregó—, aun¬que digáis que dejasteis el norte
antes de que terminara. ¿Qué ver¬dad se esconde detrás de todas esas historias?
Isgrimnur miró
fijamente al viejo monje durante unos momen¬tos, preguntándose si detrás de sus
palabras había algo más. Por úl¬timo suspiró. Era un amable viejo con un labio
leporino. Sólo eso. Corrían unos tiempos alarmantes. ¿Por qué Septes no podía
tratar de obtener información de alguien procedente del foco de los ru¬mores?
—Estoy enterado de
poco más que vos —contestó al fin—, pero lo que sí puedo aseguraros es que el
diablo anda suelto y ocurren cosas que las personas religiosas preferirían
ignorar..., mas no por eso de¬jan de suceder.
Septes volvió a
levantar una ceja ante el lenguaje empleado por Isgrimnur, pero no lo
interrumpió. Y el duque continuó, apasio¬nado con el tema:
—Podríamos decir
que se forman bandos, y que los que parecen mejores resultan ser luego los que
engañan. No puedo indicaros más que eso. No deis crédito a todo lo que oigáis,
aunque tampoco hay que emplear la palabra «superstición» a la ligera...
Guardó silencio al
darse cuenta de que se adentraba en un te¬rreno peligroso. Poco más era lo que
podía decir sin atraer la aten¬ción como una fuente que justificaba los
comadreos que sin duda alguna volaban de un lado a otro por el Sancellan
Aedonitis. No de¬bía exponerse a destacar demasiado mientras no supiera que,
real¬mente, Miriamele estaba allí.
Sin embargo, las
pocas cosas dichas parecían satisfacer a Septes. El anciano se inclinó hacia
atrás, sin dejar de frotarse inútilmente la mancha de sopa, ya casi seca.
—Ya, ya... —dijo en
voz suficientemente alta para que se lo oyera a pesar del barullo—. ¡Ay de
nosotros! Oímos sobradas historias es¬pantosas para no tomar en serio lo que
vos decís. Muy en serio... Pero ahora ¡gracias por compartir nuestro almuerzo,
Isbeorn! —agregó al mismo tiempo que, con un gesto, pedía al acólito más
próximo que lo ayudara a ponerse de pie—. Dios sea con vos. Espero que podamos
hablar más esta noche, en la sala común. ¿Cuánto tiempo estaréis aquí?
—Aún no lo se con
certeza —dijo Isgrimnur—. ¡Gracias también a vos!
El viejo y sus dos
acompañantes desaparecieron entre la riada de monjes que se retiraban, dejando
al duque con sus cavilaciones. Un poco más tarde, éste se dio por vencido y
abandonó asimismo la mesa.
«Aquí ni siquiera
percibo mis pensamientos», se dijo, abrién¬dose camino, malhumorado, hacia la
puerta.
Su corpulencia le
permitió avanzar con bastante rapidez.
«Bien —continuó
para sí mismo—; ya puse yo mi parte, pero no he progresado nada en la busca de
la pobre Miriamele. ¿Cómo puedo averiguar dónde está? ¿Preguntando a cualquiera
si la desapa¬recida hija de Elías se encuentra en el palacio? ¡Ah, si además viaja
disfrazada de chico! Mejor. Quizá me baste con entablar conversa¬ción para
averiguar, con disimulo, si algún monje muy joven ha sido visto últimamente en
el Sancellan Aedonitis...»
Isgrimnur lanzó un
bufido de amargura al ver la cantidad de há¬bitos que pasaban en un remolino
por su lado.
«¡Elysia, madre de
Díos! Quisiera que Eolair estuviese conmigo. ¡A ese dichoso hernystiro le
gustan estas cosas! Sin duda sabría seguirle la pista a la princesa, con su
astucia... Yo, en cambio, ¿que hago aquí?»
El duque de
Elvritshalla se frotó los dedos contra la mejilla, tan extrañamente lisa para
él. Y de pronto, para su propia sorpresa, se echó a reír ante su simpleza sin
remedio.
Algunos sacerdotes
que pasaban por allí se retiraron hacia los la¬dos, dejando en medio a aquel
monje norteño de abultada barriga, que sin duda era presa de un arrebato
religioso. Isgrimnur se rió a carcajadas hasta que las lágrimas resbalaron por
su escocido y ro¬sado rostro.
El tiempo
tempestuoso pesaba sobre el pantano como una manta húmeda y asfixiante. Tiamak
notó el afán que la tormenta tenía por dominarlo todo; su punzante aliento le
ponía de punta el pelo de los brazos. ¡Qué no daría por que la tempestad
estallara por fin y cayese un poco de refrescante lluvia! La idea de unas gotas
es¬trellándose contra su cara y doblando las hojas de mangle parecía un sueño
de la más benévola magia.
Tiamak suspiró al
sacar el palo del agua y ponerlo a través de los bancos de su bote de fondo
plano. Luego se estiró para tratar, aun¬que sin éxito, de desentumecer los
músculos de la espalda. Llevaba tres días impeliéndose con el palo y, además,
la preocupación de lo que debía hacer casi le había impedido conciliar el sueño
durante las noches. Si se dirigía a Kwanitupul y permanecía allí,
¿traiciona¬ría a los de su tribu? ¿Comprendería ellos que tenía una deuda con
los de las tierras secas, o al menos con algunos de ellos?
No se harían cargo.
Tiamak frunció el entrecejo y agarró su odre de agua; se enjuagó generosamente
la boca antes de beber. Siempre lo habían considerado un extraño. Y, si ahora
no iba a Nabban para defender la causa de su pueblo ante el duque Benigaris, sería
sim¬plemente un extraño traidor. Eso significaría el fin respecto de los
mayores de la Arboleda del Pueblo.
Se quitó de la
cabeza el pañuelo y lo mojó en el agua antes de volver a cubrirse lo cabellos
con el. El líquido maravillosamente fresco le resbaló por la cara y el cuello.
Las relucientes aves de larga cola que estaban posadas en las ramas
interrumpieron por un mo¬mento sus chillidos cuando un ruido sordo retumbó por
encima del pantano. El corazón de Tiamak latió más aprisa.
—El Que Siempre
Camina Sobre Arena, ¡haz que se desencadene pronto la tormenta!
Su bote había
empezado a perder velocidad al dejar Tiamak de impulsarse con el palo. La popa
se puso a girar gradualmente hacia el centro de la corriente, de modo que él
quedó de cara a la orilla o, mejor dicho, a lo que habría sido la orilla si se
hubiera tratado de un río normal. Pero allá en el Wran era sólo una maraña de
apiñados mangles cuyas raíces se aferraban a la arena, justamente la precisa
para que la colonia de árboles pudiera crecer y prosperar. Tiamak emitió un
sonido de resignación y volvió a introducir el palo en el agua, enderezando la
barca para encaminarla a través de un espeso grupo de lirios que se agarraban
al casco como los dedos de desespe¬rados náufragos.
Lo separaban aún
unos cuantos días de Kwanitupul, y eso si la tormenta que él tanto esperaba no
traía consigo fuertes vientos que podrían arrancar de cuajo unos cuantos
árboles y convertir aquella parte del Wran en una intransitable fragosidad de
raíces y troncos y ramas rotas.
—El Que Siempre
Camina Sobre Arena —concluyó Tiamak su oración—, ¡te suplico que hagas venir
pronto una refrescante tor¬menta, pero que sea suave...!
Al hombre le pesaba
terriblemente el corazón. ¿Cómo podía elegir entre dos posibilidades tan
tremendas? Claro que también podía llegar a Kwanitupul antes de decidir si
permanecía allí, de acuerdo con los deseos de Morgenes, o seguía hasta Nabban,
como Mogahib el Viejo y el resto le habían ordenado. Tiamak trató de ha¬llar
consuelo en esa idea, pero a la vez se preguntó si tal modo de pensar no era,
en realidad, permitir que una herida se enconara, cuando lo que debía hacer era
apretar los dientes y limpiarla para que pudiese iniciarse la curación.
Tiamak pensó en su
madre, que había pasado la mayor parte de su vida de rodillas, atendiendo el
fuego del hogar y moliendo grano en el mortero. Para ella, el trabajo comenzaba
cada día cuando to¬davía era oscuro y no terminaba hasta que, ya entrada la noche,
era hora de acostarse en la hamaca. A él no le infundían mucho respeto los
jefes del pueblo, pero de repente tuvo miedo de que el espíritu de su madre lo
estuviera vigilando. Ella nunca comprendería que su hijo volviese la espalda a
los suyos por consideración a unos extra¬ños. Sin duda querría que fuese a
Nabban, y diría que en primer lu¬gar había que servir al propio pueblo, y que
sólo después cabría pensar en el honor personal.
El recuerdo de la
madre se lo hizo ver claro: ante todo era un wran. Nada cambiaría eso. Tenía
que dirigirse a Nabban. El viejo y amable Morgenes comprendería sus razones. Y
después, una vez cumplido su deber respecto de los suyos, regresaría a
Kwanitupul, tal como le habían pedido sus amigos de las tierras secas.
Tal decisión libró
a Tiamak de buena parte del peso que llevaba sobre sus espaldas. Y resolvió
hacer pronto un alto y buscar algo que comer. Se agachó para tocar su aparejo
de pesca, sujeto a la popa. Se notaba ligero, y Tiamak comprobó con disgusto
que de nuevo ha¬bía desaparecido el cebo. Y quien hubiese almorzado a sus
expensas ni siquiera había esperado para ofrecerle sus respetos. Al menos, el
anzuelo seguí allí. Porque esos ganchos metálicos resultaban suma¬mente caros.
Para obtener ése había trabajado un día entero como intérprete en el mercado de
Kwanitupul. Al mes siguiente había en¬contrado en el mismo mercado el pergamino
que llevaba el nombre de Nisses, y había tenido que pagar por él el equivalente
a dos jorna¬das de trabajo. Dos adquisiciones caras, pero el anzuelo había
de¬mostrado ser mucho más resistente que los que él hacía de hueso, que solían
romperse al primer tirón. En cuanto al pergamino de Nisses —y apoyó una
protectora mano en la bolsa encerada que tenía a sus pies—, si no estaba equivocado
acerca de sus orígenes, se tra¬taba de un tesoro para el que no había precio.
¡No era mal resultado para dos días de mercado!
Tiamak recogió el
sedal, enrollándolo con cuidado, y a conti¬nuación acercó el bote a la orilla
cubierta de mangles. Avanzaba des¬pacio, buscando un lugar donde las enredadas
raíces dieran paso a un breve espacio de empapado cieno donde abundaran las oscilan¬tes
cañas. Arrimando la barca cuanto pudo a la orilla del agua, ex¬trajo su
cuchillo del cinturón y lo hundió en el mojado suelo hasta encontrar, por fin,
algunos huevos de mosca azul. Envolvió aquellas cosas brillantes en su pañuelo
y dejó sólo uno para cebo. Hecho esto, arrojó nuevamente el sedal al agua para
que siguiera al bote. Cuando después volvió al centro de la corriente, en la
lejanía re¬tumbó un trueno. Parecía más distante que el último. Tiamak me¬neó
la cabeza, triste. Aquella tempestad parecía no darse ninguna prisa.
Estaba ya avanzada
la tarde cuando salió del espeso bosque de mangles y se vio otra vez a la libre
luz del sol. Allí, la vía fluvial era más ancha y profunda. Un verdadero mar de
juncos se inclinaba ha¬cia el horizonte, casi inmóvil bajo el opresivo calor y
cruzado en dis-tintas direcciones por otras fulgurantes corrientes. Las
amenazado¬ras nubes agrisaban el cielo, pero el sol brillaba detrás de ellas, y
Tiamak no pudo por menos que sentir alivio. Un ibis levantó vuelo batiendo
lentamente las alas, y luego se posó a poca distancia sobre los juncos.
Al sur, detrás de
kilómetros de marisma y bosque pantanoso, se alzaba la oscura línea de la
cordillera Nascadu. Y al oeste, aunque invisible tras la interminable llanura
cubierta de espadañas y man¬gles, quedaba el mar.
Tiamak conducía su
barca distraído, pensando ahora en una co¬rrección que había decidido llevar a
cabo en su gran obra, una revi¬sión de Remedios soberanos de los curanderos de
wran. De pronto se ha¬bía dado cuenta de que la forma de la espadaña podía tener
algo que ver con su empleo como afrodisíaco por los hombres de las Praderas
Thrithing, y pensó en redactar una nota explicativa que, con delica¬deza,
sugiriese tal conexión sin dárselas de demasiado sabio. En ese mismo instante
sintió una extraña vibración en la espalda. Se volvió en el acto y vio que el
sedal estaba tenso, zumbando casi como la tensa cuerda de un laúd.
Al principio,
Tiamak tuvo la impresión de que el anzuelo se ha¬bría enganchado en alguna
parte, puesto que el fuerte tirón había transmitido parte de su trepidación a
la popa de la barca, sin em¬bargo, cuando se asomó creyó ver algo gris plateado
que subía bre-vemente hacia la superficie, coleando, para descender otra vez a
las fangosas profundidades. ¡Un pez! ¡Y tan largo como su propio brazo! El
hombre dio un pequeño grito de alegría y atrajo hacia sí el sedal. Aquello
plateado pareció saltarle encima, pero entonces apa¬reció encima del agua, por
espacio de un segundo, una pálida y re¬luciente aleta para volver a desaparecer
debajo de la embarcación, con lo que el sedal quedó tenso de nuevo. Tiamak
trató de alzarlo y cedió un poco, pero no lo suficiente. Por lo visto se
trataba de un pez con gran fuerza. Un súbito chasquido del sedal y la idea de
ver cómo se desvanecía la posibilidad de comer durante dos días llena¬ron de
angustia el corazón de Tiamak. Redujo la tensión del hilo. De esta forma lo más
seguro es que el pez se cansara, y más tarde po-dría sacarlo con tranquilidad.
Mientras tanto buscaría un lugar donde encender un fuego. Envolvería el pescado
en hojas de minog, y seguramente crecería por allí alguna hierba para
sazonarlo... En su mente ya saboreaba el manjar... El calor, la recalcitrante
tormenta, su traición a Morgenes (como él todavía lo veía) y todo lo demás se
disipó ante la idea del banquete. Comprobó de nuevo la tensión del sedal y
sonrió satisfecho al confirmar lo tirante que seguía. ¡Hacía semanas que no
comía pescado fresco!
Un intenso chapaleo
lo arrancó de sus sueños. Tiamak levantó la vista para encontrarse con que, a
un par de tiros de piedra, el agua se movía revuelta junto a la orilla. Allí
había otra cosa. En efecto, al momento distinguió una hilera de pequeños bultos
—semejantes a unas islas diminutas— que se deslizaban suavemente por el agua,
ca¬mino de su barca.
¡Un cocodrilo!
Tiamak se desalentó. ¡Se despidió de la rica co¬mida! Tiró del hilo con más
fuerza que nunca, pero el pez seguía de¬bajo del bote, resistiéndose
furiosamente. El sedal le quemó las pal¬mas de las manos al luchar en vano por
sacar el pez del agua. El cocodrilo era una oscura mancha, debajo mismo de la
superficie, y al mover la poderosa cola enviaba círculos a través de la quieta
co¬rriente. Su áspera espalda asomó durante breves momentos, a cosa de cien
codos de donde Tiamak estaba, para desaparecer luego... ¡en dirección a su pez!
No había tiempo que
perder. Si esperaba un momento más, se quedaría sin la comida y sin los arreos
de pesca. Tiamak sintió que una rabia tremenda le encogía el vacío estómago y
una abrazadera de dolor le ceñía las sienes. Si su madre hubiese vivido para verlo
en ese momento, apenas habría reconocido a su tímido y desmañado hijo. Y, de
presenciar lo que hizo después habría corrido entre tam¬baleos al altar de La
Que Dio A Luz A La Humanidad, situado en la pared posterior de la choza
familiar, para luego caer desmayada o muerta.
Tiamak se sujetó a
la muñeca el cordel atado al puño de su cu¬chillo y saltó por la popa del bote.
Murmurando airado algo con¬fuso, apenas tomó aire y cerró la boca antes de que
las verdes y tur¬bias aguas se cerraran encima de su cabeza.
Se sacudió y abrió
los ojos. La luz del sol se filtraba a través de la corriente, deslizándose
entre penachos a la deriva como si fueran nubes. Tiamak se atrevió a mirar la
rectangular oscuridad que era el fondo de su barca y comprobó que allí pendía
una forma reluciente. Pese al tremendo miedo, que le hacía latir el corazón a
la desespe¬rada, experimentó un instante de satisfacción ante el tamaño del
ale¬targado pez que había en el extremo del sedal. ¡Hasta su padre, Tugumak,
habría tenido que admitir que se trataba de una espléndida captura!
Cuando se lanzó
hacia arriba, dispuesto a agarrar su presa, aque¬llo brillante salió disparado
a lo largo del fondo del bote y se perdió de vista al otro lado. El hilo se
pegó al casco de madera y el wran tiró frenéticamente de él, pero ahora ceñía
de tal modo la barca que sus dedos no encontraron agarro. Tiamak tosió
ligeramente, llevado por el nerviosismo, y envió danzantes burbujas a la
superficie. ¡te¬nía que darse prisa! ¡Una prisa terrible! El cocodrilo podía
atacarlo de un momento a otro.
En el acuoso
silencio de sus oídos palpitaba su corazón. Los de¬dos, entorpecidos, no
conseguían agarrar el sedal. El pez seguía lejos de su vista y de su alcance,
como si de forma perversa hubiese decidido que no quería sufrir solo. El pánico
paralizaba al hombre. Al final, éste se rindió y, de un empujón, se apartó del
casco, patale¬ando para ponerse derecho. El pez estaba perdido. Ahora tenía que
salvarse él.
¡Demasiado tarde!
Una oscura forma se
deslizó por su lado y, doblándose hacia arriba, entró en la sombra que formaba
la barca y salió de ella. El co¬codrilo no parecía ser de los más grandes, pero
sí ciertamente el ma¬yor que él había visto desde abajo. Su blanco vientre pasó
por en¬cima de él, y la cola, como una raya en disminución, lo abofeteó con su
estela.
El aire presionaba
los pulmones del hombre, ansioso de escapar y llenar de burbujas las sucias
aguas. Tiamak agitó las piernas y se volvió. Tenía la sensación de que los ojos
se le saltarían de las órbi¬tas. Y la forma de saeta despuntada del cocodrilo nadaba
hacia él. Con las mandíbulas abiertas. Tiamak vislumbró una oscuridad de
sombras rojizas y una infinidad de dientes. Dio media vuelta, al¬zando el
brazo, y vio el movimiento angustiosamente lento de su cuchillo al atravesar la
pared de agua. El reptil le golpeó las costillas, rozándole el costado con la
córnea piel cuando él trataba de escapar. El cuchillo había mordido ligeramente
el lado del animal, pene¬trando por unos momentos en su tremenda armadura antes
de salir despedido. Una débil nube negruzca siguió al cocodrilo cuando éste
continuó nadando y de nuevo empezó a dar vueltas alrededor de la barca.
Parecía que los
pulmones de Tiamak se hubiesen hecho desme¬suradamente grandes dentro de su
caja torácica y le apretaban las costillas. Ante los ojos del hombre empezaron
a danzar manchas ne¬gras. ¿Por qué había sido tan tonto? ¡No quería morir de
semejante forma, ahogado y devorado!
Cuando intentaba
abrirse paso hasta la superficie, notó que una espantosa presión le aplastaba
la pierna. Y al instante se vio arras¬trado hacia abajo. El cuchillo se le
escapó de la mano, y sus brazos y piernas se agitaron locamente mientras la
fiera tiraba de él hacia el fondo del río. Un regüeldo de burbujas escapó de
sus labios. Los ros¬tros de los mayores de su tribu, Mogahib y Roahog el
Alfarero y otros, parecían pesar sobre su vista, cada vez más borrosa, con una
expresión llena de cansado enojo ante su idiotez.
El cordón del
cuchillo pendía aún de su muñeca. Mientras aquel monstruo lo hundía, Tiamak
luchó por encontrar la empuña¬dura. Sus manos la cogieron, por fin, e hizo
acopio de fuerzas. Se¬guidamente se inclinó hacia lo que lo arrastraba al fondo
y vio las duras y horribles mandíbulas que tenían sujeta su pierna. Con una
mano buscó entonces los torcidos dientes, y con la otra apoyó la hoja en el
córneo párpado del cocodrilo y lo hundió en él. La cabeza se sacudió entre sus
manos cuando el reptil se contrajo y clavó toda¬vía más los dientes en la
pierna de Tiamak, con lo que el dolor le llegó a éste al corazón. Otro racimo
de preciosas burbujas partió de la boca del hombre, que empujó su cuchillo todo
lo que pudo, pese a que su mente era ya sólo una negra confusión de caras y
pala¬bras sin sentido. Cuando hizo girar el arma en el paroxismo de do¬lor, el
cocodrilo lo soltó. Tiamak tiró entonces desesperadamente de su maxilar
superior, hasta conseguir liberar su pierna antes de que la horrible boca
volviera a cerrarse. El agua se enturbiaba ahora de sangre. Tiamak no sentía
nada, de rodilla para abajo, ni tampoco encima, como no fuera el espantoso
dolor de sus pulmones, a punto de estallar. En alguna parte debajo de él, el
cocodrilo se revolcaba formando oscuros nudos en el fondo del río, al mismo
tiempo que nadaba en círculos cada vez más estrechos. Tiamak trató de subir
agarrándose a la nada, camino del añorado sol. Sentía que su chispa vital se
apagaba... Tuvo que pasar por muchas oscuridades, antes de asomar de nuevo a la
luz.
El astro diurno se
asomaba al cielo pese a las grises nubes. Las espadañas permanecían inmóviles y
silenciosas a lo largo de la ori¬lla. Tiamak aspiró con toda su alma el
caliente aire de las marismas, abriéndole su cuerpo entero, para casi volver a
hundirse cuando inundó sus pulmones cual río que rompiera un dique y cubriera
un agostado campo. Luces de todos los colores danzaron ante sus ojos hasta
darle la impresión de que había descubierto un secreto fi¬nal... Segundos
después, al ver balancearse su barca en las todavía inquietas aguas, a poca
distancia de él, aquella sensación se eva¬poró. El hombre notó que una mareante
y agotadora negrura ser¬penteaba por su espina dorsal en dirección al cerebro.
Curiosa¬mente, el cuerpo no le dolía, como si sólo fuese una cabeza que flotara
sobre las aguas; con unas cuantas penosas brazadas alcanzó el costado de la
embarcación y se agarró a él, respirando fatigosa¬mente mientras hacía acopio
de energías y, con un tremendo es¬fuerzo, logró verse a salvo en el interior del
bote. Que se hubiera arañado la mejilla contra el banco de bogar, no le
preocupaba en absoluto... Y entonces lo envolvió la oscuridad, y cayó sin
sentido al fondo de la barca.
Despertó para ver
un cielo rojo como la sangre. Un tórrido viento soplaba a través de los
pantanos. El fuego parecía arder tam¬bién dentro de su cabeza, caliente como un
cazo recién retirado del horno. Con unos dedos que, de tan torpes, parecían
trozos de ma-dera, asió un pantalón de recambio que tenía en un rincón del bote
y se lo ató fuertemente al espantoso despojo que era su pantorrilla, incapaz de
pensar en los sangrientos surcos que le descendían desde la rodilla hasta el
pie. Luchando contra el desvanecimiento que nuevamente estaba a punto de
apoderarse de él, Tiamak se pre¬guntó en su semiinconsciencia si podría volver
a andar. Se arrastró aún hasta el borde de la barca y tiró del sedal que seguía
colgando y se perdía en las verdes profundidades. Con sus últimas fuerzas, el
hombre consiguió subir a bordo el plateado pez y dejó que resbalara al interior
de la panza de la barca, junto adonde él se hallaba. El pez tenía los ojos
abiertos y también la boca, como si intentara formular una pregunta a la Muerte.
Al fin, Tiamak se
dejó caer de espaldas con la vista fija en el cielo, ahora de color violeta. En
alguna parte hubo un estallido se¬guido de un retumbo, y una ráfaga de gotas de
lluvia humedeció su febril piel. Tiamak esbozó una sonrisa antes de caer una
vez más en la oscuridad.
Isgrimnur se
levantó del banco y, acercándose al fuego, se co¬locó de espaldas a él. No
tardaría en acostarse. Por consiguiente, le interesaba absorber todo el calor
posible antes de regresar a su di¬chosa celda, donde se le helaba el trasero.
Escuchó el sordo
rumor de la conversación que llenaba la sala común, fijándose en la curiosa
diversidad de acentos y lenguajes. El Sancellan Aedonitis era como un pequeño
mundo aparte, incluso más que Hayholt, pero, por variado que resultara el
parloteo du-rante toda la velada, el duque no había avanzado ni un ápice en la
resolución de sus problemas.
Había pasado toda
la mañana y la tarde recorriendo las casi in¬terminables estancias, atento a
cualquier sospechosa pareja de mon¬jes o a alguna otra cosa que pudiese
facilitar su tarea. No obstante, su busca había resultado infructuosa. Sólo
servía para recordarle la importancia y el poder de la Madre Iglesia. Se sentía
tan frustrado ante su incapacidad de descubrir si Miriamele estaba allí o no,
que al caer la tarde había abandonado el Sancellan Aedonitis para cenar en una
posada situada camino abajo, y luego había paseado tran-quilamente por el
Recinto de las Fuentes, algo que no había hecho desde muchos años atrás, cuando
había visitado los manantiales con Gutrun poco antes de su enlace, al acudir a
Nabban en la pere¬grinación nupcial que era tradición en la familia ducal. El
centelle¬ante juego de las aguas y su incesante música lo habían llenado de una
agradable melancolía. Aunque la añoranza y la preocupación eran profundas, por
primera vez en largas semanas había podido pensar en su esposa sin que lo desgarrara
el dolor. ¡Gutrun tenía que estar a salvo, y también Isorn! Quería creerlo, ya
que... ¿qué otra cosa podía hacer? El resto de la familia, su otro hijo y las
dos hijas, se hallaban en las seguras manos del anciano Tonnrud, señor de
Skoggey. En ocasiones, cuando todo era incierto, un hombre necesitaba confiar
en la bondad de Dios.
Después de su
paseo, Isgrimnur había vuelto al Sancellan, más tranquilo y dispuesto a
emprender de nuevo su misión. Sus compa¬ñeros del almuerzo se retiraron al cabo
de un rato, ya que, según la explicación del viejo Septes, ellos mantenían el
horario de la gente del campo. Isgrimnur continuó escuchando las conversaciones
de los otros, pero sin obtener ningún provecho de ello.
Gran parte de los
comentarios, aunque expresados en términos cautelosos, parecían referirse a si
el lector Ranessin daría su visto bueno a la sucesión de Benigaris en el trono
ducal de Nabban. No era que lo que dijese Ranessin pudiera arrancar del trono las
asenta-deras de Benigaris, pero hacía tiempo que la Madre Iglesia y los
Benidrivine habían conseguido un delicado equilibrio tocante al go¬bierno de
Nabban. Era mucha la preocupación por que el lector cometiera algo irreflexivo,
como denunciar a Benigaris basándose en los rumores de que el nuevo duque había
traicionado a su padre o, al menos, no lo había defendido debidamente en la
batalla de Naglimund, pero la mayoría de los sacerdotes nabbanos —los forma¬dos
en el Sancellan— se apresuraba a afirmar ante sus hermanos en Jesuris que
Ranessin era un hombre honorable y diplomático. Esta¬ban todos convencidos de
que el lector haría siempre lo que de¬biera.
El duque Isgrimnur
levantó un poco el borde de su hábito, en un intento de que le penetrara un
poco el calor debajo de las ropas. ¡Con tal que la honorabilidad y la
diplomacia del lector lograran re¬solver los problemas de todos...!
«¡Claro! ¡Ya lo
tengo! ¡Malditos sean mis ignorantes ojos por no haberlo visto antes! —se dijo
Isgrimnur, golpeándose el muslo con fuerza, a la vez que se reía contento—.
¡Hablaré con el lector! Piense él lo que sea, mi secreto estará en buenas
manos. Y también el de Miriamele. Si alguien tiene manera de encontrar a la
princesa sin levantar polvareda, ése es Su Santidad!»
El duque
experimentó un gran alivio, después que se le presentó esta solución.
Nuevamente de cara al Fuego, se frotó las manos un par de veces y, por fin,
cruzó el pulido suelo de madera para aban¬donar la sala común.
Le llamó la
atención un pequeño grupo situado junto a una de las puertas en forma de arco.
Varios monjes estaban en el umbral, mientras que otros habían salido al amplio
balcón, por el que en¬traba un aire frío. Muchos de los ocupantes de la sala
común protes-taron o, renunciando a imponer sus deseos, se aproximaron más al
fuego.
Isgrimnur se
encaminó entonces hacia el grupo, con las manos en sus voluminosas mangas y
miró por encima de un monje que es¬taba en última fila.
—¿Qué pasa?
—inquirió.
Y enseguida vio un
par de docenas de hombres formando un cordón en el patio inferior, la mitad de
ellos a caballo. No parecía tratarse de nada extraordinario, porque las figuras
se movían con calma, sin ninguna prisa. Los de a pie eran, al parecer, guardias
del Sancellan que daban la bienvenida a alguien.
—Llega el consejero
del Supremo Rey —contestó el monje que te¬nía delante—, Pryrates. Tiempo atrás
estuvo aquí, en el Sancellan Aedonitis, según tengo entendido... Dicen que es
muy listo.
Isgrimnur apretó
los dientes, conteniendo una exclamación de rabia y sorpresa. Sintió que un
ardiente soplo de furia se movía en su interior y se puso de puntillas para ver
algo. En efecto, allí aso¬maba la pequeña y calva cabeza del sacerdote,
bamboleante encima de una capa escarlata que, a la luz de las antorchas del
patio, parecía anaranjada. El duque se descubrió preguntándose cómo podría
acercarse lo suficiente para hundirle un cuchillo en el cuerpo al sola¬pado
traidor. ¡Eso si que sería estupendo...!
«Pero —cambió
inmediatamente de parecer— ;de qué serviría, aparte de suprimir a Pryrates?
Porque eso no me ayudaría a encon¬trar a Miriamele, y en ningún caso podría yo
escapar, una vez cometido el asesinato. Sin contar además con lo que ocurriría
de morir Pryrates, que quizá lleve una protección mágica...»
No; no lo haría.
Pero, si conseguía ser recibido por el lector, le llenaría las orejas respecto
de lo que era ese endemoniado bastardo de sacerdote vestido de rojo, y de los
infernales consejos que le daba al Supremo Rey. ¿Qué diantre hacía Pryrates en
el Sancellan Aedonitis, además?
Isgrimnur decidió
acostarse, aunque por su cabeza navegaban mil pensamientos atroces.
Veinte codos más
abajo, Pryrates alzó la vista hacia el balcón de la sala común como si alguien
hubiese pronunciado su nombre. Sus negros ojos brillaban con atención, y la
paliducha calva relucía como una saeta venenosa entre las sombras del patio.
Los especta-dores de la sala común, separados por la distancia y la oscuridad,
no pudieron observar la sonrisa que cruzó su flaco rostro, pero sí nota¬ron el
súbito soplo de aire helado que barrió el Sancellan Aedonitis, hinchando las
capas de los guardias. A los monjes del balcón se les puso carne de gallina, de
modo que se retiraron rápidamente a la pieza y cerraron la puerta tras de sí
antes de correr de nuevo junto al fuego.
12
El vuelo del pájaro
Simón y sus
compañeros dejaron atrás a la gente de Binabik y cabalgaron en dirección
sudeste a lo largo de la base del Trollfells, ciñéndose a las colinas de la
falda de la montaña como un niño nervioso que se negara a penetrar en aguas más
profundas. A su derecha, el blanco desierto se extendía hasta el in¬finito.
Mediada la grisácea
tarde, cuando con sus monturas atravesa¬ban un estrecho e inseguro sendero de
piedras sobre uno de los ríos que desembocaban en el lago del Lodo Azul, una
bandada de gru¬llas pasó volando por encima de ellos entre unos graznidos tan en¬sordecedores
que parecían querer sacudir el cielo. Las aves giraron de pronto, con gran
empuje de sus alas, para detenerse todas a la vez y emprender luego vuelo hacia
el sur.
—Inician el viaje
con tres meses de adelanto —dijo Binabik con tristeza—. Y eso es malo, ¡muy
malo! La primavera y el verano han tenido que retirarse como un ejercito
vencido.
—No parece hacer
mucho más frío que cuando íbamos a Urmsheim —indicó Simón, agarrándose a las
riendas de Hogareña.
—Entonces estaba ya
muy avanzada la primavera —gruñó Sludig, que tenían buen cuidado de no resbalar
sobre las piedras pulidas por el agua—. Pero ahora estamos a mediados de
verano.
—Sí, claro
—respondió Simón.
Hicieron un alto en
la orilla opuesta para compartir algunas de las provisiones que la gente de
Binabik les había dado. El sol se veía gris y remoto.
Simón se preguntó
dónde se encontraría cuando llegara otro ve¬rano..., si era que llegaba.
—¿El Rey de la
Tormenta tiene poder para hacer que siempre sea invierno? —preguntó.
Binabik se encogió
de hombros.
—Lo ignoro —dijo—,
pero ha convertido en invierno estos meses de junen y tiyagar. No pensemos en
ello, Simón. Tales preocupaciones no facilitarán en absoluto nuestra tarea. O
triunfará el Rey de la Tormenta, o no. Nosotros nada podemos hacer para cambiarlo.
El muchacho montó
torpemente en su yegua. Envidiaba la práctica que Sludig tenía en ello.
—Yo no hablo de
detener los planes de ese demonio —replicó con cierta impertinencia—. Sólo me
preguntaba qué se propondrá hacer.
—¡Si yo lo supiera!
—suspiró Binabik—. No tendría que malde¬cirme a mí mismo por ser tan mal
discípulo de mi maestro.
Y llamó a Qantaqa
con un silbido.
Aquella tarde
hicieron otra parada mientras todavía era claro, para recoger leña y permitir
que Sludig adiestrara a Simón. El rimmerio encontró una larga rama bajo la
nieve y la partió por la mi¬tad; después ató una tira de trapo a uno de los
extremos de cada trozo, para poder asirlos mejor.
—¿No podemos usar
espadas de verdad? —rezongó Simón—. ¡No voy a pelearme con nadie sirviéndome de
un palo!
Sludig alzó una
ceja, escéptico.
—¿Ah, sí?
¿Prefieres resbalar sobre este suelo tan húmedo mien¬tras peleas con un
espadachín bien entrenado que, además, usa un arma de metal? Pareces olvidar
que la mitad del tiempo no puedes levantar esa espada negra... —respondió, a la
vez que con la cabeza señalaba a Espina—. Sé que pasamos frío y muchas fatigas
en nuestro viaje, Simón, pero... ¿tantas ganas tienes de morir?
El muchacho le
dedicó una mirada dura.
—No soy tan torpe
como crees. Tú mismo me lo dijiste. Y Haestan me había enseñado algunas cosas.
—¿En dos semanas?
—exclamó Sludig con expresión divertida—. Eres un chico valiente, Simón, y
afortunado también..., algo que no debes pasar por alto..., pero yo intento
hacer de ti un mejor lucha¬dor. Puede que lo próximo a lo que tengas que
enfrentarte no sea un hunë de esos tan brutos, sino un caballero con armadura.
¡Anda, empuña ahora tu nueva espada y golpéame!
Arrojó la rama a
Simón y alzó la suya. Simón sostuvo el arma delante de él y dio la vuelta
despacio. El rimmerio tenía razón: el nevado suelo era traidor. Antes de que
pudiera atacar a su instruc¬tor, perdió pie y cayó sentado de golpe. Y allí
permaneció con cara de pocos amigos.
—No te disgustes
—dijo Sludig y avanzó un paso para arrojar la punta de su garrote en el pecho
del joven—. Si te caes..., y ten en cuenta que los hombres tropiezan y caen
durante las batallas..., mantén la espada en alto, o podrías no vivir para
proseguir la lucha.
Comprendiendo el
sentido de aquellas palabras, Simón gruñó y apartó la rama del rimmerio con la
mano, antes de ponerse de rodillas. Luego se levantó del todo y reanudó sus
movimientos, seme¬jantes a los de un cangrejo.
—¿Por qué haces
esto? —quiso saber Sludig—. ¿Por qué no arreme¬tes contra mí de una vez?
—Porque tú eres más
rápido que yo.
—Bien. Tienes
razón.
Apenas dicho eso,
Sludig hizo restallar su rama y propinó un há¬bil azote en las costillas de
Simón.
—Pero has de
conservar el equilibrio en todo momento —prosi¬guió—. Ahora mismo te pesqué con
los pies cruzados.
Dirigió otro ataque
contra el muchacho, pero éste supo apartar el cuerpo a tiempo y devolvió el
golpe, que Sludig desvió hacia el suelo.
—¡Caramba, cómo
aprendes, guerrero Simón! —exclamó Binabik.
Se había sentado
junto al fuego recién encendido y le rascaba el cogote a Qantaqa mientras
presenciaba la lección. Resultaba difícil decir si era consecuencia de las
caricias o del espectáculo, pero la loba parecía divertirse enormemente: tenía
la lengua fuera y su es¬pesa cola se movía de un lado a otro.
Simón y Sludig se
entrenaron durante cosa de una hora. Simón no acertó en ninguno de sus golpes,
y en cambio recibió unos cuan¬tos. Cuando al fin se dejó caer sobre una de las
lisas piedras que ro¬deaban el fuego, para descansar, aceptó con sumo gusto un
trago del kangkang que Binabik llevaba en su odre. Y también hubiese to¬mado un
segundo, y quizás un tercero, pero Binabik se lo impidió.
—Sería un mal amigo
si ahora permitiera que te emborrachases —dijo con firmeza el gnomo.
—Es que me duelen
las costillas.
—Eres joven y
pronto estarás bien —replicó Binabik—. En cierto aspecto soy responsable de que
no te ocurra nada.
Simón hizo una
mueca, pero no lo contradijo. Era agradable que alguien se ocupara de él,
aunque no estaba totalmente de acuerdo con la forma en que lo hacían.
Otros dos días de
viaje por las frías faldas del Trollfells, así como otras dos sesiones de lo
que el receptor empezaba a considerar el «vapuleo del marmitón», no
contribuyeron mucho a mejorar el es¬tado de ánimo del muchacho. Había muchos
momentos, durante su instrucción, cuando se veía sentado en el empapado suelo y
una u otra parte de su cuerpo presentaba una nueva y dolorosa promi¬nencia, en
que estaba a punto de decirle a Sludig que ya no le intere¬saba aprender más,
pero el recuerdo del pálido rostro de Haestan en su mortaja lo hacía levantarse
de nuevo. El soldado había querido que aprendiera esas cosas: a defenderse y
también ayudar a defen¬derse a los demás. Haestan nunca había podido expresar
sus verda¬deros sentimientos, ya que el erkyno no era amigo de hablar
innece¬sariamente, pero con frecuencia decía que no era justo que los fuertes
amedrentaran a los débiles.
Simón pensó
entonces en Fengbald, el aliado cíe Elías, que se había hecho con un grupo de
hombres armados, para incendiar un distrito de su propio condado y asesinar a
mansalva porque el gre¬mio de tejedores había hecho caso omiso de sus órdenes.
A Simón le dolía recordar que, en su día, había admirado a Fengbald y su
bo¬nita armadura. Matones era la definición que merecían el conde de Falshire y
quienes eran como él. Y Pryrates también, si bien el sacer¬dote vestido de rojo
era un elemento más astuto y peligroso. Simón se daba cuenta de que Pryrates no
aplastaba de manera tan abierta a quienes se oponían a sus deseos, como el
duque Fengbald y otros como él. No; el sacerdote utilizaba su poder con una
especie de irreflexiva crueldad, haciendo a un lado los obstáculos que pudiese
haber entre él y sus desconocidas metas. Pero fuera una cosa u otra, el
resultado era el mismo.
En más de una
ocasión, el recuerdo del calvo sacerdote bastó para hacer levantar del suelo a
Simón y que arremetiera furioso. Sludig le paraba entonces el golpe, estrechos
los ojos de tan concen¬trado como estaba, hasta controlar la cólera del
muchacho de modo que éste tuviera que volver a su lección. Pensar en Pryrates
hacía comprender a Simón por qué era tan necesario que aprendiera a combatir.
No precisamente porque ahora fuese a emplear la espada contra el alquimista,
sino porque ser ducho en la esgrima podría mantenerlo con vida el tiempo
necesario para atacar a Pryrates en su momento. El sacerdote tenía muchos otros
crímenes de que respon¬der, pero la muerte del doctor Morgenes y el destierro
de Simón de su propio hogar eran motivos suficientes para que el joven tuviera
siempre presente la cara de Pryrates, incluso cuando cruzaba los pa¬los con
Sludig en las nieves del Yermo Blanco.
Poco después de
amanecer el cuarto día desde que habían de¬jado el lago del Lodo Azul, Simón
despertó tiritando bajo el débil resguardo de ramas entrelazadas que había
cobijado a los cuatro du¬rante la noche. Qantaqa, cruzada durante horas sobre
sus piernas, había salido a reunirse con Binabik. La falta de su agradable
calor fue suficiente para que Simón se asomara a la cristalina luz de la
ma¬ñana, aunque le castañeteasen los dientes mientras se sacudía del pelo las
agujas de pino.
A Sludig no se lo
veía en ninguna parte. Binabik, en cambio, es¬taba sentado en una nevada
piedra, cerca de los restos del fuego de la noche, con la vista fija en el
cielo del este como si contemplase di¬rectamente el sol. Simón trató de seguir
la mirada del amigo, mas no pudo descubrir más que el pálido astro diurno en
ascenso por detrás de los últimos picos de Trollfells.
La loba, tendida a
los pies del gnomo, alzó brevemente los ojos cuando Simón se acercó con pasos
crujientes sobre la nieve, y luego volvió a apoyar la hirsuta cabeza en sus
patas.
—¿Estás bien,
Binabik? —preguntó Simón. En un primer momento su amigo pareció no oírlo, pero
des¬pués se volvió despacio con una ligera sonrisa en el rostro.
—¡Buenos días,
amigo! Estoy perfectamente.
—Como mirabas de
manera tan fija...
—¡Mira!
Binabik sacó un
dedo corto y regordete de la manga de su cha¬queta, señalando hacia el este.
Simón escudriñó
aquello de nuevo, poniéndose la mano en forma de visera.
—No veo nada —dijo.
—Presta más
atención. ¿Ves el último picacho, a tu derecha? ¡Allí!
E indicó una helada
vertiente, sobre la que el sol, situado detrás de la montaña, arrojaba una
oscura sombra.
Al muchacho le
costaba admitir su fallo y, cuando ya iba a ren¬dirse, cansado, descubrió algo:
unas negras líneas que discurrían por debajo de la vítrea cara de la montaña,
como las facetas de una piedra preciosa. Simón guiñó los ojos para distinguir
más detalles.
—¿Te refieres a esa
especie de sombras? —preguntó al fin.
Binabik hizo un
gesto afirmativo, con expresión de éxtasis en el rostro.
—¿Qué son?
—insistió Simón.
—Más que sombras,
muchacho. Lo que ahí ves son las torres de la perdida Tumet’ai.
—¿Torres? ¿Dentro
de la montaña? ¿Y qué es eso de «Tuma-tai»?
Binabik lo miró con
gesto de cariñosa burla.
—Simón... Oíste ese
nombre más de una vez. ¿Qué clase de dis¬cípulo tenía el doctor Morgenes? ¿Te
acuerdas de cuando hablé con Jiriki de la Ua'kiza Tumet'ai nei-R'i'anis?
—Me parece que
sí—contestó el muchacho, incómodo—. ¿Qué es?
—La canción de la
caída de Tumet'ai, una de las grandes Nueve Ciudades de los sitha. En ella se
explica el abandono de Tumet'ai. Y esas sombras que ves son sus torres,
prisioneras bajo muchos miles de años de hielo.
—¿De veras?
—exclamó Simón, volviendo a estudiar los borrosos trazos verticales que
asomaban a través del lechoso hielo.
Intentó imaginarse
las torres, pero no pudo.
—¿Por que
abandonaron la ciudad? —quiso saber.
Binabik pasó una
mano por el lomo de Qantaqa.
—Por varias
razones, Simón. Si quieres, te contaré más tarde parte de esa historia,
mientras cabalguemos. Nos ayudará a pasar el rato.
—Pero... ¿por qué
construyeron la ciudad en una montaña he¬lada, para empezar? —preguntó el
muchacho—. ¡Parece estúpido!
El gnomo lo miró
algo malhumorado.
—Hablas con uno
crecido en las montañas, Simón, como sin duda recordarás. Ser adulto significa,
en parte, medir cada palabra antes de abrir la boca.
—Lo siento —musitó
Simón, aunque tratando de contener una sonrisa llena de malicia—. No sabía que
a los gnomos les gustase realmente vivir donde viven...
—Simón —replicó
Binabik, severo—. Creo que sería buena idea ocuparte de reunir a los caballos.
—Bueno, Binabik
—dijo por último Simón—. ¿Qué son esas Nue¬ve Ciudades?
Hacía una hora que
cabalgaban y, finalmente, se alejaban de la base de la montaña para internarse
en el vasto y blanco desierto, si¬guiendo la línea que Binabik llamaba «la
vieja carretera de Tu¬met'ai», un ancho camino que antaño había unido la helada
ciudad a sus hermanas del sur. Poco se veía ahora de esa carretera; sólo unas
cuantas piedras grandes que aún seguían a ambos lados y, de vez en cuando,
algún grupo de guijarros que se distinguían bajo la nieve.
Simón no había
formulado la pregunta por verdaderas ansias de aprender más historia, ya que
tenía la cabeza tan llena de nombres y lugares extraños que apenas lograba
retener nada, pero aquel te¬rreno uniforme, aquellos interminables campos de
nieve sólo salpi¬cados de alguno que otro árbol, le hacían desear oír una
historia.
Binabik, que se
había adelantado un poco, le susurró algo a Qantaqa. La loba, cuyo aliento se
convertía en penachos de blanco vapor, se detuvo hasta que Simón le hubo dado
alcance. La yegua del muchacho respingó asustada, pero Qantaqa se hizo a un
lado, inofensiva, y Simón calmó a su montura con unas palmaditas en el cuello,
al mismo tiempo que le dedicaba algunas palabras de ánimo. Finalmente, y
después de un par de escarceos, Hogareña pudo con¬tinuar su camino sin más que
algún resoplido nervioso. La loba, por su parte, no prestaba ninguna atención a
la yegua y oliscaba la nieve con la cabeza baja.
—¡Bien, Hogareña,
muy bien! —dijo Simón acariciándole el lomo, con lo que notó cómo se movían
bajo sus dedos los podero¬sos músculos.
Él le había puesto
un nombre y, ahora, el animal lo obedecía. Eso lo llenó de íntima satisfacción.
Era su caballo.
Binabik observó con
simpatía su orgullosa expresión.
—Le demuestras
respeto, y eso está bien —señaló—. Con dema¬siada frecuencia sucede que los
hombres creen que quienes los sir¬ven lo hacen por ser inferiores o débiles. La
gente que así piensa de¬biera montar a una Qantaqa..., ¡que se zamparía a su
jinete, si le daba la gana! Sería la manera de que más de uno aprendiera a ser
humilde.
Dicho esto, rascó a
su loba entre los peludos hombros, y Qan¬taqa se paró unos momentos para
agradecer la atención, antes de volver a abrirse camino entre la nieve.
Sludig, que
cabalgaba delante mismo, miró hacia atrás.
—Ya veo que serás
tan buen caballero como luchador, ¿eh? ¡Nuestro amigo Rizos Nevados es el
pinche de cocina más arrojado del mundo!
Simón frunció el
entrecejo, azorado, y notó que la piel se le arrugaba alrededor de su cicatriz
de la mejilla.
—¡Ese no es mi
nombre!
Sludig se rió.
—¿Y qué hay de malo
en Simón Rizos Nevados? ¡Es un buen nombre, ganado además de modo muy
honorable!
—Si te molesta,
amigo Simón —intervino Binabik con amabili¬dad—, te llamaremos de cualquier
otra forma. Pero Sludig tiene ra¬zón: te ganaste con todo el honor el nombre
que te puso Jiriki, el de la más elevada familia sitha. Has de saber que los
sitha ven con más claridad que los mortales, al menos en ciertos aspectos. Como
su¬cede con sus demás regalos, un nombre dado por ellos no debe ser despreciado
así como así. ¿Recuerdas cuando sostuviste la Flecha Blanca encima del río?
Simón no necesitó
esforzarse mucho. El momento de su caída al turbulento Aelfwent constituía una
mancha negra en su memoria, pese a las extrañas aventuras vividas desde
entonces. Había sido su estúpido orgullo, desde luego —la otra cara de su
carácter tonto—, lo que lo había precipitado a las remolineantes profundidades.
Precisa¬mente había querido demostrarle a Miriamele cuan a la ligera se tomaba
los regalos, incluso los de los sitha. De sólo pensar en su tontería,
experimentaba malestar. ¡Qué borrico era! ¿Cómo podía esperar que Miriamele se
fijara nunca en él?
—Lo recuerdo, sí
—fue todo lo que dijo, pero la alegría del mo¬mento había pasado.
Cualquiera podía
montar a caballo. ¿Por qué tenía que aumen¬tar tanto su propia estimación, sólo
por haber sabido evitar que su yegua —ya acostumbrada a las batallas— se
encabritara?
—Dijiste que me
hablarías de las Nueve Ciudades, Binabik —le recordó entonces al gnomo, con
desánimo.
Binabik alzó una
ceja ante el tono de voz de Simón, pero no pro¬fundizó más en el asunto, En
cambio mandó detenerse a Qantaqa.
—Dad media vuelta y
mirad atrás —indicó el gnomo, volviéndose hacia Simón y Sludig.
El rimmerio emitió
un sonido de impaciencia, pero obedeció.
El sol se había
liberado del abrazo de la montaña. Sus rayos ilu¬minaban ahora la cara del
picacho más oriental, incendiando su helada mejilla y arrojando profundas
sombras sobre las grietas. Las torres prisioneras, que de madrugada eran sólo
unas rayas oscuras, ahora parecían arder con una cálida luz rojiza, como si una
sangre corriese por las frías arterias de la montaña.
—Fijaos bien —dijo
Binabik—. Tal vez ninguno de nosotros vuelva a tener ocasión de contemplar algo
semejante, Tumet’ai era un lugar de la más elevada magia, como todas las
ciudades de los sitha. ¡Jamas habrá nada igual!
El gnomo respiró
muy hondo, y de pronto se puso a cantar:
T’seneí mezu y’eru,
iku’do saju-rhá,
o do’ini he-huru.
Tumet’ai! Zi’inu
asuná!
Shemisaya, nun’ai temuy’á…
La voz de Binabik
se elevó en la mañana carente de viento, y luego desapareció sin eco que le
respondiera.
—Así comienza la
canción de la caída de Tumet'ai —dijo en tono solemne—. Es muy antigua, y sólo
sé algunas estrofas. La que acabo de cantar se traduce así:
Torres de escarlata
y plata,
heraldos del astro
del día...
os hundisteis en
frías sombras.
¡Tumet'ai! ¡Gran
salón de la aurora!
Llorada primero y,
luego, olvidada...
—Me resulta muy
difícil encontrar las palabras adecuadas para un texto sitha, y sobre todo en
una lengua que no es la mía. Espero que me disculpéis —añadió con una media
sonrisa—. En cualquier caso, la mayoría de cantos de los sitha proceden de
tiempos inme-moriales. ¿Cómo, pues, puede interpretar sus palabras alguien de
tan poca edad como yo?
Simón contemplaba
boquiabierto aquellas torres casi invisibles, sólo unas borrosas rayas bajo el
hielo aprisionados
—¿Adonde fueron a
parar los sitha que vivían ahí? —preguntó.
Las tristes
palabras de la canción de Binabik resonaban en sus pensamientos: «Os hundisteis
en frías sombras...». Le parecía que todas aquellas sombras le apretaban el
corazón cual fajas de hielo. «Os hundisteis en frías sombras...»
Sintió un latido en
el rostro, allí donde la sangre del dragón lo había marcado.
—Pues... a donde
van siempre los sitha—contestó Binabik—. Sim¬plemente, se van. A sitios más
pequeños. Mueren o se convierten en sombras, o siguen vivos pero son menos de
lo que eran antes... Tra¬jeron al mundo muchas de las bellezas que éste posee,
Simón, y supieron admirar las bellezas que ya había en él —explicó el gnomo,
mirando al suelo como si allí pudiese hallar las palabras deseadas—. Muchas
veces se ha dicho que el mundo se vuelve me¬nos perfecto por haber disminuido
ellos tanto. A mí me faltan los conocimientos suficientes para juzgar si eso es
así.
Introdujo las manos
en la espesa piel de Qantaqa y la animó a seguir adelante, apartándose de las
montañas.
—Quise que pudieras
recordar ese sitio, Simón... —agregó—. Pero no te apenes. Todavía queda mucha
belleza en este mundo.
Sludig hizo la
señal del Árbol sobre su pecho.
—No puedo afirmar
que comparta tu amor a esos lugares mági¬cos, gnomo —dijo, tirando de las
riendas para hacer avanzar a su caballo—. Nuestro Señor Jesuris vino a
liberarnos del paganismo. Y no es por casualidad que los demonios paganos que
amenazan este mundo sean primos de esos sitha a los que tú tanto lloras.
Simón sintió que lo
invadía el enojo.
—¡Eso es una
estupidez, Sludig! ¿Qué me dices de Jiriki? ¿Tam¬bién lo consideras un demonio?
El rimmerio se
volvió hacía Simón con una amarga sonrisa en¬tre su rubia barba.
—¡No, jovencito!
Pero tampoco es el mágico compañero de juegos y protector que tú pareces ver en
él. Jiriki es más viejo y profundo de lo que cualquiera de nosotros puede
imaginar. Y además, resulta bastante más peligroso de lo que los mortales
creen. Ya sabía Dios lo que hacía cuando ayudó a la humanidad a echar a los
sitha de estas tierras. Jiriki se portó bien, pero su pue¬blo y los nuestros no
pueden convivir. Somos demasiado dife¬rentes.
Simón se tragó una
respuesta furiosa y posó la vista en el nevado sendero que tenían delante.
Había momentos en que Sludig no le gustaba nada.
Cabalgaron durante
un rato en silencio, sin que se oyera más que la fuerte respiración y el rascar
de sus cascos contra el suelo, hasta que Binabik habló de nuevo.
—Tuviste una suerte
extraordinaria, Simón —dijo.
—¿La que me
persiguieran los demonios, quizás? ¿O la de ver morir a mis amigos?
—¡Por favor!
—protestó el gnomo, a la vez que trataba de calmar al joven con un gesto de su
pequeña mano—. No me refería a esa clase de suerte. Nuestro camino fue
terrible, en efecto. Sólo pensaba en que viste tres de las nueve grandes
ciudades. Pocos mortales pue¬den afirmar tal cosa.
—¿Que tres?
—Tumet'ai, de la
que acabas de ver lo que de ella queda, ahora que la cubre el hielo... —dijo el
gnomo, contando con los dedos—: Da'ai Chikiza, en el bosque de Aldheorte, donde
yo recibí aquel in¬fortunado saetazo, y la propia Asu'a, cuyos restos forman la
base de Hayholt, donde tú naciste.
—Los sitha
construyeron allí la Torre del Ángel Verde, que aún existe —dijo Simón,
recordando su pálida forma, semejante a un blanco dedo que señalara al cielo—.
¡Yo subía muchas veces a ella! Pero había otro sitio... —agregó después de
hacer memoria por espa-cio de uno instantes—. ¿No se llamaba Enki..., Enki...?
—Enki-e-Sha'osaye
—dijo Binabik enseguida.
—Sí. ¿También era
una de las grandes ciudades?
—Lo era, y algún
día veremos sus ruinas, si es que algo queda, ya que está cerca de donde
encontraremos la Roca del Adiós —repuso Binabik, agachándose cuando Qantaqa
saltó sobre un montículo.
—Yo ya la conozco
—señaló Simón—. Jiriki me la enseñó a través del espejo. Parecía muy bonita,
toda verde y dorada. El la llamaba la Ciudad de Verano.
Binabik sonrió.
—En tal caso, ya
viste cuatro. Y eso es algo que incluso pocos es¬tudiosos pueden decir, después
de toda una vida.
