© Libro N° 14037. Añoranzas Y
Pesares 4. La Torre Del Ángel Verde. Williams, Tad.
Emancipación. Julio 12 de 2025
Título Original: © To Green Ángel Tower
Versión Original: © Añoranzas Y Pesares 4. La Torre Del Ángel Verde. Tad Williams
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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LA TORRE DEL ÁNGEL VERDE
Tad Williams
Añoranzas Y
Pesares 4
La Torre Del
Ángel Verde
Tad Williams
Añoranzas Y Pesares 4
La Torre Del Ángel Verde
Título original:
To Green Ángel Tower (Memory, Sorrow
and Thorn, Book 3)
AÑORANZAS Y PESARES
4 volúmenes
1. El trono de huesos de dragón
2. La Roca del Adiós
3. A través del nido de ghants
4. La Torre del Ángel Verde
TERCERA PARTE
La rueda
I
LÁGRIMAS Y HUMO
La desnudez desarbolada del Aleo
Thrithing le resultaba opresiva; Kwanitupul también le era ajena, pero la había
frecuentado desde la infancia y sus ruinosos edificios y abundantes canales le
recordaban, un poco al menos, a su hogar de los pantanos. Incluso en Perdruin,
donde había pasado un exilio largo y solitario, proliferaban tanto las murallas
constrictivas y las veredas angostas, cuajadas de sombríos escondrijos e
impregnadas de olor a salitre, que Tiamak había logrado vivir con sus
añoranzas. Pero allí en las praderas se sentía absolutamente expuesto y fuera
de lugar, y la sensación no era agradable.
«Los Que Vigilan Y Dan Forma me han
concedido una vida verdaderamente singular —solía decirse—; la más singular,
quizá, de entre todos los míos desde que Nuobdig se casó con la Hermana de
Fuego.»
A veces se solazaba en ese
pensamiento; al fin y al cabo, haber sido escogido para acontecimientos tan
extraordinarios era una especie de recompensa por los años de incomprensión que
su propio pueblo y los perdruineses le habían demostrado. No lo habían entendido,
lógicamente, porque era especial; ¿qué otro wran sabía hablar y escribir las
lenguas de las tierras secas como él? No obstante, en los últimos días, rodeado
de extraños una vez más y sin saber lo que había sucedido a su pueblo, ese
mismo pensamiento lo llenaba de soledad; en esos momentos, cuando el vacío de
los ajenos paisajes norteños lo desbordaba, bajaba hasta el río que atravesaba
el campamento y se sentaba a escuchar los sonidos familiares y tranquilizadores
del mundo acuático.
Precisamente, regresaba al campamento
un poco más animado después de remojar en el Sterflod sus morenos pies a pesar
del viento y la baja temperatura del agua, cuando una sombra pasó de largo como
un rayo; corría con el cabello claro flotando al viento y se movía con la
agilidad de un caballito del diablo, mucho más veloz que cualquier ser humano.
Sólo tuvo un instante para seguir con la vista la forma huidiza antes de que
otra silueta oscura apareciera detrás. Debía de tratarse de un pájaro grande
que volaba a ras de suelo como si persiguiera a la primera.
Se quedó perplejo mirando las dos
formas que se perdían colina arriba en dirección al centro del campamento del
príncipe y tardó unos momentos en darse cuenta de quién era la sombra primera.
«¡La mujer sitha! —exclamó para sí—.
¿Perseguida por un halcón o un búho?»
No tenía sentido; aunque, por otra
parte, tampoco comprendía a la propia mujer: Aditu, se llamaba. Jamás había
visto a nadie semejante y además lo atemorizaba un poco. Pero... ¿qué era lo
que la perseguía? Por la expresión de su cara habría dicho que huía de algo
terrible.
«O se precipitaba hacia algo
terrible», puntualizó; se le encogió el estómago. La sitha se dirigía hacia las
tiendas.
«El Que Siempre Camina Sobre Arena
—rezó, al tiempo que reemprendía la marcha—, protegedme; libradnos a todos del
mal. —El corazón le latía desbocado, mucho más rápido que sus pies—. ¡Qué año
tan funesto!»
Al llegar a las primeras tiendas, se
tranquilizó un poco; todo estaba en calma, y algunas hogueras ardían aún. Pero
la quietud era excesiva, se dijo al momento siguiente. A pesar de la hora
tardía, faltaba mucho para la medianoche y debería haber habido gente por los
alrededores, o, al menos, oírse ruido de los que todavía no se hubieran
acostado. ¿Qué sucedía?
Había pasado ya un rato desde que
había visto al pájaro en vuelo rasante y ahora estaba seguro de que se trataba
de un búho; arrastrando una pierna y resollando, continuó hacia el punto por
donde lo había visto desaparecer. La pierna herida no estaba acostumbrada a los
esfuerzos y le ardía, le palpitaba, pero puso todo su empeño en olvidarse del
dolor.
Calma, calma... aquello estaba tan
quieto como una alberca estancada. Las tiendas se erguían oscuras y sin vida
igual que las lápidas que los habitantes de las tierras secas colocaban en los
campos donde enterraban a los muertos.
¡Por allí! Sintió un calambre en el
estómago. ¡Algo se movía allí! No muy lejos, una tienda se sacudía como batida
por el viento, y dentro se percibía una luz que proyectaba extrañas sombras
móviles sobre las paredes.
Al mismo tiempo, notó un cosquilleo
en la nariz, una especie de ardor impregnado de un olor dulce y almizclado.
Estornudó con una convulsión y estuvo a punto de caer, pero se recuperó antes
de tocar el suelo. Se lanzó hacia la tienda, que se agitaba entre luces y
sombras como si un ser monstruoso estuviera naciendo en el interior. Trató de
levantar la voz para advertir de su llegada y dar la alarma, pues sus temores
iban en aumento, pero no logró articular sonido alguno; hasta el doloroso
resuello de su respiración era apenas un débil suspiro.
La tienda permanecía en un silencio
sospechoso; dominando su miedo, retiró la toldilla y se asomó.
Al principio no vio más que formas
oscuras y luz brillante, casi una reproducción fiel de los juegos de sombras
que se percibían desde el exterior. Al cabo de unos instantes, las imágenes en
movimiento comenzaron a perfilarse.
En el extremo opuesto de la tienda se
encontraba Camaris, que debía de haber recibido un golpe porque sangraba por
alguna parte de la cabeza y tenía la mejilla y el pelo teñidos de oscuro; se
tambaleaba aturdido. Aun así, doblado y apoyado en la tela para no caer,
resistía con la actitud fiera de un oso acosado por perros. No tenía espada
pero blandía un madero en la mano y no dejaba de agitarlo adelante y atrás para
mantener a raya a una sombra amenazadora y completamente negra, a excepción del
destello blanco de las manos y de un objeto que refulgía entre ellas.
Un bulto aún más inidentificable
pataleaba a los pies del anciano, aunque Tiamak creyó entrever otros brazos y
piernas vestidos de negro y el nimbo claro del cabello de Aditu. Un tercer
atacante con ropas igualmente oscuras se acurrucaba en una esquina defendiéndose
de una sombra que se abatía y aleteaba.
Aterrorizado, quiso gritar para pedir
ayuda pero no lo consiguió. A pesar de que los enfrentamientos parecían a vida
o muerte, el reducido espacio permanecía en silencio; sólo se oían los
escarceos sofocados de los combatientes del suelo y la febril agitación de
alas.
«¿Por qué no oigo nada? —se preguntó
desesperado—. ¿Por qué no puedo emitir ningún sonido?»
Miró al suelo con frenesí en busca de
cualquier cosa que pudiera servirle de arma y maldijo el descuido de haber
salido de la tienda que compartía con Strangyeard sin su cuchillo. Sin
cuchillo, sin honda, sin dardos..., ¡sin nada! La Que Espera Para Llevarnos A
Todos había cantado esa noche, sin duda.
Algo enorme y blando lo golpeó en la
cabeza y lo hizo caer de rodillas, pero cuando levantó la vista los combates
continuaban igual, y ninguno cerca de él. El dolor lacerante de la cabeza era
más insoportable aún que el de la pierna, y el tufo dulzón se había
intensificado hasta casi asfixiarlo. Mareado, se arrastró hacia adelante y su
mano tropezón con algo duro: la espada del caballero, la negra Espina,
envainada todavía. Sabía que pesaba demasiado para sus fuerzas, pero la sacó
del revoltijo de ropas y mantas y se puso en pie, tan titubeante como Camaris.
¿Qué era lo que impregnaba el aire?
Inesperadamente, el arma se hizo
ligera entre sus manos, a pesar de la voluminosa funda y del cinto que la
sujetaba. La levantó, avanzó unos pasos y la descargó con toda su energía sobre
lo que creía la cabeza del contrincante de Camaris. El impacto le hizo temblar
el brazo, pero el atacante no cayó; en cambio, volvió despacio la cabeza, y dos
ojos negros y brillantes lo miraron desde un rostro de palidez cadavérica. La
garganta se le agitó en una convulsión; aunque hubiera tenido voz no habría
logrado emitir un solo grito. Levantó los temblorosos brazos para asestar un
segundo golpe, pero la blanca mano de aquel ser, rápida como la luz, lo tumbó
de espaldas. La habitación desapareció a sus ojos en un remolino, y Espina
salió volando de sus inertes dedos y fue a parar a la hierba que constituía el
suelo de la tienda.
Tenía la cabeza pesada como una losa,
aunque no notaba el martilleo de la contusión, y comprendió que perdía el
sentido. Trató de levantarse de nuevo mas sólo consiguió ponerse de rodillas, y
se quedó acurrucado, temblando como un perro enfermo.
No podía hablar pero, por desgracia,
veía. Camaris se tambaleaba y movía la cabeza de un lado a otro, tan malherido,
al parecer, como el propio Tiamak. El anciano intentaba mantener a su enemigo
alejado el tiempo suficiente para agacharse a recoger algo del suelo: la
espada, según comprendió, aturdido, el wran, la espada negra. Tanto los cuerpos
oscuros y contorsionados de Aditu y su atacante, que se revolcaban por el suelo
a sus pies, como su propio contrincante, que no cejaba, impedían al caballero
alcanzar el arma.
En la otra esquina, un objeto
destelló en la mano de uno de aquellos seres pálidos, algo rojo como una media
luna de fuego. El brillo escarlata se desplazó, raudo como una serpiente al
ataque, y una nubécula de copos oscuros estalló y cayó flotando lentamente.
Tiamak reconoció lo que era cuando uno le cayó en la mano: plumas de búho.
«Auxilio. —La cabeza lo atormentaba
como si lo hubieran apuñalado—. Necesitamos ayuda; moriremos si no nos socorre
alguien.»
Por fin, Camaris se agachó hasta casi
caerse, recogió la espada y la levantó a tiempo para detener un golpe de su
enemigo; ambos se movían en círculo, Camaris tambaleándose y el negro atacante
con agilidad y cautela. Volvieron a enzarzarse y el caballero desvió una
cuchillada, aunque la hoja le dejó un hilo de sangre en el brazo; con los ojos
entrecerrados por el dolor o el agotamiento, retrocedió torpemente para tomar
distancia y asestar un mandoble.
«Está herido —se dijo Tiamak con
desesperación, el martilleo de la cabeza era cada vez más fuerte—, agonizando,
tal vez. ¿Por qué no acude nadie?»
Se arrastró hacia el gran brasero de
carbón, de donde provenía toda la luz. Estaba a punto de desvanecerse como las
lámparas de Kwanitupul al amanecer, y sólo el débil retazo de una idea le
bailaba en la mente, pero fue suficiente para levantar la mano hacia el brasero
de hierro. Cuando sintió en los dedos el calor del objeto, vagamente, como un
eco en la distancia, lo empujó. El brasero cayó y las ascuas se esparcieron
como una catarata de rubíes.
Cuando se derrumbó con un
estremecimiento, lo último que vio fue su propia mano ennegrecida y agarrotada
como una araña y, detrás, un ejército de llamas diminutas que lamían los bajos
de la tela de la tienda.
—No nos hacen maldita falta más
preguntas —rugió Isgrimnur—. Tenemos tantas como para llenar tres vidas. ¡Lo
que necesitamos son respuestas!
—Estoy de acuerdo con vos, duque
Isgrimnur —replicó Binabik con un gesto de incomodidad—, pero las respuestas no
son como las ovejas, que acuden cuando las llamas.
Josua suspiró y se apoyó en la lona
de la tienda de Isgrimnur. Fuera, se levantó un poco de viento que gimió
débilmente al vibrar en las cuerdas exteriores.
—Sé lo difícil que resulta, Binabik,
pero Isgrimnur tiene razón: necesitamos respuestas. Lo que nos habéis contado
sobre la Estrella del Conquistador no ha hecho sino arrojar más confusión.
Necesitamos saber cómo se utilizan las tres grandes espadas. Lo único que la
estrella nos indica, si es que habéis acertado, es que el tiempo de empuñarlas
se nos escapa de las manos.
—Ese es el tema que más estudiamos,
príncipe Josua —repuso el gnomo—, y creemos que tal vez pronto averigüemos
algo, pues Strangyeard ha dado con ciertos datos que pueden ser de gran
importancia.
—¿De qué se trata? —inquirió Josua,
inclinándose hacia adelante—. Cualquier cosa, cualquier asomo nos daría ánimos.
—Yo no estoy tan seguro como Binabik,
alteza, de que sea de utilidad —terció Strangyeard, que había permanecido en
silencio, un tanto cohibido—. Encontré el primer indicio hace algún tiempo,
cuando nos dirigíamos a Sesuad'ra.
—Strangyeard halló un pasaje escrito
en el libro de Morgenes —añadió Binabik— sobre las tres espadas que tanto nos
conciernen.
—¿Y? —lo apremió Isgrimnur
tamborileando con los dedos en su embarrada rodilla; le había llevado un buen
rato asegurar las estacas de la tienda en el terreno suelto y blando.
—Lo que Morgenes parece sugerir —dijo
el archivista— es que la peculiaridad de las tres espadas..., no; el poder,
mejor dicho, consiste en que no pertenecen a Osten Ard. Cada una de ellas, en
cierto modo, contraviene las leyes de Dios y de la naturaleza.
—¿En qué forma?
El príncipe escuchaba con gran
atención; Isgrimnur corroboraba con tristeza que esa clase de especulaciones
siempre interesaban más a Josua que los asuntos menos exóticos relacionados con
el gobierno, como el precio del grano, los impuestos y las leyes de la
propiedad privada.
—Geloë os lo explicaría mejor que yo
—añadió Strangyeard, vacilante—. Conoce mejor estas cuestiones.
—Ya debería estar aquí —comentó
Binabik—; no sé si sería mejor esperarla.
—Contadme lo que podáis —le instó
Josua—. El día ha sido muy largo y empiezo a notar el cansancio. Además, mi
esposa no se encuentra bien y quiero estar a su lado.
—Naturalmente, príncipe Josua. Lo
lamento, tenéis razón. —Strangyeard reunió fuerzas—. Según Morgenes, las
espadas tienen algo que no es de Osten Ard, que no pertenece a nuestra tierra.
Espina fue forjada de una piedra que cayó del cielo. Clavo Brillante, la que
antes se llamó Minneyar, fue fundida con el hierro de la quilla de la nave de
Elvrit que arribó por mar desde el oeste, de tierras que nuestros barcos ya no
encuentran. —Se aclaró la garganta—. Y Dolor contiene hierro y madera mágica de
los sitha, dos componentes opuestos. La madera mágica, según palabras de Aditu,
llegó a nosotros en forma de semillas, procedente del lugar que sus gentes
llaman el Jardín. Ninguno de estos elementos debería estar aquí, ni deberían
poderse trabajar... a excepción, tal vez, del hierro puro de la quilla de
Elvrit.
—Entonces, ¿cómo se hicieron las
espadas? —preguntó Josua—. ¿O aún buscáis esa respuesta?
—Morgenes proporciona alguna pista
—terció Binabik—, que también aparece en los pergaminos de Ookequk. Es algo
llamado “Palabras Creadoras”, una especie de conjuro mágico, podríamos decir,
aunque los que dominan el Arte no pronuncian esas palabras.
—¿Palabras Creadoras? —repitió
Isgrimnur con el entrecejo fruncido—. ¿Cómo unas simples palabras?
—Sí... y no —replicó Strangyeard,
insatisfecho—. En realidad no estamos seguros. Sabemos que Minneyar fue hecha
por los dwar-rows, es decir, por los dverningos como vos los llamáis, duque
Isgrimnur; y que Ineluki templó a Dolor en las forjas de los dwarrows bajo
Asu'a. Sólo los dwarrows poseían la sabiduría necesaria para hacer cosas tan
poderosas, aunque Ineluki la aprendió también. Es posible que intervinieran en
la factura de Espina igualmente, o que sus conocimientos fueran utilizados de
alguna manera. Sea como fuere, si supiéramos cómo se fundieron las espadas,
cómo fueron dominadas las fuerzas que lo permitieron, tal vez aprenderíamos
algo más sobre la forma en que deben utilizarse contra el Rey de la Tormenta.
—Ojalá hubiera interrogado más a
fondo al conde Eolair cuando estaba aquí —se lamentó Josua—. Él conoció a los
dwarrows.
—Sí, y le hablaron de su intervención
en la forja de Clavo Brillante —añadió el padre Strangyeard— Aunque también es
posible que lo relevante para nuestros propósitos no sea la manera en que
fueron creadas sino sólo el hecho de su existencia. Con todo, si en el futuro
se nos presenta la oportunidad de enviar un mensaje a los dwarrows para que
acudan a hablar con nosotros, yo tendría muchas preguntas que hacerles.
—Estos quehaceres os sientan bien,
Strangyeard —comentó Josua observando al archivista con mirada apreciativa—.
Siempre me pareció que se desperdiciaba vuestro talento desempolvando libros e
investigando los puntos más oscuros del derecho canónico.
—Gracias, príncipe Josua —replicó
sonrojado el monje—. Si hago algo de provecho es gracias a vuestra
condescendencia.
—No obstante —prosiguió el príncipe
sin dar importancia al halago—, a pesar de lo mucho que habéis conseguido con
Binabik y los demás, todavía queda un gran trecho que cubrir. Nos mantenemos a
flote sobre aguas profundas rogando por avistar tierra... —Hizo una pausa—.
¿Qué es ese alboroto?
Isgrimnur también lo había oído: un
murmullo creciente que poco a poco se había superpuesto al rugido del viento.
—Parece una pelea —dijo, y se quedó
un momento escuchando—. No, es algo más... Se oyen muchas voces. —Se levantó—.
¡Por el martillo de Dios! Espero que no haya estallado una rebelión. —Alcanzó a
Kvalnir y se tranquilizó al notar la empuñadura en la mano—. Tenía la esperanza
de pasar un día tranquilo antes de reemprender la marcha.
—No nos quedemos aquí sentados sin
hacer nada —declaró Josua, ya puesto en pie.
Cuando Isgrimnur salió de la tienda,
recorrió con la mirada el vasto campamento y al momento comprendió lo que
sucedía.
—¡Fuego! —advirtió a voces a los
demás, que ya salían detrás de él—. Al menos una tienda está en llamas, pero
creo que se ha extendido a algunas más.
La gente corría apurada de un lado a
otro como sombras, gritando y gesticulando. Los hombres arrastraban los cintos
de las espadas y maldecían en la confusión; las madres sacaban a tirones de
entre las sábanas a los asustados niños y los llevaban al aire libre. Todos los
senderos hervían de gente, y la muchedumbre se agitaba despavorida. Isgrimnur
vio a una anciana que caía de rodillas entre alaridos, aunque estaba a sólo
unos pasos de él, lejos de las llamas.
—¡Que Aedón se apiade de nosotros!
—exclamó Josua—. Binabik, Strangyeard, pedid cubos y odres de agua, reunid a
unos cuantos de esos individuos enloquecidos y dirigios al río... ¡Hace falta
agua! Mejor aún, desmontad unas cuantas tiendas impermeables y acarread el agua
en ellas. —Salió disparado hacia el lugar de la confusión con Isgrimnur a la
zaga.
Las llamas se elevaban y teñían el
cielo nocturno de infernales tonos anaranjados. Un estallido de chispas
volátiles chisporroteó al caer en la barba de Isgrimnur cuando se acercaron al
lugar del incendio, el duque se las sacudió entre maldiciones.
Tiamak despertó de súbito y vomitó,
después intentó recuperar el aliento. La cabeza le martilleaba como una campana
perdruinesa.
Estaba rodeado por las llamas, que le
abrasaban la piel y consumían el aire. Despavorido, se arrastró por la reseca
hierba del suelo de la tienda hacia lo que parecía un rincón de fresca
oscuridad, pero topó de frente con una tela negra y resbaladiza. Se debatió
contra ella un momento y sintió con vaguedad que la tela oponía una resistencia
singular; por fin ésta cayó a un lado, y una cara blanca quedó al descubierto
bajo la negra capucha, con los ojos vueltos hacia arriba y un hilo de sangre
entre los labios. Quiso gritar pero tenía la boca llena de humo ardiente y de
bilis. Estremecido, rodó hacia otra parte.
De pronto, algo lo agarró del brazo y
lo arrastró hacia adelante de un violento tirón, pasando por encima del cadáver
de pálida piel y a través de las llamas. Por un momento creyó haber muerto. Lo
taparon con algo, le hicieron dar vueltas sobre sí mismo y lo vapulearon con la
misma consideración con que lo habían sacado del fuego; luego lo destaparon y
se encontró tumbado en la hierba húmeda. Cerca, las llamas se elevaban hacia el
cielo, pero estaba a salvo. ¡A salvo!
—¡El wran vive! —gritaron junto a él.
Creyó reconocer la melodiosa voz de la mujer sitha, aunque destemplada por el
temor y el agobio—. Lo ha rescatado Camaris. No sé cómo el caballero ha
conseguido mantenerse despierto a pesar del veneno, pero mató a dos hikeda´ya.
—Oyó un farfullar ininteligible en respuesta.
Reposó unos momentos más en el mismo
sitio, respirando aire limpio y desintoxicándose los doloridos pulmones, y rodó
sobre sí mismo. Aditu estaba a unos pocos pasos de él, con el blanco cabello
ahumado y su dorado rostro surcado de negros churretes. A sus pies, en el
suelo, yacía la mujer del bosque, Geloë, envuelta a medias en su capa, pero
desnuda, con las musculosas piernas brillantes por el rocío o el sudor. Vio que
se esforzaba por ponerse en pie.
—No; estaos quieta —la reprendió
Aditu, y retrocedió un paso—. ¡Por el Bosque, Geloë, estáis herida!
—No —replicó la valada, levantando la
cabeza con un trémulo empeño. Tiamak apenas pudo oír el rasposo susurro—; estoy
mu-riéndome.
—Dejadme ayudaros... —se ofreció
Aditu agachándose hacia ella.
—¡No! —contestó Geloë con más
fuerza—. No, Aditu; es... muy tarde. Me han apuñalado... más de doce veces.
—Tosió, y un hilillo de humor negruzco le cayó por la barbilla, relumbrante a
la luz de las tiendas en llamas—. Tiamak observaba; distinguió lo que parecían
los pies y las piernas de Camaris detrás de la mujer, y el resto de su largo
cuerpo tendido en la hierba y oculto por la sombra de la sabia—. Tengo que
irme. —Geloë intentaba incorporarse pero no podía.
—A lo mejor hay alguna cosa...
—empezó a decir Aditu.
Geloë rió débilmente, tosió y escupió
un coágulo de sangre.
—¿Crees que... no... sé? —replicó—.
He sido curandera mucho... tiempo. —Levantó una mano temblorosa—. Ayúdame,
ayúdame a ponerme de pie.
La expresión de Aditu, afectada hasta
el momento como la de cualquier mortal, se tornó solemne. Tomó a Geloë de la
mano, se inclinó hacia ella y la asió por el otro brazo. Poco a poco, la sabia
se incorporó tambaleándose, pero Aditu la sujetó.
—Tengo que... irme. No quiero morir
aquí. —Se separó de Aditu y dio unos pocos pasos vacilantes. La capa se le
cayó, y quedó desnuda a la luz del fuego. Tenía la piel lustrosa por el sudor y
los regueros de sangre—. Vuelvo a mi bosque; déjame ir, mientras pueda.
Aditu vaciló un momento, después se
retiró y bajó la cabeza.
—Como deseéis, valada Geloë. Adiós,
hija de Ruyan; adiós..., amiga mía. Sinya'a du-nsha é-d'treyesa inro.
Temblando, Geloë alzó los brazos y
dio otro paso. El calor de las llamas pareció aumentar pues Tiamak, desde donde
estaba postrado, la vio fulgurar. El perfil de la sabia se tornó incorpóreo, y
luego una nube de sombra o humo apareció en el lugar que ocupaba. Por un
instante, la propia noche se precipitó hacia ese punto, como si una puntada se
hubiera soltado en el tejido de su visión; después, la noche se restableció sin
aberturas.
El búho describió unos círculos
lentos donde había estado Geloë y salió volando, sin alejarse de las hierbas
sacudidas por el viento; se movía con rigidez y torpeza y en varias ocasiones
pareció que fuera a perder altura y caer a tierra, pero siguió aleteando a
bandazos hasta que el cielo nocturno lo tragó.
Con la cabeza todavía llena de
tinieblas y del doloroso estruendo, Tiamak se desplomó. No estaba seguro de lo
que había visto pero sabía que algo terrible acababa de suceder. Una enorme
tristeza acechaba justo fuera del alcance de su conciencia, pero no tenía prisa
por acercársela.
Lo que hasta el momento sonaba como
un débil eco de voces en la distancia se convirtió en un intenso griterío. Vio
piernas que pasaban por su lado, y súbitamente la noche se pobló de
movimientos; arrojaron un balde de agua sobre las llamas de la tienda de
Camaris y se produjo una fuerte corriente y un crepitar de vapor. Unos momentos
después, notó los fuertes brazos de Aditu en las axilas.
—Te van a pisar, valiente hombre del
pantano —le dijo al oído; lo apartó del tumulto y lo llevó hacia la fresca
oscuridad, junto a unas tiendas donde las llamas no habían prendido. Lo dejó
allí y volvió con un pellejo de agua. Se lo acercó a los cuarteados labios
hasta que el wran comprendió lo que era, y le dio de beber..., cosa que él hizo
con ansiedad.
Una sombra oscura se cernió sobre él
y se derrumbó de pronto a su lado. Era Camaris, cuya blanca cabellera, al igual
que la de Aditu, estaba chamuscada y ahumada. Lo miró con ojos atormentados, y
el wran vio que tenía el rostro manchado de ceniza. Tiamak le acercó el odre de
agua y le levantó la cabeza para llevárselo a los labios.
—Que Dios tenga piedad de nosotros...
—dijo el caballero con voz rota. Se quedó mirando, mareado, las llamas que se
extendían y la muchedumbre que trataba de dominarlas.
Aditu regresó y se sentó con los dos.
Cuando Camaris le ofreció el pellejo, lo tomó y bebió un solo trago antes de
volver a pasárselo.
—¿Geloë ...? —preguntó Tiamak.
—Se muere —dijo Aditu con una
sacudida de cabeza—. Se ha ido.
—¿Quién ...? —Hablar requería todavía
un gran esfuerzo. Casi no deseaba cerciorarse, pero de pronto sintió deseos de
saber, de encontrar explicaciones con las que calibrar los terribles
acontecimientos. Y también necesitaba cualquier cosa, aunque sólo fueran
palabras, para llenar el vacío que sentía por dentro. Tomó el odre de manos de
Camaris y se humedeció la reseca garganta — ¿Quiénes eran ...?
—Hikeda´ya —contestó la sitha, mientras observaba los
esfuerzos por dominar el fuego—. Las nornas. El largo brazo de Utuk'ku nos ha
alcanzado aquí esta noche.
—Quise..., quise pedir... socorro,
pero no podía.
—Kei-vishaa — pronunció Aditu con un
gesto afirmativo—. Es una especie de veneno que flota en el aire. Mata la voz
durante un tiempo y provoca sueño. —Miró hacia Camaris, que se había recostado
contra la tienda que los guarecía; tenía la cabeza echada hacia atrás y los
ojos cerrados—. No comprendo cómo pudo resistir al efecto tanto tiempo, pero,
si no hubiera sido así, habríamos llegado tarde y el sacrificio de Geloë habría
sido en vano. —Se volvió hacia el wran—. Y tú también, Tiamak; todo habría sido
diferente sin tu ayuda. Encontraste la espada de Camaris, y además el fuego las
asustó. Sabían que no disponían de mucho tiempo y por eso se descuidaron. De lo
contrario, creo que aún estaríamos todos ahí —señaló hacia la tienda
incendiada.
«El sacrificio de Geloë —repitió
Tiamak para sí. De pronto se le inundaron los ojos de lágrimas—. La Que Espera
Para Llevarnos A Todos —rogó desesperado—, ¡no permitáis que navegue a la
deriva!»
Se tapó la cara con las manos; no
quería pensar más.
Josua corría a la cabeza. Isgrimnur
le dio alcance por fin cuando el príncipe se detuvo a comprobar si los
incendios ya estaban apagados. Las llamas iniciales se habían extendido poco,
hasta alcanzar tal vez seis tiendas más, como mucho. Todos habían huido de las
más cercanas, excepto algunos, Sangfugol entre ellos, que seguía las maniobras
adormilado, vestido sólo con el camisón.
Tras asegurarse de que se estaba
haciendo todo lo posible, Isgrimnur siguió a Josua hacia Camaris y los otros
dos supervivientes, la mujer sitha y el pequeño Tiamak, que descansaban a su
lado. Los tres estaban ensangrentados y tenían quemaduras pero, después de un
rápido examen visual, el duque se convenció de que no morirían.
—¡Oh, loado sea Aedón que os ha
permitido escapar, sir Camaris! —exclamó Josua, arrodillado junto al
caballero—. Al ver las primeras llamas, temí con razón que fuera en vuestra
tienda. —Se volvió hacia Aditu, que parecía más dueña de sí misma que Camaris o
el hombre del pantano—. ¿A quién hemos perdido? Al parecer, todavía hay cuerpos
en la tienda.
—Geloë, me temo; estaba muy
malherida. Se moría.
—¡Que Dios los maldiga! —exclamó
Josua—. ¡Qué día tan aciago! —Arrancó un puñado de hierba y lo arrojó con
rabia. Hizo un esfuerzo por calmarse—. ¿Todavía está ahí dentro? ¿Quiénes son
los otros?
—Ninguno es Geloë. Los tres que hay
en la tienda son de los que llamáis nornas. Geloë se ha marchado al bosque.
—¿Cómo? —replicó Josua, atónito—.
¿Qué quiere decir que ha ido al bosque? Dijisteis que había muerto.
—Dije que se estaba muriendo. —Aditu
abrió los dedos—. No quería que presenciáramos sus últimos instantes, creo. Era
una mujer singular, Josua, mucho más de lo que os imagináis. Se fue.
—¿Se fue?
—Se fue —asintió con un gesto lento.
El príncipe hizo la señal del Árbol y
bajó la cabeza; cuando volvió a levantarla, las lágrimas le corrían por las
mejillas. A Isgrimnur no le pareció que fueran debidas al humo, porque él
también sintió que se le ensombrecía el ánimo por la pérdida de la sabia mujer,
pero con tantas cosas urgentes que atender en ese momento no podía abandonarse
al sentimiento; sabía, por su larga experiencia en los combates, que acusaría
el impacto del golpe más tarde.
—Nos han atacado en el mismísimo
corazón —comentó el príncipe con amargura—. ¿Cómo burlaron la guardia?
—La que luchaba conmigo estaba
empapada —replicó Aditu—. Han debido de llegar por el río.
—¡Qué negligentes hemos sido! —se
lamentó Josua tras lanzar un juramento—, y yo soy el peor bellaco. Me parecía
raro que hubiéramos escapado a la atención de las nornas durante tanto tiempo,
pero no tomé las precauciones adecuadas. ¿Había otras, además de esas tres?
—Creo que no; pero habría sido más
que suficiente de no haber tenido la suerte de nuestra parte. Si Geloë y yo no
hubiéramos percibido que ocurría algo anormal y si Tiamak, sin saberlo, no
hubiera llegado cuando llegó, todo este incidente habría terminado de manera
muy distinta. Me parece que tenían intención de matar a Camaris, o al menos de
llevárselo.
—Pero ¿por qué? —Josua miró al
anciano caballero y después a Aditu otra vez.
—No lo sé, pero vamos a trasladarlo a
un sitio cálido, y a Tiamak también. Camaris tiene al menos una herida, o tal
vez más, y el wran sufre quemaduras, creo.
—¡Aedón piadoso! Tienes razón.
Inconsciente, inconsciente. Un momento. —Se giró y convocó a unos soldados para
que llevaran a los centinelas la orden de registrar el campamento—. No estamos
seguros de que no haya más nornas u otros atacantes; tal vez averigüemos, al
menos, cómo lograron entrar esas tres sin ser vistas.
—Los Nacidos en el Jardín saben
ocultarse a los ojos de los mortales, si lo desean. ¿Podemos llevarnos ya a
Camaris y a Tiamak?
—Naturalmente. —Josua llamó a dos
hombres que acarreaban cubos de agua—. ¡Eh, vosotros! ¡Venid a ayudarnos! —Se
dirigió a Isgrimnur—. Entre cuatro podremos transportarlos bien, aunque Camaris
sea tan alto. —Sacudió la cabeza—. Aditu tiene razón: hemos hecho esperar mucho
tiempo a estos valientes.
El duque había vivido situaciones
semejantes con anterioridad y sabía que las reacciones precipitadas eran tan
nefastas como las tardías.
—Sería mejor buscar algo donde
acostarlos —dijo—. Una de esas tiendas más alejadas, si es que no las ha tocado
el fuego, podría servir para hacer un par de camillas.
—Bien. —Josua se levantó—. Aditu, no
os he preguntado si vos teníais heridas graves.
—Nada que no pueda curarme yo misma,
príncipe Josua. Sería conveniente que convocarais a vuestros hombres de
confianza tan pronto como estos dos valientes queden debidamente atendidos.
—De acuerdo, hay muchas cosas de que
hablar. Dentro de una hora nos reuniremos en la tienda del duque. ¿Os parece
bien, Isgrimnur? —El príncipe se giró hacia un lado un momento y, cuando se
volvió, tenía el rostro alterado por el sufrimiento—. Estaba pensando en llamar
a Geloë para que cuidara de ellos... y de pronto me acordé.
—No será la última vez que la echemos
de menos, creo —comentó Aditu al tiempo que unía los dedos en un ademán
reverente.
—Soy Josua —dijo el príncipe desde
fuera de la tienda.
Al entrar, vio a Gutrun, que todavía
esgrimía un cuchillo ante sí. La duquesa tenía un aspecto fiero, como un tejón
acorralado, dispuesta a proteger a Vorzheva y a sí misma de cualquier peligro
que asomara. Al reconocer a Josua bajó la daga, aliviada pero llena aún de
preocupación.
—¿Qué sucede? Hemos oído gritos. ¿Mi
esposo está con vos?
—Está a salvo, Gutrun. —Se dirigió al
lecho, se inclinó sobre él y estrechó a Vorzheva en un abrazo impulsivo; la
besó en la frente y la dejó otra vez—. Nos han atacado unos servidores del Rey
de la Tormenta. Sólo hemos sufrido una baja, pero significa una gran pérdida
para nosotros.
—¿Quién? —Vorzheva lo agarró por el
brazo y trató de incorporarse.
—Geloë. —La mujer thrithinga gritó su
dolor—. Tres nornas atacaron a Camaris. Aditu, Geloë y Tiamak, el hombre de los
pantanos, acudieron en su ayuda. Las nornas murieron pero Aditu dice que Geloë
sufrió una herida fatal. —Sacudió la cabeza—. Creo que era la más sabia de
todos nosotros. Ahora se ha ido y nadie puede sustituirla.
—Pero si acababa de estar aquí, Josua
—replicó Vorzheva, que se dejó caer hacia atrás—. Vino a verme con Aditu. Y
¿ahora está muerta? —Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—He venido a ver si estabais bien.
Ahora tengo que ir a reunirme con Isgrimnur y los demás para averiguar qué
significa todo esto y qué vamos a hacer. —Se levantó y volvió a agacharse para
besar a su esposa de nuevo—. No os durmáis, y no dejéis el cuchillo, Gutrun,
hasta que pueda enviaros a alguien que monte guardia.
—¿Nadie más ha sido herido? Gutrun
dijo que había visto fuego.
—En la tienda de Camaris. Al parecer,
es el único al que querían atacar. —Se acercó a la salida.
—Pero, Josua-insistió Vorzheva—,
¿estás seguro? El campamento es tan grande...
—No estoy seguro de nada, pero no
hemos oído que nadie más haya sido atacado. Enseguida os pondré una guardia,
pero ahora tengo que apresurarme, Vorzheva.
—Dejadlo marchar, señora —le
recomendó Gutrun—. Acostaos e intentad dormir; pensad en vuestro hijo.
Vorzheva suspiró, Josua le apretó la
mano, dio media vuelta y salió deprisa.
Isgrimnur levantó la vista cuando la
luz de la hoguera iluminó al príncipe. El grupo de hombres que lo esperaba se
retiró respetuosamente para abrirle paso.
—Josua... —comenzó el duque, pero el
príncipe no le dejó terminar.
—He sido un insensato, Isgrimnur; no
es suficiente que los soldados recorran el campamento en busca de señales de
nornas invasoras. ¡Por la sangre de Aedón! ¡Cuánto he tardado en darme cuenta!
¡Sludig! —gritó—. ¿Está Sludig por aquí?
—Aquí, príncipe Josua-respondió el
rimmerio adelantándose.
—Enviad soldados por todo el
campamento, que comprueben si falta alguien, sobre todo los que más peligro
corren. Binabik y Strangyeard estaban conmigo cuando estalló el fuego, pero eso
no significa que sigan bien. Debería haberme dado cuenta antes de que esto
podía ser sólo una artimaña para atraer nuestra atención. Y envía a alguien a
la tienda de mi sobrina Miriamele, y no descuides la de Simón, aunque tal vez
esté con Binabik. —Frunció el entrecejo—. Si buscaban a Camaris, es fácil que
sea por algo relacionado con la espada. Simón la llevó durante un tiempo y tal
vez también él corra peligro. ¡Malditos sean mis tardos sentidos!
—Ya mandé a Freosel a la tienda de
Miriamele, Josua —terció Isgrimnur tras aclararse la garganta— Sabía que
querríais ver a lady Vorzheva tan pronto como pudierais y pensé que no convenía
retrasar lo de vuestra sobrina.
—Gracias, Isgrimnur. Sí, fui a verla,
Gutrun y ella se encuentran bien. —Frunció el entrecejo otra vez—. Pero me
avergüenza que hayáis tenido que pensar en mi lugar.
—Esperemos que la princesa esté bien
—repuso el duque.
—Freosel ha ido a ver a Miriamele
—dijo Josua a Sludig—; una menos a la que tenéis que buscar. Pero cercioraos de
que el resto está bien, y apostad dos guardias en mi tienda, por favor. Me
tranquiliza saber que alguien cuida de Vorzheva.
El rimmerio asintió con un gesto;
recinto a un gran número de soldados que vagaban sin propósito alrededor de la
tienda de Isgrimnur y procedió a cumplir las órdenes recibidas.
—Y ahora —dijo Josua a Isgrimnur—,
dediquemos la espera a reflexionar.
Aditu reapareció antes de que
transcurriera una hora, con el padre Strangyeard y Binabik, que habían
acompañado a la sitha a dejar a Camaris
y a Tiamak descansando en manos de una curandera de Nueva Gadrinsett y,
al parecer, también para intercambiar impresiones, pues aparecieron los tres en
la tienda de Isgrimnur muy embebidos en su charla.
Aditu relató a Josua y a los demás
todos los detalles de lo sucedido esa noche; hablaba con calma pero Isgrimnur
no pudo evitar darse cuenta de su honda preocupación, a pesar de que escogía
las palabras con más cuidado que nunca. Sabía que entre Geloë y ella mediaba
una fuerte amistad y, por lo visto, la sitha sentía dolor, igual que los
mortales, motivo que hizo aumentar su estima por ella; rápidamente desechó el
fútil pensamiento. ¿Por qué no habrían de sentir dolor igual que los seres
humanos? Por lo que él sabía, sus pesares habían sido tantos, cuando menos,
como los de los mortales.
—Así pues —Josua, sentado, miró el
círculo que lo rodeaba—, no hemos encontrado señales de otros ataques. La
pregunta es ¿por qué escogieron a Camaris?
—Seguro que, después de todo, esos
versos de las tres Espadas contienen algo de cierto —opinó Isgrimnur. No le
gustaban esas cosas porque le hacían sentir como si el suelo que pisaba no
fuera sólido, pero todo indicaba que así era el mundo en que se encontraba.
Resultaba difícil no añorar la claridad que todo presentaba cuando era joven.
Hasta la peor de las experiencias, la guerra, terrible como era, no estaba
plagada de extrañas hechicerías y enemigos misteriosos—. Me inclino a creer que
buscaban a Camaris por Espina.
—Quizá sólo estaban interesados en la
espada —replicó Binabik con sobriedad—, y Camaris no les importaba en absoluto.
—De todas formas, sigo sin entender
cómo consiguieron debilitarlo tanto —intervino Strangyeard—. ¿Qué es ese veneno
del que hablabais, Aditu?
—Kei-vishaa. En realidad no es un
veneno. Nosotros, los Nacidos en el Jardín, lo utilizamos en la Arboleda
durante la danza de final del año, aunque también puede aplicarse para provocar
un sueño profundo. Lo trajeron de Venyha Do'sae. Mi pueblo lo usaba al
principio, cuando llegó aquí, para expulsar, de los lugares donde deseábamos
construir nuestras ciudades, a los animales peligrosos; criaturas gigantescas,
algunas especies que desaparecieron de Osten Ard hace mucho tiempo. Cuando lo
olí supe que pasaba algo malo. Los zida’ya jamás lo utilizamos más que en las
ceremonias de la danza anual, como ya os he dicho.
—¿Cómo se aplica en estas ocasiones?
—preguntó, fascinado, el archivista.
—Lo lamento, buen Strangyeard
—contestó Aditu bajando la mirada—, pero eso no puedo revelarlo yo; no debería
haberlo mencionado siquiera. Estoy cansada.
—No necesitamos hurgar en los ritos
de tu pueblo —intervino Josua— y, sea como fuere, tenemos otros muchos temas
que tratar. —Miró enfadado a Strangyeard, quien bajó la cabeza—. Nos basta con
saber que intentaron atacar a Camaris
sin dejarlo dar la alarma. Por fortuna, Tiamak tuvo la presencia de
ánimo de prender fuego a la tienda. De ahora en adelante, la distribución del
campamento será estricta. Los que más peligro corren colocarán sus tiendas
cerca y en el mismo centro, de forma que todos estemos a la vista durante las
horas de descanso. Me siento culpable por haber respetado el deseo de soledad
de Camaris. Me he tomado mis responsabilidades a la ligera.
— Todos debemos tener más cuidado
—replicó Isgrimnur, ceñudo.
La conversación ya giraba en torno a
otras precauciones que debían adoptarse cuando Freosel apareció junto a la
hoguera.
—Perdón, alteza, pero la princesa no
se encuentra en los alrededores de su tienda, ni nadie la ha visto desde hace
varias horas.
—¿No está? —preguntó Josua,
claramente inquieto—. ¡Que Aedón nos proteja! ¿Tendría razón Vorzheva?
¿Vendrían en busca de la princesa? —Se levantó—. No puedo quedarme aquí sentado
mientras ella puede encontrarse en una situación crítica. Hay que registrar
todo el campamento.
—Sludig se ha encargado de esa tarea
—le recordó Isgrimnur con suavidad—; sólo entorpeceríamos las cosas.
—Es cierto —convino Josua, y se dejó
caer en el sitio—. Pero la espera será penosa.
Apenas habían retomado la discusión
cuando Sludig volvió con una expresión taciturna y un pergamino, que entregó a
Josua.
—Lo he encontrado en la tienda del
joven Simón.
El príncipe lo leyó deprisa y lo
arrojó al suelo con rabia. Al momento siguiente se agachó a recogerlo y se lo
dio al gnomo con la cara rígida y enfadada.
—Lo lamento, Binabik. No tendría que
haberlo tirado así; está dirigido a vos. —Se puso en pie—. ¡Hotvig!
—Sí, príncipe Josua —respondió el
thrithingo.
—Miriamele se ha marchado, reúne
rápidamente a cuantos hombres a caballo puedas. Hay muchas posibilidades de que
haya tomado el camino de Erkynlandia, de modo que buscad sobre todo por el
oeste del campamento; sin olvidar que también ha podido dirigirse en otra
dirección para despistarnos antes de encaminarse al oeste.
—¿Cómo? —inquirió Isgrimnur,
sorprendido—. ¿Cómo que se ha ido?
—Esto lo escribió Simón —intervino
Binabik levantando la mirada del mensaje—. Al parecer, se ha marchado con ella,
y añade que intentará traerla aquí otra vez. —El gnomo sonreía con esfuerzo—.
Me pregunto quién lleva a quién y dudo que le resulte fácil convencerla de
volver.
—Ve, Hotvig —dijo Josua con
impaciencia—. Sólo Dios sabe cuánto tiempo hará que partieron. De todas formas,
puesto que tú y los tuyos sois los jinetes más rápidos que tenemos, id hacia el
oeste, la otra parte la cubriremos nosotros. —Se volvió hacia Sludig—.
Recorreremos los alrededores describiendo círculos cada vez más amplios. Voy a
ensillar a Vinyafod, y luego nos reuniremos aquí. —Se dirigió al duque—.
¿Venís?
—Naturalmente. —Isgrimnur se maldijo
en silencio. «Tendría que haberme dado cuenta de que iba a pasar algo. Desde
que llegamos aquí estaba tan callada, tan triste, tan distante...; Josua no la
ha visto cambiar como yo. Pero, aunque pensara que era preferible atacar
Erkynlandia directamente, ¿por qué habrá decidido ir sola? ¡Qué muchacha tan
insensata e impetuosa! Y Simón... Lo tenía en mejor concepto.»
Disgustado de antemano ante la
perspectiva de pasar la noche en la silla y por las consecuencias que eso
tendría para su dolorida espalda, el duque se levantó refunfuñando.
—¿Por qué no se despierta? —preguntó
Jeremías con apremio—. ¿No podéis hacer nada?
—Silencio, chico; hago todo lo que
puedo. —La duquesa Gutrun se inclinó y volvió a tocar la cara de Leleth—. Está
fría, no febril.
—Entonces, ¿qué le pasa? — Jeremías
estaba al borde del frenesí—. He intentado despertarla durante mucho rato, pero
ella sigue ahí echada sin más.
—Dale otra de mis mantas —ofreció
Vorzheva.
Había hecho sitio en la cama para que
acostaran allí a la pequeña, pero Gutrun no lo consintió, temerosa de que
tuviera alguna enfermedad que pudiera contagiar a la thrithinga. Jeremías había
depositado el cuerpo inerte de la niña en el suelo, sobre un cobertor.
—Vos quedaos quieta en la cama que ya
me ocupo yo de la pequeña —le dijo la duquesa—. ¡Cuánto ruido y cuánta
inquietud!
—¿Es que no tenemos suficientes
problemas? —exclamó Josua, que acababa de entrar con la desdicha pintada en el
rostro—. El guardia me ha comunicado que había un enfermo aquí. Vorzheva, ¿te
encuentras bien?
—No soy yo, Josua, sino la pequeña
Leleth; no hay modo de despertarla.
—Hemos recorrido muchas leguas y no
hemos encontrado ni rastro de Miriamele —bufó Isgrimnur al cruzar la entrada—.
Sólo nos queda la esperanza de que Hotvig y sus thrithingos hayan tenido mejor
suerte.
—¿Miriamele? —preguntó Vorzheva—.
¿También le ha pasado algo a ella?
—Se ha escapado con el joven Simón
—contestó Josua, malhumorado.
—¡Qué noche tan desgraciada!
—protestó Vorzheva—. ¿Por qué ocurren todas estas cosas?
—En honor a la justicia, yo no creo
que fuera idea del chico. —Isgrimnur se agachó, rodeó a su esposa con el brazo
y la besó en el cuello—. Dejó una nota donde decía que intentaría traerla otra
vez. —Entrecerró los ojos—. ¿Por qué está aquí la niña? ¿Sufrió heridas en el
incendio?
—La he traído yo —explicó Jeremías,
deprimido—. La duquesa Gutrun me encargó que la cuidara esta noche.
—No quería que se quedara aquí,
estando Vorzheva tan delicada. —Gutrun no podía disimular bien su propio
desasosiego—. Y era sólo un rato, mientras Geloë iba a reunirse con vosotros.
—Pasé toda la tarde con ella
—prosiguió Jeremías—. Ella se durmió y después yo también. No quería, pero
estaba muy cansado.
—No has hecho nada malo por quedarte
dormido —lo consoló Josua con una mirada cordial—. Continúa.
—Me desperté cuando todo el mundo
chillaba que había fuego. Pensé que Leleth estaría asustada y fui corriendo a
decirle que yo seguía allí con ella. La encontré sentada con los ojos abiertos,
pero creo que no oyó una palabra de lo que le dije. Después, cayó hacia atrás y
cerró los ojos como dormida. ¡Pero no logré despertarla! Y estuve mucho rato
intentándolo. Entonces la traje aquí para ver si la duquesa Gutrun podía hacer
algo. —Cuando terminó, estaba a punto de llorar.
—No es culpa tuya, Jeremías —lo
tranquilizó el príncipe—. Ahora, necesito que hagas una cosa.
—¿Qué, al... alteza? —preguntó,
tomando aliento para reprimir el primer sollozo.
—Vete a la tienda de Isgrimnur a ver
si Binabik ha regresado, el gnomo sabe algo de medicina y le pediremos que mire
a Leleth. —Jeremías, más que satisfecho por tener algo en que ocuparse, salió a
toda prisa—. En verdad, ya no sé qué pensar de todo lo que ha sucedido esta
noche, y debo admitir que temo mucho por Miriamele. ¡Maldito sea su arrojo!
Apretó el cobertor de Vorzheva en el
puño y lo retorció con rabia.
Cuando Jeremías volvió con Binabik y
Aditu, Leleth continuaba en el mismo estado. El hombrecillo la observó con
detenimiento.
—La he visto en este trance en otras
ocasiones —declaró—; se ha ido de aquí, al Sendero de los Sueños o a algún otro
lugar.
—Pero seguro que nunca ha pasado así
tanto tiempo —añadió Josua—. No puedo evitar relacionarlo con los hechos de
esta noche. ¿Crees que el veneno de las nornas la haya afectado, Aditu?
La sitha se arrodilló al lado de
Binabik y levantó los párpados de la niña; después le buscó el pulso detrás de
la oreja con sus delgados dedos.
—No creo. Con toda seguridad, este
muchacho —señaló a Jeremías— también habría sufrido las consecuencias si el
kei-vishaa se hubiera extendido tanto.
—¡Está moviendo los labios! —exclamó
Jeremías, emocionado—. ¡Mirad!
Aunque continuaba echada,
profundamente dormida en apariencia, sus labios se abrían y cerraban como si
quisiera hablar.
—Silencio. —Josua se acercó más, como
casi todos los que había en la habitación.
Leleth movía la boca; se oyó un
susurro.
—... Escuchadme...
—¡Ha dicho algo! —anunció Jeremías a
voces, pero enmudeció ante la mirada del príncipe.
—... De todas formas voy a hablar. Me
estoy desvaneciendo, me queda muy poco tiempo. —La voz que salía por la boca de
la niña tenía una cadencia familiar, a pesar de ser débil y jadeante — ...Las
nornas significan más de lo que parece, creo. Hacen un doble juego... Lo de
esta noche no era una estratagema sino algo mucho más sutil...
—¿Qué le pasa a la pequeña? —preguntó
Gutrun, nerviosa—. Nunca había hablado hasta ahora... y no parece su voz.
—Es Geloë quien habla —dijo Aditu con
calma, como si reconociera a una persona que se acercaba por la calle.
—¿Cómo? —La duquesa hizo la señal del
Árbol con los ojos llenos de temor—. ¿Qué clase de brujería es ésta?
—¡Geloë! —llamó la sitha inclinándose
sobre el oído de Leleth—. ¿Me oyes?
Si se trataba de la mujer sabia, no
pareció que escuchara la pregunta de su amiga.
—... Recordad el sueño de Simón...,
el mensajero falso. —Se produjo una pausa. Cuando volvió a hablar, su tono era
más bajo y tocios los presentes tuvieron que contener el aliento para no
enturbiar ni una palabra— ... Estoy agonizando. Leleth está conmigo, no sé
cómo, en este... lugar oscuro. No llegué a entenderla por completo, y eso es lo
más extraño de todo, creo que puedo comunicarme a través de su boca pero no sé
si alguien me escucha. Me queda poco tiempo. Recordad: tened cuidado con el
mensajero falso... —Se produjo otro largo intervalo de silencio. Cuando todos
estaban seguros que ya habían escuchado las últimas palabras, los labios de
Leleth se movieron otra vez—. Ahora me voy. No me lloréis; he gozado de una
larga existencia y siempre obré de acuerdo con mis deseos. Si me recordáis, no
olvidéis que el bosque era mi hogar. Procurad que sea respetado. Voy a intentar
enviaros a Leleth otra vez, aunque ella no quiere dejarme. Adiós. No
olvidéis...
La voz desapareció y la pequeña quedó
otra vez como muerta. Josua levantó la vista; tenía los ojos brillantes de
lágrimas.
—Hasta el final —dijo, casi con ira—,
hasta el final ha intentado ayudarnos. ¡Oh Dios misericordioso! ¡Qué alma tan
valiente!
—Un alma vieja —añadió Aditu en voz
baja, y no se extendió más. Parecía conmovida.
Se quedaron alrededor de la cama
guardando un silencio plomizo y pesaroso durante un tiempo, pero Leleth no
volvía a moverse. La ausencia de Geloë se hizo más patente y devastadora que en
los primeros momentos de la noche. Otros ojos, además de los de Josua,
derramaron lágrimas de dolor y miedo al comprender el alcance de aquella
pérdida. El príncipe comenzó a hablar en voz baja de la mujer del bosque loando
su valor, su sabiduría y su bondad, pero ningún otro encontró el coraje de
secundarlo. Al cabo, los envió a todos a dormir. Aditu alegó que no necesitaba
dormir y que se quedaría velando a la pequeña por si despertaba en medio de la
noche. Josua se acostó, completamente vestido, junto a su esposa, preparado
para cualquier eventualidad que pudiera surgir otra vez. En pocos momentos, se
sumió en un profundo sopor de agotamiento.
Al despertarse por la mañana, el
príncipe vio a Aditu, que todavía velaba a Leleth. Dondequiera que el espíritu
de la pequeña hubiera acompañado a Geloë, todavía no había vuelto.
Poco después, Hotvig y sus hombres
regresaban al campamento con las manos vacías.
II
LUNA FANTASMAL
S
imón y Miriamele cabalgaban casi en silencio, la princesa
delante, recorriendo el camino del valle por el otro lado de las colinas. Al
cabo de una legua o algo más, Miriamele giró hacia el norte, en sentido inverso
al trayecto que había cubierto la compañía en su marcha hacia Gadrinsett. Simón
le preguntó el motivo.
—Porque ese camino ya tiene más de
mil huellas de cascos recientes —le dijo— y, como Josua sabe adónde voy, sería una tontería tomar esa dirección
desde el principio, sobre todo si descubren nuestra huida esta misma noche.
—¿Josua sabe adónde vamos? —inquirió
contrariado—. Pues ya sabe más que yo.
—Os lo contaré cuando nos hayamos
alejado lo suficiente como para que no podáis regresar en una sola noche
—replicó con frialdad—, cuando esté ya tan lejos que no puedan atraparme y
llevarme otra vez, al campamento.
No estaba dispuesta a responder más
preguntas.
Simón miró de reojo los desechos que
se alineaban a lo largo de la ancha y embarrada senda. Un gran ejército la
había recorrido dos veces ya, además de otros muchos grupos menores que habían
cubierto la ruta entre Sesuad'ra y Nueva Gadrinsett; se le ocurrió pensar que
pasaría mucho tiempo antes de que la hierba volviera a crecer en ese surco
desolado.
«Así deben de hacerse los caminos
—supuso, y esbozó una sonrisa a pesar de la fatiga—; no se me había ocurrido
nunca. Tal vez llegue a convertirse en un auténtico camino real, con el suelo
empedrado, posadas y paradas de postas... y yo lo habré visto cuando no era más
que un sendero de huellas de caballos.»
Todo eso ocurriría, claro está,
siempre y cuando hubiera un rey en los días por venir que se preocupara de los
caminos. Por lo que contaban Jeremías y algunos otros en cuanto al estado de
las cosas en Hayholt, no daba la impresión de que Elías tuviera en cuenta
semejantes proyectos.
Cabalgaron junto al Stefflod, una
estela de plata a la fantasmal luz nocturna. Miriamele seguía silenciosa, y el
joven tenía la sensación de que llevaban incontables días a caballo, aunque no
hacía mucho que la luna había sobrepasado el cenit. Aburrido, volvió la vista
hacia Miriamele y admiró el efecto de la pálida luz sobre su piel, hasta que la
princesa, molesta, le pidió que dejara de observarla. Ansioso de distracción,
decidió meditar sobre el Código de Caballería y las enseñanzas de Camaris; al
cabo de media legua, tampoco esas cuestiones mantenían despierto su interés, y
comenzó a cantar en voz baja todas las canciones que conocía de Jack Mundwode.
Más tarde, y tras sucesivas negativas de Miriamele a iniciar una conversación,
se puso a contar las estrellas que salpicaban el firmamento, numerosas como
granos de sal desparramados sobre una mesa de ébano.
Por fin, cuando estaba seguro de que
iba a volverse loco, y con absoluta certeza de que tenía que haber pasado una
semana en aquella sola noche, Miriamele frenó el caballo y señaló hacia una
arboleda que se perfilaba en una colina de poca altura, a unos tres o cuatro
estadios del ancho carril de la futura carretera.
—Allá —señaló—, nos detendremos allá
a dormir.
—No tengo sueño todavía —mintió
Simón—; podemos seguir cabalgando, si lo deseáis.
—No hay motivo. No quiero que la luz
del día nos sorprenda al descubierto. Más adelante, cuando nos hayamos alejado
más, viajaremos de día.
—Si vos lo decís —replicó.
Él había decidido aventurarse, si es
que se trataba de una aventura, así es que más valía tomárselo con la mayor
alegría posible. Durante los primeros momentos de su huida, se había imaginado
—en los breves lapsos en que se permitía pensar— que Miriamele estaría más
amable en cuanto la preocupación inmediata de ser descubierta hubiera
disminuido. Sin embargo, a medida que la noche transcurría, su mal humor
parecía ir en aumento.
Los árboles de la cima del otero
crecían muy juntos y formaban un muro infranqueable entre el improvisado
campamento y la senda. No encendieron fuego —Simón comprendía la utilidad de la
decisión—, pero compartieron el agua, un poco de vino y los mendrugos de pan de
Miriamele a la luz de la luna.
Una vez envueltos en sus capas y
acostados uno junto a otro en sus esteras, Simón descubrió de pronto que se le
había pasado el cansancio y que, en realidad, no tenía ni pizca de sueño. Se
quedó escuchando y, a pesar de que la respiración de Miriamele era tranquila y
regular, no parecía que hubiera conciliado el sueño tampoco. En alguna parte
entre los árboles, un grillo solitario rascaba quedamente su violín.
—¿Miriamele?
—¿Qué?
—Deberíais decirme adónde vamos. Cumpliría mejor con mi función de
protector; pensaría en la meta y haría planes.
—Estoy segura de que es cierto —rió
en voz baja—. Os lo diré, Simón, pero no esta noche.
—Muy bien —replicó con el entrecejo
fruncido, y se puso a mirar las estrellas que asomaban entre las ramas.
—Más os valdría dormir ahora, porque
cuando salga el sol será más difícil.
¿Acaso todas las mujeres tenían una
Raquel el Dragón pequeñita dentro de ellas? Daba la impresión de que a todas
les gustara decirle cuál era su obligación. Abrió la boca para responder que no
necesitaba descansar todavía, pero lo único que consiguió fue bostezar.
Intentaba recordar qué quería decirle
mientras se dormía.
En el sueño, Simón se encontraba a la
orilla de un océano inmenso, desde donde se extendía un estrecho arrecife que
se adentraba en el agua cortando el oleaje y llegaba a un pequeño islote a
cierta distancia mar adentro. El islote estaba desierto, y sólo tres altas
torres blancas se destacaban reverberando a la luz, de la tarde; pero no eran
las atalayas lo que le interesaba. Paseando por la isla delante de ellas,
entrando en la triple sombra y saliendo de ella, había una figura diminuta con
el cabello blanco y una túnica azul. Estaba seguro de que era el doctor
Morgenes.
Observó el arrecife y se dijo que
sería fácil de atravesar a pie, pero la marea estaba subiendo y no tardaría en
cubrir el estrecho brazo de tierra por completo; entonces oyó una voz a lo
lejos. En medio del mar, entre el islote y la rocosa plataforma sobre la que se
hallaba, el fuerte oleaje zarandeaba una pequeña barca; dentro había dos
siluetas, una alta y firme, la otra pequeña y frágil; tardó unos segundos en
reconocer a Geloë y a Leleth. La mujer le decía algo, pero su voz se perdía en
el bramido del océano.
«¿Qué hacen ahí, en esa barca?
—pensó—. Enseguida se hará de noche.»
Se adelantó unos pasos sobre el
estrecho arrecife, y la voz de Geloë le llegó a ráfagas, audible apenas.
—¡... Falso!— gritaba—.¡Es falso...!
«¿Qué es falso? —se preguntó—, ¿el
brazo de tierra? Parece bastante sólido. ¿El propio islote?» Forzó la vista y,
a pesar de que el sol ya se había hundido mucho en el horizonte convirtiendo
las torres en negros dedos y la silueta de Morgenes en una oscura hormiguita,
la isla parecía indiscutiblemente material. Avanzó algunos pasos más.
—¡Falso! —voceó Geloë una vez más.
El cielo se oscureció bruscamente, y
el fragor de las olas quedó ahogado por el aullido del viento que se levantó.
En un instante, el océano se tornó azul y después blancoazulado; de súbito, las
olas adquirieron rigidez y se congelaron en forma de afiladas y puntiagudas
agujas de hielo. Geloë agitaba los brazos desesperada pero el mar que rodeaba
la barca se encrespó y estalló. Luego, con un rugido y una avalancha de aguas
negras y vivas como la sangre, Geloë, Leleth y la barca desaparecieron bajo las
gélidas olas, succionadas hacia la oscuridad.
El hielo trepaba por el istmo. Simón
se volvió a mirar; se encontraba ya tan lejos de la playa como del atolón y
ambos puntos parecían alejarse de él dejándolo aislado en medio de un brazo
rocoso que se alargaba sin cesar, mientras el hielo seguía ascendiendo y
llegaba a sus botas...
Despertó de golpe, tembloroso; la
pálida aurora saturaba la arboleda y las ramas se mecían en la fría brisa;
tenía la capa liada alrededor de las rodillas, enredada e inútil, y el resto
del cuerpo destapado.
Estiró el ropón y volvió a acostarse;
Miriamele aún dormía a su lado, con la boca entreabierta y el cabello dorado en
desorden. Un deseo súbito lo invadió, acompañado por un sentimiento de
vergüenza. Estaba tan indefensa, allí tendida en el campo, y él era su
protector... ¿Qué clase de caballero era, que albergaba semejantes anhelos?
Pero deseaba acercarse, abrigarla, besarle la abierta boca y sentir su aliento
en la mejilla. Molesto, se dio media vuelta y miró hacia el otro lado.
Los caballos permanecían tranquilos
donde los habían dejado, con las riendas atadas a una rama baja; la imagen de
las alforjas a la desvaída luz del amanecer le inspiró de pronto una especie de
tristeza hueca. La noche anterior, le había parecido una aventura loca, y ahora
se le antojaba una verdadera locura. Fueran cuales fueran los motivos de
Miriamele, no eran los suyos. Él estaba en deuda con muchas personas: con el
príncipe Josua, que lo había engrandecido y lo había armado caballero; con
Aditu, que lo había salvado; con Binabik, que le había brindado una amistad que
no merecía. Además, había otros que lo admiraban, como Jeremías. Y, sin
embargo, los había abandonado a todos en un arrebato caprichoso. ¿Y por qué?
Para imponerse a Miriamele, que abandonaba el campamento de su tío con un
triste propósito que sólo ella conocía. Había renunciado a los pocos que lo
estimaban para pegarse a quien ni siquiera lo apreciaba.
Miró las monturas de reojo y sintió
que la tristeza calaba más hondo. Hogareña... Qué nombre tan bonito, ¿no? Pero
él acababa de huir de otro hogar, y esta vez sin un motivo razonable.
Suspiró y se sentó. Estaba allí y
poco se podía hacer por remediarlo, al menos de momento. Tan pronto como la
princesa se despertara, intentaría otra vez convencerla de regresar.
Se colocó la capa y se puso de pie;
desató los caballos y atisbo los alrededores desde el lindero del bosquecillo
antes de llevárselos colina abajo a abrevar al río. Cuando regresó, los ató a
otro árbol desde donde alcanzaban los tiernos brotes de hierba. Al contemplar a
Hogareña y al caballo sin nombre de Miriamele, que con satisfacción se
dedicaron a desayunar, se animó un poco por primera vez desde que había
despertado de la inquietante pesadilla.
Empezó a buscar leña procurando
recoger sólo la que estuviera bastante seca para arder sin demasiado humo, tras
lo cual encendió una hoguera pequeña. Se alegró de haber llevado la yesca y el
pedernal y se preguntó cuánto tardaría en descubrir que, con las prisas, se
había olvidado de coger alguna cosa tan necesaria como los útiles para encender
fuego. Se sentó un rato ante las llamas a calentarse las manos y a contemplar
el descanso de Miriamele.
Poco después, mientras rebuscaba en
las alforjas algo que comer, Miriamele comenzó a agitarse y a gritar en sueños.
—¡No! —murmuraba—; no, no quiero...
—Levantó los brazos a media altura como para librarse de algo.
La miró consternado unos momentos;
luego fue a arrodillarse a su lado y le tomó la mano.
—Miriamele, princesa. Despertad,
estáis soñando.
Se defendía de su mano, pero sin
fuerzas. Por fin abrió los ojos y lo miró fijamente; por un instante pareció
que veía a otra persona, pues se escudó tras el otro brazo en actitud
defensiva, pero enseguida le reconoció y dejó caer la mano mientras con la
primera apretaba la del muchacho.
—Era sólo una pesadilla —la
tranquilizó Simón.
Le apretó los dedos con suavidad,
sorprendido y gratificado al comprobar que los tenía mucho más grandes que
ella.
—Me encuentro bien —musitó al cabo la
princesa, y se incorporó hasta sentarse al tiempo que se tapaba los hombros con
la capa. Echó una ojeada alrededor como si la claridad del día fuera una broma
tonta de Simón—. ¿Qué hora es?
—El sol no toca todavía la copa de
los árboles; allá abajo, quiero decir. Llevé a los caballos al río.
Miriamele no contestó; se puso en pie
y salió de la arboleda con paso inseguro. Simón se encogió de hombros y volvió
a la búsqueda de algo con que preparar el desayuno.
Cuando la princesa regresó, no mucho
más tarde, Simón había encontrado un trozo de queso tierno y un bollo de pan,
que había abierto por la mitad y estaba tostando al fuego pinchado en un palo.
—Buenos días —saludó ella. Estaba
desarreglada, pero se había quitado la suciedad de la cara y tenía una
expresión casi alegre—. Perdonad que me enfadara tanto, es que tenía una...,
una pesadilla espantosa.
La miró con interés pero ella no
añadió nada más.
—Aquí hay comida —le dijo.
—Y fuego también. —Se acercó y se
sentó cerca al amor de la lumbre, con las manos extendidas—. Espero que no se
vea el humo. —Simón le pasó la mitad del pan y un poco de queso, que comió con
apetito; sonrió con la boca llena y, después de tragar, le dijo—: ¡Qué hambre
tenía! Anoche estaba tan preocupada que se me olvidó cenar.
—Hay más, si lo deseáis.
—Es mejor guardarlo para más tarde;
no sé cuánto tiempo estaremos de viaje y tal vez nos sea difícil conseguir más.
—Levantó los ojos—. ¿Sabéis disparar? He traído un arco y una aljaba. —Señaló
hacia el arco sin cuerda que colgaba de su silla.
—He tirado alguna vez, pero no soy
Mundwode. Seguramente alcanzaría a una vaca a unos doce pasos o así.
—Yo pensaba en conejos, ardillas o
pájaros, Simón —replicó con una risita—. No creo que haya muchas vacas paciendo
por aquí.
—En ese caso —contestó—, más vale que
guardemos la comida, tal como habéis dicho.
—Mientras dure el fuego... —comentó,
recostada y con las manos sobre el estómago. Al rato, se levantó y se acercó a
las alforjas, de donde sacó un par de tazones y una bolsa pequeña; regresó
junto a la hoguera y puso dos piedras a calentar sobre las ascuas—. He traído
un poco de té de calaminta.
—No lo tomaréis con mantequilla y
sal, ¿verdad? —preguntó Simón, al recordar las excéntricas mezclas de los
qanuc.
—¡No, Elysia misericordiosa! —replicó
entre risas—. Pero ojalá tuviéramos un poco de miel.
Mientras tomaban el té, que a Simón
le pareció mucho mejor que el aka de Mintahoq, Miriamele lo puso al corriente
de las actividades que planeaba para ese día. No reemprenderían la marcha hasta
la puesta del sol pero había unas cuantas cosas que hacer hasta entonces.
—Podríais enseñarme un poco de
esgrima, por ejemplo.
—¿Cómo? —Se quedó mirándola como si
le hubiera pedido que le enseñara a volar.
Miriamele lo miró burlona, se levantó
y fue hacia sus alforjas; del fondo sacó una espada corta con una vaina
repujada.
—Le pedí a Freosel que me la hiciera
antes de marcharme. Era una espada de hombre, pero la recortó. —Su gesto
desdeñoso se convirtió en una retorcida e inusitada mueca de burla de sí
misma—. Le dije que la quería para proteger mi virtud cuando llegáramos a
Nabban. —Miró a Simón con dureza—. Así pues, enseñadme.
—Queréis que os enseñe a usar la
espada— repitió despacio.
—Claro. A cambio, yo os adiestraré en
el manejo del arco. —Alzó la barbilla ligeramente—. Puedo dar a una vaca a
mucha más distancia que unos pocos pies... aunque no digo que lo haya hecho
—añadió apresuradamente—. El viejo sir Fluiren me enseñó a disparar con el arco
cuando era pequeña; le parecía divertido.
—¿Así es que pensáis cazar ardillas
para la cazuela? —inquirió perplejo.
—No he traído el arco para cazar,
Simón —replicó con expresión fría otra vez— ... ni la espada tampoco. Nos
dirigimos a un lugar peligroso; como mujer joven sería una locura viajar
desarmada con los tiempos que corren.
—Pero no queréis decirme adónde —añadió Simón, serio también ante la escueta
explicación.
—Mañana por la mañana. Ahora, vamos;
estamos perdiendo el tiempo. —Recogió la espada, la desenvainó y dejó caer la
funda al húmedo suelo; tenía los ojos brillantes y retadores.
—En primer lugar, no debéis tratar
así la vaina —la reprendió Simón; la recogió y se la entregó—. Guardadla y
poneos el cinto.
—Ya sé cómo se pone el cinto —replicó
ella ceñuda.
—Lo primero es lo primero —contestó
Simón con calma—. ¿Queréis aprender o no?
La mañana pasó, y con ella la
irritación de tener que enseñar a manejar la espada a una muchacha. Miriamele
demostraba unas ansias fieras por aprender y hacía una pregunta tras otra,
muchas de las cuales Simón no podía responder por más que se estrujara la
memoria en busca de las enseñanzas de Haestan, Sludig o Camaris. Resultaba
difícil admitir ante ella que él, un caballero, ignoraba algo y, tras varias
réplicas breves e insatisfactorias, se tragó el orgullo y declaró con franqueza
que no sabía por qué el pomo de la espada sólo sobresalía por dos lados y no
por todos y que, sencillamente, era así. Miriamele pareció más convencida con
esa respuesta que con todos los confusos intentos anteriores, y el resto de la
lección transcurrió con mayor rapidez y alegría.
Lo sorprendió la fuerza de la
princesa, superior a lo que su estatura prometía, aunque en parte lo comprendió
al recordar las experiencias por las que había pasado. También era rápida y
mantenía bien el equilibrio, aunque mostraba cierta tendencia a inclinarse en
exceso hacia adelante, costumbre que podría resultar fatal al primer descuido
en un enfrentamiento de verdad, puesto que casi todos sus adversarios serían
más altos y tendrían mayor alcance. De todas formas, lo había impresionado;
tuvo la sensación de que agotaría enseguida su repertorio de enseñanzas y
después se limitarían a practicar continuamente. Se alegraba mucho de que los
ejercicios fueran con palos largos en vez de espadas, porque durante la mañana
había conseguido encajarle unas cuantas estocadas peligrosas.
Después de concederse una prolongada
pausa para beber agua y descansar, cambiaron los papeles; Miriamele le enseñó
cómo cuidar el arco, haciendo hincapié en la necesidad de mantener la cuerda
templada y seca. Simón sonrió ante su propia impaciencia. Al igual que
Miriamele, que no quería soportar todas las explicaciones sobre el arte de la
espada —tomadas íntegramente de las enseñanzas de Camaris—, él también se
impacientaba por mostrarle lo que sabía hacer con un arco en las manos. Pero
ella no estaba dispuesta a consentirlo y pasaron el resto de la tarde repasando
la forma correcta de tensarlo. Cuando las sombras comenzaron a alargarse, Simón
tenía las manos enrojecidas y lastimadas. Habría que pensar en la forma de
hacerse con unos protectores de piel para los dedos corno los de Miriamele, si
es que iba a tomarse el arco en serio.
Prepararon algo de comer —pan, una
cebolla y un poco de carne curada— y después ensillaron los caballos.
—Vuestra montura necesita un nombre
—comentó Simón mientras ajustaba la cincha a Hogareña—. Camaris dice que el
caballo es parte de uno mismo, y que también es una criatura de Dios.
—Lo pensaré.
Echaron una última ojeada alrededor
para comprobar que no dejaban rastro de su presencia —habían enterrado las
cenizas de la hoguera y rastrillado la hierba aplastada con una rama larga— y
partieron con el final del día.
—Allí está el viejo bosque —indicó
Simón, entornando los párpados contra la primera luz del amanecer—; aquella
línea oscura de allá.
—Ya lo veo. —Apartó el caballo del
camino y lo desvió hacia el norte—. Hoy nos acercaremos allí cuanto podamos, en
vez de parar... Rompo mi propia consigna y cabalgaremos a la luz del día.
Quiero llegar cuanto antes; me sentiré más segura.
—¿No vamos hacia Sesuad'ra?
—No, vamos al Aldheorte... de
momento.
—¿Por qué al bosque? ¿Por qué?
Miriamele miraba al frente, se había
retirado la capucha y el sol le daba en el pelo.
—Porque es posible que mi tío envíe
gente tras de mí, y en el bosque no darán con nosotros.
Simón se acordaba perfectamente de
sus experiencias en el gran bosque, y muy pocas habían sido agradables.
—Pero se tarda muchísimo en
atravesarlo.
—No nos quedaremos allí mucho tiempo;
sólo el suficiente para asegurarnos de que nadie nos encuentre.
Simón se encogió de hombros; no tenía
la menor idea de adónde quería ir
Miriamele, ni por qué, pero resultaba evidente que lo había meditado de
antemano.
Continuaron cabalgando hacia la
lejana línea del bosque.
Llegaron a los linderos del Aldheorte
hacia el final de la tarde. El sol descendía por el horizonte y las colinas se
teñían de luz oblicua.
Simón suponía que se detendrían y
acamparían entre la rala vegetación de la parte más exterior del bosque —no
habían parado desde la noche anterior y llevaban casi un día entero cabalgando
con tan sólo unas breves cabezadas en los pocos momentos sustraídos al camino—
pero Miriamele estaba decidida a internarse, a ponerse a cubierto para evitar
un encontronazo fortuito.
Avanzaron entre los árboles, cada vez
más abundantes, hasta que cabalgar se hizo imposible, y llevaron a los caballos
por las riendas un cuarto de legua más. Cuando por fin la princesa encontró un
lugar de su agrado, las últimas luces del crepúsculo envolvían el bosque. Bajo
el espeso dosel de los árboles, el mundo se reducía a un cúmulo de apagadas
sombras azules.
Simón desmontó enseguida y encendió
fuego; en cuanto la hoguera crepitó a su gusto, montaron el campamento.
Miriamele había escogido aquel lugar debido, en parte, al arroyuelo que
discurría cerca. Mientras ella se ocupaba de preparar la cena, Simón llevó los
caballos a abrevar.
Tras un día entero sin apenas
desmontar, se encontraba inesperadamente despejado, como si hubiera olvidado lo
que era el sueño. Cenaron y permanecieron sentados junto al fuego charlando de
cosas cotidianas, aunque más bien por decisión de Miriamele; Simón tenía otros
temas en la cabeza y le parecía raro que la joven hablara con tanto interés de
Josua, Vorzheva y su futuro hijo y que le pidiera más anécdotas sobre la
batalla con Fengbald, cuando todavía había tantas preguntas sin respuesta sobre
el viaje que habían emprendido. Al cabo, cansado ya, levantó la mano.
—Basta de rodeos. Dijisteis que me
diríais adónde íbamos, Miriamele.
Ella fijó la mirada en las llamas un
buen rato antes de responder.
—Es cierto, Simón; supongo que no es
justo haberos traído tan lejos abusando de vuestra confianza. Pero no os pedí
que me acompañarais.
—Sin embargo, aquí estoy —replicó
dolido, aunque trataba de ocultarlo—, de modo que decidme adónde vamos.
—A Erkynlandia —anunció, después de
tomar una gran bocanada de aire y exhalar un profundo suspiro.
—Lo sospechaba. Y ¿qué vamos a hacer
allí?
—Vamos a Hayholt. —Lo miró con
intensidad, como retándolo a que se opusiera.
«Que Aedón nos ampare», pensó Simón
para sí, y en voz alta contestó.
—¿A buscar a Clavo Brillante? —Aunque
sólo el hecho de pensarlo fuera una locura, la idea resultaba emocionante en
cierto modo. Él, con ayuda, por supuesto, había encontrado y rescatado a
Espina, ¿no era cierto? Tal vez, si también volviera con Clavo Brillante,
sería... Ni siquiera se atrevía a traducir los pensamientos en palabras, pero
una imagen lo asaltó de pronto: él, Simón, una especie de caballero entre
caballeros, podría incluso cortejar a una princesa... Obligó a la imagen a
retroceder a lo más hondo. No había nada de eso, en realidad; de todas formas,
jamás regresarían de una aventura tan desesperada—. ¿Para intentar apoderarnos
de Clavo Brillante?, —insistió.
—Tal vez. —Todavía lo miraba con
intensidad.
—¿Tal vez? —repitió con el entrecejo
fruncido—. ¿Qué significa eso?
—Os dije que os contaría adónde
íbamos —respondió—, no todo lo que me ronda por la cabeza.
Simón, enfadado, cogió un palo y lo
rompió en dos; luego echó los troncos al fuego.
—¡Por la Sangre del Árbol de Dios,
Miriamele! —gruñó—. ¿Por qué hacéis esto? Decís que soy vuestro amigo y después
me tratáis como a un crío.
—No os trato como a un crío —replicó
furiosa—. Vos os empeñasteis en venir conmigo. Bien, pero lo que tengo que
hacer me corresponde sólo a mí, tanto si voy a buscar una espada como si quiero
recuperar un par de zapatos que me olvidé en el castillo con las prisas.
Simón seguía enfadado, pero no pudo
reprimir una carcajada.
—Capaz seríais de ir a buscar unos
zapatos, un vestido o cualquier cosa. ¡Qué suerte la mía! Terminar muerto a
manos de la guardia erkyna en medio de una guerra por intentar robar unos
zapatos.
—Seguramente ya robasteis muchas
cosas sin recibir castigo alguno cuando vivíais en Hayholt —repuso la princesa,
un tanto apaciguada—. Sería justo.
—¿Robar? ¿Yo?
—En las cocinas, sin parar. Me lo
confesasteis vos mismo, aunque yo ya lo sabía. Y... ¿quién robó la pala al
sepulturero y la puso en el guantelete de aquella armadura en el salón menor, y
así parecía que sir Nosequé iba a cavarse un agujero para sí mismo?
—Jeremías también estaba —dijo Simón
con una risa ligera y complacida, sorprendido de que se acordara.
—Querréis decir que lo obligasteis a
acompañaros; él jamás se habría atrevido a hacer nada semejante sin vos.
—¿Cómo lo sabéis?
—Ya os lo dije, tonto —replicó
Miriamele con una mirada despectiva—. Os estuve siguiendo durante semanas.
—No puede ser; ¿habláis en serio? —
Estaba impresionado—. ¿Qué más me visteis hacer?
—Sobre todo desaparecer y gandulear
por ahí cuando teníais que estar trabajando —le espetó— No me extraña que
Raquel os tirara de las orejas hasta ponéroslas moradas.
—Sólo me escabullía por buscar un
poco de tiempo para mí —contestó ofendido, con la espalda muy tiesa—. No os
imagináis lo que es vivir en las habitaciones de la servidumbre.
—Cierto. —Lo miró, seria de pronto,
triste incluso—. Pero tampoco vos sabéis lo que era vivir como yo. Desde luego,
no se me presentaban muchas ocasiones de quedarme a solas.
—Tal vez —reconoció Simón—, pero
estoy seguro de que la comida era mejor en vuestra parte de Hayholt.
—Era exactamente igual, sólo que la
tomábamos con las manos limpias. —Miró directamente a los negros dedos de
Simón, tiznados de ceniza.
—¡Ja, ja, ja! —Simón rió con fuerza—.
Así que la diferencia entre un pinche de cocina y una princesa está en la
limpieza de las manos. Lamento decepcionaros, Miriamele, pero después de pasar
un día entero en la bañera, con el agua hasta los hombros, también a mí me
quedaban las manos muy limpias.
—Entonces —dijo ella, lanzándole una
mirada burlona—, supongo que no hay ninguna diferencia entre los dos.
—No lo sé. —De repente, la discusión
lo incomodaba; había tomado un cariz hiriente—. No lo sé, Miriamele.
La princesa notó que algo había
cambiado y guardó silencio.
Los insectos cantaban alrededor y los
árboles en sombras asomaban como si escucharan a escondidas. A Simón le
producía una sensación extraña encontrarse de nuevo en el bosque; se había
acostumbrado a las grandes extensiones que se dominaban desde Sesuad'ra y los
inacabables espacios abiertos del Alto Thrithing. Después de eso, el Aldheorte
se le antojaba limitador. No obstante, también un castillo tenía estrechos
confines y sin embargo constituía la mejor defensa contra el enemigo. Quizá
Miriamele tenía razón y el bosque era el mejor sitio para esconderse durante un
tiempo.
—Voy a dormir —anunció ella de
repente. Se levantó y se acercó al lugar donde había extendido la estera; Simón
observó que había colocado la suya en el extremo opuesto, al otro lado de la
hoguera.
—Como queráis. —No sabía si se había
enfadado con él otra vez o si, simplemente, ya no tenía nada más que añadir. A
veces, cuando estaba con ella, lo invadía esa sensación tan pronto como se
terminaban los temas triviales de charla. Las cosas importantes resultaban
difíciles de tratar, demasiado comprometedoras... y espantosas—. Yo me quedo
aquí sentado un rato.
Miriamele se envolvió en la capa y se
acostó. Simón la observaba a través del aire, que temblaba por efecto del calor
del fuego. Un caballo emitió un suave sonido de satisfacción.
—Miriamele...
—Lo que os dije la noche en que nos
fuimos es cierto; soy vuestro protector aunque no me expliquéis con exactitud
de qué tengo que protegeros.
—Lo sé, Simón, y os lo agradezco.
Se produjo otro largo silencio. Al
cabo de un rato, Simón oyó un sonido leve, melodioso. Se puso en guardia hasta
que se dio cuenta de que era Miriamele, que musitaba una canción para sí.
—¿Qué cantáis?
—¿Qué? —preguntó la princesa, dándose
la vuelta hacia él.
—¿Qué canción tarareabais?
—No me daba cuenta —dijo la joven con
una sonrisa—. Llevo toda la tarde con ella en la cabeza; es una que solía
cantarme mi madre de pequeña. Creo que es hernystira y que la aprendió de mi
abuela, pero la letra está en lengua occidental.
—¿La cantaríais en voz alta?
—solicitó Simón, de pie junto a la estera de la muchacha.
—No sé. —Vaciló—. Estoy cansada y no
creo que me acuerde de todas las estrofas. Además, es una balada triste.
Simón se recostó en el suelo y se
arrebujó en la capa, tiritando de repente. La noche se enfriaba por momentos y
el viento agitaba las hojas apaciblemente.
—No importa que no os acordéis de
todas las estrofas, pero sería muy agradable escuchar una canción.
—De acuerdo, voy a intentarlo. —Tras
pensar unos instantes, Miriamele comenzó a cantar; tenía la voz grave pero
dulce.
En Cathyn Dair, junto al Mar de
Plata...
A pesar de que cantaba quedo, la
lenta melodía resonaba por todo el ensombrecido claro del bosque.
... en Cathyn Dair vivía una
doncella.
Id más bella, que jamás se viera,
y yo la amaba y ella me amaba a mí.
Junto al Mar de Plata el viento es
frío,
la hierba alta, las piedras viejas;
se compra el corazón y el amor se
vende.
Y la misma historia se repite sin
cesar
en la cruel Cathyn Dair.
Nos conocimos cuando la luna de otoño
estaba alta
en Cathyn Dair, junto al Mar de
Plata,
con vestido argentado y zapatos de
oro
bailó y me regaló su sonrisa.
Cuando el hielo del invierno cubría
los tejados
en Cathyn Dair, junto al Mar de
Plata,
cantamos al amor de la lumbre,
sonrió y me regaló sus labios.
Junto al Mar de Plata el viento es
frío,
la hierba alta, las piedras viejas;
se compra el corazón y el amor se
vende.
Y la misma historia se repite sin
cesar
en la cruel Cathyn Dair.
Cuando la primavera soñaba en los
campos
en Cathyn Dair, junto al Mar de
Plata,
ante el altar de Mircha, donde arden
las velas,
me dio su palabra de casamiento.
Cuando el verano inflamaba las
colinas
en Cathyn Dair, junto al Mar de
Plata,
las amonestaciones se pregonaron en
el pueblo
pero ella no acudió a desposarse
conmigo.
Junto al Mar de Plata el viento es
frío,
la hierba alta, las piedras viejas;
se compra el corazón y clamarse
vende.
Y la historia se repite sin cesar
en la cruel Cathyn Dair.
Cuando de nuevo llegó la luna de
otoño
a Cathyn Dair, junto al Mar de Plata,
la vi bailar con su vestido
argentado,
bailaba con otro hombre que no era
yo.
Cuando el invierno enseñó sus garras
crueles
en Cathyn Dair, junto al Mar de
Plata,
salí de los muros de la ciudad;
ese lugar no me atormentará más.
Junto al Mar de Plata el viento es
frío,
la hierba alta, las piedras viejas;
se compra el corazón y clamarse
vende.
Y la historia se repite sin cesar
en la cruel Cathyn Dair...
—Es bonita la canción —afirmó Simón,
una vez, concluido el romance—, y triste. —La pegadiza melodía todavía
revoloteaba en su cabeza y entendió por qué Miriamele la había tarareado sin
darse cuenta.
—Mi madre solía cantármela en el
jardín de Meremund. Siempre cantaba; todos decían que tenía la voz más bonita
del mundo.
Se quedaron en silencio unos
momentos, arropados los dos, cada cual en su capa, meciéndose en sus propios
pensamientos secretos.
—Yo no conocí a mi madre —dijo Simón
al cabo—, murió al nacer yo, y tampoco a mi padre; no conocí a ninguno de los
dos.
—Ni yo.
Cuando la inverosimilitud de ese
comentario penetró el ensimismado cerebro de Simón, Miriamele se había dado
media vuelta, de espaldas al fuego y a él. Quería preguntarle qué significaban
aquellas palabras pero presintió que la muchacha no deseaba seguir hablando.
Se conformó con contemplar las
débiles llamas de la fogata y las últimas chispas que flotaban en la oscuridad.
III
VENTANAS COMO OJOS
L
os carneros estaban tan apiñados que
apenas quedaba sitio para moverse entre ellos. Binabik avanzaba entre los
lanudos obstáculos cantando una suave melodía que tranquilizaba al rebaño.
—Sisqi —llamó—, tengo que hablar
contigo.
Estaba sentada con las piernas
cruzadas, atando de nuevo los arreos de su carnero. Alrededor, otros gnomos,
hombres y mujeres, supervisaban los últimos detalles antes de que la compañía
del príncipe reemprendiera la marcha hacia Nabban.
—Estoy aquí —respondió.
—¿Me acompañas a un lugar más
tranquilo?
—Sí —asintió, y dejó los correajes en
el suelo.
Se abrieron paso hasta salir de entre
los inquietos animales y subieron al otero. Cuando se sentaron en la hierba, el
campo se extendía ante ellos con todo su ajetreo. Las tiendas ya habían sido
desmontadas a primera hora de la mañana y lo único que quedaba de la pequeña
ciudad, de tres días de duración, era una masa amorfa de gente y reses en
movimiento.
—Estás preocupado. ¿Qué te pasa, amor
mío? —preguntó Sisqi de pronto—. Aunque han ocurrido suficientes desgracias en
pocos días como para que la tristeza perdure mucho tiempo.
—Es cierto —asintió Binabik con un
suspiro—. Geloë representa una gran pérdida, y no sólo por su enorme sabiduría
también la añoro como persona, Sisqi. Jamás volveremos a conocer a nadie como
ella.
—Pero te pasa algo más —le instó con
suavidad—. Te conozco bien, Binbiniqegabenik. ¿Es por Simón y la princesa?
—Ahí está la raíz de todo. Verás, voy
a enseñarte una cosa. —Desmontó las partes de su bastón; dentro había una vara
blanca rematada con una piedra gris azulada.
—Es la flecha de Simón —exclamó
Sisqi, con los ojos muy abiertos—, el regalo del sitha. ¿La dejó adrede?
—No, no creo. La encontré envuelta en
una camisa suya, que le había hecho Gutrun. No se llevó más que lo puesto y,
eso sí, el saco donde guardaba sus posesiones más preciadas: el espejo de
Jiriki, una piedra que recogió de la sepultura de Haestan y algunos objetos
más. Creo que se dejó la flecha blanca sin querer. Tal vez la sacó de la bolsa
para algo y después no se acordó de volver a guardarla en su sitio. —Alzó la
flecha a la luz del sol de la mañana hasta que refulgió con el reflejo—. Me
recuerda muchas cosas —comentó despacio—. Es el símbolo de la deuda de Jiriki,
una deuda no menor que la que yo contraje con el doctor Morgenes en memoria de
mi maestro Ookequk.
—¿A qué te refieres, Binabik?
—inquirió, asaltada por un temor súbito pero ansiosa por ocultarlo.
—Ookequk prometió ayudar a Morgenes
—explicó el gnomo, mirando la flecha con aire deprimido—. Yo soy el depositario
de esa promesa. Juré ayudar y proteger a Simón, Sisqi.
—Has cumplido tu palabra con creces,
Binabik —replicó ella, tomándole la mano—. No tienes que velar por él día y
noche durante el resto de tus días.
—Esto es distinto. —Guardó la flecha
con cuidado en el bastón—. Y hay algo más que ese compromiso mío, Sisqi. Tanto
Simón como Miriamele se arriesgan mucho viajando solos por tierras salvajes, y
más aún si se dirigen hacia donde temo. Pero es que además nos ponen en peligro
a todos nosotros.
—¿Qué quieres decir? —Le costaba un
esfuerzo ímprobo eliminar de su voz el dolor que sentía.
—Si los capturan, terminarán en manos
de Pryrates, el consejero del rey Elías. Tú no lo conoces, Sisqi, pero yo sí,
al menos por lo que se cuenta de él. Es poderoso, y utiliza su influencia de
forma despiadada y cruel. No reparará en medios para obligarlos a confesar todo
lo que saben sobre nosotros, y saben mucho; de nuestros planes, de las
espadas... Lo saben todo. Pryrates los matará, al menos a Simón, mientras le
sonsaca.
—Así pues, ¿piensas ir a buscarlos?
—preguntó Sisqi, acongojada.
—Creo que es mi deber —contestó
Binabik, cabizbajo.
—Pero ¿por qué tú? ¡Josua dispone de
todo un ejército!
—Hay varias razones, amor mío.
Acompáñame cuando vaya a hablar con Josua y lo comprenderás. Quiero que estés
presente en ese momento, de todas formas.
—Si tú vas tras ellos —declaró ella
con aire de desafío—, yo también.
—¿Y quién velará por nuestro pueblo
en tierras desconocidas? —Señaló hacia los gnomos que trajinaban en la
pradera—. Al menos sabes hablar la lengua occidental; no podemos marcharnos los
dos y dejar a nuestros congéneres qanuc sordos y mudos.
—¿No hay otra solución? —inquirió con
lágrimas en los ojos.
—No se me ocurre nada —replicó el
gnomo lentamente—. Ojalá supiera otra forma de arreglarlo. —También tenía los
ojos empañados.
—¡Por las Piedras de Chukku! —juró—.
¿Es que después de haber pasado por tantos sufrimientos para estar juntos
tenemos que separarnos otra vez? —Se retorcía los dedos—. ¿Por qué eres tan
escrupuloso y honorable, Binabik de Mintahoq? ¡No es la primera vez que te
maldigo por ello, pero nunca con tanta amargura como ahora!
—Volveré a tu lado, te lo juro,
Sisqinanamook. Ocurra lo que ocurra, volveré a reunirme contigo.
La mujer se inclinó hacia adelante
hasta apoyar la frente en el pecho de Binabik y lloró. El gnomo la envolvió en
sus brazos y la acunó con ternura; tenía las mejillas anegadas de lágrimas.
—Que no encuentres un momento de
reposo hasta el final de los tiempos si no regresas —gimió Sisqi.
—Volveré —repitió el gnomo, y guardó
silencio.
Permanecieron unidos en un desdichado
abrazo durante un largo rato.
—No puedo afirmar que me guste la
idea, Binabik —declaró el príncipe Josua—. A duras penas podemos permitirnos
prescindir de vuestros conocimientos... cuanto menos ahora que Geloë se nos ha
ido. —El príncipe estaba taciturno—. Aedón sabe cuan duro ha sido el golpe para
nosotros. Me siento enfermo por dentro, y ni siquiera tenemos su cuerpo para
llorarla.
—Pero ella lo prefiere así —le
recordó Binabik con suavidad—. Volviendo a vuestra primera preocupación, creo
que aún menos podemos permitirnos la pérdida de vuestra sobrina y de Simón. Ya
os he comunicado mis temores al respecto.
—Quizá. Pero ¿quién va a ocuparse de
resolver el misterio de las espadas? Todavía nos queda mucho por desentrañar.
—Poca ayuda puedo prestar ya a
Strangyeard y a Tiamak. He compuesto versiones en occidental de casi todos los
pergaminos de Ookequk, y, para los pocos que faltan, Sisqi os será de gran
ayuda. —Señaló a su amada, que estaba sentada a su lado en silencio y con los
ojos enrojecidos—. Además, tengo que añadir aunque me pese que, cuando concluya
esa labor, reunirá a todos los qanuc que queden y regresará con ellos a nuestro
pueblo.
—Otra pérdida que lamentaremos
—comentó Josua mirando a Sisqi. La mujer gnomo inclinó la cabeza.
—Pero ahora sois numerosos —señaló
Binabik—. Nuestro pueblo también padece sufrimientos y estos pastores y
cazadoras son necesarios en el lago del Lodo Azul.
—Por supuesto —asintió el príncipe—.
Quedaremos eternamente agradecidos por la ayuda prestada por vuestro pueblo; no
lo olvidaremos jamás, Binabik. —Frunció el entrecejo—. Así pues, ¿estáis
decidido a partir?
—Me parece lo más oportuno por
diversas razones. También temo que Miriamele quiera recuperar la espada Clavo
Brillante, con la idea, tal vez, de precipitar el final de estas luchas, todo
eso me da miedo, puesto que, si lo que dice el conde Eolair es cierto, los
dwarrows ya han contado a las servidoras del Rey de la Tormenta que Minneyar es
la espada que ahora descansa en la tumba de vuestro padre.
—Cosa que, de todas formas, será con
seguridad el fin de nuestras esperanzas —añadió Josua, sombrío—. Ya que, si
Elías lo sabe, ¿por qué habría de dejarla donde está?
—Lo que sabe el Rey de la Tormenta y
lo que sabe vuestro hermano puede no ser lo mismo —puntualizó Binabik—. No es
cosa infrecuente entre aliados que se oculten datos unos a otros. Tal vez el
Rey de la Tormenta ignora que nosotros también lo sabemos. —Mostró sus
amarillos dientes en una sonrisa—. Parece muy complicado, ¿verdad? Y también lo
que tantas veces contó el anciano Towser: el comportamiento de vuestro hermano
cuando el le entregó la espada; es posible que los marcados por el Pico de las
Tormentas no puedan soportar su presencia.
—Sería mucho esperar. Isgrimnur, ¿qué
opináis de todo esto?
—¿De qué? —El duque se removió en su
escaño bajo—. ¿De las espadas o de la partida del gnomo en pos de Miri y el
muchacho?
—De cualquiera; de las dos. —Subrayó
su cansancio con un ademán.
—Sobre las espadas no puedo opinar
gran cosa, pero lo que dice Binabik tiene cierto sentido. En cuanto a lo
otro... —Se encogió de hombros—. Alguien debería ir, eso está claro; yo ya la
traje en una ocasión, de modo que podría intentarlo otra vez si lo deseáis,
Josua.
—No —se negó con firmeza—. Os
necesito aquí. Y no os separaría de Gutrun nuevamente por la tozudez de mi
sobrina. —Se volvió hacia el gnomo—. ¿Cuántos hombres necesitaríais, Binabik?
—Ninguno, príncipe Josua.
—¿Ninguno? —Se quedó perplejo—. Pero
¿qué pretendéis? Por vuestra seguridad, deberíais llevaron al menos un puñado
de los mejores, como en el viaje a Urmsheim.
—Creo que Simón y Miriamele no se
esconderían de mí, pero sí, con toda seguridad, de un grupo de soldados a
caballo que los persiguiera. Por otra parte, hay lugares por donde no pueden
pasar ni los hombres más diestros, como los thrithingos de Hotvig, mientras que
Qantaqa y yo los salvamos con facilidad; y además soy más sigiloso. No;
prefiero ir solo.
—No me convence —opinó Josua—, y, por
lo que veo, a vuestra Sisqi tampoco. Pero pensaré en ello, cuando menos. Tal
vez sea lo mejor; no soy sólo un tío preocupado por el destino de su sobrina y
su acompañante, si cayeran en manos de mi hermano. De todas formas, es
imprescindible intentar hacer algo. —Se frotó las sienes—. Dejadme meditarlo un
momento.
—Por supuesto, príncipe Josua.
—Binabik se puso en pie—. Pero no olvidéis que hasta el prodigioso olfato de
Qantaqa pierde el rastro cuando pasan muchos días. —Inclinó la cabeza,
secundando el gesto de Sisqi, y salieron.
—Es pequeño... Los dos lo son
—reflexionó Josua—. Pero ojalá no nos dejaran los gnomos y ojalá tuviéramos mil
aliados más como ellos.
—Ese Binabik es muy valiente, muy
valiente —afirmó Isgrimnur—. A veces me parece que la valentía es lo único que
nos queda.
Eolair contemplaba una mosca que
hacía rato revoloteaba por la cabeza de su montura; al caballo parecía no
importarle, aunque de vez en cuando sacudía un poco las orejas, pero el conde
seguía sus evoluciones. No tenía gran cosa con que distraerse mientras
cabalgaba por las tierras hernystiras más occidentales, cerca de la frontera
con la Marca Helada; además, el insecto le recordaba algo que no acababa de
captar y que sin embargo le llamaba la atención con insistencia. El conde de
Nad Mullach siguió observando el diminuto punto negro durante un rato hasta que
por fin cayó en la cuenta de por qué le parecía significativo.
«Es la primera mosca que veo desde
hace bastante..., la primera desde que cayó el invierno, creo. Seguro que la
temperatura está subiendo.»
Ese pensamiento tan trivial le dio
pie a otra serie de conjeturas mucho menos habituales.
«¿Será que la ola de frío por fin ha
cesado? —se preguntó—. ¿Habrán conseguido Josua y su pueblo hacer algo que
merme el poder del Rey de la Tormenta y que detenga su invierno mágico? —Echó
una ojeada a la reducida y harapienta hueste de hernystiros que galopaba tras
él y a la gran compañía sitha que los conducía, con sus estandartes y armaduras
de colores encendidos—. ¿Será que la incorporación del pueblo de Jiriki a la
batalla ha inclinado la balanza a nuestro favor? ¿O es que doy demasiada
importancia a un detalle insignificante?»
Rió para sí mismo, aunque
apesadumbrado. El último año, con todo su séquito de horrores, lo había
abrumado con presagios hasta el punto de asemejarse a sus antecesores de la
época de Hern.
Esos antecesores asaltaban sus
pensamientos a menudo en los últimos días. El ejército de mortales e inmortales
que se dirigía a Naglimund acababa de hacer un alto en el castillo de Eolair en
Nad Mullach, en la ribera del Baraillean. Durante los dos días que
permanecieron allí, el conde encontró por los alrededores tres veintenas más de
hombres deseosos de unirse a ellos en la guerra, más motivados por lo
prodigioso de cabalgar junto a los fabulosos Pacíficos, pensaba el conde, que
por el sentido del deber o la sed de venganza. En su mayoría, eran jóvenes
pertenecientes a familias que habían quedado separadas o que habían
desaparecido en el curso de los últimos conflictos. Por el contrario, los que
aún conservaban tierras o seres queridos a los que cuidar y proteger no sentían
el impulso de partir hacia otra guerra por más noble o necesaria para todos que
fuese, y Eolair no podía ordenarles que lo siguieran, pues era un derecho al
que los jerarcas de Hernystir habían renunciado desde los tiempos del rey Tethtain.
Nad Mullach no había sufrido tanto
como Hernysadharc, pero tampoco había logrado librarse de las consecuencias de
la campaña de Skali. En el poco tiempo de que disponía, Eolair reunió a los
escasos vasallos que quedaban e hizo todo lo posible por enderezar las cosas.
Si por casualidad regresaba de esa enloquecida guerra, más desquiciada día a
día, lo primero que haría sería dejar las responsabilidades del mando en manos
de otra persona cuanto antes, y retirarse a vivir otra vez en su querida Nad
Mullach.
Sus vasallos habían resistido mucho
tiempo al reducido ejército que Skali había dejado para mantener el sitio, pero
tan pronto como los estragos del hambre se hicieron sentir intramuros, Gwynna,
prima de Eolair y alcaidesa del castillo, una mujer austera y capaz, abrió las
puertas a los rimmerios. La mayoría de los objetos de valor que habían
pertenecido a la familia de Eolair desde poco después de la alianza de Sinnach
con el rey de Erl fueron destruidos o robados, al igual que tantos otros
recuerdos que él mismo había reunido en sus viajes por Osten Ard. De todas
formas, se consolaba pensando que los muros seguían en pie, que los campos,
cubiertos por un manto de nieve en esos momentos, todavía eran fértiles y que
el ancho Baraillean, indiferente a la guerra y al mal tiempo, seguía
discurriendo por Nad Mullach y Abaingeat en su curso hacia el mar.
El conde felicitó a Gwynna por su
decisión y le aseguró que él habría procedido del mismo modo de haberse
encontrado en su lugar. La mujer, para quien la vista de los extranjeros de
Skali en su gran mansión había supuesto la mayor mortificación imaginable,
quedó un tanto consolada, aunque no mucho.
No obstante, la ocupación de dichos
extranjeros, fuera porque su amo había continuado avanzando sobre Hernysadharc
o porque no pertenecían al mismo clan salvaje de Kaldskrike de Skali, no había
resultado tan odiosa como en otras partes de Hernystir. Habían dado malos
tratos a los prisioneros vencidos, saquearon y destrozaron a placer, pero no se
habían ensañado con las violaciones, torturas y asesinatos gratuitos que
caracterizaban el paso de los ejércitos del caudillo en su conquista de
Hernysadharc.
A pesar de los daños relativamente
menores causado al hogar de sus antepasados, Eolair partió de Nad Mullach con
un aplastante sentimiento de quebranto e infamia. Sus antepasados habían
levantado el castillo para contemplar el trocito de valle y de río que les
correspondía, y ahora éste había sufrido el ataque y la invasión en ausencia
del señor de la plaza; la servidumbre y los familiares se habían visto
obligados a defenderse solos.
«Mientras yo servía a mi rey —se
decía—. ¿Qué otra cosa podía haber hecho?»
La carencia de respuestas no paliaba
el peso del recuerdo indeleble de las piedras resquebrajadas, de los tapices
incendiados ni de los ojos atemorizados y hundidos de su pueblo. Aunque tanto
la guerra como el espíritu invernal cesaran al día siguiente, el mal ya estaba
hecho.
—¿Os apetecería comer algo más, mi
señora? —ofreció Eolair.
No podía menos que preguntarse cómo
se explicaría Maegwin, en su demencia, la escasa ración de alimento que les
correspondía durante el viaje a Naglimund. Naturalmente, no podía esperarse
gran cosa de un país cuyos campos habían sido arrasados por la guerra, pero
sentía curiosidad por saber cómo justificaría la princesa el pan duro y las
cebollas viejas en la mesa de los dioses.
—No, Eolaír, gracias. —Subrayó la
negativa con un gesto de la cabeza y sonrió con dulzura—. Hasta en la tierra
del placer ilimitado debemos mostrarnos austeros de vez en cuando.
¡Placer ilimitado! Sonrió a su vez.
Tal vez no fuera mala idea estar trastornado como Maegwin, al menos a la hora
de comer.
Un momento después, se reprendía por
el despiadado pensamiento. «Mírala, es como una niña, pero ella no tiene la
culpa... Quizá fue por el golpe de Skali; no la ha matado, como cree, pero ha
debido de afectarle los sesos.»
Se quedó mirándola fijamente. Maegwin
contemplaba la puesta de sol con evidente complacencia; su rostro casi
resplandecía.
«En Nabban utilizan una expresión:
bendito inocente. Así está ella..., como si ya no perteneciera a este mundo.»
—El ciclo de los dioses es mucho más
hermoso de lo que habría imaginado —comentó, soñadora—. ¿No será, tal vez, el
mismo que el nuestro, pero visto desde el otro lado?
«Y, aunque existiera un remedio
—reflexionó el conde de súbito—, ¿qué derecho tengo yo a arrebatarle ese
contento? —La ocurrencia lo impactó como un jarro de agua iría en la cara—. Es
feliz... por primera vez desde que su padre se marchó a morir en la guerra.
Come, duerme, habla conmigo y con los demás... aunque casi todo lo que dice es
un puro disparate. No se encontraría mejor si recuperara los sentidos en
tiempos tan espantosos, ¿verdad que no?»
Otra pregunta sin respuesta. Respiró
hondo para apartar la fatiga que lo asaltaba cuando estaba con Maegwin. Se puso
en pie y se dirigió a un rincón donde la nieve se había licuado, limpió el
tazón y regresó al árbol donde estaba Maegwin, sentada y sin dejar de observar
los campos de hierba ondulada y nieve gris que se extendían hacia el inflamado
horizonte occidental.
—Voy a ir a hablar con Jiriki —le
anunció—. ¿Estaréis bien aquí?
—Por supuesto, conde Eolair —dijo
ella con una leve sonrisa.
El conde hizo una inclinación de
cabeza y se alejó.
Los sitha formaban un círculo,
sentados en el suelo en torno a la hoguera de Likimeya. Eolair se detuvo a
cierta distancia, maravillado por la singularidad de la estampa. Había una
docena, colocados muy cerca unos de otros, pero ninguno hablaba; parecían
mirarse como si estuvieran sumidos en una conversación sin palabras. No era la
primera vez que se le erizaban los cabellos de la nuca de asombro y aprensión.
¡Qué aliados tan extraordinarios!
Likimeya no se había quitado el
maquillaje de cenizas. Una lluvia torrencial había empapado al ejército viajero
durante la jornada anterior, pero la extraña pintura de su rostro se conservaba
igual que antes, lo que lo indujo a pensar que se retocaba todos los días.
Enfrente de ella había una sitha alta y de rasgos estilizados, delgada como el
báculo de un sacerdote, con el cabello azul celeste recogido en la coronilla a
modo de cresta de ave. Sabía que esa mujer severa, Zinjadu, era aún mayor que
Likimeya porque Jiriki se lo había dicho.
También estaba presente
Khendraja'aro, tío de Jiriki, de cabellos encarnados y ropas verdes, y
Cheka'iso Rizos de Ámbar, cuya lanuda melena y afable rostro —lo había visto
sonreír y hasta lanzar carcajadas— lo hacían casi humano. A ambos lados de
Jiriki se hallaban Yizashi, con su larga lanza gris de madera mágica adornada
de cintas doradas, y Kuroyi, el más alto de toda la compañía, tanto entre los
sitha como entre los hernystiros, y tan pálido y de expresión tan fría que se
lo habría tomado por una norna, a no ser por su pelo, negro como el carbón.
Había varios más, tres mujeres y un par de hombres, que ya había visto con
anterioridad, aunque no conocía sus nombres.
Permaneció cierto tiempo de pie,
cohibido y sin saber si quedarse o retirarse. Por fin, Jiriki lo miró.
—Conde Eolair —le dijo—, estamos
pensando en Naglimund.
Eolair asintió y después saludó a
Likimeya con una inclinación de cabeza; ella, a su vez, bajó la barbilla
ligeramente en respuesta. Ningún otro de los presentes le dedicó más atención
que un breve destello de pupilas felinas.
—Pronto llegaremos allí —respondió.
—Dentro de pocos días —corroboró
Jiriki—. Nosotros, los zida’ya, no estamos acostumbrados a luchar por castillos
en posesión de enemigos. Creo que no lo hemos hecho desde los últimos y
terribles días en Venyha Do'sae. ¿Alguno de entre los vuestros conoce bien el
alcázar de Josua o es experto en ese tipo de tácticas? Tenemos muchas
preguntas.
—Tácticas de sitio... —musitó Eolair,
vacilante. Se había hecho la idea de que los temibles y competentes sitha se
habrían preparado para el asalto hacía tiempo—. Hay algunos que han luchado
como mercenarios en las guerras de las islas del sur y de la Tierra de los
Lagos, pero son pocos. La paz ha reinado en Hernystir durante casi todas
nuestras vidas. En cuanto a Naglimund... creo que yo mismo la conozco mejor que
cualquiera de los hernystiros, porque he pasado allí muchas temporadas.
—Venid y sentaos con nosotros. —Le
indicó un hueco cerca de Cheka'iso. El moreno Kuroyi dijo algo en la fluida
lengua sitha en el momento en que Eolair se sentaba, Jiriki esbozó una
sonrisa—. Kuroyi opina que las nornas presentarán batalla extramuros, pues cree
que los hikeda’ya jamás se ocultarían tras las piedras levantadas por los
mortales cuando por fin los zida'ya acudan a resolver las cosas.
—No sé nada de..., de las que
llamamos nornas —replicó Eolair—, pero, si sus propósitos son tan fatales e
inamovibles como parece, no creo que renuncien a la ventaja de una plaza fuerte
como Naglimund.
—Pienso que tenéis razón; pero la
mayoría de los míos son difíciles de convencer. Ya nos resulta sumamente
inverosímil creer que vamos a la guerra contra los hikeda´ya, cuanto más que se
oculten en una fortaleza y nos arrojen piedras como hacen los ejércitos
mortales.
Añadió algo en lengua sitha dirigido
a Kuroyi, quien contestó con brevedad y después calló, con los ojos fríos como
placas de bronce. Luego, Jiriki habló con el resto.
—Es una grave desconsideración que
utilicemos una lengua que el conde Eolair no conoce. Si alguien siente que no
se expresa bien en hernystiro o en occidental, con mucho gusto traduciré
vuestras palabras al conde.
—Lenguas mortales y estrategias
mortales. Todos tendremos que aprender —intervino Likimeya de pronto—. Vivimos
tiempos diferentes. Si ahora son las reglas de los mortales lo que hace girar
el mundo, es necesario que las conozcamos.
—O determinar si es posible vivir en
semejante mundo. —La voz de Zinjadu sonaba profunda y extrañamente monocorde,
como si hubiera aprendido el occidental sin haberlo escuchado jamás—. Tal vez
deberíamos dejar a los hikeda´ya esta
tierra de mortales por la que tanto apego muestran.
—Los hikeda’ya destruirían a los
mortales aún con mayor rapidez que a nosotros mismos —replicó Jiriki con calma.
—Una cosa es —terció Yizashi Lanza
Gris— cumplir una antigua deuda, tal como hicimos en M'yin Azoshai, sin contar
con que allí derrotamos a gentes mortales, descendientes de los navegantes del
sanguinario Fingil, por demás; y otra muy distinta aprestarnos a la guerra
contra otros Nacidos en el Jardín para favorecer a unos mortales a quienes nada
debemos y entre quienes se encuentran incluso los que nos persiguieron hasta
mucho después de la pérdida de Asu'a. ¡El padre de ese Josua fue enemigo
nuestro!
—Entonces, ¿el odio jamás tiene fin?
—retrucó Jiriki con sorprendente vehemencia—. La vida de los mortales es breve,
y los que ahora viven no son los que combatieron a nuestro pueblo disperso.
—Sí, la vida de los mortales es breve
—repuso Yizashi, desapasionado—, pero sus odios son profundos y pasan de padres
a hijos.
Eolair empezaba a sentirse
definitivamente incómodo, pero no le parecía que fuera el momento oportuno de
intervenir.
—Es posible que olvidéis, noble
Yizashi, que han sido los propios hikeda´ya
quienes nos han traído esta guerra. Ellos violaron la sacralidad de la
Yásira. Fue en verdad la mano de Utuk'ku, y no la del peón mortal, la que clavó
la daga que mató a nuestra Gran Abuela.
Yizashi guardó silencio.
—Esta digresión no tiene objeto
—opinó Likimeya. Eolair no pudo soslayar los destellos anaranjados que desde
sus profundidades lanzaban los ojos de la sitha al reflejar la luz, como los de
un lobo alumbrado por una antorcha—. Yizashi, os pedí, a ti y a los demás, a la
Casa de la Contemplación, a la Casa de la Reunión y a todas las casas, que
hicierais honor al compromiso con la Arboleda, y os pareció bien. Ahora nos
encontramos aquí porque es necesario desbaratar los planes de Utuk'ku
Seyt-Hamakha, y no sólo para saldar nuestra deuda o vengar el asesinato de
Amerasu.
—Los mortales tienen un dicho, según
he oído —intervino el moreno Kuroyi con voz mesurada, fantástica y musical, en
un hernystiro que sonaba preciso en exceso—: «Los enemigos de mis enemigos son
mis amigos... por un tiempo». Máscara de Plata y los suyos han escogido a un
grupo de mortales como aliados; por lo tanto, nosotros escogemos a los enemigos
de esos mortales como aliados nuestros. Además, Utuk'ku y sus servidores han
roto el pacto de Sesuad'ra, por lo cual no considero humillante luchar junto a los
sudhoda’ya hasta que todo quede resuelto. —Levantó las manos como para acallar
las preguntas, pero el círculo permaneció silencioso—. Nadie dice que debamos
amar a estos mortales, aliados nuestros. Yo no los amo y estoy seguro de que no
los amaré pase lo que pase. Y, si vivimos para ver el final de estos días,
volveré a mi alto hogar escondido en Anvi'janya, pues ya me siento ahíto de
compañía, tanto de mortales como de Nacidos en el Jardín. Pero, hasta entonces,
seré fiel a la palabra que he dado a Likimeya.
Tras las manifestaciones de Kuroyi se
produjo un prolongado silencio; los sitha continuaron sentados sin hablar, pero
Eolair tenía la sensación de que algo flotaba en el aire, una especie de
tensión que buscaba soluciones. Tanto se dilató el mutismo que comenzó a pensar
de nuevo en la conveniencia de marcharse, pero Likimeya levantó las manos y las
extendió planas ante sí.
—Por lo tanto, ahora debemos pensar
en Naglimund y en las acciones a emprender si los hikeda’ya no salen a combatir.
Procedieron a discutir el posible
sitio como si jamás se hubiera planteado el honor o deshonor de luchar junto a
los mortales. La urbanidad que mostraban confundía e impresionaba a Eolair;
cada cual hacía uso de la palabra tanto tiempo como fuera preciso y sin
interrupciones. Si se habían producido desacuerdos —y a pesar de lo
impenetrables que le parecían estaba seguro de que habían surgido serias
disensiones— en ese momento toda diferencia había desaparecido: el debate sobre
Naglimund fue animado, aunque comedido y, al parecer, sin resentimientos.
«Quizá cuando se vive tanto tiempo
—reflexionó—, se aprende a respetar las reglas, se aprende que es preciso
regirse por ellas; al fin y al cabo, la eternidad es muy larga como para
arrastrar rencores.»
Más tranquilo, tomó parte en la
discusión, vacilante al principio; pero, al comprobar que sus opiniones eran
valoradas y tenidas en cuenta, siguió hablando con mayor franqueza y confianza
de Naglimund, un lugar con el que estaba casi tan familiarizado como con el
Taig en Hernysadharc. Había estado allí en muchas ocasiones, pues solía
encontrar en Josua un valioso intermediario, unos oídos atentos a las novedades
que deseaba introducir en la corte de su padre, el rey Juan el Presbítero. El
príncipe era una de las pocas personas que el conde de Nad Mullach conocía
capaces de prestar atención y apoyo a las ideas, si le parecían buenas por su
interés intrínseco, aunque no redundaran en su propio beneficio.
El debate se prolongaba. El fuego
quedó reducido a meras brasas y Likimeya sacó una esfera de cristal de la capa
y la colocó en el suelo ante sí, hasta que la intensidad de su luz comenzó a
aumentar; enseguida, una luminosidad lunar alumbró todo el círculo.
Al regresar de la reunión con los
sitha, Eolair se encontró con Isorn.
—¡Eh, conde! —lo llamó el ¡oven
rimmerio—. ¿Has salido a dar un paseo? Aquí tengo un odre de vino... de los que
quedaban en tus bodegas de Nad Mullach, creo. Vamos a buscar a Ule y lo
beberemos juntos.
—Encantado. He pasado una tarde muy
rara. Nuestros aliados, Isorn, no se parecen a nada ni a nadie de lo que he
visto en mi vida.
—Son los Antiguos, y bárbaros además
—replicó Isorn alegremente, y después soltó una carcajada—. Lo siento, conde; a
veces olvido que los hernystiros sois...
—¿Bárbaros también? —Sonrió
débilmente—. No me ofendes. Desde la infancia estoy acostumbrado a ser el
extranjero, el raro, en mis días en las cortes aedonitas. Pero jamás me había
quedado tan patente como hoy.
—Sí que son diferentes de nosotros,
Eolair, pero poseen la osadía de la tormenta.
—Sí, y una gran inteligencia. No
comprendí todo lo que dijeron esta tarde, pero creo que ninguno de nosotros ha
visto jamás una batalla como la que va a tener lugar en Naglimund.
—Eso guárdalo para contarlo mientras
tomamos el vino —replicó intrigado, con una ceja enarcada—, aunque me alegro de
saberlo. Si salimos con vida, asombraremos a nuestros nietos con estas
historias.
—Si salimos con vida —remedó Eolair.
—Vayamos un poco más rápido —lo animó
Isorn con tono desenfadado—. Tengo sed.
Al día siguiente cabalgaron por la
margen del Inniscrich. El campo de batalla donde Skali había obtenido la
victoria y el rey Lluth había sido herido de muerte conservaba todavía zonas
cubiertas de nieve, pero con abundantes altibajos irregulares donde sobresalían,
entre el manto blanco, fragmentos de metal oxidado o lanzas corroídas por la
intemperie. A pesar de que pronunciaron numerosas oraciones y maldiciones,
ningún hernystiro hizo gala de mayor interés por demorarse en el lugar que
había presenciado su clamorosa derrota y donde habían muerto tantos de los
suyos; por el contrario, el enclave carecía de significado para los sitha, de
modo que la compañía en pleno pasó de largo a gran velocidad, siguiendo el
curso fluvial en dirección norte.
El Baraillean marcaba la frontera
entre Hernystir y Erkynlandia: los pobladores de Utanyeat, en la margen
derecha, lo llamaban Vadoverde. Escaseaban los habitantes en esos días, tanto
en una orilla como en la otra, aunque las aguas aún ofrecían pesca abundante.
Tal vez el tiempo hubiera mejorado, pero Eolair veía la tierra prácticamente
yerma. Los escasos supervivientes de los diversos enfrentamientos, que se
esforzaban por arañar al suelo algún sustento, allí en el extremo sur de la
Marca Helada, huían ahora ante el ejército sitha y humano que se acercaba,
incapaces de imaginar que otra tropa más de invasores armados pudiera
reportarles beneficio alguno.
Por fin, tras una semana de viaje
hacia el norte desde Nad Mullach, la hueste cruzó el río y se dirigió a
Utanyeat, el extremo más occidental de Erkynlandia, pues los sitha, a pesar de
que no cabalgaban tan veloces corno sus monturas se lo permitían, avanzaban con
rapidez. El terreno tenía tonos más grisáceos y las espesas brumas matutinas
que cubrían el suelo cuando cruzaban Hernystir no se dispersaban aquí a la luz
del sol; de modo que el ejército cubría etapas, desde el alba hasta la noche,
entre húmedos jirones de tinieblas, como almas en un más allá nebuloso.
Habríase dicho que un paño mortuorio envolviera las llanuras. El aire era frío
y calaba hasta los huesos a los humanos; a excepción del viento y el ruido
amortiguado de los cascos, la vasta campiña permanecía en silencio, ausente
incluso el canto de las aves. Por la noche, cuando el conde se acurrucaba
frente al fuego con Maegwin e Isorn, una quietud plúmbea se cernía sobre todas
las cosas. En una ocasión, Isorn comentó que tenía la sensación de encontrarse
en un cementerio enorme.
A medida que transcurrían los días y
se internaban en el sombrío y entristecido país, los rimmerios de Isorn oraban
y hacían la señal del Árbol con mayor frecuencia, y proliferaban las
discusiones —casi hasta el derramamiento de sangre— por verdaderas nimiedades.
El ambiente no afectaba menos a los hernystiros de Eolair, y hasta los sitha
parecían más taciturnos que de costumbre. La presencia constante de las nieblas
y del opresivo silencio hacía que todo empeño pareciera frívolo e inútil.
Eolair se sorprendió por sus propias
ansias de encontrar señales del enemigo cuanto antes; la sensación agorera que
impregnaba aquellas tierras baldías era un oponente mucho más insidioso que
cualquier ser de carne y hueso, por temible que fuera. Incluso un
enfrentamiento con las nornas habría sido preferible a tener que atravesar
semejante infierno.
—No sé qué encuentro de raro
aquí-dijo Isorn—. Tengo la mosca tras la oreja.
Eolair asintió en silencio, pero
enseguida se dio cuenta de que el hijo del duque no lo veía entre la bruma,
aunque cabalgaban próximos.
—Yo también —contestó.
Pasaron nueve días desde la partida
de Nad Mullach. O bien el tiempo había vuelto a empeorar o bien el invierno no
había comenzado a remitir en aquella pequeña parte del mundo. Una espesa capa
de nieve cubría la tierra, y a ambos lados de la suave pendiente que descendían
se erguían montículos grandes y desiguales. El débil sol debía de encontrarse
en alguna parte, oculto a la vista, en aquella tarde tan oscura como si jamás
hubiera existido algo semejante al ígneo astro.
De la cabeza de la marcha llegaron el
entrechocar de armaduras y una serie de palabras en la fluida lengua de los
sitha. Eolair forzó la vista entre la niebla.
—Nos detenemos —anunció, haciendo que
el caballo se adelantara.
Isorn salió detrás de él, y también
Maegwin, que había cabalgado todo el día tras ellos, en silencio.
Efectivamente, los sitha habían hecho
un alto y permanecían mudos sobre los caballos, a la espera, con las armaduras
de vivos colores y los orgullosos pendones semiocultos en la bruma. Eolair
cruzó sus líneas hasta que encontró a Jiriki y a Likimeya, que escrutaban el
camino, aunque él no distinguió nada entre las nubes bajas que pudiera
llamarles la atención.
—¿Nos hemos detenido? —preguntó.
—Hemos encontrado lo que buscábamos
—repuso Likimeya volviéndose hacia él. Sus rasgos parecían de piedra, como si
su rostro se hubiera convertido en una máscara.
—No veo nada. —Miró a Isorn, que se
encogió de hombros para dar a entender que él tampoco.
—Enseguida lo veréis —aseguró
Likimeya—. Esperad.
Confundido, el conde acarició el
cuello del caballo y se quedó mirando sin comprender. Se levantó un viento que
hizo aletear su capa y todo lo agitó. Las brumas se revolvieron y, de repente,
una mole oscura comenzó a tomar forma a medida que las tinieblas se rasgaban.
La gran muralla de Naglimund estaba
semiderruida; muchas piedras se habían desprendido y estaban acumuladas en el
exterior como las escamas de un pescado en putrefacción. En el centro del
enorme muro gris, donde antes se abría la puerta, había un hueco lleno de
cascotes, una especie de boca hundida y desdentada. Más allá, las altas y
cuadradas torres de Naglimund, que sobresalían por encima de la muralla
envueltas aún entre las densas sombras, los observaban desde sus negros
ventanales, como las vacías cuencas de una calavera.
—¡Brynioch! —exclamó Eolair
entrecortadamente.
—¡Por el Redentor! —respondió Isorn,
igualmente intimidado.
—¿Lo veis? —preguntó Likimeya. A
Eolair le pareció detectar una especie de humor terrible en su voz—. Hemos
llegado.
—Estamos en Scadach —dijo Maegwin,
aterrorizada—. El Agujero del Cielo. Ahora lo he visto.
—Pero ¿dónde está la ciudad de
Naglimund? —inquirió Eolair—. ¡Había una ciudad entera al pie del castillo!
—La hemos pasado de largo, o al menos
sus ruinas —advirtió Jiriki—. Lo poco que queda de ella yace ahora bajo la
nieve.
—¡Brynioch! —Eolair, estupefacto,
volvió la vista hacia lo que había tomado por simples montones de tierra y
nieve y luego se giró de nuevo hacia el colosal cúmulo de piedras derruidas que
tenía delante. La plaza parecía desierta, y sin embargo, al contemplarla, se le
tensaron los nervios como cuerdas de un laúd mientras el coman le brincaba en
el pecho—. ¿Vamos a entrar, sin más ni más? —No preguntó a nadie en concreto;
la sola idea era como pensar en lanzarse de cabeza a un túnel negro lleno de
arañas.
—Yo no entro ahí —anunció Maegwin de
improviso. Estaba pálida. Por primera vez desde que se había trastornado,
sentía verdadero pánico—. Si entráis en Scadach, abandonáis el cielo y su
protección. De ahí jamás se vuelve.
Eolair no tuvo valor para decirle
unas palabras tranquilizadoras, pero se acercó y le tomó la enguantada mano.
Los caballos permanecieron serenos uno junto a otro, mezclándose el vapor de su
respiración.
—No, no vamos a entrar-dijo Jiriki
con solemnidad—. Todavía no.
En ese mismo momento, unas luces
amarillas se encendieron en las entrañas de las negras ventanas de la torre,
como si el dueño de esos ojos vacíos acabara de despertar.
Raquel el Dragón dormía inquieta en
su pequeña habitación de los subterráneos de Hayholt.
Soñaba que estaba de nuevo en su
antiguo cuarto, en la sala de las doncellas, que tan bien conocía; se
encontraba sola y furiosa. ¡Cuánto costaba siempre dar con las alocadas
muchachas!
Oyó que arañaban en la puerta y, de
repente, tuvo la certeza de que se trataba de Simón. En medio del sueño, se
acordó de una ocasión en que se había dejado engañar por el mismo ruidito, de
modo que se acercó silenciosa y cauta hasta la puerta, donde se detuvo un
momento a escuchar los furtivos sonidos de fuera.
—¿Simón? —llamó—. ¿Eres tú?
La voz que respondió era en verdad la
de su pupilo, perdido tanto tiempo atrás, pero arrastrada y débil como si
llegara a sus oídos desde muy lejos.
—Raquel, quiero volver; ayúdame, por
favor. Quiero volver. —Los arañazos se reanudaron, insistentes, extraños,
sonoros...
La antigua jefa de las doncellas
despertó sobresaltada, temblando de frío y de miedo. El corazón le latía muy
deprisa.
Allí. Otra vez el mismo sonido, tal
como lo había oído en el sueño... sólo que ahora estaba despierta. Era
verdaderamente singular, y ya no le parecían arañazos sino más bien un roer
lejano y regular. Se sentó.
No era un sueño, lo sabía. Cuando se
estaba quedando dormida también le había parecido oír lo mismo, pero no le
había hecho caso. ¿Habría ratas entre los muros... o algo peor? Permaneció
sentada en el camastro de paja; las pocas brasas que ardían en el brasero no
proyectaban más que un tenue resplandor rojizo.
¿Ratas en unos muros de piedra tan
gruesos como ésos? Tal vez, aunque no era probable.
«¿Qué otra cosa podría ser, vieja
loca? Algo produce ese dichoso ruido.»
Apoyó los pies en el suelo y se
dirigió sigilosa al brasero; cogió un puñado de paja de su bien cuidado montón
e introdujo el extremo en el centro de las ascuas. En cuanto prendió, levantó
la improvisada antorcha.
El cuarto, tan familiar después de
largas semanas, no contenía más que sus propias provisiones. Se agachó a mirar
en los rincones sombríos pero no percibió movimiento alguno. Los rasguños
sonaban un poco más amortiguados ahora, pero todavía audibles. Debían de
provenir de la pared de enfrente; dio un paso hacia allá, y se golpeó el pie
desnudo contra el cofre de recuerdos, que había olvidado colocar en su sitio
después de repasar su escaso contenido la noche anterior. Dejó escapar un grito
ahogado y se le cayeron algunas briznas encendidas, pero enseguida se acercó
cojeando al jarro de agua para apagarlas. Una vez atendida la emergencia, se
frotó el pie magullado guardando el equilibrio sobre el otro.
Tan pronto como el dolor remitió se
dio cuenta de que el ruido también había cesado. O había asustado a quien fuera
con su grito repentino —cosa fácil si se trataba de una rata o de un ratón— o,
sencillamente, había dado señales de que estaba a la escucha. La idea de que
alguien estuviera sentado en silencio entre los muros y supiera de su presencia
al otro lado no le hacía ninguna gracia.
«Ratas —se repitió—. Pues claro que
son ratas. Huelen la comida que tengo aquí, esos bichos del demonio.»
Fuera cual fuera la causa, los ruidos
ya no se oían. Se sentó en el taburete y empezó a ponerse los zapatos. Sería
inútil tratar de conciliar el sueño otra vez.
«He soñado con Simón. ¡Qué sueño tan
raro! ¿Sería que su espíritu no descansa? Conozco al monstruo que lo mató;
algunas historias cuentan que los muertos no pueden descansar hasta que sus
asesinos son castigados. Pero yo ya hice todo lo posible por castigar a
Pryrates, y ya ves cómo he terminado. No sirvió para nada.»
Imaginarse a Simón condenado en algún
lugar oscuro resultaba triste y estremecedor.
«Levántate, mujer. Haz algo útil.»
Decidió ir a llevar algo de comer al
mísero y ciego Guthwulf.
Unos breves momentos en la pequeña
habitación de arriba, que tenía una rendija por ventana, le confirmaron que
estaba a punto de amanecer. Una simple ojeada al azul oscuro del firmamento y a
las pálidas estrellas la ayudó a calmarse.
«Sigo levantándome a la hora de
siempre, aunque viva en la oscuridad casi todo el día, como un topo. Menos es
nada.»
Bajó a su escondrijo y se detuvo en
la puerta por si se oían de nuevo los ruidos, pero todo estaba en silencio.
Recogió dos porciones generosas, una para el conde y otra para su amigo felino,
se echó por encima la pesada capa y bajó la escalera hasta el pasadizo secreto,
detrás del tapiz del descansillo.
Cuando llegó al punto donde solía
dejar la comida a Guthwulf, se disgustó al comprobar que la ración de la mañana
anterior estaba intacta. Ni el hombre ni el gato habían acudido.
«Jamás había faltado dos días
seguidos desde que empezamos —pensó preocupada—. Bendito Rhiap, ¿se habrá caído
por algún agujero, el pobre hombre?»
Guardó la comida del día anterior y
dejó la fresca, como si un pequeño cambio en la disposición de lo que en
realidad eran los mismos frutos secos y carne en salazón pudiera tentar mejor
al conde errante.
«Si no viene hoy —decidió—, tendré
que ir a buscarlo. Al fin y al cabo, no hay nadie más que se preocupe por él.
Es lo que manda Aedón.»
Angustiada, regresó de nuevo a su
habitación.
La estampa que componía Binabik
montado en su loba como si fuera un caballo de guerra, con el bastón agarrado a
guisa de lanza, podría haber resultado cómica en otras circunstancias, pero
Isgrimnur no sintió el menor deseo de reír.
—Sigo sin estar seguro de que sea la
mejor solución —dijo Josua—. Temo perder vuestra sabiduría, Binabik de Yiqanuc.
—Entonces, razón de más para
emprender el viaje ahora mismo, porque cuanto antes me vaya, antes volveré.
—Rascó las orejas a Qantaqa.
—¿Dónde se encuentra vuestra dama?
—preguntó Isgrimnur mirando alrededor. La aurora asomaba en el cielo pero la
falda del cerro estaba desierta, a excepción de los tres hombres y la loba—.
Creía que le gustaría venir a despedirse.
—Sisqi y yo nos despedimos a la hora
más temprana del nuevo día —repuso suavemente, sin mirar al duque a los ojos,
con la vista fija en el peludo cuello de Qantaqa—. Para ella es muy doloroso
verme partir.
Isgrimnur se arrepintió amargamente
de todos los comentarios necios e irreflexivos que había dedicado a los gnomos
en su vida. Eran pequeños y extraños, pero no por eso mostraban menos arrojo
que los hombres más grandes.
—Id con cuidado —recomendó el duque—,
y volved sano y salvo.
—Espero que encontréis a Miriamele y
a Simón —se sumó Josua—, pero, aunque no lo consiguierais, no os avergoncéis.
Como ha dicho Isgrimnur, volved sano y salvo lo antes posible, Binabik.
—Y yo os deseo que todo vaya bien en
Nabban.
—Pero ¿cómo nos encontraréis después?
—preguntó Josua de pronto, vivamente preocupado.
Binabik se quedó mirándolo con fijeza
y al fin, de improviso, lanzó una sonora carcajada.
—¿Que cómo voy a encontrar un
ejército de habitantes de las praderas y hombres de las cavernas mezclados, a
las órdenes de un héroe muerto y de un príncipe con una sola mano? No creo que
me resulte difícil seguiros el rastro preguntando.
—Sí, tenéis razón —reconoció el
príncipe, más tranquilo y risueño—. Hasta la vista, Binabik. —Levantó la mano,
y quedó a la vista la ennegrecida muñequera que llevaba como recuerdo de su
prisión y de la deuda que por ello tenía con su hermano.
—Hasta la vista, Josua e Isgrimnur
—contestó el gnomo—. Por favor, despedidme también de los demás. No podría
soportar decir adiós a todos a la vez. —Se inclinó hacia el oído de la paciente
loba y murmuró unas palabras, acto seguido, dio la espalda a los dos hombres—.
En las montañas solemos decir: Inij koku na sigaa min taq. «Será grande el día
en que volvamos a encontrarnos.» —Asió con ambas manos las correas de la
montura—. Hinik, Qantaqa. Busca a Simón. ¡Hinik ummu!
La loba saltó hacia adelante, colina
arriba. Binabik se balanceó en su ancho lomo pero se mantuvo en el sitio.
Isgrimnur y Josua se quedaron mirando hasta que el insólito jinete y su más
insólita montura alcanzaron la cima y se perdieron de vista.
—Temo no volver a verlos nunca más
—se lamentó Josua—. Tengo frío, Isgrimnur.
El duque puso una mano en el hombro
del príncipe. Tampoco él se sentía contento ni templado.
—Regresemos. Teñemos que poner en
movimiento a casi mil personas antes de que el sol alcance las crestas de los
oteros.
—Pues, en marcha. Vamos.
Dieron media vuelta y regresaron
sobre los mismos pasos que habían marcado al ir sobre la hierba embarrada.
IV
UN MILLAR DE HOJAS, UN MILLAR DE
SOMBRAS
M
iriamele y Simón pasaron la primera
semana de su escapada en el bosque. El avance se hacía lento y dolorosamente
laborioso, pero la princesa había decidido desde mucho antes de la huida que
era preferible perder tiempo a ser capturada. Empleaban las horas diurnas en
abrirse camino entre los densos árboles y la espesa vegetación rastrera en la
que quedaban atrapados de continuo, siempre al ritmo de las sordas quejas de
Simón. En general, llevaban los caballos por las riendas en vez de montarlos.
—Alegraos —le dijo en una ocasión
mientras descansaban en un claro, apoyados contra el tronco de un roble añoso—.
Al menos podemos ver el sol durante unos días. Cuando dejemos el bosque,
volveremos a viajar de noche.
—Si viajamos de noche, al menos no
tendré que ver todas las cosas que me arrancan la piel del cuerpo —replicó
enfurruñado, frotándose los rasgados calzones y las piernas llenas de arañazos.
Miriamele descubrió que tener algo que hacer le
levantaba el ánimo. La sensación de miedo impotente que la había atenazado
durante semanas se había desvanecido, y ahora pensaba con mayor claridad, veía
las cosas que la rodeaban con ojos nuevos... e incluso disfrutaba de la
compañía de Simón.
Y disfrutaba de verdad. A veces
incluso deseaba no sentirse tan a gusto con él. Resultaba difícil luchar contra
la sensación de haberlo engañado en parte, y no sólo por no haberle confesado
todos los motivos para abandonar el campamento de su tío y escaparse hacia
Hayholt; tenía además la impresión de no estar limpia del todo, de no ser apta
por completo para convivir con otra persona.
«Es Aspitis —pensaba—, él me hizo
esto. Antes de conocerlo, yo era tan pura como cualquiera pueda desear.»
Pero ¿era así de verdad? No había
sido él quien la había forzado a aceptarlo, sino ella, que le había permitido
hacer lo que quisiera; e incluso, en cierto modo, le había gustado. Después,
Aspitis resultó ser un monstruo, pero la forma en que acudía a su lecho no se
diferenciaba de como lo hacían la mayoría de los hombres con sus enamoradas. No
la atacaba con ferocidad. Si lo que habían hecho era malo y pecaminoso, ella
era tan culpable como él.
Y entonces, Simón ¿qué? Miriamele
tenía los sentimientos confusos. Ya no era un muchacho, sino un hombre, y una
parte de sí misma lo temía como a cualquier otro hombre. Aunque él conservaba
un algo de inocencia singular. Cuando intentaba hacer las cosas bien por todos
los medios, cuando no era capaz de ocultar lo herido que se sentía si lo
trataba con sequedad, lo veía todavía casi como un niño. Esa forma de
reaccionar empeoraba la situación, pues la pura consideración que mostraba
hacia ella dejaba patente que no tenía la menor idea de cómo se sentía ella en
realidad. Era justamente cuando él la trataba con más amabilidad, cuando más la
admiraba y halagaba, que ella se sentía irritada con él. Pero él parecía poner
todo su empeño en no verlo.
Era un sentimiento horroroso; por
fortuna, Simón había comprendido que la sinceridad de su afecto la hería en
alguna medida, de modo que se limitaba a la amistad guasona y chistosa con la
que ella se sentía más cómoda. Cuando conseguía estar cerca de él sin pensar en
sí misma, lo encontraba muy agradable.
A pesar de haberse criado en la corte
de su padre y de su abuelo, había frecuentado la compañía de muchachos en muy
pocas ocasiones. Casi todos los caballeros del rey Juan estaban muertos o
retirados en sus tierras, repartidos por Erkynlandia u otros países, y, durante
los últimos años de vida de su abuelo, la corte real había quedado tan vacía
que apenas vivían en ella los que necesitaban permanecer cerca del monarca por
razones de supervivencia. Más tarde, después de la muerte de su madre, su padre
no veía con buenos ojos que ella pasara el tiempo con los pocos niños y niñas
de su edad, aunque tampoco se ocupaba de llenar el vacío con su presencia, sino
que la confiaba a hombres y mujeres mayores que la aleccionaban sobre los ritos
y las responsabilidades de su posición y siempre encontraban defectos en todo
lo que hacía. Cuando su padre ocupó el trono, la infancia de la princesa
concluyó.
Leleth, su doncella, había sido en
realidad su única compañera. La pequeña idolatraba a Miriamele y absorbía hasta
la última de sus palabras. A cambio Leleth le contaba largos episodios sobre la
vida cotidiana entre muchos hermanos y hermanas, pues era la hija menor de la
numerosa familia de los barones, sus padres; la princesa escuchaba fascinada y
procurando no sentirse celosa de un hogar del que siempre había carecido.
Por ese motivo le fue tan penoso
volver a ver a la pequeña cuando llegaron a Sesuad'ra. La alegre niña que
recordaba había desaparecido. Antes de huir juntas del castillo, Leleth se
sumía en el silencio con cierta frecuencia, y muchas cosas la amedrentaban;
pero, al reencontrarse en Sesuad'ra, era como si una criatura diferente en todo
se hubiera instalado tras de sus ojos. Miriamele se esforzaba por recordar si
en algún momento había percibido alguno de los síntomas que Geloë había
descubierto en la pequeña, pero no se le ocurría nada más que su proclividad a
los sueños vividos, intrincados e incluso pavorosos a veces. Había llegado a
contarle algunos tan extraños y con tanto detalle que la princesa daba por
cierto que los inventaba.
Después de la ascensión de su padre
al trono, Miriamele se encontró rodeada de gente pero terriblemente sola al
mismo tiempo. Todo el mundo en Hayholt daba la impresión de estar obsesionado
con los vacuos rituales del poder, con los que había convivido desde pequeña y
que no le interesaban en absoluto. Era como presenciar un juego confuso entre
niños malhumorados. Hasta los pocos jóvenes que le hacían la corte —mejor
dicho, que se la hacían a su padre, porque la mayoría no tenía otro interés que
perseguir las riquezas y el poder que implicarían la mano de la princesa— le
parecían animales de una raza distinta de la suya, una especie de viejos
aburridos con cuerpos juveniles, niños taciturnos que imitasen a los adultos.
Los únicos en toda Meremund o en
Hayholt que parecían vivir la vida por sí misma, y no por las ganancias que
pudieran arrancarle, eran los miembros de la servidumbre. Sobre todo en
Hayholt, con todo su ejército de doncellas, mozos de caballerizas y pinches de
cocina, era como si un género radicalmente distinto de gente conviviera con sus
insulsos iguales. Un día, en un momento de profunda melancolía, vio de repente
el enorme castillo como una especie de cementerio invertido, con los muertos
paseándose por la superficie entre ruido de huesos y los vivos cantando y
riendo bajo tierra.
Así fue como empezó a fijarse en
Simón y en los demás muchachos que no aspiraban a ser más que lo que eran:
simples chicos. Al contrario que los hijos de los nobles de su padre, no tenían
prisa por adoptar el altisonante, monótono y amanerado vocabulario de sus
mayores. Los veía holgazanear cuando tenían que hacer sus tareas, reírse con
las manos en la boca de las necias bromas que intercambiaban o jugar a la
gallina ciega en los patios comunales, mientras se moría de ganas de ser como
ellos. Sus vidas parecían tan sencillas... Incluso cuando una visión más madura
le enseñó que en realidad eran duras y agotadoras, seguía soñando con quitarse
de encima la realeza como si fuera una capa y convertirse en una más entre
ellos. El trabajo nunca la había asustado, pero la soledad la aterrorizaba.
—No —sentenció Simón con firmeza—, no
permitáis jamás que se os acerquen tanto.
Movió un pie ligeramente y giró la
empuñadura de la espada de modo que la hoja, cubierta de trapos, apartara la de
Miriamele. De pronto, se lo encontró apretado contra ella. Emanaba un olor
fuerte, una mezcla de sudor, cota de cuero y sucios fragmentos de un millar de
hojas. ¡Qué alto era! A veces se le olvidaba. El súbito impacto de su presencia
le impedía pensar con claridad.
—Habéis abierto la guardia —la
regañó—. Si ahora sacara el puñal, no tendríais otra oportunidad. No olvidéis
que casi siempre vais a encontraros con oponentes que llegan más lejos que vos.
En vez de colocar la espada en algún
sitio que sirviera de algo, la dejó caer, colocó ambas manos sobre el pecho de
Simón y lo empujó. El muchacho retrocedió a trompicones pero logró recuperar el
equilibrio.
—Dejadme en paz. —Miriamele se dio
media vuelta y avanzó unos pasos; luego se detuvo a recoger unas cuantas ramas
y las echó al fuego para ocupar sus temblorosas manos en algo.
—¿Qué pasa? —preguntó él, tomado por
sorpresa—. ¿Os he hecho daño?
—¡No, no me habéis hecho daño! —dejó
caer la leña en el redondel que habían desbrozado en el suelo del bosque—. Me
he cansado del jueguecito, por ahora.
Simón movió la cabeza en un gesto de
incomprensión y se sentó a quitar los trapos de la espada.
Habían acampado temprano ese día,
cuando el sol todavía estaba airo sobre las copas de los árboles. Miriamele
había dicho que al día siguiente seguirían el arroyuelo que los había
acompañado un gran trecho hasta la carretera del río; el curso del arroyo había
descendido en esa dirección durante casi toda esa jornada. La carretera
describía un recodo junto al Ymstrecca, pasaba por Stanshire y seguía hacia el
valle de Hasu. Era preferible, le había explicado, llegar a la carretera a
medianoche y continuar caminando un rato antes del amanecer, mejor que pasar
otra noche en el bosque y verse obligados a aguardar todo el día siguiente para
salir a la carretera al oscurecer.
Era la primera vez en varios días que
habían podido usar la espada para algo menos rastrero que limpiar el suelo de
broza. Ella misma había propuesto una hora de práctica antes de preparar la
cena, lo que explicaba la perplejidad de Simón ante la brusquedad de su cambio
de opinión. Miriamele se desgarraba entre el deseo de aclararle que él no tenía
la culpa y una oscura sensación de que sí la tenía en cierto modo, por ser
hombre, por quererla y por haberla acompañado; se habría encontrado mejor en su
desdichada soledad.
—No me hagáis caso, Simón —le dijo
por fin, y se sintió débil por ceder—; es que estoy cansada.
Apaciguado, terminó de liar los
trapos y guardó el ovillo de telas polvorientas en las alforjas antes de ir a
reunirse con ella junto a la fogata sin encender.
—Sólo pretendía que tuvierais
precaución. Ya os he advertido que os inclináis demasiado hacia adelante.
—Ya lo sé, Simón; me lo habéis
advertido.
—Es peligroso dejar que alguien más
alto que vos se os acerque tanto.
—Lo sé, pero es que estoy cansada
—repitió, deseando para sus adentros que dejara el tema de una vez.
—Pero sois buena, Miriamele
—prosiguió él, con la sensación de que había vuelto a molestarla—. Sois fuerte.
—La princesa asintió sin palabras, absorta en el pedernal. Una chispa saltó,
pero no logró prender los hilos de la yesca. La muchacha arrugó la nariz y
volvió a intentarlo—. ¿Me dejáis probar a mí?
—No, no quiero. —Golpeó de nuevo, sin
mejores resultados; empezaban a cansársele los brazos.
Simón miró las ramas, después a
Miriamele y bajó los ojos de nuevo.
—¿Os acordáis del polvo amarillo de
Binabik? Era capaz de encender una hoguera en pleno chaparrón con ese polvo.
Una vez, en el Sikkihoq, lo vi hacer fuego en medio de la nieve y el viento...
—Tomad. —Se puso en pie y dejó en el
suelo, junto a la yesca, el pedernal y el fragmento metálico—. Hacedlo vos. —Se
acercó a su montura y empezó a hurgar en las alforjas.
Simón iba a decir algo, pero prefirió
aplicarse a la tarea de encender el fuego. Durante un largo rato, no tuvo mejor
suerte que Miriamele, pero por fin, cuando ella volvía con un pañolón lleno de
cosas que había encontrado, una chispa prendió. Mientras lo miraba desde
arriba, observó que tenía el cabello demasiado largo y que le caía sobre los
hombros en rizos rojizos.
—¿Qué ocurre? —preguntó Simón, con
los ojos llenos de preocupación por ella.
—Necesitáis un corte de pelo
—respondió, sin hacer caso de la pregunta—. Me encargaré de ello después de
comer. —Desató el pañolón—. Estas son nuestras últimas manzanas, aunque ya
están un poco arrugadas. ¿De dónde las sacaría Fengbald? —Le habían explicado
la procedencia de la mayoría de las provisiones de Josua, y encontraba cierto
placer recóndito en comerse lo que estaba destinado a un patán presuntuoso—.
También queda un poco de cordero salado, pero está a punto de acabarse. Es
posible que tengamos que utilizar el arco en algún momento.
Simón abrió la boca y la volvió a
cerrar. Tomó aire.
—Vamos a envolver las manzanas en
hojas y a enterrarlas entre las ascuas. Shem Horsegroom siempre las asaba así;
no importa que estén un poco viejas.
—Si vos lo decís...
Miriamele se recostó y se chupó los
dedos; todavía los tenía doloridos de pelar la manzana ardiente, pero había
valido la pena.
—Shem Horsegroom —opinó— es un hombre
asombrosamente sabio.
—Estaban buenas —replicó Simón con
una sonrisa. Todavía tenía la barba pegajosa del zumo—. Pero ya se han
terminado.
—Esta noche no podría comer un bocado
más. Y mañana estaremos en el camino de Stanshire. Seguro que encontraremos
algo casi tan bueno como esto.
—¿Qué habrá sido del viejo Shem? —se
preguntó Simón al cabo de unos momentos. Las hojas con que habían envuelto las
manzanas estallaban y chisporroteaban en el fuego a medida que se quemaban—. Y
de Rubén, y de Raquel. ¿Creéis que seguirán viviendo en Hayholt?
—¿Por qué no? El rey seguirá
necesitando mozos de cuadras y herreros, y siempre hacen falta los servicios de
una jefa de doncellas —arguyó con una leve sonrisa.
—Cierto —rió Simón, satisfecho—. No
me imagino a nadie capaz de obligar a Raquel a marcharse contra su voluntad;
sería más fácil sacar a un puercoespín de un tocón hueco. Ni siquiera el rey...
vuestro padre, quiero decir, podría obligarla a marcharse si ella no quisiera.
—Sentaos —le ordenó Miriamele, con la
necesidad inaplazable de hacer algo—. Os advertí que iba a cortaros el pelo.
—¿Os parece necesario? —preguntó él,
tocándose las guedejas por la espalda.
—Hasta las ovejas se esquilan una vez
al año —puntualizó la princesa, con la mirada inflexible.
Sacó la piedra de amolar y afiló el
cuchillo. El ruido de la hoja contra la piedra era como un eco amplificado del
canto de los grillos que resonaba más allá de la luz de la hoguera.
—Me siento como si estuvieran
trinchándome para el festín de Aedonmansa —comentó Simón mirando por encima del
hombro.
—¿Quién sabe lo que puede suceder en
cuanto se acabe la carne seca? Bien, ahora mirad hacia adelante y no os mováis.
—Estaba detrás de él, pero no había luz suficiente para ver; si se sentaba, la
cabeza de Simón le quedaba demasiado alta—. No os mováis de ahí.
Arrastró un pedrusco grande, que dejó
la marca en el suelo húmedo, se sentó encima y comprobó que la altura era
perfecta. Tomó la mata de pelo en las manos y calculó. Sólo un poco las
puntas... No, bastante más que un poco.
Tenía el cabello más fino de lo que
parecía, espeso y suave, pero estaba pegajoso después de tantos días de viaje;
de pronto pensó en el aspecto que debía de tener el suyo y frunció el
entrecejo.
—¿Cuándo fue la última vez que os
bañasteis?
—¿Cómo? —Lo había cogido
desprevenido—. ¿A qué os referís?
—¿A qué creéis que puedo referirme?
Tenéis el pelo lleno de cositas, de palitos y de porquería.
—¿Y qué esperabais, cuando llevo días
y días arrastrándome por este estúpido bosque? —replicó irritado.
—Bien, tal como está, no puedo
cortarlo. —Reflexionó unos momentos—. Voy a lavároslo.
—¿Os habéis vuelto loca? ¿Para qué
voy a lavármelo? —Levantó los hombros en un gesto defensivo, como si lo
estuvieran amenazando con el cuchillo.
—Ya os lo he dicho: para poder
cortarlo. —Se levantó y fue a buscar el odre de agua.
—Esa agua es para beber —protestó.
—Lo llenaré otra vez antes de partir
—dijo ella con calma—. Ahora, inclinad la cabeza hacia atrás.
Por un momento pensó en calentar el
agua, pero la había fastidiado tanto con sus protestas que se divirtió a costa
de los ahogados chillidos que dio cuando le vació el frío líquido del pellejo
sobre la cabeza. Después tomó el recio peine de hueso que Vorzheva le había
devuelto en Naglimund, y desenredó la maraña lo mejor que pudo, haciendo caso
omiso de las protestas indignadas de Simón. Tenía algunas ramillas tan liadas
que tuvo que quitárselas con las uñas, tarea meticulosa que la obligaba a
acercarse mucho a él. El olor del pelo mojado, junto con el propio del
muchacho, bastante penetrante, resultaba agradable, y de pronto empezó a
tararear en voz baja.
Cuando dio por concluido el peinado,
cogió el cuchillo y empezó a recortar; tal como esperaba, con quitarle las
destrozadas puntas no había suficiente, de modo que empezó a cortar
rápidamente, antes de que Simón se quejara otra vez. Enseguida asomó el cuello,
pálido de tantos meses como llevaba oculto al sol.
La vista de aquel cuello, que se
ensanchaba en la base, y del vello rojo y dorado que se espesaba al alcanzar la
línea del cuero cabelludo la conmovió de pronto.
«Cada cual tiene algo mágico —se
dijo—. No falla.»
Le pasó los dedos por el cuello con
suavidad, y Simón reaccionó con un brinco.
—¿Qué hacéis? ¡Qué cosquillas!
—¡Cerrad la boca! —Sonreía a su
espalda, donde no alcanzaba a verla.
Siguió recortando hasta por encima de
las orejas y le dejó un mechón colgando justo sobre el nacimiento de la barba.
Levantó el flequillo y lo cortó también; después lo miró de perfil para
asegurarse de que no le llegaba a los ojos. El rizo blanco resaltaba como un
relámpago.
—Aquí fue donde os tocó la sangre del
dragón. —El tacto del mechón plateado no se diferenciaba del rojo, al pasarlo
entre los dedos—. Contadme otra vez cómo sucedió.
Simón estuvo a punto de responder a
la ligera, pero se contuvo y habló con suavidad.
—Fue... no puedo compararlo con nada,
Miriamele. Ocurrió así, sin más, y yo estaba muy asustado. Era como si soplaran
con un cuerno dentro de mi cabeza, y me quemaba al tocarme. No me acuerdo de
mucho más, hasta que me desperté en la cueva con Jiriki y Haestan... Pero
pasaron más cosas... que no sabría explicar.
—Lo sé. —Dejó caer las húmedas
guedejas y tomó aire—. He terminado.
—¡Qué corto está! —exclamó Simón,
tocándose la nuca y los lados—. Me gustaría verme.
—Por la mañana podréis miraros en el
río. —Notó que una sonrisa afloraba de nuevo a sus labios, tontamente, sin
motivo—. Si hubiera sabido que erais tan vanidoso, habría traído un espejo.
La miró con un gesto entre rabioso y
burlón y se sentó muy erguido.
—Yo sí que tengo un espejo —se
jactó—. ¡El de Jiriki! Está en la bolsa.
—Pero ¡creía que era peligroso!
—No, si sólo se mira. —Se levantó y
fue a buscar en las alforjas; removió en el interior con gran energía, como un
oso en pos de miel en un hueco profundo—. Aquí está —anunció ceñudo; sacó la
mano con el espejo y metió la otra para proseguir la búsqueda.
—¿Qué os pasa?
Simón llevó la bolsa hasta la
hoguera, pasó a Miriamele el mágico espejo y ésta lo recibió con toda
precaución, casi temerosa, mientras él seguía hurgando con mayor desesperación.
Por fin, se detuvo y la miró con los ojos muy abiertos. Era el vivo retrato de
la desorientación.
—Ha desaparecido.
—¿Qué es lo que ha desaparecido?
—La flecha blanca; no está aquí.
—Sacó las manos—. ¡Por los clavos de Aedón! Seguro que se quedó en la tienda.
Seguro que se me olvidó volver a ponerla en su sitio aquel día. —Su rostro
asumió una expresión de pesar aún más profundo—. ¡Cuánto me gustaría no haberla
dejado en Sesuad'ra!
—La llevasteis otra vez a la tienda,
¿no? El día que quisisteis regalármela.
—Sí, he debido dejarla allí, en
alguna parte. Bueno, así al menos no la habré perdido. —Se miró las manos
vacías—. Pero no la tengo. —Se echó a reír—. Quise deshacerme de ella, aunque
no de esta forma, desde luego. Los regalos de los sitha, me dijo Binabik, no
hay que tomarlos a la ligera. ¿Os acordáis de aquella ocasión en el río, cuando
viajábamos juntos por primera vez? Estaba presumiendo de la flecha mágica y me
caí de la barca.
—Me acuerdo —corroboró ella con una
melancólica sonrisa.
—Y esta vez lo he conseguido,
¿verdad? —dijo malhumorado, y suspiró—. De todos modos, ya no tiene remedio. Si
Binabik la encuentra la cuidará bien. No me hace falta para que Jiriki me
recuerde..., si es que vuelvo a verlo alguna vez. —Se encogió de hombros y
esbozó una sonrisa—. ¿Me devolvéis el espejo? —Lo tomó y se observó con
detenimiento—. Está bien, corto por detrás, como Josua o alguien así. —La
miró—. Como Camaris.
—Como los caballeros.
Simón bajó la vista un momento,
después tomó a Miriamele de la mano y le envolvió los dedos en su cálida palma.
No la miraba directamente a los ojos.
—Gracias, lo habéis hecho muy bien.
Ella asintió, deseaba con
desesperación liberar la mano, no estar tan cerca de él, pero al mismo tiempo
el contacto la alegraba.
—Ha sido un placer, Simón.
—Supongo —por fin le soltó la mano,
no sin cierta renuncia— que deberíamos intentar dormir si tenemos que
levantarnos a medianoche.
—Sí.
Recogieron las pocas cosas que tenían
y extendieron las esteras en un silencio amistoso, aunque un poco tirante.
Miriamele se despertó en medio de la
noche con una mano que le tapaba la boca; intentó gritar, pero la mano apretó
más fuerte aún.
—¡No! ¡Soy yo! —Retiraron la mano.
—¿Simón? —musitó—. ¡Idiota! Pero ¿qué
hacéis?
—Callad. Hay alguien ahí.
—¿Qué? —Se sentó y escrutó la
oscuridad en vano—. ¿No os habréis equivocado?
—Estaba a punto de dormirme cuando lo
oí —le dijo al oído—, pero no es un sueño. Me quedé escuchando, bien despierto
ya, y volví a oírlo.
—Será un animal, un ciervo.
—Que yo sepa, no hay muchos animales
que hablen consigo mismos, ¿no os parece? —replicó, enseñando los dientes a la
luz de la luna.
—¿Cómo?
—¡Silencio! —le susurró—. Escuchad.
Permanecieron sentados y mudos.
Miriamele apenas oía otra cosa que los latidos de su propio corazón. Miró la
hoguera de reojo; todavía quedaban unas brasas, de modo que, si de verdad había
alguien por allí, habían delatado su presencia a conciencia. Se preguntó si aún
serviría de algo tapar las ascuas con tierra.
Entonces lo oyó, una especie de
crujido que parecía provenir de una distancia de unos cien pasos cumplidos. Se
le puso la carne de gallina. Simón la miró significativamente y el ruido volvió
a oírse, un poco más lejos esta vez.
—Sea lo que sea, parece que se
marcha.
—Queríamos ponernos en camino hacia
la carretera dentro de unas pocas horas, pero no creo que debamos arriesgarnos.
Miriamele deseaba rebatírselo —al fin
y al cabo el viaje había sido iniciativa suya— pero comprendió que no tenía
argumentos. La idea de emprender la marcha siguiendo la enmarañada orilla del
río a la luz de la luna, con algo pisándoles los talones...
—De acuerdo —asintió—, esperaremos a
que se haga de día.
—Yo me quedo despierto un rato
montando guardia. Después os despierto y me dejáis dormir a mí. —Se sentó con
las piernas cruzadas, la espalda apoyada en un tocón y el arma sobre las
rodillas—. Id a dormir. —Estaba tenso, casi enfadado.
Miriamele esperó a que los latidos de
su corazón se volvieran más pausados.
—¿Y decís que hablaba solo? —le
preguntó al cabo.
—Bien, podría tratarse de más de uno,
pero el ruido que hacía no me pareció suficiente para dos. Y sólo oí una voz.
—¿Qué decía?
—No lo entendí, pues hablaba muy
bajo; palabras... sueltas.
—Tal vez no fuera más que alguien que
vive por aquí. Siempre hay solitarios que se instalan en el bosque.
—Quizá —replicó Simón secamente.
Miriamele se dio cuenta de que ese tono demostraba el temor del joven—. En
estos bosques puede uno encontrarse de todo —añadió.
—Si os agobia el sueño —le dijo, una
vez que hubo apoyado la cabeza en el suelo, con los ojos fijos en las estrellas
que asomaban entre el follaje—, no os hagáis el héroe, Simón. Despertadme.
—De acuerdo, pero no creo que me
entre sueño de momento.
«Ni a mí», añadió Miriamele para sí.
La asustaba que alguien pudiera andar
tras ellos; pero si quienquiera que fuera los seguía cumpliendo órdenes de su
tío, ¿por qué iba a marcharse otra vez sin hacer nada? A lo mejor eran
fugitivos, que los habrían asesinado si Simón no se hubiera despertado. O tal
vez se trataba sólo de un animal, y su compañero se había imaginado que
hablaba.
Por fin, consiguió caer en un sopor
agitado, poblado de imágenes de cabezas astadas y siluetas que se escabullían
entre las sombras del bosque.
Tardaron una buena parte de la mañana
en abrirse camino hasta salir del bosque. Las largas ramas y los espinos que
les paraban los pies daban la impresión de querer retenerlos; la niebla que
desprendía la tierra era tan espesa y traicionera que la princesa pensó que, si
no hubieran tenido el murmullo del riachuelo para guiarlos, con toda seguridad
se habrían equivocado de dirección. Por fin, magullados y sudorosos e incluso
más desaliñados que al amanecer, salieron a los cenagosos montes.
Tras una breve galopada por la
irregular campiña, llegaron a la carretera del río ya avanzada la mañana. Allí
no había nieve, pero el cielo oscuro y amenazador y la densa niebla del bosque
parecían seguirles los pasos envolviendo la tierra en un sudario gris hasta
donde alcanzaba la vista.
En la carretera no había tránsito
apenas; durante el trayecto sólo se cruzaron con un carromato cargado con toda
una familia y sus enseres. El conductor, un hombre avejentado que aparentaba
más edad de la que debía de tener, los saludó con la cabeza al pasar, en lo que
pareció un esfuerzo supremo. Miriamele se volvió a mirar el carromato, que
traqueteaba cansino e inclinado a la derecha tras un flaco buey, y se preguntó
si se dirigirían a Sesuad'ra para unir su suerte a la de Josua. Tanto el hombre
como su escuálida esposa y sus silenciosos hijos estaban tan tristes y
fatigados que le dolió pensar que tal vez viajaban hacia un lugar que ella
sabía desierto ya. Sintió la tentación de avisarlos, pero endureció el corazón
y volvió la cabeza al frente. Tamaño favor podría resultar una necedad
peligrosa: aparecer en Erkynlandia con noticias de Josua atraería más atención
de lo que era recomendable.
Los pocos asentamientos que dejaron
atrás a medida que la mañana cedía el paso a la tarde estaban casi abandonados;
sólo algunos jirones de humillo gris se elevaban desde los respiraderos de las
casas, un gris algo más oscuro que el de la niebla circundante, que atestiguaba
la presencia de quienes aún luchaban por la vida en aquel lugar tan deprimente.
Si allí había habido comunidades de campesinos, poco quedaba ahora de ellas;
los campos estaban infestados de malas hierbas y no se veía ganado por ninguna
parte. Pensó entonces que corrían tan malos tiempos allí como en otras partes
de Erkynlandia, según se decía. Las pocas vacas, ovejas y cerdos que todavía no
hubieran sido consumidos estarían guardados bajo siete llaves.
—Creo que no deberíamos seguir mucho
más por la carretera. —Miriamele levantó la vista de la ancha y lodosa calzada
hacia el cielo, encendido por el oeste.
—No hemos encontrado a más de doce
personas en todo el día —replicó Simón—, y, si nos sigue alguien, lo veremos
mejor en terreno abierto.
—Pero estamos a punto de llegar a las
afueras de Stanshire. —La princesa había hecho algunos viajes por esa región
con su padre, y tenía una idea bastante aproximada de dónde se encontraban— Es
una ciudad mucho más grande que todas las aldeas que hemos pasado.
Encontraremos gente en los caminos, tenedlo por seguro; tal vez incluso
patrullas de vigilancia.
—Supongo que sí —contestó Simón con
un encogimiento de hombros—. ¿Qué vamos a hacer? ¿Cruzar los campos a caballo?
—No creo que nadie se dé cuenta, o
que le importe. ¿Os habéis fijado cómo cierra todo el mundo las casas? Hace
mucho frío como para estar a la ventana.
—Exacto —Simón exhaló una nube de
vaho y sonrió—. Pero tengamos cuidado de no conducir a los caballos por una
ciénaga o algo así; enseguida anochecerá.
Apartaron las monturas de la
carretera y las llevaron a un seto de urces ralas. El sol ya casi se había
puesto —sólo quedaba una fina franja carmesí en el horizonte—, cuando se
levantó un viento que sacudió las altas hierbas.
La noche ya había caído sobre el
accidentado paisaje cuando avistaron las primeras luces de Stanshire. La
población se extendía por las dos márgenes del río y se unía por un puente en
el centro; la zona de la izquierda alcanzaba casi el lindero del bosque. Se
detuvieron en la cima de una colina y contemplaron las luces parpadeantes de
abajo.
—Ha empequeñecido —comentó
Miriamele—. Antes ocupaba todo el valle.
—Creo que aún lo ocupa... ¿veis? Hay
casas por todas partes, pero sólo en la mitad se ve el hogar encendido, o
lámparas o lo que sea. —Se quitó los guantes para soplarse los dedos—.
Entonces, ¿dónde vamos a pasar la noche? ¿Habéis traído dinero para pagarnos la
posada?
—No vamos a dormir bajo techo.
—¿No? —Simón enarcó una ceja—. Bueno,
al menos encontraremos comida caliente en alguna parte.
—No lo entendéis, ¿verdad? —replicó
mirándolo—. Esto son tierras de mi padre. He estado aquí otras veces y hay tan
pocos viajeros en el camino que, aunque nadie me reconozca, la gente querrá
hacernos preguntas. No puedo arriesgarme. Aunque podríais acercaros vos a
comprar comida; tengo algunas monedas. Pero ¿dormir en una posada? Si os
parece, pagamos a un pregonero para que nos anuncie.
En la oscuridad no se distinguía
bien, pero Simón se ruborizó.
—Si vos lo decís... —contestó con
cierto matiz de rabia.
—Por favor, Simón. ¿Creéis que no me
gustaría lavarme la cara y sentarme en un banco ante una cena caliente? —dijo
en tono más sereno—. Hago lo que creo más conveniente.
—Lo lamento —se disculpó tras mirarla
un momento—. Tenéis toda la razón; pero es que me había hecho ilusiones...
—Lo sé —respondió, con un repentino
sentimiento de afecto—. Sois un buen amigo.
Simón la miró con fijeza, pero no
dijo nada. Descendieron por la colina hacia el valle de Stanshire.
Algo raro pasaba en Stanshire.
Miriamele conservaba el recuerdo de su última visita, unos seis años atrás,
cuando era una localidad bulliciosa y floreciente con una población minera en
su mayoría; un lugar donde, incluso por las noches, las estrechas calles
permanecían iluminadas por la luz de las lámparas. Ahora, en cambio, los pocos
transeúntes que se veían corrían presurosos a sus casas, y hasta en las
tabernas, casi vacías, reinaba una tranquilidad monacal.
La princesa se quedó esperando entre
las sombras, mientras Simón gastaba unos cintis en pan, leche y cebollas.
—Le pedí al dueño un poco de cordero
y se quedó mirándome embobado —le contó Simón—. Han tenido una mala temporada.
—¿No os hizo preguntas?
—Sí; me preguntó de dónde venía
—contestó mientras mordisqueaba el pan—, y le dije que me dedicaba a fabricar
velas, que venía del valle de Hasu y que buscaba trabajo. Siguió mirándome de
una forma rara y me dijo: «Bien, pues ya veis que aquí no hay trabajo, ¿no?». Y
menos mal que no necesitaba mis servicios porque no me acuerdo de nada de lo
que me contó Jeremías sobre la fabricación de velas. También quería saber
cuánto hacia que había salido del valle de Hasu, y si era verdad que en
aquellas colinas se producían apariciones, como decía todo el mundo.
—¿Apariciones? —Una fina aguja de
hielo le recorrió la columna vertebral—. No me gusta esa palabra. Y ¿qué le
contestasteis?
—Pues que hacía mucho que había
partido, claro está, y que llevaba tiempo recorriendo el sur en busca de
trabajo. Entonces, antes de que empezara a preguntarme también por el sur, le
conté que mi esposa estaba esperándome en un carromato en la carretera del río,
y que tenía que marcharme.
—¿Vuestra esposa?.
—Bueno —replicó con una risita—, algo
tenía que decirle, ¿no? ¿Por qué otro motivo echaría a correr un hombre hacia
el frío, con la comida bajo el brazo?
Miriamele mostró su desprecio con un
bufido y subió a la silla.
—Tenemos que buscar un sitio donde
dormir, al menos unas horas. Estoy agotada.
—No sé dónde podríamos ir por aquí
—contestó Simón, al tiempo que echaba una ojeada alrededor—. No es fácil
adivinar qué casas están deshabitadas aunque no haya humo ni luces; puede que
sus moradores se hayan ido o que no tengan leña.
Mientras tanto, una fina lluvia
comenzó a caer.
—Salgamos de aquí —dijo Miriamele—.
En la parte izquierda de la ciudad es posible que encontremos un granero o un
cobertizo vacío. Además, por allí hay una cantera, muy grande.
—Qué bien. —Dio un mordisco a una de
las arrugadas cebollas.
—No os entusiasméis con la comida y
me dejéis sin cena —le advirtió ella con tono sombrío—, y no derraméis ni una
gota de leche.
—No, señora —asintió Simón.
Mientras avanzaban por la Calle de la
Madera Calada, una de las vías públicas más importantes de Stanshire, las
palabras de Simón volvían una y otra vez a la cabeza de Miriamele; en verdad
resultaba imposible saber si alguno de aquellos almacenes y viviendas sumidos
en sombras estaría ocupado o no, pero el caso es que tenía la clara sensación
de que los vigilaban, como si unos ojos ocultos atisbaran por entre las
rendijas de los postigos.
Enseguida llegaron a las tierras de
labor, fuera de la urbe; la lluvia había cesado y era apenas una fina llovizna.
Miriamele señaló hacia la cantera, que, desde lo alto de la calle, aparecía
como un enorme agujero negro. Al alcanzar mayor altura percibieron un destello
de luz rojiza en las paredes inferiores de la mina.
—Ahí han encendido una hoguera —dijo
Simón—, y bastante grande.
—A lo mejor están sacando piedra;
pero, sea lo que sea, a nosotros no nos importa. Cuanta menos gente nos vea,
tanto mejor.
Salieron de la calzada principal
hacia un camino menor para alejarse de la mina y tomar de nuevo la carretera
del río. El suelo estaba embarrado, y al cabo de un rato Miriamele optó por
encender una antorcha para evitar que los caballos se rompieran una pata.
Desmontaron y, mientras Simón hacía todo lo posible por proteger a la princesa
de la llovizna, ella se esforzaba con el pedernal; por fin, logró que una
chispa prendiera en el harapo empapado de aceite.
Siguieron adelante hasta dar con un
posible refugio, un cobertizo grande en medio de un campo invadido de zarzas y
malas hierbas. Debía de pertenecer a una casa situada a varios cientos de pasos
cañada abajo que, según todos los indicios, estaba deshabitada. Ninguno de los
dos habría podido afirmar que no hubiera nadie allí, pero el granero parecía
seguro, los aislaría del agua y resultaría más cómodo que el cielo raso. Ataron
los caballos a un retorcido manzano desnudo que había detrás, donde no pudieran
ser vistos desde la casa de abajo.
En el interior, a la luz de la
antorcha descubrieron un montón de paja húmeda en medio del sucio suelo, así
como unas cuantas herramientas oxidadas, sin mango o melladas, apoyadas contra
la pared en espera de reparación. La inutilidad de una guadaña corroída y
olvidada causó en Miriamele una sensación depresiva, pero al mismo tiempo la
animó pues corroboraba la idea de que el cobertizo llevaba tiempo sin ser
visitado. Más tranquilos, salieron a buscar las alforjas.
Miriamele dividió la paja con los
pies en dos montones iguales y, después de extender su estera sobre uno de
ellos, echó un vistazo alrededor para inspeccionar el habitáculo.
—Ojalá pudiéramos permitirnos una
fogata de verdad —comentó—, pero ni siquiera me gusta tener la antorcha
encendida.
Simón había fijado la tea en los
desechos del suelo, lejos de la paja.
—Pues yo necesito ver mientras como;
enseguida la apagaremos.
Devoraron con apetito los alimentos
que les quedaban, mojando el pan seco en la leche fría. Mientras se limpiaba la
boca y los dedos en las mangas, Simón levantó la vista.
—Y mañana, ¿qué vamos a hacer?
—Cabalgar. Si el tiempo continúa así,
igual nos da viajar de día. De todas formas, no vamos a encontrar más ciudades
grandes hasta las murallas de Falshire, así es que no creo que nos crucemos con
mucha gente por el camino.
—Si las tierras de alrededor de
Stanshire están como la capital, no veremos ni a media docena en todo el día.
—Es posible. Pero si oímos que se nos
acerca un grupo numeroso, abandonaremos el camino para mayor seguridad. —En
silencio, Miriamele tomó un último trago del pellejo de agua, fue hasta su
estera y se tapó con la capa.
—¿Vais a contarme algo más sobre
adónde vamos? —preguntó Simón al cabo de
un rato.
La muchacha percibió en su voz que
procuraba escoger las palabras para no irritarla. Tanta consideración la
conmovió, pero al mismo tiempo la irritó bastante porque la trataba como si
fuera un crío propenso a las rabietas.
—Ahora no quiero hablar de ello,
Simón. —Le dio la espalda enfadada consigo misma, pero sin ganas de descubrir
los secretos de su corazón. Lo oyó acostarse en su estera, maldecir en voz baja
porque se le había olvidado apagar la antorcha y volver a cruzar hasta la luz—.
No la mojéis —le advirtió—; así será más fácil encenderla la próxima vez que
nos haga falta.
—Sí, señora —replicó desabridamente.
Se produjo un chisporroteo y la llama se apagó. Unos momentos después, lo oyó
regresar a su sitio.
—Buenas noches, Simón.
—Buenas noches. —Se adivinaba la
rabia en el tono de voz.
Acostada en la oscuridad, pensaba en
la pregunta de Simón. ¿Podría llegar a contestarle siquiera? Sonaría absurdo al
contárselo a otra persona, seguro. Era su padre quien había empezado esa
guerra, o, mejor dicho, la había empezado obligado por Pryrates, sin duda.
¿Cómo podría hacer comprender a Simón que tenía necesidad de verlo, de hablar
con él? No sólo lo consideraría una necedad, sino que le parecería la locura
más temeraria jamás oída.
«Y tal vez sea así —se dijo con
pesimismo—. ¿Y si estuviera engañándome a mí misma? Podría caer en poder de
Pryrates y jamás vería a mi padre; entonces, ¿qué ocurriría? Ese monstruo
vestido de rojo me arrancaría hasta el último secreto de lo que sé sobre
Josua.»
Se estremeció. ¿Por qué no le contaba
sus planes a Simón? Y más importante aún, ¿por qué no se los había contado a su
tío Josua, en vez de fugarse? Lo poco que le había confiado lo irritó mucho y
lo puso en guardia... pero tal vez tenía razón. ¿Quién era ella, una mujer
joven, para decidir lo que era conveniente o no para su tío y todos sus
seguidores? Y ¿acaso no era eso lo que estaba haciendo, tomar las vidas de
todos en sus manos para satisfacer un capricho?
«Pero no se trata de un capricho. —Se
sentía dividida en dos mitades en pleno conflicto, como su padre y su tío; dos
mitades litigantes. Se estaba desgarrando—. Es importante. Nadie más que mi
padre puede detener esto, y sólo yo sé cuál es el origen. Pero tengo tanto
miedo...»
La magnitud de sus actos y de sus
planes crecía y crecía hasta asfixiarla. Y nadie más que ella lo sabía...,
¡nadie! Algo en su interior se quebraba irremediablemente; respiró hondo y
exhaló un sonoro suspiro.
—¿Miriamele? Miriamele, ¿qué os
sucede? —No podía contestar. Luchaba por controlarse, pero oyó a Simón
acercarse haciendo ruido sobre la paja—. ¿Estáis herida? ¿Tenéis una pesadilla?
—La voz sonaba más cerca, casi junto a su oído.
—No —dijo, sin aire apenas, y los
sollozos le robaron la voz. Simón le tocó un hombro y después, despacio, la
cara.
—¡Estáis llorando! —exclamó
sorprendido.
—¡Oh...! —Se esforzaba por hablar—.
¡Estoy tan..., estoy tan... solal ¡Quiero ir..., ir a ca... casa!
Se sentó e, inclinándose hacia
adelante, hundió el rostro en la húmeda capa que le tapaba las rodillas. No
pudo reprimir otro arranque de torrenciales sollozos. Al mismo tiempo, una
parte de sí misma permanecía como apartada, observando su propia actuación con
desprecio.
«Débil —le escupía a la cara—.
Fracasarás en tu empeño, no lo dudes. Eres débil.»
—¿A casa? —preguntó Simón sin
comprender—. ¿Queréis volver con Josua y los demás?
—¡No, idiota! —La rabia por su propia
estupidez cortó el llanto en seco y recuperó el habla—. ¡Quiero ir a casa!
¡Quiero que todo vuelva a ser como antes!
En la oscuridad, Simón alargó los
brazos hacia ella y la acercó hacia sí, Miriamele se resistió al principio,
pero después dejó caer la cabeza sobre su pecho. Todo la hería.
—Yo os protejo —le recordó con
dulzura. Su voz tenía un matiz curioso, una especie de júbilo sereno—. Yo cuido
de vos, Miriamele.
Se alejó de él. Al pálido rayo de
luna que entraba por la puerta del cobertizo distinguía su silueta.
—¡No necesito que nadie me proteja!
¡No soy una cría! Sólo quiero que las cosas se arreglen.
Simón se quedó sentado e inmóvil
durante unos momentos y, al cabo, pasó de nuevo un brazo sobre los hombros de
Miriamele. Le habló con ternura, cuando ella esperaba ver devuelta toda su
rabia.
—Lo lamento —le dijo—. Yo también
estoy asustado. Lo siento.
A medida que escuchaba sus palabras,
la princesa recordó que era Simón quien estaba a su lado, y no un enemigo. Se
dejó caer sobre su pecho, anhelando por un instante su calor y su solidez. Otro
torrente de lágrimas se desbordó de sus ojos.
—Por favor, Miri —le dijo,
impotente—. No lloréis. —La rodeó también con el otro brazo y la estrechó.
Poco después dejó de llorar; no podía
sino reposar sobre Simón, sin fuerzas. Sintió que le acariciaba la mandíbula
con los dedos, recorriendo los regueros de las lágrimas; se apretó más a él,
acurrucándose como un animal asustado, hasta apoyar la cara en su cuello y
notar el pulso de su sangre bajo la mejilla.
—¡Oh, Simón! —exclamó con voz
desgarrada—. ¡Cuánto lo siento!
—Miriamele —musitó él, y enmudeció.
Le tomó la barbilla dulcemente y le
volvió el rostro hacia el suyo, hacia su cálido aliento. Parecía que iba añadir
algo más; Miriamele intuía las palabras suspendidas entre ambos, trémulas, no
pronunciadas. Después, sintió los labios sobre los suyos y el suave roce de la
barba alrededor de la boca.
Por un instante, creyó flotar en un
lugar indeterminado, en un tiempo indefinido. Ansiaba un rincón donde
esconderse, donde escapar al dolor que la rodeaba como una tormenta. La boca
era suave y tierna, pero la mano que le acariciaba la cara temblaba, Ella
también temblaba; quería caer en sus brazos, sumergirse en él como si fuera una
laguna serena.
Una imagen importuna acudió a su
mente como el vago recuerdo de un sueño: el conde Aspitis, con su fino cabello
dorado brillante a la luz de la antorcha, inclinándose sobre ella. El brazo que
la rodeaba se transformó de súbito en una garra que la atrapaba.
—No —dijo, y se separó—. No, Simón;
no puedo.
—No quería... —La dejó libre al
instante, como sorprendido con las manos en la masa.
—Dejadme. —Oyó resonar su propia voz,
seca y fría, que no se ajustaba al torbellino de sentimientos violentos que la
sacudía—. Estoy... Es que... —Tampoco ella encontraba palabras.
En el silencio sonó de pronto un
ruido. Pasaron varios segundos antes de que Miriamele comprendiera que provenía
de fuera del pajar. Eran los caballos que piafaban inquietos. Un instante
después, una rama se quebró en el exterior, justo delante de la puerta.
—Hay alguien ahí —musitó. La
confusión de los momentos anteriores se desvaneció para dar paso al espanto.
Simón tanteó en busca de la espada;
la encontró, se puso de pie y se acercó a la puerta. Miriamele lo siguió.
—¿La abro? —preguntó el joven.
—Que no nos acorralen aquí —le
susurró cortante—, que no quedemos sin salida.
Simón vaciló, pero al fin abrió la
puerta hacia afuera, lo que provocó un ajetreo de pasos que se alejaban
apresuradamente; una sombra furtiva pasó bajo la nebulosa luz de la luna en
dirección al camino. El muchacho se deshizo de un puntapié de la capa enredada
en las piernas y salió a escape tras el escurridizo bulto.
V
DANZAN LAS LLAMAS
S
imón rebosaba furia, una cólera
salvaje que lo empujaba por la espalda con la fuerza de un huracán. La sombra
que corría delante de él desfallecía a medida que él se acercaba. Se sentía tal
como imaginaba que debía de sentirse Qantaqa cuando abatía algún pájaro
pequeño.
«¡Conque espiándome! ¡Espiándome a
mí! ¡Ahora vas a ver!»
La forma oscura tropezó de nuevo, y
Simón levantó la espada dispuesto a hundirla en la retorcida criatura y dejarla
clavada en el sitio. Unos pocos pasos más...
—¡Simón! — un tirón de la camisa lo
hizo trastabillar—. ¡No!
Bajó la mano para recuperar el
equilibrio, y la espada se enredó en unos espinos y se le escurrió de la mano.
Rebuscó en el suelo pero, en medio de la oscuridad, no la encontró en el espeso
matorral. Se quedó unos momentos sin saber qué hacer. El fugitivo había
recuperado el paso y se alejaba a grandes zancadas. Lanzó un juramento,
abandonó la búsqueda y echó a correr tras él. En menos de quince zancadas le
dio alcance otra vez, apretó los brazos en torno a la cintura de su presa y los
dos cayeron al suelo.
—¡Oh, dulce Jesuris! — gritó el ser
que tenía debajo—. ¡No me queméis!. ¡A la hoguera no!
Simón le sujetó los brazos, que no
paraban de manotear, y lo inmovilizó.
—¿Qué andabas haciendo? —le susurró—.
¿Por qué nos sigues?
—¡A la hoguera no! —el hombre
temblaba y se debatía por mantener el rostro apartado. Agitaba sus larguiruchos
miembros presa de terror—. ¡No sigo a nadie!
—¿Quién es? —preguntó Miriamele, que
acababa de llegar con la espada de Simón aferrada entre ambas manos.
Todavía furibundo, y sin saber el
motivo con exactitud, cogió al hombre por la oreja —como Raquel el Dragón solía
hacer con cierto marmitón recalcitrante— y se la retorció hasta obligarlo a
volver la cara hacia él.
El prisionero era un hombre viejo al
que no conocía, tenía los ojos abiertos de espanto y parpadeaba sin cesar.
—¡No quería hacer daño! ¡El viejo
Heanwig no quería hacer nada malo! —suplicó—. ¡No me queméis!
—¿Quemarte? ¿Qué sin sentido es ése?
¿Por qué nos seguíais?
—Simón —intervino Miriamele de
pronto—, no podemos quedarnos aquí en medio, gritando. ¡Llevémoslo adentro!
—¡No llevéis a la hoguera a Heanwig!
—Aquí nadie lleva a nadie a ningún
sitio —farfulló Simón; puso al anciano de pie sin miramientos y lo hizo caminar
hacia el cobertizo. El intruso clamaba y rogaba por su vida.
Simón mantuvo al viejo inmovilizado
mientras Miriamele intentaba encender la antorcha, aunque tuvo que dejarla por
imposible e ir a buscar otra a las alforjas. Una vez prendida, el joven soltó
al cautivo y se sentó apoyado en la puerta para impedirle cualquier amago de
huida.
—No tiene armas —declaró Simón—. Le
he palpado los bolsillos.
—No, mis amos, no tengo nada.
—Parecía menos atemorizado, pero aún hacía patéticos esfuerzos por no faltarles
al respeto—. Por favor, dejadme marchar y no se lo contaré a nadie.
Simón le repasó de arriba abajo;
tenía las mejillas y la nariz coloradas, típicas de un borrachín veterano, y
los ojos legañosos. Miraba fijamente la antorcha con expresión acongojada, como
si fuera la mayor amenaza entre las cuatro paredes. En verdad, no tenía un
aspecto temible en absoluto, pero hacía mucho tiempo que, en las habitaciones
del doctor Morgenes, pequeñas por fuera y grandes por dentro, había aprendido
que las cosas no eran siempre lo que parecían.
—¿Por qué nos seguías? —insistió—. ¿Y
por qué crees que vamos a quemarte?
—No hay necesidad de quemar a nadie
—replicó—. El viejo Heanwig no es malo y no se lo contará a nadie.
—Responde a mi pregunta. ¿Qué hacías
merodeando por aquí?
—Sólo buscaba un sitio donde dormir,
mis amos. —Lanzó una rápida mirada al pajar—. Ya he venido aquí un par de veces
y no quería quedarme en la calle esta noche; esta noche no.
—¿Nos has seguido desde el bosque?
¿Te acercaste ayer a nuestro campamento?
—¿El bosque? —El hombre lo miraba con
auténtico desconcierto—. ¿El bosque del Corazón Viejo? Heanwig no iría allí.
Hay cosas y bestias y todo eso... Es un sitio malo, amos. No vayáis al Corazón
Viejo.
—Creo que no miente —manifestó
Miriamele—; seguro que sólo venía aquí a dormir.
Sacó el pellejo de agua de las
alforjas y se lo ofreció al hombre; él se quedó mirándolo con recelo,
Miriamele, que entendió su reserva, se lo llevó a la boca, bebió y se lo pasó
de nuevo. Disipados sus temores, Heanwig sorbió con avaricia y luego le clavó
una mirada acusadora, como si sus sospechas de envenenamiento se hubieran
confirmado.
—Agua —musitó resentido.
La princesa lo miraba sin comprender
mientras Simón esbozaba lentamente una sonrisa; el joven se estiró hacia un
lado y sacó de las alforjas el otro pellejo, el que Miriamele guardaba para las
noches frías o las heridas infectadas. Vertió un poco de vino rojo de Perdruin
en un tazón y lo sostuvo a la altura de los ojos del anciano. Heanwig tendió
hacia el recipiente sus temblorosos dedos, pero Simón lo alejó un poco.
—Primero, contesta nuestras
preguntas. ¿Juras que no nos perseguías?
—Jamás os había visto hasta ahora
—dijo, negando con la cabeza enfáticamente—, ni me acordaré de vosotros cuando
os marchéis. Lo prometo. —Tendió de nuevo las trémulas manos.
—Todavía no. ¿Por qué creías que
íbamos a quemarte en la hoguera?
El viejo lo miró, y después, con
congoja, al vino.
—Creía que erais Danzarines del Fuego
—declaró por fin, muy a su pesar—, y que queríais quemarme como al viejo
Wiclaf, que era el mejor martillo de la cantera.
—¿Danzarines del Fuego? —Simón
sacudió la cabeza confundido, pero Miriamele se le acercó más con el asco y el
miedo pintados en la cara—. ¿Aquí hay Danzarines del Fuego?
—Andan por toda la ciudad. —El
anciano la miró como si le hubiera preguntado si los peces nadaban—. Me
perseguían, perseguían a Heanwig, pero yo me escondí. —Sonrió con debilidad,
pero mantuvo la mirada recelosa y calculadora—. Esta noche se reúnen en la
cantera, danzan y rezan a su Señor de la Tormenta.
—¡La cantera! —exhaló Miriamele—.
¡Eso eran las luces!
Simón todavía no se fiaba del viejo
por completo: algo lo estorbaba como una mosca zumbando tras la oreja, pero
tampoco sabía qué era con exactitud.
—Siempre y cuando no esté mintiendo.
—No miento —se defendió con vitalidad
repentina. Intentó enderezarse y mirar fijamente a Simón con sus pitañosos
ojos—. Yo venía hacia aquí a dormir un poco cuando os oí, y pensé que seríais
los Danzarines del Fuego. Recorren todas las calles por la noche. Los que
tienen casa, cierran las puertas con trancas, pero ya veis, Heanwig ya no tiene
adónde ir. Entonces eché a correr.
—Dadle el vino, Simón —intercedió
Miriamele—. No seáis cruel; no es más que un anciano asustado.
Con una mueca de disgusto, Simón le
pasó la escudilla; el viejo olisqueó el contenido y sus rasgos, marcados por la
edad, se transformaron como en un rapto. Inclinó el recipiente y bebió con
avidez.
—¡Los Danzarines del Fuego! —exclamó
Miriamele—. ¡Madre piadosa! Simón, que no nos atrapen. Están todos locos. A
Tiamak lo atacó un grupo en Kwanitupul, y vi con mis propios ojos a algunos que
se prendían fuego a sí mismos hasta morir.
Simón desvió la mirada de la princesa
al anciano, que se lamía los arrugados labios con una lengua que parecía una
especie de molusco. Tuvo el impulso irreprimible de sacudirle un bofetón,
aunque en realidad el viejo beodo no había hecho prácticamente nada. De pronto
recordó, abrumado por la vergüenza, la furia que lo había invadido cuando
levantó la espada contra él. En ese momento habría podido asesinar al pobre
desgraciado.
«¡Vaya un caballero que estoy hecho:
atravesar a un débil alcohólico indefenso!»
Pero ¿qué designio fatal había
enviado al viejo a asustar a los caballos y a pisar las ramas en el preciso
momento en que por fin tenía a Miriamele entre los brazos? ¡Se habían besado!
¡Ella, la princesa, la bellísima Miriamele, había besado a Simón!
Volvió de nuevo la mirada hacia la
joven. Ella también observaba a Heanwig, que vaciaba el vino; en ese instante,
sus ojos se fijaron en Simón por un segundo. Incluso a la luz de la antorcha,
el muchacho percibió su sonrojo. Qué cruel era el destino... aunque hacía tan
sólo unos minutos se había mostrado favorable también. ¡Oh, bendito sino,
bendita fortuna!
De pronto soltó una carcajada; gran
parte de su rabia se había disipado como polvo al viento. La muchacha más
adorable de todo el mundo, inteligente y despierta..., y lo había besado a él
¡Había pronunciado su nombre! Todavía le parecía sentir su rostro bajo las
yemas de los dedos. ¿Qué derecho tenía a lamentarse?
—Bien, ¿qué hacemos?
—Pasaremos aquí la noche —contestó
Miriamele esquivándole la mirada—. Después, por la mañana, nos alejaremos
cuanto podamos de los Danzarines del Fuego.
—¿Y él? —Simón miró de reojo a
Heanwig, que no apartaba los ojos de las alforjas.
—Que pase aquí la noche también.
—¿Y si se le mete en la cabeza acabar
con el vino y con nosotros mientras dormimos? —arguyó.
A él mismo le sonó estúpido el
comentario, referido a un hombre macilento y tembloroso, pero ante todo deseaba
quedarse a solas con Miriamele otra vez.
Como si ella lo hubiera entendido, y
estuviera determinada a que no sucediera, dijo:
—No hará nada de eso, y nosotros
dormiremos por turnos. ¿Os sentís mejor así, Simón? Podréis vigilar el vino.
—El viejo Heanwig no molestará
—terció el anciano, mirándolos alternativamente como si quisiera decidir dónde
se establecían las líneas de la ofensiva—. No es necesario que os quedéis
despiertos, jóvenes amos. Debéis estar cansados. Los viejos como yo no tenemos
que dormir tanto. —Yo vigilaré por si vienen los Danzarines del Fuego.
—Seguro que sí —farfulló Simón—.
Echémoslo de aquí, Miriamele. Si no era él quien nos seguía, no hay motivo para
que se quede con nosotros.
—Hay una razón poderosa; es viejo y
está asustado. Olvidáis, Simón, que yo he visto a los Danzarines del Fuego,
pero vos no. No os mostréis despiadado sólo porque estáis de mal humor.
Lo miró con severidad, pero Simón
creyó detectar un minúsculo atisbo de entendimiento y buen humor.
—No, no me echéis a esos Danzarines
del Fuego —insistió Heanwig—. Quemaron a Wiclaf. De verdad, yo lo vi. Y él no
había hecho daño a nadie. Lo quemaron vivo en la Calle de la Polea, y gritaban:
«¡Esto es lo que va a venir! ¡Mirad lo que se acerca!». —Calló conmocionado. Lo
que había comenzado como una justificación para quedarse se convirtió en algo
real ante la vivida imagen que llenó su mente—. No me echéis a la calle, amos.
¡No diré una palabra jamás! —Quedó patente que hablaba con toda sinceridad.
Simón miró al viejo y a Miriamele;
había sido derrotado en buena lid.
—Muy bien —gruñó—, pero montaré el
primer turno de guardia, viejo, y, si haces el menor movimiento sospechoso, te
mando ahí fuera, al frío, a tal velocidad que la cabeza te dará vueltas.
Simón miró por última vez a la
princesa con una mezcla de fastidio y añoranza y se sentó de nuevo con la
espalda apoyada en la puerta.
Se despertó temprano y vio que el
viejo y Miriamele charlaban amigablemente. Le pareció que Heanwig tenía aún
peor aspecto a la luz del día, con su cara arrugada y sucia y la ropa tan
mugrienta y andrajosa que ni la pobreza le servía de excusa.
—Deberías venir con nosotros —le
decía Miriamele—. Estarías más seguro que tú solo. Al menos, acompáñanos hasta
que perdamos de vista a esos Danzarines del Fuego.
—Esos tipos tan locos están por todas
partes, en estos tiempos —replicó el viejo, sacudiendo la cabeza con aire de
duda.
Simón se sentó. Tenía la boca seca y
le dolía la cabeza como si él fuera el borracho del grupo.
—Pero ¿qué decís? No podemos llevarlo
con nosotros.
—Desde luego que sí —replicó
Miriamele—. Aunque vos me acompañéis, Simón, no tenéis derecho a decirme adónde
debo ir o con quién.
Se quedó mirando a la princesa un
momento con la sensación de haber perdido la discusión, hiciera lo que hiciera,
antes incluso de plantearla. Estaba meditando su próxima intervención cuando
Heanwig lo liberó del inútil enfrentamiento.
—¿Os dirigís hacia Nabban?
—preguntó—. Nunca he visto esas tierras.
—Vamos a Falshire —contestó
Miriamele—, y después al valle de Hasu.
Simón estaba a punto de reprenderla
por haber confiado a un completo desconocido los planes del viaje —¿adónde había ido a parar la necesidad de discreción
sobre la que tanto lo había aleccionado a él?— cuando el hombre emitió una
especie de ronquido gutural. Se giró, irritado de antemano por si a aquel odre
de vino con piernas se le ocurría vomitar justo delante de ellos, pero se quedó
helado ante la expresión de horror que encontró en la moteada cara de Heanwig.
—¿Hacia el valle de Hasu? —levantó la
voz—. ¿Es que os habéis vuelto locos? ¡Todo ese valle está encantado! —Se
apartó de la princesa y buscó sin resultado un asidero en la podrida paja bajo
sus pies como si los dos viajeros lo hubieran amenazado con arrastrarlo a la
fuerza hacia el odioso lugar—. Antes me encerraría en la cantera con esos
Danzarines del Fuego.
—¿Qué significa eso de que está
encantado? —inquirió Miriamele—. No es la primera vez que nos lo dicen. ¿A qué
te refieres?
—¡Pues que hay apariciones! ¡Cosas
perversas, trasgos de los cementerios, brujas y todo eso!
Miriamele le clavó una dura mirada.
Después de un año como el último no se sentía inclinada a despreciar esos
comentarios como supercherías.
—Nosotros vamos hacia allí. Tenemos
que ir, pero tú no tienes por qué acompañarnos si no lo deseas.
—No quiero ir hacia el oeste —dijo el
viejo, poniéndose en pie tembloroso—. Heanwig se queda por los alrededores.
Todavía hay gente en Stanshire que tiene unas migas o unas gotas de más, hasta
en los malos tiempos. —Sacudió la cabeza—. No vayáis allí, joven señora. Vos
habéis sido muy amable. —Miró a Simón con toda intención, para dejar bien claro
quién no lo había sido.
«Esa cuba agujereada —pensó Simón de
mal humor—. ¿Quién le dio el vino, en fin de cuentas? ¿Quién no le partió la
crisma cuando lo tenía a mano?»
—Id hacia el sur, allí estaréis bien
—prosiguió Heanwig, casi suplicante—. No os acerquéis al valle.
—Ese es nuestro destino —repitió
Miriamele—, pero no te obligamos a venir.
Heanwig había ido acercándose más a
la puerta. Se detuvo con la mano ya en la madera y ladeó la cabeza.
—Os lo agradezco, joven señora. Que
la luz de Aedón sea con vos. —Calló, falto de palabras— Espero veros regresar
sana y salva.
—Gracias a ti también, Heanwig
—contestó Miriamele con solemnidad.
Simón reprimió un gruñido de rabia al
recordar que los caballeros no ponen mala cara ni hacen ruidos soeces como
cualquier marmitón, sobre todo si desean conservar el favor de su dama. Además,
parecía ser que el viejo no iba a seguir con ellos, compensación aceptable a
cambio de un poco de tolerancia.
Cuando salían de Stanshire hacia los
campos, empezó a llover de nuevo, al principio sólo cuatro gotas, pero a media
mañana la lluvia era ya torrencial. El viento soplaba y descargaba sobre ellos
ráfagas de agua fría.
—Esto es como estar en un barco en
medio de una tormenta —gritó Miriamele.
—Pero al menos en un barco hay remos
—replicó Simón—; enseguida nos harán falta.
Miriamele rió y se caló más la
capucha por encima de los ojos.
Simón se sintió reconfortado sólo por
saber que la había hecho reír. La forma en que había tratado al viejo le pesaba
un poco sobre la conciencia; tan pronto como lo vio partir cañada abajo hacia
el centro de Stanshire, arrastrando los pies, su mal humor se evaporó. Ahora le
habría costado precisar qué era lo que tanto le perturbaba del hombre, que en
realidad no pretendía causarles mal alguno.
Se dirigieron de nuevo hacia la
carretera del río siguiendo una serie de senderos formados por el paso de
carretas, que en esos momentos no eran más que canales de barro. El paisaje se
tornó más agreste. A pesar de que la mayoría de las tierras de labor que
rodeaban Stanshire habían sido abandonadas a las malas hierbas, conservaban
todavía las señales de la mano humana en las vallas y muros de piedra y en las
esporádicas cabañas, pero, a medida que la urbe y los aledaños quedaban atrás,
la naturaleza salvaje reafirmaba su presencia.
Era una región especialmente
inhóspita. El invierno sin final había desnudado todos los árboles, excepto los
de hoja perenne, pero hasta los pinos y los abetos parecían sufrir la falta de
una mano cuidadosa. Simón dio en imaginar que la forma de los troncos, raros y
retorcidos, se asemejaba a los convulsos cuerpos humanos del fresco del Día del
Juicio Final, que ocupaba toda la pared de la capilla de Hayholt. Había pasado
algunos ratos muertos allí, contemplando con fascinación las escenas de los
tormentos y maravillado por la inventiva del artista anónimo. Pero ahí, en el
mundo real, frío y húmedo, las nudosas formas resultaban casi descorazonadoras.
Robles, olmos y fresnos deshojados se recortaban contra el cielo como manos
esqueléticas que se abrieran y cerraran cada vez que el viento las batía. Con
el cielo, oscurecido por los nubarrones, y las ráfagas de lluvia que caían
oblicuas sobre las lodosas laderas de las colinas, la pintura viva resultaba
mucho más sobrecogedora que los decorados de la capilla.
Siguieron bajo la tormenta casi sin
hablar. A Simón lo mortificaba que la princesa no se hubiera referido ni una
sola vez al beso de la noche anterior ni hubiera hecho siquiera la más leve
alusión. El día no propiciaba las conversaciones de coqueteo, lo sabía, pero
ella parecía fingir que no hubiera ocurrido nada. No sabía cómo tomárselo;
varias veces estuvo a punto de preguntarle, pero no encontraba palabras para
referirse a ello sin que sonara estúpido a la luz de la mañana. Ese beso había
sido un poco como su llegada a Jao é-Tinu-kai'i: un salto fuera del tiempo. Tal
vez, igual que un viaje a una colina férrica, lo que habían compartido la noche
anterior fuera algo mágico, destinado a desaparecer de la memoria con la misma
presteza que un carámbano al sol.
«No. Yo no quiero que desaparezca; lo
recordaré siempre... aunque ella lo olvide.»
La miró furtivamente; tenía el rostro
casi oculto bajo la capucha, pero le veía la nariz, parte del pómulo y la
marcada barbilla. Parecía una sitha, pensó, llena de gracia y belleza,
imposible de conocer por completo. ¿En qué estaría pensando? ¿Cómo podía
haberse pegado a él de aquella forma y después no volver a hablar de ello hasta
el punto de hacerlo dudar si todo había sido un sueño o si es que se estaba
volviendo loco? A pesar del escaso conocimiento que tenía de las mujeres y de
los besos, no podía creer que el modo en que le había respondido careciera de
significado.
«¿Por qué no se lo pregunto, sin más?
Me desquicia no saber; pero ¿si se burlara de mí, o se enfadara... o no se
acordara?»
Le daba escalofríos pensar siquiera
que los sentimientos de Miriamele no se correspondieran con los que lo
atormentaban a él. La determinación de obligarla a hablar desapareció de
pronto. Tenía que pensar más en ello.
«Pero quiero besarla otra vez.»
Suspiró, y el sonido se perdió en el
susurrante tumulto de la lluvia.
La carretera del río era un puro
barrizal apenas transitado; tal como Simón había previsto, no se cruzaron con
más de una docena de viajeros durante todo el día. Sólo un hombre se tomó la
molestia de saludarlos con la cabeza, un tipo patizambo y de baja estatura con
un percherón de nudosas rodillas que tiraba de un carromato cubierto, atestado
de artículos de hojalata. Simón se animó con el agradable saludo y le pidió que
se detuviera con la esperanza de informarse sobre lo que les aguardaba más
adelante. El hojalatero se paró en pleno chaparrón, agradecido al parecer por
tener alguien con quien hablar, y les dijo que había un refugio un poco más
adelante y que no tardarían mucho en avistarlo después de la puesta del sol.
Les contó que acababa de salir de Falshire, que la ciudad estaba tranquila y
que los negocios no le habían sido muy provechosos. Tras comprobar con
discreción que Miriamele estaba de acuerdo, Simón lo invitó a sentarse con
ellos bajo unos pinos que protegían mucho de la lluvia. Le ofrecieron el odre
de vino y, mientras el nuevo amigo tomaba unos saludables tragos, Simón le
repitió la historia del fabricante de velas ambulante.
—Muchas gracias por vuestra
amabilidad. —Les devolvió el odre—. Corta un poco el frío, sí. En ese caso,
tendréis la idea de hacer algún trato por San Tunath y Aedonmansa. Pues que os
acompañe la suerte, pero, si me permitís un consejo que no habéis pedido, sería
mejor que no os internarais por el oeste más allá de Falshire.
Simón y Miriamele se miraron
brevemente antes de dirigirse al viajero.
—¿Por qué lo decís? —preguntó Simón.
—La gente asegura que aquello está
muy mal. —Sonrió con una mueca forzada—. Ya sabéis a qué me refiero: que si los
bandidos y esas cosas... Hasta se habla de casos raros en las colmas. —Se
encogió de hombros.
Simón trató de sonsacarle detalles,
pero el hombre no estaba dispuesto a seguir. Nunca había visto a un chatarrero
ambulante que no se alegrara de terminar un odre de vino gratis mientras
regalaba a sus oyentes con historias de sus viajes; no supo decidir si ese
hombre era la excepción de la regla o si le había sucedido algo tan inquietante
que no se atrevía a contarlo. Pero parecía un tipo razonable.
—Sólo buscamos un techo donde
cobijarnos y algún trabajillo para ir tirando —dijo Simón.
El chatarrero arrugó una ceja al ver
la espada en el cinto de Simón y la cota de malla que sobresalía de las mangas.
—Pues vais bastante bien armado para
ser un fabricante de velas, señor —comentó con suavidad—, aunque me imagino que
eso demuestra cómo están los caminos hoy en día. —Asintió con la cabeza como si
aprobara sus propias palabras, dando a entender que cualquiera que fuese su
opinión con respecto a un fabricante de velas con traje de caballero, aunque se
tratara de uno un tanto desmejorado y que debía de haber conocido tiempos
mejores, no tenía motivos para indagar más.
Simón capto el mensaje implícito de
que se esperaba de él el mismo desinterés diplomático, le ofreció la mano y
todos volvieron al camino.
—¿Necesitáis alguna cosa? —preguntó
el hombre al tiempo que tomaba las riendas de su jaco, que había aguardado
paciente bajo la lluvia—. A veces me pagan en especies si no hay cintis con que
comprar: verduras, chatarra, clavos de zapatos y cosas por el estilo.
Simón contestó que tenían todo lo que
les hacía falta hasta llegar a Falshire; estaba seguro de que en la parte de
atrás de un carromato empapado de agua no iba a encontrar lo que más le urgía.
Miriamele, por el contrario, quiso echar un vistazo a las verduras y escogió
unas pocas zanahorias raquíticas y cuatro cebollas rubias, que pagó con una
moneda. Después se despidieron de él, y el hombre se alejó por el barrizal
chapoteando hacia el este.
Cuando la tarde gris ya terminaba, la
lluvia no había cesado y Simón empezaba a cansarse del incesante goteo sobre la
cabeza.
«Ojalá no se me hubiera olvidado el
yelmo —se dijo—, aunque habría sido como ponerse un caldero y que te tiren
piedras... plaf, plaf, plaf, hasta volverse loco.»
Intentó distraer a Miriamele con una
canción titulada Badulf pierde una novilla, que Shem Horsegroom le había
enseñado y que hablaba de una tormenta, lo cual le pareció oportuno, pero había
olvidado casi toda la letra y, al cantar las partes que recordaba, el agua se
le colaba por la garganta de modo que casi se ahogaba. Al final, abandonó el
experimento y continuaron en silencio.
El sol, oculto durante todo el día,
se hundió por el borde del mundo y lo sumió en una oscuridad aún mayor.
Siguieron avanzando; la lluvia era más fría, los dientes les castañeteaban y
las manos se les entumecían en las riendas. Simón empezaba a dudar de lo que
les había indicado el chatarrero cuando por fin avistaron el refugio.
No era más que un barracón: cuatro
paredes y el techo, con un respiradero para el humo y un redondel de piedra
cavado en el suelo que hacía las veces de hogar. En la parte de atrás, había un
lugar cubierto para dejar las monturas, pero, después de desensillarlas, Simón
las ató en una pequeña arboleda cercana donde estarían casi igual de secas y
podrían mordisquear la hierba.
Los últimos que habían ocupado la
barraca —el propio chatarrero, seguramente, se dijo Simón, que parecía un tipo
decente y concienzudo— habían dejado madera, y recién recogida porque todavía
estaba húmeda y costó que el fuego prendiera. Tuvo que empezar la hoguera tres
veces hasta que logró que la vieja yesca hiciera llama en las húmedas ramas. Se
prepararon un guiso con zanahorias, una de las cebollas, un poco de harina y
algo de buey salado que aún le quedaba a Miriamele.
—Comida caliente —anunció Simón,
chupándose los dedos con placer—, ¡qué delicia! —Levantó la escudilla y lamió
las últimas gotas de salsa del fondo.
—Os habéis pringado la barba —lo
reprendió Miriamele.
Simón salió a la puerta y extendió
las manos para que se le llenaran de agua de lluvia; bebió un poco y con el
resto se limpió la grasa.
—¿Así está mejor?
—Supongo —dijo ella, en tanto
empezaba a prepararse la cama.
Simón se palpó el estómago con
satisfacción y fue a sacar su estera de las alforjas, volvió con ella y la
extendió cerca de la de Miriamele. La joven se quedó mirándolo en silencio y
después arrastró la suya hasta otro punto junto al fuego dejando entre ambas
varios codos de suelo y paja. Simón frunció los labios.
—¿Montamos guardia? La puerta no
tiene tranca —preguntó al cabo.
—Buena idea. ¿Quién empieza?
—Yo. Tengo muchas cosas en que
pensar.
El tono de su voz obligó a Miriamele
a levantar los ojos por fin, con una mirada cautelosa, como si esperase de él
una acción repentina y temible.
—Muy bien. Despertadme cuando os
canséis.
—Ya estoy cansado, pero vos también.
Dormid; os despertaré cuando hayáis reposado un rato.
Miriamele se acomodó sin más
comentarios y se arropó bien en su capa antes de cerrar los ojos. El refugio
estaba en silencio, a excepción del repiqueteo de la lluvia en el tejado.
Simón, sentado e inmóvil, observó durante largo rato el baile del resplandor de
las llamas sobre los rasgos claros y serenos de la princesa.
Pocas horas después de la medianoche,
empezó a dar cabezadas. Se sentó, se sacudió y aprestó el oído. Había dejado de
llover pero el agua continuaba goteando del tejado al suelo.
Se acercó para despertar a Miriamele
y se detuvo junto a la estera, a mirarla a la luz rojiza de las últimas brasas.
Se había movido durante el sueño, y la capa que utilizaba de cobertor se le
había resbalado; la camisa se le había salido de la cinturilla de los calzones
de hombre que llevaba, de forma que la blanca piel del costado y la oscura
curva de las costillas inferiores quedaban al descubierto. El corazón le dio un
vuelco; anhelaba tocarla.
La mano se movió por su propia cuenta
y los dedos, delicados como mariposas, se encendieron sobre la piel, fresca y
suave, que se erizó al contacto.
Miriamele se quejó entre sueños e
hizo un gesto como si espantara las mariposas, convertidas en desagradables
insectos con patas. Simón retiró la mano al instante.
Se detuvo un momento a recuperar el
aliento, sintiéndose como un ladrón a punto de ser descubierto en pleno crimen.
Acercó la mano otra vez, pero sobre el hombro, y sacudió a la joven con
suavidad.
—Miriamele, despertad; Miriamele.
Ella gruñó y le dio la espalda. Simón
volvió a sacudirla, con un poco más de vigor. Ella protestó de nuevo y palpó en
vano buscando la capa, como si quisiera protegerse del cruel espíritu que no la
dejaba en paz.
