© Libro N° 14035. Plantas
Químicas. Williamson,
Lan. Emancipación. Julio 12 de 2025
Título Original: © Plantas Químicas. Lan Williamson
Versión Original: © Plantas Químicas. Lan
Williamson
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Lan Williamson
Plantas
Químicas
Lan Williamson
EL crucero averiado
descendió rápido y casi sin control. De la plantilla de hombres que lo
manejaba, diecisiete estaban inactivos a causa de la brutal desaceleración.
Estaban diseminados en sus diferentes puestos por toda la nave; cada uno de
ellos soportaba su cuerpo sentado, tumbado o en la postura que le parecía más
cómoda; asidos a un raíl o a un puntal, con los dientes apretados y los ojos
cerrados. Y en cierto modo esos diecisiete eran los más afortunados: solo
tenían que aguantar, mientras que los otros tres que estaban en la cabina de
mando tenían que actuar además.
De los tres, el
piloto, en cuyas manos estaba el escaso control de la situación que quedaba,
era, naturalmente, el más afectado. Había tenido que luchar con la nave desde
los niveles más altos del hidrógeno hasta la más baja troposfera, desde una
incandescencia meteórica a un descenso brusco, casi suicida. Habían quedado
fuera de servido dos máquinas y estaba esperando que se inutilizara la tercera
y última. Era una soberbia lección de pilotaje, porque el Persephone se había
estado moviendo a velocidades interestelares poco tiempo antes. El capitán
tenía instalado un micrófono delante de él y lanzaba con gran trabajo palabras
a través de él, agotándose casi los pulmones. A su lado, el vigía estaba
tumbado boca abajo delante de su teclado. Tenía los ojos cerrados y la boca
abierta, porque tenia un trozo de papel enguantado entre los dientes. Esto
hacía disminuir el silbido de su respiración lo suficiente para que impidiera
que se interfiriera con el torturado esfuerzo del capitán por transmitir sus
órdenes con su micrófono. Manejaba el teclado de las llaves de control con mano
trémula.
De pronto,
milagrosamente, cesó la presión mortífera; despacio, deliberadamente, el gran
elefante Inercia levantó su pata de encima de cada uno. Dio media vuelta y se
sentó.
- Hazle descender
rápidamente - dijo el piloto, ahora que volvía a ser posible hablar normalmente
-; en cualquier momento podrán marchar.
El capitán
Bascoinhe buscó en el desconocido paisaje para encontrar un punto
identificable, un hito que le sirviera de señal. Por debajo de ellos había un
continente de rocas peladas, de monótono paisaje. Al borde se veía un brillante
mar azul. Había un estuario, un pequeño valle con mucha vegetación y un río con
varios lagos. A pesar de lo apurado de la situación, el capitán tuvo ocasión de
asombrarse.
- Sirius – dijo -,
¿qué demonios es esto? - y sin esperar respuesta dijo al piloto -: Haznos bajar
aquí. Aquí no habrá dificultad alguna en localizarnos -. Y al vigía -: Di que
estamos aterrizando en el extremo oeste de un continente ecuatorial, cerca de
cinco lagos de colores. Aterrizaremos - hizo otra pausa para examinar más de
cerca el paisaje inclinado, que ahora veía cada vez con más claridad - cerca
del rojo.
Al lado del lago se
veía un espacio plano en medio de la vegetación y pensó que tendría suficiente
espesor para aguantar la nave, a pesar del aterrizaje violento que tendrían que
realizar. Las dos máquinas averiadas apenas ayudaban a contener la caída vertiginosa
y el Persephone dio un fuerte choque contra el suelo.
El piloto separó
las manos de los controles, puso los brazos con precaución encima del cuadro de
distribución y apoyó la cabeza sobre ellos, gozando del lujo de una mera
existencia pasiva. Nadie le daba golpecitos en la espalda ni le estrechaba la
mano. Acababa de salvar las vidas de todos con una hazaña sin precedentes de
pericia y tesón, pero en el Servicio Interplanetario no suele haber
heroicidades de esta clase. Demostraron suficientemente su gratitud no
molestándole, para que pudiera descansar mientras la tripulación celebraba el
estar todavía con vida.
El último resto de
energía de las baterías se agotó con las constantes llamadas angustiosas, y el
capitán nombró a los que deberían entrar de guardia. Había poco más que hacer
que esperar a que vinieran a rescatarlos. Los que no entraban de guardia se retiraron
a dormir.
Durmieron durante
cuatro horas, hasta que les despertaron bruscamente las voces de los que
montaban guardia y el movimiento de la nave. Esta estaba inclinada de una
manera alarmante y todavía se movía. Una rápida inspección por los portillos
laterales mostró en seguida a qué era debida esta inclinación. La vegetación
azul sobre la cual la nave había aterrizado se había enrollado, formando un
bulto debajo del casco, y poco a poco la fue inclinando por la ladera que
acababa en el lago. Cuando habían llegado a esta conclusión, un nuevo empuje
hizo que la nave volcara completamente. Todos corrieron hacia los portillos
para salir, pero con el calor incandescente que sufrió al atravesar la
atmósfera todo el metal del casco se había hecho una sola plancha y no se podía
salir. Las baterías estaban agotadas y no había luz, y, por tanto, nada se
podía hacer. Estaban sin medios de comunicación. Los soldadores podrían haber
abierto con el soplete un agujero para salir, pero sin energía eléctrica no se
podía. Lentamente, pero con un continuado impulso, el navío interplanetario fue
deslizándose metro a metro hasta el borde de la ladera...
Dos naves captaron
las señales de socorro e inmediatamente fueron en su auxilio hacia el planeta
indicado. La más pequeña, y más próxima, era la nave planetaria Hannibal, al
mando del capitán Britthouse. La otra nave era la interplanetaria Berenice,
cuyo comandante era Japp.
A ninguno de estos
dos oficiales le agradó recibir la señal. Sus respuestas fueron rápidas, como
no podían dejar de serlo, pero no se consideraban en la obligación de fingir
impaciencia por ir a salvarlos.
El comandante
Rupert Japp iba de camino a una reunión mucho más importante; de hecho, a la
misma a la cual se dirigía el Persephone cuando su protección de inercia voló.