Simón consideró sus
palabras. ¿Quién se hubiese Figurado que las lecciones de historia de Morgenes
iban a resultar tan importan¬tes? Ahora, las viejas ciudades y las viejas
historias formaban parte de su vida... Era extraño comprobar cómo el futuro
parecía insepa¬rablemente ligado al pasado, de modo que ambos pasaban por el
presente, como una gran rueda...
«La rueda. La
sombre de la rueda...»
La imagen de un
sueño surgió ante él: un enorme círculo negro que empujaba implacablemente
hacia abajo, una formidable rueda que empujaba todo cuanto tenía delante. De
algún modo, el pasado se abría camino hasta ese mismo momento, arrojando una
larga som¬bra sobre el porvenir...
Algo había en su
mente, sin que él pudiera alcanzarlo; una forma oculta que podía sentir, aunque
no reconocer. Algo referente a sus sueños, referente al pasado y al futuro...
—Creo que necesito
saber más, Binabik —dijo al fin—. ¡Pero hay tantas cosas que entender...! Nunca
las recordaré todas. ¿Qué eran las demás ciudades?
Momentáneamente lo
distrajo un movimiento en el cielo, un desperdigamiento de oscuras y ágiles
formas como hojas impulsa¬das por el viento. Entrecerró los ojos y vio que sólo
se trataba de una bandada de pájaros que remontaba vuelo.
—Es bueno conocer
el pasado —contestó el hombrecillo—, pero re¬sulta decisivo distinguir qué
cosas son más importantes que otras. No obstante, y aunque creo que los nombres
de las Nueve Ciudades serán de poca utilidad, vale la pena conocerlos. Antaño,
cada niño en su cuna los sabía de memoria. Asu’a, Da’ai Chikiza,
Enki-e-Sha’osaye y Tumet’ai ya no te son extraños, Jhiná T’seneí yace bajo las
aguas del mar meridional. Las ruinas de Kementari se hallan en alguna parte de
la isla de Warinsten, lugar de nacimiento de tu rey el Preste Juan, pero creo
que nadie las ha visto desde hace años y años, como también sucede con Mezutu’a
y Hikehikayo, perdidas las dos bajo las montañas del noroeste de Osten Ard. Y,
ahora que pienso en ello, ya viste también la última de esas ciudades, Nakkiga,
o al menos...
—¿Qué quieres
decir?
—Nakkiga era la
ciudad que las nornas construyeron, en tiempos remotos, a las sombras del Pico
de las tormentas, antes de que se re¬tirasen a la gran montaña de hielo. Tú
mismo la visitaste en tu viaje de ensueño con Geloë y conmigo, pero sin duda
pasaste por alto los ruinosos restos, dada la inmensidad de la montaña. Así
pues, po¬dríamos decir que también visitaste Nakkiga.
Simón se estremeció
al recordar aquellas inmensas salas de hielo en el interior del Pico de las
Tormentas, los fantasmales rostros de abrasadores ojos que relucían en sus
profundidades...
—No quiero volver a
acercarme a ella —declaró, mirando al cielo con ojos contraídos.
Los pájaros seguían
dando vueltas por el aire.
—¿Son cuervos? —le
preguntó a Binabik—. Llevan un rato casi pa¬rados encima de nuestras cabezas.
El gnomo se fijó en
ellos.
—Sí, son cuervos, y
bien grandes por cierto. Tal vez esperen ver¬nos caer muertos —agregó con una
risita maliciosa—, para que les sir¬vamos de alimento. Es una pena
decepcionarlos, ¿no?
Simón gruñó.
—Posiblemente
adivinen que yo me muero de hambre, y que no resistiré mucho más.
—Tienes razón
—admitió Binabik—. ¡Que desconsiderado soy! Es verdad que no probaste bocado
desde que rompiste el ayuno, y... ¡Por las piedras de Chukku! ¡Pobrecillo! ¡Si
ya hace una hora...! Tie¬nes que estar a punto de estirar la pata.
Después de estas
irónicas palabras, el gnomo se puso a revolver el contenido de su saco, al
mismo tiempo que, con la otra mano, se agarraba al lomo de Qantaqa.
—¡A ver si
encuentro un poco de pescado seco para ti!
—Gracias —contestó
Simón, tratando de parecer contento.
Al fin y al cabo,
mejor era eso que nada.
Y miró nuevamente
al cielo. La bandada de negros pajarra¬cos seguía rondando por encima de ellos
en silencio, empujada ahora por el viento cual multitud de negros guiñapos bajo
las os¬curas nubes.
El cuervo se
pavoneaba en el alféizar con las plumas hinchadas para defenderse del gélido
aire. Otros de su especie, insolentes y gordos de tanto comer restos de horcas,
graznaban en las ramas sin hojas que había al otro lado de la ventana. Del
desierto y silencioso patio no llegaban otros sonidos.
Mientras componía
sus brillantes plumas negras, el cuervo vigi¬laba con uno de sus amarillos ojos
y, cuando la copa salió disparada hacia él como una piedra tirada con honda, le
faltó tiempo para abandonar el alféizar con un áspero grito; extendió las alas
para re¬volotear y se reunió con sus congéneres en el desnudo árbol. La
abo¬llada copa rodó en un desigual círculo sobre el suelo de piedra, antes de
pararse. Una débil columna de vapor se alzó del oscuro licor des¬parramado
debajo de la ventana.
—Odio sus ojos
—dijo el rey Elías, que cogió otra copa, aunque esta para su propio y adecuado
uso—. ¡Esos malditos y viles ojos ama¬rillos! —exclamó después de secarse los
labios—. ¡Parece que me estén espiando!
—¿Espiándonos,
majestad? —preguntó Guthwulf despacio, ya que no tenía el menor deseo de
producir en Elías uno de sus tem¬pestuosos enfados—. ¿Por qué habrían de
espiaros los pájaros?
El rey clavó en él
su verde mirada, y luego esbozó una risa fea.
—¡Ay, Guthwulf! Vos
sois tan inocente y puro...
Su risa se hizo más
brusca.
—Venid acá. Acercad
esa silla. ¡Sienta bien hablar de nuevo con un hombre honesto!
El conde de
Utanyeat hizo lo que el soberano quería, aproxi¬mándose hasta que sólo quedó
poco espacio entre su asiento y la masa amarillenta del Trono de Huesos de
Dragón. Procuraba man¬tener la vista apartada de la espada de negra vaina que
pendía de la cintura del Supremo Rey.
—No se qué queréis
decir al llamarme inocente, Elías —mani¬festó, a la vez que interiormente
maldecía la tirantez que su pro¬pia voz reflejaba—. Sabe Dios que los dos
hicimos de las nuestras en el Templo del Pecado... Pero si os referís a que soy
inocente de toda traición a mi rey y amigo, entonces acepto gustoso el
ad¬jetivo.
Guthwulf confiaba
en que sus palabras sonaran más sinceras de lo que en realidad eran. La palabra
«traición» le hacía galopar el corazón, en esos días, y la putrefacta fruta que
colgaba de la distante horca era sólo una de sus razones.
Pero Elías no
parecía darse cuenta de su resentimiento.
—No, mi viejo amigo
—contestó—. Digo esa palabra con todo el afecto —afirmó, a la vez que bebía
otro sorbo del oscuro líquido—. ¡Quedan tan pocas personas de las que pueda
fiarme! Tengo miles, miles de enemigos.
La cara del rey
adoptó un gesto preocupado que aún acentuó más su palidez, las marcas de
cansancio y de continua tensión.
—Pryrates se ha ido
a Nabban, como sabéis —continuó—. Podéis hablar con toda libertad.
Guthwulf creyó ver
una chispa de esperanza.
—¿Sospecháis que
Pryrates os traiciona, señor?
La chispa se apagó
en el acto.
—No, Guthwulf. Me
interpretáis mal. Quería decir que sé que no os encontráis cómodo cerca del
sacerdote. Y eso no me sor¬prende. Antes, yo también consideraba difícil su
compañía. Pero ahora soy un hombre distinto. ¡Un hombre distinto, sí! —exclamó
el rey, con una extraña carcajada, para terminar llamando a gritos a su nuevo
escanciador—: ¡Hengfisk! Tráeme más, ¡y date prisa, maldito!
El servidor
apareció enseguida, procedente de la pieza contigua, sosteniendo en sus rosadas
manos una jarra cuyo contenido se de¬rramaba. Guthwulf lo observó con recelo.
No sólo estaba seguro de que aquel dichoso hermano Hengfisk de ojos saltones
era un espía de Pryrates, sino que en él mismo había algo que no le gustaba en
absoluto. La cara del monje presentaba una permanente sonrisa tonta, como si en
su interior vibrase una estupenda chanza que no podía compartir con nadie. El
conde de Utanyeat había tratado de hablarle cierta vez en el pasillo y como
única respuesta había conse¬guido una mirada muda y una risita tan amplia que
parecía partirle la cara en dos. De tratarse de cualquier otro servidor,
Guthwulf lo habría golpeado por semejante insolencia, pero era el nuevo
escan¬ciador, y Elías se ofendía por cualquier cosa, últimamente. Además, el
extraño monje tenía un aspecto desagradable. Su tez parecía algo desollada,
como si la capa superior se hubiese quemado y ahora se pelara. A Guthwulf no le
apetecía nada tocarlo.
Cuando Hengfisk
vertió el oscuro líquido en la copa del rey, unas humeantes gotas cayeron sobre
sus manos, pero el monje no hizo movimiento alguno. Momentos después salió con
paso acele¬rado, siempre con su lunática sonrisa. El conde contuvo un estreme¬cimiento.
¡Aquello era demencia!! ¿Adonde había llegado el reino?
Elías pareció pasar
por alto todo el episodio. Fija la vista en algo que había al otro lado de la
ventana.
— Pryrates tiene...
secretos —dijo al fin, despacio, como si sope¬sara con cuidado cada palabra.
El conde se esforzó
en prestarle atención.
—Pero no para
mí—prosiguió el soberano—, tanto si se da cuenta como si no. Una cosa que cree
que yo ignoro, es que mi hermano sobrevivió a la caída de Naglimund —y alzó una
mano para acallar la exclamación de sorpresa de Guthwulf—. Y otro secreto que
nada tiene de tal: quiere deshacerse de vos.
—¿De mí? —murmuró
Guthwulf, cogido por sorpresa—. ¿Que Pryrates intenta matarme?
La ira que surgió
en él no estaba exenta de súbito temor.
El rey sonrió, con
una mueca que dejó los dientes al descubierto y que le recordó a un perro
acorralado.
—No sé si proyecta
daros muerte, amigo, pero desde luego le es¬torbáis. Pryrates piensa que
deposito demasiada confianza en vos, cuando es él quien merece toda mi
atención...
Elías soltó una
risa fea, casi un ladrido.
—Pero..., pero...
Elías... —tartamudeó Guthwulf, azorado—. ¿Qué vais a hacer vos?
—¿Yo? —contestó el
rey, con una calma intimidante—. No haré nada. Ni vos tampoco.
—¿Cómo?
El soberano se
recostó en su trono, de modo que, por espacio de un momento, su rostro
desapareció en la sombra del gran cráneo de dragón.
—Claro que podéis
protegeros —explicó como si nada—. Lo que no permitiré es que matéis a
Pryrates..., suponiendo que pudierais, que no sería cosa fácil. Sinceramente,
viejo amigo, en estos momen¬tos es más importante para mí Pryrates— que vos.
Las palabras de
Elías quedaron en el aire. Todo junto parecía tal locura, que Guthwulf creyó
soñar. Pasado un rato, y al ver que la helada estancia no se convertía en otra
cosa, tuvo que esforzarse en hablar de nuevo.
—No lo
entiendo—dijo.
—Ni falta que hace.
Todavía no —respondió Elías, inclinándose hacia adelante, con unos ojos tan
brillantes como lámparas que ar¬diesen detrás de un delgado vidrio verde—. Pero
algún día lo enten¬deréis, Guthwulf, y espero que viváis para comprenderlo todo.
En estos momentos, sin embargo, no puedo permitir que os metáis con Pryrates.
En consecuencia, si creéis que debéis abandonar el castillo, me haré cargo.
Sois el único amigo que me queda. Vuestra vida sig¬nifica mucho para mí.
El conde de
Utanyeat sintió deseos de reír ante tan grotesca de¬claración, pero la
sensación de marcadora irrealidad no lo dejaba.
—En cualquier caso,
no tanto como la de Pryrates... La mano del rey salió disparada como una
serpiente y se agarró a la manga del conde.
—¡No seáis tonto!
—le reprochó Elías con voz rasposa—. ¡Pryrates no me interesa en absoluto! Pero
ahora lo necesito porque me ayuda a hacer lo que yo quiero... Ya os dije que se
acercaban grandes cosas. Pero primero habrá un tiempo...
Guthwulf miró el
febril rostro del soberano y sintió que algo moría dentro de él.
—Yo ya noté algunos
de esos cambios, Elías —dijo ceñudo . Y vi otros.
—Ah, os referís al
castillo... Sí; algunos de los cambio se produ¬cen aquí mismo. Pero seguís sin
entenderme.
Guthwulf no estaba
muy ejercitado en la paciencia. Tuvo que luchar consigo mismo para dominar su
enojo.
—Ayudadme a
entenderos, pues. ¡Decidme qué debo hacer!
El rey sacudió la
cabeza.
—Ahora no tendría
sentido... No de este modo.
Y se reclinó de
nuevo, con lo que su cara volvió a hundirse en las sombras y casi pareció que
la enorme cabeza de grandes col¬millos y negras cuencas fuese la suya. Siguió
un silencio prolon¬gado. Guthwulf se dedicó a escuchar las feas voces de los
cuervos del patio.
—Venid acá, viejo
amigo —dijo Elías finalmente, con voz lenta y mesurada.
Cuando el conde
levantó la vista, el rey desenvainaba su espada de doble empuñadura. El metal
despedía un resplandor oscuro, ne¬gro y de un serpeante color gris, como el
moteado vientre de algún reptil antiguo.
Los cuervos
callaron de manera brusca.
—Venid acá —repitió
el rey.
El conde de
Utanyeat no podía separar la vista de la espada. El resto de la habitación se
había hecho gris e insustancial. El arma pa¬recía arder sin luz y daba al
ambiente la pesadez de la piedra.
—¿Vais a matarme
ahora, Elías? —preguntó Guthwulf con difi¬cultad—. ¿Queréis evitarle ese
trabajo a Pryrates?
—¡Tocad la espada,
Guthwulf —ordenó el rey, con unos ojos que se diría que brillaban mas a medida
que se oscurecía el aposento—. Acercaos y tocad la espada. Entonces lo
entenderéis.
—No —contestó el
conde débilmente, viendo con horror cómo su brazo se movía hacia adelante, como
si tuviera una voluntad pro¬pia—. No quiero tocar esa maldita arma...
Pero su mano
rodeaba ya la horrible y casi opaca hoja.
—¿Maldita? —rió
Elías, con una voz que parecía lejana, al mismo tiempo que tomaba la mano del
amigo con la delicadeza de un amante—. ¿A que no lo adivináis? ¿Sabéis cómo se
llama esta espada?
Guthwulf vio que
sus propios dedos estrechaban la desigual su¬perficie metálica, y un mortal
escalofrío le subió por el brazo, como si incontables agujas de hielo pincharan
su carne. Y después del frío llegó una ardiente negrura. La voz de Elías
pareció desvanecerse en la distancia.
…Jingizu es su
nombre. Su nombre es Dolor…
En medio de la
angustiosa niebla que envolvía su corazón, penetrando a través de la manta de
escarcha que le cubría los ojos, los oídos y la boca, Guthwulf percibió el
escalofriante canto de triunfo de la espada. Zumbaba dentro mismo de su
persona, débilmente primero, pero cada vez con más intensidad… Una terrible y
potente música que se adaptaba a sus ritmos y luego los devoraba, que sofocaba
sus flojas y simples notas hasta absorber toda la canción de su alma en una
oscura y triunfal tonada.
Dolor cantaba en su
interior, llenándolo… El conde la oyó hablar dentro de sí, con su propia voz,
como si él se hubiera convertido en la espada o la espada se hubiera convertido
en Guthwulf. Dolor estaba viva y buscaba algo. También buscaba algo Guthwulf:
había sido absorbido por la extraña melodía… Él y la espada eran una sola cosa.
Dolor buscaba s sus
hermanas.
Y las halló.
Allí, justamente
fuera de su alcance, había dos formas relucientes. Guthwulf ansiaba estar con
ellas y unir su ufana melodía a la suya, de manera que pudieran hacer música
aún más intensa. El conde experimentaba un deseo exangüe y sin calor, como una
campana agrietada a la que obligasen a tañer, como una aguja magnética que
tirase siempre hacia el norte. Eran tres de una misma clase, ésta y otras dos,
tres canciones distintas de todo lo que había escuchado el mundo… pero cada
cual incompleta sin sus compañeras. La espada se extendía hacia sus hermanas
como si quisiera tocarlas, pero estaban demasiado lejos. Nada más que la
distancia las separaba ahora. Y, por mucho que se es¬forzara, Guthwulf no logró
aproximarlas ni unirse a ellas.
Finalmente, el
delicado equilibrio se rompió, y él quedó sumergido en una infinita nada,
cayendo cada vez más...
Poco a poco volvió
en sí —él, Guthwulf, nacido de mujer— pero to¬davía seguía hundiéndose en la
negrura. Estaba horrorizado.
El tiempo corría.
Guthwulf sintió que los gusanos le comían la carne, y que se desintegraba en
las profundidades de la oscura tierra, convertido en innumerables partículas
que querían gritar pero no te¬nían voz. Al mismo tiempo, se notó volar como un
vendaval, y reía mientras llegaba más allá de las estrellas, hasta los inmensos
espacios en¬tre la vida y la muerte. Por un momento, la mismísima puerta del
Mis¬terio se abrió y, desde el umbral, una sombra le hacía señas...
Mucho más tarde de
que Elías hubiese envainado la espada, el conde yacía aún jadeante a los pies
del Trono de Huesos de Dragón. Las lágrimas le hacían arder los ojos, y no
podía dejar de encorvar los dedos.
—¿Lo entendéis
ahora? —dijo el rey con tanta cara de satisfacción como si acabase de dar a
probar al amigo un vino especialmente bueno—. ¿Comprendéis por qué no puedo
fallar?
El conde de
Utanyeat se levantó lentamente. Sus ropas estaban sucias y en desorden. Dio
media vuelta sin pronunciar ni una sola palabra y, sin mirar a su señor, salió
a grandes zancadas del salón del trono.
—¿Lo veis? —le
gritó Elías.
Tres cuervos se
posaron aleteando en el alféizar de la ventana. Estaban muy juntos, y sus
amarillos ojos miraban con atención al rey.
—¡Guthwulf...! —lo
llamó Elías, ahora sin gritar, aunque a través del silencio su voz resonaba
como una campana—. ¡Vuelve, mi viejo amigo!
—¡Mira, Binabik!
—exclamó Simón—. ¿Qué hacen esos pájaros?
El gnomo siguió el
dedo del amigo. Los cuervos giraban como locos por el cielo en largos y
enlazados círculos.
—Quizás estén
nerviosos —dijo Binabik, encogiéndose de hom¬bros—. No entiendo mucho de eso.
—¡Buscan algo!
—opinó Simón, excitado—. ¡Esos pájaros buscan algo! ¡Lo sé! No hay más que
mirarlos.
—Pero no se mueven
de encima de nosotros.
Binabik alzó la voz
cuando los cuervos empezaron a graznarse unos a otros, lo que sonaba como
cuchilladas en el aire.
También Sludig
había aflojado las riendas de su montura y con¬templaba la extraña exhibición.
—Si eso no es cosa
de diablos —gruñó—, yo no soy aedonita. En las oscuridades de los tiempos, el
cuervo era el pájaro del Viejo Un-Ojo... Pero ¡mirad! —exclamó indicando hacia
arriba con el dedo, después de alejarse un poco—. ¿No dan caza a otra ave?
Ahora lo vio
también Simón: una pequeña forma gris revolo¬teaba agitada entre los cuervos,
lanzándose desesperadamente de aquí para allá. Y era angustioso, porque a cada
vuelta que daba, tro¬pezaba con uno de los grandes cuervos, que ya la
aguardaba. Simón comprobó que sus enemigos la tenían cada vez más acorralada.
—¡Si es un gorrión!
—gritó el muchacho—. ¡Como los que tenía Morgenes! ¡Quieren matarlo!
Mientras hablaba,
los cuervos parecieron presentir que la presa llegaba a su limite de
resistencia. El remolinante embudo se con¬trajo, y las horribles voces
aumentaron de volumen, triunfantes. Pero entonces, cuando la caza estaba a
punto de acabar, el gorrión descubrió un espacio abierto y, escapando del negro
cerco, voló de manera agitada hacia un grupo de abetos que había a medio
estadio de distancia. Los cuervos salieron en su persecución, furiosos.
—Creo que un
pajarillo como ése no debiera estar aquí —dijo Binabik, a la vez que
desenroscaba su bastón para extraer de él sus fle¬chas—. Pero también me
sorprende que los cuervos esperasen con tanta paciencia, justamente en el sitio
en que estamos nosotros.
Le tiró
cariñosamente del pelo a Qantaqa y gritó:
—¡Chok, Qantaqa!
¡Ummu chok!
La loba dio un
salto adelante, agitando la nieve con sus anchas patas. Sludig le hundió los
talones a su montura, y ésta arrancó tam¬bién. Simón renegó entre dientes
mientras luchaba unos momentos con las riendas de Hogareña. Cuando las hubo
desenredado, la ye-gua ya había decidido seguir al caballo de Sludig. Simón se
agarró a su cuello cuando salieron disparados por aquel suelo desigualmente
cubierto de nieve, y la cellisca levantada por los cascos le produjo es¬cozor
en los ojos.
Los cuervos
rodeaban el grupo de árboles como un enjambre de negras abejas. Binabik, que
iba delante, desapareció entre los apre¬tados troncos. Sludig lo siguió lanza
en mano. Simón se preguntó cómo el rimmerio pensaba matar pájaros con una
pesada lanza, cuando de pronto vio ante sí aquella pared de árboles. Tiró de
las riendas y redujo el paso de la yegua. Agachó luego rápidamente la cabeza
para no golpearse contra una rama baja, pero no pudo evitar que un montón de
nieve le cayese dentro de la capucha de su capa, que no llevaba puesta, y le
resbalara cogote abajo.
Binabik estaba con
Qantaqa en el centro de la arboleda, con el tubo en los labios. Las mejillas
del gnomo se hincharon y, al ins¬tante, un bulto negro cayó a través de las
ramas, aleteando aún en redondo sobre el blanco suelo antes de morir.
—¡Ya tenemos uno!
—exclamó Binabik, gesticulando.
Sludig pareció
hurgar en el aire con su lanza, cuya punta intro¬dujo entre el ramaje mientras
Qantaqa soltaba un fuerte ladrido de excitación.
Una negra ala rozó
la cara de Simón. El cuervo fue a chocar con¬tra la parte posterior del casco
de Sludig y trató inútilmente de aga¬rrarse al metal. Otro se dejó caer desde
arriba entre horribles grazni¬dos, y no cesaba de revolotear alrededor de los brazos
del rimmerio mientras éste manejaba frenético su arma.
«¿Por qué yo no
llevo casco?», pensó Simón con disgusto, levan¬tando la mano para cubrirse los
ojos, súbitamente vulnerables.
La pequeña arboleda
estaba llena de desagradables voces de los pajarracos. Qantaqa tenía las patas
delanteras apoyadas en un tronco, y sacudía la cabeza de un lado a otro como si
ya hubiese ca¬zado un cuervo.
Algo menudo y
quieto como una diminuta bola de nieve cayó entonces del árbol que Binabik
tenía encima. El gnomo se arrodilló enseguida a los pies del rimmerio y lo tomó
entre sus manos.
—¡Lo tengo!
—gritó—. ¡Salgamos ahora de aquí! ¡Sosa Qantaqa!
Montó en la loba,
aunque con una mano debajo de su chaqueta, y tuvo que agacharse ante el ataque
de uno de los cuervos. El mango de la lanza de Sludig silbó a través del
espacio que su cabeza acababa de dejar, golpeando al pájaro como si fuera una
porra, de modo que quedó convertido en una fofa bola de oscuras plumas.
Segundos más tarde, la loba se había llevado a Binabik de entre los árboles.
Si¬món y Sludig los siguieron a toda prisa.
A pesar de las
enojadas voces de los pájaros que quedaban atrás, el campo abierto que los
acogió le pareció extrañamente silencioso a Simón. El muchacho volvió la
cabeza. Duros ojos amarillos lo mira¬ban desde las ramas elevadas, pero los
cuervos no los perseguían.
—¿Pudiste salvar al
gorrión? —preguntó el muchacho.
—Cabalguemos algo
más —contestó Binabik—. Entonces veremos qué ha sido de él.
Cuando por fin
hicieron un alto, el gnomo sacó la mano que había mantenido debajo de su
chaqueta de cuero. La abrió despa¬cio, temeroso de lo que iba a encontrar. El
gorrioncillo abrigado por la mano estaba muerto, o poco le faltaba. Yacía de
lado, sin mo-verse, y su pequeño cuerpo presentaba estrías de sangre. En una de
sus patas había una tira de pergamino.
—Ya me imaginaba
que podía ser esto —dijo Binabik, mirando por encima del hombro, y vio las
oscuras siluetas de una docena de cuervos, posados en el árbol más próximo cual
inquisidores de en¬cogidos hombros.
—Temo que vayamos
más retrasados de lo que debiéramos—agregó.
Los cortos dedos
del gnomo desplegaron el pergamino, que ha¬bía sido masticado o picoteado pues
sólo quedaba parte de él.
—Nada más que un
fragmento —suspiró Binabik.
Simón observó las
diminutas runas que cubrían aquel jirón.
—Podríamos regresar
al bosquecillo y buscar el resto —propuso, desechando la idea cuando acababa de
expresarla.
El gnomo meneó la
cabeza.
—Estoy convencido
de que el trozo faltante ha ido a parar al es¬tómago de algún cuervo, como
también hubiese ocurrido con esta parte que tenemos aquí, y con el mensajero,
además, si llegamos a venir más tarde. Pocas son las palabras que puedo
descifrar, pero sin duda iba dirigido a nosotros. ¿Veis? —y señaló una marca—.
¡El círculo y la pluma de la Alianza del Pergamino! Fue enviado por un Portador
del Pergamino.
—¿Por quién?
—inquirió Simón.
—Paciencia,
amigo... Quizá nos lo aclare el mensaje que queda... —contestó Binabik,
alisando todo lo posible la arrugada tira—. Sólo puedo leer dos trozos... A
ver, aquí dice... «... los falsos mensajeros», y aquí, «Daos prisa. La Tormenta
se...». Y debajo está firmado con la marca de la Alianza.
—Falso mensajero
—murmuró Simón fatigosamente, a la vez que el miedo le subía por el cuerpo—.
¡Fue lo que yo soñé en casa de Geloë! El doctor Morgenes me aconsejó guardarme
del falso men¬sajero...
El muchacho procuró
apartar de sí el recuerdo de tal sueño. En él, el doctor era un cadáver
carbonizado.
—«Tened cuidado con
los falsos mensajeros...» Probablemente quiere decir eso —asintió Binabik—.
«Daos prisa. La Tormenta se...» Se extiende, supongo...
El gran temor que
había atenazado durante días a Simón, volvía a apoderarse de él.
—Falso mensajero
—repitió indefenso—. ¿Qué puede significar? ¿Quién escribió eso, Binabik?
—Lo ignoro.
El gnomo metió el
trozo de pergamino en su bolsa y seguida¬mente se arrodilló para abrir un hueco
en el suelo.
—Es un Portador del
Pergamino, y no quedan muchos con vida. Puede tratarse de Jarnauga, si no ha
muerto. Otro podría ser Dinivan, de Nabban.
Binabik colocó el
pajarillo gris en el hoyo y lo cubrió con ternura.
—¿Dinivan?
—preguntó Simón.
—Es el ayudante del
lector Ranessin, cabeza de vuestra Madre Iglesia —explicó Binabik—. Un hombre
muy bueno.
Sludig, que había
guardado silencio, intervino de pronto.
—¿El lector forma
parte de vuestro círculo pagano? —inquirió ex¬trañado—. ¿Con gnomos y todo?
Binabik intentó una
débil sonrisa.
—No me refiero al
lector, sino al padre Dinivan, su ayudante. Además no es un «círculo pagano»,
Sludig, sino una unión de quie¬nes desean que se conserven los conocimientos
importantes..., pre¬cisamente en tiempos como los que ahora corren. Me pregunto
—continuó, ceñudo— qué otra persona pudo enviarnos este men¬saje... O
enviármelo a mí, más bien, porque son probablemente las artes de mi maestro las
que hicieron partir al gorrión. Si no es cosa de una de las dos personas que ya
mencioné, entonces ya no sé quién pudo ser, dado que tanto Morgenes como mi
maestro Ookequk están muertos. No existen otros Portadores del Pergamino, que
yo sepa, salvo que algún otro haya sido elegido.
—¿Podría ser Geloë?
—dijo Simón.
El gnomo reflexionó
durante unos momentos, pero luego con¬testó:
—Geloë figura entre
las más sabias de los sabios, pero nunca fue una verdadera Portadora del
Pergamino, y dudo de que empleara las runas de la Alianza en lugar de las suyas
propias.
Vuelto a montar en
la loba, Binabik agregó:
—Pensaremos en el
significado de esta advertencia mientras ca¬balgamos. Muchos son los mensajeros
que nos condujeron a este sitio, y estoy seguro de que encontraremos a muchos
otros en los próximos días y semanas. ¿Qué mensajes pueden ser falsos? ¡Ah, amigos!
Eso es un difícil enigma.
—¡Mirad! ¡Los
cuervos han emprendido el vuelo! —exclamó Sludig.
Simón y Binabik se
volvieron para ver cómo la bandada de paja¬rracos había abandonado el grupo de
árboles como una sola nube, formando un torbellino en el grisáceo cielo antes
de volar hacia el noroeste. Detrás quedaba el eco de sus desagradables voces.
—Los cuervos han
hecho lo que les mandaron —dijo Binabik—. Supongo que ahora regresan al Pico de
las Tormentas.
El temor de Simón
se hizo más profundo.
—¿Quieres decir
que... el Rey de la Tormenta les mandó seguir¬nos?
—Es evidente que
los cuervos debían impedir que viésemos el mensaje —respondió el gnomo,
inclinándose para recoger su bastón del suelo.
Simón quiso seguir
el vuelo de los pajarracos. Casi esperaba ver una oscura y monstruosa figura
asomada al horizonte, por el nor¬te, una quemante mirada roja en una cabeza
negra sin rostro.
—Esas nubes de
tormenta que hay en el horizonte son muy ne¬gras —señaló Simón—. Mucho más
amenazadoras que antes.
—El chico tiene
razón —opinó Sludig con expresión hosca—. Se cierne una fuerte tormenta.
Binabik suspiró,
también muy seria su redonda faz.
—Todos entendimos
la última parte del mensaje: la tormenta se extiende, y en más de un sentido...
Nos aguarda aún un largo viaje a través de campo abierto y sin protección,
Tendremos que darnos toda la prisa posible.
Qantaqa emprendió
la marcha. Simón y Sludig espolearon a sus caballos. Impulsado por algo que no
entendía, Simón miró atrás una vez más, aunque ya sabía lo que iba a ver.
Los cuervos, ahora
ya sólo diminutas manchas negras en el viento, desaparecieron de su vista en el
oscuro cúmulo de la tempes¬tad que se aproximaba.
13
El Clan del
Semental
La compañía del
príncipe salió por fin a la llanura después de casi un mes en el vasto y viejo
bosque. Al cruzar la última hi¬lera de árboles, la planicie se abrió ante
ellos, una enorme ex¬tensión de desigual suelo cubierta por las nieblas
matutinas y que se unía de manera inconsútil con el plúmbeo horizonte.
El padre
Strangyeard aceleró el paso para unirse a Geloë. La he¬chicera avanzaba muy
decidida por el llano, y los húmedos tallos se quebraban ante su proximidad.
—Valada Geloë —dijo
Strangyeard, jadeante—, ¡ay!, este libro escrito por Morgenes es maravilloso.
¡Maravilloso! Valada Geloë, ¿leísteis este pasaje?
El sacerdote trató
de sujetar las páginas, sueltas en su mayoría; tropezó con un montecillo de
hierbas y estuvo a punto de perder el equilibrio.
—Creo que aquí hay
algo de importancia... Pero, ¡ay, tonto de mí! ¡Si hay tantas cosas de
importancia en esta obra! Es un libro ex¬traordinario.
Geloë apoyó la mano
en el hombro de Leleth, para indicarle que se detuviera. La niña no levantó la
vista, sino que permaneció donde se había parado, con la mirada fija en las
nebulosidades.
—¡Acabaréis por
haceros daño, Strangyeard! —dijo Geloë con brus¬quedad, y luego añadió, con los
ojos puestos en él—: ¿Qué queréis?
—¡Oh, perdonad! —se
excusó el archivero, al mismo tiempo que se palpaba el parche que le cubría el
ojo, con lo que por poco pierde el brazado de hojas—. No quise que os
detuvierais. Puedo leer mien¬tras camino.
—Repito que os
haréis daño. ¡Leed!
Pero antes de que
Strangyeard pudiese hacerlo, se vieron inte¬rrumpidos por nuevas llegadas.
—¡Loado sea Dios!
—exclamó Isorn, que con Deornoth acababa de abrirse paso entre los últimos
árboles—. ¡Por fin estamos fuera del bosque, en el campo abierto!
Los dos dejaron
cuidadosamente en el suelo la camilla que ha¬bían llevado, contentos de
librarse por un rato del peso de Sangfugol. Bajo los cuidados de la hechicera,
el arpista se reponía bien y bastante deprisa de lo que habría constituido una
fatal infección de la sangre, pero aún no podía andar más de un par de horas al
día.
Geloë miró hacia
atrás.
—Load a Dios cuanto
queráis —advirtió—, pero quizás añoremos pronto la protección de esos
árboles...
El resto del grupo
salió cojeando del bosque. El príncipe Josua ayudaba a Towser, que avanzaba
atontado y sin hablar. El viejo tenía los ojos casi en blanco, como si
contemplara un lejano cielo escon¬dido detrás del encapotado cielo. Vorzheva y
Gutrun los seguían a poca distancia.
—Han pasado muchos
años desde que vi los Thrithing —co¬mentó Josua—, incluso esta parte menos
agreste. Casi había olvi¬dado su belleza —dijo cerrando los ojos por unos
instantes para abrirlos de nuevo y mirar al indistinguible horizonte—. No se le
pa¬rece ninguna otra región de Osten Ard. Hay quien lo llama la «me¬seta de
Dios».
—Y realmente es la
meseta de Dios —intervino Sangfugol con cansada sonrisa—, mi príncipe. Digamos
que es un tablero en el que Él nos utiliza como dados. ¡Que Aedón me guarde! Lo
mío es cantar la balada de Jack Mundwode y sus perversos bandidos; no imitar
sus andanzas por el bosque.
Se levantó como
pudo de la camilla y gruñó:
—¡Debo salir de
este traqueteante artefacto y sentarme...! No; ya me va bien la hierba. Noto
más mi dolorida pierna que la humedad.
—¡Vaya
agradecimiento! —rió Isorn—. Creo que voy a demos¬trarte lo que de veras es el
traqueteo, arpista.
—Bien, bien —dijo
Josua—. Descansaremos. Que nadie se aleje, y quien se aparte más de un tiro de
piedra, que lleve a alguien con¬sigo.
—¡Al fin estamos
fuera del bosque! —suspiró Deornoth—. ¡Ten¬dría que haberlo visto Einskaldir!
El caballero
recordó la tumba del rimmerio, allá en uno de los quietos páramos de
Shisae'ron, un simple montón de tierra mar¬cada únicamente con su yelmo y el
Árbol de madera de Strangyeard. Ni siquiera la habilidad curativa de Geloë
había sido sufi¬ciente para salvarlo de las terribles heridas sufridas al
dirigir su huida de las nornas. Ahora, el arrojado Einskaldir yacería para
siempre en un lugar de calma intemporal.
—¡Era un tipo duro!
Que Dios lo bendiga —dijo Deornoth—. Nunca se rendía, aunque... no creo que
creyera que iba a salir siem¬pre con bien.
—Ninguno de
nosotros habría salido, de no ser por él —señaló Isorn—. Es otra cruz en la
lista.
—¿Qué lista?
—La lista de lo que
les debemos a nuestros enemigos... A Skali, a Elías y a todos ellos —contestó
Isorn con amargura en su ancho ros¬tro—. Les debemos una pelea bien sangrienta.
Algún día pagarán todo lo que hicieron. Y, cuando llegue ese momento, Einskaldir
lo presenciará desde el cielo. ¡Y se reirá!
Deornoth no supo
qué decir. Si Einskaldir podía presenciar ba¬tallas desde el cielo, desde luego
que se reiría. Por mucha que fuera su religiosidad, le parecía una afrenta que
Einskaldir se hubiese perdido los viejos tiempos paganos de Rimmersgardia y, en
cambio, le tocara pasar la eternidad en los tranquilos alrededores del paraíso
de Aedón.
Mientras los demás
paseaban un poco, Vorzheva le susurró algo a la duquesa Gutrun, y luego
descendió la pequeña pendiente para internarse en la húmeda pradera. Se movía
en una especie de sueño, los ojos fijos en la nada y caminando sin rumbo fijo y
en línea casi elíptica entre la mojada hierba.
—Vorzheva —la llamó
Josua con voz más cortante que de costum¬bre—. ¡No vayas sola! La niebla es muy
espesa y podríamos perderte de vista.
—Tendría que
alejarse mucho para que quedase fuera del alcance del oído —intervino la
duquesa Gutrun, conduciendo a Towser con una amable mano apoyada en su codo.
—Puede que así sea
—admitió Josua—, pero yo preferiría no tener que ir dando tumbos por la
brumazón, ni correr el riesgo de que nos oiga quien no deseamos. No creo que
hayáis olvidado la escolta que tuvimos al salir de Naglimund.
Gutrun hizo un
gesto de horror y admitió su razón. Vorzheva, en cambio, sin hacer caso de la
conversación, ya era sólo una con¬fusa forma entre la niebla.
—¡Dichosa
indocilidad la suya! —gruñó Josua, siguiéndola con la vista.
—Iré con ella —le
indicó Geloë a Gutrun—. Cuidad vos de la niña, por favor.
Señaló a la pequeña
Leleth y avanzó en pos de Vorzheva, que ya apenas resultaba visible.
Josua esbozó una
risa desdichada.
—Si así es como
gobierno yo a un pueblo de nueve o diez —le comentó a Deornoth—, ¡mi hermano
puede ocupar tranquilo el Trono de Huesos de Dragón! En tiempos de mi padre,
Juan, la gente casi rogaba poder cumplir sus órdenes.
«¿También su esposa
la reina? —se preguntó Deornoth, aunque no lo dijo, y se limitó a observar la
oscura sombra de Geloë, que iba en busca del fantasma que ahora era Vorzheva—.
Si uno tiene una mujer orgullosa y testaruda, más vale no juzgar el propio éxito
por su obediencia.»
—¡No habléis mal de
vos mismo, señor! —fue lo que dijo en cam¬bio—. Estáis hambriento y cansado, y
además tenéis frío. Permitid que encienda un fuego.
—No, Deornoth
—contestó Josua, frotándose el muñón de la mu¬ñeca como si le doliera—. No
permaneceremos aquí tanto rato. Es pre¬ciso que avancemos más, antes de
tomarnos un descanso largo. Nos detendremos en algún lugar donde sólo tengamos
campo abierto a nuestro alrededor. Entonces, aunque siempre estemos expuestos,
también lo estará quien nos persiga.
—Buena idea
—rezongó Sangfugol desde su montecillo de hierba—. Es cierto, pero nosotros
somos un alegre grupo de peregrinos...
—Unos peregrinos no
pueden permitirse mucha alegría en su ca¬mino a través del infierno —replicó
Josua, y se alejó un poco por el césped para entregarse a sus pensamientos.
—En tal caso, ¿por
qué no se lo explicáis? —En la voz de Geloë ha¬bía exasperación, aunque sus
ojos, amarillos como los de un halcón, revelaban poca emoción—. ¡Por lo que más
queráis, Vorzheva! No sois ya una chiquilla, sino toda una mujer. ¿Por qué actuáis
así?
Vorzheva tenía los
ojos húmedos.
—No sé... No logro
entenderlo.
—Pues yo no os
entiendo a ninguno de los dos —declaró Geloë—. Pasé poca parte de mi vida entre
humanos, y es a causa de esa ridícula incertidumbre. «Deseo esto..., no lo
deseo...» Los animales me parecen más cuerdos. Hacen lo que deben y no se
enfurecen por lo que no pueden cambiar. ¿Por qué os preocupáis tanto por cosas
que no tienen importancia? —continuó la hechicera, a la vez que apoyaba su
callosa mano en el brazo de Vorzheva—. Es evidente que el prín¬cipe Josua se
interesa por vos. ¿Por qué no decirle la verdad, pues?
La joven suspiró.
—Me toma por una
chica tonta. Eso hace que le importe menos.
—Y se enjugó el
rostro con la rasgada manga—. Miraba el Feluwelt..., que es como mi pueblo
llama a este lugar, donde el prado penetra hasta las sombras del bosque. Y me
trajo muchos recuerdos muy dolorosos...
—Valada Geloë?
—sonó entonces muy cercana la voz del padre Strangyeard, aunque no se lo veía
por culpa de la niebla—. ¿Estáis ahí, valada Geloë?
El severo rostro de
la hechicera delató una cierta frustración.
—Aquí sí,
Strangyeard. ¿Sucede algo?
Apareció el
archivero, una flaca e insegura forma entre la gris oscuridad.
—No, no...
Simplemente quería... —empezó, pero, al ver el rostro anegado en lagrimas de
Vorzheva, se interrumpió—. ¡Oh, cuánto lo siento! He sido muy descortés... Ya
me voy.
Y se introducía de
nuevo en el mar de espesa niebla cuando, cosa extraña, oyó la voz de Vorzheva.
—¡No os vayáis,
padre! ¡Venid con nosotras! Strangyeard la miró, y luego se fijó en Geloë.
—No me gusta
inmiscuirme, señora. Sólo pensaba en algo des¬cubierto en el libro de Morgenes.
Desviado el parche
que le cubría el ojo, y con el escaso flequillo pelirrojo que se le rizaba con
la humedad, el sacerdote parecía un pi¬camaderos asustado. Cuando pese a lo
dicho ya iba a marcharse, la hechicera alzó una mano tranquilizadora.
—Acompañadnos,
Strangyeard, como dice Vorzheva. Quizá mi habilidad se adapte mejor a lo que
vos necesitáis. ¡Venid! —agregó, al observar que el sacerdote la miraba
nervioso—. Regresaremos junto a los demás mientras conversamos.
Strangyeard seguía
con las hojas sueltas del libro de Morgenes en la mano. Después de unos cuantos
pasos en silencio, empezó a darles la vuelta.
—Temo haber perdido
lo que buscaba —dijo, desordenando to¬davía más los pergaminos—. Creía que
podía ser significativo. Era algo referente a la magia..., el Arte, como lo
llamaba Morgenes. Me asombra ver lo que sabía. Nunca hubiese soñado que...
¡Aquí lo tengo! —exclamó con una sonrisa de triunfo—. ¡Qué manera de
ex¬presarse con palabras...!
Dieron unos cuantos
pasos sin hablar.
—¿Vais a leérnoslo?
—preguntó Geloë finalmente.
—¡Oh, claro que sí!
—repuso Strangyeard, y se aclaró la garganta con un carraspeo.
«... En realidad,
los artículos convenientes para el Arte parecen di¬vidirse en dos amplias
categorías... —comenzó el sacerdote—. Aquellos cuyo valor va ligado a ellos
mismos, y aquellos otros cuyo valor se rela¬ciona con su consecuencia. En
contradicción con la superstición popu¬lar, una hierba arrancada en un
cementerio no es especialmente útil por proceder de tal lugar, sino por las
condiciones que reúne la hierba en sí. Puesto que un cementerio puede ser el
único sitio donde tal hier¬ba se encuentre, se establece la conexión y resulta
ya casi imposible de deshacer.
»La otra categoría
de objetos útiles suele consistir en objetos "confec¬cionados", y su
virtud reside en la forma que se les da o en su materia prima. Los sitha, que
durante largo tiempo poseyeron el secreto de sus artificios, que escondían de los
mortales, hicieron muchas cosas cuya creación era una auténtica práctica del
Arte..., aunque los sitha no lo llamarían exactamente así. En su caso, la
virtud de esos objetos reside en la manera de hacerlos. Las famosas flechas de
Vindaomeyo son un ejemplo: talladas en madera corriente y completadas con
plumas de pá¬jaros vulgares, cada una constituye un talismán de gran valor.
»Otros objetos
extraen su poder del material de que están hechos. Las grandes espadas a las
que se refiere Nisses en su libro ya extraviado, son prueba de ello. Todas
parecen derivar su valor del material de que se componen, aunque la realización
de cada una constituyó una tarea muy difícil. Minneyar, la espada del rey
Fingil, procedía del hierro de la quilla de su embarcación, hierro traído a
Osten Ard por los corsarios rimmerios venidos del perdido oeste. Espina, que
recientemente fue la espada de sir Camaris, el más noble de los caballeros del
Preste Juan, había sido forjada con el reluciente metal de una estrella caída,
como el hierro de Minneyar, también extraño en Osten Ard. Y Dolor, la es¬pada
que, según Nisses, Ineluki el sitha utilizó para matar a su propio padre,
Iyu’unigato, estaba elaborada con madera de sus bosques y hie¬rro, dos
elementos que durante largo tiempo se consideraron antitéticos e imposibles de
mezclar. Así pues, tales objetos parecen obtener su fuerza, en primer lugar, de
los orígenes sobrenaturales de sus sustancias. Pero también se dice que unos
poderosos hechizos intervinieron en la forjadura de las tres hojas, o sea que
el poder de las Grandes Espadas puede proceder tanto de su sustancia como de su
realización.
» Ti-tuno, el
cuerno de caza hecho en la legendaria Mezutu’a con un diente del dragón
Hidohebhi, constituye otro claro ejemplo de cómo, en ocasiones, un objeto de
poderes mágicos puede estar hecho con unos materiales y una habilidad...»
Strangyeard se
interrumpió.
—Aquí ya pasa a
hablar de otras cosas, todas fascinantes, desde luego..., ¡qué sabio era ese
hombre...!, pero me pareció que estos pá¬rrafos dedicados a las espadas podían
ser interesantes.
Geloë asintió
lentamente.
—Y lo son. Yo me
preguntaba el origen de esas tres espadas que se han convertido en objeto de
nuestras esperanzas. Morgenes parece estar en lo cierto acerca de su valor. Tal
vez puedan ser útiles para atacar a Ineluki. Es una suerte que encontraseis
esto, Strangyeard.
Las mejillas del
religioso, ya por sí sonrosadas, se ruborizaron todavía más.
—Sois muy amable.
Demasiado amable.
—Oigo a los otros
—indicó Geloë—. ¿Os habéis serenado, Vorzheva?
—Sí. No soy tan
tonta como vos creéis —respondió tranquila¬mente.
La hechicera se
echó a reír.
—Yo no os considero
particularmente tonta. Creo que casi todo el mundo comete tonterías, y me
cuento entre ellos, ya que... ¡aquí me tenéis, sin un techo y andando por estos
prados como una va¬quilla extraviada! A veces, una tontería obvia es la única
respuesta a los problemas graves.
—Hum... —hizo
Strangyeard, boquiabierto—. ¡Hum...!
El astroso grupo
prosiguió su camino por aquellas praderas cu¬biertas de niebla, en dirección
sur, para encontrar el río Ymstrecca, que serpenteaba a lo largo del Alto
Thrithing. Acamparon en plena llanura, tiritando bajo el azote del viento
cargado de lluvia, y se reu-nieron alrededor del pequeño fuego. Geloë preparó
una sopa de hierbas y raíces que había recogido. Llenaba y, además, calentaba
el estómago, pero Deornoth echó de menos algo más sólido.
—Mañana dejadme
penetrar más en el campo, señor —suplicó a Josua cuando estaban allí sentados.
Todos, menos Geloë,
se habían envuelto en sus capas para dor¬mir, pegados unos a otros como una
familia de gatitos en reposo, la hechicera había salido a dar una vuelta.
—Sé que podría
encontrar una o dos liebres, y la maleza tiene que estar llena de guacos, por
muy frío que sea este verano. ¡Hace ya una serie de días que no comemos carne!
—insistió el caballero.
Josua se permitió
una gélida sonrisa.
—Quisiera poder
permitíroslo, amigo Deornoth —contestó—, pero necesito vuestros fuertes brazos
y vuestro ingenio. Esta pobre gente apenas puede dar un paso más. Eso, los que
están en condi¬ciones de andar. No cabe duda de que un par de liebres estarían
muy sabrosas, pero ahora debo reteneros aquí. Además, Valada Geloë dice que uno
puede vivir años enteros sin probar la carne.
Deornoth hizo una
mueca.
—¿Pero a quién le
agrada?
A continuación
estudió detenidamente a su príncipe. Si Josua siempre había sido delgado, ahora
todavía lo estaba más. Debajo de la piel se le veía el juego de los huesos. La
alta frente y los pálidos ojos lo hacían parecer la estatua de algún antiguo
monje filósofo, con la mirada clavada en el infinito mientras hacía caso omiso
del mundo que giraba delante de él.
El fuego produjo un
ruido sibilante al tratar de comerse la ma¬dera húmeda.
—Otra pregunta,
señor, si me lo permitís —dijo Deornoth con suavidad—. ¿Estamos tan seguros de
la existencia de esa Roca del Adiós como para arrastrar a través de los
Thrithing a esta gente he¬rida y enferma? No quiero hablar mal de Geloë, que es
simplemente un alma bendita, pero ¿por qué ir tan lejos? El límite de
Erkynlandia se halla sólo a unos kilómetros hacia el oeste. Sin duda podría¬mos
encontrar alguna persona leal en una de las ciudades del valle de Hasu. Aunque
la gente de allí tema demasiado a vuestro her¬mano para darnos cobijo,
probablemente lográsemos comida y be¬bida y ropas de más abrigo para nuestros
heridos.
Josua se frotó los
ojos.
—Quizá, Deornoth,
quizá, también yo pensé en eso; creedme —confesó, a la vez que estiraba sus
largas piernas hasta tocar ligera¬mente las brasas del borde con el talón de
las botas—. Pero no pode¬mos arriesgarnos, ni debemos perder tiempo. Cada hora
que cami-nemos por campo abierto representa más tiempo para que alguna de las
patrullas de Elías nos descubra o que algo todavía peor nos atrape. No,
Deornoth: el único lugar adonde parece que podemos ir, es la Roca del Adiós
aconsejada por Geloë. Y cuanto antes, mejor. Erkynlandia está perdida para
nosotros. Al menos, de momento, y quizá para siempre.
El príncipe se
sumió de nuevo en sus pensamientos. Deornoth hurgó en el fuego, sin saber qué
responder.
Alcanzaron las
orillas del Ymstrecca en la mañana de su tercer día en las praderas. El ancho
río relucía débilmente bajo el cielo gris; una cinta plateada, casi opaca, que
fluía como un sueño a través de los oscuros y húmedos campos. La voz del agua
era tan queda como su resplandor, un leve murmullo semejante a una
conversa¬ción lejana.
La gente de Josua
se alegró de hacer un alto y reposar un poco en la orilla del río. Resultaba
hermoso oír y ver los primeros rápi¬dos desde que habían penetrado en el espeso
bosque de Aldheorte. Cuando Gutrun y Vorzheva comunicaron a los demás su plan de
caminar un trecho río abajo, con el fin de asearse en privado, Josua tuvo
enseguida algo que objetar, preocupado por su seguri¬dad. Pero, al ofrecerse
Geloë para acompañarlas, el príncipe dio su consentimiento, aunque no sin
cierta resistencia. Pero era difícil imaginar una situación que la gran
competencia de la hechicera no pudiese superar.
—¡Es como si no
hubiera pasado el tiempo! —exclamó Vorzheva con los pies colgando en el agua.
Habían elegido una
orilla arenosa donde un grupo de abedules en medio de la corriente ensanchaba
el lecho del río y, además, im¬pedía que los viesen sus compañeros de viaje. La
voz de la joven sonó despreocupada, pero su rostro la traicionaba.
—Hacía lo mismo
cuando era pequeña —dijo, echándose agua sobre los numerosos arañazos que le
cubrían las piernas—. ¡Pero qué fría está!
La duquesa Gutrun
se había soltado el cuello de su vestido. Se hallaba un poco apartada de la
orilla, y el río formaba pequeños re¬molinos alrededor de sus gruesas
pantorrillas mientras se mojaba el cuello y la cara.
—Pues no está tan
mal —rió—. El río Gratuvask, que pasa por nuestro hogar de Elvritshalla, ¡ése
sí que resulta helado! Sin embargo, las chicas de la ciudad bajan a bañarse en
él cada primavera. Yo tam¬bién lo hacía, cuando era joven... —recordó, con la vista
fija en la nada—. A los hombres no se les permitía salir en toda la mañana,
para que las muchachas solteras pudieran chapotear a gusto, y el que se
atreviera a asomar la nariz, recibía una paliza. ¡Brrr, qué frías estaban
aquellas aguas! Tened en cuenta que el río nace entre las nieves de las
montañas del norte. No sabéis lo que es oír chillar si no visteis me-terse a un
centenar de chicas en un río gélido en una mañana de avrel... —dijo entre
risas—. Hay una historia que habla de un joven que decidió presenciar el baño
de las doncellas en et Gratuvask... Es famosa en toda Rimmersgardia. Quizá la
hayáis oído contar...
Pero de pronto se
interrumpió, con el agua resbalando de sus manos ahuecadas en forma de taza.
—¡Vorzheva! ¿Os
sentís mal?
La mujer thrithinga
estaba inclinada hacia adelante, con el ros¬tro blanco como la nieve.
—Sólo es un dolor
—contestó secamente, enderezándose otra vez—. Se me pasará pronto. Ya estoy
mejor. ¡Contadnos vuestra historia!
Gutrun la miró con
aire de sospecha. Pero antes de que la du¬quesa pudiese decir algo, Geloë, que
había estado ordenando los ca¬bellos de Leleth con un peine de espina de
pescado, sentada cerca de ellas en la orilla, gritó:
—¡La historia
tendrá que esperar! ¡Mirad! ¡No estamos solas!
Vorzheva y la
duquesa volvieron la vista hacia donde señalaba Geloë.
Al otro lado de los
prados, a unos tres o cuatro estadios de distan¬cia hacia el sur, un hombre a
caballo se alzaba sobre un altozano. Es¬taba demasiado lejos para que pudiera
vérsele la cara, pero no cabía duda de que miraba en su dirección. Las tres mujeres
lo observaron también, incluso Leleth, que tenía los ojos desmesuradamente
abiertos. Después de unos momentos de silencio, en los que se diría que ni les
latía el corazón, la solitaria figura dio media vuelta y des¬cendió la colina,
desapareciendo de su vista.
—¡Qué..., qué
susto! —murmuró la duquesa, sujetándose el cue¬llo de su vestido con la mojada
mano—. ¿Quién puede ser? ¿Alguien enviado por aquellas horribles nornas?
—No lo sé —jadeó
Geloë—, pero tenemos que avisar inmediata¬mente a los demás, por si Josua no se
ha dado cuenta. Cualquier desconocido es preocupante, en estas circunstancias,
ya sea amigo o enemigo.
Vorzheva se
estremeció. Tenía la cara aún muy pálida.
—En estas llanuras
no hay amigos —murmuró.
La noticia dada por
las mujeres fue suficiente para convencer a Josua de que no podían entretenerse
más. Malhumorada, la pe¬queña compañía cargó con sus escasas posesiones y
emprendió la marcha de nuevo, siguiendo el curso del Ymstrecca hacia el este, a
lo largo del lindero del bosque, ahora tan lejano que no era más que una oscura
línea en el nebuloso horizonte del norte.
No vieron a nadie
en toda la tarde.
—Parecen tierras
fértiles —comentó Deornoth cuando buscaban un lugar donde acampar—. ¿No es
extraño que no hayamos encon¬trado a nadie más, aparte de aquel jinete
solitario?
—Con un jinete
basta —gruñó Josua.
—A mi pueblo nunca
le gustaron estos sitios, tan cercanos al viejo bosque —dijo Vorzheva, con un
escalofrío—. Detrás de los bos¬ques se esconden los espíritus de los muertos.
