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Libro N° 14036. La Cúpula De América. Williamson, Jack.

 

© Libro N° 14036. La Cúpula De América. Williamson, Jack.  Emancipación. Julio 12 de 2025

  

Título Original: © La Cúpula De América. Jack Williamson

 

Versión Original: © La Cúpula De América. Jack Williamson

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

Libros Tauro

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Fondo:

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Portada E.O. de Imagen:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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LA CÚPULA DE AMÉRICA

Jack Williamson

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Cúpula De América

Jack Williamson

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

UNO

 

Anillo en torno a América...

Igual que el borde de un enorme tazón de cristal puesto boca abajo sobre el continente, separaba a los pardos yermos árticos de un más mortífero páramo. Formaba un dique en lo que quedaba del Atlántico, donde antiguamente había fluido el Gulf Stream. Más delgado que una telaraña y más alto que las nubes, tenía a raya a la espantosa muerte al otro lado de los montes de Méjico. Encerraba la atmósfera de encima de América, y partía al estrecho Nuevo Pacífico.

Barry Thane lo vio por primera vez el verano en que tenía nueve años. Había venido solo para hacer una visita a su abuelo Barry. Era una cosa emocionante tener un sitio propio junto a la claraboya del luciente barco de cabotaje que se deslizaba tan aprisa a lo largo de su curso de invisible fuerza entre las torres de energía.

El abuelo de Barry vivía en una casita de campo con galerías, una especie de bungalow de plástico, en la costa de la Corporación de California, a menos de una milla de donde el Anillo se introducía, formando una división, desde el mar. Era un hombrecillo delgado y de ojos pardos, ágil para su edad, con una medalla en forma de aro brillando sobre el pecho.

—Hola, abuelo —Barry agitó su flaca y temblorosa mano, y pidió—: ¿Puedo bajar hacia el Anillo?

La patrona se lo había señalado antes que el barco entrara en el puesto de la torre por entre los enfocados tubos, y Barry estaba fascinado. En el interior del Anillo, las moteadas vacas del abuelo estaban tascando verde alfalfa, las olas danzaban en la ribera, y una blanca vela subía por la estrecha vereda de agua.

Afuera no había agua. Oscuros y extraños valles se alejaban infinitamente en prolongado declive, donde había estado el océano.

—¿Puedo tocar el Anillo?

—Más vale que no. —El viejo sonrió—: Entra en la casa. Examinemos el chisme de cocinar.

El muchacho no había desviado la atención de la maravilla del Anillo.

—¿Me dañaría, si lo tocara?

—No. Es liso como vidrio.

—Luego, ¿por qué...?

—Hay cosas afuera que un muchachito no tiene necesidad de conocer.

—¿Qué cosas?

—Hay una cerca que no se debe atravesar. —La cascada y añosa voz del abuelo fue de repente imperativa—. Y hay la Guardia, para cuidar de que uno no lo haga.

—Abuelo...

Quiso insistir, pero el abuelo sonrió otra vez.

—La Guardia protege al Anillo para salvar nuestras vidas —dijo el abuelo—. Yo fui guarda.

—¿Qué podría dañar al Anillo?

Se habían puesto en camino hacia la quinta con el equipaje, pero el abuelo se paró para mirar a través del campo de alfalfa que se extendía hacia el interior del insondable y marchito valle al otro lado.

—Había un hombre llamado Brock —dijo el abuelo—. Formó una especie de pantalla para echar una sombra sobre el Anillo. El Anillo está iluminado, y la sombra formó un hueco. Este Brock construyó una puerta metálica para ajustaría al hueco, de modo que él pudiera salir al Exterior, pero debió calcular mal la presión del aire; ésa es de más de una tonelada por cada pie cuadrado.

Barry estaba atemorizado, y asió la mano del abuelo.

—Este Brock voló al Exterior, con puerta y todo —dijo el abuelo—. Pero su pantalla continuó funcionando, y el aire siguió soplando. Fue un terrible huracán, que absorbió árboles y animales y casas, y los primeros hombres que vinieron para atajarlo...

—¡Pero lo hiciste tú, abuelo! —exclamó Barry con acaloramiento—. Ese era el viejo doctor Brock. Mi madre solía contarme una historia acerca de cómo paraste ese vendaval. Es de ese modo que ganaste la medalla.

—Yo era un guarda; cumplía mi obligación. —El abuelo tocó la medalla orgullosamente—. Me las arreglé para lanzar mi helicóptero de patrulla contra el mecanismo de la pantalla. Eso quitó la sombra del Anillo y paró al viento. —Suspiró—. Eso ocurrió hace cincuenta años.

—¿Quieres saber algo? —dijo Barry en voz alta, de repente—. Acabo de decidirme. ¡Cuando crezca, abuelo, voy a entrar en la Guardia!

—Tu padre tendrá algo que decir sobre eso. —Los vivos ojos pardos del abuelo se volvieron extrañamente tristes—. Querrá que seas un administrador de la Corporación de Chicago, y presidente de la Junta de Investigación Nuclear General, del mismo modo que él. Yo estaría orgulloso de verte en la Guardia. Imagino que tu madre también. Pero Patterson Thane no te dejará renunciar a todos sus millones, por algo tan disparatado.

—¿No sale nadie al Exterior? —preguntó Barry—. ¿Nunca? —insistió.

—Brock no fue el primero en intentarlo, ni el último. Todos han sido destruidos. Pero, no obstante, continúan probando, a pesar de la cerca y la Guardia.

El abuelo se estaba encaminando a la casa de nuevo, mas Barry se rezagaba mirando el extraño y desolado mundo al otro lado de la invisible pared del Anillo.

—¿Quieres saber algo? —preguntó—. Cuando crezca, voy a salir al Exterior. —Cuando el abuelo frunció el ceño, añadió apresuradamente—: Pero encontraré un medio más seguro. Un medio para reservar el aire, y no causar daño.

El día siguiente, jugando con su cometa, bajó hacia el Anillo, pues el vedado misterio le atraía como un imán. A un centenar de yardas de la parte interior de esa diáfana barrera, los verdes campos terminaban. De una alta cerca de alambre colgaban letreros que decían:

 

¡MANTÉNGANSE FUERA!

Orden de la Guardia del Anillo

 

Al otro lado de la cerca había un polvoriento camino, todavía dentro del Anillo. Esperando en su propio lado de la cerca, Barry observó a dos guardas que bajaban por el camino bajo el anillo, en un pequeño «jeep» eléctrico gris. En la costa, donde el camino terminaba y el Anillo continuaba alrededor del mar, desviaron el «jeep» y retrocedieron, volviendo a pasar más allá de donde estaba Barry. Cuando estuvieron seguramente fuera del alcance de la vista, Barry se deslizó debajo de la cerca y atravesó el camino corriendo. Al otro lado del camino había una orla de hierbajos... ¡y el Anillo!

Se agachó en las hierbas, para ocultarse mientras examinaba el Anillo. En realidad, no podía verlo, porque su limpia diafanidad era completamente clara. Podía sentirlo, sin embargo; más duro y más liso que ninguna clase de vidrio, pero ni frío ni caliente.

Lo tentó con el cortaplumas, tan osadamente como otro doctor Brock. El Anillo quebró la punta de la hoja, y a pesar de ello no mostraba ninguna marca de cicatriz. Barry levantó la vista, temblando, y vio las cosas del Exterior.

Horribles cosas, pardas e inertes, extendidas entre las inanimadas rocas. Habían sido hombres y mujeres y niños y animales; pero ahora eran esqueletos de encogida y pardusca envoltura o momificada carne, medio cubiertos con rasgados y descolorados andrajos. Un huesudo brazo estaba apuntando a través de una hoja de roto periódico.

Con el rostro apretado contra la dura e invisible barrera, Barry trató de descifrar los marchitos títulos. Las palabras parecían extranjeras; juzgó que eran españolas. Estas personas debieron haber salido de Méjico hacia el resguardo del Anillo, pero demasiado tarde.

De repente experimentó malestar, y casi sintió que se hubiera escabullido de la proximidad del abuelo. Se volvió precipitadamente para mirar a algo dentro del Anillo. Hasta los verdes hierbajos alrededor de él le parecían hermosos ahora, porque estaban vivos.

Pero pronto sus ojos retrocedieron hacia el Exterior otra vez. El pasmo y el terror de la visión no lo soltarían ya. Hasta el cielo allí era extraordinariamente oscuro, porque no había aire para hacerlo azul. Toda sombra era una aguda hoya de misteriosa medianoche.

Miró, a través de los desolados llanos de hendido légamo que descendían y descendían sin fin en prolongado sesgo, hacia el interior del vacío hueco donde había estado el océano. No podía ver el fondo de él, pero algún día, se prometió a sí mismo, descubriría qué había allí.

Procuró no mirar a las cosas que habían sido personas. El abuelo tenía razón. Eran cosas que un muchachito no debiera conocer. Pero él mismo no podía remediarlo. Sus ojos retrocedían inquietamente, hacia las dispersas pertenencias que ellas habían esparcido; las descoloradas mantas, las ollas para cocinar, una rota botella y una muñeca de niña.

Vio un cráneo... y gritó.

Estaba en un montón de huesos, medio cubierto con coriáceos jirones de piel y manojos de cabello descolorado por el sol. La cuenca de un ojo estaba abierta y vacía. La otra le miraba directamente, con un brillante y frío ojo.

Por un momento estuvo como petrificado. No se podía mover ni respirar. Esperó a que ese ojo, que le observaba fijamente, desviara su mirada, pero ni siquiera parpadeaba.

—¡Barry! —Era la distante voz del abuelo, que lo llamaba a gritos—. ¡Barry, muchacho!

Barry se puso las manos en frente del rostro, para ocultar ese horroroso ojo. Cuando pudo moverse, corriendo y sollozando retrocedió hacia el camino a través de los hierbajos, con el corazón batiendo con fuerza en su garganta. El abuelo estaba parado junto a la cerca, mirándole severamente.

—¡No... no estés furioso! —protestó Barry, con sonidos entrecortados—. ¡No he dañado al Anillo!

—Por supuesto que no te propusiste causar daño. —El delgado y viejo guarda sonrió—. Fui un muchacho en otro tiempo, y creo que sé por qué te arrastraste debajo de la cerca. Pero más vale que vuelvas a este lado, antes que pase otro coche de patrulla.

—¡Aún no, abuelo! —Barry se pegó a la cerca, jadeando y temblando—. ¡Hay algo en el Exterior! ¡Algo viviente!

—Vamos, Barry...

—¡Pero lo he visto, abuelo! Algo que se oculta dentro del cráneo de un muerto, observándome con sólo un ojo. ¡Déjame mostrártelo!

—La gente imagina cosas —dijo el abuelo, moviendo la cabeza—. Luces fulgurantes y formas movientes, mayormente. Revisé un centenar de rumores, mientras estaba en la Guardia, y jamás encontré una señal de algo viviente.

—¡He visto ese ojo!

—Te dije que no miraras... —El abuelo vaciló, escudriñando el aterrorizado rostro del muchacho—. Muéstramelo. Probablemente no es nada... pero no podemos aventurarnos contra el resguardo del Anillo.

El abuelo estaba todavía en la reserva de la Guardia, y tenía una llave con la cual abrió una puerta de la cerca. Atravesaron el camino y siguieron adelante por entre los altos hierbajos. Allá en el Exterior estaba la calavera, todavía sonriendo burlonamente hacia el Anillo, con las vivas cuencas de los dos ojos vacías ahora.

—¡Se ha ido! —susurró Barry—. ¡Se está escondiendo de nosotros ahora!

—O quizás sólo lo imaginaste.

—Así... Así lo espero.

Pero Barry estaba todavía espantado, y se pegó a las manos del abuelo mientras retrocedían y atravesaban el camino de nuevo. Ese oculto ojo los estaba observando en la imaginación del muchacho. Temblando procuró abstenerse de preguntarse qué especie de cosa de un solo ojo podía vivir en el Exterior, y por qué se escondería dentro de una calavera, y qué podía hacer al Anillo.

—¿Qué cosa es el Anillo? —preguntó inquietamente, mientras el abuelo cerraba la puerta con llave—. Al tacto parecía como de vidrio.

—Pero no es de vidrio. —El abuelo estaba mirando atrás, al otro lado de la cerca, al negro horizonte del Exterior—. Hace muchos años, en la Academia del Anillo, estudié la teoría de él. Gruesos libros henchidos de ilustradas conjeturas acerca de estancadas olas y esféricos campos de fuerza y capas de reversión de fuerza de trueque, y anomalías estadísticas. Pero todo lo que realmente se sabe es lo que él hace.

Sus nudosas manos empezaron a llenar la oliente y vieja pipa.

—La energía entra en alguna especie de mecanismo, formado por grandes electroimanes y vibrantes cristales y gravitónicos radiadores. La energía sale como lo que llamamos el Anillo. Una especie de casco en forma de globo —uno de mis instructores solía llamarlo una coca tridimensional en un espacio multidimensional— que refleja parte de la energía incidental.

»La reflexión obedece a una ley espacial, basada en la longitud de onda de la energía. Penetra el calor, y casi toda la luz visible, y una variable parte de la gravitación. Pero la especial forma de energía que llamamos materia, es casi enteramente reflejada.

Barry asintió gravemente con un movimiento de la cabeza, aun cuando las extensas palabras lo aturdían. No podía olvidar lo que había visto en el Exterior, y se mantuvo cerca del abuelo mientras emprendían el viaje de regreso a través de los campos, con dirección a la azulada quinta.

—Las personas de allá en el Exterior... —Barry dio un vistazo atrás penosamente—. ¿Qué les ocurrió?

—Vino el enano —dijo el abuelo—. Un combusto astro de carbonizada masa, más pequeño que la Tierra, pero más pesado que Júpiter. Pasó demasiado cerca. Sus fuerzas de marea despojaron a la Tierra de su atmósfera y sus antiguos océanos. La gente del Exterior pereció.

—¿Por qué no tenían un Anillo propio?

—Hubo una guerra. La Guerra Fría. Lo aprenderás en la escuela. Un pueblo al cual llamaban Rojos estuvo combatiendo a América.

—Por tanto, les impedimos que entraran dentro de nuestro Anillo, ¿no es eso?

—Al fin, tuvimos que hacerlo. —El viejo asintió tristemente con una inclinación de la cabeza, echando una bocanada—. Odiaban a América. No se fiaban de nosotros, ni siquiera cuando tratábamos de ayudarlos. Pero la historia de eso empieza doscientos años ha, cuando el Mayor Víctor Barry llegó a la Luna.

—Mi madre dice que me pusieron el nombre por él. —Barry Thane se enderezó orgullosamente—. Pero cuéntame algo acerca de la Luna.

—Otro pequeño mundo, que se movía alrededor de la Tierra —dijo el abuelo—. Falto de aire como el Exterior actualmente, y en verdad conveniente para los astrónomos; el aire no es bueno para los telescopios. Los hombres del Mayor montaron un telescopio y hallaron al enano, antes que los rojos los atacaran...

—¿Por qué?

—Los rojos querían la Luna para un fuerte. Y nosotros también, hasta que regresó el Mayor con la noticia. Después de eso, la Luna no importaba tanto. La totalidad de nuestros más grandes científicos estaban concentrados en el Proyecto Guardia de Corps, para encontrar un escape del enano.

—¿Y ese fue el Anillo?

—Encontraron una pista en el espectro del enano mismo —dijo el abuelo—. Su débil luz estaba extrañamente cambiada, por su formidable gravitación. Estudiaron ese cambio, y sacaron la ciencia de la gravitónica. Ello hizo posible el Anillo, y el rayo en que viajaste desde Chicago.

Barry asintió de nuevo, aun cuando no comprendía enteramente cómo la luz de una estrella lo había conducido aquí a la costa de la Corporación de California.

—Así, ¿qué hicieron los rojos luego?

—Tratamos de salvarlos —dijo el abuelo—. Montamos diez generadores de Anillos, y ofrecimos nueve de ellos a otras naciones. Pero los rojos no los quisieron. Eran lentos en creer en el enano, porque era todavía invisible desde la Tierra. Y no se los puede censurar mucho por estar recelosos de nosotros, después de lo que pasó en Australia.

—¿Qué ocurrió?

—Los australianos aceptaron un generador para un Anillo. Lo instalaron en el desierto, cerca del centro del continente insular, y lo probaron. Por algún motivo, el radio fue fijado a veinte millas en vez de dos mil. Quizás eso fue sabotaje. Más probablemente, fue alguna clase de accidente. Nadie sabe exactamente cómo ocurrió.

»Pero de algún modo dieron demasiado energía para el radio. Su Anillo de veinte millas separaba demasiada gravitación. Fue lanzado al espacio, con el generador y los ingenieros australianos y un pedazo de veinte millas, fuera de la Tierra.

—¿Están todavía derivando? —Los ojos de Barry se dilataron.

—Habían aparejado un provisional equipo de energía para la prueba —dijo el abuelo, moviendo la cabeza tristemente—, y debió fallar. Los astrónomos observaron una motita de polvo, a un millón de millas afuera hacia el enano, cuando el Anillo estalló. Perecieron, y los rojos dijeron a gritos que era un asesinato.

El abuelo suspiró.

—Después de eso, los rojos nos impidieron salvar a nadie. Persuadieron a todas las otras naciones a rehusar nuestros generadores para Anillos; estuvieron prometiendo suministrar inventos propios para asegurar la supervivencia, que decían eran de mayor garantía. Hasta intentaron arruinar nuestro generador. Finalmente tuvimos que cerrar el Anillo para impedir que entraran sus proyectiles.

—¿Qué hicieron ellos luego?

—No podían hacer gran cosa. —El rostro del abuelo tenía un aire ceñudo—. Evidentemente sus inventos para la supervivencia no dieron buen resultado. Acabas de ver lo que ocurrió a todos los atrapados en el Exterior.

—¡Me alegro! —musitó Barry de repente—. Tocante a los rojos, recibieron lo que merecían.

—No digas eso —atajó el abuelo, sonriéndole suavemente—. Los rojos eran seres humanos también, no lo olvides. Creo que estaban siguiendo una falsa filosofía, pero la mayor parte de ellos debieron ser sinceros. No me gusta pensar de qué modo murieron.

Miró atrás a través del vasto y desolado hueco donde había estado el océano, más allá de las moteadas vacas y la verde alfalfa y los hierbajos que ocultaban esas horrorosas cosas del Exterior.

—Aún aquí dentro del Anillo, las cosas fueron muy mal —dijo—. No podíamos apartar toda la gravitación del enano. Ello causó temblores de tierra y desbordamientos terribles. Pero el Anillo nos protegió de esa horrible marea del Exterior, la cual subió más y más alto, hasta que finalmente barrió a los océanos y al aire del resto de la Tierra.

»Pero eso fue hace doscientos años. —El abuelo asió la mano de Barry otra vez, y continuaron hacia la azulada quinta—. El enano se disipó. Se llevó la vieja Luna al espacio, y dejó a la mayor parte de la Tierra tan falta de aire y marchita como había estado la Luna. Sin embargo, aquí, en el Anillo, empezó nuestra historia moderna.

»La Edad del Aislamiento. Tendrás ocasión para estudiarla. Nuestras molestias no habían terminado con el tránsito del enano. América había sufrido. Las ciudades costeras estaban enteramente destruidas, y la mitad de la población había muerto. Hasta los sobrevivientes lo pasaron mal aprendiendo a vivir en completo aislamiento.

»Lentamente levantaron nuestro moderno mundo de las ruinas. Organizaron nuestras modernas Corporaciones, cuando los viejos gobiernos del Estado y federales se derrumbaron. Encontraron sustitutos para la mayor parte de las materias primas que había suministrado el resto del mundo. Mantuvieron al Anillo en funcionamiento; y constituyeron la Guardia del Anillo, para protegerlo de hombres como Brock.

Estaban acercándose a la entrada de la quinta, pero Barry se rezagó para dar otro prolongado vistazo a la maravilla del Anillo.

—¿Quieres saber algo? —preguntó de repente—. Cuando haya crecido y esté en la Guardia, encontraré un camino para el Exterior. Un camino mejor que el de Brock, así no dañaré a nadie. Y saldré.

Tembló, cogiéndose con más fuerza a la mano del abuelo.

—Voy a descubrir lo que había dentro del cráneo de ese muerto que observaba al Anillo con un solo y extraño ojo.

Las vacaciones de Barry Thane acabaron demasiado pronto. Volvió por el mismo rápido medio a la gran casa de su padre en la Corporación de Chicago, a sus libros y sus profesores. Pero no podía olvidar a ese ojo que miraba fijamente.

Tres años después, su padre le permitió ir a la costa de nuevo.

Otra vez Barry esperó dentro de la cerca a que el «jeep» de patrulla viniera y se fuera. Ansiosamente, pero medio atemorizado, volvió a atravesar el polvoriento camino sin ser visto. Esta vez desgajó un manojo de alta hierba y la usó para borrar sus huellas.

Se agachó en la orla de hierbajos otra vez, con el rostro frente al Anillo. Halló las mismas cosas humanas descoloradas por el sol y secadas por el vacío que había visto anteriormente. Los huesos y la rota botella, los andrajos, las dispersas cacerolas, el fragmento de periódico. Buscó la calavera donde había visto ese ojo que miraba fijamente, o creía haberlo visto.

La calavera había desaparecido.

Temblando, sintiendo un vago temor, Barry Thane retrocedió hacia la azulada quinta. El abuelo de Barry estaba sentado en el pequeño rincón, escribiendo una carta, cuando el muchacho entró precipitadamente con su repentina confesión de que había atravesado la cerca del Anillo otra vez.

—No vuelvas a hacerlo. —El abuelo frunció el ceño tan severamente como si hubiera sido todavía un oficial de la Guardia—. ¡Prométemelo!

—Lo prometo... hasta que pertenezca a la Guardia. —Barry estaba jadeando, falto de aliento por la corrida—. ¡Pero, escucha, abuelo! Esa calavera que te mostré, donde vi ese extraño ojo, ¡ha desaparecido!

—Las cosas cambian hasta en el Exterior. —El abuelo apartó los materiales para escribir y echó mano a la pipa, sin señales de agitación—. Cuando tengas mi edad...

—¡Abuelo, alguien quitó esa calavera!

—Quizás un meteoro dio contra ella. —El abuelo se encogió de hombros—. Hay lluvias de meteoros en el Exterior, la mayor parte de ellos probablemente procedentes de desechos que el enano dejó en el espacio. Sin aire para consumirlos y ningún Anillo para desviarlos, con frecuencia dan contra el suelo. Mientras estaba en la Guardia, vi caer varios.

Se paró para encender la pipa.

—Esa calavera estaba muy reseca y quebradiza —dijo, sin quitarse la pipa de la boca—. Cuando el meteoro la alcanzó, quedó hecha polvo.

—Tal vez —musitó Barry—. Pero no he visto nada de polvo.

 

*   *   *

 

Tenía dieciséis años cuando halló el valor necesario para decir a su padre que quería abandonar los cursos comerciales e ingresar en la Academia de la Guardia del Anillo. Patterson Thane era un hombre grueso, y la ira lo hacía ponerse rojo. Anduvo nerviosamente arriba y abajo de la extensa y metódica biblioteca de la mansión contigua al Lago Michigan, vociferando a Barry.

—¡No seas tonto, hijo! Tengo tu carrera enteramente delineada. Serás un decano ejecutivo en diez años. Cuando yo esté preparado para retirarme, puedes encargarte del control de la Nucleónica General. Un día, con lo que he de darte, puedes ser el hombre más importante de América. ¡De modo que quieres unirte a la Guardia del Anillo! —Dio un airado resoplido—. ¡Puedo darte más para tu próximo cumpleaños de lo que ganarías en el curso de la vida en la Guardia!

—Pero no quiero dinero. —La voz de Barry tembló mientras él trataba de encontrar palabras para adecuar las vagas pero imperiosas necesidades que sentía—. No quiero... lo que llaman el éxito. Quiero algo real.

—¿Qué es más real que un millón de dólares? —rugió Patterson Thane—. Excepto dos millones —añadió.

—Una... una segura salida del Anillo. —Con vacilación, Barry trató de expresar sus sensaciones con palabras—. ¡Eso sería algo real! —El entusiasmo empezó a animar su voz—. Hay muchas cosas reales en el Exterior. ¡Hasta nuevos depósitos de uranio y torio, para tu propia sociedad!

Extrañamente, Patterson Thane se puso más airado.

—¡Uranio! —profirió vivamente—. ¡Si tuvieras una pizca de sentido comercial, no dirías eso!

—Había depósitos en la región —protestó Barry—. Debe haber más donde estaba el mar...

—¡Y podrían arruinarnos! La Nucleónica General controla todas las reservas conocidas, aquí en el interior del Anillo. Podemos determinar nuestros propios precios. Las Corporaciones no pueden dejar que el Anillo falle para economizar unos cuantos dólares.

—No podemos dejar que el Anillo falle en modo alguno —dijo Barry—. Es por eso que hemos de hallar un medio para alcanzar los fisionables elementos del Exterior. Están allí. América los necesita. Alguien hallará un medio.

—Tal vez estás diciendo cosas sensatas, al fin y al cabo. —Los severos ojos de Patterson Thane se estrecharon sagazmente—. Si ha de hacerse, lo haremos. Aprende cuanto puedas en la Academia del Anillo. Luego haré preparaciones para que la Nucleónica General fomente tu busca de nuevas reservas en el Exterior, a cambio del pleno control de todo lo que encuentres. De ese modo estará protegido nuestro propio interés...

—¡Papá, no comprendes! —Barry se paró, procurando suavizar la acritud de su voz—. Es del Anillo que me preocupo, y no de particulares intereses. La ciencia y el progreso...

—¡Eres un estruendoso necio!

—Quizás —susurró Barry—. Pero quiero saber lo que hay en el fondo de esos grandes valles donde estaban los océanos. Quiero saber lo que pasa en el Exterior.

—¡Está desolado como el espacio!

—No estoy tan seguro —dijo Barry—. Creo que hay algo allá que nos observa. ¡Temo algún peligro para el Anillo!

—¡Ve a la Academia! —exclamó Patterson Thane—. Tal vez ellos puedan meterte un poco de sentido práctico en la cabeza. ¡Yo no puedo!

Barry fue a Ring City y fue aprobado en los difíciles exámenes que lo capacitaban para la Guardia. Se formó en la Academia, convirtiéndose en un íntegro guarda, pero todavía se adhería a su gran sueño. Un día explicó su sueño al general Whitehall, que era el jefe de la Academia e instructor de las clases avanzadas en la teoría del Anillo.

—¿Cree usted, señor, que podremos alguna vez salir al Exterior? Sin peligro para el Anillo, quiero decir.

—Lo dudo, Thane. —El general movió su tordilla cabeza—. A pesar de nuestras teorías, sabemos muy poco acerca del Anillo.

—Me he estado preguntando, señor, por que sabemos tan poco. ¿No podríamos aprender más?

—No sin experimentación —contestó vivamente el viejo general—. No podemos experimentar con la vida de América.

—¿No podríamos construir otro generador más pequeño?

—En el Exterior, sí —asintió ásperamente Whitehall—. Pero aquí dentro, cualesquiera generadores experimentales alterarían las fuerzas que irradia nuestra Anillo. Usted sabe lo que hizo Brock, con el pequeño campo del Anillo usado para pantalla.

—Sí, señor.

—Creo que tuvimos suerte, hasta con Brock. Según mis conocimientos de la mecánica del Anillo, toda rotura semejante destruye su estabilidad. Hay peligro de la misma consecuencia que acarrea uno cuando se punza una burbuja de jabón con una aguja caliente. Si su abuelo no se las hubiera ingeniado para quebrar la pantalla de Brock tan prontamente, no quiero pensar lo que quizás habría ocurrido.

—No estaríamos aquí —convino Thane—. Pero debe haber alguna salida segura.

—Puede ser —dijo el general—. En el laboratorio de la Guardia solíamos hacer alguna investigación teórica en este sentido. —Se encogió de hombros cansadamente—. Ahora, con las Corporaciones recortando nuestros fondos un poco más cada año, estamos muy ocupados manteniendo las patrullas de rutina.

—Quisiera... quisiera hacer algo sobre ello, señor —insistió Thane, con tanta energía como se atrevía—. Hay minerales afuera que América necesita. ¿Y no cree, señor, que debiéramos estar preparados para combatir al Exterior, para defender al Anillo?

—¿Qué podría ser una mejor defensa que el Anillo mismo? —demandó el general—. ¿Y quién está en el Exterior para atacar al Anillo?

—¡Hay algo en el Exterior!

Los penetrantes ojos azules de Whitehall parecían mostrar interés, y el hombre era un antiguo amigo del abuelo Barry. Thane resolvió informarle sobre ese enigmático ojo y la calavera que había desaparecido.

—Mi abuelo dice que un meteoro pulverizó la calavera —finalizó Thane—. Pero no había ningún hoyo que pudiera haber sido causado por la caída de un meteoro.

—Así, ¿cuál es su teoría?

—No sé lo que era —confesó Barry—. ¿Alguna especie de pequeña cosa que se ocultaba dentro de la calavera? ¿O quizás la lente de una cámara que alguna cosa mayor había escondido allí? No lo sé. Pero estoy seguro que era algo.

—Escasa prueba.

—Lo reconozco, señor —hubo de reconocer Barry—. Pero, no obstante, quisiera saber qué se hizo de esa calavera.

En graduación, Barry Thane se mantenía en primer lugar en la limitada clase de sólo veinte hombres; durante la última presión económica, el entero personal de la Guardia del Anillo había sido reducido a menos de doscientos hombres. Habían pasado muchos años desde que el último aspirante a explorador se abriera camino a través del Anillo, en una nave-cohete que se estrelló en el Exterior, y todos los peligros inherentes a ello habían empezado a parecer lejanos.

De la Academia se mandó a Thane a la Base de Key West. Diez hombres bajo el mando del capitán Steadman estaban apostados en la antigua y soleada ciudad de la pequeña isla de coral. Eran responsables de una aproximada extensión de dos mil millas del Anillo, el cual tronchaba el poco profundo mar a unas cuantas millas más allá de la isla.

Thane fue destinado al espacio del norte. Cada dos días, en un ligero helicóptero de patrulla, recorría mil quinientas millas a lo largo de la circular orilla del mar. Pasaban los meses. Efectuó un centenar de vuelos. El abrigado mar era siempre diferente en su viva réplica al viento y al cielo, pero nunca maleado con ninguna indicación de peligro para el Anillo. El Exterior, a pesar de su pasiva hostilidad, nunca parecía alterarse... hasta la mañana en que vio la roca que se movía.

Usualmente despegaba al amanecer, pero esa mañana había estado esperando dos horas mientras un técnico ponía a punto el piloto robot. El sol estaba ya alto cuando Thane salió de la base. Quemaba a través del Anillo a su derecha, con demasiado poco aire para velar su ardoroso fuego. Pronto le estuvo doliendo la cabeza, a pesar de las gafas. Cuando vio moverse la sombra, creyó por un instante que sus ojos lo habían engañado.

Pero ahí estaba otra vez: una larga y oscura hoja saliendo hacia él a través de una vasta planicie gris de hendido légamo, donde todas las otras sombras estaban retrocediendo. Dejó que el helicóptero volara por sí mismo, mientras él escudriñaba con los anteojos la prolongada loma al otro lado de la planicie.

La sombra apuntaba a la roca: una mellada piedra parda que se deslizaba hacia él a través de un somero desfiladero. El pedrejón se paró en el instante en que Thane lo halló, y permaneció tan inmóvil como cualquier piedra gastada por el mar. Thane lo examinó, buscando qué la había hecho moverse.

¿Un meteoro?

¿Un desmoronamiento de roca?

