© Libro N° 14038. Añoranzas y
Pesares 3. A Través del Nido de Ghants II. Williams, Tad.
Emancipación. Julio 12 de 2025
Título Original: © To Green Ángel Tower (Memory,
Sorrow and Thorn, Book 3),
Versión Original: © Añoranzas y Pesares 3. A Través del Nido de Ghants II. Tad
Williams
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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A TRAVÉS DEL NIDO DE GHANTS
II
Tad Williams
Añoranzas y
Pesares 3
A Través del
Nido de Ghants II
Tad Williams
Tad Williams
Añoranzas y Pesares 3
A Través del Nido de Ghants II
Título original: To Green Ángel Tower (Memory,
Sorrow and Thorn, Book 3),
AÑORANZAS Y PESARES
4 volúmenes
1. El trono de
huesos de dragón (I y II)
2. La Roca del
Adiós (I y II)
3. A través del
nido de ghants (I y II)
4. La Torre del
Ángel Verde (I y II)
NOTA DEL AUTOR
Y la muerte no
tendrá poder.
Los hombres muertos
y desnudos serán
como el hombre en
el viento y en la luna de occidente;
cuando sus huesos
estén pulidos y ni éstos existan,
en sus codos y pies
habrá estrellas.
Aunque enloquezcan,
estarán cuerdos,
aunque se hundan en
el mar, volverán a emerger;
aunque los amantes
se pierdan, el amor no desaparecerá,
y la muerte no
tendrá poder...
Dylan Thomas (de Y
la muerte no tendrá poder)
Di la verdad, pero
dila con tacto;
el éxito está en el
rodeo.
Demasiado
resplandeciente para nuestra debilidad
es la soberbia
sorpresa de la verdad.
Suavizada cual
relámpago para los niños
con amable
explicación,
la verdad debe
deslumbrar poco a poco,
o todo hombre
quedaría ciego.
Emily Dickinson
SEGUNDA PARTE
La Senda Tortuosa
XVII
NOCHE DE FIESTA
Creo que no quiero
ir, Simón. —Jeremías se esforzaba cuanto podía por limpiar la espada de Simón
con un trapo y una piedra de amolar.
—No estás obligado.
—Simón gruñó de dolor al tirar de la bota. Tres días habían transcurrido desde
la batalla en el lago helado, pero aún se le resentía hasta el último músculo
como si lo hubieran vapuleado sobre un yunque de herrero—. Sólo querrá encargarme
algo.
Jeremías parecía
aliviado, pero aún se resistía a aceptar la libertad tan fácilmente.
—Pero ¿tu escudero
no debería acompañarte cuando el príncipe te requiere? Y si necesitas algo que
te hayas olvidado... ¿quién vuelve a buscarlo?
Simón soltó una
carcajada, pero la interrumpió al notar un ramalazo de dolor en las costillas.
El día siguiente a la batalla apenas podía mantenerse en pie y sentía el cuerpo
como un saco de cacharros rotos; aún ahora se movía como un anciano muy envejecido.
—Tendría que ir a
buscarlo yo mismo... o llamarte. No te preocupes; aquí las cosas no funcionan
así, y tú deberías saberlo tan bien como cualquiera. No estamos en una corte
real, como en Hayholt.
Jeremías repasó
minuciosamente el filo de la hoja y sacudió la cabeza.
—Eso lo dices tú,
Simón, pero nunca se sabe cuándo van a mirarte mal los príncipes. Nunca se sabe
cuándo se les va a subir la sangre a la cabeza y se van a poner regios.
—Es un riesgo que
tengo que correr. Ahora dame esa condenada espada antes de que la reduzcas a
una aguja a fuerza de pulirla.
Jeremías lo miró
con preocupación. Había ganado algo de peso desde la llegada a Nueva
Gadrinsett, pero las provisiones escaseaban y todavía estaba lejos de ser el
muchacho regordete con quien Simón se había criado; tenía un aire cansino que
Simón dudaba fuera a desaparecer por completo algún día.
—Nunca te
estropearía la espada —le dijo con seriedad.
—¡Dios y los
santos! —bufó Simón, blasfemando con la indiferencia habitual de un soldado
experto—. Era una broma. Vamos, dámela, tengo que marcharme.
—Voy a decirte una
cosa sobre las bromas, Simón —respondió Jeremías mirándolo con orgullo—: son
para hacer gracia. —A pesar del rictus que comenzaba a fruncirle los labios, le
pasó el arma con todo cuidado—. Ya te avisaré si alguna vez haces gracia de verdad,
te lo prometo.
La réplica
ocurrente que Simón iba a darle, y que en realidad aún no había llegado a
formular, quedó abortada al levantarse la solapa de la rienda. Una pequeña
silueta apareció en el umbral, silenciosa y solemne.
—¡Leleth! —exclamó
Jeremías—. Pasa. ¿Te gustaría ir a dar un paseo conmigo? Aunque también podría
terminar de contarte aquella historia de Mundwode y el oso.
La pequeña avanzó
unos pasos hacia el interior, que era su forma de mostrar asentimiento. Sus
ojos, al dirigirse un momento hacia Simón, parecían inquietantemente adultos.
Éste recordó la impresión que le había causado cuando la había visto en el
Sendero de los Sueños: una criatura libre en su elemento, voladora,
exultante... y tuvo una vaga sensación de vergüenza como si, de alguna forma,
contribuyera a mantener en prisión a un ser hermoso.
—Me voy. Cuida a
Jeremías, Leleth; no lo dejes coger objetos afilados.
Al salir de la
tienda, Jeremías le lanzó el trapo de limpiar.
Una vez en el
exterior, Simón respiró hondo. El aire estaba helado aunque, tal vez,
ligeramente más cálido que unos días antes, como si la primavera rondara por
las cercanías buscando el modo de colarse.
«Sólo hemos
derrotado a Fengbald —se advirtió a sí mismo—. No hemos herido en absoluto al
Rey de la Tormenta, así es que no hemos debido alejar el invierno ni un día.»
Ese pensamiento le
planteó otro interrogante: ¿por qué el Rey de la Tormenta no había enviado
ayuda a Fengbald igual que a Elías en el sitio de Naglimund? Los relatos de
Strangyeard sobre el horror del ataque de las nornas se presentaban en su mente
tan vívidos como los recuerdos de sus propias y extrañas aventuras. Si las
espadas eran tan importantes y si los hikeda’ya sabían que una estaba en poder
de Josua —cosa que, según el príncipe y Deornoth, era casi segura—, ¿por qué
los defensores de Sesuad'ra no se habían encontrado frente a un ejército de
gigantes de hielo y nornas armadas? ¿Tendría algo que ver con la Roca misma?
«Tal vez se deba a
que es un lugar sitha; aunque no se arredraron para atacar Jao é-Tinukai'i.»
Sacudió la cabeza;
aquello era digno de comentar con Binabik y Geloë, aunque tenía la certeza de
que ya se les habría ocurrido pensarlo. O quizá no. Tal vez fuera demasiado
abrumador añadir otro rompecabezas irresoluble al montón de problemas que
tenían ante sí. Estaba harto de preguntas sin respuesta.
Cruzó el Jardín de
Fuego en dirección a la Casa de la Despedida haciendo crujir la nieve bajo las
botas. Había bromeado con Jeremías despreocupadamente porque la chanza parecía
aligerar a su amigo de las tribulaciones y de los malos recuerdos, pero no se
encontraba con el ánimo muy alegre. Durante las últimas noches, había tenido
sueños poblados de pesadillas sobre la carnicería de la batalla, con escenas de
locura, sangre y piafar de caballos. Ahora iba al encuentro de Josua, quien se
hallaba sumido en un humor aún más tenebroso que el suyo, y Simón no sentía la
menor predisposición a enfrentarse con todo eso.
Se detuvo un
instante, y el vaho de la respiración le envolvió la cabeza como una nube. Se
quedó contemplando la bóveda resquebrajada del Observatorio. ¡Si al menos se
atreviera a coger el espejo e intentar hablar con Jiriki otra vez! Pero el
hecho de que los sitha no hubieran acudido, a pesar de la perentoria necesidad
de los defensores, dejaba claro que Jiriki tenía cosas más importantes en que
pensar que en los actos de los mortales. Además, los sitha le habían advertido
explícitamente del peligro que entrañaba adentrarse en el Sendero de los Sueños
en los tiempos que corrían. Acaso, si lo intentaba, llamaría la atención del
Rey de la Tormenta sobre Sesuad'ra y, de ese modo, haría tambalear su
indiferencia, la que al parecer había sido la única razón de la increíble
victoria.
Ahora era un
hombre, o casi. «Se acabaron las tonterías de cabezahueca», se dijo. Las
apuestas eran muy fuertes como para permitirse semejantes veleidades.
La Casa de la
Despedida estaba pobremente iluminada; sólo unas pocas antorchas ardían en los
candeleros, por lo que el gran salón parecía desvanecerse en las sombras. Josua
se encontraba de pie junto al féretro.
—Gracias por
acudir, Simón. —El príncipe apenas alzó los ojos antes de volverlos hacia el
cadáver de Deornoth, que yacía sobre el bloque de piedra cubierto con el pendón
del Árbol y el Dragón, como si el caballero meramente durmiera bajó una fina
manta—. Binabik y Geloë están ahí —añadió, señalando hacia el par de siluetas
sentadas al lado del pozo de fuego, cerca de la pared del fondo—. Enseguida me
reúno con vosotros.
Simón se dirigió
hacia la fogata con pasos cautos para evitar ruidos irreverentes. El gnomo y la
sabia conversaban en voz baja.
—Saludos, amigo
Simón —dijo Binabik—. Acércate y torna asiento al calor de la lumbre.
El muchacho se
sentó en el suelo con las piernas cruzadas y enseguida se adelantó, buscando un
sitio más cálido.
—Parece más triste
aún que ayer—musitó.
—La carga es muy
pesada para él —dijo el gnomo mirando a Josua—. Es como si toda la gente a la
que amaba y por cuyas vidas tanto temía hubiera perecido con Deornoth.
—No hay batalla sin
muertos —terció Geloë con una leve mueca de exasperación—. Deornoth era un buen
hombre, pero también murieron otros.
—Josua lamenta la
pérdida de todos ellos, creo... —replicó Binabik—. Pero estoy seguro de que se
recobrará.
—Sí —asintió la
hechicera—, pero el tiempo apremia. Hay que atacar mientras la ventaja es
nuestra.
Simón la miró con
curiosidad. Geloë parecía, más que nunca, una mujer sin edad, pero daba la
impresión de que hubiera perdido un poco de su enorme seguridad, lo cual no
habría sido de extrañar teniendo en cuenta lo horroroso que había sido el año
anterior.
—Quisiera haceros
una pregunta, Geloë. ¿Sabíais algo de Fengbald?
—¿Te refieres a si
sabía que iba a mandar a alguien al campo de batalla disfrazado con su armadura
para confundirnos? —preguntó a su vez, con los amarillos ojos puestos en
Simón—. No; pero sí sabía que Josua había conspirado con el gobernador
Helfgrim, y no sabía si Fengbald mordería el anzuelo.
—Me temo que yo
también lo sabía, Simón —añadió Binabik—. Necesitaban mi ayuda para encontrar
la mejor forma de romper el hielo; y lo hicimos con la colaboración de algunos
de mis paisanos qanuc.
—O sea, que ¿todo
el mundo lo sabía, menos yo? —El joven notó el calor que le subía por las
mejillas.
—No, Simón. —Geloë
subrayó sus palabras con un gesto negativo de la cabeza—. Aparte de Helfgrim,
Josua y yo, sólo Binabik, Deornoth, Freosel y los gnomos que nos ayudaron a
tender la trampa... Nadie más lo sabía. Era nuestra última esperanza y no nos
atrevimos a correr el riesgo de que el menor rumor llegara a oídos de Fengbald.
—¿Es que no
confiabais en mí?
—No se trataba de
una cuestión de confianza, Simón. —Binabik le puso una mano en el hombro para
calmarlo—. Tú o cualquiera de los que luchabais en el hielo podríais haber
caído prisioneros; hasta los más valientes confiesan cuanto saben bajo
torturas... y Fengbald no tenía escrúpulos para aplicarlas. Cuantos menos lo
supieran, tantas más posibilidades de mantener el secreto a buen recaudo. Si
hubiera sido necesario decírtelo, como a los otros, te lo habríamos contado sin
dudar.
—Binabik tiene
razón, Simón. —Josua se había acercado en silencio mientras hablaban y se
encontraba de pie junto a ellos. Las llamas proyectaban su sombra en el techo,
como una cinta de oscuridad larga y vacía—. Confío en vos tanto como en
cualquiera..., en cualquiera de los que quedamos vivos, quiero decir. —Un
atisbo de algo cruzó su rostro un instante—. Yo ordené que sólo los
imprescindibles para el plan fueran puestos al corriente. Estoy seguro de que
lo comprenderéis.
—Por supuesto,
príncipe Josua —asintió Simón después de tragar saliva.
—Hemos logrado una
gran victoria. Es un milagro, en verdad. —Josua se puso en cuclillas y miró con
aire ausente las cambiantes llamas—. Aunque el precio ha sido muy elevado...
—No hay precio
demasiado elevado para proteger vidas inocentes —replicó Geloë.
—Es posible; pero
existía la posibilidad de que Fengbald hubiera dejado escapar a las mujeres y a
los niños...
—Sin embargo ahora
están vivos y libres —atajó Geloë—. Y también un buen número de hombres, además
de la inesperada victoria.
—¿Vais a tomar,
pues, el lugar de Deornoth, valada Geloë? —La sombra de una sonrisa bailó en
los labios del príncipe—. Porque él siempre lo hacía así: me advertía cuando
empezaba a deprimirme.
—No puedo ocupar su
lugar, Josua; pero no me parece necesario disculparnos por haber vencido.
Llorar a los caídos es algo honorable, naturalmente; no pretendo impedíroslo.
—No, claro que no.
—El príncipe la miró un instante; luego giró despacio y contempló el gran
salón—. Es nuestro deber honrar a los muertos.
Se oyó un raspar de
cuero en el umbral; Sludig se encontraba allí, con un par de alforjas en el
moreno brazo. Era tal la cara de esfuerzo del rimmerio, que Simón se preguntó
si las traería llenas de piedras.
—Príncipe Josua...
—¿Sí, Sludig?
—No hemos
encontrado más que éstas; tienen el blasón de Fengbald pero están empapadas. No
las he abierto.
—Dejadlas aquí,
junto al fuego, y tened la bondad de sentaros a conversar con nosotros. Nos
habéis prestado una gran ayuda, Sludig.
—Gracias, príncipe
Josua. Tengo un mensaje más para vos. Los prisioneros están dispuestos a
hablar..., según afirma Freosel.
—¡Ah! Freosel no
yerra, sin duda. Es rudo pero muy despierto, a semejanza de nuestro querido
amigo Einskaldir, ¿verdad, Sludig?
—Es tal como decís,
Alteza.
Sludig hablaba con
el príncipe como cohibido. Al fin recibía la atención y el reconocimiento que
parecía desear, advirtió Simón; pero, por lo visto, no se sentía satisfecho del
todo.
—Creo que ha
llegado el momento de ir a cumplir con mi obligación —anunció Josua, con una
mano sobre el hombro de Simón—. ¿Me acompañáis, caballero?
—Por supuesto,
príncipe Josua.
—Bien. Hacedme la
merced de reuniros conmigo después de cenar —dijo, dirigiéndose a los otros—.
Debemos tratar todavía muchas cosas.
Antes de alcanzar
la puerta, Josua cogió a Simón por el codo con el muñón de la muñeca derecha y
lo llevó hacia el féretro donde reposaba Deornoth. Hacía mucho tiempo que no se
encontraba tan cerca del príncipe y, para su sorpresa, se dio cuenta de que era
un poco más alto que él. Él, Simón, era alto... y no sólo para la edad que
tenía, sino como hombre. ¡Qué pensamiento tan singular!
Se detuvieron ante
el ataúd. Simón se mantuvo en respetuoso silencio, ansioso por salir de allí.
La presencia tan cercana del cadáver del caballero le resultaba incómoda. El
pálido y anguloso rostro que descansaba sobre la losa no se parecía tanto al
recuerdo que guardaba de Deornoth como a un grabado sobre pasta de jabón; el
cutis, sobre todo en los párpados y en las aletas de la nariz, había quedado
translúcido por la pérdida de sangre.
—Vos no lo
conocíais en profundidad, Simón; era el mejor de los hombres.
Simón notó la boca
seca y tragó saliva. Los muertos estaban... tan muertos... Algún día, Josua,
Binabik, Sludig y cada uno de los que ahora se hallaban en Nueva Gadrinsett se
quedarían igual; hasta él mismo se quedaría así, se dijo con cierta repulsión. ¿Qué
se sentiría?
—Siempre me trató
con gran amabilidad, Alteza.
—Es que no sabía
hacerlo de otra manera. Era el caballero más honrado de cuantos he conocido en
mi vida.
Cuanto más hablaba
Josua de los últimos días de Deornoth, tanto mejor comprendía Simón que, en
realidad, no había llegado a conocerlo en absoluto. Lo tenía por hombre
sencillo, amable y silencioso, si bien a duras penas un modelo de
caballerosidad, un Camaris moderno, tal como se desprendía de los elogios de
Josua.
—Fue un valiente.
—Sonaba a condolencia pobre, pero Josua sonrió.
—En efecto. ¡Ojalá
Sludig y vos hubierais llegado antes a su lado, pero hicisteis todo lo posible!
—El semblante de Josua cambió bruscamente, como un cielo primaveral que se
cubre de nubarrones—. No es mi intención insinuar que los dos fracasarais en
cierto modo, Simón. Por favor, perdonadme... En mi dolor he hablado sin
reflexión. Deornoth nunca cejaba hasta rescatarme de mis excesos. ¡Ay, Dios!
¡Cuánto voy a echarlo de menos! Creo que era mi mejor amigo, aunque no lo he
sabido hasta ahora, que lo he perdido.
El desconcierto de
Simón iba en aumento al ver las lágrimas que se formaban en los ojos de Josua.
Quería apartar la mirada, pero, de súbito, los sitha y las palabras de
Strangyeard le vinieron a la memoria. Tal vez eran los más encumbrados y los
más importantes quienes soportaban las penas más hondas. ¿Qué deshonra podía
haber en semejante tristeza?
—Vamos, Josua —le
dijo, tomándolo por el codo—. Andemos; habladme de Deornoth, ya que no tuve
ocasión de conocerlo a fondo.
—Sí, claro;
andemos. —El príncipe arrancó la mirada de los rasgos de alabastro de Deornoth
y se dejó llevar por Simón hasta la puerta.
—... ¡Y lo hizo!
¡Vino y se disculpó ante mí! —Josua reía, aunque había poca alegría en su
risa—. Como si hubiera sido él el transgresor. Pobre Deornoth, cuánta
fidelidad. —Sacudió la cabeza y se secó los ojos—. ¡Aedón! ¿Por qué me rodea
esta nube de pesar? Siempre es lo mismo: o soy yo el que ruega disculpas, o son
los que me rodean... No me extraña que Elías me tuviera por bobo. A veces creo
que no le faltaba razón.
—Tal vez se deba
—replicó Simón tras reprimir una risita— a vuestra tendencia a compartir
vuestros pensamientos con quienes no conocéis bien... como con pinches de
cocina huidos.
Josua lo miró de
hito en hito y después prorrumpió en carcajadas, aunque en esta ocasión su
hilaridad parecía menos empañada.
—Es posible que
estéis en lo cierto. La gente prefiere que sus príncipes sean fuertes e
inquebrantables, ¿no es así? —Chasqueó la lengua—. Pero ¡ay, Jesuris
misericordioso! ¡Nada más lejos que yo mismo de un príncipe semejante! —Levantó
la mirada y echó una ojeada por el campamento de tiendas—. Dios me asista,
cuánto me he alejado. ¿Dónde se encuentra la cueva de los prisioneros?
—Allá. —Simón
señaló hacia un saliente rocoso justo en el interior del bastión exterior de
Sesuad'ra, apenas visible tras los muros del campamento azotados por el viento.
Josua cambió el rumbo, y Simón lo siguió con movimientos lentos que no
agravaran el dolor de sus múltiples heridas.
—Me he dejado
llevar en exceso, y no sólo por ir en busca de los prisioneros. Os pedí que
vinierais a verme para haceros una pregunta.
—¿Sí? —Simón estaba
vivamente intrigado. ¿Qué podría querer el príncipe de él?
—Deseo enterrar a
nuestros muertos en esa colina. —Con un movimiento del brazo, abarcó toda la
amplitud de la herbosa cima de Sesuad'ra—. De todos los que estamos aquí, vos
sois quien mejor conoce a los sitha, creo..., o al menos de manera más directa,
porque tanto Binabik como Geloë los han estudiado con aplicación. ¿Creéis que
lo consentirían? Al fin y al cabo, ésta es su tierra.
—¿Consentir?
—preguntó Simón tras pensarlo un momento—. No me imagino que acudan para
evitarlo, si os referíais a eso. —Sonrió con ironía—. Ni siquiera comparecieron
para defenderla, así que no creo que se presenten de repente con un ejército
para impedirnos enterrar a los muertos.
Dieron unos pasos
más en silencio. Simón midió sus palabras antes de volver a hablar.
—No, no creo que se
opusieran, aunque jamás podría decir que hablo en su nombre —añadió
apresuradamente—. Además, Jiriki enterró a su congénere An'nai con Grimmric,
allá en Urmsheim. —Los días en la montaña del dragón se le antojaban tan
lejanos ahora como si los hubiera vivido otro Simón, un pariente lejano. Se
frotó los entumecidos músculos del dolorido brazo y suspiró—. Tal como os he
dicho, no puedo hablar en nombre de los sitha. Pasé allí... ¿cuánto tiempo?
¿Meses? Y, sin embargo, no aspiro a comprenderlos.
—¿Cómo fue vivir
con ellos, Simón? —le preguntó mirándolo con intensidad—. Y ¿cómo era su
ciudad... Jao..., Jao...?
—Jao é-Tinukai'i
—pronunció, más que orgulloso de la fluidez con que las difíciles sílabas
salieron de sus labios—. Me gustaría poder contároslo, Josua, pero es como
intentar describir un sueño: se puede explicar lo que sucedía pero resulta
imposible transmitir los sentimientos. Son viejos, Alteza, muy, muy viejos;
pero, al mirarlos, se los ve jóvenes, sanos y... y hermosos. —Se acordó de
Aditu, la hermana de Jiriki, de sus ojos brillantes, sugestivos y devastadores
y de su sonrisa pictórica de regocijo secreto—. Tienen todo el derecho a
odiarnos, Josua; al menos así lo creo. No obstante, les... les producimos
desconcierto. Como nos sucedería a nosotros si las ovejas se volvieran
poderosas y nos expulsaran de nuestras ciudades.
—¿Ovejas? —rió
Josua—. ¿Estáis diciendo que los emperadores de Nabban y el rey Fingil de
Rimmersgardia... y mi padre, sin ir más lejos, eran criaturas lanudas e
inofensivas?
—No, sólo me
refería a que somos diferentes de los sitha. No nos entienden, del mismo modo
que nosotros no los entendemos a ellos. Jiriki y su abuela Amerasu quizá no
eran tan distintos como algunos, pues me trataron con cordialidad y
comprensión, pero los otros sitha... —Calló, falto de palabras—. No sé
explicarlo.
—¿Cómo era la
ciudad? —preguntó Josua con una sonrisa afable.
—Ya intenté
describirla en otra ocasión, cuando llegué aquí. Entonces dije que era como un
navío enorme, pero también como un arco iris delante de una catarata. Es una
lástima, pero sigo sin poder retratarla mejor. Toda ella está construida con
telas entrelazadas entre los árboles, aunque parece tan sólida como cualquier
otra ciudad; al mismo tiempo, da la impresión de que se pueda recoger en
cualquier momento y trasladarla a otra parte. —Hizo un gesto de disculpa—. Ya
veis, me quedo sin palabras continuamente.
—Creo que lo hacéis
muy bien, Simón —comentó el príncipe con aire pensativo—. ¡Ah, cuánto me
gustaría conocer de verdad a los sitha algún día! No comprendo qué fue lo que
hizo a mi padre temerlos y aborrecerlos tanto. ¡Qué rico acervo de historia y
saber deben de poseer!
Habían llegado a la
entrada de la cueva, clausurada por una verja provisional de pesados maderos
toscamente cortados. El guarda apostado allí, un thrithingo de Hotvig, se alejó
del brasero sobre el que se calentaba las manos para levantar la barrera y franquearles
el paso.
En la antesala
había varios guardias más, una mezcla equilibrada de thrithingos y erkynos de
Freosel. Saludaron al príncipe y a Simón con respeto, para mayor aturdimiento y
mortificación del último. Freosel salió de las profundidades de la caverna
frotándose las manos.
—Alteza... y sir
Seomán —saludó, con una inclinación de cabeza—. Creo que ha llegado la hora.
Empiezan a ponerse retozones; si esperamos más, tal vez nos compliquen las
cosas..., si me permitís la advertencia.
—Confío en vuestro
discernimiento, Freosel —declaró Josua—. Llevadme a ellos.
El interior de la
gruta, aislado de la entrada por un recodo natural de la roca, y oculto así a
los rayos del sol, estaba dividido en dos recintos cerrados por medio de recios
troncos, con un espacio libre de considerable amplitud entre ambos.
—No paran de
gritarse de una punta a otra de la cueva. —La sonrisa maliciosa de Freosel dejó
al descubierto el hueco del diente que le faltaba—. Se insultan unos a otros, y
se turnan para no dejar dormir a nadie en toda la noche. La verdad es que nos
ahorran el trabajo a nosotros...
Josua asintió con
la cabeza y, al acercarse a la empalizada de la izquierda, se volvió hacia
Simón.
—No habléis.
Limitaos a escuchar.
A la tenue luz de
las antorchas, Simón tuvo dificultades en los primeros momentos para distinguir
a los ocupantes. El hedor de orina y de cuerpos no lavados, cosa a la que se
creía inmunizado para siempre, era intenso.
—Deseo dirigirme a
vuestro capitán —anunció Josua. Se produjo un movimiento lento entre las
sombras, y una silueta envuelta en un harapiento ropón verde de la guardia
erkyna se adelantó hasta los rústicos barrotes.
—Yo soy, Alteza—se
presentó el soldado.
—¿Sceldwine? ¿Eres
tú? —preguntó Josua mirándolo de arriba abajo.
—Yo mismo, príncipe
Josua—repuso el hombre en tono apurado.
—Bien. —Josua
parecía atónito—. Jamás se me habría ocurrido encontrarte en un lugar
semejante.
—Ni a mí, Alteza.
Tampoco esperaba que me enviaran a luchar contra vos, señor. Es una
vergüenza...
—No le prestéis
oídos, Josua—dijo Freosel con desprecio, adelantándose bruscamente—. Tanto él
como sus compinches asesinos dirían cualquier cosa con tal de salvar la vida.
—Aporreó el muro con tal fuerza que hizo tambalearse los troncos—. ¡Nosotros no
hemos olvidado lo que tu pueblo hizo en Falshire!
Sceldwine, después
de retroceder alarmado, se inclinó hacia adelante para ver mejor. Su pálido
rostro, expuesto así a la luz de las antorchas, aparecía consumido y
atribulado.
—Ninguno de
nosotros se alegró de aquella campaña. —Se volvió hacia el príncipe—. Como
tampoco queríamos atacaros a vos, príncipe Josua; tenéis que creernos.
El príncipe se
dispuso a replicar, pero Freosel, inesperadamente, lo interrumpió.
—Los vuestros no lo
aceptarán, Josua. No estamos en Hayholt ni en Naglimund. No confiamos en estos
patanes armados. Si los dejáis con vida nos traerán problemas.
Un sordo rumor se
elevó de los prisioneros, pero era temor lo que expresaba.
—No deseo
ejecutarlos, Freosel —replicó Josua con tristeza—. Debían obediencia a mi
hermano bajo juramento. ¿Qué alternativa tenían?
—¿Qué alternativa
hemos tenido nosotros? —contestó furioso el hombre de Falshire—. Escogieron la
mala. Tienen las manos manchadas de nuestra sangre. Matadlos y terminad de una
vez, y que Dios se ocupe de las alternativas.
—¿Qué opinas tú,
Sceldwine? —preguntó Josua con un suspiro—. ¿Por qué debería perdonaros la
vida?
—Porque... —el
guardia erkyno se quedó sin palabras un momento— ... no somos más que
guerreros, servidores de nuestro rey, Alteza. No hay más razón. —Se quedó
mirando fijamente por entre los maderos.
Josua hizo una seña
a Freosel y a Simón y se alejó de la estacada hacia el centro de la caverna,
desde donde no pudieran oírlos.
—¿Qué os parece?
—¿Matarlos,
príncipe Josua?—cuestionó Simón—. Yo no...
—No, no —lo
interrumpió levantando una mano—. No tengo la menor intención de matarlos.
—Señaló al hombre de Falshire, que sonreía con una mueca—. Freosel lleva dos
días minándoles la moral. Están convencidos de que quiere sus pellejos y de que
los ciudadanos de Nueva Gadrinsett reclaman su ejecución en la horca ante la
Casa de la Despedida. Solo queremos mantenerlos de un humor que nos favorezca.
—Entonces ¿qué
pensáis hacer? —preguntó Simón, desazonado de nuevo; no había sabido
interpretar la escena.
—Observadme. —Tras unos breves momentos de
vacilación, Josua asumió una actitud solemne y se dirigió con pasos lentos a la
empalizada y a los inquietos prisioneros—. ¡Sceldwine! —llamó—. Tal vez lo
lamente, pero voy a perdonaros la vida, a ti y a tus hombres.
Freosel, con el
entrecejo fruncido, soltó un bufido airado y se alejó a paso marcial. Un sonoro
suspiro de alivio resonó entre los presos.
—Sin embargo —Josua
levantó un dedo—, no vamos a manteneros ni a alimentaros. Trabajaréis para
ganaros la vida, pues mi pueblo me colgaría a mí si actuara con mayor
clemencia. Ya se sentirán bastante defraudados por haberlos privado de vuestra
ejecución. Si demostráis que sois dignos de confianza, es posible que os
permitamos luchar a nuestro lado cuando expulsemos al demente de mi hermano del
Trono de Huesos de Dragón.
Sceldwine se aferró
a los maderos con ambas manos.
—Lucharemos por
vos, Josua. Nadie más sería capaz de mostrar tanta misericordia en estos
tiempos de locura. —Sus camaradas estallaron en desgarrados gritos de
asentimiento.
—Muy bien. Tengo
que profundizar en la forma de llevar a cabo esta sentencia. —Hizo un gesto
rígido con la cabeza y dio la espalda a los cautivos. Simón lo siguió una vez
más hacia el centro de la estancia—. ¡Por el Redentor! —exclamó—. Si de verdad
se unen a nosotros, ¡qué gran beneficio! ¡Cien soldados disciplinados más!
Podrían ser los primeros de una cadena de deserciones, tan pronto como corra la
voz.
—Estuvisteis muy
convincente —aseguró Simón, sonriente—. Y Freosel también.
—Sospecho que en la
historia familiar del alcaide deben de figurar unos cuantos cómicos ambulantes
—comentó Josua, satisfecho—. Y, en cuanto a mí... Bien, todos los príncipes
somos embaucadores natos, ¿sabíais? —Su expresión se tornó seria—. Ahora tengo que
ver a los mercenarios.
—No les haréis la
misma proposición, ¿verdad? —inquirió Simón, alarmado de repente.
—¿Por qué no?
—Porque..., porque
los que luchan por dinero son diferentes.
—Todos los soldados
luchan por dinero —puntualizó con suavidad.
—No me refería a
eso. Ya habéis oído lo que dijo Sceldwine. Combatieron porque creyeron que era
su obligación... y, en parte al menos, es cierto. En cambio esos thrithingos
acudieron a la batalla sólo porque Fengbald les pagaba. Vos sólo podéis
ofrecerles sus propias vidas.
—No lo considero una soldada despreciable.
—Pero, una vez que
se vean armados de nuevo, ¿qué valor tendrá para ellos? No son como el guardia
erkyno, Josua, y, si pretendéis construir un reino diferente del de vuestro
hermano, no podéis cimentarlo sobre hombres como los mercenarios. —Se calló de
pronto, horrorizado de estar aleccionando al príncipe—. Lo lamento —balbució—.
No tengo derecho a hablaros de este modo.
—Están en lo cierto
con respecto a vos, joven Simón —dijo despacio Josua, mirándolo con una ceja
enarcada—. Bajo ese cabello rojo que tenéis se esconde una buena cabeza. De
todos modos —agregó, apoyándole una mano en el hombro—, no pensaba hablar con
ellos hasta que Hotvig pudiera venir conmigo. Meditaré detenidamente sobre lo
que habéis dicho.
—Espero que
perdonéis mi franqueza al hablar —se disculpó Simón, avergonzado—. Habéis sido
muy considerado conmigo.
—Confío en vuestros
pensamientos, Simón, igual que en los de Freosel. Aquel que no escucha con
atención a quien le presta sincero consejo peca de insensatez. De la misma
forma, quien sigue a ciegas todos los consejos que recibe demuestra mayor
insensatez aún. Vamos —le indicó, apretándole el hombro—, regresemos. Me
gustaría escuchar más cosas sobre los sitha.
Resultaba inusitado
utilizar el espejo de Jiriki para un fin tan trivial como recortarse la barba,
pero, según le había indicado Sludig —y de modo nada sutil—, tenía un aspecto
bastante descuidado. Apoyado en la roca, el cristal sitha destelló a la luz poniente
de la tarde. La fina neblina que flotaba en el aire lo obligaba a desempañar la
superficie con la manga continuamente. No estaba familiarizado con el arte de
rasurarse con un cuchillo de asta —podría haber pedido prestada una navaja de
acero más afilada a Sludig, pero en ese caso, el rimmerio se habría quedado a
su lado haciendo comentarios— y, cuando las tres jóvenes se acercaron, había
conseguido hacerse poco más que unos cuantos rasguños.
Las conocía de
verlas por Nueva Gadrinsett; incluso había bailado con dos de ellas el día en
que lo habían armado caballero, y la más delgada le había confeccionado una
camisa. Le parecían jovencísimas, a pesar de que él no sería más de un año
mayor que cualquiera de ellas. No obstante, la de los ojos oscuros, cuya figura
torneada y rizado cabello castaño le recordaban un poco a la doncella Hepzibah,
le parecía atractiva.
—¿Qué hacéis, sir Seomán? —preguntó la
delgada. Tenía unos ojos enormes que ocultaba tras las pestañas siempre que
Simón la miraba más tiempo de lo debido.
—Cortarme la barba
—respondió con brusquedad. ¡Conque «sir Seomán»! ¿Acaso pretendían burlarse de
él?
—¡Oh! ¡No os la
afeitéis! —exclamó la del pelo ensortijado—. ¡Os hace tan importante!
—No, no lo hagáis
—repitió la muchacha delgada.
—No, no —insistió
la tercera, una joven de baja estatura con el cabello lacio y dorado y algunas
pecas en la cara.
—Sólo quiero
recortarla. —La tontería de las mujeres lo maravillaba. ¡Hacía tan sólo días
que habían muerto muchos por defender la plaza! Gente que las tres conocerían,
sin duda; y, sin embargo, ahí estaban, preocupándose por su barba. ¿Cómo podían
ser tan frívolas?—. ¿De verdad creéis que me hace... importante?
—¡Oh, sí! —aseguró
la muchacha de cabello rizado, y se sonrojó al momento—. Es decir, os hace...
Hace mayores a los hombres.
—¿Es decir que
necesito parecer mayor? —inquirió Simón en tono más severo.
—¡No! —replicó ella
a toda prisa—. Pero es bonita.
—Dicen que os
comportasteis con valentía en la batalla, sir Seomán —terció la joven delgada.
—Luchábamos por
nuestro hogar..., por nuestras vidas. Me limité a procurar que 110 acabaran
conmigo.
—¡Lo mismo que
habría contestado Camaris!
—No tiene nada que
ver con Camaris —protestó él—. ¡Nada en absoluto!
La joven de pequeña
estatura se había situado a su espalda sigilosamente y miraba con atención el
espejo del caballero.
—¿Éste es el espejo
mágico? —preguntó.
—¿El espejo mágico?
—Dicen de vos
que... —Vaciló y recurrió a sus amigas en busca de apoyo.
—Dicen que sois
amigo del pueblo sitha —intervino la delgada—, y que acuden cuando los
convocáis con el espejo mágico.
Simón sonrió
titubeante. Retazos de verdad mezclados con tonterías. ¿Cómo podía suceder? Y
¿quién hablaba de él? Pensarlo le producía una sensación desconocida.
—No, no es cierto
del todo. Sí es verdad que me lo regaló un sitha, pero no acuden a mí cuando
los llamo. Si fuera así, no nos habríamos enfrentado solos al conde Fengbald,
¿no os parece?
—¿El espejo mágico
concede deseos? —quiso saber la muchacha atractiva.
—No —repuso Simón
con firmeza—. A mi no me ha concedido ni uno. —Hizo una pausa al recordar cómo
lo había rescatado Aditu de las profundidades invernales de Aldheorte—. Quiero
decir que no es eso exactamente lo que hace —remató. De modo que él también mezclaba
la verdad con la mentira. Pero ¿cómo explicarles, de forma que lo
comprendieran, las extravagancias que había vivido durante el último año?
—Rogábamos porque
nos proporcionarais aliados, sir Seomán —añadió la joven delgada con seriedad—.
Estábamos muy asustados.
Al mirar su pálido
rostro, comprobó que decía la verdad. ¡Pues claro que decían la verdad! ¿Es que
eso significaba que no pudieran alegrarse de continuar con vida? En realidad,
no era lo mismo que la frivolidad. No tenían por qué deprimirse y lamentarse corno
Josua.
—Yo también estaba
muy asustado —confesó—. Tuvimos mucha suerte.
Se produjo una
pausa. La joven del cabello rizado se recompuso la túnica, que se le había
abierto a la altura de la suave piel de la garganta. Sí, advirtió Simón, el
tiempo comenzaba a caldearse. Llevaba un rato quieto allí y no había sentido
ningún escalofrío. Miró hacia el cielo como buscando la confirmación de la
retirada del invierno.
—¿Tenéis dama?
—preguntó de pronto la del cabello rizado.
—Que si tengo ¿qué?
—preguntó a su vez, aunque había oído perfectamente.
—Dama —repitió
ella, roja como una amapola—. Un amor.
—En realidad no
—contestó, tras pensarlo un momento. Las tres lo miraban expectantes como
cachorros, y Simón notó ardientes sus propias mejillas—. No, en realidad no.
—Llevaba tanto tiempo apretando con fuerza el cuchillo qanuc que los dedos
empezaban a dolerle.
—¡Ah! —dijo la
muchacha atractiva—. Bien, deberíamos dejaros continuar con vuestra ocupación,
sir Seomán. —La joven delgada le propinó un codazo pero ella hizo caso omiso—.
¿Asistiréis a la hoguera?
—¿Qué hoguera?
—inquirió, ceñudo.
—La de la
ceremonia, y la del funeral también. Se celebra en el centro del campamento.
—Señaló hacia el grueso de tiendas de Nueva Gadrinsett—. Es mañana por la
noche.
—No lo sabía. Sí,
supongo que iré. —Sonrió de nuevo. Aquellas mujeres eran bastante sensatas,
después de hablar con ellas un rato—. Y gracias otra vez por la camisa —le dijo
a la delgada.
—Tal vez os la
pongáis mañana por la noche —insinuó ella con un rápido parpadeo.
Tras despedirse,
las tres se alejaron por la falda de la colina con las cabezas muy juntas,
contoneándose entre risas. Simón se indignó un momento al pensar que tal vez se
reían de él, pero enseguida lo olvidó. Parecía que les gustaba, ¿no? Las chicas
eran así, sencillamente.
Se volvió hacia el
espejo con la determinación de acabar de arreglarse la barba antes de que el
sol empezara a ponerse. ¿Una hoguera? Se preguntó si debería llevar la espada.
Simón reflexionaba
en sus propias palabras. Era cierto, desde luego, que no tenía dama, como se
suponía que debía tener todo caballero, aunque hiera hijo de la chusma como él.
De todas formas, era difícil no pensar en Miriamele. ¿Cuánto tiempo hacía que no
la veía? Contó los meses por los dedos: junen, tiyagar, anitul, setiendre,
octandre... ¡Casi medio año! No sería raro que, a esas alturas, lo hubiera
olvidado por completo.
Sin embargo, él no
la olvidaba. Habían existido momentos, extraños y casi aterradores, en los que
había dado por sentado que ella sentía por él la misma atracción que él por
ella. Lo miraba con unos ojos tan grandes, tan atentos al menor detallé, como
si memorizara cada uno de sus rasgos... ¿Sería mero producto de su imaginación?
Ciertamente, habían compartido una aventura salvaje, rayana en lo increíble y,
casi con la misma certeza, ella lo consideraba un amigo... pero ¿sentiría algo
más que amistad por él?
El recuerdo de su
imagen en Naglimund lo invadió. Llevaba la túnica azul celeste y de repente le
había parecido terriblemente perfecta y muy diferente de la criada harapienta
que había conciliado el sueño en su hombro; y, no obstante, era la misma que vestía
la túnica azul cielo. Cuando se habían encontrado en el patio del castillo,
ella se había mostrado vacilante, pero... ¿era por vergüenza, por la jugarreta
que le había hecho, o por preocupación, porque la reintegración a su verdadero
puesto podría separarlos?
La había visto en
lo alto de una torre de Hayholt, con el cabello como una mata de seda dorada.
Él, un pobre pinche de cocina, la había contemplado y se había sentido como una
cucaracha que descubre un atisbo de sol. Y su rostro, tan vivo, tan presto a la
variación, rebosante de furia y de risa, más cambiante e imprevisible que el de
cualquier otra mujer que conociera...
Pero era absurdo
seguir con aquellas ensoñaciones, se dijo. Era absolutamente improbable que lo
considerara algo más que un sirviente agradable, como los hijos de los criados
con quienes se crían los de la nobleza, a los que luego olvidan tan pronto como
llegan a la edad adulta. Además, incluso aunque a ella le importara él un poco,
no había la menor posibilidad de que derivara en nada. Así eran las cosas, ni
más ni menos; o así lo habían aleccionado.
Pese a ello, ya
había conocido bastante mundo y había visto muchas excepciones como para que
los hechos inmutables de la vida que Raquel le había enseñado le parecieran
mucho menos estables. Al fin y al cabo, ¿en qué diferían las gentes comunes de
los de sangre real? Josua era un hombre amable, inteligente y serio —cabían
pocas dudas sobre su capacidad para desempeñar con rectitud el cargo de rey—,
pero su hermano Elías había dejado patente su condición de monstruo. ¿Qué
campesino arrancado de un campo de cebada lo haría peor? ¿Dónde radicaba el
carácter sagrado de la sangre real? Y, ahora que pensaba en ello, ¿acaso el rey
Juan no provenía de una familia de campesinos... o algo parecido?
Un pensamiento
absurdo se le ocurrió de pronto: ¿qué sucedería si Elías fuera vencido pero Josua muriera y Miriamele
no regresara jamás? Otra persona tendría que ocupar el trono. Sabía poco de los
asuntos del mundo, al menos sobre los que no guardaban relación con su
embarullado viaje del último medio año. ¿Surgirían otros de sangre real para
reclamar el Trono de Huesos de Dragón? Tal vez el hombre aquel de Nabban,
Bigaris o como se llamara; o quienquiera que fuese el heredero de Lluth, tras
la muerte del rey de Hernystir; o quizás el anciano Isgrimnur, si es que
regresaba algún día. A él, por lo menos, Simón lo respetaba.
El fugaz
pensamiento resplandeció como un carbón ardiendo; ¿por qué no podía aspirar él,
Simón, a ser como cualquier otro? Si el mundo se volviera del revés y todos los
que se creían con derecho desaparecieran antes de que el polvo se asentara,
¿por qué no podía tener pretensiones un caballero erkyno, uno que había luchado
contra un dragón, igual que Juan, y que había quedado marcado por la negra
sangre del monstruo?, ¿un caballero que había conocido el mundo prohibido de
los sitha y que era amigo de los gnomos de Yiqanuc? ¡Entonces... podría aspirar
a la mano de una princesa o a la de cualquier otra!
Se quedó mirando su
reflejo, el mechón blanco como un brochazo, la larga cicatriz y la
desconcertante barba enredada.
«Contempladme
—pensó, y rompió a reír de pronto—. ¡El rey Simón el Grande! También podría
nombrar a Raquel duquesa de Nabban, y a ese monje, Cadrach, lector de la Madre
Iglesia... ¡Y esperar que las estrellas brillen en pleno día! Al fin y al cabo,
¿quién querría ser el rey?»
Esa era la
cuestión, después de todo: no veía más que sufrimientos en potencia para aquel
que asumiera el lugar de Elías en el
Trono de Huesos de Dragón. Aunque el Rey de la Tormenta fuera derrotado,
posibilidad que de tan remota parecía inexistente, toda la tierra se hallaba en
ruinas, y la gente famélica y aterida. No habría torneos ni procesiones, ni la
luz del sol brillaría sobre las armaduras en muchos años.
«No —recapacitó con
amargura—; el siguiente rey tendría que ser alguien como Barnabás, el sacristán
de la capilla de Hayholt, alguien que sepa enterrar a los muertos.»
Guardó el espejo en
el bolsillo del manto y se sentó en una piedra a contemplar la caída del sol
tras los árboles.
Vorzheva halló a su
esposo en la Casa de la Despedida. El gran salón estaba vacío, a excepción de
Josua y la pálida silueta de Deornoth. El propio príncipe apenas parecía vivo,
allí de pie, inmóvil junto al altar donde reposaban los restos de su amigo.
—Josua...
El príncipe se
volvió despacio, como si despertara de un sueño.
—¿Sí, señora?
—Pasas aquí
demasiado tiempo, el día llega a su fin.
—Acabo de regresar
ahora mismo —replicó con una sonrisa—. He estado paseando con Simón y he
atendido a otros deberes.
—Has regresado hace
mucho, aunque no lo recuerdes. Llevas en este lugar casi toda la tarde.
—¡Ah! ¿Sí? —Su
sonrisa se desvaneció y volvió la mirada hacia Deornoth—. Siento que... no sé;
me parece desagradecido dejarlo solo. El siempre cuidaba de mí.
—Lo sé —Se adelantó
y lo tomó del brazo—. Venid a pasear conmigo.
—Está bien. —Alargó
una mano y rozó el sudario que cubría el pecho de Deornoth.
La Casa de la
Despedida era poco más que un armazón cuando Josua y su compañía habían llegado
a Sesuad'ra. Los colonizadores habían construido postigos para las abiertas
ventanas y recias puertas de madera para convertirla en un lugar cálido y con
intimidad donde poder tratar los asuntos de Nueva Gadrinsett. Sin embargo, aún
quedaba algo de improvisado en todo ello: los crudos recursos de los últimos
residentes ofrecían un fuerte contraste comparados con la gracia de las obras
de los sitha. Josua, conducido por Vorzheva hacia la luz del ocaso, rozó con
los dedos un grupo de tallas al pasar por una de las puertas del negro muro.
Las murallas del
jardín estaban semidesmoronadas, y los caminos de guijarros levantados y
revueltos; unos pocos rosales añosos y robustos habían sobrevivido a los
estragos del invierno y, a pesar de que tal vez pasaran meses o años sin que
volvieran a florecer, su oscuro follaje y sus ramas grises y espinosas
conservaban fortaleza y vigor. Era imposible no preguntarse cuánto tiempo
llevarían allí y quién los habría plantado.
Pasaron junto al
nudoso tronco de un pino enorme que se elevaba por entre la grieta de un muro.
El sol poniente, una mancha de rojo incandescente, parecía colgado de sus
ramas.
—¿Todavía te
acuerdas de ella? —inquirió Vorzheva repentinamente.
—¿Cómo? —Josua
parecía perdido en sus pensamientos—. ¿De quién?
—De la otra, de la
que amabas, la esposa de tu hermano.
—Hylissa. —Inclinó
la cabeza—. No, no la recuerdo a menudo. En estos días hay cosas mucho más
importantes en las que pensar. —Pasó un brazo a su esposa sobre los hombros—.
Ahora tengo una familia que necesita de mis cuidados.
Vorzheva lo miró
con desconfianza un momento y después asintió con serena satisfacción.
—Sí —afirmó—, es
cierto.
—Y no sólo una
familia, sino un pueblo entero, según parece.
—No puedes ser el
esposo de todas —comentó con un leve tono de exasperación—, ni el padre de todo
el mundo.
—Por supuesto, pero
tengo que ser el príncipe, me guste o no.
Dieron unos pasos
más en silencio, escuchando el canto irregular de un ave posada en una
oscilante rama alta. El viento soplaba helado, pero parecía portador de un
hálito ligeramente más cálido que en días anteriores, y tal vez por eso el
pájaro cantaba.
Vorzheva se apretó
contra el hombro de Josua, y su negro cabello le cosquilleó la barbilla.
—¿Qué vamos a hacer
ahora? —preguntó la mujer—. Ahora que la batalla ha terminado.
Josua la llevó
hasta un banco de piedra, derrumbado en un extremo pero con gran parte de la
superficie todavía útil. Lo limpiaron de unos copos de nieve que ya se
derretían y tomaron asiento.
—No lo sé. Creo que
ha llegado el momento de convocar otro Raed, un consejo. Hay que tomar
decisiones sobre muchas cosas y tengo graves dudas respecto a lo que sería más
sabio hacer. No deberíamos retrasarlo mucho después de... enterrar a nuestros
caídos.
—¿A qué te
refieres, Josua? —preguntó la mujer, sorprendida—. ¿Por qué tanta prisa para
convocarlo?
El príncipe levantó
la mano y se examinó las líneas de la palma.
—Porque existe la
posibilidad de perder una ocasión importante si no atacamos ahora.
—¿Atacar? —repitió
atónita—. ¿Atacar qué? ¿Qué insensatez es ésa? ¡Hemos perdido la tercera parte
de nuestras fuerzas! ¿Arrojaríais a esos pocos cientos contra tu hermano?
—Hemos obtenido una
victoria de peso; la primera derrota desde que comenzó su demencial campaña. Si
lo acometemos ahora que el recuerdo está vivo y Elías aún ignora lo que ha
sucedido, nuestro pueblo se fortalecerá y, cuando los demás vean que nos movemos,
se unirán también a nosotros.
Vorzheva abría los
ojos desmesuradamente y se rodeaba el vientre con un brazo, como para proteger
al futuro hijo de ambos.
—¡No! ¡Oh, Josua,
qué estupidez; creía que esperarías al menos hasta que pasara el invierno!
¿Cómo puedes ausentarte ahora para ir al combate?
—No he dicho que yo
vaya a hacer nada —replicó—. Aún no lo he decidido... ni lo decidiré hasta que
convoque el Raed.
—Sí; tus hombres se
sentarán en torno a ti y charlarán sobre la gran batalla que ganasteis.
¿Asistirán las mujeres?
—¿Las mujeres? —la
miró perplejo—. Geloë tomará parte.
—¡Ah, sí! Geloë
—dijo ella con sarcasmo—. Porque la llaman «mujer sabia». Es la única clase de
mujer a la que escucharías: una que se ha ganado el apodo, como un caballo
veloz o un buey fuerte.
—¿Qué deberíamos
hacer?, ¿invitar a todos los que viven en Nueva Gadrinsett? —contestó el
príncipe, cada vez más molesto—. Sería absurdo.
—No más que
consultar sólo a los hombres. —Se quedó mirándolo con fijeza un momento y
después hizo un esfuerzo visible por recobrar la serenidad. Antes de hablar de
nuevo, respiró hondo varias veces—. Hay una historia que relatan las mujeres
del Clan del Semental, sobre un toro que rehusaba escuchar a sus vacas.
—Bien —dijo Josua,
tras aguardar unos instantes—, y ¿qué le pasó?
—Sigue así y lo
descubrirás por ti mismo —replicó ella, ceñuda, y se alejó por el camino de
guijarros.
—Espera, Vorzheva.
—Se levantó y la siguió con una expresión entre divertida y disgustada—. Tienes
motivos para burlarte de mí; debería escuchar lo que tienes que decir. ¿Qué le
ocurrió al toro?
—Te lo contaré en
otra ocasión. Ahora estoy muy enfadada.
Josua le tomó la
mano y se situó a su altura. El camino se retorcía entre las piedras
desperdigadas hasta acercarlos al desmoronado muro exterior del jardín. Detrás
se oía murmullo de voces.
—Muy bien —dijo
ella súbitamente—. El toro era demasiado orgulloso para escuchar a sus vacas.
Le dijeron que un lobo robaba terneras pero no quiso creerlas porque no lo
había visto con sus propios ojos. Cuando desaparecieron todas las terneras, las
vacas expulsaron al toro y tomaron otro más joven. —Tenía una mirada
desafiante—. Después, los lobos se comieron al toro viejo porque ya nadie lo
protegía mientras dormía.
—¿Y eso es una
advertencia? —rió Josua con sequedad.
—Por favor, Josua
—rogó ella, apretándole la mano—. El pueblo está cansado de luchar, estamos
rehaciendo aquí un hogar. —Lo acercó más a la grieta de la muralla; del otro
lado, se adivinaba el trajín del mercadillo que se había formado al cobijo de
las murallas exteriores de la Casa de la Despedida. Varias docenas de hombres,
mujeres y niños comerciaban al trueque con viejas posesiones que aún
conservaban de sus antiguos hogares y con objetos nuevos que habían recogido en
Sesuad'ra y los alrededores—. ¿Ves? Están haciéndose una vida nueva. Tú les
dijiste que luchaban por su hogar. ¿Cómo podrías ponerlos en movimiento otra
vez?
Josua observó a un
grupo de niños apelotonados que jugaban a tirar de la cuerda con un trapo de
vivos colores. Gritaban entre risas y daban patadas a los montones de nieve; no
lejos de allí, una madre advertía enfadada a su hijo que se apartara de la corriente
de aire.
—Pero éste no es su
verdadero hogar —observó en voz baja—. No podemos quedarnos aquí para siempre.
—¿Quién desea
quedarse para siempre? —inquirió Vorzheva—. ¡Hasta la primavera! ¡Hasta que
nazca nuestro hijo!
—Pero tal vez no
vuelva a presentarse una oportunidad como ésta. —Dio la espalda al muro con el
rostro grave—. Además, se lo debo a Deornoth; no entregó su vida para que
desapareciéramos en silencio, sino para que pudiéramos devolver todo el daño
causado por mi hermano.
—¡Se lo debes a
Deornoth! —repitió en tono airado, pero la tristeza le empañaba los ojos—. ¡Qué
cosas se te ocurren! Sólo a un hombre se le podían ocurrir.
Josua le dio
alcance y la acercó a sí.
—Te amo, señora.
Sólo intento actuar según lo que creo justo.
—Lo sé, pero...
—Guardó silencio y desvió la mirada.
—Pero opinas que mi
decisión no es acertada. —Asintió con un gesto al tiempo que le acariciaba el
cabello—. Escucho a todos, Vorzheva, pero yo debo pronunciar la última palabra.
—Suspiró y la abrazó durante unos instantes sin decir nada—. ¡Piadoso Aedón!
¡No le desearía esto a nadie! —exclamó al fin—. Vorzheva, prométeme una cosa.
—¿Qué? —Su voz
quedaba sofocada contra el manto de Josua.
—He cambiado de
opinión. Si algo me sucediera... —Hizo una pausa—. Si algo me sucediera, aleja
a nuestro hijo de aquí. No permitas que nadie lo coloque en un trono o lo
utilice como símbolo para un ejército en formación.
—¿Hijo?
—O hija. No
consientas que el fruto de nuestra sangre se vea obligado a tomar parte en este
juego, como me vi yo.
—Nadie va a
arrebatármelo —aseguró ella, y subrayó la negativa con un gesto fiero de la
cabeza—, ni siquiera tus amigos.
—Bien. —Tendió la
mirada más allá de los negros rizos de su cabello; el sol se había puesto tras
la Casa de la Despedida tiñendo de rojo la parte oeste del cielo—. De este
modo, suceda lo que suceda, será más fácil de soportar.
Cinco días después
de la batalla, los últimos muertos de Sesuad'ra recibían sepultura: hombres y
mujeres de Erkynlandia, Rimmersgardia, Hernystir, Thrithing, Yiqanuc y Nabban,
refugiados de cincuenta lugares; todos dormían juntos el sueño eterno, bajo la
tierra de la cima de la Casa de la Despedida. El príncipe Josua dedicó unas
graves y mesuradas palabras a los sufrimientos y el sacrificio de los caídos,
con su capa ondeando a los vientos que batían la cumbre de la montaña. El padre
Strangyeard, Freosel y Binabik también hablaron por turnos para añadir unas
palabras. Los ciudadanos de Nueva Gadrinsett escuchaban, de pie y con los
rostros endurecidos.
Tumbas hubo que
quedaron sin adorno alguno, pero la mayoría tenía un pequeño recordatorio, una
tabla grabada o una losa rudamente cincelada con el nombre del enterrado. Tras
arduos esfuerzos por cavar en el suelo helado, la guardia erkyna enterró a los
suyos en una fosa común cercana al lago, coronándola después con una única
lápida que llevaba la siguiente leyenda: «Soldados de Erkynlandia, caídos en la
batalla del valle de Stefflod. Em Wulstes Duos. Por la voluntad de Dios».
Sólo los
mercenarios thrithingos recibieron sepultura sin ceremonia y sin recordatorio.
Sus camaradas vivos abrieron un vasto túmulo en las praderas al pie de
Sesuad'ra, con la idea de que sería para ellos mismos, ya que Josua —eso
creían— había ordenado su ejecución. Sin embargo, concluidos los trabajos,
fueron escoltados por hombres armados hacia las lejanas llanuras, donde los
dejaron en libertad. Para un thrithingo, perder el caballo era algo deshonroso,
pero los mercenarios sobrevivientes decidieron enseguida que caminar era
preferible a morir.
De ese modo,
finalmente fueron enterrados todos los muertos y burlados los cuervos de su
festín.
Mientras la solemne
música sonaba, rivalizando con el áspero viento por la preponderancia, un mismo
pensamiento se apoderó de muchos de los que miraban: a pesar de que los
defensores de Sesuad'ra habían ganado heroicamente una victoria contra toda
esperanza, la habían pagado muy cara. El hecho de que hubieran derrotado a una
ínfima parte de las fuerzas que se alineaban contra ellos a costa de la vida de
más de un tercio de sus hombres hacía que la cresta de la colina, envuelta en
un sudario invernal, pareciera un lugar aún más gélido y desolado.
Simón notó que lo
asían por el brazo desde atrás, se volvió veloz con un seco tirón para
liberarse y alzó la mano dispuesto a golpear.
—¡Tranquilo,
tranquilo, muchacho, no te precipites! —El viejo bufón se encogió con las manos
en alto.
—Lo siento, Towser
—se disculpó Simón, volviendo a acomodarse la capa. La hoguera relumbraba a
cierta distancia y estaba impaciente por acudir—. No sabía quién eras.
—No me has
ofendido, chiquillo. —Towser se balanceaba ligeramente—. El caso es que...,
bueno, ¿te importaría que te acompañara un trecho? Para acudir a la ceremonia;
no tengo el paso tan firme como antes.
«No me extraña», se
dijo Simón; a Towser le olía mucho el aliento a vino. Entonces recordó lo que
había dicho Sangfugol y calmó sus prisas.
—Claro, hombre.
—Tendió el brazo con discreción para que el viejo se apoyara.
—Muy amable, chico,
muy amable. Simón, ¿verdad? —inquirió, levantando los ojos hacia él. Su rostro
en sombras era un laberinto de arrugas.
—Eso es. —Sonrió en
la oscuridad. Había dicho su nombre a Towser al menos doce veces.
—Tú medrarás; sí,
medrarás —afirmó Towser, mientras se acercaban a la luz danzarina a paso
lento—. Y los he conocido a todos.
Towser no se quedó
mucho tiempo con él, una vez llegados a donde se celebraba la ceremonia. El
anciano bufón dio enseguida con un grupo de gnomos borrachos y se unió a ellos
para volver a mostrarles las glorias del Cuerno del Toro... «Y volver a
regalarse a sí mismo con las glorias del kangkang», supuso Simón. El joven
deambuló un rato por la periferia de la reunión.
Era una verdadera
fiesta nocturna, tal vez la primera que había visto Sesuad'ra. El campamento de
Fengbald resultó estar repleto a reventar de víveres y toda clase de
provisiones, como si el difunto conde hubiera saqueado Erkynlandia al completo
para asegurarse de que estaría tan bien pertrechado entre los thrithingos como
si se hubiera quedado en Hayholt. Josua, previsoramente, había mandado guardar
para más adelante la mayoría de los alimentos y otras cosas útiles; aunque la
compañía tuviera que abandonar la Roca, no sería al día siguiente. No obstante,
se había dejado una parte generosa para la celebración, de forma que, en esa
noche, en la cúspide de la colina se respiraba un auténtico aire festivo.
Freosel, más que ningún otro, había disfrutado no poco abriendo brecha entre
los barriles de Fengbald y vaciando personalmente la primera jarra de Stanshire
con tanto regocijo como si se hubiese tratado de la propia sangre del conde, no
sólo de su cerveza.
La madera, otro de
los bienes almacenados en abundancia, había sido apilada en un gran montón en
el centro de la vasta superficie plana del Jardín de Fuego. La hoguera ardía
alegremente, y casi toda la gente se hallaba reunida en la espaciosa explanada
de azulejos. Sangfugol y otros cuantos músicos de Nueva Gadrinsett paseaban de
aquí para allá tocando para grupos de gente receptiva, pues no todos se
mostraban igualmente entusiastas. Simón no pudo evitar la risa al ver a un trío
de juerguistas empapados de alcohol que insistía en acompañar al arpista en su
ejecución de «Por la orilla del Vadoverde». Sangfugol hizo una mueca pero
siguió tocando de buen humor; Simón dedicó al arpista una felicitación
silenciosa por su fortaleza antes de alejarse hacia otra parte.
La noche estaba
helada y clara, y el viento que había barrido la colina durante los funerales
no había disminuido un ápice. Tras considerarlo un momento, el joven concluyó
que, para la época del año, el tiempo resultaba en realidad bonancible. De
nuevo se preguntó si el Rey de la Tormenta estaría perdiendo poder de alguna
forma, pero, en esta ocasión, una cuestión aún más inquietante siguió a la
primera.
«¿Y si sólo
estuviera reagrupando fuerzas? ¿Y si ataca ahora y completa lo que Fengbald
dejó inacabado?»
No era la línea de
pensamiento que deseaba seguir, de modo que se encogió de hombros y se ajustó
el cinto de la espada.
La primera copa de
vino que le ofrecieron le sentó bien, pues le templó el estómago y le relajó
los músculos. Había tomado parte en el pequeño destacamento para enterrar a los
muertos: una tarea horrible empeorada por alguno que otro atisbo de un rostro conocido
bajo la máscara de escarcha. Simón y los demás habían trabajado como demonios
para quebrar el pedregoso suelo, empleando para ello todo lo que encontraban:
espadas, hachas, ramas de árboles caídos... Pero, en la misma medida en que la
helada había dificultado la tarea de arañar la tierra, el frío había retrasado
el proceso de putrefacción convirtiendo un trabajo ingrato de por sí en algo un
poco más llevadero. Por otra parte, sus horas de descanso habían estado
plagadas de pesadillas durante las dos noches anteriores: visiones sin fin de
cuerpos rígidos que caían en zanjas, tiesos como estatuas; figuras retorcidas
que habrían podido deberse a la mano de algún escultor enloquecido, obsesionado
por el dolor y el sufrimiento.
«Recompensas de la
guerra», pensaba mientras caminaba entre la turba alborotada. Y, si Josua tenía
que triunfar, los combates por venir harían parecer a éste una danza de
Yrmansol. Los cadáveres formarían una torre más alta que la del Ángel Verde.
La imagen le
produjo escalofríos y mareo y fue a buscar más vino.
El festejo tenía un
ambiente de dejadez, advirtió. Se gritaba en exceso, se reía con demasiada
facilidad, como si los que charlaban o se divertían lo hicieran más por otros
que por sí mismos. Con el vino llegaron las peleas también, cosa que le parecía
lo último que cualquiera pudiera desear. No obstante, pasó ante varios corros
de gente reunida en torno a dos o más hombres, que juraban y lanzaban voces de
ánimo o burla mientras los contrincantes rodaban por el barro. Los que no reían
parecían molestos o entristecidos.
«Ésos saben que no
nos hemos salvado —pensó, y lamentó su estado de ánimo en aquella noche que
debía ser maravillosa—. Se alegran de estar vivos, pero saben que el futuro
puede ser peor.»
Siguió deambulando
y aceptando las copas que le ofrecían. Se detuvo un rato cerca de la Casa de la
Despedida para observar el combate entre Sludig y Hotvig, una lid más amistosa
que las que había visto hasta entonces. El norteño y el thrithingo, con el torso
desnudo, luchaban a brazo partido para expulsar al otro de un círculo de
cuerda, pero ambos reían; cuando pararon para descansar, compartieron un odre
de vino. Los saludó y siguió adelante. Se sentía como una gaviota solitaria que
vuela en círculos alrededor del mástil de una nave de placer.
No sabía con
seguridad la hora que era; si sólo había transcurrido una hora después de la
puesta del sol o si ya se acercaba la medianoche. Había comenzado a ver borroso
en algún momento, tras media docena de vasos de vino.
En realidad, en
esos momentos el tiempo carecía de importancia. Lo que «resultaba interesante
era la muchacha que caminaba a su lado, con el resplandor lejano de la hoguera
brillando en su cabellera oscura y ondulada. La joven —de nombre Ulca, según
acababa de saber— dio un traspié y él la rodeó con un brazo, asombrado por la
calidez que podía desprender un cuerpo incluso a través de gruesos ropajes.
—¿Hacia dónde
vamos? —preguntó ella entre risas, aunque el lugar de destino no parecía
preocuparla en exceso.
—A pasear —repuso
Simón. Un momento después, consideró que debía dar mayor concreción a sus
planes—. A pasear por los alrededores.
El ruido de los
festejos sonaba como un sordo rugido a su espalda y, durante unos instantes,
casi se imaginó inmerso en el campo de batalla otra vez, en el lago helado,
impregnado de sangre... Se le pusieron los pelos de punta. Pero... ¿por qué
tenían que ocurrírsele aquellas cosas? Bufó irritado.
—¿Qué sucede? —lo
interrogó Ulca. Su andar era tambaleante, y le brillaban los ojos. Había
compartido con Simón el pellejo de vino con que Sangfugol lo había obsequiado,
pero parecía poseer una disposición natural para soportar la bebida.
—Nada —contestó con
brusquedad—. Estaba pensando en la lucha, en la batalla.
—Ha debido de
ser... ¡horrible! —comentó ella con voz rebosante de admiración—. Mirábamos con
Welma y llorábamos.
—¿«Conwelma»? —La
miró atónito. ¿Acaso pretendía confundirlo?—. ¿Qué significa eso?
—He dicho «con
Welma». Mi amiga, la delgada. ¡Ya la conocéis! —Ulca le pellizcó el brazo,
sonriente.
—¡Ah! —Simón pensó
en la conversación anterior. ¿De qué estaban hablando? ¡Ah, sí! De la batalla—.
Fue horroroso. Sangre, muertos... —Buscaba la forma de expresar la totalidad de
la experiencia, el modo de comunicar a la muchacha lo que él había sentido—.
Peor que cualquier otra cosa —concluyó lacónicamente.
—¡Oh, sir Seomán!
—exclamó la muchacha, deteniéndose, con lo que estuvo a punto de perder el
equilibrio sobre el terreno resbaladizo—. ¡Debéis de haber pasado mucho miedo!
—Simón, no Seomán:
Simón. —Meditó sobre las palabras de la joven antes de responder-: Poco; un
poco. —Resultaba difícil no notar la proximidad de la muchacha. Tenía un rostro
bonito de verdad, con las mejillas redondeadas y largas pestañas. Y la boca... Pero
¿por qué la veía tan cerca? Enfocó bien la mirada y se dio cuenta de que estaba
inclinado hacia adelante, casi encima de Ulca, como un árbol caído. Se apoyó en
los hombros de la chica para recuperar la postura y le llamó la atención lo
menuda que la sentía entre las manos—. Voy a besarte —anunció de repente.
—No lo hagas
—replicó Ulca, pero entornó los ojos y no se separó.
Simón dejó los
suyos abiertos por miedo a perder el control y caer al suelo salpicado de
nieve. Notó la inesperada firmeza de los labios de la joven bajo los suyos, la
calidez y la suavidad también como una cama abrigada en una noche de invierno.
Dejó los labios allí un instante mientras intentaba recordar si se había
encontrado en la misma situación alguna vez y, en tal caso, qué era lo que
tenía que hacer después. Ulca no se movía; los dos permanecían inmóviles,
respirando en la boca del otro un aliento dulcemente perfumado de vino.
Descubrió enseguida
que besarse era algo más que quedarse así, con los labios unidos y, al cabo de
unos momentos, el aire frío, los horrores de la batalla y hasta el jaleo de la
hoguera cercana desaparecieron de su mente. Rodeó a aquella maravillosa criatura
con los brazos y la estrechó contra sí, saboreando la sensación de la dulce
rendición de la muchacha sobre el pecho y negándose a hacer otra cosa en toda
su vida, por muy larga que fuese.
—¡Oooh, Seomán!
—exclamó Ulca al fin, separándose un poco para tomar aliento—. Cualquier chica
perdería el sentido contigo.
—Mmm. —Volvió a
atraerla hacia sí e inclinó el cuello para mordisquearle la oreja. ¡Si fuera un
poquito más alta!—. Siéntate —le dijo—. Quiero sentarme.
Sin soltarse,
dieron unos pasos torpes hasta que Simón encontró un pedrusco de la altura
apropiada caído en el sucio. Envolvió a Ulca en su capa al tiempo que se
sentaban y, estrechándola contra él, la acarició sin dejar de besarla. La
respiración de la joven le templaba la cara, y su cuerpo era suave en unas
partes y firme en otras. ¡Qué mundo aquel tan maravilloso!
—¡Oooh, Seomán! —La
voz quedaba sofocada al hablar sobre su mejilla—. ¡Cómo rasca la barba!
—Sí rasca, ¿verdad?
Simón tardó unos
segundos en percatarse de que no había sido él quien había contestado a Ulca;
levantó la mirada.
La silueta que se
alzaba ante ellos vestía toda de blanco: chaqueta, botas y calzones. Tenía el
cabello largo, que se agitaba a la suave brisa, la sonrisa burlona y los ojos
no más humanos que los de un gato o un zorro.
Ulca se quedó
mirando boquiabierta y dejó escapar un minúsculo chillido de asombro y temor.
—¿Quién...? —Se
levantó tambaleándose—. Seomán, ¿quién...?
—Soy un hada
—anunció la hermana de Jiriki con una voz pétrea de pronto—. Y tú eres una
muchachita mortal... que está ¡besando a mi futuro esposo! Mucho me temo que
tendré que hacer algo tremendo contigo.
Ulca buscó aire y
chilló de nuevo, a pleno pulmón esta vez; se separó de Simón con tanta
vivacidad que estuvo a punto de tirarlo del pedrusco. Echó a correr hacia la
hoguera con el cabello rizado suelto y volando tras ella.
Simón se quedó
mirándola idiotizado unos instantes, y después se volvió hacia la mujer sitha.
—¿Aditu?
Ella observaba la
silueta de Ulca, que iba perdiéndose.
—Saludos, Seomán
—dijo con calma, pero con cierta risa en la voz—. Mi hermano te envía
recuerdos.
—¿Qué haces aquí?
—Simón no comprendía lo que acababa de suceder. Tenía la sensación de haberse
caído de la cama durante un sueño maravilloso y haber dado con la cabeza en la
cueva de un oso—. ¡Piadoso Aedón! ¿Qué quiere decir eso de «futuro esposo»?
—Me pareció un buen
capítulo a añadir en los «Cuentos de Seomán el Valiente». —Aditu reía, y sus
dientes lanzaban destellos—. Me he pasado la velada cazando sombras y he oído
tu nombre en boca de muchos. Matas dragones y empuñas armas mágicas, así que ¿por
qué no tomar un hada por esposa? —Alargó una mano y cerró sus fríos y flexibles
dedos en torno a la muñeca de Simón—. Ahora, ven; tenemos mucho de que hablar.
Ya te dedicarás a hacer arrumacos a esa pequeña mortal en otro momento.
Simón la siguió,
perplejo, y Aditu lo llevó hacia la luz de la hoguera.
—No, después de
esto no creo que pueda —musitó.
XVIII
EL PACTO DEL ZORRO
E
olair dormía
superficial y agitadamente, por lo que se despertó tan pronto como Isorn le
tocó el hombro. —¿Qué ocurre? —Tanteó a ciegas en busca de la espada con los
dedos entre la hojarasca húmeda.
—Alguien se
aproxima. —El rimmerio estaba tenso y su rostro reflejaba una expresión poco
común—. No sé —musitó—, pero más vale que vengáis.
Eolair se levantó
de un salto y se ciñó el cinto de la espada. La luna presidía solemne el cielo
del bosque de Stag; por la posición del astro, dedujo que el alba no tardaría
en despuntar. Sí, había algo raro en el aire, lo notaba. Ese bosque, que los hernystiros
llamaban Fiathcoille y que se prolongaba en unas cuantas leguas de arboledas
por el sudeste de Nad Mullach, a lo largo del río Baraillean, era un lugar en
el que había cazado durante todas las primaveras y veranos de su juventud, y lo
conocía como la palma de la mano. Por la noche, al arroparse en la capa y en la
manta para dormir, lo encontraba acogedor como un viejo amigo; sin embargo
ahora, de súbito, parecíale que hubiera cambiado en una forma que no alcanzaba
a comprender.
El campamento
rebullía con las primeras señales del despertar; la mayoría de los hombres de
Ule se calzaban ya las botas. El número de soldados casi se había triplicado
desde que Isorn y Eolair los habían encontrado —por los aledaños de la Marca
Helada abundaban los vagabundos sin jefe que aceptaban de buen grado unirse a
una banda organizada sin importarles sus propósitos— y Eolair dudaba que nada
pudiera suponerles una amenaza, excepto una fuerza armada superior.
Pero ¿y si Skali
hubiera olido su presencia? Formaban una compañía de tamaño nada despreciable,
pero, contra un ejército como el de Kaldskryke, no podían aspirar más que a ser
un obstáculo sin relevancia.
Isorn, de pie en el
lindero del bosque, le hizo señas de que lo siguiera. Se dirigió hacia allí con
el mayor sigilo posible pero, mientras escuchaba el amortiguado crujir de sus
propios pasos, percibió... otra presencia.
Al principio creyó
que se trataba del viento, que gemía como un coro de espíritus, mas los árboles
de alrededor no se movían y la nieve acumulada se mantenía en un delicado
equilibrio sobre el extremo de las ramas. No, no era el viento. El sonido tenía
un carácter regular, rítmico, musical incluso. Sonaba, pensó Eolair, como... un
canto.
—¡Brynioch!
—exclamó al tiempo que llegaba a la altura de Isorn—. ¿Qué es?