—Hace un año, yo me
habría reído de esas cosas —suspiró Josua—. Pero ahora las he visto, y cosas
todavía peores. ¡Que Dios nos pro¬teja! El mundo se ha convertido en algo
horrible...
Geloë, que
preparaba un lecho de hierba para la pequeña Leleth, alzó la mirada.
—El mundo fue
siempre igual, Josua —lo corrigió—. Lo único que pasa, es que las cosas parecen
más claras en estas horas tan difíciles. Las luces de las ciudades empañan
muchas sombras que resultan bien manifiestas a la luz de la luna.
Deornoth despertó
en lo más profundo de la noche. El corazón le latía muy aprisa. Había estado
soñando. El rey Elías era un del¬gado ser de terribles garras y ojos encarnados
que se agarraba a la es¬palda de Josua. El príncipe no podía verlo y ni siquiera
se daba cuenta de la presencia de su hermano. En sueños, Deornoth había
intentado advertirle del peligro, pero Josua no le hacía caso y son¬reía
mientras paseaba por las calles de Erchester con el monstruoso hermano montado
en su espalda como un horrible y deforme bebé. Cada vez que Josua se inclinaba
para acariciar la cabeza de un chi¬quillo o dar una moneda a un mendigo, Elías
deshacía la buena ac¬ción de Josua arrebatándole la moneda al desdichado o
arañando a la criatura con sus sucias uñas. No tardó en formarse una enojada
muchedumbre detrás del príncipe, pidiendo que lo castigaran, pero Josua seguía
muy contento su camino, ignorante de lo que sucedía, aun cuando Deornoth gritó
y señaló al demonio que llevaba a sus hombros.
Súbitamente
despierto en la nocturna pradera, Deornoth sacu¬dió la cabeza en un intento de
librarse de aquella pesadilla. Pero el demoníaco rostro de Elías no se apartaba
de su mente. Sentado, miró a su alrededor. Todos dormían, con excepción de
Geloë, que contemplaba pensativa los rescoldos del fuego.
El caballero volvió
a echarse, pero no pudo conciliar el sueño por temor a que de nuevo lo asaltara
aquella pesadilla. Harto ya de su propia debilidad, se levantó y, después de
sacudir la capa en silen¬cio, se acercó a Geloë y se sentó a su lado.
La hechicera ni
siquiera alzó la vista. El último resplandor del fuego le iluminaba la cara, y
sus ojos, fijos en las ascuas, no parpa¬deaban en absoluto, como si nada más
existiera en el mundo. Los labios de Geloë se movían, pero de ellos no brotaba
el menor sonido. Deornoth sintió un escalofrío en la espalda. ¿Que hacía
aquella mu¬jer? ¿Debía hacerla reaccionar?
La boca de la
hechicera continuaba moviéndose. Y Deornoth oyó ahora un murmullo.
—Amerasu, ¿dónde
estás? Tu espíritu es oscuro, y yo me
siento débil...
La mano del hombre
se detuvo a unos centímetros de la basta manga de Geloë.
—... Si te importa
nuestra suerte, demuéstralo ahora... —susurró ; como el viento la voz de la
hechicera—. ¡Te lo suplico...!
Una lágrima teñida
de rojo por el fuego resbaló por su atezado rostro.
La misteriosa
actitud de la mujer hizo regresar a su lecho a Deornoth. Mientras éste
aguardaba el alivio del sueño, permaneció contemplando las blanquiazules
estrellas.
Algo volvió a
despertarlo antes del amanecer. Esta vez era Josua, que sacudió el brazo del
amigo y luego se llevó a los labios el muñón para indicarle que no hablara. El
caballero vio una oscura mancha en el oeste, más densa que la oscuridad general
de la noche, y que se aproximaba por la línea del río. El apagado ruido de los
cascos lle¬gaba hasta ellos por encima de la hierba. A Deornoth se le disparó
el corazón. Palpó el suelo en busca de su espada y solo se calmó un poco al
notar el arma entre sus dedos. Josua se disponía a despertar a los demás.
—¿Dónde está la
hechicera? —murmuró Deornoth, con ansia, pero el príncipe estaba ya demasiado
apartado para oírlo, de modo que se dirigió a gatas a donde yacía Strangyeard.
El hombre, ya algo
entrado en años y de sueño ligero, despertó enseguida.
—¡Silencio! —musitó
el caballero—. Se acercan unos jinetes.
—¿Quiénes son?
—preguntó Strangyeard, pero Deornoth meneó la cabeza.
Los hombres a
caballo, todavía poco más que sombras, se dividie¬ron quedamente en varios
grupos que rodearon el campamento en un amplio círculo. Deornoth se maravilló
ante el sigilo con que ac¬tuaban, a la vez que maldecía su propia falta de
arcos y flechas. ¡Qué locura, pretender pelear con espadas contra unos hombres
monta¬dos..., si es que eran hombres! Le pareció contar unas dos docenas de
atacantes, si bien era difícil calcularlo en aquella semioscuridad.
Deornoth se puso de
pie al mismo tiempo que unas cuantas sombras hacían lo mismo a su alrededor.
Josua, muy cerca, desen¬vainaba su espada Naidel. El súbito chirrido del metal
contra el cuero pareció un grito en medio de la quietud. Los compañeros to¬maron
las riendas y, por espacio de un momento, volvió a reinar el silencio. Nadie
que pasara a un tiro de piedra de distancia hubiese podido sospechar la
presencia de una sola alma, y mucho menos de dos fuerzas a punto de entrar en
batalla.
Una voz rompió la
tranquilidad.
—¡Transgresores!
¡Os encontráis en las tierras del dan Mehrdon! ¡Abajo las armas!
Un pedernal rozó el
acero, y una antorcha floreció entonces de¬trás de las figuras más próximas,
arrojando largas sombras sobre el campamento. Hombres a caballo, con capa y
capucha, rodeaban el grupo de Josua con un cerco de lanzas.
—¡Abajo las armas!
—repitió la voz con fuerte acento westerling—. Sois prisioneros de los
guardianes de las tierras altas que dominan el valle. Si os resistís, os
mataremos.
Se encendieron
varias antorchas más y, de repente, la noche se llenó de sombras armadas.
—¡Aedón
misericordioso! —exclamó la duquesa de Gutrun desde alguna parte—. ¡Dulce
Elysia! ¿Qué va a ser ahora de nosotros?
Una gran sombra
avanzó hacia ella. Era Isorn, deseoso de con¬solar a su madre.
—¡Que nadie se
mueva! —bramó la voz sin cuerpo.
Instantes después,
uno de los jinetes se adelantó con la punta de la lanza hacia abajo, que
pareció relampaguear a la luz de las an¬torchas.
—Oigo voces de
mujer —dijo entonces el desconocido—. No ha¬gáis tonterías, y nada os ocurrirá.
No somos bestias.
—¿Y qué hay
respecto a los demás? —preguntó Josua, dando un paso hacia la luz—. Llevamos
heridos y enfermos. ¿Qué nos haréis?
El hombre se
inclinó para ver a Josua, y por un momento queda¬ron expuestas sus escondidas
facciones. Tenía la cara basta, con las mejillas llenas de cicatrices, y una
hirsuta barba trenzada. Pesadas pulseras tintineaban en sus muñecas. Deornoth
notó que su tensión decrecía algo. Por lo menos, aquellos enemigos eran seres
mortales.
El jinete escupió
al oscuro suelo.
—Sois prisioneros.
No hagáis preguntas. El señor de la Marca de¬cidirá. —Y, volviéndose hacia sus
compañeros, agregó—: ¡Ozhbern! ¡Kunret! Rodeadlos y que se pongan en marcha.
Hizo dar la vuelta
a su caballo para vigilar cómo Josua, Deornoth y los demás eran conducidos a
punta de lanza hasta el cerco de luz.
—Vuestro amo se
enfadará si nos maltratáis —dijo el príncipe.
El jefe de los
hombres se echó a reír.
—Más enfadado se
pondrá conmigo si cuando el sol esté alto no os hemos metido en los carros.
¿Los tenéis a todos? —preguntó a uno de los soldados.
—¡A todos, Hotvig!
Son seis hombres, dos mujeres y una niña. Sólo hay uno que no pueda andar.
Y señaló a
Sangfugol con la punta de su lanza.
—Subidlo a un
caballo —ordenó Hotvig—. Echado sobre la silla; no importa. La cosa es no
perder tiempo.
Cuando los
empujaban, Deornoth procuró situarse al lado de Josua.
—Podría ser pero
—le susurró al oído—. ¿Os figuráis que nos hu¬biesen atrapado las nornas, en
vez de los thrithingos?
El príncipe no
contestó. Deornoth le tocó el brazo y notó que tenía los músculos tensos como
duelas de barril.
—¿Qué os pasa,
príncipe Josua? ¿Acaso se han puesto de acuerdo con Elías los thrithingos?
¡Señor...!
Uno de los jinetes
lo miró con una fea sonrisa sin dientes.
—¡Silencio,
habitantes de los pedregales! —graznó—. ¡Guardaos el aliento para caminar!
Josua volvió un
pasmado rostro hacia Deornoth.
—¿Lo habéis oído?
—murmuró—. ¿No lo oísteis?
El caballero estaba
alarmado.
—¿Qué?
—Seis hombres, dos
mujeres y una niña... —siseó Josua, mirando de un sitio al otro—. ¡Dos mujeres!
¿Dónde está Vorzheva?
El jinete le golpeó
el hombro con su lanza, y el príncipe cayó en un angustioso silencio.
Caminaban
trabajosamente entre sus aprehensores cuando la aurora empezó a encender el
cielo por el este.
Acostada en su duro
lecho de los oscuros alojamientos del servi¬cio, Raquel el Dragón tuvo la
impresión de oír crujir la horca pese a los aullidos del viento entre las
murallas almenadas. Nueve cuerpos más, entre ellos el del canciller Helfcene,
se bamboleaban ahora so¬bre la Puerta de Nearulagh, danzando indefensos a la
furiosa música del vendaval.
Cerca de ella
lloraba alguien.
—¿Sara? ¿Eres tú,
Sara? —susurró Raquel.
Los gemidos del
temporal se redujeron un poco.
—Ssí, señora...
—llegó la ahogada respuesta.
—¡Bendita Rhiap! ¿Y
por qué sollozas de esa manera? ¡Vas a des¬pertar a las demás!
Aparte de Sara y
Raquel sólo dormían ahora tres mujeres en aquellos aposentos de las mozas, pero
los cinco lechos estaban muy juntos, con objeto de estar algo más calientes en
aquella pieza tan amplia y fría.
Sara parecía luchar
por dominarse, pero la voz se le quebró en llanto al contestar:
—Tengo..., tengo
miedo, señora Raquel...
—¿De qué, tonta?
¿Del viento? —inquirió la mujer, al mismo tiempo que se ceñía más la delgada
manta—. Se nos viene encima una tormenta, pero tú ya viviste otras.
La luz de la
antorcha colgada junto a la puerta revelaba el abati¬miento del pálido rostro
de la joven.
—Mi tía abuela
solía decir que... —explicó Sara entre accesos de tos—. Mi tía abuela decía
que, en noches como ésta, andan sueltos los espíritus de los muertos. Y que...,
que uno puede oír sus voces en el viento...
Raquel agradeció la
oscuridad que escondía su propio estreme¬cimiento. Si de veras existían esas
noches, ésta parecía la más ade¬cuada para tales horrores. El viento había
estado aullando como un animal herido desde el atardecer, y ahora ululaba entre
las chime-neas de Hayholt, arañando además las puertas y ventanas con
insis¬tentes y esqueléticos dedos.
La mujer procuró
que su voz sonara firme.
—Los muertos no se
pasean por mi castillo, ¡tontaina! Procura dormir antes de transmitir esas
pesadillas a las demás.
La propia Raquel se
introdujo cuanto pudo en su yacija, en busca de una postura que aliviara su
maltrecha espalda.
—¡Duerme, Sara!
—insistió—. El viento no puede hacerte daño, y mañana nos aguarda un montón de
trabajo. ¡Sólo para recoger todo lo que el vendaval haya arrancado...!
—Lo siento.
La descolorida cara
se hundió en su catre. Al cabo de unos mi¬nutos más de lloriqueo, Sara quedó
callada. Raquel, en cambio, continuaba con los ojos clavados en la oscuridad y
el oído atento a las incesantes voces de la noche.
Quizás había
conciliado el sueño —resultaba difícil de decir, cuando todo lo dominaba la
oscuridad—, pero Raquel estaba con¬vencida de haber percibido, durante un rato,
otro sonido aparte del lúgubre canto del viento. Algo así como unos rasguños
quedos y continuos, un pequeño ruido seco como el producido por las garras de
un pájaro en un tejado de pizarra.
Algo había en la
puerta.
Tal vez hubiese
dormido, sí, pero ahora estaba terriblemente des¬pierta. Y al volver la cabeza
pudo distinguir una sombra que se movía por la franja de luz que se veía debajo
de la puerta. Los arañamientos se hicieron más fuertes, y con ellos llegó el sonido
de un llanto.
—¡Sara...! —susurró
Raquel, pensando que el extraño ruido ha¬bría despertado a la chica, mas no
obtuvo respuesta.
Al mirar con ojos
abiertos a la oscuridad, comprendió que el so¬nido procedía del pasillo... De
algo que estaba allí fuera, al otro lado de la puerta.
—Por favor...
—musitó entonces alguien—. ¡Por favor...!
Raquel se levantó
aunque la sangre le martilleaba la cabeza, y apoyó los pies en el frío suelo de
piedra. ¿Estaría soñando? Parecía muy despierta, pero la voz que oía era la de
un muchacho, la de...
La rascadura
adquirió un carácter impaciente y empezó a sonar asustada. «Sea quien sea
—pensó— tienes que estar muy angustiado para arañar la puerta de tal manera...»
Un espíritu errante, tal vez, algo sin hogar que andaba perdido en la noche,
abandonado y sin parientes a quienes acudir, y que quizás añorase una cama que
ya no existía...
Raquel se acercó a
la puerta, silenciosa como la nieve. Pero su corazón palpitaba como un loco. El
viento había dejado de aullar entre las almenas, y ella estaba sola en medio de
la negrura, sin más compañía que la respiración de las muchachas y el lastimero
rascar de quien aguardaba fuera.
—¡Por favor!
—volvió a susurrar la voz—. ¡Tengo miedo!
Raquel hizo la
señal del Árbol sobre su pecho, agarró el cerrojo y lo retiró. Si bien había
pasado ya el momento de la decisión, abrió la puerta despacio. Temía lo que
pudiera ver.
La solitaria
antorcha iluminó la abatida figura, su cabello pajizo, sus miembros delgados
como los de un espantapájaros... La cara vuelta hacia ella, con ojos muy
alarmados de los que se veía lo blanco, estaba ennegrecida como si la hubiesen
quemado.
—¡Ayúdame! —exclamó
aquella persona, tambaleándose hasta caer en sus brazos.
—¡Simón...! —chilló
Raquel con el corazón desbordado.
El chico había
vuelto, a través del fuego, a través de la muerte...
—¿Si..., Simón?
—balbució el joven, al que se le cerraban los ojos de dolor y agotamiento—.
Simón está muerto. Murió... en el... in¬cendio... Pryrates lo mató...
El muchacho se
desmayó. Mareada ella misma, Raquel tiró de su cuerpo a través de la puerta, lo
dejó deslizarse al suelo, corrió fuertemente el pasador y fue en busca de una
vela. Ahora, el viento sonaba burlón, y, si otras voces se unían a sus gritos,
ella ya no reco-noció ninguna.
—Es Jeremías, el
aprendiz del candelero —dijo Sara, sorprendida, mientras Raquel le lavaba la
sangre del rostro.
A la luz de las
candelas, el ojeroso rostro de Jeremías, con los arañazos en las mejillas,
parecía el de un marchito anciano.
—¡Pero si era un
chico regordete! —murmuró Raquel, en cuya mente bullían aún las palabras del
muchacho; pero debía ocuparse de una cosa a la vez.
¿Qué pensarían
aquellas mozas si ella se desmoronaba?
—No sé qué le habrá
pasado —gruñó—. Está más delgado que una estaca.
Las demás jóvenes
se reunieron a su alrededor, todas con sus mantas echadas sobre sus camisones
de dormir. Jael, ya no tan for¬zuda como había sido antes, dado el duro trabajo
que les tocaba re¬partirse entre las mozas que quedaban, miró al muchacho.
—¿No dijo alguien
que Jeremías había escapado? —preguntó, ce¬ñuda—. ¿Por qué vuelve ahora?
—¡No seas estúpida!
—protestó Raquel, a la par que trataba de pa¬sarle por la cabeza la rasgada
camisa al muchacho, sin despertarlo—. De haber escapado, ¿cómo habría vuelto a
Hayholt en plena noche? ¿Volando, acaso?
—Entonces decidnos
dónde estuvo —se atrevió a decir una de las mozas.
El hecho de que
Raquel, encargada de las sirvientas, no reaccio¬nara ante semejante
impertinencia, demostró hasta dónde llegaba su conmoción.
—Ayudadme a darle
la vuelta —ordenó, a la vez que acababa de quitarle la camisa a Jeremías—. Lo
acostaremos en... ¡Oh, Elysia! ¡Madre de Dios!
La mujer cayó en un
silencio producido por el horror. Sara, que estaba a su lado, rompió a llorar.
La espalda del
muchacho estaba cruzada en todos los sentidos por profundas y sangrientas
estrías.
—¡Me..., me mareo!
—murmuró Jael, alejándose.
—¡No seas tan
inútil! —la riñó Raquel, que había recobrado su compostura—. Échate un poco de
agua en la cara, y luego tráeme el resto de la jofaina. Con este trapo húmedo
no me hasta. Y coge la sábana de la cama que ocupaba Hepzibah, para rasgarla a
tiras. ¡Por los dolores de Rhiap! ¿Es que tengo que hacerlo todo yo sola?
Necesitaron toda la
sábana y parte de otra, porque también las piernas de Jeremías habían sido
azotadas.
El chico despertó
poco antes del amanecer. Primero, sus ojos re¬corrieron la pieza sin ver nada,
pero al cabo de un rato pareció reco¬brar sus sentidos. Sara, con la tristeza y
la compasión asomando a su rostro como si fuese de cristal, le dio a beber un
poco de agua.
—¿Dónde estoy?
—balbució él al fin.
—En los
alojamientos del servicio, hijo —contestó Raquel con cierta brusquedad—.
Debieras saberlo. Ahora dime en qué demonio de travesura te metiste.
Jeremías la miró
por espacio de unos segundos, aún medio atontado.
—Vos sois Raquel el
Dragón... —musitó el finalmente.
Pese a la fatiga y
al susto, así como a lo avanzado de la hora, las muchachas apenas pudieron
contener una sonrisa. Raquel, cosa rara, no se mostró molesta en absoluto.
—Soy Raquel, sí.
Pero explícanos ahora dónde estuviste... Corrió el rumor de que habías huido...
—Me tomasteis por
Simón —respondió el chico, y su vista se des¬lizó de un lado a otro—. Simón era
mi amigo, pero está muerto, ¿no? ¿Y yo? ¿Estoy muerto también?
—No, hijo. Tú no
estás muerto. ¿Qué te ocurrió? —insistió Ra¬quel, que se inclinó para apartar
de los ojos de Jeremías los revueltos cabellos y tocó brevemente la mejilla del
herido—. Estás a salvo. Cuéntanoslo.
El muchacho parecía
querer dormirse de nuevo, pero no tardó en volver a abrir los ojos y, cuando
habló, lo hizo ya de manera más clara.
—Intenté escapar
cuando los soldados del rey golpearon a mi maestro Jakob y después lo echaron
por las puertas. Yo quise huir aquella misma noche, pero los guardias me
atraparon... Fui entre¬gado a Inch.
—¡A ese animal!
—exclamó Raquel, indignada.
Jeremías abrió
mucho los ojos.
—¡Es peor que
cualquier animal! Es un..., ¡un demonio! Dijo que yo sería su aprendiz, abajo
en los hornos... de las fraguas... Inch se considera un rey, allí...—jadeó
Jeremías con el rostro contraído, y de pronto se echó a llorar—. Dice que...,
que ahora es el doctor Inch... Me pegó mucho y..., y... abusó de mí.
Raquel se agachó
para enjugarle las mejillas con su pañuelo. Las jóvenes hicieron la señal del
Árbol.
Los sollozos del
chico disminuyeron.
—No hay nada
comparable a lo... de... ahí abajo...
—Antes dijiste algo
—lo cortó Raquel—. Algo acerca del consejero del rey y de Simón. Repítelo.
Jeremías abrió
todavía más los ojos anegados en lágrimas.
—Pryrates lo mató.
A Simón, y también a Morgenes. El sacer¬dote acudió con soldados. Morgenes
luchó contra él, pero la habita¬ción se quemó, y tanto Simón como el doctor
murieron.
—¿Cómo lo supiste?
—insistió Raquel, en tono un poco brusco—. ¿Cómo lo pudo averiguar un chico
como tú?
—El propio Pryrates
lo dijo. A veces baja a ver a Inch. En ocasio¬nes sólo fanfarronea, por
ejemplo, con lo de haber dado muerte a Morgenes. Pero hay días en que ayuda a
Inch a... torturar a la gente... —A Jeremías le costaba expresarse—. A veces...
Pryrates se lleva a alguien consigo..., cuando se va. Y nadie vuelve —musitó,
casi sin aliento—. Además, allí pasan... otras cosas. Otras cosas terribles.
¡No me devolváis a ese infierno, por favor! ¡Os lo suplico! —jadeó, agarrando a
Raquel por la muñeca.
La mujer procuró
disimular su horror. Deliberadamente apartó de su mente el recuerdo de Simón y
esta nueva revelación hasta que pudiera reflexionar sobre ello en privado. Pero
a pesar del firme control de sí misma, sentía en su interior un frío odio casi
inconte¬nible, un odio como no lo había experimentado jamás.
—No permitiremos
que te apresen —contestó, y la severidad de su voz dejó bien claro que, si
alguien la contradecía, podía prepa¬rarse—. Nosotras..., nosotras...
Y calló durante
unos segundos, confundida. ¿Qué podían hacer, en realidad? Imposible esconder
al muchacho durante mucho tiempo en los alojamientos de las servidumbre, sobre
todo si había huido de la herrería del rey, debajo del castillo.
—¿Qué «otras cosas»
hay allí? —preguntó Jael, con sus castaños ojos de ternera llenos de
desconcierto.
—¡Habla! ¡Date
prisa! —exigió Raquel, pero Jeremías ya contestaba.
—No..., no lo sé
bien...—musitó—. Hay... unas sombras que se mueven. Sombras donde no hay
personas. Y cosas que de pronto es¬tán, y luego ya no. Y voces... —explicó
Jeremías con un escalofrío, y sus ojos escudriñaron la oscuridad formada en el
rincón de la estan¬cia, detrás de la luz de la vela—. Voces que gritan y cantan
y..., y...
De nuevo brotaron
lágrimas de sus ojos.
—Ya basta —dijo
Raquel, disgustada consigo misma por haber dejado hablar tanto al muchacho.
Las mozas
intercambiaban miradas entre sí, nerviosas como corderillos espantados.
«¡Elysia! —pensó—.
Lo que me faltaba... ¡Que ahora se me vayan del castillo las últimas
sirvientas, muertas de miedo...!»
—Hablamos demasiado
—gruñó—. Jeremías necesita descansar. Está tan agotado y maltrecho, el pobre,
que delira... Dejémoslo dormir. El muchacho meneó la cabeza.
—Digo la verdad
—murmuró—, ¡No permitáis que me agarren otra vez...!
—No lo haremos
—respondió Raquel—, pero ahora duerme. Si no hay modo de esconderte, buscaremos
la forma de que salgas de Hayholt. Puedes ir a casa de tus familiares, estén en
un sitio o en otro. En cualquier caso te mantendremos alejado de ese demonio tuerto
de Inch.
—Y de Pryrates
—susurró Jeremías con voz espesa, sucumbiendo ya a la somnolencia—. Habla...
con... las... Voces...
Momentos después,
el chico estaba dormido. Sus facciones, de¬macradas a causa del hambre,
parecían reflejar aún algo del miedo pasado. Raquel lo contempló y sintió que
el corazón se le endurecía como una piedra en el pecho. ¡Ese diabólico
sacerdote de Pryrates! ¡Asesino! ¡Qué plaga había provocado en la casa, cuánta
perversión en su amado Hayholt...!
¿Y qué le habría
hecho a Simón?
Raquel se volvió
hacia las mozas.
—Vosotras intentad
descansar un poco, si podéis —rezongó—. Un poco de excitación no significa que
no haya que fregar los suelos al salir el sol.
Cuando se
acurrucaron en sus lechos, Raquel apagó la vela de un soplo y se acostó con sus
fríos pensamientos. Fuera, el viento aún buscaba el medio de penetrar en el
castillo.
El sol matutino se
alzó sobre la grisácea manta de nubes. Propor¬cionó una difusa luz a las
ondulantes praderas del Alto Thrithing, mas no pudo eliminar la humedad de las
interminables extensiones de hierba y brezo. Deornoth estaba empapado hasta los
muslos y harto de caminar.
Los thrithingos no
se detuvieron para comer, sino que extraían carne seca y frutas de sus alforjas
mientras cabalgaban. A los prisio¬neros no les ofrecieron nada, y sólo se les
permitió hacer una breve pausa a media mañana, durante la cual Deornoth y Josua
interroga¬ron al resto del grupo acerca del paradero de Vorzheva. Nadie la
ha¬bía visto irse, aunque Geloë afirmó haberla despertado al comienzo de la
alarma.
—Nació en estas
tierras —le dijo la hechicera al príncipe—. Por consiguiente, no me preocuparía
mucho por ella.
Sin embargo, el
rostro de Geloë revelaba intranquilidad.
Hotvig y sus
hombres apremiaron a la pequeña partida de Josua cuando sus componentes apenas
habían podido descansar, y la mar¬cha empezó de nuevo. Se levantó un viento del
noroeste, primero suave y luego más fuerte, hasta que las cinchas de las sillas
de mon¬tar de los thrithingos se agitaron como los gallardetes en un torneo, y
la alta hierba se dobló. Los prisioneros tiraban adelante como po¬dían,
tiritando de frío en sus mojadas ropas.
Pronto vieron
indicios de que la zona estaba poblada: pequeños hatos de ganado que pacía en
las suaves colinas, vigilados por solita¬rios hombres a caballo. A medida que
el sol se aproximaba al medio¬día, las manadas se hacían más numerosas y
continuas, hasta que los prisioneros se hallaron siguiendo el serpenteante
curso de uno de los afluentes del Ymstrecca en medio de un verdadero tropel de
ani¬males, la vasta manada parecía cubrir de horizonte a horizonte y, en
general, se componía de ganado corriente, aunque también pas¬taban allí
hirsutos bisontes y toros de largos y curvos cuernos, que levantaban la cabeza
para mirar con ojos legañosos a los hombres que pasaban, a la vez que mascaban
de manera solemne.
—Es evidente que
esta gente no sigue las recomendaciones de Geloë respecto al régimen
vegetariano —comentó Deornoth—. Aquí hay carne suficiente para alimentar a todo
Osten Ard.
Y echó una mirada a
su príncipe, esperando verlo un poco ani¬mado por la broma, pero la sonrisa de
Josua fue sólo de aburri¬miento.
—Muchos de estos
animales están enfermos —señaló Gutrun.
Durante las
frecuentes ausencias de su marido, era ella quien di¬rigía la casa ducal de
Elvritshalla con mano firme, y se consideraba buena conocedora del ganado.
—Fijaos en que,
para tratarse de una manada tan enorme, hay pocas crías.
Uno de los jinetes,
que la había escuchado, hizo una mueca de disgusto, como si quisiera demostrar
el desprecio que le inspiraba la opinión de los prisioneros, pero uno de sus
compañeros admitió, con un gesto afirmativo:
—Es un mal año.
Muchas vacas mueren al parir. Y otras reses co¬men, pero no engordan. Es un mal
año —repitió, y el viento le agitó la barba.
Aquí y allá había,
entre la gran manada, círculos formados por carros, cada círculo rodeado, a su
vez, de vallas precipitadamente hincadas en la tierra. Todos los carros eran de
madera, con grandes y altas ruedas, pero por lo demás no se parecían entre sí.
Algunos te¬nían la altura de dos o tres hombres, y eran verdaderas casas sobre
ruedas, con techo de madera y ventanas cerradas. Otros eran poco más que un
simple suelo cubierto por una especie de lona que el gé¬lido aire agitaba y
hacía chasquear. En muchos de los cercados juga¬ban chiquillos, o correteaban
entre los bonachones rumiantes. En algunas de las dehesas pastaban caballos, y
no sólo animales de tiro, sino también nobles brutos de finos remos y salvajes
crines, que in¬cluso vistos desde lejos parecían tener en sí algo del temple
del acero.
—¡Ay, Señor!
—exclamó Deornoth con un poco de envidia—. ¡Si tuviéramos unas cuantas
caballerías como ésas! Pero no poseemos nada que ofrecer a cambio... Ya estoy
harto de andar.
Josua le dirigió
una mirada de agrio humor.
—Podremos darnos
por satisfechos si salimos de aquí con vida. ¡Y vos soñáis con un par de
corceles de lujo...! Pues yo prefiero vues¬tro optimismo que esos caballos.
Cuando los
prisioneros y sus captores prosiguieron hacia el sur, la distancia entre los
campamentos de carros se hizo menor, y éstos formaron grupos semejantes a
hongos nacidos después de una llu¬via de otoño. Cuadrillas de hombres a caballo
salían de los cercados o entraban en ellos, los guardianes de Josua
intercambiaron algún comentario, a gritos, con esos individuos. Pronto, los
carros estu¬vieron tan arrimados unos a otros que a los prisioneros les pareció
atravesar una cuidad sin calles.
Por fin llegaron a
una gran empalizada de estacas de madera pu¬lida y con adornos de brillante
metal que chacoloteaban en el viento. La mayor parte de los jinetes se
dispersó, pero Hotvig y seis o siete de los suyos empujaron al grupo del
príncipe a través de una puerta oscilante. Dentro de la empalizada había varias
secciones: una contenía una veintena de caballos buenos; en otra había media
docena de gruesas y lustrosas vaquillas. En un cerco especial se al¬zaba un
robusto semental que lucía cintas rojas y doradas en sus hir¬sutas crines. El
poderoso animal oliscó el suelo, cuando ellos pasa¬ban, y no levantó la vista.
Era un monarca más acostumbrado a ser contemplado que a contemplar. Los hombres
que escoltaban al grupo de Josua se llevaron reverentemente una mano a los
ojos, ante el noble bruto.
—Es el animal de su
clan —dijo Geloë sin dirigirse a nadie en par¬ticular.
Al fondo del
campamento había un gran carro con ruedas de gruesos rayos y una bandera —en la
que se veía un caballo dorado— ondeando del techo. Delante se hallaban dos
personas: un hombre muy alto y una muchacha. Ella dividía la larga barba del
hombre en dos gruesas trenzas que le llegaban hasta el pecho. Pese a su edad
—se diría que había pasado ya unos sesenta veranos en las praderas—, sus negros
cabellos presentaban sólo alguna que otra hebra plateada, y todavía se lo
notaba muy musculoso. Sus manos, llenas de sortijas y brazaletes, sostenían un
cuenco.
Los jinetes se
detuvieron y desmontaron. Hotvig avanzó hasta situarse delante de él.
—Capturamos a estos
transgresores que atravesaban el Feluwelt sin vuestro permiso, señor de la
Marca: seis hombres, dos mujeres y una niña.
El personaje miró a
los prisioneros de arriba abajo, y su boca se abrió en una amplia sonrisa de
torcidos dientes.
—¡Príncipe Josua el
Manco! —exclamó sin la menor traza de sor¬presa en la voz—. Ahora que vuestra
casa de piedra se derrumbó, ¿decidisteis vivir al aire libre como hacen los
hombres?
A continuación tomó
un largo trago de su cuenco, hasta dejarlo vacío, se lo entregó a la joven y le
hizo señal de que se marchara.
—Fikolmij —dijo
Josua con fría sonrisa—. ¿De manera que ahora sois el señor de la Marca?
—Cuando llegó el
momento de la elección, de todos los jefes sólo Blehmunt se opuso a mí, y yo le
rompí la cabeza como si hiera un huevo.
Fikolmij soltó una
carcajada, al mismo tiempo que se atusaba la recién trenzada barba, pero de
pronto bajó las cejas como un toro provocado.
—¿Dónde está mi
hija? —bramó.
—Si esa jovencita
era vuestra hija, acabáis de ordenarle que se vaya —se atrevió a replicar
Josua.
Fikolmij apretó el
puño, enfadado, pero luego volvió a reír.
—No hagáis bromas
tontas, Josua. Sabéis a quién me refiero. ¿Dónele está?
—Os diré la verdad
—contestó el príncipe—. Ignoro dónde está Vorzheva.
El señor de la
Marca lo miró de modo ponderativo.
—Ah... Conque...
¡Actualmente no ocupáis un puesto tan ele¬vado en el mundo, habitante de las
piedras! No sólo sois un intruso en el Thrithing, sino también el raptor de mi
hija. Quizás os en¬cuentre mejor si os mando cortar la otra mano. Lo pensaré...
—dijo, y levantó la peluda derecha para hacerle una descuidada indicación a
Hotvig—. Mételos en uno de los pastos para toros hasta que yo de¬cida a quiénes
trinchar y con cuáles quedarme.
—¡Que el
misericordioso Aedón nos proteja! —murmuró el padre Strangyeard.
El soberano río a
medias y se apartó del ojo un mechón de pelo que el viento había desordenado.
—¡Y dadles a estas
ratas de ciudad una manta o dos y algo de co¬mida! ¿Oyes, Hotvig? De lo
contrario, el aire de la noche podría matarlos y privarme de mi diversión.
Cuando Josua y los
demás fueron sacados de allí a punta de lanza, Fikolmij se volvió y, a gritos,
ordenó a la muchacha que le sir¬viera más vino.
14
Una corona de fuego
Mientras soñaba,
Simón ya se dio cuenta de que era un sueño. Había empezado de modo totalmente
vulgar: es¬taba echado en el amplio granero de Hayholt, escondido entre el
cosquilleante heno, observando cómo las familiares figuras de Shem Horsegroom y
Rubén el Oso, el herrero del castillo, habla¬ban tranquilamente abajo, en el
patio. Rubén, cuyos gruesos brazos brillaban de sudor, martillaba con gran
chirrido una herradura can-dente.
Luego, de repente,
el sueño cambió de manera extraña. Las vo¬ces de Rubén y Shem adquirieron un
tono distinto; ya no eran las suyas. Ahora, Simón oía a la perfección lo que
decían, mientras que el martillo ya no producía ruido al chocar contra el
resplandeciente hierro.
—Pero si yo hice
todo lo que me pedías —dijo Shem con voz ras¬posa y rara— Te traje al rey
Elías.
—Presumes demasiado
—replicó Rubén, también con una voz que Simón jamás había oído en él: fría y
remota como el viento en un elevado paso de montaña—. No tienes ni idea de lo
que queremos; de lo que quiere él...
Y no era sólo la
voz lo malo en el herrero, sino que toda su per¬sona emanaba maldad... Era como
un negro lago sin fondo escon¬dido debajo de una delgada capa de hielo. ¿Cómo
podía parecer tan malo Rubén, aunque sólo fuera en un sueño, el bonachón Rubén,
que siempre hablaba tan despacio?
Shem mostraba una
alegre sonrisa, pero sus palabras sonaron ti¬rantes.
—No me importa.
Haré todo cuanto él quiera, y no pido nada a cambio.
—¡Pides mucho más
que cualquier otro mortal! —contestó Ru¬bén—. No sólo te atreves a invocar a la
Mano Roja, sino que además tienes el valor de pedir favores.
Resultaba
desagradable e indiferente como barro de cementerio.
—¡Ni siquiera sabes
lo que pides! —continuó—. Eres un chiquillo, sacerdote, y agarras las cosas
relucientes porque te parecen bonitas. Un día te cortarás con algo y te
desangrarás.
—No me
importa—declaró Shem con lunática firmeza—. No me importa en absoluto. Enséñame
las Palabras del Cambió. El Os¬curo, me lo debe... Está obligado...
Rubén echó la
cabeza hacia atrás y soltó una loca carcajada. En¬cima de su cabeza parecía
arder una corona de llamas.
—¿Obligado?
—exclamó divertido, con un tono terrorífico—. ¿Nuestro amo? ¿A ti te está
obligado...?
Rió de nuevo, y la
piel del herrero empezó a formar ampollas. Pequeñas volutas de humo salían
disparadas al aire mientras la carne de Rubén se quemaba y, una vez pelada,
aparecía debajo un fondo de llamas, que palpitaba con una luz rojiza como una
brasa agitada por el viento.
—Tú vivirás para
ver su triunfo final... Eso es una recompensa superior a la que la mayor parte
de los mortales puede esperar.
—¡Por favor!
Mientras Rubén
ardía, Shem había empezado a encogerse para acabar diminuto y gris como un
pergamino carbonizado. Agitó un brazo, que se deshacía.
—¡Te lo suplico,
ser inmortal, te lo suplico! —jadeó con voz extra¬ñamente clara y cargada de
socarronería—. No pediré nada más... Ni volveré a hablar del Oscuro. Perdona a
un simple mortal. ¡Ensé¬ñame la Palabra!
Donde Rubén había
estado, resplandecía una llama viva.
—Está bien,
sacerdote. Quizá no sea muy arriesgado darte este juguete... El Señor de Todo
se llevará pronto nuestro mundo. En consecuencia, no hay nada hecho por ti que
El no pueda deshacer. ¡Como quieras! Te enseñaré la Palabra, pero el
sufrimiento será grande. No existe Cambio sin pagar... —Y de nuevo brotó la
risa en aquella voz espectral—. Gritarás...
—¡No me importa!
—repitió Shem, a la vez que su cenizosa forma se deshacía en las tinieblas, al
igual que lo que quedaba del herrero y, luego, todo el granero.
finalmente, hasta
la diminuta brasa que había sido Rubén fue sólo un brillante punto en la
negrura... Una estrella...
Simón despertó
angustiado como un hombre que se ahogara. El corazón le latía fieramente en el
pecho. En efecto, en las altu¬ras había una estrella que miraba a través del
agujero en la parte superior de su refugio como un ojo blanquiazul. El muchacho
jadeó.
Binabik levantó su
cabeza del hirsuto cuello de la loba. El gnomo estaba medio dormido, pero
luchaba por despertarse.
—¿Qué te pasa,
Simón? —preguntó—. ¿Tuviste una pesadilla?
—No...
La ola de temor se
iba retirando poco a poco, pero Simón estaba convencido de que había sido algo
más que un mal sueño, le pare¬cía que aquella conversación había tenido efecto
muy cerca de él, una conversación que su mente dormida había entretejido en la
sus¬tancia de su sueño..., un suceso mundano que había experimentado en muchas
ocasiones. Lo extraño y preocupante era que no había nadie más a su alrededor.
Sludig roncaba y, evidentemente, Binabik acababa de abrir los ojos.
—No es nada —dijo
Simón, aunque le costaba hablar con sere¬nidad.
Anduvo a gatas
hasta la parte anterior del tejadillo que los prote¬gía, atento a las
magulladuras del la lección de la víspera, y asomó la cabeza. La primera
estrella que había visto tenía ahora mucha com¬pañía: multitud de luces a lo
largo y ancho del cielo nocturno. El fuerte viento había ahuyentado las nubes,
la noche era clara y fría, y la terrible monotonía del Yermo Blanco se extendía
en todas direc¬ciones. Bajo la marfileña luna no se veían más seres vivientes.
Había sido sólo un
sueño, pues, un sueño de cómo el viejo Shem hablaba en la graznante lengua de
Pryrates, y de cómo Rubén el Oso se expresaba en el tono sepulcral de la nada,
en el mundo vivo de Dios...
—¿Simón? —preguntó
Binabik, soñoliento—. ¿Estás...?
El chico estaba
asustado, sí, pero si quería ser un hombre no po¬día correr a llorar en el
hombro de cualquiera cada vez que lo marti¬rizaba una pesadilla.
—No es
nada—insistió, volviendo a su capa—. Estoy bien.
Sin embargo, el
sueño parecía tan real... Crujieron las ramas de su endeble refugio, azotadas
por el viento. ¡Tan real! «Como si esos hombres hablasen dentro de mi
cabeza...»
Tomándose muy en
serio el fragmentario mensaje del gorrioncillo, cada día cabalgaban desde las
primeras luces hasta las últi¬mas. Había que escapar de la tormenta que se
avecinaba. Ahora, las peleas en broma entre Simón y Sludig tenían lugar a la
luz del fuego, de modo que el muchacho apenas podía pasar algún momento solo
desde que se levantaba hasta que, al término de cada jornada, caía en un
exhausto sueño. Los días transcurrían como una invariable procesión: siempre a
través de los infinitos y ondu¬lados campos blancos, los oscuros grupos de
achaparrados árboles, la pesada insistencia del viento... Simón estaba
agradecido a su cre¬ciente barba. Sin ella, como se decía con frecuencia, el
implacable vendaval le hubiese arrancado la carne de la cara hasta los huesos.
Diríase que ese
mismo viento había borrado ya la faz de aquellas tierras, sin dejar nada que
fuese notable o distinto. De no ser por la oscura franja de bosque en el
horizonte, cada vez más ancha, hu¬biese creído que cada mañana despertaba en el
mismo sitio. Era tanta su añoranza de su caliente lecho de Hayholt, que, aunque
ocupara el castillo el propio Rey de la Tormenta y sus esbirros fue¬ran tan
numerosos como los copos de nieve, él se sentiría feliz en su rincón de los
alojamientos del servicio. Ansiaba locamente tener un hogar. Había llegado a
tal extremo que habría aceptado un colchón en el infierno si el Demonio le
hubiera dejado una almohada.
Con el transcurso
de los días, la tempestad que los seguía iba en aumento: un negro pilar que se
alzaba ominoso en el cielo del noroeste. Grandes brazos de nubes se agarraban
al firmamento cual las ramas de un árbol que llegara hasta el cielo. Entre ellos
zigzague¬aban los relámpagos.
—No avanza muy
aprisa —comentó Simón un día, mientras co¬mían su escaso almuerzo.
En su voz había más
nerviosismo del que a él le hubiese gustado. Binabik hizo un gesto afirmativo.
—Crece, pero se
extiende poco a poco. Es algo que debemos agradecer. Cuanto más despacio
vaya—dijo, aunque con una expre¬sión de anormal desaliento en él—, menos
tendremos que sopor¬tarla, ya que, cuando venga, traerá consigo una oscuridad
que no pasará tan fácilmente como la de una tormenta normal.
—¿Qué quieres
decir?
Ahora sí que se
notaba el temblor en la voz del muchacho.
—Que no se trata de
una simple tormenta de nieve y lluvia —ex¬plicó Binabik, cauteloso—. Opino que
su objeto es el de esparcir el miedo allí por donde vaya. Procede del Pico de
las Tormentas. Y tiene todo el aspecto de algo sobrenatural. Se extiende, sí,
pero no con gran rapidez, como tú bien dices.
—Yo no entiendo
nada de esas cosas —intervino Sludig—, pero debo admitir que estaré contento
cuando hayamos salido de este desierto. No me haría ninguna gracia que una
tempestad me atrapase aquí, al descubierto, y la que se aproxima promete
traérselas... —indicó, mirando de soslayo hacia el sur—. Nos faltan dos días
para llegar a Aldheorte. Allí estaremos algo mas protegidos.
—Espero que tengas
razón —dijo Binabik, con un suspiro—, pero mucho me temo que no exista
protección contra una tormenta se¬mejante, salvo que la protección que
encontremos no sea sólo la de los árboles o la espesura.
—¿Piensas en las
espadas? —preguntó Simón sin alterarse.
El hombrecillo se
encogió de hombros.
—Tal vez. Si
conseguimos las tres, quizá podamos mantener a raya el invierno, o incluso
rechazarlo. Pero antes debemos ir a donde Geloë nos dice. En caso contrario, no
hacemos más que preocupar¬nos por cosas que no podemos arreglar, y eso es
malgastar el tiempo. «Cuando hayas perdido los dientes», decimos los qanuc,
«procura aficionarte a las gachas».
La mañana
siguiente, la séptima que pasaban en el desierto, se presentó cargada de mal
tiempo. Aunque la tormenta que amena¬zaba por el norte aún era sólo una negra
mancha que deformaba el lejano horizonte, plúmbeas nubes habían cubierto el
cielo, desga¬rrados sus extremos por un viento cada vez más fuerte. A mediodía,
cuando el sol había desaparecido por completo detrás del triste su¬dario, la
nieve empezó a revolotear.
—¡Esto es horrible!
—exclamó Simón, estrechando los ojos para defenderse de la punzante cellisca. A
pesar de sus gruesos guantes de piel, tenía ya los dedos entumecidos—.
¡Quedaremos cegados! ¿No podríamos hacer un alto y buscar refugio?
Binabik, que ya no
era más que una pequeña sombra cubierta de blanco a lomos de Qantaqa, se volvió
para gritarle:
—Si adelantamos un
poco más, llegaremos a la encrucijada.
—¿Encrucijada?
—repitió Simón—. ¿En este yermo?
—Acercaos —los
llamó Binabik—. Os lo explicaré.
Simón y el rimmerio
aproximaron sus monturas a la loba, que avanzaba a paso rápido. Binabik se
llevó la mano a la boca, pero el aullido del viento amenazaba con arrebatarle
las palabras.
—No lejos de aquí,
creo, la antigua carretera de Tumet’ai se en¬cuentra con el Camino Blanco, que
recorre el lindero norte del bos¬que. En la encrucijada podemos encontrar
refugio o, al menos, una mayor espesura de árboles, dada la cercanía del
bosque. Cabalgue¬mos un poco más. Si allí no hay nada que nos sirva,
acamparemos de todas maneras.
—Siempre que nos
detengamos antes del anochecer, gnomo —gruñó Sludig—. Eres listo, pero quizá no
lo suficiente para montar un campamento decente en medio de la ventisca y a
oscuras. Des¬pués de todo lo que nos ha tocado pasar, ¡no estoy dispuesto a
morir en la nieve como una vaca perdida!
Simón no dijo nada.
Prefería reservar sus fuerzas para evaluar mejor su desdicha. ¡Qué frío, Aedón!
¿Es que nunca acabaría de verse rodeado de nieve?
Siguieron adelante
a través de la gélida y solitaria tarde. Le ye¬gua de Simón marchaba despacio,
abriéndose paso entre los mon¬tones de nieve que a cada momento se formaban. El
muchacho in¬clinó la cabeza sobre las crines del animal para resguardarse un
poco del huracán. El mundo parecía tan carente de forma y tan blanco como el
interior de una talega de harina, y sólo un poco más habitable.
El sol no se veía,
prácticamente, pero una atenuación de la ya es¬casa luz indicó que la tarde se
desvanecía. Sin embargo, Binabik aún no se decidía a descansar. Cuando pasaron
junto a un poco atrac¬tivo montón de siemprevivas. Simón no pudo más.
—¡Me muero de frío,
Binabik! —gritó enojado por encima del viento—. ¡Y se hace oscuro! Hemos dejado
atrás otro grupo de árbo¬les, y seguimos cabalgando. ¡Es casi de noche! ¡Por el
Árbol de Jesuris, que yo no continúo!
—Simón... —comenzó
Binabik, procurando emplear un tono apaciguador a la vez que chillaba con toda
la fuerza de sus pul¬mones.
—¡En el camino hay
algo! —gritó Sludig de pronto—. ¡Vaer! ¡Si es un gnomo!
Binabik esforzó los
ojos para examinarlo.
—¡No es nada de
eso! —protestó indignado—. ¡Ningún qanuc se¬ría tan loco de aventurarse solo
con un tiempo semejante!
Simón miró
inútilmente el negruzco remolino que tenía delante.
—Yo no veo nada
—dijo.
—Pues yo sí que he
visto algo —rezongó Sludig—. Puede que el re¬flejo de la nieve me ciegue un
poco, pero no estoy loco.
—Probablemente se
trate de un animal —opinó el gnomo— o, si tenemos mala pata, de un excavador
espía. Quizá sea tiempo, en efecto, de procurarnos un cobijo y encender un
fuego, como dice Simón. ¡Mirad! Allá delante hay unos cuantos árboles que nos
pro-tegerán. ¡Allí, en lo alto de la cuesta!
Los compañeros de
viaje eligieron el lugar más abrigado que pu¬dieron encontrar. Simón y Sludig
formaron un tejido de ramas entre los troncos para defenderse del viento
mientras Binabik, ayu¬dado por sus polvos amarillos, encendió la húmeda leña y
se puso a hervir agua para preparar caldo. El tiempo seguía tan malo que,
des¬pués de compartir la insulsa sopa, todos se acurrucaron en sus capas
para... seguir tiritando. El viento sonaba con excesiva intensidad para poder
mantener una conversación, como no fuese a gritos. No obstante la proximidad de
sus amigos, Simón estuvo con sus tristes pensamientos hasta que lo venció el
sueño.
El muchacho
despertó al notar el caliente aliento de Qantaqa en la cara. La loba gimoteaba
y lo empujó con su gran cabeza, hacién¬dolo casi rodar por el suelo. Simón se
incorporó y parpadeó en di¬rección a los débiles rayos del sol matutino que se
filtraba entre la fronda. Montículos de nieve se habían apilado contra las
ramas en¬tretejidas y formaban de este modo una pared que no dejaba pasar el
viento, con lo que el humo del fuego encendido por Binabik as¬cendía sin
dificultad.
—Buenos días, amigo
Simón —dijo Binabik—. ¡Sobrevivimos a la tempestad!
Simón apartó
cariñosamente la cabeza de Qantaqa. La loba emitió un gruñido de frustración,
pero se retiró, tenía el hocico manchado de rojo.
—Ha estado muy
inquieta toda la mañana—comentó el gnomo, sonriente—. Me figuro que las
ardillas y los pájaros y otros animales muertos de frío y caídos de los árboles
le habrán servido de sucu¬lenta comida.
—¿Dónde está
Sludig?
—Atendiendo a los
caballos —contestó Binabik, a la vez que ati¬zaba el fuego—. Lo convencí para
que se los llevara colina abajo, al aire libre, con objeto de que no pisotearan
mi desayuno o tu cara. Aquí tienes el resto del caldo —agregó, ofreciéndole un
cuenco—. Dado que el tasajo casi se ha acabado, te propongo que lo saborees
cuanto puedas. Podemos andar justos de alimento si hemos de de¬pender de lo que
cacemos.
Simón se estremeció
al frotarse el rostro con un puñado de nieve.
—¿Es que no vamos a
llegar pronto al bosque?
Binabik insistió
con paciencia en que se tomara el caldo.
—Así es, pero, más
que atravesarlo, seguiremos su línea. Significa dar una vuelta mayor pero nos
llevará menos tiempo, porque no necesitaremos abrirnos paso entre la maleza.
Además, en este gélido verano pocos serán los animales que no duerman en sus
madrigue¬ras y nidos. Y ahora, Simón, si no te bebes de una vez el caldo, seré
yo quien se lo tome. Tengo tan pocas ganas de morir de hambre como tú, y me
considero bastante más juicioso.
—Perdona. ¡Gracias!
Simón se inclinó
sobre la escudilla y, antes de beber, aspiró el rico aroma.
—Lava el cuenco
cuando hayas terminado —recomendó Binabik, oliscando también—. Un buen cuenco
constituye un lujo en un viaje tan peligroso como el nuestro.
—Me recuerdas a
Raquel el Dragón —sonrió Simón.
—No conozco a esa
Raquel —dijo el gnomo mientras se ponía de pie y se sacudía la nieve del
pantalón—, pero, si cuidó de ti, tuvo que ser persona de gran paciencia y
bondad.
El muchacho soltó
una carcajada.
Alcanzaron la
encrucijada ya muy avanzada la mañana. El punto de encuentro de los dos caminos
sólo estaba indicado me¬diante un delgado dedo de piedra en posición vertical
sobre el he¬lado suelo. Unos líquenes grisáceos, contra los que por lo visto
nada podía la escarcha, se aferraban a él.
—La antigua
carretera de Tumet’ai pasa por el interior del bosque —dijo Binabik, a la vez
que señalaba el sendero apenas distinguible que se alejaba serpenteante entre
un grupo de abetos—. Ya que creo que hace tiempo que no se utiliza y parece
completamente cubierto de hierbajos, debiéramos seguir el Camino Blanco. A lo
mejor en¬contramos alguna casa abandonada donde aún haya provisiones.
El Camino Blanco
resultó ser una vía un poco menos vieja que la procedente de la enterrada
Tumet’ai. Hallaron allí algunas señales de presencia humana: una herrumbrosa y
rota corona de rueda que pendía de una rama de árbol, adonde sin duda debía de
haberla arrojado el airado dueño de un carro; un afilado rayo de rueda
em¬pleado quizá como estaca para una tienda y luego abandonado; un círculo de
piedras ennegrecidas y medio cubiertas por la nieve...
—¿Quién puede vivir
por aquí? —preguntó Simón—. ¿Por qué existe siquiera un camino?
—Tiempo atrás hubo
algunos pequeños caseríos al este de la aba¬día de San Skendi —explicó Sludig—.
Ya os acordaréis de Skendi... Aquel lugar hundido bajo la nieve por el que
pasamos cuando íba¬mos a la montaña del dragón. Incluso existieron aquí unas
cuantas ciudades: Sovebek, Grinsaby, que yo recuerde, y otras. Creo tam¬bién
que, hace cosa de un siglo, la gente rodeaba este gran bosque cuando venía de
los Thrithing, en el norte. En consecuencia, tuvo que haber alguna posada.
—Hace más de un
siglo —agregó Binabik— esta parte del mundo era muy transitada. Nosotros, los
qanuc... o, mejor dicho, algunos de nosotros, nos trasladábamos más al sur, en
verano, y llegábamos a veces a los límites de las tierras bajas. También los
sitha iban de un lado a otro. Sólo en estos últimos y tristes años se han
vaciado de vo¬ces estos lugares.
—Bien vacíos
parecen ahora —dijo Simón—. Y nadie puede vivir en ellos.
Siguieron el
sinuoso camino durante la breve tarde. Allí, en el lindero del bosque, los
árboles se hacían gradualmente más espesos, y a veces crecían tan juntos al
borde del camino que los amigos se preguntaron si, quisieran o no, se habrían
introducido en Aldheorte. Por fin vieron otro mojón, aunque éste inclinado
hacia la carre¬tera, y no existía allí ningún cruce ni otra marca. Sludig
desmontó para echarle una mirada.
—Hay una
inscripción en él, pero gastada y apenas legible —in¬dicó, al mismo tiempo que
arrancaba parte del helado musgo—. Me figuro que dice que Grinsaby está cerca
—añadió con una sonrisa en su escarchada barba—. Puede que queden un par de
tejados en pie, aunque quizá nada más. En cualquier caso, constituiría un
agrada¬ble cambio.
El rimmerio volvió
a su montura con paso un poco más ligero. El propio Simón estaba más animado.
Incluso una ciudad desierta sería mucho mejor que la inhóspita llanura.
El muchacho recordó
unas palabras de la canción de Binabik: «Os hundisteis en frías sombras...». Y
de repente sintió una dolorosa soledad. Quizá la ciudad no estuviese vacía, al
fin y al cabo. A lo mejor había una posada con un fuego, y comida...
Mientras Simón
añoraba las comodidades de la civilización, el sol acabó de esconderse detrás
del bosque. De nuevo se levantó el viento, y el crepúsculo cayó sobre ellos.
Aún había luz en el
cielo, pero el nevado paisaje se había vuelto azul y gris, y absorbía las
sombras como un trapo mojado en tinta. Simón y sus compañeros estaban ya casi
dispuestos a detenerse y acampar, y discutían esa posibilidad en voz muy alta
para acallar el monótono viento cuando llegaron a las primeras casas de
Grinsaby.
Pero, como si
quisieran defraudar hasta las más modestas espe¬ranzas de Sludig, los tejados
de las abandonadas granjas se habían derrumbado bajo el peso de la nieve. Los
cercados y jardines esta¬ban igualmente abandonados y cubiertos de una gruesa
capa de re¬molinante blancura. Simón había visto ya tantas ciudades vacías
durante su permanencia en el norte, que le parecía imposible que la Marca
Helada y el Yermo Blanco dejado atrás hubiesen estado habi¬tadas en su día, y
que la gente hubiese vivido como lo hacía en los verdes campos de Erkynlandia.
