© Libro N° 14034. El Hombre De
Metal. Williamson,
Jack. Emancipación. Julio 12 de
2025
Título Original: © The Metal Man
Versión Original: © El Hombre De Metal. Jack Williamson
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
Libros Tauro
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Jack Williamson
El Hombre De
Metal
Jack Williamson
El Hombre De Metal
Jack Williamson
The Metal Man (1928)
El Hombre de Metal
está en un oscuro y polvoriento rincón del museo de Tyburn College. Quién es
responsable de que se lo haya trasladado allí, o por qué, no lo sé. Para los
ojos que lo miren casualmente, es solo una estatua de tamaño natural. El
visitante que lo examina más de cerca, se maravilla de la diminuta perfección
de los detalles del cabello y la piel, de la silenciosa tragedia de la resoluta
y determinada expresión y postura, y del notable matiz verdoso del metal con
que está hecha, pero, por sobre todo, de la peculiar marca del pecho. Es una
mancha de seis lados, de un tono carmesí intenso, con una superficie
extrañamente granulada de la que se irradian unas raras líneas onduladas, de un
rojo más suave.
Por supuesto que se
sabe en general que el Hombre de Metal fue una vez el profesor Thomas Kelvin,
del Departamento de Geología. Hay muchas versiones deformadas e incorrectas del
espantoso desastre que sufrió. Creo que soy el único a quien confió su relato.
Es con el objeto de poner fin a esos cuentos fantásticos que he decidido
publicar la narración que Kelvin me envió.
Durante algunos
años, Kelvin había estado pasando sus vacaciones de verano en la costa mejicana
del Pacífico, buscando radio. Hacía tres meses que había regresado de su última
expedición. Evidentemente, había tenido un éxito que superaba sus más descabellados
sueños. No volvió a Tyburn, pero oímos historias acerca de que había vendido
millones de dólares en sales de radio, y que había donado otro tanto a las
instituciones que empleaban radio en sus tratamientos. Y se decía que padecía
una extraña dolencia que desafiaba a los mejores especialistas del mundo, y que
estaba derrochando sus millones para establecer becas y subvenciones, como si
esperara morir pronto.
Un día frío y
tormentoso, cuando el mar se agitaba sobre la costa donde está enclavada la
cabana, vi una vela hacia el norte. Se acercó rápidamente, hasta que pude
distinguir que era una pequeña goleta con fuerza auxiliar. Navegaba con el
viento, pero a media milla de la costa arrió las velas. Muy pronto un bote se
encaminó hacia la costa. El mar no estaba tan picado como para hacer peligroso
el desembarco; pero el procedimiento era bastante inusual y, como no tenía otra
cosa que hacer, salí al jardín del frente de mi modesta casa, que se alza a
alrededor de doscientos metros por encima de la playa, para tener una visión
mejor.
Cuando el bote tocó
tierra, cuatro hombres saltaron de él y lo arrastraron hasta la arena. Mientras
un quinto hombre se paraba en la proa, los otros cuatro levantaban un gran baúl
y se encaminaban en dirección a mí. La quinta persona los siguió despreocupadamente.
En silencio y sin invitación, los hombres subieron el baúl por la playa,
introduciéndolo en mi jardín, y apoyándolo junto a la puerta de entrada.
El quinto hombre,
un patrón de barco yanqui de rostro duro, se acercó a mí.
—Soy el capitán
McAndrews —me dijo con aspereza.
—Encantado de
conocerlo, capitán —dije con curiosidad—. Debe haber algún error. No
esperaba...
—En absoluto —dijo
él abruptamente—. El hombre que está en el baúl fue trasferido a mi barco desde
el vapor Plutonia hace tres días. Me pagó mis servicios, y creo que he cumplido
con las instrucciones. Buenos días, señor.
Giró sobre sus
talones y comenzó a alejarse.
—¡Un hombre adentro
del baúl!—exclamé.
Siguió caminando
sin reparar en mí, y los marineros lo siguieron. Me quedé mirando cómo subían
al bote y remaban hasta la goleta. Miré las velas hasta que se perdieron contra
el opaco azul de las nubes. Francamente, tenía miedo de abrir el baúl.
