© Libro N° 14036. La Cúpula De
América. Williamson,
Jack. Emancipación. Julio 12 de
2025
Título Original: © La Cúpula De América. Jack
Williamson
Versión Original: © La Cúpula De América. Jack Williamson
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Miranda
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Jack Williamson
La Cúpula De
América
Jack Williamson
UNO
Anillo en torno a
América...
Igual que el borde
de un enorme tazón de cristal puesto boca abajo sobre el continente, separaba a
los pardos yermos árticos de un más mortífero páramo. Formaba un dique en lo
que quedaba del Atlántico, donde antiguamente había fluido el Gulf Stream. Más
delgado que una telaraña y más alto que las nubes, tenía a raya a la espantosa
muerte al otro lado de los montes de Méjico. Encerraba la atmósfera de encima
de América, y partía al estrecho Nuevo Pacífico.
Barry Thane lo vio
por primera vez el verano en que tenía nueve años. Había venido solo para hacer
una visita a su abuelo Barry. Era una cosa emocionante tener un sitio propio
junto a la claraboya del luciente barco de cabotaje que se deslizaba tan aprisa
a lo largo de su curso de invisible fuerza entre las torres de energía.
El abuelo de Barry
vivía en una casita de campo con galerías, una especie de bungalow de plástico,
en la costa de la Corporación de California, a menos de una milla de donde el
Anillo se introducía, formando una división, desde el mar. Era un hombrecillo
delgado y de ojos pardos, ágil para su edad, con una medalla en forma de aro
brillando sobre el pecho.
—Hola, abuelo
—Barry agitó su flaca y temblorosa mano, y pidió—: ¿Puedo bajar hacia el
Anillo?
La patrona se lo
había señalado antes que el barco entrara en el puesto de la torre por entre
los enfocados tubos, y Barry estaba fascinado. En el interior del Anillo, las
moteadas vacas del abuelo estaban tascando verde alfalfa, las olas danzaban en
la ribera, y una blanca vela subía por la estrecha vereda de agua.
Afuera no había
agua. Oscuros y extraños valles se alejaban infinitamente en prolongado
declive, donde había estado el océano.
—¿Puedo tocar el
Anillo?
—Más vale que no.
—El viejo sonrió—: Entra en la casa. Examinemos el chisme de cocinar.
El muchacho no
había desviado la atención de la maravilla del Anillo.
—¿Me dañaría, si lo
tocara?
—No. Es liso como
vidrio.
—Luego, ¿por
qué...?
—Hay cosas afuera
que un muchachito no tiene necesidad de conocer.
—¿Qué cosas?
—Hay una cerca que
no se debe atravesar. —La cascada y añosa voz del abuelo fue de repente
imperativa—. Y hay la Guardia, para cuidar de que uno no lo haga.
—Abuelo...
Quiso insistir,
pero el abuelo sonrió otra vez.
—La Guardia protege
al Anillo para salvar nuestras vidas —dijo el abuelo—. Yo fui guarda.
—¿Qué podría dañar
al Anillo?
Se habían puesto en
camino hacia la quinta con el equipaje, pero el abuelo se paró para mirar a
través del campo de alfalfa que se extendía hacia el interior del insondable y
marchito valle al otro lado.
—Había un hombre
llamado Brock —dijo el abuelo—. Formó una especie de pantalla para echar una
sombra sobre el Anillo. El Anillo está iluminado, y la sombra formó un hueco.
Este Brock construyó una puerta metálica para ajustaría al hueco, de modo que
él pudiera salir al Exterior, pero debió calcular mal la presión del aire; ésa
es de más de una tonelada por cada pie cuadrado.
Barry estaba
atemorizado, y asió la mano del abuelo.
—Este Brock voló al
Exterior, con puerta y todo —dijo el abuelo—. Pero su pantalla continuó
funcionando, y el aire siguió soplando. Fue un terrible huracán, que absorbió
árboles y animales y casas, y los primeros hombres que vinieron para
atajarlo...
—¡Pero lo hiciste
tú, abuelo! —exclamó Barry con acaloramiento—. Ese era el viejo doctor Brock.
Mi madre solía contarme una historia acerca de cómo paraste ese vendaval. Es de
ese modo que ganaste la medalla.
—Yo era un guarda;
cumplía mi obligación. —El abuelo tocó la medalla orgullosamente—. Me las
arreglé para lanzar mi helicóptero de patrulla contra el mecanismo de la
pantalla. Eso quitó la sombra del Anillo y paró al viento. —Suspiró—. Eso
ocurrió hace cincuenta años.
—¿Quieres saber
algo? —dijo Barry en voz alta, de repente—. Acabo de decidirme. ¡Cuando crezca,
abuelo, voy a entrar en la Guardia!
—Tu padre tendrá
algo que decir sobre eso. —Los vivos ojos pardos del abuelo se volvieron
extrañamente tristes—. Querrá que seas un administrador de la Corporación de
Chicago, y presidente de la Junta de Investigación Nuclear General, del mismo
modo que él. Yo estaría orgulloso de verte en la Guardia. Imagino que tu madre
también. Pero Patterson Thane no te dejará renunciar a todos sus millones, por
algo tan disparatado.
—¿No sale nadie al
Exterior? —preguntó Barry—. ¿Nunca? —insistió.
—Brock no fue el
primero en intentarlo, ni el último. Todos han sido destruidos. Pero, no
obstante, continúan probando, a pesar de la cerca y la Guardia.
El abuelo se estaba
encaminando a la casa de nuevo, mas Barry se rezagaba mirando el extraño y
desolado mundo al otro lado de la invisible pared del Anillo.
—¿Quieres saber
algo? —preguntó—. Cuando crezca, voy a salir al Exterior. —Cuando el abuelo
frunció el ceño, añadió apresuradamente—: Pero encontraré un medio más seguro.
Un medio para reservar el aire, y no causar daño.
El día siguiente,
jugando con su cometa, bajó hacia el Anillo, pues el vedado misterio le atraía
como un imán. A un centenar de yardas de la parte interior de esa diáfana
barrera, los verdes campos terminaban. De una alta cerca de alambre colgaban
letreros que decían:
¡MANTÉNGANSE FUERA!
Orden de la Guardia
del Anillo
Al otro lado de la
cerca había un polvoriento camino, todavía dentro del Anillo. Esperando en su
propio lado de la cerca, Barry observó a dos guardas que bajaban por el camino
bajo el anillo, en un pequeño «jeep» eléctrico gris. En la costa, donde el camino
terminaba y el Anillo continuaba alrededor del mar, desviaron el «jeep» y
retrocedieron, volviendo a pasar más allá de donde estaba Barry. Cuando
estuvieron seguramente fuera del alcance de la vista, Barry se deslizó debajo
de la cerca y atravesó el camino corriendo. Al otro lado del camino había una
orla de hierbajos... ¡y el Anillo!
Se agachó en las
hierbas, para ocultarse mientras examinaba el Anillo. En realidad, no podía
verlo, porque su limpia diafanidad era completamente clara. Podía sentirlo, sin
embargo; más duro y más liso que ninguna clase de vidrio, pero ni frío ni
caliente.
Lo tentó con el
cortaplumas, tan osadamente como otro doctor Brock. El Anillo quebró la punta
de la hoja, y a pesar de ello no mostraba ninguna marca de cicatriz. Barry
levantó la vista, temblando, y vio las cosas del Exterior.
Horribles cosas,
pardas e inertes, extendidas entre las inanimadas rocas. Habían sido hombres y
mujeres y niños y animales; pero ahora eran esqueletos de encogida y pardusca
envoltura o momificada carne, medio cubiertos con rasgados y descolorados
andrajos. Un huesudo brazo estaba apuntando a través de una hoja de roto
periódico.
Con el rostro
apretado contra la dura e invisible barrera, Barry trató de descifrar los
marchitos títulos. Las palabras parecían extranjeras; juzgó que eran españolas.
Estas personas debieron haber salido de Méjico hacia el resguardo del Anillo,
pero demasiado tarde.
De repente
experimentó malestar, y casi sintió que se hubiera escabullido de la proximidad
del abuelo. Se volvió precipitadamente para mirar a algo dentro del Anillo.
Hasta los verdes hierbajos alrededor de él le parecían hermosos ahora, porque
estaban vivos.
Pero pronto sus
ojos retrocedieron hacia el Exterior otra vez. El pasmo y el terror de la
visión no lo soltarían ya. Hasta el cielo allí era extraordinariamente oscuro,
porque no había aire para hacerlo azul. Toda sombra era una aguda hoya de
misteriosa medianoche.
Miró, a través de
los desolados llanos de hendido légamo que descendían y descendían sin fin en
prolongado sesgo, hacia el interior del vacío hueco donde había estado el
océano. No podía ver el fondo de él, pero algún día, se prometió a sí mismo,
descubriría qué había allí.
Procuró no mirar a
las cosas que habían sido personas. El abuelo tenía razón. Eran cosas que un
muchachito no debiera conocer. Pero él mismo no podía remediarlo. Sus ojos
retrocedían inquietamente, hacia las dispersas pertenencias que ellas habían
esparcido; las descoloradas mantas, las ollas para cocinar, una rota botella y
una muñeca de niña.
Vio un cráneo... y
gritó.
Estaba en un montón
de huesos, medio cubierto con coriáceos jirones de piel y manojos de cabello
descolorado por el sol. La cuenca de un ojo estaba abierta y vacía. La otra le
miraba directamente, con un brillante y frío ojo.
Por un momento
estuvo como petrificado. No se podía mover ni respirar. Esperó a que ese ojo,
que le observaba fijamente, desviara su mirada, pero ni siquiera parpadeaba.
—¡Barry! —Era la
distante voz del abuelo, que lo llamaba a gritos—. ¡Barry, muchacho!
Barry se puso las
manos en frente del rostro, para ocultar ese horroroso ojo. Cuando pudo
moverse, corriendo y sollozando retrocedió hacia el camino a través de los
hierbajos, con el corazón batiendo con fuerza en su garganta. El abuelo estaba
parado junto a la cerca, mirándole severamente.
—¡No... no estés
furioso! —protestó Barry, con sonidos entrecortados—. ¡No he dañado al Anillo!
—Por supuesto que
no te propusiste causar daño. —El delgado y viejo guarda sonrió—. Fui un
muchacho en otro tiempo, y creo que sé por qué te arrastraste debajo de la
cerca. Pero más vale que vuelvas a este lado, antes que pase otro coche de
patrulla.
—¡Aún no, abuelo!
—Barry se pegó a la cerca, jadeando y temblando—. ¡Hay algo en el Exterior!
¡Algo viviente!
—Vamos, Barry...
—¡Pero lo he visto,
abuelo! Algo que se oculta dentro del cráneo de un muerto, observándome con
sólo un ojo. ¡Déjame mostrártelo!
—La gente imagina
cosas —dijo el abuelo, moviendo la cabeza—. Luces fulgurantes y formas
movientes, mayormente. Revisé un centenar de rumores, mientras estaba en la
Guardia, y jamás encontré una señal de algo viviente.
—¡He visto ese ojo!
—Te dije que no
miraras... —El abuelo vaciló, escudriñando el aterrorizado rostro del
muchacho—. Muéstramelo. Probablemente no es nada... pero no podemos
aventurarnos contra el resguardo del Anillo.
El abuelo estaba
todavía en la reserva de la Guardia, y tenía una llave con la cual abrió una
puerta de la cerca. Atravesaron el camino y siguieron adelante por entre los
altos hierbajos. Allá en el Exterior estaba la calavera, todavía sonriendo
burlonamente hacia el Anillo, con las vivas cuencas de los dos ojos vacías
ahora.
—¡Se ha ido!
—susurró Barry—. ¡Se está escondiendo de nosotros ahora!
—O quizás sólo lo
imaginaste.
—Así... Así lo
espero.
Pero Barry estaba
todavía espantado, y se pegó a las manos del abuelo mientras retrocedían y
atravesaban el camino de nuevo. Ese oculto ojo los estaba observando en la
imaginación del muchacho. Temblando procuró abstenerse de preguntarse qué
especie de cosa de un solo ojo podía vivir en el Exterior, y por qué se
escondería dentro de una calavera, y qué podía hacer al Anillo.
—¿Qué cosa es el
Anillo? —preguntó inquietamente, mientras el abuelo cerraba la puerta con
llave—. Al tacto parecía como de vidrio.
—Pero no es de
vidrio. —El abuelo estaba mirando atrás, al otro lado de la cerca, al negro
horizonte del Exterior—. Hace muchos años, en la Academia del Anillo, estudié
la teoría de él. Gruesos libros henchidos de ilustradas conjeturas acerca de
estancadas olas y esféricos campos de fuerza y capas de reversión de fuerza de
trueque, y anomalías estadísticas. Pero todo lo que realmente se sabe es lo que
él hace.
Sus nudosas manos
empezaron a llenar la oliente y vieja pipa.
—La energía entra
en alguna especie de mecanismo, formado por grandes electroimanes y vibrantes
cristales y gravitónicos radiadores. La energía sale como lo que llamamos el
Anillo. Una especie de casco en forma de globo —uno de mis instructores solía
llamarlo una coca tridimensional en un espacio multidimensional— que refleja
parte de la energía incidental.
»La reflexión
obedece a una ley espacial, basada en la longitud de onda de la energía.
Penetra el calor, y casi toda la luz visible, y una variable parte de la
gravitación. Pero la especial forma de energía que llamamos materia, es casi
enteramente reflejada.
Barry asintió
gravemente con un movimiento de la cabeza, aun cuando las extensas palabras lo
aturdían. No podía olvidar lo que había visto en el Exterior, y se mantuvo
cerca del abuelo mientras emprendían el viaje de regreso a través de los
campos, con dirección a la azulada quinta.
—Las personas de
allá en el Exterior... —Barry dio un vistazo atrás penosamente—. ¿Qué les
ocurrió?
—Vino el enano
—dijo el abuelo—. Un combusto astro de carbonizada masa, más pequeño que la
Tierra, pero más pesado que Júpiter. Pasó demasiado cerca. Sus fuerzas de marea
despojaron a la Tierra de su atmósfera y sus antiguos océanos. La gente del
Exterior pereció.
—¿Por qué no tenían
un Anillo propio?
—Hubo una guerra.
La Guerra Fría. Lo aprenderás en la escuela. Un pueblo al cual llamaban Rojos
estuvo combatiendo a América.
—Por tanto, les
impedimos que entraran dentro de nuestro Anillo, ¿no es eso?
—Al fin, tuvimos
que hacerlo. —El viejo asintió tristemente con una inclinación de la cabeza,
echando una bocanada—. Odiaban a América. No se fiaban de nosotros, ni siquiera
cuando tratábamos de ayudarlos. Pero la historia de eso empieza doscientos años
ha, cuando el Mayor Víctor Barry llegó a la Luna.
—Mi madre dice que
me pusieron el nombre por él. —Barry Thane se enderezó orgullosamente—. Pero
cuéntame algo acerca de la Luna.
—Otro pequeño
mundo, que se movía alrededor de la Tierra —dijo el abuelo—. Falto de aire como
el Exterior actualmente, y en verdad conveniente para los astrónomos; el aire
no es bueno para los telescopios. Los hombres del Mayor montaron un telescopio
y hallaron al enano, antes que los rojos los atacaran...
—¿Por qué?
—Los rojos querían
la Luna para un fuerte. Y nosotros también, hasta que regresó el Mayor con la
noticia. Después de eso, la Luna no importaba tanto. La totalidad de nuestros
más grandes científicos estaban concentrados en el Proyecto Guardia de Corps, para
encontrar un escape del enano.
—¿Y ese fue el
Anillo?
—Encontraron una
pista en el espectro del enano mismo —dijo el abuelo—. Su débil luz estaba
extrañamente cambiada, por su formidable gravitación. Estudiaron ese cambio, y
sacaron la ciencia de la gravitónica. Ello hizo posible el Anillo, y el rayo en
que viajaste desde Chicago.
Barry asintió de
nuevo, aun cuando no comprendía enteramente cómo la luz de una estrella lo
había conducido aquí a la costa de la Corporación de California.
—Así, ¿qué hicieron
los rojos luego?
—Tratamos de
salvarlos —dijo el abuelo—. Montamos diez generadores de Anillos, y ofrecimos
nueve de ellos a otras naciones. Pero los rojos no los quisieron. Eran lentos
en creer en el enano, porque era todavía invisible desde la Tierra. Y no se los
puede censurar mucho por estar recelosos de nosotros, después de lo que pasó en
Australia.
—¿Qué ocurrió?
—Los australianos
aceptaron un generador para un Anillo. Lo instalaron en el desierto, cerca del
centro del continente insular, y lo probaron. Por algún motivo, el radio fue
fijado a veinte millas en vez de dos mil. Quizás eso fue sabotaje. Más
probablemente, fue alguna clase de accidente. Nadie sabe exactamente cómo
ocurrió.
»Pero de algún modo
dieron demasiado energía para el radio. Su Anillo de veinte millas separaba
demasiada gravitación. Fue lanzado al espacio, con el generador y los
ingenieros australianos y un pedazo de veinte millas, fuera de la Tierra.
—¿Están todavía
derivando? —Los ojos de Barry se dilataron.
—Habían aparejado
un provisional equipo de energía para la prueba —dijo el abuelo, moviendo la
cabeza tristemente—, y debió fallar. Los astrónomos observaron una motita de
polvo, a un millón de millas afuera hacia el enano, cuando el Anillo estalló.
Perecieron, y los rojos dijeron a gritos que era un asesinato.
El abuelo suspiró.
—Después de eso,
los rojos nos impidieron salvar a nadie. Persuadieron a todas las otras
naciones a rehusar nuestros generadores para Anillos; estuvieron prometiendo
suministrar inventos propios para asegurar la supervivencia, que decían eran de
mayor garantía. Hasta intentaron arruinar nuestro generador. Finalmente tuvimos
que cerrar el Anillo para impedir que entraran sus proyectiles.
—¿Qué hicieron
ellos luego?
—No podían hacer
gran cosa. —El rostro del abuelo tenía un aire ceñudo—. Evidentemente sus
inventos para la supervivencia no dieron buen resultado. Acabas de ver lo que
ocurrió a todos los atrapados en el Exterior.
—¡Me alegro!
—musitó Barry de repente—. Tocante a los rojos, recibieron lo que merecían.
—No digas eso
—atajó el abuelo, sonriéndole suavemente—. Los rojos eran seres humanos
también, no lo olvides. Creo que estaban siguiendo una falsa filosofía, pero la
mayor parte de ellos debieron ser sinceros. No me gusta pensar de qué modo
murieron.
Miró atrás a través
del vasto y desolado hueco donde había estado el océano, más allá de las
moteadas vacas y la verde alfalfa y los hierbajos que ocultaban esas horrorosas
cosas del Exterior.
—Aún aquí dentro
del Anillo, las cosas fueron muy mal —dijo—. No podíamos apartar toda la
gravitación del enano. Ello causó temblores de tierra y desbordamientos
terribles. Pero el Anillo nos protegió de esa horrible marea del Exterior, la
cual subió más y más alto, hasta que finalmente barrió a los océanos y al aire
del resto de la Tierra.
»Pero eso fue hace
doscientos años. —El abuelo asió la mano de Barry otra vez, y continuaron hacia
la azulada quinta—. El enano se disipó. Se llevó la vieja Luna al espacio, y
dejó a la mayor parte de la Tierra tan falta de aire y marchita como había estado
la Luna. Sin embargo, aquí, en el Anillo, empezó nuestra historia moderna.
»La Edad del
Aislamiento. Tendrás ocasión para estudiarla. Nuestras molestias no habían
terminado con el tránsito del enano. América había sufrido. Las ciudades
costeras estaban enteramente destruidas, y la mitad de la población había
muerto. Hasta los sobrevivientes lo pasaron mal aprendiendo a vivir en completo
aislamiento.
»Lentamente
levantaron nuestro moderno mundo de las ruinas. Organizaron nuestras modernas
Corporaciones, cuando los viejos gobiernos del Estado y federales se
derrumbaron. Encontraron sustitutos para la mayor parte de las materias primas
que había suministrado el resto del mundo. Mantuvieron al Anillo en
funcionamiento; y constituyeron la Guardia del Anillo, para protegerlo de
hombres como Brock.
Estaban acercándose
a la entrada de la quinta, pero Barry se rezagó para dar otro prolongado
vistazo a la maravilla del Anillo.
—¿Quieres saber
algo? —preguntó de repente—. Cuando haya crecido y esté en la Guardia,
encontraré un camino para el Exterior. Un camino mejor que el de Brock, así no
dañaré a nadie. Y saldré.
Tembló, cogiéndose
con más fuerza a la mano del abuelo.
—Voy a descubrir lo
que había dentro del cráneo de ese muerto que observaba al Anillo con un solo y
extraño ojo.
Las vacaciones de
Barry Thane acabaron demasiado pronto. Volvió por el mismo rápido medio a la
gran casa de su padre en la Corporación de Chicago, a sus libros y sus
profesores. Pero no podía olvidar a ese ojo que miraba fijamente.
Tres años después,
su padre le permitió ir a la costa de nuevo.
Otra vez Barry
esperó dentro de la cerca a que el «jeep» de patrulla viniera y se fuera.
Ansiosamente, pero medio atemorizado, volvió a atravesar el polvoriento camino
sin ser visto. Esta vez desgajó un manojo de alta hierba y la usó para borrar
sus huellas.
Se agachó en la
orla de hierbajos otra vez, con el rostro frente al Anillo. Halló las mismas
cosas humanas descoloradas por el sol y secadas por el vacío que había visto
anteriormente. Los huesos y la rota botella, los andrajos, las dispersas
cacerolas, el fragmento de periódico. Buscó la calavera donde había visto ese
ojo que miraba fijamente, o creía haberlo visto.
La calavera había
desaparecido.
Temblando,
sintiendo un vago temor, Barry Thane retrocedió hacia la azulada quinta. El
abuelo de Barry estaba sentado en el pequeño rincón, escribiendo una carta,
cuando el muchacho entró precipitadamente con su repentina confesión de que
había atravesado la cerca del Anillo otra vez.
—No vuelvas a
hacerlo. —El abuelo frunció el ceño tan severamente como si hubiera sido
todavía un oficial de la Guardia—. ¡Prométemelo!
—Lo prometo...
hasta que pertenezca a la Guardia. —Barry estaba jadeando, falto de aliento por
la corrida—. ¡Pero, escucha, abuelo! Esa calavera que te mostré, donde vi ese
extraño ojo, ¡ha desaparecido!
—Las cosas cambian
hasta en el Exterior. —El abuelo apartó los materiales para escribir y echó
mano a la pipa, sin señales de agitación—. Cuando tengas mi edad...
—¡Abuelo, alguien
quitó esa calavera!
—Quizás un meteoro
dio contra ella. —El abuelo se encogió de hombros—. Hay lluvias de meteoros en
el Exterior, la mayor parte de ellos probablemente procedentes de desechos que
el enano dejó en el espacio. Sin aire para consumirlos y ningún Anillo para desviarlos,
con frecuencia dan contra el suelo. Mientras estaba en la Guardia, vi caer
varios.
Se paró para
encender la pipa.
—Esa calavera
estaba muy reseca y quebradiza —dijo, sin quitarse la pipa de la boca—. Cuando
el meteoro la alcanzó, quedó hecha polvo.
—Tal vez —musitó
Barry—. Pero no he visto nada de polvo.
* * *
Tenía dieciséis
años cuando halló el valor necesario para decir a su padre que quería abandonar
los cursos comerciales e ingresar en la Academia de la Guardia del Anillo.
Patterson Thane era un hombre grueso, y la ira lo hacía ponerse rojo. Anduvo
nerviosamente arriba y abajo de la extensa y metódica biblioteca de la mansión
contigua al Lago Michigan, vociferando a Barry.
—¡No seas tonto,
hijo! Tengo tu carrera enteramente delineada. Serás un decano ejecutivo en diez
años. Cuando yo esté preparado para retirarme, puedes encargarte del control de
la Nucleónica General. Un día, con lo que he de darte, puedes ser el hombre más
importante de América. ¡De modo que quieres unirte a la Guardia del Anillo!
—Dio un airado resoplido—. ¡Puedo darte más para tu próximo cumpleaños de lo
que ganarías en el curso de la vida en la Guardia!
—Pero no quiero
dinero. —La voz de Barry tembló mientras él trataba de encontrar palabras para
adecuar las vagas pero imperiosas necesidades que sentía—. No quiero... lo que
llaman el éxito. Quiero algo real.
—¿Qué es más real
que un millón de dólares? —rugió Patterson Thane—. Excepto dos millones
—añadió.
—Una... una segura
salida del Anillo. —Con vacilación, Barry trató de expresar sus sensaciones con
palabras—. ¡Eso sería algo real! —El entusiasmo empezó a animar su voz—. Hay
muchas cosas reales en el Exterior. ¡Hasta nuevos depósitos de uranio y torio,
para tu propia sociedad!
Extrañamente,
Patterson Thane se puso más airado.
—¡Uranio! —profirió
vivamente—. ¡Si tuvieras una pizca de sentido comercial, no dirías eso!
—Había depósitos en
la región —protestó Barry—. Debe haber más donde estaba el mar...
—¡Y podrían
arruinarnos! La Nucleónica General controla todas las reservas conocidas, aquí
en el interior del Anillo. Podemos determinar nuestros propios precios. Las
Corporaciones no pueden dejar que el Anillo falle para economizar unos cuantos
dólares.
—No podemos dejar
que el Anillo falle en modo alguno —dijo Barry—. Es por eso que hemos de hallar
un medio para alcanzar los fisionables elementos del Exterior. Están allí.
América los necesita. Alguien hallará un medio.
—Tal vez estás
diciendo cosas sensatas, al fin y al cabo. —Los severos ojos de Patterson Thane
se estrecharon sagazmente—. Si ha de hacerse, lo haremos. Aprende cuanto puedas
en la Academia del Anillo. Luego haré preparaciones para que la Nucleónica General
fomente tu busca de nuevas reservas en el Exterior, a cambio del pleno control
de todo lo que encuentres. De ese modo estará protegido nuestro propio
interés...
—¡Papá, no
comprendes! —Barry se paró, procurando suavizar la acritud de su voz—. Es del
Anillo que me preocupo, y no de particulares intereses. La ciencia y el
progreso...
—¡Eres un
estruendoso necio!
—Quizás —susurró
Barry—. Pero quiero saber lo que hay en el fondo de esos grandes valles donde
estaban los océanos. Quiero saber lo que pasa en el Exterior.
—¡Está desolado
como el espacio!
—No estoy tan
seguro —dijo Barry—. Creo que hay algo allá que nos observa. ¡Temo algún
peligro para el Anillo!
—¡Ve a la Academia!
—exclamó Patterson Thane—. Tal vez ellos puedan meterte un poco de sentido
práctico en la cabeza. ¡Yo no puedo!
Barry fue a Ring
City y fue aprobado en los difíciles exámenes que lo capacitaban para la
Guardia. Se formó en la Academia, convirtiéndose en un íntegro guarda, pero
todavía se adhería a su gran sueño. Un día explicó su sueño al general
Whitehall, que era el jefe de la Academia e instructor de las clases avanzadas
en la teoría del Anillo.
—¿Cree usted,
señor, que podremos alguna vez salir al Exterior? Sin peligro para el Anillo,
quiero decir.
—Lo dudo, Thane.
—El general movió su tordilla cabeza—. A pesar de nuestras teorías, sabemos muy
poco acerca del Anillo.
—Me he estado
preguntando, señor, por que sabemos tan poco. ¿No podríamos aprender más?
—No sin
experimentación —contestó vivamente el viejo general—. No podemos experimentar
con la vida de América.
—¿No podríamos
construir otro generador más pequeño?
—En el Exterior, sí
—asintió ásperamente Whitehall—. Pero aquí dentro, cualesquiera generadores
experimentales alterarían las fuerzas que irradia nuestra Anillo. Usted sabe lo
que hizo Brock, con el pequeño campo del Anillo usado para pantalla.
—Sí, señor.
—Creo que tuvimos
suerte, hasta con Brock. Según mis conocimientos de la mecánica del Anillo,
toda rotura semejante destruye su estabilidad. Hay peligro de la misma
consecuencia que acarrea uno cuando se punza una burbuja de jabón con una aguja
caliente. Si su abuelo no se las hubiera ingeniado para quebrar la pantalla de
Brock tan prontamente, no quiero pensar lo que quizás habría ocurrido.
—No estaríamos aquí
—convino Thane—. Pero debe haber alguna salida segura.
—Puede ser —dijo el
general—. En el laboratorio de la Guardia solíamos hacer alguna investigación
teórica en este sentido. —Se encogió de hombros cansadamente—. Ahora, con las
Corporaciones recortando nuestros fondos un poco más cada año, estamos muy ocupados
manteniendo las patrullas de rutina.
—Quisiera...
quisiera hacer algo sobre ello, señor —insistió Thane, con tanta energía como
se atrevía—. Hay minerales afuera que América necesita. ¿Y no cree, señor, que
debiéramos estar preparados para combatir al Exterior, para defender al Anillo?
—¿Qué podría ser
una mejor defensa que el Anillo mismo? —demandó el general—. ¿Y quién está en
el Exterior para atacar al Anillo?
—¡Hay algo en el
Exterior!
Los penetrantes
ojos azules de Whitehall parecían mostrar interés, y el hombre era un antiguo
amigo del abuelo Barry. Thane resolvió informarle sobre ese enigmático ojo y la
calavera que había desaparecido.
—Mi abuelo dice que
un meteoro pulverizó la calavera —finalizó Thane—. Pero no había ningún hoyo
que pudiera haber sido causado por la caída de un meteoro.
—Así, ¿cuál es su
teoría?
—No sé lo que era
—confesó Barry—. ¿Alguna especie de pequeña cosa que se ocultaba dentro de la
calavera? ¿O quizás la lente de una cámara que alguna cosa mayor había
escondido allí? No lo sé. Pero estoy seguro que era algo.
—Escasa prueba.
—Lo reconozco,
señor —hubo de reconocer Barry—. Pero, no obstante, quisiera saber qué se hizo
de esa calavera.
En graduación,
Barry Thane se mantenía en primer lugar en la limitada clase de sólo veinte
hombres; durante la última presión económica, el entero personal de la Guardia
del Anillo había sido reducido a menos de doscientos hombres. Habían pasado
muchos años desde que el último aspirante a explorador se abriera camino a
través del Anillo, en una nave-cohete que se estrelló en el Exterior, y todos
los peligros inherentes a ello habían empezado a parecer lejanos.
De la Academia se
mandó a Thane a la Base de Key West. Diez hombres bajo el mando del capitán
Steadman estaban apostados en la antigua y soleada ciudad de la pequeña isla de
coral. Eran responsables de una aproximada extensión de dos mil millas del
Anillo, el cual tronchaba el poco profundo mar a unas cuantas millas más allá
de la isla.
Thane fue destinado
al espacio del norte. Cada dos días, en un ligero helicóptero de patrulla,
recorría mil quinientas millas a lo largo de la circular orilla del mar.
Pasaban los meses. Efectuó un centenar de vuelos. El abrigado mar era siempre
diferente en su viva réplica al viento y al cielo, pero nunca maleado con
ninguna indicación de peligro para el Anillo. El Exterior, a pesar de su pasiva
hostilidad, nunca parecía alterarse... hasta la mañana en que vio la roca que
se movía.
Usualmente
despegaba al amanecer, pero esa mañana había estado esperando dos horas
mientras un técnico ponía a punto el piloto robot. El sol estaba ya alto cuando
Thane salió de la base. Quemaba a través del Anillo a su derecha, con demasiado
poco aire para velar su ardoroso fuego. Pronto le estuvo doliendo la cabeza, a
pesar de las gafas. Cuando vio moverse la sombra, creyó por un instante que sus
ojos lo habían engañado.
Pero ahí estaba
otra vez: una larga y oscura hoja saliendo hacia él a través de una vasta
planicie gris de hendido légamo, donde todas las otras sombras estaban
retrocediendo. Dejó que el helicóptero volara por sí mismo, mientras él
escudriñaba con los anteojos la prolongada loma al otro lado de la planicie.
La sombra apuntaba
a la roca: una mellada piedra parda que se deslizaba hacia él a través de un
somero desfiladero. El pedrejón se paró en el instante en que Thane lo halló, y
permaneció tan inmóvil como cualquier piedra gastada por el mar. Thane lo examinó,
buscando qué la había hecho moverse.
¿Un meteoro?
¿Un desmoronamiento
de roca?
Se restregó sus
dolientes ojos y miró otra vez, pero no vio vestigios de ninguna causa natural.