Sentía nostalgia del hogar, de los lu¬gares familiares y de un clima también
familiar. ¿O lo habría arra¬sado todo aquel horrible invierno?
Siguieron adelante.
Pronto, las despobladas casas de Grinsaby empezaron a aparecer con mayor
profusión a ambos lados de la ca¬rretera que, según Binabik, llevaba el nombre
de Camino Blanco. Alguna aún contenía objetos de sus habitantes de antaño —una
rugi¬nosa hacha clavada en un tajo de la puerta ahora enterrada bajo la nieve;
una escoba puesta al revés, que asomaba entre los blancos montículos como una
banderola—, pero casi todas las moradas esta¬ban tan vacías y desoladas como
calaveras.
—¿Dónde nos
paramos? —preguntó Sludig—. Me parece que no encontraremos ningún techo.
—Ya que no es
probable, busquemos por lo menos unas buenas paredes —contestó Binabik.
Iba a decir algo
más, cuando Simón le tiró de la manga.
—¡Mira! ¡Es un
gnomo! Sludig tenía razón.
El muchacho señaló
el borde de la carretera, donde un ser de poca estatura permanecía inmóvil con
excepción de su capa, sacu¬dida por el viento. Los últimos rayos del sol habían
iluminado un punto del lindero del bosque y daban relieve a la figurilla.
—Compruébalo tú
mismo —gruñó Binabik, aunque sus ojos exa¬minaban cautamente al desconocido—.
No es un gnomo.
La persona situada
junto al camino era muy pequeña y se cubría con una delgada prenda con capucha.
Allí donde el pantalón no le llegaba hasta las botas, tenía azulada la desnuda
piel.
—¡Si es un niño!
Al darse cuenta de
su error, Simón encaminó a Hogareña hacia el chiquillo, seguido de sus dos
compañeros.
—¡Tiene que estar
medio muerto de frío! —exclamó.
Cuando el
pequeñuelo vio que avanzaban hacia él, alzó la ca¬beza y la nieve llenó de
copos sus oscuras cejas y pestañas. Y de pronto echó a correr.
—¡Eh! —gritó
Simón—. ¡Que no te haremos daño!
—Halad, künde!—
voceó Sludig.
El niño se detuvo y
volvió la cabeza. Sludig se acercó un poco más, desmontó y se acercó despacio a
él.
— Vyer sommen
marroven, künde —añadió y le tendió la mano.
La criatura lo miró
con aire de sospecha, pero no intentó esca¬par. No tendría más de siete u ocho
años y, a juzgar por lo que de él se veía, estaba más delgado que un palo de
batir mantequilla. Lle¬vaba las manos llenas de bellotas.
—Tengo frío —dijo
el chiquillo en perfecto westerling.
Sludig puso cara de
sorpresa, pero enseguida sonrió y dijo:
—Ven, pues,
pequeño.
Cariñosamente cogió
las bellotas y las guardó en el bolsillo de su propia capa y, luego, tomó en
sus robustos brazos al niño, que no se resistió en absoluto.
—Nosotros te
ayudaremos —prometió el rimmerio y, colocando al chiquillo delante de él, en la
silla, lo envolvió en su propia capa de manera que la cabeza del pequeño jinete
parecía salir del ahora abultado vientre de Sludig—. Supongo que ahora
buscaremos un si-tio donde descansar, ¿verdad, gnomo?
—Desde luego
—asintió Binabik, que dio prisa a Qantaqa.
El niño contempló
con ojos muy abiertos a la loba, aunque sin temor, cuando Simón y Sludig
aceleraron también el paso. La nieve cubría rápidamente el hueco ocupado hasta
unos momentos antes por el chicuelo.
Mientras cabalgaban
a través de la abandonada ciudad, Sludig sacó su odre de kangkang hizo tomar un
breve sorbo al niño; éste tosió, pero no pareció extrañarle el amargo gusto del
licor qanuc. Simón calculó que podía ser mayor de lo que su apariencia permitía
suponer, ya que en sus movimientos había una precisión poco pro¬pia de un
chiquillo. Su aparente juventud era debida, probable¬mente, a sus grandes ojos
y a su flaca figura.
—¿Cómo te llamas?
—le preguntó Sludig por fin.
El niño lo miró con
calma.
—Vren —contestó al
cabo de unos momentos, con un acento fluido y a la vez singular.
El nuevo compañero
tiró del odre de kangkang pero Sludig me¬neó la cabeza y lo guardó en sus
alforjas.
—¿Cómo? —preguntó
Simón.
—Vren, creo que
dice —respondió Binabik—. Es un nombre hyrka. El chico puede proceder de allí.
—Fíjate en sus
negros cabellos —señaló Sludig— y en el color de su piel. O es un hyrka, o yo
no soy rimmerio. Pero... ¿qué hacia solo en medio de la nieve?
Los hyrka, como
Simón sabía, era un pueblo libre, muy enten¬dido en caballos y hábil en juegos
en que otros perdían dinero. Había visto muchos hyrka en el gran mercado de
Erchester.
—¿Viven los hyrka
aquí, en el Yermo Blanco?
Sludig frunció el
entrecejo.
—Yo nunca oí decir
tal cosa. Pero de poco tiempo acá he visto muchas cosas que no hubiese creído
antes, en Elvritshalla. Pensaba que esa gente habitaba generalmente en las
ciudades y en las prade¬ras con los thrithingos.
Binabik se acercó
al niño y le dio una afectuosa palmada con su pequeña mano.
—Eso tenía
entendido, pero también hay algunos hyrka que vi¬ven más allá del desierto, en
las áridas estepas del este.
Después de cabalgar
un poco más, Sludig desmontó en busca de alguna señal de que por allí hubiese
gente. Regresó sin éxito y se di¬rigió a Vren. El niño sostuvo su mirada sin
pestañear.
—¿Dónde vives?
—preguntó el rimmerio.
—Con Skodi —Ríe la
respuesta.
—¿Y eso queda
cerca? —quiso saber Binabik, pero el chicuelo se encogió de hombros—. ¿Dónde
están tus padres?
Vren repitió el
gesto.
El gnomo se volvió
hacia sus amigos.
—Skodi puede ser el
nombre de su madre. O el de otra ciudad próxima a Grinsaby. también cabe la
posibilidad de que Vren se ex¬traviara cuando iba en una caravana de carros,
aunque la verdad es que ni en la mejor época del año están muy transitados
estos cami¬nos... ¿Cuánto hubiese podido sobrevivir en un invierno tan
espan¬toso?
Y se encogió de
hombros con un gesto extrañamente parecido al del niño.
—¿Seguirá con
nosotros?—preguntó Simón.
Sludig emitió un
gruñido de exasperación, pero no dijo nada. Simón miró enojado al rimmerio.
—¡No podemos
dejarlo aquí para que se muera! —añadió.
—No temas que
vayamos a hacer eso —intervino Binabik, en tono pacificador—. Me imagino que
debe de haber más gente por aquí, aparte de Vren.
Sludig se
incorporó.
—El gnomo tiene
razón. Aquí tiene que haber alguien. En cual¬quier caso, la idea de llevar a un
niño con nosotros sería absurda.
—Eso mismo es lo
que algunos dijeron respecto de Simón... —contestó Binabik, reposadamente—.
Pero estoy de acuerdo en que conviene buscar su casa.
—El pequeño puede
cabalgar un rato conmigo —propuso Simón.
El rimmerio hizo
una mueca, pero le entregó al niño, que tam¬poco ahora se opuso. Simón lo tapó
con su capa, como Sludig había hecho.
—¡Duerme ahora,
Vren! —murmuró, mientras el viento aullaba entre las ruinas—. Estás entre
amigos. Te llevaremos a tu hogar.
El pequeño lo miró
con la solemne expresión de un clérigo me¬nor en una ceremonia pública. Una
manecita asomó por debajo de la chaqueta para acariciar el lomo de Hogareña.
Con el delgado cuerpo de Vren apoyado en su pecho, Simón cogió las riendas con
una sola mano para poder rodearle la cintura. Se sentía muy mayor y
responsable.
«¿Seré padre algún
día? —se preguntó mientras cabalgaban a tra¬vés de la creciente oscuridad—.
¿Tendré hijos varones... o hijas?»
Todas las personas
conocidas habían perdido a sus padres, por lo visto. Binabik a los suyos en un
alud de nieve, los de Josua habían muerto de vejez... El mal de pecho se había
llevado al padre de Jere¬mías, el aprendiz del candelero, y el progenitor de Miriamele
tam-bién podía estar muerto. Simón pensó en su propio padre, ahogado antes de
su nacimiento. ¿Acaso eran los padres como los gatos y los perros, que después
de haber engendrado a sus hijos desaparecían?
—¡Sludig! —gritó—.
¿Tú tienes padre?
El rimmerio se
volvió con expresión de enojo.
—¿Qué quieres decir
con eso, muchacho?
—Si tu padre vive.
—Que yo sepa, sí
—gruñó Sludig—. Pero no me importa dema¬siado. Ni siquiera me preocuparía que
el viejo diablo estuviera en los infiernos.
Y de nuevo dedicó
su atención a la carretera cubierta de nieve.
«Yo no pienso ser
un padre como ésos —se dijo Simón, a la vez que estrechaba más contra sí al
niño, que por cierto se movió incó¬modo debajo de la capa—. Yo me quedaré junto
a mi hijo. Tendre¬mos un hogar, y no me iré nunca.»
Pero... ¿quién
sería la madre? Una serie de imágenes muy confu¬sas bulleron en su mente: la
distante Miriamele, en su balcón de la torre de Hayholt, la moza Hepzibah, la
gruñona y vieja Raquel, Vorzheva, la de la mirada colérica... ¿Y dónde se
hallaría su hogar? Simón contempló la vasta blancura del desierto y la ya
cercana som¬bra de Aldheorte. ¿Cómo podía esperar alguien permanecer en un
mundo tan absurdo? Prometérselo a un niño, sería una mentira. ¿Un hogar?
¡Contento estaría de encontrar un sitio protegido del viento, para la noche!
Su triste risa hizo
agitarse a Vren. Simón ciñó más la capa alrededor de ambos.
Se aproximaban ya a
los arrabales del este de Grinsaby, y todavía no habían visto ni un alma
viviente. Ni nada indicaba que allí hu¬biese habitado alguien poco tiempo
antes. Era inútil interrogar a Vren, del que no se obtenía más información que
la palabra «Skodi».
—¿Skodi es tu
padre? —preguntó Simón.
—Es un nombre de
mujer —explicó Sludig—. Un nombre rimmerio.
—¿Es Skodi tu
madre? —probó suerte Simón.
El niño meneó la
cabeza.
—Yo vivo con Skodi
—declaró de manera tan clara pese a su acento, que Simón volvió a preguntarse
si el chiquillo no era mayor de lo que ellos suponían.
Entre las suaves
colinas que bordeaban el Camino Blanco aún había algunos solitarios caseríos,
pero eran cada vez menos frecuen¬tes. La noche había avanzado, y ahora llenaba
con negras sombras los espacios entre los árboles. La compañía había cabalgado
durante demasiadas horas y... olvidado la hora de cenar, en opinión de Si¬món.
Y ¿cómo encontrar un sitio adecuado, en plena oscuridad? Binabik se había
puesto a encender una negra rama de pino, para que les sirviera de antorcha,
cuando Simón descubrió un resplandor en el bosque, a cierta distancia del
camino.
—¡Mira! —gritó—.
¡Creo que es un fuego!
Los lejanos árboles
envueltos en nieve parecían arder.
—¡La casa de Skodi!
¡La casa de Skodi! —exclamó el niño, sal¬tando de tal forma que Simón tuvo que
sujetarlo—. ¡Que contenta se pondrá!
El grupo se detuvo
un momento para observar aquella vacilan¬te luz.
—Procedamos con
cuidado —dijo Sludig, al mismo tiempo que ceñía con los dedos el palo de su
lanza qanuc—. ¡Vaya sitio para vivir! Y nadie nos asegura que esta gente sea
pacífica.
Las palabras de
Sludig hicieron estremecer a Simón. ¡Lástima que Espina no fuese lo
suficientemente segura como para llevarla él! Pero también le tranquilizó notar
el cuchillo de hueso que tenia en su vaina.
—Me adelantare
—anunció Binabik—. Soy más menudo y Qantaqa hace menos ruido. Voy a echar una
mirada a eso.
El gnomo murmuró
una palabra y la loba abandonó la carretera para introducirse en las sombras
con la cola en alto como un pena¬cho de humo.
Transcurrieron unos
minutos. Simón y Sludig cabalgaban len¬tamente a lo largo de las dunas de
nieve, sin hablar. Fija la vista en aquella cálida luz que resplandecía en las
copas de los árboles, Si¬món había caído en una especie de duermevela cuando lo
asustó la súbita reaparición del gnomo. Qantaqa mostraba los dientes como si
riera, y la roja lengua le pendía de la boca.
—Creo que es una
vieja abadía —dijo Binabik, con el rostro casi escondido en la oscuridad de su
capucha—. En el patio de entrada hay una hoguera, rodeada por varias personas
que parecen niños. No he visto caballos, ni nada que permita sospechar una
emboscada.
Avanzaron en
silencio hacia la cumbre de una pequeña colina. Desde allí veían el fuego en el
fondo de un calvero bordeado de ár¬boles, y a su alrededor danzaban unas
menudas siluetas. Detrás de ellas se alzaban las enrojecidas paredes de piedra
y resquebrajada ar¬gamasa de la abadía. El antiguo edificio había sufrido las
conse¬cuencias de la intemperie: el largo tejado estaba hundido por varios
sitios, y los agujeros parecían bocas abiertas hacia las estrellas. Y diríase
que muchos de los árboles que crecían en torno al monasterio introducían sus
ramas por las estrechas ventanas, como si quisieran huir del frío.
Mientras
contemplaban aquello, Vren se escurrió por debajo de los brazos de Simón y
saltó de la silla. Cayó a la nieve y enseguida se puso de pie, se sacudió como
un perro y corrió a toda prisa colina abajo, en dirección al fuego. Algunos de
los niños dieron gritos de alegría al verlo llegar. Vren se detuvo un momento
entre ellos y agitó los brazos con excitación, pero luego entró por la puerta
cen¬tral de la abadía y desapareció en un suave resplandor.
Al ver que pasaba
el rato y nadie salía, Simón miró interrogante a Binabik y Sludig.
—En efecto, parece
ser su casa—señaló Binabik.
—¿Seguimos
adelante? —preguntó Simón, aunque confiaba en que dirían que no.
Sludig lo miró de
arriba abajo y soltó un gruñido de exaspe¬ración.
—¡Sería estúpido
dejar escapar la ocasión de pasar una noche ca¬lientes! —exclamó el rimmerio—.
Y necesitamos acampar. Pero que no se os escape ni una palabra de lo que somos
o hacemos. Si al¬guien nos lo pregunta, somos soldados escapados de la guarnición
de Skoggey.
Binabik contestó
con una sonrisa:
—Apruebo tu lógica,
amigo, pero dudo mucho de poder pasar por un guerrero rimmerio. No obstante,
entremos en el hogar de Vren.
Y se lanzaron al
vallejuelo. Las criaturas, quizás unas seis, habían reanudado su juego del
corro, pero al acercarse Simón y los demás lo interrumpieron y callaron. Tal
como había opinado Simón, eran sólo unos niños harapientos.
Ahora, todos los
ojos estaban fijos en los recién llegados. Simón se sintió sometido a un
minucioso escudriñamiento. La edad de los niños parecía oscilar entre los tres
o cuatro años y los que contara Vren, o incluso algo más, y no se asemejaban
entre ellos. Una chi-quilla muy pequeña tenía los mismos cabellos y ojos negros
que Vren, pero otros dos o tres eran tan rubios que sólo podían ser rimmerios.
En cualquier caso, todos mostraban una expresión de cau¬tela. Cuando Simón y
sus compañeros desmontaron, sus cabezas se volvieron casi al unísono para
examinarlos, pero nadie habló.
—¡Hola! —los saludó
Simón.
El niño que tenía
más cerca lo miró de manera hosca, con el ros¬tro bañado por la luz del fuego.
—¿Está tu madre ahí
dentro? —agregó.
Pero el chicuelo no
decía nada.
—El niño que
nosotros trajimos, fue adentro —dijo Sludig—. Eso demuestra que los mayores
están en el interior.
Sopesó luego la
lanza, pensativo, atentamente seguidos todos sus movimientos por la media
docena de pares ele ojos. El rimmerio llevó el arma consigo, camino de la
puerta que Vren había cerrado de golpe tras de sí, y la apoyó en la picada
argamasa de la pared.
—¡Que ninguno de
vosotros toque esto! —advirtió a la pequeña concurrencia—. ¿Entendido? Gjal es,
künden!
Dio entonces una
palmada a su espada, bien envainada, y llamó con el puño a la puerta. Simón
echó una mirada a Espina, ahora un bulto envuelto en cuero colgado de uno de
los caballos de carga. Se preguntó si debía cogerla, pero al Fin pensó que
llamaría más atención de la debida. Aun así, le daba rabia. ¡Tantos sacrificios
para con¬seguirla, y que ahora tuviese que permanecer enganchada a la silla
como una escoba vieja!
—Binabik —murmuró,
a la vez que señalaba la espada—. ¿Crees tú que...?
—No hay motivo de
preocupación. Estoy convencido —respon¬dió el gnomo, también en un susurro—. Y,
en el supuesto que intentaran hacerse con ella, no podrían, dado su peso.
La maciza puerta se
abrió poco a poco. En el umbral apareció el pequeño Vren.
—Skodi dice que
entréis.
Binabik se apeó de
su loba. Qantaqa olfateó el aire durante unos momentos, y luego se largó en la
dirección de donde procedían. Los niños la miraban extasiados.
—Dejémosla ir de
caza —dijo Binabik—. No le gusta meterse en una casa donde vive gente. Ven,
Simón; nos han ofrecido hospita¬lidad.
Y entró el último,
detrás de Vren. En la parrilla del hogar rugía y crepitaba un fuego casi tan
grande como el del patio, que arrojaba alocadas y vacilantes sombras sobre las
grandes paredes cubiertas de telarañas. A Simón le causó la impresión de un extraño
nido. Mon¬tones de prendas de vestir y de paja y de otros artículos de uso
me¬nos frecuente llenaban con gran desorden el sucio suelo.
—¡Bienvenidos,
extranjeros! —dijo alguien—. Soy Skodi. ¿Traéis comida? Porque los niños están
hambrientos...
Ocupaba una silla
cerca del fuego, con varios niños menores que los del patio subidos a su falda
o sentados a sus pies. Primero, Simón creyó que se trataba de una niña, aunque
ya mas crecida, pero pronto comprobó que, por lo menos, era de su misma edad, si
no mayor. Sus blanquecinos cabellos, incoloros como seda de ara–as, enmarcaban
un redondo rostro que, pese a algunos lunares, ha¬bría resultado atractivo de
no estar tan gordo. Los pálidos ojos azu¬les de la joven estudiaron con interés
a los hombres.
Sludig, que se
sentía incómodo en aquel ambiente, dijo:
—¿Comida? ¡Bien
poca es la que tenemos, señora...! Pero la com¬partiremos gustosos... —añadió
tras breve consideración.
Skodi agitó
vivamente la mano, y su rollizo brazo rosado por poco hizo caer a un rorro de
su regazo.
—No importa.
Siempre salimos adelante.
Como Sludig había
imaginado, la mujer hablaba la lengua westerling con marcado acento rimmerio.
—Sentaos y
explicadme algo del mundo —prosiguió Skodi, y de pronto frunció los rojos
labios—. Tiene que haber cerveza en alguna parte. Es lo que bebéis los hombres,
¿no? Vren, ve en busca de cerveza. Por cierro, ¿dónde están las bellotas que te
encargue?
Sludig alzó
súbitamente la mirada.
—¡Oh! —se excusó, y
tímidamente se sacó las bellotas de Vren del bolsillo de su capa.
—¡Bien, bien!
—sonrió Skodi—. Y ahora, ¡la cerveza!
—Enseguida la
traigo.
Y Vren se aleló por
un pasillo formado entre hacinadas sillas, para desaparecer en las sombras.
—¿Cómo es que vivís
en un sitio tan apartado, si nos permitís la pregunta? —dijo Binabik—. Parece
tremendamente aislado.
Skodi lo miraba con
curiosidad y alzó las cejas.
—¡Os había tomado
por un niño! Pero veo que sois un hombre¬cillo —agregó con cierta desilusión.
—¡Soy qanuc,
señora! —le informó Binabik, e insinuó una incli¬nación—. Lo que vosotros
llamáis un «gnomo».
—¡Un gnomo!
—palmoteo Skodi con gran excitación, y esta vez sí que uno de los niños resbaló
de su redondeado regazo para caer sobre el montón de mantas que tenía a sus
pies. El chiquitín ni siquiera despertó, y otro se encaramó al punto para
ocupar su puesto—. ¡Qué maravilla! ¡Aquí nunca habíamos tenido un gnomo!
¡Vren...! —gritó hacia la oscuridad—. ¿Dónde está la cerveza para estos
hombres?
—¿De dónde proceden
todos estos niños? —inquirió Simón, ex¬trañado—. ¿Son todos vuestros?
La cara de la joven
adquirió una expresión de defensa.
—Sí; ahora sí que
lo son. Sus padres no los querían. Así pues, Skodi se los quedó.
Simón estaba
asombrado.
—¡Qué generoso, de
vuestra parte! Pero... ¿cómo podéis mante¬nerlos a todos? Decíais que los
pequeños tenían hambre.
—Es generoso, sí
—admitió ella con afable sonrisa—, pero es lo que me enseñaron. Nuestro Señor
Jesuris dijo que había que prote¬ger a los niños.
—En efecto —gruñó
Sludig.
Vren regresó a la
luz del fuego con una jarra de cerveza y varias escudillas resquebrajadas. Lo
balanceaba todo peligrosamente, pero con la ayuda de los amigos pudo dejarlo en
el suelo y servir cerveza a los tres viajeros. Se había levantado viento, y las
llamas de la parrilla se agitaron.
—Tenéis un buen
fuego —dijo Sludig, al mismo tiempo que se quitaba un poco de espuma del
bigote—. Os tuvo que costar mucho encontrar leña seca, después de la tempestad
de ayer.
—Vren cortó
bastante, a principios de primavera —contestó Skodi, y acarició la cabeza del
chicuelo con su regordeta mano—. También es mi carnicero y prepara la comida.
¡No sé que haría sin mi Vren!
—¿No hay ningún
niño un poco mayor? —preguntó Binabik—. No quiero ser descortés, pero me
parecéis muy joven para criar sin más apoyo a tanto niño.
Skodi lo miró
atentamente antes de responder.
—Ya os lo expliqué.
Sus padres se fueron. Estamos solos. Sin em¬bargo, nos apañamos bien. ¿No es
cierto, Vren?
—Sí, Skodi.
Al muchachito se le
cerraban los ojos y se acurrucó junto a la pierna de su bienhechora, cerca del
agradable fuego.
—Dijisteis que
llevabais algo de comida, ¿no? —les recordó ella—. ¿Por qué no la traéis y
compartimos lo que sea? Nosotros también encontraremos alguna cosa...
¡Despierta, Vren, perezoso! ¡Espabí¬late, que es hora de cenar! —dijo, dándole
un pequeño golpe en un lado de la cabeza.
—¡No lo despertéis!
—intervino Simón, a quien el niño de negros cabellos le daba pena—. Nosotros
nos ocuparemos de todo.
—¡Nada, nada!
—protestó Skodi, y sacudió con cariño a Vren—. ¡Si le encanta preparar la cena!
Vos id en busca de lo que tengáis. Pa¬saréis la noche aquí, ¿eh? No conviene
que los caballos queden a la intemperie. Creo que la cuadra está al otro lado
del patio. ¡Leván¬tate de una vez, Vren, pequeño holgazán! ¿Dónde está la
cuadra?
El bosque era muy
espeso detrás de la abadía, donde en efecto había unos establos. Los viejos
árboles, rebozados de nieve, se incli¬naron lastimeros cuando Simón y sus
compañeros extendieron paja seca sobre el suelo de una de las cuadras y echaron
nieve en la pila para que se derritiera. Aquel lugar parecía haber sido
utilizado en al¬guna ocasión. Había ennegrecidas antorchas en los aros de
hierro, y las medio desmoronadas paredes se veían remendadas de cualquier modo.
Resultaba imposible decir cuándo las cuadras habían servido por última vez.
—¿Entramos todas
nuestras cosas? —preguntó Simón.
—Creo que será
mejor, ¿no? —contestó Binabik, y procedió a soltar la cincha de uno de los
animales de carga—. Dudo de que los chiquillos robasen nada que no fuera
comida, pero se podría extra¬viar algo.
Los mojados
caballos despedían un fuerte olor. Simón le frotó el duro flanco a Hogareña.
—¿No os parece
extraño que aquí no vivan más que niños?
Sludig soltó una
breve carcajada.
—La chica es mayor
que tú, Rizos Nevados, y toda una mujer, por cierto. Frecuentemente, las mozas
de tu edad ya tienen hijos.
Simón se ruborizó e
iba a replicar algo, molesto, pero Binabik se le adelantó.
—En mi opinión
—dijo—, lo que piensa Simón tiene sentido. Algo raro hay en este lugar. No
estaría de más formularle un par de preguntas a nuestra anfitriona.
Simón envolvió a
Espina en su capa, antes de trasladarla a la abadía a través de la nieve. La
variable espada no pesaba nada, ahora, y en cambio parecía palpitar
ligeramente, aunque el mucha¬cho pensaba que quizá fuesen sólo sus propias
manos, temblorosas y heladas. Cuando Vren los acompañó de nuevo al interior,
Simón colocó a Espina cerca del rincón donde iban a dormir y apiló en¬cima
varias de sus alforjas, como si se tratara de inmovilizar a una bestia
durmiente que de pronto podía despertar y hacer de las suyas.
La cena consistió
en una singular mezcla de alimentos y una ex¬traña conversación. Aparte de los
restos de frutos secos y de tasajo que aportaron los tres hombres, Skodi y sus
pequeños ayudantes sa¬caron cuencos de amargas bellotas y ácidas bayas. Vren, por
su parte, encontró un queso bastante duro pero aún comestible en la ruinosa
despensa de la abadía, y luego sirvió varias jarras más de aquella almizclada
cerveza rimmeria. Con todo ello montaron una cena que, aunque escasa, no
aburrió a nadie. Y los niños allí reuni-dos sumaban una docena o más.
Mientras comían,
Binabik tuvo poca oportunidad de hacer pre¬guntas. Los niños con edad
suficiente para salir al exterior se pusie¬ron a explicar fantásticas aventuras
vividas aquel día, unas historias tan exageradas que no podían ser ciertas. Una
chiquilla bastante pe¬queña afirmó haber volado a la cima de un pino muy alto
para ro¬barle una pluma a un grajo mágico. Otro chico un poco mayor juró que
había descubierto, en una cueva del bosque, un arca llena de oro perteneciente
al ogro. Y cuando le tocó el turno a Vren, éste contó a sus oyentes, con toda
tranquilidad, que mientras recogía bellotas había sido perseguido por un
demonio de hielo, de relu¬cientes ojos azules, y que Simón y sus compañeros lo
habían salvado de sus espantosas y gélidas garras, y habían atacado después al
monstruo hasta partirlo a trozos con sus espadas.
Mientras cenaban,
Skodi tenia por turno en su falda a los niños más chiquitines, y, a la vez,
escuchaba cada historia con fascinación. Los mejores narradores eran premiados
con un bocado extra, que desde luego era aceptado con afán. Simón se dijo que,
sin duda, aquella recompensa era la razón de que los relatos fuesen a cual más
fabulosos.
En el rostro de
Skodi había algo que el muchacho encontró cau¬tivador. A pesar de su redondez,
en sus facciones casi infantiles y en el brillo de sus ojos y de su sonrisa
había una delicadeza que lo atraía. En ocasiones, cuando casi se quedaba sin
aliento de tanto reír ante las invenciones de los niños, o si se volvía de
forma que la luz del fuego jugueteara con sus blondos cabellos, parecía hasta
her¬mosa. En otros momentos, en cambio, cuando ávidamente le arre¬bataba un
puñado de bayas a uno de los críos pequeños y se llenaba con ellas la boca, o
si el encanto que pretendía tener alguna historia le parecía tonto, su
expresión era repelente.
Un par de veces,
Skodi descubrió cómo la contemplaba Simón, y las miradas que ella le devolvió
lo asustaron un poco, al mismo tiempo que lo hicieron sonrojarse. No obstante
su volumen, la jo¬ven tenía una expresión hambrienta que no habría estado fuera
de lugar en un mendigo famélico.
—¡Caramba! —exclamó
cuando Vren hubo terminado su emocio¬nante relato—. Sois todavía más valientes
de lo que yo suponía... Esta noche vamos a dormir muy tranquilos, sabiéndoos
bajo nues¬tro mismo techo. No creo que ese demonio de hielo de que hablaba Vren
tenga hermano, ¿verdad?
—No me parece
probable —contestó Binabik con amable son¬risa—. No debéis temer nada de
semejantes demonios mientras no¬sotros estemos aquí. Es lo menos que podemos
hacer a cambio de la casa y el agradable fuego que nos ofrecéis.
—¡Soy yo la que se
siente agradecida! —protestó Skodi, con los ojos muy abiertos—. Aquí no
recibimos muchas visitas. Vren, ayuda a hacer sitio para estos caballeros. ¿Me
oyes, Vren?
El niño observaba
atentamente a Simón con una inescrutable expresión en el moreno rostro.
—Vuestra mención de
las pocas visitas, señora —comenzó enton¬ces Binabik—, trae a mi memoria una
pregunta que deseaba haceros. ¿Como es que vos y todos estos niños habéis
venido a parar a un si¬tio tan aislado...?
—Llegaron las
tormentas. Otros escaparon, y nosotros no tenía¬mos otro lugar adonde ir
—respondió Skodi, y la brusquedad de sus palabras no logró esconder el dolor
que había en su tono—. Nadie de nosotros era deseado. Ni los niños ni yo. Pero
ya es hora de que los chiquitines se acuesten —dijo con voz ya mis cordial—. Y
los demás venid a echarme una mano.
Varios niños
acudieron a ayudarla a levantar su corpachón de la silla. Y, cuando Skodi se
encaminó lentamente hacia la puerta que había al fondo de la pieza, con dos
rorros dormidos agarrados a ella como crías de murciélago, les dijo a los
hombres:
—Vren os conducirá
a vuestro rincón. Tráete la vela cuando vuel¬vas, Vren.
Y desapareció en la
oscuridad.
Simón despertó de
un inquieto sueño en lo más profundo de la noche, asustado por la rojiza
oscuridad sin estrellas, pero también por un débil hilo de sonido que surcaba
el silencioso tapiz del canto del viento. Necesitó unos momentos para recordar
que dormían junto al hogar de una antigua abadía, consolados por el calorcillo
de las brasas y protegidos de los elementos por el techo y las casi
des¬moronadas paredes. El ruido era producido por los solitarios aulli¬dos de
Qantaqa, que sonaban en la lejanía.
El miedo de Simón
se redujo un poco, mas no desapareció del todo.
«¿Sería un sueño,
lo de anoche? ¿Shem y Rubén y aquellas vo¬ces? ¿Se trataba sólo de una
pesadilla, o era algo tan real como pare¬cía y... como sonaba?»
Desde la noche de
su huida de Hayholt no se había sentido dueño de su propio destino. La misma
Noche Empedrada, cuando de algún modo había sentido los repugnantes
pensamientos de Pryrates y contra su voluntad había tenido que tomar parte en
los ritos de la entrega de Elías del horrible regalo que era la espada Dolor,
Si¬món se había preguntado si realmente era dueño de su propia mente. Sus
sueños eran bastante más que meros paseos nocturnos. El sueño tenido en casa de
Geloë, en el que un cadavérico Morgenes lo había prevenido contra un falso
mensajero, así como las repetidas visitas de la gran rueda que todo lo
aplastaba, y la aparición del ár¬bol que era una torre, blanca entre las
estrellas..., todo eso parecía demasiado insistente, demasiado poderoso para no
ser más que un sueño. Y ahora, en la pesadilla de la noche anterior, había oído
ha¬blar tan claramente a Pryrates con un ser espectral como si él hubiese
escuchado por el ojo de la cerradura. Los sueños de ahora no eran como los de
antes de ese año tan terrible.
Cuando Binabik y
Geloë lo habían llevado por el Sendero de los Sueños, la visión experimentada
allí se había parecido mucho a esas otras: como un sueño, pero con la tremenda
e indescriptible potencia de una visión. Quizás a causa de Pryrates, que estaba
en la cumbre, o por algún otro motivo, se había abierto en él una puerta que a
ve¬ces conducía a esa senda de los sueños. Parecía una locura, sí, pero ¿qué no
lo parecía en una época tan absurda? Sus sueños debían de ser importantes —ya
que, al despertar de ellos, tenía la sensación de que algo infinitamente
crucial se le escapaba—, pero, cosa terri¬ble, ignoraba por completo lo que
podían significar.
El lúgubre aullido
de Qantaqa volvió a sonar a través de la tor¬menta que soplaba al otro lado de
los muros de la abadía. Simón su¬puso que Binabik se levantaría para calmar a
su montura, pero tanto el gnomo como Sludig seguían roncando a más y mejor. El
muchacho intentó levantarse, decidido a ofrecer al animal la posibi¬lidad de
entrar —ya que parecía sentirse solo y abandonado, y el fío era muy intenso en
el exterior—, pero en sus miembros había una pesadez y una fatiga que se lo
impidieron. Probó otra vez, pero fue inútil. El cuerpo le obedecía tan poco
como si fuera de madera que¬mada.
De repente, Simón
sintió una somnolencia terrible. Luchó con¬tra la modorra, mas ésta se
apoderaba progresivamente de él. Los le¬janos aullidos de la loba perdían
intensidad, y él tuvo la sensación de resbalar por una larga pendiente hacia la
inconsciencia...
Cuando volvió a
despertar, los últimos rescoldos se habían en¬negrecido y la abadía se hallaba
sumida en la oscuridad. Una fría mano le tocaba la cara. Simón fue a lanzar una
exclamación de ho¬rror, pero el aire apenas le llegaba a los pulmones. Todo él tenía
aún la torpeza de la piedra, sin ninguna capacidad de movimiento.
—Guapo —murmuró
Skodi, ahora una sombra más profunda, más sentida que vista, que se inclinaba
alta y ancha sobre él para acariciarle la mejilla—. Acaba de salirte la barba.
Me gustas, te con¬servaré a mi lado.
Simón trató de
desasirse de aquel tacto, pero sin conseguirlo.
—De todas formas no
te quieren... —continuó Skodi, como si le cantara a un bebé—. Lo noto. Skodi lo
sabe. Eres un proscrito... Lo leo en tu mente. Pero no es por eso que mandé a
Vren que te trajera.
La mujer se colocó
a su lado y se acurrucó como una tienda que se soltara de sus estacas.
—Skodi sabe lo que
tú tienes. Lo oí cantar en mis oídos, lo vi en mis sueños. La dama de la
Máscara de Plata lo desea. Y también su esposo, Ojos Rojos. Quieren la espada
negra y, si yo se la propor¬ciono, se portarán bien conmigo. Querrán a Skodi y
le harán regalos.
De pronto, la mujer
agarró entre sus rechonchos dedos un bucle de Simón y tiró de él con fuerza. El
súbito dolor parecía distante. Y un momento después, como si Skodi quisiera
recompensarlo por ello, le pasó una tierna mano por la cabeza y el rostro.
—Guapo —dijo al
fin—. Un amigo para mí, ¡un amigo de mi edad! Es lo que estaba esperando... Te
libraré ele esos sueños que te ator¬mentan. Te los quitaré todos. Sabes que
puedo hacerlo.
Bajó todavía más la
voz, y Simón se dio cuenta de que el pesado respirar de sus dos amigos había
cesado. Se preguntó si permanece¬rían silenciosos en la oscuridad, dispuestos a
salvarlo... Y rogó que, si así era, actuasen pronto. Su corazón parecían tan inerte
como sus plúmbeos miembros, pero un creciente miedo empezaba a latir en su
interior, doloroso cual un pulso secreto.
—Me arrojaron de
Haethstad —musitó Skodi—. Mi propia familia y los vecinos. Decían que yo era
bruja y echaba maleficios sobre la gente. Por eso me hicieron marchar. —Se puso
a sollozar de manera horrible y, cuando volvió a hablar, sus palabras estaban
enturbiadas por las lágri¬mas—. Y yo les demostré quién era... Mientras mi
padre dormía una borrachera, maté a mi madre con su cuchillo y luego se lo puse
de nuevo en la mano. Y él se lo clavó después... —explicó Skodi con una risa
amarga, pero sin arrepentimiento—. Yo siempre fui capaz de ver co¬sas que los
demás no veían, y de pensar cosas que los demás eran inca¬paces de pensar.
Entonces, cuando llegó el profundo e interminable invierno, comencé a poder
hacer cosas. Y ahora sé hacer cosas que para cualquier otra persona resultarían
imposibles —añadió con voz triun¬fante—. Cada vez soy más poderosa. Mi fuerza
va constantemente en aumento. Y, si entrego a la dama de la Máscara de Plata y
al señor de Ojos Rojos la espada que tanto ansían poseer, la negra espada cantora
a la que oí en mis sueños, seré tan poderosa como ellos. A partir de ese
mo¬mento, los niños y yo haremos la vida imposible a todo el mundo.
Mientras hablaba,
deslizó la fría mano desde la frente de Simón hasta el interior de su camisa, y
jugueteó con su desnudo pecho como si acariciase a un perro. El viento se había
acallado y, en el ate¬rrador silencio que siguió, el muchacho supo de pronto
que alguien se había llevado a sus amigos. En el tenebroso lugar sólo quedaban
Skodi y él.
—Pero yo te
retendré — dijo la mujer—. Te quiero para mí.
15
Entre las paredes
de Dios
El padre Dinivan se
entretenía con su comida, fija la mirada en la escudilla como si los huesos de
aceituna y las migas de pan pudiesen encerrar algún mensaje provechoso. A lo
largo de la mesa ardían Furiosamente las velas. La voz de Pryrates sonaba fuerte
y áspera como un gong de bronce.
—Como veréis,
Santidad, todo lo que el rey Elías desea es vuestra aceptación de un hecho:
puede que la misión de la Madre Iglesia sea cuidar de las almas, pero no tiene
derecho a interferir en las disposi¬ciones del legítimo monarca sobre la forma
física de sus hombres.
El calvo sacerdote
esbozó una risita de satisfacción. A Dinivan se le encogió el corazón al ver
que el lector le devolvía una estúpida sonrisa. Ranessin tenía que darse cuenta
de que Elías declaraba, ni mis ni menos, que el pastor de Dios en la tierra contaba
con menos poder que un rey terrenal... ¿Por que no decía nada, pues?
El lector hizo un
lento gesto afirmativo. Miró a Pryrates, sen¬tado al otro lado de la mesa, y
luego brevemente al duque Benigaris, nuevo señor de Nabban, quien, un poco
nervioso ante el examen a que lo sometía el lector, se enjugó rápidamente la
grasa de la barbilla con su manga de brocado. Esa celebración de vigilia de
Hlafmansa solía ser sólo una fiesta religiosa de gran ceremonial. Aunque
Dini¬van sabía que Benigaris era totalmente una criatura de Elías, el du¬que
parecía preferir en aquel momento más ceremonias y menos confrontación.
—El Supremo Rey y
su emisario Pryrates sólo quieren lo mejor para la Madre Iglesia, Santidad
—gruñó Benigaris, incapaz de sopor¬tar la mirada de Ranessin, como si viera
reflejada en ella el rumor del asesinato de su padre—. Deberíamos hacer caso de
las palabras de Pryrates.
Y dedicó de nuevo
su atención a la fuente de comida, que le ofrecía una compañía más agradable.
—Consideramos todo
lo que Pryrates tiene que decir —contestó el lector con suavidad.
Otra vez reinó el
silencio en la mesa. El grueso Velligis y los demás escritores presentes
volvieron a prestar atención a la comida, obviamente contentos de que aquella
temida confrontación pare¬ciese haber sido evitada.
Dinivan posó la
vista en los restos de su cena. Un joven sacerdote que rondaba a su alrededor
volvió a llenar de agua la copa del secretario del lector —había parecido una
velada propia para prescindir del vino— e hizo gesto de retirarle la escudilla,
pero Dinivan no quiso. Era preferible tener algo en que concentrarse, para no
tener que mirar al viperino Pryrates, que no se molestaba en esconder la enorme
satisfacción que le producía desconcertar a la jerarquía ecle¬siástica.
Mientras empujaba
migas de pan con su cuchillo, Dinivan se asombró ante lo inseparablemente que
estaban unidos lo sublime y lo terrenal. Ese ultimátum del rey Elías y la
respuesta del lector podrían parecer un día un acontecimiento de inolvidable
magnitud, como aquella ocasión, tan lejana ya, en que Larexes III había
declarado herético y apóstata al noble Sulis, y había enviado al exilio al
magnífico y atribulado primer señor de Hayholt. Mas también en esos momento,
como se dijo Dinivan, habría sacerdotes que se ras¬caban la nariz o miraban al
techo o, simplemente, se lamentaban del dolor de sus articulaciones en pleno
crisol de la historia, como él mismo picoteaba ahora los restos de su propia
cena y el duque Benigaris eructaba a la vez que se desabrochaba el cinturón.
Siempre se¬rían iguales los hombres, mezcla de ángel y mono, con su naturaleza
animal rebelándose ante los frenos de la civilización, tanto si busca¬ban el
cielo como el infierno. Realmente era divertido... o tendría que haberlo sido.
Cuando el escritor
Velligis trató de iniciar una conversación de sobremesa más relajante, Dinivan
sintió de pronto un extraño tem¬blor en los dedos: la mesa se movía ligeramente
bajo sus manos. «Un terremoto», fue lo primero que pensó, pero los huesos de
acei¬tuna que había en su escudilla empezaron a desplazarse, despacio, hasta
formar runas ante sus atónitos ojos. El sacerdote alzó la vista, pero ningún
otro comensal parecía notar nada raro. Velligis seguía hablando con voz
monótona, lustrosa de sudor su regordeta cara. Los demás invitados lo miraban
fingiendo cortésmente interés.
Los restos del
cuenco de Dinivan, cual pequeños insectos, ha¬bían formado tres palabras de
mofa: CERDO DEL PERGAMINO. Casi mareado, Dinivan miró a Pryrates y se encontró
con los ojos de éste, negros como aleta de tiburón. El alquimista tenía aspecto
de estar muy divertido. Uno de sus blanquecinos dedos se movía sobre el mantel
como si dibujase algo en el aire. Luego, mientras Dinivan lo observaba, meneó
todos los dedos al mismo tiempo. Súbitamente, las migas y los huesos de
aceituna de la escudilla del sacerdote se dis¬persaron al retirarse las
misteriosas fuerzas que los habían mante¬nido juntos.
La mano de Dinivan
se elevó, protectora, para agarrar la cadena que llevaba debajo de la sotana,
en busca del pergamino escondido. La sonrisa de Pryrates se amplió con
expresión casi infantil. El opti¬mismo habitual en Dinivan se desvaneció ante
la inequívoca seguri¬dad del sacerdote rojo, y el secretario del lector se dio
repentina cuenta de que su propia vida tenía la fragilidad de una delgada caña.
—Supongo que no son
verdaderamente peligrosos... —prosiguió Velligis su parloteo—, pero para la
dignidad de la Madre Iglesia sig¬nifican un tremendo golpe esos bárbaros que se
prenden fuego en medio de una plaza pública. Un tremendo golpe, sí... Es como una
provocación a la Iglesia, para ver si se atreve a impedirles sus actua¬ciones.
Tengo entendido que es una especie de locura contagiosa, transmitida por unos
aires peligrosos. Yo ya no salgo sin un pañuelo que me tape la nariz y la
boca...
—Pero quizás esos
Danzarines del Fuego no están tan locos —ob¬jetó Pryrates a la ligera—. Cabe la
posibilidad de que sus sueños sean más... reales... de lo que a vos os gustaría
creer.
—Eso es..., eso
es... —balbució Velligis, pero Pryrates hizo caso omiso de él, fijos aún en
Dinivan sus ojos deshonestamente vacíos.
«Ahora ya no tiene
ningún exceso —pensó el secretario del lector, y tal comprobación constituyó
para él una insoportable carga—. Nada lo ata ya. Su terrible curiosidad se ha
convertido en un ham¬bre imprudente e insaciable...»
¿Era entonces
cuando el mundo había empezado a ir mal? ¿Cuando Dinivan y sus compañeros
Portadores del Pergamino habían admitido a Pryrates en sus concilios secretos?
Todos habían abierto sus corazones y también sus atesorados archivos al joven
sacerdote, respetando la aguda mordacidad de su mente durante largo tiempo,
hasta que la podredumbre de su corazón ya no había podido engañar a nadie. Lo
habían echado entonces de su grupo, pero por lo visto era demasiado tarde,
terriblemente tarde. Como Dinivan, el sacerdote se sentaba a la mesa de los
poderosos, pero su roja estrella iba en ascenso, mientras que el camino de
Dinivan parecía lóbrego y oscuro.
¿Qué más podía
hacer? Había enviado sendos mensajes a los dos Portadores del Pergamino que aún
vivían, Jarnauga y el aprendiz de Ookequk, si bien hacía algún tiempo que no
tenía noticias de ellos. Asimismo, había hecho llegar sugerencias o
instrucciones a otras personas de buena fe, tales como Geloë, la mujer de los
bosques, y el pequeño Tiamak, del pantanoso Wran. Había conducido sana y salva
a la princesa Miriamele al Sancellan Aedonitis, para que expli¬cara su historia
al lector. Había dado todos los pasos que Morgenes hubiese querido. Ahora, lo
único que podía hacer era esperar y ver qué sucedería...
Dinivan apartó la
vista de la preocupante mirada de Pryrates y re¬corrió con ella el comedor de
Ranessin. Le interesaba tomar nota de los detalles. Si aquella había de ser una
noche trascendental, ya fuese para bien o para mal, valdría la pena recordar todo
lo posible. Tal vez en el futuro —uno más luminoso que el que por ahora era de
esperar—, se apoyase él, ya anciano, en hombro de algún artesano joven para
hacerle una corrección: «No, eso no era así. Yo estuve allí...». Dinivan sonrió
y, por espacio de unos instantes, olvidó sus preocupaciones. ¡Qué pensamiento
tan feliz, el de sobrevivir a los problemas de los os¬curos días actuales y
poder existir sin más responsabilidades que la de dar la lata a algún pobre
artista dedicado a concluir un encargo!
Pero ese momento de
ensueño acabó bruscamente cuando vio un rostro conocido en la arqueada puerta
que conducía a las coci¬nas. ¿Qué hacía Cadrach allí? Llevaba escasamente una
semana en el Sancellan Aedonitis y no tenía nada que hacer en las proximida¬des
de los aposentos privados del lector, de modo que su única in¬tención podía ser
la de espiar a los comensales. ¿Era sólo curiosi¬dad, o ese Cadrach...,
Padreic..., sentía la tentación de las antiguas lealtades? ¿De una lealtades
muy conflictivas?
Mientras esas
reflexiones cruzaban por la mente de Dinivan, la cara del monje volvió a
hundirse en las sombras de la puerta y desa¬pareció. Momentos después, un
criado cruzó el umbral con una gran bandeja, y eso demostró que Cadrach se
había retirado por completo de su lugar de escucha.
Ahora, como
contrapunto a la confusión de Dinivan, el lector se levantó súbitamente de su
gran sillón situado a la cabecera de la mesa. Su amable rostro estaba sombrío,
y las sombras arrojadas por la clara luz de las candelas lo hacían parecer
viejo y abrumado de tri¬bulaciones.
Mandó callar al
charlatán de Velligis con un simple gesto de la mano.
—Hemos considerado
el asunto —dijo despacio, y su blanca ca¬beza hacía pensar en una lejana
montaña coronada de nieve—. Tiene cierto sentido lo que decís acerca del mundo,
Pryrates. Hay una ló¬gica en ello. Oímos decir cosas semejantes al duque
Benigaris y a su frecuente enviado, el conde Aspitis...
—¡El conde de
Eadne, señor de la Casa de Prevan! —intervino Benigaris con brusquedad,
colorado el rostro, ya que había bebido bastante vino—. ¡Conde de Eadne!
—continuó osado—. Fui yo quien pidió al rey Elías que le concediera el título.
¡En recompensa a la amistad demostrada hacia Nabban!
Las finas facciones
de Ranessin no lograron esconder el dis¬gusto.
—Ya sabemos que vos
y el Supremo Rey sois muy amigos, Benigaris. Y nos consta, asimismo, que sois
vos quien gobierna Nabban. Pero ahora estáis sentado a nuestra mesa de la casa
de Dios..., a mi mesa, y os invitamos a guardar silencio hasta que el sumo sacerdote
de la Madre Iglesia haya terminado de hablar.
Dinivan quedó
impresionado ante el enojado tono del lector, dado que Ranessin era, por regla
general, el más bondadoso de los hombres, pero al mismo tiempo lo animó tan
inesperada energía. El bigote de Benigaris tembló de rabia, pero su dueño
agarró la copa de vino con la torpeza de un niño turbado.
Los azules ojos de
Ranessin estaba ahora fijos en Pryrates cuando prosiguió con el acento
majestuoso que tan pocas veces uti¬lizaba pero que, si lo hacía, parecía
perfectamente natural.
—Como decíamos, el
mundo que vos y Elías y Benigaris predi¬cáis tiene cierto sentido. Es un mundo
en el que alquimistas y reyes no sólo deciden la suerte de la forma material de
los hombres, sino también de sus almas, y donde los esbirros del rey alientan a
los alu-cinados a pegarse fuego por la gloria de los falsos ídolos, si eso es
conveniente para sus propósitos. Un mundo donde la incertidumbre de un dios
invisible es reemplazada por la certidumbre de un es¬píritu negro y abrasador
que mora en esta tierra y tiene su sede en el interior de una montaña de hielo.
Pryrates alzó las
ralas cejas ante esas palabras, cosa que hizo ex¬perimentar a Dinivan un
momento de fría satisfacción. ¡De modo que aún era posible sorprender a esa
criatura de los infiernos!
—¡Escuchadme!
—tronó ahora Ranessin y, por espacio de unos segundos, no sólo la habitación
quedó en silencio, sino también el universo entero, como si, en ese instante,
la mesa iluminada por ve¬las cabalgase sobre la cúspide de la Creación—. Este
mundo, vuestro mundo, el mundo que nos ensalzáis con tan animadas palabras, no
es el mundo de la Madre Iglesia. Hace tiempo que conocemos la existencia de un
oscuro ángel que recorre la tierra, y cuya helada mano se alarga para angustiar
todos los corazones de Osten Ard. Sin embargo, nuestro azote es el mismísimo
diablo, el implacable ene¬migo de la luz de Dios. Sea vuestro aliado realmente
nuestro adver¬sario desde hace incontables milenios, o simplemente otro maligno
esbirro de las tinieblas, la Madre iglesia siempre le hizo frente, y siempre se
lo hará.
Todos los presentes
en la pieza parecieron contener la respira¬ción durante un rato interminable.
—No sabéis lo que
decís, anciano... —siseó Pryrates, lleno de ira¬cundia—. Os estáis debilitando,
y vuestra mente divaga...
Cosa extraña,
ninguno de los escritores levantó la voz para pro¬testar ni disentir. Todos
permanecieron con los ojos muy abiertos cuando Ranessin se inclinó sobre la
mesa y, con toda calma, plantó cara a la furiosa mirada del sacerdote. La luz
pareció acobardarse y casi morir en todo el amplio comedor, para dejar sólo dos
figuras iluminadas, roja escarlata una y blanca la otra, cuyas sombras se
alargaban, se alargaban...
—Mentiras, odio y
codicia —dijo con suavidad el lector—. Son viejos enemigos ya familiares. Poco
importa bajo que bandera mar¬chen.
Se puso en pie, una
delgada y pálida forma, y alzó una mano. Dinivan sintió de nuevo el intenso e
incontrolable amor que lo ha¬bía llevado a doblar la espalda en la plegaria
ante el misterio del di¬vino fin del hombre, a poner toda su vida al servicio
de ese hombre humilde y maravilloso y de la Iglesia que palpitaba en su
persona.
Con fría
deliberación, Ranessin hizo la señal del Árbol en el aire, delante de el. La
mesa pareció volver a temblar bajo la mano de Dinivan, quien esta vez ya no
creyó que fuese obra del alquimista.
—Vos abristeis
puertas que debieron permanecer siempre cerra¬das, Pryrates —continuó el
lector—. Llevados por vuestro orgullo y por vuestra locura, vos y el Supremo
Rey trajisteis un grave mal a un mundo que ya gemía bajo el peso del
sufrimiento. Nuestra Iglesia, mi Iglesia, luchará contra vosotros por cada alma
hasta el Día del Juicio. Os declaro excomulgado, y con vos al rey Elías, e
igualmente quedará proscrito del seno de la Madre Iglesia todo el que os siga a
las tinieblas y al error.
Y movió los brazos
una vez, dos veces, al mismo tiempo que de¬cía de manera solemne:
—Duos Onenpodensis,
feata vorum lexeran. Duos Onenpodensis, feata vorum lexeran!
las palabras del
lector no fueron seguidas de truenos horrísonos ni de las trompetas del juicio
Final. Solamente se oyó el lejano toque de la campana de Clavean, que daba la
hora. Pryrates se levantó despacio, con la cara pálida como la cera y la boca
contraída en una temblorosa mueca.
—Habéis cometido un
error terrible —dijo con voz rasposa—. Sois un viejo chiflado, y vuestra gran
Madre Iglesia no es más que un ju¬guete hecho de pergamino y cola —agregó con
sorprendida y vi¬brante furia—, Tendremos que aplicarle una antorcha, y... ¡habrá
que oír los aullidos, cuando arda! Habéis cometido un error.
Pryrates dio media
vuelta y salió a grandes zancadas del come¬dor, con los talones repiqueteando
contra el suelo embaldosado y las ropas ondeantes como llamas. Dinivan creyó
percibir una espan¬tosa advertencia de holocausto en las pisadas del sacerdote,
de una enorme y final conflagración, de una negra carbonización de las pá¬ginas
de la historia.
Miriamele cosía un
botón de madera a su capa cuando alguien llamó a la puerta. Asustada, se alzó
del catre y, de puntillas, se acercó a ella. El frío del suelo helaba sus
desnudos pies.
—¿Quién es?
—Abridme, prin...
Malaquías. ¡Abrid, por favor!
La joven corrió el
pestillo. En el mal iluminado corredor estaba Cadrach, cuya sudorosa cara
resplandecía a la luz de las velas. El monje la empujó hacia el interior de la
reducida celda y cerró la puerta de un codazo tan brusco que Miriamele notó el
aire en su rostro.
—¿Os habéis vuelto
loco? —lo increpó ella—. ¿Cómo os atrevéis a entrar de semejante manera?
—¡Por favor,
princesa!
—¡Salid de aquí
inmediatamente!
—Señora... —jadeó
Cadrach y, cosa rara, cayó de rodillas. Su cara, normalmente colorada, estaba
pálida—. ¡Es preciso que huyamos del Sancellan Aedonitis! ¡Esta misma noche!
Miriamele contestó
en tono imperioso:
—Estáis loco. ¿De
qué diablos habláis? ¿Acaso habéis robado algo? No sé si debo seguir
protegiéndoos, y desde luego no estoy dispuesta a...
El monje la
interrumpió.
—No se trata de
algo que yo haya hecho... Al menos, de nada he¬cho esta noche... Y el peligro
es menor para mí que para vos. Pero es muy grande, princesa. ¡Tenemos que huir!
Transcurrieron
varios momentos en que Miriamele no supo qué decir. Cadrach parecía realmente
espantado, sin aquella velada ex¬presión tan frecuente en él.
Por fin rompió el
silencio el monje.
—¡Os lo suplico,
señora! Sé que fui un compañero desleal, pero también hice cosas buenas.
¡Confiad ahora en mí! Os halláis en un peligro horrible...
—¿Peligro de que?
—Pryrates está
aquí.
Miriamele sintió
una ola de alivio. Las alarmadas palabras de Cadrach la habían inquietado de
veras.
—¡Imbécil!
—exclamó—. ¡Si ya lo sabía! Ayer hablé con el lector. Conozco toda la historia
de Pryrates.
El rechoncho monje
se puso de pie. Su mandíbula revelaba de¬terminación.