Se restregó sus dolientes ojos y miró otra vez, pero no vio vestigios de ninguna causa natural. El movimiento que vislumbrara había parecido extrañamente cauto, y se preguntó si su inesperada llegada había causado la repentina detención del pedrusco. Pero, ¿qué cosa movería una roca tan furtivamente?

Antes de que hubiera hallado alguna razonable respuesta, se dio cuenta que el cielo exterior se estaba volviendo demasiado oscuro. El grupo de protección no había fijado ese suicida circuito, y el piloto robot estaba haciendo volar el helicóptero hacia el interior del Anillo.

Trató de agarrar los mandos manuales un segundo demasiado tarde. El helicóptero rasó el Anillo y descendió con sacudidas hacia el solitario mar.

La sangre lo cegó, naciendo de las heridas donde su rostro había dado contra la armazón metálica del helicóptero, pero al principio no sintió dolor. Estaba aturdido, y vagamente colérico consigo mismo por causar un estúpido accidente, y no obstante temblando por el sobresalto que le produjo la extraña cosa que había visto.

Cuando pudo moverse, se secó los ojos y puso la radio. Sus labios estaban fríos, y la sangre, de un sabor salado-dulce, era acre en su boca.

—La Patrulla Dieciocho llama a la base de Rey West —graznó débilmente—. Thane llama...

—Prosiga, Patrulla Dieciocho —contestaron.

—Hay algo que se está moviendo en el Exterior —dijo Thane, con sonidos entrecortados—. Algo desfigurado de tal manera que parece una roca. Adelantándose hacia el Anillo, a través de esa prolongada loma del Sector 41-B. Se paró en cuanto me vio. —Esa noticia era lo importante. Tomó aliento y añadió—: Helicóptero estropeado. Deficiencias en el piloto robot lo hizo chocar con el Anillo. Estoy cayendo en el mar. ¿Me oyen, Base de Key West? La Patrulla Dieciocho informa sobre un moviente objeto en el Exterior...

—Olvide el moviente objeto. —La zumbadora voz era fría de incredulidad—. Un helicóptero de socorro despegará inmediatamente.

En un espejo de visión trasera que la colisión había torcido en sesgo, Thane captó su rostro. Sabía que tenía que ser su rostro, aun cuando le parecía repugnantemente poco familiar. La mejilla y la sien estaban hendidas hasta el hueso. Suelta piel roja estaba deshollejada por encima de un ojo. Algo le había ocurrido a la nariz.

Débilmente echó el espejo a un lado. El aspecto, consideró, no debiera importar demasiado en la Guardia. Lo importante era su informe, y había sido recibido. Si el operador no era demasiado escéptico para pasarlo adelante...

Veía al tranquilo y azulado océano acercarse para recibirlo, demasiado aprisa y con una inclinación demasiado abrupta. No había nada que pudiera hacer. El agua restallaba contra los flotadores. La rociada lo empapaba, abrasaba su rostro con vivo dolor.

Pero el helicóptero no se hundía. El timón todavía funcionaba, y Thane procuró mantener la proa del helicóptero hacia el viento. Creía que de ese modo flotaría más tiempo. Tenía que mantenerse a flote, a causa de la incredulidad que manifestara la voz del operador. Tenía que procurar que se hiciera algo tocante a ese increíble descubrimiento.

Las olas se volvieron batientes manchas de oscuro olvido, pero a pesar de ello las combatía. No cejaba. Aguantó hasta que el helicóptero de socorro se detuvo sobre él. Agarró la tirada cuerda y la anudó alrededor de su cuerpo antes que sumirse en la oscuridad.

 

 

DOS

 

Después todo fue confuso. La cuerda lo estaba sacando de los despojos. Una roca estaba avanzando, allá en el Exterior. Unos hombres lo estaban llevando en una camilla. Trató de hablarles acerca de la roca, pero ellos no hicieron más que pincharle con una aguja hipodérmica. Estaba en un barco de cabotaje impelido por energía radiante. Una enfermera lo movió suavemente. Otra enfermera le estaba hablando.

—Respire —seguía repitiendo la mujer—. Sosiéguese y respire, tranquilícese.

Thane se esforzó para informarle sobre ese ominoso pedrusco, pero fue amordazado con vendas. Pugnó por arrancar las vendas, pero unas fuertes manos lo asieron, y algo lo sumió de nuevo en la oscuridad.

Al fin se despertó lentamente en una limpia sala de hospital. Las paredes eran de un material plástico parecido a la nata. Por una ancha ventana podía ver una faja de verde campiña y la atestada calzada a lo largo de la orilla del lago al otro lado. Aun antes de que llegara su madre, sabía que estaba de retorno en la Corporación de Chicago.

Su madre tenía una perpetua expresión de reprimida ansiedad en su fino y delicado rostro, y hebras de color gris en el cabello. Ella, igualmente, siempre había parecido ser más feliz en sus viajes de vacaciones, lejos de Patterson Thane, pero era una fiel y no quejosa esposa.

—Hola, madre. —La voz de Barry afloraba apagada con los vendajes—. ¿Qué están haciendo tocante a esa roca?

Su madre ignoraba lo que él quería decir; sólo sabía que su helicóptero había chocado con el Anillo. Barry le informó sobre la moviente roca, y le hizo prometer llamar al general Whitehall, el cual recientemente había salido de la Academia para asumir el mando de la Guardia.

—Le llamaré —accedió su madre—. Pero, ¿no piensas que quizás pudieras haberte equivocado...? —Observó el apremiante meneo de la cabeza de Barry, y dijo—: No te preocupes. Llamaré al general. —Y le sonrió tiernamente—. No debes preocuparte por nada. Quería ser yo quien te lo dijera. Tu rostro será casi el mismo.

Barry recordó la rasgada carátula roja que había vislumbrado en el espejo.

—Consultamos a la doctora Rand —dijo su madre—. La famosa cirujana plástica. No querían dejarme ver tu rostro antes de la operación, pero debe haber sido... —Algo detuvo su voz—. Tuvimos que encontrar fotografías, para que las observara la doctora Rand.

—¡Lisonjeras, espero!

—No eres completamente el mismo. —Su madre se ingenió para sonreírle—. La enfermera me ha dejado ver tu rostro, mientras te cambiaba los vendajes esta mañana. Quizás las fotografías habían ido retocadas demasiado. El lunar ha desaparecido, y también la pequeña cicatriz del labio; pero nadie lo notaría, excepto tu madre. La doctora Rand es realmente admirable.

Una enfermera, desde la entrada, llamó a su madre con señas.

—No te olvides —le recordó ansiosamente Barry—. Llama al general ahora mismo.

A la mañana siguiente estaba despierto cuando le fueron cambiados los vendajes, y una de las enfermeras le dio un espejo. Pensando en una roja y horrible carátula, Barry casi temía mirar. Cuando lo hizo, lanzó un suspiro de alivio. Las únicas cicatrices que quedaban eran tenues y pálidas líneas, que se desvanecían ya. Su rostro parecía un poco retocado, como había dicho su madre. Pero la doctora Rand era admirable.

El espejo estaba todavía en sus manos cuando entró otra muchacha de blanco. Otra enfermera, pensó Barry. Pero su corazón latió apresuradamente mientras la muchacha se dirigía hacia él.

—Buenos días, Thane.

La voz era tersa y gutural. Hasta con la severa ropa blanca, la joven tenía un vivo encanto. Barry, con esperanza, le hizo una seña llamativa con la cabeza; pero la única respuesta de ella fue una atenta mirada al espejo que Barry tenía en la mano.

—Estoy contemplando mi nuevo rostro —dijo Thane—. Usted debiera haber visto el antiguo.

—Lo vi. Soy Rand. —La joven no hizo caso del gesto de asombro de Thane—. Recline la cabeza, por favor.

Los fríos dedos de la joven tocaron el rostro marcado con cicatrices, tan levemente que no causaron dolor en absoluto. Barry captó el tenue y agradable perfume del oscuro cabello de ella. De repente sintió deseos de oír su voz otra vez, de ver lo que una sonrisa haría a su severa belleza.

—Gracias, doctora, por todo lo que ha hecho.

—¡Quieto, por favor!

Barry se estuvo quieto mientras la doctora Rand terminaba su breve examen y daba a las enfermeras rápidas órdenes tocante al vapor anestésico y los vendajes para el rostro. Sintió una especie de pánico cuando la doctora Rand salió sin otra palabra para él.

Después que las enfermeras se hubieron ido, Barry estuvo mirando fijamente la pared de suave y blanco plástico, procurando no hacerse ilusiones con respecto a la doctora Rand. Si hubiera seguido el camino de su padre, quizás habría habido una probabilidad para él, pero no podía esperar que la famosa cirujana abandonara su carrera por una quinta cerca de una base de la Guardia del Anillo.

Cerró los ojos para impedir que la imagen de la joven doctora penetrara en él. Pero ahí estaba otra vez, viva y vigilante, con ese tenue fruncimiento de concentración en la frente. Se preguntó si ella sonreía alguna vez.

La tarde siguiente vino a verle el general Whitehall. El nuevo jefe de la Guardia era delgado y, a pesar de sus setenta años, iba muy erguido. Sus ojos azules eran singularmente apacibles y benignos, en su flaco y austero rostro.

—¡Bien, teniente! —Su voz era siempre áspera y bronca—. Su madre me llamó ayer. Parece ser que usted tiene algo en el pensamiento.

—Mi informe, señor. Quería estar seguro de que recibió atención.

—¿Qué informe? —El general parecía estar perplejo.

—Tocante a cómo llegué a dejar que el helicóptero chocara con el Anillo. —La voz de Thane se elevó urgentemente—. Había visto algo en movimiento en el Exterior. Algo desfigurado de tal manera que parecía un pedrusco, avanzando a través de una loma del Sector 41-B. Daba la casualidad de que era una hora avanzada de la mañana, y quizás ello me cogió de sorpresa. El movimiento del objeto parecía cauto, y cesó en un instante.

—No se inquiete por ello, Thane —dijo el general—. Tal vez era realmente un pedrusco. Los hombres de la Guardia han imaginado cosas anteriormente. El Exterior puede desesperarlo a uno.

—¡El objeto estaba avanzando, señor! —Una especie de furor hacía temblar su voz—. La posición del sol y la inclinación de la loma eran, por casualidad, cabalmente propias para hacer que la sombra del pedrusco amplificara su movimiento, o de otro modo no habría acertado a verlo.

El general estaba sonriendo indulgentemente.

—Si ello ha de tranquilizar su ánimo, doblaré la patrulla del norte en Key West —dijo—. Todos los ulteriores informes de algo insólito en el Sector 41-B recibirán inmediata atención.

—¿Pero no me cree usted, señor?

—He servido casi cincuenta años en la Guardia. —El general ya olvidaba mostrarse áspero—. Durante ese tiempo ha habido una cantidad de similares informes, pero todo misterio ha sido satisfactoriamente explicado, sin menoscabo para el Anillo. En su caso, hemos de tener presente que usted estaba mirando frente al deslumbrante sol del Exterior, y que las sombras pueden ser engañosas.

—Pero, señor, estoy seguro...

—Lo sé. —El general inclinó la cabeza benignamente, en señal de asentimiento—. Mas sus médicos convienen en que usted parece necesitar un descanso. Voy a pedir al capitán Steadman que lo quite del servicio activo de vuelos durante unos tres meses. Key West es un excelente lugar para descansar.

Lágrimas de airada humillación lucharon en los ojos de Thane.

—Sí, señor —musitó—. Gracias, señor.

Dos semanas después estaba de vuelta a la Base de Key West. La patrulla del norte había sido doblada, pero el capitán Steadman le aseguró que no se había dado noticia de ninguna especie de movientes rocas en el Sector 41-B o en alguna otra parte.

—Yo mismo efectué un vuelo para examinar ese sector —profirió viva e impacientemente Steadman—. Aquí está una serie de estereografías de esa loma. Yo las hice, a la misma hora del día que usted vio esa roca.

Ansiosamente, Thane examinó las estereografías. Habían sido hechas con lentes telescópicas. Había las colinas vivamente iluminadas y con oscuras sombras, exactamente como él las había visto. Se veía el somero y sinuoso desfiladero, donde había andado el objeto. Pero ya no estaba ahí.

—Ha mudado de lugar otra vez —dijo a Steadman—. ¡Se ha ido del desfiladero!

El capitán se encogió de hombros. No podía llamar embustero o necio al hijo de Patterson Thane, pero parecía como si quisiera hacerlo.

—Tiene que creerme, señor —insistió urgentemente Barry—. Esto prueba que hay algo viviente en el Exterior. Si tuviera buenas intenciones para con nosotros, no sería tan furtivo. Hemos de averiguar qué es, de modo que podamos defender al Anillo contra ello.

—Defender al Anillo es mi deber —dijo secamente Steadman—. No pienso descuidarlo.

Barry salió de la sala dando tropiezos, con lágrimas de impotente ira en los ojos. Se retiró a los cuarteles, y procuró sonreír alegremente mientras que los hombres se chanceaban de su mala vista y su excelente imaginación.

Al día siguiente alquiló una pequeña lancha y empezó a aprender a navegar. Durante el permiso de convalecencia, contra su voluntad, no tenía nada más que hacer. El unido frente de escepticismo había empezado a agitarlo. Quizás realmente necesitaba un descanso.

Pero, cuando hubo aprendido a maniobrar la pequeña lancha, no pudo menos de volver al Anillo. Le causaba una extraña sensación deslizarse a lo largo del borde de ese quebrado y húmedo precipicio que miraba a las inertes y destrozadas masas de coral y a los fragmentos de pardo hierbajo y las extensiones de blanca arena. Podía ver las desoladas y distantes colinas que habían sido Cuba. Pero nada en absoluto se movía.

Sin embargo, encontró la roca.

Se había deslizado a lo largo del Anillo en una extensión de cincuenta millas. El mediodía había pasado, y él se disponía a virar y retroceder hacia tierra, cuando sus ojos captaron un mellado y pardo pedrusco yacente en un blanco arrecife de coral, a menos de veinte yardas de la acuosa pared del Anillo. Se destacaba claramente un oscuro bulto frente al brillante blanco y la forma del sólido objeto lo hizo estremecerse.

No deseaba ser encerrado en una institución para enfermos mentales. Tal vez no debiera hacer más que seguir adelante con la lancha, y dejar de pensar en las rocas. Consideró eso durante media hora, antes que resolviera retroceder y dar otro vistazo. Cuando lo hizo, la roca otra vez había desaparecido.

Procuró no excitarse. No había rastros en el agua o el Anillo, para mostrar dónde él había estado. Quizás había derivado, pero había el mismo blanco arrecife. Había hasta una especie de vaga y sinuosa senda a través del quebrado coral, como si las huellas de algún pasaje no hubieran sido borradas del todo.

Pero, ¿qué se había hecho de la roca?

Retrocediendo para buscar de nuevo, atravesó el banco de coral dentro del Anillo. El agua era clara como cristal. Estaba mirando hacia abajo, tratando de calcular la proporción de su deriva, cuando vio una sombra que avanzaba.

Algo de una hechura semejante a la de ese esquivo pedrusco; pero ahora estaba dentro del Anillo, arrastrándose invariablemente debajo del agua hacia las bajas manchas verdes de las cuñas de mangle a lo largo de la costa de la Corporación de Florida. Barry Thane apenas podía respirar. Su cuerpo de repente se puso frío, y su mano tembló en la caña del timón.

Trazó una línea en la carta de navegar, desde la distante loma del Exterior donde primero había visto el objeto, a través del banco de coral, siguiendo recto hasta la más cercana cuña de mangle. Soltó más vela, viró hacia esa cuña. Cuando el objeto llegó a tierra, Thane decidió estar a la expectativa.

Escondido en los mangles, donde la línea trazada en la carta alcanzaba la tierra, estuvo esperando. El sol se puso. Los poco profundos mares se alteraron a través de un millar de matices de azul y aguamarina, convirtiéndose en un purpuro espejo, donde nada se movía en absoluto.

Se sintió inquieto, y empezó a preguntarse si su impulsivo plan había sido un poco disparatado. Quizás el general Whitehall había tenido razón tocante a las travesuras que podía hacer la imaginación. Al fin y al cabo...

Un apagado zumbido atravesó la negra agua, más fuerte que el zumbido de los mosquitos. Algo chapoteó. Una tenue fosforescencia perfiló una oscura y mellada forma que subía pesadamente a la ribera; la forma de algo semejante a un pedrusco.

Se arrastró deliberadamente a través de la extensión de suave arena y fue a chocar con la oscura maraña de mangles al otro lado. Thane corrió tras de él. Sus manos temblaban con la cámara para estereografías, pero sacó unas cuantas instantáneas que prometían ser buenas. Con la lente muy abierta, la sensibilizada película podría mostrar algo.

Se paró donde el objeto había atravesado otro pedazo de suave arena coralina, y encendió un fósforo para examinar el rastro. Halló hondas marcas de abrazadas huellas de metal. Debía ser alguna especie de desfigurada máquina.

Sacó una foto de las marcas y prosiguió en pos del zumbido y el estrépito de la máquina. Un tembloroso pánico lo detuvo. ¿Qué clase de cuadrilla de obreros estaba haciendo funcionar esa desfigurada máquina?

¿Se había algún secreto grupo de norteamericanos ingeniado para pasar al Exterior sin ser vistos, a través de la Guardia y el Anillo, para explorar de nuevo la Tierra falta de aire? ¿O eran unos inimaginables seres de un ajeno espacio que intentaban una invasión?

No podía conjeturar las respuestas. Pero combatió su pánico, y resolvió seguir al objeto hacia el interior de la maraña. Era improbable que las películas mostraran algo, y temía que el objeto escapara adentro del mar otra vez antes que hubiera obtenido alguna tangible prueba de que existía.

Entró en la senda que el objeto había hecho.

Un punto de atormentado color violado centelleó al frente y desapareció. No había sido brillante; sin embargo, lo dejó casi ciego. Sintió un hormigueo en el cuerpo y sus músculos se pusieron fláccidos. Una terrible mano se cerró sobre su corazón, con una presión de puro tormento. No podía respirar. La cámara escapó de sus dedos, y su cuerpo se hundió lentamente en la despachurrada vegetación.

Un fuerte peso oprimía el peso de Thane. Los latidos de su corazón parecían ser inconstantes y lentos. Necesitó toda su voluntad para tomar una pizca de aliento. Su cuerpo estaba entumecido e inservible, con un hormigueo semejante a dolorosos pinchazos de agujas. Ese débil fucilazo violado le había de algún modo paralizado por completo, pero sus sentidos no estaban tan dañados. Por encima de los inconstantes latidos de su pulso, podía oír el apagado sonido de esa invasora máquina. El estrépito en la maraña de mangles era más fuerte otra vez, y el coral temblaba bajo de él. La máquina estaba retrocediendo.

Apenas podía mover los ojos y todo era borroso, pero vislumbró ese oscuro y mellado bulto cuando entró en los límites de su visión. El bulto se detuvo. El zumbido cesó. El metal resonó huecamente. Algo surgió.

Algo opaco y alto. Thane olvidó el tormento de respirar y forzó su dolorida vista para verlo. El hormigueo de su cuerpo fue de repente un escalofrío de miedo. Su imaginación trató de pintar algún extraño habitante del espacio falto de aire. Pero luego pudo respirar de nuevo, porque una profunda voz humana había hablado.

—¡Hola!

Eso fue todo. Thane no podía determinar si esa voz expresó animosidad, o asombro, o simplemente, satisfacción. Una menuda luz lo deslumbró. No podía ni cerrar los ojos ni desviarlos. Sintió que unas manos registraban sus bolsillos, y oyó un familiar golpe seco mientras el desconocido abría el reverso de su cámara.

No pudo hacer nada cuando el desconocido le levantó. Ni siquiera pudo impedir que su cabeza chocara dolorosamente contra la cima de la baja puerta cuando fue metido dentro de la máquina. En el interior, el desconocido lo echó sobre una dura y estrecha litera.

Olió un tenue y extraño humo en el aire, y oyó un apagado sonido metálico que debía haber sido la puerta que se cerraba. Los zapatos de su apresador rechinaron en un pavimento de metal. Oyó ruidos mecánicos poco familiares, pero ningunas otras voces. ¿Estaba solo su apresador? Surgieron de repente unas brillantes luces azules, pero Thane, desde donde había sido dejado, podía ver solamente un liso mamparo metálico festoneado de tubos y alambrado eléctrico. No podía moverse. Trató de hablar, pero no salió ningún sonido. Fueron necesarios todos sus esfuerzos sólo para respirar.

—Teniente Barry Thane. —Eso lo sobresaltó, hasta que se dio cuenta que el hombre debía estar leyendo en los papeles de su cartera—. División Once, Base de Key West.

Algo en la áspera voz lo puso perplejo. Parecía en exceso precisa, como si tuviera que ser aún cuidadosa. De repente creyó comprender. ¡Su apresador era un forastero!

—Bien, Thane —profirió vivamente el desconocido—. Es por usted por lo que he venido.

Thane apenas escuchó las palabras. Su cerebro daba vueltas mientras trataba de pensar. Lo imposible había ocurrido. De algún modo —en alguna parte al otro lado del Anillo—, todavía sobrevivían otros hombres. ¿Qué serían ellos, después de doscientos años? No podía conjeturarlo.

Thane supo después que se habían retirado arrastrándose debajo del mar. Incitado por una furiosa necesidad, combatió la parálisis que lo entumecía. Halló que podía mover sus dolientes ojos. Se ingenió para cambiar de posición sus tiesos brazos. El dolor se marchó de su corazón y fue más fácil respirar. Podía mover la cabeza.

Eso le permitió ver un poco más de la máquina. Todo era de metal o plástico; los habitantes del Exterior no tendrían de donde sacar madera. Los pernos y tornillos tenían extrañas cabezas triangulares de metal; los constructores de la máquina debían haber estado aislados en el Exterior del Anillo el tiempo suficiente para desarrollar patrones de ingeniería propia.

Pero luego vio una rubia tomando baños de sol en una portada de la revista «Life» pegada al mamparo. Miró achicando sus picantes ojos y distinguió la fecha, de tres años ha. Quizás ésta no era la primera invasión del Anillo efectuada por su apresador.

Pero de repente los zumbadores motores pararon. La máquina cabeceó un poco y quedó inmóvil. Había sólo el zumbido de un ventilador, y en seguida el martilleo de pasos que se acercaban por la cubierta metálica. Thane volteó la cabeza apresuradamente para mirar hacia la pared otra vez, y esperó, sintiéndose desamparado.

Las pisadas se pararon junto a la litera. Unas fuertes manos lo revolvieron. Parpadeando frente al duro resplandor de una luz en lo alto, levantó la vista hacia su apresador. No podía hacer nada más.

El habitante del Exterior era aproximadamente de la propia estatura de Thane. Llevaba unos estrechos pantalones y una blusa ceñida con un cinturón, de algún no conocido lustroso género gris. Había algo singularmente familiar en el corte de su cobrizo cabello y el modo en que arreglaba su tieso bigotillo parecido a un cepillo de dientes. Su porte era erguido y marcial, y Thane no pudo menos de pensar que haría una buena figura con el Uniforme azul de la Guardia del Anillo.

—De modo que ustedes están saliendo de él. —Su voz era quebradiza y rápida. Era extrañamente acentuada, pero turbadoramente familiar; hasta que Thane se dio cuenta que el hombre debía haber remedado el habla de Mike Horgan, el locutor de la sección deportiva de la televisión—. Creo que es por usted justamente por lo que he venido. Pero más vale que tengamos una conversación.

Levantó la cabeza de Thane más bien suavemente y echó una almohada debajo de ella.

—¿Puede hablar?

Thane movió la cabeza trabajosamente, con una flojedad que era sólo un poco exagerada. Tomó aliento otra vez, y dejó que su rostro comunicara una muda aprensión.

—No se inquiete demasiado —profirió vivamente el habitante del Exterior—. La mayor parte de sus nervios motores están todavía paralizados pues el rayo no alcanzó nada vital. No es más que un temporal corto circuito, debido a un reversible cambio en el embono de mielina. Se repondrá pronto.

Puso el entumecido brazo de Thane en una más cómoda posición.

—Me considero muy afortunado que usted haya resultado ser un hombre de mi propia profesión. Permita que me presente a mí mismo. Soy el capitán Glenn Clayton.

Thane hizo una ligera señal de asentimiento con la cabeza.

—Tan pronto como usted pueda hablar, voy a pedirle alguna información. Si la da espontánea y rectamente, será tratado con la dignidad que merece un colega militar.

Parecía estar completamente seguro de que la información que quería sería al fin dada, espontáneamente o no, y se le ocurrió a Thane que la paralizadora luz constituiría un mecanismo de tortura muy eficaz.

—He aquí lo que quiero saber —profirió vivamente Clayton—. Todo acerca de América. Particularmente, quiero información sobre la Barrera, la cual ustedes llaman el Anillo, la situación de la máquina que lo irradia, el número, disposición, y equipo de las fuerzas destinadas a su defensa. —Hizo una mueca—. Sí, usted es el hombre por quien vine.

Salió del campo de visión de Thane, y regresó con lo que parecía ser una linterna eléctrica en forma de pistola en una mano y dos pares de macizas manillas de acero en la otra.

—Debo usar esto para su propio beneficio. —Hizo sonar las manillas alegremente en frente del rostro de Thane—. Valdrán más para usted que repetidas aplicaciones del rayo de la parálisis, lo cual puede hacer permanente daño a los nervios. Cuando se reponga, estaremos libres para hablar, sin interrupciones tontas.

El habitante del Exterior se encorvó, y Thane sintió una opresiva mano sobre su brazo. Sus propias manos estaban entumecidas e inertes. Ni siquiera podía cerrarlas en efectivos puños. Sus pies estaban inanimados, también. Este delgado y aguerrido hombre era de una eficiencia demasiado formidable para que le diera alguna oportunidad.

Sin embargo las resonantes manillas de algún modo enviaron su pensamiento otra vez a la Academia de la Guardia del Anillo. Recordó el viejo gimnasio, con su tenue olor de cuero y desinfectante y rancio sudor. La perentoria y áspera voz del instructor de lucha física estaba chirriando de nuevo:

«...Ahora tomaremos el caso de resistencia frente a un adversario armado, cuando las manos y los pies están encadenados o de otro modo imposibilitados. Ni siquiera éste es un caso desesperado. Como en toda lucha, es cuestión del inteligente uso de las armas disponibles. En este caso, las armas son el peso del cuerpo, los macizos músculos de la espalda y las piernas, la fuerza agarradora de los dientes...»

Barry Thane olvidó que era un prisionero dentro de una extraña máquina, oculta bajo el mar. La dura litera debajo de él se volvió un petate con olor de sudor, y el capitán Glenn Clayton era sólo un cadete más. Retorció el cuerpo, arrastrándose hacia afuera de la litera. Su cabeza apartó la extraña arma de un golpe. Sus dientes agarraron fuertemente la carne del antebrazo de Clayton. Sus pies eran inservibles, de modo que tuvo que bajar de rodillas, pero dobló la cabeza y suspiró hondo.

El habitante del Exterior se defendió. Abatió las manillas contra la cabeza de Thane, pero la amortiguada mejilla de Thane apenas sintió el dolor. Thane se dobló, y la cosa terminó. Clayton pasó por encima de su cabeza, chocó con el mamparo, y quedó inmóvil sobre el pavimento.

El resto fue más difícil. Usando los codos y las rodillas, Thane quitó las manillas de debajo de Clayton raspando. Con los dientes arrimó las abiertas quijadas a las muñecas de Clayton, y las cerró laboriosamente con la presión de las rodillas. Con el segundo par, afianzó el tobillo de Clayton a la barra de hierro de la litera.

Cuando eso estuvo hecho, Thane pudo, de un modo poco firme, mantenerse en pie. Una tenue fuerza había vuelto a sus manos. Recogió el arma y la probó en la pared. Salió una flecha de luz de un opaco brillo violado cuando apretó el conmutador de orejeta. Esta era el arma de la parálisis. Con tentaleantes y dolientes dedos, registró los bolsillos de Clayton. Halló una anilla con llaves extrañamente modeladas, un cuchillo con mango de metal, y una cartera de tejido material plástico. Dentro de la cartera había una docena de monedas de platino. Ansiosamente Thane examinó una de ellas. Las letras parecían ser desigualmente dispuestas, pero descifró la inscripción.

«Nueva Europa. Diez chelines». Cifras que se parecían a una fecha: «194». En el reverso, un llameante sol y el lema: «Sangre y lágrimas».

Thane silbó quedo. Estas monedas exactamente acordonadas eran clara prueba de una pujante civilización existente en alguna parte del Exterior. ¿Databan los años del cataclismo? ¿Y movilizaban tus desconocidos recursos ahora, para un secreto ataque sobre el Anillo? Clayton no había venido como un embajador de paz.

Thane encontró una fotografía en otro compartimiento de la bolsa de plástico, y sintió deseos de silbar otra vez. Estaba charolada en color sobre un ovalado trozo de macizo metal. Los ojos todavía le dolían de los efectos del rayo, y le llevó un momento ponerlos en foco. Pero luego la fotografía casi cobró vida.

Una muchacha, sonriendo con los labios, aun cuando sus violados ojos permanecían singularmente serios. La fotografía misma era una cosa exquisita, y Thane juzgó que nunca había visto una muchacha tan hermosa. Pasaron largos segundos antes que volviera la pequeña placa y hallara la inscripción grabada en el reverso.

 

A Glenn

De Atlantis

 

Aquí estaba Glenn, atado a la litera. ¿Era Atlantis la muchacha de ojos serios, o el nombre de su vivienda, o alguna señal de referencia de la amante que Thane jamás conocería?

Retrocedió para echar una prolongada y atenta mirada al capitán Clayton. Aun mientras yacía así, abierto de brazos y piernas, insensible y boqueando penosamente, el curtido habitante del Exterior era todavía un enigmático adversario.

El siguiente descubrimiento de Barry Thane hizo parecer al invasor aun más siniestro. Todavía entumecidos y torpes por el rayo paralizador, sus dedos dejaron caer la pequeña placa. Trató de asirla, cogerla, y no hizo más que enviarla repiqueteando contra el mamparo de metal.

Cuando la recogió, halló que se había desmontado. La fotografía de la muchacha estaba sobre una desunida lámina de platino. Había tapado un pequeño compartimiento secreto, donde habían sido escondidos varios doblados retazos de una oscura y dura película metálica.

Thane desdobló las láminas metálicas, y halló una escritura de descolorida tinta sobre ellas, con una escarpada y poco común letra cursiva. La mayor parte de ellas parecían simplemente minutas. Nombres desconcertantes, direcciones extrañas, anotaciones incomprensibles. Pero una de ellas lo inquietó.

 

«El portador, capitán Glenn Clayton, es por la presente nuestro alter ego. Obedézcanle para la destrucción de nuestros enemigos y el inevitable triunfo de la Estrella Escarlata.»

 

Debajo de la escritura había un símbolo en forma de estrella, negro y escarlata. El negro era absoluto, y el rojo era extrañamente luciente. El negro era frío al tacto, hasta para sus entumecidos dedos, y los complicados arabescos rojos eran cálidos; como si el negro extrajera energía, la cual irradiasen los rojos trazos. El símbolo de la Estrella Escarlata sería difícil de contrahacer.

Thane leyó ese mensaje dos veces, con el cerebro hecho un revoltijo. ¿Qué era la Estrella Escarlata? ¿De quién era alter ego el capitán Glenn Clayton? ¿Y quiénes eran los enemigos que debían ser destruidos?

Aturdidamente, restituyó los trozos de película metálica a la somera cavidad y metió la fotografía de nuevo para taparlos. Miró otra vez a la seriamente sonriente muchacha. Parecía ser demasiado atractiva para tener alguna parte en la clase de conspiración que él sospechaba.