El movimiento que vislumbrara había parecido extrañamente cauto, y se preguntó
si su inesperada llegada había causado la repentina detención del pedrusco. Pero,
¿qué cosa movería una roca tan furtivamente?
Antes de que
hubiera hallado alguna razonable respuesta, se dio cuenta que el cielo exterior
se estaba volviendo demasiado oscuro. El grupo de protección no había fijado
ese suicida circuito, y el piloto robot estaba haciendo volar el helicóptero
hacia el interior del Anillo.
Trató de agarrar
los mandos manuales un segundo demasiado tarde. El helicóptero rasó el Anillo y
descendió con sacudidas hacia el solitario mar.
La sangre lo cegó,
naciendo de las heridas donde su rostro había dado contra la armazón metálica
del helicóptero, pero al principio no sintió dolor. Estaba aturdido, y
vagamente colérico consigo mismo por causar un estúpido accidente, y no
obstante temblando por el sobresalto que le produjo la extraña cosa que había
visto.
Cuando pudo
moverse, se secó los ojos y puso la radio. Sus labios estaban fríos, y la
sangre, de un sabor salado-dulce, era acre en su boca.
—La Patrulla
Dieciocho llama a la base de Rey West —graznó débilmente—. Thane llama...
—Prosiga, Patrulla
Dieciocho —contestaron.
—Hay algo que se
está moviendo en el Exterior —dijo Thane, con sonidos entrecortados—. Algo
desfigurado de tal manera que parece una roca. Adelantándose hacia el Anillo, a
través de esa prolongada loma del Sector 41-B. Se paró en cuanto me vio. —Esa
noticia era lo importante. Tomó aliento y añadió—: Helicóptero estropeado.
Deficiencias en el piloto robot lo hizo chocar con el Anillo. Estoy cayendo en
el mar. ¿Me oyen, Base de Key West? La Patrulla Dieciocho informa sobre un
moviente objeto en el Exterior...
—Olvide el moviente
objeto. —La zumbadora voz era fría de incredulidad—. Un helicóptero de socorro
despegará inmediatamente.
En un espejo de
visión trasera que la colisión había torcido en sesgo, Thane captó su rostro.
Sabía que tenía que ser su rostro, aun cuando le parecía repugnantemente poco
familiar. La mejilla y la sien estaban hendidas hasta el hueso. Suelta piel
roja estaba deshollejada por encima de un ojo. Algo le había ocurrido a la
nariz.
Débilmente echó el
espejo a un lado. El aspecto, consideró, no debiera importar demasiado en la
Guardia. Lo importante era su informe, y había sido recibido. Si el operador no
era demasiado escéptico para pasarlo adelante...
Veía al tranquilo y
azulado océano acercarse para recibirlo, demasiado aprisa y con una inclinación
demasiado abrupta. No había nada que pudiera hacer. El agua restallaba contra
los flotadores. La rociada lo empapaba, abrasaba su rostro con vivo dolor.
Pero el helicóptero
no se hundía. El timón todavía funcionaba, y Thane procuró mantener la proa del
helicóptero hacia el viento. Creía que de ese modo flotaría más tiempo. Tenía
que mantenerse a flote, a causa de la incredulidad que manifestara la voz del
operador. Tenía que procurar que se hiciera algo tocante a ese increíble
descubrimiento.
Las olas se
volvieron batientes manchas de oscuro olvido, pero a pesar de ello las
combatía. No cejaba. Aguantó hasta que el helicóptero de socorro se detuvo
sobre él. Agarró la tirada cuerda y la anudó alrededor de su cuerpo antes que
sumirse en la oscuridad.
DOS
Después todo fue
confuso. La cuerda lo estaba sacando de los despojos. Una roca estaba
avanzando, allá en el Exterior. Unos hombres lo estaban llevando en una
camilla. Trató de hablarles acerca de la roca, pero ellos no hicieron más que
pincharle con una aguja hipodérmica. Estaba en un barco de cabotaje impelido
por energía radiante. Una enfermera lo movió suavemente. Otra enfermera le
estaba hablando.
—Respire —seguía
repitiendo la mujer—. Sosiéguese y respire, tranquilícese.
Thane se esforzó
para informarle sobre ese ominoso pedrusco, pero fue amordazado con vendas.
Pugnó por arrancar las vendas, pero unas fuertes manos lo asieron, y algo lo
sumió de nuevo en la oscuridad.
Al fin se despertó
lentamente en una limpia sala de hospital. Las paredes eran de un material
plástico parecido a la nata. Por una ancha ventana podía ver una faja de verde
campiña y la atestada calzada a lo largo de la orilla del lago al otro lado.
Aun antes de que llegara su madre, sabía que estaba de retorno en la
Corporación de Chicago.
Su madre tenía una
perpetua expresión de reprimida ansiedad en su fino y delicado rostro, y hebras
de color gris en el cabello. Ella, igualmente, siempre había parecido ser más
feliz en sus viajes de vacaciones, lejos de Patterson Thane, pero era una fiel
y no quejosa esposa.
—Hola, madre. —La
voz de Barry afloraba apagada con los vendajes—. ¿Qué están haciendo tocante a
esa roca?
Su madre ignoraba
lo que él quería decir; sólo sabía que su helicóptero había chocado con el
Anillo. Barry le informó sobre la moviente roca, y le hizo prometer llamar al
general Whitehall, el cual recientemente había salido de la Academia para
asumir el mando de la Guardia.
—Le llamaré
—accedió su madre—. Pero, ¿no piensas que quizás pudieras haberte
equivocado...? —Observó el apremiante meneo de la cabeza de Barry, y dijo—: No
te preocupes. Llamaré al general. —Y le sonrió tiernamente—. No debes
preocuparte por nada. Quería ser yo quien te lo dijera. Tu rostro será casi el
mismo.
Barry recordó la
rasgada carátula roja que había vislumbrado en el espejo.
—Consultamos a la
doctora Rand —dijo su madre—. La famosa cirujana plástica. No querían dejarme
ver tu rostro antes de la operación, pero debe haber sido... —Algo detuvo su
voz—. Tuvimos que encontrar fotografías, para que las observara la doctora
Rand.
—¡Lisonjeras,
espero!
—No eres
completamente el mismo. —Su madre se ingenió para sonreírle—. La enfermera me
ha dejado ver tu rostro, mientras te cambiaba los vendajes esta mañana. Quizás
las fotografías habían ido retocadas demasiado. El lunar ha desaparecido, y
también la pequeña cicatriz del labio; pero nadie lo notaría, excepto tu madre.
La doctora Rand es realmente admirable.
Una enfermera,
desde la entrada, llamó a su madre con señas.
—No te olvides —le
recordó ansiosamente Barry—. Llama al general ahora mismo.
A la mañana
siguiente estaba despierto cuando le fueron cambiados los vendajes, y una de
las enfermeras le dio un espejo. Pensando en una roja y horrible carátula,
Barry casi temía mirar. Cuando lo hizo, lanzó un suspiro de alivio. Las únicas
cicatrices que quedaban eran tenues y pálidas líneas, que se desvanecían ya. Su
rostro parecía un poco retocado, como había dicho su madre. Pero la doctora
Rand era admirable.
El espejo estaba
todavía en sus manos cuando entró otra muchacha de blanco. Otra enfermera,
pensó Barry. Pero su corazón latió apresuradamente mientras la muchacha se
dirigía hacia él.
—Buenos días,
Thane.
La voz era tersa y
gutural. Hasta con la severa ropa blanca, la joven tenía un vivo encanto.
Barry, con esperanza, le hizo una seña llamativa con la cabeza; pero la única
respuesta de ella fue una atenta mirada al espejo que Barry tenía en la mano.
—Estoy contemplando
mi nuevo rostro —dijo Thane—. Usted debiera haber visto el antiguo.
—Lo vi. Soy Rand.
—La joven no hizo caso del gesto de asombro de Thane—. Recline la cabeza, por
favor.
Los fríos dedos de
la joven tocaron el rostro marcado con cicatrices, tan levemente que no
causaron dolor en absoluto. Barry captó el tenue y agradable perfume del oscuro
cabello de ella. De repente sintió deseos de oír su voz otra vez, de ver lo que
una sonrisa haría a su severa belleza.
—Gracias, doctora,
por todo lo que ha hecho.
—¡Quieto, por
favor!
Barry se estuvo
quieto mientras la doctora Rand terminaba su breve examen y daba a las
enfermeras rápidas órdenes tocante al vapor anestésico y los vendajes para el
rostro. Sintió una especie de pánico cuando la doctora Rand salió sin otra
palabra para él.
Después que las
enfermeras se hubieron ido, Barry estuvo mirando fijamente la pared de suave y
blanco plástico, procurando no hacerse ilusiones con respecto a la doctora
Rand. Si hubiera seguido el camino de su padre, quizás habría habido una
probabilidad para él, pero no podía esperar que la famosa cirujana abandonara
su carrera por una quinta cerca de una base de la Guardia del Anillo.
Cerró los ojos para
impedir que la imagen de la joven doctora penetrara en él. Pero ahí estaba otra
vez, viva y vigilante, con ese tenue fruncimiento de concentración en la
frente. Se preguntó si ella sonreía alguna vez.
La tarde siguiente
vino a verle el general Whitehall. El nuevo jefe de la Guardia era delgado y, a
pesar de sus setenta años, iba muy erguido. Sus ojos azules eran singularmente
apacibles y benignos, en su flaco y austero rostro.
—¡Bien, teniente!
—Su voz era siempre áspera y bronca—. Su madre me llamó ayer. Parece ser que
usted tiene algo en el pensamiento.
—Mi informe, señor.
Quería estar seguro de que recibió atención.
—¿Qué informe? —El
general parecía estar perplejo.
—Tocante a cómo
llegué a dejar que el helicóptero chocara con el Anillo. —La voz de Thane se
elevó urgentemente—. Había visto algo en movimiento en el Exterior. Algo
desfigurado de tal manera que parecía un pedrusco, avanzando a través de una
loma del Sector 41-B. Daba la casualidad de que era una hora avanzada de la
mañana, y quizás ello me cogió de sorpresa. El movimiento del objeto parecía
cauto, y cesó en un instante.
—No se inquiete por
ello, Thane —dijo el general—. Tal vez era realmente un pedrusco. Los hombres
de la Guardia han imaginado cosas anteriormente. El Exterior puede desesperarlo
a uno.
—¡El objeto estaba
avanzando, señor! —Una especie de furor hacía temblar su voz—. La posición del
sol y la inclinación de la loma eran, por casualidad, cabalmente propias para
hacer que la sombra del pedrusco amplificara su movimiento, o de otro modo no habría
acertado a verlo.
El general estaba
sonriendo indulgentemente.
—Si ello ha de
tranquilizar su ánimo, doblaré la patrulla del norte en Key West —dijo—. Todos
los ulteriores informes de algo insólito en el Sector 41-B recibirán inmediata
atención.
—¿Pero no me cree
usted, señor?
—He servido casi
cincuenta años en la Guardia. —El general ya olvidaba mostrarse áspero—.
Durante ese tiempo ha habido una cantidad de similares informes, pero todo
misterio ha sido satisfactoriamente explicado, sin menoscabo para el Anillo. En
su caso, hemos de tener presente que usted estaba mirando frente al
deslumbrante sol del Exterior, y que las sombras pueden ser engañosas.
—Pero, señor, estoy
seguro...
—Lo sé. —El general
inclinó la cabeza benignamente, en señal de asentimiento—. Mas sus médicos
convienen en que usted parece necesitar un descanso. Voy a pedir al capitán
Steadman que lo quite del servicio activo de vuelos durante unos tres meses.
Key West es un excelente lugar para descansar.
Lágrimas de airada
humillación lucharon en los ojos de Thane.
—Sí, señor
—musitó—. Gracias, señor.
Dos semanas después
estaba de vuelta a la Base de Key West. La patrulla del norte había sido
doblada, pero el capitán Steadman le aseguró que no se había dado noticia de
ninguna especie de movientes rocas en el Sector 41-B o en alguna otra parte.
—Yo mismo efectué
un vuelo para examinar ese sector —profirió viva e impacientemente Steadman—.
Aquí está una serie de estereografías de esa loma. Yo las hice, a la misma hora
del día que usted vio esa roca.
Ansiosamente, Thane
examinó las estereografías. Habían sido hechas con lentes telescópicas. Había
las colinas vivamente iluminadas y con oscuras sombras, exactamente como él las
había visto. Se veía el somero y sinuoso desfiladero, donde había andado el objeto.
Pero ya no estaba ahí.
—Ha mudado de lugar
otra vez —dijo a Steadman—. ¡Se ha ido del desfiladero!
El capitán se
encogió de hombros. No podía llamar embustero o necio al hijo de Patterson
Thane, pero parecía como si quisiera hacerlo.
—Tiene que creerme,
señor —insistió urgentemente Barry—. Esto prueba que hay algo viviente en el
Exterior. Si tuviera buenas intenciones para con nosotros, no sería tan
furtivo. Hemos de averiguar qué es, de modo que podamos defender al Anillo
contra ello.
—Defender al Anillo
es mi deber —dijo secamente Steadman—. No pienso descuidarlo.
Barry salió de la
sala dando tropiezos, con lágrimas de impotente ira en los ojos. Se retiró a
los cuarteles, y procuró sonreír alegremente mientras que los hombres se
chanceaban de su mala vista y su excelente imaginación.
Al día siguiente
alquiló una pequeña lancha y empezó a aprender a navegar. Durante el permiso de
convalecencia, contra su voluntad, no tenía nada más que hacer. El unido frente
de escepticismo había empezado a agitarlo. Quizás realmente necesitaba un descanso.
Pero, cuando hubo
aprendido a maniobrar la pequeña lancha, no pudo menos de volver al Anillo. Le
causaba una extraña sensación deslizarse a lo largo del borde de ese quebrado y
húmedo precipicio que miraba a las inertes y destrozadas masas de coral y a los
fragmentos de pardo hierbajo y las extensiones de blanca arena. Podía ver las
desoladas y distantes colinas que habían sido Cuba. Pero nada en absoluto se
movía.
Sin embargo,
encontró la roca.
Se había deslizado
a lo largo del Anillo en una extensión de cincuenta millas. El mediodía había
pasado, y él se disponía a virar y retroceder hacia tierra, cuando sus ojos
captaron un mellado y pardo pedrusco yacente en un blanco arrecife de coral, a
menos de veinte yardas de la acuosa pared del Anillo. Se destacaba claramente
un oscuro bulto frente al brillante blanco y la forma del sólido objeto lo hizo
estremecerse.
No deseaba ser
encerrado en una institución para enfermos mentales. Tal vez no debiera hacer
más que seguir adelante con la lancha, y dejar de pensar en las rocas.
Consideró eso durante media hora, antes que resolviera retroceder y dar otro
vistazo. Cuando lo hizo, la roca otra vez había desaparecido.
Procuró no
excitarse. No había rastros en el agua o el Anillo, para mostrar dónde él había
estado. Quizás había derivado, pero había el mismo blanco arrecife. Había hasta
una especie de vaga y sinuosa senda a través del quebrado coral, como si las
huellas de algún pasaje no hubieran sido borradas del todo.
Pero, ¿qué se había
hecho de la roca?
Retrocediendo para
buscar de nuevo, atravesó el banco de coral dentro del Anillo. El agua era
clara como cristal. Estaba mirando hacia abajo, tratando de calcular la
proporción de su deriva, cuando vio una sombra que avanzaba.
Algo de una hechura
semejante a la de ese esquivo pedrusco; pero ahora estaba dentro del Anillo,
arrastrándose invariablemente debajo del agua hacia las bajas manchas verdes de
las cuñas de mangle a lo largo de la costa de la Corporación de Florida. Barry
Thane apenas podía respirar. Su cuerpo de repente se puso frío, y su mano
tembló en la caña del timón.
Trazó una línea en
la carta de navegar, desde la distante loma del Exterior donde primero había
visto el objeto, a través del banco de coral, siguiendo recto hasta la más
cercana cuña de mangle. Soltó más vela, viró hacia esa cuña. Cuando el objeto
llegó a tierra, Thane decidió estar a la expectativa.
Escondido en los
mangles, donde la línea trazada en la carta alcanzaba la tierra, estuvo
esperando. El sol se puso. Los poco profundos mares se alteraron a través de un
millar de matices de azul y aguamarina, convirtiéndose en un purpuro espejo,
donde nada se movía en absoluto.
Se sintió inquieto,
y empezó a preguntarse si su impulsivo plan había sido un poco disparatado.
Quizás el general Whitehall había tenido razón tocante a las travesuras que
podía hacer la imaginación. Al fin y al cabo...
Un apagado zumbido
atravesó la negra agua, más fuerte que el zumbido de los mosquitos. Algo
chapoteó. Una tenue fosforescencia perfiló una oscura y mellada forma que subía
pesadamente a la ribera; la forma de algo semejante a un pedrusco.
Se arrastró
deliberadamente a través de la extensión de suave arena y fue a chocar con la
oscura maraña de mangles al otro lado. Thane corrió tras de él. Sus manos
temblaban con la cámara para estereografías, pero sacó unas cuantas
instantáneas que prometían ser buenas. Con la lente muy abierta, la
sensibilizada película podría mostrar algo.
Se paró donde el
objeto había atravesado otro pedazo de suave arena coralina, y encendió un
fósforo para examinar el rastro. Halló hondas marcas de abrazadas huellas de
metal. Debía ser alguna especie de desfigurada máquina.
Sacó una foto de
las marcas y prosiguió en pos del zumbido y el estrépito de la máquina. Un
tembloroso pánico lo detuvo. ¿Qué clase de cuadrilla de obreros estaba haciendo
funcionar esa desfigurada máquina?
¿Se había algún
secreto grupo de norteamericanos ingeniado para pasar al Exterior sin ser
vistos, a través de la Guardia y el Anillo, para explorar de nuevo la Tierra
falta de aire? ¿O eran unos inimaginables seres de un ajeno espacio que
intentaban una invasión?
No podía conjeturar
las respuestas. Pero combatió su pánico, y resolvió seguir al objeto hacia el
interior de la maraña. Era improbable que las películas mostraran algo, y temía
que el objeto escapara adentro del mar otra vez antes que hubiera obtenido alguna
tangible prueba de que existía.
Entró en la senda
que el objeto había hecho.
Un punto de
atormentado color violado centelleó al frente y desapareció. No había sido
brillante; sin embargo, lo dejó casi ciego. Sintió un hormigueo en el cuerpo y
sus músculos se pusieron fláccidos. Una terrible mano se cerró sobre su
corazón, con una presión de puro tormento. No podía respirar. La cámara escapó
de sus dedos, y su cuerpo se hundió lentamente en la despachurrada vegetación.
Un fuerte peso
oprimía el peso de Thane. Los latidos de su corazón parecían ser inconstantes y
lentos. Necesitó toda su voluntad para tomar una pizca de aliento. Su cuerpo
estaba entumecido e inservible, con un hormigueo semejante a dolorosos
pinchazos de agujas. Ese débil fucilazo violado le había de algún modo
paralizado por completo, pero sus sentidos no estaban tan dañados. Por encima
de los inconstantes latidos de su pulso, podía oír el apagado sonido de esa
invasora máquina. El estrépito en la maraña de mangles era más fuerte otra vez,
y el coral temblaba bajo de él. La máquina estaba retrocediendo.
Apenas podía mover
los ojos y todo era borroso, pero vislumbró ese oscuro y mellado bulto cuando
entró en los límites de su visión. El bulto se detuvo. El zumbido cesó. El
metal resonó huecamente. Algo surgió.
Algo opaco y alto.
Thane olvidó el tormento de respirar y forzó su dolorida vista para verlo. El
hormigueo de su cuerpo fue de repente un escalofrío de miedo. Su imaginación
trató de pintar algún extraño habitante del espacio falto de aire. Pero luego
pudo respirar de nuevo, porque una profunda voz humana había hablado.
—¡Hola!
Eso fue todo. Thane
no podía determinar si esa voz expresó animosidad, o asombro, o simplemente,
satisfacción. Una menuda luz lo deslumbró. No podía ni cerrar los ojos ni
desviarlos. Sintió que unas manos registraban sus bolsillos, y oyó un familiar
golpe seco mientras el desconocido abría el reverso de su cámara.
No pudo hacer nada
cuando el desconocido le levantó. Ni siquiera pudo impedir que su cabeza
chocara dolorosamente contra la cima de la baja puerta cuando fue metido dentro
de la máquina. En el interior, el desconocido lo echó sobre una dura y estrecha
litera.
Olió un tenue y
extraño humo en el aire, y oyó un apagado sonido metálico que debía haber sido
la puerta que se cerraba. Los zapatos de su apresador rechinaron en un
pavimento de metal. Oyó ruidos mecánicos poco familiares, pero ningunas otras
voces. ¿Estaba solo su apresador? Surgieron de repente unas brillantes luces
azules, pero Thane, desde donde había sido dejado, podía ver solamente un liso
mamparo metálico festoneado de tubos y alambrado eléctrico. No podía moverse.
Trató de hablar, pero no salió ningún sonido. Fueron necesarios todos sus
esfuerzos sólo para respirar.
—Teniente Barry
Thane. —Eso lo sobresaltó, hasta que se dio cuenta que el hombre debía estar
leyendo en los papeles de su cartera—. División Once, Base de Key West.
Algo en la áspera
voz lo puso perplejo. Parecía en exceso precisa, como si tuviera que ser aún
cuidadosa. De repente creyó comprender. ¡Su apresador era un forastero!
—Bien, Thane
—profirió vivamente el desconocido—. Es por usted por lo que he venido.
Thane apenas
escuchó las palabras. Su cerebro daba vueltas mientras trataba de pensar. Lo
imposible había ocurrido. De algún modo —en alguna parte al otro lado del
Anillo—, todavía sobrevivían otros hombres. ¿Qué serían ellos, después de
doscientos años? No podía conjeturarlo.
Thane supo después
que se habían retirado arrastrándose debajo del mar. Incitado por una furiosa
necesidad, combatió la parálisis que lo entumecía. Halló que podía mover sus
dolientes ojos. Se ingenió para cambiar de posición sus tiesos brazos. El dolor
se marchó de su corazón y fue más fácil respirar. Podía mover la cabeza.
Eso le permitió ver
un poco más de la máquina. Todo era de metal o plástico; los habitantes del
Exterior no tendrían de donde sacar madera. Los pernos y tornillos tenían
extrañas cabezas triangulares de metal; los constructores de la máquina debían
haber estado aislados en el Exterior del Anillo el tiempo suficiente para
desarrollar patrones de ingeniería propia.
Pero luego vio una
rubia tomando baños de sol en una portada de la revista «Life» pegada al
mamparo. Miró achicando sus picantes ojos y distinguió la fecha, de tres años
ha. Quizás ésta no era la primera invasión del Anillo efectuada por su
apresador.
Pero de repente los
zumbadores motores pararon. La máquina cabeceó un poco y quedó inmóvil. Había
sólo el zumbido de un ventilador, y en seguida el martilleo de pasos que se
acercaban por la cubierta metálica. Thane volteó la cabeza apresuradamente para
mirar hacia la pared otra vez, y esperó, sintiéndose desamparado.
Las pisadas se
pararon junto a la litera. Unas fuertes manos lo revolvieron. Parpadeando
frente al duro resplandor de una luz en lo alto, levantó la vista hacia su
apresador. No podía hacer nada más.
El habitante del
Exterior era aproximadamente de la propia estatura de Thane. Llevaba unos
estrechos pantalones y una blusa ceñida con un cinturón, de algún no conocido
lustroso género gris. Había algo singularmente familiar en el corte de su
cobrizo cabello y el modo en que arreglaba su tieso bigotillo parecido a un
cepillo de dientes. Su porte era erguido y marcial, y Thane no pudo menos de
pensar que haría una buena figura con el Uniforme azul de la Guardia del
Anillo.
—De modo que
ustedes están saliendo de él. —Su voz era quebradiza y rápida. Era extrañamente
acentuada, pero turbadoramente familiar; hasta que Thane se dio cuenta que el
hombre debía haber remedado el habla de Mike Horgan, el locutor de la sección
deportiva de la televisión—. Creo que es por usted justamente por lo que he
venido. Pero más vale que tengamos una conversación.
Levantó la cabeza
de Thane más bien suavemente y echó una almohada debajo de ella.
—¿Puede hablar?
Thane movió la
cabeza trabajosamente, con una flojedad que era sólo un poco exagerada. Tomó
aliento otra vez, y dejó que su rostro comunicara una muda aprensión.
—No se inquiete
demasiado —profirió vivamente el habitante del Exterior—. La mayor parte de sus
nervios motores están todavía paralizados pues el rayo no alcanzó nada vital.
No es más que un temporal corto circuito, debido a un reversible cambio en el
embono de mielina. Se repondrá pronto.
Puso el entumecido
brazo de Thane en una más cómoda posición.
—Me considero muy
afortunado que usted haya resultado ser un hombre de mi propia profesión.
Permita que me presente a mí mismo. Soy el capitán Glenn Clayton.
Thane hizo una
ligera señal de asentimiento con la cabeza.
—Tan pronto como
usted pueda hablar, voy a pedirle alguna información. Si la da espontánea y
rectamente, será tratado con la dignidad que merece un colega militar.
Parecía estar
completamente seguro de que la información que quería sería al fin dada,
espontáneamente o no, y se le ocurrió a Thane que la paralizadora luz
constituiría un mecanismo de tortura muy eficaz.
—He aquí lo que
quiero saber —profirió vivamente Clayton—. Todo acerca de América.
Particularmente, quiero información sobre la Barrera, la cual ustedes llaman el
Anillo, la situación de la máquina que lo irradia, el número, disposición, y
equipo de las fuerzas destinadas a su defensa. —Hizo una mueca—. Sí, usted es
el hombre por quien vine.
Salió del campo de
visión de Thane, y regresó con lo que parecía ser una linterna eléctrica en
forma de pistola en una mano y dos pares de macizas manillas de acero en la
otra.
—Debo usar esto
para su propio beneficio. —Hizo sonar las manillas alegremente en frente del
rostro de Thane—. Valdrán más para usted que repetidas aplicaciones del rayo de
la parálisis, lo cual puede hacer permanente daño a los nervios. Cuando se
reponga, estaremos libres para hablar, sin interrupciones tontas.
El habitante del
Exterior se encorvó, y Thane sintió una opresiva mano sobre su brazo. Sus
propias manos estaban entumecidas e inertes. Ni siquiera podía cerrarlas en
efectivos puños. Sus pies estaban inanimados, también. Este delgado y aguerrido
hombre era de una eficiencia demasiado formidable para que le diera alguna
oportunidad.
Sin embargo las
resonantes manillas de algún modo enviaron su pensamiento otra vez a la
Academia de la Guardia del Anillo. Recordó el viejo gimnasio, con su tenue olor
de cuero y desinfectante y rancio sudor. La perentoria y áspera voz del
instructor de lucha física estaba chirriando de nuevo:
«...Ahora tomaremos
el caso de resistencia frente a un adversario armado, cuando las manos y los
pies están encadenados o de otro modo imposibilitados. Ni siquiera éste es un
caso desesperado. Como en toda lucha, es cuestión del inteligente uso de las armas
disponibles. En este caso, las armas son el peso del cuerpo, los macizos
músculos de la espalda y las piernas, la fuerza agarradora de los dientes...»
Barry Thane olvidó
que era un prisionero dentro de una extraña máquina, oculta bajo el mar. La
dura litera debajo de él se volvió un petate con olor de sudor, y el capitán
Glenn Clayton era sólo un cadete más. Retorció el cuerpo, arrastrándose hacia
afuera de la litera. Su cabeza apartó la extraña arma de un golpe. Sus dientes
agarraron fuertemente la carne del antebrazo de Clayton. Sus pies eran
inservibles, de modo que tuvo que bajar de rodillas, pero dobló la cabeza y
suspiró hondo.
El habitante del
Exterior se defendió. Abatió las manillas contra la cabeza de Thane, pero la
amortiguada mejilla de Thane apenas sintió el dolor. Thane se dobló, y la cosa
terminó. Clayton pasó por encima de su cabeza, chocó con el mamparo, y quedó
inmóvil sobre el pavimento.
El resto fue más
difícil. Usando los codos y las rodillas, Thane quitó las manillas de debajo de
Clayton raspando. Con los dientes arrimó las abiertas quijadas a las muñecas de
Clayton, y las cerró laboriosamente con la presión de las rodillas. Con el segundo
par, afianzó el tobillo de Clayton a la barra de hierro de la litera.
Cuando eso estuvo
hecho, Thane pudo, de un modo poco firme, mantenerse en pie. Una tenue fuerza
había vuelto a sus manos. Recogió el arma y la probó en la pared. Salió una
flecha de luz de un opaco brillo violado cuando apretó el conmutador de
orejeta. Esta era el arma de la parálisis. Con tentaleantes y dolientes dedos,
registró los bolsillos de Clayton. Halló una anilla con llaves extrañamente
modeladas, un cuchillo con mango de metal, y una cartera de tejido material
plástico. Dentro de la cartera había una docena de monedas de platino.
Ansiosamente Thane examinó una de ellas. Las letras parecían ser desigualmente
dispuestas, pero descifró la inscripción.
«Nueva Europa. Diez
chelines». Cifras que se parecían a una fecha: «194». En el reverso, un
llameante sol y el lema: «Sangre y lágrimas».
Thane silbó quedo.
Estas monedas exactamente acordonadas eran clara prueba de una pujante
civilización existente en alguna parte del Exterior. ¿Databan los años del
cataclismo? ¿Y movilizaban tus desconocidos recursos ahora, para un secreto
ataque sobre el Anillo? Clayton no había venido como un embajador de paz.
Thane encontró una
fotografía en otro compartimiento de la bolsa de plástico, y sintió deseos de
silbar otra vez. Estaba charolada en color sobre un ovalado trozo de macizo
metal. Los ojos todavía le dolían de los efectos del rayo, y le llevó un
momento ponerlos en foco. Pero luego la fotografía casi cobró vida.
Una muchacha,
sonriendo con los labios, aun cuando sus violados ojos permanecían
singularmente serios. La fotografía misma era una cosa exquisita, y Thane juzgó
que nunca había visto una muchacha tan hermosa. Pasaron largos segundos antes
que volviera la pequeña placa y hallara la inscripción grabada en el reverso.
A Glenn
De Atlantis
Aquí estaba Glenn,
atado a la litera. ¿Era Atlantis la muchacha de ojos serios, o el nombre de su
vivienda, o alguna señal de referencia de la amante que Thane jamás conocería?
Retrocedió para
echar una prolongada y atenta mirada al capitán Clayton. Aun mientras yacía
así, abierto de brazos y piernas, insensible y boqueando penosamente, el
curtido habitante del Exterior era todavía un enigmático adversario.
El siguiente
descubrimiento de Barry Thane hizo parecer al invasor aun más siniestro.
Todavía entumecidos y torpes por el rayo paralizador, sus dedos dejaron caer la
pequeña placa. Trató de asirla, cogerla, y no hizo más que enviarla
repiqueteando contra el mamparo de metal.
Cuando la recogió,
halló que se había desmontado. La fotografía de la muchacha estaba sobre una
desunida lámina de platino. Había tapado un pequeño compartimiento secreto,
donde habían sido escondidos varios doblados retazos de una oscura y dura
película metálica.
Thane desdobló las
láminas metálicas, y halló una escritura de descolorida tinta sobre ellas, con
una escarpada y poco común letra cursiva. La mayor parte de ellas parecían
simplemente minutas. Nombres desconcertantes, direcciones extrañas, anotaciones
incomprensibles. Pero una de ellas lo inquietó.
«El portador,
capitán Glenn Clayton, es por la presente nuestro alter ego. Obedézcanle para
la destrucción de nuestros enemigos y el inevitable triunfo de la Estrella
Escarlata.»
Debajo de la
escritura había un símbolo en forma de estrella, negro y escarlata. El negro
era absoluto, y el rojo era extrañamente luciente. El negro era frío al tacto,
hasta para sus entumecidos dedos, y los complicados arabescos rojos eran
cálidos; como si el negro extrajera energía, la cual irradiasen los rojos
trazos. El símbolo de la Estrella Escarlata sería difícil de contrahacer.
Thane leyó ese
mensaje dos veces, con el cerebro hecho un revoltijo. ¿Qué era la Estrella
Escarlata? ¿De quién era alter ego el capitán Glenn Clayton? ¿Y quiénes eran
los enemigos que debían ser destruidos?
Aturdidamente,
restituyó los trozos de película metálica a la somera cavidad y metió la
fotografía de nuevo para taparlos. Miró otra vez a la seriamente sonriente
muchacha. Parecía ser demasiado atractiva para tener alguna parte en la clase
de conspiración que él sospechaba.