—Es uno de los
mayores disparates que hayáis podido decir, princesa. Muy poco es lo que sabéis
acerca de ese demonio, y debie¬rais estar agradecida. ¡Agradecida, sí!
Y, sin más, la
agarró por un brazo.
—¡Soltadme! ¿Cómo
os atrevéis?
La joven intentó
abofetearlo, pero Cadrach esquivó el golpe sin soltarle el brazo.
Resultaba
sorprendentemente forzudo.
—¡Por los huesos de
san Muirfath! —dijo el monje con voz sibi¬lante—. ¡No seáis tonta, Miriamele!
—Se inclinó hacia adelante sin apartar los ojos de los de ella, y la princesa
comprobó fugazmente que no olía a vino—. Si es necesario que os trate como a un
chiqui-lla, ¡lo haré! —rugió, al mismo tiempo que la empujaba hasta la ya¬cija,
y la miraba con enojo y miedo a la vez—. El lector ha excomul¬gado a Pryrates y
a vuestro padre. ¿Os dais cuenta de lo que esto significa?
—¡Sí! —respondió
ella, casi en un grito—. ¡Y me alegro!
—Pero Pryrates no
se alegra en absoluto, y algo muy malo suce¬derá... ¡bien pronto! Vos no debéis
estar aquí, cuando eso ocurra.
—¿Algo muy malo?
¿Qué queréis decir? Pryrates se encuentra solo en el Sancellan. Vino únicamente
con media docena de guar¬dias de mi padre. ¿Qué puede hacer, pues?
—¡Ah, y vos
afirmáis saberlo todo acerca de él! —replicó Cadrach con un mohín de disgusto,
y al momento se puso a recoger las es¬parcidas prendas de Miriamele para
introducirlas en la bolsa de viaje—. Yo, por mi parte, no deseo ver de lo que
es capaz.
La princesa lo miró
por espacio de unos segundos, desconcertada. ¿Quién era esa persona que se
parecía a Cadrach pero que voceaba, te daba órdenes y la cogía por el brazo
como un vulgar barquero de río?
—Yo no iré a
ninguna parte mientras no hable con el padre Dinivan —declaró ella, con voz ya
no tan cortante.
—¡Estupendo!
—exclamó Cadrach—. Como queráis. Pero prepa¬raos para la marcha. Tengo el
convencimiento de que Dinivan estará de acuerdo conmigo..., si es que logramos
dar con él.
Aunque de mala
gana, Miriamele se agachó para ayudarlo.
—Contestadme sólo a
esto —dijo—. ¿Juráis que corremos peligro? ¿Y que no se trata de alguna
tunantada hecha por vos?
El monje se
interrumpió en su tarea. Por vez primera desde que había entrado en la
habitación apareció en Cadrach aquella singular media sonrisa, aunque ahora le
dio un aspecto de terrible pesar.
—Todos hemos hecho
cosas de las que nos arrepentimos, Miriamele. Yo cometí equivocaciones que
hicieron llorar al Altísimo en su trono —suspiró, evidentemente nervioso por
perder tiempo en con¬versaciones—. Pero este peligro es real e inmediato, y
ninguno de no¬sotros dos puede hacer nada para reducirlo. En consecuencia,
debe¬mos escapar. Los cobardes siempre sobreviven.
Al verle la cara,
la princesa ni siquiera quiso saber ya qué era lo que lo hacía odiarse tanto a
sí mismo. Se estremeció y dio media vuelta en busca de sus botas.
Incluso para lo
avanzado de la tarde, el Sancellan Aedonitis re¬sultaba extrañamente desierto.
Unos cuantos sacerdotes se habían reunido en las diversas salas comunes, donde
chismorreaban entre murmullos. Otros, muy pocos, recorrían los pasillos con
velas en-cendidas, para cumplir un recado u otro. Aparte de éstos, todo es¬taba
desierto. Las antorchas ardían vacilantes en sus soportes, como si las
atormentaran unas incesantes corrientes de aire.
Miriamele y Cadrach
se hallaban en una desierta galería del piso superior, donde dejaron atrás los
aposentos en que se alojaban los eclesiásticos visitantes para pasar al corazón
administrativo y cere¬monial de la Casa de Dios. De pronto, el monje tiró de
Miriamele hacia el nicho de una ventana que quedaba en la sombra.
—Dejad la vela y
venid a mirar —dijo en un susurro.
La princesa
introdujo la candela en una grieta entre dos baldo¬sas y se inclinó hacia
adelante. El gélido aire le golpeó la cara como una bofetada.
—¿Qué es lo que
debo mirar?
—Fijaos. Ahí abajo.
¿Veis a todos esos hombres con antorchas?
Cadrach trató de
señalárselo a través de la estrecha ventana. Miriamele distinguió por fin, en
el patio, un grupo de hombres arma¬dos y con capa, con las lanzas apoyadas en
los hombros.
—Sí —dijo
lentamente—. ¿Y que?
Aquellos soldados
parecían ocupados, ante todo, en calentarse las manos en las fogatas del patio.
—Pertenecen a la
casa del duque Benigaris —explicó Cadrach, ce¬ñudo—. Alguien espera que esta
noche haya jaleo aquí.
—¡Yo creía que a
los soldados no se les permitía llevar armas en el Sancellan Aedonitis...!
Las puntas de las
lanzas captaban cual lenguas de fuego la luz de las antorchas.
—Pero el propio
duque Benigaris es huésped del castillo, esta no¬che. También asistió al
banquete ofrecido por el lector.
—¿Por qué no
regresó al Sancellan Mahistrevis? —inquinó ella, a la vez que se apartaba de la
corriente de aire de la ventana—. No queda muy lejos.
—¡Buena pregunta!
—contestó Cadrach, con una agria sonrisa en su rostro surcado por las sombras—.
¿Por qué, en realidad?
El duque Isgrimnur
palpó la afilada hoja de su espada Kvalnir con el pulgar e hizo un gesto de
satisfacción. Luego devolvió a su saco la piedra de afilar y la pequeña orza de
aceite. Afilar la espada lo calmaba. Era una pena tener que dejarla. Isgrimnur suspiró
y envol¬vió nuevamente el arma en unos trapos, para meterla después de¬bajo de
su jergón.
«No puedo
presentarme ante el lector con una espada —pensó—, por mucho que me
tranquilizara llevarla conmigo.»
No significaba eso
que Isgrimnur fuese a ver directamente al lec¬tor. Resultaba muy poco probable
que un monje forastero fuese ad¬mitido en la alcoba del Pastor de la Madre
Iglesia, pero los aposentos de Dinivan se hallaban muy próximos. Y el
secretario del lector no contaba con una guardia ante sus puertas. Además,
Dinivan conocía a Isgrimnur y lo tenía en un gran concepto. Cuando el sacerdote
se diera cuenta de quién lo visitaba a tan altas horas de la noche, sin duda
escucharía atentamente lo que éste tenía que decirle.
Aun así, Isgrimnur
notó en el estómago la misma sensación que antes de sus incontables batallas.
Por esa razón había sacado antes su espada. Kvalnir no había sido desenvainada
más de dos veces desde que había dejado Naglimund, y desde luego no se había enfrentado
a nada que pudiese embotar su hoja forjada en Dverning, pero de¬dicarle un rato
era algo que entretenía a un guerrero cuando una es¬pera se hacía pesada. Y
aquella noche flotaba algo en el aire, una an¬gustiosa expectación que le
recordó a Isgrimnur las orillas del lago Clodu durante la batalla de la Tierra
de los Lagos.
Incluso el rey
Juan, por muy aguerrido halcón de guerra que fuese, había estado nervioso
aquella noche, sabedor de que diez mil thrithingos aguardaban en alguna parte
de la oscuridad, más allá de los fuegos de los centinelas, y que los habitantes
de las llanuras no se atenían a la ordenada costumbre de iniciar las batallas
con el alba, ni tampoco a otras usanzas del arte militar civilizado.
Juan el Presbítero
había acudido aquella noche junto a su joven amigo rimmerio —Isgrimnur aún no
había heredado el título ducal de su padre— para compartir una jarra de vino y
charlar un poco mientras afilaba su legendaria espada Clavo Brillante y luego le
sa¬caba lustre con un trapo. Pasaron la noche hablando, primero un tanto
cohibidos, con más de una pausa entre sus palabras, a la escu¬cha de algún
ruido sospechoso, y después ya más relajados a medida que se acercaba el
amanecer y era evidente que los thrithingos no planeaban ninguna incursión
nocturna.
Juan explicó a
Isgrimnur cosas de su juventud en Warinsten —que él describía como una isla de
patanes atrasados y llenos de supersti¬ciones— y de sus primeros viajes por el
continente de Osten Ard. A Isgrimnur le fascinaban esas inesperadas vislumbres
de la juventud del rey. El Preste Juan se acercaba a los cincuenta años,
aquella no¬che junto al fuego, en la orilla del lago Clodu, y para el joven
rimmerio podía haber sido rey desde el comienzo de los tiempos. Pero cuando
alguien le preguntaba acerca de su fabulosa destrucción de Shurakai, el dragón
rojo, Juan rehuía el asunto con un movimiento de la mano, como si espantara a
una molesta mosca. Tampoco era amigo de explicar cómo había recibido su espada
Clava Brillante, alegando que eran historias ya pasadas y aburridas.
Ahora, cuarenta
años después, sentado en una celda del Sancellan Aedonitis, Isgrimnur recordaba
aquellos tiempos y sonreía. La nerviosa afiladura de Clavo Brillante era lo más
aproximado a algo semejante al miedo que él había visto en su rey... Miedo respecto
del combate, por lo menos.
El duque soltó un
bufido. Ahora, cuando hacía ya dos años que el buen anciano reposaba en su
tumba, su amigo Isgrimnur perma¬necía allí medio atontado cuando tantas cosas
se podían hacer en pro del reino de Juan.
«Si Dios lo
permite, Dinivan será mi heraldo —se dijo—. Es hom¬bre inteligente, que sabrá
poner de mi parte a Ranessin, y así podre¬mos averiguar lo que ha sido de
Miriamele.»
Se caló la capucha
de forma que le tapase buena parte de la cara y abrió la puerta de modo que
entrara algo de luz de las antorchas. Seguidamente volvió atrás para apagar la
vela, no fuera que cayese sobre su lecho y provocase un incendio.
Cadrach estaba cada
vez más agitado. Llevaban esperando bas¬tante rato en el estudio de Dinivan. En
las alturas, la campana de Clavean acababa de dar las once.
—No volverá,
princesa, y yo ignoro dónde están sus aposentos privados. Tenemos que irnos.
Miriamele observaba
la gran sala de audiencias del lector a tra¬vés de la cortina que pendía en la
parte posterior del despacho del secretario. Iluminadas por una sola antorcha,
las figuras pintadas en el techo parecían nadar en turbias aguas.
—Conociendo a
Dinivan, sus habitaciones deben de quedar cerca de donde trabaja —señaló la
princesa—. Sin duda regresará. ¿Acaso no dejó las velas encendidas? ¿Por qué
estáis tan alterado?
Cadrach alzó la
vista de los papeles de Dinivan, que había exa¬minado subrepticiamente.
—Yo metí la nariz
en el comedor, anoche. Vi la cara de Pryrates. No es hombre acostumbrado a que
le desbaraten los planes.
—¿Cómo lo sabéis?
¿Y qué hacíais vos allí?
—Lo conveniente.
Mantener abiertos los ojos.
Miriamele había
dejado caer la cortina.
—Estáis lleno de
talentos escondidos, ¿no? ¿Dónde aprendis¬teis a abrir una puerta sin una
llave, como hicisteis en esta habita¬ción?
Cadrach pareció
aguijoneado.
—Vos dijisteis que
queríais verlo, señora, e insististeis en venir. Y yo consideré más prudente
entrar que permanecer en los pasillos, donde podían vernos los guardias del
lector, o uno de los sacerdotes preguntarnos qué hacíamos en esta parte del
Sancellan.
—Sabéis abrir
cerraduras, sois espía, secuestrador... ¡Habilidades poco propias de un monje!
—Reíos de mí, si os
place —contestó Cadrach, casi avergonzado—. No tuve la vida que hubiese elegido
o, digamos, quizá no supe elegir bien. ¡Pero ahorradme vuestras burlas hasta
que estemos fuera de aquí, a salvo de una vez!
Miriamele se dejó
caer en el sillón de Dinivan y se frotó las hela¬das manos al mismo tiempo que
clavaba los ojos en el monje.
—¿De dónde
procedéis, Cadrach?
—No..., no deseo
hablar de esas cosas. Cada vez dudo más de que Dinivan vuelva. Hemos de irnos.
—De ningún modo. Y,
si no dejáis de decir eso, chillaré. ¡Enton¬ces veremos quién se va pasillo
abajo con los guardias del lector!
Cadrach sacó
brevemente la cabeza y volvió a cerrar la puerta a toda prisa. Pese al frío,
sus tonsurados cabellos le caían en sudorosos mechones.
—¡Os lo ruego,
señora! ¡Os lo suplico por vuestra propia vida y seguridad! ¡Abandonemos este
lugar! Se acerca la medianoche y el peligro aumenta a cada momento. ¡Creedme!
No podemos esperar más... —agregó desesperado.
—Estáis en un
error—replicó Miriamele, que saboreaba el modo en que las cosas giraban ahora a
su favor. Con los calzados pies encima de la desordenada mesa de Dinivan,
continuó—: Si hace falta, aguardaré toda la noche. ¡Y no vamos a huir en plena
oscuridad como dos idio¬tas, sin hablar antes con Dinivan! Me fío mucho más de
él que de vos.
Trató de echar otra
severa mirada a Cadrach, pero éste perma¬necía en la sombra.
—Supongo que así
debe ser —admitió el monje con un suspiro, finalmente.
Hizo entonces la
señal del Árbol en el aire, levantó de pronto uno de los pesados libros del
secretario y golpeó con él a Miriamele en la cabeza. La joven cayó sin sentido
al alfombrado suelo. Maldiciéndose a sí mismo, Cadrach se inclinó para alzarla,
pero se inte-rrumpió al percibir voces en el corredor.
—Realmente debéis
iros —dijo el lector, soñoliento. Varios al¬mohadones le daban apoyo en su
amplio lecho, y sobre su regazo descansaba un ejemplar de En Semblis
Aedonitis—. Voy a leer du¬rante un rato. También vos necesitáis acostaros,
Dinivan. Fue un día agotador para todos.
El secretario, que
contemplaba los pintados artesones de la pa¬red, se volvió.
—Bien —dijo—, pero
no leáis demasiado, Santidad.
—No lo haré. Mis
ojos se fatigan pronto con la luz de las candelas.
Dinivan miró
durante unos instantes al anciano. Luego se arro¬dilló impulsivamente y tomó la
mano derecha del lector para be¬sarle el anillo de ilenita.
—¡Dios os bendiga,
Santidad!
El rostro de
Ranessin expresó profundo afecto.
—Tenéis que estar
rendido, amigo. Vuestro comportamiento no es corriente.
Dinivan se puso de
pie.
—Acabáis de
excomulgar al Supremo Rey, Santidad. Eso hace que no haya sido un día
corriente, ¿verdad?
—Eso no influirá en
nada —contestó el lector—. El rey y Pryrates harán lo que les dé la gana. El
pueblo esperará a ver qué pasa. Elías no es el primer soberano que recibe el
anatema de la Madre Iglesia.
—¿Por qué hacerlo,
entonces? ¿Para cavarnos nuestra propia fosa?
Ranessin le dirigió
una mirada astuta.
—Habláis como si
esa excomunión no correspondiera a vuestras más intimas esperanzas. Si alguien
sabe por qué lo hice, ése sois vos, Dinivan. Debemos hablar claro cuando el mal
asoma, tanto si hay posibilidad de cambiarlo como si no... —dijo el lector, y cerró
el li¬bro—. En efecto, estoy demasiado cansado para leer. Y ahora sedme
sincero: ¿creéis que existe una esperanza?
El sacerdote alzó
la vista, sorprendido.
—¿Por qué me lo
preguntáis, Santidad?
—De nuevo os
mostráis ingenioso, hijo. Me consta que hay una serie de cosas de las que no me
habláis para no causarme inquietud. Sé, también, que tenéis buenos motivos para
guardar silencio. Pero decidme la verdad. Dados vuestros conocimientos, ¿creéis
de veras que hay esperanza?
—Siempre la hay,
Santidad. Vos me lo enseñasteis.
—Ah...
La sonrisa de
Ranessin pareció extrañamente satisfecha, cuando el anciano se dejó caer sobre
sus almohadones.
Dinivan se volvió
hacia el joven acólito que dormía al pie del le¬cho del lector.
—Aseguraos de que
el cerrojo queda bien echado, cuando yo me haya ido. ¡Y no dejéis entrar aquí a
nadie, esta noche!
El joven, que
estaba medio dormido, contestó:
—No temáis, padre.
—Bien. ¡Buenas
noches, Santidad! Dios sea con vos.
—Y con vos
—respondió Ranessin, acomodado en su cama. Cuando Dinivan salió al pasillo, el
acólito arrastró los pies ca¬mino de la pesada puerta, que atrancó.
El corredor estaba
aún peor iluminado que la alcoba del lector.
Dinivan escudriñó
ansioso hasta descubrir a los cuatro guardias de Ranessin colocados contra la
pared sumida en sombras, envainadas las espadas y con picas en los puños
protegidos con malla. El sacerdote respiró aliviado y caminó hacia ellos por el
largo pasillo de te¬cho arqueado. Quizá conviniese añadir otras dos parejas de
centine¬las. No estaría tranquilo respecto de la seguridad del lector mientras
Pryrates no hubiese regresado a Hayholt y el traidor Benigaris a su palacio
ducal.
Dinivan se
restregaba los ojos cuando llegó a la altura de los guardias. Realmente se
sentía rendido y agotado. Recogería algunas cosas de su cuarto de trabajo, y se
acostaría. No faltaban mas que unas horas para los servicios religiosos de la
mañana...
—¡Oíd, capitán! —le
dijo al hombre cuyo yelmo se distinguía por una pluma blanca—. Creo que sería
mejor que llamaseis..., llama¬seis...
Y se interrumpió.
Los ojos del hombre centelleaban como pun¬tas de alfiler en las profundidades
de su casco, pero estaban fijos en algún punto más allá de Dinivan. Lo mismo
sucedía con los de sus compañeros. Los cuatro centinelas parecían estatuas.
—¡Capitán! —repitió
y, al tocar el brazo del hombre, comprobó que estaba rígido como la piedra—.
¡En nombre de Jesuris Aedón! —jadeó—. ¿Qué ha ocurrido aquí?
—No os ven ni os
oyen.
Era una rasposa voz
ya conocida. Dinivan dio media vuelta y distinguió un rojo resplandor en el
extremo del pasillo.
—¡Demonio! ¿Qué
habéis hecho?
—Duermen —rió
Pryrates—. Mañana no recordarán nada. Siem¬pre será un misterio cómo los
asesinos del lector pudieron pasar por delante de ellos sin ser descubiertos.
Tal vez haya quien crea que ha sido cosa de... los Danzarines del Fuego, por
ejemplo..., y que se trata de una especie de... milagro negro.
Un temor ponzoñoso
le subió a Dinivan desde el estómago, para unirse a su indignación.
—¡No le haréis daño
al lector!
—¿Y quién me lo
impedirá? ¿Vos? —preguntó Pryrates con una risa escarnecedora—. Podéis intentar
todo lo que se os antoje, hom¬brecillo. Gritad, si queréis. Nadie se enterará
de lo que ocurre en este corredor hasta que yo me vaya.
—¡Antes tendréis
que enfrentaros a mí! —exclamó Dinivan y sacó el Árbol que pendía de su cuello.
—¡Ay, Dinivan!
Habéis errado la profesión.
El alquimista dio
unos pasos adelante. La luz de la antorcha ilu¬minaba el arco de su calva
cabeza.
—En vez de
secretario del lector —añadió—, tendríais que ocupar el cargo de hazmerreír de
Dios. No podéis detenerme. Sois incapaz de imaginaros la sabiduría que yo
conseguí, los pódeles que me obedecen...
Dinivan permaneció
en su sitio mientras Pryrates avanzaba con unos taconazos que resonaban en todo
el pasillo.
—Si vender vuestra
inmortal alma a tan bajo precio es sabiduría, yo me alegro de no poseerla.
Al mismo tiempo,
Dinivan no podía evitar que su miedo fuera en aumento, y le costaba dominar la
voz.
La viperina sonrisa
de Pryrates se hizo más amplia.
—Ese es vuestro
error, el vuestro y el de todos esos pusilánimes chiflados que se llaman
Portadores del Pergamino... ¡La Alianza del Pergamino! Una compañía de
cotilleos para gimoteantes y sofísticos futuros eruditos. Y vos, Dinivan, sois
el peor de todos, porque ven¬disteis vuestra alma a cambio de supersticiones y
promesas. En vez de abrir los ojos a los misterios del infinito, os escondéis
entre esos majaderos de rodillas callosas que besan el anillo al lector.
La ira invadió a
Dinivan y, por un momento, pudo más que el miedo.
—¡Atrás!—gritó,
alzando el Árbol delante de él, y el sagrado ob¬jeto pareció resplandecer, como
si la madera ardiese sin llama—. No adelantaréis más, siervo de las fuerzas del
mal, salvo que me matéis antes.
los ojos de
Pryrates se abrieron con una mezcla de burla y asombro.
—¡Vaya, vaya!
Conque el pequeño sacerdote enseña los dientes... Pues bien, si queréis seguir
el juego, yo os enseñaré mis dientes.
Dicho esto, levantó
los brazos por encima de su cabeza. Las ro¬pas escarlata del alquimista se
agitaron como si un fiero vendaval soplara a través del corredor. Las antorchas
vacilaron en sus sopor¬tes, y poco después se apagaban.
—Y recordad esto...
—agregó Pryrates con voz sibilante—. Ahora mando yo las Palabras del Cambio, ¡Y
no soy siervo de nadie!
El Árbol que
Dinivan tenía en la mano refulgió todavía más, pe¬ro Pryrates seguía hundido en
las sombras. El alquimista alzó en¬tonces la voz para cantar en un lenguaje
cuyo sonido produjo dolor de oídos a Dinivan y pareció atenazarle la garganta
como un aro de hierro.
—¡En nombre de Dios
el Altísimo...! —gritó Dinivan, pero, cuando el canto de Pryrates creció hasta
un clímax de triunfo, las palabras de su oración parecieron morir en sus labios
casi antes de que las hubiese pronunciado—. En el nombre de...
Su voz se apagó.
Delante de él, en las sombras, el encantamiento de Pryrates se había reducido a
un gruñido, a una jadeante parodia del habla, mientras el alquimista sufría
alguna horrible transfor¬mación.
Allí donde había
estado, bullía ahora una turbia e irreconocible sombra que formaba unos nudos y
lazos cada vez más grandes, hasta que ni la luz de las estrellas pudo penetrar
en el corredor y este quedó sumido en la más absoluta oscuridad. Una pesada respira¬ción
sonaba como los fuelles de un herrero. Un frío mortal llenó el pasillo de
invisible escarcha.
Dinivan se lanzó
hacia adelante con un grito de furia, inten¬tando golpear al invisible monstruo
con su sagrado Árbol, pero lo único que consiguió fue verse sujeto como un
muñeco por una ex¬traña cola, maciza pero al mismo tiempo insustancial, la
lucha fue intensa en medio de las gélidas tinieblas. Dinivan jadeó al sentir
que algo se abría camino hacia los aterrorizados pensamientos, como si quisiera
raspar el interior de su cabeza con quemantes dedos para abrir su mente como un
tarro de mermelada. Dinivan luchaba con todas sus fuerzas, sobre todo para no
apartar de él la imagen de Jesuris Aedonitis.. Y tuvo la sensación de que ese
ser, que lo mantenía tan dolorosamente sujeto, sufría.
Pero la sombra
parecía hacerse más sustancial. Su agarro iba en aumento, un horrible puño de
gelatina y plomo capaz de romper cualquier hueso. Y un aliento ácido y frío le
rozó la cara, como el beso de una pesadilla.
—En nombre de
Dios... y de la Alianza... —resolló Dinivan.
Aquellos sonidos
animales y la angustiosa respiración empeza¬ron a ceder... Angeles de hiriente
luz invadieron su cabeza, dan¬zando como si recibieran con agrado la oscuridad,
y su silencioso canto lo ensordeció.
Cadrach arrastró el
cuerpo inerte al pasillo, no sin lanzar renie¬gos de miedo a diversos santos,
dioses y demonios. La única luz consistía en la débil claridad azulada de las
estrellas, que penetraba por los altos ventanales, pero era difícil no distinguir
la encogida fi¬gura del sacerdote que yacía en medio del corredor, a pocos
metros de distancia, como un muñeco desechado. Asimismo resultaba imposible no
percibir los espantosos gritos y chillidos procedentes de la habitación del
lector, situada al fondo de la galería y cuya gruesa puerta de madera había
saltado en astillas.
El ruido cesó
bruscamente para terminar en un largo gemido de desesperación que pronto se
redujo a un siseante estertor... El rostro de Cadrach se llenó de horror. El
monje se agachó, se echó sobre el hombro a la princesa y recogió como pudo sus
sacos. Trabajo le costó incorporarse y alejarse lo antes posible de aquel lugar
de des¬trucción.
El pasillo se
ensanchaba a la vuelta de la esquina, pero también allí se habían apagado las
antorchas. El monje creyó distinguir las siluetas de varios hombres armados que
montaban guardia, pero que permanecían inmóviles como estatuas. Detrás de él
sonaba el eco de unas botas en la pieza de arqueado techo. Cadrach apresuró el
paso, a la vez que maldecía las resbaladizas baldosas.
El corredor giraba
ahora de nuevo, para abrirse al gran vestí¬bulo, pero al querer escabullirse
por la puerta chocó con algo tan só¬lido como una pared de adamante. Sin
embargo, no había visto en la abertura nada más que aire. Aturdido, dio un
traspié y se tamba¬leó hacia atrás. Miriamele resbaló de su hombro y cayó
contra el duro suelo.
El ruido de las
pisadas se hizo más intenso. Cadrach estiró la mano, impulsado por el horror, y
palpó la pared que no era natural, invisible pero recia. Más transparente que
el cristal, permitía ver claramente todos los detalles de la pieza contigua,
iluminada con antorchas.
—¡No permitáis que
me la arrebaten! —murmuró el monje, ara¬ñando con desespero la invisible
barrera en busca de alguna grieta—. ¡Señor...!
Peor fue inútil. La
extraña pared no tenía costuras.
Cadrach se
arrodilló entonces con la cabeza hundida entre los hombros. Las pisadas se
aproximaban más y más. El quieto monje podría haber sido un preso en espera de
la cuchilla del verdugo. De pronto alzó la vista.
—¡Ah! —se dijo en
un susurro—. ¡Piensa, imbécil, piensa!
Aspiró
profundamente, soltó el aire y volvió a respirar. Puso la palma de la mano
contra la barrera y pronunció una sola palabra. Una ráfaga de gélido aire sopló
por detrás de él y arrugó los tapices de la entrada. El impedimento había
desaparecido.
Arrastró a
Miriamele como pudo hasta otro de los pasillos que daban al gran vestíbulo.
Desaparecieron justamente en el momento en que la roja figura de Pryrates
asomaba a la puerta antes obstruida. A través de los corredores empezaban a
filtrarle quedas voces de alarma.
El sacerdote
carmesí se detuvo, como si le extrañara encontrar eliminada la barrera. No
obstante, dio media vuelta y trazó una se¬ñal en el aire, en la dirección de
que había venido, como si con ello barriese todo posible rastro de su
artificio.
De pronto, su
vozarrón resonó en todas las piezas y pasillos.
—¡Un asesinato...!
¡Asesinos en la casa de Dios...!
Y, cuando los ecos
se desvanecieron, Pryrates esbozó una breve sonrisa y se encaminó a los
aposentos que ocupaba en su calidad de huésped del lector.
Pero entonces tuvo
una súbita idea. Se paró de nuevo y co¬menzó a inspeccionar la pieza. levantó
la mano y encorvó los de¬dos. Unas de las antorchas empezó a echar chispas y,
de repente, es¬cupió una lengua de fuego que lamió toda una serie de tapices que
cubrían la pared. Los antiguos tapices fueron inmediata presa de las llamas,
que se extendieron hacia las gruesas vigas de los techos y a las demás paredes.
Asimismo crepitaban otros fuegos en el pasillo del otro lado.
El alquimista
sonrió con maldad.
—¡Hay que ser justo
con los presagios! —dijo, aunque allí no ha¬bía nadie, y se alejó con su risa
ahogada.
Una confusión de
alarmadas voces comenzó a llenar todas las galerías del Sancellan Aedonitis.
El duque Isgrimnur
se felicitó a sí mismo por haber llevado una candela. El corredor estaba negro
como la boca de un lobo. ¿Dónde estaban los centinelas? ¿Por qué no habían
encendido las antorchas?
Cualquiera que
fuese el problema, lo cierto era que todo el Sancellan estaba ya despierto.
Alguien bramó la palabra «asesinato», lo que le disparó el corazón, y el grito
fue seguido de otros más distantes. Es¬tuvo a punto de regresar a su pequeña
celda, pero al fin decidió que aquella confusión quizá fuese para bien. Fuera
una u otra la verdadera causa de la alarma —y él dudaba de que se tratase de un
asesinato—, po¬dría proporcionarle la ocasión de encontrar al secretario del
lector sin necesidad de responder a molestas preguntas de los centinelas.
La vela de su
candelero de madera arrojaba la sombra de Isgrim¬nur sobre las altas paredes
del vestíbulo. Cuando las voces y los pa¬sos se aproximaron, el duque se
preguntó cuál sería el pasillo más acertado para salir de allí, y por fin
eligió uno.
A escasa distancia
de la segunda vuelta del corredor, Isgrimnur se halló en una amplia galería. Un
cuerpo vestido con sotana estaba tendido en el suelo entre un lío de
colgaduras, y varios guardas ar¬mados lo miraban imperturbables.
«¿Serán estatuas?
—pensó el duque—. Pero ¡diantre! Las estatuas nunca fueron así... Una se
inclina hacia otra como si quisiera mur¬murarle algo al oído...»
Pero entonces
descubrió los ciegos ojos que brillaban desde el interior de los yelmos, y un
escalofrío le recorrió la espina dorsal.
«¡Que Aedón nos
salve! ¡Esto es magia negra...!»
Para mayor
desesperación, reconoció el cuerpo caído a tierra al momento de volverlo.
Incluso a la débil luz de la vela, el rostro de Dinivan se veía azulado. Hilos
de sangre habían salido de sus orejas y ahora se secaban en las mejillas cual
lágrimas rojas. El cuerpo del sacerdote parecía un saco de ramas quemadas.
—¡Elysia, madre de
Dios! ¿Que ha ocurrido aquí? —gruñó el du¬que en voz alta.
Dinivan parpadeó, y
el susto de Isgrimnur fue tal que por poco deja chocar contra el suelo la
cabeza del sacerdote. La mirada de Di¬nivan vagó durante unos momentos, antes
de fijarse en él. Quizá se debiera a la vela que Isgrimnur sostenía con
torpeza, pero en los ojos del sacerdote parecía arder una chispa extraña. En
cualquier caso, el duque se dijo que aquella luz no duraría mucho.
—lector... —jadeó
Dinivan, e Isgrimnur se inclinó más sobre él—. Atended... al... lector...
—Soy yo, Dinivan
—dijo el duque—. Isgrimnur. Vine en busca de Miriamele.
—El lector...
—insistió el sacerdote, y a sus ensangrentados labios les costaba formular las
palabras.
Isgrimnur se
incorporó.
—Bien...
Con el máximo
cuidado recostó la cabeza de Dinivan y se diri¬gió al fondo del pasillo. No
cabía duda acerca de cuál era la habita¬ción del lector: la puerta estaba hecha
trozos, e incluso el mármol que enmarcaba la puerta aparecía chamuscado y medio
desmoro¬nado. Menos duda cabía aún respecto de la suerte corrida por Ranessin.
Isgrimnur recorrió la destruida pieza con la vista, y luego se retiró
horrorizado al pasillo. Diríase que las paredes habían sido em¬badurnadas de
sangre con una gigantesca brocha. Los mutilados cuerpos del jefe de la Madre
Iglesia y de su joven servidor apenas pa¬recían humanos: ninguna indignidad les
había sido ahorrada. Hasta el viejo corazón de soldado de Isgrimnur se encogió
ante tanto sal¬vajismo.
Las llamas
vacilaban en el lejano corredor cuando volvió el duque, pero este procuró hacer
caso omiso de ellas, al menos de momento. Ya pensaría luego en escapar. Tomó la
fría mano de Dinivan.
—El lector está
muerto. ¿Podéis ayudarme a encontrar a la prin¬cesa Miriamele?
El sacerdote apenas
podía respirar. La luz de sus ojos se apagaba.
—Es..., está...
aquí —musitó despacio—. La... llaman... Malaquías... Preguntadle al guardián...
—jadeó—. Conducidla a..., a... Kwanitupul... A la posada que... se llama... La
escudilla de Pelippa... Tiamak espera... allí...
Los ojos de
Isgrimnur se llenaron de lágrimas. Aquel hombre ten¬dría que estar muerto. Sólo
lo mantenía con vida su enorme voluntad.
—Encontraré a la
princesa —dijo—. Y me ocuparé de que esté a salvo.
De súbito, Dinivan
pareció reconocerlo.
—Decídselo a...
Josua —susurró el sacerdote entre estertores—. Temo..., temo que haya falsos
mensajeros...
—¿Y eso qué es?
—preguntó Isgrimnur, pero Dinivan permanecía callado mientras su mano derecha
se movía sobre su pecho como una araña moribunda.
Buscaba algo
inútilmente.
El duque sacó con
cuidado el Santo Árbol de Dinivan y lo depo¬sitó sobre él, mas el sacerdote
movió débilmente la cabeza y de nuevo intentó extraer algo del interior de su
sotana. Isgrimnur lo ayudó y pronto tuvo en su mano un rollo y una pluma de oro
que pendían de una cadena. El cierre se le rompió, y la cadena cayó entre los
húmedos cabellos del cuello de Dinivan como una pequeña y lustrosa serpiente.
—Dádselo a...
Tiamak...
Isgrimnur apenas
pudo entenderle entre el clamor de voces y el crepitar de las llamas en el otro
corredor. El duque se lo guardó en el bolsillo de su hábito de monje y luego
alzó la vista, asustado por un repentino movimiento muy cerca de él. Uno de los
centinelas inmóviles se tambaleaba en el aire, iluminado por el resplandor del
fuego. Momentos después caía hacia adelante con gran estruendo, y su casco
salió rodando sobre las baldosas. El soldado emitió un gemido.
Cuando Isgrimnur
volvió a mirar a Dinivan, los ojos de éste se hablan apagado.
16
El sin hogar
La oscuridad era
absoluta en la abadía, y sólo interrumpía el si¬lencio la entrecortada
respiración de Simón. Cuando Skodi habló de nuevo, ya no fue en un dulce
susurro.
—¡Levántate!
Una extraña fuerza
pareció tirar de él; una presión tan delicada como si procediese de una
telaraña pero, al mismo tiempo, poderosa como el hierro. Sus músculos se
movieron contra su propia vo¬luntad, pero Simón se resistió. Pocos momentos
antes, había estado a punto de alzarse. Ahora, en cambio, quería permanecer
inmóvil.
—¿Por qué te me
resistes? —preguntó Skodi, malhumorada.
Su helada mano le
recorrió e! pecho hasta la temblorosa piel del estómago. Simón titubeó, y el
control de sus miembros desapareció cuando la voluntad de la joven se cerró
sobre él como un puño. Una energía tremenda pero intangible lo obligó a ponerse
de pie. El mu¬chacho se tambaleó en la oscuridad, incapaz de encontrar su
equili¬brio.
—Les entregaremos
la espada —canturreó Skodi—. La espada ne¬gra, y... ¡oh, cuántos regalos
obtendremos a cambio...!
—¿Dónde... están...
mis... amigos? —graznó Simón.
—¡Pssr! ¡Calla,
tonto! Sal al patio.
Simón cruzó a
trompicones la tenebrosa pieza. Escondidos obs¬táculos le golpearon las tibias
aquí y allá, y él se movía como un tí¬tere torpemente manipulado.
—Por aquí —señaló
Skodi.
La puerta de la
abadía se abrió sobre unos chirriantes goznes, y una triste luz rojiza invadió
el lugar. La mujer se hallaba en el um¬bral, con los pálidos cabellos flotando
en el viento.
—¡Venga, sal!
—insistió ella—. ¡Qué noche ésta! Una noche salvaje.
La hoguera del
patio ardía con fuerza todavía mayor que cuando los viajeros habían llegado, un
inmenso foco de llamas que alcanzaba el caballete del tejado, de pronunciado
declive, y daba un rojo relieve a los resquebrajados muros de la abadía. Los
niños de Skodi, grandes y pequeños, arrojaban toda suerte de objetos al ruego:
sillas rotas y trozos de otros muebles viejos, así como leña de los
alrededores, que ardía entre silbidos de vapor. Aquellos afanosos guardianes
del fuego parecían echar a él todo lo que encontraban, sin considerar si podía
ser adecuado o no: piedras y huesos de animal, cacharros viejos y fragmentos de
los multicolores vidrios de los ventanales medio des¬truidos de la iglesia.
Cuando las llamas rugían y danzaban bajo el creciente vendaval, los ojos de los
niños captaban la luz y relucían amarillos como los de los zorros.
Simón salió al
nevado patio seguido de cerca por Skodi. Un pe¬netrante aullido perforó la
noche; un sonido lúgubre y solitario. Con la misma lentitud de una tortuga que
tomara el sol, Simón la¬deó la cabeza en dirección a la sombra de ojos verdes
que, agazapada en lo alto de la colina, observaba el patio de la abadía. Simón
expe¬rimentó súbita esperanza al ver que levantaba el hocico y volvía a gemir.
—¡Qantaqa! —gritó,
y el nombre sonó extraño dada la laxitud de sus labios y la rigidez de su
mandíbula.
La loba no pasó del
borde del altozano, pero lanzó otro aullido, esta vez tan lleno de temor y
frustración como si lo hubiera emitido una garganta humana.
—¡Qué animal tan
desagradable! —exclamó Skodi—. Devora a los niños y le aúlla a la luna. No se
acercará a la casa de Skodi, porque no puede con mi hechizo.
Clavó la mirada en
los verdes ojos de Qantaqa, y el angustioso ladrido se transformó en un lamento
de dolor. Momentos después, el animal dio media vuelta y se alejó. Simón
murmuró un reniego y trató de desasirse, pero estaba tan indefenso como un gato
colgado por el pescuezo. Sólo la cabeza parecía suya, y cada movimiento le
resultaba dolorosamente difícil. Se volvió despacio para mirar a Binabik y
Sludig y quedó pasmado, con los ojos muy abiertos.
Dos encogidas
formas, una pequeña y otra grande, yacían sobre el suelo cubierto de escarcha,
contra la estropeada fachada de arga¬masa de la abadía. A Simón se le helaron
las lágrimas cual punzantes pinchos de hielo en las mejillas cuando algo tiró
de su cabeza hacia atrás y lo hizo avanzar involuntariamente hacia el fuego.
—Espera —dijo
Skodi, cuyo blanco camisón era agitado por el viento. La joven llevaba los pies
descalzos—. No te acerques dema¬siado. Podrías quemarte, y eso sería una pena.
¡Quédate ahí!
Con el grueso brazo
señaló un punto situado a un par de pasos de distancia. Como si él fuese una
extensión de la mano de la mujer, Simón se halló caminando con torpeza a través
del barro en des¬hielo hacia el lugar señalado por ella.
—¡Vren! —gritó
Skodi entonces, como si fuera presa de un maniá¬tico buen humor—. ¿Dónde está
la soga? ¿Y dónde estás tú?
El moreno muchacho
apareció en la puerta central del edificio.
—Aquí, Skodi.
—Ata estas muñecas
tan bonitas.
Vren salió
disparado, y casi patinó sobre el helado sucio. Agarró las fláccidas manos de
Simón y se las sujetó hábilmente a la espalda con un trozo de cuerda.
—¿Por qué haces
esto? —jadeó Simón—. Creo que nos portamos bien contigo.
El chico hyrka hizo
caso omiso de él y estrechó todavía más los nudos. Cuando hubo terminado, apoyó
sus pequeñas manos en las caderas de Simón y lo empujó hacia donde yacían
encogidos Binabik y Sludig.
También ellos
tenían las manos atadas a la espalda. Los ojos del gnomo buscaron los de Simón,
y el fuego que ardía en el patio arrancó de ellos unos fugaces destellos.
Sludig respiraba, pero de manera casi inapreciable, y en su rubia barba se
había helado un hilillo de saliva.
—Amigo Simón
—musitó Binabik con terrible esfuerzo.
El gnomo tomó
aliento como si quisiera decir algo más, pero lo que hizo fue caer de nuevo en
el silencio.
Skodi había trazado
en la nieve ya medio derretida un gran círculo a través del partió, y de su
mano cerrada iba cayendo un polvo rojizo., Terminada esta tarea, se puso a
escribir runas en el suelo, con la lengua entre los dientes como una chiquilla
estudiosa. Vren permanecía a poca distancia, sin dejar de mirar ora a Skodi,
ora a Simón. En su rostro no había emoción alguna pero sí, en cam¬bio, una
vigilancia propia de un animal.
Una vez atizado el
fuego, los niños se reunieron junto al muro de la abadía. Una de las chiquillas
más pequeñas se sentó en el suelo sin más abrigo que su delgada camisa,
mientras sollozaba en silen¬cio. Un chico mayor le acarició distraídamente la
cabeza, y eso pare¬ció calmarla. Todos observaban con fascinada atención los
movi¬mientos de Skodi. El viento había convertido el fuego en una rugiente
columna que pintaba de luz escarlata las serias caritas in¬fantiles.
—¿Dónde se ha
metido Honsa? —preguntó Skodi, a la vez, que se ceñía la ropa al incorporarse—.
¡Honsa!
—Yo voy a buscarla
—dijo Vren.
Momentos después se
había sumergido en las sombras del rin¬cón de la abadía para reaparecer
enseguida con una niña hyrka, también de cabellos negros y uno o dos años mayor
que él. Entre los dos se balanceaba un pesado cesto que chocaba aquí y allá
contra el suelo o lo rozaba chirriante, hasta que lo depositaron junto a los
hinchados pies de Skodi y corrieron a encontrarse con los demás ni¬ños.
Llegados allí, Vren se colocó delante del grupo con las piernas abiertas, sacó
un cuchillo de su cinturón y, nervioso, empezó a ha-cer trizas el extremo de su
restante trozo de cuerda. Pese a la distancia que los separaba. Simón sintió la
tensión del muchacho, y se preguntó a qué se debería.
Skodi introdujo una
mano en el cesto y sacó de él una calavera cuya mandíbula pendía sólo de unas
ataduras hechas con fibras de carne seca, de modo que aquella cara sin ojos
parecía abrir sorprendida la boca. Ahora, Simón se dio cuenta de que el
abultado cesto estaba lleno de calaveras, y súbitamente tuvo la certeza de lo
que les había ocurrido a los padres de los niños... Su aterido cuerpo se
estre¬meció, pero apenas se dio cuenta del propio movimiento, como si se
hubiese producido en una persona que estuviese apartada de él. Cerca, el moreno
Vren destrozaba el extremo de su soga con la resplandeciente hoja, y sus
facciones reflejaban una ceñuda reflexión. A Simón se le heló el corazón al
recordar que Skodi había dicho que, además de sus demás quehaceres, Vren hacía
de carnicero y co¬cinaba para ella.
Skodi alzó la
calavera, absorto su rostro extrañamente atractivo, como una estudiante ante
una tabla de altas fórmulas matemáticas. Se balanceó de un lado a otro como una
barca zarandeada por el viento, y se puso a cantar con su voz aguda e infantil:
…en agujero, en un
agujero,
en un agujero del
suelo, donde el topo de húmeda nariz
canta una canción
de la piedra fría,
del barro y de los
grises huesos;
una pequeña y queda
canción a lo largo de toda la gélida noche,
mientras escarbaba
en las profundidades,
donde serpean los
gusanos blancos
y duermen los
muertos con los ojos llenos de tierra,
donde procrean los
escarabajos poniendo huevecillos blancos,
y sus frágiles
patas negras arrebañan, arrebañan,
y la oscuridad lo
cubre todo como una capa,
oscuridad que
esconde su vergüenza como cubrió sus nombres,
los nombres de los
muertos, idos todos, huidos todos,
vientos vacíos,
cabezas vacías.
Arriba crece la
hierba sobre la piedra,
los campos están en
barbecho, sin sembrar;
todo cuanto
conocieron se fue ya.
Así yacen en lo
hondo entre lamentos, llorando en su sueño,
aun sin ojos
sollozan, añorando lo perdido;
en la oscuridad se
agitan, bajo las malas hierbas y el musgo.
En la profundidad
de la tumba, no hay amo ni esclavo,
nada tiene
semblante ni fama;
no necesita
conocimientos ni nombre.
Mas todos anhelan
volver y, a través de las grietas,
miran el opaco sol
y maldicen el cruel amor
y la paz perdida en
la vida, piensan en ansiedades y contiendas,
en destruidos Hijos
o esposas;
en todos los
ardientes problemas,
en horribles
lecciones no aprendidas;
pero aun así
anhelan volver, volver,
anhelan volver.
¡ Volver!
En un agujero en el
suelo, bajo el viejo túmulo,
donde piel, huesos
y sangre se convierten en gelatinoso cieno
y el mundo
putrefacto canta...
La canción de Skodi
proseguía sin cesar, girando hacia abajo como un negro remolino en un pantano
poco frecuentado y lleno de algas. El propio Simón se sintió hundirse en él,
absorbido por el insistente ritmo hasta que las llamas y las desnudas estrellas
y los centelleantes ojos de los niños formaron borrosas rayas de luz y su
corazón descendió en espiral hacia las tinieblas. La mente no ha¬llaba conexión
con su maniatado cuerpo, ni con las acciones de quienes lo rodeaban. Un frío
silbido, un ruido loco llenaba sus pen¬samientos. Fantasmales sombras se movían
por el nevado patio, tan carentes de importancia como hormigas.
De pronto, una de
las formas tomó en sus manos el redondo y pálido objeto y lo arrojó al fuego,
seguido de un puñado de polvos. En el acto surgió un penacho de humo escarlata
que se alzó hasta el cielo y cegó a Simón. Cuando se hubo disipado, la hoguera ardía
con tanta fuerza como antes, pero sobre el patio parecía haberse posado una
oscuridad más pesada. La roja luz que regaba los edificios se ha¬bía debilitado
como en el crepúsculo de un mundo agonizante. El viento ya no soplaba; en
cambio, un frío todavía más intenso serpen¬teaba por el recinto abacial. Y,
pese a que el cuerpo ya no le pertenecía del todo, Simón notó que el intenso
helor penetraba en sus huesos.
—¡Venid a mí,
Máscara de Plata! —gritó la más alta de las figu¬ras—. ¡Habladme, señor de Ojos
Rojos! Quiero negociar con vos. Tengo algo que os gustará.
El viento no había
vuelto, pero la hoguera empezó a moverse de un lado a otro entre sacudidas y
estremecimientos, como un gran animal que luchara por salir de un saco. El frío
se hizo más intenso. Las estrellas se debilitaban. En las llamas se formaron una
tenebrosa boca y dos manchas negras que eran los huecos ojos.
—¡Tengo un regalo
para vos! —voceó gozosa la figura más volumi¬nosa.
Simón recordó,
medio mareado, que su nombre era Skodi. Al¬gunos de los niños lloraban con
voces que, no obstante el curioso si¬lencio, sonaban veladas.
El rostro del fuego
se retorció, y de la horrible boca salió un pro¬fundo rugido, lento y abismal
como el crujido de las raíces de una montaña. Si de aquel retumbo formaban
parte algunas palabras, no eran distinguibles. Momentos después, las facciones
empezaron a temblar y palidecer.
—¡Quedaos!—chilló
Skodi—. ¿Por qué os vais? —jadeó mirando a su alrededor al mismo tiempo que
daba aletazos con sus largos bra¬zos, y nada quedaba en ella de su anterior
expresión jubilosa—. ¡La espada! —gritó de cara a la nidada de chiquillos—.
¡Dejad ya de be¬rrear, hatajo de imbéciles! ¿Dónde está la espada? ¡Vren!
—Dentro, Skodi
—contestó el niño, a la vez que tenía en su re¬gazo a uno de los más pequeños.
A pesar de la
extraña sensación de desencajamiento —o quizá precisamente de eso—, Simón no
pudo dejar de observar que, de¬bajo de su harapienta chaqueta, los desnudos
brazos de Vren esta¬ban muy delgados.
—¡Pues tráela,
idiota! —bramó Skodi, a la vez que daba saltos en una furiosa danza demoníaca—.
¡Corre!
Ahora, el rostro de
las llamas apenas se distinguía.
Vren se levantó sin
demora, y el niño que había tenido sentado encima resbaló al suelo, donde unió
sus sollozos al bullicio general. Vren se dirigió a toda prisa al interior del
edificio, y Skodi volvió a dedicar su atención a las ondeantes llamas.
—¡Volved, volved!
—trató de engatusar a aquella cara que se des¬vanecía—. ¡Tengo un regalo para
mi señor y mi señora!
Simón tuvo la
impresión de que el poder de Skodi sobre él había disminuido. Incluso creía que
ocupaba de nuevo su cuerpo... Una sensación extraña, como si se pusiera una
capa de plumas que le hi¬cieran suaves cosquillas.
Vren apareció en la
puerta, muy solemne el pálido rostro.
—Es demasiado
pesada — dijo—. Venid acá, Honsa, Endë y los de¬más... ¡Venid a echarme una
mano!
Varios niños
cruzaron la nieve para acudir a su llamada, vol¬viendo de cuando en cuando la
cabeza para mirar la fogata y ver a su gesticulante cuidadora. Todos siguieron
a Vren al oscuro interior como una fila de nerviosos polluelos.
Skodi perdió la
paciencia, coloradas sus redondas mejillas y temblorosos los sonrosados labios.
—¡Vren...! ¡Tráeme
de una vez la espada, gandul! ¡Date prisa!
El muchacho asomó
la cabeza por la puerta.
—Pesa mucho, Skodi.
¡Parece de piedra!
Súbitamente, la
mujer clavó sus dementes ojos en Simón.
—Es tu espada, ¿no?
Supongo que sabes cómo moverla.
Su mirada era casi
imposible de resistir. La misteriosa cara había desaparecido ya de las llamas,
pero las estrellas, pálidas como dimi¬nutas bolas de hielo, aún latían tenues
en el cielo nocturno, y la ho¬guera todavía danzaba agitada, pese a que no era
azotada por nin-gún viento.
Simón no dijo nada,
aunque en su interior luchaba con todas sus energías para no balbucir como un
beodo, para no arrojarles a aquellos horribles ojos todo lo que en realidad
pensaba.
—Es preciso que se
la dé —gritó ella sibilante—. ¡Sé que la buscan! Mis sueños me lo revelaron. El
señor y la señora me..., me darán poder...
Skodi se echó a
reír y produjo una especie de infantil gorjeo que asustó tanto a Simón como
todo lo sucedido desde que se había puesto el sol.
—¡Ay, mi bonito
Simón! ¡Qué noche tan salvaje! Anda y tráeme tu negra espada.
De pronto se volvió
hacia la vacía entrada y llamó al niño.
—¡Vren! ¡Acércate y
desátale las manos!
El chicuelo salió
con expresión de espanto.
—¡No! —gritó—. ¡Es
malo! ¡Se escapará y te hará daño!
El rostro de Skodi
se convirtió en una desagradable máscara.
—¡Haz, lo que te
mando! ¡Desátalo!
El niño obedeció
con lágrimas de rabia en los ojos. Bruscamente agarró las manos que Simón
llevaba sujetas a la espalda e introdujo el cuchillo entre las cuerdas. Su
respiración era entrecortada mien¬tras las serraba. Una vez libres las manos de
Simón, el muchacho hyrka dio media vuelta y corrió de nuevo a la abadía.
Simón se frotó
despacio las muñecas y tuvo la tentación de, sim¬plemente, echar a correr.
Skodi estaba de espaldas a él e imploraba algo al fuego entre canturreos. Por
el rabillo del ojo miró a Binabik y Sludig. El rimmerio aún no se movía,
mientras que el gnomo lu¬chaba por desasirse de sus ataduras.
—Toma..., toma la
espada y huye, amigo Simón —susurró Bina¬bik—. Nosotros ya escaparemos de
alguna manera...
La voz de Skodi
cortó la oscuridad.
—¡La espada!
Simón apartó la
vista del compañero, indefenso e incapaz de la menor resistencia, y emprendió
el camino de la abadía como si lo empujase una mano invisible.
Dentro, lo niños
estaba acurrucados en el oscuro rincón del ho¬gar. Pese a todos sus esfuerzos,
no lograban arrancar de su sitio a Espina. Vren miró enfurecido a Simón, cuando
éste entro, pero se apartó de él. Simón se arrodilló delante de la espada, ahora
sólo un duro y angular bulto envuelto en guiñapos y trozos de cuero. Sus manos
parecían embotadas cuando desenvolvió el arma.
Al agarrar la
encordelada empuñadura, el resplandor del fuego que ardía en el patio pintó una
tira de un rojo vivo a lo largo de la negra espada. El arma tembló bajo sus
dedos como nunca antes lo había notado, como si la recorriera un
estremecimiento de hambre o de expectación. Por vez primera, Simón notó que
Espina era algo inexplicable y desagradablemente extraño, pero no podía separar
las manos de ella ni echar a correr. La alzó. La hoja no resultaba tan pe¬sada
como otras veces, pero aun así le costaba manejarla, como si tu¬viese que
arrancarla del cieno depositado en el fondo de una laguna.
Una rara fuerza lo
arrastró hacia la puerta. Aunque no lo viera, Skodi era capaz de moverlo como
una marioneta. Y él no se resistió a ser sacado de nuevo al patio iluminado por
la hoguera.
—Ven acá, Simón
—dijo ella, extendiendo los brazos como una madre amante, cuando el muchacho
emergió—. Ponte a mi lado en el círculo.
—¡Tiene la espada!
—chilló Vren desde la entrada—. ¡Te hará daño!
Skodi soltó una
risa despectiva.
—No lo hará. Skodi
es demasiado fuerte. Además es mi nuevo fa¬vorito. Y yo le caigo bien, ¿no es
así?
La mujer alargó una
mano hacia Simón. Espina parecía llena de una vida terrible y, a la vez,
inerte.
—No rompas el
círculo —indicó ella a la ligera, como si se tratara de un juego.
Seguidamente agarró
por un brazo a Simón y tiro de él para ayudarlo a pasar el torpe pie por encima
del redondel de rojizo polvo.
—Ahora podrán ver
la espada.
Skodi relucía de
triunfo. Una de sus calientes y rosadas manos se cerró alrededor de la
empuñadura de Espina, mientras que la otra ciñó el cuello de Simón para acercar
al joven a sus carnosos senos y su estómago. El calor del fuego ablandó a Simón
como si fuese de cera; el contacto con el cuerpo de Skodi era como un
asfixiante deli¬rio febril. Le llevaba él media cabeza, pero su poder de
resistencia no resultaba mayor que el de un niño. ¿Que clase de bruja era
aquella persona?
Skodi se puso a
gritar en un agudo y cortante rimmerspakk mientras se inclinaba hacia él. En el
fuego comenzaron a formarse de nuevo las líneas de un rostro. A través de las
lágrimas que el calor arrancaba de sus ojos, Simón distinguió la cambiante
boca, que se abría y cerraba como la de un tiburón. Una gélida y horrible
presen¬cia descendió sobre ellos, buscando, buscando, a la vez que los
olis¬caba con la paciencia propia de un depredador.
La voz rugió algo.
Ahora, Simón oyó hablar en medio de la con¬fusión de sonidos, unas palabras
irreconocibles que hasta le causa¬ron dolor de dientes.
Skodi jadeó
excitada.
—¡Es uno de los más
importantes siervos del gran señor Ojos Ro¬jos, como yo esperaba! ¡Mirad,
señor, mirad! ¡El regalo que desea¬bais!
La mujer obligó a
Simón a alzar la espada y observó ansiosa la sombra que se movía entre las
llamas, que volvió a hablar. La feliz sonrisa de Skodi se agrió.