Por fin, conseguí
dominar mis nervios y hacerlo. No estaba cerrado con llave. Con un
incontrolable horror, que me dejó medio enfermo durante horas vi en su
interior, completamente desnudo, con la extraña marca carmesí que resaltaba
lívida sobre el verde pálido del pecho, al Hombre de Metal, tal como puede
verse en el Museo.
Por supuesto que en
seguida advertí que era Kelvin. Durante un largo rato permanecí inclinado,
contemplándolo y estremeciéndome. Luego vi una vieja cantimplora, manchada de
púrpura, junto a la cabeza de la imagen, y, debajo de ella, un manuscrito.
Extraje este último, me encaminé —con paso vacilante al sillón de la casa y leí
la siguiente historia:
"Querido
Russell:
Eres mi mejor —mi
único— amigo íntimo. He dispuesto que mi cuerpo y este relato lleguen a tus
manos. Acabo de beber lo que me quedaba del maravilloso líquido púrpura que me
ha mantenido con vida desde que regresé, y tengo poco tiempo para concluir este
relato, necesariamente breve, de mi aventura. Pero mis asuntos están en orden y
moriré en paz. Me he hecho transferir hoy a la goleta, para llegar a ti lo más
rápido posible y evitar complicaciones. Confío en el capitán McAndrews. Cuando
abandoné Francia, esperaba verte antes del fin. Pero el Destino lo dispuso de
otro modo.
"Sabes que la
meta de mi expedición eran las fuentes de El Río de la Sangre. Es una pequeña
corriente cuyas aguas extrañamente rojas fluyen hacia el Pacífico. En mi viaje
del año pasado descubrí que sus aguas tenían gran radiactividad. El agua tiene
la propiedad de absorber las emanaciones de radio y emitirlas a su vez, y había
esperado encontrar minerales que contuvieran radio en el lecho del curso
superior del río. A veinticinco, kilómetros más arriba de la desembocadura, el
río emerge de las cordilleras. Hay unos pocos kilómetros de rápidos y, al salir
de ellos, el río cae en una magnífica cascada. Ningún grupo de exploración ha
regresado de la cascada. Yo había contratado a un guía indio y hecho el viaje
hasta el pie de la catarata a lomo de muía. De inmediato vi que sería fútil
intentar escalar el escarpado precipicio. Pero allí el agua era aún más
intensamente radiactiva que en la desembocadura. No había otra cosa que hacer
más que regresar.
"Este verano
compré un pequeño monoplano. Aunque comparativamente lento en velocidad, y con
capacidad para solo seis horas de vuelo, su escaso peso y la pequeña zona de
aterrizaje necesaria, lo convertía en la única máquina adecuada para una zona
tan escabrosa, El vapor volvió a dejarme en el puerto de la pequeña ciudad de
Vaca Morena, con mi pila de bultos y latas de gasolina. Después de una visita
al alcalde me aseguré el uso de un cobertizo abandonado que haría las veces de
hangar. Me aboqué al armado del aeroplano, y en quince días había completado la
tarea. Era una hermosa máquina, con una extensión máxima de alas de siete
metros y medio.
"Entonces, una
mañana, puse el motor en marcha e hice un vuelo de prueba. Voló parejamente y
esa tarde llené los tanques y partí para El Río de la Sangre. La corriente
parecía una roja serpiente que reptara hacia el mar: —había algo serpentino en
su aspecto. Volando alto, la seguí más arriba de las cataratas, hasta una
región de encumbrados picos montañosos. El río desaparecía debajo de una
montaña. Por un momento pensé en aterrizar, y luego se me ocurrió que fluiría
subterráneamente solo unos pocos kilómetros y que reaparecería tierra adentro.
"Me elevé por
encima de las montañas y llegué al cráter.
"Era una gran
hoya de fuego verde, de diez kilómetros de diámetro hasta los oscuros
murallones del extremo más alejado. La superficie verde era tan tersa que al
principio la creí un lago, y luego la supuse una hoya de denso gas. Bajo la
gloria del sol del atardecer, las cumbres cubiertas de nieve eran, brillantes
coronas de plata, bañadas de carmín, teñidas de púrpura y oro, matizadas con
extraños tintes de increíble belleza. En medio de este salvaje escenario, la
naturaleza había colocado su mayor tesoro. Supe que en ese cráter hallaría el
radio que buscaba.