—Hace más de una
hora que los centinelas lo detectaron —musitó el hijo del duque—. ¡Qué fuerte
debe de ser para que no los hayamos avistado todavía!
Ante ellos se
extendía la llanura moteada de nieve del bajo Inniscrich, pálida e irregular
como la seda ajada. Algunos hombres se movían por ambos lados y se arrastraban
hasta la última línea de árboles para atisbar; Eolair tenía la sensación de
estar rodeado por una muchedumbre que aguardaba el paso de un desfile real. No
obstante, la expresión premonitoria en los duros rostros de los hombres hablaba
de algo más que un leve temor. Muchas manos sudorosas aferraban las empuñaduras
de las espadas.
El canto aumentó de
volumen y cesó de improviso. En la estela que quedó se percibía el retumbar de
innumerables cascos a lo largo del lindero del bosque. Con los ojos aún
cargados de sueño, Eolair tomó aire para decir algo a Isorn, pero no llegó a
hacerlo; en lugar de ello contuvo la bocanada un largo rato y, cuando espiró,
fue sólo para tomar otra.
Aparecieron por el
este, como si provinieran de la norteña Erkynlandia, o bien —reflexionó Eolair,
confuso— de las profundidades del bosque de Aldheorte. Al principio eran poco
más que un reflejo de luna sobre metal, una nube lejana de brillo plateado en
la oscuridad. Los cascos retumbaban como un chaparrón sobre un tejado de
madera; después, sonó un cuerno, una extraña nota de caza que rasgó la noche, y
de repente pareció que cobraran vida al exponerse a la vista por completo. Un
hombre de Ule enloqueció al verlos. Echó a correr hacia el bosque gritando y
golpeándose la cabeza como si le quemara... y sus compañeros nunca más
volvieron a verlo.
Aunque ningún otro
resultó tan irremediablemente afectado, nadie de entre los que pasaron aquella
noche en el bosque de Stag volvió a ser el mismo, aunque ninguno pudiera
explicar la razón con exactitud. El propio Eolair estaba atónito; él, que había
viajado por todo lo largo y ancho de Osten Ard y había visto cosas que dejaban
a los hombres mudos de asombro y temor. Pero ni siquiera el mundano conde sería
capaz jamás de explicar con precisión lo que sintió al ver la cabalgata de los
sitha.
Hasta la calidad de
la luna pareció cambiar al tempestuoso paso de los salvajes jinetes; el aire se
tornó pálido y cristalino, los objetos adquirieron una especie de aureola
refulgente como si cada árbol, cada hombre, cada brizna de hierba, estuviesen
tallados en diamante. Los sitha pasaron de largo como una colosal ola oceánica
ribeteada de puntas de lanza luminosas. Sus duros y fieros rostros poseían la
belleza de un halcón, y sus cabellos flotaban en el viento que levantaban a su
paso. Habríase dicho que los corceles de los inmortales eran más veloces que
cualquier otra montura, pero se movían de una forma propia sólo de los sueños,
avanzando con la suavidad de la miel y levantando con los cascos pálidas líneas
de fuego en la oscuridad.
En pocos momentos,
la esplendorosa compañía se redujo a una masa oscura que se desvanecía hacia el
oeste, y el ruido de los caballos se hizo un murmullo cada vez más tenue. Tras
ellos quedaban el silencio, y lágrimas en los ojos de algunos.
—La Bella Raza...
—dijo Eolair en un susurro. Su voz sonaba espesa y bronca como el croar de una
rana.
—¿Los... sitha?
—Isorn sacudió la cabeza como si hubiera recibido un golpe—. Pero..., pero ¿por
qué? ¿Adónde van?
Eolair lo supo
pronto.
—El Pacto del Zorro
—dijo, y soltó una carcajada. El corazón le saltaba en el pecho.
—¿A qué os referís?
—Isorn miró asombrado al conde de Nad Mullach, que había dado media vuelta y se
alejaba en dirección al bosque.
—Una antigua
canción —le dijo a voces—. ¡El Pacto del Zorro! —Rió de nuevo y cantó como si
las palabras saltaran en busca del aire nocturno por iniciativa propia.
Jamás olvidamos,
dijeron los de la Bella Raza,
aunque el tiempo
envejezca.
Oiréis nuestros
cuernos bajo la luna,
veréis nuestras
lanzas brillando al sol...
—¡No comprendo!
—gritó Isorn.
—No os preocupéis. —Eolair avanzaba aprisa
hacia el campamento y casi había desaparecido de la vista—. ¡Reunid a los
hombres! ¡Tenemos que partir hacia Hernysadharc!
Como para hacerle
eco, un cuerno argentino resonó en la distancia.
—Es una antigua
canción de nuestro pueblo —explicaba Eolair a Isorn. A pesar de que habían
cabalgado a gran velocidad desde la salida del sol, no encontraron más rastro
de los sitha que una serie de huellas de caballos sobre la hierba nevada,
rastro que comenzaba a perderse a medida que la vegetación asomaba de nuevo y
la nieve se licuaba con el calor de la mañana—. Habla de la promesa que los de
la Bella Raza hicieron al Zorro Rojo, el príncipe Sinnach, antes de la batalla
de Ach Samrath: juraron no olvidar jamás la lealtad de Hernystir.
—¿Por eso creéis
que se dirigen contra Skali?
—¿Quién podría
saberlo? ¡Pero observad la ruta que llevan! —El conde se aupó en la silla y
señaló las huellas sobre las extensas praderas, que desaparecían por el oeste—.
¡Cierto como un tiro de flecha al Taig!
—Aunque vayan hacia
allí, no podemos seguir galopando a esta velocidad todo el camino —objetó
Isorn—. Los caballos ya flaquean y no hemos recorrido más que unas cuantas
leguas.
Eolair miró
alrededor. La compañía comenzaba a rezagarse, y algunos se encontraban ya muy
atrás.
—Quizá. Pero, ¡por
Bagba!, si ellos van a Hernysadharc, yo quiero ir con ellos.
—No si vuestro
bello pueblo no nos presta unos cuantos caballos mágicos con alas en las patas
—replicó Isorn con un rictus que le arrugaba el ancho rostro—. Pero no os
preocupéis; tarde o temprano llegaremos.
El conde movió la
cabeza contrariado, pero tiró suavemente del freno hasta que la gris montura
redujo su marcha a medio galope.
—Cierto. No
favoreceremos a nadie si reventamos a los animales.
—O si reventamos
nosotros —añadió Isorn, agitando una mano para que la compañía redujera la
marcha.
Se detuvieron a
mediodía a comer. Eolair calmaba su impaciencia con la sabia medida de procurar
que la tropa estuviera al menos un poco fresca. Si iba a producirse un combate,
la aportación de unos hombres al borde del colapso y de unos caballos incapaces
de avanzar un paso más sería totalmente indiferente.
Tras una hora de
descanso volvieron a las sillas, pero Eolair marcaba ahora un paso más
razonable. Cuando llegó la oscuridad, habían cruzado el Inniscrich y se
aproximaban a las cercanías del territorio de Hernysadharc, aunque aún les
quedaban varias horas de cabalgada hasta el Taig. Pasaron por varios
campamentos que Eolair supuso de los hombres de Skali. Todos estaban
abandonados, pero había señales de ocupación reciente; en uno de ellos, los
fuegos de cocinar todavía conservaban las ascuas. El conde se preguntó si los
rimmerios habrían huido ante la avalancha de los sitha o si habrían corrido
otra suerte más extraña.
A instancias de
Isorn, Eolair dio el alto por fin cerca de Ballacym, una ciudad amurallada
situada en un altozano que se asomaba hacia la margen izquierda del Inniscrich.
Gran parte de la villa había quedado destrozada durante la derrota de Lluth
ante Skali, hacía ya casi un año, pero aún quedaban suficientes muros en pie
como para ofrecer cierto resguardo.
—No sería buena
idea llegar en pleno combate y por la noche —comentó Isorn al cruzar las
desvencijadas verjas—. Aunque fuera cierto que ese pueblo sitha haya venido
para luchar por Hernystir, ¿cómo distinguirían en la oscuridad a los mortales
enemigos de los aliados?
Eolair no se sentía
satisfecho pero no podía rebatir el sabio razonamiento de Isorn. Como ya sabía,
su pequeña banda poco podía hacer contra un ejército numeroso como el de Skali,
pero, aun así, la idea de esperar lo enfurecía. Mientras contemplaba el paso de
los sitha, su corazón había ardido de deseos de emularlos. ¡Hacer algo, asestar
al fin un golpe a aquellos que habían devastado su tierra! Ese pensamiento lo
había estimulado como un viento impetuoso. Pero, de momento, tenía que aguardar
hasta el amanecer.
Aquella noche bebió
más de su modesta ración habitual de vino, a pesar de que escaseaba, y después
se acostó temprano, sin ganas de hablar sobre lo que todos habían presenciado y
sobre el posible lugar de destino de los jinetes. Sabían que ni siquiera con
los vapores etílicos que le subían a la cabeza lograría dormirse enseguida. Y
así fue.
—No me gusta esto
—gruñó Ule hijo de Frekke al tiempo que tiraba de las riendas—. ¿Adónde han
ido? Y por Aedón, ¿qué ha sucedido aquí?
Las calles de
Hernysadharc estaban inusitadamente desiertas. Eolair sabía que muy pocos de
los suyos se habían quedado después de la conquista de Skali, pero, aunque
todos los rimmerios hubieran sido expulsados por los sitha —lo que parecía
improbable puesto que apenas había transcurrido poco más de una jornada desde
que los jinetes de la Bella Raza habían pasado por allí, a cincuenta leguas de
distancia hacia el oeste— tendría que haber habido al menos unos pocos nativos
hernystiros.
—A mí me gusta tan
poco como a vos —contestó el conde—, pero no me imagino a todo el ejército de
Skali escondido, preparando una emboscada contra nuestras siete u ocho
veintenas.
—Eolair tiene
razón. —Isorn entornó los ojos. Todavía hacía frío pero el sol brillaba con
inusitado vigor—. Avancemos y juguemos nuestra suerte.
Ule contuvo una
réplica y se encogió de hombros. El trío se internó por los toscos portones que
los rimmerios habían construido, y los hombres los siguieron hablando entre
ellos.
Resultaba bastante
inquietante ver un muro alrededor de Hernysadharc. Jamás había habido muros,
que Eolair recordara, y únicamente se conservaba el antiguo paredón que rodeaba
el Taig gracias al respeto que los hernystiros sentían por el pasado. La mayor
parte de la antigua muralla se había desmoronado mucho tiempo atrás y los
restos que quedaban en pie estaban separados por vastas distancias, como los
últimos dientes en las encías de un anciano. Ahora, en cambio, una barrera
tosca y firme rodeaba el centro mismo de la ciudad, una barrera construida
hacía muy poco.
«¿Qué temía Skali?
—se preguntó Eolair—. ¿A los hernystiros supervivientes, un pueblo destrozado?
O tal vez a su propio aliado, el Supremo Rey Elías, en quien no confiaba.»
Con todo lo
siniestro que parecía el muro nuevo, aún lo era más contemplar su estado
actual: los maderos, chamuscados y ennegrecidos como tocados por el rayo, y
toda una parte, con la suficiente amplitud como para permitir el paso de veinte
jinetes en fondo, volada desde los cimientos. Aún se levantaban unos leves
hilillos de humo sobre las ruinas.
El misterio de lo
sucedido a los habitantes de Hernysadharc, quedó resuelto en parte cuando la
compañía de Eolair salió a la amplia calle que antaño se llamaba «vía de
Tethain», nombre que había caído en desuso no mucho después de la desaparición
del gran rey hernystiro, siendo sustituido entre el pueblo por el de «calle del
Taig», puesto que llevaba directamente colina arriba hasta la gran sala. En
esos momentos, cuando los jinetes entraban por la embarrada vía pública,
avistaron un nutrido grupo de gente en la cima del otero, apretujados alrededor
del Taig como ovejas n torno a un terrón de sal. Curiosos, pero sin bajar la
guardia, se acercaron hacia allí.
Eolair sintió
animarse su corazón al comprobar que la mayoría de los que se arrastraban por
las laderas inferiores de la colina de Hern eran hernystiros. Cuando algunos de
los más cercanos se volvieron, alarmados a la vista de una tropa de hombres
armados, se apresuró a ofrecerles confianza.
—¡Pueblo de
Hernysadharc! —llamó, de pie sobre los estribos. Varias personas más se giraron
al oír su voz—. Soy Eolair, conde de Nad Mullach. Estos hombres son amigos míos
y no os causarán daño alguno.
La reacción fue
sorprendente; los que se hallaban más próximos lo vitorearon y lo saludaron,
aunque sin traslucir emoción. Se quedaron mirándolo un momento y después
volvieron de nuevo la atención a la cima de la colina, a pesar de que ninguno
tenía una posición de mira tan ventajosa como Eolair sobre su caballo; fuera
como fuese, ni siquiera él distinguía nada más que la gente apiñada. Isorn
también estaba confundido.
—¿Qué hacéis aquí?
—preguntó a voces—. ¿Dónde está Skali?
Unos cuantos
sacudieron la cabeza en gesto negativo, como si no entendieran, y otros
replicaron con chanzas relativas a la retirada de Skali a Rimmersgardia; pero,
por lo visto, nadie estaba dispuesto a perder tiempo ni energías informando al
hijo del duque y a sus compañeros.
Eolair maldijo en
voz baja y espoleó el caballo hacia adelante, para que el propio animal se
abriera camino. Aunque nadie le impedía el paso de forma activa, el avance
entre la prieta multitud era lento y les llevó no poco tiempo cruzar hacia el
antiguo campo del Taig entre dos secciones de la derruida fortificación que aún
quedaban en pie. Entrecerró los ojos y silbó de asombro.
—¡Por Bagba!
—exclamó, y esbozó una sonrisa, aunque no habría sabido decir por qué.
El Taig y sus
dependencias aún se levantaban sobre la cumbre del cerro, sólido e
impresionante; no obstante, en ese momento, todos los campos que se extendían
por la cima de la colina de Hern estaban cubiertos de tiendas de colores
llamativos. Las había de todos los tonos imaginables y de cien tamaños y formas
diferentes, como si alguien hubiera volcado un canasto gigante de recortes de
telas sobre la hierba nevada. La que había sido capital de la nación
hernystira, la sede real, se había transformado de súbito en una población
construida por salvajes niños mágicos.
Percibió movimiento
entre las tiendas; siluetas estilizadas con vestimentas tan coloridas como las
viviendas acabadas de plantar. Espoleó al caballo y, en su camino a la cima,
pasó de largo ante los últimos observadores hernystiros, que miraban hambrientos
los variopintos ropajes y a los extraños visitantes, aunque continuaban
reticentes a salvar el último espacio abierto que los separaba. Muchos eran los
que contemplaban al conde y a su compañía con un sentimiento similar a la
envidia.
Al internarse en la
ciudad de tiendas, un personaje solitario se acercó a ellos. Eolair frenó el
caballo, dispuesto para cualquier eventualidad, y se quedó atónito al comprobar
que quien se acercaba a saludarlos era Craobhan, el consejero real más veterano,
y también el más fiel. El anciano lo contempló en silencio, con los ojos llenos
de lágrimas, y al fin abrió los brazos en un gesto amplio.
—¡Conde Eolair!
¡Que la húmeda bendición de Mircha sea con vos! Me alegro de volver a veros.
El conde bajó del
caballo y abrazó al consejero.
—Y con vos,
Craobhan; y con vos. ¿Qué ha sucedido?
—¡Ja! Más de lo que
podría relataros aquí de pie, a merced del viento. —El anciano emitió una
risita rara. Daba la impresión de que estuviera genuinamente achispado, estado
en el que Eolair no habría soñado encontrarlo jamás—. Por todos los dioses,
mucho más de lo que podría contaros. Venid al Taig. Entrad y tomad algo:
comida, bebida...
—¿Dónde está
Maegwin? ¿Se encuentra bien?
Craobhan levantó la
mirada; sus ojos brillaban intensamente.
—Vive, y es feliz
—dijo—. Pero venid. Venid a ver... Bien, como ya os he dicho, más de lo que yo
pueda contaros ahora. —El anciano lo tomó por el codo y tiró de él.
Eolair se volvió
hacia sus compañeros.
—Isorn, Ule,
¡acercaos! —los llamó. Dio unas palmadas a Craobhan en el hombro—. ¿Podrían
comer algo nuestros hombres?
—¡Oh, por supuesto!
—El anciano agitaba la huesuda mano sin la menor muestra de preocupación—.
Algunas gentes del pueblo habrán acaparado unas cuantas provisiones, con toda
seguridad. Sin embargo, hay mucho que hacer, Eolair. Apenas sabemos por dónde
empezar.
—Pero ¿qué ha
pasado? ¿Los sitha expulsaron a Skali?
Craobhan lo
tironeaba del brazo para conducirlo hacia la gran sala.
El conde de Nad
Mullach apenas atisbó a la veintena aproximada de sitha que se hallaban en la
cima de la colina. Los que distinguió parecían totalmente absortos en la tarea
de montar el campamento y ni siquiera levantaron los ojos al paso de Eolair y
los demás; el conde, por el contrario, incluso desde la distancia, percibió lo
extraordinarios que eran, sus movimientos inusuales pero llenos de gracia, su
silenciosa serenidad. En algunas partes, hombres y mujeres sitha trabajaban
juntos, sin pronunciar palabra alguna que él alcanzara a oír, cada cual
aplicado a su tarea con una uniformidad de propósito que, en cierto modo,
resultaba tan inquietante como sus extraños rostros y ademanes.
A medida que se
acercaban al Taig, las señales de la ocupación de Skali se hacían más patentes.
Los jardines, cuidados con esmero, habían sido arrasados, y los senderos
empedrados, levantados. Eolair maldijo a Nariz Afilada y a sus bárbaros y se
preguntó una vez más qué habría sido de los invasores.
Tras las puertas
del Taig las cosas no eran distintas. Las paredes habían sido despojadas de sus
tapices, las reliquias robadas de sus hornacinas y los suelos marcados por
incontables huellas de botas. El salón de los grabados, donde el rey Lluth
celebraba las audiencias, se conservaba en mejores condiciones —supuso que el
jefe Skali lo había utilizado como trono— aunque se observaban indicios de la
falta de reverencia por parte de los usurpadores norteños. Numerosos haces de
flechas erizaban los techos de altos arcos, cuyos grabados ornamentales habían
servido de blanco a los soldados de Kaldskryke, huidos hacia el invierno.
Craobhan, que
parecía eludir la conversación, los acomodó en el gran salón y fue en busca de
bebida.
—¿Qué suponéis que
ha pasado, Eolair? —preguntó Isorn—. Me siento avergonzado de ser rimmerio al
ver lo que Skali y sus asesinos han hecho con el Taig. —A su lado, Ule
escudriñaba con desconfianza los rincones del salón, como si los hombres de
Kaldskryke pudieran estar ocultos allí.
—No tenéis de qué
avergonzaros. No lo han hecho porque fueran rimmerios, sino porque se
encontraban en otro país en un mal momento. Los hernystiros, los nabbanos o los
erkynos podrían haber actuado igual.
—Pero es una
fechoría. —Isorn no se había aplacado—. Cuando mi padre recupere su ducado, nos
encargaremos de reparar todos los daños.
—Si todos
sobrevivimos —repuso sonriendo el conde—, y ésa es la empresa más difícil a la
que nos enfrentamos, yo venderé gustosamente mi casa de Nad Mullach piedra a
piedra para enderezar todos los entuertos. No; me temo que sería insuficiente.
—Y yo me temo que
tenéis razón, Eolair. —Frunció en entrecejo—. Dios sabrá lo que ha ocurrido en
Elvritshalla desde que nos arrojaron. Y con un invierno tan crudo, por demás.
Fueron
interrumpidos por Craobhan, que regresaba con paso vacilante acompañado por una
mujer hernystira portadora de cuatro grandes jarras de plata decoradas con el
ciervo rampante de la casa real.
—Podemos servirnos
de lo mejor —comentó el consejero con una sonrisa retorcida—. ¿Quién dirá que
no en estos días tan singulares?
—¿Dónde está
Maegwin? —La aprensión de Eolair se acrecentó al no verla aparecer para
saludarlos.
—Duerme. —Craobhan
repitió el mismo gesto despreocupado de antes—. Os llevaré cuando acabéis.
Bebed.
—Perdonadme,
querido amigo —se disculpó Eolair, poniéndose de pie—, pero quisiera verla
ahora. Luego disfrutaré de la cerveza.
—Está en su antigua
habitación —indicó el anciano con un encogimiento de hombros—. Una mujer la
atiende. —Parecía más interesado en la jarra que en la única hija superviviente
del rey.
El conde lo miró un
momento. ¿Dónde estaba el Craobhan que él conocía? El anciano parecía
trastocado, como si lo hubieran golpeado con un bastón; pero ahora no podía
ocuparse de ello.
Eolair salió del
salón mientras los demás se quedaban bebiendo y contemplando los destrozados
grabados.
Era cierto que
Maegwin dormía. La mujer de desordenados cabellos sentada al lado del lecho le
resultaba ligeramente conocida, pero apenas la miró antes de arrodillarse y
tomar la mano de la durmiente. Un paño húmedo le cubría la frente.
—¿La han herido?
—Tenía la sensación de que Craobhan le ocultaba algo. Tal vez estuviera muy
malherida...
—Sí —contestó la
mujer—, pero sólo fue un roce y ya se ha recuperado. —Levantó el paño para
mostrarle la contusión en la pálida frente—. Ahora sólo descansa. Ha sido un
gran día.
Eolair se volvió de
súbito al escuchar el tono ausente de la voz de la mujer, igual que el de
Craobhan; tenía los ojos muy abiertos, como en plena visión, y le temblaba la
boca.
«¿Se habrán
trastornado todos?», se preguntó.
Maegwin se había
movido al oír la voz del conde. Cuando éste se giró hacia ella, sus párpados se
abrieron de repente, se volvieron a cerrar y de nuevo se abrieron.
—Eolair... —Tenía
la voz gangosa de sueño. Sonrió como una criatura, sin rastro de la inquietud
que él había percibido en sus ojos en su último encuentro—. ¿Sois vos de
verdad, o es sólo un sueño más?
—Soy yo, señora
—contestó él, apretándole la mano. En esos momentos tenía casi el mismo aspecto
que cuando, de niña, había conmovido su corazón por primera vez. ¿Cómo había
podido enfadarse con ella jamás, sin importar lo que dijera o hiciera?
Maegwin intentó
sentarse. Su cabello estaba en desorden y aún tenía los párpados inflamados.
Daba la sensación de que la hubiesen acostado con toda la ropa puesta; sólo los
pies, que abultaban bajo la manta, estaban desnudos.
—¿Los habéis...
visto? —murmuró.
—¿Si he visto a
quiénes? —preguntó Eolair con suavidad, aunque estaba seguro de a quiénes se
refería. No obstante, la respuesta lo sorprendió.
—A los dioses,
tonto. ¿Habéis visto a los dioses? Eran tan hermosos...
—¿Los... dioses?
—Yo los hice venir
—aseguró, y sonrió adormilada—. Vinieron por mí... —Dejó caer la cabeza sobre
la almohada y cerró los ojos—. Por mí —musitó.
—Necesita dormir,
conde Eolair —le advirtió la mujer desde atrás. Había un deje imperioso en su
voz que lo encolerizó.
—¿A qué se refiere
con eso de los dioses? —inquirió—. ¿A los sitha?
—Se refiere a lo
que ha dicho —replicó la mujer con una aviesa sonrisa de entendida.
Eolair refrenó su
ira. Allí había mucho que desentrañar, y esperaría al momento propicio.
—Cuida bien a la
princesa Maegwin —le recomendó, al tiempo que se acercaba a la puerta. Aquello
era más una orden que una súplica; la mujer asintió.
Eolair acababa de
llegar a la sala de los grabados, sumido en sus reflexiones, cuando se produjo
un estrépito de botas a su espalda. Se volvió al instante, al tiempo que se
llevaba la mano a la empuñadura de la espada. A pocos pasos, Isorn y el fornido
Ule también se pusieron en pie con la alarma reflejada en el rostro.
La figura que
apareció en la puerta del salón era alta, aunque no en exceso, vestida con una
armadura azul que, curiosamente, se asemejaba a madera pintada. Pero el atavío
guerrero, una intrincada serie de placas unidas por brillantes cuerdas rojas,
no era el detalle más inusitado del personaje. Su cabello, blanco como la nieve
y sujeto con un pañuelo azul, le llegaba hasta los hombros. El sitha era
delgado como un abedul joven y, a pesar del color de su pelo, no parecía haber
alcanzado aún la madurez, por lo poco que Eolair podía inferir de un rostro tan
anguloso y diferente de los humanos. Los ojos del desconocido, vueltos hacia
arriba, eran dorados y refulgentes como el reflejo del sol en una laguna.
Eolair lo
contempló, petrificado por la sorpresa. Era como si ante él tuviera una
criatura salida de tiempos remotos, un cuento de su abuela hecho realidad.
Esperaba conocer a los sitha, pero no estaba más preparado que si, tras
escuchar la descripción de un cañón profundo, se encontrara de pronto al borde
de uno. Transcurrieron varios segundos sin que se moviera, hasta que el recién
llegado dio un paso atrás.
—Perdonadme. —Hizo
una inclinación articulada de forma extraña, estirando la mano de largos dedos
más allá de las rodillas en un gesto ligero que, contra toda apariencia,
carecía del menor afán de escarnio—. Olvido los buenos modales en el calor de
esta ocasión tan memorable. ¿Permitís que entre aquí?
—¿Quién..., quién
sois? —preguntó Eolair, alucinado hasta el punto de perder la cortesía normal
en él—. Sí, entrad.
—Soy Jiriki
i-Sa'onserei —se presentó el desconocido, que no parecía haberse ofendido por
la torpeza del conde—. En estos momentos hablo en nombre de los zida’ya. Hemos
venido a saldar nuestra deuda con el príncipe Sinnach de Hernystir. —Tras este
discurso tan solemne, adoptó de pronto una mueca alegre y feroz—. Y vos ¿quién
sois?
Al punto, Eolair se
presentó a sí mismo y a sus compañeros. Isorn miraba embobado, y Ule estaba
pálido y agitado. El viejo Craobhan exhibía una sonrisa rara y burlona.
—Bien —dijo Jiriki
una vez finalizadas las presentaciones—. Está muy bien; he oído vuestro nombre
hoy, conde Eolair. Tenemos muchas cosas de que hablar. Pero antes, ¿quién es el
que manda aquí? Tengo entendido que el rey ha muerto.
—Inahwen... —Eolair
se detuvo y miró confundido a Craobhan.
—La esposa del rey
todavía se encuentra en las altas cuevas del Grianspog. —Craobhan rió entre
dientes—. Rehusó bajar con nosotros; en aquel momento lo consideré juicioso, y
tal vez lo fuera.
—Y Maegwin, la hija
del rey, está durmiendo —concluyó Eolair—. En cuyo caso, supongo que es conmigo
con quien debéis hablar, al menos por el momento.
—¿Seríais tan
amable de acompañarme a nuestro campamento? ¿O tal vez preferís que acudamos
nosotros aquí para conversar?
No sabía con
exactitud quiénes podrían formar ese «nosotros», pero estaba seguro de que
jamás se perdonaría a sí mismo si no vivía plenamente esa oportunidad. Fuera
como fuese, Maegwin necesitaba reposo, cosa imposible de conseguir, a todas
luces, con el Taig lleno de hombres sitha.
—Os acompañaremos
con mucho gusto, Jiriki i-Sa'onserei —contestó el conde.
—Jiriki, si lo
consideráis aceptable —repuso el sitha, indicándole que lo siguiera.
Eolair y los suyos
salieron con él por las puertas principales del Taig. Las tiendas ondeaban ante
ellos como un campo de flores silvestres gigantes.
—¿Os importuna que
os haga una pregunta? —osó decir Eolair—. ¿Qué ha sucedido con la muralla que
Skali levantó alrededor de la ciudad?
—¡Ah, ésa! —replicó
Jiriki con una sonrisa, tras unos instantes de consideración—. Supongo que, con
toda probabilidad, os referís al minucioso trabajo de mi madre, Likimeya.
Teníamos prisa y el muro era un obstáculo en el camino.
—Entonces, ojalá no
me encuentre yo jamás en su camino —terció Isorn con ansiedad.
—Mientras no os
interpongáis entre mi madre y el honor de la Casa de la Danza Anual, no
tendréis que preocuparos —lo tranquilizó Jiriki, mientras cruzaban por la
húmeda hierba.
—Habéis nombrado un
trato con Sinnach —dijo el conde—. Si podéis derrotar a Skali en una sola
jornada... bien; disculpadme, Jiriki, pero ¿cómo es que se perdió la batalla de
Ach Samrath?
—En primer lugar,
no hemos derrotado por completo a ese tal Skali. Ha huido a las montañas, junto
con un buen número de sus hombres; creo que llegaron a la Marca Helada, de
forma que aún queda trabajo pendiente. No obstante, vuestra pregunta es
acertada. —Los ojos del sitha se estrecharon mientras calibraba la cuestión—.
Creo que, en ciertos aspectos, somos un pueblo diferente del que éramos hace
cinco siglos. Muchos aún no habíamos nacido entonces y nosotros, hijos del
exilio, no somos tan precavidos como nuestros mayores. Por otra parte, en
aquellos días nos horrorizaba el hierro, antes de aprender a protegernos de él.
—Esbozó la misma sonrisa feroz y gatuna de antes, pero su rostro se
ensombreció. Se apartó un mechón de los ojos—. Y estos hombres, conde Eolair,
estos rimmerios de aquí, no nos esperaban. La sorpresa fue un factor favorable.
Pero en las batallas venideras, y creo que serán numerosas, no tomaremos a
nadie tan desprevenido. Entonces será como volver a vivir Ereb Irigú, lo que
vuestros hombres llaman «el Knock». Habrá grandes matanzas, me temo... y los
míos se lo pueden permitir menos aún que los vuestros.
Mientras hablaba,
el viento que rizaba las tiendas cambió de dirección y giró en remolino hasta
que sopló del norte. De pronto, bajó la temperatura en la colina de Hern.
Elías, Supremo Rey
de toda Osten Ard, se tambaleaba como un borracho. Cruzaba el patio del bastión
interior dando bandazos de sombra en sombra como si la luz directa del sol lo
hiciera enfermar, a pesar de que era un día gris y frío y el propio sol, incluso
a mediodía, resultaba invisible tras la espesa capa de nubes. La cúpula de la
capilla de Hayholt se cernía en la altura tras él, extrañamente asimétrica; una
masa de nieve sucia, sin despejar desde hacía tiempo, había hoyos en varias
vidrieras emplomadas, de modo que la gran bóveda semejaba un viejo y arrugado
sombrero de fieltro.
Los pocos
campesinos atemorizados obligados a vivir en el recinto de los muros de
Hayholt, que se ocupaban del mantenimiento de los decadentes servicios del
castillo, apenas abandonaban sus habitaciones a menos que se lo impusiera el
deber, que solía personificarse en un supervisor thrithingo cuyas órdenes eran
cumplidas a rajatabla so riesgo de una súbita y violenta retribución. Incluso
el resto del ejército del rey se acuartelaba ahora en los campos fuera de
Erchester. Se había hecho correr la versión de que el soberano no se encontraba
bien y deseaba paz, pero todos murmuraban que estaba loco y que su castillo se
hallaba encantado. En consecuencia, sólo un puñado de hombres se arrastraba por
el bastión interior en esa tarde gris y mugrienta; y, de esos pocos —un soldado
con un mensaje para el alcaide y un par de rústicos temerosos que arrastraban
un carro lleno de barriles procedentes de las habitaciones de Pryrates—,
ninguno osó contemplar el paso inseguro de Elías durante más de un momento,
pues apartaban la vista enseguida. No sólo resultaría peligroso, acaso incluso
fatal, ser sorprendido observando la inestabilidad del rey, sino que había algo
tan terriblemente retorcido en su tiesa forma de caminar, algo tan
aterradoramente innatural, que aquellos que lo veían se sentían obligados a
retirarse a un lado y hacer la señal del Árbol sobre el pecho a escondidas.
La Torre de Hjeldin
era gris y achaparrada. Con el brillo opaco de las ventanas rojas del piso
superior, podría haber sido un dios pagano con ojos de rubí de los baldíos de
Nascadu. Elías se detuvo ante las macizas puertas de roble, de tres anas de
altura, pintadas de negro mate y montadas sobre goznes de bronce que comenzaban
a verdear. A cada lado de la entrada había una figura encapuchada y vestida de
negro, ambas más oscuras y planas aún que las puertas. Cada una sujetaba una
lanza de extraña filigrana, afilada como una navaja de barbero.
El rey se
tambaleaba en el sitio contemplando a las dos figuras. Resultaba obvio que las
nornas lo llenaban de inquietud. Dio un paso más hacia la puerta. A pesar de
que ninguna de las centinelas se movió y de que sus rostros quedaban ocultos
bajo la caperuza, tuvo la impresión de que de repente se habían puesto alerta,
como arañas a los pasos inseguros de una mosca en los alrededores de la tela.
—¿Bien? —dijo Elías
al fin en un tono inusitadamente elevado—. ¿No pensáis abrirme esta condenada
puerta?
Las nornas no
contestaron ni hicieron el menor movimiento.
—¡Malditas seáis!
¿Qué os pasa ahora? —gruñó—. ¿Acaso no me conocéis, miserables criaturas? ¡Soy
el rey! ¡Abrid la puerta ahora mismo! —De súbito, adelantó un paso.
Una de las nornas
bajó la lanza un palmo hacia el dintel. Elías se echó hacia atrás como si la
punta le hubiera rozado la cara.
—Conque ésas
tenemos, ¿eh? —Su pálido rostro adquiría por momentos un aire de locura—. ¿Éste
es el juego? En mi propia casa, ¿eh? —Comenzó a balancearse sobre los talones
como si se preparara para precipitarse contra la puerta, y deslizó una mano
para asir la espada que colgaba de su cinturón.
La centinela se
giró despacio y golpeó dos veces la pesada hoja de madera con el extremo de la
lanza. Un momento después, golpeó tres veces más antes de retomar su estática
posición.
Mientras Elías
miraba, un cuervo graznó en un parapeto de la torre. Tras unos pocos segundos,
la puerta se abrió con un chirrido y Pryrates apareció en el vano, parpadeando.
—¡Elías! —exclamó—.
¡Majestad! ¡Me hacéis un gran honor!
El rey frunció los
labios; todavía apretaba y aflojaba la mano sobre la empuñadura de Dolor.
—No os hago ningún
honor, sacerdote. Vengo a hablar con vos... y soy yo el deshonrado.
—¿Deshonrado?
¿Cómo? —El desconcierto y la preocupación se reflejaron en el rostro de
Pryrates, pero había también un inconfundible matiz de risa, como si jugara a
hacer bromas a un niño—. Decidme lo que ha ocurrido y lo que puedo hacer para
enmendarlo, mi rey.
—Esas... cosas no querían abrirme la puerta.
—Agitó una mano en dirección a las silenciosas guardianas—. Y, cuando iba a
abrir yo mismo, una de ellas me cerró el paso.
Pryrates meneó la
cabeza y se dirigió a las nornas en su habla musical, que parecía modular
correctamente, si bien con vacilaciones. Se volvió de nuevo al rey.
—Por favor, no las
culpéis a ellas, Alteza, ni a mí tampoco. Veréis: aquí llevo a cabo
experimentos en busca del saber que pueden entrañar riesgos. Como ya os he
dicho, temo que, si alguien llega inesperadamente, se vea expuesto a algún
peligro. Vos, mi rey, sois el hombre más importante del mundo. Por lo tanto, he
pedido que a nadie le sea franqueado el paso hasta que yo venga a escoltarlo.
—Descubrió los dientes en una sonrisa que habría sido más apropiada en una
anguila—. Debéis comprender que todo es por vuestra seguridad, Alteza.
El rey lo miró un
momento y después escrutó a las dos centinelas. Habían vuelto a sus posiciones,
impasibles otra vez, como rígidas estatuas.
—Creía que
utilizabais mercenarios para la guardia. Pensaba que a esas cosas no les
gustaba la luz del día.
—No les hace daño.
Lo único que les sucede es que, después de vivir varias veintenas de centurias
bajo el Pico de la Tormenta, prefieren las sombras al sol. —Guiñó un ojo como
si se tratara de las manías de algún pariente excéntrico—. Y, como ahora me hallo
en un punto muy importante de mi investigación..., de nuestra investigación,
majestad, creí que ellas serían mejores celadoras.
—¡Basta! —replicó
Elías con impaciencia—. ¿Vais a dejarme
pasar? He venido a hablar con vos; el asunto no puede esperar.
—Claro, claro
—repuso Pryrates, pero pareció distraerse de pronto—. Siempre siento deseos de
hablar con vos, mi rey. ¿Tal vez preferís que acuda yo a vuestros aposentos...?
—¡Condenación,
sacerdote, dejadme entrar! ¡A los reyes no se los obliga a quedarse a la
puerta, maldito seáis!
—Por supuesto que
no, señor. —Pryrates inclinó la cabeza y se hizo a un lado, con el brazo
extendido hacia la escalera—. Subid a mis habitaciones, por favor.
Traspasadas las
grandes puertas, una sola antorcha parpadeaba en la antesala de alta techumbre
y, en los rincones, las sombras se alargaban y se encogían como si quisieran
liberarse. Pryrates no se detuvo sino que inició el ascenso por los angostos
peldaños.
—Permitid que me
adelante a comprobar si todo está listo para recibiros, majestad —le dijo, y su
voz levantó ecos en el hueco de la escalera.
—¡Escaleras! —bufó
Elías al detenerse en el segundo rellano para recuperar el aliento—. Demasiadas
escaleras.
La puerta de la
habitación estaba abierta, y la luz de varias antorchas se derramaba por el
corredor. Al entrar, el rey ojeó rápidamente las ventanas, cegadas por gruesos
cortinajes. El sacerdote, que cerraba la tapa de un gran baúl sobre lo que
parecía un montón de libros, se giró con una sonrisa.
—Bienvenido, mi
rey. Hacía algún tiempo que no me hacíais la merced de visitarme aquí.
—No me habéis
invitado. ¿Dónde puedo sentarme? Me estoy muriendo.
—No, mi señor, no
os morís —replicó Pryrates alegremente—. En todo caso, lo contrario: renacéis,
aunque habéis estado muy enfermo estos últimos días, ciertamente. Perdonadme;
tomad, sentaos en mi asiento. —Indicó a Elías la silla de alto respaldo; estaba
limpia de decoraciones y grabados pero poseía un hálito de antigüedad—. ¿Os
complacería un poco de vuestra bebida calmante? Ya veo que no os acompaña
Hengfisk, pero puedo pedir que os preparen una copa. —Se volvió de espaldas y
dio unas palmadas—. ¡Munshazou! —llamó.
—El monje no ha
venido porque le he abierto la cabeza a golpes, o casi —refunfuñó Elías, que se
removía incómodo en la dura silla—. Si no vuelvo a ver su cara de ojos
saltones, seré feliz. —Tosió y parpadeó; tenía en los ojos un brillo febril y,
en esos momentos, distaba mucho de parecer un hombre feliz.
—¿Os ha causado
algún problema? Cuánto lo lamento, mi rey. Tal vez deberíais relatarme lo
sucedido y yo me encargaría... de él. Al fin y al cabo, soy vuestro servidor.
—Sí —asintió
Elías con sequedad—, en efecto. —Emitió
un sonido gutural y volvió a agitarse en el asiento buscando una postura más
cómoda.
En el umbral de la
puerta sonó un discreto carraspeo. Una mujer menuda y morena se encontraba
allí. No parecía muy vieja, pero su rostro cetrino estaba surcado de profundas
arrugas. En la frente, encima de la nariz, tenía una marca, tal vez una letra
de un alfabeto extranjero. De pie en el umbral, su cuerpo se cimbreaba casi
imperceptiblemente, de modo que el bajo de su amorfo vestido rozaba el suelo y
los pequeños amuletos de color hueso que llevaba alrededor de la cintura y del
cuello tintineaban suavemente.
—Munshazou —dijo
Pryrates a Elías —, es mi criada; natural de Naraxi, de la casa que tengo allí.
—Se dirigió a la mujer morena—. Trae una bebida digna del rey, y para mí... no;
yo no quiero nada. Vete.
La mujer dio media
vuelta con un leve entrechocar de marfil y desapareció.
—Os pido disculpas
por la interrupción —dijo el alquimista—. Estabais hablándome de vuestro
problema con Hengfisk.
—No os preocupéis
por el monje; no es nadie. Es que me desperté de repente y me lo encontré allí
de pie, mirándome. ¡Junto a mi propia cama! —Al recordarlo, el rey se sacudió
como perro mojado—. ¡Dios! Y tiene una cara que sólo su madre podría soportar. Y
esa maldita sonrisa eterna... —Agitó la cabeza—. Lo golpeé..., lo estampé
contra la pared de enfrente de un puñetazo. —Rió y después tosió—. Enseñadle a
velar mi sueño. Necesito dormir, y duermo poquísimo...
—¿Por eso venís a
mí, señor? ¿Porque necesitáis dormir? Podría daros alguna cosa... Tengo una
especie de cera que, quemada en un platillo junto a la cama...
—¡No! —exclamó
Elías , furioso—. Y tampoco es por el monje. ¡He venido porque he soñado una
cosa!
Pryrates lo miró de
hito en hito. El fragmento de piel que tenía sobre el ojo, donde debiera haber
estado la ceja, se arqueó en gesto inquisitivo.
—¿Habéis soñado,
señor? Naturalmente, si deseáis contarme lo que...
—¡Pero no lo que
imagináis, maldito seáis! Ya sabéis a lo que me refiero. ¡He tenido un sueño!
—¡Ah! —asintió el
sacerdote—. Y os ha molestado.
—¡Sí! ¡Me ha
molestado a conciencia, por el Árbol Sagrado! —Se estremeció y, llevándose la
mano al pecho, estalló en otro ataque de tos convulsiva—. ¡He visto a los sitha
cabalgando! ¡Los Hijos del Amanecer! ¡Cabalgaban hacia Hernystir!
En la puerta se oyó
un apagado cascabeleo. Munshazou había regresado con una bandeja en la que
llevaba una copa de pie alto barnizada de un tono óxido rojo oscuro; humeaba.
—Muy bien.
—Pryrates se adelantó para recogerla de manos de la mujer, que lo miraba
fijamente y sin expresión alguna—. Puedes retirarte —le dijo—. Tomad, majestad;
bebed esto. Aliviará vuestro pecho congestionado.
Elías tomó la copa
con recelo y dio un sorbo.
—Sabe igual que el
aguachirle que me dais siempre.
—Tiene... algunos
componentes similares. —Volvió a su posición, junto al baúl de libros—. No
olvidéis, mi rey, que tenéis necesidades especiales.
—Vi a los
inmortales —continuó el rey— ..., a los sitha. Arremetían contra Skali.
—Levantó sus verdes ojos para clavarlos en Pryrates—. ¿Es eso cierto?
—Lo que se ve en
los sueños no siempre es exacto, ni falso tampoco... —comenzó el sacerdote.
—¡Que Dios os
condene al círculo más negro del infierno! —gritó Elías , medio incorporado en
la silla—. ¿Es cierto?
—Los sitha
—prosiguió Pryrates, tras una inclinación de cabeza— han salido de su hogar en
lo más intrincado del bosque.
—¿Y Skali?
—inquirió el rey con un brillo peligroso en los ojos.
Pryrates se acercó
despacio a la puerta, como preparándose para huir.
—El jefe de
Kaldskryke y sus Cuervos han... huido.
El rey dejó escapar
un prolongado silbido y aferró la empuñadura de Dolor, los tendones se marcaban
bajo la pálida piel del brazo. Sacó un poco la espada, moteada y reluciente
como el lomo de un lucio, y las llamas de las antorchas de la estancia parecieron
doblarse como atraídas hacia ella.
—Sacerdote —gruñó
Elías—, estáis escuchando los últimos latidos de vuestro corazón si no habláis
rápido y claro.
En vez de
encogerse, Pryrates se irguió en toda su estatura. La luz de las antorchas
parpadeó de nuevo, y los negros ojos del alquimista perdieron lustre; por un
momento, los globos parecieron deshacerse, casi como si se hubieran hundido en
las órbitas dejándolas vacías en la oscurecida calavera. Una tensión opresiva
llenó la habitación de la torre. Pryrates alzó una mano, y los nudillos del rey
se pusieron blancos. Tras unos momentos de quietud, el sacerdote se llevó los
dedos a la garganta, se aflojó con cuidado el cuello de la túnica roja como si
ajustara el cierre y dejó caer la mano de nuevo.
—Lo lamento, Alteza
—dijo, y se permitió una pequeña sonrisa de burla a sí mismo—. Suele ser deseo
de los consejeros proteger a su señor de posibles preocupaciones. La visión ha
sido correcta. Los sitha han acudido a Hernystir y Skali ha sido expulsado.
—¿Qué representa
todo eso para vuestros planes, sacerdote? —inquirió después de mirarlo un largo
momento—. No habéis dicho nada de los Hijos del Amanecer.
—Porque no
representa nada —replicó con un encogimiento de hombros—. Era inevitable,
llegado un cierto estado de cosas. La actividad creciente de..., nuestro
benefactor tenía que atraerlos necesariamente. No debería estropear ninguno de
nuestros planes.
—¿No debería?.
¿Insinuáis que lo que hagan los sitha no afecta al Rey de la Tormenta?
—Él lo ha planeado
desde hace mucho. Nada de esto lo sorprenderá. En realidad, la reina de las
nornas me había advertido de la posibilidad.
—Os había
advertido, ¿eh? Al parecer, estáis muy bien informado, Pryrates. —La voz de
Elías no había perdido los ribetes de cólera—. Entonces decidme: si sabíais que
todo esto iba a suceder, ¿por qué no podéis decirme lo que ocurre con Fengbald?
¿Por qué no tenemos conocimiento de si ha sacado a mi hermano de su madriguera?
—Porque nuestros
aliados le dan poca importancia. —Levantó la mano de nuevo, esta vez para
contener la furiosa réplica del rey—. Por favor, majestad; pedisteis franqueza
y es lo que os ofrezco. Consideran que Josua está derrotado y que vos perdéis
el tiempo con él. Los sitha, en cambio, han sido enemigos de las nornas desde
tiempos inmemoriales.
—Y, aun así,
tampoco se los tiene en cuenta, al parecer, si lo que habéis dicho antes es
correcto —farfulló Elías, ceñudo—. Todavía no entiendo por qué son más
importantes que el traidor de mi hermano, pero no tanto como para que nos
preocupemos por ellos... cuando, además, han destruido a uno de mis principales
aliados. Creo que estáis haciendo un doble juego, Pryrates. ¡Que Dios os ayude
si os descubro!
—Sólo sirvo a mi
señor, Alteza, no al Rey de la Tormenta ni a la reina de las nornas. Es una
simple cuestión de tiempo. Josua fue una amenaza para vos en un momento, pero
lo vencisteis. Skali era necesario para proteger vuestro flanco, pero ya no lo
es. Ni siquiera los sitha constituyen una amenaza, porque no van a venir contra
nosotros hasta que salven Hernystir. Están ligados por una antigua lealtad,
¿sabéis? Y ya será demasiado tarde para obstaculizar vuestra victoria
definitiva.
—Entonces —Elías
miraba la copa humeante— ¿por qué los vi cabalgando en el sueño?
—Os habéis acercado
al Rey de la Tormenta, señor, desde el momento en que aceptasteis su dádiva.
—Señaló la espada gris, envainada de nuevo—. La sangre sitha corre por sus
venas... o corría cuando estaba vivo, hablando con propiedad. Es natural que la
asamblea de zida’ya le llamara la atención y atrajera, por ende, la vuestra.
—Se acercó unos pasos más al rey—. Habéis tenido otros... sueños... antes de
éste, ¿no es así?
—Sabéis que sí,
alquimista. —Vació la copa y agrió el gesto al tragar—. Durante las noches,
esas tan escasas en las que consigo dormir de verdad, mi sueño se llena de su
presencia. ¡Su presencia! Esa cosa helada de corazón ardiente. —Dejó vagar la
mirada por las paredes en sombras, súbitamente poseído de terror—. Esos
espacios oscuros entre...
—Calmaos, majestad.
Habéis sufrido mucho, pero la recompensa será espléndida, lo sabéis.
Elías agitó la
cabeza con pesadez. Cuando volvió a hablar, su voz era un ronquido angustiado.
—Ojalá hubiera
sabido cómo iba a sentirme; las cosas..., las cosas que esto me traería. Ojalá
hubiera sabido antes de cerrar este pacto endiablado. Que Dios me ayude, ojalá
lo hubiera sabido.
—Permitid que os
entregue la cera de dormir, Alteza. Necesitáis descanso.
—No —replicó Elías,
incorporándose de la silla con dificultad—. No quiero soñar más. Sería
preferible no volver a dormir nunca.
Se dirigió despacio
hacia la puerta al tiempo que rechazaba con un ademán la ayuda de Pryrates, y
descendió lentamente la escalera.
El sacerdote de la
túnica roja permaneció de pie, escuchando los pasos hasta el final. Cuando los
grandes portones crujieron al abrirse y golpearon al cerrarse, Pryrates sacudió
la cabeza una vez, como si apartara un pensamiento irritante, y luego fue a rescatar
los libros que había ocultado.
Jiriki se había
adelantado, impulsado por sus gráciles pero largas zancadas. Eolair, Isorn y
Ule lo seguían a pasos más lentos, intentando absorber las inusitadas escenas.
Eolair era el más
inquieto, puesto que para él Hernysadharc y el Taig habían constituido su
segunda residencia. En estos momentos, cruzando la colina de Hern tras los
pasos del sitha, se sentía como un padre que regresa a su hogar y descubre que
sus hijos han sido sustituidos por otros.
Los sitha habían
levantado el campamento con tanta rapidez, tendiendo tan hábilmente las telas
entre los árboles que rodeaban el Taig, que daba la sensación de que aquél
hubiera estado siempre allí, que formara parte desde el principio. Incluso los
colores, que en la distancia había visto tan chillones y brillantes, se le
antojaban ahora más apagados: tonos de atardecer y amanecer de verano, acordes
con la casa y los jardines de un rey.
Así como sus
habitáculos semejaban formar parte natural de la cima del cerro, los zida’ya se
encontraban corno en su propia casa. Eolair no percibía señales de timidez ni
de sumisión entre los sitha con que se cruzaba; apenas acusaban la presencia
del conde y sus compañeros. Los inmortales caminaban con orgullo y, mientras
trabajaban, entonaban melodiosos cantos en una lengua que, aun siendo
desconocida para él, sonaba extrañamente familiar en el arrastrar de vocales y
en el gorjear de ave. A pesar de que apenas llevaban un día en el lugar, daba
la sensación de que se hallaban tan a gusto sobre la hierba nevada y bajo los
árboles como cisnes deslizándose por un lago terso y sereno. Todo lo que hacían
hablaba de calma y autoconocimiento inmensos; hasta el hecho de liar y anudar
las numerosas cuerdas que conformaban la ciudad de tiendas se convertía en una
especie de truco mágico. Al observarlos, Eolair, que siempre había sido
considerado como persona ágil y agraciada, se sentía bestial y torpe.
La casa recién
levantada, cuya entrada acababa de traspasar Jiriki, era poco más que un
círculo de tela azul lavanda que ribeteaba un magistral roble de la cima como
un prado alrededor de un toro de exhibición. Eolair y sus compañeros se
quedaron allí sin saber qué hacer, hasta que el sitha se asomó y les hizo seña
de que entraran.
—Por favor,
comprended que mi madre no se atenga a las obligaciones de la cortesía
—musitó—. Estamos de luto por mi padre y por la Primera Abuela. —Los invitó a
seguir adelante. El césped estaba seco y limpio de nieve—. Traigo al conde
Eolair de Nad Mullach —anunció—, a Isorn, hijo de Isgrimnur de Elvritshalla, y
a Ule, hijo de Frekke de Skoggey.
La mujer sitha
levantó la mirada. Estaba sentada sobre una tela de brillante tono azul claro,
rodeada de pájaros a los que daba de comer. A pesar de los suaves cuerpos de
plumas posados sobre sus rodillas y sus brazos, Eolair tuvo la impresión
inmediata de que era dura como el acero de las espadas. Tenía el cabello rojo
fuego ceñido por una cinta gris alrededor de la frente, y de sus trenzas
pendían varias plumas largas de color hollín. Al igual que Jiriki, llevaba una
armadura que recordaba a la madera, aunque la suya era negra y lustrosa como
los élitros de un escarabajo. Bajo la armadura vestía una túnica gris paloma y
calzaba botas del mismo color. Tenía los ojos, igual que su hijo, como oro
líquido.
—Likimeya y'Briseyu
no'e-Sa'onserei —entonó Jiriki—, reina de los Hijos del Amanecer y señora de la
Casa de la Danza Anual.
Eolair y los demás
hincaron la rodilla en tierra.
—Levantaos, por
favor. —Hablaba con un murmullo gutural y no hacía gala de tanta fluidez como
Jiriki en la lengua de los mortales—. Estáis en vuestra tierra, conde Eolair, y
los zida’ya somos los huéspedes. Hemos acudido para saldar nuestra deuda con
vuestro Sinnach.
—Es un gran honor,
reina Likimeya.
—No me llaméis
reina —dijo ella con un amplio gesto de la mano, de largas uñas—. Sólo es un
título..., el equivalente más cercano en palabras mortales, pero nosotros no
nos llamamos esas cosas excepto en determinados tiempos. —Sesgó una ceja en
dirección a Eolair cuando éste y sus compañeros se levantaron—. ¿Sabíais, conde
Eolair, que existe una antigua leyenda según la cual en la casa de Nad Mullach
hay sangre zida’ya?.
Por un momento, el
conde quedó confundido, pensando que se refería a alguna clase de injusticia
cometida contra los sitha en el hogar de sus antepasados. Al comprender el
verdadero significado de las palabras, sintió que la sangre se le helaba y el
vello se le erizaba en los brazos.
—¿Una leyenda
antigua? —Tenía la sensación de que la cabeza se le iba a marchar flotando—.
Disculpadme, señora, no estoy seguro de haberos comprendido bien. ¿Queréis
decir que hubo sangre sitha entre mis antecesores?
—Es una vieja
historia, como ya os he dicho. —Likimeya rió con un súbito y fiero relampagueo
de dientes.
—¿Y los sitha saben
si es cierta? —¿Acaso pretendía entablar una especie de juego con él?
Likimeya agitó los
dedos. Una nube de pájaros levantó el vuelo hacia las ramas del árbol, y la
mujer quedó oculta a los ojos del conde un momento tras una cortina de alas.
—Hace mucho tiempo,
cuando los mortales y los zida’ya estábamos más próximos... —Se interrumpió e
hizo un extraño ademán—. Pudiera ser. Sabemos que es posible.
Eolair se vio
definitivamente atrapado en terreno resbaladizo, y sorprendido al comprobar
cuan fácilmente lo abandonaban su educación en diplomacia y política.
—Entonces ¿es
cierto? ¿La Bella Raza se... mezcló con los mortales?
—Sí. —Likimeya
parecía haber perdido interés en el tema—. Hace mucho, en su mayor parte. —Hizo
una seña a Jiriki, quien se acercó con varias telas más, ondulantes y sedosas,
que extendió en el suelo para el conde y sus compañeros antes de indicarles que
se sentaran—. Es agradable encontrarse de nuevo en M'yin Azoshai.
—Así es como
nosotros llamamos a esta colina —acotó Jiriki—. Fue concedida a Hern por
Shi'iki y Senditu. Para nosotros era, como diríais vosotros, un lugar sagrado.
El hecho de que fuera cedido a un mortal para su provecho es un símbolo de la
amistad entre el pueblo de Hern y los Hijos del Amanecer.
—Nosotros tenemos
también una leyenda que dice algo semejante —contestó Eolair despacio—. Me
preguntaba si encerraría algo de cierto.
—La mayoría de las
leyendas encierran una verdad en su esencia —repuso Jiriki con una sonrisa.
Likimeya había
apartado sus brillantes ojos de gato de Eolair y miraba a sus dos compañeros,
que a punto estuvieron de arredrarse ante el peso de su mirada.
—Y vosotros sois
rimmerios —dijo, observándolos con intensidad—. Escasos son nuestros motivos
para amar a vuestro pueblo.
—Sí, señora; así es
—replicó Isorn con la cabeza gacha. Tomó aire y reafirmó la voz—. Pero, por
favor, no olvidéis que la vida de los mortales es breve. Eso ocurrió hace
muchos años..., una veintena de generaciones. No nos parecemos mucho a Fingil.
—Tal vez vosotros
no. —Sonrió con brevedad—. Pero ¿qué me decís de ese congénere vuestro al que
hicimos huir? He visto las obras que ha realizado aquí y apenas se diferencian
de las que hizo Fingil Puño de Sangre en las tierras zida’ya, cinco siglos atrás.
Isorn sacudió la
cabeza con lentitud pero no respondió. Ule, a su lado, había palidecido y daba
la sensación de que fuera a salir disparado de un momento a otro.
—Isorn y Ule
lucharon contra Skali —terció Eolair al punto—, y nos disponíamos a traer más
hombres aquí para continuar la batalla cuando os vimos pasar a vos y vuestro
pueblo. Habéis hecho a estos dos un gran favor obligando a huir al asesino, del
mismo modo que lo hicisteis por mi propio pueblo. Ahora, aún quedan esperanzas
de que algún día el padre de Isorn pueda recuperar el ducado que es suyo por
derecho.
—¡Ah! —asintió
Likimeya—, ahora llegamos a ello. Jiriki, ¿han comido estos hombres?
Su hijo miró al
conde con una interrogación en los ojos.
—No, mi señora
—repuso Eolair.
—Entonces comeréis
con nosotros y hablaremos.
Jiriki se puso en
pie y desapareció por una abertura de las ondulantes paredes. Siguió entonces
un silencio prolongado —e incómodo para Eolair— que Likimeya parecía reacia a
romper. Sentados, escucharon el viento en las ramas más altas del roble hasta
que Jiriki volvió con una bandeja repleta de fruta, pan y queso.
El conde no salía
de su asombro. ¿Acaso aquellos seres no tenían criados para realizar las tareas
humildes? Observó a Jiriki, cuya presencia imponía un respeto como no había
visto jamás, que escanciaba una bebida de un frasco azul en copas grabadas de
la misma madera que la bandeja; ofreció la libación a Eolair y a sus compañeros
con una inclinación sencilla y elegante. Eran la reina y el príncipe del pueblo
más antiguo... ¿y sin embargo se servían ellos mismo? La distancia entre ellos
y esos inmortales se le antojaba cada vez mayor.
Fuera lo que fuese
lo que contenía el frasco de cristal, ardía como el fuego pero sabía a miel con
clavo y olía a violetas. Ule tomó un sorbo con cautela, después vació la copa
de un solo trago y, con alegría, dejó que Jiriki se la rellenara. Mientras Eolair
apuraba la suya, sintió que el dolor de dos días de dura cabalgada se disolvía
en un resplandor cálido. La comida era excelente también, cada pieza de fruta
en el punto justo de madurez. El conde se preguntaba dónde habrían podido
encontrar los sitha semejantes delicadezas en aquel invierno que ya duraba un
año, pero dejó el pensamiento a un lado como un pequeño milagro más en el
amplio repertorio de maravillas que se iban acumulando.
—Hemos venido a la
guerra —dijo Likimeya de repente. Ella era la única entre todos que no había
comido, y no había libado más de un trago del licor de miel—. Skali nos evita
de momento, pero el corazón de vuestro reino es libre. Ha sido un primer paso.
Con vuestra ayuda, Eolair, y aquellos de los vuestros que aún conserven fuerza
de voluntad, pronto levantaremos el yugo del cuello de nuestros aliados.
—No existen
palabras para expresar mi agradecimiento, señora —declaró Eolair—. Los zida’ya
nos han mostrado hoy que hacen honor a sus promesas. Pocas tribus mortales
podrían decir lo mismo.
—¿Y después, reina
Likimeya? —intervino Isorn. Había bebido tres copas del pálido elixir y tenía
el rostro ligeramente arrebolado—. ¿Cabalgaréis junto a Josua? ¿Le prestaréis
apoyo para tomar Hayholt?
—No luchamos por
los príncipes mortales, Isorn hijo de Isgrimnur —replicó, con una mirada fría y
austera—. Luchamos para cumplir nuestra deuda y para protegernos a nosotros
mismos.
—Así pues ¿os
detendréis aquí? —inquirió Eolair con el corazón encogido.
Likimeya movió la
cabeza negativamente, levantó las manos y unió los dedos.
—No es tan
sencillo. He hablado precipitadamente. No; hay amenazas que se ciernen tanto
sobre Josua el Manco como sobre los Hijos del Amanecer. El enemigo del Manco ha
pactado con nuestro enemigo, al parecer. Sin embargo, intervendremos sólo en la
medida en que debamos: una vez conseguida la liberación de Hernystir, dejaremos
a los mortales las guerras entre mortales... al menos por el momento. No, conde
Eolair, tenemos deudas con otros, pero corren tiempos extraños.
Sonrió y, en esta
ocasión, su gesto fue un poco menos depredador, un poco más cercano a lo que
podría sugerir un rostro mortal. La belleza angulosa de su rostro causaba gran
impacto en Eolair. Al mismo tiempo, en una yuxtaposición relampagueante, cayó
en la cuenta de que estaba sentado frente a un ser que había presenciado la
caída de Asu'a. Era tan antigua como la más antigua ciudad de los mortales... o
incluso más. Se estremeció.
—No obstante
—prosiguió Likimeya—, y aunque no acudamos en socorro de vuestro príncipe
beligerante, sí que asistiremos a la defensa de su fortaleza.
Se produjo un
instante de confuso silencio antes de que Isorn tomara la palabra.
—Con vuestro
permiso, señora; no comprendemos lo que queréis decir.
—Cuando Hernystir
quede libre —intervino Jiriki—, marcharemos sobre Naglimund. Está en poder del
Rey de la Tormenta ahora y se halla muy cerca de nuestra casa del exilio. Le
arrebataremos esa plaza. —El rostro del sitha era inexorable—. Y, cuando llegue
la batalla final, que llegará, no lo dudéis, hombres mortales, deseamos
asegurarnos de que a las nornas no les quede un solo agujero donde ocultarse.
Eolair contemplaba
los ojos de Jiriki mientras el sitha hablaba, y creyó detectar en ellos un odio
mantenido en ascuas durante siglos.
—Una guerra como
jamás se ha visto en el mundo —remedó Likimeya—. Una guerra en la que quedarán
solventadas muchas cuestiones de una vez por todas. —Si los ojos de Jiriki
semejaban ascuas, los de ella ardían en llamas.
XIX
UNA SONRISA TORCIDA
H
e hecho todo lo que
he podido por los dos... a menos que... —Cadrach se frotó la húmeda frente con
impaciencia como si quisiera sacar a la superficie alguna idea oculta. Era
evidente que estaba exhausto, pero, con las infamias del duque todavía frescas
en su memoria, no tenía intención de permitir que el agotamiento lo detuviera.
—No se puede hacer
nada más —aseveró Miriamele—. Acostaos, necesitáis reposo.
Cadrach levantó los
ojos hacia Isgrimnur, que se hallaba en la proa con la pértiga fuertemente
asida entre sus anchas manos. El duque se limitó a apretar los labios y a
volver a vigilar el canal.
—De acuerdo, pues;
supongo que me hace falta. —El monje se acurrucó al lado de los inmóviles
cuerpos de Tiamak y el otro wran.
Miriamele, que
acababa de levantarse de una larga siesta vespertina, se inclinó hacia adelante
para arropar a los tres con su capa, aunque la prenda era de escasa utilidad,
salvo para alejar a los insectos, puesto que, incluso cerca de la medianoche,
en el marjal hacía el mismo calor que en un día de pleno verano.
—Si apagáramos la
lámpara —protestó Isgrimnur—, tal vez estos bichejos horripilantes se fueran a
buscar comida a otra parte, para variar. —Se dio un manotazo en el brazo y lo
levantó para observar de cerca el amasijo resultante—. Esa condenada luz los atrae.
Sería de suponer que la lámpara de un hombre de los pantanos tendría que servir
para espantarlos —protestó—. No me explico cómo hay quien puede vivir aquí todo
el año.
—Si vamos a
quedarnos, sería preferible echar el ancla. —A Miriamele no le gustaba la idea
de pasar la noche flotando a la deriva en la oscuridad. Hasta el presente, todo
parecía indicar que habían dejado a los ghants atrás, aunque ella continuaba
vigilando celosamente toda rama baja o liana colgante. No obstante, Isgrimnur
había estado mucho tiempo sin dormir y parecía justo intentar aliviarlo de los
insectos en lo posible.
—Buena idea. Creo
que este sitio es bastante amplio y tan seguro como cualquier otra parte —dijo
Isgrimnur—. No veo ramas; estas sabandijas pequeñas son asquerosas, pero si
vuelvo a encontrarme con una de esas grandes, que Aedón las maldiga... —No
había necesidad de completar la frase. El inquieto sueño de Miriamele había
estado infestado de pesadillas sobre los ghants, chismorreadores y
escurridizos, y lianas pegajosas que la sujetaban con firmeza cuando sólo
deseaba correr.
—Ayudadme a echar
el ancla. —Entre los dos, alzaron la piedra y la dejaron caer al agua por la
borda. Cuando chocó contra el fondo, Miriamele tanteó la cuerda para asegurarse
de que no estuviera demasiado floja—. ¿Por qué no descansáis vos primero? —le dijo
al duque—. Yo vigilaré un rato.
—Muy bien.
Miriamele miró a
Camaris, que dormía sin ruido en la popa con la blanca cabeza apoyada en su
capa; después, se acercó a la lámpara y la apagó.
Al principio, la
oscuridad resultaba inquietante e impenetrable. Creía notar patas articuladas
que se acercaban a ella con sigilo y tuvo que contener el impulso de girarse y
manotear en la negrura para mantener a los fantasmas a raya.
—Isgrimnur...
—¿Qué?
—Nada. Sólo quería
escuchar vuestra voz.
Comenzó a recuperar
la visión. La luz era muy escasa, pues la luna había desaparecido, fuera tras
las nubes o tras los enmarañados árboles que tendían sus ramas por encima del
curso de agua, y las estrellas eran meros puntos de débil claridad. Aun así, distinguía
las formas más cercanas, el gran corpachón del duque y las manchas negras de
ambas orillas.
Oyó a Isgrimnur,
que trajinaba con la pértiga hasta dejarla en buena posición; después, su
oscura forma se hundió.
—¿Estáis segura de
que no necesitáis dormir más? —preguntó. La fatiga le enturbiaba la voz.
—Estoy descansada;
ya dormiré un poco más tarde. Vamos, reposad la cabeza.
Isgrimnur no objetó
más, señal inequívoca de su agotamiento; en pocos momentos, roncaba
estrepitosamente. Miriamele sonrió.
La barca se
balanceaba con tanta suavidad que no era difícil imaginarse flotando en el
cielo nocturno como una nube. No había marea ni corriente perceptible; sólo el
levísimo soplo de las brisas el pantano, que los hacía moverse en círculo
lentamente alrededor del ancla, con la misma lasitud que el mercurio en un
panel de cristal inclinado. Miriamele se sentó con la mirada levantada hacia el
tenebroso firmamento e intentó identificar alguna estrella. Por primera vez
desde hacía algunos días, podía permitirse el lujo de sentir nostalgia.
«¿Qué estará
haciendo ahora mi padre? ¿Se acordará de mí? ¿Me odiará?»
Los pensamientos
sobre Elías removieron otros recuerdos en su memoria. Un comentario de Cadrach,
la primera noche tras la huida del Nube de Eadne pugnaba por salir de su mente.
A lo largo de la prolongada y difícil confesión, el monje había dicho que Pryrates,
al parecer, estaba vivamente interesado en establecer comunicación con los
muertos —«hablar a través del velo», había dicho Cadrach que lo llamaban— y que
las partes del libro de Nisses que más estudiaba eran precisamente ésas. Por
algún motivo, aquella frase le había hecho pensar en su padre, pero ¿por qué?
¿Por algo que había dicho Elías?
Por más que intentó
evocar la idea prendida en el fondo de su mente, no consiguió domeñarla. La
nave giraba despacio, silenciosa bajo las opacas estrellas.
Al fin se había
quedado adormilada; cuando las primeras luces de la mañana despuntaban en los
cielos sobre el pantano tiñéndolos de gris perla, se desperezó con un suave
quejido. Los arañazos y contusiones recibidos en el nido de ghants habían
comenzado a hacerse más patentes; se sentía como si hubiera rodado ladera abajo
dentro de un saco de piedras.
—¿Se..., se...,
señora? —Era como una respiración, un suspiro apenas.
—¿Tiamak? —Se giró
bruscamente, y la nave lo acusó. El wran tenía los ojos abiertos, y en su
rostro, a pesar de la palidez y el abotargamiento, brillaba de nuevo el
destello de la inteligencia.
—S..., sí. Sí,
señora. —Tomó una buena bocanada de aire como si esas breves palabras lo
hubieran agotado—, ¿Dónde... estamos?
—En el canal, pero
no tengo ni idea de en qué punto. Después de salir del nido de ghants,
navegamos durante casi todo el día. —Lo miró con atención—. ¿Os duele algo?
Trató de negar con
la cabeza, pero sólo consiguió moverla ligeramente.
—No, pero...
querría agua, por favor.
Se inclinó hacia el
otro lado para alcanzar el pellejo de agua que estaba junto a la pierna de
Isgrimnur. Lo abrió y dio unos cuantos sorbos al wran con cuidado.
Tiamak se giró unos
milímetros para echar una ojeada a la forma quieta que tenía al lado.
—Mogahib el Joven.
¿Está vivo?
—Apenas. Da la
impresión de que se halle muy próximo a... Parece que está muy enfermo, aunque
ni Cadrach ni yo le hemos encontrado herida alguna.
—No, no las
encontraríais, ni yo tampoco. —Tiamak dejó caer la cabeza hacia atrás y cerró
los ojos—. ¿Y los demás?
—¿Quiénes?
—preguntó a su vez, cautamente—. Cadrach, Isgrimnur, Camaris y yo nos
encontramos aquí, y todos más o menos bien.
—¡Ah, bien! —Seguía
con los ojos cerrados.
En la proa,
Isgrimnur se sentó vacilante.
—¿Qué pasa aquí?
—murmuró—. Miriamele..., ¿qué...?
—Nada, Isgrimnur.
Tiamak se ha despertado.
—¡Ah! ¿Sí? —El
duque se tranquilizó y se dejó caer de nuevo en el sopor—. ¿No tiene los sesos
revueltos? ¿Habla como un ser normal? Lo más abyecto que he visto en mi vida...
—Hablabais en otra
lengua cuando estábamos en el nido —explicó Miriamele a Tiamak—; fue
terrorífico.
—Lo sé. —Su rostro
se contorsionó como en un intento de contener la revulsión—. Después os lo
contaré, ahora no. —Entreabrió los ojos—. ¿Sacasteis algo más al rescatarme a
mí?
—Sólo a vos —dijo
Miriamele tras pensarlo—, y el lodo que se os había pegado.
—¡Ah! —Tiamak
parecía decepcionado, pero enseguida se calmó—. Tanto mejor. —Un momento
después, abrió los ojos por completo—. ¿Y mis pertenencias? —inquinó.
—Todo lo que
llevabais en la barca sigue aquí. —Tocó el bulto.
—Bien... bien.
—Suspiró aliviado y volvió a arrebujarse en la capa.
El cielo se iba
aclarando y el follaje de las dos márgenes comenzaba a revivir de entre las
sombras con la fuerza del color.
—Señora...
—¿Qué?
—Gracias. Gracias a
todos por haber venido a buscarme.
Miriamele percibió
que la respiración del hombrecillo se hacía más lenta, hasta que se durmió de
nuevo.
—Tal como dije a
Miriamele anoche, deseo daros las gracias a todos. Habéis sido conmigo mejores
amigos de lo que cabía esperar y, con toda seguridad, mejores de lo que
merecía.
—Tonterías
—carraspeó Isgrimnur—. No había más remedio. —Miriamele tuvo la impresión de
que el duque sentía cierta vergüenza. Tal vez recordaba el debate sobre si
debían tratar de salvar al wran o dejarlo atrás.
La compañía había
improvisado un campamento cerca del canal. La pequeña fogata, de llamas casi
invisibles en la brillante luz de la avanzada mañana, ardía alegremente
calentando agua para sopa y té de raíz amarilla.
—No, no lo
comprendéis. No habéis salvado sólo mi vida. Si es verdad que tengo ka, alma,
como la llamáis vosotros, la habría perdido para siempre en aquel lugar. No
habría resistido ni una hora más.
—Pero ¿qué estaban
haciendo con vos? —preguntó Miriamele—. Balbuceabais sin parar; casi parecíais
un ghant vos también.
Tiamak se
estremeció. Se había sentado, envuelto en la capa de Miriamele, pero apenas se
había movido hasta el momento.
—Os lo relataré lo
mejor que pueda, aunque ni yo mismo comprendo gran cosa. Pero ¿estáis seguros
de que no sacasteis nada más de allí conmigo?
Todos negaron con
la cabeza.
—Había... —comenzó
el wran, pero se detuvo a pensar—. Era algo parecido a un espejo. Estaba roto
pero aún quedaba un fragmento de marco en su sirio, grabado con arte. Ellos...
los ghants... me lo pusieron en las manos. —Levantó las manos para mostrarles los
cortes que ya sanaban—. Tan pronto como lo toqué, sentí que el frío se
apoderaba de mí, desde los dedos hasta la misma cabeza. Después, unas cuantas
criaturas de ésas vomitaron esa sustancia pegajosa y me cubrieron con ella.
—Respiró hondo pero no pudo continuar inmediatamente. Se quedó un momento en
silencio, con lágrimas en los ojos.
—No tenéis por qué
hablar de ello, Tiamak—le dijo Miriamele—; al menos todavía.
—Contadnos por lo
menos cómo os cazaron —terció Isgrimnur—; si no es tan terrible, quiero decir.
—Me atraparon con
tanta facilidad como si hubiera sido una cría de cangrejo recién salida del
huevo —prosiguió, con la mirada en el suelo—. Tres cayeron sobre mí desde los
árboles. —Miró de súbito hacia arriba, como si pudiera volver a suceder—.
Mientras luchaba contra ellos, doce más bajaron rápidamente y me redujeron.
¡Son listos! Me envolvieron en lianas igual que lo habría hecho cualquiera de
vosotros o yo con un prisionero, aunque me pareció que no sabían hacer nudos.
No obstante, las apretaron tanto que me era imposible escapar. Después,
quisieron subirme a los árboles, pero supongo que les pesaba demasiado.
Tuvieron que agarrarse a las lianas y a las ramas hundidas y remolcar la barca
hasta el banco de arena. Luego me llevaron al nido. No podéis imaginar cuántas
veces deseé que me mataran o que, al menos, me dejaran sin sentido de un golpe.
¡Sentir que me llevaban vivo y consciente por aquel lugar, negro como la boca
de un lobo, unas cosas parloteantes...! —Hizo una nueva pausa para recobrar la
compostura.