—Vamos, Miriamele; ahora os toca a
vos montar guardia.
Tenía un sueño muy profundo, de
verdad. Simón se agachó más y le habló al oído.
—Despertad, ya es la hora. —El
cabello de la muchacha le rozaba la mejilla.
Miriamele esbozó media sonrisa, como
si le hubiera contado algo gracioso, pero seguía con los ojos cerrados. Simón
fue resbalando hasta tenderse a su lado y contempló largo rato la prominencia
del pómulo, que brillaba a la luz de las ascuas. Empezó a deslizar la mano en
una prolongada caricia desde el hombro hasta el talle y se acercó, hasta
rozarle la espalda con el pecho. El cabello le acariciaba la mejilla y su
cuerpo envolvía el de Miriamele. La princesa emitió un gemido que podría haber
sido de satisfacción, amoldó su postura a la del muchacho con un leve
movimiento y se quedó callada de nuevo. Simón contuvo el aliento; temía
despertarla, temía que se le escapara una tos o un estornudo que echara a
perder la gloriosa agonía de aquellos momentos. Sentía su calor en todo el
cuerpo; era más pequeña que él, mucho más, y podía envolverla por completo y
protegerla como una armadura. Le habría gustado quedarse así para siempre.
Acurrucados como gatitos, Simón
terminó por dormirse; la necesidad de mantener la guardia cayó en el olvido,
barrida de su mente como una hoja corriente abajo.
Se despertó solo. Miriamele estaba
fuera del refugio cepillando a su caballo con una rama pelada. Cuando volvió
adentro, desayunaron pan y agua. No dijo nada sobre la noche anterior, pero
Simón creyó detectar una actitud menos desabrida en ella, como si parte de su
frialdad se hubiera fundido al ensalmo del arrullo nocturno.
Continuaron la marcha por la
carretera del río durante seis días más. Las persistentes lluvias habían
convertido la ancha vía en un barrizal que impedía avanzar deprisa. El tiempo
era tan deprimente y el camino tan poco transitado que el temor de Miriamele a
ser descubiertos se mitigó bastante, aunque continuaba ocultando el rostro
siempre que pasaban por poblaciones pequeñas como Bregshame y Garwynswold.
Durmieron muchas veces en refugios o bajo los chorreantes tejadillos de los
refugios del camino. Todas las noches se sentaban un rato después de cenar,
antes de acostarse; Miriamele le contaba historias de su infancia de Meremund y
Simón le hablaba sobre los días vividos entre pinches de cocina y doncellas.
Sin embargo, a medida que transcurrían las jornadas, contaba más cosas sobre el
doctor Morgenes, sobre su buen humor y los arranques de su fiero temperamento,
sobre su desprecio por los que no hacían preguntas y su regocijo por la
sorprendente complejidad de la vida.
La víspera de su llegada a
Garwynswold, a Simón se le saltaron las lágrimas mientras relataba un episodio
que Morgenes le había contado a él sobre las maravillas de las colmenas.
Miriamele observaba con curiosidad los esfuerzos que hacía por controlarse;
después, su expresión se tornó extraña. Nunca lo había mirado así y, aunque su
primer impulso fue de vergüenza, no percibió en realidad nada despectivo en sus
ojos.
—Ojalá hubiera sido mi padre o mi
abuelo —comentó más tarde. Ya se habían colocado en sus respectivas esteras,
Miriamele, como de costumbre, a un brazo de distancia; no obstante, la sentía
más próxima que nunca desde la noche en que se habían besado. La había abrazado
desde entonces, sí, pero siempre cuando dormía. Ahora, reposaba en la
oscuridad, muy cerca, y Simón casi creía sentir que un acuerdo tácito surgía
entre ambos—. Me demostraba cariño; ¡cuánto me gustaría que estuviera vivo
todavía!
—Era un buen hombre.
—Era más que eso. Era... Siempre
hacía las cosas cuando había que hacerlas —dijo, con el corazón en un puño—.
Murió para que Josua y yo pudiéramos escapar. Me trataba como si..., como si
fuera su hijo. ¡Qué mal está todo! ¡No tendría que haber muerto!
—Nadie debería morir —afirmó despacio
Miriamele—, sobre todo cuando aún queda vida por delante.
Simón guardó silencio, confundido.
Antes de darle tiempo a preguntar qué había querido decir, Miriamele le tocó la
mano con sus dedos fríos y los cobijó en su palma.
—Que durmáis bien —musitó.
Cuando por fin se calmó el corazón,
ella no había retirado la mano todavía. Se quedó dormido guardándola con tanta
delicadeza como si se tratara de un pajarillo.
No eran sólo las lluvias y las grises
brumas lo que los agobiaba; la tierra misma, bajo el sudario del mal tiempo,
estaba prácticamente muerta, triste como un paisaje de piedras, huesos y nidos
de araña. En las poblaciones, las gentes, fatigadas y atemorizadas, se
mostraban reacias incluso a mirarlos con la curiosidad y la desconfianza
dedicadas por costumbre a los recién llegados. Con el crepúsculo, las ventanas
se cerraban y las calles quedaban desiertas. Simón tenía la impresión de que
cruzaban pueblos fantasmas, de donde los verdaderos habitantes hubieran partido
hacía mucho dejando sólo sombras inmateriales de generaciones anteriores,
condenadas a una búsqueda agotadora y fútil del hogar de sus antepasados.
En la lóbrega tarde del séptimo día
desde su salida de Stanshire, al rebasar una curva de la carretera, avistaron
la mole cuadrada del castillo de Falshire a cierta distancia en el oeste. La
colina sobre la que se asentaba, cubierta antaño por un tapiz de verdes pastos
que recordaba a un séquito real, era ahora, y a pesar de las abundantes
lluvias, un campo yermo con algunos puntos nevados cerca de la cumbre. La
ciudad amurallada se extendía a los pies del otero, y a horcajadas sobre el
río, que era su fluido vital. En los muelles de la ribera se cargaban los
barcos con cuero y lana de Falshire, destinados al Kynslagh y más allá, que
regresaban con oro y otras mercancías. Estas actividades comerciales habían
hecho de la ciudad, desde antiguo, uno de los enclaves más prósperos de Osten
Ard, la segunda capital de Erkynlandia después de Erchester.
—Ese castillo era de Fengbald
—comentó Miriamele—. ¡Y pensar que mi padre quería obligarme a que me casara
con él! ¿Cuál de sus nobles familiares lo ocupará ahora? —Apretó las
mandíbulas—. Si el nuevo señor se parece en algo al antiguo, espero que le caiga
encima hasta la última piedra.
Simón escudriñó la fortaleza, que la
difusa luz del poniente convertía en un peñasco negro y deforme, y después
señaló hacia la ciudad para distraerla.
—Podemos llegar allí antes de que
caiga la noche. Hoy cenaremos de verdad.
—Los hombres siempre piensan en
llenar el estómago.
—Entonces, ¿qué me decís de una noche
bajo techo en una posada caliente? —preguntó con una sonrisa, satisfecho porque
lo había llamado hombre, aunque el comentario general le pareció injusto.
—Hemos tenido suerte hasta ahora,
Simón —repuso, con un gesto negativo de la cabeza—, pero cada día nos acercamos
más a Hayholt. He estado en Falshire en numerosas ocasiones y son muchas las
posibilidades de que nos reconozcan.
—Muy bien —suspiró—. Supongo que no
os importará que vaya a algún sitio a comprar comida, como en Stanshire, ¿no?
—Siempre y cuando no me hagáis
esperar toda la noche. Ya es bastante desgracia ser la pobre esposa de un
fabricante de velas ambulante como para tener que aguardar bajo la lluvia
mientras su marido bebe cerveza junto al fuego en una taberna.
—Pobre esposa del fabricante —replicó
él con una mueca.
—Pobre del fabricante si enfurece a
su mujer —dijo Miriamele con severidad.
La posada El Cofre del Marino estaba
profusamente iluminada, como para celebrar una fiesta, pero, al asomarse al
interior, el ambiente no le pareció nada festivo. Había bastante gente, dos o
tres docenas de parroquianos repartidos por la sala, pero las conversaciones
eran tan discretas que hasta se oía el goteo de las capas empapadas, colgadas
al lado de la puerta.
Se abrió camino entre los atestados
bancos hasta el otro extremo del salón; notó que numerosas cabezas observaban
su paso, además de un ligero aumento del ronroneo de la charla, pero no miró a
nadie. El posadero, un tipo delgado con una abundante mata de pelo y cara
sudorosa por el horno de los asados, lo miró al verlo acercarse.
—¿Sí? ¿Buscáis dónde dormir? —Echó
una ojeada al andrajoso atuendo de Simón—. Dos quinis la noche.
—Sólo unas lonchas de ese cordero y
algo de pan. Y un poco de cerveza. Mi esposa está afuera esperando, y nos queda
un largo camino que recorrer.
El posadero pidió a gritos a un
cliente que tuviera paciencia, y después miró a Simón con recelo.
—La jarra la ponéis vos, porque las
mías no traspasan la puerta. —Simón la levantó, y el hombre hizo un gesto de
asentimiento—. Seis cintis en total. Pagad por adelantado.
Un tanto molesto, dejó caer las
monedas en el mostrador. El hombre las recogió, las examinó y, tras
embolsárselas, salió a toda prisa.
Simón se giró a echar una ojeada a la
sala. La mayoría de la gente parecía ser natural de Falshire, de aspecto
humilde pero bien aposentada; muy pocos debían de ser viajeros, a pesar de que
la posada era una de las más cercanas a las puertas de la ciudad y a la
carretera del río. Unos cuantos le devolvieron la mirada, pero no percibió
malicia ni curiosidad, siquiera. Los habitantes de Falshire, a juzgar por los
que había allí, debían de tener mucho en común con las ovejas que criaban y
trasquilaban.
Acababa de volverse para ver si
llegaba el posadero cuando notó cierta agitación en el ambiente. Se preguntó si
aquellos hombres habrían reaccionado a su presencia más de lo que él suponía y,
entonces, una corriente helada le rozó la nuca.
La puerta estaba abierta. Plantadas
delante de la cortina de agua que caía desde el alero, tres siluetas vestidas
de blanco recorrían la sala con la vista, tranquilamente. Todos los presentes
se encogieron un poco, y no en su imaginación. Se cruzaron miradas furtivas,
las conversaciones subieron o bajaron de tono y los que estaban más cerca de la
puerta se alejaron con sigilo.
Simón sentía un impulso similar.
«Deben de ser Danzarines del Fuego», pensó. El corazón le latía deprisa.
¿Habrían visto a Miriamele? Y, aunque así fuera, ¿qué importancia podía tener?
Poco a poco, Simón retrocedió hasta
apoyarse en una mesa larga y observó a los recién llegados con un fingido aire
de interés relativo. Dos de ellos eran altos y musculosos como los estibadores
que manejaban la puerta marítima de Hayholt y llevaban contundentes bastones,
más apropiados para partir cráneos que para pasear. El tercero, el jefe por su
posición adelantada, era pequeño y fornido, con un cuello de toro y armado
también con una larga porra. Al retirarse la empapada capucha, la cabeza,
cuadrada y calva, brilló a la luz de las lámparas. Era mayor que los otros dos
y tenía inteligentes ojillos de cerdo.
El rumor de las conversaciones casi
se normalizó, pero, al ponerse en movimiento los tres recién llegados, muchas
miradas solapadas siguieron sus pasos por el salón. Se diría que registraban el
lugar buscando algo o a alguien determinado sin el menor disimulo. Simón sufrió
un momento de terror impotente cuando los oscuros ojos del jefe lo enfocaron al
pasar, pero el hombre se limitó a enarcar una ceja como si le hiciera gracia la
espada del joven; luego, centró su atención en otra persona.
Respiró aliviado. No sabía qué
buscaban, pero no estaban allí por él. Notó una presencia junto al hombro, se
volvió al punto y encontró al posadero a su espalda con una fuente honda de
madera. Le entregó el cordero y el pan, que Simón envolvió en su pañuelo, y le
sirvió una medida de cerveza en la jarra. A pesar de la atención que esas
acciones requerían, los ojos del hombre no se apartaron apenas de los tres
intrusos, y contestó al amable agradecimiento de Simón con unas palabras
distraídas e inconexas. Simón se alegró de poder salir de allí.
Al abrir la puerta, vio a
Miriamele de refilón, pálida y
preocupada, escondida entre las sombras del otro lado de la calle. Una voz
fuerte y burlona cruzó la estancia que ya quedaba a su espalda.
—No creeríais de verdad que
conseguiríais marcharos sin que nos diéramos cuenta, ¿verdad?
Simón se quedó tieso en el umbral;
después, se giró despacio. Tenía un paquete en una mano y una jarra en la otra,
en la de la espada. ¿Debía soltar la cerveza y sacar la espada, o utilizar la
jarra de alguna forma... lanzándola, tal vez? Haestan le había enseñado algo
sobre peleas en las tabernas, aunque la principal recomendación siempre fue que
las evitara.
Terminó de girarse esperando
encontrar un mar de caras y a los amenazadores Danzarines, mas, para su
asombro, nadie miraba hacia la puerta. Los tres hombres de las túnicas estaban
delante de un banco, en la esquina más alejada de la chimenea. Las dos personas
allí sentadas, un hombre y una mujer de mediana edad, los miraban indefensos,
paralizados de terror.
El cabecilla del grupo se inclinó
hacia ellos hasta colocar a la misma altura su cabeza de pedrusco de catapulta,
pero, a pesar de que la posición sugería unas palabras en tono discreto, habló
de forma que se oyera por toda la sala.
—¡En marcha! En realidad no creíais
que ibais a burlarnos, ¿no es cierto?
—Ma... Maefwaru —tartamudeó el
hombre—, jamás, jamás podríamos... Creíamos que...
El Danzarín plantó su manaza en la
mesa para imponerle silencio.
—Ésa no es la lealtad que espera el
Rey de la Tormenta. —No gritaba, pero Simón percibió cada una de sus palabras
desde la puerta. El resto de los presentes miraba en un silencio despavorido y
fascinado—. Le debemos la vida, porque nos ha concedido la gracia de la visión
de las cosas futuras y la oportunidad de tomar parte en ellas. No podéis darle
la espalda.
Los labios del hombre se movían pero
no logró articular sonido alguno. Su esposa también se mantenía en silencio,
aunque las lágrimas le anegaban la cara y sus hombros se agitaban. Se trataba
de un encuentro muy temido, a todas luces.
—¡Simón! —Se dio media vuelta hacia
la calle. Miriamele estaba a tan sólo unos pasos, en medio de la encharcada
calzada—. ¿Qué estáis haciendo? —preguntó en un susurro audible.
—Esperad.
—¡Simón, hay Danzarines del Fuego!
¿Es que no los habéis visto?
Simón alzó una mano para que callara
y se giró hacia el interior. Los dos secuaces altos obligaron al hombre y a la
mujer a levantarse del asiento y arrastraron a la mujer por la dura madera del
suelo cuando las piernas se negaron a seguir sosteniéndola. La desgraciada
lloraba intensamente, mientras que su compañero, maniatado, sólo podía mirar al
suelo y lamentarse en murmullos.
Simón se encendió de rabia. ¿Por qué
nadie los ayudaba? Había por lo menos dos docenas de hombres allí, y los
Danzarines no eran más que tres.
—¿Algún problema? —Miriamele le
tironeaba de la manga—. ¡Vamos, Simón! ¡Tenemos que salir de aquí!
—No puedo —replicó en voz baja y
apremiante—. Quieren llevarse a esos dos a algún sitio.
—No podemos arriesgarnos a que nos
detengan, Simón; no es momento de heroicidades.
—No puedo permitir que se los lleven,
Miriamele. —Rogaba por que alguno más de los espectadores se levantara también,
por que se produjera un movimiento general de resistencia. Miriamele tenía
razón; no podía permitirse correr ningún riesgo. Pero allí nadie hacía más que
murmurar y mirar.
Se maldijo a sí mismo por su
estupidez y a Dios o al destino por colocarlo en semejante posición y,
deshaciéndose de la mano de Miriamele, dio un paso hacia el salón. Dejó el
paquete de la cena y la jarra junto a la pared, con cuidado, y cerró la mano sobre
la empuñadura de la espada que Josua le había regalado.
—¡Alto! —gritó.
—¡Simón!
Ahora sí que todas las cabezas se
giraron hacia él. La última en hacerlo fue la del jefe. A pesar de que su
estatura era sólo ligeramente inferior a la media, aquel tipo tenía un curioso
aspecto de enano, por su gran carota de barbilla hendida. Repasó a Simón de
arriba abajo con sus brillantes ojillos de cerdo, y en ellos no había un ápice
de humor.
—¿Cómo? ¿Alto, dices? Alto, ¿qué?
—No parece que esas personas deseen
acompañaros. —Señaló al cautivo, que se debatía sin fuerzas en manos de uno de
los otros dos—. ¿No es así?
El hombre miraba ora a Simón ora al
jefe del trío. Por fin, abatido, negó con la cabeza. Simón supo entonces que lo
que el desdichado temía debía de ser tremendo de verdad, tanto como para
arriesgarse a empeorar la situación en un intento desesperado —y poco factible—
de que él lo salvara.
—¿Lo veis? —Trataba de mantener la
voz firme y tranquila con resultados desiguales—. No desean ir con vosotros.
Dejadlos libres.
—El corazón le latía a toda
velocidad. Sus palabras le sonaban severas e incluso pomposas y engoladas, como
en las historias de Tallistro o en las crónicas de héroes imaginarios.
El calvo echó un vistazo a la
concurrencia para comprobar si había alguien dispuesto a secundar a Simón.
Nadie se movía; todos contenían el aliento como un solo hombre. El Danzarín del
Fuego se dirigió a Simón con una mueca en los gruesos labios.
—Rompieron su juramente con el Amo.
El asunto no te concierne.
Simón sintió un arrebato de furia. Ya
había soportado todas las fantochadas que su estómago podía resistir, desde las
fechorías del rey en todo el país hasta las malintencionadas crueldades de
Pryrates. Apretó la espada.
—Me hago cargo del asunto. Quitadles
las manos de encima y marchaos.
Sin más discusión, el jefe escupió
una orden. El adepto que sujetaba a la mujer la dejó libre —ésta se desplomó en
el suelo arrastrando consigo un tazón— y arremetió contra Simón describiendo un
amplio arco en el aire con su maciza cachiporra. Algunos gritaron de miedo o de
excitación. Simón se quedó helado un instante, con el arma todavía a medio
desenvainar.
«¡Idiota! ¡Cabezahueca!»
Se agachó; el bastón silbó por encima
de su cabeza, tiró varias capas de los colgadores de la pared en su trayectoria
y se enredó en una de ellas. Simón aprovechó la ocasión para lanzarse a las
piernas del atacante, y ambos cayeron al suelo dando tumbos; la espada se le
salió de la funda y fue a parar al suelo. Se hizo daño en un hombro —el
contrincante era pesado y de constitución sólida— y, mientras se deshacía de
él, el Danzarín del Fuego le propinó un porrazo en la pierna que le escoció
como un navajazo. Rodó hacia la espada perdida y se alegró inmensamente al
notar su tacto entre los dedos. El asaltante ya estaba de pie y se dirigía
hacia él, blandiendo el bastón como una serpiente al ataque. Por el rabillo del
ojo, captó los movimientos del segundo Danzarín, que también se acercaba.
Un necio pensamiento le ocupaba la
cabeza: «Lo primero es lo primero», las palabras que Raquel siempre le repetía
cada vez que pretendía irse a trepar o a jugar sin haber cumplido con sus
obligaciones. Se acuclilló con la espada ante sí y detuvo un golpe del primer
contrincante. Era imposible acordarse de todo lo que le habían enseñado en el
caos de ruido, movimiento y pánico, pero lo consolaba saber que, mientras
conservara la espada entre su cuerpo y el enemigo, podría mantenerlo a raya.
Pero ¿qué sucedería cuando llegara el otro?
Recibió una especie de respuesta al
momento siguiente, cuando el atisbo de un movimiento captado por el rabillo del
ojo le advirtió que se inclinara. La porra del segundo hombre zumbó por encima
de él y se estrelló contra la del primero. Entonces dio un paso atrás sin
volverse y giró blandiendo la espada con todas sus fuerzas. Dio en el brazo al
que tenía detrás y le arrancó un chillido rabioso; el Danzarín dejó caer su
madero y retrocedió a trompicones hasta la puerta apretándose el antebrazo.
Acto seguido, Simón se encaró con el que quedaba con la esperanza de que el
otro estuviera, si no vencido, sí fuera de combate por unos preciosos momentos
que tanta falta le hacían. Pero el secuaz había aprendido la lección en carne
ajena y no se acercaba, sino que utilizaba toda la longitud de su arma para
obligarlo a mantenerse a la defensiva.
Detrás sonó un golpe; Simón,
sorprendido, estuvo a punto de perder de vista a su enemigo, y éste, que lo
percibió, apuntó la porra a la cabeza. Simón consiguió desviarla con la espada
justo a tiempo. Luego, mientras el Danzarín levantaba de nuevo su arma, Simón
levantó la espada a su vez e impulsó aún más hacia arriba el arma enemiga hasta
hacerla atravesar la baja techumbre, donde quedó atrapada por el entramado de
paja y las vigas. El Danzarín, aturdido por el inesperado desenlace, tardó un
momento en reaccionar, instante que Simón aprovechó para adelantarse, pincharle
el abdomen con la espada y hundirla lo más posible. Intentó retirarla con
presteza, consciente de que su camarada, o incluso e! jefe, podían echársele
encima de un momento a otro.
Algo lo golpeó por un lado y lo
empujó contra un velador. Por un momento, se encontró ante la alarmada cara de
un parroquiano. Dio media vuelta y vio que quien le había propinado el
empellón, el calvo Maefwaru, se abría camino entre las mesas en dirección a la
salida; no se detuvo a mirar a ninguno de sus subordinados, ni al caído ni al
otro, que yacía en una curiosa postura cerca de la puerta.
—Esto no va a quedar así —gritó
Maefwaru al tiempo que se perdía en la lluviosa noche.
Un momento después, Miriamele entró
en la posada y miró al Danzarín del Fuego tendido junto a la puerta, el que
Simón había herido en el brazo.
—Le rompí la jarra en la cabeza —le
dijo, emocionada y jadeante—, pero creo que el que acaba de salir va a volver
con más amigos suyos. ¡Maldita sea mi suerte! ¡No tenía nada con que golpearle!
Tendremos que echar a correr.
—Los caballos —resolló Simón—.
¿Están...?
—A unos pocos pasos de aquí. Vamos.
Simón se agachó a recoger el paquete
de comida. El pañuelo estaba mojado, empapado en cerveza, que se había
derramado de la jarra; los fragmentos del recipiente se habían esparcido
alrededor del desmayado Danzarín del Fuego. Recorrió el local de una ojeada. El
hombre y la mujer que Maefwaru y sus secuaces habían amenazado, encogidos
contra la pared del fondo, miraban aturdidos como todos los demás clientes de
la posada.
—Más vale que os vayáis de aquí
también —les advirtió—. El calvo ha ido a buscar a otros. ¡Vamos..., huid!
Todas las miradas se clavaban en él.
Le habría gustado decir algo lucido o valiente —los héroes solían decir grandes
cosas— pero no se le ocurría nada. Además, tenía la espada manchada de sangre y
el estómago se le había subido a la garganta. Siguió a Miriamele al exterior
dejando atrás dos cuerpos y una sala llena de ojos desorbitados y bocas mudas
abiertas de par en par.
VI
EL CÍRCULO SE ESTRECHA
L
a intensidad de la nevada había
disminuido pero el viento aún barría furioso la falda de la colina sobre la que
se alzaba Naglimund, silbando entre la dentada muralla. El conde Eolair hizo
girar al caballo hacia la montura de Maegwin con la intención de procurarle un
poco de protección, y no sólo contra el frío, sino también contra las pavorosas
torres de piedra desnuda en cuyas ventanas ahora titilaban luces.
Yizashi Lanza Gris se destacó de
entre las filas de los sitha con la pica bajo el brazo. Levantó el otro y
describió un amplio redondel refulgente en el aire con algo semejante a un
bastón de plata, al tiempo que emitía un potente sonido musical de cierta
calidad metálica; el objeto plateado se abrió como el abanico de una dama hasta
formar un brillante escudo en forma de semicírculo.
—¡A y'ei g'eisu! —gritó hacia la
indiferente fortaleza—. ¡Yas'a pri-purna jo-shoi!
Las luces de las ventanas de
Naglimund parpadearon como velas al viento cuando unas sombras se agitaron en
sus profundidades. Eolair sintió un impulso casi irrefrenable de dar media
vuelta y huir al galope. Aquel lugar ya no era humano, y el terror que le
emponzoñaba los sentidos en nada se asemejaba a los negros presentimientos
anteriores a una batalla entre mortales. Se dirigió a Maegwin, que tenía los
ojos cerrados y movía los labios en un discurso silencioso; Isorn parecía
amilanado también y, al mirar el conde hacia atrás, vio los blancos rostros de
sus compatriotas hernystiros con las bocas abiertas y los ojos hundidos como si
de una tropa de cadáveres se tratara.
«¡Líbranos, Brynioch! —rogó con
desesperación—. Esto escapa a los límites de nuestro mundo. Cundirá el pánico
si hago un movimiento en falso.»
Con suma lentitud, desenvainó la
espada y la mostró a sus hombres, la sostuvo en alto un momento y la bajó hacia
un lado. No era más que un alarde de valentía, pero ya era algo.
Entonces, Jiriki y su madre avanzaron
hasta situarse a ambos lados de Yizashi. Tras unos breves murmullos, Likimeya
dio unos pasos hacia adelante y comenzó a cantar de un modo sobrecogedor.
Su voz, débil al principio en medio
de la ventisca, fue afirmándose cada vez más. La impenetrable lengua sitha,
chasqueante e ininteligible, fluía sin embargo como aceite suave y cálido de un
frasco. La melodía ascendía, descendía, vibraba y se elevaba de nuevo
aumentando su potencia. A pesar de no entender ni una palabra, Eolair captaba
el tono de denuncia en las inflexiones y en las arremetidas, el reto implícito
en la cadencia de la voz, que retumbaba como la osada trompeta de un heraldo,
con clamores de frío metal bajo la música.
—¿Qué está pasando aquí? —musitó
Isorn.
Eolair le pidió silencio con un
gesto.
Las tinieblas que rodeaban Naglimund
se espesaron, como si un sueño concluyera para dar paso a otro; algo cambió en
el canto de Likimeya. El conde tardó un momento en comprender que la señora de
los sitha no había alterado la melodía, sino que otra voz se había unido a la
suya. Al principio, el hilo del discurso continuaba cercano a la canción de
desafío. El tono era tan fuerte como el de Likimeya, pero, mientras que el suyo
era metálico, la segunda voz poseía matices de piedra y hielo. Tras unos largos
compases, la segunda tonada comenzó a describir círculos alrededor de la
original tejiendo una red singular, como una filigrana de cristal en torno a
los repiques de campana de Likimeya. Aquel sonido provocó una tensión y un
cosquilleo en la piel del conde que le erizó el vello a pesar de las numerosas
capas de ropa. Levantó los ojos y el corazón comenzó a latirle aún más deprisa.
A través de la densa niebla, una
sombra delgada y negra asomó por sobre la muralla hasta revelarse por completo
con tanta suavidad como levantada por una mano invisible. Era de la talla de un
hombre, se convenció Eolair, aunque la bruma desfiguraba sutilmente la silueta
de forma que a veces parecía aumentar y a veces disminuir y afinarse hasta lo
imposible. Bajaba la mirada hacia ellos, embozada de negro, el rostro oculto
bajo la enorme capucha, pero Eolair no necesitaba verla para saber que de ahí
partía la aguda voz de pétreas inflexiones. Permaneció largo rato de pie entre
los remolinos de niebla, en lo alto del muro, bordando sobre el canto de
Likimeya. De súbito, como por un acuerdo tácito, ambas enmudecieron al mismo
tiempo.
Likimeya rompió el silencio con unas
palabras gritadas en lengua sitha. La negra aparición respondió con sonidos
tintineantes como mellados fragmentos de pedernal, y de algún modo Eolair supo
que el mensaje era muy similar y que las diferencias radicaban sólo en el ritmo
y en la mayor sequedad del discurso de la criatura embozada. La conversación se
hizo interminable.
A su espalda se produjo una agitación
que lo sobresaltó; el caballo, espantado, empezó a patear la nieve. Zinjadu, la
del cabello de cielo, Señora del Saber, había llevado su montura junto a los
mortales.
—Hablan del pacto de Sesuad'ra. —No
apartaba los ojos de Likimeya y su rival—. De antiguas heridas en el corazón y
de las canciones de lamento que aún no han sido cantadas.
—¿Para qué tanta conversación?
—inquirió Isorn en tono desabrido—. Esta espera nos destroza.
—Es nuestra forma de actuar. —Zinjadu
apretó los labios; su fino rostro parecía cincelado en piedra dorada—. Aunque
ellos violaron las normas cuando asesinaron a Amerasu.
No añadió nada más. Mientras
continuaba el intercambio de desafíos y respuestas, Eolair tuvo que limitarse a
esperar con un incómodo temor que derivó en una especie de aburrimiento
abrumador.
Por fin, el ser de la muralla dejó de
dirigirse a Likimeya y su ardiente mirada se posó sobre el conde y las pocas
veintenas de hernystiros. Con un gesto casi tan ostentoso como el de un cómico
ambulante, el negro encapuchado se retiró la caperuza y mostró su rostro de
color aguanieve y su ralo cabello, igualmente descolorido, que se elevaba en el
viento flotando como tentáculos de una planta marina.
—¡Shudo-tkzayha! —exclamó la norna en
un tono poco menos que exultante—. ¡Mortales! ¡De nuevo serán la causa de la
muerte de tu familia, Likimeya Ojos de Luna! —El que habló, si es que era
varón, profirió sus palabras en occidental con la ruda precisión de un
guardabosques que imitara el grito de muerte de un conejo—. ¿Tan débil eres que
requieres la presencia de esta chusma? ¡Ni siquiera es comparable al poderoso
ejército de Sinnach!
—Has usurpado un castillo a los
mortales —replicó Likimeya con frialdad. Jiriki continuaba a su lado, rígido
sobre el caballo, con el anguloso rostro desprovisto de toda emoción
descifrable; Eolair se preguntó si alguien sería capaz de afirmar que conocía a
los sitha—. Y tu señor y tu señora toman parte en las disputas de los mortales;
no puedes jactarte de gran cosa.
—Los utilizamos, sí —dijo la norna
con una risa que chirriaba como uñas sobre pizarra—. Son ratas que excavan los
cimientos de nuestro hogar... pero, aunque nos hagamos guantes con su pellejo,
no los convidamos a nuestra mesa. Y ahí está tu flaqueza, Likimeya, la misma
que aquejaba a Amerasu, la Nacida en el Barco.
—¡No te atrevas a nombrarla! —le
espetó Jiriki—. ¡Tu boca es tan sucia que no merece pronunciar su nombre,
Akhenabi!
—¡Ah, pequeño Jiriki! —El ser de la
muralla sonrió con un despliegue de blancura—. He oído historias de ti y de tus
aventuras... aunque más debería decir intromisiones. Deberías haberte unido a
nosotras en el norte, en nuestra fría tierra, para hacerte fuerte. Esa
tolerancia que observáis para con los mortales es un cáncer aniquilador, uno de
los motivos por los que tu familia ha degenerado tanto mientras que la mía se
fortalece sin cesar y emprende las acciones necesarias. —Se giró y levantó la
cabeza para dirigir sus siguientes palabras a Eolair y a los inquietos
hernystiros, que murmuraban—. ¡Hombres mortales! No es sólo vuestra vida lo que
ponéis en peligro al luchar al lado de estos inmortales. ¡Arriesgáis también
vuestra alma!
Eolair percibió los atemorizados
cuchicheos que se levantaban a su espada. Adelantó la montura unos pasos y
enarboló la espada.
—¡Qué vanas amenazas! —gritó—. ¡Haced
todo el mal que podáis! ¡Nuestra alma sólo nos pertenece a nosotros!
—¡Conde Eolair! —lo llamó Maegwin—.
¡No! ¡Eso es Scadach, el Agujero Negro del Cielo! ¡No os acerquéis más!
—Eres el capitán de los mortales,
¿verdad? —Akhenabi se inclinó hacia adelante y fijó sus encendidos ojos negros
en el conde—. Entonces, hombrecillo, ya que no temes por ti ni por tu tropa,
piensa en los mortales prisioneros de estos muros.
—¿Qué dices? —gritó Eolair.
La criatura de negro dio media vuelta
y levantó ambos brazos. Un momento después, dos figuras más aparecieron junto a
ella; a pesar de que también llevaban pesadas capas, sus torpes movimientos
carecían de la gracia arácnida de las liornas.
—¡Aquí tienes a un par de hermanos
tuyos! —proclamó Akhenabi—. Son nuestros huéspedes. ¿Te gustaría verlos morir
por lealtad a esos aliados inmortales?
Las dos siluetas guardaban silencio,
abatidas y desamparadas; sus rostros, bajo las capuchas zarandeadas por el
viento, eran humanos sin duda, no Nacidos en el Jardín.
—¡Dejadlos libres! —exigió Eolair,
imbuido de rabia impotente.
—¡Oh, no, pequeño mortal! —rió
satisfecha la norna una vez más—, nuestros huéspedes lo pasan muy bien.
¿Quieres ver cómo exhiben su alegría? Tal vez deseen bailar.
Describió en el aire un ademán
florido, y las dos formas comenzaron a evolucionar despacio. Levantaron los
brazos de una forma repelente, en una parodia de danza cortés, balanceándose de
un lado a otro, tropezando juntas ante la sonriente norna. Se abrazaron un
momento en precario equilibrio sobre el borde del alto paramento, se separaron
y retomaron su contorsionado y solitario baile.
A través de las lágrimas de cólera
que le empañaban los ojos, Eolair vio que Jiriki espoleaba a su caballo hasta
situarse unos codos más cerca del muro, levantó el arco y, con una rapidez que
casi lo hacía imperceptible, sacó una flecha de su carcaj, la colocó y tensó la
cuerda hasta hacer temblar la ballesta. La norna Akhenabi, desde la altura,
ensanchó la sonrisa, culebreó como si se estremeciera y desapareció dejando
sólo las dos siluetas, que arrastraban los pies para unirse de nuevo en un
repulsivo abrazo.
Jiriki disparó la saeta, que se clavó
en el pie de uno de ellos; el bailarín tiró de la pierna hacia arriba y tanto
el herido como el que se abrazaba a éste perdieron el equilibrio. Manotearon
unos momentos en el aire y se precipitaron muro abajo unos veinte codos hasta
el suelo, donde se estrellaron con un ruido estremecedor contra las rocas
cubiertas de nieve. Varios hernystiros estallaron en gritos y protestas.
—¡Por la sangre de Rhynn! —exclamó
Eolair—. ¿Qué habéis hecho?
Jiriki avanzó más, escrutando con
precaución la ya vacía muralla. Cuando llegó a la altura de los cadáveres,
desmontó, se arrodilló e hizo a Eolair una seña para que se acercara.
—¿Por qué habéis hecho esto, Jiriki?
—inquinó con brusquedad el conde. Sentía en la garganta una tensión semejante
al estrangula-miento—. La norna ya se había marchado. —Se quedó contemplando
las dos siluetas retorcidas y vestidas de negro, cuyas manos y dedos todavía
sobresalían de entre las ropas como aferrándose a un asidero que ya jamás
encontrarían—. ¿Ha sido para evitarles mayores tortura? ¿Y si logramos hacer
salir a las nornas? ¿No creéis que aún quedaba una esperanza de rescate?
Jiriki no respondió sino que, con
sorprendente delicadeza, dio la vuelta al cuerpo más cercano, lo separó del
compañero que lo abrazaba y le retiró la capucha.
—¡Brynioch! —exclamó Eolair,
conmocionado—. ¡Que Brynioch de los cielos nos asista!
El rostro no tenía ojos; sólo dos
agujeros negros. La piel era de cera y había reventado en algunos puntos por el
impacto de la caída, pero, a todas luces, el cadáver no era reciente.
—Quienquiera que fuese, llevaba
muerto desde la derrota de Naglimund —explicó Jiriki en voz baja—. No creo que
haya ni un prisionero vivo dentro de esos muros.
—¡Pero éstos... —Eolair sintió un
nudo en la garganta y se dio media vuelta—... se movían!
—Aquí gobierna un Mano Roja, ahora ya
está confirmado, pues nadie más tiene el poder de hacer esto. Es un poder que
emana de su señor.
—Pero ¿por qué? —Miró los cuerpos
inertes y después desvió los ojos hacia la masa de hombres y sitha agrupados en
la nieve—. ¿Por qué lo hacen?
Jiriki movió la cabeza en ademán
negativo; su cabello era tan blanco y flotante como el de la criatura que se
había burlado desde la muralla.
—No sabría decirlo. Lo que sí es
seguro es que Naglimund no caerá sin un drástico diezmo de vidas.
—Y no hay vuelta atrás —completó el
conde con los ojos puestos en Maegwin e Isorn, que aguardaban temerosos su
regreso.
—No. Temo que los días finales han
comenzado, para bien o para mal.
El duque Isgrimnur sabía que debía
prestar mucha atención a todas las cosas que sucedían a su alrededor, a las
gentes de Metessa, a los preparativos y a la convocatoria al salón de la
baronía. Metessa era uno de los estados principales de la parte oriental del
territorio nabbano, y tal vez el punto clave que determinaría el triunfo o el
fracaso del desafío de Josua. El éxito podía depender del mínimo detalle,
motivo por el cual Isgrimnur estaba completamente pendiente de todo... aunque
resultaba difícil atender a las obligaciones con el chiquillo que lo seguía a
todas partes como una sombra.
—Veamos —dijo, después de casi
pisarlo por duodécima vez—, ¿qué es lo que buscas? ¿Te has perdido? ¿Dónde has
dejado a tu madre?
El niño de cabellos claros y rostro
delicado lo miró, sin rastro de miedo ante aquel corpulento y barbudo
desconocido.
—Mi madre me dijo que no me acercara
al príncipe ni los demás caballeros, pero yo no estoy de acuerdo.
Para la edad que tenía, se expresaba
con una corrección desconcertante, se dijo el duque; dominaba el occidental
casi tanto como él mismo. Resultaba asombroso comprobar la eficacia con que la
lengua warinstana de Juan el Presbítero se había asentado en apenas dos
generaciones. Pero si todas las cosas se derrumbaban, tal como parecía suceder,
¿no desaparecería también la lengua común, como todo lo demás? Los imperios
eran como muros de contención en el mar, se dijo melancólico, incluso los que
encarnaban los mejores ideales; la marejada del caos embestía contra ellos una
y otra vez, y tan pronto como nadie se ocupaba ya de reponer las rocas en los
espigones de la costa...
Sacudió la cabeza y reprendió al
jovencito con un poco más de severidad de la que pretendía.
—Bien, pues si tu madre te dijo que
no te acercaras a los caballeros, ¿qué haces aquí? Esta noche se tratarán
asuntos de hombres.
El chiquillo se alzó poco a poco
hasta alcanzar la altura de la última costilla del duque.
—Algún día me haré hombre; estoy
cansado de vivir entre mujeres. Mi madre teme que me escape para ir a luchar a
la guerra, pero es exactamente lo que pienso hacer.
Hablaba con tan firme determinación
que, sin pretenderlo, resultaba cómico, e hizo sonreír a Isgrimnur a su pesar.
—¿Cómo te llamas, chico?
—Pasevalles, sir Caballero
Desconocido. Mi padre es Brindalles, el hermano del barón Seriddan.
—Ser caballero no es el único destino
posible en la vida, y la guerra no es un juego, sino algo terrible, pequeño
Pasevalles.
—Ya lo sé —replicó al punto—. Pero a
veces no queda otro remedio, dice mi padre, y necesitamos hombres dispuestos a
luchar.
El duque se acordó de la princesa
Miriamele en el nido de ghants, y en su propia y querida esposa alzando el
hacha de Elvritshalla, presta a defender la plaza aun a costa de su muerte
antes de que Isorn lograra convencerla de retirarse y huir con el resto de la
familia.
—Las mujeres también luchan.
—Pero no pueden ser caballeros. Yo
voy a ser caballero.
—Bien; puesto que no soy tu padre, no
puedo mandarte a tus habitaciones, y, desde luego, parece que no conseguiré
deshacerme de ti, así es que ven conmigo y cuéntame cosas de este lugar.
Encantado, Pasevalles dio unos
cuantos brincos, como un cachorrillo, y luego, con la misma facilidad, se
detuvo en seco y miró fijamente a Isgrimnur con ojos recelosos.
—¿Sois enemigo? —preguntó con
brusquedad—. Porque en ese caso, sir Caballero Desconocido, no puedo enseñaros
ciertas cosas que causarían perjuicio a mi tío.
—En los tiempos que vivimos,
jovencito —replicó el duque con una sonrisilla amarga—, resulta difícil decidir
quién es enemigo de quién. Pero te aseguro que mi señor, el príncipe Josua, no
desea mal alguno a los habitantes de Metessa.
—Confío en vos —declaró el niño, tras
unos momentos de reflexión—. Creo que decís la verdad; pero, en caso contrario,
dejaríais de ser caballero pues habríais mentido a un niño.
«¡Y qué niño! —se dijo Isgrimnur con
una amplía sonrisa—. Esta miniatura sería capaz de dar lecciones de política al
conde Eolair.»
—No me cuentes nada que pueda ser
utilizado por los enemigos de tu tío, y yo intentaré no preguntar nada que
ponga en peligro tu honor.
—Me parece bien —replicó el
muchachito con seriedad—. Es caballeroso.
Metessa era algo más que una baronía
dependiente de Nabban; se hallaba situada en los límites de las Praderas
Thrithing, un territorio ancho y próspero surcado de colinas y extensas
campiñas. A pesar de las nevadas fuera de estación, el ondulante terreno
resplandecía de verdor. Uno de los brazos del Stefflod serpenteaba por las
tierras de pastos como una banda plateada y refulgente incluso bajo los opacos
y grises cielos. Las ovejas y algunas vacas moteaban las faldas de las colinas.
Chasu Metessa, la fortaleza del
barón, se erguía, desde los días de los últimos emperadores, sobre una de las
cimas más elevadas, dominando los valles repletos de pequeñas granjas y
propiedades particulares, tal como Isgrimnur lo contemplaba en ese momento. El
duque dio la espalda a la ventana y vio a Pasevalles que paseaba impaciente.
—Venid a ver la armería —le dijo.
—Me parece que es un lugar que no
deberías enseñarme.
—No; es la vieja. —La torpeza de
Isgrimnur lo irritó—. Es muy vieja.
El rimmerio se dejó llevar; el niño
hacía gala de una energía ilimitada.
«Si Isorn hubiera sido tan exigente
—ironizó—, seguro que lo habría llevado a la Marca Helada y lo habría
abandonado allí, como se hacía en la antigüedad cuando había demasiadas bocas
que alimentar.»
Pasevalles lo condujo por un
laberinto de pasadizos; en el camino se cruzaron con varios habitantes de la
fortaleza, que miraban al duque alarmados. Llegaron al extremo opuesto, a una
torre que parecía haber sido añadida tardíamente a la antigua fortaleza de la
colina. Tras subir muchas más escaleras de las que convenían a la dolorida
espalda de Isgrimnur, alcanzaron, casi arriba del todo, una habitación
atestada. No habían limpiado los techos hacía tiempo; un dosel de telarañas
colgaba casi hasta tocarle la cabeza y una espesa capa de polvo cubría el suelo
y el tosco mobiliario. No obstante, lo que allí había impresionó al duque.
Una serie de armaduras de madera se
alineaban en peanas por toda la sala como silenciosos guardianes, pero, en
comparación con el resto de los objetos de la estancia circular, se conservaban
limpias. En cada peana había una armadura completa, mas no de las modernas, tal
como Pasevalles le había indicado tan ofendido: los yelmos, los petos y los
curiosos faldares de tiras metálicas eran similares a los que había visto sólo
en las antiquísimas pinturas del Sancellan Mahistrevis.
—¡Armaduras imperiales! —comentó
impactado—. O bien copias impecables.
—¡No son copias! —exclamó Pasevalles,
estirándose en toda su altura—. Son auténticas. Mi padre las conserva desde
hace años; mi abuelo las compró en la gran ciudad.
—En Nabban —musitó Isgrimnur.
Siguió paseando ante las hileras y
examinando los diversos trajes; su ojo crítico de guerrero detectaba los fallos
de concepto o las piezas que faltaban de los conjuntos originales. El metal
utilizado por los artesanos imperiales era más pesado que el actual, pero las
armaduras eran de una factura espléndida. Se acercó más para observar en
detalle un yelmo con una doble cabeza de dragón marino en el crestón y, de un
soplido, quitó la fina capa de polvo para verlo mejor.
—Hace algún tiempo que no limpian
aquí —comentó con aire ausente.
—Mi padre ha estado enfermo —declaró
el niño con voz quejumbrosa—. Yo intento mantenerlas limpias pero están muy
altas para mí, y tampoco puedo bajarlas porque pesan mucho.
Isgrimnur, pensativo, echó un vistazo
alrededor. Las huecas armaduras semejaban observadores en un Raed a la espera
de alguna decisión. Todavía tenía muchas cosas que hacer y, desde luego, ya
había dedicado bastante tiempo al muchacho. Se dirigió al ventanal de la torre
y atisbo el grisáceo cielo de poniente.
—Aún faltan unas horas para la cena
—dijo al fin—, y tu tío y el príncipe Josua no seguirán las conversaciones
sobre los otros temas importantes que necesitan discusión hasta después. Ve a
buscar los útiles de limpieza de tu padre, o al menos un plumero para quitar el
polvo. Entre tú y yo adecentaremos esto en menos que canta un gallo.
—¿De verdad? —preguntó el niño, con
los ojos como platos.
—De verdad. Además, no tengo prisa
por volver a bajar todas esas escaleras otra vez. —El chico seguía mirándolo
embobado—. Vamos, mozalbete, anda, ve; y trae también una o dos lámparas que
está a punto de anochecer.
El chico salió apresuradamente y bajó
la estrecha escalera como una liebre. Isgrimnur sacudió la cabeza.
El salón de banquetes de Chasu
Metessa tenía una chimenea en cada pared, y estaba caldeado y resplandeciente a
pesar de la crudeza del tiempo. Los cortesanos, terratenientes de todo el
valle, habían acudido con sus mejores galas; la mayoría de las mujeres lucían
largos vestidos vaporosos y sombreros casi tan estrafalarios en sus
imaginativos adornos como los que solían verse en la propia Sancellan
Mahistrevis. Isgrimnur percibió la preocupación que dominaba el ambiente de la
estancia de altos techos como si de una bruma se tratara. Las damas charlaban,
alegres y vivaces, y reían por menudencias, mientras que los hombres
permanecían silenciosos en general, y lo poco que se decían era en susurros.
Todos los presentes compartían el
barril de vino de Teligure, abierto desde el primer momento. Isgrimnur observó
que Josua, sentado a la derecha de su anfitrión, el barón Seriddan, se había
llevado la copa a los labios varias veces, pero aún no había permitido al paje
que tenía detrás que se la rellenara. Aprobó su moderación porque, a pesar de
que el príncipe no abusaba de la bebida ni en las ocasiones más propicias, la
actuación de esa noche era, tal vez, el filo del cuchillo donde bailaba la
oportunidad de apartar a Benigaris del trono ducal, y por ello era doblemente
importante que Josua mantuviera los sentidos despiertos y la lengua certera.
Mientras recorría la sala con la
mirada, un brillo pálido en la puerta, al otro extremo, le llamó la atención.
Forzó la vista, y una sonrisa se dibujó bajo sus barbas. Era el niño
Pasevalles, que sin duda había vuelto a escaparse de su madre y de las otras
señoras. No le cupo ninguna duda de que había acudido para ver a los auténticos
caballeros a la mesa.
«Bien, pues que eche una buena
ojeada.»
El barón Seriddan Metessis se levantó
de su asiento en la cabecera de la mesa y alzó la copa. Detrás de él, una
grulla azul, emblema de la casa de Metessa, extendía sus largas alas sobre un
pendón en la pared.
—Brindemos por nuestros visitantes
—dijo con una irónica sonrisa que cubrió de arrugas su rostro, bronceado y
barbudo—, aunque no cabe duda de que incurro en traición sólo por haberos
permitido cruzar las puertas, príncipe Josua. Sea como fuere, beber a vuestra
salud no agravará mi falta,
A Isgrimnur no sólo le gustó
Seriddan, sino que lo juzgó merecedor de cierto respeto, además. No guardaba
semejanza alguna con la imagen de los decadentes barones nabbanos en que solía
recrearse; el ancho cuello y el arrugado rostro de campesino lo acercaban más a
un pillo afable que al señor heredero de un gran feudo, pero tenía los ojos
sagaces y una actitud de estudiada burla hacia sí mismo. Su magistral dominio
de la lengua occidental justificaba sobradamente la fluidez del pequeño
Pasevalles.
Una vez apuradas las copas, Josua se
puso en pie y levantó la suya para dar las gracias al pueblo de Chasu Metessa
por su hospitalidad. El brindis fue recibido con amables sonrisas y murmullos
de asentimiento un tanto forzados. Cuando se sentó de nuevo, la charla general
recobró vivacidad, pero Seriddan hizo un gesto para imponer silencio.
—Así pues —le dijo a Josua, alzando
la voz para que todos lo oyeran—, hemos cumplido con las obligaciones que los
buenos aedonitas deben a sus correligionarios... aunque algunos dirían que nos
hemos propasado, habida cuenta de que habéis aparecido en nuestros dominios sin
mediar invitación por nuestra parte, y respaldados por un ejército. —A pesar de
su sonrisa, mantenía fríos los ojos—. ¿Veremos vuestras espaldas por la mañana,
príncipe Josua de Erkynlandia?
Isgrimnur reprimió una exclamación de
sorpresa. Había supuesto que el barón haría retirarse a los invitados menos
importantes para sostener con el príncipe una conversación privada, pero, al
parecer, tenía otras ideas.
También a Josua lo tomó desprevenido,
pero reaccionó enseguida.
—Si escucháis lo que tengo que decir,
barón —le advirtió—, y no logro conmoveros, mañana veréis en verdad nuestras
espaldas poco después de la salida del sol. Mi gente no acampa al otro lado de
vuestras murallas para coaccionaros. No he recibido de vos ofensa alguna y, por
tanto, yo tampoco actuaré contra vos.
El barón le sostuvo la mirada un
largo momento y después se dirigió a su hermano.
—Brindalles, ¿qué opinas? ¿No resulta
extraño que un príncipe erkyno desee cruzar nuestras tierras? ¿Hacia dónde
podría dirigirse?
El delgado rostro del hermano
guardaba un gran parecido con el del barón, pero los rasgos que en Seriddan
sugerían una picardía digna de tener en cuenta, sólo reflejaban cansancio y
cierta inquietud en Brindalles.
—Si no se dirige a Nabban —replicó
sin gran entusiasmo—, debe de pretender llegar al mar directamente.
Tenía una sonrisa desvaída. Parecía
imposible que un hombre tan apocado fuera el padre del ardiente Pasevalles.
—En efecto, nos dirigimos a Nabban
—corroboró Josua—, no es ningún secreto.
—¿Y qué propósitos albergáis que no
entrañen peligro para mí y para mi señor, el duque Benigaris? —preguntó
Seriddan, inquisitivo—. ¿Por qué motivo no debería haceros prisionero?
Josua miró alrededor de la silenciosa
estancia. Todos los habitantes más importantes de Metessa estaban sentados a la
larga mesa, observando con absoluta atención.
—¿Estáis seguro de que deseáis que
hable tan abiertamente?
—No deseo que se me acuse de
malinterpretaros —contestó el barón con un ademán impaciente—, tanto si os
permito pasar por mis tierras como si os retengo aquí hasta que Benigaris
acuda. Hablad, y que mis invitados sean testigos.
—Sea, pues. —Josua se volvió hacia
Sludig, quien, a pesar de haber vaciado su copa varias veces, atendía a las
formalidades ojo avizor—. ¿Me cedéis el pergamino?
Mientras el rimmerio de rubia barba
rebuscaba en el bolsillo de su capa, Josua siguió hablando con Seriddan.
—Como os he dicho, barón, nos
dirigimos a Nabban con la esperanza de retirar a Benigaris de Sancellan
Mahistrevis. En parte porque, como aliado de mi hermano, su caída debilitaría
las posiciones del Supremo Rey. Elías y yo nos hemos declarado la guerra, es
bien conocido, aunque ignoréis los motivos de nuestra beligerancia.
—Si los consideráis relevantes,
exponedlos —solicitó Seriddan con ecuanimidad—. Tenemos vino más que suficiente
y estamos en casa. Es vuestro reducido ejército el que tal vez deba partir con
la aurora.
—Os lo expongo porque no deseo
aliados de guerra con desconocimiento de causa.
—¿Cómo? ¿Aliados? ¿Guerra? —el barón
frunció el entrecejo e irguió el tronco—. Pisáis un terreno resbaladizo, Josua
el Manco. Benigaris es mi señor, a quien debo lealtad. Sería una necedad
considerar siquiera el hecho de permitiros el paso, sabiendo lo que sé; mas
consiento que sigáis hablando por respeto a vuestro padre. Oíros decir que yo
voy a luchar a vuestro lado... ¡qué desatino! —Agitó la mano. Unas dos docenas
de hombres armados, que habían permanecido de pie junto a las paredes durante
toda la cena, dejaron constancia de su presencia con un entrechocar de metales.
Josua continuó impertérrito y mantuvo
con serenidad la mirada de Seriddan.
—Como he dicho —retomó la palabra—,
estoy en disposición de comunicaros las razones por las que Elías debe ser
depuesto del Trono de Huesos de Dragón. Pero no ahora; antes deseo que sepáis
otras cosas. —Alargó el brazo y tomó el pergamino de manos de Sludig—. Mi mejor
caballero, Sir Deornoth de Hewenshire, estaba presente en la batalla del monte
Cerviz de Toro cuando el duque Leobardis, padre de Benigaris, acudió a
socorrerme a mi castillo de Naglimund.
—Leobardis quiso estar de vuestro
lado —atajó Seriddan—, pero Benigaris prefiere a vuestro hermano. Las
decisiones del viejo duque no afectan a la lealtad que debo a su hijo. —A pesar
de sus palabras, la mirada del conde se veló un tanto. A Isgrimnur no le pasó
inadvertido ese detalle, que despertó sus sospechas de que Seriddan habría
preferido que el viejo duque continuara aún con vida para defender su lealtad
al trono con mayor soltura—. Y ¿qué tiene que ver ese sir «comosellame» con
Metessa?
—Tal vez más de lo que sabéis. —Por
primera vez, la voz de Josua adquirió tintes de impaciencia.
«Templanza, amigo. —Isgrimnur se
mesaba la barba con ansiedad—. Que vuestro dolor por Deornoth no os traicione.
Hemos llegado mucho más lejos de lo que cabía esperar; Seriddan os escucha a
pesar de todo.»
Como si hubiera oído el silencioso
pensamiento de su compañero, Josua se detuvo y respiró hondo.
—Os pido disculpas, barón Seriddan;
comprendo vuestra fidelidad a la casa del Martín Pescador. Sólo me anima el
deseo de poner en vuestro conocimiento hechos que merecéis saber, y no
aleccionaros sobre vuestros deberes. Quiero leeros las palabras de Deornoth
sobre lo sucedido en las cercanías del monte Cerviz de Toro. Fueron recogidas
por el padre Strangyeard... —señaló hacia el archivero, quien trataba de no
llamar la atención cerca del extremo opuesto de la larga mesa—, bajo juramento
ante el sacerdote y ante Dios mismo.
—¿Por qué tenéis que leer un
pergamino? —inquirió Seriddan, impaciente—. Si ese hombre tiene algo que
contar, ¿por qué no se acerca aquí, a nosotros?
—Porque sir Deornoth ha muerto. Cayó
a manos de los mercenarios thrithingos que el rey Elías envió contra mí.
Estas palabras produjeron cierta
conmoción en la sala. Los thrithingos eran objeto de desprecio y temor en las
baronías anexas a Nabban. Se los despreciaba por considerárselos poco más que
salvajes, y se los temía porque, siempre que emprendían una de sus fanáticas
incursiones, los feudos anexionados como Metessa soportaban la mayor carga de
sufrimiento.
—Leed.
Seriddan estaba enfadado, sin duda.
Isgrimnur pensó que el astuto barón comenzaba a vislumbrar la trampa a que lo
había conducido su propia astucia. Había tenido la esperanza de enfrentarse a
la singular y difícil situación planteada por el príncipe obligándolo a
confesar su traición ante numerosos testigos; pero en esos momentos, seguro que
se había percatado de que no podría barrer de un plumazo las palabras de Josua.
Se había puesto en un brete. Pero ni siquiera entonces dispuso el señor de
Metessa que el resto de los comensales se retirara: se atendría a la táctica
que él mismo había ideado. El duque de Elvritshalla renovó su aprecio por él.
—Dispuse que Deornoth contara esta
historia a nuestro sacerdote antes de la batalla de Nueva Gadrinsett. Lo que
presenció es de tal magnitud que no quise arriesgarme a que se perdiera con él,
pues teníamos muchas probabilidades de sufrir una derrota. —Levantó el
pergamino y lo desenrolló con el muñón de la derecha—. Me limito a leer el
pasaje que juzgo más importante para vos, pero con gusto os entregaré el
escrito completo, barón, para que lo estudiéis cuanto queráis.
Hizo una pausa y comenzó. Los
asistentes, sentados alrededor de la mesa, se inclinaron hacia adelante,
hambrientos de más extraños acontecimientos en aquella velada, que ya prometía
ser objeto de debate en Metessa durante mucho tiempo.
... Cuando llegamos a la cima de la
colina, los nabbanos se habían lanzado tras el conde Guthwulf de Utanyeat y sus
hombres del Oso y las Lanzas, que se batían en retirada a gran velocidad hacia
el monte Cerviz de Toro. El duque Leobardis y trescientos caballeros se
batieron de tal guisa que lograron situarse entre Utanyeat y el ejército del
Supremo Rey, que aún se hallaba a cierta distancia, tal como pensábamos.
El príncipe Josua, temiendo que
Leobardis sufriera un retraso y así el rey atacara a los suyos en el campo
abierto y desprotegido del sur de Naglimund, sacó a muchos caballeros del
castillo para salvar Nabban del rey y para, tal vez, capturar a Guthwulf, el
general más importante del rey Elías. El propio Josua iba a la cabeza de todos
nosotros, así como Isorn, hijo de Isgrimnur, y una veintena más de rimmerios
que nos acompañaban.
Cuando caímos sobre el flanco del Oso
y las Lanzas, causamos en sus filas gran aflicción, pues los superábamos en
número con holgura. Pero Guthwulf y el rey habían preparado una trampa que
enseguida fue puesta en práctica. El conde Fengbald de Falshirey varios cientos
de caballeros salieron a caballo de entre los bosques de la cima de la Cerviz
de Toro.
Vi al duque Leobardis y a su hijo
Benigaris en el ala más remota del combate, detrás de sus hombres en liza.
Cuando el halcón de la cimera de Fengbald bajaba por el monte, vi a Benigaris
esgrimir la espada y rajar la garganta a su padre, asesinándolo así sobre la
silla misma del caballo, de forma que Leobardis cayó sobre la cruz del caballo,
donde se desangró lastimosamente...
Con la última frase, el silencio se
trocó de súbito en gritos conmocionados y censuras. Muchos de los vasallos del
barón Seriddan se pusieron en pie agitando los puños con furia como si
quisieran aplastar a Josua. El príncipe se limitó a mirarlos con el pergamino
todavía ante sí; después, se volvió hacia Seriddan. El barón continuaba en su
asiento, pero su curtido rostro había palidecido, A excepción de unos puntos de
brillante tonalidad en lo alto de los pómulos.
—¡Silencio! —gritó, y miró a sus
hombres hasta que volvieron a ocupar sus sitios entre furibundos murmullos.
Varias mujeres tuvieron que ser asistidas y conducidas fuera del salón;
salieron dando traspiés como si hubieran sido ellas las acuchilladas, con sus
recargados sombreros y los velos marchitos de repente, cual banderas flameantes
de un ejército vencido.
—Esa historia ya pertenece al pasado
—dijo el barón al cabo, con voz tensa.
«Siente que la trampa se cierra»,
pensó Isgrimnur, que creyó detectar algo más que rabia en ella. Seriddan vació
su copa y la estampó contra la mesa, lo cual provocó más de un sobresalto.
—Es una historia antigua —insistió—,
contada muchas veces y jamás demostrada como cierta. ¿Por qué habría de creerla
ahora?
—Porque sir Deornoth fue testigo
—repuso Josua con sencillez.
—El no está aquí, y no sé si creería
sus palabras aunque estuviera.
—Deornoth no mentía; era un verdadero
caballero.
—Sólo tengo vuestra palabra a ese
respecto, príncipe —rió el barón con rudeza—. Los hombres hacen cosas extrañas
por su rey o su país. —Se dirigió a su hermano—. Brindalles, ¿has escuchado
alguna razón aquí esta noche por la que no deba arrojar al príncipe y a sus
seguidores a las mazmorras más profundas del subsuelo de Chasu Metessa, y dejar
que esperen la clemencia de Benigaris?
El hermano del barón exhaló un
suspiro y unió las manos de forma que las yemas se tocaron.
—No me gusta esta historia, Seriddan;
posee un desagradable timbre verídico, puesto que los que prepararon a
Leobardis para su funeral hablaban extrañados de la perfección de la herida.
Pero la palabra de un solo hombre, sea quien sea, incluso la del caballero del
príncipe Josua, no es suficiente para condenar al señor de Nabban.
«¡No carece de sabiduría la sangre de
esta familia! —advirtió el duque de Elvritshalla—. Pero en estos hombres
reacios al sentimentalismo debe apoyarse... o caer, nuestra suerte.»
—Otros más vieron el acto de
Benigaris —declaró Josua—, y algunos aún viven, aunque la mayoría murió cuando
Naglimund fue conquistada.
—¡Ni un millar de hombres serían
suficientes! —replicó Seriddan—. ¿Debería la flor de la nobleza nabbana
seguiros a vos, un erkyno enemigo del Supremo Rey, contra el legítimo heredero
de la casa del Martín Pescador, a causa de los escritos de un muerto?
Un murmullo de apoyo se elevó de
entre los demás habitantes de Chasu Metessa. La situación se estaba poniendo
fea.
—Muy bien —contestó Josua—.
Comprendo, barón. Ahora os mostraré una cosa que os convencerá de la seriedad
de mi compromiso. Tal vez también responda a vuestros temores sobre aliaros con
un erkyno en cualquier circunstancia.
Se volvió e hizo un gesto. Un
encapuchado que se hallaba sentado junto a Strangyeard, en la cabecera menos
iluminada de la mesa, se levantó de pronto. Era muy alto. Varios de los
guardianes desenvainaron la espada; el silbido de las hojas en el aire enfrió
la habitación.
«No nos falléis», rogó Isgrimnur.
—Habéis dicho una cosa que no es
cierta, barón —añadió Josua con suavidad.
—¿Me tildáis de mentiroso?
—No, pero corren tiempos extraños, y
ni siquiera un hombre tan culto e inteligente como vos es capaz de abarcar
todos los conocimientos. Aunque Benigaris no fuera parricida, no sería tampoco
el primer heredero legítimo del ducado de su padre. Barón, pueblo de Metesa, he
aquí al verdadero señor de la casa del Martín Pescador: Camaris Benidrivine.
La alta silueta del final de la mesa
se retiró la caperuza y dejó al descubierto sus largos cabellos nevados y su
rostro rebosante de tristeza y gracia.
—¿Cómo...? —La perplejidad del barón
no tenía límites.
—¡Herejía! —exclamó un atónito
terrateniente, tropezando—. ¡Camaris está muerto!
Una de las mujeres que quedaban
chilló y el hombre que estaba a su lado se desplomó sobre la mesa como un
borracho al perder el sentido.
—No estoy muerto —manifestó Camaris,
con la mano en el pecho—. Mostraos clemente conmigo, barón, por tan brutal
abuso de vuestra hospitalidad.
Seriddan miró fijamente a la
aparición y volvió los ojos a Josua.
—¿Qué locura es ésta? ¿Pretendéis
burlaros de mí, erkyno?
—No es una burla, Seriddan. Este es,
en verdad, Camaris. Esperaba la ocasión de presentároslo en privado, pero no ha
sido posible.
—No. —Seriddan dio un golpe en la
mesa—. No lo creo, es imposible. Camaris-sá-Vinitta está muerto... Se perdió
hace muchos años, se ahogó en la bahía de Firannos.
—Tan sólo perdí el juicio, no la vida
—puntualizó el anciano caballero gravemente—. Durante años viví sin recordar mi
nombre, sin recordar el pasado. —Se pasó una mano por la frente. Le temblaba la
voz—. A veces desearía que jamás me hubiera sido devuelto ninguno de los dos,
pero no ha sucedido así. Soy en verdad Camaris de Vinitta, hijo de Benidrivis,
y, aunque sea lo último que haga, vengaré la muerte de mi hermano y procuraré
que mi innoble sobrino abandone el trono de Nabban.
—Traed aquí a Eneppa —ordenó
Brindalles.
Su hermano parecía trastornado,
aunque no convencido todavía.
Seriddan levantó la mirada; tenía los
ojos brillantes como si acabara de recibir el indulto de una sentencia fatal.
—Sí. —Se dirigió a uno de sus
guardias—. Ve a buscar a Eneppa a las cocinas, pero no le digas nada, so pena
de muerte.
El hombre salió. Isgrimnur, que lo
siguió con la mirada, observó que el pequeño Pasevalles había desaparecido de
la puerta.
La gente que quedaba en la mesa
murmuraba con excitación, pero a Seriddan no parecía afectarlo ya. Mientras
aguardaba el regreso del guardia, vació otra copa de vino. E incluso Josua,
como si hubiera dado un empuje definitivo a algo y no pudiera controlarlo más,
se permitió apurar la suya. Camaris continuaba de pie en el extremo de la mesa,
una presencia imponente e imperturbable. Nadie en el comedor fue capaz de
quitarle los ojos de encima durante un largo lapso de tiempo.
El mensajero volvió trayendo consigo
a una mujer, rolliza y de pequeña estatura, con el cabello corto y un sencillo
vestido oscuro manchado de harina. Se presentó ante Seriddan agitada,
temiéndose algún castigo.
—Tranquilízate, Eneppa —le dijo el
barón—; no has hecho nada malo. ¿Ves a aquel anciano? —señaló—. Ve y míralo
bien, y dime si lo conoces.
La mujer se acercó a Camaris, lo miró
con atención y se asustó un poco al fijarse en sus ojos.
—No, mi señor barón —dijo por fin;
hablaba el occidental con dificultad.
—Bien. —Seriddan se cruzó de brazos y
se reclinó, con una sonrisa furiosa y breve en la cara.
—Un momento —lo interrumpió Josua—.
Eneppa, si es así como os llamáis, a esta persona no habéis podido verla
últimamente. Si acaso la conocisteis, fue hace mucho tiempo.
La mujer volvió su cara de conejo
asustado hacia Camaris, y parecía que iba a apartarse de nuevo con la misma
rapidez cuando algo le llamó la atención y siguió escrutándolo. Sus ojos se
abrieron mucho y, de repente, las rodillas se le doblaron y flaqueó. Veloz como
el pensamiento, Camaris la recogió e impidió que cayera al suelo.
—¿Ulimor Camaris?-preguntó en
nabbano, derramando lágrimas—. ¿Veveis?— Un torrente de palabras en su lengua
natal brotó de su boca.
La enfadada sonrisa de Seriddan se
evaporó, y en su lugar apareció una expresión de asombro rayana en lo cómico.
—Dice que le contaron que me había
ahogado —tradujo Camaris—. ¿Podríais hablar en occidental, buena mujer? —le
pidió en voz baja—. Algunos de los presentes no os comprenden.
Eneppa no apartaba los ojos de él
mientras la ayudaba a recobrar la compostura. Cuando Camaris la soltó, la mujer
estaba aturdida y estrujaba la falda entre sus dedos retorcidos.
—Éste... es Camaris. ¡Dúos preterate!
¿Es que los muertos regresan a la vida?
—Los muertos no, Eneppa —dijo Josua—.
Camaris vivía, pero perdió la memoria durante mucho tiempo.
—Sin embargo, aunque reconozco
vuestro rostro, buena mujer —terció el caballero—, no consigo recordar vuestro
nombre. Perdonadme. Hace ya tanto tiempo...
Eneppa comenzó a llorar otra vez con
fuerza, pero al mismo tiempo reía.
—Porque en aquel tiempo no me llamaba
así. Cuando trabajaba en la gran casa de vuestro padre, me llamaban Fuiri,
«flor».
—Fuiri —asintió Camaris—. Claro,
ahora os recuerdo. Erais una muchacha encantadora que prodigaba enormes
sonrisas. —Le levantó la apergaminada mano, se inclinó y se la besó. Ella se
quedó boquiabierta como si Dios en persona hubiera aparecido en la sala para
subirla a los cielos en un carro—. Os estoy agradecido, Fuiri. Me habéis
devuelto un fragmento del pasado. Antes de abandonar este lugar, vos y yo
conversaremos junto a la lumbre.
La gimoteante cocinera se retiró
asistida por el guardia.
Seriddan y Brindalles no daban
crédito a sus ojos, al igual que los seguidores del barón, y nadie dijo nada
durante un rato. Josua, sensible tal vez al bombardeo que el señor de la casa
había tenido que soportar esa noche, seguía sentado, esperando sin más.
Camaris, una vez demostrada su identidad, volvió a ocupar su escaño y se sumó
al silencio con los párpados entrecerrados y la mirada fija en las llamas de la
chimenea del otro lado de la mesa; pero Isgrimnur sabía que contemplaba otros
tiempos, no un lugar.
La quietud fue turbada por un súbito
resurgir de murmullos. Las cabezas se volvieron hacia la puerta, e Isgrimnur
vio a Pasevalles, que entraba en el salón con las piernas muy separadas y un
objeto grande y brillante apretado contra su menudo cuerpo. Se detuvo en el
umbral, vaciló y miró a Camaris; después continuó tambaleándose hasta el lugar
que ocupaba su tío.
—He traído esto para sir Camaris
—anunció. Su voz temblorosa contradecía sus osadas palabras. Seriddan lo miró
un momento y luego abrió mucho los ojos.
—¡Este almete es de la habitación de
tu padre!
—Quiero ofrecérselo a sir Camaris.
Seriddan, sin saber qué hacer, se
dirigió hacia su hermano. Brindalles miró a su hijo y enseguida, por un breve
instante, a Camaris, que seguía perdido en sus pensamientos. Al cabo, se
encogió de hombros.
—Es quien dice ser. No hay honor que
no merezca, Seriddan. —A su hijo le dijo—: Has actuado correctamente al
preguntar primero. —Su sonrisa era casi irreal—. Creo que, de vez en cuando,
conviene sacar las cosas, quitarles el polvo y volver a darles utilidad.
Adelante, muchacho, entrégaselo.
Isgrimnur miraba fascinado a
Pasavalles, que pasó ante él aferrado al yelmo de dragón marino y mirando con
tanta fiereza a un punto fijo como si se dirigiera a la caverna de un ogro. Se
detuvo ante el anciano caballero y guardó silencio, aunque daba la impresión de
que caería desplomado de un momento a otro bajo el peso del presente. Por fin,
Camaris levantó la vista.
—¿Sí?
—Mi padre y mi tío me han dado
permiso para ofreceros esto.—Se esforzó por alzar el casco hacia Camaris,
quien, incluso sentado, quedaba muy por encima de la altura del niño—. Es muy
antiguo.
—Como yo, ¿verdad? —Una sonrisa le
distendía el rostro. Tendió sus grandes manos—. Permitidme que lo vea, joven
caballero. —Colocó a la luz el objeto dorado—. Este yelmo es de la época
imperial —comentó asombrado—. Es antiguo de verdad.
—Perteneció al emperador Anitulles, o
eso es lo que creo —terció Brindalles desde el otro extremo de la mesa—. Es
vuestro, si lo aceptáis, mi señor Camaris.
El anciano lo miró con detenimiento y
después, con cuidado, se lo puso. Sus ojos desaparecieron en las sombras del
interior y los ventalles de las mejillas sobresalieron como cuchillas al pasar
sobre la barbilla.
—Es tolerable la forma en que encaja
—dijo.
Pasevalles miraba embobado al
anciano, a la enroscada serpiente marina de grandes aletas moldeada en torno al
crestón; tenía la boca abierta.
—Gracias, chico. —Se quitó el casco y
lo dejó en la mesa a su lado—. ¿Cómo os llamáis?
—Pa... Pasevalles.
—Me pondré el yelmo, Pasevalles. Es
un gran honor. Mi armadura se oxidó hace mucho tiempo.
El chico parecía transportado a otro
reino, y sus ojos brillaban como las llamas de una vela. Al mirarlo, Isgrimnur
sintió una punzada de lástima. Tras ese momento, después de semejante
experiencia con la caballería, ¿qué, sino amarga decepción, depararía la vida a
ese muchachito entusiasta?
«Que Dios te bendiga, Pasevalles
—pensó el duque—. Te deseo una vida feliz, pero temo, por algún motivo, que no
va a ser así.»
—Aún hay otras cosas que debéis
saber, barón Seriddan —anunció Josua, que había permanecido en silencio—. Unas
son pavorosas, otras motivo de furor. Algunas son aún más asombrosas que el
hecho de que Camaris siga con vida. ¿Deseáis posponer la conversación hasta
mañana? ¿O preferís que sigamos aquí encerrados?
—Suficiente —contestó el barón con el
entrecejo fruncido—. No os moféis de mí, Josua. Me diréis todo lo que deba
saber, y no me importa si el canto del gallo nos encuentra despiertos. —Dio una
palmada para pedir más vino y despidió a todos, excepto a unos pocos de sus
paralizados y perplejos seguidores.
«¡Ay, barón! —se dijo Isgrimnur—,
cuan presto os hallaréis en el fondo del pozo con todos nosotros. Desearía para
vos algo mejor.»
El duque de Elvritshalla acercó su
silla a Josua y comenzó a hablar.
VII
ÁRBOL BLANCO, FRUTO NEGRO.
A
l principio, parecía una torre o una
montaña: una cosa tan alta, tan delgada, de una blancura tan desoladora y
monótona que no podía ser algo vivo. Pero, al acercarse, vio que lo que parecía
una vasta nube que rodeaba un eje central, una palidez lechosa y difusa,
formaba sin embargo una increíble red de ramas.
Ante ella se alzaba un árbol, un
enorme árbol blanco tan alto que no veía el final; parecía que rascaba el
cielo. Lo miraba desbordada por su imponente majestad. Aunque sabía que soñaba,
también sabía que esa prolongada cinta blanca era un objeto muy importante.
Se acercó más (no tenía cuerpo. ¿Iba
caminando?, ¿volando? Imposible de determinar) y vio que el árbol surgía del
amorfo suelo como una vara, como una columna de mármol, irregular pero
impecablemente pulido. Si ese gigante de marfil tenía raíces, se hundían a
mucha profundidad, ancladas en el mismísimo corazón de la tierra, el ramaje que
lo rodeaba a modo de capa de gasa desgastada por el uso, consistía en finas
hebras que se afilaban aún más a medida que se alejaban del tronco. Los
enmarañados extremos eran de una delicadeza tal que acababan por desaparecer de
la vista.
Se encontraba muy cerca ya del
descomunal árbol. Comenzó a trepar en una ascensión que no exigía esfuerzo. El
tronco iba quedando abajo como un río de leche.
Subía flotando entre la nube de
ramas. Más allá de los retorcidos filamentos, el cielo asomaba azul grisáceo,
sin nada que destacara. No había horizonte, y daba la impresión de que no
hubiera en el mundo nada más que el árbol.
La red de ramas se hacía más densa.
Esparcidos por algunos puntos entre los tallos colgaban unos pequeños núcleos
de oscuridad, grumos de negrura como estrellas revertidas. Se elevó con la
lentitud del plumón de cisne empujado por un soplo de aire y tendió las manos
—de pronto tenía manos, aunque el resto de su cuerpo continuaba ausente—y tocó
una de aquellas cosas negras, tenía forma de pera, pero era tersa y turgente
como una ciruela madura. Tocó otra y le produjo una sensación similar. La
siguiente que sus dedos rozaron resultó un poco distinta; apretó sin querer, y
la cosa se desprendió y quedó en su poder.
Miró lo que habla tomado. Tenía la
piel tan lisa corno los anteriores, pero, por alguna razón, no parecía igual;
más cálido, tal vez. Supo que estaba preparado, que estaba maduro.
Mientras lo observaba, y a medida que
los zarcillos del árbol blanco seguían pasando por su lado sin cesar, el fruto
negro que sostenía tembló y se abrió. Anidado en el interior, donde un
melocotón tendría el hueso, había un niño apenas mayor que un dedo. Sus
párpados, diminutos como copos de nieve, permanecían cerrados como si durmiera.
Pateaba y bostezaba pero no abría los ojos.
«Así pues, en cada uno de estos
frutos se encierra un alma —se dijo—. ¿O serán sólo... posibilidades? —No sabía
con exactitud cómo interpretar aquellos pensamientos oníricos, pero al instante
siguiente, sintió terror—. ¡Lo he abierto! ¡Lo he recogido antes de tiempo!
¡Tengo que dejarlo en su lugar!»
Una fuerza seguía tirando de ella
hacia arriba, pero ahora estaba horrorizada; había hecho una cosa terrible y
debía regresar, encontrar la rama en aquella red de miles. Tal vez no fuera muy
tarde aún para devolver lo que había robado involuntariamente.
Se aferró al entramado de brotes en
un intento de impedir la ascensión. Algunos, delgados y frágiles como
carámbanos, se le quebraban entre las manos; unos cuantos frutos negros se
desprendieron y cayeron rebotando hacia la distancia blanco-grisácea del fondo.
«¡No!» Estaba frenética; no deseaba
causar semejante destrozo. Alargó una mano para recuperar uno que se
precipitaba y perdió al minúsculo niño. Hizo un intento desesperado por
recuperarlo pero estaba fuera de su alcance.
Exhaló un gemido de impotencia y
horror...
Estaba oscuro. Alguien la sujetaba y
la estrechaba con fuerza.
—¡No! —resolló—. ¡Lo he dejado caer!
—No habéis dejado caer nada —la
consoló una voz—. Tenéis una pesadilla.
Miraba, pero no distinguió rostro
alguno. Esa voz... Conocía esa voz.
—¿Simón...?
—Aquí estoy. —Movía los labios muy
cerca de su oído—. Estáis a salvo, pero no gritéis más, por favor.
—Lo siento; lo siento. —Se estremeció
y empezó a deshacerse del abrazo. El aire rezumaba humedad y algo le rascaba
los dedos—. ¿Dónde estamos?
—En un pajar, a unas dos horas de los
muros de Falshire. ¿No lo recordáis?
—Algo recuerdo; no me encuentro muy
bien. —En realidad, se sentía muy mal. Todavía sentía escalofríos y sudores al
mismo tiempo, y mayor desazón que otras veces, cuando despertaba en medio de la
noche—. ¿Cómo llegamos aquí?
—Después de un enfrentamiento con
unos Danzarines del Fuego.
—Me acuerdo, y después cabalgamos.
Simón emitió un sonido en la
oscuridad que podría haber sido de risa.
—Sí, y al cabo de un rato detuvimos
los caballos. Vos tomasteis la decisión de parar aquí.
—No me acuerdo.
Simón dejó de abrazarla —un poco a
regañadientes, notó ella a pesar de sus embotados sentidos— y se alejó hasta el
otro delgado montón de paja. Un momento después, Miriamele oyó un crujido y un
golpe seco, y una lucecilla se coló en la oscuridad. La silueta de Simón se
recortó contra el marco de la ventana; estaba buscando algo con que apuntalar
el postigo.
—Ha dejado de llover —dijo.
—Tengo frío. —Quiso hacerse un hueco
entre la paja.
—Os habéis quitado la capa de una
patada. —Simón volvió a su lado arrastrándose por el pajar. Encontró la capa de
Miriamele y la arropó hasta la barbilla—. Tomad la mía también, si queréis.
—Creo que no hace falta —respondió,
aunque todavía le castañeteaban los dientes.
—¿Os apetece algo de comer? He
guardado la mitad de la cena, pero... la jarra de cerveza la rompisteis en la
cabeza de aquel tipo.
—Sólo un poco de agua.
La idea de meterse algo en el
estómago no le resultó agradable.
Simón revolvía en las alforjas
mientras Miriamele, abrazándose las rodillas, escudriñaba el cielo nocturno por
la ventana abierta. No se veían estrellas, ocultas tras el velo de las nubes.
El joven llegó con el odre y, tras beber un poco, la fatiga volvió a abatirla.
—Me encuentro... mal. Creo que
necesito dormir un poco más.
—Claro que sí, Miri. —Su cara
expresaba decepción.
—Lo siento. Es que me encuentro tan
mal... —Se acostó de nuevo y se tapó cuanto pudo. La oscuridad daba vueltas
despacio. Distinguió otra vez la silueta de Simón junto a la ventana; después,
las sombras regresaron para llevársela.
A primera hora de la mañana, la
fiebre le había subido bastante. Simón apenas podía aliviarla más que con paños
húmedos en la frente y agua para beber.
El negro día pasó como una serie de
imágenes borrosas: nubes grises que cruzaban veloces por la ventana, el arrullo
de un pichón solitario, el rostro de Simón sobre sus ojos con la regularidad de
la luna... Descubrió entonces que no le importaba mucho lo que pudiera
sucederle; el miedo y las preocupaciones que la impulsaban se habían fundido
con la enfermedad. Si hubiera podido dormir un año entero no habría dudado. Sin
embargo, se sumía en la inconsciencia y regresaba como un náufrago agarrado a
una tabla. Sus visiones se plagaban de árboles blancos y ciudades anegadas con
algas ondulantes que pululaban por las calles.
En la hora anterior al amanecer del
segundo día en aquel cobertizo, se despertó con la cabeza despejada, pero muy,
muy débil. De pronto sintió miedo de encontrarse sola, de que su compañero la
hubiera abandonado.
—¡Simón! —lo llamó; no hubo
respuesta—. ¡Simón!
—¿Mmm?
—¿Sois vos?
—¿Qué? ¡Miriamele! ¡Pues claro que
soy yo! —Lo oyó darse la vuelta y acercarse a ella—. ¿Os encontráis peor?
—Mejor, creo. —Tendió una mano
temblorosa hasta que topó con el brazo del joven, lo recorrió con los dedos,
encontró la muñeca y se aferró con fuerza—. Aunque no estoy bien del todo,
todavía. Quedaos un ratito conmigo.
—Claro. ¿Tenéis frío?
—Un poco.
Simón recogió su capa y se la colocó
encima, sobre la otra. La princesa se sentía tan frágil que hasta ese simple
gesto le provocaba el llanto. Una fría lágrima se formó y cayó rodando por la
mejilla.
—Gracias.
Permaneció en silencio un rato. La
breve conversación había terminado con sus fuerzas. La noche, tan larga y vacía
cuando despertó, se le antojaba ahora menos tenebrosa.
—Creo que ya puedo volver a dormir.
—La voz sonaba insegura hasta a sus propios oídos.
—Buenas noches, pues.
Notó que se hundía en el sueño. Se
preguntó si Simón habría tenido alguna vez una visión tan extraña como la del
árbol blanco y los frutos tan singulares que producía. Era poco probable...
Al despertarse a la luz incierta de
un amanecer gris pizarra, todavía se tapaba con la capa de Simón. Él dormía
cerca con sólo unos puñados de húmedo heno por manta.
Pasó largas horas dormida durante el
segundo día de permanencia en el pajar, pero, cuando no estaba sumida en la
modorra, notaba que recuperaba las fuerzas casi hasta la normalidad. A
mediodía, logró engullir un poco de pan y un bocado de queso. Simón había
salido a explorar los alrededores y, mientras ella comía, él contaba sus
andanzas.
—¡Hay poquísima gente! Vi a una
pareja en el camino de Falshire (ellos no me vieron, os lo prometo), pero nadie
más. Descubrí una casa más abajo que está a punto de derrumbarse; creo que
pertenece a los dueños de este cobertizo. Tiene agujeros en el tejado, y unos
cuantos sitios más, pero la trama de la techumbre se conserva en buen estado en
general. Creo que está deshabitada y, si tenemos que quedarnos más tiempo, allí
no habrá tanta humedad como aquí.
—Ya veremos. Quizá pueda montar
mañana.
—Quizá, pero antes deberíais probar a
caminar un poco por los alrededores. Es la primera vez que os sentáis desde la
noche en que salimos de Falshire. ¡Y casi consigo que me maten! —añadió
súbitamente.
—¿Cómo? — Miriamele tuvo que recurrir al agua para no
atragantarse con el mendrugo de pan—, ¿A qué os referís? —Inquirió tan pronto
como se recobró—. ¿Hay Danzarines del Fuego?
—No —contestó con los ojos muy
abiertos y la expresión solemne. Al momento siguiente, rió con picardía—. Pero,
de todos modos, fue algo parecido. Volvía de lo alto del campo cercano a la
casa, de recoger unas... unas flores.
—¿Flores? —Lo miró inquisitiva—. ¿Qué
hacíais con las flores?
—Entonces oí un ruido y levanté la
vista —prosiguió, haciendo caso omiso de la pregunta—. Allá plantado, en la
loma que había detrás de mí, apareció un toro.
—¡Simón!
—Y con cara de pocos amigos. Estaba
en los huesos, y tenía los ojos rojos y los costados llenos de rasguños con
sangre. —Se pasó los dedos por las costillas para ilustrar la imagen—. Nos
quedamos mirándonos un momento y, entonces, empezó a bajar la cabeza y a
bramar. Yo me puse en camino hacia donde estaba antes, y él me perseguía colina
abajo con unos pasitos cortos como de baile, pero cada vez iba más deprisa.
—¡Pero, Simón! ¿Qué hicisteis?
—Bueno, pues echar a correr delante
de un toro me pareció una estupidez, así que dejé las flores en el suelo y
trepé al primer árbol alto que encontré. El animal se detuvo al pie (levanté
las piernas justo a tiempo, antes de que me alcanzara) y, de pronto, inclinó la
cabeza hacia abajo y... ¡pum! —Subrayó las palabras haciendo chocar el puño
contra la palma—. Embistió contra el tronco. Todo el árbol tembló y a punto
estuve de caerme de la rama donde me había encaramado, hasta que conseguí
afianzarme allá arriba. Trepé y me senté por fin, cosa que estuvo bien porque
ese toro idiota siguió dando cabezazos una y otra vez hasta que se despellejó
la frente y la sangre le corría por el hocico.
—¡Qué horror! ¡Debía de estar loco el
pobre animal!
—¿El pobre animal? ¡Qué gracia!
—levantó la voz con falso desespero—. Intenta matar a vuestro protector
escogido y lo único que se os ocurre decir es «¡Pobre animal!».
—Me alegro de que no acabara con vos
—aseguró ella con una sonrisa—. ¿Qué pasó después?
—Por fin se hartó y se marchó —remató
con soltura—. Luego seguí por la hondonada para no volver a encontrármelo entre
la valla y yo. De todas formas, cuando corría colina arriba, me parecía oírlo
resollando detrás de mí.
—¡Vaya! ¡Os puso en un tris! —Sin
poder contenerse, bostezó, y a Simón se le descompuso la cara—. Pero también me
alegro de que no lo matarais —añadió—, aunque seáis un caballero. El no podía
evitar su locura.
—¿Matarlo? ¿Cómo? ¿Con mis solas
manos? —Rió con ganas—. Aunque creo que acabar con él habría sido lo más
caritativo; ese animal ya no tiene remedio y seguro que por eso lo dejaron aquí
los de la casa.
—A lo mejor se volvió loco porque lo
abandonaron —apuntó la princesa desgranando las palabras. Miró a Simón y
comprobó que él había detectado algo extraño en su voz—. Estoy cansada. Gracias
por el pan.
—Hay otra cosa más. —Alcanzó la capa
y sacó una pequeña manzana verde—. La única en un buen trecho.
Miriamele la ojeó con recelo y la
olió antes de morderla para probar. No estaba dulce, pero la acidez resultaba
agradable. Comió la mitad y le dio el resto a Simón.
—Me ha sentado bien —le dijo—, muy
bien, pero todavía no puedo comer mucho.
Simón la devoró satisfecho. Miriamele
vio el hueco que había hecho en la paja y se desperezó.
—Voy a dormir un poco más, Simón.
El joven asintió; la miraba con tanta
atención, tan profundamente, que la obligó a darse la vuelta y taparse la cara
con la ropa. Todavía no estaba tan fortalecida como para soportar su abrumadora
atención; no en ese momento.
Se despertó hacia el final de la
tarde. Se oía un ruido raro: un golpe, un silbido, un golpe, un silbido. Un
poco asustada y muy débil aún, se quedó tendida e inmóvil tratando de dilucidar
si se trataría de alguien que los buscaba, del toro de Simón o de otra cosa
cualquiera y peor aún. Por fin, se armó de coraje y se deslizó sigilosa,
procurando no hacer ruido al moverse sobre la fina capa de paja. Llegó al borde
de la tarima y atisbó.
Simón estaba en el piso inferior
practicando unos pases de espada. A pesar de la fría temperatura del día, se
había quitado la camisa y el sudor perlaba su clara piel. Observó cómo medía
una distancia ante sí, levantaba la espada con ambas manos, perpendicular al
suelo, y comenzaba a bajar la punta poco a poco. Sus pecosos hombros se
tensaron. Pam, dio un paso atrás; pam, pam; torcía a un lado, se movía
alrededor de la espada sin mover la punta del sitio, como si sostuviera la hoja
de un contrincante atrapada en la suya. Tenía en la cara la determinación de un
niño, y la punta de la lengua asomaba rosada entre los labios, apretada entre
los dientes en profunda concentración. Tuvo que contener una risita, pero no le
pasó inadvertida la lechosa piel, que se le deslizaba sobre los tirantes
músculos y el abanico de los omóplatos, tensándose aún más sobre los nudos de
las vértebras. Simón se detuvo sin desplazar la espada; un hilillo de sudor le
resbalaba por la nariz y desaparecía en la roja barba. De pronto, la muchacha
sintió vivos deseos de que la abrazara otra vez, y, sin embargo, la sola idea
le produjo un retortijón de estómago. ¡El ignoraba tantas cosas...!
Se retiró de la atalaya con todo el
sigilo posible hacia su agujero en la paja e intentó volver a conciliar el
sueño, pero no lo consiguió. Se quedó mucho tiempo tendida allí, mirando las
sombras del techo y escuchando el ruido de las pisadas, el siseo de la espada
al rasgar el aire y el resuello entrecortado de la respiración del espadachín.
Poco antes del ocaso, Simón volvió a
echar un vistazo a la casa y regresó con la confirmación de que estaba
completamente vacía, aunque había descubierto algo semejante a las huellas de
botas frescas en el barro. No encontró más señales de gente alrededor y
concluyó que aquel rastro sería, seguramente algún vagabundo inofensivo como el
borracho Heanwig. Así pues, recogieron sus avíos y bajaron a instalarse. En los
primeros momentos, Miriamele se mareaba tanto que tuvo que apoyarse en Simón
para no caer, pero, superados unos pasos, reunió la energía necesaria para
seguir andando sin ayuda, aunque no soltó el firme asidero del brazo de Simón.
Él avanzaba muy despacio y le advertía de los tramos resbaladizos.
La cabaña debía de llevar cierto
tiempo abandonada y, tal como Simón había dicho, tenía algunos agujeros en el
techo, aunque las goteras del cobertizo eran mucho peores, y al menos había una
chimenea. Mientras Simón acarreaba unas cañas, que había encontrado almacenadas
contra la pared exterior, y se esforzaba por encender el hogar, Miriamele,
arropada en la capa, observaba lo que sería su refugio nocturno.
Los antiguos ocupantes habían dejado
escasos restos de su estancia, por lo que dedujo que las circunstancias que los
habían llevado a marcharse no se habían producido de repente. El único mueble
que quedaba era una banqueta junto al hogar, que se inclinaba hacia un lado a
causa de una pata astillada. Una solitaria escudilla se había hecho añicos
contra la piedra y los fragmentos continuaban intactos en el mismo punto en que
habían dejado de rodar, como si el cacharro se acabara de romper un momento
antes. La dura arcilla del suelo estaba cubierta de esteras, húmedas y pardas
por el paso del tiempo. La única señal de vida reciente en aquella habitación
era el sinnúmero de telarañas que colgaban de las vigas o se extendían de
esquina a esquina; pero hasta las telarañas parecían desnudas y olvidadas como
si la época hubiera sido fatídica incluso pata los insectos.
—Ya está. —Simón se puso en pie—. Esa
ha prendido. Voy a bajar los caballos.
Durante su ausencia, Miriamele se
sentó ante el fuego y husmeó en las alforjas en busca de algo que comer. Era la
primera vez en dos días que tenía hambre. Ojalá los dueños de la casa hubieran
dejado la olla de cocinar —el clavo pendía desnudo sobre el fuego creciente—
pero, como no era así, tendría que arreglárselas con lo que tenía a mano.
Arrimó un par de piedras a las llamas y sacó las pocas zanahorias que quedaban
y una cebolla; cuando las piedras se calentaran lo suficiente, haría una sopa.
Tras escrutar el techo, colocó su
estera de dormir en un lugar que le pareció bastante alejado del agujero más
próximo, para no mojarse si volvía a llover. Tras pensarlo un momento,
desenrolló también la de Simón cerca de la suya. Dejó en medio una distancia
que juzgó prudencial, aunque escasa, habida cuenta de las importunas goteras.
Cuando terminó, sacó su cuchillo de las alforjas y empezó a pelar las
hortalizas.
—El viento arrecia —comentó Simón al
entrar; tenía el cabello despeinado, con hirsutas guedejas, pero lucía unas
mejillas coloradas y una sonrisa amplia—. Va a hacer una noche ideal para
pasarla junto al fuego.
—Me alegro de haber venido aquí. Me
siento mucho mejor ya y creo que mañana podré montar.
—Si estáis preparada.
Al pasar hacia la chimenea, le puso
la mano en el hombro un momento y después le acarició el cabello con suavidad.
Miriamele no dijo nada, siguió partiendo las zanahorias en un cuenco de
arcilla.
La comida no resultó nada digno de
recordar, pero la princesa agradecía tener algo caliente en el estómago.
Después de aclarar las escudillas y escurrirlas con ramas secas, las dejó a un
lado y se fue a su estera. Simón se entretuvo con el fuego un rato y se acostó
también. Guardaron un rato de silencio mientras contemplaban la fogata.
—En Meremund, tenía chimenea en mi
habitación —comentó Miriamele en voz baja—. Solía quedarme mirando el baile de
las llamas por la noche cuando no podía dormir; veía dibujos y, cuando era muy
pequeña, en una ocasión creí descubrir la cara de Jesuris, que me sonreía.
—¡Ah! ¿Teníais una habitación para
dormir vos sola?
—Era la única hija del rey, y la
heredera. —Sonrió con cierta sequedad—. No es cosa que no se haya oído jamás.
—Para mí es algo desconocido —replicó
Simón—. Yo dormía con doce ayudantes más. Uno de ellos, Zebediah el Gordo,
roncaba como un tonelero cortando tablillas con una sierra de mano.
Miriamele rió.
—Más tarde, durante los últimos doce
meses que pasé en Hayholt, Leleth compartía el dormitorio conmigo, y me
gustaba, pero en Meremund dormía sola, con una doncella al otro lado de la
puerta.
—Suena un poco... solitario.
—No sé, supongo que sí. —Suspiró y
rió al mismo tiempo con un ruido extravagante que hizo levantar la cabeza a
Simón—, Una noche, después de la muerte de mi madre, no podía conciliar el
sueño y fui a la habitación de mi padre. Le dije que había un cocodrilo debajo
de mi cama y que si me dejaba dormir con él. Lo único que hizo fue dejarme uno
de sus perros para que me lo llevara a la cama. «Es un cazador de cocodrilos,
Miri», me dijo. «Por mis barbas que lo es; y te cuidará muy bien.» Nunca supo
mentir. El perro se puso a gemir tumbado al lado de la puerta hasta que lo dejé
salir otra vez.
Simón aguardó un poco antes de
hablar. Las llamas proyectaban sombras cambiantes sobre la techumbre.
—¿Cómo murió vuestra madre? —preguntó
al cabo—. Nunca me lo contaron.
—Le clavaron una flecha. —El recuerdo
todavía le dolía, aunque no tanto como antaño—. Josua la acompañaba a buscar a
mi padre, que estaba en la guerra con mi abuelo Juan en la frontera de las
Praderas Thrithing, durante las insurrecciones. La tropa de Josua fue
sorprendida a plena luz del día por una fuerza muy superior de thrithingos.
Perdió la mano por defender a mi madre y consiguió liberarse, pero a ella se le
clavó una flecha perdida y murió antes de la puesta del sol.
—Lo lamento, Miriamele.
—Ocurrió hace mucho tiempo. —Se
encogió de hombros a pesar de que no la veía en la oscuridad—. Su muerte fue
una desgracia aún mayor para mi padre que para mí. ¡La amaba tanto! ¡Oh, Simón!
Tú lo conociste después, pero era un hombre bueno. ¡Amaba a mi madre más que a
nada en el mundo! —Al pensar en el rostro ceniciento y pesaroso de Elías y en
el velo de ira que había caído sobre él y que jamás se había vuelto a levantar,
comenzó a llorar—. Y por eso tengo que ir a verlo —añadió después con voz
trémula—. Ahí tenéis la razón.
—¿Cómo? ¿A quién os referís? ¿A quién
queréis ir a ver?
—A mi padre, claro está —repuso tras
un hondo suspiro—. Por eso vamos a Hayholt: porque tengo que hablar con mi
padre.
—¿Qué tonterías estáis diciendo?
—Simón se sentó—. Vamos a Hayholt a buscar la espada de vuestro abuelo, Clavo
Brillante.
—Eso no lo he dicho yo, sino vos. —A
pesar de las lágrimas, empezaba a enfurecerse.
—No os comprendo, Miriamele. Formamos
parte de la guerra contra vuestro padre... ¿Estáis dispuesta a ir a verlo y a
decirle que hay un cocodrilo debajo de vuestra cama otra vez? Pero ¿qué estáis
diciendo?
—No seáis cruel, Simón, no os
atreváis.
Sentía que las lágrimas amenazaban
con convertirse en torrente, pero, al mismo tiempo, una pequeña brasa de cólera
ardía en su interior.
—Perdón, pero es que no lo entiendo.
Miriamele unió las manos, las apretó muy fuerte y se
concentró en ello hasta que recobró el control.
—Yo también os pido perdón, no os lo
he explicado.
—Hablad; estoy escuchando.
—Cadrach —comenzó tras centrar su
atención en el crujir y el sisear de las llamas— me ayudó a encontrar la
verdad, aunque creo que él no se dio cuenta. Sucedió cuando viajábamos juntos.
Me habló del libro de Nisses, un libro que había poseído en un tiempo, o una
copia.
—¿El libro mágico al que se refería
Morgenes?
—Sí. Y es un objeto de gran poder.
Tan poderoso que, cuando Pryrates supo que Cadrach lo había tenido, mandó...
que se lo llevaran. —Calló un momento al rememorar la descripción que había
hecho el monje de las ventanas rojas como la sangre y de los artilugios de
metal con restos de piel y cabellos de los torturados pegados todavía—. Lo
amenazó hasta que le contó todo lo que recordaba. Según él, Pryrates tenía
especial interés en hablar con los muertos... «Hablar a través del velo», lo
llamaba.
—Por lo que sé de Pryrates, no me
sorprende. —También a Simón le temblaba la voz, pues conservaba sus propios
recuerdos del sacerdote rojo.
—Y así supe lo que necesitaba saber
—prosiguió; no quería perder el hilo de la idea, ahora que por fin la decía en
voz alta—. ¡Ay, Simón! ¡Cuánto tiempo pasé preguntándome por qué mi padre había
cambiado tanto, por qué Pryrates tenía poder para obligarlo a hacer cosas tan
perversas! —Tragó saliva. Aún quedaban húmedas lágrimas sobre sus mejillas,
pero había encontrado una fuerza renovada—. Mi padre amaba a mí madre y jamás
volvió a ser el mismo después de perderla. No se casó otra vez; ni siquiera se
le pasó por la cabeza, a pesar de la insistencia de mi abuelo. Solían discutir
amargamente sobre el tema. «Necesito un heredero varón», decía el abuelo, pero
mi padre siempre respondía que él jamás contraería matrimonio otra vez; que le
había sido concedida una esposa y que Dios se la había arrebatado. —Se detuvo a
repasar los recuerdos.
—Sigo sin comprender —musitó Simón.
—¿No lo comprendéis? Pryrates debió
de contar a mi padre que podía enseñarle a comunicarse con los muertos..., que
lo dejaría hablar con mi madre otra vez, tal vez incluso verla. No lo conocéis,
pero tenía el corazón destrozado por la pérdida. Habría sido capaz de cualquier
cosa para recuperarla, creo, aunque sólo fuera por poco tiempo.
—Pero... —Simón respiró hondo— ...
eso es una blasfemia, va contra la ley de Dios.
—Como si eso hubiera podido
detenerle... —Rió un tanto convulsa—. Ya os lo he dicho: habría hecho cualquier
cosa por recuperarla. Seguro que Pryrates le mintió contándole que llegaría a
ella a través del velo, o como lo llamara ese maldito libro. Es posible que el
sacerdote pensara que era cierto, y utilizó la promesa para ponerse al servicio
de mi padre, al principio, y convertirlo después en su compañero... y luego en
su esclavo.
—A lo mejor sí que lo intentó, ese
bellaco —dijo Simón, tras meditarlo—. A lo mejor fue así como llegaron a... al
otro lado, al Rey de la Tormenta.
El sonido de ese nombre, incluso en
voz tan baja como fue pronunciado, hizo crujir el viento en las vigas más altas
con un ruido tan hosco y repentino que Miriamele se sobresaltó.
—Quizás.
Aquel pensamiento le helaba el
corazón: imaginarse a su padre ansioso por hablar con su amada esposa y
encontrarse esa cosa en su lugar. Un viejo cuento de terror le vino a la
memoria, en el que el pescador Bulychlinn, al sacar las redes, encontraba...
—Pero aún no lo entiendo, Miriamele
—insistió, suave pero tenaz—. Aunque todo eso sea verdad, ¿de qué servirá
hablar con vuestro padre?
—No estoy segura de que sirva para
algo. —Y era cierto; no se imaginaba un final feliz de su reencuentro después
de tanto tiempo, tanta ira y tanto dolor—. Pero si existe la menor posibilidad
de recordarle que todo esto empezó por amor, y de convencerlo de que se
detenga... tengo que intentarlo. —Levantó una mano y se secó los ojos; estaba
llorando otra vez—. El sólo quería verla... —Se serenó al cabo de un momento—.
Pero no tenéis obligación de acompañarme, Simón. La carga es sólo mía.
Simón no habló; Miriamele percibía su
desasosiego.
—Es un riesgo demasiado grande —dijo
al fin—. Es posible que no consigáis ver a vuestro padre, aunque pudiera servir
de algo. Pryrates podría encontraros antes y, en ese caso, nadie volvería a
saber nada de vos. —Hablaba con una convicción inquebrantable.
—Lo sé, Simón, pero no se me ocurre
otra cosa. Tengo que decírselo, tengo que enseñarle lo que ha ocurrido, y sólo
yo puedo hacerlo.
—Entonces, ¿estáis convencida de lo
que vais a hacer?
—Sí.
—¡Aedón en el Árbol! Miriamele, es
una locura. Espero que cambiéis de opinión cuando lleguemos allí.
—Lo he pensado durante mucho tiempo.
—Tenía la certeza de que nada la haría considerar las cosas de otra forma.
Simón se dejó caer en la estera.
—Si el príncipe Josua lo supiera, os
ataría y os llevaría a mil leguas de distancia.
—Cierto, no lo habría consentido
jamás.
—Tengo que pensar, Miriamele —anunció
en la oscuridad, con un suspiro—. No sé qué hacer.
—Haced lo que deseéis, excepto
detenerme —replicó serena—. No lo intentéis siquiera, Simón.
El joven no contestó. Al poco rato, y
a pesar del miedo y el furor, Miriamele notó que la pesadez del sueño se
apoderaba de ella.
Despertó sobresaltada por un
estampido tremendo; tendida, con el corazón desbocado, vio en el techo un
destello más intenso que el de una antorcha. Tardó unos momentos en darse
cuenta de que la fuente de luz provenía de una fuerte descarga de relámpagos desgarraba
el firmamento e iluminaba los agujeros del techo. Sonó otro trueno.
La habitación olía más que antes a
cerrado y a humedad. Al potente y fugaz resplandor del siguiente relámpago, vio
el torrente de lluvia que se colaba por el tejado; se sentó y palpó el suelo,
el agua caía cerca y salpicaba las botas y la parte baja de los calzones de
Simón, mientras él dormía roncando suavemente.
—¡Simón! —Lo zarandeó—. ¡Levantaos!
—El muchacho emitió un gruñido pero no dio mayores muestras de despertar—.
Simón, tenéis que cambiaros de sitio. Vais a empaparos.
Tras unos cuantos meneos más, el
joven se dio la vuelta. Entre protestas adormiladas, ayudó a Miriamele a
acercar la estera a la de ella y después se dejó caer de nuevo como si fuera a
dormirse otra vez de inmediato.
Mientras escuchaba el golpeteo de las
gotas en el tejado, tumbada, notó que Simón se acercaba más. Tenía su rostro
muy cercano y, en la oscuridad, sentía su cálido aliento en la mejilla. Después
de todo el peligro que habían visto y del que aún les quedaba por ver,
resultaba desconcertante tanta serenidad, estar allí tendida escuchando la
tormenta con ese joven al lado. Simón se movió.
—Miriamele, ¿tenéis frío?
—Un poco.
Se acercó más, le pasó un brazo por
debajo del cuello y la atrajo hacia el pecho para prestarle calor con todo el
cuerpo. Miriamele sesentía atrapada pero no asustada, ahora, la boca de Simón
se apretaba contra su mejilla.
—Miriamele... —pronunció en un
susurro.
—Chitón. —Se quedó acurrucada contra
él—. No digáis nada.
Continuaron en esa postura un tiempo;
la lluvia repiqueteaba y de vez en cuando un trueno rugía en la distancia como
un tambor gigantesco.
Simón le besó la cara; la barba le
cosquilleó la mandíbula, pero Miriamele no tenía la sensación de que aquello
fuera malo y no se avergonzó. Él le hizo girar la cabeza y sus labios se
encontraron. Otra fuerte descarga volvió a retumbar, más lejos, como si cayera
sobre otro lugar, en otro tiempo.
«¿Por qué no es suficiente con esto?
—se preguntó pesarosa—. ¿Por qué tiene que complicarse tanto las cosas?» Simón
la rodeaba ya con ambos brazos, suave pero insistente, y sus cuerpos estaban
muy unidos, uno contra otro. Sentía sus brazos, delgados y musculosos, y su
torso duro contra el estómago, contra el pecho. ¡Si el tiempo pudiera
detenerse...!
Cada vez la besaba con más ímpetu;
levantó la cabeza y la hundió entre sus cabellos.
—Miriamele —susurró con voz ronca.
—¡Oh! ¡Oh, Simón! —musitó ella a su
vez.
No sabía con seguridad qué quería,
pero tenía la certeza de que sería feliz sólo con besarlo, con abrazarlo.
Simón apoyó la cara en su garganta, y
Miriamele se estremeció de arriba abajo. Era maravilloso, pero al mismo tiempo
le inspiraba miedo; él era un muchacho, y un hombre también. Se puso en
tensión, pero Simón volvió a acercar la cara a la de ella. La besó una vez más,
torpe y ardiente, presionando un poco más de lo deseable. Ella levantó una mano
hasta el barbado rostro y lo calmó, para que sus labios se encontraran y se
tocaran... ¡Oh, qué dulzura!
Mientras compartían el aliento, Simón
le acariciaba la cara y el cuello, la tocaba por todas partes sin perder la
calidez que los unía, rozándole con los dedos la curva de la cadera, posando la
mano en el hueco de la axila. Ella se estremeció, ansiosa por frotarse con
fuerza contra él, pero al mismo tiempo sentía una extraña suavidad, como si
estuvieran ahogándose juntos, hundiéndose en las oscuras profundidades del
océano. Miriamele oía el latir de su propio corazón por encima del repiqueteo
de la lluvia en la paja.
Simón rodó un poco más, hasta casi
ponerse encima de ella, y después se retiró unos milímetros, No era sino una
sombra, y la asustaba en cierto modo. Ella le rozó la mejilla, el delicado roce
de la barba. Simón movía la boca.
—Os amo, Miriamele.
La princesa contuvo el aliento. Un
repentino nudo frío se le instaló en el estómago.
—No, Simón —murmuró—. No digáis eso.
—¡Pero es cierto! Creo que os amo
desde la primera vez que os vi en lo alto de la torre, con el sol en el pelo.
—¡No podéis amarme! —Quería
apartarlo, pero no tenía fuerzas—. No lo entendéis.
—¿Qué es lo que no entiendo?
—No..., no debéis amarme. No estaría
bien.
—¿No estaría bien? —repitió furioso.
Su cuerpo temblaba contra el de ella, pero era un estremecimiento de rabia
contenida—. Porque soy plebeyo y no valgo bastante para una princesa, ¿es por
eso? —Se alejó bruscamente y se quedó arrodillado en el suelo, a su lado—.
¡Maldito sea vuestro orgullo, Miriamele! ¡Me enfrenté a un dragón! ¡Un dragón
de verdad! ¿Acaso no os parece suficiente? ¿Preferís otro como Fengbald..., un
a... a... asesino, pero un a... asesino con tí... título nobiliario? —Luchaba
por contener las lágrimas.
—¡No, Simón! —Su ronca voz le
desgarraba el corazón—. ¡No es eso! ¡No lo entendéis!
—¡Pues explicádmelo! —le espetó—.
¡Explicadme lo que no entiendo!
—No se trata de vos, sino de mí.
—¿A qué os referís? —inquirió, tras
un largo silencio.
—Vos no tenéis nada de malo, Simón.
Me parecéis valiente y amable, y todo lo bueno que se puede ser. Es por mí,
Simón. Yo soy la que no merece el amor de nadie.
—¿De qué habláis?
—No quiero decir nada más —dijo,
atragantada, con una violenta sacudida de cabeza—. Dejadme en paz, Simón.
Buscad a otra a quien amar. Habrá muchas que serán felices con vos. —Se dio
media vuelta para no mirarlo. En ese momento, cuando más necesitaba el consuelo
de las lágrimas, el llanto no llegaba. Se sentía lejana, fría, indiferente.
—¡Por el Árbol Santo, Miriamele! —le
apretó el hombro—. ¿Queréis hablar de una vez? ¿Qué queréis decir?
—No soy pura, Simón. No soy doncella.
—Ya estaba, ya lo había dicho.
El tardó varios segundos en
responder.
—¿Cómo? —inquirió al cabo.
—He estado con un hombre. —Ahora que
había empezado, le resultaba más fácil de lo que creía. Tenía la impresión de
que era otra persona la que hablaba—. El noble de Nabban que os conté, el que
nos llevó a Cadrach y a mí en su barco. Aspitis Prevés.
—¿Os violó...? —Estaba perplejo, pero
la ira iba en aumento—. Ese... ese...
—No. —Rió breve y amargamente—. No,
Simón; no me violó. Me tenía prisionera, sí, pero eso fue después. Era un
monstruo, pero le permití entrar en mi cama. —Entonces, para cerrarle la puerta
de una vez por todas, para que la dejara en paz y él no tuviera que sufrir más
por su culpa a partir de esa noche, añadió—: Yo también lo quería. Me parecía
atractivo y quise que lo hiciera.
Simón emitió un ruido inarticulado y
se puso en pie; jadeaba con un sonido rasposo. Por lo que Miriamele distinguía
en la oscuridad, podía estar cambiando de forma, pues permanecía mudo y acosado
como una bestia acorralada. Gruñó y echó a correr hacia la puerta de la cabaña;
la abrió con estrépito y salió disparado hacia la tormenta, que ya se alejaba.
Al cabo de unos momentos, Miriamele
se levantó a cerrar. Volvería, estaba segura, y entonces la abandonaría o
seguirían el viaje juntos, pero todo sería diferente. Eso era lo que quería, lo
que necesitaba.
Tenía la mente vacía, y esos pocos
pensamientos eran como un eco de las piedras al caer a un pozo.
Esperó largo rato a que llegara el
sueño. Estaba empezando a dormirse cuando oyó entrar a Simón; el muchacho
arrastró la estera a la otra punta y se echó. Ninguno dijo nada.
Fuera, la tormenta había pasado, pero
el agua seguía cayendo del tejado. Miriamele contaba las gotas.
Al mediodía siguiente, la princesa
había mejorado lo suficiente como para montar a caballo, y partieron. Oscuros
nubarrones enturbiaban el cielo y el ánimo de los dos jóvenes.
Después del sufrimiento y las
emociones de la noche anterior, ambos se mostraban secos, resentidos y
abotargados como espadachines que esperan el último asalto. No intercambiaron
una palabra más de lo necesario, pero Miriamele recibió muestras de la rabia de
Simón a lo largo de todo el día, desde la excesiva brusquedad con que ensilló y
preparó su yegua hasta en la forma en que galopaba delante, a la distancia
justa para que no lo perdiera de vista.
Ella, por el contrario, sentía una
especie de alivio. Lo peor ya había pasado y no había vuelta atrás. Ahora Simón
la consideraría como lo que era en realidad, cosa preferible en última
instancia. Aunque resultaba doloroso verse despreciada por él, como en esos
momentos, era mucho mejor que consentir en engañarlo con falsedades. Sin
embargo, no podía desentenderse de la sensación de haberlo perdido. Tan cálidos
y deliciosos habían sido sus besos, y tan dulce abrazarlo sin pensar... Si no
hubiera mentado el amor, si no se hubiera visto obligada a considerar sus
responsabilidades... En el fondo, sabía que, entre ellos, cualquier cosa más
allá de la amistad implicaría vivir en la mentira, aunque en algunos momentos
—¡qué tiernos momentos!— se hubiera permitido fingir que podía ser de otra
forma.
Cabalgaron lo más rápido posible por
caminos pésimos y embarrados y, a la hora del crepúsculo, se hallaban lejos de
Falshire, en las tierras salvajes al este de la ciudad. Cuando cayó la noche
—una oscuridad un poco más cerrada que el tenebroso día— encontraron un
santuario de Elysia a la vera del camino, e hicieron las camas en el suelo.
Tras una frugal colación, y una charla todavía más frugal, cada cual se retiró
a su estera. En esta ocasión, Simón no se inmutó al comprobar que Miriamele
había tendido la suya en el lado opuesto del fuego.
Después de la primera jornada en la
silla nada más recuperarse de su enfermedad, Miriamele suponía que se dormiría
al instante, pero no fue así. Cambió de posición varias veces buscando la más
cómoda, pero ninguna le servía. Se quedó tumbada en la oscuridad, mirando a la
nada y escuchando la fina lluvia que chispeaba sobre el tejado del santuario.
Se preguntó si Simón la abandonaría y
el pensamiento la asustó, en contra de lo que esperaba. Se había repetido
muchas veces que habría preferido realizar sola el proyecto, tal como lo había
pensado desde un principio, pero entonces se dio cuenta de que no quería viajar
sin compañía. Tal vez se había equivocado al confesárselo, y habría sido mejor
seguir mintiéndole para salvar las apariencias; si ahora la despreciaba tanto,
quizá, sencillamente, regresara con Josua.
Y no quería que se marchara. La idea
de cruzar en soledad aquellas sombrías tierras no era lo único que la
inquietaba; en realidad, lo echaría mucho de menos.
Resultaba paradójico pensarlo; no
quería perderlo, ahora que había levantado entre ambos un muro infranqueable.
Simón se había abierto camino hasta su corazón de una forma en que ninguna otra
amistad lo había hecho. Sus tonterías infantiles siempre le habían encantado,
cuando no la irritaban, pero ahora quedaban contrarrestadas por un aire de
seriedad muy atractivo. Se había sorprendido a sí misma varias veces
observándolo con atención, perpleja por verlo convertido en un hombre en tan
poco tiempo.
Poseía además otras cualidades que
apreciaba mucho su amabilidad, su lealtad, su mente abierta. Dudaba de que ni
el más experto cortesano de su padre se tomara la vida con el interés libre de
perjuicios con que se la tomaba Simón.
La atemorizaba pensar siquiera en
verse privada de todas esas cosas si él se marchaba.
Pero ahora lo había perdido ya; o, al
menos, su amistad siempre estaría empañada por una sombra. Le había enseñado la
mancha que afeaba su esencia, y del modo más patente y desagradable posible. No
tenía ganas de seguir penando y mintiendo, pero saber lo que sentía por ella
suponía un tormento mayor del que podía soportar. Se había enamorado de ella.
Y ella empezaba a enamorarse de él.
Ese pensamiento surgió con fuerza
inesperada. ¿Sería cierto? ¿No se decía que el amor llegaba como un rayo de
fuego celestial, que cegaba y aturdía? O, al menos, como un perfume dulce que
se expandía e impregnaba el aire hasta que ya no se podía pensar en otra cosa.
Ciertamente, sus sentimientos por Simón no eran así. Pensaba en él, en la
gracia que le hacía su pelo revuelto por las mañanas, en sus miradas intensas
cuando estaba preocupado por ella...
«Elysia, Madre de Dios —imploró—,
aparta de mí esta pena. ¿Lo amaba? ¿Lo amo?»
De todas formas, ahora ya no
importaba; había dado los pasos necesarios para arrancar el dolor de raíz.
Permitir que Simón siguiera pensando que era una casta doncella digna de sus
ideales juveniles habría sido peor que cualquier otra cosa, peor incluso que
perderlo sin remisión, si ése era el resultado.
Entonces, ¿por qué le hacía tanto
daño todavía?
—Simón... —musitó—, ¿estáis
despierto?
Si lo estaba, no respondió. Se
hallaba sola con sus pensamientos.
El día siguiente amaneció más oscuro
aún. El viento soplaba a rachas heladas. Cabalgaron deprisa, sin hablar; Simón
iba delante con Hogareña, a cierta distancia de Miriamele y su corcel, que aún
no tenía nombre.
Hacia el final de la mañana, llegaron
a la confluencia de la carretera del río con el camino viejo del bosque. En el
cruce había dos cadáveres colgados en cajas metálicas, que debían de llevar
mucho tiempo a la intemperie porque era imposible distinguir, por los harapos
batidos por el viento o por la mueca de las calaveras, quiénes habían sido los
infortunados. Hicieron la señal del Árbol al pasar, lo más apartados posible de
las crujientes jaulas. Tomaron la curva del camino viejo del bosque y, enseguida,
la carretera del río desapareció de su vista tras las lomas del sur.
El camino descendía a gran
profundidad. En el lado norte, atisbaron el lindero del bosque de Aldheorte,
que se extendía entre el pie de las colinas. Al bajar hacia los comienzos del
valle de Hasu, al abrigo de las lomas, el viento amainó, pero a Miriamele no le
sirvió de consuelo. Incluso a mediodía, el valle permanecía oscuro y
silencioso, a excepción del goteo de las desnudas ramas de los robles y los
fresnos, impregnadas aún de la lluvia matutina. Hasta los pinos y abetos
parecían envueltos en sombra.
—No me gusta este valle, Simón. —Se
adelantó y Simón retuvo su montura para que le diera alcance—. Siempre ha sido
un lugar solitario y misterioso, pero ahora me parece más tétrico.
Simón se encogió de hombros, con la
mirada tendida hacia la sombría falda de la colina. Cuando se quedaba tanto
tiempo contemplando el monótono paisaje, ella comprendía que no quería mirarla
a los ojos.
—La mayoría de los sitios por donde
hemos pasado no me han gustado —replicó fríamente—. Pero este viaje no es de
placer.
—No me refería a eso y lo sabéis muy
bien, Simón —comentó un tanto airada—. Quiero decir que este valle me
parece..., no sé, peligroso.
Simón se volvió hacia ella, con una
sonrisa afectada que le dolió ver.
—¿Encantado, queréis decir? ¿Cómo
dijo el viejo borracho?
—No sé cómo explicarlo exactamente
—contestó furiosa—, pero ya veo que hablar de esto con vos es perder el tiempo.
—Sin duda.
Con suavidad, pero con toda
intención, hincó espuelas a Hogareña, y ésta salió trotando hacia adelante. Al
ver su espalda erguida, Miriamele tuvo que reprimirse para no gritarle. ¿Qué
esperaba? No; mejor dicho, ¿qué había querido conseguir, después de todo?
¿Acaso no era mejor haberle contado la verdad? Quizá las cosas mejoraran cuando
pasara un poco de tiempo, cuando se diera cuenta de que podían ser amigos.
La ruta ahondaba en el valle sin
cesar, de modo que las lomas, cubiertas de espesa vegetación, parecían elevarse
cada vez más a ambos lados. No había nadie, y las pocas cabañas dispersas que
se divisaban parecían deshabitadas también, pero al menos encontrarían refugio
para descansar; una perspectiva optimista en cierto modo, porque Miriamele no
tenía el menor deseo de pasar la noche al raso. El desagrado que le causaba el
valle de Hasu se acrecentaba seriamente, aunque no tenía motivos concretos para
sentirse así. Con todo, la quietud y la densa espesura de las laderas —y tal
vez, un poquito también sus propios pesares— exudaban un algo asfixiante que
contribuía a agravar su anhelo por salir del valle hacia los promontorios de
Swertclif, aunque significara la proximidad inminente de Asu'a y de su padre.
También la descorazonaba la
perspectiva de otra velada tensa y silenciosa con Simón. Antes del último y
desagradable intercambio de palabras, sólo se había dirigido a ella unas pocas
veces en todo el día, y siempre para referirse a asuntos prácticos. Simón había
descubierto huellas recientes, o así lo interpretó, en las cercanías del
santuario donde habían pasado la noche y se lo comunicó poco después de
marcharse de allí, pero con una actitud brusca y despreocupada. Miriamele pensó
para sí que las huellas debían de ser suyas, porque habían pisoteado toda la
zona en busca de leña para el fuego. Aparte de eso, sólo le había hecho algunos
comentarios sobre cuándo detenerse a comer y para que descansaran los caballos,
o para darle las gracias secamente cuando le pasaba comida o el pellejo del
agua. La noche no se presentaba agradable, desde luego.
Estaban en las profundidades del
valle cuando Simón se detuvo en seco, tirando de las riendas de tal forma que
Hogareña pateó de un lado a otro un buen rato antes de detenerse.
—Hay alguien en el camino, un poco
más adelante —anunció en voz baja—, allí, entre los árboles. —Señalaba hacia un
punto donde el sendero desaparecía tras una curva—. ¿Los veis?
Miriamele aguzó la vista. Las
primeras luces del crepúsculo convertían el camino en una opaca línea gris. Si
algo se movía entre los árboles, no lo distinguía desde su ángulo.
—Nos acercamos a la ciudad.
—Sigamos, pues; seguramente se trata
de alguien que vuelve a su casa, pero no hemos visto a nadie más en todo el
día. —Hogareña se adelantó.
Al tomar la curva, avistaron a una
pareja que avanzaba encorvada por el centro de la carretera acarreando unos
cubos. Cuando el ruido de los caballos de Simón y Miriamele los alcanzó,
miraron sobresaltados por encima del hombro, como ladrones culpables sorprendidos
en un robo. Miriamele pensó que se habrían asustado tanto como ellos mismos al
encontrar a otros viajeros.
La pareja se hizo a un lado cuando se
acercaron. Por lo que la princesa distinguía de sus capas y capuchas oscuras,
debían de ser lugareños, campesinos de los montes. Simón se llevó la mano a la
frente a modo de saludo.
—Que Dios os conceda un día favorable
—dijo. El más cercano de los dos lo miró y levantó también la mano con cautela
para contestar al saludo, pero se detuvo de pronto, los ojos fijos en Simón—.
¡Por el Árbol! —Tiró de las riendas—. ¡Sois los de la taberna de Falshire!
«Pero ¿qué hace? —se preguntó
Miriamele, temerosa—. ¿Serán Danzarines del Fuego? ¡Pasa de largo, Simón,
idiota!»
—Miriamele, echad un vistazo —le
dijo, volviendo la cabeza.
—Vos nos salvasteis la vida —se alzó
una voz de mujer. Inesperadamente las dos personas encapuchadas se postraron de
hinojos.
Miriamele detuvo el caballo y se
quedó mirándolos. Eran el hombre y la mujer a quienes habían amenazado los
Danzarines del Fuego.
—Es cierto —proclamó el hombre con
voz insegura—. Que Jesuris os bendiga, buen caballero.
—Por favor, levantaos. —Simón estaba
claramente complacido, y turbado también—. Cualquiera os habría ayudado si no
lo hubiéramos hecho nosotros.
—Nadie parecía dispuesto —replicó la
mujer, sin importarle el barro que le manchaba el vestido—. Así son las cosas.
Los buenos son los que sufren.
—¡Ya basta, mujer! —atajó el hombre,
con una mirada fulminante—. Estas personas no necesitan tus sermones sobre lo
mal que está el mundo.
—Es una lástima, nada más —porfió
ella, mirándolo con un desafío mal disimulado—. Una lástima que el mundo ande
tan mal.
El hombre se dirigió de nuevo a Simón
y a Miriamele. Era de edad mediana, tenía el rostro enrojecido y surcado de
arrugas por años de sol implacable.
—Mi esposa tiene ideas propias, ya
veis, pero en el fondo lo que dice es cierto. Vos nos salvasteis la vida.
—Compuso una sonrisa forzada; parecía inquieto. Que lo hubieran librado de un
destino fatal debía de haber sido tan terrible, casi, como sucumbir—. ¿Tenéis
sitio donde pasar la noche? Mi esposa se llama Gullaighn y yo Roelstan, y os
ofrecemos lo poco que tenemos.
—No podemos descansar aún —intervino
Miriamele, inquieta por la idea de pasar la noche con desconocidos.
—Habéis estado enferma —le recordó
Simón, mirándola.
—Puedo seguir un trecho.
—Sí, no lo dudo, pero ¿por qué
rechazar un techo, aunque sólo sea una noche? —Dirigió la vista al hombre y a
la mujer y después acercó el caballo a Miriamele—. Puede que sea la última
oportunidad de cobijarnos del viento y la lluvia —musitó—, la última hasta...
—Calló, por no dar la menor pista, ni en murmullos, de su destino final.
Realmente estaba fatigada. Dudó unos
momentos más y asintió con un gesto.
—Bien. —Simón se volvió a la pareja—.
Os agradecemos el cobijo. —No dijo sus nombres a los desconocidos, cosa que
Miriamele aprobó en su fuero interno.
—Pero no tenemos nada digno de estas
personas, esposo. —El rostro de Gullaighn podría haber sido dulce, pero el
temor y los malos tiempos habían estropeado su cutis y le habían ensombrecido
los ojos—. No es ningún favor llevarlos a nuestro rústico hogar.
—Cállate, mujer. Haremos lo que
podamos. —Pareció que la mujer fuera a añadir algo, pero cerró la boca con un
gesto huraño—. Bien, en marcha pues; no está lejos.
Tras considerarlo un momento, Simón y
Miriamele desmontaron para ir al paso de sus anfitriones.
—¿Vivís aquí, en el valle de Hasu?
—preguntó Simón.
—Desde hace poco. —Roelstan rió
brevemente—. Antes vivíamos en Falshire.
—Y... —vaciló Miriamele antes de
formular su pregunta—, ¿y erais Danzarines del Fuego?
—Para desgracia nuestra.
—Son un mal muy poderoso. —La voz de
Gullaighn sonaba cargada de emoción—. No deberíais tener nada que ver con
ellos, mi señora, ni con nada que ellos hayan tocado.
—¿Por qué os perseguían aquellos
hombres? —Simón rozó con los dedos el puño de la espada en un acto reflejo.
—Porque desertamos —comentó
Roelstan—. Ya no podíamos soportarlo más. Están locos, pero como perros, que en
su locura hacen mucho daño.
—Pero no es tan fácil huir de ellos
—apostilló Gullaighn—. Son feroces y no permiten que nadie abandone. Y están
por todas partes. —Bajó la voz—. ¡Por todas partes!
—¡Por el Redentor, mujer! —protestó
Roelsdan—. ¿Qué pretendes? Ya has visto cómo maneja la espada este caballero.
Nada tiene que temer de ellos.
Simón se estiró un poco, y Miriamele
esbozó una sonrisa, pero un vistazo al ansioso rostro de Gullaighn se la borró.
¿Tendría razón la mujer? ¿Habría más Danzarines del Fuego por los alrededores?
Estaría bien dejar la carretera al día siguiente y viajar con más sigilo.
Como un eco de sus pensamientos,
Roelsdan se detuvo y tomó un sendero que se desviaba hacia arriba desde el
camino viejo del bosque, serpenteando e internándose en la boscosa ladera.
—Hemos levantado nuestra casa ahí
arriba. Es mejor no quedarse muy cerca del camino, para que no se vea el humo
de la chimenea y no atraer a viajeros menos agradables que vosotros dos.
Siguieron al matrimonio por el
angosto sendero. Al cabo de unas pocas vueltas, la carretera desapareció a su
espalda, oculta bajo las copas de los árboles. La subida se empinaba entre los
troncos, y las oscuras capas de los guías eran más difíciles de distinguir a
medida que la tarde caía. En el momento en que Miriamele empezaba a sospechar
que la luna aparecería antes de que avistaran un sitio donde descansar,
Roelsdan dio el alto y retiró una gruesa rama de pino que tapaba el camino.
—Aquí—dijo.
Miriamele cruzó detrás de Simón
llevando el caballo por las riendas y se encontró en un amplio calvero de la
ladera. En el centro había una casa de tablones agrietados, sencilla pero
sorprendentemente grande. El humo salía por un respiradero del tejado, detalle
que no esperaba y, con un terrible presentimiento, se dirigió a Gullaighn.
—¿Quién más vive con vosotros?
La mujer no respondió.
Percibió un movimiento en la puerta
de la casa. Al instante, un hombre salió a la oscura y dura tierra del umbral.
Era de baja estatura y recio cuello, y vestía una túnica blanca.
—Nos encontramos de nuevo —saludó
Maefwaru—. Nuestra charla en la taberna fue muy breve.
Miriamele oyó el juramento de Simón
y, después, el chasquido de la espada al salir de la funda. Simón tiró de las
riendas del caballo de Miriamele para apartarlo.
—No —dijo Maefwaru; silbó y media
docena más de siluetas blancas se destacaron entre las sombras de alrededor. A
la luz crepuscular parecían fantasmas nacidos de los misteriosos árboles.
Algunos tensaban sus arcos.
—Roelstan, tú y tu mujer, quitaos de
en medio. —El tono del calvo era casi agradable—. Habéis cumplido la misión
para la que os enviamos.
—¡Maldito seas, Maefwaru! —exclamó
Gullaighn—. ¡El Día del Juicio Final te comerás tus propias tripas hechas
salchichas!
—¿De verdad? —El hombre soltó una
estrepitosa carcajada—. Andando, mujer, antes de que haga que te claven una
flecha.
Mientras su esposo la arrastraba
hacia otra parte, Gullaighn se volvió hacia Miriamele con los ojos arrasados de
lágrimas.
—¡Perdonadnos, señora! ¡Nos atraparon
otra vez y nos obligaron!
Miriamele tenía el corazón frío como
una piedra.
—¿Qué queréis de nosotros, cobardes?
—inquinó Simón.
—No es qué queremos nosotros, joven
señor —Maefwaru volvió a reír con un ligero silbido en la respiración—, sino
para qué os quiere el Rey de la Tormenta. Esta noche lo sabremos, cuando os
entreguemos a Él. —Agitó una mano hacia las otras figuras de blanco—. Atadlos.
Tenemos mucho que hacer antes de la medianoche.
Cuando el primer Danzarín del Fuego
le agarró los brazos, Simón se volvió hacia Miriamele con una expresión
rebosante de rabia y desesperación. La joven sabía que el muchacho quería
pelear, obligarlos a matarlo en vez de rendirse sin más, pero que temía por la
seguridad de ella.
Miriamele no tenía nada que
ofrecerle; dentro de ella no había más que un pavor asfixiante.
VIII
UNA CONFESIÓN
M
aegwin cantaba:
A su lado llegó, llegó
un doncel vestido de marta negra
con bucles dorados en la cabeza
y esclavina de negra seda en la
espalda.
«¿Qué desearíais vos, mi hermosa
dama?»,
el gentil doncel preguntó sonriente.
«¿Qué exquisito presente os ofrecería
para que fuerais mí esposa en este
día?»
La doncella ocultó el rostro.
«No hay presente tan rico, tan fino,
como para que os dé a cambio
algo exquisito que es sólo mío.»
El doncel agitó su dorada cabeza,
rió y dijo: «¡Oh, dulce doncella!
Hoy me rechazáis, pues podéis,
mas presto conoceréis que decir
"no" no podéis.
Mi nombre es Muerte, y todo lo que
poseéis
al fin vendrá a mí».
De nada servía. Por encima de su
propio canto seguía oyendo los extraños lamentos que parecían presagiar
desgracias sin medida.
La canción se apagó, y Maegwin se
quedó mirando las llamas de la hoguera del campamento. Ya no podía cantar pues
le dolían los labios, agrietados por el frío, los oídos le escocían y la cabeza
le retumbaba. Nada era como debía..., nada como ella había esperado.
Al principio, daba la impresión de
que todo era como debía ser. Se había mostrado obediente a los dioses, por lo
que no era de extrañar que después de la muerte la hubieran elevado a su
morada, no como una igual, claro está, sino como una subordinada en quien se
confía, una servidora amada. A su manera especial, los dioses resultaban en
todo tan maravillosos como los había imaginado, con sus centelleantes ojos no
humanos y sus ropajes y armaduras de color arco iris. Incluso su tierra era
como esperaba, semejante a su amada Hernystir, pero mejor, más limpia, más
resplandeciente. El cielo en sus moradas se le antojaba más alto y azul que
cualquier otro, la nieve más blanca, el verdor de la hierba tan intenso que
casi dolía. Hasta el conde Eolair, que también había muerto y llegado a la
hermosa eternidad, era más abierto, más accesible; había podido confesarle sin
temor ni timidez que siempre lo había amado. Eolair, liberado como ella de la
carga de la mortalidad, la había escuchado con dulce comprensión, casi como si
fuera un dios también.
Pero después, todo había de cambiar.
Cuando se enfrentó al enemigo, junto
con otros hernystiros vivos, su acción había atraído a los dioses al mundo y la
balanza se había descompensado. Los propios dioses estaban en guerra, como los
hernystiros, pero no la habían ganado todavía. Era de esperar que lo peor
estuviera aún por llegar.
Por eso, los dioses habían cruzado
los anchos campos blancos de los cielos buscando Scadach, el agujero hacia la
negrura exterior, y lo habían encontrado. Era frío y negro, limitado por la
piedra extraída de los más recónditos y oscuros lugares de la eternidad, tal
como le habían enseñado los maestros del saber, donde moraban los más horrendos
enemigos de los dioses.
Jamás había creído que pudieran
existir semejantes seres, criaturas de pura maldad, lustrosos recipientes de
vacío y desesperación. Pero ella había visto uno encaramado en los muros
intemporales de Scadach, había oído su voz sin vida profetizar la destrucción
de los dioses y de los mortales por igual. Todo lo malo se escondía tras
aquellas murallas... y, ahora, los dioses querían destruirlas. Ya sabía que sus
designios eran misteriosos, pero jamás habría imaginado hasta qué punto.
Elevó la voz en el aire de nuevo,
todavía con la esperanza de que su canto tapara aquel ruido insidioso, pero
abandonó a los pocos momentos. Las voces celestiales también cantaban, y eran
mucho más potentes que la suya.
«¿Por qué no se detienen? —pensó
desesperada—. ¿Por qué no abandonan de una vez?»
Preguntarse era inútil. Los dioses
tenían sus razones; siempre las tenían.
Eolair había renunciado, tiempo
atrás, a comprender a los sitha. Sabía que no eran deidades, aunque la pobre
Maegwin, en su mente febril, viera otra cosa, pero tampoco eran mucho más
accesibles que los señores de los cielos.
Se alejó del fuego y dio la espalda a
Maegwin. La princesa cantaba para sí, pero había optado por callarse. Tenía una
voz dulce, aunque, en comparación con el cántico de los Pacíficos, sonaba pobre
y discordante. No era suya la culpa; ninguna voz humana sonaría bien en
contraste con... aquello.
Se estremeció. El coro sitha volvía a
llenarlo todo y resultaba imposible no oírlo, tanto como no ver sus ojos
gatunos cuando miraban a la cara. La equilibrada melodía aumentó de volumen,
vibraba como la voz del remero mayor marcando el ritmo.
Hacía tres días que cantaban sin
cesar, apiñados ante los desoladores muros de Naglimund bajo el torbellino de
la nieve. Hicieran lo que hiciesen, las nornas del castillo no dejaban de
prestarles atención. Las defensoras de blanco rostro habían comparecido varias
veces en lo alto de la muralla para enviar una lluvia de flechas, ataques que
se habían cobrado algunas víctimas, aunque sus oponentes también disponían de
arqueros propios. A cada embite, las nornas terminaban por retirarse y las
voces sitha se elevaban de nuevo.
—No sé si podré soportar esto mucho
más, Eolair. —Isorn apareció entre la niebla con la barba perlada de hielo—.
Tuve que irme a cazar sólo por alejarme, pero el ruido me seguía allá donde
fuera. —Dejó caer una liebre en el suelo, junto a la hoguera. Sangraba por un
costado a causa de una herida de flecha y manchaba la nieve—. Buen día, señora
—saludó el hijo del duque a Maegwin, que ya no cantaba, pero tampoco levantó la
mirada hacia él, incapaz de ver nada más que las llamas danzantes. Isorn
dirigió a Eolair una mirada de complicidad, y éste se encogió de hombros.
—En realidad no es tan terrible.
—No. —El rimmerio enarcó las cejas—.
Es hermoso a su manera, pero me sobrepasa tanta belleza, tanta fuerza, tanta
extrañeza. Me pone enfermo.
—Lo sé. Los demás hombres también
están inquietos. Más que inquietos..., asustados.
—Pero ¿por qué lo hacen así?
Arriesgan la vida; ayer murieron dos más. Si se trata de una ceremonia que
deben cumplir, ¿por qué no lo hacen a base de flechas?
—No lo sé, que Bagba me muerda; no sé
nada, Isorn —replicó impotente.
Los sones de los sitha barrían el
campamento sin cesar, como el rugir del océano.
Jiriki llegó en la hora anterior al
amanecer; las mortecinas ascuas resaltaron sus rasgos con luz escarlata.
—Esta mañana —anunció, y se acuclilló
mirando las brasas—, antes del mediodía.
Eolair se frotó los ojos para
despertarse del todo. Había dormido a intervalos, pero habla dormido algo.
—¿Esta..., esta mañana? ¿A qué os
referís?
—Comenzará la batalla. —Jiriki miró a
Eolair de una forma que en un rostro más humano habría inspirado compasión—.
Será pavoroso.
—¿Cómo sabéis que va a empezar en ese
momento?
—Porque hemos estado trabajando para
que así sea. No podemos sitiar la plaza, pues somos muy pocos. Las que llamáis
nornas son menos aún, pero están asentadas en una gran concha de piedra y no
disponemos de las máquinas que los hombres mortales construyen para esas
batallas, ni de tiempo para construirlas ahora. Por ese motivo, lo haremos a
nuestra forma.
—¿Tiene relación con los cantos?
—Sí. —Sonrió con su peculiar sonrisa
de ave—. Preparad a vuestros hombres y decidles que, vean lo que vean y piensen
lo que piensen, se enfrentan a criaturas vivas. Los hikeda´ya son como vosotros
y como nosotros: sangran, mueren. —Lo miró fijamente, con toda la intensidad de
sus dorados ojos—. ¿Se lo diréis?
—Sí. —Sintió un escalofrío; se acercó
más al fuego y tendió las manos sobre las últimas brasas—. ¿Mañana?
—El momento más propicio será cuando
el sol alcance el cenit —dijo, de pie—. Si tenemos suerte, todo habrá terminado
antes del anochecer.
—¿Y si no fuera así? —No podía
imaginarse la escabrosa mole de Naglimund derrumbada en tan breve plazo—. ¿Qué
sucedería?
—Las cosas se pondrían... difíciles.
—Retrocedió un paso y desapareció en la bruma.
Eolair permaneció sentado ante la
hoguera un rato más, apretando los dientes para que no le castañetearan. En
cuanto le pareció que su agitación no iba a ponerlo en ridículo, fue a
despertar a Isorn.
Azotada por los fuertes vientos, la
tienda gris y roja ocupaba la cima de la colina como un barco velero rompiendo
una ola grande. Otras pocas tiendas compartían la cúspide, y muchas más se
esparcían ladera abajo o se apiñaban en el valle. Detrás se abría el lago
Clodu, un extenso espejo azul y verde, quieto como una bestia satisfecha.
Tiamak se demoraba en el exterior, a
pesar del frío. ¡Cuánta gente, cuánto movimiento y cuánta vida! ¡Qué mareo
mirar hacia abajo, hacia aquel inmenso mar de gente! ¡Qué miedo saberse tan
cerca de las piedras de molino de la Historia! Sin embargo, no podía sustraerse
al vértigo de las imágenes. Su pequeña historia personal había sido engullida
por los importantes relatos que paseaban majestuosos por Osten Ard en aquellos
días. A veces daba la sensación de que hubieran vaciado un saco lleno de los
sueños y las pesadillas más poderosos. Que sus propios pequeños logros, temores
y deseos pasaran inadvertidos era lo mejor que cabía esperar. Otra posibilidad
con las mismas oportunidades de cumplirse era que todo ello acabara pisoteado
por completo.
Con un leve estremecimiento, levantó
la solapa de la tienda y entró.
No se trataba, como temió cuando
Jeremías le llevó al requerimiento del príncipe, de un concilio de guerra; en
esas ocasiones se sentía completamente inútil. Sólo había unos pocos
aguardando: Josua, sir Camaris y el duque Isgrimnur, sentados todos en banquetas;
Vorzheva, incorporada en la cama, y la mujer sitha, Aditu, a su lado en el
suelo, con las piernas cruzadas. También estaba el joven Jeremías, que, al
parecer, había tenido mucho que hacer esa tarde. En ese momento, se encontraba
de pie ante el príncipe en actitud muy atenta pero jadeando un poco, falto de
aire.
—Gracias por haberte dado tanta
prisa, Jeremías —le dijo Josua—. Lo comprendo. Por favor, vete ahora y di a
Strangyeard que venga tan pronto como pueda; después puedes retirarte.
—Sí, alteza. —Hizo una inclinación de
cabeza y se dirigió a la salida.
Tiamak, que todavía estaba en el
umbral, sonrió al joven al verlo acercarse.
—No he tenido ocasión de preguntarte
antes, Jeremías. ¿Cómo se encuentra Leleth? ¿Ha habido algún cambio?
El joven sacudió la cabeza; se
esforzaba por hablar con normalidad pero el dolor lo desbordaba.
—Sigue igual, no se despierta nunca.
Bebe un poco de agua pero no come nada. —Se restregó un ojo con energía—. Nadie
puede hacer nada.
—Lo lamento —se condolió.
—Vos no tenéis la culpa. —Bailoteaba
intranquilo sobre los pies—. Tengo que ir a llevar un recado de Josua al padre
Strangyeard.
—Sí, claro. —Se hizo a un lado,
Jeremías pasó y desapareció.
—Tiamak —lo llamó el príncipe—, venid
aquí con nosotros. —Señaló hacia un taburete vacío. Cuando el wran se hubo
sentado, Josua miró a todos—. Esto me resulta muy penoso —anunció con
esfuerzo—. Me dispongo a hacer una cosa terrible y os pido disculpas ahora.
Nada podría excusarme sino la gran necesidad que nos acucia. —Se dirigió a
Camaris—. Amigo mío, os pido perdón. Si hubiera otra forma de hacerlo, no
dudaría. Aditu cree que debemos saber si visitasteis el hogar de los sitha en
Jao é-Tinukai'i y, si fue así, vuestros motivos.
—¿Acaso no se permite que un hombre
guarde secretos? —inquirió, mirando a Josua con sus fatigados ojos—. Os
prometo, príncipe Josua, que no existe relación con esta lucha contra el Rey de
la Tormenta, por el honor de mi orden de caballería.
—Pero alguien que no conozca toda la
historia de nuestro pueblo (e Ineluki fue de los nuestros en algún tiempo)
puede ignorar también todos los entramados de sangre y fábula. —Aditu habló con
claridad y firmeza, sin la reluctancia que había mostrado Josua—. Todos los
aquí presentes sabemos que sois un hombre de honor, Camaris, pero tal vez no
estéis en condiciones de valorar si lo que habéis visto o aprendido es de
utilidad.
—¿No me lo confiaríais sólo a mí,
Camaris? —preguntó Josua—. Sabéis que tengo vuestro honor en tan alta estima
como el mío propio. Ciertamente, no es preciso que descubráis vuestros secretos
ante una multitud, si eso es lo que teméis, aunque se trate de vuestros amigos
y aliados.
Camaris lo miró, y su expresión
pareció suavizarse; se debatía contra algún impulso, pero al cabo de un momento
movió la cabeza negativamente con violencia.
—No. Os ruego perdón mil veces,
príncipe Josua, pero, para mi humillación, es imposible. Existen ciertas cosas
que ni el Código de Caballería puede obligarme a hacer.
Isgrimnur retorcía sus grandes manos,
muy afectado por la turbación de Camaris. Tiamak no lo había visto tan triste
desde el día en que habían salido de Kwanitupul.
—¿Y a mí, Camaris? —preguntó el
duque—. Os conozco desde hace mucho más tiempo que cualquiera de los que están
aquí. Ambos servimos al viejo rey. Si vuestro secreto tiene algo que ver con
Juan el Presbítero, podéis compartirlo conmigo.
Camaris se enderezó en el asiento,
como un débil amago de oposición a algo que lo vencía por dentro.
—No es posible, Isgrimnur. Cargaría
sobre nuestra amistad un fardo excesivo. Os lo ruego, no me lo pidáis.
Tiamak sentía la tensión del
ambiente. El anciano caballero estaba como acorralado contra una esquina que
nadie más veía.
—¿Es que no podéis dejarlo en paz?
—protestó Vorzheva con voz cruda. Se abrazó el vientre con las manos como para
proteger al niño de tanta repugnancia y tanto sufrimiento.
«¿Por qué estoy aquí? —se preguntaba
Tiamak—. ¿Porque viajé con él cuando tenía el juicio perdido? ¿Porque soy
Portador del Pergamino? Sin Geloë y sin Binabik, la Alianza es una triste
convención en estos momentos. ¿Dónde estará Strangyeard?» Súbitamente se le
ocurrió una cosa.
—Príncipe Josua.
—¿Sí, Tiamak?
—Perdonadme; no estoy en mi terreno
ni conozco todas vuestras costumbres... —vaciló—, pero vosotros, los aedonitas,
observáis una tradición de confesión, ¿no es así?
—Sí.
«El Que Siempre Camina Sobre Arena
—imploró en silencio—, permitid que no me equivoque de sendero ahora.»
El wran se dirigió a Camaris. El
anciano caballero, a pesar de toda la dignidad de su porte, lo miró con ojos de
animal acosado.
—¿No podríais contar vuestra historia
a un sacerdote? Al padre Strangyeard, tal vez, si es el tipo adecuado de hombre
santo. De ese modo, si es que he comprendido bien, vuestro secreto quedaría
entre Dios y vos. Por otra parte, Strangyeard sabe tanto sobre las Grandes
Espadas y nuestra lucha como cualquier otro hombre. Él podrá comunicarnos a los
demás si en verdad debemos buscar respuestas en otra parte.
—Sois un verdadero Portador del
Pergamino, Tiamak —exclamó Josua con una palmada en la rodilla—. Poseéis una
mente sutil.
Tiamak reservó el cumplido de Josua
para agradecerlo más tarde y siguió mirando al caballero.
—No lo sé —dijo Camaris con lentitud.
El pecho le subió y le bajó al tomar una honda bocanada de aire—. Nunca he
contado esta historia, ni siquiera en confesión, cosa que agrava mi deshonra...
aunque no es eso lo más importante.
—Todos hemos cometido algún acto
deshonroso. —Isgrimnur comenzaba a impacientarse—. No deseamos arrancároslo,
Camaris; sólo deseamos saber si en alguno de vuestros tratos con los sitha se
encierra la respuesta a alguno de nuestros dilemas. ¡Maldición! —añadió con
énfasis tardío.
—Siempre habéis hecho gala de una
franqueza formidable, Isgrimnur —replicó Camaris con una sonrisa glacial, que
enseguida se borró para dejar paso a un vacío terrible y agobiado—. Muy bien,
enviad a buscar al sacerdote.
—Gracias, Camaris. —Josua se puso en
pie—. Muchas gracias. Está orando junto al lecho de la pequeña Leleth; voy a
avisarle yo mismo.
Camaris y Strangyeard bajaron juntos
por la colina un buen trecho. Tiamak los observaba desde la entrada de la
tienda de Josua, preguntándose, a pesar del halago recibido por su
inteligencia, si habría procedido acertadamente. En una ocasión había oído un
comentario a Miriamele que tal vez fuera muy acertado: pudiera ser que no le
hubieran hecho ningún favor a Camaris al despertarlo de su estado amnésico; por
lo mismo, obligarlo a desenterrar recuerdos tan dolorosos no parecía más
respetuoso.
La pareja del alto caballero y el
sacerdote se detuvo largo tiempo en la colina azotada por el viento, tanto que
un banco de nubes terminó de cruzar el cielo y dejó entrever el pálido sol de
la tarde. Strangyeard volvió la cabeza hacia la cima, y Camaris siguió con la
mirada perdida en el valle, en el espejo gris del lago Clodu. Semejaba una
estatua de piedra, algo que podría erosionarse hasta quedar reducido a un pilar
sin rasgos definidos, pero que, aun así, permanecería en el mismo sitio al cabo
de un siglo.
—El padre Strangyeard se acerca
—dijo, asomándose al interior de la tienda.
El ministro subía con esfuerzo,
encorvado, fuera porque tenía el viento en contra o por el peso de la carga
recién recibida de los secretos de Camaris. La expresión de su rostro, a medida
que cubría los últimos codos de distancia delataba a un hombre conocedor de
secretos que habría preferido seguir ignorando.
—Todo el mundo os aguarda,
Strangyeard —le dijo Tiamak.
El archivero asintió ensimismado, con
los ojos clavados en el suelo como si no pudiera caminar a menos que mirara
dónde posaba el pie. Tiamak le abrió paso y después entró tras él en la cálida
atmósfera de la tienda.
—Sed bienvenido, Strangyeard —lo
saludó Josua—. Antes de dar comienzo, decidme: ¿cómo se encuentra Camaris?
¿Creéis que deberíamos enviarle a alguien?
El sacerdote levantó la vista
sobresaltado, como sorprendido por el timbre de una voz humana, y miró a Josua
con una singular expresión de miedo, rara incluso en el tímido archivero.
—No..., no sé, príncipe Josua. No sé
nada... de nada, en estos momentos.
—Voy a verlo —se ofreció Isgrimnur,
al tiempo que se levantaba de la banqueta.
—Desea... —El padre Strangyeard
levantó una mano—. Creo que desea estar solo. —Se colocó con nerviosismo el
parche del ojo y se pasó la mano por los ralos cabellos—. ¡Oh, Jesuris
misericordioso! ¡Pobres almas!
—¿Pobres almas?, —inquinó Josua—. ¿De
qué habláis, Strangyeard? ¿No podéis decirnos nada?
—Camaris estuvo en Jao é-Tinukai’i
—comenzó, retorciéndose las manos—. Eso fue todo... ¡Oh, Dios!... todo lo que
me contó antes de pedirme el secreto de confesión, porque sabía que os lo
diría; pero las razones de su viaje y lo que allí sucedió han quedado sellados
tras la puerta del Redentor. —Su mirada vagaba por la estancia como si le
doliera fijarla en cualquier punto más de un momento; después vio a Vorzheva, y
por algún motivo, allí la reposó mientras hablaba—. Pero ahora os digo lo que
puedo revelar, creo. No me parece que sus experiencias tengan relación con la
situación actual, ni he encontrado nada que nos ilumine con respecto al Rey de
la Tormenta o a las Tres Grandes Espadas, ni a ninguna otra de las cuestiones
que necesitáis saber para llevar a cabo esta guerra. ¡Oh, Jesuris
misericordioso! ¡Ay, ay, ay! —Volvió a mesarse los escasos cabellos rojos—.
Perdonadme. A veces es difícil recordar que tan sólo soy portero del Redentor,
que no soy yo quien soporta la carga, sino Dios. Pero, ¡ay! ¡cuán pesada se me
hace ahora mismo!
Tiamak no lo perdía de vista. Su
colega Portador del Pergamino parecía haber recibido la visita de unos
espíritus vengativos. Se acercó al sacerdote.
—¿No hay nada más? —inquirió Josua,
decepcionado—. ¿Estáis seguro de que lo que sabe no nos sirve de nada?
—No estoy seguro de nada más que del
sufrimiento, príncipe Josua —repuso en voz baja, pero sorprendentemente firme—.
Creo en verdad que no es posible; pero tengo la certeza de que forzarlo más
traspasaría los límites de la crueldad, y no sólo con respecto a él.
—¿No sólo con respecto a él? —repitió
Isgrimnur—. ¿Qué quiere decir eso?
—Ya es suficiente, os lo ruego.
—Strangyeard estaba casi enfadado, cosa que Tiamak jamás habría creído
posible—. Os he dicho lo que necesitabais saber. Ahora, me gustaría retirarme.
—Naturalmente, padre Strangyeard
—asintió Josua, tomado por sorpresa.
—Quedad con Dios.
—¿Puedo hacer algo por vos? —se
ofreció Tiamak, que salió tras los pasos del ministro—. ¿Acompañaros paseando,
simplemente, tal vez?
—Sí —accedió después de pensarlo un
momento—. Muy considerado por vuestra parte.
Camaris había desaparecido del punto
donde se encontraba; Tiamak lo buscó con la mirada pero no encontró rastro.
Cuando ya habían cubierto un trecho colina abajo, Strangyeard habló en
murmullos.
—Ahora comprendo... por qué un hombre
puede desear sumirse en el olvido. En estos momentos me parece tentador a mí.
—Tiamak levantó una ceja pero no dijo nada—. Quizá la ebriedad y el sueño son
las únicas formas de olvidar que Dios nos concede. Y olvidar es, a veces, el
único remedio para el sufrimiento.
—En cierto modo, Camaris permaneció
como dormido durante dos veintenas de años.
—Y nosotros lo despertamos —replicó
Strangyeard con una sonrisa triste—. O, mejor dicho, Dios nos permitió
despertarlo. Tal vez exista una razón para todo esto; tal vez se produzca algún
resultado aparte del dolor.
El wran tenía la impresión de que
Strangyeard no creía en sus propias palabras.
Guthwulf se detuvo a husmear el aire
para decidir cuál de los pasadizos llevaba arriba... porque el canto de la
espada lo llevaba hacia arriba. Movía las aletas de la nariz en busca de la
menor señal en el húmedo aire del túnel que le indicara qué camino tomar.
Palpaba una y otra vez las paredes de ambos lados con dedos hurgones como
cangrejos sin ojos.
Unas palabras sin cuerpo, ajenas, lo
invadieron de nuevo; más que entenderlas, lo atemorizaban. Sacudió la cabeza
como para quitárselas del cerebro. Eran fantasmas, lo sabía, y había averiguado
que no podían causarle mal, que no podían tocarlo. Aquellas voces menudas sólo
interferían con lo único que le interesaba escuchar; no eran reales, pero la
espada sí, y lo llamaba.
Había vuelto a sentir el impulso
varios días antes.
Al despertar en la confusión de su
ciega soledad, como tantas otras veces, un hilo de melodía insistente lo siguió
desde el sueño hasta su negra vigilia. No era penoso como los sueños que solía
tener, sino diferente, cargado de poder, de sentimiento. Inspiraba miedo pero
al mismo tiempo le resultaba entrañablemente familiar; una canción sin palabras
ni melodía que sonaba en su cabeza y lo envolvía en redes de anhelo. Tironeaba
de él con tal vigor que le costó trabajo ponerse de pie, ansioso como un zagal
atraído por la voz de su amada. ¡La espada! ¡Había vuelto y estaba cerca!
Sólo cuando los últimos vestigios
pegajosos de soñolencia lo abandonaron por fin, recordó que la espada no estaba
sola.
Jamás estaba sola; pertenecía a
Elías, su amigo en algún tiempo y su más encarnecido enemigo ahora. Agonizaba
por acercarse a ella, por mecerse en su canto como lo haría al amor del fuego,
pero sabía que tenía que hacerlo con precaución. A pesar de la miseria y la
desgracia en que vivía en esos momentos, la prefería al castigo que Elías le
infligiría si lo atrapaba... o, peor aún, lo que permitiría hacerle a esa
víbora llamada Pryrates.
En ningún momento pensó que sería
preferible dejar la espada en paz. La canción era como el rumor de un arroyo
para un viajero que se muere de sed; lo atraía, y no podía hacer más que
dejarse arrastrar.
A pesar de todo, aún le quedaba
cierta astucia animal. Mientras avanzaba a tientas por los túneles conocidos,
pensaba que no sólo necesitaba encontrar a Elías y la espada, sino que además
debía aproximarse de tal forma que no lograran descubrirlo ni apresarlo, tal
como lo había hecho aquella vez en que consiguió espiar al rey desde una repisa
de piedra que sobresalía por encima del suelo de la fundición. Con ese
propósito acudía a la irresistible llamada de la espada, pero siempre desde la
mayor distancia posible, como un halcón que vuela en círculos sobre su amo a
grandes alturas; negarse a seguir el tirón lo enloquecía. El primer día de su
búsqueda, olvidó por completo visitar el lugar donde una mujer solía dejarle
comida; el segundo —que para el ciego conde de Utanyeat era cualquier lapso
entre sueño y sueño —la llamada que resonaba dentro de él como un segundo
corazón estuvo a punto de borrar todo recuerdo de semejante lugar. Comió todo
bicho reptante que sus manos palpadoras encontraban, bebió de todo hilillo de
agua corriente que se cruzaba en su camino... Durante las primeras semanas que
pasó en los túneles había aprendido lo que sucedía si tomaba agua estancada en
cualquier parte.
Ahora, después de tres sueños
poblados de espadas, se hallaba lejos de los pasadizos que conocía. Las piedras
que tocaba jamás habían sentido el contacto de sus manos y hasta las mismas
galerías, a excepción de las voces fantasmales siempre presentes y de la voz
apremiante de la Gran Espada, se le antojaban desconocidas por completo.
Conservaba una idea vaga del tiempo
que llevaba buscando esta vez y, en un momento de especial claridad mental, se
preguntó qué estaría haciendo el rey en los escondrijos subterráneos del
castillo durante tanto tiempo.
Un instante después, se le ocurrió un
pensamiento descabellado y glorioso.
«Ha perdido la espada. La ha perdido
aquí, en algún sitio; y la espada está quieta, esperando a que alguien la
encuentre. ¡Esperándome a mí! ¡A mí!»
Ni siquiera se dio cuenta de la saña
con que se tironeaba de la mugrienta barba. La idea de poseer la espada él
solo, de tocarla, de escucharla, de amarla y venerarla, era tan espantosamente
jubilosa que trastabilló y cayó al suelo, donde se quedó temblando hasta que la
oscuridad le arrebató el resto de los sentidos.
Tras recuperarse, Guthwulf se levantó
y cubrió cierta distancia antes de volver a dormirse. Ahora estaba despierto de
nuevo y de pie ante una bifurcación del pasadizo, tratando de decidir cuál lo
llevaría hacia arriba. Sabía, por algún motivo, que la espada estaba arriba,
como un topo sabe en qué dirección cavar para alcanzar la superficie. En otros
momentos de lucidez lo asaltaba la idea de que tal vez se había sensibilizado
tanto a la llamada de la espada que se dejaría conducir arriba, a la mismísima
sala del trono, donde lo atraparían y lo degollarían igual que al topo si
saliera en medio de la perrera.
De todas formas, aunque ascendía sin
cesar desde hacía tiempo, había empezado muy abajo. Estaba seguro de que no
había subido tanto como se temía; también tenía la certeza de que, al dar
tantos rodeos, describía círculos cada vez más abiertos y se alejaba del centro
del castillo. No; aquella cosa hermosa y terrorífica que lo impelía, la hoja
viva y cantora, tenía que estar allí bajo tierra, en alguna parte, confinada
entre las rocas igual que él. Cuando la encontrara, ya no estaría solo nunca
más; sólo tenía que decidir cuál de los dos túneles era el acertado...
Se frotó los ciegos ojos, sintiéndose
muy débil. ¿Cuándo había comido por última vez? ¿Y si la mujer lo abandonaba y
no le proporcionaba más alimentos? Era tan agradable saborear comida de
verdad...
«Pero, si encuentro la espada, si la
tengo para mí solo —se relamió—, todo eso no me importará.»
Inclinó la cabeza a un lado y oyó
como un rascar un poco más allá, como si hubiera algo encerrado en la piedra.
Ya había oído ese ruido antes; en realidad se producía con más frecuencia
últimamente, pero no tenía nada que ver con lo que él buscaba.
Los arañazos cesaron, y él seguía
indeciso ante la bifurcación. Aunque dejara piedras como señal podía perderse
fácilmente, pero estaba seguro de que uno de esos dos pasadizos llevaba arriba,
al origen de la canción de la Gran Espada, al canturreo melódico y absorbente
que le sofocaba el alma. No quería equivocarse y perder un tiempo precioso en
buscar el camino de regreso. Estaba debilitado por el hambre y entumecido por
el cansancio.
Al cabo de una hora, o de un día tal
vez, una suave corriente le rozó el pelo con la levedad de un remolino de
polvo; era un soplo de brisa procedente del túnel de la derecha. Después, algo
se agitó en el interior y pasó flotando a su lado: los espíritus que encantaban
los oscuros laberintos inferiores, cuyas voces le resonaron en la cabeza opacas
y sin esperanza.
... El Pozo. Tenemos que buscarlo en
el Pozo. Él sabe lo que debe hacerse... Dolor. Han conjurado el último dolor...
Mientras las estridentes voces
pasaban de largo, el ciego Guthwulf sonreía con mesura. Fueran lo que fuesen,
espíritus de los muertos o productos de su locura, siempre surgían de las
profundidades, de las partes más enterradas y antiguas del castillo. Venían de
abajo... y él quería subir.
Dio media vuelta y comenzó a caminar
arrastrando los pies por el túnel de la izquierda.
Lo que quedaba de la inmensa puerta
de Naglimund había sido rellenado con cascotes, pero no alcanzaba la altura de
los muros que quedaban en pie, y entre los montones de piedra había huecos
donde apoyarse para escalar, por lo que al conde Eolair le parecía el punto
idóneo de inicio del asalto. Grande fue su sorpresa al ver que los sitha se
concentraban ante una parte de la muralla lisa y sin resquebrajaduras.
Dejó a Maegwin y al contingente de
ansiosos guerreros mortales a las órdenes de Isorn y subió la nevada colina
para reunirse con Jiriki y Likimeya en un edificio destruido, a unos cientos de
codos del muro exterior de la fortaleza. Likimeya le dedicó una mirada
superficial, pero Jiriki lo saludó con la cabeza.
—Ya es casi la hora —le dijo el
sitha—. Hemos llamado a los m’yon rashí, los demoledores.
Eolair se quedó observando la
congregación sitha ante la muralla. Los cánticos habían concluido pero ellos no
se habían movido. No comprendía por qué se exponían a las flechas de las nornas
cuando lo que pretendían conseguir con las canciones parecía haber llegado a su
fin.
—¿Demoledores? ¿Os referís a los
arietes?
—Nuestro pueblo nunca ha utilizado
tales máquinas de guerra —repuso con una leve sonrisa—. Supongo que podríamos
idear un artilugio de ese tipo, pero hemos decidido limitarnos a lo que
conocemos. —Se ensombreció—. O mejor dicho, lo que aprendimos de los tinukeda’ya.
—Hizo un gesto—. Mirad, ahí vienen los m’yon rashí.
Cuatro sitha se acercaban al muro,
pero no los reconoció; le parecían iguales que los cientos de Pacíficos
acampados a la sombra de Naglimund. Todos eran delgados y de piel dorada y no
había dos colores iguales entre sus armaduras ni entre las cabelleras que
asomaban por debajo de los cascos. Los m’yon rashí centelleaban contra la nieve
como aves tropicales fuera de lugar. La única diferencia que apreciaba entre
esos cuatro y el resto del pueblo de Jiriki era que cada uno llevaba un báculo
negro a modo de bastón de paseo. Esas varas eran del mismo material negro
grisáceo, desconocido para él, que la espada Indreju de Jiriki; cada uno tenía
por puño una esfera de cierta piedra cristalina.
Jiriki dio una orden; su madre se
puso en pie y añadió algo más. Un grupo de arqueros inició el avance hasta
rodear al cuarteto, que se encontraba junto a la muralla. Tras colocar flechas
y tensar las cuerdas, los arqueros se quedaron inmóviles en su sitio escrutando
las vacías almenas.
El jefe de los m’yon rashí, una mujer
con cabello verde hierba y armadura de un tono un poco más oscuro, alzó su vara
y la apuntó despacio hacia la muralla como haciéndola flotar contra corriente
en un río. Cuando la gema azul golpeó las piedras, los m'yon rashí pronunciaron
una única y potente sílaba. El conde sintió el temblor en los huesos como si un
peso colosal hubiera caído en el suelo cerca de él. Por un momento, creyó que
la tierra iba a abrirse bajo sus pies.
—¿Qué...? —Tragó aire e intentó
recuperar el equilibrio. Jiriki, que estaba delante, levantó una mano para
pedir silencio.
Los otros tres avanzaron y se unieron
a la mujer de verde. Mientras cantaban, alzaban la vara uno por uno y golpeaban
en una especie de triángulo alrededor de la primera. Cada impacto, lento como
la melaza al derramarse, retumbaba en la tierra y ascendía vibrante por los
pies de Holair y los demás observadores.
El conde de Nad Mullach contemplaba
la escena atónito. La nieve comenzaba a deslizarse por las piedras de la
muralla a lo largo de unos doce codos a partir del punto donde se hallaban los
m'yon rashí; allí donde las esferas de los báculos entraban en contacto con el
muro, la roca adquiría una tonalidad gris más oscura, como si hubiera enfermado
o como si se hubiera cubierto de un entramado de finas grietas.
Los sitha retiraron las varas y
aumentaron la intensidad del cantar. La jefa golpeó una vez más, con mayor
rapidez que antes, y el silencioso estremecimiento de la colisión se expandió
por el suelo helado. Los demás hicieron lo mismo, y acompañaron cada choque con
una palabra fuertemente cantada. Con el tercero, comenzaron a desprenderse
fragmentos de lo alto de la muralla, que caían hasta perderse en la nieve.
—¡Jamás había visto nada semejante!
—El conde no podía contener su perplejidad.
—Haríais bien en volver junto a los
vuestros —le aconsejó Jiriki, sereno su rostro de angulosos huesos—. Faltan
pocos momentos y deben estar preparados.
Eolair, incapaz de sustraer la mirada
al singular espectáculo, se retiró colina abajo caminando hacia atrás, con los
brazos extendidos para no perder el equilibrio cada vez que las conmociones de
la tierra amenazaban con hacerlo caer.
Al cuarto impacto, una gran parte de
la muralla se derrumbó hacia adentro y dejó un hueco en la parte más alta
semejante al mordisco de una criatura gigantesca. Eolair por fin se dio cuenta
de la inminencia del aviso de Jiriki y corrió presuroso el resto del camino
hasta llegar junto a Isorn y los hernystiros.
—¡Aprestaos! —gritó—. ¡Estad
preparados!
Aún se produjo una quinta conmoción,
la más fuerte hasta el momento. Eolair perdió pie, cayó hacia adelante y siguió
rebotando hasta que logró detenerse, con la nariz y la boca escocidas y frías
por el roce de la nieve. Supuso que la tropa se reiría a carcajadas, pero todos
contemplaban, con ojos como platos, la colina que se elevaba a su espalda.
Miró hacia atrás. La imponente
muralla de Naglimund, gruesa como la altura de dos hombres, se disolvía igual
que un castillo de arena barrido por las olas. Se oyó un potente entrechocar de
rocas y, después, nada. El paredón se derrumbó sobre los montículos blancos con
un fantástico sonido amortiguado; gruesos grumos de nieve salían disparados en
todas direcciones, y una niebla de copos blancos llenaba el aire oscureciéndolo
todo.
Cuando cesó, los m'yon rashí se
habían retirado, dejando tras de sí un hueco de doce codos que se abría a
Naglimund y sus tinieblas. Poco a poco, un mar de siluetas negras comenzó a
ocupar dicho hueco; sus ojos brillaban y las puntas de sus lanzas centelleaban.
—¡Hombres de Hernystir! —gritó
Eolair—. ¡A mí! ¡Ha llegado la hora!
La tropa del conde no se movió, pero
sí la horda surgida de las entrañas de Naglimund, que se precipitó hacia la
brecha a borbotones ágiles e innumerables como termitas que huyen de un nido
destrozado.
Se produjo un estruendoso fragor de
espadas y escudos entre las filas de los sitha, y una lluvia de flechas abatió
a muchas de las primeras nornas que corrían colina abajo. Algunas llevaban
arcos también y se encaramaron al muro para disparar, pero, en general, ninguna
de las dos facciones se conformaba con esperar. Los que antaño habían sido
hermanos se lanzaron al encuentro con la ansiedad de los amantes.
La batalla ante Naglimund derivó sin
tardanza en escenas de espantosa confusión. Entre los remolinos de nieve,
Eolair percibió que de la resquebrajadura del muro no salían sólo delgadas
nornas, sino también gigantes, criaturas de la talla de dos hombres cubiertas
de pelo gris y blanco, con armaduras como las humanas; cada uno llevaba un
garrote que aplastaba huesos como si de ramas secas se tratara.
Antes de que el conde consiguiera
llegar a las filas de los suyos, una norna le dio alcance. Por extraño que
pareciera, la criatura de ojos negros caminaba descalza, aunque llevaba un
almete que le cubría la mayor parte del pálido rostro y una corsas que le
protegía el torso; sus largos pies la transportaban sobre la nieve en polvo
como si fuera piedra sólida. Era un norna varón, veloz como un lince, ya punto
estuvo de arrancarle la cabeza al primer golpe aprovechando la estupefacción en
que se hallaba sumido.
¿Quién sabría desentrañar semejante
desatino? Eolair desterró de la mente todo pensamiento que no fuera el de
sobrevivir.
La norna sólo tenía un pequeño
escudo, y era mucho más rápida que él con su ligera espada. Inmediatamente se
vio reducido a un combate defensivo, reculando cuesta abajo, entorpecido por la
pesada armadura y el escudo, casi traicionado en muchas ocasiones por un paso
en falso. Esquivó varios mandobles, pero la mueca exultante de la norna le
indicó que sólo era cuestión de tiempo que su vigoroso enemigo encontrara una
abertura fatal.
Bruscamente, la norna se quedó
paralizada, bizcos sus ojos de azabache. Al momento siguiente, se dobló en dos
y se derrumbó; una flecha azul emplumada vibraba en su cuello.
—¡Mantened unidos a vuestros hombres,
conde Eolair! —Jiriki agitaba el arco mientras gritaba désele la loma—. Si se
separan perderán el coraje. Y no olvidéis que... ¡estos enemigos sangran y
mueren! —Hizo una media vuelta al caballo y volvió al galope hacia el centro
del conflicto; enseguida desapareció entre la nieve y el movimiento continuo de
la batalla.
Eolair se apresuró a llegar junto a
los hernystiros. El cerro retumbaba con el eco de los relinchos y de los gritos
humanos... y los de otras criaturas más extrañas.
Reinaba el caos total. Eolair e Isorn
acababan de reorganizar a sus hombres para lanzarse a la carga cuando dos
gigantes blancos aparecieron en lo alto del cerro cargados con un tronco de
árbol. Arremetieron contra los soldados con un bramido estremecedor,
esgrimiendo el tronco a guisa de guadaña y arrasando cuanto encontraban a su
paso. Los huesos crujían y los cuerpos empapados de rojo desaparecían bajo el
amasijo de nieve. Un hernystiro aterrorizado consiguió clavar una flecha a un
gigante en un ojo, y, entonces, unas cuantas más emplumaron al segundo hasta
que comenzó a retroceder. A pesar de todo, otros dos hombres cayeron aplastados
bajo el tronco rodante antes de que los demás soldados arrastraran al suelo al
coloso que quedaba y le dieran muerte allí mismo.
Eolair levantó la mirada y vio que la
mayoría de las nornas combatían contra los sitha. A pesar del horror y la
confusión de la contienda, sentía un deseo compulsivo de detenerse a observar.
Jamás, desde los albores de los tiempos, se había visto nada semejante: los
inmortales en guerra. Los que se distinguían entre la nieve luchaban con
movimientos ondulantes de una rapidez increíble; hacían fintas, saltaban e
imprimían un vaivén a las oscuras espadas como si de varas de sauce se tratara.
Casi todos los enfrentamientos parecían resolverse antes de asestar el primer
golpe; y, ciertamente, en la mayoría de los combates cuerpo a cuerpo, después
de varios pases casi bailados, una sola ofensiva ponía fin a la lid: el golpe
de gracia.
Un desabrido son de gaitas sonó en la
cima del cerro. Eolair alzó la vista y distinguió algo semejante a una hilera
de clarines sobre la roca, con los alargados tubos apuntando hacia el cielo
gris. Pero el sonido de gaitas provenía de abajo, de otros músicos ocultos
entre las sombras de Naglimund, porque, cuando las nornas de la muralla
inflaron los carrillos y soplaron, lo que salió de los instrumentos no fue
sonido sino una nube de polvo anaranjado como el ocaso.
Siguió observando presa de una
fascinación enfermiza. ¿Qué sería? ¿Veneno? ¿O simplemente otro incomprensible
rito más de los inmortales?
A medida que los hilos anaranjados
descendían flotando sobre la ladera, los contendientes parecían agitarse y
retorcerse, pero nadie cayó. Eolair dedujo que si era ponzoña debía de tratarse
de una clase más sutil que las que él conocía. De pronto, una quemazón en la
garganta y en la nariz lo obligó a buscar aire y por un momento creyó que iba a
morir asfixiado; al poco rato ya respiraba otra vez, pero el cielo se derrumbó
sobre su cabeza, las sombras se alargaron y sintió que la nieve ardía.
Se apoderó de él un miedo que brotaba
como una enorme flor negra de frío hielo. Los hombres chillaban a su alrededor,
y él también. Las nornas que entonces embistieron desde el ruinoso esqueleto de
Naglimund eran unos demonios que ni los sacerdotes habrían sido capaces de
soñar jamás. El conde y sus hombres echaron a correr, pero los sitha que tenían
detrás, implacables y de ojos dorados, los aterrorizaban tanto como sus primas
de blancura cadavérica.
«¡Atrapados! —se dijo Eolair, todas
las demás impresiones anuladas por el pánico—. ¡Atrapados! ¡Atrapados!
¡Atrapados!»
Algo lo agarró; él dio un fuerte
tirón y empezó a arañar para librarse de aquella cosa horrible, un monstruo con
una enorme cara de zarcillos amarillos y una boca aulladora. Levantó la espada
para matarlo pero otra cosa lo golpeó por detrás y cayó de lado en la fría
blancura con el monstruo todavía aferrado a él, desgarrándole el rostro y los
brazos. Lo arrastraron boca abajo, sobre la nieve y, a pesar de sus esfuerzos,
no lograba librarse.
«¿Qué está pasando aquí? —pensó de
pronto. Habla monstruos, sí, gigantes y nornas, pero ninguno tan cerca—. Los
sitha... —Recordó lo espantosos que le habían parecido y la actitud que
mostraban un momento antes, como si quisieran atraparlo con sus compañeros
hernystiros entre ellos y las nornas, para aplastarlos a todos—. ¡Los sitha no
son nuestros enemigos...!»
El peso que sentía en la espalda
cedía; se deshizo de él por fin y se sentó. No había ningún monstruo. Isorn
estaba acurrucado en la nieve, a su lado, con la cabeza colgada sobre el pecho
como una vaca enferma. A pesar de que el estruendo de la batalla seguía en
pleno apogeo a su alrededor y de que sus propios hombres peleaban unos con
otros, hermanos contra hermanos como perros rabiosos, sintió que el miedo
cerval desaparecía. Se tocó la helada cara y miró el guante, estaba manchado de
nieve teñida de color naranja.
—La nieve me lo ha quitado. ¡Isorn!
¡Es el veneno que nos han lanzado! ¡La nieve lo quita!
—Ya lo he visto —repuso el rimmerio,
debilitado. Tosió y escupió—. He intentado... matarte.
—¡Rápido! Tenemos que ir a limpiar a
los demás. ¡Vamos!
Cogió una brazada de nieve, retiró
las motas de polvo anaranjado y fue tambaleándose hacia un grupo de hombres que
peleaban y gritaban no lejos de allí. Todos sangraban, pero se trataba de
heridas superficiales en general, mordeduras y arañazos. El veneno enloquecía,
pero también entorpecía los reflejos, y los ataques no eran efectivos. Eolair
aplastaba puñados de nieve en la cara de cada uno que encontraba al alcance.
Después de devolver un poco de
cordura a los hombres más cercanos, Eolair e Isorn les explicaron la situación
en pocas palabras y los mandaron a ayudar a los demás. Uno de ellos no se
levantó; había perdido los dos ojos y se desangraba sin remedio cubriendo de
rojo todo el suelo a su alrededor. Eolair le tapó la cara con la capa y se
agachó a recoger más nieve.
Los sitha no parecían tan afectados
como los hernystiros por la acción del polvo. Algunos de los que se encontraban
próximos a la muralla estaban mareados y se movían con lentitud, pero ninguno
mostraba síntomas de la locura desatada que se había apoderado de los mortales.
No obstante, se veían escenas horripilantes por toda la ladera.
Likimeya y unos cuantos de los suyos
sufrían el acoso de un grupo de nornas de a pie, y, a pesar de los golpes
mortales que asestaban desde su posición ventajosa sobre los caballos, iban
cayendo uno a uno entre una masa de manos blancas que se agitaban y oscilaban
como una planta voraz.
Yizashi Lanza Gris luchaba contra un
gigante que estrujaba el cuerpo de un sitha en cada mano sin dejar de proferir
alaridos. El sitha, con la expresión ceñuda e impasible de un halcón, espoleó a
su caballo hacia adelante.
Jiriki, junto con otros dos, había
hecho caer de rodillas a un monstruo, al que ahora acuchillaban como si se
tratara de un buey en el matadero. Gruesos chorros de sangre saltaban hacia
arriba y envolvían a los tres en una bruma pegajosa.
Un grupo de nornas corría triunfante
hacia Naglimund con el cuerpo inerte de Zinjadu pinchado en las lanzas, su
cabello azul claro cubierto de rojos cuajarones. Chekaiso y el moreno Kuroyi
las persiguieron y las hicieron caer antes de que lograran poner su trofeo a
buen recaudo, y cada uno mató a tres de sus hermanas de pálida piel, aunque
ambos recibieron numerosas heridas. Cuando acabaron con las nornas, Chekaiso
Rizos de Ámbar alzó el cadáver de Zinjadu hasta su silla. La sangre que manaba
de sus heridas se mezclaba con la de su compañera mientras él y Kuroyi la
llevaban al campamento sitha.
El día transcurría entre la demencia
y la desgracia sin fin. Por detrás de la niebla y la nieve, el sol pasó del
mediodía y comenzó a declinar. La destruida muralla oeste de Naglimund brillaba
a la luz del sucio atardecer y las nieves se volvían cada vez más rojas.
Maegwin paseaba por las cercanías de
la batalla como un fantasma, lo que era en realidad. Al principio se escondió
detrás de los árboles, temerosa de presenciar escenas tan espantosas, pero
después un juicio más acertado la impelió a alejarse de allí.
«Si estoy muerta, ¿qué es lo que
temo?»
Pero era difícil contemplar tantos
cuerpos sin vida esparcidos por la nevada pendiente sin sentir temor de la
muerte.
«Los dioses no perecen, y los
mortales sólo una vez —se consoló—. Cuando esto termine, todos se levantarán
otra vez.»
Pero, si todos iban a levantarse otra
vez, ¿qué sentido tenía aquella batalla? Y, si los dioses no morían, ¿qué
temían de las hordas de demonios que había en Scadach? ¡Qué confuso!
Meditando, paseaba despacio junto a
muertos y asesinos. La capa volaba a su espalda, y sus pies dejaban pequeñas y
regulares huellas en la espuma blanca y escarlata del suelo.
IX
LA TERCERA MORADA
S
imón estaba furioso. Se habían dejado
conducir a la trampa, mansos e ingenuos como corderitos de primavera al
matadero.
—¿Podéis mover las manos un poco?
—susurró a Miriamele. Él tenía las muñecas firmemente atadas; la pareja de
Danzarines del Fuego que se había encargado de la tarea era experta en nudos.
Miriamele negó con la cabeza. Simón apenas la veía en
la oscura noche.
Los habían dejado uno junto a otro en
el centro del claro del bosque, con los brazos atados a la espalda y los
tobillos unidos. Saber que Miriamele estaba maniatada e inutilizada le recordó
a las reses listas para el sacrificio, y una ira negra volvió a apoderarse de
él.
«¿De qué me sirve ser caballero?
¿Cómo he podido permitir semejante situación?»
Tendría que haberlo sospechado, pero
prefirió regodearse como un cabezahueca con los halagos de Roelstan. «Ya has
visto cómo maneja la espada este caballero», había dicho el traidor. «No tiene
nada que temer de los Danzarines del Fuego.»
«Y me lo tragué. No sirvo para
caballero. Soy una lacra para Josua, para Morgenes, para Binabik y para todos
los que alguna vez se han molestado en enseñarme algo.»
Se enzarzó de nuevo en una fútil
pelea contra los nudos, pero las cuerdas lo tenían bien amarrado.
—Algo sabéis de esos Danzarines del
Fuego, ¿no es así? —preguntó en voz baja—. ¿Qué van a hacernos? ¿Qué quiere
decir con que nos van a entregar al Rey de la Tormenta? ¿Que nos van a quemar?
—No lo sé. —Simón notó el escalofrío
que sacudió a Miriamele —. Supongo que sí —añadió, con voz átona.
—Os he fallado, ¿verdad? —se lamentó,
el terror y la ira vencidos por una puñalada de remordimiento—. Yo, el
protector.
—No es culpa vuestra. Nos engañaron.
—Me gustaría echarle las manos encima
a ese Roelstan. Su esposa intentaba decirnos algo, pero soy tan necio que no la
escuché. Pero él..., él...
—Estaba muy asustado también.
—Hablaba como desde una altura enorme y sublime, como si las cosas a que se
refería fueran triviales—. No sé si yo misma sería capaz de dar mi vida por
salvar a unos desconocidos. ¿Por qué entonces habría de odiar a esos dos, que
no han podido hacerlo?
—¡Por el Árbol sagrado! —Simón se
negaba a despilfarrar compasión por los traidores de Roelstan y Gullaighn.
Tenía que salvar a Miriamele como fuera; tenía que hacer saltar esas cuerdas y
luchar por su libertad, aunque no sabía por dónde empezar.
La actividad en el campamento de los
Danzarines seguía su curso alrededor de ellos. Unos cuantos, vestidos de
blanco, atendían la hoguera y preparaban la comida; otros daban de comer a las
cabras y a los pollos, mientras que algunos más charlaban sentados
tranquilamente; incluso había mujeres y niños con ellos. De no haber sido por
los dos prisioneros atados y el omnipresente reflejo de las túnicas blancas,
habríase dicho que se hallaban en una casa de campo cualquiera a la hora en que
se hacen los preparativos del anochecer.
Maefwaru, el cabecilla de los
Danzarines del Fuego, había entrado en la gran cabaña con tres de sus
lugartenientes. Simón prefería no pensar en lo que estarían discutiendo.
La tarde oscurecía, y el fuego
danzaba y chisporroteaba al viento. Las siluetas de blanco tomaron una frugal
colación sin ofrecer nada a los prisioneros.
—Traedlos. —Los ojos de Maefwaru se
clavaron en Simón y Miriamele, y después giraron hacia el cielo azul y negro—.
Ya casi es la hora.
Dos ayudantes los levantaron. Simón
tenía los pies dormidos y le costaba esfuerzo mantenerse en equilibrio con los
tobillos atados; se tambaleó y habría dado de bruces en el suelo si el Danzarín
no lo hubiera sujetado por los brazos y lo hubiera enderezado. Miriamele, a su
lado, también trastabillaba. Su vigilante la envolvió en un abrazo y la levantó
con la misma indiferencia que si fuera un tronco de árbol.
—¡No la toques! —gritó Simón.
—No lo pongáis peor, Simón. Dejadlo
—dijo ella con una mirada cansada.
El Danzarín del Fuego que la llevaba
esbozó la mueca de una sonrisa y le manoseó el pecho un momento, pero Maefwaru
lo llamó al orden con un grito cortante. Cuando el hombre dirigió la mirada a
su jefe, Miriamele se agarró a él sin ningún sentimiento en el rostro.
—¡Idiota! —exclamó Maefwaru
hoscamente—. No lleváis juguetes entre las manos; son para Él, para el Amo. ¿No
lo entendéis? —El que sujetaba a la princesa tragó saliva y asintió con
prontitud—. Es hora de marcharnos. —Se dio media vuelta y se dirigió al lindero
del claro.
El hombre que custodiaba a Simón le
propinó un brusco empellón, y el joven se derrumbó como un árbol desgajado;
todo el aire de sus pulmones salió en un único soplido y la noche se pobló de
puntos de luz.
—Tienen las piernas atadas —comentó
el Danzarín.
—¡Ya lo sé! —bramó Maefwaru
girándose—. ¡Quitadles las ataduras de los pies!
—Pero... ¿y si echan a correr?
—Atadles una cuerda a los brazos, y
ceñios vosotros el otro extremo a la cintura. —Agitó la cabeza con desprecio
mal contenido.
Simón vio un rayo de esperanza cuando
el hombre sacó un cuchillo y se agachó a cortarle los nudos de los tobillos. Si
Maefwaru era el único inteligente, como parecía, tal vez quedara aún alguna
esperanza.
Libres ya los pies de los
prisioneros, los vigilantes los ataron según las instrucciones recibidas y los
empujaron hacia adelante como si fueran bueyes tozudos, hostigándolos con la
punta de las lanzas si tropezaban o se rezagaban. Las lanzas tenían una forma
peculiar, cortas, con una empuñadura fina y muy afiladas, diferentes de todas
las que Simón había visto.
Maefwaru se internó en la vegetación
y desapareció, sin duda en dirección a algún punto fuera del calvero. Simón
sintió cierto alivio. Había observado la hoguera largo rato y le había
producido pensamientos muy negros. Ahora al menos los conducían a otro sitio y
tal vez aumentaran las posibilidades de escapar; quizá se presentara la ocasión
a lo largo del camino. Miró hacia atrás y se desanimó por completo al ver que
todo el contingente de Danzarines del Fuego los seguía formando una línea
blanca que serpenteaba en la oscuridad.
Lo que al principio creyó bosque
cerrado era en realidad una senda muy trillada que daba vueltas y revueltas
trepando por el cerro. Apenas se veía el camino a más de unos pocos codos, pues
una bruma espesa se desprendía del suelo; una especie de vaho grisáceo que
absorbía los sonidos con tanta efectividad como velaba la visión. El bosque
estaba en silencio, y, a excepción del paso amortiguado de dos veintenas de
pies, no se oía ni un pájaro nocturno; hasta el viento callaba.
La mente de Simón volaba, pero con la
misma rapidez que pensaba en planes de fuga los abandonaba por imposibles. Los
Danzarines los sobrepasaban en número holgadamente, y además se encontraban en
terreno desconocido. Aunque lograran librarse de un tirón de las cuerdas que
los unían a los hombres, no podrían utilizar los brazos para mantener el
equilibrio o para abrirse paso entre la vegetación, y los atraparían en un
momento.
Miró hacia la princesa, que avanzaba
abatida detrás de él, triste y apesadumbrada, resignada a lo que pudiera
suceder. Al menos le habían dejado la capa; en el único momento de vivacidad
que tuvo, había convencido a su guardián de que le permitiera conservarla
contra el frío aire de la noche. Pero él no había tenido tanta suerte: le
habían retirado la suya, además de la espada y el cuchillo qanuc. Con los
caballos y las alforjas en alguna otra parte, lo único que le quedaba ya era la
ropa que llevaba, la vida y el alma.
«Y la vida de Miriamele —añadió—. He
jurado protegerla. Todavía me queda esa responsabilidad.»
La idea le proporcionó cierto
consuelo. Mientras conservara aliento tendría un propósito que cumplir.
Una rama le dio en la cara; escupió
unas agujas de abeto mojadas. Maefwaru era un bulto pequeño y fantasmagórico
que avanzaba en la niebla delante de él, llevándolos cada vez más arriba.
«¿Adónde iremos? Sería mejor no
saberlo nunca.»
Continuaron atravesando la bruma gris
como almas condenadas que intentaran salir del infierno.
Parecía que hubieran pasado horas
caminando. La niebla comenzaba a aclararse pero el silencio todavía reinaba en
el aire pesado y húmedo. Entonces, con la brusquedad del crepúsculo invernal,
salieron de entre una maraña de árboles a la cúspide del cerro.
Mientras pasaban bajo las sombras de
la boscosa colina, una gran masa de nubes había cubierto el cielo y había
tapado la luna y las estrellas, de modo que la única luz que brillaba provenía
de unas pocas antorchas y de las llamas de una hoguera enorme. La pendiente de
la cima tenía grandes montículos de formas extrañas que se perfilaban al
resplandor rojizo de la luz y parecían moverse espasmódicamente como gigantes
dormidos; tal vez fueran restos de una gran muralla u otra construcción
similar, pero ahora permanecían allí, esparcidos y destrozados, ahogados bajo
un grueso manto de zarzas y hierba.
En el centro de la anchurosa cumbre,
una zona de piedra desprovista de vegetación sobresalía el doble que la altura
de un hombre: una formidable roca clara con aristas como filos de hacha. Entre
la gran hoguera y la peña desnuda se hallaban tres siluetas inmóviles vestidas
de oscuro. Parecía que hubieran esperado mucho tiempo, tal vez tanto como las
propias rocas. Cuando los Danzarines empujaron a los prisioneros hacia el
centro del calvero, las tres sombras se volvieron casi simultáneamente.
—¡Ave, Hijas de las Nubes! —saludó
Maefwaru—. ¡Ave, preferidas del Amo! Henos aquí para cumplir Sus deseos. —Las
tres figuras negras lo miraron en silencio—. Y traemos más de los solicitados
—prosiguió—. ¡Loado sea el Amo!
Hizo una seña a sus subordinados, que
hostigaron a Simón y a Miriamele para
que se adelantaran. Al aproximarse a la hoguera y a los tres silenciosos
observadores, los Danzarines frenaron el paso hasta detenerse por completo y
miraron hacia su jefe sin saber qué hacer.
—Atadlos a ese árbol. —Indicó
impaciente el tronco muerto de un pino torcido por el viento, que se levantaba
a unos veinte pasos del fuego—. Apresuraos; ya es casi medianoche.
Simón se quejó de dolor cuando uno de
los guardianes le tiró de los brazos hacia atrás para atarlo al árbol. Tan
pronto como los Danzarines terminaron con ellos y se retiraron, se acercó a
Miriamele hasta que sus hombros se tocaron, en parte porque estaba asustado y
sediento de un poco de su calor, pero también porque así podrían hablarse en
voz baja sin llamar la atención.
—¿Quiénes son esos tres tan oscuros?
—preguntó en un murmullo.
Miriamele hizo un gesto negativo con
la cabeza.
La más cercana de las tres siluetas
negras se volvió despacio hacia Maefwaru.
—¿Y éstos son para el Amo? —inquirió,
con palabras frías y cortantes como el filo de una navaja.
A Simón le flaquearon las piernas.
Aquella voz tenía un sonido inconfundible; un acento amargo, aunque melodioso,
que sólo había oído en una ocasión terrorífica. Era el silbido del Pico de las
Tormentas.
—En efecto —respondió Maefwaru, y
subrayó la afirmación con un enfático movimiento de su monda cabeza—. Soñé con
el pelirrojo hace algunas lunas, y sé que la visión me fue enviada por el Amo.
Lo quiere.
—Tal vez —dijo la sombra tras mirar a
Simón un momento—. Pero ¿has traído otros por si el Amo tiene planes diferentes
para éstos? ¿Aportas sangre para el vínculo?
—¡Oh, sí, sí! —En presencia de
aquellos seres extraños, el cruel jefe de los Danzarines del Fuego adoptaba la
actitud humilde y servil de un viejo cortesano—. ¡Dos que querían renegar de la
gran promesa del Amo!
Se dio la vuelta e hizo una seña al
grupo de Danzarines que todavía aguardaba nervioso en los alrededores. Se
oyeron gritos y un barullo de actividad y, al punto un puñado de hombres de
blanco arrastraron a dos cofrades hacia adelante. Uno de ellos había perdido la
capucha en la refriega.
—¡Que Dios te maldiga! —gritó
Roelstan entre sollozos—. Prometiste que si te traíamos a estos dos nos
perdonarías.
—Habéis sido perdonados —replicó
Maefwaru con alegría—. Yo os perdono por vuestra insensatez, pero no podéis
escapar al castigo. Nadie reniega del Amo.
A Roelstan se le aflojaron las
rodillas, y se desplomó a pesar de los esfuerzos por mantenerlo en pie de los
hombres que lo rodeaban. Su esposa, Gullaighn, debía de haber perdido el
sentido y yacía inerte en brazos de su guardián.
Simón sintió que el corazón se le
subía a la garganta y se quedó sin respiración un momento. No podían hacer nada
ni recibirían ayuda de nadie en esa ocasión. Morirían allí, en el cerro barrido
por el viento, o el Rey de la Tormenta los tomaría, tal como había dicho
Maefwaru, lo cual sería infinitamente peor. Volvió los ojos hacia Miriamele. La
princesa parecía medio dormida; tenía los párpados cerrados y los labios en
movimiento. ¿Estaría rezando?
—¡Miriamele! ¡Son nornas! ¡Las
servidoras del Rey de la Tormenta! —No lo escuchó, absorta en sus propios
pensamientos—. ¡Maldición! ¡Miriamele, no os quedéis así! ¡ Tenemos que pensar!
¡Tenemos que salir de aquí!
—Cerrad la boca, Simón —musitó.
—¿Cómo? —dijo estupefacto.
—Estoy intentando alcanzar una cosa.
—Empujaba la espalda contra el árbol muerto y movía los hombros arriba y abajo
revolviendo nerviosa tras de sí—. Está en el fondo del bolsillo de mi capa.
—¿Qué es? —Simón se acercó más, hasta
que sus manos notaron los dedos de ella bajo la tela—. ¿Un cuchillo?
—No; el cuchillo me lo quitaron. Es
vuestro espejo, el que os regaló Jiriki. Lo tengo desde que os corté el pelo.
—Mientras hablaban, Simón notó en los dedos el roce del marco de madera, que
salía del bolsillo—. ¿Podéis cogerlo?
—¿De qué servirá? —Lo sujetó tan
fuerte como pudo—. No lo soltéis todavía, hasta que lo tenga seguro. Ya está.
—Dio el último tirón y lo aferró entre las manos atadas.
—Podéis llamar a Jiriki —declaró
ella, triunfante—. Dijisteis que se utilizaba en momentos de necesidad extrema.
—Pero no funciona así —replicó Simón,
menguada la euforia del momento—. No aparece sin más ni más; no es esa clase de
magia.
—Pero me contasteis que hizo aparecer
a Aditu cuando os perdisteis en el bosque —arguyó Miriamele, más apagada
también.
—Le costó días encontrarme, y no
disponemos de días ahora, Miri.
—Intentadlo de todas formas —insistió
con tozudez—. Daño no puede hacer, y tal vez Jiriki se encuentre cerca de aquí.
¡Daño no puede hacer!
—Pero ni siquiera lo veo —adujo
Simón—. ¿Cómo queréis que lo intente sin mirarlo siquiera?
—¡Intentadlo al menos!
Simón no discutió más; respiró hondo
y, con gran esfuerzo, trató de concentrarse en su propia cara tal como la había
visto reflejada la última vez en el espejo sitha. Recordaba los rasgos en
general, pero se le hacía imposible reproducir los detalles. ¿De qué color
tenía los ojos exactamente? Y la cicatriz de la mejilla, la quemadura de la
sangre del dragón, ¿cómo era de larga? ¿Llegaba más abajo de la nariz?
Por un breve instante, cuando el
recuerdo del dolor abrasador de la negra sangre de Igjarjuk se avivó, creyó
sentir el calor del marco entre los dedos, pero enseguida se enfrió de nuevo.
Intentó recuperar la sensación otra vez, pero en vano. Insistió sin resultado
durante unos momentos que le parecieron eternos.
—Es inútil —dijo cansado—. No puedo.
—¡No lo intentáis con todas vuestras
fuerzas! —le reprochó Miriamele.
Simón levantó la vista; los
Danzarines del Fuego no les prestaban atención, sino que estaban pendientes de
las inusitadas escenas que se desarrollaban junto a la hoguera. Los dos
renegados, Roelstan y Gullaighn habían sido conducidos a lo alto de la peña y
yacían boca arriba. Los cuatro guardianes que los custodiaban los sujetaban por
los tobillos de modo que la cabeza de los prisioneros quedaba colgando y sus
brazos manoteaban sin efecto.
—¡Jesuris Aedón! —exclamó Simón—.
¡Mirad eso!
—No miréis —replicó Miriamele—.
¡Seguid con el espejo!
—Ya os he dicho que no puedo, y
además no serviría de nada. —Se detuvo a mirar la retorcida boca de Roelstan,
que gritaba incoherencias. Las tres nornas estaban delante de él con los ojos
hacia arriba, como si observaran un ave interesante posada en una rama—. ¡Por
el Árbol sagrado! —blasfemó de nuevo, y dejó caer el espejo al suelo.
—¡Simón! —exclamó Miriamele,
horrorizada—. ¿Os habéis vuelto loco? ¡Recogedlo!
Simón levantó un pie y colocó el
talón sobre el espejo; era muy duro, pero lo enganchó de tal forma que quedó
apoyado sobre el árbol, y después lo pisó con fuerza. El marco no cedió, pero
la superficie cristalina se quebró con un leve crujido. Un olor a violetas los
envolvió brevemente. Simón volvió a pisarlo, y los fragmentos transparentes se
esparcieron.
—¡Os habéis vuelto loco! —dijo la
princesa con desesperación.
Simón cerró los ojos. «Perdóname,
Jiriki —pensó—, pero Morgenes me dijo que cuando uno no puede desprenderse de
un regalo, no es un regalo sino una trampa». Se agachó cuanto fue capaz, pero
la cuerda que lo ataba al tronco no le permitía alcanzar el espejo roto.
—¿Llegáis? —le preguntó a Miriamele.
Ella se quedó mirándolo y luego resbaló hacia abajo todo lo que pudo. El
objetivo también le quedaba a ella a varios palmos de distancia.
—No. ¿Por qué lo habéis hecho?
—No podíamos utilizarlo —repuso
Simón, impaciente—; al menos, no entero. —Alcanzó uno de los fragmentos más
grandes y lo acercó con el pie—. Ayudadme.
Con gran esfuerzo, logró situar el
dedo gordo bajo el cristal y trató de levantarlo para ponerlo al alcance de
Miriamele, pero el movimiento era dificultoso; el espejo resbaló y cayó al
suelo otra vez. Simón se mordió los labios y lo intentó de nuevo.
Tres veces se le cayó y tres veces
volvió a empezar. Por suerte, los Danzarines del Fuego y las tres nornas
continuaban absortos en los preparativos de su ritual. Cuando Simón echó una
ojeada furtiva hacia el centro del claro, Maefwaru y sus secuaces estaban
postrados de hinojos ante la peña. Roelstan ya no gritaba; emitía débiles
sonidos y daba cabezazos contra la roca, mientras Gullaighn permanecía inmóvil.
En esta ocasión, cuando la cortante
superficie del vidrio comenzó a resbalar de nuevo sobre su bota, Simón dio un
bandazo y logró atraparla contra la pernera de los calzones de Miriamele. Al
mismo tiempo, arrimó la pierna para evitar que se cayera y después bajó el pie
para no tambalearse.
—Y ahora ¿qué? —preguntó, como para
sí mismo.
Miriamele hacía fuerza contra él
mientras se ponía de puntillas poco a poco, haciendo resbalar el fragmento por
la pierna de Simón hacia arriba; el filo cortaba la recia tela con sorprendente
facilidad, y la pierna sangraba, pero Simón se mantenía tan quieto como podía,
sin permitir que el leve dolorcillo lo desalentara. El ingenio de Miriamele lo
tenía impresionado.
Cuando ya no pudo levantarse más, la
princesa recuperó la postura de modo que el cristal se apoyara sobre todo en
Simón; ahora le tocaba a él. El proceso era atrozmente lento y el fragmento
cortaba más que un vidrio normal. Cuando Simón ya casi lo alcanzaba con la
mano, los dos tenían las piernas ensangrentadas.
Estiró los dedos para cogerlo, pero
aún le faltaba un poco; en ese momento, notó que el vello de la nuca se le
ponía de punta. Al otro lado de la cima, las nornas habían empezado a cantar.
La melodía se elevaba como una
serpiente sobre sus anillos, y Simón empezó a caer en una especie de
ensoñación. Las voces, frías y aterradoras pero de una belleza extraordinaria
al mismo tiempo, evocaban el eco profundo de cavernas inconmensurables y el musical
goteo del hielo al derretirse. No comprendía las palabras pero la magia
atemporal de la canción era inconfundible; lo arrastraba consigo como una
corriente subterránea, cada vez más hondo hacia las tinieblas...
Sacudió la cabeza con vigor para
espantar el vértigo que lo embriagaba. Ninguno de los cautivos de la peña se
debatía ya. Debajo, las nornas se habían separado para formar una especie de
triángulo en torno a la roca.
Simón tiró de las cuerdas con todas
sus fuerzas y dejó escapar un gemido cuando el esparto se le hundió en las
muñecas; las ataduras le torturaban la carne como si fueran de metal líquido.
Miriamele vio las lágrimas que se le formaban en los ojos y arrimó la cabeza a
su hombro como si así pudiera mitigar el dolor. Simón se tensó resollando. Por
fin, sus dedos rozaron el frío borde; el leve contacto le cortó la piel, pero
la brillante línea de dolor era la señal de la victoria. Suspiró aliviado.
Las nornas terminaron de cantar.
Maefwaru se levantó y se acercó a la peña.
—Es la hora —gritó—. ¡Ahora el Amo
comprobará nuestra lealtad! ¡Es la hora de levantar la Tercera Morada!
Se volvió y dijo algo a las nornas en
voz tan baja que Simón no lo oyó, aunque tampoco prestaba atención, absorto
como estaba sujetando el fragmento de cristal entre los dedos e indiferente a
la pérdida de su propia sangre, siempre y cuando los dedos no quedaran
resbaladizos. Se giró hacia Miriamele y comenzó a buscar a tientas sus muñecas
atadas.
—No os mováis —le dijo.
Maefwaru enarbolaba un cuchillo largo
que centelleaba a la luz incierta de la hoguera como un objeto de pesadilla. Se
adelantó, subió a la peña y cogió a Roelstan por el pelo con tamaña violencia
que casi suelta los tobillos de la víctima de entre las manos de los Danzarines
que lo sujetaban. Roelstan levantó los brazos como para luchar, pero se movía
con una lentitud desesperante, como si estuviera ahogándose en un océano
profundo. Maefwaru le clavó el cuchillo en la garganta y retrocedió, aunque no
logró evitar el chorro de sangre que brotó y tiñó de oscuridad su rostro y su
blanca túnica.
Roelstan se sacudía. Fascinado y
mareado, Simón miró los chorros de sangre que corrían por la clara superficie
de la peña. Gullaighn, con la cabeza boca abajo, al lado de su marido, empezó a
dar alaridos. En el punto en que el rojo líquido se acumulaba al pie de la
roca, la neblina que flotaba sobre el suelo se tornaba carmesí, como si la
sangre misma se hubiera convertido en vapor.
—¡Simón! —Miriamele lo empujaba—.
¡Daos prisa!
El joven palpó hasta encontrarle los
dedos y los recorrió hasta los nudos que le apresaban las muñecas. Colocó el
fragmento de cristal contra la dura soga y empezó a serrar.
Seguían mirando la hoguera y la
piedra ensangrentada. Miriamele tenía los ojos muy abiertos y estaba pálida.
—¡Por favor, daos prisa!
Simón gruñó. Ya resultaba bastante
complicado sujetar el cristal con la mano, lacerada y sangrante, y las escenas
de la cima del cerro lo asustaban aún más que antes.
La niebla roja se extendía alrededor
hasta casi borrar los contornos de la peña. Los Danzarines del Fuego entonaban
un canto de voces quebradas y desagradables que repetían la dulce y ponzoñosa
canción de las nornas.
Se produjo un movimiento entre la
niebla, una nebulosa clara que Simón tomó al principio por la roca misma, que
cobraba vida por arte de magia. Pero, al momento, la masa adelantó unos pasos y
salió de la oscuridad rojiza sobre cuatro patas haciendo conmoverse la tierra
bajo su peso. Era un descomunal toro blanco, el más grande que hubiera visto
jamás, cuyas paletillas se levantaban por encima de la talla de un hombre. A
pesar de su solidez parecía translúcido, como esculpido en niebla; sus ojos
ardían igual que ascuas y sus cuernos marfileños semejaban acunar el
firmamento. Sobre su lomo, montado a guisa de caballero, se alzaba una figura
impresionante vestida de negro. El terror emanaba de ella, tal como el calor
emana del sol estival. Simón notó que los dedos, y después toda la mano, se le
quedaban insensibles, y no habría sabido decir si todavía conservaba el
precioso fragmento de espejo. Tan sólo era capaz de pensar en huir de aquella
pavorosa capucha negra y hueca, en tirar de las cuerdas con todo su peso hasta
hacerlas reventar o roerlas hasta librarse y huir...
El cantar de los Danzarines se tornó
confuso, rota la letanía ritual por gritos de reverencia y espanto. De pie ante
la congregación, Maefwaru agitaba sus fuertes brazos poseído de júbilo y
horror.
— Veng’a Sutekh! —gritaba
desaforado—. ¡Duque del Viento Negro! ¡Ha venido para levantar la Tercera
Morada del Amo!
La inmensa figura montada en el toro
lo miró; luego, la capucha se giró despacio observando toda la colina. Sus ojos
invisibles pasaron sobre Simón como un viento helado.
—¡Oh, Jesuris en el Ar... Árbol!
—gimió Miriamele—. ¿Qué..., qué es eso?
Paradójicamente, Simón sintió que su
enloquecimiento cedía por un instante, como si el miedo hubiera aumentado tanto
que ya no pudiera contenerlo. Jamás había visto a Miriamele tan atemorizada, y
su tono despavorido lo rescató del abismo. Recordó que todavía tenía el cristal
apretado entre los entumecidos dedos.
—Es algo..., algo malo —balbuceó—. Un
ministro del Rey de la Tormenta... —Encontró la muñeca de la princesa y volvió
a serrar otra vez—. ¡Oh, Miri, no os mováis!
—Lo... intento. —Tragaba el aire como
si fuera agua.
Las nornas hablaban con Maefwaru, el
único al parecer capaz de soportar la visión del toro y su jinete; los demás
Danzarines se arrastraban por el suelo, su canto convertido en un coro de
gemidos de éxtasis y de temor. Maefwaru se dio la vuelta y gesticuló hacia el
árbol donde estaban atados Simón y Miriamele.
—Vienen por..., por nosotros
—tartamudeó Simón; mientras hablaba, el cristal cortó las últimas hebras de las
cuerdas de Miriamele—. Cortad las mías, rápido.
La princesa se puso de lado para
taparse las manos con la capa y ocultar sus movimientos. Simón notaba los
enérgicos esfuerzos de vaivén sobre la gruesa soga. Las nornas se acercaban
lentamente por la colina.
—¡Oh, Aedón! ¡Ya llegan!
—Casi está —susurró Miriamele. Simón
notó que algo le hería la muñeca y entonces Miriamele soltó una maldición—. ¡Se
me ha caído!
Simón abatió la cabeza. No había nada
que hacer, al final. A su lado, Miriamele se colocaba las cuerdas
apresuradamente en las muñecas para fingir que seguía atada.
Las nornas llegaron con paso
majestuoso, el rostro inexpresivo y las ropas al viento, como si flotaran sobre
el suelo. Los negros ojos semejaban espacios vacíos entre las estrellas.
Convergieron en torno al árbol, y Simón notó que unos dedos fríos e inquebrantables
le agarraban el brazo. Una de las nornas rompió la cuerda que lo ataba, y ambos
prisioneros fueron conducidos a empellones hacia la peña, hacia la horrenda
forma surgida de la bruma roja.
El corazón se le aceleraba a cada
paso, a medida que se acercaban al toro y al jinete, hasta que Simón creyó que
le estallaría entre las paredes del pecho. Las nornas que lo sujetaban eran
repelentes y extrañas, hostiles e implacables, pero el miedo que inspiraban no
era nada comparado con el terror aplastante de la Mano Roja del Rey de la
Tormenta.
Las nornas arrojaron a Simón al
suelo. Las pezuñas del toro, grandes como barriles, estaban apenas a unos
codos. No quería mirar, sólo dejar la cara aplastada contra la vegetación
protectora, pero algo le hizo levantarla sin remedio y sus ojos toparon con una
especie de brillo flamígero en las profundidades de la negra caperuza.
—Hemos venido a levantar la Tercera
Morada —dijo el ser. La voz pétrea resonó por dentro y por fuera de Simón,
conmocionando el suelo y sus huesos—. ¿Qué es... esto?
—¡Tuve un sueño! —dijo Maefwaru en un
agudo alarido de miedo y emoción—. El Amo buscaba a éste, gran Veng'a Sutekh,
lo sé.
Algo invisible se apoderó de súbito
de la mente de Simón como las garras de un halcón apresarían a un conejo, le
revolvió los pensamientos y los arrojó con abandono brutal; el joven cayó de
bruces una vez más aullando de dolor y espanto. Oyó, como en sueños, que la
cosa hablaba de nuevo.
—Nos acordamos de este mosquito, pero
ya no es necesario. La Mano Roja tiene otras cosas en que ocuparse ahora... y
hace falta más sangre antes de prepararnos. Añadid la vida de éste a la de los
otros sobre la Roca de los Lamentos.
Simón rodó sobre la espalda y vio el
cielo encapotado, sin estrellas, como si el mundo diera vueltas a su alrededor.
«Ya no es necesario...» Las palabras
se arremolinaban en su cabeza. Alguien gritaba su nombre en alguna parte. «Ya
no es necesario...»
—¡Simón! ¡Levantaos!
Reconoció vagamente la voz de
Miriamele, estremecida de terror. Giró la cabeza; una silueta se acercaba a él,
un pálido destello en su borrosa visión. Por un horrible instante creyó que se
trataba del toro, pero se le aclaró la vista. Maefwaru avanzaba a grandes
zancadas con el largo cuchillo en alto, fulgurante a la luz de las llamas.
—La Mano Roja quiere tu sangre —le
dijo, con los ojos febriles—. Contribuirás a la construcción de la Tercera
Morada.
Simón se debatía por deshacerse de la
maraña de hierbas y ponerse de rodillas. Miriamele, que se había desprendido de
sus falsas ligaduras, se lanzó contra Maefwaru. Una norna la agarró del brazo y
la atrajo hacia su pecho, acercándosela tanto como lo haría un amante; pero,
para sorpresa de Simón, no hizo más que retenerla. Los negros ojos de la norna
estaban fijos en Maefwaru, que seguía avanzando hacia Simón sin malgastar un
instante de atención en la chica.
Todo pareció detenerse; hasta el
fuego aminoró su aleteo. La Mano Roja, las nornas, los intimidados seguidores
de Maefwaru: todo quedó paralizado, como a la espera. El fornido jefe de los
Danzarines del Fuego alzó más el cuchillo.
Simón tiraba con rabia de sus
ataduras, tensándose hasta que creyó que los músculos se desgajarían del hueso.
Miriamele había cortado una buena porción de soga. «Si al menos..., si al
menos...»