"Volé en
círculos por encima del lugar, maravillado. A medida que el sol se ponía, una
ligera niebla plateada se concentró sobre los picos, velando a medias sus
prodigios, y fluyó hacia el cráter. Parecía extrañamente atraída hacia allí. Y
entonces el centro del lago se elevó en un pico reluciente. Se convirtió en una
gran colina de fuego esmeralda. Algo se elevaba en el verde... ¡haciéndolo
subir! Entonces el vapor volvió a caer, revelando un extraño objeto, aún velado
apenas por las nubes verdes y plateadas. Era una gigantesca esfera de intenso
rojo, marcada por cuatro enormes manchas ovales de color negro opaco. Su
superficie era tersa, metálica, y densamente tachonada de grandes clavos que
parecían de fuego amarillo. Era una máquina, de tamaño inconcebiblemente
grande. Giraba con lentitud a medida que se elevaba, sobre un eje vertical,
moviéndose con una moción resoluta y deliberada.
"Llegó hasta
el nivel donde yo estaba, se detuvo y pareció girar con más rapidez. Y la
niebla plateada fue atraída por los puntos amarillos, condensándose,
espesándose, hasta que todo el globo se trasformó en una bola de reluciente
plata. Por un momento quedó suspendida, increíblemente gloriosa bajo la luz del
sol que se ponía, y luego se hundió —cada vez más rápido— hasta que cayó como
un plomo en el mar de verde.
"Y con su
caída una siniestra tiniebla descendió sobre la desértica desolación de las
cumbres, y me invadió un temor que antes el asombro había ahogado, y me di
cuenta de que tenía poco tiempo para llegar a Vaca Morena antes de que
oscureciera por completo. De inmediato enfilé el avión en dirección a la
ciudad. Según mis recuerdos, en ese momento no tenía una idea muy definida
acerca de lo que había visto, o de si la sobrenatural escena había sido causada
por agentes humanos o naturales. Recuerdo haber pensado que en la enorme
cantidad en que el cráter debía poseerlo, el radio debería tener cualidades
inadvertidas en las cantidades pequeñas y que podrían estar presentes ciertos
minerales radiactivos desconocidos hasta el momento. También se me ocurrió que tal
vez otros científicos ya hubieran descubierto los depósitos, y que lo que yo
había presenciado fuera el vuelo de prueba de un aeroplano en el que el radio
fuera usado como propulsor. Estaba considerablemente impresionado, pero no muy
alarmado. Lo que sucedió más tarde me hubiera parecido increíble.
"Y entonces
advertí que una pálida luminosidad azulada se concentraba alrededor de la
cubierta de la cabina, y en un momento vi que toda la máquina, y hasta mi
propia persona, estaban cubiertas por ella. Era algo similar al Fuego de San
Telmo, salvo que cubría indiscriminadamente todas las superficies, en lugar de
restringirse a los lugares aguzados. De inmediato relacioné el fenómeno con lo
que había visto. No sentí ningún malestar físico, y el motor siguió
funcionando, pero a medida que la radiación azul se acrecentaba, observé que mi
cuerpo se hacía más pesado ¡y que la máquina era arrastrada hacia abajo!
Asombro y terror inundaron mi mente. Luché para seguir siendo dueño de mí mismo
y poder controlar la nave. Mis brazos se hicieron pronto tan pesados que con
gran dificultad pude mantenerlos sobre los controles, y me desvanecí
ligeramente, debido, sin duda a la disminución de circulación en mi cerebro.
Cuando me recobré, estaba casi encima del verde. De algún modo, mi gravitación
había sido acrecentada, ¡y algo me arrastraba hacia el pozo! Solo cayendo a
gran velocidad era posible mantener el aeroplano bajo control.
"Me zambullí
en la hoya verde. El gas no era sofocante, como yo había previsto que sería. En
realidad, no advertí ningún cambio en la atmósfera, salvo que mi visión se
limitaba a unos pocos metros a mi alrededor. Las alas del aeroplano eran aún
claramente visibles. De repente, una tersa llanura arenosa se reveló
sombríamente debajo de mi avión, y pude nivelar la nave lo suficiente como para
lograr un aterrizaje seguro. Cuando me detuve vi que la arena era ligeramente
luminosa, tal como parecía ser la niebla verde, y roja. Durante un rato mi
propio peso me mantuvo confinado en la nave, pero advertí que el azul se
disipaba lentamente, y su efecto con él.