»Lo que hicieron
conmigo ya lo habían hecho con Mogahib el Joven. —Señaló hacia el otro wran,
acostado en la tierra cerca de allí y postrado todavía bajo los efectos de un
sopor febril—. Creo que seguía con vida porque no había pasado mucho tiempo en
su poder: tal vez no les resultó una herramienta tan útil como debieron de
creer que sería yo. De todos modos, tuvieron que dejarlo en libertad para
recuperar el fragmento de espejo y dármelo a mí. Cuando lo arrastraron hacia
otra parte, grité. El joven Mogahib estaba medio enloquecido, pero oyó mi voz y
respondió. Entonces lo reconocí y le dije a voces que mi barca todavía estaba
en la orilla y que se escapara si lograba llegar.
—¿Le dijisteis que
viniera en nuestra busca? —preguntó Cadrach—. Fue una casualidad increíble y
afortunada, si eso era lo que pretendía.
—No, no —replicó
Tiamak—. Fueron sólo unos breves momentos. Más tarde, sin embargo, tuve la
esperanza de que si conseguía librarse y regresar a la Arboleda del Pueblo, tal
vez os encontrara. Incluso en aquellas circunstancias sólo deseaba que
averiguarais que no os había abandonado por propia elección. —Frunció el
entrecejo—. Era mucho esperar que alguien acudiera en mi ayuda a aquel lugar...
—Dejad eso ya,
hombre —lo interrumpió Isgrimnur—. ¿Qué os hacían?
Miriamele tenía ya
la certeza de que el duque deseaba evitar el tema de la decisión. Estuvo a
punto de sonreír. ¡Como si alguien pudiera dudar jamás de su buena voluntad y
de su arrojo! No obstante, después de lo que había dicho con respecto a
Cadrach, tal vez Isgrimnur estuviera un tanto sensible.
—Aún no estoy
seguro. —Tiamak entornó los párpados como si quisiera evocar una imagen con la
imaginación—. Como decía, me... colocaron el espejo en la mano y me taparon con
aquel cieno. La sensación de frío era cada vez más intensa; creía que me estaba
muriendo ¡de asfixia y congelación al mismo tiempo! Entonces, cuando pensaba
que iba a exhalar el último aliento, sucedió algo aún más extraordinario.
—Levantó los ojos hacia los de Mínamele, como si quisiera asegurarse de que iba
a creerle—. Las palabras empezaron a entrar en mi cabeza... No, no eran
palabras. No había palabras en absoluto, sólo... visiones. —Hizo una pausa—.
Parecía que se hubiera abierto una puerta..., como si alguien hubiera
practicado una entrada al interior de mi cabeza y un caudal de pensamientos
ajenos penetrara en ella. Y lo peor de todo; no..., no eran pensamientos
humanos.
—¿No eran humanos?
¿Cómo lo sabíais? —Cadrach se mostraba muy interesado ahora, inclinado hacia
adelante, con sus grises ojos clavados en el wran.
—No puedo
explicarlo, pero, de la misma forma que si oímos a un petirrojo piar en e]
bosque sabemos que no es una voz humana, sabía yo que esos pensamientos no
habrían surgido jamás de una mente mortal. Eran ideas... frías. Lentas y
pacientes y tan odiosas para mí que me habría arrancado la cabeza de los
hombros si no hubiera estado maniatado en aquella inmundicia. Si antes no creía
del todo en Los Que Respiran Oscuridad, ahora creo a pie juntillas. Fue ho...,
horrible tenerlos dentro del cr..., cráneo.
Tiamak temblaba,
Miriamele se acercó y lo arropó con la capa. Isgrimnur, nervioso y azogado,
echó unas astillas más a las llamas.
—Tal vez ya hayáis
hablado suficiente —elijo la princesa.
—Casi he t...,
t..., terminado. Sí.., perdonadme; mee..., castañetean los dientes.
—Vamos —se ofreció
Isgrimnur, aliviado al tener algo que hacer—, os acercaremos al fuego.
—Tenía una idea de
que hablaba como los ghants —continuó, una vez aposentado de nuevo—, aunque no
me sentía como ellos. Me parecía que acogía aquellos pensamientos terribles y
demoledores en la cabeza y los pronunciaba en voz alta, pero con una serie de chasquidos
y zumbidos y toda la jerigonza que empleaban aquellas criaturas. Sin embargo,
de alguna manera, tenía sentido; era lo que deseaba hacer: hablar y hablar y
dejar que todos los pensamientos de la cosa fría que tenía dentro se derramaran
como sangre para que los ghants los entendieran.
—¿Sobre qué eran
los pensamientos? —preguntó Cadrach—. ¿Los recordáis?
—Algunos —replicó
encogido—, pero, como ya os he dicho, no consistían en palabras y eran tan
diferentes de los que tenemos nosotros que me resulta casi imposible nombrar
siquiera lo que sí recuerdo. —Sacó una mano de los pliegues de la capa para
tomar una taza de té de raíz amarilla—. Eran visiones, en realidad, estampas,
como ya he dicho. Veía ghants pululando por los caminos, desde los árboles
hasta las ciudades: miles y miles, como moscas en un frutal dulce; sólo...
pululaban. Y cantaban con sus voces zumbantes, todos la misma canción de poder
y alimentos, y de no morir nunca.
—¿Y eso era lo que
la..., la cosa fría les decía? —inquirió Miriamele.
—Supongo. Hablaba
como un ghant, veía como ellos... Eso también fue terrible. ¡El Que Siempre
Camina Sobre Arena me libre de volver a ver algo semejante en mi vida! El mundo
a través de sus ojos es fragmentado y retorcido, sin más colores que rojo
sangre y negro alquitrán; y tembloroso, como si todo estuviera cubierto por una
capa de grasa, o como si se tuvieran los ojos llenos de agua. Lo más difícil de
explicar... es que nada tenía rostro; ni los ghants ni la gente que corría
gritando por las ciudades invadidas. Todo ser vi..., vivo no era más que un
pegote de b..., barro con patas. —Calló y se llevó la taza de té a los labios
con manos temblorosas.
«Eso es todo.
—Respiró profundamente—. Pareció que se prolongaba años, pero no debieron de
pasar más de unos cuantos días.
—¡Pobre Tiamak!
—exclamó Miriamele con sentimiento—. ¿Cómo pudisteis conservar el juicio?
—No lo habría
conseguido si hubierais tardado un poco más en acudir-dijo con firmeza—, de eso
estoy seguro. Notaba que mi propia mente se tensaba y se escurría, como si
estuviera colgado por las puntas de los dedos sobre un precipicio profundo; un
precipicio hacia la oscuridad sin fin. —Miró la taza de infusión—. Me pregunto
a cuántos de mis paisanos, aparte de Mogahib el Joven, habrán utilizado como a
mí... sin que hayan sido rescatados.
—Había unos bultos
—dijo Isgrimnur despacio—. Unos bultos en una fila a vuestro lado... pero
mayores, sin cabezas que sobresalieran. Me acerqué a ellos. —Dudó—. Eran...,
eran masas informes bajo el limo blanco.
—Gentes de mi
tribu, con certeza —murmuró Tiamak—. ¡Ah! ¡Es horrible! Deben de haberlos
utilizado como velas, de uno en uno. —Tenía el rostro descompuesto—. ¡Horrendo!
Todos guardaron
silencio por un buen rato.
—Dijisteis que los
ghants nunca habían sido peligrosos hasta ahora—dijo Miriamele al fin.
—No lo eran. Aunque
estoy convencido de que empezaron a serlo, y mucho, después de mi partida;
tanto como para que la gente organizara un ataque al nido. Por eso, casi
seguro, faltaban las armas en casa de Mogahib el Viejo. Y los bultos que vio
Isgrimnur son pruebas de lo que ocurrió con los atacantes. —Echó un vistazo al
otro wran—. Él debía de ser el último prisionero.
—De todos modos,
sigo sin comprender lo del espejo —manifestó el duque—. Los ghants no usan
espejos, ¿verdad que no?
—No, ni hacen
objetos tan delicados. —Tiamak sonrió al duque débilmente—. Yo tampoco me lo
explico, Isgrimnur.
Cadrach, que
preparaba un tazón de té para el silencioso Cama-ns, se giró a mirar por encima
del hombro.
—Se me ocurren
algunas cosas, pero tengo que meditarlas mejor. Lo que sí es seguro es que hay
alguna forma de inteligencia que guía a esas criaturas, o tiene capacidad para
hacerlo en ocasiones; por lo tanto, no podemos entretenernos. Hay que salir del
Wran lo más rápido posible. —Hablaba en un tono frío, como si se refiriera a
acontecimientos completamente ajenos a él. A Miriamele no le gustaba la mirada
distante de sus ojos.
—El monje tiene
razón, por una vez —asintió Isgrimnur—. Creo que no hay tiempo que perder.
—¡Pero Tiamak está
enfermo! —objetó Miriamele, enfadada.
—No se puede hacer
nada, señora. Tienen razón. Si pudiera incorporarme y mantenerme apoyado sobre
algo, os serviría de guía. Conseguiríamos alejarnos del nido lo suficiente
durante la noche, y así tal vez podríamos arriesgarnos a descansar a la luz del
día.
—Adelante, pues.
—Isgrimnur se levantó—. El tiempo vuela.
—Ciertamente
—asintió Cadrach—, y cada vez nos queda menos.
Su tono era tan
sombrío e impersonal que los demás se volvieron a mirarlo, pero el monje se
limitó a chapotear hasta la orilla del agua y comenzó a cargar las cosas en la
barca.
Al día siguiente,
Tiamak había mejorado mucho, pero no así Mogahib el Joven. El wran caía en
delirios febriles durante los cuales se revolcaba y desvariaba gritando cosas
que, cuando Tiamak las traducía, sonaban similares a las visiones de pesadilla
que él mismo había experimentado; cuando descansaba, Mogahib el Joven quedaba
sumido en una postración semejante a la muerte. Tiamak le administraba
infusiones de hierbas medicinales que recogía de las márgenes del canal, pero
no surtían gran efecto.
—Su cuerpo es
fuerte, pero me da la impresión de que sus pensamientos están dañados sin
remedio. — Tiamak movía la cabeza apesadumbrado—. Quizá lo retuvieron más
tiempo del que yo creía.
Continuaron
navegando por el Wran en dirección al norte, pero no directamente sino por vías
laterales que sólo Tiamak podía seguir. Quedó patente que, sin él, se habrían
visto condenados a errar por los brazos estancados del río durante mucho
tiempo. Miriamele no quería pensar en lo que podría haberles sucedido.
El pantano la
saturaba cada vez más. El descenso al nido le había provocado una repugnancia
por el lodo, el hedor y las criaturas extrañas que ahora se ampliaba hasta
abarcar todo el salvaje Wran. Estaba asombrosamente vivo, pero también lo
estaría una bañera llena de gusanos, y no deseaba pasar un momento más de lo
imprescindible en ninguno de los dos sitios.
Durante la tercera
noche desde que habían escapado del nido, Mogahib el Joven murió. Estaba en
pleno delirio, gritando, según Tiamak, cosas sobre «el sol que gira en sentido
contrario» y sangre que se derramaba sobre las ciudades y las tierras secas
como agua de lluvia cuando, de repente, su rostro se ensombreció y los ojos se
le inflamaron. Tiamak intentó que bebiera agua, pero tenía las mandíbulas
herméticamente cerradas e imposibles de abrir. Un momento más tarde, el cuerpo
del wran quedaba rígido como un poste, rigidez que perduró hasta mucho después
de que sus desorbitados ojos perdieran todo vislumbre de vida.
Tiamak estaba
consternado, aunque se esforzaba por mantener la compostura.
—Mogahib el Joven
no era un amigo —comentó, mientras cubrían sus ojos abiertos con una capa—,
pero era el último vínculo de unión con mi pueblo. Ahora ya no sabré si todos
han sido capturados... y conducidos al nido... —le temblaban los labios—... o
si habrán huido a otro lugar más seguro tras el fracaso de los asaltantes.
—Si es que quedan
lugares más seguros —acotó Cadrach—, Decís que abundan los nidos de ghants en
el Wran. ¿Creéis que aquél sería el único peligroso?
—Yo no lo sé
—suspiró el hombrecillo—. Tendré que regresar a buscar la respuesta.
—Pero no solo
—replicó Mínamele con firmeza—. Quedaos con nosotros. Cuando encontremos a
Josua, os ayudaremos a buscar a vuestro pueblo.
—Cuidado, princesa
—advirtió Isgrimnur—, no podéis darlo por hecho...
—¿Por qué no?
¿Acaso no soy de sangre real también? ¿Es que eso no es garantía ninguna? Por
otra parte, Josua necesitará todos los aliados que pueda reunir, y los hombres
del Wran no son como para despreciarlos... tal como nos lo ha demostrado Tiamak
repetidas veces.
—Os agradezco tanta
consideración, señora —repuso el hombre del pantano, muy abochornado—, pero no
podría obligaros a cumplir esa promesa. —Miró el cuerpo amortajado del joven
Mogahib y suspiró—. Tenemos que hacer algo con él.
—¿Enterrarlo?
—preguntó Isgrimnur—. ¿Cómo, en un terreno tan húmedo?
—Nosotros no
enterramos a los muertos —replicó Tiamak—. Os lo mostraré por la mañana. Ahora,
si me excusáis, necesito pasear un rato. —Se alejó del campamento poco a poco,
renqueando.
—Ojalá no nos
hubiera dejado aquí con eso —dijo el duque mirando desasosegado el cadáver.
—¿Es que os dan
miedo los fantasmas, rimmerio? —inquirió Cadrach con una desagradable sonrisa.
Miriamele frunció
el entrecejo. Tenía la esperanza de que, tras la contribución de los
proyectiles ígneos del monje a facilitarles la huida, las hostilidades entre
Cadrach e Isgrimnur disminuyeran. En verdad, el duque parecía dispuesto a
conceder una tregua, pero la ira de Cadrach había cristalizado en algo helado y
bastante desagradable.
—No veo que haya
nada malo en tomar precauciones... —comenzó Isgrimnur.
—¡Oh! ¡Callaos los
dos! —exclamó la princesa, irritada—. Tiamak acaba de perder a su amigo.
—No eran amigos
—puntualizó Cadrach.
—Pues el compañero
de clan. Ya lo habéis oído: este hombre era el único que había encontrado desde
su regreso. ¡Es el único wran que ha visto! Y ahora ha muerto. Vos también
necesitaríais estar solo un rato. —Giró sobre sus talones y fue a sentarse
junto a Camaris, que entretejía ramitas en una especie de lazo.
—Bien... —dijo
Isgrimnur, e inmediatamente se calló y comenzó a mordisquearse la barba.
Cadrach tampoco añadió nada más.
Miriamele despertó
a la mañana siguiente, y Tiamak no estaba; sus miedos se disiparon un poco
después, cuando el hombrecillo regresó al campamento con una descomunal gavilla
de hojas de palma oleaginosa. Bajo la mirada de los demás, envolvió a Mogahib
el Joven en ellas, capa sobre capa, como una parodia del sacerdote de la Casa
de la Preparación de Erchester; al poco tiempo, nada era visible salvo un bulto
oblongo de rezumantes hojas verdes.
—Ahora me lo llevo
de aquí —anunció en voz baja—. No es necesario que me acompañéis si no lo
deseáis.
—¿Os gustaría que
fuéramos con vos? —preguntó Miriamele.
—Sí, me gustaría
—confirmó el wran tras mirarla un momento.
Miriamele se
aseguró la comparecencia de todos, incluso la de Camaris, que parecía mucho más
interesado en los pájaros de cola ribeteada que había en las ramas que en
cadáveres y velatorios.
Ayudado por
Isgrimnur, Tiamak depositó en la barca el cuerpo de Mogahib el Joven envuelto
en hojas. A unas brazadas río arriba, llevó la barca hacia un banco de arena y
los condujo a la orilla. Había construido una especie de bastidor de ramas
delgadas en un claro llano. Bajo el bastidor había apilado más hojas de palma y
madera. Con la colaboración de Isgrimnur, una vez más, alzaron el cuerpo sobre
el sutil bastidor, que se movió ligeramente bajo el peso recibido.
Cuando todo estuvo
preparado a su satisfacción, Tiamak se retiró unos pasos y se colocó al lado de
sus compañeros, mirando hacia el bastidor y hacia la pira aún no encendida.
—La Que Espera Para
Llevarnos A Todos —entonó—, que espera junto al último río: Mogahib el Joven
nos abandona ahora. Cuando pase flotando ante vos, recordad que fue valiente:
acudió al nido de ghants para salvar a su familia, a los hombres y mujeres de su
clan. Recordad también que fue bueno.
En ese punto, tuvo
que detenerse a pensar un momento. Miriamele recordó que el hombrecillo había
dicho que él y el otro wran no eran amigos.
—Siempre respetó a
su padre y a sus mayores —salmodió Tiamak por fin—. Celebraba las fiestas
cuando le correspondía y sin restricciones. —Respiró hondo—. Recordad vuestro
acuerdo con La Que Dio A Luz A La Humanidad. Mogahib el Joven recibió su vida y
la vivió. Después, cuando Los Que Vigilan Y Dan Forma le tocaron el hombro, se
rindió. La Que Espera Para Llevarnos A Todos: ¡no permitáis que siga flotando a
la deriva! —Se volvió hacia sus compañeros—. Repetidlo conmigo, os lo ruego.
—¡No permitáis que
siga flotando a la deriva! —exclamaron todos a la vez. En un árbol cercano, un
ave lanzó un sonido semejante al chirrido de una puerta.
Tiamak se acercó a
la pira y se arrodilló. Con unos cuantos golpes de pedernal y acero, encendió
unas chispas entre el impregnado follaje. En pocos instantes, la hoguera ardía
con fuerza y enseguida comenzaron a ennegrecerse y a retorcerse las hojas que envolvían
el cuerpo de Mogahib el Joven.
—No es necesario
que asistáis conmigo hasta el final. Si me aguardáis un momento río abajo, me
reuniré con vosotros enseguida.
Miriamele
comprendió que el wran no deseaba compañía en esa ocasión. Subieron a la barca
y se alejaron un poco, hasta que el siguiente meandro del canal les tapó la
vista por completo, excepto la creciente columna de humo gris.
Más tarde, Tiamak
se acercó vadeando el río, Isgrimnur lo ayudó a subir a bordo y regresaron al
campamento por el agua. Tiamak apenas habló aquella noche; se limitó a
permanecer sentado frente a la hoguera contemplando las llamas hasta mucho
después que los demás se hubieron acostado.
—Creo que ahora
comprendo algo de la historia de Tiamak —dijo Cadrach.
Se acercaba el
final de la mañana, seis días después de dejar atrás el nido de ghants. Hacía
calor, pero una brisa mejoraba las condiciones del canal con respecto a días
anteriores. Miriamele comenzaba a creer que por fin saldrían pronto de allí.
—¿A qué os referís?
—Isgrimnur se esforzaba por suprimir el resentimiento de su tono de voz sin
lograrlo por completo. Las relaciones entre el rimmerio y el monje seguían
empeorando.
Cadrach le dedicó
una mirada magistral, pero dirigió la respuesta a Miriamele y a Tiamak,
sentados en el centro de la barca. Camaris, que oteaba las orillas con gran
atención, impulsaba la embarcación desde la popa.
—El fragmento de
espejo, el discurso ghant... Creo que sé lo que significan.
—Decídnoslo,
Cadrach —le instó Miriamele.
—Como sabéis,
señora, he estudiado cuestiones de gran antigüedad. —El monje se aclaró la
garganta, no insatisfecho del todo por tener un auditorio—. He leído cosas
relativas a unos objetos llamados Testigos...
—¿En el libro de
Nisses? —preguntó Miriamele; se sorprendió al notar que Tiamak se encogía a su
lado como para evitar un golpe. Se volvió a mirarlo, pero el menudo hombre
miraba fijamente a Cadrach, con intensidad feroz y recelo, como si acabaran de
revelarle que el hernystiro era medio ghant.
Confusa, volvió la
vista al monje y se encontró con que él la miraba a ella furioso,
«Supongo que es que
no quiere pensar mucho en eso», se dijo Miriamele, y se arrepintió de no
haberse sujetado la lengua. De todas formas, la auténtica causa de su extrañeza
se debía a la reacción de Tiamak. ¿Qué había dicho ella? ¿O Cadrach?
—Sea como sea
—resumió Cadrach con gravedad, como forzado a proseguir contra su voluntad—, en
un tiempo existieron unas cosas llamadas Testigos, fabricadas por los sitha en
las profundidades del tiempo. Con ellas se comunicaban unos con otros a través
de grandes distancias y hasta es posible que les permitieran contemplar los
sueños y visiones de cada cual. Los hacían de formas variadas: «Piedras y
escamas, charcas y palancas», como dicen los libros antiguos. Las «escamas» era
el nombre que los sitha daban a los espejos, no sé por qué.
—¿Queréis decir que
el espejo de Tiamak era... una cosa de ésas? —preguntó Miriamele.
—Es mi teoría.
—Pero ¿qué tendrían
que ver los sitha con los ghants? Incluso aunque odien a los hombres, según
tengo entendido, no creo que les gustasen esas asquerosas sabandijas tampoco.
—Ah, pero si esos
Testigos todavía existen, tal vez otros seres además de los sitha podrían
utilizarlos. Recordad, princesa, todo lo que escuchasteis en Naglimund; no
olvidéis quién urde y espera en el norte helado.
Miriamele, al
evocar el insólito discurso de Jarnauga, sintió de pronto un estremecimiento
que nada tenía que ver con la cálida brisa.
Isgrimnur se
inclinó hacia adelante en su asiento.
—Deteneos un
momento, hombre. ¿Insinuáis que ese tipo, el Rey de la Tormenta, ha encantado a
los ghants? Entonces ¿qué falta les hacía Tiamak? No tiene sentido.
—Yo no he dado nada
por sentado, rimmerio —replicó Cadrach, reprimiendo una respuesta mordaz—, pero
podría ocurrir que los ghants fueran demasiado distintos, demasiado... simples,
quizá para que los que ahora utilizan los Testigos puedan establecer comunicación
directa con ellos. —Se encogió de hombros—. Mi teoría es que necesitaban
humanos como intermediarios, una especie de mensajeros.
—Pero ¿para qué
querría el Rey de la...? —Miriamele se contuvo; aunque Isgrimnur ya hubiera
pronunciado el nombre, ella no quería repetirlo—. ¿Para qué querría alguien de
esas características a los ghants del Wran?
—Eso escapa a mi
entendimiento, señora. ¿Quién aspiraría a conocer los planes de..., de un ser
de esas características?
—¿Recordáis algo
más de lo que os obligaron a decir? —preguntó la princesa a Tiamak—. ¿Creéis
que Cadrach podría estar en lo cierto?
Tiamak parecía
reacio a hablar del tema. Miraba al monje con recelo.
—No lo sé. Mis
conocimientos de... magia y libros antiguos son escasos, muy escasos. —El wran
se sumió en el silencio.
—Ya sabía que no me
gustaban los ghants —dijo Miriamele—, pero, si eso es cierto..., si forman
parte de..., de aquello contra lo que luchan Josua y los demás... —Se envolvió
en sus propios brazos—. Cuanto antes nos marchemos de aquí, mejor.
—En eso estamos
todos de acuerdo —murmuró Isgrimnur.
Aquella noche,
durante el sueño, mientras la barca se mecía suavemente en la lenta corriente,
unas voces le hablaron desde detrás de un velo de sombras: voces tenues,
insistentes, que susurraban palabras de decadencia y pérdidas como si fueran
cosas deseables.
Se despertó bajo
las débiles estrellas y comprendió que, a pesar de encontrarse rodeada de
amigos, estaba terriblemente sola.
La recuperación de
Tiamak resultó incompleta. Al día siguiente del funeral de Mogahib, cayó en una
especie de estado febril que lo dejó lánguido y debilitado; al caer la noche,
el wran sufrió sueños terribles, visiones que no logró recordar por la mañana
pero que lo atormentaron hasta hacerle gritar dormido. Puesto que Tiamak era
torturado todas las noches, el resto de la compañía descansaba casi tan poco
como él.
Seguían pasando los
días, pero el Wran prolongaba su presencia como un convidado que no se marcha
nunca: por cada legua de jungla pantanosa que cubrían —flotando bajo el cielo
humeante o vadeando por el cieno pegajoso y maloliente al tiempo que empujaban
la pesada barca—, otra más se abría ante ellos. A veces, Miriamele tenía la
sensación de que un brujo estaba jugándoles una mala pasada y se los llevaba
misteriosamente al lugar de partida todas las noches mientras dormían un sueño
poco reparador.
El acoso de los
insectos, que parecían disfrutar encontrando el punto más débil de cada uno; el
sol, nebuloso pero potente; el aire, caliente y húmedo como el vapor de un
cuenco de sopa: todo coadyuvaba a poner a los viajeros al borde del estallido,
e incluso más allá muchas veces. Hasta la llegada de la lluvia, que al
principio recibieron como una bendición, resultó ser otra maldición. El
monótono aguacero, caliente como la sangre, persistió durante tres días
completos, hasta que todos creyeron que los demonios se dedicaban a romperles
la cabeza con martillos diminutos. Las adversas condiciones comenzaban a
afectar también al anciano Camaris, hasta el presente inmutable e inamovible
ante todos los acontecimientos, tan sereno que permitía a los mordaces insectos
recorrer su piel sin espantarlos, cosa que a Miriamele le escocía sólo con
verlo. A pesar de todo, los tres días con sus tres noches de lluvia continua
terminaron por corroer al viejo caballero. A medida que avanzaban, en el curso
del tercer día de aguas, se encajó casi hasta las cejas un sombrero que se
había confeccionado con hojas y se quedó mirando apesadumbrado el canal donde
gorgoteaba la lluvia, con su largo rostro tan entristecido que Miriamele se
acercó a él y le puso una mano sobre el hombro. No manifestó reacción alguna,
pero algo en su postura sugería que agradecía el contacto; fuera cierto o no,
pareció animarse un tanto. Miriamele admiró su amplia espalda y anchos hombros,
que se le antojaron sólidos, casi hasta la indecencia, en un anciano.
Para Tiamak,
suponía un gran esfuerzo el simple hecho de mantenerse sentado en la popa,
envuelto en una manta, dando instrucciones entre castañeteos de dientes. Les
dijo que estaban a punto de alcanzar el extremo norte del Wran, pero ya les
había anunciado lo mismo muchos días antes y sus ojos tenían ahora una mirada
extraña y vidriosa. Isgrimnur y Miriamele procuraban ocultarse la preocupación
mutuamente. Cadrach, que en más de una ocasión había estado a punto de llegar a
las manos con el duque, se mofaba abiertamente de las posibilidades de
encontrar la forma de salir de allí. Isgrimnur le dijo al fin que si volvía a
pronunciar predicciones pesimistas lo tiraría por la borda, y así, si tenía
intención de terminar el viaje, lo haría a nado. El monje suprimió sus críticas
pero, cuando el duque volvía la espalda, le dirigía unas miradas que
inquietaban a Miriamele.
La princesa veía
claramente que el Wran estaba agotándolos a todos. En principio, no era un
lugar adecuado para la gente... menos aún para los de tierras secas.
—Por aquí podría
estar bien. —Miriamele avanzó un poco más con dificultad, procurando mantener
el equilibrio al aplastar el barro bajo las suelas de sus botas.
—Si vos lo decís,
señora —murmuró Cadrach.
Se habían alejado
un poco del campamento para enterrar las sobras de comida, raspas, pellejos
escamosos y restos de fruta en su mayoría. Durante el largo recorrido de su
viaje, los inquisitivos simios del Wran se habían mostrado ansiosos en exceso
por acudir al campamento en busca de los desperdicios, incluso cuando alguno de
la compañía se quedaba despierto montando guardia. La última vez que los habían
dejado sin enterrar, a unos cuantos metros de ellos, habían pasado la noche en
medio de lo que parecía un festival de macacos alborotadores y chillones en
caótica competición por los derechos sobre las mejores migajas.
—Adelante, Cadrach
—le ordenó enfadada—, cavad un agujero.
La miró brevemente
de soslayo y se dobló para empezar a escarbar en la húmeda tierra, Unas cosas
retorcidas, que brillaban a la luz de la antorcha, salían en cada palada.
Cuando el monje terminó, Miriamele dejó caer el bulto envuelto en hojas, y
Cadrach volvió a taparlo con barro; después dio media vuelta y echó a andar
hacia el resplandor de la fogata.
—Cadrach...
—¿Sí, princesa?
—repuso girándose despacio.
—Lamento que...,
que Isgrimnur os dijera lo que os dijo. —Avanzó hacia él—. En el nido. —Levantó
las manos en gesto de impotencia—. Estaba preocupado y a veces habla sin
pensar, pero es un buen hombre.
El rostro de
Cadrach permanecía impávido, como si hubiera corrido una cortina sobre sus
pensamientos y hubiera dejado los ojos singularmente inexpresivos a la luz de
la antorcha.
—¡Ah, sí! Un buen
hombre; escasean tanto...
—No es excusa
suficiente, lo sé; pero, Cadrach, por favor, ¡comprended que estaba muy
preocupado!
—Claro, lo entiendo
perfectamente. He vivido muchos años conmigo mismo, señora... ¿Cómo podría
recriminar a nadie por albergar idénticos sentimientos, incluso aunque ignore
todo lo que yo sé?
—¡Maldito seáis!
—le espetó—. ¿Por qué tenéis que ser así? ¡No os odio, Cadrach! ¡No os
aborrezco, a pesar de los problemas que nos hemos causado el uno al otro!
Se quedó mirándola
un momento, como si se debatiera entre emociones contradictorias.
—No, mi señora. Me
habéis tratado mejor de lo que merezco.
—¡Y no os censuro
en lo más mínimo por oponeros a ir al nido! —prosiguió, consciente de que era
preferible evitar la discusión.
—No, señora.
—Sacudió la cabeza despacio—. Ni lo haría nadie, ni siquiera vuestro duque, si
supieran...
—Si supieran ¿qué?
—replicó ella, cortante—. ¿Qué os sucedió, Cadrach? ¿Más de lo que me habéis
contado sobre Pryrates y... el libro?
—No deseo hablar de
ello —repuso inflexible.
—¡Oh! ¡Por el amor
de Elysia! —exclamó Miriamele, contrariada. Se adelantó unos pasos, alargó el
brazo y le tomó la mano. Cadrach retrocedió e intentó desasirse, pero lo tenía
agarrado con firmeza—. Escuchadme. Si os odiáis a vos mismo, los demás os odiarán;
hasta los niños lo saben, y vos sois un hombre culto.
—Y, si un niño
recibe odio —escupió—, acabará por odiarse a sí mismo.
La princesa no
comprendió lo que había querido decir.
—Pero, por favor,
Cadrach —insistió—, tenéis que perdonar, y empezando por vos mismo. No puedo
soportar ver a una amigo maltratado, ni siquiera por sí mismo.
La fuerza incesante
con que el sacerdote trataba de soltarse disminuyó de repente.
—¿Un amigo?
—repitió con aspereza.
—Un amigo. —
Miriamele le apretó la mano y después la dejó libre. Cadrach se apartó un paso,
pero no más—. Y ahora, por favor, debemos intentar ser amables unos con otros
hasta que encontremos a Josua, porque, si no, nos volveremos locos.
—Encontrar a
Josua... —pronunció como un eco, aunque sin inflexión; súbitamente su
pensamiento se alejó.
—Sí, claro.
—Miriamele comenzó a andar hacia el campamento y de nuevo se detuvo—.
Cadrach...
—¿Qué? —Tardó un
momento en contestar.
—Sabéis magia,
¿verdad? —Al ver que no respondía, continuó—: Es decir, sabéis mucho de ese
tema, o al menos... dejasteis constancia de ello. En realidad, creo que es
cierto que sabéis hacerla.
—¿De qué habláis?
—parecía enojado, aunque había un cierto miedo en sus palabras—. Si os referís
a los proyectiles de fuego, aquello no tenía nada que ver con la magia; los
perdruineses los inventaron hace mucho tiempo, si bien utilizaban otra clase de
óleo; los utilizaban en las batallas navales.
—Sí, lo hicisteis
muy bien. No obstante, hay más que eso en lo que a vos se refiere, y lo sabéis.
¿Por qué, si no, estudiaríais cosas como..., como ese libro? Y sé todo acerca
del doctor Morgenes, es decir, que, si vos erais un miembro de su... ¿cómo lo llamabais?
La Alianza del Pergamino...
—El Arte, mi señora
—replicó Cadrach con un gesto de fastidio—, no es un saco de trucos de
hechicero; es una forma de entender las cosas, de ver cómo funciona el mundo
con la misma seguridad con que un constructor comprende una palanca o una
rampa.
—¿Lo veis? ¡Sí que
sabéis magia!
—No hago
magia—repitió con firmeza—. En una o dos ocasiones he utilizado los
conocimientos que me proporcionan los estudios. —A pesar de que hablaba con
franqueza, no podía mirarla a los ojos—. Pero no es lo que vos entendéis por
magia,
—A pesar de todo
—insistió Mi ríamele, pertinaz—, pensad en la ayuda que podríais prestar a
Josua. Pensad en el apoyo que podríamos ofrecerle. Morgenes ha muerto; ¿qué
otra persona lo aconsejaría con respecto a Pryrates?
Cadrach levantó la
mirada, y parecía la de un hombre acorralado.
—¿Pryrates? —rió
irónicamente—. ¿Creéis que puedo prestar ayuda contra Pryrates? Y él no es más
que una parte ínfima de las fuerzas alineadas en vuestra contra.
—¡Razón de más! —
Miriamele quiso tomarle la mano de nuevo, pero el monje la retiró—. Josua
necesita ayuda, Cadrach. Si teméis a Pryrates, ¿cuánto más temeréis el mundo
que impondría si él y el Rey de la Tormenta no son derrotados?
Al sonido de tan
terrible nombre, un rumor amortiguado de truenos retumbó en la distancia.
Miriamele miró alrededor sobresaltada, como si una cosa vasta y sombría los
estuviera observando. Cuando se volvió, Cadrach se alejaba tambaleándose por el
cieno hacia el campamento.
—¡Cadrach!
—¡Ya basta! —gritó
éste y, agachando la cabeza, desapareció entre la oscura maleza.
La princesa lo
siguió hasta el campamento, oyendo sus maldiciones al atravesar el fango
traicionero. Se censuró por haber dicho lo que no debía justo en el momento en
que creía haberlo ablandado. ¡Qué hombre tan loco y tan triste! Además, cosa
que también la enfureció, en la confusión de la charla había olvidado
preguntarle sobre aquel pensamiento en relación con Pryrates, el que tantas
vueltas le daba en la cabeza la noche anterior, algo que tenía que ver con su
padre, con la muerte, con Pryrates y con el libro de Nisses. Aún le parecía
importante, pero tal vez pasaría mucho tiempo antes de que pudiera tratar del
tema otra vez con el monje.
A pesar de la buena
temperatura de la noche, se envolvió bien arropada en su capa al acostarse; sin
embargo, el sueño no llegaba. Pasó la mitad de la noche tumbada, escuchando la
peculiar e incesante música del pantano. Además, también tenía que resignarse
al enojoso y constante arrastrarse y revolotear de los bichos, aunque, aun
siendo muy molestos, no eran nada comparados con la irritación de los
pensamientos que no cesaban.
Para su sorpresa y
alegría, el día siguiente trajo un cambio relevante en el entorno. Los árboles
no estaban tan enmarañados y, en algunas partes, la barca salía de la jungla
húmeda hacia lagunas despejadas y poco profundas, espejos agitados sólo por el suave
meneo del viento y los bosques de hierbas ondulantes que crecían entre las
aguas.
Tiamak parecía
complacido con el progreso y anunció que se hallaban muy cerca del extremo más
remoto del Wran. No obstante, la proximidad de la salida no curó su debilidad
ni su fiebre, y el hombrecillo delgado y moreno pasó gran parte de la mañana
dormitando intermitentemente y despertándose de vez en cuando con un sobresalto
en plena verborrea ininteligible y bárbara, para volver a su propio ser poco a
poco.
Hacia el final de
la tarde, la fiebre aumentó y su desasosiego se intensificó hasta el punto de
empezar a sudar y a balbucir de forma incontenible, con sólo algunos breves
lapsos de lucidez. Durante uno de estos lapsos, se recuperó lo suficiente como
para ejercer de boticario para sí mismo. Pidió a Miriamele que le preparara una
infusión de hierbas, y le indicó dónde crecían algunas de las necesarias, en
las orillas del Wran: un césped en flor llamado hierba viva y una enredadera
rastrera de hojas ovales cuyo nombre fue incapaz de articular, a causa del
desfallecimiento.
—Y raíz amarilla
también —resolló. Tenía un aspecto que asustaba, los ojos enrojecidos y la piel
perlada de sudor. Miriamele trataba de controlar el temblor de las manos
mientras molía los ingredientes recolectados sobre una piedra plana que
sostenía en el regazo—. Raíz amarilla, para aligerar el estreñimiento —musitó.
—¿Cuál es?
—preguntó—. ¿Crece por aquí?
—No, pero no
importa. —Trató de sonreír, pero el esfuerzo era excesivo; en cambio, rechinó
los dientes y gruñó en voz baja—. Está en mi bolsa.
Giró apenas la
cabeza en dirección al saco del que se había apoderado en la Arboleda del
Pueblo, y que ahora contenía todas las pertenencias que guardaba con tanto
celo.
—Cadrach —llamó
Miriamele—, ¿lo buscáis vos? No quiero que se me caiga todo lo que tengo
encima.
El monje, que se
hallaba sentado a los pies de Camaris mientras el viejo impulsaba la barca con
la pértiga, cruzó al otro lado de mala gana evitando a Isgrimnur, sin mirarlo
siquiera. Se arrodilló y comenzó a sacar y a examinar el contenido del saco.
—Raíz amarilla
—dijo la princesa.
—Sí, lo he oído,
señora —replicó Cadrach con un ligero toque de su habitual tono sarcástico—.
Una raíz, y también sé que es amarilla... gracias a mis muchos años de
estudios. —Notó algo entre los dedos que lo hizo detenerse. Estrechó los ojos y
sacó del equipaje de Tiamak un paquete envuelto en hojas y atado con finos
zarcillos. Una parte de la cubierta se había secado y pelado. Miriamele atisbó
el brillo de algo blanco en el interior—. ¿Qué es esto? —Retiró la envoltura un
poco más—. Un pergamino muy antiguo... —comenzó.
—¡No,
demonio!¡Brujo!
La aguda voz
sobresaltó tanto a la princesa que se le cayó la piedra que había utilizado
como mano de mortero; rebotó en su bota, con gran daño para su pie, y siguió
rodando hasta el fondo de la barca. Tiamak, con los ojos desorbitados, se
debatía por levantarse.
—¡No lo cojáis!
—gritó. En las comisuras de los labios se le acumulaba espuma de saliva—. ¡Ya
sabía que intentaríais apoderaros de él!
—¡La fiebre lo
trastorna! —exclamó Isgrimnur, bastante preocupado—. ¡Que no haga volcar la
barca!
—Pero si es
Cadrach, Tiamak-dijo Miriamele con ánimo de calmarlo, aunque la asustaba la
expresión de odio del rostro del wran—. Está buscando la raíz amarilla.
—Lo conozco —gruñó
Tiamak—. Sé exactamente qué es y lo que quiere. ¡Que la maldición caiga sobre
vos, monje del demonio! ¡Aguardáis a que esté enfermo para robarme el
pergamino! Bien, pues no tenéis derecho a poseerlo. ¡Es mío! ¡Lo compré con mis
propias monedas!
—Dejadlo en su
sitio, Cadrach —le instó Miriamele—, así no rabiará más.
El monje —cuyo
asombro inicial había dado paso a un sentimiento aún más inquietante, e
inquietante también para la princesa— volvió a guardar el paquete en el saco
con movimientos lentos y después le pasó todo a ella.
—Tomad; sacad vos
lo que necesita. En mí no se puede confiar.
—¡Oh, Cadrach!
—imploró—, no seáis absurdo. Tiamak está enfermo y no sabe lo que dice.
—Sí que lo sé. —Los
enormes ojos del wran todavía estaban clavados en el monje—. Se ha delatado a
sí mismo; sé lo que pretende.
—¡Por el amor de
Aedón! —intervino Isgrimnur, asqueado—. Dadle algo para que duerma. Hasta yo sé
que el monje no quería robar nada.
—¿Hasta vos,
rimmerio? —murmuró Cadrach, pero sin rastro de su habitual mordacidad, sino más
bien con un eco de terrible desesperanza y algo más: un matiz peculiar que
Miriamele no logró descifrar.
Preocupada y
confusa, se concentró en buscar la raíz amarilla de Tiamak. El wran, con el
cabello húmedo y despeinado por el sudor, siguió con la mirada fija en Cadrach
como un arrendajo azul enloquecido por una ardilla que husmeara cerca de su
nido.
Miriamele achacó
todo el incidente a la enfermedad de Tiamak, pero aquella noche se despertó de
pronto, en el campamento que habían asentado en uno de los escasos bancos de
arena secos, y vio a Cadrach —encargado del primer turno de guardia—
revolviendo en el bolso de Tiamak.
—¿Qué hacéis?
—Salvó la distancia en unos pocos y rápidos pasos.
A pesar de la
cólera, no levantó la voz para no despertar a los demás de su sueño. No podía
sustraerse a la sensación de que Cadrach era, en cierto modo, responsabilidad
suya y sólo suya, y el resto de los compañeros no debía interferir si podía
evitarlo.
—Nada —farfulló el
monje, pero su expresión de culpable lo delató. Miriamele hundió la mano en el
saco y agarró los dedos de Cadrach y el paquete envuelto en hojas.
—Tendría que
haberlo sabido —le dijo llena de furor—. ¿Hay verdad en las palabras de Tiamak?
¿Habéis intentado robarle sus cosas ahora que está tan enfermo que no puede
cuidarlas?
—No sois mejor que
los demás —contestó él bruscamente, como un animal herido—. En la primera
ocasión me dais la espalda, exactamente igual que Isgrimnur.
Aquellas palabras
la hirieron, pero Miriamele seguía enfurecida por haberlo sorprendido en un
acto tan bajo después de haberle reiterado su confianza.
—No habéis
respondido mi pregunta.
—¡Qué insensatez la
vuestra! —gruñó Cadrach—. Si quisiera robarle algo, ¿por qué tendría que haber
esperado hasta salvarlo del nido de ghants? —Sacó la mano de la bolsa, y a la
vez la de Miriamele; después, tomó el paquete y se lo plantó en la palma—. ¡Tomad!
Sólo tenía curiosidad por saber qué era y por qué se puso tan goirach... por
qué se encendió de aquella forma. Jamás lo había visto hasta ahora... ¡Ni
siquiera sabía que estaba aquí! Guardadlo vos, princesa, a salvo de rateros
miserables como yo.
—Pero podríais
haberle preguntado —replicó ella, bastante avergonzada ahora que el sofoco
había pasado, y rabiosa por sentirse así—, y no venir arrastrándoos cuando los
demás dormimos.
—¡Oh, sí!
¡Preguntarle! ¡Ya visteis con cuánta ternura me miraba cuando no hice más que
tocarlo! ¿Tenéis la menor idea de lo que es, mi impetuosa señora? ¿Lo sabéis?
—No, ni lo sabré
hasta que Tiamak me lo diga. —Vacilante, observó el objeto cilíndrico; en otras
circunstancias, estaba segura de que ella habría sido la primera en tratar de
averiguar qué era lo que el wran protegía. Sin embargo, ahora estaba maniatada por
sus propias palabras, y además había ofendido al monje—. Lo guardaré en sitio
seguro y no lo abriré —dijo lentamente—. Cuando Tiamak se reponga, le pediré
que nos lo enseñe a todos.
Cadrach la miró un
buen rato. Sus rasgos, iluminados por la luna y los reflejos rojos de las
últimas brasas del fuego, casi inspiraban miedo.
—Muy bien, mi
señora — musitó. Miriamele creyó percibir cómo se endurecía su voz—. Muy bien.
Mantenedlo a salvo de manos ladronas cueste lo que cueste. —Se dio media vuelta
y, cogiendo su capa, la llevó al extremo del arenal, lejos de los otros—.
Montad la guardia, pues, princesa Miriamele. Aseguraos de que no se acerque
ningún hombre malo. Yo voy a dormir. —Dicho esto, se acostó y se convirtió en
otra sombra más.
Miriamele se sentó
a escuchar los ruidos de la noche en el pantano. Aunque el monje no volvió a
hablar, casi notaba su presencia insomne en la oscuridad a escasos pasos de
ella. Otra vez había quedado expuesta una parte suya cruda y dolorosa, una
parte que, durante las últimas semanas, había permanecido prácticamente oculta.
Fuera lo que fuese, ella había creído que ya estaba superada tras la larga
noche de revelaciones por parte de Cadrach en la bahía de Firannos. En esos
momentos, deseaba haber dormido toda la noche de un tirón y no haberse
despertado hasta por la mañana, cuando la luz del día hubiera hecho que todo
fuera seguro y normal.
El Wran quedó atrás
por fin, pero no de un solo y definitivo brochazo, sino mediante la paulatina
disminución del follaje y el estrechamiento de los canales, hasta que se
encontraron flotando por una planicie de bosque bajo entrecruzada por pequeños
brazos de agua. El mundo era ancho de nuevo, se extendía de horizonte a
horizonte. Miriamele se había acostumbrado tanto a las vistas cerradas que casi
le parecía incómodo verse frente a tanto espacio.
En cierto modo, los
últimos tramos del Wran eran los más traicioneros, puesto que tenían que
arrastrar la barca por tierra con más frecuencia que antes. En una ocasión,
Isgrimnur quedó atrapado en un agujero de arena hasta la cintura, y sólo el
esfuerzo combinado de Miriamele y Camaris logró rescatarlo.
El lago Thrithing
se abría ante ellos, una vasta extensión de oteros y escasa vegetación, a
excepción de la siempre presente hierba. En las laderas se distinguían unos
pocos árboles, pero, salvo algunos grupos de pinos altos, eran enanos y apenas
se diferenciaban de los arbustos. Bajo la luz del final de la tarde, semejaba
una tierra solitaria y azotada por el viento, un lugar donde muy pocas
criaturas y ningún pueblo habitaría por libre elección.
Tiamak los había
conducido finalmente más allá de los territorios que él conocía, y cada vez se
les hacía más difícil decidir qué canales serían navegables. Cuando alcanzaron
el último, que se estrechó hasta hacer imposible el avance, bajaron de la barca
y se quedaron en silencio un rato, con el cuello de las prendas subido para
abrigarse de la fría brisa.
—Al parecer, ha
llegado el momento de caminar. —Isgrimnur tendió la vista hacia el salvaje
norte—. Estamos en el lago Thrithing y, por lo tanto, encontraremos agua
potable, sobre todo después del tiempo que ha hecho este año.
—Pero ¿y Tiamak?
—preguntó Miriamele. La poción que había preparado para el wran había surtido
cierto efecto, aunque no le había proporcionado ninguna cura milagrosa; estaba
en pie, pero débil y con mal color.
—No sé. Supongo que
podríamos esperar hasta que mejore un poco, aunque no estoy de acuerdo con
pasar aquí más tiempo del necesario. A lo mejor podemos improvisar una especie
de angarillas.
Camaris se inclinó
de pronto y cogió a Tiamak por las axilas con sus largas manos, para gran
sobresalto del wran. Con una facilidad impresionante, el viejo lo levantó y lo
sentó sobre sus hombros; el wran, que había empezado a comprender su intención
en pleno vuelo, separó las piernas, colocó una a cada lado del cuello de
Camaris y allí se quedó, a cuestas como un crío.
—Ahí está la
respuesta, parece —comentó el duque con una sonrisa—. No sé cuánto aguantará,
pero tal vez lleguemos hasta algún refugio mejor. Con eso ya sería más que
suficiente.
Recogieron las
cosas de la barca y las guardaron en los pocos sacos de tela que habían traído
de la Arboleda del Pueblo. Tiamak se puso su bolso bajo el brazo con el que se
agarraba a Camaris. No había vuelto a hablar de él ni de su contenido desde el
incidente en la barca, y a Miriamele no le había parecido oportuno incitarlo a
que les revelara lo que llevaba.
Con más sentimiento
del que se esperaba, se despidieron de la barca y emprendieron la marcha por
las orillas del lago Thrithing.
Camaris resultó sin
par en la tarea de transportar a Tiamak. Aunque se detenía a descansar cuando
lo hacían todos y se movía muy despacio entre los pocos espacios de terreno
pantanoso que aún quedaban, se mantenía a la altura de los que iban libres de
carga sin dar mayores muestras de cansancio. Miriamele no podía evitar echarle
una ojeada de vez en cuando, llena de respeto y admiración. Si aún en la vejez
se comportaba así, ¿qué proezas increíbles habría llevado a cabo en la flor de
la juventud. Aquello era suficiente para convencer a cualquiera de la veracidad
de las antiguas leyendas, incluso de las más extraordinarias.
A pesar del
evidente vigor del anciano, Isgrimnur se empeñó en cargar con el wran durante
la última hora antes del ocaso. Cuando por fin hicieron alto para acampar, el
duque jadeaba y resoplaba y daba la sensación de que se hubiera arrepentido de
su decisión.
Montaron el
campamento cuando el sol todavía estaba en el cielo, en un bosquecillo de
árboles bajos, y encendieron un fuego con madera seca. La nieve, que cubría
gran parte del norte, no había durado tanto, al parecer, en la ribera del
Thrithing; pero, cuando el sol por fin se escondió en el horizonte, el
anochecer fue tan frío que todos permanecieron acurrucados al abrigo de la
hoguera. Miriamele se alegró entonces de no haber dejado atrás su andrajoso y
sucio hábito de acólito.
Un viento helado
agitaba las ramas sobre sus cabezas. La sensación de estar rodeado por el Wran
fue sustituida por un sentimiento de hallarse peligrosamente al descubierto;
aun así, la tierra sobre la que descansaban estaba seca, y eso, según
Miriamele, era como para dar gracias de todas formas.
Tiamak se
encontraba algo mejor al día siguiente y pudo caminar durante gran parte de la
mañana antes de tener que subirse a los anchos hombros de Camaris otra vez.
Isgrimnur, fuera de los confinadores y engañadizos marjales, volvía a ser él
mismo, con sus canciones de gusto dudoso —Miriamele se divertía llevando la
cuenta de cuántos versos completaba antes de pararse aturdido para disculparse
ante ella— y sus historias de las batallas y las maravillas que había visto.
Cadrach, por el contrario, permanecía tan silencioso como lo había estado desde
que habían abandonado el Nube de Eadne. Respondía cuando le hablaban y mostraba
especial cortesía para con Isgrimnur, como si jamás hubieran intercambiado una
palabra insultante pero, por lo demás, mantenía el mismo mutismo que Camaris. A
Miriamele no le gustaba su aspecto comedido, pero nada de lo que ella dijera o
hiciera cambiaría su actitud de calma y contención y, finalmente, lo dejó por
imposible.
Hacía ya tiempo que
habían dado la espalda a la maraña a ras de suelo del Wran; incluso desde las
colinas más elevadas, poco se distinguía ya del horizonte sur, salvo una línea
oscura. Cuando acamparon en otra arboleda, Miriamele se preguntó cuánto se habrían
alejado y, lo que era más importante, cuánto más se alargaría el viaje aún.
—¿Hasta dónde
tendremos que seguir? —preguntó a Isgrimnur mientras compartían una escudilla
de guiso de pescado en salazón traído de la Arboleda del Pueblo—. ¿Lo sabéis?
—No estoy seguro,
señora. Más de cincuenta leguas, tal vez sesenta o setenta. Un trecho largo,
muy largo, me temo.
—Tardaremos
semanas—comentó con preocupación.
—No podemos hacer
otra cosa —repuso con una sonrisa—. De todas formas, princesa, estamos mucho
mejor ahora... y más cerca de Josua.
—Si es que de
verdad está allí —replicó, con una súbita punzada de dolor.
—Lo está,
jovencita, lo está. —Isgrimnur le apretó la mano con su ancha palma—. Hemos
salido de peores circunstancias.
Algo despertó a
Miriamele de repente en la violácea luz previa al alba. Apenas tuvo tiempo de
recobrar los sentidos cuando ya la sujetaban por el brazo y la obligaban a
ponerse en pie. Una voz triunfante habló en rápido nabbano.
—Aquí está, vestida
de monje, señor, tal como dijisteis.
Una docena de
jinetes, varios de los cuales portaban antorchas, los rodeaban. Isgrimnur,
sentado en el suelo con una lanza amenazándole la garganta, gruñó.
—Me tocaba el turno
de guardia —se lamentó con amargura—. Me tocaba a mí...
El hombre que
sostenía a Miriamele la condujo por la arboleda hacia uno de los jinetes, una
figura alta con una amplia capucha cuyo rostro no era visible en la luz
grisácea del final de la noche. La princesa sentía una garra de hielo en el
brazo.
—Vaya—dijo el
jinete con un fuerte acento occidental—. Vaya. —A pesar de la gangosidad de su
habla, aquella voz era inconfundiblemente presuntuosa.
—Quitaos la
capucha, señor —dijo Miriamele, cuyo temor se templó gracias a la cólera—. No
tenéis necesidad de jugar así conmigo.
—¿De verdad? — El
jinete levantó una mano—. ¿Deseáis ver lo que habéis hecho con mi rostro? —Se
retiró la caperuza con un gesto ampuloso como el de un cómico ambulante—. ¿Soy
tan atractivo como me recordáis? —inquirió Aspitis.
Miriamele
retrocedió, a pesar de la mano que la frenaba; habría sido imposible no
espantarse. El rostro del conde, tan bello antaño que, al conocerlo por primera
vez, había poblado sus sueños durante días, aparecía ahora estropeado y
distorsionado. Su delicada nariz era un borrón carnoso desviado hacia un lado
como un pegote de arcilla mal colocado. El pómulo izquierdo se había abollado
hacia adentro como un huevo, y la antorcha lo convertía en un agujero profundo.
Tenía los ojos rodeados de oscuras contusiones y de cicatrices, como si llevara
una máscara, y sólo el dorado cabello era aún hermoso.
—He visto cosas
peores —dijo Miriamele en voz baja después de tragar saliva.
La mitad de la boca
de Aspitis Prevés se curvó en una sonrisa espantosa, tras la cual aparecieron
los huecos de los dientes faltantes.
—Me alegra saberlo,
mi dulce Miriamele, puesto que será lo primero que veáis al despertar desde
ahora hasta el fin de vuestros días. ¡Atadla!
—¡No! —gritó
Cadrach, saltando de las sombras donde se hallaba tendido. Un momento después,
una flecha temblaba clavada en el tronco de un árbol, a un palmo de su cara.
—Si se mueve otra
vez, matadlo —ordenó Aspitis con calma—. Tal vez debería matarlo ahora mismo;
él es tan responsable como ella por lo que me sucedió, a mí y a mi barco.
—Sacudió la cabeza lentamente, saboreando el instante—. ¡Ah, cuan insensata
sois, princesa; vos y vuestro monje! ¿Qué pensabais, una vez huidos al Wran?
¿Qué os permitiría escapar? ¿Qué olvidaría lo que me hicisteis? —Se inclinó
hacia adelante y le clavó los ojos, inyectados en sangre—. ¿Adónde iríais sino
hacia el norte, a reuniros con el resto de vuestros amigos? Pero olvidáis,
señora, que esto es parte de mi feudo.
—¿Cómo salisteis
del barco? —inquirió, aturdida.
—Tardé en
comprender lo que sucedía, ciertamente —replicó, con una horrible mueca
retorcida—, pero, después de que os fuisteis, mis hombres dieron conmigo y les
mandé matar a la traidora niski. ¡Que Aedón la calcine! Ni siquiera intentó
escapar. Después, los demás kilpas regresaron al mar; no creo que hubieran sido
capaces de atacar sin el hechizo de la bruja. Quedaban suficientes hombres como
para llevar a mi pobre y estropeada Nube de Eadne hasta Spenit a fuerza de
remos. —Se dio una palmada en los muslos—. Basta. Ahora eres mía otra vez.
Ahórrate las preguntas chismosas hasta que yo te lo diga.
Inundada de rabia y
de pena por el destino de Gan Itai, Miriamele se acercó a él con esfuerzo, tras
hacer adelantar un paso, de un empujón, al soldado que la sujetaba.
—¡Que Dios os
maldiga! ¿Qué clase de hombre sois? ¿Qué caballero? Vos y toda vuestra cháchara
sobre las cincuenta familias nobles de Nabban.
—¿Y vos? ¡La hija
de un rey que se me entregó por voluntad propia..., que me arrastró a su lecho!
¿Tan excelsa y pura os creéis?
Se sentía
avergonzada de que Isgrimnur y los demás escucharan aquello, pero la furia
subsiguiente le afiló los pensamientos. Escupió al suelo.
—¿Estáis dispuesto
a luchar por mí? —inquirió—. ¿Aquí, ante vuestra gente y la mía? ¿O pensáis
llevarme con vos como un vulgar ladrón, como ya lo intentasteis antes, con
mentiras y utilizando la fuerza contra vuestros propios huéspedes?
—¿Luchar por vos?
—repitió con los ojos reducidos a rendijas—. ¡Qué tontería! ¿Por qué tendría
que hacerlo? Sois mía, por captura y por derecho de pernada.
—Jamás seré vuestra
—declaró ella en el más altivo de los tonos—. Sois inferior a los thrithingos,
que al menos luchan por el derecho a su dama.
—Luchar, luchar...
pero ¿qué artimaña es ésta? —Aspitis miraba con ferocidad—. ¿Quién estaría
dispuesto a pelear por vos? ¿Alguno de éstos? ¿El monje? ¿El chiquillo del
pantano?
Miriamele cerró los
ojos un momento tratando de contener la ira. Era un hombre vil, pero no era el
momento más oportuno para dar curso libre a las emociones.
—Cualquiera de los
aquí presentes os vencería, Aspitis. No sois hombre. —Echó una ojeada alrededor
para asegurarse la atención de los soldados del conde—. Sois un ladrón de
mujeres, pero no sois hombre.
Aspitis desenvainó
su espada, pero al punto se detuvo.
—No; ya veo vuestro
juego, princesa. Sois muy lista. Creéis que podéis enloquecerme de tal forma
que os mate aquí mismo. —Rió—. ¡Ah! ¡Pensar que existe una mujer que prefiere
la muerte a casarse con el conde de Eadne! —Levantó una mano y se tocó la destrozada
cara—. Mejor dicho, ¡pensar que ya opinabas lo mismo antes incluso de hacerme
esto! —Enarboló la espada; la punta bailó en el aire a menos de un codo del
cuello de la princesa—. No; sé el castigo que mereces, y es el matrimonio. En
mi castillo hay una torre que te guardará bien. Antes de que transcurra una
hora, ya conocerás hasta la última de sus piedras. Imagínate cómo te sentirás
al cabo de los años...
—Así pues, no
pensáis luchar por mí —insistió Miriamele, con el mentón muy alto.
—¡Ya basta!
—exclamó Aspitis con otra palmada en el muslo—. ¡Me he hartado de la broma!
—¿Lo habéis oído?
—Miriamele se volvió hacia los hombres del conde, que esperaban sentados—.
Vuestro amo es un cobarde.
—¡Silencio! —gritó
éste—. Voy a azotarte yo mismo.
—Ese viejo es capaz
de destrozaros —dijo, señalando hacia Camaris. El anciano caballero estaba
sentado, envuelto en su manta, mirando con los ojos muy abiertos. No se había
movido desde la irrupción de Aspitis y sus soldados—. Isgrimnur, dadle al viejo
vuestra espada.
—Princesa... —La
voz de Isgrimnur destilaba ansiedad—. Permitid...
—¡Obedeced! Que los
hombres del conde contemplen cómo un anciano lo reduce a tiras. Entonces sabrán
por qué su amo tiene que raptar mujeres.
Isgrimnur, sin
dejar de vigilar a los soldados, sacó a Kvalnir de debajo de su equipaje; la
hebilla del cinturón chirrió cuando el duque la arrastró por el suelo hasta
Camaris. En ese instante, no se oía otro sonido.
—¿Señor? —dijo
vacilante el soldado que sujetaba a Miriamele—. ¿Qué...?
—¡Cierra la boca!
—lo interrumpió Aspitis al tiempo que desmontaba. Se acercó a Miriamele y le
cogió el rostro entre las manos mirándola con intensidad. Después, sin darle
tiempo a reaccionar, se inclinó sobre ella de repente y la besó con su torcida
boca—. Vamos a pasar muchas noches interesantes. —Se volvió hacia Camaris—.
Vamos, ponéosla para que acabe con vos de una vez. Después liquidaré a los
demás. No obstante, os daré la oportunidad de defenderos o huir corriendo, como
prefiráis. —Se dirigió a Miriamele—. Al fin y al cabo, soy todo un caballero.
Camaris miraba
fijamente la espada tendida a sus pies como si fuera una serpiente.
—¡Empuñadla! —le
instó Miriamele.
«Que Elysia se
apiade —pensó frenética—, si no la empuña. ¡Ay de nosotros si después de todo
no lo hiciera!»
—Por el amor de
Dios, hombre, empuñadla —exclamó Isgrimnur.
El anciano lo miró
y se agachó a recoger el cinto; desenvainó Kvalnir dejó resbalar cinto y funda
al suelo. La sostuvo sin fuerza, sin desearlo.
—Matra sá Duos
—dijo Aspitis, asqueado—, no sabe ni sujetarla. —Se desprendió de la capa y la
dejó caer; debajo vestía una sobrevesta gris amarillenta rematada en negro. Dio
unos pasos hacia Camaris, que lo miró aturdido—. Lo mataré enseguida, Miriamele
—declaró el conde—. Vos sois la cruel por hacer luchar a un viejo.
Blandió el arma,
que relumbró bajo el blanquecino cielo de la madrugada, la apuntó hacia la
desprotegida garganta de Camaris y arremetió contra éste.
Kvalnir se elevó
con torpeza, y la hoja de Aspitis rebotó. El conde lanzó otro golpe con un
gruñido de irritación. De nuevo, el acero chocó contra la espada del duque y
rebotó hacia atrás. Miriamele oyó el discreto bufido de sorpresa de su guardián
ante la decepción de su amo.
—¡Ya lo veis! —se
jactó Miriamele, y se forzó a reír, aunque no había alegría en sus carcajadas—.
El conde cobarde no es capaz de imponerse ni a un viejo chocho.
Aspitis redobló la
intensidad del ataque. Camaris, que se movía casi como un sonámbulo, no dejaba
de esgrimir Kvalnir entre sí describiendo arcos con engañosa lentitud y paró
varias estocadas malintencionadas más.
—Ya veo que este
viejo sí ha empuñado una espada. —El conde comenzaba a respirar un poco más
deprisa—. Me alegro, porque no tendré que arrepentirme de haberme visto
obligado a matar a un indefenso.
—¡Atacad! —animó
Miriamele a Camaris, pero éste no quería. Por el contrario, a medida que sus
virajes cobraban fluidez y los antiguos reflejos despertaban tras el prolongado
sueño, se limitaba a defenderse con diligencia, parando todos los golpes,
desviando todas las estocadas y formando una red de acero que Aspitis era
incapaz de atravesar.
El combate estaba
en pleno apogeo; el conde de Eadne y Drina demostraba su buena preparación como
espadachín y, al mismo tiempo, había captado enseguida la extraordinaria
personalidad de su contrincante. Se tomó el duelo con calma e intentó una
estrategia más cauta y de tanteo, pero no declinó el reto. Algo, fuera orgullo
o algún instinto más hondo y primario, lo animaba. Mientras tanto, Camaris
parecía luchar sólo porque se veía obligado. Miriamele detectó varias ocasiones
en las que el anciano podría haber atacado a fondo pero prefirió no hacerlo, a
la espera de que su enemigo se lanzara otra vez.
Aspitis describió
una finta y encajó un mandoble por debajo de la guardia de Camaris, pero, sin
saber cómo, allí estaba Kvalnir para rechazar el filo. Amagó entonces hacia los
pies del caballero, pero éste los arrastró hacia atrás sin esfuerzo visible, manteniendo
el equilibrio con firmeza incluso cuando esquivó el golpe. Era como el agua,
fluyendo siempre hacia donde hubiera una abertura, cediendo paso sin flaquear
jamás, absorbiendo los golpes y dirigiendo su ímpetu ora arriba, ora abajo, a
diestro o a siniestro. Una fina película de sudor apareció en su frente, pero
su expresión continuaba serenamente resignada, como si lo hubiera obligado a
sentarse y contemplar un intercambio de insultos entre dos amigos.
A Miriamele se le
hizo eterno el combate; sabía que tenía el corazón desbocado, pero le parecía
que los latidos se sucedían con increíble lentitud. Los dos hombres, el conde
de la cara hendida y el alto Camaris de largas piernas, evolucionaron hasta
salir del pinar y comenzaron a descender por la colina, sin dejar de describir
círculos por la ladera plagada de hierbajos, como dos polillas alrededor de una
vela, con las espadas girando y destellando bajo el cielo gris. Cuando el conde
avanzó de nuevo sobre Camaris, éste pisó en un agujero y perdió el equilibrio.
Aspitis aprovechó la oportunidad y encajó un revés en el brazo del viejo, donde
apareció una línea de sangre. Miriamele alcanzó a oír a Isgrimnur, que maldecía
con un desgarrador sentimiento de impotencia.
El corte pareció
despabilarlo. Aunque continuaba sin atacar, comenzó a responder a las estocadas
del conde con mayor energía; golpeaba con la suficiente fuerza como para que el
entrechocar del acero levantara ecos por la planicie del lago Thrithing. No obstante,
Miriamele seguía preocupada porque no fuera suficiente, puesto que, a pesar de
su casi increíble fortaleza, el caballero comenzaba a dar muestras de
cansancio. Tropezó una vez más, pero en esta ocasión no hubo agujero al que
culpar, y Aspitis asestó una estocada que burló el freno de Kvalnir y encontró
el hombro de Camaris, que comenzó a sangrar. Pero el conde no flaqueaba menos;
tras una rápida ráfaga de golpes, parados en su mayoría, retrocedió unos pasos
jadeante y se agachó al suelo como si fuera a caer. Miriamele vio que cogía
algo de la tierra.
—¡Cuidado,
Camaris!—advirtió con un grito.
Aspitis le arrojó
el puñado de arena a la cara y se abalanzó acto seguido en un ataque veloz y
agresivo, para poner punto final a la lid de un solo golpe. Camaris se tambaleó
hacia atrás restregándose los ojos al tiempo que Aspitis embestía. Al momento siguiente,
el conde caía de rodillas, aullando.
Camaris, cuya mayor
altura le permitía superar el alcance de la espada apuntada del conde, lo había
golpeado en el brazo con la parte plana de la hoja, pero, al rebotar, el arma
siguió su trayectoria ascendente y cortó en diagonal la frente del contrincante.
Aspitis, cuyo rostro se borraba rápidamente tras una cortina de sangre, se
revolvió por el suelo hacia Camaris blandiendo aún el acero. El viejo se hizo a
un lado, limpiándose la tierra de los llorosos ojos, y dejó caer el pomo de la
espada sobre la cabeza del conde. Aspitis quedó en el suelo como un zorro
vapuleado hasta la muerte.
Miriamele se libró
de un tirón de las manos del alucinado guardia y se lanzó como un dardo colina
abajo. Camaris cayó al suelo, resollando; estaba cansado y parecía disgustado,
como un niño al que se le exige demasiado. Tras echarle una breve mirada para
comprobar la gravedad de las heridas, la princesa recogió a Kvalnir de sus
mansas manos y se arrodilló al lado de Aspitis. El conde también respiraba,
aunque superficialmente. Le dio la vuelta y se quedó contemplando un instante
su ensangrentada cara... y entonces algo cambió dentro de ella. Un cúmulo de
odio y miedo, instalado en su interior desde el Nube de Eadne, un nudo que
había crecido hasta una dimensión espantosa en el momento en que había
descubierto que Aspitis aún la perseguía, estalló bruscamente. De súbito, lo
vio muy pequeño. No era nada importante en absoluto; sólo una cosa rota y
maldita que no se diferenciaba de aquella capa sobre el respaldo de una silla
que tantos terrores nocturnos le había provocado cuando era una niña. Había
llegado la luz de la mañana, y el demonio se había convertido en una andrajosa
capa otra vez.
Una especie de
sonrisa le estiró los labios. Colocó el filo de la espada sobre la garganta del
conde.
—¡Hombres! —gritó a
los soldados de Aspitis—. ¿Queréis contar a Benigaris cómo murió su mejor
amigo? —Isgrimnur se puso en pie tras empujar a una lado la punta de lanza del
soldado que lo vigilaba—. ¿Sí o no?
Ningún soldado del
conde respondió.
—En ese caso,
entregadnos vuestros arcos... y cuatro caballos.
—No vamos a darte
ningún caballo, ¡bruja! —replicó a voces uno de ellos.
—Que así sea. En
ese caso, os llevaréis a Aspitis con el gaznate rajado, y le diréis al duque
Benigaris que lo hicieron un viejo y una muchacha, mientras vosotros os
quedabais mirando... es decir, si es que lográis escapar con vida, para lo cual
tendréis que matarnos a nosotros primero.
—No parlamentéis
con ellos —gritó Cadrach de repente. Había desesperación en su voz—. ¡Matad al
monstruo! ¡Matadlo!
—Silencio.
—Miriamele no estaba segura de si el monje pretendía convencer a los soldados
de que su amo corría peligro de verdad, en cuyo caso era un actor consumado
pues su voz sonaba con notable sinceridad.
Los soldados se
miraron inquietos unos a otros. Isgrimnur aprovechó la confusión para comenzar
a quitarles los arcos y las flechas. Después de recibir un gruñido del
rimmerio, Cadrach procedió a ayudarlo. Muchos de los hombres los maldecían, y
habríase dicho que tenían intención de presentar resistencia, pero ninguno
llevó a cabo el movimiento que habría iniciado el conflicto abierto. En el
momento en que Isgrimnur y el monje tuvieron una flecha tensa en el arco, los
soldados comenzaron a vocear de mal humor entre ellos, pero Miriamele supo que
el instante del combate había pasado.
—Cuatro caballos
—pidió con serenidad—. Os hago un favor cabalgando con el hombre al que esta
escoria —dio un puntapié al cuerpo inmóvil de Aspitis— llamó «chiquillo del
pantano»; de lo contrario, tendríais que darnos cinco.
Tras más
discusiones, la tropa de Aspitis entregó los cuatro animales, ya sin alforjas.
Tan pronto como la impedimenta y los jinetes se repartieron entre el resto, dos
de los hombres de la guardia personal del conde se adelantaron, levantaron a su
señor feudal del suelo y lo echaron sin ceremonias sobre la silla de uno de los
caballos que quedaban. Los soldados tuvieron que subir a las monturas de dos en
dos, y se alejaron verdaderamente amilanados.
—¡Y, si sobrevive
—les gritó Miriamele—, recordadle lo sucedido!
La reducida
compañía desapareció enseguida hacia las colinas del este.
Una vez curadas las
heridas y cargados los animales con el parco equipaje, hacia el mediodía,
emprendieron la marcha una vez más. Miriamele sentía una inusitada ligereza
mental, como si acabara de despertar de una pesadilla infernal a una soleada
mañana de primavera que se colara por la ventana. Camaris había vuelto a su
placidez habitual, y no parecía haber empeorado tras la experiencia. Cadrach no
hablaba gran cosa, pero en eso no se diferenciaba de los demás días.
Aspitis había
acechado en la mente de Miriamele como una sombra desde la noche de la tormenta
y de la huida de su navío. Ahora, esa sombra se había evaporado. Mientras
cabalgaba por las colinas del país de los thrithingos, con Tiamak en la silla
delante de ella, casi sentía ganas de cantar.
Aquella tarde
cubrieron varias leguas; cuando se detuvieron para pasar la noche, también
Isgrimnur estaba de un humor excelente.
—Ahora, avanzaremos
mucho más deprisa, princesa. —Sonreía bajo la barba. Si, ahora que Aspitis
había revelado su vergüenza, la tenía en menos consideración, era todo un
caballero y sabía disimularlo—. ¡Por el mazo de Dror! ¿Os fijasteis en Camaris?
¿Os percatasteis? Peleó como un hombre con la mitad de años.
—Sí —repuso con una
sonrisa. El duque era un buen hombre—. Lo vi; parecía surgido de un cantar
antiguo. No, mucho mejor.
Isgrimnur la
despertó por la mañana, y vio en su cara que sucedía algo malo.
—¿Es Tiamak? —dijo,
con un presentimiento que la enfermaba. ¡Habían pasado juntos tantas cosas!
¡Pero si el hombrecillo estaba mejorando...!
—No; se trata del
monje. Se ha marchado.
—¿Cadrach? —No
estaba preparada para esa noticia. Se frotó la cabeza para terminar de
despejarse—. ¿Cómo que se ha marchado?
—Nos ha dejado. Se
llevó un caballo y dejó una nota. —Señaló hacia un trozo de tela que había en
el suelo cerca de donde ella dormía; tenía una piedra encima para impedir que
se la llevara la fuerte brisa de la ladera.
Miriamele advirtió
que no sentía nada ante la partida de Cadrach. Levantó la piedra y desplegó el
pálido material. Sí, era de su puño y letra; había visto su caligrafía en otras
ocasiones. El mensaje parecía escrito con la punta de una rama quemada.
«¿Qué pudo ser tan
importante de decir como para emplear tanto tiempo en escribir esta nota antes
de irse?», se preguntó.
Princesa:
No puedo ir con vos
al encuentro de Josua. No pertenezco a ese pueblo. No os culpéis, pues nadie me
ha tratado con mayor consideración que vos, incluso después de saber quién soy
en realidad.
Temo que las cosas
estén peor de lo que sabéis, mucho peor. Ojalá yo pudiera hacer algo más, pero
no estoy capacitado para ayudar a nadie.
No la firmaba.
—¿Qué cosas?
—preguntó Isgrimnur, molesto. Leía por encima del hombro de la princesa—. ¿Qué
quiere decir con eso de que «las cosas están peor de lo que sabéis»?
—¿Quién sabe?
—Miriamele se encogió de hombros en un gesto de impotencia. «Abandonada otra
vez», era lo único que podía pensar.
—Tal vez fui duro
con él —dijo el duque con voz ronca—, pero no es motivo para robar un caballo y
darse a la huida.
—Siempre tuvo
miedo, desde que lo conozco. Es difícil vivir siempre con miedo.
—Bien, no
malgastemos lágrimas por él —farfulló el conde—. Tenemos otros problemas.
—No —repitió ella
al tiempo que doblaba la nota—, no malgastemos lágrimas.
XX
VIAJEROS Y
MENSAJEROS
H
acía muchas
estaciones que no venía aquí —dijo Aditu—; muchas, muchas estaciones. Se detuvo
y elevó las manos describiendo círculos con los dedos en un ademán complicado;
su cuerpo delgado se balanceaba como la vara de un zahorí. Simón la contemplaba
maravillado y —ahora que se le estaba pasando la borrachera— con bastante
aprensión.
—¿No sería mejor
que bajaras? —preguntó.