Esta reunión era nada menos que la reunión de toda la Flota del Sector a la
terminación de las maniobras decenales en gran escala. El comandante Japp
esperaba encontrarse mismamente delante de las narices del propio almirante y
estaba ansioso por aparecer pronto allí. La señal de alarma puso fin a sus
planes, y a los pocos minutos toda la nave estaba desalentada con su mal humor.
El capitán William
Benjamin Britthouse estaba no menos disgustado que Japp. El también tenía una
cita, pero no con una flota, ni tampoco con un almirante, sino con una chica.
Tenía el anillo en el bolsillo. La señal de auxilio descompuso también sus planes,
pero hizo un cálculo rápido v vio que no durmiéndose y trabajando intensamente
podía emplear tres días en el salvamento y llegar a tiempo a su cita. Esto
quería decir que disponía de cuatro horas para obtener la licencia, encontrarse
con Jenny, declarársele, casarse con ella y llevarla a bordo del Trans-Galaxic
expreso con destino a la Tierra. Creía que tendría el tiempo justo para hacerlo
todo. Pitó llamando a sus oficiales, tenientes Bob Crofton y John Michelson,
para explicarles lo importante que era darse prisa.
Durante el tiempo
que tardaron las dos naves en acudir al salvamento las Fuerzas Planetarias e
Interplanetarias se enfrascaron en una de sus innumerables discusiones. La
Fuerza Planetaria sostenía que desde el momento en que la nave averiada estaba
en una superficie planetaria y además había lanzado una llamada pidiendo
auxilio, era evidente que el caso caía de lleno en su jurisdicción y el dirigir
la operación incumbía al capitán Britthouse. Los Interplanetarios, como es
natural, eran contrarios a esto y alegaban que era una nave interplanetaria la
que estaba en apuros, y un comandante, nada menos, que iba en su auxilio, no
necesitaba para nada que un cerdo planetario metiese las narices en ello. De
todos modos, con las vidas de veinte hombres en juego no podían plantear este
problema oficialmente, contentándose con la presunción de que, evidentemente,
la solución estaría en que el mando de la operación recayese en el de más edad
de los dos oficiales en cuestión. El hecho de que el comandante Japp fuese mayor
que el capitán Britthouse, y también su superior jerárquico, era, naturalmente,
puramente fortuito. Puramente.
En un nivel
estratosférico remoto en el orden jerárquico se llegó a un compromiso: la
jefatura de la operación sería asumida automáticamente por el oficial que
mandase la nave que primeramente entrase en la atmósfera del planeta en que el
Persephone había sufrido su accidente. El mensaje pidiendo ayuda había llegado
simultáneamente a las dos naves y justamente en el momento en que entraban en
la atmósfera se comunicaron entre sí y continuaron navegando juntas.
El capitán
Britthouse rió. Cuando Bill Britthouse reía se oía su risa en casi toda la
parte delantera de la nave. Era un sonido muy familiar en esta nave de la
Fuerza Planetaria, una cosa imperdonable en una nave oficial. Paseó el mensaje
por delante de las narices de sus dos oficiales y se sentó, limpiándose las
lágrimas; era todavía lo suficientemente joven para considerar la situación muy
graciosa.
Cuando se quedó
tranquilo y pudo hablar normalmente dijo:
- Bueno. Por lo
menos, nos han dado algún trabajo que hacer. Podemos sacar a esos idiotas de
ese hoyo donde se han metido y dejar a la superioridad que adjudique después a
cada uno su parte - y volviéndose al operador de comunicaciones añadió -:
Preséntele mis cumplidos al comandante de la nave interplanetaria y propóngale
una conferencia para discutir a ver cómo vamos a cooperar en el salvamento.
El comandante Japp
se sintió muy molesto al recibir este mensaje, porque esperaba que el otro se
hubiera puesto a sus órdenes, ofreciéndole sus servicios; pero esta oferta de
cooperación era prácticamente un insulto. «¡Cooperar! ¡Vaya! ¡Con un simple capitán!»
Envió un mensaje al capitán exigiéndole ásperamente que rectificase
inmediatamente esa intolerable situación. Entre tanto, se creyó en la necesidad
de burlarse un poco de ese cachorrillo. Sugirió que lo mejor sería localizar
primero la nave averiada. (De este modo el capitán Bascombe, del Persephone, no
tendría más remedio que someterse a sus órdenes y esto lo arreglaría todo.
Desgraciadamente no pudo, porque ya no existía el Persephone.)
* * *
El capitán
Britthouse estaba durmiendo cuando el teniente Michelson le llamó al cuarto de
control. Envolvió lo que quedaba de su almuerzo en algo que se semejaba a un
sándwich, y se fue con ello en la mano. En ese momento estaban sobre el mar y
se aproximaban a una costa. El mar era verdaderamente un mar de un azul
brillante y no de ese azul oscuro de los mares de la profundidad y la
dispersión. Era un azul que ofendía la vista.
- Bajemos aquí,
Mike - dijo Britthouse -, para ver esto más de cerca. Es el mar más raro que he
visto.
Cuando bajaron más,
vieron que era vegetación. Billones de hojas sin forma, como nenúfares, cubrían
la superficie del Océano, que parecía sólido, en una extensión de centenares de
millas.
Se veían algunos
canales ocasionales oscuros y amenazadores, con unas olitas blancas que
señalaban la presencia de corrientes. Se volvieron a elevar un poco para seguir
buscando el Persephone
El teniente
Michelson leyó y releyó la señal de socorro y no cogía bien el sentido de ella.
«... una fila de
lagos de colores. Hemos aterrizado al lado del lago rojo. Tenemos las máquinas
completamente destrozadas y las baterías...»
Aquí quedaba
cortada.
- ¿Por qué se
preocupa? - le espetó al oído Britthouse. Se sentó enfrente de él, al otro lado
de la mesa, señalando a la pantalla, donde se veía la costa -. Están ahí, ¿no
es eso?
Efectivamente, allí
había cinco maravillosos lagos en medio de la verde planicie; parecían joyas
sobre terciopelo. Todos de diferentes colores. Había uno rubí, uno zafiro, uno
esmeralda, otro...
- Pero ¿dónde está
el Persephone? - preguntó Britthouse, extrañado.
Nadie pudo
contestarle a esta pregunta, ya que el Persephone no había duda de que no
estaba al lado del lago rojo.