"Tan pronto
como pude, me encaramé sobre el costado de la cabina, llevando mi cantimplora y
mi automática, que resultaban inmensamente pesadas. Era incapaz de mantenerme
erguido, pero me arrastré por la áspera y reluciente arena roja, deteniéndome a
intervalos frecuentes para tenderme y descansar. Temía mortalmente la fuerza
que me había arrastrado hacia abajo. Estaba seguro de que era controlada por
una inteligencia. El suelo era tan liso y nivelado que supuse que sería el
fondo de algún antiguo lago.
"Algunas veces
miraba con temor hacia atrás, y cuando estuve a cien metros vi una veintena de
luces que flotaban a través del verde en dirección al aeroplano. En la sombría
luminosidad cada punto brillante estaba rodeado de un disco de azul más pálido.
No me moví, sino que permanecí tendido mirándolos flotar hacia el aeroplano y
rodearlo con un movimiento lento y pesado. Se acercaron y descendieron más
hasta que llegaron al suelo debajo de la máquina. La niebla era tan densa que
oscurecía los detalles de la escena.
"Cuando iba a
reanudar mi huida, descubrí que mi exceso de gravedad había desaparecido casi
por completo, aunque seguí gateando sobre mis manos y rodillas durante otros
cien metros para escapar de cualquier posible observación. Cuando me puse de
pie, había perdido de vista al aeroplano. Seguí caminando durante alrededor de
un cuarto de kilómetro y de repente advertí que mi sentido de la orientación se
había esfumado casi por entero. ¡Estaba completamente perdido en un mundo
desconocido, habitado por seres cuya naturaleza y disposición no podía ni
siquiera adivinar! Y además advertí que era una tremenda tontería caminar
cuando cualquier paso podía precipitarme en algún peligro del que nada sabía.
Tenía un peculiar y desagradable sentimiento de impotente terror.
"La roja arena
luminosa y el brillante verde del aire se extendían en todas direcciones,
ininterrumpidos por ningún objeto sólido. No había vida, ni sonido, ni
movimiento. El aire era pesado y denso. La lisa arena era como la superficie de
un mar muerto y desolado. Sentí pánico por el completo aislamiento de la
humanidad. La niebla pareció acercarse más; su extraña malignidad pareció
acentuarse.
"Súbitamente
una luz muy veloz pasó como un meteoro a través del verde y, sobresaltado,
corrí unos pocos pasos, atontado. Mi pie golpeó un objeto liviano que resonó
como metal. La estridencia del golpe me llenó de temor, pero un instante
después la luz había desaparecido. Me agaché para ver lo que había pateado.
"Era un pájaro
de metal —un águila hecha de metal— con las alas desplegadas, las garras
crispadas, el fiero pico abierto. Era blanca, matizada de verde. No pesaba más
que el pájaro con vida. Al principio pensé que sería un vaciado y luego vi que
cada una de las plumas era completa y flexible. ¡De algún modo, un águila
verdadera se había convertido en metal! Parecía increíble, sin embargo tenía
una prueba concreta. Me pregunté si los depósitos de radio, que ya había usado
para explicar tantas otras cosas, podrían ser responsables también de esto.
Sabía que la ciencia sostenía que la trasmutación de los metales era posible
—que incluso había sido lograda en algún grado— y que el radio mismo era
producto de la desintegración del ionio, y el ionio, producto de la del uranio.
"Me golpeó el
temor por mi propia seguridad. ¿También yo me convertiría en metal? Miré
buscando si había otros objetos de metal a mi alrededor. Y los hallé en
abundancia. Semienterrados en las brillantes arenas se veían pájaros de todas
las variedades: pájaros que habían volado por encima de las montañas vecinas.
Y, en la culminación de mi búsqueda, hallé un ptereosaurio, un reptil volador
que había invadido el pozo en edades pasadas, trasformado en metal sin edad.
Medía cuatro metros y medio de punta a punta de las alas... habría sido el
tesoro de cualquier museo.