Aditu se limitó a
mirarlo desde la altura con una luminosa sonrisa bailándole en las comisuras de
los labios, y después volvió a dirigir los ojos hacia el cielo. Avanzó unos
pasos más por el estrecho y semidesmoronado parapeto del Observatorio.
—Una vergüenza para
la Casa de la Danza Anual. Deberíamos haber colaborado más en la conservación
de este lugar. Me aflige verlo derrumbarse en pedazos.
A Simón no le
pareció que en verdad estuviera tan afligida.
—Geloë lo llama el
Observatorio. ¿Por qué?
—No lo sé. ¿Qué es
«Observatorio»? No conozco esa palabra en vuestra lengua.
—El padre
Strangyeard dijo que es como los que había en Nabban en los tiempos de los
emperadores: un edificio alto desde donde se miran las estrellas y se intenta
deducir lo que va a suceder.
Aditu lanzó una
carcajada y levantó un pie en el aire para quitarse la bota; luego lo posó e
hizo igual con el otro, con la misma tranquilidad que si estuviera en el suelo
al lado de Simón en vez de a veinte codos de altura sobre una delgada cornisa
de piedra. Arrojó las botas hacia abajo, y éstas cayeron sobre la hierba húmeda
con un ruido seco.
—Pues creo que te
tomaba el pelo, aunque su broma encierra cierto significado en el fondo. Nadie
mira las estrellas desde aquí de modo diferente de cómo las miraría desde
cualquier otra parte. Aquí se encontraba el Rhao iye-Sama'an, el Testigo
Maestro.
—¿El Testigo
Maestro? —Simón habría preferido que Aditu no se moviera tan deprisa por aquel
saliente resbaladizo. Por una parte, lo obligaba a cambiar de sitio bruscamente
para oír lo que decía, y por otra..., bien, era peligroso, aunque a ella no se
lo pareciera—, ¿Qué es eso?
—Sabes lo que es un
Testigo, Simón. Jiriki te dio su espejo; el espejo es un Testigo menor, y
todavía quedan muchos. Sólo existían unos pocos Testigos Maestros, cada uno más
o menos ligado a un lugar: el Pozo de las Tres Profundidades en Asu'a, el Fuego
Parlante de Hikehikayo, el Pilar Verde en Jhiná T'seneí... Casi todos han sido
quebrados, convertidos en ruinas, o se han perdido. Aquí, en Sesuad'ra,
consistía en una gran piedra bajo la tierra, llamada Ojo del Dragón de Tierra.
Dragón de Tierra es otro nombre de... es difícil establecer las diferencias
entre los dos en tu lengua... del Gran Gusano que se muerde la cola —completó—.
Construimos este lugar sobre la piedra. No era exactamente un Testigo Maestro;
de hecho, ni siquiera era un testigo en sí misma, pero era tal su potencia, que
un Testigo menor como el espejo de mi hermano se habría convertido en un
Testigo Maestro al utilizarlo aquí.
—¿Qué significa
eso, Aditu? —Nombres e ideas giraban en torbellino en la cabeza de Simón y
formuló la pregunta procurando evitar un tono de irritación. Se esforzaba por
conservar la calma y por hablar bien desde que los efectos del vino habían
comenzado a disiparse porque le parecía muy importante demostrarle que había
madurado en los meses que habían pasado sin verse.
—Los Testigos
menores conducen al Sendero de los Sueños, pero, en general, sólo muestran a
aquellos que conoces o que te buscan a ti. —Levantó la pierna izquierda y se
inclinó hacia atrás con la espalda curvada como un arco en tensión, para
mantener el equilibrio grácilmente, igual que una niña que jugara en una cerca
de poca altura—. Los Testigos Maestros, en manos de alguien que conociera sus
procedimientos, se asomaban a cualquier persona u objeto, incluso a veces a
otros tiempos y... a otros lugares.
Simón no pudo
eludir el recuerdo de las visiones nocturnas de su noche de vela, así como lo
que había presenciado cuando miró el espejo de Jiriki en ese mismo sitio unas
noches después. Consideraba estas cosas al tiempo que observaba a Aditu, que se
inclinaba hacia atrás hasta tocar la piedra con la palma de la mano. Un momento
después, sus dos pies se alzaron en el aire y quedó cabeza abajo apoyada sobre
las manos.
—¡Aditu! —exclamó
cortante, y al punto intentó serenar su tono de voz—. ¿No deberíamos ir a ver a
Josua ahora?
Ella rió de nuevo,
con un tintineo de puro placer animal.
—Mi asustadizo
Seomán. No; no hay necesidad de correr a ver a Josua, tal como te dije cuando
veníamos hacia aquí. Las noticias sobre mi pueblo pueden esperar a mañana.
Concede a tu príncipe una noche de descanso en sus preocupaciones. Por lo que
he visto de él, necesita que lo aligeren de deberes y cuitas. —Avanzó palmo a
palmo sobre las manos con el cabello suelto sobre la cara como una nube blanca.
Simón estaba
convencido de que Aditu ya no sabía lo que hacía, lo cual lo fastidiaba y lo
enfurecía.
—Entonces ¿por qué
has venido desde Jao é-Tinukai'i, si no es importante? —Dejó de seguirla—.
¡Aditu! ¿Por qué actúas así? Si has venido para hablar con Josua, ¡vamos a
hablar con Josua!
—Yo no he dicho que
no sea importante, Seomán —replicó. Quedaban restos de su anterior tono burlón,
pero había algo más: un destello penetrante, casi de ira—. Sólo he dicho que me
parecía mejor dejarlo para mañana. Y así será. —Bajó las rodillas a los hombros
y, con delicadeza, posó los pies entre las manos. Después levantó los brazos y
se puso en pie de un solo movimiento, como preparada para lanzarse al espacio
vacío—. Por lo tanto, hasta la mañana, voy a pasar el tiempo como me parezca,
sin importar lo que opine un joven mortal.
—Has sido enviada
para comunicar nuevas al príncipe —argüyó, picado—, pero prefieres dedicarte a
hacer piruetas.
—En realidad
—contestó, fría como el invierno—, si me hubieran dado a escoger, no estaría
aquí en absoluto, sino que habría cabalgado hacia Hernystir con mi hermano.
—Bien, ¿por qué no
lo hiciste?
—Likimeya ordenó
otra cosa.
Con una rapidez tan
pasmosa que apenas le dejó tiempo para respirar, Aditu se dobló, con una mano
en el parapeto, y se dejó caer por el borde. Buscó un asidero en el claro muro
de piedra con la mano libre y encajó los dedos de un pie, descalzo, mientras tanteaba
con el otro. Descendió hasta el suelo con la misma velocidad y facilidad que
una ardilla por el tronco de un árbol.
—Vamos adentro —le
dijo.
Simón lanzó una
carcajada y notó que su enfado disminuía.
El Observatorio se
convertía en un lugar aún más fantástico al lado de la sitha. Las escaleras en
sombras, que caracoleaban pegadas a las paredes de la construcción cilíndrica,
le evocaban las entrañas de un animal gigantesco. Los azulejos, incluso en la
casi completa oscuridad, brillaban tenuemente y daban la sensación de formar
dibujos en continua transformación.
Resultaba extraño
comprobar que Aditu era prácticamente tan joven como él, puesto que los sitha
habían levantado esa construcción mucho antes de que ella naciera. Jiriki había
dicho en una ocasión que su hermana y él eran «hijos del exilio», y Simón lo había
tomado como referencia a que habían nacido después de la caída de Asu'a, cinco
siglos atrás, lapso breve de verdad en términos sitha. Sin embargo, él había
conocido a Amerasu, y ella, había estado en Osten Ard antes de que una piedra
se levantara sobre otra en toda aquella tierra. Y, si su sueño de la noche de
vela era cierto, la antecesora de Amerasu, Utuk'ku, había puesto el pie en
aquel mismo edificio cuando las dos tribus se separaron. ¡Qué inquietante
pensar que algo pudiera vivir tanto tiempo como la Primera Abuela o la reina de
las nornas!
Más inquietante aún
era saber que la reina de las nornas, al contrarío que Amerasu, todavía vivía,
y pletórica de poder... y no parecía sentir sino odio hacia Simón y todos los
de raza mortal.
No le gustaban esos
pensamientos, en especial los referidos a la reina de las nornas. Casi
resultaba más sencillo comprender al demente Ineluki con su violenta ira que la
paciencia de araña de Utuk'ku, capaz de esperar durante mil años o más, llena
de obsesionante malicia, para ver cumplida su oscura venganza...
—Y ¿qué te pareció
la guerra, Seomán Rizos Nevados? —preguntó Aditu de pronto. Simón le había
explicado a grandes rasgos la reciente batalla mientras intercambiaban noticias
en el camino al Observatorio.
—Luchamos duramente
y la victoria fue maravillosa porque no la esperábamos.
—No es eso lo que
te pregunto. Quiero saber qué te pareció a ti.
—Horrible —replicó,
tras pensarlo un momento.
—Sí, es cierto.
—Aditu se alejó unos pasos de él, se deslizó en un punto bajo la pared adonde
no llegaba la luz de la luna y se confundió con la sombra—. Es horrible.
—¡Pero si acabas de
decir que querías ir a la guerra de Hernystir con Jiriki!
—No; dije que
quería ir con ellos, que no es lo mismo, Seomán. Podría haber sido un jinete
más, un arquero más, un par más de ojos. Los zida’ya somos muy pocos... incluso
reunidos todos para salir a caballo de Jao é-Tinukai'i, todas las Casas del
Exilio reencontradas. Muy pocos. Y ninguno de nosotros deseaba acudir al
combate.
—Pero los sitha
habéis participado en muchas guerras...
—Sólo en defensa
propia. Y sólo una o dos veces en la historia nos hemos enfrentado, tal como lo
hacen en estos momentos mi hermano y mi madre en el oeste, para proteger a
aquellos que nos apoyaron en tiempos de necesidad. —Hablaba con gran seriedad—.
Mas en esta ocasión, Seomán, hemos tomado las armas sólo porque los hikeda’ya
nos trajeron la guerra a nosotros. Invadieron nuestra casa y mataron a mi
padre, a la Primera Abuela y a muchos otros de nuestro pueblo. No creas que
acudimos presto a luchar por los mortales al primer mandoble de una espada.
Corren tiempos insólitos, Seomán, y lo sabes tan bien como yo.
Simón avanzó unos
pocos pasos y tropezó con un fragmento de roca.
—¡Maldición!
—exclamó en voz baja, agachándose para frotarse el dedo, que le latía
dolorosamente.
—Tus ojos no ven
bien aquí por la noche, Seomán. Lo siento. Vámonos ya.
—Un momento; ya
estoy bien. —No quería que lo tratara como a un niño y se pellizcó el dedo por
última vez—. ¿Por qué Utuk'ku ayuda a Ineluki?
Aditu apareció de
entre las sombras y le tomó la mano entre sus fríos dedos. Parecía preocupada.
—Vamos a hablar
fuera.
Lo llevó hacia la
puerta; su largo cabello se levantaba y ondeaba al viento y le acariciaba el
rostro mientras caminaba a su lado. Tenía un olor fuerte y agradable, agridulce
como la corteza de pino.
Una vez en campo
abierto, le tomó la otra mano y clavó en él sus brillantes ojos, que lanzaban
destellos ambarinos bajo la luz de la luna.
—Éste es el lugar
más inapropiado para mencionar sus nombres, o para pensar mucho en ellos,
siquiera —aseveró con firmeza; después sonrió maliciosamente—. Por otra parte,
creo que no estaría bien permitir a un chico mortal tan peligroso como tú estar
a solas conmigo en la oscuridad. ¡Oh, qué historias se cuentan de ti por el
campamento, Seomán Rizos Nevados!
—¡Sean quienes sean
los que hablan, no tienen ni idea de lo que dicen! —protestó enfadado, aunque
no le disgustaba del todo.
—Pero eres una
bestia extraña, Seomán. —Sin más palabras, se inclinó hacia adelante y lo besó;
no un roce breve y casto como el que le había dado de despedida muchas semanas
atrás, sino un cálido beso de amante que le provocó escalofríos en la columna
vertebral. Sus labios eran frescos y dulces como pétalos de rosa en la
madrugada. Mucho antes de lo que él habría deseado, Aditu lo separó con
suavidad.
»A esa pequeña
mortal le gustaba besarte, Seomán. —Volvió a sonreír con ironía e insolencia—.
Qué curioso, esto de besarse, ¿no?
Simón sacudió la
cabeza, obnubilado.
Aditu le tironeó
del brazo para que comenzara a caminar y ella lo siguió detrás; se detuvo a
recoger las botas que había dejado caer y siguieron la línea de la pared del
Observatorio por la húmeda hierba. Antes de hablar, Aditu tarareó un breve
fragmento de una melodía.
—¿Preguntabas por
los intereses de Utuk'ku? —Simón, confundido por el reciente incidente, no
contestó—. A eso no puedo responder..., no con certeza. Es la criatura pensante
más antigua de todo Osten Ard, Seomán, y dos veces más que el siguiente más
viejo. No lo dudes: sus procedimientos son rebuscados y sutiles hasta más allá
de la comprensión de cualquiera, excepto, tal vez, de la Primera Abuela. Pero,
si tuviera que decir algo, diría que ansía el No Ser.
—¿Qué significa
eso? —Comenzaba a preguntarse si en verdad estaría sobrio, pues el mundo daba
vueltas lentamente y sentía deseos de tumbarse a dormir.
—Si buscara la
muerte —prosiguió Aditu—, se relegaría al olvido ella sola. Está cansada de
vivir, Seomán, pero es la mayor, no lo olvides nunca. Desde que se cantan
canciones en Osten Ard, y desde mucho antes, vive Utuk'ku. Ella es la única, de
entre todos los seres vivientes, que vio el hogar perdido, cuna de nuestra
raza. No creo que soporte la idea de que otros sigan viviendo cuando ella
muera. No puede destruirlo todo, por mucho que lo desee, aunque tal vez aspira
a contribuir a la gestación del mayor cataclismo posible: es decir, a
asegurarse de arrastrar consigo hacia el olvido el mayor número posible de
vivos.
—¡Es tremendo!
—exclamó Simón con sentimiento. Se detuvo horrorizado.
Aditu se encogió de
hombros en un gesto sinuoso; tenía un cuello precioso.
—Utuk'ku sí que es
tremenda. Está loca, Seomán, aunque se trata de una locura tan intrincada y
tejida con tanta densidad como el más fino juya’ha jamás hilado. Tal vez ella
era la más inteligente de todos los Nacidos en el Jardín.
La luna había
salido de detrás de un cúmulo de nubes y se cernía en lo alto como la guadaña
de un segador. Simón quería irse a dormir —notaba la cabeza muy pesada— pero al
mismo tiempo se resistía a perder aquella oportunidad. Era muy difícil
encontrar a un sitha en buena disposición para responder preguntas, y más aún,
para responderlas directamente, sin la habitual vaguedad suya.
—¿Por qué se fueron
las nornas al norte?
Aditu se agachó a
recoger una ramita de un zarcillo rizado, de flores blancas y hojas oscuras. Se
la ató al cabello de modo que le quedó colgando sobre la mejilla.
—Ambas familias,
zida’ya y hikeda’ya, tuvieron un desacuerdo, con respecto a los mortales. El
pueblo de Utuk'ku pensaba que erais animales... o peor aún, en realidad, porque
nosotros, los del Jardín, no matamos a ninguna criatura si podemos evitarlo.
Los Hijos del Amanecer no estaban de acuerdo con los Hijos de las Nubes, y
había además otras cosas. —Levantó la cabeza hacia la luna—. Entonces, Nenais'u
y Drukhi murieron; fue el día en que cayó la sombra, y desde entonces nunca ha
sido levantada.
Tan pronto como se
felicitó por haber encontrado a Aditu de un humor tan bueno, la sitha comenzó a
hablar en términos oscuros... De todas formas, Simón no se entretuvo con la
insatisfactoria explicación. En realidad no deseaba aprender ningún nombre más,
pues le bastaba con la cantidad de cosas que le había contado hasta el momento.
Tenía en cambio otra pregunta que le interesaba hacer.
—Y, cuando las dos
familias se separaron, fue aquí, ¿verdad? Todos los sitha acudieron al Jardín
de Fuego con antorchas y después, en la Casa de la Despedida, se situaron
alrededor de algo hecho de fuego reluciente y cerraron el trato.
Aditu dejó de
contemplar la media luna y le lanzó una mirada de reflejos gatunos.
—¿Quién te ha
contado ese cuento?
—¡Lo vi! —Por la
expresión de ella, estaba casi seguro de que había acertado—. Lo vi durante mi
noche de vela, la víspera del día en que me armaron caballero. —Se rió de sus
propias palabras. La fatiga lo hacía sentirse tonto.
—¿Lo viste? —Aditu
le rodeó la muñeca con la mano—, cuéntamelo, Seomán; vamos a pasear un poco
más.
Simón le describió
su sueño visionario y, por si acaso, le relató lo que había pasado después con
el espejo de Jiriki.
—Lo que sucedió
cuando acudiste aquí con la Escama demuestra que el Rhao iye-Sama’an aún tiene
potencia —comentó Aditu despacio, al acabar él—. Mi hermano tenía razón al
recomendarte que no volvieras al Sendero de los Sueños. Es muy peligroso
últimamente. De otro modo, lo utilizaría ahora mismo y buscaría a Jiriki esta
misma noche, para decirle lo que me has contado.
—¿Por qué?
—Porque es terrible
que tuvieras esa visión durante la noche de vela; que hayas visto algo de los
Días Antiguos, sin un Testigo... —Hizo otro de sus extraños gestos con los
dedos, enmarañado y complejo como una cesta de peces coleantes—. O bien hay
cosas en ti que Amerasu no llegó a ver..., aunque no puedo creer que la Primera
Abuela, a pesar de su gran preocupación, fracasara de tal modo..., o bien se
están desarrollando hechos que ni siquiera sospechamos. Es muy alarmante que el
Ojo del Dragón de Tierra muestre una visión del pasado, espontáneamente...
—acabó con un suspiro. Simón la miraba fijamente; parecía alarmada, cosa que no
habría creído posible.
—Tal vez se deba a
la sangre de dragón —sugirió él. Levantó la mano para enseñarle la cicatriz y
el mechón de pelo blanco—. Jiriki dijo que había quedado señalado.
—Quizá—replicó,
poco convencida.
Simón se sintió
insultado. «De modo que no le parezco suficientemente especial, ¿eh?»
Siguieron andando
hasta cruzar otra vez los resquebrajados azulejos del Jardín de Fuego, de
vuelta a la ciudad de tiendas. La mayoría de los juerguistas ya se habían
retirado a dormir, y sólo quedaban unas cuantas fogatas encendidas. A su lado,
algunas sombras todavía charlaban, reían y cantaban.
—Ve a descansar,
Seomán —le recomendó Aditu—. Estás cayéndote de sueño.
—¿Dónde vas a
dormir tú? —Quería protestar pero sabía que ella tenía razón.
—¿Dormir? —Su
expresión circunspecta se trocó en auténtica risa—. No, Rizos Nevados, voy a
pasar la noche paseando; tengo muchas cosas en que pensar. Además, hace casi un
siglo que no contemplo la luna sobre las piedras destrozadas de Sesuad'ra. —Le
apretó la mano—. Que duermas bien. Por la mañana iremos a ver a Josua. —Dio
media vuelta y se alejó caminando, silenciosa como el rocío. A los pocos
momentos no era más que una sombra delgada que desaparecía por la herbosa
colina.
Simón se frotó la
cara con las dos manos. Había mucho que pensar. ¡Qué noche había pasado!
Bostezó y se encaminó hacia las tiendas de Nueva Gadrinsett.
—Ha sucedido algo
raro, Josua. —Geloë se encontraba a la entrada de la tienda del príncipe,
inusitadamente vacilante.
—Entrad, por favor.
—Se volvió hacia Vorzheva, sentada en la cama bajo un lío de mantas—. ¿O
prefieres que vayamos a cualquier otra parte? —le preguntó a su esposa.
—No me encuentro
bien hoy, pero, si tengo que quedarme aquí postrada toda la mañana, al menos
habrá alguien que me haga compañía.
—Es posible que las
noticias de valada Geloë te molesten —dijo el príncipe, solícito. Miró a la
sabia—. ¿Puede escucharlas?
—Una mujer que
lleva un hijo en las entrañas —replicó Geloë con una sonrisa sarcástica— no es
lo mismo que un hombre que agoniza de viejo, príncipe Josua. Las mujeres son
fuertes... Traer hijos al mundo es una tarea dura. Además, estas nuevas no son
como para asustar a nadie, ni tan siquiera a vos. —Suavizó su expresión para
demostrarle que sólo estaba bromeando.
—Supongo que me lo
merezco —comentó Josua con una sonrisa apagada—. ¿Qué es eso tan raro que ha
sucedido? Entrad, por favor.
Geloë se quitó la
empapada capa y la dejó en el suelo, traspasado el dintel. Una ligera llovizna
había comenzado a caer poco después del amanecer y hacía casi una hora que
repiqueteaba en el techo de la tienda. Se pasó la mano por el húmedo y
recortado pelo y después se sentó en una banqueta que Freosel había construido
para la residencia del príncipe.
—Acabo de recibir
un mensaje.
—¿De quién?
—No lo sé, me lo ha
traído un pájaro de Dinivan, pero la letra no es suya. —Metió la mano en el
bolsillo y sacó un montoncito de plumas mojadas que piaban suavemente; un
ojillo negro brillaba entre sus dedos—. He aquí lo que trajo. —Mostró un
pequeño rollo de tela oleosa. Con cierta dificultad, consiguió tirar de un
cucurucho de pergamino y abrir la tela sin molestar indebidamente al ave.
Príncipe Josua:
leyó.
Ciertas señales me
indican la conveniencia de que comencéis a pensar en Nabban. Unas voces me han
revelado al oído que podríais hallar más ayuda de la que esperáis, allá. En
estos días, los martines pescadores roban demasiado de las barcas de los
pescadores humanos. Llegará un mensajero en el lapso de quince días con
palabras que hablarán más claramente de lo que expresa este breve mensaje. Por
vuestro propio bien, no hagáis nada hasta que llegue el mensajero.
Geloë levantó la
mirada al concluir la lectura; tenía los ojos cansados.
—La única firma que
lleva es la antigua runa nabbana que significa «amigo». Sólo puede haberlo
escrito un Portador del Pergamino o alguien de conocimientos similares. Tal
vez, alguien que desea hacernos creer que es un Portador del Pergamino quien lo
envía.
Josua apretó la
mano de Vorzheva levemente y se puso en pie.
—¿Puedo verlo?
—Geloë le pasó la nota, y el príncipe escrutó las palabras antes de
devolvérsela—. Yo tampoco reconozco la letra. —Dio unos pasos hacia el otro
extremo de la tienda, se giró y volvió otra vez a la entrada—. El autor insinúa
claramente que hay inquietud en Nabban, que la Casa de Benidrivine ya no es tan
amada como antaño, lo cual no es de extrañar, con Benigaris en la silla y
Nessalanta a las riendas. Pero ¿qué podría desear de mí esta persona? ¿Decíais
que os la ha traído un ave de Dinivan?
—En efecto, y eso
es precisamente lo que más me preocupa.
Geloë iba a añadir
algo cuando se oyó un carraspeo de disculpa en la entrada. El padre Strangyeard
aguardaba en el dintel, con su mechón de cabello rojo aplastado al cráneo por
efecto de la lluvia.
—Perdonadme,
príncipe Josua. —Al ver a Vorzheva, se sonrojó—. Señora Vorzheva, Dios mío.
Espero que disculpéis mi..., mi intromisión.
—Pasad,
Strangyeard. —El príncipe hizo un gesto como para atraer a un minino
asustadizo. Detrás de él, Vorzheva sonreía para indicar que no le importaba.
—Le pedí que
viniera, Josua —dijo Geloë—. Puesto que se trata de un pájaro de Dinivan...,
bien, creo que es comprensible.
—Naturalmente
—repuso el príncipe, indicando al archivero que se sentara en una banqueta—.
Ahora, habladme de los pájaros. Recuerdo lo que me contasteis a propósito de
Dinivan, aunque aún no logro creer que el secretario del lector forme parte de
semejante compañía.
—La Alianza del
Pergamino —intervino Geloë, un tanto impaciente— es algo en lo que muchos se
sentirían orgullosos de participar, y el amo de Dinivan jamás se esforzaría por
nada que no repercutiera en su beneficio. —Bajó los párpados al ocurrírsele una
idea nueva—. Pero el lector ha muerto, si hemos de dar crédito a los rumores
que nos han llegado. Se dice que fue asesinado por unos adoradores del Rey de
la Tormenta.
—Sí, he oído hablar
de esos Bailarines del Fuego —corroboró Josua—. Los que llegaron aquí desde el
sur no hablan de otra cosa.
—Lo más inquietante
es que desde que llegaron esos rumores, no he tenido noticia de Dinivan
—prosiguió Geloë—, pero ¿quién podría poseer sus pájaros, sino él? Y, si
sobrevivió al ataque del lector, pues me contaron que hubo un gran incendio en
el Sancellan Aedonitis, ¿por qué no ha escrito él personalmente?
—Tal vez sufra
quemaduras o lesiones graves —terció Strangyeard con timidez—, tal vez otra
persona haya escrito en su nombre.
—Cierto —musitó
Geloë—, pero, en ese caso, supongo que habría firmado con su propio nombre, a
menos que tema tanto ser descubierto que ni siquiera se atreva a enviar un
mensaje con su propia runa por medio de un pájaro.
—Entonces —terció
Josua—, si no se trata de Dinivan, debemos concluir que podría ser una
estratagema. Los mismos responsables de la muerte del lector han podido
enviarlo.
—Podría no ser
ninguna de esas cosas —intervino Vorzheva, un poco incorporada en el lecho—.
Quienquiera que encontrara los pájaros de Dinivan podría haberlo enviado por
sus propios motivos.
—Cierto —afirmó
Geloë con un lento asentimiento de cabeza—. En cuyo caso, ha de tratarse por
fuerza de alguien que sabe quiénes son los amigos de Dinivan, y cómo dar con
ellos. Este mensaje trae el nombre de vuestro esposo en el encabezamiento, como
si quien lo enviara supiera que iba a volar directamente a él.
—He meditado sobre
Nabban —dijo Josua, que paseaba de nuevo— en numerosas ocasiones. El norte es
un yermo, y dudo que Isorn y los otros encuentren poco más que unos refuerzos
simbólicos. El pueblo ha sido dispersado por la guerra y el mal tiempo; si de alguna
forma lográramos expulsar a Benigaris de Nabban... —Se detuvo y se quedó
mirando el techo de la tienda con el entrecejo fruncido—. Podríamos entonces
formar un ejército y reunir naves..., con lo que tendríamos una oportunidad
verdadera de amenazar a mi hermano. —Su ceño se hizo más profundo—. Pero ¿cómo
saber si es cierto o no? No me gusta que me tanteen de esta forma. —Se dio un
manotazo en la pierna—. ¡Aedón! ¿Por qué todo es tan complicado?
Geloë se removió en
el asiento y habló con una inusitada comprensión.
—Porque nada es
sencillo, príncipe Josua.
—Sea como fuere
—señaló Vorzheva—, cierto o no, habla de la llegada de un mensajero; cuando
llegue, sabremos más cosas.
—Tal vez —dijo
Josua—, si es que no se trata de una estratagema para tenernos en vilo, para
hacernos perder tiempo.
—No parece
probable, si me permitís expresarme así —terció Strangyeard—. ¿Cuál de nuestros
enemigos es tan débil que deba recurrir a tan baja táctica...? —Dejó la frase
inacabada al ver la expresión dura y distante de Josua—. Es decir...
—Creo que tenéis
razón, Strangyeard —apoyó Geloë—. Es un juego sin fuerza, y creo que Elías y
su... aliado... no tienen necesidad de recurrir a estos trucos.
—Entonces no debes
precipitar ese Raed, Josua. —La voz de Vorzheva tenía matices triunfantes—. No
tiene sentido hacer planes antes de saber si la noticia es o no verdadera. Es
necesario aguardar al mensajero, al menos un cierto tiempo.
El príncipe se
volvió hacia ella, y ambos cruzaron una mirada. Los demás aguardaron,
ignorantes del significado de aquel silencio entre los esposos. Por fin, Josua
asintió con rigidez.
—Supongo que es lo
más sensato —dijo—. En la nota habla de quince días. Esperaré hasta entonces
para convocar el Raed.
Vorzheva sonrió
satisfecha.
—Estoy de acuerdo,
príncipe Josua —se sumó Geloë—, aunque, de todas formas, todavía hay muchas
cosas que no...
Se detuvo al ver
aparecer a Simón; como éste no entrara al punto, Josua le indicó que lo hiciera
con un gesto impaciente.
—Entrad, Simón,
entrad. Estamos discutiendo sobre un extraño mensaje, y sobre lo que podría ser
un mensajero más extraño aún.
—¿Un mensajero?
—Nos ha sido
enviada una carta, de Nabban tal vez. Pasad. ¿Necesitáis algo?
—Tal vez no sea el
mejor momento... —vaciló.
—Os aseguro
—contestó Josua con sequedad— que no me pediréis nada que no me parezca
sencillo en comparación con los dilemas que se me han planteado hasta anota en
el día de hoy.
—Bien... —siguió
Simón, todavía dubitativo. Dio un paso hacia el interior y otra persona entró
tras él.
—¡Elysia bendita,
madre de Nuestro Redentor! —exclamó Strangyeard con voz sofocada.
—No. Mi madre me
puso por nombre Aditu —replicó la acompañante de Simón. A pesar de expresarse
con fluidez, tenía un extraño acento occidental y no era fácil discernir si
pretendía burlarse o no.
Era delgada como
una lanza, con hambrientos ojos dorados y una voluminosa cascada de cabello
blanco como la nieve sujeto por una cinta gris. También su ropa era blanca, de
modo que casi relumbraba en el oscuro interior de la tienda, como si un pequeño
fragmento de sol invernal se hubiera colado por la entrada.
—Aditu es hermana
de mi amigo Jiriki; es sitha —añadió Simón, innecesariamente.
—¡Por el Árbol!
—exclamó Josua—. ¡Por el Árbol Sagrado!
—Esas palabras que
todos pronunciáis, ¿son acaso encantamientos mágicos para expulsarme? —inquirió
Aditu con una voz musical—. Si es así, creo que no surten efecto.
—Bienvenida, Hija
del Amanecer —saludó con lentitud la hechicera, con una ininteligible mezcla de
emociones reflejada en su curtido rostro—. Yo soy Geloë.
—Sé quién sois
—sonrió Aditu con amabilidad—. La Primera Abuela nos habló de vos.
Geloë levantó una
mano como para tocar aquella aparición.
—Apreciaba mucho a
Amerasu, aunque jamás la conocí personalmente. Cuando Simón me contó lo
sucedido... —Para sorpresa de todos, unas lágrimas se formaron en sus ojos y
temblaron en sus pestañas—. Mucho será lamentada la pérdida de vuestra Primera
Abuela.
—Ya lo lamentamos
—repuso Aditu con la cabeza inclinada—. Todo el mundo la llora.
—Perdonad mi falta
de cortesía, Aditu —dijo Josua pronunciando el nombre con cuidado—. Soy Josua
—se adelantó unos pasos—. Además de valada Geloë, os presento a los demás: mi
esposa Vorzheva y el padre Strangyeard. —Se pasó la mano por los ojos—. ¿Puedo ofreceros
algo de comer o de beber?
—Gracias. He bebido
de vuestra fuente justo antes del amanecer, y no tengo hambre. Traigo un
mensaje de mi madre, Likimeya, Señora de la Casa de la Danza Anual, que tal vez
os interese.
—Naturalmente.
—Josua no podía apartar los ojos de ella. Tras él, Vorzheva también observaba a
la recién llegada, aunque con una expresión diferente de la del príncipe—.
Naturalmente —repitió Josua—. Sentaos, por favor.
La sitha se acomodó
en el suelo en un solo movimiento, leve como un vilano.
—¿Estáis seguro de
que es el momento adecuado, príncipe Josua? —Su voz cantarina tenía un destello
de risa—. No parece que os encontréis muy bien.
—Ha sido una mañana
insólita —replicó Josua.
—Es decir que ¿ya
han partido hacia Hernystir? —dijo el príncipe con tiento—. Es una noticia
verdaderamente inesperada.
—¿No os complace?
—comentó Aditu, más que preguntar.
—Anhelábamos
recibir ayuda de los sitha... a pesar de que no la esperábamos ni la merecemos
—repuso Josua con una sonrisa—. Sé que no tenéis motivos para amar a mi padre
y, por ende, tampoco a mí ni a mi pueblo. No obstante, me alegro de saber que
los hernystiros oirán los cuernos sitha. Habría sido mi deseo prestar más apoyo
a las gentes de Lluth.
Aditu estiró los
brazos por encima de la cabeza en un gesto inesperadamente infantil, fuera de
lugar dada la gravedad de la conversación.
—Igual que
nosotros. Sin embargo, hace mucho tiempo que nos mantenemos al margen de los
actos de los mortales, incluidos los hernystiros. Habríamos mantenido esa
indiferencia, por encima incluso del honor—dijo, con franqueza llana—, pero los
acontecimientos nos han obligado a aceptar que la guerra de Hernystir es
también la nuestra. —Posó sus luminosos ojos sobre el príncipe—. Del mismo modo
que os afecta a vosotros, naturalmente. Por ese motivo, tan pronto como
Hernystir sea libre, atacaremos Naglimund.
—Tal como dijisteis
antes —repuso Josua, paseando la mirada alrededor del círculo como para
confirmar que los demás habían escuchado lo mismo que él—. Pero no habéis
explicado el porqué.
—Por muchas
razones. Por su cercanía a nuestro bosque, a nuestras tierras; porque los
hikeda’ya no deben poseer ninguna fortaleza al sur de Nakkiga; y por muchos
motivos más que no tengo permiso para comentar.
—Pero si los
rumores son ciertos —apuntó Josua—, las nornas se encuentran ya en Hayholt.
—Allí hay unas
cuantas —confirmó Aditu con la cabeza ladeada—, como refuerzo a la alianza de
vuestro hermano con Ineluki. Aun así, príncipe Josua, deberíais comprender que
median diferencias entre las nornas y su amo no muerto, lo mismo que entre
vuestro castillo y el de vuestro hermano. Ineluki y su Mano Roja no pueden ir a
Asu'a, lo que llamáis Hayholt. Así pues, recae sobre los zida’ya la
responsabilidad de impedir que se aposenten en Naglimund, ni en ninguna otra
parte al sur de la Marca Helada.
—¿Por qué no...,
por qué no puede ir a Hayholt? —preguntó Simón.
—Es irónico, pero
las gracias deben ser dadas al usurpador Fingil y a los demás reyes mortales
que han defendido Asu'a —explicó Aditu—. Cuando vieron lo que Ineluki había
hecho en sus últimos momentos de vida, quedaron aterrorizados. No se imaginaban
que nadie, ni siquiera los sitha, pudiera acaparar tanto poder. De modo que se
pronunciaron toda clase de oraciones y encantamientos..., y existen diferencias
entre ambos..., sobre cada palmo de lo que quedaba de nuestro hogar antes de
que los mortales se apoderaran de él. Y lo mismo se repitió una y otra vez a
medida que se iba reconstruyendo, hasta que Asu'a quedó tan envuelta en
protecciones que Ineluki jamás podrá regresar hasta el mismísimo final del
Tiempo, cuando ya carezca de importancia. —Su rostro se tensó—. De todas
formas, sigue siendo fuerte hasta lo inimaginable, capaz de enviar servidores
vivos a través de los cuales gobernar a vuestro hermano, y a la humanidad por
medio de él.
—¿Creéis, pues, que
tales son los planes de Ineluki? —inquirió Geloë—. ¿Es eso lo que pensaba
Amerasu?
—Jamás lo sabremos
con seguridad. Tal como, sin duda, os habrá contado Simón, murió sin haber
podido compartir con nosotros el fruto de sus meditaciones. Un enviado de la
Mano Roja llegó a Jao é-Tinukai'i para contribuir a su silencio, proeza que
debió de agotar incluso a Utuk'ku y al No Muerto bajo Nakkiga, lo cual
demuestra cuánto debían de temer la sabiduría de la Primera Abuela. —Cruzó las
manos sobre el pecho y después se tocó cada ojo con un dedo—. Así, las Casas
del Exilio se reunieron en Jao é-Tinukai'i para considerar los acontecimientos
y hacer planes de guerra. Que Ineluki pretende utilizar a vuestro hermano para
gobernar a la humanidad quedó patente a los ojos de todos los zida’ya reunidos.
—Aditu se agachó hacia el brasero, tomó una astilla candente y la sostuvo ante
sí, de modo que la lumbre carmesí se reflejó en su rostro—. Ineluki está vivo,
en cierto modo, aunque en realidad no pueda existir en este mundo nunca más, y
en el lugar que más codicia carece de poder directo. —Miró a todos y compartió
su mirada dorada con cada uno—. Pero hará todo lo que pueda por someter a los
arribistas mortales a su puño. Dudo que se detenga si al mismo tiempo que lo
consigue humilla a su familia y a su tribu. —Emitió un sonido parecido a un
suspiro y dejó caer la astilla sobre las brasas—. Tal vez sea una suerte que la
mayoría de los héroes que mueren por su pueblo no puedan regresar para ver lo
que el pueblo hace con su vida y su libertad, compradas a tan alto precio.
Se produjo una
pausa, que Josua rompió por fin.
—¿Os ha contado
Simón que enterramos a nuestros caídos aquí, en Sesuad'ra?
—La muerte no nos
es ajena, príncipe Josua. Somos inmortales en la medida en que no morimos más
que por decisión propia, o de otros. Acaso por eso mismo estemos tanto más
enredados en ella. Sólo porque nuestra vida se alarga en comparación con la
vuestra no significa que estemos más dispuestos a abandonarla. —Se permitió una
sonrisa fría, lenta y mesurada—. Ya veis que conocemos bien la muerte. Vuestro
pueblo luchó con valentía para defenderse, y para nosotros no es una vergüenza
compartir este lugar con aquellos que murieron.
—Entonces quisiera
mostraros otra cosa. —Josua se levantó y tendió la mano hacia la sitha.
Vorzheva, que miraba atentamente, no pareció complacida. Aditu siguió al
príncipe hacia la puerta—. Hemos enterrado a mi amigo, mi amigo más estimado,
en el jardín que hay detrás de la Casa de la Despedida —dijo—. Simón, tal vez
queráis acompañarnos, y Geloë, y Strangyeard también, si lo deseáis —añadió
apresuradamente.
—Yo me quedo a
conversar un rato con Vorzheva —replicó la sabia—. Aditu, espero tener ocasión
de charlar con vos más tarde.
—Por supuesto.
—Creo que yo os
acompaño —dijo Strangyeard, casi disculpándose—. El jardín es muy bonito.
—Sesu-d'asú es un
lugar triste ahora —comentó Aditu—. En el pasado fue bello.
Se encontraban ante
la espaciosa explanada de la Casa de la Despedida; las piedras corroídas por
los elementos brillaban opacas bajo la luz del sol.
—A mí me parece
bello todavía —apuntó Strangyeard con timidez.
—Y a mí también —se
sumó Simón—, como una anciana que fue hermosa en su juventud y aún conserva
belleza en su rostro.
—Mi Seomán —dijo
Aditu con una sonrisa—, la temporada que pasaste entre nosotros te ha
contagiado algo de zida’ya. Pronto te dedicarás a componer poemas y a
susurrárselos al viento viajero.
Cruzaron el
vestíbulo y salieron al ruinoso jardín, donde habían erigido un túmulo de
piedras sobre la tumba de Deornoth. Aditu guardó silencio unos momentos y
después apoyó la mano sobre la última piedra.
—Es un lugar bueno
y tranquilo. —Su mirada se hizo distante, como si contemplara otra cosa u otro
tiempo—. De entre todas las canciones que cantamos los zida’ya —murmuró—, las
más cercanas a nuestro corazón son las que hablan de las pérdidas sufridas.
—Tal vez porque
desconocemos su verdadero valor hasta que nos quedamos sin ellas —replicó
Josua, e inclinó la cabeza. La hierba que asomaba entre las grietas del
pavimento se mecía en la brisa.
Curiosamente, de
entre todos los mortales que vivían en Sesuad'ra, fue Vorzheva quien primero
trabó amistad con Aditu... si es que podía establecerse verdadera amistad entre
una mortal y una inmortal, pues ni siquiera Simón, que había convivido con
ellos y rescatado a uno, estaba seguro de poder considerarse amigo de alguno.
Sin embargo, a
pesar de la frialdad inicial que Vorzheva había mostrado hacia la mujer sitha,
en realidad se sentía atraída por algo de su naturaleza, tan ajena a los
mortales; tal vez por el propio hecho de que Aditu fuera diferente, por ser la
única de su especie en aquel lugar, como lo había sido ella en Naglimund
durante años. Fuera cual fuese el atractivo de Aditu, la esposa de Josua le dio
la bienvenida e incluso procuraba su compañía. También la sitha parecía
disfrutar de la proximidad de Vorzheva, pues, cuando no estaba con Simón o
Geloë, solía pasear con la mujer thrithinga entre las tiendas o sentarse a su
lado cuando ésta se encontraba cansada o indispuesta. La duquesa Gutrun,
compañera habitual de Vorzheva, se esmeraba todo lo posible por mostrar buenos
modales con la extraña visitante, pero una parte de su corazón aedonita le
impedía sentirse completamente a gusto. Mientras Vorzheva y Aditu reían y
charlaban, Gutrun observaba a la sitha como si fuera una especie de animal
peligroso de cuya domesticación no se sintiera segura.
Aditu, por su
parte, parecía inusitadamente fascinada por el hijo que Vorzheva llevaba en su
seno, y le explicaba a ésta que no abundaban los nacimientos entre los zida’ya,
sobre todo en esos tiempos. El último niño había cumplido ya cien años y era
tan adulto como el mayor de los Hijos del Amanecer. También sentía interés por
Leleth, a pesar de que la pequeña no se mostraba más expresiva con ella que con
cualquier otra persona; aun así, permitía que la sitha la llevara a pasear e
incluso que la cogiera en brazos de vez en cuando, cosa que casi nadie más
tenía autorización para hacer.
Al mismo tiempo que
Aditu sentía interés por algunos mortales, inspiraba a los ciudadanos comunes
de Nueva Gadrinsett tanto terror como fascinación. La historia de Ulca, ya
extraña de por sí, se había engrosado a fuerza de pasar de boca en boca hasta
transformar su llegada en un relámpago de luz y una nube de humo; la sitha
—proseguía la historia—, enfurecida por el coqueteo de la chica mortal con su
prometido, la había amenazado con convertirla en piedra. Ulca pasó a ser
inmediatamente la heroína de todas las jovencitas de Sesuad'ra, y Aditu, a
pesar de prodigarse poco con la mayoría de los habitantes de la colina, dio pie
a cotilleos sin fin y murmuraciones supersticiosas.
Simón, para su
desgracia, también continuó siendo tema de rumores y conjeturas en la pequeña
comunidad. Jeremías, que solía rondar por la plaza del mercado, junto a la Casa
de la Despedida, relataba con regodeo las últimas y extrañas novedades: el
dragón al que Simón había robado la espada regresaría algún día, y el joven
caballero tendría que enfrentarse a él; Simón era sitha en parte, y Aditu había
sido enviada para devolverlo a los dominios de la Bella Raza; y así
constantemente. Ante las fantasías, que parecían salir del vacío, sólo cabía
cohibirse; no había nada que hacer en contra... Todos sus intentos por negar
las fábulas no conseguían sino convencer a la gente de que poseía la modestia
de un hombre hecho y derecho, o bien de que era astuto y engañoso. Algunas
veces, encontraba divertidas las invenciones, pero, aun así, no podía evitar
sentirse más observado de lo que le habría gustado; por lo cual, procuraba
pasar la mayor parte del tiempo sólo con aquellos a quienes conocía y en quien
confiaba. Como era de esperar, aquella forma de escabullirse alimentaba las
conjeturas.
Si la fama
consistía en eso, se decía, habría preferido seguir siendo un simple y
desconocido pinche de cocina. Durante los últimos días, cuando paseaba por
Nueva Gadrinsett y la gente lo saludaba o susurraban unos con otros, se sentía
como desnudo, pero no tenía más remedio que pasar de largo con una sonrisa en
los labios y los hombros en su sitio. Los pinches podían esconderse o echar a
correr, pero los caballeros no.
—Está afuera,
Josua, y jura que lo esperáis.
—¡Ah! —El príncipe
se volvió hacia Simón—. Debe de ser el mensajero misterioso al que me
refería..., el portador de noticias de Nabban. Además, han transcurrido quince
días, casi con exactitud. Quedaos a observar. —Se dirigió a Sludig—. Hacedlo
pasar.
El rimmerio salió y
regresó al momento con un hombre alto, chupado de cara y de pálida tez, y
ligeramente malhumorado según creyó ver Simón; después se situó a la entrada de
la tienda y allí permaneció, con una mano en el mango del hacha y la otra
jugueteando entre los rizos de su rubia barba.
El mensajero hincó
la rodilla en tierra.
—Príncipe Josua, mi
amo os envía saludos y me ordena que os entregue esto.
Al llevarse el
hombre la mano a la capa, Sludig avanzó un paso, a pesar de que el mensajero se
hallaba a unos metros del príncipe; pero sólo sacó un pergamino enrollado,
atado con lazos y sellado con lacre azul. Josua lo miró un momento e hizo una
seña a Simón, quien se acercó a recogerlo.
—El delfín alado
—comentó el príncipe al identificar el emblema estampado en la cera derretida—.
Es decir, vuestro señor es el conde Stréawe de Perdruin, ¿no es así?
—Lo es, príncipe
Josua. —Habría sido difícil no calificar la sonrisa del mensajero de afectada.
El príncipe rompió
el lacre y desenrolló el pergamino. Lo ojeó durante unos largos momentos, lo
volvió a enrollar y lo dejó sobre el brazo del sillón.
—No deseo apresurar
este asunto. ¿Cómo te llamas, hombre?
El mensajero
asintió con aire satisfecho, como si llevara tiempo esperando esa pregunta
crucial.
—Me llamo... Lenti.
—Muy bien, Lenti;
Sludig te acompañará y te procurará comida y bebida, así como un lecho, puesto
que necesito tiempo antes de enviar una respuesta... Tal vez días.
El mensajero echó
un vistazo alrededor de la tienda del príncipe como para apreciar la calidad de
los aposentos de Nueva Gadrinsett.
—Sí, príncipe
Josua.
Sludig se adelantó
y, con un movimiento de cabeza, indicó a Lenti que lo siguiera.
—No me ha
convencido el mensajero —opinó Simón, tan pronto como salieron.
—Un insensato
—corroboró Josua, que escudriñaba el pergamino de nuevo—, un presuntuoso hasta
más allá de lo que le corresponde, incluso para una cosa tan sencilla como
ésta. Pero no confundamos a Stréawe con sus servidores: el señor de Perdruin es
tan listo como un ratero de mercado. De todos modos, no dice mucho en favor de
su habilidad para cumplir esta promesa cuando no ha encontrado a un servidor
más impresionante que me la trajera.
—¿Qué promesa?
—preguntó Simón.
—El conde Stréawe
—explicó Josua, mientras enrollaba otra vez el pergamino y lo guardaba en la
manga— dice que puede entregarme Nabban. —Se puso en pie—. Miente, claro está,
pero esto nos lleva a hipótesis interesantes.
—No comprendo,
Josua.
—Alegraos —repuso
el príncipe con una sonrisa—. Vuestros días de inocencia en cuanto a la gente
como Stréawe tocan a su fin. —Dio unas palmadas a Simón en el hombro—. De
momento, joven caballero, preferiría no hablar de ello. Durante el Raed habrá
tiempo y lugar para esto.
—¿Ya estáis listo
para convocar el consejo?
—Ha llegado el
momento —asintió—. Por una vez, seremos nosotros los que marquemos el compás...
Después veremos si conseguimos que mi hermano y sus aliados bailen al son.
—¡Qué estratagema
tan interesante, despierto Seomán! —Aditu miraba con atención el juego de shent
que había construido con madera, tintes de raíces y piedras pulidas—. Un ataque
falso jugando falsamente: una apariencia que se revela simulacro, pero que, en
el fondo, es algo cierto después de todo. Muy bonito, pero ¿qué vas a hacer si
coloco aquí mis piedras brillantes..., aquí... y aquí? —Jugaba mientras
hablaba.
Simón frunció el
entrecejo. Bajo la escasa luz de la tienda, la mano de Aditu se movía con tanta
rapidez que apenas la veía. Por un desagradable momento pensó que podía estar
haciéndole trampas, pero al momento siguiente se convenció de que la sitha no tenía
necesidad de engañar a una persona para quien las sutilezas del shent seguían
siendo en gran parte un misterio, de la misma forma que él tampoco pondría la
zancadilla a un niño que le disputara una carrera. De todas formas, se le
ocurrió una pregunta interesante.
—¿Es posible hacer
trampas en este juego?
Aditu levantó la
mirada después de mover las piezas. Llevaba un vestido flojo de Vorzheva; el
conjunto del atuendo, inusualmente modesto, y su cabello suelto, la hacían
parecer ligeramente menos peligrosa y montaraz... En realidad, le daba una
apariencia desconcertante de muchacha humana. Sus ojos brillaban a la luz del
brasero.
—¿Hacer trampas?
¿Te refieres a mentir? Un juego puede ser tan engañoso como los jugadores
deseen.
—No me refiero a
eso. ¿Se puede faltar a las reglas?
Simón observó a
Aditu, apreciando su misteriosa belleza, y le vino al recuerdo la noche en que
lo había besado. ¿Qué había querido decir con eso? ¿Habría tenido algún
significado? ¿O sólo era una forma más de jugar con el que había sido en otro
tiempo su perrito faldero?
—No sé muy bien
cómo contestar —repuso la sitha, tras pensarlo—. ¿Se podría hacer trampas con
respecto a la propia naturaleza y volar agitando los brazos?
—Cuando un juego
tiene tantas reglas, debe de haber alguna forma de saltárselas —replicó Simón.
Antes de que Aditu
respondiera, Jeremías irrumpió en la tienda, sobresaltado y sin aliento.
—¡Simón! —gritó, y
se detuvo en seco al ver a Aditu allí—. Perdón. —A pesar de todo, no podía
contener la emoción.
—¿Qué ocurre?
—¡Ha llegado gente!
—¿Quiénes? ¿Qué
gente? —Miró brevemente a Aditu, pero la encontró concentrada otra vez en el
tablero de juego.
—¡El duque
Isgrimnur y la princesa! —Jeremías levantaba y bajaba los brazos—. ¡Y otros
más! Un hombrecillo muy raro, parecido a Binabik y a sus gnomos, pero casi de
nuestra talla. Y un viejo... más alto que tú, incluso. ¡Simón, todo el pueblo
ha ido a verlos!
Simón se quedó
sentado un momento, sintiendo que la cabeza le daba vueltas.
—¿La princesa?
—dijo por fin—. ¿La princesa Miriamele?
—Sí, sí —resolló
Jeremías—, vestida de monje, pero se quitó la capucha para saludar a la gente.
Vamos, Simón; todo el mundo ha ido a recibirlos. —Se dio media vuelta y avanzó
unos pasos hacia la entrada, luego giró sobre los talones y miró asombrado a su
amigo—. ¡Simón! ¿Qué te pasa? ¿No quieres ir a ver a la princesa y al duque, y
al hombrecillo moreno?
—La princesa. —Se
volvió con vacilación hacia Aditu, quien a su vez lo miraba con un desinterés
felino.
—Da la impresión de
que sea algo muy agradable para ti, Seomán. Seguiremos jugando más tarde.
Simón se puso en
pie y siguió a Jeremías al exterior, hacia el viento de la cima de la colina,
con el paso lento e irregular de un sonámbulo. Como si pasara por un sueño, oyó
gritos de la gente alrededor, un murmullo creciente que le llenaba los oídos igual
que el rugido del océano.
Miriamele había
regresado.
XXI
PLEGARIAS
ESCUCHADAS
L
a temperatura
descendía con regularidad a medida que Miriamele y sus compañeros avanzaban por
los extensos herbazales. Cuando alcanzaron el final de las inacabables praderas
thrithingas, había nieve en el suelo e, incluso en pleno mediodía, el cielo
permanecía plomizo y denso, atravesado por jirones de nubes negras. Protegida
contra el desagradable viento en su capia de viaje, casi agradecía que Aspitis
Prevés hubiera dado con ellos, pues el camino habría sido largo y deprimente de
haber tenido que cubrirlo a pie. No obstante, a pesar del frío y la
incomodidad, experimentaba al mismo tiempo una curiosa sensación de libertad.
El conde la había sometido, pero en esos momentos —y a pesar de que él seguía
con vida y, probablemente, con deseos de vengarse— ya no lo temía, ni a él ni a
nada de lo que pudiera tramar. Aun así, la huida de Cadrach era cuestión
aparte.
Desde que habían
escapado juntos del Nube de Eadne, había comenzado a ver al hernystiro de una
forma diferente. La había traicionado en varias ocasiones, cierto, pero, a su
estilo peculiar, parecía preocuparse por ella también. El odio que el monje
profesaba a sí mismo había seguido interponiéndose entre ellos —y, al parecer,
lo había llevado a separarse de modo definitivo—, pero los sentimientos de la
princesa habían cambiado.
Había lamentado
profundamente la discusión sobre el pergamino de Tiamak y había confiado en
conquistarlo de nuevo poco a poco, en llegar, tal vez, al fondo del hombre que
se ocultaba, un hombre al que apreciaba. Pero, como si hubiera intentado domar
a un perro salvaje y hubiera actuado con precipitación en sus zalamerías,
Cadrach se había sobresaltado y se había encerrado bajo llave. Miriamele no
lograba deshacerse de la oscura sensación de haber perdido una oportunidad más
importante de lo que creía.
La jornada era
larga incluso a caballo y sus pensamientos no siempre constituían una compañía
recomendable.
Les llevó una
semana completa llegar a las Praderas Thrithing, cabalgando desde las primeras
luces del día hasta después de la puesta del sol... en los días en que veían
claramente el astro. El tiempo iba empeorando pero con una característica
rayana en lo increíble: hacia media tarde, casi a diario, el sol pugnaba por
abrirse paso como un mensajero cansado pero tenaz, y espantaba el frío.
Las tierras de
pastos eran vastas y llanas en buena parte, tan lisas como una alfombra. La
menor subida que el terreno escribiera resultaba más deprimente todavía, pues,
tras una larga jornada en leve ascensión, a Miriamele se le hacía imposible la
idea de que algún día alcanzaran la cima de algún lugar. En otros momentos, en
cambio, atravesaban una llanura de prados sin más interés que una cuesta arriba
que después descendía, con la misma falta de atractivo, en lento declive. No
obstante, el solo pensamiento de tener que hacer un viaje tan monótono a pie
era descorazonador. Áreas y más áreas de vacío, kilómetro tras kilómetro de
agotadora nada... Miriamele susurraba oraciones de agradecimiento a Aspitis por
el inesperado regalo de los caballos.
En la silla,
delante de ella, cabalgaba Tiamak, que recuperaba fuerzas paulatinamente. Tras
animarlo un poco, el wran le contó —y también a Isgrimnur que se alegraba de
tener con quien repartir la pesada tarea de narrar historias— más cosas sobre
su infancia en los pantanos y su duro año de aspirante a alumno de Perdruin. A
pesar de que su reticencia natural lo inclinaba a no insistir en los detalles
sobre el mal tratamiento recibido, Miriamele creyó percibir cada una de las
crueldades pequeñas y sutiles que se intercalaban en el relato.
«No soy la única en
el mundo que se siente sola, incomprendida o no querida. —Un hecho, tan obvio
en apariencia, la impresionó en ese momento con la fuerza de una revelación—. Y
soy una princesa, una persona privilegiada: jamás he pasado hambre, ni he sentido
temor de morir sin que nadie me recordara, ni nunca me han dicho que no valiera
lo suficiente como para hacer algo que deseaba.»
Escuchando a
Tiamak, contemplando sus brazos nervudos pero frágiles en cierto modo, y sus
ademanes precisos y seguros, Miriamele se descorazonaba por su propia y
voluntaria ignorancia. ¿Cómo podía sentirse tan consumida por unos pocos
inconvenientes, que Dios o el destino había puesto en su camino, habiendo
nacido con todo a su favor? Era vergonzoso.
Intentó transmitir
parte de sus sentimientos al duque Isgrimnur, pero el hombre no estaba
dispuesto a permitirle ahondar en el desprecio a sí misma.
—Princesa, cada cual tiene sus propias penas
—le dijo—, y no es vergonzoso tomárselas a pecho. El único pecado es olvidar
que los demás también sufren lo suyo, o permitir que la compasión por uno mismo
nos haga olvidar tender la mano cuando alguien la necesita.
Isgrimnur, se dijo
Miriamele, era algo más que un viejo soldado gruñón.
Durante la tercera
noche en las Praderas Thrithing, mientras los cuatro se hallaban sentados en
torno a la hoguera, muy cerca unos de otros, pues la leña era escasa en los
prados y la fogata pequeña, Miriamele consiguió reunir el coraje suficiente
para preguntar a Tiamak por el contenido de su equipaje.
—Es terrible,
señora. —El wran, apurado, apenas podía mirarla a los ojos—. Casi no lo
recuerdo pero, en mi delirio, con tanta fiebre, estaba convencido de que
Cadrach pretendía robármelo.
—¿Por qué lo
pensabais? ¿Y qué es eso que guardáis?
Tras una breve
consideración, Tiamak alcanzó su bolso, sacó el paquete envuelto en hojas y lo
abrió.
—Fue cuando
nombrasteis al monje el libro de Nisses —dijo con timidez—. Ahora creo que era
inocente, puesto que Morgenes también mencionaba a Nisses en el mensaje que me
envió, pero, en la crisis de mi enfermedad, sólo podía pensar que mi tesoro
corría peligro.
Le pasó el
pergamino. Cuando la princesa lo desenrolló, Isgrimnur se cambió de sitio para
verlo también por encima de su hombro. Camaris, ajeno a todo, como siempre,
dejaba vagar la mirada por la noche vacía.
—Es una especie de
canción —comentó Isgrimnur un tanto enfadado, como si esperara algo más
espectacular.
—... El hombre que,
aun ciego, ve... —leyó Miriamele—. ¿Qué es esto?
—Ni yo estoy seguro
—replicó Tiamak—, pero mirad: la firma es de Nisses. Creo que es un fragmento
de su libro perdido, Du Svardenvyrd.
—¡Oh! —exclamó
Miriamele—. Es el libro que Cadrach tenía..., el que vendió página a página.
—Sintió un pellizco en el fondo del estómago—. El que quería Pryrates. ¿De
dónde sacasteis esto?
—Lo compré en
Kwanitupul hace casi un año. Estaba entre un montón de papelajos. Seguro que el
mercader no tenía idea de su valor, o bien no había repasado siquiera lo que
había adquirido como papel viejo.
—No creo que
Cadrach supiera en realidad lo que llevabais —opinó Miriamele—. ¡Elysia, Madre
Misericordiosa! ¡Qué extraño! Tal vez sea ésta una de las páginas que él mismo
vendió.
—¿Vendió páginas
del libro de Nisses? —inquirió Tiamak, con una mezcla de indignación y
maravilla en la voz—. ¿Cómo pudo ser?
—Cadrach me dijo
que estaba en la miseria, y desesperado. —Sopesó la idea de relatarles el resto
de la historia del monje y consideró que debía tomarse el asunto con más
cuidado. Tal vez no comprendieran sus actos y, a pesar de que había huido, se
sentía impelida a protegerlo de aquellos que no lo conocían tan bien como
ella—. Antes tenía otro nombre —explicó, no obstante, como para absolverlo—. Se
llamaba Padreic.
—¡Padreic! —La
perplejidad de Tiamak era total—. ¡Conozco ese nombre! ¿Es posible que se trate
del mismo hombre? ¡El doctor Morgenes sabía muy bien quién era!
—Sí, conocía a
Morgenes. La historia de su vida es singular.
—Sí, suena a
historia rara de verdad —comentó Isgrimnur con un bufido, aunque también
pretendía defenderlo.
—Tal vez Josua lo
entienda—dijo Miriamele, intentando cambiar de tema.
—Creo que el
príncipe Josua, si es que lo encontramos, tendrá otras cosas que hacer en vez
de mirar viejos pergaminos.
—Podría ser
importante. —Tiamak miró a Isgrimnur de soslayo—. Como os dije, el doctor
Morgenes me escribió una carta en la que decía que, según él, éstos eran los
tiempos que Nisses había profetizado. Morgenes sabía muchas cosas que los demás
ignoraban.
—Esto va más allá
de mis posibilidades, mucho más allá —gruñó el duque, retomando su lugar en el
círculo de la hoguera.
Miriamele observaba
a Camaris, que vigilaba la oscuridad con una calma y una concentración dignas
de un búho listo para deslizarse en silencio de la rama de un árbol.
—¡Cuántos misterios
en estos días! —exclamó—. Será una delicia cuando todo recupere su sencillez.
—Se me había
olvidado que el monje ya no estaba —comentó Isgrimnur con una tímida sonrisa,
tras unos momentos de silencio—. Estaba esperando oírle decir: «Nada volverá a
ser sencillo jamás», o algo por el estilo.
—Sí —Miriamele
sonrió también, a su pesar—, eso es exactamente lo que habría dicho.—Acercó las
manos al fuego en busca de calor y exhaló un suspiro—. Justo lo que habría
dicho.
Pasaban los días y
ellos continuaban hacia el norte. La nieve se espesaba cada vez más sobre el
suelo y el viento se convertía en un enemigo. Cuantas más leguas de las
praderas thrithingas se acumulaban a sus espaldas, tanto más se deprimían los
ánimos.
—Resulta difícil
imaginar que a Josua y a los demás pueda favorecerlos la suerte, con este
tiempo tan crudo. —Isgrimnur hablaba casi a voces, para hacerse oír por encima
del viento—. Ahora las cosas están peor que cuando fui al sur.
—Me conformo con
que estén vivos —replicó Miriamele—. Ya sería mucho.
—Pero, princesa, en
realidad no sabemos dónde buscarlos. —El duque hablaba en tono rayano en la
disculpa—. Ninguno de los rumores que he oído decía nada concreto sobre la
situación de Josua; sólo que estaba en algún lugar del Alto Thrithing. Nos
quedan más de cien leguas de herbazales por delante, pobladas y civilizadas
como éstas. —Extendió el ancho brazo hacia la descolorida extensión nevada de
ambos lados—. Podemos pasar meses buscando.
—Lo encontraremos
—replicó Miriamele, y en el fondo del corazón, se sintió segura de sus
palabras. Tenía la certeza de que todo lo que había pasado, todo lo que había
aprendido, tenía que servir para algo—. Las praderas están habitadas —añadió—.
Si Josua y los suyos han levantado un campamento, los thrithingos lo sabrán.
—¡Los thrithingos!
—estalló Isgrimnur—. Miriamele, yo los conozco mejor de lo que pensáis. No
viven en ciudades. Sabed que no se instalan en un sitio determinado, de modo
que tal vez ni los veamos; y, además, tanto mejor si no nos los encontramos.
Son bárbaros, tan dispuestos a cortarnos la cabeza como a darnos noticias de
Josua.
—Ya sé que
luchasteis contra ellos, pero eso fue hace mucho tiempo. No nos queda otra
solución, que yo vea. Ese problema lo resolveremos cuando nos los encontremos.
—Sois hija de
vuestro padre —apostilló el duque, con una mirada de decepción y diversión en
los ojos.
Miriamele, en
contra de lo que se podía esperar, no se tomó el comentario a mal, pero frunció
el entrecejo... más por mantener al duque en su sitio que por otra cosa. Un
momento después, lanzó una carcajada.
—¿Qué os hace tanta
gracia? —inquirió él, receloso.
—Nada, en realidad.
Sólo estaba pensando en tantas veces como estuve con Binabik y Simón. En muchos
momentos pensaba que iba a morir; una vez, cuando unos perros tremendos
estuvieron a punto de darnos alcance; otra vez, fue un gigante; después unos
hombres que nos disparaban flechas... —Se sacudió el pelo de los ojos, pero el
viento enloquecedor se lo volvió a poner delante y terminó por esconder los
empecinados mechones bajo la capucha—. Pero ahora, ya no lo pienso, por muy
difíciles que se pongan las cosas. Cuando Aspitis nos capturó, jamás llegué a
creer que de verdad consiguiera llevarme. Y, si lo hubiera hecho, me habría
escapado. —Detuvo el caballo un momento para poner los pensamientos en
palabras.
»Ya veis, no se
trataba de nada gracioso. Sin embargo, tengo la impresión de que ahora suceden
cosas que escapan a nuestra comprensión. Como las enormes olas del océano:
puedo enfrentarme a ellas, y ahogarme, o dejarme llevar y nadar lo justo para
mantener la cabeza fuera del agua. Sé que voy a ver a tío Josua otra vez. Lo
sé, sencillamente, y a Simón y a Binabik y a Vorzheva..., tan sólo porque hay
más cosas que hacer.
Isgrimnur la miró
con cautela, como si la pequeña que antaño jugaba a caballito sobre sus
rodillas se hubiera convertido en una nabbana interpretadora de las estrellas.
—¿Y después, cuando
estemos todos reunidos de nuevo?
Miriamele le
sonrió, pero no era más que la punta agridulce de una pena muy honda que la
atenazaba.
—La ola romperá,
querido y viejo tío Isgrimnur..., y algunos de nosotros caeremos al fondo y
jamás volveremos a salir. No sé cómo va a suceder, claro, pero no tengo tanto
miedo como antes.
Quedaron en
silencio, tres caballos y cuatro jinetes que se abrían camino contra el viento.
Sólo el tiempo que
llevaban cabalgando les indicó que habían cruzado el límite hacia el Alto
Thrithing; los prados y colinas cubiertos de un manto blanco eran tan
irrelevantes como todo lo que habían atravesado durante la primera semana de
viaje. No obstante, el tiempo no empeoraba a medida que se internaban en el
norte. Miriamele incluso tenía la sensación de que hacía un poco más de calor y
de que el viento no era tan cortante.
—Una señal
esperanzadora —dijo una tarde cuando el sol llegó a aparecer de verdad—. Os lo
advertí, Isgrimnur; llegaremos.
—A donde sea, sí
—farfulló éste.
—Tal vez deberíamos
acercarnos al río —opinó Tiamak, que se agitó en la silla—. Si todavía vive
gente por aquí, es más fácil que se encuentre cerca del agua corriente, donde
abunda la pesca. —Sacudió la cabeza con tristeza—. Ojalá recordara con más
precisión los detalles del sueño.
—El Ymstrecca
discurre por el sur del gran bosque —calculó el duque—, pero recorre casi toda
la extensión de las praderas: un camino muy largo para ir buscando.
—¿No hay ningún
otro río que lo cruce? —preguntó Tiamak—. Hace mucho que no miro un mapa.
—Sí, el Stefflod,
si mal no recuerdo. Aunque no es más que un arroyo largo.
—De todos modos,
suele haber asentamientos en la confluencia de los ríos —advirtió Tiamak con
sorprendente seguridad—. Al menos así sucede en el Wran y en otros lugares de
los que he oído hablar.
Miriamele iba a
decir algo pero se contuvo al observar a Camaris. El anciano se había desviado
un poco hacia un lado y contemplaba el cielo; siguió su mirada pero sólo
distinguió nubes sombrías.
Isgrimnur
reflexionaba sobre la idea del wran.
—A lo mejor tenéis
razón, Tiamak. Si seguimos hacia el norte, no habrá forma de evitar el
Ymstrecca; pero creo que el Stefflod debe de encontrarse más hacia el este.
—Miró alrededor como buscando una indicación del terreno, y sus ojos tropezaron
con Camaris—. ¿Qué está mirando?
—No sé —replicó
Miriamele—. ¡Ah! ¡Deben ser esos pájaros!
Un par de sombras
oscuras planeaban hacia ellos desde el este, girando como cenizas atrapadas en
una corriente de aire.
—¡Cuervos! —exclamó
Isgrimnur—. ¡Cuervos carroñeros!
Las aves volaban en
círculos sobre los viajeros como si hubieran encontrado lo que buscaban.
Miriamele creía distinguir el brillo de sus ojos amarillos; la sensación de que
los observaban, de que vigilaban sus movimientos, era muy fuerte. Después de
varias vueltas más, los cuervos iniciaron el descenso en picado, sus alas
relumbraban negras y lustrosas a medida que se les acercaban. Miriamele agachó
la cabeza y se cubrió los ojos. Los cuervos pasaron volando como rayos; en
cuestión de un instante, se convirtieron en dos puntos que desaparecían en el
cielo norteño.
Camaris fue el
único que no escondió la cabeza; se quedó observando las siluetas en retirada
con una mirada absorta y contemplativa.
—¿Qué son? ¿Son
peligrosos? —preguntó Tiamak.
—Son aves de mal
agüero —repuso el duque—. En mi país los perseguimos con flechas, pues se
alimentan de carroña. —Hizo un gesto de asco.
—Creo que nos
miraban a nosotros —opinó Miriamele—, que querían saber quiénes éramos.
—Esa no es forma de
hablar. —Isgrimnur se acercó y le dio un pellizco en el brazo—. Y además, ¿qué
les importa a los pájaros quiénes somos?
—No lo sé, pero me
ha dado esa sensación: como si alguien quisiera identificarnos... y ahora ya lo
sabe.
—Eran simples
cuervos. —El conde compuso la mueca de una sonrisa—. Hay otras cosas de que
preocuparse.
—Cierto —asintió
ella.
Unos pocos días más
de cabalgata los llevaron por fin al Ymstrecca. La rápida corriente del río
parecía casi negra bajo el pálido sol; en las orillas había parcelas de nieve.
—El tiempo está
mejorando —comentó Isgrimnur con satisfacción—. La temperatura es ligeramente
inferior a la normal en esta época del año. Al fin y al cabo, estamos en
novendre.
—¿De verdad?
—Miriamele se sentía inquieta—. Salimos de la fortaleza de Josua en junen; ha
pasado medio año. ¡Elysia Misericordiosa! ¡Cuánto tiempo llevamos de camino!
Tomaron la curva
que el río describía en dirección este; se detuvieron al anochecer para acampar
cerca del agua, que resonaba con fuerza en sus oídos, y se pusieron en marcha a
la mañana siguiente. temprano, bajo un cielo gris.
Al final de la
tarde alcanzaron el borde de un valle poco profundo de hierba húmeda. Ante
ellos, como las ruinas tras una crecida devastadora, se extendían los restos
batidos por los elementos de un amplio asentamiento. Allí se habían levantado
cientos de viviendas improvisadas, la mayoría de las cuales parecían haber
estado habitadas hasta hacía poco, pero algo debía de haber obligado a los
residentes a marcharse. La destartalada ciudad parecía desierta, a excepción de
algunos pájaros que picoteaban entre las casas abandonadas.
—¿Sería esto el
campamento de Josua? —preguntó Miriamele con el corazón en un puño.
—El campamento se
encuentra en una colina elevada, señora —replicó Tiamak—, o al menos así lo vi
en mi sueño.
Isgrimnur condujo
al caballo hacia el poblado vacío.
Tras una
inspección, comprobaron que el desastre parecía deberse en gran parte al tipo
de materiales utilizados en la construcción: chatarra y desechos de todas
clases. No había en todo el asentamiento ni un solo clavo; las cuerdas,
bastante liadas, que sostenían la mayoría de las viviendas mejor construidas,
aparecían deshilachadas, aflojadas por el azote de las tormentas que
últimamente habían barrido las Praderas Thrithing; pero, ni siquiera en su
mejor momento, ni los más sólidos de aquellos cuchitriles habrían sido más que
tugurios, se dijo Miriamele.
También encontraron
rastros de una retirada ordenada. Podía deducirse que casi codos los moradores
habían tenido tiempo de llevarse sus enseres, aunque, a juzgar por la calidad
de los refugios, no debían de poseer gran cosa. Además, apenas hallaron objetos
de la vida cotidiana. Miriamele dio con unas cuantas cacerolas rotas y algunos
andrajos tan reducidos a tiras y tan empapados en barro que ni siquiera en un
invierno crudo habrían sido echados de menos.
—Se marcharon —le
dijo a Isgrimnur—, pero al parecer lo hicieron por voluntad propia.
—O tal vez se
vieron obligados —puntualizó el duque—. Tal vez los obligaron a marchar
ordenadamente, si comprendéis lo que quiero decir.
Camaris se había
apeado del caballo y estaba escarbando en un montón de césped y ramas rotas que
debía de haber sido la casa de alguien. Se incorporó con un objeto brillante en
la mano.
—¿Qué es eso?
—Miriamele se acercó a caballo y extendió la mano, pero Camaris miraba
atentamente el fragmento de metal. Se aproximó más y, sin brusquedad, se lo
quitó de las callosas manos.
Tiamak se deslizó
hasta las paletillas de la montura y se giró a examinar el objeto.
—Parece un cierre
de capa —opinó.
—Creo que sí. —El
objeto plateado, retorcido y manchado de limo, tenía un borde de hojas de acebo
en relieve y, en el centro, dos lanzas cruzadas y una cara de reptil de gesto
huraño. Un roce de temor sobrecogió de nuevo a la princesa—. Isgrimnur, mirad esto.
El duque acercó el
caballo y tomó el broche.
—Es la insignia de
la guardia real erkyna.
—Los soldados de mi
padre —murmuró ella. No pudo controlar el impulso de mirar alrededor, con la
sensación de que una compañía de caballeros estaba apostada esperando,
escondida en algún lugar cercano en la vacía ladera herbosa—. Han estado aquí.
—Tal vez llegaron
cuando la gente se había marchado —dijo Isgrimnur—. O tal vez existan otras
razones que no se nos ocurren. —No sonaba muy convincente—. Después de todo,
princesa, ni siquiera sabemos quién vivía aquí.
—Yo lo sé. —El mero
pensamiento la enfurecía—. Eran gentes que habían huido del reino de mi padre.
Josua y los demás estarían con ellos, seguramente, pero ahora han sido
capturados o conducidos a otra parte.
—Perdonad, señora
Miriamele —terció Tiamak, cauteloso—, pero no me parece conveniente decidir con
tanta rapidez. El duque Isgrimnur está en lo cierto: ignoramos muchas cosas.
Este no es el lugar que vi en el sueño enviado por Geloë.
—Entonces ¿qué
debemos hacer?
—Continuar —replicó
el wran—, seguir el rastro. Tal vez, los que vivían aquí han ido a reunirse con
Josua.
—Aquello parece
prometedor. —El duque se protegía los ojos del sol y señalaba hacia un extremo
del poblado, donde una serie de anchos senderos describían una curva y salían
de los pisoteados terrenos embarrados en dirección norte.
—Sigámoslo. —
Miriamele devolvió el broche a Camaris; el anciano caballero lo miró un momento
y lo dejó caer al suelo.
Los senderos
corrían cercanos unos a otros formando una prolongada hendidura lodosa sobre
las praderas. Las señales del paso de la gente flanqueaban los dos lados del
improvisado camino: rayos de carromato rotos, corros de fogatas cubiertos de
hierba, abundantes agujeros cavados y rellenados... A pesar de su aspecto, la
fea brecha abierta a lo largo de la prístina tierra animaba el corazón de
Miriamele, pues las marcas parecían recientes; no podía haber transcurrido más
de un mes, o dos a lo sumo, desde que había sido abierta por viajeros.