La cuerda saltó, y la mano salió
disparada hacia un lado; el cabo resbaló por el brazo hasta el suelo. Sangraba
por las muñecas y las manos, donde el cristal lo había arañado y el cáñamo le
había lacerado la carne.
—Ven aquí—jadeó, levantando las
manos—. Ven por mí.
Maefwaru lanzó una carcajada. Las
gotas de sudor le corrían por la calva y por la frente; los macizos músculos
del cuello se tensaron cuando sacó otro cuchillo de la túnica. Simón creyó que
iba a lanzárselo para que la pelea fuera justa, pero nada más lejos de las
intenciones de Maefwaru. Con un arma en cada mano, dio otro paso hacia él.
Tropezó, se recuperó y avanzó otro más.
Súbitamente, se llevó las manos a la
nuca con tanta rapidez que se hizo un rasguño con su propio cuchillo. Su júbilo
desmedido se convirtió en perplejidad, las rodillas se le doblaron y cayó al
suelo cuan largo era.
Antes de que Simón pudiera comprender
lo que sucedía, una silueta pasó a su lado, golpeó a la norna que sujetaba a
Miriamele y la derrumbó. La princesa cayó, libre ya.
—¡Simón! — gritó una voz—, ¡Coge ese
cuchillo!
Aturdido, el joven vio la larga hoja
que todavía brillaba en el puño de Maefwaru. Cayó sobre una rodilla —el aire
nocturno se llenó de pronto de ruidos extraños, aullidos, gritos y un canturreo
atronador— y lo soltó de entre los dedos inertes; luego se levantó.
Mientras sus dos compañeras corrían
en su ayuda, la norna que sujetaba a Miriamele rodaba por el suelo debatiéndose
contra una masa gris que se retorcía. La princesa se había apartado a rastras
y, cuando vio a Simón, se levantó y echó a correr hacia él, tropezando con
raíces y piedras tapadas por las hojas.
—¡Aquí, venid aquí! —gritó alguien
desde el lindero del claro—. ¡Por aquí!
Cuando Miriamele alcanzó a Simón, le
tomó la mano y echaron a correr hacia la voz. Dos Danzarines se abalanzaron
sobre ellos pero Simón rajó a uno con el cuchillo de Maefwaru y le abrió una
herida carmesí a través de la blanca túnica; Miriamele se zafó del otro y lo
arañó en la cara para deshacerse de él. El rugido de la cosa que montaba el
toro —Simón se dio cuenta de que hablaba, pero ya no lo entendía— tronó hasta
casi hacerle estallar la cabeza.
—¡Por aquí! —Una pequeña figura salió
de entre los árboles. El fuego lo bañaba en luz roja.
—¡Binabik!
—¡Corred! —gritaba—. ¡Más deprisa!
Simón no pudo sustraerse a la
tentación de echar un vistazo atrás. El colosal toro bramaba y pateaba el suelo
junto a la hoguera, levantando grandes terrones de tierra húmeda. El servidor
de Ineluki centelleaba, y la luminosidad roja se desbordaba por entre sus
negras ropas, pero no hacía el menor amago de perseguirlos, como si se negara a
abandonar el círculo de tierra empapado en sangre. Una norna yacía con la
garganta destrozada y roja; otra, desplomada junto a la primera, víctima de un
dardo del gnomo. La tercera luchaba contra aquella fiera desconocida que había
degollado a su compañera. Pero los Danzarines del Fuego comenzaban a recuperar
el sentido y, mientras Simón observaba, media docena de ellos se lanzaron en
persecución de los prisioneros en fuga. Una flecha pasó rozándole la oreja y se
perdió entre los árboles.
—Por aquí —indicó Binabik, que
saltaba colina abajo delante de ellos. Les hizo señas para que lo adelantaran,
se detuvo y se llevó las manos a la boca—. ¡Qantaqa!—gritó—. ¡Qantaqa, sosa!
A medida que se internaban en el
boscaje de la ladera, el estrépito de voces confusas se difuminaba a sus
espaldas. Antes de haber dado los primeros veinte pasos, dos siluetas asomaron
ante ellos en la neblina: dos caballos.
—Están atados con nudos flojos —les
advirtió el gnomo—. ¡Montad y partid!
—Ven, Binabik, sube conmigo —dijo
Simón, sin aliento.
—No hace falta —replicó. Simón vio
entonces una gran sombra gris que se destacó entre la bruma justo por encima de
Binabik—¡Valiente Qantaqa! —Binabik se agarró al correaje de la loba y subió a
su lomo.
El ajetreo de la persecución iba en
aumento otra vez. Simón trajinaba con las riendas, hasta que consiguió
soltarlas. A su lado, Miriamele se alzó
hasta el arzón de la silla. Simón montó en su caballo. ¡Era Hogareña!. Después
de las cosas demenciales que habían ocurrido, estaba tan asombrado de encontrar
a su yegua que se le quedó la mente en blanco. Qantaqa los sobrepasó de un
salto con Binabik en el lomo, y empezó a descender rápidamente por la ladera.
Simón se abrazó al cuello de Hogareña y le clavó los calones, en pos de la cola
que se agitaba entre las ramas espinosas hacia oscuridades más profundas.
La noche se transformó en una especie
de sueño en vigilia, en un borrón de árboles retorcidos y barro húmedo. Cuando
Binabik se detuvo por fin, Simón no habría sabido decir cuánto tiempo habían
cabalgado. Todavía estaban en la loma, pero entre la espesura, desde donde no
se veía ni el cielo encapotado. La oscuridad resultaba tan impenetrable que
hacía un rato que avanzaban al paso, esforzándose por no perder el bulto gris
de Qantaqa, que continuaba a tan sólo unos codos de ellos.
—Aquí —indicó Binabik—, aquí está el
refugio. —Simón desmontó y siguió el sonido de la voz llevando a Hogareña por
las riendas—. Agachad la cabeza —añadió el gnomo. Tras sus palabras se oía un
eco. El suelo húmedo y esponjoso dio paso a otro más seco y compacto; olía a
moho—. Ahora, deteneos donde estáis.
Binabik calló pero se empezaron a oír
unos ruidos como si arrastrara ramas. Simón escuchaba su propia respiración,
irregular y dificultosa; el corazón todavía le martilleaba y tenía la piel
empapada de sudor frío. ¿Sería verdad que estaban a salvo? ¡Y Binabik! ¿De
dónde habría salido? ¿Cómo habría aparecido de aquella forma tan insospechada,
y tan afortunada?
Un silbido se dejó oír, seguido por
una chispa en el aire. Después, una llama resplandeció en el extremo de una
antorcha sujetada por la pequeña mano del gnomo, a cuya luz vieron una caverna
profunda y baja que se perdía de vista detrás de una roca.
—Tenemos que adentrarnos más —les
dijo—, pero no podríamos seguir sin una luz.
—¿Dónde estamos? —preguntó Miriamele.
A Simón se le encogió el corazón al
verle las piernas ensangrentadas y el pálido rostro atemorizado.
—Es sólo una cueva —repuso Binabik
con una sonrisa cálida que dejó al descubierto sus amarillos dientes—. Los
gnomos siempre encontramos cuevas. —Se volvió y les hizo seña de que lo
siguieran—. Enseguida descansaréis.
Los caballos se resistían al
principio pero, tras dedicar unos momentos a calmarlos, se dejaron conducir al
interior. La caverna estaba sembrada de hojas y ramas secas; de vez en cuando
algunos huesos de animales pequeños asomaban, mondos y lirondos, entre la
hojarasca. Al cabo de unos cientos de pasos llegaron al final, donde se abría
una gruta más alta y mucho más espaciosa que el túnel de entrada. En un
extremo, una cortina de agua caía sobre una losa plana y formaba una pequeña
laguna. Simón ató el corcel de Miriamele y a Hogareña a una piedra cercana.
—Aquí pasaremos la noche —anunció
Binabik—. La leña que dejé preparada está seca y no hará mucho humo al arder.
—Señaló hacia una alta chimenea en el techo—. Anoche hice aquí una hoguera. El
humo sube por ahí, y así se puede respirar.
—¿Y las nornas y los demás? —preguntó
Simón, dejándose caer al suelo con un crujir de ramas y hojas. En ese momento
no lo preocupaba mucho el enemigo. Si lo querían, que fueran a buscarlo. Le
dolía hasta la parte más diminuta del cuerpo.
—Dudo que den con este lugar, y dudo
más todavía que prolonguen la persecución. —El gnomo empezó a apilar leña sobre
las cenizas del círculo de piedras que había colocado la noche anterior—. Las
nornas tenían algo importante entre manos, y al parecer sólo necesitaban
vuestra sangre. Creo que con los mortales que quedaban allí habría suficiente
para completar la tarea.
—¿Qué pretendían, Binabik? —Miriamele
tenía los ojos febriles—, ¿Qué decían sobre la Tercera Morada? ¿Y qué era
aquella..., aquella cosa?
—Aquel monstruo espantoso era una
Mano Roja —contestó Binabik, sin darle importancia, pero la expresión
preocupada de su rostro delataba lo contrario—. Mis ojos nunca habían visto
nada igual, aunque Simón me había contado algunas historias. —Sacudió la cabeza
y cogió el pedernal para prender la leña—. No sé qué propósito tenía, aunque me
pareció que se trataba de cumplir una orden del Rey de la Tormenta. Tengo que
pensar en ello un poco más. —Cuando el fuego comenzó a arder, cogió su fardo y
se puso a revolver en él—. Bien, ahora voy a limpiaros esos cortes y
magulladuras, a los dos.
Simón se quedó sentado en silencio
mientras el gnomo frotaba suavemente las múltiples heridas de Miriamele con un
trapo mojado y ponía en cada una un poco de una sustancia que extraía de un
frasco. Cuando le llegó el turno, sintió que se le caían los párpados y
bostezó.
—Pero ¿cómo llegaste tú aquí,
Binabik? —Se estremeció cuando el hombrecillo tocó un punto doloroso—. ¿Qué...,
qué...?
—Enseguida habrá tiempo para todas
las historias —rió el gnomo—, pero primero hay que comer y descansar. —Miró a
los dos con actitud crítica—. ¿O primero dormir y luego comer, tal vez? —Se
levantó y se sacudió las manos en los holgados calzones—. Tengo una cosa que te
alegrarás de ver. —Señaló hacia un objeto que había en el suelo, en la sombra,
cerca de Hogareña y del caballo de Miriamele, que bebían del estanque.
—¿Qué? —Se quedó mirando—. ¡Nuestras
alforjas!
—Sí, y con las esteras de dormir
intactas. Fue una suerte para mí que los Danzarines del Fuego no las quitaran
de su sitio. Las dejé aquí cuando os seguí colina arriba; era arriesgado pero
no sabía si habría en ellas algo que fuera importante no perder. —Rió—. Y
tampoco quería hacer cabalgar a los caballos cargados en la oscuridad.
Simón ya había soltado la estera y
repasaba el contenido de las alforjas.
—¡La espada! —exclamó encantado. De
pronto, le cambió la expresión—. Tuve que romper el espejo de Jiriki, Binabik.
—Eso lo vi, pero no habría podido
ayudaros a escapar si no hubierais tenido las manos libres. Un sacrificio
triste pero necesario, amigo Simón.
—Y la Flecha Blanca —musitó—. Se me
olvidó en Sesuad'ra. —Lanzó a Miriamele su estera de dormir y buscó un sitio
relativamente blando para estirar la suya—. No he cuidado mis regalos con mucho
celo...
—Te preocupas demasiado. —Binabik
sonrió con un gesto breve—. Ahora dormid un poco. Os despertaré más tarde con
algo caliente de comer. —Siguió alimentando el fuego; la luz de la antorcha
jugueteaba en su redonda cara.
Simón miró a Miriamele, que ya se
había acurrucado y había cerrado los ojos. No parecía tener heridas de
gravedad, aunque estaba tan exhausta como él. Así que al final se habían
salvado, aun en contra de todo; él no había faltado a la palabra empeñada.
—¡Los caballos! —exclamó, sentándose
de repente—. ¡Tengo que quitarles los arreos!
—Ya lo haré yo —lo tranquilizó
Binabik—. Ahora te toca descansar.
Simón volvió a acostarse y contempló
las sombras cambiantes en el techo de la gruta. A los pocos momentos se quedó
dormido.
X
UNA HERIDA EN EL MUNDO
S
imón despertó con el delicado
tamborileo de la cascada. Había soñado que estaba atrapado en un círculo de
fuego cada vez más estrecho. Desde alguna parte, fuera del implacable redondel,
Raquel el Dragón lo llamaba para que terminara sus quehaceres. Cuando intentó
decirle que estaba prisionero, el humo y las cenizas le llenaron la boca.
El sonido del agua resultaba
delicioso, como los coros matutinos de la capilla de Hayholt. Cruzó la caverna
arrastrándose por el crujiente suelo, metió las manos en el estanque y se miró
las palmas, incapaz de distinguir, a la luz de las tenues llamas, si podía
beber de allí. Olisqueó el líquido y lo rozó levemente con la lengua; estaba
frío y dulce. Moriría bebiendo, si es que era ponzoñoso.
«Cabezahueca. ¡Los caballos han
bebido, y Binabik nos lavó las heridas con esa misma agua!»
Por otra parte, hasta un
envenenamiento sería preferible al destino al que habían estado a punto de ser
condenados... ¿la noche anterior?
Las heridas de las muñecas y de las
manos escocían al contacto con la humedad, y tenía todos los músculos doloridos
y las articulaciones embotadas e inflamadas. Pese a ello, no se encontraba tan
mal como cabía esperar. Tal vez había dormido más de lo que pensaba; era
imposible calcular la hora que sería. Echó una ojeada a la gruta en busca de
orientación. ¿Cuánto tiempo habría dormido? Los caballos seguían tranquilos
donde los había dejado y Miriamele
descansaba todavía en el otro lado de la hoguera, con su dorado pelo
asomando por encima de la capa.
—¡Ah, amigo Simón!
Se dio media vuelta. Binabik llegaba
a paso rápido por el túnel hacia la sala central, con algo en el cuenco de las
manos.
—Saludos —respondió—, y buenos días,
si es que es por la mañana.
—Ciertamente, es por la mañana,
aunque enseguida llegará el mediodía. Acabo de salir al frío y la neblina del
bosque en busca de un venado muy escurridizo. —Le enseñó las manos—. Setas. —Se
acercó a la hoguera y dejó los tesoros sobre una piedra plana; después,
procedió a escogerlos—. Colmenilla gris, aquí; ésta es «hocico de conejo», que
sabe mucho mejor que el hocico de un conejo, creo, y es mucho menos engorrosa
de preparar. —Soltó una risita—. Voy a cocinarlas, y desayunaremos con todo
lujo.
—¡Cuánto me alegro de verte, Binabik!
—dijo Simón con una sonrisa—. Aunque no fuera en estas tristes circunstancias,
me alegraría igualmente.
—Vosotros contribuisteis en gran
parte a conseguir la libertad, Simón —repuso el gnomo con una ceja enarcada—.
Por fortuna, porque me da la impresión de que te metes en líos extraños
constantemente. En una ocasión me dijiste que tus padres eran gente sencilla,
pero creo que al menos uno de ellos no era una persona normal en absoluto, sino
una mariposa nocturna. —Sonrió con ironía y señaló hacia el fuego—. Siempre vas
de cabeza hacia la llama más cercana.
—Sí, eso parece. —Se sentó en una
piedra que sobresalía y se removió hasta dar con la postura menos dolorosa—.
Bien, ahora ¿qué hacemos? ¿Cómo nos encontraste?
—En cuanto a lo primero —frunció el
entrecejo, concentrado en la tarea de cortar las setas con el cuchillo—,
sugiero que comamos. Me pareció mejor dejaros dormir que despertaros, y seguro
que ahora tenéis mucha hambre.
—Mucha hambre —asintió Simón.
—En cuanto a la otra pregunta, creo
que es mejor esperar a que Miriamele se despierte. Por mucho que me guste
hablar, no me gusta contar la misma historia dos veces.
—Si queríais que me despertara
—protestó la princesa, enfadada, desde la estera—, lo habéis conseguido con las
voces que dais.
—Entonces os he hecho un favor
—replicó Binabik, imperturbable—, porque enseguida estará listo el desayuno.
Aquí tenéis agua limpia para lavaros y, si deseáis salir, he echado un vistazo
a los alrededores y no parece que haya nadie merodeando.
—¡Ay! —se quejó Miriamele—. Me duele
todo. —Salió de la estera, se envolvió en la capa y fue arrastrando los pies
hasta la salida.
—No está de buen humor por las
mañanas —aclaró Simón, con cierta satisfacción—, supongo que porque no está
acostumbrada a madrugar.
Tampoco él había sido nunca
aficionado a levantarse temprano, pero a los ayudantes no se les permitía
opinar sobre los horarios de trabajo, y Raquel siempre le había recalcado que
la pereza era el mayor de los pecados.
—Nadie estaría de buen humor después
de lo que pasasteis anoche —contestó Binabik, ceñudo. Echó las setas troceadas
en un cuenco con agua, añadió una sustancia en polvo que sacó de un paquete y
colocó el recipiente junto a las brasas—. Me sorprende que con todo lo que has
visto en este último año no te hayas vuelto loco, Simón, o al menos cohibido y
temeroso.
—Sí que me asusto a veces —reconoció
el ¡oven, tras pensarlo un momento—. De pronto hay cosas tan grandes como el
Rey de la Tormenta y la guerra con el rey Elías... Pero no puedo hacer más que
responder a lo que tengo delante. —Se encogió de hombros—. Nunca entenderé todo
esto, y sólo se muere una vez.
—Has hablado con Camaris, mi
caballeroso amigo —comentó el gnomo con una expresión perspicaz—. Esas palabras
parecen calcadas de su Código de Caballería, aunque poseen la auténtica
humildad de Simón. —Echó un vistazo al cuenco y revolvió el contenido con un
palo—. Un par de ingredientes más y lo dejo que cueza sólo un rato. —Añadió
unas tiras de carne curada y una cebolla troceada, bastante pequeña y deforme,
y revolvió otro poco la mezcla. Terminado esto, cogió la bolsa de cuero y hurgó
en el interior con gran concentración—. Tengo aquí una cosa que creo que te va
a interesar bastante... —dijo como ausente. Al cabo de unos momentos, sacó un
paquete grande envuelto en hojas—. ¡Ah, aquí está!
Simón lo cogió sabiendo lo que era
sin haberlo desenvuelto aún.
—¡La Flecha Blanca! —suspiró—. ¡Oh,
Binabik, muchas gracias! Estaba seguro de que la había perdido.
—Y la perdiste —contestó el gnomo con
sequedad—; pero, como venía a hacerte una visita, me pareció oportuno traerla
conmigo.
—¡Mirad, Miri, la Flecha Blanca!
—exclamó Simón, con el trofeo en alto, al ver entrar a la princesa, que se
acercó a las alforjas a buscar algo. La siguió con la vista. ¿Y ahora qué había
hecho él para que estuviera enfadada? ¡Era más variable que el viento! Y,
además, ¿no era él quien tenía que estar enfadado? Soltó un bufido y se dirigió
a Binabik—. ¿Vas a contarnos cómo nos encontraste?
—¡Paciencia! —repuso éste, agitando
su achaparrada mano—. Comamos primero en paz. La princesa Miriamele ni siquiera
está aquí con nosotros todavía. Además tengo otras noticias y algunas no son
buenas. —Se agachó sobre el morral y sacó un paquete más, una bolsita atada con
cuerda. La abrió, y las tabas cayeron al suelo plano—. Mientras esperamos, voy
a ver qué tienen que decirme los huesos. —Entrechocaban con un ruido leve y
cálido mientras las mezclaba entre las manos; después las dejó sobre la piedra
y aguzó la vista.
—E1 Camino de las Sombras —dijo con
gesto amargo—. No es la primera vez que lo veo. —Volvió a agitarlas—. La Grieta
Negra. —Sacudió la cabeza—. También vuelve a salir. —Las mezcló por última vez
y las dejó caer—. ¡Piedras de Chukku! —exclamó con intranquilidad.
—¿Piedras de Chukku es una mala
tirada? —preguntó Simón.
—No, es una maldición, como decís
vosotros —le explicó—, y lo he dicho porque nunca había visto esta forma. —Se
acercó más al montón de piezas amarillentas—. Se parece un poco al Pájaro sin
Alas, pero no lo es. —Levantó una taba que se apoyaba levemente en otras dos y
respiró hondo—. ¿Será el Baile de las Montañas? —Miró a Simón con ojos
brillantes; al joven no le gustó su expresión—. Nunca lo había visto, ni sé de
nadie a quien le haya salido alguna vez. Aunque me parece que en una ocasión me
hablaron de esta figura, cuando mi maestro Ookekuq conversaba con una anciana
del monte Chugik.
—¿Qué quiere decir?
—Cambios, cosas que cambian, cosas
grandes —suspiró—, si es que de verdad es el Baile de las Montañas. Si tuviera
aquí mis pergaminos podría cerciorarme, quizá. —Recogió las tabas y las guardó
en su bolsita; parecía bastante asustado—. Es una tirada que ha salido muy
pocas veces desde que los Hombres Cantores de Yiqanuc escribieron su vida y su
saber en pieles.
—¿Y qué paso?
—Espera un poco antes de seguir
hablando, Simón —le pidió mientras guardaba el saquito—. Tengo que pensarlo.
Simón nunca se había tomado muy en
serio los oráculos de los huesos del gnomo; le parecían tan generales e
inútiles como los de las echadoras de la buenaventura de las ferias, pero la
inquietud de Binabik sí lo conmovía.
Antes de que pudiera sonsacar más
información a su amigo, Miriamele se acercó al fuego y se sentó.
—No pienso volver —anunció sin
preámbulos.
Tanto Binabik como Simón se quedaron
sorprendidos.
—No comprendo lo que queréis decir,
princesa Miriamele.
—Sí, sí que lo entendéis. Mi tío os
ha enviado para hacerme volver. Pues no pienso hacerlo.
Tenía una expresión tan dura y
determinada como Simón no le había visto jamás. Entonces comprendió lo que la
preocupaba, y se enfadó bastante. ¿Por qué tenía que ser siempre tan tozuda y
tener tan mal genio? Casi parecía divertirse aplastando a los demás con sus
comentarios.
—No podría obligaros a hacer algo que
vos no deseéis, Miriamele, y jamás lo intentaría. —Binabik la miraba con sus
castaños ojos rebosantes de inquietud por ella—. Pero sí, es cierto que tanto
vuestro tío como otros muchos se preocupan por vos, por vuestra vida y por lo
que pretendéis hacer. Os pido que volváis conmigo, pero no puedo obligaros.
—Lo siento, Binabik —replicó, más
tranquila pero con la mandíbula asentada todavía en un gesto voluntarioso—.
Lamento que hayáis hecho un viaje tan largo para nada, pero no pienso volver.
Tengo una misión que cumplir.
—Quiere decirle a su padre que todo
este asunto de la guerra es un error—aclaró Simón, resentido.
—No es ése el motivo, Simón. —Lo miró
despectiva—. Os expliqué por qué. —Titubeante, contó a Binabik sus ideas sobre
las circunstancias que podrían haber conducido a Elías a manos del Rey de la
Tormenta.
—Creo que habéis descubierto su
error, sí—opinó el gnomo, concluido el relato de Miriamele—Se aproxima mucho a
mis propias suposiciones, pero no significa que tengáis posibilidades de éxito.
—Frunció el entrecejo—. Si vuestro padre se ha acercado al poderoso Rey de la
Tormenta, engañado por Pryrates o por cualquier otra cosa, puede haberse
convertido en un hombre como los que beben mucho kangkang, que, por más que se
les repita que su familia se muere de hambre y que sus ovejas andan solas, no
escuchan. —Puso una mano sobre el hombro de Miriamele. Ella se sobresaltó, pero
no se apartó—. Además, y me duele el corazón al decirlo, tal vez sea posible
que vuestro padre el rey no pueda ya sobrevivir sin el Rey de la Tormenta. La
espada Dolor es un objeto de gran poder, muy fuerte. Tal vez, si se la quitaran
caería poco a poco en la locura.
—No quiero arrebatarle la espada,
Binabik —puntualizó Miriamele, con los ojos al borde de las lágrimas pero la
expresión firme—. Sólo quiero recordarle cuan lejos ha llevado las cosas. Mi
padre, mi padre auténtico jamás habría deseado provocar tanto mal por amor a mi
madre. Todo lo que ha sucedido a partir de entonces se debe al trabajo de
otros.
—Si acaso estáis en lo cierto con
respecto a los motivos de su locura —prosiguió Binabik, levantando la mano con
aire de resignación—, a los de esta guerra y a los de su pacto con el Rey de la
Tormenta, y si se digna escucharos... A pesar de todo insisto en que no puedo
impediros que sigáis adelante. Lo único que me cabe hacer es acompañaros para
protegeros.
—¿Vas a venir con nosotros? —preguntó
Simón. Se alegraba mucho y sentía una especie de alivio al saber que
compartiría con otra persona lo que se le antojaba una carga pesada.
—A menos que tú decidas regresar
conmigo junto a Josua, Simón —asintió el gnomo, cuya sonrisa había desaparecido
hacía rato ya—, porque entonces yo volvería contigo.
—Tengo que quedarme junto a Miriamele
—declaró el joven con firmeza—. He dado mi palabra de caballero.
—Aunque yo no se la pedí —añadió la
princesa.
Por un instante, la rabia y el dolor
se apoderaron de Simón, pero el espíritu del Código de Caballería lo ayudó a
dominarse.
—Aunque no me lo pedisteis —repitió,
mirándola ceñudo; a pesar de las cosas terribles que habían pasado juntos,
parecía decidida a hacerle daño—, sigue siendo mi deber. Además —añadió,
dirigiéndose a Binabik—, si Miriamele va a Hayholt, yo voy a Swertclif, donde
está Clavo Brillante, porque Josua la necesita. Pero no se me ocurre ninguna
forma de entrar en el castillo a buscar a Dolor— remató, reflexivo.
—Así pues —resumió Binabik,
sentándose con un suspiro de cansancio—, Miriamele va a Hayholt a suplicar a su
padre que detenga la guerra, y tú vas a rescatar una de las Grandes Espadas, tú
solo con toda tu caballerosidad. —Se inclinó de pronto hacia adelante y
revolvió el humeante cuenco con el palo—. ¿Os dais cuenta de lo infantil que
suena lo que decís? Pensaba que, después de haber pasado por tantos peligros y
haber estado a punto de morir, ambos habríais ganado sabiduría y comprenderíais
que ciertas responsabilidades no os atañen a vosotros dos solos.
—Soy un caballero, Binabik; he dejado
de ser un niño.
—Lo cual sólo significa que el daño
que puedes causar es aún mayor —replicó el gnomo, aunque en tono casi
conciliador, seguro de que tenía la discusión perdida de antemano—. Vamos,
empecemos a comer. Sea como fuere, el reencuentro es una ocasión de alegría,
aunque corran tiempos de desgracia.
—Sí —asintió Simón, aliviado por
dejar el tema de lado—, comamos. Todavía no nos has contado cómo nos
encontraste.
—Eso —dijo Binabik, dando otra vuelta
al guiso—, y algunas otras noticias, cuando hayáis acabado de comer. —Y no
añadió nada más.
Mitigado el apremio del hambre
después de unos primeros bocados voraces y sonoros, Binabik se chupó los dedos
y tomó aire.
—Ahora que al menos vuestros
estómagos están llenos y que nos encontramos a salvo, tengo que comunicaros
noticias graves.
Ante la aterrada mirada de Simón y
Miriamele, el gnomo describió el ataque de las nornas al campamento y sus
secuelas.
—¿Geloë muerta? —Simón se sentía como
si la tierra desapareciera grano a grano bajo sus pies; pronto no habría sitio
donde pisar—. ¡Malditas sean! ¡Son demonios! ¡Tendría que haber estado allí!
¡Un caballero del príncipe...!
—Sí, seguramente los dos tendríais
que haber estado allí —comentó Binabik con suavidad— o, al menos, no haberos
escapado. De todas formas, no habríais podido hacer nada, Simón. Todo sucedió
con rapidez y sigilo, y tenían un objetivo único que cumplir.
Simón sacudió la cabeza, furioso
consigo mismo.
—Y Leleth —añadió Miriamele secándose
las lágrimas—. Esa pobre niña... no ha conocido nada más que sufrimiento.
Se sumieron en un triste silencio,
que Binabik rompió al cabo de unos momentos.
—Permitidme ahora que os hable de
algo menos triste: la forma en que os encontré, aunque en realidad no hay mucho
que contar. Casi todo el rastreo es mérito de Qantaqa; tiene un olfato muy
fino. Yo sólo temía que os alejarais mucho, pues los caballos van más deprisa
que los lobos en grandes distancias y el olor desaparece al cabo de un tiempo;
pero la suerte nos acompañó.
»Os seguimos hasta el lindero del
bosque de Aldheorte, donde todo comenzó a ser confuso. De verdad creí que os
perderíamos allí porque avanzábamos muy despacio y además llovía. Pero la
inteligente Qantaqa siempre recuperaba la pista.
—Entonces ¿eras tú? —preguntó Simón
de pronto—. ¿Eras tú el que merodeaba por nuestro campamento en el bosque?
—No lo creo —contestó el gnomo,
perplejo—. ¿Cuándo sucedió?
Simón describió al misterioso
entrometido que se les había acercado y que después había desaparecido en la
oscuridad.
—No era yo. Yo no hablaría solo,
aunque tal vez habría dicho algo a Qantaqa. Pero os lo prometo —se levantó
orgulloso—: los qanuc no hacemos tanto ruido, y menos aún en el bosque y por la
noche. Nosotros los qanuc, como somos pequeños, ponemos gran cuidado en no
servir de comida a ningún ser más grande. —Hizo una pausa—. Y el momento no
coincide tampoco; debíamos de estar a uno o dos días de vosotros, por lo menos.
No; se trataría de una de las cosas que decíais, un bandido o un solitario.
No obstante, siguió pensándolo un
momento antes de proseguir con su relato.
—Qantaqa y yo os seguimos a pesar de
todo, pero no podíamos hacerlo abiertamente. Yo no quería entrar en una ciudad
grande como Stanshire, así que me limité a esperar a que salierais pronto de
esos sitios. Vagábamos por los alrededores buscando vuestras huellas. Muchas
veces tenía la impresión de que era una prueba demasiado difícil para la nariz
de Qantaqa, pero siempre volvía a localizaros. —Se rascó la cabeza meditando—.
Supongo que, si no hubierais aparecido, habría acabado por entrar a buscaros.
Me alegro de que no fuera así porque tendría que haber dejado a mi loba en las
tierras salvajes y yo me habría convertido en un blanco fácil para los
Danzarines del Fuego o para las gentes asustadas que nunca han visto un gnomo.
—Sonrió guasón—. Los de Stanshire aún no han visto ninguno.
—¿Cuándo nos encontraste?
—Si lo piensas un momento, Simón, lo
adivinarás con facilidad. No tenía motivos para esconderme de vosotros, así es
que os habría saludado nada más veros... a menos que no pudiera por alguna
circunstancia.
—¿Porque estábamos con gente a la que
no conocías? —aventuró Simón, después de reflexionar.
—Exacto —asintió satisfecho—. Una
pareja de jóvenes puede viajar por Erkynlandia y hablar con desconocidos sin
preocuparse mucho, pero un gnomo no.
—Entonces tiene que haber sido cuando
estábamos con aquellos dos, los Danzarines del Fuego. Encontramos a más gente,
pero acabábamos quedándonos solos otra vez.
—Sí. Os encontré aquí, en el valle de
Hasu. La noche anterior acampé en esta misma cueva. Os seguí hacia la colina
cuando ibais con la pareja. Qantaqa y yo lo vimos todo desde los árboles; vimos
a los Danzarines del Fuego. —Frunció el entrecejo—. Ahora son muy numerosos y
no tienen miedo, según me he enterado espiando a otros viajeros y escuchando
sus conversaciones. Así que, cuando os llevaban a la cima del cerro, cogí
vuestros caballos y os seguí. —Sonrió con malicia, orgulloso de su propia
habilidad.
—Gracias, Binabik—dijo Miriamele. Ya
no tenía una actitud tan seca como antes—. Todavía no os las había dado.
—Todos hacemos lo que podemos cuando
se presenta la ocasión —repuso el gnomo con una sonrisa—. Como le dije a Simón
un día, nosotros tres nos hemos salvado la vida unos a otros tantas veces que
ya no es importante darse las gracias. —Cogió un puñado de musgo y empezó a
limpiar su escudilla. Qantaqa entró sigilosa en la caverna; tenía el pelo
mojado y, al sacudirse, regó todo de una fina lluvia de gotas.
—¡Ah! —Binabik dejó la escudilla en
el suelo junto a la loba—. Tú te encargas de esto. —Mientras Qantaqa lamía las
últimas escurriduras del cuenco, el gnomo se puso en pie—. Bien, pues eso es
todo. Ahora, si tenemos cuidado, creo que podríamos marcharnos de aquí hoy. Nos
mantendremos alejados del camino hasta que dejemos bien atrás el valle de Hasu.
—¿Y los Danzarinas del Fuego no van a
encontrarnos?
—Después de lo que sucedió anoche, no
creo que queden muchos ni que tengan ganas de emprender más aventura que
esconderse. Creo que el servidor del Rey de la Tormenta les inspiró tanto miedo
como a vosotros. —Se agachó y empezó a recoger—. Y, además, su jefe está
muerto.
—Gracias a uno de tus dardos de punta
negra —añadió Simón, al recordar la expresión perpleja de Maefwaru cuando se
agarró la garganta.
—Sí.
—No lo lamento. —Simón fue a enrollar
su estera de dormir—. No lo lamento ni un poco. Así pues, de verdad vienes con
nosotros.
—No es que crea que lo que hacéis sea
beneficioso ni acertado —respondió, llevándose la mano al pecho—, pero no voy a
dejaros solos mientras crea que puedo ayudaros a sobrevivir. —Frunció el
entrecejo, pensativo—. Me gustaría disponer de un medio para enviar un mensaje
a los demás.
Simón se acordó de los gnomos del
campamento de Josua, sobre todo de Sisqi, el amor que Binabik tenía que haber
abandonado para ir a buscarlos. El sacrificio del hombrecillo se le reveló de
pronto en toda su magnitud y se sintió avergonzado. Le sobraba razón: su
comportamiento era propio de niños caprichosos. Sin embargo, una sola mirada a
la princesa lo convenció de que sería tan fácil obligarla a abandonar como
convencer a las olas de que no batieran contra la playa, y tampoco podía
imaginarse dejarla sola ante su destino. Estaba atrapado, como Binabik. Suspiró
y levantó la estera del suelo.
O bien el gnomo era un guía experto o
bien los Danzarines del Fuego habían desistido de perseguirlos. No vieron un
solo ser vivo durante toda la tarde, mientras cruzaban las húmedas colinas de
densa vegetación del valle de Hasu, a excepción de algunos arrendajos y una
solitaria ardilla negra. La espesura de los árboles y de los arbustos era
extraordinaria, y los troncos estaban cubiertos de esponjoso musgo; pero, no
obstante, la tierra parecía inactiva, como si toda la vida forestal durmiera o
aguardara en silencio a que pasaran los intrusos.
Una hora después del ocaso montaron
el campamento bajo el saliente de una roca, aunque el lugar no resultaba tan
agradable como la gruta, seca y escondida. Cuando empezó a llover y el agua
caía en torrentes por la ladera, tuvieron que arrimarse lo más posible al fondo
del refugio. Los caballos, tan insatisfechos como ellos, soportaban el embite
de las ráfagas intermitentes atados en la parte más exterior. Simón se consoló
pensando que, puesto que los animales solían quedarse en los campos aunque
hiciera mal tiempo, no sufrirían demasiado; pero en el fondo se sentía
culpable. Seguro que Hogareña, la compañera de un caballero, merecía un trato
mejor.
Después de una rápida correría,
Qantaqa regresó y se acurrucó con los tres humanos, colocados en hilera, y
compensó con su calor el fuerte olor a lobo mojado con que llenó el hueco. Por
fin se quedaron dormidos. Despertaron al alba, tiesos y magullados. Binabik no
quiso encender fuego en un lugar tan expuesto, de modo que, antes de ponerse en
marcha, comieron un poco de carne curada y unas bayas que él mismo recogió.
La jornada se presentó difícil. Las
laderas y los valles estaban resbaladizos por el barro y el musgo empapado, la
lluvia les lanzaba violentas oleadas repentinas de agua y ramas y, cuando el
chaparrón cesó, la niebla hizo acto de presencia otra vez camuflando los
traidores hoyos del camino. Avanzaban muy lentamente, aunque Simón estaba
asombrado por la facilidad de su amigo para encontrar sendas a pesar de la
debilidad de la luz solar y tan lejos de la carretera.
Por la tarde, Binabik los llevó por
la colina hasta dejar atrás las últimas casas de la ciudad de Hasu. Apenas se
distinguía entre los espesos árboles nada más que la silueta de algunas
construcciones rústicas y el curso sinuoso del camino —cuando el viento levantó
la niebla un momento— como una pincelada oscura a varios estadios de distancia.
Pero la ciudad parecía tan muda y sin vida como el bosque: nada sino bruma gris
se elevaba de los respiraderos de las cabañas, y no se veía rastro de
habitantes ni de animales.
—¿Dónde se esconde la gente?
—preguntó Miriamele—. Yo he estado ahí, y era una ciudad llena de vida.
—Esos Danzarines del Fuego —replicó
Simón— han espantado a todo el mundo.
—O los monstruos con los que celebran
sus ritos nocturnos en las cimas de los cerros —apuntó Binabik—. Creo que no es
necesario ver esas cosas tan de cerca como vosotros para saber que aquí pasa
algo malo. Se nota en el aire.
Simón asintió con un gesto, Binabik
tenía razón; aquella zona tenía mucho en común con Thisterborg, la colina
encantada entre el bosque y Erchester, el sitio donde se encontraban las
Piedras de la Ira..., donde las nornas
habían entregado a Dolor a1 rey Elías...
No le gustaba pensar en aquella noche
horrenda, pero, sin saber por qué, el recuerdo le pareció importante de súbito.
Algo le cosquilleaba la mente, pensamientos fragmentados que querían unirse.
Las nornas, la Mano Roja, Thisterborg...
—¿Qué es eso? —exclamó Miriamele
alarmada. Simón dio un brinco que sobresaltó a Hogareña y la hizo resbalar un
poco en el barro antes de recuperar el equilibrio.
Una oscura silueta apareció ante
ellos en medio de la niebla gesticulando enloquecida. Binabik se inclinó hacia
adelante sobre el cuello de Qantaqa y aguzó la vista. Tras unos momentos de
expectación, sonrió.
—No es nada; un trapo movido por el
viento. Alguien ha perdido la camisa creo.
Simón también escudriñaba en la
bruma. El gnomo estaba en lo cierto; era un trozo de tela desgarrado y envuelto
en el tronco, con las mangas flotando al viento a guisa de banderolas.
Miriamele hizo la señal del Árbol, aliviada. Siguieron adelante. La ciudad
desapareció tras la espesura tan deprisa y de modo tan radical como si el
bosque la hubiera engullido.
Aquel atardecer acamparon en un
terraplén resguardado en la ladera occidental del valle. Binabik parecía
preocupado, y Simón y Miriamele permanecían silenciosos. Comieron frugalmente y
charlaron con parquedad. Después, cada cual se refugió en la oscuridad y en la
necesidad de descanso.
Simón sentía de nuevo la incómoda
distancia que lo separaba de Miriamele; todavía no sabía con exactitud cómo
encajar las cosas que le había dicho. Había dejado de ser doncella por voluntad
propia, y sólo eso ya le resultaba bastante penoso; pero la forma en que se lo
había dicho, lanzándoselo a la cara como un látigo, como para castigarlo... Eso
sí que lo enfurecía y lo confundía. ¿Por qué era tan encantadora con él algunas
veces, y otras tan odiosa? Le habría gustado creer que se trataba de un simple juego
de toma y daca, de los que las jóvenes aprenden en la corte para divertirse con
los hombres, pero la conocía muy bien y sabía que a Miriamele no le gustaba esa
clase de frivolidades. La única solución que se le ocurría para el rompecabezas
era que de verdad lo quería como amigo pero temía que él aspirara a algo más.
«¡Pues claro que quiero más! —se dijo
con pesadumbre—, aunque jamás lo consiga.»
Tardó bastante en dormirse y se quedó
escuchando el agua que tamborileaba sobre la hojarasca del bosque. Acurrucado
bajo la capa, tanteaba su desdicha como si fuera una herida, para averiguar
hasta qué punto le dolía.
Hacia la mitad de la tarde siguiente
salieron del valle y dejaron atrás Hasu. El bosque se prolongaba aún a su
derecha como una gran extensión verde que desaparecía en el horizonte. Ante
ellos se abría una región accidentada y herbosa, entre la vieja carretera del
bosque y los promontorios de Swertclif
Simón no podía evitar el deseo de que
ese viaje con Binabik y Miriamele se pareciera un poco más a los primeros y
eufóricos días que habían pasado juntos después de dejar la casa del lago de
Geloë, hacía ya tantos meses. Entonces, el gnomo no paraba de cantar y hacer
tonterías, y hasta la princesa, que se hacía pasar por una sirvienta llamada
Marya, estaba contenta y feliz de vivir. Pero ahora, los tres marchaban como
soldados hacia una batalla que no esperaban ganar, cada cual rumiando sus
propios pensamientos y temores.
De todos modos, las tierras vacías y
onduladas al norte del Kynslagh no inspiraban alegría tampoco. Todo estaba tan
tenebroso y muerto como el valle de Hasu, igual de húmedo, pero sin recovecos
donde ocultarse y sin la seguridad del denso bosque. Le parecía que avanzaban a
la vista de cualquiera y se asombraba del increíble valor —o estupidez o ambas
cosas— de cruzar, prácticamente desarmados, las verjas de los patios del
Supremo Rey. Si quedaba algún recuerdo de los tres compañeros o de su historia,
cuando esos tiempos oscuros terminaran, seguro que alguien compondría una bella
canción; un futuro Shem Horsegroom diría a un marmitón de ojos asombrados:
«Escucha atento mozo, lo que te cuento del valiente Simón y sus amigos, que
entraron con los ojos abiertos y las manos vacías en las mismísimas fauces de
la oscuridad...».
«Las mismísimas fauces de la
oscuridad», le gustaba cómo sonaba; lo había oído en una canción de Sanfugol.
De pronto pensó en lo que podría
significar esa oscuridad: lo que había visto y sentido, las sombras
terroríficas y opresoras que esperaban más allá de la luz y el calor de la
vida... Se le puso carne de gallina de los pies a la cabeza.
Tardaron dos días en atravesar las
campiñas, dos días de niebla y frecuentes aguaceros fríos. Avanzaran en la
dirección que avanzaran, el viento siempre les daba en la cara. Simón pasó la
primera noche estornudando sin cesar, febril e inestable como la cera de una
vela encendida, pero a la mañana siguiente se encontraba algo mejor.
A media tarde, durante la segunda
jornada, los promontorios del Swertclif aparecieron ante sus ojos: las crestas
agrestes de la elevada y rocosa colina en cuya cima se asentaba Hayholt.
Mientras oteaba el horizonte a la luz del crepúsculo, Simón creyó distinguir
una línea blanca, delgada hasta lo imposible, que asomaba más allá de la pared
desnuda de las breñas.
Era la Torre del Ángel Verde, visible
a pesar de que distaba más de media legua de la colina más cercana.
Sintió un cosquilleo en la espalda
que le ponía de punta los pelos de la nuca. La torre, una impresionante aguja
brillante que los sitha habían construido cuando la plaza les pertenecía, donde
Ineluki había perdido su vida terrenal, esperaba, seguía esperando. Pero
también era el lugar de sus vagabundeos y de sus imaginaciones de niño. Había
visto aquella torre —o algo muy semejante— en tantos sueños desde que había
abandonado el hogar que ahora casi le parecía una visión más. Y al pie, oculto
a la vista tras las peñas, se alzaba el propio Hayholt. Se le amontonaron las
lágrimas en los ojos, pero sólo llegaron a humedecérselos. ¿Cuántas veces había
suspirado por aquellos salones laberínticos, por aquellos jardines y
escondrijos de chiquillo, por aquellos rincones cálidos y aquellos placeres a
escondidas?
Se volvió a mirar a Miriamele. Ella
también tenía los ojos clavados en el oeste, pero, si pensaba en las delicias
del hogar, su rostro no lo delataba. Parecía un cazador que por fin ha abatido
una pieza peligrosa y muy buscada. Parpadeó, avergonzado de que lo viera a
punto de llorar.
—¡No sabía si volvería a verlo alguna
vez! —dijo en voz baja. Una racha de agua le mojó la cara; se secó enseguida,
agradecido por la excusa—. Es como un sueño, ¿verdad? Un sueño muy extraño.
Miriamele asintió pero no añadió
nada.
Binabik no los instó a continuar; se
conformaba con esperar y dejar que Qantaqa olisqueara el terreno mientras los
dos jóvenes contemplaban los peñascos en silencio.
—Vamos a montar el campamento —dijo
al fin—. Si seguimos un poco más encontraremos un refugio al pie de las
colinas. —Señaló hacia la impresionante pared del Swertclif—. Por la mañana
habrá mejor luz para... lo que tengamos que hacer.
—Vamos a la tumba de Juan —dijo
Simón, con más firmeza de la que sentía—. O al menos, eso es lo que voy a hacer
yo.
—Pues en marcha. Cuando tengamos una
hoguera y comida, hablaremos de los planes.
El sol desapareció tras la ancha
joroba del Swertclif mucho antes del crepúsculo, y siguieron cabalgando en la
fría sombra. Hasta los caballos parecían incómodos; Simón percibía la
resistencia de Hogareña y pensó que, si la dejaba suelta, daría media vuelta y
saldría al galope en dirección contraria.
El Swertclif aguardaba como un ogro
de paciencia infinita. A medida que se acercaban, el enorme cerro oscuro iba
tapando el cielo, expandiéndose y agrandándose como si cerrara el camino de
regreso irremediablemente. Desde las laderas de las primeras estribaciones
columbraron un destello gris y verde hacia el sur, justo detrás del risco: el
Kynslagh, que se insinuaba por primera vez. El recuerdo del entrañable y
tranquilizador canto de las gaviotas provocó en Simón una punzada de júbilo y
pesar, y evocó la imagen de su padre, el pescador al que nunca había conocido.
Por fin, cuando la pared de la
colina, casi perpendicular, se levantaba ante ellos como una inmensa muralla,
acamparon en un barranco. Allí el viento no soplaba tan fuerte y la roca misma
los libraba de la mayor parte del aguacero. Simón sonrió inexorable al pensar
que la espera del ogro había llegado a su fin: sus compañeros y él iban a
dormir en su regazo esa noche.
Nadie quería ser el primero en hablar
de los planes para el día siguiente. La hoguera y los preparativos de una
modesta cena se hicieron con muy poca conversación y menos camaradería de la
que solía animar los anocheceres. Miriamele no parecía enfadada, sino
circunspecta, y hasta Binabik vacilaba en lo que hacía, como si sus
pensamientos estuvieran en otra parte.
Simón, en cambio, se encontraba muy
sereno, casi contento, y lo decepcionaba que sus compañeros no compartieran el
mismo estado de ánimo. El sitio era peligroso, claro está, y la misión del día
siguiente, aterradora —se negaba a pensar en dónde se encontraría la espada y
lo que habría que hacer para dar con ella—; pero, al menos, el asunto que tenía
entre manos merecía la pena. Estaba llevando a cabo misiones propias de un
caballero, y, si todo salía bien... ¡oh, gloria! Si todo salía bien, seguro que
Miriamele comprendería que llevársela a Josua sería mucho más importante que
intentar convencer a su trastornado padre de que pusiera fin a una guerra cuyas
riendas, sin duda, se le habían escapado de las manos. Sí, estaba seguro que en
cuanto se hicieran con Clavo Brillante —¡nada menos que Clavo Brillante, la
famosa espada de Juan el Presbítero!—, Miriamele entendería que se habían
apoderado del trofeo más importante al que podían aspirar, y entre él y Binabik
la convencerían con zalamerías para volver a la relativa seguridad del
campamento de su tío.
En estos pensamientos se entretenía
mientras reposaba la cena, hasta que Binabik habló por fin.
—Cuando empecemos la escalada —dijo
despacio—, será muy difícil volver atrás. No sabemos si hay soldados arriba;
tal vez Elías haya apostado guardias para proteger la espada y la tumba de su
padre. En cuanto nos desviemos un poco más al oeste, la gente que vive en la
fortaleza nos descubrirá enseguida. ¿Estáis seguros, total y realmente
convencidos, de que los dos queréis ir? Por favor, pensadlo antes de hablar.
Simón hizo lo que su amigo pedía.
Después de un rato, ya sabía lo que quería expresar.
—Estamos aquí. La próxima vez que nos
acerquemos tanto a Clavo Brillante puede que haya hombres luchando por todas
partes. Tal vez jamás logremos acercarnos a ella siquiera, de modo que me
parecería una insensatez no intentar cogerla ahora. Yo sigo dispuesto a ir.
—Bien, iremos a buscar la espada
—resumió Binabik. 1uego se dirigió a la princesa—. ¿Miriamele?
—Tengo poco que declarar. Si
necesitamos utilizar las Tres Espadas, será porque yo he fracasado. —Sonrió de
una forma que a Simón no le gustó nada—. Y, si fracaso en convencer a mi padre,
no creo que lo que suceda después me importe mucho.
—Nunca hay que dar nada por sentado
—contestó el gnomo, cerrando las manos de una forma peculiar—. Os ayudaré
cuanto pueda, y Simón también, no lo dudo, pero no debéis desechar ninguna
oportunidad de salir otra vez. Si tenéis esos pensamientos en la cabeza, no os
mantendréis alerta.
—Me gustaría mucho volver a salir
—replicó Miriamele—. Quiero ayudar a mi padre a que comprenda y detenga la
matanza; después me despediré. Me siento incapaz de vivir con él después de lo
que ha hecho.
—Ojalá vuestros anhelos se conviertan
en realidad. Así pues, primero vamos a buscar la espada; después decidiremos lo
que se puede hacer para ayudar a Miriamele. Todo eso requiere un gran esfuerzo,
así que necesito dormir.
Se hizo un ovillo junto a Qantaqa y
se tapó la cara con la capucha. Miriamele siguió contemplando el fuego, y Simón
la miró con extrañeza durante un breve lapso de tiempo; después se arrebujó
bien en la capa y se acostó.
—Buenas noches, Miriamele. Espero
que..., espero que...
—Yo también.
Simón se puso un brazo sobre los ojos
y aguardó a que llegara el sueño.
Soñó que estaba sentado en lo alto de
la Torre del Ángel Verde, colgado como una gárgola. Alguien se movía a su lado.
Era el propio ángel, que al parecer
había descendido de la aguja para acercarse a él y tomarlo por la muñeca con
una mano fría. Se parecía mucho a la pequeña Leleth, pero hecho de bronce sin
pulir y cubierta de verdín.
—El camino hacia abajo es muy largo.
—Tenía una voz bellísima, suave y potente.
—Pues sí. —Simón miraba hacia los
diminutos tejados de Hayholth, diseminados a sus pies.
—No me refiero a eso. —Su tono era
ligeramente burlón—. Me refiero a abajo, donde está la verdad; abajo del todo,
donde reside el origen de las cosas.
—No comprendo. —Se sentía ligero,
como si el próximo soplo de viento pudiera llevárselo de allí revoloteando como
una hoja. Tenía la sensación de que sólo la mano del ángel lo retenía.
—Desde aquí arriba, los asuntos de la
tierra se ven pequeños. Es una de las maneras de verlos, y es válida, aunque no
la única; cuanto más abajo, más complicados de comprender, pero también más
importantes. Tú tienes que bajar mucho.
—No sé cómo. —Lo miró fijamente a la
cara, pero, a pesar de lo familiar que le resultaba, el ángel seguía carente de
vida: un simple trozo de metal sin pulir con unos rasgos grabados, pero
rígidos, que no transmitían amistad ni ternura—. ¿Adónde tengo que ir? ¿Quién
va a ayudarme?
—Abajo. Tú. —El ángel se puso de pie
súbitamente; cuando levantó la mano que lo tocaba, Simón empezó a flotar y a
alejarse de la torre. Se agarró a un saliente del tejado—. Me resulta difícil
hablar contigo, Simón, quizá no pueda volver a hacerlo.
—¿Por qué no me lo dices sin rodeos?
—gritó él. Los pies le volaban, se salían del borde, y el cuerpo se le agitaba
como una vela en el mar, en pos de los pies—. ¡Dímelo!
—No es tan fácil. —Se dio media
vuelta y se elevó poco a poco hasta su plinto sobre el tejado de la torre—. Si
puedo volver, volveré. Hablamos con claridad de lo que es menos importante,
pero las verdades fundamentales se hallan en las entrañas, siempre en el
interior. No se dan, tienen que buscarse.
Notó que se soltaba. Poco a poco,
como una rueda de carro que se sale del eje, empezó a dar vueltas y a alejarse
flotando. El cielo y la tierra pasaban alternativamente ante sus ojos, como si
se encontrara encerrado en el balón de un chiquillo y el balón rodara impelido
por una patada vengativa...
Se despertó bajo la pálida luz de la
luna, sudoroso a pesar del frío aire nocturno; el bulto oscuro del Swertclif se
cernía sobre él como un aviso.
Al día siguiente, no estaba tan
seguro de las cosas como la noche anterior; mientras se preparaba para la
escalada, no dejaba de pensar en el sueño. Según Amerasu, ahora era más
sensible al Sendero de los Sueños; si era cierto, ¿significarían algo las palabras
del ángel? ¿Cómo podía ir abajo? Estaba a punto de trepar por una pared muy
alta. Y ¿qué respuesta había en el interior? ¿Algún secreto que ni siquiera él
conocía? No le encontraba sentido.
Se pusieron en marcha tan pronto como
el sol empezó a encenderse en el cielo. Durante la primera parte de la mañana
cabalgaron entre las estribaciones, subiendo por las alturas menos pronunciadas
del Swertclif. Cuando las pendientes más suaves quedaron atrás, se vieron
obligados a desmontar y a llevar los caballos por las riendas.
Se detuvieron a comer algo a media
mañana, unos frutos secos y pan, provisiones que Binabik traía de las despensas
del campamento de Josua.
—Se acerca el momento de dejar las
monturas —dijo el gnomo—. Si Qantaqa quiere venir, que siga sola en vez de
llevarme a mí.
Simón no había pensado en dejar a
Hogareña. Esperaba encontrar un camino a la cúspide, pero la única ruta marcada
—el sendero funerario que cruzaba desde Erchester y Hayholth hasta la cima del
promontorio— subía por el otro lado de los riscos.
Binabik tenía las alforjas bien
pertrechadas de cuerda, y sacrificó unas cuantas varas para que Simón y
Miriamele ataran los caballos a un árbol bajo e inclinado por el viento, con
una charca de agua de lluvia al alcance; allí tenían espacio de sobra para
pastar durante medio día o más, que sería el tiempo de espera. Simón apoyó la
cara en el cuello de Hogareña y le prometió en voz baja que volvería tan pronto
como pudiera.
—¿Quedan más cosas que hacer?
—preguntó Binabik; Simón echó una ojeada al pináculo del Swertclif con la
esperanza de que se le ocurriera algo para retrasar un poco la ascensión—.
Pues, en marcha.
La cara este de las breñas no era tan
vertical como parecía desde lejos. Avanzaban en diagonal, con Qantaqa a la
zaga, y en algunos tramos hasta podían erguirse sobre los pies, aunque con más
frecuencia se arrastraban de asidero en asidero con toda precaución. Sólo en un
punto, una angosta hendidura entre la roca y una piedra saliente, sintió Simón
un poco de angustia, pero tanto él como sus dos compañeros la cruzaron pulgada
a pulgada mientras Qantaqa, que había encontrado un paso apto para lobos, los esperaba
en el otro lado observando divertida sus esfuerzos, con la rosada lengua
colgando.
Pocas horas después del mediodía, el
cielo se oscureció y se puso plomizo. Una fina lluvia regó la escabrosa pared,
empapó a los escaladores y dejó a Simón lleno de preocupaciones. En el punto en
donde se hallaban en ese momento el temporal no arreciaba todavía, pero tenía
la impresión de que iba a empeorar pronto y no le gustaba nada la idea de
cruzar sobre piedras verticales y resbaladizas por la lluvia. Pero el breve
chaparrón cesó y, aunque las nubes continuaban amenazadoras, la tempestad no
parecía inminente.
Aunque la subida se empinaba cada vez
más, estaba mejor de lo que había temido. Binabik iba delante, con un paso tan
seguro como sus ovejas qanuc. Sólo utilizaron la cuerda en una ocasión, por
seguridad, cuando tuvieron que saltar de una repisa herbosa a la siguiente para
salvar la pronunciada pendiente de un pedregal de cantos sueltos. Los tres
pasaron sin novedad, aunque Miriamele se raspó las manos y Simón se golpeó con
fuerza una rodilla al caer al suelo. Qantaqa, por el contrario, encontró ese
segundo obstáculo también sumamente fácil.
Mientras se recuperaban del esfuerzo
en el otro lado, Simón vio unas flores blancas a unos pocos codos más arriba.
Eran capullos de estrella, cuyos pétalos brillaban como copos de nieve sobre la
hierba verde oscuro que los rodeaba. El descubrimiento lo animó, porque había
visto muy pocas flores desde que había dejado el campamento de Josua con
Miriamele. Escaseaban hasta las campanillas de invierno y las llamas de Frayja,
típicas de las estaciones frías.
La escalada se prolongó más de lo que
esperaban. Mientras hacían el último esfuerzo por superar el largo trecho
postrero, el sol se hundió en el cielo hasta un palmo por encima del horizonte
que asomaba entre las nubes. Iban casi a cuatro patas y resollaban; en ese
punto, llevaban tanto rato apoyándose en las manos para mantener el equilibrio
o para procurarse una palanca, que Simón se preguntaba qué pensaría Qantaqa al
ver a todos sus compañeros convertidos en cuadrúpedos como ella. Al rebasar el
tramo y erguirse por fin en el herboso borde de la cima del Swertclif, unos
oblicuos rayos de sol se abrieron paso y envolvieron el redondel del altozano
en una luz pálida.
Se detuvieron sin aliento a unos
cientos de codos de los túmulos de los reyes del Hayholt. Todas las tumbas,
excepto una, no eran sino ondulaciones cubiertas de hierbas, tan alisadas por
el paso del tiempo que parecían formar parte natural de la colina. La otra, que
con toda certeza sería la de Juan, todavía era un montón de piedras peladas.
Por el extremo oeste, en la lejanía, se levantaba la mole oscura de Hayholt: la
finísima aguja de la Torre del Ángel Verde brillaba con más intensidad que
ninguna otra cosa visible.
—Nos hemos retrasado más de lo que
esperaba —comentó Binabik, mirando al sol con un solo ojo—. No tendremos tiempo
de bajar otra vez antes de que caiga la noche. —Se encogió de hombros—. Pero no
hay remedio. Los caballos tienen alimento hasta la mañana, cuando volvamos a
buscarlos.
—Pero ¿y los... —Simón miró cohibido
a Qantaqa; iba a decir «lobos»— los animales salvajes? ¿Crees que nuestras
monturas estarán a salvo?
—Saben defenderse solas, y he visto
muy pocos animales de cualquier clase por estas tierras. —Binabik dio una
palmadita a su amigo en el brazo—. Además, por más que nos empeñemos, no
podemos hacer nada sin correr el riesgo de partirnos la crisma o de tener la
mala suerte de machacarnos los huesos otra vez.
—Vamos, entonces —dijo Simón tomando
aire, y emprendió el camino hacia los túmulos funerarios.
Los siete montículos formaban un
círculo incompleto, como si hubieran dejado un espacio para que los venideros
compartieran la misma tierra, y Simón sintió una especie de escalofrío
supersticioso al pensarlo. ¿A quién más enterrarían allí algún día? ¿A Elías?
¿A Josua? ¿A ninguno de los dos? Quizá los acontecimientos que se
desencadenaban en esos tiempos terminaran por instaurar un orden en el que nada
fuera previsible.
Se situaron en el centro del redondel
inacabado y se detuvieron. El viento agitaba y doblaba la hierba, la cima
estaba en silencio; Simón se acercó al primer túmulo, que se había hundido en
la paciente tierra y apenas levantaba ya la altura de un hombre, aunque era
varias veces más largo y casi igual de ancho. Un verso le vino a la memoria, un
verso y el recuerdo de unas estatuas negras en la sombría y callada sala del
trono.
Primero fue Fingil, llamado el Rey
Sanguinario...
dijo en voz alta.
Salió volando del norte en las rojas
alas de la guerra.
Tras recitar el primer verso, le
pareció de mala suerte no proseguir. Fue a la tumba siguiente, tan antigua y
erosionada como la primera. Algunas piedras asomaban entre la hierba a modo de
dientes.
Hjeldin, su hijo, el funesto Rey
Loco,
saltó hacia la muerte desde la aguja
encantada.
La tercera estaba cerca de la
segunda, como si el que yacía debajo buscara todavía la protección de sus
antecesores.
Ikferdig después, el Rey Que Ardió
llamado,
encontró al dragón de fuego en la
noche oscura.
Hizo una pausa. Había un espacio
vacío entre los tres primeros túmulos y el cuarto, y un blanco en su memoria,
pues el verso correspondiente se le resistía. Al cabo de un momento lo recordó.
Tres reyes del norte, todos muertos y
fríos.
El norte ya no reina en el encumbrado
Hayholt.
Se dirigió al segundo grupo de tres
mientras la canción acudía a su memoria con fluidez; no tuvo que pararse a
pensar en las palabras. Miriamele y Binabik lo miraban y escuchaban en
silencio.
La garza real, el rey Sulis, llamado
Apóstata,
huyó de Nabban pero en Hayholt
encontró su sino.
El Rey Santo de Hernystir, el anciano
Tethain,
entró por la puerta, pero no volvió a
salir.
El último, Eahlstan, Rey Pescador, el
de mayor sabiduría,
despertó al dragón, y en Hayholt
murió.
Respiró hondo. Casi parecía que
estuviera pronunciando un conjuro mágico y que, con unas pocas palabras más,
los moradores de las fosas se levantarían de su sueño de siglos, con los
ornamentos funerarios tintineando al quebrar la tierra.
Seis reyes gobernaron en los anchos
recintos de Hayholt.
Seis señores entre sus poderosos
muros de piedra.
Seis tumbas en el risco sobre la
honda bahía de Kynslagh.
Seis reyes duermen allí hasta el
último día del destino...
Cuando terminó, el viento se
intensificó un momento; abatió la hierba y gimió al revolotear por la cima...
pero no sucedió nada más. Los montículos continuaron silenciosos con sus
secretos encerrados. Sus alargadas sombras se extendían sobre el césped hacia
el este.
—Claro que ahora son siete los reyes
enterrados —dijo, rompiendo el silencio. Había llegado el momento, y la
inquietud lo invadió; el corazón le botaba contra las costillas y de pronto le
costaba un esfuerzo hablar sin que las palabras se le atravesaran en la
garganta. Se giró hacia la última sepultura, más alta que las demás y cubierta
de hierba sólo en parte; parecía la concha de una enorme criatura marina
expulsada por las olas de una antigua pleamar—. El rey Juan el Presbítero.
—Mi abuelo.
Simón dio media vuelta, aturdido por
el sonido de la voz. Miriamele parecía profundamente sobrecogida, con el rostro
pálido y los ojos hundidos y atemorizados.
—No puedo seguir mirándolo —declaró
la princesa—. Me voy allá a esperaros. —Les dio la espalda, rodeó la tumba de
Fingil y se alejó hasta perderse de vista; se sentó a contemplar el oriente y
la zona agreste que acababan de cruzar.
—Pongámonos en movimiento —dijo
Binabik—. No me gusta este trabajo, pero tienes razón, amigo; ya que hemos
llegado hasta aquí sería una necedad no coger la espada.
—Juan el Presbítero aplaudiría
nuestra decisión —repuso Simón, con más segundad de la que sentía—. Aprobaría
que hiciéramos lo necesario para salvar su reino y su pueblo.
—¿Quién sabe lo que quieren los
muertos? —replicó el gnomo, sombrío—. Vamos, a trabajar. Todavía tenemos que
montarnos un refugio antes de que caiga la noche, para esconder la luz de la
hoguera por lo menos. ¡Miriamele! ¿Podéis ir a ver si algún arbusto de ésos
sirve para leña?
La princesa levantó la mano en señal
de asentimiento.
Simón se agachó junto al túmulo de
Juan y empezó a tirar de una piedra; la encontró arraigada en la tierra con tal
fuerza que se vio obligado a hacer palanca con la bota para ayudarse a
soltarla. Se irguió y se limpió el sudor de la cara. La cota de malla abultaba
mucho y resultaba incómoda para esa tarea. La desató, se la quitó y después se
deshizo también del chaleco acolchado; dejó ambas prendas en la hierba, al lado
de la tumba. El viento le atravesaba la fina camisa.
—Hemos recorrido la mitad de Osten
Ard —comentó Binabik mientras hundía los dedos en la tierra—, y a ninguno se le
ha ocurrido traer una pala.
—Tengo la espada —dijo Simón.
—Guárdala para cuando haga falta de
verdad. —El gnomo volvía a estar un poco huraño—. Las espadas se mellan
desencajando piedras, tengo entendido, y es posible que necesitemos una hoja
bien afilada, sobre todo si nos descubren cavando en la sepultura del padre del
Supremo Rey.
Simón cerró los ojos un momento y
recitó una breve plegaria rogando el perdón de Aedón —y el de Juan el
Presbítero, por si acaso— por lo que estaban a punto de hacer.
El sol desapareció. El cielo gris
comenzaba a tornarse rosado por el horizonte occidental, un color que Simón
solía encontrar agradable pero que ahora se le antojaba como algo que empezaba
a estropearse. Retiró la última piedra del agujero abierto a un lado de la
tumba bordeada de hierba. La negra nada que se abría debajo semejaba una herida
en la carne del mundo.
Binabik trajinaba con sus pedernales;
cuando por fin consiguió una chispa, encendió una antorcha y la protegió del
vigoroso viento hasta que prendió bien. Simón no tenía ganas de escudriñar en
la negrura que aguardaba en el interior y se puso a contemplar la oscura
vegetación de la cima. Miriamele era un bulto pequeño en la distancia, que se
agachaba y se levantaba buscando madera que quemar. En ese momento deseó
detenerse, dar media vuelta y marcharse, no haber pensado jamás en hacer las
locuras que estaba haciendo.
Binabik agitó la llama dentro de la
fosa, la sacó y la introdujo de nuevo. Se puso de rodillas y olisqueó con
precaución.
—Creo que, al menos, el aire es bueno
—anunció, y quitó varios puñados más de tierra del borde antes de meter la
cabeza—. Veo los lados de algo de madera; ¿una barca?
—Saeta Marina —La gravedad de aquel
acto empezaba a asentarse en la mente de Simón como un gran peso—. Sí, la barca
de Juan el Presbítero; fue enterrado con ella.
—Hay sitio suficiente para ponerme de
pie —dijo el gnomo, desde un poco más adentro; su voz sonaba amortiguada—, y
las vigas de arriba me parecen resistentes.
—Binabik, sal de ahí.
—¿Qué ocurre, Simón? —preguntó el
hombrecillo, después de recular hasta volver la cara hacía él.
—La idea fue mía. Debo ser yo quien
entre.
—Nadie pretende arrebatarte la gloria
de encontrar la espada —contestó Binabik, con una ceja enarcada—. Sólo que yo
soy más pequeño y más apto para andar por cavernas.
—No es por la gloria... Es por si
pasa algo. No quiero que te ocurra nada a ti por una idea tonta que he tenido
yo.
—¿Que has tenido tú? Simón, no hay
nada malo en ello; hago lo que creo que es mejor. Y creo que ahí dentro no hay
nada de peligroso. —Calló un momento—. Pero si prefieres... —se hizo a un lado.
Simón se puso a cuatro patas, tomó la
antorcha de manos del gnomo y la introdujo en el hueco. A la trémula luz vio el
casco del Saeta Marina cubierto de barro en toda su envergadura. La embarcación
describía una curva corno una hoja seca, como una crisálida; como si algo
alojado en su interior aguardara el renacimiento. Se sentó y sacudió la cabeza;
el corazón le latía muy deprisa.
«¡Cabezahueca! ¿De qué tienes miedo?
Juan el Presbítero era un hombre bueno.»
Sí, pero ¿y si su espíritu estaba
enfadado por lo que sucedía en su reino? Y, además, a los espíritus no les
gustaba que profanaran sus tumbas. Tomó una gran bocanada de aire y, poco a
poco, se deslizó hacia el interior.
Se dejó caer por la pendiente
desmoronada de la fosa hasta tocar el casco de la nave. La bóveda de vergas,
barro y raíces blanquecinas que se extendía por arriba parecía un cielo creado
por un dios débil y medio ciego. Cuando por fin respiró otra vez, se le llenó
la nariz de olores de tierra, sabia de pino y moho, y de otros más raros que no
identificaba, algunos tan exóticos como las hierbas que Judith, la jefa de las
cocinas, guardaba en sus frascos de especias. La dulce esencia lo tomó por
sorpresa y se atragantó. Binabik se asomó desde el exterior.
—¿Estás bien? ¿Es malo el aire?
—Estoy bien —repuso, una vez
recuperado el aliento—. Es que... —Tragó saliva— ... No te preocupes.
Binabik vaciló, pero después se
retiró.
Simón observó el costado de la
embarcación largo rato; estaba encajado de tal forma en la fosa que la borda se
elevaba por encima de su cabeza. No veía la forma de escalar con una sola mano
y la antorcha entre dos vigas; levantó entonces las manos hasta la borda y se
alzó, pateando en busca de un apoyo. Los dedos le resbalaron sobre la madera de
la nave, pero la estructura aguantaba el peso.
Pasó la mitad superior del cuerpo por
encima de la regala y se quedó colgado un momento en equilibrio, con el borde
clavado en el estómago como un puño. El olor dulce y rancio era muy intenso.
Miró hacia abajo y, cuando se dio cuenta de que había dejado la antorcha
demasiado baja y que la luz no llegaba al casco, estuvo a punto de proferir una
blasfemia; se mordió la lengua para no pronunciar palabras que pudieran traerle
mala suerte y, sobre todo, que faltaran el respeto. Lo único que veía alrededor
eran bultos oscuros y mal definidos. Pensó que sería fácil encontrar un cadáver
solitario y la espada que tendría entre las manos, incluso sin ver nada, sólo
al tacto. Pero por nada del mundo se habría puesto a palpar en la negrura.
—¡Binabik! —gritó—. ¿Puedes bajar a
ayudarme? —Se enorgulleció de lo serena que sonaba su voz.
—¿Te has quedado atrapado? —preguntó
el gnomo al aparecer por la pendiente.
—No, pero no veo nada sin la
antorcha. ¿Me la pasas?
La borda tembló bajo el peso de
Simón. El joven temió que se resquebrajara, y el susto no mermó al escuchar un
suave crujido que recorrió la estancia subterránea. Estaba seguro de que era la
madera —al fin y al cabo, la barca del rey llevaba dos años en el húmedo suelo—
pero resultaba difícil no imaginarse una mano... antigua, marchita... que subía
por las sombras del casco.
—¿Binabik?
—Ya la llevo, Simón. La dejaste tan
alta que no la alcanzaba.
—Perdona; pero date prisa, por favor.
La luz bailaba en el techo de la
madriguera al moverse la llama. Simón notó unos toques en el pie; cambió de
postura con el mayor cuidado posible y balanceó las piernas hacia arriba,
girando al mismo tiempo hasta tumbarse a lo largo de la regala y tender una
mano hacia la antorcha, que Binabik le acercaba con el brazo en alto. Con otra
plegaria silenciosa, y los ojos cerrados por miedo a lo que pudiera descubrir,
dio media vuelta y se inclinó sobre el vacío del interior del casco.
Al principio no distinguía nada, a
pesar de que abría mucho los ojos. Casi todo estaba cubierto bajo una capa de
guijarros y porquería que había caído del techo... pero algunas cosas
sobresalían de entre los detritus.
—¡Binabik! —exclamó—. ¡Mira!
—¿Qué? —El gnomo, alarmado, se
apresuró a llegar al punto donde el navío tocaba la pared del nicho y trepó,
ligero como si fuera un camino de Mintahoq. Avanzó en equilibrio sobre la borda
y llegó donde estaba Simón.
—Mira. —Simón señalaba con la
antorcha, que le temblaba en la mano.
El rey Juan el Presbítero yacía en el
fondo del Saeta Marina, rodeado de presentes funerarios y ataviado aún con la
magnífica vestimenta con que había recibido sepultura; sobre la frente tenía un
círculo dorado, y las manos, recogidas sobre el pecho, descansaban sobre su
larga barba blanca. Su piel, translúcida como la cera, parecía conservar la
tersura de un cutis vivo. Después de vanas estaciones bajo la corrosiva tierra,
habríase dicho que tan sólo dormía.
No obstante, a pesar de la
terrorífica visión del rey incorrupto, era otro el motivo del grito de Simón.
—¡Kikkasut!—maldijo Binabik, tan
sorprendido como su compañero. Al momento siguiente, ya estaba sobre la
cubierta de la nave.
Registraron la sepultura y sus
sospechas quedaron confirmadas: Juan el Presbítero todavía ocupaba su última
morada en el risco del Swertclif... pero Clavo Brillante había desaparecido.
XI
LATIDOS DE CORAZÓN
N
o tengo que aguantar estupideces sólo
porque Varellan sea mi hermano —espetó el duque Benigaris al caballero
arrodillado ante él. Dio un golpe en el brazo del trono con la palma de la
mano—. Dile que mantenga las posiciones hasta que llegue yo con los Martines
Pescadores. De lo contrario, ¡colgaré su cabeza de las puertas de Sancellan!
—Os lo ruego, mi señor —intervino el
armero, que asomaba por un lado—. Trato de tomaros medidas.
—Sí, siéntate y estáte quieto —añadió
su madre. Ocupaba el mismo asiento, bajo y adornado, que cuando su esposo
reinaba en Nabban—. Si no comieras como un cerdo aún te serviría la armadura
vieja.
—Gracias, madre —replicó el duque,
mirándola; le temblaba el bigote de ira.
—Y no te muestres tan implacable con
Varellan. Todavía es casi un niño.
—Es un holgazán imbécil de sonrisa
bobalicona... y vos lo habéis echado a perder. Además, ¿quién me convenció de
que lo dejara al mando de las tropas en el paso de Onestrine?
Nessalanta, la duquesa viuda, agitó
la mano en un elegante gesto de hastío.
—Cualquiera sería capaz de mantener
cerrado ese paso contra una chusma como la que lleva Josua; hasta yo misma. Y
esa experiencia le será útil.
El duque soltó el brazo que el armero
le sujetaba y lo estampó contra el sillón una vez más.
—¡Por el Árbol, madre! En menos de
quince días ha retrocedido dos leguas, a pesar de los varios millares de
soldados de a pie y el medio millar de caballeros que tiene. Recula tan deprisa
que cuando yo salga por la puerta principal voy a tropezarme con él.
—Xannasavin dice que no hay de qué
preocuparse —contestó ella, divertida—; ya sabes que estudia las estrellas con
atención. Por favor, Benigaris, sosiégate, compórtate como un hombre.
—Un día, madre —dijo con mirada
gélida—, me vais a apretar las clavijas más de la cuenta.
—¿Y qué harás entonces? ¿Arrojarme a
las mazmorras? ¿Cortarme la cabeza? —Su mirada se tornó feroz—. Me necesitas,
por no recordarte el respeto que debes a quien te dio el ser.
Benigaris frunció el entrecejo,
respiró hondo y volvió a dirigirse al mensajero del joven Varellan.
—Ya has oído lo que tenía que decir.
Vuelve y transmíteselo.
El caballero se levantó e hizo una
complicada reverencia antes de salir de la sala del trono. Las damas, ataviadas
con vestidos de colores, que charlaban en voz baja cerca de la puerta,
observaron su salida con las cabezas juntas y luego iniciaron una discusión que
las hizo reír con ganas.
Benigaris volvió a soltarse del
armero, pero, en esta ocasión, para chasquear los dedos en dirección a un paje,
que acudió presto a su lado con una copa de vino.
—El ejército de Josua es más fuerte
de lo que creíamos al principio —afirmó, tras beber un trago y limpiarse la
boca—. La gente dice que el hermano del Supremo Rey ha encontrado a un
caballero poderoso que lucha a la cabeza de sus soldados. Dicen que es Camaris.
Seriddan de Metessa así lo cree, o, al menos, se ha unido a ellos. —Hizo una
mueca de desprecio—. ¡Perro traidor!
—Reconozco que no he valorado a Josua
en su justa medida—admitió Nessalanta tras una áspera carcajada—. Es una
estratagema muy hábil; nada subleva tanto a la gente sencilla como el nombre de
vuestro tío. Pero ¿Seriddan? ¿Me estás pidiendo que me preocupe de él y de unos
cuantos barones insignificantes de las comarcas salvajes? La grulla metessana
no ha levantado el vuelo de las torres de palacio en cinco siglos. Esos
rebeldes no son nadie.
—Así pues ¿os parece que las
habladurías sobre Camaris no son más que una estratagema?
Benigaris pretendía imprimir un tono
sarcástico a sus palabras, pero sonaron huecas.
—¡Naturalmente! ¿Cómo podría ser él?
Camaris murió hace cuarenta años.
—Pero su cuerpo jamás fue hallado.
Padre sufrió mucho por no poder enterrar a su hermano según la tradición
aedonita.
—Yo conocí a Camaris, hijo mío
—replicó la duquesa, con un ademán despectivo y los ojos en la labor de
bordado—, pero tú no. Aunque se hubiera refugiado en un monasterio o se hubiera
ocultado al mundo, siempre se habría escapado algún rumor: era tan irremediablemente
honesto que nunca habría mentido a quienquiera que le hubiese preguntado su
nombre. Además, poseía tal suficiencia y capacidad para entrometerse que no le
habría sido posible mantenerse al margen mientras Juan el Presbítero se
enfrentaba a la segunda guerra contra los thrithingos; habría resurgido como
Camaris el Magnífico, el santo Camaris, el gran Camaris. —Se pinchó un dedo y
dejó escapar una maldición—. No; Josua no ha encontrado a Camaris vivo, y
seguro que no es un fantasma tampoco. Debe de tratarse de un impostor de gran
estatura, un mercenario muy alto de las praderas que se ha blanqueado los
cabellos con polvos; un truco. Pero para el caso es lo mismo. —Miró con
atención las puntadas y dejó el bastidor a un lado, satisfecha—. Ni siquiera el
auténtico Camaris lograría expulsarnos de aquí. Somos muy fuertes... y a él se
le han ido los años, para siempre.
—¿Expulsarnos, a nosotros...?,
—repitió el duque sopesándola con una mirada. No terminó la frase, interrumpido
por un movimiento en el otro extremo de la sala. Un heraldo con el emblema
dorado del Martín Pescador en el tabardo acababa de aparecer en el umbral de la
puerta.
—Alteza —dijo el hombre, en un tono
alto y ceremonioso—, el conde Stréawe de Ansis Pelippe se presenta a vuestro
requerimiento.
—¡Ah, sí! —repuso el duque,
arrellanándose con una sonrisa en los labios—. Que pase.
La litera de Stréawe fue conducida
por la entrada y colocada junto a los altos ventanales ojivales que miraban al
mar, que en esa época se hallaban tapados por gruesos cortinajes para proteger
del aire frío. Los servidores del conde levantaron la silla y la depositaron
ante el estrado del trono ducal. El conde tosió y volvió a recuperar el
aliento.
—Saludos, duque —jadeó—. Duquesa
Nessalanta, ¡qué gran placer veros! Disculpad que permanezca sentado sin
vuestro permiso, como de costumbre.
—Claro, claro —replicó Benigaris,
animado—. ¿Qué tal vuestro catarro, Stréawe? No creo que nuestros aires
marítimos os convengan. Sé que mantenéis muy caliente vuestra casa de Sta
Mirore.
—Por cierto, Benigaris, deseaba
hablar con vos de ese tema, precisamente... —comenzó el anciano, pero el duque
le cortó la palabra.
—Lo primero es lo primero, lamento
contradeciros. Disculpad mi impaciencia, pero estamos en guerra, como sabéis, y
soy directo.
—Vuestra franqueza es bien conocida,
amigo mío —asintió Stréawe.
—Sí. Vamos al grano, pues. ¿Dónde
están mis navíos fluviales? ¿Dónde están mis tropas perdruinesas?
El conde levantó una blanca ceja con
absoluta discreción, pero su tono de voz y sus ademanes permanecieron
imperturbables.
—¡Oh! Ya están en camino, alteza, no
os preocupéis por eso. ¿Cuándo ha dejado Perdruin de honrar como debe a su
hermana mayor, Nabban?
—Pero ya hace dos meses —contestó
Benigaris con falsa severidad—. Stréawe, Stréawe, mi viejo amigo... Podría
llegar a pensar que me abandonáis, que por algún motivo os mostráis evasivo.
En esta ocasión, las cejas del conde
no delataron sorpresa, y, aun así, en su rostro se produjo cierto cambio sutil
e indefinible. Los ojos le brillaron entre las numerosas arrugas de la cara.
—Me disgusta que Nabban llegue a
tener semejante opinión de Perdruin, después de tantos años de honorable
fraternidad. —Ladeó la cabeza—. Sin embargo, es cierto que los barcos que
pedisteis para el transporte fluvial se retrasan en llegar, y por eso ruego
vuestro perdón de la forma más humilde. Veréis, a pesar de los innumerables
mensajes que he enviado a Ansis Pelippe con el detalle exhaustivo de lo que
necesitáis, nadie sabe organizar las cosas como lo hago yo cuando me ocupo de
ellas personalmente. No es mi deseo difamar a mis subordinados, pero, como
solemos decir los perdruineses: «Cuando el capitán no está en cubierta, abundan
los rincones donde tender la hamaca». —Se llevó sus largos y nudosos dedos al
labio superior para quitarse algo—. Debería regresar a Ansis Pelippe. A pesar
de la tristeza que me causa perder vuestra compañía y la de vuestra bienamada
madre... —sonrió a Nessalanta—, estoy seguro de que lograré enviaros las
embarcaciones junto con la tropa de soldados, tal como acordamos, en la semana
misma de mi llegada. —Tosió de nuevo, un tormento espasmódico que se prolongó
unos momentos hasta que su respiración se normalizó—. Y, pese a la belleza de
vuestro palacio, es, tal como dijisteis, un poco más fresco que mi casa. Temo
que mi salud se ha resentido con la estancia aquí.
—Exactamente —replicó Benigaris—,
exactamente, los dos tememos por vuestra salud, conde. No me la quito de la
cabeza últimamente, como tampoco los soldados y los barcos. —Hizo una pausa;
miraba a Stréawe de una forma cada vez más suficiente—. Por eso mismo no podría
permitiros marchar, dadas las circunstancias. Un viaje por mar en semejantes
condiciones... ¡vamos! Vuestro catarro empeoraría en exceso sin duda. Y
permitid que os sea sincero, estimado conde, en el nombre del amor que os
profesa Nabban. Si enfermarais más, no sólo me sentiría responsable
personalmente, sino que la llegada de los hombres y los barcos se retrasaría
aún más. Pues si ahora, con vuestras detalladas instrucciones, todo marcha a la
buena de Dios, imaginad cómo cundiría la holgazanería si vos, acuciado por la
enfermedad, no pudierais supervisar las cosas siquiera. Sospecho que todos
tenderían la hamaca entonces.
—¡Ah! ¿Insinuáis que es mejor que
retrase mi partida? —preguntó Stréawe con los párpados entrecerrados.
—¡Oh, mi estimado conde! ¡Insisto en
que os quedéis! —Benigaris, harto ya de las atenciones de su armero, lo
despidió con un gesto—. No me perdonaría tamaña desconsideración para con vos.
Con toda certeza, cuando la tropa y los barcos lleguen para defendernos contra
los desatinos de Josua, el tiempo ya habrá mejorado bastante y podréis viajar
sin riesgos.
El conde meditó las palabras de
Benigaris; daba la impresión de que sopesara sus argumentos con toda
minuciosidad.
—¡Por Pelippa y su escudilla!
—exclamó al fin—. Comprendo las razones de lo que decís, Benigaris. —Su
estirada sonrisa dejó al descubierto una dentadura en muy buenas condiciones—.
Y me emociona la preocupación que mostráis por un antiguo amigo de vuestro
padre.
—Os honro tanto como a él.
—Ciertamente. —La sonrisa del conde
se hizo casi afectuosa—. ¡Qué encantador! La honradez escasea en estos días
funestos. —Agitó la nudosa mano para que sus porteadores se acercaran—. Creo
que me veré obligado a escribir otra carta a Ansis Pelippe e instar a mi
alguacil y a los constructores navales a que se apresuren todavía más.
—Me parece una gran idea. Una idea
excelente. —Benigaris volvió a recostarse en el trono y se mesó el bigote—. ¿Os
veremos esta noche en la mesa?
—¡Oh! Creo que sí. ¿En qué otra parte
encontraría yo amigos tan considerados y amables? —Se inclinó un poco en la
silla en un amago de reverencia—. Duquesa Nessalanta, siempre es un placer,
graciosa señora.
—Conde Stréawe. —La condesa sonrió y
asintió a su vez.
El anciano fue alzado a la litera de
nuevo; cerraron las cortinas y entre los cuatro servidores se lo llevaron de la
sala del trono.
—No creo que fuera necesaria tanta
rudeza —lo recriminó Nessalanta cuando el conde ya no estaba—. No representa
ningún peligro para nosotros. ¿Desde cuándo se han negado los avarientos dedos
de los perdruineses a ganar un poco más de oro?
—Al parecer, aceptan dinero de más de
un bolsillo. —El duque levantó la copa—. De esta manera, aumentarán las ansias
de Stréawe por vernos victoriosos a nosotros. No es tonto.
—No, desde luego que no; por eso no
comprendo que lo hayas tratado con mano tan dura.
—Todo lo que sé, madre —replicó el
duque de corazón—, os lo debo a vos.
Isgrimnur comenzaba a angustiarse.
Josua no se centraba en los asuntos
más inmediatos, sino que se asomaba a la entrada de la tienda constantemente
para mirar hacia el valle, hacia el monasterio que se levantaba en la ladera,
un humilde conjunto de construcciones de piedra que resaltaba, dorado y marrón,
bajo la luz oblicua del sol.
—No se está muriendo, Josua —le
recordó Isgrimnur—; sólo va a dar a luz.
—¿Qué? —El príncipe levantó la mirada
con aire de culpabilidad.
—Lleváis toda la tarde vigilando
aquel edificio. —Se levantó del escaño y, acercándose a Josua, le puso una mano
en el hombro—. Si tanto os consume la espera, acudid a su lado, pero os aseguro
que está en buenas manos. Lo que mi esposa no sepa de nacimientos es que no
vale la pena aprenderlo.
—Lo sé, lo sé. —El príncipe volvió al
mapa extendido sobre la mesa—. No puedo dejar de darle vueltas, amigo mío.
Decidme, ¿de qué estábamos hablando?
—Muy bien —dijo Isgrimnur con un
suspiro mientras se inclinaba sobre el mapa—. Según Camaris, existe un camino
de cabras que sube por encima del valle...
Se oyó un ruido discreto en la puerta
de la tienda, y Josua alzó la vista al punto.
—¡Ah, barón! Bienvenido. Entrad, por
favor.
Sludig y Freosel acompañaban a
Seriddan; todos brindaron con una jarra de vino de Teligure que Josua les
ofreció. El barón y sus subordinados acusaban el cansancio de un día de
cabalgada por el barro.
—El joven Varellan se ha plantado
justo antes de llegar a Chasu Yarinna —dijo el barón con una sonrisa—. Tiene
más agallas de lo que suponía; creía que retrocedería hasta despejar todo el
paso.
—Y ¿por qué no lo ha hecho? —preguntó
Isgrimnur.
—Tal vez porque le parece que tan
pronto como empiece la batalla por Onestrine, ya no habrá vuelta atrás.
—Eso podría significar que no confía
en nuestra debilidad tanto como su hermano Benigaris —musitó Josua—. Tal vez
esté dispuesto a parlamentar.
—O quizá —terció Sludig— pretenda
mantenernos a raya hasta que el duque Benigaris llegue con refuerzos. No sé lo
que opinarían de nuestras fuerzas al principio, pero os aseguro que sir Camaris
los ha obligado a cambiar de opinión.
—¿Dónde está Camaris? —inquirió
Josua.
—Con Hotvig y los demás, en primera
línea. —Sludig sacudió la cabeza maravillado—. ¡Aedón misericordioso! Sabía
todas las historias pero siempre las tomé por canciones de cuna. Príncipe
Josua, ¡jamás he visto cosa igual! Hace un par de días, sir Camaris y la
caballería de Hotvig quedaron atrapados entre dos alas de caballeros de
Varellan; todos estábamos seguros de que ya era hombre muerto, o prisionero
cuando menos. ¡Pero rompió las filas enemigas como si fueran de madera verde! A
uno casi lo corta en dos de un solo golpe. ¡Lo atravesó de parte a parte, con
armadura y todo! ¡Estoy seguro de que su espada es mágica!
—Espina es un arma poderosa —replicó
Josua—, pero, con ella o sin ella, nunca ha habido un caballero como Camaris.
—Su cuerno, Cellian, se ha convertido
en el terror de los nabbanos —prosiguió Sludig—. Cuando resuena por el valle,
muchos se dan media vuelta y huyen. Y, de cada tropa a la que vence, toma a un
prisionero y lo envía de vuelta con un mensaje: «El príncipe Josua y los suyos
desean hablar con vuestro señor». Ha derrotado a tantos contingentes que ya
deben de ser dos docenas los mensajeros nabbanos, y todos con el mismo recado.
—Por él —brindó Seriddan—. Si ahora
es un verdadero terror, ¿qué no sería en la plenitud de sus poderes? Yo era un
crío cuando Camaris... —soltó una breve carcajada— ... he estado a punto de
decir «murió». Cuando desapareció; jamás llegué a conocerlo entonces.
—No era muy diferente —añadió
Isgrimnur, pensativo—; eso es lo que me sorprende. Su cuerpo ha envejecido pero
sus facultades y su bravo corazón no, como si sus fuerzas hubieran sido
protegidas.
—Como para la prueba final —intervino
Josua, midiendo las palabras—. Dios permita que sea así... y que venza, por el
bien de todos nosotros.
—Pero yo estoy confuso. —Seriddan
tomó otro trago—. Me habéis dicho que odia la guerra, que preferiría hacer
cualquier cosa antes que luchar. Sin embargo, nunca he visto una máquina de
matar como él.
—Camaris en la guerra —aclaró Josua,
con una sonrisa triste y una mirada atribulada— es como la doncella de una dama
con las arañas.
—¿Cómo? — Seriddan bajó las cejas y
lo miró de soslayo, se preguntaba si pretendería tomarle el pelo.
—Si encargáis a una doncella que vaya
a matar las arañas del aposento de su señora —explicó el príncipe—, inventará
cien excusas para no hacerlo. Pero cuando al final se convence de que es
necesario, por mucho horror que sienta, da buena cuenta de todas y cada una de
las arañas, sólo para asegurarse de que no tendrá que repetir el trabajo. —Su
débil sonrisa desapareció—. Y así es Camaris. Lo único que aborrece más que la
guerra, es la guerra innecesaria, sobre todo las matanzas que podrían evitarse
con una actuación definitiva desde el principio. Así pues, una vez que
comienza, se asegura de no tener que repetirlo. —Levantó la copa a la salud del
caballero ausente—. Imaginad lo que debe de sentirse cuando lo que se detesta
por encima de todo es lo que mejor se hace.
Tras estas palabras, tomaron el vino
en silencio.
Tiamak cruzó la terraza cojeando
hasta encontrar un sido en el bajo muro donde descansar; allí se sentó, con las
piernas colgando, a disfrutar de la última luz de la tarde. El valle de
Frasilis se extendía ante sus ojos, dos orillas rizadas de tierra oscura y
copas grises y verdes, con la carretera de Anitullean serpenteando entre las
dos. Si entrecerraba los ojos, distinguía el perfil de las tiendas de Josua
amontonadas en las sombras moradas de la ladera del suroeste.
«Aunque mis compañeros piensan que
los wran vivimos como salvajes —rumiaba para sí— yo me alegro tanto como
cualquiera de detenerme en un sitio unos cuantos días y de tener un techo
sólido sobre la cabeza.»
Un monje pasó cerca de allí, con las
manos guardadas en las mangas. Avanzó unos pasos sin perder de vista a Tiamak
pero se limitó a saludar con la cabeza.
«Los monjes no parecen contentos de
nuestra presencia —se dijo, sonriendo para sí—. No desean verse implicados en
la guerra, cuanto menos encontrar mujeres u hombres del pantano entre sus
claustros.»
No obstante, se alegraba de que Josua
hubiera escogido ese lugar como refugio provisional, y que hubiera permitido a
su esposa y a muchos más quedarse en la retaguardia mientras el ejército se
instalaba en el cañón. Suspiró al sentir la brisa fresca y seca y el sol en la
cara. Estaba bien disponer de un refugio, aunque sólo fuera por un breve
tiempo. Se congratulaba porque la lluvia hubiera cesado y el sol luciera otra
vez.
«Pero, como dijo Josua —se recordó—,
no significa nada; un simple respiro. Lo que hemos hecho hasta ahora no detiene
al Rey de la Tormenta. Si no somos capaces de resolver los acertijos que se nos
presentan ni conseguimos las espadas y aprendemos a utilizarlas, este momento
de paz no aporta nada. El invierno fatal volverá, y entonces no habrá sol. ¡El
Que Siempre Camina Sobre Arena, no permitáis que flaquee! ¡Haced que
Strangyeard y yo encontremos las respuestas que buscamos!»
Sin embargo, las respuestas eran cada
vez más escasas y espaciadas. La búsqueda se convertía poco a poco en una carga
muy pesada. Binabik se había ido, Geloë estaba muerta y ahora sólo quedaban
Tiamak y el tímido sacerdote como representantes de los Portadores del
Pergamino y de otros sabios. Se habían volcado juntos en el manuscrito de
Morgenes, escrutándolo minuciosamente desde el principio hasta el final con la
esperanza de encontrar alguna clave que se les hubiera pasado por alto hasta
ese momento, algo que iluminara el enigma de las Grandes Espadas. También
habían repasado a fondo la traducción de los pergaminos del maestro de Binabik,
Ookequk, donde tan sólo encontraron gran cantidad de sabiduría de gnomos,
concerniente sobre todo a la predicción de avalanchas y al arte de aplacar,
mediante cantos, a los espíritus de la congelación.
«Pero, si Strangyeard y yo no
hallamos pronto algo mejor —se dijo con amargura— es posible que necesitemos
los conocimientos de Ookequk antes de lo que nos gustaría.»
En los últimos días, Strangyeard
había comenzado a relatar a Tiamak hasta el último detalle de lo que sabía
sobre las Grandes Espadas y el enemigo No Muerto: lo que había aprendido en los
libros, las enseñanzas del viejo Jarnauga, las experiencias del joven Simón y
sus compañeros; todo lo sucedido en el último año que pudiera contener alguna
clave para el misterio. Tiamak rogaba por descubrir las líneas maestras de
algún plan en alguna parte, como las olas del río delatan la presencia de una
roca bajo la superficie. En toda la ciencia de aquellos sabios y sabias,
aventureros y testigos fortuitos, alguien tenía que saber algo del uso de las
Grandes Espadas.
Suspiró otra vez y movió los dedos de
los pies. Ansiaba volver a ser un hombre pequeño con sus pequeños problemas.
¡Qué importantes se le antojaban antes! ¡Y cuánto deseaba ahora tener sólo
aquellos problemas que resolver! Levantó una mano y contempló el juego de la
luz entre los nudillos, semejante a un bichito que trepaba por el fino y oscuro
vello de la muñeca. El día era engañosamente agradable, como la superficie de
un río bajo la cual, sin duda alguna, se ocultan rocas o peligros mayores.
—Por favor, Vorzheva, reposad —dijo
Aditu.
—Ahora me habláis como Josua
—contestó la thrithinga con una mueca—. No es más que un dolorcillo.
—Ya veis su carácter. — Gutrun tenía
un aire de inflexible satisfacción—. Si pudiera atarla a la cama, la ataría.
—No creo que necesite ataduras
—repuso la sitha—. Pero, Vorzheva, tampoco es ningún deshonor que os echéis
cuando el dolor aprieta.
A regañadientes, la esposa del
príncipe volvió a recostarse entre los cojines y dejó que Gutrun la tapara con
una manta.
—No me criaron para ser débil.
—Estaba muy pálida a la luz que se filtraba por el alto ventanuco.
—No sois débil, pero tanto vuestra
vida como la del niño son preciosas —añadió Aditu con dulzura—. Cuando os
sintáis bien y fuerte, moveos cuanto queráis, pero, si os encontráis débil o
con dolor, acostaos y permitid que la duquesa o yo os asistamos. —Se levantó y
dio unos pasos hacia la puerta.
—¿No pensaréis marcharos? —preguntó
Vorzheva, acongojada—Quedaos y hablad conmigo. Contadme lo que sucede ahí
fuera. Gutrun y yo llevamos todo el día en esta estancia y ni siquiera los
monjes nos dirigen la palabra. Creo que odian a las mujeres.
—Muy bien —aceptó Aditu con una
sonrisa—. Mis ocupaciones pueden esperar por una causa tan justificada. —Volvió
a sentarse en la cama sobre las piernas—. Duquesa Gutrun, si deseáis salir a
desentumeceros un poco, yo me quedo aquí con Vorzheva un rato más.
—Yo no me muevo de mi sitio —replicó
la duquesa con un bufido despectivo, y retornó la costura.
Vorzheva estiró un brazo y cogió a
Aditu de la mano.
—Contadme lo que habéis hecho hoy.
¿Habéis ido a ver a Leleth?
—Sí —asintió Aditu, con un movimiento
de sus cabellos plateados—. Está a unas pocas puertas de aquí, pero no se han
producido cambios. Ha perdido mucho peso, a pesar de la mezcla de hierbas
nutritivas que le pongo en los pocos tragos de agua que toma, pero no es
suficiente, me temo. Al mirarla, parece que sólo duerma, pero hay algo que
todavía la ata a su cuerpo y no sé cuánto resistirá. —Una sombra de
preocupación se adueñó del singular rostro de la sitha—. En este aspecto,
también la pérdida de Geloë nos deja disminuidos. La mujer del bosque habría
sabido de alguna raíz, de alguna hoja que devolviera a Leleth su espíritu.
—No estoy segura —terció Gutrun sin
levantar la vista—. Esa niña nunca tuvo los pies en la tierra, lo sé; yo la
cuidaba y la atendía tanto como los demás. Ignoro lo que sucedió en el bosque
cuando viajaba con Miriamele. Aquellos perros..., y Jesuris misericordioso
sabrá qué otras cosas, se llevaron parte de ella. —Hizo una pausa—. La culpa no
es vuestra, Aditu. Habéis hecho cuanto estaba en vuestra mano; no lo pongo en
duda.
—Sin embargo, es triste —replicó la
sitha, mirando a Gutrun con la misma expresión, a pesar del tono conciliador de
la duquesa.
—Triste, sí. Los deseos de Dios a
veces hacen sufrir a Sus hijos. Supongo que no lo comprendemos, no comprendemos
Sus designios. Después de tanto como ha sufrido, debe de reservar algo mejor
para la pequeña Leleth.
—Espero que sea así —contestó Aditu
con cuidado.
—Y ¿qué más tenéis que contarme?
—preguntó Vorzheva—. Lo de Leleth lo sospechaba, porque me habríais contado
enseguida cualquier novedad que se hubiera producido.
—No hay gran cosa más. Las fuerzas
del duque de Nabban se han retirado un poco, pero pronto se detendrán y
volverán a enfrentarse. Josua y sus aliados intentan pactar una tregua para que
cese el combate y comiencen las negociaciones.
—¿Esos nabbanos están dispuestos a
parlamentar?
—A veces me pregunto si comprendo
siquiera a los mortales que mejor conozco —contestó Aditu con un sinuoso
encogimiento de hombros—. Y, en cuanto a los que no conozco en absoluto..., me
es imposible daros una idea aproximada de lo que son capaces de hacer. El
general nabbano es hermano del duque gobernante, tengo entendido, por lo que
dudo que se avenga a cualquier iniciativa de vuestro esposo.
Vorzheva se convulsionó y jadeó, pero
con un ademán alejó a la solícita Aditu.
—No, estoy bien; no ha sido más que
un retortijón. —Al cabo de un momento, respiró hondo— ¿Y Josua? ¿Cómo está?
La sitha miró a Gutrun, que levantó
las cejas en un cómico gesto de impotencia.
—Estuvo aquí esta mañana, Vorzheva
—respondió la duquesa—. No ha acudido al campo de batalla.
—Se encuentra bien —añadió Aditu—, y
me pidió que os saludara de su parte.
—¿Que me saludarais? —Vorzheva se
sentó—. ¿Qué quiere decir eso de parte de un hombre, de un esposo? ¡Saludos!
—¡Oh, Elysia, Madre Clementísima!
—exclamó Gutrun, irritada—. Sabéis que se preocupa por vos, Vorzheva.
La thrithinga se tumbó otra vez, con
el cabello extendido sobre la almohada como un paño lustroso y oscuro.
—¡Es que no puedo hacer nada! Mañana
estaré más fuerte; mañana me acercaré a ver la batalla.
—Sí, si conseguís arrastrarme a mi
tan lejos —arguyo la duquesa¬— Tendríais que haberla visto, Aditu; esta mañana
no podía soportar los dolores de lo terribles que eran. Si no llego a
sujetarla, se habría caído en este duro suelo de piedra.
—Si se encuentra bien —contestó
Aditu—, pasear es recomendable para su estado, pero con precaución, y no
grandes distancias. —Hizo una pausa y miró a la thrithinga atentamente—. Creo
que estáis muy excitable para contemplar la batalla, Vorzheva.
—¡Ja! —La rabia de la mujer era
evidente—. Decís que entre los vuestros apenas hay alumbramientos. ¿Cómo es que
sabéis tanto sobre lo que me conviene a mí?
—Como los nacimientos son tan
escasos, los tomamos muy en seno —le explicó, con una sonrisa apesadumbrada—.
Me sentiría muy agradecida por concebir un hijo algún día. Ha sido un gran
privilegio estar con vos mientras gestabais el vuestro. —Se inclinó hacia
adelante y retiró la manta—. Permitidme escuchar.
—Vais a decirme que el niño no quiere
ir a pasear mañana —se quejó Vorzheva, pero no impidió que Aditu apoyara su
dorada mejilla sobre su vientre, tenso y abultado.
Aditu cerró los ojos como si fuera a
quedarse dormida. Por un largo momento, su delgado rostro asumió una expresión
de reposo perfecto. De pronto, abrió los ojos con un destello ambarino.
—¡Venyha s'ahn! — musitó sorprendida.
Levantó la cabeza un instante y volvió a aplicar el oído al vientre de
Vorzheva.
—¿Qué pasa? —Gutrun se levantó de la
silla como un rayo y dejó caer la costura al suelo—. ¡El niño! ¿Le... pasa algo
al niño?
—Hablad, Aditu. —Vorzheva no se
movía, pero la voz se le quebraba—. No me tengáis en suspenso.
La sitha comenzó a reír.
—¿Estáis loca? —la recriminó Gutrun—.
¿Qué sucede?
—Lo siento —se disculpó Aditu,
sentada de nuevo—. Me complacía en el asombro continuo que me producís los
mortales. ¡Y pensar que mi propio pueblo se considera afortunado por un puñado
de niños nacidos cada cien años!
—¿A qué os referís? —la espetó
Gutrun. Vorzheva estaba muy asustada y no hacía más preguntas.
—Me refiero a los mortales, a los
dones que poseéis sin saberlo siquiera. —Rió de nuevo, pero con más calma—.
Laten dos corazones ahí dentro.
—¿Cómo? —La duquesa la miraba
fijamente.
—Dos latidos de corazón —repitió
Aditu, ecuánime—. En las entrañas de Vorzheva se gestan dos niños.
XII
INSOMNE EN LA OSCURIDAD
L
a decepción de Simón era un vacío
hondo y hueco como la misma fosa donde se encontraba.
—Ha desaparecido —musitó—. Clavo
Brillante no está aquí.
—Pocas dudas hay de eso. — Binabik
teñía una expresión triste a la luz de la antorcha—. ¡Qinkipa de las Nieves!
Casi preferiría no haberlo descubierto hasta llegar con las tropas del rey
Josua. No siento deseos de llevarle estas nuevas.
—Pero ¿adónde ha podido ir a parar? —Simón miraba fijamente
el céreo rostro de Juan el Presbítero como si el rey pudiera despertar de su
sueño eterno para darle la respuesta.
—Es sencillo comprender que Elías,
sabiendo su valor, la haya retirado. Estoy convencido de que ahora se halla en
Hayholt. —La voz del gnomo sonaba apesadumbrada—. ¡En fin! Sabíamos desde el
principio que tendríamos que quitarle a Dolor; poca diferencia hay entre una o
dos espadas.
—¡Pero no ha podido ser Elías! ¡No
había ningún agujero hasta que lo hicimos nosotros!
—Tal vez la sacó poco después de
enterrarlo, y el tiempo habrá borrado las señales.
—No tiene sentido —se empecinó
Simón—. Si la hubiera querido, se habría quedado con ella desde el primer
momento. Towser siempre contaba cuánto la odiaba Elías y que no veía el momento
de deshacerse de ella.
—Para ciertas cuestiones no tengo
respuestas, Simón. Quizás el rey no conociera su valor entonces, sino que lo
supo más tarde. Puede que Pryrates descubriera su poder y la hiciera
desenterrar. Son muchas las posibilidades.
Pasó la antorcha a Simón, trepó por
la regala de la embarcación de Juan el Presbítero y regresó hacia la entrada
que habían hecho. A través del hueco asomaba el cielo crepuscular, azul
grisáceo y turbio de nubes.
—No lo creo. —Las manos de Simón,
cansadas de cavar, doloridas todavía por los rigores sufridos en el valle de
Hasu, descansaban sin fuerzas sobre su regazo—. No quiero creerlo.
—Me temo que lo segundo se acerca más
a la verdad —replicó Binabik con dulzura—. Vamos, amigo Simón, vamos a ver si
Miriamele ha encendido el fuego. Un poco de sopa caliente nos aclarará los
pensamientos. —Trepó al borde del agujero y se giró—. Pásame las antorchas,
después te ayudo yo a salir.
Simón apenas lo oía, atento de pronto
a otra cosa; levantó más las dos luces, apoyado en la embarcación y sin dejar
de observar la base de la pared del extremo opuesto.
—Simón, ¿qué andas buscando todavía?
—lo llamó Binabik—. Casi hemos dado la vuelta ya al cuerpo del pobre rey.
—Veo algo en el otro lado del nicho,
una mancha oscura.
—¿Eh? —Un atisbo de alarma se delató
en su voz—. ¿Qué mancha es ésa? —Su cuerpo tapó la entrada de nuevo.
Simón sujetó las dos antorchas en una
mano y se deslizó por el casco del Saeta Marina y, con toda la suavidad que
pudo, se dirigió hacia la otra barandilla, donde se encaramó. Entre el casco y
la pared se abría un espacio vacío de poco más de un codo. Bajó al suelo para
inspeccionar el hallazgo más de cerca, arrimando la antorcha a las sombras. La
sorpresa le produjo un cosquilleo en el cogote.
—¡Aedón! —exclamó en voz baja—. ¡Va
hacia abajo!
—¿Cómo? —preguntó Binabik,
impaciente—. Simón, tenemos cosas que hacer antes de que oscurezca por
completo.
—¡Va hacia abajo, Binabik! ¡Detrás
del agujero se abre un túnel que se hunde en la tierra!
Introdujo las antorchas por la boca
del hueco y se inclinó tanto como se atrevió. No se veía nada más que unas
pocas raicillas descoloridas, finas como cabellos; más allá, la luz de las teas
se perdía en las tinieblas de la pendiente del túnel.
—Ya lo exploraremos mañana —dijo el
gnomo—, después de pensar y dormir. Sube, Simón.
—Voy —contestó—; sal tú primero. —Se
acercó más. Sabía que debía sentir más miedo del que sentía, pues quienquiera
que hubiera hecho un túnel tan grande, fuera animal o humano, no sería cosa de
broma; pero tenía la certeza absoluta de que aquella galería subterránea estaba
relacionada con la desaparición de Clavo Brillante. Siguió mirando al vacío,
levantó más la antorcha y aguzó la vista.
Abajo, algo se destacaba en la
oscuridad, un objeto que reflejaba la llama.
—Aquí hay una cosa —gritó.
—¿Cómo qué? —replicó Binabik,
preocupado—. ¿Un animal?
—No, debe de ser metálico. —Se agachó
más aún, y no percibió rastro de animales; sólo una leve acritud como de sudor.
El objeto brillante parecía estar bastante cerca, justo donde el túnel se
curvaba hacia abajo y se perdía de vista—. No lo alcanzo si no me meto.
—Pues ya lo miraremos por la mañana
—insistió Binabik con determinación—. Sal ya.
Simón se adentró un poco en el pasaje
con la esperanza de que el objeto estuviera más cerca de lo que calculaba, pues
a la luz de la antorcha no era fácil de discernir. Sostenía las teas encendidas
ante sí y avanzaba sobre los codos y las rodillas, hasta que entró por
completo. Si pudiera estirarse cuan largo era, seguro que estaría a punto de
tocarlo...
La tierra se abrió de pronto bajo su
cuerpo y se encontró pataleando en terreno suelto. Se agarró a las paredes del
túnel, que cedieron en parte pero lo sujetaron un momento mientras procuraba
apuntalarse con los brazos extendidos. Las piernas seguían hundiéndose en aquel
suelo tan blando y quedó enterrado hasta la cintura. Una de las antorchas se le
cayó y crepitaba ahora contra la húmeda superficie a muy pocos palmos de sus
costillas. La otra seguía aprisionada en su palma, aplastada contra la pared; no
la habría perdido aunque lo hubiera intentado. Se sentía vacío, raro, sin
temor.
—¡Binabik! —gritó—. ¡Me he caído por
el túnel!
Por más esfuerzos que hacía, la
tierra no paraba de moverse bajo sus pies de una forma peculiar, inestable como
la arena al retirarse una ola.
—¡Kikkasut! —juró el gnomo, con los
ojos tan abiertos que lo blanco le refulgía—. ¡Miriamele! ¡Venid enseguida! —
gritó.
Bajó por la pendiente del nicho y
rodeó el ancho casco de la embarcación.
—No te acerques mucho —le advirtió
Simón—. Esta tierra no es firme y podrías caer tú también.
—Entonces quédate quieto. —El
hombrecillo se agarró a un saliente de la enterrada quilla de la barca y tendió
un brazo hacia Simón, pero le faltaba más de un codo para llegar—. Miriamele va
a traer una cuerda. —Simón percibió su angustia a pesar del tono bajo y sereno.
—Esto se..., esto se mueve por aquí
abajo —añadió Simón con ansiedad. Era una sensación espeluznante, una
compresión y descompresión de la tierra que lo sostenía como si una gran
serpiente retorciera sus anillos en las profundidades. La onírica sensación de
calma que tenía se evaporó, y apareció un horror que iba en aumento—. ¡Bi...
Bina... Binabik! —No encontraba resuello.
—¡Estáte quieto! —le recordó el
gnomo, apremiante—. Si pudieras al menos...
Simón no llegó a escuchar el resto de
la frase de su amigo. Algo le pinchó los tobillos de repente como si hubiera
pisado ortigas; después, la tierra se contrajo otra vez y lo tragó. Apenas tuvo
tiempo de cerrar la boca antes de que los grumos terrosos se elevaran y se
cerraran sobre su cabeza como un mar furioso.
Miriamele vio a Binabik salir de la
fosa. Mientras dejaba en el suelo las ramas y las urces que había recogido,
observó que metía la cabeza en la entrada otra vez y que hablaba con Simón, que
seguía dentro. Se preguntó vagamente qué habrían encontrado, ahora todo le
parecía tan sin sentido... Ni todas las espadas del mundo, mágicas o no,
lograrían detener el carro que el dolor enloquecedor de su padre había echado a
rodar cuesta abajo. Sólo el propio Elías podía dar el alto, y ninguna amenaza
de armas fabulosas lo obligaría a hacerlo. Ella conocía demasiado bien a su
padre, sabía de la tozudez que corría por sus venas a la par que la sangre. ¿Y
el Rey de la Tormenta, el escalofriante demonio atisbado sólo en sueños, el
señor de las nornas? Bien, su padre había franqueado la puerta del país de los
mortales a aquella cosa no muerta. Conocía muchas historias antiguas y tenía la
seguridad de que únicamente Elías podría expulsarlo de nuevo y sellar la puerta
a su espalda.
Pero, consciente de que sus amigos se
mantenían firmes en su plan como ella en el suyo, no quería interferir. De
todas formas, ni por un momento habría aceptado acompañarlos al sepulcro.
Corrían tiempos extraños, pero no tanto como para desear cerciorarse de los
efectos que dos años bajo la irrespetuosa tierra habrían causado en su abuelo
Juan.
Ya le había resultado tremendo formar
parte del séquito en el funeral y contemplar cómo bajaban su cadáver a la fosa.
Nunca había estado muy cerca de él, pero, a su lejana manera, la había querido
y se había mostrado dulce con ella. Jamás pudo imaginárselo joven, puesto que
ya era un anciano cuando ella nació, pero en una o dos ocasiones había atisbado
un destello en sus ojos o algo en su inclinado porte que recordaba al hombre
osado y conquistador del mundo que debía de haber sido. No quería que esos escasos
recuerdos quedaran empañados por...
—¡Miriamele!¡ Venid enseguida!
Sorprendida por el temor y el apremio
de la llamada, levantó la vista, pero el hombrecillo no miraba en su dirección,
sino que se dejó caer por el agujero del túmulo y desapareció de su vista con
la rapidez de un topo. Se puso en pie de un salto, destrozando el montón de
astillas que había apilado, y echó a correr por la pradera. El sol se había
hundido en el oeste y el cielo se tornaba rojo ciruela.
«Simón; a Simón le ha pasado algo.»
La distancia que la separaba de ellos
se hacía interminable; llegó a la tumba sin aliento y, al ponerse de rodillas,
sintió una especie de mareo. Se asomó pero no vio nada.
—Simón se ha... —gritaba Binabik—.
Simón se ha... ¡No!
—¿Qué sucede? ¡No os veo!
—¡Qantaqa!— llamó Binabik con un
alarido—. ¡Qantaqa, sosa!
—¿Qué pasa? —preguntó Miriamele,
frenética—. ¿Qué es lo que ocurre?
—¡Traed... antorcha! —Los gritos de
Binabik salían a rotos borbotones—. ¡Cuerda! ¡Sosa, Qantaqa!
De súbito, el gnomo dejó escapar un
alarido de dolor. Miriamele, arrodillada en la boca del agujero, se quedó
clavada de terror y perplejidad. Estaba sucediendo algo horrible... Binabik la
necesitaba, sin duda; pero le había dicho que trajera una antorcha y cuerda, y
cada instante que dejara escapar podía precipitar la desgracia del gnomo y de
Simón.
Una mole enorme la empujó a un lado y
la derribó como si fuera una criatura. Los cuartos traseros de Qantaqa
desaparecieron en las sombras del terraplén; un momento después, el gruñido
furibundo de la loba resonó desde las profundidades. Miriamele se dio la vuelta
y echó a correr otra vez hacia el lugar donde había empezado a hacer la
hoguera. Se detuvo al recordar que las demás cosas estaban en otro sitio, cerca
del túmulo de Juan el Presbítero. Miró desesperada alrededor hasta que las vio
al otro lado del semicírculo de sepulturas.
Resollando, con un temblor de manos
que no le permitía ni sujetar el pedernal y el acero, golpeó frenéticamente
hasta que la antorcha prendió; cogió otra de repuesto y, mientras revolvía
angustiada en busca de la cuerda, la segunda se le encendió con la primera.
La soga no estaba junto a lo demás.
Con una larga retahila de juramentos, digna de un barquero de río, fue a toda
prisa hacia el sepulcro.
El cabo de cuerda asomaba entre la
tierra que Simón y el gnomo habían excavado; se la lió a la cintura para dejar
las manos libres y se introdujo en el nicho.
El interior era extravagante, como de
sueño. El grave aullido de Qantaqa lo llenaba todo igual que el zumbido de un
enjambre furioso, pero se oía algo más, una especie de trino insistente y
peculiar. Al principio, mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad, la
luz trémula de la antorcha sólo le mostraba la amplia y larga curva del Saeta
Marina y las vigas pandeadas, que sobresalían por la terrosa bóveda del nicho a
modo de costillas. Después percibió movimiento, las ágiles patas traseras y la
cola de Qantaqa, única parte visible de su cuerpo al otro lado de la popa.
Alrededor de la loba rebullía un hervidero de pequeñas formas oscuras...
¿ratas?
—¡Binabik! —gritó—. ¡Simón!
—¡No! ¡Huid! —advirtió el gnomo con
voz ronca y desganada, cuando por fin la oyó—. ¡Esto está... infestado de
boghanik! ¡Corred!
Presa de inquietud por sus
compañeros, Miriamele bordeó gateando la embarcación. Una cosa pequeña y
chirriante saltó desde la regala sobre su cabeza y le arañó la cara con las
garras. Soltó un alarido, se la quitó y la aplastó contra el suelo con la antorcha.
En un momento de terror vio un bicho apergaminado, con forma humana, que se
retorcía bajo la tea encendida; sus enmarañadas greñas chisporroteaban y abría
la boca, de agudos dientes, en un espasmo de agonía. Miriamele dejó escapar
otro grito, levantó la antorcha y, de una patada, envió a las sombras a la cosa
moribunda.
Notaba el martilleo del pulso en las
sienes con tal intensidad que creyó que le iba a estallar la cabeza, pero
siguió adelante. Aquella especie de araña que la había atacado no estaba sola;
varios congéneres suyos se arrastraban hacia ella. Las espantó agitando el
fuego ante sí y avanzó hasta llegar al lado de Qantaqa, aunque no sintió deseos
de tocarla, pues la loba trabajaba sin descanso, retorciéndose con agilidad en
el reducido espacio, desgarrando gargantas y rajando cuerpecillos.
—¡Binabik! —gritó—. ¡Simón! ¡Estoy
aquí! ¡Venid hacia la luz!
La llamada atrajo a otro grupo de
aquellos homúnculos chirriantes. Golpeó a dos con la antorcha, pero el segundo
estuvo a punto de arrancarle la tea de la mano antes de caer al suelo
berreando. Un momento después, vio una sombra sobre su cabeza y dio un salto
hacia atrás, con la llama en alto otra vez.
—Soy yo, princesa —dijo Binabik sin
aliento. Había subido a la borda del Saeta Marina, se agachó y desapareció para
volver a asomar después, visibles sólo los ojos entre la sangre y la tierra que
le manchaban el rostro. Bajó el extremo de una larga lanza para que la
cogiera—¡No la soltéis y no dejéis que se os acerquen!
La asió y tuvo que girarse
inmediatamente para despachar a media docena de monstruillos, que estrelló
contra la pared. Se le cayó una antorcha y, al agacharse, uno de los arrugados
seres saltó hacia ella con una cabriola; lo arponeó como lo haría un pescador,
y el bicho se retorció en la punta, lento en morir.
—¡Simón! —gritó—. ¿Dónde está Simón?
—Recogió la segunda antorcha y se la pasó a Binabik, que estaba otra vez
agachado dentro de la embarcación; en ese momento se incorporó con un hacha
entre las manos, un arma casi tan grande como él mismo.
—No puedo sujetarla —le dijo el
gnomo, sin aire—. Encajadla en la pared. —Levantó el hacha por encima de la
cabeza y saltó al lado de Miriamele. La princesa hizo lo que le decía y clavó
el extremo de la tea en la tierra suelta—. ¡Hinik Aia! —gritó.
Qantaqa retrocedió, pero parecía
reacia a abandonar la lucha. Lanzó varios gruñidos y zarpazos a las criaturas
chirriantes, y en uno de estos ataques otro grupo la rodeó. Binabik convirtió a
varios en un amasijo de sangre y carne con el hacha, y Miriamele ahuyentó a
otros cuantos con la lanza. Qantaqa redondeó su faena lanzándose a rematarlos.
Los que quedaban farfullaban furiosos con los ojos encendidos como cien lunas
diminutas, pero no parecían dispuestos a seguir a Miriamele y a sus compañeros
hacia el agujero.
—¿Dónde está Simón? —preguntó otra
vez la princesa. Al mismo tiempo que hacía la pregunta, sabía que prefería
ignorar la respuesta. Sentía dentro de sí una especie de vacío helado. Binabik
no habría abandonado a Simón si todavía viviera.
—No lo sé —contestó el gnomo
secamente—, pero no podemos ayudarlo. Vamos al aire libre.
Miriamele trepó hasta el exterior, de
la oscuridad al anochecer violáceo y al viento frío. Cuando se volvió para
tender la lanza a Binabik y ayudarlo a subir, vio a las criaturas brincando
rabiosas alrededor de la base del Saeta Marina; sus sombras se alargaban y se
hacían aún más grotescas a la luz de la antorcha. Justo antes de que emergieran
los hombros de Binabik y taparan la vista, captó en un breve instante el sereno
y pálido rostro de su abuelo.
El gnomo, acurrucado ante el mísero
fuego, parecía la viva encarnación del abandono absoluto. Miriamele intentaba
encontrar su propio dolor pero no podía, estaba vacía, purgada de sentimientos.
Qantaqa, recostada cerca de ellos, ladeaba la cabeza como sin comprender el
silencio. Tenia el hocico pegajoso de sangre.
—Cayó por el agujero —dijo Binabik
despacio—. Estaba delante de mí y de pronto desapareció. Cavé y cavé, pero sólo
había tierra. —Sacudió la cabeza—. Cavé cuanto pude. Después llegaron los
boghanik. —Tosió y escupió un grumo de tierra en el fuego—. Había muchísimos,
salían de la tierra como gusanos. Y no paraban de llegar, más y más.
—Decís que era un túnel; quizás haya
otros. —Se asombró al oír la calma irreal de su propia voz—. Tal vez haya caído
en otro túnel. Cuando esas cosas, esos... excavadores... se vayan, iremos a
buscar.
—Sí, claro —respondió Binabik
secamente.
—Lo encontraremos, ya veréis.
El gnomo se pasó la mano por la cara
y se quedó mirando, con aire ausente, el barro y la sangre que impregnaban la
palma.
—Hay agua en el odre —dijo
Miriamele—. Voy a limpiaros esos cortes.
—Vos también sangráis —replicó él,
señalando hacia su rostro con un achaparrado dedo negro.
—Voy a buscarlo. —Se levantó; le
temblaban las piernas—. Encontraremos a Simón, ya lo veréis.
Binabik no contestó. Mientras se
dirigía, con paso inseguro, a donde habían dejado la impedimenta, la princesa
se tocó las heridas de la mandíbula, causadas por las garras del excavador. La
sangre ya estaba casi seca, pero al rozarse las mejillas notó la humedad de las
lágrimas..., lágrimas que ni siquiera sabía que había derramado.
«Se ha ido —pensó—. Se ha ido.»
Se le nubló la vista y a punto estuvo
de caer.
Elías, Supremo Rey de Osten Ard,
miraba por la ventana hacia la aguja, clara y elevada, de la Torre del Ángel
Verde, bañada de plata por la luna; envuelta en silencio y en misterio,
semejaba un espectro enviado de otro mundo, un portador de extrañas noticias.
La contemplaba como contempla el mar un hombre que sabe que ha nacido para ser
marino hasta la muerte.
Los aposentos del rey estaban tan
desordenados como el cubil de una fiera. La cama, en el centro de la estancia,
no tenía más que el jergón manchado de sudor y unas pocas mantas tiradas por el
suelo, sin usar, que proporcionaban guarida a toda criatura pequeña capaz de
soportar los rigores de un frío que Elías necesitaba más que deseaba.
La ventana por la que se asomaba,
como todas las demás de aquella gran estancia, estaba abierta de par en par; el
agua de la lluvia se acumulaba en los azulejos bajo el marco y en noches muy
frías se congelaba y formaba bandas blancas en el suelo. El viento había
depositado además hojas y ramitas, e incluso el tieso cadáver de un gorrión.
Siguió contemplando la torre hasta
que la luna rodeó como un halo la silueta del ángel de la aguja. Por fin se
retiró abrigándose en su raída túnica, a través de cuyas costuras, desgastadas
por la putrefacción, asomaba su blanca piel.
—Hengfisk— musitó—, la copa.
Un bulto, que parecía un cobertor más
arrinconado en una esquina, se desplegó por sí solo y se puso de pie. El
sigiloso monje se acercó a una mesa al lado de la puerta y destapó un aguamanil
de piedra. Llenó una copa de un líquido oscuro y humeante y se lo presentó al
rey. La eterna sonrisa del monje, un poco disminuida tal vez, brillaba
débilmente en la oscura habitación.
—No voy a dormir más esta noche
—anunció el monarca—, por culpa de los sueños, ya sabes.
Hengfisk permaneció en silencio, pero
sus ojos saltones lo miraban con absoluta entrega.
—Pero hay algo más; lo noto aunque no
lo comprendo.
Tomó la copa y volvió a la ventana.
La empuñadura de la espada gris, Dolor, rascaba contra el alféizar de piedra.
Hacía mucho tiempo que no se la desceñía, ni siquiera para dormir; la hoja
había hecho su propio hueco en el jergón junto al de la forma del rey. Se llevó
el bebedizo a los labios, tragó y exhaló un suspiro.
—La música ha cambiado —prosiguió en
voz baja—. La gran música de la oscuridad. Pryrates no ha dicho nada pero yo lo
sé; no me hace falta que ese eunuco me lo diga todo porque no veo cosas ahora,
oigo voces..., huelo esencias... —Se limpió la boca en la manga de la túnica,
que añadió una mancha negra más a las muchas, ya secas, que tenía—. Alguien ha
cambiado algo. —Hizo una larga pausa—. Aunque es posible que Pryrates no esté
ocultándomelas. —Se volvió hacia el copero con una expresión rayana en la cordura—.
Quizá ni las conozca siquiera. No sería lo único que ignora; algunos secretos
me pertenecen sólo a mí, todavía. —Continuó con su triste meditación—. Pero si
él no se da cuenta de cómo..., cómo van cambiando las cosas..., me pregunto qué
significará que él no lo sepa. —Regresó junto al ventanal, a mirar la torre,
como en espera de instrucciones—. ¿Qué puede significar?
Hengfisk aguardaba paciente. Por fin,
Elías terminó el brebaje y le tendió la copa, que el monje recogió de sus manos
y depositó en la mesa antes de retirarse de nuevo a su rincón. Se acurrucó
contra la pared con la cabeza erguida, listo para ejecutar más órdenes, si las
hubiera.
—La torre aguarda —el rey no aumentó
el murmullo de su voz—, desde hace mucho tiempo.—Al apoyarse en el pretil, se
levantó el viento y agitó sus negros cabellos; luego removió las hojas del
suelo y las arrastró, susurrantes, por toda la estancia—. ¡Oh, Padre...! —clamó
en un suspiro—. ¡Dios de clemencia! ¡Cuánto deseo dormir!
Por unos espantosos momentos, Simón
sintió que se hundía en la fría humedad arenosa. Revivió todas las pesadillas
que había tenido de muerte y enterramiento al tiempo que la tierra le llenaba
los ojos y la nariz y le constreñía las piernas y los brazos. Clavó los dedos
hasta que dejó de notar las manos, pero la masa atragantadora seguía
presionándolo.
Entonces, con la misma brusquedad con
que lo había engullido, lo vomitó. Las piernas, que pataleaban como las de un
náufrago, no encontraron ya resistencia, y al instante cayó dando tumbos con
una gran avalancha de tierra suelta. Aterrizó con todo su peso, y el aire,
largo tiempo contenido en sus pulmones, salió disparado en un doloroso soplido.
Tomó más y tragó suciedad.
Se quedó de rodillas un buen rato,
estremecido y convulso por las náuseas. Cuando los gusanillos luminosos
empezaron a despejarse de su visión, levantó la cabeza. En alguna parte había
luz; no mucha, pero la suficiente como para distinguir vagamente, a grandes
rasgos, un espacio circular un poco más amplio que su propio cuerpo. ¿Otro
túnel? ¿O sólo un pozo en las profundidades, una tumba destinada a él donde el
aire se acabaría enseguida?
Una pequeña llama surgió de entre el
montón de tierra en el que se encontraba; de ahí provenía la luz. Cuando logró
mover los entumecidos miembros, se arrastró hacia allí y descubrió que se
trataba de la punta de una de sus antorchas, la única parte de la tea ardiente
que no había sido sepultada por el alud. Con todo el cuidado posible, hundió la
mano en el revoltijo margoso y recuperó la antorcha; le quitó los grumos
pegados mientras maldecía distraído porque se quemaba los dedos. Una vez
limpia, la colocó boca abajo para que la llama prendiera con más fuerza, y
enseguida se ensanchó el círculo de luz.
Lo primero que vio fue que realmente
se encontraba en otra galería. Por un lado se internaba en la tierra igual que
la anterior, pero, a diferencia del agujero por donde había caído, éste no
tenía salida al mundo exterior sino que terminaba a su lado, en un amorfo
montón de detritus, una gran nada ciega de terrones húmedos y tierra suelta.
Más allá no se veía claridad ni ninguna otra cosa; el agujero por el que había
caído estaba ahora tapado por el alud.
Lo que percibió en segundo lugar fue
un opaco brillo metálico cerca de donde estaba; se acercó y, para su amarga
decepción, comprobó que cedía con suma facilidad y que era muy pequeño. No se
trataba de Clavo Brillante, sino de una hebilla de cinturón plateada.
La levantó hacia la antorcha y,
después de quitarle la suciedad con los dedos, lanzó una ronca carcajada, casi
una queja que murió rápidamente entre los estrechos confines. De modo que había
arriesgado la vida por... esto; ahí tenía el cebo que lo había hecho caer al
pozo que ahora lo encarcelaba. La hebilla estaba tan rayada y gastada que
apenas se reconocían los adornos. En el centro había una especie de cabeza de
animal, con el hocico chato como de oso o de cerdo, y, alrededor, unas hebras
finas que podían ser palos o flechas. Era antigua y no le servía de indicación;
no valía nada.
Hundió el extremo de la antorcha en
el suelo y, súbitamente, trepó terraplén arriba. El cielo tenia que estar
encima, en alguna parte. El terror lo atenazaba por momentos. ¡Seguro que
Binabik estaba buscándolo! Pero ¿cómo lo encontraría si él no contribuía? Al
principio, resbalaba un codo por cada codo de terreno que ganaba, hasta que
encontró la forma de ascender sin desprender tanta tierra. Por fin, alcanzó la
altura suficiente como para colocar la mano en la inestable boca del túnel.
Cavó allí con frenesí y provocó una lluvia de porquería, que enseguida fue
sustituida por una nueva avalancha. A medida que pasaba el tiempo, perdía
control sobre lo que hacía; arañaba la blanda tierra y la apartaba a grandes
puñados, que arrastraban más porquería detrás, pero sin resultados visibles.
Las lágrimas le rodaban por la cara mezclándose con las gotas de sudor, y los
ojos le escocían: aquello no tenía fin, por más que se esforzara.
Se detuvo al cabo de un rato,
tembloroso y hundido casi hasta la cintura. El corazón le latía tan deprisa que
tardó un rato en percatarse de que la luz había menguado. Al girarse, comprobó
que, en su locura por abrirse paso, casi había tapado la antorcha otra vez. Se
quedó mirándola temeroso de bajar de allí porque al resbalar por la tierra
podría apagarla por completo, y, una vez extinguida la llama, no habría forma
de encenderla de nuevo... y quedaría sumido en una oscuridad absoluta.
Con suma precaución, liberó las
piernas procediendo con la misma delicadeza con que en algún tiempo acechaba
ranas en el foso de Hayholt.
«Despacio, despacio —se decía—. La
oscuridad no, no. Necesito la luz; no tendrán ninguna pista para encontrarme si
pierdo la luz.»
Se desprendió una pequeña avalancha;
unos grumos cayeron rodando por el montón y un hilillo de granos sueltos se
detuvo justo antes de la llama, que tembló. El corazón estaba a punto de
parársele.
«Despacio, despacio, muy despacio.»
Contuvo el aliento para introducir la
mano bajo la tierra que tapaba el asidero de la tea, la sacó y respiró de
nuevo. El límite entre la oscuridad y la luz era tan estrecho... Un
deshilachado borde de sombras, en realidad.
Volvió a limpiarla quemándose los
mismos dedos y profiriendo las mismas maldiciones, hasta que recordó el
cuchillo qanuc que llevaba atado a la pierna. Tras una oración de gracias por
el hallazgo, el primer hecho afortunado desde hacía tiempo, completó la tarea
con la hoja de hueso. Se preguntó fugazmente cuánto duraría la luz, pero apartó
el pensamiento con presteza. No había posibilidad de salir de allí cavando,
estaba claro, de modo que bajaría un poco más por el túnel y esperaría a que
Binabik y Miriamele asomaran desde arriba. Seguro que no tardarían, y había
aire más que suficiente, ahora que lo pensaba mejor...
Puso la antorcha boca abajo para que
ardiera toda la cabeza y, en ese instante, otro alud se precipitó por el
terraplén, pero estaba tan concentrado en lo que hacía que no levantó la cabeza
hasta que oyó un segundo derrumbamiento; alzó entonces la luz y miró hacia la
boca del túnel. La tierra... rebullía.
Una especie de diminuto árbol negro
se irguió en la superficie y aplastó sus finas ramas contra el suelo; al
instante brotó otro a su lado y, luego, un pequeño conglomerado surgió con
esfuerzo entre ambos. Era una cabeza, cuyos ciegos ojos enfocaron en su
dirección agitando al mismo tiempo las aletas de la nariz. Una boca se abrió en
una mueca espeluznantemente parecida a la humana.
Más manos y cabezas continuaban
emergiendo por toda la superficie. Simón, paralizado por la terrorífica visión,
se agazapó de un salto con la antorcha y el cuchillo por escudo.
—¡Bukken!¡Excavadores! —La garganta
se le agarrotó.
Debían de ser unos seis en total. A
medida que se libraban de la tierra, se reunían trinando suavemente entre
ellos, con los larguiruchos y peludos miembros tan entremezclados y unos
movimientos tan retorcidos y repentinos que no conseguía contarlos con exactitud.
Blandió la luz contra ellos y los hizo retroceder, aunque no mucho; eran
cautos, pero desde luego no tenían miedo.
«Jesuris Aedón —rogó en silencio—.
Estoy encerrado con los excavadores. Salvadme ahora. Por favor, que alguien me
salve.»
Avanzaron a una, pero se separaron de
pronto y se repartieron por las paredes. Simón lanzó un grito de terror y
golpeó al más cercano con la antorcha. El bicho soltó un alarido de muerte pero
dio un brinco y le apresó la muñeca con las patas y los brazos; los afilados
dientes se le clavaron en la mano y a punto estuvo de soltar la tea. El grito
se convirtió en un mudo desgarro de dolor y aplastó el brazo contra la pared
para deshacerse de la cosa. Otros cuantos, animados por la retirada del fuego,
se adelantaron observando con ansiedad.
Largó una cuchillada a uno y lo
ensartó en la hoja; atravesó los mohosos harapos con que se cubría y hendió la
carne a fondo. Golpeó la otra mano contra la pared con todas sus fuerzas y oyó
un crujir de huesecillos. La cosa que le aprisionaba la muñeca cayó, pero
notaba las pulsaciones de la mano como si lo hubiera mordido una serpiente
venenosa.
Retrocedió como pudo, resbalando por
la pendiente sobre las rodillas y procurando no perder el equilibrio en aquella
especie de arenas movedizas, mientras los excavadores se lanzaban en su
persecución. Agitó la antorcha hacia adelante y hacia atras en un arco amplio.
Las tres criaturas que todavía quedaban no lo perdían de vista un momento, con
las pequeñas caras marchitas y duras, y las bocas abiertas de odio y miedo.
Tres, más los dos que yacían en el suelo donde estaba hacía un momento.
Entonces, ¿eran sólo cinco...?
Algo le cayó en la cabeza desde el
techo. Unas garras penetrantes le arañaron la cara y unos dedos le sujetaron el
labio superior. Con un grito, se llevó la mano al rostro, agarró el cuerpecillo
contorsionado y tiró de él con toda su energía. Tras unos momentos de lucha,
logró arrancárselo, aunque se llevaba varios puñados de pelo en las manos.
Entre alaridos de asco y terror, lo aplastó contra el suelo y lo tiró después
hacia los otros; sus tres compañeros se ocultaron en las sombras retrocediendo
a trompicones mientras él se arrastraba al extremo opuesto a toda velocidad,
farfullando juramentos y escupiendo para quitarse el nauseabundo sabor de la
sebosa piel del excavador.
Esperaba que en cualquier momento se
le abalanzaran sobre las piernas. Se alejó un poco, dio media vuelta y levantó
la antorcha. Le pareció distinguir un pálido destello de ojos, pero no estaba
seguro, de modo que continuó descendiendo y poniendo distancia de por medio.
Dos veces se le cayó la antorcha, y la volvió a recoger apresuradamente, con
miedo, como si fuera el corazón que se le caía del pecho.
No parecía que los excavadores
persistieran en seguirlo. Calmó un poco el pavor que lo atenazaba pero el
corazón todavía le galopaba. Bajó las manos y las rodillas, el suelo del túnel
resultaba ahora más compacto.
Al cabo de un rato se detuvo y se
sentó. A la luz de la antorcha no vio que nadie lo persiguiera pero, en aquella
negrura amorfa, algo resultaba diferente. Miró hacia arriba; el techo estaba
mucho más alto..., tanto que sentado no lo alcanzaba.
Respiró hondo, y luego otra vez. Se
quedó allí hasta que notó que el aire que le llegaba a los pulmones lo
beneficiaba un poco; entonces, levantó la luz e inspeccionó el lugar de nuevo.
Sí, el túnel era ahora más alto y más ancho. Tocó una pared y la encontró casi
tan sólida como el adobe.
Miró hacia atrás por última vez y se
puso de pie. El techo le quedaba a un palmo de la cabeza.
Agotado hasta lo increíble, empezó a
caminar con la antorcha por delante. Ahora sabía por qué Binabik y Miriamele no
habían podido acudir en su ayuda. Deseó que los excavadores no los hubieran
atrapado en el nicho, pero no podía pensar en ello más de un momento. ¡Pobre
amigo suyo! ¡Aquel hombrecillo tan valiente! Pero él también tenía problemas
inmediatos ante sí.
La galería era tan lisa como la
madriguera de un conejo y penetraba cada vez más en las entrañas de la tierra.
Ansiaba con desespero volver a la luz, sentir el viento; lo último que quería
era permanecer en aquel lugar, en aquella tumba larga y estrecha. Pero no tenía
otro sitio adónde ir; estaba solo otra
vez, completa y absolutamente solo.
Con todas las articulaciones
doloridas, esforzándose por desechar cada uno de los horrendos pensamientos que
le asaltaban la mente, no menos quebrantada que su cuerpo, se internó despacio
en las tinieblas.
XIII
EL SOL DEPUESTO
E
olair recontó lo que quedaba de su
tropa hernystira; poco más de dos veintenas del centenar de hombres que habían
abandonado sus tierras occidentales para acompañarlo. Estos sobrevivientes se
hallaban ahora acurrucados en torno a las fogatas, al pie de la colina, a la
sombra de Naglimund, con el rostro macilento y los ojos vacíos como pozos
secos.
«Pobres valientes —se lamentó para
sí—. ¿Quién habría dicho jamás que íbamos a ganar?» Se sentía tan exánime y
falto de coraje como cualquiera de ellos, inmaterial como un fantasma.
Mientras deambulaba de grupo en
grupo, una ráfaga de música extraña bajó ondeando desde la colina; los hombres
se agitaron y murmuraron apesadumbrados unos con otros. Sólo era el canto de
los sitha, que montaban guardia en el exterior de la muralla demolida... pero
hasta los propios aliados resultaban tan ajenos que inquietaban el ánimo de los
mortales. Y las nornas, sus primas inmortales, cantaban también.
Las murallas habían sido arrasadas
tras quince días de asedio, pero las pálidas defensoras se habían refugiado en
el castillo interior, sorprendentemente difícil de someter. Allí entraban en
liza fuerzas que Eolair no comprendía, cosas que ni el general humano de mente
más preclara habría podido intuir; y él, como solía recordarse a menudo, no era
general siquiera. No era más que un terrateniente, una especie de cortesano
contra su voluntad, y un diplomático hábil. Así pues, no era de extrañar que
tanto él como sus hombres se sintieran inmersos en unas corrientes demasiado
potentes para las que escasamente estaban preparados.
La defensa de las nornas consistía en
algo que, cuando Jiriki se lo describió, le sonó a pura magia. Habían «cantado
una vacilación», según sus palabras, basada en el «dominio de las sombras». El
castillo no caería mientras no comprendieran la música y las sombras
continuaran entretejidas. Mientras no se produjera esa comprensión, los
nubarrones seguirían concentrándose en el cielo provocando breves tormentas y
desapareciendo de nuevo. A veces, cuando estaba despejado, caían potentes rayos
y truenos; las brumas que rodeaban el alcázar parecían adquirir la consistencia
del diamante y centelleaban como el cristal. Pero en otros momentos se tornaban
rojas como la sangre o negras como el carbón, y se alzaban en jirones que
caracoleaban por los muros hasta arañar el cielo. Eolair pedía explicaciones
pero, para Jiriki, lo que las nornas hacían —y lo que su pueblo intentaba como
represalia— no era más extraordinario que cortar los suministros de madera o
utilizar ingenios de sitio o cualquier otra clase de máquinas de guerra
humanas. Los términos sitha no significaban nada para Eolair, que se limitaba a
sacudir la cabeza maravillado y temeroso. Estaba atrapado, junto con sus
hombres, en una conflagración de monstruos y hechiceros salidos de las
canciones de los bardos. Aquél no era lugar para los mortales... y los mortales
lo sabían.
Meditaba y caminaba en círculos, y
terminó junto a su propia fogata.
—Eolair —lo saludó Isorn—, te he
guardado los últimos tragos. —Le hizo una seña para que se sentara junto a él y
le pasó un pellejo de vino.
Bebió, más por compañerismo que por
otra cosa. Nunca había sido un gran bebedor, sobre todo si había trabajo de por
medio, pues ya era difícil mantener la cabeza fría en una corte extranjera
cuando se regaban banquetes abundantes con cantidades apropiadas de licor.
—Gracias. —Limpió la fina capa de
nieve de un madero, se sentó y arrimó las suelas al fuego— ¡Qué cansancio!
—dijo en voz baja—. ¿Dónde está Maegwin?
—Estaba paseando, hace un rato; pero
seguro que se ha ido a dormir ya. —Señaló hacia una tienda a poca distancia.
—No debería andar sola por ahí.
—La acompañaba uno de los nuestros, y
nunca se aleja mucho. Sabes que no la dejaría alejarse ni aun con vigilancia.
—Lo sé, pero tiene el alma tan
enferma... Parece un crimen traerla al campo de batalla. Sobre todo a éste.
—Con un gesto de la mano abarcó la ladera y la nieve, pero Isorn sabía que no
se refería al tiempo ni al terreno.
—Está loca, sí, pero parece más
serena que los hombres.
—¡No digas eso! —lo reprendió
Eolair—. ¡No está loca! —Respiró estremecido.
—Si eso no es locura, Eolair —repuso
Isorn con dulzura—, dime qué es. Habla como si estuviera en la tierra de
vuestros dioses.
—A veces me pregunto si no tendrá
razón.
—Si esto es el cielo —respondió el
rimmerio, jugueteando con el efecto de la luz sobre el desgarrón irregular que
le recorría el brazo, de la muñeca al codo—, los sacerdotes de Elvritshalla me
guiaron mal. —Sonrió—. Pero, si nos contamos entre los muertos, supongo que ya
no tengo nada que temer.
—Eso es precisamente lo que me
preocupa —dijo el conde con un estremecimiento—. ¡Ella piensa que está muerta,
Isorn! En cualquier momento puede salir y ponerse a pasear en medio del
combate, como el otro día, sin que nos demos cuenta...
—Su locura me parece más juiciosa que
todo eso —replicó Isorn, poniéndole una mano en el hombro— y, aunque no esté
tan atemorizada como los soldados, tampoco le falta miedo. Ese condenado
castillo expuesto al viento y esas endemoniadas y sucias cosas blancuzcas no le
gustan más que a nosotros. Hasta ahora se ha mantenido a salvo y procuraremos
que siga así. Apuesto a que no necesitas más preocupaciones de las que tienes.
—¡Vaya, Isorn hijo de Isgrimnur!
—dijo Eolair con una sonrisa fatigada—, ya veo que piensas reemplazar a tu
padre en el puesto. —¿A qué te refieres?
—He visto cómo trata a Josua; lo
anima a levantarse cuando quiere acostarse, le hace cosquillas bajo los brazos
y le canta canciones cuando tiene ganas de llorar... De modo que ¿vas a ser mi
Isgrimnur personal?
—Mi padre y yo somos hombres
sencillos —contestó Isorn sonriendo ampliamente—. No tenemos seso para las
cosas que os preocupan a Josua y a ti.
Eolair soltó un bufido y alcanzó el
odre de vino.
Por tercera noche consecutiva, el
conde soñaba con la última escaramuza ocurrida dentro de los muros de
Naglimund, una pesadilla más vivida y espantosa que cualquier cosa concebida
por la imaginación.
Había sido un enfrentamiento de
horror extraordinario. Los hernystiros, protegidos contra el polvo enloquecedor
de las nornas con mascarillas de tela empapadas en grasa o savia de árbol,
tenían un aspecto tan pavoroso como los demás combatientes. Los mortales que
habían sobrevivido a los primeros días de sitio luchaban con una determinación
inexorable, a sabiendas de que no tendrían ninguna otra oportunidad de salir
con vida de aquel lugar endemoniado. La mayor parte de la lucha tuvo lugar en
los estrechos espacios entre los edificios incendiados y derruidos y entre
jardines arrasados por el invierno, rincones por donde Eolair había paseado en
atardeceres cálidos con damas de la corte de Josua.
El menguante ejército de las nornas
defendía la ciudadela usurpada con una especie de desprecio demencial por la
propia vida: el conde había visto a una arremeter contra la espada que le
atravesaba el pecho y avanzar por la hoja para matar al mortal que aferraba la
empuñadura, antes de morir en un acceso de tos sanguinolenta.
También habían muerto la mayoría de
los gigantes, pero, antes de caer, cada uno se cobraba un diezmo espeluznante
de mortales e inmortales. Soñando, rememorando, hubo de volver a contemplar en
el recuerdo cómo uno de los enormes brutos agarraba a Ule, hijo de Frekke, uno
de los escasos rimmerios que se había unido a la tropa de guerra desde
Hernysadharc, lo volteaba en el aire y le estrellaba los sesos contra la pared
con la facilidad con que un hombre mataría a un gato. Cuando tres sitha lo
rodearon, el hunë sacudió con desdén el cuerpo casi decapitado sobre ellos y
los regó con una lluvia de sangre. Después, el peludo gigante utilizó el
cadáver de Ule a guisa de garrote, con el que mató a un sitha antes de que los
otros dos le clavaran las lanzas en el corazón.
Retorciéndose entre las ineludibles
garras de la pesadilla, Eolair, impotente, veía a su compañero convertido en
arma, sacudido a diestro y siniestro hasta que su cuerpo comenzó a
desmembrarse...
Despertó temblando, con la cabeza a
punto de estallar; se apretó las sienes y se estrujó la cabeza tratando de
aliviar la presión. ¿Cómo podría un hombre presenciar semejantes escenas sin
perder la razón?
Una mano le tocó la muñeca.
Aterrorizado, dio un grito y se tiró
a un lado buscando la espada. Una sombra alta se recortaba en la entrada de la
tienda.
—Paz, conde Eolair —saludó Jiriki—.
Lamento haberos asustado. He llamado desde fuera pero pensé que estaríais
dormido, pues no respondisteis. Os lo ruego, perdonad mi intromisión.
—¿Qué queréis? —preguntó, aliviado
pero furioso y avergonzado.
—Disculpadme, os lo ruego; he venido
porque es importante y el tiempo apremia.
—¿De qué se trata? —Sacudió la cabeza
y respiró despacio—. ¿Ocurre algo malo?
—Likimeya os pide que vengáis. Todo
será explicado. —Levantó la toldilla de la tienda y salió al exterior—. ¿Venís?
Espero a que os vistáis.
—Sí..., sí, claro. Ahora voy.
Sentía una especie de orgullo mudo.
Likimeya enviaba a su hijo a buscarlo y, puesto que Jiriki pasaba los días
ocupado exclusivamente en asuntos cruciales y de primerísimo orden, los sitha
debían de considerar su comparecencia importante de verdad. Al momento
siguiente, el orgullo se transformó en una inquietud corrosiva; ¿se
encontrarían en tan malas circunstancias que buscaban ideas u órdenes del jefe
de dos veintenas de guerreros mortales aterrorizados? Habría jurado que estaban
ganando el asedio.
Tardó muy poco en ceñirse el cinto de
la espada, calzarse las botas y echarse encima la capa forrada de piel. Siguió
a Jiriki entre la niebla de la colina, asombrado porque las huellas del sitha,
tan alto y casi tan fornido como él mismo, sólo rizaban la nieve levemente,
mientras que sus botas dejaban profundas señales.
Levantó la mirada hacia la cima donde
se acurrucaba Naglimund como una bestia herida. Resultaba casi imposible creer
que antaño hubiera sido un lugar donde la gente bailaba, cantaba y amaba.
Algunos opinaban que en la corte del príncipe Josua predominaba la severidad,
mas ¡ay si aquellos que antes se burlaban del príncipe vieran ahora su palacio!
Se les quedaría la boca seca y el corazón les flaquearía al comprender el
verdadero significado de la palabra «severidad».
Jiriki lo guiaba entre las tiendas de
gasa de los sitha, que brillaban sobre la nieve como empapadas en luz de luna.
A pesar de la hora, entre la medianoche y el amanecer, muchos sitha se
encontraban en el exterior, formando grupos solemnes y mirando al cielo o
sentados en el suelo cantando en voz baja. Ninguno parecía afectado por el
viento gélido que obligaba al mortal a cerrarse la capucha bajo la barbilla;
deseó que Likimeya tuviera una hoguera encendida, aunque sólo fuera por
consideración hacia la fragilidad de la condición humana del visitante.
—Tenemos que haceros algunas
preguntas sobre este lugar al que llamáis Naglimund, conde Eolair —expresó
Likimeya con un atisbo de autoridad en la voz.
Eolair apartó la mirada del
resplandor y la dirigió a Jiriki, a su madre y al alto y moreno Kuroyi.
—¿Qué podría deciros que no os haya
contado ya? —Lo irritaban en cierto modo las confusas costumbres de los sitha,
pero era incapaz de mantener esa emoción en presencia de la poderosa y
penetrante mirada de Likimeya—. Además, ¿no es un poco tarde para preguntar,
puesto que el sitio empezó hace quince días?
—No son datos como la altura de las
murallas o la profundidad del foso lo que necesitamos saber. —Jiriki tomó
asiento junto al conde, y el fino tejido de su camisa brilló—. Todo lo que nos
habéis dicho hasta ahora nos ha sido de gran ayuda.
—Vos pasabais temporadas aquí, cuando
el príncipe mortal Josua era el jerarca. —Likimeya hablaba con brusquedad, como
impacientada por los intentos diplomáticos de su hijo—. ¿Existe algún secreto
oculto?
—¿Algún secreto? —Eolair sacudió la
cabeza negativamente—. Ahora me confundís por completo. ¿A qué os referís?
—No somos justos con el mortal
—intercedió Kuroyi, con una frialdad emocional extrema, incluso para un sitha—.
Merece saber más. Si Zinjadu viviera se lo explicaría. Puesto que fallé a mi
querida amiga y ahora viaja hacia sus antecesores, tomo su lugar como
transmisor de sabiduría. —Se volvió hacia Likimeya—. Con el consentimiento de
la Casa de la Danza Anual, naturalmente.
Likimeya cantó sin palabras y agitó
las manos dándole licencia.
—¿Jiriki i-Sa'onserei os ha hablado
sobre el Sendero de los Sueños, conde Eolair? —le preguntó Kuroyi.
—Sí, me ha contado algunas cosas.
Además, los hernystiros conservamos muchas leyendas del pasado y de vuestro
pueblo. Hay entre nosotros algunos que dicen caminar por el Sendero de los
Sueños tal como les enseñasteis a hacer a nuestros antecesores. —Pensó con
amargura en el supuesto mentor de Maegwin, la maga de la visión, Diawen; si
algún hernystiro poseía en verdad ese poder, poco tenía que ver con el sano
juicio o el sentido de la responsabilidad.
—En ese caso, seguro que os ha
mentado también los Testigos, esos objetos que utilizamos para facilitar los
viajes por el Sendero. —Tras una pequeña vacilación, Kuroyi introdujo la mano
en su camisa, blanca como la leche, y extrajo un objeto redondo, translúcido y
amarillo que captó la luz de la hoguera como una esfera de ámbar o una bola de
vidrio derretido—. He aquí uno, el mío. —Permitió que Eolair lo contemplara un
momento y lo volvió a guardar—. Como la mayoría, no nos sirve de nada en estos
tiempos extraños, pues el Sendero de los Sueños es intransitable como lo sería
cualquier camino del mundo en medio de una terrible ventisca.
»Pero existen además otros Testigos,
mucho más grandes y poderosos, inamovibles, vinculados al lugar donde se
encuentran. Los llamados Testigos Maestros, porque se asoman a muchas cosas y a
muchos sitios. Vos habéis visto uno.
—¿El Shard?
—Sí, en Mezutu'a. Había más, aunque
ahora casi todos se han perdido, con el tiempo o con las transformaciones de la
tierra. Hay uno bajo el castillo de vuestro enemigo, el rey Elías.
—¿Debajo de Hayholt?
—Sí. El Pozo de las Tres
Profundidades es su nombre; pero ha permanecido muchos siglos seco y sin voz.
—¿Y tiene algo que ver con Naglimund?
¿Hay aquí algo semejante?
—No estamos seguros —contestó, con
una sonrisa estrecha y glacial.
—No comprendo. ¿Cómo es que no estáis
seguros?
—Paz, Eolair de Nad Mullach —replicó
el sitha levantando una mano de largos dedos—; permitidme terminar la historia.
Según el criterio de los Nacidos en el Jardín, es bastante breve.
Eolair se removió un poco; se
alegraba de que la luz proviniera de la hoguera porque disimulaba su rubor en
la embarazosa situación. ¿Por qué lo cohibían tanto aquellas gentes, como si
fuera un crío, como si hubiera olvidado todos los años de experiencia
diplomática?
—Disculpadme.
—En Osten Ard siempre ha habido
determinados lugares —prosiguió Kuroyi— que se comportan como Testigos
Maestros... aunque no parece que contengan ningún Testigo. Es decir, los
efectos son patentes; a veces incluso hacen gala de resultados más poderosos que
cualquier otro Testigo, pero no encontramos el objeto responsable. Puesto que
llegamos a esta tierra hace mucho, hemos estudiado esos lugares pensando que
responderían preguntas que nos hacemos acerca del No Ser que nos obligó a
abandonar nuestras regiones y a venir a éstas.
—Perdonad que os interrumpa de nuevo,
pero ¿cuántos lugares de esas características existen? ¿Y a qué obedece su
existencia?
—Tan sólo sabemos de unos pocos entre
la lejana Nascadu y los yermos del blanco norte. A-Genayusu'e los llamamos;
«Casas de Travesía al Más Allá» sería una forma tosca de verterlo a vuestra
lengua. Nosotros, los Nacidos en el Jardín, no somos los únicos que detectamos
el poder de esos sitios; a veces también atraen a ciertos mortales buscadores
de saber o dementes peligrosos. Lo que vosotros llamáis Thisterborg, la colina
cercana a Asu'a, es un enclave de esas cualidades.
—Lo conozco. —El recuerdo de un
trineo negro tirado por deformes cabras blancas le tensó los músculos—.
Vuestras primas las nornas también conocen Thisterborg; las vi allí.
—Los Nacidos en el Jardín —prosiguió
el sitha sin mostrar sorpresa— siempre hemos sentido interés por esos
fenómenos, antes incluso del cisma de las familias. Tanto los hikeda’ya como
nosotros hemos intentado dominarlos pero están dotados de energías salvajes e
imprevisibles como el viento.
—Es decir—resumió Eolair después de
pensarlo—, en Naglimund no hay un Testigo Maestro, sino una de esas cosas,
una... ¿Casa del Más Allá? No recuerdo las palabras en vuestra lengua.
Jiriki se volvió hacia su madre con
una sonrisa y un gesto que casi parecían de orgullo. Eolair se sintió ofendido
por un instante; ¿acaso era tan sorprendente que un mortal supiera escuchar y
razonar?
—Un A-Genay'asu. Sí, eso es lo que
creemos —confirmó Kuroyi—; pero nos llamó la atención cuando ya era demasiado
tarde, y no tuvimos oportunidad de cerciorarnos antes de que lo tomaran los
mortales.
—Antes de que los mortales lo tomaran
con sus lanzas de hierro. —La suavidad de la voz de Likimeya era como el siseo
que precede a un latigazo. Eolair levantó la mirada sorprendido por su
vehemencia y, con la misma rapidez, la volvió hacia el rostro más plácido de
Kuroyi.
—Tanto los zida’ya como los hikeda’ya
continuaron frecuentando esta región después de que los hombres levantaran su
castillo en Naglimund —continuó el sitha de negros cabellos—. Nuestra presencia
los asustaba, aunque sólo nos veían a la luz de la luna, e incluso entonces,
muy pocas veces. El hombre al que los emperadores dieron el mando de la
localidad llenó de hierro los campos de alrededor, y de ahí procede su nombre
Fortaleza de los Clavos.
—Sabía que los clavos servían para
alejar a los Pacíficos, como os llamamos los hernystiros, pero, como fue
construido en la era en que la paz reinaba entre vuestro pueblo y el mío, no
había comprendido la necesidad de semejantes defensas.
—El mortal llamado Aeswides, el que
mandó defender la plaza, tal vez se sentía avergonzado por haber invadido
nuestras tierras construyendo este alcázar tan cerca de nuestra ciudad Da'ai
Chikiza, situada al otro lado de esas colinas. —Señaló hacia el este—. Tal vez
temiera una invasión por nuestra parte o que le arrebatáramos la fortaleza;
quizá tomara por espías a aquellos de los nuestros que todavía acudían aquí en
peregrinación. ¿Quién sabe? En realidad, a medida que transcurría el tiempo,
traspasaba las puertas con menos frecuencia y al final murió como un recluso,
temeroso de abandonar siquiera sus propios aposentos, muy vigilados, por miedo
a lo que pudieran hacer los temidos inmortales. —Kuroyi volvió a sonreír con
frialdad—. Sin embargo, y a pesar de que el mundo está lleno de cosas
terribles, los mortales siempre parecen buscarse nuevos problemas.
—Sin renunciar a los viejos. —Eolair
devolvió la sonrisa al alto sitha—. Pues, al igual que sucede con el corte de
una capa, sabemos que lo viejo y conocido es mejor a la larga. No obstante, no
creo que me hayáis traído aquí sólo para contarme la vida de un mortal
desaparecido tiempo ha.
—No, en efecto. Puesto que fuimos
expulsados de la tierra en una época en que considerábamos mejor no interferir
y dejar que los mortales construyeran donde quisieran, aún nos quedan preguntas
sin responder con respecto a este lugar.
—Y necesitamos las respuestas ahora,
conde Eolair —terció Likimeya—. De modo que decidnos: esta plaza a la que
llamáis Naglimund ¿es conocida entre los mortales por alguna clase de fenómeno
extraordinario? ¿Apariciones? ¿Sucesos fuera de lo común? ¿Se le atribuyen
encantamientos de espíritus de los muertos?
—Debo admitir que nunca he oído nada
semejante —confesó Eolair con el entrecejo fruncido— De otras partes, algunas a
menos de una legua del sitio donde nací, podría contaros historias durante una
noche entera, pero no de Naglimund. El príncipe Josua es un gran amante de la
sabiduría antigua; estoy convencido de que, si hubiera algo de ese estilo, me
lo habría contado con gran satisfacción. Lamento haberos obligado a repetir una
historia tan larga para un resultado tan magro.
—De todas formas, creemos muy posible
que este enclave sea un A-Genay'asu —insistió Jiriki—, desde antes de la caída
de Asu'a. Tomad, conde Eolair. Parecéis sediento; permitid que os sirva un
poco.
El hernystiro aceptó agradecido otra
copa de vino caliente de... algo, lo que fuese, que sabía a flores y lo
confortaba de forma agradable.
—De todos modos —prosiguió después de
unos sorbos—, ¿qué significado tendría que Naglimund reuniera esas
características?
—No estamos seguros. Es una de las
cuestiones que nos preocupan. —Jiriki se sentó enfrente de Eolair y levantó una
mano—. Teníamos la esperanza de que los hikeda’ya hubieran venido aquí sólo como parte del
trato con Elías, y que se hubieran quedado únicamente porque es un puesto
intermedio entre el Pico de las Tormentas y el castillo que se levanta sobre
los cimientos de Asu'a.
—Pues ya no lo creéis así —afirmó,
más que preguntar.
—No. Nuestras parientes luchan con
excesivo denuedo, traspasan el límite de lo que ganan por oponer resistencia.
No estamos en el enfrentamiento final y, por muchas razones que Utuk'ku tenga
para odiarnos, no se trata de una ira ciega: no despreciaría la vida de tantos
Hijos de las Nubes por mantener una ruina inservible.
Eolair no sabía gran cosa acerca de
la reina de las nornas, Utuk'ku, pero lo poco que había oído era estremecedor.
—Entonces, ¿qué quiere? ¿Qué quieren
todas?
—Quieren quedarse en Naglimund; es lo
único que sabemos con certeza. Expulsarlas va a suponer un trabajo ímprobo y
temo por vos y por vuestros soldados, conde Eolair; temo por todos nosotros.
—Perdonadme, puesto que conozco mal
estas cosas —interrumpió el conde, pues se le había ocurrido un pensamiento
terrible—, aunque tal vez ahora las conozco mejor de lo que quisiera, pero
¿habéis dicho que esas Casas del Más Allá tienen que ver con los secretos de...
de los muertos?
—Todos los misterios son uno hasta
que se solucionan —sentenció Kuroyi—. Hemos intentado aprender más sobre la
muerte y el No Ser en los A-Genay'asu'e, sí.
—Las nornas contra las que luchamos
son seres vivos, pero no así su señor. ¿Podrían estar intentando devolver a la
vida al... Señor de la Tormenta?
La pregunta de Eolair no provocó
risas burlonas ni un silencio de sorpresa.
—Hemos pensado en ello —replicó
Likimeya secamente—. No es posible que suceda.
—Ineluki está muerto —habló Kiroyi,
con más suavidad pero idéntica firmeza—. Hay cosas de las que ignoramos casi
todo, pero la muerte la conocemos a fondo. —Estiró los labios en una escueta
sonrisa—. A fondo, sí, Ineluki está muerto y no puede regresar a este mundo.
—Pero, según vuestras palabras, está
en el Pico de las Tormentas, y las nornas le obedecen. ¿Estamos en guerra
contra algo imaginario?
—Es confuso en verdad, conde Eolair
—repuso Jiriki—. Ineluki, aunque en realidad ya no es Ineluki, no tiene más
entidad que una especie de sueño. Es un sueño perverso y vengativo y posee toda
la sabiduría que el Rey de la Tormenta tenía en vida, así como el conocimiento
de la oscuridad última que todo ser vivo ignora..., pero es sólo un sueño, a
pesar de todo. Creed que os digo la verdad. De la misma manera en que
transitamos por el Sendero de los Sueños y vemos y sentimos cosas allí, Ineluki
habla con sus seguidores en Nakkiga a través del Arpa Respirante, uno de los
Testigos Maestros más poderosos, aunque tengo la certeza de que Utuk'ku es la
única capaz de entenderle. Ya veis que su entidad no tiene cabida en este
mundo. —Indicó hacia las paredes de la tienda—. No es real, como esta tela,
como el suelo que pisamos, mas no por ello es menos su capacidad para infligir
daño... y Utuk'ku y sus servidores sí que son reales.
—Disculpad mi torpeza, pero he
escuchado muchas cosas esta noche que todavía me confunden. Si Ineluki no puede
volver, ¿por qué las nornas defienden Naglimund a toda costa?
—Ésa es la pregunta que precisamos
contestar —dijo Jiriki—. Tal vez esperan utilizar el A-Genay'asu para escuchar
con mayor claridad la voz de su señor, o pretenden aprovechar sus poderes de
otra forma. Pero no nos quedan dudas con respecto a su gran necesidad de
conservar esta plaza. Sabemos que dentro hay una Mano Roja.
—¿Una Mano Roja? ¿Los servidores del
Rey de la Tormenta?
—Sus más altos servidores, porque, al
igual que su señor, han pasado por la muerte hacia los reinos exteriores. Pero
no pueden materializarse en este mundo sin un inmenso ejercicio de poder por
parte de su señor, puesto que son una contradicción absoluta como él. Por eso
supimos, cuando uno de ellos nos atacó en nuestra fortaleza de Jao é-Tinukai'i,
que había llegado la hora de tomar las armas. Ineluki y Utuk'ku debían de estar
desesperados para emplear tanta energía en silenciar a Amerasu. —Hizo una pausa.
Eolair lo miraba fijamente, deslumbrado por la profusión de nombres
desconocidos—. Os lo explicaré en otro momento, conde Eolair. —Jiriki se puso
en pie—. Seguro que os sentís fatigado, y os hemos robado mucho tiempo de sueño
con esta charla.
—Pero esa criatura, la Mano Roja,
¿está aquí? ¿La habéis visto?
—¿Es preciso tocar las llamas para
saber que el fuego quema? —contestó Jiriki señalando hacia la hoguera—. Está
aquí, y por ese motivo no hemos conseguido vencer sus defensas más importantes,
sino que nos hemos visto obligados a derrumbar murallas de piedra y a luchar
con espadas y lanzas. Una gran parte del poder de Ineluki arde en las entrañas
del alcázar de Naglimund. No obstante, y contra todo su poderío, el Señor de la
Tormenta tiene limitaciones. Su margen de actuación no es amplio... así es que
debe de existir alguna otra razón por la que desea que este lugar permanezca en
manos de las hikeda’ya.
Eolair también se puso en pie. La
marea de conceptos nuevos y nombres exóticos comenzaba a afectarlo, y la
necesidad de dormir lo acuciaba.
—Entonces, quizá, la tarea de las
nornas tenga relación con la Mano Roja —dijo el conde—. Quizá...
—Os hemos contagiado nuestra epidemia
de «quizás» —comentó Jiriki con una sonrisa triste— Teníamos la esperanza de
que nos proporcionarais algunas respuestas y, en cambio, os hemos cargado de
preguntas a vos.
—No me he visto libre de ellas desde
la muerte del rey Juan, de forma que no me resultan ajenas. —De pronto rió—.
¡Qué cosas se me ocurren! ¡Todo me es desesperadamente ajeno! Pero es lo
normal, en estos tiempos.
—En estos tiempos, sí—se sumó Jiriki.
Eolair hizo una reverencia a Likimeya
y saludó con la cabeza al pétreo Kuroyi antes de salir al frío viento del
exterior. Los interrogantes le zumbaban en la cabeza como moscas, pero sabía
que no podía hacer nada por resolverlos. Dormir era lo que necesitaba. Tal vez,
si tenía suerte, permanecería dormido durante todo el tiempo que durara el
asedio, maldito de los dioses.
Maegwin había salido en silencio de
la tienda mientras el cansado vigilante cuchicheaba junto a la hoguera con un
compañero; parecía un hombre muy triste y quebrantado como para haber recibido
el favor de los cielos, pero ¿quién era ella para poner a los dioses en
cuestión? En ese momento se encontraba entre las sombras de un grupo de
árboles, a menos de cien codos, colina abajo, de los muros derruidos de
Naglimund. Sobre ella se cernía la pétrea mole del alcázar y, mientras la
contemplaba, la nieve que el viento arrastraba iba cubriéndole las botas.
«Scadach —pensó—. Es el Agujero del
Cielo. Pero ¿qué hay más allá?»
Había visto surgir demonios de la
oscuridad —cosas horrendas de palidez cadavérica y ogros monstruosos y peludos—
y había observado cómo luchaban contra ellos los dioses y un puñado de héroes
mortales muertos. Era evidente que los dioses deseaban cicatrizar esa herida
abierta en el cielo, para que ningún mal más se escapara por allí. Al principio
parecía que los dioses fueran a ganar con facilidad, pero ahora ya no estaba
tan segura...
Había... algo dentro de Scadach; una
cosa oscura y horriblemente fuerte, vacía como vacía está una llama, pero
poseída de una especie de vida muy triste. Lo sentía, casi oía sus
espeluznantes meditaciones. Aquella ínfima parte de sus lamentos que le lamía
la mente la sumía en la desesperación. Pero, al mismo tiempo, algo conocido
resonaba en los pensamientos de lo que acechaba en Scadach, fuera lo que fuese
aquel azote de los dioses que ardía furibundo en las entrañas de la nada. Se
sentía atraída de una forma extraña, como hacia una hermana oscura y
fascinante: aquella cosa repulsiva... se parecía mucho a ella.
Pero ¿qué quería decir con eso? ¡Qué
pensamiento tan insensato! ¿Qué podía haber en aquel fuego rencoroso y
corrosivo que se pareciera en nada a ella, una mujer mortal, hija de un rey,
muerta y amada por los dioses, que ahora disfrutaba del privilegio de cabalgar
junto a ellos por los campos del cielo?
Se quedó silenciosa en la nieve,
inmóvil, mientras la invadían los pensamientos de lo que moraba en Scadach.
Comprendió el torbellino: odio, el odio mantenía aquella incandescencia... y
algo más. Un aborrecimiento hacia los mortales mezclado con un angustioso
anhelo de quietud y muerte.
Se estremeció. ¿Cómo podía hacer
tanto frío en el cielo, incluso en aquel negro confín exterior?
«¡Pero yo no anhelo la muerte! Antes
sí, tal vez, durante un breve tiempo cuando estaba viva. Porque he muerto...,
he muerto. Los dioses me subieron a su reino. ¿Por qué siento el deseo con
tanta intensidad todavía? Estoy muerta; ya no tengo miedo como antes. Cumplí
con mi deber convocando a los dioses para salvar a mi pueblo; nadie puede
negarlo. Ya no lloro por mi padre ni por mi hermano. Estoy muerta y nada me
hiere. No tengo nada en común con esa... cosa de ahí, de la oscuridad, más allá
de los muros de piedra celestial.»
De pronto la asaltó un pensamiento.
«Pero ¿dónde está mi padre, y Gwythinn? ¿No murieron los dos como héroes?
Seguro que los dioses también los han hecho ascender a los cielos después de la
muerte, como a mí. Y con toda certeza habrían solicitado licencia para tomar
parte en la lucha, al lado de los señores eternos. ¿Dónde están?»
Enmudeció de asombro y se estremeció
una vez más; hacía un frío increíble. ¿Estarían haciéndole una jugarreta los
dioses? ¿Tendría que superar todavía alguna prueba antes de reunirse con su
padre y con su hermano, y con Penemhwye, su madre, muerta hacía tanto tiempo?
¿Cómo podía ser?
Preocupada, se dio media vuelta y se
apresuró a bajar hacia las luces de las otras almas sin morada.
Más de quinientos lanceros de Metessa
taponaban, hombro con hombro, la garganta del paso de Onestrine, con los
escudos levantados sobre la cabeza de modo que parecían un enorme ciempiés
alojado entre los riscos. Los hombres del barón llevaban corazas de cuero
hervido, yelmos de hierro y armaduras melladas y raídas por el uso. La enseña
de la Grulla ondeaba sobre las apretadas lanzas.
Los arqueros nabbanos, desplegados a
lo largo de las paredes del cañón, llenaban el cielo de una lluvia de flechas.
La mayoría rebotaban, sin causar bajas, en la techumbre de escudos, pero
algunas lograban penetrar entre las rendijas. No obstante, allí donde caía un
metessano, sus compañeros cubrían el hueco.
—¡Los arqueros no pueden con ellos!
—exclamaba Sludig con entusiasmo—. ¡Varellan no tiene más opción que ordenar el
ataque! ¡Por Aedón! ¡Los hombres del barón son unos bravos malnacidos! —Se
volvió hacia Isgrimnur con una expresión de júbilo—. ¡Josua ha sabido escoger a
sus aliados!
El duque asintió, pero no compartía
la euforia de Sludig. Se encontraban entre la élite de las fuerzas de Josua, lo
que ahora llamaban «guardia real del príncipe» —término curioso, pensó
Isgrimnur para sí, teniendo en cuenta que el príncipe carecía de reino— y lo
único que deseaba era que el combate llegara a su fin.
Mientras oteaba el valle, le llamó la
atención la forma de la cadena de colinas; entre las de un lado y las del otro
formaban las costillas de una caja torácica, con la carretera de Anitullean
como esternón. Cuando Juan el Presbítero había logrado la victoria en ese mismo
valle de Frasilis, hacía más de cincuenta años, se decía que habían sido tantos
los caídos que tardaron meses en dar sepultura a todos; durante días, el paso
mismo y las tierras que se abrían hacia el norte del valle habían permanecido
cubiertos de huesos, y el cielo negro por la concurrencia de aves carroñeras.
«Y ¿para qué? —se preguntaba—. Aún no
ha pasado la mitad de la vida de un hombre, y aquí estamos de nuevo, preparando
otro festín a los buitres. Una y otra vez... ¡Ya me pone enfermo!»
Se agitó incómodo en la silla,
contemplando toda la extensión del paso. Por debajo, las filas de los nuevos
aliados de Josua aguardaban con sus pendones brillando al sol del mediodía,
como una pajarera de gansos, faisanes, golondrinas y gallos negros. Los barones
vecinos de Seriddan no se habían hecho de rogar para unirse a la iniciativa de
su señor: ninguno parecía satisfecho con Benigaris, y no habían sido capaces de
permanecer indiferentes ante la resurrección de Camaris.
Lo sorprendía la recurrencia de la
situación. Las fuerzas de Josua iban al mando de un hombre supuestamente muerto
hacía tiempo, y se disponían a librar una batalla crucial en el mismo campo en
que Juan el Presbítero, padre de Josua y el mejor amigo de Camaris, había
obtenido su victoria más gloriosa. Podía interpretarse como un buen augurio...
pero tenía la sensación de que el pasado alzaba la mano para estrangular el
presente, como si la historia fuera un monstruo celoso y colosal que deseara
arrastrar consigo el porvenir mediante la recurrencia de las desgracias.
«Esto no es vida para un viejo
—suspiró. Sludig se mantenía al margen, absorto en el desarrollo de la
batalla—. Para participar en la guerra es necesario creer en su utilidad, y
ésta es para salvar el reino de Juan, o tal vez incluso a toda la humanidad...
pero ¿acaso no decimos siempre eso mismo, que todas las guerras son inútiles
excepto la que tenemos entre manos?»
Jugueteó con las riendas. Tenía la
espalda dolorida, inflamada ya, y todavía no había realizado ningún esfuerzo
importante. Kvalnir seguía enfundada, colgada a un lado; no la había tocado
desde que la había limpiado y afilado durante las horas de vigilia de la noche
anterior.
«Sencillamente, estoy cansado. Quiero
volver a Elvritshalla, quiero ver a mis nietos, quiero pasear con mi esposa por
las orillas del Gratuvask cuando el hielo comience a romperse. Pero no lo
conseguiré hasta que no llegue el fin de esta endemoniada guerra.
»Y por eso estamos en ella: porque
esperamos que nos proporcione paz. Pero nunca es así, nunca...»
Sludig gritó con fuerza, e Isgrimnur
levantó la mirada asustado; pero el alarido de su subalterno era de júbilo.
—¡Mirad! ¡Camaris y la caballería
caen sobre ellos!
Una vez comprobado que la lluvia de
flechas no movería la pared de escudos metessanos del centro del valle,
Varellan de Nabban ordenó a sus caballeros cargar otra vez. Comprometidas las
fuerzas de Varellan en obligar a retroceder a las tropas del príncipe, Camaris
y los thrithingos de Hotvig se lanzaron desde los senderos de las colinas
contra el flanco enemigo, superior en número.
—¿Dónde está Camaris? —preguntó
Sludig—. ¡Ah, allá! ¡Veo el almete!
Isgrimnur también lo distinguía. El
dragón marino era poco más que un rayo dorado y flameante en la distancia, pero
el que lo llevaba destacaba por su altura, erguido sobre los estribos, y a su
alrededor se abría un círculo de consternación cada vez más amplio, como si los
caballeros nabbanos se esforzaran por ponerse fuera del alcance de la negra
Espina.
El príncipe Josua, que seguía la
lucha desde unos cien codos más abajo que Isgrimnur y Sludig, se acercó a lomos
de Vinyafod.
—¡Sludig! —llamó—. Di a Freosel que
contenga a la tropa hasta que cuente diez veces los dedos de ambas manos
después de que yo dé la señal.
—Sí, alteza. —Sludig dio media vuelta
en su corcel y avanzó al trote hacia Freosel y el resto de la guardia real, que
esperaban consumidos de inquietud.
El príncipe siguió subiendo hasta
alcanzar a Isgrimnur.
—Varellan empieza a revelar su
juventud al fin; acaba de iniciar un movimiento demasiado atrevido.
—Cualquier comandante comete errores
peores —replicó Isgrimnur—, pero tenéis razón. Tendría que haberse conformado
con defender la entrada del paso.
—Pero ha interpretado nuestra
retirada de ayer como una debilidad. —Josua miraba al cielo—. Ahora se ve
forzado a hacernos retroceder más. Somos afortunados; Benigaris, a pesar de su
temeridad en otros asuntos, no se habría arriesgado nunca de esta forma.
—Entonces, ¿por qué se ha arriesgado
a enviar a su hermano menor?
—¿Quién sabe? Tal vez nos subestimó.
No olvidéis, por otra parte, que no gobierna él solo en Nabban.
—Pobre Leobardis —farfulló
Isgrimnur—. ¿Qué hizo para merecer una esposa y un hijo así?
—¿Quién sabe? —repitió Josua—. Aunque
quizá todo ello apunte hacia algo que no vemos.
El duque se encogió de hombros. El
príncipe seguía las incidencias del combate críticamente, con la visera del
almete bajada; había desenfundado a Naidel, y la tenía sobre las rodillas,
apoyada en la silla.
—Ya es casi el momento —dijo—, casi
el momento.
—De todas formas, son muchos más que
nosotros, Josua. —Isgrimnur desenvainó a Kvalnir. Era un gesto que todavía le
procuraba cierto placer; aquella hoja le había servido bien en numerosos
torneos, como probaba el hecho de seguir vivo, allí, con la espalda dolorida,
la asfixiante armadura, las dudas y todo lo demás.
—Pero tenemos a Camaris, y a vos,
querido amigo —repuso el príncipe con una sonrisa—. No podemos desear mejor
suerte. —No había dejado de mirar la collada del paso—. Que Jesuris el Redentor
nos asista. —Hizo con solemnidad la señal del Árbol sobre el pecho y después
levantó la mano. Naidel reflejó la luz del sol y, por un instante, a Isgrimnur
se le cortó el aliento de la emoción—. ¡A mí, hombres! —gritó Josua.
Un cuerno resonó por las altas
laderas. Desde las cañadas del paso, Cellian alzó su potente voz en respuesta.
Isgrimnur no podía evitar
maravillarse ante el asalto de las tropas del príncipe y los barones rebeldes
con sus hombres. Por fin se habían convertido en un ejército de verdad, de
varios miles de soldados. Su corazón se animó al compararlo con los principios,
Josua y una docena de sucios supervivientes que se escabullían de Naglimund por
la puerta de atrás. ¡Dios en su clemencia no podía dejarlos llegar tan lejos
sólo para aniquilar sus esperanzas!
Los metessanos se mantenían firmes;
Josua y los suyos los rodearon y avanzaron más. Los lanceros, libres de su
misión, recogieron a los heridos y los llevaron al camino. La tropa del
príncipe se abatió sobre los caballeros de Varellan, cuya superioridad numérica
y pesadas armaduras se dejaron sentir con virulencia a pesar de la ferocidad de
Camaris y los thrithingos.
Al principio, Isgrimnur se quedó en
la retaguardia, apoyando a quien lo necesitara pero sin deseos de entrar en el
fragor de la lucha, donde la vida se medía por instantes. Descubrió a un hombre
de Hotvig de pie sobre su montura caída, defendiéndose de la lanza de un
caballero montado. Se acercó con gritos de guerra y, cuando el nabbano se
volvió hacia él, el thrithingo saltó hacia adelante y hundió la espada al
caballero en la axila, adónde no llegaba
la protección de la armadura ni de la capa de cuero. Cayó sangrando, e
Isgrimnur sintió una punzada de rabia por la deshonrosa táctica de su aliado;
pero, cuando el rescatado le dio las gracias a voces y echó a correr colina
abajo, de vuelta al centro de la lid, el duque ya no supo qué pensar. ¿tendría
que haber muerto el thrithingo por la falacia de que la guerra podía ser
honrosa? Pero ¿merecía otro la muerte por creer en tamaña entelequia?
Poco a poco, a medida que transcurría
la tarde, Isgrimnur fue entrando más y más en el sangriento conflicto; mató a
un hombre e hizo retirarse a otros cuantos con heridas graves. Por su parte, él
había recibido algunos rasguños sin importancia, pero sólo porque la suerte lo
acompañaba. Cayó en una ocasión, y el mandoble a dos manos de la espada de su
oponente chocó contra la parte superior de su casco; de haber caído del
caballo, seguramente lo habría decapitado. No luchaba con su antigua furia de
guerrero, pero el miedo le infundía una fuerza que no recordaba poseer. Era
como encontrarse otra vez en el nido de ghants: mirara donde mirase, había
cosas con duras corazas que querían matarlo.
Colina arriba, Josua y sus caballeros
habían obligado a retroceder a las tropas de Varellan casi hasta el final del
desfiladero. Seguro que los de las primeras líneas, pensaba Isgrimnur, veían ya
el ancho valle del otro lado, verde bajo la luz del sol... sólo que mirar a
otra parte que no fuera al hombre que tuvieran delante y su arma sería como
buscarse una muerte inmediata.
Los caballeros de Nabban se
doblegaban, pero no cedían. Si habían cometido un error al tratar de forzar las
cosas aprovechando la ventaja inicial, no estaban dispuestos a repetirlo. Lo
que el príncipe Josua y sus tropas quisieran tomar, tendrían que hacerlo con
sus propias manos.
A medida que el sol comenzaba a
descender hacia el horizonte, Isgrimnur se encontró brevemente en un remanso de
la lucha, un punto en el que la pelea había concluido por el momento. Los
cadáveres yacían esparcidos por todas partes como los restos de una marea en
retirada.
Al pie de la colina, distinguió un
reflejo dorado: era Camaris. Lo admiró lleno de asombro; hacía horas que el
enfrentamiento había empezado, y sin embargo, aunque sus movimientos parecían
un poco más lentos, el anciano caballero continuaba luchando con el mismo
denuedo. Iba sentado muy recto en la silla y describía lances con regularidad y
sangre fría, como un labrador en su campo, el cuerno de batalla colgado a un
lado y Espina cortando el aire como una guadaña negra, que allí donde tocaba
hacía rodar cabezas sin cuerpo como trigo segado.
«No es tan fiero como antes —se
maravillaba Isgrimnur—, sino mucho más. Pelea como un alma condenada. ¿Qué
tiene ese hombre en la mente? ¿Qué le roe el corazón?»
De pronto se turbó al recordar que él
estaba mirando mientras Camaris, veinte años mayor que él, se esforzaba y
sangraba. Era tal vez la batalla más importante que se hubiera librado jamás y
aún estaba en el aire, sin decantarse por ningún bando. Su presencia era
necesaria; por muy viejo y cansado de la guerra que estuviera, seguía siendo
una espada experta.
Hincó espuelas con suavidad y enfiló
hacia el lugar donde se encontraba el caballero manteniendo a raya a tres
soldados de a pie, en un rincón escondido entre unos árboles bajos. Estaba
seguro de que Camaris resistiría hasta que llegaran refuerzos, pero a pesar de
ello, podrían tardar en localizarlo y... de todas formas, su estampa sobre el
corcel era toda una inspiración para el resto de las tropas de Josua y sería
una lástima que los arbustos lo taparan.
Antes de haber avanzado unos doce
codos, una flecha se clavó de pronto en el pecho de su caballo, justo encima de
la pata; el animal retrocedió y piafó estremecido. Isgrimnur notó una quemazón
en su propio costado y, al momento, cayó de la silla. Vio acercarse el suelo,
que lo golpeó como un garrote. El caballo, que se esforzaba por mantener el
equilibrio en la rocosa ladera, se agitaba por encima de su cabeza con las
patas en el aire: después, la sombra del animal descendió.
Lo último que vio y sintió fue una
conmoción de luz, como si el sol se hubiera desprendido del cielo y hubiera
aterrizado encima de él.
XIV
IMPERIOS DE POLVO
E
ra enloquecedor. Simón se moría de
sed, tenía la boca seca como polvo de huesos y a su alrededor sólo oía el
sonido de agua que caía... pero no la encontraba por ninguna parte. Parecía
como si un demonio se hubiera asomado a sus pensamientos y de un tirón le
hubiera arrancado su deseo más hondo para convertirlo en una broma cruel.
Se detuvo a escudriñar en la
oscuridad; el túnel se había ensanchado pero seguía bajando, sin giros ni
corredores que lo cruzaran. El goteo del agua había quedado atrás, como si lo
hubiera pasado de largo entre las sombras impenetrables.
«¡No puede ser! ¡Antes lo oía delante
y ahora ha quedado atrás... pero nunca lo he tenido al lado!» Procuraba dominar
el miedo, una especie de cosa viva con escamas tintineantes y garras que
hurgaban dentro de él sin parar.
Se recordó a sí mismo que, aunque
estuviera perdido bajo la tierra, no estaba muerto; ya había quedado atrapado
en túneles similares en otras ocasiones y había vuelto a salir a la luz del
sol. Ahora era mayor y había visto cosas que muy pocos habían presenciado.
Sobreviviría como fuera. ¿Y sí no sobrevivía? Pues afrontaría el final con
honor.
«Valientes palabras, Cabezahueca —se
burlaba una voz interior—. Ahora te crees muy audaz, pero ¿cuando pasen sin
agua un día sin sol y una noche sin luna? ¿Cuando se extinga la antorcha?»
«¡Cállate», ordenó a la voz.
El rey Juan descendió a una cueva
oscura...
Cantaba en voz baja; le dolía la
garganta pero empezaba a cansarse de la monotonía de sus pisadas contra la
piedra, por no hablar de la soledad y la tristeza que el sonido le inspiraba.
... a buscar en lo hondo a la bestia
feroz,
por escondrijos cavernosos de sapos y
duendes
a donde nadie sino él había osado
bajar...
Frunció el entrecejo. Si al menos
estuviera en el escondrijo de los duendes... Habría dado cualquier cosa por la
compañía de Binabik, por no mentar un odre de agua seguido de un buen trago de
kangkang. Y, si Juan el Presbítero sólo llevaba una espada cuando se internó
bajo tierra, ¿con qué se alumbraba? Además, él no tenía espada, ahora que lo
pensaba. ¿No era eso lo que el hernystiro Eolair había ido a decirles a
Sesuad'ra, que Juan había encontrado a Minneyar en las entrañas del mundo? Pero
él llevaba una antorcha, y la llama empezaba a debilitarse por los lados. Muy
bonito eso de ir por ahí sacudiendo golpes y topetazos en busca de dragones,
pero las canciones nunca hablaban de comida y agua o de intentar encender una
hoguera.
¡Viejas canciones de cuna, espadas
perdidas y túneles oscuros y fétidos! ¿Cómo había llegado a centrar su vida en
semejantes cosas? Cuando ansiaba aventuras caballerescas pensaba en cosas más
nobles: campos de batalla, armaduras brillantes y pulidas, heroicidades, el
amor de las multitudes... Sí que había encontrado algo parecido, más o menos,
pero no resultó como esperaba. Una vez tras otra se veía arrastrado a esas
insensateces de espadas y túneles como si estuviera obligado a seguir jugando
mucho tiempo a un juego infantil cuando ya se había hartado...
Dio con el hombro en la pared y
estuvo a punto de caerse; la tea se le escapó de la mano y quedó en el suelo.
La miró fijamente, como estupidizado, antes de recuperar el juicio. La recogió
y la sostuvo con fuerza, como si temiera que saliera huyendo sola.
«Cabezahueca.»
Se sentó con todo su peso; estaba
fatigado de tanto andar, de la nada vacía y de la soledad. El pasadizo se había
convertido en un agujero sinuoso que atravesaba bloques irregulares de piedra,
lo cual seguramente significaba que había descendido a gran profundidad en las
entrañas del Swertclif. Al parecer, iba en dirección al centro de la tierra.
Tenía algo en el bolsillo que acababa
de rozarle la pierna y le llamó la atención. ¿Qué llevaba? Hacía horas que
vagaba por aquellas galerías y ni siquiera se había preocupado de comprobar las
curiosidades que llevaba consigo en el momento de la caída.
Se vació los bolsillos de los
calzones, entre gestos de dolor y quejidos en voz baja por el escozor de los
dedos quemados, y descubrió que no se había perdido gran cosa por posponer el
inventario. Había una piedra redonda y pulida que había recogido porque le
gustaba su peso, y la hebilla desfigurada, que creía haber dejado en cualquier
sitio. Decidió quedársela con la imprecisa idea de que podría serle útil para
rascar o cavar.
El único hallazgo significativo fue
una tira de carne curada de la última comida de mediodía. Miró con anhelo la
sobada raspa, más o menos del tamaño de un dedo, y la dejó a un lado con la
sensación de que más tarde iba a necesitarla más.
En eso consistían todos sus
pertrechos. El anillo de oro, regalo de Morgenes, seguía en su dedo, casi
invisible bajo la capa de porquería, pero el significado o la utilidad que
tuviera en el mundo de la luz solar lo había perdido ahí: no era comestible, ni
tampoco asustaría a un supuesto enemigo. El cuchillo qanuc seguía envainado y
atado a la pierna. Aparte de eso y de la antorcha, su indefensión era total. La
espada se había quedado en alguna parte, sobre la tierra, con Binabik y
Miriamele —si es que habían escapado a los excavadores— junto con la Flecha
Blanca, la capa, la armadura y el resto de sus escasas posesiones. Tenía las
manos casi tan vacías como cuando había huido del castillo un año atrás. Y otra
vez se encontraba en la negra tierra sofocante...
«¡Alto! —se ordenó a sí mismo—. ¿Qué
era lo que decía Morgenes? Lo que cuenta no es lo que tienes en las manos, sino
en la cabeza. Bueno, menos es nada; ahora tengo la cabeza mucho más llena que
entonces.
»Pero ¿de qué me servirá si me muero
de sed?»
Se puso de pie y empezó a caminar de
nuevo. No tenía la menor idea de hacia dónde lo conduciría el túnel, pero lo
llevaría a algún sitio; no podía ser de otra forma. No estaba dispuesto a tomar
en consideración la posibilidad de que esa dirección terminara igual que la
otra.
Por un pozo negro corno el carbón iba
el joven rey Juan...
Empezó a cantar nuevamente, en voz
más baja que antes.
... donde el dragón de fuego acechaba
guardando el tesoro.
Nadie sabía adónde había
ido
porque a nadie se lo dijo...
Resultaba extraño; no se sentía loco
pero oía cosas que en realidad no estaban. Volvió el sonido de chapoteo de
agua, más fuerte y convincente que antes, pero ahora provenía de todas partes,
como si cruzara una catarata por el centro. Entremezclado, y casi inseparable
del goteo y el chapoteo, se percibía un murmullo de voces.
«¡Voces! A lo mejor hay otros túneles
que cruzan por aquí cerca, que quizá me lleven hacia gente, gente de verdad,
viva...»
Las voces y el sonido del agua lo
acompañaron un rato pero no consiguió localizar la fuente; después
desaparecieron y lo dejaron solo, con el eco de sus pasos por única compañía.
Confuso y fatigado, asustado por lo
que podían significar los ruidos fantasmagóricos, a punto estuvo de caer en un
agujero del suelo. Tropezó y se recuperó, apoyó la mano en la pared y miró
hacia abajo. Le pareció ver la luz de otra antorcha en las profundidades y
creyó que se le paralizaba el corazón.
—¿Quién..., quién está ahí...?
Al agacharse, la luz de abajo
ascendió.
«Un reflejo: agua.»
Se arrodilló y acercó la cara al
diminuto charco, pero se detuvo al notar un olor oleoso y desagradable.
Humedeció los dedos y los sacó; aquella agua tenía un singular tacto
resbaladizo sobre la piel. Acercó la luz para ver mejor, y una llamarada brotó
y lo azotó, ardiente, en el rostro. Gritó de dolor y de sorpresa al tiempo que
caía hacia atrás. Por un momento creyó que el mundo entero se había incendiado.
Despatarrado en el suelo, se llevó la
mano a la mejilla con tiento; la piel se le había reblandecido como si hubiera
permanecido mucho tiempo al sol, y los rizos de la barba estaban crujientes y
enroscados, pero todo parecía seguir en su sitio. Miró hacia abajo y vio una
llama que bailaba en el fondo.
«¡Aedón Jesuris! —juró en silencio—.
¡Vaya suerte de cabezahueca! Encuentro agua y resulta que se incendia...»
Una lágrima le cayó rodando por la
caliente mejilla. El líquido del charco ardía alegremente. Se quedó mirándolo,
tan decepcionado por que el agua hubiera resultado imposible de beber que tardó
un buen rato en entender lo que sucedía. Al cabo, recordó una cosa que le había
contado Morgenes.
«¡Fuego perdruinés, es fuego
perdruinés! Según el doctor, se halla en las cuevas. El pueblo perdruinés lo
utilizaba para lanzarlo con catapultas sobre sus enemigos y reducirlos a
cenizas.—Eran las lecciones a las que mayor atención solía prestar, en las que
sucedían cosas interesantes—. Si tuviera más palos y más tela, podría hacerme
otras antorchas.»
Sacudió la cabeza, se puso en pie y
siguió avanzando; tras unos pocos pasos, se detuvo y volvió a sacudir la
cabeza.
«Cabezahueca, tonto cabezahueca.»
Deshizo lo andado, se sentó junto al
charco ardiente y, tras quitarse la camisa, empezó a rasgar los faldones en
tiras. El fuego perdruinés resultaba agradable y cálido.
«Raquel me haría tiras a mí si me
viera destrozando una camisa en perfecto estado. —Rió con tanta fuerza que el
eco se expandió en ondas por el corredor hacia la vacía negrura—. Me gustaría
volver a verla», se dijo, extrañado por la idea, pero seguro de ella.
Completadas doce tiras y reducida la
camisa a un retal de paño que le llegaba poco más abajo de las axilas, se quedó
contemplando las llamas un momento y pensando en el modo de empapar el tejido
sin quemarse las manos. Se le ocurrió utilizar la antorcha pero enseguida
desechó la idea; no tenía idea de la profundidad del agujero y temía perderla,
en cuyo caso dispondría de una única luz a la que no podría mover.
Por fin, tras largos momentos de
reflexión, dejó la antorcha a un lado y procedió a tirar al agujero tierra
suelta de entre las losas; después de una veintena de puñados, la llama tembló
y se extinguió. Aguardó un poco más, pues no sabía cuánto tardaría en
enfriarse, y empezó a retirar el pegajoso barro hasta hacer un hueco donde
hundir las tiras de tela. Una vez empapadas todas, apartó una, enrolló las
demás bien apretadas y las colocó sobre el jirón más grande, hizo un pequeño
paquete y se lo colgó del cinturón. Envolvió la tira que había apartado en el
mango de la antorcha, justo por debajo de la llama, y la puso boca abajo hasta
que la tela impregnada de fuego perdruinés prendió. Hizo un gesto de
satisfacción al ver la brillante llama. Todavía carecía de comida y agua, pero,
si se administraba con cuidado, no tendría que preocuparse de quedarse a
oscuras durante bastante tiempo. Por muy perdido y solo que se encontrara, no
era Simón Cabezahueca únicamente, sino el fabuloso Seomán Rizos Nevados también.
Aunque habría preferido ser sólo
Simón y caminar en libertad sobre el verde mundo con sus amigos.
La posibilidad de escoger, pensaba
desanimado, tanto podía considerarse una bendición como una maldición.
Ya había dormido una vez, hecho un
ovillo sobre el duro suelo del túnel, con una tira nueva de fuego perdruinés
envuelta en la antorcha. Cuando despertó de un sueño pavoroso en el que se
había quedado sin luz y había tenido que arrastrarse por el barro en la
negrura, la llama seguía ardiendo con firmeza.
A partir de entonces anduvo durante
horas, según su apreciación. La sed aumentaba sin cesar y tenía la sensación de
que cada paso le exprimía un poco más de líquido del cuerpo; llegó un momento
en que la idea de encontrar agua ocupaba toda su mente. Todavía conservaba en
el bolsillo el trocito de carne, pero el solo pensamiento de las hebras secas y
saladas le producía dolor de cabeza, a pesar del hambre, casi tan poderosa como
la sed.
De repente, una brecha se abrió entre
los monótonos muros de piedra y tierra: una galería que cruzaba, una especie de
gatera irregular pero de buen tamaño, y no natural, se abría a ambos lados.
Después de una verdadera eternidad privado de la posibilidad de escoger, ahora
tenía que tomar una decisión: ¿debía seguir adelante, girar a la izquierda o a
la derecha?
Su intención, claro está, era
ascender, pero ninguno de los dos ramales parecía definirse en un sentido u
otro. Se adentró un poco en cada uno husmeando el aire, escudriñando y
escuchando para detectar una señal de aire fresco o de agua, pero sin resultado;
el túnel que cruzaba parecía tan huero como el que recorría desde Aedón sabría
cuándo.
Volvió a la galería principal y se
detuvo unos momentos tratando de decidir dónde podría encontrarse. Debía de
estar a gran profundidad bajo el Swertclif; era imposible haber caminado hacia
abajo en un ángulo tan pronunciado sin haber llegado a las mismas entrañas de
la colina. Sin embargo, la senda había dado tantas vueltas y revueltas que no
tenía forma de calcular dónde se hallaba con respecto al mundo exterior, de
forma que se limitaría a tomar una decisión y a aguardar los resultados.
«Si siempre giro hacia el mismo lado,
podré volver sobre mis pasos.»
Sin basarse en nada concreto,
resolvió tomar el desvío hacia la izquierda y hacerlo siempre así a partir de
ese momento. Después, si resultaba una decisión equivocada, daría media vuelta
y regresaría torciendo siempre a la derecha.
Viró a la izquierda y continuó
adelante.
Al principio, el túnel no se
diferenciaba apenas del que había abandonado; era un tubo de piedra irregular
sin la menor indicación de su utilidad o propósito. ¿Quién habría excavado
aquellos horribles agujeros? Tenían que haber sido hombres, o seres parecidos,
porque en algunos sitios resultaba evidente que habían horadado la roca para
abrir el sinuoso camino.
Tan intensas eran la sed y la soledad
que no se percató de las suaves voces hasta que lo rodearon por completo. No
obstante, en esta ocasión también percibía una especie de movimiento, como si
el viento le agitara la ropa, como si unas sombras se deslizaran presurosas e
hicieran temblar la luz. Las voces gemían con suavidad en una lengua que no
comprendía y, cuando notaba su paso, a su lado o a través de él, lo invadía una
fría tristeza. Eran una especie de... recuerdos; cosas perdidas, formas y
sentimientos desarraigados de su propio tiempo. No tenía nada que ver con
ellos, y, a pesar de lo molestos que resultaban, tampoco ellos tenían nada que
ver con él.
«A menos que me convierta en uno de
ellos. —Unas burbujas de miedo se inflaron dentro de él—. A menos que un día,
otro cabezahueca errante perciba la sombra de un Simón que le pasa al lado
musitando: perdido, perdido, perdido...»
Era un pensamiento sobrecogedor, que
no lo abandonó hasta mucho después de que pasara la ventolera de sombras casi
sólidas y de que las voces cesaran.
Se desvió tres veces más, siempre
hacia la izquierda, cuando por fin las cosas empezaron a cambiar.
Estaba planteándose la vuelta atrás
—el último desvío lo había llevado a un pasadizo que ahora se hundía hacia
abajo en acusada pendiente— cuando unas manchas en la pared le llamaron la
atención. Acercó la antorcha y comprobó que las grietas estaban llenas de
musgo. El musgo, sin duda, acusaba la presencia de agua en las cercanías. Tenía
la boca tan cuarteada que arrancó un puñado y se lo llevó a los labios. Tras
unos mordiscos de prueba, logró tragar un poco; la bilis le subió a la garganta
y creyó que iba a vomitar. Tenía un sabor espantosamente amargo, pero contenía
un poco de humedad. Si fuera necesario lo comería y sobreviviría un tiempo,
aunque rogaba por encontrar otra alternativa.
Estaba contemplando las diminutas
floraciones y pensando si su estómago soportaría un segundo bocado, cuando
percibió unas marcas claras en el sitio de donde había arrancado el primer
puñado. Forzó la vista y acercó la antorcha; eran restos de un dibujo, unas
grandes paralelas y unas formas erosionadas que podrían haber sido hojas y
pétalos. El tiempo las había borrado casi por completo, pero parecían tener la
gracia serpenteante de los grabados que había visto en el Da'ai Chikiza y en
Sesuad'ra. ¿Sería obra de los sitha? ¿Tan deprisa había llegado tan abajo?
Echó una ojeada a la cruda roca
erizada de alrededor. No podía imaginarse que los sitha construyeran un lugar
semejante, ni para el menester más primitivo. Pero, si no habían sido ellos,
¿por qué había grabados de su estilo en las paredes?
Hizo un gesto de rechazo. Demasiadas
preguntas cuando las únicas importantes eran dónde encontrar agua y cómo salir
de allí.
Aunque a partir de entonces se fijaba
con detenimiento en las paredes a medida que avanzaba, no descubrió ninguna
otra cosa de utilidad después del musgo. El pasaje comenzó a ensancharse y los
dos tramos siguientes de desviación parecían estar construidos con más arte,
pues las paredes eran simétricas y el suelo regular. De pronto, mientras
exploraba en una tercera desviación, posó el pie en el vacío.
Con un alarido de terror, se detuvo
en seco a la entrada del pasadizo; la antorcha se le cayó de las manos y fue a
hundirse en la oscuridad a la que él había estado a punto de precipitarse.
Siguió su trayectoria con una desagradable premonición, hasta que la tea golpeó
el suelo y rodó con un temblor de la llama... pero sin llegar a apagarse.
Una escalera; la luz había caído en
un tramo descendente de escalera. Los primeros doce peldaños se habían
derrumbado o habían sido demolidos sin dejar más que unos bordes cortantes.
No quería bajar, sino subir.
«¡Pero es una escalera! Quizás haya
algo real ahí abajo, un sitio que tenga sentido. ¿En qué podría empeorar esta
situación?
»En nada; en todo.»
Era una desviación a la izquierda, de
forma que no se perdería del todo si el resultado no era bueno, aunque tirarse
por el hueco de los escalones que faltaban, casi el doble de su altura, sería
mucho más fácil que remontarlo otra vez en caso de necesidad. Tal vez fuera
preferible tomar otro camino...
«¿Qué tonterías dices? —se regañó a
sí mismo—. Tendría que bajar de todas formas para recuperar la antorcha.»
Se sentó con las piernas colgando
sobre el hueco y sacó del bolsillo el trozo de carne seca. Arrancó unas hebras
y las chupó, pensando y mirando hacia abajo. A la luz de la llama comprobó que
los escalones habían sido cortados a cincel en bloques cuadrados pero sin
pulir, como para rendir un servicio y nada más. Sólo con mirarlos resultaba
imposible adivinar si llevarían a alguna parte.
Masticaba y consideraba; la boca se
le llenó de saliva mientras saboreaba la carne salada y ahumada. ¡Que maravilla
tener algo sólido entre los dientes otra vez!
Se levantó y volvió al corredor,
sobre sus pasos, caminando a tientas cuando la luz se disipó del todo, hasta
que encontró musgo en la pared. Arrancó varios puñados y apretó la masa
pegajosa en el bolsillo; volvió a la escalera y escudriñó el fondo hasta dar
con un punto que juzgó ideal para aterrizar. Sacó las piernas por el hueco y
fue resbalando sobre el cuerpo con todo cuidado, apretando los dientes al notar
el roce de la piedra en el estómago y en el pecho. Cuando ya estaba
prácticamente colgado de las manos, se dejó caer.
Un trozo de piedra, tal vez un
fragmento de los escalones que faltaban, le aguardaba abajo como una víbora. Un
pie llegó antes que otro, y el primero se le retorció por el tobillo; un
latigazo de dolor le recorrió toda la pierna.
Con lágrimas en los ojos, se quedó
tumbado en el escalón más alto y maldijo su suerte. Se sentó y se estiró hasta
alcanzar la antorcha, la colocó cerca de sí y se quitó la bota para examinar el
tobillo maltrecho.
Lo doblaba bastante bien, aunque le
dolía mucho al cambiarlo de postura. No se lo había roto, decidió, pero tampoco
habría podido hacer nada por solucionarlo en caso de rotura. Se quitó la camisa
y arrancó una tira más; volvió a ponerse la prenda, que mermaba sin cesar, e
improvisó un vendaje apretando la tela cuanto le fue posible. Luego se calzó de
nuevo, probó a andar y pensó que podía a pesar del dolor.
«Ponte en marcha. ¿Qué otra cosa
puedes hacer?»
Comenzó a descender cojeando.
Tenía la esperanza de que la escalera
lo llevara a alguna parte, más abajo pero con más sentido que los absurdos
túneles sin fin. Pero, cuanto más real se hacía el entorno, tanto más irreal se
le antojaba al mismo tiempo.
Después de varias veintenas de pasos
cortos y dolorosos, la escalera terminó y salió por un agujero dentado,
arrastrando el pie, a un pasadizo diferente de los anteriores. La piedra,
festoneada de musgo y casi negra por la suciedad del tiempo, estaba labrada con
gran arte, y las paredes repletas de grabados. Sin embargo, cuando se detenía a
observar unos, los que veía con el rabillo del ojo parecían temblar y moverse
como si no fueran de piedra sino criaturas delgadas como el pergamino, finas
como hilos. Tanto las paredes como el suelo parecían inestables; cambiaban cada
vez que Simón desviaba la mirada en su renqueante progreso, atraído por otra
sensación de movimiento o distraído por el temblor de la llama. El largo y
recto corredor de pronto se inclinaba hacia arriba o se estrechaba, y, si
volvía la cabeza y miraba hacia atrás, todo seguía en su lugar.
Pero éstos no eran los únicos efectos
perceptibles allí. Regresaron los ruidos que antes había escuchado, las voces y
el correr del agua, junto con una especie de música extraña e indefinible, todo
como etéreo e imposible de localizar. Lo invadieron olores inesperados, además,
corrientes de aire fragante de flores que se convertían enseguida en un hedor
de vacío y humedad al que sucedía el penetrante tufo de algo que se quemaba.
Aquello era excesivo. Quería
tumbarse, dormir y despertarse en un mundo estable e inmutable; hasta la
monotonía de los túneles del principio era preferible. Tenía la sensación de
encontrarse en el fondo del mar, donde las corrientes y la luz filtrada hacían
que todo se meciera y temblara.
«¿Cuánto tiempo creías que podrías
pasar bajo la vacía tierra sin volverte loco, Cabezahueca?»
«No me estoy volviendo loco —se
dijo—: sólo estoy cansado. Cansado y sediento. Si al menos no oyera el rumor de
agua... que me lo recuerda sin cesar...»
Sacó un poco de musgo del bolsillo y
se alejó masticando, hasta que consiguió tragarse el nauseabundo bocado.
No había duda: caminaba por un sitio
donde la gente..., donde alguien había vivido en algún tiempo. El techo se
elevaba más sobre su cabeza, el suelo continuaba regular bajo los cascotes y el
polvo y los pasadizos que se cruzaban, casi todos cegados por piedras y tierra,
tenían arcos de piedra labrada, manchados y desgastados hasta el tamaño de los
guijarros, pero que revelaban sin duda un trabajo artístico.
Se detuvo un momento ante uno de los
arcos. Mientras descansaba el dolorido tobillo contemplando el montón de rocas
y porquería que lo tapaba, los desechos parecieron oscurecerse y tornarse
negros. Una leve luz surgió de la oscuridad y de repente tuvo la impresión de
que veía a través del arco. Adelantó un paso y, entre las tinieblas del otro
lado, percibió un solitario punto luminoso, una esfera de luz que brillaba
débilmente. Al lado, bañada en una leve luminosidad distinguió... un rostro.
Se quedó sin aliento. El rostro se
levantó, como si la persona sentada en la casi total oscuridad lo hubiera oído,
pero los rasgados ojos no se encontraron con los suyos, sino que miraban
fijamente más allá. Se trataba de una mujer sitha, o eso le pareció en el
momento en que pudo observarla, con todo un mundo de preocupación y dolor en
las brillantes pupilas. Movía los labios en un discurso sin sonido y levantaba
las cejas en un interrogante impregnado de tristeza. Entonces, todo quedó
borroso; la luz se extinguió, y Simón se encontró de pie con la nariz a un dedo
de la entrada, lleno de porquería.
«Seco, seco. Muerto, muerto.»
Un gemido le atenazó la garganta;
regresó al largo corredor.
No sabía cuánto tiempo llevaba
mirando la llama de la antorcha, que se agitaba ante él como su único universo
de luz amarilla. Apartar de allí los ojos le costó un gran esfuerzo.
Las paredes de ambos lados se habían
convertido en agua.
Se detuvo asombrado y temeroso. El
firme de la galería se había estrechado hasta un simple brazo de tierra sobre
una oscuridad impresionante y las paredes se habían retirado, ya no tocaban el
suelo que pisaba y estaban completamente cubiertas por cortinas de agua
corriente. Oía el rumor del agua que se precipitaba hasta el vacío inferior y
veía el trémulo reflejo de la antorcha sobre la superficie líquida.
Se acercó al borde del camino y
alargó la mano, pero los dedos no alcanzaban. Notaba un suave rocío como gotas
de niebla en las puntas y, cuando retiró la mano y se la llevó a la boca,
percibió un ligero sabor a humedad dulce. Volvió a estirarse, inclinándose
peligrosamente sobre el abismo, pero ni siquiera tocaba el agua con la punta de
un dedo. Maldijo furibundo. ¡Si al menos tuviera un cuenco, una taza, una
cuchara...!
«¡Piensa, Cabezahueca! ¡Utiliza la
mollera!»
Tras unos momentos de reflexión, dejó
la antorcha en el suelo y se quitó la rota camisa por la cabeza; se arrodilló
y, sujetando una manga, lanzó la otra parte tan lejos como fue capaz. Tocó la
cascada un poco y después cayó. La retiró de un tirón; el corazón le latía más
aprisa al notar el aumento de peso en la prenda. Echó la cabeza hacia atrás y
se puso el sucio paño en la boca. Las primeras gotas fueron como miel en su
lengua...
La luz titubeó; toda la estancia
pareció inclinarse hacia un lado, el rumor del agua se incrementó y, después,
desapareció con un silbido.
Tenía la boca llena de polvo.
Tosió, escupió y volvió a escupir; se
tiró al suelo, rabioso y presa de pánico, aullando y retorciéndose como una
bestia con una espina clavada en el costado. Cuando levantó la mirada, todavía
veía las paredes, el hueco que se abría entre ellas y el lugar donde se había
acurrucado —hasta ahí todo era verdad— pero no había agua que cayera; sólo un
rastro de piedra más clara, de donde la camisa había arrancado unos cuantos
siglos de porquería.
Se limpió la cara y el polvo de la
hinchada lengua entre convulsos gemidos sin lágrimas. Trató de comer un poco de
musgo para quitarse el sabor, pero era tan asqueroso que estuvo a punto de
vomitar otra vez. Escupió la sustancia al abismo.
«¿Qué sitio maldito y encantado es
éste? ¿Dónde estoy?
«Estoy solo, solo.»
Estremecido todavía, se incorporó y
buscó un rincón más adecuado para echarse a dormir un rato. Necesitaba
alejarse; no había agua, no había agua en ninguna parte. Ni seguridad de
ninguna clase.
Unas voces desmayadas cantaban en las
sombras del alto techo con palabras que no comprendía. Una ráfaga de aire que
no sentía agitaba la llama de la antorcha.
«¿Estoy vivo?