De creer lo que
habían dicho en la petición de auxilio, tenían las máquinas tan estropeadas
cuando aterrizaron que el moverse por sus propios medios estaba fuera de lo
posible. Localizar el sitio que habían dicho era fácil y seguro, y, sin
embargo, no estaba allí.
Michelson bajó la
nave otra vez, para inspeccionar el lugar más de cerca, y pasó sin ver a la
nave Berenice, que estaba inspeccionando por encima del valle sin haber perdido
tiempo en investigar sobre el mar... El Hannibal llegó hasta la boca del
estuario y Britthouse dio un vistazo rápido a todo el conjunto. El color azul
cielo del mar hacía fuerte contraste con una ancha franja en la orilla, que era
de un color oscuro y llegaba hasta la playa.
- Parece como si la
vida vegetal saliera del mar aquí - comentó Britthouse -. Parece un poco tarde,
Bob. ¿Cómo está la atmósfera?
- Como la de la
Tierra, aproximadamente, solo que con un diez por ciento de oxígeno, poco más o
menos.
- Entonces está
bien – respondió -. Aterriza aquí mismo, Mike, y luego vamos río arriba.
La planta marina
crecía por todo el estuario del pequeño río, dejando solamente unos canales en
el centro por donde corría el agua. El valle, con su serie de lagos, estaba
lleno de vegetación, que lo cubría todo, incluso los lagos. Unicamente había
una meseta más alta, por lo que se veía que no era todo un pantano.
- Quizá haya obrado
sabiamente después de lo sucedido - dijo Britthouse -, pero lo que no hubiera
hecho jamás es descender en semejante lugar. Es demasiado bonito para ser
saludable.
Sus tenientes
asintieron. Su larga experiencia de hombres planetarios les había enseñado que
la vida suele hacer extrañas jugarretas a los incautos; por regla general,
suelen ser escépticos hasta que están en dique.
- ¿Por qué supone
que lo ha hecho? - preguntó Crofton.
- La idea era
bastante buena - dijo el capitán -, sabia que sus máquinas estaban acabadas y
que su radio podía fallar de un momento a otro. No tenía tiempo de escribir un
informe completo para el globo, y con una radio inutilizada no podía indicarnos
un punto fijo. Así, pues, tenía que encontrar un mojón importante. Seguramente
que así lo hizo, pero no tenía necesidad de aterrizar allí mismo. Podía haberse
colocado en aquella meseta cercana y hubiese sido igualmente fácil encontrarla.
La cuestión es que ahora no está ahí. Lo mejor será que enlace con el Berenice,
y sugiérales que establezcamos tina base en la meseta, en la cabeza del valle,
y elaboremos un plan de acción.
El comandante Japp
disintió. Estaba acostumbrado a operar desde su nave. Para él una superficie
planetaria era o un puerto o un lugar que se debe evitar. De acuerdo con esto,
invitó al capitán Britthouse a su nave, poniendo toda clase de facilidades a su
disposición.
- ¡Valiente idiota!
- exclamó Britthouse -. Facilidades a la punta de mi pie! Supongo que quiere
decir que tiene una alfombra en el cuarto de mapas - y se volvió a sus
oficiales -: Usted se queda mandando la nave, Mike. Bob, dile al sargento Davys
que esté preparado para recibir la lancha del Berenice, y tú ven conmigo como
ayuda moral. Y nada de «Conforme, jefe» - rezongó cuando Crofton le respondió:
«A sus órdenes, señor» - y golpea tu tacón contra el otro cuando lo digas y
saludes. Vamos.
Britthouse hubiera
querido darle la mano a Japp al llegar, pero este le recibió con un saludo muy
frío y le hizo pasar al cuarto de oficiales. El capitán iba muy molesto
mientras recorría el pasillo. No se había quitado el uniforme de diario,
mientras que Japp estaba esplendente con uniforme de comandante de Subsector de
Flota de Segunda Clase. Iba por el pasillo muy ufano, resplandeciente y
engallado. Pero cuando entraron en el cuarto de oficiales Britthouse se quedó
asombrado. Había una mesa preparada para una comida. Los oficiales del Berenice
estaban formados en dos filas de azul y plata y la mesa brillaba con la
magnífica cristalería y las fuentes de plata.
Britthouse estaba
más que asombrado; se quedó molesto y horripilado pensando que, no lejos de
allí, había veinte hombres de esa misma flota perdidos, quizá en peligro de
muerte, y este mamarracho daba una fiesta a todo lujo. No estaba de acuerdo en
conformarse con esto, y dando media vuelta, salió del cuarto.
- Comandante Japp –
dijo -: Quiero hablarle en privado, si no le molesta.
La cara del
comandante se quedó impasible. Ya esperaba esto y tenía preparada la trampa. El
tono que empleó al contestarle fue francamente despreciativo.
- Si lo considera
necesario, capitán Britthouse, muy bien.
Su tono indicaba
claramente que solo un palurdo planetario podía tener tan malos modales. Volvió
al cuarto y, dirigiéndose a los oficiales, dijo:
Caballeros,
pónganse cómodos; no les haremos esperar mucho tiempo.
Una vez en su
camarote, se quedó mirando al hombre planetario. Resultaba unas pulgadas más
alto que él, a pesar de su inclinación de hombros.
- Y bien,
Britthouse, ¿qué hay?
Hacía lo posible
por resultar insultante usase o no el tratamiento. Britt dominó muy bien los
nervios.
- Estimo,
comandante, que es un momento poco a propósito para celebrar la hospitalidad
que me ofrece de una manera tan pomposa. En mi opinión debíamos continuar con
nuestra investigación lo más activamente posible. No hemos...
Japp le cortó la
palabra de un modo brusco:
- Ya he mandado los
mensajes necesarios – dijo -, y todo el Sector de Flota viene ya hacia acá a
toda velocidad. Llegarán dentro de unas ocho horas. Mientras tanto, no hay nada
que hacer.
Britt se encontró
cogido con esta salida inesperada, perdió el resuello, quedándose de momento
sin poder contestar.
- Pero..., pero
¿por qué llamar a la Flota? - dijo a todo evento -. ¿No podríamos nosotros
solos hacernos cargo de la situación?