Tras una colación,
entresacada de las reducidas provisiones de la Arboleda del Pueblo, Miriamele
preguntó a Isgrimnur por sus planes, una vez que encontraran a Josua. Resultaba
agradable hablar de ese día como de algo que iba a llegar, y no sólo como algo
posible; hacía que pareciera cierto, real y tangible, a pesar del vestigio de
miedo supersticioso respecto a las conversaciones sobre cosas buenas que aún no
han sucedido.
—Le demostraré que
he cumplido con mi palabra —rió el duque—. Os llevaré ante él; después, creo
que voy a coger a mi esposa y la voy a abrazar hasta que aúlle.
Miriamele sonrió al
pensar en la rellena y siempre bien dispuesta Gutrun.
—Me gustaría verlo.
—Miró a Tiamak, que dormía, y a Camaris, que pulía la espada de Isgrimnur con
la fascinación ensimismada que sólo dedicaba a las evoluciones de las aves del
cielo. Antes del duelo con Aspitis, el anciano caballero había rehusado rozar
siquiera la hoja. Ahora, al observarlo, sintió cierta tristeza. El caballero
sujetaba el arma del duque como si fuera un antiguo amigo en quien no confiara
del todo.
—La echáis mucho de
menos, ¿verdad? —dijo, volviéndose de nuevo hacia el duque—. A vuestra esposa.
—¡Ay, dulce
Jesuris! Sí. —Se quedó mirando el fuego como si deseara encontrar allí los ojos
de ella—. Sí.
—La amáis.
—Miriamele se sentía complacida y sorprendida al mismo tiempo: Isgrimnur había
hablado con un ardor que no esperaba. ¡Qué extraña sensación que el amor
pudiera inflamar con tanta intensidad el pecho de una persona tan vieja y
conocida como el duque... y que la entrañable duquesa Gutrun fuera el objeto de
tan fuertes sentimientos!
—Pues claro que la
amo, supongo —replicó con el entrecejo fruncido—. Pero es más que eso, señora.
Ella forma parte de mí, mi Gutrun. Hemos vivido juntos tantos años, unidos el
uno al otro como dos árboles gemelos... —Rió y sacudió la cabeza—. Siempre lo supe,
desde el momento en que la vi por primera vez, llevando muérdago del
barco-tumba de Sotfengsel... ¡Ah, qué guapa estaba! ¡Tenía los ojos más
rutilantes que había visto en mi vida! Como en las historias.
—Espero que alguien
sienta lo mismo por mí algún día —suspiró ella.
—No lo dudéis,
pequeña, no lo dudéis —repuso Isgrimnur, sonriente—. Y, cuando os caséis, si
tenéis la suerte de casaros con el que os conviene, comprenderéis exactamente
lo que quiero decir. Él formará parte de vos, igual que mi Gutrun y yo. Para
siempre, hasta que nos lleve la muerte. —Hizo la señal del Árbol sobre el
pecho—. Yo no quiero ninguno de esos apaños de los sureños: ¡viudas y viudos
que vuelven a desposarse! ¿Quién podría comparársele jamás? —Quedó en silencio,
meditando sobre la colosal impertinencia de las segundas nupcias.
Miriamele también
reflexionaba en silencio. ¿Tendría la suerte alguna vez de encontrar un marido
así? Pensó en Fengbald, a quien su padre la había ofrecido en una ocasión, y se
estremeció. ¡Patán horrendo y fanfarrón! ¡Que Elías, de entre todo el mundo, pretendiera
casarla con alguien a quien ella no amaba! Cuando él mismo había quedado tan
destrozado por la muerte de su madre, Hylissa, que se hundió en un silencio
oscuro desde el momento en que ella cerró los ojos...
«A menos que lo
hiciera por evitarme una soledad tan espantosa —pensó—. Tal vez se le ocurrió
que sería una bendición no amar tanto, para no sentir jamás pérdida semejante.
Lo que partía el corazón era verlo tan solo...»
Con la inmediatez y
la enormidad de un relámpago, Miriamele vio lo que tanto le había roído los
pensamientos desde que Cadrach le había contado su historia por primera vez.
Estaba todo allí, delante de sus ojos, y con toda claridad..., ¡con toda
claridad! Fue como si hubiera avanzado a tientas por una habitación a oscuras y
de pronto se hubiera abierto una puerta y lo hubiera inundado todo con su luz,
alumbrando por fin las extrañas formas que había tocado entre tinieblas.
—¡Oh! —exclamó
emocionada—. ¡Oh! ¡Oh, padre!
El estallido de
lágrimas causó el asombro de Isgrimnur. El duque intentó calmarla por todos los
medios, pero ella no podía dejar de llorar. Tampoco le contaba el motivo del
llanto; sólo decía que las palabras de Isgrimnur le habían recordado la muerte
de su madre. Era una cruel verdad a medias, aunque no pretendía ser cruel.
Cuando Miriamele se alejó cabizbaja de la hoguera, dejó al duque perturbado e
impotente, acusándose a sí mismo del disgusto de la princesa.
Se acurrucó en la
manta, todavía llorosa, a mirar las estrellas y a pensar. De pronto tenía
muchas cosas en que pensar. Nada importante había cambiado, pero, al mismo
tiempo, todo era muy distinto.
Las lágrimas
volvieron a escapársele otra vez antes de quedarse dormida.
Una breve ráfaga de
nieve cayó por la mañana, insuficiente para aminorar el paso de los caballos
pero lo justo para que Miriamele se pasara toda la jornada temblando. El
Stefflod discurría perezoso y gris, como un reguero serpenteante de plomo
líquido, y la nieve parecía más espesa en la otra orilla, de modo que los
campos de la orilla opuesta estaban mucho más embarrados que los de la más
cercana. Miriamele se imaginó que el Stefflod atraía la nieve como el imán de
la herrería de Rubén el Oso atraía las virutas de hierro.
El terreno ascendía
suavemente y, hacia el final de la tarde, cuando la luz ya había menguado y
cabalgaban en el frío crepúsculo, se encontraron subiendo una cadena de
pequeños cerros. Los árboles escaseaban tanto como en el lago Thrithing y el
viento soplaba cortante y crudo sobre las mejillas de Miriamele, pero el cambio
de panorama le proporcionaba cierto alivio.
Ascendieron a las
cimas de la cadena aquella noche antes de acampar. Cuando se levantaron por la
mañana, con los pies, los dedos y la nariz brillantes, enrojecidos y doloridos,
se demoraron alrededor de la fogata más de lo que solían. Hasta Camaris subió
al caballo con evidente contrariedad.
La nieve disminuía, hasta que, hacia el final
de la mañana, desapareció por completo. Al mediodía, el sol emergió
resplandeciente de entre las nubes y envió a la tierra grandes haces de rayos,
mas, cuando alcanzaron lo que parecía ser la cresta de los oteros, a media
tarde, las nubes regresaron trayendo consigo una lluvia helada y fina.
—¡Princesa! —gritó
Isgrimnur—. ¡Mirad hacia allá! —Se había adelantado un poco para prevenirse
contra cualquier obstáculo que pudiera presentarse en el descenso, pues la nula
dificultad de la subida no aseguraba una bajada en las mismas condiciones, y no
deseaba correr riesgos en un país desconocido. Entre la inquietud y la euforia,
Miriamele trotó hacia él. Tiamak se inclinó hacia adelante en la silla,
esforzándose por ver. El duque aguardaba en un claro de la rala línea de
árboles, agitando la mano hacia el hueco entre los troncos—. ¡Mirad!
Ante ellos se
extendía un ancho valle, un pozo de verdor moteado de blanco. A pesar de la
fina lluvia, una sensación de quietud planeaba sobre la vasta hondonada, como
si el aire se hubiera tensado al inspirar. En el centro, levantándose sobre una
especie de lago semihelado, se erguía una enorme colina pedregosa cubierta de
vegetación salpicada de nieve. La luz oblicua jugueteaba sobre la pared
occidental de modo que casi parecía fulgurar, cálida y acogedora. De cien
puntos diferentes en la cima se elevaban otras tantas columnas de pálido humo.
—¡Alabado sea Dios!
¿Qué es eso? —preguntó Isgrimnur, perplejo.
—Creo que el sitio
que vi en mi sueño —musitó Tiamak.
Miriamele se
abrazaba a sí misma traspasada de sentimiento. La elevada colina se le antojaba
demasiado real.
—Espero que sea un
buen sitio, y que Josua y los demás estén ahí.
—Sin duda hay gente
ahí arriba —dijo Isgrimnur—. ¡Mirad cuántas fogatas!
—¡Vamos! —Miriamele
espoleó al caballo por el sendero—. Llegaremos antes de que caiga la noche.
—No tengáis tanta
prisa. —Isgrimnur también espoleó su montura—. No tenemos la certeza de que ese
lugar esté relacionado con Josua.
—No me importaría
demasiado dejarme prender por cualquiera, siempre que me llevaran a un fuego y
a una cama caliente —replicó Miriamele mirando hacia atrás.
Camaris, que
cerraba la marcha, se detuvo ante el hueco entre los árboles y se quedó mirando
el valle. Su largo rostro no mudó de expresión pero no se movió de donde estaba
durante mucho rato, antes de seguir a los otros.
A pesar de que
todavía era de día cuando alcanzaron la orilla del lago, los hombres que
salieron a su encuentro llevaban antorchas, que semejaban flores de fuego
amarillas y escarlata al reflejarse en el agua negra mientras las barcas
avanzaban entre el hielo flotante. Al principio, Isgrimnur se detuvo, con
cautela, pero, antes de que el primer bote tocara la orilla, reconoció la
silueta de dorada barba sentada en la proa y se apeó del caballo con una
exclamación de júbilo.
—¡Sludig! ¡En el
nombre de Dios, en el nombre de Aedón, bendito seas!
Su vasallo chapoteó
en el agua hasta alcanzar tierra firme y, sin darle tiempo a hincar la rodilla
en tierra, Isgrimnur lo abrazó y lo aplastó contra su ancho pecho.
—¿Cómo se encuentra
el príncipe? —dijo a voces—. ¿Y mi esposa? ¿Y mi hijo?
Sludig, aun siendo
un hombre de gran envergadura, tuvo que hacer un esfuerzo por desligarse del
apretón del duque y recuperar el aliento antes de asegurarle que todos estaban
bien, aunque Isorn había partido en una misión como enviado del príncipe. El duque
Isgrimnur describió unos torpes, entusiastas y osunos pasos de baile, poseído
de puro gozo.
—¡Y traigo a la
princesa! —exclamó—. ¡Y muchas, muchas cosas más! Pero ¡vamos! ¡Esto es como
Aedonmansa!
—Hemos estado
observándoos desde el mediodía—explicó Sludig tras una carcajada—. Josua dijo:
«Bajad y averiguad quiénes son». Va a llevarse una gran sorpresa, creo.
—Enseguida ordenó que los caballos fueran cargados en una de las gabarras y
después ayudó a Miriamele a subir a bordo.
«Princesa. —Le
ofreció una mano firme y la acompañó hasta uno de los bancos—. Sed bienvenida a
Nueva Gadrinsett. Vuestro tío se alegrará mucho de veros.
Los guardias que
acompañaban a Sludig observaban a Camaris y a Tiamak con gran interés, pero el
rimmerio no quería perder tiempo y en breves momentos navegaban ya por el lago
lleno de hielo.
En la otra orilla,
los aguardaba una carreta tirada por dos bueyes flacos y malhumorados. Cuando
los pasajeros hubieron subido, Sludig fustigó a una de las bestias en el lomo,
y la carreta comenzó a rodar entre chirridos por la calzada empedrada.
—¿Qué es esto?
—Isgrimnur observaba el camino de blancos guijarros.
—Es un camino sitha
—replicó Sludig, más que orgulloso—. Estamos en un lugar de los sitha, muy
antiguo. Lo llaman Sesuad'ra.
—He oído hablar de
este sitio —musitó Tiamak a Miriamele—. Es famoso en la tradición popular...
pero no tenía idea de que existiera aún, ni de que fuera la montaña que Geloë
me mostró.
A Miriamele poco le
importaba adonde los llevaran. Al ver aparecer a Sludig, sintió como si le
hubieran quitado un peso enorme de la espalda, y entonces se dio cuenta de cuan
agotada estaba en realidad.
Percibió que la
cabeza se le movía ligeramente con el traqueteo de la carreta e intentó
resistir la presión del cansancio. Los niños bajaban la montaña corriendo para
recibirlos y siguieron a los viajeros gritando y cantando.
Cuando llegaron a
la cima de la colina, una gran muchedumbre se había congregado; aquel mar de
gente la hizo sentirse enferma. Hacía tanto tiempo que había dejado las
populosas calles de Kwanitupul que se vio incapaz de enfrentarse a tantos
rostros hambrientos y expectantes. Se apoyó en el hombro de Isgrimnur y cerró
los ojos.
En la cima, las
caras se hicieron familiares de pronto. Sludig la ayudó a bajar de la carreta y
la depositó en brazos de su tío Josua, quien la abrazó estrechamente, casi con
la misma fuerza que Isgrimnur a Sludig. Un momento después, la separó de sí cuan
largos eran sus brazos para mirarla bien. El príncipe estaba más delgado de lo
que ella recordaba, y sus ropas, aunque eran del mismo color grisáceo que
siempre, resultaban extrañas y rústicas. Su corazón se abrió un poco más al
dolor y a la alegría.
—El Redentor ha
escuchado mis plegarias —proclamó Josua. No cabía duda, a pesar de su cara
surcada de arrugas y de preocupación, de que se alegraba muchísimo de verla—.
Bienvenida a casa, Miriamele.
Después aparecieron
otros rostros: Vorzheva, que llevaba una túnica muy rara, como una tienda de
campaña, y el arpista Sangfugol, e incluso el pequeño Binabik, que hizo una
burlona reverencia antes de tomarle la mano entre sus cálidos y menudos dedos.
Otro más, que se mantenía en silencio y ligeramente apartado, le resultaba
conocido. Tenía barba, y un mechón blanco entre su roja cabellera coronaba una
cicatriz blanquecina en la mejilla. La miraba como si quisiera aprendérsela de
memoria, como si algún día fuera a cincelarla en piedra.
—¿Simón? —dijo, al
cabo de un buen rato.
El asombro se trocó
al punto en una especie de rara amargura; ¡de cuántas cosas se había visto
privada! Mientras estaba en otra parte, el mundo había cambiado. Simón ya no
era un simple muchacho; su amigo había desaparecido y ese joven alto había
tomado su lugar. ¿Tanto tiempo había estado ausente?
La boca del extraño
se movía, pero no lo oyó hablar hasta unos momentos después. La voz de Simón
sonaba más grave, y hablaba entrecortadamente.
—Me alegro de que
os encontréis a salvo, princesa; me alegro muchísimo.
Se quedó mirándolo
con los ojos ardientes por las lágrimas que comenzaban a llegar. Al parecer, el
mundo se había puesto boca abajo.
—Os lo ruego —dijo
de repente, dirigiéndose a Josua—. Creo que... necesito acostarme, necesito
dormir. —No vio al que otrora era un pinche de cocina agachar la cabeza como si
lo hubieran rechazado.
—Naturalmente
—asintió su tío con toda solicitud—; por supuesto, todo lo que necesites.
Después, cuando te levantes, celebraremos una fiesta de acción de gracias.
Miriamele asintió,
mareada, y se dejó llevar por Vorzheva hacia el ondulante mar de tiendas. A su
espalda quedaba Isgrimnur estrechamente abrazado a su esposa, que reía y
lloraba.
XXII
SUSURROS DE PIEDRA
E
l agua brotaba de
la gran grieta y se precipitaba sobre la repisa de negro basalto antes de
rebosar y caer al pozo. A pesar de toda su furia, el salto de agua era
prácticamente invisible desde la oscura caverna, cuya única iluminación
consistía en unas pocas piedras de luz incrustadas en las paredes. La cámara,
de techo altísimo, se llamaba Yakh Huyeru, que significa Sala Vibrante, y,
aunque había recibido ese nombre por otras razones, la caída de agua de
Kiga’rasku, la Cascada de las Lágrimas, creaba la ilusión de que los muros
temblaban. La cascada hacía muy poco ruido en su pasaje, fuera por algún efecto
de resonancia en la espaciosa cámara o por el vacío al que caía. Entre los
habitantes de la montaña se murmuraba que Kiga’rasku no tenía fondo, que el agua
bajaba eternamente hacia el negro centro de la tierra.
Desde el borde del
precipicio, Utuk'ku era un diminuto punto de blanco plateado contra el tapiz
del agua oscura. Sus ropas claras se agitaban al viento de la catarata. Su
enmascarado rostro se dirigía hacia abajo como si escudriñara en las
profundidades de Kiga’rasku, pero en esos momentos veía tan poco del potente
chorro como del pálido sol que se escondía tras el pico que se elevaba sobre su
cabeza, por encima del Pico de las Tormentas. Utuk'ku reflexionaba.
Habían comenzado a
producirse ciertos cambios singulares e inquietantes en la intrincada sucesión
de acontecimientos que había estudiado y planeado hacía mucho tiempo,
modificándolos con delicadeza en el curso de más de mil millares de días sin
sol. Uno de los primeros cambios había producido una leve grieta en el
planteamiento. No era irreparable, naturalmente —Utuk'ku urdía las acciones con
reciedumbre y más de unos cuantos cabos tendrían que soltarse por completo para
que su triunfo, largamente proyectado, fracasara—, aunque remediarlo iba a
precisar trabajo, cuidado y una concentración penetrante como el diamante, que
sólo la Más Antigua podía llegar a soportar.
La máscara de plata
giró con lentitud y captó la débil lux. como si fuera la luna al salir de
detrás de las nubes. Tres siluetas hicieron su aparición en el umbral de Yakh
Huyeru. La más cercana se arrodilló y se tapó los ojos con las manos; sus dos
compañeras hicieron lo mismo.
Mientras Utuk'ku
las valoraba, a ellas y la tarea que iba a encomendarles, lamentó por un
momento la pérdida de Ingen Jegger, pero fue sólo un momento. Utuk'ku
Seyt-Hamakha era la última de los Nacidos en el Jardín: no había sobrevivido en
muchas centurias a todos sus iguales a base de perder el tiempo en emociones
inútiles. Jegger había sido orgulloso y ciegamente leal como un perro de caza,
y su naturaleza mortal había servido a los propósitos de Utuk'ku, pero no había
sido más que una mera herramienta: una pieza que se utiliza y se olvida. Le
había servido en lo que, en aquellos momentos, era su necesidad más perentoria.
Otros servidores habría para otras misiones.
Las nornas
reverentes que tenía ante sí, dos mujeres y un hombre, levantaron la mirada
como si despertaran de un sueño. Vertidos en sus mentes los deseos de su señora
como leche agria de una jarra, Utuk'ku levantó la mano enguantada en un áspero
ademán de retirada. Se dieron media vuelta y desaparecieron, con suavidad y
rapidez, silenciosas como sombras que huyen al alba.
Utuk'ku se quedó en
silencio un largo rato ante el salto de agua, escuchando los fantasmagóricos
ecos. Después, la reina de las nornas se volvió de espaldas e inició sin prisas
el camino hacia la Cámara del Arpa Respirante.
Se acomodó en su
asiento junto al pozo, y el canto de las profundidades del Pico de las
Tormentas se hizo más intenso. Era la bienvenida que los Sin Luz, en su estilo
insondable e inhumano, le brindaban a su regreso al trono helado. A excepción
de la propia Utuk'ku, la estancia estaba vacía, aunque un simple chasquido de
sus dedos habría hecho aparecer un matorral de lanzas blandidas por pálidas
manos.
Se llevó los largos
dedos a las sienes de la máscara y miró fijamente la columna de vapor que se
elevaba del pozo. El arpa, con sus contornos imprecisos, se iluminó de rojo,
amarillo y violeta. La presencia de Ineluki guardaba silencio; había comenzado
a encerrarse en sí mismo, a absorber fuerzas de cualquier fuente capaz de
nutrirlo, como el aire alimenta la llama de una vela. Se preparaba para la gran
prueba que se avecinaba.
Por más que fuera
un alivio liberarse de sus pensamientos ardientes y furiosos —pensamientos que
solían ser ininteligibles incluso para Utuk'ku, que sólo percibía una especie
de nubarrón de odio y anhelo—, la reina de las nornas contrajo los labios, bajo
la máscara reluciente, en una delgada línea de descontento. Lo que había visto
en el mundo de los sueños la preocupaba; a pesar de las maquinaciones que había
puesto en marcha subrepticiamente, no estaba satisfecha. Habría sido un alivio
en cierto modo compartirlas con la cosa que se concentraba en el corazón del
pozo, pero no sería así. La mayor parte de Ineluki permanecería ausente hasta
los últimos días, cuando la Estrella del Conquistador se elevara muy alto.
Los ojos sin color
de Utuk'ku se entornaron de pronto. En algún punto de los bordes del tapiz de
fuerza y sueño que se entretejía por todo el pozo, comenzaba a producirse una
agitación inesperada. La reina de las nornas concentró la mirada hacia adentro y
dejó que su mente tanteara y comprobara los cabos de su red, en delicado
equilibrio a lo largo de las incontables hebras de intención, cálculo y
destino. Ahí estaba: otra divergencia en su puntilloso trabajo.
Un suspiro,
desmayado como el viento aterciopelado entre las alas de un murciélago, escapó
de los labios de Utuk'ku. El canto de los Sin Luz flaqueó un momento ante la
ola de irritación que emanó de la señora del Pico de las Tormentas, pero
enseguida elevaron sus voces de nuevo, profundas y triunfantes. Se trataba sólo
de alguien que jugueteaba con un Testigo Maestro, un jovenzuelo, aunque del
linaje de Amerasu Nacida en el Barco. Se encargaría de dar una lección al
bellaco. Ese desperfecto también tenía solución; tan sólo hacía falta un poco
más de concentración, retorcer el pensamiento un poco más, y lo haría. Estaba
cansada pero no hasta ese punto.
Al menos hacía mil
años que la reina de las nornas no sonreía y, si hubiera recordado cómo se
hacía, tal vez habría sonreído en ese momento. Ni el más anciano hikeda'ya
había conocido más señora que Utuk'ku. Era comprensible que algunos pensaran
que ella ya no era algo vivo sano, al igual que el Rey de la Tormenta, una
criatura formada por entero de hielo, brujería y acechante malignidad sin fin.
Utuk'ku sabía la verdad. Aunque la vida milenaria de algunos de sus
descendientes no era más que una pequeña parte de la suya, bajo las ropas de
palidez cadavérica y la máscara rielante todavía existía una mujer viva. En el
interior de su antigua carne aún latía un corazón, lento y fuerte, como un ser
ciego que se arrastra por el fondo de un mar profundo y silencioso.
Estaba cansada,
pero conservaba la fiereza y el poderío. Hacía tantos milenios que planeaba los
días venideros que hasta la misma faz de la tierra que la cubría se había
transformado y alterado bajo la mano del tiempo mientras ella aguardaba.
Viviría para ver cumplida su venganza.
Las luces del pozo
temblaron sobre la vacía cara metálica que mostraba al mundo. Acaso en aquella
hora de victoria, pensaba Utuk'ku, recordara de nuevo cómo se sonreía.
—¡Ah! ¡Por la
Arboleda! —exclamó Jiriki—. Esto es en verdad Mezutu'a, el hogar de plata.
—Levantó más la antorcha—. No lo había visto nunca, pero se nombra en tantas
canciones que ahora me parece conocer sus torres, puentes y calles como si
hubiera crecido aquí.
—¿No habíais estado
aquí? Pues creía que lo había construido vuestro pueblo. —Eolair se retiró del
peligroso borde de la escalera. La gran ciudad se extendía a sus pies como un
revoltijo fantástico de piedra en sombra.
—Sí, en parte la
construimos nosotros, pero el último zida’ya se había marchado de aquí antes de
que yo naciera. —Los dorados ojos de Jiriki estaban muy abiertos, como si no
pudiera sustraer la mirada a los tejados de la ciudad de cavernas—. Cuando los
tinukeda’ya separaron su destino del nuestro, Jenjiyana de los Ruiseñores, en
su sabiduría, declaró que debíamos entregar este lugar a los Hijos del
Navegante, como parte del pago que les debíamos. —Frunció el entrecejo y
sacudió la cabeza, y el cabello se agitó con soltura sobre sus hombros—. La
Casa de la Danza Anual, cuando menos, conservaba algo de honor. También les
entregó Hikehikayo en el norte, y Jhiná T'seneí, rodeada por el mar,
desaparecida bajo las olas hace mucho.
Eolair se esforzaba
por encontrar el significado de aquel aluvión de nombres desconocidos.
—¿Vuestro pueblo
entregó esto a los tinukeda’ya —inquirió—, es decir, a las criaturas que
nosotros llamamos «domhaini», o sea, los dwarrows?
—Algunos los
llamaban así —confirmó Jiriki, volviendo su luminosa mirada al conde—, pero no
son «criaturas», conde Eolair. Provienen del Jardín Perdido, igual que los
míos. Entonces cometimos el error de creerlos inferiores a nosotros; ahora
deseo evitarlo.
—No pretendía
insultar —se disculpó Eolair—. Los conocí, como ya os he dicho. Eran...
extraños, pero nos trataron con amabilidad.
—Los Hijos del
Océano siempre fueron amables. —Jiriki empezó a bajar la escalera—. Por eso los
míos los trajeron, me temo: porque pensaron que serían sirvientes dóciles.
Eolair se apresuró
a alcanzarlo. El sitha se movía con rapidez y seguridad, y tan cerca del borde
como el conde jamás habría osado, cuanto menos mirando hacia abajo.
—¿Qué queríais
decir con que «a algunos los llamaban así»? —insistió Eolair—. ¿Acaso había
tinukeda’ya que no fueran dwarrows?
—Sí. Los que vivían
aquí, los dwarrows a quienes os referís, eran un grupo pequeño, desgajado de la
tribu principal. El resto del Pueblo de Ruyan se quedó cerca del agua, puesto
que siempre amaron los océanos. Muchos de ellos se convirtieron en los que los
mortales conocéis como «vigilantes del mar».
—¿Niskis? —Durante
su larga carrera, a lo largo de la cual había surcado tantas veces aguas
sureñas, Eolair había conocido muchos vigilantes del mar—. Todavía existen, sin
embargo ¡no se parecen a los dwarrows en nada!
Jiriki se detuvo a
esperar al conde y, a partir de entonces, tal vez como deferencia, aminoró el
paso.
—Era la bendición,
y la maldición al mismo tiempo, de los tinukeda'ya. Podían transformarse, con
el tiempo, para adaptarse mejor al lugar en que vivieran; sus huesos y su
sangre poseen cierta capacidad de mutación. Creo que, si el mundo fuera
destruido por el fuego, los Hijos del Océano serían los únicos que
sobrevivirían. No tardarían mucho en alimentarse de humo y nadar en brasas
ardientes.
—¡Es asombroso!
—comentó Eolair—. Los dwarrows que conocí, Yis-fidri y sus compañeros, parecían
muy tímidos. ¿A quién se le habría ocurrido imaginar siquiera que fueran
capaces de semejantes cosas?
—En los pantanos
del sur —añadió Jiriki con una sonrisa— hay lagartos que cambian de color para
camuflarse entre las hojas, los troncos o las piedras donde se agazapan.
También son tímidos. No me parece tan fuera de lugar que los seres más
temerosos suelen ser los que mejor se esconden.
—Pero, si
concedisteis a los dwarrows, a los tinukeda’ya, este lugar, ¿por qué os tienen
tanto miedo? Cuando lady Maegwin y yo llegamos aquí y los conocimos, estaban
aterrorizados por la posibilidad de que fuéramos servidores vuestros que
acudíamos para llevárnoslos.
Jiriki se detuvo,
como traspuesto por algún sentimiento profundo. Cuando se dirigió de nuevo a
Eolair, tenía una expresión tan lastimosa que ni siquiera sus extraños rasgos
conseguían disimularla.
—Tienen razón en
temernos, conde Eolair. Amerasu, nuestra sabia, que acaba de sernos arrebatada,
tildaba de «nuestra vergüenza» al modo en que tratamos a los tinukeda’ya. No
los tratamos bien, y les ocultamos cosas que merecían conocer... porque
creíamos que, trabajando en la ignorancia, serían mejores servidores. —Hizo un
gesto de frustración—. Cuando Jenjiyana, la señora de la Casa de la Danza
Anual, les cedió este lugar en el pasado remoto, fue con la oposición de muchos
de la Casa del Amanecer. Hay algunos entre los zida’ya, incluso en nuestros
días, que opinan que deberíamos haber conservado a los hijos de Ruyan Vé como
servidores. Tienen motivos para temernos, esos amigos vuestros.
—Nada de todo eso
se cuenta en nuestras leyendas sobre vosotros —se maravilló Eolair—. Pintáis
unas escenas tristes y amargas, príncipe Jiriki. ¿Por qué me contáis todo esto?
—Porque esta era se
nos termina, conde Eolair —replicó el sitha, que de nuevo escrutaba los
profundos escalones.
Continuaron bajando
sin hablar.
Eolair confiaba en
sus vagos recuerdos de la visita previa para conducir a Jiriki por la ciudad en
ruinas, aunque, a juzgar por la impaciencia del sitha, que refrenaba sólo por
pura cortesía, podría haber sido Jiriki quien lo guiara a él. A medida que avanzaban
por las calles, resonantes y vacías, Eolair tuvo de nuevo la impresión de que
Mezutu'a no era una ciudad propiamente, sino una madriguera de animalillos
tímidos y amigables. En esta ocasión, sin embargo, con las palabras de Jiriki
sobre el océano todavía frescas en los oídos, la vio como una especie de jardín
de coral cuyos incontables edificios crecían unos sobre otros, surcada de
pasadizos vacíos y túneles oscuros, con las torres unidas entre sí por caminos
de piedra tan finos como la lana de vidrio. Se preguntó absorto si los dwarrows
albergarían en el fondo una añoranza por el océano, de modo que su ciudad hecha
de estratos había ido transformándose poco a poco en una especie de cueva
submarina, protegida del sol por una montaña de piedra en vez de agua azul.
Cuando salieron del
largo túnel, jalonado por grabados en la piedra viva, hacia la inmensidad del
gran anfiteatro de piedra, Jiriki, que abría la marcha entonces, estaba rodeado
de un nimbo luminoso, blanco lechoso. Al mirar hacia el circo, elevó las delgadas
manos hasta la altura de los hombros e hizo un gesto mesurado antes de avanzar
muy deprisa, aunque su agilidad de ciervo paliara el efecto del esfuerzo.
El gran Shard
cristalino seguía en el centro del cuenco, pulsando débilmente, con sus
cambiantes colores reflejados en su superficie. Los bancos de piedra que lo
rodeaban estaban vacíos, y el anfiteatro se hallaba desierto.
—¡Yis-fidri! —gritó
Eolair—. ¡Yis-hadra! ¡Soy Eolair, conde de Nad Mullach!
Su voz se expandió
por la arena y resonó en las paredes más lejanas de la caverna. No hubo
respuesta.
—¡Soy Eolair,
Yis-fidri! ¡He regresado! —Al no recibir contestación, y no ver señal alguna de
vida, ni huellas, ni el brillo de las varillas rosadas de cristal de los
dwarrows, Eolair se acercó a Jiriki—. Me lo temía —comentó—. Temía que si os
traía conmigo, desaparecerían. Sólo espero que no hayan huido para siempre.
—Frunció el entrecejo—. Supongo que me creen traidor por traer aquí a uno de
sus antiguos amos.
—Es posible.
—Jiriki estaba abstraído, casi en tensión—. ¡Por mis antecesores! —suspiró—.
¡Estoy ante el Shard de Mezutu'a! ¡Oigo su cántico!
Eolair colocó la
mano cerca de la lechosa piedra, pero sólo notó un leve caldeamiento del aire.
Jiriki levantó las
palmas hacia el Shard y se detuvo en seco antes de rozarlo, como si abrazara
algo invisible que se ajustara al perfil de la piedra, aunque del doble de su
tamaño. Los juegos de luz intensificaron levemente su colorido, y dio la
impresión de que lo que se movía en su interior se había acercado a la
superficie. Jiriki observaba las tonalidades con atención mientras movía los
dedos en lentos círculos, sin tocar nunca el Shard, y situando las manos
alrededor de la piedra como si dibujara un objeto inmóvil en una danza ritual.
Pasó mucho tiempo,
y Eolair comenzó a notar dolor en las piernas, por lo que se sentó en un banco.
Una corriente fría flotaba en el anfiteatro y le rozaba la parte posterior del
cuello. Se arrebujó mejor en la capa y observó a Jiriki, que continuaba ante la
piedra luminosa, inmerso en una comunión silente.
Cansado de la
espera, Eolair comenzó a juguetear con su larga cola de negro cabello. Aunque
habría sido difícil determinar con exactitud el tiempo transcurrido desde que
Jiriki se había acercado a la piedra, el conde sabía que no era un intervalo
breve. Eolair era famoso por su paciencia, e, incluso en aquellos días
enloquecedores, se necesitaba mucho para inquietar su ánimo.
Bruscamente, el
sitha dio un brinco y se retiró un paso de la piedra. Se balanceó en el sitio
un momento y después se dirigió a Eolair con una luminosidad en los ojos que no
era el mero reflejo del Shard.
—El Fuego Parlante
—anunció.
—¿Qué queréis
decir? —inquirió Eolair, confuso.
—El Fuego Parlante
en Hikehikayo. Es otro Testigo, un Testigo Maestro, como el Shard. Está muy
cercano, pero de una forma que nada tiene que ver con la distancia. No puedo
liberarlo para que el Shard se preocupe de otras cosas.
—¿De qué cosas
queréis que se preocupe?
—Es difícil de
explicar. —Jiriki echó una rápida ojeada al Shard antes de proseguir—. Permitid
que os lo diga así: si os hallarais perdido y rodeado de niebla, pero hubiera
un árbol al que pudierais subiros y mirar por encima de la niebla, ¿no lo
aprovecharíais?
—Claro que sí, pero
sigo sin comprender lo que queréis decir.
—Sencillamente, que
a nosotros, habituados al Sendero de los Sueños, nos ha sido vedado el acceso
últimamente, del mismo modo como la niebla espesa puede hacer temer a
cualquiera alejarse más de dos pasos de su casa, por muy grande que sea su
necesidad. Los Testigos que yo utilizo son menores y, sin la fuerza y la
sabiduría de una persona como nuestra Primera Abuela Amerasu, sólo sirven para
pequeños propósitos. El Shard de Mezutu'a es un Testigo Maestro, que ya había
pensado buscar incluso antes de partir de Jao é-Tinukai'i; acabo de descubrir
que algo me impide utilizarlo, y no sé qué es. Es como si hubiera subido al
árbol del que hablábamos, que se elevaba por encima de la niebla, y me
encontrara con que otra persona está más arriba y me impide escalar lo
suficiente para ver. He sido burlado.
—Creo que no deja
de ser un gran misterio para un mortal como yo, Jiriki, aunque algo se me
alcanza de lo que intentáis explicar. En otras palabras —añadió, tras pensarlo
un momento—, deseáis mirar por una ventana pero alguien la ha tapado desde el
otro lado, ¿no es así?
—Sí, bien dicho
—sonrió, pero Eolair percibió cierta incomodidad bajo los extraños rasgos del
sitha—. De todas formas, no me atrevo a marcharme sin haber intentado mirar por
la ventana tantas veces como sea capaz de soportar.
—En ese caso, os
espero; recordad que hemos traído poca comida y bebida y además, aunque no
puedo hablar en nombre de los vuestros, me temo que los míos requieran pronto
mi presencia.
—En cuanto a los
alimentos y la bebida, podéis tomar los míos —dijo Jiriki, absorto, volviéndose
de nuevo al Shard—. Cuando creáis que ha llegado el momento de marcharos,
decídmelo, pero no me toquéis hasta que os avise; prometédmelo, conde Eolair,
si sois tan amable. No sé con exactitud qué tengo que hacer, y sería
preferible, por la seguridad de ambos, que no os acercarais veáis lo que veáis.
—No haré nada a
menos que me lo pidáis —prometió Eolair.
—Bien. —Jiriki
levantó las manos y comenzó a describir lentos círculos una vez más.
El conde de Nad
Mullach suspiró y se recostó contra el banco de piedra tratando de encontrar
una postura cómoda.
Despertó de un
sueño extraño —huía de una rueda gigantesca, alta como la copa de un árbol,
basta y astillada como las vigas de un techo viejo— con la sensación repentina
de que algo estaba mal. La luz era más intensa, latía como un corazón y había
adquirido un enfermizo tono verde azulado. El aire en el interior de la caverna
se notaba tenso y quieto como antes de una tormenta, y un olor como el de
después de caer un relámpago le dio de lleno en la nariz.
Jiriki seguía ante
el luminoso Shard, una mota en un mar de luz cegadora, pero en vez de estar
como antes, en una actitud digna de una danzarina de Mircha leyendo una oración
de lluvia, tenía los miembros contorsionados y la cabeza echada hacia atrás como
si una mano invisible lo estuviera estrangulando a muerte. Eolair se lanzó
hacia adelante, preocupado hasta la desesperación pero sin saber qué hacer. El
sitha le había dicho que no lo tocara por nada, pero cuando se acercó lo
suficiente para verle el rostro, casi invisible en la gran explosión de brillo
nauseabundo, sintió que el corazón le daba un vuelco. ¡Seguro que aquello no
podía ser lo que Jiriki planeaba!
El sitha tenía los
ojos vueltos hacia arriba de modo que sólo una rendija blanca asomaba entre los
párpados; sus labios, completamente estirados hacia atrás, formaban la mueca de
un animal acorralado, y las nudosas venas de su garganta y de su frente parecían
a punto de estallar la piel.
—¡Príncipe
Jiriki!—gritó Eolair—. ¡Jiriki! ¿Me oís?
El sitha abrió la
boca un poco más y movió las mandíbulas. Una fuerte ráfaga de sonido salió
despedida y resonó por el gran Shard, profunda e ininteligible, pero tan teñida
de dolor y miedo que, pese a que Eolair se tapó los oídos con las manos
desesperadamente, notó que el corazón le brincaba de horror. Extendió la mano
hacia el sitha y vio con asombro que el vello del brazo se le ponía de punta;
la piel le hormigueaba.
Pensó un momento
más. Maldijo su propia insensatez y después, con una rápida y silenciosa
oración a Cuamh Earthdog, adelantó un paso y cogió a Jiriki por los hombros.
En el mismo
instante en que sus dedos lo tocaron, se vio invadido por una fuerza titánica
que no provenía de ninguna parte; un río impetuoso de terror, sangre y voces
vacuas que se precipitaba en su interior arrasándole los pensamientos como un
puñado de hojas en una catarata. En el breve instante anterior a la
desintegración de su yo en la nada, vio sus manos en contacto con Jiriki, que
caía sobre el Shard al perder el equilibrio bajo el peso de su cuerpo. Cuando
Jiriki tocó la piedra, un gran estallido de chispas saltó al aire: un millón de
luces refulgentes como si las almas de todas las mariposas nocturnas del mundo,
liberadas al mismo tiempo, bailaran y revolotearan. Después, todo desapareció
en la oscuridad. Eolair sintió que caía y caía como una piedra hacia un vacío
infinito...
—Vivís.
El alivio en la voz
de Jiriki no dejaba lugar a dudas. Eolair abrió los ojos en una mancha pálida
que poco a poco se convirtió en el rostro del sitha, inclinado sobre el suyo, y
notó sobre sus sienes sus frías manos.
Le hizo una débil
seña de que se apartara y el sitha retrocedió para que se incorporara;
agradeció sin palabras poder sentarse por sus propios medios, aunque le costó
no poco controlar las sacudidas de su cuerpo. La cabeza le retumbaba como la
caldera de Rhynn en pleno grito de guerra. Tuvo que cerrar los ojos para evitar
el vómito.
—Os advertí que no
me tocarais —lo amonestó Jiriki, sin enfado en la voz—. Lamento que hayáis
sufrido esto por mi causa.
—¿Qué..., qué ha
pasado?
Jiriki sacudió la
cabeza. Sus movimientos tenían ahora cierta rigidez diferente, pero, al
recordar el tiempo que el sitha había soportado aquello a lo que él sólo había
sobrevivido un momento, lo miró con respeto y admiración.
—No estoy seguro
—replicó Jiriki—. Había algo que me impedía alcanzar el Sendero de los Sueños,
o que no deseaba que nadie manoseara el Shard; algo muchísimo más poderoso y
sabio que yo. —Hizo un gesto mostrando sus blancos dientes—. Acerté cuando
advertí a Seomán que se alejara del Sendero, y yo tendría que haberme aplicado
el mismo consejo, por lo visto. Likimeya, mi madre, se va a enfadar.
—Creía que os
moríais —graznó Eolair; sentía la cabeza como si estuvieran herrando un gran
caballo de labranza allí dentro.
—Si no me hubierais
empujado, no me habría librado de la enajenación que me atrapaba y creo que
habría sucumbido a algo peor que la muerte. —Lanzó una carcajada repentina y
cortante—. Os debo la Staj’a Ame, conde Eolair, la Flecha Blanca. Por
desgracia, ya se la he dado a otra persona.
Eolair se esforzó
por ponerse en pie. Lo intentó varias veces, y al final, con la ayuda de Jiriki
—que aceptó de buen grado en esta ocasión—, consiguió incorporarse del todo. El
Shard estaba otra vez en reposo, destellando en silencio en el centro del vacío
circo y proyectando inquietas sombras tras los bancos de piedra.
—¿La Flecha Blanca?
—murmuró. Le dolía la cabeza y tenía los músculos como si lo hubieran
arrastrado por el suelo con un carro desde Hernysadharc hasta Crannhyr.
—Un día de éstos os
lo contaré —dijo Jiriki—. Tengo que aprender a vivir con estas indignidades.
Comenzaron a
caminar juntos hacia el túnel que conducía fuera del anfiteatro; Eolair
renqueaba, Jiriki andaba con más seguridad pero aún con lentitud.
—¿Indignidades?
—inquirió Eolair con debilidad—. ¿A qué os referís?
—A ser salvado por
mortales. Por lo visto, ya es costumbre en mí.
El sonido de sus
pasos irregulares levantaba ecos por toda la vastedad de la caverna.
—Ven, gatito, mis,
mis. Ven, bonito.
Raquel estaba un
tanto cohibida, pues no sabía con certeza cómo dirigirse a los gatos. En los
viejos tiempos, sólo esperaba de ellos que mantuvieran a raya la población
ratonil, pero había dejado la crianza y los mimos a las doncellas. Por lo que a
ella atañía, decir palabras cariñosas u ofrecer golosinas no formaba parte de
sus obligaciones con respecto a ninguno de sus subordinados, fueran bípedos o
cuadrúpedos. Pero en esos momentos tenía una necesidad, aunque tonta y
simplona, y por ello se humillaba.
«Gracias,
Misericordioso Jesuris, porque no haya ningún ser humano cerca que me vea.»
—Mis, mis, mis.
—Agitaba un pedacito de carne en salazón; adelantó medio codo sin hacer caso
del dolor de espalda ni de la dureza de la piedra bajo sus rodillas—. Toma,
come esto; cochino, que Rhiap nos proteja de ti. —Con el entrecejo fruncido,
movía el trozo de carne—. Te estaría bien empleado que te guisara de verdad.
Hasta el gato, a
escasa distancia de Raquel pero justo fuera de su alcance, en el centro del
pasillo, parecía comprender que aquella amenaza era vana. No porque Raquel
tuviera el corazón blando —necesitaba que el animal aceptase la comida que le
ofrecía; de lo contrario, lo habría sacudido con la escoba— sino porque comer
carne de gato era tan inconcebible para ella como escupir sobre el altar de una
iglesia. No habría sabido precisar por qué la carne de gato era diferente de la
de conejo o venado, pero tampoco le hacía falta. La gente decente no la comía y
eso era razón suficiente.
De todas formas,
durante los últimos quince minutos, había acariciado la idea más de una vez de
propinar un puntapié a esa criatura recalcitrante para mandarla escalera abajo,
y buscar otro medio que no requiriera la asistencia de animales. Lo más fastidioso
de todo era que la solución no resultaba práctica. Se miró el brazo, que
temblaba, y los dedos grasientos. ¿Todo eso por ayudar a un monstruo?
«Estás desvariando,
mujer. Loca como una cabra.»
—Mis...
El gato gris se
acercó unos pasos y se detuvo para estudiar a Raquel con los ojos muy abiertos,
tanto por recelo como por la brillante luz de la lámpara. Raquel recitó en
silencio la oración de Elysia y movió el cebo tentadoramente. El felino se
aproximó con cautela, arrugó el hocico y dio una lametada precavida. Tras
atusarse los bigotes con fingida naturalidad, reunió el coraje necesario; en un
zarpazo se apoderó de un trocito, retrocedió a comérselo y volvió de nuevo.
Raquel levantó la otra mano y le acarició el lomo. El animal se sobresaltó,
pero, como la mujer no hiciera movimientos repentinos, cogió lo que quedaba y
se lo tragó. Raquel le pasó los dedos con ligereza sobre el pelaje mientras el
gato le olisqueaba la mano, ya vacía, con aire de interrogación. Lo acarició
detrás de las orejas resistiendo el impulso de estrangular a aquel animal tan
particular. Por fin, cuando consiguió arrancarle un ronroneo, se puso en pie
con pesadez.
—Mañana —le dijo—,
más carne. —Se dio la vuelta y se dirigió con paso fatigado hacia el otro
extremo del pasillo, donde estaba su cuarto secreto. El animal se quedó
mirándola y, tras olisquear el suelo en busca de alguna migaja que se le
hubiera podido escapar, se acostó y empezó a asearse.
Jiriki y Eolair
salieron a la luz como topos deslumbrados. El conde lamentaba ya haber escogido
esa entrada a las minas subterráneas, porque estaba muy lejos de Hernysadharc.
Si hubieran bajado por las cuevas donde se refugiaban los hernystiros, como habían
hecho Maegwin y él la primera vez, podrían haber pasado la noche en una de las
madrigueras recién acondicionadas de la ciudad de cuevas, y ahorrarse el largo
recorrido de regreso.
—No tenéis buen
aspecto —comentó el sitha, y sin duda era cierto.
La cabeza había
dejado de martillearle por fin, pero los músculos todavía le dolían mucho.
—No me encuentro
bien. —Eolair miró alrededor. Aún quedaba algo de nieve en el suelo, pero el
tiempo había mejorado mucho durante los últimos días. La idea de quedarse allí
mismo y regresar al Taig al día siguiente por la mañana lo tentaba. Miró hacia
el sol con los ojos entornados; sólo era media tarde, aunque tenía la impresión
de que habían pasado mucho más tiempo bajo tierra... si es que era el mismo
día. Sonrió con amargura al pensarlo. Decidió que sería preferible volver al
Taig, aun a costa del malestar, que pasar una noche en aquellos páramos tan
fríos.
Los caballos, el
castrado bayo de Eolair y el blanco corcel de Jiriki cuyas crines tenían plumas
y campanillas entrelazadas, pastaban la raquítica vegetación con las largas
cuerdas estiradas al máximo. Sólo tardaron unos momentos en prepararlos y, en
seguida, el humano y el sitha espoleaban las monturas hacia el sudeste, hacia
Hernysadharc.
—El aire ha
cambiado —dijo Eolair a voces—. ¿Lo notáis?
—Sí. —Jiriki
levantó la cabeza como un animal cazador que husmea en la brisa—. Aunque no sé
lo que significa.
—Es más cálido, y a
mí me basta.
Cuando llegaron a
las afueras de Hernysadharc, el sol había desaparecido del todo tras las
Grianspog y la base del cielo perdía los tonos rojizos. Cabalgaron juntos por
la calle del Taig esquivando el abundante tráfico de transeúntes y carretas.
Ver otra vez el ir y venir de su pueblo, cada uno a lo suyo, alivió el dolor de
Eolair. Todavía estaban lejos de la normalidad y mucha gente de la calle tenía
la mirada obsesionada y fija del hambre, pero viajaban libres, nuevamente en su
propia tierra. Muchos volvían del mercado y apretujaban sus adquisiciones
celosamente, aunque no se tratara de nada más que un manojo de cebollas.
—¿Qué habéis
descubierto? —preguntó Eolair por fin.
—¿En el Shard?
Mucho y poco. —Al ver la expresión del conde, Jiriki se rió—. ¡Ah! ¡Os parecéis
a Seomán Rizos Nevados, mi amigo mortal! Es cierto, los Hijos del Amanecer no
damos respuestas satisfactorias.
—¿Seomán...?
—Los vuestros lo
llaman Simón, creo. Es un cachorro extraño, pero valiente y afable. Además es
inteligente, aunque lo disimula muy bien.
—Creo que lo
conozco. Está con Josua el Manco en la Roca... Ses..., Sesu...
—Sesuad'ra. Sí, es
él. Es joven, pero se ha visto envuelto en demasiadas corrientes como para
achacarlo sólo a la casualidad. Tendrá algún papel que desempeñar en el curso
de las cosas. —Jiriki miró hacia el este como buscando allí al muchacho
mortal—. Amerasu, nuestra Primera Abuela, lo invitó a su casa, lo cual
significa un gran honor.
—No parecía mucho
más que un joven alto y un poco patoso cuando lo conocí... pero hace tiempo que
no me fío ya de las apariencias.
—Así pues, por vos
corre con fuerza la sangre hernystira —dijo Jiriki con una sonrisa—. Permitid
que medite un poco más sobre lo que encontré en el Shard. Después, si acudís
conmigo a ver a Likimeya, compartiré mis pensamientos con ambos.
Mientras subían por
la colina de Hern, Eolair vio que alguien cruzaba despacio por la hierba
húmeda, y levantó la mano.
—Un momento, por
favor. —Confió las riendas de su caballo al sitha y desmontó para seguir a la
silueta, que se agachaba cada poco como si recogiera flores entre las hojas de
hierba. Unos cuantos pájaros sobrevolaban por detrás, bajando en picado y
ascendiendo de nuevo con un ajetreo de alas—. ¡Maegwin! —llamó. La mujer no se
detuvo, de modo que el conde apresuró sus pasos para darle alcance—. Maegwin
—repitió al llegar a su altura—. ¿Os encontráis bien?
La hija de Lluth se
volvió para mirarlo; llevaba una capa oscura, pero debajo tenía un voluminoso
vestido amarillo. La hebilla del cinturón era un girasol de oro templado.
Estaba bonita y serena.
—Conde Eolair
—saludó con calma, y sonrió; después inclinó la cintura y dejó caer de la mano
otro puñado de simiente de maíz.
—¿Qué hacéis?
—Planto flores. La
larga batalla contra el invierno ha marchitado hasta los brotes celestiales.
—Se detuvo y derramó más grano. Tras ella, los pájaros se los disputaban con
gran algarabía.
—¿A qué os referís
con «los brotes celestiales»?
—¡Qué pregunta tan
extraña! —exclamó, mirándolo a los ojos—. Pero, pensad, Eolair, en las flores
tan hermosas que nacerán de estas semillas; pensad en cómo estará todo cuando
los jardines de los dioses rebroten de nuevo.
Se quedó mirándola
impotente mientras Maegwin seguía repartiendo el cereal a puñados a medida que
avanzaba. Los pájaros, ahítos pero insaciables, la seguían.
—Pero os halláis en
la colina de Hern –replicó, en Hernysadharc, ¡el lugar donde nacisteis!
—No tenéis buen
aspecto, Eolair —le dijo, arropándose en la capa—. Eso no es justo; nadie
debería enfermar en un sitio como éste.
Jiriki se acercaba
con ligereza por el césped, con los dos caballos. Se detuvo a cierta distancia
para no interrumpir.
Para sorpresa de
Eolair, Maegwin se giró hacia el sitha y le hizo una reverencia.
—Bienvenido, lord
Brynioch —lo saludó; se levantó y señaló con la mano el horizonte inflamado del
oeste—. ¡Qué cielo tan hermoso habéis hecho hoy para nosotros! ¡Gracias, oh
Luminoso!
Jiriki no replicó;
se limitó a dirigir a Eolair una mirada gatuna, calma y curiosa.
—¿Acaso no sabéis
quién es éste? —preguntó el conde a Maegwin—. Os presento a Jiriki, del pueblo
sitha. No es un dios sino uno de los que nos libraron de Skali. —Al ver que no
respondía, sino que sólo sonreía con indulgencia, elevó el tono de voz—. Maegwin,
no es Brynioch, no estáis entre los dioses. Este es Jiriki, inmortal, sí, pero
de carne y hueso, exactamente como vos y yo.
—Bien, mi señor; al
parecer Eolair está febril —se disculpó Maegwin con una tímida sonrisa al
sitha—. ¿Tal vez lo condujisteis muy cerca del sol durante la excursión de hoy?
El conde de Nad
Mullach la miraba fijamente. ¿Estaba loca de verdad o se trataba de un juego
incomprensible? Jamás había visto nada semejante.
—¡Maegwin! —le
espetó.
—Venid conmigo,
conde Eolair —lo invitó Jiriki tocándole el brazo—. Tenemos que hablar.
—Sois muy
considerado, lord Brynioch —dijo Maegwin con otra reverencia—. Ahora, yo
proseguiré con mi tarea, con vuestra licencia. Es muy poca cosa para devolveros
tanta amabilidad y hospitalidad.
Jiriki asintió con
un gesto, y Maegwin reemprendió su lento paseo por la ladera de la colina.
—¡Que los dioses me
asistan! —exclamó Eolair—. ¡Está loca! Es mucho peor de lo que me temía.
—Cualquiera, aunque
no fuera de vuestro pueblo, vería que sufre un grave trastorno.
—¿Qué puedo hacer?
—se lamentó el conde—. ¿Y si no recobra el juicio?
—Tengo una amiga,
una prima, según vuestros conceptos, que es sanadora. No sé si podrá ofrecer
ayuda a esta joven, pero nada se pierde por intentarlo, creo.
Esperó a que Eolair
subiera al caballo; después montó él con un solo movimiento y condujo al conde
colina arriba hacia el Taig.
Al oír ruido de
pasos que se acercaban, Raquel retrocedió aún más entre las sombras antes de
recordar que no importaba. Se maldijo por su estupidez.
Los pasos eran
lentos, como si quien avanzaba estuviera muy débil o portara una carga pesada.
—Bien, ¿adonde
vamos? —dijo en un murmullo seco, profundo y rasposo, una voz poco acostumbrada
a hablar—. Vamos. ¿Adonde vamos? Ah, muy bien, ya voy. —Se oyó un leve resuello
que podría haber sido de risa o de llanto.
Raquel contenía la
respiración. Primero apareció el gato con la cabeza erguida, seguro ya, después
de casi una semana, de que lo aguardaba la comida y no el peligro. El hombre
surgió detrás, de entre las sombras, renqueando hacia la luz de la lámpara. Su
pálido y abrasado rostro estaba cubierto de una larga barba grisácea, y las
partes de su cuerpo que los sucios andrajos no ocultaban asomaban escuálidas
por efecto del hambre. Tenía los ojos cerrados.
—Más despacio —dijo
broncamente—, estoy débil, no puedo correr. —Se detuvo al sentir la luz de la
lámpara en la cara, sobre los párpados de sus ojos destrozados—. ¿Dónde te has
metido, gato? —preguntó con voz temblorosa.
Raquel se agachó
para acariciar al animal que se restregaba contra sus tobillos, y le dio un
trocito de lo que esperaba, buey en salazón; después se levantó.
—Conde Guthwulf.
—Su voz sonó tan potente, después de los susurros de Guthwulf, que hasta ella
se asustó. El hombre retrocedió a trompicones y a punto estuvo de caer, pero,
en vez de girarse y echar a correr, levantó las manos temblorosas en gesto de
protección.
—¡Dejadme en paz,
condenadas! —exclamó—. ¡Id a acosar a otro! ¡Dejadme en paz con mi desgracia!
¡Que la espada acabe conmigo, si quiere!
—¡No huyáis,
Guthwulf! —se apresuró a decir Raquel, pero, al oír la voz de nuevo, el conde
se dio media vuelta y comenzó a alejarse por el pasillo dando traspiés.
»Aquí hay comida
para vos —le gritó. La andrajosa aparición no respondió, sino que se camufló
entre las sombras a donde no llegaba la luz de la lámpara—. La dejo aquí y yo
me voy. ¡Y así todos los días! ¡No tenéis que hablar conmigo!
Cuando los ecos se
acallaron, dejó una pequeña porción de recortes de carne para el gato, que
comenzó a masticar con apetito. En cuanto al plato de carne y frutos secos, lo
colocó en una sucia hornacina de la pared, fuera del alcance del animal pero a
mano para que lo encontrara el espantapájaros viviente tan pronto como reuniera
el valor necesario para volver.
Sin saber aún con
precisión cuál era su objetivo, recogió la lámpara y se encaminó hacia la
escalera que la llevaría a la parte superior, y más conocida, del laberíntico
castillo. Ahora ya estaba hecho, y era tarde para volver atrás. Pero ¿por qué
lo había hecho? Tendría que arriesgarse a acudir otra vez a las alturas del
castillo, porque los víveres que había preparado eran la frugal ración de una
sola persona, no la de dos adultos y un minino cuyo estómago era un pozo sin
fondo.
—¡Rhiap, líbrame de
mí misma! —gruñó.
Quizá lo hiciera
porque era la única caridad posible en aquellos días terribles, aunque nunca se
había inclinado hacia la práctica de esa virtud dado que casi todos los
mendicantes, según su propia experiencia, estaban en perfectas condiciones
físicas y afectados sólo de un miedo cerval al trabajo. Sin embargo, tal vez
fuera caridad al fin y al cabo. Los tiempos habían cambiado, y ella también.
Acaso se tratara de
simple soledad, añadió entre sí. Bufó ante sus propias conclusiones y se
apresuró corredor arriba.
XXIII
EL SONIDO DEL
CUERNO
E
n los días
posteriores a la llegada de la princesa Miriamele y sus compañeros a Sesuad'ra,
sucedieron varios acontecimientos singulares.
El primero y menos
importante fue el cambio que experimentó Lenti, el mensajero del conde Stréawe.
El cejijunto perdruinés pasó sus primeras jornadas en Nueva Gadrinsett
pavoneándose por los alrededores del mercadillo, molestando a las lugareñas y
provocando disputas con los mercaderes. Enseñó sus navajas a varias personas
con insinuaciones solapadas de que estaba dispuesto a utilizarlas al menor
contratiempo.
No obstante, cuando
el duque Isgrimnur llegó con la princesa, Lenti se retiró inmediatamente a la
tienda que le habían adjudicado como alojamiento y tardó un tiempo en volver a
salir. Fue necesaria la aplicación de medios coercitivos para conseguir que se
presentara a recibir la respuesta de Josua para su amo Stréawe, y, tan pronto
como supo que el conde estaría presente, el mensajero que tanto había presumido
del manejo de navajas se convirtió en un ser de débiles rodillas que precisó
sentarse para recibir las instrucciones del príncipe. Al parecer —o al menos
así se comentaba después en la plaza del mercado— Isgrimnur y él ya se
conocían, pero a Lenti no le había agradado la coincidencia. No bien hubo
recibido la respuesta para su amo, abandonó Sesuad'ra precipitadamente. Ni él
ni ninguna otra persona lamentó su partida.
El segundo, y mucho
más asombroso hecho, fue el anuncio del duque Isgrimnur, según el cual el
anciano que había llevado a Sesuad'ra desde el sur era en realidad
Camaris-sá-Vinitta, el héroe más famoso de todas las épocas. Por todo el
campamento corría el rumor de que Josua, al recibir la noticia la misma noche
de la llegada, había caído de rodillas ante el anciano y le había besado la
mano, lo cual demostraba ampliamente la veracidad de la palabra de Isgrimnur.
No obstante, y contra toda expectativa, el susodicho caballero Camaris no se
inmutó en absoluto ante la reacción de Josua. Los rumores contradictorios se
extendieron veloces por toda Nueva Gadrinsett: el buen anciano había sufrido
heridas en la cabeza, había perdido el juicio a causa de la bebida o de un
maleficio, o cualquier otra razón posible, incluso que había hecho un voto de
silencio.
El tercero y más
triste de los eventos fue la muerte del anciano Towser. La misma noche del
regreso de Miriamele y los demás, el viejo bufón moría durante el sueño. Muchos
lo atribuyeron a las emociones vividas, que juzgaron excesivas para su corazón.
Los que sabían de los terrores por los que Towser había pasado, junto con los
demás compañeros supervivientes de Josua, no estaban seguros porque, al fin y
al cabo, era un hombre muy mayor y su defunción parecía natural. Josua Je
dedicó unas tiernas palabras en el funeral, dos días más tarde, en las que
recordó a los pocos allí reunidos el prolongado servicio de Towser al rey Juan.
No obstante, algunos juzgaron relevante que, a pesar de los generosos elogios
del príncipe, el bufón recibiera sepultura junto a la fosa común de los caídos
en la última batalla, en vez de depositarlo al lado de Deornoth en el jardín de
la Casa de la Despedida.
Sangfugol, el
arpista, procuró que el hombre fuera enterrado con un laúd y con su abigarrado
y raído traje, en memoria de las enseñanzas del arte musical que de él había
recibido. Junto con Simón, el arpista recogió flores de nieve, que esparcieron
sobre la negra tierra una vez cubierta la fosa.
—Es triste que haya
muerto cuando Camaris regresaba —comentó Miriamele, que trenzaba con delicadeza
las restantes flores de nieve que Simón le había dado—. Era una de las pocas
personas que conocía de los días de antaño, y ni siquiera tuvieron oportunidad
de hablar. Aunque no creo que Camaris hubiera dicho nada.
—Towser sí que
habló con Camaris, princesa —puntualizó Simón, e hizo una pausa. Todavía
pronunciaba el título con extrañeza, sobre todo cuando la tenía delante en
carne y hueso, viva, respirando—. Towser, al verlo, antes incluso de que
Isgrimnur dijera quién era, se puso pálido. Se quedó un momento delante de
Camaris estrujándose las manos, y después musitó: «¡No se lo he dicho a nadie,
mi señor, lo juro!». Y enseguida se marchó a su tienda. Nadie lo oyó decirlo
salvo yo, creo; pero no comprendí, y sigo sin comprender a qué se refería.
—Supongo que ya
nunca lo sabremos —dijo Miriamele, alzando los ojos hacia él, pero de inmediato
volvió a bajar la vista hacia las flores.
Simón la encontraba
más bonita que nunca. Su cabello dorado, ahora que el tinte había desaparecido,
estaba cortado como el de un muchacho, pero le gustaba cómo realzaba el firme y
definido contorno de la barbilla y los ojos verdes; hasta la expresión, ligeramente
más seria, que tenía ahora, contribuía a aumentar su atractivo. La admiraba,
ésa era la palabra justa, pero no podía hacer nada con sus sentimientos.
Ansiaba protegerla de cualquier cosa, de todo, aunque al mismo tiempo sabía muy
bien que ella jamás consentiría en que la trataran como a una cría desvalida.
El joven notaba
otros cambios en Miriamele; seguía mostrándose amable y correcta, pero
distante, como contenida, cosa que no había percibido antes. El equilibrio que
en el pasado se había establecido entre ellos había sufrido alteraciones, mas
no captaba en qué había variado. Parecía un poco más lejana y, al mismo tiempo,
más consciente de su presencia que nunca, incluso como si él la asustara de
alguna forma.
No podía quitarle
los ojos de encima, así que en realidad se alegraba de que ella centrara toda
su atención en las flores que tenía en el regazo. Era una sensación tan extraña
encontrarse frente a la auténtica Miriamele tras tantos meses de recordarla e imaginársela
que le resultaba difícil pensar con claridad en su presencia. Ahora,
transcurrida una semana desde su regreso, iban limándose las situaciones
embarazosas, aunque aún existía entre ellos cierta distancia. Ni siquiera en
Naglimund, cuando la había visto por primera vez como la hija del rey que era,
había tenido esa sensación de separación.
Simón le había
relatado —no sin cierto orgullo— sus numerosas aventuras del último medio año;
para su sorpresa, descubrió entonces que las experiencias de Miriamele habían
sido tan salvajes e increíbles como las suyas propias.
Al principio había
pensado que los horrores de su viaje —los kilpas y los ghants, la muerte de
Dinivan y del lector Ranessin, su poco claro confinamiento en el barco de un
cierto noble nabbano— eran más que suficientes para explicar el muro que se
levantaba entre ellos, pero ahora no estaba tan seguro. Habían sido amigos y,
aunque nunca llegaran a ser nada más, la amistad había sido real, ¿no era así?
Algo habría sucedido para que ella lo tratara de otra forma.
«¿Seré yo mismo?
—se preguntaba—. ¿Tanto habré cambiado que ya no me quiere nada?»
Se mesó la barba
inconscientemente. Miriamele levantó la vista, sorprendió su mirada y sonrió
con picardía. Simón sintió una oleada cálida, casi como si la viera con su
antiguo disfraz de Marya, la criada.
—Os sentís muy
orgulloso, ¿verdad?
—¿De qué? ¿De la
barba? —De pronto se alegró de tenerla, porque se había ruborizado—. Bueno, en
realidad... ha crecido sola.
—Hum... ¿Así, de
pronto? ¿De la noche a la mañana?
—¿Qué tiene de
malo? —preguntó, picado—. ¡Soy un caballero, por el Árbol Sagrado! ¿Por qué no
habría de crecerme la barba?
—¡No blasfeméis! No
al menos delante de las damas, y menos aún en presencia de la princesa. —Lo
miró de una forma que pretendía ser severa, pero el efecto quedó roto por la
sonrisa que se le escapaba—. Además, por muy caballero que seáis, Simón..., y
supongo que tendré que dar por cierta vuestra palabra hasta que me acuerde de
preguntárselo a mi tío Josua, no significa que tengáis edad para dejaros crecer
la barba sin parecer tonto.
—¿Preguntárselo a
Josua? ¡Preguntádselo a cualquiera! —Simón se debatía entre el placer de verla
actuar un poco más como antaño y la irritación que le provocaba el sentido de
sus palabras—. ¿Que no tengo edad? ¡Estoy a punto de cumplir los dieciséis! ¡Sólo
faltan dos semanas, en el día de san Yistrin! —Él, por su parte, se había dado
cuenta de que su cumpleaños estaba tan cerca gracias a un comentario del padre
Strangyeard sobre la próxima festividad del santo.
—¿De verdad? —le
dijo, seria—. Yo cumplí los dieciséis durante el viaje a Kwanitupul. Cadrach
estuvo encantador; robó una tarta de mermelada y dulces en la Tierra de los
Lagos para regalármelos, aunque no fue una gran fiesta.
—Ese villano ratero
—farfulló Simón. Por más cosas que hubieran sucedido después, aún no había
olvidado el robo de su carrera y la vergüenza que tuvo que soportar por haberla
perdido.
—No habléis así —lo
censuró ella con viveza—. No sabéis nada de él, Simón. Ha sufrido mucho; su
vida ha sido muy dura.
—¡Ha sufrido!
—exclamó con rabia—. ¿Y qué me decís de toda la gente a la que roba?
—No deseo oíros una
palabra más sobre Cadrach —replicó Miriamele con voz dura—. Ni una sola
palabra.
Simón abrió la
boca, y la volvió a cerrar. «¡Qué tonto eres! —se dijo—. ¡Enseguida te buscas
problemas con las chicas! ¡Es como si todas se dedicaran a practicar para
convertirse en Raquel el Dragón.»
—Lamento que
vuestro cumpleaños no fuera alegre —dijo, tras tomar aire.
Ella lo miró con
recelo y por fin cedió.
—Cuando llegue el
vuestro, Simón, tal vez podamos celebrarlo juntos. No intercambiaremos regalos,
como hacen en Nabban.
—Ya me habéis regalado una cosa. —Revolvió en
el bolsillo de la capa y sacó una tira de tela azul—. ¿Os acordáis? Cuando me
disponía a partir hacia el norte con Binabik y los otros.
—¿La conserváis?
—preguntó con calma.
—Pues claro. No me
la quité en todo el tiempo. Claro que la conservo.
La princesa abrió
mucho los ojos, se giró y se levantó con brusquedad del banco de piedra.
—Tengo que
marcharme, Simón —anunció con un tono extraño. No lo miraba a los ojos—.
Disculpadme, por favor. —Se recogió las faldas y se alejó a paso rápido por las
baldosas blancas y negras del Jardín de Fuego.
—¡Qué inútil soy!
—exclamó Simón. Cuando todo parecía ir bien al fin, ¿qué había hecho? ¿Cuándo
aprendería a entender a las mujeres de una vez?
Binabik, como
representante más cercano de los Portadores del Pergamino de pleno derecho,
tomó los juramentos a Tiamak y al padre Strangyeard. Pronunciados los votos,
también él pronunció los suyos ante ellos. Geloë los observaba con cierta
ironía mientras recitaban la letanía; nunca había respetado mucho las
formalidades de la Alianza, una de las razones por la que nunca había sido
nombrada Portadora a pesar del inmenso respeto que le profesaban los miembros.
Existían además otros motivos, pero la sabia nunca hablaba de ellos, y todos
sus antiguos camaradas, que podrían haberlos explicado, habían partido.
Tiamak se debatía
entre la satisfacción y la decepción. Hacía mucho que soñaba con esos momentos,
pero, en su imaginación, se había visto recibiendo el pergamino y la pluma de
manos de Morgenes, ante la complacencia de Jarnauga y Ookequk. En lugar de ello,
había traído él mismo el colgante de Dinivan desde Kwanitupul después de que
Isgrimnur se lo entregara, y ahora se hallaba sentado con los sucesores —cuyos
méritos no habían sido probados en absoluto— de aquellos otros grandes
espíritus.
Con todo, el
humilde cumplimiento de su sueño tenía algo de emocionante que no podía
expresar. Acaso aquella jornada fuera recordada durante mucho tiempo corno el
advenimiento de una nueva generación en la Alianza, un nuevo elenco de
Portadores que tal vez alcanzara tanta relevancia y respeto como en los días
del mismísimo Eahlstan Fiskerne...
Le rugieron las
tripas. Geloë volvió hacia él sus amarillos ojos, y Tiamak sonrió avergonzado;
con la emoción de los preparativos durante la mañana, se le había olvidado
comer. Se sintió muy azorado. ¡Ya estaba! ¡Eran Los Que Vigilan Y Dan Forma que
le recordaban lo importante que era! Una era nueva de verdad... Los allí
reunidos tendrían que esforzarse hasta límites insospechados para llegar a
conseguir la mitad de lo que habían logrado sus predecesores. ¡Así aprendería
Tiamak, ese salvaje de la Arboleda del Pueblo, a permitirse tanta arrogancia!
Le rugieron las
tripas de nuevo; esta vez, esquivó la mirada de Geloë y se acercó más las
rodillas al cuerpo, acurrucado en la esterilla del suelo de la tienda de
Strangyeard, como un mercader de loza en un día frío.
—Binabik me pidió
que hablara —intervino Geloë, cumplidos todos los ceremoniales. Su tono era
brusco, como el de la esposa de un Mayor al explicar a una recién casada las
tareas domésticas y el cuidado de los niños—. Puesto que soy la única que
conoció a los antiguos Portadores dei Pergamino, he accedido. —La fiereza de su
mirada no hacía que Tiamak se sintiera especialmente cómodo. Tan sólo había
intercambiado correspondencia con la mujer del bosque antes de llegar a
Sesuad'ra, y no tenía la menor noción de la fuerza que imponía su presencia. En
esos momentos, se esforzaba con frenesí por recordar las cartas que le había
enviado con la esperanza de que el tono hubiera sido convenientemente cortés.
Era una persona a la que por nada del mundo convenía molestar.
»Os habéis
convertido en Portadores del Pergamino en la que podría resultar la era más
difícil que el mundo haya visto jamás, peor incluso que la de Fingil, plagada
de conquistas, saqueos y destrucción del saber. Hasta el momento, todos habéis
oído lo suficiente como para comprender que lo que está sucediendo trasciende
los límites de una guerra entre príncipes. Elías de Erkynlandia ha logrado, por
algún medio, asegurarse el apoyo del Rey de la Tormenta, que al fin ha
extendido su mano no muerta más allá del país de las nornas, tal como temió
Ealhstan Fiskerne hace siglos. Ésa es la tarea a la que nos enfrentamos:
encontrar la manera de impedir que ese demonio convierta una lucha entre
hermanos en un combate perdido contra la oscuridad absoluta. Y, al parecer, la
primera parte de esa tarea consiste en resolver el enigma de las espadas.
La discusión sobre
el poema de las espadas de Nisses se alargó hasta bien entrada la tarde. Cuando
a Binabik se le ocurrió ir a buscar algo de comer para todos, el precioso
manuscrito de Morgenes estaba esparcido por la tienda de Strangyeard, tras
haber sido analizado y discutido repetidas veces, página por página, hasta que
el aire impregnado de incienso parecía resonar.
Tiamak comprendió
entonces que el mensaje que Morgenes le había enviado debía de referirse al
poema de las Tres Espadas, pero le había parecido imposible que alguien tuviera
conocimiento de su tesoro secreto. Sin embargo, si, como erudito, no hubiera
cultivado un sano respeto por las coincidencias, las revelaciones de ese día
habrían terminado por convencerlo. Después de que todos hubieron tomado pan y
vino y las discordancias más importantes quedaron aplacadas por la comida y la
necesidad de compartir las jarras, Tiamak se decidió a hablar.
—He encontrado algo
que espero miréis. —Dejó la copa con cuidado y sacó del bolso el envoltorio de
hojas—. Encontré esto en el mercado de Kwanitupul y esperaba presentárselo a
Dinivan en Nabban para que me diera su parecer. —Lo desenrolló con gran precaución
mientras los otros tres se acercaban a mirar. Tiamak sintió el mismo orgullo y
la misma preocupación que embargarían a un padre en el momento de presentar a
su hijo a los mayores para la confirmación de su nombre.
—¡Elysia bendita!
¿Es auténtico?
—Si no lo es, se
trata entonces de una falsificación muy cuidadosa —replicó Tiamak—. En los años
que pasé en Perdruin, vi numerosos escritos de la época de Nisses. Estas runas
son rimmerias, como las que escribiría cualquiera de aquella época. Observad las
espirales de atrás... —Señaló con dedo tembloroso.
—«... Traed del
jardín rocoso de Nuanni...» —leyó Binabik.
—Creo que se
refiere a las islas del sur —opinó Tiamak—. Nuanni...
—Era el antiguo
dios nabbano del mar —lo interrumpió Strangyeard, presa de excitación, algo
asombroso en el tímido sacerdote—. Claro, claro, «el jardín rocoso de Nuanni»:
¡las islas! Pero ¿qué significado tiene el resto?
Mientras los demás
juntaban las cabezas en corro, discutiendo, Tiamak sintió un destello de
orgullo. Su hijo había obtenido la aprobación de los mayores.
—Resistir en
nuestro campo no es suficiente. —El duque Isgrimnur se encontraba sentado en
una banqueta frente a Josua, a media luz, en la tienda del príncipe—. Habéis
conseguido una victoria importante, pero a Elías le supone poco. Dentro de unos
cuantos meses, nadie la recordará ya.