»Sí, estoy vivo. Soy Simón y estoy
vivo; no voy a rendirme. No soy un fantasma.»
Había dormido dos veces más y había
masticado bastante musgo amargo como para seguir en movimiento entre los
descansos. Ya había consumido más de la mitad de las tiras de tela para
mantener viva la llama. ¡Qué difícil recordar un tiempo en el que el mundo no
fuera algo temblequeante a la luz de una tea, un dédalo de corredores
despoblados y susurrantes voces sin cuerpo! Habría dicho que hasta su propia
esencia comenzaba a evaporarse, como si estuviera convirtiéndose en una sombra
vocinglera.
«Soy Simón —se recordó una vez más—.
Me enfrenté al dragón y merecí una Flecha Blanca. Existo de verdad.»
Se movía entre las estancias y los
corredores del gran castillo como en un sueño. En algunos momentos de
iluminación, breves como relámpagos, lo veía lleno de vida, los salones
rebosantes de rostros dorados, las paredes claras, de piedra luminosa que reflejaba
los colores del cielo. Era un lugar que no se asemejaba a nada que hubiera
visto antes, con arroyos que corrían por canales de piedra de unas habitaciones
a otras y cascadas que caían por las paredes de las habitaciones. Sin embargo,
a pesar del intenso chapoteo, era agua de mentira. Cada vez que la tocaba, la
esperanza se tornaba arena en sus manos, los muros se volvían oscuros y
escurridizos, la luz se empañaba, los hermosos grabados de las paredes se
disolvían y Simón se encontraba otra vez arrastrándose por salas de piedra en
ruinas, como un espíritu errabundo en una vasta cripta.
«Los sitha vivieron aquí —se dijo—.
Esto era Asu'a, la resplandeciente Asu'a. Y todavía siguen aquí en cierto
modo... como si las propias rocas soñaran con los días pasados.»
Comenzó a desarrollar una idea
ponzoñosa y seductora. Amerasu, la Nacida en el Barco, había dicho que Simón
vivía más cerca del Sendero de los Sueños que los demás; había llegado a ver la
Diáspora de las Familias durante su noche de vela de armas en Sesuad'ra, ¿no
era cierto? Quizá, tal vez, si descubriera la forma de hacerlo, podría...
saltar al otro lado. Entraría en el sueño, viviría en la espléndida Asu'a y
sumergiría la cara en los arroyos vivientes que discurrían por el palacio, y
entonces no se convertirían en polvo. Se quedaría en Asu'a y jamás regresaría a
ese mundo oscuro y encantado de sombras que se derrumbaban...
«¿No regresar jamás con mis amigos?
¿No volver nunca a mis deberes?»
Pero la Asu'a de los sueños era tan
espléndida... En los instantes en que cobraba vida, veía rosas y otras flores
de asombroso brillo que trepaban por las paredes para mecerse al sol en las
altas ventanas, y a los sitha, el pueblo que moraba allí en su visión,
elegantes y extraños como pájaros de exótico plumaje. El sueño le mostraba
imágenes de un tiempo anterior a la destrucción, a manos de los de su género,
del más grande de los hogares sitha. Seguro que los inmortales acogerían con
agrado a un viajero perdido... ¡Oh, Madre piadosa! ¿Lo acogerían a él, que
provenía de la oscuridad...?
Débil y agotado, tropezó en una
piedra suelta y cayó sobre las manos y las rodillas; el corazón parecía un
yunque en su pecho. No podía moverse ni dar un paso más. ¡Cualquier cosa sería
mejor que aquella soledad enloquecedora!
La amplia sala donde se encontraba
vibró, pero no desapareció. De entre la nebulosa de figuras en movimiento
destacó una, la de una mujer sitha de piel dorada como el sol y una nube de
pelo negro como la noche en la cabeza. Se hallaba entre dos árboles gemelos
cargados de frutas plateadas, y volvió los ojos hacia él poco a poco. Se
detuvo, y una expresión peculiar asomó a su rostro, como si hubiera oído que
alguien la llamaba en un lugar solitario.
—¿Me..., me ves? —inquirió sin aire.
Se acercó a ella cojeando, pero ella siguió con la vista fija en el sitio que
antes ocupaba Simón.
El terror se apoderó de él. ¡La había
perdido! Sus miembros quedaron como sin huesos y se desplomó de bruces en el
suelo. Detrás de la mujer de negros cabellos, centelleaba una fuente de agua, y
las gotas que volaban por la luz oblicua de las ventanas lucían como gemas. La
mujer cerró los ojos, y Simón notó un roce inquisitivo en las fronteras de la
mente. Parecía que la tuviera a tan sólo unos pasos, pero distante al mismo
tiempo como una estrella en la inmensidad.
—¿Me ves? —aulló—. ¡Quiero entrar!
¡Déjame entrar!
La mujer seguía inmóvil como una
estatua, con las manos cruzadas ante sí. La estancia de altas ventanas se
oscureció hasta que sólo quedó ella como una columna de luz radiante. Algo
acarició los pensamientos de Simón con la levedad del paso de una araña, con la
suavidad de la respiración de una mariposa.
Vuelve, pequeño. Vuelve y vive.
Entonces, la mujer abrió los ojos y
lo miró de nuevo. Sus pupilas destilaban una sabiduría tan enorme y tierna que
Simón se sintió elevado, sostenido y reconocido. Pero sus palabras eran
amargas.
Esto no es para ti.
Empezó a diluirse. Por unos momentos,
fue una sombra más entre el desfile de sombras antiguas. Después, la diáfana
habitación destelló y se desvaneció; Simón se encontró tumbado en la suciedad,
con la antorcha ardiendo en espasmos en el suelo, a medio paso de sus dedos
extendidos.
«Se ha ido, me ha dejado aquí.»
Lloró con todas sus fuerzas, hasta
enronquecer de tanto gemir, hasta que la cara le dolía. Se levantó como pudo y
siguió adelante.
Casi había olvidado su nombre —y por
supuesto no recordaba las veces que había dormido ni las que había succionado
un bocado del disminuido montón de musgo que tenía en el bolsillo— cuando
encontró la gran escalinata.
Quedaban pocas tiras para reemplazar
a la que ardía en la antorcha; pensaba en lo que eso significaba y comprendía
que ya se había alejado mucho como para encontrar el camino de vuelta al charco
de fuego perdruinés antes de quedarse a oscuras, cuando cruzó por una de las
amplias arcadas del laberíntico castillo y se encontró en un espacioso rellano.
Por encima y por debajo, el espacio abierto se extendía en anchos tramos de
escalera que caracoleaban en torno al vacío, escalones incontables que
ascendían hacia las sombras y se hundían en la oscuridad.
«¡La escalera! — Un recuerdo,
impreciso como un pez en un estanque lodoso, emergió poco a poco—. ¿La...
escalera de Tan’ja? El doctor Morgenes decía..., decía...»
Hacía mucho tiempo, en otra vida,
otro Simón había recibido el encargo de buscar una escalinata como aquélla, que
lo había llevado arriba, al aire de la noche, hacia la luna y la hierba verde.
«Eso quiere decir... que si subo...»
Una risa quebrada y convulsa le salió
a borbotones y resonó por el hueco de la escalera. Algo, murciélagos o
recuerdos penosos, se alejó aleteando en la oscuridad superior, crujiendo como
al arrugar un pergamino. Comenzó a subir, casi olvidados el tobillo, la sed
terrible y la total y absoluta soledad.
«Voy a respirar aire, voy a ver el
cielo. Soy... Soy Simón. No voy a convertirme en un fantasma.»
Antes de haber rebasado cincuenta
peldaños, encontró una parte de la pared derrumbada que había arrastrado
consigo el borde de los escalones de modo que una sima sin fin se abría hacia
la vacía oscuridad. El paso estaba obstruido por los cascotes.
—¡Por el Árbol! —exclamó lleno de
rabia—. ¡Por el maldito Árbol!
—... boool... —repitió el eco— ...
oool...
Agitó la antorcha sobre la cabeza con
furia, como si retara al aire; la llama tembló y centelleó en la oscuridad. Por
fin, derrotado, renqueó escalera abajo.
Escasos eran ya en su memoria los
recuerdos de la primera vez que había remontado la escalera de Tan'ja, hacía ya
casi un año, un trayecto que cubrió en medio de la oscuridad interior y
exterior... pero, en aquella ocasión, seguro que no había tenido que subir
tanto. Parecía imposible bajar constantemente y no aparecer en el mismísimo
infierno.
Le parecía que llevaba un día bajando
con el pie a rastras. No había forma de salir; los arcos que asomaban a los
rellanos estaban cegados con cascotes y la única posibilidad de escapar habría
consistido en saltar por el balaustre y caer a plomo en... ¿quién sabía dónde?
Cuando por fin se detuvo a dormir en uno de los sucios descansillos, deseó no
haber encontrado jamás aquel camino, pero lo horrorizaba la idea de volverse
otra vez por donde había entrado. No, sólo cabía seguir ahondando. Con toda
seguridad, hasta esa monstruosa escalinata llevaría a algún sitio. Se acurrucó
y cayó en una modorra casi dolorosa.
Tuvo sueños intensos y confusos. Tres
imágenes, tan vividas que casi dolían, lo obsesionaban: un joven rubio que
descendía por un túnel de pronunciada pendiente con una antorcha y una lanza;
un hombre maduro con atavíos reales y corona que sostenía sobre las rodillas un
pesado libro abierto y una espada; y, finalmente, una silueta de gran estatura,
escondida en la sombra, que se mantenía erguida y de pie en el centro de un
extraño suelo móvil. Las tres visiones aparecían una y otra vez con pequeñas
variaciones, mostrando más detalles pero sin revelar nada. El lancero estiraba
el cuello como si escuchara voces. El hombre del cabello cano levantaba los
ojos de la lectura como interrumpido por un ruido repentino, y un destello de
luz roja llenaba la oscuridad tiñéndole el rostro de escarlata. La sombra alta
se giró; tenía una espada en la mano, y una especie de astas sobresalían de su
frente...
Se despertó sobresaltado, con la
frente cubierta de sudor frío, las piernas y los brazos temblorosos... No se
había dormido de una forma natural, sino que había caído en una especie de
turbulento río de sueños que lo había arrastrado como una corteza de árbol, a
la deriva y sin remisión. Se sentó y se frotó los ojos, pero seguía en el
amplio rellano, abandonado a su suerte en el océano de escalones.
«Voces y pesadillas —pensó con
desesperación—. Tengo que alejarme de todo esto. Si no me dejan en paz, me
moriré.»
Ya ardía en la antorcha la penúltima
tira de tela. El tiempo volaba y, si no encontraba el camino enseguida, si no
alcanzaba el aire, el sol y la luna de nuevo, quedaría aislado en la oscuridad
con las sombras de tiempos pretéritos.
Reemprendió el descenso
inmediatamente.
La escalera de Tan'ja pasaba a su
lado como una mancha borrosa, y Simón parecía una crujiente rueda de molino;
sus piernas subían y bajaban y el tobillo herido y maltrecho se resentía y le
punzaba cada vez que recibía el peso de sus presurosos pasos. El aire salía y
entraba en rápidos jadeos por su reseca boca. Si hasta entonces había
conservado la cordura, la demencia se apoderó de él en ese momento. Los
escalones eran los dientes de una boca que quería tragárselo, pero por más que
bajara, cayendo sin notar el dolor, recuperándose y lanzándose al siguiente
peldaño, no tenía escapatoria. Siempre había más dientes, siempre más dientes
blancos e iguales...
Las voces, que habían permanecido
silenciosas durante tanto tiempo, se elevaron a su alrededor como un coro de
monjes en la capilla de Hayholt. No les hizo el menor caso; sólo podía
precipitarse escalera abajo. Algo cambió en el aire, pero no podía permitirse
una pausa para dilucidar de qué se trataba. Las voces lo perseguían; los
dientes, burlones, aguardaban a cerrarse sobre él.
Donde debería encontrar suelo firme,
había una amplia extensión de... de algo. Su pie se vio frenado en seco, y él
cayó hacia adelante. Los codos crujieron al chocar contra la dura piedra, y se
quedó tendido un momento, gimiendo, aferrado a la antorcha con tanta fuerza que
los nudillos le dolían. Levantó la cabeza despacio. El aire estaba..., olía
a... humedad.
Un espacio grande se abría ante él y
terminaba en la negrura; no había más escaleras, o, al menos, no que él pudiera
ver.
Quejándose todavía, se arrastró hasta
colocarse justo al borde de las tinieblas. Al asomarse, desprendió con el brazo
un poco de arena y gravilla.
Pin, pin, pin. Sonaba como los
guijarros pequeños al caer al agua, y a no mucha distancia.
Resollando, se inclinó más y tendió
la antorcha tanto como pudo. A escasos palmos localizó un reflejo, una mancha
temblona de luz intensa. La esperanza renació, cosa peor que cualquiera de sus
dolores.
«Es un truco —se lamentó—, un engaño
más. Sólo hay polvo..., polvo...»
No obstante, recorrió a rastras el
contorno del rellano buscando una forma de bajar. Descubrió una escalinata
pequeña y grabada con elegancia y descendió por ella como un cangrejo, sobre
las rodillas y las manos. Terminaba en un espacio circular que se alargaba en
una pequeña lengua de roca clara por un extremo y se adentraba en las sombras.
A la luz de la antorcha no distinguía hasta dónde llegaba, pero sí percibió el
alcance de las orillas del estanque, que se desvanecían en las sombras en ambas
direcciones. Era enorme, casi como una laguna.
Cayó sobre el estómago y extendió una
mano; después se detuvo a oler. Si ese estanque tan grande estaba lleno de
fuego perdruinés y acercaba la antorcha, no quedaría de él nada más que un
montón de cenizas; pero no notó olor oleoso. Hundió la mano y sintió el agua
cerrarse sobre ella, fría y mojada como debía ser. Se chupó los dedos; detectó
cierto sabor metálico, pero era agua.
«¡Agua!»
La tomó en el cuenco de las dos manos
y se la llevó a la boca, derramando más sobre la barbilla y el cuello de la que
caía por la garganta. Lo cosquilleaba en la lengua como mil chispas de luz y le
llenaba las venas de calidez. Era una gloria, mejor que cualquier licor, más
maravillosa que ninguna otra bebida que hubiera probado jamás. Era agua. Estaba
vivo.
Se sentía ebrio de alegría y bebió
hasta hartarse, hasta que el estómago le presionaba contra la cinturilla de los
calzones. El agua fresca y con un ligero sabor a tierra poseía una humedad tan
espléndida que lo obligaba a seguir tragando. Se la tiró por la cabeza y por la
cara con un chapoteo tan vigoroso que a punto estuvo de apagar la antorcha, lo
que lo hizo reír hasta que los ecos se cruzaron. Después de colocar la luz en
lugar más alto, a buen seguro, volvió a la orilla y bebió más; luego se quitó
la destrozada camisa y los calzones y se frotó por todas partes, disfrutando
del derroche de fresco líquido que resbalaba por todo su cuerpo. Por fin, la
fatiga pudo con él; se acostó canturreando satisfecho y se durmió sobre la
piedra mojada.
Despertó poco a poco, como si
emergiera a nado desde una gran profundidad. Durante un largo momento, no supo
dónde estaba ni qué había sucedido. Las poderosas ráfagas de visiones oníricas
habían vuelto a girar como torbellinos en su cabeza dormida igual que hojas en
un gran vendaval. Los hombres de las espadas formaban parte de ellas, pero
también había entrevisto el brillo de escudos en una hueste armada que cruzaba
por una alta puerta de plata, un despliegue de torres con colores del arco
iris, un destello amarillo cuando un cuervo giró la cabeza y enseñó su ojo
brillante, un círculo de oro reluciente, un árbol con la corteza blanca como la
nieve, una rueda oscura que giraba...
Se frotó las sienes para borrar las
últimas imágenes. La cabeza, que tan ligera y vacía había sentido cuando se
bañaba, le martilleaba ahora. Con un quejido, se sentó. Por lo visto, los
sueños iban a atormentarlo pasara lo que pasara. Aun así, tenía otras cosas en
que pensar, cosas sobre las que sí podía hacer algo, o al menos intentarlo:
comer y escapar.
Miró hacia arriba, donde había dejado
la tea sobre un escalón. Había estado a punto de apagarla totalmente con tanto
chapoteo en el agua. Además, ya no duraría mucho. Había encontrado agua pero se
situación seguía siendo muy precaria.
La luz pareció aumentar súbitamente.
Guiñó un ojo y entonces se dio cuenta de que no se trataba de la antorcha, sino
de la habitación entera que empezaba a llenarse de una luminosidad brumosa. Y
había... algo... muy cerca, algo fuerte; lo notaba como un aliento caliente en
la nuca.
Rodó hacia un lado, consciente de su
desnudez, de su indefensión. Veía la gran laguna con mayor claridad, y los
grabados fantásticos y elaborados que cubrían las paredes cercanas y el techo,
pero ni con la radiación que iba extendiéndose lograba atisbar el otro confín
del estanque; una especie de neblina flotaba sobre el agua y lo ocultaba a la
vista.
Abrió la boca al ver aparecer una
figura sombría en las brumas, en el centro del agua; una silueta aumentada por
el velo gris y la luz indeterminada. Era alta, con una capa ondulante y astas:
una cornamenta... que le nacía en la cabeza.
La silueta agachó la cabeza, no como
reverencia, al parecer, sino en gesto de desesperación.
Jingizu.
La voz recorrió la mente de Simón
como un lamento furioso, potente y fría como el hielo que resquebraja la piedra
y la hace saltar en pedazos. La neblina giraba y se arremolinaba y barría los
pensamientos de Simón.
Jingizu. Cuánto dolor.
Por un momento, el espíritu de Simón
parpadeó como una candela en un viento de tormenta. La fuerza de la cosa que
flotaba sobre las tinieblas le apagaba la existencia. Intentó gritar pero no
pudo; aquel vacío terrible lo absorbía. Se sentía menguar, desaparecer,
evaporarse...
La luz se intensificó otra vez y se
apagó de repente. La laguna volvió a ser un óvalo ancho y negro, y la única luz
provenía del pálido brillo amarillo de su rezumante antorcha.
Permaneció unos momentos tumbado,
respirando a rápidas bocanadas como un pez izado a una barca. Tenía miedo de
moverse, de producir algún sonido, aterrorizado por la idea de que la espantosa
sombra regresara.
«Aedón misericordioso, dadme la paz
—las palabras de la antigua oración brotaron espontáneamente—, concededme el
descanso en vuestros brazos y en vuestro seno...»
Ya no tenía el menor deseo de cruzar
al otro lado del sueño, ni de unirse a los fantasmas del lugar. De todo lo que
había visto y sentido desde que había caído rodando al interior de la tierra,
aquel sitio era el más extraño, el más aterrador y poderoso. A pesar del agua,
no podía quedarse allí. La luz se acabaría enseguida y la oscuridad lo
engulliría.
Tembloroso, se arrodilló al final de
la escalera y bebió más. Maldiciendo la desgracia de no tener un odre, se puso
los calzones y las botas y empapó la camisa de agua; permanecería empapada un
buen rato y, si sentía sed, la escurriría para calmarla. Recogió la antorcha y
empezó a buscar el modo de salir. Tenía el tobillo entumecido, pero de momento
el dolor era lo de menos; lo fundamental era salir de allí.
La laguna, fuente de terroríficas
visiones un momento antes, era un simple redondel negro y silencioso.
XV
MEANDROS DE TINTA
M
iriamele le vendó las heridas con
toda la suavidad posible y Binabik no se quejó una sola vez, pero sabía que el
dolor de las ampolladas manos debía de ser feroz.
—Ya está. —Hizo un nudo con esmero—.
Ahora, dejadlas tranquilas un rato; voy a preparar algo de cena.
—Tanto cavar para este resultado —se
lamentó el gnomo. Se miró las manos, envueltas en tela—. Tierra, tierra y más
tierra.
—Al menos, esas... cosas no
volvieron. —El sol había desaparecido tras el horizonte. Miriamele tenía
dificultades para encontrar las cosas en el fondo de las alforjas de modo que
se sentó, extendió la capa sobre las rodillas y vació el contenido—. Esos excavadores.
—Pues casi deseo que hubieran vuelto,
Miriamele. Habría disfrutado matando a unos cuantos más, habría aullado como
Qantaqa al ver correr su sangre.
Miriamele sacudió la cabeza, inquieta
por las salvajes palabras de Binabik, tan poco propias de él, y preocupada
también por el vacío que sentía dentro de sí misma. No se sublevaba como él,
pues no quedaba prácticamente nada en su interior.
—Si... sobrevive, encontrará el modo
de reunirse con nosotros. —Un amago de sonrisa asomó a sus labios—. Es más
fuerte de lo que me imaginaba, Binabik.
—Recuerdo cuando nos conocimos, en el
bosque —dijo el gnomo—. Me miraba como un polluelo, como una cría de pájaro
recién nacida, con el pelo disparado en todas direcciones. Entonces pensé: «He
aquí a uno que perecería enseguida si no lo hubiera encontrado». Me parecía un
cordero desvalido que se hubiera separado del rebaño, pero me ha sorprendido
muchas veces desde entonces. —Suspiró con una especie de silbido—. Si después
de caer encontró algo más que tierra y más tierra y bogbanik, creo que
terminará por salir de ahí.
—Claro que sí. —Miriamele observaba
los paquetes extendidos sobre el regazo. Tenía los ojos empañados y había
olvidado lo que buscaba—. Claro que saldrá.
—De modo que nosotros continuaremos
adelante y confiaremos en la suerte que lo ha acompañado tantas veces en
ocasiones de gran peligro. —Binabik hablaba como temeroso de que le llevara la
contraria.
—Claro; desde luego. —La princesa se
frotó las sienes como para poner en orden sus dispersos pensamientos—. Y yo
rogaré a Elysia, Madre de Dios, para que vele por él.
«Pero todos los días se rezan
oraciones —añadió para sí—, y sólo unas pocas son escuchadas. ¡Maldito seas,
Simón! ¿Por qué te separaste?»
La presencia de Simón era casi más
fuerte en su ausencia que cuando estaba con ellos y, a pesar del afecto
profundo que Miriamele sentía por Binabik, le suponía un esfuerzo permanecer
sentada con el gnomo en la sobremesa del caldo ligero que había preparado para
la cena: le parecía un insulto al amigo ausente estar vivos los dos, y
comiendo. De todas formas, ambos agradecieron la magra ración de carne, una
ardilla con que Qantaqa los había obsequiado. Miriamele le preguntó si la loba
habría cazado ya para sí misma o habría sentido el impulso de ofrecer la
primera presa a su amo, antes de satisfacer sus propias necesidades, pero
Binabik declaró no saberlo.
—Sólo me trae estas cosas en
determinadas ocasiones, sobre todo cuando estoy triste o herido. —Mostró los
dientes fugazmente—. Supongo que ahora es por las dos cosas.
—Bendita sea, de todas formas —dijo
Miriamele con sinceridad—. Tenemos la despensa casi vacía.
—Espero que... —comenzó el gnomo,
pero no terminó la frase.
Miriamele estaba segura de que
pensaba en Simón, en que, si había sobrevivido, se hallaría bajo tierra y sin
nada que comer. No volvieron a hablar hasta el final de la cena.
—Bien, y ahora, ¿qué vamos a hacer?
—preguntó Binabik con suavidad—. No quisiera parecer...
—Quiero seguir adelante hasta
encontrar a mi padre; nada ha cambiado a este respecto. —Binabik no replicó,
pero se quedó mirándola—. No tenéis por que venir conmigo. —No le gustó su tono
de voz y añadió—: Tal vez sea mejor que no me acompañéis. Es posible que Simón
regrese aquí cuando logre salir, y sería conveniente que hubiera alguien
esperándolo. Además, no es vuestro deber, Binabik. Se trata de mi padre, pero
al mismo tiempo es vuestro enemigo.
—Cuando lleguemos al lugar donde no
se pueda dar marcha atrás, tomaré una decisión. Este sitio no me parece
apropiado para esperar. —Echó una breve ojeada a Hayholt; a la luz del
anochecer, el castillo no era más que un borrón oscuro sin estrellas—. Aunque
tal vez podría esconderme en alguna parte con Qantaqa y acercarme aquí a mirar
de vez en cuando. —Describió con la mano un gesto amplio—. De todas formas, aún
es pronto para pensar en estas cosas. Ni siquiera sé los planes que tenéis para
entrar en la fortaleza. —Se giró y señaló hacia la mole del alcázar—, tal vez
conozcáis la forma de persuadir a vuestro padre el rey, pero no os llevarán a
su presencia si aparecéis en la puerta principal, creo. Y, si es Pryrates quien
os recibe, tal vez considere más conveniente que muráis y que no interfiráis en
los planes que tenga con vuestro padre. Entonces vos desapareceríais para
siempre.
—No soy tonta, Binabik —replicó la
princesa con un estremecimiento involuntario—, aun en contra de lo que piensen
mi tío y otros. Tengo algunas ideas propias.
—Yo no creo que seáis nada semejante,
Miriamele —aseguró el gnomo, abriendo
las palmas— ni conozco a nadie que lo crea.
—Es posible. —Se puso en pie y se
acercó al morral que había dejado sobre la hierba húmeda. Comenzaba a llover en
finas gotas. Revolvió entre sus cosas, encontró lo que buscaba y volvió con
ello al lado de la fogata—. Pasé mucho tiempo en Sesuad'ra haciendo esto.
—¡Ah! —exclamó Binabik con una lenta
sonrisa al ver lo que había en el pequeño fardo.
—Y los copié en pieles también
—añadió con cierto orgullo—, porque sabía que así durarían más. Vi los
pergaminos que vos y Sis... Sis...
—Sisqinanamook —completó Binabik, al
tiempo que fruncía el entrecejo para mirar los pellejos—. O Sisqi, que es más
sencillo para lenguas de las tierras bajas. —Se quedó sin expresión un momento;
después sus rasgos recobraron vida y miró a Miriamele—. Así que habéis
reproducido los mapas que trajo el conde Eolair.
—Sí. Dijo que eran de los antiguos
túneles de los dwarrows. Simón salió del castillo gracias a ellos, así que
pensé que podían servirme de guía para entrar sin ser vista.
—No todo son túneles. —Binabik
estudiaba los meandros dibujados en las pieles—. El antiguo castillo sitha yace
bajo Hayholt, y era muy grande. —Fijó la vista—. Estos mapas no son fáciles de
interpretar.
—No estaba segura del significado de
todas las cosas, de forma que los copié íntegramente, hasta los dibujitos y las
marcas de los lados —añadió con humildad—. Pero sé que son buenos porque se lo
pregunté al padre Strangyeard. —De pronto sintió temor—. Son buenos, ¿verdad?
—Sí —asintió el gnomo con un gesto de
la cabeza que puso en movimiento el negro flequillo sobre la frente—. Parecen
mapas de este lugar, ciertamente. ¿Veis? Esto es lo que llamáis el Kynslagh.
—Señaló un amplio arco en el extremo del primer mapa—. Y esto debe de ser el
Swertclif que ahora mismo tenemos debajo.
Miriamele se inclinó hacia adelante y
siguió el dedo de Binabik con toda atención. Al momento se sintió invadida por
un intenso sentimiento de tristeza.
—Si estamos aquí, el agujero por el
que cayó Simón no tiene túneles.
—Tal vez —repuso Binabik, con
auténtica incertidumbre—. Pero los mapas y las guías se hacen en momentos
determinados, Miriamele, y es posible que hayan cavado galerías nuevas desde
que éste se confeccionó.
—¡Elysia misericordiosa! Espero que
así sea.
—Entonces, ¿en qué punto salió Simón?
—preguntó Binabik—. Creo recordar que fue...
—En el cementerio, justo al otro lado
del muro de Erchester —completó Miriamele—. Yo lo vi allí, pero echó a correr
cuando lo llamé porque creyó que era un fantasma.
—Al parecer, hay todo un sistema de
galerías que emergen alrededor de ese lugar. Pero ya estaban mucho antes de que
construyeran Erchester y lo demás; dudo que todavía existan. —Levantó la mirada
al notar que llegaba Qantaqa de sus correrías, con el peludo manto mojado de
lluvia.
—Creo que tengo una idea de por dónde
debió de salir —insistió Miriamele—; podemos comprobarlo, de todas formas.
—Sí, lo comprobaremos. —Binabik se
desperezó—. Bien, una noche más aquí y luego bajaremos a buscar los caballos.
—Espero que no les haya faltado
comida. No teníamos intención de dejarlos solos tanto tiempo.
—Os aseguro que si se les terminara
el forraje, lo siguiente que comerían serían las correas que los atan. Los
caballos no habrán pasado necesidad de alimento, pero nosotros tal vez nos
quedemos sin ellos.
—Como soléis decir, no hay nada que
hacer hasta que lleguemos y lo veamos.
—Lo digo porque es una gran verdad
—replicó el gnomo, muy circunspecto.
Raquel el Dragón sabía con lo que iba
a encontrarse, pero la resignación no paliaba el disgusto. Era el octavo día
consecutivo que el agua y la comida que dejaba permanecían intactas.
Con una triste plegaria a santa
Rhiappa, para que le diera paciencia, recogió las cosas que iban a ponerse
malas y las devolvió a la bolsa. Comería la pequeña manzana y el mendrugo de
pan esa noche. Puso provisiones nuevas en lugar de las viejas y levantó la tapa
de la escudilla de agua para ver si seguía limpia y potable.
Frunció el entrecejo. ¿Dónde estaría
ese pobre Guthwulf? No soportaba la idea de que anduviera vagando a ciegas, y
en la oscuridad, incapaz de encontrar el camino hacia la ración que le dejaba a
diario. Se sentía tentada a salir en su busca; de hecho ya había paseado más de
lo normal en los últimos días aunque supusiera un peligro para ella. Cuanto más
descendiera por los túneles, más se arriesgaba a golpearse la cabeza en una
caída o a precipitarse por un socavón; entonces nadie la ayudaría. Ella cuidaba
al desgraciado Guthwulf, pero nadie se preocupaba de la vieja Raquel.
Estos pensamientos le arrugaron más
el ceño. De la misma forma que a ella podía ocurrirle un accidente, podía
pasarle a Guthwulf. Tal vez se encontrara a sólo unos estadios de ella, herido
en el suelo. La idea de que alguien necesitara su ayuda cuando no estaba en
condiciones de ofrecérsela era una espina que se le clavaba en las entrañas,
una decepción que la quemaba. En el pasado había sido jefa de todos los
sirvientes del castillo, una especie de reina, pero ahora le era imposible
socorrer en lo mínimo a un pobre hombre ciego y trastornado.
Se echó el fardo a la espalda y bajó
la escalera con pesadez, en dirección a su oculto refugio.
Separó el tapiz y empujó la puerta,
que giró hacia adentro sobre sus bien engrasados goznes; encendió un farolillo
y echó una ojeada. En cierto modo, casi era un descanso vivir en soledad; el
escondrijo era tan pequeño que no le costaba esfuerzo mantenerlo ordenado y,
como sólo ella entraba allí, sabía que todo se hacía del modo debido.
Colocó la lámpara en el taburete que
utilizaba de mesa y, con una mueca de dolor, acercó una silla. La humedad le
calaba los huesos esa noche, y le dolían las piernas y los brazos. No le
apetecía la costura pero no había otra cosa que hacer y al menos faltaba una
hora para irse a dormir. Estaba decidida a no perder las costumbres. Siempre se
había despertado unos momentos antes del toque del cuerno que anunciaba el
primer relevo de la mañana, pero, en esos días, sólo el viaje matutino al piso
de arriba, a buscar agua en la habitación donde había una ventana al exterior,
la ayudaba a mantener el contacto con el mundo de fuera. No quería que nada
rompiera el tenue contacto con su antigua vida, de forma que se sentaría a
coser al menos una hora antes de acostarse, por mucho que los dedos se le
agarrotaran.
Sacó el cuchillo y cortó la manzana
en trozos pequeños. La masticó con cuidado, pero al terminar tenía doloridos
los dientes y las encías, de modo que mojó el mendrugo de pan en agua para
ablandarlo antes de comérselo. Aun así se hizo daño; todo le hacía daño esa
noche. Seguro que se acercaba una tormenta: se lo anunciaban los huesos. No le
parecía justo. Hacía tan sólo unos días, la semana anterior, había visto la luz
del sol por la ventana de arriba, pero ahora hasta eso le había sido
arrebatado.
La costura le suponía un esfuerzo; la
mente le divagaba sin cesar, detalle que por lo general no estorbaba la labor,
y sin embargo esa noche la obligaba a detenerse largos momentos cada pocas
puntadas.
«¿Cómo serían las cosas si Pryrates
no hubiera llegado jamás?», se preguntaba.
Aunque Elías no hubiera sido un rey
tan maravilloso como su bendito padre, era fuerte, astuto y capaz. Tal vez
habría superado su falta de amabilidad y habría prescindido de las malas
compañías. Así el castillo seguiría en manos de Raquel, las largas mesas
impecables con sus níveos manteles, las losas del suelo fregadas y pulidas como
espejos. Las doncellas trabajarían con diligencia porque, bajo la severa mirada
de Raquel, todo el mundo trabajaba con diligencia. Bueno, casi todo el mundo.
Sí, Simón. Si el sacerdote rojo no
hubiera llegado para arruinar sus vidas, Simón seguiría allí. Tal vez habría
dado ya con la ocupación más conveniente para él. Sería mayor —¡ay, qué deprisa
crecían a esa edad!—, tal vez hasta le hubiera salido barba, aunque resultaba
difícil imaginarse al joven Simón con señales de hombría. Algunas veces, al
final de la jornada, pasaría a visitarla, a compartir con ella un vaso de sidra
y un rato de charla. Ella se ocuparía de que los calzones no le quedaran
pequeños, de que no hiciera el tonto con las muchachas poco recomendables. Mala
cosa sería dejar de vigilarlo de cerca...
Algo húmedo le cayó en la mano y la
hizo sobresaltarse.
«¿Lloras? ¿Lloras tú, vieja
desquiciada? ¿Por ese muchacho cabezahueca? —Se sacudió irritada—. Bien, pues
ahora está en mejores manos que las tuyas, y las lágrimas no van a traértelo
aquí otra vez.»
Sea como fuere, le habría gustado
verlo crecer, convertirse en hombre, aunque con la misma sonrisa sinvergüenza
de siempre...
Dejó la labor con rabia. Si no iba a
dar una puntada al derecho, más valía no seguir fingiendo. Buscaría otra cosa
en que ocuparse, en vez de quedarse sentada en la silla, alicaída y soñando
como una vieja arpía al lado del fuego. Todavía estaba viva y tenía cosas que
hacer.
Había alguien que sí necesitaba de
ella. Paseando por su diminuta estancia, arriba y abajo, sin hacer caso del
dolor sordo de sus articulaciones, tomó la decisión de ir en busca del conde
Guthwulf. Pondría el cuidado y la precaución necesarios; como aedonita, tenía
la obligación de averiguar si el pobre hombre yacía herido en alguna parte, o
enfermo.
Raquel el Dragón empezó a hacer
planes.
Una gruesa cortina de agua barría el
camposanto, doblaba las hierbas, crecidas hasta la altura de las rodillas, y
caía con fuerza sobre las piedras derrumbadas.
—¿Habéis encontrado algo? —preguntó
Miriamele.
—Nada agradable. —Apenas lo oyó con
el estruendo de la lluvia, por lo que se inclinó sobre la entrada de la
cripta—. No veo ningún túnel —indicó el gnomo.
—Entonces, salid; estoy empapada. —Se
cerró más la capa y levantó la mirada.
Hayholt asomaba más allá del
cementerio, sus oscuras agujas llenas de secretos alzadas contra el turbulento
cielo gris. Vio luz en las rojas ventanas de la Torre de Hjeldin y se agazapó
entre la hierba, como un conejo sobre el que se cierne la sombra de un halcón.
El castillo parecía mantenerse a la espera, silencioso, casi muerto. No había
soldados en las almenas ni pendones al viento en los tejados; sólo la Torre del
Ángel Verde, con su larga escalinata de pura piedra blanca, parecía tener algo
de vida. Recordó los días en que se ocultaba allí para espiar a Simón, que se
pasaba las tardes soñando despierto en el campanario. Aunque ahora Hayholt se
le antojaba opresivo y demoledor, había sido un lugar relativamente alegre. El
alcázar que ahora se alzaba ante ella aguardaba como una remota criatura de
concha dura, como una araña vieja y meditabunda en el centro de su tela.
«¿Es posible entrar ahí? —se
preguntó—. Tal vez Binabik tenga razón, y yo estoy obcecada con que aún puedo
hacer algo.»
Aunque quizás el gnomo se equivocaba.
¿Podía permitirse el riesgo? Y, lo que era más importante, ¿podía dar media
vuelta y alejarse de su padre sabiendo que tal vez no volvieran a encontrarse
en este mundo?
—Decíais la verdad. —Binabik apareció
por la puerta de la cripta protegiéndose los ojos con la mano—. Llueve mucho.
—Volvamos con los caballos —contestó
Miriamele —. Allí tenemos dónde guarecernos. Así que ¿no habéis encontrado
nada?
—Otro agujero sin salida. —Se quitó
el barro de las manos en los calzones—. Sólo había unos cuantos muertos ahí con
los que no valía la pena perder el tiempo.
—Estoy segura de que Simón salió por
aquí —replicó Miriamele con una mueca—. Tiene que ser una de éstas.
Binabik se encogió de hombros y se
encaminó hacia la hilera de olmos sacudidos por el viento, que flanqueaban la
pared sur del cementerio. Se tapó con la capucha.
—O bien lo recordáis con alguna
ligera imprecisión o el túnel está tan oculto que no consigo dar con él, aunque
he tanteado todas las paredes y he levantado todas las piedras...
—Estoy segura de que no es por culpa
vuestra —dijo ella. Un relámpago desgarró el cielo y el trueno llegó a los
pocos instantes. De súbito, se le representó en la mente la imagen de Simón
avanzando con esfuerzo por la tierra oscura. Se había ido, había desaparecido
para siempre a pesar de todos los buenos auspicios que tanto ella como el gnomo
habían pronunciado. Aspiró en busca de aire y tropezó; las lágrimas le rodaban
por las mejillas, mojadas ya de la lluvia. Se detuvo con una congoja que le
nublaba la vista.
—Estoy aquí con vos —la consoló
Binabik, temblorosa su propia voz, tomándole la mano.
Permanecieron juntos bajo el aguacero
un largo rato. Por fin, Miriamele recobró la calma.
—Lo lamento, Binabik, no sé qué
hacer. Hemos pasado el día buscando y no nos ha servido de nada. —Tragó saliva
y se quitó las gotas de la cara. Era incapaz de nombrar a Simón—. Tal vez
deberíamos dejarlo. Teníais razón: jamás podría llegar hasta esa puerta.
—Primero vamos a secarnos. —El
hombrecillo la arrastró consigo, apresurándose hacia el refugio—. Después
hablaremos de lo que hay que hacer.
—Ya hemos mirado, Miriamele —dijo
Binabik. Los caballos piafaron inquietos cuando otro rayo rasgó los cielos.
Qantaqa miraba las nubes como si quisiera perseguir y dar caza al tremendo
rugido—. Pero, si lo deseáis, aguardaremos a que deje de llover y volveré a
registrarlo todo. Tal vez sea mejor buscar durante la noche.
Miriamele se estremeció ante la idea
de continuar la búsqueda entre las tumbas en la oscuridad. Además, los
excavadores suponían una amenaza más en las criptas que se añadía a la de los
espíritus de los muertos que no descansaban.
—No quiero que lo hagáis.
—Entonces, ¿qué preferís?
Miriamele miró el mapa. Las sinuosas
líneas resultaban casi invisibles en la negra tarde, más oscurecida aún por los
nubarrones.
—Hay otras líneas que deben
corresponder a otros pasadizos. Esta, por ejemplo.
—Me da la impresión —repuso Binabik
forzando la vista al mirar el mapa— de que ésta sale al muro de piedra del
Kynslagh; muy difícil de localizar, creo, y más aún bajo las narices de vuestro
padre y sus soldados.
—Creo que tenéis razón —asintió
Miriamele con tristeza—. ¿Y esta otra?
—Parece hallarse en el lugar donde
ahora se levanta la ciudad —opinó el gnomo, tras considerarlo.
—¿Erchester? —Miró hacia atrás, pero
no veía nada más allá de la alta pared del camposanto—¿En alguna parte de
Erchester?
—Sí, ¿veis? —Recorrió la línea con el
dedo—. Si esto es el bosquecillo de Kyns, y aquí es donde nos encontramos...
—Sí, debe de estar casi en el centro
del pueblo. —Se detuvo a pensar—. Si pudiera camuflarme la cara de alguna
manera...
—Y si yo pudiera disimular mi altura
y mi condición de gnomo...
—No —lo contradijo Miriamele, pues la
idea comenzaba a perfilarse con claridad—, vos no tendríais que disfrazaros. Si
llevamos un caballo y montáis conmigo, la gente os tomará por un niño.
—Cuánto honor.
—No. —La princesa rió un poco
exageradamente—. ¡Funcionaría! Nadie os miraría dos veces si no os quitáis la
capucha de la cabeza.
—¿Y qué hacemos con el caballo de
Simón y con Qantaqa?
—Tal vez podríamos llevarlos con
nosotros. —No quería darse por vencida—. Quizá piensen que Qantaqa es un perro.
Binabik soltó una carcajada, un
alegre bufido súbito.
—Una cosa es hacerles creer que un
hombre pequeño es un niño y otra muy diferente esperar que mi compañera se haga
pasar por algo diferente de un lobo puro de la Estepa Blanca, a menos que
encontréis algo con qué taparla.
—Ya lo sé —reconoció Miriamele,
mirando la peluda y gris forma de Qantaqa —. Sólo era una idea.
—El plan es correcto en general
—añadió el gnomo con una sonrisa—. Sólo tenemos que realizar algunas
transformaciones, creo...
Remataron el trabajo en una arboleda
de tilos, en las cercanías de un campo en barbecho al oeste del camino
principal, a unos estadios de la puerta norte de la ciudad de Erchester.
—¿Qué habéis puesto en esta cera de
abejas, Binabik? —Miriamele frunció el entrecejo y lo probó con la lengua—.
¡Sabe muy mal!
—No debéis tocarla ni probarla; se
desprendería. Y la respuesta es: sólo un poco de barro oscuro para dar color.
—¿De verdad parece que me falten
dientes?
—Sí —aseguró el gnomo, ladeando la
cabeza para calibrar el efecto—. Ahora no parecéis una princesa sino una
muchacha muy sucia.
Miriamele se pasó la mano por el
cabello, lleno de tierra, y se tocó con cuidado la manchada cara. «¡Qué pinta
debo de tener! —No podía evitar la alegría que la embargaba sin saber por qué—.
Es como un juego, como un auto de Jesuris. Ahora seré quien yo quiera.»
Pero, por supuesto, no se trataba de
un juego; el rostro de Simón se le representó en ese momento y recordó brusca y
dolorosamente lo que estaba haciendo, los peligros que arrostraría y lo que ya
había perdido para llegar donde estaba.
«Es para poner fin al sufrimiento, a
las matanzas —se recordó con sumisión—. Y para devolver la cordura a mi padre.»
—Estoy lista, supongo —anunció,
levantando la mirada.
El gnomo asintió. Se giró para
acariciar la ancha cabeza de Qantaqa y se alejó un poco con la loba. Se agachó
y le susurró algo al oído con la cara hundida en el pelaje del cuello; un
mensaje largo, del que Miriamele sólo oía los chasquidos consonánticos de la
lengua del gnomo. Qantaqa torció la cabeza a un lado y gimió quedamente, pero
no se movió. Cuando Binabik concluyó, le dio unas palmadas y le tocó la frente
con la suya.
—Cuidará de que el caballo de Simón
no se aleje mucho —dijo—. Ahora, ya es el momento de ponernos en marcha.
Miriamele subió a la silla y se
agachó con un brazo extendido; el hombrecillo trepó con su ayuda, se sentó
delante, y la princesa clavó los talones en los flancos del caballo.
Cuando volvió la vista atrás,
Hogareña triscaba la hierba al pie del árbol, que goteaba de la lluvia, y
Qantaqa estaba sentada, muy erguida, con las orejas de punta y los ojos fijos
en la pequeña espalda de su amo.
La carretera de Erchester era un río
de lodo, y el caballo tardaba tanto en despegarse del barro como en avanzar.
La puerta de la ciudad estaba
abierta; cedió con un simple empujón de la joven y crujió levemente.
Retrocedieron unos pasos vadeando por las embarradas roderas de los carros y
entraron entre las altas torres con la lluvia cayendo sobre ellos desde el encapotado
cielo gris.
—No hay guardias —susurró.
—No hay nadie en absoluto, que yo
vea.
Justo al traspasar los portones, se
encontraba la Plaza de la Batalla, una amplia extensión empedrada con un
círculo de césped en el centro, escenario de múltiples desfiles y festivales.
En esos momentos se hallaba vacía, a excepción de unos cuantos perros famélicos
que rebuscaban en las basuras al comienzo de un callejón. Parecía que nadie
hubiera pasado por allí desde hacía algún tiempo, que hubiera caído en el
olvido para todos salvo los carroñeros. Grandes charcos se rizaban bajo la
lluvia, y el césped del centro se había convertido en un redondel de lodo yermo
y acribillado de hoyuelos.
El eco de los cascos del caballo
llamó la atención de los perros; lo miraron con las lenguas colgando y los
oscuros ojos en tensión. Al momento siguiente, la jauría dio medía vuelta y se
alejó levantando lodo por el callejón.
—¿Qué ha sucedido aquí? —se preguntó
Miriamele.
—Creo que no es difícil de adivinar.
Ya habéis visto otras ciudades y pueblos de los alrededores, y yo he
contemplado la misma desolación en las nevadas tierras del norte. Este lugar,
como sabéis, es el que más cerca se halla de Hayholt.
—Pero ¿dónde ha marchado la gente?
Los de Stanshire, los del valle de Hasu, los de... aquí... ¡No han podido
desaparecer por las buenas!
—No. Algunos morirían a causa de la
escasez de las cosechas, otros partirían hacia el sur, supongo. Este año ha
sido terrible para los que sabemos algo de los acontecimientos que se están
desarrollando. Para los que vivían aquí, ha debido de ser como si de pronto les
cayera una maldición encima.
—¡Oh, Elysia misericordiosa!
—exclamó, con una extraña mezcla de infelicidad, rabia y piedad—. ¿Qué ha hecho
mi padre?
Al entrar en la ancha Calle Mayor,
aparecieron por fin las primeras señales de vida humana: la luz del fuego
asomaba entre las rendijas de las ventanas cerradas y en alguna parte, más
lejos, una puerta se cerró con estrépito. Miriamele creyó escuchar incluso el
leve murmullo de una oración, aunque no se imaginaba de qué persona podría
provenir una voz tan desgarrada; más bien parecía el gemido de un espíritu
errante.
Cuando tomaron la curva de la avenida
principal, avistaron una figura envuelta en una capa raída, que salía de una
calleja lateral y subía por la Calle Mayor arrastrando los pies. La princesa,
asombrada de ver a un ser viviente, tiró de las riendas y se quedó observando
largo rato. La silueta se giró como si sintiera la presencia de extraños, con
una expresión temerosa en su arrugado rostro bajo la capucha; no era fácil
distinguir si se trataba de un hombre o de una mujer. Después, se escabulló
rápidamente por un pasaje lateral. Cuando Miriamele y Binabik alcanzaron la
entrada del callejón, no había rastro de nadie, y todas las puertas parecían
llevar mucho tiempo cerradas con tablones.
—No sé quién sería, pero tenía miedo
de nosotros —dijo Miriamele en tono sorprendido y dolorido a su pesar.
—¿Creéis que se los puede culpar por
ello? —El hombrecillo agitó la mano hacia las solitarias calles—. Pero no
importa. No dudo que aquí ocurren cosas espantosas, pero ahora nuestra misión
no es preocuparnos por ello. Hemos venido a buscar algo concreto.
—Naturalmente —asintió Miriamele con
rapidez, aunque no podía fijar la mente en lo que decía el gnomo. No lograba
apartar la mirada de las paredes sucias de barro, ni de las tétricas y
solitarias calles. Habríase dicho que una marea colosal hubiera inundado la
ciudad llevándose a los habitantes—. Naturalmente —repitió—. Pero ¿cómo lo
encontraremos?
—En el mapa parecía que el túnel
terminara en el centro de la ciudad. ¿Vamos en esa dirección?
—Sí. La Calle Mayor atraviesa todo el
pueblo hasta la Puerta de Nearulagh.
—Entonces, ¿qué es eso de ahí?
—señaló Binabik—. Parece cerrar el camino. —A unos pocos estadios, una mole
enorme y oscura ocupaba la calle.
—¿Aquello? —Estaba tan desorientada
que tardó un rato en reconocerlo—. ¡Ah, sí! Es la parte de atrás de San
Sutrino, la catedral.
—¿Y es el centro del pueblo?
—preguntó el gnomo tras reflexionar un momento.
—Más o menos. —Algo en el tono de voz
del gnomo atrajo su atención por fin a la realidad desde el ensueño vacío de la
Calle Mayor—. Binabik, ¿qué sucede? ¿Hay algo malo?
—Aguardemos hasta verlo más de cerca.
¿Por qué no hay muro de oro? Creía, por las historias de viajes que me han
contado, que San Sutrino era famosa por esa pared precisamente.
—Se encuentra en la otra fachada, en
la que mira al castillo.
Siguieron por la Calle Mayor.
Miriamele se preguntaba si todo estaría tan vacío en realidad, si en vez de
calles casi desiertas la ciudad no estaría totalmente poblada. Quizá la gente
no estaba tan amedrentada como la silueta huidiza que habían visto antes y en
esos momentos los observaban a escondidas desde las ventanas cerradas y a
través de las rendijas de las paredes. De todas formas, la idea le pareció tan
desagradable como la de que todos hubieran desaparecido de Erchester.
O tal vez se tratara de algo más
insólito aún. A ambos lados de la calle, los puestos que antes albergaban a una
variedad de pequeños mercaderes estaban vacíos, pero ella creía sentir una
especie de premonición, como si los huecos estuvieran esperando a ser
rellenados con otra clase de vida diferente: algo tan ajeno a los campesinos,
granjeros y lugareños que antaño iban y venían por allí como el barro a la
tierra seca e iluminada por el sol.
La dorada fachada de San Sutrino
había sido devastada por las aves de rapiña; incluso los famosos relieves de la
piedra estaban cariados hasta el punto de ser irreconocibles, como si el oro
que antes los cubría hubiera sido desprendido a martillazos en una sola hora de
vandalismo.
—Era una joya. —Ya no le quedaban
entrañas para mayores tristezas o sorpresas—. Cuando le daba el sol, la iglesia
quedaba como envuelta en fuego sagrado.
—En tiempos de desgracia, el oro vale
más que la belleza—musitó Binabik, mirando de refilón las erosionadas caras de
los santos—. Acerquémonos a la puerta.
—¿Creéis que el túnel se encuentra
aquí?
—Ya visteis en el mapa que termina
aquí, en el centro de la ciudad. Estoy seguro de que este edificio tiene
catacumbas más profundas que cualquier otro.
Los grandes pórticos de madera no se
abrieron con facilidad, pero entre los dos, empujando con los hombros, lograron
que los goznes crujieran y los portones cedieran casi un codo, espacio
suficiente para pasar.
La antesala también había perdido
gran parte de sus ornamentos. Los pedestales que flanqueaban la puerta estaban
vacíos y los enormes tapices que antaño habían convertido los muros en estampas
que se asomaban a los tiempos de Jesuris Aedón, colgaban ahora de las piedras
deshilachados y llenos de huellas de barro. La estancia hedía a humedad y
decadencia, como si hubiera estado abandonada largo tiempo, pero una luz
brillaba en el altar mayor, tras las troneras de la antesala.
—Ahí hay alguien —susurró Miriamele—.
O, por lo menos, todavía vienen de vez en cuando a encender las velas.
Apenas habían dado unos pasos cuando
una silueta apareció en las puertas interiores.
—¿Quiénes sois? ¿Qué venís a buscar a
la casa de Dios?
Miriamele, sobresaltada por el sonido
de otra voz humana, tardó unos momentos en responder. Binabik dio un paso
adelante, pero ella lo detuvo por el hombro.
—Somos viajeros —contestó—. Queríamos
visitar la casa de San Sutrino, cuyas puertas jamás se cerraban en el pasado.
—¿Sois aedonitas?
—Yo sí —repuso la princesa; algo en
aquella voz le resultaba conocido—. Mi compañero es de una tierra extranjera,
pero ha servido a la Madre Iglesia.
—Adelante, pues —concedió al fin,
tras unos momentos de vacilación—, si juráis que no sois enemigos.
El hombre se expresaba en un tono tan
poco firme que Miriamele dudó que hubiera podido detenerlos aunque en verdad
hubieran sido enemigos.
—No lo somos. Gracias.
La silueta oscura se apartó, y
Miriamele condujo a Binabik al interior, todavía cautelosa. En una ciudad
atestada de misterios, la catedral tampoco era un recinto seguro; podían
haberla convertido en una trampa, como la araña utiliza su guarida para atraer
a los incautos.
Dentro no hacía mucho más calor que
en la calle, y las sombras campeaban por todas las naves. Sólo una docena de
cirios ardía en el enorme espacio, y su luz alcanzaba apenas a iluminar la alta
bóveda del techo. La cúpula tenía algo inusitado también y, tras escrutarla
unos momentos, se dio cuenta de que no quedaba ni un cristal; tan sólo algunos
fragmentos pegados a la estructura de plomo. Una estrella solitaria brillaba en
el cielo desnudo.
—La tormenta los destrozó —explicó
una voz a su lado, Miriamele dio un brinco, sobresaltada—. Nuestras hermosas
vidrieras, el trabajo de años: todo destrozado. Es un castigo divino a la
humanidad. —De pie, junto a ella, en la débil luz, había un hombre con una
sucia túnica gris, el rostro lleno de arrugas y la cabeza pelada, a excepción
de algunos mechones blancos, y cubierta por un sombrero de forma extraña,
colocado de lado.
«Parecéis muy triste —musitó, con
claro acento erkyno—. ¿La habíais visto... antes?
—Si. — Miriamele sabía que era mejor
declararse ignorante, pero el orgullo del anciano le resultaba tan patético que
no tuvo entrañas para mentir—. La había visto, sí, y era una joya.
—Sólo la gran capilla de Sancellan
Aedonitis podía comparársele —recordó, melancólico—. Me pregunto si seguirá en
pie. Nos llegan pocas noticias del sur últimamente.
—Estoy segura de que sigue en pie.
—¡Ah! ¿Sí? Bien, me alegro... —A
pesar de sus palabras, el tono dejaba entrever cierta decepción porque el
santuario rival no hubiera sufrido un destino igualmente innoble—. Pero ¡que el
Redentor nos asista por ser tan malos anfitriones! —añadió de pronto, tomando a
Miriamele por el brazo con una mano que temblaba ligeramente—. Entrad y
resguardaos de la tormenta. Vos y vuestro hijo... —señaló hacia Binabik, que a
su vez lo miró sorprendido por la rapidez con que el anciano había olvidado lo
que le había dicho Miriamele— estaréis a salvo aquí. Nos han privado de las
cosas más bellas, pero la mirada vigilante de Nuestro Señor nos contempla por
encima de todo.
Los llevó por la larga nave hacia el
altar, un bloque de piedra con un harapo encima, musitando la lista de tesoros
que en el pasado ocupaban este o aquel lugar y las atrocidades que los habían
hecho desaparecer. Miriamele no le prestaba mucha atención, distraída por la
presencia de numerosas formas humanas apoyadas en las paredes o acurrucadas en
los rincones; creyó distinguir incluso a uno o dos acostados en los bancos como
si durmieran. Debía de haber aproximadamente una docena en total en la enorme capilla,
todos silenciosos y sin moverse. De improviso, se le ocurrió un pensamiento
horrible.
—¿Quiénes son esas gentes?
—preguntó—. ¿Están... muertos?
El anciano levantó la vista
sorprendido, sonrió y negó con la cabeza.
—No, no; son peregrinos, como vos,
viajeros en busca de asilo. Dios los trajo hasta aquí y ellos entraron en Su
refugio.
Mientras el hombre retomaba el
recuento de los esplendores pasados de San Sutrino, Miriamele sintió un tirón
en la manga.
—Preguntadle si debajo de esta
iglesia hay algo semejante a lo que buscamos —le susurró el gnomo.
Cuando el hombre calló un momento,
ella aprovechó la ocasión.
—¿Hay túneles debajo de la catedral?
—¿Túneles? —La pregunta encendió en
los pitañosos ojos del anciano una luz extraña—. ¿A qué os referís? Están las
catacumbas, donde descansan todos los obispos de este lugar hasta el día del
Juicio Final. Pero nadie las visita, es tierra sagrada. —Parecía molesto;
miraba más allá del altar a algo que Miriamele no localizaba—. No es lugar para
peregrinos. ¿Por qué lo preguntáis?
—En una ocasión me contaron que había
un lugar santo aquí —mintió para no alimentar su suspicacia. Inclinó la
cabeza—. Un ser querido se halla en grave peligro y pensé que, tal vez, un
santuario especial... —Lo que había comenzado como una mentira para salir del
paso le brotaba con facilidad de la boca, pero, a medida que lo pensaba, se
daba cuenta de que no era más que la verdad: una persona querida estaba en
grave peligro. Encendería un cirio por Simón antes de abandonar la iglesia.
—¡Ah! —El hombre pareció
tranquilizarse—. No, no es una capilla especial, no. Bien, ahora venid; ya casi
es la hora de la mansa vespertina.
La sorprendió que todavía celebrasen
culto allí, a pesar de que la iglesia fuera poco más que un caparazón. Se
preguntó qué habría sido del rechoncho y fanfarrón obispo Domitis y de todos
sus canónigos subordinados.
El hombre los llevó hasta la primera
fila de bancos, frente al altar, y les hizo seña de que tomaran asiento. La
ironía de la situación no escapaba a la atención de la princesa: muchas veces
se había sentado allí, al lado de su padre, y al de su abuelo en tiempos
anteriores. El anciano se dirigió a un punto detrás del ara tan pobremente
guarnecida y elevó los brazos al aire.
—Acudid, amigos míos —dijo en voz
alta—. Ahora podéis regresar.
Binabik miró a Miriamele, y ésta se
encogió de hombros; no sabía lo que el hombre quería que hicieran.
Pero la llamada no era para ellos. Un
momento después, entre aleteos y revueltas, una bandada de formas negras
descendió desde el entramado de la bóveda. Miriamele dejó escapar un grito
cuando los cuervos se aposentaron sobre el altar. Al cabo de unos instantes,
casi una veintena de ellos se posaron, ala con ala, sobre el paño, con sus
brillantes alas refulgentes a la luz de las velas.
El viejo comenzó a celebrar la Mansa
Nictalis y, mientras tanto, los cuervos se arreglaban las plumas y se
ahuecaban.
—¿Qué es esto? —preguntó Binabik—. No
se corresponde con lo que conozco de vuestros ritos de adoración.
Miriamele negó con la cabeza. El
hombre estaba loco, no cabía duda. Dirigía el discurso en nabbano a las aves,
que saltaban de un lado a otro del altar entre graznidos secos y rasposos. Pero
había además otra cosa en la escena casi tan insólita como la fantástica
ceremonia, algo que se le escapaba...
De pronto, cuando el viejo elevó los
brazos e hizo la señal ritual del Gran Árbol, lo reconoció. Era el obispo
Domitis en persona... o lo que quedaba de él, porque parecía haber encogido
hasta la mitad de su tamaño. Hasta la voz le había cambiado; sin los grandes
rollos de carne se había tornado aflautada y débil. Pero, a medida que
desgranaba las sonoras cadencias de la mansa, gran parte del antiguo Domitis
parecía volver a su lugar, y en su fatigada mente lo veía otra vez como antaño,
hinchado de puro engreimiento como una rana toro.
—Binabik —musitó—, ¡lo conozco! ¡Es
el obispo de la catedral, pero está muy cambiado!
El gnomo observaba las cabriolas de
los cuervos con una mezcla de risa e incomodidad.
—Entonces, ¿podéis convencerlo de que
nos preste ayuda?
—No creo. Parece que protege esta
iglesia con todas sus fuerzas y, además, me dio la impresión de que no le
gustaba que fisgáramos en las catacumbas.
—Pues creo que es ahí precisamente
donde tenemos que ir —replicó Binabik en voz baja—. Debemos estar atentos y
aprovechar la ocasión cuando se presente. —Miró hacia Domitis, que permanecía
con la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados y los brazos abiertos como si
emulara a su congregación de aves—. Tengo que hacer una cosa inmediatamente.
Esperadme aquí, no tardaré mucho. —Se levantó en silencio y se retiró deprisa
hacia el fondo de la nave, hacia la entrada principal.
—¡Binabik! —lo llamó en voz baja,
pero el gnomo se limitó a levantar una mano antes de desaparecer en la
antesala. Inquieta, se volvió de mala gana a presenciar el resto de la insólita
ceremonia.
Domitis parecía, haber olvidado por
completo la asistencia de cualquiera que no fuera él mismo o los cuervos. Dos
de éstos se habían colocado en sus hombros y se columpiaban con sus
movimientos; cuando extendió los brazos en el fervor de su discurso, las aves
agitaron sus grandes alas negras para mantener el equilibrio en el punto de
apoyo.
Por fin, cuando el obispo comenzó las
últimas oraciones de la mansa, toda la bandada levantó el vuelo y comenzó a
describir círculos alrededor de su cabeza como un nubarrón graznante. La
comicidad que el ritual le hubiera podido inspirar desapareció al momento y de
repente le pareció aterrador. ¿Es que no había ningún rincón en el mundo que no
hubiera sucumbido a la locura? ¿Todo había sido corrompido?
Domitis entonó las últimas frases
nabbanas y se sumió en el silencio. Los cuervos volaron en círculos un poco más
y ascendieron hacia la rota cúpula como un torbellino para desaparecer en las
sombras, dejando sólo el eco de sus secos graznidos y el aire en suspenso
detrás de sí. Cuando el silencio se hizo de nuevo, el obispo Domitis,
ceniciento después del esfuerzo realizado, se agachó detrás del altar.
Pasó algún tiempo y el ministro no se
levantaba. Miriamele comenzó a preguntarse si el anciano habría caído en una
especie de acceso, o incluso si habría fallecido en ese instante. Se puso de
pie y, con precaución, se acercó al altar, mirando de refilón el techo por si
los cuervos descendían otra vez, con las garras y los picos por delante...
Domitis se había acurrucado en una
raída manta, oculto tras el altar, y roncaba suavemente. En reposo, la floja
piel de su rostro parecía aún más amorfa, y le caía en profundos pliegues como
si llevara una máscara de cera derretida. La princesa se estremeció y volvió
presurosa a su sitio; pero, al cabo de un rato, incluso esa posición le parecía
expuesta. La estancia continuaba llena de figuras silenciosas y no resultaba
difícil imaginar que tan sólo fingían dormir mientras se aseguraban de que su
compañero no regresaba, para levantarse de súbito y acercarse a ella.
La espera se le hizo larga. En la
antesala hacía aún más frío que en la capilla de bóveda abierta, pero desde
allí podía escapar con mayor facilidad en cualquier momento. El viento de la
noche se colaba por el resquicio de la puerta, lo que le proporcionaba mayor
sensación de libertad y por tanto de seguridad. No obstante, se sobresaltó
cuando las hojas chirriaron en los goznes.
—¡Ah! —exclamó Binabik, al tiempo que
entraba—. Todavía llueve a cántaros. —Se sacudió el agua.
—El obispo Domitis se ha quedado
dormido detrás del altar. Binabik, ¿adónde
habéis ido?
—A llevar vuestro caballo con
Hogareña y Qantaqa. Aunque no encontremos lo que hemos venido a buscar, podemos
recorrer la ciudad a pie sin dificultad. Pero, si encontramos una entrada de
túnel, me temo que al regresar más tarde vuestra montura se habría convertido
en sopa para algún hambriento.
A ella no se le había ocurrido
pensarlo, pero no le cupo la menor duda de que tenía razón.
—Me alegro, muchas gracias. Y ahora,
¿qué hacemos?
—Empezar a buscar el túnel.
—Cuando el obispo Domitis hablaba de
las catacumbas, no dejaba de mirar hacia la parte de atrás de la catedral, es
decir, hacia la pared de detrás del altar.
—Hummm —asintió el gnomo—. Sois
despierta para captar los detalles y recordarlos. Creo que ése es el primer
sitio donde debemos buscar.
—Pero vamos en silencio... para que
no se despierte.
—Como los ratones de la nieve: que
nuestras almohadillas susurren sobre la corteza blanca. —Binabik le apretó la
mano.
Todo su temor de alertar a Domitis
resultó infundado. El viejo roncaba con suavidad pero profundamente, y ni
siquiera parpadeó cuando pasaron de puntillas junto a él. E1 gran muro que se
alzaba tras el altar, cubierto en el pasado por mosaicos que ilustraban el
martirio de San Sutrino, había quedado reducido a cemento que se desmigajaba,
con escasas zonas de cerámica pintada como recuerdo. En un extremo de la pared,
escondida bajo un apolillado cortinaje de terciopelo, había una puerta baja.
Binabik le dio un empujón y se abrió con facilidad, como si la utilizaran con
relativa frecuencia. El gnomo se asomó a mirar y volvió.
—Llevemos unas velas —musitó—, así
ahorraremos las antorchas del equipaje para más tarde.
Miriamele regresó al templo y sacó
dos cirios de sus palmatorias con cierto sentimiento de vergüenza, pues Domitis
había sido amable con ellos, a su forma; pero se dijo que la superioridad del
fin que perseguían justificaba el pecado del robo, al tiempo que quizá
redundara en beneficio del obispo; tal vez llegara a ver su amada catedral
reconstruida. No pudo evitar el pensamiento de si el anciano acogería entonces
a los cuervos con el mismo entusiasmo, y deseó que no fuera así.
Con un cirio cada uno, se internaron
en la angosta escalera. El tránsito de pies humanos a lo largo de siglos había
formado un surco en el centro de los escalones que parecía el lecho seco de un
río. Llegaron a las catacumbas, de baja techumbre, y se detuvieron a mirar. Las
paredes presentaban un sinfín de nichos con una silenciosa efigie pétrea en
reposo en cada uno de ellos, la mayoría con ropajes clericales y otros símbolos
de los oficios eclesiásticos. Aparte de los nichos, las estrechas salas estaban
vacías.
—Por aquí —dijo Binabik, señalando
hacia un punto que parecía menos frecuentado—, creo que es por aquí.
Miriamele se asomó al tenebroso túnel. Las claras
paredes de yeso no tenían marcas; allí no yacían futuros santos, por lo visto.
Respiró hondo.
—Adelante.
Arriba, en la catedral, un par de
cuervos se dejaron caer desde el tejado y, tras describir unos pocos círculos,
se posaron sobre el altar. Permanecieron juntos, con sus brillantes ojos
clavados en la puerta de las catacumbas. Pero no eran ellos los únicos
observadores; una figura se destacó de entre las sombras de la pared y cruzó la
catedral deslizándose en silencio. Pasó junto al altar con unos pasos tan
cautos como los de Miriamele y el gnomo, y se detuvo un momento ante el arco de
la puerta en actitud de escuchar. Transcurridos unos breves momentos, la oscura
forma se coló por el umbral y bajó la escalera a pasos muy ligeros.
Después, nada se oía en la penumbra
del templo, más que el ronquido regular del obispo y el leve crujido de alas.
XVI
LAS RAÍCES DEL ÁRBOL BLANCO
S
imón se quedó largo rato contemplando
aquella asombrosa maravilla. Adelantó un paso pero enseguida retrocedió
nervioso. ¿Cómo podía ser? Debía de tratarse de una imagen soñada, como tantas
otras ilusiones en aquellos túneles sin final.
Se frotó los ojos y volvió a
abrirlos: la bandeja seguía en el nicho junto a la escalera, a la altura del
pecho. En ella, y presentado con tanto esmero como un banquete real, había una
pequeña manzana verde, una cebolla y un cuscurro de pan; al lado, vio además un
sencillo cuenco con tapadera.
Se agazapó y miró ansioso de un lado
a otro. ¿Quién cometería semejante desatino? ¿Qué podría forzar a alguien a
dejar una cena perfecta en medio de una escalera en las profundidades de la
tierra? Levantó la antorcha y echó otro vistazo al mágico regalo.
Resultaba difícil de creer..., no,
imposible. Llevaba horas vagando desde que había dejado la gran laguna,
procurando conservar la trayectoria ascendente pero sin la certeza de que los
curvos puentes, los corredores en cuesta y las escaleras de raras formas no lo
condujeran a mayores honduras en la tierra, por más peldaños que subiera.
Durante todo ese tiempo, la llama disminuía sin cesar, hasta que se redujo a
poco más que un chispazo azul y amarillo que un soplo fortuito podría apagar.
Ya estaba convencido de que se había perdido para siempre, de que moriría de
hambre en la oscuridad... y de repente encontraba aquello: aquel... milagro.
No era sólo por la comida misma,
aunque el simple hecho de veda le llenaba la boca de saliva y le hacía mover
los dedos. No, significaba que tenía que haber gente cerca, y, seguramente, luz
y aire fresco también. Hasta las paredes, de rudos adoquines de factura humana,
hablaban de la superficie, de la escapada. ¡Estaba prácticamente salvado!
«Espera un momento. —Se detuvo con la
mano ya extendida, casi tocando la piel de la manzana—. ¿Y si fuera una trampa?
¿Y si supieran que alguien se ha colado aquí y quisieran atraparlo con este
señuelo?»
Pero ¿quién lo habría preparado?
Nadie sabía dónde se encontraba, salvo sus amigos, los feroces excavadores y
los tenebrosos fantasmas de los sitha en el castillo de sus sueños. No, alguien
se había llevado la cena allí abajo y, por un motivo u otro, se había marchado
sin dar cuenta de ella.
Si es que era real.
Alargó la mano dispuesto a ver cómo
todo se esfumaba ante sus ojos convertido en polvo, pero no fue así. Cerró los
dedos sobre la manzana y la notó sólida; la cogió y la olió un momento —de
todas formas, ¿a qué olía el veneno?— y le dio un mordisco.
«Gracias, generoso Jesuris; gracias.»
Era... maravilloso. La fruta no
estaba madura y el zumo sabía ácido, incluso agrio, pero le parecía sostener en
la palma el mundo verde y vivo; la vitalidad del sol, del viento y de la lluvia
crujía entre sus dientes y se derramaba por su boca hasta la garganta. Por un
momento, mientras saboreaba aquella bendición, olvidó todo lo demás.
Levantó la tapa del cuenco, olisqueó
para asegurarse de que era agua y bebió a sedientos sorbos. Vaciado el
recipiente, cogió la bandeja y se escondió en un rincón a comer con
tranquilidad.
Hizo un gran esfuerzo para que la
manzana durara el máximo tiempo posible, aunque cada bocado le devolvía un año
de vida. Al terminarla, y tras chupar hasta la última gota de jugo de los
dedos, miró el pan y la cebolla con anhelo. Con un ejemplar control de sí
mismo, guardó ambas cosas en el bolsillo de los calzones. Aunque hallara el
camino de vuelta a la superficie, aunque llegara a algún sitio habitado por
gente, no tenía la seguridad de encontrar más alimentos. Si salía dentro de los
límites de Erchester o a una de las aldeas de las orillas del Kynslagh, tal vez
diera con un lugar donde esconderse, o incluso algún aliado; si aparecía en
Hayholt, podría topar con numerosas manos dispuestas a caer sobre él. Y, si se
equivocaba con respecto al significado de la bandeja... bien, daría gracias por
tener algo más que comer cuando pasara el efecto de una manzana entera.
Recogió la antorcha —ahora estaba aún
más apagada, y las llamas eran de un azul transparente—, regresó al corredor y
siguió adelante hasta dar con el cruce de pasillos. Un escalofrío lo conmovió.
¿En qué dirección se había desviado? Se había apresurado tanto a poner
distancia entre sí y quien pudiera regresar en busca de su cena que había
actuado sin las precauciones habituales. ¿Había girado a la izquierda, tal como
era su costumbre? Tenía la impresión de que no.
Fuera como fuese, no podía hacer nada
más que confiar en no haberse equivocado hasta el momento, tomó el camino de la
derecha y enseguida se convenció de que estaba equivocado: por allí se iba
hacia abajo. Desanduvo lo andado y tomó otro pasadizo, pero también descendía.
Comprobó todas las desviaciones y todas descendían, de modo que retrocedió al
punto donde había comido la manzana y encontró el rabo, que había tirado al
suelo y, al acercar la tea goteante al suelo, vio que las únicas huellas
visibles en el polvo devolvían al punto de donde venía.
«¡Maldito sea este lugar! ¡Malditos
los laberintos de este castillo!»
Volvió renqueando al cruce. Allí
había cambiado algo, estaba claro: las galerías se habían movido de una forma
inexplicable. Resignado, escogió el camino que parecía desandar menos y
reemprendió la marcha.
El corredor se retorcía y daba
vueltas, llevándolo otra vez a las profundidades. Enseguida, las paredes
volvieron a llenarse de grabados sitha, restos de labrados paralelos bajo la
mugre de los siglos. El pasadizo se ensanchó por dos veces consecutivas hasta
desembocar en una amplia área abierta, que reconoció como tal sólo por el eco
lejano de sus pisadas, pues la antorcha era poco más que un tenue brillo.
Aquella caverna parecía tener el
techo tan alto como la que albergaba la laguna. Al adelantarse un poco más y
ajustar la visión a las nuevas dimensiones, el corazón le dio un brinco. Se
parecía a la sala de la laguna en otra cosa además: tenía una gran escalinata
que ascendía en la oscuridad siguiendo la curva de la pared. Algo brillaba
débilmente en el centro. Se acercó un poco y la pequeña llama de la antorcha
iluminó un gran redondel de piedra que podría ser la base de una fuente, en
cuyo centro, arraigado en la negra tierra y sobrepasando la altura de Simón
muchas veces, se erguía un árbol; o al menos eso parecía. Al pie se adivinaban
los bultos de raíces nudosas, y una maraña increíble de ramas hacia arriba
pero, por más que aproximara la luz, no distinguía los detalles como si
estuviera envuelto en una neblina de sombra.
Se inclinó hacia el tronco; las ramas
se agitaron con un viento que no notó y produjeron un crujido como de mil manos
secas frotándose entre sí. Se retiró —casi lo había tocado, seguro de que se
trataba de piedra cincelada— y se apresuró a alcanzar el principio de la
escalinata.
Mientras subía los escalones, que
recorrían el perímetro de la sala, seguía plenamente consciente de la presencia
del árbol en el centro. Oía la respiración de las hojas que se mecían y, sobre
todo, sentía su existencia de una forma aún más patente y palpable en la
oscuridad, como alguien que durmiera a su lado en la misma cama. Nunca había
tenido esa sensación; menos imponente, tal vez, que la del estanque, pero más
sutil: una especie de inteligencia vasta, antigua y reposada. La magia de la
laguna era como una hoguera en pleno apogeo, que quemaba o iluminaba, pero
inútil sin la presencia de alguien que utilizara su poder. Sin embargo el
árbol... No podía imaginarse a nadie ni a nada que lo utilizara. Estaba allí,
sin soñar con nadie ni esperar a nadie. No era bueno ni malo; simplemente, era.
Mucho después de haber emprendido el
ascenso, aún sentía su presencia viva.
La llama seguía en disminución
constante. Al cabo, tras varios cientos de escalones, se extinguió del todo. El
hecho de saber de antemano que aquello tenía que suceder no suavizó el trance.
Se dejó caer y se sentó en la negrura absoluta, tan agotado que ni siquiera
podía llorar. Dio un mordisco al pan y comió un poco de cebolla, y luego
exprimió unas gotas de agua de la camisa, que ya se secaba. Cuando terminó,
respiró hondo y siguió a gatas, palpando en las sombras antes de avanzar.
No discernía si las voces que lo
seguían eran fantasmas del reino subterráneo o el parloteo de sus propios
pensamientos errantes.
—Sube, todo estará preparado
enseguida.
—¿Otra vez de rodillas, Cabezahueca?
La piedra pasaba bajo sus manos en
forma de peldaños; tenía los dedos entumecidos, y las rodillas y las espinillas
le palpitaban con un dolor sordo.
—¡Llega el conquistador! Pronto será
el momento.
—¡Pero falta uno!
—No importa; los árboles arden. Todo
ha muerto, fenecido. No importa.
La mente se le iba a medida que subía
en espiral. Era fácil imaginar que había sido devorado entero, que se
encontraba en la panza de una bestia enorme; quizá fuera el dragón, el dragón
del que se hablaba en la inscripción de su anillo. Se detuvo y tocó el aro en
el dedo; el roce del metal le dio confianza.¿Qué había dicho Binabik que
significaba la leyenda del anillo? ¿«Dragón» y «Muerte»?
«Muerto por un dragón, tal vez. Me ha
tragado un dragón y estoy muerto. Seguiré subiendo y subiendo eternamente, aquí
en la oscuridad. ¿Habrá devorado a alguien más? Estoy tan solo...»
—El dragón está muerto —le
advirtieron las voces.
—No, el dragón está muerto
—insistieron otras.
Hizo un alto para comer algo más.
Tenía la boca seca pero sólo bebió unas pocas gotas antes de continuar su
avance a cuatro patas.
Se detuvo a tomar aliento y a
descansar la dolorida pierna por, quizá, duodécima vez desde que había
comenzado la ascensión. Acurrucado y jadeante, de pronto vio brillar una luz
delante de él. En un arrebato de locura pensó que la tea había prendido de nuevo,
hasta que recordó que la había guardado bajo el cinturón. Por un instante de
asombrosa belleza, toda la escalera se llenó de una radiación dorada. Levantó
la mirada hacia el haz luminoso, hacia la distancia infinita, más allá del
caracol de escaleras que se estrechaba hasta un agujero que llegaba al cielo.
Luego, con una silenciosa conmoción, una esfera de fuego iracundo estalló en
las alturas tiñendo de rojo el propio aire y, por unos momentos, la escalinata
se recalentó como el fuego de una forja. Simón soltó un grito de terror.
—¡No! —exclamaron las voces—. ¡No
pronuncies la palabra!¡Atraerás al No Ser!
Se oyó un estampido más potente que
un trueno; después un resplandor azul y blanco disolvió todo en luz pura. Al
instante, la negrura volvió a adueñarse del espacio.
Simón yacía en la escalera sin
resuello. ¿Estaba todo negro otra vez o es que el resplandor lo había cegado?
¿Cómo podría saberlo?
—¿Qué importa? —preguntó una voz
burlona.
Se presionó los párpados con los
dedos hasta que vio chispas azules y rojas flotando en la oscuridad, pero eso
no probaba nada.
«No lo sabré a menos que encuentre
algo que sepa que debería ver.»
Se le ocurrió un pensamiento
horrendo. ¿Y si, ciego, pasaba de largo una salida, un umbral iluminado, un
portal abierto al cielo? «No puedo pensar; seguiré subiendo. No puedo pensar.»
Prosiguió. Al cabo de un rato, tuvo la sensación de que se perdía por completo,
de que navegaba hacia otros lugares, hacia otros tiempos. Vio Erchester y los
campos de alrededor tal como los divisaba desde el campanario, en lo alto de la
Torre del Ángel Verde: las colinas ondulantes y las granjas valladas, las
diminutas casas, la gente y el ganado dispuestos a sus pies como figuras de
madera sobre una manta verde. Quería avisar a todos, decirles que huyeran, que
se acercaba un invierno devastador.
Vio de nuevo a Morgenes; los anteojos
del hombre brillaban con un rayo del sol de la tarde que arrancaba destellos a
sus ojos, como si un fuego mayor de lo habitual ardiera dentro de él. Morgenes
intentaba decirle algo, pero Simón, el joven y tonto Simón, contemplaba una
mosca que revoloteaba cerca de la ventana. ¡Si al menos hubiera escuchado! ¡Si
hubiera sabido siquiera!
Y vio el propio alcázar, un
fantástico batiburrillo de torres y tejados con los pendones ondeando al viento
de primavera. Hayholt, su hogar. Su hogar tal como era antes y jamás volvería a
ser. Pero ¡qué no pagaría él por hacer regresar el tiempo al pasado, por
ponerlo a dar vueltas atrás! Si hubiera podido vender su alma por ello, pero...
¿qué valía el alma frente a la felicidad del hogar restituido?
El cielo del fondo se iluminó como si
el sol saliera de detrás de una nube. Simón guiñó los ojos. Quizá no fuera
primavera... ¿Sería verano...?
Las torres de Hayholt se disiparon,
pero la luz permaneció.
«¡Luz!»
Era una claridad tenue, sin
dirección, ni más intensa que un reflejo de luna a través de la niebla, pero
distinguió el perfil del escalón que tenía delante, y su mano sucia y roñosa
aplastada sobre la piedra. ¡Veía!
Se puso en pie, vaciló mareado un
momento y empezó a caminar erguido sobre los dos pies otra vez. Al principio,
el ángulo le resultaba incómodo y tenía que apoyarse en la pared para no caer,
pero pronto volvió a sentirse casi humano. Cada paso, aunque pareciera tan
trabajoso, lo acercaba a la luz, cada pinchazo del tobillo lo aproximaba a...
¿a qué? A la libertad, esperaba.
Lo que se le había antojado un
panorama ilimitado al enceguecedor resplandor de antes, se cerró de pronto
sobre su cabeza. La escalinata desembocó en un espacioso rellano, pero no había
continuación hacia arriba. El hueco correspondiente a la escalera estaba cegado
por una capa de ladrillo vivo, como si hubieran querido poner un corcho a la
torre de peldaños a modo de cuello de botella... pero la luz se filtraba por un
lado. Se acercó a la claridad arrastrando los pies, agachado para no golpearse
la cabeza, y encontró un sitio donde faltaban unos adoquines, que estaban
esparcidos por el suelo, los justos para permitir el paso de una persona.
Saltó, pero sólo rozó el tosco adoquín del borde; si encima había otro piso,
quedaba fuera de su alcance. Saltó de nuevo, pero no sirvió de nada.
Se quedó mirando el agujero y un
pesado agotamiento de derrota lo venció. Se sentó con la cabeza entre las
manos. ¡Haber subido tanto!
Terminó el cuscurro de pan y sopesó
la cebolla en la mano preguntándose sobre la conveniencia de terminarla.
Decidió dejarla para más tarde; todavía no había llegado el momento de
rendirse. Tras reflexionar, se acercó al montón de escombros que se habían
desprendido del techo y comenzó a apilarlos uno sobre otro hasta conseguir una
combinación estable. Una vez reforzado el montón, en la medida de lo posible,
subió sobre él. Entonces, al alzar los brazos, sus manos llegaron sobradamente
a la boca del agujero, pero no lograba palpar la superficie superior. Tensó los
músculos y saltó. Por un momento, tocó un reborde en la parte superior, pero al
instante las manos comenzaron a resbalar y se soltó; fue a parar al montón de
ladrillos y se retorció el tobillo dolorido. Se mordió los labios para no
soltar un grito, rehízo la pila afanosamente y se encaramó; después se agachó
preparado para intentarlo por segunda vez.
Ahora ya sabía lo que le esperaba. Se
aferró al borde y quedó colgado, estremecido. Respiró hondo varias veces y se
impulsó hacia arriba; todo el cuerpo le temblaba por el esfuerzo.
«Más, más, sólo un poco más...»
Superó los rotos cantos del hueco. Al
alzarse más, los codos se encajaron en los ladrillos y creyó que iba a quedarse
ahí atascado, metido con calzador, en suspenso como un pájaro de presa. Respiró
otra vez, apretó los dientes contra el dolor de los brazos y tiró hacia arriba.
Trémulo, ganó unos milímetros de altura; se tomó un breve instante para cobrar
fuerzas apoyado en el borde y volvió a impelerse. Sus ojos pasaron ante el
repecho del hueco, después la nariz, la barbilla... Tan pronto como pudo, apuntaló
un brazo en la superficie y presionó la espalda contra el ladrillo; luego
aseguró el otro de la misma forma. Haciendo palanca sobre los codos, sobrepasó
el reborde sin detenerse a pensar en lo mucho que se estaba arañando la espalda
y los costados contra las mellas de los ladrillos. Se echó sobre el torso y
pataleó en el aire como un nadador hasta tenderse cuan largo era sobre la
húmeda piedra, a salvo.
Allí descansó un largo rato,
aspirando el aire con fruición y sin dar mayor importancia al dolor de los
brazos y los hombros. Se giró y quedó boca arriba, mirando otro techo de
piedra, un poco más elevado que el anterior. Las lágrimas le rodaron por las mejillas.
¿Acaso se enfrentaba a una variante en sus tormentos? ¿Tendría que subir de
agujero en agujero a base de puro esfuerzo durante toda la eternidad? ¿Estaba
condenado?
Sacó la camisa mojada de los calzones
y escurrió sobre la boca unas pocas gotas de agua; después se sentó y miró
alrededor.
Abrió los ojos desmesuradamente, y el
corazón se le expandió en el pecho. Aquello era diferente.
Se hallaba sentado en el suelo de una
despensa construida por manos humanas y llena de utensilios humanos, aunque
daba la impresión de que no hubieran sido tocados en mucho tiempo. En un rincón
había una rueda de carro sin dos radios, varios toneles arrimados a otra pared
y, al lado, un montón de sacos de arpillera abultados por algún contenido
misterioso. Durante unos momentos sólo pensó en la posibilidad de que
contuvieran comida. Después vio una escalera de mano en la pared opuesta y
descubrió la fuente de la claridad.
La parte superior de la escalera se
perdía en una abertura de las vigas del techo, un cuadrado inundado de luz. Se
quedó mirando boquiabierto; con toda certeza, sus angustiosas plegarias habían
sido escuchadas y la habían colocado allí sólo para él.
Se levantó y cruzó la estancia
despacio, se agarró a los travesaños de la escalera y miró hacia arriba de
nuevo. Había luz, sí, y habría jurado que era la limpia claridad del día.
Después de tanto tiempo, ¿podría ocurrir semejante cosa?
La habitación superior era otra
despensa con una trampilla y una escalera de mano también, pero en la parte
alta de la pared había un estrecho ventanuco... por el que divisó el cielo
gris.
«¡El cielo!»
Creía que ya no tenía más lágrimas
que derramar, pero, mientras contemplaba el rectángulo de nubes, comenzó a
llorar entre hipos de alivio como un niño perdido que encuentra a sus padres.
Se postró de hinojos y oró en acción de gracias. El mundo le había sido
devuelto. No, no era exacto: él había encontrado el mundo una vez más.
Descansó un rato y subió los
travesaños; en lo alto de la escotilla encontró un cuarto lleno de herramientas
de albañilería y botes de pintura y cal, con una puerta normal y paredes
normales de yeso. Estaba encantado. ¡Todo resultaba tan corriente! ¡Qué bendición!
Abrió la puerta con cautela, consciente de pronto de que estaba en terreno
habitado y de que, por mucho que deseara encontrar otra cara y escuchar otra
voz que no saliera de las vacías tinieblas, tenía que proceder con precaución.
Al otro lado se abría una espaciosa
estancia con pulido suelo de piedra, iluminada sólo por pequeñas y altas
ventanas. De las paredes colgaban pesados tapices y, a su derecha, una amplia
escalinata ascendía hasta perderse de vista; enfrente había otra menor, que
llegaba a un rellano con una puerta cerrada. Miró de un lado a otro y aguzó el
oído, pero no oyó nada cerca y entró.
A pesar de tantos útiles de limpieza
como encontró en los diferentes cuartos, la estancia grande no parecía haber
recibido el beneficio de su uso: los cortinajes tenían manchas claras de moho y
el aire estaba cargado de humedad, de olor a cerrado como una habitación sin
ventilar en mucho tiempo.
La perplejidad de estar otra vez bajo
la luz del día y la euforia de haber escapado a las tinieblas eran tan intensas
que tardó bastante tiempo en darse cuenta de que se hallaba en un lugar que
conocía perfectamente. Pero, por fin, algo en la forma y la distribución de las
ventanas o algún detalle apenas perceptible en las descoloridas colgaduras le
pellizcó la memoria.
«La Torre del Ángel Verde. —El
reconocimiento lo invadió como un sueño, lo familiar se tornó ajeno y lo ajeno,
familiar—. Estoy en el vestíbulo de la entrada. ¡La Torre del Ángel Verde!»
El sorprendente descubrimiento dio
paso a otro menos grato.
«He llegado a Hayholt, al castillo
del Supremo Rey, a Elías y sus soldados..., a Pryrates.»
Retrocedió de nuevo a la sombra de la
pared como si en cualquier momento la guardia erkyna fuera a irrumpir por la
puerta para hacerlo prisionero. Y ahora... ¿qué?
Le tentaba subir hasta el campanario,
el refugio de su infancia, desde donde veía hasta el último rincón del Hayholt;
allí descansaría y pensaría qué hacer. Pero el tobillo le latía dolorosamente y
la idea de tantos escalones le hacía sentir debilidad.
Primero comería la cebolla que había
guardado, pues se merecía una pequeña fiesta para celebrarlo. Ya reflexionaría
después.
Se escondió en la despensa, pero
entonces pensó que quizás aquel armario de la pared sí recibiera visitas de vez
en cuando y que sólo parecía que nadie pasara por allí. Bajó por la escalera de
mano hasta el cuarto inferior entre amortiguados gruñidos por el dolor de los
brazos y el tobillo; luego sacó la cebolla del bolsillo y la devoró en una
serie de ávidas dentelladas. Escurrió las últimas gotas de agua —pasara lo que
pasara a partir de entonces, la lluvia se colaba por todas las goteras del
castillo y corría por el alféizar de las ventanas, de modo que pronto
dispondría de toda la que quisiera— y se tumbó con la cabeza apoyada en un saco
para organizar sus pensamientos.
Al cabo de unos momentos se durmió.
—Mentimos cuando tenemos miedo —dijo
Morgenes. El anciano sacó un guijarro del bolsillo y lo lanzó al foso; al
hundirse, levantó ondas que refulgieron a la luz del sol—. Tenemos miedo de lo
que desconocemos, de lo que otros piensan, de lo que pueda descubrirse sobre
nosotros... Pero, cada vez que decimos una mentira, nuestro temor se
acrecienta.
Simón miraba alrededor. El sol se
ocultaba por la muralla occidental del castillo; la Torre del Ángel Verde era
una lanza negra recortada a tajo. Sabia que era un sueño. Morgenes le había
dicho esas palabras hacía mucho tiempo, pero entonces se encontraban en sus
habitaciones mirando un libro polvoriento, y no en el exterior, durante un
atardecer. De todos modos, el sabio había muerto ya. Aquello era sólo un sueño,
nada más.
—En realidad es una especie de
magia..., posiblemente la más poderosa de todas —prosiguió—. Estudia esto si
quieres comprender el poder, joven Simón. No te llenes la cabeza de
charlatanería sobre fórmulas y encantamientos. Comprende cómo las mentiras nos
dan forma, dan forma a los reinos.
—¡Pero eso no es magia! —arguyó
Simón, prestándose a la discusión a su pesar—. Eso no hace nada. La auténtica
magia permite..., no sé, volar, convertir un montón de basura en oro, como en
los cuentos.
—Pero los propios cuentos suelen
mentir, Simón, los malos sobre todo. —El doctor limpió sus lentes con la amplia
manga de la túnica—. Los cuentos buenos cuentan que el mayor horror de todos es
enfrentarse a la verdad. No existe talismán ni espada mágica tan potente como
la verdad.
Simón volvió a contemplar las ondas
que desaparecían poco apoco. Era maravilloso estar allí hablando otra vez con
Morgenes, aunque sólo fuera un sueño.
—O sea, que si yo dijera a un enorme
dragón, como el que mató el rey Juan, «eres un dragón feo», ¿sería mejor que
cortarle la cabeza con una espada?
—En caso de que hubieras fingido que
no era un dragón, sí—repuso con voz más lejana—, sería lo mejor. Pero hay otra
cosa, Simón. Tienes que descender más aún.
—¿Más aún? —replicó enfadado—. He
estado enterrado, muy hondo, doctor. Sobreviví y salí otra vez al exterior. ¿A
qué os referís?
Morgenes estaba... cambiando. Su piel
era ahora fina como el papel y comenzaban a brotarle hojas de su claro cabello.
Mientras lo miraba, los dedos del anciano se alargaron hasta convertirse en
delgados zarcillos que se ramificaban más y más.
—Sí, has aprendido —le dijo y, a
medida que hablaba, sus rasgos se disolvían en ojos de la corteza de un árbol
blanco—, pero tienes que ahondar más. Quedan muchas cosas por comprender. Busca
al ángel; te mostrará cosas, tanto de dentro de la tierra como de fuera de
ella.
—¡Morgenes! —Toda su furia había
desaparecido. Su amigo se transformaba tan deprisa que apenas quedaba en él
nada humano, tan sólo un leve atisbo en la forma del tronco, un temblor
innatural de las ramas del árbol—. ¡No me abandonéis!
—Pero ya te he dejado —murmuró la voz
del doctor—. Lo que te queda de mí es sólo lo que guardas en tu cabeza; formo
parte de ti. El resto se ha asimilado a la tierra otra vez. —Se agitó
suavemente—. Recuerda que el sol y las estrellas brillan en las hojas de los
árboles, pero las raíces se hunden en la tierra, ocultas..., ocultas...
Simón se agarró al claro tronco
arañando sin objeto la dura corteza. La voz del doctor enmudeció.
Se sentó; el sudor de la pesadilla le
escocia en los ojos, y se horrorizó al descubrir que estaba sumido en la
oscuridad.
«¡No ha sido más que un sueño! ¡Sigo
perdido en los túneles, estoy perdido...!»
Un momento después vio el brillo de
un lucero en la alta ventana de la despensa.
«¡Cabezahueca! ¡Te has dormido y se
ha hecho de noche!»
Se sentó a frotarse los agarrotados
músculos. Y ahora, ¿qué iba a hacer? Tenía hambre y sed y escasas posibilidades
de encontrar alimento en la Torre del Ángel Verde; de todos modos, no se sentía
impelido en absoluto a abandonar la seguridad relativa de aquel lugar.
«¿He subido hasta aquí desde la
oscuridad de la tierra sólo para morir de hambre en un armario? —se mofó de sí
mismo—. ¿Qué caballero permitiría semejante final?»
Se puso en pie y, al desentumecerse,
notó el dolor del tobillo. Echaría un rápido vistazo por ahí por si encontraba
agua para hacerse una idea del terreno. La noche lo cubriría mejor para hacer
una escapada.
La incertidumbre lo mantenía
agazapado entre las sombras, en el exterior de la Torre del Ángel Verde; los
caprichosos tejados del bastión interior componían una jungla conocida contra
el cielo nocturno, pero no se sentía seguro. No sólo por ser como un intruso en
el hogar de su infancia, lo cual ya era desconcertante de por sí, sino que
además percibía algo extraño en el aire, algo que no lograba nombrar pero que
sentía con claridad. La locura del mundo siempre escurridizo de debajo de la
tierra impregnaba de alguna manera las piedras cotidianas del propio castillo.
Cuando inclinaba la cabeza a un lado, casi veía los edificios erizarse y
cambiar de forma justo donde acababa su campo de visión. Manchas borrosas de
luz, como llamas fantasmales, parecían parpadear en los bordes de los muros y
desaparecer al momento.
¿Hayholt también? ¿Es que el mundo
entero se había soltado de sus amarras? ¿Qué sucedía?
Con cierta dificultad, reunió el
coraje para lanzarse a explorar.
Aunque el enorme alcázar parecía
desierto, enseguida descubrió que no era así. El bastión interior estaba a
oscuras, tranquilo, pero se escuchaban murmullos de voces por los corredores y
tras las puertas cerradas. También captó fragmentos de música, melodías nunca
oídas en voces más desconocidas aún que lo incitaban a arquearse como un gato y
a maullar. Al cubierto entre las sombras del jardín de los setos, se dijo que
Hayholt estaba echado a perder, como un fruto que no se recoge a tiempo y se
ablanda y se pudre dentro de la cáscara. No podía precisar en qué consistía
exactamente, pero todo el bastión interior, el centro de su mundo de la niñez,
estaba como enfermo.
Se escabulló con sigilo por las
cocinas, las pequeñas despensas, la capilla, e incluso, haciendo un alarde de
osadía, en la antesala del salón del trono, que se abría a los jardines. Todas
las puertas exteriores estaban cerradas con tranca y no había entradas por
ninguna parte. No recordaba que hubiera sido así en ningún momento. ¿Temería el
rey la incursión de espías, o un sitio? ¿O las trancas no estarían ahí para
impedir la entrada, sino la salida de los que estaba dentro? Meditaba estas
cuestiones respirando sin ruido; sabía de la existencia de ventanas que no
podían cerrarse, y de otros caminos secretos, pero ¿estaba dispuesto a
arriesgarse tanto? Aunque hubiera poca gente en pie durante la noche, si eran
centinelas —y a juzgar por las trancas— se mantendrían alerta, atentos a
cualquier ruido inesperado.
Regresó a la cocina y trepó por las
ramas desnudas de un pequeño manzano, y de allí al alféizar de la alta ventana.
El grueso cristal había desaparecido, pero el hueco estaba cegado con un montón
de piedras, que no podría mover sin producir un estruendo tremendo. Maldijo en
silencio y bajó.
Le dolía todo el cuerpo y tenía mucha
hambre, a pesar del lujo de la cebolla entera; decidió que ya había perdido
bastante tiempo en las puertas del bastión interior. En el extremo opuesto del
foso, sin embargo, el bastión intermedio podría estar menos protegido.
Entre ambas estructuras mediaban
grandes explanadas completamente desprotegidas; a pesar de que no había visto
ni un solo guardia ni persona alguna, tuvo que sobreponerse con gran esfuerzo
para cruzar esas distancias, y cada vez corría presuroso a resguardarse en las
sombras siguientes. El tramo más exasperante fue el puente que salvaba el foso.
Empezó a cruzarlo y cambió de opinión por dos veces; medía al menos treinta
palmos y, si aparecía alguien cuando se encontrara en el centro, se lo vería
tanto como una mosca sobre una pared blanca.
Por fin, lanzó un trémulo suspiro,
aspiró con fuerza y se lanzó a la carrera; las pisadas le sonaban como truenos
y se obligó a aminorar la velocidad en favor del silencio, pese a lo rápido que
le latía el corazón. Al llegar al otro lado, se lanzó a un cobertizo donde
descansó sentado hasta que recuperó la calma.
«Lo estás haciendo bien —se animó—.
Por aquí no hay nadie, no hay nada que temer.»
Sabía que era mentira.
«Hay mucho que temer —se corrigió—,
pero todavía no te han atrapado. Y de momento no te atraparán.»
Al ponerse de nuevo en pie, se
preguntó por qué estaría bajado el puente del foso mientras que las puertas y
las ventanas estaban cerradas a cal y canto contra algún ataque temido.
«¿Y por qué no estaba cerrada la
Torre del Ángel Verde?» No se le ocurría ninguna respuesta.
Antes de haber completado cien pasos
sobre la embarrada vía pública que atravesaba el bastión central, vio una cosa
que lo hizo buscar refugio a toda prisa, con todos sus temores revivificados,
pero ahora con fundamento.
En el bastión acampaba un ejército.
Tardó unos momentos en percatarse,
por la escasez de fogatas encendidas y por el color oscuro de la tela de las
tiendas, que las hacía prácticamente invisibles en la noche; pero, al parecer,
todo el espacio estaba a rebosar de hombres armados. Distinguía una media
docena de ellos en las cercanías, centinelas, a juzgar por su aspecto, con
capote, almete y larga lanza. En la tenue luz no percibía sus rasgos con
claridad. Mientras atisbaba por una rendija entre dos edificios preguntándose
qué hacer, un par de figuras embozadas pasó junto a él. También llevaban largas
picas, pero enseguida se percató de que eran diferentes. Por el porte con que
andaban, por la gracia y la agilidad de sus zancadas dedujo, sin lugar a dudas,
que se trataba de nornas.
Se hundió más en la negrura que lo
ocultaba, temblando. ¿Adivinarían que estaba allí? ¿Lo... olerían?
De repente, las criaturas de negro se
detuvieron no lejos de su escondrijo, alerta como perros de caza. Simón contuvo
el aliento y deseó con todas sus fuerzas no mover ni un pelo. Tras una larga
espera, las nornas se giraron en el mismo momento como si se hubieran
transmitido un mensaje sin palabras, y prosiguieron su camino. Simón aguardó
unos instantes más, conmocionado, y después asomó la cabeza con cautela por la
pared. En la negrura no las distinguía, pero vio que los soldados humanos se
apartaban raudos, como para esquivar una serpiente. Por unos segundos las
nornas se recortaron contra una fogata: dos formas gemelas, encapuchadas,
indiferentes a los humanos que las rodeaban. Salieron del círculo de luz y las
perdió de vista otra vez.
Eso sí que no se lo esperaba.
¡Nornas! ¡Las Zorras Blancas en el mismísimo Hayholt! La situación era mucho
peor de lo que había imaginado. Pero ¿no habían dicho Geloë y los demás que las
inmortales no podían volver allí? Tal vez se referían sólo a Ineluki y a sus
servidores no muertos. Pero, aunque así fuera, no le servía de gran consuelo en
ese momento.
De modo que el bastión central estaba
lleno de soldados, y además había nornas que se movían sin restricciones por el
alcázar, silenciosas como lechuzas al acecho. Se le puso la carne de gallina.
Tenía la certeza de que en el bastión exterior también habría rimmerios negros
o mercenarios thrithingos o cualquier otra clase de matarifes que Elías hubiera
atraído con el oro de Erkynlandia y la magia del Rey de la Tormenta. No podía
imaginarse que los guardias erkynos, la guardia personal del rey, ni siquiera los
más despiadados, se hubieran quedado en aquel palacio hechizado con las nornas
de rostro cadavérico: las inmortales eran demasiado aterradoras. En un breve
instante, había comprobado, sin posibilidad de equivocarse, el pánico que
causaban entre los soldados.
«Ahora tengo un motivo para escapar,
además de salvar mi pellejo. Es necesario que Josua y los demás sepan lo que
ocurre aquí dentro. —Sintió renacer un breve rayo de esperanza—. Si supieran
que las nornas están con Elías, tal vez
Jiriki y el resto de los sitha acudieran aquí. El pueblo de Jiriki tendría que
ayudar a los mortales en ese caso, ¿no? —Trataba de pensar correctamente—. En
realidad, tendría que escapar ahora mismo... si pudiera. ¿De qué serviría a
Josua ni a nadie si no logro salir?»
Pero ese descubrimiento no era nada
nuevo, acababa de convertirse en la pieza más preciada de cualquier comandante
de guerra: un ojo experto en medio del campo enemigo. Conocía Hayholt como un
campesino sus campos, como un zapatero sus útiles. Debía a la buena suerte el
haber sobrevivido hasta el momento —a la buena suerte, sí, pero también habían
contribuido su capacidad de recursos y su ingenio— e iba a aprovechar la
situación todo lo posible.
Así pues, regresaría al bastión
interior. Podía resistir un día o dos sin comer, si fuera necesario, y al
parecer el agua abundaba. Dispondría de tiempo para espiar cuanto fuera de
utilidad y buscar después la forma de zafarse de los soldados y salir hacia la
libertad. Si no fuera posible, volvería a recorrer el mismo camino bajo el
castillo y por los túneles; sería el modo más seguro de escapar sin ser visto.
«No; los túneles no.»
De nada servía fingir. No sería capaz
de hacerlo ni por Josua y los demás.
Se acercaba al puente, de regreso al
bastión interior, cuando un gran estrépito lo obligó a retirarse a las sombras
otra vez. Al ver el grupo de jinetes que cruzaba el foso, dio gracias a Jesuris
en silencio por no haberlo llevado allí unos momentos antes.
El pelotón estaba compuesto por
hombres de la guardia erkyna, con un insólito aire de desánimo a pesar de la
elegancia de su porte marcial. Sólo tuvo un instante para pensar en los motivos
que los habrían llevado allí cuando distinguió una escalofriante y conocida
cabeza calva entre ellos.
«¡Pryrates!» Se pegó a la pared sin
perderlo de vista. Un odio estremecedor lo sublevó por dentro. Allí estaba el
monstruo, a menos de tres veintenas de pasos, con sus lampiños rasgos
destacados a la pálida luz de la luna.
«Podría saltar sobre él en un momento
—pensó alocadamente— Si me acerco despacio, los soldados no se preocuparán;
sólo pensarán que soy uno de los mercenarios que ha bebido demasiado vino. Le
aplastaría la cabeza con una piedra...»
Pero ¿y si fallaba? Lo capturarían al
instante, y cualquier servicio que pudiera ofrecer a Josua fracasaría antes de
empezar. Peor aún: se convertiría en prisionero del sacerdote rojo. Binabik ya
lo había predicho con exactitud: ¿cuánto resistiría sin confesar hasta el
último secreto con respecto a Josua, con respecto a los sitha y a las tres
espadas? ¿Hasta dónde aguantaría sin rogar al alquimista que le permitiera
contar todo lo que deseara escuchar?
No podía controlar los
estremecimientos, como un perro burlado atado a una cuerda. ¡El monstruo estaba
tan cerca...!
Los jinetes se detuvieron. El
sacerdote reñía a uno de los guardias, con tono áspero y bajo, pero
inconfundible. Simón se inclinó hacia adelante todo lo que pudo sin salir de la
sombra y se puso una mano tras la oreja para escuchar mejor.
—¡... o te montaré a ti! —amenazó el
sacerdote.
El soldado respondió algo con voz
sofocada. A pesar de su estatura y de la espada envainada que llevaba en la
cadera, se acobardó como un niño atemorizado. Nadie osaba dirigirse a Pryrates
con brusquedad, cosa cierta incluso antes de que Simón huyera del castillo.
—¿Estás loco o eres estúpido? —le
gritó aún—. ¡No puedo cabalgar en un caballo cojo durante días, hasta llegar a
Wentmouth! Dame el tuyo.
El soldado desmontó y entregó las
riendas de su montura al alquimista, con un comentario que provocó las
carcajadas de Pryrates.
—Entonces, tú te llevas el mío. No te
hará mal andar un poco, creo, ya que fue tu idiotez la que...
Terminó la sarcástica respuesta en
voz muy baja y Simón no alcanzó a oírla, pero creyó captar otra referencia a
Wentmouth, la atalaya rocosa del sur donde el río Gleniwent desemboca en el
mar. Pryrates montó, y su túnica roja asomó un momento bajo la oscura capa como
una herida sangrante. Espoleó al caballo hacia el terreno lodoso del bastión
central y el resto de la tropa lo siguió, incluido el soldado que llevaba el
caballo de Pryrates, que cerraba la marcha.
Cuando pasaron delante de Simón, el
muchacho se dio cuenta de que tenía una piedra apretada en la mano, pero no
recordaba haberla recogido. Se quedó mirando la redonda cabeza del alquimista,
monda como una cáscara de huevo, y se imaginó el placer que le causaría verla
rota. Esa criatura maligna había matado a Morgenes, y sólo Dios sabría a
cuántos más. Huido todo su temor misteriosamente, Simón tuvo que reprimir el
impulso casi incontrolable de gritar en voz alta toda su furia y lanzarse al
ataque. ¿Por qué morían los buenos como el doctor, Geloë o Deornoth mientras
que una bestia como aquélla continuaba en el mundo? Valía la pena entregar la
propia vida para acabar con la de Pryrates. Su vileza inimaginable
desaparecería de la faz de la tierra. «Lo que hay que hacer, se hace», habría
dicho Raquel. «Un trabajo sucio pero necesario.» Mas, al parecer, la vida no le
pertenecía y por tanto no tenía derecho a entregarla.
Observó el paso de la compañía;
rodearon las tiendas y desaparecieron en dirección a la Puerta Menor, que
comunicaba con el último bastión. Dejó caer la piedra al barro y se quedó allí
temblando. De pronto se le ocurrió un pensamiento, una idea tan salvaje y
extremada que le dio miedo. Miró hacia el cielo tratando de calcular el tiempo
que faltaba para el alba. Por el frío y la vaciedad del aire supuso que el sol
aún tardaría unas horas en llegar.
¿Quién habría tenido más
posibilidades de hurtar a Clavo Brillante de la tumba? Pryrates, claro está.
Tal vez ni siquiera se lo hubiera dicho al rey Elías, si convenía a sus
propósitos. ¿Y dónde estaría si fuera así? Escondida en los dominios del
sacerdote en la Torre de Hjeldin.
Se dio la vuelta. La torre del
alquimista, una especie de mazacote achaparrado comparada con la gracilidad y
la pureza de la del Ángel Verde, asomaba por encima de la muralla del bastión
interior. Si había luces dentro, estaban ocultas. Las ventanas escarlata
permanecían a oscuras, y parecía vacía... como todo en el centro de la gran
fortaleza. Todo el interior de Hayholt podría haber sido un mausoleo, una
necrópolis.
¿Se atrevería a entrar... o a
intentarlo al menos? Necesitaría una luz. Tal vez encontrara antorchas de
reserva o una lámpara en algún rincón de la Torre del Ángel Verde. Iba a correr
un riesgo horrible, tremendo...
Si no hubiera visto marcharse a
Pryrates con sus propios ojos, si no lo hubiera oído hablar de una cabalgada a
Wentmouth, a él ni siquiera se le habría ocurrido pensarlo: la sola idea de
abrirse camino hasta la aciaga torre mientras el calvo Pryrates de ojos negros
estuviera dentro, esperando como una araña en el centro de su cubil, le ponía
el estómago al revés. Pero el sacerdote se había marchado, indudablemente, y
sabía que no volvería a presentarse una oportunidad igual. ¿Y si encontraba a
Clavo Brillante? La cogería y se escabulliría de Hayholt antes de que el
maldito sacerdote regresara. ¡Qué gran satisfacción, burlar así al asesino de
ropas rojas! Y ¿no sería genial entrar a caballo en el campamento de Josua con
Clavo Brillante refulgiendo en su mano? Entonces sería Simón de verdad, señor
de las Grandes Espadas, ¿a que sí?
A medida que avanzaba por el puente,
rápido y sigiloso, miraba el muro que se alzaba ante él. Había cambiado en
algo; parecía más... ligero.
El sol comenzaba a salir o, al menos,
el que se iba a dejar ver en aquel día gris. Simón se apresuró un poco más. Se
había equivocado.
«Conque faltaban unas cuantas horas,
¿eh? ¡Cuánta suerte tienes! ¿Qué habría pasado si hubieras estado merodeando
por la puerta de la Torre de Hjeldin y hubiera salido el sol de pronto?
Cabezahueca, sigues siendo un cabezahueca.»
No obstante, no se arrepentía del
todo. Los caballeros y los héroes tenían que ser arrojados, y lo que ahora
pretendía era realmente atrevido. Se limitaría a aguardar a la noche siguiente
para llevarlo a cabo. ¡Qué heroicidad tan memorable sería!
Pese a todo, corrió hacia su
escondrijo en la Torre del Ángel Verde deseando que sus amigos estuvieran con
él para persuadirlo de no cometer semejante imprudencia.
Hacía unas horas que el sol se había
puesto, y una fina llovizna caía desde el cielo nocturno. Simón se encontraba
en el umbral de la torre, dispuesto a salir de allí.
No resultaba fácil. Todavía se sentía
débil y hambriento, aunque, después de dormir todo el día, había encontrado los
restos de la cena de alguien, un rebojo de pan y una apurada corteza de queso,
en una hornacina cerca de la antesala de la torre. Tanto el pan como el queso
estaban secos, pero sólo de unas horas, al parecer, no de días ni de semanas;
mientras los devoraba, se preguntaba de quién serían. ¿Todavía estaría
Barnabás, el sacristán, a cargo de la torre y de las enormes campanas? Si era
así, no se ocupaba bien de su trabajo.
El recuerdo de Barnabás lo llevó a
darse cuenta de que no había oído repicar las campanas ni una sola vez desde
que había llegado. En ese momento, esperando en la entrada a que oscureciera,
el pensamiento le volvió a la cabeza: el tañido poderoso y tronante de las
campanas de bronce era como el latido del corazón de Hayholt, tal como él lo
había conocido; un recordatorio regular de que las horas transcurrían, de que
el tiempo pasaba, de que la vida seguía su curso. Pero ahora permanecían
silenciosas.
Se encogió de hombros y salió. Se
detuvo a beber en un reguero de agua de lluvia que caía del tejado, y tomó el
líquido con avidez; se secó las manos en los calzones y echó una ojeada a la
sombra de la Torre de Hjeldin, que se recortaba contra el cielo violeta. No
había nada más que hacer, ni más razón para posponerlo.
Recorrió el perímetro exterior del
bastión pegado a las construcciones, ocultándose de cualquier mirada que
pudiera sorprenderlo. La noche anterior había estado a punto de precipitarse en
brazos de Pryrates y sus soldados; aun en contra de la aparente soledad del
alcázar, no daría nada por sentado. En una o dos ocasiones le llegaron ráfagas
de conversaciones, pero no vio alma viviente de donde pudieran provenir. Una
risa entrecortada y larga flotó en el aire y lo hizo estremecer.
Al rodear un edificio para seguir
avanzando, creyó percibir el resplandor de una luz en las ventanas superiores
de la torre, un fulgor breve como el de una brasa roja, viva todavía. Se detuvo
y maldijo en voz baja. ¿Por qué había de suponer que la torre estaba vacía,
sólo porque Pryrates hubiera salido? Tal vez las nornas se alojaran allí.
Pero tal vez no. Hasta el sacerdote
necesitaría criados que lo cuidaran, que barrieran el suelo y encendieran las
lámparas, igual que hacía él con el doctor Morgenes. Si había alguien por allí,
sería probablemente algún morador del castillo, aterrorizado y obligado a
trabajar en el cuartel del sacerdote rojo. Quizá se tratara de Raquel el
Dragón. Si era así, la rescataría también, junto con Clavo Brillante. ¡Qué
sorpresa se llevaría! Tendría que abordarla con precaución para no asustarla;
debía de preguntarse dónde demonios habría ido a parar el escurridizo pinche de
cocina.
Se desvió antes de llegar a las
puertas y subió por una hiedra que trepaba por el muro. Héroe o no héroe, no
era necio. Aguardaría a comprobar si había señales de ocupación allí.
Se agazapó sujetándose las rodillas.
Lo intimidaban la mole de la torre sobre él y las piedras cortantes y oscuras.
No lograba eludir la sensación de que estaba esperándolo a él como un gigante
que se finge dormido, regodeándose con el momento en que la presa entrara...
El tiempo transcurría muy despacio.
Cuando ya no pudo soportarlo más, se bajó de la hiedra, que parecía querer
retenerlo más de lo natural. Nadie se había acercado a la puerta, y no había
movimiento en el bastión exterior; tampoco había visto más luces en las
ventanas ni había oído nada más que el gemido del viento en lo alto. Era el
momento.
Pero ¿cómo entraría? No creía posible
abrir las enormes hojas negras... Seguro que un hombre como Pryrates pondría
cerrojos en los accesos a su fortaleza capaces de detener incluso a un
ejército. No; tendría que trepar, y seguramente por la caseta del cancerbero,
situada enfrente de la puerta principal. Desde el tejado tal vez hubiera una
forma de alcanzar una ventana. Las piedras de la pared descansaban sólidamente
unas sobre otras, y sin duda encontraría huecos donde apoyarse.
Llegó a la caseta y se detuvo un
momento a observar la negra madera de las puertas de la entrada. Eran realmente
impresionantes; seguro que ni siquiera varios hombres con hachas lograrían
hacer mella en ellas en menos de medio día. Puso la mano en uno de los
colosales pomos y tiró; la hoja derecha cedió sin ruido y asustó a Simón hasta
el punto de hacerlo retroceder a trompicones hacia la lluvia.
Las puertas estaban abiertas... ¡sin
trancas! Por un instante sólo pensó en echar a correr, convencido de que se
trataba de una trampa preparada para él; pero al detenerse, con las manos en
alto como para parar un golpe, comprendió que no era probable. O tal vez...
dentro habría protecciones más efectivas.
Dudó unos momentos más con el corazón
en un puño.
«No seas insensato. Entra o márchate,
pero no te quedes en medio esperando a que cualquiera te vea.»
Apretó los puños y entró; después,
cerró tras de sí.
Todavía no necesitaba la antorcha que
llevaba en el cinturón, y que había recargado con aceite de la despensa de la
Torre del Ángel Verde, porque había una encendida en una argolla en la pared de
la alta antesala, que proyectaba sombras temblonas en los rincones. No pudo
evitar preguntarse quién la habría prendido, pero enseguida olvidó el trivial
pensamiento. Lo único que podía hacer era ponerse en marcha, procurar moverse
en silencio y mantenerse a la escucha por si hubiera alguien allí, además de
él.
Cruzó la antesala agobiado por la
sonoridad de sus botas al arrastrarse sobre la piedra. Una escalinata subía
hasta las partes más elevadas y tenebrosas de la torre, pero la escalera podía
esperar.
¡Cuántas puertas! Escogió una y la
abrió despacio. La luz de la antorcha, que se coló como un reguero de sangre,
le descubrió una cámara atestada de muebles hechos de huesos unidos y pegados
entre sí; había incluso una silla grande, como una réplica caricaturesca del
trono del Supremo Rey, con una marquesina de cráneos: calaveras humanas. Muchos
huesos todavía tenían pegados restos de carne renegrida y seca. En alguna parte
de la sala se produjo un sonido chirriante como un grillo. Se le subió el
estómago a la garganta, y cerró la puerta enseguida.
Tras recobrarse un poco, sacó su
antorcha y la encendió con la de la pared. Si de verdad se disponía a buscar la
espada, necesitaría con qué alumbrar las esquinas más oscuras, sin importar lo
que allí hubiera.
Regresó a la habitación de los huesos
para inspeccionarla mejor, pero no encontró nada más que los horrendos muebles,
una espeluznante exposición de esqueletos dislocados. Prefirió pensar que
algunos eran de animales, aunque albergaba sus dudas. El insistente chirriar
del grillo lo hizo salir de nuevo.
La siguiente sala estaba repleta, de
pared a pared, de tubos cubiertos por redecillas tensas; unas cosas que no supo
precisar se deslizaban y chapoteaban en un fluido oscuro. De vez en cuando, una
espalda resbaladiza y un apéndice rematado en algo extraño empujaban la red
hasta hacerla abultarse. En otra estancia encontró miles de figurillas
diminutas de plata, hombres y mujeres, talladas todas con increíble precisión y
realismo; cada una representaba a la perfección una persona congelada en un
instante de terror o desesperación. Levantó una y notó el brillante metal
resbaladizo y cálido al tacto. Al instante la soltó y se retiró al pasillo con
la certeza de que se había torcido entre sus dedos.
Recorrió otros cuartos, todos
inquietantes por lo que en ellos se guardaba. Las posesiones del sacerdote le
causaban pura repulsión o perplejidad, pues no comprendía para qué podían
servir. La última del piso inferior contenía también unos cuantos huesos, pero
demasiado grandes como para pertenecer a un ser humano; hervían en un enorme
caldero colgado sobre una llama de aceite, que llenaba el aire húmedo con un
tufo potente pero irreconocible. Un fluido negro y viscoso rezumaba gota a gota
por una espita abierta a un lado del recipiente, y caía a un enorme cuenco de
piedra. El fétido vapor que desprendía lo mareó, y la cicatriz de la mejilla
empezó a escocerle. Con una rápida ojeada infructuosa se retiró aliviado,
aunque sin la espada, al aire relativamente limpio de afuera.
Después de cierta vacilación, subió
la escalera al piso siguiente; seguramente habría mucho que descubrir bajo la
torre, en las catacumbas, pero no tenía ninguna prisa por hacerlo. Dejaría esa
zona para el final y rogaría por encontrar la espada antes de tener que
descender de nuevo.
Una estancia llena de alambiques y
retortas de cristal, parecidas a las que tenia Morgenes, otra cuyas paredes y
techo estaban tapizados de unas telarañas mucho más densas de lo normal —la
búsqueda de ésta fue breve y superficial—, una tercera que parecía una jungla
casera, infestada de ramas y gruesos brotes podridos; por todas pasó con la
creciente sensación de ser un niño campesino de un cuento que hubiera llegado
al castillo mágico de una bruja. En algunas le aguardaban objetos tan
espantosos que se limitaba a echar un rápido vistazo al oscuro interior y
cerrar enseguida la puerta. Sencillamente, no podía obligarse a hacer ciertas
cosas; si la espada estaba en una de aquéllas, tendría que seguir sin ser
rescatada.
En una, que al principio no parecía
tan aterradora, encontró sólo una pequeña yacija bastante singular, tejida con
un entramado de tiras de cuero. Creyó que podía tratarse de la cama de
Pryrates... hasta que vio el agujero en el suelo de piedra y las manchas bajo
la yacija. Abandonó el cubil precipitadamente, estremecido, con la idea de que
no podría conservar el juicio mucho tiempo si continuaba en aquel lugar.
En el quinto piso de los espantosos
almacenes del sacerdote, volvió a dudar; allí se abrían las grandes ventanas
rojas. Si iba de un lado a otro con la antorcha, posiblemente alguien notaría
el movimiento del resplandor en una torre que debería estar vacía y, tras unos
momentos de reflexión, dejó la tea en una de las altas argollas de la pared.
Tendría que proseguir la búsqueda casi a oscuras, pero había pasado tanto
tiempo bajo tierra que se juzgó mejor capacitado para la tarea que cualquier
otro, excepto un sitha... o una norna.
Sólo tres habitaciones comunicaban
con el rellano. La primera era normal, sin nada relevante más que un camastro,
aunque no había manchas en el suelo. Dio por sentado que allí era en verdad
donde dormía Pryrates; la severa falta de comodidades le parecía apropiada en
cierto modo. Se imaginó al sacerdote de negros ojos tumbado boca arriba,
mirando a la nada y urdiendo planes. También había un retrete, posesión
inusitadamente natural en alguien tan innatural.
La segunda era una especie de
relicario gigante, llena de estanterías repletas de estatuas hasta el último
espacio. No eran todas iguales, como las de plata del primer piso, sino que las
había de mil formas y tamaños, algunas como iconos de santos, otras
desproporcionados fetiches de madera que podrían haber salido de unas manos
infantiles o de las de un lunático. Resultaba fascinante en cierto modo. De no
haber sentido el terror que aquella singular torre le inspiraba, además del
riesgo enorme a que se exponía sólo por estar allí, le habría gustado pasar un
rato contemplando la exótica colección. Unas eran de cera, con cabos de vela
sobresaliendo por la cabeza; otras, poco más que un amasijo de huesos, barro y
plumas; pero en cada una se reconocía una figura de alguna clase, aunque
algunas parecían más animales que humanas. En ninguna parte halló nada
semejante a una espada.
La última habitación, y la más
espaciosa, podría haber sido la biblioteca del sacerdote rojo. Los grandes
ventanales encarnados quedaban perfectamente visibles, puesto que cubrían una
gran parte de la pared curvada, aunque en ese momento estaban oscurecidos por
el cielo nocturno de fuera. Esparcidos por todas partes había pergaminos,
libros y una serie de objetos tan extraños y variados, tan desoladores, como
cualquiera de las cosas que había visto hasta el momento. Si allí no encontraba
la espada, sólo le quedarían las catacumbas. En el tejado estaban instalados
los aparatos de observación de las estrellas, además de otros más insólitos; lo
había visto por la tarde desde una de las estrechas troneras de la Torre del
Ángel Verde. Por otra parte, no creía que un objeto de tanto valor pudiera
ocultarse en el exterior, aunque de todas formas iría a comprobarlo. No tenía
sentido prescindir de la menor posibilidad de ahorrarse la excursión a las
entrañas del Hjeldin...
La biblioteca se hallaba sumida en
espesas sombras, y el suelo, atiborrado de objetos casi en su totalidad,
aunque, curiosamente, las paredes estaban desprovistas de muebles o de
cualquier otra cosa. En el centro de la estancia, una silla de respaldo alto
miraba hacia los altos ventanales, de espaldas a la puerta; la rodeaban varias
vitrinas atiborradas de pergaminos y pesados paquetes de libros. La pared de
las ventanas, según apreció a la pálida luz de la antorcha, estaba cubierta de
runas pintadas en color claro.
Dio unos pasos y tropezó levemente.
Algo no encajaba; sentía un extraño cosquilleo, un punto de inestabilidad
nauseabunda en los huesos y en las entrañas. Al momento siguiente, una mano
salió disparada de la oscuridad que rodeaba la silla y se cerró en torno a su
muñeca. Gritó y cayó al suelo, pero la mano no lo soltó; era una abrazadera
fría como la helada.
—¿Qué tenemos aquí? —dijo una voz—.
¿Un intruso?
Simón no lograba soltarse, y el
corazón le latía de tal forma que creyó que iba a morir de miedo. Poco a poco,
fue alzado sobre sus pies, y arrastrado después alrededor de la silla hasta que
vio el pálido rostro que lo miraba desde las sombras. Unos ojos casi invisibles
se encontraron con los suyos, meras rendijas de luz refleja que, no obstante,
lo aprisionaban con la misma fuerza que la huesuda mano.
—¿Qué tenemos aquí? —repitió el
raptor, y se inclinó hacia él para verlo mejor.
Era el rey Elías.
XVII
UN ASCUA EN EL CIELO NOCTURNO
A
pesar de la urgencia del recado y del dolor
sordo de la rabadilla, Tiamak no pudo evitar detenerse maravillado a contemplar
los movimientos de la vasta ladera.
De pronto se le ocurrió que había
dedicado tanto tiempo a la lectura de pergaminos y libros que le habían faltado
ocasiones de experimentar los avatares que referían. A excepción de su breve
estancia en Ansis Pelippe y de las escapadas mensuales al mercado de
Kwanitupul, el trasiego de la vida no había interferido gran cosa en su cabaña
del árbol baniano. Sin embargo, durante el último año, se había visto
arrastrado por los grandes movimientos de mortales e inmortales; se había
enfrentado a monstruos al lado de una princesa y de un duque, había conocido a
una legendaria sitha e incluso había hablado con ella, había sido testigo del
regreso del más excelso caballero de la época de Juan... Y ahora, como si una
página de los polvorientos tratados del doctor Morgenes hubiera cobrado vida
propia por arte de magia, se encontraba bajo cielos llenos de nubarrones
contemplando la rendición de un ejército tras una batalla a vida o muerte, en
el famoso paso de Onestrine. Con toda seguridad, cualquier estudioso que conociera
el valor de su pluma de escribir daría todas sus posesiones a cambio de estar
allí.
«Entonces, ¿por qué siento este
anhelo tan intenso por volver a ver mi hogar? —se preguntaba—. Soy tal como me
han hecho Los Que Vigilan Y Dan Forma. No soy un héroe como Camaris o Josua, ni
siquiera como Isgrimnur, no. Yo soy como el padre Strangyeard y otros
parecidos: los menores, los callados; no nos gusta que los ojos de los demás
estén siempre pendientes de nosotros, de nuestros actos.»
A pesar de todo, cuando se detenía a
considerar algunas de las cosas que había visto o hecho, no podía asegurar que
habría renunciado a ellas si la ocasión se hubiera presentado.
«Mientras pueda seguir esquivando a
La Que Espera Para Llevarnos A Todos, claro está. No me importaría formar una
familia algún día, tener esposa e hijos que llenaran la casa de risas cuando
sea viejo.»
Claro que eso implicaba encontrar una
novia wran, porque, aun suponiendo que lo atrajeran un poco las altas mujeres
de piel de pez de las ciudades del interior, dudaba que alguna deseara vivir a
base de sopa de cangrejo en una cabaña en un árbol, en medio de los marjales.
Sus pensamientos fueron interrumpidos
por la voz de Josua, y se puso en movimiento en dirección al príncipe para
darle el recado; pero no resultó fácil pues le cortaban el paso varios soldados
fornidos que, absortos como estaban en el espectáculo, no parecían percatarse
de que tapaban el camino al hombrecillo.
—Veo que ya estáis aquí —decía el
príncipe a alguien. El wran se puso de puntillas, muy estirado, para ver algo.
—¿Adónde , si no, podría ir, príncipe
Josua? —Varellan se levantó para saludar al vencedor.
El hermano menor de Benigaris, a
pesar de los cortes y las contusiones del rostro y de llevar el brazo en
cabestrillo, no se adecuaba a su papel de señor de la guerra. Era alto y
bastante agraciado, en su estilo delgado y pálido, pero tenía los ojos lacrimosos
y una actitud contrita. A Tiamak le recordaba a un pimpollo que no ha recibido
sol suficiente.
Josua se dirigió a él; el príncipe
vestía aún una rota sobrevesta y unas maltrechas botas, como si la batalla
acabara de concluir en ese momento, en vez de dos días atrás. Durante ese
tiempo no había abandonado el campo de batalla, atareado en tantos deberes que
Tiamak dudaba que hubiera dormido más de una hora de vez en cuando.
—No tenéis por qué avergonzaros,
Varellan —dijo Josua con firmeza—. Vuestros hombres han peleado bien y vos
cumplisteis con vuestro deber.
—He fracasado —lo contradijo el
nabbano, con una furiosa sacudida de
cabeza y entristecido como un niño—: Benigaris no tendrá en cuenta si cumplí o
no con mi deber.
—Sólo habéis fallado en una cosa, que
tal vez depare más beneficios de lo que os imagináis... aunque no redunda en
favor de vuestro hermano.
Camaris se adelantó en silencio y se
colocó al lado del príncipe. Varellan abrió más los ojos, como si su tío fuera
el propio monstruo en persona... tal como lo veía Tiamak, precisamente, en
cierto modo.
—No puedo congratularme por los
resultados, príncipe Josua —declaró Varellan, tenso.
—Cuando esto haya concluido,
descubriréis cosas que os harán cambiar de opinión.
—¿Acaso no he oído suficiente ya?
—replicó con una mueca—. Pues bien, terminemos de una vez. Ya os habéis
apoderado de mis pendones de guerra. Habría preferido entregároslos yo en el
campo de batalla.
—Estabais herido —repuso Josua, como
si hablara a un hijo—. No hay deshonor en ser llevado fuera del campo. Conocí
bien a vuestro padre: se habría sentido orgulloso de vos.
—Me gustaría creerlo. —Varellan, con
movimientos torpes a causa del cabestrillo, sacó una fina vara dorada de su
cinturón con una cabeza de ave de alta cresta en un extremo. Hincó una rodilla
en tierra con un gesto de dolor—. Príncipe Josua, he aquí mis credenciales: el
bastón de señor de la guerra de la casa Benidrivine. Proclamo la rendición de
cuantos están bajo mi mando. Somos vuestros prisioneros.
—No. —Un murmullo de sorpresa se
elevó entre los observadores al oír la negativa de Josua—. No es a mí a quien
os rendís.
—¿Mi señor? —inquirió Varellan,
confuso e irritado.
—No rendís vuestros soldados nabbanos
a un ejército extranjero. Habéis sido derrotados por el heredero legítimo de
vuestra casa. A pesar del parricidio de vuestro hermano (sé que aún no me
creéis, Varellan), la casa de Benidrivine seguirá gobernando cuando Benigaris
lleve grilletes. —Se retiró un poco—. Os habéis rendido a Camaris-sá-Vinitta,
no a mí.
Camaris parecía más sorprendido que
Varellan y dirigió a Josua una mirada inquisitiva; después, superada la
vacilación, extendió su largo brazo y tomó con suavidad el bastón de manos del
joven.
—Levantaos, sobrino. Vos honráis
nuestra casa.
—¿Cómo puede ser? —preguntó Varellan
en un torbellino de emociones—. ¡O bien Josua y vos mentís y yo he perdido
nuestro paso más importante a manos de un usurpador, o bien he enviado a la
muerte a cientos de soldados valientes por causa del asesino de mi padre!
—Si vuestro error ha sido por
inocencia, no tenéis de qué arrepentiros —declaró Camaris con un empaque
singular y la mirada fija en algo que no era el joven que sufría delante de
él—. Sólo cuando el mal se hace a conciencia, por insignificante que la falta
pueda parecer, Dios se lamenta. —Miró hacia Josua, que lo respaldó con un gesto
afirmativo. Entonces, el anciano caballero se dirigió al grueso de los soldados
y prisioneros—. Declaro que todo aquel que luche con nosotros por la libertad
de Nabban será hombre libre. —Lo dijo en voz muy alta, para que alcanzara
incluso a las últimas filas de los presentes. Alzó el bastón y, por un
instante, la luz del combate lo iluminó otra vez—. La Casa del Martín Pescador
verá su honor lavado.
Los hombres respondieron con un
vigoroso grito. Hasta el ejército vencido de Varellan renovó sus ánimos ante lo
que acababa de presenciar.
Tiamak aprovechó el comienzo de las
enhorabuenas para abrirse paso a codazos entre la muchedumbre y alcanzar a
Josua. El príncipe hablaba en voz baja con Varellan, que seguía enfurruñado y
perplejo.
—Majestad... —dijo el wran, a la
altura del codo del príncipe, incómodo por su pequeña estatura en medio de
tanto gigantón armado. ¿Cómo lo soportaban Binabik y su pueblo, que no
alcanzaban mucho más de dos tercios de su propia estatura?
—Un momento, por favor,
Tiamak—respondió Josua—. Varellan, esto es mucho más grave incluso que lo que
vuestro hermano hizo en la colina de la Cerviz de Toro. Debéis escuchar algunas
cosas que os resultarán imposibles de creer, pero heme aquí para deciros que,
en estos días, lo imposible se ha convertido en realidad.
—Por favor, majestad —insistió
Tiamak, pues no deseaba quedarse a escuchar toda la historia del Rey de la
Tormenta—; he sido enviado para anunciaros que vuestra esposa, lady Vorzheva,
está dando a luz.
—¿Cómo? —Ahora le prestó toda su
atención—. ¿Se encuentra bien? ¿Hace falta alguna cosa?
—No sabría deciros; la duquesa Gutrun
me mandó avisaros tan pronto como llegó el momento. He venido a caballo desde
el monasterio, y no estoy acostumbrado a montar.
Resistió la tentación de frotarse el
dolorido trasero porque, por muy cotidiana que fueran ahora sus relaciones con
la nobleza, todavía había límites. Pero le dolía. Era una necedad y un peligro
andar por ahí cabalgando en un animal mucho más grande que él. No tenía la
menor intención de adoptar semejante costumbre de los pueblos de las tierras
secas.
El príncipe miró a Varellan y a
Camaris sin saber qué hacer. El anciano caballero esbozó la sombra de una
sonrisa, pero impregnada de dolor.
—Acudid, Josua —dijo—. Yo mismo puedo
contar muchas cosas a Varellan sin vuestra comparecencia. —Por un momento se
detuvo y su rostro pareció arrugarse; se le llenaron los ojos de lágrimas—. Que
Dios conceda a vuestra esposa un alumbramiento feliz.
—Gracias, Camaris —repuso Josua, tan
distraído que no se percató de la reacción del anciano. Se dio la vuelta—.
Tiamak, os pido disculpas por mis desconsiderados modales. ¿Volvéis conmigo a
caballo?
—No, gracias, príncipe Josua, tengo
otras cosas que hacer.
«Una de ellas, recuperarme de la
cabalgata hasta aquí», añadió para sus adentros.
El príncipe se alejó aprisa.
—Venid —dijo Camaris a Varellan, al
tiempo que le pasaba su largo brazo sobre los hombros—. Es menester que
hablemos.
—No estoy seguro de querer escuchar
lo que pretendéis decirme —replicó el joven, con un leve amago de humor.
—No soy yo el único que ha de hablar,
sobrino —contestó el anciano caballero; se limpió los ojos con la manga—. Deseo
oír de vuestra boca muchas noticias sobre mi casa y mi familia. Venid.
Llevó a Varellan hacia la hilera de
tiendas montadas a lo largo de las crestas de las colinas. Tiamak observó su
partida con cierta decepción.
«Ahí está; aunque me encuentre en el
meollo de los acontecimientos, sigo siendo un extraño. Al menos, si esto
estuviera escrito en un libro, sabría lo que se dice en esa conversación.
Algunas palabras merecería un solitario árbol baniano.»
Durante unos momentos siguió las
siluetas que se alejaban; se estremeció y se abrigó con la capa. El tiempo
había vuelto a ponerse frío, y decidió que había llegado el momento de ir en
busca de un trago de vino caliente para confortarse.
Las nieblas que rodeaban Naglimund
eran frías y venenosas. Eolair habría dado mucho por encontrarse frente a la
chimenea de su gran salón de Nad Mullach, y que la guerra fuera un recuerdo
lejano. Sin embargo, estaba ahí, a escasa distancia colina arriba, aguardando
la siguiente embestida del combate.
—En pie y preparados —dijo a los
hernystiros que se agazapaban detrás—. Enseguida nos pondremos en movimiento.
No lo olvidéis: todos sangran, todos mueren.
—Pero nosotros morimos antes —añadió
un hombre en voz baja.
—Es por la espera —musitó Eolair a
Isorn sin atreverse a llamar la atención al soldado. El hijo del duque lo miró;
estaba pálido—. Estos hombres son valientes, pero verse así, quietos y sin
saber a qué se enfrentan los descompone.
—No es sólo eso. —Con un gesto de la
barbilla, Isorn señaló la fortaleza, una sombra escarpada entre las tinieblas—.
Es ese lugar, y las cosas contra las que luchamos.
—¿Qué aguardan los sitha? —replicó
Eolair apretando los dientes—. Sería diferente si supiéramos lo que hacen
nuestros aliados. Juraría que esperan a que el viento cambie o a que cierta ave
pase volando. Es como luchar con un ejército de magos.
Isorn, a pesar de la tensión que
sentía, miró al conde con compasión, y el conde lo tomó casi como un reproche.
—Saben mejor cómo encararse a sus
propios congéneres —le recordó.
—Lo sé, lo sé. —Eolair dio un
manotazo al puño de su espada—. Pero daría lo que fuera...
Una nota aguda recorrió la ladera, y
dos cuernos la secundaron.
—¡Por fin! —respiró el conde de Nad
Mullach. Giró la cabeza hacia atrás—. Seguimos a los sitha —anunció a sus
hombres—. No os separéis, protegeos la espalda unos a otros, y no os perdáis en
esta negrura maldita de los dioses.
Si Eolair creía que iba a escuchar el
grito de guerra de sus hombres, quedó decepcionado; de todas formas, lo
siguieron cuando hincó espuelas colina arriba. Miró hacia atrás y vio que
avanzaban entre la nieve taciturnos y silenciosos como prisioneros, y de nuevo
deseó haberlos conducido a un destino más favorable.
«¿Qué otra cosa cabe esperar? Nos
enfrentamos a un enemigo sobrenatural y nuestros aliados nos son igualmente
ajenos; ni siquiera libramos el combate en nuestro propio terreno. No es fácil
para ellos comprender que es por el bien de los hernystiros, ni menos aún por
el de sus propios pueblos y familias. A mí tampoco me resulta fácil, aunque
crea en ello.»
Las nieblas se espesaban a su
alrededor a medida que se aproximaban a los sombríos muros de Naglimund. Detrás
del agujero sólo se adivinaban figuras en movimiento, aunque un efecto sonoro
convertía los escalofriantes aullidos de las nornas y los cantos de ave de las
melodías guerreras de los sitha en un eco que todo lo envolvía. De pronto, el
gran agujero de la muralla apareció ante ellos como unas fauces abiertas y
dispuestas a tragarse a los mortales de un bocado.
Cuando Eolair lo cruzaba, un
estallido de luz y una colisión atronadora rasgaron el aire. Por un instante
pareció que todo se invertía; la niebla se tornó negra y las sombras que se
movían, blancas. El caballo reculó piafando y se rebeló contra las riendas. Al
momento siguiente, otro relámpago luminoso estalló ante sus ojos y lo
deslumbró. Cuando recuperó la visión, comprobó que su montura corría
aterrorizada hacia la abertura del muro, directa al centro de su propia tropa,
que se agitaba en confusión. Tiró con furia de las riendas, pero sin éxito. Con
una maldición ahogada, se deshizo de los estribos y saltó de la silla para ir a
dar contra la nieve del suelo. El corcel echó a galopar despavorido y abrió
brecha entre los soldados en retroceso pisoteando a varios al pasar.
Mientras recuperaba el aliento en el
suelo, sintió unas manos rudas que lo aferraban y lo ponían de pie; dos
hernystiros lo miraban fijamente con ojos rebosantes de espanto.
—Ésa..., esa luz... —balbuceó uno de
ellos.
—Mi caballo enloqueció —dijo el conde
a gritos, sobre el estruendo. Se quitó de un manotazo la nieve de las polainas
y la sobrevesta y dio una zancada adelante; los dos soldados lo siguieron. El
caballo de Isorn había soportado el impacto y el joven rimmerio, montado aún,
había desaparecido de la vista entre las nieblas.
El patio de armas de Naglimund
parecía una especie de fundición de pesadilla. Había bruma por todas partes,
como si de humo se tratara, y las llamas lamían de vez en cuando las altas
ventanas y se extendían por los muros de piedra en enormes cortinas flameantes.
Los sitha se enfrentaban ya cuerpo a cuerpo contra las defensoras nornas, cuyas
sombras, aumentadas por las llamas y la niebla, campeaban por el castillo como
dioses de la guerra. Por unos momentos, Eolair creyó comprender lo que Maegwin
veía y deseó hundirse en la tierra y ocultar la cara hasta que todo cesara.
—Se han hecho fuertes ante el
castillo interior —anunció Isorn, que apareció de pronto entre las tinieblas.
Tenía una herida sangrante que le llegaba a la barbilla—. Y también están los
gigantes.
—¡Oh, dioses! —exclamó Eolair,
apesadumbrado. Hizo un gesto a sus hombres para que lo siguieran y se puso en
marcha a paso ligero tras Isorn. Las botas se le hundían en la nieve y tenía la
impresión de estar subiendo una pendiente muy pronunciada. Sabía que la cota de
malla le impediría correr durante mucho rato; ya jadeaba con esfuerzo y aún no
había dado el primer golpe.
La batalla ante el castillo interior
era un caos de espadas, tinieblas y enemigos casi invisibles entre los que sus
hombres desaparecían rápidamente. Isorn se detuvo a recoger una pica caída y se
abalanzó contra un gigante ensangrentado que mantenía a raya a media docena de
sitha con su garrote. Eolair notó movimiento cerca y se giró: una norna de
oscuros ojos se precipitaba contra él blandiendo un hacha gris. El conde
intercambió unos golpes con su atacante, resbaló y cayó sobre una rodilla.
Antes de que su enemiga se aprovechara de la situación, cogió un puñado de
nieve y la arrojó en una lluvia blanca a la cara de la norna. Sin esperar a ver
el resultado, se arrojó hacia adelante y describió un arco con la espada a la
altura del tobillo. Se produjo un sonoro crujido de metal contra hueso, y su
enemiga cayó encima de él.
Sucedieron unos momentos de calma
profunda. El fragor de la batalla se apagó a sus oídos como si hubiera
traspasado los límites de la Tierra hacia un mundo silencioso de sólo un codo
de anchura y unos pocos centímetros de profundidad, donde no existía nada más
que su espantosa lucha, su falta de aire y los dedos huesudos que se le
clavaban en la garganta. La cara blanca se cernía sobre él con una sonrisa
implacable, como las demoníacas máscaras del sur. Los ojos de la cosa eran dos
guijarros planos y oscuros, y su aliento olía como un agujero frío en el suelo.
Eolair tenía un puñal en el cinto,
pero no podía permitirse ni un instante para intentar alcanzarlo. No obstante,
a pesar de su mayor estatura, notaba que las fuerzas de las manos y de los
brazos lo abandonaban. La norna lo estrangulaba, le cerraba el paso del aire.
No tenía elección.
Dejó de sujetar la muñeca de su
contrincante y se llevó la mano a la funda. Los fuertes dedos se apretaron más
en torno a su garganta, y el silencio comenzó a silbarle en los oídos; la
negrura se apoderaba de su mundo, comprimido en un codo de extensión. Clavó la
daga en el costado de la norna hasta que la presión cedió; luego la agarró como
si fuera un amante para impedir que ella alcanzara otra arma a su vez. Por fin,
cuando el cuerpo que lo oprimía dejó de debatirse, lo empujó y la norna rodó
hacia un lado y se desplomó en la nieve.
Mientras recuperaba el aliento entre
jadeos, distinguió la oscura cabeza de Kuroyi por el rabillo del ojo. Habría
jurado que el sitha trataba de dilucidar si el conde sobreviviría o no; luego,
sin mediar palabra, desapareció de su vista.
Eolair se obligó a sentarse. Tenía la
sobrevesta manchada de sangre de norna, que se enfriaba con rapidez. Echó un
vistazo al cuerpo inerte y se quedó embobado en medio del caos; había algo en
la silueta, en el rostro, en el pecho de su enemigo que... no encajaba.
Era una mujer, había peleado con una
norna hembra.
Se puso en pie, tosiendo todavía y
con la garganta ardiente. No debía sentirse avergonzado —ella había estado a
punto de matarlo—, pero se avergonzaba.
«¿Pero en qué mundo...?»
Poco a poco, el silencio de su cabeza
se pobló de nuevo del aplastante canto de los sitha y de los Hijos de las
Nubes, combinado con otros gritos de furia y alaridos de dolor más terrenales,
que llenaban el aire de una música complicada y terrorífica.
Eolair sangraba por una docena de
heridas y sentía los brazos y piernas pesados como piedras. El sol, que había
permanecido oculto durante todo el día, debía de haberse hundido por el oeste,
pero no lograba distinguir si era el ocaso o las llamas lo que teñía de rojo
las envolventes nubes bajas. Había caído ya gran parte de los defensores de
Naglimund; tan sólo quedaba un último núcleo de nornas y los postreros y
mayores gigantes, todos acorralados en un pasadizo cubierto que llevaba a las
enormes puertas del alcázar. Estaban determinados a no ceder un palmo de
terreno. En el barro del suelo que pisaban se apilaban los cadáveres, y la
tierra estaba encharcada de sangre.
La batalla amainaba y el conde ordenó
a sus hombres que se retiraran. La docena de soldados que quedaban tenían la
mirada sombría y se tambaleaban de agotamiento, pero querían resistir hasta el
final de la lucha. Eolair sintió un amor feroz hacia ellos al tiempo que
maldecía su necedad a gritos. Ahora era ya asunto de los sitha, les decía, se
precisaban armas largas y rapidez de reflejos, y los exhaustos mortales nada
tenían que ofrecer más que cuerpos tambaleantes y corazones bravos. Siguió
llamando a retirada y mandando a los hombres a la relativa seguridad de la
muralla exterior. Ansiaba con desesperación sacar a algunos vivos de aquella
pesadilla.
El se quedó a buscar a Isorn, que no
había respondido a la llamada del cuerno de guerra. Fue dando tumbos por los
alrededores del campo de batalla. Los guerreros sitha no se percataron de su
paso pues estaban concentrados en obligar a salir del pasadizo a un gigante
que, aun en sus momentos de agonía, infligía daños terribles. Parecían muy
apurados, aunque Eolair no sabía por qué. Los que quedaban protegían las
puertas del castillo interior, pero quienquiera que estuviera dentro todavía
parecía conformarse con dejarlos morir en el empeño en vez de dejarlos entrar.
Poco a poco, los sitha los hostigaban para hacerlos salir; entre la hueste de
Jiriki escaseaban las flechas, pero varias nornas habían perdido el escudo y el
gigante, medio escondido detrás de uno de los pilares del arco, llevaba
clavadas diez saetas emplumadas en su peludo pellejo.
Allá donde fuera, los cadáveres de
mortales e inmortales yacían desparramados como si los dioses los hubieran
dejado caer desde los cielos. Pasó junto a muchos rostros conocidos, algunos de
jóvenes hernystiros con quienes se había sentado junto a la fogata la noche
anterior, otros de luchadores sitha, cuyos dorados ojos miraban fijamente a la
nada.
Por fin encontró a Isorn en el
extremo opuesto del alcázar. El joven yacía tendido en el suelo con los
miembros en una postura forzada y el almete caído a su lado; el caballo había
desaparecido.
«¡Brynioch de los cielos! —El conde
llevaba horas expuesto al gélido viento, pero al ver el cuerpo de su amigo la
sangre se le heló más aún. Isorn tenía la nuca ensangrentada—. ¡Oh dioses!
¿Cómo voy a decírselo a su padre?»
Se acercó presuroso y le dio la
vuelta agarrándolo por un hombro. El rostro del rimmerio era una máscara de
barro y nieve que se deshacía; mientras Eolair lo limpiaba con cuidado, Isorn
tosió atragantado.
—¡Estás vivo!
—¿Eolair? —dijo el rimmerio, abriendo
los ojos.
—Sí, soy yo. ¿Qué ha sucedido, amigo
mío? ¿Estás malherido?
—Que el Redentor me asista —rogó tras
tomar aliento con gran esfuerzo—, no lo sé... Me da la impresión de que tengo
la cabeza partida en dos. —Se llevó una mano trémula a la nuca y se miró los
rojos dedos—. Me golpeó un hunë, una mole peluda. —Dejó caer la cabeza y cerró
los ojos; Eolair lo miró ansioso hasta que volvió a abrirlos; parecía más
despabilado, pero no así sus palabras—, ¿Dónde está Maegwin?
—¿Maegwin? —Le tomó la mano—. En el
campamento. Tú estás dentro de Naglimund, con una herida. Voy a buscar ayuda
para...
—No —replicó impaciente, a pesar de
su debilidad—. Estaba aquí, yo iba tras ella cuando..., cuando el gigante me
sacudió un garrotazo. Por suerte no me dio de pleno.
—¿Maegwin... aquí? —Por un momento
pareció que el norteño hubiera hablado en otra lengua—. ¿Qué quieres decir?
—Lo que he dicho. Vi que se adentraba
por las últimas filas del combate y llegaba al patio de armas, en dirección al
alcázar. Creía que tenía visiones en medio de la niebla, pero sé que está rara.
La seguí y la vi exactamente... allí... —Se encogió por el dolor que le produjo
el movimiento al señalar hacia la esquina más distante del castillo—. Y
continuaba adelante. Pero esa cosa me alcanzó por detrás y, antes de que me
diera cuenta, me encontré en el suelo. No sé cómo no me mató. —Aun en contra
del frío, el sudor le perlaba la frente—. Quizá llegó un sitha a tiempo.
—Voy a buscar a alguien que te ayude
—dijo Eolair, de pie—. No te muevas más de lo imprescindible.
—Pero —repuso con un amago de
sonrisa—, yo quería dar un paseo por los jardines del castillo esta noche.
El conde envolvió a su amigo en la
capa y echó a correr hacia el alcázar, esquivando el cerco ante las grandes
puertas. Encontró a sus hernystiros agazapados en un hueco de la muralla
exterior, como ovejas despavoridas por la tormenta, y llamó a cuatro de los
mejores para que llevaran a Isorn al campamento. Tan pronto como comprobó que
lo habían puesto a salvo, volvió a buscar a Maegwin. Había tenido que apelar a
toda su sangre fría para esperar a que su amigo llegara a un lugar protegido
antes de marcharse.
No tardó en dar con ella; estaba
acurrucada en el suelo, en la parte posterior de la fortaleza. Aunque no
percibió señales de violencia o daño físico, notó su piel helada de muerte bajo
la mano. Si acaso respiraba, no lo percibió tampoco.
Cuando recuperó el sentido, unos
momentos después, llevaba el desmayado cuerpo de Maegwin en los brazos y
avanzaba con pasos inseguros por el campamento al pie de la colina. No
recordaba cómo había llegado allí. Los hombres lo veían acercarse pero, en ese
instante, sus expresiones no le significaban más que los ojos brillantes de los
animales.
—Kira'athu dice que está viva pero
muy próxima a la muerte —le comunicó Jiriki—. Deseo manifestaros mis
condolencias, Eolair de Nad Mullach.
El conde levantó la mirada del rostro
pálido y hundido de Maegwin, y la sanadora sitha se levantó del otro lado del
jergón, pasó junto a Jiriki y salió de la tienda. Eolair estuvo a punto de
hacerla volver, pero sabía que otros heridos necesitaban cuidados, entre ellos
sus propios hombres. Evidentemente, allí no tenía más que hacer, aunque el
conde no habría sabido precisar qué había hecho la mujer sitha de cabello
plateado mientras él rogaba por la vida de Maegwin y le apretaba la fría mano
como para transmitirle su propio calor febril.
—Estáis herido —dijo a Jiriki, al ver
su rostro ensangrentado.
—Es sólo un corte —replicó el sitha,
con un rápido movimiento de la mano—. Vuestros hombres han luchado con
valentía.
—¿Ha terminado el sitio? —preguntó
dándose la vuelta para no forzar el cuello, pero sin soltar la mano de Maegwin.
Jiriki hizo una pausa antes de
responder. Eolair sintió un miedo súbito a pesar de la profundidad de su
tristeza.
—No lo sabemos —le dijo por fin.
—¿Qué significa eso?
Jiriki y sus congéneres poseían en
todo momento una calma interior que los distinguía de sus aliados humanos,
pero, pese a ello, el sitha estaba claramente inquieto.
—Han sellado la fortaleza y la Mano
Roja sigue dentro. Han cantando un poderoso verbo de transmutación y ya no hay
posibilidad de entrar.
—¿No hay posibilidad de entrar? ¿Cómo
es eso? —Eolair se imaginaba enormes rocas taponando las grandes puertas—. ¿Y
no hay manera de tirar las puertas abajo?
—Las puertas están ahí —repuso
Jiriki, negando con un gesto de la cabeza semejante al de las aves—, pero el
alcázar no se encuentra detrás de ellas. —Frunció el entrecejo—. No, eso es
confuso; creeríais que estamos locos si os lo digo así, puesto que el edificio
continúa ahí, inamovible. —Esbozó una sonrisa torcida—. No sé si podré
explicároslo, conde; no creo que ninguna lengua mortal tenga palabras para
ello. —Hizo una pausa. Eolair miraba asombrado la profunda turbación del
sitha... tan humana—. Ellos no pueden salir, pero nosotros tampoco podemos
entrar. Creo que con saber eso es suficiente.
—Pero habéis derribado los muros. ¿Es
que no podéis hacer lo mismo con las piedras del alcázar?
—Derruimos los muros, sí; pero, si
las hikeda’ya hubieran completado a tiempo lo que comenzaron, la muralla
seguiría en pie. Sólo una tarea muy importante debió de impedirles llevarlo a
cabo antes de que cerráramos el sitio. De todas formas, aunque ahora quitáramos
todas las piedras y nos las lleváramos a mil leguas de aquí, seguirían fuera de
nuestro alcance... pero sin moverse de ahí.
—No lo entiendo, Jiriki —dijo el
conde, fatigado y confuso—. Si no pueden salir y el resto de Naglimund está en
nuestro poder, entonces no hay problema, ¿o sí? —Ya no podía aceptar más
explicaciones imprecisas de los Pacíficos; sólo quería quedarse a solas y en
paz con la hija de Lluth, que agonizaba.
—Me gustaría que así fuera. Pero aún
no hemos comprendido el propósito que las trajo aquí... y es fácil que mientras
puedan seguir en este lugar, cerca de A-Genay'asu, tengan posibilidades de
terminar lo que han venido a hacer.
—De modo que toda esta lucha ha sido
en vano. —Soltó la mano de Maegwin y se puso en pie, poseído por la rabia—.
¡Para nada! ¡Han perecido tres veintenas de los más valientes hernystiros, por
no hablar de los vuestros, y Maegwin...! —Se agitó sin saber qué hacer—. ¡Así!
¿Para nada?.
Avanzó unos pasos, con el brazo en
alto como si fuera a golpear al silencioso inmortal. Jiriki reaccionó con tal
presteza que Eolair notó las muñecas prisioneras entre unos dedos suaves pero
firmes antes de ver moverse al sitha. Incluso en su furia se asombró de la
fuerza oculta de Jiriki.
—Vuestro dolor es legítimo, como lo
es el mío, Eolair. Y no debemos dar por sentado que todo ha sido en vano; tal
vez hayamos herido a las hikeda’ya de formas insospechadas. Ahora, estamos
alerta y en guardia para cualquier movimiento que los Hijos de las Nubes puedan
emprender. Dejaremos aquí a algunos de nuestros cantores más ancianos y sabios.
Toda la rabia de Eolair se deshizo en
impotencia; se relajó, y Jiriki le soltó los brazos.
—¿Vais a dejarlos aquí? —preguntó
obnubilado—. ¿Adónde vais? ¿A vuestro hogar? —Por una parte, deseaba que fuera
así; que los sitha se marcharan con su extraña magia a sus hogares secretos del
mundo. En una ocasión, se había preguntado si los inmortales existirían
todavía. Ahora había luchado y vivido con ellos, lo que le había proporcionado
más horror y sufrimiento de lo que hubiera creído posible.
—A nuestro hogar no. Aquí, ¿veis?
—Levantó la solapa de la tienda; el cielo nocturno estaba más claro y por
encima de las fogatas se extendía un dosel de estrellas—. Allá, más allá de la
estrella que denominamos el Corazón de la Noche, esa que brilla sobre la
esquina de la muralla exterior del alcázar.
Confuso e irritado, miró hacia arriba
y, detrás de la estrella, muy alto en el negro firmamento, lucía otro punto,
rojo como un ascua moribunda.
—¿Aquélla? —preguntó.
—Sí. Es una señal de poder y
significado terribles, conocida entre los pueblos mortales con el nombre de
Estrella del Conquistador.
—Ya; ¿qué significa? —El nombre tenía
resonancias inquietantes, pero, en su dolor y en su sensación de vacío, no
logró recordar nada.
—Significa que los zida'ya deben
regresar a Asu'a —contestó con la mirada fría y distante.
—¿Vais a Hayholt? —preguntó al fin,
sin comprender lo que le decían—. ¿A luchar contra Elías?
—Ha llegado el momento.
El conde se volvió hacia Maegwin y
vio sus labios sin sangre. Una fina línea blanca asomaba entre sus párpados.
—Iréis sin mis hombres y sin mí. Ya
hemos tenido bastante muerte. Quiero llevarme a Maegwin para que descanse en
Hernystir; la llevaré a su casa.
Jiriki levantó una mano como si fuera
a tocar a su aliado mortal, pero se limitó a retirar la toldilla de la entrada.
Eolair, que esperaba un gesto importante, escuchó la sencilla respuesta del
sitha.
—Debéis hacer lo que creáis mejor,
conde Eolair; ya nos habéis dado mucho. —Se marchó como una sombra oscura
contra el cielo estrellado, y la solapa cayó en su sitio.
Eolair se dejó caer junto al jergón
de Maegwin embargado por la desesperanza y la confusión. Ya no podía pensar
más. Apoyó la mejilla sobre el brazo inmóvil y se dejó acunar por el sueño.
—¿Cómo os encontráis, viejo amigo?
Isgrimnur gruñó y abrió los ojos. Le
dolía la cabeza a martillazos, pero esa molestia no era nada comparada con el
martirio de la base del cuello.
—Muerto. ¿Por qué no me enterráis?
—Vos nos enterraréis a todos
nosotros.
—Si se siente lo mismo que ahora, no
es ninguna ganga —replicó, un poco más incorporado—, ¿Qué hacéis aquí?
Strangyeard me dijo que Varellan iba a presentar la rendición hoy.
—Y así fue; pero yo tengo quehaceres
en el monasterio.
—¿Por qué sonreís? —inquirió el
duque, receloso—. No me parece normal en vos.
—Soy padre, Isgrimnur—le dijo con una
risita.
—¿Vorzheva ha dado a luz? —El
rimmerio sacó la peluda mano y apresó la de Josua—. ¡Maravilloso, hombre,
maravilloso! ¿Niño o niña?
El príncipe se sentó en la cama para
que Isgrimnur no tuviera que estirarse tanto.
—Las dos cosas.
—¿Las dos cosas? —Volvió a mirarlo
con suspicacia—. ¿Qué tontería es ésa? —De pronto comprendió—. ¿Mellizos?
—Mellizos. —Josua parecía a punto de
estallar en carcajadas de alegría—. Están bien, Isgrimnur, rollizos y sanos.
Vorzheva tenía razón: las mujeres thrithingas son fuertes. Apenas se quejó,
aunque tardaron una eternidad en salir los dos.
—¡Loado sea Aedón! —exclamó el
rimmerio, e hizo la señal del Árbol—. Las dos criaturas y la madre a salvo.
Alabado sea. —Una leve humedad asomó al lagrimal y se la quitó con brusquedad—.
Y vos, Josua, ¡miraos! Casi bailáis. ¿Quién habría dicho que la paternidad os
sentaría tan bien?
—Ahora tengo una razón por la que
vivir, Isgrimnur —contestó, sonriente todavía, pero con algo más profundo en su
interior—. No sabía que sería así, no lo comprendía. No debe sucederles nada
malo. Tendríais que verlos; son... la perfección, la perfección.
—Voy a ir a verlos. —El rimmerio
comenzó a trajinar entre las mantas.
—¡Nada de eso! —se escandalizó
Josua—. ¡No podéis salir de esa cama! Tenéis las costillas...
—En donde tienen que estar; sólo me
ha pasado un caballo por encima. He estado mucho más grave otras veces y,
además, la peor parte se la ha llevado la cabeza, y es de puro hueso...
Josua lo sujetaba por los hombros y,
por un momento, pareció que realmente se dispusiera a tumbar al duque en la
cama, pero lo soltó a regañadientes.
—Sois un insensato. Los pequeños no
van a moverse de su sitio.
—Ni yo tampoco, si no empiezo
enseguida. —Gruñendo de dolor, puso los desnudos pies en el frío suelo—. Vi lo
que le pasó a mi padre, Isbeorn. Cuando cayó del caballo, pasó todo el invierno
en la cama y después nunca pudo volver a andar.
—¡Oh, Dios mío! Pero... ¿qué hace
este hombre? —El padre Strangyeard acababa de aparecer en el umbral y miraba al
duque muy acongojado.
—Quiere levantarse para ir a ver a
los pequeños —explicó Josua con resignación.
—Pero..., pero...
—¡Maldición, Strangyeard! ¡Dejad de
piar como un pollo! —farfulló Isgrimnur—. Haced algo útil: llevadme un asiento
a la alcoba. No estoy tan tocado como para quedarme de pie haciendo carantoñas
a los herederos de Josua.
El sacerdote salió alarmado de la
habitación.
—Bien; acercaos a ayudarme, Josua.
Mala suerte, no tener un invento de esos que usan los nabbanos para izar al
caballo a los caballeros armados.
El príncipe se parapetó al lado de la
cama; Isgrimnur se agarró a su cinto y comenzó a ponerse en pie. Una vez
erguido, respiró entre resuellos.
—¿Estáis bien? —preguntó Josua,
solícito.
—No; me duele hasta el aliento, pero
estoy de pie, y eso es mucho. —No parecía dispuesto a moverse más—. ¿Está muy
lejos?
—En este mismo pasillo, un poco más
abajo. —Josua le pasó el brazo bajo los hombros—. Iremos despacio.
Poco a poco, alcanzaron el frío y
largo corredor. Tras una docena de pasos, Isgrimnur se detuvo a descansar.
—Voy a tardar unos días en montar un
caballo, Josua —dijo contrito.
—¡Unos días! —rió Josua—. ¡Sois un
loco muy bravo! No os permitiré montar en un mes, por lo menos.
—¡No me dejaréis atrás, maldición!
—Nadie va a dejaros atrás, Isgrimnur.
Voy a necesitaros más que nunca en los días venideros, tanto si podéis luchar
como si no. Tampoco mi esposa va a cabalgar, de momento. Encontraremos la forma
de trasladaros a Nabban, y de allí a donde vayamos.
—Viajar con las mujeres y los
niños... —dijo con un desprecio que no ocultaba su temor.
—Sólo hasta que os repongáis —lo
aplacó—, pero no quiero que me mintáis. No me digáis que estáis listo mientras
no lo estéis. Os he dicho que os necesito y es cierto, y no estoy dispuesto a
que os debilitéis hasta el punto de complicar la recuperación. Merezco la horca
por dejaros salir de la cama.
—Un padre recién estrenado no puede
negar algo que se le pide —replicó, un poco animado—. ¿No lo sabíais? Es una
antigua costumbre rimmeria.
—Lo creo —contestó el príncipe con
acritud.
—Y, además, aun con las costillas
molidas, os supero a vos en el mejor día de vuestra vida.
—De acuerdo, viejo caballo de guerra
—suspiró Josua—. Ya me lo contaréis cuando lleguemos a un banco.
La duquesa Gutrun salió del círculo
protector que rodeaba el lecho de Vorzheva para dar una furibunda reprimenda a
Isgrimnur por haber dejado la cama. Llevaba días corriendo de una habitación a
otra y estaba completamente agotada. El duque no replicó sino que, con la
actitud de un niño sumiso, se sentó en el banco que Strangyeard había llevado
para él.
Vorzheva se apoyaba en un montón de
mantas con un pequeño en cada brazo. Estaba pálida y cansada como Gutrun,
circunstancia que no deslucía en absoluto la orgullosa serenidad que emanaba de
ella como un brillo de un farolillo. Los recién nacidos estaban envueltos de
tal forma que sólo asomaban sus oscuras cabecitas. Aditu, acuclillada junto al
hombro derecho de la madre, miraba a uno de los pequeños con embeleso.
Recuperado el aliento, Isgrimnur se
inclinó hacia adelante y echó una ojeada furtiva a la sitha; le pareció
percibir un hambre singular en sus ojos y recordó las viejas historias sobre
sitha que robaban niños mortales, pero desechó el desconcertante pensamiento.
—Tienen muy buen aspecto. ¿Quién es
cada cual?
—El niño está a mi derecha, y ésta es
la niña.
—¿Y cómo van a llamarse?
—El niño se llamará Deornoth, en
honor a mi amigo —contestó Josua, adelantándose un paso y dedicando a su esposa
y a sus hijos una mirada de puro orgullo—. Me sentiré muy satisfecho si muestra
la mitad de su nobleza cuando sea un hombre. —Fijó la mirada en la cara de la
pequeña—. Ella se llamará Derra.
—Es una palabra thrithinga que
significa «estrella» —explicó Vorzheva con una sonrisa—. Brillará con
intensidad y no será prisionera de las carretas como mi madre y mis hermanas.
—Son unos nombres estupendos —aprobó
Isgrimnur—. ¿Cuándo reciben la primera bendición?
—Nos vamos de aquí dentro de tres
días —repuso Josua sin dejar de mirar a su familia—. Celebraremos la ceremonia
antes de partir —se giró—, si Strangyeard puede hacerlo, claro está.
—¿Yo? —El archivero buscó entre los
presentes como si hubiera otro con el mismo nombre en la habitación—. Pero
ahora estamos en Nabban, Josua; hay una iglesia en cada altozano, y yo jamás he
celebrado la primera bendición.
—Vos nos casasteis a Vorzheva y a mí,
es decir, que no queremos a ningún otro ministro para el acto —replicó Josua
con firmeza—. A menos que vos lo rechacéis.
—¿Rechazarlo? Será un gran honor para
mí. ¡Por supuesto! Príncipe Josua, lady Vorzheva —dijo, al tiempo que se
acercaba a la puerta—, voy a buscar una copia del rito para aprenderlo.
—Estamos en un monasterio, no lo
olvidéis —añadió Isgrimnur—. No creo que tengáis que buscar mucho.
Strangyeard ya había desaparecido, e
Isgrimnur pensó que el sacerdote se sentía desbordado por la atención.
—Sí —terció Gutrun, tras un
carraspeo—. Bien, si todos vosotros habéis terminado de charlar, creo que ya es
hora de que Vorzheva y los pequeños descansen un rato. —Se dirigió a su
esposo—. Y tú, ve inmediatamente a la cama; eres un oso viejo y cabezota. Casi
se me para el corazón cuando te vi entrar en el monasterio en una camilla, y lo
mismo sentí ahora cuando llegaste aquí arrastrándote. ¿Es que has perdido el
juicio, Isgrimnur?
—Ya me voy, Gutrun —musitó cohibido—.
No me riñas.
—Vorzheva —habló Aditu, con un tono
sereno y sorprendentemente melodioso—, ¿permitís que los coja un momento en
brazos?
—Necesita descanso —sentenció Gutrun
con brusquedad. Isgrimnur creyó detectar algo más tras la acostumbrada firmeza
de sus ojos: un rastro de temor, tal vez. ¿Habría tenido ella el mismo
pensamiento que él?—. Y los niños también.
—Sólo un momento.
—Claro que sí —accedió Vorzheva, un
tanto perpleja también—. Sólo tenéis que pedirlo.
Aditu se inclinó y tomó a los
pequeños con delicadeza, primero a la niña y después al niño, y los meció en
sus brazos tiernamente. Los miró de uno en uno durante un rato y cerró los
ojos. Isgrimnur sintió un pánico inexplicable, como si un acontecimiento
catastrófico estuviera a punto de desencadenarse.
—Estarán tan cerca uno del otro como
sólo los hermanos pueden estarlo —entonó Aditu de súbito, con voz solemne y
profunda—, aunque vivirán separados mucho tiempo. La niña viajará por tierras
no holladas por los mortales, y perderá lo que más ame, pero hallará la
felicidad en lo que antes despreciara. Él recibirá otro nombre y jamás se
sentará en un trono, pero su mano aplastará y levantará reinos. —La sitha abrió
los ojos de par en par, y tenía el aspecto normal de un sitha a ojos de los
mortales.
—¿Es una especie de maldición?
—Gutrun estaba asustada, pero enfadada también—. ¿Qué derecho tenéis a ejercer
vuestra magia sitha sobre estos niños aedonitas?
—Paz, esposa —intervino Isgrimnur,
aunque estaba igualmente conmocionado por lo que había presenciado.
Aditu devolvió los pequeños a su
madre, que a su vez la miraba con un desconcierto supersticioso.
—Tal vez sea una especie de don —dijo
Josua, descontento como todos, aunque procuraba mantener un tono de voz normal—
pero, aun así, Aditu, nuestras costumbres no son como las vuestras...
—Esto no es cosa que hagamos los
sitha. —Aditu parecía tan sorprendida como todos—. Bien, a veces, los
nacimientos entre los nuestros van acompañados de ciertas profecías, pero no es
una costumbre establecida. No; es que... me llegó algo. Oí una voz al oído como
sucede a veces en el Sendero de los Sueños. Y creo, por alguna razón, que
era... la pequeña Leleth.
—Pero ella se encuentra en la
habitación contigua a la mía, en el pasillo —dijo Isgrimnur—. Lleva semanas
dormida... y nunca hablaba cuando estaba despierta. ¿Qué necedades son ésas?
—No lo sé. —A Aditu le brillaban los
ojos. Superada su sorpresa inicial, parecía divertirse a costa de la
incomodidad que había creado—. Lamento haberos asustado.
—Ya es suficiente —sentenció Gutrun—.
Estamos molestando a Vorzheva.
—No me molestáis —dijo la madre, que
ya había recuperado parte de su buen humor. Isgrimnur se preguntó si esas cosas
sucederían también entre sus gentes de los carromatos—. Pero sí que estoy
cansada.
—Vamos a llevaros a la cama,
Isgrimnur —terció Josua, mirando preocupado a su esposa—. Ya pensaremos en esto
más tarde. Supongo que deberíamos escribir... las palabras de Aditu; aunque, si
resultan ciertas, dudo que yo desee saber el futuro. Tal vez sea mejor
olvidarlas.
—Os ruego que me perdonéis —le dijo
Aditu—. Alguien deseaba que yo pronunciara esas palabras, y no creo que auguren
nada malo. Vuestros hijos parecen destinados a grandes acontecimientos.
—No estoy seguro de que esos augurios
sean buenos —replicó Josua—. Por lo que a mí respecta, ya he tenido más que
suficiente de grandes acontecimientos. —Se acercó a Isgrimnur y lo ayudó a
ponerse en pie.
—¿Creéis que será cierta esa
profecía? —preguntó el duque, una vez en el pasillo.
—Llevo mucho tiempo viviendo entre
sueños y profecías como para decir que es imposible, pero, como todas esas
cosas, seguro que encierra recovecos y trampas. —Suspiró—. ¡Madre piadosa,
amigo mío! Al parecer, ni siquiera mis hijos se verán libres de los misterios
que nos invaden.
A Isgrimnur no se le ocurrió nada que
pudiera consolar al príncipe, y cambió de tema.
—Así pues, Varellan se ha rendido. Me
gustaría haber presenciado el final de la batalla. Y Camaris, ¿se encuentra
bien? ¿Y Hotvig y los demás?
—Los dos están heridos, pero no es
grave. Estamos en muy buena forma, gracias a Seriddan y a sus barones nabbanos.
—Entonces, marcharemos hacia la misma
capital. ¿Dónde suponéis que Benigaris desplegará su ejército?
—No lo sé —contestó el príncipe,
inclinado por el peso del duque—, pero lo desplegará, no temáis... y tal vez no
salgamos tan bien parados de esa batalla. No me seduce la idea de ganar la
península tomando las casas una por una.
—Primero nos haremos una idea del
terreno, Josua, y después tomaremos una decisión. —A medida que se acercaban a
la habitación, aumentaban los deseos de Isgrimnur de verse reposando otra vez,
ansioso como un joven ante la perspectiva de un día de asueto.
«Te estás haciendo un blandengue», se
dijo. Pero en ese momento no le importaba. De mil amores pondría sus doloridos
huesos a descansar.
—Los niños están estupendamente,
Josua. —Se acomodó en el jergón—. No os dejéis consumir por las palabras de
Aditu.
—Siempre me consumo —replicó el
príncipe con una débil sonrisa—, de la misma forma que vos siempre
fanfarroneáis.
—¿Tan arraigados están nuestros
hábitos?— Isgrimnur bostezó para disimular el dolor feroz de las costillas y la
espalda—. Tal vez haya llegado el momento de ceder el relevo a los jóvenes.
—Tenemos que dejarles un mundo un
poco mejor que éste, si podemos. Hemos convertido en un barrizal el que
recibimos de nuestros mayores. —Tomó la mano de Isgrimnur un momento—. Ahora,
dormid, amigo mío.
Isgrimnur observó la partida del
príncipe, contento de que alguien al menos continuara en pie todavía.
«Espero que tengáis la oportunidad de
ver crecer a esos dos niños, y que sea así en ese mundo mejor del que habláis.»
Se acostó y cerró los ojos, a la
espera de que el sueño lo acogiera en sus dulces brazos.
XVIII
EL REY DE LAS SOMBRAS
L
a vida entera de Simón se había
reducido al largo de dos brazos: el suyo y el del rey. La pieza estaba a
oscuras. Los gélidos dedos de Elías lo tenían esposado.
—¡Habla! —exigió la voz, acompañada
de un soplo de vapor semejante a espuma de dragón, mientras que el propio
aliento de Simón resultaba invisible—. ¿Quién eres?
El joven se esforzó en encontrar
palabras, pero no consiguió emitir ningún sonido. Era una pesadilla, un
terrible sueño del que no podía despertar.
—¡Habla, maldito! ¿Quién eres?
El débil brillo de los ojos del rey
desaparecía entre las sombras que escondían su rostro.
—N... n... nadie —tartamudeó Simón—.
N... no... no soy n... nadie...
—¿De veras? —contestó Elías con acre
regocijo—. ¿Y qué te trae por aquí?
Simón se sentía incapaz de pensar ni
formular excusas.
—N... nada.
—De modo que no eres nadie ni te trae
nada —rió Elías con un sonido que recordaba el pergamino al romperse—. En tal
caso perteneces sin duda a este lugar, como todos los demás que carecen de
nombre. Deja que te mire —añadió, tirando del muchacho.
Simón se vio forzado a fijar la vista
en el rey. Costaba distinguirlo bien, dada la escasa luz, pero el joven tuvo la
impresión de que su aspecto no era del todo humano. Había en su pálido brazo un
cierto resplandor, parecido al centelleo de las aguas pantanosas, y, aunque la
cámara estaba húmeda y muy fría, la parte visible de la piel de Elías parecía
perlada de sudor. Aun así, y no obstante su semblante febril, el brazo del
soberano presentaba una robusta musculatura y su mano tenía una fuerza tremenda.
Algo largo y negro se apoyaba en la
pierna del rey. Una vaina. Simón notó lo que había dentro: era una sensación
tenue pero inconfundible, como una voz que llamara desde lejos. Aquel canto
penetró en lo más secreto de sus pensamientos..., pero sabía él que no podía
dejarse fascinar. El verdadero peligro se hallaba mucho más cerca.
—Veo que eres joven —dijo Elías,
despacio—. Y de tez clara. ¿Quién eres? ¿Acaso uno de los rimmerios negros de
Pryrates? ¿O un thrithingo?
Simón meneó la cabeza, pero no
respondió.
—Es igual —murmuró Elías—. Poco me
importa que Pryrates se sirva de unos instrumentos o de otros para su tarea.
¡Ah, observo que te inmutas! —agregó con ojos entrecerrados—. De sobra sé por
qué estás aquí. Ese maldito sacerdote tiene espías por todas partes. ¿Cómo no
iba a tenerlos también en su propia torre, pues, donde guarda secretos que ni
siquiera le revela a su amo, el rey?
La presión de Elías, cedió durante un
momento. A Simón se le disparó de nuevo el corazón, movido por la esperanza de
poder huir, pero lo único que hizo el rey fue cambiar de postura. Antes de que
el muchacho pudiera volver a pensar en una ocasión de escapar, la garra lo
sujetó con renovada fuerza.
«Sin embargo, debo permanecer alerta
—se dijo Simón, en lucha consigo mismo por no perder la confianza en seguir con
vida—. ¡Permita Dios que logre abrir otra vez la puerta de abajo!»
Un súbito tirón en el brazo lo hizo
ponerse de rodillas.
—¡Agáchate, chico, para que pueda
verte sin alargar demasiado el cuello! Tu rey está cansado, y le duelen los
huesos, ¡Qué extraño! —agregó después de un breve silencio—. ¡No tienes cara de
rimmerio, ni tampoco de jinete thrithingo! Más bien pareces uno de mis
campesinos erkynos. ¡Esos cabellos rojos! Pero dicen que los habitantes de las
praderas procedían de Erkynlandia, en tiempos muy remotos...
Simón tuvo nuevamente la sensación de
vivir un sueño. ¿Cómo era posible que Elías viese el color de su pelo, en
aquella oscuridad? El joven pugnaba por calmar su respiración y dominar el
miedo. ¡Él, que se había enfrentado a un dragón —a un dragón de verdad, no a un
humano como aquél— y que incluso había sobrevivido al espanto de los tenebrosos
túneles! Era preciso que conservase la serenidad, en espera de cualquier
ocasión.
—Hubo una época en que toda
Erkynlandia, todos los países de Osten Ard, eran como las praderas —continuó
Elías con voz sibilante—. Sólo la poblaban pequeñas tribus que constantemente
peleaban entre sí por los pastos. ¡Unos salvajes ladrones de caballos!
Hizo falta una mano muy dura para
cambiar eso —dijo después de aspirar a fondo el aire y soltarlo lentamente, con
lo que Simón notó un raro olor metálico—. Sí; es precisa una mano dura para
construir un reino. ¿Crees que los montañeses de Nabban no lloraron y
protestaron cuando aparecieron por primera vez los guardias del emperador? Pero
sus hijos lo agradecieron, luego, y los hijos de sus hijos ya no sabrían
acostumbrarse a otra cosa...
Simón no le veía sentido al parloteo
del rey, pero experimentó un aleteo de esperanza cuando la profunda voz se
apagó. Aguardó a que los latidos de su corazón recobraran un ritmo más normal,
y entonces intentó retirar cautelosamente el brazo, pero no pudo. Seguía sujeto
con energía. Elías tenía los ojos cerrados y parecía haber apoyado la barbilla
en el pecho. Pero no dormía.
—¡Y mira qué construyó mi padre!
—dijo el rey de pronto, con los ojos muy abiertos, como si fuese capaz de ver
más allá de la sombría habitación y su desordenado contenido—. ¡Un imperio como
el que los antiguos señores de los nabbanos ni se atrevían a soñar! Lo creó él
solo, con su espada, y luego lo protegió de los celosos humanos y los
vengativos inmortales. ¡Eso sí que era un hombre, un hombre de verdad, loado
sea Aedón! —exclamó con entusiasmo, y sus dedos ciñeron todavía más la muñeca
de Simón hasta casi triturarle los huesos, con lo que el chico jadeó de dolor—.
Y me lo dejó a mí para que yo cuidara de él, del mismo modo que uno de tus
antepasados labradores dejaba a su hijo una pequeña parcela y una escuálida
vaca. ¡Mi padre me legó el mundo! Pero eso no era suficiente, ¡no! No bastaba
con que yo conservara su reino, que mantuviese las fronteras y protegiera el
territorio de quienes ansiaban recuperarlo. Eso sólo constituye una parte del
gobierno. ¡Sólo una parte! Y no basta.
Elías parecía totalmente perdido en
sus pensamientos, departiendo como si lo hiciera con un viejo amigo. Simón se
preguntó si estaría borracho, pero su aliento no olía a alcohol; sólo
conservaba aquel extraño efluvio plomizo. En el joven aumentó la sensación de
estar atrapado, cosa que le producía asfixia. ¿Lo retendría allí el demente rey
hasta el regreso de Pryrates? ¿O administraría justicia él mismo al espía
capturado, cuando se cansara de hablar?
—Eso es lo que tu amo Pryrates nunca
entenderá —prosiguió Elías—. La lealtad. La lealtad a una persona o a una
causa. ¿Supones que le importa un bledo lo que a ti te ocurra? ¡Desde luego que
no! Ni siquiera un palurdo como tú sería tan tonto de creerlo. Cualquiera que
pase un momento en compañía del alquimista, se da cuenta de que su única
lealtad es para consigo mismo. Y en ese punto es donde no me comprende.
Pryrates sólo me sirve porque tengo poder. Si él pudiera ejercerlo, no
vacilaría en cortarme el cuello —afirmó con una risotada—. Al menos lo
intentaría. Y me gustaría que lo intentara. Pero yo tengo otro sentido de la
lealtad, tanto a mi padre como al reino que él supo establecer, y por ella
padecería todo cuanto fuese preciso.
De pronto se le quebró la voz. Simón
creyó que iba a ponerse a llorar.
—¡Y lo que he sufrido! —continuó
entonces—. ¡Sólo Dios lo sabe! Sufrí tanto como las almas condenadas que se
achicharran en el infierno. No dormía..., no dormía...
Otro silencio del rey. Precavido a
causa de la pausa anterior, Simón no se movió a pesar del sordo latido de sus
rodillas, oprimidas contra el duro suelo de piedra.
Cuando Elías habló de nuevo, su voz
había perdido algo de aspereza. Habríase dicho que era un hombre normal.
—Oye, ¿cuántos años tienes, muchacho?
¿Quince? ¿Veinte? De vivir Hylissa, habría podido darme un hijo como tú. Era
hermosa... Tímida como un potrillo, pero muy hermosa. Nunca tuvimos un hijo
varón. Ése fue el problema, ¿sabes? De haber nacido, ahora tendría tu edad,
aproximadamente, y nada de todo esto habría ocurrido.
El rey estrechó contra sí a Simón y
luego posó una fría mano en su cabeza, como si fuese a proceder a alguna
bendición ritual. La empuñadura de doble guardamano de la espada llamada Dolor
se hallaba a escasos centímetros del brazo de Simón. Era un arma que encerraba
algo horrible, y la idea de que pudiera tocar su carne lo hizo ansiar apartarse
entre gritos, pero aún lo asustaba más lo que tal vez sucedería si arrancaba al
rey de aquel extraño sueño despierto. En consecuencia, mantuvo rígido el brazo
y ni siquiera se movió cuando Elías comenzó a acariciarle suavemente los
cabellos, a pesar de que con ello le producía escalofríos.
—Un hijo. Era lo que necesitaba. Un
hijo al que habría podido educar como mi padre hizo conmigo, un hijo que
entendiera lo que realmente hacía falta. Las hijas... —Aquí, el rey se
interrumpió y respiró varias veces con brusquedad—. Yo tenía una hija. En otros
tiempos. Pero una hija no es lo mismo. Has de confiar en que el hombre con
quien se case tenga sentido común y sea de buena estirpe, porque le tocará
gobernar. ¿Y qué hombre que no sea de la propia sangre merecerá de un padre
tanta confianza como para depositar en sus manos todo un mundo? Aun así, yo lo
habría intentado. Sí, pero ella... ¡Maldita e insolente criatura! Se lo di todo
—añadió en voz más alta—. ¡Le di la vida! Y, en pago, mi hija escapó. Todo se
redujo a cenizas. ¿Dónde estaba mi hijo? ¿Dónde?
La mano del rey agarró con tanta
fuerza los cabellos de Simón, que pareció dispuesta a arrancar un mechón
entero. El muchacho se mordió el labio para no gritar, alarmado por el cambio
operado en la locura de Elías. La voz procedente de las sombras del sillón se
hizo más potente.
—¿Dónde estabas? Esperé hasta el
último momento, porque tenía que ocuparme de mis cosas. Un rey no puede
esperar, como comprenderás. ¿Dónde demonios te habías metido? ¡Un rey no puede
esperar, repito! En el caso contrario, las cosas empiezan a caerse a pedazos.
¡Sí, todo se desmorona, y todo cuanto mi padre me dejó se habría perdido! ¡Se
habría perdido!—gritó Elías, al mismo tiempo que se inclinaba tanto, que su
cara quedó a un palmo de la de Simón—. ¡Se habría perdido! —jadeó, sibilante y
con la cara sudorosa—. ¡Porque tú no venías!
El joven se encogió, sintiéndose como
un conejo en las fauces de la zorra. El corazón le latía con tremenda
violencia. Y, cuando la mano del rey le soltó los cabellos, agachó la cabeza en
espera del golpe.
—Pero Pryrates vino a mí —susurró
Elías—. Me había fallado en la primera tarea, pero vino a mí con palabras, con
palabras semejantes a humo. Vi un modo de arreglar las cosas... Me constaba que
él sólo ansiaba el poder. ¿Lo ves? Eso es lo que hace un rey, hijo mío. Utiliza
a quienes buscan utilizarlo a él, ¡Ese es el modo! Y lo que mi padre me enseñó,
sí. Por consiguiente, escucha. Yo lo utilicé como él me había utilizado a mí.
Pero, ahora, su mezquino plan está en marcha y Pryrates se propone mantenerlo
escondido. ¡Ah, mas yo tengo mis maneras de conocerlo! ¿Te das cuenta? Y no
necesito espías, ni gañanes acechando por los rincones. Aunque no oiga las
voces que aullan durante mis insomnes noches, yo, el rey, no soy tonto. ¿Qué
significa ese viaje a Wentmouth, y eso de que Pryrates debe volver allí cuando
se eleve el astro rojo? ¿Qué hay en Wentmouth, aparte de una colina y una
fogata de orientación? ¿Qué diantre hay que hacer allí que no esté hecho ya?
Pryrates afirma que es parte del gran plan, pero yo no lo creo. ¡No lo creo,
simplemente!
Ahora, Elías jadeaba encorvado y
movía los hombros como si quisiera tragar saliva sin conseguirlo. Simón intentó
apartarse, mas seguía con el brazo aprisionado. Se dijo que, si daba un fuerte
tirón hacia atrás, quizá lograra soltarse, pero la sola idea de lo que
ocurriría si fallaba, si el rey volvía a preguntarse quién diablos era él y qué
hacía allí, bastó para hacerlo permanecer tembloroso de rodillas junto al
trono. Y las siguientes palabras de Elías alejaron de su cabeza todo
pensamiento referente a la huida.
—Tendría que haberme dado cuenta de
que algo no encajaba, cuando Pryrates me habló de las espadas —graznó el rey—.
No soy tan tonto como para dejarme asustar por semejantes leyendas. Sin
embargo, la espada de mi padre... ¡me quemó! Como si estuviera endemoniada.
Entonces recibí... la otra —continuó y, aunque Dolor pendía a escasos
centímetros de su cadera, él no la miró, sino que fijó los ojos en el techo—.
Ésta me... me cambió. Pryrates dice que para bien. Pero según él, no alcanzaré
lo que me prometió si no mantengo el trato. Mas este dichoso objeto está ahora
dentro de mí, como mi propia sangre. Me canta durante toda la noche. ¡Incluso
de día me parece tener un diablo en mi interior! ¡Maldita espada!
Simón esperaba que Elías dijese algo
más, pero el soberano había caído en un nuevo silencio, únicamente interrumpido
por su agitada respiración, siempre con la cabeza hacia atrás. Por fin, cuando
el rey parecía haberse dormido de veras o, al menos, ya no recordaba en
absoluto lo dicho, Simón se atrevió a hablar.
—¿Y... la espada de vuestro padre?
¿Dónde está?
Elías bajó la vista.
—En su tumba.
Sus ojos se clavaron por espacio de
unos instantes en los de Simón. Luego se tensaron los músculos de su mandíbula
y una fea mueca le hizo enseñar lo dientes.
—¿Y a ti qué te importa eso, espía?
¿Para qué quiere saber Pryrates dónde está la espada? He oído hablar de ella,
en la noche... ¡He oído muchas cosas!
De repente, sus dedos agarraron la
cara del joven como cintas de acero. Elías tuvo un fuerte acceso de tos y le
costó recobrar el aliento, mas no por eso aflojó la presión.
—Tu amo se habría sentido orgulloso
de ti, sí llegas a escapar para contárselo. Conque la espada, ¿eh? ¡La espada!
¿Forma parte de su plan, el utilizar la espada de mi padre contra mí?
El rostro del rey chorreaba sudor.
Sus ojos eran ahora negros como el carbón, dos agujeros en un cráneo lleno de
vibrante oscuridad.
—¿Qué diablos planea tu amo?
—resolló—, ¡Dímelo!
—¡Pero si yo no sé nada! —gritó
Simón— ¡Lo juro!
Elías se vio sacudido por una
violenta tos. Se echó hacia atrás en el trono y soltó la cara de su prisionero.
Simón sintió una quemazón de hielo, allí donde lo habían tocado los dedos del
rey. La mano que le sujetaba la muñeca se tensó cuando el monarca volvió a
toser y a luchar contra sus dificultades para respirar.
—¡Que Dios lo maldiga! —dijo Elías
con fatiga—. ¡Ve en busca de mi escanciador!
Simón quedó tan inmóvil como un ratón
asustado.
—¿Me oyes? —bramó el rey, dejando la
muñeca del muchacho para hacer un gesto impaciente—. Busca al monje y dile que
me traiga la copa. ¡Que venga mi escanciador! —agregó, aspirando el aire de
manera ruidosa.
Simón retrocedió con cuidado hasta
quedar fuera del alcance del rey. Elías se hallaba nuevamente envuelto en
sombras, pero su fría presencia era todavía manifiesta. Al joven le latía aún
el brazo, allí donde lo había tenido sujeto Elías, pero el dolor resultaba
insignificante en comparación con la sobrecogedora posibilidad de escapar. Se
puso de pie como pudo y, al hacerlo, voló una pila de libros. El sordo golpe
hizo estremecer a Simón, mas el rey no se movió.
—¡Tráelo! —se limitó a gruñir.
Simón se dirigió lentamente hacia la
puerta, convencido de que, en cualquier momento, oiría las pisadas del rey tras
él. Llegó al rellano, desde donde ya no veía el trono, y al momento estuvo en
la escalera. A pesar de que la antorcha estaba a su alcance, ni siquiera la
tomó, sino que bajó a toda prisa en plena oscuridad, pisando de manera tan
firme como si caminase por un prado a la luz del sol. ¡Había conseguido la
libertad! Contra todo lo que había podido esperar, ¡estaba libre! ¡Libre!
En los peldaños más próximos al
primer rellano había una mujer menuda y morena. Cuando ésta se apartó en
silencio para dejarlo pasar, el joven creyó ver brevemente sus amarillentos
ojos.
Simón abrió de golpe las puertas de
la torre y salió al neblinoso bastión interior, ahora iluminado por la luna.
Tenía la sensación de poseer alas y poder volar a los nublados cielos. Pero no
había dado más de dos pasos cuando tuvo encima a las mudas figuras vestidas de
negro, que le asieron ambos brazos con tan férrea fuerza como poco antes el
rey. Los blancos rostros lo miraron con frialdad. Aquellas nornas no parecían
nada extrañadas de haber capturado a un desconocido mortal delante de la Torre
de Hjeldin.
Cuando Raquel retrocedió asustada,
dejó caer al suelo lo que llevaba en las manos, y el ruido la hizo estremecer.
El crujido de las pisadas se hizo más
intenso, y por el túnel avanzó un resplandor semejante al de la aurora. Quienes
fueran pronto llegarían a su altura. Apretada contra una grieta de la pared de
roca, la mujer buscó dónde esconder su lámpara. Por último, ya desesperada,
colocó entre sus pies la delatora luz e, inclinándose sobre ella, la cubrió con
su capa como una cortina, de forma que el dobladillo quedaba apoyado en el
suelo. Confiaba en que las antorchas que los hombres llevaban los cegarían lo
suficiente, de modo que no descubriesen la claridad que sin duda se filtraría a
través de la ropa. Raquel apretó los dientes y oró en silencio. El aceitoso
tufo de la lámpara empezaba a marearla.
Los individuos que se aproximaban lo
hacían despacio. Demasiado despacio para que les pasase inadvertida una añosa
mujer allí agazapada... Raquel temió morir, si se detenían.
—... si tanto estiman a esos seres
blanquinosos, debieran hacerlos trabajar —dijo una voz—. Todo cuanto nos manda
hacer el sacerdote, es retirar piedras y porquería, y correr de un lado a otro
con sus recados. ¡Ésta no es ocupación para unos guardias!
—¿Y quién eres tú para quejarte?
—preguntó otro hombre.
—No porque el rey dé mano libre al de
la túnica roja, tenemos nosotros que... —insistió el primero, pero se vio
interrumpido por un tercero, que cacareó entre risas:
—¿Piensas decirle tú lo que tiene que
hacer? ¡Te comería para cenar y, luego, arrojaría tus huesos a los perros!
—¡Cállate! —replicó el que había
hablado primero, aunque su tono no pareció muy seguro, y agregó menos
alterado-: En cualquier caso, aquí abajo hay algo que no me gusta nada,
¡absolutamente nada! Vi una de esas cadavéricas caras esperando entre las sombras,
para hablar con él...
El chirrido de las botas disminuyó y,
al cabo de unos momentos, el corredor volvió a quedar en silencio.
Todavía jadeante, Raquel recogió su
capa y salió entre tambaleos de su escondrijo. El humo de la lámpara parecía
haber penetrado realmente en su cabeza, porque tuvo la sensación de que hasta
las paredes se inclinaban. La mujer necesitó apoyarse en una mano.
—Bendita santa Rhiappa —rezó en un
inaudible murmullo—, ¡gracias por proteger de los perversos a tu humilde
sierva! ¡Gracias por cegar sus ojos en el momento preciso!
Pero en el acto vio más soldados.
Llenaban, cual hormigas, todos los túneles existentes debajo del castillo. El
nuevo grupo era ya el tercero, si bien a éste sólo lo oía, y no cabía duda de
que habría muchos más. ¿Qué buscaban en esas profundidades? Aquella parte del
castillo había permanecido inexplorada durante años y años...
Eso era, precisamente, lo que la
había animado a investigar por allí. Pero ahora, algo habría llamado la
atención de los hombres del rey. Pryrates les mandaba excavar, por lo visto,
pero... ¿en busca de qué? ¿Podría tratarse de Guthwulf?
A Raquel la dominaba un temeroso
enojo. ¡Pobre anciano! ¿Acaso no había sufrido ya bastante con la pérdida de la
visión y, por si eso fuera poco, con ser ahuyentado de la fortaleza? ¿Qué
querrían de él? Desde luego había sido el más íntimo consejero del Supremo Rey,
antes de su huida. Quizá conociese algunos secretos que Elías andaba
desesperado por poseer. Debía de tratarse de algo terriblemente importante para
enviar a tantos soldados a recorrer ese triste mundo subterráneo.
Sí; tenía que ser algo relacionado
con Guthwulf. ¿A qué otra persona podrían buscar en aquellas profundidades? En
ningún caso irían detrás de ella, ya que poco papel jugaba una encargada de las
sirvientas en los planes de los poderosos. Guthwulf, en cambio, se había
peleado con Pryrates, ¿no? ¡Pobre Guthwulf! Hacía bien en mirar de encontrarlo,
porque el conde se hallaba en un peligro tremendo. Pero ¿cómo podía proseguir
ella sus escudriñamientos, con los pasadizos ahora atestados de soldados y...
de cosas peores, si era cierto lo que parecían decir los hombres? ¡Tendría
suerte si lograba regresar a su refugio sin ser descubierta!
«Así es, vieja —se dijo—. Por poco te
pescan esta vez. Es una presunción esperar que la santa vuelva a echarte una
mano, si persistes en tus tonterías. Recuerda lo que solía decir el padre
Dreosan: "Dios puede hacerlo todo, mas no protege a los orgullosos de la
suerte que ellos mismos se buscan".»
Raquel permaneció en la galería
mientras esperaba que su respiración se calmara. En todo el túnel no se
percibía otra cosa que los acelerados latidos de su propio corazón.
«Bien —pensó—. A casa. A reflexionar
un poco.»
Agarró su saco y echó a andar
corredor arriba.
La escalera resultaba pesada. Raquel
tuvo que pararse con frecuencia a descansar apoyada en la pared. Su creciente
debilidad no contribuía ciertamente a darle ánimos. En un mundo mejor, no tan
lleno de pecados, quienes siguieran la senda de la rectitud no padecerían
semejantes golpes y despechos. Pero en este mundo todas las almas eran
sospechosas, y la adversidad, como Raquel el Dragón había aprendido de su
madre, era la prueba a que Dios las sometía. Confiaba en que la carga que ahora
le tocaba llevar le sirviera en su día en la Gran Balanza.
«Eso espero, Aedón Rescatador —se
dijo con cierta acritud—. Si mi carga terrena se hace aún más pesada, el día
del Juicio Final flotaré como una semilla de diente de león. ¡Ay, Raquel, vieja
imbécil! —pensó con áspera sonrisa, ante su propia impiedad—. ¡Presta atención!
Todavía no es demasiado tarde para poner en peligro tu alma...»
Esa idea encerraba algo extrañamente
tranquilizador. La mujer reanudó la subida con nuevos bríos.
Había dejado atrás el hueco y un
nuevo tramo de escalera, cuando se acordó del plato. Lo más probable era que
nada hubiese cambiado desde que lo había mirado por la mañana, en su camino
hacia abajo, pero aun así no estaría bien zafarse de su deber. Raquel,
encargada de las sirvientas de Hayholt, no se zafaba de una obligación. Pese a
que le dolían los pies y sus rodillas protestaban, y aunque la mujer deseaba
con toda su alma llegar a su cuartucho y acostarse, se forzó a dar media vuelta
y descender de nuevo la escalera.
El plato estaba vacío.
Raquel lo contempló durante un rato.
Sólo poco a poco comprendió lo que aquello significaba.
Guthwulf había regresado.
La buena mujer se sorprendió de verse
con el plato en las manos, sollozando. «¡Vieja chocha! —se riñó a sí misma—.
¿Por qué diantre lloras ahora? ¿Porque un hombre que nunca te habló ni conoce
tu nombre..., y que tal vez ni siquiera recuerde ya el suyo..., haya venido y
haya cogido un trozo de pan y una cebolla de este plato?»
Pero, incluso mientras se reprendía,
notó aquella ligereza de la semilla de diente de león que un rato antes se
había imaginado. ¡Guthwulf no había muerto! Si los soldados iban en su busca,
todavía no lo habían encontrado. Era como si el conde supiese lo preocupada que
ella estaba. Era un pensamiento absurdo, desde luego, pero no podía dejar de
sentir que algo de suma importancia había sucedido.
Cuando se hubo serenado, se enjugó
bruscamente las lágrimas con la manga, tomó queso y frutas secas de su bolsa y
volvió a llenar el plato. Examinó después la tapada escudilla: también el agua
había desaparecido. Vació entonces su propio odre en el cuenco. Los túneles
eran un lugar seco y polvoriento, y el pobre hombre no tardaría en estar
sediento de nuevo.
Cumplida la satisfactoria tarea,
Raquel reemprendió el ascenso, y ahora le parecían menos pesados los peldaños.
No había visto a Guthwulf, pero le constaba que vivía. El hombre sabía adónde
acudir, y sin duda volvería. La próxima vez, quizá se quedara y le diese
ocasión de hablar con él.
Sin embargo, ¿qué le diría?
¡Cualquier cosa, cualquier cosa! ¡Lo
importante sería tener con quien cruzar unas palabras! ¡Alguien con quien
conversar un poco!
Entonando un canto por lo bajo,
Raquel retornó a su rincón.
La fuerza de Simón parecía agotarse.
Cuando las nornas lo condujeron a través del patio del bastión interior, las
rodillas le cedieron. Sin titubear, las dos inmortales lo alzaron por los
brazos hasta que sólo los dedos de los pies del joven rozaban el suelo.
A juzgar por su silencio y sus
pétreas caras, podrían haber sido estatuas de mármol blanco que por arte de
magia se moviesen. Sólo los negros ojos, que iban de un lado a otro del oscuro
patio, correspondían a criaturas vivas. Cuando una de ellas habló quedamente en
la sibilante y chasqueante lengua del Pico de las Tormentas, resultó tan
sorprendente como si los muros del castillo se hubieran reído.
Lo dicho por una de las nornas halló,
por lo visto, la aprobación de la compañera. Cambiaron ligeramente de
dirección, pues, y llevaron al prisionero hacia donde se alzaban los
principales edificios de Hayholt.
Medio atontado, Simón se preguntó qué
pretenderían hacer con él, aunque en realidad nada podía esperar. De poco había
servido como espía, primero metiéndose en las garras del rey para, a
continuación, caer en brazos de las nornas. Ahora pagana toda su imprudencia.
«¿Qué me harán? —pensó, vencido por
el agotamiento y el miedo—. Yo no les diré nada. ¡De ningún modo traicionaré a
mis amigos!»
No obstante el estado de confusión en
que se encontraba, Simón sabía que tendría poca posibilidad de mantener el
silencio cuando Pryrates regresara. Binabik estaba en lo cierto. Había sido un
imperdonable imbécil.
«Pero yo buscaré la manera de
matarme, si es preciso.»
¿Podría hacerlo? Según el Libro de
Aedón, era pecado..., y él le temía a la muerte, temía emprender el oscuro
camino por su propia elección. De todos modos, era muy improbable que se le
presentara la oportunidad de escapar. Las nornas le habían arrebatado el
cuchillo de hueso qanuc, y las veía suficientemente capaces de hacer fracasar
cualquier intento suyo.
Las paredes interiores, cubiertas de
bajorrelieves que representaban a animales míticos y santos apenas mejor
conocidos, destacaban a través de la penumbra. La puerta se hallaba medio
abierta, y detrás dominaban las más profundas sombras. Simón quiso desasirse,
pero blancos dedos lo sujetaban inflexibles. Entonces estiró el cuello, ansioso
por ver al menos un poco de cielo.
En la lóbrega noche, entre la torre
de Pryrates y la del Ángel Verde, había una mancha de centelleante luz roja:
una estrella de enojado color escarlata.
Los pobremente iluminados corredores
parecían interminables. El castillo de Hayholt siempre había tenido fama de ser
el más formidable, pero, aun así, Simón quedó asombrado al comprobar lo grande
que era. Habríase dicho, además, que detrás de cada puerta surgían nuevos
pasadizos. Y a pesar de que, afuera, la noche estaba en calma, los corredores
eran barridos por gélidas corrientes de aire. El joven sólo vio algunas
huidizas formas en los extremos opuestos de las galerías, pero las sombras
vibraban llenas de voces y extraños sonidos.
Sin dejar de agarrarlo con firmeza,
las nornas hicieron pasar a Simón por una puerta que daba a una empinada y
angosta escalera. Después de un largo descenso, durante el cual él iba tan
apretado entre las dos silenciosas inmortales que tenía la sensación de que su
fría piel le extraía el calor de su propio cuerpo, alcanzaron otro pasadizo y,
rápidamente, bajaron una nueva escalera.
«Me conducen a los túneles
subterráneos —pensó Simón, desesperado—. ¡Otra vez a los túneles! ¡Ay, cielos,
me veré envuelto en la negrura!»
Al final se detuvieron ante una gran
puerta de roble zunchada de hierro. Una de las nornas extrajo una enorme y
basta llave de su manto, la metió en la cerradura y abrió de un tirón. Una
oleada de aire caliente y humoso le dio en la cara al muchacho, produciéndole
escozor en la nariz y los ojos.
Simón vaciló tontamente por espacio
de unos momentos, en espera de lo que pudiera ocurrir. Cuando al fin alzó la
vista, los inexpresivos ojos negros de las nornas le devolvieron la mirada.
¿Era eso la celda que le aguardaba? ¿O sería el lugar al que arrojaban los
cuerpos de sus víctimas?
Cuando el joven tuvo la necesaria
fuerza para hablar, dijo:
—Si queréis que entre ahí, tendréis
que empujarme.
Y tensó los músculos, dispuesto a
resistirse.
Una de las nornas le dio un empellón.
Simón trató de cogerse a la puerta y titubeó un instante en el umbral, hasta
que perdió el equilibrio y cayó al vacío.
Porque allí no había suelo.
Segundos después comprobó que sí
había, aunque varios codos más bajo que la entrada. El muchacho se golpeó
contra la desigual piedra y, luego, avanzó tambaleante con un grito de susto y
dolor. Volvió a desplomarse, entre jadeos, y contempló los reflejos de la luz
del fuego en el techo sorprendentemente alto. El ambiente estaba lleno de
extrañas voces sibilantes cuando arriba, de pronto, la norna cerró la puerta
con llave.
Simón rodó hacia un lado y vio que no
se hallaba solo en aquel lugar. A poca distancia de él había una media docena
de hombres vestidos de manera rara, si es que en realidad se trataba de seres
humanos, ya que sus caras estaban casi totalmente cubiertas de harapos. Lo
miraban, mas no hicieron movimiento alguno en dirección a él. Simón se dijo
que, si eran torturadores, debían de estar cansados de su trabajo.
Más allá se extendía una caverna que
parecía más apropiada para animales que para personas. Unas cuantas mantas muy
andrajosas se hallaban apiladas contra las paredes cual nidos vacíos. Y un
abrevadero lleno de agua, en cuya superficie se reproducía el rojo resplandor,
parecía contener metal fundido. En vez de una sólida pared de roca, que era lo
lógico en una celda, el otro extremo de la cueva se abría a otro espacio mayor,
una amplia zona inundada de una luz intensa y, al mismo tiempo, parpadeante. En
alguna parte sonó una atormentada voz.
Simón estaba desconcertado. ¿Lo
habían conducido a los pozos de llamas del infierno? ¿O habían montado las
nornas su propia versión del averno para martirizar a sus prisioneros
aedonitas?
De repente, aquellas figuras que
hasta entonces habían permanecido impasibles como animales dedicados a pacer,
se dispersaron enseguida por los lados de la caverna, y Simón vio aparecer una
figura terriblemente familiar en el espacio existente entre ambas cuevas. Sin
pensarlo, se agazapó en un rincón protegido por las sombras y se tapó los ojos
con una pestilente manta.
Pryrates todavía estaba de espaldas a
la menor de las cavernas y a Simón, gritándole a alguien no visible. La cabeza
del alquimista parecía rodeada de un arco de fuego. Tras unas últimas palabras,
Pryrates dio media vuelta y avanzó con fuerte crujido de tacones entre la
rocalla del suelo en dirección hacia donde se encontraba él. Pero cruzó la
caverna y subió los peldaños que llevaban al estrecho saliente de piedra, donde
apoyó la mano en la puerta, lista se abrió hacia afuera y se cerró de nuevo con
un sordo golpe.
Simón se había creído incapaz de más
temor o sorpresa, pero ahora estaba boquiabierto de pasmo. ¿Qué hacía allí
Pryrates, si había dicho que iba a Wentmouth? Hasta el rey lo creía. ¿Por qué
engañaba el alquimista a su amo?
«¿Y qué es este sitio, además?»
El joven levantó la vista al percibir
un ruido cercano. Una de las harapientas figuras se le aproximaba con la
dolorida lentitud de un hombre muy anciano. El individuo —cuyos ojos, que
asomaban por encima de la tela, eran evidentemente humanos— se paró delante de
Simón y lo miró durante unos segundos. Dijo algo, pero llevaba la boca
demasiado tapada para que se le pudiera entender.
—¿Qué?
El hombre alzó una mano y, poco a
poco, retiró de su cara el rígido harapo. Estaba increíblemente demacrado, y el
arrugado rostro aparecía casi totalmente cubierto por unos grises bigotes. Sin
embargo, había algo en él que hacía sospechar que era más joven de lo que
representaba.
—Tuviste suerte, esta vez —dijo el
desconocido.
—¿Suerte? —repitió Simón, sin saber
qué pensar.
¿Lo habrían encerrado las nornas con
unos locos?
—Sí. Tienes suerte de que el
sacerdote tenga ahora otras ocupaciones. Y de que, en estos momentos, no haya
más tareas para las que necesite prisioneros.
—No sé de qué hablas.
Simón se puso de pie, aunque
magullado a causa de la reciente caída.
—Tú..., tú no eres herrero —agregó el
individuo, con ojos entrecerrados—. Vas sucio, pero no llevas manchas de humo.
—Me capturaron las nornas...
—contestó Simón tras una breve vacilación. En realidad no tenía motivo para
desconfiar de aquel hombre, pero... tampoco lo tenía para confiar en él—. Las
Zorras Blancas —especificó al ver que el otro no sabía bien de qué le hablaba.
—¡Ah! Aquellas diablas... —dijo al
fin el hombre, al mismo tiempo que hacía una rápida señal del Árbol—. A veces
las vemos, pero sólo de lejos. Son unos seres descreídos y monstruosos. No le
expliques a nadie que no eres herrero —añadió de pronto, en un susurro,
acercándose un poco más a Simón después de mirarlo de arriba abajo—. Ven
conmigo.
Y lo condujo hacia un lado. Los demás
tipos enmascarados levantaron brevemente la vista, mas el recién llegado no
pareció interesarles demasiado. Sus ojos eran tan inexpresivos como los de los
peces sacados del agua.
El hombre alargó el brazo hacia una
maraña de mantas, y de ella extrajo por fin una mascarilla protectora del humo
y una mugrienta y rasgada camisa.
—Toma esto... Pertenecía al viejo
Piernas Torcidas, pero allí donde está ahora no lo echará de menos. Y a ti te
dará el mismo aspecto que los demás.
—¿Es lo que me conviene?
A Simón le costaba hacer trabajar su
atontada cabeza.
Por lo visto, se hallaba en la
fragua. Pero ¿por qué? ¿Era eso el único castigo por espiar? ¿Ser destinado a
la fundición del castillo? Parecía asombrosamente poco severo.
—Si no quieres matarte trabajando
—murmuró el hombre, pero le sobrevino un acceso de tos tan brusco, que daba la
sensación de subirle desde los pies, con lo que tardó algo en poder volver a
hablar—. Si el doctor descubre que eres nuevo, te va a agotar. Y es más:
¡cuidado con él! Mejor que no se dé cuenta de tu presencia —añadió en un tono
muy convincente.
Simón se contempló los grasientos
harapos.
—Gracias. ¿Cómo te llamas?
—Stanhelm —contestó el hombre, otra
vez entre toses—, tampoco les digas a los demás que eres nuevo, o correrán a
decírselo al doctor tan deprisa que se les saltarán los ojos. Si acaso,
explícales que transportabas cubos de mineral. Esa gente duerme en otro rincón
del lado de enfrente, pero las Zorras Blancas y los soldados devuelven por esta
puerta, de mala manera, a todos los que intentan escapar, tanto si proceden de
una parte como de otra. Quedamos pocos, y el trabajo es mucho —musitó con
tristeza—. Por eso no te mataron. Porque haces falta aquí. ¿Cómo te llamas,
muchacho?
—Seomán —respondió éste, mirando a su
alrededor.
Los restantes herreros habían caído
en un despreocupado silencio. Casi todos estaban enroscados en sus delgadas
mantas y con los ojos cerrados.
—¿Quién es ese doctor?
Por espacio de un segundo, el sonido
de aquella palabra lo había llenado de una loca esperanza, pero Morgenes,
aunque hubiera logrado sobrevivir al espantoso incendio, sería incapaz de tener
amedrentada a esa pobre gente.
—Ya lo conocerás suficientemente
pronto —dijo Stanhelm—. No tengas prisa.
Simón se cubrió la cara con la tira
de tela. Apestaba a humo, suciedad y otras cosas, y no parecía fácil respirar a
través de ella. Así se lo comentó al compañero.
—Manten el trapo mojado. Darás
gracias al Rescatador por disponer de él. En caso contrario, el fuego te
penetraría por la garganta hasta quemarte las entrañas. Y ponte también la
camisa —indicó con el ennegrecido dedo.
Luego echó un nervioso vistazo por
encima del hombro a los demás forjadores.
Simón le entendió. Tan pronto como
llevara la camisa, no se distinguiría en nada de los demás y no llamaría la
atención. Todos iban encorvados y estaban, sin duda alguna, destrozados por
completo. Por poco que pudieran, preferían pasar inadvertidos.