La tranquila voz de
Clayton lo sobresaltó.
—¡Bien, Thane!
¡Enhorabuena!
TRES
Thane retrocedió
vigilantemente.
—No sé cómo lo ha
hecho usted. —Clayton se retorció, colocándose en una más cómoda postura sobre
el pavimento, de espaldas a la litera, y levantó las dos encadenadas manos para
tocar el dorso de su cabeza—. Me ha pegado como un meteoro. Y yo creía que ustedes
los norteamericanos serían gordos y fofos, por su holgada vida aquí en el
interior del Anillo.
Thane hizo gestos
con el arma.
—Incorpórese sobre
el canto de la litera —ordenó—. Me toca ahora pedir información.
Clayton se sentó en
la litera y dejó que su encadenado tobillo se balanceara. Sus penetrantes ojos
verduscos observaban a Thane, vigilantes como siempre, pero no inquietos.
Clayton era todavía un desafiador adversario. De repente rió entre dientes.
—Comprendo que más
valdría que lo explicara —dijo blandamente—. Parece ser que he dejado que mi
instintiva prevención sobrepujara al buen juicio. Supongo que mi proceder ha
parecido descortés. Pero ha de saber que mis propósitos son enteramente
abiertos y sinceros. No tengo ningunos planes en absoluto para nada excepto el
mutuo beneficio de mi pueblo y el suyo.
Los ojos de Thane
se estrecharon. El flaco y moreno rostro de Clayton parecía ser muy sincero,
pero sus palabras no se ajustaban a ese metálico documento signado con la
Estrella Escarlata. Thane mantuvo el arma de la parálisis aprestada.
—Sí —dijo—. Creo
que más vale que se explique.
—Veo que usted me
ha registrado los bolsillos. —Clayton fijó los ojos en la fotografía de la
muchacha, la cual Thane todavía tenía en la mano—. Debe haber cogido algunas
ideas, pero confío en que usted no hará perjudiciales y falsas deducciones
precipitadas. ¿Qué quiere saber?
Thane restituyó la
fotografía a la cartera de Clayton, y se sentó en el canto de una mesa de
náutica atestada de mapas, que quedaba lejos del alcance del habitante del
Exterior. La máquina estaba zumbando y sonando y silbando detrás de él, pero
para su exploración esperaría hasta que Clayton hubiera sido interrogado.
—Infórmeme sobre
Nueva Europa.
—¿Qué es Nueva
Europa? —El endurecido rostro de Clayton palideció.
—Algo que acuña
monedas, al menos.
—Que descuidado
soy. —Los verduscos ojos de Clayton fulguraron con un brillo de comprensión—.
Pero no esperaba ser agarrado —añadió como excusa.
—¿Qué me dice de
Nueva Europa?
—Mi país. —Los
flacos hombros de Clayton se enderezaron—. Nuestra historia comienza hace dos
siglos, cuando América levantó el Anillo para protegerse y dejó al resto del
mundo morir en el Exterior...
—Eso no es cierto
—objetó Thane—. Ofrecimos generadores de Anillos a los pueblos de todos los
continentes. No es culpa nuestra que ellos no salvaran a nadie. Nuestro propio
Anillo fue mantenido abierto para los refugiados, hasta que fuimos atacados.
—Su versión de la
historia —dijo Clayton—. Creía que usted quería la mía.
—Lo siento.
Prosiga.
—Sobrevivimos. —Un
desafiador orgullo iluminó el endurecido rostro de Clayton—. Sin su precioso
Anillo.
—¿Cómo?
—De todo posible
modo. Tuvimos dos años de aviso, recuerde. Aprovechamos el tiempo. Las fábricas
fueron dirigidas hacia la producción en masa de toda clase de equipo para la
supervivencia: trajes de aire, regeneradores de aire, vehículos especiales. Los
submarinos de la armada fueron anclados con hormigón y convertidos en refugios.
Se reconstruyeron resguardos contra las incursiones aéreas. Las más profundas
minas fueron equipadas con cámaras de aire, y provistas de víveres.
—¿La gente
realmente lo pasó en lugares tales como eso? —Thane lo escudriñó dudosamente—.
La corteza terrestre casi se desmenuzó. Las olas debieron haber sido de millas
de altura, sobre cada pulgada de terreno. No veo cómo...
—Usted es un gato
gordo americano. —Clayton sonrió—. Mis antepasados eran más resistentes. Sólo
los más resistentes y los más afortunados sobrevivieron. Pero hubo varios miles
de sobrevivientes en la vieja Europa y en la isla de la Gran Bretaña; mis antepasados
procedían de allí.
»Por supuesto sus
penas sólo habían empezado cuando el inerte astro prosiguió y los temblores de
tierra cesaron. Para la mayor parte de ellos, la supervivencia fue solamente
temporal. Perecieron en los refugios cuando se acabaron las provisiones o falló
el equipo de aire. Los demás estaban aislados, encerrados en los refugios y
esperando morir cuando llegó la ayuda.
—¿La ayuda? —Con
una repentina desazón, Thane recordó el ojo que había visto mirar fijamente
desde una calavera, y todas sus aprensivas especulaciones acerca de extraños
habitantes del espacio que habían venido con el enano—. ¿Quién ayudó?
—Los hombres del
espacio.
—¿Eh? —Thane hizo
lo posible para no temblar—. Hombres del espacio, ¿de dónde?
—De la Gran Bretaña
—dijo Clayton—. Y la parte de la vieja Europa llamada Rusia. Algunos de ellos
habían llegado al viejo satélite de la Tierra. Sus telescopios habían hallado
al astro que se aproximaba. Trajeron de vuelta el aviso de peligro, y los medios
para sobrevivir a ello.
—¿Qué clase de
medios? —Thane se sosegó un poco.
—Durante muchos
años estuvieron perfeccionando máquinas y técnicas para mantenerse vivos y en
movimiento y hacer trabajo útil en las condiciones de abierto espacio. Cuando
esas mismas condiciones se dieron en la Tierra, estaban preparados. Unas
cuantas naves se alejaron del cataclismo, saliendo al espacio. Los hombres del
espacio volvieron para libertar y reunir a los dispersos grupos de
sobrevivientes.
Los verdosos ojos
de Clayton estaban brillando.
—Mi raza eran
hombres del espacio, y siempre fueron los guías. Tenían el saber para construir
fábricas de energía atómica; y, sin aire para quemar, los hombres tenían que
tener energía atómica. Salvaron combustibles nucleares de los depósitos de
guerra que resistieron la inundación, y hallaron nuevos depósitos donde
estuvieron los mares.
»Cuando acaeció
otro desastre, volvieron a ser los guías. Los hombres necesitaban agua; para
los generadores de aire, lo mismo que para toda otra cosa. Perforaron el
terreno para sacarla, al principio. Pero en unos cuantos años los pozos se
secaron. Las aguas subterráneas se estaban escurriendo de las tierras
montañosas.
»Seguimos al agua.
El triunfo sonaba
en la voz de Clayton.
—Mi raza fueron
guías en esa gran migración, hacia Nueva Europa. Avanzaron un millar de millas,
hasta el fondo del antiguo Atlántico. Perforaron nuevos pozos y abrieron nuevas
minas y construyeron nuevas fábricas de energía. Inventaron y trabajaron y perseveraron,
y siempre sobrevivieron.
Las manillas
resonaron de repente en la muñeca de Clayton. El hombre observó la viva
reacción de Thane, con un cruel gozo en sus desafiadores ojos verdosos.
—Estamos todavía
ahí —dijo—. Estaremos ahí cuando su precioso Anillo se haya extinguido. ¿Es esa
la información que quería?
—Parte de ella.
—Thane hizo una señal de asentimiento, y le dirigió una sonrisa de cauta
admiración—. Su raza tiene una historia de la que puede estar orgullosa. Pero
hay una cosa que no comprendo. ¿Por qué no se comunicaron con nosotros?
Podíamos haber ayudado...
—Pero, ¿de veras?
—¡Ciertamente!
—A todos se nos
había cerrado la puerta de su maravilloso refugio, no lo olvide. —Clayton se
encogió de hombros escépticamente, con otro ligero retintín de sus cadenas—. De
cualquier modo, es sólo recientemente que ha sido posible alguna comunicación.
—No veo por qué.
—En Nueva Europa
estamos a tres mil millas de aquí. En la lucha para mantenernos vivos,
descuidamos el arte de los vuelos espaciales. Carecíamos de recursos para
proveer de combustible a los antiguos cohetes químicos. Es sólo en el curso de
mi propia vida que fue perfeccionado el «jet» iónico y descubierta su Barrera
de nuevo. América se había vuelto una leyenda. Nos asombró hallar que ustedes
realmente existían.
—¿Y qué me dice de
la radio? —demandó Thane—. La radiación atraviesa el Anillo. ¿No podían coger
nuestras emisiones?
—Las cosas son
diferentes en el Exterior. —Clayton parecía satisfecho de sí—. Aquí, ustedes
tienen una capa ionizada en la cima de su atmósfera, la cual refleja las
señales de la radio de nuevo a la superficie. En el Exterior no tenemos una tan
útil capa reflectora.
—No pensé en eso.
—Thane inclinó la cabeza tímidamente en señal de asentimiento.
—Por supuesto, hay
vestigios de aire —añadió Clayton—. El sol los ioniza, hasta la superficie, de
modo que la transmisión por radio es casi imposible. Aun de noche, el alcance
está usualmente limitado a las estaciones dentro del límite de visión.
—Muy bien. —Thane
se puso en pie de nuevo, mirando con ceño a su no acobardado prisionero y
sopesando de un modo pensativo el arma que había apresado—. Ahora que usted
finalmente ha venido a nosotros, de esta extraña manera, ¿qué busca?
—Ayuda —respondió
prontamente Clayton—. Nuestros pozos se están secando de nuevo, hasta bajo los
fondos de los antiguos mares. He venido a pedir agua, lo cual significa la vida
misma. O más bien, para negociar un trueque. Podemos ofrecerles petróleo, carbón
de piedra, metales; hasta uranio para suministrar energía para el Anillo.
—Usted estuvo
entrando de una manera muy furtiva para un honrado negociante. —Thane echó un
vistazo con estrechados ojos a la bañista pegada al mamparo—. Evidentemente
usted ha estado aquí antes. ¿Por qué todo ese sigilo?
—¿No puede
imaginarlo? —Clayton rió ásperamente—. ¡Encontramos cadáveres amontonados
afuera de su maravilloso Anillo!
—Los he visto —dijo
Thane—. Eran refugiados que llegaron demasiado tarde, después que habíamos
cerrado el Anillo. Cualquier tentativa para salvarlos nos habría expuesto a
todos a la destrucción.
—Quizás usted cree
eso. —Clayton sonrió fríamente—. Pero al menos podrá comprender que ellos
bastaron para hacernos cautos. Los hombres que descubrieron la Barrera cuidaron
de mantenerse fuera del alcance de la vista. Montaron cámaras y receptores de
radio y televisión para espiarlos a ustedes.
—¿Eh? —Thane
contuvo la respiración—. ¿Estaba una de sus cámaras oculta dentro de un cráneo
humano, yacente en un borde de roca justamente sobre el lugar donde el Anillo
entra en el sector de la costa de la Corporación de California?
—No sabría decirlo.
—Clayton se encogió de hombros, pero se estaba poniendo más derecho—.
Ciertamente sé que la mayor parte de los puestos de escucha fueron establecidos
a lo largo de la frontera occidental de la Barrera, para ocultar la dirección
de Nueva Europa, si acaso se nos descubría. Creo que había un puesto situado en
ese punto.
—Eso explica algo
que me ha preocupado durante muchos años. Capté un destello de luz de esa
oculta lente; se parecía a un ojo. Luego, el cráneo desapareció.
—Alguno debió haber
sido demasiado descuidado. —Clayton levantó sus maniatadas muñecas, con una
abierta y esperanzada sonrisa—. Ahora que hemos llegado a una amistosa
comprensión...
—No es así —le
interrumpió Thane—. Quiero saber por qué ustedes han estado esperando tanto
tiempo, y entrado tan furtivamente.
—En primer lugar,
nos llevó muchos años perfeccionar los polarizadores que he estado usando para
entrar en el Anillo. Todo lo que teníamos para empezar eran fragmentarias
reproducciones de las impresiones heliográficas y las guías para el generador
de la Barrera que fue expedido a la Gran Bretaña hace doscientos años. Tuvimos
que perforar un largo túnel para alcanzar la Barrera en un punto donde nuestros
ensayos no fueran descubiertos por la Guardia del Anillo.
—¿Dónde era eso?
—Thane se estremeció—. Supongamos que sus experimentos hubieran quebrado el
Anillo.
—No hicieron nada
de eso. —Clayton parecía estar un poco decepcionado—. Pero estaban dispuestos a
correr ese riesgo. Los cadáveres de alrededor de la Barrera parecían confirmar
que ustedes habían sido crueles cerrando la puerta de su refugio a otros. No teníamos
ningún motivo para esperar generosidad ahora.
—Creo que habrían
conseguido todo el agua que necesitan si la hubieran pedido abiertamente...
—Quizás usted no me
cree —interrumpió Clayton—. Eche un vistazo a la carta que traje de mi gobierno
para el suyo. Está en el armario de los mapas, allí. Busque en el
compartimiento superior.
El armario estaba
abierto. Thane encontró un largo sobre de una fuerte telilla metálica gris en
el compartimiento que indicó Clayton. Se volvió prontamente para vigilar al
habitante del Exterior.
—Está abierta —dijo
Clayton—. Léala.
Thane desdobló una
compacta hoja del fuerte y flexible material metálico. La comunicación oficial
estaba estampada en descolorida tinta, debajo de un primoroso timbre en esmalte
azul.
«A las
Corporaciones Unidas de América.
Saludos:
El capitán Glenn
Clayton, portador de este documento, trata de efectuar una pacífica reunión de
nuestros separados pueblos. Ha visitado América, y nos da seguridad de su
generosidad. Explicará nuestra desesperada situación, y está autorizado para
negociar la compra del agua que necesitamos para sobrevivir. Confiamos en que
las conversaciones que solicita cimentarán una fuerte amistad entre nuestras
independientes naciones.
Atlantis Lee,
Secretario de la
Confederación de Nueva Europa,
Cúpula de
Churchill, 10 piso.»
Thane repuso la
compacta hoja metálica dentro del grueso sobre. Habría sido convincente si
Clayton no hubiera abierto las negociaciones con el arma de la parálisis, y si
Thane no hubiese visto por casualidad esas más siniestras credenciales ocultas
detrás de la descripción de Atlantis Lee.
—¿Quién...?
—preguntó Thane de repente—, ¿quién es Atlantis Lee?
—Usted la ha estado
admirando, veo. —La voz de Clayton sonó con un momentáneo chasquido de no
encubierto resentimiento—. Como indica la carta, es la secretaria de Nueva
Europa.
—¿Su gobernante?
—Uno de nuestros
jefes —asintió vagamente Clayton—. Nuestra situación política es un poquito
complicada.
—Quiero saber más
sobre eso.
Thane se paró,
frunciendo el ceño. Su increíble prisionero había empezado a parecer más locuaz
que sincero. La situación política de Nueva Europa podía con seguridad dejarse
para más experimentados interrogadores, con mejores medios para separar la
verdad de la mentira. Sopesó la apresada arma de un modo pensativo,
preguntándose si bastaban las manillas para mantener al habitante del Exterior
aprisionado.
—¡Oiga! —El recelo
se extendió en los ojos de Clayton—. ¿No lo he convencido?...
—Lo estoy llevando
a tierra. Le advierto que no vacilaré en usar esta arma. ¿Dónde está la sala de
control?
—Allá. —Clayton
avanzó la cabeza—. Pero le prevengo contra cualquier temeraria tentativa para
pilotar el Friendship usted mismo. Recuerde, estamos a un centenar de yardas
abajo. Usted, probablemente, nos ahogaría.
Thane atisbo
adentro de la sala de control, y hubo de convenir que Clayton tenía razón.
Había esperado encontrar controles de motores y de aire, el polarizador —sea lo
que fuere— que había permitido a la máquina atravesar el Anillo, y alguna
especie de equipo de gobierno para las rodadas de oruga. Encontró mucho más.
Una aturdidora serie de esferas y controles no conocidos cubrían enteramente
las paredes del compartimiento al alcance del asiento del piloto, y la mayor
parte del techo y el pavimento. Retrocedió lentamente hacia el alto habitante
del Exterior, el cual estaba sonriendo con expectación.
—Voy a dejarle
agarrar los controles —le dijo Thane.
—Una sensata
decisión. —Clayton levantó las manillas que habían de ser destrabadas—. La
llave de éstas está en la anilla que sacó de mis bolsillos.
Thane soltó la
cadena del tobillo y retrocedió prontamente.
—Usted tendrá que
arreglarse con las manillas —dijo—. Encamínese despacio al asiento del piloto.
Clayton obedeció,
quejándose alegremente.
—Usted es demasiado
desconfiado, teniente. Pero creo que no debiera censurarlo. Los extraños —los
de países extranjeros— son propensos a ser desconfiados al principio.
El habitante del
Exterior se instaló en el asiento del piloto. Thane quedó cerca, detrás de él,
manteniendo la boca de esa no conocida arma en el dorso de su cobriza cabeza.
—Llévenos a la
costa de nuevo —ordenó Thane.
—Usted está
dificultando las cosas demasiado —dijo Clayton—. Necesito las dos manos...
—Lo sé —profirió
vivamente Thane—. Pero prosiga.
Desmañado con los
controles, Clayton los asió. Los motores gimieron. Las bombas latieron. La
máquina se puso en movimiento con sacudidas. Clayton permanecía sentado allí,
en silencio, observando los complicados instrumentos.
Detrás de él, Thane
vigilaba atentamente, esperando a que el hombre sacara alguna imprevista arma,
medio aguardando que inundara la máquina para producir una desviación, medio
temeroso de que se adelantara hacia el Exterior en vez de la costa.
Pero las olas
batían contra el casco, asegurándole que estaban todavía dentro del Anillo.
Luego sintió que la máquina tocaba el fondo. Clayton hizo algo con los mandos.
El ruido de los motores se alteró, y avanzaron con sacudidas otra vez. El
habitante del Exterior hizo una seña con la cabeza hacia un grupo de palmeras
en aguda silueta sobre una pantalla de radar.
—Estamos en la
ribera.
—Pare aquí mismo, y
abra el transmisor de la radio.
Thane le dio la
frecuencia de la estación de la Guardia en la base de Key West. Respondió un
aburrido operador. Voceando en el micrófono, Thane informó que había apresado
una máquina invasora procedente del Exterior. La había llevado a tierra en Long
Key, y estaba esperando ayuda. La máquina había sido desfigurada para que
pareciera una roca...
El operador
interrumpió, para preguntar qué estuvo bebiendo. Thane preguntó por el capitán
Steadman. El cual salió con aire soñoliento e indignado. Patterson Thane no era
dueño de la Guardia del Anillo, y el capitán había tragado todas las tonterías
que podía soportar. Si oía alguna otra cosa acerca de rocas andantes, iba a
echar a Barry fuera de la Guardia.
—Mala suerte,
Thane. —Clayton rió entre dientes burlonamente mientras que Steadman colgaba—.
¿A dónde vamos desde aquí?
—Conecte con las
bandas de radiodifusión —ordenó Thane—. Empezaremos a estrujar las emisiones
comerciales. Eso debiera traer a alguien aquí rápidamente.
—Usted se
encarga...
Clayton echó mano a
otro conmutador, y Thane fue golpeado por un invisible alud. Lo lanzó pasillo
abajo, echándolo contra el mamparo del otro extremo de la máquina.
El brutal impacto
lo aturdió. Debió haber estado inconsciente por un momento. Luego percibió un
débil y lastimero gemido. Trató de levantarse, y halló que de algún modo toda
la máquina se había puesto derecha. En el asiento del piloto, Clayton estaba
colgado en lo alto por encima de él ahora. El mamparo se había convertido en el
pavimento, y una terrible presión lo fijaba firmemente en él.
Boqueando
penosamente para respirar, empezó a comprender. La máquina era una desfigurada
nave-cohete. Ese gemido eran los «jets». La fuerza que lo oprimía era la
aceleración del inesperado despegue.
Revolvió el cuerpo
bajo esa cruel pesantez. Levantó la cabeza. La sangre, fluyendo de una herida
de la frente, casi lo cegaba, pero halló el arma de la parálisis yacente donde
debió haberla soltado.
Estaba a unos seis
pasos de distancia. Thane serpeó hacia ella, llevando su cuarto de tonelada de
peso adicional. Era más pesada que el plomo cuando la alcanzó, y necesitó toda
su fuerza para levantarla. Revolvió su pesado cuerpo otra vez, apuntó el arma
hacia Clayton, apretó el disparador.
Nada ocurrió.
No hubo ningún
opaco rayo de paralizadora luz violada. Algo se había roto con la caída. Thane
se combó contra el mamparo de nuevo, desarmado y dominado por esa invisible
fuerza. Yaciendo allí, oyó la voz de Clayton.
Creyó que el
habitante del Exterior le había voceado algo, pero no pudo entenderlo. Un
momento después oyó una crepitación de respuesta del transmisor de la radio, y
se dio cuenta que Clayton estaba haciendo un informe propio. Las palabras del
habitante del Exterior parecían completamente extrañas al principio, otro
lenguaje, recortado y áspero y rápido como el estallido de una ametralladora,
pero luego empezó a formular frases en inglés.
—...atrapado el
hombre que buscaba... descripción del Friendship... alteración de planes por
emergencia... todo identifica al Blanco Uno... irradiado del centro geográfico
de la Barrera... proyectil nuclear, antes que estos necios despierten...
personal alerta en indicada senda de aguas de riada... silencio en la radio
ahora... ¡Aldebarán fuera!
Luego hubo sólo el
callado alarido de los «jets»
Yaciendo tendido
contra el mamparo, Thane trataba de hallar un significado en esas fragmentarias
frases. No pudo hallar más que uno, y él lo hirió con un golpe más aturdidor
que su caída.
Clayton no volvía
al Exterior. Los informes de Thane sobre la desfigurada máquina le habían hecho
alterar sus planes. Estaba procediendo a efectuar un ataque nuclear sobre el
Blanco Uno. En el centro geográfico del Anillo, el Blanco Uno sólo podía ser el
generador del Anillo.
Thane estaba
aturdido. Con el generador aplastado de un golpe, el Anillo se disiparía. Las
no represadas aguas de América descenderían a través de los secos fondos de los
mares. La aprisionada atmósfera volaría hacia el interior del vacío de Afuera,
y la desprevenida América yacería en espantoso estrago.
Tenía que detener a
Clayton. Combatiendo la cruel aceleración, Thane se levantó a gatas. Con
esfuerzo se apoyó en las rodillas. De algún modo logró ponerse de pie. Alzó el
arma pesada como el plomo, esperando usarla como una porra. Pero Clayton estaba
todavía a veinte pies arriba. Veinte pies, muchas veces multiplicados por ese
cruel empuje de la nave-cohete, en términos de la energía que se necesitaría
para subirlos, aun cuando pudiese encontrar una escalera de mano.
Pero no había
ninguna escalera.
Con ciega
desesperación, Thane intentó lanzar el arma. Su pesado brazo subió lentamente
con ella, demasiado despacio. Ascendió unos cuantos pies por encima de él e
inmediatamente volvió a caer con estrépito hacia el mamparo.
—¿Usted otra vez,
Thane? —Clayton había oído el choque—. Si me interrumpe ahora, nos destruirá a
los dos.
Eso no importaba...
aun cuando fuera cierto. Todo lo que importaba era cómo podía ser interrumpido
Clayton. Thane no podía alcanzarlo frente a esa pared de fuerza. Había sido
alertado ahora, y podía defenderse.
Thane se puso a
gatas para recuperar la inútil arma. Levantó la vista a tiempo para vislumbrar
el lento meneo del brazo de Clayton. Un reluciente proyectil descendió sobre
él, su velocidad multiplicada por ese impelente empuje.
Desesperadamente
echó su pesado cuerpo a un lado, hacia el estrecho resguardo del armario de los
mapas. El objeto rozó su hombro, y chocó con el mamparo. Thane vio que era un
apagaincendios. Trató de cogerlo, aun cuando sabía que no podría lanzarlo de nuevo
contra esa mortífera barrera de aceleración, y halló la chapa de registro.
Una estrecha chapa
metálica, que cubría una abertura del mamparo debajo de él. Algo había
estampado sobre ella, con extrañas y pálidas letras que no se tomó tiempo para
descifrar. Había sido fijada en el lugar con tornillos, pero el fuerte impacto
del apagaincendios la había hundido.
Thane se echó sobre
ella furiosamente, retorciéndola con las desnudas manos, y golpeando con el
apagaincendios. La arrancó. Debajo de ella, descubrió algo de intrincado
alambrado con lucientes tubos y menudos cristales que debían haber sido
transistores.
—¡Pare, necio
suicida! —oyó que le gritaba Clayton—. Eso es el control del reactor. ¡Tóquelo,
y estalla todo!
Al instante, Thane
lanzó el pesado apagaincendios contra los frágiles cristales y tubos. Ahora, la
aceleración daba fuerza a su golpe. Un azulado fuego silbó y chisporroteó en
los retorcidos despojos, y oyó una repentina vibración en el lamento de los «jets».
Golpeó otra vez, para asegurarse, y algo lo dejó tendido de un porrazo.
La siguiente cosa
que supo era que estaba levantándose con tambaleos, en alguna parte en la
oscuridad. Tenía las manos quemadas y la cabeza le dolía por una nueva
concusión, y la sangre se estaba secando en su rostro. Algo silbaba tenuemente,
en alguna parte por encima de él.
Sus manos
encontraron una caliente pared metálica, con una pequeña abertura en ella. Eso
era el mamparo, ahora casi vertical otra vez. Estaba todavía dentro de la
máquina. Ella estaba inmóvil, inclinada un poco de lado, donde debió haber
estallado. El silbido debía ser aire, o quizás el gas osado para la masa de
reacción de los «jets» nucleares, que se escaparía de una rota tubería.
Tanteó por la
inclinada cubierta hasta que encontró la rota arma, y entonces buscó el camino
a lo largo del pasillo hacia el asiento del piloto. Sintió aire fresco antes
que lo alcanzara, frío sobre su húmedo rostro, y vio débil luz de las estrellas
afuera de una abierta escotilla.
Creyó que Clayton
había muerto hasta que oyó un bronco resuello por encima de ese agonizante
silbido. Se encaminó hacia el ruido, y halló al habitante del Exterior. Clayton
yacía inconsciente sobre la ladeada cubierta, todavía maniatado y resbaladizo
con su propia sangre caliente.
Thane lo arrastró
hasta la abierta escotilla, y lo bajó cuidadosamente al suelo, afuera. A la
sazón, linos faroles destellaban a lo lejos. Thane estuvo esperando, parado en
el cenagoso campo de algodón junto al inerte habitante del Exterior, hasta que
un coche paró con las luces sobre él.
—¡Mira! —estaba
hablando un muchachito—. Es el meteoro, exactamente como lo he visto por encima
del gallinero. ¡Mayor que el establo!
—No son meteoros
—profirió nerviosamente un hombre—. No los hay aquí en el interior del Anillo.
—¡Retrocede! —gritó
una mujer—. Estoy asustada...
La portezuela del
coche se cerró de golpe. La luz brilló sobre el cañón de una escopeta.
—¡Eh, amigo! —voceó
el hombre—. ¿Qué están haciendo en mi campo de algodón?
Apresuradamente,
Thane dio su identidad. Se enteró de que ese pedazo de terreno estaba en la
Corporación del Sud, a treinta millas del punto de transporte por rayo de Nueva
Menfis. El ataque de Clayton había caído con seguridad lejos del Blanco Uno.
Thane llamó al
general Whitehall desde la alquería. Estaba tambaleando de conmoción y fatiga,
pero contó jadeante su historia de la máquina invasora y ese increíble
intentado ataque atómico sobre el generador del Anillo. El general escuchaba
quietamente, y de repente le interrumpió.
—Bien, Thane. Eso
basta.
—¡Espere, señor!
Tengo a este habitante del Exterior y su máquina para prueba...
—Usted no me
comprende —profirió vivamente el general—. No dudo de usted, pero no podemos
perder tiempo. Este es el momento en que debemos vindicar a la Guardia.
Alertaré a las autoridades locales y estaré ahí yo mismo. ¡Hasta que reciba
ayuda, cuide de ese habitante del Exterior.
—Gracias... —Thane
tuvo que aclarar su cerrada garganta—. ¡Sí, señor!
El general
Whitehall vino a verle esa noche en un hospital de Nueva Menfis. Sus heridas,
quemaduras y magulladuras habían sido curadas. Había dormido la mayor parte del
día. Estaba débil y hambriento. Su victoria sobre Clayton lo había dejado con
una viva sensación de bienestar, a pesar de todas las lesiones, y le chocó ver
la pesadumbre del macilento rostro del general.
—La cosa tiene mal
aspecto, Thane. —El general movió la cabeza—. ¡Malo! Nuestros ingenieros están
trasladando esos extraños despojos al cuartel general para un examen más
completo, pero sus primeros informes ya confirman su relación. El armamento
nuclear de esa nave-cohete podía haber aplastado el generador del Anillo de un
golpe, a pesar de todas nuestras defensas.
—Pero ahora tenemos
la nave...
—Tenemos una nave,
gracias a un soldado muy tenaz. —El general le dirigió una fría y ligera
sonrisa—. Pero seguramente hay otras. Hay la desconocida nación que la
construyó y armó. Hay el increíble odio detrás del ataque.
—Tenemos a
Clayton...
—Le he visto —dijo
el general—. Hemos quitado una trombosis que estaba oprimiendo su cerebro. El
resto de las lesiones eran bastante superficiales. Había recobrado el sentido
cuando lo vi. En verdad, parecía ser muy dueño de sí.
El viejo general se
encogió de hombros desesperadamente.
—Nunca vi hombre
semejante. No le comprendo. Es obviamente inteligente y sumamente competente.
El psiquiatra del cuerpo médico concuerda conmigo en que está probablemente
cuerdo. Pero el único pesar que parece tener tocante a su esfuerzo para
destruir a América es que usted pudo pararlo.
—¡Y se estaba
riendo de mí!
—Parece estar
completamente seguro de que el Anillo será destruido. Aun cuando está siendo
muy cauteloso con respecto a entregar cualquier información que nos pudiera ser
útil, deduzco que está esperando que sus amigos del Exterior efectúen otro
ataque; y aparentemente no se inquieta por lo que ello le reporte.
El general se
encaminó sin objeto a la ventana de la sala y regresó de nuevo. Pasó
rápidamente sus delgados dedos por su blanco cabello, y miró a Thane con una
angustiada frustración en los ojos.
—¿Qué podemos
hacer?
—Podemos interrogar
a Clayton...
—Está siendo
interrogado —dijo el general—. Arrancaremos todos los datos que podamos, por
todos los medios humanos. Pero el hombre es hábil y valiente y está todavía
resuelto a destruirnos. No podemos estar seguros de nada de lo que diga.
La ansiedad abrió
hondos surcos en el rostro del general.
—Tenemos que obrar
mejor —musitó—. Tenemos que saber la verdad acerca de nuestros enemigos del
Exterior. Tenemos que saber por qué nos odian tan fuertemente. Hemos de
averiguar la amplitud de sus recursos, y exactamente lo que se proponen.
—Y tenemos que
pararlos.
—Pero no sé cómo.
—Abatidamente, el general se encogió de hombros—. ¿Qué podemos hacer?
Thane no podía
ofrecer ninguna solución entonces. Más tarde, esa noche, sin embargo, yaciendo
desvelado en la dura y estrecha cama del hospital, halló la solución correcta.
CUATRO
Thane pasó los
siguientes dos días resolviendo los detalles, mientras esperaba a que en el
hospital lo dieran de alta y el barco lo llevara de nuevo al cuartel general de
la Guardia en la Corporación del Mediodía Occidental, cerca del amenazado
generador del Anillo. Llevó su plan al general Whitehall.
El general estaba
atareado, intentando desesperadamente movilizar las mohosas defensas del
Anillo, y Thane tuvo que esperar largo rato afuera de su despacho. Whitehall
levantó la vista lentamente cuando entró Thane, con sólo un tenue brillo de una
sonrisa para ocultar la angustia pintada en sus cansados ojos azules.
—Creo que lo tengo,
señor —le dijo Thane—. Debemos hacer lo que Clayton evidentemente estaba
proyectando, cuando me apresó. Debemos enviar un emisario secreto al Exterior.