La tranquila voz de Clayton lo sobresaltó.

—¡Bien, Thane! ¡Enhorabuena!

 

 

TRES

 

Thane retrocedió vigilantemente.

—No sé cómo lo ha hecho usted. —Clayton se retorció, colocándose en una más cómoda postura sobre el pavimento, de espaldas a la litera, y levantó las dos encadenadas manos para tocar el dorso de su cabeza—. Me ha pegado como un meteoro. Y yo creía que ustedes los norteamericanos serían gordos y fofos, por su holgada vida aquí en el interior del Anillo.

Thane hizo gestos con el arma.

—Incorpórese sobre el canto de la litera —ordenó—. Me toca ahora pedir información.

Clayton se sentó en la litera y dejó que su encadenado tobillo se balanceara. Sus penetrantes ojos verduscos observaban a Thane, vigilantes como siempre, pero no inquietos. Clayton era todavía un desafiador adversario. De repente rió entre dientes.

—Comprendo que más valdría que lo explicara —dijo blandamente—. Parece ser que he dejado que mi instintiva prevención sobrepujara al buen juicio. Supongo que mi proceder ha parecido descortés. Pero ha de saber que mis propósitos son enteramente abiertos y sinceros. No tengo ningunos planes en absoluto para nada excepto el mutuo beneficio de mi pueblo y el suyo.

Los ojos de Thane se estrecharon. El flaco y moreno rostro de Clayton parecía ser muy sincero, pero sus palabras no se ajustaban a ese metálico documento signado con la Estrella Escarlata. Thane mantuvo el arma de la parálisis aprestada.

—Sí —dijo—. Creo que más vale que se explique.

—Veo que usted me ha registrado los bolsillos. —Clayton fijó los ojos en la fotografía de la muchacha, la cual Thane todavía tenía en la mano—. Debe haber cogido algunas ideas, pero confío en que usted no hará perjudiciales y falsas deducciones precipitadas. ¿Qué quiere saber?

Thane restituyó la fotografía a la cartera de Clayton, y se sentó en el canto de una mesa de náutica atestada de mapas, que quedaba lejos del alcance del habitante del Exterior. La máquina estaba zumbando y sonando y silbando detrás de él, pero para su exploración esperaría hasta que Clayton hubiera sido interrogado.

—Infórmeme sobre Nueva Europa.

—¿Qué es Nueva Europa? —El endurecido rostro de Clayton palideció.

—Algo que acuña monedas, al menos.

—Que descuidado soy. —Los verduscos ojos de Clayton fulguraron con un brillo de comprensión—. Pero no esperaba ser agarrado —añadió como excusa.

—¿Qué me dice de Nueva Europa?

—Mi país. —Los flacos hombros de Clayton se enderezaron—. Nuestra historia comienza hace dos siglos, cuando América levantó el Anillo para protegerse y dejó al resto del mundo morir en el Exterior...

—Eso no es cierto —objetó Thane—. Ofrecimos generadores de Anillos a los pueblos de todos los continentes. No es culpa nuestra que ellos no salvaran a nadie. Nuestro propio Anillo fue mantenido abierto para los refugiados, hasta que fuimos atacados.

—Su versión de la historia —dijo Clayton—. Creía que usted quería la mía.

—Lo siento. Prosiga.

—Sobrevivimos. —Un desafiador orgullo iluminó el endurecido rostro de Clayton—. Sin su precioso Anillo.

—¿Cómo?

—De todo posible modo. Tuvimos dos años de aviso, recuerde. Aprovechamos el tiempo. Las fábricas fueron dirigidas hacia la producción en masa de toda clase de equipo para la supervivencia: trajes de aire, regeneradores de aire, vehículos especiales. Los submarinos de la armada fueron anclados con hormigón y convertidos en refugios. Se reconstruyeron resguardos contra las incursiones aéreas. Las más profundas minas fueron equipadas con cámaras de aire, y provistas de víveres.

—¿La gente realmente lo pasó en lugares tales como eso? —Thane lo escudriñó dudosamente—. La corteza terrestre casi se desmenuzó. Las olas debieron haber sido de millas de altura, sobre cada pulgada de terreno. No veo cómo...

—Usted es un gato gordo americano. —Clayton sonrió—. Mis antepasados eran más resistentes. Sólo los más resistentes y los más afortunados sobrevivieron. Pero hubo varios miles de sobrevivientes en la vieja Europa y en la isla de la Gran Bretaña; mis antepasados procedían de allí.

»Por supuesto sus penas sólo habían empezado cuando el inerte astro prosiguió y los temblores de tierra cesaron. Para la mayor parte de ellos, la supervivencia fue solamente temporal. Perecieron en los refugios cuando se acabaron las provisiones o falló el equipo de aire. Los demás estaban aislados, encerrados en los refugios y esperando morir cuando llegó la ayuda.

—¿La ayuda? —Con una repentina desazón, Thane recordó el ojo que había visto mirar fijamente desde una calavera, y todas sus aprensivas especulaciones acerca de extraños habitantes del espacio que habían venido con el enano—. ¿Quién ayudó?

—Los hombres del espacio.

—¿Eh? —Thane hizo lo posible para no temblar—. Hombres del espacio, ¿de dónde?

—De la Gran Bretaña —dijo Clayton—. Y la parte de la vieja Europa llamada Rusia. Algunos de ellos habían llegado al viejo satélite de la Tierra. Sus telescopios habían hallado al astro que se aproximaba. Trajeron de vuelta el aviso de peligro, y los medios para sobrevivir a ello.

—¿Qué clase de medios? —Thane se sosegó un poco.

—Durante muchos años estuvieron perfeccionando máquinas y técnicas para mantenerse vivos y en movimiento y hacer trabajo útil en las condiciones de abierto espacio. Cuando esas mismas condiciones se dieron en la Tierra, estaban preparados. Unas cuantas naves se alejaron del cataclismo, saliendo al espacio. Los hombres del espacio volvieron para libertar y reunir a los dispersos grupos de sobrevivientes.

Los verdosos ojos de Clayton estaban brillando.

—Mi raza eran hombres del espacio, y siempre fueron los guías. Tenían el saber para construir fábricas de energía atómica; y, sin aire para quemar, los hombres tenían que tener energía atómica. Salvaron combustibles nucleares de los depósitos de guerra que resistieron la inundación, y hallaron nuevos depósitos donde estuvieron los mares.

»Cuando acaeció otro desastre, volvieron a ser los guías. Los hombres necesitaban agua; para los generadores de aire, lo mismo que para toda otra cosa. Perforaron el terreno para sacarla, al principio. Pero en unos cuantos años los pozos se secaron. Las aguas subterráneas se estaban escurriendo de las tierras montañosas.

»Seguimos al agua.

El triunfo sonaba en la voz de Clayton.

—Mi raza fueron guías en esa gran migración, hacia Nueva Europa. Avanzaron un millar de millas, hasta el fondo del antiguo Atlántico. Perforaron nuevos pozos y abrieron nuevas minas y construyeron nuevas fábricas de energía. Inventaron y trabajaron y perseveraron, y siempre sobrevivieron.

Las manillas resonaron de repente en la muñeca de Clayton. El hombre observó la viva reacción de Thane, con un cruel gozo en sus desafiadores ojos verdosos.

—Estamos todavía ahí —dijo—. Estaremos ahí cuando su precioso Anillo se haya extinguido. ¿Es esa la información que quería?

—Parte de ella. —Thane hizo una señal de asentimiento, y le dirigió una sonrisa de cauta admiración—. Su raza tiene una historia de la que puede estar orgullosa. Pero hay una cosa que no comprendo. ¿Por qué no se comunicaron con nosotros? Podíamos haber ayudado...

—Pero, ¿de veras?

—¡Ciertamente!

—A todos se nos había cerrado la puerta de su maravilloso refugio, no lo olvide. —Clayton se encogió de hombros escépticamente, con otro ligero retintín de sus cadenas—. De cualquier modo, es sólo recientemente que ha sido posible alguna comunicación.

—No veo por qué.

—En Nueva Europa estamos a tres mil millas de aquí. En la lucha para mantenernos vivos, descuidamos el arte de los vuelos espaciales. Carecíamos de recursos para proveer de combustible a los antiguos cohetes químicos. Es sólo en el curso de mi propia vida que fue perfeccionado el «jet» iónico y descubierta su Barrera de nuevo. América se había vuelto una leyenda. Nos asombró hallar que ustedes realmente existían.

—¿Y qué me dice de la radio? —demandó Thane—. La radiación atraviesa el Anillo. ¿No podían coger nuestras emisiones?

—Las cosas son diferentes en el Exterior. —Clayton parecía satisfecho de sí—. Aquí, ustedes tienen una capa ionizada en la cima de su atmósfera, la cual refleja las señales de la radio de nuevo a la superficie. En el Exterior no tenemos una tan útil capa reflectora.

—No pensé en eso. —Thane inclinó la cabeza tímidamente en señal de asentimiento.

—Por supuesto, hay vestigios de aire —añadió Clayton—. El sol los ioniza, hasta la superficie, de modo que la transmisión por radio es casi imposible. Aun de noche, el alcance está usualmente limitado a las estaciones dentro del límite de visión.

—Muy bien. —Thane se puso en pie de nuevo, mirando con ceño a su no acobardado prisionero y sopesando de un modo pensativo el arma que había apresado—. Ahora que usted finalmente ha venido a nosotros, de esta extraña manera, ¿qué busca?

—Ayuda —respondió prontamente Clayton—. Nuestros pozos se están secando de nuevo, hasta bajo los fondos de los antiguos mares. He venido a pedir agua, lo cual significa la vida misma. O más bien, para negociar un trueque. Podemos ofrecerles petróleo, carbón de piedra, metales; hasta uranio para suministrar energía para el Anillo.

—Usted estuvo entrando de una manera muy furtiva para un honrado negociante. —Thane echó un vistazo con estrechados ojos a la bañista pegada al mamparo—. Evidentemente usted ha estado aquí antes. ¿Por qué todo ese sigilo?

—¿No puede imaginarlo? —Clayton rió ásperamente—. ¡Encontramos cadáveres amontonados afuera de su maravilloso Anillo!

—Los he visto —dijo Thane—. Eran refugiados que llegaron demasiado tarde, después que habíamos cerrado el Anillo. Cualquier tentativa para salvarlos nos habría expuesto a todos a la destrucción.

—Quizás usted cree eso. —Clayton sonrió fríamente—. Pero al menos podrá comprender que ellos bastaron para hacernos cautos. Los hombres que descubrieron la Barrera cuidaron de mantenerse fuera del alcance de la vista. Montaron cámaras y receptores de radio y televisión para espiarlos a ustedes.

—¿Eh? —Thane contuvo la respiración—. ¿Estaba una de sus cámaras oculta dentro de un cráneo humano, yacente en un borde de roca justamente sobre el lugar donde el Anillo entra en el sector de la costa de la Corporación de California?

—No sabría decirlo. —Clayton se encogió de hombros, pero se estaba poniendo más derecho—. Ciertamente sé que la mayor parte de los puestos de escucha fueron establecidos a lo largo de la frontera occidental de la Barrera, para ocultar la dirección de Nueva Europa, si acaso se nos descubría. Creo que había un puesto situado en ese punto.

—Eso explica algo que me ha preocupado durante muchos años. Capté un destello de luz de esa oculta lente; se parecía a un ojo. Luego, el cráneo desapareció.

—Alguno debió haber sido demasiado descuidado. —Clayton levantó sus maniatadas muñecas, con una abierta y esperanzada sonrisa—. Ahora que hemos llegado a una amistosa comprensión...

—No es así —le interrumpió Thane—. Quiero saber por qué ustedes han estado esperando tanto tiempo, y entrado tan furtivamente.

—En primer lugar, nos llevó muchos años perfeccionar los polarizadores que he estado usando para entrar en el Anillo. Todo lo que teníamos para empezar eran fragmentarias reproducciones de las impresiones heliográficas y las guías para el generador de la Barrera que fue expedido a la Gran Bretaña hace doscientos años. Tuvimos que perforar un largo túnel para alcanzar la Barrera en un punto donde nuestros ensayos no fueran descubiertos por la Guardia del Anillo.

—¿Dónde era eso? —Thane se estremeció—. Supongamos que sus experimentos hubieran quebrado el Anillo.

—No hicieron nada de eso. —Clayton parecía estar un poco decepcionado—. Pero estaban dispuestos a correr ese riesgo. Los cadáveres de alrededor de la Barrera parecían confirmar que ustedes habían sido crueles cerrando la puerta de su refugio a otros. No teníamos ningún motivo para esperar generosidad ahora.

—Creo que habrían conseguido todo el agua que necesitan si la hubieran pedido abiertamente...

—Quizás usted no me cree —interrumpió Clayton—. Eche un vistazo a la carta que traje de mi gobierno para el suyo. Está en el armario de los mapas, allí. Busque en el compartimiento superior.

El armario estaba abierto. Thane encontró un largo sobre de una fuerte telilla metálica gris en el compartimiento que indicó Clayton. Se volvió prontamente para vigilar al habitante del Exterior.

—Está abierta —dijo Clayton—. Léala.

Thane desdobló una compacta hoja del fuerte y flexible material metálico. La comunicación oficial estaba estampada en descolorida tinta, debajo de un primoroso timbre en esmalte azul.

 

«A las Corporaciones Unidas de América.

Saludos:

El capitán Glenn Clayton, portador de este documento, trata de efectuar una pacífica reunión de nuestros separados pueblos. Ha visitado América, y nos da seguridad de su generosidad. Explicará nuestra desesperada situación, y está autorizado para negociar la compra del agua que necesitamos para sobrevivir. Confiamos en que las conversaciones que solicita cimentarán una fuerte amistad entre nuestras independientes naciones.

Atlantis Lee,

Secretario de la Confederación de Nueva Europa,

Cúpula de Churchill, 10 piso.»

 

Thane repuso la compacta hoja metálica dentro del grueso sobre. Habría sido convincente si Clayton no hubiera abierto las negociaciones con el arma de la parálisis, y si Thane no hubiese visto por casualidad esas más siniestras credenciales ocultas detrás de la descripción de Atlantis Lee.

—¿Quién...? —preguntó Thane de repente—, ¿quién es Atlantis Lee?

—Usted la ha estado admirando, veo. —La voz de Clayton sonó con un momentáneo chasquido de no encubierto resentimiento—. Como indica la carta, es la secretaria de Nueva Europa.

—¿Su gobernante?

—Uno de nuestros jefes —asintió vagamente Clayton—. Nuestra situación política es un poquito complicada.

—Quiero saber más sobre eso.

Thane se paró, frunciendo el ceño. Su increíble prisionero había empezado a parecer más locuaz que sincero. La situación política de Nueva Europa podía con seguridad dejarse para más experimentados interrogadores, con mejores medios para separar la verdad de la mentira. Sopesó la apresada arma de un modo pensativo, preguntándose si bastaban las manillas para mantener al habitante del Exterior aprisionado.

—¡Oiga! —El recelo se extendió en los ojos de Clayton—. ¿No lo he convencido?...

—Lo estoy llevando a tierra. Le advierto que no vacilaré en usar esta arma. ¿Dónde está la sala de control?

—Allá. —Clayton avanzó la cabeza—. Pero le prevengo contra cualquier temeraria tentativa para pilotar el Friendship usted mismo. Recuerde, estamos a un centenar de yardas abajo. Usted, probablemente, nos ahogaría.

Thane atisbo adentro de la sala de control, y hubo de convenir que Clayton tenía razón. Había esperado encontrar controles de motores y de aire, el polarizador —sea lo que fuere— que había permitido a la máquina atravesar el Anillo, y alguna especie de equipo de gobierno para las rodadas de oruga. Encontró mucho más. Una aturdidora serie de esferas y controles no conocidos cubrían enteramente las paredes del compartimiento al alcance del asiento del piloto, y la mayor parte del techo y el pavimento. Retrocedió lentamente hacia el alto habitante del Exterior, el cual estaba sonriendo con expectación.

—Voy a dejarle agarrar los controles —le dijo Thane.

—Una sensata decisión. —Clayton levantó las manillas que habían de ser destrabadas—. La llave de éstas está en la anilla que sacó de mis bolsillos.

Thane soltó la cadena del tobillo y retrocedió prontamente.

—Usted tendrá que arreglarse con las manillas —dijo—. Encamínese despacio al asiento del piloto.

Clayton obedeció, quejándose alegremente.

—Usted es demasiado desconfiado, teniente. Pero creo que no debiera censurarlo. Los extraños —los de países extranjeros— son propensos a ser desconfiados al principio.

El habitante del Exterior se instaló en el asiento del piloto. Thane quedó cerca, detrás de él, manteniendo la boca de esa no conocida arma en el dorso de su cobriza cabeza.

—Llévenos a la costa de nuevo —ordenó Thane.

—Usted está dificultando las cosas demasiado —dijo Clayton—. Necesito las dos manos...

—Lo sé —profirió vivamente Thane—. Pero prosiga.

Desmañado con los controles, Clayton los asió. Los motores gimieron. Las bombas latieron. La máquina se puso en movimiento con sacudidas. Clayton permanecía sentado allí, en silencio, observando los complicados instrumentos.

Detrás de él, Thane vigilaba atentamente, esperando a que el hombre sacara alguna imprevista arma, medio aguardando que inundara la máquina para producir una desviación, medio temeroso de que se adelantara hacia el Exterior en vez de la costa.

Pero las olas batían contra el casco, asegurándole que estaban todavía dentro del Anillo. Luego sintió que la máquina tocaba el fondo. Clayton hizo algo con los mandos. El ruido de los motores se alteró, y avanzaron con sacudidas otra vez. El habitante del Exterior hizo una seña con la cabeza hacia un grupo de palmeras en aguda silueta sobre una pantalla de radar.

—Estamos en la ribera.

—Pare aquí mismo, y abra el transmisor de la radio.

Thane le dio la frecuencia de la estación de la Guardia en la base de Key West. Respondió un aburrido operador. Voceando en el micrófono, Thane informó que había apresado una máquina invasora procedente del Exterior. La había llevado a tierra en Long Key, y estaba esperando ayuda. La máquina había sido desfigurada para que pareciera una roca...

El operador interrumpió, para preguntar qué estuvo bebiendo. Thane preguntó por el capitán Steadman. El cual salió con aire soñoliento e indignado. Patterson Thane no era dueño de la Guardia del Anillo, y el capitán había tragado todas las tonterías que podía soportar. Si oía alguna otra cosa acerca de rocas andantes, iba a echar a Barry fuera de la Guardia.

—Mala suerte, Thane. —Clayton rió entre dientes burlonamente mientras que Steadman colgaba—. ¿A dónde vamos desde aquí?

—Conecte con las bandas de radiodifusión —ordenó Thane—. Empezaremos a estrujar las emisiones comerciales. Eso debiera traer a alguien aquí rápidamente.

—Usted se encarga...

Clayton echó mano a otro conmutador, y Thane fue golpeado por un invisible alud. Lo lanzó pasillo abajo, echándolo contra el mamparo del otro extremo de la máquina.

El brutal impacto lo aturdió. Debió haber estado inconsciente por un momento. Luego percibió un débil y lastimero gemido. Trató de levantarse, y halló que de algún modo toda la máquina se había puesto derecha. En el asiento del piloto, Clayton estaba colgado en lo alto por encima de él ahora. El mamparo se había convertido en el pavimento, y una terrible presión lo fijaba firmemente en él.

Boqueando penosamente para respirar, empezó a comprender. La máquina era una desfigurada nave-cohete. Ese gemido eran los «jets». La fuerza que lo oprimía era la aceleración del inesperado despegue.

Revolvió el cuerpo bajo esa cruel pesantez. Levantó la cabeza. La sangre, fluyendo de una herida de la frente, casi lo cegaba, pero halló el arma de la parálisis yacente donde debió haberla soltado.

Estaba a unos seis pasos de distancia. Thane serpeó hacia ella, llevando su cuarto de tonelada de peso adicional. Era más pesada que el plomo cuando la alcanzó, y necesitó toda su fuerza para levantarla. Revolvió su pesado cuerpo otra vez, apuntó el arma hacia Clayton, apretó el disparador.

Nada ocurrió.

No hubo ningún opaco rayo de paralizadora luz violada. Algo se había roto con la caída. Thane se combó contra el mamparo de nuevo, desarmado y dominado por esa invisible fuerza. Yaciendo allí, oyó la voz de Clayton.

Creyó que el habitante del Exterior le había voceado algo, pero no pudo entenderlo. Un momento después oyó una crepitación de respuesta del transmisor de la radio, y se dio cuenta que Clayton estaba haciendo un informe propio. Las palabras del habitante del Exterior parecían completamente extrañas al principio, otro lenguaje, recortado y áspero y rápido como el estallido de una ametralladora, pero luego empezó a formular frases en inglés.

—...atrapado el hombre que buscaba... descripción del Friendship... alteración de planes por emergencia... todo identifica al Blanco Uno... irradiado del centro geográfico de la Barrera... proyectil nuclear, antes que estos necios despierten... personal alerta en indicada senda de aguas de riada... silencio en la radio ahora... ¡Aldebarán fuera!

Luego hubo sólo el callado alarido de los «jets»

Yaciendo tendido contra el mamparo, Thane trataba de hallar un significado en esas fragmentarias frases. No pudo hallar más que uno, y él lo hirió con un golpe más aturdidor que su caída.

Clayton no volvía al Exterior. Los informes de Thane sobre la desfigurada máquina le habían hecho alterar sus planes. Estaba procediendo a efectuar un ataque nuclear sobre el Blanco Uno. En el centro geográfico del Anillo, el Blanco Uno sólo podía ser el generador del Anillo.

Thane estaba aturdido. Con el generador aplastado de un golpe, el Anillo se disiparía. Las no represadas aguas de América descenderían a través de los secos fondos de los mares. La aprisionada atmósfera volaría hacia el interior del vacío de Afuera, y la desprevenida América yacería en espantoso estrago.

Tenía que detener a Clayton. Combatiendo la cruel aceleración, Thane se levantó a gatas. Con esfuerzo se apoyó en las rodillas. De algún modo logró ponerse de pie. Alzó el arma pesada como el plomo, esperando usarla como una porra. Pero Clayton estaba todavía a veinte pies arriba. Veinte pies, muchas veces multiplicados por ese cruel empuje de la nave-cohete, en términos de la energía que se necesitaría para subirlos, aun cuando pudiese encontrar una escalera de mano.

Pero no había ninguna escalera.

Con ciega desesperación, Thane intentó lanzar el arma. Su pesado brazo subió lentamente con ella, demasiado despacio. Ascendió unos cuantos pies por encima de él e inmediatamente volvió a caer con estrépito hacia el mamparo.

—¿Usted otra vez, Thane? —Clayton había oído el choque—. Si me interrumpe ahora, nos destruirá a los dos.

Eso no importaba... aun cuando fuera cierto. Todo lo que importaba era cómo podía ser interrumpido Clayton. Thane no podía alcanzarlo frente a esa pared de fuerza. Había sido alertado ahora, y podía defenderse.

Thane se puso a gatas para recuperar la inútil arma. Levantó la vista a tiempo para vislumbrar el lento meneo del brazo de Clayton. Un reluciente proyectil descendió sobre él, su velocidad multiplicada por ese impelente empuje.

Desesperadamente echó su pesado cuerpo a un lado, hacia el estrecho resguardo del armario de los mapas. El objeto rozó su hombro, y chocó con el mamparo. Thane vio que era un apagaincendios. Trató de cogerlo, aun cuando sabía que no podría lanzarlo de nuevo contra esa mortífera barrera de aceleración, y halló la chapa de registro.

Una estrecha chapa metálica, que cubría una abertura del mamparo debajo de él. Algo había estampado sobre ella, con extrañas y pálidas letras que no se tomó tiempo para descifrar. Había sido fijada en el lugar con tornillos, pero el fuerte impacto del apagaincendios la había hundido.

Thane se echó sobre ella furiosamente, retorciéndola con las desnudas manos, y golpeando con el apagaincendios. La arrancó. Debajo de ella, descubrió algo de intrincado alambrado con lucientes tubos y menudos cristales que debían haber sido transistores.

—¡Pare, necio suicida! —oyó que le gritaba Clayton—. Eso es el control del reactor. ¡Tóquelo, y estalla todo!

Al instante, Thane lanzó el pesado apagaincendios contra los frágiles cristales y tubos. Ahora, la aceleración daba fuerza a su golpe. Un azulado fuego silbó y chisporroteó en los retorcidos despojos, y oyó una repentina vibración en el lamento de los «jets». Golpeó otra vez, para asegurarse, y algo lo dejó tendido de un porrazo.

La siguiente cosa que supo era que estaba levantándose con tambaleos, en alguna parte en la oscuridad. Tenía las manos quemadas y la cabeza le dolía por una nueva concusión, y la sangre se estaba secando en su rostro. Algo silbaba tenuemente, en alguna parte por encima de él.

Sus manos encontraron una caliente pared metálica, con una pequeña abertura en ella. Eso era el mamparo, ahora casi vertical otra vez. Estaba todavía dentro de la máquina. Ella estaba inmóvil, inclinada un poco de lado, donde debió haber estallado. El silbido debía ser aire, o quizás el gas osado para la masa de reacción de los «jets» nucleares, que se escaparía de una rota tubería.

Tanteó por la inclinada cubierta hasta que encontró la rota arma, y entonces buscó el camino a lo largo del pasillo hacia el asiento del piloto. Sintió aire fresco antes que lo alcanzara, frío sobre su húmedo rostro, y vio débil luz de las estrellas afuera de una abierta escotilla.

Creyó que Clayton había muerto hasta que oyó un bronco resuello por encima de ese agonizante silbido. Se encaminó hacia el ruido, y halló al habitante del Exterior. Clayton yacía inconsciente sobre la ladeada cubierta, todavía maniatado y resbaladizo con su propia sangre caliente.

Thane lo arrastró hasta la abierta escotilla, y lo bajó cuidadosamente al suelo, afuera. A la sazón, linos faroles destellaban a lo lejos. Thane estuvo esperando, parado en el cenagoso campo de algodón junto al inerte habitante del Exterior, hasta que un coche paró con las luces sobre él.

—¡Mira! —estaba hablando un muchachito—. Es el meteoro, exactamente como lo he visto por encima del gallinero. ¡Mayor que el establo!

—No son meteoros —profirió nerviosamente un hombre—. No los hay aquí en el interior del Anillo.

—¡Retrocede! —gritó una mujer—. Estoy asustada...

La portezuela del coche se cerró de golpe. La luz brilló sobre el cañón de una escopeta.

—¡Eh, amigo! —voceó el hombre—. ¿Qué están haciendo en mi campo de algodón?

Apresuradamente, Thane dio su identidad. Se enteró de que ese pedazo de terreno estaba en la Corporación del Sud, a treinta millas del punto de transporte por rayo de Nueva Menfis. El ataque de Clayton había caído con seguridad lejos del Blanco Uno.

Thane llamó al general Whitehall desde la alquería. Estaba tambaleando de conmoción y fatiga, pero contó jadeante su historia de la máquina invasora y ese increíble intentado ataque atómico sobre el generador del Anillo. El general escuchaba quietamente, y de repente le interrumpió.

—Bien, Thane. Eso basta.

—¡Espere, señor! Tengo a este habitante del Exterior y su máquina para prueba...

—Usted no me comprende —profirió vivamente el general—. No dudo de usted, pero no podemos perder tiempo. Este es el momento en que debemos vindicar a la Guardia. Alertaré a las autoridades locales y estaré ahí yo mismo. ¡Hasta que reciba ayuda, cuide de ese habitante del Exterior.

—Gracias... —Thane tuvo que aclarar su cerrada garganta—. ¡Sí, señor!

El general Whitehall vino a verle esa noche en un hospital de Nueva Menfis. Sus heridas, quemaduras y magulladuras habían sido curadas. Había dormido la mayor parte del día. Estaba débil y hambriento. Su victoria sobre Clayton lo había dejado con una viva sensación de bienestar, a pesar de todas las lesiones, y le chocó ver la pesadumbre del macilento rostro del general.

—La cosa tiene mal aspecto, Thane. —El general movió la cabeza—. ¡Malo! Nuestros ingenieros están trasladando esos extraños despojos al cuartel general para un examen más completo, pero sus primeros informes ya confirman su relación. El armamento nuclear de esa nave-cohete podía haber aplastado el generador del Anillo de un golpe, a pesar de todas nuestras defensas.

—Pero ahora tenemos la nave...

—Tenemos una nave, gracias a un soldado muy tenaz. —El general le dirigió una fría y ligera sonrisa—. Pero seguramente hay otras. Hay la desconocida nación que la construyó y armó. Hay el increíble odio detrás del ataque.

—Tenemos a Clayton...

—Le he visto —dijo el general—. Hemos quitado una trombosis que estaba oprimiendo su cerebro. El resto de las lesiones eran bastante superficiales. Había recobrado el sentido cuando lo vi. En verdad, parecía ser muy dueño de sí.

El viejo general se encogió de hombros desesperadamente.

—Nunca vi hombre semejante. No le comprendo. Es obviamente inteligente y sumamente competente. El psiquiatra del cuerpo médico concuerda conmigo en que está probablemente cuerdo. Pero el único pesar que parece tener tocante a su esfuerzo para destruir a América es que usted pudo pararlo.

—¡Y se estaba riendo de mí!

—Parece estar completamente seguro de que el Anillo será destruido. Aun cuando está siendo muy cauteloso con respecto a entregar cualquier información que nos pudiera ser útil, deduzco que está esperando que sus amigos del Exterior efectúen otro ataque; y aparentemente no se inquieta por lo que ello le reporte.

El general se encaminó sin objeto a la ventana de la sala y regresó de nuevo. Pasó rápidamente sus delgados dedos por su blanco cabello, y miró a Thane con una angustiada frustración en los ojos.

—¿Qué podemos hacer?

—Podemos interrogar a Clayton...

—Está siendo interrogado —dijo el general—. Arrancaremos todos los datos que podamos, por todos los medios humanos. Pero el hombre es hábil y valiente y está todavía resuelto a destruirnos. No podemos estar seguros de nada de lo que diga.

La ansiedad abrió hondos surcos en el rostro del general.

—Tenemos que obrar mejor —musitó—. Tenemos que saber la verdad acerca de nuestros enemigos del Exterior. Tenemos que saber por qué nos odian tan fuertemente. Hemos de averiguar la amplitud de sus recursos, y exactamente lo que se proponen.

—Y tenemos que pararlos.

—Pero no sé cómo. —Abatidamente, el general se encogió de hombros—. ¿Qué podemos hacer?

Thane no podía ofrecer ninguna solución entonces. Más tarde, esa noche, sin embargo, yaciendo desvelado en la dura y estrecha cama del hospital, halló la solución correcta.

 

 

CUATRO

 

Thane pasó los siguientes dos días resolviendo los detalles, mientras esperaba a que en el hospital lo dieran de alta y el barco lo llevara de nuevo al cuartel general de la Guardia en la Corporación del Mediodía Occidental, cerca del amenazado generador del Anillo. Llevó su plan al general Whitehall.

El general estaba atareado, intentando desesperadamente movilizar las mohosas defensas del Anillo, y Thane tuvo que esperar largo rato afuera de su despacho. Whitehall levantó la vista lentamente cuando entró Thane, con sólo un tenue brillo de una sonrisa para ocultar la angustia pintada en sus cansados ojos azules.

—Creo que lo tengo, señor —le dijo Thane—. Debemos hacer lo que Clayton evidentemente estaba proyectando, cuando me apresó. Debemos enviar un emisario secreto al Exterior.