Cuando hubo introducido la cabeza por
el agujero del cuello de la prenda, vio una alta figura que avanzaba hacia él
entre tambaleos. Durante unos instantes, Simón creyó que uno de los gigantes de
la nieve había encontrado el camino de Hayholt.
La gran cabezota se movió despacio de
un lado a otro, y la máscara de maltrecha carne se arrugó todavía más a causa
del enojo.
—¡Dormís demasiado, ratas! —rugió—.
¡Hay trabajo que hacer! El sacerdote lo quiere todo listo.
Simón agradeció a Jesuris la raída
tela que lo convertía en otro cautivo sin rostro. Sabía que aquel monstruo
tuerto traía el horror consigo.
«¡Ay, Madre de Misericordia! ¡Me
entregaron a Inch!»
XIX
TAIMADO COMO EL TIEMPO
S
uponéis que Simón puede estar por ahí
abajo?
Binabik alzó la vista de su cordero
acecinado, que había estado cortando en trozos pequeños. Era su comida de la
mañana, si es que podía hablarse de mañana en un lugar falto de sol y de cielo.
—Si se encuentra en los subterráneos
—repuso el hombrecillo—, temo que sólo haya una pequeña posibilidad de dar con
él. Lo siento, Miriamele, pero hay kilómetros y kilómetros de túneles.
¡Imaginarse a Simón caminando solo y
en la oscuridad! Tal idea le dolía profundamente. ¡Se había mostrado tan cruel
con él!
Desesperada por pensar en algo
distinto, Miriamele preguntó:
—¿De veras construyeron los sitha
todo esto?
Las paredes eran tan altas, que la
luz de las antorchas no alcanzaban el techo. Encima de ellos no tenían más que
una intensa capa negra y, de no ser por la ausencia de estrellas y de aire
libre, ella y el gnomo podrían haberse hallado sentados bajo la nocturna bóveda
celeste.
—Lo construyeron con ayuda de sus
primos, según leí... Precisamente de aquellos seres cuyos mapas vos copiasteis.
Otros inmortales, amos de la piedra y la tierra. Eolair afirma que algunos
todavía viven debajo de Hernystir.
—¿Quién podría vivir allí abajo?
—exclamó la princesa—. ¡Sin ver nunca el día!
—No me entendéis —sonrió el gnomo—.
Asu'a estaba inundada de luz. El castillo en que vos vivíais fue edificado
encima de la gran casa de los sitha. Asu'a tuvo que ser sepultada para que
pudiera surgir Hayholt.
—¡Pero no tenía por qué permanecer
enterrada! —protestó Miriamele.
—Nosotros, los qanuc —contestó
Binabik—, creemos que el espíritu de un hombre asesinado no puede reposar, y
que se introduce en el cuerpo de un animal. En ocasiones persigue a quien lo
mató, y otras veces se queda en los lugares que más amó. En cualquier caso, el
espíritu no encuentra la paz hasta que se haya descubierto la verdad y el
crimen tenga su merecido castigo.
Miriamele pensó en los espíritus de
todos los sitha asesinados y se estremeció. Había percibido más de un extraño
eco desde su entrada en los túneles existentes debajo de San Sutrino.
—No pueden descansar.
Binabik alzó una ceja.
—Aquí hay algo más que espíritus
inquietos, princesa.
—Bien, pero... eso es lo que es el
Rey de la Tormenta, ¿no? —preguntó en voz más baja—. Un alma asesinada que
busca venganza.
El gnomo puso cara de preocupación.
—No me gusta hablar de tales cosas en
este sitio. Además recuerdo que él mismo se provocó la muerte.
—Porque los rimmerios lo tenían
cercado y lo iban a matar de todos modos.
—Hay cierta verdad en lo que decís
—admitió Binabik—, pero os suplico que no sigáis. Ignoro qué puede haber por
aquí, y qué oídos nos escuchan. Por consiguiente opino que, cuanto menos
hablemos de esos asuntos, mejor estaremos. En muchos aspectos.
Miriamele inclinó la cabeza, de
acuerdo con él. De hecho, se arrepentía de haber tocado el tema. Después de más
de un día andando por las desconcertantes sombras, la idea del enemigo no
muerto estaba ya suficientemente cerca.
La primera noche no habían penetrado
mucho en los túneles. Los pasadizos de las catacumbas situadas debajo de San
Sutrino habían ganado gradualmente en anchura, empezando pronto a descender
hacia el interior de la tierra. Después de la primera hora, Miriamele tenía ya
la sensación de encontrarse incluso a más profundidad que el lecho del hondo
lago Kynslagh. Pronto habían descubierto un lugar relativamente confortable
donde descansar y comer algo. Apenas transcurrido un rato, ambos se dieron
cuenta de lo fatigados que estaban, por lo que extendieron sus capas para
dormir. Una vez despierto Binabik había encendido de nuevo las antorchas con
ayuda de un pequeño recipiente de barro en el que, de un modo u otro, mantenía
encendida una chispa. Y después de unos bocados de pan y algunas frutas secas,
rociado todo ello con agua tibia, emprendieron nuevamente la marcha.
El recorrido del día los había
conducido por muchos y tortuosos caminos. Miriamele y Binabik hacían todo lo
posible por atenerse a las indicaciones generales del mapa realizado por los
dwarrows, pero los túneles culebreaban y los confundían. Resultaba difícil
saber si, en efecto, avanzaban en la dirección adecuada. En cualquier caso, era
evidente que ya no estaban en los reinos de la humanidad. Habían llegado a
Asu'a, por lo que podía decirse que se hallaban en el pasado. En su intento de
conciliar el sueño, la princesa había sentido vértigo. ¿Quién se hubiera
figurado que el mundo encerraba tantos secretos?
No se hallaba menos abrumada esta
mañana. Incluso para ser la hija de un rey conocía mucho mundo y había visto
los más destacados monumentos de Osten Ard, desde el Sancellan Aedonitis hasta
el Castillo Flotante de Warinsten, pero las mentes capaces de concebir
semejante fortaleza escondida hacían parecer irresolutos a los más innovadores
constructores humanos.
El paso del tiempo y los escombros
habían convertido en polvo gran parte de Asu'a, si bien aún quedaba lo
suficiente para demostrar lo incomparable de su estructura. Miriamele se dijo
enseguida que, por muy espectaculares que fueran las ruinas de Da'ai Chikiza,
éstas las superaban. Sorprendentes escaleras, cuyo soporte no se veía,
ascendían entre retorcimientos hasta perderse en la oscuridad cual serpentinas
de tela agitadas por el viento. Había paredes que formaban curvas para
convertirse arriba en fabulosos y multicolores abanicos de pulida roca, o que
retrocedían sobre sí mismas en ondulados pliegues. Todas las superficies
cobraban una misteriosa vida mediante las representaciones de animales y
plantas. Los creadores de ese lugar habían sabido, por lo visto, estirar la
piedra como si fuera azúcar cande y moldearla como la cera.
Lo que evidentemente habían sido
lechos de arroyos, pese a que ahora sólo contenían polvo, corrían de una pieza
a otra a lo largo de los reventados suelos, rematados por diminutos y
primorosos puentecillos. Encima, grandes candelabros en forma de fantásticas
flores pendían de las enredaderas y hojas de piedra que festoneaban los techos.
Miriamele hubiese querido poder admirar todo aquello a plena luz. A juzgar por
los restos de color que todavía quedaban en las grietas de la roca, el palacio
tenía que haber sido un casi inimaginable jardín de mil irisados matices y
resplandores.
Pero, aunque todas las ruinosas
cámaras la llenaban de asombro, también había algo en ellas que le ponía los
nervios de punta. Porque, no obstante su belleza, habían sido ideadas para unos
ocupantes que veían las cosas de distinta manera que un mortal: los ángulos
eran raros; el orden, inquietante. Algunas de las salas, de elevados techos
arqueados, parecían demasiado espaciosas para los muebles y la decoración que
contenían, mientras que otras resultaban casi sofocantes de tan atestadas como
estaban, de modo que apenas una persona cabría en ellas. Más extraño aún, los
restos del castillo sitha no daban la impresión de hallarse totalmente muertos.
Aparte de los tenues sonidos que podían ser voces y de las misteriosas
corrientes de aire donde no podía penetrar de ningún modo el viento, Miriamele
veía en todas partes un huidizo centelleo, la insinuación de un movimiento que
ella captaba por el rabillo del ojo, como si nada fuese real de verdad. La
joven tuvo la sensación de que, con sólo parpadear, encontraría restaurada
Asu'a o, igualmente, todo aquello convertido en unas desnudas y sucias
cavernas.
—Dios no está aquí.
—¿Qué decís? —preguntó Binabik.
Acabada su frugal comida, reanudaron
el camino por una larga y alta galería con sus bultos a cuestas, cruzando luego
un estrecho puente que se extendía a través de la nada como el vuelo de una
flecha. La luz de la antorcha no penetraba en la oscuridad reinante debajo de
ellos.
Miriamele alzó la vista, confundida.
—No lo sé. Dije «Dios no está aquí».
—¿No os agrada este lugar? —inquirió
el gnomo con una pequeña sonrisa amarillenta—. También a mí me dan miedo las
sombras.
—No. Bueno, quiero decir que sí. Me
siento asustada. Pero no es eso a lo que yo me refería —explicó, levantando más
su antorcha para mirar una tira de cinceladuras que presentaba la pared, al
otro lado del hueco—. La gente que vivió aquí, no se parecían en absoluto a
nosotros. Ni pensaba para nada en los humanos. Cuesta creer que se trate del
mismo mundo que yo conozco. Me enseñaron a creer que Dios está en todas partes
y vela por todos. Es difícil de explicar, pero estas profundidades parecen
quedar fuera del alcance de Dios. Como si, de la misma manera que estos
rincones no lo ven, Él tampoco pudiese verlos.
—Y eso os causa más temor...
—Creo que sí. Me da la impresión de
que lo que aquí abajo ocurre, no tiene nada que ver con las cosas que me
enseñaron.
Binabik hizo un gesto afirmativo, muy
serio. A la ambarina luz de las antorchas se lo veía menos infantil que otras
veces. Perfilada por las sombras, su redonda cara adquiría un aire de gravedad.
—Sin embargo, algunos dirán que las
cosas que aquí suceden corresponden exactamente a aquello de que habla vuestra
Iglesia: a una batalla entre los ejércitos del bien y del mal.
—Sí, pero no puede ser algo tan
sencillo —contestó Miriamele con énfasis—. Ineluki... ¿era bueno o malo? Trató
de hacer lo que le convenía a su pueblo. Es lo único que sé.
Binabik hizo una pausa y le tendió
una menuda mano a la princesa para tomar la suya.
—Vuestras preguntas son sensatas, y
yo tampoco creo que debamos odiar a... nuestro enemigo. Empero, ¡no lo
nombréis, por favor! —suplicó, a la vez que estrechaba los dedos de la
muchacha—Y tened la certeza de esto: aunque en otros tiempos no lo fuese, hoy
es un ser peligroso, más peligroso que todo lo que podáis llegar a imaginar.
¡No lo olvidéis! Si sus deseos se realizaran, nos mataría a nosotros y a todas
las personas que nos son queridas. ¡De eso estoy bien seguro!
«¿Y mi padre? —se preguntó
Miriamele—. ¿También es sólo un enemigo? ¿Qué, si yo encuentro un día el camino
hacia él, pero ya no queda allí nada de lo que amé? Eso sería como morir. Poco
me importaría lo que me ocurriese entonces.»
En ese instante lo comprendió. No era
que Dios no velara por todo, sino que nade le decía cómo distinguir lo bueno de
lo malo. Ni siquiera tenía el consuelo de hacer algo por el simple motivo de
que alguien le hubiese mandado no hacerlo. Cualquier decisión que tomase sería
cosa suya, y tendría que cargar con las consecuencias.
Miriamele sostuvo unos momentos más
la mano del gnomo, antes de echar a andar de nuevo. Al menos contaba con la
compañía de un amigo. ¡Sería horrible verse sola en semejante lugar!
Después de dormir tres veces en las
ruinas de Asu'a, aquella desmoronada magnificencia ya no merecía la atención de
la princesa. Las tenebrosas salas parecían producir recuerdos: insignificantes
imágenes de su niñez en Meremund, sus días de prisionera en Hayholt...
Miriamele se sentía suspendida entre el pasado de los sitha y el suyo propio.
Por último vieron una amplia escalera
ascendente un gran tramo de polvorientos peldaños con balaustres esculpidos en
forma de setos a base de rosales. Cuando Binabik hubo comprobado en el mapa que
aquello se hallaba efectivamente en su camino, la joven experimentó una súbita
sensación de felicidad. ¡Después de tan larga permanencia en las profundidades,
finalmente empezaban a subir!
Pero su entusiasmo se enfrió cuando,
después de una hora y pico de esfuerzo, aquellos escalones no parecían
terminar, con lo que la mente de Miriamele comenzó a vagar otra vez.
«Simón desapareció, y yo nunca tuve
ocasión de... de hablar realmente con él. ¿Lo amaba? Nunca habríamos llegado a
nada... ¿Cómo podría interesarse por mí después de lo que le conté respecto a
Aspitis? Pero quizás habríamos sido amigos. Pero ¿de veras estaba yo enamorada
de él?»
La princesa se miró los pies, que no
cesaban de subir y subir. La escalera fluía por debajo de ella como una lenta
cascada.
«Es inútil preguntármelo, aunque...
supongo que sí.»
Mientras pensaba esto, notó que algo
enorme e informe luchaba en su interior; un pesar que amenazaba con
transformarse en locura. Miriamele lo reprimió, temerosa de su fuerza.
«¡Dios mío! ¿Es esto todo lo que
constituye mi vida? ¿Poseer algo precioso y comprenderlo cuando ya es demasiado
tarde?»
Estuvo a punto de tropezar con
Binabik, que se había detenido de súbito en el peldaño siguiente, con lo que la
cabeza del gnomo quedaba casi al mismo nivel que la suya. El se llevó un dedo a
los labios para indicarle que guardase silencio.
Acababan de dejar atrás un rellano
del que partían varios pasadizos en forma de arcos, y Miriamele creyó primero
que el rumor procedía de uno de ellos, pero Binabik señaló hacia arriba. Sin
lugar a dudas, en la escalera había alguien.
El soñador momento de la princesa se
evaporó. ¿Quién podía moverse por aquellos lugares muertos? ¿Simón, tal vez?
Eso parecía una ilusión exagerada. Sin embargo, ¿quién más podía vagar por el
mundo de las sombras? ¿Un espíritu que no hallara reposo?
Mientras volvían al rellano, Binabik
abrió su bastón para sacar la parte que contenía el cuchillo. También Miriamele
buscó su propia daga cuando las pisadas se hicieron más sonoras. El gnomo se
desprendió de su bolsa y la dejó caer con cuidado junto a los pies de la
muchacha.
Una forma descendía por la oscura
escalera, lenta y confiadamente, en dirección a la luz de las antorchas.
Miriamele sintió que el corazón le oprimía las costillas. Se trataba de un
hombre a] que nunca había visto. En lo más hondo de su capucha, sus ojos
sobresalían a causa de la sorpresa o del miedo, pero una extraña sonrisa le
desnudaba los dientes.
Binabik tardó unos instantes en
reconocer al individuo.
—¡Hengfisk! —jadeó.
—¿Lo conocéis? —preguntó la joven con
voz estridente y trémula, propia de una niña asustada.
El gnomo alzó el cuchillo como un
sacerdote hubiera hecho con el santo Árbol.
—¿Qué queréis, rimmerio? —inquirió—.
¿Andáis perdido?
El sonriente hombre no contestó, pero
extendió los brazos y bajó otro peldaño. Había en todo él algo terrible,
impreciso y sospechoso.
—¡Alejaos! —exclamó Miriamele sin
poderse contener y, de manera involuntaria, retrocedió hacia una de las puertas
en forma de arco—. ¿Quién es, Binabik?
—Sé quién era —respondió el gnomo,
siempre blandiendo el cuchillo—. Pero me figuro que se ha convertido en otra
cosa...
Antes de que Binabik terminara de
hablar, el hombre de los ojos saltones inició un descenso a sorprendente
velocidad. En un abrir y cerrar de ojos agarró al gnomo por la mano que
sujetaba el arma y, con el otro brazo, le rodeó el cuerpecillo. Tras un breve
forcejeo, los dos perdieron el equilibrio y cayeron del rellano para rodar
escalera abajo. El gnomo emitía gemidos de dolor, pero el otro permanecía en
silencio.
Miriamele apenas dispuso de unos
segundos para mirarlos boquiabierta, antes de que varias grandes manos
surgieran del pasadizo para asirla por la cintura con unos dedos que, allí
donde le tocaban la piel, resultaban ásperos pero a la vez vacilantes. Su antorcha
fue a parar al suelo. Antes de que hubiese acabado de tomar aire para pedir
auxilio a gritos, le cubrieron la cabeza con algo, de manera que ya no vio
nada. Un olor dulzón penetró en su nariz y le hizo perder la sensación de
realidad. Todo se desvaneció para ella, y sus preguntas a medio formular se
disolvieron en la nada.
—¿No queréis venir y sentaros a mi
lado? —preguntó Nessalanta como una chiquilla malcriada a la que le hubiera
sido rechazada una invitación—. Hace días que no hablo con vos.
Benigaris, apoyado en la baranda del
jardín instalado en la azotea, se volvió. A sus pies se habían encendido los
primeros fuegos del anochecer. La gran Nabban parpadeaba en la liliácea luz
crepuscular.
—Estuve muy ocupado, madre. ¿Acaso no
os habéis dado cuenta de que estamos en guerra?
—Eso ya sucedió otras veces —replicó
ella, a la ligera—. ¡Sabe Dios que estas cosas nunca cambian, Benigaris! Tú
deseabas gobernar, ¿no? ¡Pues tienes que madurar y aceptar las cargas que eso
implica!
—¿Madurar, eh? —repitió Benigaris con
los puños cerrados de enojo—. ¡Vos sí que sois una niña, madre! ¿No veis lo que
ocurre? La semana pasada perdimos el desfiladero de Onestrine. Hoy me dijeron
que Aspitis Preves puso pies en polvorosa, con lo que la provincia de Eadne ha
caído. ¡Estamos siendo derrotados en esta guerra, maldita sea! Si hubiera ido
yo mismo, en vez de enviar al imbécil de mi hermano...
—¡No estoy dispuesta a oírte hablar
mal de Varellan! —lo reprendió Nessalanta—. ¿Tiene él la culpa de que tu legión
estuviera llena de supersticiosos campesinos que creen en los fantasmas?
Benigaris la miró largamente, pero
sin afecto en sus ojos.
—Es Camaris —dijo con voz tranquila.
—¿Qué?
—Allí está Camaris, madre. Podéis
decir lo que queráis, pero yo escuché los informes de los hombres que
estuvieron en el campo de batalla. Si no se trata de Camaris, es uno de los
antiguos dioses de la guerra de nuestros antepasados, que ha vuelto a la tierra.
—Camaris está muerto —contestó ella
con un gesto de desprecio.
—¿Eludió él alguna trampa que vos le
habíais preparado? —inquirió Benigaris, al mismo tiempo que daba algunos pasos
en dirección a Nessalanta—. ¿Es así como mi padre consiguió el ducado de
Nabban?, ¿porque vos organizasteis la muerte de Camaris? De haber sido así,
creo que fracasasteis. Quizás eligierais el arma equivocada, por una vez.
La madre contrajo el rostro, movida
por la furia.
—¡En este país no hay armas
suficientemente eficaces para ir contra mi voluntad! ¡Como si no lo supiera!
Todas son débiles y despuntadas. ¡Ay, bendito Rescatador! ¿Por qué no nacería
yo hombre? ¡En tal caso, nada de esto habría ocurrido! No tendríamos que
inclinarnos ante un rey del norte, sentado en un trono de huesos...
—Ahorradme vuestros sueños de gloria,
madre. ¿Qué diantre le preparasteis a Camaris? Fuese una cosa u otra, por lo
visto sobrevivió.
—Yo no le hice nada a Camaris
—protestó la duquesa viuda, a la par que se alisaba la falda y, poco a poco,
recobraba la calma—. Admito que no me supo mal que cayese al mar... Para ser un
hombre fuerte, era el más débil de todos. Totalmente incapaz de gobernar. Pero
yo no tuve nada que ver con eso.
—Casi os creo, madre. Casi —dijo
Benigaris con una ligera sonrisa, volviéndose entonces para ver a uno de sus
cortesanos que, desde la puerta, lo miraba con mal disimulado temor—, ¿Sí? ¿Qué
queréis?
—Hay... hay gente que pregunta por
vos, señor. Dijisteis que deseabais ser informado...
—Sí, desde luego. ¿Quién me espera?
—La niski, por ejemplo, mi señor.
Aguarda fuera de la sala de audiencias.
—¿Es que no tengo suficientes cosas
de que ocuparme? ¡Que se dé por aludida y se largue! ¿Qué demonios quiere aquí,
además?
El cortesano meneó la cabeza. La
larga pluma de su gorro se balanceó delante de su cara, agitada por la brisa
del anochecer.
—Dice que sólo hablará con vos, duque
Benigaris.
—En tal caso, que espere sentada
hasta que se seque como una hoja y caiga al suelo. ¡No puedo perder el tiempo
escuchando el parloteo de una niski! ¿Quién más hay? —agregó mientras
contemplaba las luces de la ciudad.
—Otro mensajero del conde Stréawe,
señor.
—¡Ah! Como era de suponer —murmuró
Benigaris tirándose de los bigotes—. Creo que dejaremos ese vino en el barril
por algún tiempo más. ¿Quién más?
—El astrólogo Xannasavin, señor.
—De modo que por fin ha llegado. Muy
compungido, me figuro, por haber hecho esperar a su duque. Mandadle subir.
—¿Xannasavin está aquí? —dijo
Nessalanta, sonriente—. Estoy segura de que tendrá cosas maravillosas que
contarnos. ¡Ya verás, Benigaris! Nos traerá buenas noticias.
—Sin duda.
Xannasavin apareció al cabo de unos
momentos. Como si quisiera apartar la atención de su estatura, el astrólogo se
arrodilló gentilmente.
—Mi señor, duque Benigaris, y mi
señora, duquesa Nessalanta. Mil, mil perdones. Vine tan pronto como recibí
vuestro aviso.
—Sentaos junto a mí, Xannasavin —lo
invitó la duquesa—. Últimamente os hemos visto muy poco.
Benigaris se apoyó en la baranda.
—Mi madre tiene razón. Habéis estado
muy ausente del palacio.
El astrólogo tomó asiento al lado de
Nessalanta.
—Os presento mis disculpas. Descubrí
que, en ocasiones, es mejor alejarse del esplendor de la corte. El retiro ayuda
a entender lo que cuentan las estrellas.
—¡Ah, ya! —respondió el duque, como
si acabara de ser resuelto un gran enigma—. ¡Por eso os vieron regateando en la
plaza del mercado con un tratante en caballos!
Xannasavin se estremeció.
—Sí, mi señor. Creí que me convenía
cabalgar bajo el cielo nocturno. Vuestra corte está tan llena de placenteras
distracciones, y vivimos unos tiempos tan importantes... Me pareció que
necesitaba la mente más clara, para serviros mejor.
—Acercaos —ordenó Benigaris.
El astrólogo se levantó, ordenó los
pliegues de su oscura túnica, y se situó junto al duque.
—¿Qué veis en el cielo?
Xannasavin entrecerró los ojos.
—¡Oh, mi señor! Muchas cosas. Pero,
si es vuestra voluntad que lea debidamente lo que anuncian las estrellas, debo
regresar a mi cámara en busca de mis cartas.
—Sin embargo, la última vez que
estuvisteis aquí, el cielo estaba lleno de buenos presagios, y no necesitasteis
las cartas para nada.
—Las había estudiado antes durante
horas, mi...
Benigaris rodeó con el brazo los
hombros del astrólogo.
—¿Y qué me decís de las grandes
victorias para la Casa del Martín Pescador?
Xannasavin se sintió muy violento.
—Llegarán, mi señor. ¡Mirad al cielo!
—Y señaló el norte—. ¿No es tal como os lo predije? ¡Observad la Estrella del
Conquistador!
Benigaris siguió el dedo de
Xannasavin.
—¿Esa pequeña mancha roja?
—Pronto inundará de llamas el cielo,
duque Benigaris.
—Xannasavin profetizó que la estrella
saldría —indicó Nessalanta desde su sillón, probablemente molesta por verse
excluida de la conversación—. Tengo el convencimiento de que todo sucederá como
él anunció.
—Desde luego —asintió Benigaris
mientras miraba el punto carmesí en el cielo del anochecer—. La muerte de los
imperios. Grandes hazañas para la Casa de Benidrivine.
—¡Lo recordáis, mi señor! —exclamó el
astrólogo con una sonrisa—. Las cosas que ahora os preocupan son sólo
transitorias. Bajo la gigantesca rueda del cielo, no son más que un soplo de
aire a través de la hierba.
— Tal vez —admitió el duque, cuyo
brazo aún rodeaba los hombros de Xannasavin en un gesto amistoso—. Pero me
preocupáis vos, astrólogo.
—Mi señor es demasiado amable de
perder un pensamiento en mí, dadas las dificultades de estos tiempos. ¿Qué es
lo que os inquieta, duque Benigaris?
—Creo que pasasteis excesivas horas
contemplando el cielo. Necesitáis ampliar vuestro panorama y echar también una
mirada a la tierra —dijo el duque, señalando las farolas que iluminaban las
calles de la ciudad—. Cuando uno presta tanta atención a una cosa, acaba por
perder de vista otras igualmente importantes. Por ejemplo, Xannasavin, las
estrellas os hicieron saber que la Casa de Benidrivine se cubriría de gloria,
mas no os fijasteis lo suficiente en los rumores que circulan por el mercado,
según los cuales Camaris, el hermano de mi padre, conduce los ejércitos contra
Nabban. O quizás oísteis esos comentarios y os animaron a tomar la súbita
decisión de alejaros a caballo...
—Mi señor interpreta mal mis actos.
—Porque es indudable que Camaris es
el mayor de los herederos de la Casa de Benidrivine. En consecuencia, la gloria
de que vos hablasteis bien pudiera ser su victoria, ¿o no?
—¡No lo creo, mi señor!
—¡Basta, Benigaris! —intervino
Nessalanta, cortante—. ¡Deja ya de intimidar al pobre Xannasavin! Sentaos a mi
lado y bebamos un poco de vino.
—Intento ayudarlo, madre —contestó el
duque, y se volvió hacia el astrólogo con una sonrisa, aunque tenía el rostro
colorado y en sus mejillas habían aparecido manchas—. Como decía, creo que
pasáis demasiado tiempo mirando el cielo, en vez de prestar la debida atención
a cosas menos elevadas.
—Mi señor, yo...
—Remediaremos eso.
Benigaris se inclinó de repente, bajó
el brazo hasta la cadera de Xannasavin y acabó de ceñirla con el otro. Entonces
se enderezó, gruñendo a causa del esfuerzo, y el astrólogo se agitó asustado a
un codo de distancia del suelo.
—¡No, duque Benigaris, no...!
—¡Detente! —chilló Nessalanta.
—¡Al diablo!
Benigaris lo levantó. Xannasavin cayó
por encima de la baranda, agitando desesperadamente los brazos en busca de la
nada, y despareció de su vista. Momentos después, un espantoso chasquido resonó
desde el patio.
—¿Cómo..., cómo te atreviste a...?
—balbuceó Nessalanta con el horror reflejado en los ojos desmesuradamente
abiertos.
Benigaris la miró con el rostro
congestionado de ira. Un hilo de sangre le resbalaba por la frente. El
astrólogo le había arrancado un mechón de pelos.
—¡Cerrad el pico! —rugió—. ¡Tendría
que arrojaros también a vos, vieja loba! Estamos perdiendo esta guerra...,
¡perdiéndola! Puede que ahora no os importe demasiado, pero no estáis tan
segura como suponéis. Dudo que ese Josua de cara lechosa permita que sus
soldados violen a las mujeres y maten a los prisioneros, pero la gente que
cuchichea en el mercado respecto de lo que le pasó a mi padre, sabe que vos
sois tan culpable como yo —dijo, al mismo tiempo que se enjugaba la sangre de
la cara—. No, no necesito hacerlo yo. Probablemente, más de un campesino afila
ya su cuchillo en espera de que Camaris y sus hombres aparezcan ante nuestras
puertas para empezar el festival... —indicó Benigaris con una furiosa
risotada—. ¿Os figuráis que la guardia de palacio sacrificará sus vidas para
protegeros a vos, cuando sea evidente que todo está perdido? Mis guardias son
corno los campesinos, madre. Tienen unas vidas que defender, y les importa un
comino quién ocupe el trono. ¡Vieja tonta!
Benigaris seguía con la vista fija en
su madre, moviendo los labios y con los puños temblorosos.
La duquesa viuda se encogió en su
sillón.
—¿Qué piensas hacer? —gimió.
Benigaris extendió los brazos.
—¡Luchar, diantre! Tal vez sea un
asesino, pero estoy dispuesto a conservar lo que poseo... ¡hasta que me lo
arranquen de las manos muertas!
Se dirigió a grandes zancadas a la
puerta, y allí se volvió.
—¡Ah, y no quiero veros más, madre!
Tanto me da que vayáis a un sitio u otro, o lo que hagáis. ¡Lo que no deseo es
veros!
Dicho esto, abrió la puerta de un
empujón y desapareció.
—¡Benigaris! —gritó Nessalanta—.
¡Benigaris! ¡Vuelve!
El silencioso monje apretaba con los
dedos de una mano la garganta de Binabik y, con la otra, empujó hacia arriba
aquella con que el gnomo sostenía su cuchillo, tratando de acercar la hoja más
y más a su sudoroso rostro.
—¿Por... qué... vos...?
Los dedos ceñían con tanta fuerza el
cuello de Binabik, que éste ya no podía respirar ni hablar. El rostro del
fantasmal monje, pálido y húmedo, estaba muy cerca de él y desprendía un febril
calor.
El hombrecillo dobló la espalda hacia
atrás y tiró. Por espacio de un momento consiguió romper la llave del monje, y
aprovechó ese segundo de libertad para dejarse caer del peldaño, con lo que los
dos rodaron tramo abajo y, cuando por fin se pararon, Binabik estaba encima de
su atacante. Se inclinó entonces hacia adelante, empujando el cuchillo con todo
su peso, pero Hengfisk lo mantenía alejado con una sola mano. Y, aunque el
monje estaba delgado, su tamaño doblaba casi el del gnomo. Sólo la extraña brusquedad
de sus movimientos parecía privarlo de una rápida victoria.
Los dedos de Hengfisk se cerraron de
nuevo alrededor de la garganta del gnomo. Desesperado, Binabik trató de aparrar
de sí la mano con la mandíbula, pero la sujeción del monje era demasiado
fuerte.
—¡Miriamele...! —jadeó—. ¡Miriamele!
No hubo un grito de respuesta. Ahora,
el hombrecillo se asfixiaba. No podía respirar, y le resultaba imposible
acercar la punta del arma al rostro de Hengfisk, de incesante sonrisa, o
librarse de la mano que le apretaba el cuello. Por si fuera poco, el monje
levantó las rodillas e hizo tal presión sobre las costillas del gnomo, que éste
ya no pudo soltarse.
Lo único que logró hacer fue volver
la cabeza y morderle la muñeca a Hengfisk. Durante unos momentos, los dedos que
atenazaban su garganta la estrecharon todavía más, pero los dientes del gnomo
penetraron entonces entre la piel y los músculos del enemigo, con lo que la
boca se le llenó de caliente sangre, que le chorreó barbilla abajo.
Hengfisk no chilló, y ni siquiera su
implacable sonrisa se redujo, pero hizo un brusco movimiento para arrojar hacia
un lado a Binabik. A éste se le escapó el cuchillo de la mano y fue a parar a
cierta distancia, mas el hombrecillo estaba demasiado ocupado procurando no
resbalar a las oscuras profundidades, para tratar de recuperarlo. Por fin pudo
apoyar las palmas de las manos en el suelo, con lo que evitó la caída, aunque
los pies le colgaban de la balaustrada. Poco a poco, consiguió arrastrarse
sobre las manos y las rodillas, ansioso por hacerse de nuevo con el arma, que
estaba sólo a escasos centímetros de Hengfisk. El monje escanciador permanecía
acurrucado contra la pared, con los saltones ojos clavados en el gnomo, y de la
herida le goteaba la sangre.
Pero su sonrisa había desaparecido.
—¿Vad...?
La voz del monje fue un hueco croar.
Hengfisk miraba de un lado a otro y de arriba abajo, como si de repente se
encontrase donde menos esperaba. Y la cara con que finalmente se volvió hacia
Binabik fue de franca consternación.
—¿Por qué me atacáis? —resolló el
gnomo, con la barbilla y las mejillas embadurnadas de sangre. Apenas podía
hablar—. No había amistad entre nosotros, pero...
Un acceso de tos le impidió seguir.
—¿Gnomo...? —musitó Hengfisk, cuya
cara, poco antes llena de siniestra satisfacción, ahora se había apagado—.
¿Qué...? ¡Oh, qué horror, qué horror!
Binabik quedó atónito ante el cambio.
—No puedo... —balbuceó el monje, que
se retorcía los dedos, abrumado por el desconcierto y la aflicción—, ¡Oh, Dios
misericordioso! No puedo, gnomo... ¡Hace tanto frío...!
—¿Qué os ocurrió?
Binabik se aproximó un poco más al
individuo sin perder de vista su daga, pero, aunque ésta se hallaba cerca de la
mano de Hengfisk, éste parecía haberla olvidado.
—No puedo decirlo. No puedo...
—sollozó de pronto el monje—. Me llenaron... de... Me apartaron... ¿Cómo pudo
ser tan cruel mi Dios...?
—Decidme. ¿Hay algo que pueda hacer
por vos?
Hengfisk lo miró y, por espacio de un
breve momento, en sus ojos saltones y de bordes enrojecidos brilló algo
semejante a una esperanza. Pero entonces el monje enderezó la espalda y sacudió
la cabeza a la vez que lanzaba un grito de dolor.
—¡Hengfisk!
Binabik alzó las manos como si
quisiera desviar el ataque que alguien había dirigido contra el monje
escanciador.
Este se estremeció, abrió los brazos
y todo él tembló.
—¡No...! —voceó—. ¡No!
Hubo un momento en que pareció
dominarse, pero su demacrada faz empezó a arrugarse y cambiar como si unas
serpientes reptasen por debajo de su piel.
—Son falsos, gnomo... —dijo, y en
cada una de sus palabras había un peso terrible, mortal—. Falsos hasta un punto
increíble, pero taimados como el mismísimo tiempo. ¡Márchate! —jadeó después de
dar unos torpes pasos escalera abajo, pasando tan cerca de Binabik que éste
habría podido tocarlo.
Todavía más perturbado que en el
momento del ataque, Binabik avanzó a gatas hasta coger su cuchillo. Un sonido a
sus espaldas lo hizo volverse en el acto. Hengfisk, de nuevo con su horrible
sonrisa, subía otra vez entre tambaleos. Él gnomo sólo pudo levantar los brazos
antes de que el monje cayera sobre él. El pestilente hábito de Hengfisk los
envolvió a ambos cual un sudario. Hubo una breve lucha; luego reinó el
silencio.
Binabik salió de debajo del cuerpo
del escanciador y, una vez recuperado el aliento, lo puso de espaldas. El puño
de su arma de hueso asomaba del ojo izquierdo de Hengfisk. Con un
estremecimiento, el gnomo arrancó la hoja y la limpió en la oscura prenda. La
última sonrisa del monje se había helado en su rostro.
Binabik recogió la antorcha y subió a
trompicones al rellano. Miriamele había desaparecido, así como también las
bolsas que contenían los víveres y el agua, aparte de otras cosas importantes.
El gnomo sólo contaba ahora con la antorcha y su bastón.
—¡Princesa! —gritó.
El eco resonó en el hueco de la
escalera.
—¡Miriamele...! —insistió.
Pero, con excepción del cuerpo del
monje, estaba solo.
—Tiene que haberse vuelto loco.
¿Estáis seguro de que es eso lo que quiere?
—¡Sí, príncipe Josua! Yo mismo hablé
con él —contestó el barón Seriddan, a la vez que tomaba asiento en un taburete
y hacía señal a su escudero de que se alejara, al querer quitarle éste la
capa—. Si no se trata de un ardid, difícilmente podríamos recibir un
ofrecimiento mejor. En el caso contrario, muchos hombres morirían antes de que
consigamos tomar las murallas de la ciudad. Sin embargo, es extraño.
—Desde luego, no es lo que esperaba
de Benigaris — admitió Josua—. ¿Y exige que sea Camaris? ¿Tan cansado está de
la vida?
El barón Seriddan hizo un gesto de
duda y tomó la copa que el escudero le alcanzaba.
Isgrimnur, que había presenciado la
escena en silencio, emitió un gruñido. Comprendía la perplejidad del barón y de
Josua. Era cierto que Benigaris perdía la guerra. En el último mes, la
coalición establecida entre Josua y los barones nabbanos había hecho retroceder
las fuerzas del duque hasta que lo único que quedaba bajo el control de
Benigaris, era la ciudad. Pero Nabban era la mayor urbe de todo Osten Ard, y su
puerto de mar dificultaba un asedio eficaz. Algunos de los aliados de Josua
habían aportado sus propias flotas, mas ni siquiera éstas resultaban
suficientes para bloquear la ciudad y hacerle pasar hambre hasta su rendición.
En consecuencia, ¿por qué necesitaba ofrecer el duque de Nabban semejante
trato? Con todo, Josua recibía las noticias como si fuera él quien tuviese que
pelear con Camaris.
Isgrimnur buscó una postura más
cómoda para su dolorido cuerpo.
—Suena absurdo, Josua, pero... ¿qué
podemos perder? Es Benigaris quien confía en nuestra buena fe, y no al revés.
—Aun así, es una locura —objetó
Josua, preocupado—. Y si vence, ¿todo cuanto pide es un salvoconducto para él,
su familia y sus sirvientes? Eso son condiciones de rendición. ¿Por qué, pues,
hemos de luchar por ello? No tiene sentido. Debe de ser una treta.
El príncipe parecía esperar que
alguien estuviese de acuerdo con él.
—¡En todo un siglo no se ha dado un
caso como éste! —agregó.
Isgrimnur sonrió.
—Excepto el vuestro, hace apenas unos
meses, allá en las praderas. Todo el mundo conoce esa historia, Josua. Se
hablará de vuestra hazaña durante largo tiempo, junto a las fogatas de los
campamentos.
El príncipe no le devolvió la
sonrisa.
—Pero yo utilicé un truco para forzar
a Fikolmij. Y él nunca se hubiera imaginado que su campeón pudiera perder.
Aunque Benigaris no crea que realmente se trata de su tío, tiene que haber oído
comentar la clase de guerrero que es. ¡Nada tiene sentido! ¿Qué opináis vos,
sir Camaris? —preguntó volviéndose hacia el caballero, sentado como una estatua
en un rincón.
Camaris extendió sus grandes manos,
con las palmas hacia arriba.
—Ha de haber un final. Y, si va a
llegar de esta manera, yo haré mi papel. El barón Seriddan habla bien: seríamos
tontos de arrojar por la borda esta posibilidad, a causa de nuestras sospechas.
Podemos salvar muchas vidas. Por ese solo motivo, yo haría cualquier cosa.
Josua asintió.
—Lo supongo. Aún no acabo de entender
por qué, pero me figuro que debo daros la razón. El pueblo de Nabban no merece
sufrir porque su señor sea un parricida. Y, si llevamos a cabo eso, nos
aguardará una tarea todavía mayor: una para la que necesitaremos un ejército
entero y poderoso.
«Desde luego, Josua está deprimido
—pensó Isgrimnur—. Sabe que tenemos delante unos horrores que pueden eclipsar
la matanza del desfiladero de Onestrine hasta tal punto, que recordemos aquella
batalla como un día de caza. Sólo Josua, de todos los que nos encontramos en
esta pieza, sobrevivió al asedio de Naglimund. Además luchó contra las Zorras
Blancas. Tiene motivos para estar ceñudo.»
Y añadió en voz alta:
—De acuerdo, entonces. Lo único que
espero es que alguien me ayude a encontrar un asiento para mi voluminoso
trasero, desde donde presenciar lo que sucede.
Josua le dedicó una mirada un poco
agria.
—No se trata de un torneo, Isgrimnur.
Pero vos estaréis allí. ¡Todos estaremos! Eso parece ser lo que busca
Benigaris.
«Ritos —se dijo Tiamak—. Mi pueblo
debe de resultar tan raro para los de las tierras secas como ellos me lo
parecen a mí.»
Se hallaba en la ventosa ladera,
contemplando cómo las grandes puertas de la ciudad de Nabban se abrían de par
en par. Una reducida procesión de jinetes salió de ellas, conducida por un jefe
de plateada armadura que incluso bajo el nublado cielo de la tarde relucía.
Otro de los caballeros llevaba la enorme bandera azul y oro de la Casa del
Martín Pescador. Mas no sonó ningún cuerno.
Tiamak vio cómo Benigaris y su grupo
cabalgaban hacia el lugar donde él permanecía junto a la compañía de Josua.
Mientras esperaban, el viento se hizo más intenso. Penetraba a través de las
ropas del wran y lo hizo tiritar.
«¡Qué frío! Demasiado para esta época
del año, aun estando cerca del mar.»
Los jinetes se detuvieron a unos
pasos del príncipe y sus seguidores. Los soldados de Josua, esparcidos por la
base de la ladera, seguían el acontecimiento con atención. También a las
ventanas y a los tejados del más cercano suburbio de Nabban, así como a las
murallas de la ciudad, se asomaban las caras. Una guerra había sido
interrumpida de repente para que este momento pudiera producirse. Ahora, todos
los participantes aguardaban como juguetes colocados allí y luego olvidados.
Josua dio un paso adelante.
—Habéis venido, Benigaris.
El jefe de los caballeros procedentes
de Nabban se alzó la visera.
—Vine, sí, Josua. A mi modo, soy un
hombre honorable. Como lo sois vos.
—¿Y os proponéis cumplir las
condiciones establecidas con el barón Seriddan? ¿En un combate singular? ¿Y
todo cuanto pedís, en caso de vencer, es un salvoconducto para vuestra familia
y los criados?
Benigaris movió los hombros con
impaciencia.
—Tenéis mi palabra. Yo tengo la
vuestra. Adelante, pues ¿Dónde está él... gran hombre?
Josua lo miró con cierta
desconfianza.
—Aquí.
Al hablar el príncipe, el círculo de
gente que tenía detrás se abrió para dar paso a Camaris. El anciano caballero
llevaba una cota de mallas. En su sobrevesta no se veía insignia alguna, y
Camaris sostenía bajo el brazo su antiguo yelmo en forma de dragón marino.
Tiamak pensó que aún tenía un aspecto más desdichado que de costumbre.
Cuando fijó la vista en el rostro del
viejo, la burlona sonrisa de Benigaris dobló hacia arriba los extremos de su
bigote.
—¡Ah, yo tenía razón! Ya se lo
dije... ¡Os saludo, tío! —agregó con una inclinación de cara al añoso
caballero.
Camaris no dijo nada.
Josua levantó la mano. La escena
empezaba a parecerle de muy mal gusto.
—Bien. ¡Adelante! Varellan está con
nosotros —declaró, vuelto hacia el duque de Nabban—, y no ha sido maltratado.
Prometo que, pase lo que pase, tanto vuestra hermana como vuestra madre serán
respetadas y tratadas con amabilidad.
Benigaris clavó en Josua una larga
mirada de sus ojos, fríos como los de un lagarto.
—Mí madre está muerta.
Dicho esto, bajó con brusquedad su
visera, hizo dar media vuelta a su montura y retrocedió unos metros colina
arriba.
Josua llamó a Camaris con un cansado
gesto.
—Procurad no matarlo.
—Sabéis que no puedo prometer nada
—respondió el viejo caballero—. Pero, si lo pide, estoy dispuesto a concederle
alguna merced.
El viento arreció. Tiamak se
arrepintió de no haberse vestido más al estilo de las gentes de las tierras
secas. Pantalones y botas habrían constituido una eficaz protección para sus
desnudas piernas porque, además, sus ropas no le cubrían los pies, sólo calzados
con sandalias. Tiritaba de frío mientras contemplaba el acercamiento de los dos
jinetes.
«El Que Dobla Los Arboles debe de
haberse despertado de mal humor —se dijo, repitiendo una frase muy utilizada
por su padre, y aquella sola idea le hizo sentir más escalofríos que el gélido
vendaval—. Pero no creo que sea el dios del tiempo de los wran quien nos envía
este frío, tenemos otro enemigo: uno que ha permanecido quieto durante largos
años..., y ése no controla el viento y las tempestades.»
Tiamak miró el lugar donde Camaris y
Benigaris se hallaban separados sólo por una distancia que un hombre podía
cruzar en unos momentos; los unían estrechos lazos de sangre, pero era claro
que entre ellos existía un insalvable abismo.
«Y entretanto sopla el viento del Rey
de la Tormenta —pensó Tiamak—, mientras esos dos, tío y sobrino, efectúan
alguna loca danza ritual de las tierras secas..., igual que Josua y Elías...»
Los dos caballeros se lanzaron
súbitamente uno contra el otro, mas Tiamak sólo distinguió una borrosa mancha.
Lo dominó una sensación mareante, negra y espantosa como las nubes anunciadoras
de una tempestad.
«Hemos creído, todo este tiempo, que
el rey Elías era el instrumento elegido por Ineluki para su venganza. Y los dos
hermanos se han peleado desde Naglimund hasta Sesuad'ra, mordiéndose y
arañándose sin cesar, de manera que el príncipe Josua y nosotros tuvimos que
contentarnos con sobrevivir. Pero... ¿y si Elías ignora tanto como nosotros las
intenciones del Rey de la Tormenta? ¿Y si su objetivo es sólo el de mantenernos
ocupados mientras ese oscuro ser no muerto persigue algo completamente
distinto?»
No obstante el glacial aire que
barría la ladera, Tiamak notó que de la frente le brotaba el sudor. Si eso era
cierto, ¿qué podía estar planeando Ineluki? Aditu juraba que nunca podría
volver del vacío al que lo había arrojado el mortal encantamiento, pero quizá
tramase alguna otra venganza todavía mucho peor que el simple gobierno de la
humanidad a través de Elías y las nornas. ¿Qué podría ser?
Tiamak buscó con la vista a
Strangyeard, ansioso de compartir su preocupación con el compañero Portador del
Pergamino, pero el sacerdote desaparecía entre la apiñada multitud. La gente
que rodeaba al wran emitió, de pronto, excitados gritos. El distraído Tiamak
tardó unos momentos en darse cuenta de que uno de los contendientes había
desmontado al otro. La breve punzada de temor cesó cuando el hombrecillo
comprobó que el caído era Benigaris, el de la centelleante armadura.
Un murmullo recorrió la muchedumbre
cuando Camaris bajó de su caballo. Dos muchachos se apresuraron a llevarse los
corceles.
Tiamak apartó de sí sus sospechas,
por unos instantes, y se abrió paso entre Hotvig y Sludig, situados justamente
detrás del príncipe. El rimmerio expresó su molestia con un gesto, pero al ver
a Tiamak rió.
—¡Lo ha derribado de un solo golpe!
El viejo está dando una buena lección a ese Benigaris.
El wran hizo una mueca. Nunca
comprendería que otros se divirtieran con semejantes cosas. Porque esa
«lección» podía terminar con la muerte de uno de los dos hombres que ahora
procuraban cercarse mutuamente, con los escudos en alto y los espadones a punto.
La negra Espina parecía una fulgurante raya de la más vacía noche.
Al principio, todo parecía indicar
que el combate no duraría mucho. Benigaris era un guerrero ducho, más bajo que
Camaris pero robusto y de anchos hombros. Blandía la pesada hoja tan fácilmente
como un hombre menos voluminoso habría manejado a Naidel, el arma de Josua, y
además estaba bien entrenado en el uso del escudo. Sin embargo, Tiamak veía en
Camaris a una persona totalmente distinta, grácil en sus movimientos como una
nutria, rápida como una serpiente en su ataque. En sus manos, Espina era una complicada
sombra negra, un tejido de luminiscente oscuridad. Pese a no tener a Benigaris
en buen concepto, Tiamak no podía dejar de sentir cierta pena de él. Sin duda,
toda aquella ridícula lucha acabaría en cuestión de momentos.
«Cuanto antes se rinda Benigaris
—pensó Tiamak—, antes podremos abandonar este sitio tan azotado por el viento.»
Mas pronto resultó evidente que
Benigaris tenía otras ideas. Después de parecer casi indefenso en los primeros
tanteos, el duque de Nabban pasó de súbito a la embestida, descargando un golpe
tras otro sobre el escudo del anciano caballero, a la vez que esquivaba los que
su oponente procuraba devolverle. Camaris tuvo que retroceder, y Tiamak pudo
ver la inquietud que, cual murmullo, recorría a los partidarios de Josua.
«Al fin y al cabo, es un viejo. Más
anciano que el padre de mi padre, cuando murió. Y quizás emprenda esta pelea
con menos ánimo que otras anteriores.»
Los mandobles llovían sobre el escudo
de Camaris, obligando a ceder terreno a éste, y el duque gruñía con tal fuerza
que todos los espectadores situados en la ladera lo oían pese al entrechocar de
las férreas armas. Hasta el propio Tiamak, poco conocedor de la esgrima
practicada por los habitantes de las tierras secas, se preguntó cuánto podría
continuar un ataque semejante.
«No tiene por qué durar mucho —se
dijo el wran—. Sólo hasta que rompa la guardia de Camaris y pueda llegar a él.
Es un juego de Benigaris.»
Hubo un instante en que pareció que
el duque de Nabban había logrado su propósito. Uno de sus golpes cogió a
Camaris con el escudo demasiado bajo, destrozó su extremo superior y chocó al
fin contra un lado del yelmo del anciano, quien se tambaleó. El gentío emitió
un sonido ansioso. Camaris recobró el equilibrio y alzó su escudo como si se
hubiera vuelto terriblemente pesado. Benigaris arremetió de nuevo.
Tiamak no estaba muy seguro de lo que
ocurrió después. Hubo un momento en que el viejo caballero se encogió,
levantando el escudo como si se viera indefenso ante la poderosa espada de
Benigaris. Pero segundos más tarde había enganchado el escudo del duque con el
suyo, y lo había empujado hacia arriba, de forma que durante unos instantes
éste pareció quedar pendido en el aire como una moneda azul y dorada. Cuando la
tarja cayó al suelo, la negra punta de Espina oprimía la gola de Benigaris.
—¿Os rendís?
La voz de Camaris sonó clara, aunque
había en ella un temblor apenas perceptible.
En respuesta, Benigaris apartó la
espada enemiga con su guantelete y dirigió su propia hoja contra el
desprotegido vientre de Camaris. El anciano se retorció cuando el arma tocó su
cuerpo, cubierto de mallas. Tiamak llegó a pensar que el caballero había sido
atravesado, pero entonces Camaris dio una inesperada vuelta en redondo. Resbaló
el espadón de Benigaris y, así que Camaris hubo finalizado su evolución, Espina
avanzó hacia el duque de Nabban en un mortal arco. La negra hoja penetró en la
armadura de Benigaris debajo mismo de sus costillas. El duque quedó apoyado en
una rodilla, se bamboleó por espacio de unos segundos y se desplomó. Camaris
arrancó a Espina de la ranura abierta en el peto, y de ella brotó un chorro de
sangre.
Al lado de Tiamak, Sludig y Hotvig
vitoreaban enloquecidos a Camaris. Josua no parecía tan contento.
—¡Misericordioso Aedón! —murmuró de
cara a sus dos capitanes, con bastante enojo en la voz, pero finalmente posó la
vista en el wran—. Por lo menos podemos dar gracias a Dios de que Camaris no
haya muerto. Vayamos allá, y veamos si hay manera de hacer algo por Benigaris.
¿Trajisteis vuestras hierbas, Tiamak?
El hombrecillo de los pantanos hizo
un gesto afirmativo y, con el príncipe, empezó a abrirse camino entre el nudo
de gente que, rápidamente, se formaba alrededor de los dos combatientes.
Alcanzado el centro del apiñamiento,
Josua apoyó la mano en el hombro de Camaris.
—¿Estáis bien?
—Sí —jadeó el caballero, exhausto.
Los cabellos le caían sobre la frente en sudorosos y desordenados mechones.
A continuación, Josua se volvió hacia
el derrotado Benigaris. Alguien le había quitado el yelmo. El duque estaba
pálido como una norna, y a sus labios asomaba una espuma sanguinolenta.
—No os mováis, Benigaris. Permitid
que este hombre examine vuestra herida.
El duque miró a Tiamak con ojos
vidriosos.
—¡Un wran! —resolló—. Sois extraño,
Josua.
Tiamak se arrodilló a su lado y quiso
desabrocharle el peto, pero Benigaris lo apartó de un manotazo.
—¡Déjame en paz, maldito! No necesito
morir con la pata de un salvaje encima.
Josua apretó los labios e indicó al
wran que retrocediera.
—Como queráis —dijo—, pero quizás aún
podamos hacer algo por vos.
Benigaris soltó una risa semejante a
un ladrido. Una burbuja de ensangrentada saliva había quedado pegada a sus
bigotes.
—Dejadme morir, Josua. Es lo único
que me espera. Podéis... —balbuceó entre nuevos y rojos accesos de tos—. Podéis
quedaros con todo lo demás.
—¿Por qué lo hicisteis? —preguntó el
príncipe—. Debíais de saber que no teníais modo de ganar.
Benigaris esbozó una fea sonrisa.
—Pero os asusté a todos, ¿no? —logró
decir y, aunque con el rostro contraído, recobró por unos instantes el
control—. En cualquier caso, yo elegí lo único posible... Como hizo mi madre.
—¿Cómo?
Josua contempló al moribundo duque
como si jamás hubiera visto nada semejante.
—Mi madre se dio cuenta... con mi
ayuda... de que para ella había terminado el juego. Sólo le habría quedado la
vergüenza. Por consiguiente, tomó veneno. Yo lo hice a mi manera.
—Pero hubierais podido escapar.
Todavía controláis los mares.
—¿Escapar? ¿Adónde? —jadeó
penosamente Benigaris, y echó otro cuajaron de sangre—, ¿A los amorosos brazos
de vuestro hermano y de su brujo favorito? Además, los malditos muelles
pertenecen ahora a Stréawe... Yo creía tenerlo prisionero, pero él iba carcomiendo
mi poder desde dentro. El conde procura enfrentarnos a todos en su propio
beneficio. —La respiración del duque era cada vez más fatigosa—. No, Josua. Ha
llegado el fin. Lo vi cuando cayó el desfiladero de Onestrine. Y elegí mi
propia muerte. Fui duque menos de un año, Josua. La gente sólo me hubiera
recordado como parricida. Ahora, en cambio, y si alguien sobrevive, hablará de
mí como el hombre que luchó contra Camaris por el trono de Nabban... ¡y estuvo
a punto de vencer!
Josua miraba a Benigaris con una
expresión inescrutable. Tiamak no pudo contener la pregunta.
—¿Qué queréis decir con eso de «si
alguien sobrevive»?
El duque tuvo un gesto de desprecio
para el wran.
—¡Pero si habla y todo!
Y lentamente se volvió hacia el
príncipe.
—¡Ah, sí! —añadió, y ni siquiera su
difícil respiración pudo disimular su satisfacción—. Olvidaba decíroslo. Habéis
ganado vuestro premio, pero quizá no os proporcione mucha felicidad, Josua.
—Casi llegué a tener compasión de
vos, Benigaris —dijo el príncipe—, pero ese sentimiento pasó.
Acto seguido, se puso de pie.
—¡Esperad! —exigió Benigaris, al
mismo tiempo que alzaba una sangrienta mano—. Debéis saber esto, Josua. Es sólo
un momento. No os molestaré mucho.
—¿Qué queréis?
—Los ghants empiezan a salir de los
pantanos. Trajeron la noticia unos jinetes procedentes de... de la zona de los
lagos, que recorrieron las ciudades costeras de la bahía de Firannos. Salen en
enjambres. Son muchos más de los que podáis imaginar, Josua. —Rió, con lo que
arrojó otra bocanada de sangre—. Y eso no es todo —agregó divertido—. Existe
otra razón por la que no quise huir de Nabban por mar. También los kilpas
parecen haber enloquecido. Las niskis están horrorizadas. Así pues,
comprobaréis que no sólo me proporcioné una muerte limpia y honorable, sino
que... es una muerte que, muy pronto, todos vosotros me envidiaréis.
—¿Y vuestro pueblo? —inquirió Josua,
indignado—. ¿No os importa nada? Si lo que decís es cierto, todo el mundo debe
de estar sufriendo ya.
—¿Mi pueblo? Ya no me preocupa. Estoy
muerto, y los muertos no deben lealtad a nadie. Y, en cualquier caso, mi pueblo
es ahora el vuestro..., el vuestro y el de mi tío.
Josua lo contempló largamente, antes
de dar media vuelta y alejarse. Camaris quiso seguirlo, pero se vio rodeado de
una curiosa muchedumbre formada por soldados y ciudadanos nabbanos, con lo que
no pudo abrirse paso.
Tiamak quedó de rodillas junto al
duque, para presenciar su agonía. El sol rozaba ya casi el horizonte, y unas
frías sombras se extendían sobre la pendiente cuando, al fin, Benigaris dejó de
respirar.
XX
PRESO EN LA RUEDA
A
l principio, Simón creyó que la
enorme fragua subterránea era un intento de reproducir el infierno. Después de
permanecer allí cautivo durante casi dos semanas, estaba convencido de ello.
Tanto él como los demás hombres
tenían la sensación de acabar de caer agotados en sus lechos de harapos al
término de una extenuante jornada, cuando uno de los ayudantes de Inch —un
puñado de individuos menos terroríficos, pero no más humanos que su maestro—
bramaba la orden de levantarse para iniciar un nuevo día. Medio mareados de
cansancio ya antes de ponerse a trabajar, Simón y sus compañeros de infortunio
se echaban al coleto una taza de aguadas gachas que sabían a herrumbre.
Si la caverna donde los obreros
dormían resultaba desagradablemente calurosa, aquella donde se hallaba la
fragua era un verdadero infierno. La sofocante temperatura oprimía la cara del
joven hasta que éste notaba los ojos tan secos como cáscaras de nuez y la piel
casi quemada, como si quisiera desprenderse. Cada día constituía una
interminable y monótona rutina de deslomador trabajo, en el que todos se
abrasaban los dedos, y sólo la resistían gracias al hombre que les llevaba el
cucharón de agua. Pero les parecía que pasaba una eternidad entre un trago y
otro.
La suerte de Simón había sido caer en
manos de Stanhelm, único entre los desdichados de la fragua que, por lo visto,
conservaba buena parte de su humanidad. Este hombre mostraba al nuevo
prisionero los puntos donde el aire era un poco más fresco y se podía respirar
con algún alivio, le indicaba aquellos secuaces de Inch que le convenía
esquivar y, sobre todo, cómo adquirir el aspecto que correspondía a quienes
allí bregaban. Stanhelm ignoraba que Simón tuviese un motivo particular para
pasar inadvertido, pero —muy sensatamente— opinaba que a nadie le interesaba
llamar la atención de Inch, de manera que le enseñó al joven todo cuanto se
esperaba de los obreros, que en su mayoría se sometían con el máximo
servilismo. Simón aprendió a mantener baja la vista y trabajar con ahínco y
rapidez cuando Inch estaba cerca. Asimismo se ató al dedo una tira de trapo,
con el objeto de taparse el aro de oro. No estaba dispuesto a desprenderse de
tan preciosa pieza, pero se daba cuenta de que hubiera sido un terrible error
permitir que otros la viesen.
La tarea de Stanhelm consistía en
seleccionar trozos de metal para los crisoles. Había elegido a Simón para que
lo ayudase, y luego le enseñó a distinguir el cobre del bronce y el estaño del
plomo golpeando ligeramente el metal contra la piedra, o bien arañando la
superficie con una dentada barra de hierro.
Una extraña mezcla de cosas pasaba
por sus manos camino del fundidor: cadenas, potes y aplastados pedazos de chapa
cuya utilidad original era imposible de adivinar, llantas y zunchos de barril,
sacos llenos de clavos torcidos, utensilios para manejar el fuego y goznes de
puertas. En una ocasión, Simón recogió un soporte para botellas, delicadamente
trabajado, que reconoció como algo que había estado colgado en una de las
paredes del cuarto del doctor Morgenes, pero cuando quiso examinarlo con
detención, envuelto de súbito en los recuerdos de un pasado más feliz, Stanhelm
le dio un codazo para advertirle que Inch se aproximaba. Inmediatamente,
devolvió el objeto a la pila.
Los restos metálicos eran
transportados a la hilera de crisoles colgados en el fuego de la fragua, una
hoguera grande como una casa, alimentada por lo que parecía una cantidad
interminable de carbón vegetal y que unos fuelles, accionados a su vez por la maciza
rueda de agua de la fundición, se encargaban de mantener encendida. Esa rueda
tenía la altura de tres hombres y giraba sin cesar día y noche. Avivada por los
fuelles, la fogata ardía con tal ferocidad que a Simón le parecía un milagro
que no se derritiese la misma roca de la caverna. Los crisoles, cada uno de los
cuales contenía un metal distinto, eran movidos por una serie de ennegrecidas
cadenas y poleas también conectadas a la rueda. Otro juego de cadenas, tan
largas que semejaban hechas para poner grilletes a unos gigantes, se extendía
hacia arriba desde el cubo de la rueda para desaparecer en una oscura grieta
existente en el techo. Ni siquiera Stanhelm quería decir adónde iba a parar,
pero Simón sospechó que la cosa tenía algo que ver con Pryrates.
En algún momento robado, Stanhelm
explicaba al muchacho todo el proceso: cómo aquella chatarra era fundida hasta
transformarse en un reluciente líquido rojo que, decantado de los crisoles,
pasaba a unos moldes largos y cilíndricos de metal bruto que, una vez
enfriados, eran trasladados por sudorosos hombres a otra parte de la vasta
cámara, donde se convertían en lo que Inch tuviera que entregar a su rey. Simón
supuso que se trataría de armaduras y armas, dado que en los grandes montones
de restos casi no había descubierto artículos para la guerra que no estuvieran
inservibles por completo. Resultaba evidente que Elías se había propuesto
transformar en puntas de flechas y hojas de espadas todos los fragmentos
innecesarios de metal.
A medida que pasaban los días, Simón
comprendió con creciente claridad que difícilmente lograría escapar de
semejante lugar. Stanhelm le dijo que sólo unos pocos prisioneros habían huido
durante el último año, y que todos habían sido atrapados con la sola excepción
de uno. Y que ninguno de los detenidos de nuevo había vivido mucho tiempo.
«El único escapado fue Jeremías
—pensó Simón—. Y, si lo consiguió, fue sólo debido a que Inch cometió la
tontería de enviarlo escalera arriba con un encargo. Dudo mucho que a mí se me
presente tal oportunidad...»
La sensación de estar prisionero era
tan poderosa, y tan intenso su impulso de huir, que había momentos en que Simón
no lo resistía. Lo obsesionaba la idea de verse arrastrado hacia arriba por las
grandes cadenas de la rueda hasta quién sabía dónde. Soñaba con hallar un túnel
que le permitiera salir de la enorme caverna, como había sucedido en su primera
huida de Hayholt, pero ahora estaban todos obstruidos, o bien sólo conducían a
otras partes de la fragua. Las provisiones llegaban del exterior mediante mercenarios
thrithingos armados de lanzas y hachas, y todo era controlado siempre por Inch
o por uno de sus vigilantes. Las únicas llaves pendían con gran ruido del ancho
cinturón de Inch.
El tiempo pasaba para sus amigos,
para la causa de Josua, y él seguía impotente.
«Además, Pryrates no ha abandonado el
castillo. Por consiguiente, sólo es cuestión de tiempo que vuelva a bajar al
subterráneo. ¿Qué sucederá, si la próxima vez no tiene tanta prisa? ¿Si me
reconoce?»
Cuando creía estar solo, sin que lo
vigilaran, Simón buscaba con desespero algo que lo ayudara a escapar, pero no
había nada que lo animase. Se había guardado en el bolsillo un trozo de hierro
y lo afilaba contra la piedra, cuando los demás lo suponían dormido. Si
Pryrates le descubría un día, él procuraría hacerle todo el daño posible.
Simón y Stanhelm se encontraban cerca
del montón de chatarra, jadeantes. El fraguador se había cortado con un borde
puntiagudo, y la herida sangraba abundantemente.
—Quieto...
Simón arrancó una tira de sus ya
rasgados pantalones y se puso a vendarle la mano a Stanhelm. Exhausto, el
hombre se tambaleaba de un lado a otro como un barco zarandeado por el
vendaval.
—¡Por Aedón! —exclamó el joven,
preocupado—. ¡Qué corte tan profundo!
—No puedo más... —musitó Stanhelm,
cuyos ojos habían adquirido aquella expresión vidriosa y carente de vida que
marcaba a todos los obreros de la herrería—. No puedo más...
—Quédate aquí—dijo Simón, ciñéndole
la venda—. Descansa.
Stanhelm meneó la cabeza.
—No puedo.
—Siéntate, pues. Voy en busca del
aguador.
Una figura alta y oscura se colocó
delante de las llamas, obstaculizando el paso de la luz del mismo modo que una
montaña impide ver una puesta de sol.
—Conque descansando, ¿eh? ¿Por qué no
trabajáis?
Inch inclinó la cabeza para mirar
primero a Stanhelm y luego a Simón.
—Se..., se ha hecho daño. Le sangra
la mano.
Esquivando los ojos del jefe, Simón
permanecía con la vista fija en los zapatones de Inch y observó, atontado y
distraído a la vez, que de cada uno asomaba un dedo plano y chato.
—Las personas insignificantes
enseguida sangran —gruñó Inch—. Ya descansarás después. Ahora hay mucho trabajo
que hacer.
Stanhelm se balanceó un poco y, de
pronto, se dejó caer sentado. Inch clavó la mirada en él y se acercó más.
—¡Levántate! Es hora de trabajar.
El herido se limitó a gemir
quedamente, sosteniéndose la mano.
—¡Levántate! —rugió Inch con voz
profunda—. ¡Ahora mismo!
El hombre sentado no alzó la vista.
Entonces, el jefe se agachó y golpeó a Stanhelm con tal fuerza en un lado de la
cabeza, que se le dobló y todo su cuerpo se contrajo.
Stanhelm se echó a llorar.
—¡Levántate!
Al ver que con esto no obtenía
mejores resultados, Inch alzó su enorme puño y volvió a pegar a Stanhelm, que
esta vez quedó en el suelo con los miembros desmadejados.
Varios obreros se habían detenido a
presenciar el castigo del compañero con la indiferente calma con que un rebaño
de ovejas veía cómo el lobo se apoderaba de una de ellas, sabedoras las demás
de que, al menos por el momento, estaban a salvo.
Stanhelm yacía en silencio y apenas
se movía. Inch apoyó una bota en su cabeza.
—¡Levántate, he dicho!
El corazón de Simón palpitaba como
loco. Todo parecía suceder demasiado aprisa. Le constaba que sería un disparate
decir algo. Era claro que Stanhelm había llegado a un punto extremo y podía
considerarse muerto. ¿Para qué necesitaba arriesgarse, pues?
«Es un error preocuparse por la
gente», pensó con disgusto.
—¡Basta!
Sabía que era su propia voz, pero
sonaba irreal.
—¡Dejadlo estar! —agregó.
La cara de Inch, ancha y surcada de
cicatrices, se volvió despacio; su único ojo parpadeaba en medio de la
chamuscada carne.
—¡Tú te callas! —aulló, al mismo
tiempo que propinaba un puntapié a Stanhelm.
—¡He dicho... que lo dejéis!
Inch se apartó de su víctima y Simón
dio un paso atrás, en busca de la posibilidad de huir. Ya no había forma de
evitar el enfrentamiento. El miedo y la rabia tanto tiempo contenidos luchaban
en su interior. El muchacho añoró con desespero su cuchillo qanuc, que le había
sido arrebatado por las nornas.
—¡Ven!
Simón retrocedió un poco más.
—Venid vos a buscarme, ¡saco de
tripas!
La desfigurada cara de Inch se
contrajo, y el hombrachón avanzó hacia Simón a la vez que éste lograba
esquivarle, echando a correr por la caverna. Los demás trabajadores miraron
boquiabiertos cómo el encargado lo perseguía torpemente.
Simón confiaba en fatigar al
gigantón, pero no había contado con su propio agotamiento, causado por las
semanas de malos tratos y privaciones. Al cabo de unos cien pasos sintió que
las fuerzas le fallaban, aunque Inch, dada su pesadez, tampoco adelantaba
mucho. No había allí ningún rincón donde esconderse, ni forma de escapar de la
fragua. Era preferible, pues, luchar abiertamente, allí donde todavía pudiera
valerse de las energías que le quedaban.
El joven se agachó para asir un
pedrusco. Inch, seguro de tener atrapado a Simón pero cauteloso con respecto a
la piedra, se acercaba de manera constante, pero lenta.
—¡Aquí manda el doctor Inch! —tronó—.
Hay mucho trabajo que hacer. Y tú..., tú...
Un rugido sustituyó las palabras que
no acertaba a encontrar para describir la magnitud de los delitos de Simón.
El fiero individuo dio otro paso
adelante.
Entonces, Simón le lanzó la piedra a
la cabeza. Inch se ladeó, con lo que el proyectil le dio pesadamente en el
hombro. El muchacho experimentó un malicioso regocijo, una progresiva furia que
lo inundó casi como alegría. ¡Aquélla era la infame criatura que había llevado
a Pryrates a los aposentos de Morgenes! Sí, ¡aquella monstruosidad había
ayudado a asesinar a su maestro!
—¡Doctor Inch! —se mofó Simón,
carcajeándose mientras se agachaba para coger una segunda piedra—. ¿Doctor?
¡Todo lo más podéis llamaros babosa, o imbécil, o mierda! ¿Doctor? ¡Ja, ja!
Le tiró el otro pedrusco, pero Inch
supo rehuir el golpe, y la piedra fue a parar al suelo. El tipo dio entonces un
sorprendente salto y tumbó a Simón de un puñetazo. Y, antes de que el joven
pudiera recobrarse, una manaza se cerró alrededor de su brazo, lo alzó de un
tirón y, al momento, lo arrojaba de cabeza al suelo. Simón quedó atontado
durante unos segundos, hasta que las carnosas manos de Inch lo agarraron de
nuevo. Fue levantado otra vez y, ahora, algo le azotó el rostro con tal
violencia, que oyó truenos y vio las estrellas. Un manotazo le arrancó la
máscara de tela y, tras recibir otro porrazo, fue dejado caer. Simón siguió
allí donde se había desplomado. No acertaba a comprender dónde estaba ni lo que
había sucedido.
—Me encolerizas... —dijo una voz
profunda.
Simón esperó indefenso un quinto
trastazo. Casi deseaba que fuese lo suficientemente fuerte para librarlo para
siempre del tremendo dolor de cabeza y del mareo que le revolvía el estómago.
Pero no ocurrió nada.
—¡Ah, pequeño pinche de cocina! —dijo
Inch por fin—. Te conozco. Eres el pinche de cocina. El marmitón. Pero tienes
pelo en la cara.
El sonido que siguió parecía
producido por dos piedras frotadas una contra otra. Simón tardó un rato en
darse cuenta que era la risa del odioso Inch.
—Conque volviste, ¿eh? —continuó el
fiero encargado de la fragua, y pareció que se alegraba, como si el chico fuese
un viejo amigo—. Volviste a mí... Pero ahora soy el doctor Inch. Y tú te reíste
de mí, pero no podrás hacerlo más.
Unos gruesos dedos lo levantaron
brutalmente del suelo. El súbito movimiento hundió la cabeza de Simón en la
negrura.
El muchacho trató de cambiar de
postura, mas no lo consiguió. Algo le mantenía estirados al máximo los brazos y
las piernas.
Abrió los ojos y se encontró con la
cacarañada cara de luna de Inch.
—¡Vaya con el pequeño marmitón! De
modo que volviste...
El hombretón se inclinó más sobre él.
Con una mano sujetaba el brazo derecho de Simón a algo que había detrás.
Seguidamente alzó la otra, que sostenía un pesado mazo. Simón vio la punta
dirigida contra su muñeca y no pudo contener un grito de horror.
—¿Estás asustado, pinche de cocina?
Me arrebataste el puesto, el puesto que me hubiera correspondido a mí. Pusiste
en contra de mí al viejo. Eso no te lo perdonaré.
Inch levantó el mazo y golpeó con
dureza la cabeza del clavo. Simón jadeó y se retorció indefenso, mas no sintió
dolor. Únicamente un aumento de la presión sobre la muñeca. Inch hizo penetrar
más el pincho y, a continuación, se echó un poco atrás para contemplar su obra.
Por primera vez, Simón descubrió que no estaban en el suelo de la caverna. Inch
se había subido a una escalera de mano apoyada en la pared, debajo mismo del
brazo del muchacho.
Sin embargo, aquello no era la pared.
Simón lo comprobó poco más tarde. La soga que le ceñía la muñeca se hallaba
clavada ahora a la inmensa rueda de agua de la herrería. Su otra muñeca y los
dos tobillos habían sido ya bien aferrados. Yacía con los miembros extendidos
pocos codos debajo del borde de la rueda, a unos diez de altura sobre el suelo.
La rueda no se movía, y el canal de oscuras aguas parecía más lejano de lo que
debía.
—Haced lo que os dé la gana —dijo
Simón con los dientes apretados, para ahogar el grito que pugnaba por brotar de
su boca—. No me importa. Haced lo que sea.
Inch tiró nuevamente de las muñecas
del joven, como prueba. El muchacho empezó a notar su propio peso, que
sostenían las cadenas, y el lento calentamiento de las articulaciones de sus
brazos, precursor del verdadero dolor.
—¿Hacer, yo? ¡Si no hago nada!
Inch apoyó su enorme mano en el pecho
de Simón y lo empujó hacia atrás, con lo que el chico tuvo que expulsar el aire
con un involuntario silbido.
—Yo esperaba —continuó el cruel
individuo—. Tú ocupaste mi puesto, y yo tuve que esperar y esperar hasta ser el
doctor Inch. ¡Ahora esperarás tú!
—¿Esperar... qué?
Inch sonrió a su manera: un lento
estirar los labios que dejó a la vista unos dientes rotos.
—¡La muerte! Sin comida. Quizá te dé
agua... para que tu agonía se prolongue más. Y tal vez se me ocurra alguna otra
cosa... No importa. En cualquier caso, esperarás.
Inch se introdujo el mazo en el
cinturón y bajó por la escalera de mano.
Simón alargó el cuello y contempló el
descenso del capataz con estupefacta fascinación. El gigantón llegó al suelo y
llamó a dos de sus hombres de confianza para que retirasen la gradilla. El
muchacho vio con tristeza cómo se alejaba su única posible conexión con el
piso. Aunque hallase la forma de soltarse de sus grilletes, todo cuanto
conseguiría sería matarse al caer.
Pero Inch no había terminado. Avanzó
a grandes pasos hasta desaparecer casi de la vista de Simón detrás de la enorme
rueda, y allí apretó una gruesa palanca de madera. Simón percibió un crujido,
notó una sacudida en la ruda, y la súbita puesta en marcha de ésta hizo temblar
todos sus huesos. La rueda descendía entre estremecimientos y produjo un fuerte
chapaleo en el canalillo, con lo que una nueva convulsión recorrió el cuerpo
del infortunado.
Despacio..., siempre despacio..., la
rueda giraba. Primero, para Simón fue un ligero alivio que se moviese hacia
abajo. El peso pasó de sus brazos a sus muñecas y tobillos. Luego, la tensión
le llegó gradualmente a las piernas, a medida que la caverna se ponía del
revés. Al descender aún más, la sangre se le subió a la cabeza hasta tener la
sensación de que le saldría por las orejas. En el punto inferior de la vuelta,
el agua pasó junto a él, mojándole las puntas de los dedos.
Encima de la rueda, las inmensas
cadenas volvían a penetrar en la oscuridad.
—No podía pararla durante mucho rato
—gruñó Inch en ese mundo patas arriba—. Los fuelles no funcionan; los cubos,
tampoco, y la torre de esa rata roja de brujo no gira. Sí, esta rueda hace
muchas cosas —agregó mientras el cuerpo de Simón ascendía lentamente en
dirección al techo de la caverna, y su único ojo brilló a la luz de la fragua—.
Por ejemplo, mata a los pequeños marmitones...
A continuación dio media vuelta y
salió pesadamente de la cámara.
De momento, Simón no sufría mucho.
Tenía las muñecas tan bien sujetas y estaba tan apretado contra el ancho borde
de la rueda, que apenas notaba el movimiento. Sentía hambre, y eso le hacía
conservar la mente suficientemente clara para pensar. En realidad, ésta
funcionaba bastante más deprisa que la aprisionante rueda, recorriendo los
acontecimientos que lo habían conducido a semejante lugar y docenas de
improbables posibilidades de escapar.
Quizá Stanhelm pudiese acercarse a él
a la hora en que todos dormían, para soltarlo. Inch tenía su propio cuarto en
alguna otra parte del subterráneo. Con suerte, tal vez lograra verse libre sin
que el malvado capataz se diera cuenta. Pero... ¿adónde iría? ¿Y qué le hacía pensar que Stanhelm aún
vivía o, aunque así fuera, que se expondría a una muerte segura para salvar a
una persona a la que apenas conocía?
¿Acudiría en su auxilio alguien más?
¿Quién iba a hacerlo? A ninguno de los hombres que allí trabajaban le importaba
que Simón viviera o muriese, y él no podía reprochárselo. ¿Quién iba a
preocuparse por otra persona cuando cada momento constituía una lucha por
respirar, por sobrevivir al infernal calor, por realizar un extenuante trabajo,
sujeto además a los antojos de un brutal jefe?
Y ahora no había amigos que fuesen a
rescatarlo. Binabik y Miriamele, aunque consiguieran llegar al castillo, nunca
bajarían a aquellos subterráneos. Iban en busca del rey, y tampoco tenían
motivo para confiar en que él, Simón, siguiera con vida. Quienes lo habían
salvado de graves peligros en épocas pasadas —Jiriki, Josua, Aditu— se hallaban
muy lejos, en las praderas o camino de Nabban. Ya no quedaba ninguno de los
amigos que antaño residían en el castillo. Y en el supuesto de que, de algún
modo, lograse soltarse de la rueda, ¿adónde
iría? ¿Qué podría hacer? Inch no tardaría en darle alcance de nuevo y,
la próxima vez, el capataz de la fragua no se contentaría con un tormento tan
gradual.
Tiró nuevamente de sus ataduras, pero
se trataba de unas pesadas cuerdas tejidas para resistir la dureza del trabajo
en las fraguas, y no cedieron en absoluto. Aunque se esforzara días enteros en
romperlas, lo único que ganaría sería despellejarse las muñecas. Ni siquiera
los clavos que sujetaban las anudadas cuerdas a las maderas de la rueda servían
de nada. Inch los había introducido cuidadosamente entre los ramales para que
la soga no se rompiera.
El escozor de sus brazos y piernas
empeoraba. Simón empezó a sentir en su interior la garra del miedo. No podía
moverse. Pasara una cosa u otra, y por horrible que se hiciera el suplicio, por
mucho que gritara y luchase por desasirse, estaba indefenso por completo.
Al final se dijo que casi sería un
alivio que apareciese Pryrates y descubriera que Inch lo tenía prisionero. El
rojo sacerdote lo sometería sin duda a castigos espantosos, pero al menos
serían cosas distintas, si bien igualmente horribles: dolores agudos, otros
prolongados, pequeños y grandes. Lo que ahora sufría, en cambio, sería cada vez
peor. Pronto, también el hambre constituiría un tormento. Hacía casi un día
entero que no comía, y se descubrió recordando con un anhelo rayano en la
locura la última escudilla de desdeñable sopa.
Cuando de nuevo rodó cabeza abajo, su
estómago protestó y, con ello, Simón se vio libre del hambre por espacio de
unos momentos. Era algo muy pequeño que agradecer, pero las expectativas del
pobre Simón se habían reducido mucho.
El dolor que le martirizaba el cuerpo
era equivalente a la furia que crecía en él a medida que el sufrimiento iba en
aumento; una desvalida cólera que no encontraba salida y, por lo tanto,
comenzaba a socavar los fundamentos de su cordura. Cierta vez, en Erchester,
Simón había presenciado cómo un hombre, dominado por la rabia, arrojaba por la
ventana todo cuanto tenía en su casa. El no disponía de nada que tirar a sus
enemigos, como no fueran sus creencias, sus amores y sus recuerdos más
preciosos.
Finalmente llegó a la conclusión de
que todos, Morgenes, Josua, Binabik y los demás, lo habían utilizado. De un
muchacho que ni siquiera sabía escribir su propio nombre, habían hecho un
instrumento. Bajo sus manipulaciones y en beneficio propio, lo habían
ahuyentado del hogar para convertirlo en un exiliado; le había tocado ver morir
a muchas personas queridas, y también cómo resultaba destruido mucho de lo que
era inocente y hermoso. Sin darle voz ni voto respecto a su propio destino, lo
habían conducido por un camino y otro, contándole sólo las medias verdades
estrictamente necesarias para que siguiera adelante. Por Josua se había
enfrentado a un dragón y lo había vencido... Luego, le habían quitado la Gran
Espada para dársela a otra persona. Por afecto a Binabik había permanecido en
Yiqanuc y, a lo mejor, de marcharse antes la compañía, Haestan no habría
muerto... Había acompañado a Miriamele para protegerla en su viaje, y la
consecuencia eran ahora los sufrimientos, tanto en los túneles como ahora en esa
maldita rueda donde, probablemente encontraría la muerte. Le habían arrebatado
todo cuanto poseía. Se habían aprovechado de él, sí.
Y Miriamele también tenía cosas de
qué responder. Lo había animado, tratándolo como a un igual pese a ser ella la
hija de un rey.
Había sido su amiga, o por lo menos
afirmaba serlo, mas no había esperado su regreso de las montañas del norte. No;
por el contrario, se había ido sin dejarle ni una sola palabra, como si su
amistad jamás hubiera existido, para entregarse luego a otro hombre y perder su
virginidad con alguien que ni siquiera le interesaba. Miriamele lo había besado
y le había hecho creer así que su imposible amor tenía un sentido..., para
después arrojarle a la cara, del modo más cruel posible, sus propias hazañas.
Hasta sus mismos padres lo habían
abandonado, al morir antes de que él pudiera guardar un recuerdo de ellos, por
lo que no conocía más vida ni historia que lo que las camareras le habían dado.
¿Cómo habían podido dejarlo? ¿Y cómo había permitido Dios que eso sucediera?
¡Incluso Dios lo había traicionado, por no estar allí! Decían que Él protegía a
todas las criaturas de su mundo, pero por lo visto le importaba poco Simón, el
último de sus hijos. ¿Cómo podía amar Dios a alguien y dejarlo padecer tanto como
a Simón, cuya única falta era la de intentar hacer las cosas bien?
No obstante la furia que le
inspiraban todos los así llamados amigos que habían abusado de su confianza,
aún sentía más odio hacia sus enemigos: Inch, aquel salvaje animal..., o no,
peor todavía, porque un animal no torturaba; el rey Elías, por cuya culpa el
mundo estaba en guerra y no había en él más que terror y hambre y mortandad;
Utuk'ku, la de la máscara de plata, que había mandado a su cazador detrás de
Simón y sus amigos, y causado así la muerte de Amerasu; y el sacerdote
Pryrates, asesino de Morgenes, que sólo tenía en su negra alma una egoísta
maldad.
Pero el principal autor de todos los
sufrimientos de Simón parecía ser aquel cuyo desenfrenado aborrecimiento
llegaba a tanto, que ni la tumba podía contenerlo. Si alguien merecía pagarlo
con tremendas torturas, era el Rey de la Tormenta. Ineluki había traído la
ruina a un mundo lleno de inocentes. Había destruido la vida y la felicidad de
Simón.
A veces, el muchacho tenía la
sensación de que era el odio lo que lo mantenía vivo. Y, cuando la agonía se
hacía demasiado intensa, cuando creía que la última fuerza se le escapaba, o
por lo menos que perdía el control sobre ella, la necesidad de sobrevivir y de
vengarse era lo único a lo que agarrarse. Procuraría seguir vivo mientras
pudiese, aunque sólo fuera para devolver parte de sus propios sufrimientos a
quienes se habían aprovechado de él. Habría un desquite por cada triste noche
de soledad, cada herida, cada hora de terror y cada lágrima.
Dándole vueltas al asunto en medio de su
oscuridad mental, en los momentos de más o menos lucidez, Simón juró una y mil
veces hacerles pagar a todos pena por pena.
Primero le pareció una luciérnaga que
aleteara en el extremo de su área visual: algo pequeño que centelleaba sin luz,
un punto no negro en un mundo de negrura. Simón, cuyos pensamientos se
enmarañaban en un remolino de dolor y hambre, no le vio sentido alguno.
—Ven —murmuró entonces una voz.
A lo largo de todo ese segundo día en
la rueda —¿o era el tercero?—, Simón había percibido voces. ¿Qué significaba
ahora aquella otra voz? ¿Y la nueva mancha de luz danzante?
—Ven.
Súbitamente se halló libre. Libre de
la rueda, libre de las sogas que le herían las muñecas. Unos cabellos de color
de fuego se pegaban, sudorosos, a su frente. Y una barbilla se apoyó en su
pecho.
«¿Qué es esto? —se preguntó Simón
brevemente, pero ya conocía la respuesta. Contempló sin emoción su propia
forma—. ¿De modo que ése era mi aspecto? Pero dentro no queda nada. Es como un
jarro vacío.»
Y de pronto lo comprendió.
«Estoy muerto.»
Mas, si así era, ¿por qué notaba
todavía el ligero roce de las cuerdas y la terrible tensión en las
articulaciones de los hombros? ¿Por qué le parecía estar, a un mismo tiempo,
dentro y fuera de su cuerpo?
La luz volvió a surgir delante de él,
como si lo llamara y lo atrajera hacia sí. Carente de voluntad propia, Simón
obedeció. Como el viento en una larga y oscura chimenea, surcaron juntos unas
caóticas sombras. Cosas indescriptibles pasaban junto a él y por su interior.
Su relación con la persona colgada de la rueda se debilitó. La candela de la
existencia vaciló.
«No quiero perderme... ¡Déjame
retroceder!»
Pero la chispa que lo guiaba seguía
adelante.
La apelotonada lobreguez se
transformó en luz y color y, poco a poco, Simón distinguió formas de cosas
reales. Se hallaba en la boca del canal que movía la rueda de agua, fija la
vista en la oscura corriente que se precipitaba a las profundidades existentes
debajo del castillo, camino de la fundición. Lo siguiente que vio fue la
silenciosa laguna que había en las desiertas salas de Asu'a. El agua goteaba
desde las grietas del techo. Las nieblas que flotaban sobre el lago pulsaban
llenas de vida, como si aquellas aguas vivificaran algo que había permanecido
un tiempo prácticamente muerto. ¿Podía ser eso lo que la parpadeante luz
trataba de enseñarle? ¿Que el agua de la fragua había llenado la laguna de los
sitha? ¿Que resurgía en él la vida?
Otras imágenes pasaron flotando por
su lado. Simón distinguió la oscura forma que se alzaba junto a la base de la
maciza escalera de Asu'a, aquello semejante a un árbol que había estado a punto
de tocar, y cuyos extraños pensamientos había sentido. La escalera en sí era un
conducto en espiral que subía desde las raíces del árbol respirante hasta la
mismísima Torre del Ángel Verde.
Al pensar en la torre se encontró de
súbito mirando el pináculo, que sobresalía como un enorme diente blanco. Caía
la nieve y el cielo estaba lleno de nubes. Sin embargo, Simón veía el nocturno
cielo que había detrás. Suspendida a poca altura en la oscuridad del norte,
brillaba una intensa ascua con una pequeña y débil cola: la Estrella del
Conquistador.
—¿Por qué me trajiste a todos estos
sitios? —musitó Simón—. ¿Cómo debo interpretarlo?
El punto de luz seguía en el aire,
como si lo escuchara.
Simón no obtuvo respuesta. En cambio,
algo frío le mojó la cara
El muchacho abrió los ojos. De nuevo
era el habitante de su propia y dolorida envoltura carnal. Una deforme figura
pendía del techo cabeza abajo, chillando como un murciélago.
No. Era uno de los secuaces de Inch,
y quien colgaba boca abajo en el punto inferior del movimiento giratorio de la
rueda era él, atento a los chirridos del eje. El individuo volcó sobre su
rostro otro cucharón de agua, de la que sólo un poco entró en la boca. Simón
jadeó y se atragantó al intentar tragar. Luego se lamió los labios y la
barbilla. Cuando la rueda empezó a hacerlo subir de nuevo, el hombre se alejó
sin decir ni una palabra. Pequeñas gotas resbalaban de la cabeza y los cabellos
del joven, y durante unos momentos estuvo demasiado ocupado tratando de
pescarlas antes de que se perdieran. Sólo cuando la rueda lo hacía descender
por el otro lado, fue capaz de volver a pensar.
¿Qué significaba aquello? El fuego
que sentía en las articulaciones le impedía reflexionar de manera coherente.
¿Qué era aquello brillante, y qué trataba de indicarle? ¿No sería simplemente
un empeoramiento en su locura?
Simón había tenido muchos sueños extraños
desde que Inch lo había dejado: visiones de desesperación y arrebato, escenas
de una imposible victoria sobre sus enemigos, y otras en las que los amigos
sufrían horribles destinos, mas también había soñado cosas mucho menos
representativas. Las voces que había oído en los túneles habían vuelto, en
ocasiones apenas audibles, dados los chapaleos y crujidos de la rueda; otras
veces, tan claras como si alguien le susurrase algo a la oreja; jirones de
frases que siempre parecían angustiosamente lejos de su capacidad de
comprensión. Estaba asaltado por las fantasías, mareado como un pajarillo
azotado por la tempestad. ¿Por qué tenía que constituir esta visión algo más
real, pues?
No obstante, era distinta. Como la
diferencia entre el viento que le roza a uno la cara y el ligero contacto con
una persona.
Simón se aferró a los recuerdos. Al
fin y al cabo constituían algo en qué pensar, algo que nada tenía que ver con
las roeduras que sentía en el estómago y con el fuego de sus miembros.
«¿Qué fue lo que vi? ¿Que el lago
existente debajo del castillo ha revivido gracias al agua que cae de esta
rueda? ¡El lago! ¿Cómo no se me ocurrió antes? Jiriki dijo..., o no, fue
Aditu..., que en Asu'a había algo llamado el Pozo de las Tres Profundidades, un
Testigo Maestro. ¡Sí; eso tuvo que ser lo que vi allí abajo! ¿Lo vi? ¡Bebí de
esa laguna! Sin embargo, ¿qué importancia tiene ahora, aunque sea verdad? —se
dijo Simón, en lucha con sus pensamientos—. La Torre del Ángel Verde, aquel
árbol, el pozo... ¿Existe una relación entre todo ello?»
Entonces recordó sus sueños del Árbol
Blanco, sueños que lo habían martirizado durante largo tiempo. Al principio
creía que se trataba del árbol de Udun, allá en el gélido Yijarjuk, la
imponente cascada de hielo que lo había dejado estupefacto con su grandiosidad
e inverosimilitud, pero luego había llegado a la conclusión de que tenía que
existir también otro significado.
«Un árbol blanco, sin hojas... La
Torre del Ángel Verde... ¿Ocurrirá algo allí? Pero ¿qué?»
Simón soltó una áspera risa, cuyo
sonido lo sorprendió a él mismo. Había permanecido callado durante muchas,
muchas horas.
«¿Y qué puedo hacer yo, al fin y al
cabo? ¿Decírselo a Inch?»
En cualquier caso, algo sucedía. La
laguna cobraba vida, y la Torre del Ángel Verde esperaba algo... Mientras
tanto, la rueda giraba y giraba.
«Yo solía soñar con la rueda,
también. Con una rueda muy grande que daba vueltas a través de los tiempos,
sacaba a la luz el pasado y empujaba todo lo vivo tierra adentro... No era una
gigantesca pieza de madera que, con sus paletas, moviera agua sucia, como
aquí.»
La rueda lo arrastraba de nuevo hacia
abajo, inclinándolo de forma que la sangre volvía a afluir a su cabeza y las
sienes le latían con fuerza.
«¿Qué me dijo el ángel en aquel otro
sueño? —se preguntó Simón, a la vez que hacía una mueca y contenía un grito,
porque las piernas le dolían como si alguien se las pinchara con largas y
gruesas agujas—. "¡Ahonda más!", decía. "¡Ahonda más!"»
Los muros del tiempo empezaron a
derrumbarse alrededor de Simón, como si la rueda que lo llevaba —al igual que
la rueda que había visto en sueños— se sumergiese directamente a través del
tejido del momento actual para penetrar en el pasado y remover la historia con
objeto de esparcirla por la época presente. El castillo que tenía Simón debajo,
Asu'a la Grande, muerto por espacio de cinco siglos, se había vuelto tan real
como Hayholt surgido encima. Las hazañas de quienes ya no existían —o de
aquellos que, como Ineluki, habían muerto pero se negaban a irse—, resultaban
tan básicas como las de los hombres y las mujeres aún con vida. El propio Simón
se hallaba enredado entre todo ello: unos restos de rasgada piel y de huesos,
atrapados en la rueda de la eternidad, arrastrando todo ello sin su
consentimiento a través del embrujado presente y el imperecedero pasado.
Algo le tocaba la cara. Simón
despertó de su delirio para notar que unos dedos le cruzaban la mejilla. Se
engancharon unos instantes en sus cabellos y, luego, lo soltaron cuando la
rueda se lo llevó. Abrió el muchacho los ojos, pero... o bien había perdido la
vista, o todas las antorchas de la cámara estaban apagadas.
—¿Qué eres? —preguntó una temblorosa
voz a su lado, mas él se alejaba de ella—. Te oí chillar. Tu voz no es como las
demás. Además puedo tocarte. ¿Qué eres?
Simón tenía la boca tan hinchada por
dentro, que apenas respiraba. Intentó hablar, mas sólo consiguió emitir un
gorgoteo.
—¿Qué eres?
El joven quiso contestar,
preguntándose al mismo tiempo si no se trataría de otro sueño. Pero ninguna de
las pesadillas, por muy angustiosas e insistentes que fueran, lo había tocado
con carne de verdad.
Pareció transcurrir una eternidad de
tiempo mientras subía al punto más alto de la rueda, donde las grandes cadenas
partían ruidosas hacia arriba, para luego iniciar de nuevo el descenso. Cuando
alcanzó la parte más baja, Simón había reunido suficiente saliva para hablarle
a quien estuviera cerca, aunque el esfuerzo le producía dolor en la garganta.
—¡Ayúdame...!
Pero, si allí había alguien, no
volvió a decir nada ni a tocarlo. Y el círculo continuó sin interrupción. Solo
en la oscuridad, Simón lloró sin lágrimas.
La rueda giraba, y Simón con ella. En
alguna ocasión notó agua en la cara y pudo tragar unas cuantas gotas. Como el
Pozo de las Tres Profundidades, él sorbía ansioso el líquido para mantener
encendida la chispa de la vida. Por su mente revoloteaban las sombras. Unas
voces sibilantes sonaron en el pabellón auricular de su oreja. Los pensamientos
de Simón no parecían conocer límites, aunque, al mismo tiempo, él se sentía
preso en el caparazón de su atormentado y moribundo cuerpo. Anhelaba verse
libre.
La rueda giraba, y Simón con ella.
El joven vio un mundo gris, sin
formas; una infinita distancia que, no obstante, parecía suficientemente
próxima para tocarla. De pronto surgió una figura que despedía un débil
resplandor verde-gris, de un color semejante al de las hojas carentes ya de vida:
el ángel del remate de la torre.
—Simón —dijo el ángel—. Tengo cosas
que mostrarte.
Ni siquiera en su mente pudo formular
Simón las preguntas que ansiaba hacer.
—Ven. No queda mucho tiempo.
Juntos atravesaron extraños lugares
en dirección a otro sitio. Como la niebla evaporada por un intenso sol, el
monótono mundo gris se desvaneció, y Simón se encontró ante algo que ya había
visto antes, si bien no recordaba dónde. Un hombre joven de dorados cabellos
descendía con cautela por un túnel. En una mano llevaba una antorcha; en la
otra, una lanza.
Simón buscó al ángel, pero sólo halló
al hombre de la lanza, en una postura de temerosa expectación. ¿Quién sería?
¿Por qué tenía él esa visión? ¿Representaba el pasado? ¿O quizás el presente?
¿Era alguien que venía a rescatarlo?
La sigilosa figura avanzó. El túnel
se hizo más ancho, y la luz de la antorcha permitió distinguir los
bajorrelieves en forma de enredaderas y flores que decoraban las paredes.
Significase eso el pasado, el futuro o el momento presente. Simón tenía ahora
la certeza de que sabía dónde sucedía: ¡en Asu'a, en las profundidades
existentes debajo de Hayholt!
El hombre se detuvo de repente y dio
un paso atrás, lanza en alto. La luz de la antorcha cayó sobre un gran bulto
acurrucado en la cámara que se abría ante él y reveló miles de rojas escamas.
Una inmensa garra yacía a pocos pasos del arco donde había quedado el hombre de
la lanza, y sus escalofriantes uñas eran de hueso amarillo.
—Mira: aquí tienes parte de tu propia
historia...
Pero, mientras el ángel hablaba, la
escena se difuminó por completo.
Simón despertó al sentir una mano en
su cara y el agua que penetraba por entre sus labios. Se atragantó y tuvo que
escupir, aunque a la vez hacía lo posible por aprovechar cada gota salvadora.
—Eres un hombre —dijo una voz—. Una
persona de verdad.
Otro chorro de agua le mojó el rostro
y entró en su boca. Resultaba difícil tragar colgado boca abajo, pero Simón
había aprendido bastante, en sus largas horas sujeto a la rueda.
—¿Quién...? —musitó con esfuerzo,
porque los agrietados labios le dificultaban el habla.
La mano le recorrió sus facciones con
la delicadeza de una araña curiosa.
—¿Que quién soy yo? —contestó la
voz—. Soy el que está aquí. En este lugar, quiero decir.
Los ojos de Simón se agrandaron. En
otra caverna ardía aún una antorcha, y así pudo ver la silueta que tenía
delante: la de una persona normal, la de un hombre. No se trataba de una
murmurante sombra.
Pero, mientras él miraba a aquel
humano, la rueda volvió a llevárselo hacia arriba. Simón estaba convencido de
que, cuando bajara de nuevo, aquella criatura viviente ya se habría marchado,
dejándolo solo otra vez.
—¿Quién soy? —reflexionó el hombre en
voz alta—. Yo tenía un nombre, tiempo atrás... Pero era en otro sitio. Cuando
estaba vivo.
Simón se sintió incapaz de aguantar
semejante conversación. Todo cuanto deseaba era tener una persona normal con
quien hablar. Y emitió un ahogado sollozo.
—Yo tenía un nombre, sí —insistió el
hombre con voz más débil, a medida que Simón se alejaba en su rueda—. En ese
otro lugar, antes de que todo ocurriese, me llamaba Guthwulf.
CUARTA PARTE
La torre en llamas
XXI.
LOS ASUSTADOS
M
iriamele despertó lentamente para
encontrarse en la os¬curidad. Se movía, pero no por su propia tuerza, sino
transportada por alguien o algo como si hiera un fardo de ropa. Aún notaba en
la nariz el empalagoso dulzor. Sus pensa¬mientos eran lentos y turbios.
¿Qué había sucedido? Binabik luchaba
contra aquel hombre de la espantosa risa...
Sólo de manera borrosa recordaba
haber sido agarrada e intro¬ducida en la negrura. Estaba prisionera, pero...
¿de quién? ¿De su padre? ¿O quizá, lo que sería mucho peor, de... Pryrates?
La princesa intentó sacudir las
piernas, pero las tenía bien suje¬tas por algo menos doloroso que las cuerdas o
las cadenas, aunque no más flexible. También sus manos estaban atadas. Se
hallaba tan indefensa como una niña.
—¡Soltadme! —gritó, pese a saber que
era inútil, pero no podía dominar su frustración.
Su voz sonó sorda: el saco, o lo que
fuera, aún le cubría la cara.
No obtuvo respuesta, ni cesó el
zarandeo. Miriamele luchó un poco más, pero al fin se rindió.
Había caído en un duermevela cuando
quien la llevaba se de¬tuvo y la depositó en el suelo con sorprendente
delicadeza. A conti¬nuación, y también con sumo cuidado, le destaparon la
cabeza.
De momento, la luz le hirió los ojos
no obstante ser tenue. Unas negras figuras se alzaban delante de ella, y una se
había inclinado tanto sobre su persona que la princesa tardó varios segundos en
comprender que aquella forma era una cabeza. Parpadeó un poco y, con una
ahogada expresión de asombro, se arrastró hacia atrás hasta que la dura piedra
se lo impidió. Estaba rodeada de monstruos.
La criatura más cercana retrocedió
asustada por su repenti¬no movimiento. Al igual que sus compañeros, tenía
cierto aspecto humano, pero sus enormes ojos oscuros carecían de lo blanco, y
la demacrada cara se bamboleaba en el extremo de un delgaducho cuello. El ser
alargó hacia ella una mano de dedos semejantes a pa¬tas de araña, pero la
retiró como si temiera ser mordido. Entonces dijo algo en una lengua parecida
al hernystiro. Miriamele lo miró horrorizada, sin entender nada. La criatura lo
intentó de nuevo, sirviéndose ahora de un defectuoso westerling, pronunciado de
modo raro.
—¿Os hicimos daño? —preguntó la
criatura con evidente preocu¬pación—. Os suplico que me digáis si estáis bien.
¿Hay algo que po¬damos ofreceros?
Desconcertada, Miriamele procuró
alejarse del alcance del monstruo, aunque éste no parecía tener malas
intenciones.
—Un poco de agua —pidió la joven al
fin—. ¿Quiénes sois?
—Me llamo Yis-fidri —respondió la
criatura—. Los demás son mis compañeros, y ésta es mi mujer, Yis-hadra.
—Pero ¿qué sois?
Miriamele tenía miedo de que la
aparente amabilidad de esos seres no fuese más que un truco. De manera
discreta, procuró bus¬car con la vista su cuchillo, que no pendía envainado de
su cintura, y entonces se fijó por primera vez en lo que la rodeaba. La habían
conducido a una caverna cuyo único distintivo parecía ser la áspera superficie
de la roca. Toda ella estaba suavemente iluminada en un tono rosado, mas no era
fácil adivinar el origen de aquella luz. Apo¬yados en la pared a escasos pasos
de distancia, la princesa descubrió su equipaje y el de Binabik. Contenía éste
alguna cosa que podría utilizar como arma si era preciso...
—¿Qué somos? —dijo el llamado
Yis-fidri con voz seria—. ¡Somos los últimos de nuestro pueblo o, por lo menos,
los últimos que eli¬gieron esta senda: el Camino de Piedra y Tierra!
Las demás criaturas emitieron un
musical sonido de pesar, como si esa insignificante observación tuviera gran
importancia.
—Vuestro pueblo nos conoce por el
nombre de dwarrows.
—¡Dwarrows!
La sorpresa de Miriamele no podría
haber sido mayor si Yis-fidri hubiera dicho que eran ángeles. Porque los
dwarrows eran cria¬turas de los cuentos populares, duendes que vivían en el
interior de la tierra. Sin embargo, y por muy increíble que resultara, ahora
los tenía delante. Y además había algo casi familiar en Yis-fidri, como si ya
antes lo hubiese conocido o, por lo menos, a alguien de su raza.
—Dwarrows —repitió la princesa, en
cuyo interior comenzaba a burbujear la risa—. Otra leyenda que cobra vida... Si
no os proponeis hacerme daño, llevadme de nuevo junto a mi amigo. ¡Está en
peligro!
La criatura de ojos como platos
adoptó una expresión triste. Produjo un sonido melodioso, y otro dwarrow avanzó
con una es¬cudilla de piedra en la mano.
—Bebed de esto. Es agua, como
pedisteis.
Miriamele la olisqueó primero,
recelosa, pero enseguida se dijo que, si la habían conducido hasta allí con
tanta facilidad, no necesi¬taban envenenarla. Bebió, pues, y saboreó la
sensación de la limpia y gélida agua en su seca garganta.
—¿Me devolveréis a donde estaba mi
amigo? —insistió, una vez casi vacía la escudilla.
Los dwarrows intercambiaron miradas,
nerviosos, y sus cabezas se agitaron como amapolas en un campo barrido por el
viento.
—No nos pidáis eso, mujer mortal
—contestó finalmente Yis-fidri—. Estabais en un lugar muy peligroso, mucho más
peligroso de lo que os imagináis, y teníais algo que no debieseis haber
llevado. El equilibrio es excesivamente delicado.
Las palabras de Yis-fidri podían
parecer afectadas y hasta cómi¬cas, pero la reluctancia del dwarrow era clara.
—¿Un lugar peligroso? —replicó ella
con una chispa de indigna¬ción—. ¿Y qué derecho teníais a separarme de mi
amigo? ¡Soy yo quien decide lo que es peligroso para mi!
Yis-fidri meneó la cabeza.
—No peligroso para vos, o no sólo
para vos. Cosas muy graves están en juego, y aquel lugar no... no es bueno.
El dwarrow daba la impresión de
sentirse muy incómodo al te¬ner que decir eso, y los demás oscilaban detrás de
él, zumbando algo con notable excitación. A pesar de lo desgraciada que se
sentía, Miriamele estuvo a punto de soltar una carcajada ante tan extraño
es¬pectáculo.
—No podemos dejaros ir. Lo lamentamos
profundamente. Algu¬nos de nosotros regresarán en busca de vuestro amigo.
—¿Y por qué no lo ayudasteis? ¿Por
qué no lo trajisteis también, si en efecto era tan arriesgado estar allí?
—Estábamos muy asustados, ya que él
parecía pelear con un No Vivo, y allí, repito, el equilibrio es sumamente
delicado.
—¿Qué significa eso? —exigió saber
Miriamele, ahora de pie, más enojada que temerosa—. ¡No podéis hacer una cosa
así!
Quiso avanzar hacia una sombra en la
pared de la caverna, que bien podría ser la boca de un túnel. Pero Yis-fidri la
agarró por la muñeca. Los delgados dedos del dwarrow eran callosos y duros como
la piedra, demostradores de una respetable fuerza en el flaco individuo.
—Os lo suplico, mujer mortal. Os
explicaremos todo cuanto sea posible. De momento conformaos con estar aquí, con
nosotros. Ire¬mos en busca de vuestro amigo.
Miriamele trató de resistirse, mas
resultó inútil. Era como si in¬tentara tirar del peso de la tierra entera.
—Bueno... —murmuró al fin, cuando el
miedo se transformó en resignación—. No tengo otra elección. Contadme lo que
sepáis. Pero, si Binabik sufre las consecuencias de lo que habéis hecho,
en¬tonces... ¡entonces encontraré la forma de castigaros, sin importarme
quiénes seáis! ¡Lo prometo!
Yis-fidri bajó la cabeza como un
perro vapuleado.
—No es nuestra costumbre la de forzar
a nadie a actuar contra su voluntad. Nosotros mismos ya sufrimos demasiado a
manos de unos amos malos.
—Si debo ser vuestra prisionera,
prefiero que me llaméis por mi nombre. Soy Miriamele.
—Miriamele, pues. Perdonadnos,
Miriamele —agregó—, o por lo menos no nos juzguéis hasta oír todo cuanto
tenemos que deciros.
La princesa se llevó la escudilla a
los labios para tomar otro sorbo.
—Hablad.
El dwarrow miró a sus compañeros de
grandes ojos oscuros, que formaban un círculo a su alrededor, y comenzó.
—¿Y cómo está Maegwin? —preguntó
Isorn.
El vendaje le daba un aspecto
extraño, como si tuviera la cabeza hinchada. El glacial aire que penetraba por
la puerta de la tienda ha¬cía oscilar las llamas del pequeño fuego.
—Pensaba que habría vuelto en sí
—contestó Eolair con un sus¬piro—. La noche pasada empezó a moverse un poco, y
respiraba más a fondo. Incluso murmuró un par de palabras, aunque no las
en¬tendí.
—¡Pues son buenas noticias! ¿Por qué
pones esa cara tan larga?
—Vino a verla la mujer sitha. Según
ella, es como una fiebre. A veces, el enfermo se acerca a la superficie... Como
la persona que se ahoga sube a respirar por última vez. Pero eso no significa
que...
A Eolair le temblaba la voz. Le
costaba controlarse.
—Dijo la curandera —añadió— que
seguía tan cerca de la muerte como antes, si no más.
—¿Y crees en la sitha?
—No se trata de una enfermedad del
cuerpo, Isorn —explicó Eolair despacio—. Maegwin está herida en el alma, que ya
tenía da¬ñada. Pudiste observarla durante las semanas pasadas. Y los sitha
sa¬ben más que nosotros de estas cosas —musitó, sin dejar de apretarse y volver
a soltarse los dedos—. Lo que le sucedió a Maegwin no deja señales, ni huesos
rotos ni tampoco cortes sangrantes. ¡Puedes dar gracias a Dios de que tu propia
herida sea de las que tienen cura!
—Ya lo hago —replicó el joven
rimmerio, ceñudo—. ¡Jesuris mise¬ricordioso! En tal caso, las noticias son
malas. ¿Y nadie puede hacer nada?
El conde se encogió de hombros.
—La curandera declaró que este caso
estaba más allá de sus po¬deres. Lo único que cabe es mantener lo más cómoda
posible a Maegwin.
—¡Un endiablado destino para tan
buena mujer! La mala suerte rodea a la familia de Lluth.
—Nadie lo hubiese dicho, un año atrás
—murmuró Eolair, mor¬diéndose el labio antes de continuar. Su dolor aumentaba
tanto que, si no se libraba de él, acabaría por matarlo—. Pero... ¡por el
es¬cudo de Murhagh! No es de extrañar que Maegwin buscara a los dioses. ¿Cómo
no iba a pensar que nos habían abandonado? Su pa¬dre, muerto. Su hermano,
torturado y despedazado. Su pueblo, obligado al exilio. ¡Mi pueblo! —jadeo—. Y
ahora, la pobre Mae¬gwin... enajenada y, por si fuera poco, abandonada
moribunda en¬tre las nieves de Naglimund. Eso es más que la ausencia de los
dio¬ses. ¡Es como si los dioses hubieran decidido castigarnos!
Isorn hizo la señal del Árbol.
—Nunca podemos saber lo que el cielo
se propone, Eolair. Quizá tenga para Maegwin unos planes que nosotros no
podemos com¬prender.
—Quizá.
Eolair dominó su ira. Isorn no tenía
la culpa de que Maegwin muriese, y todo cuanto el joven decía era amable y
sensato. Pero el conde de Nad Mullach no quería amabilidad ni sensatez. Sólo
de¬seaba poder aullar como un lobo de la Marca Helada.
—Tendrías que verla, Isorn. Cuando no
yace inmóvil como una muerta, contrae el rostro con una expresión de terror y
aprieta los puños. ¡Así! —demostró Eolair, encogiendo sus propios dedos—.
Pa¬rece querer agarrarse a algo que la salve. Necesita algo que yo no puedo
darle. Está perdida, Isorn, y no hay manera de hacerla reac¬cionar —se lamentó,
excitado, a la vez que se golpeaba las rodillas con las palmas de las manos.
El joven amigo lo miró. En sus ojos
brilló una chispa de enten¬dimiento.
—Oh, Eolair, ¿la amas?
—No lo sé —contestó el conde, que se
llevó las manos a la cara durante unos instantes, antes de proseguir—. Hubo un
tiempo en que creí que entre nosotros surgiría el amor, pero de pronto Maegwin
se mostró dura y cortante conmigo, y yo no hacía más que re¬cibir un chasco
detrás de otro. Mas luego, cuando se apoderó de ella la locura, confesó que me
había querido desde niña. Estaba conven¬cida de que yo la desdeñaría y no
quería ser compadecida, por lo que siempre me había mantenido a raya para que
no descubriera su secreto.
—¡Madre de Misericordia! —exclamó
Isorn, y alargó su pecosa mano para estrechar la de Eolair.
El conde notó la firmeza del contacto
y sostuvo largo rato la del joven.
—La vida es de por sí un enredado
laberinto, sin necesidad de que además haya guerras entre los inmortales y
otros seres semejan¬tes. ¡Por los dioses, Isorn! ¿Es que nunca tendremos paz?
—Algún día quizá sí —respondió el
rimmerio—. Algún día llegará.
Eolair dio un apretón a la mano de
Isorn antes de soltarla.
—Jiriki dijo que los sitha tienen
intención de partir dentro de ¬dos días. ¿Te irás con ellos, o regresarás
conmigo a Hernystir?
—Aún no lo he decidido, pero, tal
como tengo la cabeza, no puedo cabalgar a mucha velocidad.
—En tal caso, ven conmigo —propuso el
conde, al ponerse de pie—. Por ahora no tenemos prisa.
—¡Cuídate mucho, Eolair!
—¡Y tú también! Si te apetece,
volveré luego con un poco de vino sitha. Te sentaría bien, porque quita el
escozor de las heridas.
—A mí me quitaría algo más que eso
—rió el joven—, ¡El juicio que me queda! Pero no importa. No voy a ninguna
parte, ni de mí se espera que haga nada. Trae el vino cuando puedas.
Eolair dio una palmada en el hombro
al joven amigo y se en¬frentó al cortante viento al salir de la tienda.
Alcanzado el lugar donde yacía
Maegwin, se sintió nuevamente impresionado por la habilidad de los sitha. La
pequeña tienda de Isorn estaba bien hecha y era sólida, pero el gélido viento
se colaba por todas partes y, por su base, penetraba también la nieve. La de
Maegwin, en cambio, había sido confeccionada por los sitha. Jiriki quería que
la princesa se hallara lo más cómoda posible y, pese a que la reluciente tela
parecía translúcida de tan fina, entrar en ella era como pisar una casa bien
construida. La tormenta que azotaba Naglimund podría haber tenido su centro a
kilómetros de distancia.
Sin embargo, y como se preguntó
Eolair, ¿para qué necesitaban eso los sitha, si parecían insensibles al frío o
a la humedad?
Cuando Eolair llegó, Kira’athu alzó
la vista. Maegwin, acostada en el jergón debajo de una delgada manta, se
agitaba inquieta pese a seguir con los ojos cerrados y conservar la misma
mortal palidez.
—¿Se ha producido algún cambio?
—inquirió el conde, aunque de sobra conocía la respuesta.
La mujer sitha se encogió brevemente
de hombros.
—La princesa lucha, pero no creo que
tenga la fuerza suficiente para romper el dominio de lo que la sujeta, sea lo
que sea.
Kira’athu parecía incapaz de
cualquier emoción, y sus dorados ojos eran tan inexpresivos como los de un
gato. No obstante, Eolair sabía cuántas horas llevaba la sitha junto a Maegwin.
Simplemente, aquellos inmortales eran diferentes, y carecía de sentido intentar
juzgarlos por sus caras y sus voces.
—¿Os dijo algunas palabras? —preguntó
de repente Kira’athu.
El conde observó que los dedos de la
princesa agarraban la manta en busca de algo que no estaba allí.
—Me habló, sí, pero no pude
entenderla bien. Y lo que logré dis¬tinguir eran sólo unos balbuceos
irreconocibles.
La mujer sitha levantó una de sus
plateadas cejas.
—Pues a mí me pareció oír...
Pero se interrumpió para mirar a la
enferma, cuya boca se movía sin producir sonidos.
—¿Os pareció oír qué?
—La lengua del Jardín —contestó
Kira’athu con las manos exten¬didas, para contraer luego los dedos de modo que
los pulgares se to¬caron—. Eso que vosotros llamáis lengua sitha.
—Es posible que Maegwin aprendiese
algo cuando todos viajá¬bamos y luchábamos juntos.
El conde se acercó más. Le encogía el
corazón ver cómo su amada buscaba alguna cosa sin descanso.
—Es posible, sí —asintió la
curandera—. Pero yo diría que hablaba como lo harían los zida’ya, o casi.
—No os entiendo.
Eolair se sentía confundido y
bastante enojado.
Kira’athu se puso de pie.
—Perdonadme. En vez de preocuparos a
vos, debiera hablar con Jiriki y Likimeya del asunto. En cualquier caso, creo
que importa poco. Lo siento, conde Eolair. Quisiera poder daros mejores
noticias.
El hombre se sentó en el suelo, junto
a Maegwin.
—No es culpa vuestra. Habéis sido muy
amable.
Alargó la mano para que la princesa
pudiera cogerla, pero los fríos dedos de ésta se apartaron asustados.
—¡Por Bagba! —murmuró Eolair—. ¿Qué
querrá?
—¿Hay algo que la princesa suela
llevar consigo o, por ejemplo, colgado del cuello? —preguntó Kira’athu—. ¿Algún
amuleto u otra cosa que la haga sentirse protegida?
—No se me ocurre nada. Quizá necesite
agua.
La sitha meneó la cabeza.
—Ya le di de beber.
El conde se inclinó para remover,
distraído, las alforjas que conte¬nían las diversas pertenencias de Maegwin.
Extrajo de ellas un pañuelo de gruesa lana y se lo puso en las manos a la
enferma, que sólo lo sostuvo un momento antes de rechazarlo, para reanudar
enseguida la extraña busca mientras volvía a murmurar algo en un tono gutural.
En su desespero por proporcionar
alivio a Maegwin, Eolair em¬pezó a sacar otras cosas de las bolsas y las fue
colocando —una tras otra— bajo los dedos de la joven: una escudilla; un pájaro
de madera que, por lo visto, procedía del Salón de los Grabados del Taig, e
in¬cluso la empuñadura de un cuchillo enfundado. Esto último disgustó al conde.
Temeroso de que, dada la nebulosidad de su mente, pudiera herirse a sí misma,
él le había prohibido llevarse el arma de Hernysadharc, orden de la que ella,
evidentemente, no había hecho el menor caso. Mas ninguno de esos objetos, ni
tampoco otros más pequeños, conseguían calmarla. Sus manos los alejaban con la
brusquedad pro¬pia de una niña de poca edad, aunque su rostro permanecía
impasible.
Por último, el conde encontró algo
pesado. Lo extrajo y vio que se trataba de un trozo de oscura piedra.
—¿Qué es eso? —preguntó Kira’athu con
voz sorprendentemente cortante.
—Fue un regalo de los dwarrows
—respondió Eolair, levantán¬dolo para que la mujer sitha pudiese verlo—. Mirad:
Yis-fidri grabó en esta piedra el nombre de Maegwin. Al menos, eso me dijo.
Kira’athu tomó la pieza y le dio
varias vueltas con sus delgados dedos.
—Es su nombre, en efecto. Son las
runas de los tinukeda’ya. ¿Vo¬sotros los llamáis dwarrows?
—Sí. Yo conduje a Jiriki a Mezutu’a,
su mundo subterráneo. Ig¬noraba que Maegwin lo llevara consigo —dijo, después
de hacerse devolver la piedra y sopesarla a la luz del fuego, que formaba
extra–os dibujos en su superficie.
De pronto, la princesa emitió un
profundo gemido que hizo es¬tremecer al conde. Se apresuró a acercarse al
lecho. El siguiente so¬nido de la enferma pareció contener palabras.
—Perdida —murmuró Kira’athu,
aproximándose también.
A Eolair se le encogió el corazón.
—¿Qué queréis decir?
—Es lo que ella ha balbucido. Habla
en la lengua del Jardín.
El conde contempló la arrugada frente
de Maegwin, que movió de nuevo la boca aunque sin producir más que algo
semejante a un silbido, al mismo tiempo que movía la cabeza de un lado a otro
de la almohada. Súbitamente alargó las manos para agarrar las de Eolair. Al
soltar él la piedra con intención de sujetárselas, la princesa se apodero de
ella y la apretó contra su pecho. Continuó la febril agita¬ción de su cuerpo,
pero calló. Mantenía los ojos cerrados, y parecía haber caído en un sueño más
tranquilo.
Eolair la vigilaba desconcertado.
Kira’athu se inclinó sobre la mujer inconsciente, posó una mano en su frente y
le olió el aliento.
—¿Está bien? —preguntó el conde.
—No la veo más cerca de nosotros que
antes, pero al menos pa¬rece descansar un poco. Creo que era la piedra lo que
buscaba.
—¿Por qué?
—No lo sé. Iré en busca de Likimeya y
de su hijo, y de cualquier otro que tenga conocimientos sobre esta materia. Mas
eso no cam¬bia nada, Eolair. Maegwin sigue igual, aunque tal vez dónde se halla
ahora, sea en el Sendero de los Sueños o en otra parte, su miedo sea menor. Y
eso ya significa algo.
Kira’athu cubrió con la manta las
manos de la princesa, que estrecharon la piedra de los dwarrows como si formara
parte de ella.
—Debierais descansar, conde Eolair
—dijo la mujer sirria mien¬tras se encaminaba a la puerta—. No le haréis ningún
bien a Mae¬gwin si también caéis enfermo.
Un soplo de aire fresco penetró en la
tienda cuando el ala de lona fue levantada para volver a cerrarse.
Isgrimnur presenció cómo el lector
Velligis abandonaba el salón del trono. La silla de manos del voluminoso hombre
era transpor¬tada por ocho guardias de rostro contraído y fue sacada —como
ha¬bía sido introducida— por una procesión de sacerdotes que llevaban objetos
sacros y humeantes incensarios. Isgrimnur pensó que pare¬cía una feria
ambulante, camino de una nueva aldea. Dispensado de arrodillarse a causa de sus
heridas, había asistido a la ceremonia ce¬lebrada por el actual lector desde
una silla apoyada en la pared.
No obstante todo su aspecto noble,
Camaris parecía incómodo en su elevado trono ducal. Josua, que había
permanecido de rodillas junto al sitial mientras el lector Velligis impartía la
bendición, se puso de pie.
—Bueno —murmuró el príncipe al mismo
tiempo que se sacudía el polvo de las rodillas con la mano—. La Madre Iglesia
reconoce vuestra victoria.
—¿Y qué otra solución le quedaba?
—gruñó Isgrimnur—. Gana¬mos, ¿no? Velligis es de aquellos que siempre apuestan
por el favo¬rito. Por cualquier favorito.
—Es el lector, duque Isgrimnur
—intervino Camaris con severi¬dad—. El ministro de Dios en la tierra.
—Camaris tiene razón. Fuera lo que
fuera antes, ha sido elevado a la Sede del Altísimo y merece nuestro respeto.
Isgrimnur produjo un sonido de
disgusto.
—Soy viejo, estoy herido y sé lo que
sé. Puedo respetar la Sede sin amar a la persona que la ocupa. ¿Acaso el Trono
de los Huesos de Dragón hizo un buen rey de vuestro hermano?
—Nadie pretendió nunca que un trono
hiciese infalible a su ocu¬pante.
—Tratad de decirle eso a la mayoría
de los reyes —contestó Is¬grimnur.
—¡Por favor! —protestó Camaris,
alzando la mano—. Basta ya. Hoy es un día pesado, y aún nos queda mucho por
hacer.
Isgrimnur miró al anciano caballero.
Jamás lo había visto tan fa¬tigado. Parecía lógico que la liberación de Nabban
del asesino de su hermano le causara satisfacción. Sin embargo, habríase dicho
que le arrebataba la vida.
«Es como si supiera que ha llevado a
cabo una de las cosas que debía hacer, pero sólo una. Desea reposar, pero
todavía no puede —pensó el duque, creyendo haberlo comprendido por fin—. Me
pre¬guntaba por qué se mostraba tan extraño, tan distante. Y es que no quiere
vivir. Sólo está aquí por creer que Dios le manda finalizar las tareas que le
aguardan. Es evidente que cualquier puesta en duda de la voluntad de Dios, la
infalibidad del lector inclusive, resulta difícil para Camaris. Se considera a
sí mismo un hombre muerto.»
Isgrimnur contuvo un estremecimiento.
Una cosa era ansiar el descanso, el alivio, y otra muy distinta sentirse ya
muerto. El duque se preguntó por espacio de un momento si, ahora, Camaris
enten¬día mejor que los demás al Rey de la Tormenta.
—Muy bien —dijo Josua—. Aún hay una
persona a la que tenemos que ver. Me interesa hablar con ella, Camaris, si no
os importa. Llevo algún tiempo pensando en ello.
El anciano hizo un gesto de
indiferencia. Sus ojos eran como fragmentos de hielo bajo sus gruesas cejas.
Josua llamó a un paje, y las puertas
se abrieron. Cuando la litera de manos del conde Stréawe fue introducida en el
salón, Isgrimnur se recostó en su silla, tomó la jarra de cerveza que había
tenido es¬condida detrás y bebió un largo trago. Fuera era todavía de día, pero
los ventanales de la pieza, que llegaban hasta el techo, estaban atran¬cados
para protegerlos de la tempestad que azotaba el mar que se ex¬tendía al pie del
palacio, y en los soportes de las paredes ardían las antorchas. Isgrimnur sabía
que el salón estaba pintado de delicados colores de agua y arena y cielo, pero
a la luz de las antorchas todo re¬sultaba turbio y confuso.
Stréawe fue bajado de su litera, y el
asiento quedó colocado junto a la base del trono. El conde sonrió e inclinó la
cabeza.
—Duque Camaris... ¡Bienvenido a
vuestro legítimo hogar! Os echamos mucho de menos, mi señor —exclamó, a la vez
que volvía la nívea cabeza—. Asimismo al príncipe Josua y al duque Isgrimnur.
Es para mí un honor que me mandaseis llamar. ¡Esta sí que es una compañía
noble!
—Yo no soy duque, conde Stréawe
—contestó Camaris—. No he adoptado ningún título. Simplemente me limité a
vengar la muerte de mi hermano.
Josua dio un paso adelante.
—Pero no interpretéis mal su
modestia, conde. Camaris es quien gobierna aquí.
Se ensanchó la sonrisa de Stréawe,
con lo que destacaron sus profundas patas de gallo. Isgrimnur se dijo que
parecía el más per¬fecto abuelo creado por Dios, preguntándose de paso si el
conde ha¬cía prácticas delante de un espejo.
—Me alegra que siguieseis mi consejo,
príncipe Josua. Como po¬déis comprobar, mucha gente se sentía muy desgraciada
bajo el mando de Benigaris. Ahora, en Nabban reina la alegría. Cuando yo subía
del muelle, vi una multitud que bailaba en la plaza pública.
Josua se encogió de hombros.
—Eso tiene más que ver con el hecho
de que el barón Seriddan y los demás enviaron a sus soldados a la ciudad, con
suficiente dinero para gastar. Esta ciudad no sufrió en exceso a causa de
Benigaris, pese a lo difíciles que son los tiempos. Parricida o no, parece
haber gobernado bastante bien.
El conde le echó una breve mirada y,
por lo visto, consideró jus¬tificado un distinto enfoque. A Isgrimnur empezaba
a divertirle la escena.
—No —dijo Stréawe despacio—. En eso
estáis acertado, pero... ¿no creéis que el pueblo conoce lo sucedido? La gente
presentía que las cosas no iban como era debido, y corrían bastantes rumores de
que Benigaris había matado a su padre..., a vuestro querido hermano, sir
Camaris..., para conseguir el trono. Ciertamente, no todos los problemas eran
culpa de Benigaris, pero en el país había mucha in¬quietud.
—Inquietud que vos y Pryrates
procurabais fomentar, avivando las llamas.
El soberano de Perdruin puso cara de
sincero asombro.
—¿Cómo? ¿Me relacionáis con Pryrates?
¿Con esa escoria vestida de rojo? Si estuviese en condiciones de andar, Josua,
cruzaríamos nuestras espadas por esto.
Por espacio de unos instantes,
Stréawe dejó caer la máscara de la cortesía para mostrar al amenazador hombre
de férrea voluntad que había detrás.
El príncipe lo miró fríamente, pero
pronto se dulcificó su expre¬sión.
—No digo que vos y Pryrates actuaseis
de acuerdo, pero sí que cada uno de vosotros explotaba la situación del modo
que más le convenía, aunque, como me figuro, de manera muy diferente.
—Si eso es lo que quisisteis decir,
me tacho a mí mismo de culpa¬ble y me pongo a merced del trono —declaró el
conde, apaciguado—. En efecto, hago todo cuanto puedo para defender los
intereses de mi isla. No cuento con ejércitos dignos de mención, Josua, y
siem¬pre soy víctima de los caprichos de mis vecinos. Como dicen en Ansis
Pelippe, «cuando Nabban da media vuelta en sueños, Perdruin se cae de la cama».
—Buena respuesta, conde —rió Josua—.
Y así es, en realidad. Mas también se comenta que, probablemente, sois el
hombre más rico de Osten Ard. ¿Es eso asimismo el resultado de vuestros
desvelos por Perdruin?
Stréawe se enderezó.
—Lo que yo haga no es asunto vuestro.
Creí que me buscabais como aliado; no para insultarme.
—Ahorradme vuestra falsa dignidad, mi
buen conde. Me cuesta creer que llamaros rico signifique un insulto. Sin
embargo, tenéis razón en una cosa: deseamos hablar con vos de ciertos asuntos
de mutuo interés.
Stréawe hizo unos solemnes gestos
afirmativos.
—Esto ya me suena mejor, príncipe
Josua. Sabéis que os apoyo. ¡Recordad la nota que os envié a través de mi
criado Lenti! Ansío que indiquéis cómo puedo seros útil.
—Se trata de cómo podemos sernos
mutuamente útiles —lo corrigió Josua con una mano en alto, para acallar la
protesta del conde—. Os propongo que prescindamos de los preámbulos de
costumbre. Tengo mucha prisa. Ya renuncié a un inicio de negociación al expresarme
con tanta claridad. Ahora, por favor, no nos hagáis perder el tiempo con falsas
aseveraciones sobre esto o aquello.
Los labios del viejo se fruncieron a
la par que se entrecerraban sus ojos.
—Muy bien, Josua. Me siento
extraordinariamente interesado. ¿Qué queréis?
—Barcos. Y marineros que los
tripulen. Los suficientes para transportar nuestros ejércitos a Erkynlandia.
Sorprendido, Stréawe tardó unos
momentos en responder.
—¿Os proponéis haceros a la mar con
rumbo a Erkynlandia? ¿Después de luchar furiosamente durante semanas enteras
para conquistar Nabban, y con la peor tempestad desde hace años azo¬tándonos
desde el norte, incluso mientras conversamos?
El conde señaló las cerradas
ventanas. Fuera, el viento aullaba alrededor de la colina Sancellina.
—Anoche hacía tanto frío —prosiguió—,
que el agua se heló en el Recinto de las Fuentes y la campana de Clavean apenas
sonaba en¬cima de la casa de Dios. ¿Y vos pensáis embarcar?
Isgrimnur tuvo un sobresalto al oír
mencionar la campana. Josua se volvió instantáneamente hacia el rimmerio y
captó la mirada de éste, que le advertía de que no respondiera. Era obvio que
tam¬bién él recordaba el profético poema de Nisses.
—Sí, Stréawe... —dijo el príncipe—.
Hay tempestades y tempestades. Tenemos que hacer frente a unas para sobrevivir
a otras. Yo em¬barcaré tan pronto como pueda.
El conde alzó las manos para mostrar
unas palmas abiertas y vacías.
—Bien, bien. Haced lo que creáis
conveniente. Pero... ¿en qué debo intervenir yo? Los barcos perdruineses no son
de guerra, y to¬dos navegan en estos momentos. Me figuro que es la gran flota
de Nabban lo que necesitáis, y no mis barcos mercantes. Ahora —agregó indicando
el trono—, Camaris es el jefe de la Casa del Mar¬tín Pescador.
—Pero vos sois quien manda en los
muelles —replicó Josua—. Como dijo Benigaris, él os suponía prisionero, mas vos
no cesabais de atosigarlo. ¿Utilizasteis parte del oro que, según se comenta,
llena las catacumbas existentes debajo de vuestra casa de Sta Mirore? ¿O quizás
algo más sutil? ¿Rumores, historias...? No es cosa que nos im¬porte. La cosa
es, Stréawe, que podéis ayudarnos o constituir un obs¬táculo para nosotros.
Quiero discutir con vos el precio, ya sea en po¬der o en oro. También es
preciso el aprovisionamiento. Deseo que esos barcos estén cargados y en ruta
dentro de siete días, o menos.
—¿Siete días? —repitió el conde,
expresando sorpresa por segunda vez—. No va a resultar fácil. Además, habréis
oído hablar de los kilpas, ¿no? Corren como los peces llamados quinis, pero
éstos no sal¬tan hasta la borda para devorar a los marineros. En los actuales y
te¬nebrosos días, los hombres se resisten a navegar.
—¿Quedan iniciadas las negociaciones,
pues? —preguntó Josua—. De acuerdo en que los tiempos son difíciles... ¿Qué
pedís a cambio? ¿Poder u oro?
Stréawe soltó una súbita carcajada.
—Efectivamente, hemos iniciado las
negociaciones. Sin em¬bargo, me subestimáis, o bien infravaloráis vuestros
propios fondos. Poseéis algo que puede interesarme más que el oro o el poder...
Algo que, de hecho, engloba ambas cosas.
—¿Y qué es eso?
El conde se inclinó hacia adelante.
—Conocimientos —contestó,
enderezándose, al mismo tiempo que una lenta sonrisa se extendía por su
rostro—. Ahora os he dado yo una prueba de lo que pueden ser las negociaciones,
a cambio de vuestra anterior concesión —dijo Stréawe, frotándose las manos con
satisfacción mal disimulada—. Hablemos en serio, pues.
Isgrimnur gruñó quedamente cuando
Josua tomó asiento junto al amo de Perdruin. No obstante la prisa manifestada
por el príncipe, el trato iba a ser complicado. Resultaba evidente que Stréawe
disfrutaba demasiado con el asunto para apresurarse, y que Josua se tomaba la
cosa demasiado en serio para llegar a decisiones precipita¬das. Isgrimnur miró
a Camaris, que había permanecido silencioso durante toda la discusión. El
anciano caballero mantenía la vista fija en las cerradas ventanas, como si
éstas formasen una intrincada y ab-sorbente pintura, y apoyaba la barbilla en
la mano. Isgrimnur emitió otro quejido y agarró su jarra de cerveza. Preveía
una larga velada.
El miedo que los dwarrows le habían
inspirado a Miriamele, se reducía. La princesa empezaba a recordar lo que Simón
y otros ha¬bían contado sobre el viaje del conde Eolair a Sesuad’ra. El hidalgo
se había encontrado con dwarrows, a los que daba el nombre de domhaini, en las
minas situadas en las profundidades de las monta¬ñas de Hernystir. Según él, se
trataba de seres amables y pacíficos, cosa que parecía cierta. Excepto
arrancarla de la escalera, no le ha¬bían hecho ningún daño. Pese a ello, no la
dejaban irse.
—Aquí —dijo, indicando sus alforjas—.
Si estáis convencidos de que algo de lo que llevo es nocivo o peligroso o... lo
que sea, buscad en ellas.
Mientras los dwarrows deliberaban
entre ellos con sus ansiosas y sonoras voces, Miriamele consideró la
posibilidad de escapar. Se preguntó si los dwarrows dormían alguna vez. Pero
¿adónde la ha¬bían llevado? ¿Cómo podría
encontrar el camino de salida, y adónde
se dirigiría? Conservaba los mapas, eso sí, mas dudaba de saber
interpretarlos de manera tan eficaz como Binabik.
¿Dónde estaba Binabik? ¿Seguiría con
vida? La joven sintió casi un mareo al recordar al ser de burlona risa que
había atacado al gnomo. Otro amigo ya se había perdido en alguna parte de las
som¬bras. El hombrecillo tenía razón: había sido una idea absurda. Cabía la
posibilidad de que su tozudez hubiese causado la muerte a sus dos mejores
amigos. ¿Cómo podría vivir con semejante cargo de con¬ciencia?
Una vez terminada la discusión entre
los dwarrows, a Miriamele ya le importaba poco lo que hubiesen decidido. La
dominaba una tristeza que le consumía las fuerzas.
—Registraremos vuestras pertenencias,
si lo permitís —dijo Yis-fidri—. En respeto a vuestras costumbres, sólo las
tocará mi esposa Yis-hadra.
La joven quedó perpleja ante tanta
consideración. ¿Qué supon¬drían que había bajado consigo a las simas de la
tierra? ¿Acaso las delicadas prendas interiores de una princesa residente en un
casti¬llo? ¿Diminutos y frágiles recuerdos? ¿Perfumadas notas de admiradores?
Yis-hadra se acercó tímidamente y
comenzó a examinar el con¬tenido de las alforjas. El marido se arrodilló al
lado de Miriamele.
—Lamentamos muy de veras que las
cosas tengan que ser así. Os aseguro que no es nuestra forma de proceder. Nunca
impusimos a nadie nuestra voluntad. ¡Nunca!
Parecía desesperado por convencerla.
—Aún no entiendo el peligro que tanto
teméis.
—Fue el lugar por donde andabais vos
y vuestros dos compañe¬ros. Es... es... No hay palabras para expresarlo en
lenguas mortales. Existen unas fuerzas —continuó, mientras doblaba sus largos
dedos—, unos poderes..., cosas que estaban dormidas y ahora despiertan. La
escalera de la torre por la que subíais es uno de los lugares donde tales
fuerzas son más intensas. Cada día cobran mayor energía. No enten¬demos qué
sucede, pero hasta que lo averigüemos no debe ocurrir nada que trastorne el
equilibrio...
Miriamele movió la mano para
indicarle que callara.
—Poco a poco, Yis-fidri. Trato de
comprenderos. En primer lu¬gar, aquello que nos atacó en la escalera no era un
compañero nues¬tro. Binabik pareció reconocerlo, pero yo nunca lo había visto
antes.
Yis-fidri meneó la cabeza excitado.
—No, no, Miriamele. No os sintáis
insultada. Ya sabemos que aquel con quien luchaba vuestro amigo no era un
compañero... Se trataba de un vacío andante, de un No Ser. Quizás en otro
tiempo fue un hombre mortal. Yo me refería al compañero que iba un poco detrás
de vosotros.
—¿Detrás de nosotros? ¡Si sólo éramos
dos! Salvo que...
El corazón le dio un salto a la
muchacha. ¿Sería Simón, que bus¬caba a sus amigos? ¿Era posible que se hallara
a tan poca distancia de ella, cuando la habían cogido los dwarrows? ¡Eso habría
sido dema¬siado cruel!
—En tal caso, alguien os perseguía
—dijo Yis-fidri con firmeza—. No puedo decir si con buenas o malas intenciones.
Lo único que nos consta es que en la escalera había tres mortales.
La princesa se sentía incapaz de
pensar en ello. Encima de tantos sufrimientos, se agolpaba ahora demasiada
confusión.
Yis-hadra emitió un sonido semejante
al de un pájaro. Su ma¬rido se volvió. La mujer sostenía en alto la Flecha
Blanca de Simón.
—Desde luego —jadeó Yis-fidri, y los
demás dwarrows se acercaron absortos—. Lo presentíamos, aunque sin saberlo con
certeza. —Y de cara a Miriamele añadió—: No es obra nuestra, porque eso lo
sabría¬mos con tanta exactitud como vos conocéis la mano que tenéis en el
extremo de vuestro brazo. Sin embargo, la flecha procede de Vindaomeyo, uno de
los zida’ya a quienes enseñamos nuestra habilidad y ar¬tesanía. Fijaos —agregó
señalando la saeta que su mujer le había pa¬sado— en que esta pieza, la
empañada punta azulgrís, es uno de los Testigos Maestros. No es de extrañar,
pues, que lo presintiéramos.
—¿Y llevarla en la escalera
representaba algún peligro? —inquirió Miriamele, deseosa de entender a
Yis-fidri, pero se había sentido presa del terror durante largo rato, y el
cansancio tiraba ahora de ella como una resaca—. ¿Cómo es posible?
—Procuraremos explicároslo. Las cosas
cambian. El equilibrio es delicado. La piedra roja del cielo habla a las
piedras de la tierra, y nosotros, los tinukeda’ya, percibimos las voces de esas
piedras.
—¿Y son esas mismas piedras las que
os mandan secuestrar de la escalera a la gente?
Miriamele estaba exhausta, y le
costaba no mostrarse descortés.
—No vinimos aquí por deseo nuestro
—respondió Yis-fidri, muy se¬rio—, Cosas sucedidas en nuestro hogar y en otras
partes nos impulsaron a retirarnos cada vez más hacia el sur; pero, cuando
llegamos a este lugar a través de los viejos túneles, comprendimos que aquí la
amenaza era todavía peor. Ahora no podemos ir adelante, ni hacia atrás. Pero
hemos de saber qué ocurre para encontrar el mejor modo de escapar.
—¿Os proponéis huir? —preguntó la
princesa—. ¿Es por eso que hacéis todas esas cosas? ¿Para tener la posibilidad
de huir?
—No somos guerreros, ni tampoco
nuestros señores de otros tiempos, los zida’ya. El sistema de los Hijos del
Océano siempre fue el de encontrar una salida, el de sobrevivir.
Miriamele experimentó una profunda
frustración. Se habían apoderado de ella, separándola de su amigo, con el único
propósito de escapar de algo que ella no acababa de entender.
—Dejadme marchar —elijo.
—Imposible, princesa. Lo sentimos.
—Entonces dejadme dormir.
Lentamente se dirigió a la pared de
la caverna y se arrebujó en su capa. Los dwarrows no se lo impidieron, pero de
nuevo empezaron a hablar entre sí. El sonido de sus voces, melodioso e
incomprensi¬ble como el de los grillos, la acompañó hasta que se vio vencida
por el sueño.
XXII
UN DRAGÓN DORMIDO
D
ios mío no permitas que se haya ido!»
La rueda se llevó a Simón hacia
arriba. Si Guthwulf ha¬blaba aún en la oscuridad que tenía debajo, el no podía
oírlo por impedírselo los crujidos de la madera y el ruido de las pe¬sadas
cadenas.
¡Guthwulf! ¿Podía ser el mismo hombre
al que Simón había visto de lejos, el Heraldo del Supremo Rey, de expresión tan
fiera? ¡Pero si había dirigido el sitio de Naglimund y era uno de los más
poderosos amigos de Elías! ¿Qué diantre hacía ahora allí? No; debía de tratarse
de otra persona. En cualquier caso, fuera quien fuese, por lo menos tenía voz
humana.
—¿Podéis oírme? —graznó Simón cuando
la rueda lo bajaba de nuevo.
La sangre, tan regular como la marea
del anochecer, se le subió otra vez a la cabeza.
—Sí —susurró Guthwulf—. Pero no
habléis tan alto. He oído a otros, que sin duda me harían daño. Me arrebatarían
todo cuanto me queda.
Simón lo vio: una figura borrosa y
encorvada, pero tan alta como la del Heraldo del Supremo Rey, y de anchas
espaldas pese a estar tan cargado de hombros. Mantenía la cabeza ladeada de
ma¬nera extraña, como si le doliera.
—¿Podéis darme... más agua?
Guthwulf introdujo las manos en el
canal que pasaba por de¬bajo de la rueda y, cuando Simón hubo descendido
bastante, le ver¬tió agua sobre el rostro. Simón abrió la boca, ansioso, y
pidió más. El conde llenó otras tres veces las palmas de sus manos, antes de
que el muchacho volviera a quedar fuera de su alcance.
—¿Estáis... atado a una rueda?
—exclamó, como si no pudiese creerlo.
Aliviada su sed por vez primera desde
hacía días, Simón refle¬xionó sobre la inesperada pregunta. ¿Era simple aquel
hombre? ¿Cómo podía, quien no fuese ciego, dudar de que aquello era una rueda?
De repente, la chocante postura de la
cabeza de Guthwulf adqui¬rió sentido. ¡Era ciego, en efecto! Por eso le había
palpado la cara.
—¿Sois... el conde Guthwulf?
—preguntó Simón cuando la rueda iniciaba nuevamente su descenso—. ¿El conde de
Utanyeat?
Recordando lo que su benefactor
acababa de decirle, el joven apenas levantó la voz. Tuvo que repetir las
palabras cuando estuvo más cerca.
—Creo que lo era, sí —contestó el
conde, de cuyas fláccidas ma¬nos goteaba el agua—. En otra vida. Antes de
perder mis ojos. Antes de que la espada me tocara...
¿La espada? ¿Había sido cegado en una
batalla? ¿O en un duelo? Simón apartó de sí tales pensamientos. Tenía ahora
problemas más importantes. Su estómago estaba lleno de agua, pero de nada más.
—¿Podríais darme algo de comida? O,
mejor dicho, ¿tenéis modo de soltarme? ¡Os lo suplico! ¡Me someten a un
terrible tor¬mento, me torturan!
El esfuerzo realizado para hablar
había lastimado su resentida garganta, lo que le produjo un acceso de tos.
—¿Soltaros? —murmuró Guthwulf,
obviamente sorprendido—. ¿Es que... no deseáis estar aquí? Lo siento, pero...
¡Todo es tan dis¬tinto! Me cuesta hacer memoria.
«Está loco. La única persona que
podría ayudarme, ¡y ha per¬dido la razón!», pensó Simón.
Y en voz alta dijo:
—Os lo ruego. Sufro mucho. Si no me
ayudáis, moriré —jadeó, sacudido por un súbito sollozo. Hablar de ello daba una
tremenda realidad a su situación—. ¡Y no quiero morir!
La rueda volvió a iniciar el ascenso.
—No puedo... Las voces me impiden
cualquier cosa —musitó Guthwulf—. Dicen que debo esconderme. De lo contrario,
alguien me arrebatará lo poco que me queda. Sin embargo —agregó en un tono
terriblemente melancólico— me di cuenta de vuestra presencia, oí algún ruido,
os oí respirar. Supe que erais un ser vivo, y ansiaba escuchar vuestra voz.
¡Hace tanto tiempo que no hablo con nadie!
Sus palabras sonaron más débiles
cuando la rueda se llevó a Simón.
—¿Fuisteis vos quien me dejó la
comida?
Simón no tenía la menor idea de a qué
se refería el hombre, pero lo notó vacilante, preocupado por sus padecimientos.
—¡Fui yo, sí! —contestó el joven,
tratando de que se lo oyera pese al ruido de la rueda, pero sin gritar.
¿Le llegaría su voz al conde?
—¡Sí! ¡Yo os llevé comida! —repitió.
«¡Dios mío, haced que todavía siga
ahí cuando yo vuelva a pasar! —rezó Simón—. ¡Haced que no se haya ido!»
Cuando su cuerpo volvía a acercarse
al fondo, Guthwulf alargó la mano una vez más para pasarla por el rostro de
Simón.
—Me alimentasteis. No sé... Tengo
miedo. Me lo arrebatarán todo. ¡Suenan tan fuertes las voces! Soy incapaz de
pensar. Esas vo¬ces son demasiado fuertes —se quejó, con un meneo de su
desgre–ada cabeza.
De súbito, dio media vuelta y cruzó
la caverna con paso inse¬guro hasta desaparecer entre las sombras.
—¡Guthwulf! —lo llamó Simón—. ¡No me
abandonéis!
Pero el ciego ya se había marchado.
El roce de una mano humana y el
sonido de una voz habían re¬crudecido el martirio de Simón. Las horas o los
días o las semanas —porque ya no intentaba contar el tiempo transcurrido—
habían empezado a fundirse en una creciente nada. Se había sentido flotar en
una especie de niebla que, lentamente, lo apartaba de las luces del hogar. Pero
ahora regresaba de nuevo, entre horribles sufrimientos.
La rueda giraba. A veces, cuando
todas las antorchas de la herre¬ría estaban encendidas, Simón veía unos hombres
con mascarilla y ennegrecidos por el hollín que pasaban a toda prisa por su
lado, pero ninguno le dirigía la palabra. Los ayudantes de Inch le llevaban
agua con desesperante infrecuencia y, cuando lo hacían, no se molestaban en
hablarle. En un par de ocasiones distinguió al gigantesco en¬cargado, que
observaba silencioso cómo la rueda daba vueltas con Simón sujeto a ella. Cosa
extraña, Inch no parecía interesado en recrearse con su tortura: sólo se
aproximaba a intervalos para com¬probar los padecimientos del joven, del mismo
modo en que el dueño de una finca podía detenerse a controlar los progresos de
su huerto cuando iba camino de otros quehaceres.
El dolor que Simón sentía en sus
miembros y en el vientre era tan constante, que apenas recordaba ya cómo era no
tenerlo. Corría por todo su cuerpo como si éste no fuera un saco destinado a
ence¬rrarlo: un saco arrojado de mano en mano por indiferentes obreros. A cada
rotación, el dolor le subía a la cabeza hasta causarle la sensa¬ción de que el
cráneo le iba a estallar, para bajarle seguidamente por los vacíos intestinos
hasta situarse de nuevo en los pies, de forma que al pobre muchacho le parecía
pisar carbones encendidos.
Tampoco se le iba el hambre. Si bien
era una compañera menos angustiosa que la agonía que le producían los miembros,
no por eso dejaba de ser pesada e incesante. Simón se daba cuenta de que, a
cada vuelta de rueda, toda su persona se reducía: se hacía menos humana, menos
viva, y menor era su interés por mantener unido cuanto constituía su ser. Lo
único que lo hacía aferrarse a la poca vida que le quedaba, era la débil llama
de sus deseos de venganza, y una chispa de esperanza todavía más débil de que,
quizás, algún día pudiese volver junto a sus amigos.
«Soy Simón —se decía a sí mismo hasta
que le costaba recordar lo que eso significaba—. No permitiré que me lo quiten.
¡Soy Simón!»
La rueda giraba. Y él con ella.
Guthwulf no volvió a hablarle. Una
vez, cuando el muchacho flotaba en medio de una misteriosa confusión, notó que
quien le llevaba agua le tocaba la cara, pero no tuvo fuerza para mover los
la¬bios ni formular pregunta alguna. Si se trataba del ciego, no perma¬neció a
su lado.
Mientras Simón tenía la sensación de
seguir encogiéndose, la caverna que albergaba las fraguas parecía agrandarse.
Como la vi¬sión que aquella resplandeciente mancha le había mostrado, parecía
que el antro se abría de cara al mundo entero o, mejor dicho, que el mundo
entero se había desplomado encima de la fundición, de ma¬nera que, con
frecuencia. Simón creía hallarse en muy distintos si¬tios al mismo tiempo.
Se sentía atrapado en las desiertas y
gélidas alturas cubiertas de nieve, donde le quemaba la sangre del dragón. La
cicatriz de su cara ardía de un modo terrible. Algo lo había tocado allí y lo
había cam¬biado. Nunca volvería a ser el de antes.
Debajo de la herrería, pero también
en el interior de Simón, se movió Asu’a. Se estremeció la desmoronadiza piedra
y refulgió de nuevo, centelleando como los muros del cielo. Las susurrantes
som¬bras se transformaron en fantasmas de ojos dorados, que se reían. Luego,
esos fantasmas se convirtieron en sitha pictóricos de vida. Y una música de tan
delicada belleza como las telarañas salpicadas de rocío llenó las renacidas
salas.
Una gran franja roja se elevó al
cielo por encima de la Torre del Ángel Verde. La inmensidad la rodeaba, y las
demás estrellas pare¬cían sólo tímidos testigos.
Por el norte se avecinaba una fuerte
tormenta, una arremoli¬nante negrura que vomitaba viento y relámpagos, lodo
cuanto to¬caba se volvía de hielo, con lo que no dejaba atrás más que una
blanca y muerta estela.
Como un hombre debatiéndose en medio
de una vorágine, Si¬món se sintió en el centro de unas poderosas corrientes,
incapaz de alterarlas. Era un prisionero de la rueda. El mundo giraba en
direc¬ción a algún imponente y desastroso cambio, y él ni siquiera podía
llevarse una mano a la ardiente faz.
—Simón...
La niebla era tan espesa que no veía
nada. Lo envolvía un va¬cío gris. ¿Quién lo llamaba? ¿No veían que necesitaba
dormir? Si esperaba, la voz se alejaría. Todos se alejaban, si esperaba lo
sufi¬ciente.
—Simón.
La voz era insistente.
El no quería oír nada más. Sólo
ansiaba que lo dejasen dormir, poder refugiarse en un profundo e interminable
sueño...
—¡Simón! Mírame.
Algo se agitaba en aquel mundo gris.
No le interesaba. ¿Por qué no lo dejaba en paz aquella dichosa voz?
—¡Márchate!
—Mírame, Simón. Trata de verme.
¡Tiéndeme la mano!
El joven quiso alejar la molesta
presencia, pero la voz había des¬pertado algo en su interior. Miró al vacío.
—¿Puedes verme?
—No. Quiero dormir.
—Aún no, Simón. Hay cosas que tienes
que hacer. Algún día descansarás, pero todavía no. ¡Mírame, Simón! Te lo pido.
Aquello que se movía adquirió una
forma más concreta. Un ros¬tro triste y hermoso, aunque carente de vida,
flotaba delante de él. Algo semejante a alas o prendas sueltas se movía
alrededor del ser, apenas distinguible de la niebla gris.
—¿Me ves?
—Sí.
—¿Quién soy?
—El ángel de la torre.
—No, pero no importa.
El ángel se aproximó más. Simón logró
apreciar las decoloracio¬nes en su curtida piel de bronce.
—Supongo que es bueno que al menos me
veas. Esperé a que te acercases lo suficiente. Confío en que puedas volver
atrás.
—No entiendo nada.
Le costaba pronunciar las palabras.
Simón sólo ansiaba poder dormir de nuevo y no pensar en nada más...
—Has de entenderlo, Simón. Es
preciso. Hay muchas cosas que debo enseñarte, y no me queda mucho tiempo.
—¿Enseñarme?
—Aquí las cosas son diferentes. No
basta con que te lo explique. Este lugar no es como el mundo.
—¿Este lugar? —inquirió Simón,
esforzándose en verle sentido a aquello—. ¿Qué lugar es?
—Un... más allá. No existe otra
palabra.
Un vago recuerdo nació en Simón.
—¿El Sendero de los Sueños?
—No exactamente: ese camino sólo
recorre el borde de estos campos, y llega hasta los límites del lugar al que me
dirigiré. Pero no hablemos más. Tenemos poco tiempo —dijo el ángel, que parecía
alejarse flotando—. ¡Sígueme!
—No..., no puedo.
—Lo hiciste antes. ¡Sígueme!
El ángel retrocedió. Simón no quería
que se fuera. ¡Estaba tan solo! De repente se halló junto al espíritu
celestial.
—¿Lo ves? —exclamó éste—. ¡Ay, Simón!
¡Esperé tanto tiempo hasta alcanzar este lugar! Ansiaba quedarme para siempre.
¡Es mara¬villoso! ¡Soy libre!
Simón se preguntó qué quería decir la
visión, pero le faltaban las fuerzas para más enigmas.
—¿Adónde vamos?
—No adónde , sino cuándo. Ya lo
sabes.
El ángel parecía irradiar una extraña
alegría. El joven pensó que, de ser una flor, se habría hallado en medio de una
mancha de luz so¬lar, rodeada de abejas.
—¡Otras veces fue tan horrible tener
que regresar! Sólo era feliz aquí. Intenté decírtelo en una ocasión, pero no
pudiste oírme.
—No lo entiendo.
—Es lógico. Nunca habías percibido mi
voz. Nunca mi propia voz. Oías la de ella.
Simón se dio cuenta, de repente, de
que en aquella conversación no se servían de las palabras. No hablaban como las
personas. Habríase dicho que el ángel le transmitía sus ideas, que luego acogía
en su propio cerebro. Y cuando el espíritu celestial se refería a «ella», del
otro ser cuya voz él había escuchado, Simón no lo percibía en forma de
palabras, sino como la protección amorosa —aunque tam¬bién algo amenazadora— de
una mujer.
—¿Quién es ella?
—Se ha adelantado —contestó el ángel,
como si el muchacho hu¬biera formulado una pregunta totalmente distinta—.
Pronto me uniré a ella. Pero antes tenía que esperarte, Simón. No me importa.
Aquí me siento dichoso. Me alegra no haber necesitado volver atrás.
El joven interpretó ese «atrás» como
un lugar de prisión y sufri¬miento.
—Ya antes, cuando vine por primera
vez, no quería regresar... Pero ella siempre me obligó...
Simón no tuvo tiempo de saber más
cosas, porque —antes, in¬cluso, de poder decidir si en su extraño sueño deseaba
hacer nuevas preguntas— se vio de súbito en los túneles de Asu’a. Una escena
fa¬miliar surgió entonces delante de sus ojos: el hombre de cabellos ru-bios,
la antorcha, la lanza, aquel «algo» brillante que se encontraba justamente
debajo del arco.
—¿Qué es esto?
—Fíjate bien. Es tu historia, o al
menos parte de ella.
El lancero dio un paso adelante, todo
él sacudido por una tem¬blorosa excitación. La bestia no se movió. Su roja
garra yacía reco¬gida en el suelo, a pocos pasos de sus propios pies.
¿Dormiría el animal? A Simón le
escoció la cicatriz, o al menos el recuerdo de su origen.
«¡Huye, hombre! —pensó—. Un dragón es
imprevisible. ¡Huye!»
El lancero avanzó otro cauto paso,
antes de pararse. De pronto, Simón estuvo más cerca, contemplando la amplia
cámara como si la viera a través de los ojos del hombre de pelo dorado. Y, al
principio, lo que descubrió fue difícil de entender.
La pieza era enorme, con un techo que
se extendía más allá del alcance de las llamas de la antorcha. Las paredes
habían sido voladas y, luego, fundidas mediante grandes fuegos.
«Es la herrería —se dio cuenta
Simón—. O lo que ahora queda de ella. Esto debe de ser el pasado.»
El dragón se hallaba estirado a lo
largo del suelo de la caverna y relucía en un tono rojo y áureo, como si sus
incontables escamas re¬flejaran la luz de la antorcha. Sus dimensiones
superaban las de una casa, y la cola parecía un interminable rollo de serpenteante
carne. Unas grandes alas llegaban desde sus caderas hasta los prolongados
espolones situados detrás de las garras delanteras. Resultaba tan magnífico y
espantoso como ni siquiera lo había sido Igjarjuk, el dragón de hielo. Y estaba
muerto del todo.
El lancero tenía la vista clavada en
él. También Simón —como si flotara en un sueño— miraba a la bestia.
—¿Lo ves? —susurró el ángel—. El
dragón estaba muerto.
El lancero dio otro paso para tocar
la inerte garra con su lanza. Tranquilizado, penetró en la inmensa cámara de
piedra fundida.
Algo pálido asomaba por debajo del
pecho del dragón.
—Es un esqueleto —murmuró Simón—. Un
esqueleto de persona.
—¡Chitón! —le dijo el ángel a la
oreja—. Fíjate bien. Es tu historia.
—¿Qué significan tus palabras?
El lancero avanzó hacia el montón de
blancos huesos mientras sus dedos trazaban en el aire la señal del Árbol. La
sombra de su mano saltó por la pared. Se inclinó despacio, con movimientos
cau¬telosos, como si el dragón pudiera volver a la vicia en cualquier mo¬mento,
entre feroces rugidos, pero al igual que Simón vio las feas cuencas donde antes
habían estado los ojos de la bestia, así como la consumida y ennegrecida lengua
que pendía de la abierta boca.
El hombre tocó el cráneo humano
situado junto al esternón del monstruo con tanto cuidado como si se tratara de
una valiosa perla de un collar roto. Los restantes huesos se hallaban
esparcidos por allí, oscuros y deformados. Simón recordó entonces la hirviente
sangre de Igjarjuk y sintió una súbita pena por el pobre desgraciado que, al
dar muerte a aquella horrible criatura, había perdido su pro¬pia vida. Porque
parecía evidente que era él quien había matado al dragón. Los únicos huesos
todavía unidos eran un antebrazo y la mano, que rodeaban la empuñadura de la
espada casi totalmente hundida en el vientre de la bestia.
El lancero contempló durante un rato
la sobrecogedora escena, y después alzó la cabeza para mirar con angustia toda
la caverna, como si temiera que alguien lo estuviese vigilando. Su expresión
era sombría, pero los ojos le brillaban de manera febril. Fue en ese ins¬tante
cuando Simón creyó reconocerlo, aunque la confusión de su mente no acababa de
disiparse. Y, cuando el rubio individuo volvió a dedicar su atención al
esqueleto, a Simón le falló la memoria.
El hombre dejó caer la lanza y, con
temeroso cuidado, separó la mano del esqueleto de la empuñadura de la espada.
Uno de los de¬dos se soltó. El guerrero lo sostuvo por espacio de unos momentos
con el rostro impenetrable, luego besó el hueso y se lo introdujo de¬bajo de la
camisa. Libre también la empuñadura, el hombre dejó su antorcha en el suelo de
piedra y asió la espada con firmeza. Apoyó luego una bota en el arqueado
esternón de la bestia y tiró del arma. Culebrearon los músculos de sus brazos,
y en el cuello se le marca¬ron unas venas como cuerdas, pero ni aun así cedió
la espada. El hombre descansó brevemente, se escupió en las palmas de las
ma¬nos y agarró de nuevo la hoja, que al fin salió, dejando un arrugado agujero
entre las relucientes escamas rojas.
El desconocido levantó la espada, muy
abiertos los ojos. Pri¬mero, Simón tuvo la impresión de que se trataba de una
pieza sencilla y casi basta, pero enseguida comprobó que sus líneas se
distinguían finas y elegantes bajo las manchas de la sangre del dra¬gón.
Después de estudiar el hombre aquella arma con una admi¬ración tan sincera que
casi parecía codiciosa, la bajó con un súbito movimiento y miró nuevamente a su
alrededor, como si todavía temiera ser vigilado, tomó al fin la antorcha y
empezó a retroce¬der hacia la puerta en forma de arco de cámara, pero una vez
más se detuvo para contemplar la pata y la garra delantera del animal. Tras
unos segundos de reflexión, se puso de rodillas y comenzó a serrar con la
ennegrecida espada la parte más estrecha de la pata del dragón, justo delante
de donde arrancaba el ala.
Fue una tarea dura, pero el hombre
era joven y de robusta consti¬tución. Mientras trabajaba iba levantando la
vista a intervalos, an¬sioso, para escudriñar las sombras de la enorme pieza
como si se sin¬tiera observado por mil ojos malévolos. El sudor le goteaba por
la cara y los miembros. Parecía poseído por algún espíritu salvaje. Cuando al
fin tuvo serrada a medias la pata, se alzó de pronto y empezó a gol¬pearla con
la espada hasta que los fragmentos de tejido salieron dispa¬rados en todas
direcciones. Simón, impotente peto fascinado, descu¬brió que el hombre tenía
los ojos llenos de lágrimas y que su juvenil cara se contraía en una mueca de
sufrimiento y horror.
Por último, la carne acabó de
partirse y la garra rodó por el suelo. Tiritando como un chiquillo asustado, el
hombre sujetó la espada en su cinturón y se echó la gigantesca garra al hombro
como si fuera una res muerta y abierta en canal. Con el rostro aún
apesadum¬brado, salió tambaleándose de la cámara y desapareció en el túnel.
—Notaba la presencia de los fantasmas
sitha —le susurró a Simón el ángel—. Le echaban en cara su mentira.
A Simón le había impresionado tanto
el tormento de aquel des¬conocido que la voz le causó un sobresalto.
—No lo entiendo... ¿Qué era eso? ¿Y
quién era el otro? Me refiero al esqueleto, al hombre que mató al dragón.
Algo le rondaba por la memoria, pero
¡había pasado tanto tiempo entre nubes grises!
—Eso forma parte de tu historia,
Simón —contestó el ángel y, de repente, se desvaneció la caverna, con lo que
volvieron a encon¬trarse en la nada—. Aún queda mucho que mostrarte... y
dispone¬mos de poco tiempo.
—¡Pero si no entiendo nada de nada!
—Entonces tenemos que profundizar
todavía más.
Se agitó el gris celaje y apareció
otra de las visiones que Simón había tenido en la escalera de Tan’ja.
Ante él se abrió una gran sala. Toda
la iluminación consistía en un par de velas, por lo que los rincones estaban en
sombras. El único ocupante de la pieza se hallaba sentado en el centro, en un
si¬llón de alto respaldo, rodeado de libros y pergaminos.
Simón se dijo que ya había visto a
esa persona en su sueño de la escalera, y, como entonces, el hombre tenía un
libro abierto en su regazo. Pasaba de la mediana edad, pero en sus tranquilas y
pensati¬vas facciones aún se adivinaba algo del niño que en su día había sido:
una inocente dulzura, sólo ligeramente reducida por una larga y dura vida. En
sus cabellos predominaba el tono gris, y buena parte de su corta barba
conservaba el color castaño. Le ceñía la frente un aro. Sus ropas, aunque de
forma sencilla, eran de género rico.
Como le había sucedido con el hombre
situado en la cueva del dragón, Simón tuvo la sensación de conocerlo. Nunca
había visto a esa persona antes del sueño. Aun así, de algún modo le resultaba
familiar.
El hombre apartó los ojos de la
lectura cuando otras dos figuras entraron en la habitación. Una de ellas, una
mujer ya vieja con el pelo recogido mediante un raído pañuelo, se aproximó para
arrodi¬llarse a los pies del caballero. Este dejó el libro a un lado, se puso
de pie y tendió la mano a la mujer para ayudarla a levantarse. Después de decir
unas cuantas palabras que Simón no logró oír —al igual que en el sueño del
dragón, todas aquellas figuras parecían carentes de voz y muy remotas—, el
hombre cruzó la pieza y se acuclilló junto a la acompañante de la anciana, una
niña de siete u ocho años. La pe¬queña había estado llorando, tenía los ojos
hinchados y los labios le temblaban de rabia o de miedo. Ahora procuraba rehuir
la mirada del hombre y se tiraba de los rojizos cabellos. También ella llevaba
ropas sencillas —un vestido oscuro y sin adornos—, pero no obstante su desaliño
se la veía cuidada. Llevaba los pies descalzos.
Finalmente, el caballero le abrió los
brazos. La niña vaciló, pero luego se le echó al cuello y, entre sollozos,
estrechó la cara contra su pecho. Igualmente le brotaron las lágrimas al
hombre, que la man¬tuvo abrazada durante largo rato, acariciándole la espalda.
Cuando con clara reluctancia la soltó para ponerse de pie, la chiquilla salió
corriendo de la sala. Él la siguió con la mirada, y a continuación se volvió
hacia la anciana. Sin más palabras, se quitó un delgado anillo de oro del dedo
y se lo entregó. La mujer hizo un gesto afirmativo mientras el hombre se
inclinaba para besarla en la frente. Ella inició una reverencia y, como si
estuviera a punto de perder la compos¬tura, dio una rápida media vuelta y se
alejó también.
Pasado un largo momento, el caballero
se dirigió a un cofre cu¬bierto de libros, que se hallaba arrimado a la pared,
lo abrió y extrajo de él una espada envainada. Simón la reconoció en el acto:
acababa de ver, segundos antes, la misma empuñadura apenas decorada, hundida en
el pecho de un dragón. El caballero sostuvo el arma con cuidado, pero
únicamente la examinó por espacio de unos instantes. En cambio, ladeó la cabeza
como si oyese algo. Hizo la señal del Ár¬bol con deliberada lentitud, moviendo
los labios en lo que parecía una oración, y por último retornó a su sillón.
Colocó la espada a tra¬vés en su regazo, tomó de nuevo el libro y lo abrió
encima del arma. Pero, a juzgar por el gesto de su mandíbula y el casi
imperceptible temblor de sus dedos al volver las páginas, pensaba sólo en un
buen sueño nocturno. A Simón le constaba, sin embargo, que aquel hom¬bre
esperaba algo muy distinto.
La escena se hizo confusa y se disipó
cual humo.
—¿Lo ves? ¿Entiendes ahora el
significado? —preguntó el ángel, impaciente como un chiquillo.
Simón tuvo la impresión de buscar a
tientas en un gran saco. En él había algo, porque notaba extraños ángulos y
bultos; pero, justa¬mente cuando creía saber qué contenía, le falló la
imaginación. Ha¬bía permanecido demasiado tiempo en la plomiza niebla. Le
resul¬taba difícil pensar, y más todavía preocuparse.
—No. ¿Por qué no me lo explicas tú,
ángel?
—Porque no debo. Estas verdades son
excesivamente importan¬tes, y demasiado grandes los mitos y las mentiras que
las envuelven. Por todos lados están rodeadas de paredes que no puedo
explicarte, Simón. Tienes que verlas y comprenderlas tú mismo. Pero ésta ha
sido tu historia.
¿Su historia? Simón procuró
reflexionar sobre lo visto, pero el sentido de todo aquello se le escapaba. ¡Si
al menos pudiese recordar cosas anteriores, los nombres y los sucesos de otros
días, cuando aún no lo había encerrado en aquel mundo gris...!
—Esfuérzate —insistió el ángel—. Si
consigues hacer memoria, esas verdades serán de utilidad para ti. Y ahora hay
otra cosa que debo mostrarte.
—Estoy cansado. No quiero ver nada
más.
La necesidad de volver a un cómodo
olvido se había apoderado nuevamente de él, tirando de su persona como una
poderosa co¬rriente. Todo lo obtenido de su visitante era confusión. ¿Volver
ahora atrás? ¿A un mundo de dolor? ¿Qué le importaba aquello? Re-sultaba mas
fácil dormir y sumirse en el soporífero vacío de la nada. ¡Todo sería tan
sencillo, si se dejaba ir!
—¡Simón! —exclamó el ángel con temor
en la voz—. ¡No te aban¬dones!
Poco a poco volvieron a hacerse
visibles las facciones verdosas del espíritu celestial. Simón deseaba no
hacerle caso, pero, aunque su rostro era una máscara de inanimado bronce, algo
en su voz, una nota de verdadera necesidad, no lo dejaba escapar.
—¿Por qué no puedo descansar?
—Me queda poco tiempo para estar
contigo, Simón. Antes no te tuve nunca suficientemente cerca. Luego deberé
hacerte retroceder de un empujón, o vagarías por aquí para siempre.
—¿Por qué te preocupas tanto por mí?
—Porque te amo —contestó el ángel con
una dulce naturalidad exenta de toda obligación o reproche—. Tú me salvaste...
O, al me¬nos, ésa fue tu intención. Además te necesitan otras personas a las
que también amo. Sólo existe una pequeña posibilidad de que la tempestad pueda
ser desviada..., pero es la única que nos queda.
¿Que él lo había salvado? ¿Salvado al
ángel situado en lo alto de la torre? Simón volvió a experimentar aquella
extenuante confusión que tiraba de él. Ya no era capaz de asombrarse por nada.
—Bien. Muéstrame lo que sea, si es
preciso.
Esta vez, el paso de un gris vacío a
una visión viva pareció más difícil, como si el nuevo lugar fuera complicado de
alcanzar, o como si los poderes del ángel flaqueasen. Lo primero que distinguió
Si¬món fue una gran sombra circular, y durante un buen rato no vio nada más.
Luego, la sombra se rasgó en uno de sus bordes, y de unos trazos de luz surgió
una figura.
Incluso en el confuso infierno de la
visión, Simón sintió algo se¬mejante a una puñalada de miedo. La figura
aparecida en el borde del oscuro círculo llevaba una corona de astas. Delante
de ella, con la punta hacia abajo y la empuñadura de doble guardamano bien
sujeta, sostenía una larga espada gris.
¡El enemigo! Aunque la mente de Simón
estaba vacía de nom¬bres, el pensamiento fue claro y frío. El de corazón negro,
el gélido pero abrasador ser causante de toda la desgracia del mundo... El
te¬mor y el odio experimentados por el joven fueron tan intensos que, por
espacio de unos momentos, la visión vaciló y estuvo a punto de desaparecer.
—¡Mira! —sonó muy débil la voz del
ángel—. ¡Tienes que verlo!
Pero Simón no quería. Toda su vida
había sido destruida por aquella monstruosidad, por aquel demonio de extrema
maldad. ¿Para qué tenía que mirarlo?
«Para aprender el modo de destruirlo
—se dijo a sí mismo, súbi¬tamente combativo—. Para mantener viva mi furia. Para
encontrar un motivo para volver al sufrimiento.»
—Muéstramelo. Estaré atento.
La imagen se hizo más clara. Simón
necesitó unos segundos para comprender que la oscuridad que rodeaba al enemigo
era el Pozo de las Tres Profundidades. Rodeada por los incorruptos relie¬ves de
piedra, la laguna relucía bajo la capa de sombras, iluminada y centelleante,
con sus aguas agitadas como si tuvieran vida propia. Bañada por el resplandor,
la figura se hallaba sentada en un pedestal situado en una península de piedra,
rodeada en su mayor parte por la laguna.
Simón se atrevió a mirarla más de
cerca. Fuera quien fuese, esa versión del enemigo era una criatura viva, de
piel y huesos y sangre. Sus manos, de largos dedos, se movían inquietas sobre
el pomo de la grisácea espada. Las sombras le cubrían la cara, pero su
inclinado cuello y los hombros eran los de una persona que llevaba una
horri¬ble carga sobre sí.
Atraída su atención, Simón vio con
sorpresa que las astas que el enemigo llevaba en la cabeza no eran cuernos, en
realidad, sino del¬gadas ramas: su corona había sido tallada a partir de un
simple aro de una oscura y plateada madera. Las ramas conservaban aún algu-nas
hojas.
El enemigo alzó la cabeza. Tenía una
cara extraña, como las de todos los inmortales que había conocido Simón: de
altos pómulos y estrecha barbilla, pálida bajo la cambiante luz y enmarcada por
ca¬bellos negros y lisos, gran parte de los cuales pendían en forma de
retorcidas trenzas. El hombre tenía los ojos muy abiertos y miraba por encima
del agua como si buscase algo con desespero. Por mu¬cho que se esforzara, Simón
no logró ver nada. Pero lo más descon¬certante para él fue la expresión del
rostro del enemigo. No lo sorprendió que reflejase enojo y una determinación
implacable, pero sí que su mirada pareciese atormentada. Nunca había visto
Simón tal infelicidad. Detrás de la severa máscara acechaba la devastación, un
paisaje interior convertido en roca desnuda, una miseria tan endu¬recida como
la propia materia de que se compone la tierra. Si aquel ser volvía a llorar
alguna vez, vertería lágrimas de fuego y cenizas.
Dolor. Simón recordó el nombre de la
espada gris. Jingizu. ¡Cuánto dolor! Y sintió algo semejante a un convulsión de
desánimo y rabia. Jamás había visto nada tan terrible, tan espantoso como el
angustiado rostro del enemigo.
La visión vaciló.
—... Simón... —dijo el ángel con una
voz tan queda como una hoja caída sobre la hierba—. Debo hacerte retroceder...
El joven se halló solo en medio de la
grisácea nada.
—¿Por qué me enseñaste eso? ¿Qué
significa?
—... Regresa, Simón. Te pierdo, y
estás muy lejos de donde ten¬drías que encontrarte...
—¡Pero necesito saberlo! ¡Me quedan
muchas preguntas por for¬mular!
—...Te esperé tanto tiempo... Ahora
me mandan seguir adelante, Simón...
Notó él cómo se alejaba el ángel, y
un temor muy distinto se adueñó de su persona.
—¿Dónde estás?
—... Por fin soy libre... —respondió
el espíritu celestial con la sua¬vidad de una pluma que rozara otra—. ¡Aguardé
tanto...!
Y de repente, cuando el último eco de
su voz se hubo desvane¬cido, Simón supo quién era.
—¡Leleth! —gritó—. ¡Leleth! ¡No me
abandones!
Creyó verla sonreír y sentir la
caricia de una Leleth que por fin volaba libre, hasta que hubo desaparecido.
Nada ocupó su lugar.
Simón quedó suspendido en el vacío,
sin saber adónde encami¬narse ni
entender nada. Trató de moverse como él y Leleth habían hecho, mas no sucedió
nada. Se encontraba perdido en un incon¬mensurable hueco, más perdido de lo que
nunca se había visto. Era como un harapo lanzado a través de la oscuridad por
el viento. Es¬taba completamente solo.
—¡Ayudadme! —chilló.
Pero nada cambió.
—¡Que me ayude alguien! —murmuró.
Nada cambió. Nada cambiaría nunca.
XXIII
LA ROSA DESHECHA
E
l barco cabeceó de nuevo. Al crujir
los mamparos del cama¬rote, la copa ya vacía de Isgrimnur cayó de su mano y fue
a parar al suelo con gran ruido metálico.
—¡Que Aedón nos proteja! ¡Esto es
horrible!
Josua esbozó una débil sonrisa.
—Cierto. Sólo unos locos navegan con
semejante temporal.
—No hagáis bromas —gruñó Isgrimnur,
alarmado—. No se debe bromear con respecto a los barcos. ¡Ni a las tormentas!
—No me burlo —contestó el príncipe, a
la vez que agarraba su si¬lla con la mano, cuando el camarote volvió a
balancearse—. ¿Acaso no estamos locos por permitir que el miedo a una estrella
nos haga lanzarnos a este ataque?
El duque le lanzó una mirada
furibunda.
—Aquí estamos. Sabe Dios que no por
mi voluntad, pero aquí estamos.
—En efecto, estamos aquí —asintió
Josua—. Y demos gracias a que, por ahora, Vorzheva y los niños y vuestra Gutrun
estén a salvo en Nabban.
—A salvo hasta que lleguen los ghants
—replicó Isgrimnur, pen¬sando en el espantoso nido—. A salvo mientras los
kilpas no decidan probar suerte en tierra firme.
—¿Quién es ahora el preocupado?
—preguntó Josua con delica¬deza—. Pudimos comprobar que Varellan se ha
convertido en un jo¬ven capaz, y buena parte del ejército de Nabban permaneció
allí con él. Nuestras damas están mucho más seguras que nosotros.
El barco se inclinó entre tremendos
bandazos. El duque sintió la necesidad de hablar y hacer algo, aparte de
esperar a que las cuader¬nas del casco reventaran.
—Me decía yo... Si las niskis son
parientes de los inmortales, como nos explicó Miriamele, ¿cómo podemos fiarnos
de ellas? ¿Por qué habrían de dar preferencia a la Bella Raza sobre las nornas?
Como si estas palabras equivaliesen a
una llamada, por encima de los aullidos del viento volvió a sonar la canción de
una niski, ex¬traña y poderosa.
—Sin embargo, lo hacen —respondió
Josua en voz alta—. Una niski sacrificó su vida para que Miriamele pudiera
escapar. ¿Qué más demostración queréis?
—No mantuvieron tan alejados a los
kilpas como yo desearía —objetó Isgrimnur, e hizo la señal del Árbol—. ¡Ya nos
atacaron tres veces, Josua!
—Y más veces lo habrían hecho de no
ser por Nin Reisu y sus hermanos y hermanas niskis —hizo constar el príncipe—.
Vos esta¬bais en cubierta y visteis de sobra cómo esas malditas criaturas
na¬daban alrededor del barco. Los mares se hallan repletos de ellas.
Isgrimnur hizo un sombrío gesto
afirmativo. Realmente había visto cómo los kilpas —demasiado numerosos—
rodeaban las naves que componían la flota, tan activos como anguilas en un
barril. Ha¬bían asaltado en varios ocasiones el buque insignia incluso de día
y, pese al dolor de sus costillas, el duque había dado muerte a dos de aquellos
ululantes monstruos, teniendo que pasar luego horas ente¬ras para quitarse de
las manos y la cara la aceitosa y pestilente sangre.
—Lo sé —reconoció por fin—. Es como
si el enemigo los hubiese enviado para hacernos regresar.
—Quizá sea así —admitió Josua, al
mismo tiempo que echaba un poco de vino en su copa—. Encuentro raro que los
kilpas y los ghants aparezcan todos a la vez. El brazo de nuestro enemigo es
largo, Isgrimnur.
—El pequeño Tiamak cree que eso
sucedía en el nido de ghants cuando lo encontramos: que, de algún modo, el Rey
de la Tormenta los utilizaba a él y a los demás wrans para hablar con esos
bichos.
La idea de los compatriotas de Tiamak
utilizados por los ghants, quemados como candelas y luego desechados, y de los
centenares de marineros nabbanos arrastrados a una horripilante muerte por los
kilpas, hizo cerrar el puño al duque y desear tener algo que golpear.
—¿Qué demonio es ése, que no podemos
verlo ni apalearlo?
—El mayor enemigo que tenemos
—contestó el príncipe, cuya copa casi se vertió al cabecear de nuevo el buque—.
Un enemigo al que hay que derrotar, por mucho que nos cueste.
Se abrió la puerta del camarote.
Camaris recobró el equilibrio y entró, arañando la jamba con la vaina de su
espada. De la capa del anciano caballero chorreaba el agua.
—¿Qué dijo Nin Reisu? —inquirió Josua
mientras le servía vino a Camaris—. ¿Resistirá el Joya de Emettin una noche
más?
El viejo vació su copa y fijó la
vista en las gotas restantes.
—¡Camaris! —insistió el príncipe
avanzando hacia él—. ¿Qué dijo Nin Reisu?
El caballero tardó un momento en
alzar los ojos.
—No puedo dormir.
Josua intercambió una mirada de
desconcierto con Isgrimnur.
—No os entiendo.
—Estuve en cubierta.
El duque pensó que eso resultaba
obvio, dado el charco de agua que se formaba en el suelo. El añoso caballero
parecía aún más dis¬traído que de costumbre.
—¿Qué ocurre, Camaris?
—Que no logro dormir. La espada
aparece en mis sueños. Oigo que... me canta —murmuró al mismo tiempo que tocaba
repetidas veces la empuñadura de Espina y, luego, sacaba de la vaina un trozo
de oscura hoja—. Llevé esta espada durante años —balbuceó, como si le costase
trabajo encontrar las palabras—. Y... en ocasiones lo no¬taba, sobre todo en la
batalla. Pero nunca como ahora. Creo..., creo que mi espada vive.
Josua echó un vistazo de bastante
desconfianza a aquella hoja.
—Quizá no debieseis llevarla,
Camaris. Pronto os veréis forzado a empuñarla demasiado. Dejadla en sitio
seguro.
—¡No! —declaró el anciano, con un
movimiento de cabeza y voz pe¬sada—. No me atrevo. Tenemos cosas que aprender.
No sabemos cómo utilizar estas Grandes Espadas contra el enemigo. Como decís,
el tiempo se acerca deprisa. Tal vez consiga entender su canto. Quizás...
El príncipe levantó la mano como si
quisiera replicar algo, pero la dejó caer.
—Haced lo que consideréis mejor. Sois
el dueño de Espina.
Camaris adoptó un gesto solemne.
—¿De veras lo soy? Así lo creí en
otros tiempos.
—Bebed un poco más de vino —le
recomendó Isgrimnur, que in¬tentó alzarse de su taburete pero al fin decidió no
hacerlo, ya que las luchas con los kilpas habían retrasado su recuperación. Con
una mueca de dolor, indicó a Josua que volviera a llenar la copa del an-ciano—.
Es difícil no sentirse embrujado cuando el vendaval ulula y el mar nos sacude
como dados en un cubilete.
—Isgrimnur tiene razón —sonrió
Josua—. ¡Tomaos el vino! Bebedlo mientras haya más en la copa que en el suelo.
En efecto, el camarote sufrió un
nuevo balanceo, y parte del vino se derramó sobre su muñeca.
Camaris guardó un prolongado
silencio.
—Debo hablar con vos, Josua —anunció
de repente—. Algo pesa sobre mi alma.
El príncipe esperó intrigado.
El rostro del caballero parecía casi
gris cuando se volvió bacía el duque.
—Por favor, Isgrimnur... tengo que
conversar a solas con Josua.
—Soy vuestro amigo, Camaris —elijo el
duque—. Si alguien es res¬ponsable de haberos traído aquí, soy yo. Si algo os
atormenta, deseo ayudaros.
—Se trata de una vergüenza que me
quema. No se la confesaría a Josua, pero es preciso que la conozca. Incluso
mientras yazgo in¬somne, temeroso de lo que la espada pueda hacer, Dios me
castiga con mi secreto pecado. Rezo por que, si arreglo esto, El me conceda la
fuerza para comprender a Espina y sus armas hermanas. Mas no me obliguéis a
descubrir también mi deshonor ante vos. Os lo suplico.
A Camaris se lo veía realmente viejo.
Tenía la cara fláccida, y sus ojos vagaban inquietos.
Confundido y bastante asustado,
Isgrimnur asintió.
—Como queráis, Camaris. ¡Desde luego!
El duque se preguntaba si debía
permanecer en el estrecho pasi¬llo cuando se abrió la puerta del camarote y
salió Camaris. El añoso caballero pasó rápidamente por su lado, encogidas las
espaldas a causa de lo bajo que era el techo. Antes de que Isgrimnur pudiese
formular la mitad de su pregunta, Camaris había descendido por el corredor,
tambaleándose entre un mamparo y otro cuando el Joya de Emettin cabeceaba
sacudido por la tempestad.
Isgrimnur llamó a la puerta con los
nudillos. Al no recibir res¬puesta, la abrió con cautela. El príncipe miraba
fijamente la lám¬para, y su expresión era la de un hombre que hubiese visto la
propia muerte.
—¿Josua?
La mano del príncipe se alzó como si
una cuerda tirara de ella. Parecía totalmente carente de vida, y su voz sonó
monótona, terrible.
—Marchaos, Isgrimnur. Dejadme solo.
El duque vaciló, pero la expresión de
Josua lo hizo decidirse. Fuera una cosa u otra la ocurrida en el camarote, lo
único que podía darle en aquel momento al príncipe era soledad.
—Enviadme a buscar cuando me
necesitéis.
Isgrimnur se retiró de espaldas.
Josua no levantó la vista ni habló, sino que continuó con los ojos clavados en
la lámpara, como si no hubiera nada más que pudiese arrancarlo de la oscuridad
final.
—Intento comprenderlo —dijo
Miriamele, a quien le dolía la ca¬beza—. Volved a explicarme lo de las espadas.
Llevaba varios día con los dwarrows,
aunque resultaba difícil calcular con certeza el tiempo transcurrido en aquella
rocosa forta¬leza situada debajo de Hayholt. Los asustadizos habitantes de la
tie¬rra seguían tratándola bien, pero se negaban a dejarla en libertad.
Miriamele había discutido y suplicado; incluso había dado rienda suelta a su
enojo durante una larga hora, en la que exigió ser soltada, amenazó a los
dwarrows y los maldijo. Pero, cuando su rabia se apagó, aquella gente murmuró
largamente entre sí con obvia preo-cupación. Parecían tan alarmados y
desconcertados por su furia, que la princesa casi sintió vergüenza, aunque ese
sentimiento le pasó tan deprisa como el anterior enfado.
«Al fin y al cabo —decidió—, no pedí
ser traída aquí. Dicen que sus motivos son buenos... ¡Pues que sean esos
motivos los que los consuelen! Yo no tengo por qué desasosegarme.»
Aunque no del todo reconciliada, sí
estaba convencida de las razo¬nes de su cautiverio. Los dwarrows parecían
dormir muy poco, en ge¬neral, y sólo un pequeño grupo de ellos abandonaba de
vez en cuando la caverna. Tanto si le decían toda la verdad como si no,
Miriamele te¬nía la certeza de que, en el mundo exterior, había algo que
asustaba terriblemente a aquellas delgadas criaturas de enormes ojos.
—Las espadas —dijo Yis-fidri—. Bien,
trataré de explicarlo. Visteis que reconocimos la flecha pese a no ser obra
nuestra.
—Sí.
Desde luego, los dwarrows habían
parecido seguros de que las alforjas contenían algo de importancia, aunque
cabía igualmente la posibilidad de que hubieran inventado la historia después
de hallar el objeto.
—La flecha no estaba hecha por
nosotros, sino por quien apren¬dió nuestro arte. Las tres Grandes Espadas sí
son obra nuestra, y es¬tamos ligados a ellas.
—¿Vosotros hicisteis las tres
espadas?
Eso era lo que confundía a la joven.
No encajaba con lo que le habían dicho.
—Yo sabía que vuestro pueblo había
creado a Minneyar para el rey Elvrit de Rimmersgardia..., pero ignoraba que
también hubiese forjado las otras dos. Jarnauga afirmaba que la espada Dolor
era obra del propio Ineluki.
—¡No pronunciéis su nombre! —exclamó
el dwarrow, y varios de sus congéneres alzaron la vista para intervenir en la
conversación con algunas nerviosas palabras a las que Yis-fidri respondió antes
de volverse de nuevo hacia Miriamele—. ¡No pronunciéis su nombre! Está más
cerca de lo que estuvo durante siglos. ¡No conviene llamar su atención!
«Es igual que encontrarse en una
cueva llena de Strangyeards —pensó Miriamele—. Esta gente parece tener miedo de
todo.»
No obstante, era cierto que Binabik
había dicho lo mismo.
—De acuerdo. No lo nombraré más. Pero
esa historia no con¬cuerda con la que a mí me contaron. Un hombre muy instruido
aseguró que... él... la había hecho en las fraguas de Asu’a.
El dwarrows suspiró.
—En efecto. Nosotros éramos los
herreros de Asu’a... O, al me¬nos, algunos de nuestro pueblo lo fueron..., los
que no habían huido de nuestros señores zida’ya, pero que sin embargo
continua¬ban siendo Hijos del Navegante, y tan iguales a nosotros como dos
trozos de mineral de una misma vena. Todos ellos murieron al de¬rrumbarse el
castillo.
Yis-fidri entonó un breve lamento en
lengua dwarrow, al que se unió su esposa Yis-hadra.
—Para forjar la espada utilizó el
Martillo que Forma, nuestro martillo —prosiguió—, así como las Palabras
Creadoras que nosotros le habíamos enseñado. Pudo ser igualmente la mano de
nuestro Su¬premo Herrero la que la hizo. En aquel terrible momento, estuvié¬semos
en un lado u otro, diseminados por la faz de la tierra..., ¡nota¬mos la
creación de Dolaré Aún palpita entre nosotros la impresión —confesó, para
agregar después de un prolongado silencio—: Que los zida’ya permitiesen tal
cosa, fue una de las causas de que nos apartá-semos de ellos. Quedamos tan
menoscabados por ese hecho, que desde entonces estamos medio paralizados.
—¿Y Espina!
Yis-fidri movió afirmativamente la
pesada cabeza.
—Los herreros mortales de Nabban
probaron de trabajar la pie¬dra estelar. Pero no pudieron. Ciertos miembros de
nuestro pueblo fueron seleccionados y llevados en secreto al palacio imperial.
Allí, la mayoría de los mortales los tomó sólo por unos seres extraños que
vigilaban los océanos y protegían de todo mal a los barcos, pero unos cuantos
sabían que la antigua tradición de Crear y Formar estaba muy anclada en todos
los tinukeda’ya, incluso entre quienes ha¬bían elegido quedarse en manos del
mar.
—¿Tinukeda’ya? —repitió la princesa—.
Pero... ¡es lo que era Gan Itai...! ¡La niski!
—Todos nosotros somos Hijos del
Océano —repuso el dwarrow, muy serio—. Algunos decidieron permanecer junto al
mar que nos separa para siempre del Jardín de nuestro nacimiento. Otros
esco¬gieron caminos más escondidos y secretos, como las oscuras pro-fundidades
de la tierra y la tarea de dar forma a la piedra. Es que, al contrario que
nuestros primos los zida’ya y los hikeda’ya, los Hijos del Navegante podemos
darnos forma a nosotros mismos, igual¬mente que hacemos con otras cosas.
Miriamele estaba pasmada.
—¿Vosotros y las niskis... sois lo
mismo?
Ahora comprendía la sensación de
reconocimiento tenida al ver por primera vez a Yis-fidri. Había algo en sus
huesos, en su modo de moverse, que la hacía pensar en Gan Itai. ¡Sin embargo,
eran tan distintos!
—No; hoy día ya no somos lo mismo. El
hecho de darnos forma requiere generaciones enteras, y no se limita a nuestro
aspecto exte¬rior. De todas maneras, no es mucho lo que cambia. Los Hijos del
Amanecer y las Hijas de las Nubes son parientes..., primos, diga-mos...,
mientras que quienes vigilan el mar son nuestras hermanas y hermanos.
Miriamele se reclinó hacia atrás,
intentando comprender lo que acababa de oír.
—Así que vosotros y las niskis sois
una misma cosa. Y las niskis forjaron a Espina. Decís, pues, que sois capaces
de sentir todas las Grandes Espadas..., incluso con mayor intensidad que la
Flecha Blanca. ¡En tal caso tenéis que saber dónde se encuentra Clavo
Bri¬llante, la espada que llevaba el nombre de Minneyar!
Yis-fidri sonrió con tristeza.
—Sí, aunque vuestro rey Juan la rodeó
de oraciones y reli¬quias y otras cosas mágicas humanas, quizás en la confianza
de ocultar su verdadera naturaleza. Pero vos bien conocéis vuestros propios
brazos y manos, ¿no es así? ¿Acaso los reconoceríais me¬nos si, pese a seguir
unidos a vuestro cuerpo, esos miembros es¬tuviesen cubiertos por mangas y
guantes de otro mortal?
A la joven le costaba imaginarse a su
magnífico abuelo, esfor¬zándose tanto para esconder el origen de Clavo
Brillante. ¿Se aver¬gonzaría de poseer tal arma? ¿Por qué?
—Si conocéis tan bien esas espadas,
¿podéis decirme dónde se encuentra ahora Clavo Brillante?
—Imposible afirmar que está
exactamente en un lugar u otro. Pero se halla cerca, a no más de unos miles de
pasos.
Miriamele se dijo que estaría en el
castillo o debajo de él. Eso no le servía de mucho, pero al menos sabía ahora
que su padre no había arrojado la espada al mar, ni la había llevado a Nascadu.
—¿Vinisteis aquí por saber que las
espadas se encontraban en es¬tos lugares?
—No. Huimos de otras cosas,
procedentes de nuestra ciudad, si¬tuada en el norte. Ya teníamos noticia de que
dos de las espadas esta¬ban aquí, pero eso nos importaba poco, en aquel
momento. Escapá¬bamos a través de los túneles, que nos condujeron hasta aquí.
Sólo al aproximarnos a Asu’a comprendimos que también otras fuerzas
tra¬bajaban.
—Y ahora os halláis atrapados entre
ambas y no sabéis qué ca¬mino tomar.
Miriamele dijo esto con bastante
desaprobación, aunque se daba cuenta de que ella misma se enfrentaba a una
situación seme¬jante a la de los dwarrows. También ella era empujada por cosas
su¬periores a su voluntad. Había huido de su padre, intentando poner el mundo
entero entre ambos. Ahora había arriesgado su vida y la de sus amigos para
regresar y reunirse con él, pero a la vez temía lo que podría suceder si lo
conseguía. La princesa apartó de sí tales pensamientos inútiles.
—Perdonadme, Yis-fidri. Lo que me
ocurre es que estoy cansada de permanecer tanto tiempo sentada.
El primer día había necesitado
reposar, pese al enojo que le pro¬ducía verse prisionera, pero ahora ansiaba
volver a ponerse en ca¬mino, o simplemente moverse, hacer algo, ¡cualquier
cosa! De otro modo se apoderaban de ella las preocupaciones, cuya compañía era
muy penosa.
—Lo sentimos, Miriamele. Podéis
caminar cuanto queráis, por aquí. Procuraremos ofreceros todo cuanto creemos
que necesitáis.
La princesa se dijo que era una
suerte para los dwarrows que ella llevara consigo las provisiones restantes,
porque de haber tenido que subsistir a base de la comida de sus encarceladores
—setas y unos menudos y desagradables animales que se escondían bajo tierra—,
habría resultado una prisionera mucho menos tratable.
—No podéis darme lo que realmente
necesito mientras esté cau¬tiva—declaró—. Y, por mucho que digáis, nada
cambiará esto.
—Seria demasiado peligroso.
Miriamele se tragó una áspera
respuesta. Ya había intentado un acercamiento. Ahora era preciso que
reflexionara.
Yis-hadra se puso a rascar un trozo
de pared con una herra¬mienta curva, de extremo plano. La princesa no sabía qué
hacía la mujer de Yis-fidri, pero resultaba evidente que aquella tarea la
di¬vertía, porque mientras la realizaba iba cantando algo a media voz. Cuanto
más atentamente la escuchó Miriamele, más la fas¬cinó el canto. Era casi un
susurro, pero en él había algo de la fuerza y la complejidad de lo que Gan Itai
les cantaba a los kilpas. Yis-hadra seguía el ritmo de los movimientos de sus
gráciles ma¬nos, que con la misteriosa música constituían algo sumamente
singular. La princesa permaneció un rato a su lado, embelesada.
—¿Qué hacéis? —preguntó al fin,
durante una pausa de la mujer dwarrow.
Yis-hadra alzó la vista, y una
sonrisa iluminó su chocante cara.
—Aquí hay s’h’rosa... Una piedra que
atraviesa la otra piedra... —contestó, indicando una veta más oscura, apenas
visible a la luz del cristal rosado—. Quiere salir..., para ser vista.
Miriamele la miró con sorpresa.
—¿Que quiere ser vista?
Yis-hadra arrugó los labios,
pensativa.
—No me expreso bien en vuestra
lengua. ¿Es mejor decir que... necesita salir?
«Como jardineros —pensó la princesa—.
Cultivando la piedra.»
Y en voz alta añadió:
—¿Hacéis grabados? Todas las ruinas
de Asu’a que vi están llenas de preciosas decoraciones. ¿Son obra de los
dwarrows?
Yis-hadra hizo un indescifrable gesto
con los encogidos dedos.
—Nosotros preparamos algunas de las
paredes, en las que des¬pués realizaron sus pinturas los zida’ya. En otros
sitios, en cambio, nosotros mismos nos encargamos de trabajar la roca,
ayudándola a... llegar a ser ella. Cuando Asu’a fue construida, los zida’ya y
los tinukeda’ya todavía colaboraban —explicó en tono triste—. ¡Juntos hi¬cimos
cosas maravillosas!
—Sí. Vi algunas —asintió Miriamele,
que miró a su alrededor—. ¿Dónde está Yis-fidri? ¡Necesito hablar con él!
Yis-hadra pareció turbada.
—¿He dicho algo malo? No domino
vuestra lengua tanto como la que hablan los mortales de Hernystir. Yis-fidri se
expresa mejor.
—¡Oh, no! —se apresuró a contestar la
joven con una sonrisa—. ¡No dijisteis nada malo! Lo que sucede, es que
Yis-fidri y yo estuvi¬mos conversando sobre cierto asunto, y deseo extenderme
más.
—Volverá enseguida. Salió un momento.
—Entonces permitid que observe
vuestro trabajo, si no estorbo.
Yis-hadra le devolvió la sonrisa.
—No, en absoluto. De paso os contaré
algo referente a la pie¬dra, si os interesa. Porque las piedras tienen sus
historias, y noso¬tros las conocemos. A veces creo que sabemos mejor esas
historias que las nuestras propias.
Miriamele se sentó en el suelo con la
espalda apoyada en la pa¬red. Yis-hadra prosiguió con su labor mientras
hablaba. La princesa no se había detenido mucho a reflexionar sobre las rocas y
piedras, pero, al escuchar la queda y musical voz de la mujer dwarrow,
com-prendió por vez primera que, a su manera, eran también cosas vivas tales
como las plantas o los animales... o que al menos lo eran para los de la raza
de Yis-hadra. Las piedras se movían, pero necesitaban eones para ello. Y
cambiaban, pero ningún ser vivo, ni siquiera los sitha, andaba vivo bajo los
cielos el tiempo suficiente para presen¬ciar ese cambio. Los dwarrows
estudiaban y cultivaban, e incluso amaban a su modo, los así llamados huesos de
la tierra. Admiraban la belleza de las centelleantes gemas y de los relucientes
metales, pero asimismo valoraban la paciencia que revelaban las capas de
arenisca y el vigor de la obsidiana. Cada cosa tenía su propia histo¬ria, pero
hacía falta una cierta visión y sabiduría para entender los lentos relatos explicados
por las piedras. La mujer de Yis-fidri, de enormes ojos y cuidadosos dedos, los
conocía todos bien. Miria¬mele quedó pronto extasiada ante aquella extraña
criatura y, mien¬tras prestaba atención a la lenta e ilusionada explicación de
Yis-hadra, llegó a olvidar su propia desgracia.
Tiamak sintió que una mano se cerraba
alrededor de su brazo.
—¿Sois vos? —preguntó Strangyeard con
voz quejumbrosa.
—Sí, soy yo.
—Ninguno de nosotros debiera estar en
cubierta —dijo el archi¬vero—. Sludig se enfadará.
—Y con razón —contestó Tiamak—. Por
todas partes nos rodean los kilpas.
Pero el wran seguía sin moverse. En
la estrechez del camarote re¬sultaba difícil pensar, y las ideas que aleteaban
en el borde de su mente parecían demasiado importantes para dejarlas perder por
miedo a aquellas criaturas del mar..., por mucho temor que en efecto
inspirasen.
—Mi vista no es buena —se quejó
Strangyeard, escudriñando con esfuerzo la oscuridad mientras se protegía el ojo
sano con la mano de los azotes del viento—. Comprendo que yo no debería andar
por cubierta de noche. Pero estaba preocupado por vos... ¡Hacía tanto que
habíais salido!
—Lo sé —respondió Tiamak, y dio una
palmada a la mano del sa¬cerdote, apoyada en la borda—. Reflexionaba sobre las
cosas que os conté antes... Sobre la idea que tuve cuando Camaris luchó contra
Benigaris. ¿Estamos anclados? —preguntó por último, después de notar el extraño
balanceo del barco.
—Sí. El Hayefur no está encendido en
Wentmouth, y Josua te¬mió acercarse demasiado a las rocas, de noche. Mandó
aviso con el farol de señales —explicó el archivero—. Pero esto de tener que
per¬manecer parados es peor, porque los horribles kilpas...
—Bajemos, pues. Creo que, de todos
modos, volverá a llover —dijo Tiamak, apartándose de la borda—. Calentaremos un
poco de vuestro vino..., una costumbre de las tierras secas que he llegado a
apreciar..., y reflexionaremos un poco más sobre las espadas.
Tomó al sacerdote por el codo y lo
condujo hacia el camarote.
—Sin duda, esto es mejor —declaró
Strangyeard, que se apoyó en el mamparo cuando el barco hundió la proa entre
dos grandes olas para pasarle al wran la salpicante copa—. Será preferible
tapar la lumbre. Podría ocurrir una desgracia si el brasero se volcara.
¡Cielos! Confío en que todos tengan cuidado.
—Me figuro que Sludig permite a muy
pocos tener braseros, o incluso lámparas, excepto en cubierta —contestó Tiamak
después de beber un sorbo de vino y hacer un chasquido con los labios—. ¡Ah,
bien! Claro; somos unos privilegiados por tener cosas que leer, y dis¬ponemos
de poco tiempo.
El archivero se dejó caer sobre el
jergón que había en el suelo, moviéndose suavemente al mismo tiempo que el
barco.
—Creo que debemos volver a nuestro
trabajo —dijo, bebiendo de su copa—. Perdonadme, Tiamak, pero... ¿no os parece
inútil, a ve¬ces? Porque eso de depositar todas nuestras esperanzas en tres
espa¬das, dos de las cuales ni siquiera nos pertenecen...
Y Strangyeard clavó la vista en el
vino.
—Para mí, todo esto no deja de ser
nuevo —señaló Tiamak, al mismo tiempo que procuraba ponerse cómodo. El balanceo
del buque, aunque más pronunciado, no se diferenciaba mucho de la manera en que
el viento sacudía su casa en lo alto del baniano—. Si un año atrás me hubieseis
preguntado qué probabilidades tenía yo de verme a bordo de un barco, camino de
Erkynlandia para derro¬tar al Supremo Rey... de ser Portador del Pergamino, de
ver resuci¬tar a Camaris, ser apresado por los ghants y salvado por el duque de
Elvritshalla y la hija del Supremo Rey... Ya me entendéis —conti¬nuó, con un
gesto de la mano—. Todo lo que nos ha sucedido es una locura. Sin embargo, si
miramos atrás, todo parece haber ocu¬rrido de un modo lógico, de un momento al
otro. Quizá llegue el día en que el hallazgo y la utilización de las espadas
nos resulte algo igualmente claro.
—Bonito pensamiento —suspiró
Strangyeard, y se colocó bien el parche del ojo, que se le había corrido
ligeramente—. A mí, las cosas me gustan más cuando ya han pasado. Los libros
pueden diferir unos de otros, pero al menos casi cada libro pretende conocer la
ver-dad y exponerla de manera clara.
—Tal vez nosotros salgamos algún día
en el libro de alguien —dijo Tiamak, sonriente—, y quien sea el escritor sabrá
con certeza cómo sucedió todo. Pero por ahora no contamos con semejantes lujos.
Por cierto: ¿dónde está la parte del manuscrito del doctor que habla de la
forjadura de Dolor?
—Aquí, me parece.
El padre Strangyeard revolvió una de
las numerosas filas de per¬gaminos esparcidas por la pieza, hasta que tomó una
hoja y, acer¬cándola a la luz, la estudió con ojos entrecerrados.
—¡Es ésta! ¿Queréis que os lea algo?
El wran extendió una mano. Sentía un
inmenso afecto hacia el maestro archivero, una confianza que no le había
inspirado nadie desde el anciano doctor Morgenes.
—No —contestó con delicadeza—.
Permitid que lo lea yo. No fati¬guéis más vuestros pobres ojos esta noche.
El sacerdote musitó algo y le entregó
el pergamino.
—Es esa parte referente a las
Palabras Creadoras la que tengo me¬tida en la cabeza —indicó Tiamak—. ¿Cabe la
posibilidad de que las tres espadas fuesen hechas con las mismas poderosas
Palabras?
—Pero ¿por qué creer eso? —preguntó
Strangyeard con marcada atención—. Al menos, según Morgenes, el libro de Nisses
no parece decir tal cosa. Cada espada procede de un lugar diferente, y una es
obra de mortales.
—Tiene que haber algo que las
relacione a todas —replicó el wran—, y no se me ocurre nada más. ¿Por qué, si
no, había de darnos tanto poder la posesión de esas espadas? Una intensa magia
intervino en su forjadura. Debe de ser esa magia, pues, la que en su día nos
per¬mitirá vencer al Rey de la Tormenta.
Mientras Tiamak hablaba sonó fuera el
canto de una niski, que atravesó los aullidos del viento. La melodía vibraba
con tremenda fuerza y era tan extraña, que impresionaba más que el lejano
retum¬bar de los truenos.
—¡Lástima que nadie sepa cómo fueron
forjadas las espadas! —mur¬muró Tiamak, frustrado, sin apartar los ojos de la
preciosa y a la vez florida letra de Morgenes, aunque sin verla casi. El canto
de la niski se hizo más agudo para luego perderse lentamente—. ¡Si al menos
pudié¬semos hablar con los dwarrows que forjaron a Minneyar! Pero dice Eolair
que están lejos, muy al norte, a muchas leguas de distancia de Hayholt. Y los
herreros nabbanos de cuyas manos surgió Espina, hace siglos que murieron.
¡Tantas preguntas como ansiamos formular —sus¬piró el wran, ceñudo—, y tan
pocas respuestas como conseguimos! Re¬sulta muy fatigoso, Strangyeard. Parece
que cada paso que damos ade¬lante nos haga retroceder dos hacia la confusión.
El archivero guardó silencio mientras
Tiamak buscaba las ma¬noseadas páginas que describían cómo Ineluki había creado
a Dolor en las fraguas situadas debajo de Asu’a.
—¡Ya lo tengo! —exclamó el wran por
fin—. Voy a leerlo.
—Un momento... —observó Strangyeard—.
La respuesta a una de las preguntas podría valer para las dos.
Tiamak alzó la vista.
—¿Qué queréis decir?
Y apartó los pensamientos de la hoja
que tenía delante.
—Vuestra idea era la de que, de algún
modo, nos han querido mantener en un mundo de confusiones... Que el Rey de la
Tor¬menta se ocupó de enfrentar a Elías y Josua mientras él perseguía otro
objetivo.
—¿Eso creéis?
—Quizá no sea sólo un objetivo
secreto lo que quiere esconder. Tal vez también trate de ocultar el secreto de
las Tres Espadas.
En la mente de Tiamak se encendió una
chispa.
—Entonces, si toda la lucha entre
Josua y el Supremo Rey fue or¬ganizada para impedir que comprendamos la forma
de utilizar las espadas, bien pudiera significar eso que la respuesta es
sumamente sencilla... Algo que pronto descubriríamos, si no nos despistaran...
—¡Exactamente! —asintió Strangyeard,
a quien tal idea había hecho perder su acostumbrada reserva—. ¡Exactamente! O
bien se trata de algo tan simple que no podríamos dejar de ver si no
estuviésemos metidos en esta constante angustia, o existe alguien o algo muy
vital para nosotros, pero que no podremos alcanzar mientras prosiga la guerra
entre los hermanos.
«Los Que Vigilan Y Dan Forma —se dijo
Tiamak—, ¡es bueno te¬ner alguien con quien compartir las reflexiones! ¡Alguien
que lo en¬tienda a uno, que pregunte, que busque un sentido a las cosas!»
Por espacio de unos momentos, ni
siquiera añoró su hogar de los pantanos, y en voz alta declaró:
—¡Maravilloso, Strangyeard! Es algo
que realmente vale la pena tener en cuenta.
El archivero se sonrojó, pero habló
en tono confiado:
—Recuerdo que, cuando huíamos por
primera vez, de Naglimund, Deornoth dijo que las nornas parecían querer impedir
que fuésemos en determinadas direcciones. En aquel momento, no les interesaba
que penetrásemos más en el Aldheorte. En vez de inten¬tar matarnos o hacernos
prisioneros, diríase que... nos empujaban. Pienso que, a lo mejor, nos alejaban
de los sitha —añadió al mismo tiempo que, distraído, se pasaba la mano por las
enrojecidas venta¬nas de la nariz, aún no recuperado de la permanencia en la cubierta.
Tiamak dejó las hojas que había
sostenido en alto. Tiempo ha¬bría para ellas más tarde.
—Opináis, pues, que los sitha pueden
saber algo, aunque ni si¬quiera tengan conciencia de ello. El Que Siempre
Camina Sobre Arena, ¡qué mal me sabe no haber profundizado más en mis
pre¬guntas al joven Simón con respecto al tiempo que pasó con los in¬mortales!
Voy a decirle a Sludig que deseamos hablar con Aditu —agregó de pronto y, al
llegar a la puerta del camarote, se detuvo—. Pero no sé cómo podrá pasar de un
barco a otro, con lo peligrosos que están ahora los mares.
Strangyeard se encogió de hombros.
—No estará de más preguntarlo.
Tiamak siguió vacilante,
balanceándose con el movimiento del buque, y de súbito volvió a sentarse.
—¡Bah! Eso puede esperar hasta
mañana, cuando resulte menos arriesgada la empresa. Además, hay mucho que hacer
antes. ¡Quién sabe lo que puede significar! —comentó, al mismo tiempo que cogía
de nuevo los pergaminos—. ¡Cualquier cosa, Strangyeard! Hemos de recordar todos
los lugares donde estuvimos, y a toda la gente que en¬contramos. La verdad es
que sólo reaccionamos ante lo que teníamos delante. Ahora nos toca pensar en lo
que no vimos mientras estába¬mos ocupados con el espectáculo de la persecución y
la guerra.
—Convendría hablar con otros,
también. Sludig ha visto mu¬cho, en su vida, y sin duda habría que hacerles
varias preguntas a Isgrimnur y Josua. Pero ni siquiera sabemos qué consultar
—suspiró el sacerdote con un triste meneo de cabeza—. ¡Es una pena, miseri-cordioso
Aedón, que Geloë no esté aquí con nosotros! Ella sí que sabría por dónde
empezar.
—Pero no está, y tampoco contamos con
Binabik. En conse¬cuencia, tenemos que actuar por nuestra cuenta. Es nuestro
duro deber, igual que es el deber de Camaris blandir la espada, y el de Jo¬sua
soportar la carga del mando.
Tiamak contempló el desorientado
montón de escritos que te¬nía en su regazo.
—Pero es cierto lo que decís
—prosiguió—. Resulta difícil decidir por dónde empezar. ¡Si alguien nos
explicara algo más referente a la forja¬dura de las espadas! ¡Si no se hubiesen
perdido esos conocimientos!
Cuando los dos quedaron en caviloso
silencio durante un rato, la voz de la niski se elevó de nuevo, cortando el
fragor de la tempes¬tad como un afilado cuchillo.
Al principio, el tamaño del objeto
impidió que Miriamele compren¬diera de qué se trataba. Su brillo del color de
la aurora y los gruesos péta¬los aterciopelados, las gotas de roció semejantes
a diminutos globos de cristal; incluso las espinas, cada cual una púa de oscura
madera curva... Cada cosa parecía tener que ser asimilada y considerada aparte.