De repente los ojos
del general se avivaron de nuevo. Por un largo momento observaron a Thane con
una absoluta concentración, como si pudieran ver todos los detalles del
proyecto en su mente. De súbito miraron con ceño, como si hubieran hallado las
trampas y barreras inevitables delante.
—Clayton no
proyectaba ningún inmediato ataque sobre el Anillo, hasta que lo obligué a
obrar prematuramente —arguyó Thane con presteza—. El hombre estaba demasiado
inseguro acerca de nuestras defensas, y demasiado precavido tocante a
alarmarnos. Eso da a nuestro emisario secreto una probabilidad de ganar un poco
de tiempo para nosotros, a lo menos, aconsejando adicionales demoras. Con
suficiente suerte, pudiera regresar con los datos que debemos obtener. Hasta en
el peor de los casos, debiera poder producir alguna especie de útil desviación.
El general movió la
cabeza, todavía mirando con ceño.
—¿Quién podría
cumplir semejante misión?
Thane tomó aliento.
—Yo lo intentaré,
señor.
—Usted ha hecho su
poquito —dijo el general—. Me agrada su ánimo. Pero no veo cómo...
—Me fingiré
Clayton.
—Usted ni siquiera
se parece a él. —El general resopló.
—Tengo la misma
estatura —dijo Thane—. Podemos enviar a buscar a Della Rand, y hacerle hacer
otro trabajo de cirugía plástica. Tenemos a Clayton. Puedo estudiar sus
amaneramientos, aprender todo lo que pueda con respecto a las personas a las
cuales debo engañar.
—Clayton lo
frustrará a usted —interrumpió Whitehall—. Es muy vivo.
—Lo suficiente vivo
—dijo Thane—, para que haya evidentemente estado entrando y saliendo del Anillo
durante los últimos años, sin ser descubierto. Claramente estaba pensando usar
mi uniforme y mis botas...
—Un buen detalle.
Pero no olvide que Clayton tuvo muchos años para observarnos. —El general echó
un vistazo a los documentos escritos a máquina, apilados con esmerado
alineamiento sobre su escritorio—. He estado examinando detenidamente los
informes sobre todo lo que conseguimos con esa máquina. Para mostrarle la
magnitud de los preparativos que Clayton hubo que hacer, hay hasta una especie
de diccionario hablado, con registros de cinta de miles de palabras. Aunque su
idioma vernáculo es una especie de inglés, el tiempo ha hecho muchas
alteraciones en él. Es casi una lengua extranjera.
—Podemos usar su
diccionario.
—Pero no tendremos
años para estudiarlo.
—Podemos servirnos
de esas nuevas cintas de adiestramiento hipnóticas que están usando en la
Academia —respondió prontamente Thane—. El diccionario, y todos los mapas y
libros y documentos de Clayton.
—Veo que usted ha
puesto un poco de atención en esto. —El general hizo una señal de asentimiento
con la cabeza, de mala gana—. Pero la nave invasora está destrozada. Aun cuando
pueda ser reparada, es con mucho demasiado valiosa para que la arriesguemos en
un proyecto tan fútil.
—Estaré mejor sin
ella —le aseguró Thane—. He estado hablando a los ingenieros. Han encontrado
algún equipo de escape dentro de la nave-cohete. Un traje de aire equipado con
radio de dos canales, y una ligera motocicleta eléctrica. Todo mi plan está
cimentado sobre eso.
Vio el primer tenue
rayo de esperanza en los cansados ojos del general.
—Usted sabe, usaré
la radio para comunicarme con la base de operaciones de Clayton. Informaré que
la nave-cohete fue atacada y destruida, mientras que intentaba atacar al
generador del Anillo, con armas que están esperando a algunos otros atacantes.
El general
Whitehall se levantó de repente.
—Usted lo está
haciendo parecer posible. —Una reprimida agitación matizó su voz—. Como
Clayton, puede contar que fue apresado por la Guardia del Anillo y puesto en
libertad para devolver un mensaje. Nosotros contestaremos esa carta de la
secretaria de Nueva Europa, aunque todavía no la entiendo enteramente.
Ofreceremos suministrar a los habitantes del Exterior mucha agua, con algunas
razonables condiciones, si quieren construir cañerías hasta el Anillo.
Paseó por el
pavimento del despacho, impaciente de júbilo.
—Si nuestros
ofrecimientos de paz son aceptados, eso es todo lo que queremos. Si son
rechazados —y temo que lo serán—, usted debe traer de vuelta todos los datos
que pueda recoger, los cuales ayudarán a defender a América. Debe hallar la
base de ese insensato odio; ha de ser una especie de locura colectiva, que de
algún modo hemos de curar.
»Pero... —El
general Whitehall detuvo su andadura de repente, como si hubiera chocado con
algún inmovible obstáculo—. Si usted no coge la nave-cohete, ¿cómo pasará el
Anillo?
—Discutí eso con
los ingenieros —dijo Thane—. Están aprendiendo algo sobre el aparato de la
nave-cohete que Clayton llama un polarizador. Usted sabe que hay una filtración
muy gradual de moléculas de aire a través del Anillo.
—Conozco la teoría.
—El general hizo una señal de asentimiento impacientemente—. Penetran unos
cuantos descarriados átomos, porque chocan por casualidad con la capa
reflectora a cierta velocidad exacta, con sus centros de rotación
perpendiculares a ella.
—Los ingenieros me
dicen —explicó Thane, con una señal de asentimiento—, que el polarizador crea
un campo especial que alinea a los átomos, sin causar otra alteración. El
efecto es probablemente muy temporal, pero esta materia polarizada
evidentemente atraviesa el Anillo lo mismo que lo hace la luz, sin producir
ninguna efectiva abertura.
—¿Está intacto el
aparato?
—Lo están
reparando. El doctor Wooten me ha prometido que estará listo para llevarme a
través del Anillo, con el traje de aire y la motocicleta, cuando yo esté
preparado para salir.
—Usted está
bastante seguro. —Whitehall le escudriñó extrañamente—. Pero, ¿ha pensado en
cómo va a regresar?
—Eso es un puente
que ha de ser atravesado cuando llegue a él. —Thane sonrió—. Debiera ser
bastante fácil salir del Anillo a nivel del mar, si el polarizador funciona. No
será tan fácil regresar, frente a quince libras de presión del aire. Clayton
tenía el empuje de los «jets». Yo tendré que hallar otra cosa.
»Pero mi misión no
depende de eso —agregó en seguida—. Puedo hacer informes a través del Anillo,
por radio. Para entonces, los ingenieros pueden tener la nave-cohete aparejada
para volar al Exterior y recogerme. O quizás reproduzcan el polarizador, e instalen
una represa de aire dentro del Anillo. Pero todo eso puede esperar.
»Por favor,
señor... ¿qué cree usted?
—El asunto tendrá
que ser tratado con mi estado mayor. —El viejo general le sonrió sobriamente—.
Pero imagino que tendremos que soltarlo a usted.
—¡Gracias, señor!
—susurró Thane.
La doctora Della
Rand llegó el día siguiente de la Corporación de Chicago, en respuesta a la
urgente llamada del general Whitehall. En la estación de la adormecida pequeña
ciudad de Ring City, Thane estaba esperando para recibirla. Su respiración se
aceleró un poco mientras el largo y brillante barco costero se deslizaba afuera
del enfocante anillo. La famosa doctora bajó la rampa, y el corazón de Thane
dio un pequeño brinco.
La morena y vital
belleza de la doctora era atrayente como siempre. Su cutis tenía el mismo
cálido brillo, sus ojos la misma penetrante viveza, pero algo había cambiado.
Thane sintió una angustia de vago menoscabo. Luego comprendió cuál era la
desazón. Della Rand no había cambiado en absoluto. Pero él había visto la
fotografía que tenía Clayton de esa muchacha de ojos violados de la lejana
Nueva Europa, la cual llevaba el obsesionante nombre de Atlantis Lee.
—Hola, Thane.
Hasta la viva e
impersonal voz era todavía la misma. La doctora Della Rand se paró por un
momento para observar el rostro de Thane, pero él sabía que la joven doctora
sólo veía el hábil trabajo de sus manos de cirujana.
—El general
Whitehall me envió a buscar —declaró Della Rand—. ¿Qué quiere?
Thane se sentía
tranquilo con la doctora ahora, porque ella ya no importaba.
—Un secreto militar
—dijo Thane—. Necesito otra operación facial.
—No tengo tiempo
para burlas. —Della Rand frunció el ceño con disgusto—. No le ocurre nada a su
rostro...
—No estoy
bromeando.
Thane la informó
sobre su plan y la situación que lo hacía necesario. La aguda mente de la
doctora aceptó y registró el hecho de que vivían hombres en el Exterior. De
repente volvió a mirar a Thane, como si nunca antes lo hubiera realmente visto.
—¿No es muy
arriesgado este proyecto?
—Tal vez. —Thane se
encogió de hombros—. Todos estamos en peligro ahora.
Thane la acompañó
al despacho del general Whitehall.
—Clayton no ha de
saber lo que estamos proyectando —explicó el general—. Todavía estamos tratando
de interrogarlo, sin mucho éxito. Preparará una trampa para Thane, con alguna
hábil mentira, si sospecha algo.
—Pero tendré que
observar su rostro —repuso Della, con una señal de asentimiento.
—Estamos arreglando
eso —dijo Whitehall—. Usted sabe, el hombre fue mutilado cuando la nave-cohete
estalló. Se le ha informado que necesita cirugía plástica. Usted hará las
operaciones.
—Una retadora
asignación. —Los ojos de Della brillaban de interés—. Quizás pueda ayudar en la
interrogación, también. ¿Han probado la escopolamina? ¿O la completa hipnosis?
—Lo hemos probado
todo. —El general hizo una seña afirmativa—. Nada surte efecto. Ignoro si los
habitantes del Exterior han sufrido alguna mutación mental, o si ha sido
condicionado algún impedimento sicológico dentro de Clayton; pero él sabe más
de lo que podamos hacerle revelar.
—Un cabal reto
—susurró Della Rand—. Déjeme verle.
Thane estaba
presente en la sala de operaciones cuando confluyeron. Clayton había ya sido
envuelto con sábanas y atado a la mesa, y Della Rand se había puesto una bata y
una máscara blancas, pero los verdosos ojos del habitante del Exterior lucieron
con inmediata admiración.
—Hola, doctora.
—Clayton le sonrió—. Usted va a complicar mi tarea. Vine aquí para destruirles,
junto con su precioso Anillo. Ahora veo que tendré que salvarla a usted, de
algún modo, y devolverla a Nueva Europa.
Della tomó aliento.
Era la primera vez que Thane había visto su aire de brusca eficiencia alterado.
Creyó que Della estaba singularmente complacida, y al mismo tiempo, aturdida.
En un momento, sin embargo, la doctora recobró su viveza profesional.
—¿Todo preparado?
—Della Rand se dirigió hacia su ayudante—. ¡El anestésico! —ordenó.
Thane observó la
operación. Los relucientes instrumentos parecían tener vida en las hábiles
manos de Della. Unos recién descubiertos adhesivos unieron nervio y músculo y
piel, de modo que no se requerían puntos. Cuando la doctora hubo terminado,
sólo unas cuantas menudas líneas mostraban dónde el rostro de Clayton había
sido desgarrado. Hasta esas, lentamente, desaparecían.
Al día siguiente,
Thane, pasando más allá de los guardas, entró en la sala del hospital de
Clayton. El delgado habitante del Exterior estaba sentado en la cama, sorbiendo
zumo de naranja a través de una paja.
—¡Cosas tan
deliciosas! —Los verdosos ojos sonrieron, detrás de los vendajes—. No hay
naranjas en Nueva Europa. Ustedes, los americanos, realmente lo han pasado muy
bien, hasta ahora.
—No le puedo
entender. —Thane lo estuvo escudriñando—. Usted es valiente. Es listo. Casi me
agrada...
—Gracias, Thane.
—Clayton alzó el vaso—. Puedo decir lo mismo de usted.
—Mas no le puedo
llegar a comprender. —Thane frunció el ceño—. ¿Por qué estaba intentando
destruir a América? Eso parece... insensato.
—No para nosotros,
los habitantes del Exterior. —Clayton rió ásperamente a través de los tersos
vendajes—. Le dije que algunos de nosotros nos resentíamos de que se nos
hubiera cerrado la puerta del Anillo.
—Le expliqué que no
tenían motivo de resentimiento.
Los ojos de Clayton
brillaron con dureza.
—Rechacé su
explicación.
Thane probó un
diferente aspecto.
—Esta secreta
organización política de Nueva Europa —creo que se la conoce por la Estrella
Escarlata— ¿qué había tenido que ver eso con su ataque sobre el Anillo?
—No sé de qué está
usted hablando —dijo Clayton, encogiéndose de hombros.
—Tenemos pruebas
que lo relacionan a usted con esta organización.
—Haga volver a su
linda doctora por ahí, si realmente quieren alguna información. —Clayton rió
entre dientes burlonamente—. Que pruebe ella su completa hipnosis.
—Tal vez lo
hagamos.
—Eso sería
entretenido. Encuentro a la doctora muy atractiva. Es demasiado encantadora
para perecer. He de hallar un medio para llevarla a seguro lugar.
—¿Y qué me dice
usted de Atlantis Lee?
—Atlantis
—respondió Clayton—, está muy lejos de la Corporación del Mediodía Occidental.
Thane lo pensó, y
pidió ver el macizo anillo de platino que Clayton llevaba en el tercer dedo de
la mano derecha. Esa petición debió haber sido un desatino, porque el alto
habitante del Exterior se atiesó de repente. Los vendajes ocultaban la
expresión de la boca, pero los ojos se habían estrechado sutilmente.
—¿Por qué?
—Si usted se niega
a hablar, debemos examinar todos los indicios.
—No deteriore el
anillo. —La voz de Clayton parecía extrañamente apremiante—. Tiene un valor
sentimental.
—No puedo
imaginarle como un sentimental —replicó vivamente Thane—. Entréguemelo.
Clayton se lo quitó
y lo echó a Thane.
—Me estaba
preguntando cuándo pensaría usted en el anillo. —Clayton sonrió burlonamente—.
No es que le ayude mucho.
Thane procuró no
sobresaltarse.
—Usted sabe qué
quiero decir —añadió Clayton—. Y debiera saber que no tiene una probabilidad de
salir airoso. Invirtamos la situación. Supongamos que yo me las hubiera
arreglado para aparecer con su facha, en mi primera visita a América. Piense en
todos los puntos contra mí. Sólo un paso en falso es todo lo que se necesita,
recuerde.
Thane estaba
aturdido, preguntándose vanamente qué había revelado su plan.
—Quizás Della pueda
darle una imitación de mi rostro —dijo Clayton—. Pero las cicatrices estarán
ahí. Yo soy un poco más alto. Mis ojos y mi voz y mi cabello son diferentes. Su
gente ha estado haciendo entretenidos esfuerzos para observar mi voz y mi amaneramiento,
pero no han observado lo suficiente. Algo lo descubrirá a usted... ¡Suponiendo
que llegue allá!
Clayton hizo una
pausa para reír entre dientes burlonamente.
—Recuerde, Thane,
la vida es dura en el Exterior. Es fácil mantenerse vivo aquí, en América. Un
simple animal puede hacerlo. En el Exterior, se necesita gran cantidad de
pertrechos y una especializada destreza que he estado aprendiendo desde que
nací. Usted no tiene una probabilidad de salir airoso.
—Gracias por todas
las indicaciones. —Thane sonrió tenuemente—. Pero mantengamos la situación
invertida. Supongamos que usted ocupara mi puesto. ¿No lo intentaría?
Al otro lado de las
vendas, los ojos de Clayton parecían más benignos. El hombre inclinó la cabeza
lentamente en señal de asentimiento. Por ese momento, al menos, Thane hubo de
apreciar y admirar al habitante del Exterior.
—Ciertamente.
La mañana siguiente
a la operación de Thane, el general Whitehall vino con Della Rand a la sala del
hospital para ver su nuevo rostro. La cirujana quitó los vendajes muy
diestramente, y examinó su trabajo con una viva y breve señal de satisfacción
profesional. Siguió observando a Thane extrañamente, con un aire de callada
preocupación.
De pie detrás de
Della, el viejo general frunció sus arrugados labios con un sigiloso silbido de
asombro, y se volvió para pedir un espejo. Thane se miró al espejo y abrió la
boca, pasmado.
Era raro. Ello
hacía que una especie de frío recorriera su espina dorsal. Se sentía el mismo,
excepto que su rostro estaba todavía entumecido y vagamente dolorido. Pero las
endurecidas y primorosas facciones que le sonreían desde el espejo eran las del
capitán Glenn Clayton.
Su oscuro cabello
había sido descolorado y teñido. Tinturas químicas habían rojeado y bronceado
su cutis. Sus pardos ojos, por la ligera inyección de especiales pigmentos,
habían tomado el verdoso fulgor de los de Clayton.
—No lo puedo creer.
Hasta la voz le
sobresaltó. Un hábil trabajo de cirugía en las cavidades y la laringe le habían
dado la calidad de la de Clayton. Miró sus manos. Ellas también habían sido
modificadas; excepto que los dedos de la mano derecha estaban inquietamente
golpeando la punta del pulgar, con una nerviosa pequeña costumbre propia.
—Eso no es de
Clayton —le advirtió el general Whitehall—. Ese pequeño gesto —o cualquiera de
un millar de otros que no pertenezcan a Clayton—, pudiera bastar para
destruirlo.
Aquella tarde,
Thane se dirigió al campo de la base donde los ingenieros estaban trabajando en
la nave-cohete de Clayton. Pasó los días escudriñando los detalles de todos los
objetos que había llevado Clayton, y la mitad de las noches bajo la mecánica acción
de las cintas de adiestramiento hipnóticas.
El día que debía
salir, no pudo resistir a la tentación de visitar la habitación de Clayton en
el hospital, donde todavía proseguían los esfuerzos de Della Rand sobre la
interrogación por medios médicos. Llevaba los estrechos pantalones grises y la
blusa de Clayton, para acostumbrarse a esas prendas, y la reparada arma de la
parálisis se combaba en la rara pistolera de plástico sobre la cadera. Uno de
los guardas se adelantó aprensivamente, y en seguida se disculpó.
—Lo siento,
teniente Thane. Por sólo un momento creí que usted era él.
Dos adicionales
guardas estaban en el pasillo, afuera del cuarto de Clayton. Thane se
sorprendió un poco de encontrar a Della Rand, sola con el prisionero. Las
manillas de Clayton habían sido destrabadas, y el hombre estaba sentado frente
a una mesilla con las manos sobre los electrodos de algún aparato de
laboratorio. Clayton levantó la vista hacia Thane con confuso asombro, que se
transformó en sonriente admiración.
—¡Magnífico, Thane!
—exclamó tranquilamente, con la voz que era ahora la de Thane, también—.
Gracias por dejarme ver. —Sus burlones ojos verdosos retrocedieron hacia
Della—. Su artefacto debe haber registrado algo ya, preciosa.
—Hubo una reacción.
—Della hizo una señal de asentimiento, con un aire de reprimida exasperación—.
Hay algunas reacciones que ni siquiera se pueden controlar del todo.
Clayton sonrió a
Thane.
—Della todavía cree
que está viniendo aquí para sacar información. —Su áspera voz tenía un
malicioso sonido—. Pero no necesito que ningún especial aparato me revele que
ella está produciendo la mayor parte de las reacciones. Se está enamorando.
El cutis de Della
se volvió más oscuro.
—Pare —ordenó
brevemente la doctora—. O llamaré al guarda.
Pero no parecía
estar realmente disgustada. Thane se preguntó si eso no era la verdad. Tenía la
sensación de que el habitante del Exterior estaba jugando con la doctora, dando
sólo las suficientes pizcas de inútil información para que ella continuara volviendo,
excitándola deliberadamente.
—Una pasmosa
semejanza. —Clayton observaba a Thane burlonamente—. Mas ni siquiera la
perfección sería suficientemente buena. Hay un millar de cosas que pueden
descubrir a un imitador en un mundo que nunca antes haya visto. Tal vez usted
haya pensado en un centenar. Hay novecientas más esperando para destruirlo.
—Veremos —dijo
Thane—. ¡Hasta luego!
Hizo una seña con
la mano, en un mudo adiós a Della, y salió, pasando más allá de donde estaban
los guardas.
Ochenta segundos
después, Clayton le siguió. Della Rand fue dejada yacente sobre la cama. Estaba
inconsciente por una inyección anestésica de su propio botiquín, la boca y las
muñecas lentamente volviéndose azuladas por la presión de las manos de Clayton.
Clayton se había quitado la bata de baño. Había rasgado su ropa interior y
desordenado su cabello. Della misma le había arañado el rostro,
inconscientemente ayudando al proyectado efecto.
—¿A dónde ha ido?
—Clayton dijo con fuerte voz a los sobrecogidos guardas del pasillo—. Esa
aturdida dama había destrabado las manillas, y él se echó sobre mí. Me quitó la
ropa y la pistola. Se parece a mí ahora. Supongo que ustedes pensarían... pero,
¿dónde está Clayton?
El guarda más
cercano pestañeó y tragó saliva, y señaló automáticamente.
—El teniente Thane
—creo que era Thane— ha salido por la puerta de entrada.
—¡Necio, ese era el
habitante del Exterior! —La voz de Clayton restalló como un airado látigo—.
Manejando nuestro propio proyecto al revés. ¡Haga algo! ¡Llame a Whitehall!
¡Vamos, entrégueme la pistola!
—Bien, señor. —El
aturdido guarda entregó su automática—. No me censure, señor. Habría jurado...
Era un sencillo
plan que tenía la audaz simplicidad que era la sal de la vida para Clayton.
Sonrió con júbilo, echando a correr a lo largo del pasillo del hospital con
dirección a la puerta.
Era claro. Thane
sería enterrado, si nada salía mal, como Clayton, muerto mientras intentaba
escapar. Y Clayton mismo, tranquilamente manteniendo su propio disfraz, sería
escoltado hasta la Barrera y sin peligro llevado a través de ella por sus no
recelosos apresadores. El primer indicio de la verdad sería quizá el inesperado
descenso de otro proyectil atómico, ahí sobre el generador del Anillo.
Por supuesto había
muchas cosas que podían salir mal, pero Clayton estaba habituado a los riesgos
y se gozaba en ellos. Esta improvisada carrera por la libertad, consideraba,
tenía más en su favor que el propio descabellado proyecto de Thane.
Había sólo un
aspecto del asunto que Clayton lamentaba. Deseaba que hubiera sido posible
llevar a Della Rand consigo. La había admirado desde el principio, pero no se
había dado plena cuenta de cuánto realmente la necesitaba hasta que la sintió
contender en sus brazos, mordiendo y arañando y desgarrando con una destreza de
quirúrgica, antes que el anestésico obrara.
Dio la vuelta a una
esquina y vio a Thane que salía de la puerta. Alzó la no conocida pistola que
había quitado al guarda. Su dedo halló el disparador. El cañón estaba apuntado
a Thane, pero de repente al arma tembló en su mano.
Thane llevaba su
propia ropa. Thane estaba andando de su propia airosa manera. Esa levantada
cabeza broncínea era la suya propia. ¡No podía destruirse a sí mismo!
Rechazó esa extraña
compasión, y fijó la pistola. De repente fue consciente de una inesperada
inclinación por el hombre de voz apacible, pero no tenía tiempo para
sensiblerías ahora. Nada importaba en este momento, excepto la victoria para la
Estrella Escarlata.
Apuntó otra vez,
mientras Thane se detenía afuera de la entrada, hablando a uno de los guardas
de allí. Apretó el gatillo, pero estaba inesperadamente rígido. El arma osciló
antes que detonara, y Clayton sabía que el tosco proyectil iba a errar. El roto
vidrio saltó de la abierta puerta. El guarda de afuera se encogió, como si
hubiera quedado paralizado, pero Thane reaccionó inmediatamente. Se agachó y
giró. El arma de fucilazo flameó. El apretado rayo alcanzó la mano de Clayton,
y la pistola que éste se había apropiado cayó al suelo con estrépito.
Aun entonces,
imposibilitado y desarmado, Clayton seguía insistiendo en que era Thane. Por
indicación del verdadero Thane, los dos fueron maniatados y retenidos para el
general Whitehall.
Della Rand se
repuso de la inyección de anestésico a tiempo para hacer su declaración sobre
el asunto. El verdadero Thane se identificó a sí mismo con el conocimiento de
que el otro no podía ser parejo, y salió precipitadamente para acometer su
misión en el Exterior.
Clayton fue
acompañado de nuevo a su cuarto. Della Rand se había ido, y su equipo de
laboratorio había sido quitado. La habitación estaba desguarnecida y rasa como
una celda. Clayton pasó el resto del día encadenado en la cama, con dos guardas
vigilándolo desde la puerta.
La mañana
siguiente, el general Whitehall entró en el cuarto para verle. El delgado y
viejo militar estaba muy sereno, su voz deliberadamente tranquila.
—Clayton, usted ha
matado a un hombre.
—¿El guarda? —El
acero retiñó alegremente, mientras Clayton se incorporaba sobre el desnudo
colchón. Rojo y con ronchas donde Della lo había arañado, su endurecido rostro
sonreía sin compunción—. Usted podría más bien decir que lo libré de una muerte
menos agradable, cuando su Barrera se disipe.
—Usted es un enigma
para mí, Clayton. —El general tenía un aire triste y severo—. Usted podría casi
agradarme, personalmente. Pero la manera como odia a América es algo que no
puedo comprender.
—Si usted hubiera
vivido en el Exterior, lo comprendería. —La voz de Clayton tenía un áspero
sonido—. Si hubiera visto a seres humanos morir horriblemente por falta de
oxígeno en una taza de agua, comprendería.
—Estamos dispuestos
a darles agua.
—Ustedes están
dispuestos a ofrecernos unas cuantas gotas ahora, para salvar sus vidas. No lo
hicieron hace doscientos años, cuando no estaban en peligro. ¡América debiera
congratularse, general, por dos siglos de tiempo robado!
El rostro de
Whitehall se volvió tristemente torvo.
—Esa actitud es
infortunada —dijo— para América y para Nueva Europa. Pero puesto que existe,
hemos de tratar con ella. —Fríos ahora, sus perspicaces ojos examinaban a
Clayton—. Capitán, estamos dispuestos a ofrecerle dos alternativas.
—¿Sólo dos?
—Clayton se mofó del general.
—Modifique su
actitud —pidió urgentemente Whitehall—. Conteste nuestras preguntas rectamente.
Ayúdenos a comprender y curar este furioso odio. Coopere honradamente con
nuestros esfuerzos para establecer relaciones amistosas y trato pacífico con la
Nueva Europa.
—Su otra
alternativa. —Clayton se encogió de hombros inquietamente.
—Eutanasia.
Los verdosos ojos
de Clayton mostraron perplejidad por un instante.
—Oh. —Hizo una
señal de asentimiento, con una amarga sonrisa—. La muerte tranquila; ¡su fina y
científico nombre para el asesinato!
—Usted procuró
destruirnos a todos —replicó ásperamente el general—. Usted ciertamente mató a
ese guarda. Ha sido convocado un tribunal militar. Si persiste en su
provocación, no cabe duda acerca del fallo.
—Bien no se lamente
por ello. —Un atrevido destello iluminó los ojos de Clayton—. En su lugar, yo
sé cuál sería mi fallo, sin sentimientos en absoluto. Pero usted me sorprende.
Quizás ustedes, los americanos, son mejores de lo que creía.
—Usted es un hombre
extraño, Clayton. —Whitehall movió la cabeza tristemente—. Aquí, en América,
respetamos la vida humana. Aun en su caso, ésta ha sido una difícil y penosa
decisión. Pero al menos le puedo asegurar que cuando llegue el momento se
ordenará al médico del ejército que cuide de que usted no sufra ningún dolor.
—¡No estoy
llorando!
Clayton se permitió
una irónica sonrisa. ¿Quién, se preguntó, sería el médico del ejército?
CINCO
Barry Thane fue al
Exterior esa noche.
El capitán Steadman
lo fue a esperar en la estación de Key West y lo llevó en un pequeño
helicóptero de la Guardia a una rasa isleta de coral que era cortada por el
Anillo. Tres ingenieros de la Guardia estaba allí por delante de ellos,
montando y probando el reparado polarizador. El pequeño aparato de inofensivo
aspecto estaba empernado a una maciza plataforma, asegurado al coral con larga
alcayadas de acero. Los cables de control corrían hacia un tablero en un hondo
hoyo del suelo, a un centenar de pies atrás.
Thane dio un
apretón de manos al algo atemorizado y apologético capitán. Se encerró en el
traje de aire de tosco aspecto, y subió a la pequeña motocicleta eléctrica para
una carrera de práctica en la playa dentro del Anillo mientras estaba esperando
a que los ingenieros terminaran las pruebas.
Cuando todo estuvo
preparado, apoyó la motocicleta en el invisible Anillo, encima del polarizador.
Retrocedió cautelosamente y movió la mano para hacer señas a los hombres que
estaban en el hoyo.
—¡Bien, Joe!
Algo dio un
estallido semejante a un cercano trueno, y llevó la motocicleta a través del
Anillo.
—Bien, Thane —gritó
Steadman—. ¿Todo listo?
Thane inclinó la
cabeza silenciosamente, en señal de asentimiento. Anduvo alrededor de la
plataforma de madera, y apretó su acorazado cuerpo contra la dura y vítrea
lisura del Anillo. Mientras estaba esperando allí, hubo de combatir un
momentáneo terror. Una repentina percepción de todas las otras mortíferas
barreras adelante, lo dejó temblante y paralizado.
—¡Buena suerte,
Thane!
Se alegró de oír la
voz de Steadman, porque ella destruyó su miedo. Movió la mano, con una
silenciosa señal. Oyó sonar algo con golpes secos dentro del polarizador, y el
Anillo desapareció. La presión del aire, como un tremendo puño, lo lanzó de
golpe... ¡al Exterior!
Aturdidamente,
Thane recobró el aliento y se levantó dando un traspié. Lento con el traje,
arrastró los pies hacia la plataforma. El Anillo estaba ahí otra vez, y chocó
con la invisible pared.
Steadman y los
ingenieros salieron del hoyo.
Thane podía ver que
hablaban, pero no llegaba ningún sonido. Por un momento fue aplastado bajo una
penosa soledad. Buscó a tientas los controles de la parte del traje y abrió el
receptor de la radio. Un fragor de música de baile norteamericana levantó su
ánimo.
Enderezó la
motocicleta y subió a ella tiesamente. Con un último movimiento de la mano al
capitán Steadman y los ingenieros, descendió la primera árida inclinación de la
sima que había sido el Atlántico. Ahora, al fin, no estaba a merced ajena.
Su primer destino
era la más cercana avanzada conocida de Nueva Europa, «Point Fury» en las
cartas de navegar de Clayton, poco más o menos a trescientas millas del Anillo.
Se creía que esa era la base a que había llamado Clayton desde la nave-cohete,
para informar de su ataque sobre el generador del Anillo, pero Thane no tenía
ningún mapa que mostrara las trampas y los riesgos que lo estarían esperando
allí.
La pequeña isla de
coral se volvió una aplanada loma que sobresalía en la oscuridad detrás de
Thane, y los vigilantes hombres se habían perdido. El aire bajo el Anillo
formaba una extraña y vaga nube a través del horizonte occidental, pero las
estrellas del Exterior llenaban el resto del cielo como una espléndida y
ardiente escarcha.
El vehículo
eléctrico se deslizaba sin sonido fuera del aire. El farol formaba un huidizo
pequeño lunar de atemorizada luz bajo la opresiva oscuridad.
Debajo de las
ruedas, los hierbajos secados por el tiempo se desmigajaban y transformaban en
silencioso polvo. Las vacías vainas se disolvían en polvillo.
Thane aumentó la
velocidad en unas pulgadas y empezó a aventurarse con los topetazos. El júbilo
subía dentro suyo. Esto era aquello con que había soñado desde el día en que
por primera vez viera el Anillo. Su corazón empezó a batir. Se agachó más en la
silla de la traqueteante motocicleta y sus gruesos guantes se apretaron contra
las guías. Saltó por encima de una negra hoya en el seco fondo del mar, y rodeó
una roca a carrera tendida y cayó pesadamente.
Ebriamente se
levantó con esfuerzo. Sentía calor, y estaba febril. Un pensamiento de aviso
apareció oscuramente: estaba respirando demasiado oxígeno. Ajustó las válvulas,
y la sanidad volvió lentamente. Otra vez percibió todos los amenazantes
peligros al frente. Cerró las válvulas un poco más. Unas cuantas libras de
oxígeno pudieran ser el precio de la vida misma, antes que llegara a Point
Fury.