Esta respuesta era
mejor de lo que Japp esperaba, pero no por ello dejó de tenderle su bien cebada
trampa.
- Sería
completamente suicida, mi querido capitán, emprender una empresa de esta
naturaleza con solo dos pequeñas naves contra una civilización hostil. De todos
modos es algo que está claramente prescrito en mis ordenanzas. No tengo
autoridad para exponer mi nave contra una inteligencia organizada.
Si Britt quedó
antes atónito, ahora quedó completamente fulminado. Dudaba cuál de los dos
había perdido la razón. Aquel hombre parecía que hablaba una lengua extraña.
Por fin encontró una idea concreta que exponer.
- ¿Qué inteligencia
organizada? – preguntó -. ¿Qué es lo que ha encontrado para convencerse de que
hay una inteligencia organizada?
- Yo creo que la
cosa es evidente - respondió Japp fríamente -. Un crucero ligero Mark Noveno,
con una masa inerte de ocho mil toneladas, desaparece completamente a las
veinte horas de haber aterrizado en una corriente de agua evidentemente
artificial y sin dejar rastro. Solamente un sistema bien organizado puede tener
medios para transportar un navío de ese volumen y de ese peso en tan poco
tiempo y sin dejar la menor huella. Pero resulta más significativo todavía que
solamente una inteligencia organizada es capaz de desear hacer tal cosa. ¿Qué
criatura sin una gran inteligencia sería capaz de acercarse siquiera a un
objeto desconocido de ese tamaño? ¿O es que tiene otra explicación que ofrecer?
Britt estaba
completamente anonadado. Naturalmente, no tenía ninguna explicación que dar. Ni
siquiera había cavilado sobre el asunto. Necesitaba recoger algunos hechos
primero. Para él resultaba demasiado pronto para empezar a hacer hipótesis.
Además, no veía esperanza de poder explicarle su punto de vista a este...
griego; conocía el tipo. El argumentar con este individuo era perder el tiempo.
De repente se acordó de su cita con Jenny y le dominó una desesperación feroz y
un gran deseo de abandonar por completo el asunto.
- Lo siento,
comandante – dijo -, no estoy de acuerdo con usted, y le ruego que nos excuse.
Deseo ir a mi nave inmediatamente.
No se habló ninguna
otra palabra. En completo silencio los dos hombres planetarios pasaron por
delante de la guardia que rendía honores y bajaron a la lancha, que se los
llevó. Britt se sentía miserablemente consciente de haber hecho una mala faena.
La situación le había caído del cielo, no pensó que podía haber sido
deliberadamente, y él había estropeado un buen caso, y lo había estropeado por
su reacción. No le gustaba que le indujeran a tomar decisiones rápidas. Por
instinto se inclinaba a examinar cualquier situación con detalle antes de sacar
conclusiones. Japp era aparentemente uno de esos héroes legendarios «famoso por
su habilidad para tomar decisiones rápidas en un caso de emergencia». Britt
siempre había menospreciado esta habilidad, era simplemente incapacidad para
ver más de una posibilidad en cada caso. La entrevista que acababa de tener no
le hizo cambiar de opinión. Comprendió que no debía abandonar la empresa y
dejar el campo libre a Japp para que actuara a su antojo. Mientras hubiera una posibilidad,
aunque fuese remota, de que los hombres del Persephone estuvieran todavía
vivos, no podía dejar de hacer todo lo posible.
Se afirmó más en su
determinación de continuar su investigación con urgencia, con o sin la ayuda de
Japp, y no iba a faltar a su cita con Jenny.
- Así, pues, mañana
por la mañana temprano - dijo a sus oficiales - vamos a salir y recorreremos
todos esos lagos de comedia musical, a ver lo que encontramos por allí.
El día del planeta
tenía unas treinta horas, de las cuales había doce de noche y dieciocho de día,
condiciones ideales para el hombre decidido a trabajar como una fiera. Para
Britt era muy lamentable tener que hacerlo en estas condiciones, pero creía que
su obligación era llegar hasta el limite.
El madrugar tanto
tuvo su recompensa, pues la oblicuidad de los rayos solares hacia que las
irregularidades del terreno se acusaran con mucho relieve, y lo mismo pasó con
el bulto que hacía el Persephone al otro lado del lago rojo. No perdieron el
tiempo. Michelson hizo bajar la nave rápidamente sobre las rocas desnudas a una
plataforma, donde tenía buen asiento, muy cerca del lago.
El sargento Davys
puso en marcha el Jenny, el pequeño vehículo que podía andar por cualquier
terreno, e inmediatamente se subieron Britt, Bob, Crofton y el sargento.
Bajaron por la rampa dentro de él, subieron por la ladera hasta el valle en un
ángulo alarmante, chirriando al andar sobre las rocas. El sargento Davys era un
experto conductor y el cochecillo - estaba hecho para moverse por cualquier
terreno, por muy inverosímil que fuera. Era prácticamente indestructible y sus
pequeños motores nucleares estuvieron en una ocasión completamente sumergidos y
no por eso dejaron de funcionar al atravesar un pantano en Sirio IV bajo una
gravedad de 4.2. Ni siquiera ratearon cuando, bajo las instrucciones de Britt,
el sargento los condujo hasta un macizo grande de vegetación.
Era como una maleza
de arbustos y cañas de unos cuatro pies de altura coronados por unas hojas
grandes y planas que se parecían a las hojas del ruibarbo venenoso. El Jenny
estaba en su elemento y consideraba aquello como pienso de pollos. Irrumpió en
medio de la maleza con gusto, dando bandazos y saltos entre los húmedos tallos,
aplastando una pulpa jugosa y haciendo de ella una especie de papilla.
Salpicaduras y pedazos saltaban en tal cantidad que el Hannibal se veía turbio
y parecía una caricatura.
- Está bien, Britt
- dijo la voz de Michelson en el teléfono -; está a unos pocos metros del lugar
donde están ustedes.
Este aviso ya era
innecesario, porque se veía claramente el bulto que hacía la nave desde el
nivel del suelo, porque la vegetación que había allí no era más alta de lo
normal. Lo más extraño e inexplicable era que la meseta pelada, diferente del
terreno que la rodeaba, era exactamente del tamaño necesario para que el
Persephone hubiera podido aterrizar en ella.