De repente los ojos del general se avivaron de nuevo. Por un largo momento observaron a Thane con una absoluta concentración, como si pudieran ver todos los detalles del proyecto en su mente. De súbito miraron con ceño, como si hubieran hallado las trampas y barreras inevitables delante.

—Clayton no proyectaba ningún inmediato ataque sobre el Anillo, hasta que lo obligué a obrar prematuramente —arguyó Thane con presteza—. El hombre estaba demasiado inseguro acerca de nuestras defensas, y demasiado precavido tocante a alarmarnos. Eso da a nuestro emisario secreto una probabilidad de ganar un poco de tiempo para nosotros, a lo menos, aconsejando adicionales demoras. Con suficiente suerte, pudiera regresar con los datos que debemos obtener. Hasta en el peor de los casos, debiera poder producir alguna especie de útil desviación.

El general movió la cabeza, todavía mirando con ceño.

—¿Quién podría cumplir semejante misión?

Thane tomó aliento.

—Yo lo intentaré, señor.

—Usted ha hecho su poquito —dijo el general—. Me agrada su ánimo. Pero no veo cómo...

—Me fingiré Clayton.

—Usted ni siquiera se parece a él. —El general resopló.

—Tengo la misma estatura —dijo Thane—. Podemos enviar a buscar a Della Rand, y hacerle hacer otro trabajo de cirugía plástica. Tenemos a Clayton. Puedo estudiar sus amaneramientos, aprender todo lo que pueda con respecto a las personas a las cuales debo engañar.

—Clayton lo frustrará a usted —interrumpió Whitehall—. Es muy vivo.

—Lo suficiente vivo —dijo Thane—, para que haya evidentemente estado entrando y saliendo del Anillo durante los últimos años, sin ser descubierto. Claramente estaba pensando usar mi uniforme y mis botas...

—Un buen detalle. Pero no olvide que Clayton tuvo muchos años para observarnos. —El general echó un vistazo a los documentos escritos a máquina, apilados con esmerado alineamiento sobre su escritorio—. He estado examinando detenidamente los informes sobre todo lo que conseguimos con esa máquina. Para mostrarle la magnitud de los preparativos que Clayton hubo que hacer, hay hasta una especie de diccionario hablado, con registros de cinta de miles de palabras. Aunque su idioma vernáculo es una especie de inglés, el tiempo ha hecho muchas alteraciones en él. Es casi una lengua extranjera.

—Podemos usar su diccionario.

—Pero no tendremos años para estudiarlo.

—Podemos servirnos de esas nuevas cintas de adiestramiento hipnóticas que están usando en la Academia —respondió prontamente Thane—. El diccionario, y todos los mapas y libros y documentos de Clayton.

—Veo que usted ha puesto un poco de atención en esto. —El general hizo una señal de asentimiento con la cabeza, de mala gana—. Pero la nave invasora está destrozada. Aun cuando pueda ser reparada, es con mucho demasiado valiosa para que la arriesguemos en un proyecto tan fútil.

—Estaré mejor sin ella —le aseguró Thane—. He estado hablando a los ingenieros. Han encontrado algún equipo de escape dentro de la nave-cohete. Un traje de aire equipado con radio de dos canales, y una ligera motocicleta eléctrica. Todo mi plan está cimentado sobre eso.

Vio el primer tenue rayo de esperanza en los cansados ojos del general.

—Usted sabe, usaré la radio para comunicarme con la base de operaciones de Clayton. Informaré que la nave-cohete fue atacada y destruida, mientras que intentaba atacar al generador del Anillo, con armas que están esperando a algunos otros atacantes.

El general Whitehall se levantó de repente.

—Usted lo está haciendo parecer posible. —Una reprimida agitación matizó su voz—. Como Clayton, puede contar que fue apresado por la Guardia del Anillo y puesto en libertad para devolver un mensaje. Nosotros contestaremos esa carta de la secretaria de Nueva Europa, aunque todavía no la entiendo enteramente. Ofreceremos suministrar a los habitantes del Exterior mucha agua, con algunas razonables condiciones, si quieren construir cañerías hasta el Anillo.

Paseó por el pavimento del despacho, impaciente de júbilo.

—Si nuestros ofrecimientos de paz son aceptados, eso es todo lo que queremos. Si son rechazados —y temo que lo serán—, usted debe traer de vuelta todos los datos que pueda recoger, los cuales ayudarán a defender a América. Debe hallar la base de ese insensato odio; ha de ser una especie de locura colectiva, que de algún modo hemos de curar.

»Pero... —El general Whitehall detuvo su andadura de repente, como si hubiera chocado con algún inmovible obstáculo—. Si usted no coge la nave-cohete, ¿cómo pasará el Anillo?

—Discutí eso con los ingenieros —dijo Thane—. Están aprendiendo algo sobre el aparato de la nave-cohete que Clayton llama un polarizador. Usted sabe que hay una filtración muy gradual de moléculas de aire a través del Anillo.

—Conozco la teoría. —El general hizo una señal de asentimiento impacientemente—. Penetran unos cuantos descarriados átomos, porque chocan por casualidad con la capa reflectora a cierta velocidad exacta, con sus centros de rotación perpendiculares a ella.

—Los ingenieros me dicen —explicó Thane, con una señal de asentimiento—, que el polarizador crea un campo especial que alinea a los átomos, sin causar otra alteración. El efecto es probablemente muy temporal, pero esta materia polarizada evidentemente atraviesa el Anillo lo mismo que lo hace la luz, sin producir ninguna efectiva abertura.

—¿Está intacto el aparato?

—Lo están reparando. El doctor Wooten me ha prometido que estará listo para llevarme a través del Anillo, con el traje de aire y la motocicleta, cuando yo esté preparado para salir.

—Usted está bastante seguro. —Whitehall le escudriñó extrañamente—. Pero, ¿ha pensado en cómo va a regresar?

—Eso es un puente que ha de ser atravesado cuando llegue a él. —Thane sonrió—. Debiera ser bastante fácil salir del Anillo a nivel del mar, si el polarizador funciona. No será tan fácil regresar, frente a quince libras de presión del aire. Clayton tenía el empuje de los «jets». Yo tendré que hallar otra cosa.

»Pero mi misión no depende de eso —agregó en seguida—. Puedo hacer informes a través del Anillo, por radio. Para entonces, los ingenieros pueden tener la nave-cohete aparejada para volar al Exterior y recogerme. O quizás reproduzcan el polarizador, e instalen una represa de aire dentro del Anillo. Pero todo eso puede esperar.

»Por favor, señor... ¿qué cree usted?

—El asunto tendrá que ser tratado con mi estado mayor. —El viejo general le sonrió sobriamente—. Pero imagino que tendremos que soltarlo a usted.

—¡Gracias, señor! —susurró Thane.

 

La doctora Della Rand llegó el día siguiente de la Corporación de Chicago, en respuesta a la urgente llamada del general Whitehall. En la estación de la adormecida pequeña ciudad de Ring City, Thane estaba esperando para recibirla. Su respiración se aceleró un poco mientras el largo y brillante barco costero se deslizaba afuera del enfocante anillo. La famosa doctora bajó la rampa, y el corazón de Thane dio un pequeño brinco.

La morena y vital belleza de la doctora era atrayente como siempre. Su cutis tenía el mismo cálido brillo, sus ojos la misma penetrante viveza, pero algo había cambiado. Thane sintió una angustia de vago menoscabo. Luego comprendió cuál era la desazón. Della Rand no había cambiado en absoluto. Pero él había visto la fotografía que tenía Clayton de esa muchacha de ojos violados de la lejana Nueva Europa, la cual llevaba el obsesionante nombre de Atlantis Lee.

—Hola, Thane.

Hasta la viva e impersonal voz era todavía la misma. La doctora Della Rand se paró por un momento para observar el rostro de Thane, pero él sabía que la joven doctora sólo veía el hábil trabajo de sus manos de cirujana.

—El general Whitehall me envió a buscar —declaró Della Rand—. ¿Qué quiere?

Thane se sentía tranquilo con la doctora ahora, porque ella ya no importaba.

—Un secreto militar —dijo Thane—. Necesito otra operación facial.

—No tengo tiempo para burlas. —Della Rand frunció el ceño con disgusto—. No le ocurre nada a su rostro...

—No estoy bromeando.

Thane la informó sobre su plan y la situación que lo hacía necesario. La aguda mente de la doctora aceptó y registró el hecho de que vivían hombres en el Exterior. De repente volvió a mirar a Thane, como si nunca antes lo hubiera realmente visto.

—¿No es muy arriesgado este proyecto?

—Tal vez. —Thane se encogió de hombros—. Todos estamos en peligro ahora.

Thane la acompañó al despacho del general Whitehall.

—Clayton no ha de saber lo que estamos proyectando —explicó el general—. Todavía estamos tratando de interrogarlo, sin mucho éxito. Preparará una trampa para Thane, con alguna hábil mentira, si sospecha algo.

—Pero tendré que observar su rostro —repuso Della, con una señal de asentimiento.

—Estamos arreglando eso —dijo Whitehall—. Usted sabe, el hombre fue mutilado cuando la nave-cohete estalló. Se le ha informado que necesita cirugía plástica. Usted hará las operaciones.

—Una retadora asignación. —Los ojos de Della brillaban de interés—. Quizás pueda ayudar en la interrogación, también. ¿Han probado la escopolamina? ¿O la completa hipnosis?

—Lo hemos probado todo. —El general hizo una seña afirmativa—. Nada surte efecto. Ignoro si los habitantes del Exterior han sufrido alguna mutación mental, o si ha sido condicionado algún impedimento sicológico dentro de Clayton; pero él sabe más de lo que podamos hacerle revelar.

—Un cabal reto —susurró Della Rand—. Déjeme verle.

Thane estaba presente en la sala de operaciones cuando confluyeron. Clayton había ya sido envuelto con sábanas y atado a la mesa, y Della Rand se había puesto una bata y una máscara blancas, pero los verdosos ojos del habitante del Exterior lucieron con inmediata admiración.

—Hola, doctora. —Clayton le sonrió—. Usted va a complicar mi tarea. Vine aquí para destruirles, junto con su precioso Anillo. Ahora veo que tendré que salvarla a usted, de algún modo, y devolverla a Nueva Europa.

Della tomó aliento. Era la primera vez que Thane había visto su aire de brusca eficiencia alterado. Creyó que Della estaba singularmente complacida, y al mismo tiempo, aturdida. En un momento, sin embargo, la doctora recobró su viveza profesional.

—¿Todo preparado? —Della Rand se dirigió hacia su ayudante—. ¡El anestésico! —ordenó.

Thane observó la operación. Los relucientes instrumentos parecían tener vida en las hábiles manos de Della. Unos recién descubiertos adhesivos unieron nervio y músculo y piel, de modo que no se requerían puntos. Cuando la doctora hubo terminado, sólo unas cuantas menudas líneas mostraban dónde el rostro de Clayton había sido desgarrado. Hasta esas, lentamente, desaparecían.

Al día siguiente, Thane, pasando más allá de los guardas, entró en la sala del hospital de Clayton. El delgado habitante del Exterior estaba sentado en la cama, sorbiendo zumo de naranja a través de una paja.

—¡Cosas tan deliciosas! —Los verdosos ojos sonrieron, detrás de los vendajes—. No hay naranjas en Nueva Europa. Ustedes, los americanos, realmente lo han pasado muy bien, hasta ahora.

—No le puedo entender. —Thane lo estuvo escudriñando—. Usted es valiente. Es listo. Casi me agrada...

—Gracias, Thane. —Clayton alzó el vaso—. Puedo decir lo mismo de usted.

—Mas no le puedo llegar a comprender. —Thane frunció el ceño—. ¿Por qué estaba intentando destruir a América? Eso parece... insensato.

—No para nosotros, los habitantes del Exterior. —Clayton rió ásperamente a través de los tersos vendajes—. Le dije que algunos de nosotros nos resentíamos de que se nos hubiera cerrado la puerta del Anillo.

—Le expliqué que no tenían motivo de resentimiento.

Los ojos de Clayton brillaron con dureza.

—Rechacé su explicación.

Thane probó un diferente aspecto.

—Esta secreta organización política de Nueva Europa —creo que se la conoce por la Estrella Escarlata— ¿qué había tenido que ver eso con su ataque sobre el Anillo?

—No sé de qué está usted hablando —dijo Clayton, encogiéndose de hombros.

—Tenemos pruebas que lo relacionan a usted con esta organización.

—Haga volver a su linda doctora por ahí, si realmente quieren alguna información. —Clayton rió entre dientes burlonamente—. Que pruebe ella su completa hipnosis.

—Tal vez lo hagamos.

—Eso sería entretenido. Encuentro a la doctora muy atractiva. Es demasiado encantadora para perecer. He de hallar un medio para llevarla a seguro lugar.

—¿Y qué me dice usted de Atlantis Lee?

—Atlantis —respondió Clayton—, está muy lejos de la Corporación del Mediodía Occidental.

Thane lo pensó, y pidió ver el macizo anillo de platino que Clayton llevaba en el tercer dedo de la mano derecha. Esa petición debió haber sido un desatino, porque el alto habitante del Exterior se atiesó de repente. Los vendajes ocultaban la expresión de la boca, pero los ojos se habían estrechado sutilmente.

—¿Por qué?

—Si usted se niega a hablar, debemos examinar todos los indicios.

—No deteriore el anillo. —La voz de Clayton parecía extrañamente apremiante—. Tiene un valor sentimental.

—No puedo imaginarle como un sentimental —replicó vivamente Thane—. Entréguemelo.

Clayton se lo quitó y lo echó a Thane.

—Me estaba preguntando cuándo pensaría usted en el anillo. —Clayton sonrió burlonamente—. No es que le ayude mucho.

Thane procuró no sobresaltarse.

—Usted sabe qué quiero decir —añadió Clayton—. Y debiera saber que no tiene una probabilidad de salir airoso. Invirtamos la situación. Supongamos que yo me las hubiera arreglado para aparecer con su facha, en mi primera visita a América. Piense en todos los puntos contra mí. Sólo un paso en falso es todo lo que se necesita, recuerde.

Thane estaba aturdido, preguntándose vanamente qué había revelado su plan.

—Quizás Della pueda darle una imitación de mi rostro —dijo Clayton—. Pero las cicatrices estarán ahí. Yo soy un poco más alto. Mis ojos y mi voz y mi cabello son diferentes. Su gente ha estado haciendo entretenidos esfuerzos para observar mi voz y mi amaneramiento, pero no han observado lo suficiente. Algo lo descubrirá a usted... ¡Suponiendo que llegue allá!

Clayton hizo una pausa para reír entre dientes burlonamente.

—Recuerde, Thane, la vida es dura en el Exterior. Es fácil mantenerse vivo aquí, en América. Un simple animal puede hacerlo. En el Exterior, se necesita gran cantidad de pertrechos y una especializada destreza que he estado aprendiendo desde que nací. Usted no tiene una probabilidad de salir airoso.

—Gracias por todas las indicaciones. —Thane sonrió tenuemente—. Pero mantengamos la situación invertida. Supongamos que usted ocupara mi puesto. ¿No lo intentaría?

Al otro lado de las vendas, los ojos de Clayton parecían más benignos. El hombre inclinó la cabeza lentamente en señal de asentimiento. Por ese momento, al menos, Thane hubo de apreciar y admirar al habitante del Exterior.

—Ciertamente.

 

La mañana siguiente a la operación de Thane, el general Whitehall vino con Della Rand a la sala del hospital para ver su nuevo rostro. La cirujana quitó los vendajes muy diestramente, y examinó su trabajo con una viva y breve señal de satisfacción profesional. Siguió observando a Thane extrañamente, con un aire de callada preocupación.

De pie detrás de Della, el viejo general frunció sus arrugados labios con un sigiloso silbido de asombro, y se volvió para pedir un espejo. Thane se miró al espejo y abrió la boca, pasmado.

Era raro. Ello hacía que una especie de frío recorriera su espina dorsal. Se sentía el mismo, excepto que su rostro estaba todavía entumecido y vagamente dolorido. Pero las endurecidas y primorosas facciones que le sonreían desde el espejo eran las del capitán Glenn Clayton.

Su oscuro cabello había sido descolorado y teñido. Tinturas químicas habían rojeado y bronceado su cutis. Sus pardos ojos, por la ligera inyección de especiales pigmentos, habían tomado el verdoso fulgor de los de Clayton.

—No lo puedo creer.

Hasta la voz le sobresaltó. Un hábil trabajo de cirugía en las cavidades y la laringe le habían dado la calidad de la de Clayton. Miró sus manos. Ellas también habían sido modificadas; excepto que los dedos de la mano derecha estaban inquietamente golpeando la punta del pulgar, con una nerviosa pequeña costumbre propia.

—Eso no es de Clayton —le advirtió el general Whitehall—. Ese pequeño gesto —o cualquiera de un millar de otros que no pertenezcan a Clayton—, pudiera bastar para destruirlo.

Aquella tarde, Thane se dirigió al campo de la base donde los ingenieros estaban trabajando en la nave-cohete de Clayton. Pasó los días escudriñando los detalles de todos los objetos que había llevado Clayton, y la mitad de las noches bajo la mecánica acción de las cintas de adiestramiento hipnóticas.

El día que debía salir, no pudo resistir a la tentación de visitar la habitación de Clayton en el hospital, donde todavía proseguían los esfuerzos de Della Rand sobre la interrogación por medios médicos. Llevaba los estrechos pantalones grises y la blusa de Clayton, para acostumbrarse a esas prendas, y la reparada arma de la parálisis se combaba en la rara pistolera de plástico sobre la cadera. Uno de los guardas se adelantó aprensivamente, y en seguida se disculpó.

—Lo siento, teniente Thane. Por sólo un momento creí que usted era él.

Dos adicionales guardas estaban en el pasillo, afuera del cuarto de Clayton. Thane se sorprendió un poco de encontrar a Della Rand, sola con el prisionero. Las manillas de Clayton habían sido destrabadas, y el hombre estaba sentado frente a una mesilla con las manos sobre los electrodos de algún aparato de laboratorio. Clayton levantó la vista hacia Thane con confuso asombro, que se transformó en sonriente admiración.

—¡Magnífico, Thane! —exclamó tranquilamente, con la voz que era ahora la de Thane, también—. Gracias por dejarme ver. —Sus burlones ojos verdosos retrocedieron hacia Della—. Su artefacto debe haber registrado algo ya, preciosa.

—Hubo una reacción. —Della hizo una señal de asentimiento, con un aire de reprimida exasperación—. Hay algunas reacciones que ni siquiera se pueden controlar del todo.

Clayton sonrió a Thane.

—Della todavía cree que está viniendo aquí para sacar información. —Su áspera voz tenía un malicioso sonido—. Pero no necesito que ningún especial aparato me revele que ella está produciendo la mayor parte de las reacciones. Se está enamorando.

El cutis de Della se volvió más oscuro.

—Pare —ordenó brevemente la doctora—. O llamaré al guarda.

Pero no parecía estar realmente disgustada. Thane se preguntó si eso no era la verdad. Tenía la sensación de que el habitante del Exterior estaba jugando con la doctora, dando sólo las suficientes pizcas de inútil información para que ella continuara volviendo, excitándola deliberadamente.

—Una pasmosa semejanza. —Clayton observaba a Thane burlonamente—. Mas ni siquiera la perfección sería suficientemente buena. Hay un millar de cosas que pueden descubrir a un imitador en un mundo que nunca antes haya visto. Tal vez usted haya pensado en un centenar. Hay novecientas más esperando para destruirlo.

—Veremos —dijo Thane—. ¡Hasta luego!

Hizo una seña con la mano, en un mudo adiós a Della, y salió, pasando más allá de donde estaban los guardas.

Ochenta segundos después, Clayton le siguió. Della Rand fue dejada yacente sobre la cama. Estaba inconsciente por una inyección anestésica de su propio botiquín, la boca y las muñecas lentamente volviéndose azuladas por la presión de las manos de Clayton. Clayton se había quitado la bata de baño. Había rasgado su ropa interior y desordenado su cabello. Della misma le había arañado el rostro, inconscientemente ayudando al proyectado efecto.

—¿A dónde ha ido? —Clayton dijo con fuerte voz a los sobrecogidos guardas del pasillo—. Esa aturdida dama había destrabado las manillas, y él se echó sobre mí. Me quitó la ropa y la pistola. Se parece a mí ahora. Supongo que ustedes pensarían... pero, ¿dónde está Clayton?

El guarda más cercano pestañeó y tragó saliva, y señaló automáticamente.

—El teniente Thane —creo que era Thane— ha salido por la puerta de entrada.

—¡Necio, ese era el habitante del Exterior! —La voz de Clayton restalló como un airado látigo—. Manejando nuestro propio proyecto al revés. ¡Haga algo! ¡Llame a Whitehall! ¡Vamos, entrégueme la pistola!

—Bien, señor. —El aturdido guarda entregó su automática—. No me censure, señor. Habría jurado...

Era un sencillo plan que tenía la audaz simplicidad que era la sal de la vida para Clayton. Sonrió con júbilo, echando a correr a lo largo del pasillo del hospital con dirección a la puerta.

Era claro. Thane sería enterrado, si nada salía mal, como Clayton, muerto mientras intentaba escapar. Y Clayton mismo, tranquilamente manteniendo su propio disfraz, sería escoltado hasta la Barrera y sin peligro llevado a través de ella por sus no recelosos apresadores. El primer indicio de la verdad sería quizá el inesperado descenso de otro proyectil atómico, ahí sobre el generador del Anillo.

Por supuesto había muchas cosas que podían salir mal, pero Clayton estaba habituado a los riesgos y se gozaba en ellos. Esta improvisada carrera por la libertad, consideraba, tenía más en su favor que el propio descabellado proyecto de Thane.

Había sólo un aspecto del asunto que Clayton lamentaba. Deseaba que hubiera sido posible llevar a Della Rand consigo. La había admirado desde el principio, pero no se había dado plena cuenta de cuánto realmente la necesitaba hasta que la sintió contender en sus brazos, mordiendo y arañando y desgarrando con una destreza de quirúrgica, antes que el anestésico obrara.

Dio la vuelta a una esquina y vio a Thane que salía de la puerta. Alzó la no conocida pistola que había quitado al guarda. Su dedo halló el disparador. El cañón estaba apuntado a Thane, pero de repente al arma tembló en su mano.

Thane llevaba su propia ropa. Thane estaba andando de su propia airosa manera. Esa levantada cabeza broncínea era la suya propia. ¡No podía destruirse a sí mismo!

Rechazó esa extraña compasión, y fijó la pistola. De repente fue consciente de una inesperada inclinación por el hombre de voz apacible, pero no tenía tiempo para sensiblerías ahora. Nada importaba en este momento, excepto la victoria para la Estrella Escarlata.

Apuntó otra vez, mientras Thane se detenía afuera de la entrada, hablando a uno de los guardas de allí. Apretó el gatillo, pero estaba inesperadamente rígido. El arma osciló antes que detonara, y Clayton sabía que el tosco proyectil iba a errar. El roto vidrio saltó de la abierta puerta. El guarda de afuera se encogió, como si hubiera quedado paralizado, pero Thane reaccionó inmediatamente. Se agachó y giró. El arma de fucilazo flameó. El apretado rayo alcanzó la mano de Clayton, y la pistola que éste se había apropiado cayó al suelo con estrépito.

Aun entonces, imposibilitado y desarmado, Clayton seguía insistiendo en que era Thane. Por indicación del verdadero Thane, los dos fueron maniatados y retenidos para el general Whitehall.

Della Rand se repuso de la inyección de anestésico a tiempo para hacer su declaración sobre el asunto. El verdadero Thane se identificó a sí mismo con el conocimiento de que el otro no podía ser parejo, y salió precipitadamente para acometer su misión en el Exterior.

Clayton fue acompañado de nuevo a su cuarto. Della Rand se había ido, y su equipo de laboratorio había sido quitado. La habitación estaba desguarnecida y rasa como una celda. Clayton pasó el resto del día encadenado en la cama, con dos guardas vigilándolo desde la puerta.

La mañana siguiente, el general Whitehall entró en el cuarto para verle. El delgado y viejo militar estaba muy sereno, su voz deliberadamente tranquila.

—Clayton, usted ha matado a un hombre.

—¿El guarda? —El acero retiñó alegremente, mientras Clayton se incorporaba sobre el desnudo colchón. Rojo y con ronchas donde Della lo había arañado, su endurecido rostro sonreía sin compunción—. Usted podría más bien decir que lo libré de una muerte menos agradable, cuando su Barrera se disipe.

—Usted es un enigma para mí, Clayton. —El general tenía un aire triste y severo—. Usted podría casi agradarme, personalmente. Pero la manera como odia a América es algo que no puedo comprender.

—Si usted hubiera vivido en el Exterior, lo comprendería. —La voz de Clayton tenía un áspero sonido—. Si hubiera visto a seres humanos morir horriblemente por falta de oxígeno en una taza de agua, comprendería.

—Estamos dispuestos a darles agua.

—Ustedes están dispuestos a ofrecernos unas cuantas gotas ahora, para salvar sus vidas. No lo hicieron hace doscientos años, cuando no estaban en peligro. ¡América debiera congratularse, general, por dos siglos de tiempo robado!

El rostro de Whitehall se volvió tristemente torvo.

—Esa actitud es infortunada —dijo— para América y para Nueva Europa. Pero puesto que existe, hemos de tratar con ella. —Fríos ahora, sus perspicaces ojos examinaban a Clayton—. Capitán, estamos dispuestos a ofrecerle dos alternativas.

—¿Sólo dos? —Clayton se mofó del general.

—Modifique su actitud —pidió urgentemente Whitehall—. Conteste nuestras preguntas rectamente. Ayúdenos a comprender y curar este furioso odio. Coopere honradamente con nuestros esfuerzos para establecer relaciones amistosas y trato pacífico con la Nueva Europa.

—Su otra alternativa. —Clayton se encogió de hombros inquietamente.

—Eutanasia.

Los verdosos ojos de Clayton mostraron perplejidad por un instante.

—Oh. —Hizo una señal de asentimiento, con una amarga sonrisa—. La muerte tranquila; ¡su fina y científico nombre para el asesinato!

—Usted procuró destruirnos a todos —replicó ásperamente el general—. Usted ciertamente mató a ese guarda. Ha sido convocado un tribunal militar. Si persiste en su provocación, no cabe duda acerca del fallo.

—Bien no se lamente por ello. —Un atrevido destello iluminó los ojos de Clayton—. En su lugar, yo sé cuál sería mi fallo, sin sentimientos en absoluto. Pero usted me sorprende. Quizás ustedes, los americanos, son mejores de lo que creía.

—Usted es un hombre extraño, Clayton. —Whitehall movió la cabeza tristemente—. Aquí, en América, respetamos la vida humana. Aun en su caso, ésta ha sido una difícil y penosa decisión. Pero al menos le puedo asegurar que cuando llegue el momento se ordenará al médico del ejército que cuide de que usted no sufra ningún dolor.

—¡No estoy llorando!

Clayton se permitió una irónica sonrisa. ¿Quién, se preguntó, sería el médico del ejército?

 

 

CINCO

 

Barry Thane fue al Exterior esa noche.

El capitán Steadman lo fue a esperar en la estación de Key West y lo llevó en un pequeño helicóptero de la Guardia a una rasa isleta de coral que era cortada por el Anillo. Tres ingenieros de la Guardia estaba allí por delante de ellos, montando y probando el reparado polarizador. El pequeño aparato de inofensivo aspecto estaba empernado a una maciza plataforma, asegurado al coral con larga alcayadas de acero. Los cables de control corrían hacia un tablero en un hondo hoyo del suelo, a un centenar de pies atrás.

Thane dio un apretón de manos al algo atemorizado y apologético capitán. Se encerró en el traje de aire de tosco aspecto, y subió a la pequeña motocicleta eléctrica para una carrera de práctica en la playa dentro del Anillo mientras estaba esperando a que los ingenieros terminaran las pruebas.

Cuando todo estuvo preparado, apoyó la motocicleta en el invisible Anillo, encima del polarizador. Retrocedió cautelosamente y movió la mano para hacer señas a los hombres que estaban en el hoyo.

—¡Bien, Joe!

Algo dio un estallido semejante a un cercano trueno, y llevó la motocicleta a través del Anillo.

—Bien, Thane —gritó Steadman—. ¿Todo listo?

Thane inclinó la cabeza silenciosamente, en señal de asentimiento. Anduvo alrededor de la plataforma de madera, y apretó su acorazado cuerpo contra la dura y vítrea lisura del Anillo. Mientras estaba esperando allí, hubo de combatir un momentáneo terror. Una repentina percepción de todas las otras mortíferas barreras adelante, lo dejó temblante y paralizado.

—¡Buena suerte, Thane!

Se alegró de oír la voz de Steadman, porque ella destruyó su miedo. Movió la mano, con una silenciosa señal. Oyó sonar algo con golpes secos dentro del polarizador, y el Anillo desapareció. La presión del aire, como un tremendo puño, lo lanzó de golpe... ¡al Exterior!

Aturdidamente, Thane recobró el aliento y se levantó dando un traspié. Lento con el traje, arrastró los pies hacia la plataforma. El Anillo estaba ahí otra vez, y chocó con la invisible pared.

Steadman y los ingenieros salieron del hoyo.

Thane podía ver que hablaban, pero no llegaba ningún sonido. Por un momento fue aplastado bajo una penosa soledad. Buscó a tientas los controles de la parte del traje y abrió el receptor de la radio. Un fragor de música de baile norteamericana levantó su ánimo.

Enderezó la motocicleta y subió a ella tiesamente. Con un último movimiento de la mano al capitán Steadman y los ingenieros, descendió la primera árida inclinación de la sima que había sido el Atlántico. Ahora, al fin, no estaba a merced ajena.

Su primer destino era la más cercana avanzada conocida de Nueva Europa, «Point Fury» en las cartas de navegar de Clayton, poco más o menos a trescientas millas del Anillo. Se creía que esa era la base a que había llamado Clayton desde la nave-cohete, para informar de su ataque sobre el generador del Anillo, pero Thane no tenía ningún mapa que mostrara las trampas y los riesgos que lo estarían esperando allí.

La pequeña isla de coral se volvió una aplanada loma que sobresalía en la oscuridad detrás de Thane, y los vigilantes hombres se habían perdido. El aire bajo el Anillo formaba una extraña y vaga nube a través del horizonte occidental, pero las estrellas del Exterior llenaban el resto del cielo como una espléndida y ardiente escarcha.

El vehículo eléctrico se deslizaba sin sonido fuera del aire. El farol formaba un huidizo pequeño lunar de atemorizada luz bajo la opresiva oscuridad.

Debajo de las ruedas, los hierbajos secados por el tiempo se desmigajaban y transformaban en silencioso polvo. Las vacías vainas se disolvían en polvillo.

Thane aumentó la velocidad en unas pulgadas y empezó a aventurarse con los topetazos. El júbilo subía dentro suyo. Esto era aquello con que había soñado desde el día en que por primera vez viera el Anillo. Su corazón empezó a batir. Se agachó más en la silla de la traqueteante motocicleta y sus gruesos guantes se apretaron contra las guías. Saltó por encima de una negra hoya en el seco fondo del mar, y rodeó una roca a carrera tendida y cayó pesadamente.

Ebriamente se levantó con esfuerzo. Sentía calor, y estaba febril. Un pensamiento de aviso apareció oscuramente: estaba respirando demasiado oxígeno. Ajustó las válvulas, y la sanidad volvió lentamente. Otra vez percibió todos los amenazantes peligros al frente. Cerró las válvulas un poco más. Unas cuantas libras de oxígeno pudieran ser el precio de la vida misma, antes que llegara a Point Fury.