Enderezó la
motocicleta. Excepto por unos cuantos torcidos rayos de la rueda delantera,
parecía no haber sufrido daño. Montó de nuevo y siguió bajando, más despacio
ahora, hacia el interior del vacío fondo del mar.
Después, perdió la
cuenta de los días. Vivía y luchaba de momento a momento. Tenía una tarea que
hacer y estaba procurando hacerla. El tiempo ya no importaba. El cielo estaba
siempre oscuro. Por muy extraños que fueran los restos de hendido y negro légamo
alrededor de él, o los peñascos de no desgastados montes, no podía perderse.
Sabía la dirección
de Point Fury. Siempre podría hallarla, buscando algún familiar grupo de
estrellas. Eso era todo lo que tenía que hacer: sólo seguir a las estrellas
abajo hacia el interior del vacío mar.
No importaba que el
cuerpo le doliera por el esfuerzo, o que la presión del grueso traje le
molestara, o que el aire se volviera rancio, o la entumecedora embriaguez del
cansancio le pidiera parar. No había otra cosa que hacer sino continuar.
No sabía cuánto
tiempo le llevaría subir esa última oscura cadena volcánica que en otro tiempo
el mar había anegado. Abruptos precipicios le hadan frente. Una cortante lava
lo hacía tropezar y lo estorbaba. Precipitadamente, Thane abrió las válvulas
para darse un nuevo chorro de energía.
Era hacia la puesta
del sol cuando llegó a la cima de la cadena. Con esperanza miró al otro lado
del abrupto desfiladero. Según los mapas de Clayton, Point Fury debía estar a
la vista desde aquí, en la cima de otra cadena, sesenta millas más allá.
Desde sus pies, las
sombras descendían. Formaban abismos de fría medianoche. Medio temeroso de
mirar, dejó vagar sus ojos más lejos. Más allá de la negra y mellada sombra de
la cadena, estaba otra desierta llanura, más vasta que ninguna de las que había
atravesado. Otra pared de rígidos cerros la hendía, milla sobre milla a lo
lejos.
No había ninguna
brillante cúpula, ninguna nave-cohete en movimiento, ninguna obra del hombre.
Fatigadamente Thane
se sentó sobre un áspero saliente de lava. Una vez, en algún tiempo en el
borroso cuadro del pasado, había visto algunas enmohecidas planchas de acero.
Debían haber sido parte de una nave hundida mucho antes que el enano arrancara
los océanos. Pero ése era el único indicio de que alguna vez habían estado
hombres en el Exterior antes que él.
Una sorda
desesperación empezaba a desalentarlo. ¿Hallaría en modo alguno a Nueva Europa?
Comenzó a tentalear los discos graduados de la radio, ansiosamente, esperando
oír alguna voz humana. Pero su aguzado oído captó sólo el silbido de la
crepitación y la estática.
El sol se puso.
Como una negra corriente de muerte, glaciales sombras subían por el
desfiladero. Barry Thane se estremeció dentro del tosco traje de aire y siguió
retorciendo los discos de la radio. Lentamente el estruendo de la interferencia
del sol se apagó.
Una hora después,
llegó la primera voz. Áspera y gutural en los auriculares, sonaba tan extraña
como una lengua enteramente ajena, hasta que Thane empezó a recordar su
adiestramiento hipnótico.
—...Point Fury.
Otra descarga de
estática.
—...rondando
Barrera... ningún rastro... muerto por ahora... —La última frase era clara—.
Capitán Baronov, quite el contacto.
Thane hizo un
movimiento para abrir su propio transmisor de radio, y de rondón detuvo su
mano. Esas voces eran demasiado extrañas. Su adiestramiento hipnótico había
sido demasiado breve, y los indicios de las anotaciones de Clayton registrados
en cinta, demasiado abocetados. De repente temió llamar.
Toda esa noche
estuvo escuchando desesperadamente para oír fragmentos de habla. Susurrando
roncamente dentro del grueso casco, ensayó el duro acento. Estaba todavía
ensayando, después que el naciente sol había cortado la transmisión por radio,
cuando empezó a notar que el aire se estaba enrareciendo dentro del traje.
Su suministro de
energía estaba fallando. Todo ese día Thane estuvo inmóvil a la sombra de una
roca, acumulando su energía, parando la asfixia. Lo acometió un aturdidor dolor
de cabeza, y se sentía miserablemente enfermo. Mucho antes que viniera la noche,
juzgó que había estado esperando demasiado para llamar. Cuando al fin el sol se
hubo puesto, hasta la radio estaba casi apagada, para que pudiera utilizarla.
—Llamada a Point
Fury, —susurró débilmente en el micrófono—. Aldebarán está llamando. —Al
parecer Aldebarán había sido la designación de Clayton, en alguna clave de
comunicación—. Llamada...
La pronta respuesta
lo sobresaltó.
—Aldebarán, ¿dónde
está usted? —La voz era tenue en el agonizante receptor, pero tenía una
crepitación de excitación—. Hemos estado buscando... ¡La nave-cohete Avenger, a
Aldebarán! ¿Nos puede dar su posición?
—El Friendship,
perdido —dijo Thane, jadeando—. Estoy con traje... a sesenta millas al oeste.
—No estaba fingiendo, y entonces su voz empezó a vagar incoherentemente—.
Mensaje de América... No puedo respirar... La energía se va...
—Persista,
Aldebarán —profirieron vivamente los auriculares—. Le recogeremos.
—¡Dense prisa!
—soltó Thane—. No puedo... respirar...
Mantuvo el farol
destellando hacia el este. Pronto un azulado resplandor de cohetes creció y
descendió entre las estrellas. La nave paró a un centenar de yardas de Thane,
con silenciosas ráfagas de iones que pintaron las ásperas puntas de lava con
blanca incandescencia.
El Avenger era
mayor que el Friendship y no llevaba ningún disfraz para hacerlo parecer una
inofensiva roca. Los lisos y ahusados contornos de su soldado casco gris eran
abiertamente malignos y mortíferos. El resplandor de los «jets» se había
desvanecido, pero un proyector alanceó a Thane cegadoramente. Fulguraron unas
luces desde la abierta válvula en la base de la derecha nave. Lámparas
portátiles se movían hacia él con sacudidas, a través de la lava.
SEIS
Unos hombres
irguieron a Thane con estirones. Ásperas voces llegaban hasta él débilmente. No
podía entender los confusos sonidos que atravesaban el traje. Se meneó para
mostrar que estaba aún vivo y en seguida se sosegó. Lo transportaron por entre
los pasillos de la nave-cohete y le quitaron el traje. Respiró aire puro otra
vez. Un elevador lo subió. Lo metieron en una cama. Una brutal presión lo
aplastó contra ella y conoció que la nave-cohete estaba volando. Oyó voces.
—Capitán Clayton,
puede usted hablar?
Thane musitó algo y
dejó que sus ojos se abrieran lacrimosamente. Unos hombres lo rodeaban. Asumió
una vaga e invidente mirada, pero se las arregló para ver mucho. Estos hombres
—oficiales, indubitablemente, del Avenger— llevaban uniformes pardos con estrellas
rojas en las mangas. ¿Significaba eso que eran miembros del misterioso partido
de la Estrella Escarlata?
Empezaron a
dispararle preguntas.
—¿Qué le ocurrió en
América? ¿Se siente bien? ¿Qué le ocurrió al Friendship? ¿Tienen los
norteamericanos obras de fortificación, además de la Barrera? ¿Aconseja usted
que el almirante Gluck ataque?
Thane escuchaba y
musitaba de una manera ininteligible. Podían creer que estaba delirando, lo
cual era, sin embargo, casi cierto. A pesar de las impacientes preguntas,
mostraban respeto. Clayton, se dio cuenta, debía ser cabalmente importante.
Al fin, el empuje
del cohete cesó. La nave se ladeó y quedó inmóvil. Thane supo que habían
aterrizado. Procuró reunir sus recursos. No quería la atención de los médicos,
los cuales pudieran con demasiada facilidad encontrar las cicatrices de las
operaciones faciales. Trató débilmente de incorporarse en la cama.
—Hola —musitó—. De
modo que ustedes me recogieron, ¿eh?
Creía que su acento
no era malo y esperaba que la efectiva debilidad de la voz ocultaría
cualesquiera defectos. Un grueso hombre vestido de pardo dio prontamente unos
pasos hacia el lado de la cama.
—¿No me conoce,
Clayton? ¡Su antiguo amigo Baronov! Parece que llegamos justamente a tiempo.
—¡Gracias, Baronov!
—Thane procuró apropiarse la sonrisa de Clayton—. Supongo que estaba casi
muerto. ¿Dónde estamos?
—Tiene que
reanimarse. —El hombre grueso parecía estar perplejo—. Acabamos de descender en
Point Fury. El almirante Gluck me ha indicado que lo lleve a usted a bordo del
Némesis, para informar en seguida. ¿Puede sostenerse?
—Así lo creo
—farfulló Thane.
—Reserve el habla
para el almirante. Se sentirá mejor cuando se haya limpiado.
Unos ordenanzas de
uniforme pardo lo ayudaron a dirigirse al cuarto de baño. La menuda rociada de
agua era desconcertante, hasta que recordó cuan preciosa debía ser el agua en
el Exterior. La ducha le despertó a una renovada conciencia de los muchos peligros
que le esperaban.
La barba de su
rostro era sólo un poco oscura, pero se alegró de la oportunidad para afeitarse
con una navaja de raro aspecto. Se dejó el corto bigote cobrizo. El espejo lo
alentó, porque devolvía la atrevida sonrisa de verdes reflejos de Clayton.
Barry Thane estaba
espantado de los interminables riesgos de esta desesperada partida de juego,
pero ésta era justamente la clase de aventura que hacía más intenso el goce de
la vida para Clayton. Ayudó a Thane tratar de imaginar que él era realmente el osado
y aguerrido hombre de dura mirada cuyo rostro exhibía.
Los ordenanzas
habían dispuesto un uniforme pardo que le sentaba bastante bien. Trasladó a los
bolsillos la cartera de plástico de Clayton y la carta de la Junta de Control
de las Corporaciones Americanas a Atlantis Lee. El ascensor central lo dejó a
él y al capitán Baronov en la base de la nave-cohete. Unos ordenanzas los
ayudaron a ponerse los trajes de aire. Entraron en la válvula, las bombas
latieron, la puerta exterior se abrió con ruido estridente. Thane tuvo la
primera vislumbre de Point Fury y se estremeció dentro del grueso traje.
Era de día otra
vez. El deslumbrante sol había vuelto al oscuro e inmutable cielo, encima de
una abrupta pared de montañas que marchaba entintada de negro al través del
este. Point Fury era una toscamente nivelada meseta, punteada con bajas cúpulas
de metal gris. Sobre ella estaba una flota de naves-cohetes.
Los ahusados
cilindros grises se mantenían a plomo, sustentados por angulares puntales de
aterrizaje. Relucían bajo el sol y arrojaban largas, severas y negras sombras.
Eran como hileras de bombas de alguna antigua fábrica de municiones,
anteriormente a la época del Anillo. Eran como monumentos de metal de algún
fantástico cementerio de gigantes.
Una fría mano de
temor agarró el corazón de Thane. América no tenía ninguna arma que pudiera
impedir a estas dañosas máquinas destruir el generador del Anillo, ni podía
esperar hallar una. Y esto, ásperamente se recordó a sí mismo, no era más que
Point Fury. Por lo que sabía, podía haber otras trece flotas, o treinta. Dentro
del grueso casco, tomó asiento. ¡Sencillamente, no podía fracasar!
Un coche blindado
estaba esperando cerca de la esclusa de aire. Thane y Baronov subieron y el
coche se alejó a través de un siniestro bosque de cohetes. Traqueteaba
pesadamente con las rocas, pero no había ningún ruido. El silencio del Exterior
se hacía extrañamente opresivo.
Las válvulas del
Némesis se abrieron para ellos y un ascensor los llevó al alojamiento del
almirante Gluck. Unos guardas de pardo les dieron entrada a una pieza
guarnecida con un exótico despliegue de armas, variando desde torcidos
«boomerangs» de madera a un a un duplicado del arma de la parálisis de Clayton.
—¡Bien, Clayton!
La aguda e
impaciente voz era singularmente fuerte, casi chillona. Salía de un delgado
hombrecito que estaba sentado detrás de una mesa de escribir. Mientras hacía un
raro saludo moviendo rígidamente el brazo con exagerada precisión mecánica,
unas medallas tintinearon sobre el pardo pecho.
Thane imitó el
saludo. ¡De modo que este era el almirante Gluck! Tenía el cabello lanudo, de
un gris de hierro; espesas y canas cejas encima de unos penetrantes, oscuros y
hondos ojos; y un exuberante bigote teñido de rubio. El rostro era enjuto y
severo, parduzco como el uniforme.
—Póngase cómodo,
capitán. —El almirante Gluck se sentó con un retintín de medallas—. ¿Su
informe?
Thane tomó aliento
y trató de recordar todo su adiestramiento hipnótico. Dejó que su delgado
cuerpo se combara, cediendo a la real fatiga que sentía. No hizo nada para
impedir que su voz sonara débil y ronca.
—El Friendship
penetró en la Barrera sin peligro según lo ordenado, señor. En una pequeña isla
de la Corporación de Florida, apresé a un miembro de las fuerzas de defensa
norteamericanas, que llaman la Guardia del Anillo.
Los perspicaces y
hundidos ojos del almirante Gluck se estrecharon.
—¿Qué le pasa a su
voz? —chilló impacientemente—. Apenas puedo entenderle.
Thane rió, con una
ronca y breve risa de disculpa.
—Lo siento, señor.
Un resfriado por el traje de aire. —Eso era una diagnosis que había oído por
casualidad—. Temo que he estado practicando el americano por tanto tiempo que
ello es natural para mí.
—Continúe. —Gluck
se encogió de hombros impacientemente.
—Este americano me
llevó a un aterrizaje de golpe —le explicó Thane—. Usó un arma de mano.
La boca de Gluck se
abrió, descubriendo unos amarillos colmillos.
—¿Qué arma de mano
podía destruir a una acorazada nave cohete? —dijo abruptamente, con asombro.
—Parecía algo así
como una arma de parálisis —dijo Thane—. No producía ningún rayo que se pudiera
ver, sino metal destrizado. Duro acero transformado en fino polvo gris. Oí
llamar al arma un decoherente.
—De... decoherente,
¿eh? —La voz de Gluck titubeó. Su oscuro rostro se volvió más oscuro de ira—.
Los mimados renegados creen que pueden desafiar a la Estrella Escarlata, ¿no?
—Sus menudos ojos chispearon sutilmente—. ¿Cómo está protegido el mecanismo de
la Barrera?
Thane movió su
bronceada cabeza y tomó un aire solemne.
—Lo llaman el
generador del Anillo —dijo—. Está rodeado con ocultas baterías de decoherentes.
No aparatos de mano, sino potentes proyectores que pueden enviar el rayo a dos
mil millas, todo el camino hasta la... la Barrera.
Eso era casi un
desliz. Thane sintió un ligero hormigueo de miedo, pero Gluck no había prestado
atención. El almirante golpeó la mesa con un nudoso puño.
—¡La Estrella
Escarlata los aplastará, sin embargo! —chilló.
—Ciertamente,
señor.
Gluck repitió el
saludo de rígido movimiento del brazo y Thane correspondió prontamente.
—Continúe —instó
vivamente el general—. ¿Cómo escapó usted?
—No escapé. —Thane
imitó la sonrisa de Clayton. No tenía en modo alguno ganas de sonreír, pero
sabía que Glenn Clayton se habría reído en esta situación—. ¡Los americanos me
soltaron! —Gluck sonrió ásperamente.
—Así, ¿los engañó
usted?
Gluck dejó que la
risa de Clayton sonara desdeñosamente.
—Encontraron la
carta de Atlantis Lee y la llevaron a su gobierno. —Thane dibujó la más lupina
sonrisa de Clayton—. Me enviaron de vuelta con un mensaje de paz.
Thane mostró el
sobre gris dirigido a Atlantis Lee.
—¿Sabe usted lo que
dice? —demandó Gluck.
—Las Corporaciones
Unidas están dispuestas a establecer relaciones amistosas. Sugieren un
intercambio de embajadores. Están dispuestos a establecer una unida comisión,
para tratar el trueque de agua por nuestro petróleo y uranio.
—¡Lerdos necios!
—chilló Gluck.
—¡No conocen a la
Estrella Escarlata! —Thane sonrió esperando que su endurecido y atezado rostro
no mostrara nada de su azorado aturdimiento tocante a qué era realmente la
Estrella Escarlata. Ofreció el sobre—. ¿Lo quiere, señor?
—Entréguelo —dijo
impacientemente Gluck—. Que su linda amiga avance nuestros proyectos
involuntariamente. Quizás debiéramos enviar un embajador, encontrar un medio
para que nuestros bombarderos atraviesen estos decoherentes.
—Sí, señor —dijo
Thane—. ¿Sus órdenes, señor?
Los penetrantes
ojuelos de Gluck le dirigieron una alarmada y cortante mirada. Thane conoció
que había cometido un serio error. Clayton no habría pedido órdenes. Hizo una
mueca y procuró reír entre dientes, para burlarse de ello. Pero el oscuro
rostro de Gluck permaneció frío y ceñudo.
—El Avenger está
preparado para llevarlo a usted de vuelta a Churchill Dome mañana —dijo—. Puede
presentar este mensaje de los plutocráticos americanos a Atlantis Lee.
Ciertamente, usted se tomará algún tiempo para descansar de las fatigas de la
expedición.
Las espesas cejas
se alzaron con gesto de comprensión.
—Gracias, señor
—respondió Thane, sonriendo más abiertamente.
Hizo el saludo de
rígido movimiento del brazo otra vez, pero estaba perplejo e inquieto.
Evidentemente había algo que ignoraba acerca de las relaciones entre Clayton y
Gluck. De algún modo había desatinado.
Estaba ansioso de
conocer a Atlantis Lee, aun cuando esa entrevista podía ser la más seria prueba
para su disfraz.
Thane estaba un
poco sorprendido de sí mismo. Esta era la clase de temeraria aventura que
atraería a la atrevida audacia del capitán Clayton, pero realmente él mismo se
identificaba con esa sonrisa. Había algo obsesionante en la fotografía de
Atlantis Lee.
Las inmediatas
palabras de Gluck fueron un golpe para él.
—Convocaré una
conferencia general del estado mayor a bordo del Némesis. Será necesario que
usted presente un detallado informe de su expedición a través de la Barrera y
conteste todas las preguntas acerca de las defensas de América.
—Sí, señor.
Detrás del
endurecido rostro de Clayton, Thane sintió un escalofrío de terror.
¿Significaba esto que el menudo almirante tenía sospechas? Un interrogatorio
por hombres que indudablemente sabían que el verdadero Clayton sería una
difícil prueba.
Quizás nunca vería
a Atlantis Lee.
* * *
El despacho de
Whitehall, en el viejo edificio gris del cuartel general de la Guardia del
Anillo, quedó de repente silencioso. Hasta el reloj en la rasa desnudez militar
de la pared pareció cesar en su apagado tictac.
La doctora Della
Rand trató de respirar de nuevo, se esforzó para mover su helado rostro, para
hablar. Pero no podía hacer otra cosa sino mirar al viejo general, que se
mantenía muy serio y tieso detrás de la pulcritud militar de su escritorio.
Había juzgado que el general era bondadoso, pero ahora su aire de severa
decisión la aterrorizaba.
El imponente
chillido de «jets» de nave-cohete quebró ese penoso silencio. Lentamente, Della
Rand miró por la ventana. Algo que se parecía a una áspera y parda roca
descendía hacia el campo de vuelos, provisto con un cojín de viva llama
azulada. Se posó en suave aterrizaje y el chillido de los «jets» fue acallado.
—La máquina de
Clayton —comentó Whitehall—. Los ingenieros la están probando hoy. —Volvió la
vista hacia Della Rand y discernió la oscura sombra de dolor en sus ojos—. Lo
siento, doctora Rand. Hace mucho tiempo que la pena de muerte fue necesaria en
la civilizada América, pero esa es la sentencia. En semejante caso, que implica
la seguridad del Anillo, no se concede apelación.
Della tomó aliento
con un ligero jadeo.
—Quizás ha de
dársele muerte. —Su voz sonaba falsa y ahogada y extraña—. Pero, ¿por qué tengo
que ser yo quien lo haga?
Detrás de su severa
apariencia militar, el menudo y viejo miembro de la Guardia parecía estar
incómodo.
—Es necesario el
sigilo —explicó—. Es posible que los del Exterior hayan enviado otro emisario
secreto al interior del Anillo para averiguar qué se hizo de Clayton. Si los
del Exterior se enteraran de que Clayton ha muerto, eso sería el fin del
disfraz del teniente Thane.
Della hizo una
breve señal de comprensión con la cabeza.
—Usted es el único
médico que ha estado relacionado con el caso —prosiguió Whitehall—. No quiero
coger a otro. Le estoy encargando que administre la eutanasia, por
consideración a Clayton. Por supuesto, usted es libre para rehusar. En ese
caso, llamaré a un pelotón de fusilamiento para que acabe con Clayton.
Las vigorosas manos
de Della se cerraron.
—¿Puede dárseme
tiempo... para pensarlo?
—La sentencia debe
ser ejecutada inmediatamente —dijo el general, moviendo la cabeza—. Ya he
enviado a buscar una ambulancia para que conduzcan el cuerpo de Clayton al
horno de incineración de Ring City. Si quiere rehusar, dígalo ahora.
Della procuró
tragar el seco y áspero dolor de su garganta. Con un esfuerzo impidió que
entrara en su pensamiento la atrevida sonrisa de los verdes ojos de Clayton. Su
deber parecía claro. Con un débil y ronco susurro, dijo:
—Lo haré.
Whitehall sonrió
con grave aprobación.
—Cuando lleguen al
horno de incineración —agregó—, no pongan el nombre de Clayton en los
certificados de defunción. Desígnenlo como John Doe, un enemigo del Anillo.
Mientras se dirigía
hacia el blanco edificio del hospital, Della Rand se detuvo para mirar al
Friendship. La cuadrilla de obreros de las pruebas estaba justamente saliendo a
través de la válvula. Subieron a un coche que estaba esperando y se alejaron.
Della sintió que se
le hacía un penoso nudo en la garganta. Sabía cuan destructiva era esa máquina,
pero a pesar de ello era un símbolo de potencia volante. Representaba la fuerte
energía de Clayton. Ahora ella iba a ajusticiarlo con una anónima muerte, como
un enemigo del Anillo.
La ambulancia la
sobresaltó. Había llegado bajo silenciosa potencia eléctrica, pero los
neumáticos chillaban sobre el pavimento mientras paraba junto a la puerta
lateral del hospital. Dos hombres llevaron unas andas hacia el interior del
edificio para esperar al cuerpo de Clayton.
Della se apresuró.
El sol matinal fue de repente privado de calor. Su cuerpo estaba entumecido y
la estremeció un ligero temblor. El mundo ya no era enteramente real. Sus
movimientos eran rígidos y mecánicos.
Encontró el
botiquín en la sala de los armarios, en el piso inferior. Entró en el
laboratorio para mezclar gotas cristalinas de muerte instantánea. Con manos que
eran como expertas máquinas, ya no parte de ella, llenó la pequeña aguja.
Los guardas la
dejaron entrar en el cuarto de Clayton. Las macizas ventanas, con alguna
especie de vidrio, ofrecían una atormentadora vista del extenso campo de
vuelos, con la oscura y mellada figura del Friendship al margen. Pero eran más
fuertes que planchas de acero. No necesitaban rejas.
Clayton yacía en un
colchón sobre el suelo. Sus manos estaban maniatadas. Sus tobillos estaban
encadenados; una corta cadena los afianzaba a una argolla de la pared. La
Guardia del Anillo no se aventuraba.
—Hola, preciosa.
Las cadenas
hicieron un débil y ligero retintín mientras Clayton se incorporaba en el
colchón. El capitán sonrió a Della. Por el momento, los ojos de Clayton no
contenían más que divertimiento. Su voz era alegre y tranquila, como siempre.
Della simplemente
se paró allí, el negro botiquín agarrado con sus viscosas manos. Su entumecido
cuerpo dejó de existir. Una densa oscuridad se estableció en el cuarto. No
podía ver nada excepto el sonriente rostro de Clayton.
—Adiós —dijo
Clayton—. Fue muy amable en venir.
Della se adhirió a
sus palabras y ellas la sostuvieron. Repentinas lágrimas anegaron sus secos y
dolientes ojos. Clayton sabía que iban a quitarle la vida y no tenía miedo.
—¿Qué le pasa,
preciosa? —preguntó Clayton—. ¿No va a hablarme?
Della no podía
hablar. Todo lo que podía hacer era detener su histerismo. La mirada de Clayton
descendió del rostro de la joven doctora para posarse en la negra bolsa de sus
tiesas manos.
—Oh —dijo
tranquilamente el capitán—. ¿Usted es la ejecutora oficial?
Muda y doliente,
Della hizo una señal de asentimiento. Asombrosamente, Clayton sonrió otra vez.
Las cadenas tintinearon otra vez mientras él se encogía de hombros alegremente.
Su voz era la más apacible que Della la hubiera oído jamás.
—No deje que ello
la abata —dijo Clayton—. Prefiero tomar la taza de veneno de usted, preciosa,
que de cualquiera otra muchacha que conozco.
Algo le ocurrió a
Della entonces. El tormento de ese conflicto de su espíritu se hizo más
terrible de lo que podía soportar. La atrevida sonrisa de Clayton y esa dulzura
de su voz, inclinaron la balanza en su interior. El conflicto estaba resuelto.
No fue un acto de razonamiento. Su torturada mente no podía razonar ya. Había
sido un conflicto de emociones. Ahora, mientras Clayton sonreía, una emoción
alcanzó la victoria. La otra, por el momento, fue simplemente borrada.
De repente su
designio fue claro. Todo el entorpecimiento huyó de ella. Sus sentidos y su
mente eran más agudos de lo que habían sido nunca. En un santiamén el plan
nació. Sus manos eran rápidas y seguras.
Abrió la negra
bolsa. Dejando la aguja que había ya llenado de muerte rápida y sin dolor,
llenó una distinta con otra cosa.
Clayton la
observaba desde el colchón del suelo.
—Es una verdadera
delicia, preciosa —se burló su áspera voz—, ver sus exquisitas manos agitando
la dosis mortal.
Pero Della juzgó
que se había producido un cambio en el tono de Clayton para que sólo ella lo
percibiera. Ello le decía que el capitán comprendía. Le daba las gracias por lo
que estaba haciendo. Decía que ellos eran compañeros ahora, que audazmente
jugaban una desesperada partida.
—Usted es una
muchacha fría, preciosa. —La admiración sonaba en su voz—. Es de la clase que a
mí me gustan. —Las cadenas sonaron mientras le enviaba un beso—. Adiós. Estoy
preparado, cuando usted lo esté.
La nueva aguja fue
llenada de un remedo de muerte. Las pocas relucientes gotas fueron mezcladas
sin averiguación o pruebas. Della se daba cuenta de que cualquier error pudiera
haberlas hecho mortales, pero sabía que no había cometido ningún error.
El general
Whitehall estaba en la entrada, observando silenciosamente. Clayton, sonriendo,
se las arregló para subirse él mismo las mangas. Extendió los brazos para
esperar a la aguja. Le pareció a Della que eran firmes como el hierro. Sus
rápidas manos eran firmes, también. Introdujo la menuda punta en la vena y le
dio al pistón.
—Adiós, preciosa
—susurró penosamente Clayton.
La rígida sonrisa
se desvaneció. El corazón de Della se henchió de ternura cuando ella vio el
rostro de un cansado y aturdido niño. Clayton se durmió. Las cadenas sonaron
mientras él caía de nuevo sobre el colchón. Della guardó la aguja y cogió el
estetoscopio.
El corazón de
Clayton se agitó y paró. Della entregó el instrumento al general Whitehall. El
general escuchó, luego hizo una seña a los guardas con la cabeza. Ellos
quitaron las cadenas. Entraron los hombres del horno de incineración, los
cuales desplegaron las andas sobre el pavimento y colocaron sobre ellas el
fláccido cuerpo de Clayton.
Della siguió
escaleras abajo hasta la ambulancia que estaba esperando. Esa marcha pareció
tomar un millar de años. Della temía que Clayton se meneara demasiado pronto.
La droga debiera mantener el corazón y la respiración retardadas hasta un punto
que hacía imposible su descubrimiento durante cuatro o cinco minutos. Después
de eso...
—Gracias, doctora.
—La reposada voz de Whitehall la sobresaltó—. Acuérdese del certificado.
—Por supuesto,
general. —Luego, Della pidió al conductor de la ambulancia, el cual estaba
esperando junto a las abiertas portezuelas de la trasera del vehículo—: ¿Puedo
ir al horno de incineración con ustedes?
—Ciertamente,
doctora. —El hombre hizo una seña hacia el coche con la cabeza—. Entre.
Della caminó
despacio hacia el coche y subió al asiento. La llave, observó, estaba en la
cerradura. Sabía que debía parecer tiesa y pálida. Pero si estos hombres lo
notaban, debían creer que era porque acababa de matar a un hombre, no porque no
lo había matado.
La doctora los
observaba mientras metían las andas en el vehículo. Silenciosamente se deslizó
por detrás del volante, hizo girar la llave. Su pie dio con el acelerador.
Estuvo esperando. Apenas podía respirar. Su corazón se paró. Al fin cerraron
las portezuelas. El conductor y los dos otros dieron la vuelta y se acercaron.
—Insistan. —Della
captó parte de la orden de Whitehall a los guardas—. Déjenlo dentro del horno.
No podemos llevar...
Della pisó el
acelerador con fuerza. Los neumáticos chillaron bajo la repentina presión de la
potencia eléctrica. La ambulancia se alejó del sobrecogido grupo con una
arremetida. Un jadeante grito se apagó gradualmente.
La ambulancia giró
sobre dos ruedas, atravesó el césped del hospital traqueteando y pasó con furia
una cerca de madera pintada de blanco. Dando tumbos y saltos, atravesó el campo
de vuelos velozmente, con dirección al mellado y parduzco casco del Friendship.
—Gracias, preciosa.
La áspera voz de
Clayton sonaba aún jadeante por el temporal efecto de la droga. Un poco pálido,
el capitán subió al asiento delantero al lado de Della.
—¡Hábil trabajo!
Registrando
rápidamente el compartimiento de los guantes, Clayton encontró una maciza
pistola automática. No la necesitaban y no tenían tiempo para usarla.
Della no puso los
frenos hasta que estuvo a unas cuantas yardas del Friendship. El casco de acero
de la nave ultimó la tarea de parar la ambulancia. Clayton había abierto la
portezuela del coche de golpe. Se dirigieron hacia la abierta esclusa de aire
dando trompicones.
Los guardas
atravesaban el campo corriendo. Balas perdidas habían empezado a silbar por
encima del casco de acero de la nave-cohete, pero en un segundo más estuvieron
a bordo. Clayton cerró la válvula de sopetón y corrió hacia los mandos.
—Tienen coches
blindados —dijo Della, con voz entrecortada—. Tres de ellos... bajo lienzos
alquitranados, en los hangares... con cañones.
—No te inquietes,
preciosa. —Clayton levantó la voz por encima del creciente chillido de los
cohetes—. Estaremos a un centenar de millas de altura antes que puedan
destaparlos. ¡Destrozaremos el generador del Anillo antes que sepan lo que ha
ocurrido!
SIETE
Le parecía a Barry
Thane que pasó un millar de horas junto a la larga mesa metálica de la ropería
del Némesis, rodeado de los oficiales de pardo uniforme del estado mayor
general del almirante Gluck. Por la larga jornada a través del seco fondo del
mar y la tensión de la entrevista con el almirante Gluck, Thane estaba casi al
borde final de la fatiga. No trataba de ocultar eso. Ello le ofrecía alguna
excusa para no mencionar nombres, o prontamente reconocer caras.
Las preguntas
llegaban en descargas de baterías. Era bastante fácil hablar de América. El
real peligro era que solía mostrar demasiado conocimiento. A la mitad de las
preguntas, dijo que no sabía. A varias, dijo la verdad. Cuanto más se
interesaban estos hombres en lo que decía, menos atención le prestaban. No
intentó mentir, excepto por insistir en que el generador del Anillo estaba
defendido de un modo inexpugnable. Al fin terminaron.
—¡Magnífico
trabajo! —alabó el carrilludo Baronov—. La Estrella Escarlata le dará lo que se
merece por esto.