—No me entiende —le
susurró al oído a Simón, con la familiari¬dad de una amante—. No encuentro el
camino verdadero. Lo temía. Mi hechizo no es lo suficientemente poderoso. Skodi
tendrá que hacer algo que no quería. ¡Vren! —agregó volviéndose al pequeño—.
¡Necesitamos sangre! Coge el cuenco y tráeme algo de sangre del hombre alto.
Simón quiso gritar,
pero no pudo. El calor reinante en el inte¬rior del círculo convertía los finos
cabellos de Skodi en mechones de pálido humo. Sus ojos resultaban tan inhumanos
como piedras.
—¡Sangre, Vren!
El chico se inclinó
sobre Sludig con una escudilla de barro en la mano y la hoja del cuchillo
—enorme entre los menudos dedos de Vren— apoyada en el cuello del rimmerio. El
niño se volvió hacia Skodi, sin prestar atención a Binabik que se revolvía en
el suelo junto a él.
—¡Ése, sí, el alto!
—chilló la mujer—. ¡Quiero conservar al pe¬queño! ¡Date prisa, estúpido!
¡Necesito sangre para el fuego! ¡Ahora mismo! ¡El mensajero se irá...!
Vren levantó el
cuchillo.
—¡Y tráela con
cuidado! —gritó Skodi—. No derrames nada den¬tro del círculo. Ya sabes cómo se
apretujan los pequeños cuando pronuncio algún encantamiento, y lo hambrientos
que están.
El niño hyrka se
volvió de pronto y avanzó hacia Skodi y Simón con la cara desencajada por el
enojo y el miedo.
—¡No! —protestó.
Durante unos
instantes, Simón sintió que le invadía la espe¬ranza por creer que Vren iba a
derribar a Skodi.
—¡No! —gritó
nuevamente el niño, al mismo tiempo que blandía el cuchillo en el aire y las
lágrimas le resbalaban por las mejillas—. ¿Por qué los conservas? ¿Y por que
quieres quedártelo a él? —añadió, señalando a Simón con el cuchillo—. ¡Es
demasiado mayor, Skodi! ¡Y malo! ¡No es como yo!
—¿Qué haces, Vren?
Skodi estrechó los
ojos, alarmada, cuando el chicuelo dio un salto en dirección al círculo. El
resplandor del fuego tiño la hoja de rojo. A Simón le ardieron los músculos
cuando quiso apartarse del camino del muchacho, pero lo sujetaba una mano de
piedra. El su¬dor le cayó a los ojos.
—¡Tú no puedes
quererlo! —chilló Vren.
Con una especie de
graznido Simón consiguió esquivar el cu¬chillo dirigido contra sus costillas,
de modo que sólo le rozó la es¬palda, pero aun así le produjo un doloroso y
frío corte. Algo bramó en el fuego como un toro, y la oscuridad envolvió
entonces a Si¬món, borrando las débiles estrellas.
Eolair la había
dejado sola unos momentos mientras salía de nuevo por la gran puerta para coger
otra lámpara.
En espera de que el
conde de Nad Mullach volviera, Maegwin contempló feliz la vasta ciudad de
piedra de la caverna inferior. Se había quitado un tremendo peso de encima.
Allí estaba la ciudad de los sitha, antiguos aliados de los hernystiros. ¡Y
ella la había encon¬trado! En algún instante había llegado a creerse tan loca
como Eolair y los demás sospechaban, pero... ¡ahí la tenía!
En un principio,
todo había consistido en un cierto desorden en sus sueños, confusos sueños ya
oscuros y caóticos, llenos de los sufrientes rostros de los muertos amados.
Pero luego empezaron a fil¬trarse otras imágenes, y en esos nuevos sueños
aparecía una bella ciudad donde ondeaban múltiples banderas, una ciudad de
flores y cautivadora música, libre de guerras y matanzas. Pero esas visiones
surgían en los últimos y fugaces momentos de descanso y, aunque eran
preferibles a sus pesadillas, no lograban calmarla. Por el contra¬rio, dada su
riqueza y exotismo, inflamaban el temor de que su propia mente estuviera
trastornada. Pero muy pronto, en sus paseos por los túneles de las montañas de
Grianspog, había comenzado a percibir extraños murmullos en las profundidades
de la tierra, unos cantos como los que nunca antes había oído. La idea de la
antigua ciudad había crecido hasta adquirir para ella más importancia que todo
cuanto ocurría al alcance de la luz del sol. Porque la luz del sol traía
consigo el mal: el astro diurno era una guía para el desastre, una lámpara que
los enemigos de Hernystir podían utilizar para buscar y destruir su pueblo.
Sólo en las profundidades existía la seguridad, entre las raíces de la tierra,
donde aún vivían los héroes y los dioses de antaño, y adonde no llegaba la
crueldad del invierno.
Ahora que se
hallaba sobre aquella fantástica ciudad de piedra, su cuidad, la inundó una
inmensa satisfacción. Por primera vez desde que su padre había partido para
combatir a Skali nariz Afilada, sentía paz. Cierto era que las pétreas torres y
cúpulas que lle¬naban el inmenso cañón de roca que se abría a sus pies no se
pare¬cían a la etérea y veraniega ciudad de sus sueños, pero apenas cabía duda
de que aquella población había sido creada por manos no hu¬manas, y se
encontraba en un sitio por el que los hernystiros no ha¬bían pasado desde los
tiempos más remotos. Si no era el lugar de re¬sidencia de los inmortales sitha,
¿qué otra cosa podía ser? ¡Desde luego era su ciudad! Eso resultaba
ridículamente evidente.
—¡Maegwin! —la
llamó Eolair, que entraba por la puerta medio abierta—. ¿Dónde estáis?
La preocupación que
vibraba en su voz hizo sonreír ligeramente a la mujer, pero ésta no quiso que
el conde se diese cuenta.
—¡Aquí estoy,
Eolair! Donde me pedisteis que permaneciera.
Él se asomó por
encima del hombro de Maegwin y miró hacia abajo.
—¡Cielo santo!
—exclamó—. ¡Qué maravilla!
Maegwin volvió a
sonreír.
—¿Qué otra cosa
ibais a esperar de un lugar semejante? Ahora descendamos para ver quién vive
ahí. Sabéis que nuestro pueblo está en un grave apuro.
Eolair la miró con
afecto.
—Dudo mucho de que
alguien viva todavía ahí abajo, princesa. ¿Veis acaso algún movimiento? No hay
más luces encendidas que las nuestras.
—¿Qué os hace
pensar que los Pacíficos no pueden ver en la os¬curidad? —replicó Maegwin.
La hacía reír la
simpleza de los hombres en general, y en particu¬lar la de las personas
inteligentes como el conde. El corazón le latía con tanta rapidez que la risa
estuvo a punto de escapársele. ¡Seguri¬dad...! Tal idea le quitaba el aliento,
¿Cómo iba a hacerles daño al-guien en el regazo de los antiguos protectores de
los hernystiros?
—Como queráis,
señora —dijo Eolair despacio—. Bajaremos un poco, si es que esas escaleras son
de fiar. Pero no olvidéis que vuestro pueblo padece por vos..., y yo también
—agregó con una mueca—. Hemos de regresar deprisa. Podemos volver luego, con
más gente.
—Desde luego.
Maegwin expresó,
con un breve gesto de la mano, lo poco que le importaban tales preocupaciones.
¡Y tanto como volvería, y con todo su pueblo! Era ése el lugar donde vivirían
para siempre, fuera del alcance de Skali y Elías y del resto de los
sanguinarios locos que habitaban la superficie terrestre.
Tomándola por el
codo, Eolair la condujo con una preocupa¬ción casi absurda. Por su gusto,
Maegwin hubiese bajado las toscas escaleras a saltos. ¿Qué de malo les podía
ocurrir?
Descendieron como
dos diminutas estrellas que cayeran a un infinito abismo. Las llamas de sus
lámparas se reflejaban en los blanquecinos tejados de piedra del fondo. Y sus
pasos producían eco en la inmensa caverna, repercutiendo en el invisible techo
para repetirse en incontables resonancias y volver hasta ellos como el suave
batir de las aterciopeladas alas de millones de murciélagos.
Pese a su
perfección, la ciudad parecía esquelética. Sus interconectados edificios
estaban cubiertos de tejas de mil tonalidades de pálida piedra, que iban desde
la blancura de una primera nieve, a través de todos los matices de la arena y
de las perlas, hasta un holliniento gris. Las redondas ventanas miraban como
ojos ciegos, y las pulidas calles relucían como el rastro de los caracoles.
Estaban a media
escalera cuando Eolair tiró del brazo de Maegwin para arrimarlo a su costado. A
la luz de las lámparas, el preocupado rostro del conde parecía casi
translúcido, y ella imaginó de pronto que podía leer todo cuanto hubiese en su
mente.
—Ya hemos bajado
bastante, señora—dijo—. Vuestro pueblo ha¬brá salido en nuestra busca.
—¿Mi pueblo?
—contestó Maegwin, desasiéndose—. ¿Acaso no son también vuestro pueblo? ¿O es
que ahora os sentís muy supe¬rior a una simple tribu de insignificantes
habitantes de cuevas, conde?
—No es eso lo que
yo quiero decir, princesa, y vos lo sabéis— re¬plicó él, cortante.
«Parece que sea una
pesadilla para vos, Eolair —pensó ella—. ¿Tanto os duele estar sujeto a una
loca? ¿Y cómo pude ser yo tan tonta de enamorarme de vos cuando nunca podría
conseguir más que una gentil indulgencia a cambio?»
Pero en voz alta
dijo:
—Sois libre de ir a
donde queráis, conde. Vos dudasteis de mí. Ahora quizá temáis tener que
enfrentaros a aquellos cuya existencia negasteis. Yo, por mi parte, no pienso
ir a ningún otro lugar que no sea esta ciudad.
Las finas facciones
de Eolair se arrugaron de frustración. Y cuando él, sin darse cuenta, se manchó
la barbilla con un poco de hollín de la lámpara, Maegwin se preguntó, de
pronto, qué parece¬ría ella. Las largas y obsesivas horas de búsqueda y
cavadura, así como la lucha contra el cerrojo que aseguraba la gran puerta,
flota¬ban en su mente como un sueño escasamente recordado. ¿Cuánto tiempo
llevaba en las profundidades? Se miró las manos cubiertas de suciedad con una
creciente sensación de horror. Sin duda debía de tener el aspecto de una
demente... Pero enseguida apartó de sí tal pensamiento. ¿Qué importaban
semejantes nimiedades en un mo¬mento tan crucial?
—No puedo permitir
que os perdáis en un sitio como éste, se¬ñora—dijo Eolair al fin.
—En tal caso, venid
conmigo o arrastradme hasta alcanzar de nuevo vuestro miserable campamento,
noble conde.
Maegwin se dio
cuenta, en el acto, de que no le gustaba el tono empleado, pero ya era tarde y
no se disculparía.
Eolair no demostró
el enojo que ella, había esperado. Por el con¬trario, sus facciones revelaron
resignación. No desapareció de ellas la pena, sin embargo, sino que más bien
penetró más y más en el rostro del hombre.
—Me hicisteis una
promesa, Maegwin. Antes de que yo abriese la puerta, dijisteis que respetaríais
mi decisión. No creí que voz rom¬pieseis una promesa. Sé que vuestro padre
jamás lo habría hecho.
Maegwin devolvió el
ataque, picada.
—¡No me saquéis
ahora a mi padre!
—En cualquier caso,
señora, me disteis vuestra palabra.
La princesa lo
miró. En el atento e inteligente rostro del conde había algo que le impidió
bajar las escaleras a toda prisa, como ha¬bía pensado hacer. Una voz interior
la acusaba de estúpida, pero aun así le plantó cara.
—Sólo tenéis razón
en parte, Eolair —dijo lentamente—. No pu¬disteis abrir la puerta solo, si no
os falla la memoria. Tuve que ayu¬daros.
—¿Entonces?
—Establezcamos un
compromiso. Sé que me consideráis testaruda o algo peor, pero yo todavía deseo
vuestra amistad... fuisteis muy leal a la casa de mi padre.
—¿Un compromiso,
Maegwin? —preguntó él sin expresión.
—Si permitís que
descendamos hasta el fondo de las escaleras, sólo hasta poner el pie en los
adoquines de la ciudad, daré media vuelta y regresaré con vos..., si ése es
vuestro deseo. ¡Lo prometo!
Eolair esbozó una
fatigada sonrisa.
—¿De veras?
—Lo juro por el
ganado de Bagba —declaró, y se llevó una sucia mano al pecho.
—Aquí abajo más os
valdría jurar por el Negro Cuamh —respon¬dió el conde, con un gesto de
frustración.
Su larga cola de
caballo había perdido la cinta que la sujetaba, de manera que la negra melena
caía ahora suelta sobre sus hombros.
—Está bien —añadió
al fin—. No me gusta la idea de tener que su¬biros luego todas estas escaleras
contra vuestra voluntad.
—Tampoco podríais
—repuso Maegwin, complacida—. Soy de¬masiado fuerte. Pero ahora venid. Como
decís, nuestra gente nos aguarda.
Continuaron
descendiendo en silencio. Maegwin saboreaba la seguridad que ofrecían las
sombras y aquellas montañas de piedra. Eolair, por su parte, iba sumido en sus
pensamientos. Ambos vigilaban donde ponían los pies, temerosos de dar un paso
en falso pese a la gran anchura de la escalinata. Los peldaños estaban llenos
de ho¬yos y grietas, como si la tierra se hubiese movido en un inquieto sueño, pero la forma de trabajar
la piedra era hermosa y artística. La luz de las lámparas revelaba vestigios de
complicados dibujos que serpenteaban a través de los escalones y seguían por
las paredes, una obra tan delicada como las hojas de tiernos helechos o las
plumas de un colibrí. Maegwin no pudo evitar volverse hacia Eolair con una
sonrisa de satisfacción.
—¿Lo veis? —señaló,
arrimando la luz a la pared—. ¿Cómo podría ser esto la labor de simples
mortales?
—Me doy cuenta, sí
—contestó él, muy seno—. Pero al otro lado de la escalera no hay otra pared
igual.
E indicó el
precipicio que daba al cañón. No obstante la distancia ya recorrida hacia
abajo, cualquiera que cayera se mataría.
—No miréis tanto
estos trabajos, señora. Podríais despeñaros.
Maegwin hizo una
ligera genuflexión.
—Tendré cuidado,
conde.
Eolair frunció el
entrecejo, quizás asombrado de la frivolidad de ella, pero sólo movió la cabeza
en sentido afirmativo.
La gran escalinata
se abría en el fondo como un abanico que de¬sembocaba en el suelo del cañón.
Lejos ya de la saliente pared de roca, el resplandor de sus lámparas pareció
disminuir. La luz no era suficiente para dispersar la profunda y opresiva
oscuridad. Los edi-ficios que desde arriba tenían el aspecto de juguetes, ahora
asoma¬ban amenazadores por encima de ellos, una fantástica formación de
sombrías cúpulas y torres en espiral que penetraban en la negrura cual
imposibles estalagmitas. Puentes de piedra viva se extendían desde las paredes
de la cueva hasta las torres, y se retorcían alrededor de las agujas como
misteriosas cintas. Sus diversas partes se unían mediante estrechos tegumentos
de piedra, con lo que la ciudad te¬nía más el aspecto de una sola cosa vital,
que respirase, que de una construcción de roca muerta... Pero sin duda estaba
vacía.
—Hace tiempo que
los sitha se fueron, señora, si es que alguna vez vivieron aquí... —dijo Eolair
con seriedad, aunque a Maegwin le pa¬reció que en su voz había cierta
complacencia—. Es hora de regresar.
La princesa le
dirigió una mirada de disgusto. ¿No sentía abso¬lutamente ninguna curiosidad
aquel hombre?
—¿Qué es esto,
pues? —inquirió, señalando un débil fulgor cerca del centro de la misteriosa
ciudad—. Si eso no es la luz de una lám¬para, yo soy un rimmerio.
—Realmente lo
parece —admitió con cautela—, pero también po¬dría ser otra cosa. Una luz que
penetrara desde arriba...
—Llevo muchas horas
en los túneles —replicó Maegwin—. En la superficie de la tierra ya tiene que
ser de noche. Venid. Eolair, ¡os lo suplico! No actuéis como un viejo. ¿Cómo
podríais abandonar este lugar sin haber averiguado algo más?
El conde Nad
Mullach juntó las cejas, mas ella pudo ver que, en su interior, luchaban las
emociones. Era claro que Eolair ansiaba saber más. Y había sido precisamente
esa transparencia la que había cautivado su corazón. ¿Cómo podía ser un enviado
a todas las cor¬tes de Osten Ard y, en ocasiones, resultar tan diáfano como un
chi¬quillo?
—¿Venís? —murmuró.
El comprobó el
aceite de las lámparas antes de responder.
—Conforme. Pero
únicamente para tranquilizaros. No pongo en duda que habéis descubierto una
ciudad que en su día perteneció a los sitha o a hombres de la antigüedad,
poseedores de habilidades que nosotros perdimos, pero hace tiempo que
desaparecieron. Y ahora no pueden salvarnos de nuestra desgracia.
—Decid lo que
queráis, conde, pero démonos prisa.
Y tiró de él en
dirección a la ciudad.
A pesar de sus
confiadas palabras, los callejones parecían real¬mente desiertos. El polvo
formaba indiferentes remolinos bajo sus pies. Tras caminar un rato, el
entusiasmo de Maegwin empezó a disminuir, y sus pensamientos se volvieron
melancólicos cuando la luz de su lámpara dio un grotesco relieve a las
sobresalientes torres y los audaces arbotantes. Todo aquello la hacía pensar en
huesos, como si caminaran por la caja torácica, ya blanqueada por los años, de
algún animal descomunal. Al avanzar por las retorcidas calles de la abandonada
ciudad, Maegwin empezó a sentirse engullida. Por primera vez, aquellas
extraordinarias profundidades y los escarpa¬dos estadios de roca entre su
persona y el sol le parecieron opresivos.
Pasaron ante
innumerables huecos en las labradas fachadas de piedra, agujeros cuyos suaves
bordes habían enmarcado bien ajusta¬das puertas. Maegwin imaginó que desde las
oscuras entradas la se¬guían ojos... No maliciosos, pero sí tristes, ojos que
miraban a los intrusos con más pesadumbre que rabia.
Rodeada de
orgullosas ruinas, la hija de Lluth se sintió angus¬tiada por todo lo que su
pueblo no había conseguido, por todo lo que nunca podría ser. Perdidos todos
los soleados campos en que moverse, los hernystiros se habían dejado empujar
hacia las cuevas de la montaña. Hasta sus dioses les daban la espalda. Los
sitha, al menos, habían dejado un monumento de piedra magníficamente labrada.
Las construcciones de los hernystiros, de madera, y hasta los huesos de sus
guerreros, que ahora se blanqueaban en el Inniscrich, desaparecerían con el
paso de los años. Pronto no quedaría nada de su pueblo.
Si nadie los
salvaba. Pero sólo los sitha podrían lograrlo, y... ¿adonde se habían ido?
¿Tenía razón Eolair? ¿Estarían muertos? Ella había creído que se hallarían en
las profundidades de la tierra, mas tal vez hubiesen ido a parar a otra parte.
Maegwin miró de
reojo a Eolair. El conde caminaba silencioso a su lado, admirando las
espléndidas torres como un campesino de la región de Circoille en su primera
visita a Hernysadharc. Al ver su fino perfil, sus polvorientos cabellos negros,
súbitamente sintió que el amor hacia el brotaba de nuevo del lugar donde lo
creía prisio¬nero..., un amor tan desvalido, tan doloroso e innegable como el
pesar que la inundaba. La memoria de la princesa voló hacia atrás, al primer
día en que lo había visto.
Era sólo una
chiquilla, pero tan alta como una mujer adulta, como recordó con disgusto. Se
encontraba detrás del trono de su padre en el gran salón de Taig cuando llegó
el nuevo conde Nad Mullach a jurarle lealtad. Eolair parecía muy joven, era
esbelto y te¬nía la viveza de ojos de un zorro. Se lo veía nervioso y lleno de
arro¬gancia. ¿Que parecía joven? ¡Lo era! Apenas tendría más de veinti¬dós
años, y le costaba reprimir la risa de la ansiosa juventud. Había descubierto a
Maegwin, que se asomaba por detrás del alto respaldo del trono, y ella se había
sonrojado como una frambuesa. Aún re¬cordaba ella su sonrisa, que permitía ver
sus brillantes, pequeños y afilados dientes, y que le había causado la
impresión de recibir un delicado mordisco en el corazón.
Eso, para el no
había significado nada, desde luego. Maegwin lo sabía. Entonces era sólo una
niña, pero ya destinada a convertirse en la desgarbada hija solterona del rey,
una mujer que prodigaba sus atenciones a los cerdos y los caballos, así como a
los pájaros de alas rotas, y que hacía caer cosas de las mesas porque nunca se
acordaba de andar y sentarse y actuar de manera delicada, como hubiese
co¬rrespondido a una dama. No; lo suyo no había sido más que una forzada
sonrisa a una muchacha de asombrados ojos, pero con ello Eolair la había
envuelto para siempre en una irrompible red...
Los pensamientos de
Maegwin se vieron interrumpidos cuando el camino bordeado de paredes que habían
elegido terminó ante una ancha y achatada torre por cuya superficie serpeaban
complica¬das enredaderas y translúcidas flores de piedra. Una amplia puerta se
abría oscura como una boca sin dientes. Eolair echó una mirada de desconfianza
a la misteriosa entrada, antes de dar un paso para ver qué había dentro.
El interior de la
torre parecía singularmente espacioso, pese a la intensidad de las sombras. Una
escalera, obstruida por los detritos, subía junto a una pared del fondo,
mientras que otra descendía en dirección contraria alrededor de toda la
circunferencia de la torre. Cuando ellos retiraron sus lámparas al exterior, un
débil resplandor —el más tenue imaginable— pareció iluminar el aire allí donde
el ca¬mino descendente se perdía de vista.
Maegwin respiró a
fondo. Cosa extraña, hallarse en tan miste¬rioso lugar no le producía temor.
—Retrocederemos
cuando vos queráis.
—Esa escalera es
demasiado peligrosa —contestó Eolair—. En efecto, debiéramos volver atrás.
Sin embargo, vaciló
zarandeado entre la curiosidad y la respon¬sabilidad. Era indiscutible que en
el tramo inferior de la escalera había luz. Maegwin miró hacia allá, pero no
dijo nada. El conde suspiró.
—Bajaremos un trozo
por ese camino.
Lo siguieron,
bajando en espiral cosa de un estadio, hasta en¬contrar un ancho pasadizo de
bajo techo. Todo él, arriba y a los la¬dos, estaba cubierto de enredaderas y
hierbas y flores, un panorama de vegetación que sólo podía ser realidad en la
lejana superficie, bajo el cielo y el sol. El tejido de tallos y hojas recorría
interminable toda la pared cual tapiz de piedra. No obstante la inmensidad de
los paneles, ninguna parte de la pared presentaba el mismo dibujo que otra. Las
grandes tallas se componían de muchas clases de roca, de una variedad de
matices y texturas casi infinita, pero los paneles no constituían un mosaico de
baldosas individuales, como sucedía en el suelo. Se diría que la propia piedra
había desarrollado las exactas y bonitas formas, igual que un seto cuidado y
podado por jardineros puede imitar la forma de un animal o pájaro.
—¡Por todos los
dioses de la Tierra y del Cielo! —exclamó la prin¬cesa.
—Hemos de dar la
vuelta, Maegwin.
La voz de Eolair
delataba poca convicción. En el seno de las pro¬fundidades, el tiempo parecía
transcurrir con más lentitud, hasta casi detenerse.
Caminaron un poco
más, admirando en silencio los fantásticos relieves. Por último, la luz de las
lámparas se vio aumentada por un resplandor más difuso procedente del final del
túnel. Maegwin y el conde salieron del pasadizo a una caverna cuyo techo abovedado
se perdía también entre las sombras. Y se hallaron sobre un ancho abanico de
baldosas que daba a una grande y plana concavidad de piedra.
El redondel, de
unos tres tiros de piedra de circunferencia, es¬taba rodeado de bancos de
pálida y desmigajada calcedonia, como si la concavidad hubiese sido lugar de
culto o destinado a grandes espectáculos. Una nebulosa luz blanca refulgía en
medio de ella cual inválido sol.
—¡Cuamh y Brynioch!
—renegó Eolair quedamente, y en su voz hubo una cierta ansia—. ¿Qué es eso?
Sobre un altar de
granito mate situado en el centro del ruedo había un gran cristal angular que
relucía como una vela funeraria. La piedra era de un blanco lechoso, de
superficies lisas pero bordes ásperos, como un mellado trozo de cuarzo. Su
extraña y delicada luz adquirió poco a poco más brillo, para apagarse y volver
a fulgurar, de modo que los viejos bancos más cercanos parecían aparecer y
de¬saparecer con el intermitente centelleo.
Una tenue claridad
los envolvió cuando se aproximaron al mis¬terioso objeto, y el helado aire
empezó a notarse más caliente. Maegwin quedó sin aliento ante el enigmático
resplandor de aque¬lla cosa. Ella y Eolair pasaron mucho tiempo en la
contemplación de la nívea luminosidad, admirados también ante los suaves
colores que se perseguían unos a otros por las profundidades de la piedra:
caléndula y coral y tímido espliego, cambiantes como el mercurio.
—¡Qué hermoso!
—murmuró ella.
—Precioso.
Vacilaron atónitos.
Finalmente, y con evidente resistencia, el conde de Nad Mullach dio media
vuelta.
—Pero, aparte de
esto, no hay nada más, señora. ¡Nada!
Antes de que
Maegwin pudiese responder, la blanca piedra se encendió de súbito con creciente
esplendor, floreciendo como si en el cielo naciera una estrella, hasta que el
cegador brillo llenó la ca¬verna. La princesa trató de orientarse en aquel mar
de refulgencia y alargó el brazo hacia Eolair. Deslumbrado, el rostro del conde
resul¬taba borroso hasta el punto de que apenas se distinguían sus faccio¬nes.
Medio lado de su persona desaparecía en una sombra absoluta, de modo que se
diría que era sólo medio hombre.
—¿Qué sucede?
—gritó Maegwin—. ¿Arde la piedra?
—¡Mi señora! —jadeó
Eolair, tratando de apartarla del incendio—. ¿Estáis herida?
—¡Los hijos de
Ruyan!
La princesa
retrocedió asustada y, sin darse cuenta, cayó en los protectores brazos del
hombre. La piedra había hablado con voz de mujer, una voz que los envolvía como
si por todos lados hubiese bocas.
Las palabras habían
sido pronunciadas en una lengua nunca oída por Maegwin, pero, aun así, su
significado era tan claro como si el extraño ser las hubiese dicho en
hernystiro, y con tanta intensi¬dad como si la voz de la mujer estuviera dentro
de su cabeza. ¿Era ésa la locura que tanto había temido? Pero también Eolair se
cubría las orejas con las manos, perseguido por la misma fantasmal voz.
—¡Puebla de Ruyan!
Os suplico que olvidéis nuestra antigua rivalidad y las injusticias cometidas…
¡Ahora nos amenaza a ambos un enemigo mucho peor!
La voz parecía
hablar con un gran esfuerzo. Había en ella cansan¬cio y preocupación, mas
también la sombra de un poder inmenso, de un poder que le produjo a Maegwin un
hormigueo en la piel. Se tapó los ojos con las abiertas manos y, por entre los
dedos, quiso mi¬rar el centro de aquel resplandor, pero no vio nada. La luz que
la azo¬taba tenía el vigor de un duro vendaval. ¿Podía haber una persona en
medio de aquella espantosa incandescencia? ¿O era la misma piedra la que
hablaba? Y de pronto sufrió por aquel ser —fuera lo que fuese— que gritaba con
tal desespero, aunque a la vez luchara contra la luná¬tica idea de que las
voces procediesen de la piedra.
—¿Quién sois?
—chilló Maegwin—. ¿Por qué estáis dentro de la piedra? ¡Alejaos de mis oídos!
—¿Qué? ¿Por fin hay
alguien aquí? ¡Loado sea el jardín!— En la voz vibró una repentina esperanza,
que por unos instantes desplazó a la angustia— ¡Oh, antiguos parientes! ¡Un
tenebroso mal amenaza nuestra tierra de adopción! Imploro una respuesta a mis
preguntas… ¡preguntas que pueden salvarnos a todos!
—¡Señora!
Maegwin se dio
cuenta, al fin, de que Eolair la sujetaba fuerte¬mente por la cintura.
—No me hará daño
—aseguró ella, y se acercó un poco más a la piedra pese a querer impedírselo el
conde—. ¿Que preguntas son esas? —gritó—. Nosotros somos hernystiros, y yo soy
la hija del rey Lluth ubh-Llythinn. ¿Quién sois vos? ¿Estáis en la piedra? ¿Estáis
en la ciudad?
La luz de la piedra
disminuyó y empezó a fluctuar. Hubo una pausa antes de que la voz volviera,
aunque menos sonora que antes.
—¿Sois tinukeda’ya?
Os oigo mal… —dijo la mujer—. ¡Es demasiado tarde! Os desvanecéis… Si todavía
podéis oírme y estáis a ayudarnos contra un enemigo común, venid a Jao
é-Tinukai’i. Entre vosotros tiene que haber alguien que sepa dónde ésta…
La voz se hizo aún
más queda, hasta ser sólo un susurro que cos¬quilleaba a Maegwin en los oídos.
La piedra emitía ya únicamente un resplandor incierto.
¬—Muchos andan en
busca de las tres Grandes Espadas. ¡Escuchad! Esto puede ser la salvación de
todos nosotros, o la destrucción…
La piedra
palpitaba.
—Esto es todo
cuanto pudo decirme la Arboleda de la Danza Anual…—prosiguió—. Todas las hojas
cantarían…
La desesperación
asomó a su moribunda voz.
—He fallado. Estoy
demasiado débil. Falló la primera abuela… No veo venir más que oscuridad.
Las suaves palabras
se difuminaron. La piedra parlante palideció ante los ojos de la princesa hasta
difundir sólo un resplandor mor¬tecino.
—No pude ayudarla,
Eolair —musitó Maegwin, que se sentía va¬cía—. No hicimos nada... ¡Y estaba tan
triste!
El conde la soltó
con delicadeza.
—No entendemos lo
suficiente para ayudar a nadie, señora —contestó—. ¡Si nosotros mismos
necesitamos que nos ayuden!
Maegwin se apartó
de él, en un intento de contener sus lágrimas de ira. ¿No había notado él la
bondad de aquella mujer, su angustia? La princesa se sentía como si hubiese
presenciado la caída de un pá¬jaro en una trampa que quedara fuera de su
alcance.
Al volverse
nuevamente hacia Eolair, quedó sorprendida al ver, más allá unas chispas que se
movían en la negrura. Parpadeó, y comprobó que no eran fantasías de sus
deslumbrados ojos. Una procesión de opacas luces avanzaban hacia ellos
culebreando por los pasillos de la arena envuelta en sombras.
Eolair siguió su
mirada.
—¡Por el escudo de
Murhagh! —exclamó—. Sabía que hacía bien en desconfiar de este lugar. ¡Colocaos
detrás de mí, Maegwin!
Y buscó la
empuñadura de su espada.
—¿Escondernos de
quienes van a salvarnos? —protestó ella, tra¬tando de soltarse de la mano que
la sujetaba cuando las oscilantes luces se aproximaron—. ¡Los sitha,
finalmente!
Las luces, rosadas
y blancas, se agitaron cual luciérnagas al dar ella un paso hacia adelante.
—¡Pacíficos! —gritó
Maegwin—. ¡Vuestros antiguos aliados os ne¬cesitan!
Las palabras
susurradas desde las sombras no provenían de gar¬gantas humanas. Una profunda
excitación llenaba a la princesa, se¬gura ahora de que sus sueños habían dicho
la verdad. La nueva voz hablaba en un antiguo hernystiro que no se había oído
bajo la luz del sol durante siglos. Pero, cosa extraña, también en sus palabras
parecía trepidar el temor.
—Nuestros aliados
se convirtieron ya en huesos y polvo, como sucedió con la mayor parte de
nuestro pueblo. ¿Qué clase de criatu¬ras sois, que no teméis al Shard?
El portavoz y sus
compañeros avanzaron despacio hacia la luz. Maegwin, que se había creído
preparada para cualquier cosa, sintió que el suelo de roca se le escurría
debajo de los pies. Se agarró al brazo de Eolair, al mismo tiempo que éste
emitía un silbante sonido de sorpresa.
Eran los ojos de
esos seres lo que en un primer momento parecía tan extraño: grandes y redondos
sin parte blanca. Parpadeantes a causa del resplandor de las luces, los cuatro
desconocidos tenían el aspecto de espantadas criaturas del bosque nocturno. De la
estatura de un hombre normal, pero de una delgadez preocupante, llevaban en los
largos y curvos dedos unas brillantes varas de alguna piedra preciosa
transparente. Cabellos claros y finos les enmarcaban los huesudos rostros y, si
bien sus facciones resultaban delicadas, ves¬tían bastas prendas de piel y
polvoriento cuero, anudadas en las ro¬dillas y los codos.
La espada de Eolair
rechinó al salir de su vaina y lanzó destellos rosados a la luz de las
misteriosas varas de cristal.
—¡Alto! ¿Quiénes
sois?
El ser más cercano
dio un paso atrás y levantó la cara, en la que se leía una nerviosa sorpresa.
—Sois vosotros los
intrusos aquí. ¡Ah, sois hijos de Hern, como sospechábamos! Mortales...
Se volvió y dijo
algo a sus compañeros en una lengua semejante a una canción murmurada. Todos
hicieron un grave gesto afirmativo, y cuatro pares de redondos ojos se posaron
en Maegwin y Eolair.
—Ya hemos hablado
de eso —agregó—, y nos parece como si no quisierais dar vuestros nombres.
Asombrada de cómo
el sueño se había transformado, Maegwin se apoyó en el brazo de Eolair y dijo:
—Somos... Yo soy
Maegwin, hija del rey Lluth, y éste es Eolair, conde de Nad Mullach.
Las cabezas de las
extrañas criaturas se bamboleaban sobre sus delgados cuellos cuando de nuevo
hablaron melódicamente entre ellos. Maegwin y el conde intercambiaron miradas
de asombrado escepticismo, y luego se volvieron al carraspear con discreción el
que había hablado primero.
—Os expresáis de
manera amistosa. Sois, por lo visto, gente bien nacida entre los de vuestro
pueblo. ¿De veras prometéis no tener malas intenciones? Por desdicha, hace
mucho que no habíamos te¬nido contacto con los de Hern, y justo es reconocer
que ignoramos por completo qué hacen. Nos alarmó ver que conversabais con el
Shard.
Eolair tragó
saliva.
—¿Quiénes sois
vosotros? ¿Y dónde nos encontramos?
El jefe lo miró
fijamente por espacio de unos momentos, y en sus grandes ojos se reflejaba la
llama de la lámpara.
—Yo soy Yis-fidri.
Me acompañan los insignes Sho-vennae, Imain-an y Yis-hadra, que es mi buena
esposa.
Cada cual hizo una
inclinación de cabeza, al ser nombrado.
—Y esta ciudad
—añadió Yis-fidri— se llama Mezutu’a.
Maegwin se sentía
fascinada por esos personajes, pero una insis¬tente duda había anidado en el
fondo de su mente. Evidentemente, se trataba de seres extraños, mas no eran lo
que ella había esperado... No podéis ser sitha... —dijo—. ¿Dónde están los
sitha, pues? ;Sois sus siervos, acaso?
Los desconocidos
los miraron con alarma en sus rostros de gran¬des ojos, y al instante daban
unos cuantos pasos atrás para sumirse en un armonioso coloquio. Criando
Yis-fidri habló de nuevo, lo hizo en un tono algo más áspero.
—Es cierto que
servimos en su día a otros, pero de eso hace ya largo tiempo. ¿Os envían ellos?
En cualquier caso, nosotros no pen¬samos retroceder.
A pesar de su tono
desafiante, en la oscilante cabeza de graneles y tristes ojos de Yis-fidri
había algo tremendamente patético cuando preguntó:
—¿Qué os dijo el
Shard?
—Perdonad que
seamos bruscos —respondió Eolair, desconcer¬tado—, pero nunca habíamos visto a
nadie como vosotros. Nadie nos mandó a buscaros. Ni siquiera teníamos noticia
de vuestra existencia.
—¿El Shard? ¿Os
referís a la piedra? —quiso saber Maegwin—. Dijo muchas cosas. Procuraré
recordarlas. Pero, si vosotros no sois los sitha, ¿quiénes sois?
Yis-fidri no
contestó, sino que alzó despacio su vara de cristal y extendió su flaca mano
hasta que la rosada luz ardió sin calor junto a la cara de Maegwin.
—Por vuestro
aspecto, el pueblo de Hern no ha cambiado mu¬cho desde que nosotros, los
tinukeda'ya de las montañas tuvimos el último contacto con él —dijo pensativo—.
¿Cómo es que nos han ol¬vidado tan pronto? ¿Tantas generaciones de mortales han
pasado desde entonces? Porque la tierra sólo puede haber dado unas cuan¬tas
vueltas desde que vuestros hombres del norte, los barbudos, aún nos conocían...
Los norteños nos llamaban dverningos, y nos lleva¬ban regalos para que
trabajásemos para ellos —añadió con una ex-presión distante.
—¿De modo que sois
aquellos a los que nuestros antepasados da¬ban el nombre de Domhaini? —exclamó
Eolair—. Creíamos que se trataba sólo de una leyenda, o que los de esa raza
habían muerto si¬glos atrás. ¿Conque sois vosotros los... dwarrows?
Yis-fidri frunció
ligeramente el entrecejo.
—¿Una leyenda? Vos
pertenecéis al pueblo de Hern, ¿no? ¿Quién os imagináis que enseñó a vuestros
antepasados a explotar las minas de estas montañas en tiempos pasados? ¡Fuimos
nosotros! En cuanto a los nombres, ¿qué importan? Para algunos mortales somos dwarrows,
dverningos o domhaini para otros... Eso sólo son pala¬bras... Nosotros somos
tinukeda’ya. Procedemos del Jardín y nunca podremos volver a él.
Eolair envainó la
espada con un sonido metálico que produjo ecos en toda la cueva.
—¡Princesa! Vos
buscabais a los Pacíficos. Esto aún resulta más extraño... ¡Una ciudad en el
corazón de la montaña! Los dwarrows de nuestras más remotas leyendas... ¿Acaso
ha enloquecido tanto el mundo de las profundidades como el nuestro de arriba?
Maegwin estaba casi
tan atónita como Eolair, pero no acertaba a decir nada. Contempló a los
dwarrows con pena. La negra nube que la había cubierto durante unos momentos
pareció retirarse de su mente.
—Pero no sois los
sitha — dijo al fin con voz ronca—. Ellos no están aquí, y no podrán ayudarnos.
Los acompañantes de
Yis-fidri formaron un semicírculo al rededor de la pareja. Estudiaban
preocupados a Maegwin y Eolair y pa¬recían dispuestos a actuar.
—Si vinisteis en
busca de los zida’ya, a los que vos dais el nombre de sitha —dijo Yis-fidri,
prudente—, eso es del máximo interés para nosotros, ya que elegimos este sitio
para escondernos de ellos. Hace mucho que nos negamos a someternos a su
voluntad, a sus arrogan¬tes injusticias, y finalmente escapamos. Creíamos que
nos habían olvidado, pero no es así. Ahora que somos pocos y estamos cansa¬dos,
intentan capturarnos de nuevo —explicó Yis-fidri con débil fuego en los ojos—.
Incluso nos llaman a través del Shard, el testigo que permaneció callado muchos
años. Se burlan de nosotros con sus trucos, tratando de atraernos otra vez.
—¿De modo que os
escondéis de los sitha? —inquirió Eolair, confuso—. Pero... ¿porqué?
—En una época les
servimos, hijo de Hern. Pero al fin huimos. Y ahora quieren convencernos para
que volvamos. Hablan de espada; para tentarnos..., porque saben que esa
artesanía fue siempre nuestro deleite, y que las Grandes Espadas son algunas de
nuestras mejores obras. Nos preguntan por mortales que nunca vimos, y de los
que ni siquiera oímos hablar. ¿Qué tenemos que ver nosotros con los mor¬tales?
¡Sois los primeros que vemos desde hace muchísimo tiempo!
El conde de Nad
Mullach esperó que Yis-fidri continuara, pero, cuando pareció que no lo iba a
hacer, preguntó:
—¿Mortales? ¿Como
nosotros? ¿A qué mortales os nombraron?
—La mujer
zida’ya..., la Primera Abuela, como la llaman, habló repetidas veces de... —y
el dwarrow consultó brevemente con sus compañeros— ... de Josua el Sin mano.
—El... ¡Por todos
los cielos! ¿Queréis decir Josua el Manco? —ex¬clamó Eolair, pasmado—. ¡Eso no
es posible!
Y se dejó caer
sobre uno de los deteriorados bancos.
Maegwin tomó
asiento a su lado. La mente le daba tantas vuel¬tas a causa de la fatiga y la
desilusión, que ya no le quedaban fuerzas para sorprenderse, pero, cuando al
cabo apartó la vista de los gran¬des y bondadosos ojos de los perplejos
dwarrows para mirar a Eo¬lair, el rostro del conde era el de un hombre herido
por un rayo en su propia casa.
Simón despertó de
un vuelo a través de negros espacios y aulla¬dores vientos. El ulular
continuaba, pero ante sus ojos floreció una luz roja cuando la oscuridad
retrocedió.
— ¡Vren,
majadero...! —gritó alguien cerca—. ¡Hay sangre en el círculo!
Cuando intentó
respirar, Simón notó que algo lo empujaba hacia abajo, de forma que sus
pulmones tenían que luchar para ob¬tener aire. Se preguntó brevemente si le
habría caído un techo encima. ¿Un incendio? La roja luz danzaba y se retorcía.
¿Habría fuego en Hayholt?
Ahora distinguió
una amplia forma, vestida de aleteante blanco. La figura, alta como los
árboles, parecía penetrar en los cielos. Necesitó bastante rato para comprender
que yacía sobre el gélido suelo, y que Skodi estaba encima de él, gritándole a
alguien. ¿Cuánto haría que...?
El niño llamado
Vren se debatía en el suelo a poca distancia de él. Se sujetaba el cuello con
las manos, y los ojos parecían saltársele de las órbitas en su morena cara.
Aunque nadie lo tocaba, Vren pa¬teaba furioso, tamborileando el helado barro
con los talones. Qantaqa aullaba en las proximidades.
—¡Eres malo!
—chilló Skodi con la cara amoratada de rabia—. ¡Muy malo! ¡Has derramado
sangre! ¡Escaparán...! —jadeó entre bra¬midos—. ¡Castigo!
El chiquillo se
revolvía como una serpiente despachurrada.
Detrás de Skodi, un
umbroso rostro miraba desde el centro del ondeante fuego, y la risa movía su
variable boca. Un momento des¬pués, los negros ojos sin fondo se fijaron en
Simón, quien en el acto tuvo la sensación de que una lengua de hielo le tocaba
la cara. Quiso gritar, pero un gran peso en la espalda se lo impidió.
—Pequeña mosca —le
susurró una voz en la cabeza, pesada y os¬cura como el fango; una voz que había
rondado en sus sueños; una voz de ojos rojos y quemante oscuridad— Te
encontramos en los sitios más singulares… y tú posees es espada, también. Hemos
de hablarle de ti al amo. Le interesará mucho…
Hubo una pausa. El
ser de la hoguera pareció aumentar de ta¬maño, y sus ojos semejaban fríos y
negros pozos que llegaban al in¬fierno.
—¡Vaya muchacho!—
ronroneó ahora la voz—. ¡Si sangras…
Simón retiró su
temblorosa mano de debajo de su cuerpo, pre¬guntándose por qué le extrañaba que
lo obedeciese. Cuando la de¬sasió de la empuñadura de Espina, comprobó que, en
efecto, sus dedos estaban cubiertos de lustrosa sangre.
—¡Castigado!
—chilló Skodi, y su infantil voz sonó cansada—. ¡Todo el mundo será castigado!
¡Teníamos que ofrecer regalos al se¬ñor y a la señora...!
La loba volvió a
aullar, ahora más cerca.
Vren yacía agotado
en el cenagoso suelo, a los pies de Skodi. Cuando Simón lo miró, aturdido, el
suelo pareció combarse, de modo que no pudo ver bien la pálida y encogida forma
del niño. Al instante surgió otro bulto, muy cerca. La tierra medio deshelada
se abrió entonces con un crujido y un ruido de succión. Una mano de largas uñas
y un delgado brazo asomaron del revuelto suelo como si quisieran agarrar las
estrellas con unos dedos semejantes a los abier¬tos pétalos de una flor negra.
Otra mano apareció serpeante a su lado, seguida de una cabeza de ojos muy
claros, apenas mayor que una manzana. Una sonrisa llena de dientes como agujas
partió el marchito rostro, con lo que se contrajeron los ralos y negros
bigotes.
Simón se retorció,
incapaz de lanzar un grito. Una docena de bultos reventaban el suelo del patio.
Y luego, una docena más. En cosa de unos instantes, los bukken salieron de la
tierra cual gusanos del cadáver de una res.
—¡Bukken!— chilló
Skodi, fuera de sí—. ¡Excavadores! ¡Oh, Vren, estúpido...! Te dije que no
debías derramar sangre en el círculo en¬cantado!
Y agitó los
rollizos brazos hacia los excavadores, que atacaron a los horrorizados niños
como una plaga de chirriantes ratas.
—¡Ya lo castigué!
—agregó, a la vez que señalaba el cuerpo del inerte Vren— ¡Largaos! —Y,
volviéndose hacia la hoguera, agregó—: ¡Haced que se vayan, señor! ¡Que se
vayan de una vez!
El fuego fue
sacudido por el gélido viento, pero el misterioso rostro no hacía más que
mirar.
—¡Socorro, Simón!
—sonó entonces la voz de Binabik, ronca de angustia—. ¡Ayúdanos! ¡Aún estamos
atados!
Simón se volvió
entre grandes dolores, en un intento de ponerse de rodillas. Tenía la espalda
inmóvil de tan agarrotada, como si un caballo lo hubiese coceado. El aire
parecía lleno de centelleantes co¬pos de nieve.
—¡Binabik!—gimió.
Una ola de
desgañitantes formas negras se apartó a saltos del montón, abandonando a los
niños para correr en dirección a la aba¬día, donde yacían Sludig y el gnomo.
—¡Basta! ¡Voy a
acabar con vosotros!
Skodi se había
tapado los oídos con las manos, como si no qui¬siera percibir los lastimeros
chillidos de los niños. Un pequeño pie, blancuzco como una seta, emergió
brevemente del nudo de excavadores para volver a desaparecer.
—¡¡Basta!!
—vociferó la mujer.
De repente, en el
suelo que la rodeaba se produjo una erupción, y numerosas gotas de gelatinoso
cieno le salpicaron el camisón. Una maraña de brazos semejantes a patas de
araña se agarró a sus anchas pantorrillas, y un enjambre de excavadores trepó
por sus piernas como si fueran troncos de árbol. El camisón se le hinchó cuando
los atacantes se introdujeron debajo de él en un número cada vez ma¬yor, hasta
que la fina tela se rajó como un saco demasiado lleno y apareció una
serpenteante masa de ojos y flacas piernas y manos con garras que oscurecían
casi por completo sus blandas carnes. Skodi abrió enormemente la boca para
gritar, pero un culebreante brazo se le metió en ella y desapareció en
dirección al hombro. Los pálidos ojos de la mujer parecieron salirse de sus
órbitas.
Por fin, Simón
había logrado levantarse hasta quedar acurru¬cado, cuando algo gris pasó como
un relámpago por delante de él para chocar contra la movediza y chirriante masa
que había sido Skodi y derribarla al suelo. Las voces de los excavadores,
semejantes a maullidos, aumentaron de volumen para convertirse en verdade¬ros
trinos de temor cuando Qantaqa se puso a romper cuellos y cas¬car cráneos y a
arrojar pequeños cuerpos al aire con gozosa despreo¬cupación. Luego se
precipitó hacia el montón de criaturas que se habían arrojado sobre Binabik y
Sludig.
El fuego adquiría
grandes proporciones. El informe ser que ha¬bía en su interior se reía, y Simón
notó que su terrible diversión lo debilitaba, le absorbía la vida.
—¿Interesante, no,
mosca diminuta? ¿Por qué no te acercas y contemplamos juntos el espectáculo?
Simón procuró hacer
caso omiso de la atracción de aquella voz y la insistente fuerza de sus
palabras. Penosamente se puso de pie y, tambaleante, se apartó del fuego y del
monstruo que acechaba en su interior. Espina le servía de muleta, y en ella se
apoyaba como podía, aunque la empuñadura se le escurría de la ensangrentada
mano. La cuchillada que Vren le había asestado en la espalda le cau¬saba un
dolor frío, un entumecimiento que no obstante resultaba doloroso.
El ser invocado por
Skodi seguía insultándolo con una voz que retumbaba en su cabeza y le hacía
pensar en el cruel juego de un niño que hubiese capturado un insecto.
—¿Adónde vas,
pequeña mosca? ¡Ven acá! El amo quiere conocerte…
A Simón le costó un
triunfo continuar en la dirección contraria. La vida parecía escapársele como
si fuera arena. Los grifos de los excavadores y el húmedo y jubiloso aullar de
Qantaqa no eran ya más que un débil rumor en sus oídos.
Tardó bastante rato
en darse cuenta de las garras que se engan¬chaban a sus piernas y, cuando al
fin bajó la vista y vio aquellos ojos de huevo de araña de los bukken, fue como
si a través de una ven¬tana contemplase otro mundo, un horrible lugar accidentalmente
separado del suyo. La sensación de vivir un sueño no cesó hasta que las
escarabajeantes manos empezaron a rasgarle las perneras del pantalón y a
herirle la carne. Con un grito de horror, aplastó de un puñetazo una de las
arrugadas caras. Pero otras le trepaban piernas arriba. Y, por más que apartara
a golpes aquellas repelentes criatu¬ras, parecían tan innumerables como las
termitas.
Espina volvió a
temblar en sus manos. Sin detenerse a pensar. Si¬món levantó el arma y descargó
la negra hoja sobre un racimo de excavadores, la espada emitió un zumbido, como
si cantara en si¬lencio. Sorprendentemente ligera de pronto, Espina segó cabezas
y brazos como si fuesen tallos de hierba hasta que cayeron arroyuelos de negro
icor al suelo. A cada golpe. Simón sentía un latigazo de do¬lor en la espalda,
pero al mismo tiempo lo invadía un loco alborozo. Habían ya muerto o huido
todos los bukken, y él seguía dando esto¬cadas a los enredados cadáveres.
—¡Caramba, vaya
mosca fiera! ¡Ven con nosotros!
La voz parecía
penetrar en su cabeza como en una herida abierta, y él se sacudió asqueado.
—Esta noche es
grande… ¡Una noche salvaje!
—¡¡Simón!! —le
llegó por fin la apagada voz de Binabik a través de su furor de odio—. ¡Simón!
¡Desátanos...!
—Tú sabes que
nosotros venceremos, pequeña mosca. En este mismo instante, muy lejos en el
sur, uno de nuestros más importantes aliados cae, se desespera…, muere…
Simón avanzó
tambaleante hacia el gnomo. Qantaqa, manchado de sangre el hocico hasta las
orejas, mantenía a raya a una inquieta y estridente horda de excavadores. Simón
alzó de nuevo la espada y em¬pezó a abrirse paso entre los bukken,
destrozándolos a montones hasta que, finalmente, se apartaron de su camino. La
voz de su ca¬beza seguía con su incesante canturreo sin palabras. El patio
bañado por el fuego resplandeció ante sus ojos.
Se inclinó junto al
gnomo para cortarle las ligaduras, y el in¬tenso mareo que experimentó estuvo a
punto de hacerlo caer. Bi¬nabik refregó la soga contra el filo cortante de
Espina hasta que se partió. El hombrecillo se frotó brevemente las muñecas para
que volviese la vida a ellas, y luego se volvió hacia Sludig. Des¬pués de tirar
del nudo por espacio de un momento, miró a Simón.
—Ayúdanos con tu
espada —dijo, y quedó boquiabierto—. ¡Por las piernas de Chukku! ¡Si tienes la
espalda llena de sangre, Simón!
—La sangre abrirá
la puerta, hijo del hombre. ¡Ven con nosotros!
Simón intentó
responderle a Binabik, mas no pudo. En cam¬bio echó adelante la espada y,
torpemente, le dio a Sludig con la punta del arma. El rimmerio, que aún estaba
sólo medio despierto, gimió.
—Mientras dormía,
le golpearon la cabeza con una piedra —ex¬plicó Binabik, entristecido—. Supongo
que sería a causa de su tama¬ño. A mí sólo me ataron.
Poco a poco
serraron las ligaduras de Sludig con Espina, hasta que también sus sogas
resbalaron al nevado suelo.
—Tenemos que
alcanzar los caballos —le susurró el gnomo a Si¬món—. ¿Te sientes con fuerzas
suficientes?
—Sí.
Lo cierto era que
la cabeza resultaba demasiado pesada para su cuello, y el zumbido de su mente
dejaba paso, lentamente, a una te¬rrible sensación de vacío. Por segunda vez
aquella noche, tuvo la sensación de que flotaba fuera de su envoltura física, y
ahora temió no volver a ella. Y su esfuerzo por mantenerse en pie mientras
Bina¬bik ayudaba a levantarse al rimmerio, fue considerable.
—El amo aguarda en
la Cámara del Pozo…
—Todo cuanto
podemos hacer, es correr a las cuadras —gritó Bi¬nabik por encima de los
gruñidos de la loba, que había ahuyentado a los excavadores de forma que
quedaba un espacio libre entre el cerco de bukken y los amigos de Simón.
—Quizá lleguemos,
si nos guía Qantaqa, pero no debemos ser lentos ni vacilar.
Simón se tambaleó.
—Ve en busca de las
alforjas... —musitó—. Están en la abadía.
El hombrecillo lo
miró incrédulo.
—¡Qué disparate!
Simón meneó la
cabeza como si estuviera ebrio.
—Yo no me iré
sin... la... Flecha Blanca. Ella..., ellos... no pueden cogerla...
Y miró a través de
la puerta en dirección a la ondulante masa de excavadores, apiñada allí donde
había estado Skodi.
—Tú te hallarás
ante el Arpa Cantora, y oirás su dulce voz…
—Simón... — empezó
Binabik, pero enseguida hizo un gesto pro¬pio de los qanuc para rechazar las
locuras—. ¡Si apenas te sostienes sobre tus piernas! — rezongó— . Iré yo.
Antes de que Simón
pudiera contestar, el gnomo había desapa¬recido en el oscuro interior de la
abadía. A los pocos momentos re¬gresaba tirando de las alforjas.
—Se lo cargaremos
casi todo a Sludig —decidió Binabik, sin dejar de vigilar a los peligrosos
excavadores—. Está demasiado adormilado para luchar, de manera que será nuestro
morueco de carga.
—¡Ven con nosotros!
Mientras el gnomo
colgaba los sacos del atontado rimmerio, Si¬món echó una mirada al círculo de
pálidos ojos desnudos. Los exca¬vadores emitían unos sonidos y chasquidos como
si hablaran entre ellos. Muchos llevaban a jirones sus bastas ropas; algunos agarraban
con sus delgados puños unos cuchillos toscos y dentados. Todos le devolvieron
la mirada, a la vez que se bamboleaban como hileras de amapolas negras.
—¿Estás a punto,
Simón? —murmuró Binabik.
El amigo hizo un
gesto afirmativo y alzó la espada. La hoja, que había parecido tan ligera como
una varilla, ahora volvía a resultar pesada como la piedra. Trabajo le costaba
sostenerla.
—¡Nihut, Qantaqa!
—gritó el gnomo.
La loba dio un
salto adelante, muy abiertas las fauces. Los exca¬vadores chillaron de miedo
cuando la loba abrió un surco entre aquel montón de agitados brazos y
castañeteantes dientes. La seguía Simón, que balanceaba la espada pesadamente
de un lado a otro.
—¡Ven! Debajo de
Nakkiga hay infinitas y frías salas. Allí cantan Los Sin Luz, que te esperan
para darte la bienvenida. ¡Ven con nosotros!
El tiempo parecía
doblarse sobre sí mismo. El mundo se había cerrado hasta formar un túnel de
roja luz y ojos blancos. El dolor de su espalda latía ahora de forma tan
rítmica como su propio co¬razón, y la visión se le reducía y aumentaba a medida
que avanzaba casi a tropezones. Lo envolvía un rugido de voces tan continuo
como el del mar, de unas voces que sonaban tanto dentro de él como fuera.