Sólo después de bastante rato —o, por lo menos, esa impresión tuvo la
prin¬cesa— comprendió que aquello tan grande que giraba delante de sus ojos
era... una rosa. Daba vueltas como si su tallo fuera movido por unos de¬dos
gigantescos, aunque invisibles, y el aroma de la flor resultaba tan in¬tenso,
que la joven temió que asfixiara al mundo entero; pero, al mismo tiempo que le
producía sofoco, parecía llenarla de vida.
La amplia e ininterrumpida llanura
cubierta de hierba, sobre la cual giraba la rosa, empezó a temblar. El césped
se combó de pronto de¬bajo de la sorprendente flor, y de la tierra surgieron
grandes piedras gri¬ses y angulares, cual topos que asomaran la nariz a la luz
del sol. Cuando estuvieron fuera del todo, Miriamele se dio cuenta de que
aquellas piedras alargadas estaban unidas en su base y que lo que veía era una
enorme mano que salía de las profundidades. A medida que se alzaba, la hierba
arrancada y los terrones cayeron hacia los lados. Los pétreos dedos se abrieron
para rodear la rosa. Instantes después, la colosal mano se cerró y estrujó la
magnífica rosa, que cesó de girar y, poco a poco, desapareció el poderoso puño.
Un solo pétalo planeó lentamente en el aire hasta posarse en el suelo. La rosa
estaba muerta...
Miriamele se incorporó asustada y
parpadeante. El corazón le latía con violencia. La caverna seguía a oscuras,
con excepción del débil resplandor rosado que despedían algunos de los
cristales de los dwarrows, tal como estaba al quedar ella dormida. No obstante,
algo había cambiado.
—¡Yis-fidri! —jadeó.
Una sombra se destacó de la cercana
pared y avanzó hacia ella con la cabeza bamboleante.
—Todavía no ha regresado —le informó
Yis-hadra.
—¿Qué sucedió? —quiso saber
Miriamele, presa de un dolor de cabeza semejante al que le hubiese producido un
golpe—. Acaba de suceder algo.
—Fue muy intenso, esta vez —contestó
Yis-hadra, evidentemente alarmada. Sus inmensos ojos parecían aún más grandes
que de cos¬tumbre, y la mujer movía los dedos de manera espasmódica—. Algo...,
algo cambia aquí; en los huesos de la tierra y en el corazón de Asu’a —explicó,
corno si no encontrase las palabras adecuadas—. Hace algún tiempo que ocurre.
Pero ahora fue peor.
—¿De qué clase de cambio se trata?
¿Cómo vamos a protegernos?
—No lo sé. Pero no haremos nada hasta
que Yis-fidri y los demás hayan vuelto.
—Todo esto se derrumba a nuestro
alrededor, ¿y no pensáis hacer nada? ¿Ni siquiera echar a correr?
—No se derrumba nada. El..., el
cambio es algo distinto. Por fa¬vor, princesa... —dijo Yis-hadra con una
temblorosa mano apoyada en el brazo de Miriamele—. Mi pueblo está muy asustado.
No lo acobardéis todavía más.
Antes de que la joven pudiese objetar
nada, un misterioso y si¬lencioso retumbo sacudió todo su cuerpo. Un sonido
inaudible, de tan quedo. Toda la cueva pareció moverse. Incluso el ya familiar
aunque extraño rostro de Yis-hadra adquirió un aspecto diferen¬te, como el de
un ser no vivo, y la rosada luz de los bastones de los dwarrows se oscureció
para volverse luego de un blanco cegador y, después, de un intenso azul. Todo
parecía torcido. Miriamele sintió que resbalaba hacia un lado, como si hubiese
perdido la estabilidad en aquel mundo enloquecido. Al cabo de un momento, los
cristales volvieron a dar su luz usual y la caverna quedó como antes.
Miriamele necesitó hacer varias
nerviosas respiraciones antes de estar en condiciones de hablar.
—Ocurre... algo muy malo...
Yis-hadra, hasta ahora acurrucada, se
levantó insegura.
—Debo ocuparme de los demás.
Yis-fidri y yo procuramos que no se espanten demasiado. Sin el Shard, sin la
Sala Modelo, poco queda para mantenernos unidos.
La princesa, amedrentada, siguió a la
dwarrow con la vista. La masa de piedra que la rodeaba le recordaba las
confinantes paredes de una tumba. Lo que tanto había temido Josua y el viejo
Jarnauga y los demás, sucedía ahora. Alguna brutal fuerza recorría la roca
si¬tuada debajo de Hayholt, del mismo modo que la sangre circulaba por su
propio cuerpo. Probablemente les quedaba ya poco tiempo.
«¿Terminará mi vida aquí? —se
preguntó—. ¿Aquí abajo, en la os¬curidad, y sin saber por qué?»
Miriamele no recordaba haberse vuelto
a dormir, pero despertó —más dulcemente esta vez— apoyada en la pared, con la
capucha de su capa como almohada. Tenía el cuello dolorido y se lo trotó por
espacio de unos momentos hasta que vio a alguien agachado junto a su zurrón:
una borrosa silueta apenas iluminada por la tenue luz rosada de los cristales.
—¡Eh, vos! ¿Qué hacéis?
El hombrecillo se volvió y la miró
con los ojos muy abiertos.
—¡Estáis despierta!
—¡Binabik! —exclamó Miriamele,
perpleja, antes de ponerse en pie de un salto y correr hacia él.
El abrazo los dejó sin aliento, y
ambos se echaron a reír al fin.
—¡Madre de misericordia! ¡Binabik!
¿Qué hacéis? ¿Cómo llegas¬teis aquí?
—Los dwarrows me encontraron vagando
por las escaleras —dijo el gnomo, cuando la princesa lo hubo hecho sentar—.
Llevo aquí poco rato. No quería despertaros, pero estoy hambriento y me
per¬mití buscar en las alforjas...
—Creo que queda un poco de pan, y
quizás algunos frutos secos —contestó Miriamele, poniéndose a remover el
contenido de sus bolsas—. ¡Soy tan feliz de teneros aquí! No sabía qué había
sido de vos. Aquel monje... ¿Qué ocurrió por último?
—Lo maté... o quizá sólo lo liberé.
No puedo decirlo con certeza. Recobró la razón por unos instantes y me advirtió
que las nornas eran... algo así como «más falsas de lo que uno pueda
imaginarse».
Aceptó el trozo de pan que Miriamele
le ofrecía y continuó:
—Lo conocí cuando aún era un hombre.
Simón y yo nos encon¬tramos con él en las ruinas de San Hoderund. Hengfisk y yo
no éra¬mos amigos, pero fue horrible mirarlo a los ojos. ¡A nadie se le
de¬biera hacer nada tan espantoso! Nuestros enemigos tendrán mucho de qué
responder.
—¿Qué opináis de los dwarrows? ¿Os
dijeron por qué se habían apoderado de mí? ¿También sois su prisionero?
—inquirió al venirle la súbita idea.
—No creo que «prisionero» sea la
palabra correcta —respondió Binabik, pensativo—. Sí... Yis-fidri me contó
muchas cosas cuando dieron conmigo y después, cuando veníamos hacia aquí. Al
menos, durante un rato.
—¿Qué queréis decir?
—En los túneles hay soldados —explicó
el gnomo—, y también nornas, me parece, aunque sólo vimos a los primeros. Pero
los dwarrows sienten su presencia, y sin duda no lo fingían para impre¬sionarme
a mí. Sencillamente, están muertos de miedo.
—¿Nornas? ¡Pero si tenía entendido
que no podían acercarse al castillo!
Binabik se encogió de hombros.
—¿Quién sabe? Es su inmortal señor
quien no puede poner los pies en estos lugares, aunque yo tampoco creía
probable que las nor¬nas vivas se atrevieran a venir. No obstante, si todo lo
que yo consi¬deraba cierto resulta falso, ya no hay nada que pueda sorprenderme.
Se aproximó Yis-fidri y se acomodó
junto a ellos, con lo que crujieron sus forradas prendas de cuero. Pese a la
amabilidad y tris¬teza de su cara, Miriamele pensó que los largos y delgados
miem¬bros le daban el aspecto de una araña que avanzara por su tela.
—Aquí tenéis a vuestro compañero sano
y salvo, princesa.
—Me alegro mucho que lo encontrarais.
—Llegamos en el momento justo —dijo
Yis-fidri, obviamente preocupado—. Por los túneles pululan los mortales y los
hikeda’ya. Sólo nuestra habilidad para disimular la puerta de esta cámara nos
mantiene a salvo.
—¿Os proponéis permanecer aquí para
siempre? ¡Eso no serviría de nada!
El contento por el retorno de Binabik
se había apagado ya un poco, y la desesperación volvía a adueñarse de
Miriamele. Se halla¬ban todos atrapados en una aislada caverna mientras el
mundo que los rodeaba parecía avanzar hacia un terrible cataclismo.
—¡No os dais cuenta de lo que sucede!
—agregó—. ¡Todo vuestro pueblo lo nota!
—¡Claro que lo noto yo también!
—exclamó Yis-fidri, casi enfa¬dado—. Lo presentimos todo más que vosotros. Hace
tiempo que conocemos estos cambios, y nos consta lo que las Palabras pueden
causar. Además nos hablan las piedras. Pero carecemos de fuerza para detener lo
que está en marcha, y llamar la atención significaría nuestro fin. Nuestra
libertad no le sirve a nadie.
—¿Palabras Creadoras? —repitió
Binabik, pero, antes de que pu¬diese formular debidamente la pregunta, llegó
Yis-hadra y le habló al marido en la lengua de los dwarrows.
Miriamele miró hacia atrás, donde el
resto de la tribu seguía acurrucado contra la apartada pared de la cueva. Era
evidente que aquella pobre gente tenía miedo. Brillaban sus enormes ojos a la
es¬casa luz, y todos charlaban quedamente entre sí con muchos movi-mientos de
sus grandes cabezas.
Al rostro de Yis-fidri asomó la
alarma.
—Alguien está ahí fuera —murmuró.
—¿Ahí fuera? ¿Qué queréis decir?
—inquirió Miriamele, a la vez que cerraba su bolsa de un tirón—. ¿Quién puede
ser?
—Lo ignoramos. Pero alguien está al
otro lado de nuestra disi¬mulada puerta e intenta entrar —indicó, agitando las
manos con an¬sia—. No se trata de soldados mortales, sino de alguien que tiene
po¬der sobre las cosas... Porque nosotros escudamos la puerta con todas las
artes de los tinukeda’ya
—¿Las nornas? —jadeó Miriamele.
—No lo sé —confesó Yis-fidri, a la
vez que se ponía de pie y rodea¬ba con el brazo los hombros de Yis-hadra—. Pero
hemos de confiar en que, no obstante haber descubierto la puerta, no logren
forzarla.
—Tiene que existir otra salida, ¿o
no?
El dwarrow bajó la cabeza.
—Tuvimos que arriesgarnos. Esconder
dos puertas significaba hacerlas más vulnerables, y nos dio miedo gastar tanta
habilidad cuando las cosas están tan desequilibradas...
—¡Madre de misericordia! —exclamó
Miriamele, en cuyo interior luchaban el enojo y una desesperada angustia—. De
modo que esta¬mos atrapados. ¿Qué solución nos queda, pues? —añadió de cara a
Binabik.
El gnomo parecía cansado.
—¿Queréis saber si pelearemos? ¡Desde
luego que sí! Los qanuc no desperdiciamos así como así nuestras vidas. Mindunob
inik yat, decimos, o sea: «Mi hogar será tu tumba» —tradujo Binabik con una
risa amarga—. Pero lo cierto es que hasta el gnomo más fanático sa¬bría
conservar su cueva sin tener que morir él.
—Hallé mi cuchillo —dijo entonces
Miriamele, tabaleándose ner¬viosa la pierna.
Le costaba hablar con voz serena.
¡Atrapados! Atrapados sin sa¬lida, y con las nornas a la puerta!
—¡Ay, Elysia misericordiosa! —se
lamentó—. ¡Lástima que no me trajera el arco! Sólo tengo la Flecha Blanca de
Simón, pero estoy se¬gura de que a nuestro amigo no le importaría que emplumase
con ella a una norna. Supongo que puedo utilizar mi cuchillo para apu–alar a
alguien.
Yis-fidri los miró incrédulo.
—No podríais salvaros de los
hikeda’ya ni con un arco y un carcaj lleno de las más perfectas flechas de
Vindaomeyo. Mucho menos, pues, con un simple cuchillo.
—No creo que nos salvemos —replicó la
princesa, picada—. Pero hemos llegado demasiado lejos para dejarnos apresar
como si fuése¬mos unos chiquillos asustados. Vos sois fuerte, Yis-fidri —dijo,
des¬pués de respirar a fondo para calmarse un poco—. Bien que lo noté cuando
cargasteis conmigo, y no puedo imaginarme que os dejarais matar así como así.
—Nosotros no somos partidarios de la
lucha —declaró el dwarrow—. Nunca fuimos los fuertes. Al menos, no en ese
sentido.
—En tal caso, quedaos atrás.
Para sus adentros, Miriamele pensó
que actuaba como la más pendenciera mujer de taberna, pero ya resultaba
suficientemente duro figurarse lo que podía aguardarles. Le bastó una sola
ojeada a los temblorosos y atemorizados dwarrows para que su resolución se
fundiera, y el temor escondido debajo se transformó en una especie de agujero
al que podría caer para siempre.
—Conducidnos a la puerta —ordenó al
dwarrow; luego se volvió hacia el gnomo—. Binabik, cojamos al menos algunas
piedras. Sabe Dios que este sitio está lleno de ellas.
Los agazapados dwarrows los
observaban desconfiados, como si el solo hecho de preparar una resistencia los
hiciese tan peligrosos como el enemigo que acechaba fuera. Miriamele y Binabik
se apre¬suraron a reunir un montón de piedras. Luego, el gnomo abrió su bastón,
se colocó en el cinturón la parte que contenía el cuchillo y puso a punto la
cerbatana.
—Mejor utilizar esto primero
—susurró, introduciendo un dardo en el tubo—. Tal vez una muerte no esperada
pueda retrasar su en¬trada.
La puerta parecía ser sólo otra parte
de la estriada pared de la ca¬verna, pero, cuando Miriamele y el gnomo
estuvieron delante de ella, una línea plateada empezó a subir por la piedra.
—¡Que Ruyan nos guíe! —jadeó
Yis-fidri—. ¡Han roto las guardas!
Entre los demás dwarrows se alzó un
murmullo de temor.
El plateado resplandor subió por la
pared de roca, cruzó en sen¬tido horizontal una distancia equivalente al brazo
de un hombre e inició el descenso por el otro lado. Cuando toda una parte de la
pie¬dra estuvo marcada por un hilo de luz, el mineral enmarcado em-pezó a girar
hacia adentro, rascando con su movimiento el suelo de la cueva. Miriamele
presenció con horrorizada fascinación aquel fe¬nómeno. Todos los miembros le
temblaban.
—No deis ni un paso adelante —susurró
Binabik—. Yo ya os avi¬saré cuando no haya peligro.
Finalmente, la puerta se detuvo. Y,
cuando en la estrecha aber¬tura apareció una figura, Binabik se llevó a la boca
su cerbatana. La oscura forma se tambaleó y cayó desplomada. Los dwarrows
emitie¬ron gemidos de miedo.
—¡Le habéis dado! —exclamó Miriamele,
jubilosa.
Al instante agarró una piedra,
dispuesta a tirársela al próximo individuo que asomara mientras preparaba el
nuevo proyectil..., mas nadie apareció en la puerta.
—Creo que esperan —le murmuró la
princesa al gnomo—. Han visto lo ocurrido al primero.
—¡Pero si yo no hice nada! —contestó
Binabik—. ¡Mi dardo está sin disparar!
De repente, la figura levantó la
cabeza.
—Ce... cerrad... la puerta... —jadeó
con un tremendo esfuerzo—. Vi... vienen... detrás... de mí...
Miriamele quedó perpleja.
—¡Si es Cadrach!
Binabik la miró desconcertado, y
luego fijó la vista en el monje, que nuevamente se había derrumbado. Dejó su
bastón en el suelo y corrió hacia él.
—¿Cadrach? —musitó la joven
despacio—. ¿Cadrach aquí?
Los dwarrows pasaron precipitadamente
por su lado para cerrar la puerta.
XXIV
LAS TIERRAS GRISES
L
a incolora niebla continuaba. No
había suelo, ni techo, ni ningún límite visible. Simón flotaba en medio de la
nada. No existía movimiento ni sonido alguno...
—¡Socorro! —gritó, o por lo menos lo
intentó, pero su voz no llegó a salir de su cabeza. Leleth se había ido, y su
último toque a los pensamientos del muchacho parecía ahora frío y distante—.
¡Que al¬guien me ayude!
Pero, si alguien compartía los vacíos
espacios con él, no contestó.
«¿Y qué puede ocurrir si aquí hay
alguien o algo? —se preguntó Simón de súbito, recordando todo cuanto le habían
contado refe¬rente al Sendero de los Sueños—. Quizá se trate de algo con lo que
no me conviene tropezar.»
Tal vez no fuese el Sendero de los
Sueños, aunque según Leleth se hallaba muy cerca. Ookequk, el maestro de
Binabik, se había en¬contrado con algo horrible mientras caminaba por esa
senda... ¡Tan horrible, que lo había matado!
«Sin embargo, ¿qué puede ser peor que
flotar aquí para siempre, como un fantasma? Pronto no quedará de mí nada que
valga la pena salvar.»
Transcurrieron varias horas sin que
nada cambiase. O quizá fueran días enteros. O semanas. Allí no existía el
tiempo. La nada era perfecta.
Después de un largo espacio vacío,
sus débiles y desordenados pensamientos volvieron a unirse.
«Leleth debía devolverme a mi cuerpo,
a mi vida. A lo mejor, puedo hacerlo yo mismo.»
Simón procuró hacer memoria de cómo
era sentirse dentro del propio cuerpo vivo, pero durante un largo rato sólo
consiguió for¬marse unas incoherentes y confusas imágenes de los últimos días:
unos excavadores de fea sonrisa, iluminados por las antorchas; las susurrantes
nornas agrupadas en la cumbre de la colina, encima del valle de Hasu... Poco a
poco logró evocar también la gran rueda, con un desnudo cuerpo sujeto a ella.
«¡Yo! —exultó—. ¡Soy yo, Simón! ¡Y
todavía vivo!»
La figura que pendía del borde de la
rueda resultaba borrosa y sin mucha forma, semejante a una imagen torpemente
tallada de Jesuris en el Árbol. No obstante, Simón sentía la intangible
conexión existente entre esa figura y él. Se esforzó en dar forma a la cara,
mas no pudo recordar sus propias facciones.
«Me he perdido a mí mismo —pensó, y
aquella comprobación lo cubrió lentamente como una manta de mortal escarcha—.
¡No me acuerdo de mi aspecto! ¡No tengo rostro!»
El hombre atado a la rueda y también
ésta oscilaron y se hicie¬ron borrosos.
«¡No! —dijo Simón sin voz, ansioso de
que el cuerpo aherrojado y la rueda con su forma circular no se apartase de los
ojos de su mente—. ¡No! Soy real. Estoy vivo. ¡Y mi nombre es Simón!»
El joven luchó por recordar lo visto
en el espejo de Jiriki, pero antes era preciso hacer memoria del espejo y de lo
frío que se notaba en los dedos, así como de la delicada suavidad del trabajado
marco. El objeto había adquirido calor, poco a poco, hasta parecer algo vivo.
De pronto se acordó de su rostro,
prisionero en el cristal del sitha. Tenía los rojos y espesos cabellos muy
despeinados, surcados por un mechón blanco, y por su mejilla descendía, desde
el ojo hasta la mandíbula, la señal dejada por la sangre del dragón. Los ojos
no revelaban todo cuanto sucedía detrás de ellos. Y no era un chico el que lo
miraba a través del espejo de Jiriki, sino un hombre joven de delgada y huesuda
cara. Su propia faz, en efecto. Su propia faz, que volvía a él.
Forzó su voluntad al máximo, para
conseguir aplicar sus faccio¬nes a la oscura forma colgada de la rueda. Todo
adquirió una mayor claridad, indefinida y fantasmal, pero sin duda alguna un
lugar real del que Simón sólo se veía separado por una escasa e imprecisa
dis¬tancia. La esperanza fluyó de nuevo a su corazón.
Mas por mucho que lo intentara, no
avanzaba. Su ansia por vol¬ver —incluso a la rueda— era desesperada, pero todo
quedaba tre¬mendamente lejos de su alcance. Cuanto mayor era su esfuerzo, mayor
parecía también la distancia entre el Simón que flotaba en el mundo de los
sueños y su vacío y dormido cuerpo.
«No llegaré... —se decía, frustrado—.
¡No llegaré!»
Convencido de ello, la visión de la
rueda se atenuó hasta esfu¬marse. Asimismo se evaporó la fantasmagórica fragua,
dejándolo una vez más en el horrible vacío carente de color.
Simón hizo acopio de fuerzas para
probarlo nuevamente, pero sólo logró ver un ligero resplandor del mundo dejado
atrás, que también desapareció enseguida. Furioso y decepcionado, el mucha¬cho
lo intentó una y otra vez, aunque sin éxito. Al final le falló la vo¬luntad.
Estaba derrotado. Pertenecía al vacío.
«Perdido... Estoy perdido.»
Por espacio de un largo rato, para
Simón no hubo más que una inmensa vacuidad y un sufrimiento sin esperanza.
No supo si había dormido o entrado en
otro mundo, pero, cuando fue capaz de volver a pensar, algo compartía el
extraño va¬cío. Una mota de luz brillaba débilmente delante de él, como la
llama de una vela vista a través de una espesa niebla.
—¿Leleth? ¿Eres tú, Leleth?
La chispa no se movió. Simón quiso
avanzar hacia el pequeño resplandor.
Primero no supo si se acercaba o si,
como una estrella en el ho¬rizonte, permanecía remoto y fuera de su alcance,
por mucho que él adelantase. Sin embargo, y pese a no tener Simón la certeza de
que la chispa se hallara más próxima, las cosas empezaron a cam¬biar a su
alrededor. Donde poco antes sólo existía la nada, ahora comenzaban a verse unas
tenues líneas y formas que, gradual¬mente, se hicieron más marcadas hasta que,
por fin, resultaron ser árboles y piedras, si bien todo ello transparente como
el agua. Pasó junto a una colina, pero tanto la tierra que tenía debajo como la
espesa vegetación parecían apenas más reales que el vacío que se extendía por
encima de su cabeza en lugar del cielo. Habríase dicho que caminaba por un
paisaje de cristal, pero, cuando se desvió unos instantes y pisó una piedra que
había en el sendero, pasó a través de ella.
«¿Soy yo el fantasma? —se preguntó
Simón—. ¿O está embrujado este lugar?»
La luz se había acercado. Su cálido
resplandor se reflejaba débil¬mente en la niebla que envolvía las extrañas
formas de árboles. Si¬món dio unos pasos adelante.
El fulgor flotaba sobre el extremo de
un espectral valle, situado encima del borde de un saliente de translúcida
roca. Parecía estar en brazos de una borrosa figura. AI avanzar él más, el
espíritu se volvió. Fantasma, ángel o demonio, tenía cara de mujer y abrió
mucho los ojos, aunque no pareció verlo.
—¿Quién está ahí?
El umbroso rostro no se movió, mas
Simón no dudó que era ella quien había hablado, porque su voz era obviamente
humana.
—Soy yo. Estoy perdido —musitó Simón,
tratando de imaginarse lo que sentiría él si en aquel mortal vacío se le
aproximase alguien—. No tengo malas intenciones.
Un estremecimiento recorrió la forma
femenina y, durante unos momentos, la luz que ella acunaba en sus brazos
refulgió con más fuerza. Simón tuvo la sensación de que por su interior se
extendía un raro y confortante calor.
—Os conozco —dijo la mujer
lentamente—. Acudisteis a mí en otra ocasión.
El no comprendió el sentido de
aquellas palabras.
—Soy Simón —contestó—. ¿Quién sois
vos? ¿Qué lugar es éste?
—Me llamo Maegwin, y estamos en el
mundo de los dioses —ex¬plicó la mujer, inquieta—. Pero sin duda ya lo sabéis.
Fuisteis el men¬sajero de los dioses.
Simón no tenía ni la menor idea de lo
que ella quería decir, pero su ansia de compañía era tan terrible, que no le
importaba hablar con una mujer fantasma.
—Ando perdido —repitió—. ¿Puedo
quedarme aquí y conversar con vos?
De alguna manera consideró importante
contar con su per¬miso.
—Desde luego —respondió ella, aunque
con voz todavía inse¬gura—. Sed bienvenido.
Por espacio de unos segundos, Simón
creyó verla con más clari¬dad. Su preocupada cara estaba enmarcada por una
espesa cabellera y por la capucha de un largo abrigo.
—Sois muy hermosa —dijo.
Maegwin rió, si bien fue algo que el
joven sintió más que oyó.
—Por si acaso lo hubiera olvidado, me
recordáis que estoy muy le¬jos de lo que constituía mi vida. ¿Decíais que
andáis perdido? —inqui¬rió después de una pausa, en la que pulsó de nuevo la
brillante luz.
—Así es. Cuesta de explicar, pero...
yo no estoy aquí. Al menos, no lo está el resto de mi cuerpo.
Consideró la conveniencia de
explayarse algo más, pero temía sincerarse demasiado con aquel melancólico
espíritu, aunque pare¬ciese inofensivo.
—¿Por qué os encontráis aquí?
—preguntó.
—Espero —contestó Maegwin, pesarosa—.
No sé a quién ni qué espero. Sin embargo, sé que eso es lo que hago.
Pasó un rato sin que ninguno de los
dos hablase. El valle relucía suavemente, translúcido como una tenue capa de
niebla.
—¡Todo parece tan lejano! —murmuró
finalmente Simón—. ¡Todo aquello que creía tan importante!
—Si prestáis atención —indicó
Maegwin—, oiréis la música.
Simón escuchó, mas no percibió
absolutamente nada. Eso en sí ya resultaba sorprendente, y quedó sumido en la
perplejidad por unos momentos. Allí no había nada de nada: ni viento, ni canto
de pájaros, ni quedo parloteo. Ni siquiera oía los sordos latidos de su propio
corazón. Nunca había imaginado una quietud tan com¬pleta, ni una paz tan
profunda. Después de tanta locura y confusión en su vida, parecía haber llegado
al silencioso centro de todas las cosas.
—Este sitio me da un poco de miedo
—confesó—. Temo que, si permanezco mucho tiempo aquí, no pueda regresar a mi
vida an¬terior.
El joven se dio cuenta, entonces, de
la extrañeza de Maegwin.
—¿Vuestra vida? ¿Acaso no hace ya un
montón de años que estáis muerto? Cuando vinisteis a mí antes, pensé que erais
un héroe de la antigüedad. ¿Qué he hecho ahora? —agregó con un sonido revelador
de tristeza—. ¿Puede ser que no supieseis que estáis muerto?
—¿Muerto, yo? —exclamó Simón con una
mezcla de agitación, ra¬bia y bastante miedo—. ¡No estoy muerto! Sigo bien
vivo. Lo único que me sucede es que no consigo volver atrás. ¡Pero estoy vivo!
—En tal caso, ¿qué hacéis aquí
conmigo? —inquirió ella con una extraña voz.
—Lo ignoro. ¡Pero estoy vivo!
Y, aunque en parte dijo eso para
combatir su propia y súbita aprensión sentía que unos lazos, por débiles que se
hubiesen vuelto, lo ataban todavía de un modo real al mundo conocido y a su
per¬dido cuerpo.
—Pero sólo los muertos vienen a este
sitio. Los muertos como yo, supongo...
—No. Los muertos siguen su camino
—respondió Simón, que re¬cordaba el vuelo en libertad de Leleth y, por
consiguiente, tenía la certeza de decir la verdad—. Este es un lugar de espera,
un sitio inter¬medio. Los muertos siguen adelante.
—¿Cómo puede ser eso, si yo...?
De repente, Maegwin guardó silencio.
El temeroso enojo de Simón no se
disipaba, pero no obstante sentía en su interior la llama de la vida, una llama
reducida mas no extinguida, cosa que lo consoló. No le quedaba nada más a qué
aga¬rrarse, pero eso era todo, a la vez.
Simón experimentó algo raro en su
interior. Maegwin lloraba, no de forma sonora, sino con unas intensas sacudidas
que la hacían tambalearse y casi desaparecer como una columna de humo empu¬jada
por el viento.
—¿Qué os pasa?
Por muy misterioso e incomprensible
que fuera todo, Simón no quería perderla, y la mujer estaba volviéndose
alarmantemente in¬sustancial. Hasta la luz que llevaba parecía languidecer.
—¡Maegwin! —insistió—. ¿Por qué
lloráis?
—¡Fui una tonta! —se lamentó ella—.
¡Tan tonta!
—No os entiendo.
Quiso alargar el brazo para tomarla
de la mano, pero no hubo manera de que los dos entrasen en contacto. Simón bajó
la vista, mas, allí donde debería haber estado su propio cuerpo, no había nada.
Aquello era muy raro, pero en el lugar de ensueño donde se hallaba no resultaba
tan terrible como lo hubiera sido en cualquier otro sitio. Y se preguntó cómo
lo vería Maegwin.
—¿Por qué fuisteis una tonta?
—Por creer que lo sabía todo. Por
figurarme que hasta los dioses esperaban a ver qué haría yo.
—No os comprendo.
Maegwin tardó en contestar, y Simón
sentía el dolor de la mujer en forma de ráfagas, ora de rabia, ora de
sufrimiento, que le reco¬rrían todo el cuerpo.
—Intentaré explicarme... Pero antes
decidme quién sois y cómo llegasteis hasta aquí. ¡Ay, los dioses, los dioses!
—suspiró, y el dolor amenazó con llevársela de nuevo—. Supuse demasiadas cosas.
¡De¬masiadas!
Simón inició su relato, despacio y
vacilante al principio, pero cada vez con más confianza cuando, poco a poco, su
pasado volvió a él. Lo sorprendió comprobar que podía acordarse de nombres que
sólo un rato antes no habían sido más que nublados agujeros en su memoria.
Maegwin no lo interrumpió y, a medida
que el joven avanzaba en su historia, fue haciéndose más real. Simón volvió a
distinguir claramente sus brillantes y enrojecidos ojos, sus apretados labios,
como si quisiera impedir que le temblasen. Y se preguntó quién la habría amado,
porque sin duda era una mujer a la que alguien ama¬ría. ¿Quién lloraría ahora
por ella?
Cuando Simón habló de Sesuad’ra y de
la misión del conde Eolair, Maegwin rompió su silencio por vez primera,
pidiéndole que le diese más detalles referentes al conde y a lo dicho por éste.
Al describir Simón a Aditu y repetir
las palabras de la mujer sitha con respecto a los Hijos del Amanecer que
cabalgaban en di¬rección a Hernystir, Maegwin rompió a llorar de nuevo.
—¡Mircha vestida de lluvia! —gimió—.
Es lo que yo temía. Casi destruyo a mi pueblo con mi locura. ¡No morí, pues!
—No entiendo nada de nada — gruñó
Simón, que al inclinarse un poco hacia ella recibió la caricia de la suave luz,
con lo que el fantas¬magórico paisaje pareció menos vacío—. ¿Decís que no
moristeis?
Entonces, la mujer envuelta en
sombras se puso a hablar de su propia vida. Simón se dio cuenta, con creciente
asombro, de que en efecto conocía a Maegwin, pese a no haberse encontrado
nunca: era la hija de Lluth, hermana de Gwythinn, el hernystiro a quien él
ha¬bía visto en los consejos celebrados por Josua en Naglimund.
Realmente era tremenda la historia
que la mujer explicó, así como el tejido de sueños e interpretaciones erróneas
y desventuras que entre ambos lograron montar a base de detalles y
suposiciones. Simón, que había pasado gran parte de su tiempo en la rueda
entre¬gado a una furibunda autocompasión, quedó horrorizado ante las pérdidas
sufridas por Maegwin: su padre, su hermano, el hogar y hasta el país,
habiéndole sido arrebatado todo ello de un modo que ni él, con todos sus
padecimientos, había tenido que soportar. ¡Y qué crueles trucos no había
empleado con ella el destino, sirvién¬dose encima de la ayuda involuntaria de
él, Simón! No era de extra¬ñar, pues, que Maegwin hubiese perdido la razón y
creyera estar muerta. El joven sintió verdadera pena.
Cuando Maegwin hubo terminado su
relato, el misterioso valle cayó de nuevo en un silencio total.
—Pero ¿por qué estáis aquí? —preguntó
Simón al fin.
—No lo sé. No me condujeron hasta
este lugar, como a vos. Pero después de tocar la mente del objeto que yo
suponía ocupado por Scadach..., creo que fue en Naglimund..., pasé un tiempo
sin estar en ninguna parte. Por último desperté aquí, en este mundo de
mis-terio, y supe que aguardaba. Quizás era a vos a quien debía aguardar
—añadió después de una pausa.
—Pero ¿por qué?
—Lo ignoro. Por lo visto, vos y yo
luchamos por lo mismo, o al menos lo hacíamos, ya que no veo la forma de que
ninguno de los dos podamos abandonar este lugar.
Simón esperó a la vez que
reflexionaba.
—Esa cosa..., esa cosa de Naglimund,
¿Cómo era? ¿Y qué..., qué sentisteis al entrar en contacto con sus
pensamientos?
A Maegwin le costó encontrar la
respuesta.
—Diría yo que... quemaba. Estar tan
cerca de ello era como me¬ter la cara en la puerta de un horno. Temí que me
quemara todo el cuerpo. No percibí palabras como las que ahora oigo de vos,
pero sí... ideas. Y un odio, como ya os indiqué... Un odio hacia lo vivo, así
como unas ansias de muerte, de liberación, casi tan intensas como las ansias de
venganza —explicó.
Maegwin emitió un gemido de
pesadumbre y, por espacio de unos segundos, su luz se redujo.
—Fue entonces cuando por vez primera
me preocuparon mis propios pensamientos, ya que también me descubrí deseando la
muerte, y... si realmente estaba muerta, ¿cómo podía ansiar verme libre de la
vida? —continuó, acompañando sus palabras de una agri¬dulce risa que hizo
estremecer a Simón—. ¡Que Mircha me proteja y nos escuche! Incluso después de
todo lo ocurrido, esto es una locura que sobrepasa todo lo comprensible,
querido extraño. ¡Que vos y yo nos hallemos en este lugar, en este moiheneg
—dijo la princesa utili¬zando un término o un pensamiento hernystiro que Simón
no en¬tendió—, inmersos en una conversación sobre nuestras vidas, sin sa¬ber
siquiera si existimos aún...!
—Los dos salimos de nuestro mundo —le
explicó él, y de súbito todo pareció distinto. Una rara calma se había
apoderado de su per¬sona—. Quizá nos hayan concedido un don, al permitirnos
salir por cierto tiempo del mundo. Tal vez para que descansemos.
Lo cierto era que Simón se sentía más
él que nunca, desde que había caído a través de la tierra del túmulo de Juan.
El encuentro con Maegwin lo había ayudado mucho a verse de nuevo como un ser
vivo.
—¿Para que descansemos? Quizás eso se
refiera a vos, Simón... Y, si así es, me alegra por vos. Yo, en cambio, sólo
puedo pensar en cómo estropeé mi vida y, en consecuencia, llorar.
—Aquello quemante... ¿os hizo
comprender algo más? —inquirió Simón con intención de distraerla.
La mujer apenas podía contener la
pena que le causaban los errores cometidos, y él temió que, si el sufrimiento
la vencía, vol¬viera a hallarse solo.
Maegwin relució ligeramente. Una
imperceptible brisa pareció agitar sus nebulosos cabellos.
—Tuve pensamientos para los que no
hay palabras. Vi imágenes que no soy capaz de explicar. Muy intensas, muy
brillantes, como si estuvieran muy cerca del centro de las llamas que confieren
vida a aquel espíritu.
—¿Qué eran?
Si la abrasadora presencia descrita
por Maegwin era lo que él sospechaba, cualquier clave que los condujese a sus
planes —y, por extensión, a las intenciones de su creador no muerto— podría
ayu¬darlos a escapar de una eternidad de negrura.
«Si es que yo logro regresar —se
recordó Simón a sí mismo—. Si es que acierto a escapar de este lugar.» Pero el
joven rechazó enseguida tales temores. Binabik le había enseñado a hacer sólo
aquello que pudiese llevar a cabo en un momento dado. «No es posible atrapar
tres peces con dos manos», solía decir el gnomo.
Maegwin vaciló, pero finalmente
comenzó a extenderse su res¬plandor.
—Procuraré mostrároslo.
En el valle de cristal y sombras que
se abría delante de ellos, se movió algo. Era otra luz, pero, así como la que
Maegwin estrechaba contra su pecho resultaba suave y cálida, la otra ardía con
furiosa in¬tensidad. Y, al observarla Simón, descubrió a su alrededor otros
cuatro puntos radiantes. Momentos después, la luz central se trans¬formó en una
lamiente llama que se alzó rápidamente. Pero, al mismo tiempo que crecía,
cambiaba de color, haciéndose cada vez más pálida hasta quedar blanca como la
escarcha. Los ígneos zarci¬llos de fuego quedaron de pronto inmóviles, cuando
se extendían hacia arriba y hacia los lados. Simón miró asombrado en qué se
ha¬bían convertido. En la parte central del cuadrangular marco de lla¬mas
surgió ahora un gran árbol blanco, hermoso e irreal. Era lo que lo había tenido
obsesionado durante tanto tiempo. El árbol blanco. La torre en llamas.
—Es la Torre del Ángel Verde
—murmuró.
—Hacia ella se dirigen todos los
pensamientos del espíritu rei¬nante en Naglimund —dijo Maegwin con voz
súbitamente cansada, como si el hecho de enseñarle a Simón el árbol hubiera
agotado casi todas sus fuerzas—. Esa idea arde en su interior, de la misma
forma que las llamas arden alrededor del árbol.
La visión se hizo borrosa y acabó por
difuminarse, dejando sólo el umbrío y vacío paisaje.
«La Torre del Ángel Verde —repitió
Simón para sí—. Algo va a suceder en ella.»
—Otra cosa —murmuró Maegwin, cuya
figura era ahora bastante más confusa—. Por alguna razón pensó en Naglimund
como... la Cuarta Casa. ¿Qué puede significar eso?
A Simón le pareció recordar haber
oído algo semejante con res¬pecto a los Danzarines del Fuego situados en lo
alto de la colma que dominaba el valle de Hasu, aunque de momento no logró
hacer verdadera memoria. Lo tenía absorto la Torre del Ángel Verde, que
juntamente con su reflejo en el Árbol Blanco había embrujado sus sueños durante
casi un año. Se trataba del último edificio sitha en Hayholt, el lugar donde
Ineluki había pronunciado las horribles pa¬labras causantes de la muerte de un
millar de soldados mortales y que lo habían desterrado a él para siempre del
mundo vivo de Osten Ard. Si el Rey de la Tormenta buscaba una última venganza,
quizá mediante la concesión de algún tremendo poder a Elías, su aliado mortal,
¿qué otro sitio más adecuado para ello que la torre?
Simón sintió que lo vencía una
indignada frustración. Saberlo y distinguir al fin las líneas generales del
endemoniado plan del ene¬migo, y ser incapaz de hacer absolutamente nada para
impedirlo, ¡era enloquecedor! Más que nunca necesitaba actuar y, en cambio, se
veía condenado a vagar como un espíritu sin hogar mientras su cuerpo,
deshabitado, de nada servía.
—Debo encontrar la manera de salir de
aquí, Maegwin —susu¬rró—. Tengo que regresar, ya sea de un modo u otro. Allí
está todo aquello por lo que ambos luchamos. La Torre del Ángel Verde, en el
castillo de Hayholt, es el Árbol Blanco. ¡Necesito volver!
La figura envuelta en sombras tardó
largo rato en responder.
—¿Queréis regresar a todo aquel
sufrimiento? ¿A toda aquella tortura?
Simón pensó en todo lo ocurrido y se
imaginó lo que todavía podía ocurrir. Revivió el tormento de su cuerpo en la
rueda y la ago¬nía de que había escapado al verse trasladado al extraño lugar,
mas ni eso pudo cambiar su resolución.
—Es preciso que vaya. ¡Que Aedón
tenga compasión de mí! ¿No sentís vos la necesidad de volver también?
—No —contestó la débil forma, con un
estremecimiento—. No. Me faltan las fuerzas, Simón. Si algo no me retuviese
aquí, ya me habría desprendido de todo cuanto me paraliza.
Maegwin pareció respirar a fondo y,
cuando habló de nuevo, parecía estar a punto de echarse a llorar.
—Hay personas a las que amaba, y
ahora sé que muchas de ellas aún viven. Una, sobre todo —añadió, ya más
calmada—. Lo amé..., lo amé hasta el delirio. Probablemente, él también se
interesaba por mí, pero yo fui demasiado engreída y estúpida para comprenderlo.
Ahora ya poco importa, en cualquier caso —jadeó—. Mas no; eso no es cierto.
¡Nada existe para mí tan importante en el mundo de los vivos como ese amor!
Pero es inútil. Aunque pudiera, no volvería allí para empezar de nuevo.
Su padecimiento era tal, que Simón
enmudeció de la impre¬sión. Se daba cuenta de que había cosas que no tenían
arreglo. Cier¬tas penas parecían irreparables.
—Pero creo que vos debéis regresar
—dijo Maegwin—. Vuestro caso es diferente. Y me alegra comprobar que aún hay
quien quie¬re vivir en el mundo. A nadie le deseo lo que yo siento. ¡Volved,
Simón! Salvad a quienes amáis, si podéis, y también a quienes yo amo.
—¡Pero si no puedo volver! —exclamó
el joven, nuevamente ven¬cido por la rabia, que ahora ya rayaba en la
desolación.
No tenía manera de regresar. Maegwin
y él permanecerían allí, discutiendo eternamente los detalles de sus vidas.
—Ignoro por qué dije eso, porque un
retorno es imposible para mí —prosiguió—. Ya lo intenté. Carezco de energías
suficientes para recuperar mi cuerpo.
—Procuradlo otra vez.
—¿Acaso creéis que no lo procuré ya?
¡Con todas mis fuerzas! Pero queda fuera de mi alcance.
—Si es así, seguiremos aquí para
siempre. Pero no os perjudicaría hacer otra prueba.
Simón, sabedor de que había hecho los
máximos esfuerzos sin resultado, se tragó unas palabras amargas. Maegwin tenía
razón. Si podía representar alguna ayuda para sus amigos, si existía una
re¬mota probabilidad de vengarse de todo cuanto él y Maegwin y mi¬les de otras
personas habían sufrido, debía hacer un nuevo intento, por poco verosímil que
pareciera el éxito.
El joven trató de apartar de su mente
todos los temores y cual¬quier otra idea. Una vez que se hubo tranquilizado un
poco, evocó la imagen de la rueda de agua, poniendo en ello tanta voluntad que
pronto la vio girar en medio de un humo gris, encima del fantasma-górico valle.
A continuación reprodujo su propio rostro, único y particular, prestando
también especial atención a lo que había de¬trás de las facciones: los sueños,
recuerdos y pensamientos que cons¬tituían su ser. Asimismo intentó revivir a
aquel Simón atado a la rueda, pero había llegado a los límites de su fuerza.
—¿Podéis ayudarme, Maegwin?
A medida que la rueda adquiría
realidad, ella se oscurecía. Ahora era ya menos que el pequeño resplandor de
una nebulosa luz.
—No puedo.
—¡Intentadlo!
Simón luchó por mantener delante la
rueda y reavivar el dolor, el miedo y la interminable soledad: todo cuanto iba
ligado a aquel horroroso recuerdo. Hubo un momento en que incluso creyó sentir
el arañazo de la áspera madera en su espalda, oír el chapaleo de la rueda y los
chirridos de las grandes cadenas, pero luego empezó a disiparse todo. Mientras
se desvanecía, la rueda tembló cono un re¬flejo en la ondulada superficie del
estanque. ¡La había tenido tan cerca! Y volvía a escapársele...
—¡Ahora, Simón!
De repente lo rodeó por completo la
presencia de Maegwin, que de algún modo penetraba en él. La luminosidad que
ella había abrazado mientras conversaban, pasó ahora a su persona y lo ca¬lentó
como un sol.
—Creo que éste es el motivo de que me
trajeran aquí a esperar. Ha llegado la hora de que yo siga, pero vos debéis
regresar.
La energía de la mujer llenó a Simón.
La rueda, la caverna de las fraguas, el dolor incesante de su cuerpo vivo: todo
cuanto para él re¬presentaba vida estuvo súbitamente muy cerca.
Maegwin, en cambio, se había alejado
mucho. Sus palabras pa¬recieron llegar desde una gran distancia, débiles y ya
casi apenas perceptibles.
«Sigo adelante, Simón. Toma lo que te
doy y utilízalo. Ya no ne¬cesito mi vida. Haced lo que debéis. Confío en que
sea suficiente. Si encontráis a Eolair... No; yo misma se lo diré. Algún día.
En otro lu¬gar...»
Sus valerosas palabras no lograron
disimular su miedo. Simón notó todo el terror que la dominaba cuando Maegwin se
deslizó por su voluntad hacia la desconocida negrura.
—¡No, Maegwin!
Pero la mujer ya se había ido. El
resplandor que la había acom¬pañado formaba ahora parte de él, que se veía de
pronto en pose¬sión de lo único que Maegwin había conservado: ¡el más valioso y
terrible regalo!
Simón luchó como nunca antes,
decidido a no desperdiciar el sacrificio de aquella mujer. A pesar de que el
mundo de los vivos se hallaba tan cerca que podía sentirlo perfectamente, una
inexplicable barrera lo separaba del cuerpo que había dejado atrás. Pero no
tenía derecho a fallar. Con ayuda de la fuerza que le había transmi¬tido
Maegwin, Simón se forzó a retroceder en dirección a la agonía, a la angustia y
a la indefensión que le tocaría soportar si volvía atrás. No podía hacer nada
mientras no aceptase lo que era real. Empujó la barrera y notó que se movía.
Empujó de nuevo.
El lóbrego tono gris se ennegreció
para tornarse luego rojo. Calando por fin pasó de aquel otro mundo al de los
vivos, Simón no pudo contener un grito. ¡Qué dolor! Todo le dolía. En efecto,
había renacido a un mundo de sufrimientos.
Un rasposo grito se escapaba de su
seca garganta y de sus agrie¬tados labios. La mano, chamuscada, le producía
unos dolores es¬pantosos.
—¡Quieto! —dijo la espantada voz, muy
cerca—. Intento...
De nuevo estaba en la rueda. Sentía
martillazos en la cabeza, y la astillada madera le hería la espalda. Pero ¿qué
le ocurría a su mano? Parecía que alguien quisiera arrancársela de la muñeca
con unas pinzas candentes.
Pero... ¡su brazo se movía! ¡Podía
moverlo!
Simón percibió un nuevo murmullo.
—Dicen las voces que debo darme
prisa. Que vendrán pronto.
¡Tenía el brazo izquierdo libre!
Cuando trató de doblarlo, un latigazo de dolor le subió hasta el hombro, pero
el brazo se movía. Si¬món abrió los ojos y miró atontado a su alrededor.
Un hombre pendía cabeza abajo delante
de él. Más allá, tam¬bién la propia caverna de las fraguas estaba al revés. La
oscura figura parecía querer serrarle el brazo con algo que reflejaba el
resplandor de una de las antorchas situadas en el otro extremo del subterráneo.
¿Quién era? ¿Qué hacía? Simón fue incapaz de ordenar sus trastor¬nados
pensamientos.
De pronto, un quemante dolor le azotó
la mano derecha. ¿Qué diantre sucedía?
—Vos me trajisteis comida. Yo..., yo
no podía abandonaros. Pero las voces me advierten que debo darme prisa.
Resultaba difícil reflexionar con
ambos brazos ardiéndole de aquella manera. Aun así, Simón empezó a entender
algo. Él estaba colgado cabeza abajo en la rueda, y alguien lo soltaba.
Alguien...
—¿... Sois Guthwulf..?
—Pronto lo descubrirán los demás.
Porque vendrán. No os mo¬váis... Estoy ciego y temo haceros daño.
El invidente trabajaba con furioso
afán.
Simón hizo rechinar los dientes en un
intento de ahogar un nuevo grito, cuando la sangre le fluyó otra vez a los
brazos. No ha¬bía creído que pudiera existir tanto suplicio.
«Libre... Vale la pena sufrir. ¡Me
veré libre!»
Volvió a cerrar los ojos y apretó la
mandíbula. Su otro brazo ya estaba suelto y, ahora, ambos colgaban a los lados
de su cabeza. El cambio de postura resultaba insoportable.
Simón creyó oír unos quedos y torpes
pasos y, después, el amigo comenzó a trabajar de forma rítmica en su tobillo.
«Sólo unos momentos», se prometió a
sí mismo, procurando desesperadamente permanecer callado. Recordaba cómo las
cama¬reras le decían cuando, de pequeño, lloraba por cualquier herida sin
importancia: «Mañana ni siquiera te acordarás y estarás tan con-tento como
siempre».
Por fin quedó libre un tobillo, y el
dolor equivalió en intensidad al producido seguidamente en el otro. Simón
volvió la cabeza y hundió los dientes en su propio hombro. La cosa era evitar
todo ruido que pudiera atraer a Inch o a alguno de sus secuaces.
—Casi está ya... —jadeó Guthwulf con
voz ronca.
Hubo unos instantes de lento
movimiento, una sensación de deslizamiento y, entonces, Simón cayó de repente.
Sin saber qué le ocurría, se encontró a punto de ahogarse en las frías aguas.
Sacudió los miembros, indefenso, sin lograr sentirlos. ¿Qué dirección debía
tomar para subir?
Algo le tiró de los pelos. Momentos
después, otra mano le rodeó el cuello por debajo de la barbilla, con lo que
Simón temió asfi¬xiarse. Cuando por último tuvo la boca fuera del agua, la
abrió an¬sioso de respirar. Por espacio de unos segundos, su cara se vio
apre¬tada contra el estómago de Guthwulf mientras éste trataba de agarrarlo
mejor. Enseguida, Simón se sintió arrastrado hacia ade¬lante hasta caer contra
el borde del canal. Las manos todavía no le funcionaban debidamente, de forma
que quedó colgado de los co¬dos, inconsciente del tremendo dolor de sus
articulaciones. No quería volver a verse en el agua.
—Tenemos que... —oyó empezar a decir
a Guthwulf, pero el ciego lanzó entonces una exclamación y algo chocó contra
Simón, que resbaló hacia atrás y estuvo a punto de perder el equilibrio.
—¿Qué pasa aquí —bramó Inch con un
vozarrón amenazador—. ¡No te atrevas a tocar a mi pinche de cocina!
Simón sintió que sus esperanzas se
desvanecían para ser reemplazadas por auténtico terror. ¿Cómo podía ocurrir
eso? Tenía que ser un error. Que hubiera regresado de la muerte, de la nada,
sólo para tropezar a los pocos segundos con Inch... ¿Cómo podía hacerle tan
mala jugada el destino?
Guthwulf emitió un ahogado grito, y
lo único que pudo oír en¬tonces Simón fue un frenético chapoteo. Muy despacio,
se dejó caer de nuevo hasta que sus pies tocaron el resbaladizo fondo del
canal. Al apoyarse sobre las maltrechas piernas, una cegadora nube de fuego
negro le recorrió la espalda y la cabeza, pero se mantuvo erecto. Después de
aquellos momentos, sabía que sería incapaz de moverse, mas aun así conservaba
algo de la energía obtenida me¬diante el sacrificio de Maegwin. La sentía arder
en su interior cual un fuego escasamente cubierto. Simón se obligó a permanecer
de pie en las lentas aguas hasta que pudo volver a ver.
Inch se había introducido en el canal
y se erguía en el centro, con el agua hasta la cintura, como una extraña bestia
de los panta¬nos. A la escasa luz de las antorchas, Simón vio emerger del agua
a Guthwulf, luchando con desespero por escapar de los agarrones del encargado.
Pero Inch empujó hacia abajo la cabeza del ciego y la hizo desaparecer en el
canal.
—¡No!
La quebrada voz de Simón fue poco más
que un susurro.
Si llegó a oídos de Inch, éste no le
hizo ningún caso. Empero, el silencio inquietó a Simón de una manera muy
especial. ¿Se habría vuelto sordo? No porque bien que había oído a Guthwulf y a
Inch. ¿Por qué estaba pues tan en calma la caverna?
Los brazos del conde se agitaban por
encima de la superficie, pero el resto de su persona seguía sumergido en las
oscuras aguas.
Simón avanzó entre tambaleos hacia
ellos, abriéndose paso con¬tra la corriente. Y entonces comprendió por qué
reinaba allí tan ex¬traña tranquilidad: Guthwulf se las había arreglado para
levantar la rueda, de forma que pudiese liberarlo.
Cuando se aproximó a Inch, la caverna
empezaba a recibir una cierta claridad, como si el amanecer hubiese conseguido
atravesar la roca. Unas figuras envueltas en sombras se acercaban, algunas de
las cuales llevaban antorchas. Simón supuso que se trataría de soldados o de
secuaces de Inch, pero, cuando la distancia que los separaba fue menor, vio que
los abiertos ojos de aquellos hombres reflejaban es¬panto. Eran los obreros de
la herrería, ahora levantados, que se acer¬caban, aunque con paso vacilante, para
averiguar la causa del ines¬perado alboroto.
—¡Socorro! —exclamó Simón—.
¡Ayudadnos! Inch no puede contra todos vosotros.
Los andrajosos hombres se detuvieron
como si las palabras de Simón bastaran para convertirlos en traidores expuestos
al castigo de Inch. Tan acobardados estaban, que ni siquiera se atrevían a
murmurar entre ellos.
Inch no prestaba la menor atención a
Simón ni a los esfuerzos de su esclavo. Había permitido que Guthwulf sacara
brevemente la cabeza del agua, pero ahora volvía a hundírsela. El joven alzó
las manos, todavía entumecidas por la larga sujeción, y golpeó a Inch con toda
la dureza posible. Fue como pegarle a una montaña. El gi¬gantón lo miró, pero
en su cara llena de cicatrices no había absolu¬tamente ninguna expresión. Por
lo visto, lo único que le interesaba en aquel momento era la otra víctima de su
violencia.
—Marmitón —tronó al fin—. ¡Tú no te
escapas! ¡Después te toca a ti!
Alargó una de sus manazas y tiró de
Simón. Al mismo tiempo soltó a Guthwulf el tiempo suficiente para agarrar al
joven con las dos zarpas y apartarlo del canal para arrojarlo contra el duro
suelo de piedra. El muchacho quedó sin aliento, y una nueva descarga de dolor
le sacudió todo el cuerpo, peor aún que el constante suplicio de sus miembros.
Simón tardó un momento en reaccionar.
Entonces notó que alguien se
inclinaba sobre él. Convencido de que era Inch, dispuesto a acabar su tarea, se
enroscó instintiva¬mente.
—Soy yo, hijo —susurró una persona
que intentó ayudarlo a sen¬tarse.
Era Stanhelm, el obrero de la fragua
que se había interesado por él y estaba arrodillado a su lado. El hombre, ya de
cierta edad, ape¬nas podía moverse. Mantenía un inútil brazo pegado a su pecho,
y doblaba el cuello de un modo extraño.
—Ayúdanos —jadeó Simón, con un
esfuerzo por levantarse.
A cada respiración, parecía que le
atravesaran el pecho con dagas.
—Yo ya no sirvo para nada —farfulló
Stanhelm—. Pero mira aque¬lla rueda, muchacho.
Mientras Simón trataba de encontrar
sentido a las palabras del amigo, uno de los secuaces de Inch se adelantó.
—¡No lo toques! —rugió—. ¡Pertenece
al doctor!
—¡Cállate! —replicó Stanhelm.
El esbirro hizo un ademán como si
quisiera azotarlo, pero en el acto se colocaron a su lado otros forjadores,
varios de ellos armados con restos de hierro, pesados y cortantes.
—Ya lo oíste —le gruñó uno de ellos
al secuaz—. ¡Cállate!
El individuo miró a su alrededor para
calcular sus posibilidades.
—¡Lo pagaréis cuando se entere el
doctor! En un instante llevará a cabo lo que se proponga hacer.
—¡Vigila, pues! —rechinó otro de los
trabajadores.
Aunque era evidente que los hombres
estaban asustados, al pa¬recer habían trazado un plan; todavía no estaban
dispuestos a lu¬char contra el hercúleo capataz, pero tampoco podían presenciar
in¬móviles cómo aquella especie de sicario de Inch derrengaba a Simón o a
Stanhelm. El esbirro soltó un reniego y retrocedió a toda prisa en busca de la
seguridad que sentía cerca del jefe.
—Ahora, chico —musitó Stanhelm—, mira
hacia aquella rueda.
Mareado por todo cuanto ocurría,
Simón fijó la vista en el hom¬bre mientras procuraba entenderle. Cuando por fin
volvió despacio la cabeza, descubrió qué era.
La gran rueda de paletas había sido
alzada de forma que ahora pendía a casi dos veces la altura de un hombre por
encima del canal. Inch, que había continuado intentando ahogar a Guthwulf,
estaba justamente debajo de la rueda.
Stanhelm alargó un torcido y
tembloroso brazo.
—¡Ahí! Eso es obra de ellos.
Simón se puso de pie como pudo y dio
unos inseguros pasos ha¬cia la enorme armazón. La palanca que había visto usar
a Inch es¬taba asegurada con una cuerda. Simón soltó lentamente la soga, aunque
con un tremendo esfuerzo muscular y de sus agarrotadas manos, hasta sujetar por
fin la palanca con los resbaladizos y entu¬mecidos dedos. Inch había sumergido
nuevamente a Guthwulf y presenciaba con tranquilo interés los sufrimientos de
su víctima. El ciego se debatía para librarse de su torturador, y ahora parecía
estar más allá del borde de la rueda.
El joven murmuró las pocas palabras
que recordaba de la ora¬ción a Elysia y, después, alzó la palanca de madera.
Sólo consiguió moverla un poco, pero con ello ya crujió el marco que sostenía
la rueda. Inch miró a su alrededor, intrigado, hasta que su único ojo se fijó
en Simón.
—¡Marmitón! Tú...
Simón volvió a empujar la palanca
hacia arriba, levantando esta vez del suelo los pies, de modo que todo su peso
pendió de la pa¬lanca. El dolor que eso le causó lo hizo emitir un grito. Otra
vez cru¬jió la madera hasta que, con un estremecedor chirrido, la palanca
descendió bruscamente y la rueda tembló hasta desplomarse con atronador
estrépito sobre el canal. Inch trató de escapar hundién¬dose en el agua, pero
desapareció bajo las poderosas paletas.
Por espacio de unos momentos, en toda
la caverna no se movió más que la rueda, que empezó a girar poco a poco. Luego,
como si el espumante canal diera vida a un monstruo, Inch saltó a la
super¬ficie entre aullidos de rabia, chorreándole la abierta boca.
—¡Doctor...! —jadeó entre
escupitajos, mientras agitaba un puño amenazador—. ¡Nadie puede matarme! ¡No al
doctor Inch!
Simón se dejó caer al suelo. Había
hecho todo lo posible.
Inch dio un torpe paso hacia adelante
y, de repente, echó a volar. Simón lo siguió con la vista, perplejo. El mundo
se había vuelto loco.
El corpachón de Inch salió del agua
y, sólo cuando todo él quedó visible, descubrió Simón que el ancho cinturón del
jefe de la fundición se había enganchado a una de las grandes paletas.
La rueda arrastraba hacia arriba al
gigantesco Inch, que aullaba con angustia al verse manejado por algo más
poderoso que él. El ca¬pataz se retorcía en el extremo de la pala y, en su
desespero por sol¬tarse, quiso golpear la madera con el puño. Cuando la rueda
lo subió hacia el punto máximo de su rotación, Inch procuró alcanzar las
grandes cadenas que se enlazaban alrededor del eje para penetrar luego en las
sombras del techo de la caverna. Las manazas del hombretón se cogieron a los
aceitosos eslabones y, cuando éstos tiraron de él hacia arriba, más allá de la
rueda, hubo un momento en que el cuerpo de Inch quedó tenso al máximo. Fue
entonces cuando se des¬prendió la hebilla de su cinturón y él pudo verse libre
de la paleta. El descomunal tipo se agarró con brazos y piernas a la maciza
cadena.
El resonante rugido de Inch adquirió
un tono de triunfo cuan¬do las cadenas comenzaron a subirlo despacio. El hombre
tomó im¬pulso para apartarse de la rueda, con intención de saltar al agua, pero
al soltarse sólo se separó un poco, para luego golpear contra la cadena y
quedar colgado cabeza abajo. El pie se le había introdu¬cido a través de uno de
los amplios y grasientos eslabones, y se había enganchado en él.
El capataz no sabía cómo desprender
el pie. Entre aullidos y bal¬buceos se había herido y ensangrentado la pierna,
pero sin conse¬guir levantar lo suficiente el cuerpo. Mientras tanto, la cadena
lo transportaba hacia las invisibles alturas.
Los gritos se debilitaron cuando Inch
desapareció finalmente entre aquellas escalofriantes sombras, hasta que de
pronto resonó un horripilante grito de agonía, un rasposo gorgoteo en el que ya
no había nada de humano. La rueda tembló unos instantes, en su rotación, y
quedó inmóvil. Cuando la corriente empujó las paralizadas paletas, se balanceó
un poco de un lado a otro y de nuevo se puso en marcha, forzando el estorbo a
través de las monumentales muelas que hacían girar la parte alta de la torre de
Pryrates. Cayó entonces una llovizna de oscuros fluidos, y trozos de algo más
sólido se espar¬cieron por el canal.
Momentos después, los restos de Inch
descendieron lentamente a la luz, envolviendo la gruesa cadena como una carne
en el asador.
Simón lo miró atontado y, de repente,
se inclinó con ganas de vomitar, pero tenía el estómago vacío.
Alguien le dio una palmada en la
cabeza.
—¡Corre, muchacho, si tienes a donde
ir! No tardará en bajar el sacerdote rojo. Su torre dejó de funcionar durante
un buen rato, cuando la rueda estuvo subida.
Simón entrecerró los ojos para no ver
las negras manchas que danzaban delante de ellos, a la vez que procuraba
encontrarle sen¬tido a todo aquello.
—Stanhelm —musitó—, ven con nosotros.
—No puedo. Soy un inválido —contestó
el hombre, señalándose con la barbilla las torcidas y maltrechas piernas—. Yo y
unos cuantos haremos permanecer callados a los demás. Diremos que Inch sufrió
un accidente. Los soldados del rey no nos delatarán. Les hacemos falta, ¿sabes?
Pero tú corre. No perteneces a este mundo subte¬rráneo.
—Nadie pertenece a él —replicó
Simón—. Volveré a buscarte.
—Ya no estaré aquí. ¡Márchate de una
vez! —concluyó Stanhelm, dejándolo solo.
Simón se puso torpemente de pie y
avanzó entre tambaleos ha¬cia el canal. Cada paso le producía tremendos
dolores. Unos obre¬ros de la forja habían sacado del agua a Guthwulf, y el
ciego caba¬llero yacía ahora en el suelo de la caverna, respirando con gran
dificultad. Quienes lo habían salvado lo miraban, pero no hacían nada más por
él. Parecían extrañamente lentos y entumecidos, como los peces en un estanque
invernal.
Simón se inclinó y tiró de la ropa
del conde. Las energías que Maegwin le había traspasado con su sacrificio
estaban ya casi agotadas.
—¿Podéis levantaros, Guthwulf?
El conde agitó las manos.
—¿Dónde está? ¡Que Dios me asista!
¿Dónde está?
—¿Dónde está qué? Inch ha muerto.
¡Alzaos de una vez! ¿Adónde vamos?
El ciego se atragantó y escupió agua.
—No puedo irme... No sin...
Dio media vuelta y logró ponerse a
gatas; se arrastró entonces, poco a poco, por el lado del canal, al mismo
tiempo que tocaba el suelo como si quisiera cavarse un agujero.
—¿Qué hacéis?
—No puedo dejarla. Moriré. No puedo
dejarla... ¡Aquí! —gritó Guthwulf de súbito de manera casi salvaje.
—¡Por Aedón, Guthwulf! Pryrates se
presentará de un momento a otro.
Guthwulf alzó un objeto en el que se
reflejó la amarilla luz de una antorcha.
—Nunca debí traerla —balbuceó—. Pero
necesitaba algo con que cortar la cuerda —jadeó—. Todos ansían poseerla.
Simón contempló boquiabierto la larga
hoja. Incluso en la os¬cura caverna la reconoció. Contra toda lógica, contra
toda verosi¬militud, ¡allí estaba la espada que tanto habían buscado!
—Clavo Brillante —murmuró.
El ciego levantó su mano libre.
—¿Dónde estáis?
No obstante el dolor que sentía,
Simón dio un par de pasos ha¬cia él.
—Aquí. Hemos de irnos. ¿Cómo
llegasteis aquí? ¿Cómo vinisteis a parar a semejante lugar?
—Echadme una mano.
—¿Adónde podemos ir?
—Hacia el agua. Hacia allí donde el
agua cae —indicó el conde, a la vez que empezaba a cojear por el borde del
canal.
Los trabajadores de las fraguas se
apartaron para dejarlos pasar, dominados por un nervioso interés.
—¡Sois libres! —les graznó Simón—.
¡Libres!
Pero los hombres lo miraron como si
hablase una lengua desco¬nocida.
«Mas ¿cómo conseguirán la libertad,
si no nos siguen? Las fra¬guas están aún cerradas; las puertas, atrancadas.
Debiéramos ayu¬darlos. Tendríamos que conducirlos al exterior.»
A Simón no le quedaban fuerzas. A su
lado, Guthwulf murmu¬raba algo y arrastraba los pies como un viejo paralítico.
¿Cómo po¬drían salvar a los demás? Aquella pobre gente habría de buscar su
propia manera de huir.
El agua salía, espumante, a través de
una fisura en la pared.
Cuando Simón vio cómo Guthwulf
avanzaba palpando la roca, tuvo la momentánea certeza de que el ciego conde
había perdido ya el poco juicio que le quedaba..., y de que, si bien se habían
salvado de morir ahogados, ahora serían arrastrados a las negruras por
aque-llas aguas. Sin embargo, el joven descubrió un estrecho surco junto al
borde del canal, algo que nunca habría visto entre las sombras. Guthwulf, a
quien de nada servía la luz, inició el camino de des¬censo sin apartar los
dedos de la pared mientras Simón luchaba por ayudarlo y, a la vez, no perder el
equilibrio. Dejaron atrás los últi¬mos resplandores de las antorchas y se
vieron envueltos en tinieblas. El agua borbollaba ruidosamente junto a ellos.
La oscuridad era tan completa, que
Simón tuvo que hacer un es¬fuerzo para recordar quién era y qué hacía. Por su
memoria revolo¬teaban fragmentos de las cosas que Leleth le había enseñado,
colo¬res e imágenes en tan arremolinada confusión como una mancha de aceite en
un charco. Un dragón, un rey con un libro en las manos, un asustado hombre que
buscaba caras en las sombras... ¿Qué signi¬ficaba todo eso? Simón estaba
cansado de pensar. Sólo ansiaba dor¬mir. ¡Dormir...!
El rugido de las aguas era muy
intenso. El joven emergió de re¬pente de una pesadilla de dolor y desconcierto
para hallarse peligro¬samente inclinado hacia un lado. Se agarró a la
resquebrajada pared de la grieta para enderezarse.
—¡Guthwulf!
—¡Hablan en tantas lenguas! —musitó
el ciego—. A veces creo en¬tenderlas, pero luego vuelvo a perderme.
Su voz sonaba muy débil, y Simón notó
que el pobre hombre temblaba.
—No..., no resistiré mucho más —jadeó
Simón, apoyado en la ás¬pera piedra—. Necesito hacer un alto.
—Casi.
Guthwulf dio otro inseguro paso.
Simón se obligó a apartarse de la pared para no soltar al desdichado conde.
Siguieron penosamente adelante. El
joven notó, con los dedos, que dejaban atrás varias aberturas en la roca, pero
Guthwulf ni si¬quiera se volvió. Cuando en el túnel resonaron unas sonoras
voces, Simón se preguntó si también se deslizaba hacia la locura del conde,
pero al cabo de poco rato descubrió en la parecí la ambarina luminosidad
procedente de unas antorchas y comprendió que al¬guien bajaba detrás de ellos
por el lado del canal.
—¡Nos persiguen, y temo que sea
Pryrates!
Simón resbaló y tuvo que soltar al
ciego para no caer. Cuando quiso apoyarse en él de nuevo, Guthwulf había
desaparecido.
El momento de incontrolable pánico
terminó cuando el joven halló la boca de un túnel lateral en el que acababa de
introducirse Guthwulf.
—Casi —farfulló éste—. Casi. Las
voces... ¡cómo gritan, Aedón! Pero yo tengo la espada. ¿Por qué chilla esa
gente de tal manera?
Continuó el descenso por el túnel,
tambaleándose de vez en cuando contra las paredes. Simón mantuvo la mano
apoyada en la espalda del conde, en tanto Guthwulf torcía a un lado una y otra
vez. Pronto resultó imposible recordar todas las curvas del pasadizo, pero eso
también tenía su parte buena, porque a quienes fueran sus perseguidores tampoco
les resultaría fácil la cosa.
El camino a través de la negrura
parecía no tener fin. Simón tuvo la sensación de que perdía trozos de su
persona hasta que acabó creyéndose de nuevo un espíritu, un fantasma sin hogar
como aquel que vagaba solo por los espacios grises.
«Solo con excepción de Leleth. Y de
Maegwin.»
Sin apartar de su memoria a quienes
lo habían ayudado, buscó en su interior un último impulso de determinación y
continuó avanzando.
Como seguía medio atontado, no se dio
cuenta de que se ha¬bían parado hasta que Guthwulf cayó de pronto hacia
adelante. Cuando la mano de Simón dio con él, el ciego gateaba. El ¡oven se
agachó a su vez y notó que una arrugada tela cubría el suelo. Un nido... Simón
palpó aquello con la mano, encontró la temblorosa pierna del conde y, luego, el
frío metal de la espada.
—Mío —dijo Guthwulf, pensativo, con
voz ronca por la fatiga—. También esto está a salvo.
En ese momento, a Simón ya no le
importaban la espada ni Pryrates o los soldados que pudieran ir detrás de
ellos. Ni siquiera le preocupaba que el Rey de la Tormenta y Elías pudiesen
derrumbar el mundo entero sobre su cabeza. Con cada respiración le ardía el
pecho, y todos sus miembros eran presa de terribles calambres. Ade¬más, la
cabeza le martilleaba como las campanas de la Torre del Ángel Verde.
Simón encontró un rincón entre los
harapos y se dejó vencer por la oscuridad que lo envolvía.
XXV
LA VIDA EN EL EXILIO
J
iriki apartó las manos de la piedra
de los dwarrows.
Eolair no necesitó que le explicaran
nada.
—Se nos ha ido.
Contempló la pálida cara de Maegwin,
tan relajada como si durmiese.
—Se nos ha ido... —repitió.
Había estado preparándose para ese
momento y, sin embargo, le parecía que en su cuerpo se abría un vacío tremendo,
un hueco que nunca más volvería a llenarse. Estrechó entre sus manos las de la
princesa, aún calientes.
—Lo siento—dijo Jiriki.
—¿De veras? —contestó Eolair, sin
mirarlo—. ¿Qué importancia puede tener para uno de vuestra raza la breve vida
de un mortal?
El sitha tardó algo en responder.
—Los zida’ya mueren igual que los
mortales. Y, cuando uno de los seres amados se ha ido, también nosotros nos
sentimos desdi¬chados.
—Si os hacéis cargo, pues —murmuró
Eolair, procurando domi¬narse—, os ruego que me dejéis solo.
—Como queráis.
Jiriki se levantó del jergón con un
movimiento gatuno. Parecía dispuesto a decir algo, pero al fin salió de la
tienda en silencio.
Eolair miró largamente a Maegwin. Sus
cabellos, húmedos de sudor, formaban apretados bucles sobre su frente. En la
boca pare¬cía dibujarse una sonrisa. Resultaba casi imposible creer que la vida
la hubiese abandonado.
—¡Los dioses se mostraron crueles con
nosotros! —gimió—. ¿Qué hicimos, Maegwin, para ser tan maltratados?
De sus ojos brotaron las lágrimas, y
sumergió el rostro en la melena de su amada; luego le besó la mejilla cada vez
más fría.
—Ha sido todo un juego cruel, ¡muy
cruel! De nada sirvió todo, si ahora estáis muerta —dijo, con el cuerpo
sacudido por los sollozos.
Durante un rato sólo fue capaz de
balancearse de un lado a otro, sin soltar la mano de la mujer. La piedra de los
dwarrows seguía en su otra mano, apretada contra el pecho, como si Maegwin
temiese que le fuera arrebatada.
—Nunca lo supe... ¡Oh, qué tonta!
¿Por qué no me lo dijisteis? ¿Por qué fingíais? Ahora ya es tarde. Todo se ha
perdido...
Cuando Eolair dejó la tienda, Jiriki
lo aguardaba fuera con los blancos cabellos agitados por el viento. El conde
pensó que parecía un espíritu de la tormenta o... un heraldo de la muerte.
—¿Qué queréis?
—Como ya dije, conde Eolair, lo
lamento de verdad. Pero hay otras cosas que, en mi opinión, debéis saber...
Cosas que descubrí en los últimos momentos de vida de la princesa.
«¡Ay, que Brynioch me dé fuerzas!»,
pensó el caballero. El mundo le pesaba ya demasiado, y no se creía capaz de
soportar más acertijos de los sitha.
—Estoy cansado, y mañana debemos
partir hacia Hernystir.
—Es por eso que necesito hablar ahora
con vos —insistió Jiriki, paciente.
Eolair fijó la vista en él por
espacio de unos instantes. Final¬mente se encogió de hombros.
—De acuerdo. Hablad.
—¿Sentís frío? —preguntó Jiriki con
el atento interés de quien ha aprendido que, aunque él nunca sufra a causa de
los elementos, otros sí eran sensibles a ellos—. Podemos conversar junto a uno
de los fuegos.
—No temáis. Ya sobreviviré.
Jiriki hizo un lento gesto
afirmativo.
—Aquella piedra le fue entregada a
Maegwin por los tinukeda’ya, ¿no? Por aquellos a quienes vosotros llamáis
domhaini.
—Fue un regalo de los dwarrows, en
efecto.
—Se parecía mucho a la gran piedra
que vos y yo visitamos en Mezutu’a, allá en el fondo de la montaña. Me refiero
al Shard, el Testigo Maestro. Cuando toqué la pequeña piedra, tuve acceso a los
pensamientos de Maegwin...
Eolair sintió angustia ante la idea
de que el inmortal ser hubiese compartido con ella sus postreros momentos, de
una forma para él imposible.
—¿Y no podéis dejar en paz esos
pensamientos? ¿Dejar que ella se los lleve consigo a la tumba?
El sitha vaciló.
—Es difícil para mí. No quiero
forzaros... Pero hay cosas que de¬bierais saber —repitió Jiriki, a la vez que
apoyaba sus largos dedos en el brazo del conde—. No soy vuestro enemigo,
Eolair. Todos somos rehenes de los antojos de un poder loco. No pretendo saber
con cer¬teza lo que Maegwin sentía o pensaba. Los modos en que funciona el
Sendero de los Sueños..., ese camino abierto por unos Testigos como la piedra
de los dwarrows..., son muy desconcertantes en la actualidad, y muy peligrosos.
Ya recordaréis lo que sucedió cuando toqué el Shard. Me resistía incluso a
arriesgarme por los Otros Sen¬deros, pero comprendí que, si existía una
posibilidad de ayudar, te¬nía la obligación de ir.
En un mortal, Eolair habría
interpretado eso como una presun¬ción, pero en las palabras del sitha había
algo que revelaba una sin¬ceridad casi alarmante. Parte del enojo de Eolair se
disipó.
—En aquella confusión de ideas y
sentimientos —prosiguió Ji¬riki— distinguí dos cosas, o al menos estoy
convencido de ello. Creo que, al final, su demencia desapareció. Yo no conocía
a la Maegwin que os era familiar a vos, pero sus pensamientos parecían claros y
se-renos. La princesa se acordaba de vos. De eso me di cuenta perfecta¬mente.
Eolair dio un paso atrás.
—¿De veras? ¿No decís eso para
consolarme, como un padre ha¬ría con su niño?
El liso rostro del sitha reflejó
súbita sorpresa.
—¿Me consideráis capaz de mentir
deliberadamente? ¡No, Eo¬lair! ¡Los sitha no engañamos a nadie!
—De manera que pensaba en mí...
¡Pobrecilla! Y yo, sin poder hacer nada por ella —se lamentó el conde, sin
esforzarse en contener las lágrimas que volvían a sus ojos—. No me habéis hecho
un favor diciéndomelo, Jiriki.
—Ni era ésa mi intención. Son cosas
que necesitáis saber. Y ahora debo formularos una pregunta. Hay un joven mortal
llamado Seomán, relacionado con Josua. ¿Lo conocéis? Pero lo que es más
im¬portante: ¿lo conocía Maegwin?
—¿Seomán? —musitó Eolair,
desconcertado por el inesperado giro en la conversación—. Había un joven
caballero llamado Simón —recordó después de unos momentos—. Un chico alto y
pelirrojo... ¿Os referís a él? Creo haber oído que alguien lo llamaba sir Seomán,
sí.
—Pues es él.
—Dudo mucho que Maegwin lo conociera.
Nunca estuvo en Erkynlandia, y tengo entendido que allí era donde vivía el
mucha¬cho antes de escaparse para servir a Josua. ¿Por qué? No entiendo nada.
—Ni yo. Pero temo lo que eso puede
significar. Me imagino que, en sus últimos momentos, Maegwin se acordó también
del joven Seomán, como si lo hubiera visto o quizás hablado con él —explicó
Jiriki con el entrecejo fruncido—. Es una desgracia que el Sendero de los
Sueños esté ahora tan lóbrego, tan... infructuoso. No pude ave¬riguar nada más.
Pero, desde luego, algo sucede en Asu’a, o sea en Hayholt, y Seomán debe de
encontrarse allí. Temo por él, conde Eolair. Es... una persona importante para
mí.
—En cualquier caso os dirigíais hacia
allí, y eso supongo que es una suerte. ¡Deseo que deis pronto con él! —dijo
Eolair, que no que¬ría ahondar más en los pensamientos.
—¿Y vos? ¿Y si Seomán significó algo
para Maegwin? ¿Quién sabe si la princesa tenía algún mensaje de él, o para él?
—Para mí, el asunto ha terminado.
Igual que terminó para ella. Transportaré su cuerpo a Hernystir, para que lo
entierren en la montaña junto a su padre y su hermano. Hay mucho que
recons¬truir en nuestro país, y ya llevo demasiado tiempo ausente de él.
—¿Puedo ayudaros en algo? —preguntó
Jiriki.
—No; en nada más —replicó Eolair con
más aspereza de la que hubiera querido dar a su voz—. Nosotros, los mortales,
enterramos muy bien a nuestros muertos.
Dicho esto, se alejó mientras se
ceñía la capa para protegerse de los remolinos de nieve.
Isgrimnur salió cojeando a cubierta
sin dejar de maldecir su do¬lorido cuerpo y su lento caminar. No advirtió la
presencia de la ne¬bulosa figura hasta que estuvo a punto de tropezar con ella.
—Se os saluda, duque Isgrimnur —dijo
Aditu, volviéndose para mirarlo brevemente—. ¿No hace demasiado frío para que
uno de vuestra raza se exponga al viento?
El duque disimuló su sorpresa
dedicando una exagerada aten¬ción al modo en que se ajustaba los guantes.
—Quizá para las gentes del sur, como
Tiamak. Pero yo soy rimmerio, mi señora, y nosotros ya estamos acostumbrados al
frío.
—¿Soy yo vuestra señora? —respondió
Aditu, divertida—. No po¬seo título mortal alguno, y no creo que la duquesa
Gutrun aprobara que dieseis otro sentido a esas palabras.
Isgrimnur hizo una mueca y, de
repente, agradeció el gélido vendaval que le azotaba las mejillas.
—Simplemente es una forma de
cortesía, mi se... Me resulta difí¬cil llamar por su nombre de pila a quien...,
a quien...
—¿A alguien mayor que vos? —rió Aditu
con un agradable sonido—. ¡Otro problema del que debo culparme! Sinceramente,
no vine a vo¬sotros los mortales con intención de causaros incomodidades.
—¿Es posible que seáis mayor que yo?
El duque no estaba seguro de que su
pregunta fuera cortés, pero al fin y al cabo era ella quien había sacado el
tema.
—Pues... eso creo, aunque mi hermano
Jiriki y yo somos consi¬derados jóvenes por nuestro pueblo. Ambos somos hijos
del exilio, nacidos después de la caída de Asu’a. Para algunos, como mi tío
Khendraja’aro, apenas somos todavía adultos y no se nos debe con¬fiar aún
ningún cometido de responsabilidad —añadió la sitha, riendo de nuevo—. ¡Ay,
pobre tío! ¡Ha visto tantas cosas escandalosas en los últimos tiempos! Un
mortal llevado a Jao é-Tinukai’i, la rup¬tura de un pacto, la lucha conjunta de
zida’ya y humanos... Temo que termine de cumplir su actual misión, la que le
encomendaron mi madre y la Casa de la Danza Anual, y luego se deje morir sin
más. A veces, los más fuertes resultan los más susceptibles. ¿No lo creéis vos
también?
Isgrimnur asintió. Por una vez
comprendía a la mujer sitha.
—Es cierto. Ya lo comprobé en alguna
ocasión. A veces, los que quieren dárselas de fuertes resultan los menos
valientes.
Aditu sonrió.
—Sois un mortal sabio, duque
Isgrimnur.
El duque tosió turbado.
—Soy un mortal muy viejo y maltrecho
—contestó mientras con¬templaba la agitada bahía—. Y mañana tocaremos tierra.
Me alegra haber podido refugiarnos aquí en el Kynslagh. No creo que muchos de
nosotros hubieran podido resistir más tempestades y ataques de los kilpas en el
mar abierto, y sabe Dios que yo odio los barcos. Lo que no entiendo es que
Elías no haya alzado aún una mano en su propia defensa.
—No lo ha hecho, en efecto —admitió
Aditu—. Tal vez crea que su Hayholt constituye una defensa suficiente.
—Es posible —opinó Isgrimnur, que a
continuación expresó en voz alta el miedo compartido con otros elementos de la
flota del príncipe—. También cabe que espere la llegada de aliados... ¡Del tipo
de aliados que tuvo en Naglimund!
—Eso puede ser cierto. Vuestro pueblo
y el mío llevan tiempo preguntándose cuáles son sus intenciones. Pero pronto ya
no im¬portará —añadió con un sinuoso movimiento que habría podido formar parte
de una danza ritual—. Pronto lo habremos aprendi¬do por experiencia propia,
como creo que vos decís.
Los dos quedaron callados. El viento
no era ahora muy intenso, pero su soplo resultaba gélido. No obstante la dureza
de condicio¬nes a que estaba acostumbrado, Isgrimnur se subió la bufanda de
manera involuntaria.
—¿Qué os sucede a los de vuestro
pueblo cuando envejecéis? —in¬quirió el duque de pronto—. ¿Simplemente os
volvéis más sabios? ¿O hay quien pierde facultades y se aleja, como les pasa a
algunos de nosotros?
—Como bien sabéis, la vejez significa
para nosotros algo dife¬rente —replicó Aditu—. Sin embargo, la contestación es
ésta: hay tantas respuestas como zida’ya, como sin duda ocurre con los
mor¬tales. Unos se encierran de tal forma en sí mismos, que no hablan con nadie
y viven sumidos en sus propios pensamientos. Otros de¬sarrollan aficiones hacia
cosas que para otros carecen totalmente de importancia. Asimismo hay quien
empieza a reflexionar sobre el pa¬sado, sobre los errores cometidos, los daños
sufridos y las posibili-dades desperdiciadas.
»La zida’ya más vieja de nuestro
pueblo, aquella a la que vosotros dais el nombre de reina de las nornas, se
marchitó de ese modo. En otros tiempos era famosa por su sabiduría y belleza,
por una gracia ex¬traordinaria. Pero algo en ella se frustró y torció, y desde
entonces se inclinó hacia la maldad. Y, a medida que transcurrían los años
hasta perder la cuenta de ellos, todo cuanto de admirable hubo un día en ella
se volvió retorcido e infame —explicó Aditu con una seriedad que Isgrimnur
nunca había visto en ella—. Quizá sea ésa la mayor pena de nuestro pueblo.
¡Pensar que precisamente fueron dos de los más destacados Nacidos en el Jardín
quienes provocaron la ruina del mundo!
—¿Dos?
Isgrimnur trató de armonizar las
historias referentes a la reina del hielo y de la oscuridad, aquella de la
máscara de plata, con la descripción de Aditu.
—Ineluki... ¡El Rey de la Tormenta!
La mujer sitha se volvió para
contemplar el lago Kynslagh, como si detrás de la oscuridad pudiera distinguir
la antigua Asu’a.
—Era la luz más brillante que jamás
existió en estas tierras. De no haber venido los mortales, de no haber llegado
vuestros antepasados, duque Isgrimnur, para atacar nuestra gran casa con hachas
y fuego, Ineluki podría habernos sacado de las sombras del exilio para
conducirnos de nuevo al resplandor del mundo vivo. Ese era su sueño. Pero todo
sueño puede degenerar en locura. Quizá debamos aprender a vivir en el exilio,
Isgrimnur —continuó después de una pausa—. Quizá tengamos que aprender tocios a
vivir con sueños me¬nos grandiosos.
Isgrimnur no dijo nada. Ambos
permanecieron todavía un rato en cubierta, en silencio pero no a disgusto,
hasta que el duque bajó en busca del calorcillo de los camarotes.
La duquesa Gutrun alzó la vista,
alarmada, al sentir el cortan¬te aire.
—¡Vorzheva! ¿Habéis perdido la razón?
¡Apartad de las ventanas a los pequeños!
La mujer thrithinga, que acunaba un
niño en cada brazo, no se movió. Al otro lado de la ventana se extendía Nabban,
enorme pero extrañamente familiar. Las famosas colinas causaban la impresión de
que todas las casas y calles estuvieran construidas unas encima de otras.
—El aire no es perjudicial. En las
praderas pasamos toda la vida a la intemperie.
—¡Bobadas! —gruñó Gutrun—. Estuve
allí, Vorzheva. No lo olvi¬déis. Vuestros carromatos son como casas.
—Pero sólo los utilizamos para
dormir. Todo lo demás se hace al raso: comer, cantar y hasta el amor.
—Sí, y vuestros hombres también se
cortan las mejillas con cu¬chillos. ¿Significa eso que piensas hacerle eso a tu
pequeño Deornoth?
La sola idea hizo estremecer a la
duquesa.
La mujer thrithinga se volvió y miró
divertida a su compañera.
—¿No os parece que debiera llevar
cicatrices? —dijo, y recorrió con el dedo la mejilla del rorro dormido, como si
considerase tal posibilidad—. ¡Quedan tan bonitas!
Observó por el rabillo del ojo a
Gutrun y soltó una carcajada al ver el horror reflejado en su cara.
—¿Creéis que hablo en serio? —rió.
—¡Ni en broma digáis semejantes
cosas! ¡Y apartad de una vez a estos pobres bebés de la ventana!
—Les enseño el océano por el que
navega su padre. Hoy os veo muy enojada y triste, Gutrun. ¿No os encontráis
bien?
—¿Qué motivos hay para sentirnos
felices? —suspiró la duquesa, dejándose caer en su sillón para reanudar la
costura, aunque no hizo más que darle vueltas a la tela—. Estamos en guerra.
Muere mucha gente. ¡No hace ni una semana que enterramos a la pequeña Leleth!
—Tenéis razón. Lo siento —se excusó
Vorzheva—. No quise ser cruel. Estabais muy unida a ella.
—Era sólo una niña. Le tocó sufrir
horrores. ¡Que Dios le con¬ceda ahora la paz!
—No parecía sufrir, al final. Eso ya
es algo. ¿Suponéis que llegó a despertar, después de tanto tiempo?
—No, pero eso no mitiga la pena
—contestó la duquesa, pensa¬tiva—. Espero no tener que ser yo quien se lo
comunique al ¡oven Je¬remías, cuando regrese... Si es que regresa—agregó con
desánimo.
Vorzheva miró con atención a la mujer
de más edad.
—¡Pobre Gutrun! No es únicamente la
pérdida de Leleth lo que os aflige. También padecéis por Isgrimnur.
—Mi viejo marido volverá sano y salvo
—murmuró la duquesa—. Siempre llega igual —declaró, observando a Vorzheva, que
seguía de¬lante de la ventana abierta, por la que se veía una mancha de cielo
gris—. ¿Y qué me decís vos, que tanto padecíais por Josua? ¿Se ha desvanecido
vuestra preocupación? ¡San Skendi nos proteja! No de¬bería hablar de esas
cosas. Podría traernos mala suerte.
Vorzheva sonrió.
—Josua volverá a mí. Tuve un sueño.
—¿Qué queréis decir? ¿Os han
trastornado todas esas tonterías que afirma Aditu?
—No, Gutrun.
La mujer thrithinga contempló a su
niña. La gruesa cabellera de Vorzheva caía como una cortina, con lo que, por
espacio de un mo¬mento, las caras de madre e hija quedaron escondidas.
—Sé que fue un sueño cierto
—prosiguió—. Josua se acercó a mí y dijo: «Tengo aquello que siempre anhelé».
Se lo veía tranquilo. Es¬toy convencida de que saldrá victorioso y regresará a
mí.
Gutrun abrió la boca para objetar
algo, pero la cerró de nuevo. Su rostro expresaba temor. Rápidamente, mientras
Vorzheva con¬templaba embelesada a la pequeña Derra, la duquesa hizo la señal
del Árbol.
De pronto, la joven madre tiritó.
—Tal vez tengáis razón, Gutrun. Ha
refrescado. Cerraré las ven¬tanas.
La duquesa se levantó de su sillón.
—Tonterías. Lo haré yo. Vos llevaos a
los niños y acostaos tam¬bién. ¡Misericordiosa Elysia! —exclamó, de pie junto a
la ventana—. ¡Fijaos!
—¿Qué ocurre?
—¡Que nieva!
—Cualquiera diría que vamos a visitar
un santuario local —co¬mentó Sangfugol—, y que esos barcos van cargados de
peregrinos.
Tiamak se había acurrucado con el
arpista y Strangyeard en una ventosa y nevada ladera situada al este del
Swertclif. A sus pies, unas barcazas transportaban el ejército de Josua por las
picadas aguas del Kynslagh en dirección a la orilla. El príncipe y los jefes
militares de su casa se hallaban en el lugar de desembarco, controlando la
com¬pleja operación.
—¿Dónde está Elías? —preguntó
Sangfugol—. ¡Por los huesos de Aedón! ¡Si su hermano está desembarcando todo un
ejército en el mismísimo umbral de su casa! ¿Dónde demonios se mete el rey?
Strangyeard hizo una mueca de
disgusto ante semejante re¬niego.
—¡Parece que deseéis su presencia!
¡De sobra sabemos dónde se encuentra el Supremo Rey, Sangfugol! —gruñó, a la
vez que señalaba Hayholt, que desde allí parecía una pina de puntiagudas
sombras, casi tapada por los remolinos de nieve—. Allí espera, aunque
ignora-mos por qué.
Tiamak se arrebujó más en su capa.
Tenía los huesos helados. Comprendía que el príncipe no los quisiera en medio,
pero sin duda podrían haber encontrado un sitio donde, sin estorbar,
estu¬vieran menos expuestos al viento y a la nieve.
«Al menos, ahora llevo los mismos
pantalones que las gentes de las tierras secas —se dijo—. Pero en ningún caso
quiero acabar mis días aquí, en un lugar tan frío. Permitid, dioses, que vuelva
a ver mi Wran. Dejadme asistir una vez más al Festival del Viento. Dejadme
beber mucha cerveza de helechos y jugar a atrapar la pluma. No quiero morir
aquí, donde no me quemarían y pronto sería olvi¬dado.»
El hombrecillo alejó de sí tales
pensamientos.
—¿Envió el príncipe sus exploradores
al castillo?
Sangfugol experimentó la satisfacción
de poder informarle.
—Ordenó que no se aproximaran. Oí
cómo le decía a Isgrimnur que la cautela es inútil, de todos modos, ya que hace
días que el rey tuvo que vernos llegar, y mucho antes debió de tener noticia de
nuestros planes. Ahora que Josua está seguro de que Elías no dis¬pone de
soldados escondidos en Erchester... ¡Soldados, digo! Allí no hay más que perros
y ratas. Ahora, repito, Josua enviará avanzadillas que comiencen a preparar el
asedio.
Mientras el arpista continuaba con
sus explicaciones de cómo, según él, debía desplegar sus fuerzas el príncipe,
Tiamak vio que al¬guien subía con dificultad por la ladera cubierta de nieve.
—¡Mirad! —exclamó el padre
Strangyeard—. ¿Quién es?
—El joven Jeremías —contestó
Sangfugol, un poco molesto por la interrupción—. Supongo que lo echaron, como a
nosotros.
—¡Tiamak! —gritó Jeremías—. Venid
conmigo. ¡Corred!
—¡Santo cielo! —dijo Strangyeard,
agitando las manos—. Tal vez hayan descubierto algo importante.
Tiamak ya estaba de pie.
—¿Qué ocurre?
—Dice Josua que vengáis enseguida. La
mujer sitha está en¬ferma.
—¿Hemos de ir con vos, Tiamak?
—preguntó el sacerdote—. Creo que preferiréis que no os estorbemos. Además,
¿cómo podría con¬fortar yo a una sitha?
El wran se lanzó colina abajo,
inclinado para defenderse del viento. Al notar cómo la nieve crujía bajo sus
pies, agradeció de nuevo que Sangfugol le hubiera prestado botas y pantalones,
aun¬que todo le quedara grande.
«Estoy en un lugar extraño —pensó,
maravillado—. Y en un tiempo extraño también. Un wran abriéndose paso entre las
nieves de Erkynlandia para ayudar a uno de los sitha. Los Que Vigilan Y Dan
Forma debieron de beber demasiada cerveza de helechos.»
Aditu había sido trasladada a un
cobertizo improvisado, consis¬tente en una lona extendida sobre las ramas
inferiores de un árbol que se alzaba junto a la orilla. Josua, Sludig y unos
cuantos soldados permanecían a su lado, incómodamente agachados a causa de la
poca altura del circunstancial techo.
—Sludig la encontró —dijo el
príncipe—. Sospecho que sorpren¬dió a algunos espías de mi hermano, aunque no
veo señales de vio¬lencia en ella, y Sludig asegura no haber encontrado
indicios de lu¬cha. Nadie oyó nada, además, pese a que apareció sólo a unos
cien pasos de la ribera —comentó preocupado—. Es como el caso de Leleth, tras
la muerte de Geloë. Duerme, pero no despierta.
Tiamak estudió el rostro de la sitha.
Con los ojos cerrados tenía un aspecto casi humano.
—Hice poco por Leleth —musitó—, e
ignoro por completo el efecto que mis hierbas pueden tener sobre un inmortal.
No sé qué hacer por Aditu.
Josua hizo un gesto de impotencia.
—Procurad, al menos, que esté cómoda.
—¿Suponéis qué pudo producirle
semejante estado? —le pre¬guntó Tiamak a Sludig.
El rimmerio sacudió la cabeza con
energía.
—No. La hallé tal como la veis,
tendida en el suelo sin nadie que la atendiera.
—Debo regresar para vigilar la
descarga —dijo el príncipe—. Salvo que suceda algo...
Josua parecía distraído, como si ni
siquiera el inquietante hecho bastara para requerir toda su atención. Siempre
había parecido un poco distante, pero desde el arribo se lo veía más
preocupado, en opi¬nión del wran. En cualquier caso, Tiamak se dijo que, con
todo lo que les aguardaba, Josua tenía motivos sobrados para mostrarse
nervioso.
—Yo me quedo con ella, príncipe Josua
—se ofreció Tiamak.
Seguidamente se agachó para tocarle
la mejilla a Aditu. Tenía la piel fría, pero quizás eso fuese lo normal.
—Muy bien, ¡Gracias, amigo!
Después de breve vacilación, Josua se
inclinó para salir del co¬bertizo. Sludig y los demás soldados lo siguieron.
Tiamak se acurrucó junto a la mujer
sirria, que vestía ropas de los mortales: unos pantalones claros y chaqueta de
cuero. Ninguna de esas prendas era de suficiente abrigo para el mal tiempo que
ha¬cía, pero los sitha, como él recordó, hacían poco caso de las bajas
temperaturas. La respiración de Aditu era superficial, y una de las manos de la
mujer estaba muy apretada. El modo en que los dedos se cerraban alrededor de
algo despertó la curiosidad del wran, que poco a poco, y no sin esfuerzo, logró
abrir aquella mano.
En su interior apareció un pequeño
espejo redondo, apenas ma¬yor que una hoja de álamo temblón. El marco era un
estrecho aro, probablemente de hueso y trabajado con esmero. Tiamak lo extrajo
para sopesarlo con cuidado en su propia mano. Para su tamaño re¬sultaba pesado
y, además, se notaba caliente.
Una sensación de hormigueo se
extendió por sus dedos. El wran inclinó el espejo para ver reflejado su rostro
en él, y al cambiar de ángulo no halló en la brillante superficie las propias
facciones, sino sólo una turbia oscuridad. Se acercó la pieza a la cara y notó
que la picazón iba en aumento.
Algo le golpeó entonces la muñeca. El
espejo se le escapó de la mano y fue a parar al húmedo suelo.
—Déjalo —dijo de pronto Aditu,
retirando la mano antes de de¬jarse caer de nuevo hacia atrás, a la vez que se
cubría los ojos con los largos dedos. Su voz sonaba débil y fatigada—. ¡No lo
toquéis, Tiamak!
—¡Estáis despierta! —exclamó el wran,
y enseguida dedicó su atención al espejo caído entre la hierba, aunque no
sentía el menor deseo de burlarse de la advertencia de Aditu.
—Sí; lo estoy. ¿Os mandaron cuidar de
mí? ¿Y curarme?
—En cualquier caso, me encargaron
atenderos —contestó Tiamak, aproximándose un poco más a ella—. ¿Os sentís bien?
¿Puedo hacer algo por vos?
—Dadme agua. Un poco de nieve me
servirá.
El wran abandonó el cobertizo y
regresó con un par de puñados de nieve.
—No tengo ninguna copa ni escudilla.
—Es igual.
Aditu se incorporó con cierta
dificultad y alargó las ahuecadas manos. Se introdujo en la boca parte de la
nieve y, con el resto, se frotó la cara.
—¿Dónde está el espejo? —preguntó
luego.
Tiamak lo señaló con el dedo. La
sitha se inclinó para cogerlo. Momentos después, volvía a tener la mano vacía.
El wran no la ha¬bía visto guardarlo en ninguna parte.
—¿Qué os ocurrió? —inquinó—. ¿Lo
sabéis?
—Sí y no —contestó Aditu con las
manos apretadas contra el ros¬tro—. ¿Os explicaron algo referente a los
Testigos?
—Algo.
—El Sendero de los Sueños, el lugar
por el que vamos los zida’ya cuando utilizamos Testigos como el espejo que
sostuvisteis durante unos instantes, nos está prácticamente prohibido desde que
Amerasu la Nacida en el Barco fue asesinada en la Yásira. Por ello no pude
consultar nada con Jiriki o con mi madre, Likimeya, ni con nadie de mi pueblo
desde que los dejé. En cambio, estuve reflexio¬nando acerca de lo que vos y
Strangyeard me preguntasteis, si bien, como ya os dije, no tengo respuestas
para ello. Comprendo que vuestras preguntas pueden ser de gran importancia.
Confiaba yo en que, dado que ahora estamos más cerca de los míos, pudiera
hacer¬les saber que necesito hablar con ellos.
—¿Y fracasasteis en vuestro intento?
—Peor que eso. Temo haber cometido un
disparate. No tuve en cuenta lo que las cosas podían haber cambiado en el
Sendero de los Sueños.
Tiamak, el Portador del Pergamino,
hambriento de conoci¬mientos, ya se disponía a escuchar la historia cuando
recordó su de¬ber principal.
—¿Hay algo que pueda traeros, lady
Aditu?
Ella esbozó una sonrisa, pero no
explicó el motivo.
—No, gracias. Estoy bien.
—Os suplico, pues, que me digáis a
qué os referíais con respecto al Sendero de los Sueños.
—Os contaré lo que pueda, aunque tuve
un motivo para contes¬tar «sí y no» al preguntarme vos si sabía qué había
sucedido. No es¬toy absolutamente segura de eso. Nunca había visto tan caótico
el Sendero de los Sueños, aunque lo había esperado. Lo que no me po¬día
imaginar, era que allí me aguardase algo tan terrible.
Tiamak estaba alarmado.
—¿Qué era ese «algo»? ¿Un demonio?
¿Uno de nuestros... ene¬migos?
—No precisamente —respondió Aditu, y
sus ambarinos ojos se estrecharon para mayor concentración—. Era... una
estructura, su¬pongo. Algo muy poderoso y muy extraño... construido allí. No
en¬cuentro otra palabra. Era algo tan enorme y amenazador, en su estilo, como
el castillo que Josua se propone atacar aquí, en el mundo... despierto.
—¿Un castillo?
Tiamak estaba perplejo.
—Nada tan simple, nada parecido a
todo lo que vos conocéis. Se trataba de una construcción del Arte, me figuro.
Una construcción inteligente, no como esas sombras que, espontáneamente, surgen
a lo largo de los Otros Senderos. Era un torbellino de humo, chispas y negra
energía... Una cosa de tremendo poder, algo que tuvo que estar largo tiempo en
construcción. Jamás había visto ni oído hablar de nada semejante. Se apoderó de
mí como un remolino se lleva una hoja de árbol, y no sé ni cómo logré
liberarme. Creo que tuve mucha suerte —concluyó, apretándose de nuevo las
sienes.
—¿Y eso representa un peligro para
nosotros? Y en caso afirma¬tivo, ¿se os ocurre algo que pueda ayudarnos a
resolver el enigma?
—Me cuesta creer que una cosa tan
rara no guarde alguna rela¬ción con Ineluki y los demás eventos de los últimos
días. Tuve un pensamiento que quizá signifique algo, aunque no para mí. Cuando
divisé aquello tan extraño, percibí o sentí la palabra Sumy’asu. En la lengua
de los Nacidos en el Jardín, eso quiere decir «La Quinta Casa».
—¿La Quinta Casa? —repitió Tiamak,
desconcertado.
—Sí —contestó Aditu, recostada—. Para
mí tampoco tiene ningún sentido. Pero fue el nombre que oí cuando me encontré
ante aque¬llo tan poderoso.
—Se lo preguntaré a Strangyeard —dijo
Tiamak—. Supongo que él le explicará el fenómeno a Josua. En cualquier caso, el
príncipe se alegrará de saber que estáis bien.
—Me vence el cansancio. Creo que
permaneceré aquí un rato, en reposo, mientras pienso. Gracias por todo, Tiamak
—añadió Aditu con un gesto desconocido para el wran.
—¡Si no hice nada!
—Hicisteis todo lo posible —respondió
la mujer sitha, cerrando los ojos—. Quizá los antepasados entiendan todo esto,
pero yo no. Estoy asustada. No sé qué daría por poder hablar con mis
fami¬liares.
Tiamak se levantó y emprendió el
regreso hacia las nevadas ori¬llas del lago Kynslagh.
El carro se detuvo y las ruedas de
madera enmudecieron. El conde de Nad Mullach estaba convencido de que quedaría
harto de los lastimeros chirridos cuando por fin terminara el viaje.
—Aquí nos despedimos —le gritó a
Isorn.
Dejó su caballo en manos de uno de
los soldados y caminó por la nieve hasta reunirse con el joven rimmerio, que
desmontó para abrazarlo.
—¡Adiós, sí! —dijo Isorn, con la
vista fija en el amortajado cuerpo que transportaba el carro—. No acierto a
expresarte mi pena. Maegwin merecía algo mejor. Y tú también, Eolair.
El conde le dio un último apretón de
manos.
—Por mi experiencia —respondió con
evidente amargura en la voz—, a los dioses no parece importarles mucho lo que
sus siervos merezcan. Por lo menos, digamos que las recompensas que dan son
demasiado... difíciles de entender para mí. Pero no hablemos más de eso.
Maegwin ha muerto, y ningún lamento ni ningún denuesto contra el cielo me la
devolverán. La enterraré junto a los suyos y, después, ayudaré a Inahwen y al
resto de mi pueblo a reconstruir todo lo que se pueda.
—¿Y luego?
Eolair meneó la cabeza.
—Creo que depende de si los sitha
logran detener el avance de Elías y de su aliado. Espero que no creáis que os
deseo mala suerte si digo que mantendremos preparadas las cuevas del Grianspog
por si acaso volvemos a necesitarlas.
Isorn lo miró con tenue sonrisa.
—Sería una imprudencia no hacerlo.
—¿Irás con ellos? Tu pueblo buscará
ayuda, ahora que Skali ya no está.
—Lo sé. Pero debo encontrar a mi
familia y a Josua. Mis heridas, ya suficientemente curadas, me permiten
cabalgar, de modo que acompañaré a los sitha. El único mortal seré yo. Me
sentiré muy solo durante el viaje a Erchester.
Ahora fue Eolair quien sonrió.
—De la manera que cabalgan las gentes
de Jiriki, no creo que el viaje resulte muy largo —indicó, echando de paso una
mirada a su harapiento grupo de hombres. Sabía que éstos preferían atravesar la
Marca Helada, tan sacudida por las ventiscas, que viajar de nuevo en compañía
de los inmortales—. Pero, si las cosas se presentan de tal modo que son
necesarios los soldados hernystiros, envía noticia a Hernysadharc. Yo ya
encontraré la forma de acudir.
—De eso estoy convencido.
—¡Buena suerte, Isorn!
Eolair regresó junto a su caballo y,
cuando montó en él, se le acercaron Likimeya y Jiriki.
—¡Hombres de Hernystir! —habló
Likimeya, cuyos ojos relucían bajo el negro yelmo—. Sabed que os honramos.
Desde los días del príncipe Sinnach, vuestro pueblo y el nuestro no habían
luchado juntos. Vuestros caídos yacen con nuestros propios muertos, tanto aquí
como en vuestro país. ¡Recibid nuestro agradecimiento!
Eolair estuvo a punto de preguntarle
a aquella mujer sitha de se¬vero rostro qué gloria había en la muerte de cuatro
veintenas de hernystiros, pero no era el momento adecuado para reanudar
seme¬jante argumento. Sus hombres aguardaban, nerviosos pero en silen¬cio, el
momento de ponerse en marcha.
—Vos librasteis a Hernystir de un
gran tormento —contestó el conde, como era su deber, ya que no podían pasarse
por alto ciertos cumplidos—. También nosotros os damos las gracias y os
honramos.
—¡Os deseamos que encontréis algo de
paz al final de vuestro viaje, conde Eolair! —exclamó Jiriki, colgada de su
cadera la espada Indreju. También él llevaba armadura y, al igual que su madre,
tenía aspecto de un extraño dios de la guerra—. Y, cuando encontréis esa paz,
¡que os dure!
—¡Que los cielos os protejan!
Eolair alzó una mano para indicarle
al carretero que partían. Las ruedas empezaron a girar lentamente. El sudario
de Maegwin se hinchó por efecto del cortante viento.
«En cuanto a mí —pensó el conde—, ya
pueden dejarme solo los dioses a partir de este momento. Han destrozado a mi
pueblo y también mi vida. ¡Que dirijan su atención a cualquier otra parte, para
que nosotros podamos reconstruir nuestro país!»
Cuando miró hacia atrás, el rimmerio
y los sitha seguían inmó¬viles y sus figuras se perfilaban contra el sol
naciente. Eolair saludó, y el joven Isorn le devolvió el gesto.
El conde de Nad Mullach miró en
dirección oeste.
—¡Venid, compatriotas! —le gritó a
sus andrajosos hombres—. ¡Regresamos a casa!
XXVI
EL CANTO DE LA ESTRELLA ROJA
B
ebed —dijo el gnomo, ofreciendo al
monje un odre de agua—. Soy Binabik de Mintahoq. Ookequk fue mi maestro. Y vos
sois Padreic. Él hablaba de vos con frecuencia.
—Padreic murió —jadeó el monje
después de tomar un sorbo de agua, parte de la cual le resbaló barbilla abajo.
Era evidente que es¬taba exhausto—. Ahora soy un hombre diferente —balbuceó,
apar¬tando la escudilla con mano temblorosa—. ¡Por todos los dioses, an¬tiguos
y nuevos! ¡Vaya cerradura, la de esa puerta! No había tenido que luchar contra
semejante cosa en dos décadas. Por poco pierdo la vida en el intento. Aunque
tal vez hubiera sido mejor...
—¡Vaya uno! —gritó Miriamele—. Salís
de la nada, y decís las mis¬mas tonterías de siempre. ¿Qué diablos hacéis aquí?
Cadrach no deseaba mirarla a la cara.
—Os seguí.
—¿A mí? ¿Desde dónde?
—Os seguí a Sesuad’ra... y después,
cuando huisteis.
El monje echó un vistazo a los
dwarrows, que habían cerrado la puerta de piedra y ahora conversaban
acurrucados en el extremo opuesto de la caverna sin dejar de observar al recién
llegado, como si temiesen que se tratara de una norna disfrazada.
—¡Y ahí están los domhaini! —exclamó
con una mueca—. Creí no¬tar su astuta mano en la dichosa cerradura, pero no
estaba seguro. ¡Nunca había visto ninguno tan despabilado!
Miriamele no estaba para cuentos.
—¿Qué hacéis aquí, Cadrach? ¿Y quién
os persigue?
El monje se miró las manos, agarradas
a los pliegues de su an¬drajoso hábito.
—Temo haberos echado las nornas
encima, a vos y a vuestros aliados. Esos monstruos blancos me siguieron casi
desde el mo¬mento en que bajé a través de las catacumbas. Tuve que esforzarme
mucho para que no me alcanzaran.
—¿De manera que las condujisteis
hasta aquí?
Miriamele no supo con certeza qué
sentía ante la reaparición de Cadrach. Desde que los había abandonado en el
lago Thrithing, había hecho todo lo posible para alejarlo de su mente. Todavía
la avergonzaba la discusión sobre el pergamino de Tiamak.
—¡Nunca volverán a atraparme! —dijo
el monje con ardor—. De no poder forzar la puerta, antes de caer en sus manos
me habría arrojado por la escalera de Tan’ja.
—Pero ahora las nornas aguardan
fuera, según decís, y la caverna sólo cuenta con una puerta de salida
—intervino Binabik—. Real¬mente no nos habéis hecho mucho bien, Cadrach o
Padreic o como os queráis llamar.
El gnomo había oído muchas historias
referentes al monje, tanto de boca de la princesa como a través de Simón.
Miriamele adivinaba su respeto por la forma que, un día, el hernystiro había
expresado su desconfianza hacia cualquiera capaz de traicionar a un amigo del
gnomo. Binabik se encogió de hombros.
—¡Por las Piedras de Chukku! ¡Basta
ya de hablar! —añadió el hombrecillo—. ¡Ocupémonos de cosas más importantes!
Se puso de pie y cruzó la cueva en
dirección a los dwarrows.
—¿Por qué escapasteis, Cadrach? Ya os
dije que lamentaba lo del pergamino de Tiamak... y todo lo demás.
Por fin, los ojos del monje buscaron
los de la princesa. La mi¬rada de Cadrach resultaba extrañamente vacía.
—Teníais razón, Miriamele. Soy un
ladrón, un mentiroso y un borracho, y la verdad es que lo fui durante muchos
años. Que de vez en cuando también hiciera algo honrado, no cuenta ni cambia lo
otro.
—¿Por qué decís siempre cosas
semejantes? —replicó la princesa—. ¿Por qué os empeñáis en ver sólo vuestro
peor lado?
La expresión del hombre se hizo casi
acusadora.
—¿Y por qué os empeñáis vos en ver mi
lado bueno, Miriamele? Creéis saberlo todo, referente al mundo, cuando no sois
más que una chica joven. Vuestra imaginación tiene límites, y no acertáis a
comprender qué cosa tan negra y endemoniada es en realidad el mundo.
Miriamele volvió la cabeza, picada, y
se dedicó a buscar algo en su alforja. Hacía apenas unos momentos que el monje
había regre¬sado, y ya sentía la tentación de estrangularlo. Al mismo tiempo,
trataba de encontrar algún alimento para él.
«Supongo que puedo mantenerlo en buen
estado de salud hasta que decida matarlo.»
Cadrach estaba apoyado en la pared de
la caverna, con la cabeza colgando y los ojos cerrados. Lo vencía el
agotamiento. La princesa aprovechó la oportunidad para estudiar su aspecto. El
monje había adelgazado aún más, desde que la había abandonado en las pra-deras.
Tenía la cara hundida y, al faltarle la carne, la piel le forma¬ba profundas
arrugas. Incluso a la rosada luz de las piedras de los dwarrows, se lo veía
gris. Volvió Binabik.
—Es de temer que nuestra seguridad no
dure mucho. Me dice Yis-fidri que las guardas de la cerradura no resistirán
todo lo que convendría, una vez que han sido forzadas. No todas las nornas son
tan maestras como vuestro amigo el monje, pero alguna quizá sí lo sea. Y,
aunque ninguna de ellas lo consiga, la puerta no constituirá un obstáculo para
Pryrates.
—¿Maestras? ¿Qué queréis decir?
—Maestras..., hábiles en el Arte. Lo
que quienes no son Portado¬res del Pergamino llaman a veces magia.
—Cadrach dijo que ya no sabía hacer
magia.
Binabik meneó la cabeza, pensativo.
—En otros tiempos, Padreic de
Crannhyr fue quizás el más ex¬perto aplicador del Arte en todo Osten Arel,
Miriamele. Aunque eso era, en parte, porque otros Portadores del Pergamino,
incluso el más grande de todos, Morgenes, preferían no arriesgarse en corrientes
de¬masiado profundas. Parece ser que Cadrach no ha perdido su habili¬dad, ya
que... ¿cómo, si no, logró forzar la puerta de los dwarrows?
—¡Todo sucedió tan deprisa! Creo que
no había pensado en eso.
Una pequeña esperanza renació en
Miriamele. Tal vez el destino les hubiera llevado a Cadrach por alguna razón.
—Hice lo que debía —dijo el monje de
súbito.
La princesa, que lo suponía dormido,
se sobresaltó.
—Las Zorras Blancas me habrían
apresado en cosa de minutos. Pero yo ya no soy lo que era, gnomo. Dedicarse a
las Artes requiere disciplina y mucho trabajo, además de paz. Desconocí todo
eso du¬rante largos años —suspiró, apoyando la cabeza contra la pared de la
caverna—. Ahora, el pozo está seco. No tengo nada más que ofrecer. ¡Nada!
Miriamele estaba decidida a obtener
respuestas. —Aún no habéis explicado por qué me seguisteis, Cadrach. El monje
abrió los ojos.
—Porque no queda nada más que decir.
El mundo ya no me re¬serva nada en absoluto.
El hombre vaciló y, luego, miró con
enojo a Binabik, como si el gnomo escuchara de manera indiscreta lo que no
tenía derecho a oír. Sus palabras brotaron lentas cuando continuó:
—Porque..., porque fuisteis buena
conmigo, Miriamele. Yo ya había olvidado lo que significaba experimentar eso.
No podía ir con vos para tener que enfrentarme a las preguntas, las miradas y
el dis¬gusto de todos los demás..., del duque Isgrimnur, entre ellos... Pero
tampoco podía dejar escapar ese pequeño contacto con la vida..., con la vida
que conocí en otros tiempos. ¡No podía! —gimió y, de pronto, se llevó ambas
manos a la cara y empezó a frotársela entre risas de tristeza—. Supongo que no
estoy tan muerto como creía.
—¿Fuisteis vos quien nos siguió a
Simón y a mí por el bosque?
—Sí, y también a través de Stanshire
y Falshire. Sólo cuando ése se unió a vosotros —dijo, señalando a Binabik— tuve
que quedarme más atrás, porque la loba tiene el olfato muy desarrollado.
—Pues no constituisteis una ayuda
cuando los Danzarines del Fuego nos atraparon.
Lo único que hizo Cadrach fue
estremecerse.
—¿Así que nos seguisteis hasta aquí?
—Perdí la pista después del valle de
Hasu. Fue pura suerte que os encontrara de nuevo. De no llegar vos a San
Sutrino, donde yo ha¬bía hallado cobijo por la amabilidad de ese loco de
Domitris, temo que nunca más se habrían cruzado nuestros caminos —agregó con
otra áspera risa—. Pensad en esto, señora. Vuestra suerte empeoró al entrar en
la casa de Dios.
—¡Basta ya! —lo cortó Miriamele, cuya
paciencia estaba a punto de agotarse. No soportaba el modo en que Cadrach se
aborrecía a sí mismo—. Ahora estáis aquí. ¿Qué hacemos?
Antes de que el monje pudiese hacer
alguna sugerencia, apareció Yis-fidri arrastrando los pies. El dwarrow echó una
mirada de preo¬cupación a Cadrach, y luego se volvió hacia Miriamele y Binabik.
—Este hombre tiene razón en una cosa:
alguien vigila ahora de¬lante de esta caverna. Han venido los hikeda’ya.
El silencio que llenó en el acto la
cueva, fue profundo.
—¿Estáis seguro?
Miriamele sabía que era poco probable
que el dwarrow se equi¬vocara, pero la idea de verse encerrada en la caverna
con aquellas ca¬davéricas nornas esperando fuera, resultaba espantosa. Las
Zorras Blancas ya habían sido suficientemente horribles, como personajes, en
los relatos de su tío sobre la caída de Naglimund, y luego las ha¬bía visto en
persona, en la colina que se alzaba junto al valle de Hasu. No deseaba tener
que verlas nunca más, pero dudaba que fuese tan afortunada. De nuevo la dominó
el miedo que había olvi¬dado un poco al presentarse Cadrach.
—¿De veras son las nornas? ¿No puede
tratarse, simplemente, de los soldados de mi padre? —inquirió, casi sin
aliento.
—No esperábamos a este hombre
—contestó Yis-fidri—, pero nos consta que algo se mueve por nuestros túneles.
De momento, la puerta resiste, pero eso puede cambiar de un momento a otro.
—¡Si éstos son vuestros túneles,
tenéis que saber la manera de es¬capar!
El dwarrow calló.
—Quizá nos convenga utilizar las
piedras que reunimos —inter¬vino Binabik—. No estaría de más intentar una huida
antes de que aumente el número de enemigos. ¿Podéis calcular cuántos hay fuera?
Yis-fidri dirigió a su mujer unas
aflautadas palabras que sonaron a pregunta. Después de escuchar su respuesta,
informó a los demás:
—Tantos como dedos tiene una mano,
tal vez. Pero pronto pue¬den ser más.
—¿Tan pocos? —exclamó Miriamele—.
¡Entonces deberíamos pe¬lear! Si vuestro pueblo nos ayuda, sin duda podremos
vencerlos y escapar.
Yis-fidri se echó atrás,
evidentemente incómodo.
—Ya os lo dije: nosotros no somos
fuertes. ¡No peleamos!
—Prestad atención a la opinión de los
tinukeda’ya —indicó Ca¬drach con frialdad—. No es que haya una gran diferencia,
pero yo, por mi parte, prefiero esperar el final aquí que ser ensartado por una
espada de las Zorras Blancas.
—Pero el final está cerca, si
seguimos aquí. Si por lo menos inten¬tamos huir, tenemos una posibilidad.
—No hay posibilidad que valga
—replicó el monje—. Aquí podre¬mos hacer todos las paces y elegir la muerte en
el momento que consideremos más adecuado.
—¡Me parece imposible que seáis tan
cobarde! —gritó Miria¬mele—. ¡Ya oísteis a Yis-fidri! ¡Como mucho, media docena
de nor¬nas! No se acaba aquí el mundo, Cadrach. ¡Nos queda alguna posi¬bilidad!
El monje se volvió hacia ella. Su
cara expresaba una mezcla de pena, disgusto y mal contenida rabia.
—No son las nornas lo que me asusta
—declaró, excitado—, sino el convencimiento de que hemos llegado al fin del
mundo.
Miriamele descubrió algo especial en
su voz, algo que quedaba más allá de su acostumbrado pesimismo.
—¿De qué estáis hablando, Cadrach?
—Del fin del mundo —repitió el monje,
y respiró a fondo—. Aunque vos, señora, y yo y este gnomo pudiésemos matar a
todas las nornas de Hayholt y también a todas las del Pico de las Tormen¬tas,
nada cambiaría. Es tarde para hacer nada. Siempre es dema¬siado tarde. El
mundo, los verdes campos de Osten Ard, la gente que habita sus tierras: ¡todo
está condenado! Lo supe desde que os conocí. Ya sé que estoy amargado,
Miriamele —agregó con una mi¬rada suplicante—. Admito que estoy medio loco.
Porque sé, sin lu¬gar a dudas, que no hay esperanza.
Simón despertó de unos confusos
sueños para hallarse en la más absoluta oscuridad. Alguien gemía cerca. Todas
las partes de su cuerpo le palpitaban, y apenas podía mover las muñecas y los
tobi¬llos. Durante largo rato tuvo la certeza de que había sido capturado y se
hallaba encadenado a una lóbrega celda, pero finalmente re¬cordó dónde estaba.
—¿Guthwulf? —graznó.
Los gemidos prosiguieron.
Simón se volvió sobre su estómago y
se arrastró en dirección a los sonidos. Cuando sus hinchados dedos encontraron
algo, se paró y empezó a explorar con torpeza hasta reconocer la barbuda cara
del conde. El ciego ardía de fiebre.
—Conde Guthwulf... ¡Soy yo, Simón!
Vos me salvasteis de la rueda.
—¡Su casa se quema! —jadeó Guthwulf,
horrorizado—. Y no pue¬den correr... ¡En las puertas hay unos desconocidos con
hierros ne¬gros!
—¿Tenéis agua aquí? ¿Y comida?
Simón comprendió que el ciego hacía
esfuerzos por incorpo¬rarse.
—¿Quién sois? ¡No podéis llevárosla!
Canta para mí. ¡Para mí!
Guthwulf agarró algo, y él sintió
cómo un frío borde metálico recorría dolorosamente su antebrazo. Lanzó un
reniego y, al llevarse la muñeca a la boca, notó sabor a sangre.
¡Clavo Brillante! Parecía imposible.
¡El febril ciego tenía la es¬pada!
Simón estuvo tentado de arrancarla de
la debilitada mano de Guthwulf. Al fin y al cabo, ¿cómo iba a ser más
importante la necesidad de un loco que la de naciones enteras? Pero todavía más
preo¬cupante que la idea de robarle la espada a un hombre enfermo que le había
salvado la vida era el hecho de que él mismo se hallara per¬dido y sin luz en
alguna parte de los túneles existentes debajo de Hayholt. Salvo que, por algún
incomprensible motivo, el invidente conde tuviera consigo una antorcha o una
linterna, sin el conoci¬miento que Guthwulf poseía de aquel laberinto podría
tener que vagar para siempre entre las sombras. ¿De qué le serviría en tal caso
Clavo Brillante?
—¿Lleváis una antorcha, Guthwulf? ¿O
bien algo de pedernal?
El conde volvió a emitir unos
murmullos. Pero nada de lo que pudo entender Simón parecía tener sentido. En
consecuencia, co¬menzó a inspeccionar la caverna a tientas, aunque cada
movimiento lo hacía quejarse a causa del dolor.
El rincón de descanso de Guthwulf era
reducido: apenas una docena de pasos en cada dirección, si Simón hubiese estado
en con¬diciones de medirlos. En las grietas de la piedra que formaba el suelo
crecía algo semejante al musgo. El joven arrancó parte de la planta y la olió.
No parecía ser el mismo musgo que lo había ali¬mentado en las derrumbadas salas
de Asu’a. Se llevó un poco a la boca, pero escupió aquello enseguida. Aún sabía
peor que el otro. Sin embargo, el estómago le dolía tanto que, sin duda, tendría
que probar suerte otra vez.
Aparte de los diferentes harapos
extendidos sobre el desigual suelo de piedra, Guthwulf no parecía poseer muchas
cosas. Simón encontró un cuchillo al que le faltaba media hoja, y, cuando se
aga¬chó para guardárselo en el cinturón, se dio cuenta de que no lle¬vaba...,
ni tampoco otras prendas.
«Desnudo y perdido en la oscuridad.
Nada queda de Simón más que él mismo.»
Lo había salpicado la sangre del
dragón, pero no por eso había dejado de ser Simón. Había conocido Jao
é-Tinukai’i, había lu¬chado en una gran batalla y también había sido besado por
una princesa, aunque sin dejar de ser el mismo pinche de cocina, más o menos.
Ahora, todo le había sido arrebatado, pero aún conservaba lo que tenía en un
principio.
Simón rió de manera seca y ronca.
Había una cierta libertad en eso de no poseer absolutamente nada. Vivir una
hora más constituiría un triunfo. ¡Había escapado de la rueda! ¿Qué más podían
hacerle?
Dejó el cuchillo roto junto a la
pared, de modo que le resultara fácil volver a encontrarlo, y prosiguió la
busca. Halló varios objetos cuya utilidad ignoraba: piedras de extraña forma,
demasiado compli¬cadas para ser naturales, fragmentos de alfarería y astillas
de madera, así como, incluso, los esqueletos de algunos animales pequeños. Sólo
en el otro extremo de la caverna descubrió algo realmente útil.
Sus entumecidos y agarrotados dedos
tocaron algo mojado. Ins¬tintivamente, Simón apartó la mano, pero luego volvió
a acercarla con cautela. Era una escudilla de piedra, medio llena de agua. A su
lado, en el suelo y tan maravilloso como cualquier milagro del Libro de Aedón,
había algo que parecía un trozo de pan seco.
Antes de acordarse de Guthwulf, Simón
ya se había llevado el pan a la boca. Vaciló un poco, pero el desespero de su
estómago lo hizo arrancar una parte, mojarla en el agua y comérsela. Devoró
otros dos pequeños pedazos y, por fin, tornó cuidadosamente la es-cudilla en su
temblorosa y dolorida mano y gateó hasta donde yacía Guthwulf. Introdujo
entonces los dedos en el agua y dejó caer unas cuantas gotas en la boca del
conde. El ciego las tragó con ansiedad. A continuación, el joven desgajó un
trocito de pan y, después de hu¬medecerlo, se lo dio a comer al pobre hombre.
Guthwulf no cerró la boca. Parecía incapaz de masticar o tragar nada. Al cabo
de un mo¬mento, Simón retiró el pan y se lo comió. El agotamiento lo vencía por
momentos.
—Después —le dijo a Guthwulf—.
Comeréis más tarde. Os repon¬dréis, y yo también me recuperaré. Y, cuando
estemos mejor, saldre¬mos de aquí.
«Entonces, yo llevaré a la torre la
espada Clavo Brillante. Para eso volví a la vida.»
—El bosque está en llamas... Arde el
jardín... —musitó el conde, retorciéndose, y Simón apartó la escudilla,
temeroso de quedarse sin agua—. ¡Ruakha, ruakha Asu’a! —gritó ahora el ciego.
Pese a estar a cierta distancia del
enfermo, Simón notó la fiebre que lo consumía.
El hombre yacía en el suelo, apretado
el rostro contra la piedra. Llevaba la ropa y la piel tan sucias, que costaba
reconocerlo.
—¡Eso es todo, amo! ¡Lo juro!
—¡Levántate! —le ordenó Pryrates con
un puntapié en las costi¬llas, aunque no lo suficientemente fuerte para
romperle ningún hueso—. ¡Apenas te entiendo!
El hombre se puso en cuclillas. Hasta
los bigotes le temblaban de miedo.
—Eso es todo, amo. Escaparon... canal
abajo.
—¡Ya lo sé, imbécil!
El alquimista no había dado
instrucciones a sus soldados, desde que éstos habían regresado de su
infructuosa busca, y ahora perma¬necían inquietos. Los restos de Inch habían
sido retirados de las ca¬denas que hacían girar la parte alta de la torre de
Pryrates. Forma¬ban un repugnante montón junto al canal. Era obvio que, en su
mayoría, los guardias hubiesen deseado obtener permiso para cu¬brir cuanto
quedaba del capataz, pero, dado que Pryrates no lo or¬denaba, procuraban mirar
en otras direcciones.
—¿Y no sabes quiénes eran?
—Uno era el ciego, amo. Algunos lo
vieron, pero nadie lo atrapó. A veces se lleva cosas...
¡Conque un ciego en las cavernas!
Pryrates sonrió. Se imaginaba de sobra quién sería.
—¿Y el otro? Supongo que uno de los
fundidores que iba a ser castigado, ¿no?
—¡Eso, amo! Aunque Inch lo llamó de
alguna otra manera.
—¿De otra manera? ¿Cómo?
El hombre, cuyo rostro reflejaba el
terror, hizo una pausa.
—No me acuerdo —murmuró.
Pryrates se inclinó hasta que su
imberbe cara estuvo sólo a un palmo de la nariz del hombre.
—¡Yo te haré recordarlo!
El desdichado quedó paralizado como
una rana atontada por una serpiente. Un débil gimoteo brotó de su garganta.
—Ya lo procuro, amo —balbuceó—. ¡Ah,
sí! ¡Pinche de cocina! El doctor Inch lo llamó «pinche de cocina».
Pryrates se enderezó. El hombre cayó
hacia atrás, jadeante.
—Un pinche de cocina —repitió el
sacerdote, pensativo—. ¡Pu¬diera ser! —exclamó de pronto, a la vez que soltaba
una áspera risa—. ¡Perfecto! Claro que será él... Aquí ya no tenemos nada que
hacer —dijo entonces de cara a los soldados—. Y el rey nos necesita.
El secuaz de Inch clavó la vista en
la espalda del alquimista. Tuvo que hacer un esfuerzo para hablar.
—Amo...
Pryrates se volvió despacio.
—¿Qué?
—Ahora..., ahora que el doctor Inch
ha muerto..., ¿quién queréis que sea aquí el capataz? ¿Aquí, en las fraguas
reales?
El alquimista miró con dureza al
hombre de cabeza entrecana y sucio de negruzca ceniza.
—Eso echadlo a suertes entre vosotros
mismos —decidió, y de re¬pente eligió a unos diez de la veintena de soldados—.
Vosotros os quedaréis aquí. No os molestéis en proteger a los paniaguados de
Inch. No tendría que haberlo dejado tanto tiempo a cargo de esto. Lo único que
os encargo es que vigiléis que la rueda esté en el agua. Demasiadas cosas
dependen de ella para arriesgarnos a que ocurra una segunda barbaridad. Tened
bien en cuenta que, si la rueda deja de girar, lo lamentaréis mucho, ¡pero
mucho!
Los guardias designados tomaron sus
posiciones a lo largo del canal, y los demás salieron en fila de la herrería.
Pryrates se detuvo en la puerta para mirar atrás. Bajo el impasible control de
los solda¬dos, el principal secuaz de Inch se vio pronto en medio de un
estre¬cho círculo de ceñudos obreros. Pryrates rió quedamente y dejó que la
puerta se cerrase con un crujido.
Josua se incorporó sobresaltado. El
viento aullaba con fuerza, y la figura que se alzaba en la entrada de la tienda
adquirió unas pro¬porciones gigantescas.
—¿Quién está ahí?
Isgrimnur, que había estado dando
cabezadas durante el largo silencio, dio un resoplido de sorpresa y buscó, con
la mano, la em¬puñadura de Kvalnir.
—No lo soporto más —dijo sir Camaris,
que se tambaleaba en la puerta como un árbol sacudido por el vendaval—. ¡Que
Dios me proteja, que Dios me proteja! Ahora lo oigo incluso cuando estoy
despierto. Y en la oscuridad no hay nada más...
—¿Se puede saber de qué habláis?
Josua se levantó y fue hacia él.
—No estáis bien, Camaris —añadió—.
Venid y sentaos al lado del fuego. No hace un tiempo apropiado para pasear.
Camaris apartó la mano del príncipe.
—Debo irme. Es hora. Oigo el canto
con tremenda claridad. ¡Es hora!
—¿Hora de qué? ¿De ir adónde ?
¡Ayudadme, Isgrimnur!
El duque se puso de pie como pudo,
todo él envarado y do¬lorido. Tomó a Camaris de un brazo y comprobó que tenía
los músculos tensos como nudos mojados.
«¡Está horrorizado! ¿Qué sucede, por
el Rescatador?»
—Sentaos—insistió Josua,
conduciéndolo a un taburete—. Decid¬nos qué os aflige.
El anciano caballero se apartó con
brusquedad y dio unos vacilances pasos en dirección a la salida. La larga vaina
de Espina cho¬caba contra su pierna.
—Se llaman entre sí. Se necesitan. La
hoja irá a donde debe ir. ¡Ha llegado el momento!
Josua lo acompañó al exterior.
Isgrimnur cojeó detrás de ellos, perplejo y preocupado, ciñéndose bien la capa
para defenderse del viento. A sus pies se extendía el Kynslagh, un gran espacio
oscuro al fondo de la blanca manta.
—No os comprendo, Camaris —gritó el
príncipe por encima del vendaval—. ¿De qué ha llegado el momento?
—¡Mirad! —contestó el añoso
caballero, y señaló con el brazo ha¬cia el cúmulo de nubes de tormenta—. ¿Es
que no lo veis?
Isgrimnur y Josua alzaron la vista al
cielo. Allí ardía una pálida mancha del color de una brasa.
—¿La Estrella del Conquistador?
—inquirió el duque.
—La notan. Ha llegado el momento
—afirmó una vez más Cama¬ris, y al retroceder otro paso pareció estar a punto
de rodar montaña abajo—. ¡Que Dios me dé fuerzas! Ya no resisto más.
Josua echó una mirada a Isgrimnur, en
busca de apoyo. El du¬que avanzó, y entre él y el príncipe volvieron a sujetar
a Camaris.
—Entrad en la tienda —suplicó Josua—.
Fuera hace demasiado frío.
Pero sir Camaris se soltó con una
energía que no dejaba de asombrar al duque, y su mano buscó por unos instantes
la plateada empuñadura de Espina.
—¡Camaris! —exclamó Isgrimnur,
consternado—. ¿Seríais capaz de alzar la espada contra nosotros? ¡Somos
vuestros amigos!
El viejo caballero posó en él unos
ojos extrañamente desenfo¬cados.
Luego, poco a poco, su tensión
pareció reducirse.
—¡Que Dios me asista! Es la espada.
Me canta. Sabe adónde quiere ir. ¡Allí
dentro!
Y el caballero señaló claramente la
oscura mole de Hayholt.
—Nosotros os conduciremos hasta
allí... con la espada —dijo Jo¬sua sin perder la calma—. Pero antes tenemos que
solucionar el pro¬blema de cómo abrir una brecha en los muros.
—Hay otros medios —respondió Camaris,
pero sus fieras energías se habían apagado.
Ya no opuso resistencia a que lo
entrasen de nuevo en la tienda de Josua.
Camaris vació de un solo trago la
copa que Josua había llenado para él, y a continuación se tomó otra. Eso
preocupó a Isgrimnur casi tanto como las extrañas cosas dichas por el anciano
caballero, porque Camaris tenía fama de persona moderada. Ahora, en cam¬bio,
parecía ansiar todo aquello que le aliviara de algún modo el su¬frimiento que
Espina le producía.
Aunque Josua intentó obtener de él
más información —de modo excesivamente cortés, pero a la vez torpe, en opinión
de Isgrimnur—, Camaris no soltó prenda. Desde la noche en el barco, la actitud
de Josua frente al viejo había cambiado, como si su presencia le resul¬tara
sumamente incómoda. El duque se preguntó, y no por primera vez, qué le habría
explicado Camaris.
Al cabo de un rato, el príncipe
renunció a averiguar algo más y reanudó la conversación interrumpida por la
llegada del caballero.
—Ahora sabemos que, en efecto, hay
fuerzas en el interior de la fortaleza... Un considerable número de hombres,
Isgrimnur, tanto mercenarios como miembros de la guardia erkyna. Mi hermano
de¬muestra más paciencia de lo que yo habría esperado de él. Ni si¬quiera
ordenó una salida mientras nosotros desembarcábamos.
—Paciencia... o quizá nos tenga
preparado algo mucho peor —in¬dicó el duque, tirándose de la barba—. Respecto
de eso, ni siquiera tenemos la certeza de que vuestro hermano siga vivo, Josua.
Erchester está casi desierta, y las pocas personas que logramos encontrar no
sabían si el propio Fingil había regresado de la tumba para ocu¬par de nuevo el
Trono de Huesos de Dragón.
—Quizá —contestó el príncipe, poco
convencido—. Pero no puedo librarme de la certidumbre de que, si Elías hubiese
muerto, yo lo presentiría. En cualquier caso, y aunque quien ahora go¬bierne
sea Pryrates o incluso ocupe el trono, nos tocará enfrentar¬nos al Rey de la
Tormenta y a la siniestra estrella de la Alianza del Pergamino.
Isgrimnur hizo un gesto afirmativo.
—Es cierto. Alguien está metido en
esto. Alguien conoce nues¬tros planes. Y, quien fuera, alguien se apoderó de la
espada de vues¬tro padre.
El rostro de Josua se ensombreció.
—Fue un duro golpe. Pero cuando vi
que el Swertclif estaba sin protección, ya temí que no la encontraríamos allí.
—Siempre supimos que sería preciso
penetrar en Hayholt para conseguir esa espada encantada, Dolor —gruñó
Isgrimnur, al mismo tiempo que volvía a tirarse de la barba. La guerra ya era
suficientemente difícil sin esas complejidades de la magia—. Creo que tanto
podemos entrar en busca de una como de dos.
—Si es que se halla en el interior de
las murallas —objetó Josua—. El agujero que había en un lado del túmulo de mi
padre me pareció algo hecho con precipitación... No lo habría esperado de
Pryrates o de mi hermano, que no necesitaban esconder de nadie sus actos.
—Sin embargo, ¿quién más pudo
hacerlo?
—Aún no tenemos ni idea de lo que fue
de mi sobrina, de Simón y del gnomo.
Isgrimnur murmuró:
—Dudo mucho que Miriamele o el joven
Simón se apoderasen de la espada para desaparecer con ella. ¿Dónde están ellos
ahora? Ambos saben lo que Clavo Brillante significa para nosotros.
Una súbita exclamación de Camaris
hizo estremecer al duque.
—¡Todas las espadas! Por los clavos
de Dios, ¡las oigo a las tres! Se cantan unas a otras, y también me cantan a mí
—jadeó—. ¡Ay, Josua, cómo quisiera poder mandarlas callar!
El príncipe se volvió.
—¿Realmente notáis la presencia de
Clave Brillante?
—Sí. Es una voz. No acierto a
explicarlo, pero la oigo... Y tam¬bién a Espina.
—¿Sabéis dónde está?
—No. Ella... La parte que me llama no
se encuentra en un lugar. Pero las espadas desean reunirse en el interior de
las murallas. Tie¬nen prisa. El tiempo apremia.
—Por lo visto, Binabik y los demás
tenían razón. Las horas pa¬san. Si las espadas son de utilidad para nosotros,
hemos de descubrir su paradero y averiguar en qué consiste esa utilidad.
«Chifladuras —pensó Isgrimnur—.
Nuestras vidas, nuestro país, ¡todo ello regido por las locuras de viejas
historias! ¿Qué habría di¬cho Juan el Presbítero, que tanto luchó por echar de
su reino a los in¬mortales y ahuyentar las sombras?»
—No podemos volar por encima de esos
muros, Josua —indicó—. Conseguimos una victoria en Nabban y navegamos hacia el
norte con tanta rapidez que el pueblo lo comentará durante años. Pero no
podemos introducir por los aires un ejército en el castillo de Hayholt, como si
fuera una bandada de estorninos.
—Hay otros modos —susurró Camaris.
Josua le dirigió una mirada cortante;
pero, antes de saber si se trataba de nuevas vaguedades de las espadas cantoras
o, por el con¬trario, de algo útil, en la entrada de la tienda apareció otra
figura acompañada de un terrible soplo de gélido aire y de unos cuantos copos
de nieve.
—Perdón, príncipe Josua. Señor...
—añadió el recién llegado de cara a Isgrimnur.
Era Sludig que llevaba cota de mallas
y yelmo.
—¿Qué hay?
—Recorrimos el lado opuesto del
Swertclif, como vos nos orde¬nasteis.
—¿Y encontrasteis algo?
Josua se puso de pie, haciendo
esfuerzos por mantener inexpre¬sivo el rostro.
—No encontramos nada, pero sí oímos
algo —resolló Sludig, evi¬dentemente exhausto, como si hubiese cabalgado a toda
prisa, sin descanso—. El sonido de unos cuernos, a gran distancia. Procedía del
norte.
—¿Del norte? ¿Y parecía muy lejano?
—Es difícil saber la distancia,
príncipe Josua —contestó Sludig, extendiendo las manos como si pudiese hallar
las palabras mediante el tacto—. No sonaban como otros cuernos que oí antes,
sino más débiles.
—Gracias, Sludig. ¿Hay centinelas en
el Swertclif?
—En la parte más cercana, alteza. No
pueden verse desde el castillo.
—No me importa que los vean —dijo el
príncipe—. Más me preo¬cupa lo que puede caernos encima desde el norte. Si tú y
tus hom¬bres estáis cansados encárgale a Hotvig que tome algunos de sus
sol¬dados de las praderas y que cabalgue con ellos hacia los linderos del
Aldheorte. Y, si ven que alguien se acerca, que regresen sin demora.
—Así lo haré, príncipe Josua.
Sludig salió de la tienda.
Josua se volvió hacia Isgrimnur.
—¿Qué opináis vos? ¿Se propone el Rey
de la Tormenta hacer lo mismo que en Naglimund?
—Es posible. Pero allí teníais muros,
mientras que aquí estamos en campo abierto, sin nada detrás más que el
Kynslagh.
—Sí, pero también contamos con varios
miles de hombres, y no precisamente bobos. Si el principal aliado de mi hermano
cree que vamos a ser tan fáciles de cascar como una nuez, cosa que sucedió
entonces, se llevará un chasco.
Isgrimnur miró al decidido príncipe y
luego a Camaris, que te¬nía la cabeza apoyada en las manos y la vista fija en
la mesa.
«¿Tendrá razón Josua? ¿O somos el
último y enredado cabo del imperio de Juan, que sólo espera un tirón final para
deshilacharse del todo?»
—Creo que será mejor hablar con
algunos de los capitanes —dijo el duque, a la vez que se levantaba para acercar
las manos al brasero para entrar un poco en calor—. Es preferible que nosotros
les anun¬ciemos que alguien se aproxima, que no que se enteren por los
ru-mores. Está visto que no podremos dormir mucho —refunfuñó.
Miriamele fijó la vista en Cadrach.
Ella, que le había oído men¬tir en tantas ocasiones, no podía librarse de la
horripilante certeza de que esta vez decía la verdad.
«O, al menos, la verdad tal como la
ve él», trató de consolarse.
La princesa miró a Binabik, a quien
la concentración hacía en¬trecerrar los ojos, y después estudió de nuevo el
triste rostro de Ca¬drach.
—¿Todo está condenado? ¿Queréis decir
que, aparte del peligro al que nos enfrentamos, acecha algún otro?
—Condenado sin remedio. Y mi papel en
ello no fue pequeño.
—¡Explicaos! —lo interpeló el gnomo.
Yis-fidri parecía poco atraído por
aquella incomprensible y alar¬mante conversación. Movía los dedos con
inquietud, como si va¬cilara.
—Lo que yo digo, gnomo, es que todas
estas corridas por túneles y cavernas no tienen objeto. Tanto si escapamos de
las Zorras Blan¬cas que esperan fuera, como si vuestro príncipe Josua derriba
las pa¬redes o si el mismísimo Dios envía un rayo para convertir en cenizas a
Elías... ¡nada sirve ya!
Ante la seguridad de la voz del
monje, a Miriamele se le encogió el estómago.
—¡Hablad claro de una vez!
Cadrach arrugó la cara.
—¡Misericordioso Aedón! Todo cuanto
pensasteis de mí, es cierro. ¡Todo, Miriamele! —sollozó, y una lágrima le
resbaló por la mejilla—. ¡Que Dios me ayude! Aunque no lo merezco, porque...
¡hice tantos disparates...!
—¿Queréis explicaros, o no?
Como si el último arrebato superase
lo que el dwarrow podía aguantar, éste se alejó rápidamente para reunirse con
sus susurran¬tes congéneres del otro lado de la cueva.
Cadrach se enjugó los ojos y la nariz
con su sucia manga.
—Ya os conté mi captura por
Pryrates...
—Lo hicisteis, sí.
Miriamele, por su parte, había
relatado la historia a Camaris y a otros, en Sesuad’ra, por lo que no vio la
necesidad de repetirla.
—Os dije que, después de mi traición
a los libreros, Pryrates me había arrojado afuera, creyéndome muerto.
—En efecto.
—Pues bien... Eso no era cierto. Al
menos, no había ocurrido en¬tonces. Pryrates me mandó espiar a Morgenes y a
otros a los que yo conocía de mis tiempos de Portador del Pergamino.
—¿Y lo hicisteis?
—Si pensáis que dudé, señora,
ignoráis lo furiosamente que un beodo y cobarde puede aferrarse a la vida... O
el miedo que me in¬fundía la ira de Pryrates. Lo conocía, ¿sabéis? Me constaba
que las heridas que me había producido en su torre no eran nada en com¬paración
con lo que haría, si de veras se proponía hacerme sufrir.
—¿De manera que espiasteis para él?
¿Espiasteis a Morgenes?
Cadrach meneó la cabeza.
—Lo intenté. ¡Por el Árbol, y cómo lo
intenté! Pero Morgenes no era tonto. Sabía que yo estaba en un tremendo
aprieto, y que el sa¬cerdote rojo nos conocía a ambos de otras épocas. Me dio
de comer y alojamiento por una noche, pero sospechaba de mí y, por
consi-guiente, se aseguró de que yo no pudiese descubrir nada, en sus aposentos
ni en sus palabras, que tuviera utilidad para un tipo como Pryrates. Creo que
mis esfuerzos sólo sirvieron para que Morgenes comprendiera que le quedaba
menos tiempo del supuesto.
—O sea que fracasasteis.
Miriamele no entendía adónde conducía todo aquello, pero un profundo temor
se iba apoderando de ella.
—Sí. Y yo estaba aterrorizado. Cuando
regresé a la Torre de Hjeldin, Pryrates estaba furioso. Sin embargo, no me mató
ni me hizo algo todavía peor, como yo había temido. Me formuló una serie de
preguntas sobre Du Svardenvyrd. Me figuro que, entonces, él ya es-taba dominado
por el Rey de la Tormenta y empezaba a tratar con él. ¡Como si un mortal
pudiese negociar de manera ventajosa con semejante ser! —exclamó Cadrach,
despectivo—. Dudo que Pryrates se haya dado cuenta de lo que dejó entrar por su
puerta.
—Ya hablaremos más tarde de lo hecho
por Pryrates —intervino Binabik—. Ahora decidnos qué hicisteis vos.
—Unas y otras cosas están menos
distanciadas de lo que suponéis —le respondió el monje—. Pryrates me formuló
muchas preguntas, pero para quien ha leído Du Svardenvyrd y, dicho más claro,
para una persona como yo, que me sé tan de memoria el libro de Nisses que sus
palabras aún atormentan mi mente a diario, fue fácil adivi¬nar lo que había
detrás de esas preguntas. De algún modo, Pryrates había sido alcanzado por el
Rey de la Tormenta, y ansiaba saber algo sobre las tres Grandes Espadas.
—De modo que el sacerdote alquimista
tiene noticia de las espa¬das —dijo Miriamele con angustia—. En tal caso, me
imagino que fue él quien se llevó a Clavo Brillante del túmulo.
Cadrach levantó la mano.
—Pryrates me trató muy duramente por
mi fracaso con Morgenes. Después me ordenó preparar un mensaje para el viejo
Jarnauga, allá en el norte, pidiendo información referente al Rey de la
Tormenta. Yo sospecho que el alquimista buscaba la manera de de¬fenderse de su
nuevo y peligroso amigo. Me obligó a escribir ese mensaje bajo su vigilancia, y
luego lo mandó por medio de un go¬rrión que le había robado a Morgenes. A
continuación me dejó en libertad, porque estaba seguro de que, pudiendo
localizarme él de forma tan rápida, yo no escaparía.
—Pero escapasteis —señaló Miriamele—.
Al menos, eso me dijisteis.
—Al final, sí—declaró el monje—. Pero
no entonces. Tenía dema¬siado miedo. Al mismo tiempo supe que Jarnauga no
contestaría. El rimmerio y Morgenes tenían más relación entre sí de lo que
Pryra¬tes creía, y yo no dudé que el doctor había comunicado ya a Jar¬nauga mi
inesperada visita. En cualquier caso, Jarnauga había vi¬vido años enteros a la
sombra del Pico de las Tormentas y no habría abierto su pecho a nadie sin tener
la absoluta certeza de que no ha¬bía sido tocado por la larga mano de Ineluki.
Comprendí, pues, que la impostura que Pryrates me había forzado a cometer no
servía para nada, y que, cuando el sacerdote rojo lo descubriese, ya no me
necesitaría. Mi único valor era el de haber leído el libro de Nisses y ser un
ex Portador del Pergamino. Pero yo ya había contestado a to¬das sus preguntas
con respecto al libro, y ahora averiguaría que los demás Portadores del
Pergamino me habían retirado su confianza años atrás...
Se interrumpió, luchando contra sus
tremendas emociones.
—Proseguid —dijo Miriamele, con más
suavidad que antes.
Por mal que el monje se hubiese
portado, ahora parecía sufrir de verdad.
—Estaba aterrorizado. Francamente
aterrorizado. Sabía que me quedaba muy poco tiempo, antes de la inevitable e
inútil respuesta de Jarnauga. Ansiaba huir, pero Pryrates se enteraría en el
acto, si yo abandonaba Erchester, y con sus artes sabría adónde había ido. Me había marcado en aquella
elevada cámara de su torre y, por consi¬guiente, me encontraría en cualquier
lugar.
Llegado a este punto, Cadrach hizo
una pausa para controlarse mejor.
—Así pues —continuó—, pensé y pensé y
pensé. Pero, para ver¬güenza mía, debo confesar que no en busca de una manera
de huir de Pryrates y desbaratar sus planes. ¡No! En mi embrutecimiento y mi
temor, sólo pensaba en el modo de satisfacer a tan horrible amo y de
convencerlo para que me perdonara mi miserable vida.
Durante unos momentos, el temblor le
impidió hablar.
—Yo había reflexionado mucho sobre
las preguntas de Pryrates —explicó—. Principalmente sobre las tres Grandes
Espadas. Era evi¬dente que poseían unos poderes extraordinarios y que, sin
duda, significaban algo muy importante para el Rey de la Tormenta. De lo que
nadie más que yo se daba cuenta, en mi opinión, era de que una de las espadas,
la llamada Minneyar, era en realidad Clavo Bri¬llante, la hoja enterrada con el
rey Juan.
—¿Y vos lo sabíais? —preguntó
Miriamele, pasmada.
—Cualquier conocedor de los libros de
historia lo hubiera sospe¬chado —replicó Cadrach—. Tengo el convencimiento de
que Morgenes estaba enterado, aunque sólo se lo había confiado a su libro
so¬bre vuestro abuelo, de modo que únicamente quienes supieran qué debían
buscar lograrían encontrarlo, y la cosa quedaba así alejada del dominio
general. En cualquier caso —dijo, ya un poco más se¬reno— tuve acceso a las
mismas fuentes que el doctor Morgenes y mi opinión era la suya, aunque no la
había compartido nunca con na¬die. Y cuanto más reflexionaba sobre los rumores
que circulaban por el mercado, según los cuales Elías no tocaría la espada de
su pa¬dre, que contra toda costumbre había enterrado junto a su progeni¬tor,
más convencido estuve de que mi suposición no era sólo proba¬ble, sino
totalmente acertada.
«Así pues, decidí que si lo que Du
Svardenvyrd parecía sugerir también era cierto, que si las únicas armas temidas
por el Rey de la Tormenta eran las Tres Grandes Espadas, ¿qué mejor regalo
podía yo llevarle a Pryrates que una de las espadas? Las tres se daban por
perdidas. Si yo conseguía una de ellas, me dije, Pryrates me conside¬raría
útil.
Miriamele miró al monje con asco y
asombro.
—¡Traidor! —jadeó—. ¿Fuisteis vos
quien sustrajo la espada de la tumba de mi abuelo? ¿Para dársela a Pryrates?
¡Dios os maldiga si así fue, Cadrach!
—Podéis desearme todo el mal que
queráis, y lo haréis con toda la razón. No obstante, esperad a escuchar toda la
historia.
«Tuve buen motivo para intentar
ahogarlo en la bahía de Emettin —pensó la princesa—. ¡Ojalá no lo hubiesen
sacado del agua!»
Pero con un enojado gesto le ordenó
proseguir.
—Fui al Swertclif, en efecto —explicó
Cadrach—. Pero las tumbas estaban estrechamente vigiladas por los soldados del
rey. Por lo visto, Elías quería mantener a salvo la tumba de su padre. Aguardé
dos noches, en espera de poder acercarme al túmulo, pero ese mo¬mento no se
produjo. Y, entonces, Pryrates me mandó llamar. Sus investigaciones habían dado
fruto, y su voz estaba en mi cabeza. ¡No os imagináis lo que eso significa! Me
obligó a presentarme ante él, temeroso como un chiquillo desobediente...
—Cadrach, ¡fuera hay nornas
esperando! —lo interrumpió Binabik—. Hasta ahora, de poca ayuda nos ha servido
vuestra historia.
El monje tuvo para él una mirada
fría.
—Nada podrá ayudarnos. Es,
precisamente, lo que trato de ex¬poner... Pero nadie os obliga a escuchar.
—¡Lo explicaréis todo! —rugió
Miriamele, dando rienda suelta a su ira—. Luchamos por nuestras vidas. ¡Hablad!
—Pryrates me llamó de nuevo. Como yo
ya sabía, me dijo que la información enviada por Jarnauga no tenía valor
alguno, y que re¬sultaba obvio que el viejo rimmerio no confiaba en mí. «No
sois de utilidad para mí, Padreic-ec-Crannhyr», me anunció el alquimista.
»“Y ¿si os puedo notificar algo muy
útil?”, pregunté entonces. Mejor dicho, no pregunté, sino que supliqué. “Si me
perdonáis la vida, os serviré con fidelidad. Sé más cosas que os interesarán.”
»Pryrates soltó una carcajada cuando
dije eso. Se rió, sí, y pro¬metió perdonarme la vida si de veras le daba una
información va¬liosa, aunque sólo fuese una. Yo le expliqué, pues, que las
Grandes Espadas eran de mucha importancia para él, y que se habían per¬dido,
pero que yo sabía dónde se hallaba una.
»“¿Vas a contarme que Dolor está en
poder de las nornas del Pico de las Tormentas?”, contestó desdeñoso. “¡Eso ya
lo sabía!”
»Yo meneé la cabeza. De hecho, yo no
estaba enterado de eso, pero enseguida sospeché cómo lo había averiguado. “¿O
que Espina no se hundió en el mar con Camaris?”, continuó Pryrates. Yo le
re¬velé inmediatamente lo que había descubierto: que Minneyar y Clavo Brillante
eran una misma cosa, y que una de las espadas se encontraba enterrada a menos
de una legua de donde nosotros nos ha¬llábamos. En mi afán por ganarme su
favor, llegué a decirle que ha¬bía intentado robarla para llevársela a él.
Miriamele frunció el entrecejo.
—¡Y pensar que yo veía a un amigo en
vos, Cadrach! ¡Si hubieseis tenido la más leve idea de lo que eso podía
significar para todos no¬sotros...!
El monje hizo caso omiso de su
comentario, y con gesto torvo obedeció la orden de continuar el relato.
—La reacción de Pryrates consistió en
nuevas risas. «¡Oh, qué pena, Padreic!», se carcajeó. «¿Es ésa tu gran labor de
espionaje? ¿Su¬pones que eso va a salvarte? Antes de que tú entrases por vez
primera en esta torre, yo ya sabía qué era en realidad Clavo Brillante. Y si
hu¬bieras sacado la espada de su lugar de reposo, te habría arrancado los ojos
y la lengua con mis propios dedos. ¡Permanecerá sobre el pecho en
descomposición de Juan hasta el momento debido. Cuando lle¬gue la hora, la
espada vendrá! ¡Todas las espadas vendrán!»
Miriamele experimentó una gran
confusión.
—¿Que la espada irá? ¿Pryrates sabía
dónde estaba Clavo Bri¬llante y quiso que siguiera allí? No entiendo nada—dijo,
volviéndose desconcertada hacia Binabik, tan extrañado como ella—. ¡Por Elysia!
¿Qué nos contáis, Cadrach?
—El alquimista lo sabe todo —declaró
el monje con cierta negra satisfacción en la voz—. Estaba enterado de lo que
era Clavo Bri¬llante, sí, y de dónde se hallaba. Sin embargo, no vio la
necesidad de mover la espada. Tengo el convencimiento de que todo cuanto
vuestro tío y estos... recientes Portadores del Pergamino —dijo, seña¬lando a
Binabik— proyectan, es cosa ya bien sabida para Pryrates, que se divertirá al
verlo suceder.
—Pero ¿cómo puede ser esto? ¿Cómo es
que Pryrates no teme al único poder capaz de llevar a la perdición a su amo?
—musitó la princesa, todavía perpleja—. ¿Qué significa esto, Binabik?
El gnomo había perdido la calma. Alzó
sus tembloroso dedos para pedir con ese gesto unos momentos de reflexión.
—Hay mucho que considerar. Tal vez
Pryrates tenga un plan para traicionar al Rey de la Tormenta. Quizá se proponga
restringir el poder de Ineluki con la amenaza de las espadas. ¿Dijo
exacta¬mente «todas las espadas vendrán»? ¿Esas mismas palabras?
El monje asintió.
—Lo sabe todo, y quiere que vengan
Clavo Brillante y las demás espadas.
—No le veo sentido a nada de eso
—opinó Binabik, ansioso—. ¿Por qué no coger la hoja de Juan el Presbítero y
esconderla hasta que llegue el momento esperado por él?
Cadrach se encogió de hombros.
—¿Quién lo sabe? Pryrates recorrió
extraños caminos y aprendió cosas muy misteriosas.
Cuando el susto se le calmó un poco,
Miriamele notó que de nuevo crecía en ella la furia contra el monje, cebándose
en el propio miedo.
—¿Cómo podéis seguir estando ahí tan
cómodo? Si no nos trai¬cionasteis a mí y a todos los que merecen mi afecto, no
fue por falta de intentos. Supongo que Pryrates os soltó para que espiarais un
poco más. ¿Fue por eso que buscasteis la manera de acompañarme cuando me marché
de Naglimund? Yo pensaba que os valíais de mí para sacar el máximo provecho...
—dijo la princesa, presa de la deses¬peración—. Pero no: ¡trabajabais para
Pryrates!
Y dio media vuelta, incapaz de mirar
por más tiempo al monje.
—¡No, mi señora! —protestó Cadrach y,
cosa rara, parecía doli¬do y preocupado—. ¡El alquimista no me soltó! Y yo...,
yo no volví a servirle.
—Si esperáis que crea eso —contestó
Miriamele con gélido odio—, estáis loco de remate.
—¿Tenéis algo que añadir? —inquirió
Binabik, cuyo cauteloso respeto inicial hacia el monje se había transformado en
un áspero sentido práctico—. Porque aún estamos atrapados aquí, expuestos a un
peligro espantoso, si bien poca cosa podemos hacer, en mi opi¬nión, hasta que
las nornas demuestren que son capaces de forzar la puerta de los dwarrows.
—Poco más. No, Miriamele. Pryrates no
me dejó en libertad. Como os he explicado, había comprobado que yo no tenía
utilidad para él. Ya os lo conté mientras desembarcábamos: yo ni siquiera
merecía más torturas. Alguien me golpeó con un garrote, y luego fui arrojado de
allí como la basura tirada detrás de la mansión de un rico. Lo que no
corresponde a la verdad es que me dejaran por muerto en el bosque de Kyns, como
yo os había contado. Me echa¬ron a un pozo de las catacumbas que pasan por
debajo de la Torre de Hjeldin... Y allí fue donde desperté. A oscuras.
Hizo una pausa, como si sus recuerdos
resultasen todavía más penosos que las horribles cosas ya explicadas. Miriamele
no dijo nada. Se sentía furibunda y, a la vez, vacía. Si lo expuesto por
Ca¬drach era verdad, posiblemente no tuvieran salvación. Si Pryrates era tan
poderoso, si había ideado una estratagema para someter a su voluntad al propio
Rey de la Tormenta, no le quedaba a ella más re¬medio que tratar de ver a su
padre para convencerlo de la necesidad de poner fin a la guerra, aunque el
endemoniado sacerdote encon¬traría siempre la manera de que todo sucediera a su
gusto.
No había esperanza, pues. Y producía
una sensación extraña pensar en ello. Por muy precaria que fuese su situación,
Josua y sus aliados siempre se habían aferrado a la débil esperanza que
represen¬taban las espadas. Pero ahora, sin esa confianza... Miriamele
experi-mentó mareo. Le parecía haber traspasado una puerta familiar, sólo para
hallar un insalvable abismo al otro lado.
—Estaba vivo, pero herido y atontado.
Y me encontraba en un si¬tio horrible. ¡Nadie tendría que visitar los negros,
negros lugares exis¬tentes debajo de la torre de Pryrates! Y subir hubiera
significado esca¬par a través de la torre y por delante del alquimista. Eso no
podía salir bien. La única y diminuta suerte que tuve, era que probablemente me
creía muerto. En consecuencia seguí... otro camino. Hacia abajo.
Cadrach tuvo que descansar un poco y
enjugarse el sudor de la pálida cara, pese a que en la caverna no hacía
precisamente calor.
—Cuando estábamos en el Wran —le dijo
de súbito a Miriamele—, me faltó valor para penetrar en el nido de ghants,
porque... porque aquello me recordaba demasiado los túneles debajo de la Torre
de Hjeldin.
—¿Estuvisteis aquí antes? —inquirió
entonces la princesa, con in¬voluntaria atención—. ¿Aquí, en las profundidades
del castillo?
—Sí, pero no en los mismos lugares
que vos, y a los que yo os se¬guí —respondió el monje, a la vez que volvía a
secarse la frente—. ¡Que el Rescatador me proteja! Ojalá mi huida hubiese sido
a través de las partes de este vasto laberinto que vos visteis. El camino
se¬guido por mí fue mucho peor. ¡Mucho, mucho peor! —agregó Ca¬drach después de
buscar en vano otras palabras.
—¿Peor? ¿Por qué?
—No os lo diré —respondió el monje—.
Hay diversas formas de en¬trar y salir, y no todas son... normales. No pienso
hablar más de ello, y, si vos pudieseis echar una ojeada a parte de lo que yo
encontré, agradeceríais que no os diera detalles. Pero tenía la sensación de
llevar años enteros bajo tierra, y vi y oí y sentí cosas..., cosas que...
El hombre calló, estremecido.
—No lo expliquéis, pues. De todos
modos, no os creo. ¿Cómo lograsteis escapar sin que os atraparan? Según vos,
Pryrates podía encontraros en cualquier parte y haceros regresar.
—Aún conservaba, y conservo, unas
pequeñas nociones del Arte, y conseguí cubrirme de... una especie de niebla. Es
por eso que vos no os visteis llamada a Sesuad’ra, como Tiamak y los demás. A
no¬sotros no nos hallaron.
—En tal caso, ¿por qué no os
escondisteis antes de Pryrates, cuando os hizo acudir, y no huisteis en vez de
quedaros y tener que espiar y acechar para él como el más miserable traidor del
mundo?
Miriamele estaba enfadada consigo
misma por dejarse arrastrar de nuevo a una discusión. La enojaba
extraordinariamente el hecho de haber desperdiciado su confianza y su
preocupación en alguien ca¬paz de haber actuado como aquel monje. Lo había
defendido de¬lante del mundo, y ahora resultaba que la tonta era ella. Cadrach
no era más que un traidor.
—¡Porque Pryrates me cree muerto!
—contestó el monje, casi en un grito—. Si supiera que vivo, me encontraría
enseguida. Disiparía mi pobre niebla protectora con la fuerza de un vendaval, y
yo me vería desnudo e indefenso. ¡Por todos los dioses habidos y por ha¬ber,
Miriamele! ¿Por qué os imagináis que tenía tanta prisa en aban¬donar el barco
de Aspitis? Desde que me di cuenta de que el conde era uno de los servidores de
Pryrates, no podía apartar de mi mente el temor de que le contara a su amo que
yo aún vivía. ¡Ay, Aedón! ¿Por qué suponéis que, cuando volvimos a encontrarlo
en la Tierra de los Lagos, os supliqué que lo mataseis? Sólo puedo confiar en
que Pryrates no recuerde el nombre de «Cadrach», pese a haberlo utilizado yo
antes —agregó, enjugándose otra vez el sudor de la frente—. Pero usé muchos
nombres, de modo que ni ese demonio de túnica roja podría conocerlos todos.
—De manera que alcanzasteis la
libertad a través de los túneles —injirió Binabik—. ¡Kikkasut! En efecto, este
lugar es como nuestra ciudad de cuevas de Mintahoq... ¡Casi todo lo importante
ocurre debajo de la roca!
—¿La libertad? —replicó Cadrach con
un bufido—. ¿Cómo podría considerarse libre quien viviese con lo que yo sabía?
Sí, al fin inicié el camino de subida desde las máximas profundidades. Creo que
es¬taba loco. Me encaminé al norte, bien lejos de Pryrates y de Hayholt, aunque
en aquel momento no tenía ni idea de adónde
iría a parar. Por último terminé en Naglimund, creyendo que donde
esta¬ría más seguro sería en un sitio contrario a Elías y a su principal
con¬sejero. Sin embargo, pronto comprendí que también Naglimund sería atacado y
destruido, por lo que acepté el ofrecimiento que me hacía lady Vorzheva de
acompañar al sur a Miriamele.
—Acabáis de decir que no erais libre
a causa de cuanto sabíais —señaló la princesa, despacio—. Empero, no
compartíais esos cono¬cimientos con nadie. Quizá sea eso lo peor de todo lo
hecho por vos, Cadrach. El miedo a Pryrates puede conduciros a actuar de
ma-nera terrible, pero veros libre de sus garras y no decir nada... ¡mien¬tras
los demás nos devanábamos los sesos y luchábamos y sufríamos y moríamos...!
¡Eso no tiene perdón!
La joven meneó la cabeza, tratando de
que las palabras pronun¬ciadas reflejaran todo el desprecio que sentía.
Pero el monje la miró sin pestañear.
—Ahora ya me conocéis a fondo,
princesa Miriamele.
Se produjo un largo silencio, sólo
interrumpido por el débil sonsonete de los murmullos entre los dwarrows.
Binabik fue el pri¬mero en interrumpirlo.
—Ya hemos hablado bastante de esos
asuntos. Necesito tiempo para reflexionar sobre lo dicho por Cadrach. Pero una
cosa está clara: Josua y los demás buscan la espada llamada Clavo Brillante, y
ya tienen otra, Espina. Proyectan traerlas aquí, si pueden, pero igno¬ran por
completo lo que este individuo afirma con respecto a Pryra¬tes. Aunque no
tuviésemos otro motivo para sobrevivir y escapar, ahora tenemos uno muy
importante. Pero... —añadió, apretando el puño— lo que aguarda al otro lado de
la puerta constituye nuestro primer obstáculo. ¿Cómo lograremos salir?
—¿No habremos perdido ya la
oportunidad, escuchando la his¬toria de traiciones del hermano Cadrach?
—inquirió Miriamele, des¬pués de una profunda respiración—. Antes había ahí
fuera un pu¬ñado de nornas... ¿Cuánto tardará en haber un ejército?
Binabik lanzó una mirada al monje,
pero éste apoyaba la cara en sus manos.
—Hemos de procurar escapar. Aunque
sólo uno de nosotros so¬breviviera para transmitir la noticia, podríamos
considerarnos vic¬toriosos.
—Y, aunque todo estuviera perdido
—dijo Miriamele—, al menos algunas nornas no alcanzarán a verlo. Yo me
contentaría con una victoria semejante.
La princesa se dio cuenta de que
hablaba muy en serio y, en ese momento parte de ella pareció enfriarse y quedar
sin vida.
XXVII
MARTILLO DE DOLOR
P
ríncipe Jiriki... ¡Por fin nos
encontramos!
Josua hizo una reverencia y le tendió
la mano izquierda. El aro de hierro que llevaba en la muñeca era un recuerdo de
sus día de prisión.
El sitha, por su parte, hizo una rara
inclinación y luego estrechó entre su mano la de Josua. Isgrimnur presenciaba
atónito la extraña escena.
—Príncipe Josua...
El sol recién salido confería unos
tintes dorados a los blancos ca¬bellos de Jiriki y también a la nieve que
cubría el suelo.
—El joven Seomán me habló mucho de
vos. ¿Está aquí?
Josua frunció el entrecejo.
—No, y lo lamento de veras. Tenemos
mucho de que hablar..., muchas cosas que explicaros, y vos, sin duda, también
traeréis noti¬cias interesantes. No sé quién de nosotros debiera dar la
bienvenida al hogar al otro —dijo por último, alzando la vista hacia los
impo-nentes muros de Hayholt, engañosamente acogedores a la luz del amanecer.
El sitha esbozó una fría sonrisa.
—Éste ya no es nuestro hogar,
príncipe Josua.
—Pues yo tampoco estoy seguro de que
sea el mío. Pero entrad. Es absurdo que permanezcamos aquí, en medio de la
nieve. ¿Os apetece compartir nuestro desayuno?
Jiriki hizo un gesto negativo.
—Agradezco la amable invitación, pero
prefiero esperar —con¬testó, mirando en dirección a sus sitha, que se habían
extendido a través de la ladera y rápidamente montaban su campamento. Las
primeras tiendas, de vivos colores, surgían como flores en la nieve—. Mi madre,
Likimeya, conversa con mi hermana, creo, y también yo quisiera hablar un rato
con Aditu. Si sois tan amable de venir a la tienda de mi madre cuando el sol
asome por encima de los árboles, acompañado de vuestros hombres que consideréis
necesarios, podemos iniciar las conferencias. Como vos decís, hay mucho de que
tratar.
El sitha hizo un breve y elegante
saludo, se inclinó de nuevo y se alejó.
—¡Vaya cara! —gruñó Isgrimnur—.
¡Haceros ir a vos!
—Primero fue su castillo —respondió
Josua con una queda risa—. Aunque no piensen reclamarlo.
—Mientras nos ayuden a expulsar a los
bastardos, supongo que podemos visitarlos en su casa —refunfuñó el duque, y de
pronto en¬trecerró los ojos—. ¿Qué diablos es ahora eso?
Un solitario jinete había subido la
colina por detrás del campa¬mento sitha. Era más alto y de constitución más
fuerte que los in¬mortales, pero se tambaleaba cansado en la silla.
—¡Loado sea Dios! —exclamó Isgrimnur,
y dio un grito de ale¬gría—. ¡Es Isorn! ¡Eh, Isorn!
Agitó los brazos, y el jinete, que
había levantado la vista, espoleó a su caballo ladera abajo.
—¡Padre! —jadeó, después de desmontar
y recibir un osuno abrazo del duque—. ¡No puedo expresar lo feliz que me hace
veros! Esta brava montura hernystira —dijo, al mismo tiempo que daba unas
palmadas a su gris corcel— mantuvo el paso casi todo el tiempo con los sitha
desde Naglimund. ¡Cabalga tan aprisa! Sólo al fin que¬damos atrás.
—No importa, no importa —rió
Isgrimnur entre dientes—. Lo único que yo quisiera es que tu madre no estuviese
en Nabban. ¡Bendito seas, hijo! Verte me alegra el corazón.
—¡Y a mí! —agregó Josua—. Es una
dicha teneros aquí. ¿Qué hay de Eolair? ¿Cómo está Hernystir? Por ahora, poco
dijo Jiriki.
Isorn hizo una fatigada reverencia.
—Os explicaré todo cuanto queráis,
Josua. Pero antes... ¿tenéis algo que comer? ¿Y un poco de bebida?
—¡Ven! —contestó Isgrimnur a la vez
que rodeaba los hombros de su alto hijo—. Permite que tu viejo padre se apoye
en ti unos minu¬tos. En Nabban me cayó un caballo encima, ¿sabes? Pero aún daré
mucha guerra. Y ahora vamos a desayunar juntos. ¡Esta mañana nos ha bendecido
Aedón!
La tarde se había oscurecido y
soplaba un fuerte viento que za¬randeaba las paredes de la tienda. Los
silenciosos sitha habían insta¬lado relucientes globos de luz que ahora
semejaban pequeños soles.
El duque Isgrimnur empezaba a
sentirse inquieto. Le dolía la espalda, y llevaba tanto rato apoyado en unos
cojines —¿cómo se las arreglaba una tropa sitha para viajar incluso con
almohadones?— que temía no poder levantarse sin ayuda. Ni siquiera la presencia
de Isorn, sentado junto a él, lograba evitar que se pusiera de mal humor.
Los sitha habían destruido a Skali y
a sus hombres. Estas eran las primeras noticias transmitidas por Isorn. Los
inmortales habían de¬vuelto la cabeza del jefe del clan de Kaldskryke a
Hernysadharc, metida en un saco. Isgrimnur comprendía que debía alegrarse de
que el hombre que le había arrebatado su ducado y causado tanta desgracia a
Rimmersgardia y Hernystir estuviera muerto, pero prin¬cipalmente sentía los
años que pesaban sobre él y los achaques, así como cierta iracunda vergüenza.
La venganza que en voz tan alta había jurado tomarse en Naglimund, había sido
llevada a cabo por otro. Y, si recuperaba Elvritshalla, sería porque los sitha
la habían conquistado para él. Eso no le sentaba bien. El infortunado Isgrimnur
tenía que esforzarse por prestar atención a las cosas que pare¬cían fascinar a
Josua y los inmortales.
—Todo eso referente a las casas y
estrellas está muy bien —dijo malhumorado—, pero... ¿qué vamos a hacer,
exactamente?
Y cruzó los brazos sobre su pecho.
¡Alguien tenía que acelerar el asunto! Aquellos sitha de dorados ojos eran como
un ejército de Josuas, aparentemente dispuestos a conversar y reflexionar el
día del Juicio Final, sin tener en cuenta el candente problema de Hayholt.
—Tenemos máquinas para el asedio, si
sabéis qué son —conti¬nuó—. Podemos hundir las puertas o, incluso, cavar
túneles por de¬bajo de los muros. Pero Hayholt es más resistente que cualquier
otro edificio de Osten Ard, y tardaríamos lo nuestro. Mientras tanto, tenemos
encima la Estrella del Conquistador...
Likimeya, a la que Isgrimnur suponía
la reina de los sitha pese a que nadie parecía darle tal título, volvió hacia
él su mirada ligera¬mente viperina. Al rimmerio le costó resistirla.
«Esos ojos me hielan la sangre. ¡Y
yo, que consideraba extraña a Aditu!»
—Tenéis razón, mortal. Si nuestro
sentido común y el saber de vuestros Portadores del Pergamino aciertan, nos
queda poco tiempo. Derribamos los muros de Naglimund en cuestión de días, pero
eso no fue óbice para que los hikeda’ya hicieran lo que se habían pro-puesto.
Al menos, eso creemos. Aquí no podemos permitirnos co¬meter semejante error
—añadió Likimeya de cara a Josua.
El príncipe bajó la cabeza, caviloso.
—¿Qué otra cosa cabe hacer, sin
embargo? Como Isgrimnur in¬dicó anoche, no podemos volar por encima de las
murallas.
—Hay otras maneras de entrar en el
castillo al que vosotros lla¬máis Hayholt —señaló Likimeya, y el alto y moreno
sitha sentado junto a ella asintió—. Imposible introducir un ejército a través
de los pasadizos, ni es eso lo que quisiéramos, pero sí podemos, y debe¬mos,
enviar suficientes fuerzas. La mano de Ineluki está en todo eso. Sin duda
alguna, él o vuestros enemigos mortales se han asegurado de que los accesos se
hallen bien protegidos. Pero si logramos des¬viar la atención del enemigo hacia
lo que sucede aquí, fuera de las murallas, quizás haya modo de hacer penetrar
un pequeño grupo.
—¿A qué otras maneras os referís?
—inquirió Josua, con el entre¬cejo fruncido.
—A los túneles —dijo Camaris de
pronto—. Los hay de entrada y de salida. Juan los conocía. Uno, por ejemplo, da
al acantilado si¬tuado debajo de la Puerta del Mar.
El anciano tenía un aspecto algo
extraño, como si en cualquier momento pudiera ponerse a desvariar de nuevo.
Likimeya hizo un gesto afirmativo, y
con ello tintinearon las ti¬ras de piedras pulidas entretejidas en sus
cabellos.
—Exactamente, aunque opino que
podemos elegir una entrada mejor que las cuevas existentes a lo largo del
acantilado. No lo olvi¬déis, príncipe Josua: Asu’a fue nuestra, en su día, y
muchos de noso¬tros ya vivíamos cuando aún era la gran casa de los zida’ya.
Conoce-mos, pues, todos los caminos secretos.
—La espada —murmuró Camaris sin dejar
de pasar la mano por el pomo de Espina—. Quiere entrar. Ha...
El caballero se interrumpió y cayó en
un mutismo. Durante todo el día se había mostrado deprimido, pero ahora
Isgrimnur no pudo dejar de observar que parecía menos intimidado por la
pre¬sencia de los sitha que cualquiera de los demás mortales reunidos en la
tienda de Likimeya. Hasta Tiamak y Strangyeard, investigadores de las antiguas
ciencias, permanecían con los ojos muy abiertos y en silencio, excepto si se
veían forzados a decir algo, cosa que hacían de modo vacilante.
Fuera, el viento arreció.
—He aquí otro misterio, quizás el más
importante —habló Jiriki—. Vuestro hermano tiene una de las Grandes Espadas,
príncipe Josua. Este caballero mortal, Camaris, posee otra. ¿Dónde está la
tercera?
Josua meneó la cabeza.
—Como ya os informé, desapareció de
la tumba de mi padre.
—¿Y qué utilidad tendrán si
conseguimos reunir todas las espa¬das? —prosiguió Jiriki—. Creo que uno de los
hombres que introduz¬camos por debajo de los muros debe ser Camaris. No podemos
ex¬ponernos a encontrar las otras dos espadas y tener fuera esta hoja negra
—advirtió, a la vez que estiraba sus largos dedos—. Lamento más que nunca que
Eolair y yo no lográsemos dar con los tinukeda’ya de Mezutu’a..., aquellos a
quienes vosotros llamáis dwarrows. Saben más que nadie acerca de la forjadura y
la tradición de las es¬padas, y desde luego fueron los creadores de Minneyar.
No cabe duda de que podrían habernos explicado muchas cosas.
—¿Mandar al castillo a Camaris? ¿A
través de esas cavernas subte¬rráneas? —preguntó Josua con poco convencimiento,
y en sus pala¬bras se reflejaba casi el desespero—. Posiblemente nos espere la
más cruenta batalla vivida en Osten Ard. Con toda certeza será una de las más
importantes, al menos, y... ¿pretendéis que hagamos adelan¬tarse a nuestro más
formidable guerrero?
Cuando Josua miró al anciano
caballero, Isgrimnur volvió a no¬tar en el príncipe la preocupación que ya
había observado antes. ¿Qué le habría dicho Camaris?
—Pero indudablemente comprenderéis el
sentido de lo que dice mi hermano, príncipe Josua —intervino Aditu, que a lo
largo de toda la tarde había guardado un silencio casi respetuoso—. Si todos
los presagios, todos los sueños, los rumores y la murmurada tradi-ción
corresponden a la verdad, serán las Grandes Espadas las que desbaraten los
planes de Ineluki, y no los hombres y ni siquiera los inmortales, por mucho que
luchen delante de las puertas del casti¬llo. Que yo sepa, todos vuestros planes
se rigen por esta convicción.
—Entonces, y dado que Espina es
propiedad de Camaris, ¿sólo él puede entrar con la espada? ¿Y no por las
puertas o asaltando las murallas con el ejército detrás de él, sino como un
vulgar ladrón?
—Espina no me pertenece —replicó
Camaris, que parecía tener dificultad para hablar despacio y de forma
coherente—. Yo creo lo contrario. ¡Dejadme ir, Josua, por Aedón! Esta dichosa
hoja no tar¬dará en hacerme enloquecer.
El príncipe contempló largamente al
viejo caballero, y entre ellos se produjo algo que no necesitaba palabras.
—Tal vez tenga sentido lo que vos
decís, sí —admitió Josua por fin—. Pero para nosotros será muy duro perder a
Camaris... Prescindir de él cuando nos enfrentemos a la batalla... Para los
hombres representará un golpe, porque cuando siguen a Camaris se creen
invencibles. —Quizá no convenga decirles que se ha ido —indicó Aditu.
Josua se volvió hacia ella,
desconcertado.
—¿Qué? ¿Cómo puede esconderse algo
semejante?
—Opino que mi hermana ha hablado
sabiamente —dijo Jiriki—. Si confiamos en tener la posibilidad de introducir a
sir Camaris en el castillo de vuestro hermano..., y no estará solo, Josua, ya
que lo acompañarán unos zida’ya bien conocedores de esos lugares..., será sin
trompetazos ni anuncios de lo que hemos hecho. Por el contra¬rio, hay que hacer
ver que Camaris continúa aquí, incluso cuando el asedio haya comenzado.
—¿El asedio? Pero si nuestra única
esperanza consiste en las espa¬das y el golpe por sorpresa es esa compañía que
introducimos por vuestros secretos caminos, ¿qué objeto tiene exponer las vidas
de otros? —exigió saber el príncipe, con enojo—. ¿Pretendéis que sacrifi-quemos
hombres en un sangriento asedio que empieza demasiado tarde para tener éxito?
Likimeya se inclinó hacia adelante.
—Es preciso sacrificar hombres y
también zida’ya —declaró.
Isgrimnur creyó distinguir en sus
ambarinos ojos un centelleo que podía significar cierto sentimiento o incluso
dolor, pero ense¬guida rechazó tal idea. Un ser tan severo y distinto sólo
podía tener en cuenta la fría conveniencia.
—En caso contrario —prosiguió
Likimeya—, anunciamos a nues¬tros enemigos que tenemos otras esperanzas. Sería
como gritarle que aguardamos el resultado de alguna otra estratagema.
—¿Por qué? —inquirió Josua...
Isgrimnur vio que sufría terrible¬mente—. Todo jefe militar sabe que más vale
intentar matar de ham¬bre a un enemigo que perder vidas de hombres en un empeño
de conquistar gruesas murallas de piedra.
—Vosotros estáis acampados junto a
los zida’ya. Quienes ahora nos vigilan desde detrás de esos muros tienen un
pacto con Ineluki. Algunos pueden ser incluso nuestros parientes, los
hikeda’ya, y sa¬brán que los Hijos del Amanecer ven en el cielo la estrella
roja. La Estrella del Conquistador, como vosotros la llamáis, nos avisa que
sólo disponemos de un par de días, como mucho, y que lo que vues¬tro brujo
mortal proyecte hacer en nombre de Ineluki, tiene que suceder pronto. Si
fingimos ignorar ese hecho, no engañaremos a nadie. Hemos de iniciar el asedio
inmediatamente, y nuestros res¬pectivos pueblos tienen que luchar como si no
quedara otra solu¬ción. ¿Y quién sabe? Tal vez no exista para nosotros. No
todas las historias terminan de manera feliz, príncipe Josua. Nosotros, los
Nacidos en el Jardín, lo sabemos de sobra.
Josua se volvió hacia Isgrimnur como
si buscara apoyo en él.
—Así pues, enviamos a las
profundidades de la tierra a nuestro mejor guerrero, que además infunde valor a
todos. Y desperdicia¬mos las vidas de nuestros soldados en un asedio que no
puede aca¬bar bien. ¿Me he vuelto loco, duque Isgrimnur? ¿Es esto todo cuanto
nos queda?
El rimmerio se encogió de hombros,
desanimado. Era penoso ver el sincero sufrimiento de Josua.
—Lo que dicen los sitha nene sentido.
Lo lamento, Josua. Tam¬bién a mí me duele.
El príncipe alzó la mano en un gesto
de resignación.
—En tal caso haré lo que todos
vosotros consideráis acertado. Desde que mi hermano ocupó el trono, yo tuve que
enfrentarme a un horror detrás de otro. Como uno de mis maestros dijo en cierta
ocasión, parece ser que Dios nos da forma con un martillo de dolor en un yunque
de obligaciones. No acierto a imaginarme qué forma tendremos cuando El haya
acabado. —Suspiró y, recostándose en su asiento, indicó a los demás que
prosiguieran—. Sólo os pido que Camaris cuente con una buena protección. Lleva
consigo lo único que aún no poseíamos cuando mi hermano y el Rey de la Tormenta
des¬truyeron Naglimund..., y desde entonces hemos perdido muchas cosas.
Isgrimnur miró al anciano caballero,
que parecía sumido en sus pensamientos, fijos los ojos en nada visible, y los
labios en movi¬miento.
El rey estaba oculto en el pasadizo
situado encima de la entrada de la fragua. Los soldados, ya nerviosos, se
asustaron al ver cómo la enfundada forma salía de entre las sombras. Uno de
ellos llegó a de¬senvainar la espada hasta que Pryrates le ordenó a gritos que
la guar¬dara. Elías, en cambio, parecía no darse cuenta de lo que,
normal¬mente, hubiera constituido un error fatal para un joven soldado.
—Pryrates —graznó el rey—. No ceso de
buscar y buscar. ¿Dónde se ha metido mi escanciador? ¡Tengo la garganta tan
seca...!
—Yo os ayudaré, majestad.
El sacerdote clavó sus ojos, negros
como el carbón, en los atur¬didos hombres, que inmediatamente apartaron la
vista o la bajaron para mirarse el pecho.
—El capitán conducirá a estos
soldados a las murallas. Aquí ya hemos terminado —agregó, y con un aleteo de su
roja manga les mandó marcharse.
Cuando el ruido de sus pisadas se
desvaneció en el corredor, Pryrates tomó delicadamente por un brazo al rey, de
modo que éste pudiera apoyarse en él. El inexpresivo rostro del monarca es¬taba
blanco como el pergamino, y su lengua lamía sin descanso los labios.
—¿Dijisteis que habíais visto a mi
copero?
—Yo os atenderé, majestad. Temo que
no volvamos a ver a Hengfisk.
—¿Se..., se ha pasado a los otros?
—preguntó Elías con la cabeza ladeada, como si la traición tuviera un sonido—.
Están alrededor de las murallas. Debéis de saberlo. Mi hermano y esas criaturas
de ojos brillantes... —jadeó, a la vez que se llevaba una mano a la boca—. Vos
asegurasteis que serían destruidos, Pryrates. ¡Que todos aquellos que me
opusieran resistencia serían aniquilados!
—¡Y así será, mi señor!
El sacerdote ayudó a Elías a
descender por el pasillo y lo guió a través del laberinto de corredores, en
dirección a la residencia. Pasa¬ron junto a una ventana abierta, por la que
penetraba la nieve y se derretía en el suelo formando charcos. Fuera, la Torre
del Ángel Verde resaltaba imponente contra las arremolinadas nubes de
tor¬menta.
—Vos mismo los aniquilaréis,
majestad, con lo que empezará la edad de oro.
—En la que ya no habrá más dolor
—gimió Elías—. No odiaría tanto a Josua si no me hubiese causado tanto
padecimiento. Y si, además, no me hubiese robado a mi hija. Al fin y al cabo,
es mi her¬mano... —y el rey apretó los dientes como si acabara de recibir una
puñalada—, y la familia es sangre...
—Y la sangre representa una magia
poderosa —musitó Pryrates, como si hablara consigo mismo—. Lo sé, mi rey. Pero
él y los suyos se volvieron contra vos. Por eso os busqué nuevos amigos... Unos
ami¬gos muy poderosos.
—Sin embargo, no podéis sustituir a
la familia —respondió Elías, un poco triste—. ¡Ay, Dios, Pryrates, que me
abraso! ¿Dónde está ese maldito copero?
—Un poco más allá, majestad. Sólo un
poco más allá.
—La noto, ¿sabéis? —resolló Elías.
Yacía en su colchón, tan podrido en
muchos puntos que por to¬das partes asomaba la crin. En la mano sostenía con
fuerza una su¬cia copa ya vacía.
Pryrates se detuvo en la puerta.
—¿Qué notáis, majestad?
—La estrella, la estrella roja
—contestó Elías, y señaló el techo lleno de telarañas—. Está arriba, mirándome
con la fijeza de un ojo. Oigo sin cesar su canto.
—¿Su canto?
—Sí, lo que canta la estrella..., o
lo que la espada le canta a la es¬trella. No sé cuál —dijo, y el rey dejó caer
la mano, que recorrió la larga vaina como una gran araña blanca—. Canta en mi
cabeza. «Es hora, es hora», repiten las voces una y otra vez —explicó con una
fea y cascada risa—. En ocasiones despierto para encontrarme vagando por el
castillo, sin saber cómo llegué hasta allí. Pero oigo la canción y noto cómo la
estrella arde en mi interior, tanto si es de día como de noche. Tiene una
llameante cola, parecida a la de un dragón... Voy a salir a reunirme con ellos.
—¿Cómo?
Pryrates volvió junto al lecho del
rey.
—Sí, voy a reunirme con ellos... Con
Josua y los demás. Quizá sea éste el momento indicado por la espada. El momento
de demostrar¬les que no soy como se imaginan. Y de que su resistencia es
absurda. Son... —añadió con las manos en la cara— son mi sangre, Pryrates.
—Señor, yo... —intentó objetar el
sacerdote, súbitamente inse¬guro—. Son vuestros enemigos, Elías. Sólo quieren
vuestro hundi¬miento.
La risa del rey fue casi un sollozo.
—Y vos queréis sólo mi bien, ¿no es
así? ¡Por eso, cada noche desde que me llevasteis a aquella colina, tengo unas
pesadillas que ni Dios impondría a los pecadores del infierno! ¡Por eso me
duele y arde tanto el cuerpo, que apenas puedo contener los gritos!
Pryrates frunció el entrecejo.
—Habéis sufrido mucho, majestad, pero
conocéis el motivo. La hora se aproxima rápidamente. No permitáis que vuestros
tormen¬tos sean inútiles.
—¡Largaos! —contestó el rey con un
gesto de la mano—. No tengo ganas de hablar más. Haré lo que me parezca mejor.
Soy el dueño de este castillo..., de este país. ¡Largaos! —repitió con un
violento ade¬más—. ¡Me encuentro mal, diantre!
El alquimista hizo una reverencia.
—Rezaré por que logréis descansar,
majestad. Me voy.
Cuando Pryrates abandonó la estancia,
el rey tenía la vista fija en las sombras del techo.
Después de permanecer un buen rato en
el corredor, en total si¬lencio, el sacerdote se acercó de nuevo a la cerrada
puerta y pasó la mano repetidas veces por los goznes, el marco y el picaporte,
a la vez que movía los labios sin producir sonido alguno. Finalmente esbozó una
misteriosa sonrisa y se alejó a toda prisa por el pasillo con duro taconeo de
sus botas.
Tiamak y Strangyeard iban muy juntos
cuando descendieron por la ladera. Ya no caía la nieve, pero formaba una espesa
capa en el suelo y, pese a la distancia relativamente corta que separaba el
cam¬pamento sitha de las fogatas del ejército del príncipe, los dos com-pañeros
avanzaban despacio.
—Quedaré helado de un momento a otro
—dijo Tiamak entre castañeteos de dientes—. ¿Cómo es posible que vuestro pueblo
re¬sista esto?
También Strangyeard tiritaba.
—Para todos hace un frío terrible. Y
eso que nosotros contamos con gruesas paredes para protegernos, y con buenos
fuegos... Al me¬nos, los más afortunados.
El clérigo tropezó y cayó de rodillas
sobre un montón de nieve. Tiamak lo ayudó a levantarse. La parte inferior de
las vestimentas del hombre había quedado cubierta de diminutos cristales
blancos.
—Me siento tentado de soltar una
blasfemia —confesó Strang¬yeard con una risa que nada tenía de alegre, y su
aliento formó una pequeña nube.
—Apoyaos en mí —le ofreció Tiamak,
porque el sacerdote de triste cara y cabellos tan en desorden le daba pena—.
Algún día tenéis que visitar el Wran. No todo es agradable allí, pero nunca
hace frío.
—En este m... momento me parece un
sitio mu... muy at... tractivo.
El viento había arrastrado consigo
los nubarrones, y el cielo apa¬reció salpicado de pálidas estrellas. Tiamak las
contempló y dijo:
—¡Parecen tan cerca!
Strangyeard alzó la mirada, se
tambaleó por espacio de un ins¬tante y por fin se enderezó. La Estrella del
Conquistador pendía casi encima de Hayholt, un llameante agujero en la
oscuridad, con una cola semejante a una chorreadura de sangre.
—Está cerca—señaló el clérigo—. Lo
siento. Plesinnen escribió que tales estrellas arrojaban malos aires sobre el
mundo. Yo n... nunca ha¬bía hecho mucho caso de eso, hasta ahora... Pero si
jamás existió una estrella capaz de desprender p... pestilencia, es ésta
—tartamudeó, al mismo tiempo que se estrechaba el cuerpo con sus propios
brazos—. A veces me pregunto si no son éstos los días finales, Tiamak.
El wran prefería no pensar en cosas
semejantes.
—Aquí, todas las estrellas resultan
un poco extrañas. Creo que reconozco a la Nutria o al Escarabajo Arenero,
aunque aquí parecen alargadas y distintas.
Strangyeard entrecerró su único ojo.
—También yo encuentro cambiadas a las
estrellas —di]o, temblo¬roso, con la vista clavada en la nieve, que le llegaba
hasta las rodi¬llas—. Estoy asustado, Tiamak.
Y los dos continuaron en dirección al
campamento.
—Lo peor de todo —opinó Tiamak con
las manos cerca del fuego— es que no tenemos mejor respuesta para nuestras
preguntas que cuando Morgenes le envió a Jarnauga el primer gorrión. El plan
del Rey de la Tormenta es un auténtico rompecabezas, y lo mismo sucede con
nuestra idea para impedirle llevar el suyo a cabo.
La pequeña tienda se llenaba de humo
a pesar de la abertura existente junto al punto superior, mas eso preocupaba
poco a Tiamak, en tales momentos. Hasta cierto punto, lo hacía sentirse más en
casa.
—Eso no corresponde totalmente a la
verdad —replicó Strang¬yeard entre toses, mientras trataba de apartar el humo—.
Sabemos unas cuantas cosas. Por ejemplo, que Minneyar es Clavo Brillante.
—Pero aquel hernystiro tuvo que venir
a decírnoslo —gruñó Tiamak—. Sin embargo, vos no necesitáis sentiros incómodo,
Strang¬yeard. Tengo entendido que contribuisteis mucho a la localización de
Espina. Yo, en cambio, hice bien poco para justificar el título de miembro de
la Alianza del Pergamino.
—Sois demasiado duro con vos mismo
—respondió el archivero—. Nos trajisteis la página del libro de Nisses que nos
permitió recupe¬rar a Camaris.
—¿Lo habéis mirado a los ojos,
Strangyeard? ¿No fue en realidad una maldición para él? Ahora, además, parece
volver a perder la ra¬zón del todo. Deberíamos haberlo dejado solo.
El sacerdote se puso de pie.
—Perdonadme, por este humo...
Levantó el ala de la puerta y la
agitó con fuerza. Un soplo de gé¬lido aire empujó buena parte del humo hacia
adentro, y nueva¬mente dejó helados a sus dos ocupantes.
—Lo lamento —musitó Strangyeard,
compungido.
Tiamak le indicó que volviera a
sentarse.
—No os preocupéis. Estamos un poco
mejor. Al menos, ya no me escuecen tanto los ojos. Y en cuanto a la Quinta
Casa..., ¿visteis lo nerviosos que parecían los sitha? Aunque dijesen que no
sabían lo que eso significaba, yo creo que tienen conocimiento de algo, y no
les gusta.
El wran encogió sus delgados hombros.
Ya le había explicado Aditu que lo que los sitha no querían discutir, siempre
sería un se¬creto. Eran unos seres muy corteses, pero capaces de una terca
va¬guedad cuando decidían no hablar de algo.
—En cualquier caso, supongo que
importa poco. El asedio co¬mienza mañana a primera hora. Camaris y los demás
intentarán pe¬netrar en el castillo, y sucederá lo que determinen Los Que
Vigilan Y Dan Forma.
Strangyeard lo miró con su ojo
descubierto, enrojecido y lagri¬moso.
—Vuestros dioses wrans no parecen
daros demasiado consuelo, Tiamak.
—Son los míos —contestó el hombre de
los pantanos—. Dudo mucho que los vuestros me proporcionasen más paz. ¡Oh! Lo
siento, Strangyeard —se apresuró a agregar al comprobar la entriste¬cida
expresión del compañero—. No quise ofenderos. Simplemente estoy enojado... y
tan asustado como vos.
«¡Dioses, no permitáis que pierda a
mis amigos! ¡Porque, en tal caso, no me quedaría nada!»
—Es lógico —dijo el archivero con un
suspiro—. Me pasa lo—mismo que a vos. No puedo evitar la sensación de que me
espera algo importante... Algo elemental, como vos indicasteis. Noto su
presencia, pero no logro sujetarlo —se quejó, contemplándose las entrelazadas
manos—. Es desesperante. Resulta obvio que cometi¬mos un error, o que lo
cometeremos. Es como si repasara de arriba abajo un libro de sobra conocido, en
busca de una página leída con frecuencia, sin encontrarla. No os extrañe, pues,
que ninguno de los dos esté contento, amigo.
Tiamak sintió una breve emoción al
oír la palabra «amigo», si bien no tardó en volver a dominarlo la pesadumbre.
—Algo me preocupa a mí también —le
confesó al archivero.
—¿Qué es eso?
Strangyeard se inclinó hacia adelante
y alzó el ala de la puerta durante un segundo para dejarla caer enseguida.
—He comprendido que debo penetrar en
las profundidades con Camaris y los demás.
—¿Cómo? ¡Bendita Elysia, Tiamak! Pero
si no sois guerrero...
—Exactamente. Ni Camaris, ni ninguno
de sus acompañantes sitha leyeron jamás el libro de Morgenes, ni estudiaron los
archivos de Naglimund, como vos, ni compartieron la sabiduría de Jarnauga y
Dinivan y la valada Geloë. En consecuencia tiene que ir alguien que posea esos
conocimientos. De otro modo, ¿qué ocurrirá si los componentes del grupo
consiguen las espadas y luego no saben uti¬lizarlas? ¡No tendremos una segunda
oportunidad!
—En tal caso, ¡suerte! Supongo que
debería ir yo, dado que fui quien tuvo más tiempo para estudiar todo eso.
—Sí, Strangyeard, mi buen amigo de
las tierras secas. De todos nosotros, vos sois sin duda quien más sabe acerca
de las espadas. Pero sólo tenéis un ojo, y ni con éste veis bien. Además me
lleváis muchos años y no estáis acostumbrado a trepar ni a entrar en luga¬res
difíciles y salir de ellos. Si Binabik de Yiqanuc se hallase aquí, le cedería
el puesto deseándole mucha suerte, ya que tiene más prác¬tica que yo en todo
eso y posee una gran habilidad, aparte de que se expone menos que nosotros a
quedar atascado en uno de los angos¬tos túneles. Pero Binabik no está, perdimos
también a la sabia Geloë, y todos los viejos Portadores del Pergamino están
muertos. Así pues, me toca ir a mí. Vos me enseñasteis mucho, en un breve
espa¬cio de tiempo. Todavía me duran las pesadillas referentes al nido de
ghants: veo las imágenes que veía y percibo mi propia voz en la ne-grura. Y
temo que esto sea aún peor.
Después de un largo silencio, el
sacerdote se puso a rebuscar en sus pertenencias y por fin sacó un odre.
—Tomad. Es una fuerte bebida a base
de bayas. Jarnauga la trajo consigo a Naglimund. Dijo que protegía del frío
—explicó con una risa nerviosa—. Creo que nos conviene, ¿no? Probad un poco.
Y le pasó el pequeño odre a Tiamak.
El licor era dulce y producía una
intensa sensación en el paladar. Tiamak lo tragó y luego repitió. Al devolverle
el odre a Strangyeard, comentó:
—Es bueno, pero tiene un sabor raro.
Yo estoy acostumbrado a la ácida cerveza de helechos. Dadle un tiento.
—Temo que sea demasiado fuerte para
mí... —balbuceó el archi¬vero—. Lo saqué para vos.
—Un poco os servirá para entrar en
calor, y quizás os ayude in¬cluso a alejar ese escurridizo pensamiento de que
hablabais.
Strangyeard vaciló, pero al fin se
llevó el odre a los labios. Tomó un minúsculo sorbo, lo paseó por la boca y
bebió otro poco. Tiamak se alegró al ver que no se atragantaba.
—Quema... —murmuró el sacerdote,
perplejo.
—Eso parece, ¿no? —comentó el wran,
recostándose en una de las alforjas del amigo—. Bebed otro sorbo y pasadme de
nuevo el licor. Necesitaré más que un par de tragos, antes de comunicarle a
Josua mi decisión.
El odre estaba casi vacío. Tiamak
había oído el cambio de cen¬tinelas en el exterior, por lo que dedujo que se
acercaba la media¬noche.
—Debiera irme —dijo, atento al sonido
de sus propias palabras, y se sintió orgulloso de lo bien articuladas que
estaban—. Debiera irme porque tengo que notificarle al príncipe lo que voy a
hacer.
—Lo que vais a hacer, sí —asintió
Strangyeard, que sostenía con una tira de cuero el odre y lo balanceaba en el
aire—. ¡Bien, bien!
—Me levantaré dentro de unos
instantes —indicó Tiamak.
—Quisiera que Geloë estuviese aquí.
—¿Geloë? ¿Aquí? —repitió Tiamak,
ceñudo—. ¿Bebiendo con no¬sotros este licor rimmerio?
—No... Bueno, supongo que sí —dijo
Strangyeard empujando el odre con su mano libre, para que volviera a
bambolear—. Para que nos hablara. Era muy sabia. Impresionaba un poco, eso sí.
¿A vos no os daba miedo? Aquellos ojos... —recordó, y en la frente se le
forma¬ron arrugas al pensar en la alarmante mirada de Geloë—. Pero era una
mujer entera, que inspiraba confianza.
—¡Claro que la echamos de menos!
—exclamó el wran, a quien costó lo suyo ponerse de pie—. Fue terrible.
—¿Por qué hicieron eso... aquellos
seres? —preguntó el archivero.
—¿Matar a Geloë?
—No, a Camaris —contestó Strangyeard
a la vez que, con cui¬dado, depositaba el odre encima de una manta—. ¿Por qué
mataron a Camaris? No —se corrigió con una avergonzada sonrisa—. Quiero decir
que... ¿por qué intentaron matar a Camaris? ¿Precisamente a él? No tiene
sentido.
—Querían apoderarse de la espada. De
Espina.
—¡Ah! Quizá fuera eso.
Tiamak salió de la tienda como pudo.
El helado aire fue como un golpe para él. El wran miró al sacerdote, que lo
había seguido.
—¿Adónde vais?
—Os acompaño —declaró Strangyeard
como si fuese lo más natu¬ral—. A decirle a Josua que bajo con vos a los
túneles.
—¡De ningún modo! —replicó Tiamak con
firmeza—. Sería un disparate. Ya os lo dije antes.
—De cualquier forma iré con vos. A
hablar con el príncipe —res¬pondió el sacerdote archivero, a quien ya le
castañeteaban los dien¬tes—. ¡No podía permitir que salierais solo a este mundo
de hielo!
Dio unos pasos tambaleantes, se paró
para mirar al cielo y frunció el entrecejo.
—¡Fijaos en la estrella roja! Mala
cosa... Es la que nos causa todos los problemas. Las estrellas debieran
dejarnos en paz, pero ¡no tene¬mos miedo! —agregó, puño en alto—. ¡No nos
asustan!
—Bebisteis demasiado —señaló el wran,
cogiendo a Strangyeard por el codo.
—Es posible, sí—admitió éste.
Josua observó cómo el archivero y el
wran salían de su tienda a la cruda noche, y se volvió hacia Isgrimnur.
—Nunca lo hubiese creído.
—¿Un sacerdote borracho? —respondió
el duque con un bostezo, no obstante la tensión que le encogía el estómago—. No
es nada ex¬traño.
Sentía una sorda presión detrás de
los ojos. Era más de media¬noche, y el día que se acercaba prometía ser
terrible. Necesitaba dormir.
—Quizá, pero ¿un Strangyeard ebrio?
—insistió Josua, meneando lentamente la cabeza—. Creo que Tiamak hace bien en
ir, sin em¬bargo. Por lo que vos dijisteis, es muy útil.
—Enjuto como un podenco —declaró
Isgrimnur—. Valiente, ade¬más, y tan bienhablado que no estoy acostumbrado a
ello. Confieso que no creía tan cultos a los wrans. Para Camaris es una gran
cosa llevar consigo a Tiamak, pese a su cojera. Esa lesión es consecuencia de
la mordedura de un cocodrilo. ¿Lo sabíais?
Pero Josua tenía la mente ocupada en
otras cosas.
—Así pues, dos mortales forman ya
parte de nuestro contingente —musitó, frotándose la sien—. No soy capaz de
pensar en nada más. Parece que hayan transcurrido tres días desde que hoy salió
el sol. Mañana iniciaremos el asedio, y al anochecer tendremos tiempo
su¬ficiente de tomar la decisión final respecto de quién va.
Dicho esto, Josua se levantó y
contempló casi con ternura a Ca¬maris, tendido en un jergón en el otro extremo
de la tienda. De vez en cuando, el anciano se movía en sueños. El escudero
Jeremías, que parecía encariñarse con la gente que sufría, se había enroscado
sobre un montón de mantas cerca de los pies del viejo caballero.
—¿Encontraréis el camino de regreso?
—le preguntó Josua al du¬que—. Tomad la linterna.
—Lo encontraré sin problemas. Sin
duda alguna, Isorn aún es¬tará contando historias con Sludig y los demás
—contestó con un nuevo bostezo—. ¿Acaso no hubo un tiempo en que también
noso¬tros podíamos pasar toda la noche bebiendo para luego luchar por la mañana
y volver a beber después?
—Quizá fuera ése vuestro caso, tío
Isgrimnur —dijo el príncipe, ligeramente sonriente—. Yo nunca tuve tanta
resistencia. ¡Dios os conceda un buen reposo!
Isgrimnur gruñó algo, cogió al fin la
lámpara y salió de la tienda. Josua quedó dentro, sin dejar de contemplar al
dormido Camaris.
Las nubes de tormenta se habían
dispersado. Las estrellas espar¬cían un débil resplandor sobre las silenciosas
murallas de Hayholt. La Estrella del Conquistador parecía colgada encima mismo
de la Torre del Ángel Verde, como una llama en lo alto de una vela.
«¡Desaparece, maldita estrella de mal
augurio!», exigió, pero de sobra sabía que aquello no le haría caso.
Tiritando en medio de la nieve, se
abrió paso muy despacio en dirección a su tienda.
—¡Despierta, Jeremías! ¡Eh, tú,
chico!
El joven escudero se incorporó,
todavía medio dormido.
—¿Qué pasa?
Josua estaba de pie a su lado, medio
vestido.
—Se ha ido. Debe de hacer ya mucho
rato.
El príncipe se puso el talabarte y,
seguidamente, se agachó para recoger del suelo su capa.
—¿Qué? ¿Quién se ha ido, príncipe
Josua?
—¡Camaris, diantre, Camaris! Ven a
ayudarme. O no: llama a Is¬grimnur y procura reunir a algunos hombres. ¡Que
traigan antor¬chas!
El príncipe tomó una tea del fuego y
salió al exterior. Allí exa¬minó el nevado suelo, en busca de posibles huellas
del caballero en¬tre las otras muchas que ya había. Al fin se decidió por unas
pisadas que conducían colina abajo, hacia el Kynslagh. Momentos después ya
había dejado atrás el resplandor de los escasos fuegos del campamento aún
encendidos. La luna ya no lucía en el cielo, mientras que la Estrella del
Conquistador seguía brillando como un faro.
El rastro serpenteaba de manera
constante, pero, apenas recorri¬dos cien metros, Josua comprobó sin lugar a
dudas que Camaris se había encaminado a los acantilados situados al este del
dique pro¬tector de Hayholt. Y, en efecto, a lo lejos, distinguió una pálida
fi¬gura que avanzaba por el borde de las rocas, perfilada contra el muro de
vacía negrura que era el Kynslagh.
—¡Camaris!— gritó el príncipe.
La figura no se detuvo, sino que
continuó por el borde como un títere cuyas cuerdas se hubieran enredado. Josua
echó a correr, aun¬que se hundía en la nieve, y no redujo la marcha hasta
alcanzar los acantilados.
—Camaris —jadeó con engañosa calma—,
¿adónde vais?
El anciano se volvió para mirarlo. No
llevaba capa, y su camisa era agitada por el viento. Incluso a la luz de las
estrellas, se veía algo raro en su postura.
—Soy Josua —dijo el príncipe, que
levantó los brazos como si fuese a abrazar al viejo—. Regresad conmigo. Nos
sentaremos a ha¬blar junto al fuego.
Camaris lo miró como si las palabras
de Josua fueran ruidos causados por animales y, luego, inició el descenso por
las rocas. El príncipe lo siguió.
—¡Deteneos, Camaris! ¿Adónde vais?
—insistió, y a él mismo le costaba mantener el equilibrio en la fangosa
pendiente—. ¡Regresad conmigo!
El caballero dio una brusca media
vuelta y desenvainó a Espina. A pesar de parecer asustado y confundido,
manejaba la espada con increíble maestría. Su cuerno Cellian se balanceaba
colgado del ta¬halí, distrayendo así la mirada de Josua.
—Es la hora —murmuró Camaris, aunque
el choque de las olas contra la orilla apenas permitía oír su voz.
—¡No podéis hacer eso! —suplicó
Josua—. No estamos prepara¬dos. Tenéis que esperar a que los demás puedan ir
con vos. ¡Volved atrás!
Y dio un par de resbaladizos pasos
hacia abajo. De repente, Camaris blandió la espada y describió con ella un
amplio y plano arco. Apenas resultó visible el movimiento del acero, pero
produjo un silbido al pasar por delante mismo del pecho de Josua.
—¡Por la sangre de Aedón! ¿Es que no
me reconocéis, Camaris?
El príncipe dio un paso atrás. El
anciano alzó su arma, dispuesto a atacar de nuevo.
—¡Ha llegado la hora! —voceó y
blandió el arma, esta vez con in¬tención de matar.
Josua retrocedió instintivamente,
pero sus pies patinaron y, aunque él trató de conservar la estabilidad haciendo
girar los brazos, cayó vertiente abajo, por la alta hierba y el barro y las
piedras, hasta quedar tendido en un montón de sucia nieve, donde permaneció un
buen rato, gimiendo de dolor.
—¿Príncipe Josua? —dijo entonces una
voz desde lo alto—. ¿Estáis ahí abajo?
Josua logró levantarse, aunque no sin
dificultad. Camaris había bajado a la playa y parecía un fantasma que siguiera
la rocosa faz del acantilado.
—Estoy aquí, sí—le contestó a
Jeremías—. Pero... ¡diablos! ¿Dón¬de está el duque?
—Ya viene, pero todavía no lo veo
—respondió el joven, muy exci¬tado—. Volví después de avisarle. ¿Bajo a
ayudaros? ¿Estáis herido?
Josua buscó a Camaris con la vista y
lo descubrió parado, vaci¬lante, delante de una de las negras cuevas existentes
en la pared del acantilado. Momentos después desaparecía en su interior.
—¡No! —gritó Josua, añadiendo de cara
a Jeremías—: ¡Corre en busca de Isgrimnur y dile que se dé prisa! Camaris se ha
metido en una de esas cuevas... ¡Yo indicaré en cuál! Lo perderemos, si no nos
apresuramos. Voy a sacarlo de allí.
—Vos..., vos... —protestó el
escudero—. ¿Cómo vais a seguirlo vos?
—¡No puedo permitir que penetre allí
solo! Está loco, y sabe Aedón lo que podría sucederle. En un sitio semejante es
fácil despe¬ñarse, perder la orientación... Yo lo sacaré de la cueva como sea,
aunque tenga que pelear con él y traerlo a hombros. Pero, ¡por lo que más
quieras!, dile a Isgrimnur que venga con las antorchas y los hombres. ¡No
pierdas tiempo, muchacho!