—Así es —asintió
Josua con el entrecejo fruncido—, y por eso convoco el Raed.
—Eso no es
suficiente, si permitís que os lo diga. Creo que soy demasiado franco.
—Ésa es vuestra
obligación, Isgrimnur —le recordó el príncipe, sonriendo levemente.
—Entonces, permitid
que os diga lo que necesito deciros. Son precisas más victorias, y enseguida.
Si no conseguimos hacer retroceder a Elías, no importará si todo ese desatino
de las «tres espadas» funciona o no.
—¿Creéis de verdad
que es un desatino?
—¿Después de todo
lo que he visto en este último año? No, no me apresuraría a tildar cualquier
cosa de desatino, en estos tiempos... pero eso no hace al caso. Mientras
sigamos aquí sentados como gato que se esconde en un árbol, no habrá forma de
llegar a Clavo Brillante—protestó el duque—. ¡Por la maza de Dror! Todavía no
me acostumbro a pensar que la espada de Juan es Minneyar en realidad. Cuando me
lo contasteis, podríais haberme cortado la cabeza con una pluma de ganso.
—Por lo visto,
todos debemos acostumbrarnos a las sorpresas —replicó Josua secamente—, pero,
¿cuál es vuestro consejo?
—Nabban —contestó
Isgrimnur sin dudar—. Ya sé que debería deciros que acudiéramos inmediatamente
a Elvritshalla para liberar a mi pueblo, pero tenéis razón en vuestros temores.
Si lo que he oído es cierto, la mitad de los hombres aptos de Rimmersgardia fueron
obligados a unirse al ejército de Skali: sería preciso un combate muy largo
para vencerlo. Skali es un hombre duro, un guerrero astuto. Aborrezco sus
traidoras entrañas, pero yo sería el último en considerarlo un contrincante
fácil.
—Pero los sitha han
ido a Hernystir —puntualizó Josua—, ya lo sabéis.
—¿Y qué significa
eso? No les encuentro pies ni cabeza a las historias del mozalbete Simón, y la
brújula sitha del cabello blanco no me parece la exploradora ideal en cuyas
informaciones podamos basar toda una campaña. —Soltó una risita—. Sea como
fuere, si los sitha y los hernystiros consiguen ahuyentar a Skali, maravilloso;
yo los vitorearé más alto y más veces que nadie. Pero los soldados de Skali que
nos interesaría reclutar estarán todavía desperdigados a lo largo y a lo ancho
de la Marca Helada. Aunque el tiempo mejorara un poco, no me gustaría tener que
intentar unirlos y convencerlos de atacar Erkynlandia. Son mi pueblo, es mi
país, Josua... de modo que más vale que prestéis oídos a mis palabras. —Se
rascaba las pobladas cejas con furia, como si el simple pensamiento de que el
príncipe tal vez no estuviera de acuerdo significara el cuestiona-miento de su
buen juicio.
—Siempre os
escucho, Isgrimnur —suspiró el príncipe—. Me enseñabais tácticas mientras
jugaba sobre vuestras rodillas, ¿recordáis?
—No soy tantos años
mayor que vos, cachorro —farfulló el duque—. Si no medís vuestros modales, os
llevaré fuera, a la nieve, y os daré una lección vergonzante.
—Me temo que
tendremos que dejarlo para otro día —repuso Josua con una risita—. ¡Ah! ¡Qué
alegría teneros aquí otra vez, Isgrimnur! —Su expresión cobró sobriedad—. Así
pues, Nabban decís. ¿Cómo?
—Según el mensaje
de Stréawe —dijo, acercando la banqueta y bajando la voz—, éste es un buen
momento, dada la impopularidad de Benigaris. Por todas partes corren rumores de
su participación en la muerte de su padre.
—Los ejércitos del
blasón del martín pescador no van a desertar por unos rumores —replicó Josua—.
En Nabban ha habido otros jefes parricidas, no lo olvidéis. Esa gente no se
escandaliza con facilidad, y, además, los oficiales de elite del ejército
permanecen fieles a la Casa de Benidrivine por encima de todo. Lucharán contra
cualquier usurpador foráneo, incluso contra Elías, si pretende imponer su poder
directamente. Con toda seguridad, no destronarían a Benigaris en mi favor. Os
acordáis del viejo dicho nabbano, ¿verdad? «Más vale nuestro hijo de puta que
vuestro santo.»
—¡Ah! —rió
Isgrimnur con malicia—. Pero ¿quién ha dicho que destronen a Benigaris en
vuestro favor, príncipe? ¡Aedón misericordioso! Dejarían que Nessalanta
comandara los ejércitos antes de entronizaros a vos.
—Bien —Josua
sacudió la cabeza irritado—, entonces ¿quién?
—¡Camaris, pardiez!
—Isgrimnur dejó caer la ancha mano con fuerza sobre el muslo, para dar énfasis
a sus palabras—. Es el heredero legítimo al trono ducal; Leobardis se convirtió
en duque sólo porque Camaris desapareció y se lo dio por muerto.
—Pero —el príncipe
miraba atónito a su viejo amigo— ¡está loco, Isgrimnur! O idiotizado, por lo
menos.
—Han aceptado a un
cobarde parricida —replicó el duque, erguido en el asiento—. ¿Por qué no
habrían de preferir a un héroe idiota?
—Sois asombroso,
Isgrimnur. —Josua meneaba la cabeza con perplejidad—. ¿De dónde habéis sacado
semejante idea?
—He tenido mucho
tiempo para pensar, desde que lo encontré en aquella taberna de Kwanitupul
—contestó el duque con una sonrisa feroz. Se mesó la barba—. Es una lástima que
Eolair no se encuentre aquí para constatar que, en mi vejez, me he convertido
en un instigador oculto.
—Bien —rió el
príncipe—, no sé si funcionará, pero al menos lo habéis pensado a fondo. —Se
levantó y se dirigió hacia la mesa—. ¿Tomaríais un poco más de vino?
—Pensar da mucha
sed —respondió, levantando la copa—. Hasta el borde, por favor.
—Es una prise’a,
una siempreviva. —Aditu levantó el delicado tallo para mostrar a Simón la flor
azul claro—. No se marchita después de cortada; dura hasta el final de la
estación. Se dice que vino del Jardín en los barcos de nuestro pueblo.
—Por aquí, algunas
mujeres se las ponen en el pelo.
—También nosotros,
tanto los hombres como las mujeres —repuso la sitha con una mirada divertida.
—¡Eh, vosotros!
—llamaron. Simón se giró y vio a Tiamak, el amigo wran de Miriamele. El
hombrecillo parecía muy agitado—. El príncipe Josua desea veros, sir Simón y
lady Aditu... —Inició una inclinación de cabeza pero su nerviosismo era tal que
no llegó a completarla—. ¡Oh, por favor! ¡Daos prisa!
—¿De qué se trata?
—preguntó Simón—. ¿Hay algún problema?
—Creemos haber
encontrado algo importante. —Botaba sobre las puntas de los pies, ansioso por
marcharse—. En mi pergamino..., ¡en el mío!
—¿Qué pergamino?
—inquirió Simón.
—Lo sabréis todo.
¡Venid a la tienda de Josua, por favor! —Se dio media vuelta y se alejó
trotando hacia el campamento.
—¡Qué hombre tan
extraordinario! —rió Simón—. ¡Se diría que tiene una abeja en los calzones!
Aditu ojeó el tallo
en su lugar y alzó los dedos a la nariz.
—Esto me recuerda a
mi hogar en Jao é-Tinukai'i. Todas las habitaciones están llenas de flores.
—Me acuerdo.
Cruzaron la colina
para regresar. El sol brillaba con fuerza ese día y, a pesar de que las nubes
tachonaban el horizonte norte, el cielo sobre ellos permanecía azul. Apenas
quedaba nieve, excepto en las hondonadas de la ladera que se extendía a sus
pies, rincones sombríos adonde no llegaba el sol en todo el día. Simón se
preguntó dónde estaría Miriamele; había salido a buscarla por la mañana con la
esperanza de convencerla para dar un paseo juntos, pero no la había encontrado.
Su tienda estaba vacía, y la duquesa Gutrun le había dicho que la princesa se
había ausentado temprano.
La tienda de Josua
rebosaba de gente. Al lado de Tiamak estaban Geloë, el padre Strangyeard y
Binabik. El príncipe se hallaba en su asiento estudiando un pergamino que tenía
abierto sobre las rodillas. Vorzheva, sentada junto a la pared opuesta, cosía
una tela. Aditu saludó a todos y dejó a Simón para acercarse a ella.
Josua levantó los
ojos del pergamino un momento.
—Me alegro de que
estéis aquí, Simón. Confío en que podáis sernos de ayuda.
—¿En qué, príncipe
Josua?
—En primer lugar,
escuchad lo que hemos encontrado —contestó, con una mano en alto y sin apartar
los ojos del papiro.
—Por favor,
príncipe Josua —intervino Tiamak adelantándose con timidez—, ¿puedo contar yo
lo que ha sucedido?
—Sí —sonrió Josua—,
tan pronto como lleguen Miriamele e Isgrimnur.
Simón se acercó a
Binabik, que departía con Geloë, y se quedó escuchando con toda la paciencia
que pudo la discusión sobre runas y errores de traducción, hasta que estuvo a
punto de estallar. Por fin, el duque de Elvritshalla llegó con la princesa,
cuyos cortos cabellos estaban alborotados por el viento y las mejillas,
delicadamente coloreadas. Simón no pudo evitar quedarse mirándola mudo de
anhelo.
—He tenido que
bajar más de media colina para dar con ella —musitó Isgrimnur—. Espero que
valga la pena.
—Podríais haberme
llamado y yo habría acudido —replicó Miriamele con dulzura—. No teníais por qué
mataros.
—No me gustaba el
sitio por el que escalabais y temí asustaros.
—¿Creísteis que no
me asustaría al ver a un enorme y sudoroso rimmerio bajar resbalando por la
colina?
—Por favor —terció
Josua, con cierta impaciencia—, no es momento para bromas. Vale la pena,
Isgrimnur, o al menos eso espero. —Se volvió hacia el wran y le pasó el
pergamino—. Explicádselo a los recién llegados, Tiamak, tened la bondad.
El menudo
hombrecillo, con los ojos brillantes, describió brevemente la forma en que el
pergamino había llegado a sus manos, y después les mostró las antiguas runas
antes de proceder a su lectura en voz alta.
... Traed del
jardín rocoso de Nuanni
al hombre que,
aunque ciego, puede ver;
descubrid la espada
que libera a La Rosa
al pie del gran
árbol del rimmerio;
hallad la llamada
cuy a fuerte voz
pronuncia el nombre
del portador de la llamada
en un barco en el
mar menos profundo.
Cuando la. espada,
la llamada y el hombre
lleguen a la mano
derecha del príncipe
el prisionero
estará libre de nuevo...
Terminada la
lectura, miró a todos.
—Nosotros...
—vaciló—. Nosotros... los Portadores del Pergamino... hemos discutido estos
versos y su posible significado. Si las demás palabras de Nisses revisten
importancia para nuestros propósitos, es posible que éstas también.
—Entonces ¿qué
significa? —exigió saber Isgrimnur—. Ya lo leí antes y no le encontré pies ni
cabeza.
—Vos no gozáis de
las ventajas que otros tienen — replicó Binabik—. Simón, yo mismo y algunos más
ya nos hemos enfrentado a un fragmento de ese enigma, por nuestra parte. —El
gnomo se volvió a Simón—. ¿Lo has comprendido ya?
—«El árbol del
rimmerio...» —Simón hacía esfuerzos por pensar—. ¡El árbol de Udún! —Miró hacia
Miriamele con orgullo—. ¡Allí encontramos a Espina!
Binabik asintió con
un gesto. La tienda había quedado en silencio.
—Sí, «la espada que
libera a La Rosa» fue hallada allí —dijo el gnomo—, la espada de Camaris,
llamada Espina.
—Ebekah, la esposa
de Juan —musitó Isgrimnur—. La Rosa de Hernysadharc. —Se tironeaba con fuerza
la barba—. ¡Claro! —le dijo a Josua—. Camaris era protector especial de vuestra
madre.
—Así pues, hemos
visto que el poema se refería en parte a Espina —confirmó Binabik.
—En cuanto al resto
—terció Tiamak—, creemos haberlo interpretado, aunque no con seguridad.
—Si los versos
hablan de Espina —intervino Geloë, inclinándose hacia adelante—, es posible que
también hagan referencia a Camaris. Un «hombre que, aunque ciego, puede ver»
podría ajustarse a la descripción de alguien que es ciego a su pasado, que no
ve ni su nombre, aunque posea una vista tan buena como la de cualquiera de los
aquí presentes.
—Mejor, incluso
—añadió Miriamele en voz baja.
—Parece que encaja
—comentó Isgrimnur, pensando con el entrecejo fruncido—. No comprendo cómo
semejante cosa puede hallarse en un libro escrito hace centenares de años, pero
parece que encaja.
—Así pues, ¿qué es
lo que nos queda? —preguntó Josua—. La parte referida a «la llamada», y los
últimos versos sobre el prisionero liberado.
Un momento de
silencio siguió a la conclusión.
—Bien —comenzó
Simón tras un carraspeo—, quizá sea una estupidez...
—Habla, Simón —le
instó Binabik.
—Si una parte es
sobre Camaris y otra sobre su espada... tal vez el resto se refiera a otras
cosas suyas y a lugares donde ha estado.
—No es ninguna
estupidez, Simón —dijo Josua con una sonrisa—. Es lo mismo que creemos
nosotros. Incluso creemos saber a qué se refiere «la llamada».
Desde su asiento en
la pared del fondo, Aditu soltó una carcajada de repente, nítida y musical como
una cascada de agua.
—Es decir, que te
acordaste de dárselo, Seomán. Temía que lo hubieras olvidado. Estabas muy
cansado y muy triste cuando nos separamos.
—¿Dárselo? —repitió
Simón, confuso—. ¿Qué...? —Se detuvo en seco—. ¡El cuerno!
—El cuerno
—corroboró Josua—. El regalo de Amerasu para nosotros, un regalo cuya utilidad
desconocíamos.
—Pero... ¿cómo se
relaciona eso con el nombre del portador? —preguntó.
—Lo teníamos
delante de las narices, por así decirlo —terció Tiamak—. Cuando Isgrimnur
encontró a Camaris en la taberna de Kwanitupul, se llamaba Ceallio, que
significa «grito» o «llamada» en perdruinés. El famoso cuerno de Camaris se
llamaba Cellian, que en nabbano es lo mismo.
Aditu se levantó
con suavidad como un halcón que alza el vuelo.
—Sólo los mortales
lo llamaban Cellian, pero tiene un nombre mucho más antiguo: su nombre
verdadero, el de nacimiento. El cuerno que Amerasu os envió pertenecía a los
sitha desde mucho antes que vuestro Camaris lo hiciera sonar en la batalla. Se
llama Ti-tuno.
—Pero ¿cómo llegó a
manos de Camaris? —inquirió Miriamele—. Y, si ya lo tenía, ¿cómo lo recuperaron
los sitha?
—La primera parte
de la pregunta es fácil de responder —dijo Aditu—. Ti-tuno fue fabricado con el
diente del dragón Hidohebhi, el gusano negro que descuartizaron Hakatri e
Ineluki. Cuando el príncipe Sinnach de los mortales hernystiros acudió en
nuestra ayuda a la batalla de Ach Samrath, Iyu'unigato de la Casa de la Danza
Azul se lo entregó como prenda de gratitud, un presente de amigo a amigo.
Aditu hizo una
pausa, que Binabik aprovechó para solicitar permiso para continuar. Ella se lo
concedió con un gesto, y él tomó la palabra.
—Muchos siglos
después del ocaso de Asu'a, cuando Juan llegó al poder en Erkynlandia, tuvo la
oportunidad de someter a los hernystiros a vasallaje; prefirió no hacerlo y,
como muestra de gratitud, el rey Llythinn envió el cuerno Ti-tuno como parte de
la dote nupcial de Ebekah cuando fue entregada a Juan el Presbítero por esposa.
—Levantó su pequeña mano como si regalara un presente—. Camaris la protegía en
ese viaje y la llevó sana y salva a Erkynlandia. Juan encontró tan bella a su
esposa hernystira que regaló el cuerno a Camaris en conmemoración del día de su
llegada a Hayholt. —Agitó la mano de nuevo con una floritura más amplia, como
si acabara de pintar un cuadro y quisiera que los demás lo admiraran—. En
cuanto a la forma en que regresó a manos de Amerasu y de los sitha... bien, es
una historia que tal vez Camaris pudiera relatar mejor. Pero su origen está
allí, en «el barco en el mar menos profundo».
—Esa parte no la
comprendo —manifestó Isgrimnur.
—Jao é-Tinukai'i
—terció Aditu con una sonrisa— significa «Barco en el Océano de Árboles». Es
difícil imaginar océano menos profundo que uno sin agua.
Simón cada vez
estaba más confuso con la avalancha de palabras y la letanía cambiante de los
oradores.
—¿Qué quieres decir
con que Camaris podría relatarnos la historia, Binabik? Creía que Camaris no
hablaba, que era mudo, o loco, o que estaba bajo el efecto de un hechizo.
—Puede que sea un
poco de todo —replicó el gnomo—, pero también es cierto que quizás el último
verso del poema nos hable del propio Camaris: que cuando esas tres cosas se
reúnan, quedará liberado de la especie de prisión donde está encerrado. Tenemos
la esperanza de que recobre el sano juicio.
De nuevo el
silencio cayó sobre todos durante varios latidos de corazón.
—Naturalmente
—añadió Josua por fin—, aún tenemos el problema de cómo llegar a provocarlo, si
hemos de confiar en la penúltima línea. —Levantó los brazos: la mano izquierda
con el grillete de Elías todavía en la muñeca y el brazo derecho terminado en
un muñón envuelto en cuero—. Como veis, lo único que le falta a este príncipe
es la mano derecha. —Se permitió una risita burlona—. Pero esperemos que no sea
necesario tomarlo al pie de la letra. Tal vez, sólo con traer todo a mi
presencia se obre el encantamiento.
—Ya enseñé Espina a
Camaris en una ocasión —recordó Isgrimnur—, con la intención de refrescarle la
memoria, si comprendéis lo que digo, pero no quiso ni acercarse. Reaccionó como
si fuera una serpiente envenenada; se las arregló para marcharse de la habitación
inmediatamente. —Hizo una pausa—. Pero, quizá cuando todo esté junto, el cuerno
y lo demás..., tal vez entonces...
—Bien —intervino
Miriamele—, ¿por qué no lo intentamos, entonces?
—Porque no podemos
—contestó Josua con amargura—. Hemos perdido el cuerno.
—¿Cómo? —Simón miró
al príncipe por si, contra toda probabilidad, bromeaba—. ¿Cómo es posible?
—Desapareció en
algún momento durante la batalla con Fengbald. Es uno de los motivos por los
que requerí vuestra presencia, Simón. Pensaba que tal vez lo habíais retirado
vos para salvaguardarlo.
—Me alegré mucho de
librarme de él, príncipe Josua; tenía tanto miedo de haber traído la maldición
a todos por haber olvidado entregároslo... No, no lo he visto.
Nadie entre los
presentes lo había visto tampoco.
—Por lo tanto
—prosiguió Josua—, lo que debemos hacer es buscarlo con sigilo. Si entre
nosotros hay un traidor, o un ladrón, no debemos permitir que sepa que se trata
de un objeto importante, a riesgo de no volver a verlo jamás.
Aditu rió de nuevo,
pero, en esta ocasión, sorprendentemente fuera de lugar.
—Perdón —dijo—,
creo que mis congéneres zida’ya no podrían dar crédito a una situación
semejante. ¡Haber perdido el Ti-tuno!
—No tiene gracia
—refunfuñó Simón—. Y además, ¿no podrías localizarlo por medio de la magia, o
algo parecido?
—Las cosas no
funcionan así, Seomán. Ya intenté explicártelo en una ocasión. Lamento haberme
reído, y colaboraré en la búsqueda.
A Simón no le
pareció que lo lamentara mucho. Pero, si no entendía a las mujeres mortales, ni
en mil años lograría entender a las sitha.
Los reunidos abandonaron la tienda de Josua
poco a poco, conversando en voz baja entre ellos. Simón esperó a Miriamele
fuera y, cuando salió, se colocó a su lado.
—De modo que van a
devolver la memoria a Camaris —comentó ella; parecía distraída y cansada, como
si no hubiera dormido mucho la noche anterior.
—Si encontramos el
cuerno, supongo que lo intentaremos —repuso Simón, quien se sentía muy
satisfecho en su fuero interno por la presencia de Miriamele en la reunión,
porque así la princesa habría comprobado hasta qué punto estaba implicado en
los consejos de Josua.
—¿Y si él no
quisiera recuperar la memoria? —inquirió ella, mirándolo acusadoramente—. ¿Y si
resulta que ahora es feliz, por primera vez en su vida?
Simón quedó tan
sorprendido que no fue capaz de replicar. Recorrieron el campamento hasta que
Miriamele se despidió y se fue a pasear sola. Simón se quedó pensando en lo que
había dicho la princesa. ¿Acaso tendría ella también recuerdos que prefería
olvidar?
Josua se encontraba
en el jardín detrás de la Casa de la Despedida cuando Miriamele llegó. El
príncipe observaba el cielo, rasgado por nubes alargadas como jirones de tela.
—Tío Josua...
—Miriamele, es un
placer verte.
—Te gusta venir
aquí, ¿verdad?
—Eso creo —asintió
despacio—. Es un sitio para meditar. Estoy muy preocupado por Vorzheva, por
nuestro hijo y por el mundo que le tocará vivir, así es que no me encuentro muy
a gusto en casi ninguna parte.
—Y echas de menos a
Deornoth.
Josua volvió los
ojos otra vez hacia el cielo surcado de nubes.
—Sí; pero, lo que
es más importante, pretendo hacer que su sacrificio no haya sido en vano. Si
damos sentido a la derrota de Fengbald, me será menos difícil soportar su
pérdida. —Suspiró—. Todavía era joven, comparado conmigo... Aún no había visto
treinta veranos.
Miriamele observó a
su tío largamente antes de hablar de nuevo.
—Necesito pedirte
un favor, Josua.
—Por favor —dijo,
al tiempo que le indicaba un banco gastado por el tiempo para que tomara
asiento—, pídeme lo que desees.
—Cuando... —respiró
hondo—, cuando vayamos a Hayholt quiero hablar con mi padre.
Josua ladeó la cabeza y enarcó las cejas, de
modo que la frente se le llenó de arrugas.
—¿Qué quieres
decir, Miriamele?
—Antes de un
posible cerco definitivo, mantendréis entre vosotros una conversación —dijo
apresuradamente, como si repitiera palabras preparadas de antemano—. Tiene que
ser así, por muy sangriento que sea el combate. Es tu hermano y hablarás con
él, y yo quiero estar presente.
—No sé si sería
acertado... —replicó dubitativo.
—Y —prosiguió
Miriamele, dispuesta a terminar de hablar— quiero hablar con él a solas.
—¿A solas? —El
príncipe sacudió la cabeza aturdido por la sorpresa—. ¡Miriamele, eso no puede
ser! Si logramos poner sitio a Hayholt, tu padre estará desesperado. ¿Cómo
podría dejarte a solas con él? ¡Sería como entregarte de rehén!
—Eso no tiene
importancia —insistió, pertinaz—. Tengo que hablar con él, tío Josua.¡Es
imprescindible!
El príncipe
reprimió una contestación brusca y, cuando habló, lo hizo con dulzura.
—Y ¿por qué es
imprescindible, Miriamele?
—No puedo
decírtelo, pero tiene que ser así. Podría cambiarlo todo... ¡todo!
—Entonces debes
decírmelo, sobrina mía, pues de lo contrario sólo me queda negarme. No puedo
consentir que veas a solas a tu padre.
—No lo comprendes
—dijo ella con los ojos brillantes de lágrimas, que se secó furiosa al
momento—. Se trata de algo que sólo con él puedo hablar. ¡Y es imprescindible!
¡Por favor, Josua, por favor!
El abatimiento y la
angustia se reflejaron en el rostro del príncipe, como si fuera el resultado de
muchos años de trabajo.
—Sé que no tienes
un carácter frívolo, Miriamele, pero tampoco depende de tus decisiones la vida
de cientos, miles tal vez. Si no puedes decirme eso que te parece tan
importante, y que seguro que lo es, no puedo de ningún modo consentir en que
arriesgues tu vida por ello, y acaso también la de otros muchos.
Miriamele lo miró
fijamente. Una máscara fría y desapasionada sustituyó a las lágrimas.
—Reconsidéralo,
Josua, por favor. —Señaló hacia el panteón de Deornoth; algunas hierbas crecían
ya en las junturas de las piedras—, recuerda a tu amigo, tío Josua, y en todo
lo que te gustaría haberle dicho.
Josua sacudió la cabeza en un gesto de
frustración, y la luz del sol mostró que comenzaba a perder pelo cerca de la
coronilla.
—¡Por la sangre de
Aedón! No puedo consentirlo, Miriamele. Enfádate conmigo, si no hay más
remedio, pero seguro que comprendes que no puedo actuar de otra forma. —También
su voz adquirió un tono más frío—. Cuando tu padre se rinda por fin, haré todo
lo posible porque no sufra daño. Si de mí depende, tendrás ocasión de hablar
con él. Es lo máximo que puedo prometerte.
—Pero entonces será
muy tarde —declaró ella y, levantándose del banco, cruzó el jardín rápidamente.
Josua la siguió con
la mirada; después, inmóvil como si hubiera echado raíces, observó a un gorrión
que revoloteaba hasta posarse con levedad sobre el cúmulo de piedras. Tras unos
pocos saltos y una serie de píos, echó a volar otra vez y se alejó. El vuelo
del ave le levantó la mirada de nuevo hacia las nubes viajeras.
—¡Simón! —Éste se
giró y vio a Sangfugol que corría por la hierba húmeda—. Simón, ¿puedo hablar
contigo?
El arpista subía
resollando; tenía el pelo desarreglado y debía de haberse puesto de cualquier
forma la primera ropa que había encontrado sin pensar en los colores ni en el
estilo, cosa muy extraña en él; ni siquiera durante el exilio había visto al
músico tan desaliñado.
—Sí, claro.
—Pero aquí no.
—Echó una mirada furtiva alrededor, aunque no había nadie a la vista—. En otro
sitio, donde nadie nos escuche. ¿En tu tienda?
—Si lo prefieres...
—asintió Simón, confundido.
Cruzaron el
campamento; mucha gente los saludaba al pasar, y el arpista casi se encogía de
miedo cada vez, como si cada persona fuera un peligro en potencia. Por fin,
llegaron a la tienda de Simón y encontraron a Binabik, que se disponía a salir.
Mientras el gnomo se ponía las botas forradas de piel, charló animadamente
sobre el cuerno perdido —ya hacía tres días que había comenzado la búsqueda y
aún no se sabía nada— y otros temas. Sangfugol no podía ocultar su ansiedad por
verlo salir de una vez, cosa que Binabik captó a la perfección; cortó la
conversación por lo sano, se despidió y se fue en busca de Geloë y los demás.
Tan pronto como
desapareció, Sangfugol suspiró, aliviada la tensión, y se dejó caer en el suelo
de la tienda sin importarle la suciedad. Simón empezaba a alarmarse,
sospechando que debía de pasarle algo muy malo de verdad.
—¿Qué ocurre? —le
preguntó—. Pareces asustado.
—Binabik dice que
todavía están buscando ese cuerno —dijo en un susurro de conspiración—. Josua
lo necesita mucho, ¿verdad?
—Nadie sabe si
servirá para algo. Es para Camaris; creen que lo ayudará a recobrar el juicio.
—Eso no tiene
sentido. ¿Cómo podría conseguir algo así un cuerno?
—No tengo la menor
idea —respondió Simón, impaciente—. ¿Qué era eso tan importante de lo que
querías hablarme?
—Supongo que,
cuando den con el ladrón, el príncipe se enfadará mucho.
—Seguro que lo
ahorcan en la muralla de la Casa de la Despedida —contestó, irritado, pero se
detuvo al ver la expresión de horror en la cara de Sangfugol—. ¿Qué sucede?
¡Aedón misericordioso! ¿Lo has robado tú, Sangfugol?
—¡No, no! —exclamó,
estremecido—. ¡Yo no, lo juro! —Simón se quedó mirándolo—. Pero —añadió al
cabo, con la voz temblorosa por el oprobio— sé dónde está.
—¿Cómo? ¿Dónde?
—Lo tengo en mi
tienda —confesó en tono fatalista, como un mártir condenado que perdona a sus
verdugos.
—¿Cómo es posible?
¿Por qué está en tu tienda? Y ¿dices que no lo cogiste?
—Por la
misericordia de Aedón, Simón; juro que no lo robé. Lo encontré entre las cosas
de Towser después de su muerte. Yo... apreciaba mucho a ese anciano, Simón, a
mi manera. Ya sé que era un borrachín y que a veces lo trataba como si quisiera
hundirle el cráneo; pero se portó muy bien conmigo cuando yo era joven... y,
¡maldita sea!, lo echo de menos.
—Pero ¿por qué te
lo quedaste? —replicó Simón, que perdía la paciencia a pesar de las tristes
palabras del músico—. ¿Por qué no se lo dijiste a nadie?
—Sólo quería
conservar algo suyo, Simón. —Estaba tan avergonzado y afligido como un gato
escaldado—. Enterré con él mi segundo laúd. Pensé que a él no le importaría...
¡Creía que el cuerno era suyo! —Tomó a Simón por la muñeca, lo pensó mejor y
retiró la mano—. Después, cuando supe cuál era el motivo de tanto alboroto y
tanta búsqueda, tuve miedo de confesar que lo tenía yo. Pensarían que se lo
había robado a Towser cuando estaba muerto, ¡y eso jamás lo haría, Simón!
—Tendrías que
haberlo dicho —contestó Simón, más sereno ya. El arpista estaba a punto de
echarse a llorar—. Nadie habría pensado mal de ti. Ahora, lo mejor es ir a
hablar con Josua.
—¡Oh, no! ¡Se
enfurecerá! No, Simón. ¿Por qué no te lo doy a ti y... dices que lo
encontraste? Tú serías el héroe.
—No —se negó, tras
meditarlo un momento—. No me parece una buena idea. Por una razón; tendría que
mentir al príncipe Josua sobre el lugar del hallazgo. Si le dijera que lo había
encontrado en un sitio y resultara que ya había buscado allí, parecería que yo
lo hubiera robado. —Sacudió la cabeza enfáticamente. Por una vez, no era él
quien cometía la tontería; no tenía ninguna prisa por hacerse cargo de ese
título—. De todas formas, Sangfugol, no será tan malo como te imaginas. Yo te
acompañaré. Josua no es así; ya lo conoces.
—Una vez me dijo
que si volvía a cantar Mujer de Nabban me cortaría la cabeza. —Pasado ya el
peor trago, hablaba casi con resentimiento.
—Y bien que habría
hecho —aseguró Simón—. Todos estamos hartos de esa canción. —Se levantó y
tendió una mano al arpista—. Ahora, ponte en pie y vamos a ver al príncipe. Si
no hubieras tardado tanto en decírmelo, sería más fácil.
—Parecía más fácil
no decir nada —replicó, acongojado—. Se me ocurrió dejarlo en algún sitio donde
pudieran encontrarlo, pero luego me dio miedo por si alguien me sorprendía,
sobre todo si lo hacía en plena noche. —Respiró profundamente—. Hace dos noches
que no duermo de preocupación.
—Bien; te sentirás
mejor en cuanto hables con Josua. Vamos, adelante.
Cuando salieron de
la tienda, el arpista se quedó un momento al sol y arrugó su fina nariz. Sonrió
débilmente, como si olisqueara un posible perdón en el aire húmedo de la
mañana.
—Gracias, Simón.
Eres un buen amigo.
Simón desestimó sus
alabanzas con un chasquido de burla y después dio unas palmadas al arpista en
el hombro.
—Vamos a hablar con
él ahora, que acaba de desayunar. Yo estoy siempre de mejor humor con la panza
llena... Tal vez a los príncipes les pase lo mismo.
Se reunieron rodos
en la Casa de la Despedida después de la comida del mediodía. Josua se situó
solemnemente ante el altar donde reposaba Espina; Simón percibía la tensión del
príncipe.
Los demás que se
hallaban en el salón conversaban entre ellos en voz baja. El murmullo de las
voces resonaba en la espaciosa estancia.
El sol entraba a
raudales por la puerta sin llegar a alcanzar los últimos rincones, y el lugar
respiraba un ambiente de capilla que hizo preguntarse a Simón si no estarían a
punto de asistir a un milagro. Si consiguieran devolver el juicio a Camaris, su
sentido y sus recuerdos después de haber permanecido enajenado durante más de
cuarenta años, ¿no sería semejante a la resurrección de un muerto?
Recordó lo que
había dicho Miriamele y hubo de reprimir un escalofrío. Tal vez estuvieran
actuando mal y acaso fuera preferible dejar a Camaris como estaba.
Josua daba vueltas
al cuerno de diente de dragón entre las manos incesantemente y miraba distraído
las inscripciones. Cuando Sangfugol se lo presentó, no se enfureció, como temía
el arpista, sino que quedó muy confundido respecto a las razones de Towser para
esconderlo. Josua se mostró generoso, una vez superada la contrariedad inicial,
e invitó a Sangfugol a presenciar lo que pudiera suceder. Pero el músico,
sintiéndose indultado, no deseaba ningún contacto más con el cuerno ni con los
actos del príncipe, y regresó a su cama a tomarse un descanso bien merecido.
Cuando Isgrimnur
apareció en la estancia con Camaris, se produjo una agitación entre la docena
aproximada de asistentes. El anciano, ataviado con camisa de gala y calzas como
un niño compuesto para acudir a la iglesia, avanzó mirando cohibido a su alrededor,
como si quisiera adivinar a qué clase de trampa lo conducían. En realidad, se
habría dicho que lo hacían comparecer para responder de algún crimen, pues los
que aguardaban lo miraron como si desearan grabar sus rasgos en la memoria.
Camaris se sentía atemorizado.
Según Miriamele, el
anciano había servido como portero y muchacho de los recados en la casa de
huéspedes de Kwanitupul, donde no recibía un trato especialmente amable. Tal
vez, pensaba Simón, el anciano caballero creyese que iba a recibir un castigo;
y, en verdad, Camaris lanzaba inquietas ojeadas a los lados como si prefiriera
estar en cualquier otra parte.
—Por aquí, sir
Camaris.
Josua levantó a
Espina del altar y, por la facilidad con que lo hizo, debía de estar ligera
como una pluma; Simón se preguntó qué significado encerraría eso, al recordar
el carácter cambiante del arma. En una ocasión había llegado a pensar que la
espada tenía deseos propios, que colaboraba sólo cuando la llevaban a donde
deseaba o la utilizaban para algo que aprobaba.
El príncipe Josua
presentó a Camaris la empuñadura de la espada, pero el anciano la rechazó.
—Por favor, sir
Camaris: se trata de Espina. Era y sigue siendo vuestra.
La expresión del
hombre se tornó más desesperada aún. Retrocedió protegiéndose con los brazos
como si se defendiera de un ataque. Isgrimnur lo tomó por el hombro para
serenarlo.
—No os preocupéis
por nada —dijo el duque—; es vuestra, Camaris.
—Sludig— llamó
Josua—, ¿tenéis el cinto de la espada?
El rimmerio se
acercó con un cinto del que pendía una pesada vaina de cuero negro repujada en
plata. Con la ayuda de su señor Isgrimnur, lo ciñó a la cintura de Camaris. El
anciano no se resistió; como si se hubiera convertido en piedra, al parecer de
Simón. Cuando terminaron, Josua envainó la hoja con cuidado de forma que el
pomo quedó entre el codo de Camaris y su suelta camisa.
—Ahora, el cuerno,
por favor. —Freosel, que lo sujetaba mientras el príncipe portaba la espada, le
entregó el antiguo cuerno. Josua pasó el correaje por la cabeza de Camaris y el
cuerno quedó colgado junto a su mano derecha; el príncipe dio un paso atrás.
La espada de larga
hoja parecía hecha a la medida de la gran altura de su dueño. Un rayo de sol
que se colaba por la puerta refulgió en su blanco cabello: todo encajaba a la
perfección, sin duda. Así lo veían todos los asistentes, excepto el propio
anciano.
—No hace nada
—comentó Sludig a Isgrimnur en voz baja.
Simón tuvo otra vez
la sensación de hallarse en medio de un ceremonial religioso, aunque ahora
parecía que el sacristán hubiera olvidado sacar el relicario o que el sacerdote
no recordara una parte del oficio. Nadie sabía qué hacer en aquel embarazoso silencio.
—¿Y si leyéramos el
poema? —propuso Binabik.
—Sí —asintió
Josua—. Por favor, leedlo.
Binabik empujó a
Tiamak hacia adelante. El wran sostuvo el pergamino con mano temblorosa y, con
voz igualmente trémula, leyó los versos de Nisses.
... Cuando la
espada, la llamada y el hombre...
Y concluyó en tono
más firme, pues a medida que desgranaba las palabras ganaba en coraje:
... Lleguen a la
mano derecha del príncipe
el prisionero
estará libre de nuevo...
Tiamak se detuvo y
levantó la vista. Camaris lo miraba con expresión dolorida, por la jugarreta
inexplicable que le hacía el compañero de tantas semanas de viaje. El anciano
caballero podría haber sido un perro obligado a ejecutar una estupidez
degradante por un amo complaciente hasta entonces.
No sucedió nada;
una sensación de honda decepción se apoderó de la sala.
—Tal vez hayamos
cometido algún error —dijo Binabik despacio—. Tendremos que estudiarlo más a
fondo.
—No —replicó Josua
con brusquedad—, no lo creo. —Avanzó hasta Camaris y levantó el cuerno a la
altura de los ojos del anciano—. ¿No reconocéis esto? ¡Es Cellian! ¡Su sonido
atemorizaba los corazones de los enemigos de mi padre! ¡Tocadlo, Camaris! —Lo
llevó a los labios del hombre—. ¡Es preciso que regreséis!
Asustado, casi
aterrorizado, Camaris apartó a Josua con una fuerza tan inesperada que el
príncipe dio varios traspiés y estuvo a punto de caer, hasta que Isgrimnur lo
paró. Sludig torció el gesto y avanzó hacia Camaris como si fuera a golpearlo.
—¡Déjalo en paz,
Sludig! —intervino Josua—. Si alguien ha cometido un error aquí, he sido yo.
¿Qué derecho tengo a molestar a un pobre anciano que ha perdido el juicio?
—Josua apretó el puño y guardó silencio un momento—. Tal vez deberíamos dejarlo
en paz. Ya luchó todo lo que tenía que luchar... Ahora tenemos que luchar
nosotros, y dejarlo descansar a él.
—Jamás dio la
espalda al combate, Josua —alegó Isgrimnur—. Yo lo conocía, no lo olvidéis.
Siempre hacía lo que estaba bien, lo que... era necesario. No os rindáis tan
fácilmente.
—Muy bien. —Josua
levantó la mirada hacia el rostro del anciano—. Camaris, venid conmigo. —Le
tomó el codo suavemente—. Venid conmigo —reiteró y, dándose media vuelta,
condujo al manso caballero hacia la puerta que llevaba al jardín de detrás de
la sala.
En el exterior, el
aire de la tarde se había enfriado y una leve cortina de lluvia oscurecía los
antiguos muros y los bancos de piedra. Los demás se quedaron en la puerta, sin
saber con certeza qué se proponía el príncipe.
Josua llevó a
Camaris al montón de piedras que señalaba la tumba de Deornoth. Levantó la mano
del anciano, la colocó sobre el túmulo y la apretó con la suya.
—Sir Camaris —le
dijo lentamente—, escuchadme, por favor. La tierra que mi padre apaciguó, el
orden que Juan y vos construísteis, se cae roto en pedazos a causa de la guerra
y la brujería. Todo aquello por lo que os esforzasteis en vuestra vida está
amenazado y, si fracasamos en esta ocasión, mucho me temo que la reconstrucción
no será posible.
»Mi amigo yace bajo
estas piedras. Era un caballero como vos. Sir Deornoth jamás os conoció, pero
las baladas sobre vos que acunaron su infancia lo trajeron a mí. «Nombradme
caballero, Josua», me dijo el día en que lo vi por primera vez, «pues deseo
servir como sirvió Camaris; deseo ser vuestra herramienta y la de Dios, por el
bien de nuestro pueblo y nuestra tierra».
»Esas fueron sus
palabras, Camaris. —Josua rió de pronto—. Era un loco, un loco santo. Y tuvo
que aprender, claro está, que la tierra y la gente a veces no parecen dignos de
redención. Pero juró ante Dios actuar con justicia y toda su vida se esforzó
por ser fiel a ese voto. —Josua levantó la voz; había encontrado un manantial
de sentimientos en sí mismo y las palabras fluían convincentes y sinceras.
«Murió defendiendo
este lugar: una sola batalla, una sola escaramuza hubo de arrebatarle la vida;
mas, sin él, la posibilidad de mayores victorias habría desaparecido tiempo
atrás. Murió como vivió, intentando lo humanamente imposible, culpándose cuando
fallaba y levantándose de nuevo para volver a intentarlo. Entregó su vida por
esta tierra, Camaris, por la misma que vos luchasteis, por el orden que os
esforzasteis en crear, donde el débil pudiera vivir en paz, protegido de los
que utilizan la fuerza para imponer su voluntad. —Se acercó más al rostro de
Camaris y lo obligó a fijar en él su esquiva mirada—. ¿Acaso su muerte no ha de
significar nada? Porque, si no ganamos este combate, habrá tantas tumbas que
una más no tendrá importancia, y nadie quedará para honrar el sacrificio de
hombres como Deornoth. —Josua apretó los dedos sobre la mano del caballero.
«Volved a nosotros,
Camaris. Os lo ruego; no permitáis que esta muerte quede sin sentido. Recordad
las batallas de vuestros tiempos, batallas que sé habríais preferido no llevar
a cabo pero en las que participasteis porque eran justas y necesarias. ¿Todo
ese sufrimiento ha de quedar también sin sentido? Esta es nuestra última
oportunidad. Después de nosotros, vendrá la oscuridad.
El príncipe soltó
la mano bruscamente y se alejó con los ojos llorosos. Simón, que observaba
desde la puerta, sintió que el corazón le daba un vuelco.
Camaris continuaba
inmóvil, como congelado, con los dedos extendidos sobre la cúspide del
monumento. Por fin, se miró a sí mismo y, poco a poco, levantó el cuerno y lo
observó durante un largo rato, como si jamás lo hubiera visto sobre la verde
tierra. Cerró los ojos, se lo llevó a los labios con mano temblorosa y sopló.
El cuerno sonó. La
primera y débil nota empezó a crecer y ganar fuerza, más y más potente cada
vez, hasta que pareció conmover el aire mismo en un grito con resonancias de
acero, de tormenta y de cascos. Camaris, con los ojos fuertemente cerrados,
tomó una gran bocanada de aire y sopló de nuevo, con más potencia aún. El
penetrante sonido voló como el viento por la colina y resonó en el valle; los
ecos se superpusieron en la atmósfera hasta que el sonido se apagó.
Simón se dio cuenta
de que se había tapado los oídos con las manos, al igual que otros muchos de
los presentes.
Camaris contemplaba
el cuerno de nuevo y al fin levantó el rostro hacia los que lo miraban. Algo
había cambiado. Sus ojos resultaban más profundos, más entristecidos, con un
destello de conciencia que antes faltaba. Movía los labios, se esforzaba por
hablar, pero no salió ningún sonido más que un siseo ronco. Miró entonces la
empuñadura de Espina. Con movimientos lentos y deliberados, la desenvainó y la
sostuvo ante sí: una franja negra y brillante que cortaba la luz de la tarde.
Unas minúsculas gotas de lluvia cubrieron la hoja.
— Yo... debería
haber sabido... que mi... tormento aún no había concluido, que mi culpa aún no
estaba perdonada. —Su voz sonaba dolorosamente seca y ronca—. ¡Oh, Dios mío!
¡Dios mío, amoroso y terrible, heme aquí, vuestro humilde siervo! Reemprenderé
mi servicio como castigo.
El anciano cayó de
rodillas ante la atónita compañía. Permaneció en silencio un largo rato, aunque
daba la impresión de que orara. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas y
se mezclaban con las gotas de lluvia haciendo refulgir su rostro bajo los oblicuos
rayos del sol. Por fin, se puso en pie y se dejó conducir al interior por
Isgrimnur y Josua.
Simón notó que le
tiraban del brazo. Al mirar, vio los pequeños dedos de Binabik aferrados a su
manga; el gnomo tenía los ojos brillantes.
—¿Sabes de qué nos
habíamos olvidado todos, Simón? Los hombres de Deornoth, los soldados de
Naglimund, ¿sabes cómo lo llamaban? La mano derecha del príncipe. Ni siquiera
Josua se acordó, creo. Cuestión de suerte... o de otra cosa, amigo Simón. —El
hombrecillo apretó el brazo del joven y se apresuró a seguir al príncipe.
Desbordado, Simón
se volvió para mirar a Camaris por última vez. Miriamele se encontraba junto a
la puerta y le clavó una mirada furiosa que parecía decir: «De esto también
tienes tú la culpa».
La princesa siguió
a Camaris y a los demás al interior de la Casa de la Despedida, y Simón se
quedó solo en el jardín, bajo la lluvia.
XXIV
UN CIELO LLENO DE
ANIMALES
C
uatro hombres
fuertes, sudorosos a pesar del frío aire nocturno, y resollando por el esfuerzo
de subir a hombros por la angosta escalera la litera cerrada, auparon con
cuidado la silla con el pasajero y la transportaron al centro del jardín de la
azotea. El ocupante estaba tan envuelto en pieles y telas que resultaba
prácticamente irreconocible, pero una alta y elegante mujer se levantó
enseguida del asiento y se adelantó a recibirlo con una exclamación de alegría.
—¡Conde Stréawe!
—saludó la duquesa viuda—. ¡Cuánto me alegra que hayáis podido acudir! ¡Y en
una noche tan fría!
—Nessalanta,
querida; sólo una invitación vuestra sería capaz de hacerme salir con un tiempo
tan horrendo. —El conde tornó la enguantada mano de la dama y se la acercó a
los labios—. Disculpad mi descortesía por continuar sentado.
—Nada, nada.
—Nessalanta chasqueó los dedos para indicar a los porteadores que acercaran más
la litera y ella volvió a ocupar su sitio—. Aunque tengo la impresión de que el
frío empieza a aflojar. Pero, en fin, sois una joya, una joya espléndida por
haber venido esta noche.
—Vuestra compañía
es un gran placer, querida señora. —Stréawe tosió sobre su pañuelo.
—Vuestro esfuerzo
valdrá la pena, os lo prometo. —Señaló con un florido ademán hacia el cielo
tachonado de estrellas como si hubieran aparecido por orden suya—. ¡Mirad esto!
Os alegraréis sobremanera de haber venido. Xannasavin es un hombre genial.
—Mi señora es muy
amable —dijo una voz desde la escalera. El conde Stréawe, limitada su
movilidad, giró el cuello de una forma extraña para ver al que había hablado.
El hombre que salió
al tejado desde la entrada era alto y delgado, con largos dedos entrelazados
como si rezara. Tenía una gran barba rizada y entrecana. También sus ropas eran
oscuras, salpicadas con las enseñas estelares nabbanas. Avanzó entre las hileras
de árboles enmacetados y arbustos con la gracia de una cigüeña y dobló sus
largas piernas para arrodillarse ante la duquesa viuda.
—Mi señora, ha sido
para mí un placer recibir vuestra llamada, siempre es una alegría poder
serviros. —Se dirigió a Stréawe—. La duquesa Nessalanta habría sido una
astróloga espléndida de no haber tenido deberes más altos para con Nabban.
Posee una poderosa visión interior.
—De todos es
conocido. —El conde de Perdruin sonreía bajo la capucha.
Algo en la voz del
conde hizo dudar a la duquesa un momento antes de hablar.
—Xannasavin me
adula; tan sólo he estudiado algunos rudimentos. —Cruzó las manos sobre el
pecho con recato.
—¡Ah! Pero si yo os
hubiera tenido como pupila —declaró Xannasavin—, ¡cuántos misterios habríamos
sondeado, duquesa Nessalanta...! —Hablaba con voz profunda e impresionante—.
¿Desea mi señora que comience?
Nessalanta, que
había estado contemplando el movimiento de sus labios, se sacudió como si
despertara de repente.
—¡Oh, no! Todavía
no, Xannasavin. Tenemos que aguardar a mi hijo mayor.
—No tenía idea de
que Benigaris fuera adepto a los misterios de las estrellas —comentó Stréawe
con auténtica curiosidad.
—Le interesan
—replicó Nessalanta con precaución—. Le... —Levantó la mirada—. ¡Ah! ¡Helo
aquí!
Benigaris salió a
la azotea seguido a pocos pasos por dos guardias con el blasón del martín
pescador en los ropajes. El duque reinante de Nabban comenzaba a engordar por
la cintura, pero aún era alto y de anchos hombros, y su abundante bigote le
ocultaba la boca casi por completo.
—Madre —saludó,
galante, cuando llegó a la altura de la pequeña reunión. Tomó la enguantada
mano de la duquesa e inclinó la cabeza; después se volvió al conde—. Stréawe,
os eché de menos en la cena de anoche.
—Os pido disculpas,
buen Benigaris —contestó el conde, tras llevarse el pañuelo a la boca para
toser—. Mi salud, ya lo veis. A veces incluso me impide salir de mi aposento
para corresponder siquiera a la famosa hospitalidad del Sancellan Mahistrevis.
—Bien —gruñó
Benigaris—, en ese caso creo que tampoco deberíais estar aquí, en este tejado
helado. —Se volvió a Nessalanta—. ¿Qué hacemos aquí, madre?
—¡Cómo! —replicó la duquesa con un mohín de
niña resentida—. Sabes perfectamente lo que hacemos aquí; esta noche es muy
favorable para leer las estrellas, y Xannasavin va a predecir lo que nos traerá
el año próximo.
—Si ése es vuestro
deseo, Alteza —dijo Xannasavin con una inclinación hacia el duque.
—Yo puedo deciros
lo que ocurrirá el año próximo —gruñó Benigaris—, problemas y más problemas;
allá donde mire hay problemas. —Se volvió hacia Stréawe—. Vos sabéis cómo es.
Quieren pan; los campesinos quieren pan, pero si se lo doy piden más. Intenté
llevar a los maizales a unos cuantos habitantes del pantano para que
ayudaran..., he tenido que emplear muchos soldados en esas escaramuzas de
frontera con los thrithingos salvajes y ahora todos los barones se quejan
porque he reclutado a los campesinos y sus campos quedan yermos..., pero ahora
¡esos condenados hombrecillos morenos se niegan a acudir! ¿Qué es lo que tengo
que hacer? ¿Mandar tropas al maldito pantano? Mejor estamos sin ellos.
—Conozco
perfectamente la carga que supone el poder —comentó Stréawe con comprensión—.
Según me han informado, lleváis a cabo una tarea heroica en tiempos difíciles.
—Y además
—prosiguió Benigaris— esos malditos y remalditos y tres veces malditos
Danzarines del Fuego, que se queman a sí mismos y asustan a la gente del
pueblo. —Su expresión se tornó sombría—. Jamás debería haber confiado en
Pryrates...
—Lo lamento,
Benigaris —se disculpó Stréawe—. No os he oído... Mis oídos son viejos,
comprenderéis. ¿Pryrates...?
El duque de Nabban
miró al conde con los ojos entornados.
—No importa. Este
año ha sido asqueroso y dudo que el próximo sea mejor. —Una amarga sonrisa le
movió el bigote—. A menos que convenza a algunos disidentes de Nabban para que
se conviertan en Danzarines del Fuego. Hay unos cuantos que estarían mejor entre
las llamas.
—Muy bien,
Benigaris; muy bien —rió Stréawe, y la risa terminó en una tos seca.
—Ya basta
—interrumpió Nessalanta en tono mimoso—. Creo que te equivocas, Benigaris;
tendría que ser un año espléndido. Además, no hay necesidad de perderse en
conjeturas. Xannasavin te dirá todo lo que debes saber.
—No soy sino un
humilde observador de las combinaciones celestiales, duquesa—dijo el
astrólogo—, pero haré cuanto pueda...
—Y si no me
anunciáis nada mejor que este año que acaba de concluir —musitó Benigaris—, os
tiraré por el tejado.
—¡Benigaris! —Nessalanta, que hasta el momento
había utilizado tonos zalameros e infantiles, habló tajante de pronto, como el
látigo de un boyero—. ¡No te expreses así en mi presencia! ¡No oses amenazar a
Xannasavin! ¿Has comprendido?
—Sólo era una broma
—se disculpó Benigaris, imperceptiblemente encogido—. ¡Por la sagrada sangre de
Aedón, madre! ¡No os lo toméis tan mal! —Se dirigió a la silla con baldaquino y
blasón ducal y se dejó caer con todo su peso—. Adelante, astrólogo —gruñó,
haciendo un gesto a Xannasavin—. Reveladnos los misterios que encierran las
estrellas.
El astrólogo sacó,
de entre sus voluminosas ropas, un rollo de pergaminos y los blandió con
teatralidad.
—Tal como ha dicho
la duquesa —comenzó con voz suave y experimentada—, esta noche es una ocasión
excelente para adivinar. No sólo por la extraordinariamente favorable
conjunción de los astros, sino porque además el firmamento está limpio de
tormentas u otros obstáculos. —Sonrió a Benigaris—. Un buen auspicio en sí
mismo.
—Continuad —dijo el
duque.
—Como podéis
observar —prosiguió, apuntando hacia arriba con un pergamino enrollado—, el
Trono de Juvenis está justo sobre nosotros. El Trono, por supuesto, está
íntimamente ligado al gobierno de Nabban, y lo ha estado desde los antiguos
días de la barbarie. Cuando las luminarias menores se cruzan en su fase, los
herederos del imperio deben tenerlo en cuenta. —Se detuvo un momento para que
el peso de lo dicho penetrara en las mentes de todos—. Esta noche, el Trono
está de pie, y en el vértice de su trayectoria, con la Serpiente y el Lobo
Mixis muy brillantes. —Giró y señaló hacia otro sector del cielo—. El Halcón,
allí, y el Escarabajo Alado son visibles ahora en los cielos australes. El
Escarabajo siempre augura cambios.
—Parece una casa de
fieras de los antiguos emperadores —exclamó Benigaris con impaciencia—.
¡Animales, animales y más animales! ¿Qué significa todo eso?
—Significa, mi
señor, que se avecinan grandes momentos para la Casa de Benidrivine.
—Lo sabía —ronroneó
Nessalanta—, lo sabía.
—¿Qué os lo dice?
—inquirió Benigaris, mirando al cielo de reojo.
—No haría justicia
a su majestad si tratara de ofreceros una explicación demasiado breve —contestó
el astrólogo con delicadeza—. Debe bastaros con saber que las estrellas, que
durante tiempo han hablado de dudas, inseguridad e inquietud, proclaman ahora el
advenimiento de tiempos de cambios, grandes cambios.
—¡Pero podría
tratarse de cualquier cosa! —farfulló Benigaris—. ¡Podría ser la calcinación de
toda la ciudad!
—¡Ah! Mas no habéis
escuchado todo lo que tengo que decir. Existen dos factores más, de la mayor
relevancia. Uno es el propio Martín Pescador... allí, ¿lo veis? —Xannasavin
señaló hacia un punto en el este—. Brilla mucho más de lo que había visto en mi
vida, y en esta época del año apenas es visible. Desde antiguo ha prosperado o
decaído la fortuna de vuestra familia con las fases crecientes y menguantes del
Martín Pescador, y nunca en toda mi vida la había visto lucir con tan gloriosa
intensidad. Algún acontecimiento de enorme trascendencia está a punto de
suceder a la Casa de Benidrivine, mi señor, vuestra casa.
—¿Y el otro? —El
interés de Benigaris iba en aumento—. ¿El otro factor del que hablabais?
—¡Ah! —El astrólogo
desenrolló uno de sus papiros y lo examinó—. Es algo que no podéis ver en estos
momentos. Pronto se producirá la reaparición de la Estrella del Conquistador.
—¿La estrella con
cola que vimos el año pasado y el anterior? —intervino Stréawe con vehemencia—.
¿Una enorme cosa roja?
—Esa misma.
—¡Pero, cuando
apareció, el pueblo llano se asustó hasta perder sus flojos estribos! —argüyó
Benigaris—. Y creo que fue precisamente el detonante de tanta charlatanería
sobre maldiciones.
—Las señales
celestiales son mal interpretadas con frecuencia, duque Benigaris. La Estrella
del Conquistador regresará, pero no es precursora de desastres, sino de
cambios, simplemente. A través de la historia, siempre ha sido el heraldo de un
nuevo orden surgido del conflicto y el caos. Tocó las trompetas del fin del
imperio y refulgió sobre los últimos días de Khand.
—¿Y eso es bueno?
—aulló Benigaris—. ¿Pretendéis que el anuncio de la caída de un imperio me
alegre el ánimo? —voceó, como dispuesto a saltar de la silla sobre la garganta
del astrólogo.
—Pero, mi señor,
¡no olvidéis el Martín Pescador! —se apresuró a recordarle Xannasavin—. ¿Cómo
pueden consternaros estos cambios cuando el Martín Pescador brilla con fuerza?
No, mi señor; disculpad a vuestro humilde servidor por pretender instruiros en
algo, pero ¿no se os ocurre ninguna situación en la que un gran imperio caiga y
que, sin embargo, la fortuna de la Casa de Benidrivine medre?
Benigaris volvió a
sentarse, como repelido por un golpe. Se miró las manos.
—Hablaré de esto
con vos más tarde —dijo por fin—. Dejadnos ahora un momento.
—Como deseéis, mi
señor —replicó Xannasavin con una inclinación de cabeza, que repitió en
dirección a Stréawe—. Ha sido un placer conoceros al fin, conde. Ha sido un
gran honor.
El conde hizo un
gesto de asentimiento, tan absorto en sus pensamientos como Benigaris.
Xannasavin besó la
mano de Nessalanta, barrió el tejado con una profunda reverencia y, tras
recoger sus pergaminos, se dirigió al hueco de la escalera. Sus pasos se
alejaron poco a poco en la oscuridad.
—¿Lo veis?
—preguntó Nessalanta—. ¿Veis por qué lo valoro tanto? Es un hombre brillante.
—Resulta imponente,
sí —asintió Stréawe—. ¿Y creéis que es digno de confianza?
—Totalmente.
Predijo la muerte de mi pobre marido. —Su rostro tomó una expresión de profunda
pena—. Pero Leobardis no quiso escuchar, a pesar de todas mis advertencias. Le
avisé que si ponía el pie en Erkynlandia no volvería a verlo, y me dijo que
eran tonterías.
—¿Xannasavin os
predijo la muerte de padre? —inquirió Benigaris clavando la mirada en su madre.
—Sí; si tu padre
hubiera querido escuchar...
—Bien —terció el
conde, tras aclararse la garganta—, tenía la esperanza de dejar estas
cuestiones para otro momento, pero, después de escuchar las palabras de vuestro
astrólogo sobre el espléndido futuro que prevé para vos, creo que debería
haceros partícipe ahora de mis pensamientos.
—¿De qué habláis?
—replicó Benigaris apartando la mirada de su madre.
—De ciertas cosas
que he sabido. —El anciano miró alrededor—. ¡Ah! Disculpad, Benigaris, pero ¿os
parecería mucho exigir que vuestros guardias se apartaran un poco, hasta donde
no puedan oírnos? —Dirigió un hosco ademán a la pareja de hombres armados que
habían asistido, inmóviles y silenciosos como estatuas, al desarrollo de los
hechos. Benigaris farfulló algo y les indicó que se retirasen.
—¿Bien?
—Como ya sabéis,
tengo muchas fuentes de información —comenzó el conde—. A mis oídos llegan
muchas cosas que ni otros más poderosos podrían descubrir. Y hace poco he
sabido algo que tal vez deseéis conocer. Es sobre Elías y su guerra contra
Josua. Y también... otras cosas. —Hizo una pausa y miró expectante al duque.
—Adelante, Stréawe
—lo animó Nessalanta, que también se acercó—. Ya sabéis cuánto apreciamos
vuestros consejos.
—Sí —corroboró
Benigaris—, adelante, Stréawe; tengo gran interés por conocer lo que habéis
descubierto.
—¡Ah, sí! —El conde
sonrió con un gesto lobuno que dejó al descubierto sus dientes, todavía
brillantes—. ¡Os interesa mucho, de verdad...!
Eolair no conocía
al sitha que se encontraba en el umbral del Salón de los Grabados. Vestía de
forma conservadora, según el concepto sitha al menos, con una camisa y unos
calzones de una tela de color crema que se rizaba como la seda. Su cabello era
castaño, el más parecido a un tono humano que el conde hubiera visto hasta el
momento, y lo llevaba recogido en un moño en la coronilla.
—Likimeya y Jiriki
dicen que vos habéis de acudir a ellos. —El hernystiro que hablaba el
extranjero resultaba forzado y arcaico como el de los dwarrows—. ¿Habéis de
aguardar unos momentos o es que podéis venir ahora? Es bueno que vos vengáis
ahora.
Eolair oyó que
Craobhan se disponía a protestar, y le puso una mano en el hombro. El recado
sonaba tan autoritario sólo por el hablar imperfecto del inmortal; el conde
estaba seguro de que el sitha aguardaría días si fuera necesario, sin
impacientarse.
—Uno de los
vuestros, una sanadora, está con la hija del rey, Maegwin —le dijo al
mensajero—Tengo que hablar con ella; acudiré después.
El sitha, con
rostro impasible, hizo un rápido gesto con la cabeza a la manera de los
cormoranes cuando pescan un pez en el río.
—Se lo diré a
ellos. —Dio media vuelta y salió de la estancia, sin que sus botas produjeran
ruido alguno en el suelo de madera.
—¿Es que son los
señores de aquí, ahora? —preguntó Craobhan, irritado—. ¿Es que tenemos que
doblegarnos a sus leyes?
—No son así,
querido amigo. Sencillamente, Jiriki y su madre desean hablar conmigo, estoy
seguro. No todos dominan nuestra lengua como ellos dos.
—De todas formas no
me gusta. Ya tuvimos que vivir bastante tiempo con la bota de Skali pisándonos
la cabeza. ¿Cuándo van a recuperar los hernystiros el sitio que les corresponde
por derecho en su propia tierra?
—Las cosas están
cambiando —replicó Eolair apaciblemente—. Pero siempre hemos sobrevivido. Hace
siglos, los rimmerios de Fingil nos hicieron retroceder hasta las colinas y los
acantilados de la costa. Después regresamos. Ahora son los de Skali, pero también
hemos resistido. El peso de los sitha es una carga mucho más ligera, ¿no os
parece?
El anciano se quedó
mirándolo con un asomo de recelo en los ojos. Al cabo, sonrió.
—¡Ah, mi buen
conde! Deberíais haber sido sacerdote o general; miráis con amplia perspectiva.
—Como vos,
Craobhan. De lo contrario, no estaríais hoy aquí para quejaros.
Antes de que el
anciano pudiera contestar, apareció otra sitha en el vano de la puerta: una
mujer de cabello gris ataviada de verde, con una capa como una nube de plata. A
pesar del color de su pelo, no parecía mayor que el mensajero de hacía un
momento.
—Kira'athu —saludó
el conde de pie; su voz perdió ligereza—. ¿Podéis ayudarla?
La sitha lo miró y
sacudió la cabeza negativamente, gesto que pareció curiosamente innatural, como
aprendido de un libro.
—Nada malo sucede
con su cuerpo, pero su espíritu se oculta a mí; se ha hundido en las
profundidades como un ratón cuando acecha el búho sobre los campos nocturnos.
—¿Qué queréis
decir? —El conde se esforzaba por no mostrar su impaciencia.
—Miedo. Está
asustada. Es como una criatura que haya presenciado el asesinato de sus padres.
—Ha visto muchas
muertes; enterró a su padre y a su hermano.
La mujer sitha
agitó los dedos despacio, ademán que Eolair no podía traducir.
—No es eso.
Cualquiera, sea zida’ya o sudhoda’ya, Hijo del Amanecer o mortal, que haya
vivido lo suficiente comprende la muerte. Es terrible pero comprensible. Sin
embargo una criatura joven no la comprende. A la mujer Maegwin le ha sucedido
algo semejante..., algo que escapa a su comprensión, y que ha atemorizado su
espíritu.
—¿Mejorará? ¿Podéis
hacer algo por ella?
—Nada más puedo
hacer. Su cuerpo está sano y, en lo que respecta al espíritu, es cuestión
aparte. Debo meditarlo; tal vez exista una respuesta que no he visto ahora.
No era fácil leer
la cara felina de altos pómulos de Kira'athu, pero Eolair tuvo la impresión de
que no reflejaba esperanzas. El conde cerró los puños y los presionó con fuerza
sobre los muslos.
—¿Hay algo que yo
pueda hacer?
—Si ha ocultado su
espíritu a gran profundidad —contestó, con algo muy semejante a la piedad en
sus ojos—, sólo la mujer Maegwin puede devolverlo a la superficie. Vos no
podéis hacerlo por ella. —Se detuvo como si buscara palabras de consuelo—. Sed
comprensivo, eso ya es algo. —Dio media vuelta y salió del salón.
—Maegwin se ha
trastornado, Eolair —comentó Craobhan tras un largo silencio.
—Callad —replicó el
conde.
—No podéis
cambiarlo negándoos a oírlo. Empeoró durante vuestra ausencia. Ya os dije dónde
la encontramos: en lo alto de Bradach Tor, desvariando y cantando. Sólo Mircha
sabe cuánto tiempo llevaba sentada a la intemperie, al viento y a la nieve.
Decía que había visto a los dioses.
—Tal vez los viera
—replicó Eolair con amargura—. Después de todo lo que he visto en estos
malditos doce meses, ¿quién soy yo para dudar? Quizás ha sido excesivo para
ella... —Se frotó las húmedas palmas en los calzones—. Ahora voy a ir a ver a
Jiriki.
—No os hundáis,
Eolair —le recomendó, con los ojos humedecidos pero la boca en un gesto duro y
firme—. No os deis por vencido. Os necesitamos más incluso que ella.
—Cuando Isorn y los
demás regresen, decidles dónde estoy y pedidles que me esperen, si son tan
amables; no creo que me entretenga mucho con los sitha. —Alzó la mirada hacia
el cielo, que iba tomando los colores del crepúsculo—. Quisiera hablar con
Isorn y Ule esta noche. —Dio una palmada a Craobhan en el hombro antes de
abandonar el Salón de los Grabados.
—Eolair...
Se giró en la
puerta exterior y vio a Maegwin en el corredor de la entrada, a su espalda.
—Señora, ¿cómo os
encontráis?
—Bien —respondió
airosa, pero los ojos la traicionaban—. ¿Adonde vais?
—Voy a ver... —Se
contuvo; había estado a punto de decir «a los dioses». ¿Sería contagiosa la
locura?—. Voy a hablar con Jiriki y su madre.
—No los conozco
—repuso—, pero me gustaría ir con vos.
—¿Venir conmigo?
—Le parecía extraño.
—Sí, conde Eolair,
me gustaría ir con vos. ¿Tan terrible os parece? No somos enemigos tan
encarnizados, ¿verdad? —Sus palabras sonaron huecas como una broma en el último
peldaño de la horca.
—Pues claro que sí,
señora —se apresuró a contestar—. Maegwin, claro que sí.
A pesar de que no
veía nada nuevo en el campamento sitha, que se extendía por un amplio sector de
la colina de Hern, Eolair tenía la impresión de que era más intrincado que unos
días antes, de que se había conectado a la tierra, como si en vez de ser el producto
de unos cuantos días de trabajo hubiera estado allí desde el nacimiento del
cerro. Se respiraba una especie de paz, suavidad y naturalidad: las tiendas de
campaña multicolores se movían y ondeaban como plantas en un arroyo
arremolinado. El conde sintió cierta irritación pasajera, como un eco de la
insatisfacción de Craobhan. ¿Qué derecho tenían los sitha a establecerse allí
tan a gusto como en su propia casa? Porque, al fin y al cabo, ¿de quién eran
aquellas tierras?
Un momento después,
contuvo esos pensamientos, pues todo se debía simplemente a la propia
naturaleza de la Bella Raza. A pesar de haber tenido grandes ciudades, si es
que las ruinas infestadas de murciélagos de Mezutu'a servían de indicación,
eran un pueblo sin raíces en ningún sitio concreto. A juzgar por la forma en
que Jiriki se refería al Jardín, su hogar primigenio, daba la sensación de que
se consideraban poco más que meros viajeros en esta tierra, a pesar de haberse
instalado en Osten Ard durante eones. Habitaban en sus propias cabezas, en sus
canciones y en su memoria. La colina de Hern no era más que otro lugar
cualquiera.
Maegwin caminaba a
su lado en silencio, con un gesto como si quisiera ocultar preocupaciones.
Eolair recordó una ocasión, hacía muchos años, en que ella lo había llevado a
presenciar el parto de una de sus queridas cochinas. El alumbramiento tuvo
algún fallo y, hacia el final del proceso, la puerca comenzó a gritar de dolor.
Cuando le apartaron los dos cochinillos muertos, uno de ellos todavía envuelto
en el cordón umbilical que lo había asfixiado, la madre, presa de pánico, rodó
sobre otro de los recién nacidos.
Durante toda
aquella sangrienta escena de pesadilla, Maegwin mantuvo una expresión parecida
a la que tenía en esos momentos. Sólo cuando la cochina se salvó y el resto de
la camada comenzaba a amamantarse, se permitió romper a llorar. Los recuerdos
le refrescaron la memoria: aquélla había sido la última vez que le había
permitido abrazarla. Y, mientras se compadecía de ella tratando de comprender
su dolor por la muerte de lo que para él no eran sino simples animales, la
sintió entre sus brazos, sus pechos contra el suyo, y se dio cuenta de que ya
era una mujer, a pesar de su juventud. Había sido una sensación singular.
—Eolair... —Se
percibía un levísimo temblor en su voz—. ¿Permitís que os haga una pregunta?
—Naturalmente,
señora. —No lograba desprenderse del recuerdo del momento en que la había
abrazado, con las manos y la ropa llenas de sangre, arrodillados en la paja.
Aquel día no se sentía ni la mitad de impotente que ahora.
—¿Cómo..., cómo
moristeis?
—Disculpad,
Maegwin..., ¿cómo qué? —preguntó, creyendo que no había comprendido bien.
—¿Cómo moristeis?
Me avergüenzo de no haberos preguntado antes. ¿Qué muerte os aguardó?, ¿fue
noble? ¡Oh! Deseo que no fuera dolorosa; no creo que pudiera soportarlo. —Lo
miró brevemente y después esbozó una sonrisa trémula—. Pero poco importa ya,
claro, puesto que estáis aquí. Ya todo ha quedado atrás.
—¿Cómo morí? —La
irrealidad de la pregunta le causaba perplejidad. La tomó del brazo y se
detuvieron. Se hallaban en un tramo de hierba sin tiendas, con la de Likimeya a
un tiro de piedra—. Maegwin, no estoy muerto. ¡Tocadme! —Tendió la mano y le
tomó los fríos dedos—. ¡Estoy vivo! ¡Y vos también!
—Cuando los dioses
llegaron me quedé paralizada —repuso como en sueños—. Creo que fue Skali; al
menos, su hacha al levantarse es lo último que recuerdo antes de despertar
aquí. —Rió convulsivamente—. Es gracioso. ¿Puede uno despertarse en el cielo? A
veces, desde que he llegado aquí, me parece como si durmiera a ratos.
—Maegwin —dijo,
apretándole la mano—, escuchadme: no estamos muertos. —Eolair notó que se le
iban a escapar las lágrimas y sacudió la cabeza furioso—. Seguís en Hernystir,
el lugar que os vio nacer.
Maegwin lo miró con
un curioso brillo en los ojos. Por un instante, el conde pensó que al fin había
llegado a su mente.
—¿Sabéis, Eolair?
—dijo despacio—. Cuando estaba viva, siempre tenía miedo, miedo de perder las
cosas que me importaban. Incluso me asustaba hablar con vos, el amigo más
cercano que he tenido jamás. —Su cabello se agitó en la brisa que cruzaba la
colina y su cuello, largo y blanco, quedó al descubierto—. Ni siquiera podía
deciros que os amaba, Eolair; os amaba de una forma que me abrasaba por dentro.
Temía que, si os lo decía, me apartarais y perdiera vuestra amistad.
Eolair creyó que el
corazón se le partía en dos, como una piedra imperfecta bajo el golpe del
martillo.
—Maegwin, yo... no
lo sabía. —¿La amaba él también? ¿Serviría de algo declarárselo, fuera verdad o
no?—. Estaba..., estaba ciego —balbució—. No lo sabía.
—Ahora ya no
importa —replicó con trágica certeza—. Es tarde para preocuparse por semejantes
cosas. —Le apretó la mano y siguió adelante.
El conde dio los
últimos pasos hasta el habitáculo azul y morado de Likimeya como un hombre
asaeteado tan sorpresivamente en la oscuridad que caminase sin percatarse de
que había sido asesinado.
Jiriki y su madre
conversaban en voz baja pero con intensidad cuando Eolair y Maegwin cruzaron el
círculo de tela. Likimeya aún llevaba su armadura, pero su hijo vestía ropas
más livianas.
—Conde Eolair —dijo
Jiriki al verlos—, celebramos que hayáis podido venir. Tenemos cosas que
deciros y que mostraros. —Sus ojos miraron a la compañera del conde—. Lady
Maegwin, bienvenida.
Eolair notó la
tensión de Maegwin, pero ésta hizo una reverencia.
—Mi señor —dijo. El
conde no podía evitar preguntarse qué vería la princesa. Si Jiriki era el dios
celestial Brynioch, ¿quién se figuraría que era su madre? ¿Qué veía cuando
miraba la vaporosa tela que los rodeaba, los árboles frutales y la luz poniente
de la tarde o los extraños rostros de los otros sitha?
—Sentaos, por
favor. —Resultaba chocante que la voz de Likimeya sonara tan musical a pesar de
su aspereza—. ¿Tomaréis un refrigerio?
—Yo no, gracias.
—Eolair se volvió hacia Maegwin y ella negó con la cabeza, pero su mirada
estaba distante, como si quisiera apartarse de lo que tenía ante los ojos.
—Entonces, no
esperemos más —añadió Likimeya—. Tenemos que mostraros una cosa. —Hizo un gesto
al mensajero moreno que antes había acudido al Taig, y éste se adelantó y dejó
en el suelo un saco que llevaba en las manos. Con un diestro movimiento, desató
la cuerda del cierre y volcó el contenido. Un objeto oscuro salió rodando sobre
el césped.
—¡Por las lágrimas
de Rhynn! —exclamó Eolair, sobresaltado.
La cabeza de Skali
yacía ante él, con la boca abierta y los ojos desorbitados. La rubia barba
estaba teñida de carmesí casi por completo, manchada por la sangre vertida por
el cuello cercenado.