Enderezó la motocicleta. Excepto por unos cuantos torcidos rayos de la rueda delantera, parecía no haber sufrido daño. Montó de nuevo y siguió bajando, más despacio ahora, hacia el interior del vacío fondo del mar.

Después, perdió la cuenta de los días. Vivía y luchaba de momento a momento. Tenía una tarea que hacer y estaba procurando hacerla. El tiempo ya no importaba. El cielo estaba siempre oscuro. Por muy extraños que fueran los restos de hendido y negro légamo alrededor de él, o los peñascos de no desgastados montes, no podía perderse.

Sabía la dirección de Point Fury. Siempre podría hallarla, buscando algún familiar grupo de estrellas. Eso era todo lo que tenía que hacer: sólo seguir a las estrellas abajo hacia el interior del vacío mar.

No importaba que el cuerpo le doliera por el esfuerzo, o que la presión del grueso traje le molestara, o que el aire se volviera rancio, o la entumecedora embriaguez del cansancio le pidiera parar. No había otra cosa que hacer sino continuar.

No sabía cuánto tiempo le llevaría subir esa última oscura cadena volcánica que en otro tiempo el mar había anegado. Abruptos precipicios le hadan frente. Una cortante lava lo hacía tropezar y lo estorbaba. Precipitadamente, Thane abrió las válvulas para darse un nuevo chorro de energía.

Era hacia la puesta del sol cuando llegó a la cima de la cadena. Con esperanza miró al otro lado del abrupto desfiladero. Según los mapas de Clayton, Point Fury debía estar a la vista desde aquí, en la cima de otra cadena, sesenta millas más allá.

Desde sus pies, las sombras descendían. Formaban abismos de fría medianoche. Medio temeroso de mirar, dejó vagar sus ojos más lejos. Más allá de la negra y mellada sombra de la cadena, estaba otra desierta llanura, más vasta que ninguna de las que había atravesado. Otra pared de rígidos cerros la hendía, milla sobre milla a lo lejos.

No había ninguna brillante cúpula, ninguna nave-cohete en movimiento, ninguna obra del hombre.

Fatigadamente Thane se sentó sobre un áspero saliente de lava. Una vez, en algún tiempo en el borroso cuadro del pasado, había visto algunas enmohecidas planchas de acero. Debían haber sido parte de una nave hundida mucho antes que el enano arrancara los océanos. Pero ése era el único indicio de que alguna vez habían estado hombres en el Exterior antes que él.

Una sorda desesperación empezaba a desalentarlo. ¿Hallaría en modo alguno a Nueva Europa? Comenzó a tentalear los discos graduados de la radio, ansiosamente, esperando oír alguna voz humana. Pero su aguzado oído captó sólo el silbido de la crepitación y la estática.

El sol se puso. Como una negra corriente de muerte, glaciales sombras subían por el desfiladero. Barry Thane se estremeció dentro del tosco traje de aire y siguió retorciendo los discos de la radio. Lentamente el estruendo de la interferencia del sol se apagó.

Una hora después, llegó la primera voz. Áspera y gutural en los auriculares, sonaba tan extraña como una lengua enteramente ajena, hasta que Thane empezó a recordar su adiestramiento hipnótico.

—...Point Fury.

Otra descarga de estática.

—...rondando Barrera... ningún rastro... muerto por ahora... —La última frase era clara—. Capitán Baronov, quite el contacto.

Thane hizo un movimiento para abrir su propio transmisor de radio, y de rondón detuvo su mano. Esas voces eran demasiado extrañas. Su adiestramiento hipnótico había sido demasiado breve, y los indicios de las anotaciones de Clayton registrados en cinta, demasiado abocetados. De repente temió llamar.

Toda esa noche estuvo escuchando desesperadamente para oír fragmentos de habla. Susurrando roncamente dentro del grueso casco, ensayó el duro acento. Estaba todavía ensayando, después que el naciente sol había cortado la transmisión por radio, cuando empezó a notar que el aire se estaba enrareciendo dentro del traje.

Su suministro de energía estaba fallando. Todo ese día Thane estuvo inmóvil a la sombra de una roca, acumulando su energía, parando la asfixia. Lo acometió un aturdidor dolor de cabeza, y se sentía miserablemente enfermo. Mucho antes que viniera la noche, juzgó que había estado esperando demasiado para llamar. Cuando al fin el sol se hubo puesto, hasta la radio estaba casi apagada, para que pudiera utilizarla.

—Llamada a Point Fury, —susurró débilmente en el micrófono—. Aldebarán está llamando. —Al parecer Aldebarán había sido la designación de Clayton, en alguna clave de comunicación—. Llamada...

La pronta respuesta lo sobresaltó.

—Aldebarán, ¿dónde está usted? —La voz era tenue en el agonizante receptor, pero tenía una crepitación de excitación—. Hemos estado buscando... ¡La nave-cohete Avenger, a Aldebarán! ¿Nos puede dar su posición?

—El Friendship, perdido —dijo Thane, jadeando—. Estoy con traje... a sesenta millas al oeste. —No estaba fingiendo, y entonces su voz empezó a vagar incoherentemente—. Mensaje de América... No puedo respirar... La energía se va...

—Persista, Aldebarán —profirieron vivamente los auriculares—. Le recogeremos.

—¡Dense prisa! —soltó Thane—. No puedo... respirar...

Mantuvo el farol destellando hacia el este. Pronto un azulado resplandor de cohetes creció y descendió entre las estrellas. La nave paró a un centenar de yardas de Thane, con silenciosas ráfagas de iones que pintaron las ásperas puntas de lava con blanca incandescencia.

El Avenger era mayor que el Friendship y no llevaba ningún disfraz para hacerlo parecer una inofensiva roca. Los lisos y ahusados contornos de su soldado casco gris eran abiertamente malignos y mortíferos. El resplandor de los «jets» se había desvanecido, pero un proyector alanceó a Thane cegadoramente. Fulguraron unas luces desde la abierta válvula en la base de la derecha nave. Lámparas portátiles se movían hacia él con sacudidas, a través de la lava.

 

 

SEIS

 

Unos hombres irguieron a Thane con estirones. Ásperas voces llegaban hasta él débilmente. No podía entender los confusos sonidos que atravesaban el traje. Se meneó para mostrar que estaba aún vivo y en seguida se sosegó. Lo transportaron por entre los pasillos de la nave-cohete y le quitaron el traje. Respiró aire puro otra vez. Un elevador lo subió. Lo metieron en una cama. Una brutal presión lo aplastó contra ella y conoció que la nave-cohete estaba volando. Oyó voces.

—Capitán Clayton, puede usted hablar?

Thane musitó algo y dejó que sus ojos se abrieran lacrimosamente. Unos hombres lo rodeaban. Asumió una vaga e invidente mirada, pero se las arregló para ver mucho. Estos hombres —oficiales, indubitablemente, del Avenger— llevaban uniformes pardos con estrellas rojas en las mangas. ¿Significaba eso que eran miembros del misterioso partido de la Estrella Escarlata?

Empezaron a dispararle preguntas.

—¿Qué le ocurrió en América? ¿Se siente bien? ¿Qué le ocurrió al Friendship? ¿Tienen los norteamericanos obras de fortificación, además de la Barrera? ¿Aconseja usted que el almirante Gluck ataque?

Thane escuchaba y musitaba de una manera ininteligible. Podían creer que estaba delirando, lo cual era, sin embargo, casi cierto. A pesar de las impacientes preguntas, mostraban respeto. Clayton, se dio cuenta, debía ser cabalmente importante.

Al fin, el empuje del cohete cesó. La nave se ladeó y quedó inmóvil. Thane supo que habían aterrizado. Procuró reunir sus recursos. No quería la atención de los médicos, los cuales pudieran con demasiada facilidad encontrar las cicatrices de las operaciones faciales. Trató débilmente de incorporarse en la cama.

—Hola —musitó—. De modo que ustedes me recogieron, ¿eh?

Creía que su acento no era malo y esperaba que la efectiva debilidad de la voz ocultaría cualesquiera defectos. Un grueso hombre vestido de pardo dio prontamente unos pasos hacia el lado de la cama.

—¿No me conoce, Clayton? ¡Su antiguo amigo Baronov! Parece que llegamos justamente a tiempo.

—¡Gracias, Baronov! —Thane procuró apropiarse la sonrisa de Clayton—. Supongo que estaba casi muerto. ¿Dónde estamos?

—Tiene que reanimarse. —El hombre grueso parecía estar perplejo—. Acabamos de descender en Point Fury. El almirante Gluck me ha indicado que lo lleve a usted a bordo del Némesis, para informar en seguida. ¿Puede sostenerse?

—Así lo creo —farfulló Thane.

—Reserve el habla para el almirante. Se sentirá mejor cuando se haya limpiado.

Unos ordenanzas de uniforme pardo lo ayudaron a dirigirse al cuarto de baño. La menuda rociada de agua era desconcertante, hasta que recordó cuan preciosa debía ser el agua en el Exterior. La ducha le despertó a una renovada conciencia de los muchos peligros que le esperaban.

La barba de su rostro era sólo un poco oscura, pero se alegró de la oportunidad para afeitarse con una navaja de raro aspecto. Se dejó el corto bigote cobrizo. El espejo lo alentó, porque devolvía la atrevida sonrisa de verdes reflejos de Clayton.

Barry Thane estaba espantado de los interminables riesgos de esta desesperada partida de juego, pero ésta era justamente la clase de aventura que hacía más intenso el goce de la vida para Clayton. Ayudó a Thane tratar de imaginar que él era realmente el osado y aguerrido hombre de dura mirada cuyo rostro exhibía.

Los ordenanzas habían dispuesto un uniforme pardo que le sentaba bastante bien. Trasladó a los bolsillos la cartera de plástico de Clayton y la carta de la Junta de Control de las Corporaciones Americanas a Atlantis Lee. El ascensor central lo dejó a él y al capitán Baronov en la base de la nave-cohete. Unos ordenanzas los ayudaron a ponerse los trajes de aire. Entraron en la válvula, las bombas latieron, la puerta exterior se abrió con ruido estridente. Thane tuvo la primera vislumbre de Point Fury y se estremeció dentro del grueso traje.

Era de día otra vez. El deslumbrante sol había vuelto al oscuro e inmutable cielo, encima de una abrupta pared de montañas que marchaba entintada de negro al través del este. Point Fury era una toscamente nivelada meseta, punteada con bajas cúpulas de metal gris. Sobre ella estaba una flota de naves-cohetes.

Los ahusados cilindros grises se mantenían a plomo, sustentados por angulares puntales de aterrizaje. Relucían bajo el sol y arrojaban largas, severas y negras sombras. Eran como hileras de bombas de alguna antigua fábrica de municiones, anteriormente a la época del Anillo. Eran como monumentos de metal de algún fantástico cementerio de gigantes.

Una fría mano de temor agarró el corazón de Thane. América no tenía ninguna arma que pudiera impedir a estas dañosas máquinas destruir el generador del Anillo, ni podía esperar hallar una. Y esto, ásperamente se recordó a sí mismo, no era más que Point Fury. Por lo que sabía, podía haber otras trece flotas, o treinta. Dentro del grueso casco, tomó asiento. ¡Sencillamente, no podía fracasar!

Un coche blindado estaba esperando cerca de la esclusa de aire. Thane y Baronov subieron y el coche se alejó a través de un siniestro bosque de cohetes. Traqueteaba pesadamente con las rocas, pero no había ningún ruido. El silencio del Exterior se hacía extrañamente opresivo.

Las válvulas del Némesis se abrieron para ellos y un ascensor los llevó al alojamiento del almirante Gluck. Unos guardas de pardo les dieron entrada a una pieza guarnecida con un exótico despliegue de armas, variando desde torcidos «boomerangs» de madera a un a un duplicado del arma de la parálisis de Clayton.

—¡Bien, Clayton!

La aguda e impaciente voz era singularmente fuerte, casi chillona. Salía de un delgado hombrecito que estaba sentado detrás de una mesa de escribir. Mientras hacía un raro saludo moviendo rígidamente el brazo con exagerada precisión mecánica, unas medallas tintinearon sobre el pardo pecho.

Thane imitó el saludo. ¡De modo que este era el almirante Gluck! Tenía el cabello lanudo, de un gris de hierro; espesas y canas cejas encima de unos penetrantes, oscuros y hondos ojos; y un exuberante bigote teñido de rubio. El rostro era enjuto y severo, parduzco como el uniforme.

—Póngase cómodo, capitán. —El almirante Gluck se sentó con un retintín de medallas—. ¿Su informe?

Thane tomó aliento y trató de recordar todo su adiestramiento hipnótico. Dejó que su delgado cuerpo se combara, cediendo a la real fatiga que sentía. No hizo nada para impedir que su voz sonara débil y ronca.

—El Friendship penetró en la Barrera sin peligro según lo ordenado, señor. En una pequeña isla de la Corporación de Florida, apresé a un miembro de las fuerzas de defensa norteamericanas, que llaman la Guardia del Anillo.

Los perspicaces y hundidos ojos del almirante Gluck se estrecharon.

—¿Qué le pasa a su voz? —chilló impacientemente—. Apenas puedo entenderle.

Thane rió, con una ronca y breve risa de disculpa.

—Lo siento, señor. Un resfriado por el traje de aire. —Eso era una diagnosis que había oído por casualidad—. Temo que he estado practicando el americano por tanto tiempo que ello es natural para mí.

—Continúe. —Gluck se encogió de hombros impacientemente.

—Este americano me llevó a un aterrizaje de golpe —le explicó Thane—. Usó un arma de mano.

La boca de Gluck se abrió, descubriendo unos amarillos colmillos.

—¿Qué arma de mano podía destruir a una acorazada nave cohete? —dijo abruptamente, con asombro.

—Parecía algo así como una arma de parálisis —dijo Thane—. No producía ningún rayo que se pudiera ver, sino metal destrizado. Duro acero transformado en fino polvo gris. Oí llamar al arma un decoherente.

—De... decoherente, ¿eh? —La voz de Gluck titubeó. Su oscuro rostro se volvió más oscuro de ira—. Los mimados renegados creen que pueden desafiar a la Estrella Escarlata, ¿no? —Sus menudos ojos chispearon sutilmente—. ¿Cómo está protegido el mecanismo de la Barrera?

Thane movió su bronceada cabeza y tomó un aire solemne.

—Lo llaman el generador del Anillo —dijo—. Está rodeado con ocultas baterías de decoherentes. No aparatos de mano, sino potentes proyectores que pueden enviar el rayo a dos mil millas, todo el camino hasta la... la Barrera.

Eso era casi un desliz. Thane sintió un ligero hormigueo de miedo, pero Gluck no había prestado atención. El almirante golpeó la mesa con un nudoso puño.

—¡La Estrella Escarlata los aplastará, sin embargo! —chilló.

—Ciertamente, señor.

Gluck repitió el saludo de rígido movimiento del brazo y Thane correspondió prontamente.

—Continúe —instó vivamente el general—. ¿Cómo escapó usted?

—No escapé. —Thane imitó la sonrisa de Clayton. No tenía en modo alguno ganas de sonreír, pero sabía que Glenn Clayton se habría reído en esta situación—. ¡Los americanos me soltaron! —Gluck sonrió ásperamente.

—Así, ¿los engañó usted?

Gluck dejó que la risa de Clayton sonara desdeñosamente.

—Encontraron la carta de Atlantis Lee y la llevaron a su gobierno. —Thane dibujó la más lupina sonrisa de Clayton—. Me enviaron de vuelta con un mensaje de paz.

Thane mostró el sobre gris dirigido a Atlantis Lee.

—¿Sabe usted lo que dice? —demandó Gluck.

—Las Corporaciones Unidas están dispuestas a establecer relaciones amistosas. Sugieren un intercambio de embajadores. Están dispuestos a establecer una unida comisión, para tratar el trueque de agua por nuestro petróleo y uranio.

—¡Lerdos necios! —chilló Gluck.

—¡No conocen a la Estrella Escarlata! —Thane sonrió esperando que su endurecido y atezado rostro no mostrara nada de su azorado aturdimiento tocante a qué era realmente la Estrella Escarlata. Ofreció el sobre—. ¿Lo quiere, señor?

—Entréguelo —dijo impacientemente Gluck—. Que su linda amiga avance nuestros proyectos involuntariamente. Quizás debiéramos enviar un embajador, encontrar un medio para que nuestros bombarderos atraviesen estos decoherentes.

—Sí, señor —dijo Thane—. ¿Sus órdenes, señor?

Los penetrantes ojuelos de Gluck le dirigieron una alarmada y cortante mirada. Thane conoció que había cometido un serio error. Clayton no habría pedido órdenes. Hizo una mueca y procuró reír entre dientes, para burlarse de ello. Pero el oscuro rostro de Gluck permaneció frío y ceñudo.

—El Avenger está preparado para llevarlo a usted de vuelta a Churchill Dome mañana —dijo—. Puede presentar este mensaje de los plutocráticos americanos a Atlantis Lee. Ciertamente, usted se tomará algún tiempo para descansar de las fatigas de la expedición.

Las espesas cejas se alzaron con gesto de comprensión.

—Gracias, señor —respondió Thane, sonriendo más abiertamente.

Hizo el saludo de rígido movimiento del brazo otra vez, pero estaba perplejo e inquieto. Evidentemente había algo que ignoraba acerca de las relaciones entre Clayton y Gluck. De algún modo había desatinado.

Estaba ansioso de conocer a Atlantis Lee, aun cuando esa entrevista podía ser la más seria prueba para su disfraz.

Thane estaba un poco sorprendido de sí mismo. Esta era la clase de temeraria aventura que atraería a la atrevida audacia del capitán Clayton, pero realmente él mismo se identificaba con esa sonrisa. Había algo obsesionante en la fotografía de Atlantis Lee.

Las inmediatas palabras de Gluck fueron un golpe para él.

—Convocaré una conferencia general del estado mayor a bordo del Némesis. Será necesario que usted presente un detallado informe de su expedición a través de la Barrera y conteste todas las preguntas acerca de las defensas de América.

—Sí, señor.

Detrás del endurecido rostro de Clayton, Thane sintió un escalofrío de terror. ¿Significaba esto que el menudo almirante tenía sospechas? Un interrogatorio por hombres que indudablemente sabían que el verdadero Clayton sería una difícil prueba.

Quizás nunca vería a Atlantis Lee.

 

*   *   *

 

El despacho de Whitehall, en el viejo edificio gris del cuartel general de la Guardia del Anillo, quedó de repente silencioso. Hasta el reloj en la rasa desnudez militar de la pared pareció cesar en su apagado tictac.

La doctora Della Rand trató de respirar de nuevo, se esforzó para mover su helado rostro, para hablar. Pero no podía hacer otra cosa sino mirar al viejo general, que se mantenía muy serio y tieso detrás de la pulcritud militar de su escritorio. Había juzgado que el general era bondadoso, pero ahora su aire de severa decisión la aterrorizaba.

El imponente chillido de «jets» de nave-cohete quebró ese penoso silencio. Lentamente, Della Rand miró por la ventana. Algo que se parecía a una áspera y parda roca descendía hacia el campo de vuelos, provisto con un cojín de viva llama azulada. Se posó en suave aterrizaje y el chillido de los «jets» fue acallado.

—La máquina de Clayton —comentó Whitehall—. Los ingenieros la están probando hoy. —Volvió la vista hacia Della Rand y discernió la oscura sombra de dolor en sus ojos—. Lo siento, doctora Rand. Hace mucho tiempo que la pena de muerte fue necesaria en la civilizada América, pero esa es la sentencia. En semejante caso, que implica la seguridad del Anillo, no se concede apelación.

Della tomó aliento con un ligero jadeo.

—Quizás ha de dársele muerte. —Su voz sonaba falsa y ahogada y extraña—. Pero, ¿por qué tengo que ser yo quien lo haga?

Detrás de su severa apariencia militar, el menudo y viejo miembro de la Guardia parecía estar incómodo.

—Es necesario el sigilo —explicó—. Es posible que los del Exterior hayan enviado otro emisario secreto al interior del Anillo para averiguar qué se hizo de Clayton. Si los del Exterior se enteraran de que Clayton ha muerto, eso sería el fin del disfraz del teniente Thane.

Della hizo una breve señal de comprensión con la cabeza.

—Usted es el único médico que ha estado relacionado con el caso —prosiguió Whitehall—. No quiero coger a otro. Le estoy encargando que administre la eutanasia, por consideración a Clayton. Por supuesto, usted es libre para rehusar. En ese caso, llamaré a un pelotón de fusilamiento para que acabe con Clayton.

Las vigorosas manos de Della se cerraron.

—¿Puede dárseme tiempo... para pensarlo?

—La sentencia debe ser ejecutada inmediatamente —dijo el general, moviendo la cabeza—. Ya he enviado a buscar una ambulancia para que conduzcan el cuerpo de Clayton al horno de incineración de Ring City. Si quiere rehusar, dígalo ahora.

Della procuró tragar el seco y áspero dolor de su garganta. Con un esfuerzo impidió que entrara en su pensamiento la atrevida sonrisa de los verdes ojos de Clayton. Su deber parecía claro. Con un débil y ronco susurro, dijo:

—Lo haré.

Whitehall sonrió con grave aprobación.

—Cuando lleguen al horno de incineración —agregó—, no pongan el nombre de Clayton en los certificados de defunción. Desígnenlo como John Doe, un enemigo del Anillo.

Mientras se dirigía hacia el blanco edificio del hospital, Della Rand se detuvo para mirar al Friendship. La cuadrilla de obreros de las pruebas estaba justamente saliendo a través de la válvula. Subieron a un coche que estaba esperando y se alejaron.

Della sintió que se le hacía un penoso nudo en la garganta. Sabía cuan destructiva era esa máquina, pero a pesar de ello era un símbolo de potencia volante. Representaba la fuerte energía de Clayton. Ahora ella iba a ajusticiarlo con una anónima muerte, como un enemigo del Anillo.

La ambulancia la sobresaltó. Había llegado bajo silenciosa potencia eléctrica, pero los neumáticos chillaban sobre el pavimento mientras paraba junto a la puerta lateral del hospital. Dos hombres llevaron unas andas hacia el interior del edificio para esperar al cuerpo de Clayton.

Della se apresuró. El sol matinal fue de repente privado de calor. Su cuerpo estaba entumecido y la estremeció un ligero temblor. El mundo ya no era enteramente real. Sus movimientos eran rígidos y mecánicos.

Encontró el botiquín en la sala de los armarios, en el piso inferior. Entró en el laboratorio para mezclar gotas cristalinas de muerte instantánea. Con manos que eran como expertas máquinas, ya no parte de ella, llenó la pequeña aguja.

Los guardas la dejaron entrar en el cuarto de Clayton. Las macizas ventanas, con alguna especie de vidrio, ofrecían una atormentadora vista del extenso campo de vuelos, con la oscura y mellada figura del Friendship al margen. Pero eran más fuertes que planchas de acero. No necesitaban rejas.

Clayton yacía en un colchón sobre el suelo. Sus manos estaban maniatadas. Sus tobillos estaban encadenados; una corta cadena los afianzaba a una argolla de la pared. La Guardia del Anillo no se aventuraba.

—Hola, preciosa.

Las cadenas hicieron un débil y ligero retintín mientras Clayton se incorporaba en el colchón. El capitán sonrió a Della. Por el momento, los ojos de Clayton no contenían más que divertimiento. Su voz era alegre y tranquila, como siempre.

Della simplemente se paró allí, el negro botiquín agarrado con sus viscosas manos. Su entumecido cuerpo dejó de existir. Una densa oscuridad se estableció en el cuarto. No podía ver nada excepto el sonriente rostro de Clayton.

—Adiós —dijo Clayton—. Fue muy amable en venir.

Della se adhirió a sus palabras y ellas la sostuvieron. Repentinas lágrimas anegaron sus secos y dolientes ojos. Clayton sabía que iban a quitarle la vida y no tenía miedo.

—¿Qué le pasa, preciosa? —preguntó Clayton—. ¿No va a hablarme?

Della no podía hablar. Todo lo que podía hacer era detener su histerismo. La mirada de Clayton descendió del rostro de la joven doctora para posarse en la negra bolsa de sus tiesas manos.

—Oh —dijo tranquilamente el capitán—. ¿Usted es la ejecutora oficial?

Muda y doliente, Della hizo una señal de asentimiento. Asombrosamente, Clayton sonrió otra vez. Las cadenas tintinearon otra vez mientras él se encogía de hombros alegremente. Su voz era la más apacible que Della la hubiera oído jamás.

—No deje que ello la abata —dijo Clayton—. Prefiero tomar la taza de veneno de usted, preciosa, que de cualquiera otra muchacha que conozco.

Algo le ocurrió a Della entonces. El tormento de ese conflicto de su espíritu se hizo más terrible de lo que podía soportar. La atrevida sonrisa de Clayton y esa dulzura de su voz, inclinaron la balanza en su interior. El conflicto estaba resuelto. No fue un acto de razonamiento. Su torturada mente no podía razonar ya. Había sido un conflicto de emociones. Ahora, mientras Clayton sonreía, una emoción alcanzó la victoria. La otra, por el momento, fue simplemente borrada.

De repente su designio fue claro. Todo el entorpecimiento huyó de ella. Sus sentidos y su mente eran más agudos de lo que habían sido nunca. En un santiamén el plan nació. Sus manos eran rápidas y seguras.

Abrió la negra bolsa. Dejando la aguja que había ya llenado de muerte rápida y sin dolor, llenó una distinta con otra cosa.

Clayton la observaba desde el colchón del suelo.

—Es una verdadera delicia, preciosa —se burló su áspera voz—, ver sus exquisitas manos agitando la dosis mortal.

Pero Della juzgó que se había producido un cambio en el tono de Clayton para que sólo ella lo percibiera. Ello le decía que el capitán comprendía. Le daba las gracias por lo que estaba haciendo. Decía que ellos eran compañeros ahora, que audazmente jugaban una desesperada partida.

—Usted es una muchacha fría, preciosa. —La admiración sonaba en su voz—. Es de la clase que a mí me gustan. —Las cadenas sonaron mientras le enviaba un beso—. Adiós. Estoy preparado, cuando usted lo esté.

La nueva aguja fue llenada de un remedo de muerte. Las pocas relucientes gotas fueron mezcladas sin averiguación o pruebas. Della se daba cuenta de que cualquier error pudiera haberlas hecho mortales, pero sabía que no había cometido ningún error.

El general Whitehall estaba en la entrada, observando silenciosamente. Clayton, sonriendo, se las arregló para subirse él mismo las mangas. Extendió los brazos para esperar a la aguja. Le pareció a Della que eran firmes como el hierro. Sus rápidas manos eran firmes, también. Introdujo la menuda punta en la vena y le dio al pistón.

—Adiós, preciosa —susurró penosamente Clayton.

La rígida sonrisa se desvaneció. El corazón de Della se henchió de ternura cuando ella vio el rostro de un cansado y aturdido niño. Clayton se durmió. Las cadenas sonaron mientras él caía de nuevo sobre el colchón. Della guardó la aguja y cogió el estetoscopio.

El corazón de Clayton se agitó y paró. Della entregó el instrumento al general Whitehall. El general escuchó, luego hizo una seña a los guardas con la cabeza. Ellos quitaron las cadenas. Entraron los hombres del horno de incineración, los cuales desplegaron las andas sobre el pavimento y colocaron sobre ellas el fláccido cuerpo de Clayton.

Della siguió escaleras abajo hasta la ambulancia que estaba esperando. Esa marcha pareció tomar un millar de años. Della temía que Clayton se meneara demasiado pronto. La droga debiera mantener el corazón y la respiración retardadas hasta un punto que hacía imposible su descubrimiento durante cuatro o cinco minutos. Después de eso...

—Gracias, doctora. —La reposada voz de Whitehall la sobresaltó—. Acuérdese del certificado.

—Por supuesto, general. —Luego, Della pidió al conductor de la ambulancia, el cual estaba esperando junto a las abiertas portezuelas de la trasera del vehículo—: ¿Puedo ir al horno de incineración con ustedes?

—Ciertamente, doctora. —El hombre hizo una seña hacia el coche con la cabeza—. Entre.

Della caminó despacio hacia el coche y subió al asiento. La llave, observó, estaba en la cerradura. Sabía que debía parecer tiesa y pálida. Pero si estos hombres lo notaban, debían creer que era porque acababa de matar a un hombre, no porque no lo había matado.

La doctora los observaba mientras metían las andas en el vehículo. Silenciosamente se deslizó por detrás del volante, hizo girar la llave. Su pie dio con el acelerador. Estuvo esperando. Apenas podía respirar. Su corazón se paró. Al fin cerraron las portezuelas. El conductor y los dos otros dieron la vuelta y se acercaron.

—Insistan. —Della captó parte de la orden de Whitehall a los guardas—. Déjenlo dentro del horno. No podemos llevar...

Della pisó el acelerador con fuerza. Los neumáticos chillaron bajo la repentina presión de la potencia eléctrica. La ambulancia se alejó del sobrecogido grupo con una arremetida. Un jadeante grito se apagó gradualmente.

La ambulancia giró sobre dos ruedas, atravesó el césped del hospital traqueteando y pasó con furia una cerca de madera pintada de blanco. Dando tumbos y saltos, atravesó el campo de vuelos velozmente, con dirección al mellado y parduzco casco del Friendship.

—Gracias, preciosa.

La áspera voz de Clayton sonaba aún jadeante por el temporal efecto de la droga. Un poco pálido, el capitán subió al asiento delantero al lado de Della.

—¡Hábil trabajo!

Registrando rápidamente el compartimiento de los guantes, Clayton encontró una maciza pistola automática. No la necesitaban y no tenían tiempo para usarla.

Della no puso los frenos hasta que estuvo a unas cuantas yardas del Friendship. El casco de acero de la nave ultimó la tarea de parar la ambulancia. Clayton había abierto la portezuela del coche de golpe. Se dirigieron hacia la abierta esclusa de aire dando trompicones.

Los guardas atravesaban el campo corriendo. Balas perdidas habían empezado a silbar por encima del casco de acero de la nave-cohete, pero en un segundo más estuvieron a bordo. Clayton cerró la válvula de sopetón y corrió hacia los mandos.

—Tienen coches blindados —dijo Della, con voz entrecortada—. Tres de ellos... bajo lienzos alquitranados, en los hangares... con cañones.

—No te inquietes, preciosa. —Clayton levantó la voz por encima del creciente chillido de los cohetes—. Estaremos a un centenar de millas de altura antes que puedan destaparlos. ¡Destrozaremos el generador del Anillo antes que sepan lo que ha ocurrido!

 

 

SIETE

 

Le parecía a Barry Thane que pasó un millar de horas junto a la larga mesa metálica de la ropería del Némesis, rodeado de los oficiales de pardo uniforme del estado mayor general del almirante Gluck. Por la larga jornada a través del seco fondo del mar y la tensión de la entrevista con el almirante Gluck, Thane estaba casi al borde final de la fatiga. No trataba de ocultar eso. Ello le ofrecía alguna excusa para no mencionar nombres, o prontamente reconocer caras.

Las preguntas llegaban en descargas de baterías. Era bastante fácil hablar de América. El real peligro era que solía mostrar demasiado conocimiento. A la mitad de las preguntas, dijo que no sabía. A varias, dijo la verdad. Cuanto más se interesaban estos hombres en lo que decía, menos atención le prestaban. No intentó mentir, excepto por insistir en que el generador del Anillo estaba defendido de un modo inexpugnable. Al fin terminaron.

—¡Magnífico trabajo! —alabó el carrilludo Baronov—. La Estrella Escarlata le dará lo que se merece por esto.