Thane sintió un
ligero estremecimiento de miedo. No le agradaban los pequeños ojos de Baronov
semejantes a los de un cerdo. Varias de sus preguntas habían parecido
tenuemente recelosas. ¿Dio a entender Baronov que estaba enterado, que Clayton,
de algún modo, había ya revelado la imitación? Pero el rechoncho habitante del
Exterior pareció de repente amigable.
—¿Nos retiramos al
Avenger, Clayton? Puedo ver que usted está rendido de cansancio. Creo que
necesitará un poco de animación para ella, cuando lleguemos a Churchill Dome
mañana, ¿eh?
El codo de Baronov
se metió en las costillas de Thane.
—Cierto, Baronov.
Thane siguió
gratamente hacia el interior del ascensor de la nave-cohete. Realmente estaba
rendido de cansancio y en verdad quería estar en la mejor condición posible
mañana. Su vida y el destino de América podían depender de lo que ocurriera
cuando conociese a Atlantis Lee. A pesar de sus temores, pensaba, el verdadero
Clayton mismo no podría haber estado más inquieto por esa entrevista.
De regreso a su
pequeñito cuarto, a bordo del Avenger, sacó la fotografía de ella. Sólo que, se
recordó a sí mismo, la joven estaba sonriendo para Clayton. Cuanto más quisiera
a Clayton, más probablemente había de descubrir el disfraz y más le odiaría cuando
lo supiera.
Guardó la
fotografía, y se durmió.
La sacudida y el
empuje de la aceleración le despertaron. Sabía que el Avenger había ya
emprendido el vuelo para Churchill Dome. Se puso el uniforme pardo y un
ordenanza le trajo el desayuno: un gran tazón de algo dulce y amarillo.
Los habitantes del
Exterior debían tener pocos animales de pasto, se hacía cargo, y probablemente
sólo una limitada variedad de plantas. Probablemente este comistrajo era
sintético. En verdad, tenía un tenue y picante sabor químico. Tal vianda era un
fundamento más de envidia de América, el paraíso al otro lado de la Barrera.
El ascensor lo
llevó a la cabina de control de la proa de la nave-cohete. El capitán Baronov
no se mostró. El piloto de camisa parda, alegremente, hizo una seña con la
cabeza desde los intrincados bancos de mandos.
—Hola, Clay —llamó
familiarmente—. ¿Quiere relevarme?
Thane sabía que
debiera contestar con el nombre del piloto.
—Gracias —dijo—. No
estoy muy bien dispuesto para ello hoy.
El piloto miró
curiosamente.
—Algo le debe haber
pegado con bastante dureza —comentó—. Usted no es el viejo Clayton de Hierro.
Thane imitó el
negligente encogimiento de hombros de Clayton.
—Sí, fue bastante
fuerte. —Procuró cambiar de tema—. ¿Cuándo llegamos a Churchill Dome?
—Con cinco minutos
de retraso. —Evidentemente, tenía como deber conocer el horario. El piloto le
miró de un modo retador—. A menos que usted quiera encargarse del manejo y
compensarlos. Pienso que usted está un poco ansioso.
Thane hizo una seña
afirmativa, asumió la sonrisa de los verdes ojos de Clayton.
—Hombre afortunado
—el piloto pareció ponerse pensativo y bajó la voz—, si el grupo le deja
retenerla a ella.
Thane no se atrevió
a preguntar qué quería decir. Sentía un poco haberse aventurado a subir aquí.
Cualquier manifestación de curiosidad o extrañeza podía descubrirlo. Se alegró
cuando el piloto se volvió hacia los instrumentos.
Thane miró por las
portillas de observación. La vista era magnífica y espantosa. Olvidando el
peligro, tomó aliento con perceptible asombro.
La nave-cohete
estaba al menos a un centenar de millas de altura. Era madrugada y largas
sombras negras como la tinta hacían al convexo y montañoso paisaje parecer casi
tan abrupto como la perdida luna de la Tierra, en fotografías que Thane había
visto. El lateral impulso de los cohetes alteraba su percepción de lo de abajo,
de tal manera que la rígida y áspera superficie del planeta parecía estar
locamente inclinada.
—Usted ha cambiado,
Clay. —La alegre voz del piloto lo turbó—. ¡Contemplando el paisaje como un
badulaque! Atlantis le ha sorbido el seso, vamos.
Thane se encogió de
hombros y trató de sonreír con la viva sonrisa de Clayton. Estaba cada vez más
seguro de que tarde o temprano él mismo se descubriría.
Luego el áspero
páramo del fondo del océano se inclinó bajo ellos y giró vertiginosamente hacia
atrás. Thane sabía que esto era medio vuelo. La nave-cohete era volteada para
disminución de la velocidad. Fue a otra portilla de observación, para atisbar
la primera vislumbre de Churchill Dome.
—¡Hela ahí!
No había nada que
Thane pudiera ver, excepto nuevas extensiones de completa desolación; llano
sobre llano de seco légamo, cercados con cordillera sobre escarpada cordillera
de agrestes montañas volcánicas de negras sombras. Pero el alegre piloto hacía
señas con la cabeza hacia el catalejo al lado de él.
A través de las
lentes, Thane vislumbró la ciudad. Estaba situada en la extremidad de una alta,
abrupta y oscura meseta. El metal blanco-gris que la amurallaba contra la torva
hostilidad del Exterior era probablemente alguna aleación de aluminio. Realmente
era más un disco plano que una cúpula. Varias naves-cohetes verticales estaban
en el allanado centro de ella. Agrupadas alrededor había un número de cúpulas
más pequeñas. Adicionales naves-cohetes estaban colocadas sobre un largo y
oscuro rectángulo.
Thane se sobresaltó
por la animada voz del piloto.
—Cualquiera creería
que usted nunca había estado aquí.
De mala gana, Thane
abandonó el catalejo. Juzgó que más valía que saliera de aquí antes que él
mismo se descubriera.
—Hasta luego. Tengo
otro informe para redactar.
Thane regresó a su
camarote. El carrilludo y amoratado capitán Baronov entró unos momentos después
y empezó a hacer más preguntas sobre América. El oficial de ojos de cerdo
parecía estar ansioso y amigable, realmente demasiado ansioso y amigable. Thane
procuró no mostrar su alivio cuando el Avenger aterrizó.
La nave descendió
sobre la achatada cima de la baja cúpula de metal. Las ruedas pararon después
que los puntales de aterrizaje hubieron absorbido el sacudimiento y unos
braceros con trajes de aire hicieron rodar la nave sobre una válvula por la
techumbre de la ciudad. La válvula del fondo fue cerrada frente a la abertura,
para que el elevador de la nave la pudiera bajar al interior de la ciudad.
Thane salió de la
pequeña jaula con el capitán Baronov a su lado. No debía parecer interesarse o
asombrarse demasiado, pero su vida pudiera depender de lo que podía prontamente
ver y comprender.
El elevador había
descendido dentro de un extenso espacio, semejante a un cubierto descargadero.
Arriba y abajo de él, otras jaulas estaban subiendo y bajando. Había pilas de
cajas, fardos, barriles y lucientes barras de metal. Hombres sudorosos estaban trasladando
carga con silenciosos camiones eléctricos y grandes grúas. Thane estaba un poco
sorprendido de estas muestras de vigor y eficiencia industrial. Churchill Dome
no se parecía a una ciudad a punto de perecer por falta de unos cuantos galones
de agua. Quizás Clayton había estado mintiendo.
—¡Hela ahí,
Clayton!
Era la voz de
Baronov. Otra vez Thane pensó que el hombre parecía demasiado amigable. Sus
ojuelos parecían casi suspicazmente atentos. En un momento, sin embargo, Thane
olvidó todos sus temores, porque vio a Atlantis Lee.
—Hola, Glenn.
La muchacha se paró
enfrente de él. Sus violados ojos sonreían gravemente. Era más atractiva de lo
que había sugerido la fotografía. La pura belleza de ella hizo palpitar su
corazón con un placentero dolor. Luego fue agitado con unos negros y agudos
celos de Clayton.
Atlantis Lee estaba
hablando otra vez. Thane apenas podía oír sus palabras. Sabía que la voz de
ella era suavemente melodiosa, de algún modo enteramente libre de la gangosa
bronquedad que parecía caracterizar el inglés de Nueva Europa.
—Me alegro de que
llegara al país sin contratiempo alguno —dijo Atlantis Lee—. ¿Tiene una
respuesta de los americanos, Glenn? —La ansiedad ponía tirantez en su voz y
había un frío tono de desdén—. ¿O le permitió la Estrella Escarlata entregar
nuestro mensaje a América?
Thane vio la herida
en los violados ojos. Desesperadamente rompió el pánico que lo encadenaba. Tomó
aliento y otra vez trató de imaginar que era el verdadero Glenn Clayton. Trató
de sonreír con la viva sonrisa de los verdes ojos de Clayton.
—Eres tan bella...
El capitán Baronov
estaba cerca. Sus ojos, parecidos a abalorios, estaban pronto vigilantes. Thane
pensó que el grueso hombre se había atiesado imperceptiblemente ante la mención
de la Estrella Escarlata que hiciera la muchacha. Pero procuró no extrañarse de
eso.
Hizo la cosa que
estaba seguro que el verdadero Glenn Clayton habría hecho. Atrajo a la muchacha
hacia sí con sus vigorosos brazos. Su ávido rostro rozó el fragante cabello de
ella. La besó con anhelo.
En el siguiente
instante Thane sabía que había cometido un error.
* * *
Las baterías
antiaéreas alrededor del generador del Anillo y del cuartel general de la
Guardia del Anillo rugían, dibujando en el cielo blancos diseños, pero el
huidizo Friendship era demasiado veloz para sus buscadores. El chillido de los
cohetes se apagó mientras la nave atravesaba la estratosfera.
Los oscuros ojos de
Della Rand examinaron la viva sonrisa de Clayton.
—¡No será
destrozado el generador del Anillo! —Su voz era baja y agitada—. Pensé en eso
antes que lo ayudara a escaparse. Sabía que habían sido descargados del
Friendship todos los pertrechos de guerra. Eso fue una precaución de seguridad
tomada antes que empezaran los vuelos de prueba.
—Gracias, de todos
modos, preciosa.
Glenn Clayton cerró
los controles. Dirigió hacia Della Rand sus verdes ojos brillantes de júbilo.
La estrechó entre sus vigorosos brazos y la besó. A pesar de la monstruosa
alarma ahora despierta dentro suyo, a Della le gustaba la cruel presión de los
labios de Clayton.
—Eso no importa —le
dijo Clayton—. De aquí a tres horas estaremos de vuelta a Point Fury. Cargarán
otros proyectiles allí y podemos dejar aviso sobre el teniente Thane.
Della Rand sacó su
flexible cuerpo de los brazos de Clayton.
—¿Cree usted que le
dejaré hacer eso? —El rostro de Della se había vuelto un poco pálido, pero sus
oscuros ojos centelleaban—. ¿Cree usted que le dejaré destruir a América?
—¿Qué pensabas que
estabas haciendo, preciosa, cuando me libertaste? —dijo Clayton, sonriendo.
—No tenía tiempo
para pensar. Sólo sabía que no podía matarlo. —Della miró azorada al atezado
rostro de Clayton, se mordió su tremulante labio—. Quizás podríamos esconder la
nave en alguna parte. Usted no puede continuar con este insensato ataque contra
el Anillo.
El rostro de
Clayton se puso ceñudo.
—La Estrella
Escarlata no debe nada a América. El quebrantamiento de la Barrera nos dará el
agua que necesitamos. Eso ha sido proyectado desde el tiempo en que América no
era más que una desagradable leyenda. Todas nuestras ciudades están edificadas
donde no serán inundadas cuando vuestro pequeñito océano se vierta.
Della Rand procuró
no estremecerse.
—Usted debe algo a
una norteamericana —le recordó—. Me debe la vida.
Clayton le dirigió
su sonrisa de verde fulgor.
—No te preocupes,
preciosa —dijo—. Te voy a pagar esa deuda, personalmente. —Sus fuertes dedos
asieron el brazo de Della, la atrajeron casi rudamente hacía él—. De este modo.
Della cedió al
beso. Lo encontró extrañamente dulce, pero ya estaba pensando lo que debía
hacer. Le había sido imposible destruir a Clayton. Le era igualmente imposible
dejar que Clayton destruyera América.
—Gracias, querida
—susurró Clayton—. No dejaré que lo sientas.
Pero Della podía
ver que los ojos de Clayton permanecían alertamente vigilantes. Quizás ella
tenía la sombra de una probabilidad, pero sabía que no sería fácil.
Cuando el gemido de
los cohetes se aquietó, Della se dio cuenta que estaban por encima del
coercitivo aire. El cielo era de negro morado arriba y gris y nebulosa
combadura de América giraba bajo ellos. En el momento en que Clayton volvió a
coger los controles, Della se alejó de él.
—Espera —dijo
Clayton—. Más vale que permanezcas donde puedo observarte.
La pistola que
Clayton había encontrado dentro de la ambulancia estaba metida en su cinturón,
A Della le inquietaba creer que Clayton la usaría contra ella sin vacilar.
Observaba las tostadas y activas manos del capitán sobre los mandos. Clayton
siguió hablándole tranquilamente, como si estuvieran en armonía. Pero Della
sabía que era imposible hacer algo ahora. Podía, solamente, esperar que llegara
la oportunidad.
No sabía
exactamente cuándo atravesaron el Anillo, pero vio que el brumoso Atlántico se
estaba escabullendo tras ellos, como si fuera cortado por una larga y encorvada
hoja. Debajo estaba el árido y montañés páramo, donde antiguamente el mar había
existido en el Exterior.
Clayton pareció
sosegarse. Sonrió a Della y empezó a probar un nuevo arreglo.
—Hemos salido de la
Barrera. De aquí a media hora podemos dar la señal a Point Fury y decirles que
envíen patrullas para buscar a Thane.
Media hora...
Todavía había una probabilidad.
—Bésame, querida
—dijo Clayton—. No lo sentirás.
Toda la fuerza y la
celeridad de cirujano de Della afluyeron a los dedos que arrebataron la maciza
automática del cinturón de Clayton. Della no estuvo esperando para amenazarlo,
porque ninguna amenaza habría significado nada para Clayton. El capitán habría
aprovechado cualquier demora para recuperar el arma.
Della disparó
inmediatamente, pero su habilidad de cirujano estaba bajo freno. No quería
matarlo. Fuese Clayton lo que fuese, no quería hacer eso. No intentaba hacer
nada que su destreza no pudiera reparar.
La pistola hizo un
ruido espantoso. Saltó en su mano y humo caliente acarició su rostro. El
vigoroso cuerpo de Clayton se movió a impulsos, acusando el impacto de la bala.
Della sintió un pinchazo de dolor, como si hubiera sido su propia carne, pero
se adhirió a su propósito. Se alejó de Clayton antes que él pudiera tomar
fuerzas. Metió otra bala en la radio, para que no pudiera enviar el mensaje que
descubriría a Barry Thane.
—¡Ganaste,
preciosa!
La voz de Clayton
no parecía contener ira, sólo admiración. La bala había desgarrado su costado
horriblemente. Debió haber penetrado más hondo de lo que Della se propusiera.
Ya estaba manando sangre, pero el pálido y tieso rostro de Clayton trató de
sonreír.
—Déjame ponerla más
baja —susurró Clayton—. Puedo resistir a eso.
Se adhirió por un
momento a la consola, luego se bajó cuidadosamente hacia el interior del grueso
asiento de metal. Todavía hábiles, sus dedos tocaron los controles. La nave
giró y Della sintió la quebrantadora presión de la disminución de velocidad.
Ya estaba en
cuclillas al lado de Clayton, tratando de detener la sangre. Esa cruel presión
lo dificultaba y multiplicaba el esfuerzo de su corazón, pero Clayton bajó la
nave-cohete.
La nave aterrizó de
golpe, chocando con magulladora y aturdidora fuerza con el flanco de una oscura
cumbre volcánica que en otro tiempo el mar había negado. El resistente casco
aguantó el golpe. No hubo ningún chillido de aire que se escapara.
—Bien, querida
—susurró Clayton—. Aquí estamos.
La conciencia salió
de él con la goteante sangre, pero Della lo sacó del asiento. Con una fuerza
que nunca había sabido que tuviera, lo llevó a la litera. Encontró un botiquín
quirúrgico de urgencia y curó la herida.
Clayton viviría.
No estaba segura de
que la radio hubiera sido completamente destruida. Se aseguró. Luego, con un
fuerte tirón, destrozó el polarizador. Rompió todo el delicado equipo alrededor
de los motores de la nave-cohete, reduciéndolo a disformes trozos. Pensó en las
rodadas de oruga, y recordó que no habían sido repuestas cuando la desmontada
máquina fue juntada de nuevo. Pensó en el equipo de escape, pero había habido
sólo el traje de aire y la motocicleta que Thane había cogido.
Estaban aquí para
quedarse.
Pero el reactor aún
funcionaba. Debiera durar meses o hasta años, revolviendo el aire, regenerando
oxígeno, hasta elaborando alimento. Della había hecho de la máquina una aislada
isla, donde estaban, con seguridad, abandonados.
Retrocedió al fin
hacia donde yacía Clayton. Toda la atrevida dureza había huido de su rostro. Su
monstruoso designio, de destrozar el Anillo y destruir a América, parecía
completamente increíble ahora. Sonriendo un poco, Della suavemente alisó la
frente de Clayton.
Al fin y al cabo,
ella había manejado las cosas bien. Les habría sido difícil esconderse en
América. Aquí, suponía, habría escaso peligro. En la cima de esta abrupta
extensión, una roca difícilmente sería descubierta. Olvidó que había sido una
atareada cirujana. Se permitió fantasear. El desfigurado bulto de la caído
nave-cohete era un diminuto mundo, seguro contra la invasión. Ella y el alto
habitante del Exterior podían encontrar la felicidad aquí, en cierto modo.
Su sueño continuó.
Si alguna catástrofe alcanzaba a América, ella y Clayton podían sobrevivir. El
quebrantamiento del Anillo formaría un nuevo mar en el seco valle debajo de
ellos. Quizás los antiguos fondos del océano contendrían suficiente aire para
que pudieran respirar. Con el tiempo saldrían del Friendship un nuevo Adán y
otra Eva.
Della se agachó y
sus labios rozaron los de Clayton suavemente.
—Gracias, preciosa.
El débil susurro
conmovió a Della. Escudriñando el pálido semblante de Clayton, le dijo lo que
había hecho.
—¿Te preocupa
realmente, Glenn? —concluyó Della—. ¿Te preocupa mucho?
—No te inquietes,
preciosa. —Clayton trató de sonreír—. Realmente no necesitaba regresar.
Cuidarán de vuestro audaz emisario secreto norteamericano sin ayuda de mí.
—¿Qué quieres
decir? —susurró aprensivamente Della.
—Hay un hombre,
llamado Baronov, que quiere mi puesto en el partido. —explicó Clayton—. Le
estuve haciendo el juego hasta que pude enterarme de su conspiración. —Los
pálidos labios de Clayton sonrieron, como si la fatal intriga hubiera sido
meramente un excitante entretenimiento—. Baronov, sin duda alguna, cuidará de
Thane. Será una buena broma para los dos.
Della Rand se
mordió el labio.
—Oh, si no hubiera
destrozado los cohetes...
—Pero lo hiciste,
preciosa. —Los brillantes ojos de Clayton se burlaban de ella—. Estamos aquí,
juntos. Thane pudiera estar en otro planeta, a pesar del aviso que le puedas
dar —sonrió—. ¿Te preocupa... tanto?
Por respuesta,
Della besó sus pálidos labios ligeramente.
El capitán cerró
los ojos, meditando. Cuando llegara la hora de salir del Friendship, podría
manejar la cosa. Alguna nave-cohete pasaría a la vista de ellos. No necesitaría
la radio. Una luz como señal serviría. Sonrió otra vez, pensando en lo que
ocurriría cuando Baronov descubriera que había asesinado al falso Clayton.
OCHO
En ese activo
descargadero bajo la techumbre de Churchill Dome, Atlantis Lee se atiesó entre
los ceñidores brazos de Thane. Sus labios eran fríos para los de él. Se
retiraron y la pelirroja secretaria de Nueva Europa habló sosegadamente.
—Suéltame, Glenn.
Eso fue todo lo que
dijo, pero la fría sujeción de la voz parecía ocultar algo más que dolor e ira.
Su tranquilo tono picaba como una bofetada. Thane la soltó y retrocedió. Sabía
que las duras y morenas facciones que la cirugía de Della Rand le había dado
estaban abochornadas con un inusitado color de azoramiento. Pero olvidó
preguntarse qué habría hecho Clayton.
—Lo... siento
—balbuceó—. Por favor...
—Es un poco tarde
para sentirlo ahora. —La voz de Atlantis Lee era dolorosa como un azote—. Nunca
te pude comprender, Glenn. Ciertamente, no volveré a hacer una prueba.
Atlantis Lee se
alejó de Thane, de modo que el grueso capitán Baronov quedó casi entre ellos.
El rostro de Atlantis era frío como el mármol y sus violados ojos eran oscuros
con la sombra de una vieja herida. Thane no podía comprender a Clayton,
tampoco. De repente se encandiló e indignó por todo lo que Clayton había hecho
para que esta muchacha lo despreciara de este modo. Pero ese sentimiento no
auxiliaba. Tenía otra cosa en qué pensar: su disfraz, su vida y la seguridad de
América.
—Lo siento,
preciosa. —Trató de sonreír con la firme y atrevida sonrisa de Clayton—.
Acostumbrabas a perdonarme.
Le lastimó ver la
ira pintada en el rostro de Atlantis Lee, pero sabía que Clayton se habría
gozado en ello y siguió sonriendo. La roja cabeza de la muchacha se movió a
tirones coléricamente. La lisa columna de su cuello latió mientras ella
engullía. Evidentemente trataba de aquietar el dolor y la ira.
—El enojo te sienta
bien, preciosa —comentó alegremente Thane—. Engasta una centella en tus ojos.
—¡Por favor, Glenn!
Su voz era baja y
grave. Con una ligera inclinación de cabeza, Atlantis Lee pareció desechar todo
lo que había ocurrido. Sus violados ojos brillaban con una orgullosa humildad.
A Thane se le hizo un penoso nudo en la garganta. Desesperadamente quería hacer
las paces, obtener el perdón de la muchacha, quitar todo su dolor. Pero tenía
que mantenerse en su papel.
—Bien, preciosa.
—Le tiró el grueso sobre gris que contenía el ofrecimiento de paz de América,
de agua en un justo trueque. El sobre cayó al suelo. Thane lo recogió y se lo
entregó perezosamente—. Esto debiera hacerte feliz.
Thane estuvo
admirando la inconsciente gracia de sus manos mientras Atlantis Lee abría el
sobre gris y ansiosamente desdoblaba el grueso y rígido membrete de la Junta de
Control de las Corporaciones Americanas. Sus violados ojos embebieron el
mensaje. Ciertamente, esto la hacía feliz.
—¡Glenn, es
maravilloso! Sabía que los americanos no podían ser tan malos como siempre
sostuviste. Sabía que serían generosos si les dábamos una oportunidad. —Las
lágrimas arrasaban sus ojos—. ¡Glenn, podría besarte! —exclamó.
—Aquí estoy —dijo
Thane.
Asombrosamente,
Atlantis Lee lo besó de veras. Rió y sus calientes labios rozaron levemente la
mejilla de Thane. Él no se atrevió a estrecharla entre sus brazos otra vez.
—Glenn, nunca te
pude comprender —repitió Atlantis Lee. Sus azorados ojos escudriñando el rostro
de Thane—. Sabías —debes haber sabido— lo que decía esta carta y no obstante me
la has traído. —Luego la sombra de una duda se extendió por su blanco rostro—.
¿O es esto sólo otra de tus bromas?
Thane descuidó
sonreír.
—No es una broma
—dijo seriamente.
—¿Los americanos
están realmente dispuestos a ser favorables?
—Sin duda —le dijo
Thane—. Creo que nos darían agua para aliviar nuestra temporal escasez, sin
ningún pago en absoluto. Pero ciertamente necesitan petróleo y metales. En
particular uranio y torio. Están anhelosos de establecer el trueque.
Cerca de Thane, el
capitán Baronov hizo un brusco y airado gesto. No dijo nada, pero su craso
rostro tenía una hosca expresión. Thane deseó que Baronov no hubiera oído; se
preguntó qué quería, qué esperaba. La muchacha misma parecía estar sorprendida.
—¿Piensas realmente
eso, Glenn? ¿No estás sólo tratando de lastimarme otra vez?
—Por supuesto,
preciosa. —Recordando que era Clayton, Thane sonrió—. ¿Creías que yo era un
monstruo de ojos verdes?
—Quizás. —Atlantis
Lee escudriñó el rostro de Thane otra vez. Thane vio que la carta temblaba en
sus manos—. ¡No lo puedo creer! ¿Vendrás a la Confederación? ¿Los informarás de
esto?
Atlantis Lee esperó
ansiosamente a la respuesta. Al lado de Thane, el capitán Baronov carraspeó.
Fue un ruidoso gruñido de advertencia. Thane vaciló. ¿No tenía Baronov ninguna
parte a donde ir? Otro pensamiento lo hizo estremecerse. No le agradaba el modo
en que Baronov se pegaba a él. Ahora creía adivinar la intención del grueso
hombre.
Había parecido un
poco raro que el almirante Gluck hubiera estado tan bien dispuesto a conceder a
Thane un permiso de dos semanas. Su inesperado informe sobre el decoherente
debió haber producido una crisis en los planes del partido de la Estrella
Escarlata, fueren cuales fueren. Era un poco extraño que tan fácilmente
pudieran pasarse sin Clayton, el hombre que tenía el mayor conocimiento de
América... ¡a menos que el almirante Gluck sospechara algo!
Thane hizo lo
posible para no temblar. ¿Le estaban dando cuerda suficiente para ahorcarse?
¿Fue Baronov asignado para espiarlo, para mantener un registro de todos sus
deslices y errores hasta que la evidencia fuera clara?
Lentamente Thane
retrocedió hacia Atlantis Lee. Ella era una aliada. Además, era hermosa. Sólo
el mirarla hacía latir su corazón más aprisa. Sabía que la quería ya. Deseaba
decirle quién era realmente, pero no se atrevía. Quizás Atlantis Lee quería la
paz con América, pero no obstante era una ciudadana de Nueva Europa. Se
preguntó si la muchacha no estaba, inconscientemente y sin querer, todavía
enamorada de Glenn Clayton. No podía esperarse que ella ayudara a un espía
americano.
Tendría que decirle
que fue él quien apresó a Clayton, que había dejado al prisionero bajo
sentencia de muerte. Era, en cierto modo, responsable. No se lo podía decir.
—¿Vendrás, Glenn?
—pidió urgentemente Atlantis Lee otra vez—. ¿Hablarás a la Confederación?
—Ciertamente,
preciosa —respondió Thane, con una abierta sonrisa—. Les diré todo lo que
quieras.
Eso no era lo que
deseaba decir, pero tenía que mantenerse en su papel. Dentro de las
limitaciones de su papel, estaba resuelto a hacer todo lo que pudiera ayudar a
la causa de la paz. Si en efecto se iniciaba el trueque antes que se
descubriera que la única defensa de América era una mentira, podría evitarse el
desastre.
Atlantis le dirigió
una prolongada y conturbada mirada.
—La Confederación
se reunirá mañana —dijo finalmente—. Sé que la has reducido a nada, pero
todavía tiene alguna traza de autoridad constitucional. —Sus hombros se
atiesaron de un modo retador bajo la verde capa—. Correré el riesgo de usarla,
si realmente quieres venir, Glenn.
—Iré —le prometió
Thane.
Atlantis sonrió y
le cogió la mano. Su palma era firme y fría e hizo latir el corazón de Thane
más rápido. La muchacha empezó a irse, y en seguida retrocedió hacia Thane
lentamente. Los ojos de Atlantis tenían una extraña y encantada mirada.
—Está ocurriendo
otra cosa con la reunión —le dijo Atlantis—. Uno de los hombres del
observatorio ha pedido permiso para hacer lo que él llama una importantísima
declaración. No sé lo que es, pero he oído algunos rumores.
—¿Qué clase de
rumores?
—No los repetiré,
pero creo que debieras prepararte para escuchar lo que el hombre diga. —La
expresión de Atlantis mudó—. Si los rumores son ciertos, Glenn, creo que su
informe debiera alterar todos tus planes.
Atlantis lo dejó
prontamente, antes que Thane pudiera preguntar qué quería decir.
De repente Thane
fue molestamente consciente de la presencia del capitán Baronov, que estaba
esperando cerca de él; esperando, sospechaba, que hiciera algún fatal desatino.
Thane no sabía qué hacer inmediatamente después. No sabía dónde se hospedaba
Clayton en Churchill Dome. Ni siquiera sabía dónde se reuniría la Confederación
al día siguiente. Sin embargo, Baronov estaba esperando, con sus ojos de cerdo
vigilante.
—¿Viene conmigo?
—dijo desesperadamente Thane.
—Bueno. —El rostro
de amoratados carrillos era una gruesa máscara que no revelaba ningún
pensamiento—. Si tiene algo para beber en el apartamento.
Al menos sabía
ahora que Clayton tenía un apartamento. Era una alegradora noticia, si Baronov
quería guiarlo hacia él. Eso le ofrecería una oportunidad para sosegarse si de
repente no aparecían demasiados amigos de Clayton. Después que se librara de
Baronov, convenía que pudiera enterarse de unas cuantas cosas por los papeles y
los efectos de Clayton.
—Debe haber algo.
—Thane hizo un pequeño gesto aburrido—. Me alegro de que usted venga, Baronov.
Estoy rendido de cansancio.
—Sí, usted no es el
mismo —convino el grueso hombre.
Otra vez Thane hizo
lo posible para no estremecerse. Trató de convencerse de que su temor no tenía
ninguna base, pero el doble sentido de las palabras de Baronov era claro.
Mostrando una fatiga que era bastante real, dejó que Baronov fuera por delante.
Otro ascensor los llevó cuatro galerías más abajo. Pisaron el moviente suelo de
una calle pasillo. En una esquina bajaron una escalera, hacia otra que marchaba
en ángulo recto.
Finalmente Baronov
dio un paso en frente de una puerta y esperó a que Thane la abriera. Thane
tenía el llavero de Clayton. Afortunadamente la segunda llave que probó encajó
por casualidad, pero creía que los ojuelos de animal de Baronov reflejaban
renovada sospecha.
El apartamento era
más grande y más suntuoso de lo que había esperado. Había media docena de
espaciosas habitaciones. El frío aspecto de las paredes de metal era mitigado
con tapices. Bien apiladas alfombrillas, tal vez de alguna fibra mineral,
cubrían los pavimentos. Thane no sabía dónde buscar una bebida.
—Sírvase usted
—dijo a Baronov—, lo que pueda encontrar.
Se hundió en un
gran sillón, halló que no tenía que simular fatiga. Baronov entró en otra
habitación. Pronto volvió con dos altos vasos. Tosió ligeramente y dijo:
—¿No cree que está
yendo demasiado lejos?
Thane pestañeó y
evitó estremecerse. Se las arregló para mantener la mano firme mientras
aceptaba la bebida.
—¿Qué quiere usted
decir? —preguntó.
—Lo descubrirá
usted esta noche.
Ello sonaba como
una amenaza. Mirando con ironía, Baronov apuró el vaso y se secó sus gruesos
labios con el dorso de una velluda mano. Abandonó pronto el apartamento.
Confuso e inquieto, Thane cerró la puerta con llave tras él.
Thane empezó una
ansiosa busca de información. En el cuarto de dormir había varias fotografías
de mujeres, todas diferentes, todas con cariñosas dedicatorias. Eso era difícil
de comprender, cuando había habido Atlantis Lee.
Se detuvo para
probarse parte de la ropa de Clayton. Las prendas no se ajustaban exactamente.
El habitante del Exterior había sido ligeramente más grueso, más alto y más
estirado. En la lejana Ring City, formando el plan, Thane apenas había pensado
en la ropa. Ahora, mientras que se estaba preguntando qué llevaría cuando
hablara ante la Confederación mañana, la cosa tomaba una alarmante importancia.
Las cartas y otros
fragmentos de película metálica encontrados dentro de una abultada carpeta no
revelaban nada nuevo. Clayton debió haber escondido o destruido todos los
documentos importantes antes que se lanzara a la aventura de América.
Últimamente, detrás
de un tapiz, Thane halló una puerta de una oculta caja fuerte de pared. Tomó
aliento. Quizás esto contenía la prueba que mostraría la conexión de Clayton
con la Estrella Escarlata, u otra cosa igualmente revelante. Pero no podía
abrir la cerradura de combinación. Mañana procuraría encontrar un cerrajero.