—He aquí a vuestro
enemigo, conde Eolair —dijo Likimeya. Un gato que hubiera cazado un pájaro
habría podido depositarlo a los pies de su amo con la misma tranquila
satisfacción—. Él y unas cuantas docenas de los suyos cayeron al fin en las
colinas al este de las Grianspog.
—Lleváoslo, por
favor —pidió Eolair, con el estómago revuelto—. No tenía necesidad de verlo
así. —Miró a Maegwin con preocupación, pero ella ni siquiera lo veía; su pálido
rostro estaba vuelto hacia el cielo que se extendía más allá de los límites de
la tienda.
Las cejas de
Likimeya, blancas pese a su cabello rojo fuego, semejaban dos estrechas
cicatrices sobre los ojos. La sitha enarcó una con una singular expresión
humana de burlona incredulidad.
—Vuestro príncipe
Sinnach exhibía a sus enemigos muertos de esta forma.
—¡Sí, hace cinco
siglos! —Eolair recobró en parte su calma habitual—. Lo lamento, señora, pero
nosotros los mortales cambiamos a lo largo de quinientos años. Nuestros
antecesores eran, tal vez, más feroces que nosotros. —Tragó saliva—. He visto
la muerte muchas veces, pero esto ha sido una sorpresa.
—No pretendíamos
ofenderos. —Likimeya miró a Jiriki de modo significativo—. Pensamos
proporcionar una alegría a vuestro corazón al mostraros el fin del que
conquistó y esclavizó a vuestro pueblo.
—Comprendo; yo
tampoco deseaba ofenderos. Os agradecemos vuestra ayuda mucho más de lo que
podría expresar. —No pudo evitar otra ojeada al sanguinolento bulto que yacía
en la hierba.
El mensajero se
agachó a recoger la cabeza de Skali, la tomó por el pelo y la volvió a guardar
en el saco. Eolair se abstuvo de preguntar, a pesar de las ganas, lo sucedido
con el resto de los hombres de Nariz Afilada. Seguramente habrían quedado a
merced de los buitres en las frías colinas del oeste.
—Nos alegramos
—replicó Likimeya—, pues deseamos vuestra ayuda.
—¿Qué podemos
hacer? —preguntó Eolair, más calmado.
Jiriki se dirigió a
él con una expresión ligeramente indiferente, más incluso que de costumbre.
¿Estaría en desacuerdo con el acto de su madre? Dejó el pensamiento a un lado,
pues tratar de entender a los sitha era arriesgarse a caer en una perplejidad rayana
en la locura.
—Ahora que Skali ha
muerto y los restos de su ejército se han dispersado por la tierra, nuestra
misión ha sido cumplida —anunció Jiriki—. Pero sólo hemos puesto el pie en el
camino; el viaje comienza ahora en serio.
Mientras hablaba,
su madre tomó un jarro, un objeto achaparrado pero con una gracia extraña,
barnizado de azul oscuro. Introdujo en él dos dedos y los sacó, con las puntas
manchadas de negro grisáceo.
—Ya os dijimos que
no podíamos detenernos aquí —prosiguió Ji-
riki—. Debemos
continuar hacia Ujin e-d'a Sikhunae, el lugar que denomináis Naglimund.
Despacio, como un
ritual, Likimeya procedió a untarse la cara, comenzando por unas líneas oscuras
que cruzaban las mejillas y rodeaban los ojos.
—Y... ¿qué podemos
hacer los hernystiros? —preguntó Eolair. Le costaba un esfuerzo apartar la
mirada de la madre de Jiriki.
El sitha agachó la
cabeza un momento y volvió a levantarla, sosteniendo la mirada del conde para
reclamar su atención.
—Por la sangre que
nuestros dos pueblos han derramado en recíproca ayuda, os ruego que enviéis una
tropa de vuestros campesinos con nosotros.
—¿Con vosotros?
—Eolair pensaba en la luminosa y sonora embestida de los sitha—. ¿Qué ayuda
podrían prestaros?
—Os estimáis en
poco —sonrió Jiriki—, y nos adjudicáis demasiado valor a nosotros. Es muy
importante que tomemos el castillo que perteneció a Josua, pero será un combate
sin igual. ¿Quién sabe qué papel sorprendente pueden representar los mortales
cuando los Nacidos en el Jardín se apresten a la lucha? Además, vosotros sois
capaces de cosas que nosotros no podemos hacer. Somos pocos y necesitamos de
los vuestros, Eolair. Os necesitamos.
Likimeya se había
pintado una máscara en torno a los ojos, sobre la frente y los pómulos, y su
ambarina mirada parecía llamear en la oscuridad como joyas en la hendedura de
una roca. Trazó tres líneas desde el labio inferior a la barbilla.
—No puedo obligar a
mi pueblo, Jiriki —repuso Eolair—, menos aún después de todo lo que ha sufrido;
pero si voy yo, creo que otros se sumarían. —Consideró las exigencias del honor
y el deber. la venganza contra Skali le había sido arrebatada; pero, al parecer,
el rimmerio no era más que un peón de Elías, e incluso también de un enemigo
mucho más encarnizado. Hernystir era libre aunque la guerra estaba lejos del
final. Además, la idea de algo tan directo como el combate le resultaba
atractiva en parte; la confusión de volver a ocupar Hernysadharc y tener que
enfrentarse a la enajenación de Maegwin comenzaba a sobrepasarlo ya.
El cielo estaba
azul oscuro, del color del frasco de Likimeya. Algunos sitha encendieron
esferas de luz que colocaron en candeleras de madera alrededor del campamento;
las ramas de los frutales, iluminadas desde abajo, refulgían como el oro.
—Iré con vosotros a
Naglimund, Jiriki —dijo al fin. Craobhan podría vigilar a los habitantes de
Hernysadharc, decidió, y cuidar a Maegwin y a Inahwen, la esposa de Lluth;
continuaría con los trabajos de reconstrucción de la tierra, tarea que se
ajustaba perfectamente a las posibilidades del anciano. —Llevaré conmigo tantos
soldados como pueda.
—Gracias, conde
Eolair. El mundo está cambiando pero hay verdades que permanecen siempre. El
corazón de los hernystiros es constante.
Likimeya dejó el
frasco, se limpió los dedos en las botas, donde dejó un amplio trazo, y se
levantó. Su rostro pintado la convertía en una presencia aún más ajena e
inquietante.
—Entonces, de
acuerdo —declaró la sitha—. Al amanecer del tercer día a partir de hoy,
cabalgaremos hacia Ujin e-d'a Sikhunae. —Sus ojos lanzaban destellos a la luz
de las esferas luminosas.
Eolair no le
sostuvo la mirada mucho tiempo, pero tampoco lograba sustraerse a su
curiosidad.
—Perdonad, señora
—le dijo—, espero no pecar de descortesía. ¿Puedo preguntaros qué os habéis
puesto en la cara?
—Ceniza, ceniza de
duelo. —Emitió un sonido que pareció resonar en la parte más baja de la
garganta, una especie de exhalación que podría haber sido un suspiro o un
bufido de exasperación—. No lo comprenderíais, hombre mortal, pero os lo
explicaré de todos modos. Vamos a la guerra contra las hikeda’ya..
Tras unos momentos
de pausa, mientras Eolair trataba de resolver el rompecabezas de aquellas
palabras, Jiriki habló con voz amable y doliente.
—Los sitha y las
nornas somos de la misma sangre, conde Eolair, y ahora debemos luchar contra
ellas. —Levantó la mano en un gesto como la llama de una vela al ser
extinguida: un aleteo, después nada—. Es necesario que matemos a miembros de
nuestra propia familia.
Maegwin guardó
silencio durante la mayor parte del camino de vuelta; sólo habló cuando
aparecieron a la vista los inclinados tejados del Taig.
—Voy con vos; deseo
ver cómo guerrean los dioses.
—Vos os quedáis
aquí con Craobhan y los demás —se opuso con fuerza.
—No; si me dejáis
atrás, os seguiré —replicó en tono sereno y firme—. Y de todas formas, Eolair,
¿por qué habláis de temor? No puedo morir dos veces, ¿verdad? —Rió con excesiva
energía.
Eolair discutió en
vano con ella; al final, cuando estaba a punto de perder los estribos, una idea
le vino a la mente. «La sanadora dijo que tenía que encontrar el camino de
vuelta ella sola. Tal vez esto forme parte de ello.»
Mas el peligro era
cierto y no podía ni pensar en consentirle tomar parte. No es que pudiera
impedirle que los siguiera si la dejaban atrás —loca o no, no había nadie en
toda Hernysadharc que se igualara en tozudez a la hija de Lluth—. ¡Dioses!
¡Habría caído una maldición sobre él? Sin duda, casi ansiaba la simplicidad
brutal del combate.
—Hablaremos más
tarde —dijo—. Ahora estoy cansado, Maegwin.
—Nadie se cansa en
este lugar. —Una discreta nota triunfal impregnaba su voz—. Me preocupáis,
Eolair.
Simón se había
aposentado en un lugar abierto y sin sombra cerca del muro exterior de
Sesuad'ra. El sol brillaba de verdad, aunque había viento y tanto él como
Miriamele llevaban capa. De todas formas, era agradable retirarse la capucha y
notar el sol en el cuello.
—He traído un poco
de vino —dijo, al tiempo que sacaba un odre y dos vasos del saco—. Sangfugol me
aseguró que era bueno... Creo que es de Perdruin. —Rió con nerviosismo—. ¿Por
qué será mejor de unos sitios que de otros? Las uvas siempre son uvas.
Miriamele sonrió;
parecía cansada, y tenía los verdes ojos rodeados de ojeras profundas.
—No sé; tal vez las
cultiven de manera diferente.
—En realidad no
importa. —Con todo cuidado, Simón vertió un chorro del odre, en una copa
primero y en la otra después—. Todavía no estoy seguro de que me guste el
vino... Raquel no me dejaba probarlo. Lo llamaba «sangre del demonio».
—¿La encargada de
las doncellas? —Miriamele torció el gesto—. Era una mujer mala.
—Eso creía yo
—repuso él, pasándole una copa—. Es cierto que tenía mal genio, pero intentó
hacer por mí todo lo posible, creo. Y yo le hice lamentarlo. —Se llevó el vino
a los labios, y el gusto rancio le llenó la lengua—. ¿Dónde estará ahora? Tal
vez en Hayholt, todavía. Espero que se encuentre bien y que no la hayan herido.
—Sonrió, ¡vaya sentimientos que tenía hacia el Dragón! De pronto levantó la
mirada—. ¡Oh, vaya! ¡Ya he bebido un poco! ¿No deberíamos decir algo, brindar
por algo?
—Por vuestro
cumpleaños, Simón —brindó Miriamele con el vaso alzado solemnemente.
—Y por el vuestro,
princesa Miriamele.
Sentados, bebieron
en silencio. El viento doblaba la hierba, la aplastaba formando dibujos
cambiantes como si una enorme bestia invisible durmiera un sueño inquieto.
—El Raed comienza
mañana, pero creo que Josua tiene decidido lo que quiere hacer.
—Irá a Nabban
—replicó Miriamele con amargura.
—¿Y qué tiene de
malo? —Simón le cogió la copa, ya vacía—. Es una forma de empezar.
—No hay que empezar
por ahí. —Mientras volvía a coger su copa de la mano de Simón, observó ésta con
tanta atención que el muchacho se inquietó—. Perdonad, Simón, es que no me
satisface el curso de las cosas, de muchas cosas.
—Estoy dispuesto a
escuchar, si deseáis hablar. Ahora soy un buen oyente, princesa.
—¡No me llaméis
princesa!. —Cuando habló de nuevo, lo hizo en tono más suave—. Por favor,
Simón, no me llaméis así vos también. Fuimos amigos antaño, cuando no sabíais
quién era, y ahora necesito eso mismo.
—Si..., Miriamele.
—Respiró hondo—. ¿Ya no somos amigos?
—No me refería a
eso —repuso con un suspiro—. Es el mismo problema que tengo con la decisión de
Josua: no estoy de acuerdo con él. Creo que deberíamos movernos directamente
hacia Erkynlandia; esta maldita guerra no es como la que sostuvo mi abuelo,
sino mucho peor, mucho más negra. Creo que llegaremos muy tarde si intentamos
conquistar Nabban en primer lugar.
—Muy tarde... ¿para
qué?
—No sé. Tengo
sensaciones, ideas, pero nada con que demostrar que son verdad. Todo eso es ya
bastante malo de por sí, pero además, como soy la princesa, la hija del Rey
Supremo, me escuchan de todas formas y después hacen caso omiso de lo que digo
de la manera más discreta posible. ¡Casi preferiría que me dijeran «cállate»
abiertamente!
—Y ¿eso qué tiene
que ver conmigo? —preguntó Simón con calma. Miriamele había cerrado los ojos
como si mirara hacia el interior de sí misma. El rojo dorado y la increíble
finura de sus pestañas lo deshacían por dentro.
—Hasta vos, Simón,
que me conocisteis como sirvienta... ¡no, como sirviente! —Rió, pero seguía con
los ojos cerrados—. Hasta vos, Simón, cuando me miráis, no me veis sólo a mí,
sino el nombre de mi padre, el castillo donde crecí, los trajes costosos... Miráis
a una... princesa. —Pronunció la palabra como si tuviera un significado
despreciable y falso.
Simón siguió
mirándola largo rato, observando su cabello, que el viento revolvía, y la suave
línea de los pómulos. Ardía en deseos de confesarle lo que veía en realidad,
pero sabía que jamás encontraría las palabras necesarias; sólo sería capaz de
balbucir tonterías de cabezahueca.
—Sois lo que sois
—dijo al fin—. ¿No es tan falso que pretendáis ser otra persona como que los
demás finjan que os hablan a vos cuando en realidad sólo hablan con una...
princesa?
Ella abrió los ojos
de repente. ¡Tan claros e inquisidores! Entonces Simón comprendió lo que se
debía de sentir en presencia de su abuelo, Juan el Presbítero. También le
recordó su verdadera condición: el torpe hijo de una criada, caballero sólo en
virtud de las circunstancias. En ese momento la sintió más cercana que nunca,
pero, al mismo tiempo, separados por un vasto océano.
Miriamele lo miraba
con intensidad. Pocos momentos después, él apartó la vista, intimidado.
—Lo siento.
—No lo sintáis —le
reprochó con una brusquedad que no encajaba con su expresión de inquietud—. No
lo sintáis, Simón. Cambiemos de tema. —Bajó los ojos a la hierba que se agitaba
en la cima de la colina. Aquel momento extraño y fiero había pasado.
Terminaron el vino
y comieron pan y queso. Como bocado especial, Simón sacó un paquetito envuelto
en hojas con unos dulces que había comprado a un buhonero del mercadillo de
Nueva Gadrinsett: unas bolitas de miel y grano tostado. La conversación derivó
hacia los lugares y las cosas que cada cual había visto. Miriamele le habló de
la niski Gan Itai y de su canto, del modo en que había utilizado su voz para
unir el cielo y la tierra. Simón, por su parte, trató de contarle cómo había
sido su estancia en casa de Jiriki, junto al río, y la Yásira, la tienda
viviente de alas de mariposa. También intentó describir a la Primera Abuela
Amerasu, gentil y aterradora, pero no lo consiguió del todo. Todavía había
mucho dolor en aquellos recuerdos.
—¿Y esa otra mujer
sitha? —preguntó Miriamele—. La que está con nosotros, Aditu.
—¿A qué os referís?
—¿Qué os parece?
—inquirió, ceñuda—. Yo creo que tiene malos modales.
—Es más justo decir
que tiene modales propios — replicó Simón reprimiendo una sonrisa—. No son como
nosotros, Miriamele.
—Entonces los sitha
no me merecen una opinión muy favorable; viste y actúa como una ramera de
taberna.
Simón tuvo que
contener otra sonrisa; últimamente, Aditu se vestía con un recato pasmoso, en
comparación con los atuendos que llevaba en Jao é-Tinukai'i. Aunque,
ciertamente, todavía exhibía a veces porciones de piel morena que incomodaban a
los ciudadanos de Nueva Gadrinsett, no por ello dejaba de hacer un gran
esfuerzo por no soliviantar a sus compañeros mortales. En cuanto a su
comportamiento...
—No creo que sea
tan mala —contestó.
—No, claro, a vos
no os lo parece. —Miriamele estaba enfadada de verdad—. Dais vueltas a su
alrededor como un perrito faldero.
—¡No es cierto!
—exclamó, ofendido—. Es amiga mía.
—Bonita palabra; la
he oído con frecuencia a los caballeros de mi padre, aplicada a mujeres a
quienes no permitirían poner un pie en el umbral de la iglesia. —Miriamele se
sentó muy derecha; no bromeaba, la rabia que Simón había notado antes estaba
ahí de nuevo—. No os culpo... Está en la naturaleza de los hombres. Es muy
atractiva, a su exótica manera.
Simón lanzó una
risita aguda.
—Jamás
comprenderé—musitó.
—¿Qué? ¿Entender
qué?
—No importa.
—Sacudió la cabeza y pensó que sería mejor llevar la conversación por
derroteros menos comprometidos—. ¡Ah! Casi se me olvida. —Se giró y alcanzó la
bolsa de cordón que había dejado apoyada en el muro pulido por la intemperie—.
Estamos celebrando nuestros cumpleaños y ha llegado el momento de los regalos.
—¡Oh, Simón! —se
lamentó Miriamele, apenada—. ¡Yo no tengo nada que ofreceros!
—El mero hecho de
que estéis aquí es suficiente; veros sana y salva después de tanto tiempo...
—Se le quebró la voz en un embarazoso gallo; para disimular su desazón, se
aclaró la garganta—. Y, además, ya me habéis dado un regalo exquisito: vuestra
cinta. —Se abrió la camisa para enseñarle que la llevaba alrededor del cuello—.
El mejor regalo que he recibido jamás, creo. —Sonrió y volvió a ocultarla—.
Ahora, tengo una cosa para vos. —Metió la mano en el bolso y sacó algo alargado
y fino envuelto en un paño.
—¿Qué es? —Toda la
preocupación desapareció de su rostro para dar paso a una infantil expresión de
curiosidad por el misterioso paquete.
—Abridlo.
Así lo hizo; retiró
el paño y dejó al descubierto la blanca flecha sitha, un rayo de ígneo marfil.
—Deseo que sea
vuestra.
Miriamele levantó
los ojos de la saeta hacia Simón y palideció.
—¡Oh, no! —exclamó
en un suspiro—. No puedo, Simón.
—¿Cómo que no
podéis? Pues claro que sí; os la regalo yo. Binabik me contó que salió de las
manos del flechero sitha Vindaomeyo, hace más tiempo del que podamos imaginar.
Es lo único que poseo digno de una princesa, Miriamele... Os guste o no, es lo
que sois.
—No, Simón, no.
—Puso la flecha y el paño en sus manos—. No, Simón. Es el detalle más
encantador que me han ofrecido en toda mi vida, pero no puedo aceptarla. No es
un simple objeto: es un compromiso de Jiriki con vos, una prenda, según me
contasteis. Significa mucho; los sitha no entregan estas cosas sin motivo.
—Ni yo tampoco
—replicó Simón, enfadado. De modo que ni siquiera eso era suficiente para ella.
Bajo una fina capa de cólera sintió una enorme acumulación de resentimiento—.
Quiero que la tengáis vos.
—Por favor, Simón,
os lo agradezco mucho. No comprendéis cuan amable os considero... Pero me
dolería quitárosla. No puedo.
Perplejo, dolorido,
Simón cerró la mano en torno a la flecha. Su presente había sido rechazado; se
sentía loco de rabia.
—Entonces esperad
aquí —le dijo, y se levantó. Estaba al borde de los gritos—. Prometed que no
abandonaréis este lugar hasta que yo regrese.
—Si deseáis que me
quede, me quedo, Simón. —Levantó los ojos hacia él, vacilante, tratando de
protegerse del sol—. ¿Tardaréis mucho?
—No —repuso él,
volviéndose hacia la destrozada entrada de la gran muralla. Antes de haber dado
diez pasos, se lanzó a la carrera.
Cuando regresó,
Miriamele seguía sentada en el mismo sitio. Había encontrado una granada que
Simón reservaba como sorpresa final.
—Lo siento —se
disculpó—; no sabía qué hacer y la abrí, pero no he comido nada todavía. —Le
mostró los granos alineados en la fruta abierta como sartas de rubíes—. ¿Qué
tenéis en la mano?
Simón sacó la
espada de entre los pliegues de la capa. Bajo la aprensiva mirada de Miriamele,
se postró de hinojos ante ella.
—Miriamele...,
princesa..., os ofrezco el único presente que me queda. —Extendió el pomo de la
espada hacia ella, inclinó la cabeza y miró con fijeza la hierba que crecía
alrededor de sus botas—. Mi servicio. Ahora soy un caballero y juro que sois mi
dueña, y que os serviré y os protegeré... si me aceptáis. —Miró por el rabillo
del ojo; el rostro de Miriamele era un pozo de emociones, de las que no
identificó ninguna.
—¡Oh, Simón!
—exclamó.
—Si no me aceptáis,
o no podéis por algún motivo que mi estupidez me impide comprender, decídmelo.
Siempre seremos amigos.
Se produjo una
larga pausa. Simón volvió a mirar al suelo y sintió que la cabeza le daba
vueltas.
—Claro que sí —dijo
Mínamele por fin—. Claro que os acepto, querido Simón. —Su voz tenía un timbre
extraño. Después, prorrumpió en una carcajada disonante—. Pero jamás os lo
perdonaré.
La miró, alarmado,
para ver si se burlaba. Tenía en los labios una trémula media sonrisa y los
ojos cerrados otra vez. En las pestañas brillaba algo semejante a las lágrimas;
no supo si estaba contenta o triste.
—¿Qué tengo que
hacer? —preguntó ella.
—No estoy seguro.
Tomad la espada por la empuñadura y tocadme los hombros con la hoja; supongo
que será así, como lo hizo Josua, y decid: «Vos seréis mi caballero defensor».
La princesa tomó la
espada y se acercó la cruz a la mejilla un momento; luego la levantó y le tocó
primero el hombro derecho, después el izquierdo.
—Seréis mi
caballero defensor —musitó.
—Seré vuestro
caballero defensor.
Las antorchas ya
estaban bastante consumidas en la Casa de la Despedida. Hacía tiempo que había
pasado la hora de cenar pero nadie había nombrado la comida.
—Este es el tercer
día del Raed —dijo el príncipe Josua—. Todos sentimos fatiga. Solicito vuestra
atención unos breves momentos más. —Se tapó los ojos con las manos.
Isgrimnur pensaba
que, de todos los reunidos en la sala, el príncipe era el más afectado por la
tensión de las prolongadas jornadas y las ásperas discusiones. Josua había
tenido que soportar varios debates sobre cuestiones marginales... y el que
antaño era señor de Elvritshalla no lo aprobaba en absoluto. El príncipe Josua
jamás sobreviviría a los rigores de una campaña contra su hermano si no se
endurecía previamente. Algo había mejorado desde la última vez que Isgrimnur lo
había visto —el viaje a aquel lugar ajeno debía de haber afectado a todos los
que lo habían emprendido—, pero el duque seguía pensando que Josua no había
aprendido aún a escuchar sin dejarse conmover. Sin esa cualidad, pensaba con
amargura, ningún gobernador sobrevivía mucho.
Proliferaban las disensiones. Los thrithingos
no confiaban en la preparación de los recientes pobladores de Nueva Gadrinsett
y temían que se convirtieran en una carga pesada para los clanes de los
carromatos cuando Josua trasladara el campamento a las praderas. Los colonos,
por su parte, dudaban de querer abandonar su nueva vida para marcharse a otro
sitio, puesto que no dispondrían de otros territorios donde asentarse hasta que
Josua conquistara tierras a su hermano o a Benigaris.
Freosel y Sludig,
convertidos en comandantes de los ejércitos del príncipe tras la muerte de
Deornoth, rivalizaban encarnizadamente con respecto al destino del príncipe.
Sludig se alineaba con su señor Isgrimnur en cuanto a precipitar el ataque a
Nabban, mientras que Freosel, al igual que otros muchos, opinaba que una
incursión al sur no era el meollo de la cuestión. Era erkyno, y Erkynlandia no
sólo era el país de Josua sino también el lugar más castigado por el mal
gobierno de Elías. Freosel dejó muy claro su criterio con respecto a la
conveniencia de dirigirse al oeste, hacia los feudos más exteriores de
Erkynlandia, y reunir fuerzas entre los súbditos desafectos del Supremo Rey
para abatirse después sobre el mismísimo Hayholt.
Isgrimnur suspiró y
se rascó la barbilla, disfrutando un instante el placer de su barba, crecida
otra vez. Ardía en deseos de levantarse y, sencillamente, decir a cada uno lo
que debía hacer y la forma de llevarlo a cabo. Incluso creía percibir que Josua
agradecería en secreto ver sus hombros liberados de la carga de la jefatura...
aunque no podía permitirse algo semejante. El duque sabía que tan pronto como
el príncipe perdiera predominio, el ejército se disolvería en facciones, y toda
esperanza de organizar la resistencia frente a Elías se vendría abajo.
—Sir Camaris —dijo
Josua de pronto, dirigiéndose al anciano caballero—. Habéis guardado silencio.
No obstante, si decidimos cabalgar hacia Nabban, a instancias de Isgrimnur y
otros más, vos seréis nuestro estandarte. Necesito conocer vuestros pensamientos.
El anciano se había
mantenido al margen, aunque Isgrimnur dudaba que fuera por estar o no de
acuerdo. Camaris había escuchado los razonamientos como un santo en medio de
una reyerta de taberna, presente pero aparte, con la atención fija en algo que
los demás no veían.
—Yo no sé deciros
cuál es el proceder certero, príncipe Josua —dijo el caballero con la
espontánea dignidad que lo caracterizaba desde la recuperación de su sano
juicio. Su forma de hablar, anticuada y cortesana, resultaba tan cuidada que
casi parecía una parodia; podría haber sido la encarnación del buen labrador de
los proverbios del Libro de Aedón—. Es cuestión que escapa a mis posibilidades,
como tampoco osaría interponer mi persona entre vos y Dios, cuya es la
respuesta final a toda pregunta. Puedo tan sólo ofreceros mi opinión. —Se
inclinó hacia adelante y se miró los largos dedos, entrelazados ante sí sobre
la mesa en actitud de oración—. Muchas de las cosas aquí tratadas me son
incomprensibles: la alianza de vuestro hermano con el nombrado Rey de la
Tormenta, quien en mis tiempos era únicamente una leyenda; el papel que las
espadas deben desempeñar, mi negra hoja Espina entre ellas, es para mí
inconcebible, altamente inconcebible.
»De lo que sí estoy
seguro es del amor que yo profesaba a mi hermano Leobardis, y, según vuestras
palabras, sirvió a Nabban con honor año sobre año durante mi insensibilidad,
superando incluso lo que yo hubiera podido hacer, según mi parecer. Él fue concebido
para mandar sobre otros hombres, a diferencia de mi persona.
»A su vástago
Benigaris tan sólo lo conocí como un infante chillón. Me roe el alma pensar que
algún descendiente de la casa de mi padre pudiera convertirse en parricida, mas
no pongo en duda las pruebas que he escuchado. —Sacudió despacio la cabeza,
como un caballo de guerra agotado—. No está en mi mano deciros si acudir a
Nabban o a Erkynlandia, o a ningún otro lugar en la verde tierra del Señor. Mas
si os decidís por marchar sobre Nabban, Josua..., entonces sí, cabalgaré al
frente de los ejércitos. Si la gente desea utilizar mi nombre, no la detendré
aun sabiendo que no es caballeroso, pues sólo nuestro Redentor debe ser
exaltado por los gritos de nuestros hombres. Por encima de todo, no he de
permitir que semejante mácula en el blasón de la Casa Benidrivine quede impune.
«Así pues, si ésta
era la respuesta que deseabais obtener de mí, Josua, ya la tenéis. —Elevó las
manos en gesto feudal de lealtad—. Sí, cabalgaré sobre Nabban; con todo, habría
preferido no ser devuelto a la realidad para contemplar el reino de mi amigo Juan
en ruinas y mi propia y amada tierra de Nabban humillada bajo el pie de mi
sobrino asesino. Es cruel. —Bajó la mirada a la mesa una vez más—. Heme aquí,
ante una de las pruebas más terribles que Dios me ha impuesto, y ya he fallado
más veces de las que podría contar.
Cuando terminó de
hablar, sus palabras quedaron en el aire como el incienso, una neblina de
complicados remordimientos que llenó la estancia. Nadie se atrevió a romper el
silencio hasta que Josua tomó la palabra.
—Muchas gracias,
sir Camaris. Creo saber el precio que pagaréis por arremeter contra vuestros
propios compatriotas. Mi corazón se parte por verme obligado, tal vez, a
forzaros a ello. —Recorrió el salón, alumbrado con antorchas, de una mirada—.
¿Alguien desea expresar algo más antes de concluir la sesión?
Junto a él,
Vorzheva se removió en el banco como dispuesta a decir algo, pero se limitó a
mirar furibunda a Josua, que evitó sus ojos como si lo incomodaran. Isgrimnur
adivinó lo que sucedía entre ellos, pues Josua le había confiado que su esposa
deseaba quedarse allí hasta el alumbramiento del pequeño, y frunció el
entrecejo; el príncipe no quería añadir dudas que pudieran empañar la decisión.
A varios codos de
distancia en la larga mesa, Geloë se puso en pie.
—Creo que resta una
cuestión, Josua. Se trata de algo que el padre Strangyeard y yo descubrimos
anoche. —Se volvió hacia el sacerdote, sentado a su lado—. Strangyeard...
El archivista se
levantó manoseando unos legajos, se llevó la mano al parche del ojo para
enderezarlo y miró con preocupación a los rostros más cercanos como si acabara
de ser convocado ante un tribunal bajo acusación de herejía.
—Sí—dijo—. ¡Oh, sí!
Queda algo muy importante... perdón, que puede ser de importancia... —Pasó las
páginas que tenía delante.
—Vamos, Strangyeard
—lo animó el príncipe con amabilidad—. Estamos deseosos de compartir con vos
ese descubrimiento.
—Ah, sí.
Encontramos algo interesante en el manuscrito de Morgenes, en la vida de Juan
el Presbítero. —Levantó unas páginas para que las contemplaran quienes nunca
habían visto el libro del doctor Morgenes—. Y también en nuestras
conversaciones con Tiamak del Wran. —Señaló con los papiros hacia el habitante
de los pantanos—. Creemos que es algo que inquietó mucho a Morgenes, que le
atañía sobremanera incluso después de comenzar a ver las líneas generales del
trato de Elías con el Rey de la Tormenta. Le preocupaba mucho, ¿comprendéis? A
Morgenes, quiero decir.
—¿Qué vio? —A
Isgrimnur comenzaban a escocerle las posaderas a causa de la dureza del
asiento, y la espalda le molestaba desde hacía horas—. ¿ Qué era lo que le
preocupaba?
—¡Oh! —se asustó
Strangyeard—. Os pido disculpas. La estrella con cola, naturalmente. El cometa.
—Durante el año de
reinado de mi hermano se vio un astro así en los cielos —musitó Josua—. Por
cierto, fue en la noche de su coronación cuando lo contemplamos por primera
vez. La misma noche en que mi padre fue enterrado.
—¡Esa es
exactamente! —exclamó Strangyeard, presa de excitación—. ¡La Asdridan
Condiquilles, la Estrella del Conquistador! Escuchad, voy a leer lo que
Morgenes escribió al respecto —anunció, manoseando el pergamino.
... Por peregrino
que parezca,
comenzó a leer,
...la Estrella del
Conquistador, en lugar de lucir sobre el nacimiento o el triunfo de los
conquistadores, como su propio nombre sugiere, aparece por el contrario como
heraldo de la caída de los imperios. Anunció el ocaso de Khand, de los antiguos
reinos del mar, así como el final del que podría titularse el mayor de los
imperios: el enseñoreamiento de los sitha en Osten Ard, que vio sus últimos
días con la caída de Asu´a. Los primeros testimonios recogidos por la Alianza
del Pergamino cuentan que la Estrella del Conquistador fulguraba en el cielo
nocturno de Asu'a cuando Ineluki, hijo de Iyu’unigato. preparó el encantamiento
que pronto destruiría el castillo sitha y una gran parte del ejército rimmerio
de Fingil.
Se ha afirmado que
el único altar de verdadera conquista que jamás contempló la luz de la Estrella
del Conquistador fue el triunfo del Redentor, Jesuris Aedón, puesto que brilló
en los cielos de Nabban cuando Jesuris colgaba del Árbol de la Ejecución. No
obstante, podría argumentarse por el contrario que, también en esa ocasión,
anunciaba el declive y el colapso, pues la muerte de Aedón marcaba el comienzo
de la definitiva desaparición del imperio nabbano...
Strangyeard
recuperó el aliento; tenía los ojos brillantes, pues las palabras de Morgenes
le habían hecho olvidar su timidez para dirigirse a una asamblea.
—Como veis, esto
encierra un significado, creemos.
—Pero ¿por qué,
exactamente? —inquirió Josua—. Ya apareció al comienzo del año del reinado de
mi hermano. Si la destrucción de un imperio ha sido predicha, ¿qué importa? Sin
duda, será el de mi hermano el que caiga. —Sonrió débilmente. Unas discretas
risas sonaron entre los presentes.
—Pero eso no es el
total de la historia, príncipe Josua —puntualizó Geloë—. Dinivan, igual que
otros, y el mismo doctor Morgenes antes de su muerte, estudiaron la cuestión.
La Estrella del Conquistador aún no se ha ido. Al contrario, ahora regresa.
—¿Qué queréis
decir?
—Cada quinientos
años, según apuntaba Dinivan —explicó Binabik, de pie—, la estrella cruza el
firmamento y no una, sino tres veces. Aparece sucesivamente a lo largo de tres
años; brillante al principio, apagada, casi invisible después y la última, la
más refulgente.
—Es decir, que la
veremos este año, al final del invierno —añadió Geloë—, por tercera vez. La
última aparición fue el año en que cayó Asu'a.
—Aún no lo
comprendo —insistió Josua—. Creo que lo que decís puede ser importante, pero ya
tenemos muchos misterios en los que pensar. ¿Qué puede significar la estrella
para nosotros?
—Tal vez nada
—contestó Geloë—, o tal vez, como en el pasado, sea la precursora del fin de un
gran reino; pero si éste es el del Supremo Rey, el del Rey de la Tormenta o el
de vuestro padre si somos vencidos, nadie puede saberlo. No obstante,
consideramos poco probable que un acontecimiento con un pasado tan fatídico
carezca de relevancia contra toda evidencia.
—Yo estoy de
acuerdo —manifestó Binabik—. No estamos en una época que permita pasar por alto
las coincidencias.
Josua miró a todos
decepcionado, con la esperanza de que algún otro de los reunidos en torno a la
larga mesa tuviera una respuesta que ofrecer.
—Pero ¿qué
significado encierra? Y ¿qué se supone que debemos hacer nosotros?
—En primer lugar
podría interpretarse como que sólo cuando la estrella esté en el cielo nos
servirán de algo las Tres Espadas —propuso Geloë—. Al parecer, su valor es
ultraterrenal y es posible que los cielos nos estén indicando el momento en que
más útiles son. —Se encogió de hombros—. O, acaso, que llegará un momento en
que Ineluki cobre mayor fuerza y por tanto más capacidad para ayudar a Elías
contra nosotros, puesto que fue hace cinco siglos cuando pronunció el hechizo
que lo convirtió en lo que ahora es. En cuyo caso, sería preciso llegar a
Hayholt antes de que se repitan esos momentos.
El silencio
descendió sobre la espaciosa estancia, roto tan sólo por el leve crujir de las
llamas en la chimenea. Josua hojeó abstraído el manuscrito de Morgenes.
—¿Y no habéis
descubierto nada más sobre las espadas en las que tantas esperanzas hemos
cifrado..., nada que nos sirva de algo? —preguntó.
—Hemos hablado
mucho con sir Camaris ya —repuso Binabik, dirigiéndole a éste una respetuosa
inclinación de cabeza—. Nos ha contado todo lo que sabe sobre la espada Espina
y sus cualidades, pero aún no hemos encontrado nada que nos indique qué podemos
hacer con ella y las otras dos.
—En cuyo caso, no
podemos arriesgarnos a poner la vida en peligro por ellas —concluyó Sludig—. La
magia y los trucos pueden volverse en nuestra contra siempre.
—Habláis de cosas
que ignoráis —replicó Geloë con mal gesto.
—Deteneos —terció
Josua—. Ya es muy tarde para abandonar las Tres Espadas. Si sólo nos
enfrentáramos a mi hermano, tal vez tendríamos una oportunidad. Pero, al
parecer, la mano del Rey de la Tormenta lo respalda a cada nuevo paso que da, y
las espadas son la única y débil esperanza que tenemos contra esa plaga oscura.
—Entonces permite
que te pida de nuevo, tío Josua —intervino Miriamele—, ... príncipe Josua, que
vayamos directamente a Erkynlandia. Si las espadas son valiosas, necesitamos
rescatar a Dolor de manos de mi padre y recuperar a Clavo Brillante de la tumba
de mi abuelo. Por lo que dicen Binabik y Geloë, disponemos de muy poco tiempo.
Su expresión era
solemne, pero Isgrimnur creía percibir desesperación bajo sus palabras, lo cual
lo sorprendió. Importantes como eran aquellas decisiones, ¿por qué la pequeña
Miriamele hablaba como si su propia vida dependiera por completo de ir directamente
a Erkynlandia y enfrentarse con su padre?
—Gracias, Miriamele
—dijo Josua fríamente—. He escuchado lo que tenías que decir y valoro tu
consejo. —Se volvió hacia la asamblea en general—. Ahora, debo comunicaros mi
decisión. —El anhelo de concluir con todo aquello se percibía en cada una de
sus palabras.
«Estas son mis
opciones: quedarnos aquí, fortalecer este lugar, Nueva Gadrinsett, y resistir a
mi hermano hasta que su tiranía vuelva la marea a nuestro favor. Es una
posibilidad. —Se pasó los dedos por el corto cabello y después mostró dos
dedos—. La segunda es ir a Nabban, donde sería posible ganar adeptos
rápidamente con sir Camaris a la cabeza de nuestro ejército. —Levantó un dedo
más—. Y la tercera, tal como dicen Freosel y Miriamele, y otros más, es invadir
Erkynlandia directamente, confiando en la posibilidad de encontrar más aliados
y terminar con las defensas de Elías. Existe además la posibilidad de que Isorn
y el conde Eolair de Nad Mullach se unan a nosotros con hombres reclutados en
la Marca Helada y en Hernystir.
—Con vuestro
permiso, príncipe Josua —intervino Simón—, no olvidéis a los sitha.
—No hay promesas,
Seomán —le recordó Aditu, la mujer sitha—, no hay certezas.
A Isgrimnur lo tomó
por sorpresa la intervención; Aditu había permanecido tan silenciosa durante
todo el debate que había olvidado su presencia, y ahora se preguntaba si habría
sido acertado hablar con tanta franqueza delante de ella. En realidad, ¿qué sabían
Josua y los demás sobre los inmortales?
—Y tal vez se nos
sumen los sitha —corrigió Josua—, aunque, tal como Aditu nos ha dicho, no
sabemos con certeza lo que está sucediendo en Hernystir o qué planes concretos
tiene su pueblo. —El príncipe cerró los ojos unos momentos.
«Además de estas
posibilidades —prosiguió por fin— está la necesidad de recuperar las otras dos
Grandes Espadas, y también lo que aquí se ha escuchado hoy sobre la Estrella
del Conquistador, que, debo admitir, es poca cosa exceptuando el peso que pueda
tener sobre los acontecimientos. —Se volvió hacia Geloë—. Como es natural, si
llegáis a saber algo más, os pido me lo hagáis saber de inmediato. —La
hechicera asintió.
«Ojalá pudiéramos
quedarnos aquí —añadió, mirando brevemente a Vorzheva, pero ella no quiso
corresponder—. Nada me complacería más que ver nacer a mi hijo aquí, con cierta
seguridad. Me complacería ver cómo nuestros colonos convierten este antiguo
emplazamiento en una ciudad viva, en un refugio para todo aquel que lo
necesite. No obstante, quedarse es imposible. Escasean ya las provisiones y a
diario llegan más proscritos y víctimas de la guerra; además, si permanecemos
aquí, sería como invitar a mi hermano a que enviara un ejército más formidable
que el de Fengbald. Por otra parte, mis sentidos me indican que los tiempos de
jugar a la defensiva ya han pasado. Por todo ello, es preciso emprender el
viaje.
«De las dos
alternativas, he debido, tras profunda meditación, escoger Nabban. Todavía no
tenemos la fuerza suficiente como para caer sobre Elías directamente, y temo
que Erkynlandia esté tan reducida que nos sea dificultoso reclutar hombres
allá. Si además fracasáramos, no tendríamos forma de huir hacia aquí de nuevo a
través de tierras vacías. Es imposible calcular cuántos morirían sólo tratando
de huir de una batalla perdida, sin contar la batalla en sí misma entre las
tropas de Elías y nuestro desastrado
ejército.
«Así pues, será
Nabban. Avanzaremos mucho antes de que Benigaris logre reunir un ejército de
resistencia y, entretanto, Camaris atraerá a muchos bajo nuestra enseña. Si la
fortuna nos favorece y conseguimos hacer salir a Benigaris y a su madre,
Camaris dispondrá también de los barcos nabbanos para ponerlos a nuestro
servicio, con lo que nos facilitará el enfrentamiento con mi hermano. —Levantó
los brazos para silenciar los murmullos que comenzaron a oírse en la sala.
«Tendré seriamente
en cuenta las advertencias de la Alianza del Pergamino sobre la Estrella del
Conquistador. Preferiría no hacer campaña en invierno, sobre todo considerando
que es una herramienta del Rey de la Tormenta, pero creo que, cuanto antes podamos
dirigirnos desde Nabban hacia Erkynlandia, tanto mejor. Aunque la estrella
preconice la caída de un imperio, no tiene por qué ser nuestro heraldo.
Intentaremos alcanzar Hayholt antes de su aparición. Es de esperar que esta
bonanza en el tiempo se mantenga, y abandonaremos este lugar dentro de quince
días. Esa es mi decisión. —Bajó la mano hacia la mesa—. Ahora marchaos, todos,
y dormid. No tiene sentido prolongar las discusiones. Saldremos de aquí e
iremos a Nabban. —Varias voces se elevaron entre los congregados para formular
preguntas—. ¡Basta! —gritó Josua—. ¡Idos y dejadme en paz!
Mientras colaboraba
en hacer salir a la gente, Isgrimnur miró hacia atrás. Josua estaba desplomado
en su asiento, frotándose las sienes con los dedos. A su espalda, Vorzheva
miraba al frente desde su sitio, como si su marido se hallara a miles de
kilómetros de distancia.
Pryrates salió del
hueco de la escalera a la sala de las campanas. Las ventanas de elevados arcos
estaban abiertas a los elementos, y los vientos que giraban en torno a la Torre
del Ángel Verde le agitaban la túnica roja. Se detuvo con un último chasquido
de las botas sobre las baldosas del suelo, tras el que se impuso el silencio.
—¿Me habéis mandado
llamar, Alteza? —preguntó por fin.
Elías observaba los
laberínticos tejados de Hayholt que se extendían hacia el este. El sol se había
puesto ya por el extremo oeste del mundo y el cielo se presentaba lleno de
densas nubes negras. Toda la extensión de la tierra estaba en sombra.
—Fengbald ha muerto
—anunció el rey—. Fracasó, a manos de Josua.
—¿Cómo lo sabéis?
—inquirió Pryrates, perplejo.
—¿Qué queréis
decir, sacerdote? —preguntó Elías a su vez, girándose—. Media docena de
guardias erkynos han llegado esta mañana, todo lo que queda del ejército de
Fengbald. Me han contado muchas cosas sorprendentes, cosas que al parecer vos
ya sabéis.
—No, Alteza —se
apresuró a asegurar el alquimista—, pero esperaba ser informado inmediatamente
cuando los guardias llegaron. Por lo general, es un deber del consejero real...
—... seleccionar
las novedades y decidir cuáles deben ser escuchadas por su señor —completó
Elías, con los ojos brillantes y la sonrisa amarga—. Tengo muchas fuentes de
información, Pryrates, no lo olvidéis.
—Si os he ofendido,
mi señor —se disculpó con una rígida inclinación de cabeza—, ruego vuestro
perdón.
Elías lo miró un
momento, pero enseguida se volvió hacia la ventana.
—Tendría que haber
sabido que no valía la pena enviar a ese fanfarrón de Fengbald; tendría que
haber sabido que iba a echarlo todo a perder. ¡Sangre y condenación! —maldijo,
descargando un golpe en el alféizar de piedra—. ¡Si hubiera podido enviar a
Guthwulf!
—El conde de
Utanyeat demostró ser un traidor, Alteza —puntualizó Pryrates con discreción.
—Traidor o no, era
el mejor soldado que he visto en mi vida. Habría hecho picadillo a mi hermano y
a su ejército de campesinos como si fueran carne de cerdo. —Se agachó y recogió
una piedra suelta, la levantó a la altura de los ojos y la lanzó al exterior.
Antes de volver a hablar, observó su caída en silencio—. Ahora Josua va a
movilizarse contra mí. Lo conozco; siempre ha deseado usurparme el trono. Jamás
me perdonó haber sido el primogénito, pero era listo y no lo decía en voz alta.
Mi hermano es sutil, callado pero venenoso, como una serpiente. —El pálido
rostro del rey estaba hundido y trasnochado; no obstante rebosaba una terrible
vitalidad. Cerraba y abría los dedos espasmódicamente—. Pero no caerá sobre mí
por sorpresa, ¿verdad que no, Pryrates?
—No, mi señor, no
será así —confirmó con una sonrisa en sus delgados labios.
—Tengo amigos
ahora... muy poderosos. —Dejó caer la mano sobre la empuñadura de Dolor, que
llevaba a la cintura—. Y, además, se están tramando cosas que Josua no sería
capaz de imaginar por más siglos que viviera; y, cuando las descubra, ya será
demasiado tarde. —Sacó la espada de la vaina; la hoja gris y moteada parecía
viva, extraída contra su voluntad de debajo de una roca. Mientras Elías la
mantenía ante sí, el viento le levantó la capa y la extendió a su espalda a
modo de alas; por un momento, la turbia luz del anochecer lo convirtió en una
cosa voladora, en un demonio salido de los oscuros tiempos remotos—. Él y todo
lo que él representa morirán, Pryrates —siseó el rey—. No saben con quién se
las ven.
—Vuestro hermano no
lo sabe, mi rey —replicó Pryrates con una mirada de verdadera inquietud—. Pero
pronto se lo mostraréis.
Elías se giró
blandiendo la hoja hacia el este. En la distancia, un rayo de tormenta rasgó la
turbulenta oscuridad.
—¡Vamos, pues!
—gritó—. ¡Venid todos! ¡Aquí hay muerte para todos! Nadie me robará el Trono de
Huesos de Dragón. ¡Nadie!
Como en respuesta,
un trueno retumbó a lo lejos.
XXV
A SEMEJANZA DEL
CIELO
B
ajaban cabalgando
desde el norte en caballos negros, corceles criados en la fría oscuridad, que
pisaban firme en lo profundo de la noche, sin temor al viento helado ni a los
altos pasos de montaña. Los jinetes eran tres, dos mujeres y un hombre, todos
Hijos de las Nubes, cuyas muertes ya eran cantadas por los Sin Luz, pues eran
muy escasas las posibilidades que tenían de regresar jamás a Nakkiga. Eran las
Garras de Utuk'ku.
Salieron del Pico
de las Tormentas y cruzaron las ruinas de la antigua ciudad de Nakkiga, sin
malgastar ni una mirada en las desmoronadas reliquias de una era en que su
pueblo aún vivía bajo el sol. Durante la noche pasaron por las aldeas de los
rimmerios negros, donde no hallaron a nadie puesto que los habitantes de dichos
asentamientos, al igual que todos los mortales de aquellas tierras malditas,
sabían que no debían traspasar las puertas de sus casas después del crepúsculo.
A pesar de la
velocidad y el vigor de las monturas, los tres jinetes tardaron muchas noches
en atravesar la Marca Helada; mas nadie dio cuenta de su paso excepto algunos
durmientes de poblados remotos que sufrieron inesperadas pesadillas, o algún
solitario viajero que notó la intensificación del frío del ya helado viento.
Se detuvieron para
que los animales descansaran —ni siquiera la cruel disciplina de los establos
del Pico de las Tormentas podía evitar que los animales vivos acabaran por
fatigarse— y para conversar con aquellos de su raza que se habían apoderado del
desolado castillo de Josua en Erkynlandia. La jefa de las Garras de Utuk'ku,
aunque sólo era la primera entre iguales, rindió un desabrido homenaje al señor
del castillo, un Mano Roja envuelto en un sudario; se hallaba sentado, entre
sinuosas sábanas grises con atisbos rojos en cada pliegue, en los restos
destrozados de lo que había sido el trono del príncipe Josua. Se mostró
respetuosa sin añadir nada más de lo estrictamente necesario. Incluso a las
nornas, endurecidas tras largos siglos, marchitadas por el frío exilio, las
inquietaba la presencia de os sirvientes del Rey de la Tormenta. Al igual que
su señor, habían traspasado el más allá, habían probado el No Ser y habían
regresado; se diferenciaban tanto de sus hermanas vivas como un lucero de una
estrella de mar. A las nornas no les gustaban los Manos Rojas, el zumbido vacío
que exhalaban, pues cada uno de los cinco era poco más que un agujero en la
materia de la realidad, un agujero lleno de odio; mas, en tanto su señora
consideraba como propia la guerra de Ineluki, no tenían más opción que
inclinarse ante los sirvientes principales del Rey de la Tormenta.
Ellos también se
sentían lejos de sus propias congéneres. Puesto que las Garras eran cantadas
por la muerte, los hikeda’ya de Naglimund las trataron con reverencial silencio
y las alojaron en una estancia fría, alejadas del resto de la tribu. Las tras
Garras no permanecieron mucho tiempo en el castillo acosado por el viento.
Desde allí,
cruzaron el Stile y las ruinas de Da'ai Chikiza, y después cabalgaron hacia el
oeste por el bosque de Aldheorte, donde efectuaron un amplio rodeo alrededor de
Jao é-Tinukai'i. Utuk'ku y su aliado ya habían tenido una confrontación con los
Hijos del Amanecer y habían cobrado todo el beneficio: la presente misión
requería secreto. Aunque, de vez en cuando, el bosque parecía ofrecer una
resistencia activa con caminos que terminaban de repente y árboles de ramas tan
íntimamente entrelazadas que tamizaban la luz de las estrellas y la volvían
extraña y difuminada, el trío siguió inexorable hacia adelante, hacia el
sureste. Eran las escogidas de la reina de las nornas y no abandonarían
fácilmente su misión.
Por fin llegaron al
final del bosque, cerca ya de lo que buscaban. Al igual que Ingen Jegger había
hecho con anterioridad, habían descendido desde el norte llevando la muerte a
los enemigos de Utuk'ku, pero, al contrario que el cazador de la reina, que había
conocido la derrota cuando volvió su mano contra los zida’ya, éstos eran tres
inmortales. Nada los apremiaba, y no cometerían errores.
Hicieron virar los
caballos hacia Sesuad'ra.
—¡Por el buen Dios!
¡Qué peso me he quitado de encima! —Josua respiró a fondo—. Me alegro de
ponernos en marcha al fin.
— Aunque no estén
todos de acuerdo —repuso Isgrimnur con una sonrisa—. Sí, yo también me alegro.
En lo alto del
cerro, Josua y el duque de Elvritshalla contemplaban desde sus caballos a los
ciudadanos de Nueva Gadrinsett, que abandonaban el asentamiento de forma muy
desordenada. La procesión daba la vuelta por debajo de ellos y descendía por el
antiguo camino sitha, caracoleando en torno a la mole de la Roca del Adiós
hasta desaparecer de la vista. Había tantas ovejas y vacas como personas, un
ejército de animales inútiles que balaban, mugían y se entrechocaban por el
sendero provocando el caos entre los sobrecargados ciudadanos. Algunos colonos
habían construido rudos carros, cargados ahora hasta arriba con sus posesiones,
lo cual acrecentaba el pintoresco aspecto carnavalesco de la procesión.
—Nos parecemos más
a una feria que levanta el campamento que a un ejército —comentó Josua, ceñudo.
—Nuestro clan
siempre es así cuando viajamos —comentó con una carcajada Hotvig, que acababa
de llegar con Freosel de Falshire—. La única diferencia es que casi todos los
vuestros son habitantes de las piedras. Pero ya os acostumbraréis.
—Necesitamos tantas
reses como podamos reunir, Alteza —añadió Freosel, que contemplaba el proceso
con ojo crítico—. Hay muchas bocas que alimentar. —Hizo avanzar unos pasos a su
caballo con cierta torpeza, pues todavía no se había acostumbrado a montar—.
¡Eh, vosotros! —gritó—. ¡Dejad paso a ese carro!
Isgrimnur se dijo
que Josua tenía razón: sí que parecía una feria ambulante, aunque con menos
alegría de la que solía rodear a los feriantes. Había niños que lloraban,
aunque no a todos ellos desagradaba el viaje, ni mucho menos, y también una
especie de ruido de fondo constante, de las disputas y quejas por parte de los
ciudadanos de Nueva Gadrinsett. Pocos eran los que abandonaban de buen grado
aquel lugar relativamente seguro; la idea de obligar a Elías a dejar el trono
les parecía remota, y la gran mayoría de los colonos habría preferido quedarse
en Sesuad'ra mientras los demás se enfrentaban a las crudas realidades de la
guerra, aunque, por otra parte, estaba claro que quedarse en un lugar tan
lejano después de que Josua se llevara a todos los hombres de armas no era una
alternativa razonable. Así pues, contrariados pero sin ganas de arriesgarse a
mayores sufrimientos sin la protección del improvisado ejército del príncipe,
los pobladores de Nueva Gadrinsett se ponían en marcha con Josua hacia Nabban.
—No asustaríamos ni
a un grupo de estudiantes con este plantel —dijo el príncipe—, menos aún a mi
hermano. Sin embargo, no por nuestros andrajos y pobre armamento los aprecio
menos, y lo mismo digo de nosotros. —Sonrió—. En verdad, creo que por primera vez
comprendo lo que mi padre sentía. Siempre he tratado a mis vasallos lo mejor
que he podido, puesto que es la voluntad de Dios, pero jamás sentí el fuerte
amor que Juan el Presbítero profesaba a todo el pueblo. —Acarició el cuello de
Vinyafod con aire meditativo—. Ojalá hubiera dedicado un poco de ese amor a sus
dos hijos. De todas formas, creo que al fin sé lo que sentía cuando estaba
cabalgando por la Puerta de Nearulagh y se adentraba en Erchester. Habría dado
mi vida por esa gente, como la daría yo por ésta. —Sonrió de nuevo, con
timidez, como avergonzado por lo que acababa de revelar—. Conduciré a esta
querida multitud sana y salva hasta Nabban, Isgrimnur, cueste lo que cueste.
Pero, cuando lleguemos a Erkynlandia, el dado estará en manos de Dios, y ¿quién
sabe lo que Él quiere hacer con ellos?
—Ninguno de
nosotros lo sabe; y las buenas obras tampoco compran su favor. El padre
Strangyeard decía la otra noche que le parecía tan pecaminoso tratar de ganarse
el amor de Dios mediante buenas obras como pecar en sí mismo.
Una mula, de las
pocas que había en Sesuad'ra, se había plantado junto al camino. El dueño
empujaba la carreta a la que el jumento estaba atado e intentaba hacerlo
continuar desde atrás. La bestia, rígida, con las patas bien separadas,
permanecía tozudamente inmóvil. El dueño se movió hacia adelante y la golpeó en
el lomo con una vara, pero el animal se limitó a agachar las orejas y a
levantar la cabeza aceptando los palos con una impasible y muda hostilidad. Las
maldiciones del mulero llenaron el ambiente y hallaron eco en la gente detenida
detrás de la carreta atascada.
—Si supierais cómo
esa pobre bestia me recuerda a mí mismo... —Josua rió y se acercó a Isgrimnur—.
Si estuviera al pie de una cuesta, tiraría del carro todo el día sin flaquear
ni un momento, pero ahora sabe que le espera un camino largo y peligroso por delante
con una pesada carga detrás. No me extraña que se aferre a la tierra; sería
capaz de quedarse ahí hasta el día del Juicio Final, si pudiera. —Su sonrisa
desapareció y volvió a mirar al duque con sus grises ojos—. Pero os he
interrumpido. Decidme otra vez lo que os dijo Strangyeard.
Isgrimnur se quedó
mirando al mulero y a la muía. La escena resultaba cómica y patética al mismo
tiempo, como si insinuara algo más de lo que se veía.
—El sacerdote dijo
que pretender comprar el favor de Dios con buenas obras era un pecado. Bien,
primero se disculpó por tener ideas propias... Ya sabéis cómo es: un ratón
asustadizo; pero, aun así, lo dijo. Que Dios no nos debe nada y que nosotros
todo lo debemos a Él, que debemos actuar rectamente porque es como está bien y
lo más cercano a Dios, pero no porque vayamos a recibir una recompensa, como
los niños que reciben golosinas si están calladitos sin moverse.
—Sí, el padre Strangyeard es un ratón —replicó
Josua—, pero hasta los ratones pueden ser valientes. A pesar de ser tan
pequeños, aprenden enseguida que es mejor no desafiar al gato, y eso es lo que
hace Strangyeard, creo. Sabe quién es y cuál es su posición. —Josua levantó los
ojos de la inútil azotaina a la mula y miró las colinas que amurallaban el
valle por el oeste—. Pensaré en sus palabras. A veces, es cierto que actuamos
según el miedo al castigo o la esperanza de la recompensa que Dios nos inspira.
Sí, pensaré en lo que dijo.
Isgrimnur se
arrepintió al punto de haber abierto la boca.
«Es lo único que le
faltaba: otro motivo para criticarse a sí mismo. Tú camina, viejo, no pienses
más. Es magnífico cuando olvida sus pesares; en esos momentos es un verdadero
príncipe. Eso es lo que nos permitirá conservar la vida y encontrar la ocasión
de hablar de estas cosas junto al fuego algún día.»
—¿Qué os parece si
quitamos de en medio a ese idiota y a su mula? —propuso Isgrimnur—. Si no, esto
va a dejar de ser una feria para convertirse en la batalla de Nearulagh.
—Sí, eso creo
—Josua sonrió de nuevo, alegre como la fría y espléndida mañana—, aunque me
parece que no es al idiota del mulero al que tenemos que convencer, y las mulas
no respetan a los príncipes.
—¡Yah, Nimsuk!
—llamó Binabik—. ¿Dónde está Sisqinanamook?
El pastor se volvió
y levantó su retorcido cayado como saludo.
—Está junto a las
barcas, Hombre Cantor, ¡buscando una vía para que los carneros no se mojen!
—Rió mostrando la irregular línea de sus dientes amarillentos.
—Y así tú no
tendrás que nadar, porque te hundirías hasta el fondo como una piedra —repuso
Binabik, riendo a su vez—. Te encontrarían en verano cuando el agua se secara:
un hombrecillo de barro. Sé más respetuoso.
—Hace mucho calor
—replicó Nimsuk—. ¡Mira cómo retozan! —Señaló hacia los carneros, que en verdad
rebosaban vitalidad; muchos entablaban combates simulados, cosa muy poco
habitual.
—No los dejes que
se maten unos a otros —recomendó Binabik—. Que te aproveche el descanso. —Se
inclinó y susurró algo al oído de Qantaqa. La loba saltó adelante, hacia la
nieve, con el gnomo agarrado a su pelaje.
En efecto, Sisqi
estaba inspeccionando las barcas. Binabik soltó a Qantaqa —que se sacudió con
fuerza y alcanzó la orilla del bosque cercano de una carrera— y se quedó
sonriente mirando a su prometida. Examinaba los botes con desconfianza, como un
habitante de las tierras bajas contaría los amarres de un puente qanuc sobre un
abismo.
—¡Cuántas
precauciones! —se burló, risueño—. Casi todos los nuestros han cruzado ya.
—Agitó el brazo en dirección a los puntos blancos de los carneros que se
diseminaban como motas por el valle, los corrillos de pastores y cazadoras
gnomos disfrutando del breve lapso de paz antes de reemprender el viaje.
—Y pienso cuidar de
que todos y cada uno lleguen a la otra orilla sanos y salvos. — Sisqi se giró y
abrió los brazos hacia Binabik. Se quedaron frente a frente unos momentos, sin
hablar—. Viajar sobre el agua es una cosa cuando unos pocos van a pescar al
lago del Lodo Azul —dijo al cabo—, y otra muy distinta cuando tengo que
arriesgar la vida de todo mi pueblo y de todos mis rebaños.
—Tienen suerte de
estar bajo tu cuidado —replicó Binabik con seriedad—. Pero, por el momento,
olvida las barcas.
—Ya las he olvidado
—aseguró ella, abrazándolo.
Binabik levantó la
cabeza y observó el valle. La nieve se había derretido en muchas partes, por
donde asomaban parcelas de hierba verde-amarillenta.
—Van a comer hasta
enfermar —dijo—; no están acostumbrados a tanta abundancia.
—¿Es que la nieva
ya se va? —preguntó ella—. Antes dijiste que estas tierras no solían estar
nevadas a estas alturas del año.
—No siempre, pero
el invierno ha bajado mucho hacia el sur. De todas formas, no parece que vaya a
nevar más. —Miró al cielo. Las escasas nubes no restaban fuerza al sol—. No sé
qué pensar, porque no creo que el que hizo bajar tanto el invierno se haya rendido.
No sé. —Soltó a Sisqi un momento y se golpeó el esternón—. He venido a decirte
que lamento haberte visto tan poco últimamente. Hemos tenido que tomar
decisiones sobre muchas cosas; Geloë y los demás han dedicado largas horas al
estudio del libro de Morgenes para encontrar las respuestas que aún buscamos.
También hemos estudiado los pergaminos de Ookequk, y eso no podían hacerlo sin
mí.
Sisqi levantó la
mano de Binabik que aún sostenía, se la apretó contra la mejilla y la soltó
después.
—No es preciso que
te disculpes. Sé lo que haces... —inclinó la cabeza hacia las barcas que se
mecían en la orilla del agua— ... igual que tú sabes cuál es mi deber. —Bajó
los ojos—. Te vi levantarte en el consejo de las tierras bajas y hablar. No
entendí apenas lo que decías, pero vi que te miraban con respeto,
Binbiniqegabenik. —Pronunció el nombre completo con tono solemne—. Me sentí
orgullosa de ti. Ojalá mi padre y mi madre te vieran como te vi yo, como te
veo.
—No creo que el
respeto de los de las tierras bajas significara mucho en el rasero de tus
padres, pero gracias —replicó con un bufido, aunque visiblemente complacido—.
Los de las tierras bajas también te tienen en gran consideración a ti, de entre
todos los nuestros, después de habernos visto en la batalla. —Su rostro redondo
adquirió una expresión seria—. Y ése es el otro tema que quería tratar contigo.
En una ocasión me dijiste que pensabas volver a Yiqanuc. ¿Vas a hacerlo pronto?
—Todavía no lo he
decidido. Sé que mi padre y mi madre nos necesitan, pero también creo que aquí
podemos hacer algunas cosas. Habitantes de las tierras bajas y gnomos luchando
codo con codo... Tal vez signifique mayor seguridad para nuestro pueblo en el futuro.
—Muy lista, Sisqi
—sonrió—. Pero tal vez la lucha sea demasiado encarnizada para los nuestros.
Nunca has visto cómo se lucha por un castillo: lo que en las tierras bajas
llaman un «sitio». Es posible que no haya lugar para los nuestros en una
batalla así, pero sí gran peligro. Y Josua con su pueblo tendrá que librar al
menos dos combates así.
—Lo sé —asintió con
gesto solemne—, pero existe una razón más importante, Binabik: me costaría un
gran esfuerzo dejarte otra vez.
—Como a mí
—confesó, mirando a otra parte— cuando tuve que dejarte para ir al sur con
Ookequk. Pero los dos sabemos que hay deberes que nos obligan a hacer lo que
preferiríamos evitar. —Binabik le acarició los brazos—. Vamos a pasear un poco,
porque no habrá casi tiempo para vernos en los días que se avecinan.
Dieron media vuelta
y regresaron hacia el pie de la colina evitando la masa de gente que aguardaba
las barcas.
—Lamento
profundamente que todos estos contratiempos nos impidan celebrar nuestra boda
—dijo él.
—Sólo los votos. La
noche en que fui a liberarte, estábamos casados ya, aunque nunca nos hubiéramos
vuelto a ver.
—Sí —asintió
Binabik encorvando los hombros—. Pero tú debes tener los votos; eres la hija de
la Cazadora.
—Estamos en tiendas
separadas —le recordó Sisqi con una sonrisa—. Observamos lo que atañe a la
honra.
—No me importa
compartir la mía con el joven Simón, pero preferiría compartirla contigo.
—Tenemos nuestros
momentos. —Le apretó la mano—. Y ¿qué piensas hacer cuando todo esto termine,
querido mío? —Su voz sonaba segura, como si no cupiera duda respecto a la
expectativa de futuro. Qantaqa apareció en la curva del bosque y saltó hacia
ellos.
—¿A qué te
refieres? Tú y yo volveremos a Mintahoq... o, si tú ya estás allí, iré a
buscarte.
—Pero ¿y Simón?
Binabik había
aminorado el paso. Se detuvo y sacudió la nieve de una rama colgante con su
bastón. Allí, a la larga sombra de la colina, el estridente barullo de las
masas en marcha quedaba amortiguado.
—No lo sé; estoy
unido a él por promesas, pero llegará el día en que puedan ser revocadas.
Después... —Encogió los hombros, un gesto de los gnomos que hacían con las
palmas extendidas—No sé qué relación nos unirá, Sisqi. No la de hermanos, ni la
de padre e hijo, desde luego...
—¿La de amigos?
—sugirió con suavidad.
Qantaqa estaba a su
lado olisqueándole la mano. Ella acarició el hocico de la loba y pasó los dedos
sobre aquellas mandíbulas que podrían haberle tragado el brazo entero. La loba
gruñó satisfecha.
—Sí, eso seguro; es
un buen chico. Es decir, un buen hombre, supongo. Lo he visto crecer.
—Que Qinkipa de las
Nieves nos saque a todos con vida de esto —pronunció ella con solemnidad—. Para
que Simón envejezca con felicidad, para que tú y yo nos amemos y tengamos hijos
y para que nuestro pueblo se quede en las montañas a vivir. Ya no temo a los
habitantes de las tierras bajas, Binabik, pero me siento más feliz entre
aquellos a quienes entiendo.
—Que Qinkipa nos
conceda lo que dices —repuso Binabik abrazándola—. Y no olvides —añadió, al
tiempo que tocaba la mano de ella que acariciaba el cuello de la loba— que
debemos pedir también a la Doncella de las Nieves que proteja a Qantaqa.
—Sonrió—. Vamos, acompáñame un poco más. Conozco un sitio tranquilo en la
ladera, resguardado del viento: el último rincón apartado que vamos a encontrar
en días y más días.
—Pero las barcas,
Hombre Cantor... —bromeó—, tengo que volver a revisarlas.
—Has revisado doce
veces cada una. Los gnomos serían capaces de cruzar a nado y riéndose si
tuvieran que hacerlo. Vamos.
Sisqi lo rodeó con
el brazo y se alejaron, las cabezas juntas. La loba los siguió, silenciosa como
una sombra gris.
—¡Rediez, Simón,
qué daño me has hecho! —Jeremías retrocedió chupándose los dedos heridos—. Que
seas caballero no quiere decir que tengas derecho a romperme la mano.
—Sólo quería
enseñarte una cosa que Sludig me enseñó a mí; y tengo que practicarlo. No seas
infantil.
—No soy infantil
—replicó Jeremías, disgustado—. Y tú no eres Sludig; es más, creo que ni
siquiera lo haces bien.
Simón respiró unas
cuantas veces para no darle una mala contestación. No podía responsabilizar a
Jeremías de su inquietud. Hacía días que no tenía oportunidad de hablar con
Miriamele y, a pesar del colosal y farragoso proceso de levantar el campamento
de Sesuad'ra, le parecía que no había nada importante que hacer.
—Perdona, he dicho
una tontería. —Levantó la espada de prácticas, hecha con los maderos rescatados
de la barricada de la batalla—. Pero deja que te enseñe esto, ¿ves? Se tuerce
la espada así... —alargó el brazo y trabó el arma de madera de su amigo— y...
así...
—Podrías irte a ver
a la princesa —sugirió Jeremías con un suspiro— y dejar de meterte conmigo,
Simón. —Levantó la espada—. ¡De acuerdo! ¡Vamos, pues!
Hicieron una finta
y se enzarzaron. Las espadas entrechocaban con estrépito, y algunas ovejas que
pastaban por allí levantaron la cabeza para ver si se trataba de carneros que
peleaban otra vez; cuando comprobaron que sólo eran dos jóvenes bípedos, volvieron
a su hierba.
—¿Por qué has dicho
eso de la princesa? —preguntó Simón entre jadeos.
—¿Qué? —Jeremías
procuraba mantenerse fuera del alcance de los largos brazos de su
contrincante—. ¿A ti qué te parece? Andas todo el tiempo a su alrededor con
cara de besugo, desde que llegó aquí.
—No es cierto.
Jeremías avanzó un
paso y dejó que la punta de su espada se combara sobre el suelo.
—¡Ah! ¿No? Entonces
habrá sido algún otro idiota larguirucho y pelirrojo.
—¿Tanto se nota?
—repuso Simón, sonriendo apocado.
—¡Sí, por Jesuris
Redentor! Pero ¿quién no estaría igual? Es bonita de verdad, y parece
encantadora.
—Sí... y mucho más.
Pero entonces ¿por qué no andas tú tras ella?
—¿Y crees que iba a
darse cuenta de que existo aunque cayera muerto a sus pies? —replicó,
clavándole una mirada dolida—. Aunque —añadió con gesto burlón— tampoco parece
que ella esté deseando arrojarse a tus brazos.
—No tiene ninguna
gracia —gruñó Simón, mohíno.
—Lo siento, Simón.
Supongo que estar enamorado debe de ser horrible. Mira, rómpeme los demás dedos
si te sirve de consuelo.
—Pues a lo mejor me
sirve —dijo Simón, sonriente, y levantó la espada otra vez—. Y ahora, bellaco,
hazlo bien.
—Nombrar caballero
a alguien —bufó Jeremías al tiempo que esquivaba un golpe bajo— y echar a
perder la vida de sus amigos para siempre es todo uno.
El ruido de las
armas volvió a resonar: golpes irregulares de hoja contra hoja, fieros como el
martilleo de un pájaro carpintero gigante y borracho.
Se sentaron sin
resuello en la hierba húmeda y compartieron un pellejo de agua. Simón se había
desatado el cuello de la camisa para que el viento le refrescara la piel
ardiente. Enseguida sentiría el frío penetrante, pero de momento el aire fresco
le parecía maravilloso. Una sombra se cernió sobre ellos, y ambos levantaron la
vista sorprendidos.
—¡Sir Camaris!
—Simón intentó levantarse, pero Jeremías se quedó mirándolo con los ojos muy
abiertos.
—Sentaos, joven.
—El anciano tendió la mano indicándole que no se pusiera en pie—. Sólo
observaba vuestras prácticas de esgrima.
—No sabemos gran
cosa —respondió Simón con modestia.
—Es verdad que no.
Simón esperaba, en
cierto modo, que Camaris le llevara la contraria.
—Sludig ha
intentado enseñarme lo que ha podido —dijo, tratando de imprimir un tono
respetuoso en su voz—. Pero no hemos dispuesto de mucho tiempo.
—Sludig, el vasallo
de Isgrimnur... —Miró intensamente a Simón—. Y vos sois el muchacho del
castillo, ¿no es así? El que Josua ha nombrado caballero. —Por primera vez
notaron un ligero acento particular en él; sus ampulosas frases conservaban
todavía la forma de arrastrar las «erres» un poco más de lo normal, rasgo
típico del hablar de los nabbanos.
—Sí, sir Camaris.
Me llamo Simón. Y éste es mi amigo y escudero, Jeremías.
El anciano miró a
Jeremías fijamente y bajó la barbilla un momento antes de volver sus claros
ojos azules hacia Simón.
—Las cosas han
cambiado —dijo despacio—, y no en el mejor de los rumbos, creo.
—¿A qué os referís,
señor? —preguntó Simón tras esperar un momento la explicación de Camaris.
—No os imputo la
culpa, joven —replicó Camaris con un suspiro—. Sé que los monarcas se ven
obligados a hacer caballeros en el campo de batalla, y no pongo en duda que
hayáis realizado proezas notables; tengo entendido que colaborasteis en la
búsqueda de mi espada Espina. Mas la orden de caballería no sólo consiste en
estocadas. Es una llamada elevada, Simón..., una vocación muy alta.
—Sir Deornoth
procuró enseñarme lo que debía saber. Antes de la vigilia, me aleccionó sobre
el Código de Caballería.
—Aun con todo
—prosiguió Camaris, que se sentó con una agilidad inusitada en un hombre de su
edad—, aun con todo, muchacho. ¿Sabéis cuánto tiempo serví a Gavenaxes de Honsa
Claves, como paje y escudero?
—No, señor.
—Doce años. Y cada
día, joven Simón, cada día del Señor era una lección. Tardé dos largos años
sólo en aprender a cuidar los caballos de Gavenaxes. Tenéis caballo, ¿no es
así?
—Sí, señor. —Simón
se sentía incómodo y fascinado al mismo tiempo. El caballero más insigne de la
historia estaba allí hablando con él sobre los preceptos de caballería.
Cualquier joven de la nobleza, desde Rimmersgardia hasta Nabban, habría dado su
brazo izquierdo por estar en su lugar—. Es una yegua y se llama Hogareña.
Camaris lo miró
como si no le gustara el nombre, pero siguió hablando sin dar muestras de su
desaprobación.
—Entonces debéis
aprender a cuidarla como merece. Es más que un amigo, Simón; es una parte de
vos, como los brazos o las piernas. Un caballero que no confíe en su caballo,
que no lo conozca como a sí mismo, que no haya limpiado y reparado cada parte
de los arneses mil veces... bien, de poco servirá, ni a sí mismo ni a Dios.
—Lo intento, sir
Camaris, pero... hay mucho que aprender.
—Hemos de reconocer
que corren tiempos de guerra —prosiguió Camaris—; por lo tanto, puede admitirse
cierta permisibilidad en las artes menos cruciales, como la caza o la
halconería. —No daba la impresión de estar totalmente satisfecho con ese
pensamiento—. Es concebible incluso que las leyes de prioridad no revistan la
importancia de otros tiempos, siempre y cuando no atañan a la disciplina
militar; no obstante, conocer el lugar que cada cual ocupa en los sabios planes
divinos facilita el combate. No es de extrañar que la batalla aquí librada
contra los hombres del rey haya sido una lid pendenciera.—Su rostro severo se
suavizó de pronto—. Mas, os aburro, ¿no es así? Es como si hubiera pasado dos
veintenas de años, pero no dejo de ser un anciano a pesar de todo. Este mundo
no es el mío.