Jeremías dudó unos instantes, pero al
fin desapareció de la vista del príncipe. Josua avanzó a gatas hasta donde su
propia antorcha había quedado chisporroteando en un fangoso saliente, y acabó
de descender a la playa. Rápidamente llegó al lugar donde Camaris se había
introducido en la cueva. Esta resultó ser algo diferente de las demás que se
abrían a lo largo del acantilado. El príncipe reunió al¬gunas piedras y las
amontonó al lado de la entrada. Luego se aden¬tró en la oquedad con la antorcha
en alto.
Isgrimnur miró atónito a los
soldados.
—¿Qué queréis decir con eso de que no
está?
El hombre adoptó una actitud de
disculpa y, a la vez, de defensa.
—Simplemente eso, duque Isgrimnur. La
cueva forma varios ra¬males. Nos pareció ver algunas marcas en las paredes,
como si estu¬vieran hechas con el extremo de una antorcha, mas no encontramos a
nadie. Recorrimos también los demás túneles, que parecen aguje¬ros abiertos por
gusanos. Aquello es un laberinto.
—¿Y lo llamasteis a gritos?
—Voceamos el nombre del príncipe con
todas nuestras fuerzas, pero nadie contestó.
Isgrimnur contempló el hueco
existente en la pared de roca y se dirigió a Sludig.
—¡Que el Rescatador nos proteja!
—exclamó—. ¡Los hemos perdi¬dos a los dos! Tendremos que pedir a los sitha que
procuren seguir¬los. Yo volveré antes de la salida del sol —añadió, de cara al
soldado—. Hasta entonces no dejéis de buscar y llamar.
El hombre asintió.
—Sí, señor.
Isgrimnur se tiró brevemente de la
barba e inició el camino de regreso por la playa.
—¡Ay, Josua! —suspiraba—. ¡Qué tonto
fuisteis! Pero yo también. ¡Todos fuimos unos tontos!
XXVIII
CAMINOS ABANDONADOS
B
inabik le tocó el brazo.
—¿En qué pensáis, Miriamele?
—En lo que podemos hacer —respondió
la joven, que sen¬tía dolorosos latidos en la cabeza. La caverna parecía
estrecharse a su alrededor—. Hemos de salir, ya sea de un modo o de otro. ¡No
quiero verme atrapada aquí dentro!
Contuvo el aliento y echó una mirada
a Cadrach, acurrucado junto a la pared en el otro extremo de la cueva.
—¿Cómo pudo hacer semejantes cosas,
Binabik? ¿Cómo fue ca¬paz de traicionarnos de esa manera?
—Entonces aún no os conocía —señaló
el gnomo—. Por consi¬guiente, no sabía que os traicionaba a vos.
—¡Pero no nos lo confesó después! No
nos dijo nada, ¡con el tiempo que pasamos juntos!
Binabik bajó la cabeza.
—Ahora ya está hecho. Debemos pensar
en otras cosas —aconse¬jó y, con un gesto de la mano, señaló a los dwarrows
sentados en círculo mientras cantaban en voz baja—. Me dijeron que, en su
opi¬nión, las nornas llegarán pronto. Poco falta para que caiga la guarda. La
puerta no resistirá mucho más.
—¡Muy bonito! Y ellos, entretanto,
sentaditos esperando —gruñó Miriamele con amargura—. Los comprendo tan poco
como a Ca¬drach.
Sin poderse contener, dio unos pasos
en dirección a Yis-fidri y lo increpó:
—¿Cómo sois capaz de perder el tiempo
mirando a las musarañas cuando tenemos al otro lado de la puerta a las nornas?
¿No os dais cuenta de lo que nos sucederá, Yis-fidri?
Su voz había sonado muy estridente,
pero no le importaba.
Los dwarrows la miraron inquietos y
boquiabiertos. Miriamele pensó que parecían pajarillos en un nido.
—Esperamos... —contestó Yis-fidri.
—¡Ya lo veo! Simplemente, esperáis
—replicó ella, temblorosa de ira. Los dwarrows aguardaban a que aquellos seres
blanquinosos como vientres de pescado entrasen y se apoderaran de ellos..., de
ella y del gnomo, también—. ¿Por qué no abrirles la puerta, pues? ¿Para qué
prolongar más esta tortura? Binabik y yo lucharemos por conse¬guir la libertad,
y es probable que nos maten. Moriremos por vuestra culpa, por habernos traído a
esta trampa en contra de nuestra volun¬tad, mientras vosotros aguardáis sentados
a que os asesinen. ¡No le veo ningún sentido a esperar más!
Yis-fidri la miró con ojos saltones.
—Pero... quizá se vayan...
—¡No me digáis que creéis eso!
¡Vamos, abrid la puerta!
El miedo de la princesa iba en
aumento, crecía en ella como las olas de un mar azocado por la tormenta. Se
indinó, agarró la delgada muñeca del dwarrow y tiró de éste, pero Yis-fidri
siguió inmó¬vil como la piedra.
—¡Levantaos de una vez! —chilló,
intentando ponerlo de pie.
Los demás dwarrows susurraban
alarmados entre sí. El rostro de Yis-fidri reflejó consternación, y bastó un
rápido movimiento del poderoso brazo para desprenderse de Miriamele, que cayó
de espal¬das al suelo de la caverna, jadeante.
—¡Miriamele! —exclamó Binabik, y
corrió hacia ella—. ¿Os habéis hecho daño?
La princesa rechazó la mano del gnomo
y se incorporó.
—¡Vaya! —dijo en tono triunfante—.
¡No dijisteis la verdad, Yis-fidri!
El dwarrow la miraba como si ella
echara espuma por la boca y apretó los planos dedos contra el propio pecho,
como si se lo qui¬siera proteger.
—No; no la dijisteis —repitió
Miriamele—. Me apartasteis para que no os forzara a actuar contra vuestra
voluntad. ¿Por qué no os opo¬néis a las nornas, pues? ¿Buscáis la muerte?
Porque, desde luego, las nornas os matarán; nos matarán a todos. O tal vez vuelvan
a conver¬tiros en esclavos. ¿Es eso lo que ansiáis? ¿Por qué os resistís a mí
y, en cambio, no oponéis resistencia a las nornas?
Yis-fidri se volvió brevemente hacia
su mujer, y ella permaneció silenciosa y seria.
—¡Pero si no hay nada que podamos
hacer!
El dwarrows parecía suplicar la
comprensión de Miriamele.
—¡Siempre hay algo que uno pueda
hacer! —replicó la princesa con aspereza—. Quizá no cambie nada, pero al menos
se habrá in¬tentado. Sois fuertes, Yis-fidri. Vuestro pueblo es muy fuerte, y
es mucho lo que podéis hacer. Yo presencié cómo Yis-hadra daba forma a la
piedra. Es posible que antes huyerais siempre, pero ahora no tenemos dónde
escondernos. ¡Luchad con nosotros, diantre!
La mujer dijo algo en lengua dwarrow,
lo que produjo unos murmullos y una rápida réplica de otros miembros del grupo.
In¬tervino Yis-fidri y, a continuación, los dwarrows discutieron entre ellos.
Sus voces borboteaban como el agua contra la roca.
Yis-hadra se alzó al fin.
—Yo me pongo de vuestra parte
—anunció—. Decís verdad: no nos queda adónde
huir, y casi somos los últimos de nuestra raza. Si mori¬mos, no habrá
nadie que cuide de la piedra ni la coseche; nadie que descubra las bellezas que
contiene la tierra. ¡Y eso sería una vergüenza!
Se dirigió luego a su marido y habló
muy deprisa con él. Mo¬mentos después, Yis-fidri cerró sus enormes ojos.
—Haré lo que haga mi esposa —dijo,
aunque con evidente reluc¬tancia—. Pero nosotros no hablamos en nombre de
nuestros compa¬ñeros tinukeda’ya.
—Exponedles la situación, entonces
—lo apremió Miriamele—. ¡Disponemos de muy poco tiempo!
Yis-fidri dudó, pero terminó por
asentir. Los restantes dwar¬rows lo miraron con expresión de temor.
Miriamele se agazapó en la oscuridad.
El corazón le palpitaba con violencia. No veía nada aunque, en apariencia, para
los dwar¬rows bastaba con la luz que despedían los bastones de cristal. La
jo¬ven los oía ir de un lado para otro de la caverna con tanta seguridad como
si ella hubiese cruzado una estancia iluminada por lámparas.
Alargó el brazo para tocar la pequeña
pero confortante forma de Binabik, acurrucado junto a ella.
—Estoy asustada —susurró.
—¿Quién no lo está?
La mano del gnomo buscó la suya.
Miriamele había abierto la boca para
decir algo cuando, en la piedra que tenía detrás, pareció producirse un ligero
movimiento. Primero creyó que era el extraño desplazamiento notado antes,
aquello que había alarmado tanto a Yis-hadra y los otros dwarrows, pero
entonces se formó un tenue resplandor azul en la vacía negrura donde se hallaba
la puerta. No era como ninguna otra luz conocida, ya que no iluminaba nada. Se
trataba sólo de una pulsante raya del color del cielo, que surcaba la
oscuridad.
—Vienen —murmuró.
Los latidos de su corazón se
aceleraron todavía más. Todas sus valerosas palabras de antes le parecían ahora
absurdas. Al otro lado de Binabik oyó la respiración de Cadrach, más sonora y
dura. No le hubiera extrañado que el monje gritara o lanzara una advertencia a
las nornas. Miriamele no creía que su Arte no surtiera efecto contra las
infernales nornas, ni tampoco que no le quedara energía sufi¬ciente para
utilizar las pocas habilidades que todavía poseía.
La línea azul se prolongó. Un soplo
de aire penetró en la cá¬mara, que los atentos sentidos de la muchacha
registraron como si fuera un golpe. Por duodécima vez desde que los dwarrows
habían oscurecido la caverna, tiró de las correas de su bolsa y limpió de
su¬dor la empuñadura de la daga. Asimismo cogió la Flecha Blanca de Simón. Si
las nornas la apresaban, las atacaría con ambas manos. Un escalofrío le
recorrió el cuerpo. Las nornas. Las Zorras Blancas. Sólo la separaban de ellas
unos instantes...
Yis-fidri dijo algo en lengua
dwarrow, con voz queda pero firme. Yis-hadra respondió en el mismo tono desde
alguna parte de la caverna, y cesaron los movimientos de sus compañeros. La
cá¬mara quedó tan silenciosa como una tumba.
El resplandor azul creció hasta
formar un desigual óvalo en el que se unieron los dos extremos. Por espacio de
unos momentos, el calor aumentó en intensidad. A continuación se desvaneció el
ful¬gor. Algo crujió y cayó pesadamente. Un chorro de aire frío barrió la
cámara, pero, si la puerta se había abierto, no entraba por ella nin¬guna
claridad.
«¡Malditas sean! —pensó Miriamele,
desesperada—. Son dema¬siado listas para entrar con antorchas.» Agarró más
fuertemente la daga. Temblaba de tal manera que temía que el arma se le cayera.
De súbito se produjo un estruendo
semejante al trueno, y de una garganta no humana brotó un estridente grito. A
la princesa le dio un vuelco el corazón. Las grandes piedras que los dwarrows
habían aflojado encima de la puerta cayeron con estrépito. Miriamele oyó los
chirriantes y furiosos quejidos de las nornas. A otro tremendo fragor siguió un
ruido rechinante, y entonces gritaron muchas vo¬ces al mismo tiempo, pero
ninguna de ellas empleaba lenguas hu¬manas. Poco después, Miriamele notó que le
escocían los ojos. Res¬piró hondo, y todo su interior pareció arder.
—¡Uf! —exclamó Binabik—. ¡Es humo
venenoso!
Miriamele se levantó horrorizada.
Estaba perdida en las tinie¬blas y tenía la sensación de que sus vísceras se
quemaban. Una po¬derosa mano la asió para conducirla, a trompicones, a través
de la negrura. La caverna estaba llena de extraños gritos y chillidos, así como
del ruido de piedras destrozadas.
Los minutos siguientes fueron de una
ciega locura. Miriamele se sintió arrastrada al gélido exterior. No tardó en
poder respirar de nuevo, si bien aún no veía. La mano que la llevaba la soltó
y, un ins¬tante más tarde, ella se enganchó el pie en algo y cayó al suelo.
—¡Binabik! —voceó.
Quiso ponerse de pie, pero algo se lo
impedía.
—¿Dónde estáis?
Alguien la cogió nuevamente, pero
ahora la tomó en brazos para transportarla a toda velocidad a través de la
ruidosa oscuridad. Algo la golpeó de lado. Quien fuera que la llevaba, se
detuvo un mo¬mento y la dejó en el suelo. Miriamele oyó una serie de misteriosos
sonidos, algunos de los cuales parecían gruñidos o gemidos de do¬lor. Luego, de
pronto, la joven volvió a sentirse alzada.
Cuando por fin pisó la dura piedra,
la negrura era absoluta. En¬seguida llamó a Binabik.
A su lado se encendió una chispa, y
luego hubo una especie de fogonazo. La luz le permitió distinguir al gnomo
cerca de la pared de una cueva, en medio de la oscuridad, con la mano llena de
lla¬mas. Acto seguido, Binabik arrojó lo que había sostenido, que esta¬lló en
mil chisporroteantes centellas. Por doquier ardían diminutas llamas. Helados
como si estuvieran pintados en un tapiz destacaban Binabik, varios dwarrows y
casi una docena de borrosas figuras, to¬dos ellos esparcidos por una larga
caverna de techo muy alto. La puerta de piedra que los había protegido yacía
destrozada detrás de ella, en el extremo opuesto de la caverna exterior.
Miriamele apenas dispuso de un
instante para admirar el efecto de los polvos igníferos del gnomo, ya que una
forma de pálido ros¬tro corrió hacia ella con un largo cuchillo en alto. La
joven alzó su propia hoja, pero parecía tener sujetos los tobillos y no
consiguió mover los pies. El terrible cuchillo descendió con fuerza hacia su
cara, pero se paró bruscamente a menos de un palmo de sus ojos.
El dwarrow que había agarrado el
brazo de la criatura dio un sú¬bito tirón hacia arriba. Se produjo un sonido
como si algo se hu¬biera roto. Segundos después, la norna era arrojada de
cabeza a tra¬vés de la cámara.
—Id por ahí —jadeó Yis-fidri,
indicando un oscuro agujero en el extremo más cercano de la caverna.
A la débil y vacilante luz aún
resultaba más grotesco que la ene¬miga a la que acababa de despachar. Uno de
sus brazos pendía fláccido, y el quebrado astil de una flecha temblaba en su
hombro. El dwarrow se estremeció cuando una nueva saeta se estrelló a su lado
contra la pared.
Miriamele se agachó y liberó sus pies
de lo que los mantenía in¬movilizados: un arco de norna. Su dueña estaba
tendida pocos pa¬sos más allá, justamente a la entrada del escondrijo del
dwarrow. De su aplanado pecho asomaba un grueso y afilado fragmento de roca.
—¡Deprisa, deprisa! —urgió
Yis-fidri—. Las hemos sorprendido, pero pueden venir más.
La aspereza de su tono era incapaz de
esconder el terror que el dwarrow sentía, y sus abultados ojos parecían más
saltones que nunca. Otro de sus congéneres disparó una piedra contra la norna
arquera. El movimiento fue torpe, pero el proyectil voló con tal ra¬pidez que
el blanquinoso ser inmortal se tambaleó hacia atrás antes de que el brazo del
dwarrow hubiese vuelto a su postura inicial, y por fin se desplomó.
—¡Corred! —gritó Binabik—. ¡Antes de
que lleguen más arqueros!
Miriamele se introdujo detrás de él
en la boca del túnel, sin soltar el arco. Además se agachó varias veces, en su
carrera, para recoger del suelo unas cuantas flechas abandonadas por las
nornas. Y se sujetó al cinturón la Flecha Blanca de Simón, para mayor
seguridad, aparte de empulgar una de las negras al mismo tiempo que miraba
hacia atrás. Yis-fidri y los demás dwarrows la seguían, retrocediendo de
espaldas y sin apartar de las nornas los horrorizados ojos. Los inmortales
mons¬truos avanzaban poco a poco tras de ellos, con cuidado de no ponerse a su
alcance pero, obviamente, sin intención de dejarlos escapar tan fácil¬mente. No
obstante la carnicería y la media docena de cuerpos disemi¬nados por el suelo
de la cámara exterior y la hundida entrada, las nornas parecían tan tranquilas
y calmosas como insectos en busca de alimento.
Miriamele se volvió y aceleró el
paso. Binabik había encendido una antorcha, por cuya luz se guiaba ella en su
huida por el acciden¬tado túnel.
—¡Todavía nos persiguen! —jadeó.
—Corred, pues, hasta que encontremos
un sitio mejor para de¬fendernos —le gritó el gnomo—. ¿Dónde está el monje
Cadrach?
—No lo sé.
«Quizá fuese mejor para todos que
hubiera muerto ahí fuera —se dijo la princesa. Era un pensamiento cruel pero
justo—. ¡Mejor para todos!»
Y se precipitó hacia el oscilante
resplandor de la antorcha.
—¿Que Josua ha desaparecido? Pero...
¿cómo pudo arriesgarse de esa manera, aunque fuese por Camaris?
Isorn estaba desconcertado.
Isgrimnur no tuvo contestación para
la pregunta de su hijo. En un intento de pensar con más claridad, se tiró con
fuerza de la barba.
—Así es, sin embargo —dijo, a la vez
que echaba una mirada a las entristecidas caras de quienes se hallaban con
ellos en la tienda—. Durante horas, mis soldados recorrieron todas las cuevas,
pero sin suerte. Ahora, los sitha se preparan para ir en pos de los dos, y
Tiamak los acompañará. No hay nada más que podamos hacer —se la¬mentó, y el
resuello que soltó hizo temblar sus bigotes—. Sí, Josua nos ha hundido, pero
ahora más que nunca tenemos que procurar despistar a Elías. ¡No podemos
entregarnos a las lágrimas!
Sludig metió la cabeza por la puerta.
—Está a punto de amanecer, duque
Isgrimnur. Y vuelve a nevar. Los hombres saben que ha ocurrido algo extraño.
Los veo cada vez más inquietos. Deberíamos decidir qué hacemos, señor.
El duque contestó con un gesto
afirmativo. En su interior mal¬decía la suerte que ahora ponía en sus manos el
mando correspon¬diente a Josua.
—Seguiremos adelante con nuestros
planes. Lo único que ha cambiado desde nuestro consejo celebrado ayer, es que
Josua no está. En consecuencia no necesitamos un imitador, sino dos.
—Yo estoy dispuesto —declaró Isorn—.
Tengo la capa de Camaris y... ¡mirad! —demostró, desenvainando su espada, cuya
hoja y em¬puñadura eran ahora de un negro brillante—. Un poco de pintura, y ya
se ha convertido en Espina.
Isgrimnur le lanzó una mirada de
desconcierto.
—Si vos lo aprobáis, nada habrá
cambiado. De todos los hom¬bres a los que se les puede confiar el secreto, yo
soy el único suficien¬temente alto para pasar por Camaris.
El duque frunció el entrecejo.
—Así es, en efecto. Pero no por
pretender ser Camaris vayas a creer que eres Camaris. Necesitas estar vivo y
montar a caballo, para que puedan verte. ¡No te expongas imprudentemente!
A Isorn le hizo muy poca gracia la
advertencia de su padre. Le molestaba sobremanera que, después de la
experiencia acumulada, lo tratase como a un chiquillo. Isgrimnur casi se
arrepintió de su pa¬ternal preocupación. Casi, pero no del todo.
—Sea, pues. ¿Y quién imitará a Josua?
—¿Hay alguien capaz de luchar con la
mano izquierda? —pre¬guntó Sludig.
—Buena observación —intervino
Freosel—. Nadie tomaría por Josua a quien pelease con la mano derecha.
La frustración de Isgrimnur fue en
aumento. Era una locura: como buscar cortesanos que participaran en la
cabalgata del día de san Tunath.
—Sólo hace falta que lo vean; no
tiene que luchar —tronó.
—Pero ha de estar en el lugar de la
batalla —insistió Sludig—. De otro modo, nadie lo vería.
—Yo lo haré —decidió Hotvig, el
thrithingo cubierto de cicatri¬ces, y alzó el brazo, con lo que tintinearon los
brazaletes que lle¬vaba—. Sé pelear con ambas manos.
—Pero... no se parece en nada a Josua
—advirtió Strangyeard en cierto tono de disculpa—, ¿verdad? Vos, Hotvig,
sois..., sois muy an¬cho de pecho y, además, tenéis el pelo claro.
Se le había pasado bastante la
embriaguez, pero aún parecía un poco aturdido.
—Hotvig se pondrá un yelmo —indicó
Sludig.
—El arpista Sangfugol se parece
bastante al príncipe —opinó Strangyeard—. Por lo menos, es delgado y moreno.
—¡Ja! —se carcajeó Isgrimnur—. Yo no
metería a un trovador en medio de una degollina semejante. Aunque no necesite
luchar, tiene que resistir a caballo todo el fragor de la batalla. Ah, pero
tampoco puedo prescindir de vos, Hotvig. Nos hacen falta vues¬tros
thrithingos... Sois los jinetes más veloces de que disponemos, y hemos de estar
preparados por si los caballeros del rey hacen una salida. ¿Quién más se
ofrece?
El duque se volvió hacia Seriddan.
Los capitanes nabbanos ha¬bían permanecido en silencio, estupefactos ante la
desaparición de Josua.
—¿Tenéis alguna idea, barón?
—preguntó.
Antes de que pudiese responder
Seriddan, se levantó su her¬mano Brindalles.
—Soy de la estatura del príncipe, más
o menos. Y sé montar.
—No; eso sería un disparate —quiso
protestar Seriddan, pero Brindalles se lo impidió con un movimiento de la mano.
—Es cierto que no soy tan buen
guerrero como tú, hermano mío, pero esto sí que puedo hacerlo. El príncipe
Josua y toda esta gente han arriesgado mucho por nosotros. Se expusieron al
encarce¬lamiento o, incluso, a que los matásemos por traernos la verdad, y
luego nos ayudaron a derrocar a Benigaris. Me pregunto, sincera¬mente, qué
ventaja sacaremos nosotros de todo esto si no sobrevivi¬mos para disfrutarlo,
si nuestros hijos son dejados sin hogar por Elías y sus aliados... La verdad es
que aún estoy un poco sorpren¬dido por todo este asunto de espadas y extraños
poderes mágicos; pero, si la estratagema es realmente necesaria, participar en
ella es lo menos que puedo hacer.
Isgrimnur admiró su serena resolución
y asintió.
—De acuerdo, pues. Gracias,
Brindalles, y que Aedón os dé suerte. Isorn, proporciónale prendas de Josua que
le vayan bien, y toma todo aquello de Camaris que te pueda servir. Por lo que
dijo Jeremías, supongo que no se llevó el yelmo. ¡Freosel!
—¿Qué deseáis, duque Isgrimnur?
—Ordenad a los ingenieros que se
preparen. ¡Todos vosotros, avisad a vuestros hombres que deben estar a punto!
¡Y que la gracia de Dios nos acompañe!
—Sí —intervino Strangyeard de
pronto—. Desde luego: ¡que la gracia de Dios nos acompañe a todos!
«El Que Siempre Camina Sobre Arena
—rezó Tiamak en silen¬cio—. Me dirijo a un lugar oscuro, lejos de nuestros
pantanos, mu¬cho más lejos de lo que nunca llegué. ¡No pierdas de vista a este
po¬bre wran!»
El sol resultaba invisible a causa de
la tormenta, pero el pro¬fundo azul del cielo empezaba a palidecer. Tiamak
apartó la vista de la playa del Kynslagh y la dirigió a las tenues sombras que
debían de ser los torreones de Hayholt. Parecían extrañamente lejanas e
im¬ponentes como montañas.
«Sácame con vida de esto y... y...
—continuó el wran, pero no se le ocurría ninguna promesa que tentara al dios
protector— y te honraré. Seré justo. ¡Pero sácame una vez más con vida de mis
problemas!»
La nieve caía en forma de remolinos y
el viento aullaba, agi¬tando las aguas del negro lago.
—Nos vamos, Tiamak —dijo Aditu,
detrás de él.
La sitha estaba tan cerca, que el
wran se sobresaltó al oír su voz.
El hermano de Aditu desapareció en la
negra boca de la cueva. Tiamak lo siguió. Poco a poco, el ruido del vendaval
disminuyó a sus espaldas.
Tiamak se había sorprendido al
comprobar que los sitha forma¬ban un grupo muy pequeño, pero todavía lo asombró
más que Likimeya figurase en él.
—Pero... ¿no es vuestra madre
demasiado importante para dejar a su pueblo y venir hasta aquí? —le susurró a
Aditu.
Descendía por una roca, agarrado a la
reluciente esfera que Jiriki le había dado, cuando vio que Likimeya se volvía
hacia él con lo que le pareció una expresión de disgusto. Tiamak sintió
vergüenza y enojo consigo mismo por no haber tenido en cuenta la agudeza de
oído de los sitha.
Aditu se deslizó por su lado, ágil
como un gamo.
—Si alguien tiene que hablar en
nombre de la Casa de la Danza Anual, lo hará nuestro tío Khendraja’aro. Pero
los demás tomarán sus decisiones según sucedan las cosas, y todos harán lo que
sea preciso.
La princesa sitha se detuvo a coger
algo del suelo y lo contempló con suma atención. Era tan pequeño, que Tiamak no
lo veía bien.
—En cualquier caso, hay aquí cosas
tan importantes que hacer como allí, y por eso han venido quienes mejor pueden
realizarlas —añadió.
El wran y Aditu formaban la
retaguardia de la reducida compa¬ñía, detrás de Jiriki y Likimeya, así como una
menuda mujer sitha llamada Kira’athu, muy callada, y de otra cuyo nombre era
Chiya, que a Tiamak le pareció mucho más extraña incluso que el resto del
grupo. Iba también con ellos un alto sitha de cabellos negros, Kuroyi. Todos se
movían con la prodigiosa gracia que Tiamak ya había observado en Aditu. Con
excepción de ésta y de su hermano, nadie prestaba más atención al wran que si
hubiera sido un perro que los seguía por la carretera.
—He encontrado arena —anunció Aditu a
sus compañeros.
Había tenido la deferencia de hablar
en lengua westerling toda la mañana, incluso con los de su raza, por lo que
Tiamak le estaba muy agradecido.
—¿Arena? ¿De veras?
Tiamak examinó aquello casi invisible
que Aditu sostenía entre el dedo índice y el pulgar.
—Estamos ya muy lejos de la orilla
—dijo la sitha—. Pero estos gra¬nos de arena están redondeados por el
movimiento dentro del agua. Y diría que aún le seguimos la pista a Josua.
Tiamak había creído que los sitha
adivinaban el paso del prín¬cipe gracias a sus artes mágicas. No supo cómo
interpretar, pues, esa revelación.
—¿Acaso no..., no sabéis simplemente
dónde se hallan el prín¬cipe y Camaris?
La divertida sonrisa de Aditu fue muy
humana.
—No. Hay cosas que podemos hacer para
encontrar algo o a al¬guien con más facilidad, pero no aquí.
—¿No aquí? ¿Por qué?
La sonrisa desapareció del rostro de
la sitha.
—Porque aquí están cambiando las
cosas. ¿No lo notáis? Yo lo siento con tanta intensidad como en el exterior oía
los aullidos del viento.
Tiamak meneó la cabeza.
—Si algo peligroso se nos acerca,
espero que me lo aviséis. No es¬toy en mis pantanos, e ignoro dónde hay aquí
arenas inseguras.
—Vamos a un sitio que antaño fue
nuestro —contestó Aditu, muy seria—. Pero ya no lo es.
—¿Conocéis el camino? —preguntó
Tiamak, y miró a su alre¬dedor.
La pendiente del túnel era marcada,
las paredes presentaban in¬contables grietas y, además, por los lados se abrían
otros pasadizos idénticos, pero todo era negro fuera del alcance de las esferas
ilumi¬nadas. La idea de extraviarse allí resultaba escalofriante.
—Mi madre sí lo conoce o, por lo
menos, lo sabrá pronto. Tam¬bién Chiya vivió aquí.
—¿Había vivido aquí vuestra madre?
—En Asu’a. Estuvo aquí durante unos
mil años.
Tiamak se estremeció.
Tenía la impresión de que la compañía
no seguía el camino ló¬gico, pero hacía ya tiempo que se había resignado a
confiar en los sitha, si bien muchas cosas de ellos todavía lo asustaban. El
encuen¬tro con Aditu en Sesuad’ra ya había sido suficientemente chocante; ella
le había parecido una cosa extraña, como él mismo debía de ha¬berles parecido a
los habitantes de las tierras secas. Al ver juntos a los sitha, ya fuera en
gran número como en la ladera de Hayholt o bien en un grupo pequeño, y advertir
que, no obstante tomar mu¬chas decisiones sin discutirlas, parecían estar
siempre de acuerdo, Tiamak se dio verdadera cuenta, por primera vez, de la
fuerza exis¬tente entre ellos. En otras épocas habían gobernado todo Osten Ard.
Según la historia habían sido unos señores buenos, aunque el wran se preguntaba
si eran realmente buenos o si, simplemente, no hacían el menor caso de sus
inferiores mortales. Si eso era cierto, ha¬bían sido recompensados con crueldad
por su despreocupación.
Kuroyi se detuvo, y los demás
también. El alto sitha dijo algo en su fluida lengua.
—Allí hay alguien —le susurró Aditu a
Tiamak.
—¿Josua? ¿Camaris?
El wran no quería pensar que pudiese
ser algo peor.
—Pronto lo sabremos.
Kuroyi torció hacía una galería y dio
unos pasos hacia abajo. Un momento después regresó a saltos, silbando. Aditu se
colocó ense¬guida junto a Kuroyi.
—¡No os vayáis! —gritó, de cara a la
oscuridad—. ¡Soy Aditu!
Instantes más tarde apareció una
figura, espada en alto.
—¡Príncipe Josua! —exclamó Tiamak con
inmenso alivio—. ¡Estáis bien!
El príncipe los miró a todos por
espacio de unos segundos, par¬padeando a consecuencia de la luz de los globos
de cristal.
—¡Aedón misericordioso! —jadeó—.
¡Realmente sois vosotros!
Y se dejó caer, cansado, al suelo del
túnel.
—Se..., se me apagó la antorcha
—continuó—, y estuve un rato a oscuras. Me pareció oír pasos, pero andáis de
manera tan silenciosa que no estaba seguro...
—¿Encontrasteis a Camaris? —inquirió
Tiamak.
El príncipe sacudió la cabeza con
pena. Sus ojos expresaban des¬concierto.
—No. Lo perdí de vista poco después
de entrar en pos de él. Por mucho que lo llamé, no se paró. ¡Nos hemos quedado
sin él! —se la¬mentó, luchando por dominarse—. ¡He dejado a mis hombres sin
jefe, y abandonado a mi pueblo! ¿Podéis mostrarme el camino de vuelta?
Josua miró implorante a los sitha que
lo rodeaban.
—El duque Isgrimnur ocupa con acierto
vuestro lugar —dijo Likimeya—. No disponemos del tiempo necesario para
acompañaros, y solo no sabríais regresar.
El príncipe agachó la cabeza,
avergonzado.
—Cometí una locura y les fallé a
quienes confiaban en mí. Lo hice para encontrar a Camaris, pero... lo hemos
perdido. Y se llevó consigo a Espina.
—No padezcáis por lo ya sucedido,
príncipe Josua —intervino Aditu con sorprendente delicadeza—. En cuanto a
Camaris, no te¬máis. Daremos con su paradero.
—¿Cómo?
Likimeya clavó por un instante la
vista en Josua, pero luego se volvió hacia el pasadizo.
—Si la espada es atraída por Dolor y
la otra hoja, según parece por lo que vos dijisteis, sabremos dónde se halla.
Nos dirigiremos allí por el camino más corto —agregó mirando a Chiya, que
contestó con un gesto afirmativo—. O bien lo encontraremos, o alcanzaremos los
niveles superiores antes que él y lo esperaremos.
—Pero... ¿y si anda perdido por estas
profundidades para siem¬pre? —replicó Josua con desespero, y Tiamak recordó sus
propios pensamientos.
—No lo creo —contestó Likimeya—. Si
alguna convergencia de poder reúne a las espadas, cosa que constituye nuestra
mayor espe¬ranza, dado que nos traería también a Clavo Brillante, Camaris
en¬contrará el camino por muy trastornada que tenga la razón. Será como un
ciego que buscara el fuego en una fría habitación. ¡Ya ve¬réis cómo sale del
apuro!
Jiriki extendió la mano hacia el
príncipe.
—Venid, Josua. Tengo algo de comida y
agua. Tomad algo, y des¬pués daremos con Camaris.
Cuando el príncipe lo miró, su
angustiosa preocupación se ha¬bía suavizado en parte.
—Gracias. No sé cómo agradeceros que
me buscarais —elijo emo¬cionado, a la vez que estrechaba la mano de Jiriki, y
de pronto se rió de sí mismo—. ¡Yo creí..., creí oír voces!
—No dudo de que las oyerais
—respondió Jiriki—. Y percibiréis muchas más.
Tiamak no pudo dejar de observar que
hasta los impasibles sitha sentían cierta incomodidad ante el comentario de
Jiriki.
Despacio, de manera casi
imperceptible, los alrededores de Tiamak empezaron a cambiar. Al seguir él y
Josua a los inmortales por aquellos retorcidos pasadizos, se dio cuenta de que
el suelo era más plano, y menos desiguales los túneles. Pronto descubrió las
evidentes señales de la intervención de inteligentes artífices: mar¬cados
ángulos, arcos de piedra que reforzaban los cruces más an¬chos, e incluso un
par de trozos de pared que parecían haber sido decorados, si bien los motivos
se repetían y no pasaban de ser lí¬neas onduladas o tallos de hierba.
—Estos lugares apartados nunca fueron
acabados del todo —in¬dicó Aditu—. Quizá los construyeron demasiado tarde,
cuando a Asu’a le quedaba poca vida, o los abandonaron para terminar otros
caminos más útiles.
—¿Que los abandonaron? —exclamó
Tiamak, para quien eso era inconcebible—. ¿Quién realizaría todo este ímprobo
trabajo de abrirse paso a través de la roca para luego abandonarlo?
—Varios de estos túneles fueron
construidos por mi pueblo con ayuda de los tinukeda’ya..., los dwarrows, como
vosotros los llamáis —explicó Aditu—, y ellos, tan amantes de las piedras,
esculpieron al¬gunas por placer, sin importarles que la obra se finalizara o
no, igual que un niño puede confeccionar una cesta con tallos de hierba y
después tirarla cuando es hora de volver a casa.
El hombrecillo de los pantanos no lo
entendía.
En atención a sus compañeros
mortales, los sitha hicieron final¬mente un alto en una amplia gruta cuyo techo
estaba cubierto por una tracería de finas estalactitas. A la suave luz de los
globos, a Tiamak le pareció un lugar totalmente mágico; tanto, que por un
mo¬mento incluso se alegró de haber llegado allí. Por lo visto, el mundo
subterráneo estaba tan lleno de maravillas como de cosas horribles.
Cuando se sentó a comer un trozo de
pan y una sabrosa aunque desconocida fruta traída por los sitha, el wran se
preguntó adónde habrían llegado. Tenía
la impresión de haber andado durante casi todo un día, pero la distancia desde
donde habían iniciado la cami¬nata hasta los muros de Hayholt no les habría
llevado, en la superfi¬cie, ni la cuarta parte del tiempo. No obstante el
complicado sistema de túneles, parecía lógico que hubieran alcanzado algún
punto, pero aún deambulaban a través de extrañas e informes cavernas.
«Es como la famosa choza de los
espíritus de Buayeg —pensó, medio en broma—. Pequeña por fuera y grande por
dentro.»
El wran se movió hacia Josua para
saber si había notado la misma singularidad, pero el príncipe contemplaba
absorto su pro¬pio pedazo de pan como si estuviese demasiado cansado o
distraído para comer. De repente, la caverna tembló o, por lo menos, eso pa¬reció.
Tiamak tuvo una sensación de movimiento, de que todo se deslizaba, pero ni
Josua ni los sitha reaccionaron. Parecía que, aun¬que todo cuanto se hallaba en
la gruta se había corrido hacia un lado, sus ocupantes habían hecho lo mismo
sin esfuerzo alguno. Era como un fuerte y alarmante tirón y, durante unos
momentos, Tia¬mak creyó ocupar dos sitios al mismo tiempo. Un escalofrío de
te¬rror le recorrió la espina dorsal.
—¿Qué sucede? —jadeó.
La ahora obvia intranquilidad de los
sitha no contribuyó a cal¬marlo.
—Es aquello de lo que hablé antes
—dijo Aditu—. A medida que nos aproximamos al centro de Asu’a, se hace más
intenso.
Likimeya, de pie, miró lentamente a
su alrededor, pero Tiamak estuvo seguro de que no se servía sólo de sus ojos.
—Levantaos todos —ordenó—. Creo que
disponemos de muy poco tiempo.
El wran obedeció, asustado por la
severa expresión de Likimeya. De súbito deseó haber mantenido cerrada la boca,
con lo que ahora se encontraría arriba con el resto de sus compañeros mortales.
Pero era tarde para dar media vuelta.
—¿Adónde vamos? —inquirió Miriamele, fatigada.
Yis-hadra, que había reemplazado a su
esposo herido en la con¬ducción del grupo, fijó en ella unos ojos llenos de
extrañeza.
—¿Que adónde vamos? ¡Huimos! Corremos para tratar de
escapar.
Miriamele se paró y se inclinó para
recobrar el aliento. Las nornas los habían atacado otras dos veces mientras
intentaban salvarse por aquel laberinto de túneles, pero al no contar con
arqueros no habían conseguido vencer a los aterrorizados dwarrows. Aun así, dos
de los vigilantes de las piedras habían caído en la lucha, y los inmortales
seres de blanquinosa piel no se declaraban vencidos. Desde la última pelea,
Miriamele había podido atisbar a sus perse¬guidoras al introducirse en un largo
y estrecho pasadizo que permi¬tía echar una ojeada hacia atrás y, desde luego,
las nornas parecían criaturas del más tenebroso averno: pálidas, silenciosas y
despiada¬das. No daban la impresión de tener prisa, como si simplemente
si¬guieran a Miriamele y sus compañeros hasta que llegaran refuerzos con arcos
y largas lanzas. A la joven le había costado no caer al suelo y rendirse.
Sabía que habían tenido mucha suerte
de poder escapar de la ca¬verna de los dwarrows. Si las Zorras Blancas habían
esperado alguna resistencia, sin duda habían supuesto que ésta se reduciría a
un combate cuerpo a cuerpo en un angosto rincón. En cambio, el de¬sesperado
ataque de los dwarrows en medio de la oscuridad y las avalanchas de piedras
preparadas por ellos habían cogido por sor¬presa a los inmortales, permitiendo
así su huida. Sin embargo, la princesa no se hacía ilusiones de poder rechazar
una segunda vez a las astutas nornas.
—¿Es que vamos a vernos forzados a
correr por ahí sin descanso? —le preguntó a Yis-hadra, entre fatigosas
respiraciones—. Vosotros quizá seáis capaces de resistir las arremetidas de
esos monstruos, pero nosotros no. Además, los nuestros corren peligro arriba.
Binabik asintió.
—Miriamele tiene razón. A nosotros no
nos basta con escapar. Necesitamos encontrar el modo de salir de aquí.
La mujer dwarrow no contestó, aunque
si miró a su marido, que se acercaba cojeando, seguido por los últimos
congéneres y por Cadrach. El monje tenía la cara cenicienta, como si lo
hubieran he¬rido, pero Miriamele no vio en él ninguna lesión, de modo que dejó
de prestarle atención. No deseaba desperdiciar simpatía en él.
—Nos siguen a cierta distancia
—informó Yis-fidri, cansado—. Pa¬recen suficientemente satisfechas con hacernos
correr como locos.
Dicho esto, se apoyó en la pared de
modo que la cabeza reposara contra la roca. Yis-hadra se acercó a él y, con sus
largos dedos, ex¬ploró cuidadosamente la herida que la flecha le había
producido en el hombro.
—Sho-vennae ha muerto, y también
otros tres —gimió el jefe dwarrow, y luego dirigió unas aflautadas palabras a
su mujer, que lanzó un grito de pena—. Aplastados como delicados cristales...
—Si no hubiésemos emprendido la
carrera, estarían muertos de todos modos, y también nosotros —se atrevió a
decir Miriamele, es¬forzándose por dominar su enojo y, a la vez, el horror que
le inspira¬ban las nornas—. Perdonadme, Yis-fidri. Siento lo de vuestros
her-manos. ¡De veras!
Relucientes gotas de sudor asomaron a
la frente del dwarrow.
—Pocos son los que lloran a los
tinukeda’ya —respondió con dul¬zura—. Hacen de nosotros sus criados, nos roban
las Palabras Crea¬doras y, encima, nos piden ayuda cuando están en apuros, pero
ra¬ras veces lloran por uno de nosotros.
Miriamele estaba avergonzada. Sin
duda, Yis-fidri la consideraba igualmente culpable por servirse de los
dwarrows... y también de las niskis. Con tristeza recordó el sacrificio de Gan
Itai, y cómo necesi¬taban asimismo el apoyo de sus señores de otros tiempos,
los sitha.
—Conducidnos a donde tengamos manera
de salir al mundo ex¬terior —suplicó—. Es todo cuanto pido. Luego marchaos con
nues¬tras bendiciones, Yis-fidri.
Antes de que el dwarrow pudiera
contestar, habló Binabik.
—¿Las Palabras Creadoras? ¿Todas las
Grandes Espadas fueron forjadas con esas Palabras Creadoras?
Yis-fidri lo miró con expresión de
marcada sospecha y soltó un gemido cuando su mujer le tocó la herida.
—Sí. Fue preciso para unir su
sustancia y conseguir su existencia dentro de las leyes.
—¿De qué leyes?
—Las que no pueden ser cambiadas. Las
leyes que hacen piedra de la piedra, y agua del agua. En algún caso pueden...
—y aquí vaciló Yis-fidri, en busca de la expresión adecuada— ser ampliadas o
altera¬das por un breve espacio de tiempo, pero eso trae consecuencias. Nunca
pueden ser anuladas.
Uno de los dwarrows apostados en la
parte posterior del túnel chilló angustiado.
—Imai-an dice que las nota acercarse
—comunicó Yis-hadra—. ¡Hay que correr!
Yis-fidri se apartó de la pared del
túnel, y el grupo reanudó su desigual marcha. El corazón de Miriamele latía
enloquecido. ¿No terminaría jamás aquella pesadilla?
—¡Ayudadnos a alcanzar la superficie,
Yis-fidri! —insistió—. ¡Por favor!
—¡Sí! Es más importante que nunca.
Miriamele se volvió al oír el turbado
tono de voz de Binabik. El gnomo parecía horrorizado.
—¿Qué ocurre? —le preguntó.
Por su oscura frente chorreaba el
sudor.
—Debo reflexionar sobre todo eso,
Miriamele, pero confieso no haber tenido nunca tanto miedo como ahora. Por
primera vez creo ver más allá de la sombra que provocaba todos nuestros
pensamien¬tos, y opino que..., ¡kikkasut, tener que decir esto...!, que el
monje pudo estar acertado. Es posible que no tengamos salvación.
Con esta declaración colgada en el
aire, se alejó de la princesa y corrió detrás de los dwarrows. Y, como si la
repentina desesperación de Binabik se le hubiera contagiado como una fiebre,
Miriamele se sintió violentamente vencida por ella.
XXIX
LA MANO DEL NORTE
L
os vientos ululaban alrededor de la
cumbre del Pico de las Tormentas, pero debajo de la montaña todo estaba en
silen¬cio. Los Sin Luz habían caído en un profundo sueño, y los corredores de
la Nakkiga subterránea estaban casi vacíos.
Los enguantados dedos de Utuk’ku,
delgados y frágiles como patas de grillo, agarraban el brazo del trono. Acomodó
sus viejos huesos contra la roca y dejó que los pensamientos vagaran a través
del Arpa Respirante, siguiendo sus retorcimientos y vueltas hasta que el Pico
de las Tormentas se derrumbara y ella se convirtiese en pura inteligencia que
nadaba por los negros espacios intermedios.
El Oscuro se había alejado del arpa,
lleno de enojo, para enca¬minarse al lugar —si merecía el nombre de lugar—
donde pudiese actuar de acuerdo con ella para llevar a cabo el último paso de
su centenario plan, pero Utuk’ku aún notaba el peso de su odio y en¬vidia,
personificado en la red de tormentas que se extendía sobre las tierras de
arriba.
La nieve se amontonaba en las calles
de Nabban, donde un día habían mandado los advenedizos emperadores. En el gran
puerto, altas olas arrojaban unos contra otros los barcos allí anclados o los
empujaban hacia la orilla, donde sus astilladas cuadernas quedaban esparcidas
como huesos de gigantes. Los kilpas atacaban frenéticos a todo lo que se movía
por el agua, e incluso empezaban a hacer tor¬pes incursiones en las ciudades de
la costa. Y en lo más profundo del Sancellan Aedonitis, la campana de Clavean
pendía muda, inmovi¬lizada por el hielo, del mismo modo que la Madre Iglesia de
los mortales estaba helada de miedo.
El Wran, aunque su parte interior
quedaba protegida de los peo¬res azotes de la tempestad, padecía ahora unos
fríos inaguantables. Los ghants, que no se dejaban asustar por las inclemencias
del tiempo mientras formaran un grupo, aunque eran muchos los que habían
perdido la vida a causa de la tormenta, continuaban brotando de los pantanos
para asolar las aldeas ribereñas. Los escasos mortales de Kwanitupul que se
atrevían a salir pese a los gélidos vendavales, sólo lo hacían en grupos,
armados con instrumentos de hierro y antorchas para defenderse de aquellos
ghants que, ahora, parecían pulular por todos los rincones oscuros. A los niños
no los dejaban ir a la calle, y tanto las puertas como las ventanas permanecían
cerradas incluso en las pocas horas en que el temporal amainaba.
El propio bosque de Aldheorte dormía
bajo un blanco manto, y, si sus perennes árboles sufrían con el maltrato de la
glacial Mano del Norte, lo hacían calladamente. En el corazón de la espesura,
Jao é-Tinukai’i yacía desierta y envuelta en nieblas.
Todas las tierras de los mortales
temblaban bajo el castigo del Pico de las Tormentas. Las terribles tempestades
habían convertido toda Rimmersgardia y la Marca Helada en un gélido erial. Sólo
Hernystir padecía un poco menos. Pero, antes de que sus habitantes pudieran
reclamar los hogares de los que los había arrojado Skali de Kaldskryke, habían
sido forzados a regresar a las cuevas de Grianspog. Y el espíritu del pueblo
tan estimado por los sitha, un espíritu que había ardido con gran brillo
durante un breve espacio de tiempo, se reducía de nuevo al parpadeo de una vela
derretida.
La negra capa cubría Erkynlandia. Los
vendavales doblaban y rompían los árboles y apilaban la nieve encima de las
casas mientras los truenos rugían cual furiosas bestias a lo largo de todo el
país. Habríase dicho que el malvado corazón de la tormenta, lleno de
arre-molinada aguanieve y zigzagueantes relámpagos, latía en el mismo Erchester
y en Hayholt.
Utuk’ku observaba todo eso con
tranquila satisfacción, aunque sin dejar de saborear el terror y la
desesperación de los odiados mor¬tales. Tenía una ocupación, una tarea que
había esperado poder rea¬lizar desde que el frío y pálido cuerpo de su hijo
Drukhi había sido depositado delante de ella. Utuk’ku era vieja y astuta. La
ironía de que fuese su propio tataranieto quien al final la hubiese conducido a
su venganza, y de que descendiera también de la familia destructora de su
felicidad, no se le escapaba a ella, e incluso estuvo a punto de hacerla
sonreír.
Sus pensamientos volaban a lo largo
de los susurrantes hilos de la existencia hasta que, por último, penetraron en
las regiones más remotas, en aquellos lugares a los que ella sola entre todos
los seres vivientes tenía acceso. Cuando sintió la presencia de lo que
bus¬caba, alargó la mano, pidiendo a las fuerzas antaño vigentes en Venyha
Do’sae que eso le diera lo que ella necesitaba para alcanzar su tan ansiada
meta final.
Una súbita alegría la inundó. Allí
estaba el poder, más que sufi¬ciente para sus propósitos. Ahora sólo le hacía
falta dominarlo y ha¬cerlo suyo. La hora se aproximaba, y ya no era preciso
tener más pa¬ciencia.
—Mis ojos no son precisamente buenos
—se quejó Strangyeard—. Y, con la falta de sol y la nieve que cae, no veo nada.
¡Decidme qué ocurre, Sangfugol!
—Aún no se ve nada.
Estaban en la ladera de una de las
colinas situadas al pie del Swertclif, contemplando Erchester y el castillo de
Hayholt. El árbol debajo del cual se hallaban acurrucados los dos, y la pequeña
pared de piedras que habían levantado, les proporcionaban una cierta protección
contra el viento. No obstante la capa con capucha y las dos mantas en que se
había envuelto, el arpista tintaba.
—Nuestro ejército se encuentra
delante de los muros, y los heral¬dos han hecho sonar las trompetas. Isgrimnur
o alguien debe de es¬tar leyendo el auto de reclamación. Todavía no distingo a
ninguno de los soldados del rey... No; pero unas figuras se mueven en las
al-menas. Ya me preguntaba si no había nadie dentro...
—¿Quién? ¿Quién está en las almenas?
—¡Por Aedón, Strangyeard! ¿Cómo
queréis que os lo diga? No veo más que figuras.
—Tendríamos que acercarnos más —dijo
el sacerdote, preocu¬pado—. Esta ladera queda demasiado lejos, con un tiempo
como éste.
El arpista le lanzó una mirada.
—¿Acaso estáis loco? Yo soy músico, y
vos bibliotecario. ¡Dema¬siado cerca, estamos! Tendríamos que haber permanecido
en Nabban. Pero aquí estamos, y aquí seguiremos. ¡Madre mía, qué idea la de
aproximarnos más! —gruñó, y se sopló las manos, que había puesto en forma de
cuenco.
Con el viento les llegó un débil
sonido de cuernos.
—¿Qué es eso? —inquirió Strangyeard—.
¿Qué sucede ahora?
—Que han acabado de leer el auto y
supongo que no han obte¬nido respuesta. Es típico de Josua darle a Elías la
oportunidad de rendirse de manera honorable, aunque de sobra sabemos que el rey
no hará nada de eso.
—El príncipe está... decidido a
actuar debidamente —replicó Strangyeard—. ¡Dios mío, espero que esté bien! Me
enferma pensar en lo que puede pasarles a él y a Camaris, perdidos en esas
cavernas.
—¡Ahí está aquel nabbano! —señaló
Sangfugol, excitado—. La ver¬dad es que se parece bastante a Josua. Al menos,
desde aquí. ¿De ve¬ras sugeristeis que yo imitara al príncipe?
—Os asemejáis mucho.
Sangfugol lo observó con disgusto y,
al mismo tiempo, algo di¬vertido.
—¡Madre de Dios, Strangyeard! No me
aduléis —contestó, arre¬bujándose más en sus mantas—. ¿Podéis imaginarme
cabalgando de un lado a otro, blandiendo la espada? ¡Que el Rescatador nos
salve a todos!
—Sin embargo, hemos de hacer todo lo
posible.
—Sí, y lo que yo puedo hacer es tocar
mi arpa y mi laúd, y cantar. Y, si vencemos, seguro que lo haré. En el caso
contrario..., creo que lo haré también, si vivo, pero ya no será aquí. Lo que
de ningún modo podría hacer es cabalgar y combatir y convencer a la gente de
que soy Josua.
Los dos guardaron silencio durante un
rato, pendientes de los ululatos del viento.
—Mucho me temo que, si perdemos, no
nos quede a donde huir, Sangfugol.
—Quizá... ¡Por fin! —exclamó el
arpista después de un nuevo si¬lencio.
—¿Qué? ¿Pasa algo?
—Traen el ariete... ¡Cielos, qué cosa
tan enorme! Tiene una gran cabeza de hierro semejante a un morueco de verdad,
con cuernos curvos y todo. ¡Qué grande! Aunque sean tantos hombres, parece
mentira que lo puedan empujar. Ahora, los hombres del rey dispa¬ran flechas
desde lo alto de las murallas —explicó, después de una honda respiración—. Y
uno ha caído. Más de uno. Pero el ariete si¬gue adelante.
—¡Que el Señor los proteja! —murmuró
Strangyeard—. ¡Hace tanto frío por aquí!
—Me pregunto cómo alguien logra
disparar una flecha, con se¬mejante vendaval, y menos aún dar en el blanco.
¡Ah! Un hombre ha caído de la muralla. En cualquier caso, se trata de un
enemigo. Resulta difícil ver qué ocurre —añadió el arpista con voz cada vez más
excitada—. ¡Alguien ha alzado una escala! ¡Oh, y los soldados suben por ella
como hormigas!
Al cabo de un momento, lanzó una
exclamación de sorpresa y angustia.
—¿Qué veis ahora?
Strangyeard esforzó su ojo sano,
intentando distinguir algo a tra¬vés de los remolinos de nieve.
—Algo ha caído sobre ellos —contestó
el arpista, acongojado—. Una piedra grande, creo... ¡Temo que todos hayan
muerto!
—¡Que el Rescatador nos proteja!
—gimió Strangyeard—. La cosa empieza en serio. Ahora sólo nos cabe aguardar el
final, sea cual fuere.
Isgrimnur procuraba mantener las
manos cerca de su cara para evitar que la nieve empujada por el vendaval se la
azotara. Tenía considerable dificultad para seguir con atención lo que sucedía,
pese a que los muros de Hayholt se hallaban a menos de quinientos codos, colina
arriba, desde donde él vigilaba. Centenares de hom¬bres armados se debatían
entre las masas de nieve delante de las mu¬rallas, activos como insectos. Otros
centenares, unas formas todavía más borrosas para Isgrimnur, corrían de un lado
a otro en lo alto del castillo. El duque soltó un quedo reniego. ¡Todo parecía
tan endia¬bladamente lejos!
Luchando con el vendaval, Freosel
trepó a la plataforma de ma¬dera levantada por los ingenieros entre el pie de
la colina y la som¬bra polvorienta que envolvía Erchester.
—El ariete está ya casi junto a las
puertas. El viento será hoy nuestro aliado, porque castiga a los arqueros del
rey.
—Tampoco nosotros podremos disparar
con acierto —rugió el duque—. Ellos disponen de las murallas y se deshacen de
nuestras es¬calas con toda la facilidad del mundo —señaló, golpeándose la mano
enguantada con el otro puño—. Hace horas que salió el sol, y todo cuanto hemos
conseguido es abrir unas cuantas brechas en la nieve.
Freosel le echó una mirada algo
burlona.
—Perdón, señor duque, pero parecéis
creer que debiéramos de¬rribar esos muros antes del anochecer.
—¡Oh, no! Nada de eso. Sabe Dios que
Hayholt es una gran for¬taleza. Pero no sé cuánto tiempo nos queda —dijo,
observando el ló¬brego cielo—. Esa maldita estrella de la que todos hablan está
encima mismo de nosotros. Casi la siento relucir con furia. El príncipe y
Camaris han desaparecido. Y también Miriamele. En cuanto a nuestros hombres
—añadió, volviéndose hacia Hayholt en un in¬tento de ver algo a través de la
borrasca de nieve—, van a quedar he¬lados si los mantenemos ahí demasiadas
horas. ¡Claro que yo qui-siera poder derribar esos muros antes de la puesta del
sol, pero no confío mucho en ello!
Isorn señaló hacia arriba. Los
soldados que lo rodeaban alzaron la vista.
—Allá. En lo alto de las murallas.
Junto a las cabezas con casco que
asomaban entre las almenas, había muchas sin protección. Sus caras eran
fantasmagóricas, y sus blancos cabellos se agitaban en el viento.
—¿Zorras Blancas? —preguntó Sludig, a
la vez que hacía la señal del Árbol.
—En efecto. ¡Están dentro de Hayholt!
¡Malditos monstruos!
Isorn empuñó su espada pintada de
negro y la blandió desa¬fiante, pero las distantes figuras de las murallas no
parecieron darse cuenta.
—¡Condenado sea Elías por el malvado
trato que haya podido hacer!
Sludig estaba estupefacto.
—Nunca las había visto antes —dijo,
por encima del tumulto—. ¡Misericordioso Aedón, si tienen el aspecto de
verdaderos demo¬nios!
—Son demonios. Y, ahora, Hayholt es
su nido.
—Sin embargo, no veo que hagan nada.
—Menos mal —contestó Isorn—. Tal vez
sean demasiado pocas. Pero resultan terribles como tiradoras. Me extraña que
ninguna de ellas lleve arco...
Sludig meneó la cabeza,
desconcertado. Era incapaz de apartar la vista de aquellos pálidos seres.
—¡Ay, Dios, protégenos! —rezó con voz
ronca.
El barón Seriddan subió pesadamente
los escalones de la plata¬forma. La armadura le impedía moverse con agilidad.
—¿Qué noticias hay? —inquirió
Isgrimnur.
Seriddan se quitó los guantes y
acercó las manos al brasero.
—Supongo que las cosas van bien. Los
hombres de Elías disparan contra el ariete, y cuesta moverlo hacia arriba, pero
pronto golpeará la puerta. También son colocadas en su sitio algunas de las
torres de asalto, y el enemigo parece concentrar sus proyectiles en ellas. Es
una suerte que hoy sople tanto viento, y que los arqueros del rey tengan tantas
dificultades para acertar.
—Sí; eso es lo que todos dicen —gruñó
el duque—. Pero yo me vuelvo loco en un sitio como éste. ¡Diantre de Josua!
¡Mira que de¬jarme a mí en la estacada! Perdonadme —se disculpó, ceñudo, y se
persignó—. No quería decir eso.
—Os comprendo —respondió Seriddan—.
Resulta terrible ignorar dónde está.
—No es eso lo único que me preocupa.
Quedan aún demasiadas cuestiones por resolver.
—¿Qué queréis decir?
—Si todo cuanto necesita el enemigo
es detener nuestro avance..., si esa llameante estrella significa realmente que
sucederá algo favorable para Elías..., ¿por qué no intentan siquiera
parlamen¬tar? Uno creería que al rey le gustaría ver al fin a su hermano,
aun¬que sólo fuese para insultarlo y llamarlo traidor.
—Elías quizá sepa que Josua no está
con nosotros.
Isgrimnur hizo una mueca.
—¿Cómo puede haberse enterado? Josua
sólo falta desde la no¬che pasada.
—Vos sabéis más que yo de estas
cosas, duque Isgrimnur. Du¬rante largo tiempo combatisteis al rey y a sus
aliados magos.
El duque se situó en el borde de la
plataforma para contemplar las oscuras murallas de Hayholt.
—Tal vez lo sepan, Seriddan. Cabe la
posibilidad de que lograsen atraer a Camaris con alguna artimaña, pero...
¡diantre!, eso no signi¬fica que también Josua tuviese que caer en la trampa.
No; no pudie¬ron basar sus planes en eso.
—No acierto a imaginarme tal cosa
—dijo el barón—. Sólo vine a comunicaros que me gustaría llevarme a algunos de
mis hombres a la muralla occidental. Creo que ya es hora de que les causemos
problemas en otro punto.
—¡Adelante, pues! Pero hay otra cosa
que me intranquiliza. Elías no parece nada alarmado. Con el ariete tan cerca,
al menos sería de esperar una salida del enemigo para impedir que lo coloquemos
bien.
—No puedo responderos a eso —contesto
Seriddan, y le dio una palmada en el brazo—. Pero si esto es todo cuanto tiene
que ofrecer el Supremo Rey, habremos derribado las puertas en un par de días,
como mucho.
—Es posible que no dispongamos de un
par de días —le advirtió Isgrimnur, muy serio.
—En cualquier caso, debemos hacer
todo lo que esté en nuestro poder —replicó Seriddan, y descendió de la
plataforma para avanzar hacia su caballo—. ¡Animaos, duque Isgrimnur! —gritó
desde abajo—. ¡Todo saldrá bien!
Isgrimnur buscó con la vista a
Jeremías.
—¡Eh, tú, chico!
El joven se abrió paso entre un
pequeño grupo de hombres pro¬tegidos con armadura.
—¿Señor?
—Trata de conseguirme un poco de
vino, muchacho. Tengo las tripas más heladas que los dedos de los pies.
El escudero echó a correr hacia las
riendas. Isgrimnur, por su parte, volvió a dedicar su atención al ventoso campo
de batalla, ahora cubierto de nieve.
—¡Que Dios nos proteja! —exclamó
Sludig, boquiabierto—. ¿Qué demonios hacen?
—Cantan —contestó Isorn—. Ya lo
hicieron ante las murallas de Naglimund. Su canto fue muy largo.
El hijo de Isgrimnur contempló a las
dos docenas de sitha que, después de adelantarse en sus monturas, se habían
detenido tran¬quilamente a un tiro de flecha de los muros, hundidos hasta las
ro¬dillas en la nieve.
—¿Que cantan?
—Sí; es su modo de luchar. Al menos,
así lo hacen cuando pelean con sus parientes, las nornas. Si yo mismo lo
entendiera mejor, os lo explicaría.
—¿Y éstos son los aliados a los que
tanto esperábamos? —exclamó Sludig con enojo—. ¡Nosotros luchamos por nuestras
vidas, y ellos cantan! ¡Mirad! Allí mueren nuestros hombres.
—Los sitha también saben guerrear de
otras maneras. Ya lo ve¬réis. Y su sistema les dio resultado en Naglimund,
aunque la verdad es que no sé cómo. Derribaron las murallas.
Su compañero soltó un bufido de
burla.
—Pues yo deposito mi confianza en el
ariete y en las torres de asalto... Y en los hombres bien armados. Veo que
oscurece —agregó, después de mirar al cielo—. Sin embargo, no puede ser mucho
más del mediodía.
—Tal vez empeore la tormenta —comentó
Isorn frenando a su ca¬ballo, que piafaba nervioso—. En cualquier caso, tampoco
a mí me gusta su aspecto. ¿Veis esa nube encima de las torres?
Sludig siguió el dedo indicador de
Isorn, y parpadeó.
—¡Relampaguea! ¿Eso también es cosa
de los sitha?
Casi lo único que podía oírse aparte
de los aullidos del viento, era el extraño y rítmico ondeo de las voces de los
inmortales.
—Lo ignoro, pero pudiera ser. Durante
días enteros los oí cantar delante de Naglimund, y aún no sabría deciros qué
hacen en realidad. Pero Jiriki me contó que su pueblo actúa para contrarrestar
ciertas magias de las liornas.
Isorn se sobresaltó ante el estallido
de un trueno que resonó en toda la ladera y en las desiertas calles de
Erchester, hasta más allá de donde se hallaba el ejército del príncipe. De
nuevo surcó el cielo un rayo, y por espacio de un instante pareció que todo lo
existente en-cima y delante de las murallas de Hayholt —hombres, maquinaria,
remolinos de copos de nieve e incluso flechas en pleno vuelo— que¬daba helado
antes de que la negrura de la tempestad envolviera otra vez al mundo. Retumbó
otro trueno. El viento ululó con intensidad todavía mayor.
—Quizá sea éste el motivo de que las
nornas no figuren entre los arqueros —indicó Isorn en voz alta—. Puede que
preparen algún truco, algún encantamiento..., algo que no nos gustará nada. En
Naglimund presencié verdaderos horrores, Sludig. Confío en que el pueblo de
Jiriki sea lo suficientemente fuerte para rechazarlas.
—¡Esto es una locura! —gritó Sludig—.
¡No veo casi nada!
Se produjo un nuevo estampido, aunque
éste fue menos ensor¬decedor. No había sido un trueno.
—¡Loado sea Jesuris! —exclamó Isorn—.
El ariete ha chocado con¬tra las puertas. ¡Nuestro primer golpe, Sludig!
Alzando la negra espada, el joven
caballero espoleó a su caballo. Con el yelmo en forma de dragón marino y la
capa ondeando en el viento, hasta el propio Sludig creyó confundir al hijo de
su señor feudal con Camaris.
—Es preciso encontrar a los hombres
de Hotvig y estar dispues¬tos a entrar, si logran hundir las puertas.
Sludig buscó en vano un mensajero
entre el montón de solda¬dos de a pie.
—Tendríamos que avisar a vuestro
padre —voceó.
—Id, pues. Yo espero. ¡Pero daos
prisa! ¿Quién habría pensado que la cosa iba a ser tan rápida?
Sludig quiso responder algo, pero el
fragor de la tempestad se tragó sus palabras. Hizo dar media vuelta a su
montura y cabalgó colina abajo, hacia el puesto de observación del duque
Isgrimnur.
—¡El ariete arremete contra las
puertas! —chilló Sangfugol, exul¬tante—. ¡Fijaos! Es tan grande como tres
casas.
—Pero las puertas le ganan —objetó
Strangyeard, sacudido por los escalofríos—. Aun así, estoy pasmado de que el
enemigo oponga tan poca resistencia.
—Ya visteis cómo está Erchester. Todo
el mundo ha huido. Elías y su brujo favorito han convertido estos lugares en un
desierto.
—No obstante, en el interior del
castillo parece haber suficientes defensores. ¿Por qué no abrirían zanjas para
retrasar el avance de toda la maquinaria de guerra? ¿Por qué acumularían tan
pocas pie¬dras para arrojarlas sobre los hombres que trepaban por las escalas?
—Las pocas que tiraron, hicieron su
efecto —replicó Sangfugol, molesto al ver que Strangyeard no compartía su
entusiasmo—. Los hombres caídos al pie de la muralla están muertos y bien
muertos.
—¡Elysia, Madre del Rescatador!
—exclamó el sacerdote, horrori¬zado—. ¡No habléis así de nuestros soldados
caídos! Yo sólo expresé mi extrañeza de que los ocupantes del castillo parezcan
tan mal pre¬parados para un asedio con el que Elías tenía que contar desde
hacía semanas, si no meses.
—El rey está loco —respondió el
arpista—. Ya oísteis lo que dijeron quienes habían huido de Erkynlandia. Le
quedan pocos dispuestos a luchar a su lado. Esto será como hacer salir a un oso
de su cueva. El oso es fiero, pero no deja de ser un animal y forzosamente
tiene que perder ante la inteligencia del hombre.
—¿Inteligencia? —repitió el
archivero, a la vez que intentaba sacu¬dirse la nieve de la manta. El viento
penetraba glacial a través de la barrera de piedras levantada por ellos como
una pequeña protec¬ción—. ¿Qué hemos hecho, que podamos considerar inteligente?
¡Nos hemos dejado conducir como bueyes, enganchados por la nariz!
Sangfugol agitó la mano con un gesto
despreocupado, a pesar de que también él temblaba de frío.
—Isorn y ese nabbano se han hecho
pasar por Camaris y Josua... Debéis admitir que eso fue una gran idea...,
excepto esa sugerencia vuestra de que yo me disfrazara de Josua. ¿Y no fue
inteligente la idea de introducirse en Hayholt por las cavernas y los túneles?
¡Eso, al rey no se le ocurriría ni en mil años!
Strangyeard que se frotaba
furiosamente las manos en un es¬fuerzo por mantenerlas un poco calientes, se
interrumpió al ins¬tante.
—Al rey quizá no, pero... sus aliados
tienen que conocer la exis¬tencia de esos túneles. Sin duda la conocen las
nornas —añadió con voz insegura.
—Por eso los sitha entraron detrás
del príncipe y de Camaris. Vi al hermano de Aditu y a su madre y a los demás. Y
los sitha saben cuidar de sí mismos. De eso no me cabe la menor duda..., por
mucho que las nornas conozcan esos túneles y los estén espetando, como vos
parecéis dar por seguro.
—No es que yo me lo imagine —protestó
Strangyeard y, al levan¬tarse, la nieve que se desprendió de su persona fue
arrastrada de in¬mediato por el viento—. No es que yo me lo imagine, Sangfugol,
sino que las nornas están sobradamente familiarizadas con todo el sistema de
túneles.
Dicho esto, el sacerdote archivero
pasó por encima de la baja pared de piedras.
—¡Eh! ¿Adónde vais?
—Debo encontrar al duque Isgrimnur.
El peligro es mayor del que sospechábamos.
Strangyeard inició el descenso a
través de los montones de nieve, inclinado para defenderse del vendaval. Era un
hombre frágil pero decidido.
—¡Deteneos! —gritó Sangfugol—. ¡No
pienso quedarme aquí solo, maldita sea! Por muy loco que sea vuestro plan, iré
con vos.
Y siguió al archivero.
—¿Acaso no veis que os metéis de
narices en la lucha? —continuó sus reproches—. ¡Os atravesará una flecha!
—Necesito hablar con Isgrimnur
—contestó Strangyeard.
El arpista fue detrás de él, aunque
renegando de mala manera.
—Isorn tiene razón, señor —dijo
Sludig—. Si entramos por la puerta, tenemos que atacar con gran fuerza, porque
los hombres ya han visto a las nornas y están asustados. Si por nuestra parte
hay va¬cilación, la ventaja volverá a ser para el rey. ¿Quién puede saber qué
ocurrirá si efectúa una salida y nos empuja montaña arriba?
Isgrimnur contempló las elevadas
murallas de Hayholt. Sólo frente a una tormenta semejante se daba uno cuenta de
que las construcciones realizadas por el hombre, incluso algo tan impo¬nente
como aquella fortaleza, eran una pequeñez. Quizá fuesen ca¬paces de hundir las
puertas. Tal vez estuvieran en lo cierto Sludig y los demás. El reino de Elías
era una fruta medio podrida que en su momento caería al suelo.
Encima de las torres hubo, de
repente, otro cegador y chispo¬rroteante relámpago. Retumbó el trueno, pero
inmediatamente de¬trás se produjo un formidable estruendo cuando el gigantesco
ariete fue introducido en las puertas de Hayholt.
—¡Adelante! —le dijo Isgrimnur a
Sludig, que sin desmontar ha¬bía conducido a su resoplante caballo al borde de
la estructura de madera en la que se hallaba el duque—. Hotvig y sus jinetes
aún aguardan en el lindero del bosque de Kyns. O no. Mejor aún, per-maneced
aquí.
Isgrimnur llamó a uno de los
observadores recién llegados y le dio un mensaje para los thrithingos.
—Vos volved junto a Isorn, Sludig —le
ordenó a éste—. Decidle que se mantenga allí y mande pasar a pie al primero de
los soldados. No habrá asaltos históricos, o por lo menos, no hasta que yo vea
qué ha estado esperando Elías.
Mientras el duque hablaba, el ariete
golpeó la Puerta de Nearulagh. La madera pareció hundirse un poco hacia
adentro, como si los enormes cerrojos se hubieran soltado.
—Sí, señor.
Sludig hizo volver a su corcel hacia
las murallas.
Los encargados del ariete lo
empujaron nuevamente hacia ade¬lante. La cabeza, recubierta de hierro, chocó
con un tremendo cru¬jido contra la barrera. Un trozo de madera tan largo como
la puerta saltó en astillas, y, no obstante el constante fragor de la tempestad,
Isgrimnur oyó los excitados gritos de los hombres en todo el campo. El ariete
fue retirado para arremeter con él de nuevo. La Puerta de Nearulagh resultó
destrozada y cayó hacia adentro con una explo¬sión de maderas astilladas y
estatuas que saltaron en pedazos. La nieve llenó enseguida el espacio vacío.
Isgrimnur tenía los ojos de¬sorbitados, casi incapaz de creer que la puerta ya
no existiera. Cuando la cellisca disminuyó un poco, un par de veintenas de
pi¬queros del castillo aparecieron en la abertura, preparados para hacer frente
a un ataque. Pero no hizo acto de presencia ningún gran ejér¬cito escondido
hasta ese instante.
Transcurrió un largo momento, en que
ambas fuerzas se estu¬diaron mutuamente a través de los torbellinos de nieve.
Parecía que nadie pudiera moverse, y que una y otra parte estuviesen atónitas
ante lo sucedido. Por último, una menuda figura de dorado yelmo alzó la espada
y se lanzó hacia adelante. En el acto, unos veinte ca¬balleros montados y
varios centenares de infantes siguieron al joven adalid a través de la brecha
abierta en los muros de Hayholt.
—¡Isorn! ¡Al diablo contigo! —bramó
Isgrimnur, tan inclinado hacia adelante que por poco pierde el equilibrio y se
cae de la plata¬forma de observación—. ¡Vuelve atrás! ¿Dónde está Sludig?
¡Sludig, haced que se detenga!
Alguien le tiró entonces de la manga
para apartarlo del borde de la plataforma, mas Isgrimnur no hizo el menor caso
del entrometido.
—¿Es que no se da cuenca de que todo
se presenta demasiado fá¬cil? ¡Isorn! —gritó, aunque sabía que la voz, no le
llegaría a su hijo, a través del tumulto—. ¡Seriddan! ¿Dónde os habéis metido
vos? ¡Ca¬balgad detrás de él! Por el mazo rojo de Dror... ¿Dónde demonios están
mis mensajeros?
—¡Duque Isgrimnur!
Era Strangyeard, el archivero, que
volvía a tirarle de la manga.
—¡Largaos de aquí! ¿Qué queréis?
—rugió Isgrimnur—. No nece¬sito un sacerdote, sino hombres a caballo. ¡Corred
en busca de Se¬riddan, jeremías! Isorn nos ha forzado la mano. ¡Decidle al
barón que lo siga!
El archivero continuaba impávido.
—Os lo suplico, duque Isgrimnur...
¡Debéis escucharme!
—Ahora no tengo tiempo para vos,
hombre. Mi hijo acaba de atacar el castillo como un loco. ¡Por lo visto cree
ser Camaris, des¬pués de todo lo que le dije!
Dio unos enérgicos pasos por la
plataforma y lo satisfizo com¬probar que todo el mundo se mostraba en el mismo
estado de fu¬riosa excitación que él. El sacerdote fue detrás de él como un
perro que quisiera morderle las patas a un toro. Finalmente pudo aga¬rrarlo por
la capa con tanta energía, que el duque estuvo a punto de perder el equilibrio
y caer al suelo.
—¡Por todo lo que es santo,
Isgrimnur! —chilló—. ¡Tenéis que escucharme!
El duque se fijó en el enrojecido
rostro del sacerdote. El parche que cubría el ojo ciego de éste había resbalado
casi hasta la nariz.
—¿Qué queréis? —inquirió Isgrimnur,
muy severo—. Hemos de¬rribado las puertas. ¡Estamos en guerra, hombre de Dios!
—Las nornas tienen que conocer la
existencia de los túneles —dijo Strangyeard precipitadamente.
Isgrimnur descubrió entonces al
arpista Sangfugol, acurru¬cado junto a la plataforma, y se preguntó qué hacía
un sacerdote y un arpista en medio de unos problemas que no les concernían en
absoluto.
—¿Cómo?
—Tienen que conocerla. Y si nosotros
tuvimos la idea de hacer penetrar a alguien por debajo de los muros del
castillo...
El clamor de los hombres que subían a
toda prisa la ladera, ca¬mino de la puerta reventada, así como el retumbo de
los truenos y el lúgubre ulular del viento, fueron dominados de repente por un
es¬pantoso rechinamiento, algo tan desagradable como si unas gigantescas uñas
arañasen una superficie de pizarra. Los caballos retroce¬dieron asustados, y
varios de los hombres situados en la plataforma se llevaron las manos a las
orejas.
—¡Aedón misericordioso! —exclamó
Isgrimnur, con la mirada fija en Hayholt—. ¡No...!
Los últimos soldados de Isorn habían
entrado por la brecha abierta en el muro. Pero a sus espaldas, surgiendo del
nevado suelo y de los restos dejados por los golpes de ariete, crecía una
segunda puerta. Subía deprisa y producía un chirrido semejante al que po¬drían
causar los dientes de un gigante que royeran un hueso. Mo¬mentos después, la
muralla estaba cerrada de nuevo. Y la nueva puerta, cubierta de nieve y barro,
contaba además con la protección de oscuras planchas de hierro.
—¡Que Dios me asista! Yo tenía razón
—gimió Isgrimnur—. ¡Han atrapado dentro a Isorn y a los demás! ¡Ay, dulce
Jesuris!
Su cara expresó un angustiado horror
cuando los hombres vol¬vieron a empujar el ariete para golpear la segunda
puerta. La ma¬dera revestida de hierro no parecía ceder ni una pulgada.
—Creen que han apresado a Camaris
—indicó Strangyeard—. Ésa fue su intención desde el primer momento.
Isgrimnur dio media vuelta, sujetó al
sacerdote por la túnica, y acercó el rostro al de aquel hombre de menor
estatura.
—¿Y vos lo sabíais? ¿Lo sabíais?
—¡No, por Dios, Isgrimnur! ¡No! Pero
lo comprendo ahora.
El duque lo soltó y se puso a gritar
frenéticas órdenes. Los ar¬queros restantes fueron enviados a ayudar a los
ingenieros, que ahora constituían el especial blanco de los soldados apostados
en las murallas de Hayholt.
—¡Y buscad a ese maldito general
sitha! —agregó—. ¡AI que va ves¬tido de verde! ¡Su gente tiene que ayudarnos a
derribar esa nueva pared!
—No dejéis de escucharme, señor
—insistió el sacerdote—. Si los sitha conocen esos túneles, también tendrán
noticia de ellos las nornas. Porque el Rey de la Tormenta, cuando vivía, era el
señor de Asu’a...
—¿Y eso qué significa? ¡Hablad claro,
caramba! —exigió Isgrim¬nur con furiosa excitación—. ¡Mi hijo está atrapado ahí
dentro, con sólo unos cuantos hombres! ¡Tenemos que derribar la nueva puerta y
penetrar en su busca!
—Yo opino que debierais... —empezó a
decir Strangyeard, pero un terrible coro de gritos lo interrumpió.
Esta vez, las voces procedían de otro
lado.
—¡Vienen por Erchester! —chilló uno
de los hombres montados a caballo—. ¡Mirad! ¡Son las Zorras Blancas!
—Iba a deciros que miraseis atrás...
—jadeó Strangyeard—. Si no¬sotros pudimos entrar por debajo de las murallas,
¿por qué no el enemigo?
Incluso en la semioscuridad se veía
que las huestes que avanza¬ban por la calle principal no eran humanas. En medio
de las som¬bras relucían unos rostros blanquinosos, y unas manos también
blancas empuñaban largas y puntiagudas lanzas. Ahora que las nornas habían sido
vistas y ya no era necesaria la cautela, se pusieron a cantar un himno triunfal
que hirió los oídos de Isgrimnur.
El duque se permitió unos momentos de
franca desesperación.
—¡Que el Rescatador nos auxilie!
Hemos sido cazados como co¬nejos.
Dio una palmada en el hombro al
sacerdote, en silencioso agra¬decimiento, y volvió con grandes zancadas al
centro de la plata¬forma.
—¡A mí, hombres de Josua! ¡A mí!
Y encargó a Jeremías que fuese en
busca de su caballo.
Las nornas avanzaron por la calle
principal, sin dejar de cantar.
XXX
AL BORDE DEL POZO
H
asta el árbol... —musitó Guthwulf, y
su cara, sobre la que descansaba la mano de Simón, ardía y estaba resbaladiza
de sudor—. Hasta el árbol llameante. Quiere ir...
El conde empeoraba. Simón no sabía ya
qué hacer. Además de causarle considerables molestias las propias heridas,
apenas tenía conocimiento de las artes curativas y, en cualquier caso, se
encon¬traba a oscuras, y donde no disponía de nada para aliviar la fiebre que
consumía a Guthwulf. Recordando vagamente que las fiebres tenían que cesar por
sí solas, había cubierto al enfermo con algunos de los harapos esparcidos por
el suelo, pero le parecía una traición tapar con telas de abrigo a quien la
temperatura quemaba vivo.
Impotente, se sentó de nuevo junto al
conde, y escuchó sus deli¬rios mientras rezaba por su salvación. Las tinieblas
pesaban sobre él como las aplastantes profundidades del océano, hasta el punto
de que le costaba respirar y pensar. Procuró distraerse haciendo memo¬ria de
las cosas vistas, de los lugares visitados. Sobre todo hubiese querido hacer
algo, pero de momento sólo le cabía esperar. No de¬seaba volver a quedarse solo
y perdido en semejantes soledades.
Algo rozó entonces su pierna, y Simón
alargó la mano por creer que Guthwulf, en su padecimiento, buscaba una mano que
estre¬char. En cambio, lo que tocó fue algo tibio y peludo. Soltó un grito de
sorpresa y se echó hacia atrás, temiendo verse atacado por ratas o quizás
incluso por algo peor. Al no notar nada más, permaneció en¬cogido por espacio
de un buen rato, hasta que por fin venció en él el sentido de la
responsabilidad y volvió a acercarse al conde. Una cui¬dadosa exploración lo
llevó a encontrar de nuevo al peludo animal. Otra vez retiró la mano, temeroso,
pero pronto comprendió que no debía tener miedo. Era un gato.
Entonces, Simón se echó a reír hasta
quedar sin aliento y acari¬ció a aquella criatura, que arqueó el lomo bajo su
mano, aunque sin acercarse. Lo que sí hizo, fue enroscarse al lado del ciego, y
los mo¬vimientos de Guthwulf fueron menos espasmódicos, del mismo modo que se
calmó un poco su respiración. La presencia del gato parecía calmarlo. También
Simón se sintió menos solo, por lo que decidió no espantar al animal. Arrancó
un poco del canto de pan que le quedaba y se lo ofreció al gato, que lo olisqueó
pero no lo quiso. Simón comió unos trozos y trató de encontrar una postura que
le permitiera dormir.
El muchacho despertó, súbitamente
consciente de que algo ha¬bía sucedido. En la oscuridad resultaba imposible
distinguir ningún cambio, pero aun así tuvo la certeza de que las cosas se
habían mo¬vido y de que, de pronto, se hallaba en un lugar desconocido, sin
te-ner la menor idea de cómo había llegado hasta allí. No obstante, los trapos
eran los mismos, y la dificultosa respiración de Guthwulf, si bien un poco más
tranquila, todavía sonaba áspera a su lado. Simón se arrastró hasta él, apartó
con delicadeza el tibio cuerpecillo del gato, que roncaba contento, y comprobó
con cierto descanso que el ciego ya no tenía los miembros tan tensos. Quizá
mejorara poco a poco. Tal vez la compañía del gato le devolviera algo de su
cordura. En cualquier caso, Guthwulf ya no deliraba. Simón dejó que el ani¬mal
volviera a instalarse en el pliegue del codo del conde, y casi le pareció
extraño no percibir ya la delirante voz del enfermo.
Durante las primeras horas de su
fiebre, Guthwulf había perma¬necido lúcido a ratos, aunque lo martirizaban de
tal manera aque¬llas voces y el recuerdo de su anterior soledad, que era
difícil distin¬guir la realidad de las horribles pesadillas. Hablaba de sus
gateos por la oscuridad, siempre en busca de Clavo Brillante, pese a que, cosa
rara, no parecía pensar en ella como una espada, sino como algo vivo que lo
llamara. Simón recordó la preocupante vitalidad de Es¬pina y creyó entender
algo de lo que el conde quería decir.
Era difícil hallar el sentido de las
impresiones de un ciego medio demente, pero, a medida que Guthwulf hablaba,
Simón fue imagi¬nándose al conde vagando por los túneles, atraído por algo que
lo llamaba con una voz imposible de desoír. Parecía ser que Guthwulf había ido
mucho más allá de su zona acostumbrada, y percibió mu¬chas cosas horribles. Al
final se arrastraba, sin duela, y, cuando hasta esos angostos caminos
aparecieron cerrados, tuvo que abrirse paso como un topo a través de los
últimos codos de tierra que lo separa¬ban del objeto de su obsesión.
«Se introdujo en el túmulo de Juan
—comprendió Simón, estre¬mecido—. Como un topo en pos de una zanahoria,
escarbando y es¬carbando...»
Guthwulf había cogido su recompensa
y, de un modo u otro, había encontrado la forma de regresar a su escondrijo,
pero ni la ale¬gría de poseer lo que tanto había buscado había bastado para
man¬tenerlo oculto. Por algún motivo se había aventurado a salir, quizá para
robar comida de la herrería..., porque ¿de dónde, si no, había obtenido el pan
y el agua?, o tal vez por otra razón más complicada.
«¿Por qué vino a mí? —se preguntó
Simón—. ¿Por qué había de arriesgarse a ser atrapado por Inch?»
El joven pensó de nuevo en Espina, en
cómo había parecido que la espada elegía adónde
quería ir. «¿Quién sabe si Clavo Brillante de¬seaba encontrarme... a
mí?»
Tal idea era cautivadora e
inquietante al mismo tiempo. Si Clavo Brillante era atraída hacia el gran
conflicto que se aproxi¬maba, quizá supiera de algún modo que Guthwulf nunca
volvería a subir a la luz del día por su propia voluntad. De la misma manera
que Espina había escogido a Simón y sus compañeros para que la bajasen de
Urmshein y la devolvieran a Camaris, Clavo Brillante podría haber elegido a
Simón para que la subiese a la Torre del Ángel Verde para combatir al Rey de la
Tormenta.
Otro vago recuerdo despertó en Simón.
«En mi sueño, Leleth dijo que la espada formaba parte de mi historia. ¿Era eso
a lo que se refería?» Los detalles resultaban extrañamente borrosos, pero sí se
acordaba del hombre de cara triste que sostenía la hoja en su regazo mientras
esperaba algo. «¿Al dragón?», se preguntó.
Simón retiró los dedos del lomo del
gato para deslizarlos por el brazo de Guthwulf hasta alcanzar la espada. El
conde emitió un ge¬mido pero no se resistió cuando el joven le abrió la mano.
Seguida¬mente, el dedo de Simón recorrió con gran respeto la áspera forma del
clavo, sujeto debajo del guardamano. ¡Un clavo del Árbol de la Ejecución del
santo Jesuris! Y dentro de la hueca empuñadura había además una sagrada
reliquia de san Eahlstan, como recordó... La es¬pada de Juan el Presbítero.
¡Era asombroso que el simple pinche de cocina de otros días llegara a tocar
semejante pieza!
Simón cerró la mano alrededor del
pomo. Parecía... encajar. Se adaptaba tan cómodamente a su mano como si la
espada estuviera he¬cha para él. Todos los demás pensamientos relativos a la
hoja y a Guth¬wulf se desvanecieron. Sentado en la oscuridad, tenía la
sensación de que la espada era una extensión de su propio brazo, de su persona.
Al final se levantó y, haciendo caso omiso de sus doloridos músculos, arremetió
contra el negro vacío que tenía delante. Pero un momento después, horrorizado
ante la idea de que, sin querer, pudiera embotar el arma si con ella arañaba la
roca, volvió a sentarse sobre la piedra, agarrado a Clavo Brillante como si
fuera un chiquillo. Aunque el metal se notaba frío, Simón no quería soltar la
espada. En el otro extremo de la caverna, Guthwulf murmuraba algo
ininteligible.
Simón no sabía si había dormido o no,
pero el tiempo había pa¬sado, y de pronto se dio cuenta de que allí faltaba
algo... ¡No oía res¬pirar al conde! Mientras se arrastraba angustiado por el
desigual suelo, quiso hacerse la absurda ilusión de que, quizá, Guthwulf ha¬bía
mejorado lo suficiente para abandonar la cueva, mas la presen¬cia de Clavo
Brillante, asida aún por sus propios decios, le demostró que eso era muy
improbable: el ciego no habría tolerado ni por un instante que otra persona
tuviese la espada.
Cuando el joven llegó a donde yacía
Guthwulf, la piel del conde estaba fría como lodo de río.
Simón no lloró, pero se sintió
invadido por un profundo senti¬miento de pérdida. Su dolor no era por la muerte
del hombre —a quien, con excepción de esas últimas horas de pesadilla, o quizá
días, sólo había conocido como una persona temible— sino por su propio miedo a
quedar solo de nuevo.
O casi solo, porque algo se frotó
contra su espinilla. El gato pa¬recía querer atraer su atención. Simón supuso
que echaba de menos a su compañero. Tal vez esperaba que el ¡oven lograse
despertar a Guthwulf, cosa que él no conseguía.
—Lo siento —susurró Simón, al mismo
tiempo que acariciaba al minino y le tiraba suavemente de la cola—. Se nos ha
ido a otra parte. Yo también estoy solo.
Con una tremenda sensación de vacío,
permaneció sentado unos momentos considerando su situación. No le quedaba más
remedio que internarse de nuevo en el terrible laberinto de tenebrosos túneles,
aunque dudada mucho de encontrar el camino de salida sin un guía. Ya en dos
ocasiones se había visto en aquella embrujada maraña de galerías, cada vez
perseguido tan de cerca por la muerte que incluso oía sus pacientes pasos
detrás de él. Era mucho esperar que, ahora, volviese a tener tanta suerte. Sin
embargo, ¿qué otra cosa podía hacer? La Torre del Ángel Verde se alzaba encima,
en alguna parte cercana, y él debía llevar allí a Clavo Enllante. Si Josua y
los demás no habían he¬cho lo mismo con Espina, él trataría de actuar del modo
más eficaz posible, aunque sin duda fracasaría. Pero al menos les debía el
intento a quienes habían vendido sus estimadas vidas a cambio de la libertad
del joven Simón.
Le costaba soltar a Clavo Brillante.
Aún parecía flotar en la pe¬queña cueva algo del carácter posesivo de Guthwulf,
aunque no ha¬bía allí nada que pudiera poner en peligro a la espada, pero poco
ha¬ría él con el arma sujeta a su mano. Apoyó a Clavo Brillante contra una de
las paredes y emprendió la desagradable tarea de desnudar al conde muerto. Así
que le hubo quitado las andrajosas ropas, tomó al¬gunos de los harapos
diseminados por la caverna y, en una pobre imi¬tación de lo que hacían los
sacerdotes de la Casa de la Preparación, envolvió el cuerpo. En parte se sentía
ridículo por tomarse tanto tra¬bajo con un hombre que, según decían, había sido
muy poco esti¬mado en vida, y que yacería allí solo para siempre, insensible a.
todo, pero a la vez se creía en la obligación de cumplir debidamente con el
cadáver. Morgenes y Maegwin habían dado sus vidas por él, Simón, y nadie había
tenido un recuerdo para ellos ni celebrado más ritos que los que él les había
dedicado en su corazón. Guthwulf no podía llegar a los Campos del Más Allá sin
el debido anuncio.
Cuando hubo terminado el trabajo, se
puso de pie.
Que Nuestro Señor os proteja...
comenzó, haciendo un esfuerzo por
hacer memoria de la oración de los muertos,
...y que Usires, su Único Hijo, os
lleve consigo.
¡Que seáis conducido a los verdes
valles
de sus dominios,
donde las almas de los buenos y
justos cantan desde las colinas
y los árboles están poblados de
ángeles
que expresan su júbilo con la voz de
Dios...!
—Gracias, Guthwulf —murmuró Simón al
término de la ora¬ción—. Siento tener que quitaros la espada, pero procuraré
hacer con ella lo debido.
Finalmente hizo la señal del Árbol
—confiando en que, a pesar de la oscuridad, Dios lo viera y esperase al conde
cuando éste se pre¬sentase ante Él— y procedió a ponerse la ropa y las botas de
Guth¬wulf. Un año antes lo habría pensado dos veces, antes de apropiarse de las
prendas de un cadáver, pero se había visto tan cerca de la muerte que, ahora,
era mucho más práctico. En la caverna se estaba caliente y seguro, pero... ¿qué
gélidos vientos, qué cortantes piedras le aguardarían fuera?
Mientras apuraba los últimos restos
de agua de la escudilla, el gato volvió a frotarse contra su pierna.
—Puedes venir conmigo o quedarte.
Elige tú mismo —le dijo.
Tomó la espada, envolvió la hoja en
un trapo, justamente por de¬bajo de la empuñadura, y se la sujetó a la cintura
con la correa sin he¬billa de Guthwulf, de manera que le quedaran libres las
manos. El hecho de sentir el arma junto a sí le producía un considerable
alivio.
Cuando a tientas buscaba la salida de
la cueva, el gato comenzó a moverse entre sus piernas.
—¡Oye, que me harás caer! —lo riñó.
Simón dio unos pasos adelante por el
túnel, pero el animal vol¬vió a metérsele entre los tobillos y, en efecto,
estuvo a punto de ha¬cerlo tropezar. El muchacho se agachó para coger al gato,
pero soltó una hueca risa ante la absurda idea de atrapar a un morrongo en
plena oscuridad. El gato se le escurrió de la mano y desapareció en la
dirección opuesta. Simón hizo una pausa.
—¿Es por ahí, y no por aquí?
—preguntó en voz alta.
Tras una breve vacilación, se encogió
de hombros y rió de nuevo. No obstante todo cuanto de horrible tenía detrás y
delante, se sentía curiosamente libre.
—¡Sea, pues! —decidió—. Te seguiré
durante un rato, lo que pro¬bablemente me conducirá al peor nido de ratas de
todo Osten Ard.
El gato le dio un pequeño golpe y se
deslizó corredor arriba. Si¬món lo siguió a tientas, envuelto por completo en
la oscuridad.
Yis-hadra se detuvo al pie de la
escalera y le dijo algo en tono an¬sioso a su marido. Yis-fidri contestó. A
continuación, los dos se in¬clinaron para examinar el agrietado balaustre de
piedra.
—Aquí —señaló Yis-fidri—. Si subís
estos peldaños, llegaréis final¬mente al castillo que los mortales edificaron
encima de éste.
—¿A qué parte? —preguntó Miriamele, a
la vez que dejaba caer el arco y la bolsa y se apoyaba en la roca—. ¿A qué
parte del castillo?
—Eso no lo sabemos —confesó
Yis-hadra—. Todo fue construido después de nuestros días. Ningún tinukeda’ya
tocó jamás esas piedras.
—¿Y vosotros? ¿Adónde iréis?
Miriamele contempló la escalera, que
ascendía en espiral hasta perderse en la negrura, allí donde ya no llegaba la
débil luz de los cristales de los dwarrows.
—Encontraremos otro sitio —contestó
Yis-fidri, y miró a su mu¬jer—. Quedamos pocos, pero aún hay algún rincón donde
nuestras manos y nuestros ojos serán bienvenidos.
—Es hora de que nos vayamos —urgió
Binabik—, Ignoramos a qué distancia están las nornas.
—¿Por qué no venís con nosotros?
—propuso Miriamele a los dwarrows—. Sois fuertes y podríais sernos de gran
utilidad. Debe¬ríais saber, además, que nuestra lucha es la vuestra.
Yis-fidri se estremeció y alzó las
largas manos como si fuese a re¬chazarla.
—¿Es que no lo entendéis? ¡No
pertenecemos al mundo de la luz, al mundo de los sudhoda’ya! Ya nos hemos visto
bastante cambiados por vosotros, hasta el punto de hacer cosas que los
tinukeda’ya no hacen. No olvidéis que tuvimos que..., que matar a varios que,
en su día, fueron nuestros señores.
Murmuró algo en su lengua, y tanto
Yis-hadra como los demás dwarrows entonaron unos lamentos a coro.
—Nos costará mucho aprender a vivir
con semejante carga sobre nuestras espaldas. No pertenecemos al mundo exterior,
Miriamele. Dejadnos partir en busca de los negros y profundos lugares que
anhelamos.
Binabik, que había conversado mucho
con Yis-fidri durante la última parte de la huida, dio un paso adelante y le
tendió al dwarrow su pequeña mano.
—¡Que encontréis un sitio seguro,
pues!
Yis-fidri lo miró por espacio de unos
segundos como si no le comprendiese, pero al fin alargó despacio sus arácneos
dedos y es¬trechó con ellos los del gnomo.
—Lo mismo os deseamos nosotros.
Prefiero no explicaros mis pensamientos, porque son terribles y dolorosos.
Miriamele se mordió los labios para
no replicar. Los dwarrows querían irse. Habían cumplido la promesa que ella les
había arran¬cado. Si ya ahora estaban asustados y se sentían desdichados, en la
superficie no servirían para nada y constituirían más una responsa¬bilidad que
una ventaja.
—Adiós, Yis-fidri —dijo por lo tanto,
antes de volverse hacia su esposa y añadir—: ¡Gracias, Yis-hadra, por enseñarme
cómo cuidáis de la piedra!
La dwarrow balanceó la cabeza y
respondió.
—¡Que también a vos os vaya bien!
Mientras hablaba, el resplandor de
los bastones se hizo vacilante y la subterránea cámara pareció desplazarse...
Otra convulsión sin movimiento. Unos instantes después, cuando todo volvía a
estar como antes, los dwarrows restantes comenzaron a murmurar.
—Hemos de irnos —dijo Yis-hadra, con
el temor reflejado en sus enormes y oscuros ojos.
Ella y su marido dieron media vuelta
en dirección a las sombras, seguidos torpemente por sus zanquilargos parientes.
En cosa de se¬gundos, el corredor quedó tan vacío como si los dwarrows jamás
hubieran existido. Miriamele parpadeó.
—También nosotros tenemos que irnos
—señaló Binabik, pero se volvió cuando había subido un par de peldaños—. ¿Dónde
está el monje?
La princesa miró hacia atrás.
Cadrach, que había permanecido al fondo de la cámara, estaba sentado en el
suelo con los ojos entor¬nados. El flameo de la antorcha de Binabik le dio un
aspecto osci¬lante.
—Es inútil —gruñó Miriamele mientras
recogía sus pertenen¬cias—. Debiéramos dejarlo aquí. ¡Que nos siga, si le da la
gana!
Binabik se puso ceñudo.
—Ayudadlo, Miriamele. En caso
contrario, podrían descubrirlo las nornas.
Aunque no muy convencida, ya que
quizá fuera eso lo que me¬recía el monje, la princesa encogió los hombros y se
acercó a él. Un tirón de la manga hizo levantar despacio a Cadrach.
—Nos vamos.
El monje pestañeó un poco.
—¡Ah! —musitó por fin, siguiendo a
Miriamele escalera arriba.
Cuando la compañía de sitha los
introdujo más en las profundi¬dades existentes debajo de Hayholt, Tiamak y
Josua miraron asom¬brados a su alrededor, como si fueran granjeros de la Tierra
de los Lagos en su primera visita a Nabban.
—¡Que maravilloso descubrimiento!
—exclamó Josua—. ¡Y pensar que lo tuve debajo durante todos los años que pasé
aquí! Dedicaría con gusto media vida a explorar y estudiar esto...
También Tiamak estaba boquiabierto.
Los toscos corredores de los túneles exteriores habían dado paso a un esplendor
que, aunque medio en ruinas, nunca habría podido imaginar, y que ni siquiera
ahora acababa de concebir. Vastas cámaras que parecían esculpidas con esmero en
la roca viva, donde cada superficie era un precioso y detallado tapiz;
escaleras que no tenían fin, esbeltas y artísticas como telarañas que
penetraban en espiral en las profundas sombras o salvaban grandes vanos negros;
salas enteras, trabajadas en forma de calveros de bosque o de laderas de
montañas con sus cascadas, aunque todo aquí era de sólida piedra... Pese a
estar en ruinas, Asu’a la Grande resultaba fascinante.
«Los Que Vigilan Y Dan Forma —pensó
Tiamak—, el solo hecho de contemplar todo esto ya compensa los sufrimientos
pasados. Mi pierna coja, mis horas en el nido de ghants... Lo acepto todo con
tal de no perder el recuerdo de estos momentos.»
Al recorrer uno de los polvorientos
túneles laterales, Tiamak apartó los ojos de los milagros que lo rodeaban para
observar el ex¬traño comportamiento de sus compañeros sitha. Cuando Likimeya y
los demás hicieron un alto para dejar descansar a los mortales en una cámara de
techo muy elevado, cuyas ventanas en forma de arco estaban cegadas por la
suciedad y los escombros, Tiamak se sentó al lado de Aditu.
—Perdonadme si mi pregunta es
descortés —dijo con educa¬ción—, pero ¿no sufre vuestro pueblo al ver su
antiguo hogar? Os veo... perturbados.
Aditu inclinó la cabeza con un
gracioso gesto del cuello.
—En parte, sí. Es triste ver en
semejante estado las cosas tan be¬llas que nuestro pueblo construyó... Sobre
todo, para quienes vi¬vieron aquí... —agregó—. ¿Recordáis aquella cámara
decorada a base de grandes peldaños floridos? La llamamos la Sala de las Cinco
Es-caleras.
—Nos detuvimos allí bastante tiempo
—asintió Tiamak.
—Pues allí murió la madre de mi
madre, Briseyu Pluma del Alba.
El hombrecillo de los pantanos pensó
en lo inexpresiva que Li¬kimeya había permanecido en el centro de la amplia
estancia. ¿Quién era capaz de entender a esos inmortales?
Aditu prosiguió:
—Pero esos motivos no son los que nos
tienen... perturbados, como vos decís. Aquí sentimos unas... presencias. Cosas
que no de¬bieran estar.
Tiamak ya había notado algo de
aquello a lo que Aditu se refe¬ría: un soplo de aire en el cogote, insistente
como unos dedos pal¬pantes, y unos ecos que parecían proceder de débiles
voces...
—¿Qué significa eso?
—Algo ha despertado en Asu’a, algo
indebido. Cuesta explicarlo. Sea lo que fuere, da una apariencia de vida a lo
que no tendría que tenerla.
Tiamak frunció el entrecejo.
—¿Fantasmas, queréis decir?
Una breve sonrisa surcó el rostro de
Aditu.
—Si entendí bien a la Primera Abuela
cuando me enseñó lo que significaba esa palabra de los mortales, no. No en este
caso. Sin em¬bargo, es difícil demostrar la diferencia. Vuestra lengua no está
prepa¬rada para ello, y vosotros no veis ni sentís tantas cosas como nosotros.
—¿Cómo podéis saberlo?
Tiamak miró a Josua, pero éste
contemplaba admirado las tra¬bajadas paredes.
—Porque si percibieseis lo mismo que
nosotros, sospecho que no estaríais sentado aquí tan tranquilamente.
Sin más palabras, Aditu se levantó y
cruzó el suelo lleno de escombros en dirección a donde su madre y Jiriki
conversaban en voz baja.
En medio del vacío, Tiamak se sintió
súbitamente rodeado de peligro. Y procuró acercarse a Josua.
—¿Lo sentís vos también, príncipe?
—inquirió Tiamak—. Los sitha lo notan. Están asustados.
El rostro de Josua tenía una
expresión hosca.
—¡Todos estamos asustados! Yo hubiese
querido disponer de una noche entera para preparar esto, pero Camaris se
precipitó. Procuro no pensar en el sitio al que nos dirigimos.
—¡Sin saber, además, qué haremos
allí! —gruñó Tiamak—. ¿Hubo alguna vez una batalla tan confusa? Yo no tengo
derecho a pregun¬tároslo, príncipe Josua, pero ¿por qué seguisteis a Camaris?
Su¬pongo que podrían haber tratado de buscarlo otras personas menos cruciales
que vos para el éxito de nuestra empresa.
—No había nadie más allí. Quise
recuperarlo antes de que fuera demasiado tarde. Temí que otros no llegaran a
tiempo. Pero in¬cluso...
Volvió a producirse la misteriosa
perturbación del aire y de la piedra, cortando la frase iniciada por Josua. Las
luces de los sitha temblaron pese a que éstos parecían inmóviles. Hubo un
instante en que Tiamak creyó notar la presencia de otros seres, de una oscura
horda que invadía las ruinosas salas. Pero esa sensación desapareció y todo
volvió a ser como antes, con excepción de un ilógico y persistente olor a humo.
—¡Aedón misericordioso! ¿Qué lugar es
éste?
Josua se contempló los pies como si
le extrañase verlos todavía en el suelo.
Los sitha parecían atentos al
fenómeno, Jiriki les dijo a los mor¬tales:
—Es preciso ir más aprisa. ¿Sois
capaces de mantener el paso?
—Yo tengo una pierna coja —contestó
Tiamak—. Pero haré lo que pueda.
Josua apoyó una mano en el hombro del
wran.
—No os dejaré atrás. Si es necesario,
os llevaré en brazos.
Tiamak sonrió emocionado.
—No creo que el problema llegue a
tanto, príncipe.
—Vamos, pues. Los sitha tienen prisa,
y no quiero fallarles.
Se lanzaron a un rápido trote por los
serpenteantes pasadizos. Viendo delante las espaldas de los sitha, Tiamak se
dio cuenta de que, de quererlo ellos, habrían podido dejar muy atrás a sus
compa¬ñeros mortales. Mas no lo hacían, y eso significaba mucho: por lo visto,
los sitha creían que Tiamak y Josua podían hacer algo impor¬tante. El wran hizo
caso omiso del dolor de su pierna y siguió ade¬lante.
Tuvieron la sensación de correr
durante horas, aunque Tiamak no podía saber si eso era cierto: del mismo modo
que la sustancia de la propia Asu’a parecía extrañamente inestable, el tiempo
avanzaba de una forma que él no acertaba a interpretar. A veces, el intervalo
entre dos pasos parecía largo, mientras que momentos más tarde, se encontraba
en otra parte del subterráneo castillo en ruinas, co¬rriendo igualmente pero
sin tener conciencia de haber dejado atrás el trecho existente entre un sitio y
otro.
«El Que Siempre Camina Sobre Arena,
mantenme sano hasta que haya llevado a cabo todo lo que pueda hacer», rezó. A
su lado, también el príncipe parecía en silenciosa comunicación con algo o
alguien.
Durante un rato, los sitha estuvieron
tan adelantados que sus luces eran sólo un resplandor en el túnel que Tiamak y
Josua habían enfilado. La propia esfera del wran proporcionaba poca claridad,
dado su balanceo, y tanto él como Josua comenzaron a tropezar con los escombros
que apenas podían distinguir, con lo que se causaron más de un corte y diversas
magulladuras antes de lograr alcanzar a los inmortales.
Los sitha se habían parado bajo un
elevado arco, donde la difusa claridad procedente de la cámara que se abría más
allá hacía desta¬car sus siluetas. Cuando Tiamak llegó jadeante, con su cojera,
a donde ellos estaban, se preguntó si por fin habrían alcanzado la luz del
mundo exterior. Al aspirar con fuerza el aire, descubrió la dragontina
serpiente esculpida en el arco. Su cola descendía por un lado y seguía por el
polvoriento suelo para subir por el otro lado de la abertura hasta el dintel,
donde era mordida por la boca del mons¬truo. En sus miles de diminutas escamas
había aún restos de pintura.
La humosa luz existente detrás de los
sitha los hacía parecer un poco deformes, anormalmente flacos y sin unas líneas
concretas. El más cercano, Jiriki, miró a los agotados mortales. En su rostro
había compasión, pero también unas emociones más urgentes.
—Al otro lado está el Pozo de las
Tres Profundidades —anunció—. Si os digo que se trata de un Testigo Maestro,
podréis haceros una idea de la clase de fuerzas que actúan aquí. Este es uno de
los lugares donde más poder palpita. Los grandes gusanos de Osten Ard venían a
beber las aguas de la laguna y compartir su sabiduría carente de palabras,
mucho antes de que mi pueblo pisara estas tierras.
—¿Por qué nos hemos detenido aquí?
—preguntó Josua—. ¿Acaso Camaris...?
—Puede encontrarse aquí, sí, o
haberse ido ya. Es un sitio de in¬tensa potencia mágica, como os indiqué, y uno
de los orígenes del cambio que notábamos a nuestro alrededor. Quizá proceda
incluso sólo de aquí...
Jiriki alzó una mano como
advertencia. Por primera vez, Tiamak vio fatiga en la cara del inmortal.
—Por favor: ¡no hagáis nada sin antes
preguntarnos! Y no toquéis absolutamente nada más que el suelo por el que
caminamos. Si algo os hablase, no contestéis.
Tiamak estaba helado. Hubiera querido
formular mil pregun¬tas, pero la tensión que veía en el sitha fue suficiente
para hacerle guardar silencio.
—Sigamos adelante —propuso Josua.
Aunque también ellos vacilaban un
poco, los sitha atravesaron el arco para entrar en una extensa cámara inundada
de luz indirecta. Los trozos de pared que Tiamak lograba ver a través de la
misteriosa nebulosidad del aire, parecían de construcción casi reciente, en
buen estado y con nervaduras en forma de grandes pilares que as¬cendían hacia
el escondido techo. La laguna, una extensión circular de centelleantes aguas
ocupaba el centro de la caverna. Una escalera de caracol, cuyo arranque se
hallaba en el extremo opuesto de la la-guna, subía maciza pero elegante hasta
perderse de vista entre las ti¬nieblas.
En aquella cámara había algo... vivo.
Tiamak no encontró me¬jor modo de describir la sensación. No habría sabido
decir si era la laguna en sí, con sus resplandores azules y verdes que
burbujeaban desde las profundidades, pero en aquel lugar había algo más que
agua y piedra. El aire parecía cargado de tormenta, y el wran com¬probó que
contenía la respiración cuando continuaron el camino. Los sitha, que avanzaban
con tanta cautela como unos cazadores que vigilaran a un jabalí herido,
formaron abanico alrededor de la laguna, alejándose de él a cada paso que
daban. La humosa luz tre¬moló.
—¡Camaris! —gritó de pronto Josua.
Tiamak alzó la vista, asombrado. El
príncipe miraba con fijeza una forma situada más allá del más adelantado de los
sitha: una alta figura con una larga sombra en la mano. Josua echó a correr por
el borde del lago, y los sitha, apartada momentáneamente su atención de las
aguas, avanzaron con él hacia el solitario personaje. Tiamak olvidó el dolor de
su pierna para seguirlos.
Por un instante, el wran creyó que el
príncipe se había equivo¬cado, que aquella persona no podía ser Camaris. Le
pareció que era alguien totalmente diferente: un hombre de cabellos en desorden
y vestido de manera extraña, con una corona en forma de ramas en la cabeza. De
improviso, la cámara pareció temblar e inclinarse. El wran se tambaleó y,
cuando hubo recobrado el equilibrio, vio que, en efecto, se trataba de el
anciano caballero. Camaris dio un paso atrás, llenos de alarma los ojos, y
apuntó con la negra espada contra quienes se aproximaban. Josua y los sitha se
pararon a una distancia prudente.
—Camaris —dijo el príncipe—, soy
Josua. Soy sólo yo, que vengo en vuestra busca.
El viejo lo miró, pero sin cambiar la
posición de defensa de la es¬pada.
—Es un mundo de perdición —contestó
con voz ronca.
—Iré con vos —insistió Josua—. A
donde queráis ir. No temáis. No os lo impediré.
La intervención de Likimeya sonó
sorprendentemente dulce.
—Podemos ayudaros, Hikka Ti-tuno. No
pretendemos impedi¬ros seguir, pero sí aliviar vuestros sufrimientos.
¿Recordáis a Amerasu, la Nacida en el Barco?
La mujer sitha dio un paso adelante,
con las palmas de las ma¬nos hacia arriba.
El caballero estiró los labios en una
mueca de dolor y miedo, blandiendo el arma como si quisiera atacar. La espada
del moreno Kuroyi salió con un silbido de su vaina cuando el sitha se colocó
de¬lante de Likimeya.
—No es necesario —dijo ella
fríamente—. Retirad el arma.
El alto Kuroyi dudó unos instantes,
pero al fin envainó la es¬pada. También Camaris bajó la suya.
—Lástima —dijo Kuroyi, y parecía
sentirlo de veras—. Siempre me pregunté cómo sería cruzar espadas con el más
grande de los guerre¬ros mortales...
Antes de que nadie pudiera hablar, la
luz fluctuó violentamente y, al momento, la cámara quedó a oscuras.
Volvió la luz poco después, pero el
nebuloso aire era ahora tan azul como el centro de una llama, Tiamak tuvo la
sensación de que un gélido viento soplaba a través de su persona, y la tensión
del aire aumentó hasta que le martillearon los oídos.
—¡Cuánto amáis a los mortales! —sonó
la horrible voz en su mente y en todo su cuerpo, y las palabras parecían
insectos que co¬rriesen por su piel—, ¡Sois incapaces de dejarlos solos!
Tiamak y los demás se volvieron. En
los remolinos de niebla que tenían detrás se formaba un ser de máscara de plata
y pálida tú¬nica, sentado en un trono que se sostenía en el aire, encima de la
la¬guna. La macilenta luz azul no llegaba mucho más allá del agua, y espesas
sombras envolvían la cámara. El wran sintió que el miedo le agarraba la espina
dorsal. Incapaz de moverse, sólo podía rezar para pasar inadvertido. La reina
del Pico de las Tormentas —porque... ¿quién más cabía que fuera?— resultaba tan
espantosa como la horri-ble visión que en sus pesadillas había tenido de La Que
Espera Para Llevarnos A Todos.
Likimeya se mantuvo rígida, como si
hasta el hablar represen¬tase un esfuerzo para ella.
—Veo que habéis encontrado el modo de
llegar hasta el Pozo de las Tres Profundidades, señora. Eso significa que
podéis utilizarlo.
La figura enmascarada no hizo
movimiento alguno, pero Tia¬mak notó que emanaba de ella algo semejante al
triunfo.
—Yo hice enmudecer a Amerasu... La
destrocé antes de que mis cazadores la mataran. ¿Crees poder compararte con
ella, chiquilla?
—No. Pero llevo conmigo a otros.
—¡A otros niños!
Una mano pálida se levantó y pareció
vacilar cuando la niebla se arremolinó.
Tiamak percibió vagamente unos
movimientos en el círculo de figuras que lo rodeaba, pero no podía apartar los
ojos de aquella centelleante máscara de plata.
—¡Camaris! — gritó Josua—. ¡Se va!
—Id tras él —dijo Jiriki—. Y vos
también, Tiamak.
—¿Y vosotros qué? —inquirió el
príncipe, quebrada la voz—. ¿Cómo encontraremos nosotros el camino?
—Camaris va hacia lo que lo atrae.
Jiriki se acercó a su madre, que
parecía enzarzada en una silen¬ciosa lucha con la reina de las nornas. Los
músculos faciales de Likimeya se movían.
—Allá debéis dirigiros vosotros
también —añadió el príncipe sitha—. Esto que sucede aquí es nuestro problema.
Y se volvió de cara a la laguna.
—¡Marchaos! —insistió Aditu con
urgencia, a la vez que le tiraba de la manga a Tiamak, con lo que el wran
estuvo a punto de per¬der el equilibrio cuando quiso seguir a Josua—. Nosotros
invocare¬mos el poder del Árbol Más Viejo y mantendremos a raya a la reina todo
el tiempo posible, pero no lograremos hacer fracasar el plan que tiene aquí.
Utuk’ku ya habrá recurrido al Testigo Maes¬tro, probablemente. Lo presiento.
—Pero... ¿qué hace? ¿Qué sucede?
—preguntó Tiamak con una voz cada vez más atemorizada.
—No podemos verlo —se lamentó Aditu,
apretando los dientes—. Por todos los medios procuramos frenarla. Vos y los
demás debéis llevar a cabo lo que os quede por hacer. Esta batalla es nuestra.
¡Y ahora, idos!
Después de estas palabras, la sitha
lo dejó.
La pulsante brillantez de la laguna
aumentó en intensidad, y por las paredes se encendieron unas llamas liliáceas,
que saltaban como si las agitara un fuerte viento. La cámara entera se notaba
tensa como la piel de un tambor. A Tiamak le pareció que su cuerpo se encogía,
aplastado poco a poco por las fuerzas ahora desatadas. Algo muy poderoso,
aunque sin forma ni sustancia, lo azotaba desde la brumosa forma que flotaba
encima del agua.
Inseguros como si los azotara un
tremendo vendaval, los sitha formaron una fila delante de la laguna, unieron
sus manos y empe¬zaron a cantar.
Cuando la extraña música de los
inmortales llenó el ambiente, las luces de la laguna parpadearon fuertemente.
Tiamak contempló impotente la refulgente niebla, incapaz de recordar cómo debía
mo¬verse. Tenía la sensación de que las paredes que rodeaban la laguna se
doblaban hacia adentro y de nuevo hacia afuera, una y otra vez, como si toda la
cámara respirara. Aditu avanzaba entre tambaleos y tropezones por la orilla del
lago, y su hermano Jiriki, que caminaba a su lado, tuvo que enderezarla. El
canto de los sitha desfalleció un poco, para continuar luego como antes.
En respuesta a aquella lastimera
música, otra cosa empezó a for¬marse en las brumas de la laguna, algo que
rápidamente se enredó con la pálida sombra de la reina de las nornas. Tiamak lo
interpretó como una débil y oscura forma de ancho tronco, oscilantes ramas y
espectrales hojas que se agitaban como si el viento las acariciase. Aditu había
dicho «el Árbol Más Viejo» y, en efecto, el wran sentía la enorme antigüedad de
aquello, sus profundas raíces y la nutriente fuerza que despedía. Hubo un
momento en que Tiamak sintió, in¬cluso, algo semejante a la esperanza.
Como si quisieran responder, las
azules luces del agua empeza¬ron a arder con energía todavía mayor, hasta que
su fulgor llenó la caverna de modo cegador. La forma del árbol, en cambio,
perdió sustancia. El wran creyó hundirse en el suelo cuando el sofocante y al
mismo tiempo gélido poder surgió del Pozo de las Tres Profundi¬dades.
—¡Tiamak!
La voz, que había sonado distante y a
sus espaldas, significaba poco. Nada podía atravesar la niebla que le llenaba
los oídos, el co¬razón, los pensamientos...
A gran altura sobre el centro de la
laguna, la reina de las nornas tenía el aspecto de una criatura hecha
totalmente de hielo, aunque algo negro latía en su corazón e irregulares llamas
moradas y azules jugueteaban alrededor de su cabeza y partían de su centelleante
máscara. Utuk’ku abrió los brazos y cerró los enguantados puños. Kuroyi lanzó
un chillido y se desplomó al suelo entre convulsiones. El sitha de los cabellos
negros fue adoptando unas desconcertantes formas que cambiaban a una velocidad
pasmosa, como si unas ma¬nos invisibles amasaran su cuerpo cual un montón de
barro. Los de¬más sitha retrocedieron horrorizados. El árbol fantasma se
desvane¬ció del todo. Transcurridos unos segundos, Aditu y los suyos se
recuperaron, luchando por cerrar el hueco antes ocupado por Ku¬royi. Peleaban
como si estuvieran sumergidos en profundas aguas, ansiosos por volver a tomarse
de las manos. El sitha caído había de¬jado de moverse y permanecía inmóvil.
Nada en él recordaba ya al hombre.
Algo tiró una y otra vez de la manga
de Tiamak. El wran se vol¬vió despacio. Josua le gritaba, pero sus palabras
resultaban imposi¬bles de entender. El príncipe lo hizo ponerse de pie y lo
arrastró como pudo, trastabillando, hasta alejarlo de la laguna. Tiamak temió
que le estallara el corazón. Las piernas se negaban a sostenerlo, pero Josua no
cesó de sujetar y obligar al compañero hasta que éste pudo moverse solo. A
continuación y sin perder ni un instante, el príncipe partió en busca de
Camaris. El viejo caballero se había ade¬lantado casi cien metros, y seguía con
paso rígido en dirección a los oscuros pasadizos que daban al otro extremo de
la amplia caverna. Tiamak fue detrás de ellos, cojeando.
A sus espaldas resonó de nuevo el
canto de los Hijos del Amane¬cer, más desparejo esta vez. El wran no se atrevió
a mirar atrás. La azulada luz pulsaba en todo el techo de la cámara, y las
sombras sur¬gían de repente para desaparecer y volver a formarse.
No obstante los extraños
desplazamientos que parecían tener lugar a su alrededor y a las incorpóreas
voces que de cuando en cuando emitían chillidos o farfullaban cosas
ininteligibles en las ti¬nieblas, Simón no se dejó vencer por el miedo. Había
sobrevivido a la rueda, superado el horripilante vacío y regresado. De nuevo
po¬seía su vida, pero no se agarraba a ella de manera tan férrea como antes y,
de este modo, en cierto aspecto la tenía más segura. ¿Qué importancia tenían
unas pequeñeces como el hambre o la momen¬tánea ceguera? Ya antes había
conocido el hambre, y también lo que significaba caminar a oscuras.
El gato lo precedía en silencio, ya
que sus aterciopeladas patas no hacían ruido, y a intervalos volvía atrás para
frotarse contra él, antes de seguir adelante para conducirlo por los retorcidos
pasadizos. Ha¬cía ya rato que había depositado su confianza en el animal. No le
quedaba otro remedio, ni tenía sentido preocuparse por ello.
Algo ocurría a su alrededor, si bien
Simón no sabía con exacti¬tud qué era. Las espectrales presencias y misteriosas
distorsiones cobraban aún mayor intensidad que antes y parecían producirse con
la regularidad de las olas al chocar contra una playa, barriendo todo cuanto
encontraran para retirarse luego de nuevo. Simón de¬cidió hacerse fuerte ante
aquellas extrañas sensaciones, del mismo modo que había superado en otros
momentos los terribles sufri¬mientos.
Así pues, avanzó a tientas por los
negros corredores. Clavo Bri¬llante arañaba las paredes como la antena de un
escarabajo, y sus propios dedos pasaban por la capa de polvo, el húmedo musgo,
las telarañas y otras cosas aún más desagradables. Simón no podía ha¬cer otra
cosa. Se había enfrentado en su día al dragón de hielo, gri¬tándole su nombre;
había conocido el vacío existente más allá de los sueños, sin otro consuelo que
el de aferrarse a sí mismo... Ahora, pues, no retrocedería ante la tarea que le
aguardaba.
Clavo Brillante parecía cambiar en
aquel mundo sin luz. Tan pronto era una espada normal que al andar le golpeaba
la cadera, como latía al compás de las convulsiones de las profundidades del
castillo y, por espacio de unos momentos, tenía vida propia. Cuan¬do esto
sucedía, resultaba difícil decir quien mandaba, o si, simple¬mente, Simón y la
espada eran, como él y el gato, dos criaturas que atravesaban la oscuridad en
singular unión.
En esos instantes, el joven empezaba
a percibir en la mente su llamada. Era una presencia sutil, sólo un tenue eco
del canto que Guthwulf había creído oír, pero que aumentaba constantemente de
volumen. Durante unos breves segundos casi logró entender las pa¬labras, como
si aquello le hablase en un lenguaje olvidado largo tiempo atrás, pero que
ahora surgía poco a poco del interior de su memoria donde había estado
enterrado. En cualquier caso, Simón no tenía interés en entender lo que la
espada cantaba. Si caminaba lo suficiente, quizá se volviera como Guthwulf y ya
no oyese casi nada más que la apremiante música de Clavo Brillante.
Pero confiaba en no tener que
permanecer tanto tiempo en la oscuridad.
Llegó un momento en que el gato se
paró y no siguió adelante. Se restregó contra sus espinillas como si deseara
ser acariciado y, cuando Simón se agachó para tocarlo, le empujó los dedos con
el hocico, mas no continuó su camino. El joven esperó un poco, a la vez que se
preguntaba si no habría confiado excesivamente en un simple animal.
—¿Adónde vamos ahora? —dijo, pero su voz apenas
resonó: toda¬vía se hallaban en uno de los túneles angostos—. ¡Anda, amigo!
El gato volvió a frotarse contra él
entre sonoros ronroneos. En vista de que no avanzaba, Simón extendió las manos
y se puso a pal¬par las paredes en busca de algo... Quizás hubiese una abertura
que no llegara al suelo, cosa que les impediría seguir. Mas lo que halló fue un
estante de roca, más o menos a la altura de su cabeza, y en él había un plato y
una escudilla cubierta.
«¡Yo ya estuve aquí antes! —se dijo—.
Excepto que algún loco vaya dejando comida a lo largo de los túneles... Pero si
así fuera, ¡bendito sea! ¡Bendito sea de cualquier modo!»
Simón murmuró una oración de gracias
mientras cogía del plato el pan y el tasajo y un pequeño trozo de queso; se
sentó en el suelo y comió lo que necesitaba para sentirse más contento y
ani¬mado de lo que había estado en los últimos días. Bebió la mitad del agua y,
después de breve reflexión, vació del todo la escudilla. La¬mentó no disponer
de un odre, pero, si tenía que transportar el agua sin él, mejor llevarla
dentro del cuerpo.
El gato volvió a hacerse notar,
dándole golpecillos mientras ron¬roneaba. Arrancó un considerable trozo de
cecina para compartirla con el pequeño guía —por cierto que el animal lo cogió
con tanto afán, que sus afilados dientes arañaron los dedos del joven— y se
guardó el resto en el bolsillo de la camisa.
«Tal vez el gato no me conduzca a
ninguna otra parte —pensó—. A lo mejor era esto todo cuanto quería.»
Pero el animal se deslizó unos
momentos más por entre sus to¬billos y, como si un ritual hubiera sido llevado
a cabo con éxito, vol¬vió a tirar adelante. Simón se inclinó y notó primero su
cabeza, luego su lomo y, por último, cómo el rabo pasaba por debajo de sus
dedos. Esbozó una invisible sonrisa y siguió al minino.
Al principio apenas se dio cuenta,
pero Simón observó luego, de manera gradual, que las paredes del pasadizo
empezaban a ser visi¬bles. La luz era tan escasa que, durante unos centenares
de pasos, creyó que sus ojos le jugaban una mala pasada, pero al fin com¬probó
que, en efecto, distinguía la áspera superficie de las paredes por las que
pasaba la mano. También el gato se había convertido en una realidad, en vez de
ser sólo una idea, un vago movimiento en el suelo del túnel, delante de él.
Simón siguió al animal por los
serpenteantes pasadizos, más bastos que los que atravesaban las ruinas de
Asu’a, y experimentó la creciente certeza de que se hallaba nuevamente en el
castillo de los mortales. Al doblar la siguiente curva, se encontró con que la
débil iluminación procedía de una antorcha colocada en un soporte de la pared,
al final de una larga galería.
¡Luz! ¡Había regresado!
Simón cayó de rodillas, olvidando por
un momento sus dolori¬dos miembros, y apoyó la frente en el suelo de piedra.
Allí perma¬neció, tembloroso de la emoción. ¡Luz! ¡Estaba nuevamente en el
mundo!
«Gracias, Maegwin. ¡Bendita seáis!
Gracias también a vos, Guthwulf.»
El gato era una sombra gris contra el
gris del suelo. Algo le vino a la memoria...
«Yo ya había visto antes a este gato,
¿o no? Hayholt estaba lleno de gatos.»
El aire se contrajo de súbito,
temblaron las paredes y se curva¬ron hacia adentro como si quisieran atraparlo.
Por delante de su mente pasó fugaz una imagen: un gran árbol sacudido por los
tem¬pestuosos vendavales, cuyas ramas se quebraban y desaparecían de la vista.
Simón tuvo la sensación de que lo habían vuelto del revés. Esfumada la visión y
restablecido el orden normal de las cosas, con¬tinuó de rodillas un buen rato,
jadeante.
Su pequeño guía de cuatro patas se
detuvo para ver si él seguía, y reanudó el camino, como si la extraña
interrupción no mereciera la atención de un gato. Simón se levantó con torpeza.
La criatura se paró entonces en una
puerta en forma de arco. El joven descubrió una estrecha escalera que subía
hacia la oscuridad. El gato arrimó el hocico a su tibia pero no avanzó.
—¿Debo ir hacia arriba? —murmuró
Simón.
Introdujo la cabeza en la entrada. En
lo alto, escondida por la retorcida escalera, brillaba otra débil fuente de
luz.
Simón miró brevemente al gato. El
animal le devolvió una fija mirada de sus grandes ojos amarillos.
—Bien, pues...
El joven tocó la espada para
cerciorarse de que la empuñadura no estuviese enganchada en los harapos de su
cinturón, e inició el ascenso. A los pocos pasos se volvió. El gato continuaba
en medio del túnel, observándolo.
—¿No vienes?
El animal se levantó y, con toda
calma, se alejó corredor abajo. Aunque hubiese poseído el don del habla, no
podría haber expre¬sado mejor que, en adelante, ya se las apañaría solo.
Simón sonrió con amargura.
«Supongo que no existe en todo el
mundo un gato tan estúpido para ir a donde yo me dirijo.»
Pero prosiguió escalera arriba.
La escalera desembocaba en una amplia
pieza carente de venta¬nas y escasamente iluminada por una abertura en el
techo. Detrás del biombo de madera que escondía la escalera, Simón halló uno de
los almacenes situados debajo del refectorio. Ya había estado allí el horrible
y trascendental día en que había descubierto al príncipe Josua en la prisión de
Pryrates, pero entonces la despensa estaba re¬pleta hasta el techo de toda
clase de víveres y otras cosas. Ahora, los barriles restantes se veían vacíos
y, en parte, hechos astillas. Todo aparecía cubierto de polvorientas y espesas
telarañas, y la harina que manchaba el suelo presentaba las inconfundibles
huellas de los rato¬nes. Al parecer, nadie había entrado en la habitación desde
hacía bastante tiempo.
Arriba, aparte del refectorio, había
otros centenares de apiñados edificios del bastión interior, y por encima de
todo ello destacaba la marfileña aguja de la Torre del Ángel Verde.
Al pensar en ello, notó que el canto
de Clavo Brillante se hacía algo más insistente.
«... ve allá...»
Eso fue un susurro en el rincón más
escondido de sus pensa¬mientos.
Simón encontró la escala del
portillo, que había caído al suelo, y la devolvió a su sitio para empezar a
trepar por ella. La madera cru¬jía de modo amenazador, mas resistió. Por debajo
de las protestas de los travesaños, el muchacho creyó percibir un débil
murmullo, como si las sibilantes voces de los túneles lo siguieran desde la
oscu¬ridad.
La única iluminación existente en el
refectorio consistía en la es¬casa y grisácea luz que penetraba por los altos
ventanales. Las mesas y los bancos que aún quedaban estaban en desorden,
algunos de esos muebles hechos astillas, pero en su mayoría habían
desapare¬cido por completo, quizá destinados a servir de leña. Una desola¬dora
capa de polvo lo cubría todo, incluso aquellas cosas que habían sufrido un
final violento, como si la destrucción se hubiera produ¬cido un siglo antes.
Unas ratas pasaron corriendo por una de las me¬sas rotas, sin prestarle la
menor atención a Simón.
Los murmullos que había oído eran
ahora más fuertes. En su mayor parte lo constituía el viento que aullaba fuera,
pero aun así se percibían unas ahogadas voces que pedían auxilio o expresaban
miedo o rabia. Simón alzó la vista y descubrió que por los desvenci¬jados
postigos entraban minúsculos copos de nieve. Enseguida le pareció que Clavo
Brillante se movía, como un animal cazador que notara el olor de la sangre.
Simón echó una nueva mirada al
refectorio y pudo darse cuenta, aunque un poco distraído, de los daños sufridos
por su anti¬guo hogar, mientras avanzaba con toda la cautela posible hacia el
pórtico que daba al este. Una vez llegado a la puerta, comprobó que ésta pendía
de unos goznes rotos, por lo que no podría ser abierta sin ruido, pero al oír
el tumulto que imperaba en el exterior comprendió que nadie se fijaría en él
aunque arrancase la puerta. Los amenazadores ululatos del viento habían ido en
aumento, y asi¬mismo eran más fuertes las voces y otros ruidos, hasta que todo
junto alcanzó el fragor de una batalla que tuviese lugar al otro lado de la
puerta del refectorio.
El joven se agachó para aplicar el
ojo a la cuña de luz, allí donde la hoja de la puerta se había desprendido del
marco. Primero le costó hacerse cargo de lo que veía.
Realmente había una batalla fuera, o,
por lo menos, grandes montones de hombres armados que iban de un lado a otro
del patio interior. El caos se veía complicado por la nieve que cubría el
fan¬goso suelo y se esparcía por el aire como el humo, enturbiándolo todo. El
único trozo de cielo visible estaba ennegrecido por nubes que se desplazaban
con rapidez.
Unos rayos surcaron la negrura para
convertirlo todo durante unos segundos en un brillante mediodía, pero, al
parecer, las tinie¬blas volvieron a envolver el mundo. Aquello parecía una
batalla ante las puertas del infierno, una locura de desencajados rostros
au-llantes y horripilados caballos, un embravecido mar que hubiera inundado
toda la nevada parte interior del castillo. Un intento de atravesar aquel
pandemónium significaría la muerte.
En el extremo opuesto, inalcanzable
para Simón, se alzaba la Torre del Ángel Verde con su aguja de marfil coronada
por nuba¬rrones. Otro rayo estalló en el cielo, una serrada y cegadora cadena
que pareció rodear la torre. El trueno le hizo temblar los huesos. Al mirar
hacia arriba en ese instante de salvaje iluminación, Simón distinguió una
pálida cara en una de las grandes ventanas del cam¬panario.
XXXI
EL FALSO MENSAJERO
M
iriamele se tambaleaba de tan
exhausta. No compren¬día cómo Binabik, que tenía las piernas mucho más cortas,
podía seguir adelante. Estaba convencida de que llevaban subiendo más de una
hora. ¿Cómo podían ser tantos los escalones? Aunque hubiesen partido del centro
de la tierra, ahora ya tendrían que estar en Hayholt.
Jadeante, se paró un momento para
enjugarse el sudor de la frente y mirar hacia atrás. Cadrach estaba todavía dos
tramos de es¬calera más abajo, y a la luz de las antorchas apenas se lo veía.
Sin em¬bargo, el monje no se rendía, y eso era de agradecer.
—¡Esperadme, Binabik! —gritó—. Si...,
si subo un peldaño más, se me... desprenderán las piernas.
El gnomo hizo un alto y descendió un
poco. Ofreció a la prin¬cesa su odre de agua y, mientras ella bebía, dijo:
—Casi estamos en el castillo. Noto el
cambio de aire.
Miriamele se dejó caer sobre el ancho
y liso escalón, y dejó a un lado el arco y la bolsa que tantas veces durante la
última hora había estado tentada de tirar lejos de sí.
—¿Qué aire? Ya no recuerdo cuándo
tuve aire por última vez en mis pulmones...
Binabik la miró con afecto.
—Nosotros, los qanuc, aprendemos a
escalar montañas antes de saber hablar. La verdad es que vuestro esfuerzo ha
sido sorpren¬dente.
Miriamele ni siquiera intentó
responder. Momentos después apareció Cadrach y se apoyó en la pared antes de
deslizarse al pel¬daño, apenas a un brazo de distancia de la princesa. Tenía
húmeda la pálida cara, y sus ojos parecían perdidos en la lejanía. Le costaba
respirar y, tras breve vacilación, Miriamele le pasó el odre de agua. El monje
lo tomó sin levantar siquiera la vista.
—Los dos necesitáis descansar —dijo
Binabik—. Ya subiremos luego el último trozo. Estamos muy, muy cerca.
—¿Cerca de qué?
La princesa retiró el odre de los
torpes dedos de Cadrach, bebió más y se lo devolvió al gnomo.
—Binabik —continuó—, traté de reunir
fuerzas para preguntá¬roslo... ¿Qué ocurre en realidad? Algo que dijeron los
dwarrows, algo que vos ya esperabais... ¿Qué es? —insistió, mirándolo
fi¬jamente, pese a advertir que el gnomo hubiera deseado desviar la vista.
Binabik permaneció en silencio, pero
ladeó la cabeza como si escuchara. En la escalera no se oía nada, aparte de la
áspera respira¬ción de ellos. Finalmente, el gnomo tomó asiento junto a
Miriamele.
—En efecto es algo que ya advirtieron
los dwarrows, aunque eso sólo no habría hecho saltar de esa forma mis
pensamientos —explicó Binabik mientras se observaba los pies—. Se me ocurren
otras cosas. Algo, por ejemplo, que consideré durante largo rato: ¡el «falso
men¬sajero» del sueño de Simón!
—En casa de Geloë —susurró la
princesa, que también lo recordó.
—Y no fue el único. Otro mensaje que
recibimos en el Yermo Blanco, traído por un gorrión, y que ahora supongo
enviado por Dinivan, de Nabban, pues me consta que Isgrimnur se lo oyó más
tarde de palabra, también contenía una advertencia referente a fal-sos
mensajeros.
Miriamele sintió una punzada al
recordar a Dinivan. ¡Tan ama¬ble y tan inteligente, y no obstante había sido
destrozado como un trozo de leña por Pryrates! El relato de Isgrimnur sobre los
horrores vistos en el Sancellan Aedonitis vagaba por sus pesadillas.
De repente cayó en algo: había
luchado con Cadrach cuando él intentaba sacarla del Sancellan, oponiendo una
resistencia terrible y llamándolo mentiroso, hasta que el monje no tuvo más
remedio que dejarla sin sentido de un golpe y llevársela. Pero de hecho le
ha¬bía dicho la verdad. ¿Por qué no había echado él a correr para salvar el
pellejo, sin preocuparse más por su suerte?
Miriamele se volvió hacia el monje,
que aún no había recobrado el aliento y seguía acurrucado contra la pared, la
cara blanca como un muñeco de cera.
—Desde entonces me pregunto quién
pudo ser ese mensajero —continuó Binabik—. Muchos acudían en busca de Josua,
así como de Simón y de Dinivan, los dos que recibieron las advertencias. ¿De
qué mensajero se trataba?
—¿Y ahora suponéis quién pudo ser?
Binabik quiso contestar en el acto,
pero se tomó tiempo para respirar a fondo.
—Permitid que os exponga lo que yo
pienso. Quizá se os ocurra algo. También a vos, Cadrach. Yo sólo confío en
estar equivocado en mi sospecha —dijo el gnomo, juntando los dedos de sus
menudas manos y con gesto ceñudo—. Los dwarrows aseguran que las Gran-des
Espadas fueron forjadas con ayuda de las Palabras Creadoras... Unas palabras
que, según ellos, se emplean para rechazar las reglas del mundo.
—No lo entiendo.
—Procuraré explicarlo, pero lo cierto
es que disponemos de poco tiempo para ello.
—Cuando esté más descansada, podéis
hablar mientras subimos.
Al gnomo le pareció bien.
—Empezaremos, pues, por las reglas
del mundo. Una de ellas consiste en que las cosas caen hacia abajo —dijo, y
como ejemplo, dejó que el tapón del odre del agua fuera a parar al suelo—. Si
alguien desea otra clase de caída..., que algo caiga hacia arriba, tiene que
re-currir a la magia, ya que eso va en contra de las leyes del mundo.
Hasta aquí, Miriamele lo comprendía.
Cadrach, sentado junto a ella, había levantado la cabeza como si escuchara,
pero seguía con la vista clavada en la pared de enfrente.
—Pero, si una ley ha de ser
quebrantada durante un largo espacio de tiempo, las artes mágicas empleadas han
de tener un gran poder, ya que alzar una cosa pesada y dejarla caer resulta más
fácil que mantenerla en el aire durante horas. Para tales tareas, los dwarrows
y otros que practicaban el Arte utilizaban...
—... las Palabras Creadoras —completó
Miriamele la frase—. Y se sirvieron de ellas al forjar las Grandes Espadas.
—Sí. Lo hicieron porque todas las
Grandes Espadas tenían que ser hechas a base de cosas que no se producían en
Osten Ard, cosas que resistían las artes empleadas para crear un arma mágica.
Eso re¬quería vencer, pero no sólo por un momento. Las fuerzas enemigas tenían
que ser vencidas para siempre, y por eso se recurrió a las pode¬rosísimas
Palabras Creadoras —prosiguió Binabik, ahora despacio—. Me figuro, pues, que
esas hojas son como una de esas catapultas que vuestro pueblo hace servir para
atacar las ciudades amuralladas, equilibradas de forma que disparan grandes
piedras como si fuesen diminutos pajarillos. Una fuerza semejante se halla en
cada una de esas espadas... ¿Quién se imagina, por consiguiente, el poder de
las tres juntas?
—¡Pero eso es una gran cosa! —exclamó
la princesa, desconcer¬tada—. ¿No es precisamente lo que necesitamos para
derrotar al Rey de la Tormenta?
Pero la cara de preocupación de
Binabik redujo su entusiasmo.
—¿Hay algún motivo que nos impida
usar ese poder?
Cadrach miró por fin al gnomo, y en
sus ojos apareció una chispa de interés.
—Pero... ¿quién lo utilizaría?
—inquirió el monje—. ¿Verdad que es ésa la cuestión?
Binabik reconoció que así era.
—Eso es lo que yo temo —respondió y,
de cara a Miriamele, aña¬dió—: ¿Por qué trajeron aquí a Espina? ¿Por qué buscan
Josua y los demás la espada llamada Clavo Brillante?
—Se proponen atacar con esas hojas al
Rey de la Tormenta —re¬plicó la princesa.
En realidad aún no sabía adónde conducían las preguntas del gnomo, pero
Cadrach sí, por lo visto. Una sonrisa semejante a una mueca de reluctante
admiración torció hacia arriba los labios del monje. Miriamele se preguntó
quién le inspiraba aquella admi¬ración.
—¿Por qué? —quiso saber el gnomo—.
¿Quién nos indicó utilizar¬las contra el enemigo? No lo digo para enredaros,
Miriamele. Es lo que me ha estado preocupando hasta crearme la sensación de que
unas cortantes piedras llenan mi cabeza.
—Porque... —fue a contestar la
princesa, pero le falló la memoria—. Por... por el poema. Aquel poema que decía
cómo ahuyentar al Rey de la Tormenta.
Cuando la escarcha se pose en la
campana de Clavean...
recitó Binabik, cuya voz resonó
extraña en la escalera. Por el gesto de su cara, habríase dicho que sentía
dolor.
... Y las sombras avancen por el
camino,
cuando el agua se ennegrezca en el
pozo,
tendrán que reaparecer tres espadas.
Cuando los excavadores salgan de la
tierra
y los hunën desciendan de las
alturas.
Cuando la pesadilla estropee el
placentero sueño,
tendrán que reaparecer tres espadas.
Para darle la vuelta al aciago
destino,
para aclarar las espesas nieblas del
tiempo,
si lo temprano resiste al demasiado
tarde,
tendrán que reaparecer tres
espadas...
—¡Eso ya lo escuché más de cien
veces! —gruñó Miriamele, pero el enojo sólo disimulaba débilmente el temor que
le inspiraba la ex¬presión del hombrecillo—. ¿Qué diablos decís?
Binabik levantó las manos.
—Prestad atención a lo que esas
palabras significan, princesa. Al principio hablan de cosas reales: de
excavadores, gigantes, y de la gran campana de Nabban. Al final, en cambio,
sólo hacen referen¬cia al destino que hay que cambiar, al tiempo que conviene
aclarar, y a una lucha de lo temprano y lo tardío, es decir, del principio
contra lo posterior.
—¿Y?
—¿Quién nos asegura que las palabras
van dirigidas a nosotros? —señaló Binabik.
A Miriamele la asombraba tanto la
excitación del gnomo que tardó unos momentos en comprenderlo.
—¿O sea que...?
—Igualmente podrían referirse a lo
que puede ayudar al Rey de la Tormenta, porque ¿qué somos los mortales para él,
sino lo posterior a su principio? ¿Quién hace cambiar este destino? ¿El destino
de quién?
—Pero..., pero...
Binabik se expresaba con furia, como
si sus palabras salieran de una botella después de una larga fermentación y
ahora produje¬sen una abundante espuma.
—¿De dónde nos llegó la idea de
recordar ese poema? ¡De los sue¬ños de Simón, de Jarnauga y de otros! El
Sendero de los Sueños es un lugar muy peligroso desde hace tiempo, cono nos
dijeron Jiriki y los demás sitha, pero nosotros estábamos lo suficientemente
asustados para creer esos sueños y buscar la manera de combatir al Rey de la
Tormenta en su retorno... —jadeó—. Lo siento, ¡pero me da tanta ra¬bia mi
propia estupidez! Cogimos una rama asaz delgada y colgamos de ella un puente
sin pensar más en ello. Ahora nos encontramos en medio del abismo, ¡y nos
llaman Portadores del Pergamino! ¡Kikkasut! — exclamó, golpeándose los muslos
con las palmas de las manos.
—De modo que... ¿De modo que los
sueños referentes al libro de Nisses eran... los falsos mensajeros? ¿Los que
nos condujeron a esos versos?
A Miriamele le costaba entender los
pormenores de lo expuesto por el gnomo; de nuevo empezaba a palpitar en ella la
desesperación.
—Eso es lo que yo supongo.
—¡Pero no tiene sentido! ¿Por qué
había de emplear el Rey de la Tormenta una treta tan extraña? Si no somos
capaces de derrotarlo, ¿para qué hacernos creer que sí podemos?
Binabik respiró a fondo.
—Quizá necesite las espadas y no
pueda conseguirlas por sí mismo. Pryrates le dijo a Cadrach que sabía dónde
estaba Clavo Brillante, y que no quería que la espada fuese tocada. También
cabe la posibilidad de que el sacerdote rojo no tuviese planes pro¬pios y sólo
obedeciera las órdenes del Rey de la Tormenta. Me fi¬guro que ese oscuro ser
del norte necesita el enorme poder conte¬nido en esas espadas. Mi..., mi mayor
temor —continuó con voz rota— es el de que todo esto haya sido sólo un
complicado juego, como el shent de los sitha, creado con objeto de hacernos
traer las espadas faltantes.
La princesa se apoyó en la pared,
perpleja.
—En tal caso, Josua, Simón..., todos
nosotros...
—... estuvimos haciendo en todo
momento lo que el enemigo quería —intervino Cadrach, secamente.
Miriamele esperaba percibir alguna
satisfacción en sus palabras, pero no la había. Sólo un vacío tremendo.
—Fuimos sus siervos. El enemigo ha
vencido ya —concluyó el monje.
—¡Callad! —le soltó la joven—.
¡Maldito seáis! Si vos nos hubie¬rais dicho lo que sabíais, es muy probable que
ya habríamos des¬cubierto todo esto —lo increpó, y en un esfuerzo por serenarse
le preguntó a Binabik—: Si estáis en lo cierto, ¿hay algo que podamos hacer?
El gnomo se encogió de hombros.
—Tratar de escapar y buscar a Josua y
los suyos para ponerlos so¬bre aviso.
Miriamele se levantó. Momentos antes
se había sentido des¬cansada y dispuesta a reanudar la subida. Ahora, en
cambio, tenía la sensación de llevar en los hombros un yugo para bueyes, un
agotador peso del que no se podía librar. En efecto, todo parecía perdido.
—Y, aunque los encontrásemos, ahora
no tendríamos armas para luchar contra el Rey de la Tormenta.
Binabik no respondió. El tamaño del
diminuto gnomo parecía haberse reducido todavía más. En cualquier caso, él
empezó a subir la escalera de nuevo. Miriamele le dio la espalda a Cadrach y
siguió al amigo.
El orden se había desbaratado por
completo. Delante de las mu¬rallas de Hayholt todo eran gritos y horribles
sonidos. Por doquier había pálidas nornas y peludos gigantes que no parecían
preocu¬parse por sus propias vidas, como si su único propósito fuese el de
sembrar el horror en los corazones de sus enemigos. Uno de los gi¬gantes había
perdido la mayor parte de un brazo como consecuen¬cia del hachazo de un
guerrero, pero, al abrirse paso entre los aterra¬dos soldados humanos, el
monstruo blandía el chorreante muñón con tanta fuerza como su mano restante
hacía con la porra, lle¬nando de una roja niebla todo cuanto lo rodeaba. Otros
gigantes no habían sido heridos aún, y rápidamente causaron a su alrededor una
espantosa carnicería. Las nornas, casi tan fieras como ellos pero bas¬tante más
cautas, formaron pequeños círculos, hombro a hombro y con sus afiladas picas
hacia afuera. La rapidez y la maestría guerrera de aquellas inmortales de
blanquinosa piel eran tales, que por cada una de ellas que caía parecían derribar
a dos o tres humanos. Y du¬rante la lucha... ¡cantaban! Sus horripilantes y
chillonas voces reso¬naban incluso por encima de todo el clamor del combate.
Y en las alturas seguía la Estrella
del Conquistador, cuyo brillo era de un rojo enfermizo.
El duque Isgrimnur alzó su espada
Kvalnir y llamó a Sludig y Hotvig, pero su voz fue engullida por el fragor.
Hizo dar varias vuel¬tas a su caballo, intentando ver algún lugar donde
estuviesen con¬centradas las fuerzas, pero su ejército se había desparramado ya
por completo. Aunque él mismo había luchado furiosamente durante un buen rato,
no acertaba a comprender lo que ocurría. ¡Eran ataca¬dos por criaturas
procedentes de las viejas historias! El campo de ba¬talla, tremendo pero aun
así familiar menos de una hora antes, es-taba convertido ahora en una pesadilla
de otros mundos.
El estandarte de Josua había sido
derribado, e Isgrimnur bus¬caba en vano algo que sirviera para indicar a los
soldados un punto de reunión. Un gigante se desplomó al nevado suelo con una
do¬cena de flechas quebradas debajo de su corpachón. El caballo del duque se
apartó de un salto pese a los esfuerzos que su amo hizo por dominarlo, y no se
detuvo hasta alcanzar un rincón más tranquilo en la vertiente nordeste, más
cercana al bosque de Kyns.
Calmada por fin su montura, Isgrimnur
envainó a Kvalnir y se quitó el yelmo. Seguidamente tiró de su sobrevesta hacia
arriba, pero el dolor de la espalda y de las costillas lo hizo emitir un
gruñido. La pesada cota de mallas le impedía sacarse la prenda por la cabeza.
Is¬grimnur se esforzó todo lo posible, malhumorado y sudoroso, por¬que lo
horrorizaba la idea de ser cogido por sorpresa y derribado en tan ridícula
postura. Al final se le desgarraron las sisas y se vio libre de la sobrevesta,
después de lo cual miró a su alrededor en busca de algo a que atarla. Una pica
de las nornas yacía en la nieve. El duque desenvainó la espada, se inclinó con
un gemido y logró agarrar el asta. Al sujetar las mangas de la prenda a la
grisácea y lisa madera, se fijó en la afilada punta del arma, que parecía
abrirse como una flor de cortantes pétalos metálicos. Terminada su tarea, alzó
el improvi-sado estandarte y regresó a lo más denso de la batalla canturreando
un himno de guerra rimmerio que ni él mismo podía oír.
Ya había esquivado el fuerte golpe
del hacha de una norna cuando se dio cuenta de que aún llevaba el yelmo colgado
del pomo de la silla. Kvalnir golpeó inofensivamente la extraña armadura
pin¬tada de la demoníaca criatura. Isgrimnur consiguió rechazar el nuevo ataque
sin más consecuencias que una rotura en la cota de mallas y un corte en el
brazo, pero la norna demostró ser terrible¬mente ágil en la resbaladiza nieve y
ya se preparaba para arremeter otra vez, contra él. De repente, el viento
envolvió la cara del duque con el singular estandarte.
«¡Es mi propia sobrevesta la que me
mata!», fue el breve pensa¬miento de Isgrimnur, pero la tela ya volvía a
separarse de su rostro. Algo oscuro surgió entonces en su área visual, y la
norna se tamba¬leó hacia un lado. De su hendido yelmo brotaba la sangre. El
recién llegado hizo saltar la nieve al dar media vuelta para acabar de
derri¬bar a la enemiga.
—¡Estáis vivo! —jadeó Sludig, y
limpió el hacha en su capa.
Isgrimnur respiró a fondo y habló a
gritos, dado el intenso re¬tumbo de los truenos:
—¡Qué espantosa confusión! ¿Dónde
está Freosel?
Sludig señaló un montón de formas a
unos cien codos de dis¬tancia.
—Venid. ¡Y poneos de una vez el
dichoso yelmo!
—¡Bajan por los muros! —voceó
alguien.
Isgrimnur vio que, en efecto, unas
escalas de cuerda eran desen¬rolladas en la parte más lejana de la inclinada
muralla exterior de Hayholt. La creciente oscuridad y el intermitente
relampagueo ape¬nas permitía distinguir nada, pero a Isgrimnur le pareció que
aque¬llos hombres que descendían por las escalas eran mortales.
—¡Dios maldiga sus almas de
mercenarios! —rugió el duque—. ¡Ahora nos vemos atrapados por ambos lados! Nos
hacen retroceder contra las murallas, y muy pronto no los aventajaremos en
número...
Isgrimnur miró hacia atrás, donde se
hallaba su reducida y si¬tiada compañía. A través del campo de batalla pudo ver
decididos grupos de hombres, los soldados nabbanos de Seriddan y la caballe¬ría
de Hotvig, que luchaban por abrirse paso hacia su original estan-darte, que
ahora ondeaba en lo alto de una escalera de mano hin¬cada en el fangoso suelo.
Lo que el duque se preguntaba era si Hotvig y los demás podrían llegar antes de
que su pequeño grupo quedase aplastado entre las nornas y los mercenarios.
«Tal vez debiéramos retroceder hacia
la base de las murallas del castillo —pensó—. Quizás, incluso, intentar
reunimos delante de la puerta nueva.» Poco más podían hacer él y Sludig y los
demás. En cualquier caso se verían rechazados, de manera que igualmente ca-bía
elegir el lugar. El duque había observado que ninguno de los sol¬dados de Elías
estaba encima de la puerta. Supuso que la parte alta no sería bastante ancha.
Si eso era cierto, él y su pequeña compañía podrían servirse de la puerta como
retaguardia sin tener que preo-cuparse por los proyectiles que pudiesen
llegarles desde arriba. Con las espaldas protegidas, resistirían el ataque de
las horripilantes nor¬nas hasta que sus hombres se hubiesen abierto paso hasta
ellos. Al menos, eso esperaba...
«Y tal vez, si logramos situarnos
bien, podamos forzar la maldita puerta o utilizar las escalas y penetrar en
busca de Isorn. No hay motivo para que Elías no tenga algunas zorras mortales
en su galli¬nero, para variar.»
Se volvió para contemplar la horda de
pálidas criaturas de ojos negros y picas de madera. De nuevo surcó el cielo un
rayo, eclip¬sando por unos instantes el fuego escarlata de la Estrella del
Con¬quistador. Entonces, Isgrimnur oyó el quedo tañido de una cam¬pana y lo
sintió al mismo tiempo en sus vísceras y huesos. También vio algo semejante a
llamas que lamían los bordes de su visión, hasta que la negrura de la tempestad
lo cubrió todo de nuevo.
«¡Que Dios nos asista! —pensó el
duque, confundido—. ¡Es la campanada del mediodía, y aquí reina una oscuridad
totalmente nocturna! ¡Ay, Aedón, qué tenebroso está todo!»
—¡Madre de misericordia!
Miriamele se asomó al balcón,
horrorizada. Debajo del sitio ocupado por ella en la residencia real, el
bastión interior era un mar de hombres y caballos que se movían en ondulante
conflicto. La nieve revoloteaba en el viento, de forma que todo resultaba borroso.
El cielo estaba cubierto de nubes de tormenta, pero aun así se veía detrás la
estrella roja, cuya larga cola arrojaba un débil resplandor sangriento.
La escalera los había conducido
finalmente a una puerta escon¬dida en la parte más baja de las despensas
existentes debajo de la re¬sidencia del rey. Miriamele, que se vanagloriaba de
conocer todos los rincones de Hayholt, muchos de ellos descubiertos cuando iba
disfrazada de Malaquías, había quedado asombrada al comprobar que durante todo
el tiempo vivido en el castillo había tenido debajo de sus mismas narices un
pasadizo que llevaba a la antigua Asu’a... Pero aún tendría más sorpresas.
La segunda llegó cuando entraron
cautelosamente en la planta baja del edificio. No obstante los aullidos del
vendaval y los rugidos de unas furiosas voces en el exterior, las numerosas
piezas estaban desiertas y no había en ellas la menor evidencia de que hubiesen
sido habitadas en época reciente. Cuando pasaron por los fríos apo¬sentos y
mugrientos corredores, Miriamele ya no temía tanto los posibles
descubrimientos, pero en cambio aumentaba su sensación de que allí sucedían
cosas raras. Tensa a consecuencia de todo lo visto, había penetrado en la
alcoba de su padre para hallarla no sólo vacía, sino además en tal estado de
abandono y fetidez, que no se imaginó que nadie pudiera alojarse allí.
Después de salir a un pequeño y
protegido balcón de uno de los cuartos del tercer piso, se habían agachado
detrás de su pétrea ba¬randa para presenciar la loca lucha a través de las
aberturas ornamen¬tales. El aire olía intensamente a la electricidad de los
rayos y a sangre.
—Temo que sea verdad —dijo Binabik en
voz alta, ya que entre el fragor del combate y el ulular del viento no había
peligro de que lo oyesen—. La gente pelea ahí abajo, y hay muchos hombres y
anima¬les muertos. Pero incluso en esa batalla hay algo extraño. Quisiera poder
ver a través de los muros del castillo.
—¿Qué hacemos? —preguntó Miriamele,
mirando con angustia a su alrededor—. Josua y Camaris y los demás tienen que
estar todavía fuera. ¡Hemos de salir a reunimos con ellos, sea como sea!
La luz diurna, oscurecida por los
nubarrones hasta que todo el castillo pareció sumergido en profundas aguas,
vaciló y cambió de manera extraña. Y entonces, por espacio de un momento, el
mundo pareció gritar y se volvió blanco. Un fulgurante rayo había caído cual un
tremendo latigazo. El trueno estremeció el aire y hasta pare¬ció sacudir el
balcón situado debajo de ellos. Después, el rayo en¬volvió la Torre del Ángel
Verde, permaneció envolviéndola mien¬tras se desvanecía el eco del trueno, y
dejó de existir entre intensos chisporroteos.
—¿Cómo? —gritó Binabik—. No conozco
este castillo. ¿Por dónde podríamos escapar?
A Miriamele le costó reflexionar. Los
estruendos del viento y del combate le hacían sentir deseos de chillar y
taparse los oídos, y las nubes que se arremolinaban encima de ellos producían
mareo. Sú¬bitamente, la joven se acordó de Cadrach, que los había seguido en
silencio y tan insensible como un sonámbulo. No le habría extra¬ñado que el
monje aprovechara la confusión para escabullirse, pero no: estaba acurrucado en
la puerta, con gesto resignado, fija la vista en el enrojecido cielo.
—Quizá podamos salir por la puerta
que da al mar —dijo la prin¬cesa, de cara al gnomo—. Si el ejército de Josua se
halla ante las mu¬rallas por la parte de Erchester, sólo habría...
Binabik abrió los ojos con desmesura.
—¡Mirad ahí! —exclamó, sacando la
mano por entre las aberturas de la baranda—. ¿No es..? ¡Ay, Hija de las
Montañas!.
Miriamele parpadeó, porque en el
embrollo que había abajo era difícil distinguir algo, y le pareció comprobar
que, en aquella activi¬dad propia de un hormiguero, lo que predominaba era el
ir y venir de los defensores por el puente levadizo que conducía al bastión
inter¬medio. Allí, en efecto, tenía lugar una batalla. Un numeroso grupo de
hombres armados intentaba rechazar puente atrás a una reducida compañía de
jinetes y soldados de a pie. Uno de los caballos retrocedió y cayó del puente,
arrastrando consigo al guerrero a las oscuras y tur¬bias aguas. ¿Habían
conseguido penetrar las fuerzas de Josua en el cas¬tillo y empujaban hacia el
bastión interior? ¿Serían esos soldados que luchaban en el puente los últimos
defensores de su padre? Pero... ¿qué hacían, entonces, todos los hombres del
patio, que no contribuían en absoluto al soporte de la caballería que se
retiraba? ¿Quiénes eran?
En ese momento, cuando el reducido
grupo del puente era obli¬gado a retroceder aún más, vio lo que Binabik había
visto. Uno de los caballeros, que se alzaba altísimo en su silla, blandió la
espada con tremendo brío. A pesar del falso crepúsculo, Miriamele vio que la
hoja era negra como el carbón.
—¡Que Dios nos proteja! ¡Si es
Camaris! —jadeó, con la sensación de que algo frío le agarraba las entrañas.
Binabik se inclinó hacia adelante,
con la cara apretada contra la baranda de piedra.
—También creo reconocer al príncipe
Josua. ¡Es aquel de la capa gris, que cabalga cerca de Camaris! Pero son tan
pocos... —agregó, vuelto hacia la princesa con la preocupación reflejada en el
rostro, al mismo tiempo que otro cegador relámpago zigzagueaba en el cielo—. No
han podido abrirse paso hasta el recinto amurallado. Tienen que haber
introducido la espada seducidos por algún en¬gaño...
Miriamele golpeó con las manos el
suelo del balcón.
—¿Qué podemos hacer, pues?
El gnomo se asomó de nuevo.
—No lo sé —contestó—. Me fallan las
ideas. ¡Kikkasut! Nos harían pedazos, si bajásemos... Además, ya les traen la
espada. ¡Kikkasut!
—En la ventana de la torre hay llamas
—anunció en ese momento Cadrach, en voz alta pero monótona.
La princesa echó una rápida mirada a
la Torre del Ángel Verde y a la de Hjeldin, pero, aparte del cúmulo de nubes
que envolvía la aguja de la primera, no descubrió nada especial.
—¡Fijaos! —gritó Binabik—. ¡Algo
ocurre! ¿Qué demonios hacen?
Se lo veía rabioso y perplejo a la
vez.
Josua y Camaris y su reducida
compañía de aliados habían sido empujados a través del puente y pisaban ya el
suelo del bastión inte¬rior. Pero el resto de las tropas mercenarias, apiñado
de cualquier manera en el bastión, no se movió para cortarles el paso. Por el
con-trario, diríase que en sus filas se formaba una abertura que se agran¬daba
gradualmente y conducía desde la base del puente levadizo hasta las gradas de
la Torre del Ángel Verde. Cuando los últimos soldados del rey hubieron
atravesado el puente, Josua y sus seguido¬res fueron obligados a avanzar en
dirección a la torre. Cosa sorpren¬dente, los mercenarios de ambos lados no los
amenazaron en abso¬luto hasta que Camaris, en su pálida montura, intentó hacer
girar a sus hombres para que se abriesen paso entre el muro de enemigos. Las
fuerzas de Elías opusieron entonces firme resistencia, y el pe¬queño grupo fue
rechazado y forzado de nuevo hacia las gradas de la Torre del Ángel Verde.
—¡La torre! —dijo Miriamele—. Los
hacen ir a la torre. ¿Qué...?
—¡El lugar de los sitha! —exclamó
Binabik de repente, olvidada ya por completo la necesidad de permanecer
escondido—. ¡El sitio donde el Rey de la Tormenta libró su última batalla!
¡Vuestro padre y Pryrates quieren reunir allí las espadas!
La princesa se puso de pie. Le
temblaban las rodillas. ¿Qué monstruosidad sucedía delante mismo de ellos, tan
implacable y fa¬tal como la sujeción de una pesadilla?
—¡Hemos de acudir en su auxilio! De
la manera que sea. Quizá..., ¡quizás aún podamos hacer algo!
Binabik recogió su bolsa.
—¿Cómo vamos a ir hasta ellos?
Miriamele lo miró, y luego observó al
silencioso Cadrach. Du¬rante unos segundos, en su mente no hubo nada más que
los aulli¬dos del vendaval. Finalmente surgió un recuerdo de lo más hondo de su
memoria.
—Seguidme.
Se echó al hombro la bolsa y el arco
de la norna y corrió por la húmeda piedra en dirección a la escalera de la
residencia. Binabik fue detrás de ella. Miriamele no se volvió para ver qué
hacía el monje.
Tiamak y Josua subieron la escalera a
toda prisa, y sólo su fati¬gosa respiración rompía el silencio. Era preciso no
alejarse dema¬siado de Camaris. Un tramo más arriba, el caballero ascendía sin
descanso, insensible como un sonámbulo. Sus poderosas piernas le permitían
tomar los peldaños de dos en dos.
—¿Cómo puede ser tan empinada una
escalera? —jadeó Tiamak, que arrastraba la dolorida pierna.
—Aquí hay unos misterios con los que
nunca soñé —resolló Josua con la antorcha alzada, y las sombras saltaban de una
grieta a otra a lo largo de las paredes, ricamente trabajadas—. ¿Quién hubiera
di¬cho que aquí abajo existía aún un mundo entero?
Tiamak se estremeció. La reina de las
nornas flotando con su máscara de plata, encima de la sagrada laguna de los
sitha constituía un misterio que el wran habría preferido no descubrir nunca.
Las palabras de aquel ser, su gélida invulnerabilidad y, sobre todo, el
te-rrorífico poder que llenaba la caverna del Pozo de las Tres Profundi¬dades,
lo tenían todavía sobrecogido.
—Pagamos nuestra ignorancia —musitó—.
Luchamos contra co¬sas cuya existencia sólo imaginábamos o habíamos entrevisto
en nuestras pesadillas. Ahora, los sitha se ven metidos en una batalla contra
ese..., ese monstruo. A muchos les tocará morir, y nosotros ni siquiera sabemos
por qué.
Josua apartó la vista de la espalda
del anciano para mirar un ins¬tante a Tiamak.
—Yo pensaba que el conocimiento de
tales cosas era tarea de la Alianza del Pergamino.
—Quienes se fueron antes sabían más
que nosotros —respondió el wran—. Pero hay mucho que ni siquiera Morgenes y los
demás aprendieron nunca, y que hasta para Eahlstan Fiskerne era un mis¬terio,
no obstante su verdadera aunque secreta, amistad con los sitha. A los
inmortales siempre les costó mucho revelar su sapiencia.
—¿Y quién se lo puede reprochar,
después del daño hecho por los mortales sin más armas que la piedra, el hierro
y el fuego? —replicó Josua de cara al hombrecillo de los pantanos—. Pero...
¡ay, cielos, perdemos el aliento con tanta charla! Veo reflejado el dolor en
vues¬tros ojos, Tiamak. Permitid que os lleve durante un rato.
A pesar de lo penoso que le resultaba
subir, el wran meneó la cabeza.
—Camaris no reduce el paso. Nos
retrasaríamos y, si lo perdemos de vista, ahora no contamos con los sitha para
encontrar el camino. Camaris quedaría solo, y nosotros quizás anduviésemos
extraviados todo el tiempo que nos restara de vida. —Jadeó, y sólo varios
pelda¬ños más arriba fue capaz de volver a hablar—. Si es necesario, dejad que
yo vaya detrás. Es más importante que estéis con Camaris que conmigo.
Josua no contestó, pero al fin hizo
un triste gesto afirmativo.
La terrible sensación de
deslizamiento pasó y, con ello, aquel bamboleo de las luces que había hecho
temer a Tiamak que la esca¬lera se incendiara. El wran sacudió la cabeza en un
intento de aclarar sus confusos pensamientos. ¿Qué ocurría? El aire parecía
caliente, y el pelo de sus brazos y de su cogote le producía hormigueo.
—¡Algo horrible sucede! —gritó.
Del mejor modo posible siguió a la
sombra de Josua, a la vez que se preguntaba si los crecientes corrimientos
significaban que la reina de las liornas estaba a punto de derrotar a los
sitha. Tal idea se aferró a él como si tuviera garras. ¿Y si había escapado de
la laguna? ¿Iría detrás de ellos escalera arriba, con su inexpresiva máscara de
plata y la ondeante túnica blanca...?
—¡Ha desaparecido! —exclamó Josua,
horrorizado—. ¿Dónde puede estar?
—¿Adónde habrá ido?
La luz de la antorcha alumbró un
lugar donde la escalera terminaba de súbito, rematada por un bajo techo de
roca. A Camaris no se lo veía en ninguna parte.
—¡Aquí no se pudo esconder! —dijo el
príncipe.
—¡Fijaos en eso!
Tiamak señaló una fisura en el techo,
suficientemente ancha para que un hombre pasara por ella.
Josua levantó enseguida al wran y lo
sostuvo mientras éste bus¬caba dónde agarrarse. Tiamak encontró la manera de
subir y casi asomar la cabeza por el otro lado. No obstante la traidora
debilidad de sus músculos, logró salir del todo y, una vez tendido entre
tirito¬nes en el frío suelo de piedra, llamó al príncipe.
—¡Venid! Es un almacén.
Josua tiró la antorcha y, con la
ayuda de la mano que le tendía Tiamak, subió no sin dificultad por la grieta.
Cruzaron entonces a toda prisa la pieza, con cuidado de no tropezar con los
escombros esparcidos, y a través de una trampilla alcanzaron una desvencijada
escala por la que treparon. Salieron a otra especie de despensa que, en la
parte alta de la pared, contaba con un ventanuco. Amenazado¬ras nubes negras se
amontonaban en el rectángulo de noche visible desde allí, y en la pieza
penetraba un viento glacial. Otra abertura desembocaba en un piso superior.
Cuando Tiamak apoyó la dolorida
pierna en el último peldaño, se produjo un estrépito en la puerta de la
trampilla: un ruido súbito y violento, Josua, que subía delante, se dio más
prisa y desapareció de su vista.
Llegado el wran a lo alto, se halló
en una pequeña y sombría pieza, y contempló boquiabierto las astillas de una
puerta hundida hacia la habitación que había detrás. El cuarto se veía
iluminado por antorchas, y por él se movían unas figuras. De pronto, Tiamak
percibió la voz de Josua.
—¡Vos...! ¡Así mande Dios al infierno
vuestra negra alma!
El wran se precipitó hacia la puerta
y allí se detuvo entre parpa¬deos, ante una amplia estancia circular. A su
izquierda, los ventana¬les dejaban penetrar raudales de una luz escarlata que
rivalizaba con el resplandor de los hachones colocados en los soportes de la
pared. A pocos codos de Tiamak, Camaris se alzaba en medio de los restos de la
puerta que le había impedido pasar a la cámara. El anciano ca¬ballero
permanecía allí inmóvil, como si estuviese perplejo. Josua estaba a sólo un
brazo de Camaris, con Naidel desenvainada. A veintitantos pasos de ellos, en el
extremo opuesto del suelo de pie¬dra, una puerta de poca altura reflejaba la
otra hecha astillas por Camaris. A la derecha del wran, y detrás de un elevado
arco, una gran escalera de caracol ascendía hasta perderse de vista.
Pero eran las personas situadas al
pie de esa escalera las que lla¬maron la atención de Tiamak, como le había
sucedido a Josua. So¬bre todo, el individuo calvo de amplia vestimenta roja,
que desta¬caba entre un montón de cuerpos humanos dispersos, como un pescador
en un río poco hondo. Aún sostenía por los brazos a un hombre que llevaba
armadura pero que, a juzgar por la forma en que le colgaba la cabeza, de dorado
yelmo, hacía ya rato que había dejado de poder luchar.
—¡Soltadlo, Pryrates, maldito seáis!
—gritó Josua.
El sacerdote se carcajeó y, de un
empujón, hizo caer a... Camaris, que fue a parar al suelo con gran ruido y
quedó inerte, aunque sin dejar la negra hoja que su mano tenía agarrada.
Tiamak no salía de su estupor, porque
el Camaris al que Josua y él habían seguido estaba cerca de ellos,
tambaleándose ligeramente como un árbol agitado por un fuerte viento. ¿Cómo
podían existir dos Camaris? ¿Quién era el soldado arrojado al suelo?
—¡Isorn! —exclamó Josua, con angustia
y horror a la vez.
Tiamak recordó de pronto la solución
buscada para sustituir al príncipe, y el espanto le encogió el corazón. El
engaño preparado con los sitha había resultado en... ¿en aquel montón de
hombres in¬móviles? Casi una docena de soldados, el robusto y joven Isorn
in-clusive, y... ¿el diabólico los había derrotado sin más armas que sus manos?
¿Existiría algo capaz de parar a Pryrates y su inmortal aliado? Josua y sus
compañeros sólo poseían una de las Grandes Es¬padas, y quien la empuñaba,
Camaris, parecía atontado...
—¡Os arrancaré el corazón por esto!
—rugió Josua, al mismo tiempo que daba un salto en dirección a la escalera.
Pryrates alzó las manos, y alrededor
de sus dedos parpadeó un halo de oleosa luz amarilla. Cuando Naidel arremetió
contra él en un amplio y mortal arco, la mano del alquimista se lanzó hacia
adelante como una serpiente y asió la hoja. En el punto de contacto se produjo
un silbido semejante al de una piedra caliente sumergida en agua. Un instante
después, Pryrates agarró el brazo de Josua y tiró de él. El prín¬cipe luchó por
desasirse y golpeó al malvado brujo con el muñón, mas Pryrates también se lo
cogió y obligó a acercarse a Josua hasta que sus caras estuvieron tan juntas
que casi hubiera podido besarlo.
—Resulta casi demasiado fácil —rió
Pryrates.
Tiamak, debilitado por el miedo, se
retiró a las sombras de la entrada. «Debo hacer algo, pero... ¿quién soy yo?
—pensó el pobre wran, que apenas se sostenía de pie—. ¡Un hombrecillo, nadie!
Ade¬más no sirvo para la lucha. ¡Pryrates me atraparía para darme muerte como
si fuera un pez diminuto!»
—No existe un infierno
suficientemente profundo para vos —re¬chinó Josua, por cuya frente chorreaba el
sudor. Le temblaba el brazo que blandía la espada, y todo él parecía un
chiquillo inde¬fenso en las garras del rojo sacerdote.
—¡Y allí los castigaré a todos!
—replicó Pryrates con las manos extendidas de nuevo. La amarillenta luz
fluctuaba alrededor de su figura—. Vos sois uno de los pocos que me habéis
puesto obstácu¬los, Manco. Mas ahora veréis que vuestra injerencia no conduce
a... nada.
Dicho esto, el alquimista arrojó a
Josua contra el cercano arco. El príncipe recibió un fuerte golpe y se deslizó
al suelo, donde quedó inconsciente junto a un hombre que llevaba su propia capa
gris y también su armadura: Brindalles, el hermano del barón nabbano. Su brazo
derecho, como el de Josua, terminaba en una muñonera de cuero negro, pero
estaba doblado de una forma que le re¬volvió el estómago a Tiamak. En el pálido
rostro del desdichado Brindalles, manchado de sangre, no había la menor señal
de vida.
Tiamak procuró hundirse más entre las
sombras, pero Pryrates ni siquiera lo miró. Por el contrario, el sacerdote se
encaminó a la escalera y empezó a subirla, aunque no sin detenerse para
contem¬plar a Camaris.
—Venid, viejo —dijo con una sonrisa
tan hueca y falsa que a Tia¬mak lo hizo pensar en un cocodrilo—. Noto que la
barrera se re¬fuerza, lo que representa que ha llegado el momento. Sólo
necesita¬réis soportar la carga un poco más.
Camaris dio un paso hacia él y meneó
la cabeza despacio.
—No —contestó ásperamente—. No la
soltaré...
Parecía haber recuperado algo de su
personalidad, y eso hizo sentir al wran una débil esperanza.
Pryrates se limitó a cruzar los
brazos sobre el rojo pecho.
—Será interesante ver vuestra
resistencia, pero desde luego fraca¬saréis. La tracción de la espada es
demasiado poderosa para cual¬quier mortal, incluso para una andrajosa leyenda
como vos.
—¡Maldito...! —jadeó Camaris—. ¿Pero
qué... qué clase de criatura sois?
Al anciano se le crispó el cuerpo y
tuvo que luchar por mantener el equilibrio, como si rechazara algo invisible
que quisiera tirar de él hacia la escalera. Hasta la respiración le resultaba
dolorosa.
—¿Yo? ¿Qué clase de criatura soy?
—respondió Pryrates, a cuyo imberbe rostro asomaba una cierta diversión—. ¡Soy
simplemente un hombre que no acepta límites...!
Mientras sus últimas palabras
flotaban todavía en el aire, hubo una súbita y atronadora conmoción. Donde
antes había estado la puerta del lado opuesto, apareció una oscura nube y
varias borrosas figuras entraron.
—¡Qué emocionante! —dijo Pryrates en
tono sarcástico, pero Tiamak descubrió en su gesto cierta crispación que no
había visto antes.
El sacerdote fue a escudriñar mejor
aquel fenómeno y, de re¬pente, se tambaleó hacia atrás entre horribles
gorgoteos. Una negra flecha le atravesaba el cuello, y su punta sobresalía un
palmo del co¬gote. Pryrates tardó cosa de un momento en desplomarse y rodar
escalera abajo hasta quedar rendido junto a sus víctimas. La sangre brotaba de
él como si sus coloradas ropas se derritieran.
Miriamele examinó los estrechos
pasadizos en todas direcciones, procurando recobrar la compostura. La
capellanía ya era un labe¬rinto desalentador cuando ella vivía en el castillo,
pero ahora todavía resultaba más turbador. Las puertas y corredores no se
hallaban donde debieran, y todos los pasillos parecían de una longitud
alte¬rada, como si las dimensiones de la capellanía se hubiesen transfor¬mado.
A la princesa le costaba no perder la cabeza. Tenía el conven¬cimiento de que
daría finalmente con el camino, pero la preocupaba el precioso tiempo que
podría perder.
Mientras aguardaba a sus compañeros,
el gélido viento que so¬plaba a través de las ventanas sin postigos empujó por
el suelo un par de arrugados pergaminos.
Binabik apareció en una esquina.
—No pretendía que me esperaseis
—dijo—. Sólo me paré al ver esto, que supongo que entró por la ventana.
Y entregó a la princesa tres flechas
de una artesanía más sencilla que las de las nornas, que ella había recogido
antes.
—Había más —agregó el gnomo—, pero se
habían roto al chocar contra la pared de piedra.
Miriamele no vaciló en guardárselas
en su bolsa, junto al premio conseguido por Simón y las saetas encontradas en
los túneles. Pese a los proyectiles traídos por Binabik, aún poseía menos de
los desea¬dos, pero al menos la consolaba pensar que, si llegaba el momento, no
necesitaría vender barata su vida.
«¡Hay que ver! —se dijo con asombro—.
Se acaba el mundo, se nos echa encima el día del Juicio Final... ¡y yo jugando
a los soldados!»
Sin embargo, siempre era mejor eso
que dejarse vencer por el miedo. De sobra lo notaba en su interior y sabía que,
si abandonaba la compostura aunque fuese por un momento, estaría lista.
—No esperaba —contestó, apartándose
de la pared—. Sólo quería cerciorarme de que conocía el camino. Este lugar fue
siempre com¬plicado, pero ahora es casi imposible moverse por él. Y no es sólo
eso... —añadió, señalando los destrozados muebles y los misteriosos jirones de
pergamino, así como las arrancadas puertas que obs¬truían los pasadizos—.
También observo otros cambios, cosas que no entiendo. De todos modos, creo que
ahora no me equivoco. Haga viento o no, debemos irnos de aquí sin hacer ruido.
Estamos casi en la capilla, que queda al lado mismo de la torre.
—Viene Cadrach —indicó el gnomo
entonces, como si eso im¬portara especialmente a la princesa.
—Pues no lo espero —replicó ella con
un mohín—. Si logra mante¬ner el paso, ¡pues bien!
Después de vacilar unos segundos,
sacó de la bolsa una de las flechas, la empulgó y la dejó suelta en la cuerda
del arco. Una vez armada, echó a andar pasillo abajo. Binabik miró atrás y,
luego, la siguió.
—Ha sufrido tanto como nosotros,
Miriamele —dijo el gnomo—, si no más. ¿Quién puede afirmar que haría o no tal
cosa, bajo la amenaza de las torturas de Pryrates?
—Ese dichoso monje me mintió
incontables veces —contestó la princesa, cuya indignación ante las traiciones
de Cadrach era tan grande, que hasta le hizo olvidar el miedo por espacio de
unos mo¬mentos—. ¡Una sola palabra de verdad referente a las espadas y a
Pry¬rates podría habernos salvado a todos!
—Aún no está todo perdido.
—No; aún no.
Cadrach los alcanzó en el corredor.
No dijo nada, quizá por lo fatigosamente que respiraba, pero fue detrás del
gnomo. Miriamele, por su parte, se permitió lanzarle una mirada gélida.
Llegados a la puerta, todo pareció
moverse de nuevo. Hubo un momento en que la joven creyó ver unas pálidas llamas
que lamían las paredes, y no se esforzó en contener un grito cuando tuvo la
sensación de que la desgarraban. Pasado ese espantoso instante, tardó en
repo¬nerse del todo. Y no fue capaz de hablar hasta un buen rato después.
—La... capilla está... al otro lado.
No obstante los incesantes aullidos
del viento en el exterior, Miriamele lo dijo en un susurro. El terror que la
dominaba quería abrirse paso, y le costaba un triunfo contenerlo. Binabik
estaba blanco y tenía los ojos muy abiertos. Cadrach parecía enfermo; le sudaba
la frente y su mirada era febril.
—En el extremo opuesto hay un corto
corredor que conduce di¬rectamente a la torre. Vigilad dónde ponéis los pies.
Con tantas co¬sas rotas en el suelo, es fácil tropezar y hacerse daño —continuó
la princesa, dando a entender que su preocupación abarcaba única¬mente a
Binabik—. Además, cualquier ruido podría delatar nuestra presencia a alguien
que anduviera por ahí.
El gnomo esbozó una sonrisa triste.
—Los pasos de un qanuc son como las
pisadas de una liebre —murmuró—. Ya sean en la nieve o en la roca.
—Bien.
Miriamele se volvió hacia el monje en
un intento de adivinar qué nueva traición acecharía detrás de sus lacrimosos
ojos grises, pero al fin decidió que poco importaba eso. ¿Qué podía hacer ahora
Cadrach para empeorar todavía más su situación? El momento de la cautela habría
pasado muy pronto, y lo que había sido su máxima esperanza parecía haberse
vuelto contra ellos.
—Seguidme, pues —le dijo a Binabik.
Al abrir la puerta que daba al
crucero de la capilla, se sintió para¬lizada por el frío allí reinante. Su
propio aliento quedó en el aire como una pequeña nube. Miriamele hizo una pausa
y aguzó el oído antes de permitir que sus compañeros pisaran el extenso suelo
de la capilla. La nieve penetrada había formado montones en los rinco¬nes y
junto a las paredes, y por todas partes había charcos de agua. Faltaba la mayor
parte de los bancos, y los escasos tapices pendían, mohosos, a jirones. Parecía
imposible que aquello hubiera sido, en otro tiempo, un lugar de consuelo y
refugio.
También se percibía allí, con más
intensidad, el fragor de la tem¬pestad y de la lucha. Cuando Miriamele alzó la
vista, comprendió el motivo de ello.
La gran cúpula estaba rota, y de los
santos y ángeles pintados so¬bre cristal no quedaban más que fragmentos y polvo
de mil colores. Después de todo lo vivido, a la princesa le produjo un fuerte
temblor hallar tan cambiado todo lo que otrora le había sido tan familiar. Los
copos de nieve caían perezosos, y el ennegrecido cielo sólo ilumi¬nado por la
sanguinolenta luz de la fatídica estrella asomaba a través del mellado marco
cual enojado rostro.
Cuando pasaban por el ábside, detrás
del altar, Miriamele com¬prendió que, aparte de las impersonales fuerzas de la
naturaleza, habían intervenido en la profanación otros elementos: manos
bes¬tiales habían destrozado los rostros de las estatuas de los santos
már¬tires, embadurnando otras con sangre y cosas aún peores.
A pesar de los escombros, lograron
caminar en silencio hasta el extremo del crucero, y la princesa condujo luego a
sus compañeros por un pasillo descendente que terminaba en una puerta perforada
en la roca. Miriamele se agachó para aplicar la oreja al ojo de la ce¬rradura,
pero dado el ruido que llegaba desde fuera no pudo oír nada. La invadió una
extraña, dolorosa y hormigueante sensación, como si hubiera rayos en el aire,
pero... ¡es que los había!
—Miriamele...
La voz de Cadrach sonó asustada.
Ella hizo caso omiso de él y probó de
manejar el picaporte.
—La puerta está cerrada —dijo sin
alterarse, aunque seguida¬mente se estremeció a causa de la picazón, cada vez
más intensa—. Y es demasiado pesada para que podamos derribarla.
—¡Miriamele! —insistió Cadrach, al
mismo tiempo que le tiraba de la manga—. Se está formando algo semejante a una
barrera. ¡Que¬daremos atrapados!
—¿Qué queréis decir?
—¿No notáis que algo nos empuja? ¿No
se os pone carne de ga¬llina? Se levanta una barrera, atraída hacia el
interior, que rodeará toda la torre. ¡Es obra de Pryrates! Siento su cruel
poder...
La princesa miró al monje, pero en su
cara no había más que sincera preocupación.
—¿Qué opináis vos, Binabik? —preguntó
entonces.
—Creo que tiene razón —declaró el
gnomo, que también sufría picazones—. Nos veremos aplastados del modo más
angustioso.
—Cadrach, vos abristeis la puerta de
los dwarrows. ¡Abrid ahora ésta!
—Esta es una cerradura sencilla,
señora. En ella no existe ningún encantamiento.
—Pero vos también fuisteis ladrón...
El monje se estremeció. Mechones de
pelo empezaban a ponér¬sele tiesos en la cabeza, y la propia Miriamele notó una
rara agita¬ción en los brazos y en el cuero cabelludo.
—No dispongo de ganzúas ni de
herramientas. Es inútil. Quizá sea mejor así. Apuesto a que tendremos una
muerte rápida.
Binabik soltó un silbido de
exasperación.
—¡Yo no deseo la muerte, sea rápida o
lenta, si puedo escapar de ella!
Contempló brevemente la puerta, dejó
caer su bolsa al suelo y se puso a rebuscar en ella.
La princesa lo observaba indefensa.
Por momentos aumentaba la opresión que sentía. Pidiendo a Dios que les
permitiera encontrar otro camino para entrar en la torre, retrocedió a toda
prisa por el tú¬nel, pero apenas había dado doce pasos cuando el aire se hizo
espeso e irrespirable. Un extraño zumbido le martirizaba los oídos, y la piel
le ardía. No resignándose a darse tan fácilmente por vencida, Miriamele dio
unos pasos más. Cada uno resultaba más pesado que el an¬terior, como si tuviera
que atravesar un pantano de creciente pro¬fundidad.
—¡Regresad! —chilló Cadrach—. ¡Os
sucederá algo!
La princesa volvió atrás con
dificultad, hasta llegar a la puerta.
—Es cierto lo que dijisteis. No hay
escapatoria. ¡Pero esa maldita barrera, o lo que sea, se mueve tan despacio!
El monje se rascaba los brazos con
desespero.
—Semejantes cosas tardan cierto
tiempo en crecer, y el sacerdote ha gastado ya muchas energías en su creación.
Por lo visto, se pro¬pone que nadie pueda entrar ni salir.
Binabik había encontrado un pequeño
saco de cuero y removía su contenido.
—¿Cómo sabéis que se trata de
Pryrates? —inquirió Miriamele—. Tal vez sea... el otro.
Cadrach sacudió la cabeza con
desánimo, pero en su interior había una tremenda rabia.
—Conozco las artes de ese endiablado
sacerdote rojo. ¡Dioses del cielo! Jamás olvidaré la sensación de su asquerosa
presencia en mi cerebro, en mis pensamientos...
—Miriamele, Cadrach... —dijo de
pronto el gnomo—. ¡Levan¬tadme!
Ambos se agacharon para alzarlo del
suelo, no sin dificultad, y lo aproximaron a la puerta. El aire parecía cada
vez más denso a su alrededor. El esfuerzo para levantar al menudo Binabik había
sido terrible. El gnomo trepó finalmente hasta apoyar los pies en los
temblorosos hombros de sus compañeros.
—Cuesta... mucho... respirar—jadeó la
princesa.
Algo le zumbaba en los oídos. Cadrach
tenía la boca abierta, y el pecho le palpitaba.
—No habléis.
Binabik alargó el brazo y echó un
puñado de algo sobre el gozne superior de la puerta.
A Miriamele le martilleaban los
oídos, y toda ella se sentía apre¬tada, corno si la estrujara un puño
gigantesco. En las sombras que tenía delante surgió de súbito una constelación
de chispas.
—Volved las caras —jadeó Binabik,
momentos antes de coger algo de su mano y arrojarlo con fuerza contra el gozne.
Una cortina de luz llenó los ojos de
Miriamele. El pulsante puño se transformó en una monumental mano abierta que la
apartó de un golpe de la puerta. Pese a la colosal fuerza, la joven cayó a poca
distancia y pudo mantenerse de pie, sostenida por la in¬visible pero
amenazadora barrera. Binabik cayó de sus hombros y fue a parar al suelo, entre
ella y Cadrach.
Cuando Miriamele pudo ver de nuevo,
la puerta colgaba la¬deada de su marco, medio oscurecida por el humo que se
filtraba.
—¡Crucémosla! —dijo, y agarró a
Binabik por un brazo.
En gnomo recogió su bolsa y, sin
pérdida de tiempo, se introdu¬jeron a trompicones en el oscuro espacio. La
princesa quedó atas¬cada en el umbral; no pasaba su bolsa y, por si fuera poco,
el arco se le enganchó en el gozne roto, pero al fin venció los apuros.
Alcan¬zada la amplia antecámara de la Torre del Ángel Verde, la presión
desapareció por completo.
—¡Suerte tuvimos de que los goznes
estuvieran por la parte exte¬rior! —resolló Binabik, agitando la mano para
hacerse aire.
Miriamele quedó inmóvil, perpleja. A
través de la lobreguez distinguió un rojo resplandor en la escalera de la
torre. Poco des¬pués, el humo se había disipado lo suficiente para permitidle
ver la reluciente calva rosada de Pryrates. A su alrededor yacían diversos
cuerpos, y Camaris se alzaba delante de él en medio de la estancia. El anciano
miraba al sacerdote alquimista con tan desesperada aflicción, que Miriamele
sintió que se le partía el corazón.
Con su desvergonzada risita, Pryrates
se apartó del viejo caba¬llero y descendió un peldaño para clavar sus negros
ojos sin fondo en la puerta donde ella estaba. La destrucción de esa armazón
pro¬tectora no parecía haberlo preocupado más que la simple caída de una hoja.
Sin pensarlo dos veces, la princesa levantó el arco, ende¬rezó la flecha y
disparó contra la parte más ancha del cuerpo del sa¬cerdote, pero el proyectil
voló demasiado alto. Por eso le pareció un milagro que Pryrates se tambalease
hacia atrás y, al ver que el astil le sobresalía de la garganta, quedó
demasiado asombrada de su propia puntería para experimentar alegría. Pryrates
se desplomó y rodó desmadejado escalera abajo hasta acabar inmóvil en el suelo
de la antecámara.
—¡Por las piedras de Chukku! —exclamó
el gnomo—. ¡Lo habéis matado!
—¡Tío Josua! —gritó Miriamele—.
¿Dónde estáis? ¡Camaris! Es un engaño... ¡Querían que nosotros trajésemos las
espadas!
«Yo lo he matado... ¡Yo sola he
matado al monstruo!»
Tal pensamiento hizo florecer en su
interior un silencioso júbilo.
—La espada no debe ir más allá —dijo
el gnomo.
El añoso caballero dio unos inseguros
pasos hacia ellos, pero, a pesar de que Pryrates yacía boca abajo en el suelo,
muerto o mori¬bundo, Camaris aún parecía preso de algún terrible poder. De
Josua no había ni rastro. Con excepción del anciano, en la cámara no se movía
nadie.
Antes de que alguno de ellos tres
pudiera hablar, sonó con monstruosa fuerza una campana en lo alto de la torre.
Miriamele no había oído nunca algo tan estruendoso y profundo. Temblaron hasta
las piedras de la amplia cámara, y ella creyó sentir el tañido hasta en los
huesos. Hubo un instante en que toda la pieza pareció derretirse, reemplazados
los mohosos tapices por paredes de un blanco cente¬lleante. Por doquier se
produjeron unos destellos semejantes a lu¬ciérnagas. Cuando cesó la voz del
bronce, la ilusión se desvaneció en breves momentos.
Miriamele todavía luchaba por
recobrar su sano juicio cuando cerca del pie de la escalera surgió una figura
que buscaba apoyo en el arco de piedra. Era Josua, desgarrada la capa y rota la
camisa alrede¬dor del cuello.
—¡Tío Josua! —exclamó la joven, y se
precipitó hacia él.
El príncipe la miró pasmado, como si
de momento no com¬prendiese que en realidad era ella.
—¡Vives...! —musitó al fin—. ¡Loado
sea Dios!
—Era un engaño —dijo Miriamele
mientras se arrojaba a los bra¬zos de Josua. La pequeña esperanza renacida
cuando aún debían en¬frentarse a los peores peligros, dolía tanto como una
herida de cu¬chillo.
»E1 falso mensajero... —continuó
entre jadeos—, era el poema re¬ferente a las espadas. Era un engaño. Querían
tener las espadas aquí, y que nosotros las trajéramos...
Josua se desprendió con suavidad de
la sobrina. Un hilillo de sangre recorría el nacimiento del cabello a lo largo
de su frente.
—¿Quién quería las espadas? No
entiendo nada.
—Nos engañaron, príncipe Josua
—intervino Binabik—. Según los planes de Pryrates y del Rey de la Tormenta, las
espadas tenían que ser traídas aquí. Supongo que debían ser utilizadas en un
gran acto de magia.
—No encontramos a Clavo Brillante —se
apresuró a decir Miriamele—. ¿La tenéis vos?
—No —respondió el príncipe—. El
túmulo estaba vacío.
—¡Entonces aún hay esperanzas! ¡No
está aquí!
Josua quiso contestar, pero un fuerte
gemido de dolor proce¬dente de Camaris se lo impidió.
—¡Oh, Dios! ¿Por qué me atormentáis?
—gritó el anciano, a la vez que se llevaba la mano libre a la cabeza, como si
hubiera recibido una pedrada—. Eso es un error... ¡Esa respuesta es un error!
El rostro de Josua reflejaba honda
preocupación.
—Es preciso sacarlo de este lugar.
Hay algo en su espada que lo trajo hasta aquí. Tenemos que llevárnoslo mientras
aún conserve algo de juicio.
—Pero Pryrates levantaba una barrera
alrededor de la torre —se¬ñaló Binabik con ansia—. Nuestra única esperanza
consiste en que...
—¡Es mi castigo! —chilló Camaris—.
¡Ay, Dios mío! Hay dema¬siada negrura, demasiado pecado... Lo lamento, ¡lo
lamento tanto!
Josua dio un paso hacia él, pero se
apartó de un salto al verse ata¬cado por Espina. Retrocedió de espaldas a la
escalera, procurando man¬tenerse entre Camaris y aquello que lo llamaba con
tanta insistencia.
—La obra empezada por Pryrates aún no
está acabada —gritó Bi¬nabik—. ¡La espada no puede seguir adelante!
Josua esquivó un nuevo y torpe golpe.
Blandía su espada Naidel, pero parecía reacio a utilizarla, aunque fuera en su
defensa, como si temiera herir al viejo. Miriamele, presa de un miedo horrible,
sabía que el príncipe moriría si no oponía una máxima resistencia.
—¡Contestad a sus ataque, tío Josua!
¡Dejadlo fuera de combate!
Cuando Josua comenzó a subir de
espaldas la amplia escalera y Camaris hubo alcanzado el primer peldaño, Binabik
saltó por en¬cima de los inertes cuerpos que cubrían el suelo y, arrojándose
con¬tra las piernas del anciano caballero, lo hizo caer. Miriamele acudió en
ayuda del gnomo, y de repente, vio surgir a su lado otra figura. ¡Tiamak, el
wran!
—Agarrad uno de sus brazos, lady
Miriamele —dijo el hombre de los pantanos con voz temblorosa, delatora de su
miedo, aunque él mismo ya se agachaba—. Yo cogeré el otro.
Aunque Binabik sujetaba con sus
brazos y piernas las rodillas de Camaris, éste procuraba ya levantarse.
Miriamele asió la mano que trataba de empujar a Binabik, pero la suya estaba
sudada y, en con¬secuencia, se le escurrió. Le aferró entonces el brazo y no lo
soltó pese a cómo se abultaron los poderosos músculos de Camaris. Mo¬mentos
después, los cuatro habían caído al suelo de nuevo, rodea¬dos de los exánimes
cuerpos. Miriamele se halló de cara a los entrea¬biertos ojos de Isorn, cuya
desfigurada faz estaba tan blanca como las de las nornas. De su interior quiso
brotar un grito de horror, pero permanecía tan agarrada al brazo de Camaris que
no tenía tiempo de pensar mucho en el hijo de Isgrimnur. Allí había sólo el
olor al sudor de la lucha y cuerpos que rodaban de un lado a otro.
Josua se hallaba a poca distancia, en
la escalera. Camaris estaba a punto de conseguir ponerse de pie, arrastrando
consigo a sus ata¬cantes.
—Josua —jadeó—. Se..., se nos
escapará. ¡Matadlo..., si es preciso..., pero impedidle que nos venza a todos!
El príncipe se limitó a mirarlos.
Ella notaba la tremenda fuerza que poseía Camaris, y comprendió que se los
sacaría a todos de en¬cima en cuestión de minutos.
—¡Matadlo, Josua! —chilló.
Ahora, Camaris se había levantado ya
a medias, pero Tiamak le inmovilizaba el brazo que sostenía el arma, y el pecho
y el estómago del caballero quedaban sin protección.
—¡Algo...! —suplicó Binabik entre
gemidos. Le costaba un es¬fuerzo ímprobo sujetar las piernas de Camaris—.
¡Haced algo!
Pero lo único que hizo Josua fue dar
un vacilante paso hacia adelante, con Naidel colgando floja en su mano.
Miriamele soltó uno de sus brazos y,
precipitadamente, buscó el talabarte del anciano. Cuando lo tuvo, soltó también
el otro brazo y aferró el cinturón con ambas manos, apoyó con fuerza las
piernas contra el primer escalón y tiró hacia atrás con toda su alma. El
caba-llero se inclinó brevemente, pero el peso de Tiamak y Binabik en¬torpeció
sus movimientos y no consiguió mantener el equilibrio. Se tambaleó y, por fin,
cayó hacia atrás con la pesadez de un árbol cortado.
Las piernas de Miriamele quedaron
atrapadas debajo de Cama¬ris, y el golpe la dejó casi sin aliento. Cuando el
hombre se movió después de un rato, comprendió que no le quedaban fuerzas para
derribarlo de nuevo.
—¡Oh, Dios! —murmuró el caballero de
cara al techo—. ¡Libradme de este canto! No quiero ir, pero... es demasiado
fuerte para mí. Yo pagué y pagué...
Josua parecía sufrir tanto como
Camaris. Avanzó otro paso y tuvo que apoyarse nuevamente.
—¡Dios misericordioso! —musitó—.
¡Dios misericordioso! Mante¬ned aquí a Camaris mientras podáis —dijo después de
enderezarse otra vez—. Creo que ya sé quién espera arriba, en la escalera.
Y dio media vuelta.
—¡Regresad! —sollozó Miriamele—. ¡No
nos dejéis!
—No queda tiempo —contestó Josua por
encima del hombro, mientras iniciaba el ascenso—. Debo ir a su encuentro
mientras pueda. Me espera.
La princesa comprendió súbitamente a
quién se refería.
—¡No! —susurró.
Camaris aún yacía en el suelo, pero
Binabik no le soltaba las piernas. Tiamak había salido disparado hacia un lado
y, acurrucado al pie de la escalera, se frotaba el magullado brazo sin dejar de
obser¬var temeroso a Camaris.
—¡Seguidlo vos, Tiamak! —le pidió
Miriamele—. Id detrás de mi tío. ¡Daos prisa! No permitáis que se maten uno a
otro.
El wran abrió mucho los ojos. Miró a
la princesa y luego a Ca¬maris, tan seria la cara como la de un chiquillo
asustado. Finalmente subió detrás de Josua, que ya había desaparecido entre las
sombras.
Camaris se sentó en el suelo.
—Permitid que me levante. No deseo
haceros daños, seáis quien seáis. ¡Me llama...! —dijo con la vista fija en
algún punto lejano, más allá de la antecámara.
Miriamele se las arregló para
liberarse y, aunque trémula, tomó la mano del caballero.
—Por favor, sir Camaris... Eso que os
llama es un encantamiento diabólico. ¡No vayáis! Si entregáis la espada, puede
resultar des¬truido todo aquello por lo que tanto luchasteis.
El anciano bajó los pálidos ojos en
busca de los de la joven. En su rostro había desolación y angustia.
—Ordenad al viento que deje de aullar
—dijo con voz ronca—. ¡Ordenad a los truenos que no retumben más! ¡Ordenad a
esta mal¬dita espada que no cante y no tire más de mí!
El desdichado pareció hundirse, como
si la terrible llamada hu¬biese perdido fuerza.
Un grito semejante al rugido de un
animal asustado llenó de pronto la antecámara. En el acto, Miriamele se acordó
de Cadrach y volvió la cabeza para hallarlo agazapado junto a la puerta. El
monje chilló de nuevo y señaló hacia adelante.
Pryrates se ponía lentamente de pie,
inseguro como un borra¬cho. La flecha aún sobresalía por ambos lados de su
cuello. Un débil y putrefacto resplandor rodeaba la desgarrada carne.
«¡Pero si está muerto! —pensó
Miriamele, horripilada—. ¡Muerto! ¡Ay, dulce Elysia, Madre de Dios! ¡Si yo
misma lo maté!
El sacerdote intentó un paso entre
gemidos y, entonces, clavó su mirada de tiburón en la princesa. Su quebrada y
áspera voz sonó to¬davía más dura que antes:
—Tú... me heriste. Por eso... te
mantendré viva durante largo tiempo, muchacha.
—Hija de las Montañas —susurró
Binabik, desesperado.
Aún sujetaba las piernas del viejo
caballero, que seguía contem¬plando el techo, indiferente a todo lo que no
fuera la llamada desde las alturas.
Pryrates se levantó por fin entre
tambaleos y, agarrando el negro astil por detrás mismo de la punta de la
flecha, lo arrancó, con lo que volvió a gotear la sangre de la herida. Respiró
un par de veces de manera sibilante, asió las plumas y se sacó el resto de la
flecha a tra¬vés del cuello con un gesto de agonía. Contempló unos momentos el
ensangrentado proyectil y, luego, lo tiró con desprecio al suelo.
—Un astil de Nakkiga —graznó—.
Debería habérmelo figurado. Las nornas hacen armas eficaces..., mas no lo
suficiente.
Había cesado la hemorragia, y de uno
de los agujeros de su cue¬llo brotaba ahora una espiral de humo.
Miriamele había empulgado una segunda
flecha y, aunque tem¬blorosa, apuntó contra el rostro de Pryrates.
—¡Que..., que Dios os envíe a los
infiernos! —jadeó en un es¬fuerzo por no chillar y no revelar así su pánico—.
¿Qué le hicisteis a mi padre?
—Está arriba —contestó el sacerdote
con una súbita risotada, sin tambalearse ya, y parecía que aquel despliegue de
poder le producía una alegre embriaguez—. Vuestro padre espera arriba. Ha
llegado la hora que tanto esperábamos los dos. Me pregunto quién disfrutará más
con ello.
Pryrates alzó los dedos y los
encogió. Al momento, el aire que rodeaba la mano de Miriamele se calentó, y la
flecha se partió en dos. El arco repentinamente vacío casi salió volando.
—No es tan agradable arrancarme
flechas que no podrían con¬migo, en cualquier caso, ni dejar que me empluméis,
niña.
El endemoniado sacerdote se volvió
entonces para mirar a Cadrach, que continuaba junto a la reventada puerta,
atrancada ahora por la barrera invocada por Pryrates y envuelta en unas
cambiantes sombras veteadas de granate.
—Ven acá, Padreic —lo llamó.
Cadrach gimió quedamente, pero dio un
bamboleante paso ha¬cia él.
—¡No lo hagáis! —protestó Miriamele.
—No seáis tan cruel —dijo Pryrates—.
Sólo desea servir a su amo.
—¡Luchad contra él, Cadrach!
El alquimista irguió la cabeza.
—¡Basta! Pronto tendré que irme para
atender a mis asuntos. Ven acá, Padreic —repitió.
El monje avanzó un poco más, sudoroso
y entre murmullos. Miriamele tuvo que presenciar, sin poder intervenir, cómo
Cadrach se dejaba caer cual mísero montón a los pies de Pryrates con la cara
apoyada en la piedra y, a continuación, se acercaba aún más a él, ti-ritando, y
arrimaba la mejilla a una de las negras botas del sacer¬dote.
—Así me gusta —declaró Pryrates, casi
en un canturreo—. Me sa¬tisface comprobar que no eres tan tonto como para
desafiarme, y que te acuerdas. Temía que me hubieses olvidado durante tus
viajes. ¿Dónde estuviste, pequeño Padreic? Me abandonaste y, según veo, te
uniste a los traidores.
—¡Aquí no hay más traidor que vos!
—le soltó Binabik, al mismo tiempo que hacía una mueca de dolor, causada por
los intentos de soltarse que hacía Camaris, todavía sujeto por las piernas—.
Traicio¬nasteis a Morgenes, a mi maestro Ookequk y a todos los que de buena fe
os revelaron sus secretos.
El sacerdote lo miró divertido.
—¿Ookequk? ¿De manera que tú eres el
chico de los recados de aquel obeso gnomo? ¡Qué estupendo! Todos los viejos
amigos se reúnen aquí para pasar el día conmigo...
Camaris se ponía de pie, poco a poco.
Binabik hizo lo posible para impedirlo, pero el anciano se lo quitó de encima
de un mano¬tazo y se enderezó del todo con la negra Espina en la mano. Luego
dio unos inseguros pasos en dirección a la escalera.
—Pronto, pronto —dijo Pryrates—. La
llamada es muy poderosa. —Y de cara a Miriamele agregó—: Temo que el resto de
nuestra con¬versación deba quedar para más adelante. El ritual llegará dentro
de muy poco a un momento delicado. Me conviene estar allí.
Míramele no sabía qué hacer para
mantenerlo alejado de su tío y de su padre, el rey Elías.
—¿Por qué hacéis semejantes cosas,
Pryrates? ¿Qué ganaréis con ello?
—¿Ganar, yo? ¡Lo conseguiré todo! La
sabiduría es algo que vos ni siquiera podéis imaginar, chiquilla. ¡El cosmos
entero, desnudo delante de mí, incapaz de esconder hasta sus más
insignificantes se¬cretos!
Extendió las manos y hasta pareció
crecer. Se onduló su roja tú¬nica, y remolinos de polvo llenaron la pieza.
—Sabré cosas —añadió— que incluso los
inmortales sólo suponen.
De repente, Camaris gritó como si le
hubiesen clavado un cu¬chillo y avanzó a tropezones hacia la amplia escalera. A
la vez, la gran campana volvió a sonar desde alguna parte, con lo que todo
tembló y se movió. La cámara osciló ante los ojos de Miriamele, y unas llamas
lamieron las paredes hasta que el eco de las campanadas se desvaneció.
A la princesa le daba vueltas la
cabeza, pero el movimiento no pareció afectar a Pryrates.
—Esto significa que el momento está
ya muy próximo —anun¬ció—. Vos confiáis en poder entretenerme mientras Josua se
enfrenta a su hermano, pero vuestro tío será tan incapaz de detener lo que
viene como de llevarse a hombros el castillo. Tampoco vos podéis hacer nada.
Espero encontraros cuando todo haya terminado, mi pequeña Miriamele... Ignoro
qué quedará, pero sería una pena per¬deros a vos —dijo recorriendo a la
muchacha con ojos ávidos—. ¡Po¬dremos hacer tantas cosas! Y no habrá límite
para nuestro tiempo...
Miriamele tuvo la impresión de que un
puño glacial le apretaba el corazón.
—¡Sin embargo, habéis fracasado! —le
gritó—. La otra espada no está aquí. ¡Habéis fracasado, sí!
Pryrates sonrió burlón.
—¿Ah, sí?
La joven vio, por el rabillo del ojo,
que algo se movía. Era Ca¬maris, cuya resistencia había fallado al fin, y que
ahora subía aton¬tado el primer tramo de escalera. No tardó en desaparecer en
la curva de la espiral. Una sorda resignación se apoderó de ella. Ha¬bían hecho
todo lo posible, pero no había sido suficiente.
Pryrates pasó por delante de Binabik
y Miriamele para seguir al viejo caballero, pero entonces se detuvo en la base
de los peldaños y se dio una fuerte palmada en el cogote. Se volvió despacio
para mirar al gnomo, que acababa de quitarse la cerbatana de los labios. El
sacerdote cogió algo que tenía detrás de la oreja y lo examinó.
—¿Veneno? —preguntó—. Eres un digno
aprendiz de Ookequk. Siempre le costó mucho adquirir nuevos conocimientos.
Arrojó el dardo al suelo y lo aplastó
con su negra bota. Luego subió la escalera.
—Este no le teme a nada —murmuró
Binabik, asustado—. No sé...
Miriamele siguió con la vista la
vestimenta roja del sacerdote hasta que se hubo perdido entre las sombras.
Después contempló los tristes y destrozados cuerpos de Isorn y los demás
soldados. La llama de su ira, casi extinguida por el miedo, se encendió otra
vez.
—Mi padre está ahí arriba.
En el suelo, a su lado, Cadrach
lloraba con la cara escondida en la manga.
Tiamak corrió escalera arriba.
«¡Todos nuestros cálculos, todos
nuestros inteligentes planes, nuestras esperanzas...! —se lamentó—. ¡Todo para
nada! Dicen que lo de las espadas fue un engaño. ¡Fuimos tontos, muy
tontos...!»
Continuó el ascenso a pesar del
violento dolor que le producía cada peldaño, ansioso por alcanzar a Josua, que
era aquella esbelta sombra gris que se movía por la penumbra, a más altura que
él. El wran tenía la boca seca. Algo acechaba al final de la escalera.
«¡La muerte! —pensó—. La muerte,
agazapada como los ghants en las copas de los árboles.»
Volvió a sonar la estruendosa
campana, y el impacto lo estreme¬ció como cuando un padre enfurecido sacude a
su hijo. Nueva¬mente fluctuaron unas llamas delante de sus ojos, y la mismísima
sustancia de las cosas pareció hacerse trizas. Tiamak tuvo la impre¬sión de que
no acababa de pasar el tiempo hasta que, por fin, pudo reconocer los escalones
que tenía delante y lograr que sus torpes y maltrechas piernas lo obedeciesen.
¿Cobraba vida la torre...? ¿Ahora, cuando todo lo demás iba a morir?
«¿Para qué me envió Miriamele? ¿Qué
diantre puedo hacer yo? ¡Estoy tan asustado, El Que Siempre Camina Sobre
Arena!»
Aunque ya no veía al príncipe Josua,
el hombre de los pantanos siguió subiendo. Unas rápidas ojeadas a través de las
ventanas de la torre le permitieron comprobar que abajo, en aquel lugar
descono¬cido para él, reinaba todavía un espantoso caos. La Estrella del
Con-quistador brillaba en lo alto como un rabioso ojo. La nieve llenaba los
enrojecidos cielos, pero aun así logró distinguir las formas de los soldados
que hormigueaban por las murallas, trabados en pequeñas escaramuzas a lo largo
de las almenas, mientras que alrededor de la torre, en campo abierto, se
libraban otros combates. Por espacio de un momento, Tiamak abrigó la esperanza
de que el duque Isgrimnur y el resto del ejército de Josua hubiesen logrado
penetrar en el recinto del castillo..., hasta que recordó lo dicho por Binabik
con respecto a la barrera que circundaba la torre. Isgrimnur y los demás nunca
podrían impedir cuanto iba a suceder en Hayholt.
¡Era todo tan confuso! ¿Qué habían
querido decir exactamente Miriamele y el gnomo en relación con las espadas? Que
eran una trampa, un truco, y que, peor todavía, Pryrates y Elías pretendían que
se las llevaran. Pero... ¿por qué? ¿Cuáles eran sus planes? Sin duda alguna, la
presencia de Utuk’ku debajo de la fortaleza tenía algo que ver con ello. Los
sitha habían confesado que podrían retra¬sar lo que ella se propusiera hacer,
pero no evitarlo. En aquel Pozo de las Tres Profundidades existía algún poder extraordinario,
y el wran tuvo la certeza de que la reina de las nornas pensaba aprove¬charlo.
Los sitha habían hecho todo lo posible para obstaculizar sus proyectos pero,
por lo visto, sin éxito.
De pronto, Tiamak oyó cerca la voz de
Josua. Hizo una pausa, palpitante, temeroso de subir los últimos peldaños. Ya
no deseaba ver lo que el príncipe había encontrado arriba. Cerró los ojos con
fuerza y pidió a sus dioses que le permitieran despertar en su choza del árbol,
como si todo hubiera sido sólo una larga pesadilla. Pero los aullidos del
viento no cesaban y, cuando volvió a abrir los ojos, se en¬contró con que
seguían rodeándolo las pálidas y pulidas paredes de la Torre del Ángel Verde.
Comprendió que debía seguir adelante aunque cada furioso latido de su corazón
lo incitaba a huir escalera abajo. Con las piernas demasiado débiles para
mantenerse de pie, se dejó caer sentado sobre la piedra y trepó los escalones
finales a gatas, hasta hallarse en el campanario donde las corrientes de aire
eran cor¬tantes.
Las enormes campanas de bronce
pendían del abovedado techo cal venenosas flores verdes de los pantanos y,
realmente y no obs¬tante el vendaval que todo lo barría, la pieza estaba llena
del olor a carne en descomposición que tales flores desprendían. En el centro
de la cámara, un grupo de oscuros pilares se elevaban hasta el techo, y a los
cuatro lados se abrían enormes ventanales arqueados que permitían ver la
incesante nevada y las amenazadoras nubes de co¬lor carmesí. Josua estaba a
pocos pasos de Tiamak, vuelto hacia la ventana que daba al norte. Había
adoptado una postura rígida, como si no supiese qué hacer ni cómo ponerse.
Delante de él, sen¬tado junto a la ventana en una simple silla de madera, se
hallaba su hermano Elías.