El Jenny había
andado en varias direcciones sin encontrar resto de la nave, hasta que iba a
darse por vencido, cuando Michelson tuvo una inspiración.
- ¿Cómo es el
terreno por ahí? ¿Está tapado con verde?
La respuesta fue
que no, que lo que había era roca al descubierto, los huesos desnudos del
planeta.
- ¿No hay tierra? -
dijo Michelson -. Entonces, ¿dónde están las raíces de esas plantas?
La respuesta a esto
fue también negativa.
- No tienen raíces.
Los tallos parecen salir de una tela metálica que forman unas ramas encima de
la roca.
Siguiendo la mayor
de estas ramas vieron que algunas bajaban y entraban en el lago y otras seguían
alrededor del lago, pero la mayoría recorrían el valle a todo lo largo y por la
playa, entrando en el agua.
En ese momento
Britthouse comenzaba a sentirse fracasado. La única señal del desaparecido
Persephone era el extraño pequeño plateau de vegetación, porque estaba
convencido de que las plantas y los lagos de colores raros estaban relacionados
en cierto modo con el misterio. Le parecía que solamente una inspección
biológica en gran escala podía dar la suficiente información sobre la
naturaleza de esta producción. No creía que hubiera animales de ninguna clase
en aquellas tierras, mucho menos seres superiores. El planeta era evidente que
pertenecía al período Silúrico y no era muy cierto que en esta temprana edad
hubiera animales en la tierra y en el mar.
Había muchos
ejemplos de planetas que alcanzaban inclusive el carbonífero superior sin
ninguna aparición de animales. Su proyecto de llegar a tiempo a su cita con
Jenny parecía que se iba alejando. De los tres días que tenía ya se le había
ido medio sin resultado práctico alguno. En una de sus transformaciones
acostumbradas, súbitamente abandonó sus concentrados pensamientos y se
convirtió en una trepidante dinamo de energía. En cinco minutos discurrió un
plan para efectuar una inspección ultrarrápida y diez minutos más tarde había
tres grupos exploratorios que habían llegado del Hannibal siguiendo cada uno el
plan que le había sido asignado.
Tuvieron un día
sorprendente y agotador, encontrándose al final del mismo, en la playa cerca
del estuario, al borde del mar muerto y sin olas, con el peso de su flotante
capa de vegetación azul.
- Conforme - dijo
Britthouse, cuando se reunieron en torno suyo -. Vamos a ver tus informes,
Mike.
- Yo creo -
respondió Mike - que el valle era originariamente un glacial; pero desde
entonces ha habido una considerable erosión debida al agua. El nivel superior
sobre la línea de vegetación fue seguramente un valle helado y colgante. Hay
una gran falla en el nivel y una cascada. Los lagos geológicamente son un
rompecabezas; Podrían corresponder a terminales de los restos glaciales, pero
son demasiado regulares para eso. Es muy difícil formar conclusiones sobre el
valle bajo, porque está completamente cubierto por la vegetación, y basta los
lagos también están cubiertos. Al parecer, también crece la vegetación en el
fondo de ellas. La gran escala geológica es suficientemente sencilla. En este
sitio, al parecer, la erosión, al cabo de muchísimo tiempo, ha acabado por
formar una planicie, que viene a ser una de las más viejas en la superficie del
planeta. Probablemente esta debe ser la mayor meseta del planeta, puesto que,
por lo que yo he visto, en ninguna parte hay planicies de más de unos cuantos
metros, sin contar las playas y los estuarios.
- Esto puede ser
muy significativo - dijo Britt -. Ahora tú, Bob.
- Sencillamente, la
confirmación de lo que ya suponíamos esta mañana: toda la superficie que hemos
recorrido es simplemente una maraña en raíces inmensa, correspondiente a una
planta única, enorme. Lo mismo pasa con las algas. Crecen raíces en las playas
y en los estuarios; pero la planta en el valle es una extensión de la planta
del mar. Las hojas son mayores y más oscuras, eso es todo. ¿Tú qué has visto,
Britt?
- Una cosa extraña:
aunque la planta flota en la superficie del mar, nace en el fondo de los lagos.
- La gravedad del
agua del mar - dijo Bob.
- Seguramente -
respondió Britt -. Esto explica por qué se hunde, pero no por qué crece, y
crece todo alrededor de los lagos; el agua tiene que circular a través de ellas
metros y metros entre un lago y otro.
- ¿Qué me cuentas
del color de los lagos? Esto es lo que más sorprende cuando se les divisa desde
el aire.
- No resulta tan
extraño cuando se los ve desde tierra – dijo -; pero el agua tiene un color
diferente en cada lago. Mañana vamos a ir a dar una vuelta por todos ellos y
traeremos muestras de agua de cada uno y también muestras de vegetación.
Haremos algunos análisis. Ya sé que parece muy remota la utilidad que esto
pueda tener para nuestro propósito; pero creo que si conseguimos averiguar la
razón de la existencia de estos lagos, tendremos una clave sobre la
desaparición del Persephone.
Se volvió hacia el
vigía:
- ¿Ha tomado todo
esto en el magnetófono?
- Sí, señor.
- Bueno, embobínelo
y mande una copia al comandante Japp con mis respetos.
La contestación del
comandante Japp, que se recibió a la mañana siguiente, era francamente
ofensiva; le rogaba que informara al capitán Britthouse que a él no le
interesaban nada las investigaciones botánicas que estaban haciendo sobre el
planeta y sugería que reservara su información para la autoridad competente. De
hecho, estaba asombrado. La actividad desarrollada por la tripulación del
Hannibal no había dejado de llegar a sus oídos y tenía la desagradable sospecha
de que Britthouse todavía se obstinaría en continuar. Había oído
desconcertantes rumores sobre lo chismosa que era la gente planetaria. Deseaba
fervientemente que hubieran conservado sus narices fuera de este asunto, que no
era de su incumbencia. Sin embargo, veía que se le pedía alguna acción de su
parte; alguna teoría detallada sobre la desaparición del Persephone.