Empuñó la espada, notó que hendía algo y la retiró para atacar de nuevo. Unas
cosas trataban de agarrarlo a su paso. Algo le tiraba de la piel.
El túnel se
estrechó hasta ser negro, para abrirse nuevamente a los pocos momentos. Sludig,
que musitaba palabras demasiado ba¬jas para que Simón pudiera entenderlas, lo
ayudó a montar a Hogareña y sujetó a Espina. Los rodeaban paredes de piedra,
pero, así que Simón espoleó a su yegua, esas paredes desaparecieron de súbito y
se halló bajo el cielo nocturno, entretejido de ramas, con las estrellas
centelleando en lo alto.
—Ha llegado el
momento, hijo de hombre. La puerta está abierta con sangre. ¡Ven, únete a
nuestras celebraciones!
—¡No! —se oyó
gritar Simón—. ¡Déjame en paz!
Y salió disparado
hacia el bosque. Binabik y Sludig, todavía montados, le dijeron algo, pero sus
palabras se perdieron en la barahúnda de su mente.
—La puerta está
abierta... ¡Ven con nosotros!
Las estrellas le
hablaban, aconsejándole que durmiera, y le de¬cían que cuando despertase se
encontraría muy lejos de..., de los ojos en el fuego..., de Skodi y de esas
garras.
—¡La puerta está
abierta! ¡Ven con nosotros!
Simón cabalgó
alocadamente por los nevados bosques, en un in¬tento de dejar atrás la horrible
voz.. Las ramas le azotaban la cara, y las estrellas lo miraban fríamente por
entre las copas de los árboles. Pasó el rato, quizá fuesen horas, y él seguía
adelante de manera frené¬tica. Hogareña parecía sentir su prisa, porque sus
cascos levantaban nubes de nieve mientras martillaban a través de la oscuridad.
Simón iba solo. Sus amigos habían quedado muy atrás, y todavía penetraba en sus
pensamientos la voz de aquel espeluznante ser del fuego.
— ¡Ven, hijo de
hombre!¡ Ven, marcado por el dragón! Es una noche salvaje. Te esperamos debajo
de la montaña de hielo...
Las palabras
resonaban en la cabeza de Simón como un enjam¬bre de abejas enfurecidas. El
muchacho se revolvía en su silla, deba¬tiéndose consigo mismo y golpeándose las
orejas y el rostro en su ansia por alejar de sí aquella infernal voz. De
repente, algo asomó ante él: una negra mancha, más oscura que la noche. A Simón
se le encogió el corazón, pero era sólo un árbol. ¡Un árbol!
Su huida era
demasiado precipitada como para esquivar el obs¬táculo. Pareció que lo azotara
la mano de un gigante, y cayó de Ho¬gareña dando tumbos a través de la nada...
En el cielo, las estrellas palidecían.
La más endrina
oscuridad lo cubrió por completo.
17
Una apuesta de poco
valor
La tarde se
acercaba a su fin. El cielo, limpiado por el vendaval, se extendía sobre la
pradera como un toldo purpúreo. Las primeras estrellas parpadearon en lo
alto. Deornoth, en¬vuelto en una áspera
manta para defenderse del frío, contemplaba aquellos lejanos puntos de luz y se
preguntaba si Dios les había dado definitivamente la espalda.
La gente de Josua
se hallaba amontonada en un terreno de pasto para toros, un corral alargado y
estrecho, limitado por estacas de madera profundamente hincadas en la tierra y
sujetas entre si con cuerdas. Pese a su aparente endeblez —en muchos puntos había
hue¬cos tan grandes que Deornoth podía introducir todo el brazo y parte del
hombro—, la valla resultaba tan resistente como la piedra unida con argamasa.
Al mirar a los
compañeros de cautiverio, sus ojos se detuvieron en Geloë. La hechicera tenía
sentada en su regazo a Leleth y le can¬taba algo al oído, en voz baja, mientras
las dos contemplaban el cielo crepuscular.
—Parece absurdo que
pudiésemos huir de las nornas y de los ex¬cavadores para acabar aquí —dijo
Deornoth, sin poder disimular el enojo que sentía—. Vos conocéis encantamientos
y sortilegios, Geloë. ¿No podríais haber embrujado de alguna forma a nuestros cap¬tores,
para dejarlos dormidos, o convirtiéndoos vos en una bestia fe¬roz que los
atacara?
—Deornoth —le
advirtió Josua, pero la hechicera del bosque no necesitaba ser defendida.
—Entendéis muy poco
de cómo actúa el Arte, sir Deornoth —re¬plicó ella, cortante—. En primer lugar,
lo que vos llamáis encanta¬mientos o magia, tiene su precio. Si resultara fácil
derrotar a una do¬cena de hombres armados, los ejércitos de los príncipes estarían
llenos de brujos contratados. En segundo lugar, aún no nos han he¬cho daño. Yo
no soy Pryrates. No malgasto mis energías en funcio¬nes de títeres para los
aburridos y curiosos. Un enemigo mucho mayor ocupa mi mente, uno infinitamente
más peligroso que cual¬quiera de los de este campamento.
Como si una
respuesta tan larga la hubiese exasperado —real¬mente, Geloë nunca solía hablar
tanto de una vez—, la hechicera cayó en el silencio y se dedicó de nuevo a
contemplar el firma¬mento.
Frustrado consigo
mismo, Deornoth apartó la manta y se puso de pie. ¿Hasta tal extremo había
llegado? ¿Qué clase de caballero era, que zahería a una vieja por no haberlo
salvado del peligro? Un estremecimiento de rabia y disgusto le recorrió el
cuerpo, y sus ma-nos no cesaban de abrirse y volverse a cerrar. ¿Qué podía
hacer? ¿Que fuerza le quedaba a ninguno del maltrecho grupo para em¬prender
algo?
Isorn consolaba a
su madre. El notable valor de la duquesa Gutrun había resistido incontables
horrores, pero parecía haber lle¬gado a su límite. Sangfugol estaba inválido.
Towser había llegado al borde de la locura; yacía enroscado en el suelo, con
los ojos fijos en la nada, temblorosos los labios llenos de cicatrices, cuando
el padre Strangyeard intentó ayudarlo a beber de un cuenco de agua. Deor¬noth
sintió una nueva ola de desesperación mientras se dirigía len¬tamente al sucio
tronco en que el príncipe había tomado asiento, y donde permanecía con la
barbilla apoyada en una mano.
La manilla que un
día lo había tenido prisionero en el calabozo de Elías aún le pendía de la
delgada muñeca. Profundas sombras os¬curecían el enjuto rostro de Josua, pero
sus ojos centellearon cuando vio que Deornoth se dejaba caer a su lado. Los dos
perma-necieron un rato en silencio. Los mugidos del ganado y las voces y los
ruidos de los jinetes sonaban en todas partes, ya que los thrithingos recogían
a sus manadas por la noche.
—¡Ay de mí, amigo!
—exclamó por fin el príncipe—. Dije que, en el mejor de los casos, era un mal
asunto, ¿no?
—Hicimos todo lo
posible, alteza. Nadie hubiese podido hacer más que vos.
—Alguien sí que lo
hizo —contestó Josua, que por un momento parecía haber recobrado su seco
humor—. Ocupa un trono de hue¬sos en Hayholt, y bebe y come ante un hermoso
fuego mientras no¬sotros aguardamos en un matadero.
—Cerró un sucio
trato, príncipe, y se arrepentirá de su elección.
—Pero temo que
nosotros ya no existamos cuando llegue el ajuste de cuentas —suspiró Josua—. Y
lo siento especialmente por vos, Deornoth. Fuisteis siempre el más leal de los
caballeros. Lástima que no encontraseis un señor al que valiera más la pena
serle fiel...
—¡Por favor,
alteza! —protestó Deornoth, a quien, en su presente estado de ánimo, semejantes
palabras producían verdadero dolor—. No hay otro a quien quisiera servir, fuera
del Reino de los Cielos.
Josua lo miró por
el rabillo del ojo, mas no respondió. Un grupo de jinetes pasó cabalgando junto
a la empalizada, y las estacas tem¬blaron con el tronar de las monturas.
—Estamos muy lejos
de ese reino, Deornoth —replicó el príncipe al fin—, aunque al mismo tiempo nos
hallamos a bien poca distancia de él. Pero la muerte me asusta poco —agregó,
con la cara escondida entre las sombras—. Son esperanzas que destruí las que pesan
sobre mi alma.
—Josua... —empezó
Deornoth, pero la mano del príncipe sobre su brazo lo hizo callar.
—No digáis nada.
Simplemente, es la verdad. Ya nací con mala estrella. Mi madre murió al darme a
luz, y el mejor amigo de mi pa¬dre, Camaris, perdía la vida poco después. La
esposa de mi her¬mano murió cuando estaba a mi cuidado, y su única hija escapó
de mi tutela para correr Aedón sabe qué suerte. Y luego Naglimund, un castillo
construido para resistir un asedio de años, cayó en ma¬nos enemigas en cosa de
semanas, cuando yo mandaba en él. Incon¬tables inocentes murieron de la forma
más espantosa.
—No puedo
escucharos hablar así, mi príncipe. ¿Por qué os em¬peñáis en cargar sobre
vuestras espaldas todas las traiciones del mundo? ¡Vos hicisteis más de lo
imaginable!
—¿De veras?
—preguntó Josua, muy serio, como si discutiera un asunto teológico con los
hermanos jesuritas—. Lo dudo. Si todo está predestinado, quizá yo sea un mero
hilo en el tapiz del Altísimo. Pero otros dicen que uno elige su propio camino,
incluso si es malo.
—¡Bah, chifladuras!
—Tal vez. Pero,
desde luego, brilló una mala estrella sobre todo cuanto yo emprendí. ¡Y cómo
debieron de reírse los ángeles y los de¬monios cuando juré volver a ocupar el
Trono de Huesos de Dragón! ¡Yo, con mi harapiento ejército de sacerdotes y
juglares y mujeres!
La risa del
príncipe sonó amarga.
Una vez más,
Deornoth sintió que el enojo bullía en su interior, pero ahora era su señor
quien lo causaba. Estaba casi sin aliento. Nunca hubiese creído ser tan esclavo
de sus sentimientos.
—Mi príncipe —dijo
entre dientes—, os habéis enneciado, ¡estáis hecho un imperdonable majadero!
¡Sacerdotes, juglares y mujeres! Un ejército de caballeros montados no podría
haber hecho mucho más que vuestros juglares y mujeres, ¡y desde luego no habría
sido más valeroso!
Se levantó,
tembloroso de furor, y cruzó el fangoso cercado. Casi parecía que las estrellas
se ladearan en el cielo.
Una mano se cerró
sobre su hombro y lo hizo dar media vuelta con asombrosa fuerza. Josua lo
mantenía con firmeza a un brazo de distancia. El príncipe echó la cabeza hacia
adelante como un ave de rapiña dispuesta a atacar.
—¿Qué os he hecho
yo, Deornoth, para que me habléis de esa forma? —dijo con voz tensa.
En cualquier otro
momento, Deornoth hubiese caído de rodi¬llas, avergonzado de su propia falta de
respeto. Ahora, en cambio, contuvo el temblor de sus músculos y respiró
profundamente antes de hablar.
—Puedo amaros a
vos, príncipe, pero odiar vuestras palabras.
Josua lo miró con
una expresión indescifrable en la creciente os¬curidad.
—Hablé mal de
nuestros compañeros. Eso fue un error. Pero no dije nada ofensivo para vos, sir
Deornoth...
—¡Por Elysia, la
Madre de Dios, Josua! —exclamó el caballero, a punto de sollozar—. Yo no me
siento ofendido. Y, respecto de los de¬más, sólo fue un descuidado comentario
que hicisteis, llevado por vuestra fatiga. Se que no hubo mala intención por
vuestra parte. No, ¡sois vos la víctima de vuestro propio y cruel trato! ¡Por
eso sois un majadero!
Josua se puso
tenso.
—¡Qué!
Deornoth alzó los
brazos, lleno de una extraña locura semejante a la que uno sentía la noche del
Solsticio de Verano, cuando todo el mundo se ponía máscara y decía la verdad.
Pero dentro de aquel cercado no había máscaras.
—¡Sois más enemigo
vuestro de lo que pueda serlo jamás Elías! —voceó, sin importarle ya ser oído—.
¡Vuestras faltas, vuestra culpa, vuestro incumplimiento del deber...! Si
Jesuris Aedón volviese hoy a Nabban, y por segunda vez lo colgaran del Árbol en
el jardín del templo, vos encontraríais el modo de acusaros también de eso. ¡En
ningún caso estoy dispuesto a escuchar por más tiempo a un hom¬bre que tanto se
denigra!
Josua lo miró
atontado. El terrible silencio fue roto por el cru¬jido de la puerta de madera.
Media docena de hombres con lanzas penetró en la empalizada, conducida por el
individuo llamado Hotvig que los había capturado en las orillas del río
Ymstrecca. Avanzó éste a grandes zancadas, al mismo tiempo que escudriñaba lo
que había a su alrededor.
—¿Josua? ¡Venid
acá!
—¿Qué queréis?
—contestó el príncipe sin inmutarse.
—El señor de la
Marca requiere vuestra presencia. ¡Ahora mismo!
Dos de los hombres
de Hotvig se adelantaron con las puntas de sus espadas hacia abajo. Deornoth
trató de intercambiar una mi¬rada con el príncipe, pero Josua dio media vuelta
y echó a andar lentamente entre los dos thrithingos. Hotvig se encargó de cerrar
la puerta tras de sí. El pestillo de madera cayó en su sitio con un chi¬rrido.
—No creéis que le
vayan a... hacer daño, ¿verdad Deornoth? —preguntó Strangyeard—. No serán
capaces de herir al príncipe...
Deornoth se dejó
caer sobre el fangoso suelo, y por sus mejillas resbalaron las lágrimas.
El interior del
carromato de Fikolmij olía a grasa y humo y cuero aceitado. El señor de la
Marca levantó la vista de su pata de vaca para indicarle a Hotvig que debía
salir. Seguidamente volvió a dedicarse a su comida, dejando que Josua esperara
de pie. No esta-ban solos. El hombre situado junto a Fikolmij le llevaba media
cabeza al príncipe y era casi tan forzudo como el propio señor de la Marca. Su
rostro, bien afeitado aunque lucía unos largos bigotes, estaba cubierto de
cicatrices demasiado regulares para ser accidenta¬les. La mirada a Josua fue de
abierto desprecio. Una mano, cargada de tintineantes brazaletes, acarició la
empuñadura de su larga es¬pada curva.
El príncipe soportó
durante unos instantes aquellos ojos estre¬chos, y luego desvió
despreocupadamente la vista hacia los numero¬sos arneses y sillas de montar que
pendían de las paredes y del techo del carromato, y cuyas incontables hebillas
de plata resplandecían a la luz del fuego.
—Habéis descubierto
algunas de las ventajas de la comodidad, Fikolmij —dijo Josua, al ver las
alfombras y los bordados cojines es¬parcidos sobre las tablas del suelo.
El señor de la
Marca alzó la vista y escupió en el cuenco en que ardía un fuego.
—¡Bah! Yo duermo
bajo las estrellas, como siempre. Pero nece¬sito un sitio a salvo de las orejas
interesadas —contestó antes de dar un nuevo mordisco a la carne y masticarla
con fuerza—. No soy un habitante de las piedras, que lleva concha como un
caracol.
Un hueso cayó al
fuego entre rechinamientos.
—Hace tiempo que yo
tampoco duermo entre paredes o en un lecho, Fikolmij. Podéis verlo. ¿Me
hicisteis venir para llamarme pu¬silánime? En tal caso, hacedlo y dejadme
regresar junto a mi gente. ¿O me trajisteis para matarme? Porque el tipo que
está a vuestro lado tiene todo el aspecto de un verdugo.
Fikolmij arrojó al
fuego el nuevo hueso pelado y soltó una riso¬tada. Tenía los ojos encarnados
como los de un jabalí.
—¿No lo conocéis?
Pues él sí que os conoce a vos. ¿Verdad, Utvart?
—Lo conozco, sí
—contestó éste con voz grave.
El señor de la
Marca se inclinó ahora hacia adelante, para mi¬rarlo intensamente.
—¡Por el Gran
Cuadrúpedo! —exclamó entre risotadas—. ¡Si el príncipe Josua tiene más canas
que el viejo Fikolmij! Por lo visto, vi¬vir en vuestras casas de piedra hace
envejecer antes.
Josua esbozó una
débil sonrisa.
—Tuve una primavera
difícil.
—¡La tenéis aún, la
tenéis aún!
Era evidente que
Fikolmij se divertía enormemente.
Tomó una escudilla
y se la llevó a la boca.
—¿Qué queréis de
mí, Fikolmij?
—No soy yo quien os
quiere aquí, pese a haberme ofendido, sino Utvart —repuso el señor de la Marca,
e hizo una señal a su amenaza¬dor compañero—.Y hablando de edad, Utvart tiene
sólo un par de años menos que vos y, sin embargo, no lleva barba. ¿Sabéis por
qué?
Utvart frotó los
dedos contra el pomo de su espada, irritado.
—No tengo mujer
—gruñó.
Josua miró a uno y
a otro, pero no hizo comentario alguno.
—Sois un hombre
inteligente, príncipe Josua —dijo Fikolmij des¬pacio, y bebió un largo sorbo—.
Ahí está el problema. La novia de Utvart fue robada, y él juró no casarse con
nadie hasta que el raptor este muerto.
—Muerto —repitió
Utvart.
Josua arrugó el
labio.
—Yo no robé la
novia de nadie. Vorzheva vino a mí después que yo dejé vuestro campamento.
Suplicó que le permitiera acompa¬ñarme.
Fikolmij dejó de
golpe el cuenco, y las salpicaduras de oscura cer¬veza fueron a parar al fuego,
que siseó como si se hubiera asustado.
—¡Diantre! —gritó—.
¿No tuvo vuestro padre hijos varones? ¿Qué verdadero hombre se escuda detrás de
una mujer, o aprueba que se salga con la suya? ¡Estaba fijado su precio de
desposada! ¡Todo había sido acordado!
—Según parece,
Vorzheva no estaba de acuerdo.
El señor de la
Marca se alzó de su taburete y miró a Josua como si el príncipe fuera una
serpiente venenosa. Los musculosos brazos de Fikolmij temblaron.
—Vosotros, los
habitantes de las casas, sois una pestilencia. Un día, los hombres del
Thrithingos arrojarán al mar y purificarán con el fuego vuestras podridas
ciudades.
Josua no se
intimidó.
—Ya lo intentaron
antes. Así fue como nos encontramos vos y yo. ¿O acaso habéis olvidado el
incómodo hecho de nuestra alianza? ¿De una alianza contra vuestro propio
pueblo?
Fikolmij volvió a
escupir, y esta vez no se preocupó de si acer¬taba en el cuenco o no.
—Fue una
oportunidad de aumentar mi fuerza. Y la aproveché. Hoy soy el indiscutido señor
del Alto Thrithing —declaró, como si quisiera provocar a Josua—. Además, el
tratado fue con vuestro pa¬dre. Para ser un habitante de casas, era un hombre
poderoso. Vos no sois más que una sombra de él.
El rostro de Josua
no expresaba nada.
—Estoy harto de
hablar. Matadme, si queréis, pero no me abu¬rráis más.
Fikolmij dio un
salto y descargó un formidable puñetazo contra la sien de Josua, que cayó de
rodillas.
—¡No te falta
orgullo, gusano! Tendría que matarte con mis pro¬pias manos... —jadeó el señor
de la Marca, alzándose sobre Josua, palpitante su pecho del tamaño de un
barril—. ¿Dónde está mi hija?
—No lo sé.
Fikolmij agarró la
andrajosa camisa del príncipe y lo forzó a po¬nerse de pie. Utvart se
balanceaba sobre los pies, con ojos desvariados.
—Y ni siquiera te
importa, ¿eh? ¡Por El Fulminador de los Pastos! Había soñado con aplastarte,
sí... ¡Háblame de mi Vorzheva, raptor de niños! ¿Te casaste con ella, al menos?
Un sangriento
verdugón apareció en la sien del príncipe, que se enfrentó a la mirada de
Fikolmij.
—No quisimos
casarnos...
Otro golpe en la
cabeza. Ahora le sangraron el labio superior y la nariz
—¡Cómo os reíais
del viejo Fikolmij en vuestra casa de piedra! ¿Eh? —chilló el señor de la
Marca, fuera de sí—.¡Rapta a la hija y la convierte en prostituta, y ni
siquiera tiene que pagar un caballo por ella! Os reíais, ¿no?
Abofeteó con fuerza
la cara del príncipe, de manera que por el aire volaron perlas de sangre.
—Creíste poder
tomarme el pelo y escapar...
De nuevo lo azotó
el señor de la Marca, pero, aunque de la nariz de Josua brotó más sangre, el
golpe había sido menos duro, como si hubiera sido dado con una especie de
afecto salvaje.
—Eres muy listo,
Manco. ¡Muy listo! Pero Fikolmij no es un cas¬trado.
—Vorzheva... no...
es... una... prostituta.
Fikolmij lo empujó
contra la puerta de! carromato. El príncipe quedó con los brazos colgando, sin
hacer intento de defenderse cuando le pegaron otras dos veces.
—Robaste lo que era
mío —rugió Fikolmij, con la cara tan cerca de la de Josua que su trenzada barba
rozó la ensangrentada camisa del príncipe—. ¿Cómo la llamarías, pues? ¿Para qué
te servía?
Pese a los
insultos, el embadurnado rostro de Josua había expre¬sado hasta entonces una
increíble calma, pero ahora se descompuso y sólo reflejó aflicción.
—Yo... la utilicé
de mala manera... —musitó, y bajó la cabeza.
Utvart dio un paso
adelante y extrajo la espada de su labrada vaina, adornada con abalorios. La
punta chocó contra una de las vi¬gas del techo.
—Dejadme matarlo
—resolló—. Poco a poco.
Fikolmij levantó la
vista y le dirigió una furibunda mirada de soslayo. El sudor le goteaba de la
cara mientras observaba a uno y otro. Por fin sostuvo su nudoso puños sobre la
cabeza del príncipe.
—¡Dejad que lo haga
yo! —pidió Utvart.
El señor de la
Marca dio tres golpes contra la pared de madera. Los arneses se agitaron
tintineantes.
—¡Hotvig! —bramó.
Se abrió la puerta
del carromato y entró Hotvig, empujando de¬lante de sí a una figura esbelta. La
pareja se detuvo apenas entrar.
—¡Tú lo oíste todo!
—bramó Fikolmij—. Nos traicionaste al clan y a mí...¡por esto!
Y propinó tal
empellón en el hombro de Josua, que éste cayó de espaldas y resbaló al suelo.
Vorzheva rompió a
llorar. La mano de Hotvig tiró de ella hacia atrás cuando quiso inclinarse para
tocar al príncipe. Josua la miró con sus cansados ojos, que empezaban a
cerrarse de la hinchazón.
—Estás viva... —fue
todo lo que dijo.
La joven trató de
desasirse del hombre que la tenía sujeta, pero de nada sirvió que le clavara
las uñas en el brazo. Simplemente la¬deó la cabeza cuando Vorzheva quiso
alcanzar sus ojos.
—Los guardias la
detuvieron en los pastos exteriores —rugió Fikolmij, y le dio un ligero
manotazo, harto ya de su resistencia—. ¡Quieta, perra ingrata! Tendría que
haberte ahogado en el Umstrejha, cuando naciste. Eres todavía peor que tu
madre, y eso que ella fue la vaca más endiablada que conocí. ¿Para qué
desperdicias tus lágrimas por este montón de estiércol?
Y dio un puntapié a
Josua con su bota.
De nuevo había
preocupación en la mirada del príncipe. Estu¬dió con desapasionado interés al
señor de la Marca, por espacio de unos momentos, y luego dedicó su atención a
Vorzheva.
—Me alegra que
estés bien.
—¿Bien? —replicó
ella con una risa estridente—. Amo a un hom¬bre que no me desea. El hombre que
sí me desea, en cambio, sólo me utilizaría como una yegua para la procreación y
me azotaría si no estuviera de rodillas ante él...
Luchó por soltarse
de Hotvig y se volvió de cara a Utvart, que había bajado la espada al suelo.
—¡Te recuerdo muy
bien, Utvart! —jadeó—. ¿Por qué huí, sino para verme libre de ti, violador de
niñas... y de corderos cuando no podías conseguir una criatura? ¡Tú, más
orgulloso de tus cicatrices de lo que estarías jamás de una mujer! ¡Antes morir
que ser tu es¬posa!
El malcarado Utvart
no respondió, pero Fikolmij soltó un reso¬plido de satisfacción.
—¡Por el Gran
Cuadrúpedo! ¡Había olvidado ese mellado cuchi¬llo que tienes por lengua, hija!
A lo mejor, Josua está contento de re¬cibir puñetazos, para variar. En cuanto a
ti, puedes matarte una vez cumplido el ritual de la carrera a caballo, si lo
deseas. Yo no quiero más que el pago que me corresponde como padre de la novia,
y que el honor del Clan del Semental sea restablecido.
—Hay modos mejores
que el de asesinar a indefensos prisioneros —dijo una voz nueva.
Todas las cabezas
se volvieron. Incluso la de Josua, aunque éste lo hizo con cuidado. Geloë
estaba en la puerta, con los brazos en alto, mientras el viento azotaba su
capa.
—¡Han escapado de
la empalizada! —gritó Fikolmij, colérico—. ¡No os mováis, mujer! Hotvig,
ensilla tu montura y tráeme al resto. ¡A alguien le tocará gemir por esto!
Geloë penetró en el
carromato, que rápidamente resultó ates¬tado. Hotvig se abrió paso por su lado
con una ahogada maldición y salió a la oscuridad. Con toda calma, la hechicera
cerró la puerta de¬trás de él.
—Aún los encontrará
allí dentro —dijo—. Sólo yo puedo salir y entrar a mi antojo.
Utvart alzó la
ancha hoja y la arrimó a su cuello. Los amarillos ojos de Geloë, medio
cubiertos por la capucha, se enfrentaron a los del corpulento thrithingo, que
dio un paso atrás y blandió su es¬pada como si se viera amenazado.
Fikolmij la miró de
arriba abajo con asombro y cauto enojo.
—¿Qué queréis,
mujer?
Libre de la
sujeción de Hotvig, Vorzheva había caído de rodillas y andado a gatas hasta
donde estaba Josua para enjugarle suave¬mente el rostro con su harapienta capa.
El príncipe la tomó con de¬licadeza de la mano y la apartó a un lado mientras
hablaba Geloë.
—Ya os he dicho que
yo salgo y entro a mi antojo. De momento elijo estar aquí.
—Os halláis en mi
carromato, vieja —le advirtió el señor de la Mar¬ca, a la vez que se secaba el
sudor de la frente con su velludo brazo.
—Creísteis poder
mantener prisionera a Geloë, Fikolmij, y eso fue un disparate. No obstante
vengo a daros un consejo, con la es¬peranza de que tengáis más sentido común
del que habéis demos¬trado hasta ahora.
El señor de la
Marca pareció tener que realizar un esfuerzo para no atacar de nuevo. Geloë,
advirtiendo su lucha interior y su violenta mirada, hizo un gesto de afirmación
y sonrió de forma amenazadora.
—Ya oísteis hablar
de mí.
—Oí hablar de una
diablesa de vuestro nombre, en efecto. De una que acecha en las profundidades
del bosque y roba el alma de los hombres —gruñó Fikolmij.
Utvart permanecía
pegado a él, los labios convertidos en una ti¬rante línea, pero sus ojos
estaban muy abiertos y recorrían las pare¬des como si quisiera cerciorarse de
dónde quedaban las puertas y las ventanas.
—Sin duda oísteis
falsos rumores —señaló Geloë—, aunque encie¬rran cierta verdad, por muy
retorcido que parezca. Desde luego aciertan los que dicen que soy mala enemiga,
Fikolmij... —añadió, parpadeando como lo hace un búho cuando descubre algo
pequeño e indefenso—. ¡Una mala enemiga!
El señor de la
Marca se tiró de la barba.
—No os temo, mujer,
pero aun así no juego innecesariamente con demonios. No sois de utilidad para
mí. En consecuencia, lar¬gaos y no os molestaré, pero no os metáis en lo que no
es de vuestra incumbencia.
—¡Insensato amo de
caballos!
Geloë levantó
bruscamente el brazo, y la capa se movió como un ala de murciélago. La puerta
se abrió de golpe detrás de ella. El viento que entró hizo apagar las lámparas
y sumió el carromato en una oscuridad sólo reducida por el fuego de rojas
llamas en su cuenco, como si fuera la puerta del infierno. Alguien lanzó un
te¬meroso reniego, apenas perceptible entre los aullidos del vendaval.
—Ya os anuncié que
voy a donde quiero —dijo Geloë.
Y la puerta se
cerró de nuevo, pese a que la hechicera no se había movido. El viento
desapareció. Entonces, Geloë se inclinó hacia ade¬lante, de modo que sus
ambarinos ojos reflejaron inquietas llamas.
—Lo que les ocurra
a estas personas sí que es de mi incumbencia, y también de la vuestra, aunque
vos seáis demasiado ignorante para saberlo. Nuestro enemigo es el vuestro, y es
muy superior a lo que podáis imaginar, Fikolmij. Cuando llegue, arrasará vuestros
campos como un incendio.
—¡Ja! —sonrió
estúpidamente el señor de la Marca, y su voz de¬lató nerviosismo—. ¡No me
vengáis con sermones! Conozco de so¬bra vuestro enemigo, el rey Elías. No es
más hombre que este Josua. Los thrithingos no le tienen miedo.
Antes de que Geloë
pudiera responder hubo un seco golpe en la puerta, que se abrió para dar paso a
Hotvig, lanza en mano y con una expresión rara en el rostro. A pesar de su
espesa barba era sólo un joven, y observó a la hechicera con abierto espanto
mientras se dirigía a su jefe.
—Los prisioneros
están todavía en el vallado. Nadie vio salir a esta mujer. La puerta está
cerrada, y en la cerca no hay agujeros.
Fikolmij emitió un
gruñido y movió la mano.
—Lo sé.
Los ojos del señor
de la Marca se clavaron un instante en Geloë, cavilosos, y después apareció una
nueva sonrisa en su cara.
—Ven acá —le ordenó
a Hotvig, y le susurró algo al oído.
—Así se hará
—contestó el joven, echando un inquieto vistazo a Geloë, antes de abandonar
otra vez el carromato.
—Bien... —dijo
Fikolmij con una de sus risas, que permitió ver todos sus torcidos dientes—.
Opináis que debiera poner en libertad a este perro, para que escape, ¿eh?
—preguntó a la vez que daba un em¬pujón a Josua, con lo que se ganó una mirada
de odio de su hija—. ¿Qué ocurrirá si no lo hago? —concluyó divertido.
Geloë estrechó los
ojos.
—Como os anuncié,
señor de la Marca, soy mala enemiga.
Fikolmij hizo una
mueca.
—¿Ah, sí? ¿Y qué me
haréis cuando yo haya mandado a mis hom¬bres que den muerte a los demás
prisioneros, salvo que yo mismo dé contraorden antes del próximo cambio de
guardia?—respondió, dán¬dose palmadas de satisfacción en la barriga—. No dudo
de que con¬táis con sortilegios y encantamientos que pueden dañarme, pero...,
ahora nuestras espadas están cada una en el cuello del otro, ¿no?
Desde un rincón,
Utvart dejó oír un gruñido, como si la imagen invocada le produjese excitación.
—¡Ay, señor! Que el
mundo se vea libre de individuos como vos... —dijo Geloë, asqueada—. Confiaba
en convenceros para que nos ayudaseis, lo que sería tan bueno para vos como
para nosotros... Ahora, como decís, tenemos las armas desenvainadas. ;Quién
sabe si podrían ser guardadas sin que hubiese muchas muertes?
—No me asustan
vuestras amenazas —tronó Fikolmij.
Geloë posó en él
brevemente sus fríos ojos, y después miró a Josua, que seguía sentado en el
suelo, presenciando con sorprendente tranquilidad todo cuanto acontecía. Por
último se volvió hacía Ut¬vart, que se sintió evidentemente incómodo ante aquel
examen.
—Creo que aún hay
un favor que puedo haceros, señor de la Marca...
—Yo no necesito...
—¡Quieto! —gritó
Geloë.
Fikolmij calló,
aunque con los puños apretados y los ojos salto¬nes y enrojecidos.
—Estáis a punto de
quebrantar vuestras propias leyes —dijo la he¬chicera—, las leyes del Alto
Thrithing. Yo os ayudaré a evitarlo.
—¿Qué locuras
decís, mujer del diablo? —estalló él, furibundo—. ¡Soy el jefe de los clanes!
—Los consejos de
los clanes no respetan, señor de la Marca, a quien infringe sus antiguas
leyes—replicó—. Estoy bien enterada. Sé muchas cosas.
De un manotazo,
Fikolmij mandó contra la pared más apartada la escudilla que había estado
encima de un escabel.
—¿Qué ley ni qué
diantre? ¡Decidme de qué ley se trata, u os es¬trangularé aunque me convirtáis
en ceniza!
—Las leyes del
precio de la novia y de los esponsales—contestó Geloë, y señaló a Josua—. Vos
quisierais matar a este hombre, pero es el prometido de Vorzheva. Si otro —e
indicó al ceñudo Utvart— de¬sea poseerla, tiene que luchar por ella. ¿No es
esto verdad, Fikolmij?
El señor de la
Marca sonrió de manera tan desabrida que su ros¬tro pareció ensombrecerse.
—Os habéis pasado
de lista, entremetida. Esos dos no están pro¬metidos. El propio Josua lo
admitió. Yo no infringiría ninguna ley, si lo matara. Utvart está dispuesto a
pagar por la novia.
Geloë lo miró
fijamente.
—No están casados,
ni Josua se lo ha pedido. Eso es cierto, pero... ¿habéis olvidado vuestras
propias costumbres, Fikolmij del Clan del Semental? ¡Hay otras formas de
esponsales!
El señor de la
Marca escupió.
—Ninguna, como no
sea que la mujer esté encinta... —y Fikolmij se interrumpió con el entrecejo
fruncido—. ¿Un niño?
Geloë no dijo nada.
Vorzheva permanecía
con la cabeza baja. Los oscuros cabellos le cubrían el rostro, pero su mano, la
que había acariciado la ensan¬grentada mejilla del príncipe, quedó tan helada
como un conejillo hipnotizado por una serpiente.
—Es verdad —musitó
al fin.
La cara de Josua se
convirtió en un complicado jeroglífico de emociones, todavía más difícil de
leer por las magulladuras y los verdugones que lo cubrían.
—¡Vorzheva...!
¿Cuánto hace que lo sabías? ¡No me habías dicho nada...!
—Lo supe poco antes
de la caída de Naglimund —respondió ella—, pero temía decírtelo.
Las lágrimas abrían
nuevos surcos a través de las polvorientas mejillas de Vorzheva, y Josua
levantó la mano para tocar breve¬mente su brazo, antes de dejarla caer de nuevo
en su regazo, y luego miró a Geloë. La hechicera no apartó los ojos de él
durante un largo rato. Se diría que se comunicaban los pensamientos.
—¡Por el Gran
Cuadrúpedo! —bramó finalmente Fikolmij, como atontado—. Un compromiso por
embarazo, ¿eh? ¡Eso, si la criatura es suya!
—¡Claro que lo es,
so cerdo! —gritó Vorzheva—. ¡No puede ser de nadie más!
Utvart dio un paso
adelante, y las hebillas de sus botas tintinea¬ron. La punta de su espada chocó
contra los tablones del suelo y se hundió un centímetro en la madera.
—¡Un duelo, pues!
—dijo—. ¡Lucharemos a muerte!
Pero una mirada de
Geloë bastó para que su expresión se hiciera más prudente.
—Vorzheva, la hija
del señor de la Marca, está mancillada —agregó y, volviéndose hacia el
príncipe, desenvainó la espada. La gran hoja curva salió con tanta facilidad
como una pluma—. ¡Un duelo!
Los ojos de Josua
revelaban dureza cuando habló a través de sus hinchados labios.
—¡Dios lo oye!
Deornoth contempló
las maltrechas facciones del príncipe.
—¿Por la mañana?
—exclamó con tanta fuerza, que uno de los guardias lo miró enfurruñado.
A los thrithingos,
envueltos en pesadas capas contra el frío, no parecía hacerles ninguna gracia
tener que montar guardia en la em¬palizada barrida por el viento.
—¿Por qué no os
matan, y ya está?
—Hay una
probabilidad —contestó Josua, y tuvo un acceso de tos.
—¿Qué probabilidad?
—gruñó Deornoth con amargura—. ¿Cómo puede levantarse a primera hora y poner
fuera de combate a un gigante quien sólo tiene una mano y, además, está
magullado de arriba abajo? ¡Piadoso Aedón! Si yo pudiera agarrar a esa
serpiente de Fikolmij...
La única respuesta
de Josua consistió en escupir sangre al suelo.
—El príncipe tiene
razón —opinó Geloë—. Existe una probabili¬dad. Cualquier cosa es mejor que
nada.
La hechicera había
regresado a la empalizada para atender al príncipe. Los guardias la temían, a
causa del rumor corrido por el campamento acerca de su naturaleza, y se habían
apartado rápida¬mente para dejarla pasar. La hija de Fikolmij seguía con su padre,
encerrada en el carromato, y las lágrimas de angustia y rabia le hu¬medecían
aún el rostro.
—Pero vos lo
teníais en desventaja —se encaró Deornoth con Geloë—. ¿Por qué no actuasteis
entonces? ¿Por qué permitisteis que en¬viase guardias?
Los amarillos ojos
de la mujer relucieron a la luz de las antorchas.
—Yo no tenía
absolutamente ninguna ventaja. Una vez ya os dije, Deornoth, que no dispongo de
poderes mágicos en asuntos de lucha. Escapé de este cercado, sí, pero todo lo
demás fue una baladronada. Y ahora, si calláis sobre lo que no podéis saber, yo
tratare de emplear de modo adecuado mis verdaderas habilidades.
Dicho esto, volvió
a prestar su atención al príncipe.
¿Cómo habría
escapado de la empalizada? Deornoth no dejaba de preguntárselo. Primero, Geloë
paseaba entre las sombras del ex¬tremo de la estacada y, de pronto, había
desaparecido.
El caballero
sacudió la cabeza. Era inútil discutir y, última¬mente, él mismo había sido de
bien poca utilidad.
Posó una mano en el
delgado brazo de Josua y murmuró:
—Si me necesitáis
para algo, mi príncipe, llamadme.
Se dejó caer de
rodillas y echó una breve mirada a la hechicera.
—Perdonad mis
impremeditadas palabras, Valada Geloë—añadió.
Ella aceptó su
disculpa con un gruñido, y Deornoth se puso de pie y se alejó.
El resto del
extenuado grupo estaba reunido junto al otro fuego. Los thrithingos, que no
eran del todo desalmados, les habían dado leña menuda y ramas para encenderlo.
«No son crueles —pensó Deornoth—, pero tampoco estúpidos: el escaso combustible
propor¬ciona calor... y no demasiado, mas no puede ser empleado como arma, como
sucedería con una gran hoguera...»
El recuerdo de las
armas lo puso caviloso, cuando tomó asiento entre Sangfugol y el padre
Strangyeard.
—¡Mala manera de
acabar las cosas! —susurró—. ¿Instáis enterados de lo sucedido a Josua?
Strangyeard agitó
las delgadas manos.
—Estos habitantes
de las praderas son unos bárbaros. ¡Ay, Madre Elysia! Ya sé que todos los
hombres son iguales a los hombres de Dios, pero lo que hace esta gente es
atroz. Quiero decir que ni si¬quiera la ignorancia es una excusa para
semejante...
Y se movió,
incómodo.
Sangfugol se
incorporó sin poder contener un gemido de dolor. La herida aún le molestaba.
Cualquiera que lo conociese, habría quedado atónito. El arpista, antes siempre
tan meticuloso en todo y acicalado hasta la exageración con sus ropas, iba tan
zarrapastroso y sucio como un vagabundo.
—¿Y si Josua muere?
—preguntó sin excitarse—. Es mi amo y lo quiero bien, pero... ¿qué nos pasaría
a nosotros en tal caso?
—Con suerte,
seriamos poco menos que esclavos —intervino Deornoth, y le pareció que sus
propias palabras eran pronunciadas por otros labios.
Se sentía vacío,
¿Cómo podían haber llegado las cosas hasta ese extremo? Un año antes, el mundo
había sido tan normal como el pan de la cena.
—Pero si no tenemos
suerte... —quiso continuar, mas no acabó de desarrollar sus pensamientos; ni
falta que le hacía.
—Aún será peor para
las mujeres —murmuro Sangfugol con una mirada a la duquesa Gutrun, en cuyo
regazo dormía la pequeña Leleth—. Esos hombres impíos son unos brutos. ¿No
habéis visto las cicatrices que se producen a sí mismos?
—¡Isorn! —dijo
Deornoth de pronto—. Venid, por favor.
El hijo del duque
de Isgrimnur se arrastró alrededor del fuego hasta situarse a su lado.
—Opino que debemos
prepararnos para hacer algo, mañana, cuando Josua tenga que enfrentarse a
Utvart—dijo Deornoth.
Strangyeard alzó la
vista, preocupado.
—¡Pero si somos muy
pocos! Una media docena contra miles.
—Así es, en efecto
—admitió Isorn—. Pero, al menos, podremos elegir la manera de morir. Yo no
permitiré que se apoderen de mi madre. ¡Juro por Jesuris que antes la mataría!
Sangfugol recorrió
a los presentes con la mirada, como si espe¬rase que revelaran un plan.
—¡Pero no tenemos
armas! —susurró apremiante—. ¿Estáis locos? De no hacer nada, quizá salvemos la
vida. En cambio, si les causa¬mos problemas, nos liquidarán.
—No,
arpista—contestó Deornoth—. Si no luchamos, no merece¬remos ser llamados
hombres, tanto si morimos como si continua¬mos vivos. En caso contrario
seríamos inferiores a los perros, que al menos destripan al oso antes de caer
víctimas de él. No, Sangfu¬gol... Es preciso establecer un plan. ¿Por qué no
cantáis algo para que esos vaqueros no tengan posibilidades de averiguar para
qué es¬tamos reunidos y de qué hablamos?
—¿Una canción? ¿Qué
queréis decir?
—¡Sí! Una canción
bien larga y aburrida sobre las ventajas de una rendición mansa. Si termináis y
nosotros todavía hablamos, empezad de nuevo.
El arpista estaba
asustado.
—¡No conozco nada
de ese estilo!
—¡Pues inventadlo,
pájaro cantor! —rió Isorn—. De cualquier modo, llevamos demasiado tiempo sin
música. Si hemos de morir mañana, al menos vivamos esta noche.
—Me parece bien que
eso forme parte de vuestros planes —replicó Sangfugol—, pero yo prefiero vivir.
Pero se incorporó y
comenzó a tararear algo, sin melodía ni pa¬labras.
—Estoy muy asustado
—confesó al fin.
—Todos los estamos
—dijo Deornoth—. ¡Cantad de una vez!
Fikolmij entró
tambaleante en la empalizada poco después de que el alba besara el grisáceo
cielo. El señor de la Marca lucía una pesada capa de lana bordada, y de su
cuello pendía un tosco caballo de oro. Además llevaba las muñecas llenas de
pesadas pulseras metá¬licas. Parecía de buen talante.
—Se acerca el
ajuste de cuentas —rió, y escupió al suelo—. ¿Qué, Josua el Manco? ¿Estáis en
forma?
—Otras veces lo
estuve más —respondió Josua, a la vez que se ti¬raba de la bota—. ¿Tenéis mi
espada?
Fikolmij hizo una
señal, y Hotvig se adelantó con Naidel en su vaina. El joven thrithingo observó
con curiosidad al príncipe mien¬tras este se ataba el cinto a la cadera con
sorprendente habilidad, pese a faltarle una mano. Cuando lo tuvo bien
abrochado, Josua ex¬trajo su espada y la alzó contra la luz del nuevo día.
Hotvig retroce¬dió con respeto.
—¿Podéis darme una
piedra de afilar? —preguntó Josua—. La hoja está embotada.
El señor de la
Marca soltó una risa ahogada y sacó sus propios útiles de una bolsa colgada de
su amplio cinturón.
—¡Afilad vuestra
espada, habitante de las casas de piedra! Afiladla. Nosotros sólo queremos un
buen espectáculo, como vosotros en vuestros torneos. Claro que no será
exactamente lo mismo que vuestros juegos en los castillos, ¿verdad?
Josua se encogió de
hombros y untó el filo de Naidel, de arriba abajo, con una fina película de
aceite.
—A mí nunca me
interesaron demasiado esos torneos —repuso.
Fikolmij estrechó
los ojos.
—Debo reconocer
que, a pesar de la lección recibida anoche, os encontráis en bastante buenas
condiciones. ¿Arrojó esa bruja algún encantamiento sobre vos? Porque eso no
sería honorable...
Josua volvió a
encogerse de hombros, para demostrarle a Fikol¬mij lo poco que le importaban
sus ideas sobre el honor, pero Geloë dio un paso adelante.
—¡Aquí no ha habido
encantamientos ni brujerías!
El señor de la
Marca le echó una breve mirada de desconfianza, y luego dedicó nuevamente su
atención a Josua.
—Muy bien. Mis
hombres os escoltarán cuando estéis listo. Me place veros mejor. De este modo,
la lucha resultará más emocionante.
Y Fikolmij abandonó
el lugar, seguido muy de cerca por tres de sus guardias.
Deornoth, que había
presenciado toda la escena, murmuró un reniego. De sobra sabía qué esfuerzo le
había costado a su príncipe actuar de manera tan despreocupada. Precisamente,
él mismo e Isorn habían tenido que ayudarlo a levantarse, apenas una hora an¬tes
del amanecer. Incluso después de tomar la poción curativa que Geloë le había
administrado —una mezcla que nada tenía de mágica, preparada para dar bríos a
Josua, aunque Geloë lamentaba con amargura la falta de unos tallos de gatuña,
para que su brebaje fuese más eficaz—, el príncipe había tenido dificultad para
vestirse solo. La terrible paliza que le había dado Fikolmij había sido
demasiado, dado su estado de desnutrición. Deornoth se preguntaba en secreto si
Josua podría mantenerse en pie, después de haber blandido du¬rante unos
momentos la espada.
El padre
Strangyeard se acercó al príncipe.
—Alteza, ¿creéis de
verdad que no hay otra solución? Los thrithingos son unos bárbaros, pero Dios
no desprecia a ningún ele¬mento de su creación. En cada pecho sembró la
simiente de la com¬pasión. Quizá...
—No son los
thrithingos quienes quieren esto —explicó amable¬mente Josua al sacerdote
tuerto—, sino que es Fikolmij. En su pecho late un antiguo odio contra mí y mi
casa, aunque él no quiera admi¬tirlo del todo.
—Yo pensaba que el
Clan del Semental había luchado de parte de vuestro padre en la guerra de los
thrithingos —intervino Isorn—. ¿Por qué habría de odiaros?
—Pues justamente
porque fue mi padre quien lo ayudó a conver¬tirse en señor de la Marca del Alto
Thrithing. Fikolmij no puede ol¬vidar que fuimos nosotros, los habitantes de
las piedras, como el nos llama, quienes le dimos el poder que su propio pueblo
no le hu¬biese concedido. Luego, Vorzheva huyó de su lado y yo la llevé
con¬migo, y él se quedó sin los caballos que le correspondían a cambio de la
hija. Para nuestro amigo, eso constituye un terrible deshonor. No existen
palabras, procedan de un sacerdote o de quien sea, capa¬ces de hacer olvidar a
Fikolmij.
Josua echó un
último vistazo a la cortante hoja de Naidel y se la envainó. Finalmente se
dirigió a sus diezmados seguidores.
—¡Animo! —dijo, y a
todos les sorprendió la claridad de su mi¬rada y la energía que había en su
voz—. La muerte no es una ene¬miga. Yo tengo el convencimiento de que Dios ha
preparado un lu¬gar para cada uno de nosotros.
Los hombres de
Fikolmij le abrieron la puerta de la empalizada y formaron a su alrededor una
escolta erizada de lanzas, que acom¬pañó a Josua a través de aquella especie de
ciudad compuesta por carromatos.
Una brisa ligera y
fría soplaba en las praderas, como una invisi¬ble mano que ondulaba los
herbazales y hacía zumbar las cuerdas de las tiendas. Las suaves colinas
aparecían salpicadas de ganado que pacía. Grupos de sucios chiquillos que
habían asomado y desapare¬cido entre los carromatos abandonaron su juego para
seguir a Josua y su provisional comitiva cuando éstos se encaminaron a la
morada del señor de la Marca.
Deornoth observó
las caras de los niños y de sus padres cuando todos se unieron a la creciente
procesión. Y, allí donde había espe¬rado ver odio o sed de sangre, solo halló
anhelante expectación: la misma que había visto de pequeño en los rostros de
sus hermanos y hermanas cuando la guardia del Supremo Rey o el multicolor
carro¬mato de un vendedor ambulante pasaba por delante de su residencia de
Hewenshire. Esa gente sólo esperaba un poco de entretenimiento. Lástima que
requiriera la muerte de alguien, muy probablemente la de su amado príncipe,
para su realización.
Cintas doradas
ondulaban en las estacas que cercaban la morada cíe Fikolmij, como si fuese un
día de fiesta. El señor de la Marca se hallaba sentado en un taburete delante
de la puerta de su carromato. Varios otros thrithingos muy enjoyados —jefes de
clan, como supuso Deornoth— se habían sentado en el suelo a su lado. Cerca vio
un grupo de mujeres de diversas edades, una de las cuales era Vorzheva. La hija
del señor de la Marca ya no llevaba los harapien¬tos restos de su vestido de
corte, sino que le habían puesto prendas más tradicionales: un traje de lana,
con capucha, ceñido mediante un pesado cinturón adornado con piedras de
colores. Completaba el atuendo una cinta que le rodeaba la frente e iba sujeta
en la parte posterior de la capucha. Pero, al contrario de las demás mujeres,
cuya cinta era de color oscuro, Vorzheva la lucía blanca. Sin duda, como pensó
Deornoth con amargura, como indicación de que era una novia en venta.
Cuando Josua y sus
seguidores cruzaron la puerta, él y Vorzheva se miraron. El príncipe hizo
deliberadamente el signo del Árbol sobre su pecho y se besó la mano. La mujer
se volvió como si quisiera esconder sus lágrimas.
Fikolmij, de pie,
empezó a hablar a la multitud allí reunida, pa¬sando de la lengua westerling al
duro dialecto thrithingo, según se dirigía a los dignatarios sentados o bien a
la gente aglomerada alre¬dedor de la valla. Mientras el señor de la Marca bramaba,
Deornoth se introdujo entre la media docena de lanceros que habían entrado con
Josua en el cercado y se colocó junto a su príncipe.
—Alteza... —dijo,
apoyándole una mano en el hombro.
Josua se estremeció
como si despertara de un sueño.
—¡Ah, sois vos!
—Quiero pediros
perdón, señor, antes de..., antes de que suceda lo que sea. Nadie podría desear
un amo más bondadoso, y yo no te¬nía derecho a hablaros como lo hice ayer.
Josua sonrió con
tristeza.
—Os sobraba razón.
Sólo quisiera poder tener tiempo para refle¬xionar sobre todo lo que dijisteis.
Reconozco que, últimamente, es¬taba demasiado ensimismado. Indicármelo fue un
acto de amistad.
Deornoth hincó una
rodilla en tierra y se llevó a los labios la mano de Josua.
—¡Dios os bendiga!
—susurró—. Y no os acerquéis excesivamente a ese animal.
El príncipe miró
pensativo cómo se levantaba Deornoth.
—Tendré que atacar.
Temo no disponer de la fuerza suficiente para esperar. Si veo alguna
posibilidad, debo aprovecharla.
Deornoth quiso
añadir algo, pero tenía la garganta abarrotada. En consecuencia se limitó a
estrechar la mano de Josua, y luego se retiró.
De la muchedumbre
partió una andanada de gritos y vítores cuando Utvart saltó la valla y ocupó su
sitio frente a Fikolmij. El ad¬versario de Josua se desprendió de su chaqueta
de piel de vaca y mostró su musculoso torso, que había sido untado con grasa para
hacerlo relucir. Al ver eso, Deornoth frunció el entrecejo. Utvart podría
moverse con agilidad, y la grasa lo protegería del frío.
La curva espada del
thrithingo había sido colgada sin vaina del ancho cinturón, y el gigantón
llevaba recogida la melena en un moño. Lucía además un brazalete en cada
muñeca, y contra su ca¬rrillo chocaban varios pendientes. Se había
pintarrajeado las cicatri-ces de rojo y negro, y parecía un demonio.
Ahora se sacó la
espada del cinturón y la levantó por encima de su cabeza, con lo que arrancó de
la gente un nuevo griterío.
—¡Ven, Manco!
—tronó—. ¡Utvart te espera!
El padre
Strangyeard rezaba en voz alta cuando Josua cruzó el recinto. Deornoth tuvo que
apartarse de él porque sus palabras lo ponían nervioso en vez de calmarlo o
darle ánimos. Y, después de breve vacilación, se colocó al lado mismo de uno de
los guardias. Al levantar la vista, se encontró con los ojos de Isorn. Deornoth
hizo un gesto casi imperceptible, e Isorn avanzó hasta situarse a pocos metros
del compañero.
Josua había dejado
su capa en manos de la duquesa Gutrun, que la acunaba como a un niño. A su lado
estaba Leleth, agarrada con su sucia mano a la rasgada falda de la mujer. Geloë
permanecía a poca distancia, escondidos los ambarinos ojos bajo la capucha.
Al recorrer
Deornoth el grupo con la mirada, otros ojos tropeza¬ron con los suyos y se
desviaron enseguida, como si no pudiesen en¬frentarse a ellos por más rato.
Sangfugol se puso a cantar queda¬mente.
—¡Vaya, hijo de
Juan el Presbítero! Ahora te presentas ante el libre pueblo de los thrithingos
con menos grandeza que antes tenías —rió Fikolmij.
Los miembros de su
clan rieron también y cuchichearon en¬tre ellos.
—Sólo en cuanto a
mis posesiones —contestó Josua sin perder la calma—. De hecho quisiera
proponeros una apuesta, Fikolmij... Entre nosotros dos, vos y yo.
El señor de la
Marca soltó una risotada de sorpresa.
—¡Valientes
palabras, y muy orgullosas para proceder de un hombre que sabe que va a morir
pronto! ¿Qué clase de apuesta? —in¬quirió Fikolmij con una expresión
calculadora.
El príncipe dio una
fuerte palmada a la vaina de su espada.
—Propongo apostar
por mi espada y mi mano izquierda, la sana.
—¡La única que os
queda! —se burló Fikolmij.
La gente de su clan
estalló en carcajadas.
—Así es... Si
Utvart me vence, conseguirá a Vorzheva y vos ob¬tendréis su precio, ¿no es eso?
—Trece caballos
—anunció el señor de la Marca, pagado de sí—. ¿Y qué?
—Simplemente esto.
Vorzheva ya es mía. Estamos prometidos. Si yo sobrevivo, no gano nada nuevo.
Sus ojos buscaron
los de Vorzheva, a través de la horda de miro¬nes, y después volvieron con
frialdad al padre.
—¡Ganáis la vida!
—farfulló Fikolmij—. En cualquier caso es inútil hablar, porque no
sobreviviréis.
Utvart, que
aguardaba impaciente, se permitió una despectiva sonrisa al oír las palabras
del jefe.
—Por eso mismo
quiero hacer una apuesta con vos —dijo Josua—. Con vos, Fikolmij. Entre
hombres.
Algunos lo tomaron
a broma. Fikolmij los miró con enojo hasta que callaron.
—¡Habla!
—Será una apuesta
de poco valor, Fikolmij, como las que los hombres osados hacen sin vacilar en
las ciudades de mi país. Si yo gano, me entregaréis lo mismo que exigís de
Utvart. ¡Elegiré trece caballos de los vuestros!
En la ronca voz de
Fikolmij hubo un escondido tono de furia.
—¿Y por qué tengo
que apostar nada contigo, al fin y al cabo? Una apuesta sólo es tal si ambas
partes arriesgan algo. ¿Qué podéis tener vos que yo desee? Y... ¿qué poseéis
que yo no pueda tomar, cuando estéis muerto?