El rey llevaba una oscura corona de
hierro en la cabeza y, en las manos, algo largo y gris que el wran no pudo
distinguir. El objeto tenía, más o menos, la forma de una espada, pero los ojos
de Tiamak no eran capaces de fijarse bien en él, como si no perteneciese del
todo al mundo natural. El rey iba vestido con fastuosidad, aun¬que sus ropas
estaban manchadas, y su manto, allí donde lo hin¬chaba y levantaba el viento,
tenía más agujeros que tela.
—¿Tirarla? —dijo Elías despacio, con
la mirada todavía baja, en respuesta a lo que debía de haberle recomendado
Josua, pero en el tono de quien viera visiones—. ¿Tirarla? ¡Pero si no podría
hacerlo! ¡No ahora!
—¡Por el amor de Dios, Elías!
—insistió Josua—. ¿No ves que te está matando? Y aún hará cosas peores.
¡Pryrates sólo tiene planes diabólicos!
El rey levantó la mano y, pese a
encontrarse detrás de Josua y es¬condido entre las sombras de la puerta, Tiamak
no pudo contener un estremecimiento de horror. La roja luz procedente de las
venta¬nas jugueteaba con el pálido rostro del soberano, y los músculos se
retorcían como gusanos debajo de la piel. Sin embargo, fueron sus ojos los que
por poco le hicieron lanzar un grito de miedo. Ardía en ellos un brillo mate,
una luz inhumana que le recordaba el pálido resplandor de las candelas de los
pantanos.
—¡Que Aedón nos proteja! —jadeó
Josua.
—¡Pues esto no es un plan de
Pryrates! —contestó Elías con una ti¬rante sonrisa, como si ya no fuese dueño
de los gestos de su cara—. No olvides que soy el Supremo Rey, y que todo
funciona como yo quiero, Es mi plan, Josua. El sacerdote se limitó a obedecer
mis ór-denes, y pronto ya no lo necesitaré. Y tú... —añadió, desenvolvién¬dose
el cuerpo con torpes movimientos hasta alzarse en toda su esta¬tura y sin
soltar aquel objeto gris, que ahora apuntaba al suelo—, tú fuiste mi hermano,
tiempo atrás...
—¿Tiempo atrás? —gritó Josua—. ¿Qué
te sucede, Elías? Te has convertido en algo horrible... ¡en algo demoníaco!
El príncipe dio un paso atrás y
estuvo a punto de caer por el hueco de la escalera; hizo girar en su temblorosa
mano la empuña¬dura de Naidel y se persignó. Fuera retumbó el trueno y la lux.
fluc¬tuó, pero el rey continuaba mirándole con expresión vacía.
—No soy un demonio —replicó, después
de sopesar aparente¬mente el asunto—. No, Josua. Pero pronto seré más, mucho
más, que un hombre. Ya lo noto... Noto cómo me abro a los vientos que aúllan
entre las estrellas, y me siento como un cielo nocturno por el que llamean los
cometas...
—Que Jesuris el Rescatador me perdone
—musitó Josua—, pero dices bien, Elías. Ya no eres mi hermano.
El semblante tranquilo del rey se
retorció súbitamente de rabia.
—¿Y quién tiene la culpa? ¡Tú me
envidiaste siempre, desde niño, e hiciste todo lo posible para destruirme! Tú
me arrebataste a mi esposa, mi amada Hylissa, sí, y la entregaste a la muerte.
¡Desde entonces no encuentro ni un momento de paz! Pero eso no fue bas-tante...
No te bastó con desgarrarme el corazón, porque tú querías además el trono que
legítimamente me corresponde, ¡y codiciabas mi corona! ¡Tómala, pues! —bramó,
al mismo tiempo que se esfor¬zaba en quitarse el oscuro aro ante el asombro de
Josua—. ¡Maldito hierro! Me ha quemado hasta que creí que me volvía loco...
Elías se lo arrancó al fin con un
gruñido y lo arrojó al suelo. En su frente quedó una corona de herida y
ennegrecida carne.
Josua estaba atónito, reconcomido de
horror y compasión a la vez. Por sus mejillas resbalaron las lágrimas.
—¡Aedón misericordioso! Rezaré por tu
alma, Elías —murmuró el príncipe, y alzó su brazo cubierto de cuero como si
deseara apartar lo que veía—. ¡Dios mío, pobre hombre!
Seguidamente extendió su espada hasta
que la punta casi rozó, temblorosa, el pecho del rey.
—Pero es preciso que abandones esa
maldita espada. Se acaba el tiempo, y no puedo esperar.
El rey bajó la barbilla y miró al
hermano por debajo de las cejas. La cabeza le bamboleaba como si estuviera
suelta. Una gruesa gota de sangre brotó de donde había llevado la corona.
—¡Ah! ¿Ha llegado la hora, pues? Me
confunde pensar que todo haya ocurrido ya... Eso parece, por lo menos...
Elevó de repente el objeto gris, que
en el acto tuvo una consisten¬cia distinta y resultó ser una larga espada de
hoja moteada y doble guardamano, que centelleaba intensamente. Tiamak
permaneció donde estaba, aunque muerto de miedo e incapaz de apartar la vista.
Aquella hoja parecía un trozo del cielo torturado por la tormenta.
—Muy bien...
Josua saltó hacia adelante con un
grito, y Naidel cortó el aire con la velocidad de un relámpago. El rey empuñó
su espada Dolor y esquivó el golpe, pero sin devolver el ataque. Josua
retrocedió con paso inseguro, como si tuviera fiebre. Tiamak se preguntó si el
mero contacto de la espada gris con la suya lo hacía tiritar de aquella
ma¬nera. Luego, el príncipe arremetió de nuevo y, por espacio de largos
momentos, intentó romper la guardia de Elías. Éste parecía luchar en una
especie de sueño, con movimientos espasmódicos que no obstante bastaban para
rechazar los ataques de Josua en el último momento, como si supiera de antemano
por dónde acometería el príncipe.
Josua reculó finalmente, falto de
respiración. El sudor de su frente relució cuando un relámpago surcó el cielo a
lo lejos.
—¿Lo ves? —dijo Elías—. Es tarde para
utilizar unos métodos tan vulgares. Demasiado tarde...
Y descansó unos momentos cuando el
ruido de un trueno hizo sonar quedamente las campanas. La humosa luz de sus
ojos se en¬cendió al alzar la espada Dolor.
—Sin embargo, no es demasiado tarde
para que yo disfrute ven¬gándome un poco de todo el mal que tú me causaste: la
muerte de mi mujer, la inseguridad actual de mi trono y... el odio que mi hija
siente hacia mí. Más tarde me ocuparé de otras cosas. Ahora sólo puedo pensar
en ti, mi hermano de antaño.
Cuando Elías avanzó, su espada era
una borrosa y larga mancha.
Josua resistió de forma desesperada,
pero el rey disponía de unas energías superiores a las humanas. Rápidamente
empujó al her¬mano contra la ventana que daba al sur y, pese a la extraña
rigidez de sus movimientos, lo mantuvo acorralado con una serie de duros golpes
que sólo la destreza de Josua pudo evitar que resultaran mor¬tales. La delgada
Naidel no bastaba para apartar de sí al rey, y Josua no tardó en caer contra el
alféizar de la ventana, incapaz de prote¬gerse por más tiempo. Elías agarró
bruscamente a Naidel por la hoja y se la arrebató a Josua. El desesperado
Tiamak salió por la escalera y se tiró sobre la espalda del rey cuando Dolor
iba a dar la estocada fi¬nal. Con toda su alma, el wran intentó inutilizarle el
brazo.
Mas eso no fue suficiente para salvar
al príncipe. Josua levantó la mano para defenderse, pero la embrujada hoja gris
le rajó el cue¬llo. Tiamak no vio cómo la espada mordía la carne del amigo,
pero sí oyó el escalofriante impacto y sintió el temblor que recorría el brazo
del rey. Josua cayó hacia un lado con la cabeza doblada y la sangre
chorreándole por la herida. El príncipe se desplomó final¬mente como un saco
vacío y quedó inmóvil.
Perdido a su vez el equilibrio, Elías
se tambaleó, aunque volvió a erguirse y cogió a Tiamak por el cogote con su
mano libre. Durante unos segundos, el wran logró agarrar a Dolor, pero la
espada estaba tan helada que le quemaba la piel. Un terrible escalofrío sacudió
el pecho de Tiamak, que además perdió toda sensibilidad en los bra¬zos. El
hombrecillo de los pantanos sólo tuvo tiempo de lanzar un grito de angustia por
su propio sufrimiento, por lo sucedido a Josua y por lo mal que había salido
todo, antes de que el rey se despren¬diese brutalmente de él. Tiamak fue a
parar al otro lado del pétreo suelo, indefenso del todo, antes de que algo se
estrellara contra su cabeza y su cuello.
Quedó tendido de lado, acurrucado
contra la pared.
Tiamak era incapaz de hablar o
moverse. Su vista, ya débil, se hizo aún más borrosa cuando los ojos se le
llenaron de lágrimas. Un súbito estruendo llenó la pieza, sacudiendo incluso el
suelo. La roja luz que entraba por las ventanas se hizo más intensa, como si
unas grandes llamas rodeasen la torre. En cierto momento, esas llamas fue¬ron
tan altas que el wran pudo verlas, así como también la silueta en¬vuelta en
fuego del rey, junto a la ventana. Luego, todo desapareció.
La campana había sonado por tercera
vez.
XXXII
LA TORRE
S
imón hizo un alto, antes de entrar en
el salón del trono. Pese a la extraña calma que había notado en su paso por los
subte¬rráneos de Hayholt, y no obstante llevar colgada del cinto a Clavo
Brillante, el corazón le latía con violencia en el pecho. ¿Aguardaría el rey
Elías en silencio y a oscuras, como en la Torre de Hjeldin?
Abrió la puerta, apoyada la mano en
la empuñadura de la es¬pada.
El salón del trono estaba vacío. Al
menos, de gente. Seis mudas figuras flanqueaban el Trono de Huesos de Dragón,
pero Simón ya las conocía de antes. Por consiguiente, entró.
Los estandartes heráldicos colgados
del techo habían caído, arrancados por los dientes del viento que penetraba con
fuerza por los altos ventanales. Descoloridas bestias y aves yacían en
revueltos montones, y algunas de las enseñas cubrían incluso los huesos del
gran trono. Simón pasó por encima de un banderín manchado de agua. El halcón
bordado en él lo miraba fijamente, como si aún le durara el susto de la caída.
Poco más allá, parcialmente tapado por otros húmedos estandartes, había una
prenda negra cuyo adorno consistía en un estilizado pez dorado. Al mirarlo
Simón, algo revi¬vió en su memoria.
Fuera, el tumulto iba en aumento. El
joven caballero sabía que disponía de poco tiempo, pero el vago recuerdo lo
intrigaba. Avanzó, pues, hacia las negras estatuas de malaquita. La pulsante
luz de la tormenta confería a esas figuras una sensación de movi¬miento, y
Simón llegó a temer, por unos instantes, que la misma magia que había hecho
cambiar y torcerse a todo el castillo daba ahora vida a los antiguos reyes de
piedra. Mas, para su tranquilidad, éstos permanecieron gélidos y muertos.
Simón prestó especial atención a la
estatua situada a la derecha del amarillento brazo del trono. El rostro de
Eahlstan Fiskerne, algo levantado, parecía contemplar una gloria existente más
allá de las ventanas, del castillo y de sus torres. Con frecuencia había
contem-plado Simón la cara del rey mártir, pero ahora lo vio diferente.
«Es el que se me apareció en sueños
—comprendió de repente—. Leleth me lo mostró. Leía en su libro y esperaba al
dragón. Ella me dijo: “Esto forma parte de tu historia, Simón”.»
El joven contempló entonces el fino
aro de oro que llevaba en el dedo. El simbólico pez grabado en el anillo le
devolvió la mirada. ¿Qué le había dicho Binabik sobre el significado de aquel
trabajo sitha? ¿Dragones y muerte?
«El dragón estaba muerto.» Eso era lo
que Leleth le había su¬surrado en aquel lugar que no era tal, en la ventana que
daba al pasado.
«¿Y el rey Eahlstan forma parte de mi
historia? —se preguntó Si¬món—. ¿Es lo que Morgenes quiso confiarme cuando me
envió el anillo?» El mayor secreto de la Alianza del Pergamino... ¿Que fue su
fundador quien mató al dragón, y no Juan?
Simón era el mensajero de Eahlstan a
través de cinco siglos, pero ahora no podía pensar en el honor y la
responsabilidad que ello re¬presentaba. Sería una riqueza a saborear más
adelante, si sobrevivía; un delicado secreto capaz de cambiar las vidas de casi
todas las per-sonas conocidas.
Mas Leleth le había enseñado algo
más. Le había proporcionado una visión de Ineluki, con Dolor en sus manos. Y
toda la maldad de Ineluki iba dirigida a...
«¡La torre! —se dijo, olvidando de
momento el peligro inme¬diato—. Debo llevar a Clavo Brillante a la torre. ¡He
estado per¬diendo el tiempo!»
Simón echó otra mirada al rostro de
piedra de Eahlstan. Se in¬clinó ante el fundador de la Alianza como ante un
señor feudal, y disfrutando con lo extraño de la situación. Finalmente volvió
la es¬palda al trono rodeado de estatuas y cruzó deprisa la pieza.
Los tapices del pasillo habían
desaparecido, y la escalera que conducía al retrete quedaba al descubierto.
Simón la subió para aso¬marse luego a la estrecha ventana del pequeño cuarto.
No sabía si era peor en él el nerviosismo o el miedo. El patio podía estar
lleno de hombres armados, pero todo el mundo había olvidado a Simón, el chico
fantasma que conocía a la perfección todos los rincones de Hayholt. ¡Pero ya no
era simplemente Simón el chico fantasma, sino sir Seomán, Portador de Grandes
Secretos!
El frío viento lo golpeó con la
fuerza de un ariete, y poco faltó para que lo derribara del alféizar. La nieve
caía en sentido casi oblicuo, azotándole los ojos de manera que apenas veía
nada. Agarrado al ventanuco, trató de estudiar sus posibilidades. El muro
situado más allá de la ventana tenía un paso de ancho. Diez codos más abajo,
unos hombres gritaban enfurecidos, y todo eran choques de metal contra metal.
¿Quién peleaba? ¿Eran aquellos gigantes a lo que había oído rugir, o no era más
que la tempestad? Simón creyó distinguir unas formas blancas que se movían
entre la lobreguez, pero no se atrevía a observar durante demasiado rato o
desde dema¬siado cerca lo que le esperaría abajo, si se caía de la pared.
Prefirió mirar hacia arriba. La Torre
del Ángel Verde se alzaba imponente, destacando entre la multitud de tejados de
Hayholt como el tronco de un árbol blanco, el señor de un viejo bosque. Unas
nubes negras envolvían su parte alta mientras los rayos agrie¬taban el cielo.
Simón se descolgó poco a poco del
alféizar y, a gatas, avanzó a lo largo de la pared. Pronto se le entumecieron
los dedos, y maldijo la mala suerte de haber perdido los guantes. Agarrado a la
helada pie¬dra, procuraba mantenerse agachado para que el incesante vendaval no
lo arrancase de allí.
«¡Jesuris en el Árbol! Este muro no
había sido nunca tan lar¬go...»
Era como pasar un puente sobre los
abismos del infierno. A tra¬vés de la tenebrosidad le llegaban gritos de dolor
y rabia, así como otros sonidos menos definibles, algunos de ellos
suficientemente intensos para hacerlo vacilar y casi perder el agarre. Hacía un
frío tremendo, y el viento no cesaba de soplar y soplar. Simón mantuvo la vista
fija en el estrecho extremo superior de la pared hasta el final de ésta. Un
vacío tan grande como alto era él se abría entre el borde del muro y el
saliente que rodeaba el cuarto piso de la Torre del Ángel Verde. El joven se
acurrucó junto al vacío, haciendo acopio de ánimos para saltar. Un golpe de
aire lo empujó de tal forma que quedó casi echado encima de la angosta pared.
«¡Adelante! —se dijo—. ¡Lo hiciste
cien veces!»
«Pero no en plena tempestad —le
advirtió otra voz en su inte¬rior—. ¡No con hombres armados abajo, que te
harían pedazos antes de que supieras si habías sobrevivido a la caída!»
Simón hizo una mueca de cara a la
cellisca y se introdujo las ma¬nos debajo de los brazos para que la sangre
volviera a circular un poco por sus dedos.
«Tú eres el portador de los secretos
de la Alianza —pensó—. Morgenes depositó su confianza en ti.»
Eso fue una advertencia, un conjuro.
Simón tocó la espada para cerciorarse de que estaba bien sujeta a su cinturón,
y enseguida Clavo brillante respondió con un suave canto, como un gato hubiese
hecho arqueando el lomo. A continuación, el joven se enderezó con cuidado hasta
quedar agazapado en la punta del muro. Después de titubear peligrosamente por
espacio de unos momentos, en espera de que el viento amainara un poco, Simón
dijo una breve oración y saltó.
El huracán lo alcanzó en pleno aire y
lo desvió hacia un lado, con lo que el muchacho no alcanzó el punto donde tenía
previsto agarrarse. Hubo unos segundos en que se vio arrastrado al vacío, pero
su mano pudo asir a tiempo una de las almenas y evitar el de¬sastre, aunque
quedó colgado y, al tirar de él el viento, la torre y el cielo parecieron dar
vueltas encima de su cabeza, como si, de un instante al otro, toda la creación
fuera a ponerse cabeza abajo. Si¬món notó que la piedra se le escurría de los húmedos
dedos, y en el acto metió la otra mano entre las almenas, mas de poco le servía
eso. Las piernas y los pies se balanceaban sobre la nada, y su agarre era cada
vez menos firme.
El joven trató de hacer caso omiso
del intenso dolor que marti¬rizaba sus articulaciones, ya resentidas. Era como
si de nuevo se viera atado a la rueda, estirado hasta el punto de rompérsele
los hue¬sos, pero ahora tenía, al menos, una posibilidad de escapar del
tor¬mento. Si se soltaba, todo habría terminado en un abrir y cerrar de ojos, y
por fin hallaría la paz.
Pero había visto y sufrido demasiado
para contentarse con el to¬tal olvido.
Con un esfuerzo ímprobo, consiguió
alzarse un poco más y, cuando hubo doblado los brazos al máximo, soltó una mano
en busca de una sujeción más segura. Por fin, las puntas de sus dedos
descubrieron una grieta entre las piedras, y Simón dio un nuevo ti¬rón hacia
arriba. Un involuntario grito de dolor se le escapó entre los apretados
dientes. La piedra era resbaladiza, por lo que estuvo a punto de caer, pero un
último impulso le permitió introducir el tronco entre las almenas y dejarse
deslizar hacia adentro, aunque aún tenía las piernas fuera.
Un cuervo que había buscado refugio
bajo el alero de la torre lo miró con sus amarillos ojos. Otro esfuerzo de
Simón, y el cuervo se apartó un poco para detenerse nuevamente y observarlo con
la ca¬beza ladeada.
El joven se arrastró hacia la ventana
de la torre, de momento sin más propósito que el de verse protegido del gélido
vendaval. Le palpitaban los brazos y los hombros, y la cara parecía arderle a
causa del mordiente frío. Enganchado finalmente al alféizar, Simón experi-mentó
de pronto un terrible escozor que le recorría toda la piel, algo tan
insoportable corno un ejército de hormigas que lo picaran. El cuervo echó a
volar cual aleteante mancha de negras plumas y, des¬pués de recibir de nuevo el
azote del viento, desapareció de su vista en las alturas.
La quemazón aumentaba, y los miembros
le cosquilleaban a Si¬món de manera espantosa. Además, algo empezó a estrujarle
el aire del pecho. El joven comprendió que había caído en una trampa, una
trampa preparada justamente para atrapar y matar a los marmi¬tones demasiado
curiosos.
«¡Idiota! —se dijo—. Una vez, un
idiota...»
Penetró como pudo por la ventana de
la torre y fue a parar a la escalera. Inmediatamente cesó aquella horrible
presión. Simón se halló tendido sobre las frías piedras, entre violentos
temblores, y bregó para recobrar el aliento. Le dolía la cabeza, y sobre todo
le molestaba la cicatriz de la mejilla. Por si fuera poco, tenía la sensa¬ción
de que el estómago se le subía al cuello.
Algo sacudió entonces la torre, un
estruendo semejante al pro¬ducido por una campana monstruosa, un sonido que
hizo traque¬tear los huesos y la cabeza del pobre Simón, que nunca había oído
nada como aquello. Durante un buen rato tuvo la impresión de que el mundo se
había vuelto del revés.
Simón se agazapó en la escalera,
temblando. «¡Eso no procedía de las campanas de la torre! —se dijo cuando el
eco se hubo apagado y él fue capaz de volver a pensar con claridad—. Las oí
sonar cada día, a lo largo de toda mi vida. ¿Qué era, pues? ¿Qué le ocurre a
todo?»
Los escalofríos habían cedido un
poco, y la sangre le circulaba un poco mejor, pero con ello no sólo la mejilla
le latía. Se pasó los dedos por la frente y advirtió que empezaba a formársele
un chi¬chón encima del ojo derecho. Hasta el más prudente roce le hizo contener
la respiración. Sin duda se había golpeado con algo al pre¬cipitarse ventana
adentro.
«Podría haber sido peor —se consoló—.
¡Mira que si llego a cho¬car contra las almenas al saltar! En tal caso, ahora
estaría muerto. Ahora, en cambio, me encuentro en la torre... ¡En la torre a la
que Clavo Brillante ansiaba..., ansiaba...!»
¡Clavo Brillante!
Simón buscó la espada, alarmado. Pero
no había perdido el arma, que seguía sujeta a su talabarte. En algún momento
debía de haberse rozado contra ella, pues tenía unos cortes: dos pequeñas
serpientes de sangre seca le recorrían el antebrazo derecho. Mas no era nada
grave. Y, sobre todo, ¡conservaba a Clavo Brillante!. Sólo eso importaba.
La espada le cantó quedamente. Más
que oírla, Simón la sentía: una fascinante atracción que alejaba el dolor de su
cabeza y de todo su maltrecho cuerpo.
Quería subir.
«¿Ahora? ¿Debo trepar? ¡Aedón
misericordioso, me cuesta tanto pensar!»
Simón se enderezó y gateó hasta el
borde de la escalera, donde apoyó la espalda en la lisa pared para eliminar los
nudos musculares que se le habían formado. Cuando, por fin, todos sus miembros
volvieron a funcionar de modo más o menos normal, el joven se puso de pie
agarrado a la pared. Al instante, el mundo comenzó a dar vueltas, pero él se
sujetó de la única manera posible, con las pal¬mas de las manos apretadas
contra la tracería de bajorrelieves que cubrían la piedra, y momentos después
recobró el equilibrio.
Descansó un poco, atento al viento
que ululaba alrededor de la torre y al lejano fragor de la batalla. Fue
entonces cuando un sonido adicional empezó a cobrar fuerza. En la escalera
resonaban unas pi¬sadas.
Simón no sabía qué hacer. Allí no
tenía dónde esconderse. De¬senvainó a Clavo Brillante y sintió en su mano el ya
familiar latido, cosa que le produjo un calorcillo tan embriagador como un
trago del vino de caza de los gnomos. Consideró la posibilidad de perma¬necer
allí espada en mano, en espera de quien fuese, pero enseguida se dio cuenta de
que eso era un disparate. Podía tratarse de solda¬dos, de nornas, o incluso del
rey o de Pryrates, y él tenía que pensar en las vidas de otros, así como en una
Gran Espada que debía inter¬venir en la lucha final. Eran unas
responsabilidades que no podía dejar de lado. En consecuencia, subió unos
peldaños más, soste¬niendo la hoja de modo que no arañase nada y no delatara
así su presencia. Alguien había estado hacía poco en la escalera, pues en los
soportes de la pared ardían varias antorchas que llenaban de una trémula luz
amarilla los espacios existentes entre las ventanas.
La escalera ascendía en espiral y,
después de una veintena de pa¬sos, Simón se vio ante una gruesa puerta de
madera abierta en la pa¬red interior. El joven experimentó alivio: podría
esconderse en la habitación existente detrás y, si procedía con cautela, mirar
a través de la estrecha abertura que había en la puerta. El descubrimiento era
oportuno. A pesar de su propia prisa, las pisadas que lo seguían no sonaban más
débiles y, cuando él se detuvo para manejar el pesti¬llo, parecieron hacerse
más fuertes.
La puerta giró hacia adentro. Simón
escudriñó las sombras que había detrás, y se introdujo en la pieza. El suelo
pareció hundirse bajo sus pies cuando se volvió para cerrar con cuidado,
procurando que el borde de la puerta no lo golpeara. De pronto, el pie que
tenía más atrás no tocó fondo.
Simón emitió un sonido de horror y se
agarró al picaporte inte¬rior. La puerta se abrió entonces de manera brusca, y
él se vio empu¬jado inesperadamente mientras buscaba un apoyo con el pie. El
su¬dor de su mano convirtió en algo traidor el picaporte. La luz de la antorcha
que penetraba por la puerta reveló un suelo que no se ex¬tendía más allá de un
codo de distancia. Después no había más que astillas podridas. Simón no halló
más que absoluta oscuridad.
Apenas hubo conseguido estabilizarse
un poco con una mano en los restos del suelo, cuando la enorme y horrible
campana sonó por segunda vez. Por espacio de unos segundos, el mundo pareció
derrumbarse a su alrededor, y aquel cuarto al que le faltaba el suelo se llenó
de luz y lamientes llamas. La espada, que ni siquiera había soltado al
balancearse en el aire encima de la nada, se le cayó de la mano. Momentos más
tarde, las llamas habían desaparecido y Si¬món se tambaleó en el borde del
suelo. Clavo Brillante, la preciosa, preciosa pieza, esperanza del mundo
entero, se había hundido entre las sombras.
Las pisadas que habían cesado durante
un rato, comenzaron de nuevo. Simón cerró la puerta y se acurrucó de espaldas a
ella en la estrecha franja de madera, junto a la vacía negrura. Oyó cómo
al¬guien pasaba por delante de su escondrijo y continuaba escalera arriba. Pero
Simón ya no le preocupaba quién pudiera compartir la torre con él. Había
perdido a Clavo Brillante.
¡Era tan alta! Las grandes paredes de
la escalera parecían incli¬narse hacia adentro y cerrarse sobre ella como una
inmensa gar¬ganta que la fuese a engullir. Miriamele se bamboleó. Si aquella
en¬sordecedora campana sonaba por cuarta vez, sin duda perdería el equilibrio y
caería sin parar hasta el fondo de aquella escalera.
—Casi hemos llegado —murmuró Binabik.
—Lo sé, pero ignoro si podré
llegar...
La princesa sentía que algo los
esperaba poco más arriba. El aire temblaba.
El gnomo la tomó de la mano.
—Yo también estoy asustado —dijo,
aunque ella apenas pudo oírlo por culpa del viento—. Pero vuestro tío se
encuentra allí, y Camaris ha llevado ya a ese lugar la famosa espada. También
está Pryrates.
—Y mi padre.
Binabik hizo un gesto afirmativo.
Miriamele respiró a fondo y alzó la
vista hacia el tenue resplan¬dor rojo que se adivinaba pasada la próxima curva
de la escalera. Allí les aguardaba la muerte, o algo todavía peor. Sabía que
debía ir, pero asimismo se daba cuenta, con terrible claridad, de que, cuando
diera el siguiente paso, el mundo que ella había conocido iniciaría su final.
La princesa se pasó las manos por la sudorosa cara.
—Estoy preparada.
Una humosa luz palpitaba donde la
escalera desembocaba en una cámara. Fuera retumbaban los truenos. Miriamele
estrechó el brazo de Binabik y se palpó el cinturón hasta tocar la daga que
ha¬bía arrancado de la fría e inmóvil mano de uno de los hombres de Isorn.
Extrajo otra flecha de su bolsa y la aplicó, suelta, a la cuerda de su arco.
Había logrado herir a Pryrates y, aunque no pudiese ma¬tarlo, quizá consiguiera
despistarlo en un momento crucial.
Entraron en la zona de sangriento
resplandor.
Lo primero que vio fueron las
delgadas piernas de Tiamak. El wran yacía inerte, apoyado en la pared con la
ropa arrebujada en las rodillas. Contuvo un grito y tragó saliva antes de
proseguir la subida de cara al viento.
Oscuras nubes encapotaron el cielo
detrás de los altos ventana¬les, encendidos sus desiguales bordes con la febril
luz de la Estrella del Conquistador. Los copos de nieve formaban remolinos que
pa¬recían de ceniza bajo el techo de la cámara donde pendían las gran¬des
campanas. La sensación de espera, de un mundo en suspensión, era muy poderosa.
Miriamele estaba casi sin aliento.
Oyó a Binabik a su lado. Camaris
estaba arrodillado en el suelo, debajo de las verdosas campanas, trémulos sus
hombros y la negra espada Dolor alzada delante de él cual un sagrado Árbol. A
pocos pa¬sos se encontraba Pryrates, con sus rojas vestiduras agitadas por el
fuerte viento. Pero Miriamele no prestó atención a ninguno de ellos.
—¡Padre...! —exclamó, casi sólo en un
susurro.
El rey levantó la cabeza, pero
pareció necesitar mucho rato para ese movimiento. Tenía el rostro esquelético,
y los hundidos ojos relucían como lámparas cerradas. Elías la miró de ral modo,
que ella se sintió desfallecer. Hubiera querido llorar, reír, correr hacia su
padre y ayudarlo a reponerse. Otra parte de ella, en cambio, se sentía atrapada
y deseaba chillar, ansiosa por ver olvidado en el averno más oscuro —donde ya
no pudiese molestarla, ya fuera con un pretendido amor o con su terrorífica
presencia— a aquel retorcido ser que se hacía pasar por su padre cuando era del
todo imposible que él la hubiera criado.
—¡Padre!
Esta vez, su voz sonó más fuerte.
Pryrates alzó la vista hacia ella con
un gesto de enojo.
—¿Veis? No prestan atención, señor
—le dijo al rey—. Siempre quieren estar donde no les corresponde. No es de
extrañar que vues¬tro reinado represente tal carga para vos.
Elías encogió los hombros, enfadado o
impaciente. Tenía la cara inexpresiva.
—¡Decidle que se vaya!
—¡Esperad, padre! —protestó
Miriamele, dando un paso ade¬lante—. ¡Por Dios! No me hagáis esto... ¡Crucé
medio mundo para poder hablar con vos!
Pryrates levantó las manos y murmuró
algo que la princesa no pudo entender. De repente, fue envuelta totalmente por
algo invisi¬ble que se pegaba a ella y ardía, y, por último, ella y Binabik se
vie¬ron arrojados contra la pared. La bolsa de Miriamele se le cayó del hombro,
y todo su contenido quedó desparramado. El arco se le es¬capó de la mano y ya
no pudo alcanzarlo. La joven quiso luchar, pero la misteriosa fuerza sólo le
permitía hacer unos cuantos movi¬mientos lentos y crispados. No podía ir hacia
adelante. El gnomo se agitaba a su lado, pero sin más éxito. Ambos estaban
indefensos.
—¡Decidle que se vaya! —repitió
Elías, más enojado, sin posar los ojos en la muchacha.
—¡No, majestad! —insistió el
sacerdote—. Dejad que se quede. Que lo presencie todo. Fueron precisamente
vuestro hermano... quien ahora, por desgracia, no puede darse cuenta de nada...
—Pryrates sá¬nalo hacia algo que Miriamele no podía ver— y vuestra traidora
hija los que os forzaron a tomar este camino. Pero ellos ignoraban que la
solución hallada por vos os haría aún más poderoso que antes... —concluyó con
una risita ahogada.
—¿Sufre Miriamele? —preguntó el rey,
de manera brusca—. Ya no es mi hija... Sin embargo, no quiero que la torturéis.
—No sufre, mi señor —declaró
Pryrates—. Ella y el gnomo serán meros... espectadores.
—Bien.
Finalmente, el rey la miró, aunque
esforzando la vista como si Miriamele estuviera a cien metros de distancia.
—Si me hubieras escuchado —dijo con
frialdad—, si me hubieses obedecido...
Pryrates apoyó una mano en el hombro
de Elías.
—Fue mejor así.
Demasiado tarde. El vacío y la
desesperación con que Miria¬mele había estado luchando se abrieron paso,
incontenibles, y se ex¬tendieron por toda su persona como una sangre negra.
Había per¬dido sin remedio a su padre, del mismo modo en que ella había muerto
para él. De nada habían servido todos los riesgos y sufri¬mientos. Su dolor
aumentó hasta casi hacerle parar el corazón.
Un rayo en forma de horca partió el
cielo al otro lado de la ven¬tana, y el trueno hizo zumbar las campanas.
—Por... amor... —logró articular la
princesa, debatiéndose contra el aprisionador hechizo de Pryrates. Cada
palabra, por débil que fuese, resonaba en sus propios oídos, como si se
encontrara en el fondo de un pozo.
Se lo dijo, pero era tarde, demasiado
tarde.
—Vos... Yo... hice todo eso por amor.
—¡Silencio! —bramó el rey, cuyo
rostro era una huesuda máscara de furia—. ¡Amor! ¿Acaso queda, una vez que los
gusanos han roído los huesos? ¡Yo no conozco esa palabra!
Elías se volvió lentamente hacia
Camaris. El anciano caballero no se había movido de su sitio en el suelo, pero
ahora, como si lo atrajese un extraño poder del rey, avanzó un poco a gatas,
con lo que Espina arañó las baldosas de piedra.
La voz de Elías se hizo singularmente
amable.
—No me sorprende que la espada negra
os eligiese a vos, Cama¬ris. Me dijeron que habíais regresado al mundo de los
vivos, y sabía que, si esas historias eran ciertas, Espina os encontraría.
Ahora ac¬tuaremos juntos para proteger el reino de vuestro amado Juan.
La cara de Miriamele expresó horror
cuando una figura tapada por Camaris se hizo visible: era Josua, que yacía
bastante cerca de su padre con las piernas y los brazos extendidos. Tenía
vuelta la cara, pero su camisa y la capa estaban empapadas de color carmesí
alrede¬dor del cuello, y la sangre había formado un charco debajo de él. Los
ojos de la joven se llenaron de lágrimas.
—Es hora, majestad —dijo Pryrates.
El soberano alargó la espada Dolor
cual una lengua gris hasta que casi tocó al viejo caballero. Si bien resultaba
evidente que Camaris luchaba consigo mismo, comenzó a levantar a Espina para
que se uniese a la oscura hoja que Elías tenía en su mano.
En lucha contra la misma fuerza que
sujetaba a Miriamele, Binabik emitió un ahogado grito de advertencia, mas
Espina continuó aproximándose a la otra arma.
—¡Oh, Dios, perdóname! —exclamó
Camaris, tembloroso y lleno de angustia—. Es un mundo pecaminoso..., y yo volví
a fallarte...
Las dos espadas se tocaron con un
ligero chasquido que se oyó en toda la pieza. Disminuyó el fragor de la
tormenta y, durante unos momentos, lo único perceptible fue el gemido de
Camaris.
Un punto de negrura empezó a latir
donde se habían cruzado las puntas de las dos espadas, como s¡ el mundo se
hubiera rasgado y por la grieta fuese saliendo un vacío fundamental. Incluso a
través del encantamiento de Pryrates, Miriamele notó que, en la elevada cámara,
el aire se hacía duro y quebradizo. El frío empeoró. En los arcos de las
ventanas comenzaron a formarse tracerías de hielo, que también se extendieron a
las paredes como regueros de pólvora. En cuestión de momentos, la pieza quedó
cubierta de una delgada capa de cristales de hielo que centelleaban en mil
extraños colores. En las grandes campanas aparecieron grandes carámbanos, una
especie de translúcidos colmillos que fulguraban como la roja estrella del
cielo.
Pryrates alzó los brazos, triunfante.
Centelleantes copos se ha¬bían adherido a su vestimenta.
—Ha empezado.
El sombrío racimo de campanas que
pendía del techo no se mo¬vió. Sin embargo sonó de nuevo, de aquella manera
sobrecogedora, otra campana de mayor tamaño. El ambiente se llenó de polvillo
de hielo cuando la torre tembló como un esbelto árbol zarandeado por un
tempestuoso vendaval.
Simón tiró del picaporte y murmuró un
reniego. La puerta infe¬rior estaba fuertemente cerrada. No sería fácil, pues,
penetrar en la habitación situada debajo del suelo faltante. Y ahora,
precisamente, nuevos pasos subían por la escalera.
No obstante el intenso dolor de sus
articulaciones, Simón trepó lo más rápidamente posible por la escalera hasta la
otra puerta y en¬tró con el cuidado suficiente para permanecer en el borde del
suelo reventado, en aquella parte que había aguantado antes su peso. Tuvo que
alejarse al máximo de la puerta para volver a cerrarla. Una vez pasado por
delante quien fuere, el joven volvió a acercarse por la estrecha franja de
madera para mirar por la pequeña abertura, pero todo cuanto pudo distinguir fue
una menuda forma oscura que de¬saparecía escalera arriba y se balanceaba de un
modo raro. Simón aguardó varios segundos, muy atento, antes de salir a
descolgar una antorcha del soporte más próximo.
Al disponer de luz, Simón comprobó
con gran alivio que, en efecto, la habitación inferior tenía suelo y que,
aunque algunas par¬tes también estaban podridas, éste se mantenía casi intacto.
Clavo Brillante refulgía sobre un montón de muebles desechados. Al ver la
espada allí, como una espléndida joya arrojada a un muladar, Si¬món sintió una
dolorosa punzada. ¡Tenía que recuperarla! Clavo Brillante debía llegar a la
torre. Incluso desde la distancia notó su anhelo.
Un casi imperceptible eco del canto
de la hoja recorría su mente cuando descubrió lo que parecía el punto más
seguro del suelo infe¬rior, se introdujo entre los dientes el tronco del hachón
y, con la má¬xima precaución, se dejó resbalar al piso de abajo sosteniéndose
con los brazos en la franja de madera. El corazón le palpitaba enloque¬cido
cuando al fin aterrizó. Las tablas crujieron con fuerza y se do¬blaron un poco,
pero sin romperse. Simón dio un temeroso paso hacia Clavo Brillante y, de
pronto, el pie se le hundió como si hu¬biese pisado barro. Lo retiró enseguida
y vio que un trozo de suelo un poco más largo que su bota se había desprendido.
Simón se puso a gatas. Así avanzó
despacio por la traidora su¬perficie, clavándose más de una astilla en su
prudente tanteo. Los aullidos del viento le llegaban amortiguados. La antorcha
le ardía cerca de la mejilla, y su fluctuante llama arrojaba contra la pared su
propia sombra: un ser encorvado como una bestia.
El joven estiró la mano. Más...,
más... ¡Ahora! Sus dedos se ce¬rraron alrededor de la empuñadura de Clavo
Brillante y, al mo¬mento, sintió vibrar en él la extraña canción, como si le
diera la bienvenida... y algo más. La necesidad de la espada era ahora tam¬bién
la suya.
«¡Arriba! —se dijo de repente, y
aquella palabra pareció algo resplandeciente ante los ojos de su mente—. ¡Ha
llegado la hora de subir!»
Pero eso resultó más fácil de decir
que de hacer. Simón se puso en cuclillas, hizo un espontáneo gesto de susto
cuando el suelo volvió a crujir y se quitó la antorcha de la boca. La alzó y
miró a su alrededor. Esa habitación era de mayores dimensiones que la de
encima. La mi¬tad del techo que no había sido el suelo de madera de la cámara
superior era una losa de pálida piedra que no parecía sostenida por nada. Las
paredes se hallaban desnudas con excepción de unos im¬precisos garabatos allí
esculpidos, ahora cubiertos de polvo y hollín. Simón buscó algo donde apoyarse
para trepar, pero no lo halló y, aunque saltara, no alcanzaría la franja del
suelo aún existente.
Reflexionó unos instantes, pues. El
imán de la espada era una sombra detrás de sus pensamientos, una urgencia
semejante a un quedo pero constante tamboreo. Envainó a Clavo Brillante, soltó
a disgusto la empuñadura y volvió a ponerse el palo de la antorcha en la boca.
Gateó de nuevo a través del suelo en dirección a la puerta que había intentado
abrir desde afuera, pero tampoco desde dentro pudo. Fuera a causa de la humedad
o de un movimiento de la ma¬dera, no cedió por mucho que él lo probase. Con un
suspiro, Simón regresó al centro de la pieza.
Siempre con sumo cuidado, arrastró
restos de los muebles rotos por el suelo, y fue colocando cada trozo encima o
al lado del último hasta obtener una pila que le llegara al hombro. Cuando
ponía el arañado tablero de una mesa en lo alto del montón, volvió a perci¬bir
pasos en la escalera.
Resultaba difícil decirlo, pero ahora
parecía que subía más de una persona. Escuchó, acurrucado, mientras sostenía el
tablero con la mano, y luego, después de unos momentos de gran tensión, oyó los
pasos a la altura de la puerta de arriba. Simón contuvo la respira-ción,
preguntándose cuáles de sus muchos enemigos subiría a la to¬rre. Por otro lado,
sabía que lo averiguaría bien pronto.
Clavo Brillante tiró de sus
pensamientos. Resultaba difícil per¬manecer quieto. Cuando por fin se
desvanecieron los ruidos, Simón perfeccionó la pila hasta quedar convencido de
que resistiría. Había procurado poner boca abajo todos los restos cortantes que
pudieran producirle heridas en caso de caer, aunque le constaba que, si eso
su¬cedía, él y los puntiagudos pedazos de sillas, taburetes y pesadas me¬sas
romperían probablemente el suelo para ir a parar a otro piso más bajo. De
ocurrir semejante cosa, pocas posibilidades le quedarían.
Simón trepó al montón con gran
precaución y extendió el cuerpo sobre el tablero hasta que pudo subir también
las piernas. La llama de la antorcha que sostenía con los dientes le chamuscó
las puntas de los cabellos. Al fin logró ponerse de pie, aunque la inse¬gura
masa de restos de madera se balanceaba suavemente debajo de él. Tratando de
mantener el equilibrio, se quitó la antorcha de la boca y la alzó para buscar
el punto más seguro del borde del suelo superior.
Se había apoyado en un extremo del
inestable cúmulo cuando la campana sonó por tercera vez.
Al sacudir el estruendo toda la
torre, la pila de madera se de¬sarmó. Simón dio un salto y dejó caer la
antorcha. Un trozo de suelo de encima se le desprendió en la mano, pero otra
parte resis¬tió. Jadeante, el muchacho se agarró a otro sitio con la mano libre
e hizo un esfuerzo por alzarse, al mismo tiempo que unas llamaradas purpúreas
se perseguían unas a otras por las paredes y todo se des¬plazaba y se hacía
borroso. A Simón le temblaron los brazos, ya can¬sados. Se encaramó aún más,
alargando una mano para asirse al umbral de la puerta, y subió la pierna hasta
apoyarla en la franja del suelo. Cesó el eco de la campana, pero Simón seguía
sintiéndolo en los dientes y en los huesos del cráneo. Las luces vacilaron
hasta apa¬garse, y sólo quedó un débil resplandor debajo de él. La antorcha
abandonada entre los desechos de madera despedía humo.
De un último impulso, Simón consiguió
alcanzar la seguridad de la angosta franja del piso de encima. Cuando se vio
allí entre re¬suellos de agotamiento, descubrió que de la pieza inferior
comenza¬ban a salir llamas.
Gateó hacia un lado con toda la prisa
posible, abrió la puerta y se dejó caer, desmadejado, sobre los peldaños de la
escalera.
Cerró luego como pudo la puerta y,
cuando unas perdidas volu¬tas de humo se alejaron flotando hasta disiparse,
aguardó a que las manos dejaran de temblarle de forma tan violenta.
Por último desenvainó la espada.
Clavo Brillante volvía a ser suya. Y él seguía vivo y libre. Aún podía abrigar
esperanzas...
Iniciado el ascenso, Simón percibió
en su interior el canto de la hoja, ahora un canto de júbilo, de próxima
realización. Su propio corazón latió más aprisa. Todo se solucionaría.
Clavo Brillante se notaba caliente al
tacto. Parecía formar parte de su brazo, de su cuerpo, como si fuera un nuevo
sentido, tan agu¬dizado como el olfato de un perro o el oído de un murciélago.
«¡Hacia arriba! Ha llegado la hora.»
Olvidado quedó el dolor de cabeza y
de los miembros. Todo él estaba lleno del triunfo de Clavo Brillante, que
sujetaba firmemente con la mano, libre ya de peligro.
«Es hora, por fin. Todo se
solucionará. Ha llegado la hora.»
La insistencia de la espada fue en
aumento. Simón sólo era ca¬paz de pensar en poner un pie delante del otro, en
llegar a lo alto de la torre, al lugar ansiado por Clavo Brillante. A través de
las ventanas que dejaba atrás, veía acumuladas nubes rojizas, rasgadas a
interva¬los por los relámpagos, pero el fragor de la tempestad parecía
extra¬ñamente amortiguado. Bastante más intenso, al menos en sus pen¬samientos,
era el canto de la espada.
«Ya se acaba», pensó Simón. Sentía en
su interior la promesa de Clavo Brillante. La espada pondría fin a toda la
confusión y todos los disgustos que lo habían martirizado durante tanto tiempo.
Cuando se uniese a sus hermanas, todo cambiaría y ya no habría más desdichas.
Ahora no había nadie en la escalera.
Sólo estaba él, Simón, y presentía que todos y todo lo esperaban. El mundo
entero dependía del fulcro de la Torre del Ángel Verde, y sería él quien
proporcio¬nara el equilibrio. Era una sensación extraña, embriagadora. La
es¬pada tiraba de él a la vez que le cantaba, llenándolo de imprecisas pero
poderosas insinuaciones de gloria y liberación a cada peldaño que subía.
«Soy Simón —se dijo, y casi oyó el
eco de las triunfales trompe¬tas—. Realicé grandes proezas... ¡Maté a un
dragón! ¡Gané una bata¬lla! Y ahora... ¡traigo la Gran Espada!»
A medida que pisaba un escalón tras
otro, todo parecía relucir delante y detrás de él como un descendente río de
marfil. También habríase dicho que resplandecía la pálida piedra de las
paredes, como si reflejase la luz que ardía en su interior. Los grabados de
co¬lor azul cielo resultaban tan encantadores como flores esparcidas ante los
pies de un conquistador. La culminación lo esperaba arriba. ¡El final de los
padecimientos!
La campana sonó por cuarta vez,
todavía con más fuerza que antes.
Simón se tambaleó, sacudido como una
rata entre los dientes de un perro cuando el eco retumbó en la escalera. Un
soplo de aire gla¬cial pasó por su lado, cubriendo de una lechosa capa de hielo
los grabados de la pared. Simón estuvo a punto de dejar caer la espada al
llevarse las manos a la cabeza y soltar un grito. Dio un traspié y logró
agarrarse en el último momento al marco de una de las ven¬tanas.
Apenas recobrado el equilibrio,
aunque todavía tiritando y que¬joso, observó que el cielo cambiaba de aspecto.
Desaparecía la densa capa de nubes y, durante un largo momento, se abrió ante
él una profunda negrura salpicada de diminutas y frías estrellas, como si la
Torre del Ángel Verde hubiese quedado libre, por fin, del dominio de la
tempestad y ahora flotase encima de ella. Simón admiró aquella transformación
con los dientes apretados, en espera de que se apagara de una vez el eco de la
campana. Después de tres latidos de su corazón, el negro cielo se manchó de
gris y rojo, y la torre se vio nuevamente envuelta en la tormenta.
Algo tiró entonces de sus
pensamientos, en lucha con la irreduc¬tible energía de Clavo Brillante.
«Esto... está... mal —comprendió
Simón, y la alegría que había compartido con la espada, la sensación de que él
lo arreglaría todo, se disipó—. Algo malo sucede..., ¡algo muy malo!»
No obstante, siguió hacia arriba, en
dirección al débil resplan¬dor. No era dueño de su propio cuerpo.
Simón se estremeció. De pronto, notó
que tenía los miembros entumecidos, casi... lejanos. Aminoró el paso hasta
detenerse, tem¬blando de frío por el gélido viento que ahora soplaba escalera
abajo. De las paredes pendían minúsculos bigotes de hielo, y su propio aliento
formó una nubecilla encima de su cabeza. Pero lo peor era que, en lo alto,
notaba un frío todavía más intenso..., ¡un frío que parecía pensar!
A Simón le costó largo rato recobrar
el control de los brazos y las piernas. Era una lucha contra algo que no podía
verse, pero cuya presencia, glacial e inhumana, se sentía. El joven se dio
cuenta de la hambrienta atención que el ser prestaba al sudor que se le helaba
en la frente para caer al suelo con suave tintineo. De su acalorado cuerpo
brotaba el vapor, y, allí donde lo abandonaba la calidez, pe¬netraba en él un
frío mortal.
Ese frío acabó por apoderarse por
completo de Simón, y éste co¬menzó a verse como un títere accionado con hilos.
Así continuó el ascenso, aunque en la prisión que era su cráneo gritaba y
protestaba en silencio.
Llegó así al final de la escalera y
penetró en el campanario, cuyas paredes cubiertas de hielo centelleaban
vivamente. Oscuras nubes de tormenta rodeaban los grandes ventanales, y la luz
y la sombra se movían con lentitud, como si también sintieran el frío.
Miriamele y Binabik estaban junto a
la puerta, retorciéndose torpemente, atrapados cual moscas que aún lucharan por
librarse de la resina que luego sería ámbar. Simón abrió desmesuradamente los
ojos al verlos, y su corazón palpitó angustiado, pero no pudo lla-marlos ni
parar sus pies, que lo llevaban hacia adelante, Miriamele emitió una ahogada
voz, y él sintió que los ojos se le llenaban de lá¬grimas. Por espacio de unos
instantes, el pálido rostro de la joven fue para él una lámpara en un cuarto
oscuro, pero lo que se había adueñado de Simón no estaba dispuesto a soltarlo.
Lo arrastró como una corriente de río hacia el grupo de pilares situado en el
centro de la pieza.
Debajo de las campanas revestidas de
escarcha aguardaban tres figuras, una de ellas arrodillada. La parte de Simón
que se había vuelto una con Clavo Brillante danzó y dio un salto..., pero la
otra que aún le pertenecía, pareció acobardarse cuando Elías se volvió para
mirarlo con su cadavérico rostro. La moteada espada gris que el rey sostenía
con ambas manos se acercaba a la negra Espina y, cuando ambas hojas se tocaron,
se produjo un vacío que torturó la mente de Simón.
Tembloroso, Camaris se volvió hacia
el recién llegado. Tenía el pelo y las cejas empolvadas de blanco. La mirada
del anciano refle¬jaba una angustia indecible.
—Mi culpa... —musitó entre sus
castañeteantes dientes.
Pryrates había observado la indecisa
entrada de Simón. Ahora, el sacerdote esbozó una tensa sonrisa.
—Sabía que estaban en alguna parte de
la torre, pinche de co¬cina... Tú, con la última espada.
Simón se sintió arrastrado hacia el
punto donde se unían Dolor y Espina. A través de Clavo Brillante, cuyo canto
recorría aún su persona, pudo oír también la música de las otras dos espadas.
El in¬quieto latido de vida que había en todas ellas cobró aún más fuerza a
medida que su acercamiento era una realidad. A Simón le recordó la rápida
corriente de la parte estrecha de un río, pero a la vez tuvo la sensación de
que una barrera le impedía que las tres espadas se toca¬ran. Aunque dos de
ellas ya estaban en contacto y sólo un par de co-dos separaban a Clavo
Brillante, todas permanecían más apartadas que nunca.
Mas lo que ahora era distinto, lo que
Simón experimentaba en lo más profundo de su mente, era que pronto se
produciría un gran cambio. Alguna monumental rueda se había soltado de su eje
en el universo, dispuesta a dar vueltas, y cuando lo hiciera caerían todas las
barreras; no habría muro que no se desplomara. Las espadas can¬taban durante la
espera.
Sin que se diera cuenta, Simón
avanzó. Clavo Brillante rozó las otras dos espadas, y la conmoción del contacto
no sólo surcó todo el cuerpo de Simón, sino también el cuarto entero. El negro
vacío donde las tres hojas se encontraron se oscureció todavía más, for-mando
un agujero por el que habría podido caer y destrozarse el mundo en su
totalidad. La luz cambió por completo: el resplandor procedente de la estrella
adquirió una mayor intensidad y bañó de rojo toda la pieza, y entonces sonó por
quinta vez la horrible cam¬pana.
Simón tembló y no pudo contener un
grito cuando la torre se tambaleó y la energía de las espadas, aún reprimida
pero luchando ahora por desatarse, vibró en su interior. Su corazón palpitó con
de¬sorden, vaciló y estuvo a punto de pararse. Hubo un momento en que incluso
se le nubló la vista, pero luego la recuperó poco a poco. Se sentía atrapado
sin remedio en algo que quemaba como el fuego y tiraba de él como si fuera
piedra imán. El joven trató desesperada¬mente de soltarse, pero el tremendo
esfuerzo realizado sólo le sirvió para trastabillar un poco, sujeto a la
empuñadura de Clavo Brillante como un pez moribundo al anzuelo. Al mismo
tiempo, enmudeció el eco de las campanas.
Incluso a través de la música de las
espadas Simón notó la gélida presencia sentida en la escalera, pero ahora más
poderosa, enorme y pesada como una montaña, fría como las simas existentes
entre las estrellas. Sin duda se había acercado, pero a la vez se escondía
detrás de una incomprensible pared.
Elías, a quien no parecía impresionar
la exuberante fuerza de las espadas, examinó a Simón con sus dementes ojos
verdes.
—No conozco a éste, Pryrates
—murmuró—, si bien encuentro algo familiar en él. Pero no importa. Se han
cumplido todos los tratos.
—En efecto.
El sacerdote pasó tan cerca de Simón
que sus vestiduras le roza¬ron el brazo. Una escondida parte del joven chilló
de repugnancia y furor, pero ni un sonido salió de sus trémulos labios. Ahora
no era más que un soporte para Clavo Brillante. El inquieto espíritu de la
espada, conectado ahora al de sus hermanas y con una absoluta in¬diferencia con
respecto a las luchas y los odios entre humanos, aguardaba únicamente lo que
sucedería a continuación, tan ansioso como un perro en espera de la comida.
—Todos los tratos se han cumplido
—dijo Pryrates con su rasposa voz al situarse junto al hombro del rey—, y ya
está todo en marcha. Pronto, Utuk’ku la Primogénita habrá aprovechado el Pozo
de las Tres Profundidades. Entonces estará completa la Quinta Casa, y todo
cambiará. Ese a quien no reconocéis —agregó el sacerdote al¬quimista con ojos
brillantes— es el pinche de cocina que ayudara a Morgenes, majestad. Resulta
muy satisfactorio... Vi lo que le hiciste a Inch, muchacho. ¡Un trabajo muy
completo! Me ahorraste un de¬sagradable esfuerzo.
Simón sintió borbotear en su interior
una rabia incontenible. A la roja luz, el engreído rostro del sacerdote pareció
estar suspendido en el aire, sin cuerpo. Durante unos segundos, el joven no
pudo ver nada más. Quiso mover los miembros y retirar a Clavo Brillante de sus
her¬manas con objeto de matar al asesino, pero se vio incapaz de hacerlo. La
llama de su ira ardía sin descanso y con tal fuerza que Simón temió que lo
convirtiera en un montón de cenizas.
La torre tembló de nuevo bajo la
atronadora voz de la campana. El suelo sufrió una tremenda sacudida que
asimismo registraron los oídos del perplejo Simón. Sin embargo, las campanas de
bronce colgadas en el centro de la pieza no se movieron. En cambio apare¬ció
una forma fantasmagórica, una especie de campana alargada y cilíndrica. Vibró
ésta brevemente, y Simón volvió a ver cómo unas llamas lamían las ventanas por
fuera y el cielo se ennegrecía de ma¬nera sobrecogedora.
Apagado ese ruido, Pryrates alzó las
manos.
—Ha vencido —anunció—. Es la hora.
El rey bajó la cabeza.
—¡Dios me asista! Esperé mucho.
—Pero ya terminó vuestra espera,
señor —contestó el sacerdote con los brazos cruzados delante de la cara, para
bajarlos después—. Utuk’ku ha conquistado el Pozo de las Tres Profundidades.
Las es¬padas están aquí, sólo en espera de que las Palabras Destructoras
separen lo que las une. Llegado ese momento, la fuerza aprisionada en ellas
cantará su libertad y os proporcionará todo aquello que de¬seabais.
—¿La inmortalidad? —preguntó Elías,
tímido como un chiquillo.
—La inmortalidad, sí. Una vida más
larga que las de las estrellas. Buscabais a vuestra difunta esposa, majestad,
pero encontrasteis algo mucho más importante.
—No..., no habléis de ella.
—¡Alegraos, Elías! ¡No me vengáis
ahora con penas! —exclamó Pryrates al mismo tiempo que juntaba las palmas de
las manos y un rayo arañaba el cielo al otro lado de los ventanales—. Temisteis
que¬daros sin heredero cuando vuestra desobediente hija escapó, pero... ¡ah!...
vos seréis vuestro propio heredero. ¡Jamás moriréis!
Elías levantó la cabeza con los ojos
cerrados, como si se dejara acariciar por un agradable sol. La boca le
temblaba.
—No moriré jamás —murmuró.
—Habéis conseguido poderosos amigos,
y ahora os recompensa¬rán por todo cuanto sufristeis.
Dicho esto, el sacerdote se apartó
del soberano y señaló el techo con el brazo.
—¡Invoco la Primera Casa! —bramó.
Volvió a sonar la gran campana
invisible con un estruendo equi¬parable al de un martillo en la herrería de un
dios. Vivas llamas inva¬dieron la cámara de las campanas y recorrieron las
heladas paredes.
—En Thisterborg, entre las antiguas
piedras —prosiguió Pryrates en un extraño tono—, aguarda un miembro de la Mano
Roja. Para su amo y para vos utiliza el poder de ese lugar y abre una grieta
entre los sitios intermedios. Revela la primera de las A-Genmay’asu’e y
pro-duce la Primera Casa.
Simón sintió ese algo frío y horrible
que esperaba mientras acu¬mulaba fuerzas. De algún modo se hallaba alrededor de
la Torre del Ángel Verde, cada vez más cercano, como un animal depredador que
se aproximara poco a poco a un fuego de campamento a través de la oscuridad.
—Ahora —voceó Pryrates—, la Segunda
Casa ha sido construida en Wentmouth, en lo alto de los acantilados donde
otrora ardía el Hayefur como aviso para quienes navegaban procedentes del
re¬moto oeste. Allí se encuentra el servidor del Rey de la Tormenta, y una
llama mucho mayor se eleva hasta los cielos.
—¡No..., no...! —jadeó Binabik, a
quien el hechizo del sacerdote impedía apartarse de la pared—. ¡No..., no...!
El sacerdote hizo un gesto de cara a
él, y el gnomo se retorció en silencio, completamente indefenso.
Volvió a sonar la campana, cuya
potencia parecía crecer y crecer. Brevemente, Simón percibió unas voces en el
exterior, gritos de an¬gustia y dolor en la lengua de los sitha. Rojizas luces
centellearon en los carámbanos pendientes del abovedado techo.
—Por encima del valle de Hasu, junto
a la Roca de los Lamentos, allí donde los mayores de nuestros mayores danzaban
bajo unas es¬trellas ya apagadas, se alza ahora la Tercera Casa. El servidor
del Rey de la Tormenta eleva otra llama a los cielos.
De repente, Elías dio un vacilante
paso. La hoja de Dolor se in¬clinó al hacerlo él, aunque sin dejar de tocar las
otras dos espadas.
—Pryrates —jadeó—, ¡algo..., algo
arde... dentro de mí!
—¡Padre!
La voz de Miriamele era débil, pero
su rostro se contrajo de tanto sufrir.
—Porque ha llegado la hora, majestad
—dijo el alquimista—. Os es¬táis transformando. Vuestra mortalidad ha de ser
eliminada por la limpia llama. ¡Mirad, Elías! —agregó a la vez que señalaba a
la prin¬cesa—. ¿Veis lo que produce en vos la debilidad? ¿No os dais cuenta de
lo que os causaría el engaño del amor? ¡Miriamele os convertiría en un viejo
que lloriquearía pidiendo comida y se orinaría en la cama!
El rey se enderezó y le dio la
espalda a la hija.
—No quiero ser dominado —rechinó, si
bien cada palabra parecía representar un esfuerzo para él—. Quiero..., quiero
lo que me fue prometido.
Simón observó que el sacerdote
sonreía, pese a que por su frente lisa como un huevo goteaba el sudor.
—Lo tendréis —prometió, alzando de
nuevo los brazos.
Simón forcejeó hasta que las venas de
sus sienes estuvieron a punto de estallar, mas no pudo librarse de las cruzadas
espadas.
—En la fortaleza de vuestro hermano,
majestad —continuó Pryrates—, donde se hallaba el foco de su traición, en
Naglimund, le¬vantamos la Cuarta Casa.
Simón vio el extraño cielo negro
enmarcado en la ventana. Al pie del alféizar, Hayholt era ahora un bosque de
pálidas y gráciles torres a cuyo alrededor danzaban las llamas. La misteriosa
visión no se esfumaba. Hayholt había desaparecido, reemplazado por... ¿Asu’a?
Simón oyó el eco de los chillidos de los sitha entre los rugi¬dos de las
llamas.
—Y ahora, ¡la Quinta Casa! —anunció
Pryrates.
El tañido de la campana fantasma hizo
recordar a Simón sus vi¬siones de tremendas tempestades y remolinos de nieve.
Las estri¬dentes voces de los sitha dejaron paso a las amortiguadas
exclama¬ciones de los mortales.
—En el Pozo de las Tres
Profundidades, Utuk’ku se retira ante los últimos servidores del Rey de la
Tormenta, y con ello se crea, debajo mismo de donde nosotros estamos, la Quinta
Casa, o sea la final.
Pryrates extendió los brazos con las
palmas de las manos hacia abajo, y toda la torre tembló. Una fuerza succionante
pasó por todo Clavo Brillante y por el brazo de Simón hasta tirar de su corazón
e incluso de sus pensamientos, como si quisiera arrancárselos. Al otro lado de
la pieza, Camaris enseñó los dientes en una mueca de ago¬nía. Espina vibró en
su puño.
Un surtidor de gélida luz azul surgió
entonces del suelo del cam¬panario, entre rugidos y crepitaciones, para abrirse
paso a través de la negrura donde se tocaban las espadas. Ya reducido y
desvirtuado, llegó hasta más allá del rostro de Simón y salpicó de azules
chispas el reluciente techo. El joven sintió que su cuerpo se convulsionaba al
fluir a su alrededor y por su interior las tremendas energías. En su agitada
mente las espadas se emocionaron exultantes, libres sus es¬píritus. Simón
hubiese querido abrir la boca y gritar, pero tenía los dientes apretados,
rechinantes pero inmóviles. La cegadora luz azul le llenaba los ojos.
—Y ahora, las tres Grandes Espadas
han encontrado su camino hasta este lugar, debajo de la Estrella del
Conquistador. Dolor, de¬fensora de Asu’a, azote de los vivos; Espina, de piedra
de estrella y emblema del agonizante imperio; Clavo Brillante, el último hierro
del desaparecido oeste...
A medida que Pryrates mencionaba cada
nombre, la gran cam¬pana hacía sonar su voz de bronce. A cada tañido, la torre
y todo cuanto la rodeaba parecía ladearse; se desvanecían las delicadas
to¬rrecillas y las llamas dejando a la vista los chatos y nevados tejados de
Hayholt, pero con el siguiente golpe de campana éstos daban nuevamente paso a
lo anterior.
Atrapado por las espantosas fuerzas,
Simón se sentía arder por dentro. El odio lo vencía. Hervía en él la
indignación, la rabia de verse engañado, de tener que presenciar el asesinato
de sus amigos y la horrible devastación causada por Pryrates y Elías. Ansiaba
blandir la espada en un mortal arco, destrozar todo lo que tenía delante y
matar a quienes lo habían hecho tan tremendamente desgraciado. Pero no podía
gritar; ni siquiera moverse, lodo cuanto le estaba permitido era alguna
impotente contracción. Imposibilitado de ex-presar su ira de la manera normal,
sus sentimientos parecían buscar una salida por el brazo que sostenía el arma.
Clavo Brillante se trans¬formó en algo borroso, irreal, como si una parte de la
hoja se hu¬biese perdido. Espina era una oscura mancha en manos de Camaris, y
de los ojos del anciano caballero sólo se veía lo blanco.
Simón sintió que su monstruoso enojo
y su desesperación halla¬ban salida. Se ensanchó la negrura donde las espadas
se encontra¬ban, formando un infinito vacío, una puerta al No Ser, y el odio de
Simón penetró en esa nada. El vacío empezó a trepar por Espina en dirección a
Elías.
—Aprovechamos el gran temor.
Pryrates se colocó detrás del rey,
que ahora parecía tan atrapado e indefenso como los otros dos portadores de las
espadas. El sacer¬dote abrió mucho los brazos, de forma que, por espacio de un
mo¬mento, Elías pareció tener otro par de manos.
—El miedo se ha extendido por todas
partes —prosiguió Pryra¬tes—. Los kilpas hacen bullir los mares. Los ghants se
arrastran por las calles de las ciudades del sur. Las bestias de las leyendas
acechan entre las nieves del norte. El miedo lo domina todo. Aprovechamos el
gran temor, sí... En cada país, los hermanos se pelean entre sí. La peste, el
hambre y el azote de la guerra convierten a la gente en fu¬riosos demonios.
Todo el poder de propagar el miedo y la cólera es nuestro, encauzado a través
de las Cinco Casas. ¡Todos vosotros te¬néis unas mentes tan pequeñas! ¿Temíais
ver derrotados a vuestros ejércitos? ¡Pues veréis mucho más que eso! Sí, porque
os tocará ver cómo el mismísimo tiempo retrocede en vez de avanzar...
El rey se contrajo y encogió al
comprobar que la negrura serpen¬teaba espada arriba hacia él, pero parecía
incapaz de soltar a Dolor.
—¡Que Dios me asista, Pryrates!
—jadeó con un violento escalo¬frío, sacudido por unos temblores que tendrían
que haberlo derri¬bado al suelo. El negro vacío le tocaba ya las manos—.
¡Aaaah! ¡Ayú¬dame, Dios, que me quemo! ¡El fuego ha invadido mi alma!
—No esperaríais que fuese fácil —dijo
Pryrates con una descarada risita, aunque el sudor le humedecía la frente—.
¡Pues todavía será peor, imbécil!
—¡Ya no quiero la inmortalidad!
—chilló Elías—. ¡Oh, Dios, Dios, Dios! ¡Líbrame de esta tortura! ¡Que me quemo
vivo...!
Su voz sonó desgarrada, como si algo
inconcebible le hubiese inundado el pecho y los pulmones.
—Lo que vos queríais carece de
importancia —le soltó Pryrates—. Tendréis vuestra inmortalidad, pero quizá no
sea como la habíais esperado.
Elías se estremeció. Ahora sólo
emitía gritos.
Pryrates alargó las manos hasta que
quedaron en el aire, una a cada lado de la empuñadura de Dolor, sólo a pocos
centímetros de los dedos del rey.
—Ha llegado el momento de las
Palabras Destructoras —declaró.
Tronó la campana, y la Torre del
Ángel Verde quedó nueva¬mente envuelta en la trágica fragilidad de la Asu’a en
llamas. Las es¬trellas se veían frías y diminutas cual copos de nieve. La torre
tem¬blaba como un atormentado ser viviente.
—¡Yo preparé el camino! —alardeó
Pryrates—. Yo ideé el vehículo. Y ahora, en este lugar, ¡hago retroceder el
tiempo! ¡Que queden atrás los siglos hasta el momento anterior al destierro de
Ineluki a los rei¬nos existentes más allá de la muerte! Cuando yo pronuncie las
Pala¬bras Destructoras, ¡haced que retroceda el tiempo, fuerzas inferna¬les!
¡Haced que Ineluki regrese!
A continuación entonó un áspero canto
en un lenguaje duro como piedras hechas añicos, como hielo agrietado. La
negrura cu¬brió a Elías, con lo que éste desapareció por completo durante unos
momentos, como si hubiera sido empujado a través del muro de la realidad. Luego
pareció absorber la negrura, o bien ésta fluyó hacia su interior, y el rey
estuvo allí de nuevo, chillando como loco.
«¡Elysia, madre de misericordia! ¡Han
ganado...! ¡Han gana¬do...!»
La cabeza de Simón estaba llena a
reventar de tempestuosos vientos y llamas, mientras que su corazón se había
transformado en un trozo de hielo negro.
Cantó una vez más la campana y, esta
vez, el aire del campanario pareció volverse sólido y vidrioso. Simón tuvo la
sensación de mirar a través de un túnel de espejos que no parecía conducir a
ninguna parte. Fuera, las estrellas empezaron a recorrer el cielo en forma de
largos hilos blancos, enmarañados como los agujeros practicados por las
lombrices de tierra. Incluso mientras la vida se les iba a él y a Clavo
Brillante en abrasantes oleadas, Simón creyó que el mundo se volvía del revés.
El campanario oscureció. Deformes
sombras se alzaron y ladea¬ron a través de la helada cámara hasta que, de
repente, las paredes parecieron reventar y caer a trozos. Entró con ello una
negrura to¬davía más intensa, que llevó consigo un frío peor, inaguantable.
Los gritos agónicos de Elías se
habían reducido a un casi asfi¬xiante gorgoteo. Ahora, él y Pryrates eran lo
único visible. Una luz amarillenta parpadeaba alrededor de las manos del
sacerdote, y su rostro refulgía. Todo el calor del mundo se escapaba.
El rey comenzó a cambiar.
Su silueta se inclinó y se torció, a
la vez que crecía de manera monstruosa, pero, aun así, la propia y
contorsionada forma del mo¬narca se distinguía hasta cierto punto en medio de
las tinieblas.
El helor se había apoderado también
de Simón, filtrándose allí donde las llamas de su furia habían quemado sus
esperanzas. Se le escurría la vida, chupada como el tuétano de un hueso.
Se acercaba aquello tan, tan frío que
había aguardado durante largo tiempo...
—Sí; vos viviréis eternamente, Elías
—entornó Pryrates—, pero será en forma de una aleteante sombra dentro de
vuestro propio cuerpo, una sombra empequeñecida por la brillante llama de
Ineluki. Como veréis, incluso con la rueda del tiempo girando hacia atrás y
todas las puertas abiertas de nuevo para Ineluki, su espíritu necesita un hogar
terrenal.
Había cesado el fragor de la
tormenta, o quizá no pudiese atra¬vesar las extrañas fuerzas que encerraban la
cámara de las campanas. El surtidor de luz azul, procedente del Pozo de las
Tres Profundida¬des, se había reducido a una silenciosa corriente que se perdía
entre la negrura del punto de unión de las espadas para no volver a salir.
Cuando Pryrates hubo terminado, en la oscura pieza no se percibió nada más que
la rápida y sofocada respiración del rey. Unas llamas de color escarlata se
escondieron en lo más profundo de los ojos de Elías. Luego, su cabeza rodó
hacia atrás como si se hubiese roto el cuello, y de su boca brotó una vaporosa
luz roja.
Simón presenció todo aquello
horrorizado. A través de las espa¬das notaba cómo se abría el camino, tal como
había dicho Pryrates. Algo demasiado horrible para existir se abría paso hacia
el mundo. El cuerpo del rey se movió a sacudidas, como un muñeco colgado de un
cordel. Una humeante claridad parecía brotar de toda su per¬sona, como si los
tejidos del cuerpo se desprendieran para revelar lo que ardía en el interior.
En algún rincón de la pieza chilló
Miriamele. Su débil y perdida voz parecía proceder del otro extremo del
universo.
Ya no existía el campanario. A su
alrededor, en unos ángulos tan extraños como si se reflejasen en espejos rotos,
se alzaban ahora las to¬rres en forma de agujas de Asu’a. Todo se quemaba del
mismo modo que el cuerpo de Elías, y se derrumbaba igual que el tiempo. Cinco
si¬glos enteros se deslizaban agujero abajo por la glacial negrura. No quedaría
nada más que ceniza y piedra y el triunfo total de Ineluki.
—¡Venid a nosotros, Rey de la
Tormenta! —bramó Pryrates—. Yo preparé el camino. Las Palabras Destructoras
desatan el poder de las espadas, y el tiempo transcurre en sentido contrario.
¡Deshecha queda la Historia! Tendremos que escribirla de nuevo.
Elías se retorció y aumentó de
tamaño, como si lo que llenaba su ser fuera demasiado grande para cualquier
mortal y estuviera a punto de hacerlo estallar. Algo que sugería la forma de
una corna¬menta osciló en la frente del rey, y sus ojos se convirtieron en
pozos de púrpura fundida. Su silueta fluctuó cual una marea de sombras que hizo
imposible distinguir su verdadera forma. Los brazos de Elías se separaron. Una
mano sujetaba aún la escurridiza mancha de nada que antes era Dolor. La otra se
extendió, y los dedos, abier¬tos, se habían vuelto negros como pequeños troncos
carbonizados. Una luz ambarina jugueteaba entre los pliegues.
Aquella cosa hizo una pausa,
parpadeante. Parecía cansada y torpe, como una mariposa acabada de salir del
capullo.
Pryrates dio un paso atrás y apartó
el rostro.
—He hecho..., he hecho lo que
pedisteis, poderoso.
Ya no había en su cara la altanera
sonrisa. El sacerdote había abierto gustosamente la puerta, pero lo que entraba
lo llenó de ho¬rror. Respiró a fondo en busca de un poco de fuerza. De nuevo
asomó a su faz el aspecto fiero.
—Ha llegado la hora, mas no es
vuestra hora, sino la mía. ¿Cómo podía fiarme yo de que alguien que odiaba a
todo ser viviente cum¬pliese un trato? Yo ya sabía que, cuando no me
necesitarais, vuestras promesas serían viento en la oscuridad —dijo, abriendo
los brazos de anchas mangas—. Puede que yo sea mortal, pero no tengo un pelo de
tonto. Vos me disteis las Palabras del Cambio, convencido de que serian para mí
un juguete que me mantendría divertido mientras cumplía vuestras órdenes. Mas
yo también aprendí. Esas palabras se convertirán en vuestra jaula, y entonces
seréis vos mi criado. Toda la creación se inclinará ante vos, ¡pero vos os
inclinaréis ante mí!
Aquel inestable ser vaciló en medio
de la cámara como humo empujado por un soplo, aunque su negro corazón manchado
de es¬carlata permanecía sólido. Pryrates se puso a cantar con fuerza en una
lengua sólo reconocible como tal por los espacios entre los rui¬dos emitidos.
El alquimista pareció cambiar y empezó a tamba¬learse en la negrura tiznada de
rojo que envolvía al rey como una neblina. Sus miembros se torcieron y
crujieron de modo horrible, a lo que siguió una evaporación de la que sólo
quedó una serpente¬ante sombra, una gruesa cuerda de lobreguez que rodeaba el
lugar donde se hallaba ahora el rey o aquello que lo había devorado. Los negros
anillos se estrecharon alrededor del corazón que ardía sin llama. Habríase
dicho que el mundo se inclinaba más hacia aden¬tro, desfigurando las dos formas
hasta que sólo hubo llamas, vapor y tinieblas en el centro del campanario.
Toda la creación pareció hundirse en
aquel lugar y en aquel mismo instante. Simón sintió que su propio temor pugnaba
por sa¬lir y surcaba sus brazos para luego atravesar— la espada e introducirse
en medio de la acumulada oscuridad.
La negrura se hinchó. Minúsculos
arcos relampagueantes ale¬tearon por la pieza. En alguna parte del exterior
ardía la Asu’a de quinientos años atrás, como comprendió Simón, y sus
habitantes morían a manos del ejército de Fingil, desaparecido tanto tiempo
atrás. ¿Y qué sería de todos los demás? ¿Habría terminado tam¬bién todo lo
conocido por él, arrastrado por la rueda del tiempo, que daba vueltas sin
cesar?
Los rayos zigzaguearon en la cámara,
y algo latió en su punto central: una tempestad de fuego y truenos que pronto
llenó de cega¬dora claridad la pieza. Pryrates, recobrada su forma verdadera,
re¬trocedió ante aquel pulsante resplandor que no tardó en hundirse entre las
sombras. El sacerdote alzó brevemente los brazos en un gesto triunfal, pero
enseguida se tambaleó para caer de rodillas. Una forma vagamente humana surgió
entonces de la oscuridad y lo miró desde arriba: la rojiza insinuación de un
rostro que flotaba por en¬cima de su deforme cabeza.
Pryrates sollozó entre temblores.
—¡Perdonadme! ¡Perdonad mi
arrogancia, mi locura! ¡Os lo su¬plico, amo, perdonadme!
Se arrastró hacia aquella cosa y tocó
con la frente el casi invisible suelo.
—Todavía puedo prestaros grandes
servicios —agregó—. Recordad lo que me prometisteis, señor: ¡que si yo os
servía bien, sería el pri¬mero entre los mortales!
El ser no soltó a Dolor, pero
extendió la otra y ennegrecida mano para tocar al alquimista. Sus dedos se
posaron sobre la lisa y húmeda cabeza de Pryrates, y una voz más potente que
una cam¬pana, desgarrada y mortífera como el silbido del gélido viento, surcó
la oscuridad. Pese a todo lo visto ya, aquel sonido hizo llenar de lágrimas de
terror los ojos de Simón.
¡SÍ! ¡TÚ SERÁS EL PRIMERO!
Chorros de vapor brotaron de debajo
de los dedos del rey. Pry¬rates chilló y levantó los brazos para agarrarle la
mano, mas Elías no se movió y él no pudo liberarse. Arroyos de llamas
descendían por la túnica del sacerdote. Encima de él, la cara del monarca era
una con¬fusa y oscura masa, aunque los ojos y la deforme boca destacaban en un
intenso escarlata. El grito del sacerdote fue un sonido que jamás debiera haber
partido de una garganta humana. Lo envolvieron ex¬traños vapores, pero, aun
así, el joven Simón vio cómo sus agitados brazos echaban humo y crujían
marchitándose hasta adquirir el as¬pecto de secas ramas de árbol. Al cabo de un
largo rato, el sacerdote —reducido a huesos y encendidos harapos— cayó al suelo
y se con¬trajo como un grillo pisoteado. Los bruscos movimientos se hicie¬ron
más lentos, hasta cesar del todo.
Lo que poco antes era Elías, se
desplomó, y ya no se vieron de él más que sombras. No obstante, Simón notó que
bebía las energías que corrían a través de Clavo Brillante, Espina y Dolor con
el afán de recuperar la fuerza necesaria para controlar el cuerpo robado.
Pryrates lo había herido, pero Simón presentía que se recobraría ense¬guida.
Revivió en él una tímida esperanza y probó de soltar la em¬puñadura de su
espada, mas ésta parecía pertenecer tanto a su cuerpo como el propio brazo. No
había escapatoria.
Como si se hubiera dado cuenta de su
intento de liberación, aquella cosa negra miró a Simón, y, aunque al joven casi
le falló el corazón, captó los implacables pensamientos del ser. Había hecho
retroceder el tiempo, y ni siquiera el sacerdote mortal, por muchos que
hubiesen sido sus poderes, había sido capaz de volver a cerrar la puerta. ¿Qué
posibilidades iba a tener él, pues, el pobre Simón?
En esos momentos de horror, el joven
sintió la conmoción que le había causado en su día la sangre del dragón, al
chamuscarle la piel y cambiarlo por completo. Contempló la fluctuante forma
negra que había sido Elías, la arruinada envoltura y su fiero ocupante, y
sintió una dolorosa respuesta allí donde la negra esencia del dragón lo ha¬bía
lacerado. A través de la pulsante oscuridad que se movía entre Clavo Brillante
y Dolor, Simón no sólo notó el voraz odio que había alimentado al Rey de la
Tormenta en su mortífero exilio, sino tam¬bién la terrible y enloquecedora
soledad de Ineluki.
«Ese hombre amaba a su pueblo —pensó
Simón—. Dio la vida por él, mas no murió.»
Clavada la vista en el ser que
recobraba sus fuerzas a poca dis¬tancia de él. Simón se acordó de la visión de
Ineluki que Leleth le había mostrado junto a la gran laguna. La misma
conmovedora des¬dicha había entonces en aquel rostro, aunque su determinación
era un reflejo de la de Eahlstan cuando éste aguardaba en su trono al te¬rrible
gusano, sabedor de que tenía que enfrentarse a él, al dragón que
inevitablemente lo mataría. En cierto aspecto, Ineluki y Eahls¬tan eran
iguales: habían hecho lo que era su deber, aunque el precio fuera la propia
vida. Y Simón no era diferente.
Dolor. Sus pensamientos revolotearon
hasta morir como polillas en una llama, pero él se aferraba a uno en especial:
«Ineluki puso a su espada el nombre de Dolor. ¿Por qué Leleth me mostró eso?»
Algo se agitó al borde de su visión.
Binabik y Miriamele, libres tras la muerte de Pryrates, dieron unos pasos
adelante. La princesa cayó de rodillas. Binabik se acercó más, aunque inseguro,
baja la ca¬beza como si tuviera que luchar contra un poderoso viento.
—Destruiréis este mundo —jadeó el
gnomo y, pese a abrir mucho la boca, sus palabras sonaron tan quedas como el
batir de unas alas de terciopelo—. Perdisteis lo que os pertenecía, Ineluki. No
quedará nada que podáis gobernar. ¡Ya no os corresponde estar aquí!
La oscura masa se volvió hacia él y,
de pronto, alzó una oscilante mano. Simón, que vio cómo Binabik se acobardaba
ante el exterminador contacto, sintió que en su interior resurgían el miedo y
el odio, y sin saber por qué, quiso luchar contra ese aborrecimiento.
«El odio lo mantuvo vivo en las
tinieblas. ¡Cinco siglos ardiendo en la nada! ¡Odio es todo lo que le queda!
Pero también yo odié. Sentía lo mismo que él. Somos iguales...»
Simón procuró conservar en su mente
la imagen del angustiado rostro del Ineluki vivo. Esa era la verdad existente
debajo de aquello tan horrible que se quemaba. Ninguna criatura en todo el
cosmos merecía lo que le había ocurrido al Rey de la Tormenta.
—Lo siento —le susurró a la cara que
tenía en la memoria—. No tendríais que haber sufrido tanto.
Súbitamente, el fluir de energía de
Clavo Brillante se redujo. La cosa que sostenía a Dolor volvió hacia él, y una
oleada de temor cu¬brió a Simón. El joven sintió que algo le aplastaba el
corazón.
—No... —jadeó, y en su interior buscó
a tientas un sitio seguro donde situarse y seguir vivo—. Os..., os temeré,
pero... ¡sin odiaros!
Se produjo un instante de silencio
que pareció durar años. Luego, sir Camaris se puso de pie, aunque sin dominar
del todo el equilibrio. La negra Espina palpitaba todavía en sus manos, pero
Si¬món observó que las fuerzas de la hoja se debilitaban, como si lo que él
mismo sentía hubiese penetrado en Camaris a través del punto de conexión.
—Perdonado... —graznó el anciano
caballero—. ¡Sí! Que todo sea...
En medio de la oscuridad hubo un
temblor producido por el Rey de la Tormenta. Por espacio de un momento, la luz
escarlata disminuyó. Poco después se apagaba. Una resplandeciente neblina roja
se desprendió entonces, tan agitada como un enjambre de abe-jas, y en el centro
de las sombras, envuelto en humo, apareció el pá¬lido rostro del rey Elías,
contraído por el dolor. Volutas de vapor sa¬lían de sus cabellos, y las llamas
le recorrían el manto y la cabeza.
¡Padre!
En aquel grito pareció participar el
cuerpo entero de Miriamele.
El rey volvió hacia ella sus ojos.
—¡Por Dios, Miriamele! —exclamó con
una voz no del todo hu¬mana—. Él ha esperado demasiado este momento. No me
dejará ir. Fui un tonto, y ahora... pago las consecuencias. Lo lamento...,
¡hija!
La cara de Elías se convulsionó y,
durante un par de segundos, sus ojos relucieron rojos. Las nudosas facciones,
en cambio, eran las suyas.
—Es... demasiado poderoso...
Siente... demasiado odio. No me... dejará... escapar... —añadió.
La cabeza de Elías empezó a hundirse.
Los destellos de unas as¬cuas aparecieron en la caverna de su boca.
Miriamele gritó desesperada y alzó
los brazos. Más que verlo, Si¬món sintió que algo zumbante pasaba por su lado.
Un emplumado astil blanco sobresalió
del pecho del rey.
Durante un segundo, los ojos de Elías
volvieron a ser los suyos y se fijaron en Miriamele. Después, empero, sus
facciones se retorcie¬ron. Un rugido más sobrecogedor que el trueno salió de su
abierta boca, y el rey desapareció de nuevo entre las sombras. El rugido se
transformó en un aullido que parecía no tener fin.
De pronto, Simón notó que algo frío
escarabajeaba en el punto donde la sangre del dragón había penetrado en su
corazón, como si buscase refugio en él, ahora que su otro hospedador era
incapaz de ello. El hambre de la cosa era devoradora y desesperada.
«¡No! Ya no os corresponde estar
aquí.»
El pensamiento de Simón fue un eco de
las palabras de Binabik.
La cosa que se agarraba a él cayó
entre gritos sin sonido.
Grandes llamas lamieron el lugar
donde había estado el rey, y se multiplicaron como hongos bajo el techo del
campanario. En me¬dio de ellas se formó una espantosa y fría negrura, pero,
cuando Si¬món la contempló temblando de miedo, empezó a fragmentarse en jirones
de sombras que salían disparados. El mundo se inclinó de nuevo, y la torre se
estremeció. Clavo Brillante latió en su mano y, de repente, se disolvió en un
torbellino de negrura. Instantes des¬pués, Simón sólo sostenía polvo. El joven
acercó a la cara la trémula mano, para mirar las partículas. Y entonces quedó
perplejo.
¡Podía moverse otra vez!
Una piedra del techo fue a
estrellarse a su lado, y lo salpicó de punzantes astillas. Simón dio un
tambaleante paso. La cámara es¬taba en llamas, como si las mismísimas piedras
ardieran. Una de las ennegrecidas campanas se desprendió del grupo colgado del
techo y, precipitándose al suelo, abrió un cráter en las baldosas de piedra.
Alrededor de Simón se movían unas figuras que las paredes de fuego volvían
imprecisas.
Una voz lo llamó por su nombre, pero
él se hallaba en medio del furioso caos y na supo adónde dirigirse. El arremolinado cielo quedó al
descubierto en una irregular abertura cuando cayó otra piedra.
Algo golpeó a Simón.
XXXIII
FUERA DEL ALCANCE DE LAS CURIOSAS
ESTRELLAS
T
iamak aguardaba en una postura
incómoda. El duque escu¬chaba atentamente a los dos thrithingos e hizo un gesto
afirmativo. Los soldados dieron media vuelta y, por la nieve medio derretida,
caminaron en dirección a sus caballos, dejando so¬los junto al fuego al duque y
al wran.
Cuando Isgrimnur alzó la mirada y vio
a su visitante, procuró sonreír.
—¿Qué hacéis aquí de pie, Tiamak?
¡Sentaos, por Aedón, y ca¬lentaos un poco!
El duque intentó llamarlo con un
gesto del brazo, pero el cabes¬trillo se lo impidió.
Tiamak se aproximó cojeando y, tras
acomodarse en el tronco, mantuvo las manos sobre el fuego, sin hablar, hasta
que por fin dijo:
—Siento terriblemente lo de Isorn.
Isgrimnur apartó los enrojecidos ojos
y fijó la vista en el nebu¬loso promontorio que los separaba del Kynslagh.
Tardó bastante en contestar.
—No sé cómo decírselo a mi Gutrun.
Quedará destrozada.
El silencio se alargó. Tiamak esperó
un poco, indeciso. ¿Debía to¬car más el penoso tema? Conocía mucho más a
Isgrimnur que a su des¬dichado hijo, al que sólo había visto una vez en la
tienda de Likimeya.
—No fue la única víctima —musitó
finalmente el duque, frotán¬dose la nariz—. Y tenemos que cuidar de los
vivos...
Tomó una pequeña rama y la arrojó al
fuego. Al momento par¬padeó con fuerza, y en sus pestañas centellearon las
lágrimas. El si¬lencio se hizo más denso, hasta ser casi insoportable. Cuando
Is¬grimnur lo rompió por último, exclamó:
—¡Ay, Tiamak! ¿Por qué no moriría yo?
¡Isorn tenía la vida por delante! Yo, en cambio, soy viejo y poco me queda
ya...
El wran meneó la cabeza. No había
respuesta para semejante pregunta. Nadie podía averiguar los motivos de Los Que
Vigilan Y Dan Forma. ¡Nadie!
El duque se pasó la manga por los
ojos y carraspeó.
—¡Basta! Ya habrá tiempo para la
aflicción.
Se volvió hacia Tiamak, y el wran
comprobó por vez primera la verdad de lo dicho por Isgrimnur: era viejo y había
dejado ya muy atrás sus años buenos. Sólo su gran vitalidad disimulaba la edad
que tenía, y, ahora que le habían arrebatado su puntal, se hundía. A Tia-mak lo
indignó que una persona tan buena tuviera que padecer de tal modo.
«Pero todo el mundo ha sufrido —se
dijo—. Es hora de hacer aco¬pio de fuerzas, tratar de entender el origen de los
problemas y deci¬dir qué camino conviene seguir.»
—Explicadme lo sucedido, Tiamak
—sugirió el duque, que hacía evidentes esfuerzos por mantenerse derecho y
recobrar el aspecto de autodisciplina que tanta falta le hacía—. Contadme que
visteis.
—Poco sabré deciros que vos no...
—comenzó el wran.
—No importa. Contádmelo —lo
interrumpió el duque mientras buscaba una postura más cómoda para su brazo
fracturado—. Strangyeard tardará en reunirse con nosotros, pero me figuro que
ya hablasteis con él.
—Sí, en efecto. Mientras aplicaba
ungüento a sus heridas. Todo el mundo tiene historias que explicar, y ninguna
de ellas es agrada¬ble de escuchar.
Después de sosegarse durante unos
momentos, inició el relato.
—Viajé con los sitha largo tiempo,
según me pareció, antes de encontrar a Josua...
—¿Suponéis, pues, que Josua ya estaba
muerto?
La calma de la profunda voz del duque
estaba en contradicción con el nerviosismo que delataba su mano libre, que no
cesaba de to¬car su barba y tirar de ella. Habríase dicho que esa barba era
menos espesa y estaba más rala, como si se la hubiese maltratado mucho durante
los últimos días.
—La espada de Elías lo golpeó de
forma terrible en el cuello. El ruido fue espantoso, como si un hueso se
hubiera roto, y luego... ¡tanta sangre! Imposible que sobreviviera —concluyó
Tiamak la frase con un estremecimiento.
Isgrimnur reflexionó brevemente y
movió la cabeza con pena.
—Bien... Al menos debo agradecer a
Jesuris Aedón que Josua no tuviera que sufrir. Yo lo tenía en gran estima, pero
fue un hombre des¬graciado. ¡Y qué final tan triste, Dios mío! Vos también
fuisteis dejado sin sentido, ¿no? —preguntó después de mirar unos instantes a
lo lejos.
—Oí la campana de nuevo, y ya no
recuerdo nada más... hasta que desperté. Me encontraba en el mismo campanario,
aunque tardé en darme cuenta. No veía más que un torbellino de fuego y humo y
extrañas sombras a mi alrededor.
»Intenté ponerme de pie, pero me daba
vueltas la cabeza y las piernas se negaban a sostenerme. Alguien me agarró del
brazo y tiró de mí hasta que logré levantarme. Primero creí que me había vuelto
loco, porque allí no había nadie. Pero luego bajé la vista y descubrí que era
Binabik quien me había ayudado.
» “¡Corre!”, me dijo. “Este lugar se
cae a pedazos”. Y volvió a ti¬rar de mí. Yo seguía atontado y no acababa de
entenderle, lodo es¬taba lleno de humo, y el suelo se inclinaba entre fuertes
rechina¬mientos. Cuando por fin estuve de pie, aunque tambaleante, apareció
otra sombra. Era Miriamele, que arrastraba jadeante un cuerpo a través del
suelo. A causa del polvo y de las cenizas tardé en darme cuenta de que se
trataba de Simón.
»“¡Yo lo maté!”, exclamaba Miriamele
una y otra vez. Por su cara resbalaban las lágrimas, y yo no comprendía el
sentido de aquellas palabras, ya que Simón movía los dedos y su pecho subía y
bajaba. Binabik se apresuró a echarle una mano y entre ambos condujeron a Simón
hacia la escalera. Yo los seguí. Momentos después, la torre tembló de nuevo y
un gran pedrusco cayó sobre el sitio donde yo acababa de estar. Un trozo se
soltó y me produjo un corte, aunque sin importancia —agregó señalándose un
trapo atado a la pierna.
»Miriamele quería ir en busca de
Josua, pero el suelo temblaba de mala manera, y el techo y las paredes se
desmoronaban. Binabik no sabía qué hacer. Los dos empezaron a discutir. Yo, que
iba reco¬brando el conocimiento, les dije que el rey le había roto el cuello a
Josua. A Miriamele costaba entenderla. Parecía medio dormida, no obstante sus
lágrimas, pero explicaba algo referente a Camaris cuando, de repente, se soltó
una de las campanas y perforó el suelo. Oímos el estrépito del choque contra
algo de abajo. Todo estaba lleno de humo. Comencé a toser, y mis ojos se
llenaron tanto de lá¬grimas como los de Miriamele. En aquel momento nada me
impor¬taba demasiado, pero tenía el convencimiento de que moriríamos quemados o
aplastados, y de que jamás sabría cuál había sido la causa de todo eso.
»Binabik sujetó a Miriamele por el
brazo e indicó el techo para hacerle comprender que no quedaba tiempo.
Suficientes dificulta¬des tendrían ya para transportar a Simón. Ella se opuso
un poco, pero con poca convicción. Entre los tres levantamos a Simón lo mejor
que pudimos. Estaba desmadejado y costaba mucho llevarlo. Aun así nos lanzamos
a toda prisa escalera abajo.
»E1 humo no era tan denso, una vez
alcanzado el tramo inferior. El fuego ardía únicamente en el campanario, si
bien le oí decir a Binabik que, muy poco antes, toda la torre había estado
envuelta en llamas. Pero, aunque ahora resultaba más fácil respirar, yo estaba
se¬guro de que no alcanzaríamos vivos la base de la construcción, ya que toda
la torre se balanceaba como un árbol sacudido por el hura¬cán. He oído decir,
por cierto, que una o dos de las islas del extremo sur de la bahía de Firannos
desaparecieron muchos años atrás, en-gullidas por el mar durante un terremoto.
Si eso sucedió de verdad, aquella pobre gente tuvo que pasar unos últimos
momentos seme¬jantes a los nuestros en la dichosa escalera. Apenas podíamos
apoyar los pies en los estrechos peldaños. Varias veces fui arrojado contraía
pared, y aún tuvimos suerte de que el pobre Simón sólo se nos ca¬yera en un par
de ocasiones. Se desprendían las piedras y no respirá¬bamos más que polvo, cosa
que resultaba tan asfixiante como antes el humo.
Llegado a este punto, Tiamak hizo una
pausa y se apretó los de¬dos contra las sienes. Le dolía la cabeza. El recuerdo
de la precipi¬tada huida por la escalera le producía casi tanto mareo como el
que había sentido entonces.
—Habíamos descendido un poco más...,
cosa muy complicada, porque los peldaños parecían romperse bajo nuestros
pies..., cuando apareció una figura en medio del polvo, justamente debajo de
donde nosotros estábamos. Iba cubierta de ceniza, mugre y san¬gre, y tenía la
mirada fija. Primero creí que era algún horrible demo¬nio invocado por
Pryrates, pero Miriamele gritó «¡Cadrach!», y en¬tonces lo reconocí. Claro que
estaba perplejo, porque... ¿cómo era que precisamente él nos salía al encuentro
en aquel lugar? Apenas pude oírlo, dado el estruendo que reinaba en la torre,
pero sé que dijo: «Os esperaba», sin dirigirse a nadie en particular. Luego dio
media vuelta y nos guió escaleras abajo. Yo estaba furioso y asustado al mismo
tiempo, y no dejaba de preguntarme por qué diablos no se ofrecería para
ayudarnos a transportar a Simón, que constituía una terrible carga para una
joven, un gnomo y un hombrecillo como yo. Ahora, Simón empezaba a moverse un
poco, al mismo tiempo que murmuraba algo y forcejeaba débilmente. Y eso
complicaba todavía más su traslado.
»Siguieron entonces unos minutos que
apenas logro recordar. Fuimos lo más aprisa posible, pero parecía poco probable
que pudiéramos escapar antes de que la torre se derrumbase por completo, pues
aún estábamos muy arriba, a unas diez veces la altura de un hombre. Cuando
pasamos por una de las ventanas, vi que la aguja de la torre pendía torcida,
como si todo el edificio se inclinara a par¬tir de su mitad. Supongo que, en
tales momentos, uno se fija en de¬talles extraños. Yo, por ejemplo, vi que el
ángel de bronce de la punta tenía los brazos extendidos, como si estuviera a
punto de echar a volar. De súbito se bamboleó toda la aguja, se soltó y
desa¬pareció.
»En las paredes de la escalera había
grietas suficientemente an¬chas para introducir el brazo, y a través de algunas
se distinguía el color gris del cielo.
»La torre volvió a temblar entonces
con tal intensidad, que nos caímos escalera abajo. Las sacudidas no cesaban, de
manera que nos resultaba casi imposible ponernos de pie, cosa que al fin
consegui¬mos. Habíamos descendido un poco más cuando, de pronto, la es¬piral de
la escalera se abrió a la nada. Ya no existía la pared exterior de la torre. Se
había desplomado hacia afuera. Vi los restos: grandes trozos dispersos por la
nieve que cubría el suelo, blanco sobre blanco. El derrumbamiento había
arrastrado consigo buena parte de la escalera, dejando una abertura de varios
pasos de ancho, y de¬bajo había un hueco de unos veinte codos, en el que sólo
se distin¬guían algunos pedruscos entre la oscuridad.
Tiamak hizo una breve pausa.
—Lo que entonces ocurrió es un
misterio. Si alguien me lo hu¬biera contado cuando yo estaba en mis pantanos,
no lo habría creí¬do. Pero presencié con mis propios ojos unos cambios que...
—Yo también, Tiamak —lo interrumpió
Isgrimnur, muy serio—. Pero continuad vuestro relato.
—Nos habíamos detenido delante de la
grieta, con la mirada fija en los escombros que se soltaban de los bordes para
hundirse en las sombras.
»“Aquí se acaba todo”, dijo
Miriamele, y debo reconocer que no parecía particularmente alarmada. Creo que
había perdido parte de la razón, duque Isgrimnur. Había luchado tanto como
cualquiera de nosotros por salvar la vida, pero diríase que sólo lo hacía para
ayudarnos a los demás.
»“No; no ha acabado”, replicó
Cadrach, que se arrodilló junto al borde del pozo recién formado y extendió las
manos sobre la nada.
»La torre se caía a pedazos, y supuse
que el monje rezaba. Ad¬mito que a mí tampoco se me habría ocurrido nada mejor,
en ese momento. Pero Cadrach contraía la cara como si levantara una gran carga.
Finalmente miró por encima del hombro y le dijo a Miriamele, jadeante:
"Cruzad ahora".
» “¿Cruzar, ahora? ¿Qué truco final
habéis inventado” inquirió la princesa con visible enojo.
»“Una vez dijisteis... que sólo
volveríais a confiar en mí... cuando las estrellas brillaran al mediodía”,
contestó cansado el monje, para quien cada palabra constituía un esfuerzo.
Apenas se lo oía, y yo, además, no sabía de qué hablaba. “Pues ya las visteis.
Ahí estaban”.
»Miriamele lo miró durante un rato
que pareció interminable mientras la torre temblaba. Seguidamente dejó con
cuidado los hombros de Simón y dio un paso hacia el pozo. Yo quise dete¬nerla,
pero Binabik me lo impidió. En el rostro del gnomo había una expresión rara.
También a la princesa y a Cadrach se los no¬taba extraños.
»Miriamele cerró los ojos y avanzó.
Yo estaba convencido de que se despeñaría y se mataría, y quise gritar algo,
mas ella pisó el aire sólido como si aún existiesen los peldaños de piedra. ¡Y
eso que debajo de los pies no tenía nada, Isgrimnur!
—Os creo —gruñó el duque—. Tengo
entendido que, en otros tiempos, Cadrach fue un hombre poderoso.
—La princesa abrió los ojos y, sin
mirar abajo, nos indicó que transportásemos a Simón. Por primera vez volvía a
haber en su cara algo de vida, pero no era felicidad. Nos ayudó a mantener
quieto unos instantes al joven caballero, que despertaba entre gemidos. Lo tomó
ella de los pies y empezó a retroceder por encima de la nada. A mí aquello me
parecía un milagro, ¡un milagro que yo también ten¬dría que realizar!
Entrecerré los ojos de forma que sólo viera a la princesa descender con todo
cuidado hacia abajo, y la seguí. Binabik iba a mi lado, sosteniendo el otro
hombro de Simón. El gnomo sí que se miró un segundo los pies, pero en el acto
levantó otra vez la vista. Sin duda, hasta un gnomo de las montañas tiene sus
límites.
»Necesitamos un buen rato. Aún había
debajo de nuestros pies algo semejante a peldaños, aunque no los viésemos, y
tampoco sa¬bíamos hasta dónde llegarían, de manera que procedíamos con una
prudencia enorme. La torre producía ahora unos ruidos que seme-jaban profundos
quejidos, como si le arrancasen las raíces del suelo. Aunque viviese mil años,
Isgrimnur, nunca olvidaría aquel paso a través de la nada, procurando no perder
el equilibrio. ¡Menos mal que estaba con nosotros El Que Siempre Camina Sobre
Arena! ¡Os juro que no nos abandonó!
»Por último llegamos a un sitio donde
la piedra era de verdad. Al pisarla y soltar el aliento contenido, miré hacia
atrás. Cadrach to¬davía se encontraba en el otro extremo. Tenía la cara gris
como la ceniza y respiraba agitado. Parecía un hombre que, ya a punto de
ahogarse, asomara a la superficie por postrera vez. ¿Qué esfuerzo re¬quería lo
hecho por él? ¡Bárbaro, me imagino!
»Miriamele lo llamó, mas el monje
alzó la mano y se sentó. Ape¬nas podía hablar. “¡Seguid adelante!”, resolló.
“Aún no estáis a salvo. Yo no pude hacer más. Ya no soy el hombre que era...”
Y, al decir esto, sonrió. ¡Sonrió, Isgrimnur!
»La princesa lo maldijo e insultó de
un modo terrible, pero se des¬prendían nuevas piedras, y tanto Binabik como yo
le gritamos que era inútil que, si Cadrach no podía hacer nada más,
sencillamente no po¬día. Miriamele contempló a Simón y luego se volvió hacia el
monje. Al final dijo algo que no entendí y se agachó para agarrar de nuevo a
Simón por los pies. Mientras corríamos escalera abajo, eché una mi¬rada atrás y
vi a Cadrach sentado junto al reventado borde. La luz del grisáceo cielo caía
sobre su persona por la desmoronada pared. Tenía los ojos cerrados. Quizá
rezara o, simplemente, esperase.
»Bajamos otro tramo de escalera.
Entonces, Simón ya force¬jeaba para soltarse. Lo dejamos en el suelo, pues, ya
no podíamos llevarlo en contra de su voluntad, porque pesa lo suyo... Sin
em¬bargo, tampoco era posible aguardar a que recobrase del todo sus sentidos.
Binabik le tiró de la muñeca sin dejar de hablarle y, por fin, nos siguió a
trompicones.
»E1 polvo resultante del
derrumbamiento de las piedras era tan espeso, que yo respiraba con dificultad,
y además había fuego: un incendio que había quemado una de las puertas
interiores y llenaba de humo la escalera. Al otro lado de las ventanas vimos caer
más trozos de los pisos superiores. Simón, que se fijó en ello, gritó que
corriéramos hacia una de esas ventanas. Primero creíamos que no estaba en su
sano juicio, pero él arrastró a Miriamele hasta allí.
»No estaba chiflado, al menos no en
eso, ya que fuera había un pórtico de piedra, al que quizá den algún nombre los
habitantes de las tierras secas, y detrás asomaba el borde de un muro. Para
llegar al suelo hacía falta dar un buen salto, pero la pared no quedaba lejos:
a un poco más de distancia que mi estatura, digamos. Pero la torre se
destrozaba por momentos, y estuvimos a punto de caernos del pór¬tico.
Constantemente se desprendían piedras. De pronto Simón se agachó, agarró a
Binabik, le dijo algo y... ¡lo tiró por los aires! Yo es¬taba estupefacto. El
gnomo aterrizó en el borde del muro, resbaló un poco sobre la nieve y recobró
al fin el equilibrio. Miriamele fue la siguiente, y saltó sin ayuda. Abajo,
Binabik evitó que patinara. Me tocó entonces el turno a mí. Animado por Simón,
contuve la respiración y me lancé. Y probablemente me habría hecho daño de no
esperarme los dos amigos, porque también el pórtico empezaba a inclinarse, y mi
salto había sido bastante justo.
»En último lugar se dispuso a
arrojarse Simón, a quien ya costaba sostenerse, y Miriamele lo urgió a que se
diera prisa. Asimismo gritaba Binabik. Simón se tiró con el tiempo justo, ya
que inmedia¬tamente se desplomó con gran estrépito la mayor parte del pórtico.
Los tres nos precipitamos hacia él y pudimos impedir que, con la sa¬cudida, se
cayera de la pared.
»Solo instantes después se hundía
toda la torre en medio de un estruendo como yo nunca había oído, muy superior a
cualquier tor¬menta... Piedras más grandes que esta tienda se desprendieron, y
la nube de polvo, nieve y humo que eso causó llegó a mayor altura de la que
había tenido la torre, y luego se extendió por toda la zona del castillo.
Tiamak respiró profundamente.
Permanecimos absortos un buen rato.
Para mí fue como presen¬ciar la muerte de un dios. Supe después lo que
Miriamele y los demás habían visto en el campanario, y eso aún tuvo que
resultar más ex¬traño. Cuando al fin fuimos capaces de volver a movernos, Simón
nos condujo a través del salón del trono, dónele se encuentra el asom¬broso
sillón de huesos, hasta donde estabais vos y los demás. Yo le di las gracias a
mis deidades del Wran por permitir que la lucha hubiese terminado. La verdad es
que si una norna llega a aplicarme un cuchi¬llo al cuello, creo que... no
habría sido capaz, de alzar ni un dedo.
El hombrecillo meneó la cabeza,
todavía desconcertado.
Isgrimnur carraspeó.
—Nadie pudo sobrevivir, pues. Aunque
Josua o Camaris no hu¬biesen muerto antes, las piedras los habrían aplastado
después.
—Nunca sabremos lo que quedó entre
las ruinas —dijo Tiamak—. Sería imposible reconocer... —De pronto recordó a
Isorn—. ¡Oh, Isgrimnur! Perdonad mi torpeza; os lo suplico.
—Las puertas de la antecámara se
abrieron un poco antes del fi¬nal... —dijo el duque—. Me figuro que la muerte
de Pryrates terminó con toda su maldad, con su pared mágica o lo que fuese.
Algunos de los soldados que estaban cerca extrajeron todos los cuerpos que
pu-dieron, antes de que la torre comenzara a derrumbarse. Al menos me queda el
consuelo de tener el de mi hijo... —añadió con un suspiro, mirando al suelo en
un esfuerzo por conservar la serenidad—. Gracias de todos modos, Tiamak.
Lamento haceros recordar cosas tan tristes.
El wran rió nervioso.
—No he sido capaz de dejar de hablar
de ello. En este campa¬mento, todos parloteamos entre nosotros como chiquillos,
desde la caída de la torre, desde... que todo sucedió.
Isgrimnur se levantó despacio y con
evidente dolor.
—Veo que se aproxima Strangyeard. Los
demás quieren hablar con nosotros. ¿Venís, Tiamak? Se trata de asuntos
importantes, y me gustaría que vos os hallarais presente. Necesitamos vuestra
sabi¬duría.
El wran hizo una cortés inclinación.
—Desde luego, duque Isgrimnur. ¡Desde
luego!
Simón caminaba entre los escombros de
la muralla interior. La nieve, medio derretida, dejaba a la vista manchas de
hierba muerta, así como también, aquí y allá, pequeños brotes nuevos de plantas
que aquel endiablado invierno no había logrado destruir. Los dis¬tintos tonos
de verde y marrón eran un alivio para sus ojos. El ne¬gro, el blanquinoso y el
rojo sangre que le había tocado ver, le basta¬rían para varias vidas.
Sólo deseaba que todo siguiera tan
normales formas de renova¬ción. No habían transcurrido más que dos días desde
el derrumba¬miento de la torre y la derrota del Rey de la Tormenta; un tiempo
que él y sus amigos tendrían que haber pasado festejando su victo-ria. Sin
embargo, no hacía más que caminar caviloso.
Había dormido toda la noche y también
todo el día siguiente, después de la afortunada salvación, sumido en un espeso
sueño. Binabik lo había visitado la segunda noche para explicarle cosas y
comentar juntos los sufrimientos pasados; luego, se había limitado a permanecer
sentado en silencio hasta que Simón se volvió a que¬dar dormido. Otros habían
acudido a saludarlo durante la mañana del segundo día, amigos y conocidos
deseosos de comprobar que, en efecto, estaba vivo, y la presencia de esa gente
constituyó tam¬bién para Simón una prueba de que el mundo todavía tenía algún
sentido.
Miriamele, en cambio, no se había
presentado.
Al empezar a salir un sol limpio de
nubes poco después del me¬diodía, Simón se había animado a ir a verla. Según
Binabik le había asegurado la noche anterior, vivía y sus heridas no eran
graves. No temía por su salud, en consecuencia, pero las tranquilizadoras
noticias dadas por el gnomo sólo habían servido para entristecerlo más. Si
Miriamele se encontraba bien, ¿por qué no había ido a su tienda o, al menos,
enviado algún mensaje?
Simón la halló en su tienda,
conversando con Aditu, que aque¬lla misma mañana lo había visitado a él.
Miriamele lo saludó con gran simpatía, eso sí, expresando su sentimiento por
las diversas he¬ridas por él sufridas, del mismo modo que él se interesó por
las de ella; pero, al demostrar Simón su pena por las muertes de su padre y su
tío, la princesa adoptó una postura fría y distante.
El joven quería creer que eso se
debía, sencillamente, a la lógica amargura de quien había pasado por unas
experiencias terribles y per¬dido a su familia, por no mencionar ya su propio
papel en el fin del pa¬dre... Mas tampoco podía engañarse y querer pensar que
la reacción de la muchacha era sólo consecuencia de eso. Algo relativo a él
parecía ha¬cerla sentirse incómoda, y le dolía observar en los ojos de
Miriamele aquella distancia, después de todo lo vivido juntos. Pero además
no¬taba un raro enojo en ella, y Simón no podía dejar de preguntarse por qué lo
trataba como si hubiera sido su crueldad para con ella lo que ha-bía estropeado
su viaje a Erkynlandia, en vez de lo contrario. Aunque él intentó disimular su
decepción, la frialdad entre ellos fue en au¬mento, por lo que Simón acabó por
excusarse y abandonar la tienda.
Después de la fracasada visita subió
a la colina para dejarse azo¬tar por el viento y pasear luego por los fangosos
terrenos del aban¬donado Hayholt.
Simón se detuvo unos momentos a
contemplar el gran montón de escombros que antes era la Torre del Ángel Verde.
Unas figuras menudas se movían entre las ruinas. Sin duda, gente de Erchester
en busca de cualquier cosa aprovechable ya fuera para cambiarla por comida o
como recuerdo de lo que ya era un suceso legendario.
Era extraño, reflexionó Simón. Había
penetrado en lo más pro¬fundo de la tierra y subido igualmente a las máximas
alturas, pero los cambios producidos en él eran mínimos. Quizá fuera un poco
más fuerte, pero esa fuerza se debía probablemente, a la inflexibilidad que le
producían las cicatrices. Por lo demás, era casi el mismo de antes. Pryrates lo
había llamado pinche de cocina, y tenía razón. No obstante haber sido armado
caballero y todo lo sucedido, en su pecho latiría siempre el corazón de un
simple marmitón.
Algo llamó su atención, y Simón se
inclinó hacia adelante. En el fondo de una zanja asomaba una mano verde cuyos
dedos sobresa¬lían del lodo en un gélido gesto de liberación. El joven se
acercó más y apartó un poco del empapado barro hasta desenterrar un brazo y,
por último, una cara de bronce.
Era el ángel de la torre, caído al
suelo. Simón echó un poco de agua turbia sobre aquel rostro de altos pómulos,
para limpiarle los ojos. Estaban abiertos, pero en ellos no había vida. Se
trataba sim¬plemente de una estatua desplomada.
Simón se levantó para secarse las
manos en las calzas. ¡Que al¬guien sacase la figura del lodo y se la llevara a
casa! Tal vez el ángel aca¬bara en un rincón de cualquier casa de campo y les
susurrara a sus ha¬bitantes engañosas historias de misteriosas profundidades y
alturas.
Pero cuando se alejaba con torpes
pasos por el patio, de espaldas a lo que quedaba de la torre, volvió a su
memoria la voz del ángel, la de la pobre Leleth.
«Estas verdades son demasiado fuertes
—había dicho—, y dema¬siado grandes los mitos y las mentiras que las rodean.
Tienes que verlas y procurar comprenderlas. Pero ésta ha sido tu historia.»
Realmente le había enseñado cosas
importantes. La prueba de ello, al menos en parte, se hallaba dispersa en más
de mil codos de terreno a su alrededor. Pero había algo más, algo que lo
martiri¬zaba desde el extremo de su comprensión y que, dados el tiempo y las
circunstancias, no había podido examinar. Ahora volvía a él el curioso hilo de
la memoria, y no lo rechazaría. Había estado a punto de verlo en el salón del
trono...
Sus pisadas resonaron en las
baldosas. No había otro sonido. Era éste un lugar que aún nadie había venido a
revolver: el mudo espec¬tro del Trono de Huesos de Dragón era suficiente para
erizar los pe¬los en el mejor de los tiempos, y sabían los dioses que los
últimos tiempos no habían sido los mejores.
La luz de la tarde, más cálida ahora
que la vez anterior que había estado allí, penetraba por los ventanales y
confería un poco de color a la serie de desteñidas banderas, si bien los reyes
de malaquita se¬guían envueltos en sus propias sombras negras. Simón recordó un
vacío de creciente nada y vaciló. El corazón le palpitaba con violen¬cia, pero
se tragó el momentáneo miedo y avanzó. La oscuridad ha¬bía desaparecido. El rey
estaba muerto.
A la plena luz del día, el gran trono
resultaba menos amenaza¬dor de lo que él tenía en la memoria. La enorme y
dentuda boca to¬davía impresionaba, pero ya no había en ella aquella extraña
vitali¬dad. Y en las cuencas de los ojos sólo quedaban telarañas. Incluso la
maciza armazón de huesos sujetos con alambres se hundía en al¬gunos puntos, y
era evidente que algunas piezas faltaban, aunque alrededor del trono no se veía
ninguna. Simón tuvo el vago re¬cuerdo de unos amarillentos huesos vistos en
alguna parte, pero lo apartó de su mente. Otra cosa había llamado su atención.
Eahlstan Fiskerne. Se colocó delante
de la estatua de piedra y la examinó en busca de lo que le roía la memoria. Al
ver el rostro del rey mártir en su visión del Sendero de los Sueños, había
descubierto algo familiar en él. Y antes, en su camino hacia la torre, había
lle-gado a creer que, sencillamente, se parecía a la estatua que tantas ve¬ces
había contemplado. Ahora, sin embargo, supo con certeza que en su rostro había
algo familiar. Era muy semejante a otro visto también con frecuencia: en el
espejo de Jiriki, reflejado en las aguas de la laguna o en la reluciente
superficie de un escudo. Eahlstan se parecía mucho a él, Simón.
El joven alzó la mano y se miró el
anillo de oro. El pueblo del Rey Pescador había ido al exilio, y Juan el
Presbítero había regresado más tarde para reclamar el exterminio del dragón y,
con ello, el trono de Erkynlandia. Morgenes le había confiado a él, Simón, el
anillo que revelaba ese secreto.
«Ésta es tu historia», había dicho el
ángel. Y... ¿a quién podrían serles confiados el conocimiento y la historia de
la casa de Eahlstan, sino al... heredero del propio Eahlstan?
Cuando estuvo delante de la estatua,
la súbita certeza lo sacudió como una lluvia de agua fría, y la impresión y el
asombro le pusie¬ron la carne de gallina.
Había transcurrido buena parte de la
tarde mientras Simón ca¬minaba de un lado a otro del salón del trono, sumido en
sus pensa¬mientos. De nuevo contemplaba la estatua de Eahlstan, cuando percibió
ruido en la puerta que tenía detrás. Se volvió para ver cómo el duque Isgrimnur
y otros entraban en la estancia.
El duque le escrutó el rostro.
—Lo sabéis ya, ¿no?
El joven no dijo nacía, pero su
rostro reflejaba un sinfín de emo¬ciones. Isgrimnur lo observó con interés,
preguntándose cómo Si¬món podía ser aquel mozalbete que le habían llevado un
año antes en las llanuras del sur de Naglimund, colgado a través de la silla de
un caballo sin jinete.
Ya entonces era alto, aunque sin duda
no tanto, y la espesa barba rojiza de ahora sólo era suave pelusa. Mas el
cambio no consistía sólo en eso. Simón había desarrollado un cierto aire de
calma, una tranqui¬lidad que podía significar fuerza o indiferencia. A
Isgrimnur lo preocupaba bastante la transformación del chico: todo lo sucedido
parecía ha¬ber hecho del mozuelo de un año atrás una persona casi
irreconocible. Nada quedaba ya de la niñez en él, sino que era ya todo un
hombre.
—Creo que he comprendido algunas
cosas, sí —respondió Simón al fin, procurando borrar toda expresión de su
cara—. Pero en mi opinión no tienen demasiada importancia..., ni siquiera para
mí.
Isgrimnur emitió un sonido evasivo.
—Bien... Os estuvimos buscando.
—Aquí estoy, pues.
Cuando el grupo avanzó hacia él,
Simón insinuó una inclina¬ción de cara a Isgrimnur y saludó después a Tiamak,
Strangyeard, Jiriki y Aditu. Al dirigir Simón unas quedas palabras a los sitha,
el duque comprobó por vez primera cuan parecido a ellos se había vuelto el
muchacho, al menos en ese momento: se lo veía reservado, prudente, lento en el
hablar. Isgrimnur meneó la cabeza. ¿Quién hubiera imaginado semejante cosa?
—¿Os sentís bien, Simón? —preguntó
Strangyeard.
El joven se encogió de hombros y
esbozó una media sonrisa.
—Mis heridas se van curando —contestó
y, vuelto hacia Isgrim¬nur, añadió—: Jeremías me trajo vuestro mensaje. Yo
hubiese acu¬dido a vuestra tienda, desde luego, pero Jeremías insistió en que
se¬ríais vos quien viniese a verme cuando estuvierais a punto. Parece ser que
ya lo estáis —continuó, después de recorrer con una cerrada y circunspecta
mirada a los componentes del reducido grupo—. Pero hicisteis un largo camino
desde el campamento para encontrarme, duque Isgrimnur. ¿Deseáis formularme más
preguntas?
—Entre otras cosas, sí.
Cuando vio que los demás se sentaban
en el pétreo suelo, el du¬que hizo una mueca. Simón le dedicó una sonrisa de
bonachona burla y señaló el Trono de Huesos de Dragón. Pero Isgrimnur
res¬pondió con un serio gesto negativo.
Entonces, Simón recogió unas cuantas
banderas caídas y las apiló sobre el peldaño situado al pie del estrado del
trono.
Disponiendo de un solo brazo sano,
Isgrimnur necesitó unos momentos para acomodarse en el improvisado asiento,
pero era evi¬dente que no quería la ayuda de nadie.
—Me complace mucho veros tan
repuesto, Simón —manifestó cuando finalmente pudo hablar sin respirar de manera
fatigosa—. Esta mañana no teníais buen aspecto.
El joven asintió y se instaló a su
lado. También sus movimientos eran un poco torpes, ya que estaba bastante
dolorido, pero el duque tuvo la certeza de que se curaría pronto, y lo cierto
es que no pudo contener una punzada de envidia.
—¿Dónde se encuentran Binabik y
Miriamele? —preguntó Si¬món.
—Binabik no tardará en venir —explicó
Strangyeard—. Y... y Miriamele...
El joven caballero perdió la calma.
—Sigue aquí, ¿no? ¿No se habrá
escapado, o estará herida?
—No, Simón —intervino Tiamak—. Está
en el campamento y se repone corno vos. Pero...
El wran miró a Isgrimnur en busca de
apoyo.
—Precisamente tenemos que hablar de
ella —declaró el duque sin rodeos—. Eso es todo.
Simón tragó saliva.
—Adelante, pues. Tengo unas preguntas
que hacer.
—Hacedlas —contestó Isgrimnur, que
había esperado ese ins¬tante desde que había visto al muchacho absorto ante la
estatua de Eahlstan.
—Binabik afirmó ayer que lo de traer
las espadas era un truco, un «falso mensajero», y que Pryrates y el Rey de la
Tormenta ansiaron siempre tenerlas —comenzó Simón, a la vez que con el tacón de
la bota empujaba una de las empapadas banderas—. Necesitaban las espadas para
poder hacer retroceder el tiempo antes del último he¬chizo de Ineluki, antes de
que Hayholt quedase cubierto de protec¬ciones y rezos y todo lo imaginable.
—Todos los que estábamos fuera
presenciamos la transforma¬ción del castillo —indicó el duque, despacio,
desconcertado por las palabras del joven, ya que esperaba que éste quisiera
saber algo refe¬rente a su historia recién descubierta—. Ya cuando luchábamos
con-tra las nornas, Hayholt empezó a... desaparecer. Surgieron extrañas torres
en todas partes, y muchos fuegos. Y me pareció ver... fantas¬mas. Supongo que
lo eran, sí... Fantasmas de sitha y de rimmerios, vestidos a la manera de otras
épocas. Lo más curioso era que gue-rreaban en medio de nuestra propia batalla.
¿Qué otra cosa pudo ser?
La limpia luz de la tarde que
penetraba a través de los grandes ventanales le causó a Isgrimnur la impresión
de vivir algo irreal. Sólo un par de días antes, el mundo se había visto
zarandeado por una maléfica locura y por tremendas tempestades invernales.
Ahora, un pajarillo gorjeaba fuera.
—Creo que era eso —repuso Simón—. Yo
estaba allí. En el interior era aún peor. Pero ¿por qué necesitaban que
nosotros les llevásemos las espadas? Durante dos años, Clavo Brillante había
estado a menos de cinco kilómetros de distancia de Pryrates. Y sin duda, de
haberlo intentado, habrían podido apoderarse de Espina, ya fuera cuando
nosotros regresábamos de Yiqanuc o mientras la espada permaneció sobre una losa
de piedra en la Casa de la Despedida, allá en Sesuad’ra. ¡No tiene sentido!
—Realmente, quizá resulte lo más
difícil de entender, Seomán —convino Jiriki—, sin embargo yo tengo alguna
explicación para eso. Cuando luchábamos con Utuk’ku junto al Pozo de las Tres
Profun¬didades, nos fueron revelados muchos de sus pensamientos. Ella no se
escudó, sino que más bien utilizó esa fuerza para conquistar y aprovechar la
laguna. Creía, a no dudarlo, que nosotros poca cosa podríamos hacer, aunque
conociéramos la verdad. Y estaba en lo cierto —terminó el sitha, y el lento
gesto de su mano pareció expre-sar un sentimiento de pesar.
—La mantuvisteis a raya durante largo
rato —señaló Simón—, y pagando un precio muy elevado, según oí decir. ¿Quién
sabe qué habría ocurrido en caso de que el Rey de la Tormenta no se hubiese
visto obligado a esperar?
—De todos los que luchamos junto a la
laguna —Jiriki sonrió débil¬mente—, Likimeya fue la que entendió más en el poco
rato que estable¬cimos contacto con los pensamientos de Utuk’ku. Mi madre se
repone muy lentamente de la batalla con su antepasada, pero me ha confirmado
mucho de cuanto los demás ya sospechábamos.
»Las espadas eran casi unos seres
vivos. Esto no nos sorprenderá a ninguno de quienes sostuvimos una de ellas.
Gran parte de su po¬der residía, como Binabik del Mintahoq ya suponía, en las
diabóli¬cas fuerzas fraguadas por las Palabras Creadoras. Pero un poder casi
igual radicaba en el efecto de esas palabras. De un modo u otro, las espadas
tenían vida. No eran criaturas como nosotros..., no había nada en ellas que los
humanos y ni siquiera los sitha podamos com¬prender del todo..., pero vivían.
Era eso lo que las hacía más pode¬rosas que cualquier otra arma, pero al mismo
tiempo era lo que las hacía tan difíciles de manejar o controlar. Podían ser
llamadas, y en efecto fue su ansia por estar juntas y liberar sus energías lo
que final¬mente las condujo a la torre, pero no había manera de obligarlas.
Parte de la terrible magia que el Rey de la Tormenta necesitaba para llevar a
cabo su plan, tal vez la parte más importante, consistía en que las espadas
tenían que obedecer a la llamada en el momento justo. Cada cual debía elegir su
portador.
Isgrimnur observó que Simón
reflexionaba seriamente antes de hablar.
—Pero Binabik también me explicó que
la noche en que Miriamele y yo abandonamos el campamento de Josua, las nornas
inten¬taron asesinar a Camaris. Sin embargo, la espada ya lo había ele¬gido...
¡Mucho tiempo atrás! ¿Por qué querían matarlo, pues?
—Quizá yo tenga el principio de una
respuesta para eso —dijo Strangyeard, que parecía casi tan tímido como cuando
Isgrimnur lo había conocido, hacía ya años, aunque en los últimos días había
empezado a notar en él una cierta audacia—. Cuando huimos de Naglimund, las
nornas que nos perseguían se comportaron de un modo muy extraño. Sir Deornoth
fue el primero en darse cuenta de que... ¡Oh!
El archivero alzó la vista, asustado.
Una sombra gris se había in¬troducido en el salón del trono. De un salto subió
al peldaño que rodeaba el estrado del trono y volcó a Simón. El joven se echó a
reír, hundió los dedos en la espesa piel de la loba y, a la vez, procuró que el
hocico y la lengua del animal no le tocaran la cara.
—¡Se alegra tanto de verte, Simón!
—exclamó Binabik, que en aquel momento entraba por la puerta, trotando en un
inútil es¬fuerzo por mantener el paso de Qantaqa—. ¡No sabes cuánto le ha
costado esperar para saludarte! Impedí que se te acercara antes, mientras te
cambiaban los vendajes de las heridas.
El gnomo corrió hacia adelante y
agitó la mano en dirección a los demás con gesto distraído, porque lo que
quería era obligar a la loba a echarse en el suelo de piedra, cerca del
estrado. Qantaqa ce¬dió y quedó echada, cuan larga era, entre Binabik y Simón,
enorme y contenta.
—Te agradará enterarte de que esta
tarde encontré a Hogareña —le anunció el gnomo a su joven amigo—. Se había
apartado de donde había lucha y vagaba por las profundidades del bosque de
Kyns.
—Hogareña... —repitió Simón,
pronunciando lentamente el nombre de su yegua—. ¡Gracias, Binabik! Muchas
gracias.
—Más tarde te llevaré a verla.
Cuando todos se hubieron sentado de
nuevo, Strangyeard pro¬siguió:
—Sir Deornoth fue el primero en darse
cuenta de que, más que darnos caza, nos... conducían. Nos empujaban
precipitadamente pero sin matarnos, cuando podrían haberlo hecho sin gran
dificul¬tad. Y sólo nos impidieron seguir, desesperadas, cuando nosotros quisimos
penetrar en la parte más espesa del Aldheorte.
—Camino de Jao é-Tinukai’i —intervino
Aditu con dulzura.
—Y asesinaron a Amerasu porque había
empezado a comprender el plan de Ineluki —calculó Simón—. Pero, aun así, no
entiendo por qué quisieron matar a Camaris.
A continuación habló Jiriki.
—Se alegraron al ver que tú tenías la
espada, Seomán, aunque es¬toy seguro de que a Utuk’ku le hizo poca gracia la
noticia, llevada por Ingen Jegger, de que te acompañaban los Hijos del
Amanecer. En cualquier caso, ella e Ineluki debieron de considerar poco
pro¬bable que adivinásemos tan pronto lo que se proponían realizar, cosa que al
fin y al cabo resultó cierta. Sólo la Primera Abuela previo en qué consistía su
conspiración. Por eso la quitaron de en medio y, así, sembraron además una gran
confusión. Para quienes vivían en el Pico de las Tormentas, los zida’ya
significaban sólo una pequeña amenaza. Sin duda estaban convencidos de que,
llegado el mo¬mento, la espada negra te elegiría a ti o al rimmerio Sludig o a
cual¬quier otro como portador. Josua saldría en busca de Clavo Brillante, que
no en vano era la espada de su padre, y los últimos ritos podrían tener lugar.
—Pero Camaris regresó —dijo Simón—.
Supongo que ellos no se figuraron nunca que eso pudiera ocurrir. No obstante,
había lle¬vado a Espina durante décadas, y era lógico que la espada volviera a
escogerlo. ¿Por qué lo temían, entonces?
Strangyeard carraspeó.
—Sir Camaris..., y que Dios dé
descanso a su torturada alma —contestó el sacerdote al mismo tiempo que hacía
una rápida señal del Árbol—, me confesó algo que no podía contar a los demás. Y
esa confesión descenderá conmigo a mi tumba. ¡Que el Rescatador lo proteja!
Pero el motivo de que se desahogara conmigo fue que Aditu y Geloë querían saber
si había ido a Jao... y se había entrevistado con Amerasu. Y así era, en
efecto.
—Luego, Camaris explicó a Josua su
secreto. De eso estoy con¬vencido —murmuró Isgrimnur.
Recordaba aquella noche y la terrible
expresión del príncipe, y una vez más se preguntó qué palabras podían haber
trastornado tanto a éste.
—Pero también Josua está muerto
—agregó—. ¡Que Dios lo tenga consigo! Nosotros nunca conoceremos ese secreto.
—De cualquier forma, y aunque el
padre Strangyeard jure que la confesión nada tenía que ver con nuestras
batallas —señaló Jiriki—, parece ser que Utuk’ku y su aliado lo ignoraban. La
reina de Nakkiga sabía que Camaris había hablado con Amerasu, y quizás obtu¬viese
las noticias de la propia Primera Abuela. Al aparecer Camaris tan
inesperadamente en escena, tal vez enriquecido con alguna es¬pecial sabiduría
proporcionada por Amerasu, y dada su larga expe¬riencia con una de las Grandes
Espadas... No podemos saberlo —musitó Jiriki—, pero por lo visto decidieron que
Camaris consti¬tuía un peligro demasiado importante. Y pensaron que, una vez
muerto, la espada encontraría un nuevo portador, uno que les cau¬saría menos
complicaciones. Además, Espina no era una criatura tan leal como, por ejemplo,
la loba de Binabik.
Simón se inclinó hacia atrás y miró
al vacío.
—En consecuencia, todas nuestras
esperanzas y nuestra bús¬queda de las espadas fueron una trampa. Y nosotros
caímos en ella como unos chiquillos —gruñó.
Isgrimnur comprendió que el propio
Simón se hacía reproches.
—Fue una trampa muy bien preparada
—dijo el duque con afecto—. Tuvieron que planearla durante largo tiempo. Y al
fin fra¬casaron.
—¿Estamos seguros? —preguntó Simón de
cara a Jiriki—. ¿Sabe¬mos con certeza que fracasaron?
—Isgrimnur me explicó cómo los
hikeda’ya huyeron al derrum¬barse la torre. Al menos, los que quedaban con
vida. No lamento que no los persiguiera, ya que son pocos, y los de nuestra
especie no dan a luz con frecuencia. Muchas nornas murieron en Naglimund, y
otras muchas aquí. El hecho de que huyeran en vez de luchar de¬muestra mucho:
que están hundidos.
—Incluso después que Utuk’ku nos
arrebató el control del Pozo de las Tres Profundidades —indicó Aditu—, seguimos
combatién¬dola. Y, cuando Ineluki empezó a pasar, lo notamos.
La pausa que Aditu hizo aquí fue
elocuente.
—Fue terrible —continuó—. Pero
también nos dimos cuenta cuando su cuerpo mortal, que era el del rey Elías,
dejó de existir. Ineluki ha¬bía abandonado el lugar de ninguna parte que había
sido su refugio, y se arriesgó a una disolución final al entrar de nuevo en el
mundo. Se atrevió, y perdió. Seguramente no queda nada de él.
Simón levantó una ceja.
—¿Y Utuk’ku?
—Vive, pero su poder está destruido.
También ella se jugó mu¬cho, y fue gracias a su magia que el ser de Ineluki
pudo penetrar en la torre en el momento en que el tiempo empezaba a retroceder.
El fracaso la derrumbó. Yo la vi, Seomán —dijo Aditu, fijos sus ambarinos ojos
en el amigo humano—. La vi en mis pensamientos con tanta claridad como si
estuviera delante de mí. Los fuegos del Pico de las Tormentas se apagaron, y
las salas se encuentran vacías. Está prácticamente sola, con la máscara de
plata hecha añicos.
—¿La viste de veras? ¿Viste su cara?
—Sí. El horror que le producía su
propia decrepitud la hizo es¬conder sus facciones largo tiempo atrás, aunque a
ti, Seomán Rizos Nevados, te parecería simplemente una mujer vieja. Tiene la
piel fláccida y llena de arrugas. Utuk’ku Seyt-Hamakha es la Mayor, pero su
sabiduría se malogró por culpa de su egoísmo y su vanidad, hace de esto ya
muchos años. La avergonzaba que el paso del tiempo la hubiera hecho
marchitarse, y ahora ni siquiera puede es¬grimir ya las armas del terror y de
sus poderes.
—De modo que el poder del Pico de las
Tormentas y de las Zo¬rras Blancas se acabó —dijo Isgrimnur—. Nosotros sufrimos
muchas bajas, pero todavía hubiésemos podido tener más, Simón... Por mi¬lagro
no lo perdimos todo. Tenemos mucho que agradeceros a vos y a Binabik.
—Y a Miriamele —añadió Simón en voz
baja.
—Y a Miriamele, desde luego.
El joven miró a los allí reunidos y
volvió a dirigirse al duque.
—Algo más os trajo al salón del
trono. Habéis contestado a mis preguntas. ¿Cuáles son las vuestras, ahora?
Isgrimnur no pudo dejar de comprobar
cómo había aumen¬tado la confianza en sí mismo de Simón. Siempre se mostraba
cor¬tés, pero su voz revelaba que no se sometería a nadie. Y así debía ser.
Pero un cierto fondo de enojo hizo vacilar al duque antes de comenzar.
—Jiriki me habló de vos, de
vuestra... herencia. Debo confesar que quedé atónito, pero tengo que creerle,
ya que encaja con todo lo que averigüé... Respecto de Juan, de los sitha, de
todo. Pensaba poder daros la noticia, pero algo en vuestra cara me dijo que ya
lo habíais descubierto.
Los labios de Simón se curvaron en
una media sonrisa.
—Lo descubrí, sí.
—Por consiguiente, sabéis que lleváis
la sangre de Eahlstan Fiskerne —continuó Isgrimnur—, el último rey de
Erkynlandia en los si¬glos anteriores a Juan el Presbítero.
—Y fundador de la Alianza del
Pergamino —agregó Binabik.
—Y el que realmente mató al dragón
—dijo Simón, no sin seque¬dad—. ¿Qué decís a esto?
No obstante su calma, algo muy
intenso se agitaba detrás de su rostro. Isgrimnur estaba perplejo.
Antes de que el duque pudiese volver
a hablar, lo hizo Jiriki.
—Siento no haber podido explicarte
antes lo que yo ya sabía, Seomán, amigo mío. Pero temía que sólo constituyese
una carga para ti y te confundiera, o que incluso te llevase a arriesgarte de
ma¬nera peligrosa.
—Lo entiendo —contestó Simón, pero no
parecía satisfecho—. ¿Cómo te enteraste?
—Eahlstan Fiskerne fue el primer rey
mortal después de la caída de Asu’a que gobernó a los zida’ya.
El sol se ponía, y el cielo empezaba
a oscurecerse. Un brusco so¬plo de viento atravesó el salón del trono e hinchó
algunas de las banderas que estaban en el suelo. Se desordenaron los blancos
cabe¬llos de Jiriki.
—Nos conocía, y algunos miembros de
nuestro pueblo venían en ocasiones a reunirse con él en las cavernas existentes
debajo de Hayholt..., en las ruinas de nuestro hogar. Él temía que lo que
nosotros, los zida’ya, sabíamos, se perdiera para siempre, e incluso que nos
volviéramos contra la humanidad después de la destrucción provo¬cada por
Fingil. Y no iba muy desencaminado, porque los de mi pueblo sentían poco afecto
hacia los mortales, y la verdad es que en¬tre los de la raza de Eahlstan
tampoco abundaba la simpatía hacia los inmortales. Pero, a medida que pasaron
los años de su reinado, algunos dieron pequeños pasos de acercamiento, hubo
algún inter¬cambio de confidencias, y poco a poco nació una cierta confianza.
Los que estábamos mezclados en ello lo mantuvimos en secreto, —dijo Jiriki con
una sonrisa—. Hablo en plural, pero yo no era más que el mensajero y hacía
recados para la Primera Abuela, que no po¬día permitir que su interés por los
mortales lucra demasiado cono¬cido, ni siquiera en el seno de su propia
familia.
—Yo siempre tuve celos de ti, Vara de
Sauce —confesó Aditu, riendo—. ¡Tan joven, y con misiones tan importantes!
—En cualquier caso, no ocurrió lo que
habría pasado en el caso de seguir Eahlstan con vida y continuar el linaje.
Llegó Shurakai, el dra¬gón de fuego y, al matarlo, el propio Eahlstan murió.
Ignoro si su su¬cesor final, Juan, sabía algo referente a los secretos tratos
de Eahlstan con nosotros y temía que revelásemos la mentira de que Juan había
matado al dragón, o si existía otra razón para nuestra enemistad. Pero Juan
empezó a echarnos de nuestros últimos escondrijos. No los encontró todos, y
jamás llegó a descubrir Jao é-Tinukai’i, aunque desde luego nos hizo mucho
daño. Prácticamente todos nuestros contactos con los humanos terminaron durante
la vida de Juan.
Simón juntó las manos.
—Lamento lo que mi pueblo hizo, y me
alegro, al mismo tiem¬po, de saber la clase de hombre que fue mi antepasado.
—El pueblo de Eahlstan se dispersó
ante la furia del dragón. Fi¬nalmente, y según me contaron, se exilió
—prosiguió Jiriki—. Y, cuando llegó Juan y conquistó todo esto, las esperanzas
de recupe¬rar Hayholt se desvanecieron. El secreto fue mantenido, y la gente se
dedicó a la pesca, como lo había hecho en los días de los antepa¬sados de
Eahlstan Fiskerne. Pero el anillo de este rey quedó en po¬der de la familia,
donde pasó de padre a hijo. Uno de los tataranie¬tos de Eahlstan, un erudito
como su ascendiente, estudió las antiguas runas sitha mediante uno de los
pergaminos de Eahlstan e hizo grabar en el anillo el lema que constituía el
orgullo de la fami¬lia... y la vergüenza secreta de Juan el Presbitero. Esto
era lo que Morgenes guardaba para ti, Seomán: tu pasado.
—Y estoy convencido de que me lo
habría dicho algún día.
Simón había escuchado el relato de
Jiriki con mal contenida tensión. Y el duque lo miraba en busca de posibles
resquebrajaduras en la personalidad del joven, que a la vez temía ver.
—Pero —continuó Simón— ¿qué tiene que
ver esa historia con los problemas a los que nos enfrentamos hoy? Toda la
sangre real del mundo no pudo impedir que yo sirviera de monigote a Pryrates y
al Rey de la Tormenta. Es un bonito relato, pero nada más. La mitad de las
casas nobles de Nabban deben de haber tenido emperadores en su historia. ¿Y
qué?
La mandíbula del joven caballero
delató beligerancia.
Algunos de los compañeros se
volvieron hacia Isgrimnur, que se agitó incómodo en su peldaño.
—Erkynlandia necesita un soberano
—declaró—. El Trono de Hue¬sos de Dragón está vacío.
Simón abrió la boca, la cerró y la
abrió de nuevo.
—¿Y...? —balbuceó al fin, mirando a
Isgrimnur con desconfianza—. Miriamele goza de buena salud y sólo tiene un par
de heridas. De he¬cho es la misma que siempre fue —dijo con evidente amargura—.
En consecuencia, será perfectamente apta para gobernar.
—No es su salud lo que nos preocupa
—gruñó el duque.
En algún momento, el tono de la
conversación había cambiado. Simón actuaba ahora como alguien despertado
intempestivamente de su bien ganado sueño por un grupo de niños mal educados.
—Es..., ¡diantre!, su padre.
—Pero ¡si Elías está muerto! Ella
misma lo mató con la Flecha Blanca de los sitha. Por cierto que —añadió de cara
a Jiriki—, dado que esa flecha me salvó sin duda la vida, creo que la deuda
está saldada.
El sitha no contestó. Como de
costumbre, el rostro del inmortal no expresaba nada, pero en su postura había
algo que sugería preo¬cupación.
—El pueblo padeció tanto bajo Elías,
que quizá no se fiara de Miriamele —señaló Isgrimnur—. Ya sé que es una
tontería, pero hay que comprender el problema. Si Josua siguiera vivo, me
figuro que sería recibido con los brazos abiertos. A los barones les consta que
el príncipe se opuso a los métodos de gobierno de Elías desde que éste empezó a
proceder mal, y que sufrió lo indecible y combatió cuanto pudo desde el exilio.
Pero Josua murió.
—¡También Miriamele luchó contra las
injusticias! —protestó Si¬món con enojo—. ¡Eso que decís es una estupidez!
—Conocemos lo suficiente a Miriamele
—observó Tiamak—. Yo viajé con ella largo tiempo. Muchos de nosotros conocemos
su valentía.
—Yo mismo la conozco —refunfuñó
Isgrimnur, dando rienda suelta a su irritación—. Pero aquí no se trata de lo
que es cierto o no. Miriamele huyó de Naglimund antes del comienzo del asedio y
no llegó a Sesuad’ra hasta después de la derrota de Fengbald. Después volvió a
desaparecer y ya no la vimos hasta última hora en Hayholt, con su padre. Y
corren rumores, sin duda extendidos por ese hijo de perra llamado Aspitis
Preves, de que fue su querida cuando él servía a Pryrates. La gente murmura...
—También hablan de mí. ¿Y soy un
traidor, acaso?
—Sabe Dios que Miriamele no es una
traidora —respondió el du¬que, mirándolo fijamente—. Pero, después de lo hecho
por su padre, es comprensible que no se fíen de ella. El pueblo quiere tener en
el trono a una persona en la que crea de veras.
—¡Bah! ¡Disparates! —exclamó Simón,
que se golpeó el muslo con la mano y luego se dirigió a los sitha, a punto de
estallar—. ¿Qué pensáis de esto?
—Nosotros no intervenimos en este
tipo de asuntos de los mor¬tales—contestó Jiriki, un poco incómodo.
—Eres nuestro amigo —añadió Aditu—, y
en todo momento hare¬mos por ti lo que podamos. Asimismo respetamos mucho a
Miria¬mele, aunque la conocemos poco.
—¿Y tú, Binabik? —inquirió Simón.
El gnomo se encogió de hombros.
—Estas decisiones deben ser tomadas
por vosotros, tú y Miriamele sois mis amigos. Si luego deseas consultar algo
conmigo, Si¬món, saldremos de paseo con Qantaqa y podemos hablar.
—¿Hablar de qué? ¿De las mentiras que
la gente cuenta sobre Miriamele?
Isgrimnur carraspeó de nuevo.
—Binabik quiere decir que hablará con
vos respecto a vuestra aceptación de la corona de Erkynlandia.
Simón miró boquiabierto al duque.
Esta vez, no obstante toda la madurez conseguida, el joven fue incapaz de
disimular sus senti¬mientos.
—Que... ¿que me ofrecéis el trono? ¿A
mí? — preguntó incrédulo, casi en tono burlón—. ¡Qué locura! ¿A mí, un pinche
de cocina?
El duque no pudo contener una
sonrisa.
—Sois mucho más que un pinche de
cocina. Vuestras hazañas ya llenan baladas e historias desde aquí hasta Nabban.
¡Y esperad a que la batalla de la torre sea más conocida!
—¡Que Aedón me proteja! —dijo Simón,
molesto.
—Pero hay cosas de mayor importancia
—indicó Isgrimnur, ya se¬rio—. Os estiman y tienen en muy buen concepto. No
sólo peleasteis con un dragón, sino que luchasteis con valentía por Sesuad’ra y
Josua. Son cosas que la gente no olvida. Y ahora, por si fuera poco, po¬demos
hacer saber al pueblo que por vuestras venas corre la sangre de san Eahlstan
Fiskerne, uno de los hombres más amados que ja¬más ocupó un trono. Os confieso
que, aunque eso no fuera cierto, yo me sentiría tentado a inventarlo.
—¡Pero si no significa nada! —gritó
Simón—. ¿Creéis, acaso, que yo no reflexioné sobre ello? No hice nada más que
pensar, desde el momento en que comprendí la realidad. Soy un pinche de cocina
que tuvo la suerte de tener como maestro a un hombre muy sabio y bueno. Fui
afortunado, también, con los amigos que encontré. Me vi en situaciones
terribles, cumplí con mi obligación y salí de ellas con vida. ¡Pero nada de eso
tiene ni lo más mínimo que ver con quien, por lo visto, fue mi
ta-ta-ta-tatarabuelo!
Isgrimnur aguardó unos momentos a que
se hubiera aplacado un poco la excitación del joven.
—Pero... ¿no lo entendéis? —dijo el
duque, afectuosamente—. Poco importa que eso cambie algo o no lo cambie. Como
ya señalé, no creo que en realidad importe que la historia sea cierta o no.
¡Por el mazo de Dror, Simón! La historia de Juan el Presbítero era un mito,
¡una mentira! A mí mismo me angustió semejante descubri¬miento, días atrás.
Pero... ¿le resta importancia como rey? El pueblo necesita creer en algo, nos
guste o no. Y, si no le damos cosas que alimenten su imaginación, se las
inventarán.
»Ahora, la gente está preocupada por
el futuro. La mayor parte del mundo que conocemos está en ruinas, Simón. Y los
supervivientes ven a Miriamele con recelo, por ser quien es y, también, por no
saber con certeza qué hizo durante este tiempo. Además, para ser claros, por
tra¬tarse de una chica joven. Los barones quieren en el trono a un hombre
severo, pero tampoco demasiado, y no tienen ganas de verse metidos en guerras
civiles por... digamos... la elección de marido de una reina.
Alargó la mano para tocar el brazo de
Simón, pero la retiró a tiempo.
—Escuchadme —continuó—. La gente que
siguió a Josua os ama, creo que casi tanto como al príncipe. Incluso más, en
ciertos aspec¬tos. Vos y yo sabemos que la diferencia no radica en la clase de
san¬gre que pueda fluir por nuestras venas... Toda la sangre es roja. Pero,
repito, vuestro pueblo necesita creer en algo, y no olvidéis que pasa frío y
hambre y carece de hogar.
Simón clavó en él la vista. El duque
comprobó en sus ojos la fu¬ria que dominaba al muchacho. En efecto había
madurado. Llega¬ría a ser un hombre formidable. Mejor dicho: lo era ya.
—¿Y con semejantes trucos pensáis
hacerme traicionar a Miriamele?
—No es una traición —replicó
Isgrimnur—. Os concedo unos días para tomar una decisión. Luego, yo mismo iré a
comunicársela a la princesa. Mañana sepultaremos a nuestros muertos, y el
pueblo nos verá a todos juntos. Eso bastará, de momento. No le mentiré a
Miriamele, porque el engaño no encaja conmigo, pero quise daros la oportunidad
de escucharme a mí primero.
De repente, aquel joven le inspiraba
una gran pena.
«Probablemente, el pobrecillo había
confiado en poder lamerse las heridas en paz..., ¡y las tiene en abundancia!
Como todos.»
—Reflexionad sobre ello, Simón. Todos
os necesitamos. Para mí resultará bastante arduo tranquilizar a la gente de mi
propio du¬cado, por no hablar ya de la tarea que le aguarda al joven Varellan,
que perdió a toda su familia en Nabban, ni de quienes queden aún en Hernystir.
Al menos necesitamos la presencia de un nuevo Su¬premo Rey, de alguien a quien
el pueblo vea con tranquilidad sen¬tado en el Trono de Huesos de Dragón.
Dicho esto, Isgrimnur se alzó del
bajo peldaño procurando que no se notara cuánto le dolía la espalda, se inclinó
torpemente ante Simón —cosa que en sí ya producía una extraña sensación— y
cruzó el salón del trono dejando a los demás en silencio. En su espalda sentía
la mirada de Simón.
«¡Que Dios me asista! —pensó el duque
mientras salía a la penum¬brosa tarde—. Me hace falta un descanso. ¡Un descanso
bien largo!»
El joven levantó la vista del fuego
al percibir pasos.
—¿Binabik?
Miriamele avanzó hacia él. Pese a la
fresca noche de primavera y las manchas de nieve que aún quedaban, la princesa
iba descalza. Su capa ondeaba en la brisa que barría la colina, procedente de
Hayholt.
—No podía conciliar el sueño —dijo.
Simón vaciló brevemente. No había
esperado a nadie, y menos aún a Miriamele. Después de las honras fúnebres en
memoria de Josua, Camaris, Isorn y las demás víctimas, que habían durado un día
entero, Binabik se había ido a pasar la velada con Strangyeard y Tiamak,
dejando solo y pensativo en su tienda a Simón. 1.a llegada de la princesa fue
como algo que hubiera podido soñar de cara al fuego.
—Miriamele... —musitó, poniéndose
desmañadamente de pie—. Sentaos, princesa.
Y señaló una piedra bastante próxima
a las llamas.
Ella tomó asiento y se arrebujó en su
capa.
—¿Estáis bien? —preguntó ella al fin.
—Sí... Aunque en realidad no lo sé.
¡todo resulta tan extraño!
—Cuesta creer, en efecto, que todo
haya terminado, ¡y que tantos se hayan ido para siempre!
Simón se movió, incómodo. No sabía si
la princesa se refería a los amigos o a los enemigos.
—Nos quedan montones de cosas por
hacer —repuso—. El pueblo está diseminado, el mundo se ha vuelto del revés...
¡Nos esperan muchas tareas!
Miriamele se inclinó hacia adelante
para calentarse las manos. Simón contempló el juego de la luz en sus delicadas
facciones y sin¬tió que el corazón se le encogía. Por sus venas podían correr
ríos de sangre real, pero... ¿de qué le serviría eso, si la muchacha no se
inte-resaba por él? Durante todos los ritos por los caídos, ni una sola vez se
habían encontrado sus ojos. Hasta su amistad parecía haber pali¬decido.
«Le estaría bien empleado que me
dejara obligar a ocupar el trono —pensó, deprimido—. ¡Pero le pertenece a
ella!»
Miriamele era nieta de Juan el
Presbítero. ¿Qué importancia te¬nía que algún lejano antepasado de Simón
hubiera sido rey dos si¬glos atrás?
—Yo lo maté, Simón —dijo ella de
súbito—. Viajé hasta allí para hablar con él, para tratar de hacerle saber que
lo comprendía... Y, en cambio, ¿qué hice? ¡Matarlo! —jadeó, destrozada.
Simón buscó ansiosamente las palabras
adecuadas.
—Nos salvasteis a todos, Miriamele.
—Era un buen hombre, Simón. De
carácter violento y brusco, quizá. Pero... antes de morir mi madre... era...
¡Dios mío, mi propio padre! —musitó entre parpadeos.
—No tuvisteis otra opción —trató de
consolarla el joven, que su¬fría al verla padecer—. Fue lo único que pudisteis
hacer, Miri. Y nos salvasteis a todos.
—Al final me reconoció. ¡Que Dios me
dé fuerzas, Simón! Creo que él deseaba que yo lo hiciese. Lo miré y... ¡se lo
veía tan desgra¬ciado! ¡Era tanto su dolor! No quiero llorar —dijo entonces,
enju¬gándose la cara con la capa—. ¡Estoy demasiado cansada!
El viento aumentó y suspiró entre la
hierba.
—¡Y el cariñoso tío Josua! —exclamó
Miriamele, más serena pero aún con angustia—. Muerto, como todos los demás.
¡Muerto! He perdido a toda mi familia. Y el pobre Camaris, tan torturado...
¡Ay, Dios! ¿Qué mundo es éste?
Simón observó que a la princesa le
pesaban los hombros. Le es¬trechó la mano con cierta torpeza, y ella no la
retiró, como el joven había temido que hiciera. Ambos permanecieron callados.
Sólo se oía el crepitar del fuego.
—¡Y Cadrach también! —murmuró
Miriamele por último—. ¡Mi¬sericordiosa Elysia! En cierto sentido su muerte es
la más dolorosa. Él sólo ansiaba morir, pero me esperó... ¡Nos esperó! Se quedó
a pe¬sar de todo lo sucedido, a pesar de todas las horribles cosas que le dije
—murmuró con la cabeza baja, fija la vista en el suelo, antes de añadir con voz
ronca—: A su modo, me quería. Es una historia cruel, ¿no?
Simón no supo qué responder.
De repente, Miriamele se volvió hacia
él con los ojos muy abier¬tos.
—¡Vayámonos! Podemos ir en busca de
los caballos y estar a una gran distancia de aquí cuando se haga de día. ¡No
quiero ser reina! —exclamó, apretando ansiosa la mano de Simón—. ¡No me
abandonéis...!
—¿Marcharnos? ¿Adónde ? ¿Y por qué
querría dejaros?
A Simón se le aceleró el corazón.
Costaba creer que hubiese in¬terpretado bien sus palabras.
—¿De qué habláis, Miriamele?
—¡Caramba! ¿De veras sois tan tonto
como la gente creía al prin¬cipio?
Sus manos agarraron con fuerza las
del joven, y en sus mejillas centellearon las lágrimas.
—A mí no me importa que fueras un
pinche de cocina, ni que tu padre fuera pescador. Sólo sé que te quiero,
Simón... ¿Me conside¬ras una idiota? Pues bien: ¡supongo que lo soy!
Su risa tuvo un cierto tono salvaje.
Soltó brevemente la mano del muchacho para secarse otra vez los ojos.
—Estuve dándole vueltas al asunto
desde el derrumbamiento de la torre. ¡No lo soporto! El tío Isgrimnur y los
demás se empeñarán en hacerme subir al trono, lo sé. Y no volveré a ser la
Miriamele de antes, excepto que, ahora todo sería mil veces peor. ¡Me vería
ence¬rrada en una prisión! Y después me tocaría contraer matrimonio con otro
tipo como Fengbald... Porque el hecho de que él esté muerto no significa que no
surjan cien más como él. Yo no viviría ninguna otra aventura, ni sería libre...
Ni podría hacer lo que me diera la gana... Y tú estarías lejos, Simón. ¡Te
perdería! ¡A ti, que eres la única persona que de verdad me importa!
El se puso de pie y levantó a
Miriamele para poder rodearla con sus brazos. Ambos temblaban y, durante unos
momentos, todo cuanto pudo hacer él fue estrecharla con tanta fuerza como si
te¬miera que el viento se la arrebatase.
—¡Hace tanto tiempo que te amo,
Miriamele! —jadeó con emo¬ción.
—Me asustas. ¡No sabes hasta qué
punto me asustas! —dijo ella con la boca pegada a su pecho—. No sé qué ves
cuando me miras... Pero... ¡te suplico que no te vayas! —insistió—. Pase lo que
pase, ¡no me abandones!
—No te dejaré —prometió él,
inclinándose hacia atrás para verla mejor.
Los ojos de Miriamele brillaban, y en
sus pestañas centellearon nuevas lágrimas. Sus propios ojos estaban empañados.
Simón rió con voz quebrada.
—¡Nunca te abandonaré! ¿No recuerdas
que te lo prometí?
—Sir Seomán. ¡Mi Simón! Eres mi amor
—murmuró ella, aspi¬rando el aire—. ¿Cómo ocurrió?
El se inclinó sobre la princesa y
apretó los labios contra los de ella, y, mientras permanecían abrazados, el
cielo tachonado de es¬trellas pareció girar alrededor del lugar en que se
hallaban. Las ma¬nos de Simón se introdujeron debajo de la capa de Miriamele y
re-corrieron los largos músculos de su espalda. Estremecida, la joven se apretó
más contra él y frotó su húmedo rostro contra el cuello de Si¬món.
La fuerza del abrazo de Miriamele
llenó a éste de una ebria y ju¬bilosa locura. Sin soltarla, dio unos
tambaleantes pasos hacia la tienda. Saboreó la sal de sus lágrimas y cubrió de
besos los ojos, las mejillas y los labios de su amada cuando su cabellera voló
alrededor de él y se pegó a su rostro.
Una vez en el interior de la tienda,
fuera del alcance de las curio¬sas estrellas, se fundieron en un abrazo
apasionado para ahogarse juntos en el placer. El viento tiraba de la lona de la
tienda y era el único ruido, aparte del roce de las ropas y de su ansiosa y
sibilante respiración.
Hubo un momento en que el aire abrió
la puerta. A la débil luz de las estrellas, la tez de la muchacha resultaba
pálida como el mar¬fil, tan suave y cálida bajo sus dedos, que Simón se imaginó
que nunca desearía tocar otra cosa. Su mano se deslizó sobre la curva del pecho
de Miriamele y siguió hasta la cadera. Experimentó entonces algo raro, casi
semejante al miedo, pero dulce, ¡tan dulce...! Ella sos¬tenía su cara entre las
manos y bebía su aliento sin dejar de murmu¬rar cosas ininteligibles, jadeando quedamente
cuando la boca de Si¬món descendió por su cuello hasta llegar al delicado arco
de la clavícula. El la estrechó aún más contra sí, anhelando devorarla y ser
devorado a la vez. Sus ojos se inundaron de lágrimas.
—¡Hacía tanto tiempo que te amaba!
—susurró.
Simón despertó despacio. Se sentía
pesado, con el cuerpo ca¬liente y... casi sin huesos. La cabeza de Miriamele
descansaba en el hueco de su hombro, y los cabellos de su adorada le cubrían
dulce¬mente la mejilla y el cuello. La joven estaba abrazada a él, con un brazo
extendido sobre su pecho, y sus dedos le producían un leve cosquilleo debajo de
la barbilla.
Se la acercó más. Ella musitó algo en
sueños y frotó la cabeza contra Simón.
Crujió la puerta de la tienda, y en
la abertura apareció una si¬lueta sólo ligeramente más oscura que el cielo
nocturno.
Alguien murmuró:
—¿Simón...?
Avergonzado de que encontrasen allí a
la princesa, el joven se in¬corporó entre fuertes palpitaciones. Miriamele
emitió una leve pro¬testa cuando él le bajó un poco el brazo.
—¿Eres tú, Binabik?
La negra forma entró, y dejó caer la
puerta de lona.
—¡Pssst! Voy a encender una vela. No
digáis nada.
Hubo un quedo chasquido cuando el
pedernal rozó el eslabón, y un pequeño resplandor surgió entre la hierba, cerca
de la puerta. Un momento después, una llama fluctuaba en el extremo de la
me¬cha y la suave luz de la vela inundó la tienda. Miriamele volvió a gruñir y
hundió aún más la cara en el cuello de Simón. El joven ca¬ballero quedó
boquiabierto.
El delgado rostro de Josua sonreía
encima de la candela.
—La tumba no puede retenerme —dijo el
príncipe.
XXXIV
LA DESPEDIDA
A
Simón le dio un vuelco el corazón.
—¡Príncipe Josua...!
—¡Chitón, amigo!
Josua se inclinó hacia adelante y sus
ojos se abrieron sorprendi¬dos al descubrir la cabeza apoyada en el pecho de
Simón, pero ense¬guida sonrió.
—¡Ah! Benditos seáis los dos. Casaos
con ella, Simón, aunque no creo que resulte muy difícil persuadirla. Con
vuestra ayuda será una espléndida reina.
—Pero vos..., vos,., —balbució Simón—
estáis muerto o, al menos, eso es lo que todos dan por seguro —dijo después de
una profunda respiración.
Josua se sentó de manera que el
resplandor de la vela quedara mayormente cubierto por su cuerpo.
—Tendría que estarlo.
—Tiamak vio cómo os rompían el cuello
—susurró Simón—. ¡Y nadie pudo salir de la torre, después que nosotros la
abandonamos!
—Tiamak vio que yo recibía un golpe
—lo corrigió Josua—. Lógi¬camente, tendría que haberme roto el cuello, y la
verdad es que to¬davía me duele a rabiar. Pero yo había levantado la mano...
Alargó el brazo izquierdo, con lo que
cayó hacia atrás la hara¬pienta manga. La manilla de Elías aún pendía de su
hinchada mu–eca, y el metal se notaba aplastado y torcido.
—Mi hermano y Pryrates olvidaron el
regalo que me habían he¬cho. La cosa encierra cierta poesía, ¿no? O quizá Dios
quisiera enviar un mensaje referente al valor del sufrimiento. Apenas pude
utilizar la mano durante dos días, después de despertar —explicó mientras la
manga volvía a su sitio—, pero ya voy recobrando el tacto.
Miriamele se estiró y abrió los ojos.
Asustada, se incorporó ta¬pándose el pecho con la manta.
—¡Tío Josua! —gritó entonces.
El príncipe esbozó una torcida
sonrisa y se llevó un dedo a los labios. La joven acabó de cubrirse con la
manta, dejando casi del todo descubierto a Simón y se abrazó llorando a su tío.
También Josua parecía emocionado. Cuando, momentos después, Miriamele se apartó
un poco y se fijó en sus desnudos hombros, se sonrojó. Sin pérdida de tiempo
volvió a echarse y se subió la manta hasta la bar¬billa. Simón recuperó
agradecido su mitad de la frazada.
—¿Cómo es posible que estéis vivo?
—preguntó entre risas, al mismo tiempo que se enjugaba los ojos con el borde de
la manta.
Josua repitió lo sucedido,
mostrándole la dentada manilla.
—Pero... ¿cómo lograsteis escapar?
—preguntó Simón, ansioso por conocer el resto de la historia—. ¡Si la torre se
derrumbó!
La cabeza del príncipe se movió de un
lado a otro, a la vez que las sombras revoloteaban por la pared de la tienda.
—Es algo que no sé con exactitud,
pero supongo que Camaris me recogió para bajarme en los primeros momentos. Me
acerqué a numerosos fuegos de campamento en las noches pasadas y oí mu¬chas
cosas. Parece ser que la confusión y el humo y las llamas eran tales, que
Camaris pudo salir de la torre antes que vosotros. Había¬mos entrado en ella
por los túneles que hay debajo, y me imagino que elegiría el mismo camino para
huir. De lo que estoy seguro es de que desperté al raso, bajo las estrellas,
solo en la orilla del Kynslagh. ¿Y quién, sino Camaris, pudo tener la fuerza
necesaria para llevarme hasta allí?
—Si bajó antes que nosotros, Cadrach
tuvo que verlo —reflexionó Miriamele.
—¡Es un milagro! —exclamó Simón—.
Pero... ¿por qué no se lo ha¬béis dicho a nadie? ¿Y cuál fue el sentido de
vuestras palabras al afir¬mar que Miriamele sería reina? ¿No os correspondería
el trono a vos?
—No me entendéis —contestó el
príncipe con tranquilidad, y en su voz hubo una extraña alegría—. Estoy muerto.
Y deseo continuar así.
—¿Qué?
—Como os digo. Lo mío nunca fue el
gobernar. Para mí fue un martirio tener que tomar las riendas, pero no vi más
remedio que intentar destronar a Elías. Ahora, Dios me ha abierto una puerta,
una puerta que ya creía cerrada para siempre. Sólo podía escoger entre morir o
hacerme cargo de la corona. Pero en la actualidad tengo otro camino.
Simón estaba desconcertado. Pasó
largo rato sin pronunciar pa¬labra. También Miriamele guardaba silencio. Josua
los miró con traviesa sonrisa.
—Comprendo que resulta chocante —dijo
el príncipe de cara a su sobrina—. Pero tú reinarás mucho mejor de lo que
habría hecho yo, y Simón te apoyará en ello.
—¡Pero el legítimo heredero de Juan
sois vos! —protestó el joven—, ¡más, incluso, que Miriamele! Y yo..., yo no soy
más que un pinche de cocina, al que vos armasteis caballero. Dicen que
desciendo de san Eahlstan, pero eso no significa nada para mí. No estaría
prepa-rado para gobernar Erkynlandia ni ningún otro país.
—Ya oí esa historia, Simón. Isgrimnur
y los demás no saben guardar un secreto, si es que en serio querían mantener el
de vuestra herencia —señaló Josua, divertido—. Y a mí, por cierto, no me
sor¬prendió nada oír que sois descendiente de Eahlstan Fiskerne. Pero respecto
de quién es más apto para reinar, si vos o yo, Simón, toda¬vía no lo sabéis
todo... Porque yo soy tan poco heredero de Juan como vos.
—¿Cómo debo interpretar eso?
Simón se movió un poco, de modo que
Miriamele estuviera más cómodamente apoyada en su pecho. Ella no miraba ahora a
Jo¬sua, sino al joven, y en su frente se formaron arrugas de preocupa¬ción o
profundos pensamientos.
—Como iba a decir..., no soy hijo de
Juan. Mi padre era Ca¬maris.
—¿Camaris...? —musitó el joven.
La princesa miró a Josua tan
asombrada como Simón.
—¿Qué? ¿Cómo?
—Sí. Juan era ya viejo cuando se casó
con mi madre, Efiathe de Hernysadharc. Una medida de la diferencia de edad
entre ambos queda reflejada en el hecho de que él no tuvo reparos en darle un
nuevo nombre, el de Ebekah, como si fuera una niña. Lo que luego sucedió no
debe sorprendernos demasiado. Constituye una de las más antiguas y comunes
historias del mundo, aunque no dudo que ella amaba al rey y él la amaba a ella.
Pero Camaris era su especial protector, un hombre joven y tan famoso por sus
heroicidades como Juan. Lo que comenzó como un profundo respeto y mutua
admiración se convirtió en algo más.
»Elías era hijo de Juan. Yo, en
cambio, no lo soy. Cuando mi madre murió al traerme al mundo. Camaris
enloqueció. Era com¬prensible que creyera que su pecado había sentenciado a
muerte a la mujer amada, que además era la esposa de su más intimo amigo... El
sufrimiento de Camaris fue tan terrible que, como quien sabe que va a morir,
regaló todo cuanto poseía, y no cabe duda de que vivió muriendo, porque cada
respiración suya, cada momento de su existencia, estuvo lleno de dolor y
vergüenza. Al final tomó el cuerno llamado Ti-tuno y partió en busca de los
sitha, tal vez para expiar el pecado de haber participado en la persecución
organizada por Juan; o quizá creía, como Elías, que los inmortales podrían
ayu¬darlo a reunirse con su adorada más allá de la muerte. Cualquiera que fuese
el objeto de su peregrinaje, Amerasu lo condujo en secreto a Jao é-Tinukai’i,
por motivos que sólo ella sabía. No logré descu¬brir todo lo ocurrido. Mi padre
estaba tan despistado cuando me confesó la verdad, que me costó entenderlo.
»Lo que sí sé es que Amerasu se
reunió con él y retuvo el cuerno, tal vez para guardárselo a Camaris, o quizá
porque había pertene¬cido a sus hijos ya perdidos. Lo sucedido entre ambos
sigue siendo un misterio para mí, pero parece ser que lo que Amerasu le dijo no
fue precisamente un consuelo para él. Mi padre abandonó las pro¬fundidades del
bosque tan apenado como antes. Poco después, cuando su desesperación superó
incluso el terror que le inspiraba el pecado del suicidio, se arrojó desde la
borda de un barco a la bahía de Firannos. Sobrevivió, aunque no sé cómo. Ya
sabéis que es enor¬memente fuerte, cosa que, desde luego, yo no heredé de
él..., pero la mente le quedó un poco trastornada. Vagó por las tierras del
sur, mendigando, o perdido en el desierto. Se alimentó de la caridad de otros
hasta que, por fin, fue a parar a aquella posada de Kwanitupul. Supongo que
allí, no obstante la dura vida que le tocaba llevar y a su poco juicio, gozó de
bastante paz. Al cabo de quizá veinte años lo descubrió Isgrimnur y... pronto
se le acabó aquella pequeña paz. Despertó con el antiguo horror aún fresco en
la memoria, al que además se añadía la mala conciencia de haber intentado
suicidarse.
—¡Madre de misericordia! —jadeó
Miriamele, compadecida—. ¡Qué hombre tan desgraciado!
A Simón le costaba hacerse cargo de
la atrocidad de los sufri¬mientos padecidos por el anciano caballero.
—¿Dónde está ahora? —preguntó.
—Lo ignoro. Tal vez vagando por ahí
de nuevo. Confío en que no tratará nuevamente de ahogarse. ¡Mi pobre padre!
Espero que ese demonio que lo tortura haya perdido fuerza, entretanto, aunque
lo dudo. Procuraré dar con su paradero y proporcionarle un poco de paz en sus
últimos años.
—¿Eso es lo que pensáis hacer, pues?
¿Buscar a Camaris? —inqui¬rió Simón.
Miriamele clavó una dura mirada en el
príncipe.
—Y Vorzheva, ¿qué?
Josua sonrió.
—Buscaré a mi padre, sí, pero sólo
después que mi mujer y los niños estén a salvo. Queda mucho por hacer, y aquí
en Erkynlandia, donde me conocen, me sería casi imposible llevar a cabo nada.
¿No lo veis? ¡Ya imito al duque Isgrimnur y me dejo crecer la barba, para pasar
más inadvertido! —indicó, frotándose el mentón—. Esta noche parto hacia el sur.
El viejo conde Stréawe recibirá una visita inespe¬rada. Me debe un favor..., y
pienso recordárselo. Si alguien puede hacer desaparecer de la corte de Nabban a
Vorzheva y los niños, ése es el tortuoso señor de Perdruin, quien por cierto
disfrutará más con ese juego que recibiendo cualquier pago que yo pudiese
hacerle. ¡Le encantan los secretos!
—¡La desaparición de la viuda del
príncipe y de sus herederos! —rió quedamente Simón—. ¡Ya habrá tema para unas
cuantas histo¬rias y canciones!
—Sin duda, y yo me divertiré
escuchándolas.
Dicho esto, estrechó el brazo a Simón
y se inclinó para abrazar a Miriamele, que se agarró a él por espacio de unos
momentos.
—Debo irme, Vinyafod me espera. No
falta mucho para el ama¬necer.
De ensueño había sido aquella
conversación, al igual que toda la noche, y a Simón le costó trabajo dejar
marchar a Josua.
—Pero, si encontráis a Camaris y
tenéis a Vorzheva y los peque¬ños con vos, ¿qué planes tenéis para después?
El príncipe hizo una breve pausa,
antes de dar respuesta.
—Me figuro que en las tierras del sur
hará falta otro Portador del Pergamino, aparte de Tiamak... si la Alianza me
acepta. No puedo imaginarme nada mejor que dejar atrás todo lo relacionado con
ba¬tallas y juicios para dedicarme a leer y pensar. Stréawe quizá pueda
ayudarme a adquirir La escudilla de Pelippa, y entonces me conver¬tiría en
dueño de una tranquila posada de Kwanitupul. Una posada donde siempre serían
bien recibidos los amigos.
—¿Estáis decidido a iros? —preguntó
Miriamele.
—Del todo. Me ha sido concedido el
don de la libertad, que nunca había esperado recibir, y creo que sería una
ingratitud no aceptarlo —dijo cuando se levantaba—. Me hizo un efecto muy raro
oír que hoy se habían celebrado funerales en mi honor, en Hayholt. Todo el
mundo debería tener esa posibilidad, en vida, por¬que le da a uno mucho que
pensar... Y ahora os dejo. Me interesa llevar unas cuantas horas de ventaja,
antes de que le reveléis la verdad a Isgrimnur y a quienes merezcan vuestra
absoluta confianza. De todos modos, a la gente le extrañará la desaparición de
Vinyafod. No tardéis en decirle a Isgrimnur que sigo vivo. Me da pena que mi
viejo amigo me llore. ¡Ya es bastante peso la muerte de su hijo! Espero que
comprenda mi determinación.
Josua se dirigió a la puerta de la
tienda.
—En cuanto a vosotros dos, me imagino
que vuestras aventuras sólo acaban de empezar, aunque deseo que las que os
aguardan sean más felices. Igual que yo sería un tonto de no aceptar lo que me
ha caído del cielo —murmuró después de apagar la vela y dejar nueva¬mente a
oscuras la tienda—, vos, Simón, seríais bien tonto de no ca¬saros con mi
sobrina. Y tú, Miriamele, también lo serías si no lo aceptases como marido. Los
dos tenéis mucho trabajo por delante y un montón de cosas que arreglar, pero
sois jóvenes y fuertes y, ade¬más, habéis pasado por una escuela más dura que
nadie. ¡Que Dios os bendiga, y buena suerte! Ya procuraré saber de vosotros y,
desde luego, estaréis siempre presentes en mis oraciones.
Se alzó la puerta de lona. Las
estrellas centellearon en el hombro de Josua y, segundos después, todo volvió a
quedar sumido en la os¬curidad.
Simón se echó hacia atrás, medio
mareado. ¡Josua vivía! Y Camaris era su padre... Y él tenía a su lado a una
princesa. El mundo era increíblemente extraño.
—¿Y ahora qué? —preguntó Miriamele de
súbito.
—¿Cómo, qué?
Simón contuvo el aliento, preocupado
por el tono de voz de su amada.
—Ya oíste a mi tío. ¿Vas a hacerme tu
esposa? ¿Y qué significa eso de que llevas la sangre de Eahlstan? ¿Estuviste
escondiéndome algo durante todo el tiempo, para vengarte de mi disfraz de
sirvienta?
Simón respiró con alivio.
—Yo mismo me enteré ayer.
Tras un prolongado silencio,
Miriamele susurró.
—Pero no respondiste a mi otra
pregunta...
Tomó el rostro del joven y se lo
acercó para recorrer con el dedo la todavía sensible cicatriz.
—Dijiste que nunca me abandonarías,
Simón. ¿Harás ahora lo que Josua acaba de decirte?
Por toda contestación, él se echó a
reír y la besó. Los brazos de Miriamele le rodearon el cuello.
Se habían reunido en la herbosa
ladera próxima a la Puerta de Nearulagh, que se hallaba en ruinas. Por encima
de las piedras revolo¬teaban los pájaros entre estridentes riñas. Más allá de
los escombros, el sol del atardecer relucía en los húmedos tejados de Hayholt.
La Estre¬lla del Conquistador era una débil mancha roja en el extremo norte del
cielo crepuscular.
Simón y Miriamele estaban cogidos del
brazo y rodeados de amigos y aliados. Los sitha habían acudido a despedirse.
—Jiriki...
Simón se apartó delicadamente de
Miriamele y se acercó al amigo.
—Hablé en serio al decirte aquello,
aunque quizás empleé un tono de niño malhumorado. Tu flecha se perdió, quemada
cuando desapareció el Rey de la Tormenta. Cualquier deuda entre nosotros ya no
existe. ¡Salvaste mi vida suficientes veces!
El sitha sonrió.
—Empezaremos de nuevo, pues.
—Quisiera que no tuvierais que
marcharos.
—Mi madre y los demás se repondrán
antes en sus casas —se ex¬cusó Jiriki a la vez que contemplaba los estandartes
alineados a lo largo de la ladera y las multicolores ropas de su gente—. ¡Mirad
eso! Espero que no lo olvidéis. Los Hijos del Amanecer quizá no vuelvan a
reunirse nunca.
Miriamele dedicó su atención a los
sitha, que aguardaban con sus vigorosos e impacientes caballos.
—Resulta hermoso verlos —dijo—.
¡Realmente hermoso!
Jiriki le dedicó una nueva sonrisa y
luego se volvió hacia Simón.
—Ha llegado el momento de que mi
pueblo regrese a Jao é-Tinukai’i, pero tú y yo no tardaremos en vernos otra
vez. ¿Recuerdas que un día te dije que no hacía falta ninguna sabiduría mágica
para adi¬vinar que nos veríamos de nuevo? ¡Pues ahora lo repito, Seomán Ri¬zos
Nevados! La historia no ha terminado.
—En cualquier caso te echaré de
menos. ¡Te echaremos de me¬nos!
—Es posible que las cosas mejoren
entre nuestros respectivos pueblos, Seomán. Mas no será cosa fácil. Somos una
raza antigua, poco proclive a los cambios, y la mayoría de los mortales todavía
nos teme... No sin razón, después de lo que hicieron los hikeda’ya. Empero,
confío en que algo haya cambiado para siempre. La hora ha pasado para nosotros,
los Hijos del Amanecer, pero no creo que desaparezcamos simplemente. Quizá,
cuando nos hayamos ido, quedará algo de nosotros, aparte de nuestras ruinas y
de un par de viejas historias.
A continuación estrechó la mano del
amigo humano y lo atrajo hacia sí hasta que ambos se abrazaron con fuerza.
Aditu siguió a su hermano, muy
sonriente y con paso ligero.
—¡Tienes que visitarnos, Seomán!
También nosotros vendremos a verte. ¡Aún tenemos que jugar muchas partidas de
shent. Me pre¬gunto qué nuevas estrategias habrás aprendido entretanto.
Simón soltó una carcajada.
—¡Sí! Tú temes tanto mi manera de
jugar al shent como temes a la nieve y a los altos muros.
Aditu lo besó, y luego besó también a
Miriamele.
—Sed amables y pacientes uno con el
otro —recomendó con ojos brillantes—. Pasaréis juntos largo tiempo. Recordad
siempre estos momentos, pero sin olvidar las malas épocas. ¡La memoria es el
me¬jor de los dones!
Muchas personas rodearon al grupo:
las que se quedaban para colaborar en la reconstrucción de Erchester y de
Hayholt, para asis¬tir luego a la coronación, y otras que se disponían a
regresar a sus propias ciudades y familias. Los sitha se despidieron de todo el
mundo, serios y cordiales.
El duque Isgrimnur se apartó de la
muchedumbre que se api–aba alrededor de los inmortales.
—Yo aún continuaré aquí una
temporada, Simón y Miriamele —dijo—, incluso después de la llegada del barco
que trae a Gutrun, procedente de Nabban. Pero tendremos que partir hacia
Elvritshalla antes del inicio del verano. Allí nos aguardará sin duda un tra¬bajo
atroz. Mi pueblo ha sufrido demasiado.
—No sabríamos empezar nada sin vos,
tío Isgrimnur —intervino Miriamele—. Permaneced con nosotros todo el tiempo
posible, y luego haremos que os acompañe gente para ayudaros allí.
El duque la alzó con sus poderosos
brazos y la estrechó contra sí.
—¡No sabes cuánto me alegro de
vuestra felicidad, mi querida Miriamele! Me sentía como un detestable traidor.
Ella lo golpeó en el brazo hasta que
Isgrimnur la dejó en el suelo.
—Intentasteis hacer lo que era mejor
para todos o, al menos, lo que vos considerabais mejor. Pero en cualquier caso
tendríais que haber venido a mí, ¡tonto! Con gusto me habría apartado por
Si¬món, por vos o incluso por Qantaqa. ¡Pero ahora soy dichosa, tío! —exclamó,
girando en redondo de manera que su vestido formó una campana—. ¡Ahora puedo
actúar! ¡Pondremos las cosas en orden!
Isgrimnur hizo un gesto afirmativo, y
entre su barba se escondió una melancólica sonrisa.
—Sé que lo haréis. ¡Dios os bendiga!
—musitó.
De la multitud partió el penetrante
sonido de unas trompetas, acompañado de un sordo retumbo. Los sitha montaban en
sus ca¬ballos. Simón levantó la mano. Miriamele se agarró emocionada a su
brazo. Jiriki, a la cabeza de la compañía, se apoyaba en los estri¬bos y alzó
el brazo. Sonaron de nuevo las trompetas, y los sitha arrancaron. El sol del
anochecer relució en sus armaduras cuando aceleraron la marcha. Al cabo de unos
momentos fueron sólo una brillante nube que se movía por la ladera en dirección
al este. El viento trajo jirones de sus cantos. Simón sintió que el corazón le
sal¬taba en el pecho, lleno de alegría y pena a la vez. ¡Nunca olvidaría
aquella escena!
Después de un largo y reverente
silencio, la muchedumbre em¬pezó a dispersarse. Simón y sus compañeros
iniciaron el descenso hacia Erchester. En la Plaza de la Batalla habían
encendido una gran hoguera, y las calles, tanto tiempo vacías, estaban ahora llenas
de gente. Miriamele se rezagó para caminar junto a Isgrimnur. Simón notó que
alguien le tocaba la mano y, al inclinarse, vio que era Binabik. Qantaqa
avanzaba a su lado como una sombra gris.
—Me preguntaba dónde te habías metido
—dijo Simón.
—Yo ya me había despedido de los
sitha esta mañana, de modo que Qantaqa y yo dimos un paseo a lo largo del
bosque de Kyns. Al¬gunas de las ardillas que viven allí tuvieron un triste
final, pero Qantaqa está muy satisfecha —explicó el gnomo con una risita—. ¡Ay,
amigo Simón! Me acordé mucho del viejo doctor Morgenes y pensé en lo orgulloso
que se sentiría si viera lo que ahora sucede aquí.
—En realidad nos salvó a todos, ¿no?
—Desde luego, su plan nos proporcionó
la única posibilidad que tuvimos. Pryrates y el Rey de la Tormenta nos
engañaban, pero, de no haber estado alerta, la cosa habría sido peor. Además,
las espadas habrían encontrado otros portadores, haciendo imposible la
resis-tencia en la torre. Morgenes no podía saberlo todo, pero hizo lo que
nadie más hubiera podido hacer.
—Trató de decírmelo. Intentó
prevenirnos de los falsos mensaje¬ros —recordó Simón a la vez que miraba las
figuras que corrían por la calle y el alegre llamear del fuego—. ¿Recuerdas el
sueño que tuve en casa de Geloë? Ahora sé que era él. Que él nos... vigilaba.
—Ignoro lo que sucede cuando uno
muere —contestó Binabik—, pero creo que tienes razón. De algún modo, Morgenes
nos vigilaba.
Eras como un familiar para él, más
importante incluso que la Alianza del Pergamino.
—Siempre lo echaré de menos.
Anduvieron un rato sin hablar.
Pasaron jugueteando tres niños, uno de los cuales arrastraba una tira de tela
de un color muy vivo, que los otros dos trataban de agarrar entre risas.
—También yo tendré que marcharme
pronto —dijo el gnomo—. Mis gentes de Yiqanuc me esperan y, sin duda, se
preguntarán qué ha ocurrido aquí. Y, lo que es más importante, Sisqinanamook me
aguarda allí. Como tú y tu Miriamele, nuestra historia de amor es larga, y ha
llegado la hora de que nos casemos ante el Pastor y la Cazadora y todo el
pueblo de Mintahoq. Sin embargo —agregó riendo—, me figuro que sus padres
sentirán cierta tristeza cuando vean que he sobrevivido.
—¿Y te vas pronto?
—Sí. Es preciso. Pero, como también
Jiriki te dijo, tú y yo ten¬dremos muchas ocasiones de reunimos.
Qantaqa los miró unos instantes y,
luego, echó a trotar olis¬queando el suelo. Simón seguía con la vista fija en
la hoguera, como si nunca hubiera presenciado nada semejante.
—No quiero perderte, Binabik. ¡Eres
mi mejor amigo!
El gnomo alzó la mano y tomó la de
Simón.
—Razón de más para que no pasemos
mucho tiempo sin tener contacto. Vosotros venid a Yiqanuc cuando podáis, porque
la pri¬mera embajada utku tendrá una gran importancia para los gnomos, y Sisqi
y yo os visitaremos también. Sabes que tú eres mi amigo más querido. Siempre
nos llevaremos mutuamente en el corazón.
Y de la mano caminaron en dirección a
la hoguera.
Raquel el Dragón erraba por Erchester
con los cabellos desgre–ados, la ropa andrajosa y mugrienta. A su alrededor,
la gente corría por las calles, cantaba llena de alegría y se dedicaba a
frívolos juegos, como si la ciudad no estuviera en ruinas. Raquel no lo
entendía.
Incluso después del cese de los
espantosos temblores de tierra, había permanecido varios días escondida en su
rincón de los sóta¬nos. Estaba convencida de que el mundo había dejado de
existir y, en consecuencia, no tenía el menor deseo de abandonar su bien
provisto refugio para tropezar con demonios y otros malos espíritus que
celebraran su triunfo entre los restos de su amado Hayholt. Al final, sin
embargo, habían podido más la curiosidad y una cierta re¬solución. Raquel no
era la clase de mujer que aceptara la desaparición de todo cuanto había
constituido su vida sin, al menos, tratar de luchar. ¡Que la torturase el
enemigo, si quería! ¿No había sufrido también la bendita Rhiappa? ¿Quién era
ella, Raquel, para vacilar ante el ejemplo de los santos?
Cuando asomó como un topo de su
agujero, sus primeras per¬cepciones parecieron confirmar las peores sospechas.
Y al abrirse ca¬mino por los corredores, entre las ruinas de lo que había sido
su ho¬gar y su máximo orgullo, el corazón se le encogió. Maldijo a las personas
o extrañas criaturas causantes de aquel desastre, emplean¬do unos reniegos que
habrían hecho palidecer y salir de estampía al padre Dreosan. La ira invadió su
cuerpo cual una marea de fuego.
Pero cuando al fin salió al bastión
interior, ahora casi desierto, su sorpresa y su confusión fueron en aumento. La
Torre del Ángel Verde era sólo un montón de escombros, por doquier era patente
la destrucción y los chamuscados restos hablaban de recientes luchas. No
obstante, las pocas personas con las que se cruzó afirmaban que Elías había
muerto y que todo se arreglaría pronto.
En boca de esa gente y de la que
encontró al descender hacia Erchester estaban, sobre todo, el nombre de
Miriamele, la hija del rey, y de alguien llamado Rizos Nevados. Se decía que
entre los dos —él, por lo visto, se había comportado como un héroe en las
batallas de las tierras del este y era un gran guerrero que incluso había dado
muerte a un dragón— habían derrocado al Supremo Rey. Y que la pareja contraería
matrimonio pronto. No había quien no tuviese en boca la misma frase: «¡Todo se
arreglará pronto!».
Raquel soltó un bufido. ¡Sólo quienes
nunca habían tenido unas responsabilidades como las suyas podían creer que tan
gigan¬tesca tarea pudiera ser llevada a cabo en un espacio de tiempo que no
fueran años! Aun así, le picó la curiosidad y sintió en su interior el tímido
aleteo de una esperanza. Tal vez fuese cierto que se acerca¬ban mejores días.
La gente decía que también Pryrates estaba muerto, quemado vivo en la gran
torre. De ser así, por fin se había hecho un poco de justicia y, aunque tarde,
las pérdidas sufridas por Raquel estaban vengadas en parte.
¿Y quién sabía si Guthwulf podría ser
salvado y rescatado de la horrible oscuridad? Merecía mejor suerte que la de
errar para siem¬pre por las tinieblas mientras el mundo exterior volvía a una
vida más o menos ordenada.
Algunos amables habitantes de
Erchester le dieron de comer pese a la escasez reinante en sus propias
despensas y le proporcio¬naron cobijo para dormir. Durante toda la velada había
escuchado la historia de la princesa Miriamele y del héroe Rizos Neva¬dos, cuya
mejilla aún estaba surcada por la cicatriz producida por el dragón. Raquel
pensó que, quizá, cuando la situación se hu¬biera calmado, podría ofrecer sus
servicios a la nueva pareja rei¬nante. Una joven como Miriamele, sin duda
educada debida¬mente, sabría comprender la necesidad de organizar la casa. Si
bien Raquel no se creía capaz de volver a poner todo su corazón en el trabajo,
sí podría cumplir como era menester. Era ya vieja, pero aún una mujer útil.
Raquel el Dragón levantó la vista.
Mientras sus pensamientos vagaban, los pies la habían conducido al borde de la
Plaza de la Ba¬talla, donde ardía una gran fogata. Pese a las pocas
provisiones, en medio de la plaza se había organizado una fiesta. Los supervivientes
de Erchester andaban de un lado a otro, llenos de excitación, y entre cantos
bailaban alrededor del fuego. El griterío era casi ensordece¬dor. Raquel aceptó
una fruta seca de una joven y se retiró a un rin¬cón para comerla. Sentada
contra la pared de un establecimiento, se dedicó a presenciar lo que allí
sucedía.
Un muchacho pasó por delante de ella,
y sus ojos se cruzaron por un momento. El jovenzuelo estaba delgado y tenía la
cara triste. Raquel pestañeó. Aquella persona le resultaba familiar.
Él pareció pensar lo mismo, porque
dio media vuelta y se le acercó.
—¿No sois Raquel? —preguntó—. ¿La
encargada de las sirvientas de Hayholt?
Ella lo miró, pero sin poder recordar
su nombre. Tenía la cabeza llena de las voces de la gente que, desde los
tejados, gritaba algo a los amigos que permanecían en la plaza.
—Sí —contestó al fin—. Lo era...
El joven se precipitó entonces hacia
ella de modo tan súbito que la asustó, y rodeándola con los brazos exclamó:
—¿No me recordáis? ¡Soy Jeremías! ¡El
aprendiz del cerero! Vos me ayudasteis a escapar del castillo.
—Jeremías... —repitió Raquel, al
mismo tiempo que le daba unas temblorosas palmadas en la espalda—. ¡Claro, sí!
De modo que estaba vivo... Eso la
llenó de felicidad.
Jeremías dio un paso atrás para verla
mejor.
—¿Dónde estuvisteis todo este tiempo?
¡Nadie os había visto en Erchester!
La mujer meneó la cabeza, un poco
sorprendida. ¿Para qué iba a haberla buscado nadie?
—Tenía una habitación... Un sitio que
descubrí, debajo del casti¬llo. Allí permanecí escondida hasta..., hasta que
decidí salir —con¬testó con las manos alzadas, incapaz de explicarse mejor.
Jeremías la estrechó contra sí,
cariñoso.
—Venid conmigo. Hay ciertas personas
que se alegrarán de veros.
Raquel quiso protestar, aunque en
realidad no sabía por qué —quizá no tuviera nada mejor que hacer una vieja como
ella—, pero al fin se dejó conducir a través de la multitud hasta el otro lado
de la plaza. Jeremías tiraba con tanta fuerza de ella, que Raquel estuvo
tentada de pedirle que la soltara. Pasaron tan cerca de la hoguera, que la
buena mujer sintió el calor en sus helados huesos, y al mo¬mento se abrieron
paso entre otro montón de gente en dirección a una fila de soldados que les
impidieron seguir adelante hasta que Jeremías susurró algo al oído de su
capitán. En él acto, aquellos cen¬tinelas cambiaron de actitud. Las fuerzas de
Raquel alcanzaron para que ella se preguntara qué le habría dicho Jeremías al
jefe, pero le faltaron para pedir en voz alta que se lo explicara.
Finalmente se detuvieron y, entonces,
el muchacho se dirigió a una joven dama sentada en el más próximo de los dos
sillones. Esta se volvió en el acto hacia Raquel y esbozó una sonrisa. La
encargada de las sirvientas la contempló extasiada. Sin duda era Miriamele, la
hija del rey, pero... ¡se la veía tan cambiada! Y qué hermosura la suya, con
los rubios cabellos enmarcándole el rostro, más relucientes aún por efecto de
la hoguera. Tenía todo el aspecto de una reina.
A Raquel la invadió una profunda
gratitud. Tal vez volviera al¬gún orden a la vida, después de todo. Al menos,
durante un tiempo. Pero... ¿qué podía importarle una vieja criada a Miriamele,
aquella radiante criatura de aspecto tan angelical?
Miriamele le dijo algo al hombre
sentado en el sillón contiguo, que quedaba más en la sombra. Raquel notó que
éste se sobresal¬taba y vio que se ponía en pie de un salto.
«¡Misericordiosa Rhiappa! —pensó—.
¡Qué alto es! Tiene que tra¬tarse de Rizos Nevados, ese de quien se habla
tanto. Alguien men¬cionó su otro nombre, pero... ¿cuál era?»
—... Seomán... —dijo en voz alta,
fija la mirada en su cara.
La barba, la cicatriz, el mechón
blanco en sus cabellos... En un primer momento fue sólo un hombre joven, pero
luego...
—¡¡Raquel!! —exclamó él, y de un par
de zancadas se plantó de¬lante de la mujer, a la que primero contempló con
labios tembloro¬sos, hasta que una amplia sonrisa se abrió en su cara—.
¡Raquel! —re¬pitió.
—¿Simón...? —murmuró ella,
desconcertada. El mundo había dejado de tener sentido—. ¿Estás... vivo!
El joven se inclinó para estrecharla
fuertemente contra sí y le¬vantarla después hasta que los pies de Raquel se
agitaron en el aire.
—¡Sí! —rió feliz—. ¡Estoy vivo! Sólo
Dios sabe cómo, pero sigo vivo. ¡Ay, Raquel, nunca podríais imaginaros todo lo
que sucedió! ¡Nunca, nunca!
La dejó en el suelo, aunque sin
soltar las manos de la mujer. Ella quería desprenderse para enjugar sus
lágrimas que resbalaban in¬contenibles por sus mejillas. ¿Era posible aquello?
¿No se habría vuelto loca? Mas no... Allí estaba él, en persona, con sus rojos
cabe-llos y aquella sonrisa boba y... maravillosa.
—¿Tú eres ... Rizos Nevados?
—Supongo que sí —contestó él con una
carcajada—. Soy yo, en efecto. —Y, después de soltarla unos instantes, rodeó
los hombros de Raquel con el brazo—. ¡Hay tanto que contaros! Pero ahora
tenemos tiempo, ¡muchísimo tiempo! ¡Pronto! —le gritó a uno de sus hom¬bres—.
¡Esta es Raquel! Traedle vino y comida... ¡Y una silla!
—Pero... ¿qué ha pasado?
La estupefacta mujer echó la cabeza
hacia atrás para mirar a Si¬món, increíblemente alto, increíblemente vivo,
¡pero su Simón a pesar de todo!
—¿Cómo puede ser? —agregó en un
susurro.
—Sentaos —dijo el joven caballero—.
Os lo contaré. Y luego po¬dremos iniciar la gran tarea.
Ella puso todavía más cara de
asombro.
—¿La gran tarea?
—Vos erais la encargada de las
sirvientas, sí, pero en realidad siempre fuisteis más que eso. Y yo tuve una
madre en vos, aunque era demasiado chiquillo y estúpido para darme cuenta.
Ahora seréis objeto de todos los honores que de sobra merecéis, Raquel. Y, si
os apetece, seréis la encargada de todo el castillo. ¡Sabe Dios cuánto os
necesitamos! Tendréis a vuestra disposición un ejército de cria¬dos,
escuadrones de albañiles, compañías enteras de doncellas y ca¬mareras y
legiones de jardineros —prometió entre risas, entre las so¬noras risas de un
hombre—. Vamos a emprender una batalla contra las ruinas y reconstruir el
castillo, para que nuestro hogar vuelva a ser hermoso. ¡Y vos seréis Raquel el
Dragón, general en jefe de Hayholt!
Con otro fuerte abrazo, Simón la
acompañó a donde Miriamele y Jeremías aguardaban muy sonrientes.
—... ¡Cabezahueca! — balbuceó ella,
con la cara llena de lágrimas.
EPÍLOGO
T
iamak empujó con el dedo del pie la
hoja de nenúfar. La parte del foso que quedaba a la sombra de la muralla
per¬manecía en silencio, con excepción del zumbido de los in¬sectos y del
chapoteo de sus propios pies en el agua.
El wran observaba a un coleóptero
acuático, cuando percibió pasos detrás de él.
—¡Tiamak! —lo saludó el padre
Strangyeard, antes de sentarse torpemente a su lado, aunque sin meter los pies
en el foso—. Oí de¬cir que habíais llegado. ¡Qué alegría, volver a veros!
El wran estrechó la mano del
archivero.
—¡Para mí también es una gran
satisfacción! Resulta asombroso comprobar los cambios efectuados aquí.
—En un año se puede hacer mucho —rió
Strangyeard—. Y la gente ha trabajado con afán. Pero ahora decidme qué noticias
traéis, des¬pués de vuestro último mensaje.
Tiamak sonrió.
—Muchas. Encontré al resto de mis
conciudadanos diseminado por otras aldeas del Wran. Muchos regresarán a la
Arboleda del Pue¬blo, supongo, ahora que los ghants se han retirado a las
profundida¬des de los pantanos. Y mi hermana sigue sin acabar de creer ni la
mitad de lo que le explico —concluyó, desaparecida la sonrisa.
—¿Y se lo reprocháis? —preguntó el
archivero con delicadeza—. ¡Si ni yo mismo acabo de creer todo cuanto vi!
—No; no se lo reprocho —admitió
Tiamak, y la sonrisa volvió a su rostro—. Ah, y por fin terminé mi obra
Remedios soberanos de los curanderos wrans.
—¡Tiamak, amigo mío! —exclamó
Strangyeard, sinceramente en¬cantado—. ¡Eso es maravilloso! Ansío verla.
¿Tendré posibilidades de verla pronto?
—Muy pronto. La traje conmigo, Simón
y Miriamele dijeron que mandarían hacer copias. ¡Cuatro sacerdotes escribas
trabajando en mi obra! ¿Quién lo hubiera soñado?
—¡Maravilloso! —repitió Strangyeard
con una misteriosa sonrisa—. Y ahora... ¿no os parece que debiéramos regresar?
Ya va siendo hora.
Tiamak hizo un gesto afirmativo y,
aunque un poco de mala gana, retiró los pies del agua. La hoja de nenúfar se
deslizó hacia su sitio.
—Oí decir que esto va a ser más que
un monumento —comentó el wran cuando contemplaban la construcción de piedra,
todavía incompleta, cubierta de andamios y trapos dejados por los obreros ahora
ausentes, que se alzaba donde antes lo hacía la Torre del Ángel Verde—. Tengo
entendido que también albergará los archivos... ¡Ah, por cierto! —añadió de
súbito—. Sospecho que sabéis bastante más de lo que me explicasteis acerca de
esos cuatro sacerdotes escribas.
Strangyeard se sonrojó.
—He aquí mis noticias —anunció con
orgullo—. Yo ayudé a dibu¬jar los planos. Será un edificio magnífico, Tiamak.
Un centro de es¬tudios donde nada se extraviará ni esconderá. Y contaré con
nume¬rosos ayudantes.
Con palmaria satisfacción paseó la
vista por aquellos terrenos. Dos figuras de lento caminar penetraron en el
oscuro interior de la obra por la puerta recién terminada.
—Probablemente, mis ojos estarán ya
tan gastados cuando el edi¬ficio esté acabado, si es que Dios no me llama
antes, que ya no po¬dré verlo. Pero eso no me preocupa —prosiguió—, porque ya
lo veo en mi mente. Y es algo admirable, amigo, ¡admirable!
Su feliz sonrisa se había ensanchado
aún más cuando Tiamak lo tomó del brazo para atravesar juntos el patio del
bastión interior.
—Como decía, resulta asombroso ver
los cambios.
El hombrecillo de los pantanos
contempló la mezcolanza de te¬jados del castillo, casi todos reparados ya, que
relucían al sol del atardecer. Más arriba, otro andamiaje envolvía la cúpula de
la capi¬lla. Unos albañiles se movían por él, sujetando cosas para que no
ca¬yesen durante la noche. Repasó entonces con la mirada el extremo opuesto del
muro del bastión interior y se detuvo.
—Ya no hay ventanas en la Torre de
Hjeldin. Eran rojas, ¿verdad?
—La torre de Pryrates, y también
almacén —respondió Strangyeard al tiempo que hacía la señal del Árbol—. Sí.
Espero que le prendan fuego para que no quede de ella ni el recuerdo. Ha
permanecido ce¬rrada largo tiempo, pero nadie tiene demasiada prisa en entrar.
Ade¬más, Simón, o el rey Seomán, como debiera decir, aunque confieso que
todavía me cuesta, quiere que también sea sellada la entrada de las catacumbas.
Os consta que considero la sapiencia algo precioso, Tiamak, pero no he hecho
objeciones a ninguno de esos planes.
—Lo comprendo —asintió el wran—. ¿Por
qué no hablamos de co¬sas más agradables?
—Desde luego. Por cierto, ¿no sabéis
que descubrí algo fasci¬nante? ¡Parte del libro de cuentas de un administrador
de los tiem¬pos de Sulis el Apóstata! Alguien dio con él al limpiar la
capellanía, y contiene cosas asombrosas, Tiamak. ¡Quedas boquiabierto al
verlas! Creo que podremos entrar un momento en mi cuarto para reco¬gerlo, de
paso para el comedor.
—¡Vayamos, pues! —dijo el wran, pero,
antes de disponerse a acompañar al archivero, echó una última mirada a la Torre
de Hjeldin y sus vacías ventanas.
—¿Veis? —dijo Isgrimnur con ternura—.
La han cubierto con una lápida de fina piedra, tal como quiso Miriamele.
Gutrun se enjugó el rostro con el
pañuelo que le abrigaba los hombros.
—Léeme el texto —susurró.
El duque entrecerró los ojos y se
inclinó un poco sobre la losa. La tumba se hallaba bajo el cielo abierto, pero
la luz palidecía por momentos.
—«Isorn, hijo de Isgrimnur y Gutrun,
duque y duquesa de Elvritshalla. El más valiente de los hombres, amado de Dios
y de to¬dos los que lo conocieron.»
Leído esto, se enderezó. No quería
llorar. Había decidido ser tuerte en honor al hijo perdido.
—¡Dios te bendiga, Isorn! —murmuró.
—¡Tiene que sentirse tan solo!
—musitó la madre con voz tré¬mula—. ¡Y hará tanto frío ahí dentro!
—Cálmate, Gutrun... —dijo el duque
rodeándola con el bra¬zo—. Isorn no está ahí. ¡Bien que lo sabes! Se encuentra
en un lu¬gar mucho mejor. ¡Se reiría si nos viese sufrir tanto! Dios lo ha
premiado.
Isgrimnur procuró que sus palabras
sonasen firmes. De nada servía preguntar el porqué de aquella desgracia.
—Tienes razón —admitió Gutrun,
ahogando sus sollozos—. ¡Pero lo echo tanto de menos, Isgrimnur!
El duque notó que se le humedecían
los ojos y renegó en silen¬cio, pero enseguida hizo la señal del Árbol.
—También yo lo añoro, esposa mía,
como puedes imaginar... Pero debemos pensar en los hijos que nos quedan y en
Elvritshalla, sin olvidar a nuestros dos ahijados de Kwanitupul.
—¡Sí! ¡Unos ahijados que ni siquiera
puedo mostrar con orgullo! —respondió la duquesa, indignada, pero luego rió un
poco y meneó la cabeza.
Permanecieron un rato más junto a la
tumba, hasta que la luz se hubo desvanecido y la lápida se hundió entre las
sombras. Lentamente se alejaron entonces los dos.
Se hallaban en el comedor, sentados
alrededor de la Gran Tabla del rey Juan. Todos los soportes de las paredes
contenían antorchas y, además, la mesa estaba iluminada mediante velas, de
forma que el amplio salón quedaba bien iluminado.
Miriamele se alzó, y su largo vestido
azul susurró en medio del súbito silencio. La fina corona que le ceñía la
frente reflejó la luz de las antorchas.
—¡Bienvenidos todos! —dijo con voz
dulce pero firme—. Esta casa es vuestra, y siempre lo será. Venid siempre que
queráis y permane¬ced tanto tiempo como os apetezca.
—Deseamos teneros aquí una vez al
año, por lo menos —agregó Simón, y levantó la copa.
Tiamak rió.
—Para algunos de nosotros es un viaje
largo, Simón —señaló el wran—, pero haremos lo posible.
A su lado, Isgrimnur golpeó la mesa
con su copa. Había hecho generoso consumo de cerveza y vino.
—Tiene razón, Simón —declaró con la
lengua un poco espesa—. Y, hablando de viajes largos, ¡no veo por aquí a
Binabik!
Simón, de pie, rodeó con el brazo los
hombros de Miriamele, la estrechó brevemente contra sí y la besó en la cabeza.
—Binabik y Sisqi enviaron un pájaro
con un mensaje —explicó—. Celebran el Rito de la Aceleración. Sludig ya sabe a
qué me refiero, pues por poco nos cuesta la vida. Después de esas fiestas
descenderán con su pueblo al lago del Lodo Azul, y finalmente nos visitarán. ¡Y
el año que viene, Sludig y yo iremos a las alturas de Mintahoq!
El rimmerio hizo repetidos y
vigorosos gestos afirmativos cuando algunos de sus compañeros le gastaron
bromas.
—Los gnomos me invitan —declaró con
satisfacción—. ¡Soy el pri¬mer croohok, o como nos llamen, al que han
convidado! ¡Por Bina¬bik y Sisqi! —dijo levantando la copa—. ¡Que tengan una
vida larga y muchos hijos!
El brindis fue coreado por todos.
—¡Ah! ¿Y creéis que emprenderéis una
aventura semejante sin mí? —intervino Miriamele con una mirada a su esposo—.
¿Vais a de¬jarme aquí, después de toda la labor que realicé?
—¡No os libraréis tan fácilmente de
Miri! —voceó Isgrimnur entre divertidas risas—. ¡Ha viajado bastante más que
vos por el mundo!
Gutrun le dio un pequeño codazo.
—Déjalos hablar.
Isgrimnur se volvió para besarla.
—Desde luego.
—En tal caso iremos juntos —anunció
Simón, magnánimo—. Será un viaje real.
Miriamele, un poco picada, dirigió un
expresivo gesto a Raquel el Dragón, que se había parado en la puerta para reñir
en voz baja a un pequeño servidor. Las cejas de Raquel habían salido disparadas
hacia arriba ante la improvisada decisión de Simón, y las dos muje¬res
intercambiaron miradas de enojo y regocijo a la vez.
—¿Te das cuenta de las complicaciones
que eso traerá consigo? —inquirió Miriamele de cara al esposo—. ¿Llevar a toda
la corte a las montañas de Yiqanuc?
Simón observó los divertidos rostros
de los comensales. Se pasó los dedos por la roja barba y rió también.
—Aún no estoy civilizado del todo,
pero sé que cuento con el apoyo de todos mis amigos.
Miriamele le propinó un golpecillo en
las costillas y se inclinó nuevamente hacia él. Simón alzó otra vez la copa.
—¡Me hace tanto bien teneros aquí a
todos! ¡Otro brindis! ¡Por los soldados del príncipe! Si Josua estuviera aquí
para verlo... Pero sé que, esté donde esté, siempre será honrado su recuerdo.
Los demás compañeros de mesa rieron,
ya todos al corriente del secreto.
Tiamak se levantó.
—De hecho os traigo un recado de...
un amigo ausente. Os envía a todos su más sincero afecto y quiere que sepáis
que él, su mujer y los niños están bien.
La noticia fue celebrada con grandes
voces de contento.
Isgrimnur se puso repentinamente de
pie, un poco inseguro.
—Y no olvidemos brindar en memoria de
quienes también lu¬charon y... murieron —exclamó—. ¡En memoria de todos! Dios
tenga compasión de sus almas —exclamó con emoción—. ¡Y que jamás los olvidemos!
—Amén —corearon muchos.
Apagadas las aclamaciones, se produjo
un largo silencio.
—¡Ahora seguid bebiendo —ordenó
Miriamele—, pero no perdáis la cabeza! Sangfugol ha prometido tocar una nueva
balada.
—Y Jeremías la cantará. Lleva algún
tiempo ensayando —hizo sa¬ber el arpista—. No sé dónde se ha metido, ahora.
¡Fastidia no tener preparado al intérprete!
—Ah, pero... ¿es que acaso se
preparan ciertos cantores? —bromeó Isgrimnur, y seguidamente hizo un burlón
gesto de susto cuando Sangfugol fingió querer arrojarle a la cabeza un canto de
pan.
—Cuando vuestros oídos no sean como
la piedra, duque Isgrim¬nur —replicó el arpista con cierta frialdad—, entonces
podréis reíros de los demás.
De nuevo reinaba una animada
conversación en el comedor cuando, de pronto, Jeremías apareció junto al hombro
de Simón y le susurró algo al oído.
—¡Bien! —dijo éste—. Me alegro de que
haya venido. Pero... ¿qué haces, corriendo de un lado para otro como un criado?
La gente es¬pera que cantes. Ahora siéntate aquí. Miri te servirá un poco dé
vino.
Acto seguido, Simón se levantó y, sin
hacer caso de las protestas de Jeremías, lo obligó a ocupar su propio sillón
mientras él se enca¬minaba a la puerta.
En el gran vestíbulo lo aguardaba un
hombre de aspecto som¬brío, con el pelo recogido en forma de cola de caballo.
Llevaba toda¬vía sus ropas de viaje y una capa.
—¡Conde Eolair! —lo saludó Simón,
apresurándose a estrechar la mano del hernystiro—. Confiaba en que vinierais.
¿Qué tal la jornada?
Eolair lo miró fijamente,
observándolo como si nunca lo hu¬biera visto, y luego dobló la rodilla.
—Bien, rey Seomán. Los caminos aún no
están en buenas condi¬ciones, y el viaje es largo, pero hoy día ya no hay mucho
peligro de que lo asalten a uno los bandidos. Me sienta bien alejarme por
al¬gún tiempo de Hernysadharc... ¡Qué adelantada tenéis la recons-trucción,
caramba!
—Llamadme Simón, por favor. ¿Y la
reina Inahwen? ¿Cómo está?
En el rostro de Eolair apareció una
media sonrisa.
—Os envía sus saludos. Pero ya
hablaremos de todo eso más tarde, ¿no?, cuando la reina Miriamele y los demás
puedan oírlo. En el salón del trono, donde estas cosas deben tener lugar. Por
cierto, hablando de salones del trono, ¿no era el Trono de Huesos de Dra-gón lo
que vi fuera, en el patio? ¿Cubierto de hiedra?
Simón se echó a reír.
—¡Sí, para que todo el mundo pueda
verlo! No temáis: un poco de viento y de humedad no perjudicarán a esos viejos
huesos. Son más resistentes que una roca. Y ni Miri ni yo soportaríamos ocupar
ese dichoso trono.
—Cuando llegué, unos chiquillos
jugaban con él —dijo Eolair, sorprendido—. Jamás me había imaginado ver tal
cosa.
—Para los niños del castillo es sólo
algo a lo que pueden trepar, aunque al principio les imponía un poco de
respeto. Venid ahora y permitid que os ofrezca algo de comida y bebida.
Eolair vaciló.
—Quizá fuese preferible que buscara
alojamiento en otra parte. Fue una cabalgada larga.
Ahora le tocó el turno a Simón de
mirar detenidamente al hernystiro.
—Perdonad que cambie de tema, pero
hace mucho tiempo que sé algo que os concierne. Hubiese preferido hablar de
ello más ade¬lante, después de una conversación más extensa entre nosotros,
pero ahora creo mejor explicároslo ya. Vi a Maegwin antes de su muerte
—continuó con un suspiro—. ¿Lo sabíais? Pero lo extraño es que nos separaban
leguas...
—Sabía algo de ello, sí —respondió el
conde de Nad Mullach—. Jiriki estaba con nosotros. Intentó explicarlo, pero
resultaba muy di¬fícil entender el sentido de sus palabras.
—Habrá mucho que hablar sobre ello,
más tarde, pero quiero que sepáis esto. Maegwin recobró el conocimiento, al
final, y dijo que lo único que sentía abandonar de este mundo, era... a vos,
conde Eolair. Os amaba. Pero al renunciar a su vida salvó la mía y me permitió
ir a la torre. De no ser por ella, quizá ninguno de noso¬tros estaría hoy aquí.
Erkynlandia, Hernystir y todo lo demás po¬dría estar sumergido en las frías
sombras.
Eolair permaneció unos momentos en
silencio, carente su ros¬tro de expresión.
—Gracias —musitó.
Algo de su susceptibilidad parecía
haber desaparecido.
Simón lo tomó amablemente del brazo.
—Y ahora venid conmigo, por favor.
Reunios con nosotros. Un poco más allá os espera un salón lleno de amigos,
Eolair..., algunos de los cuales ni siquiera conocéis todavía.
El joven soberano condujo al conde
hacia el gran comedor. Desde cierta distancia ya les dieron la bienvenida la
alegre luz del fuego y el sonido de las voces y risas.

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