Thane sintió un ligero estremecimiento de miedo. No le agradaban los pequeños ojos de Baronov semejantes a los de un cerdo. Varias de sus preguntas habían parecido tenuemente recelosas. ¿Dio a entender Baronov que estaba enterado, que Clayton, de algún modo, había ya revelado la imitación? Pero el rechoncho habitante del Exterior pareció de repente amigable.

—¿Nos retiramos al Avenger, Clayton? Puedo ver que usted está rendido de cansancio. Creo que necesitará un poco de animación para ella, cuando lleguemos a Churchill Dome mañana, ¿eh?

El codo de Baronov se metió en las costillas de Thane.

—Cierto, Baronov.

Thane siguió gratamente hacia el interior del ascensor de la nave-cohete. Realmente estaba rendido de cansancio y en verdad quería estar en la mejor condición posible mañana. Su vida y el destino de América podían depender de lo que ocurriera cuando conociese a Atlantis Lee. A pesar de sus temores, pensaba, el verdadero Clayton mismo no podría haber estado más inquieto por esa entrevista.

De regreso a su pequeñito cuarto, a bordo del Avenger, sacó la fotografía de ella. Sólo que, se recordó a sí mismo, la joven estaba sonriendo para Clayton. Cuanto más quisiera a Clayton, más probablemente había de descubrir el disfraz y más le odiaría cuando lo supiera.

Guardó la fotografía, y se durmió.

La sacudida y el empuje de la aceleración le despertaron. Sabía que el Avenger había ya emprendido el vuelo para Churchill Dome. Se puso el uniforme pardo y un ordenanza le trajo el desayuno: un gran tazón de algo dulce y amarillo.

Los habitantes del Exterior debían tener pocos animales de pasto, se hacía cargo, y probablemente sólo una limitada variedad de plantas. Probablemente este comistrajo era sintético. En verdad, tenía un tenue y picante sabor químico. Tal vianda era un fundamento más de envidia de América, el paraíso al otro lado de la Barrera.

El ascensor lo llevó a la cabina de control de la proa de la nave-cohete. El capitán Baronov no se mostró. El piloto de camisa parda, alegremente, hizo una seña con la cabeza desde los intrincados bancos de mandos.

—Hola, Clay —llamó familiarmente—. ¿Quiere relevarme?

Thane sabía que debiera contestar con el nombre del piloto.

—Gracias —dijo—. No estoy muy bien dispuesto para ello hoy.

El piloto miró curiosamente.

—Algo le debe haber pegado con bastante dureza —comentó—. Usted no es el viejo Clayton de Hierro.

Thane imitó el negligente encogimiento de hombros de Clayton.

—Sí, fue bastante fuerte. —Procuró cambiar de tema—. ¿Cuándo llegamos a Churchill Dome?

—Con cinco minutos de retraso. —Evidentemente, tenía como deber conocer el horario. El piloto le miró de un modo retador—. A menos que usted quiera encargarse del manejo y compensarlos. Pienso que usted está un poco ansioso.

Thane hizo una seña afirmativa, asumió la sonrisa de los verdes ojos de Clayton.

—Hombre afortunado —el piloto pareció ponerse pensativo y bajó la voz—, si el grupo le deja retenerla a ella.

Thane no se atrevió a preguntar qué quería decir. Sentía un poco haberse aventurado a subir aquí. Cualquier manifestación de curiosidad o extrañeza podía descubrirlo. Se alegró cuando el piloto se volvió hacia los instrumentos.

Thane miró por las portillas de observación. La vista era magnífica y espantosa. Olvidando el peligro, tomó aliento con perceptible asombro.

La nave-cohete estaba al menos a un centenar de millas de altura. Era madrugada y largas sombras negras como la tinta hacían al convexo y montañoso paisaje parecer casi tan abrupto como la perdida luna de la Tierra, en fotografías que Thane había visto. El lateral impulso de los cohetes alteraba su percepción de lo de abajo, de tal manera que la rígida y áspera superficie del planeta parecía estar locamente inclinada.

—Usted ha cambiado, Clay. —La alegre voz del piloto lo turbó—. ¡Contemplando el paisaje como un badulaque! Atlantis le ha sorbido el seso, vamos.

Thane se encogió de hombros y trató de sonreír con la viva sonrisa de Clayton. Estaba cada vez más seguro de que tarde o temprano él mismo se descubriría.

Luego el áspero páramo del fondo del océano se inclinó bajo ellos y giró vertiginosamente hacia atrás. Thane sabía que esto era medio vuelo. La nave-cohete era volteada para disminución de la velocidad. Fue a otra portilla de observación, para atisbar la primera vislumbre de Churchill Dome.

—¡Hela ahí!

No había nada que Thane pudiera ver, excepto nuevas extensiones de completa desolación; llano sobre llano de seco légamo, cercados con cordillera sobre escarpada cordillera de agrestes montañas volcánicas de negras sombras. Pero el alegre piloto hacía señas con la cabeza hacia el catalejo al lado de él.

A través de las lentes, Thane vislumbró la ciudad. Estaba situada en la extremidad de una alta, abrupta y oscura meseta. El metal blanco-gris que la amurallaba contra la torva hostilidad del Exterior era probablemente alguna aleación de aluminio. Realmente era más un disco plano que una cúpula. Varias naves-cohetes verticales estaban en el allanado centro de ella. Agrupadas alrededor había un número de cúpulas más pequeñas. Adicionales naves-cohetes estaban colocadas sobre un largo y oscuro rectángulo.

Thane se sobresaltó por la animada voz del piloto.

—Cualquiera creería que usted nunca había estado aquí.

De mala gana, Thane abandonó el catalejo. Juzgó que más valía que saliera de aquí antes que él mismo se descubriera.

—Hasta luego. Tengo otro informe para redactar.

Thane regresó a su camarote. El carrilludo y amoratado capitán Baronov entró unos momentos después y empezó a hacer más preguntas sobre América. El oficial de ojos de cerdo parecía estar ansioso y amigable, realmente demasiado ansioso y amigable. Thane procuró no mostrar su alivio cuando el Avenger aterrizó.

La nave descendió sobre la achatada cima de la baja cúpula de metal. Las ruedas pararon después que los puntales de aterrizaje hubieron absorbido el sacudimiento y unos braceros con trajes de aire hicieron rodar la nave sobre una válvula por la techumbre de la ciudad. La válvula del fondo fue cerrada frente a la abertura, para que el elevador de la nave la pudiera bajar al interior de la ciudad.

Thane salió de la pequeña jaula con el capitán Baronov a su lado. No debía parecer interesarse o asombrarse demasiado, pero su vida pudiera depender de lo que podía prontamente ver y comprender.

El elevador había descendido dentro de un extenso espacio, semejante a un cubierto descargadero. Arriba y abajo de él, otras jaulas estaban subiendo y bajando. Había pilas de cajas, fardos, barriles y lucientes barras de metal. Hombres sudorosos estaban trasladando carga con silenciosos camiones eléctricos y grandes grúas. Thane estaba un poco sorprendido de estas muestras de vigor y eficiencia industrial. Churchill Dome no se parecía a una ciudad a punto de perecer por falta de unos cuantos galones de agua. Quizás Clayton había estado mintiendo.

—¡Hela ahí, Clayton!

Era la voz de Baronov. Otra vez Thane pensó que el hombre parecía demasiado amigable. Sus ojuelos parecían casi suspicazmente atentos. En un momento, sin embargo, Thane olvidó todos sus temores, porque vio a Atlantis Lee.

—Hola, Glenn.

La muchacha se paró enfrente de él. Sus violados ojos sonreían gravemente. Era más atractiva de lo que había sugerido la fotografía. La pura belleza de ella hizo palpitar su corazón con un placentero dolor. Luego fue agitado con unos negros y agudos celos de Clayton.

Atlantis Lee estaba hablando otra vez. Thane apenas podía oír sus palabras. Sabía que la voz de ella era suavemente melodiosa, de algún modo enteramente libre de la gangosa bronquedad que parecía caracterizar el inglés de Nueva Europa.

—Me alegro de que llegara al país sin contratiempo alguno —dijo Atlantis Lee—. ¿Tiene una respuesta de los americanos, Glenn? —La ansiedad ponía tirantez en su voz y había un frío tono de desdén—. ¿O le permitió la Estrella Escarlata entregar nuestro mensaje a América?

Thane vio la herida en los violados ojos. Desesperadamente rompió el pánico que lo encadenaba. Tomó aliento y otra vez trató de imaginar que era el verdadero Glenn Clayton. Trató de sonreír con la viva sonrisa de los verdes ojos de Clayton.

—Eres tan bella...

El capitán Baronov estaba cerca. Sus ojos, parecidos a abalorios, estaban pronto vigilantes. Thane pensó que el grueso hombre se había atiesado imperceptiblemente ante la mención de la Estrella Escarlata que hiciera la muchacha. Pero procuró no extrañarse de eso.

Hizo la cosa que estaba seguro que el verdadero Glenn Clayton habría hecho. Atrajo a la muchacha hacia sí con sus vigorosos brazos. Su ávido rostro rozó el fragante cabello de ella. La besó con anhelo.

En el siguiente instante Thane sabía que había cometido un error.

 

*   *   *

 

Las baterías antiaéreas alrededor del generador del Anillo y del cuartel general de la Guardia del Anillo rugían, dibujando en el cielo blancos diseños, pero el huidizo Friendship era demasiado veloz para sus buscadores. El chillido de los cohetes se apagó mientras la nave atravesaba la estratosfera.

Los oscuros ojos de Della Rand examinaron la viva sonrisa de Clayton.

—¡No será destrozado el generador del Anillo! —Su voz era baja y agitada—. Pensé en eso antes que lo ayudara a escaparse. Sabía que habían sido descargados del Friendship todos los pertrechos de guerra. Eso fue una precaución de seguridad tomada antes que empezaran los vuelos de prueba.

—Gracias, de todos modos, preciosa.

Glenn Clayton cerró los controles. Dirigió hacia Della Rand sus verdes ojos brillantes de júbilo. La estrechó entre sus vigorosos brazos y la besó. A pesar de la monstruosa alarma ahora despierta dentro suyo, a Della le gustaba la cruel presión de los labios de Clayton.

—Eso no importa —le dijo Clayton—. De aquí a tres horas estaremos de vuelta a Point Fury. Cargarán otros proyectiles allí y podemos dejar aviso sobre el teniente Thane.

Della Rand sacó su flexible cuerpo de los brazos de Clayton.

—¿Cree usted que le dejaré hacer eso? —El rostro de Della se había vuelto un poco pálido, pero sus oscuros ojos centelleaban—. ¿Cree usted que le dejaré destruir a América?

—¿Qué pensabas que estabas haciendo, preciosa, cuando me libertaste? —dijo Clayton, sonriendo.

—No tenía tiempo para pensar. Sólo sabía que no podía matarlo. —Della miró azorada al atezado rostro de Clayton, se mordió su tremulante labio—. Quizás podríamos esconder la nave en alguna parte. Usted no puede continuar con este insensato ataque contra el Anillo.

El rostro de Clayton se puso ceñudo.

—La Estrella Escarlata no debe nada a América. El quebrantamiento de la Barrera nos dará el agua que necesitamos. Eso ha sido proyectado desde el tiempo en que América no era más que una desagradable leyenda. Todas nuestras ciudades están edificadas donde no serán inundadas cuando vuestro pequeñito océano se vierta.

Della Rand procuró no estremecerse.

—Usted debe algo a una norteamericana —le recordó—. Me debe la vida.

Clayton le dirigió su sonrisa de verde fulgor.

—No te preocupes, preciosa —dijo—. Te voy a pagar esa deuda, personalmente. —Sus fuertes dedos asieron el brazo de Della, la atrajeron casi rudamente hacía él—. De este modo.

Della cedió al beso. Lo encontró extrañamente dulce, pero ya estaba pensando lo que debía hacer. Le había sido imposible destruir a Clayton. Le era igualmente imposible dejar que Clayton destruyera América.

—Gracias, querida —susurró Clayton—. No dejaré que lo sientas.

Pero Della podía ver que los ojos de Clayton permanecían alertamente vigilantes. Quizás ella tenía la sombra de una probabilidad, pero sabía que no sería fácil.

Cuando el gemido de los cohetes se aquietó, Della se dio cuenta que estaban por encima del coercitivo aire. El cielo era de negro morado arriba y gris y nebulosa combadura de América giraba bajo ellos. En el momento en que Clayton volvió a coger los controles, Della se alejó de él.

—Espera —dijo Clayton—. Más vale que permanezcas donde puedo observarte.

La pistola que Clayton había encontrado dentro de la ambulancia estaba metida en su cinturón, A Della le inquietaba creer que Clayton la usaría contra ella sin vacilar. Observaba las tostadas y activas manos del capitán sobre los mandos. Clayton siguió hablándole tranquilamente, como si estuvieran en armonía. Pero Della sabía que era imposible hacer algo ahora. Podía, solamente, esperar que llegara la oportunidad.

No sabía exactamente cuándo atravesaron el Anillo, pero vio que el brumoso Atlántico se estaba escabullendo tras ellos, como si fuera cortado por una larga y encorvada hoja. Debajo estaba el árido y montañés páramo, donde antiguamente el mar había existido en el Exterior.

Clayton pareció sosegarse. Sonrió a Della y empezó a probar un nuevo arreglo.

—Hemos salido de la Barrera. De aquí a media hora podemos dar la señal a Point Fury y decirles que envíen patrullas para buscar a Thane.

Media hora... Todavía había una probabilidad.

—Bésame, querida —dijo Clayton—. No lo sentirás.

Toda la fuerza y la celeridad de cirujano de Della afluyeron a los dedos que arrebataron la maciza automática del cinturón de Clayton. Della no estuvo esperando para amenazarlo, porque ninguna amenaza habría significado nada para Clayton. El capitán habría aprovechado cualquier demora para recuperar el arma.

Della disparó inmediatamente, pero su habilidad de cirujano estaba bajo freno. No quería matarlo. Fuese Clayton lo que fuese, no quería hacer eso. No intentaba hacer nada que su destreza no pudiera reparar.

La pistola hizo un ruido espantoso. Saltó en su mano y humo caliente acarició su rostro. El vigoroso cuerpo de Clayton se movió a impulsos, acusando el impacto de la bala. Della sintió un pinchazo de dolor, como si hubiera sido su propia carne, pero se adhirió a su propósito. Se alejó de Clayton antes que él pudiera tomar fuerzas. Metió otra bala en la radio, para que no pudiera enviar el mensaje que descubriría a Barry Thane.

—¡Ganaste, preciosa!

La voz de Clayton no parecía contener ira, sólo admiración. La bala había desgarrado su costado horriblemente. Debió haber penetrado más hondo de lo que Della se propusiera. Ya estaba manando sangre, pero el pálido y tieso rostro de Clayton trató de sonreír.

—Déjame ponerla más baja —susurró Clayton—. Puedo resistir a eso.

Se adhirió por un momento a la consola, luego se bajó cuidadosamente hacia el interior del grueso asiento de metal. Todavía hábiles, sus dedos tocaron los controles. La nave giró y Della sintió la quebrantadora presión de la disminución de velocidad.

Ya estaba en cuclillas al lado de Clayton, tratando de detener la sangre. Esa cruel presión lo dificultaba y multiplicaba el esfuerzo de su corazón, pero Clayton bajó la nave-cohete.

La nave aterrizó de golpe, chocando con magulladora y aturdidora fuerza con el flanco de una oscura cumbre volcánica que en otro tiempo el mar había negado. El resistente casco aguantó el golpe. No hubo ningún chillido de aire que se escapara.

—Bien, querida —susurró Clayton—. Aquí estamos.

La conciencia salió de él con la goteante sangre, pero Della lo sacó del asiento. Con una fuerza que nunca había sabido que tuviera, lo llevó a la litera. Encontró un botiquín quirúrgico de urgencia y curó la herida.

Clayton viviría.

No estaba segura de que la radio hubiera sido completamente destruida. Se aseguró. Luego, con un fuerte tirón, destrozó el polarizador. Rompió todo el delicado equipo alrededor de los motores de la nave-cohete, reduciéndolo a disformes trozos. Pensó en las rodadas de oruga, y recordó que no habían sido repuestas cuando la desmontada máquina fue juntada de nuevo. Pensó en el equipo de escape, pero había habido sólo el traje de aire y la motocicleta que Thane había cogido.

Estaban aquí para quedarse.

Pero el reactor aún funcionaba. Debiera durar meses o hasta años, revolviendo el aire, regenerando oxígeno, hasta elaborando alimento. Della había hecho de la máquina una aislada isla, donde estaban, con seguridad, abandonados.

Retrocedió al fin hacia donde yacía Clayton. Toda la atrevida dureza había huido de su rostro. Su monstruoso designio, de destrozar el Anillo y destruir a América, parecía completamente increíble ahora. Sonriendo un poco, Della suavemente alisó la frente de Clayton.

Al fin y al cabo, ella había manejado las cosas bien. Les habría sido difícil esconderse en América. Aquí, suponía, habría escaso peligro. En la cima de esta abrupta extensión, una roca difícilmente sería descubierta. Olvidó que había sido una atareada cirujana. Se permitió fantasear. El desfigurado bulto de la caído nave-cohete era un diminuto mundo, seguro contra la invasión. Ella y el alto habitante del Exterior podían encontrar la felicidad aquí, en cierto modo.

Su sueño continuó. Si alguna catástrofe alcanzaba a América, ella y Clayton podían sobrevivir. El quebrantamiento del Anillo formaría un nuevo mar en el seco valle debajo de ellos. Quizás los antiguos fondos del océano contendrían suficiente aire para que pudieran respirar. Con el tiempo saldrían del Friendship un nuevo Adán y otra Eva.

Della se agachó y sus labios rozaron los de Clayton suavemente.

—Gracias, preciosa.

El débil susurro conmovió a Della. Escudriñando el pálido semblante de Clayton, le dijo lo que había hecho.

—¿Te preocupa realmente, Glenn? —concluyó Della—. ¿Te preocupa mucho?

—No te inquietes, preciosa. —Clayton trató de sonreír—. Realmente no necesitaba regresar. Cuidarán de vuestro audaz emisario secreto norteamericano sin ayuda de mí.

—¿Qué quieres decir? —susurró aprensivamente Della.

—Hay un hombre, llamado Baronov, que quiere mi puesto en el partido. —explicó Clayton—. Le estuve haciendo el juego hasta que pude enterarme de su conspiración. —Los pálidos labios de Clayton sonrieron, como si la fatal intriga hubiera sido meramente un excitante entretenimiento—. Baronov, sin duda alguna, cuidará de Thane. Será una buena broma para los dos.

Della Rand se mordió el labio.

—Oh, si no hubiera destrozado los cohetes...

—Pero lo hiciste, preciosa. —Los brillantes ojos de Clayton se burlaban de ella—. Estamos aquí, juntos. Thane pudiera estar en otro planeta, a pesar del aviso que le puedas dar —sonrió—. ¿Te preocupa... tanto?

Por respuesta, Della besó sus pálidos labios ligeramente.

El capitán cerró los ojos, meditando. Cuando llegara la hora de salir del Friendship, podría manejar la cosa. Alguna nave-cohete pasaría a la vista de ellos. No necesitaría la radio. Una luz como señal serviría. Sonrió otra vez, pensando en lo que ocurriría cuando Baronov descubriera que había asesinado al falso Clayton.

 

 

OCHO

 

En ese activo descargadero bajo la techumbre de Churchill Dome, Atlantis Lee se atiesó entre los ceñidores brazos de Thane. Sus labios eran fríos para los de él. Se retiraron y la pelirroja secretaria de Nueva Europa habló sosegadamente.

—Suéltame, Glenn.

Eso fue todo lo que dijo, pero la fría sujeción de la voz parecía ocultar algo más que dolor e ira. Su tranquilo tono picaba como una bofetada. Thane la soltó y retrocedió. Sabía que las duras y morenas facciones que la cirugía de Della Rand le había dado estaban abochornadas con un inusitado color de azoramiento. Pero olvidó preguntarse qué habría hecho Clayton.

—Lo... siento —balbuceó—. Por favor...

—Es un poco tarde para sentirlo ahora. —La voz de Atlantis Lee era dolorosa como un azote—. Nunca te pude comprender, Glenn. Ciertamente, no volveré a hacer una prueba.

Atlantis Lee se alejó de Thane, de modo que el grueso capitán Baronov quedó casi entre ellos. El rostro de Atlantis era frío como el mármol y sus violados ojos eran oscuros con la sombra de una vieja herida. Thane no podía comprender a Clayton, tampoco. De repente se encandiló e indignó por todo lo que Clayton había hecho para que esta muchacha lo despreciara de este modo. Pero ese sentimiento no auxiliaba. Tenía otra cosa en qué pensar: su disfraz, su vida y la seguridad de América.

—Lo siento, preciosa. —Trató de sonreír con la firme y atrevida sonrisa de Clayton—. Acostumbrabas a perdonarme.

Le lastimó ver la ira pintada en el rostro de Atlantis Lee, pero sabía que Clayton se habría gozado en ello y siguió sonriendo. La roja cabeza de la muchacha se movió a tirones coléricamente. La lisa columna de su cuello latió mientras ella engullía. Evidentemente trataba de aquietar el dolor y la ira.

—El enojo te sienta bien, preciosa —comentó alegremente Thane—. Engasta una centella en tus ojos.

—¡Por favor, Glenn!

Su voz era baja y grave. Con una ligera inclinación de cabeza, Atlantis Lee pareció desechar todo lo que había ocurrido. Sus violados ojos brillaban con una orgullosa humildad. A Thane se le hizo un penoso nudo en la garganta. Desesperadamente quería hacer las paces, obtener el perdón de la muchacha, quitar todo su dolor. Pero tenía que mantenerse en su papel.

—Bien, preciosa. —Le tiró el grueso sobre gris que contenía el ofrecimiento de paz de América, de agua en un justo trueque. El sobre cayó al suelo. Thane lo recogió y se lo entregó perezosamente—. Esto debiera hacerte feliz.

Thane estuvo admirando la inconsciente gracia de sus manos mientras Atlantis Lee abría el sobre gris y ansiosamente desdoblaba el grueso y rígido membrete de la Junta de Control de las Corporaciones Americanas. Sus violados ojos embebieron el mensaje. Ciertamente, esto la hacía feliz.

—¡Glenn, es maravilloso! Sabía que los americanos no podían ser tan malos como siempre sostuviste. Sabía que serían generosos si les dábamos una oportunidad. —Las lágrimas arrasaban sus ojos—. ¡Glenn, podría besarte! —exclamó.

—Aquí estoy —dijo Thane.

Asombrosamente, Atlantis Lee lo besó de veras. Rió y sus calientes labios rozaron levemente la mejilla de Thane. Él no se atrevió a estrecharla entre sus brazos otra vez.

—Glenn, nunca te pude comprender —repitió Atlantis Lee. Sus azorados ojos escudriñando el rostro de Thane—. Sabías —debes haber sabido— lo que decía esta carta y no obstante me la has traído. —Luego la sombra de una duda se extendió por su blanco rostro—. ¿O es esto sólo otra de tus bromas?

Thane descuidó sonreír.

—No es una broma —dijo seriamente.

—¿Los americanos están realmente dispuestos a ser favorables?

—Sin duda —le dijo Thane—. Creo que nos darían agua para aliviar nuestra temporal escasez, sin ningún pago en absoluto. Pero ciertamente necesitan petróleo y metales. En particular uranio y torio. Están anhelosos de establecer el trueque.

Cerca de Thane, el capitán Baronov hizo un brusco y airado gesto. No dijo nada, pero su craso rostro tenía una hosca expresión. Thane deseó que Baronov no hubiera oído; se preguntó qué quería, qué esperaba. La muchacha misma parecía estar sorprendida.

—¿Piensas realmente eso, Glenn? ¿No estás sólo tratando de lastimarme otra vez?

—Por supuesto, preciosa. —Recordando que era Clayton, Thane sonrió—. ¿Creías que yo era un monstruo de ojos verdes?

—Quizás. —Atlantis Lee escudriñó el rostro de Thane otra vez. Thane vio que la carta temblaba en sus manos—. ¡No lo puedo creer! ¿Vendrás a la Confederación? ¿Los informarás de esto?

Atlantis Lee esperó ansiosamente a la respuesta. Al lado de Thane, el capitán Baronov carraspeó. Fue un ruidoso gruñido de advertencia. Thane vaciló. ¿No tenía Baronov ninguna parte a donde ir? Otro pensamiento lo hizo estremecerse. No le agradaba el modo en que Baronov se pegaba a él. Ahora creía adivinar la intención del grueso hombre.

Había parecido un poco raro que el almirante Gluck hubiera estado tan bien dispuesto a conceder a Thane un permiso de dos semanas. Su inesperado informe sobre el decoherente debió haber producido una crisis en los planes del partido de la Estrella Escarlata, fueren cuales fueren. Era un poco extraño que tan fácilmente pudieran pasarse sin Clayton, el hombre que tenía el mayor conocimiento de América... ¡a menos que el almirante Gluck sospechara algo!

Thane hizo lo posible para no temblar. ¿Le estaban dando cuerda suficiente para ahorcarse? ¿Fue Baronov asignado para espiarlo, para mantener un registro de todos sus deslices y errores hasta que la evidencia fuera clara?

Lentamente Thane retrocedió hacia Atlantis Lee. Ella era una aliada. Además, era hermosa. Sólo el mirarla hacía latir su corazón más aprisa. Sabía que la quería ya. Deseaba decirle quién era realmente, pero no se atrevía. Quizás Atlantis Lee quería la paz con América, pero no obstante era una ciudadana de Nueva Europa. Se preguntó si la muchacha no estaba, inconscientemente y sin querer, todavía enamorada de Glenn Clayton. No podía esperarse que ella ayudara a un espía americano.

Tendría que decirle que fue él quien apresó a Clayton, que había dejado al prisionero bajo sentencia de muerte. Era, en cierto modo, responsable. No se lo podía decir.

—¿Vendrás, Glenn? —pidió urgentemente Atlantis Lee otra vez—. ¿Hablarás a la Confederación?

—Ciertamente, preciosa —respondió Thane, con una abierta sonrisa—. Les diré todo lo que quieras.

Eso no era lo que deseaba decir, pero tenía que mantenerse en su papel. Dentro de las limitaciones de su papel, estaba resuelto a hacer todo lo que pudiera ayudar a la causa de la paz. Si en efecto se iniciaba el trueque antes que se descubriera que la única defensa de América era una mentira, podría evitarse el desastre.

Atlantis le dirigió una prolongada y conturbada mirada.

—La Confederación se reunirá mañana —dijo finalmente—. Sé que la has reducido a nada, pero todavía tiene alguna traza de autoridad constitucional. —Sus hombros se atiesaron de un modo retador bajo la verde capa—. Correré el riesgo de usarla, si realmente quieres venir, Glenn.

—Iré —le prometió Thane.

Atlantis sonrió y le cogió la mano. Su palma era firme y fría e hizo latir el corazón de Thane más rápido. La muchacha empezó a irse, y en seguida retrocedió hacia Thane lentamente. Los ojos de Atlantis tenían una extraña y encantada mirada.

—Está ocurriendo otra cosa con la reunión —le dijo Atlantis—. Uno de los hombres del observatorio ha pedido permiso para hacer lo que él llama una importantísima declaración. No sé lo que es, pero he oído algunos rumores.

—¿Qué clase de rumores?

—No los repetiré, pero creo que debieras prepararte para escuchar lo que el hombre diga. —La expresión de Atlantis mudó—. Si los rumores son ciertos, Glenn, creo que su informe debiera alterar todos tus planes.

Atlantis lo dejó prontamente, antes que Thane pudiera preguntar qué quería decir.

De repente Thane fue molestamente consciente de la presencia del capitán Baronov, que estaba esperando cerca de él; esperando, sospechaba, que hiciera algún fatal desatino. Thane no sabía qué hacer inmediatamente después. No sabía dónde se hospedaba Clayton en Churchill Dome. Ni siquiera sabía dónde se reuniría la Confederación al día siguiente. Sin embargo, Baronov estaba esperando, con sus ojos de cerdo vigilante.

—¿Viene conmigo? —dijo desesperadamente Thane.

—Bueno. —El rostro de amoratados carrillos era una gruesa máscara que no revelaba ningún pensamiento—. Si tiene algo para beber en el apartamento.

Al menos sabía ahora que Clayton tenía un apartamento. Era una alegradora noticia, si Baronov quería guiarlo hacia él. Eso le ofrecería una oportunidad para sosegarse si de repente no aparecían demasiados amigos de Clayton. Después que se librara de Baronov, convenía que pudiera enterarse de unas cuantas cosas por los papeles y los efectos de Clayton.

—Debe haber algo. —Thane hizo un pequeño gesto aburrido—. Me alegro de que usted venga, Baronov. Estoy rendido de cansancio.

—Sí, usted no es el mismo —convino el grueso hombre.

Otra vez Thane hizo lo posible para no estremecerse. Trató de convencerse de que su temor no tenía ninguna base, pero el doble sentido de las palabras de Baronov era claro. Mostrando una fatiga que era bastante real, dejó que Baronov fuera por delante. Otro ascensor los llevó cuatro galerías más abajo. Pisaron el moviente suelo de una calle pasillo. En una esquina bajaron una escalera, hacia otra que marchaba en ángulo recto.

Finalmente Baronov dio un paso en frente de una puerta y esperó a que Thane la abriera. Thane tenía el llavero de Clayton. Afortunadamente la segunda llave que probó encajó por casualidad, pero creía que los ojuelos de animal de Baronov reflejaban renovada sospecha.

El apartamento era más grande y más suntuoso de lo que había esperado. Había media docena de espaciosas habitaciones. El frío aspecto de las paredes de metal era mitigado con tapices. Bien apiladas alfombrillas, tal vez de alguna fibra mineral, cubrían los pavimentos. Thane no sabía dónde buscar una bebida.

—Sírvase usted —dijo a Baronov—, lo que pueda encontrar.

Se hundió en un gran sillón, halló que no tenía que simular fatiga. Baronov entró en otra habitación. Pronto volvió con dos altos vasos. Tosió ligeramente y dijo:

—¿No cree que está yendo demasiado lejos?

Thane pestañeó y evitó estremecerse. Se las arregló para mantener la mano firme mientras aceptaba la bebida.

—¿Qué quiere usted decir? —preguntó.

—Lo descubrirá usted esta noche.

Ello sonaba como una amenaza. Mirando con ironía, Baronov apuró el vaso y se secó sus gruesos labios con el dorso de una velluda mano. Abandonó pronto el apartamento. Confuso e inquieto, Thane cerró la puerta con llave tras él.

Thane empezó una ansiosa busca de información. En el cuarto de dormir había varias fotografías de mujeres, todas diferentes, todas con cariñosas dedicatorias. Eso era difícil de comprender, cuando había habido Atlantis Lee.

Se detuvo para probarse parte de la ropa de Clayton. Las prendas no se ajustaban exactamente. El habitante del Exterior había sido ligeramente más grueso, más alto y más estirado. En la lejana Ring City, formando el plan, Thane apenas había pensado en la ropa. Ahora, mientras que se estaba preguntando qué llevaría cuando hablara ante la Confederación mañana, la cosa tomaba una alarmante importancia.

Las cartas y otros fragmentos de película metálica encontrados dentro de una abultada carpeta no revelaban nada nuevo. Clayton debió haber escondido o destruido todos los documentos importantes antes que se lanzara a la aventura de América.

Últimamente, detrás de un tapiz, Thane halló una puerta de una oculta caja fuerte de pared. Tomó aliento. Quizás esto contenía la prueba que mostraría la conexión de Clayton con la Estrella Escarlata, u otra cosa igualmente revelante. Pero no podía abrir la cerradura de combinación. Mañana procuraría encontrar un cerrajero.