Se asentó para
examinar uno de los raros archivos metálicos de periódicos. Los anuncios le
dieron nombres de calles y almacenes y puntos de reunión, listas y precios de
géneros, un millar de detalles que pudiera desesperadamente tener que conocer.
Una fuerte llamada
lo interrumpió. Tenso para hacer frente a una nueva emergencia, abrió la
puerta. Baronov se introdujo en la habitación, seguido de cuatro nerviosos
nombres de pardo. Todos llevaban armas de la parálisis. El rostro de amoratados
carrillos de Baronov estaba mojado de sudor.
—Siento molestarlo.
—La voz de Baronov era ronca e intranquila—. Sólo una cuestión de rutina. —Sus
temblorosas manos empujaron una arrollada lámina de película metálica gris—. Si
usted quiere poner el sello del partido en este documento justificativo.
Thane pestañeó y
engulló.
—¿El sello? —Se
contuvo y trató de ocultar su asombro. Con estrechados ojos examinó a los
sudorosos hombres otra vez—. Para una cuestión de rutina, todos ustedes parecen
estar un poco excitados.
—Tenemos
información de que Atlantis Lee está convocando una reunión especial de la
Confederación. —La voz de Baronov era categórica y siniestra—. Ella está
tramando tratar secretamente con nuestros enemigos de América.
—Al contrario —dijo
Thane—, Atlantis Lee me informó de esta reunión. Yo mismo voy a asistir a ella.
¿Qué es ese documento?
Baronov le miró
enfurecido.
—Esto es una orden
de prisión de Atlantis Lee, por sospecha de traición. —La lámina metálica sonó
mientras Baronov agregaba—: ¡Ha llegado la hora de que destrocemos el último
vestigio de la Confederación!
Thane se adelantó.
—¡Ustedes sabían
que yo no pondría el sello a eso! —Hizo restallar su voz con fuerza—. ¡Ustedes
sabían que yo iba a hablar a la Confederación!
Baronov evitó
inquietamente los ojos de Thane.
—Permítame
explicarle ahora —profirió vivamente Thane—. La radical política del partido va
a ser modificada. He sabido que los americanos están inclinados a ser
amigables. Podemos ganar mucho más con el trueque pacífico que con la guerra.
¡Nunca ordenaré y nunca permitiré otro ataque a la Barrera!
Baronov arrugó el
documento y lo tiró al suelo.
—Eso es lo que
queríamos saber. —Su voz era un tenso y precipitado graznido—. El designio de
la Estrella Escarlata, desde el principio, ha sido destruir la Barrera. Es tan
importante vengarnos en los que nos impidieron traspasar la Barrera, como
rellenar nuestros propios mares.
Su sudoroso rostro
hizo una inquieta mueca.
—He estado urdiendo
cogerlo, Clayton —chilló—, desde que usted me apartó de la dirección. Pero no
esperaba que se mostrara tan abiertamente. Creía que usted era hábil, pero, ¡ha
llegado su hora, traidor!
NUEVE
Della Rand, a bordo
del Friendship, había tirado la bala con una destreza de cirujano. Después que
la desfigurada nave-cohete embistiera a esa rasa cumbre volcánica, había
reparado la herida de Glenn con su cuidadosa pericia de cirujano. No podía
fracasar. La firme sonrisa de verde fulgor del alto habitante del Exterior la
conmovía con un sentimiento que era tan fuerte como su amor a América. Siempre
se había puesto al nivel de las urgencias. Una tranquila confianza gobernaba
sus manos. No tenía miedo a un posible error.
La herida sanó
rápidamente. Antes de lo que ella había esperado, Clayton pudo abandonar la
litera para hacer pequeñas expediciones alrededor de la inutilizada máquina. No
mostró gran preocupación por los destrozados motores de los cohetes.
—Bien, preciosa,
has salido airosa —la cumplimentó Clayton—. ¡Debe gustarte mi compañía, tomando
precauciones tales como esta!
Puso los brazos
alrededor de Della y ella tuvo cuidado de no lastimar la reciente herida. Le
gustaba la aspereza de su barba. Della cerró los ojos y se permitió soñar otra
vez con el nuevo Adán y otra Eva.
Glenn Clayton la
dejó soñar. Ahora él tenía un papel que desempeñar y un secreto que guardar.
Estaba resuelto a no hacer ningún desatino. La besó, y pronto continuaron con
el asunto de hacer un inventario de las provisiones de a bordo.
—El aparato de aire
elabora carbohidratos —le dijo Clayton—. Con racionamiento suficiente para
mantenerte delgada, podemos aguantar dos años, de cualquier modo. —Sus verdes
ojos parecían afectuosos y benévolos—. ¿Te gusta la idea, preciosa?
Sí, le gustaba; y
se lo hizo saber a Clayton, porque dos años serían una eternidad de paraíso.
Apenas había necesidad de mirar más allá de ese tiempo. Pero Della se permitió
soñar con un día en que podrían salir de la nave-cohete para empezar una nueva
vida en alguna parte.
Clayton dejó que
continuara soñando. Della no puso objeción cuando Clayton montó el telescopio.
El instrumento era pequeño. La perfecta visión en el Exterior falto de aire,
junto con el potente sistema de ampliación electrónica, hacía superfluas las
grandes lentes o reflectores.
—El tiempo aquí
será lento, preciosa —dijo Clayton—, hasta para ti y para mí. Hemos de planear
nuestras vidas en este pequeño mundo nuestro, continuar haciendo cosas. Echemos
un vistazo a las estrellas.
Della no adivinaba
su propósito. Estaba ansiosa de acompañar cualquier interés suyo, feliz porque
Clayton aceptaba la situación con tan manifiesta alegría. La cabina de control
en la proa de la desvalida nave se convirtió en su observatorio.
Glenn Clayton
resultó ser un excelente astrónomo. Los habitantes del Exterior durante dos
siglos habían vivido bajo perfectas condiciones astronómicas. La catástrofe
producida por el paso del enano les había hecho sentir una viva, aun cuando
algo aprensiva curiosidad, por los misterios del ilimitado espacio. Clayton,
como ya sabía Della, tenía una aguda y ágil mente.
La pequeña pantalla
redonda era negra, o a veces gris de polvorientas nebulosas. Las estrellas
pululaban por medio de ella y parecían acercarse o alejarse de nuevo mientras
los dedos de Clayton movían los controles, Clayton estaba hablando
tranquilamente a Della, que estaba sentada a su lado sobre el brazo del grueso
sillón, de las maravillas de las constelaciones que exploraban.
Clayton se
sobresaltó cuando vio el objeto.
—Podías también
haber guardado tu bala, preciosa. —Su enjuto rostro estaba macilento por el
prolongado esfuerzo. Su bronca voz tenía una gravedad que era nueva, pero algo
lo hacía sonreír burlonamente—. Ese cometa que ves acercarse va a destrozar la
Barrera y tu preciada América, más de los que podrían haberlo hecho todos
nuestros proyectiles atómicos.
Della se agarró al
brazo del grueso sillón para sostén.
—¡El Anillo es
fuerte! —protestó—. Suficientemente fuerte para detener los más pesados
meteoros.
—Esto es más que un
meteoro, preciosa.
Tiesa y sin
aliento, Della esperó a que Clayton prosiguiera. Aun ahora su bronca voz sonaba
alegremente. A Della le parecía que Clayton gozaba en el peligro. Nunca lo
había visto atemorizado.
—Es más que un
cometa, también. Es redondo y sólido y no tiene cola. Está todavía tan lejos
que no puedo medirlo exactamente. Y aun no he podido calcular su masa. —Los
verdes ojos parecían maliciosamente alegres—. ¡Pero puedo conjeturar, querida!
Della probó dos
veces, antes que saliera su ronco susurro.
—¿Qué puedes
conjeturar?
—Está saliendo de
la misma parte del cielo donde desapareció el enano, hace doscientos años,
después que hubo arrebatado el aire y los océanos de la Tierra...
—¿Crees...? —Della
engulló—. ¿Crees, que es el enano?
—¿Por qué no? —dijo
alegremente Clayton—. Es del mismo tamaño. Está viniendo de la misma dirección.
Por supuesto los antiguos astrónomos, hace doscientos años, decían que estaba
prosiguiendo hacia el interior del espacio, para no volver. Pero la astronomía
estaba bastante desorganizada en el tiempo en que pasó el enano. Supongamos que
se equivocaran. Su masa era sólo de una fracción de la del sol. Supongamos que
fuera atraído hacia el interior de una prolongada órbita perteneciente a un
cometa. Supongamos que esté ahora mismo reapareciendo para una segunda visita.
De cualquier modo, querida, esa es mi conjetura.
Della miró azorada
al moreno y sonriente rostro de Clayton. No sabía qué creer. Quizás todo ello
era una broma, o un ardid para lograr que le dejara hacer señales a una nave.
—¿Pasará muy cerca
esta vez? —preguntó su baja voz.
—La puntería parece
estar mejorando. —Una sombra apagó el vivo fulgor de los ojos de Clayton—. He
estado ocupado en eso las últimas dos noches. —Su broncínea cabeza hizo una
grave y ligera seña—. Esta vez, querida, el enano no nos va a errar.
Della retrocedió un
poquito y su voz se hizo más fuerte.
—Glenn, ¿es esto
una broma?
—Ninguna mía de
cualquier modo, preciosa —respondió Clayton, moviendo la cabeza—. Si las
fuerzas que rigen el cosmos tienen un sentido del humor, puede que sea una
broma para ellas, pero ese cuerpo se está adelantando directamente hacia la
órbita de la Tierra. El choque es inevitable. No quedará gran cosa.
DIEZ
En el apartamento
de Clayton, oyendo la ásperamente proferida amenaza del capitán Baronov, Thane
trató de coger la pistola de la parálisis que colgaba sobre su cadera. Los dos
hombres situados detrás de él agarraron sus brazos antes que pudiera sacarla.
—Clayton, le daré
una alternativa —dijo Baronov, frunciendo el ceño y dirigiéndose hacia Thane—.
Entregue el sello, sin intentar nada, y puede tener una muerte agradable y
tranquila.
Thane tuvo que
engullir antes que pudiera fiarse de su voz.
—¿Y qué diría usted
—insinuó—, si rehusara?
Los fríos ojos de
Baronov se estrecharon.
—Lo llevaremos a la
celda de vacío. Eso se ajusta a nuestros planes mucho mejor, de cualquier modo.
Aparecerá en los registros que usted fue procesado por un tribunal del partido
y condenado a la celda de vacío por traición. La celda no es cómoda para un
hombre vivo. —Su ancho y amoratado rostro fue echado adelante—. ¿Cuál es su
decisión, Clayton?
—No quiero
desbaratar su interés por el sello. —Thane se encogió de hombros. Su copiada
voz sonaba alegre y clara, pero él estaba entumecido, con frío, y doliente. Sus
propias palabras parecían venir de muy lejos—. Tendrán que llevarme a la celda.
Los gruesos labios
de Baronov temblaban de ira.
—¡Veamos su sonrisa
en la celda de vacío, con su propia sangre hirviendo en su cuerpo! —Con su arma
hizo gestos hacia la puerta—. Póngase en marcha.
Thane había
esperado que el viaje a la celda de vacío, dondequiera que ella estuviese, le
ofrecería alguna oportunidad para escapar o pedir auxilio. Pero el plan de
Baronov estaba demasiado bien organizado para eso. El moviente pavimento de
afuera estaba parado. Unas cuerdas estaban tendidas a través de la calle
pasillo, en las extremidades del bloque. Guardas vestidos de pardo estaban
apostados allí. Hombres de azul, con ruidoso equipo neumático, hacían
innecesarias reparaciones en el pavimento.
Los hombres de
Baronov empujaron a Thane por el pasillo, hacia el interior de un ascensor, que
los llevó hacia abajo a través de un oscurecido pozo. Salieron a un estrecho
pasaje, en alguna parte al fondo de la activa ciudad, cercada con planchas de
acero pintado de gris.
Por espacio de
cinco minutos empujaron a Thane a lo largo del pasaje, hasta que los interceptó
una puerta metálica. Baronov procuró una llave y abrió la maciza puerta. Luego
detuvo a Thane con un movimiento de su gruesa mano.
—Todavía está a
tiempo, Clayton —dijo—. Una muerte tranquila, si quiera cambiar de parecer.
Sólo dígame dónde está el sello.
Thane hizo su mueca
de tieso rostro.
—Podrían tentar la
caja fuerte —dijo.
—¡Métase adentro!
—Baronov lo empujó con el arma—. Bien, tentaremos la caja fuerte. Estamos
libres de usted, hallemos el sello o no.
Una patada lanzó a
Thane al interior de la celda.
—¡La última
oportunidad! —graznó Baronov. Mientras pensaba lo que habría hecho Clayton.
Thane asomó la
nariz. La puerta hermética se cerró con un apagado ruido. La cerradura sonó con
un golpe seco. Estaba solo en la celda sin ventana. Una tenue luz azulada se
filtraba por una gruesa lámina de vidrio del techo.
Thane miró
alrededor aprensivamente. Las paredes de metal y el pavimento metálico eran
lisos. La única cosa que llamaba la atención era una válvula de metal en lo
alto de la pared frontal. Esa debía ser la pared exterior de la ciudad cúpula.
La válvula estaba destinada a hacer salir el aire de esta cámara mortuoria.
Barry Thane
atravesó el pavimento para examinarlo. Tenía dos pies de diámetro, lo
suficientemente ancho para que su cuerpo pasara al través. Pero, ¿para qué
serviría eso? Todo el Exterior era una única cámara de muerte.
Thane estaba débil
y doliente. Se sentó sobre el frío suelo de metal y se limpió el sudor del
rostro. Había fracasado. Esa verificación era más dolorosa que el peligro para
su vida. Clayton lo había vencido, al fin y al cabo, simplemente callando
tocante al peligro de la rivalidad de Baronov y su propia e insospechada
situación dentro del partido.
¿Dónde estaba el
emblema de su secreto poder? Agachándose en el suelo, Thane empezó a
preguntarse qué habría hecho Clayton con el sello. Ello le impedía pensar en lo
que ocurriría cuando Baronov abriera la válvula.
Puesto que eso
evidentemente había sido la única prueba de su posición, no era probable que
Clayton la hubiera confiado a algún otro. Ni que la hubiese dejado en un sitio
tan conspicuo como la caja fuerte de su apartamento. Lo lógico habría sido que
llevara el sello encima.
Pero Thane había
registrado al habitante del Exterior cuando al principio lo apresó. No halló
más que la cartera que contenía la fotografía de Atlantis Lee, y unas cuantas
otras chucherías, tales como el anillo de platino. Distraídamente Thane hizo
girar el anillo en el dedo. Estaba seguro, además, que el sello no podía haber
estado escondido a bordo del Friendship, a menos que hubiera sido hábilmente
desfigurado.
Tomó aliento y se
levantó de rondón. Con dedos que temblaban un poco, se quitó el macizo anillo.
Recordó la protesta de Clayton, entregándolo de mal grado. La lisa superficie
de platino de él era mayor que el estampado en forma de estrella del sello.
Con tremulantes
dedos golpeó el anillo. Nada ocurrió. Thane se rió ásperamente de su propia
esperanza momentánea. Aún cuando encontrara el sello, no lo beneficiaría...
Su respiración se
detuvo. La faz del anillo se había soltado. Era simplemente una delgada tapa de
platino. Debajo de ella había un trozo de deslustrado y oscuro metal en forma
de estrella. Tentaleó en sus bolsillos buscando un pedacito de película metálica,
luego apretó el molde en forma de estrella contra ella. La película se calentó
en sus dedos y salió brillando con ese peculiar emblema de rojo vivo sobre frío
negro que había visto anteriormente.
¡Tenía el sello!
Con una señal de
fastidio, Thane ajustó la tapa metálica de golpe y repuso el anillo en el dedo.
No le servía para nada ahora. Sólo esperaba que Baronov no sería la suficiente
listo para hallarlo, si registraban su cuerpo. Casi admiraba a Clayton...
¡S-s-s-s-s-s!
Thane se sobresaltó
y se quedó frío al oír ese tenue y mortal silbido. Vio que la puerta de la
válvula se estaba deslizando lentamente a un lado. Se sentía frío en la celda,
y una neblina de condensada humedad se arremolinaba como una vaporosa forma
espectral bajo la azulada luz. El aire estaba saliendo.
Baronov podía abrir
la válvula lentamente, para prolongar el malestar. Eso no importaba mucho. El
fin sería el mismo. El sello no le servía para nada ya. Luego algo le ocurrió a
la válvula. Primero hubo un ligero golpeteo. Después una explosión que produjo
un sordo y apagado golpe. El aire era ya casi demasiado tenue para conducir el
sonido. La puerta de la válvula fue arrancada y Thane vio estrellas en el
oscuro cielo del Exterior.
¡Uf!
El aire se había
ido.
Thane dudaba que
Baronov hubiera sido el responsable de esa explosión. Algún otro la había
causado, pero Thane no tenía tiempo para acertijos. Abrió la boca, echó la
cabeza atrás y espiró rápidamente para que los pulmones y los tímpanos del oído
pudieran evitar la rotura.
Cayó hacia la
abierta válvula. Inconscientemente sabía que unas manos lo había agarrado. Con
todo lo que quedaba de su fuerza, pateó, se retorció y empujó.
Se deslizó a través
de la válvula. Percibió, con una sensación de muy confuso asombro, que estaba
en el Exterior, donde ningún desarmado ser humano podía vivir.
* * *
Estaba en una
blanca cama. Por unas pequeñas y gruesas vidrieras podía ver un pedregoso
paisaje, brillando extrañamente bajo el ominoso cielo del Exterior. A dos o
tres millas de distancia vio la achatada cúpula de la ciudad. Adivinó que él
estaba en uno de los edificios más pequeños, cerca.
Se meneó un poco y
Atlantis Lee rodeó la cama silenciosamente. Un dardo de luz del sol, mientras
ella pasaba, transformó su cabello en repentina aureola roja. Pero su rostro
parecía tieso y pálido y su sonrisa era grave.
—¿Te sientes mejor?
Thane trató de
hablar. La garganta le dolía horriblemente, como si unos ganchos de hierro la
hubieran desgarrado.
—No hables, si te
duele —dijo Atlantis—. Te sentirás mejor dentro de unos minutos. Acaba de
examinarte el doctor Wolf. No hay nada que no arregle un poco de reposo.
Thane emitió un
débil y penoso susurro.
—Gracias. ¿Fuiste
tú quien me sacó?
—Con la ayuda de
unos amigos —dijo Atlantis.
—¿Cómo supiste...?
Una tos ahogó la
pregunta de Thane y su garganta ardió de nuevo.
—El doctor Wolf ha
dejado esto para ti. —Atlantis acercó un vaso de alguna cosa a los labios de
Thane. Tenía un gusto acre y picante, pero inmediatamente Thane se sintió
mejor—. Teníamos a un amigo en contacto con la intriga de Baronov. Se enteró de
la orden de prisión contra mí y de tu negativa a signarla. Habíamos proyectado
el rescate de antemano; por si acaso tuviéramos que librar a uno de nosotros.
—¿De nosotros?
—susurró Thane.
—No hay más que un
puñado de nosotros —dijo Atlantis—, todo lo que queda de la vieja oposición
democrática. Hemos mantenido juntos una pequeña organización secreta, esperando
de algún modo impedir la destrucción de la Barrera y traer la paz entre Nueva Europa
y América.
—¿Dónde estamos?
—preguntó Thane, mirando a través de las desoladas millas hacia Churchill Dome.
—En el Observatorio
Lee —dijo Atlantis, con ojos vigilantes.
—Gracias, preciosa.
—Thane recordó que era Glenn Clayton y procuró sonreír. Su garganta estaba un
poco mejor—. Fuiste muy solícita socorriendo a un antiguo enemigo.
—¡No seas imbécil!
—Atlantis se acercó a la cama y sus inquietos ojos miraron a Thane con
desprecio—. Si puedes hablar, dime quién eres.
Thane hizo lo
posible para no parecer asombrado.
—¿Me podrías
olvidar, querida?
—No he olvidado a
Clayton. —Atlantis hablaba como si deseara poder hacerlo—. Ciertamente, haces
el papel bien. Pero no conoces la línea de conducta. Has hecho media docena de
desatinos. El peor fue dejar que Baronov te cogiera. Clayton había estado observando
a Baronov durante dos años mientras éste preparaba la trampa, urdiendo coger a
Baronov mismo con ella, cuando saltara. —Echó un vistazo a la ventana—. Clayton
no hubiera tenido que preguntar dónde estamos.
—Bien. —Thane se
sometió. Pero la sonrisa de verdes destellos de Clayton parecía natural ahora—.
Soy Barry Thane, norteamericano. Cogimos a Clayton antes de que pudiera
destrozar la Barrera. Salí en su lugar.
—Eso fue
disparatado... —Los graves ojos de Atlantis sonrieron de nuevo—. Pero me gusta
a pesar de ello.
Thane observaba su
rostro.
—¿No quieres saber
lo que le ocurrió? —Hubo de tomar aliento antes que pudiera proseguir—. Fui yo
quien lo apresó. Cuando lo dejé, estaba esperando la muerte por asesinato.
Por largo rato
Atlantis miró más allá de Thane. Luego su roja cabeza se movió ligeramente.
—Habría importado
en otro tiempo —dijo con voz suave—, pero las cosas han cambiado.
Thane se sintió muy
aliviado.
—Me alegro —le dijo
roncamente—. Pensaba que pudieras... mostrarte severa para conmigo. Sabes,
Clayton llevaba encima tu fotografía.
—¿Pensabas eso, y
no obstante me lo has revelado? —De repente, Atlantis sonrió—. Creo que eres
bueno, Barry Thane. —Su blanco rostro se volvió grave de nuevo—. Es cierto que
Glenn quería que me casara con él. Hubo un tiempo en que quizás habría
accedido, si él no hubiera insistido en que debía unirme a sus conspiraciones.
—Pero no lo
hiciste. —Thane sonrió agradecidamente—. Explícame algo —susurró urgentemente—.
¿Qué es todo eso de la Estrella Escarlata? ¿Qué está detrás de este insensato
odio a América?
—No hay que
extrañar que Baronov ganara, si no sabías eso. —Atlantis le sonrió
extrañamente—. Debías haber sabido que te estabas aventurando de un modo
suicida. Eres tan temerario como era Clayton.
—A Clayton le
hubiera encantado el juego —dijo Thane, moviendo la cabeza obstinadamente—.
Sencillamente, yo no tenía opción. ¿Y qué me dices de la Estrella Escarlata?
—El partido es más
antiguo que vuestra Barrera —respondió Atlantis—. Estuvo combatiendo a América
antes del cataclismo. No sé cómo nació. Vuestro pueblo debiera poseer más
registros históricos...
—¡Los rojos! —Thane
tomó aliento—. ¡Uno de sus emblemas era una estrella escarlata!
—Son diferentes
ahora, sin duda alguna —dijo Atlantis, haciendo una señal de asentimiento—.
Pero a algunos de los hombres del espacio que volvieron a la vieja Europa
después del cataclismo los llamaban rojos. Procedían de un lugar llamado Rusia.
Sus naves-cohetes habían pasado a través del cataclismo. Trajeron máquinas e
ingenios que ayudaron a mantener a los sobrevivientes vivos. Pero habían traído
su torcida filosofía del odio, junto con las útiles cosas. Intentaron
conquistar Europa, y fracasaron. Su partido fue proscrito y suprimido. Pero
ellos lo mantuvieron activo, con la leyenda y el odio de América.
—¿Cómo...?
—Lo transformaron
en un diabólico plan político. Culparon a América por todas las penalidades e
infortunios de nuestras vidas. Fomentaron el odio, y lo usaron para envenenar a
todos los que los combatían. Nuestra democracia era lo suficiente fuerte para sobrevivir
a todos sus ataques, hasta que el nuevo descubrimiento de la Barrera les dio
renovado pábulo para la envidia. Pero han vuelto a encender el viejo odio desde
entonces, y lo han usado para atacar nuestra oposición.
—Comprendo —susurró
Thane—. ¿Y sabíais que Clayton era su jefe secreto?
—Me lo dijo cuando
quería que me casara con él. La mayor parte de los miembros del partido, creían
que no era más que un subordinado de confianza, pero Baronov descubrió o
adivinó la verdad.
Thane se sentó en
la cama.
—¿Cuál es la
situación ahora? —preguntó—. Baronov estará furioso cuando descubra que me
libertaron. Ahora que ha enseñado las cartas, sabe que tendrá que vencer o
morir. ¿Me puede hallar aquí?
Thane observó el
rostro de Atlantis ansiosamente.
—Es probable
—respondió Atlantis—. La mayor parte de la oposición existe entre nuestros
científicos e ingenieros. El observatorio ha sido nuestro cuartel general.
Baronov sabrá donde buscar. Una nave-cohete ha despegado de la ciudad antes del
amanecer. Es, posiblemente, el Avenger de Baronov.
Thane volvió a
mirar afuera, a través de las desoladas millas, hacia la ciudad.
—¿Y qué me dices de
armas y obras de fortificación? —prosiguió Thane—. Si la nave de Baronov
atacara, o sus hombres en tierra, ¿tenemos las armas para alejarlos?
Atlantis movió la
cabeza.
—Hay dos docenas de
hombres de nuestro grupo aquí en el observatorio: astrónomos, ingenieros y
miembros del consejo de la Confederación. El doctor France los citó para una
reunión sin ceremonia aquí, para informarlos de un reciente descubrimiento
suyo. Pero no tenemos armas. No podemos mantenernos firmes contra la Estrella
Escarlata. El elemento extremista ha estado deseando durante años destruirnos.
Clayton los contuvo solamente, creo, debido a su antigua amistad conmigo. Ese
fue uno de los argumentos que usó Baronov procurando nuevos miembros para su
conspiración.
Atlantis se encogió
de hombros tristemente.
—No veo qué podemos
hacer —concluyó—. Baronov y sus extremistas, indudablemente, dispondrán un
ataque sobre nosotros en seguida. El almirante Gluck puede destruir el
observatorio y a la totalidad de nosotros, con una sola unidad de guerra
nuclear.
—¿El almirante
Gluck? —repitió Thane—. ¿Está él en la conspiración?
—No lo creo.
Nuestros amigos del partido están seguros que Gluck no sabía nada acerca de
ello. Es leal al partido. Si le llegan órdenes marcadas con el sello del
partido, las obedecerá sin objeción. Baronov le ordenará que ataque al
observatorio y él obedecerá.
Thane hizo una
mueca. Asió los brazos de la muchacha, la atrajo hacia sí y puso un beso sobre
su asustado rostro. El grito de triunfo de Thane fue ahogado por el dolor de su
llagada garganta.
—¡Pues entonces
estamos bien, preciosa! —susurró Thane, sin aliento. Le gustaba esa palabra de
Clayton, para Atlantis Lee—. Enviaremos una orden al almirante Gluck, y
mandaremos que cuiden de Baronov y su cuadrilla por lo traidores que son.
Se quitó el macizo
anillo del dedo, apretó el menudo tachón para descubrir el molde en forma de
estrella. Lo agitó bajo los ojos de Atlantis.
—Ahí está. ¡Tengo
todavía el sello!
Los ojos de
Atlantis no se iluminaron con el propio júbilo de Thane. La sombra del temor
era todavía un oscuro velo sobre su rostro.
—¿Qué pasa?
—preguntó Thane—. ¿Crees que atacarán antes que tengamos tiempo para alcanzar
al almirante Gluck?
—Es posible
—concedió Atlantis—. Baronov y sus hombres deben estar furiosos. Harán todo lo
que puedan, sin demora. Podemos, incluso, ser traicionados por otros de la
conspiración de los cuales no tengamos noticia. Pero hay otra cosa: la
declaración de que te estaba hablando.
Thane tomó aliento.
—Deben ser malas
noticias —susurró—. Parece que estás muy pálida y preocupada. ¿No me puedes
decir qué es?
—He prometido no
hablar. —Atlantis movió la cabeza—. Pero lo sabrás bastante pronto, por el
doctor France mismo. —Y agregó ominosamente—: Cuando lo sepas, las
conspiraciones de Baronov no importarán tanto.
ONCE
Thane se estaba
reponiendo rápidamente de la penosa prueba en el Exterior. Atlantis Lee quería
cogerlo del brazo, pero Thane pasó adelante sin su ayuda hacia el interior de
la pequeña sala de conferencias, donde unas cuantas docenas de hombres estaban
esperando la declaración del doctor France.
Atlantis lo
presentó antes que se sentaran.
—El capitán
Clayton, que acaba de regresar de América.
Una viva hostilidad
fulguró en varios rostros.
—¡No lo queremos
aquí! —dijo airadamente un hombre que llevaba gafas.
—El punto de vista
del capitán Clayton ha mudado después de su reciente visita al interior de la
Barrera —dijo la muchacha—. Ahora es de los nuestros.
—Es cierto —dijo
penosamente Thane—. Voy a usar mi influencia para impedir todo ataque a
América, o a cualesquiera de ustedes. Pero tengo enemigos dentro del partido.
La señorita Lee acaba de salvarme la vida. Habrá disturbios.
Un barbudo movió la
cabeza.
—Usted no sabe
cuántos disturbios, Clayton, hasta que haya oído al doctor France.
Un ominoso y
expectante silencio se posó en la sala en el momento en que un hombre alto y de
rostro gris entró por una puerta situada detrás de la tribuna del
conferenciante. Dio un vistazo a la sala con hundidos y preocupados ojos.
—El doctor Reynard
France —dijo Atlantis.
El hombre alto
tosió ligeramente antes de hablar y sus pálidas y nerviosas manos sacaron
documentos metálicos de una cartera. Empezó sencillamente, en voz baja.
—Gracias, por venir
aquí. Unos cuantos de ustedes han recibido algunos indicios sobre este
descubrimiento, pero esperé, antes de hacer una declaración formal, a que dos
de mis colegas hubieran visto y comprobado mi trabajo. La comprobación acaba de
ser completada. No hay escape de la verdad.
Una tensa
excitación se extendió por la sala.
—Hace unos meses
—continuó el astrónomo—, recogimos otro objeto en placas tomadas del cielo
meridional. Estaba casi en la misma ubicación donde desapareció el astro enano
hace doscientos años. Eso nos hizo sospechar que pudiera ser una masa de hielo
flotante, procedente de los perdidos mares de la Tierra, que regresaba como un
cometa. Mientras continuaba acercándose, sin embargo, hallamos turbadoras
pruebas de que no podía ser un ordinario cometa.
France hizo pausa
para manosear los apuntes. Alguien comenzó a cuchichear agitadamente, y alguno
siseó para que hubiera silencio.
—Hallamos que el
objeto tiene anillos —prosiguió con calma France, como si deliberadamente no
diera importancia al drama con sus palabras—. Anillos semejantes a los de
Saturno. Ningún cometa ordinario tiene masa suficiente para contener tales
cuerpos satélites. Pensamos que el astro enano estaba volviendo.
France sonrió
fríamente por encima de las gafas.
—Algunos de
ustedes, sin duda, han oído rumores de eso. Estábamos muy alarmados, porque
nuestras nuevas observaciones, además, mostraban que el objeto está avanzando
por un camino que corta a la órbita de la Tierra. Por otra parte, nuestros
cómputos indican que el objeto va a alcanzar el punto de intersección al mismo
tiempo que nosotros. ¡Eso significa el choque!
»Afortunadamente,
sin embargo, nos equivocamos tocante al enano.
France hizo pausa
otra vez, mirando alrededor de la quieta sala como si secretamente se gozara en
el suspense.
—Los antiguos
astrónomos, hace doscientos años, declararon que nunca volvería. Aparentemente
fueron exactos. Este cuerpo está ahora suficientemente cerca para que afectara
los movimientos de los planetas... si hubiera sido el enano. No hemos observado
tales efectos.
—¿Qué es? —voceó
alguien en el fondo de la sala—. ¿Qué va a hacer?
France agitó los
apuntes para imponer silencio.
—Es la luna —dijo—.
El antiguo satélite de la Tierra. Evidentemente, es todavía un miembro del
sistema solar, aun cuando el astro enano la atrajese hacia el interior de una
prolongada órbita perteneciente a un cometa. Ahora, después de doscientos años,
está regresando al perihelio.
—Pero la luna no
tiene anillos.
—Los anillos son
despojos de la Tierra —dijo el astrónomo—. Fragmentos de hielo, procedentes de
nuestros perdidos mares. Y probablemente partículas de aire helado. Hace poco,
el contorno de los anillos se ha oscurecido con una tenue neblina. Creo que la neblina
es debida a la evaporación de helados gases atmosféricos.
—Pero, ¿y qué nos
dice del choque?