"Hice un
temeroso examen de mí mismo y, para mi indecible horror, percibí que las puntas
de mis dedos, y el fino vello que cubría mis manos... ¡ya se habían trasformado
en un liviano metal verde! La impresión me quitó el valor por completo. No
puedes concebir mi horror. Grité en voz alta en mi agonía, sin importarme los
terribles males que el sonido pudiera atraer. Corrí locamente. Estaba ciego,
enloquecido. Mientras corría, no sentía fatiga, solo desnudo terror.
"Brillantes y
veloces luces pasaban entre el verde por encima, pero yo no reparé en ellas. De
repente me encontré con la gran esfera que había visto arriba. Descansaba
inmóvil en una armazón de metal negro. El fuego amarillo había desaparecido de
los clavos, pero la roja superficie relucía con brillo metálico. Había luces
que flotaban a su alrededor. Hacían brillar pequeños fragmentos de verde, como
si fueran faroles que oscilaran en la niebla. Me volví y corrí otra vez,
desesperadamente. No tuve en cuenta la dirección, ni tampoco el paso del
tiempo.
"Luego me
encontré con un banco de vegetación violeta. Era alta hasta la cintura,
semejante a la hierba, con espesas hojas angostas, punteadas de racimos de
pequeños pimpollos rosa, y pequeñas bayas púrpura. Y a unos veinte metros más
allá vi una perezosa corriente roja: El Río de la Sangre. Aquí estaba a
cubierto finalmente. Me arrojé entre la maleza violeta, sollozando de fatiga y
terror. Durante largo tiempo fui incapaz de moverme o pensar. Cuando miré otra
vez la punta de mis dedos, vi que el metal habían duplicado su espesor.
"Traté de
controlar mi agitación, y de pensar. Posiblemente las luces, fueran lo que
fueran, dormirían de día. Si pudiera hallar el avión, o escalar las paredes,
podría escapar de los espantosos efectos de los minerales radiactivos antes de
que fuera demasiado tarde. Me di cuenta de que estaba hambriento. Arranqué
algunas de las bayas rojas y las probé. Tenían un sabor salado y metálico, y
pensé que no tendrían valor alimenticio. Pero al arrancarlas, sin advertirlo,
había exprimido el jugo de una de ellas encima de mi dedo, y cuando lo enjugué,
vi, para mi asombro e inexpresable alegría, que el borde de metal había
desaparecido de las uñas que el zumo había tocado. ¡Había descubierto un medio
de salvarme! Supongo que las plantas podían existir solo porque su desarrollo
era tal que producían compuestos que contrarrestaban las emanaciones que
formaban el metal. Probablemente su evolución había comenzado cuando la acción
era mucho más débil que ahora, y solo habían sobrevivido aquellas capaces de
tolerar las más intensas radiaciones. No perdí tiempo para comer un racimo de
bayas, y luego volqué el agua de mi cantimplora y la llené de jugo. He
analizado el fluido: corresponde en algunos aspectos a las fórmulas corrientes
para la neutralización de las quemaduras de radio, e indudablemente me salvó de
las terribles quemaduras ocasionadas por la acción del radio ordinario.
"Ahí yací
hasta el alba, dormitando de a ratos y despertándome sin ninguna causa. Parecía
como si un poco de la luz diurna se filtrara a través del verde, porque al
amanecer empalideció, e incluso las arenas rojas se hicieron menos luminosas.
Después de comer unas cuantas bayas más, me aseguré de la dirección de las
estancadas aguas, y partí corriente abajo, hacia el oeste. Para tener una idea
de hacia dónde iba, conté mis pasos. Había caminado alrededor de tres
kilómetros Junto a las plantas violetas, cuando llegué a un abrupto acantilado.
Se elevaba hasta perderse en las verdes sombras. En su mayoría, parecía
constituido de negro óxido de uranio. El obstáculo era aparentemente
infranqueable. El rojo río se zambullía hasta perderse de vista junto al acantilado,
formando un rugiente remolino.
"Caminé por el
borde hacia el norte. No tenía ningún plan definido, excepto tratar de
encontrar un camino para escalar el acantilado. Si fracasaba, sería el momento
de explorar la llanura. Temía mortalmente acercarme a ella, o encontrarme con
las luces que había visto flotando allí. Mientras marchaba no vi ninguna.