Una noche entera de
estar preocupado pensando en el asunto no dio ningún resultado. No se le
ocurrió consultar con sus oficiales; sin expresar claramente sus pensamientos,
inconscientemente pensaba que él, como comandante, resultaba automáticamente la
persona más indicada para resolver el problema. Una ducha fría y un buen
desayuno le reconfortaron mucho. Tomó papel y lápiz con la idea de dejar
arreglado este asunto. Empezó a hacer un resumen con las informaciones que
tenía, a la manera de una demostración de Euclides:
1. El Persephone un Mark IX crucero ligero de
8.000 toneladas aterriza cerca de una corriente de agua, al parecer artificial
sin máquinas, y solamente con la reserva de energía suficiente para transmitir
una señal pidiendo auxilio
II. A las veinte horas al Persephone ha
desaparecido y no se ve trazo alguno de lucha ni ninguna máquina que hubiese
servido para moverlo, excepto una pequeña planicie con mucha vegetación en el
sitio donde es presumible que haya aterrizado. (No hacia más que utilizar la
información de Britt )
III. Por tanto,
parece evidente que se lo han llevado por el aire y que la plataforma de
vegetación no es más que un modo rápido de disfrazar él sitio donde, al
aterrizar, aplastó la vegetación.
IV. De aquí se
deduce que estamos ante a una inteligencia hostil y organizada con gran
habilidad mecánica.
V. Orden - Sección XVI - Capítulo 473 - Párrafo
28673. - Prohibe expresamente intervenir en semejante caso con menos de tres
navíos. De ser así, hay que poner el caso en conocimiento del más próximo
Sector de Fuerza.
Esto parecía
suficiente, pero pensó que sería mejor dar una información más amplia en vista
de los esfuerzos de ese Britthouse, ¡que así reviente! ¿Por qué había sido
secuestrado el Persephone? Supongamos que no haya sido secuestrado, sino
sencillamente destruido en el mismo lugar donde estaba y la plataforma
camuflada. Esto parecía lo más verosímil. Pero ¿por qué? Supongamos que la
corriente de agua artificial tuviese un significado religioso y que las que la
han consumido han destruido el Persephone en un acto de rabia y después se
asustaron de las consecuencias y trataron de ocultar el asesinato. De repente
se dio cuenta de que esta era la solución. El próximo paso sería rápido. En
cuanto llegase el Sector de la Flota tenían que asolar todo el valle como
represalia, lo cual, inevitablemente, traería consigo el descubrimiento de los
autores, que habrían de abandonar sus refugios para que el Sector de Flota les
prendiese y asumiera el control de la situación.
El Consejo
Sociológico protestaría, naturalmente, pero sería demasiado tarde. Se
regocijaba pensando en el ridículo que iba a hacer Britthouse con su
descripción detallada de la botánica de un valle quemado.
Japp no perdió
tiempo en componer un informe oficial con estas conclusiones para dirigirlo al
próximo sector de Flota. Después de pensarlo, se vio forzado, aunque a
disgusto, a enviar una copia a Britthouse. La acción del joven idiota de enviar
copias de sus informes le ponía a él en la obligación de cierta reciprocidad.
«Tiene, sin embargo, una ventaja - pensó con satisfacción -: Esto,
probablemente, evitaría que continuase molestando y revolviendo. »
La gente de Britt
estaba en este momento con el Jenny en la cabeza del valle cuando el vigía del
Hannibal lanzó el segundo mensaje. El sargento Davys sacó el original de la
máquina y se lo entregó al capitán. Lo leyó dos veces y lo pasó a Mike y Bob, y
se sentó, dando un gruñido de furia.
- ¿No es esto
propio de estos malditos idiotas interplanetarios? – preguntó -. No hay más que
un remedio para esto: tráete el calentador pesado, que vamos a demostrarles
quién es el que manda. Vamos a bajar al valle, y si no hemos terminado nuestras
«investigaciones botánicas» van a tener que esperarse los condenados a que
acabemos antes que empiecen a bombardear. ¿Por qué no podrán dejar de meter las
narices en todo? Este es un asunto planetario.
- Pero el Sector de
la Flota no actuará solamente empujado por Japp, ¿no es verdad? - preguntó Bob
inocentemente.
- Si cuando vengan
no hemos encontrado al Persephone, lo harán, aunque no sea más que para azuzar
a Japp contra estos cerdos planetarios. Todavía no conocéis a estos muchachos
felices, llenos de galones.
Se quedó de pie
impaciente, indicando el camino del barranco.
Ahora estaban en el
límite superior de la vegetación, al borde del precipicio, en la cabeza del
valle, con su masa azul oscura de árboles por debajo de ellos. El lago amarillo
brillaba allá abajo con unas olas amarillo limón que rompían en la playa. Más lejos
estaba el lago rojo, que marcaba un fuerte contraste con el borde azul. A lo
lejos se veían más pequeños el lago verde y el lago azul, y luego, apenas
visible, estaba cl quinto y último, que era el lago morado, que tenía detrás el
mar azul brillante.
- Nunca me
acostumbraré a esto - declaró Bob Crofton -. Cada vez que lo miro me da dolor
de cabeza. ¿Tienes bastantes fotos, Mike? Si Japp y su banda queman todo esto y
queda aniquilado, quiero tener alguna prueba de que ha existido y no es un
sueño mío.
- Deja de
chismorrear y ven a ver esto - llamó Britt.
En este momento la
pequeña corriente de agua, que bajaba de la montaña pelada, había abierto un
corte en el escarpado borde, formando una cascada sobre el lago amarillo. La
vegetación azul se había extendido barranco arriba: unos tallos largos y
azules, sin hojas, crecían hacia arriba y se introducían por las grietas e
intersticios de las rocas.
- ¿Has visto alguna
vez un valle como este en un terreno tan antiguo geológicamente hablando? -
preguntó Britt.
Mike miró hacia
arriba y abajo tratando de escudriñar lo grande y profundo que era, antes de
contestar:
- No – dijo -.
Parece como si hubiera sido cortado; pero para eso resulta demasiado áspero.
Además, ¿quién ha podido cortarlo? ¿Creéis que Japp, después de todo, pueda
tener razón?
- No lo sé -
respondió Britt -; pero empiezo a creer que esta vegetación, al menos, no se ha
formado de manera natural.
Bajó por la ladera
hasta el mismo barranco, un poco embarazado por su traje protector y su casco,
pero iba encontrando salientes de la piedra y huecos donde afianzar los pies y
las manos y se agarraba a las raíces azules.