—¡Oh, no! —exclamó
Simón con vehemencia—. No me aburrís, sir Camaris, en absoluto.—Miró a Jeremías
en busca de apoyo, pero su amigo seguía callado, con los ojos desorbitados—.
¡Por favor! Decidme todo lo que pueda servirme para ser un caballero mejor.
—¿Sois
condescendiente conmigo? —preguntó el más insigne caballero del reino de Aedón
en tono frío.
—No, señor. —A
Simón se le escapó la risa sin querer y temió por un momento que degenerara en
una incontenible carcajada de terror—. No, señor. Perdonadme, pero que vos me
preguntéis a mí si me aburrís... —No atinaba con las palabras que describieran
la inmensa insensatez de semejante idea—. Sois un héroe, sir Camaris —dijo al
fin, sencillamente—, un héroe.
El anciano se
levantó con la misma sorprendente presteza con que se había sentado. Simón
temió haberlo ofendido.
—En pie, muchacho.
—Así lo hizo—. Y tú también... Jeremías. —El compañero de Simón se levantó
siguiendo el gesto del dedo del caballero. Camaris miró a ambos críticamente—.
Prestadme vuestra espada, por favor. —Señaló la hoja de madera que Simón aún
reñía en la mano—. He dejado Espina envainada en la tienda. Todavía no me
siento a gusto con ella a mi lado, he de confesar. Percibo en ella algo
inquietante que no me gusta, aunque tal vez sean imaginaciones mías.
Guardó silencio por
unos momentos, y Simón lo observó, desconcertado.
—Bien —prosiguió al
fin—, ahora atendedme bien. —Con la espada de prácticas, trazó un círculo en la
húmeda hierba—. El Código de Caballería dice que, de la misma forma que
nosotros estamos hechos a imagen de Nuestro Señor, también el mundo... —dibujó
un círculo más pequeño en el interior del primero— ... fue hecho a semejanza
del cielo, aunque, lamentablemente, sin la gracia de éste. —Examinó el círculo
con atención, como si lo viera poblado ya de pecadores.
»Del mismo modo que
los ángeles son servidores y mensajeros de Dios el Altísimo —prosiguió—, la
fraternidad de caballería sirve a sus diversos señores terrenales. Los ángeles
dan a luz las buenas obras de Dios, que son absolutas, mas la tierra es impura y
por ende también lo son sus jefes, inclusive los mejores. Por tanto, hay
diversidad de pareceres con respecto a la voluntad divina; hay guerra. —Dividió
el círculo interior con una sola línea—. Esta prueba pone de manifiesto la
rectitud de nuestros gobernantes. Es la guerra el reflejo más cercano al filo
del cuchillo de la voluntad divina, pues es el gozne del cual pende la caída o
el surgimiento de los imperios terrenales. Si sólo la fuerza hubiera de
determinar la victoria, sin la concurrencia del honor y la clemencia, no
existiría tal triunfo, pues que la voluntad de Dios jamás puede ser revelada
por el mero ejercicio de la fuerza. ¿Acaso Dios ama más al gato que al ratón?
—Sacudió negativamente la cabeza con aire solemne y miró a su auditorio—. ¿Escucháis
mis palabras?
—Sí —repuso Simón
al punto. Jeremías se limitó a asentir con un gesto, silencioso como si se
hubiera quedado mudo.
—Otrosí: todos los
ángeles, excepto Aquel que Huyó, obedecen a Dios por encima de todas las cosas.
Él es perfecto, omnisapiente y todopoderoso. —Hizo una serie de señales en el
círculo exterior, para representar a los ángeles, supuso Simón. En verdad se sentía
un tanto confuso, aunque creía entender la mayor parte de lo que decía el
caballero, de modo que se quedaba con lo que podía y aguardaba—. Pero
—prosiguió el anciano— los jefes de los hombres, como ya se ha mencionado
antes, son impuros. Pecan, como todos nosotros; por tanto, y a pesar de que los
caballeros son leales a su señor, tienen el deber de observar también el Código
de Caballería, con todas las reglas de combate y de comportamiento, con todas
las reglas del honor, la clemencia y la responsabilidad, que son las mismas
para todos los caballeros.—Partió en dos la línea del círculo interior con una
perpendicular—. Así pues, carece de importancia qué jefe terrenal gane la
batalla; si sus caballeros son fieles al Código, la victoria cumplirá los designios
divinos. Será el reflejo perfecto de Su voluntad. —Miró a Simón fijamente—. ¿Me
escucháis?
—Sí, señor. —En
verdad, aquello tenía sentido, aunque Simón deseaba meditarlo a solas un rato.
—Bien. —Camaris se
agachó y limpió el barro de la hoja de madera con el mismo esmero que si
hubiera sido Espina, y se la devolvió a Simón—. Ahora, igual que el sacerdote
de Dios tiene la obligación de hacer comprensible Su voluntad al pueblo, de
forma placentera y reverente, así deben Sus caballeros lanzarse a la
consecución de Sus deseos. Por este motivo, la guerra, aun siendo horrible, no
debería ser un combate entre animales. Y, por ello, un caballero es algo más
que un hombre fuerte sobre un caballo. Es un vicario de Dios en el campo de
batalla; la esgrima, muchachos, es la oración, seria y triste, pero gozosa.
«Él no parece muy
gozoso —pensó Simón—, pero sí que tiene algo de sacerdote.»
—He aquí la razón
por la cual una vigilia y el contacto de una espada sobre los hombros no hacen
al caballero, como tampoco nadie se convierte en sacerdote por llevar el Libro
de Aedón de un extremo al otro del pueblo. Es preciso estudiar, estudiar cada una
de sus partes. —Se dirigió a Simón—. Levantaos y tomad la espada, joven.
Simón obedeció.
Camaris lo sobrepasaba más de un palmo en altura, lo cual resultaba
interesante, pues se había acostumbrado a ser casi siempre más alto que los
demás.
—La sujetáis como
si fuera un garrote. Abrid las manos así.
El caballero
envolvió las manos de Simón en las suyas, enormes; tenía los dedos secos y
duros, callosos como si se hubiera pasado la vida trabajando la tierra o
construyendo murallas. De repente, a través del contacto, Simón comprendió la
inmensidad de la experiencia del anciano caballero, y al propio caballero como
mucho más que una leyenda personificada o un viejo rebosante de sabiduría útil.
Sentía los incontables años de esfuerzos duros y penosos, los innumerables e
indeseados torneos de armas que su brazo había soportado hasta convertirse en
el caballero más poderoso de su tiempo... y de todos los tiempos. Lo asimiló, y
nada de todo ello le causó más regocijo que a un sacerdote de buen corazón
verse obligado a denunciar a un pecador ignorante.
—Ahora, sentid cómo
la levantáis —dijo Camaris—; notad que la fuerza proviene de vuestras piernas.
No, no estáis en equilibrio. —Le hizo cerrar los pies—. ¿Por qué no caen las
torres? Porque están centradas sobre sus cimientos.
Enseguida puso a
Jeremías a trabajar también, y duramente.
El sol de la tarde
discurría con rapidez por el cielo, y la brisa se tornaba helada a medida que
avanzaba el atardecer. Cuando les hubo enseñado los rigurosos pasos, cierto
brillo —gélido, pero brillo al fin— se reflejó en sus ojos.
Había caído el
anochecer cuando Camaris por fin dio la sesión por concluida; las hogueras
ardían por todo el hondón del valle. El haber dedicado el día completo a cruzar
el río permitía al príncipe iniciar la partida con las primeras luces del alba.
En esos momentos, la población de Nueva Gadrinsett reposaba fuera de los
campamentos provisionales, tomando un refrigerio tardío o vagando sin propósito
por la creciente oscuridad. Una atmósfera de quietud y premonición empapaba el
ambiente, tan real como la luz crepuscular. A Simón se le ocurrió compararlo
con el mundo intermedio, el lugar anterior al cielo.
«Aunque también es
lo que hay antes del infierno —se dijo—. Esto no es un simple viaje: nos espera
la guerra... y, tal vez, algo peor.»
Jeremías y él
caminaban en silencio, congestionados por el esfuerzo, con la cara empapada de
sudor, que se enfriaba rápidamente. Simón sentía los músculos doloridos, pero
de forma agradable, aunque sabía por experiencia que al día siguiente sería
peor, sobre todo después de una jornada a caballo. De pronto se acordó de algo.
—Jeremías, ¿te
encargaste de Hogareña?
—Pues claro
—repuso, irritado—, ¿es que no te dije que me encargaba yo?
—Bueno, de todas
formas, voy a ir a verla.
—¿Es que no confías
en mí?
—Sí, hombre, sí
—contestó enseguida—. No tiene nada que ver contigo, en serio. Lo que sir
Camaris nos dijo sobre el caballo y el caballero me ha..., me ha hecho pensar
en Hogareña. —Sentía además la necesidad de quedarse solo un rato, para pensar
en algunas de las otras cosas que había dicho el anciano—. Lo comprendes, ¿no?
—Supongo —replicó
Jeremías con el entrecejo fruncido, aunque no parecía muy ofendido—. Por mi
parte, voy a ver si encuentro algo de comer.
—Nos vemos luego,
en la hoguera de Isgrimnur; creo que Sangfugol va a cantar unas canciones.
Jeremías se
adelantó hacia la parte más populosa del campamento, donde Simón, Binabik y él
habían montado la tienda por la mañana. Simón salió disparado hacia la falda de
la colina donde estaban las monturas.
El cielo del
anochecer tenía un tono violeta nebuloso, y las estrellas aún no habían
aparecido. Mientras buscaba el camino por la encharcada pradera, cada vez más
oscura, echó de menos un poco de luz de luna. De pronto, resbaló y cayó al
suelo; entre juramentos a voces, se limpió el barro de las manos en los
calzones, que también estaban sucios de fango y del sudor de las prolongadas
horas de práctica con la espada. Y tenía las botas completamente empapadas.
Una silueta que se
acercaba hacia él desde las tinieblas resultó ser Freosel, que volvía de
ocuparse de su propio caballo y de Vinyafod, el de Josua. En esa tarea, si no
en otras, Freosel había tomado el lugar de Deornoth en la vida del príncipe y,
al parecer, cumplía su papel admirablemente. El hombre de Falshire había
contado a Simón en una ocasión que provenía de una familia de herreros, cosa
que el muchacho, viendo los anchos hombros de Freosel, estaba dispuesto a
creer.
—Saludos, sir
Seomán —le dijo—. Veo que vos tampoco traéis antorcha. Si no os quedáis mucho,
tal vez no la necesitéis. —Miró hacia el cielo como calculando a ojo la luz,
que menguaba con rapidez—. Pero tened mucho cuidado: hay un gran agujero de
barro a unos cincuenta pasos detrás de mí.
—Ya he caído en uno
—rió Simón al tiempo que señalaba sus botas manchadas.
—Venid a mi tienda
y os daré grasa para las botas—ofreció Freosel tras mirar el calzado con ojo
experto—. No es bueno que el cuero se resquebraje. ¿Os vais a ir a escuchar las
canciones del arpista?
—Sí, tengo esa
intención.
—En ese caso, os la
llevaré allí. —Freosel se despidió con una inclinación de cabeza y siguió su
camino—. ¡Cuidado con ese agujero de barro! —le recordó.
Simón mantuvo los
ojos bien abiertos y logró sortear sin incidentes el charco de limo pegajoso,
que era en verdad el hermano mayor del que había tenido el placer de conocer
antes. Al acercarse, oyó los quedos relinchos de los caballos. Estaban atados a
estacas clavadas en la colina como una línea oscura contra el descolorido
cielo.
Hogareña se hallaba
donde Jeremías dijo que la había dejado, sujeta con una cuerda más bien larga
no lejos de la silueta retorcida de un roble frondoso. Simón tocó el hocico del
animal con la mano y sintió su cálido aliento. Después apoyó la cabeza en su
cuello y le acarició la paletilla; despedía un olor penetrante y entrañable.
—Eres mi caballo
—le dijo en voz baja. Hogareña movió la oreja—. Mi caballo.
Jeremías la había
tapado con una manta gruesa, un regalo para Simón de Gutrun y Vorzheva, que el
propio muchacho había utilizado hasta que los animales tuvieron que abandonar
los cálidos establos de las cuevas de Sesuad'ra. Simón se aseguró de que la había
dejado bien sujeta pero sin apretar demasiado. Terminó de comprobarlo y, al
levantar la cabeza, vio una sombra clara en la oscuridad, que se deslizaba
entre los caballos. El corazón le dio un vuelco en el pecho.
«¿Nornas?»
—¿Qui..., quién es?
—llamó. Hizo un esfuerzo y volvió a hablar con más fuerza—. ¿Quién está ahí?
¡Salid! —Se llevó la mano al costado y se dio cuenta de que no llevaba más
armas que el cuchillo qanuc; ni siquiera tenía la espada de prácticas.
—¿Simón?
—¿Miriamele?
¿Princesa?
Avanzó unos pasos;
la princesa lo miraba desde detrás de un caballo como si hubiera estado
escondiéndose. Cuando él se acercó, ella salió. Todo era normal en su atuendo:
una túnica clara y una capa oscura, pero tenía una rara expresión desafiante.
—¿Os encontráis
bien? —preguntó, y al momento se maldijo por haber dicho una cosa tan tonta. La
sorpresa de encontrarla allí, fuera y sola, le había dejado la mente en blanco.
Otra ocasión excelente que había perdido de callar y no demostrar que era un cabezahueca.
Pero ¿por qué tenía aquel aire de culpabilidad?
—Sí, gracias.
—Miraba más allá de Simón, por encima de sus hombros, como si tratara de
dilucidar si estaba él solo—. He venido a ver mi caballo. —Señaló hacia la masa
general de sombras que se extendía por la ladera—. Es uno de los que cogimos
a..., a los nobles nabbanos que os conté.
—Me habéis asustado
—confesó Simón, y lanzó una carcajada—. Pensaba que seríais un fantasma o... un
enemigo.
—No soy un enemigo
—replicó Miriamele con un toque de su habitual ligereza—, y tampoco un
fantasma, que yo sepa.
—Me alegro de
saberlo. ¿Habéis terminado?
—¿Terminado... de
qué? —Lo miró con inesperada intensidad.
—De atender a
vuestro caballo. Pensé que podríais... —Se detuvo y comenzó de nuevo. Miriamele
parecía muy incómoda y se preguntó si la habría ofendido en algo, tal vez por
ofrecerle la Flecha Blanca como regalo. Ahora le parecía un sueño; aquella
tarde había sido muy extraña.
»Sangfugol y los
demás —empezó de nuevo— van a tocar y cantar esta noche en la tienda del duque
Isgrimnur. —Señaló hacia el círculo de luminosas fogatas—. ¿Iréis a
escucharlos?
—Sí —dijo, tras
dudarlo—. Sí, será agradable. —Sonrió levemente—. Siempre y cuando Isgrimnur no
cante.
Su tono no acababa
de ser normal, pero Simón rió el chiste de todas formas, más por nervios que
por otra cosa.
—Supongo que eso
depende del vino de Fengbald que aún quede.
—Fengbald —repitió
con un gesto de asco—. Y pensar que mi padre pretendía casarme con ese...
cerdo...
—Va a cantar una
melodía de Jack Mundwode —añadió para distraerla—; Sangfugol, me refiero. Me lo
prometió. Creo que será la de Los carros del Obispo. —La tomó del brazo casi
sin pensar, pero tuvo un momento de aprensión. ¿Qué hacía él cogiéndola así?
¿Se sentiría ofendida?
—Sí —repuso ella,
sin darse cuenta apenas del contacto—, no es mala idea, pasar la noche cantando
al amor de la lumbre.
Simón se quedó
perplejo otra vez, porque veladas había casi todas las noches, en una tienda y
otra en Nueva Gadrinsett, y más últimamente, durante las sesiones del Raed. De
todas formas, no dijo nada y prefirió disfrutar simplemente de la placentera
sensación que le causaba el delgado brazo bajo su fuerte mano.
—Lo pasaremos muy
bien —dijo, y la llevó colina abajo, hacia los acogedores fuegos.
Pasada la
medianoche, cuando las neblinas se habían disipado y la luna brillaba alta en
el cielo como una moneda de plata, se produjo cierto movimiento en la cima del
cerro que el príncipe y su compañía acababan de abandonar.
Tres siluetas,
formas oscuras casi invisibles a pesar del resplandor de la luna, asomaron por
una de las rocas salientes del borde más exterior de la cúspide y miraron hacia
el valle. La mayoría de las hogueras estaban casi apagadas pero aún se
distinguía el perímetro del campamento que marcaban, y a su luz rojiza se
percibían algunas figuras en movimiento.
Las Garras de
Utuk'ku observaron las tiendas durante mucho tiempo, quietas como búhos. Al
fin, y sin mediar palabra entre ellas, dieron media vuelta y se alejaron en
silencio por las altas hierbas hacia el centro de la colina. La mancha clara de
los edificios ruinosos de Sesuad'ra se extendía ante ellas como dientes en la
boca de una bruja.
Las servidoras de
la reina de las nornas habían recorrido un largo camino en poco tiempo. Podían,
pues, permitirse aguardar a otra noche; una noche que sin duda llegaría
enseguida, tan pronto como la numerosa muchedumbre que se arrastraba a sus pies
bajara la vigilancia.
Las tres sombras
entraron sin ruido en el edificio que los mortales llamaban Observatorio, y
permanecieron largo rato mirando por la bóveda resquebrajada hacia las
estrellas que acababan de salir. Después, se sentaron juntas en las piedras y
una de ellas comenzó a cantar muy quedo; el sonido que flotaba entre los muros
de la habitación era una melodía sin sangre y aguda como un hueso astillado.
A pesar de que el
sonido no levantaba el menor eco en el Observatorio y, con toda certeza, no
podía oírse más allá de la ventosa cima, algunos de los que dormían en el valle
gimieron en sueños. Los sensibles al toque de la canción —y Simón lo era—
soñaron con hielo, con cosas rotas y perdidas y con nidos de serpientes
sarmentosas ocultos en pozos viejos.
XXVI
UN REGALO PARA LA
REINA
L
a compañía del
príncipe, una lenta procesión de carretas, animales y esforzados caminantes,
dejó el valle y salió a los llanos siguiendo el curso sinuoso del Stefflod
hacia el sur. El ejército tardó cerca de una semana en llegar al lugar donde el
río se unía a su pariente más caudaloso, el Ymstrecca.
Era una especie de
regreso a casa, pues asentaron el campamento en el valle rodeado de colinas
donde se había levantado Gadrinsett, el primer asentamiento en otro tiempo.
Muchos de los que tendieron sus sacos de dormir y rebuscaron madera para las
hogueras entre los desolados hogares de antaño se preguntaban si habrían sacado
algo en limpio al abandonar aquel lugar y jugárselo todo por Josua y sus
rebeldes. Se produjeron algunas murmuraciones turbulentas, pero pocas, pues
abundaban los que recordaban el valor con que Josua y los demás se enfrentaron
a los hombres del Supremo Rey.
La vuelta al hogar
podría haber sido más amarga; al menos, el tiempo estaba templado y casi toda
la nieve que cubría aquella parte de las praderas se había derretido. No
obstante, el viento recorría las torrenteras poco profundas, doblaba los
escasos arbolillos y aplastaba la hierba; las fogatas danzaban y cabrioleaban.
El invierno mágico cedía al fin, pero en las abiertas planicies de las Praderas
Thrithing decimbre todavía estaba cerca.
El príncipe anunció
que la gran marcha se detendría allí tres noches mientras decidía con los
consejeros la mejor ruta. Los súbditos, si es que podía dárseles ese nombre, se
aferraron con ganas a esos tres días de descanso. El corto trayecto desde
Sesuad'ra ya había resultado difícil para los heridos y los enfermos, que eran
muchos, y para los que tenían hijos pequeños. Corría el rumor de que Josua
estaba reconsiderando la cuestión y que albergaba intenciones de plantar otra
vez Nueva Gadrinsett allí, sobre las ruinas de sus predecesores. Otros, de
pensamiento más cabal, señalaban que sería una insensatez cambiar un
emplazamiento elevado por otro bajo y desprotegido y que el príncipe Josua
podría ser acusado de otras cosas, pero no de insensato; a pesar de todo, un
número suficiente de entre el ejército sin hogar encontraba la idea tan
seductora que los rumores siguieron proliferando inevitablemente.
—No podernos
quedarnos aquí mucho tiempo, Josua —manifestó Isgrimnur—. Cada día que
transcurre supone la pérdida de dos decenas de seguidores.
Josua escudriñaba
un mapa raído y descolorido por el sol que había pertenecido al difunto
Helfgrim, el que había sido gobernador de Gadrinsett en otro tiempo y que se
había convertido, junto a sus hijas martirizadas, en una especie de santo
patrón de los colonos.
—No nos quedaremos
mucho —contestó el príncipe—, pero si llevamos a la gente por las praderas,
lejos del río, es preciso asegurar que el agua no falte; el tiempo parece estar
cambiando y nadie es capaz de saber el rumbo que va a tomar. No sería imposible
que de repente dejara de llover.
Isgrimnur gruñó
decepcionado y miró a Freosel en busca de apoyo, pero el joven de Falshire,
todavía resentido por la decisión de ir a Nabban, le devolvió la mirada con
aire de desafío. Parecía decir: «Deberíamos haber seguido el curso del
Ymstrecca hacia el oeste, hasta Erkynlandia».
—Josua —comenzó el
duque—, encontrar agua no es problema. Los animales la obtendrían del rocío, si
fuera necesario, y nosotros podemos llenar una montaña de odres en los
torrentes antes de alejarnos de ellos. Ahora corren por todas partes a causa
del deshielo; es la época. La comida sí podría suponer un problema.
—Que tampoco está
resuelto —puntualizó Josua—, y no creo que las posibles rutas que tenemos
contribuyan a paliarlo. Podemos escoger una que nos lleve a los lagos... pero
no sé hasta qué punto fiarme del mapa de Helfgrim...
—Jamás me había...
hecho cargo de lo difícil que es alimentar a tanta gente —comentó Strangyeard,
que leía en voz baja una traducción hecha por Binabik de un pergamino de
Ookequk—. ¿Cómo se las arreglan los ejércitos?
—Exprimen el bolso
de su rey hasta las haces, como si fuera un limón —comentó Geloë con una
sonrisa— o, sencillamente, comen todo lo que encuentran a su paso como las
hormigas emigrantes. —Se levantó de al lado del archivista, donde se hallaba de
cuclillas—. Por aquí crecen muchas cosas que se pueden utilizar para alimentar
a todos, Josua; hierbas y flores e incluso algunas gramíneas que proporcionan
platos nutritivos, aunque los que hayan vivido sólo en ciudades tal vez los
encuentren raros.
—Lo extraño se
convierte en cotidiano cuando hay hambre —acotó Isgrimnur—. No me acuerdo de
quién lo dijo pero es cierto, sí. Escuchad, Geloë: lo solventaremos. Ahora es
preciso darse prisa; cuanto más tiempo nos detengamos en un sitio, más riesgo
hay de actuar como la sabia ha dicho: arrasar el lugar como las hormigas. Más
vale no parar en ninguna parte.
—No sólo nos hemos
detenido para que yo medite las cosas, Isgrimnur —replicó el príncipe con
cierta frialdad—. Sería demasiado esperar que una ciudad entera, que es lo que
somos, se pusiera en pie y llegara a Nabban de una tirada. La primera semana ha
sido dura. Démosles un poco de tiempo para que se acostumbren.
—No quería decir...
—El duque de Elvritshalla se mesó la barba—. Ya sé, Josua. Pero a partir de
ahora es preciso avanzar deprisa, como he dicho. Que los lentos nos den alcance
cuando nos establezcamos definitivamente. De todas formas, no serían los más aptos
para luchar.
—¿Acaso son menos
hijos de Dios porque no puedan tomar la espada y defenderse? —preguntó el
príncipe, ceñudo.
—No me refería a
eso, Josua —repuso Isgrimnur, advirtiendo que el príncipe no estaba de buen
humor—, y lo sabéis. Lo único que digo es que esto es un ejército, y no una
peregrinación religiosa con el lector cerrando la marcha. Podemos comenzar lo
que sea necesario sin esperar a que se levante el último cojo y sin detenernos
cada vez que un caballo pierda una herradura.
Josua se dirigió a
Camaris, sentado en silencio junto a la pequeña hoguera con la mirada
concentrada en el humo que salía por un respiradero del techo de la tienda.
—¿Qué pensáis vos,
sir Camaris? Vos habéis participado en más campañas que cualquiera de nosotros,
excepto, tal vez, Isgrimnur. ¿Os parece que tiene razón?
—Creo que el duque
Isgrimnur está en lo cierto, sí. —El anciano desvió la vista del fuego
lentamente—. Debemos al pueblo como tal el cumplimiento de lo que nos hemos
propuesto, y, lo que es más importante, se lo debemos a Nuestro Señor, que ha
oído nuestras promesas. Sería presunción por nuestra parte intentar el
cumplimiento de la obra de Dios llevando de la mano a todos los viajeros de
pies cansinos. —Hizo una breve pausa—. Sea como fuere, también deseamos..., no,
necesitamos, que el pueblo se una a nosotros. El pueblo no hace migas con una
banda furtiva y presurosa, sino con un ejército triunfante. —Recorrió la tienda
con la mirada—. Hemos de avanzar tan presto como nos sea posible sin dejar de
mantener el orden dentro de la compañía. Es preciso enviar exploradores por
delante, no sólo para que averigüen lo que nos aguarda sino además para
anunciar nuestra llegada a las gentes: «¡Llega el príncipe!». —Por un instante,
pareció que iba a añadir algo más, pero adquirió una expresión distante y se
sumió en el silencio.
—Deberíais haber
sido escriba, sir Camaris—comentó Josua con una sonrisa—. Poseéis la sutileza
de mis antiguos maestros, los hermanos de Jesuris. Tan sólo difiero de vos en
un aspecto. —Se giró ligeramente para incluir a todos los que había en la
tienda—. Vamos hacia Nabban. Nuestros heraldos proclamarán a voces: «¡Camaris
ha vuelto! ¡Sir Camaris regresa para ponerse al frente de su pueblo! ¡Y con él
viene Josua!».
Camaris frunció el
entrecejo ligeramente, como si lo molestaran las palabras del príncipe.
—Camaris tiene
razón —asintió Isgrimnur—, avanzar deprisa y sin perder la dignidad.
—Pero la dignidad
nos impide saquear las tierras habitadas que encontremos al paso —argüyó
Josua—. Esa no es forma de ganarse el corazón de la gente.
—Nuestro pueblo
tiene hambre, Josua —replicó Isgrimnur con un encogimiento de hombros; una vez
más, el príncipe hilaba demasiado fino—. Han sido expulsados de sus casas y
algunos han tenido que vivir en tierras salvajes durante casi dos años. Cuando
lleguemos a Nabban, ¿cómo les recomendaréis que no se apoderen de los alimentos
que nacen de la tierra y de las ovejas que pacen en los campos?
—No tengo más
respuestas —concluyó el príncipe, que ojeaba el mapa de nuevo—. Todos haremos
lo mejor posible, y que Dios nos bendiga.
—Que Dios se apiade
de nosotros —lo corrigió Camaris, de nuevo absorto en la contemplación de las
espirales de humo.
Cayó la noche. Tres
sombras se hallaban sentadas en una arboleda que dominaba el valle, adonde
llegaba la música del río amortiguada y frágil. No tenían fuego, pero una
piedra blancoazulada que había en medio de ellas brillaba débilmente, con sólo
un poco más de intensidad que la luna. El resplandor azulino teñía sus pálidos
rostros de largos huesos, mientras conversaban en voz baja en la sibilante
lengua del Pico de las Tormentas.
—¿Esta noche?
—preguntó quien llevaba el nombre de Nacido bajo la Piedra de Tzaaihta.
Veta de Fuego
Plateado negó con un gesto de los dedos; posó la mano sobre la piedra azul por
un largo rato y siguió sentada en silencio. Al fin, exhaló el aliento
largamente contenido.
—Mañana, cuando
Mezhumeyru se esconda tras las nubes. Esta noche, en un sitio nuevo, los
mortales estarán alerta. Mañana por la noche. —Miró significativamente a Nacido
bajo la Piedra de Tzaaihta, que era el más joven y jamás había salido de las
profundas cavernas de Nakkiga con anterioridad. Por la tensión de sus largos y
finos dedos y por el brillo de sus morados ojos la norna supo que el joven
soportaría la vigilia. Era valiente, de eso no cabía duda, pues cualquiera que
sobreviviera al aprendizaje sin fin en la Caverna de la Entrega nada temería
excepto el enojo de su señora de la máscara plateada. No obstante, el exceso de
vehemencia podía resultar tan dañino como la cobardía.
—Míralos —dijo
Nombrada por las Voces, que contemplaba las pocas siluetas humanas visibles, en
el campamento—. Son como lombrices de tierra, siempre culebreando, siempre
retorciéndose.
—Si tu vida no
durase sino unas cuantas estaciones —replicó Veta de Fuego Plateado—, quizá
también sentirías que no podías dejar de moverte. —Observaba las titilantes
hogueras—. Aunque tienes razón: parecen lombrices de tierra. Cavan, comen y
depositan desechos; ahora contribuiremos a terminar con ellos.
—¿En esa sola
noche? —inquirió Nombrada por las Voces.
—¿Lo dudas?
—replicó Veta de Fuego Plateado con una expresión fría y dura como el marfil.
Se produjo un
silencio preñado de tensión antes de que Nombrada por las Voces mostrara los
dientes.
—Únicamente aspiro
a cumplir Sus deseos. Sólo deseo hacer aquello que mejor se ajuste a Su
voluntad.
Nacido bajo la
Piedra de Tzaaihta emitió un sonido musical de complacencia. La luna arrancó a
sus ojos destellos de blancura sepulcral.
—Su deseo es una
muerte..., una muerte especial—dijo—. Es nuestra ofrenda a Ella.
—Sí. —Veta de Fuego
Plateado recogió el guijarro y lo guardó en su camisa, negra como el carbón,
junto a su fría piel—. Es la ofrenda de las Garras. Y se la entregaremos mañana
por la noche.
Callaron, y no
volvieron a hablar en toda la larga noche.
—Todavía piensas
demasiado en ti mismo, Seomán. —Aditu se inclinó hacia adelante y colocó los
pulidos guijarros en una media luna que cruzaba la playa de la Costa Gris. Las
piedras del shent parpadearon opacas a la luz de una cristalina esfera luminosa
de Aditu, que se hallaba sentada en un trípode de madera tallada. Otro poco de
luz, del sol de la tarde, entraba por la solapa de la tienda de Simón.
—¿Qué quieres
decir? No lo entiendo.
—Está muy
enfrascado en ti mismo, eso es lo que quiero decir —explicó Aditu levantando la
mirada del tablero con un toque de burla solapada—. No piensas en lo que pueda
pensar tu compañero. El shent se juega entre dos.
—¡Ya es bastante
difícil acordarse de todas las reglas como para tener que pensar encima! —se
quejó Simón—. Y además, ¿cómo voy a saber en qué estás pensando mientras
jugamos? Nunca sé en qué piensas!
Aditu se dispuso a
replicar con uno de sus agudos comentarios, pero luego se contuvo y puso la
mano sobre los planos guijarros.
—Estás preocupado,
Seomán. Lo he visto en tu juego... Ahora ya juegas bastante bien, y tu estado
de ánimo se refleja en la casa del shent.
No le había
preguntado qué era lo que lo preocupaba. Simón estaba seguro de que, incluso si
un compañero apareciera de pronto sin una pierna, Aditu o cualquier otro sitha
eran capaces de dejar que transcurrieran varias estaciones sin preguntarle qué
había sucedido. Que sus pensamientos fueran tan evidentes para ella por ser
sitha lo irritaba, pero también se sintió adulado porque opinara que empezaba a
jugar bien al shent... aunque sin duda había querido decir bueno para ser un
mortal, y, puesto que él debía de ser el único mortal que jugaba al shent, el
cumplido quedaba un tanto deslucido.
—No estoy
preocupado. —Miró al tablero—. Bueno, tal vez sí —admitió al fin—, pero no creo
que puedas ayudarme al respecto.
Aditu no replicó;
se apoyó hacia atrás sobre los codos, estiró su largo cuello de una forma
extraña y sacudió la cabeza. El claro cabello se soltó de la horquilla que lo
sujetaba y quedó flotando sobre sus hombros como la niebla, con un pequeño
tirabuzón delante de la oreja.
—No comprendo a las
mujeres —dijo Simón de pronto, y compuso un rictus como si esperara que Aditu
lo contradijera. Pero ella parecía estar de acuerdo porque no respondió—.
Sencillamente, no las comprendo.
—¿A qué re
refieres, Seomán? Seguro que algunas cosas sí las entiendes. Yo suelo afirmar
que no entiendo a los mortales, pero sé el aspecto que tienen y cuánto viven, y
además hablo alguna de sus lenguas.
—Supongo que no me
refiero a todas las mujeres —repuso Simón, irritado. ¿Es que volvía a tomarle
el pelo?—. No entiendo a Miriamele, la princesa.
—¿La delgada del
cabello amarillo?
—Si prefieres
llamarla así... —Sí, estaba tomándole el pelo—. Pero ya veo que es una
estupidez hablar contigo de esto.
—Perdona, Seomán
—se disculpó, inclinándose hacia él y tocándole un brazo—. Te he hecho enfadar.
Dime qué es lo que te preocupa, si lo deseas. Aunque yo sepa poco acerca de los
mortales, hablar te hará sentir mejor.
—No sé. —Se encogió
de hombros, avergonzado de haber sacado el tema a colación—. A veces es amable
conmigo, pero otras me trata como si no me conociera. En algunos momentos me
mira como si la asustara. ¡Yo!—Rió con amargura—. ¡Yo, que le salvé la vida! ¿Por
qué la asusto?
—Si la salvaste, ya
es una razón posible —dijo Aditu con seriedad—. Pregúntale a mi hermano. Deber
la vida a alguien es una gran responsabilidad.
—¡Pero Jiriki no me
trata como si me odiara!
—Mi hermano
pertenece a una raza antigua y reservada, aunque, entre los zida’ya, él y yo
tenemos fama de impulsivos, irreflexivos y peligrosamente imprevisibles. —Lo
obsequió con una sonrisa felina; la punta de la cola de un ratoncillo podría
haber asomado por las comisuras de sus lindos labios—. Pero no, no te odia;
Jiriki tiene una elevada opinión de ti, Seomán Rizos Nevados. Jamás te habría
llevado a Jao é-Tinukai'i de no ser así, hecho que confirmó, a los ojos de
muchos de los nuestros, que no se puede confiar en él plenamente. Sin embargo,
tu Miriamele es mortal y muy joven. En el río que discurre por ahí fuera, nadan
peces que han vivido más que ella. No te sorprenda que deber la vida a alguien
le resulte una carga difícil.
Simón se quedó
mirándola; había supuesto que Aditu trataría el tema burlonamente, pero sus
comentarios acerca de Miriamele eran sensatos, y al mismo tiempo le descubría
cosas sobre los sitha que jamás habría creído posible escuchar de su boca.
Estaba atrapado entre dos temas fascinantes.
—Pero eso no es
todo. Al menos, a mí no me lo parece. No..., no sé cómo comportarme con ella
—confesó al fin—. Con la princesa Miriamele, quiero decir; pienso en ella
constantemente. Pero ¿quién soy yo para pensar en una princesa?
—Eres Seomán Sin
Miedo —respondió Aditu con una carcajada chispeante como una cascada de agua—.
Has visto la Yásira; has conocido a la Primera Abuela... ¿qué otro joven mortal
podría decir lo mismo?
—Pero eso no tiene
nada que ver —contestó, enojado—. Ella es princesa, Aditu, ¡la hija del Supremo
Rey!
—¿La hija de
vuestro enemigo? ¿Por eso estás tan preocupado? —Parecía confusa de verdad.
—No. No, no, no.
—Miró alrededor ansioso, buscando la forma de hacerle comprender—. Tú eres la
hija del rey y la reina de los zida’ya, ¿no?
—Más o menos, así
se diría en vuestra lengua. Soy de la Casa de la Danza Anual, sí.
—Bien, ¿qué pasaría
si alguno de, por ejemplo, no sé... una casa sin importancia..., una casa mala
o algo parecido, quisiera casarse contigo?
—¿Una casa... mala?
—Aditu lo miró con atención—. ¿Te refieres a alguien a quien yo considerara
inferior a mí? Somos muy pocos para establecer esas diferencias, Seomán. Y ¿por
qué tienes que casarte con ella? ¿Es que los vuestros nunca hacen el amor si no
están casados?
Simón se quedó sin
habla. ¿Hacer el amor con la hija de un rey sin tener la intención de casarse
con ella?
—Soy un caballero,
Aditu —replicó con rigidez—. Tengo que ser honorable.
—¿Amar a alguien no
es honorable? —Sacudió la cabeza con una sonrisa burlona otra vez en los
labios—. ¿Y eres tú quien no me entiende a mí, Seomán?
Simón apoyó los
codos en las rodillas y se tapó la cara con las manos.
—Es decir que a tu
pueblo no le importa quién se case con quién. No lo creo.
—Eso es lo que
dividió a los zida’ya de los hikeda’ya. —Cuando Simón levantó la cara hacia
ella, vio gran dureza en su mirada de reflejos dorados—. Hemos aprendido esa
terrible lección.
—¿Cómo?
—La muerte de
Drukhi, el hijo de Utuk'ku y de su esposo Ekimeniso Báculo Negro, fue la causa
de la separación de las familias. Drukhi amaba a Nenais'u, la hija de Jenjiyana
de los Ruiseñores, y se casó con ella. —Levantó una mano e hizo un gesto como
si cerrara un libro—. Ella encontró la muerte a manos de los mortales en la
época anterior a la desaparición de Tumet'ai bajo los hielos. Fue un accidente.
Estaba bailando en el bosque cuando un cazador mortal se sintió atraído por el
reflejo de su brillante vestido. Creyó que se trataba de un ave y disparó una
flecha. Cuando su esposo Drukhi la encontró, enloqueció. —Aditu agachó la
cabeza como si acabara de suceder.
—Pero ¿qué tuvo eso
que ver en la separación de las familias? —preguntó Simón tras respetar unos
momentos de silencio—. Y ¿qué tiene que ver con casarse con quien se desee?
—Es una historia
muy larga, Seomán; la más larga, tal vez, que cuenta nuestro pueblo, a
excepción de la de la huida del Jardín y la llegada a esta tierra a través de
los mares negros. —Empujó con un dedo una piedra del shent—. En aquella época,
Utuk'ku y su esposo gobernaban a todos los Nacidos en el Jardín, eran los
guardianes de las Arboledas de la Danza Anual. Cuando su hijo se enamoró de
Nenais'u, hija de Jenjiyana y su compañero Initri, Utuk'ku se opuso con todas
sus fuerzas. Los padres de Nenais'u pertenecían a nuestro clan zida’ya, aunque
en aquellos días remotos tenía otro nombre. También creían que los mortales,
que llegaron a estas tierra después que los Nacidos en el Jardín, debían ser
dejados en libertad para que vivieran como desearan, siempre y cuando no
hicieran la guerra a nuestro pueblo. —Colocó las piedras sobre el tablero de
una forma aún más complicada.
»Utuk'ku y los
suyos pensaban que los mortales debían ser expulsados al otro lado del océano,
y que los que se negaran a marcharse debían morir, como los labradores mortales
exterminan los insectos que plagan sus cosechas. Pero como los dos clanes más
importantes y los menores, aliados con uno u otro, formaban fuerzas
equilibradas, la posición de Utuk'ku como señora de la Casa de la Danza Anual
no le permitió obligar a los demás a adoptar su postura. Ya ves, Seomán:
nosotros nunca hemos tenido lo que vosotros llamáis «reyes» o «reinas».
»Fuera como fuese,
Utuk'ku y su esposo estaban muy furiosos por el matrimonio de su hijo con una
mujer del bando que consideraban su traidor, el de los que amaban a los
humanos. Cuando Nenais'u fue asesinada, Drukhi enloqueció y juró matar a rodos
los mortales que encontrara. Los varones del clan de Nenais'u trataron de
contenerlo, aunque estaban tan amargamente furiosos y horrorizados como él.
Cuando se celebró la Yásira, los Nacidos en el Jardín no lograron llegar a un
acuerdo, pero muchos temían lo que sucedería si Drukhi quedaba en libertad y
decidieron que debía ser confinado, cosa que jamás había sucedido a este lado
del océano. —Suspiró—. Aquello fue excesivo para él, para su demencia: que su
propio pueblo lo encerrara mientras que los que él juzgaba asesinos de su
esposa seguían libres. Drukhi provocó su propia muerte.
—Es decir, ¿se
quitó la vida? —Simón estaba fascinado, aunque la expresión de Aditu indicaba
claramente que la historia le causaba un gran pesar.
—No como tú lo
entiendes, Seomán. No, es que Drukhi, bueno... dejó de vivir. Cuando lo
encontraron muerto en la cueva de Si'injan'dre, Utuk'ku y Ekimeniso se
marcharon hacia el norte con su clan y juraron que jamás volverían a vivir con
el pueblo de Jenjiyana.
—Pero antes, todos
acudieron a Sesuad'ra. Fueron a la Casa de la Despedida e hicieron un pacto.
Son las escenas que yo vi durante la vigilia en el Observatorio.
—Por lo que me
contaste, creo que tu visión del pasado fue verdadera, sí.
—¿Y por eso Utuk'ku
y las nornas odian a los mortales?
—Sí. Además fueron
a la guerra contra los primeros mortales de Hernystir, mucho antes de que Hern
les diera nombre. En aquellos combates, Ekimeniso y muchos más hikeda’ya
perdieron la vida, por lo que tienen muchos más rencores que alimentar.
—No lo sabía.
—Simón se abrazó las rodillas—. Morgenes, o Binabik o no sé quién, me dijo que
los mortales mataron a gentes sitha por primera vez en la batalla de Knoch.
—Sitha, sí; de los
zida’ya. Pero el pueblo de Utuk'ku se enfrentó a los mortales en varias
ocasiones antes de que los navegantes llegaran de los mares del oeste y todo
cambiara. —Agachó la cabeza—. De modo que ya ves —terminó Aditu—: ya sabes la
razón por la que los Hijos del Amanecer ponemos gran cuidado en no considerar a
nadie inferior a nosotros. Esas palabras significan una gran tragedia para
nosotros.
—Creo que lo he
comprendido. Pero para nosotros es diferente. Hay reglas sobre quién puede
casarse con quién... y una princesa no puede desposarse con un caballero sin
tierra, sobre todo si antes era pinche de cocina.
—¿Tú has visto esas
reglas? ¿Se guardan en algún lugar sagrado para vosotros?
—Sabes a lo que me
refiero —replicó con un mohín—. Deberías escuchar a Camaris si quieres saber
cómo funcionan las cosas. Él lo sabe todo: quién tiene que inclinarse ante
quién, quién debe lucir tales colores y en qué días... —Lanzó una carcajada
estruendosa—. Si le preguntara su opinión sobre un matrimonio entre un hombre
de mi condición y una princesa, creo que me cortaría la cabeza. Pero con
caballerosidad, y no disfrutaría con ello.
—¡Ah, sí; Camaris!
—Por un momento pareció que iba a añadir algo importante—. Es... es un hombre
extraño. Creo que ha visto muchas cosas.
Simón la observó
con atención pero no logró discernir ningún doble sentido en sus palabras.
—Sí, ha visto
muchas cosas y creo que tiene intención de enseñármelas todas antes de que
lleguemos a Nabban. De todas formas, no me quejo por ello —aseguró,
levantándose—. Por cierto, no tardará en anochecer, de modo que voy a hacerle
una visita. Quería enseñarme algo sobre el manejo del escudo... —Se detuvo—.
Gracias por hablar conmigo, Aditu.
—No creo que mis
palabras te sirvan de ayuda, pero espero que no estés tan triste, Seomán.
—Simón se encogió de hombros al recoger la capa del suelo—. Un momento —añadió
Aditu levantándose—. Te acompaño.
—¿A ver a Camaris?
—No; tengo otra
cosa que hacer, pero te acompaño hasta donde tienes que ir.
Salió de la tienda
detrás de él. Sin que nadie la tocara, la esfera de cristal destelló; la luz
disminuyó su intensidad y por fin se apagó.
—¿Y, pues?
—preguntó la duquesa Gutrun. Miriamele percibía con claridad el miedo que
rezumaba su tono impaciente.
Geloë se puso en
pie, apretó un momento la mano de Vorzheva y después se la dejó sobre la
sábana.
—No es tan grave
—aseguró la hechicera—. Una pequeña hemorragia nada más, y ya ha cesado. Vos
habéis tenido hijos también, Gutrun, y habéis sido abuela de muchos más.
Deberíais saber que no era menester asustarla tanto.
—He tenido hijos,
sí—repuso con un gesto desafiante de la barbilla—, que ya es más de lo que
pueden decir otras. —Como quiera que Geloë no respondía a la salida, Gutrun
prosiguió con un poco menos de furor—. Sin embargo, nunca alumbré a lomos de un
caballo, y juraría que eso es lo que su marido pretende que haga. —Miró a
Miriamele en busca de apoyo, pero su aliada potencial se limitó a encoger los
hombros. Era inútil discutirlo, ahora que ya estaba hecho. El príncipe había
decidido ir a Nabban.
—Puedo viajar en el
carro —dijo Vorzheva—. ¡Por el Fulminador de los Pastos, Gutrun! Las mujeres de
mi clan montan a caballo incluso en la última luna.
—Entonces están
todas locas —replicó Geloë fríamente—, aunque vos no lo estéis. Sí, podéis ir
en carro; no creo que sea excesivamente pernicioso al tratarse de praderas. —Se
dirigió a Gutrun—. En cuanto a Josua, sabéis que hace lo que cree más
conveniente, y yo estoy de acuerdo con él. Es crudo, pero no puede detener a
todo el mundo durante cien días para que su esposa alumbre a su hijo en paz y
tranquilidad.
—Pues yo creo que
debe haber otra forma de hacer las cosas. Le dije a Isgrimnur que me parecía un
acto de crueldad, y no me desdigo; y le pedí que se lo comunicara al príncipe
Josua. No me importa lo que el príncipe piense de mí, y no puedo soportar ver a
Vorzheva sufrir de esta manera.
—Estoy segura de
que vuestro mando os escuchó con atención, Gutrun —contestó Geloë con una
sonrisa burlona—, pero dudo que Josua lo haga.
—¿Qué insinuáis?
—inquirió la duquesa.
Antes de que la
mujer del bosque contestara —y aunque Miriamele tuvo la impresión de que no
tenía prisa en hacerlo— se oyó una suave llamada en la entrada de la tienda. La
solapa se levantó y dejó ver por un instante un trozo de cielo estrellado,
oculto enseguida por la ágil silueta de Aditu, que dejó caer el toldillo en su
sitio otra vez.
—¿Molesto?
—preguntó la sitha, en un tono que a Miriamele le sonó singularmente sincero.
Para una joven que había crecido entre la falsa amabilidad de la corte de su
padre, resultaba chocante que alguien hiciera esa pregunta como si de verdad
esperase una respuesta—. Me he enterado de que estabais enferma, Vorzheva.
—Me encuentro mejor
—aseguró la esposa de Josua con una sonrisa—. Pasa, Aditu; eres muy bien
recibida aquí.
La sitha se sentó
en el suelo cerca del lecho de Vorzheva, con sus dorados ojos fijos en la
enferma y sus largas y ágiles manos unidas sobre el regazo. Miriamele no podía
evitar observarla. Al contrario que Simón, que se había acostumbrado a la
presencia de la sitha, ella acusaba todavía la extrañeza que le causaba aquella
criatura. Aditu le parecía tan extraordinaria como algo salido de una antigua
leyenda, máxime teniéndola allí, sentada a la débil luz y tan real como una
piedra o un árbol. Tenía la sensación de que, durante el último año, el mundo
se había puesto boca abajo y todas las cosas que sólo se oían en los cuentos
habían saltado a la realidad.
—He traído algo que
os puede ayudar a dormir —dijo Aditu, al tiempo que sacaba una bolsa de su
túnica gris y se la mostraba. Después, puso un montoncito de hojas verdes en la
palma de la mano y se las enseñó a Geloë, quién asintió—. Las voy a preparar mientras
conversamos.
Aditu no pareció
percatarse de la malhumorada mirada de Gutrun. Con un par de palos, la sitha
levantó una piedra ardiente de la hoguera, la limpió de cenizas y la tiró en un
recipiente con agua; cuando se hubo formado una nube de vapor sobre el
recipiente, desmenuzó las hierbas.
—Me han dicho que
vamos a quedarnos aquí un día más; así podréis descansar, Vorzheva.
—No sé por qué todo
el mundo teme tanto por mí. Sólo es un niño; todos los días hay mujeres que
paren.
—Pero no el hijo
único de un príncipe —acotó Miriamele en voz baja—, ni en medio de la guerra.
Aditu machacaba las
hojas aplastándolas con la piedra caliente, que movía ayudada por un palo.
—Vos y vuestro
compañero tendréis un hijo sano, estoy segura —dijo. A Miriamele le sonó
incongruentemente parecido al comentario que cualquier mortal podría hacer,
amable y animoso. Tal vez Simón estaba en lo cierto, al fin y al cabo.
Retirada la piedra,
Vorzheva se sentó, tomó el recipiente, que todavía humeaba, y bebió un sorbo
pequeño. Miriamele se quedó mirando los músculos de la pálida garganta de la
thrithinga, que se movían al tragar.
«Es encantadora»,
pensó la princesa.
Vorzheva tenía los
ojos muy grandes y oscuros, aunque con los párpados hinchados por la fatiga; su
cabello era una nube espesa y negra alrededor de su cabeza. La princesa se
llevó los dedos a sus bucles trasquilados y notó las estropeadas puntas por
donde había cortado el pelo teñido. No podía evitar sentirse la fea hermanita
pequeña.
«No te tortures —se
dijo furiosa a sí misma—. Eres todo lo bonita que necesitas. ¿Qué más quieres?
¿Qué más te hace falta?»
A pesar de todo,
resultaba difícil estar en el mismo sitio que la bellísima Vorzheva y la ágil y
felina sitha sin sentirse un tanto desaliñada.
«Pero a Simón le
gusto —se recordó, casi con una sonrisa—; es cierto, lo noto. —Su humor se
agrió—. ¿Y eso qué importa? El no puede hacer lo que tengo que hacer yo, ni
sabe nada de mí, tampoco.»
Se le hacía
extraño, sin embargo, pensar que el Simón que se había consagrado a su servicio
—qué momento tan singular y doloroso, pero dulce al mismo tiempo— fuera el
mismo muchacho desgarbado que la había acompañado a Naglimund. No es que él
hubiera cambiado tanto, sino lo que había cambiado... Había crecido; no sólo en
altura y en la aparición de la desmadejada barba, sino en los ojos y en la
actitud que adoptaba. Iba a convertirse en un hombre atractivo, ahora lo veía,
cosa que no habría dicho jamás cuando se habían detenido en el bosque, en la
casa de Geloë. Su prominente nariz, su rostro de largos huesos, habían
adquirido algo en los meses pasados, una especie de definición correcta que
antes no tenían.
¿Qué había dicho
una de sus niñeras en una ocasión, con respecto a un niño de Hayholt? «Tiene
que crecer hasta completar esa cara.» Bien, pues esa descripción se ajustaba al
caso de Simón; eso era precisamente lo que le estaba pasando.
Aunque no era de
extrañar; había hecho tantas cosas desde que se había marchado de Hayholt...
¡Bueno, casi se había convertido en un héroe! ¡Se había enfrentado a un dragón!
¿De qué hazaña, superior en valentía, podrían jactarse sir Camaris o sir
Tallistro? Y, a pesar de que Simón minimizaba su encuentro con el gusano de
hielo —mientras, al mismo tiempo, según su propia percepción, se moría por
presumir un poco—, había permanecido a su lado cuando el gigante se lanzó a la
carga. Miriamele había sido testigo de su valentía. Ninguno de los dos había
huido, así que también ella había demostrado coraje. Simón era en verdad un
gran compañero... y, ahora, también su protector.
Sentía una calidez
y una agitación desconocidas, como si algo con alas sutiles se moviera dentro
de ella. Intentó rechazar esa sensación o cualquier otro sentimiento por el
estilo, diciéndose que no era el momento adecuado. Definitivamente no lo era...
y pronto, con seguridad, no lo sería para nada...
La suave y musical
voz de Aditu la devolvió a la realidad de la tienda y de la gente que la
rodeaba.
—Si ya habéis hecho
por Vorzheva todo lo que deseabais —decía la sitha a Geloë—, me gustaría
disfrutar de vuestra compañía un rato, pues tengo que hablaros de cierto
asunto.
Gutrun gruñó, y
Miriamele lo interpretó como la expresión que resumía la opinión de la duquesa
con respecto a las personas que se cuentan secretos a escondidas. Geloë no
debió de oír su mudo comentario, o bien hizo caso omiso de él.
—Creo que lo que
necesita es dormir —contestó la hechicera—, o al menos un rato de silencio.
Después volveré a visitarla —añadió, volviéndose hacia Gutrun.
—Como deseéis
—replicó la duquesa.
La hechicera se
despidió de Vorzheva y de Miriamele con un gesto de la cabeza, antes de seguir
a Aditu al exterior de la tienda. La thrithinga, acostada, levantó una mano
para despedirlas; tenía los ojos casi cerrados, como si fuera a quedarse
dormida.
La tienda se sumió
en el silencio unos momentos; sólo se percibía el canturreo de Gutrun mientras
cosía, que no cesaba ni cuando se acercaba la tela al fuego para comprobar las
puntadas. Al cabo, Miriamele se puso en pie.
—Vorzheva está
cansada, así que yo también me voy. —Se inclinó y tomó la mano de la
thrithinga; ésta abrió los ojos y tardó unos momentos en fijar la vista en
Miriamele—. Buenas noches. Estoy segura de que vais a tener un hijo precioso,
que será tu orgullo y del tío Josua.
—Gracias. —Vorzheva
sonrió y volvió a cerrar sus ojos de largas pestañas.
—Buenas noches,
tiíta Gutrun. Me alegré mucho de que estuvieras aquí cuando volví del sur. Te
eché de menos. —Besó la cálida mejilla de la duquesa, se deshizo con suavidad
del maternal abrazo de Gutrun y salió.
—¡No me había
llamado así desde hace años! —oyó que comentaba Gutrun, sorprendida. Vorzheva
respondió con un susurro adormilado—. Esa pobre chiquilla anda tan silenciosa y
triste estos días... —prosiguió Gutrun—. Pero, entonces, ¿por qué no...?
Miriamele, que se
alejaba por la hierba húmeda, no oyó el resto de la frase de la duquesa.
Aditu y Geloë
paseaban por la ribera del rumoroso Stefflod. La luna estaba tapada por un
cúmulo de nubes, pero, más arriba, las estrellas brillaban en la oscuridad. Del
este soplaba una suave brisa cargada de aroma a hierba y piedras húmedas.
—Es raro lo que
dices, Aditu. —La hechicera y la sitha componían una pareja singular; el paso
veloz y ligero de la inmortal se hacía más lento para acompasarse al de Geloë,
más contundente—. Pero no creo que haya mal en ello.
—No afirmo que lo
haya, sólo que da que pensar. —La sitha lanzó una risita—. ¡Sí que me he liado
en los asuntos de los mortales! El hermano de mi madre, Khendraja'aro,
rechinaría los dientes.
—Esos asuntos de
los mortales son también de tu familia, al menos en parte —le recordó Geloë'—.
Si no, no estarías aquí.
—Ya lo sé; pero
muchos de los míos darán muchas vueltas hasta encontrar otra justificación para
lo que hacemos que no huela a mortales o a cosas de mortales. —Se agachó y
recogió unas hierbas, se las llevó a la nariz y aspiró el olor—. Esta hierba es
diferente de la que crece en el bosque, o en Sesuad'ra; es... más tierna. No la
siento tan viva, pero es dulce al fin y al cabo. —Las dejó caer al suelo—. Mis
palabras se han desviado. Geloë, no veo nada malo en Camaris, en absoluto,
excepto aquello dentro de sí mismo que puede dañarlo a él. Sin embargo, sí
resulta extravagante que oculte su pasado, y más aún cuando debe saber muchas
cosas que podrían ayudar a su pueblo en esta lucha.
—No se lo puede
forzar —replicó Geloë—. Si revela sus secretos, será a su debido tiempo, eso
está claro. Todos lo hemos intentado. —Metió las manos en el bolsillo de su
túnica—. Aun así, no puedo evitar sentir curiosidad. ¿Estás segura de lo que
dices?
—No —reconoció
Aditu, pensativa—, no del todo. Pero una vez Jiriki me dijo algo extraño que me
ronda por la cabeza desde hace unos días. Él y yo creíamos que Seomán era el
primer mortal que pisaba Jao é-Tinukai'i. Y es lo que pensaban también mi padre
y mi madre, pero Jiriki me dijo que, cuando Amerasu lo conoció, dijo que no era
el primero. Llevo tiempo pensando en eso; la Primera Abuela conocía la historia
de los Nacidos en el Jardín mejor que nadie, mejor incluso, tal vez, que
Utuk'ku de la máscara plateada, que tanto medita sobre el pasado, aunque jamás
estudió Arte, cosa que Amerasu sí hizo.
—Sigo sin
comprender por qué crees que Camaris fue el primero.
—Al principio, sólo
fue una impresión. —Aditu dio la vuelta y se acercó a la orilla del río—. La
forma en que me miraba, incluso antes de recobrar el juicio. Lo sorprendí
observándome varias veces con fijeza, cuando él pensaba que yo no me daba
cuenta. Después de sanar, siguió mirándome, aunque no furtivamente, sino como
quien recuerda algo doloroso.
—Podría haber
cualquier motivo: un parecido con alguien... o tal vez sólo un sentimiento de
vergüenza por la forma en que su amigo Juan, el Supremo Rey, atacó a tu pueblo.
—La persecución de
los zida’ya casi había concluido cuando Camaris llegó a la corte, según los
datos del archivero Strangyeard —dijo Aditu—. ¡No me mires así! Siento
curiosidad por muchas cosas y nosotros, los Hijos del Amanecer, jamás hemos
temido la investigación ni la erudición, aunque no utilicemos ninguna de esas
dos palabras.
—De todas formas,
las miradas de Camaris podrían deberse a otras muchas causas. No eres algo que
se vea todos los días, Aditu no'e-Sa'onserei, no al menos entre los mortales.
—Cierto, pero hay
algo más. Una noche, antes de que recuperara la memoria, estaba yo paseando por
el Observatorio, como lo llamáis vosotros, cuando lo vi que se acercaba
despacio hacia mí; lo saludé, pero parecía absorto en su mundo de sombras. Yo
cantaba una canción, una muy antigua de Jhiná T'seneí, de las que más gustaban
a Amerasu; y al pasar a su lado, Geloë, vi que movía los labios. —Se detuvo y
se agachó junto al río mirando a la mujer del bosque con unos ojos que hasta en
la oscuridad parecían brillar como ascuas—. Iba diciendo la letra de la
canción.
—¿Estás segura?
—Tan segura como
que los árboles de la Arboleda están vivos y retoñan otra vez, y lo siento en
mi sangre y en mi corazón. Sabía la canción de Amerasu y, aunque seguía como
perdido en la distancia, cantaba en silencio al mismo tiempo que yo, una
canción alegre que la Primera Abuela solía cantar. No se trata de ninguna
canción que se cante en las ciudades de los mortales, ni siquiera en el bosque
sagrado de Hernystir.
—Pero ¿qué crees
que significa eso? —Geloë estaba en pie junto a Aditu, mirando hacia la otra
orilla del río. El viento cambió de dirección de repente y comenzó a soplar
desde detrás del campamento, situado un poco más arriba. La mujer del bosque,
normalmente tan imperturbable, pareció agitarse—. Incluso si Camaris hubiera
llegado a conocer a Amerasu, ¿qué significaría?
—No lo sé; pero,
teniendo en cuenta que el cuerno de Camaris fue nuestro enemigo en una ocasión,
así como el hijo de Amerasu, que había sido uno de los personajes más grandes
de nuestro pueblo, tengo necesidad de saber. También es cierto que la espada de
ese caballero es muy importante para nosotros. —Hizo un gesto que en sitha
expresaba descontento, un ligero afinamiento de los labios—. ¡Ojalá Amerasu
estuviera viva para comunicarnos sus sospechas!
—Llevamos demasiado
tiempo trabajando en la sombra. Bien, ¿qué puedo hacer?
—Me he acercado a
él, pero él no desea hablar conmigo, aunque es educado. Siempre que intento
llevarlo hacia el tema, finge no entender o sencillamente alega cualquier otra
obligación para marcharse. —Aditu se levantó de la hierba—. Tal vez el príncipe
Josua pudiera hacerle hablar; o Isgrimnur, quien parece ser lo más semejante a
un amigo de Camaris. Conoces a los dos, Geloë; me miran con recelo, y no los
culpo por ello: han pasado muchas generaciones de mortales desde que
considerábamos aliados a los sudhoda'ya. Tal vez, si tú se lo pidieras, uno de
ellos convenciera a Camaris de que nos confirmara si es cierto o no que estuvo
en Jao é-Tinukai'i, y lo que ello pueda implicar.
—Lo intentaré
—prometió Geloë—. Tengo que verlos a los dos esta noche. Pero, aunque logren
convencer a Camaris, no sé si lo que él diga será de algún valor. —Se pasó los
fuertes dedos por el cabello—. Sea como fuere, hemos descubierto muy pocas
cosas útiles últimamente. —Levantó la mirada—. ¡Aditu! ¿Qué pasa?
—Kei-vishaa —siseó
la sitha—. ¡Lo huelo!
—¿Qué?
—Kei-vishaa. Es...
No hay tiempo para explicaciones, pero ese olor no debería estar aquí, en este
aire. Algo malo sucede. Sígueme, Geloë... ¡Qué miedo tengo de repente!
Aditu se alejó a
saltos por la orilla del río, veloz como un gamo espantado. En pocos momentos
desapareció entre las sombras, en dirección al campamento. A su zaga, la
hechicera corrió unos pasos murmurando palabras de preocupación y cólera. Al
pasar por la sombra de un grupo de álamos que crecía en una elevación que se
asomaba al río, se produjo un movimiento convulsivo; la débil luz de las
estrellas pareció doblegarse, la oscuridad se fundió y después estalló. Geloë,
o al menos su silueta, no volvió a surgir de la sombra de los árboles, pero sí
salió de ella una forma alada.
Con los ojos
amarillos bien abiertos a la luz de la luna, el búho voló en persecución de
Aditu siguiendo las huellas, leves como suspiros, que la sitha dejaba sobra la
hierba húmeda.
Simón había pasado
la velada muy inquieto. La charla con Aditu lo había aliviado, pero sólo un
poco. En cierto modo, le había producido aún más inquietud.
Deseaba hablar con
Miriamele desesperadamente. No dejaba de pensar en ella: por la noche, cuando
lo único que quería era dormirse; por el día, siempre que veía el rostro de una
muchacha o escuchaba la voz de una mujer; en momentos inesperados, cuando habría
debido pensar en otras cosas... Se le hacía raro que hubiera llegado a adquirir
tanta significación para él en tan poco tiempo, desde su regreso. El menor
cambio en su actitud hacia él le daba vueltas en la cabeza durante días.
Le había causado
una impresión muy extraña cuando la había encontrado con los caballos la noche
anterior... y sin embargo, se mostraba amable y cortés, si bien un poco
distraída. Pero hoy lo había evitado constantemente, o al menos eso le parecía,
porque allá donde preguntara por ella le decían que se había marchado a otra
parte, hasta que empezó a sentir como si ella, intencionadamente, se adelantara
siempre a sus pasos.
El crepúsculo había
terminado y la oscuridad había caído como un enorme pájaro que recogiera sus
alas. La visita a Camaris había sido breve; el anciano estaba muy preocupado,
incapaz casi de fijar la atención en la explicación del orden de batalla y las reglas
del enfrentamiento. A Simón, consumido por cuitas más ardientes y comunes, la
letanía de preceptos del caballero le pareció seca e inútil.
Se excusó y se
marchó pronto, mientras el anciano se quedaba sentado junto al fuego en su
escasamente pertrechada parcela. Le dio la impresión de que Camaris se alegraba
de quedarse solo.
Tras recorrer el
campamento sin éxito. Simón fue a ver a Vorzheva y a Gutrun. La duquesa le
dijo, en voz muy baja para no molestar el descanso de la esposa del príncipe,
que Miriamele había estado allí pero que se había marchado hacía un rato. Sin
recompensa, Simón reemprendió la búsqueda.
Ahora, mientras
permanecía de pie más allá del límite exterior del campamento, cerca del amplio
círculo de fuegos que marcaba los asentamientos de los miembros de la compañía
para quienes la posesión de una tienda en esos momentos era un lujo inimaginable,
se preguntó dónde podría estar Miriamele. Ya había paseado por la orilla del
río con la esperanza de encontrarla allí, compartiendo sus pensamientos con el
agua, pero no halló ni rastro de ella sino sólo algunas gentes de Nueva
Gadrinsett con antorchas, que pescaban de noche, al parecer con escaso éxito.
«A lo mejor ha ido
a ver a su caballo», se dijo de pronto.
Al fin y al cabo,
allí la había encontrado la víspera, no mucho antes de la hora que era en ese
momento. A lo mejor le parecía un sitio tranquilo mientras todos se retiraban a
cenar. Dio la vuelta y se encaminó a la oscura ladera.
Primero se detuvo a
saludar a Hogareña, que lo recibió con cierta reserva antes de condescender a
olisquearle la oreja; después, siguió subiendo hacia el punto donde la princesa
le había dicho que estaba atada su montura. Sí, allí había una forma oscura que
se movía. Satisfecho de su propio ingenio, se adelantó.
—¿Miriamele?
La silueta
encapuchada se sobresaltó. Por un instante, Simón no vio nada más que un atisbo
de una blanca faz en las profundidades de la capucha.
—¿S..., Simón?
—dijo una voz asustada... pero la suya, al fin—. ¿Qué hacéis aquí?
—Os buscaba. —Lo
alarmó el tono de la voz de la princesa—. ¿Os encontráis bien? —Ahora sí que la
pregunta sonó muy apropiada.
—Estoy... —Gimió—.
¡Oh! ¿Por qué habéis venido?
—¿Qué sucede?
¿Habéis...? —Avanzó unos pasos hacia ella y se detuvo. A la luz de la luna
vislumbró algo irregular en la silueta del caballo; extendió la mano y tocó las
abultadas alforjas—. Os disponéis a marcharos... —dijo sin dar crédito a sus
ojos—. Queréis huir.
—No huyo. —Al tono
anterior de miedo sucedieron el dolor y la rabia—. No huyo. Ahora, dejadme
sola, Simón.
—¿Adónde vais? —Se
sentía atenazado por lo inusitado de la situación: la negra colina con sus
escasos árboles solitarios, Miriamele encapuchada—. ¿Es por mí? ¿Os he
enfurecido?
—No, Simón —rió con
amargura—, no es por vos. —Su voz se suavizó—. No habéis hecho nada malo. Os
habéis portado como un amigo cuando ni siquiera lo merecía. No puedo deciros
adónde voy... y, por favor, aguardad hasta mañana para comunicar a Josua que me
habéis visto. Por favor, os lo ruego.
—Pero... no puedo.
—¿Cómo iba a decirle a Josua que se había quedado cruzado de brazos viéndola
partir sola? Trató de serenar su desbocado corazón y razonar—. Voy con vos
—dijo por fin.
—¿Qué? —exclamó,
perpleja—. ¡No podéis!
—Tampoco puedo
permitir que os vayáis sola. He jurado protegeros, Miriamele.
—Pero no quiero que
vengáis, Simón —alegó, al borde de las lágrimas—. Sois mi amigo... ¡No quiero
que os suceda nada!
—Ni yo tampoco a
vos. —Ahora se sentía mejor, tenía la desconocida e intensa sensación de que
hacía lo correcto... aunque otra parte de sí gritaba al mismo tiempo:
«¡Cabezahueca! ¡Cabezahue-ca!»—. Y por eso os acompaño.
—¡Pero Josua os
necesita!
—Josua tiene muchos
caballeros, y yo soy el último de todos. Vos sólo tenéis uno.
—No puedo
permitirlo, Simón. —Sacudió la cabeza con violencia—. No comprendéis lo que
estoy haciendo ni adonde voy...
—Pues
contádmelo.—Ella negó de nuevo con un gesto—. Entonces tendré que adivinarlo
acompañándoos. O bien os quedáis o bien me lleváis. Lo siento, Miriamele, pero
no hay más opciones.
La princesa se
quedó mirándolo con dureza, como si quisiera ver en su corazón. Parecía presa
de la indecisión y, sin darse cuenta, tiraba de tal modo de las bridas del
caballo que Simón temió que el animal pudiera asustarse y encabritarse.
—Está bien —asintió
al fin—. ¡Que Elysia nos proteja a todos! Pero tenemos que salir
inmediatamente, y esta noche no me preguntéis nada sobre adonde vamos o por
qué.
—De acuerdo. —La
parte de él que aún dudaba gritaba con todas sus fuerzas para llamarle la
atención, pero estaba decidido a no escuchar. No podía soportar la idea de que
ella se fuera sola en medio de la noche—. Pero tengo que recoger mi espada y un
par de cosas más. ¿Lleváis comida?
—Para mí..., pero
no os arriesguéis más, Simón. Sería muy fácil que os descubrieran.
—Bien, entonces ya
nos ocuparemos de eso más tarde —decidió Simón—. De todas formas, necesito la
espada y dejar una explicación. ¿Vos habéis dejado algo?
—¿Estáis loco?
—No decir adónde
vais, pero sí que os marcháis por voluntad propia. Es necesario, Miriamele
—declaró con firmeza—. Si no, sería una crueldad; creerían que las nornas nos
habrían raptado o que... —sonrió ante el pensamiento— habríamos huido para
casarnos, como en la canción de Mundwode.
—Bien —aceptó ella
tras reflexionar un instante—, id en busca de vuestra espada y dejad una nota.
—Voy —dijo Simón
con el entrecejo fruncido—, pero sabed, Miriamele, que si no os encuentro aquí
cuando vuelva pondré en pie a Josua y a todos los hombres de Nueva Gadrinsett
para que os busquen esta misma noche.
—Id, pues —repuso
la princesa con gesto altivo—; quiero cabalgar hasta el alba y alejarme
enseguida, de modo que apresuraos.
Simón le hizo una
burlona inclinación de cabeza y echó a correr colina abajo.
Resultaba extraño,
pero, cuando más adelante, durante momentos de gran sufrimiento, Simón pensaba
en aquella noche, no lograba recordar sus emociones cuando corría colina abajo
hacia el campamento, dispuesto a fugarse con Miriamele, la hija del rey. El recuerdo
de todo lo que sucedió después expulsó lo que latía con fuerza en él cuando
bajaba como un rayo por la colina.
Aquella noche
sintió que el mundo entero cantaba a su alrededor y que las estrellas estaban
más cerca y observaban con atención desde arriba. Mientras corría, tenía la
sensación de que la tierra se balanceaba sobre un vasto eje, columpiándose
sobre diversas posibilidades siempre hermosas y Terribles. Parecía que la
sangre derretida del dragón Igjarjuk hubiera cobrado vida en él, se hubiera
abierto hacia el ancho cielo y lo llenara de la pulsación de la tierra.
Atravesó veloz el
campamento sin dedicar ni una mirada a la vida nocturna que lo rodeaba, sin oír
las voces que se elevaban cantando, riendo o discutiendo, sin ver nada más que
el camino que serpenteaba entre las tiendas y los acampados en dirección a su
parcela.
Afortunadamente,
Binabik había salido. Prefería no pensar en lo que habría hecho si se hubiera
encontrado allí al hombrecillo esperándolo... Tal vez se le habría ocurrido una
razón práctica que requiriera la espada, pero no habría podido dejar la nota. Con
dedos torpes por las prisas, revolvió la tienda en busca de algo sobre lo que
escribir, y por fin encontró un pergamino de los que Binabik había traído de la
cueva de Ookequk en Trollfells. Con un poco de cisco de la hoguera apagada,
garrapateó el mensaje en el anverso del pellejo de oveja.
Miriamele se marcha
y yo con ella...
escribió, con la
lengua apretada entre los dientes.
No nos pasará nada.
Dile al príncipe Josua que lo siento, pero que he tenido que marcharme. La
traeré otra vez en cuanto pueda. Dile a Josua que soy un mal caballero pero que
intento hacer lo que está mejor, tu amigo Simón,
Meditó un momento y
añadió:
Quédate con mis
cosas si no vuelvo. Lo siento.
Dejó la nota sobre
la manta de Binabik, cogió la espada, la vaina y otras pocas cosas y salió. En
la entrada, tuvo un momento de vacilación al acordarse del saco de sus tesoros,
la Flecha Blanca y el espejo de Jiriki. Volvió a recogerlo, aunque cada instante
que la hacía esperar —porque esperaría, tenía que esperarlo— le parecía una
hora. Le había dicho a Binabik que podía quedárselas, pero las palabras de
Miriamele le volvieron a la cabeza. Eran prendas, eran promesas; no podía
regalarlas como no podía regalar su nombre, y ahora no había tiempo para
escoger lo que podía dejar y lo que no. No se atrevió siquiera a pensar por
temor a perder el coraje.
«Estaremos juntos y
solos, nosotros dos —pensaba, maravillado—. ¡Seré su protector!»
El tiempo que tardó
en dar con el saco —que había escondido en un agujero bajo una capa de tierra
—se le hizo eterno. Con el saco y la vaina apretados bajo el brazo y la silla
de montar al hombro —contrajo el gesto cuando los arneses hicieron ruido— echó
a correr tan rápido como pudo por el campo hacia donde estaban los caballos,
hacia donde Miriamele —rogó— lo esperaba.
Allí estaba, sí.
Una especie de vértigo lo dominó cuando la vio paseándose con impaciencia. ¡Lo
había esperado!
—¡Daos prisa,
Simón! ¡La noche pasa volando! —Ella no sentía ningún placer sino sólo
frustración y una irreprimible necesidad de ponerse en marcha.
Una vez ensillada
Hogareña y colocadas las escasas pertenencias en las alforjas, condujeron con
premura a los caballos colina abajo, sigilosos, como espíritus sobre la hierba
húmeda. Se volvieron a mirar por última vez las resplandecientes hogueras que salpicaban
el valle del río.
—¡Mirad! —exclamó
Simón, sorprendido—. ¡Eso no es una hoguera para preparar la cena! —Indicaba
hacia unas llamaradas rojas y anaranjadas que se levantaban cerca del centro
del campamento—. ¡Hay un incendio en una tienda!
—Espero que nada
malo les suceda, pero al menos la gente estará entretenida mientras nos
alejamos —replicó Miriamele—. Nosotros tenemos que seguir, Simón.
Acompasando la
acción a las palabras, la princesa subió con destreza a la silla —había vuelto
a ataviarse con calzones y camisa de hombre bajo la pesada capa— y abrió la
marcha hacia abajo por la otra ladera.
Simón miró las
luces por última vez y azuzó a Hogareña tras Miriamele, hacia las sombras que
ni la luna, que ya salía, lograba traspasar.

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