Supongo que dormían durante el día. Continué creo que hasta mediodía, aunque mi
reloj se había detenido. Ocasionalmente, pasaba junto a árboles de metal que
habrían caído desde arriba, y en una oportunidad, junto al cuerpo metálico de
un oso que habría resbalado del sendero en épocas pasadas. Y había innumerables
pájaros de metal. Deben haberse acumulado durante eras geológicas. Durante todo
este tiempo, el acantilado se había alzado perpendicularmente hasta el límite
de mi visión, pero ahora vi una amplia cornisa, con un gran muro escarpado tras
ella, apenas visible arriba. Pero el muro del acantilado se erguía treinta
metros antes de llegar a la cornisa, y yo maldije mi incapacidad de escalar. Durante
un rato estuve allí, ideando impracticables medios de escalarlo, casi llorando
de impotencia. Estaba famélico, y también sediento. "Finalmente proseguí.
"En una hora
me encontré con eso. Un esbelto cilindro de metal negro, que se elevaba a unos
treinta metros entre la niebla verde, y tenía en la cima una gran llama
anaranjada con forma de hongo. Era una cosa extraña. El fuego subía como un
globo, firme y brillante. Semejaba un enorme chorro de gas combustible,
ardiendo como si manara del cilindro. Me quedé petrificado de asombro,
preguntándome vagamente la causa y el objeto de la cosa.
"Y entonces vi
vagamente otras, una veintena de ellas, un bosque de llamas.
Me recosté contra
el muro y reflexioné. Esa, supuse, era la ciudad de las luces. Dormían ahora,
pero aún así no tuve el valor de entrar. De acuerdo con mis cálculos, había
recorrido alrededor de veinte kilómetros. Entonces debería estar, pensé, en un
lugar diametralmente opuesto al sitio donde el río rojo fluía subterráneamente,
y todavía me quedaba la mitad del borde por explorar. Si quería proseguir mi
viaje, debía rodear la ciudad, si es que se la podía llamar así.
"De modo que
me aparté del muro. Pronto lo perdí de vista. Traté de seguir viendo las llamas
anaranjadas, pero se esfumaron abruptamente en la niebla. Caminé hacia la
izquierda, pero no encontré otra cosa más que el vasto desierto de arena roja,
bajo la niebla verde. Caminé y caminé. Luego la arena y el aire se hicieron
ligeramente más brillantes, y supe que había caído la noche. Muy pronto las
luces comenzaron a ir y venir. Ya había visto luces la noche anterior, pero se
movían a mucha altura y con gran rapidez. Estas, por el contrarío, se
deslizaban lentamente, y sentí que estaban explorando.
"Supe que me
buscaban. Me tendí en un hoyo pequeño, en la arena. Vagos puntos de luz velados
por la niebla se aproximaban y pasaban. De pronto uno se detuvo justo sobre mí.
Descendió y el círculo de brillo se hizo más grande a su alrededor. Supe que
sería inútil correr, y no podría haberlo hecho, pues estaba aterrorizado.
Descendió más y más.
"Y entonces
pude ver su forma. Estaba compuesta de un reluciente, deslumbrante cristal. ¡Un
gran prisma erecto de seis caras de color rojo, de alrededor de tres metros y
medio de altura, con una estructura de seis puntas similar a un copo de nieve en
el centro, de un color azul intenso, con puntudos rebordes azules que corrían
desde las puntas de la estrella hasta los ángulos del prisma! Un fuego suave
escarlata fluía desde las puntas. Y sobre cada cara del prisma, por encima y
por debajo de la estrella, había un cono purpúreo que debía ser un ojo.
Extrañas luces pulsátiles centelleaban en el cristal. La luz lo hacía parecer
vivo.
"¡Descendía
directamente hacia mí!
"Era una
terrible forma de vida, completamente desconocida. No "era humana, ni
animal: no era vida tal como nosotros la conocemos. Y no obstante tenía
inteligencia. Pero era extraña y desconocida y desprovista de sentimiento. Es
curioso decir que. incluso entonces, mientras yacía debajo de ella, se me
ocurrió el pensamiento de que esa cosa y sus compañeras deberían haber
cristalizado cuando el antiguo mar se secó en el cráter. Las sales
cristalizadas toman formas intrincadas.
"Extraje mi
automática y disparé tres veces, pero las balas rebotaron impotentes en las
bruñidas facetas.