Se agachó por
retirar una rama, se paró súbitamente para poder pasar por delante: había una
rama más gruesa que sobresalía de la roca. Por debajo de esta rama apareció un
filón de mineral de un material negro-azulado que rutilaba con un brillo
metálico. Cogió unos trozos que se habían desprendido al mover él la rama y se
volvió barranco arriba. Enseñó a los otros la muestra de mineral que había
cogido y les explicó que recorriesen todo el barranco para averiguar la
extensión del filón. Los dos tenientes se miraron y se encogieron de hombros.
Bill Britthouse tenía fama de que encontraba siempre una explicación para los
hechos más inverosímiles, pero esto les parecía que era ir demasiado lejos.
Mientras estaban ocupados en tan ardua
tarea, él se sentó al borde, sin hacer nada más que estar sentado mirando.
Cuando sus disgustados subalternos acabaron su inspección, él ya había visto lo
que quería. Varios fragmentos de roca y de mineral desprendidos de los lados
del corte fueron arrastrados por la corriente de agua hasta el lago.
- ¿Y bien? -
preguntó cuando regresaron.
- Cubre la mayor
parte de las laderas del barranco - le informó Bob -. Es un filón bastante
ancho y viene a correr paralelo al fondo del barranco.
- Bueno - respondió
Britt -, coge estas muestras de mineral, llévatelas al Hannibal y haz un
análisis especial. Necesito únicamente saber qué metales contiene. ¡Date prisa!
Bob salió corriendo
aturdido.
- Tú ven conmigo,
Mike. Vamos a tomar muestras de agua en cada uno de estos malditos lagos y de
su vegetación. Me parece que, por fin, vamos a averiguar algo.
Doce horas después
ya no estaba tan seguro. Habían trabajado como demonios durante cinco horas
haciendo un recorrido relámpago por todo el valle en el Jenny, cogiendo
muestras, y otras siete horas de trabajo agotador en el pequeño laboratorio de
la nave, analizando las muestras recogidas. Aunque los resultados tenían
interés para Britt, no veía la conexión que pudiera haber con la desaparición
del Persephone. Envió a sus oficiales a la cama y se quedó dándole vueltas en
la cabeza a sus problemas. También hizo una lista, para ayudar al proceso de
sus pensamientos; pero fue una lista muy poco parecida a la que había hecho
Japp:
1. Mineral: Cromo.
2. Equivalencia clorofílica: también Cr.
3. Lagos-Cr. en sol’u viz: amarillo-alcalino;
rojo-ácido; verde-alcalino; azul-oxidizado; púrpura-intermediario para
Clorofila-eq.
4. Persephone...?
Eventualmente
abandonó el trabajo, esperando que una noche de sueño le refrescaría el
cerebro. Desgraciadamente, la mañana siguiente le trajo poca inspiración y sí
solamente un oficio áspero de Japp para que estuviera dentro de una hora en los
alrededores del área indicada, porque el Sector de la Flota estaba al llegar,
preparado para empezar las operaciones.
- Que me condene si
voy - gruñó Britthouse -. - Sargento Davys, saca el Jenny. Vamos a recorrer
arriba y abajo todo el valle hasta que Tapp esté negro. Me quedaré allí hasta
que se solucione el asunto y ¡que reviente si se atreve...!
Cinco minutos
después, el fiel sargento se presentó en el cuarto de control con una cara muy
apurada:
- Lo siento,
capitán, pero me temo que el Jenny esté inservible.
- ¿Por qué?
- La corrosión,
señor. Los ejes están muy gastados y los cojinetes también tienen mucha
holgura. No me atrevo a salir con ella.
- Pero ese metal es
prácticamente inoxidable.
- Ya lo sé, señor.
Por eso no lo comprendía el primer día, pero el líquido que se les ha metido
dentro ayer los ha puesto mucho peor.
- ¿El líquido? ¿Qué
líquido?
- El líquido, la
savia de esas plantas, señor. El líquido que las ha estado impregnando durante
dos días completos. Esto es lo que ha oxidado todo, señor.
- ¡Fuego sagrado! -
exclamó Britt -. ¡De todos estos destilados idiotas!...
- Lo siento, señor
- respondió el sargento -. No pensé en ello.
- ¡No usted,
sargento! - exclamó Britt -. El idiota soy yo. De acuerdo. Ahora tenemos que
movernos. Tenemos que sacarlo antes que este loco de Japp empiece sus
bombardeos. Hay que darse mucha prisa, Mike.
- ¿Usted sabe dónde
está el Persephone? - preguntó el piloto asombrado.
- Seguro - dijo
Britt con una ancha sonrisa -. En el fondo del lago rojo.
No hubo más
oportunidad de hablar porque puso la nave en marcha, se elevó del sitio donde
estaba y marchó valle abajo hasta que describió un semicírculo y fue a
aterrizar bruscamente (de un modo que se subía el estómago) justamente cerca
del lago rojo, frente a la cascada que caía sobre el lago. Los sirvientes de
las piezas estaban justamente metiendo dos torpedos en los tubos cuando se
recibió el mensaje de la Flota Interplanetaria, que estaba firmado nada menos
que por el propio almirante. Sencillamente repetía el parte anterior de Japp,
pero añadía que si no cumplía esta orden, daría parte de ello «a la autoridad
competente».
Britt demoró
bastante el cumplir la orden y ya se divisaban en lontananza las naves del
Sector de Flota que se proyectaba sobre el cielo azul.
- ¡Caramba, qué
aspecto más formidable! - dijo Britt -. Sirio, ya conoce la clase de holgazanes
que llevan, pero construyen buenas naves. Siento tener que estropearles su
diversión. ¡Artilleros! ¿Listos? ¡Fuego!
Mientras los dos
torpedos de explosión retardada buscaban en el agua del lago rojo, Britt elevó
el Hannibal de un salto que los dejó sin respiración.
Quince segundos
después, del lago rojo surgió un gran géiser de agua y humo. La capa de
vegetación que lo cubría se partió en dos y la presión del agua que había
debajo hizo que esta subiera, saliendo como un torrente hasta que se fue
vaciando el lago.
- Esto debió de ser
bueno - dijo Britt -; fíjense en el sitio donde se mezclan las dos corrientes
de agua.