—El honor.
Fikolmij retrocedió
sorprendido. A su alrededor aumentaron los murmullos.
—¿Qué significa
eso, por el Gran Cuadrúpedo? ¡A mí me tiene sin cuidado eso que vosotros, los
blandengues habitantes de las casas, llamáis honor!
—Ah, pero...
—señaló Josua con la sombra de una sonrisa— ¿Y el vuestro propio?
El príncipe se
volvió de pronto hacia el pueblo de los thrithingos colgados de la empalizada
del amplio terreno ocupado por Fi¬kolmij. Un susurro recorrió la caterva.
—¡Hombres y mujeres
del Alto Thrithing! —exclamó—. Habéis venido para verme morir.
Un bronco coro de
risotadas fue la respuesta. Un puñado de ba¬rro salió disparado hacia Josua,
pero erró el blanco por cosa de un par de codos y fue a parar más allá de donde
estaban los miembros del clan de Fikolmij que presenciaban la escena.
—He ofrecido una
apuesta a vuestro señor de la Marca. ¡Juro que Aedón, dios de los habitantes de
las piedras, como vosotros nos lla¬máis, me salvará... y que yo venceré a
Utvart!
—¡Eso habrá que
verlo! —bramó uno de los espectadores con fuerte acento westerling, lo que
provocó nuevas risas.
Fikolmij se alzó y
caminó en dirección a Josua como si quisiera hacerlo callar, pero una mirada a
la excitada concurrencia pareció aconsejarle lo contrario. Simplemente, se
cruzó de brazos y adoptó un gesto hosco.
—¿Qué apuestas tú,
pequeñajo? —gritó uno de los más próximos miembros del clan.
—Todo cuanto me
queda: ¡mi honor y el de mi pueblo!
Josua extrajo su
espada Naidel de la vaina y la levantó para que todos la viesen. La manga de su
camisa resbaló hacia atrás, y la he¬rrumbrosa manilla de Elías, que aún le
ceñía la muñeca izquierda, relució a la débil luz matutina como una cinta de
sangre.
—Soy hijo de Juan
el Presbítero, el Supremo Rey al que de sobra recordáis. Fikolmij era quien
mejor lo conocía de todos vosotros.
La muchedumbre
murmuró, y el señor de la Marca demostró su descontento con un gruñido.
—¡Esta es mi
apuesta! —continuó—. Si caigo víctima de Utvart, será la prueba de que nuestro
Jesuris Aedón es débil, y de que Fikolmij dice la verdad al afirmar que él es
más fuerte que los habitantes de las piedras. Entonces sabréis que el Semental
de vuestro señor de la Marca es más poderoso que el Dragón y el Árbol de la
casa de Juan, la casa más importante de todas las ciudades libres de Osten Ard.
Se alzó un coro de
protestas, pero Josua no perdió la calma.
—¿Y qué apuesta
Fikolmij? —preguntó alguien por fin.
Utvart, que se
hallaba a poca distancia, observaba cejijunto a Jo¬sua, evidentemente furioso
de que hubiese acaparado toda la aten¬ción, y temeroso, además, de que la
apuesta del príncipe disminuyera su gloria si él mataba a aquel mutilado
habitante de las ciudades.
—Tantos caballos
como incluye el precio de Vorzheva. Y la ga¬rantía de que mi pueblo y yo seamos
puestos en libertad sin que na¬die lo impida —declaró Josua—. No es mucho, en
comparación con el honor de un príncipe de Erkynlandia.
—¡Un príncipe sin
casa! —chilló alguien entre silbidos, pero mu¬chas otras voces hicieron callar
al perturbador, exhortando a Fikol¬mij a que aceptara la apuesta.
Opinaban éstos que
Fikolmij cometería un disparate si permitía que el prisionero lo hiciera quedar
mal. El señor de la Marca, con el rostro contraído por una ira mal disimulada,
dejó que las acuciantes voces cayeran sobre él como la lluvia. Parecía dispuesto
a agarrar a Josua por el cuello y acabar personalmente con él.
—¡Bien! ¡De
acuerdo! —graznó al fin, a la vez que levantaba un brazo en señal de aceptación
y la muchedumbre lo vitoreaba—. ¡Por el Fulminador de los Pastos! Ya lo habéis
oído. La apuesta es un hecho. Mis caballos contra sus huecas palabras. Y
ahora... ¡que esta lo¬cura termine lo antes posible!
Gran parte de la
diversión del señor de la Marca parecía haberse evaporado. El jefe del clan se
inclinó hacia Josua y le susurró, de forma que nadie más pudiera oírlo:
—Cuando estés
muerto, mataré a tus mujeres y niños con mis propias manos. Bien despacio.
Nadie me hace blanco de su burla delante de mi clan, ni me roba los caballos
que por derecho me co¬rresponden.
Dicho esto,
Fikolmij dio media vuelta y regresó a su taburete, no sin pagar con ceñudas
miradas las chanzas de su gente.
Cuando Josua se
desabrochó y quitó el cinto, Utvart dio un paso adelante, y sus musculosos
brazos relucieron al levantar su pe¬sada arma.
—Tú hablas y hablas
y hablas, menudencia —bramó el coloso—. ¡Hablas demasiado!
Momentos más tarde
había salvado en tres pasos la distancia que los separaba, y describía un gran
arco con la espada. Naidel relampa¬gueó de repente y detuvo el golpe con un
ruido sordo, pero, antes de¬ que Josua pudiera atacar por su parte, Utvart
había girado sobre sí mismo para arremeter con ambas manos contra el príncipe.
De nuevo logró Josua esquivar el asalto, aunque esta vez la curva espada estuvo
a punto de romper su defensa y bien poco faltó para que per¬diese su arma. Se
tambaleó unos cuantos pasos atrás sobre la fangosa hierba, antes de recobrar el
equilibrio. Utvart rió con malicia y em¬pezó a dar vueltas alrededor de Josua
para obligarlo a volverse con toda rapidez, si quería presentar su hombro
izquierdo al thrithingo. Utvart hizo una finta y luego dio una estocada. El
talón de la bota de Josua resbaló en aquel suelo pisoteado por los cascos, de
modo que tuvo que apoyar una rodilla en tierra. Una vez más consiguió rehuir la
embestida de Utvart, pero, cuando el hombretón retiró su espada, esta rozó el
brazo sano de Josua, en el que dejó una cinta de sangre.
El príncipe se alzó
con cuidado. Utvart le enseñó los dientes y prosiguió con sus vueltas. Del
dorso de la mano de Josua caían gotas rojas. El herido se la enjugó contra la
pernera de su pantalón, pero la levantó a toda prisa al ver que Utvart atacaba
de nuevo. A los po¬cos instantes, la sangre chorreaba por la muñeca de Josua
hasta manchar la empuñadura.
Deornoth creyó
entender el extraño asunto de la apuesta: por lo visto, Josua confiaba en
enojar a Fikolmij y Utvart para ponerlos nerviosos y que cometiesen algún
error. Mas era obvio que la idea del príncipe no había tenido éxito. Desde
luego, el señor de la Marca estaba furibundo, pero Josua no peleaba con él, y
Utvart no parecía tan exaltado como, probablemente, él había creído. Por el
contrario, el thrithingo demostraba ser un luchador prudente. En vez de fiarse
de manera ciega en la superioridad de su fuerza y al¬cance, agotaba a Josua con
sus pesados golpes para apartarse de un salto cuando el príncipe quería
contraatacar.
Al presenciar un
encuentro tan unilateral, a Deornoth se le cayó el alma a los pies. Había sido
un disparate creer que podría ocurrir otra cosa. Josua era un buen espadachín,
pero incluso en sus buenos tiempos habría tenido problemas con un adversario como
Utvart. Hoy, además, estaba herido y falto de descanso, débil como un mo¬zuelo.
Sólo era cuestión de tiempo...
Deornoth se dirigió
a Isorn. El joven rimmerio meneó la cabeza con amargura. También él se daba
cuenta de que Josua se limitaba a defenderse, retrasando al máximo lo
inevitable. Isorn alzó interro¬gante una ceja. «¿Ahora?»
Las murmuradas
oraciones del padre Strangyeard contrastaban con los gritos de la enardecida
muchedumbre. Los guardias que los ro¬deaban presenciaban extasiados el
espectáculo, con los ojos muy abier¬tos y las lanzas apenas sujetas. Deornoth
levantó la mano. «¡Espera...!»
La sangre manaba de
otras dos heridas, un corte en la muñeca izquierda de Josua y otra, más grande,
en la pierna. Al enjugarse el sudor de la frente, se dejó en la cara una mancha
escarlata, como si quisiera imitar la forma en que Utvart se pintaba las cicatrices.
Josua se tambaleó
hacia atrás, agachándose con torpeza ante otro de los fieros ataques de Utvart;
después se puso tenso y arre¬metió. Pero su acometida falló al no alcanzar el
engrasado estó¬mago del adversario. El thrithingo, callado hasta entonces, soltó
una carcajada y embistió de nuevo. Josua paró el golpe y atacó por su parte.
Utvart abrió mucho los ojos y, por unos momentos, el cercado estuvo lleno del
entrechocar de las espadas. La mayor parte de la muchedumbre gritaba excitada.
La esbelta Naidel y la pesada arma de Utvart efectuaban una intrincada danza de
argénteas lu¬ces, tocando su propio acompañamiento.
El thrithingo
estiró la boca en una mueca de salvaje gozo. El ros¬tro de Josua, en cambio,
tenía el color de la ceniza, sus exangües la¬bios estaban contraídos y en sus
grises ojos ardía una última reserva de fuerza. Dos de las poderosas
arremetidas de Utvart fueron rechazadas entre chirridos, y una rápida estocada
del príncipe dibujó una brillante línea roja a lo largo de las costillas del
thrithingo. Algunos de los espectadores bramaron entre palmoteos al comprobar
que la lucha no había terminado aún, pero Utvart estrechó los ojos, frené¬tico,
y lanzándose hacia adelante propinó golpes como un herrero que diera
martillazos en un yunque. Josua sólo pudo retroceder va¬cilante, en un intento
de mantener ante sí a Naidel, la delgada hoja de acero que constituía su único
escudo. La débil tentativa de un contraataque por parte del príncipe fue
rechazada como si nada, y una de las bestiales arremetidas de Utvart rompió la
guardia de Jo¬sua y lo golpeó en la cabeza. El príncipe dio varios inseguros
pasos hacia atrás, antes de caer de rodillas. De una herida encima de la oreja
le chorreaba la sangre. A pesar de ello volvió a alzar la espada, para
protegerse de más porrazos, pero tenía los ojos turbios y Naidel oscilaba como
una hoja de sauce.
El clamor de la
multitud se transformó en un atronador aullido. Fikolmij se había puesto de
pie. El fuerte viento le agitaba la barba, y su puño en alto pareció el de un
enojado dios que pidiera truenos al cielo. Utvart se aproximó lentamente a
Josua, y lo hizo con sor-prendente cautela, como si temiera algún truco del
enemigo, pero el príncipe estaba vencido del todo. Luchaba por levantarse, mas
el muñón derecho resbalaba en el barro.
Un ruido distinto
se produjo entonces en el otro extremo del re¬cinto, y la atención de la gente
se desvió enseguida hacia allí. Había un remolino de personas cerca de donde
estaban los prisioneros, y las lanzas se agitaban como tallos de hierba. El
grito de asombro de una mujer fue seguido inmediatamente por el de dolor de un
hom¬bre. Momentos después, un par de cuerpos se libraron del apiña¬miento.
Deornoth sujetaba a uno de los guardias thrithingos con un brazo alrededor de
su garganta. La otra mano del caballero aga¬rraba la lanza justamente debajo de
la cabeza, apoyada la afilada punta en el vientre del hombre.
—Ordena a tus demás
jinetes que se abstengan de intervenir, se–or de los caballos, o estos hombres
morirán.
Deornoth punzó un
poco la barriga de su cautivo, que emitió un gruñido, aunque sin gritar. Una
mancha de sangre apareció en su camisa de color marrón oscuro.
Fikolmij dio un
paso adelante, arrebolado de rabia, y con la trenzada barba temblándole en los
carrillos.
—¿Estáis loco? ¿Lo
estáis todos vosotros? ¡Por el Gran Cuadrú¬pedo, que os voy a despachurrar!
—En tal caso, los
hombres de vuestro clan morirán también. A nosotros no nos gusta matar a sangre
fría, pero no estamos dispuestos a presenciar cómo nuestro príncipe es
asesinado, después de ha¬berlo golpeado vos hasta que ya no estuvo en
condiciones de luchar.
La multitud
protestó, pero Fikolmij, ciego de ira, no le prestó ninguna atención. Alzó su
brazo lleno de pulseras para llamar a sus guerreros, mas entonces se oyó una
voz.
—¡No!
Era Josua, que se
había puesto de pie tambaleante.
—¡Dejadlos ir,
Deornoth!
El caballero quedó
atónito.
—¡Pero, alteza...!
—Dejadlos ir...
—jadeó Josua, exhausto—. Quiero luchar solo... Si me queréis bien, soltadlos...
El príncipe se
enjugó la sangre de los ojos, parpadeante.
Deornoth se volvió
hacia Isorn y Sangfugol, que amenazaban con sus lanzas a otros tres soldados.
Tampoco éstos entendían a su señor.
—Soltadlos —dijo el
caballero al fin—. Es el deseo del príncipe.
Isorn y Sangfugol
bajaron las armas para dejar en libertad a los thrithingos, que escaparon del
alcance de las lanzas, antes de recor¬dar su papel original de captores, y se
detuvieron para musitar entre sí con enojo. Isorn hizo caso omiso de ellos. A
su lado, el arpista temblaba como un pajarillo herido. Geloë, que no se había
movido durante todo el altercado, buscó a Josua con sus amarillos ojos.
—Ven, Utvart —dijo
el príncipe, aún casi sin aliento, y su sonrisa fue un amargo y blanco corte en
medio de una sangrienta máscara—. Olvídalos. Aún no hemos acabado.
Fikolmij, situado
cerca, abría y cerraba la boca como si masti¬cara. Pareció querer decir algo,
pero no tuvo ocasión.
Utvart saltó hacia
adelante y rompió la guardia de Josua. El breve respiro no le había devuelto
las fuerzas al príncipe, que cayó hacia atrás antes del ataque del thrithingo y
logró parar el golpe de la curva hoja por sólo unos milímetros. Pero el siguiente
golpe le dio en el pecho y, en un nuevo ataque, la parte plana de la espada de
Utvart cayó sobre el codo de Josua, a quien se le escapó de la mano Naidel. El
príncipe quiso cogerla, pero, cuando sus dedos ro¬dearon la ensangrentada
empuñadura, perdió el pie y cayó sobre la pisoteada hierba.
Al ver su ventaja,
Utvart se arrojó hacia adelante. Josua había podido levantar su espada pese a
todo y cortó la arremetida, pero su torpe postura al querer alzarse permitió
que Utvart lo agarrase con su brazo enormemente musculoso y empezara a tirar de
él ha-cia el filo cortante de su cimitarra. Josua consiguió alzar la rodilla y
el brazo derechos para tratar de mantener a raya a su atacante, y le¬vantó el
otro brazo, preparado para romper la guardia de Utvart, pero el thrithingo, más
fuerte que él, empujó lentamente su espada contra la envarada muñeca del
príncipe, obligando a Naidel a re¬troceder mientras la hoja en forma de luna
creciente se aproximaba al cuello de Josua. Los labios de éste se estiraron en
una mueca de esfuerzo final, y los tendones formaron nudos a lo largo de su
del¬gado brazo. Por espacio de unos segundos, aquel supremo esfuerzo paró el
arma que se alzaba. Los dos hombres luchaban ahora pecho contra pecho. Al darse
cuenta Utvart de que el príncipe se debili¬taba rápidamente, apretó todavía más
al enemigo en desventaja y sonrió a la vez que atraía a Josua hacia sí con un
movimiento de lentitud casi ritual. Pese al agónico esfuerzo de los músculos
del príncipe, el largo filo de la hoja curva continuó inexorable hacia arriba,
hasta apoyarse casi con ternura en un lado del cuello de Josua.
La muchedumbre cesó
de vocear. En alguna parte de los árbo¬les, una grulla lanzó su ruidosa
llamada, pero el silencio volvió a cu¬brir luego el escenario de la pelea.
—Ahora —anunció
triunfante el thrithingo, rompiendo la larga quietud—. Utvart va a matarte.
Súbitamente, Josua
dejó de oponer resistencia y se arrojó hacia el adversario al mismo tiempo que
torcía la cabeza hacia un costado. La curva espada le rozó el cuello y le
produjo un gran corte, pero Jo¬sua supo aprovechar aquella fracción de segundo
de libertad para darle un tremendo rodillazo en la ingle al thrithingo.
Al soltar Utvart un
rugido de dolorosa sorpresa, el príncipe en¬ganchó la pantorrilla del enemigo
con su propio pie y le dio un em¬pujón. El thrithingo perdió el equilibrio y se
tambaleó hacia atrás. Josua cayó con él, y la espada de Utvart se agitó en el
aire a poca dis¬tancia de su hombro. Cuando el salvaje guerrero se desplomó con
un resuello sibilante, Naidel se liberó. Un momento más tarde, su punta
penetraba por debajo de la barbilla del thrithingo y era em¬pujada cosa de un
palmo o más hacia arriba, a través de la boca y hasta el cerebro.
Josua rodó por el
suelo hasta soltarse de la espasmódica sujeción de Utvart y, como pudo, se
levantó, aunque chorreando de sangre. Durante unos instantes se mantuvo de pie,
con las piernas temblorosas. Los brazos le pendían fláccidos e impotentes, y
sus ojos no se apartaban del suelo que tenía delante.
—Fuiste tú,
thrithingo —balbució de manera entrecortada—, el... que... hablaba demasiado...
Un momento más
tarde puso los ojos en blanco y cayó cruzado, pesadamente, sobre el pecho del
muerto. Yacían juntos, con sus sangres entremezclándose, y durante largo rato
pareció que nadie pronunciaba palabra ni se movía en todas las tierras de las
praderas.
Luego empezó el
griterío.
Apéndice
Personajes
Erkynos
Barnabás—.
Sacristán de la capilla de Hayholt.
Breyugar—. Conde de
Westfold; jefe de la guarnición de Hayholt bajo el reinado de Elías.
Colmund—. Escudero
de Camaris y posterior barón de Rodstanby.
Deornoth, sir—.
Caballero de Josua, a veces llamado «la mano dere¬cha del príncipe».
Eahlstan Fiskerne—.
Rey Pescador, primer dueño de Hayholt.
Elías—. Supremo
Rey, hijo mayor de Juan el Presbítero y hermano de Josua.
Ethelbearn—.
Soldado, compañero de Simón en el viaje desde Naglimund.
Fengbald—. Conde de
Falshire.
Gamwold—. Soldado
muerto en Aldheorte durante el ataque de las nornas.
Godwig—. Barón de
Cellodshire.
Grimmric—. Soldado,
compañero de Simón en el viaje desde Naglimund.
Guthwulf—. Conde de
Utanyeat, Heraldo del Supremo Rey.
Haestan—. Soldado
de Naglimund, compañero de Simón.
Helfcene, padre—.
Canciller de Hayholt.
Helmfest—. Soldado
perteneciente a la compañía escapada de Na¬glimund.
Hepzibah—. Doncella
del castillo.
Ielda—. Mujer de
Falshire, instalada en Gadrinsett.
Inch—. Capataz de
la fundición, en su día ayudante del doctor Morgenes.
Jack Mundwode—.
Mítico bandido del bosque.
Jael—. Doncella del
castillo.
Jakob—. Candelero
del castillo.
Jefe de
marmitones—. Jefe de Simón en Hayholt.
Jeremías—. Aprendiz
del candelero.
Josua—. Príncipe,
hijo menor de Juan, señor de Naglimund, lla¬mado el Manco.
Juan—. Rey Juan el
Presbítero, Supremo Rey.
Judit—. Cocinera y
encargada de las cocinas.
Langrian—. Monje de
la orden Hoderundiana.
Leleth—. Doncella
de Miriamele.
Malaquías—. Uno de
los nombres adoptados por Miriamele para pasar
inadvertida.
Marya—. ídem.
Miriamele—.
Princesa, única hija de Elías.
Morgenes Ercestres,
doctor—. Portador del Pergamino, medico del castillo del rey Juan y amigo de
Simón.
Osgal—. Uno de los
miembros de la mítica banda de Mundwode.
Ostrael—. Lancero,
hijo de Firsfram de Runchester.
Raquel—. Encargada
de las sirvientas de Hayholt, llamada el Dra¬gón.
Rubén el Oso—.
Herrero del castillo.
Sangfugol—. Arpista
de Josua.
Sara—. Doncella del
castillo.
Shem Horsegroom—.
Mozo de cuadra del castillo.
Simón (Seomán)—.
Pinche de las cocinas del castillo.
Strangyeard,
padre—. Archivero de Naglimund.
Towser—. Viejo
bufón (nombre original: Cruinh).
Hernystiros
Arnoran—. Arpista.
Bagba—. Dios del
ganado.
Brynioch de los
Cielos—. Dios del Cielo.
Cadrach-ec-Crannhyr—.
Monje de una orden indeterminada, lla¬mado también Padreic.
Craobhan—. Anciano
caballero, consejero del rey Lluth.
Cuamh Earthdog—.
Dios de la Tierra, patrón de los mineros.
Eolair—. Conde de
Nad Mullach, emisario del rey Lluth.
Gealsgiath—.
Capitán de barco, llamado el Viejo.
Gwythinn—.
Príncipe, hijo de Lluth, hermanastro de Maegwin.
Hern—. Fundador de
Hernystir.
Inahwen—. Tercera
esposa de Lluth.
Lluth
ubh-Llythinn—. Rey de Hernystir.
Maegwin—. Princesa,
hija de Lluth, hermanastra de Gwythinn.
Mircha—. Diosa de
la lluvia, esposa de Brynioch.
Mullachi—.
Residentes en la propiedad de Eolair, Nad Mullach.
Murhagh el Manco—.
Un dios.
Rhynn—. Un dios.
Sinnach—. Príncipe,
caudillo de guerra en la batalla de Ach Samrath, también del Knock.
Rimmerios
Einskaldir—.
Caudillo.
Elvrit—. Primer rey
de los rimmerios en Osten Ard.
Endë—. Uno de los
niños de Skodi.
Fingil—. Rey,
primer señor de Hayholt, «Rey Sanguinario».
Gutrun—. Duquesa de
Elvritshalla esposa de Isgrimnur y madre de Isorn.
Hengfisk—. Monje de
la orden Hoderundiana y escanciador del rey Elías.
Hjeldin—. Rey, hijo
de Fingil, «Rey Loco».
Ingen Jegger—.
Rimmerio negro, amo de los mastines de las nornas.
Isbeorn—. Padre de
Isgrimnur, primer duque rimmerio bajo Juan; también el seudónimo de su hijo.
Isgrimnur—. Duque
de Elvritshalla esposo de Gutrun.
Isorn—. Hijo de
Isgrimnur y Gutrun.
Jarnauga—. Portador
del Pergamino de Tungoldyr.
Nisse (Nisses)—.
Sacerdote ayudante de Hjeldin, autor de Du Svardenvyrd.
Skali—. Jefe del
clan de Kaldskryke, llamado Nariz Afilada.
Skendi—. Santo,
fundador de una abadía.
Skodi—. Joven
rimmeria de Grinsaby.
Sludig—. Joven
soldado, compañero de Simón.
Storfort—. Señor
feudal de Vestvennby.
Tonnrud—. Señor
feudal de Skoggey, tío de la duquesa Gutrun.
Udún—. Antiguo dios
del Cielo.
Nabbanos
Anitulles—. Antiguo
Emperador.
Antippa, lady—.
Hija de Leobardis y Nessalanta.
Ardrivis—. Ultimo
Emperador, tío de Camaris.
Aspitis Prevés—.
Conde de Drina y Eadne.
Benidrivine—. Noble
linaje de Nabban, blasón del martín pescador.
Benigaris—. Duque
de Nabban, hijo de Leobardis y Nessalanta.
Camaris-sá-Vinitta—.
Hermano de Leobardis, amigo de Juan el Presbítero.
Clavean—. Noble
linaje de Nabban, blasón del pelícano.
Claves—. Antiguo
Emperador.
Crexis el Chivo—.
Antiguo Emperador.
Dinivan—.
Secretario del lector Ranessin.
Domitis—. Obispo de
la catedral de San Sutrino, en Erchester.
Elysia—. Madre de
Jesuris.
Emettin—. Caballero
legendario.
Fluiren, sir—.
Famoso caballero juanista, perteneciente al desgra¬ciado linaje de Sulian.
Hylissa—. Difunta
madre de Miriamele, esposa de Elías y hermana de Nessalanta.
Ingadarine—. Noble
familia de Nabban, blasón del albatros.
Jesuris Aedón—.
Hijo de Dios en la religión aedonita.
Larexes III—.
Anterior lector de la Madre Iglesia.
Leobardis—. Duque
de Nabban, padre de Benigaris, Varellán y Antippa.
Nessalanta—.
Duquesa de Nabban, madre de Benigaris, tía de Miriamele.
Neylin—. Compañero
de Septes.
Nuanni (Nuannis)—.
Antiguo dios del mar de Nabban.
Pelippa, santa—.
Noble dama del Libro de Aedón, llamada «Pelippa de la Isla».
Prevan—. Noble
linaje, blasón del águila pescadora (ocre y negro).
Pryrates, padre—.
Sacerdote, alquimista, brujo, consejero de Elías.
Ranessin, lector—.
(Nacido Oswine fr Stansgire, un erkyno) Cabeza de la Iglesia.
Rhiappa, santa —.
Llamada Rhiap en Erkynlandia.
Rovalles—.
Compañero de Septes.
Septes—. Monje de
una abadía cercana al lago Myrme.
Sulis—. «Rey Garza»
de Hayholt, en ocasiones llamado Sulis el Após¬tata: noble nabbano, fundador de
la Casa de Sulian, cuyo des¬cendiente más famoso es sir Fluiren.
Thures—. Joven paje
de Aspitis.
Tiyagaris—. Primer
Emperador.
Velligis—.
Consejero.
Sitha
Aditu—. Hija de
Likimeya y Shima'onari, hermana de Jiriki.
Amerasu y'Senditu
no'e-Sa'onserei—. Madre de Ineluki y Hakatri, bisabuela de Jiriki, también
llamada «Amerasu la Nacida en el Barco» y Primera Abuela.
An'nai—.
Lugarteniente de Jiriki, compañero de caza.
Canto de la Nube—.
Personaje de la canción de Aditu.
Cantor del Cielo—.
Personaje de la canción de Aditu.
Conejillo—. Nombre
puesto a Aditu por Jiriki.
Hakatri—. Hermano
mayor de Ineluki, gravemente herido por el dragón Hidohebhi, desaparecido en el
oeste.
Hijo del Viento—.
Personaje de la canción de Aditu.
Ineluki—. Príncipe,
ahora Rey de la Tormenta.
Iyu'unigato—. Rey
de Erl, padre de Ineluki y de Hakatri.
Jiriki
i-Sa'onserei—. Príncipe, hijo de Shima'onari y Likimeya.
Kendraja'aro—. Tío
de Jiriki.
Ki'ushapo—.
Compañero de Simón y Jiriki en su viaje a Urmsheim.
Lady Máscara de
Plata y Lord Ojos Rojos—. Nombres que daba Skodi a Utuk'ku e Ineluki.
Likimeya—. Reina de
los Hijos del Amanecer, señora de la Casa de la Danza Anual.
Maye'sa—. Mujer
sitha.
Mezumiiru—. Sedda
sitha (Diosa de la Luna).
Mujer con la Red—.
Personaje de la canción de Aditu (probable¬mente,
Mezumiiru).
Nacidos en el
Jardín—. Todos aquellos cuyas raíces pueden seguirse hasta Venyha Do'sae, el
«Jardín».
Nenais'u—. Mujer
sitha en una canción de An'nai; vivía en Enki-e-Sha'osaye.
Oyente de Piedras—.
Personaje de la canción de Aditu.
Portador del
Farol—. Personaje de la canción de Aditu.
Senditu—. Madre de
Amerasu.
Shima'onari—. Rey
de los zida'ya (sitha), señor de Jao é-Tinukai'i.
Sijandi—. Compañero
de Simón y Jiriki en su viaje a Urmsheim.
Utuk'ku
Seyt-Hamakha—. Reina de las nornas, señora de Nakkiga.
Vara de Sauce—.
Nombre dado a Jiriki por Aditu.
Vindaomeyo el
Flechero—. Antiguo constructor de flechas sitha, de Tumet'ai
Qanuc
Binabik—.
(Binbiniqegabenik) Aprendiz de Ookequk, amigo de Si¬món.
Chukku—. Legendario
héroe gnomo.
Kikkasut—. Rey de
los pájaros, esposo de Sedda.
Lingit—. Legendario
hijo de Sedda, padre del pueblo qanuc y de los hombres.
Makuhkuya—. Diosa
qanuc de los aludes.
Morag Sin Ojos—.
Dios de la muerte.
Nunuuika—. La
Cazadora.
Ookequk—. Hombre
Cantor de la tribu Mintahoq, maestro de Bi¬nabik.
Qangolik—.
Invocador del Espíritu.
Qinkipa de las
Nieves—. Diosa de la nieve y el frío.
Sedda—. Diosa de la
Luna, esposa de Kikkasut.
Sisqi—.
(Sisqinanamook) Hija menor del Pastor y la Cazadora, pro¬metida de Binabik.
Snenneq—. Jefe de
pastores del Bajo Chugik, componente del grupo de Sisqi.
Uammannaq—. El
Pastor.
Yana—. Legendaria
hija de Sedda, madre de los sitha.
Pueblo thrithingo
Blehmunt—. Cacique
muerto por Fikolmij para convertirse en se–or de la Marca.
Clan Mehrdon—. Clan
de Vorzheva (Clan del Semental).
El Gran
Cuadrúpedo—. Juramento del clan thrithingo (referente al Semental).
El Fulminador de
los Pastos—. Juramento del clan thrithingo (refe¬rente al Semental).
Fikolmij—. Padre de
Vorzheva, señor de la Marca del Clan Mehrdon y de todo el Alto Thrithing.
Hotvig—. Guardia
del Alto Thrithing.
Hyara—. Hermana
menor de Vorzheva.
Kunret—. Hombre del
Alto Thrithing.
Ozhbern—. Hombre
del Alto Thrithing.
Utvart—. Thrithingo
que quería casarse con Vorzheva.
Vorzheva—.
Compañera de Josua, hija de una jefe thrithingo.
Wran
El Que Dobla Los
Arboles—. Dios del tiempo.
El Que Siempre
Camina Sobre Arena—. Dios.
La Que Dio A Luz A
La Humanidad—. Diosa.
La Que Espera Para
Llevarnos A Todos—. Diosa de la muerte.
Los Que Respiran
Oscuridad—. Dioses.
Los Que Vigilan Y
Dan Forma—. Dioses.
Mogahib el Viejo—.
Uno de los mayores de la tribu.
Roahog—. Anciano
alfarero.
Tiamak—. Estudioso,
corresponsal de Morgenes.
Tugumak—. Padre de
Tiamak.
Perdruineses
Alespo—. Criado de
Stréawe.
Ceallio—. Portero
de la posada llamada La escudilla de Pelippa.
Charystra—. Sobrina
de Xorastra, y actual posadera de La escudilla de Pelippa.
Lenti—. Servidor de
Stréawe, también conocido por Avi Stetto.
Middastri—.
Mercader, amigo de Tiamak.
Sinetris—. Barquero
que vive en la costa situada más arriba de Wran.
Stréawe, conde—.
Señor de Ansis Pelippe y todo Perdruin.
Tallistro, sir—.
Caballero del Preste Juan, integrante de la Gran Tabla.
Xorastra—. Antigua
propietaria de La escudilla de Pelippa.
Otros
Gan Itai—. Niski,
que les canta a los kilpa en el Nube de Eadne.
Honsa—. Niña hyrka;
una de las criaturas de Skodi.
Imain-an—. Un
dwarrow.
Los Sin Luz—.
Habitantes del Pico de las Tormentas.
Ruyan Vé—. Conocido
también como Ruyan el Navegante; condujo a Osten Ard a los tinukeda'ya (y
también a otros).
Sho-vennae—. Un
dwarrow.
Vren—. Niño hyrka.
Yis-fidri—. Un
dwarrow, marido de Yis-hadra, guardián de la Sala de los Modelos.
Yis-hadra—. Una
dwarrow, mujer de Yis-fidri, guardiana de la Sala de los Modelos.
Lugares
Abaingeat—. Puerto
comercial hernystiro, junto a la desembocadura del río Baraillean.
Aldheorte—. Extenso bosque que cubre gran parte del Osten
Ard central.
Ansis Pelippe—.
Capital y principal ciudad de Perdruin.
Arboleda del
Pueblo—. Aldea natal de Tiamak en Wran.
Asu’a, La Que Mira
Hacia Oriente—. Nombre sitha para Hayholt.
Bacea-sá-Repra—.
Puerto de la costa septentrional de Nabban, en la bahía de Emettin; significa
«Boca de Río».
Bahía de Emettin—.
Bahía situada al norte de Nabban.
Bahía de Firannos—.
Bahía situada al sur de Nabban, lugar donde se hallan las Islas del Sur.
Banipha-sha-zé—.
Sala de los Modelos en Mezutu'a.
Baraillean—. Río
fronterizo entre Hernystir y Erkynlandia, llamado Vadoverde en Erkynlandia.
Bellidan—. Ciudad
nabbana junto a la carretera de Anitullean, en el valle de Commeis.
Carretera de
Anitullean—. Carretera general que penetra en Nabban desde el este, a través
del valle de Commeis.
Camino Blanco—.
Carretera que recorre el borde septentrional del bosque de Aldheorte, en el
Yermo Blanco.
Camino de las
Fuentes—. Pintoresco lugar de la ciudad de Nabban.
Cellodshire—.
Baronía erkyna al oeste de Gleniwent.
Colina Sancellina—.
La colina más alta de Nabban, donde se hallan ambos Sancellan.
Crannhyr—. Ciudad
amurallada en la costa hernystira.
Chidsik Ub Lingit—.
«Casa del Antecesor» de los qanuc, en el Mintahoq de Yiqanuc.
Da'ai Chikiza—.
«Árbol del Viento Cantor», abandonada ciudad sitha en la parte este de
Wealdhelm, en Aldheorte.
Dillathi—,
Montañosa región de Hernystir, al sudoeste de Hernysadharc.
Drina—. Antigua
baronía de Devasalles, concedida por Benigaris a Aspitis Prevés.
El Delfín Rojo—.
Taberna de Ansis Pelippe.
El Jardín Perdido—.
Venyha Do'sae.
Enki-e-Sha’osaye—.
«Ciudad de Verano» de los sitha, al este de Al¬dheorte, en ruinas desde largo
tiempo atrás.
Feluwelt—. Nombre
thrithingo de parte de las praderas septentrio¬nales, a la sombra de Aldheorte.
Gadrinsett—. Ciudad
provisional, cerca de la confluencia de los ríos Stefflod e Ymstrecca,
establecida por refugiados de Erkynlandia.
Granis Sacrana—.
Ciudad amurallada del valle nabbano de Commeis.
Gratuvask—. Río
rimmerio que pasa por Elvritshalla.
Grenamman—. Isla al
sur de Nabban.
Grinsaby—, Ciudad
del Yermo Blanco, al norte de Aldheorte.
Harborstone—.
Promontorio rocoso en Ansis Pelippe (Perdruin).
Hewenshire—.
Población erkyna norteña, al oeste de Naglimund.
Hikehikayo—.
Abandonada ciudad dwarrow, cerca de las Montañas Vestivegg de Rimmersgardia
(una de las Nueve Ciudades sitha).
Huelheim—. Místico
país de los muertos en la antigua religión rimmeria.
Jao é-Tinukai’i—.
«El Barco en el Océano de Arboles», única pobla¬ción sitha todavía floreciente
(en Aldheorte).
Jhiná-T’seneí—. Una
de las Nueve Ciudades sitha, ahora en el fondo del océano.
Kementari—. Una de
las Nueve Ciudades sitha, aparentemente en la isla de Warinsten o cerca de
ella.
Khandia—. Mítico
imperio antiguo en el extremo sur.
Kwanitupul—. Gran
ciudad al borde de Wran.
La Anguila
Emplumada—. Taberna de Vinitta.
La escudilla de
Pelippa—. Posada de Kwanitupul.
Lago Clodu—. Lago
nabbano, escena de la Batalla de la Fierra de los Lagos (Guerra de los
Thrithing).
Lago Eadne—. Lago
nabbano, parte de la propiedad feudal de la Casa de Prevan.
Lago del Lodo
Azul—. Lago situado en la base oriental de Trollfells, residencia veraniega de
los qanuc.
Lago Myrme—. Lago
nabbano.
Mezutu'a—. Ciudad
ocupada por los dwarrows, en el interior de las Montañas Grianspog, de
Hernystir; una de las Nueve Ciudades sitha.
Naarved—. Ciudad de
Rimmersgardia.
Nakkiga.— «Máscara
de Lágrimas», ciudad en ruinas de las nornas, junto al Pico de las Tormentas;
también una ciudad reconstruida dentro de la montaña. Según una antigua
versión, era una de las Nueve Ciudades.
Nariz Pequeña—.
Montaña de Yiqanuc donde murieron los padres de Binabik, también llamada
«Yamok».
Ogohak Chasm—.
Profundo lugar del Mintahoq donde eran ejecuta¬dos los criminales.
Pico de las
Tormentas—. Montaña donde viven las nornas, «Sturmrspeik» para los rimmerios;
también llamada «Nakkiga».
Puerta de las
Lluvias—. Entrada de Jao é-Tinukai'i.
Puerta del Verano—.
Entrada de Jao é-Tinukai'i, llamada también «Shao Irigú».
Re Suri'eni—.
Nombre sitha del río que atraviesa Shisae'ron.
Rincón de los
Ecos—. Lugar sagrado del Mintahoq.
Sala de los
Modelos—. Lugar donde los dwarrows conservan en pie¬dra sus mapas y cartas.
Sala del Testigo—.
Sala circular de Mezutu'a, donde se alza el Shard.
Sancellan
Aedonitis—. Palacio del Lector y sede principal de la Iglesia Aedonita.
Sancellan
Mahistrevis—. Anterior palacio imperial; actual palacio del duque de Nabban.
Sesuad'ra—. La Roca
del Adiós, lugar de la separación de los sitha y las nornas.
Shao Irigú—. Nombre
sitha de la Puerta del Verano.
Shisae'ron—. Nombre
sitha del terreno sudoeste del bosque de Aldheorte.
Skoggey—. Feudo de
Rimmersgardia, hogar de Tonnrud, tío de la duquesa Gutrun.
Sovebek—. Ciudad
abandonada en el Yermo Blanco, al este del mo¬nasterio de San Skendi.
Sta Mirare—.
Montaña central de Perdruin, también llamada «Aguja de Stréawe».
Stefflod—. Río que
corre junto y dentro del lindero de Aldheorte, y es afluente del Ymstrecca.
Teligure—. Ciudad
del norte de Nabban, donde se recoge mucha uva.
Tumet’ai—. Ciudad
norteña de los sitha, enterrada bajo el hielo al este de Yiqanuc; una de las
Nueve Ciudades.
Umstrejha—. Nombre
que los thrithingos dan al Ymstrecca.
Urmsheim—. Montaña
del dragón, al norte del Yermo Blanco.
Utanyeat—. Condado
del noroeste de Erkynlandia.
Valle de Commeis—.
Se abre hacia Nabban.
Valle de Hasu—.
Valle situado en la frontera este de Erkynlandia.
Venyha Do'sae—. El
Jardín Perdido, legendario lugar de origen de los zida'ya (sitha), hikeda'ya
(nornas) y tinukeda'ya (dwarrows y niskis).
Viejo Camino de
Tumet'ai—. Camino que atraviesa el sur del Yermo Blanco desde el antiguo
emplazamiento de Tumet'ai.
Vihyuyaq—. Nombre
qanuc del Pico de las Tormentas.
Vinitta—. Isla del
sur, lugar de nacimiento de Camaris y de la Casa de Benidrivine.
Warinsten—. Isla
cercana a la costa de Erkynlandia, lugar de naci¬miento del rey Juan.
Wulfholt—.
Propiedad feudal de Guthwulf en Utanyeat.
Yásira—. Lugar de
reunión de los sitha en Jao é-Tinukai'i.
Yijarjuk—. Nombre
qanuc de Urmsheim.
Ymstrecca—. Río que
atraviesa Erkynlandia y el Alto Thrithing de oeste a este.
Zae-y'miritha,
catacumbas de—. Grutas construidas por los dwar¬rows o modificadas por ellos.
Criaturas
Amor Meloso—. Una
de las palomas de Tiamak.
Atarin—. Caballo de
Camaris.
Bukken—. Nombre que
los rimmerios dan a los excavadores; tam¬bién llamados «Boghanik»» por los
qanuc.
Excavadores—.
Pequeñas criaturas subterráneas, semejantes a los hu¬manos.
Ghants—.
Desagradables y peligrosos animales quitinosos de Wran.
Gigantes—. Grandes
seres hirsutos, de forma humana.
Hidohebhi—. Dragón
Negro, madre de Shurakai e Igjarjuk, mata¬do por Ineluki, también llamado
«Drochnathair» por los hernystiros.
Hogareña—. Yegua de
Simón.
Hunën—. Nombre
rimmerio para los gigantes.
Igjarjuk—. Dragón
de hielo de Urmsheim.
jauría del Pico de
las Tormentas—. Perros de caza de las nornas.
Khaerukama'o el
Dorado—. Dragón, padre de Hidohebhi.
Kilpa—. Criaturas
marinas de forma casi humana.
Mosca azul—.
Pequeño y desagradable insecto de los pantanos.
Niku’a—. Mastín de
Ingen Jegger.
Ojos Colorados—.
Una de las palomas de Tiamak.
Patas de Cangrejo—.
Una de las palomas de Tiamak.
Pintada de Tinta—.
Una de las palomas de Tiamak.
Qantaqa—. Loba
compañera de Binabik.
Rim—. Caballo de
tiro.
Shurakai—. Dragón
de fuego muerto bajo Hayholt, cuyos huesos conforman el Trono del Dragón.
Tan Veloz—. Una de
las palomas de Tiamak.
Un-Ojo—. Carnero de
Ookequk.
Vildalix—. Caballo
de Deornoth, antes propiedad de Fikolmij.
Vinyafod—. Caballo
de Josua, antes propiedad de Fikolmij.
Cosas
Árbol—. Árbol de la
Ejecución en que Jesuris fue colgado cabeza abajo ante el templo de Yuvenis, en
Nabban. Ahora es el símbolo sagrado de la religión aedonita.
Arpa Cantora—.
Testimonio de Nakkiga, en el Gran Pozo.
Balada de Moirah—.
Canción de dudoso gusto, cantada por Sangfugol y el padre Strangyeard.
Batalla del Valle
de Huhinka—. Batalla entre gnomos y rimmerios.
Batalla de las
Tierras de los Lagos—. Principal batalla de la Guerra de los Thrithing, que
tuvo efecto junto al lago Clodu.
Calderón de Rhynn—.
Instrumento hernystiro para convocar a la ba¬talla.
Capilla de Elysia—.
Famosa capilla de la iglesia de San Sutrin, en Erchester.
Casa de la Danza
Anual—. Traducción al westerling del nombre de la familia de Jiriki.
Casa de Hielo—.
Lugar sagrado de los qanuc, donde celebran los ritos para asegurar la llegada
de la primavera.
Cayado—. Estrella.
(Posiblemente, las tres estrellas llamadas «Lu’yasa» por los sitha.)
Cincuenta
Familias—. Nobles linajes nabbanos.
Cinti—. Moneda
nabbana; la centésima parte de un emperador de oro.
Citril—. Raíz
aromática de gusto ácido para mascar.
Clavo Brillante—.
Espada de Juan el Presbítero que contiene un clavo del Árbol y un hueso de un
dedo de san Eahlstan Fiskerne.
Columna y Árbol—.
Emblema de la Madre Iglesia.
Conquistador—.
Juego de dados, popular entre los soldados.
Charca—. Parece ser
el Testigo situado en la antigua Asu'a.
Día del Juicio
Final—. Día del fin del mundo para los aedonitas.
Días de Fuego—.
Posiblemente, una muy remota era de Osten Ard (oscura referencia de Geloë).
Dolor—. Espada de
hierro y madera embrujada, forjada por Ineluki y regalada a Elías. (En lengua
sitha: Jingizu.)
Du Svardenvyrd—.
Libro profético de Nisses, casi mítico.
En Semblis
Aedonitis—. Famoso libro religioso sobre las bases filosó¬ficas de la religión
aedonita y la vida de Jesuris.
Espina—. Espada
hecha de piedra de estrella perteneciente a sir Camaris.
Farol del Verano—.
Estrella (posiblemente la Reniku de los sitha).
Festival del
Viento—. Celebración wran.
Flores estrella—.
Pequeñas flores blancas.
Fuego Parlante—.
Testigo de Hikehikayo.
Gatuña—. Hierba que
da flores y que como brebaje posee poderes curativos.
Gran Tabla—. Lugar
de reunión del rey Juan con sus caballeros y hé¬roes.
Hierba laúd—.
Hierba alta.
Hierbaya—. Una
especia.
Hijos de Hern—.
Nombre que los dwarrows dan a los hernystiros.
Hijos del
Navegante—. Nombre que los tinukeda'ya se dan a sí mis¬mos.
Ilenita—. Brillante
y costoso metal.
Indreju—. Espada de
Jiriki, de madera mágica.
Jabalí sobre
Lanzas—. Emblema de Guthwulf de Utanyeat.
Kangkang—. Licor
qanuc.
Kraile—. Nombre que
los sitha dan a unos «frutos del sol».
Kvalnir—. Espada de
Isgrimnur.
La Estrella del
Conquistador—. Libro de ciencias ocultas; en nabbano: Sa Asdridan Condiquilles.
Lámpara de la
Niebla—. Testigo de Tumet'ai.
Lu'yasa—. Formación
en línea de tres estrellas en el cuadrante nor¬deste del cielo a principios de
junen (en lengua sitha).
Madera de plata—.
Madera muy estimada por los constructores sitha.
Mansa Connoyis—.
Oración del Enlace.
Manzana de río—.
Fruta de los pantanos.
Minneyar—. Espada
de hierro del rey Fingil, heredada a través de la dinastía de Elvrit.
Minog—. Planta
comestible de grandes hojas, que crece en Wran.
Naidel—. Espada de
Josua.
Nube de Eadne—,
Barco de Aspitis Prevés.
Oinduth—. Lanza
negra de Hern.
Palmera de arena—.
Árbol de los pantanos.
Raíz Amarilla—.
Hierba común, utilizada para infusiones en Wran (y en otras partes del sur).
Recompensa del
Viajero—. Popular marca de cerveza.
Red de Mezumiiru—.
Grupo de estrellas. Los qanuc la llaman «Manta de Sedda».
Reniku, Farol del
Verano—. Nombre sitha para la estrella que indica el fin del verano.
Rito de la
Vivificación—. Rito qanuc celebrado en la Casa de Hielo para asegurar la
llegada de la primavera.
Roca de la
Despedida—. Canción hernystira referente a la Roca del Adiós.
Seis Cantos de
Respetuosa Petición—, Rito sitha.
Shard—, Testigo
situado en Mezutu'a.
Shent—. Juego
sitha, que al parecer procede de Venyha Do'sae.
Somorgujo, Nutria—.
Nombres wran para estrellas.
Sotfengsel—. Famoso
barco de Elvrit, enterrado en Skipphawen.
T’¡-tuno—. Cuerno
de caza sitha.
Último Día de
Invierno—. Día en que se celebra en Yiqanuc el Rito de la Vivificación.
Vino de caza—.
Licor qanuc para ocasiones especiales, generalmente sólo para mujeres.
Tabas—.
Huesecillos; instrumentos de consulta de Binabik.
Pájaro sin Alas Pez
Espada
El Camino de las
Sombras
Antorcha a la
Entrada de la Cueva
Carnero Repropiante
Nubes en el Paso
La Grieta Negra
Flecha Desenvuelta
Círculo de Piedras
Festividades—.
2 de ferruero—.
Candelmansa.
25 de marzis—.
Elysiamansa.
1 de avrel—. Día de
los Inocentes (trad. 1." y 2." vols.: Todos los Locos).
30 de avrel—. Noche
empedrada.
1 de maya—. Día de
Belthainn.
23 de junen—.
Solsticio de Verano.
15 de tiyagar—. Día
de san Sutrino.
1 de anitul—.
Hlafmansa.
29 setiendre—. Día
de san Grenis.
30 de octandre—.
Vigilia del Tormento (trad. I /' y 2.° vols.: Todos los
Santos).
1 de novendre—. Día
de Difuntos o Día de las Almas (trad. 1." y 2." vols.:
Festividad del
Alma).
21 de decimbre—.
San Tunath.
24 de decimbre—.
Aedonmansa.
Meses
Eneror, ferruero,
marzis, avrel, maya, junen, tiyagar, anitul, setien¬dre, octandre,
novendre, decimbre.
Días de la semana
Limen, mardis,
místoles, jueses, veirnes, sátedo, domingo.
Guía para la
pronunciación
Erkynos
Los nombres erkynos
se dividen en dos clases: Erkyno Antiguo (E. A.) y Warinstenio. Los procedentes
de Warinsten, la isla nativa del Preste Juan (la mayor parte de los nombres de
los servidores del castillo o de la familia de Juan) han sido representados
como varian-tes de nombres bíblicos, por ejemplo: Elías-Eliyah, Ebekah-Rebeca,
etc. Los nombres en erkyno antiguo deben pronunciarse como en castellano
moderno, con las siguientes excepciones:
ae—. ay, como en
«¡Ay!».
c—. K, como en
«casa».
e—. en los finales
de los nombres se pronunciará apagada.
ea—, sonará como a
en «marca», excepto al principio de palabra o nombre, en donde adquirirá la
pronunciación de ae.
g—. siempre suave,
como en «gusano».
h—. siempre j.
i—. corta, apenas
audible.
j—, fuerte, como en
«jergón».
o—, larga pero
suave, como en «oolito».
Hernystiro
Los nombres
hernystiros, así como las palabras, pueden ser pronun¬ciados en la misma forma
que E. A., con algunas excepciones:
th—. siempre como d
en «odre».
ch—. siempre como
g.
y—. pronunciada ir,
como en «partir».
h—. muda, excepto a
principio de palabra o después de t o c.
e—. pronunciada ay
como en «hay».
ll—. siempre como l
simple: Lluth-Luth.
Rimmerio
Los nombres y
palabras en rimmerspakk difieren de la pronuncia¬ción E. A. en lo siguiente:
j—. se pronuncia y:
Jarnauga-Yarnauga; Hjeldin-Hyeldin, aquí con la h casi muda.
ei—. se pronuncia
ai, como en «maitines».
ë—. se pronuncia i,
como en «satinado».
ö—. se pronuncia u,
como en «pues».
au—. se pronuncia
ou, como en «COU».
Nabbaneo
El lenguaje
nabbaneo se rige básicamente por las reglas de una len¬gua romance; se
pronuncian todas las vocales y las consonantes. Hay, sin embargo, algunas
excepciones:
i—. la mayor parte
de los nombres llevan el acento en la penúl¬tima sílaba: Ben-i-GAR-is.
e—. al final de un
nombre suena muy larga: Gelles-Gel-lees.
y—, se pronuncia
como una i larga.
Qanuc
El lenguaje de los
gnomos es muy diferente del resto de las lenguas humanas. Existen tres clases
de sonido k reflejados en las letras c, q, y k. La única diferencia inteligible
para la mayoría de los que no son qanuc es el ligero cloqueo que se infiere a
la q, aunque no se reco¬mienda su utilización a los principiantes. En nuestro
caso, los tres sonidos serán k, como en «kilo». Las demás interpretaciones se
de¬jan a elección del lector, pues no tendrá grandes dificultades para
pronunciar fonéticamente.
Sitha
El lenguaje de los
zida'ya es incluso más difícil de pronunciar para lenguas no entrenadas que el
de Yiqanuc. La perspectiva de hacer un paralelismo fonético es casi nula, pues
tendríamos pocas o in¬cluso ninguna posibilidad ante un experto, como bien se
dio cuenta Binabik. Sin embargo existen algunas reglas que deben ser
apli¬cadas.
i—. cuando es la
primera vocal se pronuncia ih. Cuando se encuentra en cualquier otra posición,
especialmente al final, se pro¬nuncia ii, por ejemplo: Jirik¡-Ji-IR-kii.
ai—. pronunciada
como una i, como en «tiempo».
‘(apóstrofe)—.
representa un chasquido, y no debe ser pronun¬ciado por los lectores mortales.
Nombres
excepcionales
Geloë—. Se
desconoce su procedencia, al igual que el origen de su nombre. Se pronuncia
Ye-LO-ii o Ye-LOY. Ambas pronunciacio¬nes son correctas.
Ingen Jegger—. Es
un rimmerio negro, y la J de Jegger se pronuncia y, como en «yegua».
Miriamele—. Aunque
nacida en la corte erkyna, el suyo es un nom¬bre nabbano que ha desarrollado
una extraña pronunciación —tal vez debido a la influencia familiar o a la
confusión de su doble origen—, y suena algo así como Mirii-a-MEL.
Vorzheva—. Mujer
thrithinga, su nombre se pronuncia Vor-SHE-va, con la zh parecida a la zs
húngara.
Palabras y frases
Hernystiro
Domhaini—. Dwarrow
o dwarrows.
Goirach—. Loco o
salvaje.
Isgbahta—. Barca de
pesca.
Sitha—. Los
Pacíficos.
Nabbano
Duos Onenpodensis,
feata vorum lexeran—. ¡Dios Todopoderoso, que sea ésta tu voluntad!
Duos wulstei—. Si
Dios quiere.
En Semblis
Aedonitis—. Bajo la forma de Aedón.
Escritor—.
«Escritor»: uno de los que forman parte del grupo de consejeros del lector.
Lector—.
«Portavoz», cabeza de la Iglesia.
Sa Asdridan
Condiquilles—. La Estrella del Conquistador.
Veir Maynis—. «Gran
Prado», el océano.
Perdruinés
Avi Stetto—. Tengo
un cuchillo.
Ohé, vo stetto—.
Sí, tiene un cuchillo.
Qanuc
Aia—. Atrás (Hinik
Aia = Regresar).
Boghanik—.
Excavadores (bukken).
Chash—. Correcto.
Chok—. Corre.
Croohok—. Rimmerio.
Croohokuq—. Plural
de Croohok. Rimmerios.
Guyop—. Gracias.
Hinik—. ¡Vete,
márchate!
Mosoq—. ¡Encuentra!
Muqang—. Basta.
Nihut—. ¡Ataca!
Ninit—. Ven.
Sosa—. ¡Ven! (más
enérgico que «Ninit»).
Ummu—. Ahora.
Utku—. Individuo de
las tierras bajas.
Rimmerio
Dverning— .
Dwarrow.
Gjal es, künden!— .
Ásperamente: «¡Dejadlo en paz, niños!»
Haja—. Sí.
Halad, künde— .
¡Basta, niño!
Kundë-mannë—. Hijo
de hombre.
Rimmersmannë—.
Rimmerio.
Vaer— . ¡Cuidado!
Vjer sommen
marroven— . Somos amigos.
Sitha (y nornas)
Ai, Nakkiga,
o'do'tke stazho— . (nornas) ¡Ay, Nakkiga, te fallé!
Asu'a—. Mirando
hacia oriente.
Hiyanha—. Botes de
peregrinaje.
Hikeda'ya—. Hijas
de la Nube; nornas.
Hikeda'yei— .
Segunda persona plural de «Hikeda'ya»: ¡Vosotras, las nornas!
Hikka— . Portador.
Isi-isi'ye-a
sudhoda'ya—. ¡En verdad es un mortal!
J'asu
para-peroihin!—. ¡Vergüenza de mi casa!
Ras—. Término que
indica respeto: «señor» o «noble señor».
Ruakha—. Moribundo.
S'hue—.
Aproximadamente, «señor».
Ske'i—. ¡Alto!
Staja Ame—. Flecha
Blanca.
Sudhoda'ya—. Hijos
del Crepúsculo: mortales.
Venyha s'anh!—.
¡Por el Jardín!
Yinva—. (nornas)
¡Ven! o ¡Venid!
Zida'ya—. Hijos del
Amanecer: sitha.

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