Se asentó para examinar uno de los raros archivos metálicos de periódicos. Los anuncios le dieron nombres de calles y almacenes y puntos de reunión, listas y precios de géneros, un millar de detalles que pudiera desesperadamente tener que conocer.

Una fuerte llamada lo interrumpió. Tenso para hacer frente a una nueva emergencia, abrió la puerta. Baronov se introdujo en la habitación, seguido de cuatro nerviosos nombres de pardo. Todos llevaban armas de la parálisis. El rostro de amoratados carrillos de Baronov estaba mojado de sudor.

—Siento molestarlo. —La voz de Baronov era ronca e intranquila—. Sólo una cuestión de rutina. —Sus temblorosas manos empujaron una arrollada lámina de película metálica gris—. Si usted quiere poner el sello del partido en este documento justificativo.

Thane pestañeó y engulló.

—¿El sello? —Se contuvo y trató de ocultar su asombro. Con estrechados ojos examinó a los sudorosos hombres otra vez—. Para una cuestión de rutina, todos ustedes parecen estar un poco excitados.

—Tenemos información de que Atlantis Lee está convocando una reunión especial de la Confederación. —La voz de Baronov era categórica y siniestra—. Ella está tramando tratar secretamente con nuestros enemigos de América.

—Al contrario —dijo Thane—, Atlantis Lee me informó de esta reunión. Yo mismo voy a asistir a ella. ¿Qué es ese documento?

Baronov le miró enfurecido.

—Esto es una orden de prisión de Atlantis Lee, por sospecha de traición. —La lámina metálica sonó mientras Baronov agregaba—: ¡Ha llegado la hora de que destrocemos el último vestigio de la Confederación!

Thane se adelantó.

—¡Ustedes sabían que yo no pondría el sello a eso! —Hizo restallar su voz con fuerza—. ¡Ustedes sabían que yo iba a hablar a la Confederación!

Baronov evitó inquietamente los ojos de Thane.

—Permítame explicarle ahora —profirió vivamente Thane—. La radical política del partido va a ser modificada. He sabido que los americanos están inclinados a ser amigables. Podemos ganar mucho más con el trueque pacífico que con la guerra. ¡Nunca ordenaré y nunca permitiré otro ataque a la Barrera!

Baronov arrugó el documento y lo tiró al suelo.

—Eso es lo que queríamos saber. —Su voz era un tenso y precipitado graznido—. El designio de la Estrella Escarlata, desde el principio, ha sido destruir la Barrera. Es tan importante vengarnos en los que nos impidieron traspasar la Barrera, como rellenar nuestros propios mares.

Su sudoroso rostro hizo una inquieta mueca.

—He estado urdiendo cogerlo, Clayton —chilló—, desde que usted me apartó de la dirección. Pero no esperaba que se mostrara tan abiertamente. Creía que usted era hábil, pero, ¡ha llegado su hora, traidor!

 

 

NUEVE

 

Della Rand, a bordo del Friendship, había tirado la bala con una destreza de cirujano. Después que la desfigurada nave-cohete embistiera a esa rasa cumbre volcánica, había reparado la herida de Glenn con su cuidadosa pericia de cirujano. No podía fracasar. La firme sonrisa de verde fulgor del alto habitante del Exterior la conmovía con un sentimiento que era tan fuerte como su amor a América. Siempre se había puesto al nivel de las urgencias. Una tranquila confianza gobernaba sus manos. No tenía miedo a un posible error.

La herida sanó rápidamente. Antes de lo que ella había esperado, Clayton pudo abandonar la litera para hacer pequeñas expediciones alrededor de la inutilizada máquina. No mostró gran preocupación por los destrozados motores de los cohetes.

—Bien, preciosa, has salido airosa —la cumplimentó Clayton—. ¡Debe gustarte mi compañía, tomando precauciones tales como esta!

Puso los brazos alrededor de Della y ella tuvo cuidado de no lastimar la reciente herida. Le gustaba la aspereza de su barba. Della cerró los ojos y se permitió soñar otra vez con el nuevo Adán y otra Eva.

Glenn Clayton la dejó soñar. Ahora él tenía un papel que desempeñar y un secreto que guardar. Estaba resuelto a no hacer ningún desatino. La besó, y pronto continuaron con el asunto de hacer un inventario de las provisiones de a bordo.

—El aparato de aire elabora carbohidratos —le dijo Clayton—. Con racionamiento suficiente para mantenerte delgada, podemos aguantar dos años, de cualquier modo. —Sus verdes ojos parecían afectuosos y benévolos—. ¿Te gusta la idea, preciosa?

Sí, le gustaba; y se lo hizo saber a Clayton, porque dos años serían una eternidad de paraíso. Apenas había necesidad de mirar más allá de ese tiempo. Pero Della se permitió soñar con un día en que podrían salir de la nave-cohete para empezar una nueva vida en alguna parte.

Clayton dejó que continuara soñando. Della no puso objeción cuando Clayton montó el telescopio. El instrumento era pequeño. La perfecta visión en el Exterior falto de aire, junto con el potente sistema de ampliación electrónica, hacía superfluas las grandes lentes o reflectores.

—El tiempo aquí será lento, preciosa —dijo Clayton—, hasta para ti y para mí. Hemos de planear nuestras vidas en este pequeño mundo nuestro, continuar haciendo cosas. Echemos un vistazo a las estrellas.

Della no adivinaba su propósito. Estaba ansiosa de acompañar cualquier interés suyo, feliz porque Clayton aceptaba la situación con tan manifiesta alegría. La cabina de control en la proa de la desvalida nave se convirtió en su observatorio.

Glenn Clayton resultó ser un excelente astrónomo. Los habitantes del Exterior durante dos siglos habían vivido bajo perfectas condiciones astronómicas. La catástrofe producida por el paso del enano les había hecho sentir una viva, aun cuando algo aprensiva curiosidad, por los misterios del ilimitado espacio. Clayton, como ya sabía Della, tenía una aguda y ágil mente.

La pequeña pantalla redonda era negra, o a veces gris de polvorientas nebulosas. Las estrellas pululaban por medio de ella y parecían acercarse o alejarse de nuevo mientras los dedos de Clayton movían los controles, Clayton estaba hablando tranquilamente a Della, que estaba sentada a su lado sobre el brazo del grueso sillón, de las maravillas de las constelaciones que exploraban.

Clayton se sobresaltó cuando vio el objeto.

—Podías también haber guardado tu bala, preciosa. —Su enjuto rostro estaba macilento por el prolongado esfuerzo. Su bronca voz tenía una gravedad que era nueva, pero algo lo hacía sonreír burlonamente—. Ese cometa que ves acercarse va a destrozar la Barrera y tu preciada América, más de los que podrían haberlo hecho todos nuestros proyectiles atómicos.

Della se agarró al brazo del grueso sillón para sostén.

—¡El Anillo es fuerte! —protestó—. Suficientemente fuerte para detener los más pesados meteoros.

—Esto es más que un meteoro, preciosa.

Tiesa y sin aliento, Della esperó a que Clayton prosiguiera. Aun ahora su bronca voz sonaba alegremente. A Della le parecía que Clayton gozaba en el peligro. Nunca lo había visto atemorizado.

—Es más que un cometa, también. Es redondo y sólido y no tiene cola. Está todavía tan lejos que no puedo medirlo exactamente. Y aun no he podido calcular su masa. —Los verdes ojos parecían maliciosamente alegres—. ¡Pero puedo conjeturar, querida!

Della probó dos veces, antes que saliera su ronco susurro.

—¿Qué puedes conjeturar?

—Está saliendo de la misma parte del cielo donde desapareció el enano, hace doscientos años, después que hubo arrebatado el aire y los océanos de la Tierra...

—¿Crees...? —Della engulló—. ¿Crees, que es el enano?

—¿Por qué no? —dijo alegremente Clayton—. Es del mismo tamaño. Está viniendo de la misma dirección. Por supuesto los antiguos astrónomos, hace doscientos años, decían que estaba prosiguiendo hacia el interior del espacio, para no volver. Pero la astronomía estaba bastante desorganizada en el tiempo en que pasó el enano. Supongamos que se equivocaran. Su masa era sólo de una fracción de la del sol. Supongamos que fuera atraído hacia el interior de una prolongada órbita perteneciente a un cometa. Supongamos que esté ahora mismo reapareciendo para una segunda visita. De cualquier modo, querida, esa es mi conjetura.

Della miró azorada al moreno y sonriente rostro de Clayton. No sabía qué creer. Quizás todo ello era una broma, o un ardid para lograr que le dejara hacer señales a una nave.

—¿Pasará muy cerca esta vez? —preguntó su baja voz.

—La puntería parece estar mejorando. —Una sombra apagó el vivo fulgor de los ojos de Clayton—. He estado ocupado en eso las últimas dos noches. —Su broncínea cabeza hizo una grave y ligera seña—. Esta vez, querida, el enano no nos va a errar.

Della retrocedió un poquito y su voz se hizo más fuerte.

—Glenn, ¿es esto una broma?

—Ninguna mía de cualquier modo, preciosa —respondió Clayton, moviendo la cabeza—. Si las fuerzas que rigen el cosmos tienen un sentido del humor, puede que sea una broma para ellas, pero ese cuerpo se está adelantando directamente hacia la órbita de la Tierra. El choque es inevitable. No quedará gran cosa.

 

 

DIEZ

 

En el apartamento de Clayton, oyendo la ásperamente proferida amenaza del capitán Baronov, Thane trató de coger la pistola de la parálisis que colgaba sobre su cadera. Los dos hombres situados detrás de él agarraron sus brazos antes que pudiera sacarla.

—Clayton, le daré una alternativa —dijo Baronov, frunciendo el ceño y dirigiéndose hacia Thane—. Entregue el sello, sin intentar nada, y puede tener una muerte agradable y tranquila.

Thane tuvo que engullir antes que pudiera fiarse de su voz.

—¿Y qué diría usted —insinuó—, si rehusara?

Los fríos ojos de Baronov se estrecharon.

—Lo llevaremos a la celda de vacío. Eso se ajusta a nuestros planes mucho mejor, de cualquier modo. Aparecerá en los registros que usted fue procesado por un tribunal del partido y condenado a la celda de vacío por traición. La celda no es cómoda para un hombre vivo. —Su ancho y amoratado rostro fue echado adelante—. ¿Cuál es su decisión, Clayton?

—No quiero desbaratar su interés por el sello. —Thane se encogió de hombros. Su copiada voz sonaba alegre y clara, pero él estaba entumecido, con frío, y doliente. Sus propias palabras parecían venir de muy lejos—. Tendrán que llevarme a la celda.

Los gruesos labios de Baronov temblaban de ira.

—¡Veamos su sonrisa en la celda de vacío, con su propia sangre hirviendo en su cuerpo! —Con su arma hizo gestos hacia la puerta—. Póngase en marcha.

Thane había esperado que el viaje a la celda de vacío, dondequiera que ella estuviese, le ofrecería alguna oportunidad para escapar o pedir auxilio. Pero el plan de Baronov estaba demasiado bien organizado para eso. El moviente pavimento de afuera estaba parado. Unas cuerdas estaban tendidas a través de la calle pasillo, en las extremidades del bloque. Guardas vestidos de pardo estaban apostados allí. Hombres de azul, con ruidoso equipo neumático, hacían innecesarias reparaciones en el pavimento.

Los hombres de Baronov empujaron a Thane por el pasillo, hacia el interior de un ascensor, que los llevó hacia abajo a través de un oscurecido pozo. Salieron a un estrecho pasaje, en alguna parte al fondo de la activa ciudad, cercada con planchas de acero pintado de gris.

Por espacio de cinco minutos empujaron a Thane a lo largo del pasaje, hasta que los interceptó una puerta metálica. Baronov procuró una llave y abrió la maciza puerta. Luego detuvo a Thane con un movimiento de su gruesa mano.

—Todavía está a tiempo, Clayton —dijo—. Una muerte tranquila, si quiera cambiar de parecer. Sólo dígame dónde está el sello.

Thane hizo su mueca de tieso rostro.

—Podrían tentar la caja fuerte —dijo.

—¡Métase adentro! —Baronov lo empujó con el arma—. Bien, tentaremos la caja fuerte. Estamos libres de usted, hallemos el sello o no.

Una patada lanzó a Thane al interior de la celda.

—¡La última oportunidad! —graznó Baronov. Mientras pensaba lo que habría hecho Clayton.

Thane asomó la nariz. La puerta hermética se cerró con un apagado ruido. La cerradura sonó con un golpe seco. Estaba solo en la celda sin ventana. Una tenue luz azulada se filtraba por una gruesa lámina de vidrio del techo.

Thane miró alrededor aprensivamente. Las paredes de metal y el pavimento metálico eran lisos. La única cosa que llamaba la atención era una válvula de metal en lo alto de la pared frontal. Esa debía ser la pared exterior de la ciudad cúpula. La válvula estaba destinada a hacer salir el aire de esta cámara mortuoria.

Barry Thane atravesó el pavimento para examinarlo. Tenía dos pies de diámetro, lo suficientemente ancho para que su cuerpo pasara al través. Pero, ¿para qué serviría eso? Todo el Exterior era una única cámara de muerte.

Thane estaba débil y doliente. Se sentó sobre el frío suelo de metal y se limpió el sudor del rostro. Había fracasado. Esa verificación era más dolorosa que el peligro para su vida. Clayton lo había vencido, al fin y al cabo, simplemente callando tocante al peligro de la rivalidad de Baronov y su propia e insospechada situación dentro del partido.

¿Dónde estaba el emblema de su secreto poder? Agachándose en el suelo, Thane empezó a preguntarse qué habría hecho Clayton con el sello. Ello le impedía pensar en lo que ocurriría cuando Baronov abriera la válvula.

Puesto que eso evidentemente había sido la única prueba de su posición, no era probable que Clayton la hubiera confiado a algún otro. Ni que la hubiese dejado en un sitio tan conspicuo como la caja fuerte de su apartamento. Lo lógico habría sido que llevara el sello encima.

Pero Thane había registrado al habitante del Exterior cuando al principio lo apresó. No halló más que la cartera que contenía la fotografía de Atlantis Lee, y unas cuantas otras chucherías, tales como el anillo de platino. Distraídamente Thane hizo girar el anillo en el dedo. Estaba seguro, además, que el sello no podía haber estado escondido a bordo del Friendship, a menos que hubiera sido hábilmente desfigurado.

Tomó aliento y se levantó de rondón. Con dedos que temblaban un poco, se quitó el macizo anillo. Recordó la protesta de Clayton, entregándolo de mal grado. La lisa superficie de platino de él era mayor que el estampado en forma de estrella del sello.

Con tremulantes dedos golpeó el anillo. Nada ocurrió. Thane se rió ásperamente de su propia esperanza momentánea. Aún cuando encontrara el sello, no lo beneficiaría...

Su respiración se detuvo. La faz del anillo se había soltado. Era simplemente una delgada tapa de platino. Debajo de ella había un trozo de deslustrado y oscuro metal en forma de estrella. Tentaleó en sus bolsillos buscando un pedacito de película metálica, luego apretó el molde en forma de estrella contra ella. La película se calentó en sus dedos y salió brillando con ese peculiar emblema de rojo vivo sobre frío negro que había visto anteriormente.

¡Tenía el sello!

Con una señal de fastidio, Thane ajustó la tapa metálica de golpe y repuso el anillo en el dedo. No le servía para nada ahora. Sólo esperaba que Baronov no sería la suficiente listo para hallarlo, si registraban su cuerpo. Casi admiraba a Clayton...

¡S-s-s-s-s-s!

Thane se sobresaltó y se quedó frío al oír ese tenue y mortal silbido. Vio que la puerta de la válvula se estaba deslizando lentamente a un lado. Se sentía frío en la celda, y una neblina de condensada humedad se arremolinaba como una vaporosa forma espectral bajo la azulada luz. El aire estaba saliendo.

Baronov podía abrir la válvula lentamente, para prolongar el malestar. Eso no importaba mucho. El fin sería el mismo. El sello no le servía para nada ya. Luego algo le ocurrió a la válvula. Primero hubo un ligero golpeteo. Después una explosión que produjo un sordo y apagado golpe. El aire era ya casi demasiado tenue para conducir el sonido. La puerta de la válvula fue arrancada y Thane vio estrellas en el oscuro cielo del Exterior.

¡Uf!

El aire se había ido.

Thane dudaba que Baronov hubiera sido el responsable de esa explosión. Algún otro la había causado, pero Thane no tenía tiempo para acertijos. Abrió la boca, echó la cabeza atrás y espiró rápidamente para que los pulmones y los tímpanos del oído pudieran evitar la rotura.

Cayó hacia la abierta válvula. Inconscientemente sabía que unas manos lo había agarrado. Con todo lo que quedaba de su fuerza, pateó, se retorció y empujó.

Se deslizó a través de la válvula. Percibió, con una sensación de muy confuso asombro, que estaba en el Exterior, donde ningún desarmado ser humano podía vivir.

 

*   *   *

 

Estaba en una blanca cama. Por unas pequeñas y gruesas vidrieras podía ver un pedregoso paisaje, brillando extrañamente bajo el ominoso cielo del Exterior. A dos o tres millas de distancia vio la achatada cúpula de la ciudad. Adivinó que él estaba en uno de los edificios más pequeños, cerca.

Se meneó un poco y Atlantis Lee rodeó la cama silenciosamente. Un dardo de luz del sol, mientras ella pasaba, transformó su cabello en repentina aureola roja. Pero su rostro parecía tieso y pálido y su sonrisa era grave.

—¿Te sientes mejor?

Thane trató de hablar. La garganta le dolía horriblemente, como si unos ganchos de hierro la hubieran desgarrado.

—No hables, si te duele —dijo Atlantis—. Te sentirás mejor dentro de unos minutos. Acaba de examinarte el doctor Wolf. No hay nada que no arregle un poco de reposo.

Thane emitió un débil y penoso susurro.

—Gracias. ¿Fuiste tú quien me sacó?

—Con la ayuda de unos amigos —dijo Atlantis.

—¿Cómo supiste...?

Una tos ahogó la pregunta de Thane y su garganta ardió de nuevo.

—El doctor Wolf ha dejado esto para ti. —Atlantis acercó un vaso de alguna cosa a los labios de Thane. Tenía un gusto acre y picante, pero inmediatamente Thane se sintió mejor—. Teníamos a un amigo en contacto con la intriga de Baronov. Se enteró de la orden de prisión contra mí y de tu negativa a signarla. Habíamos proyectado el rescate de antemano; por si acaso tuviéramos que librar a uno de nosotros.

—¿De nosotros? —susurró Thane.

—No hay más que un puñado de nosotros —dijo Atlantis—, todo lo que queda de la vieja oposición democrática. Hemos mantenido juntos una pequeña organización secreta, esperando de algún modo impedir la destrucción de la Barrera y traer la paz entre Nueva Europa y América.

—¿Dónde estamos? —preguntó Thane, mirando a través de las desoladas millas hacia Churchill Dome.

—En el Observatorio Lee —dijo Atlantis, con ojos vigilantes.

—Gracias, preciosa. —Thane recordó que era Glenn Clayton y procuró sonreír. Su garganta estaba un poco mejor—. Fuiste muy solícita socorriendo a un antiguo enemigo.

—¡No seas imbécil! —Atlantis se acercó a la cama y sus inquietos ojos miraron a Thane con desprecio—. Si puedes hablar, dime quién eres.

Thane hizo lo posible para no parecer asombrado.

—¿Me podrías olvidar, querida?

—No he olvidado a Clayton. —Atlantis hablaba como si deseara poder hacerlo—. Ciertamente, haces el papel bien. Pero no conoces la línea de conducta. Has hecho media docena de desatinos. El peor fue dejar que Baronov te cogiera. Clayton había estado observando a Baronov durante dos años mientras éste preparaba la trampa, urdiendo coger a Baronov mismo con ella, cuando saltara. —Echó un vistazo a la ventana—. Clayton no hubiera tenido que preguntar dónde estamos.

—Bien. —Thane se sometió. Pero la sonrisa de verdes destellos de Clayton parecía natural ahora—. Soy Barry Thane, norteamericano. Cogimos a Clayton antes de que pudiera destrozar la Barrera. Salí en su lugar.

—Eso fue disparatado... —Los graves ojos de Atlantis sonrieron de nuevo—. Pero me gusta a pesar de ello.

Thane observaba su rostro.

—¿No quieres saber lo que le ocurrió? —Hubo de tomar aliento antes que pudiera proseguir—. Fui yo quien lo apresó. Cuando lo dejé, estaba esperando la muerte por asesinato.

Por largo rato Atlantis miró más allá de Thane. Luego su roja cabeza se movió ligeramente.

—Habría importado en otro tiempo —dijo con voz suave—, pero las cosas han cambiado.

Thane se sintió muy aliviado.

—Me alegro —le dijo roncamente—. Pensaba que pudieras... mostrarte severa para conmigo. Sabes, Clayton llevaba encima tu fotografía.

—¿Pensabas eso, y no obstante me lo has revelado? —De repente, Atlantis sonrió—. Creo que eres bueno, Barry Thane. —Su blanco rostro se volvió grave de nuevo—. Es cierto que Glenn quería que me casara con él. Hubo un tiempo en que quizás habría accedido, si él no hubiera insistido en que debía unirme a sus conspiraciones.

—Pero no lo hiciste. —Thane sonrió agradecidamente—. Explícame algo —susurró urgentemente—. ¿Qué es todo eso de la Estrella Escarlata? ¿Qué está detrás de este insensato odio a América?

—No hay que extrañar que Baronov ganara, si no sabías eso. —Atlantis le sonrió extrañamente—. Debías haber sabido que te estabas aventurando de un modo suicida. Eres tan temerario como era Clayton.

—A Clayton le hubiera encantado el juego —dijo Thane, moviendo la cabeza obstinadamente—. Sencillamente, yo no tenía opción. ¿Y qué me dices de la Estrella Escarlata?

—El partido es más antiguo que vuestra Barrera —respondió Atlantis—. Estuvo combatiendo a América antes del cataclismo. No sé cómo nació. Vuestro pueblo debiera poseer más registros históricos...

—¡Los rojos! —Thane tomó aliento—. ¡Uno de sus emblemas era una estrella escarlata!

—Son diferentes ahora, sin duda alguna —dijo Atlantis, haciendo una señal de asentimiento—. Pero a algunos de los hombres del espacio que volvieron a la vieja Europa después del cataclismo los llamaban rojos. Procedían de un lugar llamado Rusia. Sus naves-cohetes habían pasado a través del cataclismo. Trajeron máquinas e ingenios que ayudaron a mantener a los sobrevivientes vivos. Pero habían traído su torcida filosofía del odio, junto con las útiles cosas. Intentaron conquistar Europa, y fracasaron. Su partido fue proscrito y suprimido. Pero ellos lo mantuvieron activo, con la leyenda y el odio de América.

—¿Cómo...?

—Lo transformaron en un diabólico plan político. Culparon a América por todas las penalidades e infortunios de nuestras vidas. Fomentaron el odio, y lo usaron para envenenar a todos los que los combatían. Nuestra democracia era lo suficiente fuerte para sobrevivir a todos sus ataques, hasta que el nuevo descubrimiento de la Barrera les dio renovado pábulo para la envidia. Pero han vuelto a encender el viejo odio desde entonces, y lo han usado para atacar nuestra oposición.

—Comprendo —susurró Thane—. ¿Y sabíais que Clayton era su jefe secreto?

—Me lo dijo cuando quería que me casara con él. La mayor parte de los miembros del partido, creían que no era más que un subordinado de confianza, pero Baronov descubrió o adivinó la verdad.

Thane se sentó en la cama.

—¿Cuál es la situación ahora? —preguntó—. Baronov estará furioso cuando descubra que me libertaron. Ahora que ha enseñado las cartas, sabe que tendrá que vencer o morir. ¿Me puede hallar aquí?

Thane observó el rostro de Atlantis ansiosamente.

—Es probable —respondió Atlantis—. La mayor parte de la oposición existe entre nuestros científicos e ingenieros. El observatorio ha sido nuestro cuartel general. Baronov sabrá donde buscar. Una nave-cohete ha despegado de la ciudad antes del amanecer. Es, posiblemente, el Avenger de Baronov.

Thane volvió a mirar afuera, a través de las desoladas millas, hacia la ciudad.

—¿Y qué me dices de armas y obras de fortificación? —prosiguió Thane—. Si la nave de Baronov atacara, o sus hombres en tierra, ¿tenemos las armas para alejarlos?

Atlantis movió la cabeza.

—Hay dos docenas de hombres de nuestro grupo aquí en el observatorio: astrónomos, ingenieros y miembros del consejo de la Confederación. El doctor France los citó para una reunión sin ceremonia aquí, para informarlos de un reciente descubrimiento suyo. Pero no tenemos armas. No podemos mantenernos firmes contra la Estrella Escarlata. El elemento extremista ha estado deseando durante años destruirnos. Clayton los contuvo solamente, creo, debido a su antigua amistad conmigo. Ese fue uno de los argumentos que usó Baronov procurando nuevos miembros para su conspiración.

Atlantis se encogió de hombros tristemente.

—No veo qué podemos hacer —concluyó—. Baronov y sus extremistas, indudablemente, dispondrán un ataque sobre nosotros en seguida. El almirante Gluck puede destruir el observatorio y a la totalidad de nosotros, con una sola unidad de guerra nuclear.

—¿El almirante Gluck? —repitió Thane—. ¿Está él en la conspiración?

—No lo creo. Nuestros amigos del partido están seguros que Gluck no sabía nada acerca de ello. Es leal al partido. Si le llegan órdenes marcadas con el sello del partido, las obedecerá sin objeción. Baronov le ordenará que ataque al observatorio y él obedecerá.

Thane hizo una mueca. Asió los brazos de la muchacha, la atrajo hacia sí y puso un beso sobre su asustado rostro. El grito de triunfo de Thane fue ahogado por el dolor de su llagada garganta.

—¡Pues entonces estamos bien, preciosa! —susurró Thane, sin aliento. Le gustaba esa palabra de Clayton, para Atlantis Lee—. Enviaremos una orden al almirante Gluck, y mandaremos que cuiden de Baronov y su cuadrilla por lo traidores que son.

Se quitó el macizo anillo del dedo, apretó el menudo tachón para descubrir el molde en forma de estrella. Lo agitó bajo los ojos de Atlantis.

—Ahí está. ¡Tengo todavía el sello!

Los ojos de Atlantis no se iluminaron con el propio júbilo de Thane. La sombra del temor era todavía un oscuro velo sobre su rostro.

—¿Qué pasa? —preguntó Thane—. ¿Crees que atacarán antes que tengamos tiempo para alcanzar al almirante Gluck?

—Es posible —concedió Atlantis—. Baronov y sus hombres deben estar furiosos. Harán todo lo que puedan, sin demora. Podemos, incluso, ser traicionados por otros de la conspiración de los cuales no tengamos noticia. Pero hay otra cosa: la declaración de que te estaba hablando.

Thane tomó aliento.

—Deben ser malas noticias —susurró—. Parece que estás muy pálida y preocupada. ¿No me puedes decir qué es?

—He prometido no hablar. —Atlantis movió la cabeza—. Pero lo sabrás bastante pronto, por el doctor France mismo. —Y agregó ominosamente—: Cuando lo sepas, las conspiraciones de Baronov no importarán tanto.

 

 

ONCE

 

Thane se estaba reponiendo rápidamente de la penosa prueba en el Exterior. Atlantis Lee quería cogerlo del brazo, pero Thane pasó adelante sin su ayuda hacia el interior de la pequeña sala de conferencias, donde unas cuantas docenas de hombres estaban esperando la declaración del doctor France.

Atlantis lo presentó antes que se sentaran.

—El capitán Clayton, que acaba de regresar de América.

Una viva hostilidad fulguró en varios rostros.

—¡No lo queremos aquí! —dijo airadamente un hombre que llevaba gafas.

—El punto de vista del capitán Clayton ha mudado después de su reciente visita al interior de la Barrera —dijo la muchacha—. Ahora es de los nuestros.

—Es cierto —dijo penosamente Thane—. Voy a usar mi influencia para impedir todo ataque a América, o a cualesquiera de ustedes. Pero tengo enemigos dentro del partido. La señorita Lee acaba de salvarme la vida. Habrá disturbios.

Un barbudo movió la cabeza.

—Usted no sabe cuántos disturbios, Clayton, hasta que haya oído al doctor France.

Un ominoso y expectante silencio se posó en la sala en el momento en que un hombre alto y de rostro gris entró por una puerta situada detrás de la tribuna del conferenciante. Dio un vistazo a la sala con hundidos y preocupados ojos.

—El doctor Reynard France —dijo Atlantis.

El hombre alto tosió ligeramente antes de hablar y sus pálidas y nerviosas manos sacaron documentos metálicos de una cartera. Empezó sencillamente, en voz baja.

—Gracias, por venir aquí. Unos cuantos de ustedes han recibido algunos indicios sobre este descubrimiento, pero esperé, antes de hacer una declaración formal, a que dos de mis colegas hubieran visto y comprobado mi trabajo. La comprobación acaba de ser completada. No hay escape de la verdad.

Una tensa excitación se extendió por la sala.

—Hace unos meses —continuó el astrónomo—, recogimos otro objeto en placas tomadas del cielo meridional. Estaba casi en la misma ubicación donde desapareció el astro enano hace doscientos años. Eso nos hizo sospechar que pudiera ser una masa de hielo flotante, procedente de los perdidos mares de la Tierra, que regresaba como un cometa. Mientras continuaba acercándose, sin embargo, hallamos turbadoras pruebas de que no podía ser un ordinario cometa.

France hizo pausa para manosear los apuntes. Alguien comenzó a cuchichear agitadamente, y alguno siseó para que hubiera silencio.

—Hallamos que el objeto tiene anillos —prosiguió con calma France, como si deliberadamente no diera importancia al drama con sus palabras—. Anillos semejantes a los de Saturno. Ningún cometa ordinario tiene masa suficiente para contener tales cuerpos satélites. Pensamos que el astro enano estaba volviendo.

France sonrió fríamente por encima de las gafas.

—Algunos de ustedes, sin duda, han oído rumores de eso. Estábamos muy alarmados, porque nuestras nuevas observaciones, además, mostraban que el objeto está avanzando por un camino que corta a la órbita de la Tierra. Por otra parte, nuestros cómputos indican que el objeto va a alcanzar el punto de intersección al mismo tiempo que nosotros. ¡Eso significa el choque!

»Afortunadamente, sin embargo, nos equivocamos tocante al enano.

France hizo pausa otra vez, mirando alrededor de la quieta sala como si secretamente se gozara en el suspense.

—Los antiguos astrónomos, hace doscientos años, declararon que nunca volvería. Aparentemente fueron exactos. Este cuerpo está ahora suficientemente cerca para que afectara los movimientos de los planetas... si hubiera sido el enano. No hemos observado tales efectos.

—¿Qué es? —voceó alguien en el fondo de la sala—. ¿Qué va a hacer?

France agitó los apuntes para imponer silencio.

—Es la luna —dijo—. El antiguo satélite de la Tierra. Evidentemente, es todavía un miembro del sistema solar, aun cuando el astro enano la atrajese hacia el interior de una prolongada órbita perteneciente a un cometa. Ahora, después de doscientos años, está regresando al perihelio.

—Pero la luna no tiene anillos.

—Los anillos son despojos de la Tierra —dijo el astrónomo—. Fragmentos de hielo, procedentes de nuestros perdidos mares. Y probablemente partículas de aire helado. Hace poco, el contorno de los anillos se ha oscurecido con una tenue neblina. Creo que la neblina es debida a la evaporación de helados gases atmosféricos.

—Pero, ¿y qué nos dice del choque?