Tenía razón, era
más que bueno: era espectacular. Donde se mezclaba el agua roja con el agua
azul, se producían unas nubes de vapor y unos chorros de líquido hirviendo, de
lodos pardos y verdes que ascendían por el aire. Grandes cantidades de
vegetación de varios colores eran proyectadas a los lados y una fuerte niebla
producida por el vapor se fue acumulando en el fondo del valle.
En este momento el
vigía anunció que el almirante de la Sección de la Flota estaba en la pantalla
y que quería que el capitán Britthouse hiciese el favor de ponerse al aparato.
La cara del
almirante era un modelo de frío desprecio.
- Le he de
advertir, capitán Britthouse – dijo -, que de esta chiquillada de querer
adelantárseme en esta tarea daré parte a sus superiores. ¿Será usted tan amable
de retirar su nave del campo de mis operaciones sin más demora?
Britt tenía los
dedos índice y corazón cruzados y ocultos debajo de la mesa.
- ¿Y si estuviese
equivocado?
Por un momento dejó
de mirar a la pantalla; después vio que el almirante estaba esperando su
respuesta y le dirigió una sonrisa seráfica.
- Gracias por su
valiosa cooperación, señor – dijo -. Le voy a rogar que suspenda su fuego por
un momento, hasta que el objeto que empieza a hacerse visible en el segundo
lago pueda ser identificado.
Cortó la
comunicación y se llevó el Hannibal a la playa del lago rojo. El agua había
bajado mucho y en el fondo del lago se veía un gran bulto. Estaba cubierto de
hojas, tallos de vegetación pardusca y todo sucio y negro, pero su figura no
dejaba lugar a duda: era el Persephone.
Gradualmente fue
bajando el agua hasta que quedó completamente al descubierto. Parecía como si
lo hubieran cubierto de guirnaldas parduscas; los metales estaban oxidados y
picados y en algunos sitios tenían incluso agujeros.
- ¡Oh Dios! - gruñó
Mike -, no debe de haber nadie vivo aquí dentro.
Pero con la punta
de una barra abrió un boquete en el casco. Pronto los hombres que había dentro
hicieron una gran abertura en el metal oxidado, y con sus trajes espaciales,
dando traspiés, se escurrían cutre los charcos y el barro y fueron llegando a
donde estaba Britthouse esperándolos, de pie, junto al Hannibal. Según
avanzaban saludaban igualmente al hombre planetario y a la tripulación de la
Flota Interplanetaria. Britt se quedó el tiempo necesario para saludar al
primer hombre que salió a la playa, le estrechó la mano, le dio palmaditas en
la espalda y se tocó el casco, mientras decía unas breves palabras.
Entonces saludó al
abandonado barco interplanetario que ostentaba su majestuoso volumen detrás de
su nave. Subió al Hannibal, que en menos de diez minutos ya no era más que un
puntito en el cielo.
- Muy sencillo -
les estaba diciendo a sus tenientes -; en cierto modo, el viejo Japp tenía
razón: fue una inteligencia organizada la que movió al Persephone.
- Pero ¿cómo...?
Pero ¿dónde...?
- La planta – dijo
- es el primer ejemplar de vegetación artificial en el universo.
Es notable, pero
los jóvenes estaban decididos a no dejar esto sin que lo explicara.
- Estas plantas,
esta planta, ¿es artificial? - preguntaron -. ¿Cómo lo sabe? No hacen nada.
- ¿Y qué cosa
querían ustedes que hiciera una planta artificial? - preguntó Britt -. ¿Lucir
un diploma? ¿O tirar de sus raíces y andar por ahí pretendiendo ser un animal?
Un vegetal, aunque sea artificial, es siempre un vegetal, ¡so cretinos! Hace lo
que todo vegetal necesita hacer: come. Y los vegetales comen minerales. Y este
no tenía el cromo necesario que precisa para su propia clase de clorofila, y
así buscó una fuente suplementaria de él. Siguió arroyo arriba, desde el mar,
hasta localizar la fuente d~ mineral, e hizo que el río se convirtiera en una
factoría química que le proporcionara su alimento. Estos lagos eran sus
depósitos de agua mineral. Producían las aguas ácidas y alcalinas sin necesidad
de complicados procedimientos.
- Pero ¿qué
relación guarda esto con el Persephone?
- Esto me tuvo
preocupado algún tiempo. Después descubrí que la savia corroe el acero cromado.
El Persephone se debe de haber impregnado todo él de savia cuando aterrizó. Aún
más, estaba posado sobre este ácido activo. Entonces lo que hace es un terrible
esfuerzo y empuja todo este don de los dioses al tanque para que se disuelva.
- Buen trabajo
hicimos al desecar el lago a tiempo - dijo Bob.
- No estaba en
ningún peligro - replicó Britt -; tenia reserva bastante de aire y de comida
para varias semanas. Me figuro que tendrían todas las salidas bloqueadas y no
podían salir. Sea como sea, lo único que podían hacer era esperar hasta que el
ácido de la planta disolviera el casco, y entonces, con sus trajes de espacio,
podrían nadar hasta la playa. El peligro grande para ellos provenía de ese
endemoniado griego, Japp, porque los gruesos cañones de la Flota los hubieran
frito vivos en diez minutos.
- ¿Griego? -
preguntó Michelson -. ¿Es que es griego?
- ¡Oh!, ¿No lo
saben? - masculló Britt -. Escuchad. Hubo una vez un grupo de pensadores
griegos (esto era en tiempo de Aristóteles) que estuvieron toda una noche
discutiendo furiosamente sobre el número de dientes que tiene un caballo en la
boca, y no pudiendo ponerse de acuerdo, interpelaron a un transeúnte, que
resultó ser un árabe, y le persuadieron para que fuera el árbitro de la
discusión. Escuchó atentamente todos sus argumentos y, en seguida, sin decir
una palabra, se alejó. Al cabo de un momento volvió y les dio la contestación
exacta.
- ¿Cómo te
arreglaste para decidir? - le preguntaron.
- ¿De quién fue el
mejor argumento, en qué lógica te has apoyado?
- ¡Al diablo la
lógica! – respondió -. Yo no he hecho más que ir al establo y contar los
dientes de mi caballo.
FIN

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