—No hemos hallado
ningún escape de eso. —France movió la cabeza—. Aún cuando la luna sea mucho
menos maciza que el astro enano, es bastante grande. El impacto seguramente
destruirá todo vestigio de vida sobre la Tierra. —Su fría mirada se desvió
hacia Thane—. Hasta en América.
Thane se levantó
tambaleando, acodándose en el pupitre en frente de él.
—¿Cuánto...? —Su
llagada garganta se pegó—. ¿Cuánto tiempo tenemos?
—Unas seis semanas.
—France pausó como si quisiera hacer algún rápido cálculo—. Para ser más
exactos, aproximadamente cuarenta y un días y dieciocho horas. —Su voz se
volvió acremente burlona—. Eso nos daría suficiente tiempo, capitán Clayton,
para completar la destrucción de América.
Una nerviosa risita
quebró el pasmado silencio de la sala.
—Cuarenta y un días
y dieciocho horas —susurró el barbudo—. Cuarenta y un días...
Se levantó de
repente y se lanzó hacia la puerta, como si la pequeña sala súbitamente se
hubiera convertido en una trampa mortal.
Thane bajó por el
pasillo tambaleando y sin fuerzas, hacia el macilento astrónomo.
—Las cosas han
cambiado, doctor France —profirió penosamente—. La señorita Lee lo explicará.
Quiero salvar a América ahora. ¿No hay algo que podamos hacer?
—¿Qué sugeriría
uno? —El astrónomo se encogió de hombros—. Con unos cuantos años de tiempo,
habría sido posible establecer una colonia en Marte o Venus. No veo ninguna
esperanza en absoluto para la Tierra.
Extendió las
láminas de película metálica para mostrar diagramas de la luna con su alterada
órbita. Señaló el camino de la Tierra, y explicó sus cómputos.
—No hay nada a
hacer —concluyó enfáticamente—. Estas fuerzas están en la escala astronómica.
Están mucho más allá de los límites de cualquier esfuerzo humano. Sé que usted
es muy competente dentro de su propia esfera de acción particular, capitán
Clayton, pero no puede hacer gran cosa tocante a la luna.
—Quizás no.
Otros estaban
esperando alrededor del astrónomo con impacientes preguntas propias. Thane se
puso a un lado con los diagramas de destrucción. Atlantis Lee se inclinó sobre
ellos con Thane.
—Perdona al doctor
France por dirigirte una pulla —susurró Atlantis—. No sabe que eres un
norteamericano. Pero es nuestro mejor astrónomo. Si dice que estamos vencidos,
es muy probable que sea así..., ¡a menos que vosotros, los americanos, podáis
ayudar!
—Dudo que América
pueda hacer mucho sola. —Thane levantó la vista de las láminas de metal gris,
para posarla en los conturbador ojos de Atlantis—. Pero me estaba preguntado...
—¿Te estabas
preguntando qué?
—El doctor France
dice que Nueva Europa está desvalida sola —dijo lentamente Thane—. Temo que así
está América. Pero me estaba preguntando lo que podrían hacer las dos juntas.
El anhelo iluminó
los ojos de Atlantis.
—¿Tienes un plan?
—Todavía no. —Thane
echó un vistazo a los diagramas astronómicos—. Pero creo que vuestras
naves-cohetes tienen un alcance de varios millones de millas en el espacio. ¿Es
cierto eso?
—Así lo creo. Glenn
solía hablar de un vuelo a Marte... —Atlantis cogió el brazo de Thane con
apremiantes dedos—. Dime, Barry, ¿has hallado un medio?
—No sé. Déjame
hacer una pregunta. —Thane procuró aguantar el dolor de su garganta, y llamó al
astrónomo—. Doctor France, he estado examinando los diagramas. Supongamos que
la luna pudiera ser despojada de todas las fuerzas gravitacionales unas semanas
antes del choque.
—Si usted quiere
jugar alegremente, ¿por qué no suponer que ella no existe?
—Por favor, doctor
France —dijo urgentemente Atlantis—. Barr... —Se contuvo—. El capitán Clayton
habla en serio.
France escudriñó a
Thane.
—No sé cómo se
podría interceptar a las fuerzas gravitacionales —dijo—. Pero si quiere los
resultados de una imposible hipótesis: El camino de la luna se enderezaría.
Pasaría cerca del sol, fuera de la órbita de la Tierra.
—¿A qué distancia
de la órbita?
—Eso depende de
cuándo piensa colocar su imposible tabique entre el sol y la luna. —La voz de
France se volvió tenuemente burlona—. ¿Nos quiere decir eso?
—Quizá se pueda
—dijo Thane—. ¿Cuánto tardarían las flotas de naves cohetes de Nueva Europa
para trasladar algunos de sus más grandes equipos de energía atómica a la luna?
—Podría hacerse.
—France se movió hacia Thane de repente, con una aguda atención en los ojos—.
¿Pueden ustedes, interceptar la gravedad?
—Hay un medio —dijo
Barry Thane—. Si podemos trabajar todos juntos...
Fue interrumpido
por un flaco y pecoso mozalbete que entró en la sala corriendo, agitando un
trozo de película metálica y gritando:
—Lan, ¿dónde estás?
—Es Tony, mi
hermano. —Atlantis informó a Thane—. Es el que me ayudó a sacarte de la celda
de vacío. —Lo llamó—: ¿Qué pasa, Tony?
Tony estaba
respirando con dificultad y parecía estar excitado.
—He estado
fisgoneando los secretos de la Estrella Escarlata. —Puso la lámina metálica en
las manos de la muchacha—. Un mensaje por radio que he cogido antes del
amanecer. Acabo de descifrarlo. Léelo, Lan.
Atlantis leyó, en
voz alta:
«Urgente y
confidencial. Disturbio a Coral. Se informa de renovada actividad en el cuartel
general de la oposición del observatorio Lee. El doctor Reynard France está
esparciendo propaganda hostil por medio de la antigua organización de la
Confederación, con fantásticos rumores de peligro procedente del espacio. Se ha
unido a la oposición un hombre que afirma ser el capitán Glenn Clayton. Este
individuo es obviamente un impostor, pues no está usando sello del partido.
Apresuren ataque inmediato al observatorio, antes que este grupo pueda obrar.
Disturbio a Coral, quiten el contacto.»
—Disturbio es el
nombre de clave usado para designar al capitán Baronov —explicó el jadeante
muchacho—. El mensaje procedía de su nave-cohete, el Avenger. Fue recibido y
reconocido por Coral: ese es el almirante Gluck, que está en el Némesis.
Thane se sintió
entumecido y débil, como si el intenso frío del Exterior estuviera todavía en
su sangre. Esto era un golpe más vivo de lo que había esperado. Sus pegajosas
manos asieron el canto de la mellada mesa de conferencias. Era difícil pensar
en algo que hacer.
—¿Me puedes llevar
a la radio? —pidió—. Quiero hablar al almirante Gluck.
Sabía que tenía que
dar golpe por golpe, pero era difícil pensar lo que debía decir.
—Ciertamente,
capitán —accedió Tony Lee—. Podemos probar, pero el sol está alto ya y la radio
no llegará muy lejos. El mensaje de Baronov llegó justamente a tiempo para
alcanzar las estaciones de relais. Ahora la interferencia solar es un
obstáculo.
—¡Hemos de hacer lo
posible! —insistió Thane.
Siguió al muchacho,
subiendo por una circular escalera de metal a la torre blindada de
comunicaciones. Claramente este era el dominio de Tony Lee, pues las metálicas
paredes estaban adornadas con naves-cohetes modelos. Las portillas de
observación miraban en todas las direcciones, a desolados y negros montes que
nunca habían visto el sol hasta que pasó el enano, al disco gris de la ciudad y
a las cúpulas más pequeñas alrededor de ella.
El muchacho
sintonizó.
—¡Aldebarán llama a
Coral! —gritó Thane en el micrófono, con voz jadeante—. ¡Aldeb...!
El pavimento se
inclinó y se movió a tirones. Un vidrio roto sonó en alguna parte. Un gran
hongo de decadente fuego brotó al lado del observatorio. Negros fragmentos de
roca salieron de él con violencia. Unos desechos retumbaron contra la cúpula
del observatorio.
Los ojos del
muchacho todavía brillaban y no parecía tener miedo. Sabía que su mundo tenía
sólo días de vida. La muerte resonaba y batía incesantemente la cúpula de
metal, pero la voz del mozalbete era baja y tranquila.
—Eso fue un
proyectil atómico, capitán. La flota debe estar en alguna parte encima de
nosotros ahora, pero quizás no pueden oír. El sol hace extrañas travesuras con
la radio...
La granizada de
cachos de bombas y desechos rocosos cesó. En la estrecha y pequeña torre
blindada de comunicaciones, encima de la cúpula del observatorio, Barry Thane
se dirigió hacia el pelirrojo hermano de Atlantis Lee.
—Prueba otra vez,
Tony.
Excitado pero sin
miedo, el muchacho retrocedió hacia el equipo de radio.
—¡Aldebarán llama a
Coral! —voceó roncamente Thane—. ¡Aldebarán llama...!
La aguda voz del
almirante Gluck lo sobresaltó.
—Hola, Aldebarán.
—La voz se elevó y cayó en un mar de silbante estática—. ¿Quiere entregar el
observatorio y someterse a un juicio en el partido por las acusaciones de
traición contra usted? ¿O quiere una bomba mayor?
Thane engulló para
aclararse su ronca garganta.
—Me niego a
rendirme —profirió vivamente en los ásperos tonos de Clayton—. No soy un
traidor. Los verdaderos traidores son Baronov y sus secuaces. He dejado que
enseñaran las cartas.
Por encima de la
rugiente estática, la aguda voz de Gluck parecía insegura.
—¿Puede usted
explicar sus tratos con los enemigos del partido?
—Puedo explicar
cuanto yo quiera. —Thane trató de hablar brevemente—. Envíen una nave para
recoger un mensaje confidencial. Estará marcado con el sello del partido.
Sobre la impetuosa
estática, la tenue voz de Gluck vaciló de un modo perceptible.
—¿El sello? Pero
Baronov me ha informado que... Será enviada una nave en seguida, señor.
Atlantis Lee ayudó
a Thane a redactar el mensaje y lo escribió a máquina sobre un pliego de
delgada hoja de metal gris. Thane lo selló con el peculiar molde del anillo de
Clayton.
«El ataque a la
Barrera debe abandonarse. La flota y todos los recursos de la Estrella
Escarlata serán puestos a disposición del capitán Clayton para la tarea de
evitar el desastre. Con sus propios telescopios pueden comprobar el
descubrimiento del doctor Reynard France de que la luna está retrocediendo,
hacia un choque con la Tierra. Cuando hayan hecho eso, vengan con su estado
mayor al Observatorio Lee.»
Una nave-cohete de
guerra gris descendió sobre angulares puntales de aterrizaje en el borde del
nuevo hoyo hecho por la explosión de la bomba cerca del observatorio. Tony Lee,
llevando encima un traje de aire y agitando una bandera negra, llevó el mensaje
a la válvula de la nave.
Pasó una larga
hora. Thane habló un poco a Atlantis Lee. La muchacha parecía estar tan poco
asustada como su hermano. Thane, de repente, sintió que la quería, pero esta no
era la ocasión para hablar de amor.
Dos naves-cohetes
descendieron cerca del observatorio: el Némesis de Gluck y el Avenger de
Baronov. Una docena de hombres salieron por la portilla de aire, pasando al
interior del observatorio. Thane los recibió. El torvo y menudo almirante
estaba tieso y receloso: El hosco rostro de Baronov parecía desasosegado y
retador.
—¿Han comprobado el
descubrimiento del doctor France? —preguntó Thane.
—Hay un extraño
objeto al sur. —Los perspicaces ojuelos de Gluck eran penetrantes—. Pero su
comportamiento ha sido sospechoso, Clayton. Se han hecho graves acusaciones
contra usted. Estoy aquí sólo porque soy leal al partido.
—El doctor France
está esperando en la sala de conferencias —le dijo Thane—. Quiero que le
escuchen. Examinen su trabajo cuanto quieran. Convénzanse de que el peligro es
real. Luego hablaremos de lo que hay que hacer.
Frunciendo el ceño
ferozmente, Baronov apuntó un grueso dedo a Thane.
—¡Almirante, no se
fíe de este hombre! Esto parece que es una trampa. ¿Va usted a entrar en ella?
Los tratos de este hombre con los reconocidos enemigos del partido son clara
traición. ¿Por qué no lo detiene?
El menudo almirante
no quitaba sus escudriñadores ojos de Thane.
—La Estrella
Escarlata —dijo—, me ha ordenado que viniera aquí.
Baronov se
adelantó; su velluda mano temblando cerca de la pistola sobre su cadera. Su
ancho rostro tenía una expresión de tortuoso triunfo.
—¡Almirante, mire a
este hombre! —chirrió su gruesa voz—. ¿Es el capitán Clayton? ¿Es nuestro
verdadero jefe? Tengo pruebas de que no lo es. Cuando volvió de América, ni
siquiera sabía dónde vivía Clayton.
Un romo dedo
pinchó.
—¡Mírelo! Usted
puede ver que es un hombre distinto. Su cabello es demasiado oscuro y él
demasiado bajo de estatura. Vea, la ropa de Clayton no le cae bien del todo.
Mire... —Baronov se acercó más y su voz se volvió áspera de excitación—. Mire
las cicatrices de su cara. No las había observado antes, ¡pero son las
cicatrices de la cirugía plástica! —Sacó la pistola mientras concluía
triunfalmente—: ¡Este hombre no es más que una imitación de Clayton!
Thane sonrió con la
firme sonrisa de Clayton.
—Más vale que
guarde la pistola —advirtió a Baronov. Y se dirigió a Gluck—. Almirante, quiero
que escuche al doctor France. Luego tengo algo que decirle.
—¡Espere,
almirante! —gritó Baronov—. ¿Va usted a permitir que este impostor...
—¡Orden de la
Estrella Escarlata! —chilló Gluck—. ¡Guarde la pistola! —le ordenó.
Una hora después,
cuando salieron de la sala de conferencias de France, el menudo almirante y su
estado mayor parecían estar agitados y pálidos. Hasta Baronov parecía amansado
y sus gruesos labios seguían moviéndose.
—¡Cuarenta días!
—susurró—. ¡Sólo cuarenta días!
Con la bronca voz
de Clayton, Thane habló vivamente a Gluck.
—Almirante, ¿está
usted convencido del peligro?
El rígido
hombrezuelo tiró de su rubio bigote.
—Estoy convencido.
—Su delgada voz era ronca y trémula—. Lo he examinado todo. Es más que un
peligro: es una sentencia de muerte. —Las medallas sonaron mientras se encogía
de hombros sin esperanza—. ¿Qué iba a decirme, capitán? ¿Qué puede hacer el
partido?
—Nada solo —dijo
gravemente Thane—. Pero creo que todos nosotros, trabajando juntos, tenemos una
probabilidad. —Con una severa mueca a Baronov, confesó—: Es cierto que no soy
el capitán Clayton.
Los agitados
hombres le miraron con asombro.
—Soy Barry Thane,
norteamericano. —Ante la alarmada mirada fija de los oficiales, se quitó el
anillo de Clayton del dedo y abrió la faz de golpe para mostrar el negro molde
en forma de estrella.
Baronov emitió unos
sonidos entrecortados, como si fueran de rabia y ansiedad. Sonriéndole, Thane
entregó el anillo a Gluck.
—El sello —dijo al
atónito almirante—. Ya no lo necesito. ¿Quiere guardarlo en depósito para el
partido?
Un rígido orgullo
encendió el flaco y añoso rostro de Gluck. La sospecha desapareció de sus
perspicaces ojos. Se puso el anillo en un nudoso dedo de la mano derecha y miró
aturdidamente a Thane.
—Usted es un
americano —balbuceó con esperanza—. Usted conoce la ciencia que creó la
Barrera. —Hizo pausa y sus penetrantes ojos escudriñaron los de Thane—. ¿Sabe
realmente la manera de detener la luna?
—No se la puede
detener —reconoció Thane sin vacilación—. Pero hay un medio para desviarla un
poco... si podemos llegar allí con el necesario equipo a tiempo.
—¿Cómo? —demandó el
almirante.
—Si se aplica la
suficiente potencia —explicó Thane—, la anomalía en espacio creada por un
generador de Anillo puede hacérsela opaca para la gravitación. Debemos
establecer otra Barrera alrededor de la luna para separarla de la gravitación
del sol. Eso alterará su camino lo suficiente, si podemos ejecutarlo a tiempo,
para que no alcance la Tierra.
—Pero no tenemos
ningún generador —objetó Gluck.
—Hay de reserva en
América —le dijo Thane—. La guerra ha acabado, recuerde. Se necesitaran los
esfuerzos unidos de todos nosotros para evitar la destrucción. Los americanos
no podrían hacer nada solos. No tienen las naves para llegar a la luna, o
equipos de energía atómica lo suficiente grandes para suministrar la tremenda
fuerza que se requerirá. Pero América puede proporcionar el generador de
Anillo.
El almirante Gluck
tiró dudosamente de su rubio bigote. No estaba hecho a la idea de los
americanos como aliados.
* * *
Cuatro días después
el Némesis aterrizaba en Ring City. Thane presentó el menudo almirante al
general Whitehall. Las voluminosas jaulas que contenían las partes del
generador de repuesto fueron cargadas sin demora.
—El generador no
estaba destinado para un resguardo gravitacional. —Whitehall advirtió a Thane—.
Tendrán que recargarlo aproximadamente un centenar de veces. No sé cuánto
durará; quizás unos minutos, quizás el tiempo suficiente. Si siquiera
tuviéramos tiempo para construir otro...
¡Pero no había
tiempo!
El Némesis atravesó
el Anillo de nuevo y se elevó para unirse a la flota de naves-cohetes que ya
ascendía de Nueva Europa con su pesada carga de desarmados equipos de energía
atómica. Pasados nueve días, la flota halló a la luna de blancos anillos. Las naves-cohetes
descendieron en un prolongado ruedo sobre una llanura lunar cubierta de costra
de hielo.
Barry Thane salió
con los ingenieros de la Guardia del Anillo, provistos de trajes de aire, y el
doctor Reynard France, para empezar a examinar el terreno para el asiento del
generador de un nuevo Anillo. Los desarmados equipos de energía atómica fueron lentamente
unidos de nuevo. Gruesos cables fueron desarrollados, para traer más fuerza de
los reactores de las circulantes naves.
Al fin, después de
días interminables y noches sin sueño, la tarea estaba hecha. Barry Thane
estaba vigilando, afuera de la portilla de aire del Némesis. Vio el verde
resplandor de un cartucho de señal que detonaba por encima del recién instalado
generador, y esperó a que ocurriera algo.
Pero no hubo nada.
Podía imaginar el
poderoso río de energía atómica fluyendo de todos esos reactores, pero el
desolado vacío falto de aire no le traía ni siquiera el golpecito de un
conmutador que se cerrara. Al otro lado de los relucientes puntales de las
derechas naves-cohetes, y por encima de los picachos acorazados con hielo, los
anillos de la luna formaban un fantástico triple arco iris, blanco como la luz
del sol frente al color negro del espacio. La Tierra colgaba en el interior de
ese resplandeciente arco, gris y desolado como la luna misma, excepto por el
círculo de oscura agua y animado y verde terreno que era América. Y nada
ocurría.
—¡El anillo del
satélite! —La excitada voz del doctor France sonó de repente desde el
altoparlante de su casco—. ¡Observen el anillo del satélite!
Thane examinó ese
espléndido triple arco, y vio que estaba más alto y más ancho frente a la
oscuridad.
—¡Nuestra Barrera
está funcionando! —estaba gritando el astrónomo—. Los anillos de hielo se están
ensanchando, porque la Barrera los ha separado de la gravitación de la luna.
—Eso es admirable.
—Thane reconoció la voz de un ingeniero americano—. Ahora viene la gran
pregunta: ¿Cuánto tiempo puede nuestro recargado generador aguantar el espolón?
Pasaron días, y de
algún modo los ingenieros mantuvieron al generador en funcionamiento. La luna
se salió de la extendida nube en espiral que había sido su triple anillo. La
desnuda y grisácea Tierra se dilataba en el cielo, pero Reynard France declaró
que la luna la erraría con seguridad, a menos que el generador fallara.
DOCE
Un hombre y una
mujer, solos dentro de una destrozada máquina en el páramo donde había estado
el Atlántico, esperaban el fin del mundo. Bajo el tierno cuidado de la mujer,
Clayton se restablecía de la herida que ella le había infligido. Clayton
observaba el objeto que se deslizaba hacia la Tierra en el cielo meridional y
averiguó al fin que era el perdido satélite de la Tierra, rodeado ahora de
hielo.
—¿Y qué? —Della
Rand se encogió de hombros—. ¿Importará algo?
—Probablemente, no
—concedió Clayton—. La luna es lo suficiente grande para destrozar al planeta,
Barrera y todo. Pero desearía que pudiéramos huir de aquí. Todas las veces que
vea los «jets» de una nave, voy a hacer señales con el proyector.
Observó el
aprensivo sobresalto de Della, sonriéndole.
—Sí, preciosa, te
deslizaste —le dijo—. Olvidaste destrozar el proyector.
—¿No puedes esperar
—susurró amargamente Della—, a que la luna destruya a América?
Clayton rió y puso
su brazo alrededor de Della.
—Perdóname,
preciosa. —Su voz se volvió singularmente apacible—. Realmente no te puedo
censurar por todo lo que piensas de mí, pero las cosas son diferentes ahora. Tú
las has hecho diferentes.
Della se volvió
para examinar el rostro de Clayton. El capitán le sonrió, con una dulzura que
Della nunca había visto en sus verdosos ojos. La joven doctora estuvo
esperando, callada y azorada, en los brazos de Clayton.
—Recuerdo haber
leído algo en un viejo libro —dijo suavemente Clayton—. En uno de los preciosos
viejos libros de papel que habían sido conservados a través del cataclismo.
Algo acerca de una entrada al paraíso. Ahora veo que en el partido de la
Estrella Escarlata hemos estado llamando mucho tiempo a la puerta falsa. Tú me
has ayudado a hallar la verdadera, preciosa.
Sus vigorosos
brazos atrajeron más a Della hacia sí.
—Es por eso que
quiero salir ahora —dijo Clayton—. No creo que importe mucho al fin, pero
quisiera reparar un poco el daño que he hecho. Si no llego demasiado tarde,
quisiera prevenir a Barry Thane acerca de Baronov.
Rió y el antiguo
vivo fulgor volvió a sus ojos.
—Aún cuando llegue
demasiado tarde —agregó—, aún cuando Baronov haya ya hecho saltar la trampa,
¡quisiera verlo cara a cara con el fantasma del hombre que asesinó!
—Me admiro...
—Della Rand se estremeció un poquito en los brazos de Clayton—. ¿Has realmente
cambiado?
Observaron el cielo
de la noche en busca de «jets» de naves-cohetes, pero no se deslizaron ningunos
«jets». Las esperanzas de Clayton se marchitaron, transformándose en turbado
asombro.
—Parece que no hay
más vuelos de patrulla —dijo al fin—. La flota de Gluck debe haber salido de
Point Fury. —Hizo una mueca a Della de repente—. ¡Creo que veremos el fin
juntos después de todo, preciosa!
—Me alegro —susurró
Della en sus brazos.
Noche tras noche,
observaban la luna.
Hermosa y terrible,
con la blanca brillantez del triple anillo, creció en la pantalla del
telescopio hasta que el telescopio ya no fue necesario. Podían ver el contorno
del satélite por las ventanillas de cuarzo, y para Della su contorno era la
muerte.
Su miedo era como
un sopor que se extendía. Procuró encontrar pequeñas tareas domésticas para
ocupar su mente, pero todo había perdido interés. Se alegraba de estar en
compañía de Clayton, pero su afecto se había transformado en temor desde el
momento en que supo que él y ella morirían. Se estaba moviendo como una
fatigada máquina, y entonces oyó gritar a Clayton.
—¡Della, alguien
está haciendo travesuras!
Della se secó las
manos y anduvo torpemente para unirse a Clayton en la pequeña pieza del piloto.
—¡Mira a la luna!
—Della era oscuramente consciente de la desalentada perplejidad de Clayton—.
¡Está saliendo de su órbita, desprendiéndose de sus anillos mientras marcha!
Della tembló. Sus
oscuros ojos se dilataron, mirando a Clayton aturdidamente. Se apretó de
repente la garganta. La súbita ansia de la esperanza era más dolorosa de lo que
había sido la desesperación.
—¿Qué quieres
decir?
—¡Echa un vistazo,
y explícame quién anuló la ley de la gravedad!
Della corrió hacia
una de las portillas de cuarzo. Ahí estaba la luna, que parecía menuda, pero
clara entre las adiamantadas estrellas. Y estaba su deslumbrante triple anillo,
deslizado singularmente al lado.
—¡Oh, Clayton!
—Della se pegó a su musculoso brazo—. ¿Qué significa eso?
—Me gustaría
saberlo. —Toda la antigua veleidad de Clayton había desaparecido—. Si realmente
ves lo que yo he visto, algo está empujando la luna un poco afuera de su
órbita.
—¿Lo suficiente
para hacerla errar la Tierra?
—Júzgalo tú,
preciosa. —Clayton se encogió de hombros—. A menos que puedas decirme quién la
está empujando, y con qué. Una errada por poco, quizás, en vez de un impacto en
el centro. Demasiado cerca para beneficiarnos en modo alguno, si pasa a la
distancia crítica.
—¿Cuál es ésa?
—Cuatro radios
—dijo Clayton—. Hay una teoría según la cual todo cuerpo planetario que pase
tan cerca será destrozado por las fuerzas de marea. Si eso le ocurre a la luna,
la Tierra adquirirá un nuevo anillo propio, y seremos enterrados bajo toneladas
de roca.
Della se volvió
para mirar a la luna otra vez.
Día tras día
crecía, borrando las estrellas. Sus extraviados anillos se escabullían,
disolviéndose en una deslumbrante espiral de hielo. El hielo y la luna
arrojaban un frío resplandor gris sobre las hendidas llanuras de inerte légamo.
Della Rand
procuraba no mirar afuera. Discurría superfluas tareas para ocuparse, en el
pequeño espacio de hierro que se había convertido en su hogar. Pero Clayton la
miraba con atención, sonriéndose a veces del miedo de su compañera. A Della le
parecía que Clayton encontraba una especie de júbilo en la expectación de un
cataclismo cósmico.
Una vez, cerca del
fin, Della le trajo una bandeja de comida de la cocina. Lo halló frente a la
mesa de náutica, inclinado sobre algún cálculo, y Della no pudo menos de mirar
afuera.
Habría sido de día,
pero la crecida luna había eclipsado al sol. Se extendía sobre la mayor parte
del cielo, como una terrible y mellada mancha. Hasta alrededor de los bordes de
ella, el cielo estaba oculto por cárdenas flámulas de arremolinado vapor.
Della retrocedió,
ocultando los ojos.
—Echa un buen
vistazo, preciosa —dijo Clayton, sonriéndole desde la mesa—. Es algo que nunca
volverás a ver. La luna está pasando cerca de nosotros, a una distancia de unos
tres radios.
—¿Y qué nos
ocurrirá ahora?
—Me gustaría
saberlo. —Clayton miró con ceño a sus cómputos, perplejo—. Parece que la luna
no hace ni pizca de caso a la ley de la gravedad. No se está desmenuzando.
Evidentemente no hay fuerzas de marea, o sentiríamos temblores de tierra.
—Luego... —Della
trató de coger aliento—. Luego, ¿estamos seguros?
—¿No sabes que
nunca estamos seguros? —Los verdes ojos de Clayton tenían el antiguo atrevido
fulgor—. Haga lo que haga la luna, hay todavía el hielo que estaba en esos
anillos. Aun parece estar sujeto a la ley de la gravedad, y está viniendo en
derechura a nosotros. Creo que vamos a tener una granizada, preciosa. —Puso
rápidamente sus brazos alrededor de Della y la besó—. ¡Una granizada como nunca
antes hubo otra igual!
La observaron. Un
blanco caos ocultaba la descubierta cara de la desviada luna. Extraños penachos
blancos se rizaban a través del cielo, con fantástico y lento movimiento. Los
rayos del retornante sol separaban las primeras grandes masas de cayente hielo.
Clayton señaló, y
Della se pegó a él. Observaron un mellado esteroide de hielo que chocó con una
distante línea de desoladas lomas. El seco fondo del océano tembló con el
impacto. Estalló una ráfaga de vapor, ascendiendo en una enigmática nube de
hongo. Las ondas del choque los alcanzaron, y la olvidada bandeja de Della
rechinó en la cubierta metálica.
—¿Qué hará ella?
—Della se pegó a Clayton, temblando—. A la Tierra. —Sus oscuros ojos
escudriñaron el rostro del capitán desesperadamente—. Y a nosotros —añadió.
—Es demasiado
pronto para decirlo, preciosa —le dijo Clayton—. Tendremos que esperar a ver.
* * *
El generador
aguantó el espolón el tiempo suficiente. La luna había ido veinte radios más
allá de la distancia crítica, antes que el generador finalmente se consumiera.
La rodante luna seguía adelante. La flota de naves-cohetes volvió, llevando
sólo el salvado uranio de los abandonados equipos de energía atómica, a una
Tierra que era extraña y espléndida ahora con su propio brillante anillo de
represado hielo.
La Tierra misma, a
medida que la flota se acercaba, parecía hasta desconocida. Sus desolados y
grises montes estaban cubiertos otra vez con una luminosa neblina. Nuevos lagos
adornaban las tierras altas. Una capa de blancas nubes entarimaba el antiguo Atlántico,
ocultando Nueva Europa.
—Esa neblina es más
que vapor de agua. —Reynard France dijo a Thane—. El astro enano debe haber
arrastrado la mayor parte del perdido aire de la Tierra, tan bien como los
mares, hacia el interior de ese anillo en torno a la luna. Creo que hemos
recuperado una útil porción de él...
Fue interrumpido
por un barullo de agitación en la nave-cohete. Los oficiales de vigilancia
habían observado una luz de señales que fulguraba desde el raso fondo del mar,
a unos centenares de millas fuera del Anillo que todavía protegía a América. La
nave-cohete estaba aterrizando para investigar.
El destellante
proyector los guió abajo hacia el casco en forma de roca de la desfigurada
nave-cohete Friendship, yacente en la orilla de otro somero mar. Della Rand y
Glenn Clayton salieron fuera, de la mano, para dar la bienvenida a sus
salvadores. Estaban respirando de prisa con el ralo aire represado, pero no
necesitaban trajes especiales.
Clayton recibió a
Thane con una rígida y torcida sonrisa.
—¡Bien, capitán
Clayton! —dijo Clayton—. Creía que había muerto. Esto estropea nuestro juego de
Adán y Eva, pero más bien nos alegramos de verle. —Hizo gestos de un modo casi
accidental hacia el nuevo mar cerca de ellos—. Quizá usted nos pueda explicar lo
que ocurrió para ayudarnos a evadir la luna.
Brevemente, Thane
se lo explicó.
—¡Enhorabuena! —Los
verdosos ojos de Clayton examinaron las copiadas facciones de Thane—. Parece
que usted ha estado viviendo a la altura del familiar nombre de Clayton. Y lo
puede conservar si quiere. He encontrado otra cosa. —Miró a la muchacha de ojos
oscuros y la dureza huyó de su sonrisa—. Hemos encontrado otra cosa —repitió
lentamente—. Yo he encontrado una puerta, y Della ha encontrado un sueño.
Thane miró al
radiante rostro de Della.
—Me alegro —dijo—.
Pero le devuelvo tu nombre.
Dos horas después
la nave-cohete descendió a través del techo de nubes sobre Churchill Dome.
Ahora la ciudad estaba en el extremo de un prolongado y abrupto promontorio. Un
nuevo mar bañaba los rasos y oscuros peñascos debajo de ella. Thane oyó a
Reynard France explicar por qué la caída del hielo había hecho tan escaso daño.
La mayor parte de los trozos habían sido relativamente pequeños, y el
rozamiento con el retornante aire de la Tierra los había derretido y convertido
casi enteramente en salobre lluvia.
La nave-cohete
aterrizó en la lisa cima de la cúpula de la ciudad. Thane salió de prisa de la
portilla de aire y se abrió paso a empujones por entre la vitoreante multitud,
buscando a Atlantis Lee. El cielo se había despejado, y por en medio de él se
cernía el blanco y perdurable arco del anillo en torno a la Tierra. Pensó que
realmente se parecía a una gran puerta, de un bello mundo futuro. Bajo ese
arco, halló a Atlantis Lee esperando.
FIN

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