—No hemos hallado ningún escape de eso. —France movió la cabeza—. Aún cuando la luna sea mucho menos maciza que el astro enano, es bastante grande. El impacto seguramente destruirá todo vestigio de vida sobre la Tierra. —Su fría mirada se desvió hacia Thane—. Hasta en América.

Thane se levantó tambaleando, acodándose en el pupitre en frente de él.

—¿Cuánto...? —Su llagada garganta se pegó—. ¿Cuánto tiempo tenemos?

—Unas seis semanas. —France pausó como si quisiera hacer algún rápido cálculo—. Para ser más exactos, aproximadamente cuarenta y un días y dieciocho horas. —Su voz se volvió acremente burlona—. Eso nos daría suficiente tiempo, capitán Clayton, para completar la destrucción de América.

Una nerviosa risita quebró el pasmado silencio de la sala.

—Cuarenta y un días y dieciocho horas —susurró el barbudo—. Cuarenta y un días...

Se levantó de repente y se lanzó hacia la puerta, como si la pequeña sala súbitamente se hubiera convertido en una trampa mortal.

Thane bajó por el pasillo tambaleando y sin fuerzas, hacia el macilento astrónomo.

—Las cosas han cambiado, doctor France —profirió penosamente—. La señorita Lee lo explicará. Quiero salvar a América ahora. ¿No hay algo que podamos hacer?

—¿Qué sugeriría uno? —El astrónomo se encogió de hombros—. Con unos cuantos años de tiempo, habría sido posible establecer una colonia en Marte o Venus. No veo ninguna esperanza en absoluto para la Tierra.

Extendió las láminas de película metálica para mostrar diagramas de la luna con su alterada órbita. Señaló el camino de la Tierra, y explicó sus cómputos.

—No hay nada a hacer —concluyó enfáticamente—. Estas fuerzas están en la escala astronómica. Están mucho más allá de los límites de cualquier esfuerzo humano. Sé que usted es muy competente dentro de su propia esfera de acción particular, capitán Clayton, pero no puede hacer gran cosa tocante a la luna.

—Quizás no.

Otros estaban esperando alrededor del astrónomo con impacientes preguntas propias. Thane se puso a un lado con los diagramas de destrucción. Atlantis Lee se inclinó sobre ellos con Thane.

—Perdona al doctor France por dirigirte una pulla —susurró Atlantis—. No sabe que eres un norteamericano. Pero es nuestro mejor astrónomo. Si dice que estamos vencidos, es muy probable que sea así..., ¡a menos que vosotros, los americanos, podáis ayudar!

—Dudo que América pueda hacer mucho sola. —Thane levantó la vista de las láminas de metal gris, para posarla en los conturbador ojos de Atlantis—. Pero me estaba preguntado...

—¿Te estabas preguntando qué?

—El doctor France dice que Nueva Europa está desvalida sola —dijo lentamente Thane—. Temo que así está América. Pero me estaba preguntando lo que podrían hacer las dos juntas.

El anhelo iluminó los ojos de Atlantis.

—¿Tienes un plan?

—Todavía no. —Thane echó un vistazo a los diagramas astronómicos—. Pero creo que vuestras naves-cohetes tienen un alcance de varios millones de millas en el espacio. ¿Es cierto eso?

—Así lo creo. Glenn solía hablar de un vuelo a Marte... —Atlantis cogió el brazo de Thane con apremiantes dedos—. Dime, Barry, ¿has hallado un medio?

—No sé. Déjame hacer una pregunta. —Thane procuró aguantar el dolor de su garganta, y llamó al astrónomo—. Doctor France, he estado examinando los diagramas. Supongamos que la luna pudiera ser despojada de todas las fuerzas gravitacionales unas semanas antes del choque.

—Si usted quiere jugar alegremente, ¿por qué no suponer que ella no existe?

—Por favor, doctor France —dijo urgentemente Atlantis—. Barr... —Se contuvo—. El capitán Clayton habla en serio.

France escudriñó a Thane.

—No sé cómo se podría interceptar a las fuerzas gravitacionales —dijo—. Pero si quiere los resultados de una imposible hipótesis: El camino de la luna se enderezaría. Pasaría cerca del sol, fuera de la órbita de la Tierra.

—¿A qué distancia de la órbita?

—Eso depende de cuándo piensa colocar su imposible tabique entre el sol y la luna. —La voz de France se volvió tenuemente burlona—. ¿Nos quiere decir eso?

—Quizá se pueda —dijo Thane—. ¿Cuánto tardarían las flotas de naves cohetes de Nueva Europa para trasladar algunos de sus más grandes equipos de energía atómica a la luna?

—Podría hacerse. —France se movió hacia Thane de repente, con una aguda atención en los ojos—. ¿Pueden ustedes, interceptar la gravedad?

—Hay un medio —dijo Barry Thane—. Si podemos trabajar todos juntos...

Fue interrumpido por un flaco y pecoso mozalbete que entró en la sala corriendo, agitando un trozo de película metálica y gritando:

—Lan, ¿dónde estás?

—Es Tony, mi hermano. —Atlantis informó a Thane—. Es el que me ayudó a sacarte de la celda de vacío. —Lo llamó—: ¿Qué pasa, Tony?

Tony estaba respirando con dificultad y parecía estar excitado.

—He estado fisgoneando los secretos de la Estrella Escarlata. —Puso la lámina metálica en las manos de la muchacha—. Un mensaje por radio que he cogido antes del amanecer. Acabo de descifrarlo. Léelo, Lan.

Atlantis leyó, en voz alta:

 

«Urgente y confidencial. Disturbio a Coral. Se informa de renovada actividad en el cuartel general de la oposición del observatorio Lee. El doctor Reynard France está esparciendo propaganda hostil por medio de la antigua organización de la Confederación, con fantásticos rumores de peligro procedente del espacio. Se ha unido a la oposición un hombre que afirma ser el capitán Glenn Clayton. Este individuo es obviamente un impostor, pues no está usando sello del partido. Apresuren ataque inmediato al observatorio, antes que este grupo pueda obrar. Disturbio a Coral, quiten el contacto.»

 

—Disturbio es el nombre de clave usado para designar al capitán Baronov —explicó el jadeante muchacho—. El mensaje procedía de su nave-cohete, el Avenger. Fue recibido y reconocido por Coral: ese es el almirante Gluck, que está en el Némesis.

Thane se sintió entumecido y débil, como si el intenso frío del Exterior estuviera todavía en su sangre. Esto era un golpe más vivo de lo que había esperado. Sus pegajosas manos asieron el canto de la mellada mesa de conferencias. Era difícil pensar en algo que hacer.

—¿Me puedes llevar a la radio? —pidió—. Quiero hablar al almirante Gluck.

Sabía que tenía que dar golpe por golpe, pero era difícil pensar lo que debía decir.

—Ciertamente, capitán —accedió Tony Lee—. Podemos probar, pero el sol está alto ya y la radio no llegará muy lejos. El mensaje de Baronov llegó justamente a tiempo para alcanzar las estaciones de relais. Ahora la interferencia solar es un obstáculo.

—¡Hemos de hacer lo posible! —insistió Thane.

Siguió al muchacho, subiendo por una circular escalera de metal a la torre blindada de comunicaciones. Claramente este era el dominio de Tony Lee, pues las metálicas paredes estaban adornadas con naves-cohetes modelos. Las portillas de observación miraban en todas las direcciones, a desolados y negros montes que nunca habían visto el sol hasta que pasó el enano, al disco gris de la ciudad y a las cúpulas más pequeñas alrededor de ella.

El muchacho sintonizó.

—¡Aldebarán llama a Coral! —gritó Thane en el micrófono, con voz jadeante—. ¡Aldeb...!

El pavimento se inclinó y se movió a tirones. Un vidrio roto sonó en alguna parte. Un gran hongo de decadente fuego brotó al lado del observatorio. Negros fragmentos de roca salieron de él con violencia. Unos desechos retumbaron contra la cúpula del observatorio.

Los ojos del muchacho todavía brillaban y no parecía tener miedo. Sabía que su mundo tenía sólo días de vida. La muerte resonaba y batía incesantemente la cúpula de metal, pero la voz del mozalbete era baja y tranquila.

—Eso fue un proyectil atómico, capitán. La flota debe estar en alguna parte encima de nosotros ahora, pero quizás no pueden oír. El sol hace extrañas travesuras con la radio...

La granizada de cachos de bombas y desechos rocosos cesó. En la estrecha y pequeña torre blindada de comunicaciones, encima de la cúpula del observatorio, Barry Thane se dirigió hacia el pelirrojo hermano de Atlantis Lee.

—Prueba otra vez, Tony.

Excitado pero sin miedo, el muchacho retrocedió hacia el equipo de radio.

—¡Aldebarán llama a Coral! —voceó roncamente Thane—. ¡Aldebarán llama...!

La aguda voz del almirante Gluck lo sobresaltó.

—Hola, Aldebarán. —La voz se elevó y cayó en un mar de silbante estática—. ¿Quiere entregar el observatorio y someterse a un juicio en el partido por las acusaciones de traición contra usted? ¿O quiere una bomba mayor?

Thane engulló para aclararse su ronca garganta.

—Me niego a rendirme —profirió vivamente en los ásperos tonos de Clayton—. No soy un traidor. Los verdaderos traidores son Baronov y sus secuaces. He dejado que enseñaran las cartas.

Por encima de la rugiente estática, la aguda voz de Gluck parecía insegura.

—¿Puede usted explicar sus tratos con los enemigos del partido?

—Puedo explicar cuanto yo quiera. —Thane trató de hablar brevemente—. Envíen una nave para recoger un mensaje confidencial. Estará marcado con el sello del partido.

Sobre la impetuosa estática, la tenue voz de Gluck vaciló de un modo perceptible.

—¿El sello? Pero Baronov me ha informado que... Será enviada una nave en seguida, señor.

Atlantis Lee ayudó a Thane a redactar el mensaje y lo escribió a máquina sobre un pliego de delgada hoja de metal gris. Thane lo selló con el peculiar molde del anillo de Clayton.

 

«El ataque a la Barrera debe abandonarse. La flota y todos los recursos de la Estrella Escarlata serán puestos a disposición del capitán Clayton para la tarea de evitar el desastre. Con sus propios telescopios pueden comprobar el descubrimiento del doctor Reynard France de que la luna está retrocediendo, hacia un choque con la Tierra. Cuando hayan hecho eso, vengan con su estado mayor al Observatorio Lee.»

 

Una nave-cohete de guerra gris descendió sobre angulares puntales de aterrizaje en el borde del nuevo hoyo hecho por la explosión de la bomba cerca del observatorio. Tony Lee, llevando encima un traje de aire y agitando una bandera negra, llevó el mensaje a la válvula de la nave.

Pasó una larga hora. Thane habló un poco a Atlantis Lee. La muchacha parecía estar tan poco asustada como su hermano. Thane, de repente, sintió que la quería, pero esta no era la ocasión para hablar de amor.

Dos naves-cohetes descendieron cerca del observatorio: el Némesis de Gluck y el Avenger de Baronov. Una docena de hombres salieron por la portilla de aire, pasando al interior del observatorio. Thane los recibió. El torvo y menudo almirante estaba tieso y receloso: El hosco rostro de Baronov parecía desasosegado y retador.

—¿Han comprobado el descubrimiento del doctor France? —preguntó Thane.

—Hay un extraño objeto al sur. —Los perspicaces ojuelos de Gluck eran penetrantes—. Pero su comportamiento ha sido sospechoso, Clayton. Se han hecho graves acusaciones contra usted. Estoy aquí sólo porque soy leal al partido.

—El doctor France está esperando en la sala de conferencias —le dijo Thane—. Quiero que le escuchen. Examinen su trabajo cuanto quieran. Convénzanse de que el peligro es real. Luego hablaremos de lo que hay que hacer.

Frunciendo el ceño ferozmente, Baronov apuntó un grueso dedo a Thane.

—¡Almirante, no se fíe de este hombre! Esto parece que es una trampa. ¿Va usted a entrar en ella? Los tratos de este hombre con los reconocidos enemigos del partido son clara traición. ¿Por qué no lo detiene?

El menudo almirante no quitaba sus escudriñadores ojos de Thane.

—La Estrella Escarlata —dijo—, me ha ordenado que viniera aquí.

Baronov se adelantó; su velluda mano temblando cerca de la pistola sobre su cadera. Su ancho rostro tenía una expresión de tortuoso triunfo.

—¡Almirante, mire a este hombre! —chirrió su gruesa voz—. ¿Es el capitán Clayton? ¿Es nuestro verdadero jefe? Tengo pruebas de que no lo es. Cuando volvió de América, ni siquiera sabía dónde vivía Clayton.

Un romo dedo pinchó.

—¡Mírelo! Usted puede ver que es un hombre distinto. Su cabello es demasiado oscuro y él demasiado bajo de estatura. Vea, la ropa de Clayton no le cae bien del todo. Mire... —Baronov se acercó más y su voz se volvió áspera de excitación—. Mire las cicatrices de su cara. No las había observado antes, ¡pero son las cicatrices de la cirugía plástica! —Sacó la pistola mientras concluía triunfalmente—: ¡Este hombre no es más que una imitación de Clayton!

Thane sonrió con la firme sonrisa de Clayton.

—Más vale que guarde la pistola —advirtió a Baronov. Y se dirigió a Gluck—. Almirante, quiero que escuche al doctor France. Luego tengo algo que decirle.

—¡Espere, almirante! —gritó Baronov—. ¿Va usted a permitir que este impostor...

—¡Orden de la Estrella Escarlata! —chilló Gluck—. ¡Guarde la pistola! —le ordenó.

Una hora después, cuando salieron de la sala de conferencias de France, el menudo almirante y su estado mayor parecían estar agitados y pálidos. Hasta Baronov parecía amansado y sus gruesos labios seguían moviéndose.

—¡Cuarenta días! —susurró—. ¡Sólo cuarenta días!

Con la bronca voz de Clayton, Thane habló vivamente a Gluck.

—Almirante, ¿está usted convencido del peligro?

El rígido hombrezuelo tiró de su rubio bigote.

—Estoy convencido. —Su delgada voz era ronca y trémula—. Lo he examinado todo. Es más que un peligro: es una sentencia de muerte. —Las medallas sonaron mientras se encogía de hombros sin esperanza—. ¿Qué iba a decirme, capitán? ¿Qué puede hacer el partido?

—Nada solo —dijo gravemente Thane—. Pero creo que todos nosotros, trabajando juntos, tenemos una probabilidad. —Con una severa mueca a Baronov, confesó—: Es cierto que no soy el capitán Clayton.

Los agitados hombres le miraron con asombro.

—Soy Barry Thane, norteamericano. —Ante la alarmada mirada fija de los oficiales, se quitó el anillo de Clayton del dedo y abrió la faz de golpe para mostrar el negro molde en forma de estrella.

Baronov emitió unos sonidos entrecortados, como si fueran de rabia y ansiedad. Sonriéndole, Thane entregó el anillo a Gluck.

—El sello —dijo al atónito almirante—. Ya no lo necesito. ¿Quiere guardarlo en depósito para el partido?

Un rígido orgullo encendió el flaco y añoso rostro de Gluck. La sospecha desapareció de sus perspicaces ojos. Se puso el anillo en un nudoso dedo de la mano derecha y miró aturdidamente a Thane.

—Usted es un americano —balbuceó con esperanza—. Usted conoce la ciencia que creó la Barrera. —Hizo pausa y sus penetrantes ojos escudriñaron los de Thane—. ¿Sabe realmente la manera de detener la luna?

—No se la puede detener —reconoció Thane sin vacilación—. Pero hay un medio para desviarla un poco... si podemos llegar allí con el necesario equipo a tiempo.

—¿Cómo? —demandó el almirante.

—Si se aplica la suficiente potencia —explicó Thane—, la anomalía en espacio creada por un generador de Anillo puede hacérsela opaca para la gravitación. Debemos establecer otra Barrera alrededor de la luna para separarla de la gravitación del sol. Eso alterará su camino lo suficiente, si podemos ejecutarlo a tiempo, para que no alcance la Tierra.

—Pero no tenemos ningún generador —objetó Gluck.

—Hay de reserva en América —le dijo Thane—. La guerra ha acabado, recuerde. Se necesitaran los esfuerzos unidos de todos nosotros para evitar la destrucción. Los americanos no podrían hacer nada solos. No tienen las naves para llegar a la luna, o equipos de energía atómica lo suficiente grandes para suministrar la tremenda fuerza que se requerirá. Pero América puede proporcionar el generador de Anillo.

El almirante Gluck tiró dudosamente de su rubio bigote. No estaba hecho a la idea de los americanos como aliados.

 

*   *   *

 

Cuatro días después el Némesis aterrizaba en Ring City. Thane presentó el menudo almirante al general Whitehall. Las voluminosas jaulas que contenían las partes del generador de repuesto fueron cargadas sin demora.

—El generador no estaba destinado para un resguardo gravitacional. —Whitehall advirtió a Thane—. Tendrán que recargarlo aproximadamente un centenar de veces. No sé cuánto durará; quizás unos minutos, quizás el tiempo suficiente. Si siquiera tuviéramos tiempo para construir otro...

¡Pero no había tiempo!

El Némesis atravesó el Anillo de nuevo y se elevó para unirse a la flota de naves-cohetes que ya ascendía de Nueva Europa con su pesada carga de desarmados equipos de energía atómica. Pasados nueve días, la flota halló a la luna de blancos anillos. Las naves-cohetes descendieron en un prolongado ruedo sobre una llanura lunar cubierta de costra de hielo.

Barry Thane salió con los ingenieros de la Guardia del Anillo, provistos de trajes de aire, y el doctor Reynard France, para empezar a examinar el terreno para el asiento del generador de un nuevo Anillo. Los desarmados equipos de energía atómica fueron lentamente unidos de nuevo. Gruesos cables fueron desarrollados, para traer más fuerza de los reactores de las circulantes naves.

Al fin, después de días interminables y noches sin sueño, la tarea estaba hecha. Barry Thane estaba vigilando, afuera de la portilla de aire del Némesis. Vio el verde resplandor de un cartucho de señal que detonaba por encima del recién instalado generador, y esperó a que ocurriera algo.

Pero no hubo nada.

Podía imaginar el poderoso río de energía atómica fluyendo de todos esos reactores, pero el desolado vacío falto de aire no le traía ni siquiera el golpecito de un conmutador que se cerrara. Al otro lado de los relucientes puntales de las derechas naves-cohetes, y por encima de los picachos acorazados con hielo, los anillos de la luna formaban un fantástico triple arco iris, blanco como la luz del sol frente al color negro del espacio. La Tierra colgaba en el interior de ese resplandeciente arco, gris y desolado como la luna misma, excepto por el círculo de oscura agua y animado y verde terreno que era América. Y nada ocurría.

—¡El anillo del satélite! —La excitada voz del doctor France sonó de repente desde el altoparlante de su casco—. ¡Observen el anillo del satélite!

Thane examinó ese espléndido triple arco, y vio que estaba más alto y más ancho frente a la oscuridad.

—¡Nuestra Barrera está funcionando! —estaba gritando el astrónomo—. Los anillos de hielo se están ensanchando, porque la Barrera los ha separado de la gravitación de la luna.

—Eso es admirable. —Thane reconoció la voz de un ingeniero americano—. Ahora viene la gran pregunta: ¿Cuánto tiempo puede nuestro recargado generador aguantar el espolón?

Pasaron días, y de algún modo los ingenieros mantuvieron al generador en funcionamiento. La luna se salió de la extendida nube en espiral que había sido su triple anillo. La desnuda y grisácea Tierra se dilataba en el cielo, pero Reynard France declaró que la luna la erraría con seguridad, a menos que el generador fallara.

 

 

DOCE

 

Un hombre y una mujer, solos dentro de una destrozada máquina en el páramo donde había estado el Atlántico, esperaban el fin del mundo. Bajo el tierno cuidado de la mujer, Clayton se restablecía de la herida que ella le había infligido. Clayton observaba el objeto que se deslizaba hacia la Tierra en el cielo meridional y averiguó al fin que era el perdido satélite de la Tierra, rodeado ahora de hielo.

—¿Y qué? —Della Rand se encogió de hombros—. ¿Importará algo?

—Probablemente, no —concedió Clayton—. La luna es lo suficiente grande para destrozar al planeta, Barrera y todo. Pero desearía que pudiéramos huir de aquí. Todas las veces que vea los «jets» de una nave, voy a hacer señales con el proyector.

Observó el aprensivo sobresalto de Della, sonriéndole.

—Sí, preciosa, te deslizaste —le dijo—. Olvidaste destrozar el proyector.

—¿No puedes esperar —susurró amargamente Della—, a que la luna destruya a América?

Clayton rió y puso su brazo alrededor de Della.

—Perdóname, preciosa. —Su voz se volvió singularmente apacible—. Realmente no te puedo censurar por todo lo que piensas de mí, pero las cosas son diferentes ahora. Tú las has hecho diferentes.

Della se volvió para examinar el rostro de Clayton. El capitán le sonrió, con una dulzura que Della nunca había visto en sus verdosos ojos. La joven doctora estuvo esperando, callada y azorada, en los brazos de Clayton.

—Recuerdo haber leído algo en un viejo libro —dijo suavemente Clayton—. En uno de los preciosos viejos libros de papel que habían sido conservados a través del cataclismo. Algo acerca de una entrada al paraíso. Ahora veo que en el partido de la Estrella Escarlata hemos estado llamando mucho tiempo a la puerta falsa. Tú me has ayudado a hallar la verdadera, preciosa.

Sus vigorosos brazos atrajeron más a Della hacia sí.

—Es por eso que quiero salir ahora —dijo Clayton—. No creo que importe mucho al fin, pero quisiera reparar un poco el daño que he hecho. Si no llego demasiado tarde, quisiera prevenir a Barry Thane acerca de Baronov.

Rió y el antiguo vivo fulgor volvió a sus ojos.

—Aún cuando llegue demasiado tarde —agregó—, aún cuando Baronov haya ya hecho saltar la trampa, ¡quisiera verlo cara a cara con el fantasma del hombre que asesinó!

—Me admiro... —Della Rand se estremeció un poquito en los brazos de Clayton—. ¿Has realmente cambiado?

Observaron el cielo de la noche en busca de «jets» de naves-cohetes, pero no se deslizaron ningunos «jets». Las esperanzas de Clayton se marchitaron, transformándose en turbado asombro.

—Parece que no hay más vuelos de patrulla —dijo al fin—. La flota de Gluck debe haber salido de Point Fury. —Hizo una mueca a Della de repente—. ¡Creo que veremos el fin juntos después de todo, preciosa!

—Me alegro —susurró Della en sus brazos.

Noche tras noche, observaban la luna.

Hermosa y terrible, con la blanca brillantez del triple anillo, creció en la pantalla del telescopio hasta que el telescopio ya no fue necesario. Podían ver el contorno del satélite por las ventanillas de cuarzo, y para Della su contorno era la muerte.

Su miedo era como un sopor que se extendía. Procuró encontrar pequeñas tareas domésticas para ocupar su mente, pero todo había perdido interés. Se alegraba de estar en compañía de Clayton, pero su afecto se había transformado en temor desde el momento en que supo que él y ella morirían. Se estaba moviendo como una fatigada máquina, y entonces oyó gritar a Clayton.

—¡Della, alguien está haciendo travesuras!

Della se secó las manos y anduvo torpemente para unirse a Clayton en la pequeña pieza del piloto.

—¡Mira a la luna! —Della era oscuramente consciente de la desalentada perplejidad de Clayton—. ¡Está saliendo de su órbita, desprendiéndose de sus anillos mientras marcha!

Della tembló. Sus oscuros ojos se dilataron, mirando a Clayton aturdidamente. Se apretó de repente la garganta. La súbita ansia de la esperanza era más dolorosa de lo que había sido la desesperación.

—¿Qué quieres decir?

—¡Echa un vistazo, y explícame quién anuló la ley de la gravedad!

Della corrió hacia una de las portillas de cuarzo. Ahí estaba la luna, que parecía menuda, pero clara entre las adiamantadas estrellas. Y estaba su deslumbrante triple anillo, deslizado singularmente al lado.

—¡Oh, Clayton! —Della se pegó a su musculoso brazo—. ¿Qué significa eso?

—Me gustaría saberlo. —Toda la antigua veleidad de Clayton había desaparecido—. Si realmente ves lo que yo he visto, algo está empujando la luna un poco afuera de su órbita.

—¿Lo suficiente para hacerla errar la Tierra?

—Júzgalo tú, preciosa. —Clayton se encogió de hombros—. A menos que puedas decirme quién la está empujando, y con qué. Una errada por poco, quizás, en vez de un impacto en el centro. Demasiado cerca para beneficiarnos en modo alguno, si pasa a la distancia crítica.

—¿Cuál es ésa?

—Cuatro radios —dijo Clayton—. Hay una teoría según la cual todo cuerpo planetario que pase tan cerca será destrozado por las fuerzas de marea. Si eso le ocurre a la luna, la Tierra adquirirá un nuevo anillo propio, y seremos enterrados bajo toneladas de roca.

Della se volvió para mirar a la luna otra vez.

Día tras día crecía, borrando las estrellas. Sus extraviados anillos se escabullían, disolviéndose en una deslumbrante espiral de hielo. El hielo y la luna arrojaban un frío resplandor gris sobre las hendidas llanuras de inerte légamo.

Della Rand procuraba no mirar afuera. Discurría superfluas tareas para ocuparse, en el pequeño espacio de hierro que se había convertido en su hogar. Pero Clayton la miraba con atención, sonriéndose a veces del miedo de su compañera. A Della le parecía que Clayton encontraba una especie de júbilo en la expectación de un cataclismo cósmico.

Una vez, cerca del fin, Della le trajo una bandeja de comida de la cocina. Lo halló frente a la mesa de náutica, inclinado sobre algún cálculo, y Della no pudo menos de mirar afuera.

Habría sido de día, pero la crecida luna había eclipsado al sol. Se extendía sobre la mayor parte del cielo, como una terrible y mellada mancha. Hasta alrededor de los bordes de ella, el cielo estaba oculto por cárdenas flámulas de arremolinado vapor.

Della retrocedió, ocultando los ojos.

—Echa un buen vistazo, preciosa —dijo Clayton, sonriéndole desde la mesa—. Es algo que nunca volverás a ver. La luna está pasando cerca de nosotros, a una distancia de unos tres radios.

—¿Y qué nos ocurrirá ahora?

—Me gustaría saberlo. —Clayton miró con ceño a sus cómputos, perplejo—. Parece que la luna no hace ni pizca de caso a la ley de la gravedad. No se está desmenuzando. Evidentemente no hay fuerzas de marea, o sentiríamos temblores de tierra.

—Luego... —Della trató de coger aliento—. Luego, ¿estamos seguros?

—¿No sabes que nunca estamos seguros? —Los verdes ojos de Clayton tenían el antiguo atrevido fulgor—. Haga lo que haga la luna, hay todavía el hielo que estaba en esos anillos. Aun parece estar sujeto a la ley de la gravedad, y está viniendo en derechura a nosotros. Creo que vamos a tener una granizada, preciosa. —Puso rápidamente sus brazos alrededor de Della y la besó—. ¡Una granizada como nunca antes hubo otra igual!

La observaron. Un blanco caos ocultaba la descubierta cara de la desviada luna. Extraños penachos blancos se rizaban a través del cielo, con fantástico y lento movimiento. Los rayos del retornante sol separaban las primeras grandes masas de cayente hielo.

Clayton señaló, y Della se pegó a él. Observaron un mellado esteroide de hielo que chocó con una distante línea de desoladas lomas. El seco fondo del océano tembló con el impacto. Estalló una ráfaga de vapor, ascendiendo en una enigmática nube de hongo. Las ondas del choque los alcanzaron, y la olvidada bandeja de Della rechinó en la cubierta metálica.

—¿Qué hará ella? —Della se pegó a Clayton, temblando—. A la Tierra. —Sus oscuros ojos escudriñaron el rostro del capitán desesperadamente—. Y a nosotros —añadió.

—Es demasiado pronto para decirlo, preciosa —le dijo Clayton—. Tendremos que esperar a ver.

 

*   *   *

 

El generador aguantó el espolón el tiempo suficiente. La luna había ido veinte radios más allá de la distancia crítica, antes que el generador finalmente se consumiera. La rodante luna seguía adelante. La flota de naves-cohetes volvió, llevando sólo el salvado uranio de los abandonados equipos de energía atómica, a una Tierra que era extraña y espléndida ahora con su propio brillante anillo de represado hielo.

La Tierra misma, a medida que la flota se acercaba, parecía hasta desconocida. Sus desolados y grises montes estaban cubiertos otra vez con una luminosa neblina. Nuevos lagos adornaban las tierras altas. Una capa de blancas nubes entarimaba el antiguo Atlántico, ocultando Nueva Europa.

—Esa neblina es más que vapor de agua. —Reynard France dijo a Thane—. El astro enano debe haber arrastrado la mayor parte del perdido aire de la Tierra, tan bien como los mares, hacia el interior de ese anillo en torno a la luna. Creo que hemos recuperado una útil porción de él...

Fue interrumpido por un barullo de agitación en la nave-cohete. Los oficiales de vigilancia habían observado una luz de señales que fulguraba desde el raso fondo del mar, a unos centenares de millas fuera del Anillo que todavía protegía a América. La nave-cohete estaba aterrizando para investigar.

El destellante proyector los guió abajo hacia el casco en forma de roca de la desfigurada nave-cohete Friendship, yacente en la orilla de otro somero mar. Della Rand y Glenn Clayton salieron fuera, de la mano, para dar la bienvenida a sus salvadores. Estaban respirando de prisa con el ralo aire represado, pero no necesitaban trajes especiales.

Clayton recibió a Thane con una rígida y torcida sonrisa.

—¡Bien, capitán Clayton! —dijo Clayton—. Creía que había muerto. Esto estropea nuestro juego de Adán y Eva, pero más bien nos alegramos de verle. —Hizo gestos de un modo casi accidental hacia el nuevo mar cerca de ellos—. Quizá usted nos pueda explicar lo que ocurrió para ayudarnos a evadir la luna.

Brevemente, Thane se lo explicó.

—¡Enhorabuena! —Los verdosos ojos de Clayton examinaron las copiadas facciones de Thane—. Parece que usted ha estado viviendo a la altura del familiar nombre de Clayton. Y lo puede conservar si quiere. He encontrado otra cosa. —Miró a la muchacha de ojos oscuros y la dureza huyó de su sonrisa—. Hemos encontrado otra cosa —repitió lentamente—. Yo he encontrado una puerta, y Della ha encontrado un sueño.

Thane miró al radiante rostro de Della.

—Me alegro —dijo—. Pero le devuelvo tu nombre.

Dos horas después la nave-cohete descendió a través del techo de nubes sobre Churchill Dome. Ahora la ciudad estaba en el extremo de un prolongado y abrupto promontorio. Un nuevo mar bañaba los rasos y oscuros peñascos debajo de ella. Thane oyó a Reynard France explicar por qué la caída del hielo había hecho tan escaso daño. La mayor parte de los trozos habían sido relativamente pequeños, y el rozamiento con el retornante aire de la Tierra los había derretido y convertido casi enteramente en salobre lluvia.

La nave-cohete aterrizó en la lisa cima de la cúpula de la ciudad. Thane salió de prisa de la portilla de aire y se abrió paso a empujones por entre la vitoreante multitud, buscando a Atlantis Lee. El cielo se había despejado, y por en medio de él se cernía el blanco y perdurable arco del anillo en torno a la Tierra. Pensó que realmente se parecía a una gran puerta, de un bello mundo futuro. Bajo ese arco, halló a Atlantis Lee esperando.

 

 

FIN

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