"Siguió
descendiendo hasta que el reluciente extremo inferior del prisma estuvo a menos
de un metro por encima de mi cuerpo. Entonces el fuego escarlata se extendió
acariciante, fluyó sobre mí. Mi peso desminuyó. Sentí que me elevaba, sostenido
por la punta. Puedes ver la marca sobre mi pecho. La cosa se desplazó por el
aire, llevándome con ella. Muy pronto otras más flotaban alrededor. Me invadió
la náusea. Todo se volvió negro y ya no supe nada más.
"Desperté
flotando libremente en una brillante luz naranja. No tocaba ningún objeto
sólido. Me debatí, pataleé: inútilmente. No podía trasladarme o girar, porque
no podía aferrarme de nada. Mis recuerdos de los dos últimos días me parecían
una pesadilla. Aún tenía puestas mis ropas. Mi cantimplora seguía colgando,
mejor dicho flotando, de mi hombro. Y mi automática estaba en el bolsillo.
Tenía la sensación de que había trascurrido un tiempo indescriptiblemente
largo. Sentía una curiosa rigidez en mi costado. Me examiné, y descubrí una
roja cicatriz. Creo que esos cristales me habían cortado. Y descubrí, con un
horror que no podrás medir, la marca sobre mi pecho. Luego advertí que flotaba,
desprovisto de gravedad, sobre la llama anaranjada que surgía de uno de los
cilindros negros. Los cristales conocían el secreto de la gravedad. Era vital
para ellos. Y atisbando a mi alrededor, distinguí, con infinita repugnancia, un
gran cuerpo centelleante, a pocos metros de distancia. Pero sus luces internas
estaban muertas, así que supe que era de día, y que los extraños seres dormían.
"Si alguna vez
iba a escapar, ésta era la oportunidad. Pateé y manoteé desesperadamente el
aire, todo en vano. No me moví ni un centímetro. Si me hubieran encadenado, no
habría estado más seguro. Extraje mi automática, decidido a tomar una medida desesperada.
No volverían a hallarme con vida. Y mientras tenía el arma en la mano, se me
ocurrió una idea. Apunté el arma hacia un costado, e hice seis rápidos
disparos. Y el retroceso de cada explosión me envió flotando cada vez más
rápido, como un cohete, hacia el borde.
"Salí
disparado a través del verde. Si hubiera recobrado súbitamente mi gravedad, la
caída me hubiera matado, pero descendí con suavidad, y durante unos cuantos
minutos sentí una curiosa ligereza. ¡Y para mi sorpresa, cuando llegué al
suelo, el aeroplano estaba justo ante mí! Lo habían atraído hasta la base de la
torre. Parecía estar intacto. Puse en marcha el motor con nervioso
apresuramiento, y salté a la cabina. Cuando me puse en movimiento, otra torre
negra se irguió amenazadoramente ante mí, pero viré eludiéndola, y despegué sin
contratiempos.
"Unos
instantes después ya estaba por encima del verde. Casi esperaba que la ola de
gravedad volviera a caer sobre mí, pero me elevé más y más sin obstáculos,
hasta que los malditos muros negros dejaron de rodearme. El sol refulgía alto
en el cielo. Pronto aterrizaría en Vaca Morena.
"Ya había
tenido suficiente de búsquedas de radio. En la playa, donde aterricé, vendí el
aeroplano a un ranchero por el precio que me ofreció, y le dije que me
reservara lugar en el próximo vapor, que partiría en tres días. Luego me dirigí
a la única posada de la ciudad, comí, y me fui a la cama. Al mediodía del día
siguiente, cuando me levanté, descubrí que mis zapatos y los bolsillos de mi
ropa contenían una buena cantidad de la arena roja del cráter, recogida cuando
me arrastraba pugnando por huir de las luces de los cristales. Guardé un poco
sólo por curiosidad, pero cuando lo analicé, descubrí un compuesto de radio tan
rico que el pequeño puñado valía millones de dólares.
“Pero la fortuna
tuvo poco valor, porque, a pesar de las frecuentes dosis del líquido de mi
cantimplora, y el mejor auxilio médico, he sufrido continuamente, y ahora que
mi cantimplora está vacía, estoy condenado.
"Tu amigo,
Thomas Kelvin".
Así termina el
manuscrito. Si el lector duda de la verosimilitud de la carta, puede ver al
Hombre de Metal en el Museo Tyburn.

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